© Libro N° 13048. Peregrinaciones De Una
Paria Y Otros Textos Recobrados. Tristán, Flora. Emancipación.
Octubre 5 de 2024
Título original: ©
Peregrinaciones De Una Paria Y Otros Textos Recobrados. Flora
Tristán
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De Una Paria Y Otros Textos Recobrados. Flora Tristán
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PEREGRINACIONES DE UNA PARIA Y OTROS TEXTOS
RECOBRADOS
Flora Tristán
Peregrinaciones
De Una Paria Y Otros Textos Recobrados
Flora
Tristán
Peregrinaciones
de una paria y otros textos recobrados
Peregrinaciones de una
paria y otros textos recobrados / Flora Tristán ... [et al.] ; prólogo de
Virginia Vargas Valente.- 1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires :
CLACSO ; Lima: Centro de la
Mujer Peruana Flora Tristán;
Universidad Nacional Mayor
de San Marcos, 2022.
Libro digital, PDF -
(Clásicos recuperados)
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ISBN 978-987-813-133-7
1. Mujeres. 2. Feminismo. I. Tristán Flora. II. Vargas Valente,-
Virginia, prolog. III. Vargas Llosa, Mario, prolog.
CDD 305.4209
Diseño de tapa: Dominique
Cortondo
Diseño de interior: Paula
D’Amico
Edición: Eugenia Cervio
Revisión de la traducción y
traducción de epígrafes de Paseos en Londres: Sofía Traballi
Peregrinaciones
De Una Paria Y Otros Textos Recobrados
Flora
Tristán
CLACSO
Secretaría Ejecutiva
Karina
Batthyány - Secretaria Ejecutiva
Fernanda
Pampín - Directora de Publicaciones
Equipo
Editorial
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Sablich - Coordinador Editorial
Solange
Victory y Marcela Alemandi - Gestión Editorial
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Peregrinaciones
de una paria y otros textos recobrados (Buenos Aires: CLACSO - Centro de la
Mujer Peruana Flora Tristán - Universidad Nacional Mayor de San Marcos, marzo
de 2022). ISBN 978-987-813-133-7
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tapa: The “Cock and Magpie”, Drury Lane. Extraída de Wikimedia Commons:
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Agradecimientos
Agradecemos
a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú) por autorizarnos a
publicar la traducción de Emilia Romero de Peregrinaciones de una paria,
gracias a la gestión de Luis Alberto Suárez Rojas, director de la Dirección del
Fondo Editorial y Librería de esta casa de estudios. Igualmente, a Yolanda
Westphalen Rodrí-guez por autorizarnos a publicar partes de su traducción de El
tour de Francia y Unión Obrera. Y a Rodrigo Núñez Carvallo por su autoriza-ción
para publicar partes de Paseos en Londres.
También
agradecemos especialmente a Gaby Cevasco por su cola-boración durante todo el
proceso de edición.
Índice
Presentación 13
Karina
Batthyány
Prólogo
Flora
Tristán: pionera feminista, socialista, internacionalista 15
Virginia
Vargas Valente
Flora
Tristán, pionera del feminismo y la defensa de los derechos
de las
mujeres 23
Diana
Miloslavich Tupac
PEREGRINACIONES
DE UNA PARIA
Prólogo
Flora
Tristán y Paul Gauguin 41
Mario
Vargas Llosa
Estudio
introductorio
La
insurrección comienza con una confesión 63
Francesca
Denegri
Cronología
de Flora Tristán 97
Bibliografía
de Flora Tristán 103
A los
peruanos 105
Peregrinaciones
de una paria 109
Prefacio
[a la primera edición] 119
Tomo
primero
1. El
“Mexicano” 133
2. La
Praia 147
3. La
vida a bordo 175
4.
Valparaíso 219
5. El
“Leónidas” 231
6. Islay 239
7. El
desierto 259
8.
Arequipa 283
Tomo
segundo
1. Don
Pío de Tristán y su familia 355
2. La
república y los tres presidentes 377
3. Los
conventos de Arequipa 429
4. La
batalla de Cangallo 461
5. Una
tentación 487
6. Mi
partida de Arequipa 513
7. Un
hotel francés en Lima 525
8. Lima y
sus costumbres 541
9. Los
baños de mar. Un ingenio azucarero 571
10. La
expresidenta de la República 583
PASEOS EN
LONDRES
Los
obreros de las fábricas 609
Mujeres
públicas 621
Las
mujeres inglesas 647
UNIÓN
OBRERA
A los
obreros y a las obreras 665
Por qué
menciono a las mujeres 673
EL TOUR
DE FRANCIA
Notas de
Flora Tristán a El tour de Francia 697
París (4
de febrero - 16 de abril de 1843) 707
Agen
(20-25 de septiembre de 1844) 737
Sobre las
autoras 769
Presentación
Esta
compilación de la obra de Flora Tristán procura presentar a nuevos lectores y
lectoras su legado intelectual y reflejar su profun-do compromiso con las
mujeres y las clases trabajadoras desde una perspectiva antipatriarcal,
contrahegemónica e internacionalista.
Flora
Tristán fue, sin duda alguna, una mujer anticipada a su tiempo: precursora de
los feminismos latinoamericanos y del socia-lismo. La puesta en valor de su
producción intelectual tiene como objetivo destacar una de las figuras
intelectuales más relevantes del siglo XIX latinoamericano.
La
publicación de este libro en la Colección Clásicos Recuperados pretende formar
una constelación, filiar la voz de la autora con otras voces, contemporáneas a
ella pero también actuales para poner de relieve la vigencia de su propuesta y
su sensibilidad y establecer así tramas de sentido y lazos intelectuales en el
continente.
Karina
Batthyány
Secretaria
Ejecutiva CLACSO
13
Prólogo
Flora
Tristán: pionera feminista, socialista, internacionalista*
Virginia
Vargas Valente
Se
observa que el nivel de civilización a que han llegado diversas sociedades
humanas está en proporción a la independencia de que gozan las mujeres…
(Peregrinaciones
de una paria, p. 116).1
Leer la
obra de Flora Tristán nos recuerda la vigencia de sus aportes, no solo por su
capacidad reflexiva, su compromiso con la justicia, su lucha por los derechos
de las mujeres, sino porque sus vivencias, sus rebeldías, sus formas de
expresión y sus disputas democráticas radi-cales siguen siendo de insospechada,
inspiradora y tenaz actualidad para las mujeres, para la clase trabajadora,
para las y los desposeí-dos. En este volumen, CLACSO nos presenta una selección
de su obra
* Hace 43 años, un grupo de mujeres comenzaba,
junto con varias otras, a construir el movimiento feminista en Perú. Decidimos
llamarnos “Centro Flora Tristán” porque asumimos la perspectiva de este
personaje como aquella que queríamos impulsar en tanto feministas: la lucha por
los derechos de las mujeres y las luchas contra todo tipo de injusticas y
discriminaciones (laborales, económicas, políticas, sociales, sexuales). Su
legado no es solo para Perú, es parte del legado y la visión feminista
latinoamerica-na, democrática, transgresora, que conecta las luchas
antipatriarcales con las luchas anticapitalistas y anticoloniales. Son estas
mismas luchas articuladas que llevó ade-lante Flora Tristán en tanto personaje
histórico a lo largo de su vida, las que han sido el sustento de Flora Tristán
en tanto institución feminista.
1 La numeración de página de las citas de
Peregrinaciones de una paria en este prólogo responde a su ubicación en la
presente edición.
15
Virginia
Vargas Valente
que nos
muestra su historia y un pensamiento lúcido, audaz, que si-gue inspirando a las
nuevas generaciones.
En
tiempos en que se les negaban derechos a las mujeres y se las veía como menores
de edad de acuerdo al Código Civil napoleónico (1804), Flora Tristán desafía al
poder político, a la Iglesia y al poder económico de la naciente clase
capitalista. Esos mismos poderes que las feministas continuamos desafiando en
la búsqueda de un femi-nismo con justicia social.
Reconocida
como precursora del feminismo y del socialismo, Flo-ra vivió, en carne propia,
las discriminaciones que históricamente viven las mujeres. Su padre, de rancia
estirpe arequipeña y cercano al libertador Simón Bolívar, murió tempranamente
dejándola como hija ilegítima. Con escasos recursos, obrera, autodidacta, con
tres hi-jos y un matrimonio infeliz para ella, se convirtió en una mujer
per-seguida por abandonar el hogar, pues entonces estaba prohibido el divorcio
y el esposo prácticamente era el dueño de la mujer. Durante su huida, tuvo la
oportunidad de conocer información sobre su fami-lia en Perú y recorrió los
kilómetros que separan París de esta región en un viaje audaz que pone en
evidencia una vez más su apasionada y fuerte personalidad. Llegó a Arequipa
para conocer a su acauda-lada familia, los Tristán y Moscoso, hermanos de su
padre, quienes, sin embargo, se negaron a darle el reconocimiento y la
herencia; solo recibió una pequeña subvención mensual.
Peregrinaciones
de una paria es el libro que escribió a partir de esta experiencia y que vino a
cimentar su fama en Francia, pues ya era co-nocida por sus artículos que
enfrentaban los poderes que mantenían en la pobreza a las mujeres y a las/los
obreros, en los que reconocía a artesanos, campesinos, costureras y
trabajadores fabriles.
Paria es
un concepto que Flora utiliza en sus diversos textos para re-presentar a todas
aquellas personas que vivían las injusticias y el olvi-do de la sociedad;
término que se usó en el siglo XIX para graficar esta situación, puesto que no
solo “remite a la exclusión y a la degradación de la servidumbre”, es decir, no
solo incluye la idea de una situación objetiva, consecuencia “de un sistema
social y político de explotación
16
Prólogo
y
exclusión”, también “una percepción subjetiva y cultural de la socie-dad frente
a los excluidos”, como lo señala Eléni Varikas (1995, p. 82). Y esto es lo que
quiere demostrar Flora: la opresión física y emocional de las mujeres y los
obreros, degradados en cuerpo y mente.
Además de
su consecuencia revolucionaria, su ubicación social desde los márgenes, desde
su condición de mujer no valorada, de-sarrolla el pensamiento fronterizo que
tan bien describió, siglo y medio más tarde, Gloria Anzaldúa. Sentirse paria
fue la chispa de su rebeldía ya no solo individual, sino también colectiva,
claramente política. En Perú comienza su peregrinaje hacia el mundo de la
soli-daridad y la justicia, que logra un eco latinoamericano y universal. Así,
la “paria” es un nuevo sujeto que asume su marginalidad como potencia, como
motor de lucha y reflexión.
Esto lo
reconoce cuando afirma en Peregrinaciones de una paria: “Yo escribo para que
ustedes sepan, para que comprendan, grito para que me oigan, voy adelante para
mostrarles el camino”. ¿Soberbia? No. ¡Es abrir un camino de entendimiento de
lo que está ausente, lo que no se escucha, la voz de los subalternos, cuya
palabra existe, pero no se oye…! ¿No es acaso lo que hemos experimentado en
toda nuestra lucha feminista? Construir otras voces que abran nuevos caminos
para el reconocimiento de las causas de las mujeres, de las desventajas
añadidas por clase, etnia, raza, disidencia sexual, de la ausencia de voz de
las mujeres indígenas, negras, trans, trabajado-ras sexuales. Recuerdo la
potencia de esa voz no escuchada, que me enseñó a oír la feminista negra brasileña
Lélia Gonzalez, quien en uno de nuestros varios encuentros me decía: el
feminismo es racista, quizá no por acción, ¡pero sí por omisión! No tenemos
nuestra voz pues-ta, por eso gritamos para la escucha. Y ese era un grito que
mostraba el camino contra el racismo y más: contra el sexismo, la misoginia, la
homofobia, la heterosexualidad compulsiva… Son los gritos de las subjetividades
politizadas, que no solo asumen la diferencia, sino que evidencian su profunda
desigualdad. ¡Eso es mostrar el camino!
Y este
camino es también un método de conexión con una sub-jetividad avasallada o
ninguneada, con las experiencias de dolor y
17
Virginia
Vargas Valente
subordinación.
Y su llamado es a la profundidad de vivencias de ex-clusión que deben ser
nombradas, como lo expresa claramente Flora Tristán: “que las mujeres […] hagan
hablar sus dolores” (Peregrinacio-nes de una paria, p. 117). Así, Flora era
consciente de esa revolución en su forma de expresión, de su decisión de
colocar lo personal como punto de partida para su propuesta política. Y lo
colocaba como un acto de rebeldía para todas las mujeres.
Es una
búsqueda de espacio propio en espacios contaminados por las diferentes formas
de poder, que incorpora en lo público las invisi-bles exclusiones y abusos de
lo privado. Esta es una idea a la que inclu-so se resiste la academia, en el
sentido de que la experiencia produce conocimiento como es evidente en Flora:
la vorágine de su vida revela sus múltiples peleas, y desde allí comienza a
ponerle nombre –como seguimos haciéndolo muchas más después de ella– a lo que
aún no lo tenía: violencia contra las mujeres, derecho a una maternidad
li-bremente elegida, lucha por no aceptar la reclusión doméstica, por el
derecho a decidir, por el derecho al divorcio, por el derecho a la educa-ción
laica e igualitaria, por un Estado laico, que exprese las voces de las ciudadanías
y no las voces particulares de las iglesias.
Es, sin
duda, un pensamiento que se sitúa en las antípodas del poder y, desde allí,
aporta una forma de analizar la realidad desde la complejidad, no la
linealidad. Inaugura un feminismo pionero en posicionar la emancipación de las
mujeres junto a la emancipación de la clase obrera, perfilando una perspectiva
interseccional, de cla-se, de género (inexistente aún como concepto) y lo que
ella percibía como la tremenda discriminación racial. Sin embargo, es
importan-te añadir que este deseo de alianza con la clase obrera no le impide
señalar que las mujeres obreras ganan mucho menos salario que los hombres. Una
conclusión sustancial de este peregrinaje teórico-sub-jetivo-emocional es la
convicción de que la lucha política, a todos es-tos niveles, es fundamental
para la transformación social.
Es
evidente que la mirada de Tristán es también un aporte para las ciencias
sociales. Su voz, sus escritos, comprueban la relación indiso-luble entre
teoría y práctica, entre experiencia in situ y producción
18
Prólogo
de
conocimiento. A través de este acercamiento que analiza la reali-dad desde su
propia historia, la autora propone una profunda ruptu-ra epistemológica con las
miradas y epistemologías tradicionales de la época. Al colocar su subalternidad
en el centro de su reflexión, la expande a otras-otros de su misma condición,
pobres, mujeres traba-jadoras, madres, hijas ilegítimas, mestizas, que sufren
violencia físi-ca y sexual e, incluso, como ella, intento de asesinato por el
marido. Y es esta subjetividad la que la lleva a la búsqueda de otros sentidos.
Es indudablemente una ruptura con el canon hegemónico, andro-céntrico y
clasista.
Algunas
autoras hablan de la existencia, pionera sin duda, de un pensamiento decolonial
en Flora, especialmente en Peregrinaciones de una paria. Este es el caso de
Diana Cortez Buitrón, quien señala que Tristán fue capaz de darse cuenta “de la
exclusión social y econó-mica que producía la esclavitud y opresión en el
pueblo peruano de las razas denominadas negra e indígena” (Cortez Buitrón,
2019, p. 24). Ofrece así una temprana articulación entre capitalismo,
patriarcado y colonialidad.
En este
mismo sentido se orienta el trabajo de Andrea Ozamiz, y queremos detenernos en
su idea de que Flora, mucho antes que Marx y Engels, aunque sin el rigor
científico de estos pensadores, analiza en Paseos en Londres y Unión Obrera,
“el largo proceso histó-rico que llevó al surgimiento y desarrollo del modo de
producción capitalista […] y la aparición del trabajador libre y las
consecuencias económicas y sociales que este tuvo para las grandes masas de
pobla-ción” (Ozamiz, 2018, p. 9).
Es
interesante resaltar que, si bien se inspira en los utópicos, como Saint-Simón,
Fourier u Owen, Flora Tristán va más allá: plan-tea un cambio social en cuya
consecución tenían que estar unidos las mujeres y las/os obreros.
Su
escritura exhibe también una tremenda lucidez cuando anali-za la forma en que
el patriarcado se alimenta y beneficia de los avan-ces sin tregua del
capitalismo y la ideología jerarquizada (sexual, ra-cial, misógina) que de allí
se desprende. Más aún, ve el matrimonio
19
Virginia
Vargas Valente
como
parte de la economía de mercado y a la mujer como parte de los bienes de
intercambio, propiedad de los esposos, sujetas a su autori-dad. Igual sagacidad
demuestra cuando analiza, especialmente desde su experiencia en Perú, la
intrínseca relación entre poder político y económico y la consagración de los
intereses económicos de la bur-guesía, anclados en el derecho a la propiedad.
Mientras las clases altas y medias permanecen ensimismadas y conformistas, ella
se dirige al “pueblo” para que se sacuda de la doble moral y obligue al Estado
a no abdicar de sus funciones y confrontar los entramados de la exclusión.
Finalmente,
uno de sus aportes más significativos fue su perspec-tiva internacionalista,
pues sus frecuentes viajes la llevaron a com-probar que tanto la opresión de la
mujer como de la clase obrera no se dan en un lugar específico, sino en todas
las naciones; por ello, la lucha tiene que ser global. Esta mirada
internacionalista resulta crucial en nuestro mundo actual, dada la urgencia por
lograr la so-brevivencia del planeta, la justicia social y de género. Es
interesante recordar que cuando la publicación Peregrinaciones de una paria se
quemó públicamente en Arequipa, por ser considerada una ofensa a la ciudad y al
país, al mismo tiempo influyó en las escritoras perua-nas del siglo XIX,
quienes la recuperaron, la criticaron, la admiraron y la leyeron en francés
porque aún no había traducción al castellano.
Para
concluir, vale recuperar una dimensión poco explicitada por ella misma: su
erotismo. Entre romanticismo y coquetería, Tristán tiene la audacia de afirmar
que podría amar a una mujer como Eléo-nore Blanc, aunque finalmente ponga por
encima de todo la “misión” en la que ella ha puesto sus fuerzas, pues tiene “la
revelación de que un nuevo amor más grande y más sublime que todos los amores
co-nocidos iba a eclosionar en la humanidad”, como afirma en El tour de
Francia. Y que es este amor el que lleva a actuar.
Esto y
mucho más es el legado de Flora Tristán. Publicar esta an-tología de su obra es
no solo un reconocimiento a su valía y aporte; es también recordarnos el
compromiso que tenemos por seguir traba-jando para hacer realidad un feminismo
con justicia social en cada uno de nuestros países y a nivel global.
20
Prólogo
Bibliografía
Cortez
Buitrón, Diana (2019). Flora Tristán y el principio de un femi-nismo
decolonial. Solar: Revista De Filosofía Iberoamericana, 15(1), 19-38.
https://revistasolar.pe/index.php/solar/article/view/27
Ozamiz,
Andrea (2018). Aportes desde los márgenes a la teoría social clá-sica: Flora
Tristán, una epistemología decolonial [ponencia]. V jornadas CINIG de Estudios
de Género y Feminismos, 10 y 12 de julio. https://www.
memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.10795/ev.10795.pdf
Varikas,
Eléni (1995). Paria: una metáfora de la exclusión femenina. Políti-ca y Cultura
(Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco), (4), 81-89.
https://www.redalyc.org/pdf/267/26700407.pdf
21
Flora
Tristán, pionera del feminismo
y la
defensa de los derechos de las mujeres
Diana
Miloslavich Tupac
Fundacional,
emblemática y revolucionaria, Flora Tristán (1803-1844) es una de las figuras
femeninas más influyentes del siglo XIX. Escritora, viajera, visionaria,
pionera en la defensa de los derechos de las mujeres, de los trabajadores y
trabajadoras, y de la lucha con-tra la esclavitud.
Flora
Tristán nace el 7 de abril de 1803 en París, hija de Maria-no de Tristán y
Moscoso, coronel peruano al servicio de la Corona española, y de la francesa
Anne-Pierre Laisnay (o Laisney, o incluso Lesnais, según las diversas fuentes).
Sus padres se casan en un ma-trimonio religioso oficiado por un sacerdote
francés, pero sin legi-timidad legal. Es bautizada como Flore Célestine Thérèse
Henriette Tristán y Moscoso Lesnais.
Cuando
Napoleón invade España en 1808 y tiene lugar la insu-rrección contra la
ocupación francesa, hacía un año que el padre de Flora había muerto. El rey de
España abdica ante Napoleón. Conti-núa la guerra, se emite un decreto imperial
de incautación de los bienes de los españoles residentes en Francia y la madre
pierde la propiedad situada en Vauginard. Madre e hija no se recuperarán de
este golpe, de modo que Anne-Pierre y la pequeña Flora quedarán solas, sumidas
en la pobreza.
Flora
ingresa a trabajar a los diecisiete años como iluminadora (colorista) en el
taller de André Chazal, con quien se vio obligada a contraer matrimonio en
1821.1 Entre 1826 y 1828 trabaja como
1 “Mi hermano murió. Regresamos a París donde
mi madre me obligó a casarme con un hombre a quien no podía amar ni estimar”
(Tristán, 2003, pp. 83-84).
23
Diana
Miloslavich Tupac
doncella
de una familia inglesa, con la que viaja por Inglaterra, Suiza e Italia. En
1828, luego de una historia de violencia familiar, se separa y se hace cargo de
sus hijos Aline, Ernest y André. En 1832, decide viajar al Perú en busca de un
nuevo proyecto de vida, su reconciliación con el padre y sus familiares
peruanos. Deja en-cargados a sus hijos. A su regreso del Perú publicará sus
libros y entrará en la vida política y cultural parisina. El fin de la relación
familiar con su marido se dará luego de un intento de asesinato –que hoy sería
tipificado como tentativa de feminicidio–, el 10 de septiembre de 1838. Chazal
le dispara a quemarropa y una bala se instala debajo de su pecho. Finalmente,
logra divorciarse de Cha-zal, quien será condenado a veinte años de trabajo
forzado, con-mutados por prisión en 1839.
Con la
derrota de Napoleón Bonaparte en Waterloo, finalmente se produce el regreso de
Luis XVIII. Las guerras y los conflictos han provocado un millón y medio de
muertes en Francia. Es la época de la Restauración. Durante el reinado de Luis
Felipe (1830-1848), Flora escribe sus obras, libra sus luchas y vive sus
utopías. El Có-digo de Napoleón (1804) había logrado que los clubes de mujeres
se cerraran, que las escuelas para mujeres fuesen abolidas y que se
institucionalizara la ideología promovida por el libro Emilio de Jean-Jacques
Rousseau. El Código señalaba que el domicilio de la mujer era el que decidiera
el marido (artículo 108), que este la pro-tegería y ella le debería obediencia
(artículo 203), y que el marido administraría todas las propiedades de la mujer
(artículo 1428), entre otros. Con esto, la mujer casada no tenía derechos
civiles ni políticos. El Código Civil de 1804 fue un monumento a la inequidad,
según la escritora George Sand; y, por si fuera poco, la Restauración abolió el
divorcio.
La
Revolución Francesa (1789-1799) ya había excluido a las mu-jeres de la
política, comenzando por su derecho al voto. La Decla-ración de los Derechos de
la Mujer y la Ciudadana (1791), de Olympe de Gouges, no fue la única afirmación
feminista de la revolución, como destaca la historiadora francesa Michelle
Perrot, quien a
24
Flora
Tristán, pionera del feminismo y la defensa de los derechos de las mujeres
propósito
de la política como centro de la decisión y el corazón del poder señala que la
Revolución Francesa es una continuación del Antiguo Régimen, que renueva la ley
sálica (sucesión a favor de los varones) y ofrece razones, todas romanas, para
la exclusión política de las mujeres (Perrot, 2008, p. 195).
Flora
vivirá entre dos importantes revoluciones en Francia: la de 1830 y la de 1848,
que no alcanzará a conocer, pero en la que par-ticiparán figuras de su
generación como Jeanne Deroin (1805-1894). Sin duda, es este el contexto de su
vida en Francia. El matrimonio de sus padres no tendrá validez legal y, por
ello, no accederá a la herencia familiar; sin embargo, es acogida por la
familia Tristán en Perú, así como, posteriormente, lo será su hija Aline con su
nieto, el pintor Paul Gauguin, de 1850 a 1854. Flora morirá en Burdeos, en
1844, a la edad de 41 años de fiebre tifoidea.2
Flora
Tristán vivió la mayor parte de su vida en Francia y su con-dición de viajera
fue importante en la construcción de su discur-so feminista y socialista; el
rescate de su memoria ha sido en gran parte mérito de los grupos feministas.3
Ella viajó por razones de empleo (Inglaterra), de búsqueda de sus raíces
familiares (Perú) y porque tenía una misión socialista en su célebre tour de
Francia. A cada uno le dedicó un libro y posiblemente un diario de viajes.
Además de
su trilogía de viajera –Peregrinaciones de una paria (1838), Paseos en Londres
(1840) y El tour de Francia (inédita hasta 1973)– y la novela Méphis (1838),4
ella escribió dos libros progra-máticos: la “Necesidad de dar una buena acogida
a las mujeres
2 Dice la placa que acompaña sus restos en el
Cimetière de la Chartreuse (Cementerio de Cartuja): “A la memoria de la señora
Flora Tristán, autora de la Unión obrera, los trabajadores agradecidos.
Libertad, Igualdad, Fraternidad, Solidaridad”.
3 Y merece la pena rescatar las palabras que
Lidia Falcón le dedicara en el prólogo a la edición española de Peregrinaciones
de una paria: “Si Flora Tristán hubiera sido hombre, el éxito, la fama y la
posteridad le hubiesen estado destinados. [...] Ella y su obra serían de
mención obligada para economistas, sociólogos, dirigentes sindicales y
políticos de izquierdas. [...] Flora Tristán fue una mujer. Ni su vida ni su
obra es [sic] recordada” (Falcón, 1986, citada en De Miguel y Romero, 2003, p.
9).
4 Respecto al tema, véase Cárdenas (2015).
25
Diana
Miloslavich Tupac
extranjeras”
(1835, folleto),5 y Unión Obrera (1843), que es considera-da su obra cumbre,
aunque la más reconocida y estudiada terminó siendo la primera. A estas obras
se suma la publicación póstuma La emancipación de la mujer o testamento de una
paria (1845), entre otros textos.
Es
difícil explicarnos este personaje sin sus viajes, su encuentro con las
Américas y el Perú o sus viajes a Londres como testigo de la Revolución
Industrial. Desarrolló su espíritu internacionalista en cada uno de ellos. Pasó
de ser testigo de una reciente nación independizada al nacimiento de la clase
obrera en Francia. Preci-samente en su último viaje es donde redescubre a la
clase traba-jadora y a la mujer obrera, y de cada ciudad hace una descripción
acerca de cómo estaba organizada. La tarea es compleja, es una mu-jer que ya
tenía una propuesta y está planteando organizarlos/as en la Unión Obrera.
A través
de sus escritos se puede ir viendo su proceso de transfor-mación y crecimiento
intelectual y organizativo. En cada viaje ob-serva, escribe, aprende y va
ampliando su conocimiento del mundo y de las mujeres y los trabajadores. Los
viajes tienen un gran impac-to en su sensibilidad y su desarrollo: son los que
le permiten ver el mundo de la época en casi todas sus dimensiones. Puede
afirmarse que, sin su condición de viajera, Flora Tristán difícilmente hubiera
adquirido la dimensión de precursora que tiene. De alguna manera redescubre a
la pionera Mary Wollstonecraft, que estaba olvidaba en Inglaterra y de la que
poco se conocía en Francia. Establece una línea de continuidad con ella.
Flora
Tristán traza una ruta cuando ya algunos ilustrados se de-claran a favor de la
emancipación de la mujer, François Poullain de la Barre, Harriet Taylor Mill,
Nicolás de Condorcet –que publica en 1790 “Sobre la admisión de las mujeres en
el derecho a la ciudada-nía”–, Jean Le Rond D’Alembert, Denis Diderot.
5 Sobre este folleto, consúltese el artículo de
Tauzin-Castellanos (2017).
26
Flora
Tristán, pionera del feminismo y la defensa de los derechos de las mujeres
Denys
Cuche sostiene que no es en el Perú donde Flora Tristán des-cubre el
esclavismo, sino que llega con ideas abolicionistas sacadas de sus lecturas y
de su vínculo con los círculos parisinos revolucio-narios y sus viajes a
Londres, país donde el combate por el abolicio-nismo era pionero. Su
indignación frente a la esclavitud en su viaje al Perú, tanto en Cabo Verde
como en su visita al ingenio Lavalle en Chorrillos, Lima, está expresada en su
libro Peregrinaciones.
Sin
embargo, será también el viaje de su propia vida el que la irá transformando:
su condición de ilegítima, la experiencia de un matrimonio infeliz, la decisión
de abandonar a un marido violento, abrirse paso en una época en la que las
mujeres no escapaban de la vida privada, hacerse un espacio en la vida parisina
e intentar formar parte de los círculos obreros y socialistas. De ahí sacará
las grandes lecciones para la vida de las mujeres y para sus propuestas en
favor de las mujeres extranjeras, del divorcio, de la educación de las mujeres
y, sobre todo, del trabajo, para poder ser libres. Su vida y obra están unidas,
por ello es importante conocerla a través de sus escritos.
Peregrinaciones
de una paria (1838)
Este
libro es un relato del viaje que Flora Tristán realiza al Perú entre el 7 de
abril de 1833 y el 15 de julio de 1834. Su permanencia en Arequipa por siete
meses y su paso por Lima, que duró dos me-ses, bastaron para que esta escritora
pudiera dejar un texto sobre uno de los momentos decisivos de la historia
peruana: los primeros años de la república. El libro, publicado en París,
obtuvo éxito: ese mismo año se imprimió una segunda edición. Jean Baelen,
estudio-so de su obra, señala:
El éxito
del libro se confirma por los numerosos artículos crí-ticos que por entonces se
publicaron. En ellos se alabaron tanto el movimiento como el interés de los
relatos y las descripciones.
27
Diana
Miloslavich Tupac
Supieron
agradecer a la autora los datos e indicaciones nuevas y vivas sobre un país
poco conocido como era el Perú en Francia (Baelen, 1973, p. 84).
Jorge
Basadre, historiador peruano, menciona que Alphonse Cons-tant –quien publica la
obra en francés– consigna que ejemplares del libro fueron quemados en 1845 en
Arequipa, y posteriormente en Lima, debido a la crítica que realiza sobre los
primeros años del militarismo en el Perú, luego de la independencia de España.
En el prólogo que dedica a la segunda traducción del libro resalta lo siguiente
acerca de su consideración como parte de la literatura del Perú republicano:
[...] su
libro de recuerdos, aunque escrito en otro idioma y para otras gentes, y aunque
la autora formara parte después entre los más avanzados agitadores franceses y
un monumento la recuerda, como ya se ha dicho, en el cementerio de Burdeos, sus
infortunios y sus prédicas, pertenece también a nuestra literatura aunque
fue-ra tan solo porque en muy pocas páginas revive, como en éstas, lo que había
de turbulento y de monótono en esa nueva vida medieval (Basadre, en Tristán,
1946, p. XI).
Basadre
señala que, cuando algunos soñadores quieran embellecer aquella época, este
libro servirá para la necesaria tarea de desilu-sionarlos. Peregrinaciones
muestra el peor lado de nuestras grises revoluciones, que están pintadas allí
con rudeza no igualada:
[…] el afán incontenible del lucro personal;
disfrazado por retóricas declamaciones; la incapacidad para la disciplina
previa; la desola-da paralización de la vida urbana; la confusión en los
combates; el terror del pueblo mientras se libran y su servilismo cuando se han
decidido; las recíprocas sorpresas que se dan los contendores, siem-pre
desprevenidos, en que a veces los de la misma bandería luchan entre sí
(Basadre, en Tristán, 1946, p. XII).
En el
caso de Peregrinaciones, la autora logra transmitir a sus lecto-res una mirada
sobre un momento de la historia peruana. El mérito
28
Flora
Tristán, pionera del feminismo y la defensa de los derechos de las mujeres
consiste
en su aporte a la visión de la situación contradictoria que vivía el Perú y que
ella logra transmitir en un extenso relato que da cuenta de las tensiones y
contradicciones en la formación de una república que comenzaba y que era un
proyecto que no incluía a sectores sociales fundamentales, como las mujeres,
los negros y las negras en esclavitud. Su mirada centrada en la costa le impide
tener una visión aguda de la población indígena de ese momento. Su crítica a la
Iglesia, al poder, al militarismo que marcaba la época nos da una percepción
distinta y nos permite acercarnos a la vida cotidiana de los diversos actores
sociales que conoce. Introduce personajes femeninos nuevos: las rabonas –última
escala de un sec-tor social femenino indígena invisibilizado–, las esclavas
negras, las tapadas limeñas y la figura de Francisca Gamarra. El personaje de
la monja Dominga Gutiérrez es la cara de la Iglesia y el camino que les queda a
las mujeres que optan por una salida fuera del con-trol patriarcal del matrimonio.
Las
rabonas eran mujeres que acompañaban a los soldados en marchas y campañas, a
quienes designa como vivanderas. Describe sus actividades en las batallas: al
llegar al lugar asignado, escogen el sitio para acampar, descargan las mulas,
arman las tiendas, ama-mantan y acuestan a los niños y niñas, encienden los
fuegos, coci-nan, buscan provisiones, y a la buena o a la mala van armadas.
Para ella forman una tropa a la que denomina “la vanguardia femenina del
ejército”. Destaca que: “[…] estas mujeres proveen a las necesi-dades del
soldado, lavan y componen sus vestidos, pero no reciben paga y no tienen
salario, sino la facultad de robar impunemente. Son de raza india, hablan esa
lengua y no saben una palabra de español” (Tristán, 1946, p. 366). Señala que no
son casadas, no perte-necen a nadie y son de quien ellas quieren ser.
Además de
colocarlas en la historiografía peruana, estas figuras sin duda expresan otra
cara del militarismo y la presencia de las mujeres indígenas en el Perú. Salvo
las soldaderas de la Revolución Mexicana, la descripción que Tristán realiza de
las rabonas com-plejiza la visión del papel de las mujeres en los ejércitos de
la época.
29
Diana
Miloslavich Tupac
Además,
Flora Tristán retrata la vestimenta femenina que en-cuentra en Lima y hace una
descripción muy minuciosa de la saya y el manto y de las costumbres femeninas
en esta ciudad. Se da cuenta de que la vestimenta ayuda a las mujeres limeñas a
despla-zarse por la ciudad sin ser vistas y se muestra sorprendida, porque “las
señoras van solas al teatro, a las corridas de toros, a las asam-bleas
públicas, a los bailes, a los paseos, a las iglesias, a las visitas y son bien
vistas en todas partes” (Tristán, 1946, p. 496).
Méphis
(1838)
Su única
novela, Méphis (2 tomos), fue publicada el 17 de noviem-bre de 1838 –y hasta el
momento no tiene traducción al español–. Tiene dos personajes centrales:
Mariquita y Méphis; este último es un activista proletario que quiere un cambio
de la humanidad y re-coge las propuestas de la autora. Poco conocida y
traducida, según Évelyn Bloch-Dano (2001), escritora francesa, esta novela le
permite saldar simbólicamente cuentas con el pasado y refleja su mundo
interior. Salió a la luz unas semanas antes del juicio, en un momen-to de
desarrollo de la prensa en Francia y cuando las novelas se pu-blican como
folletines, sin mayor éxito.
Paseos en
Londres (1840)
Tristán
conoce Londres y escribe un libro a partir de cuatro via-jes que realiza entre
1826 y 1839. Estuardo Núñez señala que es un relato de viaje, testimonio
crítico de una sociedad europea que nunca antes había recibido una admonición y
censura semejantes por parte de una escritora.6 La autora dice que su libro se
basa en
6 Flora Tristán señala en su prefacio: “Cuatro
veces he visitado Inglaterra, siem-pre con el objeto de estudiar sus costumbres
y su espíritu. En 1826, la encontré
30
Flora
Tristán, pionera del feminismo y la defensa de los derechos de las mujeres
observaciones
recogidas con exactitud. Pretende señalar los vicios del sistema inglés. Cita a
diversos autores ingleses y destaca Vindi-cación de los derechos de la mujer
(1792) de Mary Wollstonecraft y la Prostitución en Londres (1839) de Michael
Ryan.
Paseos en
Londres (1840) tiene diecinueve capítulos y cinco apun-tes. Destacan las partes
dedicadas a los obreros de las fábricas, las mujeres públicas, las prisiones,
el barrio de los judíos, el teatro in-glés, los asilos y a Owen.7 Sus apuntes
tratan sobre los clubes, los bolsillos, unas palabras sobre el arte en
Inglaterra, una excursión a Brighton y la “cuchara de fierro”. En cada uno de
sus relatos se detiene de manera especial en las mujeres. Dedica un capítulo a
las mujeres inglesas. Se indigna de comprobar la superioridad de las mujeres
autoras y la servidumbre en la que viven ahogadas por un sistema educativo
fundado en falsos principios. Hace un recuento de las escritoras y lamenta que
estas mujeres que escriben en revis-tas y periódicos no hayan abrazado la causa
de la libertad femenina como estaba ocurriendo en Francia.
Descubre
la obra de Mary Wollstonecraft (madre de la escritora Mary Shelley, autora de
la novela Frankenstein), destacada feminis-ta, escritora y pionera en la
defensa de los derechos de las muje-res. Dice que A vindication of the rights
of woman se agotó desde su aparición y encuentra que aún inspira horror entre
la gente. En su escrito destaca que Mary Wollstonecraft publicó en 1792 los
mis-mos principios que Henri de Saint-Simon difundió más tarde y que se
propagaron con tanta rapidez después de la Revolución de 1830. Considera que su
crítica es admirable. Ella, dice Flora,
sumamente
rica. En 1831, lo estaba menos, y además la noté sumamente inquieta. En 1835,
el malestar empezaba a dejarse sentir en la clase media así también como entre
los obreros. En 1839, encontré en Londres una miseria profunda en el pueblo; la
irrita-ción era extrema y el descontento general” (Tristán, 1972, p. 6).
7 Sobre el reconocido reformador social Robert
Owen (1771-1858) puede verse la edi-ción y traducción que realiza José Ramón
Álvarez Layna, libro que por primera vez se publica en español (en Owen, 2015).
31
Diana
Miloslavich Tupac
hace
resaltar en todas sus verdades que los males provienen de la organización
actual de la familia, y la fuerza de su lógica deja a los contradictores sin
réplica. Quiere, para los dos sexos, “la igualdad de derechos civiles y
políticos, su igual admisión en los empleos, la educación profesional para
todos, y el divorcio a voluntad de las partes” (Tristán, 1972, p. 189).
Para
establecer la construcción de un discurso pionero en los de-rechos de las
mujeres, es importante resaltar que Tristán conoce la obra y la importancia de
Wollstonecraft; por eso, en este caso, su viaje a Londres es crucial para
conocer su obra y su pensamiento feminista. En este libro retoma ideas
fundamentales de la femi-nista inglesa que fue testigo presencial de la
Revolución Francesa.
Unión
Obrera (1843)
Flora
Tristán escribe un texto fundacional para el internacionalis-mo de los
trabajadores y trabajadoras como Unión Obrera (1843). Un adelanto de este libro
es publicado por Victor Considérant (1808-1893), el dirigente fourierista más
importante de la época, en su pe-riódico La Phalange (La Falange). El
“proletarios del mundo, ¡uníos!” con el que Karl Marx (1818-1883) y Federico
Engels (1820-1895) cie-rran el Manifiesto comunista de 1848 es una referencia a
Flora Tris-tán. Ella propone la unión general entre los obreros y obreras, sin
distinción de oficios, con el objetivo de constituir la clase obrera, y
construir establecimientos –que denomina palacios– para educar a niños y niñas
entre seis y dieciocho años y recibir a los obreros enfermos, heridos y ancianos.
Parte de la idea de que, habiendo cin-co millones de obreros y dos millones de
obreras, con dos francos anuales podrían crear un fondo común para sacar
adelante su plan de la unión universal de obreros y obreras.
La idea
de la unión la recupera de la lectura de los libros de tres obreros escritores:
Agricol Perdiguier, Pierre Moreau y Jacques
32
Flora
Tristán, pionera del feminismo y la defensa de los derechos de las mujeres
Gosset.
Dedica un capítulo a las mujeres para instar a proclamar los derechos de la
mujer en los mismos términos en que se declararon los derechos del hombre.
Además, esboza una declaración para que las mujeres sean instruidas y no se
dejen oprimir ni someter a la injusticia y la tiranía del hombre, así como
exhorta a los hombres a que respeten a las mujeres, sus madres, su libertad y
la igualdad de la que disfrutan ellos (Tristán, 2011, p. 115).
El tour
de Francia (1843-1844)
Durante
su gira en Francia para formar la Unión Obrera, escribe un diario: El tour de
Francia (1843), que permaneció inédito hasta 1973. Fue publicado con notas de
Jules L. Puech y prefacio de Michel Collinet. El manuscrito permaneció en poder
de los descendientes de Éleónore Blanc, su seguidora y fiel amiga, a quien ella
conoce durante su último viaje.8 La publicación de la versión castellana es del
año 2006.9
Organiza
este libro de viajes con un plan:
Cada
ciudad será un capítulo. Luego una alocución a los obreros, a los vanidosos y a
los inteligentes. Después, un llamado a los jóvenes burgueses. La idea del
periódico. Trazo allí la marcha que conviene seguir. Allí será puesto el plan.
Indicaré la manera de propagar, de profesar las ideas de la Unión Obrera
(Tristán, 2006, p. 410).
Empieza
el manuscrito el 4 de febrero de 1843 en París, con sus pre-parativos para su
último viaje –que inicia el 12 de abril de 1844– y lo termina el 14 de
noviembre en Burdeos, cuando muere de tifoi-dea. En general, este último viaje
que realiza en Francia es no solo un viaje de difusión de sus propuestas, sino
un viaje organizativo. También es el momento en el que ella se confronta con
los obreros
8 Véase Tristán y Blanc (2019).
9 Véase Tristán (2006).
33
Diana
Miloslavich Tupac
y
obreras. En este momento, parece ganada por sus ideas socialis-tas, asunto que
le reclamará Simone de Beauvoir en El segundo sexo.
Recapitulando,
el siglo XXI ha terminado revalorando la impor-tancia de toda su obra, en
especial, su obra política. Flora Tristán es una precursora, pionera de los
feminismos, de la defensa de los de-rechos de trabajadores/as, del
internacionalismo y del socialismo.
Sus tesis
feministas le han garantizado un espacio en la historia del pensamiento
feminista en su diversidad. Su lucha está unida a la de otras figuras como
Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft y Simone de Beauvoir quien, con El
segundo sexo (1949), revolucionó las ideas sobre la liberación y los derechos
de la mujer.
En el
caso del Perú, es una figura de nuestro Bicentenario por-que nos relató
episodios críticos sobre nuestra república que son invalorables y poco
estudiados. Y sigue siendo parte de la historia del feminismo en el Perú y de
su literatura.
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PEREGRINACIONES
DE UNA PARIA
Prólogo
Flora
Tristán y Paul Gauguin*
Mario
Vargas Llosa
El tema
de la libertad es tan amplio, tan rico, tan diverso, que en ver-dad se puede
hablar de él tocando todos los temas. Porque detrás de todas las experiencias
humanas está la libertad, o la falta de libertad, o el sueño y el apetito de
libertad. Un ensayista que yo admiro mu-cho, Isaiah Berlin, dice en uno de sus
libros que él ha filiado hasta cuarenta definiciones diferentes de la palabra
libertad. Por eso, qui - zá en vez de hablar de la libertad en abstracto, como
un concepto filosófico o jurídico, o político, o social, sea preferible, para
sentirlo más cerca, más inmediato a nuestra experiencia, referirnos a él de una
manera concreta, y a través de unos seres humanos específicos que gozaron de la
libertad o no la tuvieron y lucharon por tenerla. He elegido a dos personajes
históricos con los que he estado convi-viendo estos últimos años, porque son
los protagonistas o, más bien, los inspiradores de los protagonistas de una
novela que llevo escri-biendo y que tiene como tema profundo el de la libertad.
O mejor, la ambición, el apetito desmesurado, en el caso de los dos, de
alcanzar y de gozar de una libertad plena y absoluta. Esos personajes se llaman
Flora Tristán, que no es tan conocida, por desgracia, y su nieto, que sí es muy
conocido, el pintor impresionista Paul Gauguin.
1 Este texto es una transcripción de la charla
que tuvo lugar en Las Palmas, Islas Canarias, el 9 de mayo de 2002. La misma no
se realizó sobre la base de un texto escri-to, sino a partir de las notas de su
autor [N. de la primera Ed.].
41
Mario
Vargas Llosa
Flora
Tristán y Paul Gauguin cubren todo el siglo XIX. Un siglo que, entre otras
cosas, fue el de las grandes utopías libertarias. Los anarquistas, los llamados
socialistas utópicos, diseñaron unos mo-delos de sociedad muy diferentes entre
sí, pero en los que ellos te-nían la convicción de que reinaba y tronaba, para
todos los seres hu-manos, un principio de libertad.
Me
gustaría en esta charla relatarles cómo vivieron ese sueño utópico de la
libertad absoluta Flora Tristán y su nieto Paul Gauguin.
Flora
Tristán nació en el año 1803, y murió cuarenta y un años des-pués. Su vida
relativamente breve fue, sin embargo, una vida riquísi-ma en experiencias y a
través de ella nosotros podemos vislumbrar los grandes temas y los grandes
problemas de la sociedad francesa y europea de su época. Ella era hija de un
militar peruano-español ave-cindado en el Perú; el Perú formaba parte todavía
de España cuan-do Flora Tristán nació. Y su nacimiento fue, ella lo descubriría
solo después, una tragedia porque el coronel don Mariano Tristán no se casó
guardando todas las formalidades. Estaba destacado en Bilbao, en donde conoció
a una francesita, Teresa Laisney (o Laînè), que ha-bía huido con toda su
familia de la revolución y se había domicilia-do allí. Para un militar español
casarse con una francesa exigía un trámite, unos permisos, unas licencias que
el coronel, don Mariano Tristán, no hizo y su matrimonio, que se llevó a cabo
gracias a un cu-rita francés, también exiliado en Bilbao, no tuvo ningún valor
legal. La pareja se trasladó a Francia; allí nació Flora Tristán, y cuando ella
tenía apenas 4 años y medio el coronel, don Mariano Tristán, murió de un
síncope. Vivían en un barrio residencial de París, en Vaugirard, en una casa
que Flora Tristán recordaría siempre como un paraíso que, seguramente, con la
vida difícil y sacrificada que tuvo, su me-moria idealizó. Y entonces, como no
tenía unos papeles que justifica-ran heredar esa mansión, Flora Tristán y su
madre fueron arrojadas de ese paraíso y condenadas a vivir miserablemente;
luego de haber vivido en uno de los barrios más elegantes, fueron a vivir en
uno de los barrios más pobres de París, en la plaza Maubert, un barrio lle-no
de borrachos, vagabundos y gentes de mal vivir. Cuando era muy
42
Prólogo
jovencita
Flora Tristán, su madre consiguió emplearla en un taller de grabados como
obrera colorista, obrera que coloreaba los grabados que realizaba el dueño
llamado André Chazal, que tenía esta peque-ña imprenta. El señor Chazal, que
era mayor, se enamoró de esta jo-vencita y la madre prohijó estos amores e
impulsó a su hija a casarse con su jefe. Flora Tristán se casó con André Chazal
y el matrimonio fue un desastre. Duró apenas cuatro años y en ellos Flora
Tristán tuvo tres hijos, dos de los cuales morirían en tierna edad y
sobrevivi-ría solo una niña, llamada Aline, que sería la madre de Paul Gauguin.
El matrimonio fue para Flora Tristán una experiencia traumática; descubrió no
solamente que no quería a ese señor, al que la ley había convertido prácticamente
en su amo, sino también que detestaba la servidumbre que representaba el
vínculo matrimonial, y entonces, en esa muchacha que no tenía casi formación,
que no había recibido ninguna educación regular, brotó con una fuerza
incontenible y que no la abandonaría hasta su lecho de muerte, ese apetito de
libertad, que es el elemento crucial en su vida y el motor que guiaría
práctica-mente toda su conducta. Descubrió, al mismo tiempo, que detestaba la
institución que sentía como una esclavitud, que no había manera de librarse de
ella, pues no existía el divorcio y la separación, si no era consentida,
tampoco existía. Y a pesar de ello Flora Tristán dio un paso que la convirtió,
desde el punto de vista legal, en una delin-cuente. Abandonó su hogar, abandonó
a su marido, pese a los esfuer-zos de su madre, que le dijo que una mujer que
deja a su marido es poco menos que una perdida y si el marido la denuncia la
llevan pre-sa, como delincuente. Pero ella no pudo resistir esa servidumbre y
corrió el riesgo, y entonces inició una vida que tenemos que conocer más a
través de la imaginación y la adivinación, porque no hay fuen-tes sobre ella.
Empezó a esconderse y a huir, siempre con el temor de que don André Chazal la
denunciara como prófuga, de que la policía la buscara y la encerrara en la
cárcel como una esposa indigna y una madre desnaturalizada. ¿Qué cosas hizo en
esos años oscuros? No lo sabemos. Hay suposiciones bastante fundadas de que
trabajó en los miserables oficios en los que podía trabajar una persona que
carecía
43
Mario
Vargas Llosa
de
instrucción, que era el caso de la inmensa mayoría de las mujeres de su tiempo:
como empleada doméstica o como obrera. Lo que sí se sabe es que, en un momento
dado, se empleó como dama de compañía (un eufemismo) de una familia inglesa a
la que acompañó en sus viajes por Europa. Pasó unos años en Inglaterra porque
aprendió el inglés, un país que siempre detestaría. Londres fue siempre una
ciudad mal-dita para ella. Seguramente porque la condición de empleada
domés-tica en una familia inglesa significó para Flora Tristán, una mujer que
amaba tanto la independencia y la libertad, un verdadero suplicio.
Así pasan
muchos años en la vida de Flora Tristán. Siempre mo-viéndose, viviendo en la
oscuridad, escondiéndose y con el temor de ser un día descubierta y enviada a
prisión. Un buen día, en una hos-tería de París, un señor que estaba cerca de
ella a la hora de la comida oyó que la dueña de la pensión pronunciaba su
nombre, doña Flora Tristán, su nombre de soltera. Entonces se acercó a ella y
le dijo: “Usted se apellida Tristán. ¿Usted no será pariente de unos Tristán
del Perú? Yo soy marino. Hago viajes regularmente hacia América del Sur, he
estado muchas veces en el sur del Perú, en la ciudad de Arequipa, y allí la
familia Tristán es la familia más poderosa e influyente. Yo conozco a don Pío
Tristán, que fue uno de los últimos virreyes del Perú y uno de los primeros
presidentes de la República”. Y Flora Tristán descubrió así, que el hermano de
su padre, don Mariano Tristán, era un persona-je poderosísimo en el remoto
Perú. Y le escribió una carta, diciéndole que ella era su sobrina carnal, que
le gustaría muchísimo conocer a su familia peruana, que su madre había tratado
de ponerse en contacto con ella a la muerte de don Mariano y no lo había
conseguido. Muchos meses después, don Pío Tristán le contestó.
En la
carta, Flora Tristán había cometido un error que luego la-mentaría amargamente.
Le había contado la dificilísima situación de la familia a la muerte de su
padre, por la naturaleza irregular del matrimonio en España, que carecía de
valor legal. Don Pío Tristán le envió un pasaje para que viajara al Perú y así
cambió radicalmente el destino de esta mujer, todavía joven, apenas 30 años,
que se em-barca un buen día, en Burdeos, en un barco de pasajeros llamado el
44
Prólogo
“Mexicano”,
en el que había diecinueve hombres. Ella era la úni-ca mujer. El viaje de Flora
Tristán, de Burdeos a Valparaíso, es de por sí una aventura apasionante. La
travesía duró seis meses y, en ese lapso –hay pruebas de ello–, el capitán se
enamoró de Flora Tristán. Es fácil deducir, asimismo, que los otros caballeros,
en-tre tripulantes y pasajeros, también se enamoraron de ella. Pero,
aparentemente, ella resistió todas las tentaciones y llegó a Valpa-raíso sin
compromiso, haciéndose pasar por una mujer soltera. En Arequipa, la familia
Tristán la recibió con los brazos abiertos y allí, durante cerca de diez meses,
vivió una vida que era poco menos que de sueño, con una familia enormemente
próspera y de ínfulas aristocráticas, que la trataba como una verdadera reina.
La noche que llegó le regalaron una esclava y así conoció de cerca la
esclavitud, una institución que en Francia ya había desapare-cido hacía
bastante tiempo. Y descubrió también un país, que era una República
recientísima, pero que estaba todavía impregnada de las instituciones, las
costumbres, los usos, los prejuicios de la era colonial. Todo ello lo
describiría luego al regresar a París, un año más tarde, en un libro
hermosísimo, Peregrinaciones de una pa-ria, un libro donde ella dio un paso
absolutamente insólito para su tiempo, el paso de la franqueza total. En ese
libro no solo se limita a referir su viaje al Perú, sus aventuras peruanas,
sino que cuenta su vida con una libertad de palabra insólita, asumiendo su
condi-ción de hija ilegítima, de mujer bastarda a la que esta “falta” de
na-cimiento condena en la vida a una suerte de marginalidad. Cuenta el horror
que significó para ella el matrimonio y cómo a través del matrimonio descubrió
la condición de servidumbre, de ciudadana de segunda clase, que era la
condición de la mujer, la absoluta falta de protección legal en que se
encontraba y su inferioridad, desde todo punto de vista, frente al hombre. Este
libro fue escrito de una manera espontánea y sin elegancia ni calidades
literarias que, evi-dentemente, ella no tenía; ya digo, que su formación era
mínima y siempre la avergonzaron las faltas de ortografía que tenía que hacerse
corregir.
45
Mario
Vargas Llosa
A pesar
de todo ello, el libro tuvo un éxito enorme en París, y de la noche a la mañana
convirtió a Flora Tristán, esta desconocida, esta paria, como se llamó a sí
misma, en un personaje popular en el me-dio intelectual. Comenzó a visitar los
salones, se hizo amiga de escri-tores y artistas y empezó a figurar en las
publicaciones de la época. Allí apareció André Chazal, esgrimiendo esos fueros
que le concedía la ley como marido abandonado por una mujer moralmente indigna
para la moral de la época, a la que entonces se dedicó a perseguir
judicialmente. Existía el rumor de que Flora Tristán había regresado del Perú
rica, dueña de una herencia, y uno de los motivos por los cuales André Chazal
inició una persecución legal contra su mujer –lo era y no podía dejar de serlo
puesto que el divorcio no existía y la separación legal no se la había
concedido– era la supuesta fortuna que había traído del Perú doña Flora
Tristán. La historia de esta per-secución judicial es también de por sí una
novela de aventuras; sirve sobre todo para ver la condición de indefensión en
que se encontra-ba una mujer en Francia, una sociedad supuestamente avanzada y
a la vanguardia de la modernidad en su tiempo. Esta persecución está llena de
incidentes violentos, y alguno espantosamente triste: André Chazal secuestraba
a los hijos de Flora Tristán. En una de estas ocasiones se descubrió que había
intentado violar a su hija Aline, la futura madre de Gauguin, a la que hacía
–luego de haberla secues-trado– dormir con él en una sola cama en un cuartucho
donde vi-vía. Cuando Flora Tristán se entera de esto irrumpe en casa de André
Chazal, rescata a su hija y denuncia a este padre violador e incestuo-so ante
los tribunales. El juicio provoca un escándalo mayúsculo y es seguido por la
prensa, por los intelectuales, por la opinión pública y es verdaderamente
bochornoso leer los incidentes ya que pasa de ser un juicio contra un padre
violador, a ser un juicio contra Flora Tris-tán, madre indigna, esposa indigna
que carece, de acuerdo a la moral y a la ley de la época, de la credibilidad
necesaria como para presen-tar una acusación de esta índole. Hay un abogado que
luego hará una carrera muy destacada en Francia que se llama Jules Favre y que
tiene un gran éxito público justamente destruyendo la acusación de
46
Prólogo
Flora
Tristán, gracias a una política agresiva de denuncia y condena de esta mujer,
que públicamente había reconocido ser una esposa prófuga, que violando la ley
abandonó su hogar y, además, mintió ante el mundo haciéndose pasar por soltera
a lo largo del año que vivió en el Perú. Lo increíble es que las habilidades
dialécticas del abogado Jules Favre van persuadiendo poco a poco a los jueces
que juzgan a André Chazal, quienes terminan juzgando a Flora Tristán.
Finalmente, André Chazal es absuelto por esta acusación; dos de los hijos –el
tercero había muerto ya– le son arrebatados a Flora y son puestos en un
internado donde el padre y la madre tienen derecho de ir a verlos una sola vez
al mes. Y luego de esto, de esta suprema hu-millación que significa para Flora
Tristán este veredicto, un buen día André Chazal la espera en la puerta de su
casa, en la rue du Bac, con dos pistolas. Le dispara la primera y no consigue
disparar la segunda paralizado por una sensación, o de culpa o de miedo, con lo
cual Flo-ra Tristán se salva milagrosamente de morir, pero se queda con una
bala junto al corazón que la acompañará el resto de sus días. Dos mé-dicos muy
conocidos de la época la atienden, tratan de extraerle la bala, no lo
consiguen, le advierten que desde entonces, con ese metal que tiene allí cerca
del corazón, ella debe llevar una vida extremada-mente calma, prudente, serena,
sedentaria, y ella hace exactamente lo contrario.
El haber
estado a punto de morir, el haber sido humillada públi-camente en ese juicio,
se convierte para ella en una experiencia que elabora y reelabora, y de la cual
saca unas conclusiones sorpren-dentes y admirables: la necesidad de luchar, de
luchar con todas las fuerzas de que es capaz para remediar esa situación, para
cambiar esa sociedad donde las mujeres siguen siendo ciudadanas de segun-da
clase, desprotegidas y relegadas a meros instrumentos de placer para el hombre
o sombras, dice ella, furtivas en un mundo exclusiva-mente masculino en todo lo
que es importante.
Flora
hace un viaje a Londres y escribe, luego de pasarse cua-tro meses en la capital
de lo que era entonces el centro de la Revo-lución Industrial, un libro también
admirable, que se llama Paseos
47
Mario
Vargas Llosa
en
Londres. Gran parte de estos cuatro meses los pasó disfrazada de hombre, para
poder entrar a todos los sitios que ella quería conocer y describir en su
libro, y donde no estaban autorizadas las mujeres, como el Parlamento
británico, al que las mujeres no tenían acceso. Pero también para entrar al
mundo de la noche y de la catacumba, al mundo de la prostitución donde ella
veía justamente, en su expre-sión más descarnada, la condición discriminada y
explotada de la mujer. Visitó los prostíbulos, visitó los bares pecaminosos y
en su libro presenta unas escenas que son verdaderamente espeluznan-tes de la
otra cara de la Revolución Industrial, que significaba, por supuesto, el
progreso, la modernización y, además, el primer paso a lo que sería una
revolución tecnológica, científica, económica y polí-tica en el mundo entero.
Lo que el
libro nos dice es que es extraordinario lo que está ocu-rriendo en estas
fábricas, pero, al mismo tiempo, que esta revolución industrial tiene un
precio, un precio en sufrimiento, un precio en sa-crificios y quienes pagan,
ante todo, el precio de esta extraordinaria transformación son las mujeres.
Describe los talleres, donde las mu-jeres ganan la tercera parte, a veces la
quinta parte que los obreros por un trabajo idéntico. Describe la absoluta y
total desprotección en que se encuentran los trabajadores y, sobre todo, las
trabajadoras; describe las cárceles que ella visita y los manicomios. En ese
sentido, Flora Tristán es una de las pensadoras más avanzadas de su tiempo, una
de las primeras personas en ver, tanto en la locura como en la delincuencia, la
manifestación de una problemática social. La locu-ra como resultado de la
desesperación a que conduce la miseria, la marginación, la falta de perspectiva
en el mundo; y una de las pri-meras en condenar, de manera muy enérgica y
sistemática, el que se permitiera trabajar a los niños. Describe talleres que
funcionaban con niños de 7 a 10 años, que prácticamente no ganaban, sino que
recibían meras propinas, y también el hecho de que los niños fueran juzgados
por los tribunales exactamente como los adultos y envia-dos a las cárceles. Su
descripción de estas, donde hay niños de 8, de 10 años, cumpliendo penas, son
verdaderamente espeluznantes. Allí, en
48
Prólogo
Inglaterra,
ella concibe de pronto una idea que será de alguna mane-ra la que pocos años
después y de manera mucho más elaborada, me-nos romántica, más intelectual y
más sólida, desarrolle Karl Marx, la idea de que la transformación radical de
la sociedad la harán las víc-timas de esa sociedad; es decir, los explotados,
los obreros, quienes no tienen más que ofrecer en el mercado que su fuerza de
trabajo.
Ella
concibe esta idea: “En realidad nosotras las mujeres, luchan-do solas, nunca
vamos a transformar la sociedad. Vamos a ser ataja-das, frenadas, reprimidas, y
nuestra lucha será un sacrificio inútil. Hay que unir a las mujeres con las
otras víctimas de la sociedad, que son los obreros, los trabajadores
explotados”. Cuando ella habla de obreros no solamente habla de trabajadores
industriales, habla también de trabajadores artesanos, de campesinos, y dentro
de esta denominación incluye a todas las víctimas, a quienes están en una
condición de inferioridad en la sociedad. Y entonces ella dice: “Eso es lo que
hay que hacer, vamos a unir a las mujeres y a los obreros, de Francia, de
Europa, del mundo. Y con eso vamos a crear una fuerza irresistible que va a transformar
profundamente la legislación y que va a hacer de la libertad, por fin, un
derecho al alcance de todos los seres humanos sin excepción”.
Este es
el proyecto que ella llamará La Unión Obrera. Escribe rápi-damente un librito,
de ciento y pico de páginas, y regresa a Francia poseída de una especie de
entusiasmo místico e inmediatamente co-mienza a poner en práctica esta idea,
que es una utopía más dentro de las muchas utopías decimonónicas. Empieza a
tener reuniones con las mutuales obreras. No existían los sindicatos. Es
apasionante imaginarla entrando a discutir con estos dirigentes de las mutuales
que no estaban acostumbrados a ver entre ellos a una mujer; una mujer que no
era, además, una obrera, sino, desde su perspectiva, una intelectual, una
señora de sociedad y que les hablaba con una energía y con una convicción
contagiosas. Además, respondía con igual energía y a veces ferocidad a cualquier
síntoma que denota-ra en sus auditorios el prejuicio contra ella, porque tenía
faldas y no llevaba pantalones. Consigue así instalar los primeros comités,
49
Mario
Vargas Llosa
y
entonces quiere ir más allá y decide hacer una gira, primero por Francia y
después por toda Europa, creando los comités de esta in-ternacional, aunque
ella no use la palabra, pero eso era, una inter-nacional, porque no reconocía
fronteras. Las fronteras nacionales, dentro del designio de Flora Tristán, no
existían. Entonces, y a pesar de que los médicos le dicen que es una verdadera
locura en su estado, con una bala allí junto a su corazón, someterse a un
esfuerzo de esa índole, inicia una gira que dura exactamente ocho meses, por
todo el sur y el suroeste de Francia. Es una gira de la que ella lleva un
diario, que es un texto extraordinario sobre esta mujer extraordinaria, en la
que con una voluntad realmente de acero se enfrenta a toda cla-se de obstáculos,
desde la desconfianza de los propios obreros que muchas veces la rechazan y la
hostilidad de las mujeres de los obre-ros que le hacen manifestaciones –en
algunos sitios la insultan y la llaman prostituta porque piensan que quiere
seducir o corromper a sus maridos en estas reuniones a las que los invita–,
hasta sufre la hostilidad de la fuerza pública, de la policía, que le prohíbe
las asam-bleas, que registra su cuarto de hotel y le decomisa sus documentos. Y
al mismo tiempo, ella no se desanima, sino al contrario, mantiene siempre un
entusiasmo y una voluntad contra la que su organismo va pareciendo cada día más
débil, más enfermo. Es una verdadera experiencia de sacrificio y de voluntad
contra la adversidad real-mente extraordinaria.
Así llega
a Burdeos, donde simplemente el cuerpo no le da más; a los dos días de llegar
la habían invitado a un concierto que daba Franz Liszt, en el gran teatro de
Burdeos y allí, en medio del recital, se desploma desmayada. Una pareja de
sansimonianos, otros utopistas de la época que la admiraban, la llevan a su
casa. Allí agoniza, allí muere y allí la entierran. Un centenar de obreros
acompañan su ca-dáver hasta el cementerio de La Cartuja, donde está enterrada.
La utopía
de Flora Tristán no se realiza, pero de alguna manera ella siembra una semilla.
Una semilla que irá germinando poco a poco hasta que, un siglo y medio después,
muchas de las cosas con las que soñó, por las que luchó, pasan a formar parte
ya de la realidad
50
Prólogo
o, si no
de la realidad, de la agenda política, de las instituciones, de los partidos, y
de las personas democráticas del mundo. Cuando muere Flora Tristán, su hija
Aline, la única que sobrevive, está trabajando en Amsterdam con una modista.
Entonces regresa a Francia y los ami-gos de Flora Tristán, entre ellos George
Sand, que es una amiga que la trató siempre con cierta superioridad y
arrogancia, se ocupan de esta niña que queda sin familia, sin recursos y le
buscan un marido, un periodista republicano llamado Clovis Gauguin, quien se
enamo-ra de esta muchacha y se casa con ella. Inmediatamente entra en una
situación dificilísima desde el punto de vista político porque Luis Bo-naparte,
que parecía que iba a ser un líder más bien republicano y democrático, da un
golpe de Estado y restablece el Imperio, y empie-za a seguir encarnizadamente a
todos los republicanos que lo habían apoyado, entre ellos a Clovis Gauguin. Y,
entonces, huyen al Perú. Y van, como hizo doña Flora Tristán, a pedir asilo y
refugio a don Pío Tristán, que en el Perú, hombre casi inmortal, continúa
prosperando y sigue aumentando su influencia política. Ha casado a una de sus
hijas con el Presidente de la República de entonces, el general Echenique, y
vive en Lima, donde invita a esta nieta-sobrina a venir con su marido. El viaje
de Aline y Clovis hacia América del Sur es una tragedia, por las tensiones, la
angustia y la incertidumbre. Clovis Gauguin, que era muy joven, tiene un
síncope, muere en el viaje y es enterrado en un pequeño pueblecito de la costa
chilena, Puerto Hambre, de tal manera que Aline Gauguin llega viuda a Lima con
dos hijos pequeñitos, Paul, el futuro Paul Gauguin, y su hermana María
Fernanda.
Paul
Gauguin vive en Lima los primeros siete años de su vida. Aprende a hablar
primero español antes que francés, y hace la vida de un niño de la alta clase
social peruana. A los siete años, su ma-dre decide regresar del Perú porque un
tío de su difunto marido, en Orléans, está a punto de morir y le anuncia que
quiere dejarle una herencia. Pues allí regresan y Paul Gauguin es internado en
un cole-gio religioso donde pasa toda su infancia y los primeros años de su
juventud. Lo que es fascinante en la vida de Paul Gauguin es que, ni durante su
etapa escolar ni durante los años de su juventud, hay en
51
Mario
Vargas Llosa
él el más
mínimo indicio de que tenga una vocación artística. No fue un niño
especialmente dotado para el dibujo en la escuela, y cuando termina la escuela
lo que quería ser es marino. No puede entrar en la escuela naval-militar porque
se le ha pasado la edad, y entonces su madre, o mejor dicho su tutor, un hombre
rico, que probablemente tuvo amores con la madre de Gauguin, lo ayuda a entrar
a la marina mercante, donde Paul Gauguin pasa ocho años de su vida viajando por
el mundo, en barcos que lo llevan al Asia, al África, al Brasil. Y durante
todos estos años no hay tampoco el más mínimo indicio de que en este joven, que
ya es un hombre, haya una vocación de tipo artístico. Finalmente, luego de la
guerra francoprusiana, abandona la marina y entonces, aconsejado siempre por su
tutor don Gustave Arosa, que era un hombre rico y que tenía una colección de
pintura importante, decide entrar a la bolsa para hacer una carrera en las
finanzas. Y entra a la agencia de Paul Bertin, en la que se convierte en un
empleado modelo. Los biógrafos han estudiado el rendimiento del joven Paul
Gauguin como agente de bolsa y concluyen que tuvo un rendimiento magnífico. Es
el mejor agente de bolsa, el que consi-gue mejores clientes, el que lleva con
más eficacia las inversiones, los portafolios de los clientes de la agencia
Bertin y en todos estos años no hay tampoco el menor indicio de que ese joven
financista, joven burgués, exitoso, esconda en alguna parte de su personalidad
una vocación de pintor.
Hasta que
un día llega a la agencia Bertin un alsaciano llamado Emile Schuffenecker, un
hombre tal como lo pintan los dibujos y los cuadros de Gauguin, más bien
desbaratado, muy poco apuesto, que tenía dificultades de expresión y cuyo
marcado acento alsaciano provocaba las risas de sus compañeros. Y este se hace
muy amigo de Gauguin; es su compañero. Es el gusanito que pudrirá la manzana.
Él tenía una vocación artística que no podía ejercitar, pero que amaba
intensamente y dedicaba sus horas libres a dibujar, a pintar; se había inscrito
en una academia, la academia Colarossi, y en sus días libres iba al Louvre. Él
lleva al Louvre por primera vez a Paul Gauguin. Te-nía ya casi 30 años y nunca
había puesto los pies en el gran museo de
52
Prólogo
París y
de Europa, pero fue allí acompañando a su amigo Schuffenec-ker que iba a imitar
a los clásicos. Y este lo convence de que se inscri-ba también en la academia
Colarossi. Le dice: “Es muy divertido, me-jor que estar en las noches en los
cafés de Clichy, jugando al dominó y tomando ajenjo. ¡Ven conmigo a la academia
y vas a ver que la vas a pasar muy bien!”. Y entonces él, se diría que más por
inercia que por convicción, se inscribe en la academia y allí comienza por
primera vez a dibujar. De esa época son los primeros bocetos que se conocen de
Gauguin. Para entonces se había casado y ya tenía varios hijos. Se había casado
con una danesa que aspiraba a ser una burguesa prós-pera de París y que había
creído encontrar en el exitoso agente de bolsa Paul Gauguin el vehículo para
llegar a la cumbre social.
Gauguin
sigue trabajando en el día y empieza a pintar en las noches. Y empieza a pintar
con un celo, con una convicción que re-cuerdan mucho el celo y la convicción
con el que su abuela se había dedicado a la lucha social cuando decide hacer
algo para cambiar esa sociedad que discriminaba a la mujer. Es muy interesante
ver en esos años esa lucha, una lucha sorda, secreta, pero que debió ser muy
dramática entre esa afición que se va convirtiendo en una vocación cada vez más
exclusiva y excluyente, y lo que es una realidad, unos intereses, una
profesión, unas obligaciones, las de agente de Bolsa, financista, marido y
padre de familia, que es Paul Gauguin.
Hay una
escena muy divertida en la vida de Gauguin a raíz de una crisis financiera que
desploma el mercado de Francia, desploma bancos y luego una serie de Bolsas,
primero la de Lyon y finalmente la de París. Un día su jefe en la agencia lo
llama cariacontecido y le dice que en vista de las circunstancias no tiene más
remedio que de-cirle que por el momento la agencia va a prescindir de sus
servicios. Y entonces Paul Gauguin salta sobre su jefe, le coge las manos y se
las besa y le dice: “Patrón, usted acaba de hacer de mí un artista”. Sale de
allí loco de felicidad a decirle a Mette, su mujer: “He sido despedido y nunca
más volveré a pisar la Bolsa y nunca más volveré a hacer nada que no sea
pintar”. La mujer se desmaya, y entonces comien-za la vida del verdadero Paul
Gauguin, del Paul Gauguin apasionado
53
Mario
Vargas Llosa
por un
oficio que va ocupando cada vez más todos los espacios de su vida hasta hacer
de él algo muy parecido a un fanático, a un hombre que vive con una visión
unilateral, exclusiva: pintar, llegar a produ-cir obras maestras y encaminarse
directamente a ese objetivo, sacri-ficando todos los obstáculos que se
interpongan.
Los
obstáculos son, naturalmente, la pobre Mette Gad, su mu-jer danesa, y los cinco
hijos que había tenido con ella. Comienza una vida en la que, como Flora
Tristán niña, Gauguin pasa de la prosperidad y la vida burguesa a una situación
cada vez más sa-crificada, pobre, marginal. Primero en Rouan, luego se refugian
en Dinamarca, donde la familia de Mette consigue para ella unas clases de
francés con las que viven difícilmente todos. La familia ve a Paul Gauguin con
tremenda irritación, con resentimiento, lo ven como alguien que había engañado
totalmente a esta pobre mu-chacha que creyó casarse con un agente de bolsa y
terminó, cin-co años después, casada con un bohemio. Un señor que no quería
trabajar, que solo quería pintar. Y entonces, después de un año en Dinamarca,
Paul Gauguin abandona definitivamente a la mujer y a sus cinco hijos y regresa
a Francia donde vive una vida que es de aventura pero también de soledad y de
pobreza, para no decir de miseria realmente extrema. Para poder comer hace las
cosas más absurdas, como pegar carteles por las calles de París, por ejemplo, y
finalmente se va a refugiar a un pueblecito de Bretaña que se lla - ma
Pont-Aven, donde iban algunos pintores de la época porque era un pueblo muy
aislado, muy salvaje, en un mundo, la Bretaña, que parecía resistirse con todas
sus fuerzas a la modernidad. Eso es fundamentalmente lo que atrae a Paul
Gauguin hacia Pont-Aven. Él tenía una idea y, como su abuela, él sería un
hombre de ideas fijas. Su idea al principio confusa, nublada, irá tomando
cuerpo, afinándose con el paso de los años. Era la siguiente: el arte francés,
el arte europeo, está en decadencia y porque está en decadencia se ha
convertido en el patrimonio de una élite. Una élite conformada por los
pintores, por los críticos y por los coleccionistas de pintura. El arte europeo
ha entrado en decadencia porque se ha cortado del
54
Prólogo
conjunto
de la sociedad, y se ha cortado del conjunto de la sociedad porque se ha vuelto
frívolo, superficial, una actividad disociada de las otras actividades de la
colectividad, entre ellas la religión, esta es la que da al arte una fuerza
comunicativa y hace que sea repre-sentativo; una actividad en la que se
reconocen todos los miembros de la sociedad. ¿Cuándo y dónde ha ocurrido eso?
Él dice: “En las culturas primitivas”. En ellas el arte es eso, una expresión
de una manera de vivir, de una manera de creer, unos dioses que forman parte
del trasmundo del mundo social. Él va a Bretaña a buscar eso, una comunidad en
la que todavía las viejas costumbres, las viejas tradiciones y creencias son
una realidad. Francia está viviendo en esos años una República que trata por
todos los medios de seculari-zar la vida, de apartar a la religión de las
instituciones, de propagar el laicismo, y si hay una región en Francia que
resiste estos esfuer-zos modernizadores es Bretaña. Bretaña es un mundo
tradicional, anacrónico, un mundo aferrado al pasado, a la religión, un mundo
que frente a los intentos laicistas y secularizadores de la República opone
cada vez más procesiones, santos, milagros, vírgenes que se aparecen, perdones.
Las iglesias de Bretaña siguen repletas de fie-les. Y eso es lo que va a buscar
Paul Gauguin a Pont-Aven.
Allí
encuentra, efectivamente, un mundo muy distinto del parisi-no, un mundo menos
frívolo, menos esnob, menos elitista, diríamos en el lenguaje de nuestros días,
y allí empieza, por fin, a pintar obras maestras. Pero al poco tiempo encuentra
que ya la modernización, palabra para él absolutamente despreciable, ha
comenzado a roer los cimientos tradicionales de Bretaña. Y entonces afina su
idea que será, con el paso de los años, revolucionaria para la cultura y el
arte europeos: “No. Hay que salir de Europa, hay que ir fuera, lejos, hacia
otras culturas que nosotros desde aquí no vemos, cegados como es-tamos por
nuestro pequeño mundillo. No, no, hay que ir a inyectarse ahí de una energía
primitiva, el primitivismo es lo que va a devolver-nos una vitalidad, una
fuerza que hemos perdido en este mundillo que se ha ido como extinguiendo y
empobreciendo debido a la frivo-lidad y el esnobismo”.
55
Mario
Vargas Llosa
Y
entonces hace un viaje a América del Sur, va a Panamá, con una idea fantástica
que no se realiza; él esperaba que su cuñado lo ayuda-ra a sobrevivir, pero
cuando llega allí su cuñado ha huido, persegui-do por sus acreedores. Al
encontrarse sin ninguna ayuda tiene que trabajar como lampero, como obrero en
el primer intento de canal. La experiencia es desde luego gravísima para
Gauguin, no solo por-que lo ataca la malaria, que casi mata a un compañero de
viaje, un joven pintor, Charles Laval, que lo acompañó, sino también porque
allí, al parecer, contrajo la sífilis, que sería la tragedia del resto de su
vida. Finalmente escapa de Panamá y se refugia en Martinica, don-de pasa cerca
de un año. Allí pinta obras maestras, y esta idea del mundo primitivo, del mundo
exótico, distinto y diferente comienza a cuajar en una pintura nueva, una
pintura que en realidad no es una mera descripción de ese primitivismo, de esa
otra conjura de otras razas, de otras creencias, de otros ritmos, de otros
paisajes, sino la proyección en esos decorados de unos demonios personales, de
unas imágenes que se había ido forjando él a través de mitos, de conviccio-nes,
de fantasmas, como ocurre siempre con los grandes artistas. La pasa muy mal. La
enfermedad de nombre impronunciable comienza a hacer estragos en su organismo.
Regresa a Europa. Allí conoce a un holandés que ha sido un predicador y que,
como él, también ha des-cubierto el arte bastante tarde en su vida, pero quien
se ha entregado a esa vocación con la misma pasión fanática que él. Este
holandés es Vincent Van Gogh.
Van Gogh
queda deslumbrado con la personalidad de Gauguin, queda abrumado con esta
fuerza de la naturaleza, este hombre con convicciones que parecen
irresistibles, todo lo contrario de lo que era él: inseguro, perdido,
impráctico. Y entonces él sueña con vivir cerca de esa fuerza, cuya obra además
admira. Las pinturas que Gau-guin trae de Martinica le parecen a Van Gogh obras
maestras. Es el primero en descubrir en Gauguin realmente un genio. Finalmente,
hacen un acuerdo para vivir juntos.
Seguramente
ustedes conocen la experiencia catastrófica que es esa convivencia de nueve
semanas de Van Gogh y Gauguin. Viven en
56
Prólogo
Arles en
una casita muy pequeñita, una casita amarilla, y la obse-quiosidad, los
esfuerzos desesperados de Van Gogh para que Gau-guin se sienta cómodo y se
sienta feliz con esta convivencia tienen, más bien, el efecto contrario. A un
hombre que ha descubierto la li-bertad en su vida, que ama, que defiende la
libertad por encima de to-das las cosas, esa obsequiosidad y esos halagos con
que lo abrumaba Van Gogh lo hacen sentirse un prisionero y lo impulsan a
partir. Esto termina mal, muy mal, cuando él anuncia que se va, que se va antes
del año acordado. Van Gogh entra en un estado crítico de desespera-ción, se
corta media oreja y termina en el manicomio, un hecho que marca el principio
del fin para el pintor holandés; pasa cerca de un año en Saint Rémy y luego
sale para pasar los últimos treinta días de su vida en un pueblecito cerca de
París, en Auvers-sur-Oise, donde finalmente termina suicidándose.
En esas
semanas de convivencia tienen muchas conversaciones, y uno de los temas
centrales de esas conversaciones es una idea que tiene Van Gogh pero que quien
la llevará a la práctica será Gauguin. La idea de un estudio en el Sur. Van
Gogh también creía, como Gau-guin, que el arte del futuro, el arte creador, el
arte fuerte, el arte vigo-roso, no sería un arte que surgiría en Francia, sino
lejos, en un mundo primitivo, exótico, de paisajes vírgenes, y ese mundo podía
ser Tahití, un mundo que los dos amigos descubrieron por una novela de un joven
marino que luego sería un escritor famoso, Pierre Loti, quien escribe una
primera novela llamada Rarahu, Le mariage de Loti, sobre Tahití. Y entonces
allí, leyendo esas páginas que describen un mundo idílico, un mundo donde se
puede vivir en el ocio creador, donde el placer forma parte de la experiencia
cotidiana, concibe Gauguin la idea de partir hacia los mares del sur y hacia la
Polinesia.
Es un
hombre sin recursos, quiere salir de París, quiere abando-nar Francia, hace
múltiples intentos para ir a Madagascar, para ir a la China y finalmente
consigue que el gobierno francés le regale un pasaje de barco y le dé unas
credenciales como pintor oficial en-cargado de ir a pintar los paisajes de
Tahití. Y así llega a la Polinesia, donde pasará los últimos siete años de su
vida. En Tahití vive cerca
57
Mario
Vargas Llosa
de cinco
años y allí, aunque la realidad no confirma sus ideas, esas ideas de alguna
manera se materializan. Llega a un mundo donde efectivamente había una cultura
tradicional y primitiva pero que estaba siendo prácticamente borrada por la
colonización. Él soñaba con ver grandes estelas, grandes estatuas, soñaba con
encontrar las manifestaciones de un arte maorí, primitivo, tradicional, y
prácti-camente nada de eso existía. Ni siquiera existía la desnudez
esplen-dorosa de los cuerpos, que se lucían al natural en la novela de Pie-rre
Loti. Los misioneros, tanto católicos como protestantes, habían vestido a los
indígenas, quienes llevaban las túnicas misioneras de tal manera que esa
desnudez había que ir a buscarla, si existía, lejos de Papeete, la capital de
Tahití, en los pueblos, en las aldeas alejadas donde no llegaba esa
civilización que había empezado a echar raíces muy rápidamente en Tahití.
Pero
Gauguin, como hacen los grandes artistas, como hacen los grandes soñadores y
como hacen los grandes utopistas, lo que no encuentra en la realidad lo
inventa, lo fabrica y lo crea en sus pintu-ras. Pero vive siempre con una
frustración, con una gran frustración: “¿Ese mundo primitivo, dónde está?”.
Estos últimos años son muy fascinantes, no solo por las obras maestras que
produce, también por las mil y una pellejerías que allí pasa y por los
innumerables excesos y abusos que comete –se convierte muy rápidamente en un
apestado que la sociedad colonial rechaza–, sino también porque esa obsesión va
complicándose, creciendo de una manera realmente delirante. Él está convencido
de que hay una cultura maorí tradicional, la de los Ariori, pero que existe
secretamente, en una catacumba que los indígenas ocultan para preservarla
justamente de esa maquinaria arrolladora que es la cultura del colonizador, que
impone las igle-sias, las escuelas, los gendarmes, las leyes, y entonces trata,
deses-peradamente, de que los indígenas le revelen ese mundo secreto. Un mundo
en el que él está convencido de que los viejos dioses, las viejas creencias
siguen reinando y tronando. Hay un enloquecimiento pro-gresivo. En un momento
empieza a defender tesis que hacen reír o espantan a sus contertulios: por
ejemplo, la de que la antropofagia,
58
Prólogo
el
canibalismo, es una manifestación de pujanza y de salud, y que los pueblos
antropófagos, caníbales, son pueblos que muestran una extraordinaria vitalidad
y creatividad, y él está convencido de que allí, en los rincones de los bosques
de las islas polinesias, la vieja tra-dición maorí de la antropofagia, del
canibalismo, del tatuaje, se man-tiene absolutamente viva. Sus amigos maoríes,
sus mujeres maoríes, le dicen que eso es falso, que no es verdad, que sí
existió alguna vez pero que esas cosas ya no solo no se practican, sino que ya
nadie re-cuerda esos viejos dioses de los que él habla. Pero esta obsesión al
final va interponiéndose entre él y la realidad y, sobre todo, va ali -
mentando su pintura tahitiana, que es su gran pintura, la pintura más creativa
de Gauguin. Finalmente tiene una idea: “¡Sí! Aquí eso ya no ocurre porque
Tahití está corrompida, Tahití es una proyec-ción de Francia, de Europa; hay
que ir a buscar esa fuerza primitiva, esa cultura virgen, primigenia, lejos de
Tahití”. ¿Dónde? En las islas Marquesas. estas son las islas más islas del
mundo, son las que están más apartadas de un continente, y si ahora todavía es
difícil –toda una peregrinación– llegar a las Marquesas, en la época de
Gauguin, a comienzos del siglo XX, lo era muchísimo más.
La
enfermedad iba deshaciéndolo, estaba un poco como su abue-la, Flora Tristán, en
las últimas semanas de su viaje por el sur de Fran-cia, pero sin embargo su
empecinamiento tiene éxito. Consigue un dinero, se embarca en un barquito que
lo lleva de Papeete a Hiva Oa en un viaje infernal que dura una semana, y allí
llega, a comienzos del siglo XX, a un pequeño asentamiento que se llama Atuona,
donde pasará sus dos últimos años de vida, descubriendo, seguramente con
inmenso dolor, que el paraíso que buscaba tampoco estaba allí. Sí, Atuona era
mucho más primitivo que Papeete, Hiva Oa era infinita - mente más aislada,
primitiva y virgen que Tahití y a diferencia de Tahití, sí, la civilización
maorí había dejado muchas huellas, estaban los Tikis, esas grandes formas
escultóricas tradicionales, pero todas muy lejos de Atuona y, qué dramático, su
físico le impedía el menor desplazamiento; ya no estaba en condiciones de salir
de Atuona, de cruzar unos bosques en los que no había carretera. Por otra
parte, no
59
Mario
Vargas Llosa
solo el
corazón le jugaba constantemente malas pasadas. Las pier-nas se le habían
llenado de llagas, vivía con constantes infecciones y, además, lo más trágico
que el destino puede imponer a un pintor, comenzaba a perder la vista. Los
últimos cuadros que pinta en Tahití, en Atuona, son como las últimas páginas
del diario de Flora Tristán antes de llegar a Burdeos. Los estertores agónicos
de una voluntad que lucha contra la muerte y que en un momento dado parece que
fuera a vencerla. Pinta casi ciego y, sin embargo, pinta, y los cuadros que
pinta en los últimos meses de su vida, aunque no sean los me-jores, son cuadros
emocionantes, impresionantes, donde esa visión, esa idea suya de un mundo de
absoluta libertad, un mundo de instin-tos sin freno, un mundo de ocio, de goce,
de identificación total con la naturaleza, sin bridas, sin anteojeras, sin
prejuicios, se hace reali-dad. La fuerza de la visión es tan grande que supera
las limitaciones, las estrecheces de un cuerpo, de unos sentidos que están ya
dando las últimas boqueadas. Allí muere, allí está enterrado y allí termina la
peripecia de Paul Gauguin.
Como
ustedes ven, entre la abuela y el nieto hay enormes dife-rencias. Ambos amaron
apasionadamente la libertad y trataron, con todos los medios a su alcance, de
imponerla en la realidad que vi-vían, pero su idea de la realidad era
completamente distinta y con-tradictoria. Para Flora Tristán la libertad era
algo compartido, algo que debía beneficiar primero a las mujeres del mundo,
porque eran las más discriminadas y explotadas, y en última instancia a todas
las víctimas de una sociedad, quienes por razones de raza, por razones de
nacimiento o ignorancia están impedidos de gozar de las oportu-nidades de que
gozan los demás para tener éxito, para disfrutar de la prosperidad, para
acceder a una cultura. El ideal de Flora Tristán es un ideal generoso, idealista,
colectivo.
A Paul
Gauguin la justicia social le importaba un bledo. Que el mundo estuviera lleno
de injusticias ni le iba ni le venía. Había en él ese egoísmo que suele ser
característico de los grandes artistas y de los grandes creadores. Esa obsesión
hipnótica en una tarea, en un quehacer, muchas veces completamente ciega con
respecto a la
60
Prólogo
problemática
del entorno. Ése fue el caso de Gauguin. Si se estudia su vida desde un punto
estrictamente ético, cívico o social lo que preva-lece en el caso de Gauguin es
el egoísmo, un egoísmo absolutamente desmesurado que para sacar adelante una
obsesión creadora está dispuesto a sacrificarlo todo, incluso los seres más
próximos, que se supone queridos, la mujer, los hijos. Pero en Gauguin también
hay un sueño de un mundo de libertad, un mundo en el que la libertad no sea
sinónimo de justicia sino de goce, de placer. Un mundo en el que la libertad
produzca ante todo belleza, el primero de los valores para Paul Gauguin. Una
belleza que de algún modo exprese la manera de ser de toda una colectividad, de
todo un pueblo, sus creencias, sus costumbres, su relación con los ancestros y
un mundo en el que la belleza será la fuente primera del placer y del goce para
todos, sin distinción de familias, de clases. Ambos sueños son utópicos y
am-bos sueños son complementarios.
Podemos
sacar de estos sueños paralelos unas ciertas conclusio-nes y una de ellas es
que siendo la libertad lo más importante para el progreso humano, tanto el
progreso colectivo como el progreso in-dividual, la libertad también es una
quimera, es un apetito que nun-ca se sacia, es una aspiración que no tiene
límites. Cuando nosotros somos poseídos por esa ambición, por ese deseo, por
ese sueño de tener más libertad, perseguimos una quimera o un espejismo, algo
que siempre se nos escapa de las manos cuando parece que lo tene-mos cerca y
vamos a atraparlo. Sin embargo, esa utopía de la libertad es la fuente
principal de la civilización y del progreso. El hombre no hubiera llegado de la
época del garrote, cuando la distancia entre el ser humano y el mono casi no
existía, a viajar a las estrellas, a domi-nar la enfermedad, a conocer
profundamente la materia, a derrotar tantos demonios que han aterrorizado a los
hombres a lo largo de la historia. Y ha sido a medida que esa libertad, esa
quimera, ese espe-jismo iba de todas maneras siendo parcialmente conquistado
que la civilización se ha convertido en una realidad. Y esa libertad que ha ido
siendo conquistada tiene sin duda mucho que ver con la utopía de Flora Tristán,
la lucha contra la discriminación, la lucha contra la
61
Mario
Vargas Llosa
injusticia,
la lucha contra los prejuicios sociales, pero también tiene mucho que ver con
la utopía de Paul Gauguin. Nosotros sabemos que ese sueño a muchos de los
amigos y contemporáneos de Gauguin les pareció delirante; la idea de que Europa
tenía que abrir sus puertas y salir al mundo y que la cultura europea para
fortalecerse y renovarse necesitaba de otras culturas y no confinarse, no
ensimismarse dentro de unas fronteras, dentro de unas barreras que la
distanciaran, que la incomunicaran de las otras culturas; que la juventud, el
fortaleci-miento, la recreación de una cultura significaba inevitablemente el
comercio con otras culturas, el contacto con otras culturas. Esa idea nos
parece hoy día una verdad, casi un tópico y, sin embargo, cuando él argumentaba
a su favor no convencía a nadie. Hay un diálogo que fue profundamente doloroso
para Gauguin, entre él y su maestro Pis-sarro, el pintor impresionista que fue
muy amigo suyo y maestro en los primeros años de pintor. Cuando él hizo su
primera exposición de “cuadros exóticos”, Pissarro asistió a la exposición y le
habló con mu-cha franqueza y le dijo: “Mire Paul, déjese de jugar al salvaje,
usted es un europeo, usted es un civilizado. ¿Qué hace usted pintando monos,
jugando al caníbal? Olvídese de eso, eso no es usted. Usted es un euro-peo
moderno, civilizado. Vuelva a su verdadera realidad”.
Esta
frase de su maestro lo hirió profundamente, le mostró que había una
incomprensión tremenda hacia lo que él hacía y hacia lo que él creía. Por un
momento lo hizo dudar de lo que estaba haciendo. O sea que eso que admiramos
hoy en día en Gauguin, esos cuadros que han tenido una influencia tan grande en
la pintura moderna vie-nen de una convicción que tiene que ver con una idea de
la libertad. Una idea que es absolutamente válida, vigente y que en sus mejores
manifestaciones el arte europeo ha recogido: la de la apertura, la del comercio
e intercambio constante con otras culturas y el rechazo de toda forma de
confinamiento, de ensimismamiento en lo propio.
Los de
Flora Tristán y Paul Gauguin son apenas dos mínimos ejemplos en ese mundo tan
rico, tan diverso, tan plural que es el mundo de los luchadores por la
libertad. Creo que vale la pena re-cordarlos, recordar a gente como ellos con
cariño y con admiración.
62
Estudio
introductorio
La
insurrección comienza con una confesión
Francesca
Denegri
Que las
mujeres hagan hablar sus dolores.
(Tristán,
1996, p. 25).
Biógrafos
y estudiosos de Flora Tristán coinciden en señalar el 7 de abril de 1833 –fecha
en que se embarca en el Mexicain rumbo al Perú– como el momento que marca
simbólicamente el nuevo rumbo liber-tario que habría de tomar en adelante la
vida de la paria. Pero acaso sea más significativa la fecha de publicación,
cinco años más tarde, de aquella bomba de tiempo que fue la crónica de su
viaje. Porque las Pe-regrinaciones de una paria son crónicas basadas en la
confesión que Flora hace de su verdad, una confesión que lejos de ser un acto
de con-trición hincada de rodillas ante un sacerdote y en estricta privacidad,
es antes bien un acto público de desafío y de autoafirmación ante una sociedad
que insiste en silenciar la rabia de las mujeres. A juzgar por la reacción
virulenta que provocó el libro, fue este sentido precisamente el que sus
lectores contemporáneos dieron a estas crónicas confesas.
Si bien
la experiencia cruda del viaje familiariza a Flora con la posibilidad de
reinventarse como “otra y libre”, como anota Mario Vargas Llosa en su novela El
paraíso en la otra esquina, la verdade-ra insurrección no tomará una forma
concreta y palpable hasta que los diarios íntimos en los que había anotado los
avatares de su experiencia –desde aquella mañana en que zarpa de Burdeos has-ta
aquella otra, dieciséis meses más tarde, en que atraca de vuelta
63
Francesca
Denegri
en
Southampton– no se transformen en texto público. Un “ser de verdad” (un être de
vérité), eso, nada menos, es lo que Flora aspira al-canzar con este libro, y
para lograrlo sabe que debe contar toda su verdad evitando caer en la tentación
de recurrir a componendas que amortigüen los golpes y falseen esa verdad que su
familia y sociedad se resisten a aceptar. Porque falsear su verdad no sería
sino amor-dazar ese être de vérité, forzándola a admitirse culpable y
deficiente, manteniendo de tal manera en un fondo oscuro lo más vital y
pro-fundo de su ser. Para Flora no tiene sentido mantener su dolor en cómplice
y dudoso silencio con una sociedad que no ha aprendido todavía a controlar el
instinto depredador del más fuerte contra el más débil. El gran desafío
consistirá, pues, en encontrar la forma adecuada para confesar aquello que es
inconfesable para una mujer de la Francia posrevolucionaria de Luis XVIII. Es
precisamente en ese conflicto donde se encierra la tensión dramática de ese
pedazo de espléndida autobiografía que es Peregrinaciones de una paria.
La
exposición que la escritora realiza de sí misma en un texto confesional como el
de Peregrinaciones... pretende entonces ser ante todo honesta y transparente.
Para ello Flora tendrá que ensayar una mirada introspectiva y descarnada que
permita reinterpretar la rea-lidad de su vida a partir de su propia experiencia
y no de aquella de la comunidad, y llegar así a una versión nueva, personal e
inaliena-ble de sus propios mitos, de sus propios orígenes. Entre los modelos
confesionales clásicos de la tradición occidental, aquel ofrecido por las
Confesiones de San Agustín entre los siglos IV y V sugiere al Dios del
catolicismo como interlocutor del yo que se confiesa, mientras que aquel otro
de las Confesiones (1782-1789) de Rousseau, animado por los mandatos de la
Ilustración, introduce el desdoblamiento del yo como requisito de la confesión,
o sea el cuestionamiento del yo por el otro yo, y no por Dios. Flora, que no
contaba entre sus haberes con la autoridad masculina ilustrada ni con aquella
de la autoridad religiosa, tendrá que echar mano a toda su reserva de valor y
convic-ción para echarse a buscar un interlocutor propio que no sea ni el Dios
de San Agustín ni acaso el otro yo de Rousseau. Lo encontrará,
64
Estudio
introductorio
finalmente,
en nosotros, sus lectoras y lectores. La tarea que le espe - ra, nos advierte,
es compleja porque cuando se trata de la confesión de una mujer “nadie le cree
lo que dice” (Tristán, 1996, p. 30).
En ese
intento que realiza tras el viaje a Perú por replantear con-tra viento y marea
su historia personal, Flora empezará recordando su primera caída, desde el
esplendor y la dicha de la infancia, hasta la indigencia y la humillación de
sus años de adolescente y adulta. Continúa con su segunda caída, aquella que la
llevará de una situa-ción de legalidad como esposa de Chazal, a la de esposa
fugitiva en la clandestinidad. Esta segunda caída implica a su vez una tercera,
que es la que servirá como punto de partida para sus crónicas: la caída en la
vorágine de la mentira y el enmascaramiento. Porque será en esta tensión entre
el deseo de decir la verdad y la necesidad de ocultarla o de enmascararla que
encontrará su tono particular esta crónica de viaje / memoria / confesión que
es Peregrinaciones de una paria. Así, la historia que cuenta la narradora, y
que constituye el cuerpo mismo del texto, es aquella de una cadena de engaños y
trampas en los que involucra –a pesar de su declarada “propensión a la franqueza”–
no solo a autoridades francesas y peruanas, sino también a tíos, primos y
sobrinos, a vecinos y compañeros de viaje, a amigos y amantes.
Pero esta
confesión pública del engaño no es, como hemos dicho, contrita, sino una tarea
de defensa desafiante que tiene como obje-to la redención personal y pública de
la confesante. Así, el subtexto narrativo discurre por las vías de la
justificación: si en aquel pasado cercano la narradora recurrió a la mentira
fue porque entonces era prisionera del miedo y de las leyes, esas leyes
draconianas elabora-das por los hombres que procuran imponer imposibles modelos
de conducta sobre los más débiles, es decir, las mujeres y los pobres. Si ella
se sintió amedrentada entonces, ahora, al exponerse a sí misma en público, no
habría ya más razones para tener miedo, porque en el acto mismo de sacar sus
esqueletos del armario y de afirmarse como sujeto, deja de ser objeto de esas
leyes. Ese sujeto que Flora construye en el proceso mismo de la escritura es el
de la paria, es decir, el de la mujer que vive en las orillas del sistema
social “legítimo” y oficial.
65
Francesca
Denegri
Esta
posición marginal que la narradora asume desafiante al confe-sarse debería, en
principio, liberarla de seguir esa estrategia subal-terna por excelencia que es
la del disimulo. Pero la realidad, y la es-critura de la realidad, es siempre
más tramposa de lo que uno espera.
Si bien
el disimulo fue necesario en su relación con los personajes que aparecen en el
libro, en su relación con el lector la narradora establecerá una suerte de
complicidad al elegirlo como confidente de esa verdad personal que nos cuenta
en retrospectiva. Esta pers-pectiva de presente a pasado es fundamental en el
relato puesto que este se basa en la reescritura, tres años después, de los
diarios que Flora mantuvo religiosamente durante su aventura transatlántica.1
Ya desde el prefacio, el discurso está atravesado y marcado por esa tensión
mencionada arriba entre el deseo de decir la verdad a los per-sonajes que
encuentra a su paso en su peregrinaje, y por otro lado, la necesidad de
ocultarla. Porque Flora nos confiesa que ha menti-do sistemáticamente y como
estrategia de supervivencia acerca de su estado civil, de su nacionalidad, de
su estatus social y hasta de su edad. Mintió, confiesa, cuando vivía en París
con sus hijos, separada ya de Chazal y haciéndose pasar por viuda (Tristán,
1996, p. 30). Min-tió también en el campo, cuando huía de la policía, y se
presentaba
1 Como contraste a la práctica que siguió Flora
de consignar las impresiones coti-dianas de sus vivencias en diarios, me
interesa resaltar aquí la intrigante ausencia de una tradición diarística entre
las escritoras ilustradas de la primera generación que emerge en el Perú en
1870 con Clorinda Matto, Mercedes Cabello y Teresa González de Fanning, entre
otras. La pregunta que surge es si a lo mejor la ausencia de dia-rios entre
nuestras intelectuales criollas se deba a una cultura de desconfianza que impidió
a la escritora exponerse a sí misma fuera de las máscaras permitidas por la
ficción.
El miedo a ser descubierta y castigada, o quizá la nerviosidad ante la simple
posibilidad de que su privacidad fuese violada, acaso fueran más poderosos que
la ne-cesidad de registrar los acontecimientos de la vida diaria. En la
Inglaterra victoriana y en la rancia decimonónica, en cambio, la escritura de
diarios íntimos y sustanciosos fue muy difundida entre las mujeres ilustradas,
y gracias a que ellos sobrevivieron a sus autoras, hoy en día son material
valiosísimo para la construcción de biografías y otros textos históricos y
literarios de la época. De hecho, la publicación relativamente reciente de Le
tour de France (1983), el diario de viajes de Flora por el sur de Francia,
resulta muy valiosa porque revela aspectos privados de la vida de Flora que
ayudan a despejar dudas y a construir un retrato más completo y certero de
ella.
66
Estudio
introductorio
como
mujer soltera. Y a Pío Tristán, poderoso señor peruano y tío paterno,
haciéndole creer que era soltera. A propósito de la famosa carta a Pío, si bien
es cierto que en ella Flora oculta la verdad de su estado civil, le revela en
cambio “la irregularidad del matrimonio” de sus padres. De esta breve
experiencia epistolar Flora aprenderá que la estrategia de la mentira es a
veces más ventajosa que aquella de optar por la verdad. Porque Pío aprovechará
de la información que su sobrina le ofrece ingenua y voluntariamente acerca del
matrimo-nio de sus padres para luego mezquinarle la herencia que le
pertene-cía. Mintió también a Chabrié –el hombre que aparentemente más la amó–
sobre su supuesta viudez, a pesar de que varias veces estuvo a punto de ceder a
lo que ella llama su “inclinación a decir la verdad”. Y la red de engaños y
disimulos sigue extendiéndose sin control: mien-te al tío Mariano de Goyeneche,
su protector en Burdeos, y también a su fiel amigo Bertera.
La
identidad fronteriza de la Flora que se embarca hacia el Perú tiene múltiples
capas y abarca no solamente su estado civil, también su estatus social a
horcajadas entre la clase obrera y la aristocracia. Flora, habituada como
estaba a vivir en el mundo obrero, no duda en falsear deliberadamente su
posición real cuando en Arequipa fo-menta la imagen que los otros tienen de
ella de mujer de sociedad parisina que conoce los pormenores de la moda, el
lujo y la elegan-cia de la “gente bien”. O al menos no intenta corregirla.
También su nombre es objeto de constantes cambios estratégicos de acuerdo con
las necesidades del momento: es Flora Tristán a secas, Flora viuda de Tristán,
o Madame Chazal.2 La red de mentiras la lleva a inventar la muerte de su madre,
primero en la carta de presentación a Pío, y más adelante en conversación con
Mariano de Goyeneche, quizá para proyectar la imagen vulnerable de mujer sola
en el mundo y provocar un sentido de responsabilidad hacia ella de parte de los
pa-triarcas de su poderosa familia peruana.
2 Sobre el tema ver el análisis minucioso de
Denys Cuche (1985).
67
Francesca
Denegri
Posteriormente,
en Londres, aprenderá a recurrir a otra nueva máscara, la del travestismo,
vistiéndose como hombre para poder visitar instituciones donde las mujeres no
tenían acceso, como, por ejemplo, el parlamento. El tema de la nacionalidad es
también obje-to de encubrimiento, a veces Flora se hace pasar por francesa,
otras por peruana. Y finalmente Flora miente también sobre su edad: los papeles
de embarque la dan por una mujer algunos años menor de lo que era, “para evitar
que la creyesen solterona”, apunta Dominique Desanti en su biografía de la
paria (1972, p. 67).
Si bien
es cierto que desde el principio del texto Flora propone im-plícitamente a sus
lectores como interlocutores de confianza, sabe-mos también que hay episodios
de su vida sobre los cuales ella man-tiene un silencio sepulcral. Por ejemplo,
aquel de su empleo como ama de llaves, o quizá sirvienta, de una familia
inglesa bajo cuya pro-tección trabajó dos o tres años. Sus biógrafos coinciden
en interpre-tar este silencio como prueba de que se sintió humillada de tener
que aceptar un trabajo inferior a su estatus de origen. Quizá sea en estos años
“de invisibilidad” como ciudadana de tercera clase que Flora de-sarrolla la
hostilidad que siempre sintió hacia Inglaterra y que luego expresará en su
segunda crónica de viajes, Paseos en Londres.
El hecho
es que, ante esta experiencia humillante para una mujer todavía consciente de
sus orígenes aristocráticos, la memoria de Flo-ra se detiene como ante un muro
imposible de franquear. El episodio de marras habrá de salir finalmente a la
luz, aunque siempre encrip - tado, recién en el juicio por homicidio que se le
abre a Chazal en ene-ro de 1839, tras descerrajar –el marido a su mujer– dos
tiros a boca-jarro en las calles de París, y que dejaran a Flora en los
linderos entre la vida y la muerte por tres meses.3 Es recién en este episodio
tardío de su vida, y conminada a hablar en defensa propia por la corte del
3 Sobre este episodio y sobre otros de la vida
de Flora ver las diversas versiones que manejan biógrafos y novelistas, entre
ellos Jules Puech (1925); Lucien Scheler (1946); Dominique Desanti (1972) y
Mario Vargas Llosa (2003). La biografía novelada de Luis Alberto Sanchez (1942)
es problemática por la ambigüedad de un lenguaje a horcaja-das entre la
fantasía y la investigación.
68
Estudio
introductorio
Sena, que
Flora confesará que ha destruido todos los documentos y huellas que le
recordaran esos años de servidumbre humillante.
Ahora
bien, teniendo en cuenta el hermetismo con que Flora lo-gra esconder durante
tantos años su vida de sirvienta en Inglaterra habría que preguntarse qué otras
humillaciones que la avergüen-cen habrá mantenido la narradora en su fondo
oscuro y a salvo de nuestra curiosidad. Porque es cierto que en el texto la
paria aparece desnudando su subjetividad con la franqueza más insólita, como
cuando se autorretrata en Praia con todos los reflejos y gestos del peor
racismo, donde, cuenta con candor, que el olor de los negros le provocó
arcadas. Y es cierto también que, a pesar de su furiosa bús-queda de
independencia frente a los hombres, en su relación con Chabrié y luego con
Escudero se expone a sí misma con todas sus contradicciones cuando echa mano a
las antiguas tácticas femeni-nas del coqueteo engañoso para conseguir favores
del varón. Sin embargo, y a pesar de esta audaz exposición pública de sus
conflic-tos, debilidades y culpas más íntimas, hay preguntas que zumban
insistentemente en el oído del lector acerca de aquellas inconfesa-bles
ambiciones y deseos prohibidos que la narradora nos podría estar ocultando en
su confesión. Preguntas que acaso nos acerquen a los repliegues narcisistas que
podrían haber dejado su huella en el texto.
Los
puntos ciegos de la confesión
A pesar
de sus esfuerzos por ser honesta y transparente hay en el libro, además del
episodio con la familia inglesa, por lo menos tres asuntos adicionales que
Flora prefiere mantener en secreto: la rela-ción con su madre, la relación con
su hija y finalmente, su propia se - xualidad. En realidad, no es tan
sorprendente que Flora se abstenga de hacer públicos los detalles sobre su vida
sexual, no solo porque en la época el tema era insólito, sino sobre todo por la
ambigüedad de su propia sensibilidad frente al placer del cuerpo.
69
Francesca
Denegri
De hecho,
la paria se expresa con profundo disgusto sobre su re-lación sexual con Chazal.
También escribe con verdadera aversión sobre las escenas de comercio sexual de
las que ella es testigo, por ejemplo en los finishes de Londres, aquellos bares
adonde recalaban los señoritos de la Inglaterra victoriana para cerrar la noche
con broche de oro protagonizando escenas de humillación pública a las
prostitutas que allí trabajaban.4 Pero también es cierto que en su ma-nera de
representar la relación que tuvo con los hombres que le agra-daron, entre ellos
el general Clemente Althaus y el coronel Bernardo Escudero en Perú, o también
el pintor Jules Laure en París, hay un subtexto que sugiere el placer que
siente la paria con el flirteo y el frisson del silencio cargado de deseo. La
suya parece, pues, una sen-sualidad polimorfa que goza con el roce de la piel,
las declaraciones veladas y el temblor de las manos, y que no vincula
necesariamente la sexualidad con el acto sexual reproductivo.
Son
diversas las interpretaciones que se han hecho acerca de la sexualidad de
Flora. En su novela El paraíso en la otra esquina, Mario Vargas Llosa la
retrata como una mujer cuya experiencia conyugal la enferma, definitivamente y
para siempre, de frigidez y de repug - nancia ante la idea de la relación
heterosexual. Otros la imaginan como mujer fálica y manipuladora del deseo
masculino que fría-mente echa mano a sus encantos cada vez que necesita la
protección de un hombre para luego dejarlo plantado cuando ya no lo requiere.
También se ha sugerido que su sensualidad recién despierta en 1837, tras doce
años de puritanismo cerrado, cuando conoce a Olympia, la polaca emigrada a
París con quien Flora habría tenido una intensa relación amorosa.
Creo que
la versión de Stéphane Michaud sobre una sexualidad ambivalente es la más
convincente tomando en cuenta la totalidad de historias y lenguajes que ella
misma nos dejó en sus escritos. An-dré Breton (1957) declara, seducido por la
fuerza de Flora, que el de
4 Ver The London Journal of Flora Tristan
(Tristán [1842] 1982, pp. 84-88). He utilizado esta versión inglesa a falta de
una traducción al español del texto.
70
Estudio
introductorio
ella es
“el único destino femenino que deja en el firmamento del es-píritu una estela
tan larga y luminosa”. En su antología personal del surrealismo, el autor del
Manifiesto del surrealismo publica la famosa carta que Flora escribiera a
Olympia en agosto de 1839 desde Lon-dres. En ella la paria tantea, como en una
densa nebulosa, un con-cepto muy particular y ambivalente del amor, que luego
habrá de repetir en su Le tour de France con respecto a su relación con
Éléonore Blanc, la joven lavandera de Lyon, y que queda también sugerido en
Peregrinaciones... con respecto a su encuentro amistoso con La Maris-cala. Este
concepto parece más compatible con el del amor místico que con aquel del amor
romántico y cortesano que difundieran los bardos medievales, que es el que
sobrevive en nuestra cultura mo-derna. Flora seguirá entregada a esta
exploración, inventando y rein-ventando el amor hasta su muerte. La carta,
creo, revela más que el análisis y por ello la cito in extenso:
Gracias
por vuestra carta, mi querida Olympia, ha caído en mi co-razón como una suave
gota de rocío. Sepa Usted, extraña dama, que su carta me produjo escalofríos de
placer. Usted dice que me ama, que yo la magnetizo, que la llevo al éxtasis.
¿Se estará Usted, acaso, burlando de mí? Pero cuídese, desde hace algún tiempo
tengo deseos de ser amada apasionadamente por una mujer. Cómo quisiera ser
hombre para ser amada por una mujer. Siento, querida Olympia, que he llegado al
punto en mi vida en que ningún amor de hombre me podrá satisfacer. ¿Aquel de
una mujer, quizá? La mujer tiene tanto poder en el corazón, en la imaginación,
tantos recursos de espíritu. Pero Usted me dirá que la atracción sensual no
puede existir entre dos personas del mismo sexo. Este amor, canto apasionado y
exalta-do con el que Usted sueña ¿no podría realizarse entre dos mujeres? Sí y
no. Llega una edad en la vida en que las sensaciones cambian de lugar, es
decir, una edad en la que el cerebro lo engloba todo. Pero todo esto que le he escrito
le parecerá a Usted una locura. Lamenta-blemente Usted no comprende ni a Dios,
ni a la mujer, ni al hombre, ni a la naturaleza como yo los comprendo. Es
absolutamente necesa-rio que este invierno yo les enseñe un curso, a Usted y a
otras dos o
71
Francesca
Denegri
tres
personas que sientan simpatía por mí. Yo vivo ahora una vida in-mensa,
completa. Es menester, querida Hermana, que yo la convenza de creer en mi vida.
Mi alma, por decirlo de alguna manera, se encuen-tra desprendida de su
envoltorio: yo vivo con las almas. Me identifico tanto con las almas, sobre
todo cuando vibran al unísono de la mía, que, por decirlo de alguna manera,
tomo posesión de ellas. Desde hace tiempo yo la poseo a Usted. Sí, Olympia, yo
respiro por vuestro pecho, y por todas las pulsaciones de su corazón. Es
necesario que un día, que la va a horrorizar, yo le diga todo aquello de lo que
Usted se lamenta, todo aquello que Usted desea y de cuál es el mal del que
Usted adolece. El poder de la segunda vista es el más natural. Eso es todo.
Simplemen-te un alma que tiene el poder de leer lo que pasa en el alma de otros
–el magnetismo no es otra cosa que la superioridad de los fluidos de un
individuo sobre los fluidos del otro. Podrá Usted ver, querida, que para mí el
amor, quiero decir el verdadero amor, no puede existir sino de alma a alma.
Ahora, es muy fácil eso de concebir el amor, dos mujeres pueden amarse de amor,
dos hombres ídem. Todo esto no es sino para decirle que en este momento siento
una sed inmensa de ser amada. Pero soy tan ambiciosa, tan exigente, tan golosa
que nada de lo que me ofrecen me satisface. Mi corazón se parece a la boca de
los ingleses, es un pozo donde todo aquello que entra revienta y desaparece
(Tristán, 2001, pp. 103-105, traducción propia).
Flora
empieza la carta declarando sentir “escalofríos de placer” y “de-seos de ser
amada por una mujer”, pero inmediatamente después ano-ta que placer y deseo
están “englobados” en el cerebro. Más aún, que su alma se ha desprendido de su
“envoltorio”, es decir, de su cuerpo. Po-dríamos hablar, acaso, más allá de la
dualidad cartesiana entre cuerpo y alma o entre cuerpo y mente, de un placer
descorporeizado afín a la experiencia mística de la que nos hablan Santa Teresa
de Jesús y San Juan de la Cruz. En todo caso, lo que sí se podría afirmar más
allá de toda duda es que la ambivalencia de afectos es la marca de esta carta.
Porque en realidad lo que ella misma describe es una compleja “amis-tad
amorosa”, concepto que Flora creará para amalgamar el amor eró-tico y la
amistad espiritual. La paria no se detiene ante los límites del
72
Estudio
introductorio
lenguaje:
si no encuentra la palabra que pueda contener y dar forma a su experiencia,
ella la acuñará. Y así como ensaya el concepto de amis-tad amorosa, también
creará su propia imagen de un dios que, a dife-rencia del dios clásico que
reúne y contiene solamente los atributos del padre, es padre, madre y embrión a
la vez, es decir hombre, mujer y niño, carne y espíritu, tierra y cielo, y a
quien, por su naturaleza múlti-ple y plural denotará con el plural de Dieux o
Dioses.
El
segundo y tercer punto ciego del discurso narrativo es aquel que concierne a
Flora en su papel de madre y de hija, temas profun-damente conflictivos en los
que la paria no se detiene ni en Peregrina-ciones... ni en ninguno de sus otros
escritos, prefiriendo mantenerlos en la oscuridad de sus aguas. Tratándose de
una autora en la que no pocos lectores coinciden en ver una cierta vocación
exhibicionista, desconcierta esta ausencia de referencias familiares, ausencia
que podría traducir la magnitud de un dolor incurable. Entre la copio-sa
correspondencia que ha sobrevivido a la autora, tampoco se han encontrado
cartas a Thérèse Laisney, su madre, o a Aline Tristán, su hija. Ni hay tampoco
referencias a ellas registradas en su último dia-rio, Le tour de France. Por
otro lado, no es difícil adivinar una relación fuertemente conflictiva con su
madre, a quien nunca comunica su decisión de partir de viaje al Perú, y a la
que solo menciona críptica-mente en algunos momentos clave del diario de
viajes. Ya en la in-troducción se refiere a ella en el contexto de su
matrimonio: “A esta unión –escribe Flora– debo todos mis males, pero como mi
madre después no ha cesado de mostrar el más vivo pesar, la he perdona-do y en
el curso de esta narración, me abstendré de hablar de ella” (Tristán, 1996, p.
30, t. 1).5 La economía del lenguaje de Flora es enga-ñosa. En esta tersa frase
laten como en una red sigilosa de canales subterráneos todas las secuencias de
un juicio criminal imaginado,
5 Vale la pena señalar que casi todos los
estudiosos de Flora Tristán coinciden en sugerir que el desmoronamiento de la
relación entre Flora y su madre ocurrió pro-bablemente muy temprano. Ver
Stephane Michaud (1985), Dominique Desanti (1972), Jules Puech (1925) y la
sugestiva versión que del tema ofrece Mario Vargas Llosa (2003) en su novela.
73
Francesca
Denegri
desde el
delito cometido (matrimonio forzado) y la identificación del culpable (la
madre) hasta la sentencia (partir sin despedirse) y el in-dulto final (“la he
perdonado”). Más adelante vuelve a la carga con re - ferencia a su situación de
desamparo en el mundo, cuando exclama: “Ah madre mía, te perdono, pero el
cúmulo de males que has amon-tonado sobre mi cabeza es demasiado pesado para
las fuerzas de una sola criatura” (ibid., p. 28, t. 2).
A la
muerte de Mariano Tristán, Thérèse, hija de una familia de la pequeña burguesía
en decadencia, sobrevive gracias a la magra ayuda económica de un hermano
avecindado en Versalles, el coman-dante Laisney, aclamado por el emperador
Napoleón como héroe de la guerra de Tilsit (Desanti, 1972, pp. 10-11). El
comandante tiene la convicción de que el destino de una mujer debe estar
siempre al lado de su esposo; por ello cuando Flora huye de Chazal, su tío la
repudia y su madre, mostrando cierta pusilanimidad ante la autoridad
mascu-lina, se suma al repudio. Tanto el tío materno como la madre prefie-ren
creer en la versión de Chazal antes que escuchar aquella de Flora.
En
adelante, y como quedará consignado en su libro de viajes, Flora se mostrará
particularmente sensible a la deslealtad de una madre hacia su hija. Así, por
ejemplo, en el episodio que relata las aventuras y desventuras de Dominga
Gutiérrez, la monja carmelita que escapa del convento de Santa Rosa, Flora no
pierde la oportuni-dad de señalar cómo, a pesar del evidente padecimiento de
Dominga, “su madre, la señora Gutiérrez, la rechazó con dureza” (Tristán, 1996,
p. 168, t. 2). Pero como en el destino a veces hay ironías crueles, la
re-lación distante que tuvo Flora con su madre se repite en aquella que habrá
de tener con su hija. De hecho, Aline es abandonada a los po-cos meses de
nacida, cuando Flora parte a trabajar como lady’s maid, y no será recogida por
su madre hasta cumplidos los 4 años. Y nue-vamente Flora la abandonará a los 6
o 7 años cuando viaje al Perú. A su retorno, los pocos años pasados juntas
transcurrirán a salto de mata entre pensiones y secuestros de Chazal. Mientras
tanto Flora llevará una vida dividida entre el trabajo político y literario,
por un lado, y el deseo no siempre alcanzado de proteger a su hija. Entre
74
Estudio
introductorio
sus
contemporáneos, algunos la juzgarán duramente. Y no era para menos: todo parece
indicar que Aline fue abusada sexualmente por su padre. ¿Negligencia de la
madre que permitió que esto sucediera, o de la ley que protegía al padre? La
carta que escribe George Sand a un colaborador fourierista a poco de la muerte
de Flora, cuestiona duramente a la madre que abandonó a su hija.6 Deteniéndose
en el semblante triste y solitario de Aline, la autora de Lélia duda si “su
ma-dre la habrá amado”, y más adelante se pregunta acerca de la validez de un
“apostolado que pueda hacer que una madre envíe lejos a una hija tan
carismática y adorable” (Sand, cit. en Desanti, 1972, p. 308).
Flora se
refirió fugazmente en alguna carta a su decepción fren-te al rechazo de Aline a
unirse a la causa de la Unión Obrera. Y ya hemos visto la manera críptica con
la que expresa su resentimiento frente a la renuencia de su madre a apoyarla en
sus conflictos conyu-gales. Pero más allá de esas pocas referencias encriptadas
y fugaces sobre su identidad de madre culposa y de hija herida la paria no dejó
más pistas. Acaso ese silencio fuese fruto de un dolor antiguo, pero todavía
vivo, que era preciso negar para poder sobrevivir. A lo mejor culpaba a su
madre por no haberse afirmado ante su padre exigiendo los papeles necesarios
para legitimar su nacimiento. Porque sin duda el corolario de esta negligencia
fue desastroso para su vida. De ese episodio se desprende no solo aquel estatus
de bastarda que tendrá que cargar hasta su muerte, sino, lo que es más grave,
también aque-lla dilatada pesadilla conyugal. Porque cuando diez años después
de la muerte de Mariano se presente Chazal ante Thérèse para pedir la mano de
su hija, Thérèse empujará a su hija con argumentos lapida-rios y presiones
múltiples para que acepte la propuesta aún en con-tra de su voluntad, alegando
que sin dote ni nombre en su haber será difícil encontrar otro hombre que
quiera darle su nombre.7
6 Carta de George Sand a Pompery (1845).
7 Aunque la relación de Flora con su madre
–como muchas otras áreas espinosas de su vida privada– es motivo de intensa
especulación entre sus biógrafos, creo que la visión que nos ofrece Mario
Vargas Llosa de una relación conflictiva que termina quebrándose muy pronto, es
la más perspicaz y convincente.
75
Francesca
Denegri
Sospechamos
por todo ello que el principio del fin de la relación con su madre se remonta
al momento en que muere su padre y Flora es expulsada del paraíso, y que
considerando la creciente distancia entre ella y Thérèse, la relación con
Olympia pudo haber sido en par-te un acto de restitución de la relación de
desamor que tuvo con su madre. Siguiendo la misma lógica, intuyo que la amistad
estrecha con Éléonore acaso haya sido el acto compensatorio que habría de
aliviar la nostalgia que le dejó la relación de ausencia y de culpabili-dad que
conoció con su hija. En este sentido, podríamos pensar tam-bién que aquella
utopía de una Unión Obrera basada en el amor y la solidaridad haya surgido como
parte de una visión compensatoria ante una vida de profunda orfandad. Si además
de esta orfandad de afectos pensamos en la herida del desclasamiento, la lógica
del silen-cio y de la negación aparece en toda su dimensión humana.
Tampoco
hay que olvidar que en aquella época en la que los idea-les burgueses de
familia hacían de la mujer un ser valorado en tanto su posición de madre, hija
o esposa, el vértigo de haberse convertido en madre ausente, hija repudiada, y
esposa separada habrá tenido que ser verdaderamente insoportable. “He tenido
tantas preocupa-ciones, tantas penas en los asuntos de familia” escribe con
razón a Fourier en 1835 (Tristán, 2001, p. 57). En sus Peregrinaciones...,
Flora se encontrará dispuesta a hablar de sus dolores con respecto a su
experiencia de esposa separada, pero mantendrá silenciada aquella vinculada a
su madre y a su hija. Y quizá sea precisamente en este punto ciego del vértigo
que se deban buscar los linderos de ese otro internalizado con el que dialoga
Flora en el texto.
Las
trampas de la confesión
Como
sabemos, la infancia de Flora es privilegiada. Vive con sus padres y hermano en
una mansión con muebles exquisitos y rodea-da de jardines esplendorosos,
frecuentada además por hombres de distinción, entre ellos Simón Bolívar. Sin
embargo, cuando cumple
76
Estudio
introductorio
4 años y
muere su padre sin haber legalizado el matrimonio ni re-dactado un testamento a
favor de Thérèse y de sus hijos, los bienes íntegros de don Mariano revierten a
la familia peruana, despojan-do en un solo acto a ella, a su hermano y a su
madre de todo haber. A partir de entonces, y debido a ese negligente
incumplimiento de unos trámites legales supuestamente ordinarios, la joven
Flora debe-rá enfrentarse al desgarro de la pobreza y a la humillación del
descla-samiento en una sociedad fuertemente jerarquizada.
Comenzará
entonces la declinación social y económica de Thérè-se Laisney y de su hija (su
hermano muere tempranamente), quienes tras los prodigios de la mansión de
Vaugirard terminarán en la indi-gencia en un modesto piso de la Plaza Maubert,
barrio parisino tugu-rizado y marginal donde pululan prostitutas, delincuentes
y mendi-gos, y donde Flora vivirá una juventud que fue todo menos dorada. Sus
biógrafos no escatiman palabras para describir el ambiente sór-dido y promiscuo
en que vivían Thérèse y su hija.8 Es por esos años, y en circunstancias crueles
para una adolescente, que Flora se entera por primera vez de su condición de
hija ilegítima, cuando los padres de su primer novio se oponen a que su hijo
formalice la relación con una “bastarda” (Desanti, 1972, p. 12). Es en este
momento cuando se produce la segunda caída que mencionáramos más arriba, porque
a las miserias de la pobreza se sumará la humillación y el dolor de ser
abandonada por el primer hombre de quien ella se enamora. Y todo por culpa de aquella
antigua negligencia del padre, y de aquella pusi-lanimidad de la madre.
Atrapada
entre la miseria, la ilegitimidad y el repudio, sin profe-sión ni dote, Flora
entra a trabajar a los 15 años como obrera colo-rista al taller del grabador
André Chazal, con quien luego se casará
8 Ver los textos de Dominique Desanti (1972),
Lucien Scheler (1946) y Jules Puech (1925). Ver también el retrato de los años
de juventud de Flora que hace Vargas Llosa en los capítulos impares de su
novela El paraíso en la otra esquina. Aunque Vargas Llosa pinte el retrato de
la paria con la libertad que otorga el género de ficción, el personaje
imagi-nado es fruto de una investigación exhaustiva que le llevó casi quince
años. Si bien es cierto que en el retrato de Flora reviven los demonios del
propio autor, también lo es que la trayectoria que sigue Flora en la novela es
de un rigor histórico impecable.
77
Francesca
Denegri
persuadida
por su madre quien ve en el matrimonio la esperanza de una relativa estabilidad
económica. El matrimonio resulta desastro-so: Chazal es violento, la agrede
constantemente, y en cuatro años de convivencia forzada nacen tres hijos. Ni
siquiera cumple con darle la estabilidad económica esperada, pues a poco de
casarse su nego-cio quiebra. A los 23 años y apenas nacida su hija Aline, Flora
decide abandonar el hogar y huir de su esposo. Para ello, como ya lo hemos
visto, deberá ocultar su identidad, lo que se traduce entre otras cosas en
soportar el terror de ser descubierta y detenida por las autorida-des por
contravenir el acuerdo matrimonial que no permitía, bajo circunstancia alguna,
que una mujer abandonase a su marido. Des-pués de meses de clandestinidad,
hambre e incertidumbre, Flora en-tregará su hija a su madre para aceptar el
trabajo de lady’s maid que la separará de Aline por cerca de tres años.
A su
regreso, y ya cansada de vivir en la clandestinidad, la im-postura y la
mentira, Flora buscará una nueva vía de salida para sobrevivir. En realidad,
hacía ya varios años que venía rumiando el deseo de partir hacia el legendario
país de su padre, pero cada vez que iniciaba los trámites pertinentes, su
esposo la amenazaba con secuestrar a sus hijos. Como ella misma lo anota en sus
Pere-grinaciones..., es gracias a un encuentro fortuito que ocurre en una
hostería parisina con un capitán de la marina mercante, que Flo-ra vislumbra la
esperanza de ser recibida por su poderosa familia peruana y obtener de ellos la
herencia que le correspondía como única hija sobreviviente de Mariano.
Con el
dinero en sus manos, Flora sabe que tendrá la posibili-dad de regresar a
Francia para iniciar una nueva vida más digna y tranquila para ella y para sus
hijos. Es cierto que la herencia no solucionaba directamente su estatus civil
ni tampoco el problema de su ilegitimidad, pero Flora, que entendía bien la
dinámica del poder, sabía que las leyes se ensañan siempre con los más pobres,
y que, por ende, con el acceso al bienestar económico y al aburgue-samiento,
las cortes se sentirían más dispuestas a respetarla. Como bien señala Stéphane
Michaud (1985), la experiencia de George
78
Estudio
introductorio
Sand,
quien como Flora era hija ilegítima, es ilustrativa. Aunque ella también se
separa de su esposo después de un dilatado y escan-daloso juicio, no sufrió el
desprecio como Flora porque además de tener fortuna poseía el título nobiliario
de Baronesa. Por todo ello Flora se anima a escribir a su tío. Habiendo
recibido la respuesta de Pío invitándola –aunque tibiamente– a Perú, se
embarcará aquella mañana de abril, al cumplir los 30 años, rumbo al remoto país
de su padre.
Cada uno
de estos amargos episodios de su vida personal, desde la ilegitimidad y el
matrimonio forzado hasta la separación conyu-gal, la persecución policial y el
infructuoso viaje transatlántico con el que busca ponerse al abrigo del
patriarca peruano, serán trans-formados por Flora en el material vital a partir
del cual podrá luego imaginar la sociedad utópica por la que luchará hasta el
fin de sus días. Así, en su Unión Obrera, Flora vislumbra una sociedad don-de
las mujeres tengan una formación profesional que las libere de la dependencia
del varón a la que entonces estaban condenadas, y donde, además, la
indisolubilidad del matrimonio fuese revocada con la ley del divorcio. La
transformación de su experiencia perso-nal y privada en texto público que pueda
servir a la colectividad es uno de los patrones que emergen en este libro, y
que Flora seguirá desarrollando en publicaciones futuras. A esta estrategia de
utili-zar lo personal como punto de partida para un discurso de política
pública se le ha denominado “tretas del débil”. La estrategia consis-tiría,
según Josefina Ludmer (1984), en incluir lo personal, privado y cotidiano como
punto de partida y perspectiva de los otros dis-cursos y prácticas, de tal
manera que con esa promiscuidad de len-guajes y espacios se borren las
fronteras entre lo privado y lo públi-co. Así, las mujeres que se animen a
“hablar sus dolores”, lo harán como ciudadanas y no solo como sujetos
domésticos, y con ello sus dolores tendrán que trascender el espacio privado
para convertirse en asunto de interés público y colectivo.
De
regreso a París, Flora hurgará en su frustrante experiencia de viajera
solitaria en el Perú para publicar en 1836, y haciendo letra
79
Francesca
Denegri
pública
de la carne propia, un opúsculo que titulará “Necesidad de dar una mejor
acogida a las extranjeras”.9 Casi dos años más tarde, tras sórdidos episodios
con Chazal, quien la persigue armado, publi-ca una “Petición a los señores
diputados para revocar el divorcio”. Y otra vez en 1838, el mismo año de la
publicación en francés de Pere-grinaciones de una paria, y en pleno proceso
judicial por homicidio contra Chazal, Flora presentará una nueva “Petición para
la aboli-ción de la pena de muerte”, gesto que es interpretado por el público
que sigue el sonado juicio como prueba de magnanimidad a favor de su feroz
adversario.
Pero
Flora no quedará contenta con su propia confesión. La ex-periencia le ha
enseñado acerca del valor que otorga la “publicidad a las acciones privadas”, y
es por ello que anima a las mujeres para que ellas también salgan del armario.
Así, en el prefacio a Peregrina-ciones... insistirá en que no es sobre ella
“personalmente que quiere atraer la atención, sino sobre todas las mujeres que
se encuentran en la misma posición y cuyo número aumenta diariamente” (Tristán,
1996, p. 26, t. 2). Lo verdaderamente audaz de esta posición no es que una
mujer trate públicamente sobre el tema del divorcio y reclame además su derecho
a la educación y al trabajo –George Sand ya lo ha-bía hecho con Lélia (1833), y
más tarde en Inglaterra lo harían Char-lotte Brontë con su novela Shirley y
Anne Brontë con La inquilina de Wildfell Hall– sino que lo hiciera dando la
cara, firmando con nom-bre y apellido y, sobre todo, sin recurrir a las
máscaras de la ficción, estrategia tan común entre las escritoras de la
época.10
Los
episodios que vive Flora en la travesía, desde los ciento treinta y tres días a
bordo hasta la estancia de ocho meses en Valparaíso,
9 Nécessité de faire un bon accueil aux femmes
étrangères (París, 1836).
10 Según las teorías literarias últimas, habría
mucho mayor número de obras litera-rias escritas por mujeres cuya autoría no
conocemos porque recurrieron al anonima-to para evitarse el castigo y el
escarnio de la sociedad. Otra modalidad de ocultamien-to a la que recurrieron
las escritoras de siglos pasados fue la adopción de seudónimos masculinos. Ahí
están las tres hermanas Brontë, casi contemporáneas de Flora, que firmaron como
Acton Bell, Currer Bell y Ellis Bell. Y lo mismo harían décadas más tarde George
Eliot, Fernán Caballero e Isak Dinesen, entre tantas otras.
80
Estudio
introductorio
Arequipa
y Lima, constituyen el cuerpo mismo de este relato, que no es sino un magnífico
y problematizado ejercicio de introspección motivado por la desilusión del
encuentro con su familia paterna. Perú es un país lejano y desconocido
–“ultramarino”–, pero como allí había nacido su padre, ella lo consideraba tan
suyo como su Francia natal. En realidad, la relación con su padre, muerto hacía
tanto tiem-po, le debía resultar casi tan lejana como ese país de oro y
revolucio-nes hacia el que navegaba abordo del Mexicain, pero en su recuerdo la
imagen paterna debía tener el cariz de la única arcadia que había conocido:
Perú y el padre, ambos tan lejanos, Perú y la protección pa-terna, ambos tan
elusivos, Perú y la pertenencia a una familia, ambos tan deseables. Protección,
padre, familia: hacia ese puerto imagina-rio enrumba Flora con todas sus velas
desplegadas.
Flora, lo
hemos visto, padece de una orfandad total.11 Porque no solo es madre ausente,
hija abandonada por su madre y esposa sepa-rada. También es hija sin padre. Su
deseo de pertenencia es evidente, desde su referencia a Perú como “nuestra
nación” y su insistencia de ser “del país de mi padre” (Tristán, 1986a, p. 63),
hasta la sugerencia de que los rasgos de sus facciones son peruanos. Así mismo,
al llegar a Arequipa y conocer al primer pariente de una larga serie de primos
y tíos, no tarda en subrayar el parecido con ella, como tampoco se cansa de
recordarle a Pío que él es su segundo padre. En realidad, vale la pena recordar
que ya mucho tiempo antes de su viaje a Perú, Flora había buscado en otro tío,
esta vez el comandante Laisney, her-mano de su madre, la elusiva y por ello
ansiada figura paterna. Pero el tío materno la traiciona dos veces. Primero en
el conflicto en Bel-Air en 1832 (ver cronología) y seis años más tarde, cuando
en el pro-ceso penal contra Chazal, el comandante atestigua contra ella (ver
11 No creo que sea coincidencia que la imagen de
la niña huérfana fuese en la litera-tura europea decimonónica uno de los
símbolos más ubicuos de la vulnerabilidad, fragilidad e invisibilidad del
desvalido. Acaso fuese porque en la Europa de entonces los modelos de familia
patriarcal burguesa empezaban a consolidarse con fuerza y los niños huérfanos,
sobre todo las niñas, como seres excluidos de esa estructura funda-mental,
representarán el horror de la otredad.
81
Francesca
Denegri
cronología).
Cuando se sienta a escribir Peregrinaciones... Flora ya es-taría curtida:
también de Pío solo había conocido la traición. Curtida y dolorosamente lúcida:
porque para entonces ya había asumido la culpa de su padre. Por ello le
recrimina a Pío, desafiante, cuando este deja pasar la última oportunidad que
tiene para limpiar la imagen de “hombre sin probidad” y “padre criminal” de su
hermano Mariano. Al no “echar un velo sobre la culpa de [Mariano]” y
reconocerla como sobrina legítima, Pío permite que la memoria de su hermano
“que-de manchada por el estado de abandono en que ha dejado a su hija”
(Tristán, 1996, p. 35, t. 2).
Criada en
una Francia liberal regida por la ley moderna del Esta-do de Derecho, Flora
predica y hace suyas las exigencias de honesti-dad y transparencia del
racionalismo ilustrado. Así, antes de partir, escribe una carta de presentación
a don Pío, anunciando el inminen-te viaje y confesando sin ambages la verdad de
su estatus de bastarda ante la ley. Flora es consciente del peso que esa carta
habrá de tener en la resolución de su delicada situación, pero confía en que
Pío re-accionará como hombre ilustrado capaz de elevarse por encima de detalles
legalistas que le mezquinan la legitimidad de su nacimien-to, y que por tanto
reconocerá la inexpugnable fuerza moral de su argumento. No hay documentos que
prueben el matrimonio de sus padres –escribe a Pío–, pero ella es hija única de
Mariano, fruto de la única unión que tuvo Mariano en vida; sino, sugiere, que
se lo pre-gunte al mismo Bolívar, amigo íntimo de sus padres. Flora se despide
apelando al sentido de nobleza de su destinatario, al fin y al cabo, Pío fue último
virrey y primer presidente de la República. “Espero de us-ted justicia y bondad
–escribe Flora. Le pido su protección y le ruego quererme como la hija de su
hermano Mariano que tiene algún de-recho de reclamarlo” (Tristán, 1986a, p.
63). El titubeo entre la voz de ciudadana que reclama un derecho (espero de
usted justicia... tengo el derecho de reclamarlo) y la de la subalterna que
pide una gracia (espero de usted bondad... le ruego quererme) anuncia el
conflicto de identidad que más tarde se hará evidente en sus crónicas de viaje.
Un año después de sellar aquella fatídica carta, Flora descubrirá, con
82
Estudio
introductorio
profundo
pesar, que la transparencia que la ideología republicana exige en las
relaciones sociales es una virtud demasiado costosa en el país de su padre, más
aún si quien la ostenta es una mujer. En efecto, esta imprudente virtud le
costará el éxito del viaje que con tanto sa-crificio emprende Flora ese 7 de
abril de 1833.
Sus
Peregrinaciones... serán en cierto modo las crónicas de un fra-caso anunciado.
La correspondencia entre Pío y Flora acusa ya dos sistemas de relaciones
sociales irreconciliables cuya batalla se libra-rá en el campo del lenguaje: el
de la transparencia implicada en el discurso de la modernidad europea en la que
Francia está instalada y el de la opacidad que impregna el mundo colonial de su
padre y del que el Perú no se sacude todavía. A Flora le costará su herencia
aprender las trampas de la confesión. A partir de entonces sabrá que para
relacionarse con el poder es imprescindible buscar una estrate-gia apropiada
para decir sin decir, o sea, para decir la verdad solo en la medida en que se
oculta. Al término de la crónica, reconoce su fra-caso: “vine a buscar un lugar
legítimo en el seno de una familia y de una nación –escribe– pero tras ocho
meses de ser tratada como una extraña... es evidente que no había ganado ningún
estatus dentro de mi familia paterna” (Tristán, 1986b, p. 245, traducción
propia).
Flora ha
perdido la herencia, pero ha sido empoderada por este viaje. Porque de su
estancia en Arequipa nace una conciencia políti-ca que a su regreso a Francia
la convertirá en la apasionada militante comprometida con la causa de mujeres y
obreros que hoy asociamos con su nombre. Gracias a este viaje, Flora abandona
toda esperan-za de convertirse en miembro respetable de la burguesía, pero en
cambio toma conciencia del poder de su carísima (que ella llamará
“magnetismo”), de su inteligencia y, sobre todo, de su capacidad de influenciar
a los más poderosos. De hecho, en Arequipa, civiles y mi-litares la buscan para
solicitar sus consejos y opiniones, o al menos así lo consigna ella en sus
crónicas. Increíblemente, Pío la busca en plena batalla de Cangallo para que lo
asesore en sus negociaciones con los militares de ambos bandos; el general
Clemente Althaus la busca para hacer de ella su cómplice frente a prácticamente
todo lo
83
Francesca
Denegri
que
ocurre en la ciudad; y hasta el general San Román, adversario de los notables y
de su propio tío, la recibe en su tienda de campaña interesado en conocerla e
intercambiar ideas con ella.
A su
vuelta, esa nueva conciencia del poder de su propia palabra será utilizada por
Flora en sus relaciones con Considerant, fundador de la falange fourierista que
gozaba de gran ascendencia entre los intelectuales de la época; también con
Robert Owen, industrialista visionario del sistema cooperativista, quien en su
viaje a París visita a Flora en su departamento de la rue Bac. Con ellos la
nueva Flora parece sentirse lo suficientemente libre como para despojarse de
sus máscaras. De ahí en adelante no habría razones para seguir tenien-do miedo,
ni para seguir mintiendo. El empoderamiento de Flora es múltiple. Porque en esa
convivencia difícil y a veces adversa con sus poderosos parientes peruanos ha
debido echar mano a recursos ver-bales de sobrevivencia que le han descubierto
su verdadera versati-lidad, agudeza e ingenio. También la empodera el haber
sido testigo deslumbrado de la capacidad de algunas mujeres en el Perú para
crearse espacios de autonomía y de libertad que en Francia eran des-conocidos. Y
tampoco hay que olvidar que si bien no regresa con la herencia que soñaba, al
menos Pío le concede una pensión que la sal-va de la indigencia. Así pues,
gracias al viaje, Flora saldrá de la clan-destinidad y en adelante podrá
dedicarse a estudiar y a hacer política con los grandes socialistas y
reformistas de la época, y a escribir y salir en giras en busca de prosélitos
para su Unión Obrera.
El otro
lado de la confesión: estrategias de escritura y de vida
El mismo
año que publica Peregrinaciones de una paria, Flora viaja a Londres, pero esta
vez ya no como acompañante subordinada, sino como viajera independiente y
consciente de su poder. En “la ciudad monstruo” Tristán se entrevista con
activistas políticos y obreros textiles, con comisarios y criminales, con
prostitutas y aristócratas. Explora y estudia con ojo avizor las Cámaras del
Parlamento, las
84
Estudio
introductorio
fábricas
de gas y hierro, las prisiones, los prostíbulos, manicomios y asilos.
Participa, además, en una reunión cartista donde hace contac-tos con
reformistas ingleses, cuyas ideas luego incorporará a la uto-pía que habrá de
diseñar en su Unión Obrera. A su regreso a París pu-blica su segunda crónica de
viaje, a la que titulará Paseos en Londres.
Este
nuevo libro, al igual que el anterior, seguirá el mismo pará-metro de los
opúsculos mencionados más arriba; extrae, así, de la ex-periencia propia y
personal significados de dimensión social y públi-ca. En este nuevo libro, la
paria seguirá negociando con aquellos dos imperativos que se encuentran en
claro conflicto el uno con el otro y que descubriera años atrás en su
correspondencia con la astucia criolla de don Pío Tristán. Es decir, por un
lado, la necesidad íntima y perentoria de hurgar en su propia verdad, por el
otro, la necesidad igualmente apremiante de enmascarar esa verdad.
Los
títulos de sus dos libros de viaje son sintomáticos de este conflicto: Paseos
en Londres y Peregrinaciones de una paria.12 El paseo del primero evo-ca la
caminata clásica de las damas con tiempo de ocio a su disposición, que salen
usualmente acompañadas y a paso tranquilo para distraerse sin otro objetivo que
el de hacer un poco de ejercicio, al mismo tiempo que ver y dejarse ver. El
texto, como hemos visto, se ocupa de temas poco afines a los de la cultura de
ocio femeninos implicados en el paseo del título. En el caso de Peregrinaciones
de una paria, el sustantivo del título tiene connotaciones religiosas
evidentes: una peregrinación es un viaje difícil por tierras inexploradas,
viaje plagado de obstáculos que habrán de poner a prueba la fortaleza del
peregrino, y que se emprende con espí-ritu de humildad y entrega. El sujeto que
acomete el viaje, el peregrino o la peregrina, es disciplinado, resiliente y,
sobre todo, es indiferente a los asuntos de dinero y poder que preocupan al
resto de los mortales. Como en el caso anterior, la imagen que la narradora va
construyendo en su relato no se ajusta a aquella evocada por el título. Así,
los tropos de viajera peregrina y paseante ociosa parecen querer suavizar y
paliar el conteni-do que anuncian.
12 Lo que sigue está basado en Francesca Denegri
(2000).
85
Francesca
Denegri
Tal vez
encontremos una clave si ubicamos ambas publicaciones dentro de la abundante
literatura de viajes de la época, donde los narradores, en su abrumadora
mayoría varones, asumen invariable-mente una posición de autoridad académica
científica, etnológica o comercial.13 La mayoría de los viajeros que exploraban
los territorios ultramarinos (americanos, asiáticos y africanos), lo hacían de
ma-nera oficial y representando a su nación, a la empresa para la que
trabajaban, o a la institución a la que estaban afiliados. Viajaban, pues, con
todas las de la ley. Aquellos que como Humboldt lo hicie-ran de manera
independiente, gozaban de todo el prestigio que una gran fortuna, posición
social e ilustración les brindaba. Pero Flora no tenía rango oficial, prestigio
o fortuna. Y lo que era potencialmen-te más serio: era una mujer que viajaba
sola por el mundo. En este contexto no debe resultar extraño que las mujeres
que como Tristán se aventuraban a viajar y a publicar sus crónicas por cuenta
propia, adoptasen estratégicamente una posición marginal a la literatura de
viajes de la época.
Por todo
ello los títulos de ambas crónicas parecen querer diso-ciarse de la literatura
canónica de viajes, que era por definición un género de varones. Sus viajes a
Londres y al Perú, parece advertir la autora, no son lineales y teleológicos,
son más bien “paseos” y “pere-grinaciones”. No habrá un Chimborazo por escalar
como en el caso de los viajes de Humboldt, ni una mina por explotar, ni un
Cuzco por explorar como en el caso de Markham, ni tampoco una flora ancas-hina
por descubrir como en el caso de Raimondi. La voz narradora de sus crónicas no
asume la autoridad intelectual del académico que presenta su informe, sino todo
lo contrario, adopta el tono personal y confesional del que narra una
autobiografía.
13 Basta citar a guisa de ejemplo algunos libros
de viajes de la época: Relaciones de viaje a las regiones equinocciales del
nuevo continente, de Humboldt (París, 1808-1834); Viajes alrededor del mundo,
de Renée Lesson (París, 1839); Relato de un viaje a través de los Andes y de
una residencia en Lima y otras partes del Perú, de Robert Proctor (Londres,
1825); Narración de un viaje a Brasil, Chile y Perú, de Gilbert Mathison
(Londres, 1825) o Viajes alrededor del mundo de Gabriel Lafon (París, 1843).
86
Estudio
introductorio
Sin
embargo, si bien es cierto que ni en los Paseos... ni en las
Pe-regrinaciones... figuran hazañas ni descubrimientos de volcanes, ciu-dades o
plantas exóticas, también lo es que son viajes impulsados por objetivos
personales muy claros. Flora Tristán, la viajera audaz que parte a América en
busca de fortuna y posición social, es la mis-ma paria del título que ella
define en su dimensión cristiana como “uno de esos seres elegidos, a quienes
Dios ha dotado de un coraje a toda prueba, preparada para sufrir martirio y
soportar la esclavi-tud si fuera necesario” (Tristán, 1996, p. 85). El tropo
del peregrino se complica más: ya no se trata de un simple pecador condenado a
pagar con el castigo, sino de un condenado escogido por el mismo Dios para
abrirse camino en un mundo peligroso y hostil con pocos remansos, con el
objetivo de afilar la conciencia y enriquecer el au-toconocimiento. El viaje,
como la escritura, es el espacio privilegiado para llegar a la autenticidad.
Las
estrategias del disimulo y la ambigüedad son, pues, tretas a las que regresa
nuevamente Flora, pero en este contexto lo hará para legitimar su incursión en
una actividad que en el siglo XIX era predominantemente masculina. Son tretas
que por cierto expresan una subjetividad marginal o fronteriza entre dos
territorios. Por ello es que veremos cómo las narradoras de Peregrinaciones de
una paria y de Paseos en Londres cambian de posición estratégicamente según las
exigencias del momento, alterando su propia identidad y rese-mantizando en el
proceso la figura del viajero decimonónico para darle entrada al punto de vista
femenino. Al emprender paseos y peregrinaciones en busca de conocimiento y
poder, las dimensiones semánticas convencionales contenidas en ambos términos
se verán excedidas, a medida que las supuestamente ahistóricas figuras de la
peregrina y la paseante empiezan a reinventar nuevos papeles para intervenir en
el debate político de la época y participar en la escritu-ra de la historia.
Las
imágenes de peregrina y de paseante resultan más afines a la del “ángel del
hogar” –tan en boga en la literatura canónica del siglo XIX, tanto en América
Latina como en Europa– que a la del
87
Francesca
Denegri
viajero
decimonónico. Se trata del mismo ángel que describiera Virgi-nia Woolf en
“Professions for women”14 en la famosa escena que repre-senta su iniciación a
la literatura. Cuando con el entusiasmo del neó-fito la escritora se dispone a
ejercer su oficio, no se da cuenta de que en el cuarto hay una sombra que la
acecha, paralizándola. Al reparar en ella, descubre que aquella sombra no es
sino la del ángel del hogar, ese ser dulce, sonriente y prescriptivo que le
recuerda que ella es ante todo una mujer y que como tal debe de escribir como
mujer. Es decir, “sacrificando sus propios deseos e ideas en aras de los deseos
e ideas de otros... sobre todo, usando todos los recursos propios de su sexo
para que nadie adivine que tiene una mente propia” (Woolf, 1993, traduc-ción
propia). En este punto del relato de Woolf, la escritora, desespera-da por
aquellas consignas, se da media vuelta y agarrando al dichoso ángel del cuello
lo estrangula sin piedad, pero con la convicción de que sin ese asesinato no
sería capaz de escribir jamás una sola palabra. En el siglo XIX de Flora
Tristán, a ese ángel tan mentado como modelo de femineidad ideal, todavía no se
le había liquidado como lo hiciera Woolf cien años después. Al respecto,
recuérdese que George Sand in-sistía enfáticamente –en relación con su
identidad de escritora– que antes que “mujer que escribe” ella era “simplemente
escritor”. El ángel acecha a Flora de tal manera que a pesar de su voluntad
expresa de decir la verdad, logra persuadirla más de una vez a que la escamotee
mediante la estrategia del disimulo.
La visita
de Flora al Perú coincide con el periodo de guerra civil que sobreviene tras la
declaración de la independencia y que culmi-na en 1834 con la batalla de
Cangallo, en las afueras de la ciudad de
14 La imagen del ángel del hogar, que fue muy
difundida en la Inglaterra victoriana en los discursos políticos oficiales y en
el arte, tiene su origen en el poemario que pu-blicara el poeta Coventry
Patmore en 1850 bajo el título de The Angel of the House. Fue,
además,
la figura femenina más exaltada por los artistas prerrafaelitas como Dante
Gabriel Rossetti. Ese mismo ángel del hogar que paralizó a Virginia Woolf en
Londres a la vuelta del siglo XX aparece en la Arequipa de 1833 cuando a Flora
sus aliados le aconsejan “emplear la dulzura, hacer la corte a su tío, halagar
a Joaquina, esperar con paciencia”, en lugar de reclamar directamente lo que le
pertenece. Ver Tristán (1996, p. 37, t. 2).
88
Estudio
introductorio
Arequipa.
En este escenario de caos, intrigas y ambiciones exacerba-das, Flora baja la
resistencia y se despoja de la máscara de humilde peregrina. Esto es lo que
declara la narradora:
Resolví
que habiendo sufrido los prejuicios de una sociedad que me humillaba, por fin
había llegado mi hora. Me tocaba vivir una revolu - ción en la que me podría
tocar un rol protagonista... Opté por apoyar a los golpistas y actuar con la
misma determinación que ellos. Tenía el ejemplo de la señora Gamarra: el
destino de la república estaba en sus manos. Ella era quien decidía sobre
política y también quien comandaba las tropas. La verdadera batalla se libraba
entre ella y el monje Valdivia. Mi misión sería la de suplantar al clérigo y la
de ga-narme el apoyo de los simpatizantes de Orbegoso, porque entonces sí, el
poder de la espada me sería útil (Tristán, 1996, pp. 173-174).
Cuando al
caer Gamarra y exiliarse La Mariscala fracasa la intriga golpista –a la que la
narradora denomina convenientemente plan “salvador”–, Flora realiza una astuta
maniobra de enrevesamiento de imágenes y discursos para ubicarse nuevamente en
el espacio fe-menino del peregrino que se sacrifica por los otros miembros de
la familia. Así, declara que en realidad no implementó su misión por-que
prefirió mantenerse leal al tío: “Lo confieso ahora, ante Dios, que
sacrifiqué
la posición que yo sabía me sería fácil de conseguir por la consideración y el
respeto que le debía a mi tío Pío” (ibid., p. 175). La promiscuidad de
lenguajes en el texto no es casual: la intriga polí-tica en el mundo masculino
del poder público debe ser enmarcada sutilmente en un lenguaje femenino de
devoción religiosa. Tras esta escena de intrigas y elucubraciones golpistas, en
la que Flora desen-mascara monda y lironda sus ambiciones políticas en el Perú,
regre-sa nuevamente a sus fueros piadosos. Nótese, sin embargo, el sesgo
mesiánico con que da punto final al episodio: “Visto que la santidad de mi
función fracasó, me veo obligada a concluir que Dios me tenía reservada para
otra misión” (ibid., p. 178).
En sus
relatos de viaje, Flora Tristán resemantiza el espacio, el lenguaje y la figura
misma de la viajera. Pero es una resemantización
89
Francesca
Denegri
que se
practica, como el acto confesional, a horcajadas entre una propuesta moderna
del enfrentamiento honesto y abierto con una identidad en conflicto, y la de
una perspectiva tradicional de escamo-teo y enmascaramiento de esa identidad.
Es así, pues, que estratégi-camente acepta en apariencia el espacio y el
lenguaje asignado a las mujeres por sus guardianes, para luego barajarlos de
tal manera que el discurso religioso termina transformándose en político, y el
espa-cio privado de su experiencia de mujer, en público. Al difuminarse por
otro lado la línea fronteriza entre la figura de viajero autorizado y aquella
de viajera humilde peregrina, se sugiere la artificialidad de esta. Y así como
en Paseos en Londres la cultura de ocio femenino se convierte en el espacio
privilegiado para que la paseante indague en ese mundo masculino en ebullición
que es el del capitalismo inglés, en Peregrinaciones de una paria el coto
femenino religioso se convier-te en el punto de partida para reflexionar sobre
el terreno masculino de la política republicana peruana.15
Castigo y
redención
Descubrir
los mecanismos y el engranaje de ese poder que some-te a mujeres, obreros y
analfabetos es el motor que empuja a Flo-ra a escribir, publicar y actuar desde
el momento en que vuelve a Francia tras su viaje a Perú. Como Prometeo, aquel
titán que incu-rre en la ira de los dioses del Olimpo al robar una brizna de
fue-go para ofrecerlo a los hombres en la tierra, Flora, que no es titán sino
mujer, debe pagar el precio de su libertad. Apenas publicado
15 La ubicación de las expresiones de religiosidad
dentro del coto de lo femenino en el siglo XIX ha sido sugerida por
historiadoras y críticas literarias, entre ellas, Jean Franco. El argumento es
que en este siglo en que la ciencia se erige como el saber de mayor prestigio
en Europa y en América Latina, la religión es desplazada simultá-neamente hacia
los márgenes del poder. Cuando eso ocurre, la Iglesia se empieza a despoblar
gradualmente de fieles varones, pero se ve compensada por la creciente presencia
de las mujeres. Ver, por ejemplo, Iglesia y poder en el Perú contemporáneo
1821-1919 (García Jordán, 1992).
90
Estudio
introductorio
su libro,
Chazal le dispara a quemarropa, don Pío le retira la pen-sión acordada, su
protector peruano en Francia manda decir que no la quiere ver más, y el
distanciamiento con su madre se ahonda irremediablemente. Como si el precio
pagado no fuera suficiente, los abogados de su esposo convierten arteramente el
juicio por ho-micidio contra Chazal en un juicio público contra Flora,
utilizando el libro como evidencia de su inmoralidad. Pero, como Prometeo,
Flora asume su castigo y emerge en la otra orilla con convicción re-forzada y
lista para entregarse en cuerpo y alma a su nuevo plan, la construcción de una
sociedad sobre la base de una novedosa unión de mujeres y obreros.
Sin duda,
una de las fuentes inagotables de inspiración que tuvo Flora en medio de tantos
padecimientos personales fue la amistad con otras mujeres combativas como ella.
De hecho, el encuentro explosivo con Francisca Zubiaga de Gamarra, del que da
cuenta con lujo de detalles en el último capítulo de su libro, es ilustrativo.
Flora la pondera con generosidad por el valor con que consiguió hacerse
respetar por soldados y oficiales en situaciones muy poco propicias para
cualquier mujer. Pero además de admiración, resulta clara su identificación con
ese espíritu femenino indomable que fue La Mariscala. El retrato que de ella
nos deja la paria es memorable no solo por su frescura y perspicacia sino
también por el candor con el que deja entrever que el encuentro fue una suerte
de justa de voluntades, pareja y dura, de la que ella, la paria, resulta
vence-dora. “Mi alma tomó posesión de la suya. Me sentí más fuerte que ella, la
dominé con la mirada” (Tristán, 1996, p. 254), declara Flora echando mano a la
misma imagen que luego utilizaría en su carta a Olympia. El deleite de la
victoria da paso luego a una actitud noble y generosa ante la adversaria
vencida que es, después de todo, una homologa, una mujer-guía como la misma
Flora. El concepto sansi-moniano de mujer-guía dominará la obra posterior de la
paria. La mujer-guía es aquella que lejos de asumirse como el ser obediente y
abnegado encarnado en la Virgen María y en el modelo de feminei-dad burguesa
decimonónica, asume la posición de agente, es decir,
91
Francesca
Denegri
de sujeto
que interpela, inventa y construye las bases para una socie-dad libre y
solidaria.16
Algunos
estudiosos sugieren que fue la experiencia de su entre-vista con una mujer que
estuvo tan cerca del poder como La Maris-cala, la que inspiró a Flora a
abandonar sus reclamos personales de pensiones, herencias y hasta legitimación
ante la ley, para optar por el camino más ancho de la lucha social y colectiva.
De hecho, el con-cepto de mujer-mesías, que luego Flora convertiría en concepto
clave para armar su Unión Obrera, aparece por primera vez en sus
Peregri-naciones... en el episodio vinculado a La Mariscala. La mujer-mesías se
muestra luego en su novela Méphis (1838), encarnada en la hija de Maréquita y
Méphis. Y más tarde en Le tour de France será ella misma la encargada de
encarnar a la mujer-mesías. Las imágenes que nos ofrece El paraíso en la otra
esquina sobre estos últimos meses de su vida y en plena gira proselitista,
resultan verdaderamente evocati-vas por el detalle vivido y la minuciosidad
rigurosa con que Vargas Llosa se imagina a la paria en medio del fragor de la
marcha y de la fatiga extrema, acosada por la policía, hostigada por los mismos
obreros, y sin embargo, fortalecida en su convicción de ser la mujer elegida
para una misión revolucionaria que trasciende la dimensión política y toca lo
sagrado. Son estas imágenes de ficción que dotan de músculos a los huesos y
nervios de su diario. En este, la paria, ahora mujer-mesías, escribe que cuando
el “soplo divino” la abandona, in-vadiéndole la duda y el desaliento, ella
remonta vuelo “como Santa Teresa” para pedir a sus Dioses el envío a la tierra
de diez mujeres más que tengan su temple para llevar a término su misión.
En cuanto
a su amistad con Éléonore Blanc, la paria la describe en su diario con los
términos que ya conocemos con respecto a su relación con La Mariscala y con
Olympia. Su alma “toma posesión” de la de Éléonore “sin tener en cuenta el
envoltorio”. La ambigüedad sobre lo que significa esta toma de posesión es,
pues, la marca prin-cipal de su discurso de los afectos. Así, concluye que la
prueba de que
16 Ver “El evangelio y la mujer guía” (Tristán,
[1846] 1948, pp. 57-61).
92
Estudio
introductorio
la
“posesión” es un proceso que ocurre entre dos almas y no entre dos sexos es que
ella misma lo ha vivido con tres mujeres: Éléonore, La Mariscala y Olympia
(Tristán, 1983, p. 120).
Pero
además del reconocimiento a otras mujeres-mesías de su mismo temple, Flora
escribe con admiración sobre aquellas con quienes quizá no compartió “su
misión”, pero que la impresiona-ron por su fuerza y rebeldía. Ahí está, por
ejemplo, el retrato de la monja superiora del convento de Santa Catalina, a
quien destaca por su vivacidad y su conversación aguda y picante; están también
las rabonas, cuyo valor, energía infatigable, y formidable capacidad de
organización en el campo de batalla deslumbran a la viajera, y está el
encuentro con la esclava en el ingenio de la hacienda Villa que ins-pira en
ella un discurso abolicionista conmovedor y persuasivo. Y no hay que olvidar el
célebre retrato que Flora hiciera de las legendarias tapadas limeñas, aquellas
mujeres que se esmeraban en cubrir su rostro con la pudicia de las moras de
España, al mismo tiempo que mostraban audazmente el contorno de sus caderas y
aquella parte tan erótica de la anatomía femenina que eran los tobillos. Flora
com-prende inmediatamente que el traje de la limeña es un verdadero monumento
al ingenio estratégico femenino que logra, como en nin-guna otra ciudad del
mundo, burlar el control del padre, hermano o esposo, bajo cuyas narices las
limeñas, protegiendo su honor con el manto, se entregaban a las artes amatorias
más avanzadas.17 Si bien Flora celebra con entusiasmo y generosidad el peculiar
poder que ejerce la limeña con su traje en las calles, también advierte sobre
el peligro de que el “imperio de la mujer” dependa de su traje. Porque si el
manto facilita el desplazamiento libre de las mujeres, si ellas no “cultivan su
inteligencia” para asumirse como sujetos discursivos ca-paces de tomar la
palabra con el rostro descubierto, sus encantos se-guirán siendo
irremediablemente arcaicos y destinados a sucumbir
17 Para más detalles y versiones sobre el
legendario traje ver los diarios de viajeros de la época, entre ellos Lima y la
sociedad peruana, de Max Radiguet; “Carácter, genio y costumbre de los
limeños”, de Felipe Bauzá y Travels in Peru During the Years 1838-1842, de J.
J. Von Tschudi, entre otros.
93
Francesca
Denegri
al primer
soplo de los vientos modernizantes que tarde o temprano llegarían a estas
costas.
Flora
creía sinceramente en la superioridad emocional de las mu-jeres sobre los
hombres. “Dios ha dotado a la mujer de un corazón más amante y abnegado que el
del hombre” (Tristán, 1996, p. 219, t. 2), escribe, pero también está
convencida de que esa superioridad solo podrá consolidarse a través de la
educación. Al respecto, su experien-cia en el Perú, donde descubre una libertad
y autonomía femeninas desconocidas en Francia, le servirá de inspiración para
las reflexio-nes que vierte posteriormente en Unión Obrera. En su último libro,
Flora señala que ningún movimiento obrero podrá levantar vuelo sin la
participación activa de las mujeres. Porque siendo ellas las encar-gadas de
formar nuevos ciudadanos, resulta esencial que participen lado a lado y de igual
a igual con los obreros en la construcción del nuevo orden social. Pero aquella
participación solo sería valiosa si se tratara de una fuerza femenina
instruida. El mismo tema sería reto-mado en Francia recién después de la
revolución de 1848, o sea, cinco años después de la publicación de Unión Obrera
y el advenimiento de la segunda república, mientras que en el caso del Perú
habría que esperar todavía hasta la década de 1870 y las veladas literarias de
Jua-na Manuela Gorriti para que intelectuales y políticos encontraran la
pertinencia del tema para el desarrollo de la todavía joven repúbli-ca. En su
ensayo sobre la paria, Magda Portal sugería la elaboración de un linaje de
mujeres bajo cuya égida espiritual se puedan ubicar los que creen en una
sociedad libre de prejuicios de género. Cuando Flora Tristán se embarca aquella
mañana en Burdeos rumbo al Perú de su padre, acaso ya sabía que estaría
destinada a ocupar un lugar prominente en ese linaje que recién hoy, después de
ciento cincuenta y ocho años de su muerte, empezamos a desenterrar. Pero no hay
que olvidar que el trabajo arqueológico recién empieza.
Lima,
julio de 2003.
94
Estudio
introductorio
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Cronología
de Flora Tristán
1803 Nace el 7 de abril en París y es bautizada
como Flore Céles-tine Thérèse Henriette Tristán Moscoso, hija del coronel
pe-ruano Mariano Tristán y Moscoso y de la francesa Thérèse Laisney.
1804 Napoleón es coronado emperador por el Papa.
1806 El coronel Mariano Tristán y Moscoso,
caballero de la orden de Santiago, compra una propiedad en Vaugirard, cerca de
París, que consta de diversos edificios, jardines y patios encerrados por un
muro. Entre las amistades que frecuentan a la pareja figuran Simón Bolívar y su
maestro Simón Rodríguez.
1807 Muere Mariano Tristán y el gobierno español
interviene sobre todos sus bienes para ponerlos a disposición de su familia en
Perú. Nace Mariano Pío Enrique Tristán Moscoso, hermano de Flora.
1810-1817
Thérèse
Laisney viuda de Tristán y sus dos hijos se avecinan en una pequeña propiedad
en Val-de-Marne, cerca de París. Muere el hermano de Flora. Thérèse escribe a
los parientes de Mariano en Perú, pero no obtiene respuesta.
1814 Napoleón se retira a la isla de Elba y la
monarquía es restaura-da en Francia con Luis XVIII.
97
Cronología
de Flora Tristán
1816 Por razones religiosas, el gobierno suprime la
ley del divorcio aprobada por la Convención en septiembre de 1792. Dicha ley
(Ley Naquet) no volverá a ser aprobada hasta el 24 de julio de 1884.
1818 Thérèse y su hija se mudan a un pequeño
apartamento en la rue du Fouarre, en la Plaza Maubert, en París. Flora se
entera de su estatus de hija ilegítima. El comandante Thomas-Joseph Laisney,
hermano de Thérèse, le regala a su sobrina un curso de dibujo. Flora es
contratada como obrera colorista en los ta-lleres de grabación de André Chazal,
en París.
1821 Matrimonio civil de Flora y Chazal. Muerte de
Napoleón en Santa Helena.
1822 Nace Alexandre Chazal.
1824 Nace Ernest-Camille Chazal. André en quiebra,
Flora se muda a la casa de su madre. Consigue trabajos eventuales. La rela-ción
conyugal se deteriora irreversiblemente.
1825 Nace Aline Marie Chazal. Separación de Flora y
Chazal, contra la voluntad de Thérèse, quien apoya a Chazal. Siguen los
que-brantos económicos y embargo del taller de grabación. Chazal obtiene la
custodia de los niños. Flora huye con Aline. Muerte de Claude-Henri de Rouvroy,
conde de Saint-Simon.
1825-1829
Flora
consigue trabajos eventuales (niñera, vendedora) hasta que es contratada como
dama de compañía por una familia de ingleses, con quienes viajará a Suiza,
Italia, Alemania e Inglate-rra. Parte sin despedirse de Thérèse o Chazal. El
tribunal del Sena decreta la separación de bienes de los esposos Chazal.
1829 Flora regresa a París. Chazal la persigue y
ella recoge a su hija para huir con ella de albergue en albergue, anuncián-dose
como viuda. Más trabajos eventuales. Chazal las busca
98
Cronología
de Flora Tristán
para
obligarlas a regresar con él. Flora conoce de casuali-dad al capitán Chabrié,
quien la anima para que escriba a su familia peruana. Flora escribe su primera
carta a Pío de Tristán y Moscoso anunciando su deseo de viajar a Perú y
reclamando su herencia. Conoce a Prosper Enfantin, Ar-mand Bazard y Olinde
Rodrigues, entre otros seguidores de Saint-Simon.
1830 Revolución (“los tres gloriosos días”) en
París, en la que Flora participa.
Recibe
respuesta de Pío Tristán invitándola a visitar Perú. El rey Carlos X es
obligado a abdicar y la corona pasa a Luis Felipe de Orleans, quien impone un
régimen más liberal, pero insiste en una posición conservadora con respecto al
divorcio.
1832 Muere Alexandre. Intento de arreglo amistoso
en Bel-Air, en la casa del comandante Laisney que termina en confrontación
entre Chazal y Flora en la que los cónyuges se agreden física-mente. Flora huye
otra vez con Aline, pero la policía la atra-pa. Su madre y su tío apoyan a
Chazal, quien gana la custodia de Ernest-Camille y persigue a Flora. Ella huye
con Aline de pueblo en pueblo haciéndose pasar por viuda. Busca refugio
temporal en casa de su madre. En diciembre encuentra una pensión en Angulema
para Aline, donde la deja encomendada a Mme. de Bourzac. Parte a Burdeos, donde
será recibida en casa de su tío paterno, don Mariano de Goyeneche.
1833 De enero a abril vive en casa de don Mariano
de Goyeneche, haciéndose pasar por soltera. El 7 de abril se embarca en el
Méxicain, con rumbo a Valparaíso y Perú, también pasando como soltera. El 8 de
agosto llega a Valparaíso. Del 1-8 de sep-tiembre a bordo del Leonidas de
Valparaíso a Islay. El 13 de sep-tiembre llega a Arequipa.
1834 El 25 de abril parte de Arequipa hacia Lima,
sin lograr que se la reconozca como heredera legítima de su padre, pero
99
Cronología
de Flora Tristán
habiéndose
acordado que Pío le enviara una pensión de 2.500 francos. El 15 de julio se
embarca en el William Rushton con destino a Liverpool y Francia.
1835 Regresa Flora a París, donde cambia de
dirección con frecuen-cia para protegerse de la persecución de Chazal.
Publicación del folleto Nécessité de faire un bon accueil aux femmes étrangères
[Sobre la necesidad de dar una buena acogida a las extranjeras]. Conoce a
Charles Fourier y a su círculo más íntimo. Chazal descubre su paradero y rapta
a Aline en octubre. Rescate de Aline por su madre en Versalles. El mismo
episodio se repetirá tres veces.
Thérèse y
el comandante Laisney apoyan siempre a Chazal. El procurador del Rey
interviene, amenaza a Flora con la pena de prisión y exige colocar a Aline en
una pensión donde padre y madre pudieran visitarla. Flora viaja a Inglaterra
por tercera vez.
1836 En julio Chazal rapta nuevamente a Aline. La
niña escapa y regresa donde su madre. En noviembre Aline es raptada otra vez.
Chazal abre proceso contra Flora. Flora frecuenta el gru-po de fourieristas,
entre ellos, Víctor Considerant. Frecuenta también la Gazette des Femmes, grupo
de mujeres fourieris-tas. La prestigiosa Revue de Paris publica fragmentos de
lo que será Peregrinaciones de una paria, con mucho éxito.
1837 Aline, nuevamente secuestrada por su padre, y
nuevamente rescatada por su madre, confiesa a Flora que ha sido abusada
sexualmente por su padre.
Se abre
juicio penal. El abogado defensor de Chazal, Jules Fa-vre, logra que el
tribunal niegue tener suficientes pruebas, condena a Chazal a unas pocas
semanas de cárcel y ordena in-ternar a los niños para que padre y madre
pudieran tener ac-ceso a ellos. Publicación en la Revue de Paris de fragmentos
de lo que será Paseos en Londres. Conoce al industrial socialista
100
Cronología
de Flora Tristán
y
visionario galés Robert Owen. Entrega a diputados liberales una “petición para
el restablecimiento del divorcio” redactada y firmada por ella. Publicación de
esta en el diario Le Bon Sens de Louis Blanc. Flora conoce a Olympia
Maleszewska, esposa de Leonard Chodzko, líder del Comité Nacional Polaco, de
los exiliados polacos en Francia.
1838 Publicación de Peregrinaciones de una paria y
de Méphis. Cola-bora con prestigiosas revistas como L’Artiste, Le Voleur, Le
Globe y La Phalange.
El 10 de
septiembre Chazal le dispara dos tiros de pistola en la calle. Flora,
gravemente herida, agoniza durante tres me-ses. Flora presenta a los diputados
liberales una “petición para la abolición de la pena de muerte”, publicada
luego en Le journal du peuple. Publica las cartas de Bolívar a su madre en
L’Artiste.
1839 Se abre juicio contra Chazal para obtener la
separación. El tío de Flora, el comandante Laisney atestigua contra ella. El
pro-ceso es seguido por los principales periódicos. Las confesiones que hiciera
en Peregrinaciones de una paria son utilizadas por la defensa de Chazal para
acusarla de apóloga de la bigamia. El tribunal del Sena condena a Chazal a
veinte años de trabajos forzados, decreta la separación de cuerpos y autoriza a
Flora a eliminar de su nombre y del de sus hijos su apellido de casada. Viaja
por cuarta y última vez a Inglaterra, y toma contacto con el movimiento
cartista dirigido por Daniel O’Connor, en Lon-dres. Segunda edición de
Peregrinaciones de una paria.
1842 Publicación de Promenades dans Londres [Paseos
en Londres]. Flora toma contacto con líderes del movimiento obrero, entre
ellos, Agricole Perdiguier.
1843 Publicación de Unión Obrera por suscripción.
Toma contacto con otros líderes prominentes del movimiento obrero, entre ellos
Gosset y Moreau.
101
Cronología
de Flora Tristán
Viaje a
Burdeos como paso preliminar para su gran gira por Francia reclutando obreros
para su Unión Obrera.
1844 Segunda edición de Unión Obrera. Inicio de la
gira, que cubrirá Auxerre, Dijon, Lyon, Roanne, Aviñón, Marsella, Montpellier,
Carcassonne y Toulouse, entre otras ciudades. Muerte de Flo-ra en Burdeos el 14
de noviembre.
1847 Agitación popular obrera incitada por la
crisis económica y los movimientos socialistas provocan el advenimiento de la
segunda república.
102
Bibliografía
de Flora Tristán
1836 “Necesidad de dar una buena acogida a las
mujeres extranje-ras” (folleto).
1837 “Petición para el restablecimiento del
divorcio” (dirigida a la Cámara de Diputados de Francia).
1838 Peregrinaciones de una paria.
Méphis,
novela filosófica y social.
“Petición
para la abolición de la pena de muerte” (dirigida a la Cámara de Diputados de
Francia).
1840 Paseos en Londres.
1843 Unión Obrera.
1845 La emancipación de la mujer o El testamento de
la paria (editor A.
Constant).
1983 Le tour de France.
2001 Lettres (editor S. Michaud).
103
A los
peruanos
Peruanos:
He creído
que de mi relato podría resultar algún beneficio para vosotros. Por eso os lo
dedico. Sin duda os sorprenderá que una per-sona que emplea tan escasos
epítetos laudatorios al hablar de vo-sotros haya pensado en ofreceros su obra.
Hay pueblos que se ase-mejan a ciertos individuos: mientras menos avanzados
están, más susceptible es su amor propio. Aquellos de vosotros que lean mi
relación sentirán primero animosidad contra mí y solo después de un esfuerzo de
filosofía algunos me harán justicia. La falsa censura es cosa vana. Fundada,
irrita y, por consiguiente, es una de las más grandes pruebas de amistad. He
recibido entre vosotros una acogida tan benévola que sería necesario que yo
fuese un monstruo de ingra-titud para alimentar contra el Perú sentimientos
hostiles. Nadie hay quien desee más sinceramente que yo vuestra prosperidad
actual y vuestros progresos en el porvenir. Ese voto de mi corazón domina mi
pensamiento, y al ver que andáis errados y que no pensáis, ante todo, en
armonizar vuestras costumbres con la organización política que habéis adoptado,
he tenido el valor de decirlo, con riesgo de ofender vuestro orgullo nacional.
He dicho,
después de haberlo comprobado, que en el Perú la clase alta está profundamente
corrompida y que su egoísmo la lleva, para satisfacer su afán de lucro, su amor
al poder y sus otras pasiones, a
105
Flora
Tristán
las
tentativas más antisociales. He dicho también que el embruteci-miento del
pueblo es extremo en todas las razas que lo componen. Esas dos situaciones se
han enfrentado siempre una a otra en todos los países. El embrutecimiento de un
pueblo hace nacer la inmorali-dad en las clases altas y esta inmoralidad se
propaga y llega, con toda la potencia adquirida durante su carrera, a los
últimos peldaños de la jerarquía social. Cuando la totalidad de los individuos
sepa leer y escribir, cuando los periódicos penetren hasta la choza del indio,
entonces, encontrando en el pueblo jueces, cuya censura habréis de temer y
cuyos sufragios debéis buscar, adquiriréis las virtudes que os faltan. Entonces
el clero, para conservar su influencia sobre ese pueblo, reconocerá que los
medios que emplea en la actualidad no pueden ya servirle. Las procesiones
burlescas y todos los oropeles del paganismo serán reemplazados por prédicas
instructivas, por-que después de que la imprenta haya despertado la razón de
las ma-sas, será a esta nueva facultad a que habrá que dirigirse, si se quiere
ser escuchado. Instruid, pues, al pueblo; es por allí por donde debéis empezar
para entrar a la vía de la prosperidad. Estableced escuelas hasta en las aldeas
más humildes: esto es lo urgente en la actualidad. Emplead en ella vuestros
recursos. Consagrad a esto los bienes de los conventos, pues no podríais darles
destino más religioso. Tomad medidas para facilitar el aprendizaje. El hombre
que tiene un oficio no es un proletario. A menos que le hieran calamidades
públicas, no tiene ya independencia de carácter tan necesaria de que se
desarro-lle en un pueblo libre. El porvenir es de América. Los prejuicios no
pueden adherirse en ella como en nuestra vieja Europa. Las pobla-ciones no son
lo bastante homogéneas como para que este obstácu-lo retarde el progreso. Hasta
que el trabajo cese de ser considerado como patrimonio del esclavo y de las
clases ínfimas de la población, todos harán mérito de él algún día y la
ociosidad, lejos de ser un tí-tulo a la consideración, no será ya mirada sino
como un delito de la escoria de la sociedad.
En toda
América, el Perú era el país de civilización más avanza-da a raíz de su
descubrimiento por los españoles. Esta circunstancia
106
A los
peruanos
hace
presumir favorablemente acerca de las disposiciones ingénitas de sus habitantes
y de los recursos que ofrece. ¡Que un gobierno pro-gresista llame en su ayuda a
las artes de Asia y de Europa y pueda hacer que los peruanos ocupen aquel rango
entre las naciones del Nuevo Mundo! Este es el deseo muy sincero que me anima.
Vuestra
compatriota y amiga.
Flora
Tristán
París,
agosto de 1836.
107
Pues, en
verdad os digo que si tuvieseis una fe tan grande como un grano de mostaza,
diríais a esta montaña: Transpórtate de aquí a allá y se transportaría y nada
os sería imposible.
(San
Mateo, XII, 17).
Dios no
ha hecho nada en vano. Los mismos malos entran dentro del orden de su
Providencia. Todo está coordinado y todo progresa hacia un fin. Los hombres son
necesarios a la tierra que habitan, viven de su vida y, formando parte de ese
conglomerado, cada uno de ellos tiene una misión a la que la Providencia le ha
destinado. Sentimos inútiles pesares, estamos sitiados por impotentes deseos
por haber desconocido esta misión y nuestra vida se ve atormentada, hasta que
al fin volvemos sobre nuestros pasos. De igual modo, en el orden fí - sico, las
enfermedades provienen de la falsa apreciación de las nece-sidades del
organismo para la satisfacción de sus exigencias. Descu-briremos, pues, las
reglas que hay que seguir para alcanzar en este mundo la mayor suma de
felicidad por medio del estudio de nuestro ser moral y físico, de nuestra alma
y de la organización del cuerpo al que aquella ha sido destinada a mandar. Las
enseñanzas no nos faltan ni para uno ni para otro estudio. El dolor, ese rudo
maestro, nos las prodiga sin cesar; pero no ha sido dado al hombre progresar
109
Flora
Tristán
sino con
lentitud. Sin embargo, si comparamos los males de que son presa los pueblos
salvajes con los que existen todavía entre los pue-blos más avanzados en
civilización y los goces de los primeros con los de los segundos, nos
admiraremos de la inmensa distancia que separa a estas dos fases extremas de
colectividades humanas. Pero no es necesario, para comprobar el progreso,
comparar dos estados de sociabilidad tan alejados el uno del otro. El progreso
gradual de si-glo a siglo es fácil de verificar por los documentos históricos
que nos presentan el estado social de los pueblos en tiempos anteriores. Para
negarlo es preciso no quererlo ver, y el ateo, a fin de ser consecuente consigo
mismo, es el único interesado en hacerlo.
Concurrimos
todos, a pesar nuestro, al desarrollo progresivo de la especie. Mas en cada
siglo, en cada fase de sociabilidad, vemos a hombres que sobresalen de la
multitud y que marchan como explo-radores, muy por delante de sus
contemporáneos. Agentes especiales de la Providencia trazan la vía por la cual,
después de ellos, prosigue la humanidad. Esos hombres son más o menos numerosos
y ejercen sobre sus contemporáneos una influencia más o menos grande, se-gún el
grado de civilización a que ha llegado la sociedad. El punto más alto de
civilización será aquel en que cada uno tenga conciencia de sus facultades
intelectuales y las desarrolle deliberadamente en interés de sus semejantes,
sin considerarlo diferente del suyo.
Si la
apreciación de nosotros mismos es previamente necesaria para el desarrollo de
nuestras facultades intelectuales, si el progreso individual está proporcionado
al desarrollo y a la aplicación de es-tas mismas facultades, es incontestable
que las obras más útiles para los hombres son aquellas que les ayudan al
estudio de ellos mismos, haciéndoles ver al individuo en las diversas
posiciones de la existen-cia social. Los hechos solos no son suficientes para
hacer conocer al hombre. Si el grado de su progreso intelectual no se nos
presenta y si las pasiones que han sido sus móviles no se nos muestran, los
hechos no llegan hasta nosotros sino como otros tantos enigmas que la
filo-sofía, con más o menos éxito, intenta calificar.
110
Peregrinaciones
de una paria
La mayor
parte de los autores de memorias que contienen revela-ciones no han querido que
aparezcan sino cuando la muerte los ha cubierto de la responsabilidad de sus
actos y palabras, sea que fuesen retenidos por una susceptibilidad de amor
propio al hablar de sí mis-mos, sea por temor a suscitarse enemigos al hablar
de otros, sea que temiesen las recriminaciones o los mentís. Procediendo en
esta for-ma han invalidado su testimonio, al que solo se presta fe cuando los
autores de la época lo confirman. Tampoco se puede suponer que el
perfeccionamiento ha sido el objeto predominante de su pensamien-to. Se ve que
han querido hacer hablar de sí mismos dando pasto a la curiosidad y aparecer a
los ojos de la posteridad distintos de lo que fueron sus contemporáneos y así
han escrito con un propósito perso-nal. Disposiciones recibidas por una
generación que ya no se intere-sa por ellas, pueden ofrecer el cuadro de
costumbres de sus antepasa-dos, pero no podrán ejercer sino una débil
influencia sobre las suyas. En efecto, es por lo general la opinión de nuestros
contemporáneos lo que nos sirve de freno y no la que podrá emitir sobre
nosotros la posteridad. Las almas de élite únicamente ambicionan este sufragio;
las masas permanecen indiferentes.
En
nuestros días, los corifeos proceden de suerte que sus revela-ciones
testamentarias se publiquen inmediatamente después de su muerte. Es entonces
cuando quieren que su sombra arranque vio-lentamente la máscara a quienes les
precedieron en la tumba y a algunos de los sobrevivientes a quienes la vejez ha
puesto fuera de escena. Así han procedido los Rousseau, los Fouché, los
Grégoire, los Lafayette, etc. Así procederán los Talleyrand, los Chateaubriand,
los Béranger, etc. La publicación de memorias, hecha al mismo tiempo que la
nota necrológica o la oración fúnebre, ofrece, sin duda, más interés que si,
como las del duque de Saint-Simon,1 aparecen un siglo después de la muerte del
autor; pero su acción represiva es casi nula.
1 Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon,
(1675-1755) político e historiador francés. Hijo de un palafrenero del rey Luis
XIII que llegó a ser duque y par del reino. A la muerte del regente (1723), se
retiró a sus posesiones de La Ferté-Vidame para conti-nuar con la redacción de
sus Memorias que relatan los últimos veinte años del reinado
111
Flora
Tristán
Son ramas
de un árbol derribado cuyos frutos no son la sucesión del perfume de sus flores
y la tierra no los hará reverdecer jamás.
El
interés que se presta a los grandes acontecimientos induce generalmente a los
escritores a representar a los hombres en medio de esos grandes acontecimientos
y les hace despreocuparse de mos-trárnoslos interiormente. Los autores de
memorias no están siempre exentos de ese defecto, aunque nos hacen conocer a
las personas de quienes hablan y las costumbres de su tiempo mejor que los
historia-dores propiamente dichos. Pero, la mayoría de estos escritores han
tomado a los grandes personajes del orden social como tema de sus escritos y
nos han descrito muy rara vez a los hombres de las diver-sas profesiones que
componen las sociedades humanas. El duque de Saint-Simon nos hace ver a los
cortesanos y sus intrigas; pero no piensa en referirnos las costumbres del
burgués de París o de alguna otra parte de Francia. El carácter moral de un
hombre del pueblo no ofrecía ningún interés a los ojos de un gran señor de
entonces. Sin embargo, el valor de un individuo no radica en la importancia de
las funciones que desempeña, en el rango que ocupa o en las riquezas que posee.
Su valor, a los ojos de Dios, está proporcionado a su grado de utilidad en sus
relaciones con la especie humana íntegra, y es con esta escala con la que, en
adelante, deberá medirse el elogio o la cen-sura. En tiempos del duque de
Saint-Simon se estaba aún muy lejos de conocer esta medida de las acciones
humanas. Las memorias que harían conocer a los hombres tales cuales son, y que
los apreciarían según su valor real, son las del hombre que ha luchado contra
la ad-versidad, las de aquel que en el infortunio se encontró frente al poder
del rango y de la riqueza y a quien una creencia religiosa pone por encima de
todo temor. Quien ve un semejante en todo ser humano y sufre por sus penas y se
regocija con sus goces es quien debe escribir sus memorias, cuando se ha
encontrado en situación de recoger sus
de Luis
XIV y de la Regencia. Impublicable durante su vida, su obra solo fue editada
íntegramente en 1829-1830. [N. de la primera Ed.].
112
Peregrinaciones
de una paria
observaciones...
Esas memorias harán conocer a los hombres sin dis-tinción de rangos, tales como
la época y el país los presentan.
Si solo
se tratara de presentar los hechos, los ojos bastarían para verlos. Pero, para
apreciar la inteligencia y las pasiones del hombre, la instrucción no es lo
único necesario. Es preciso haber sufrido y sufrido mucho, pues solo el
infortunio puede enseñarnos a conocer en lo justo lo que valemos y lo que valen
los demás. Es preciso, ade-más, haber visto mucho a fin de que, despojados de
todo prejuicio, consideremos a la humanidad desde otro punto de vista que el de
nuestro campanario. Es preciso, en fin, tener en el corazón una fe de mártir.
Si la expresión del pensamiento se detiene por consideración ante la opinión de
otro, si la voz de la conciencia se ahoga por temor de hacerse de enemigos, o
por otras consideraciones particulares, se falta a la misión, se reniega de
Dios.
Se
preguntará quizá si es siempre útil publicar las acciones de los hombres en el
momento en que acaban de practicarse. Sí, respon-dería yo. Todas las que
perjudican; todas las que provienen de un abuso de poder, cualquiera que este
sea: de fuerza o de autoridad, de inteligencia o de posición, y que hiera a
otro en la independencia que Dios ha concedido sin distinción a todas las
criaturas, fuertes o débiles. Pero si la esclavitud existe en la sociedad, si
se encuentran ilotas en su seno, si las leyes no son iguales para todos, si los
pre-juicios religiosos o de otra índole reconocen una clase de PARIAS, ¡oh!,
entonces la misma abnegación que nos lleva a señalar ante el desprecio al
opresor debe hacernos echar un velo sobre la conducta del oprimido que trata de
escapar al yugo. ¿Existe acción más odiosa que la de esos hombres que en las
selvas de América van a la caza de negros fugitivos para traerlos de nuevo bajo
el látigo del amo? La esclavitud está abolida, se dirá, en la Europa
civilizada. Ya no hay, es cierto, mercados de esclavos en las plazas públicas;
pero entre los países más avanzados no hay uno en el cual clases numerosas de
in-dividuos no tengan mucho que sufrir de una opresión legal: los cam-pesinos
en Rusia, los judíos en Roma, los marineros en Inglaterra, las mujeres en todas
partes. Sí, en todas partes en donde la cesación del
113
Flora
Tristán
consentimiento
mutuo y necesario a la formación del vínculo matri-monial no es suficiente para
romperlo, la mujer está en servidum-bre. El divorcio obtenido por la voluntad
expresa de una de las partes puede únicamente libertarla y ponerla a nivel del
hombre, al menos, para los derechos civiles. Así, pues, mientras el sexo débil,
sujeto al más fuerte, se encuentre forzado en las afecciones más premiosas de
nuestra naturaleza, mientras no haya reciprocidad entre ambos sexos, publicar
los amores de las mujeres es exponerlas a la opresión. De parte del hombre es
la acción de un cobarde puesto que, a este respecto, él goza de toda su
independencia.
Se
observa que el nivel de civilización a que han llegado diversas sociedades
humanas está en proporción a la independencia de que gozan las mujeres. Algunos
escritores, en la vía del progreso, conven-cidos de la influencia civilizadora
de la mujer y al verla por todas par-tes regida por códigos excepcionales, han
querido revelar al mundo los efectos de ese estado de cosas. Con este objeto,
desde hace cerca de diez años han lanzado diversos llamamientos a las mujeres
para ani-marlas a publicar sus dolores y sus necesidades, los males que
resul-tan de su sujeción y lo que debería esperarse de la igualdad entre los
dos sexos. Ninguna, que yo sepa, ha respondido a este llamamiento. Los
prejuicios que reinan en la sociedad parecen haber paralizado su valor y mientras
en los tribunales repercuten las demandas dirigidas por las mujeres, ya sea
para obtener pensiones alimenticias de sus maridos o su separación de ellos,
ninguna se atreve a levantar la voz contra un orden social que, dejándolas sin
profesión, las mantiene en la dependencia, al mismo tiempo que remacha sus
cadenas con la indisolubilidad del matrimonio.2 Me equivoco. Un escritor, que
se ha
2 Para ampliar el contexto histórico en el que
escribe Flora Tristán puede consul-tarse la segunda parte del libro de Simone
de Beauvoir, El segundo sexo. Los hechos y los mitos (1984, p. 145). Allí se
puede leer: “Durante todo el siglo XIX la jurisprudencia [francesa] no hace más
que reforzar los rigores del código, privando a la mujer, entre otras cosas,
del derecho absoluto de enajenar. En 1826, la Restauración abolió el divor-cio;
la Asamblea Constituyente de 1848 se negó a restablecerlo y no reapareció hasta
1884”. Flora presenta al Parlamento francés, en 1837, una petición para el
restableci-miento del divorcio. [N. de la primera Ed.].
114
Peregrinaciones
de una paria
distinguido
desde sus comienzos por la elevación de su pensamiento y la dignidad y pureza
de su estilo, ha empleado la forma de nove-la para hacer resaltar la desgracia
de la posición que nuestras leyes han asignado a la mujer, y ha puesto tanto de
verdad en su descrip-ción que sus propios infortunios han sido presentidos por
el lector. Pero, este escritor, que es una mujer, no contento del velo con que
ha escondido sus escritos, los ha firmado con nombre masculino.3 ¿Qué
repercusión pueden tener las quejas envueltas entre ficciones? ¿Qué influencia
podrán ejercer cuando los hechos que las motivan son despojados de la realidad?
Las ficciones agradan, ocupan un ins-tante del pensamiento; pero jamás son los
móviles de las acciones de los hombres. La imaginación está cansada, las
decepciones la han tornado desconfiada de sí misma. Y es solo con palpables
verdades, con hechos irrecusables, con lo que se puede esperar influir sobre la
opinión pública. ¡Que las mujeres cuya vida ha sido atormentada por grandes infortunios
hagan hablar sus dolores! Que expongan las desgracias sufridas como
consecuencia de la posición que les ha de-parado las leyes y los prejuicios que
las encadenan; pero que hablen...
¿Quién,
mejor que ellas, estaría a la altura de revelar las iniquidades ocultas en la
sombra al desprecio del público?... Que todo individuo, en fin, que ha visto y
ha sufrido, y que ha tenido que luchar contra las personas y las cosas, se
imponga el deber de contar con toda verdad los acontecimientos en los cuales ha
sido autor o testigo y nombre a aquellos a quienes debe censurar o elogiar.
Pues, lo repito, la reforma solo puede operarse, y solo habrá probidad y
franqueza en las rela-ciones sociales, por efecto de semejantes revelaciones.
En el
curso de mi narración hablo a menudo de mí misma. Me pinto con mis dolores, mis
pensamientos y mis afectos. Todo resulta de la constitución que Dios me ha
dado, de la educación que he reci-bido y de la posición que las leyes y los
prejuicios me han señalado.
3 Aurore Dupin, baronesa Dudevant, llamada
George Sand (1804-1876). Su primera novela, Rose y Blanche (1831), fue escrita
en colaboración con Jules Sandeau, quien le proporcionó su seudónimo. Ver nota
10 (p. 82) del estudio introductorio de Francisca Denegri. [N. de la primera
Ed.].
115
Flora
Tristán
Nada es
completamente igual y, sin duda, hay muchas diferencias entre todas las
criaturas de una misma especie y de un mismo sexo. Pero, hay también semejanzas
físicas y morales sobre las cuales los usos y las costumbres proceden en forma
parecida y producen efec-tos análogos. Muchas mujeres viven, de hecho,
separadas del mari-do, en los países donde el catolicismo de Roma ha hecho
rechazar el divorcio. No es, pues, sobre mí, personalmente, que quiero atraer
la atención, sino sobre todas las mujeres que se encuentran en la misma
posición y cuyo número aumenta diariamente. Ellas pasan por tribulaciones y por
sufrimientos de la misma naturaleza que los míos, están preocupadas por la
misma clase de ideas y sienten los mismos afectos.
Las
necesidades de la vida ocupan por igual a uno y otro sexo. Pero el amor no los
afecta a ambos en el mismo grado. En la infan-cia de las sociedades el cuidado
de su defensa absorbe la atención del hombre.4 En una época más avanzada de la
civilización, el de hacer fortuna. Pero en todas las fases sociales el amor es
para la mujer la pasión central de todos sus pensamientos. Hablo según mis
propias impresiones y lo que he observado. En otra obra entra-ré más a fondo en
la cuestión y presentaré el cuadro de los males que resultan de su esclavitud y
de la influencia que adquirirá con su liberación.
Todo
escritor debe ser veraz. Si no se siente con el valor de serlo debe renunciar
al sacerdocio que asume: el de instruir a sus seme-jantes. La utilidad de sus
escritos resultará de las verdades que con-tengan. Por eso, dejando a las
meditaciones de la Filosofía el descu-brimiento de las verdades generales, no
intento decir sino lo cierto en el relato de las acciones humanas. Esta verdad
está al alcance de todos. Si el conocimiento de las acciones de los hombres en
diver-sos grados de progreso intelectual y en las innumerables circuns-tancias
de la existencia que los llama a obrar es indispensable al
4 Las estadísticas señalan, en Francia, el
número de 300 mil mujeres separadas de sus maridos. [N. de la A.].
116
Peregrinaciones
de una paria
conocimiento
del corazón humano y al estudio de uno mismo, la publicidad dada a las acciones
de los hombres vivos es el mejor fre-no que se puede imponer a la perversidad y
la más bella recompen-sa que ofrecer a la virtud. Sería desconocer extrañamente
la gran utilidad moral de la publicidad el querer restringirla a los actos de
los funcionarios del Estado. Las costumbres ejercen una influencia constante
sobre la organización social; es evidente que el objeto de la publicidad
fracasaría si las acciones privadas quedasen aparte. Ninguna hay que sea útil
sustraer, ninguna es indiferente. Todas aceleran o retardan el movimiento
progresivo de la sociedad. Si se reflexiona en el gran número de iniquidades
que se cometen cada día y que las leyes no saben impedir, se convencerán del
inmen-so mejoramiento de las costumbres que resultaría de la publicidad dada a
las acciones privadas. No habría ya hipocresía posible y la deslealtad, la
perfidia y la traición no usurparían sin cesar, con apa-riencias engañosas, la recompensa
de la virtud. Habría verdad en las costumbres y la franqueza se trocaría en
habilidad.
Pero
¿dónde se encontrarán –está uno tentado de preguntar– esos seres llenos de fe y
de inteligencia, cuya abnegación intrépida consienta en desafiar las
recriminaciones, los odios, las venganzas y en exponer a toda luz las
iniquidades ocultas y los nombres de sus autores? Para publicar acciones en las
cuales uno está indivi-dualmente interesado, cometidas por personas vivas, que
habitan en el mismo país, en la misma ciudad, ¿se encontrarán gentes que
renuncien a todo interés mundano y abracen la vida del mártir? Se encontrará
cada día más numerosas, responderé yo con la fe que tengo en el corazón. La
religión del progreso tendrá sus mártires, como todas las otras han tenido los
suyos, y no faltarán seres su-ficientemente religiosos para comprender el pensamiento
que me guía y tengo también conciencia de que mi ejemplo tendrá imita-dores. El
reino de Dios llega. Entramos en una era de verdad. Nada de lo que ponga trabas
al progreso podrá subsistir. La opinión, esta reina del mundo, ha producido
inmensas mejoras. Con los medios de ilustración que aumentan cada día, las
producirá más grandes
117
Flora
Tristán
aún.
Después de haber renovado la organización social, renovará el estado moral de
los pueblos.
Al entrar
en la nueva ruta que acabo de trazar, cumplo con la misión que me ha sido dada.
Obedezco a mi conciencia. Los odios podrían levantarse contra mí; pero, Ser de
fe, ante todo, ninguna consideración me impedirá decir todo cuanto he sufrido.
Nombra-ré a los individuos pertenecientes a diversas clases de la sociedad con
quienes las circunstancias me han puesto en contacto. Todos viven aún. Les haré
conocer por sus acciones y sus palabras.
118
Prefacio
[a la primera edición]
Antes de
comenzar la narración de mi viaje debo hacer conocer al lector la posición en
que me encontraba cuando lo emprendí y los motivos que lo determinaron. Debo
colocarlo en mi punto de vista, a fin de asociarlo a mis pensamientos y mis
impresiones.
Mi madre
es francesa. Durante la emigración se casó en España con un peruano.1 Como
algunos obstáculos se oponían a su unión, se casaron clandestinamente y fue un
sacerdote francés emigrado quien celebró la ceremonia del matrimonio en la casa
que ocupaba mi madre. Tenía yo 4 años cuando perdí a mi padre en París.2 Murió
súbitamente, sin haber regularizado su matrimonio y sin haber pen-sado en
reemplazarlo con disposiciones testamentarias. Mi madre tenía pocos recursos
para vivir y educar a mi hermano menor y a mí. Se retiró al campo, en donde
viví hasta la edad de 15 años. Mi hermano murió. Regresamos a París donde mi
madre me obligó a
1 El padre de Flora se llamaba Mariano Tristán
y Moscoso y era coronel oriundo de Arequipa, mayorazgo de una antigua y rica
familia virreinal. Su madre fue Teresa Laîné o Laisney, francesa educada en las
ideas republicanas. Aunque Flora asegura que ambos se casaron en España
clandestinamente, jamás pudo comprobar al orden social de su época la
legitimidad de dicha unión. Ello hace pensar a algunos historia-dores, entre
ellos Basadre, que se trató de una unión libre. [N. de la primera Ed.].
2 Flora Celestina Teresa Enriqueta Tristán y
Moscoso nació el 7 de abril de 1803, en plena época napoleónica. Su padre muere
en 1808. [N. de la primera Ed.].
119
Flora
Tristán
casarme
con un hombre3 a quien no podía amar ni estimar.4 A esta unión debo todos mis
males; pero como mi madre, después, no ha cesado de mostrar el vivo pesar, la
he perdonado y en el curso de esta narración me abstendré de hablar de ella.
Tenía 20 años cuando me separé de ese hombre. Hacía seis años, en 1833, que
duraba esta sepa-ración y cuatro solamente que había yo entrado en
correspondencia con mi familia del Perú.5
Supe
durante esos seis años de aislamiento todo lo que está con-denada a sufrir la
mujer que se separa de su marido en medio de una sociedad que, por la más
absurda de las contradicciones, ha conser-vado viejos prejuicios contra las
mujeres colocadas en esta posición, después de haber abolido el divorcio y
hecho casi imposible la sepa-ración de cuerpos. La incompatibilidad y mil otros
motivos que la ley no admite hacen necesaria la separación de los esposos; pero
la per-versidad, sin suponer en la mujer motivos que ella pueda declarar, la
persigue con sus infames calumnias. Excepto un número pequeño de amigos, nadie
cree en lo que dice y, excluida de todo por la male-volencia, no es, en esta
sociedad que se enorgullece de su civilización, sino una desgraciada paria a
quien se cree demostrar favor cuando no se la injuria.
Al
separarme de mi marido había abandonado su nombre y toma-do el de mi padre.
Bien acogida en todas partes como viuda o soltera, siempre era rechazada cuando
la verdad llegaba a ser descubierta. Jo-ven, bonita y gozando, en apariencia,
de una sombra de independen-cia eran causas suficientes para envenenar las
conversaciones y para
3 M. André Chazal (hijo), grabador, hermano de
M. A. Chazal, profesor del Jardín Botánico. [N. de la A.].
4 Parece inexacta la afirmación de Flora de que
fue obligada a casarse. En el largo proceso judicial que siguió con su marido
años después, este presentó cartas que prue-ban lo contrario. Es más, a lo que
parece, Flora fue su amante y, quizá por esta causa, la madre hizo apresurar el
matrimonio. Para mayores detalles puede consultarse el libro La vie et l’oeuvre
de Flora Tristan (1803-1844) de Jules L. Puech (1925). [N. de la T.].
5 Flora se separó de su marido a principios de
1825, poco antes de nacer su hija Aline. Además, su primer viaje a Londres lo
hizo en 1826, estando ya separada de Chazal, y para lo cual dejó a sus hijos
con su madre. Ver Puech (1925, pp. 17- 19). [N. de la primera Ed.].
120
Prefacio
[a la primera edición]
que me
repudiase una sociedad que gime bajo el peso de las cadenas que se ha forjado y
que no perdona a ninguno de sus miembros que trata de liberarse de ellas.
La
presencia de mis hijos6 me impedía hacerme pasar por solte-ra y casi siempre me
presentaba como viuda. Mas permaneciendo en la misma ciudad en donde residían
mi marido y mis antiguas relaciones, me era muy difícil sostener un papel que
una multitud de circunstancias podía hacerme traicionar. Ese papel me ponía
fre-cuentemente en situaciones falsas, echaba sobre mi persona un velo de
ambigüedad y me atraía sin cesar los más graves disgustos. Mi vida era un
suplicio a cada instante. Sensible y orgullosa en exce-so, me sentía
continuamente ofendida en mis sentimientos y herida e irritada en la dignidad
de mi ser. Si no hubiese sido por el amor que tenía a mis hijos, sobre todo a
mi hija, cuya suerte en el porvenir excitaba vivamente mi solicitud y me inducía
a quedarme a su lado para protegerla y socorrerla, sin ese deber sagrado que
penetraba profundamente en mi corazón, ¡que Dios me perdone y que los que
gobiernan nuestro país también! ¡Me habría dado la muerte...! Veo, ante esta
confesión, la sonrisa de indiferencia y de egoísmo que no comprende, en su
independencia, la correlación existente entre to-dos los individuos de una
misma colectividad. Como si la salud del cuerpo social, en el que varios de sus
miembros se sienten empuja-dos al suicidio por la desesperación, no ofreciese
algún motivo de estudio. Había escrito en 1829 a mi familia del Perú con el
deseo, for-mado a medias, de refugiarme cerca de ella y la respuesta que recibí
me habría animado a realizar de inmediato ese proyecto si no me hubiese detenido
la reflexión desesperante de que también ellos iban a rechazar a una esclava
fugitiva porque, por despreciable que fuese el ser de quien sufría el yugo, su
deber era morir en el tormento antes que quebrantar los grillos remachados por
la ley.
6 Flora tuvo tres hijos de su matrimonio. De
ellos solo sobrevivieron el mayor Ernesto Camilo y Aline, nacida el 16 de
octubre de 1825. Esta última fue madre del pintor Paul Gauguin. [N. de la T.]
121
Flora
Tristán
Las
persecuciones de M. Chazal me habían obligado, en distintas ocasiones, a huir
de París. Cuando mi hijo cumplió 8 años insistió en tenerlo a su lado y me
ofreció el descanso con esta condición. Cansada de tan larga lucha, y no
pudiendo resistir más, consentí en entregarle a mi hijo vertiendo lágrimas por
el porvenir de ese niño; mas apenas transcurridos unos meses después del
arreglo, este hombre empezó a atormentarme y quiso también quitarme a mi hija
porque se dio cuen-ta de que me sentía feliz al tenerla cerca de mí. En esta
circunstancia me vi obligada nuevamente a alejarme de París. Era la sexta vez
que, para sustraerme de persecuciones incesantes, dejaba la única ciudad del
mundo en que me ha gustado vivir. Durante más de seis meses, oculta bajo un
nombre supuesto, anduve errante con mi pobre hijita. En esta época la duquesa
de Berry recorría la Vendée. Tres veces me detuvieron. Mis ojos y mis largos
cabellos negros, que no podían co-rresponder a la filiación de la duquesa, me
sirvieron de pasaporte y me salvaron de toda equivocación. El dolor, unido a
las fatigas, agotó mis fuerzas. Al llegar a Angulema caí peligrosamente
enferma.
Dios me
hizo encontrar en aquella ciudad a un ángel de virtud que me brindó la
posibilidad de ejecutar el proyecto que desde hacía dos años meditaba y me
impedía realizar el afecto por mi hija. Me habían indicado la pensión de Mlle.
Bourzac como la mejor para dejar a mi niña. Desde el principio esta excelente
persona leyó en la tristeza de mis ojos la intensidad de mi dolor. Recibió a mi
hija sin hacerme una sola pregunta y me dijo: “Puede marcharse sin ninguna
inquietud. Du-rante su ausencia le serviré de madre y si la desgracia quisiera
que no la volviese a ver se quedará con nosotros”. Cuando tuve la certidumbre
de ser reemplazada cerca de mi hija, resolví ir al Perú y refugiarme en el seno
de mi familia paterna con la esperanza de encontrar allí una posición que me
hiciese entrar de nuevo en la sociedad.
Hacia
fines de enero de 1833 fui a Burdeos y me presenté en casa de M.7 de Goyeneche,
con quien estaba en correspondencia. M. de Go-
7 Hemos conservado en todo el texto esta
inicial que corresponde al apelativo fran-cés “monsieur”, equivalente a “señor”
en castellano. [N. de la T.].
122
Prefacio
[a la primera edición]
yeneche
(Mariano) es primo de mi padre. A mi vista, M. de Goyeneche se admiró de la
extraordinaria semejanza de mi fisonomía con la de mi padre. Le recordaba a su
antiguo amigo y a este recuerdo se unían para él los de su juventud, los de su
familia y, en fin, los de su país al que extrañaba sin cesar. Concentró luego
en mí una parte del afecto que había tenido a su primo; ese anciano de nobles
modales me reci-bió con consideraciones que me demostraban cuánto me
distinguía. Me presentó a toda la sociedad como su sobrina y me colmó de
testi-monios de benevolencia.
Recibí
también muy buena acogida de M. Bertera (Felipe),8 joven es-pañol que vive con
M. de Goyeneche y se ocupa de los negocios de mi tío Pío de Tristán. Permanecí
dos meses y medio en Burdeos tomando las comidas en casa de mi pariente; me
alojé muy cerca, en casa de una se-ñora que me arrendó un departamento
amueblado. Tuve alguna demo-ra antes de poder emprender el viaje y un concurso
de circunstancias fortuitas vino a complicar aún más mi situación. En 1829
había encon-trado en París, en una pensión donde me alojé al llegar de un
viaje, a un capitán de navío que venía de Lima. Sorprendido de la semejanza de
mi nombre con el de la familia Tristán, que él había conocido en el Perú, me
preguntó si éramos parientes. Respondí que no, como tenía costum-bre de
hacerlo. Hacía diez años que había renegado de esa familia, por causas que más
adelante haré conocer, y fue la casualidad de ese en-cuentro la que me permitió
entrar en correspondencia con parientes del Perú, hacer el viaje y todo cuanto
sucedió después.
Tras
larga conversación con M. Chabrié (nombre del capitán) escri-bí a mi tío Pío
una carta que puede atestiguar la nobleza de mis senti-mientos y la lealtad de
mi carácter; pero que me perdió al revelarle la irregularidad del matrimonio de
mis padres. Pasaba como viuda en el hotel, mi hija estaba conmigo. Fue en esta
situación en que me conoció el capitán Chabrié. Se fue. Yo a la vez dejé esta
casa poco después de haberlo encontrado y, desde entonces, no oí hablar más de
él.
8 Felipe Bertera fue cónsul del Perú en Burdeos
y a lo que parece murió en 1844. Ver Puech (1925, p. 29, n.). [N. de la T.].
123
Flora
Tristán
En
febrero de 1833 solo había en Burdeos tres navíos que salían para Valparaíso:
el “Carlos Adolfo”, cuyo camarote no me convenía; el “Fle-tes”, al que hube de
renunciar porque el capitán no quiso tomar en pago de mi pasaje una letra de
cambio pagadera por mi tío; y el “Mexicano”, hermoso barco nuevo que todo el
mundo ponderaba. Me había presen-tado como señorita a M. de Goyeneche y a toda
su sociedad. Es fácil ima-ginar el efecto que produjo sobre mí el nombre del
capitán del “Mexica-no” cuando mi pariente me dijo que se apellidaba Chabrié.
Era el mismo capitán que, en 1829, había encontrado en aquel hotel de París.
Hice
cuanto pude a fin de evitar embarcarme en el “Mexicano”; pero temiendo que mi
conducta fuese juzgada como extraordinaria en la casa de mi pariente, en la que
M. Chabrié había sido muy re-comendado por el capitán Roux, quien desde hacía
mucho tiempo mantenía relaciones de negocios con mi familia, no me atreví a
ne-garme a visitar el barco.
Pasé dos
días y dos noches en una perplejidad de la que no sabía cómo salir. No había
visto a M. Chabrié sino dos o tres veces cuando comía con él en la mesa de
huéspedes. Solo me había hablado del Perú y al escucharlo pensaba únicamente en
una familia cuyo aban-dono me había causado tan terribles pesares, sin ocuparme
en lo menor del hombre quien, sin darse cuenta, me hablaba de mis más caros
intereses. Lo había olvidado por completo y ahora hacía peno-sos esfuerzos para
recordar a aquel hombre con quien habría de en-tenderme. Me atormentaban las
más vivas inquietudes. Temía echar a perder mi viaje si lo difería; lo que no
cesaba de oír acerca de los capitanes de navío no era de naturaleza para
tranquilizarme sobre el grado de confianza que debía conceder al capitán del
“Mexicano”. No podía resistir más a las instancias de mi pariente, a quien
presionaba M. Chabrié para conocer mi determinación a fin de poder disponer, si
yo no iba en su barco, del camarote que me destinaba. Cuando me he encontrado
en situaciones embarazosas no he tomado consejo sino de mi corazón. Hice buscar
a M. Chabrié, quien me reconoció con sorpresa en cuanto entró. Yo estaba
emocionada. Cuando estuvi-mos solos le tendí la mano:
124
Prefacio
[a la primera edición]
—Señor,
le dije, no lo conozco; sin embargo, le voy a confiar un se-creto muy
importante para mí y voy a pedirle un eminente servicio.
—Cualquiera
que sea la naturaleza de ese secreto, me respondió, le doy mi palabra,
señorita, de que su confianza no estará mal colo-cada y en cuanto al servicio
que espera de mí le prometo hacerlo, a menos que la cosa sea completamente
imposible.
—¡Oh!
Gracias, gracias, le dije, apretándole con fuerza la mano.
Dios lo
recompensará del bien que me hace.
La
expresión y el acento de verdad de M. Chabrié me habían con-vencido enseguida
de que podía contar con él.
—Lo que
le pido, continué, es simplemente olvidar que me ha conocido en París con el
nombre de señora y con mi hija. Le explica-ré a bordo la razón. Dentro de dos
horas visitaré su navío y escoge-ré mi camarote. M. Bertera arreglará el precio
con usted y hasta la partida hable de mí como si me hubiese visto hoy por
primera vez... M. Chabrié me comprendió y me apretó la mano con cordialidad.
Ya éramos
amigos.
—¡Valor!,
me dijo, voy a apresurar nuestra partida. Comprendo todo lo que debe sufrir en
su situación.
Puedo
decirlo: esta primera visita de M. Chabrié es uno de los más felices recuerdos
que conservo en el corazón.
Durante
los dos meses y medio que permanecí en Burdeos me sentía afectada por las más
inquietantes aprensiones. En dos opor-tunidades había vivido en esa ciudad con
mi hija antes de haber pensado en mi familia del Perú. Había conocido a mucha
gente, de suerte que cada vez que salía me exponía a encontrar a algunos de
esos antiguos conocidos, quienes podían pedirme noticias de mi hija a mí, la
señorita Flora Tristán. Sentía una continua ansiedad. ¡Con qué impaciencia
esperaba el día en que debíamos hacernos a la vela!
No veía
la hora de salir de casa de mi tío, M. de Goyeneche. Sin em-bargo, me trataban
con la mayor distinción y sobre todo con pruebas de afecto que me hubiesen
hecho muy feliz de haber estado en una posición sólida. Pero tenía demasiado
orgullo como para complacer-me en consideraciones prodigadas a un título que no
era el mío y mi
125
Flora
Tristán
corazón,
abrevado por largos sufrimientos, no podía ser accesible a los prestigios del
mundo y de su lujo. Esta sociedad organizada para el dolor, en la cual el amor
es un instrumento de tortura, no tenía para mí ningún atractivo. Sus placeres
no me daban ninguna ilusión, veía el vacío y la realidad de la ventura que a
ella se había sacrifica-do. Mi existencia había sido destrozada y no aspiraba
ya sino a una vida tranquila. El reposo era el sueño constante de mi
imaginación y el objeto de todos mis deseos. No me resolvía sin pesar a mi
viaje al Perú. Sentía, como por instinto, que me iba a atraer nuevas
des-gracias sobre mi cabeza. Dejar mi país que amaba con predilección;
abandonar a mi hija que no tenía más apoyo que el mío; exponer mi vida, mi vida
que era una carga para mí, porque sufría y porque no podía gozarla sino
furtivamente, pero que de haber sido yo libre me habría parecido bella y
radiante. En fin, hacer todos esos sacrificios y afrontar todos esos peligros,
porque estaba unida a un ser vil que me reclamaba como a su esclava. ¡Oh! Esas
reflexiones hacían sal-tar indignado a mi corazón. Maldecía esta organización
social que, opuesta a la Providencia, sustituye con la cadena del forzado el
lazo del amor y divide la sociedad en siervos y en amos. A esos movimien-tos de
desesperación sucedía el sentimiento de mi debilidad. Las lá-grimas brotaban de
mis ojos. Caía de rodillas e imploraba a Dios con fervor para que me ayudase a
soportar la opresión. Era durante el silencio de la noche cuando, asediada por
estas reflexiones, se desen-volvía ante mis pensamientos el irritante cuadro de
mis desgracias pasadas. El sueño huía, solo durante cortos instantes endulzaba
mis penas. Me perdía en vanos proyectos, trataba de penetrar en el ca-rácter de
mi pariente M. de Goyeneche. Es religioso, me decía, hasta el punto de no
faltar un solo día a misa. Puntual en el cumplimiento de todos los deberes que
la religión impone, debe estar en sus pen-samientos Dios al que nombra a cada
paso. Es rico y pariente mío cercano, ¿podría negarse a tomarme a mí y a mi
hija bajo su protec-ción? ¡Oh!, pensaba, no puede rechazarme. No, yo soy la que
Dios le envía. Hoy, esta misma mañana, le confiaré mis pesares, le relataré el
martirio de mi vida y le suplicaré que nos guarde en su casa a mi
126
Prefacio
[a la primera edición]
pobre
hijita y a mí. ¿Sería, ay, una carga que le impondríamos a él, solterón, sin
familia, rebozando de todo y que vivía solo en una casa inmensa (el Hotel
Schicler), en donde su sombra se pierde y donde nuestras voces amigas harían
resonar sin cesar acentos de recono-cimiento?... Pero en la mañana, cuando con
el corazón palpitante de emoción me acercaba al anciano, desde las palabras que
me dirigía me asombraba la expresión seca y egoísta del solterón, del hombre
rico y avaro que no piensa sino en sí mismo, que se considera el cen-tro de
todas las cosas y atesora siempre para un futuro que no al-canzará jamás. Esta
expresión de sequedad me helaba. Enmudecía, encomendaba a mi hija a Dios y
deseaba ardientemente estar lejos, en el mar. Nunca hice esta tentativa, es
cierto, a pesar de la devoción de mi pariente, pero no hubiese tenido éxito.
Tuve la prueba de ello a mi regreso. El catolicismo de Roma nos dejaba con
todas nuestras inclinaciones y da a la del egoísmo mayor intensidad. Nos separa
de ello solo para concentrar todos nuestros afectos en la Iglesia. Se hace
profesión de amar a Dios y es por la observancia de las prácticas reli-giosas,
impuestas por la Iglesia, que se cree probarle ese amor. Lejos de creerse uno
obligado a socorrer a sus parientes, sus relacionados y amigos, al prójimo, en
fin, se encuentra casi siempre motivos reli - giosos tomados en la conducta del
que reclama el socorro para ne-gárselo. Con largueza para la Iglesia y
confiándole algunas limosnas es como se imagina, generalmente, satisfacer la
caridad predicada por Jesucristo.
M.
Bertera, aunque español y buen católico, había ido muy joven a Francia donde
fue educado e imbuido en los mismos prejuicios religiosos de M. de Goyeneche.
Sin embargo, no le concedí mi con-fianza; sentía hacia él una amistad
desinteresada y no quise compro-meterlo en la mentira que decía a mi familia.
Ese joven, desde que lo conocí, no había cesado de prodigarme testimonios de
afecto. Creía en la sinceridad del interés que me manifestaba y me complacía en
demostrarle mi reconocimiento. El placer que sentía en hacerlo mi-tigaba las
innumerables tribulaciones que me asaltaron durante mi estancia en Burdeos.
Hasta entonces la mayor parte de las personas
127
Flora
Tristán
con
quienes las circunstancias me habían puesto en relación solo me había hecho
daño, en tanto que M. Bertera sentía satisfacción en ser-me útil. Me confió sus
dolorosos pesares y sus preocupaciones. Había visto morir de la misma
enfermedad a toda su familia, con la que es-taba tiernamente vinculado. Quedó
solo y vivía en el aislamiento, en medio del mundo y de su frío egoísmo. El
dolor compadece al dolor por más diversas que sean las causas. Desde la primera
conversación se estableció entre nuestras almas una intimidad melancólica que,
piadosa en sus aspiraciones, no tocaba a la tierra por ningún pun-to. Me
gustaba este joven, sentía esa simpatía tierna y afectuosa que, en la
desgracia, los seres sensibles experimentan unos por otros. Su trato para mí
era un dulce bálsamo. Cerca de él respiraba con más li-bertad y la horrible
pesadilla que continuamente me oprimía pesaba menos sobre mi pecho. Me gustaba
salir con él y casi todas las tardes hacía largos paseos, mientras mi viejo
pariente echaba su siesta. Por su lado, M. Bertera buscaba asiduamente todas
las ocasiones para serme agradable. Su afecto por mí se manifestaba hasta en
las cosas más pequeñas.
En mi
vida he vacilado un instante en sacrificar un goce personal al placer más vivo
para mí. El de contribuir a hacer feliz o preservar del pesar a quienes amaba
realmente. La sinceridad del afecto que me tenía M. Bertera me daba la
convicción de que había compren-dido mi dolor si le hubiese confiado el secreto
de mi cruel posición y la imposibilidad de cambiarla hubiese aumentado más aún
su pe-sar. Además, la falsa situación en la que me había puesto la mentira, la
misma que me fue impuesta por los prejuicios de la sociedad, me era demasiado
penosa para consentir que un hombre bueno, a quien quería y para quien tenía
tantas obligaciones, soportase una porción cualquiera de las consecuencias que
podía acarrear esta mentira. Guardé mi secreto. Tuve el valor de callar cuando
estaba segura de encontrar en el corazón de aquel joven una viva simpatía para
mis desgracias. Hice este sacrificio por la amistad que le había jurado y solo
espero la recompensa de Dios.
128
Prefacio
[a la primera edición]
Partí,
recomendando a mi hija a la señorita Bourzac y al único amigo que tenía. Ambos
me prometieron amarla como a su hija y conservé la dulce y pura satisfacción de
no dejar ningún recuerdo penoso tras de mí.
129
Tomo
primero
1. El
“Mexicano”
El 7 de
abril de 1833, aniversario de mi nacimiento, fue el día de nues-tra partida.
Sentía tal agitación al acercarse aquel momento, que durante tres noches no
pude saborear una hora de sueño. Tenía el cuerpo quebrantado. Me levanté, sin
embargo, al alba, a fin de dispo - ner de tiempo para terminar mis
preparativos. A las siete M. Bertera vino en coche a buscarme. Con el resto de
mis efectos nos dirigimos al barco. ¡Qué multitud de reflexiones me agitaron
durante el corto trayecto entre mi morada y el puerto! El ruido creciente de
las calles anunciaba el comienzo de la vida activa. Saque la cabeza fuera de la
ventanilla, ávida de ver todavía aquella hermosa ciudad, en la cual, en otros
tiempos, había pasado días tan tranquilos. El soplo tibio de la brisa
acariciaba mi rostro. Sentía una superabundancia de vida, mientras que el dolor
y la desesperación estaban en mi alma. Me ase-mejaba al reo a quien se conduce
a la muerte. Envidiaba la suerte de esas mujeres que venían del campo a vender
leche a la ciudad, a esos obreros que iban al trabajo. Testigo yo misma de mi
cortejo fúnebre, veía quizá por última vez esta población laboriosa. Pasamos
delante del jardín público. Dije adiós a sus hermosos árboles. ¡Con qué
sen-timientos de pesar recordaba los paseos hechos bajo su sombra! No me
atrevía a mirar a M. Bertera, pues temía que leyera en mis ojos el atroz dolor
del que era presa. Al llegar al barco, la vista de esas perso-nas reunidas que
llegaban para decir adiós a sus amigos o que iban
133
Flora
Tristán
alegremente
a los campos circunvecinos aumentó mi emoción. El momento fatal había llegado.
Mi corazón latía tan apresuradamente que temí un instante no poderme sostener.
Solo Dios puede apreciar la fuerza que necesité desplegar a fin de resistir el
impetuoso deseo que me empujaba a decir a M. Bertera: “¡En nombre del cielo,
sálve-me! ¡Por piedad, lléveme lejos de aquí!”. Diez veces, durante aquel
mo-mento de espera, hice un movimiento para coger de la mano a M. Bertera y
dirigirle este ruego. Pero la presencia de toda esa gente me recordaba como un
espectro horrible la sociedad que me había arro-jado de su seno. A este
recuerdo mi lengua se heló, un sudor frío me cubrió el cuerpo y, empleando las
pocas fuerzas que me quedaban, pedí con fervor a Dios la muerte como único
remedio de mis males.
Se dio la
señal de partida. Las personas que habían venido a acompañar a sus amigos se
retiraron. El barco hizo un movimiento y se alejó. Quedé sola en la cámara
donde había bajado. Todos los pasajeros se hallaban en el puente haciendo a sus
conocidos los últi-mos signos de adiós. De golpe la indignación me devolvió las
fuerzas y, lanzándome hacia una de las ventanas, exclamé con voz ahogada:
—¡Insensatos!
Os compadezco y no os odio. Vuestros desdenes me hacen sufrir, pero no turban
mi conciencia. Las mismas leyes y los mismos prejuicios de que soy víctima
llenan igualmente vuestra vida de amargura. Y como no tenéis el valor de
sustraeros a su yugo os convertís en serviles instrumentos. ¡Ah! Si tratáis de
la misma suerte a aquellos a quienes la elevación de sus almas y la
generosi-dad de sus corazones llevan a sacrificarse por vuestra causa, os lo
predigo, permaneceréis todavía por largo tiempo en vuestra etapa de dolor.
Este
arranque me devolvió todo mi valor, me sentí más tranquila. A pesar mío, Dios
había venido a habitar dentro de mí. Los señores del “Mexicano” entraron en la
cámara. Solo M. Chabrié parecía emo-cionado. Gruesas lágrimas se escapaban de
sus ojos. Lo atraje hacia mí con una mirada de simpatía. Me dijo:
—Hay que
tener valor para alejarse de su país y dejar a sus ami-gos, mas espero,
señorita, que los volveremos a ver...
134
1. El
“Mexicano”
Al llegar
a Pouillac estaba yo aparentemente resignada. Empleé la noche en escribir mis
últimas cartas y a la mañana siguiente, hacia las once, subí a la cubierta del
“Mexicano”.
El
“Mexicano” era un brick nuevo de cerca de 200 toneladas. Se esperaba, a causa
de su construcción, que fuese un buen velero. Sus compartimientos eran cómodos,
pero muy exiguos. La cámara po-día tener de 16 a 17 pies de largo por doce de
ancho. Contenía cinco camarotes, de los cuales cuatro eran muy pequeños y el
quinto, más grande, destinado al capitán, se encontraba en un extremo. El
cama-rote del segundo estaba fuera de la cámara, a la entrada. La toldilla,
obstruida por jaulas de gallinas, canastas y provisiones de toda es-pecie, no
ofrecía sino un espacio reducido en donde estar. Ese barco pertenecía en
compañía a M. Chabrié que lo mandaba, al segundo M. Briet y a M. David. La
carga casi íntegra era igualmente de propiedad de estos tres señores. La tripulación
se componía de quince hombres: ocho marineros, un carpintero, un cocinero, un
grumete, un contra-maestre, el teniente, el segundo y el capitán. Todos estos
hombres eran jóvenes, vigorosos y perfectos en su oficio. Hago excepción del
grumete, cuya pereza y suciedad causaban a bordo una constante irritación. El
barco iba abundantemente aprovisionado y nuestro co-cinero era excelente.
No éramos
sino cinco pasajeros: un viejo español, antiguo militar que estuvo en la guerra
de 1808 y desde hacía diez años habíase esta-blecido en Lima. Este valiente
quiso ver a su patria antes de morir y cumplido su deseo, regresaba al Perú.
Llevaba consigo a un sobrino, muchacho de 15 años, notable por su inteligencia.
El tío se llamaba don José y el sobrino, Cesáreo. El tercer pasajero era un
peruano, na-cido en la Ciudad del Sol (el Cuzco), que había sido enviado a
París a la edad de 16 años para educarse. Por entonces tenía 24. Le acom-pañaba
su primo, joven vizcaíno de 17 años. El peruano se llamaba Fermín Miota y su
primo, simplemente don Fernando, pues, al igual que los dos primeros pasajeros,
solo era designado por su nombre patronímico. De esos cuatro extranjeros, solo
Miota hablaba francés. Yo era la quinta persona a bordo del “Mexicano”.
135
Flora
Tristán
El
capitán, M. Chabrié (Zacarías), era un hombre de 36 años, na-cido en Lorient.
Su padre, oficial de la marina real, le hizo seguir la misma carrera y orientó
para ello su educación. Después de los acon-tecimientos de 1815, M. Chabrié
abandonó la marina del Estado para correr los azares de la marina mercante.
Ignoro qué motivos le deter-minaron a ello.
M.
Chabrié es completamente distinto de los capitanes de la mari-na mercante,
bravos marinos que, de ordinario, han comenzado por ser simples marineros y
después han progresado por su inteligencia y buena conducta. M. Chabrié tiene
mucho espíritu natural, la répli-ca siempre lista, salidas admirables de
sencillez y de originalidad; su brusquedad es fruto tanto de su franqueza como
de los hábitos de su profesión. Pero lo que hay de más notable en él es la
extrema bondad de su corazón y su exaltada imaginación. En cuanto a su
carácter, es lo más espantoso que alguna vez he encontrado. Su susceptibilidad
se irrita por las cosas más pequeñas y es intolerable. Áspero y coléri-co,
sería inútil, en sus accesos de mal humor, buscar en él las huellas de la
bondad de su corazón. No transige con nada, hiere a sus amigos con la ironía
más amarga, se complace en torturarlos sin la menor piedad y parece sentir
alegría por el mal que les causa. Todo eso con una constancia cuyos periodos me
han parecido más de una vez de-masiado largos.
A primera
vista M. Chabrié parece muy vulgar; pero si se conversa con él unos instantes
se reconoce muy pronto al hombre cuya educa-ción ha sido esmerada. Es de
estatura mediana y ha debido ser bien proporcionado antes de engordar. Su
cabeza, casi enteramente des-provista de cabello, presenta sobre la coronilla
una superficie cuya blancura contrasta de una manera muy curiosa con el rojo
oscuro que tiñe su rostro. Sus ojillos azules, estropeados por el aire de mar,
tienen una expresión indefinible de malicia, descaro y ternura. Su nariz, un
poco torcida y sus gruesos labios, tan horribles cuando está enfadado, tan
graciosos cuando ríe con esa risa sencilla que tienen los niños, dan a ese
conjunto una expresión a la vez de franqueza, de bondad y de audacia. Lo que
tiene admirable son sus dientes. Estos
136
1. El
“Mexicano”
forman,
según su propia expresión, una mandíbula modelo. Como todo en este hombre
contrasta de la manera más extraña, su voz afecta el oído en dos formas muy
opuestas: cuando habla no creo que sea posible oír un sonido de voz más ronca,
más discordante; pero si esta misma voz canta un pasaje de Rossini, uno de esos
trozos de Nourrit, una tirolesa o una linda romanza sentimental, ¡oh!,
enton-ces se siente uno elevado hasta los cielos. Su voz pura y fresca y su
acento armónico repercuten hasta el fondo del corazón. Se siente un
estremecimiento y una suave emoción. El capitán Chabrié ha errado su vocación
como tantos otros en nuestra sociedad al revés. Estaba hecho para cantar en la
Ópera. Su admirable voz de tenor habría encantado a 3 mil espectadores, manteniéndolos
durante seis horas seguidas en un estado de dulce beatitud, así como lo hace
nuestro cé-lebre Nourrit. Para completar el retrato, agregaré que el capitán
Cha-brié es muy cuidadoso en su vestido y hasta presumido, si se quiere. En
extremo friolento, desde que ha sentido los primeros síntomas de un dolor
reumático en una pierna, toma los cuidados más minu-ciosos por su salud y, para
preservarse del frío o de la humedad, se cubre con toda clase de vestidos que
amontona unos sobre otros de la manera más grotesca.
El
segundo, M. Briet (Luis), nació también en Lorient. De la misma edad que M.
Chabrié, formaba parte de los guardias del emperador en 1815. La caída del
águila le arrebató su hermoso caballo y su bri-llante uniforme y el futuro
mariscal de Francia quedó inconsolable. Decepcionado en sus esperanzas de
gloria, fue a probar fortuna a las colonias españolas. M. Briet optó por el
oficio de marino, se hizo gra-duar de capitán y navegaba por cuenta propia o
por la de su patrón. Su carácter tenía más de militar que de marino. Era muy
ordenado en todas las cosas, lo que no ocurre con los marinos. Era muy lim-pio
y entendido en todo cuanto hacía, y a esas cualidades unía gran sobriedad.
Hablaba poco, trabajaba mucho y daba órdenes, siempre con ese tono frío y seco del
oficial cuando dirige escuadrones o ba-tallones, sin parecer sentir esa
ansiedad del marino por la pronta ejecución de las maniobras que ordenaba. Su
educación había sido
137
Flora
Tristán
descuidada,
pero su buen sentido natural la suplía tan bien, que hu-biese sido difícil
percibirlo antes de haberlo estudiado.
M. Briet
es buen mozo, alto, bien plantado, tiene hermosas faccio-nes y fisonomía
distinguida. No entraba dentro de su carácter el ser prevenido, ni menos
galante con las damas. Pero a bordo tenía para todos atenciones esmeradas y muy
convenientes.
M. David
(Alfredo), nacido en París, tenía 34 años. Ofrecía el tipo del parisién que ha
corrido mundo. Habiendo salido del colegio Bo-naparte a la edad de 14 años, sus
padres le hicieron embarcar a bordo de un navío que iba a la India para hacerle
pasar las de Caín. Llegado a Calcuta, el capitán lo dejó en tierra harto del
incorregible. El au-daz muchacho, de mala cabeza pero con un corazón lleno de
energía, tomó la firme resolución de ganar su vida y la ganó. Fue
sucesiva-mente marinero, profesor de gramática, empleado de comercio, etc., y
permaneció así durante cinco años en la India. De regreso a Fran-cia trató de
emplearse. Pero, después de que lo engañaron con esas hermosas promesas que
nunca faltan en París, se decidió a probar de nuevo fortuna en la carrera
industrial y fue al Perú. En Lima trabó conocimiento con M. Chabrié, se vinculó
con él y retornaron juntos a Francia en 1832. M. David había estado ausente
ocho años.
M. David
se ha educado a sí mismo y, sin haber profundizado nada, ha adquirido una gran
variedad de conocimientos. Activo, empren-dedor, infatigable, ávido de
placeres, inaccesible al pesar, insensible al dolor, posee en el más alto grado
ese espíritu de denigración que el autor de Cándido puso de moda a fines del
último siglo. 1 Ve siempre el lado malo de la especie humana. Empecinado en su
opinión, nunca acata la de los demás, critica todo, porfía a todo. Sofista por
carácter, se lanza audazmente en una discusión que le es imposible proseguir, a
tal punto repugnan a su espíritu ligero los pensamientos profun-dos, a tal
punto es incapaz de prestar atención sostenida. Y cuando se ha enredado en
medio de sus razonamientos, suelta alguna broma
1 Se refiere a Cándido o el optimismo de
Voltaire, publicado en 1759. La vitalidad del volterianismo se mantuvo hasta
muy avanzado el siglo XIX. [N. de la primera Ed.].
138
1. El
“Mexicano”
chistosa
que excita la hilaridad del auditorio y hace perder de vista el objeto
principal de la discusión. Por más superficialmente que co-nozca la cosa sobre
la cual se entabla conversación, M. David habla de ella con un aplomo capaz de
desconcertar al mismo inventor de aquella cosa. Abandonado sin recursos y en
lucha con la miseria en una edad muy tierna, no es en buena escuela donde ha
conocido el corazón humano. Acogido por precoces decepciones, la vida no ha
tenido ilusiones para él. M. David odia a la especie humana y consi-dera a los
hombres como bestias feroces, prontos a devorarse entre sí. Más de una vez ha
sido su víctima, y trata sin cesar de ponerse en guardia contra sus ataques. El
desgraciado nunca ha amado a nadie, ni siquiera a una mujer. Ningún ser ha
compadecido sus penas y su corazón se ha endurecido. El único goce que concibe
es el de abando-narse a todas sus inclinaciones. Las dulces emociones del alma
han sido ahogadas en él antes de haberse desarrollado. Las sensaciones
materiales lo dominan y su alma está como aniquilada. Gusta con pasión de la
buena mesa, encuentra delicias en fumar un cigarro y regocija su pensamiento
soñando con las guapas mozas de cualquier color que piensa encontrar en el
primer puerto donde la casualidad lo hace anclar. Son los únicos amores que
comprende.
M. David
es un hombre bien plantado, de esbelta estatura, de sa-lud robusta, aunque
delgado. La regularidad y la fineza de sus fac - ciones, la palidez de su tez,
sus patillas negras y su cabello brillante como el azabache, el fuego de sus
ojos y la sonrisa siempre errante sobre sus labios forman un conjunto agradable
de contrastes y de armonías que le da una expresión de alegría y de felicidad
que está muy lejos de sentir. M. David es lo que el mundo llama un hombre
amable. Habla mucho, pero con gracia y alegría y tiene en la con-versación ese
género de amabilidad tan apreciado por las damas. Además, es un dandi que pasa
el cabo de Hornos con medias de seda, se afeita la barba diariamente, perfuma
sus cabellos, recita poesías, habla inglés, italiano y español y nunca se cae,
a pesar del más fuer-te balance. Tales eran los personajes que se encontraban
reunidos en el “Mexicano”.
139
Flora
Tristán
Desde
nuestro arribo a bordo, cada uno de nosotros trató de aco-modarse en su pequeño
hueco lo mejor que pudo. M. David me ayu-dó a hacer mis arreglos, indicándome,
con la experiencia adquirida en sus viajes por mar, lo que debía hacer para
evitar en lo posible el mayor número de molestias.
Me sentí
mareada una hora después de haber entrado en esa casa flotante. Ese mal ha sido
descrito muchas veces por las numerosas víctimas que han sufrido sus torturas y
evitaré fatigar a mi lector con una nueva descripción. Diré solamente que el
mareo es un sufri-miento completamente distinto de nuestras enfermedades
habitua-les. Es una agonía permanente, una suspensión de la vida. Tiene el
horrible poder de quitar el uso de las facultades intelectuales y tam-bién el
uso de los sentidos a los desgraciados que son su presa. Las personas de
temperamento nervioso sienten los crueles efectos de ese mal con más intensidad
que los demás. En cuanto a mí, lo sentí con tal persistencia que no pasó un
solo día, durante los ciento trein-ta y tres del viaje, que no tuviese náuseas.
Nuestro
barco estaba anclado en la parte baja del río. El tiempo no parecía favorecer
nuestra salida del peligroso golfo de Gascuña. Sin embargo, el capitán hizo
levar el ancla hacia las tres. La pesada máquina, ligera como una pluma en
medio de las olas, se puso en marcha a través de la inmensidad que cubre el
cielo y dócil al genio del hombre iba en la dirección que se le daba.
Estábamos
todavía en el golfo cuando el agudo silbido de los vientos y el tumulto de las
olas nos anunciaron la tempestad, que se declaró muy pronto con toda su
violencia por medio de espantosos rugidos. Ese espectáculo, al que asistía sin
verlo, era nuevo para mí. Hubiera encontrado encanto en contemplarlo si me
hubiese queda-do un vestigio de fuerzas, pero el mareo absorbía todas mis
faculta-des. No tenía sentimiento de mi existencia sino por los escalofríos que
estremecían mi cuerpo y creía que eran los precursores de mi muerte. Pasamos
una noche horrible. El capitán tuvo bastante suer-te para poder entrar en el
río. Una ola nos había arrebatado nues-tros carneros, otra nuestras canastas de
legumbres y nuestro pobre
140
1. El
“Mexicano”
navío, la
víspera tan elegante y tan bien arreglado, estaba ya mutila-do. El capitán,
aunque agobiado de fatiga, bajó a tierra para comprar otros carneros y
reemplazar las legumbres que el mar nos había qui-tado. Durante su ausencia, el
carpintero reparó las averías causadas por la tempestad y los marineros
restablecieron el orden tan necesa-rio a bordo de las embarcaciones.
Esta
primera tentativa no nos hizo más prudentes y nos expusi-mos de nuevo a
peligros certeros, de los que pudimos ser víctimas por un falso punto de honor
el cual induce a menudo a los marinos a desafiar inútiles peligros y les hace
comprometer la existencia de los hombres y la seguridad de los navíos confiados
a sus cuidados. A la mañana siguiente, 10 de abril, el mar continuaba
igualmente agita-do y esos señores, que eran muy prudentes, juzgaron con razón
que debía retenerse al piloto hasta que el tiempo fuese suficientemente seguro
para devolverlo sin peligro. Pero, cerca de nosotros estaban anclados otros dos
barcos que zarparon de Burdeos el mismo día y para el mismo destino: el “Carlos
Adolfo” y el “Fletes”. Este último, por fanfarronada sin duda, devolvió el
piloto y tomó de largo. El otro no quiso quedarse atrás e hizo otro tanto. Los
señores del “Mexica-no” comenzaron por censurar la imprudencia de los otros
navíos; pero, aunque fuesen poco susceptibles de dejarse dominar por el ejemplo
de otro, el temor de pasar por miedosos les hizo abandonar su primera
determinación. Hacia las cuatro de la tarde despidieron al piloto y nos
encontramos en medio de las olas embravecidas que, como altas montañas, se
elevaban en torno de nuestra nave. No es-tábamos sino a un punto del abismo y
el choque de dos olas nos po-día haber sepultado.
Antes de
poder salir del golfo estuvimos tres días continuamente azotados por la
tempestad y en la situación más crítica. Todos nues-tros hombres, enfermos o
rendidos de fatiga, estaban imposibilita-dos para hacer su servicio. Durante
esos tres largos días de agonía nuestro bravo capitán no abandonó el puente de
su navío. Me ha dicho después que muchas veces había visto a nuestro débil
brick a punto de estrellarse contra las rocas o ser devorado por las olas.
141
Flora
Tristán
Gracias a
Dios, escapamos felizmente. Pero semejantes peligros ¿no deberían hacer
reflexionar a los marinos que todos los días cometen tales imprudencias?
El 13,
entre las dos y las tres de la tarde, nuestro capitán, agobiado de fatiga y
empapado como si hubiese caído al mar, bajó a su cámara donde no había entrado
desde hacía tres días. Al ver cerrados todos los camarotes y no escuchar el
menor soplo humano, gritó con su voz gruesa y ronca.
—¡Hola!
¡He, pasajeros! ¿Todo el mundo está muerto aquí?
Nadie
contestó a su benevolente pregunta. Entonces M. Chabrié entreabrió la puerta de
mi camarote y me dijo con un acento de soli-citud que jamás olvidaré.
—Señorita
Flora, me ha dicho David que ha estado usted muy en-ferma. ¡Pobre señorita! La
compadezco, pues yo antes sufría también mucho con el mareo. Pero
tranquilícese, ya hemos salido por fin de la boca del golfo y acabamos de
entrar en plena mar. ¿No siente usted el dulce balance que sucede a las
horribles convulsiones que sentíamos hace unos momentos? El tiempo es
magnífico. Si tiene fuerza para levantarse y subir sobre el puente eso la
reanimará. Reina allá arriba un airecito puro y fresco que es una delicia.
Le
agradecí con la mirada. Me sentía demasiado debilitada para hacer siquiera el
ensayo de hablar.
—¡Pobre
señorita!, dijo con la expresión de una bondad compa-siva. Este tiempo va a
permitirle dormir. Y yo también voy a dormir. Bien lo necesito.
En
efecto, dormimos todos veinticuatro horas seguidas. Me des-pertó M. David,
quien abría los camarotes con gran estrépito porque quería saber, decía, si
todos los pasajeros estábamos decididamen-te muertos. No estábamos muertos,
pero ¡gran Dios!, en qué estado nos hallábamos. M. Chabrié, demasiado superior
como hombre para darse importancia por ser capitán del navío confiado a sus
cuidados, hablaba a la tripulación y a sus pasajeros más bien como amigo y no
como amo después de Dios. Durante la tempestad era el primer ma-rinero del
barco y en general un hombre cuya bondad se interesaba
142
1. El
“Mexicano”
por el
bienestar de todas las personas de a bordo. Nos invitó amable-mente a
levantarnos a fin de cambiar la ropa, a subir y tomar aire y, sobre todo, a
comer un poco de sopa caliente. En cuanto a mí, consen-tí con la condición de
que no se me obligase a comer nada. Esos seño-res tuvieron la amabilidad de
arreglarme un lecho sobre la toldilla. Necesité de todo mi valor para poder
levantarme y vestirme y sin la ayuda de esos señores me hubiese sido imposible
subir al puente.
Los
quince primeros días de mi permanencia a bordo fueron para mí de un largo
entorpecimiento durante el cual no tuve sino por muy cortos intervalos la
conciencia de mi ser. Desde la salida del sol hasta las seis de la tarde sufría
tanto que me era imposible hilvanar dos ideas. Me sentía indiferente a todo.
Deseaba solamente que una cer-cana muerte viniera a poner término a mis males.
Pero, una voz inte-rior me decía que no moriría.
A la
altura de las Canarias esos señores notaron que el navío ha-cía agua y
decidieron hacer escala en el primer puerto con el objetivo de hacerlo
calafatear.
No hacía
sino veinticinco días que nos habíamos embarcado. Ese tiempo me había parecido
tan largo, la vida a bordo me era tan su-mamente penosa que, cuando me
anunciaron la vista próxima de la tierra, la alegría y el contento que sentí
hicieron enseguida desva-necerse mi mal: recobré la salud. Hay que haber estado
en el mar para conocer el poder de emoción encerrado en esa palabra: ¡tierra,
tierra! El árabe en el desierto no experimenta un gozo más vivo a la vista de
la fuente que debe apagar su sed ardiente. El prisionero que después de una
larga detención recobra su libertad siente menos alegría. ¡Tierra, tierra! Esa
palabra, después de largos meses pasados entre el cielo y el abismo, encierra
todo para el navegante. Es la vida íntegra con sus goces, es la patria.
Entonces los prejuicios nacionales se callan, no se siente sino el lazo que une
a la humanidad. Son los goces sociales, la dulce sombra y los prados
esmaltados, el amor y la libertad. En fin, esa palabra, tierra, hace renacer el
sentimiento de la seguridad que, después de grandes peligros, da un encanto
mágico a la existencia. A todos estos goces se une, para muchos, la impresión
143
Flora
Tristán
del
placer que sentirán al ver a sus amigos o reunirse con su familia y abrazar a
su madre, esposa e hijos. ¡Oh, tierra!, a menudo maldecida por quienes te
pisan. Tú les parecerías un Edén si hubiesen habitado algunos meses en el seno
de los mares, donde no se ven frescas som-bras, ni prados esmaltados y donde no
se encuentran parientes ni amigos en el camino.
Estábamos
todos en el puente ávidos por descubrir esa tierra que en aquel instante cada
uno de nosotros embellecía con los sueños de su imaginación. El corazón nos
palpitaba mientras doblábamos el cabo que termina la lengua de tierra y forma
la bahía de la Praia.2 ¿Qué íbamos a ver? Fue en este anclaje donde me esperaba
la prime-ra decepción de mi viaje. Yo no era muy fuerte en geografía y, como
jamás había leído la descripción de la Praia, improvisé una en mi ca-beza.
Pensaba que una isla llamada Cabo Verde debía necesariamen-te ofrecer a la
vista de los navegantes un paisaje de verdor. Pues ¿a qué causa sino a esa
habría que atribuir el origen de su nombre? No pensaba entonces que los nombres
tienen a menudo su origen en cir-cunstancias extrañas que, la mayor parte del
tiempo, no guardan la más ligera relación con las cosas que esos nombres
designan. Lo que se llama, en el cabo de Hornos, la Tierra del Fuego parece la
Tierra del hielo. Pero quien la descubrió creyó ver fuego, no sé por qué
ilusión óptica, y la llamó tal como se presentaba a su vista. De igual modo,
Valparaíso (valle del Paraíso) recibió ese nombre divino de los pri-meros
marinos españoles que abordaron su bahía. Después de una travesía tan larga y
penosa hubieran llamado igualmente paraíso a la costa más árida, al país más
espantoso, con tal que respondiera a la palabra tierra. ¡Oh! La tierra es, en
efecto, el paraíso del hombre;
2 Praia es capital y puerto pesquero de la
República de las islas de Cabo Verde en la isla de São Tiago. Este archipiélago
está situado en el océano Atlántico, a 500 kilóme-tros de la costa oeste de
África. Su clima es cálido y seco. Fue colonia portuguesa hasta 1975. Flora nos
dice que en la época en que recaló el “Mexicano” tenía “cerca de 4 mil
habitantes durante la estación de las lluvias”; actualmente su población bordea
las 50 mil personas. [N. de la primera Ed.].
144
1. El
“Mexicano”
pero es
él quien debe plantar la viña, el olivo y arrancar las espinas y los zarzales.
El
aspecto de esta tierra negra, enteramente árida, tiene algo de tan monótono,
que uno se siente penosamente entristecido. Toda la bahía está rodeada de rocas
más o menos elevadas, contra las cuales vienen a romperse las mugientes olas.
En medio de la bahía avanza majestuosamente una alta mole de rocas curvada en
forma de he-rradura y sobre la plataforma que la corona se eleva la ciudad de
la Praia.
De lejos
esta ciudad tiene gran apariencia. En la parte curva de la herradura se ha
colocado una batería provista de veintidós piezas de cañón de grueso calibre.
Algunos militares regularmente equipados hacen la guardia. A la izquierda se
levanta una bonita iglesia edifica-da recientemente. A la derecha la casa del
cónsul americano, corona-da por un pequeño mirador, sirve de observatorio para
columbrar las embarcaciones en el mar. Aquí y allá se distinguen algunos
gru-pos de platanares, sicómoros y otros árboles de anchas hojas.
145
2. La
Praia
En cuanto
anclamos vimos que había gran movimiento en la bahía. Pocos instantes después
una pequeña falúa se dirigió hacia nosotros. Iban en ella cuatro remeros negros
casi completamente desnudos. En la parte posterior, dirigiendo el timón, estaba
sentado orgullo-samente un hombrecillo con enormes patillas, cuya piel cobriza
y crespos cabellos nos indicaban suficientemente que no pertenecía a la raza
caucásica. La indumentaria del personaje era de lo más gro-tesca. Su pantalón
de nanquín databa de 1800 y debía haber pasado por diversas alternativas antes
de llegar a su poder. Tenía chaleco de piqué blanco y leva de barragán, un
inmenso fular rojo con puntos negros le servía de corbata y sus extremos
flotaban graciosamente al capricho de los vientos. Para completar dignamente su
vestimenta llevaba un gran sombrero de paja, guantes que un día debieron ser
blancos y tenía en la mano un hermoso fular amarillo que le servía de abanico.
Se defendía del ardor del sol con un gran paraguas ra-yado de celeste y rosa, tal
como se usaba hace treinta años. Una vez que hubo llegado cerca de nuestra
embarcación nos hizo saber sus títulos con gestos no menos ridículos que su
vestido. Era a la vez ca-pitán de puerto de la Praia y secretario del
gobernador y, además, negociante al por mayor y menor, etc. Se veía que la ley
contra el aca-paramiento no había penetrado hasta la costa de África. Ese
capitán de puerto era portugués. Nos dijo que la isla pertenecía a don Miguel,
147
Flora
Tristán
su
ilustre amo. Y al pronunciar ese nombre, el burlesco individuo se quitaba el
sombrero. Habló mucho de política tratando de hacernos charlar sobre ese tema.
Aceptó nuestro aguardiente y nuestros biz-cochos, me dijo pomposos
cumplimientos en portugués y después de haber permanecido mucho tiempo a bordo,
donde hizo más bien el papel de espía que de cumplidor de los deberes de su
cargo, regresó a su falúa y adoptó la actitud de un capitán-pachá que sale de
Alejan-dría con toda su flota.
Mientras
el pequeño portugués nos hablaba de los altos hechos de su ilustre amo,
vinieron a bordo otros dos personajes no menos notables ya por su indumentaria,
ya por sus modales: uno era el ca-pitán de un brick americano; el otro mandaba
una pequeña goleta de Sierra Leona. Este último era italiano y al subir a bordo
nos dijo que era casado con una parisiense de la calle de Saint-Denis. El
valiente capitán Brandisco (que así se llamaba) citaba el nombre de esa calle
con tanto énfasis, como en tiempo de César lo haría un patricio al decir que
vivía en la plaza del Capitolio.
Nuestro
capitán, el segundo y M. David juzgaron conveniente ba-jar a tierra al mismo
tiempo que el capitán de puerto, para ir donde el gobernador, poner en regla
los papeles del barco y conseguir lo más pronto posible los obreros capaces de
ayudar a nuestro carpintero en las reparaciones que se harían a la nave.
Puesto
que me he prometido decir toda la verdad, confesaré el movimiento de orgullo
que sentí al comparar nuestro bote y los hombres que lo tripulaban con los
otros tres miserables botecillos tripulados por negros o pobres marineros
americanos. ¡Qué gran di-ferencia! ¡Qué bonito y elegante era el nuestro! ¡Qué
buen aspecto tenían nuestros marinos! M. Briet dirigía el timón. La nobleza de
su porte representaba dignamente la marina francesa y nuestro capi-tán con sus
botas bien lustradas, su pantalón de dril blanco, su ca-saca azul oscuro, su
corbata de seda negra y su hermoso sombrero de paja adornado de terciopelo
negro atravesado por una pequeña hebilla, representaba fielmente al marino
comerciante. En cuanto al amable M. David, era el fashionable en toda su
pureza. Tenía botas
148
2. La
Praia
de gamuza
gris, un pantalón de dril gris que formaba polainas, una pequeña casaca de paño
verde con muchos alamares. No llevaba chaleco y tenía un pañuelo de Madrás a
cuadritos, enrollado negli-gentemente al cuello. En la cabeza, una gorra de
terciopelo violeta le cubría solo la oreja izquierda. Se mantenía de pie en
medio del bote, me saludaba con el gesto y reía a carcajadas, probablemente del
aspecto grotesco de los personajes del puerto de la Praia. En 1833 me hallaba
todavía muy lejos de tener las ideas que después se han desarrollado en mi
espíritu. En aquella época era muy exclusivista. Mi país ocupaba en mi
pensamiento más sitio que todo el resto del mundo. Era con las opiniones y los
usos de mi patria con lo que juz-gaba las opiniones y usos de los demás. El
nombre de Francia y todo lo que se vinculaba con ella producían sobre mí
efectos casi mágicos. Entonces consideraba a un inglés, un alemán o un italiano
como a otros tantos extranjeros. No veía que todos los hombres son herma-nos y
que el mundo es su patria común. Estaba todavía muy lejos de reconocer la
solidaridad de las naciones entre sí, de donde resulta que la humanidad íntegra
experimenta el bien y el mal de cada una de ellas. Pero relato mis impresiones
tal como las sentí a la vista de nuestra superioridad sobre los individuos de
las otras naciones que se encontraban en la Praia.
Esos
señores permanecieron mucho tiempo en tierra. No regre-saron sino en el momento
de la comida, cerca de las cinco. Durante su ausencia nos perdimos en
conjeturas sobre las distracciones que podría ofrecer la ciudad de la Praia. M.
Miota quería alojarse en un hotel para sustraerse a la vida de a bordo durante
la escala. Cesáreo y Fernando proyectaban ir a la población a traer
provisiones. Estos dos jóvenes españoles se hacían grandes ilusiones para ir de
caza, correr por la llanura, comer fruta, montar a caballo, hacer, en fin, el
ejercicio tan necesario a su edad y del que sentían gran necesidad sus miembros
entorpecidos. Yo también me trazaba un plan de vida para el tiempo de nuestra
estada. Quería alojarme en una casa portugue-sa para poder estudiar las
costumbres y los usos del país, ver todo y tomar notas exactas sobre las cosas
que me pareciesen valer la pena.
149
Flora
Tristán
Todos
esos hermosos proyectos se hacían sobre el puente mientras que el viejo don
José, que al fin podía pasearse a su antojo ahora que la casa flotante estaba
en reposo, gozaba, con un aire de delicia, de la inexpresable felicidad de
poder dar dos pasos seguidos sin riesgo de caer. El viejo solo se detenía para
hacer sus cigarrillos de papel. De tiempo en tiempo sonreía al escucharnos.
Noté su sonrisa y, desean-do conocer el fondo de su pensamiento, le pregunté lo
que pensaba hacer en la ciudad.
—Señorita,
me respondió con esa tranquilidad española que lo distinguía en tan alto grado,
me cuidaré muy bien de ir a ella.
—¡Qué
indiferencia, don José! ¿Está usted, pues, tan satisfecho en este navío donde
se tiene tan poco espacio para pasearse?
—No,
señorita. No soy más indiferente que usted a la vista de la tierra. Pero tengo
sobre usted la ventaja de mi larga experiencia y sé a qué atenerme sobre los
placeres que ofrecen estas costas y muchas otras en donde podemos abordar antes
de llegar a Lima. Pienso que no vale la pena dejar el barco para estar peor en
tierra. Es lo que va a suceder. Pero los niños tienen necesidad de ver por sus
propios ojos. ¡Bien! Vean y después me dirán si no tenía yo razón.
Pero la
juventud, impaciente de vencer obstáculos, solo tiene fe en sus deseos y se
convence solo por su propia experiencia. Mostra-mos desdén por la de don José.
Cuando
vimos regresar el bote nuestra curiosidad se reanimó. Apenas esos señores
estuvieron a bordo les asaltamos a preguntas. Pero el momento no era bien
escogido para que pudiesen responder-las. M. Chabrié estaba ocupado con M.
Briet explicando a los obreros, que habían traído, la obra que debían hacer y
M. David, anglómano por excelencia, se dedicaba por completo a hablar la
hermosa lengua de Lord Byron con el joven y muy elegante cónsul americano a
quien acababa de conocer y a quien traía a comer a bordo.
A la
mañana siguiente, después del desayuno, los tres jóvenes es-pañoles, M. David,
el capitán y yo fuimos a tierra.
No hay en
la Praia muelle que facilite el desembarco. Las cerca-nías están erizadas de
rocas más o menos grandes contra las cuales
150
2. La
Praia
el mar
viene a estrellarse con una violencia que haría añicos las más fuertes
embarcaciones si no se tomara las más grandes precaucio-nes para preservarlas.
Es preciso que un marinero remolque el bote, saltando de roca en roca, hasta
encontrar una abertura conveniente para hacerlo entrar y durante esa maniobra
los marineros, que han quedado en la embarcación, se ocupan con sus remos en
impedir que las olas la estrellen contra las peñas. Es muy difícil desembarcar
sin mojarse, sobre todo en la mañana, cuando el mar está siempre muy agitado.
Sin embargo, gracias a las precauciones tomadas por esos señores, no me mojé.
Un marinero me levantó en sus vigoro-sos brazos y me depositó en tierra, en
sitio seco. Un estrecho sendero trazado entre los peñascos que bordean el mar
conduce a la Praia. Este camino no está exento de peligros. La arena negra que
recubre la roca se desmorona bajo los pies y al menor paso en falso se corre el
riesgo de rodar de piedra en piedra hasta el mar. Dejando el sen-dero se llega
a la arena lisa y suave de la playa que las olas lamen formando plumillas
argentadas. Se siente descanso al caminar sobre esta arena fina, refrescada
continuamente por el mar; mas apenas se recorren doscientos o trescientos pasos
es preciso abandonarla y seguir un camino pedregoso de los más difíciles. Ese
camino en for-ma de escalera ha sido abierto entre la mole de rocas, sobre las
que está situada la ciudad. Se necesita por lo menos un cuarto de hora para
treparlo. Estaba yo tan débil que me vi obligada a descansar en tres ocasiones.
Apenas podía caminar. El bueno de M. Chabrié me llevaba casi cargada. M. Miota
me hacía sombra con un paraguas, pues mi sombrilla no me hubiese defendido sino
muy débilmente; mientras que, ligero como un gamo, M. David iba por delante
como explorador para indicarnos los sitios menos malos. El sol de los tró-picos
lanzaba verticalmente sus ardientes rayos. Ni el menor soplo de céfiro venía a
secar nuestras frentes bañadas de sudor y una sed ardiente nos secaba la
garganta. Por fin llegamos a la plataforma. M. David tomó la delantera y fue a
anunciar nuestra llegada al cónsul, para que dispusiese algunos refrescos.
Atravesamos la ciudad y la en-contramos casi desierta. Era el mediodía, el
momento en que hasta
151
Flora
Tristán
las tres
de la tarde el calor es más fuerte y los habitantes no se expo-nen a él.
Encerrados en sus casas emplean el tiempo en dormir. La reverberación de los
rayos del sol era tan ardiente que nos cegaba. M. Chabrié se desesperaba de
haberme llevado a aquel horno, esta idea le ponía de un humor detestable. Los
tres jóvenes comenzaban ya a echar de menos sus pequeños camarotes y yo estaba
horriblemente contrariada al sentirme tan incómoda, pues temía que eso me
impi-diera visitar lo que había de curioso en la ciudad. Con esas
disposi-ciones llegamos a casa del cónsul a quien encontramos con M. David
sentado cerca de una mesita bebiendo un grog y fumando excelentes cigarrillos
de La Habana.
El cónsul
americano había transportado a ese triste lugar toda la comodidad que su nación
concede a tan alto precio. Tendría unos 30 años y habitaba hacía cuatro esta
residencia. Su casa era grande, bien distribuida y mantenida en el orden más
minucioso. Nos hizo servir una agradable colación compuesta de jamón,
mantequilla, queso, bizcochos y muchas otras cosas: todo venido de Nueva York.
Había también pescado fresco y gran abundancia de toda clase de frutas del
país.
El salón
en el cual se nos sirvió la comida estaba completamente amueblado a la inglesa.
Una bonita alfombra cubría el piso. Las ven-tanas estaban provistas de cortinas
que representaban vistas de dife-rentes partes. Hermosos grabados adornaban las
paredes: en unos se veía escenas de caza, la partida de una diligencia, niños
que jugaban con perros; en otros se podía admirar esas vaporosas cabezas de
mu-jeres que han dado tanta fama al buril inglés.
Nuestra
mesa estaba servida igualmente al uso de Inglaterra y de América del Norte.
Comimos en grandes platos con dibujos azules, be-bimos la cerveza en vasos
grandes y el oporto en los más pequeños. Nuestros cuchillos y nuestros
tenedores estaban pulidos como si fue-sen nuevos. En fin, no teníamos
servilletas y cada uno las reemplazaba con el extremo del mantel que tenía por
delante. La alegría del cónsul parecía llegar al colmo por haber encontrado en
M. David un angló-mano que hablara tan bien la lengua de su cara patria y no
cesaba de
152
2. La
Praia
conversar
con él. Hablaba igualmente en inglés con los dos negros que nos servían, de
suerte que yo, silenciosa observadora, me figuraba por momentos –a tal punto la
influencia de los objetos que impresionan nuestros sentidos tiene poder sobre
nuestra imaginación– que me ha-llaba en una casa de campo en las cercanías de
Nueva York.
Después
de la comida el capitán Brandisco vino en busca nues-tra para llevarnos donde
una dama que se consideraba casi francesa porque había sido casada con un
francés, M. Watrin, de Burdeos.
M. David
se quedó para hablar inglés y tomar el té mientras noso-tros fuimos a visitar a
la señora Watrin.
Esta
señora es la más rica de la ciudad. Es una mujer de 50 a 54 años. Alta, muy
gorda, tiene la piel de un color café con leche oscu-ro, los cabellos
ligeramente encrespados y rasgos bastante regulares. La expresión de su
fisonomía es dulce, sus maneras son las de una persona bien educada. Habla un
poco de francés, lo lee y lo escribe regularmente bien. Su marido le enseñó lo
que sabe y ella extraña mucho a ese marido adorado, muerto hacía cuatro años.
Nos
recibió en una gran pieza oscura, mal enladrillada y de aspec-to triste. A esto
llama ella un salón. El mobiliario tenía algo de extra-ño y en cuanto entramos
llamó nuestra atención. Era fácil reconocer que esta pieza había sido habitada
por un francés. Las paredes esta-ban tapizadas con malos grabados que
representaban a Bonaparte en cuatro o cinco actitudes diferentes. Todos los
generales del Impe-rio y las principales batallas estaban simétricamente
colocados. En el fondo de ese salón había una biblioteca enrejada, encima un
busto del emperador, cubierto con un velo negro. Esta biblioteca encerraba
algunas obras de Voltaire y de Rousseau, las fábulas de La Fontaine, el
Telémaco, Robinson Crusoe. Todos estos libros estaban mezclados en los
estantes. Sobre un mueble había dos esferas y un tarro que contenía dos fetos
en espíritu de vino. Se veía por todas partes obje-tos traídos de Francia: una
pequeña mesa de costura de caoba, una lámpara, dos sillones de crin negro,
jaulas con pájaros, un hermoso tapiz que cubría la gran mesa en medio del
salón, y una multitud de cosas pequeñas. En cuanto entramos, la señora Watrin
vino hacia
153
Flora
Tristán
mí, me
tomó de la mano y me hizo sentar en uno de los sillones. Para recibirme se
había hecho un gran toilette y había reunido en su casa a varias amigas que
tenían gran curiosidad de ver a una joven extranjera. Nuestras parisienses no
estarán quizá disgustadas de conocer la indumentaria de gran etiqueta de las
señoras de la Praia. La toilette de Mme. Watrin contrastaba de manera chocante
con el conjunto de toda su persona. Tenía un vestido de color cereza. Era un
vestido corto, estrecho, muy escotado y con mangas cortas; un enorme chal de
crespón de China celeste, en el que sobresalían hermosas rosas blancas
bordadas, le servía a la vez de manto y de tocado, pues se envolvía
grotescamente en esta enorme mantele-ta, cubriéndose la parte posterior de la
cabeza. Sus gruesos brazos estaban adornados con brazaletes de todos los
colores; sortijas de toda especie cargaba en los dedos; grandes aretes pendían
de sus orejas y un collar de coral de siete u ocho hileras rodeaba su cuello.
Tenía medias de seda blanca y zapatos de raso azul. Las otras seño-ras no se
aproximaban al lujo de Mme. Watrin. Sus vestidos eran sencillos, de tela de
algodón azul, roja o blanca, pero las formas de ellos y de sus chales eran en
todo semejantes.
Mme.
Watrin me hizo muchas preguntas sobre Burdeos, lugar del que su marido le había
hablado muy a menudo y enseguida se prestó con una afabilidad rara entre las
gentes de aquel país, a satisfacer mi curiosidad en todo lo que deseaba saber.
Me hizo
visitar su casa. Constaba de tres piezas en el piso bajo y de dos buhardillas.
Se encontraba situada al borde de la plataforma opuesta al mar y la vista era
magnífica. En la parte baja de la platafor-ma había cinco o seis hermosos
jardines muy bien cultivados. Se ba-jaba de la casa por una escalera practicada
en la roca. Después de esos jardines venía una extensión de arena enteramente
desierta. Más allá se descubría unos árboles que formaban verdes bosquecillos.
Mme.
Watrin me invitó a quedarme en su casa todo el tiempo que nuestra embarcación
permaneciese anclada en el puerto. Agra-decí mucho esta atención, pero confieso
que no estuve muy tentada de aceptarla. La tierra, cuya vista hace palpitar el
corazón de alegría
154
2. La
Praia
cuando se
la descubre desde el mar, pierde todo su encanto cuando se encuentra uno sin
amigos y en medio de un pueblo aún muy alejado de la civilización a la que está
uno habituado. M. Chabrié enrojeció al oír el ofrecimiento de Mme. Watrin. Sus
ojos se fijaron en mí con una expresión de dolorosa ansiedad. Yo rechacé la
invitación y nos despe-dimos de la amable mujer prometiéndole regresar dos días
después.
Dimos una
vuelta por la ciudad. Eran las seis de la tarde. El sol caía y una ligera brisa
ayudaba a soportar la declinación del calor diurno.
Toda la
población se hallaba en las calles, respirando el fresco delante de las puertas
de sus casas. Entonces sentimos el olor de ne-gro, que no puede compararse con
nada, que da náuseas y persigue por todas partes. Se entra en una casa y al
instante siente uno esa emanación fétida. Si uno se acerca a algunos niños para
ver sus jue-gos, tiene que alejarse rápidamente, ¡tan repugnante es el olor que
exhalan! Yo tengo los sentidos muy aguzados y el menor olor se me va a la
cabeza o al estómago. Sentía un malestar tan insoportable que nos vimos
obligados a precipitar la marcha para encontrarnos fuera del alcance de
aquellas exhalaciones africanas.
Luego de
que descendimos de la roca, me senté para descansar. M. Chabrié se puso a mi
lado mientras los tres jóvenes vagaban por la playa buscando conchas. M.
Chabrié me tomó la mano, la apretó afectuosamente contra su pecho y me dijo con
un acento que aún no le conocía:
—¡Oh,
señorita Flora! ¡Cómo le agradezco que no haya aceptado el ofrecimiento de esa
señora! ¡Qué dolor me habría causado! ¡Separar-me de usted, que me ha sido
confiada, cuando está usted tan delicada! ¡Dejarla sola en esta roca infecta,
rodeada de esos horrendos negros a quienes usted mira con tanta repugnancia!
¡Oh! No lo hubiese consen-tido. Y, además, ¿quién la habría cuidado si yo no
estaba allí?
La
expresión apasionada con que M. Chabrié pronunció estas pala-bras me produjo un
efecto difícil de describir. Me sentí penetrada de un sentimiento a la vez de
reconocimiento, de apego hacia él y de terror.
Desde mi
salida de Burdeos había perdido enteramente de vista lo que mi posición tenía
de extraordinario a los ojos de M. Chabrié.
155
Flora
Tristán
Mi estado
de salud me había impedido pensar. Atribuía a la bondad natural de nuestro
capitán los halagos que tenía para mí y las aten-ciones con que me rodeaba. No
había pensado en que pudiese expe-rimentar otro sentimiento diferente del
afecto compasivo que mi posición inspiraba por lo general.
A los
seres dotados de alma amorosa, cuyo temperamento es a la vez delicado y
magnético, basta una mirada para hacerles penetrar el secreto del individuo a
quien habla. La mirada de M. Chabrié me dejó leer claramente su pensamiento. Él
también leyó el mío. Le apre-té la mano. Me dijo entonces con un acento de
profunda tristeza:
—Señorita
Flora, no espero hacerme amar de usted. Le pido sola-mente ayudarla a soportar
sus pesares.
Le di las
gracias con una sonrisa y mostrándole el mar: “Mi co-razón, le dije, se asemeja
a ese océano. La desgracia ha abierto en él profundos abismos. No hay poder
humano que pueda colmarlos”.
—¿Concede
usted más poder a la desgracia que el amor?...
Esa
respuesta me hizo estremecer. Entonces no podía oír pronun-ciar la palabra amor
sin que las lágrimas se agolpasen a mis ojos. M. Chabrié ocultó su cabeza entre
las manos. Por primera vez lo miré. No conocía todavía sus facciones. Lloraba.
Lo examiné atentamente y me abandoné con delicia a los pensamientos más
melancólicos.
Nos
llamaron. El bote nos esperaba. Nos dirigimos a él lentamen-te, apoyándome yo
en el brazo de M. Chabrié. Estábamos absortos en nuestros pensamientos, ni el
uno ni el otro trataba de romper el si-lencio. Encontramos a bordo a M. David
con su cónsul y dos músicos a quienes había traído para hacerme conocer la
música del país. Nos reunimos sobre el puente y yo me tendí sobre un doble
tapiz. Los se-ñores se sentaron alrededor mío y cada uno, según el orden de
ideas que tenía en la cabeza, prestó más o menos atención a la monótona música
de los dos africanos.
El
concierto se habría prolongado hasta muy avanzada la noche si uno de los
músicos no se hubiese mareado a pesar de que el barco no tenía oscilación
alguna. Esta circunstancia obligó al cónsul a re-gresar a la ciudad. Así, me
sentí libre del fastidio que su habla inglesa
156
2. La
Praia
y sus
músicos me producían. Nos quedamos hasta muy tarde con-versando en el puente.
¡Son tan hermosas las noches en los trópicos!
A la
mañana siguiente M. David y M. Miota abandonaron la embar-cación con el
proyecto de hacer una incursión por el interior de la isla. Iban donde un
francés que cultivaba un campo a 18 leguas de la ciudad con el deseo de
comprarle provisiones y también para ver el país.
Pasaron
dos días durante los cuales me pareció que M. Chabrié sentía algún embarazo
delante mío. Su aire turbado no estaba entre sus costumbres y me molestaba.
Aumentaba aún más las inquietu-des y la tristeza de los pensamientos que la
conversación en la roca había hecho nacer en mí.
En
aquella época estaba todavía bajo la influencia de todas las ilusiones de una
niña que ha conocido poco el mundo, aunque ya ha sufrido los más crueles
pesares. Educada en el campo, en el más completo aislamiento de la sociedad y
habiendo vivido después en el retiro, había atravesado diez años de desgracias
y de decepciones sin ser por eso más clarividente. Creía siempre en la
benevolencia, en la buena fe. Suponía que la maldad y la perfidia no se
mostraban sino por excepción. La profunda soledad a la que me había retirado me
había dejado ignorar el mundo y todo cuanto ocurre en él. Me había replegado
sobre mí misma y no podía suponer en otro la existencia de vicios cuyas trazas
no descubría en mí y que sublevaban de indig-nación mi corazón generoso. ¡Oh
preciosa ignorancia que hace creer en la buena fe y en la benevolencia! ¿Por
qué te he perdido? ¿Por qué la sociedad está tan poco avanzada que es necesario
reemplazar la franqueza con la desconfianza y el abandono con la
circunspección? ¡Oh! ¡Cuán herido se siente el corazón por ese cruel
desencanto! Bajo el imperio de la violencia, las almas amantes se retiraban a
la Tebai-da.1 Todavía deberán habitar en el desierto mientras el disimulo y la
mentira gobiernen la sociedad. Es en la soledad donde las almas
1 Parte meridional del antiguo Egipto cuya
capital fue Tebas. Los primeros ermitas cristianos, para huir de la persecución
del emperador romano Decio y llevar vida de ascesis, se retiraron a los
territorios desérticos de esta región. [N. de la primera Ed.].
157
Flora
Tristán
penetradas
del espíritu de Dios reciben esas inspiraciones que prepa-ran el mundo para el
reino de la verdad.
En 1833,
el amor era para mí una religión. Desde los 14 años mi alma ardiente lo había
deificado. Consideraba el amor como el soplo de Dios y a su pensamiento
vivificante como la causa de todo lo gran-de y hermoso. Él solo tenía mi fe y
no habría puesto por encima de los otros animales de la creación a la criatura
humana capaz de vivir sin uno de esos grandes amores puros, abnegados y
eternos. Amaba a mi país, deseaba poder hacer el bien a mis semejantes y
admiraba las maravillas de la naturaleza, pero nada de eso llenaba mi alma. El
único afecto que hubiese podido entonces hacerme feliz habría sido un amor
apasionado y exclusivo hacia uno de esos hombres a quienes los grandes
sacrificios atraen grandes infortunios y sufren una de esas desgracias que
engrandecen y ennoblecen a la víctima a quien hieren.
Había
amado dos veces: la primera cuando todavía era una niña. El joven por quien
experimenté aquel sentimiento lo merecía desde todo punto de vista. Mas,
privado de energía de alma, murió antes que desobedecer a su padre, quien en la
crueldad de su orgullo me había rechazado. La segunda vez, el joven que había
sido objeto de mi completo cariño, aunque irreprochable en todo lo relacionado
con la delicadeza y el honor de sus procedimientos para conmigo, era uno de
esos seres fríos y calculadores, a los ojos de los cuales una gran pasión tiene
la apariencia de la locura. Tuvo miedo de mi amor. Temió que lo amase
demasiado. Esta segunda decepción me había desgarrado el corazón y sufrí
horriblemente. Pero, lejos de dejarme abatir, mi alma se engrandeció por el
dolor y se volvió más amante y firme en su fe. A toda alma ardiente es
necesario un Dios a quien poder incensar, un templo en el cual poder verter
dulces lágrimas y presentir, en el recogimiento, el porvenir que su fe le
promete.
Mis
sufrimientos me habían revelado todo el poder de amar con que Dios me había
dotado. Y después de aquellas dos decepciones no entraba en mi pensamiento que
la grandeza de mi amor pudiese ser comprendida por un hombre que no hubiese
sido él mismo suscep-tible a esos actos de abnegación. Actos que la raza
carneril tilda de
158
2. La
Praia
locuras
porque no ve ningún interés personal, pero que trasmiten a las futuras
generaciones el recuerdo de los hombres de corazón, como el más honorable
título de la humanidad y que comprueban el mayor de sus progresos.
En todos
los tiempos y en todos los países se ha encontrado cons-tantemente hombres que
se han impuesto trabajos penosos y que no han retrocedido ante ningún
sacrificio con el fin de alcanzar el objeto que se proponían. Esos seres se
hallan tan por encima del común de los hombres que siempre han sido
desconocidos y, a menudo, la gran-deza de sus actos no ha sido apreciada sino
muchos años después. La antigüedad no ofrece mayor número de ejemplos de los
que presenta la historia moderna en el establecimiento de las religiones y en
las re-voluciones políticas de los pueblos. A los ojos del escéptico y del
egoís-ta, los sacrificios de Juana de Arco, de Carlota Corday,2 de los mártires
de todas las revoluciones, de todas las sectas religiosas, parecen actos de demencia;
pero esas almas heroicas seguían el impulso que habían recibido de Dios, y
aunque ellas deseasen el éxito de sus actos, no era de los hombres de quienes
esperaban la recompensa.
Yo sabía,
por experiencia, todo lo que hay de horrible en amar a un ser que no puede
comprendernos y cuyo amor no se armoni-za con la grandeza del sentimiento que
se siente por él. Por eso me había prometido poner todos mis cuidados en no ser
jamás la causa de semejante dolor y evitar, en tanto que dependiera de mí,
inspirar un sentimiento que yo no hubiese podido compartir. Nunca he
com-prendido la felicidad que se puede encontrar en hacer nacer un amor que no
puede corresponderse. Es un regocijo del amor propio al que son insensibles los
seres que solo viven por el corazón.
No estaba
segura de que M. Chabrié me amase. Pero, con el temor de que esto pudiese
ocurrir, creí que dependía de mi delicadeza pre-venir el nacimiento de un amor
que yo no podía corresponder.
2 Charlotte de Corday d’Armont (1768-1793) fue
la joven francesa que apuñaló a Marat en la bañera. Partidaria de la Revolución
Francesa, había visto en él al principal responsable de la eliminación de los
girondinos y de la instauración del Terror. Fue ejecutada en la guillotina. [N.
de la primera Ed.].
159
Flora
Tristán
La
ausencia de M. David y M. Miota me daba un poco más de liber-tad. Los otros
tres pasajeros no comprendían una palabra de francés. Podía hablar con M.
Chabrié sin correr el riesgo de ser escuchada.
Por la
noche subí al puente y después de haberme arreglado un diván sobre una de las
jaulas de gallinas me puse a conversar con M. Chabrié.
—Esta
noche es muy hermosa, le dije. Admire usted la magnifi-cencia de la bóveda
resplandeciente que cubre nuestras cabezas. Ayúdeme a clasificar todas esas
brillantes estrellas que veo por pri-mera vez.
—Mis
conocimientos en astronomía no son tan completos como para que pueda enumerar
las miles de estrellas que brillan en ese hermoso cielo. Quiero con
predilección a esta cruz del sur, formada por esas cuatro estrellas, una de las
cuales es más pequeña.
—¿Y las
dos que veo por ese lado que brillan con vivo fulgor? —Esas son los gemelos.
—En
efecto, se parecen. Y esas innumerables estrellitas que for-man como una nube
fulgente de luz, ¿cómo se llaman?
—¡Qué
feliz es usted, señorita Flora, de conceder interés a todo! ¡Admiro en usted
esa curiosidad de niño! ¡Qué felicidad el tener ilu-siones! ¡La vida es muy
triste cuando ya no se las tiene!
—Mas
espero, señor Chabrié, que usted no ha de hallarse en ese caso.
Con un
alma grande como la suya se es joven por mucho tiempo.
—Señorita,
se es joven cuando se quiere con amor a un ser de quien se es correspondido;
pero el hombre de 20 años que tiene el corazón vacío es un viejo.
—¿Cree
usted que no se puede vivir sin esta condición de amar? —Estoy convencido, a
menos que se llame vivir a comer, beber y
dormir
como lo hacen los animales. Pero presumo, señorita, que us-ted comprende
demasiado bien el amor para dar el nombre de vida a semejante existencia. Sin
embargo, es así como vive la mayoría de los hombres. Pensando en eso, ¿no
siente usted como un sentimiento de vergüenza de pertenecer a la raza humana?
—No. La
raza humana sufre y no es despreciable. La compadezco por la desgracia que se
ha causado ella misma y la amo porque es desgraciada.
160
2. La
Praia
—¿No
siente usted jamás el deseo de vengarse?
—Jamás.
—Pero
quizá usted jamás ha tenido de quién quejarse. No ha en-contrado probablemente
sino gentes que la han querido y usted ig-nora lo horrible, lo desgarrador de
una cobarde perfidia.
—Es
verdad. Pero conozco algo más horrible que la perfidia: es la in-sensibilidad.
Sí. El ser frío, inaccesible al entusiasmo, que responde con su razón a los
sentimientos del corazón y pretende medir los arranques del alma. Sí. El ser
que teme ser amado con exceso y ve sufrir con la más seca indiferencia a
aquella que le ama es peor que el pérfido. Este últi-mo, señor Chabrié, tiene
siempre el amor por móvil; el otro, movido por asqueroso egoísmo, refleja sus
afectos sobre sí mismo.
Al
pronunciar estas palabras, escapadas casi a pesar mío, había olvidado la
reserva que hasta entonces había guardado escrupulosa-mente. Mis facciones y el
acento de mi voz debían expresar un dolor sobrehumano. Y este dolor, cuyo
recuerdo anima mis palabras, ha-bía sido, como el amor que lo había causado, un
sentimiento desco-nocido sobre la tierra. M. Chabrié se admiró de mi expresión
y me dijo mirándome con ansiedad:
—¡Gran
Dios! ¿Habrá amado usted a un hombre de naturaleza tan atroz? ¡Ah, dígame,
dígame si semejante dolor pesa sobre usted!
No podía
hablar. Dije sí con la cabeza. Miré el cielo como para im-plorar su auxilio.
Después, tendiendo la mano a M. Chabrié, no pude sino articular estas palabras:
—¡Cómo
sufro! ¡Ah, cómo sufro!
Después
de este grito de un dolor que todos mis esfuerzos no ha-bían podido todavía
vencer, dejé caer la cabeza sobre mi almohada. Los objetos exteriores me
fatigaban, mis ojos se cerraron y, sumida en una confusión de recuerdos, gusté
un encanto indefinible en el exceso mismo de mi dolor. Permanecí en la misma
actitud varias ho-ras durante las cuales la agitación convulsa de mi cerebro
dominaba las potencias de mi alma.
M.
Chabrié fue a traer mi abrigo, me cubrió con él y defendió mi cabeza de la
humedad de la noche con un pañuelo de seda. Lo sentía
161
Flora
Tristán
a mi
lado. De rato en rato suspiraba como un hombre oprimido por un espasmo. A veces
se levantaba, daba algunas vueltas y regresaba a sentarse.
Cuando
salí de esta especie de marasmo, la luna iluminaba la bahía de la Praia. El
pálido fulgor de sus rayos daba una apariencia melancólica a todos los objetos
que nos rodeaban. Ni el más ligero ruido llegaba de la ciudad. Las altas masas
de rocas, cubiertas por la sombra, recordaban las descripciones que el
paganismo nos ha deja-do de su infierno. El mar estaba tranquilo. Los tres
navíos anclados en la rada no tenían balance alguno perceptible. M. Chabrié,
sentado en el extremo de la jaula sobre la que me hallaba extendida, con la
ca-beza apoyada sobre una de sus manos y en actitud melancólica que armonizaba
con todo aquel conjunto, contemplaba el cielo con una expresión de dolor.
Permanecí
largo tiempo en muda contemplación de esta escena. En esas hermosas noches los
seres de la creación, privados de movi-miento, parecen expresar una felicidad
completa. El acento de dolor no se deja oír y ese silencio es para el corazón
torturado el más per-suasivo de los consuelos. Poco a poco sentí la dulce
influencia que ejerce la luna sobre toda la naturaleza. La calma se hizo en mi
espí-ritu y recuperé mis sentidos para admirar la belleza majestuosa del
firmamento.
No me
atrevía a hablar a M. Chabrié por temor de turbar su ensi-mismamiento. Me moví
suavemente. Se volteó enseguida y al verme con los ojos abiertos se levantó con
precipitación. Después, acercán-dose mucho a mí, me preguntó si deseaba alguna
cosa.
—Deseo
saber, le dije, qué hora es.
—Más de
las doce.
—¡Tan
tarde! ¿Por qué no se ha acostado? Usted proyectaba dor-mir todas las noches
cuando no tuviese que hacer guardia.
—Así como
a usted, señorita Flora, me agrada contemplar las her-mosas noches de los
trópicos. Y además, ahora soy su amigo, su viejo amigo que la quiere demasiado
para dejarla dormir sobre una jaula de gallinas sin velar cerca de usted.
162
2. La
Praia
Tomé una
de sus manos y la apreté con fuerza entre las mías. —Gracias, le dije, ¡oh,
gracias! ¡Cuán agradecida estoy a su buena
amistad!
¡Cuánto bien me ha hecho y cuánto la necesito! Usted tam-bién ha tenido
pesares. Yo le ayudaré a consolarse de la perfidia de que ha sido víctima y sus
dolores le parecerán ligeros comparados con los míos.
—¿Me
acepta entonces como amigo?...
—¡Oh, sí,
lo acepto!...
Y besé su
frente en un movimiento de reconocimiento que hizo correr mis lágrimas.
Eran
cerca de las dos de la madrugada cuando bajé a acostarme. Dormí hasta las diez
de la mañana. Me despertó la voz armoniosa de M. Chabrié que cantaba una vieja
romanza sobre la amistad. Me levanté. Todo el mundo había ya desayunado. El
grumete me sirvió y M. Chabrié, que vino a hacerme compañía, mondó mis naranjas
y mis plátanos mientras conversaba con un abandono y una franque-za que a cada
instante me hacían quererlo más.
Hacia las
tres M. David y M. Miota reaparecieron trayendo consi-go al francés de cuya
casa venían. M. Miota abrumado de cansancio se acostó. En cuanto a M. David no
se quejaba de fatiga, pero estaba muy enfadado porque no se había afeitado
desde hacía tres días y su toilette estaba en desorden.
Fue
necesario cederle la cámara íntegra para que pudiese rehacer por completo su
toilette; lo que no fue por lo demás una privación para ninguno de nosotros,
pues el puente se había convertido en sa-lón muy agradable gracias al toldo que
nos defendía del sol.
Las pocas
palabras que M. David me había dicho sobre el fran-cés, propietario en esta
isla del Cabo Verde, me daban deseos de conversar con él. Era un hombrecillo
rechoncho, con rasgos angu-losos, la tez curtida, los cabellos negros y espesos
que le caían sobre las sienes. Su vestimenta se parecía a la de uno de nuestros
campe-sinos endomingados. Lo abordé con palabras amables, como está uno
inclinado a dirigirse a un compatriota a quien se encuentra lejos de su país.
163
Flora
Tristán
M. Tappe
(era este su nombre) se mostró agradado con estas prue-bas de interés y, aunque
no era de naturaleza muy locuaz, vi que se animaría de buen grado a contarme su
historia.
Hacía
catorce años que M. Tappe se había establecido en las is-las del Cabo Verde. Le
pregunté por qué había escogido una tierra tan árida.
—Señorita,
me respondió, no soy yo quien la ha escogido. Es Dios, en sus incomprensibles
decretos, quien ha querido que permanezca en esta tierra de miseria y de
aridez. Fui educado en el Seminario de Passe, cerca de Bayona. El celo
religioso con que mi alma se sentía abrasada hizo que mis superiores me
distinguieran. Con la caída del usurpador y el restablecimiento de la
monarquía, nuestra santa reli-gión había recuperado todo su poderío y en 1819
se decidió escoger, en todos los seminarios de Francia, a los individuos que
demostra-ran más abnegación para enviarlos como misioneros a propagar la fe en
diferentes puntos del globo y convirtieran a las poblaciones sal-vajes sumidas
en la idolatría. Yo fui uno de los designados y salimos hacia donde nos llamaba
nuestro apostolado. Nuestra embarcación, al igual que la de ustedes, tuvo
necesidad de reparaciones y desem-barcamos en el puerto de la Praia. Mientras
estábamos anclados en la rada bajé a tierra, en donde entré en tratos con un
viejo portugués. Este me puso al corriente de todos los recursos que podía
ofrecer esta tierra. Vi que con muy poco dinero era posible hacer rápidamente
una fortuna. Después de esta conversación tomé el partido de cam-biar mi
destino y decidí quedarme en esta costa. Pero ¡ay!, Dios, cuyos designios yo
respeto, no ha permitido que se realicen mis esperanzas y desde hace catorce
años vegeto de la manera más penosa.
M. Tappe,
al acabar su historia, cruzó las manos sobre el pecho, elevó sus ojillos grises
hacia el cielo y recitó a media voz dos o tres frases en latín, que no cito
porque no comprendo esa lengua.
Tenía
curiosidad por saber qué clase de negocio había determina-do a M. Tappe a
abandonar el apostolado por los azares de la fortuna. Le pregunté entonces cuál
podía ser ese medio que le había seducido para hacer rápidamente fortuna.
164
2. La
Praia
—Dios
mío, señorita, no hay en esta costa sino un solo género de comercio: la trata
de negros. Cuando vine a establecerme a esta isla era entonces el buen tiempo.
Se podía ganar dinero sin darse mucho trabajo. Durante dos años fue un gran
negocio. La prohibición mis-ma de la trata hacía que se vendieran los negros
como uno quería. Pero, desde entonces, esos malditos ingleses han insistido
tanto en la ejecución rigurosa de los tratados que los peligros y los gastos
que ocasiona el transporte de los negros han arruinado por completo el negocio
más lucrativo que ha existido. Además, esta industria la ex-plota ahora todo el
mundo y no se gana en ella más que cuando se vende fardos de lana o de algodón.
M. Tappe
me hablaba de todo lo que acabo de referir sucintamen-te con tal naturalidad
que me dejó admirada. Contemplaba a aquel hombre y trataba de adivinar en su
fisonomía cuál podía ser su pen-samiento. Mas durante todo el tiempo que
conversó conmigo su ros-tro no expresó ninguna emoción. Quedó tranquilo e
impasible.
No hallé
palabra para responder a M. Tappe. Experimenté a su vista una de esas
repugnancias instintivas y, como no podía librar-me de él de otro modo, bajé a
la cámara. Encontré a M. David ves-tido de mañana, sentado a la mesa con su
cónsul, quien decidida-mente no podía abandonarlo. Cuando entré arrojó su
cigarrillo y me dijo:
—Y bien,
señorita, ¿qué dice usted del amable compatriota que le he traído? Espero que
convendrá conmigo en que se encuentran en las islas del Cabo Verde algunos
franceses un tanto pulcros. Ahí tiene usted a un hombre que habla latín mejor
que Cicerón. Ese curioso tipo cita a Horacio, a Juvenal o a Virgilio a
propósito de los limones verdes o de las coles mal venidas, sin contar los
pasajes de las Sagra-das Escrituras. Conoce también el hebreo. Estoy seguro,
señorita, que se siente halagada al ver a nuestra bella Francia tan bien
representa-da en la costa de África.
—Señor
David, encuentro en este momento muy mal dirigidas sus bromas. Debía usted ver
en la expresión de mi rostro que este hombre me inspira la más profunda
repugnancia.
165
Flora
Tristán
—¡Cómo,
señorita! Usted, tan grande admiradora de los france-ses, ¿siente repugnancia
por un apóstol francés, un santo misionero de los altares?
—Acabemos
este capítulo, señor. Este hombre no es francés. Es un antropófago bajo la
forma de un carnero...
—¡Oh!
¡Qué bien! ¡Ah, señorita, esta verdad es encantadora! Es preciso que traduzca
esto al cónsul.
Y, desde
aquel momento, el señor Tappe fue llamado el carnero antropófago.
—En
realidad, dije, no puedo adivinar, señor David, con qué ob-jeto ha traído usted
a bordo a este hombre. En cuanto a mí, daría mucho por no haberlo visto.
—Mire,
señorita, ¡qué ingrata es usted con los amigos sinceros que la quieren bien!
Sin embargo, es para usted, para usted sola que he traído a M. Tappe.
—¿Y por
qué, señor? ¿Qué derecho tiene usted para exponer ante mis ojos a criaturas
inmundas?
—Señorita,
para que adquiera por sí misma la prueba de que en-tre los hombres hay
criaturas inmundas.
—Y,
suponiendo que eso fuese cierto, ¿podría decirme qué gana-ría con saberlo?
—¿Lo que
ganaría usted, señorita? Pues, lo que se gana en cono-cer a los enemigos: usted
aprendería a desconfiar.
—¡Oh, esa
ciencia cuesta demasiado caro! Lo poco que acabo de ver, ha helado toda mi
sangre de horror. ¿Será, pues, verdad que se encuentran en el mundo muchos
hombres de la especie de aquel con quien acabo de hablar?
—Desgraciadamente
sí, señorita. Y puesto que estamos en un mo-mento de franqueza me atreveré aún
a afirmarle que la mayoría de la raza humana es en todo semejante al honorable
M. Tappe.
—Si eso
fuese verdad enseguida me echaría al mar. Pero, feliz-mente leo en los ojos de
M. Chabrié un desmentido formal a lo que su misantropía le hace pronunciar más
que ligeramente.
166
2. La
Praia
—¿Qué le
cuenta todavía ese David, señorita Flora?, dijo M. Cha-brié al entrar. Que los
hombres son malos, apuesto. Esa es su conti-nuo estribillo y de allí no sale.
—Esta vez
hago más que decirlo: lo pruebo. Y es para convencer a nuestra amable pasajera
que he traído de San Martín al muy santo y muy virtuoso M. Tappe quien comerá
con nosotros, si ustedes quie-ren permitirlo.
—En eso,
David, ha hecho una tontería, como en general no deja usted escapar la ocasión
de hacerla. Su M. Tappe me hace el efecto de un voluminoso sapo cuyo veneno
salta sobre quienes se le acercan. ¿Qué necesidad tenía de traer a un jesuita
de esa laya cuando sabe que es una casta por la que siento horror y a la que
más desprecio?
—Mi
querido amigo, no lo he traído para usted. He querido ha-cérselo ver a la
señorita. Me ha parecido una pieza muy curiosa para ser conservada en la
libreta de apuntes de una viajera observadora.
La
conversación comenzaba a tomar un tono agrio. Habría aca-bado como de
costumbre, entre M. David y su amigo, con algunas bromas punzantes, si no nos
hubiese distraído el grumete que vino a anunciarnos la comida.
M. David
se acercó entonces a mí y me dijo: —Ahora, señorita, ya no bromeo. Le aconsejo
estudiar a este hombre. Voy a colocarlo cerca de usted. Domine un poco su
repugnancia. Creo que para un viajero este encuentro es una buena suerte.
Cuando se
sirvió el primer plato, el antiguo seminarista comió y bebió. Su avidez era tal
que no le dejaba tiempo de pronunciar una palabra. Todas las facultades de su
ser estaban absorbidas por su pla-to y su vaso. Yo nunca comía el primer plato,
así es que tuve mucho tiempo para observar a este hombre notable en su género,
como de-cía M. David. Pude conocer en la expresión de sus facciones la pasión
dominante en él: la gula. ¡Cómo brillaban sus ojillos a la vista de la enorme
pierna de carnero y de las otras presas de carne que nos ser-vían! Sus narices
se dilataban. Pasaba la lengua sobre sus labios del-gados y pálidos. El sudor
corría por su frente. Parecía estar en uno de aquellos momentos en los cuales
el gozo que no podemos contener
167
Flora
Tristán
brota por
todos nuestros poros. Este hombre me representaba una bestia feroz. Cuando se
hubo saciado, sus facciones readquirieron poco a poco su expresión ordinaria,
que era la de no tener ninguna, y comenzó a hablarme en el mismo tono de antes
de la comida.
—Su
capitán, señorita, acaba de darnos una comida muy buena. ¡Co-mer! Esa es la
vida. Y yo, en esta isla de miseria, estoy privado de esa vida.
—¿No
tiene usted nada para comer en esta isla?
—No
tenemos sino carneros, aves, legumbres, pescado fresco y fruta. —Pero me parece
que con todas esas cosas se debe tener un menú
muy
conveniente.
—Sí, si
tuviera un cocinero y todo lo que se necesita para prepa-rar los guisos; pero
no hay nada de eso.
—¿Por
qué, pues, no le enseña a cocinar a una de sus negras? —¡Ay, señorita! Se ve
bien que no conoce usted a la raza negra.
Esas
miserables criaturas son tan malas que me es imposible confiar a ninguna de
ellas ese trabajo sin correr el riesgo de ser envenenado.
—Entonces
las trata usted muy duramente para que sientan tan-to odio y alimenten tanta
animosidad contra su amo.
—Las
trato como es preciso tratar a los negros, si se quiere ser obedecido: a
latigazos. Le aseguro, señorita, que para manejar a esos bribones se tiene más
trabajo que con los animales.
—¿Cuántos
tiene usted actualmente?
—Tengo
dieciocho negros, veintiocho negras y treinta y siete ne-gritos. Desde hace dos
años los negritos se venden muy bien, pero cuesta mucho trabajo deshacerse de
los negros.
—¿En qué
ocupa usted a esa gente?
—En
cultivar mi chacra, en cuidar mi casa. Todo está muy bien cuidado, pregunte a
esos señores.
—M. David
me ha dicho que es usted casado, ¿es feliz en su matrimonio?
—Me vi
obligado a casarme con una de esas negras para asegurar mi vida. Ya habían
tratado de envenenarme tres veces. Temía morir y pensé que casándome con una de
aquellas mujeres ella tomaría in-terés por mí, sobre todo si le hacía creer que
todo lo mío le pertenecía
168
2. La
Praia
también a
ella. La hago cocinar y la obligo a probar delante mío lo que me sirve de
comer. Encuentro en esta precaución una gran segu-ridad. Con esta mujer tengo
tres hijos, a quienes ella quiere mucho.
—Entonces
ya no puede pensar en regresar alguna vez a Francia, pues ya está usted
vinculado a este país.
—¿Por
qué? ¿Acaso por esa mujer? ¡Oh! Eso no me inquieta. Cuan-do haya realizado mi
pequeña fortuna traeré aquí a esa negra, un día en que el mar esté muy agitado
y le diré: Yo regreso a mi país, ¿quie-res seguirme?... Como todas estas
mujeres tienen gran miedo al mar, estoy seguro de que se negará a ello.
Entonces le diré: mi querida ami-ga, ves que cumplo con mi deber. Te propongo
llevarte conmigo. Te niegas a obedecer a tu marido, soy demasiado bueno para
obligarte por la fuerza, te deseo toda clase de felicidades... y me voy.
—¿Y qué
será de esa pobre mujer?
—¡Oh! No
tema usted nada. No ha de compadecerla. Venderá a sus hijos, de los que sacará
un buen precio, y después podrá encon-trar otro marido a quien servirá para
tener alimentos. Es una moza soberbia que solo tiene 26 años.
—Pero
señor Tappe, esa mujer es su esposa delante de Dios, es la madre de sus hijos,
¿dejará a todos esos seres a merced de quien quie-ra comprarlos en la plaza
pública?... Esa es una acción atroz...
—Señorita,
es una acción semejante a las que se cometen cada día en nuestra sociedad.
Yo estaba
de color púrpura, tal era la indignación que me sofo-caba. M. Tappe lo notó, me
miró con asombro, refunfuñó de nuevo algunas frases en latín y me dijo con una
sonrisa malvada:
—Señorita,
es usted todavía muy joven. Creo notar que ha visto poco el mundo. Le aconsejo
conocerlo más, pues es bueno saber con qué gentes se vive, sin lo cual todos
nos engañan.
Después
de la comida, M. Tappe regresó a la ciudad. Cuando estu-ve a solas con M. David
me dijo:
—Pues
bien, ¿qué piensa usted del alumno de aquellos señores del célebre seminario de
la Passe?
—M.
David, le repito, habría preferido no ver a aquel hombre.
169
Flora
Tristán
—Señorita,
le ruego excusarme si con el deseo de servirla le he ocasionado algunos
momentos desagradables. Pero es usted dema-siado racional para no sentir que
tarde o temprano será preciso re-solverse a conocer el mundo en medio del cual
está uno obligado a vivir. La sociedad, convengo en ello, no es muy hermosa
cuando se la ve de cerca, pero es importante conocerla tal cual es.
Transcurrió
una semana sin que regresara a la ciudad. Me lo im-pedía mi aversión por el
olor de los negros. Sin embargo, la cortesía me hizo dominar mi repugnancia y
resolví hacer las visitas de despe-dida a la señora Watrin y al cónsul.
En casa
del cónsul me esperaba el espectáculo de una de aquellas es-cenas bochornosas
de atrocidad, tan frecuentes en los países donde toda-vía subsiste ese
monstruoso ultraje a la humanidad que es la esclavitud.
Ese joven
cónsul, representante de una república, ese elegante americano tan gracioso
conmigo, tan amable con M. David, no era sino un amo bárbaro. Lo encontramos en
la sala baja golpeando con un garrote a un negro extendido a sus pies, cuyo
rostro estaba cu-bierto de sangre. Hice un movimiento para ir a defender de su
opre-sor a ese negro a quien la esclavitud paralizaba las fuerzas.
El cónsul
encargó a M. David que nos explicara por qué golpea-ba a su esclavo. El negro
era ladrón, embustero, etc. ¡Como si el más enorme de los robos no fuese aquel
de que es víctima el esclavo! ¡Como si pudiese existir una virtud para aquel
que no puede tener una voluntad! ¡Como si el esclavo debiese algo a su amo y no
estuvie-se, por el contrario, con derecho de intentar todo contra él!
No. No
podría describir la dolorosa impresión que me produjo este horroroso
espectáculo. Me imaginaba ver a ese miserable de M. Tappe en medio de sus
negros. ¡Dios mío!, pensaba ¿Tendrá razón M. David? ¿Todos los hombres serán
malvados? Esas reflexiones trastornaban mis ideas morales y me sumían en una
negra melancolía. La desconfianza, esa reacción contra los males que hemos
sufrido o de los que hemos sido testigos, ese fruto acre de la vida, nacía en
mí, y comenzaba a temer que la bondad no fuese tan general como había pensado
hasta entonces. En camino hacia la casa de Mme. Watrin, examinaba con mucha
atención
170
2. La
Praia
todas las
caras negras y curtidas que se presentaban ante mí. Todos aque-llos seres, con
escasos vestidos, ofrecían un aspecto repugnante: los hom-bres tenían una
expresión de dureza, a veces hasta de ferocidad, y las mujeres, de necedad y de
descaro. En cuanto a los niños, eran horribles de fealdad, completamente
desnudos, flacos, enclenques. Se les habría tomado por monos pequeños. Al pasar
delante del municipio vimos a algunos soldados ocupados en golpear a unos
negros por orden de los dueños a quienes pertenecían. Esta crueldad, que estaba
dentro de las costumbres de la población, redobló el humor sombrío que la
escena del consulado me había causado. En casa de Mme. Watrin me quejé a esta
señora, que parecía tan buena, de todos los actos de barbarie que había visto
cometer en la ciudad. Sonrió y me respondió con su dulce voz.
—Concibo
que para usted, crecida con otras costumbres, estos hábitos le parezcan
extraordinarios. Pero si estuviese aquí ocho días no pensaría más en ello.
Esa
sequedad, esa dureza, me sublevaron. Estaba impaciente por hallarme lejos de
toda aquella gente.
La
víspera de nuestra partida cedí a las importunidades del ca-pitán Brandisco y
fui a hacerle una visita a bordo de su goleta. Me acompañaron M. David y Briet,
pues M. Chabrié no sentía ninguna simpatía por el pobre capitán veneciano.
Ese
Brandisco era también un original en su especie. Trataba de ha-cerse el
interesante delante mío y no creo conveniente desdeñar su des-cripción. Era un
hombre de 50 años, flaco y endeble, nacido en Venecia. Desde la edad de 6 años
recorría todos los mares. Había sido grumete, marinero, capitán y propietario
de navío. Por largo tiempo fue servidor de la esposa del Dux; posteriormente se
había lanzado al gran océano su-friendo diversas alternativas de fortuna.
Hablaba todas las lenguas, pero todas tan mal que apenas se le podía comprender
y, a pesar de todo, era un hablador inagotable. Nos tomó gran simpatía, sobre
todo a mí porque decía que yo era la compatriota de su mujercita; era así como
llamaba a su esposa. El capitán Brandisco nos contó su historia: de simple
gondole-ro había logrado adquirir una fortuna y una vez rico quiso serlo aún
más y se había arruinado.
171
Flora
Tristán
—Sí, nos
dijo un día, he tenido un hermoso barco de tres más-tiles y de 800 toneladas,
cargado de tal manera que las cadenas de los obenques tocaban el agua. Pero fui
robado por esos perros de los ingleses. Esos piratas me desvalijaron.
—¿En qué
paraje?, preguntó M. Chabrié ¿Y cuál era su carga? —Tenía a bordo toda mi
fortuna, respondió evitando contestar la
pregunta.
Era mi último viaje. ¡Ah! ¡Los tunos de los ingleses! Los veo todavía con sus
uniformes rojos. Esos bribones son los bellacos más desvergonzados que Satanás
ha puesto en el mundo. No contentos con robarme, los malvados me amarraron y me
llevaron a Inglaterra.
—Que el
diablo me lleve si le comprendo a usted, con su hablar ex-travagante, replicó
Chabrié. Lo que creo adivinar, capitán Brandisco, es que su hermoso barco de
tres mástiles era sencillamente un negrero, y el pirata que le robó, una
fragata inglesa que lo apresó ¿no es eso?
—Tal como
usted lo dice, capitán. Ese infernal gobierno inglés me tuvo en prisión durante
dos años. Me soltaron al fin, pero los muy ladro - nes se quedaron con mi barco
y con todos mis negros. ¡Es una infamia!
Y
Brandisco se puso a llorar.
—Después
de haber salido de las prisiones de Inglaterra recibí una pequeña herencia. Fui
a París donde conocí a mi linda mujercita de la calle de Saint-Denis. Me casé y
ella me aconsejó que viniera a comerciar en Sierra Leona. Desde que estoy en
este país he tenido también muchas desgracias y he abandonado casi por completo
la trata. Dios no quiere que tenga éxito en vender esos perros de ne-gros.
Ahora hago mi pequeño negocio, un poco de contrabando. Mi mujercita tiene una
tienda bien puesta y es muy ordenada, así es que podré, dentro de cuatro o
cinco años, regresar a mi hermosa Venecia.
La goleta
de Brandisco era de 30 a 40 toneladas. Me costó mucho tra-bajo subir a ella. El
negrazo que me recibió era espantoso por sus propor-ciones hercúleas unidas a
un aire de ferocidad. Tuve también mucha di-ficultad para bajar a la cámara. La
entrada a esta era un hueco cuadrado al que se arrimaba una escalera pequeña
colocada perpendicularmente. M. Briet bajó primero y facilitó mi introducción
en aquella jaula. Solo podían caber tres personas y M. Briet no podía
permanecer en pie.
172
2. La
Praia
El
capitán Brandisco estaba en el colmo de la dicha. Nos recibió lo mejor que
pudo, nos ofreció muy buen ron, excelente café y galletas. Tenía de todo en
abundancia. Quería absolutamente que yo aceptase unos collarcitos de vidrio que
los negreros tienen siempre en canti-dad a bordo, pues África acepta adornos de
esta calidad a cambio de sus hijos. Me contenté con tomar un vaso de Bohemia
para no des-contentarlo. Después de habernos hablado de su mujercita y de su
antigua riqueza, vino a su negocio.
—Ahí
tengo, nos dijo, dos lindos negritos que serían muy con-venientes para ustedes.
Son buenos, honrados, bien educados, fuertes y sanos. ¡Cok!, gritó. Enseguida
un negro joven, como de 15 o 16 años, saltó a la cámara y quedó inmóvil delante
de nosotros. El miserable Brandisco se puso a elogiar su mercadería
mostrán-donos por todos lados a ese ser humano, como hubiese podido hacerlo un
chalán con un potro joven. Este acto de barbarie tra-jo presentes a mi espíritu
todos los males de la esclavitud, odio-so cuadro que ya me había ofrecido la
Praia. Rogué a M. David que regresáramos.
Antes de
dejar su barco, M. Briet pidió al capitán Brandisco que hi-ciese subir toda su
gente al puente para que yo viese de qué clase de hombres se componía su
tripulación. Había ocho negros, todos altos y fuertes, quienes de un solo
puñetazo hubiesen podido aplastar a su amo. Cuando nos alejamos de esta débil
embarcación, dije a M. David:
—Lo que
no puedo explicarme en este hombre es esa mezcla de atrevimiento y bajeza.
¿Sabe usted que se necesita valor para vivir a bordo con ocho negros a quienes
maltrata y que podrían muy bien, si la venganza los empujara, torcerle el
cuello y arrojarlo al mar?
—Sí. Sin
duda se necesita cierto valor. Convengo en que en su lu-gar no dormiría
tranquilo, pero la avaricia es un motor tan poderoso que los hombres exponen
diariamente su vida con la esperanza de adquirir oro.
La Praia
tiene cerca de 4 mil habitantes durante la estación de las lluvias. En los
meses de junio, julio y agosto esta población disminu-ye a causa de la
insalubridad del clima.
173
Flora
Tristán
El único
comercio que se hace es la trata. No existe ningún pro-ducto para la
exportación. Los habitantes de la Praia cambian negros por harina, vino,
aceite, arroz, azúcar, otros comestibles y objetos manufacturados que
necesitan. Esta población es pobre, se alimenta muy mal y la mortalidad es
considerable a causa de las numerosas enfermedades a las que están expuestos
sus habitantes.
Por fin,
después de haber permanecido diez días en la Praia para reparar nuestro barco
volvimos a navegar.
174
3. La
vida a bordo
En los
ocho primeros días estuve tan enferma como al salir de Bur-deos. Mi enfermedad
tomó después un curso regular. Sentía náuseas todas las mañanas y me encontraba
mejor al mediodía. Desde las dos hasta las cuatro tenía un fuerte malestar y
desde las cuatro de la tarde hasta la mañana siguiente me sentía completamente
bien. Este estado continuó diariamente hasta nuestra llegada a Valparaí-so.
Pero cuando el mar se encrespaba estaba enferma día y noche sin interrupción.
Catorce
días después de nuestra salida de la Praia llegamos a las regiones de la línea
equinoccial, allí comenzaron nuestras grandes miserias.
Nuestro
barco, que se reparó con cuidado, ya no hacía agua. Pero resultó de esto un
grave inconveniente. Nos venía de la cala un fuer-te olor ocasionado, según
pensábamos, por la putrefacción del agua que había quedado y que el mar no
renovaba. Fue preciso abandonar nuestros camarotes, pues no podíamos permanecer
en ellos sin co-rrer el riesgo de asfixiarnos.
Experimentamos
durante doce días los sufrimientos más terri-bles. Como no podíamos bajar a la
cámara fue necesario resolvernos a permanecer día y noche en el puente.
Teníamos de continuo tor-menta y lluvia con cuartos de hora de intervalo y,
además de esto, el sol ecuatorial lanzaba verticalmente sus rayos sobre
nuestras
175
Flora
Tristán
cabezas.
El calor era intolerable y no podíamos poner el toldo para preservarnos a causa
de la frecuencia de los cambios del viento. Cada uno de nosotros trataba de
acurrucarse en un rincón del puen-te lo mejor que podía para tener un poco de
sombra. Mas nuestros es-fuerzos eran vanos y no podíamos lograr ponernos al
abrigo del sol o de la lluvia. Daba compasión vernos tan mojados, como si el
mar nos hubiese cubierto con sus olas, abatidos por el calor, la fatiga y el
sue-ño. La provisión de agua estaba contenida en barriles que, colocados sobre
el puente, se calentaban a tal punto con el ardor del sol, que el agua era más
que tibia. Teníamos la boca seca, ardiente. Sentíamos como una especie de
rabia.
A pesar
de los cuidados y las amabilidades que esos señores del “Mexicano” tuvieron
para conmigo en esta ocasión, así como duran-te todo el viaje, creí que
sucumbiría al cansancio, que me abrumó al pasar la línea. M. Chabrié había
hecho desfondar un tonel vacío y este me servía de defensa. Por medio de esta
casa movediza me hallé, por excepción, garantizada a la vez del sol y de la
lluvia. M. David me había prestado sus botas. M. Briet se había privado de su
gran capote de piel de pescado para prestármelo. Este capote, hecho en la
China, era un trabajo soberbio, impermeable y excesivamente livia-no. M.
Chabrié me había dado un gran sombrero de hule igualmente impermeable. Así
disfrazada estaba cual nuevo Diógenes, instalada en mi tonel, haciendo tristes
reflexiones sobre la condición humana. M. David, que tiene un secreto suyo para
soportar el calor y el frío con la misma serenidad, estaba siempre ágil, alegre
y bien puesto. Estos señores no usaban sino camisa y pantalón. Solo M. David
tenía corbata, medias y una casaca de tela blanca. Él y nuestro cocinero1 eran,
cada cual en su esfera, el alma del navío. Nada podía abatirlos. M. David tenía
mil atenciones para con nosotros. Nos hacía refrescar el agua en botellas que
sumergía en el mar, nos preparaba limonada
1 Cuando se presentó para servir durante el
viaje, M. Chabrié le observó que el oficio de cocinero abordo era muy penoso,
mas él respondió: “¡Capitán!, esté usted tranquilo, conozco mi oficio y,
además, para mí el mar es mi elemento”. [N. de la A.].
176
3. La
vida a bordo
con los
limones agrios que el piadoso Tappe nos había vendido como de buena calidad y
hacía dar a uno sopa, a otro plátanos, a este té, a aquel otro un ponche. En
fin, era el enfermero de todos.
Permanecimos
más o menos diecisiete días en los parajes del Ecuador. Poco a poco la
infección desapareció. Se limpió perfecta-mente la cámara y se quemó
espicanardo y vainilla. Cada uno daba todo lo que tenía en materia de perfumes
a fin de aromatizar esta cámara que era como la capital de nuestro imperio.
Como la
tripulación del “Mexicano” se componía de hombres civilizados no hubo bautismo
al pasar la línea. El navío, que hacía su primer viaje, fue lanzado del
astillero sin bautizarlo y por consi-guiente no había tenido padrino ni
madrina. Habíamos zarpado un viernes y el capitán no quería celebrar el
bautizo: tres acontecimien-tos importantes que hacían decir a Leborgne, el
verdadero marinero, que sus hermanas podrían ver florecer los cerezos dos
estaciones se-guidas antes de que viésemos tierra. Nadie se atrevió a
contradecir la orden del capitán, pero se tramó una conspiración en el castillo
de proa, encabezada por el cocinero. Este, a nombre de Neptuno, de quien se
titulaba secretario, escribió una carta al capitán. Leborgne se encargó de
entregarla. Revestido de una lona empapada de agua, tenía cierta apariencia de
mensajero del dios de las olas.
Lamento
no haber conservado esta carta. El estilo, la ortografía y el pensamiento eran
característicos.
El astuto
cocinero expresaba la ira que el dios sentía al ver su imperio atravesado por
ciertos capitanes filósofos. Amenazaba con tragarlos a menos que quisiesen
prestarse de buena gracia a pagar el tributo que le debían. Nuestro capitán
comprendió muy bien el inge-nioso apólogo y, con el fin de apaciguar el enojo
de Neptuno, envió a sus dignos representantes vino, aguardiente, pan blanco, un
jamón y una bolsa en la que cada uno de los que pasaban la línea por primera
vez depositaron una moneda. Nos pareció que el dios se había mos-trado muy
sensible a todos estos dones, pues escuchamos en medio de los cantos de sus
servidores las voces chillonas del cocinero y de Leborgne que sobresalían de la
manera más discordante.
177
Flora
Tristán
Entre la
línea y el cabo de Hornos tuvimos días más o menos buenos. Entonces fue cuando
admiré con entusiasmo la salida del sol con toda su magnificencia. ¡Qué
espectáculo en esta zona! Y con todo, la puesta del sol me parecía aún más
grandiosa. ¡El ojo humano no puede ver nada más sublime, grandiosidad más
divina, belleza más deslumbradora que la puesta del sol en los trópicos! No
trataré de describir los efectos mágicos de luz que producen sus rayos sobre
las nubes y sobre las olas. La palabra carece de color para pintarlo. El pincel
da vida para animar la pintura. Esos espectáculos encantan y elevan el alma
hacia el Creador, pero no está dado al hombre repro-ducir las emociones que
producen.
Después
de una hermosa puesta de sol me gustaba quedarme en el puente una parte de la
noche. Me sentaba en un extremo del na-vío y allí, conversando con M. Chabrié,
contemplaba con vivo placer los dibujos de la luz fosforescente que brotaba del
movimiento de las olas. ¡Qué brillante cometa arrastraba nuestro barco en pos
de sí! ¡Qué riqueza de diamantes levantaban esas locas ondas en sus jue-gos! Me
gustaba también ver las bandas de marsopas que venían a lo largo de la
embarcación y dejaban tras sí las huellas de su carrera, en largos espirales
luminosos que iluminaban vastos trechos de mar. Después llegaba la hora de la
salida de la luna. Su claridad invadía poco a poco el imperio de la noche. Los
resplandecientes diamantes se iban al fondo del abismo y, atravesadas por los
rayos del astro, las olas, deslumbradoras de reflejos, centelleaban como las
estrellas en el firmamento.
¡Cuántas
tardes deliciosas he pasado así, sumida en la más dul-ce contemplación! M.
Chabrié me hablaba de las penas que habían atormentado su vida, pero sobre todo
de la última decepción que le había destrozado el corazón tan cruelmente.
Sufría y la semejanza de sufrimientos establecía, aún a pesar nuestro, un lazo
de simpatía de los más íntimos. Cada día M. Chabrié me quería más y cada día yo
sentía también un bienestar indecible en sentirme amada por él.
Llegó el
cabo de Hornos con todos sus horrores. Ha sido ya obje-to de muchas
descripciones y me creo dispensada de hablar de él a
178
3. La
vida a bordo
mis
lectores. Que les baste saber que la temperatura varía de 7 a 20 grados, según
la estación y la latitud por la que se dobla el cabo. No-sotros lo pasamos por
los 58 grados de latitud y en los meses de julio y agosto, lo que nos dio de 8
a 12 grados de temperatura. Tuvimos un poco de nieve, granizo y hielo.
Fue allí
donde sufrimos una segunda serie de miserias. El mar en los parajes del cabo de
Hornos es constantemente espantoso. En-contramos casi en todas partes vientos
contrarios. El frío paralizaba las fuerzas de nuestros tripulantes, aun de los
más fuertes. Nuestros marineros eran todos jóvenes y vigorosos y, sin embargo,
a muchos de ellos les salieron forúnculos; otros se hicieron mucho daño al
res-balar sobre el puente. Hubo uno que se dejó caer sobre el cabrestante desde
el mástil de la cofa y se dislocó el hombro. Aquellos que tenían salud
resistente estaban abrumados de fatiga por la necesidad de ha-cer la tarea de
los que se encontraban fuera de servicio. Para colmo de males, esos
desgraciados no usaban la cuarta parte de las ropas necesarias. La indiferencia
que da a los marineros la vida aventurera hace que cuando emprenden un largo
viaje no piensen en proveerse de los vestidos indispensables para defenderse
del calor y del frío. Sucede a veces que en el Ecuador les hacen falta vestidos
ligeros y en el cabo de Hornos solo tienen dos camisas de lana por todo
repuesto, y lo demás de la indumentaria en la misma proporción. ¡Ah! Es allí
donde he visto en lo que tienen de más horrible los males que pueden azotar al
hombre. He visto a marineros cuya camisa de lana y cuyo pantalón se helaron
sobre ellos y no podían hacer un movimiento sin magullar su cuerpo por el
frotamiento del hielo sobre sus miem-bros ateridos de frío. Las cabinas donde
estos desgraciados tenían sus lechos estaban llenas de agua (como sucede de
ordinario durante el mal tiempo en el castillo de proa de los barcos pequeños)
y no te-nían otro sitio para descansar. ¡Oh! ¡Qué doloroso espectáculo ver a
los hombres reducidos a tal estado de sufrimiento!
El
ministro de marina podría prevenir las desgracias que resultan de la miseria
del marinero obligando a los comisarios de marina, de los puertos por donde se
pasa, a que juntamente con los capitanes
179
Flora
Tristán
revisen
las ropas antes del embarque. Los reglamentos serán siempre impotentes mientras
no se provean los medios de asegurar su rigurosa ejecución. A bordo de las
naves del Estado, el vestuario del marinero es objeto de frecuentes
inspecciones. Se le proporciona los vestidos que el reglamento exige usar, sin
que pueda oponerse a esto porque se re-tiene el precio de ellos sobre su
sueldo. ¿Por qué no ejercer la misma vigilancia a bordo de las embarcaciones de
la marina mercante?
La
imprevisión del marinero o su indiferencia, aun hacia los ma-les contra los que
debe luchar, le asimila a la infancia. Es preciso prever por él. Nuestro
interés, tanto como la humanidad, nos obli-ga a hacerlo. El sufrimiento físico
llevado al extremo desmoraliza al hombre a tal punto que no se puede obtener de
él ningún servicio. Los señores del “Mexicano” me han referido diversos
ejemplos. En el cabo de Hornos ha sucedido a varios capitanes que se han visto
forzados a dar órdenes con una pistola cargada en cada mano para hacerse
obedecer, pues los marineros se negaban a subir a las cofas. El frío excesivo
hace caer al marinero en una desmoralización que lo vuelve absolutamente
inerte. Resiste las súplicas, soporta los golpes sin que nada pueda hacerle mover.
Algunas veces se les hielan los dedos a esos desgraciados y si entonces se
encuentran en las cofas se dejan caer con riesgo de matarse, tan adoloridas o
entumecidas sienten las manos. Si esos hombres estuviesen bien abrigados, si
tu-viesen un capote impermeable para preservar de toda humedad su ropa de lana
podrían, con una alimentación conveniente, soportar cualquier grado de frío. Lo
que ocurrió en nuestra embarcación me dio la prueba de lo que afirmo. Cinco de
nuestros hombres estaban bien equipados y cuatro en la mayor desnudez. Los
cinco que tenían abrigo suficiente toleraron el frío sin enfermarse, mientras
que los otros cuatro quedaron fuera de servicio por los males que cogieron.
Tenían fiebre continua, sus cuerpos se cubrieron de abscesos. No po-dían comer
y se encontraron reducidos a tal estado de debilidad que temimos por sus vidas.
Fue
nuevamente durante esta terrible crisis de dolor y de fati-ga cuando se mostró
en toda su extensión la indomable energía de
180
3. La
vida a bordo
nuestro
valiente capitán. Siempre sobre el puente, animaba a sus hombres con el ejemplo
y sus dulces exhortaciones. Daba uno de sus capotes y sus guantes al hombre que
estaba en el timón; un sombre-ro a este, un pantalón a otro, botas, medias,
camisas, en fin, todo lo que podía dar. Enseguida iba a visitar a los enfermos
en el castillo de proa, los curaba, los consolaba y los reanimaba.
—¡Bueno,
muchachos!, les decía al entrar ¿Cómo estamos hoy? ¿Desa-parecieron ya esos
abscesos canallas?... De ti, Leborgne, se dice que bebes el mar con todos sus
peces, ¡quizá te has acalorado, muchacho!
—¡Acalorado,
capitán!, si es todo lo contrario: tirito.
—Pero,
animal, tiritas porque tienes fiebre.
—¡Oh!
¡Sí, y bien alta! Pero, capitán, siempre había oído decir que se tenía calor
con la fiebre y yo estoy helado.
—¿Cómo no
vas a estar helado con tu camisa rosada, imbécil? Pero ¿estabas loco cuando te
embarcaste para pasar el cabo de Hor-nos con esta sola camisa de algodón y un
mal pantalón?
—¡Qué
quiere, capitán! Detesto los equipajes. Encuentro que todo eso molesta a bordo;
y luego, el verdadero marinero debe ser como el caracol que lleva todo consigo.
—¡Desgraciado!
Es por semejantes ideas que has llegado a los 38 años sin tener por todo bien
más que una camisa rosada y un pantalón de tela.
—¡Capitán!
Eso basta al verdadero marinero, que hace su servicio por gusto y que solo vive
para conocer nuevos países, ¡y vaya que he conocido países!
—¡Y eso
te ha hecho más rico!
—Capitán,
¿acaso el verdadero marinero piensa en ser rico? —Vamos, muchachos, ahora que
están curados y algo limpios, les
voy a
mandar la sopa y un guiso de la mesa. Aquí tienen chocolate y tabaco para
mascar que la señorita Flora me ha dado para ustedes. Ella les recomienda tener
paciencia con sus males y pedirle lo que pueda gustarles, con el fin de
enviárselo.
—¡Gracias,
capitán, gracias! Diga usted a esa buena señorita que le es-tamos muy
reconocidos por su tabaco. El tabaco es el alma del marinero. Capitán, esté
tranquilo, antes de ocho días estaremos en el puente.
181
Flora
Tristán
Cada vez
que M. Chabrié regresaba de ver a sus enfermos me refe-ría las conversaciones
que había tenido con esos hombres de natura-leza tan especial. Hay que haber
vivido entre los marineros y haberse tomado el trabajo de estudiarlos para
poder imaginar el orden extra-ño de ideas que tienen en la cabeza.
El
verdadero marinero, como decía Leborgne, no tiene patria ni familia. Su
lenguaje no pertenece, en sentido propio, a ninguna na-ción. Es una amalgama de
palabras que ha tomado de todas las len-guas, de la de los negros y de la de
los salvajes de América, así como de la de Cervantes y la de Shakespeare. No
tiene más vestidos que los que lleva puestos, vive al azar sin inquietarse por
el porvenir. Recorre la vasta extensión de los mares; vaga en el seno de las
selvas por las poblaciones salvajes o gasta en pocos días, en algún puerto y
con mu-jeres públicas, el dinero que ha ganado penosamente durante una larga
travesía. El verdadero marinero deserta cada vez que puede y pasa sucesivamente
a bordo de las naves de todas las naciones, visita todos los países, satisfecho
de ver y sin tratar de comprender nada de lo que ve. Es un pájaro viajero que
descansa algunos instantes en los árboles que encuentra en su camino pero que
no se fija en ningún bosquecillo. El verdadero marinero no se apega a nada, no
tiene nin-gún afecto, no quiere a nadie, ni siquiera a sí mismo. Es un ser
pasivo que sirve a la navegación, pero tan indiferente como el ancla en
rela-ción con la playa en donde fondea la embarcación. Al llegar al puerto
abandona su nave y el salario que se le debe, va a tierra y vende hasta su pipa
para ir a comer con alguna mujer, y a la mañana siguiente se enrola de nuevo en
el primer navío inglés, sueco o americano que ne-cesite sus servicios. Si en su
peligrosa carrera le preserva el mar, si su salud resiste los excesos y
fatigas, si sobrevive a todos los males que lo asaltan y llega a ese estado de
vejez que no le deja ya fuerzas para largar una escota, se resigna a quedar en
tierra. Mendiga su pan en el puerto en donde le dejó su último viaje. Come ese
pan en la playa, al sol, y contempla el mar con amor: es el compañero de su
juventud. Le trae a la memoria numerosos recuerdos. Gime ante su impotencia y
va a morir a un hospital.
182
3. La
vida a bordo
Esa es la
vida del verdadero marinero. Leborgne me ha servido de modelo, pero como todo
degenera en nuestra sociedad, ese tipo se pierde más cada día. Ahora los
marineros se casan, llevan consigo una maleta bien provista, desertan menos,
porque no quieren perder sus efectos ni el dinero que se les adeuda, ponen su
amor propio en ser en-tendidos en su profesión, tienen ambición por hacer
fortuna y cuando sus esfuerzos para alcanzar este objeto no tienen éxito,
acaban su vida laboriosa en las embarcaciones o lanchones de los puertos de
mar.
El frío
del cabo de Hornos, además de sus funestos efectos sobre la salud del marinero,
ejerce una influencia fatal sobre la moral, aun de aquellos que adoptan las
mayores precauciones para preservarse de sus ataques. Los oficiales, que tienen
sus camarotes bien secos y están provistos de todo cuanto la industria humana
ha podido in-ventar para precaverse del frío y de la humedad, no sufren como el
marinero hasta el punto de enfermar, mas la aspereza de la tempe-ratura los
torna morosos. La extrema dificultad que sienten en ver ejecutadas las órdenes,
la vista de los sufrimientos de sus hombres, la energía que exige el
cumplimiento de sus deberes, las fatigas ex-tremas que resultan de ello, todas
esas causas reunidas los irritan. Su humor se hace desagradable y los
caracteres más dulces, al cabo de un mes de permanencia en aquellos parajes se
vuelven insopor-tables. M. Briet, que desde hacía diez años no había abandonado
las costas del Perú y de California, donde el cielo es siempre puro y la
temperatura tibia, no podía acostumbrarse a las nieves y hielos del cabo. M.
Miota, muy friolento, habituado a todas las dulzuras de la vida de París y cuya
salud era muy delicada, sufría horriblemente. Cesáreo y Fernando echaban de
menos el hermoso cielo de Andalu-cía. Solo don José soportaba el frío sin decir
palabra. En cuanto a M. David, tenía su punto de honor en parecer insensible,
pero la inso-ciabilidad de su humor probaba demasiado a las claras que sufría
tanto como nosotros. M. Chabrié estaba más brusco y desigual que de ordinario,
y yo estaba tan caprichosa e irritable que la menor con-trariedad provocaba mis
lágrimas o mi cólera. El único individuo que se mostró siempre igual fue el
cocinero. No varió un solo día y
183
Flora
Tristán
fue
admirable por su alegría y su valor. Encontraba medio de cocinar a pesar del
tiempo espantoso que volcaba sus hornillos. Cuidaba a los marineros, ayudaba al
grumete en el servicio de la cámara, daba una mano a la maniobra cuando se
necesitaba y a veces hasta hacía guardia por la noche. Durante toda la travesía
no tuvo un minuto de malestar, aunque al verlo pequeño, flaco y pálido se le
hubiese to-mado por un hombre débil. Era de Burdeos, pero como había hecho en
París su aprendizaje de cocinero había adquirido los modales del parisién. Era
un gran hablador y lector de novelas; había servido de cocinero a bordo de una
fragata del Estado y atravesado el cabo de Buena Esperanza.
Como
navegábamos en julio y agosto, en la extremidad meridio-nal de América, no
teníamos sino cuatro horas de luz y cuando no brillaba la luna estábamos
durante veinte horas sumidos en una pro-funda oscuridad. Esas largas noches
aumentan las dificultades y los peligros de la navegación y son causa de
numerosas averías. Los mo-vimientos violentos del navío y el silbido horroroso
de las olas qui-tan toda facultad para ocuparse de cualquiera otra cosa. No se
podía leer, ni pasear, ni siquiera dormir. ¿Qué hubiera sido de mí durante las
seis semanas de crueles sufrimientos que tuvimos que soportar en aquellos
sitios, si abandonada a mis propias fuerzas mi alma no hubiese estado
confortada por el suave y puro afecto de M. Chabrié?
Antes de
subir al puente a hacer su guardia, M. Chabrié se acerca-ba a mi lecho y me
preguntaba con su voz a veces tan dulce:
—Señorita
Flora, dígame, le suplico, algunas palabras de buena amis-tad, para que pueda
yo soportar cuatro horas de frío, de nieve y de hielo.
—Mi pobre
amigo, ¿seré tan feliz como para que mi amistad pue-da aligerar sus males? ¡Ah!
Entonces es toda suya. Pero ¿sabe usted que es volverme Dios decir que yo puedo
disminuir sus sufrimientos?
—Y bien,
señorita Flora, usted es Dios, al menos para mí. Tal es el poder que usted
ejerce sobre todo mi ser, que basta una palabra suya, una de sus miradas, una
de sus sonrisas, para aumentar mi fuerza y sostener mi valor. Subo allá arriba
y durante cuatro horas pienso en usted y no siento frío.
184
3. La
vida a bordo
—¡Cuántas
mujeres en mi lugar estarían halagadas al oír estas palabras! Llenan mi corazón
de alegría. Se las agradezco, Chabrié; conservaré el recuerdo de ellas toda mi
vida. Suba, querido amigo, y, puesto que pensar en mí le hace feliz, persuádase
bien de que la amistad que siento por usted aventaja mucho, aunque sea
diferente en naturaleza, al amor con que otras mujeres lo han amado.
Diciendo
estas palabras le apretaba la mano y le ponía los guan-tes. A veces también lo
besaba en la frente al arreglarle la corbata para precaverle del frío. Me
gustaba rodearle de estos cuidados y ca-ricias, como si hubiese sido mi hermano
o mi hijo.
Siento
aquí la dificultad de la tarea que me he impuesto, no por-que algo de lo que
digo sea para mí causa de arrepentimiento, sino porque temo que la descripción
de un amor verdadero por un lado y de una amistad pura por el otro sea en este
siglo materialista acu-sada de inverosímil. Temo encontrar muy pocas personas
cuya alma en armonía con la mía crean en mis palabras. Además, antes de
co-menzar este libro, he examinado atentamente todas las consecuen-cias
posibles de mi narración y, por penosos que fuesen los deberes que mi
conciencia me imponía, mi fe de apóstol no ha vacilado. No he retrocedido ante
su cumplimiento.
M.
Chabrié, de naturaleza sensible, no pudo ver mis sufrimientos sin conmoverse
profundamente. De la amistad pasó al amor, como sucedería a casi todos los
hombres de su edad que hubiesen tenido que vivir con una mujer joven en la
intimidad de la vida de a bordo durante cinco meses.
Creo que
en el mar el corazón del hombre es más amante. Perdido en medio del océano y
separado de la muerte por una débil tabla, re-flexiona sobre la inestabilidad
de las cosas humanas. Su vida pasada se representa ante él y entre los
sentimientos que le han agitado no ve sino uno solo que conserva todavía
recuerdos de felicidad para él: es el amor. El hombre pronto a dejar la vida
reconoce todo el vacío de la ambición, toda la esterilidad de la gloria. Siente
nacer el has-tío de las grandezas y la saciedad de la riqueza. Pero la
impresión de los amores de su juventud derrama sus encantos hasta los últimos
185
Flora
Tristán
instantes
de su existencia. Cree instintivamente que encontrará en un mundo mejor a los
seres que tuvieron sus afectos. A bordo, los seres tiernos y religiosos tienen
el corazón más amoroso y la fe más viva. Aislados de todos los círculos
sociales de la tierra y en presencia de la eternidad sienten el deseo de amar y
de creer, ambos sentimien-tos se depuran de toda mundana aleación.
M.
Chabrié era uno de aquellos seres. Había tomado la resolución de no amarme sino
con amistad, pero el amor entró en su corazón a pesar de su voluntad. Debo
decir que lo extraño de nuestras respectivas posicio-nes, el misterio con que
me hallaba envuelta a sus ojos y la viva amistad que yo le demostraba,
concurrieron a hacer brotar en él un sentimiento al que quizá no hubiese sido
accesible en otra circunstancia.
Según el
plan que me había trazado me había visto obligada a mentir a M. Chabrié y, al
referirle muy sucintamente los aconteci-mientos de mi vida, le había ocultado
mi matrimonio. Sin embargo, había sido necesario explicarle el nacimiento de mi
hija. ¡Oh, aquel que para salir de un aprieto recurre a una primera mentira no
se imagina el camino sin salida que emprende! Es preciso que prosiga mintiendo,
no puede salir de las intrincadas sinuosidades del tene-broso laberinto sino
regresando definitivamente a la verdad. Me vi forzada a decir a M. Chabrié que
había tenido a la niña siendo solte-ra. Le dije que esa era el secreto, motivo
al que había que atribuir la repugnancia por el matrimonio de que hacía gala.
Esta
confidencia tuvo como resultado hacerme amar aún más por M. Chabrié. Su alma
era demasiado grande y delicada para no comprender con exquisita sensibilidad
toda la desgracia que hay en la posición de una joven engañada y abandonada
cobardemente por quien la sedujo. Comenzó a compadecerme y sintió por mí ese
respeto que inspira un do-lor verdadero e irremediable. Pero, después de
haberme compadecido, la pasión que sintió le hizo nacer el sublime pensamiento
de realizar uno de aquellos actos de abnegación que no se comprenden en
nuestros días y que nuestra estúpida sociedad pone hasta en ridículo, porque no
tiene sentido sino para sus intereses materiales y es más fácil a su egoísmo
ri-diculizar la abnegación que imitarla.
186
3. La
vida a bordo
M.
Chabrié concibió el proyecto de devolverme a la sociedad, de la que me veía
excluida, ofreciéndome la protección de su nombre. Ante esta propuesta hecha
con una generosidad que está por encima de todo elo-gio, me sentí penetrada del
más profundo agradecimiento hacia él y al mismo tiempo retrocedí de espanto
ante la idea de las consecuencias que podía tener la mentira que me había visto
obligada a decir.
Y, así,
cuando M. Chabrié me ofreció casarse conmigo, escondí mi cabeza entre las manos
sin atreverme a responderle, pues temía dejarle leer en mi fisonomía lo que
ocurría en el fondo de mi alma. Estuve largo tiempo sin poder encontrar una
palabra. Me prosternaba en pensamien-to ante semejante amor y, después, al
pensar que jamás podría participar de este amor celestial, vertía lágrimas de
desesperación.
M.
Chabrié sufría con mi silencio. Lo rompió y me dijo: —Señori-ta Flora, si le es
imposible contestarme sí o no, míreme. Sus ojos son tan expresivos que
adivinaré con facilidad su pensamiento.
—¡Ah, mi
pobre amigo! Es justamente con el fin de evitarle ese nuevo dolor que no me
atrevo a mirarlo.
—¿Rechaza,
pues, el amor de su viejo amigo? ¡Ah! ¡La amo bastan-te, sin embargo!
—¡Chabrié!,
le dije, reclinando mi cabeza sobre su pecho, su amor me parece demasiado
grande, demasiado generoso. Temo que no sea sino un momento de locura.
—¡Flora!
En este momento no piensa usted en lo que dice. Su res-puesta es la del mundo,
pues es así como me juzgarán en esa socie-dad que se vanagloria de ser
civilizada. Pero, hija mía, no he termina-do mi proposición. No le ofrezco ir a
vivir a Burdeos, a Lorient o, aun, a París. En aquellas ciudades, tan vanas por
sus perfecciones, se nos señalaría con el dedo, a usted porque ha tenido la
desgracia de ser engañada por un hombre lo bastante cobarde como para
abandonar-la, y a mí por haberme elevado sobre miserables prejuicios y porque,
amándola con un amor verdadero, más poderoso que la vana opi-nión del mundo, me
había casado con usted. Como si la primera obli-gación de un hombre de honor no
fuese la de casarse con la mujer a quien ama, para adquirir el derecho de
protegerla y defenderla, lo
187
Flora
Tristán
que no
puede hacer con una amante. Querida Flora nos quedaremos en América, en
Valparaíso, si la ciudad le gusta; en Lima, si lo prefie-re; en las costas de
California, que son tan hermosas; en los Estados Unidos, en las Indias, en la
China; en fin, en donde usted quiera. Amo Francia, aún más a mi anciano padre,
pero con usted, Flora, no temo sentir ningún vacío. ¡Ah!, amiga mía, la amo
tanto que el lugar más árido, si usted lo escoge, me parecerá un paraíso.
El amor
verdadero tiene un lenguaje, un son de voz, una mirada y una expresión tan
propios que ningún otro los podría imitar. Miré a M. Chabrié y comprendí que
realmente me amaba. Este descubri-miento produjo en mí un arranque de embeleso,
pues el amor, tal como yo lo comprendo, es el espíritu de Dios. Toca a
nosotros, morta-les, atados a la tierra, adorar a esa divina aparición. Mas a
ese arran-que de gratitud sucedió la horrible desesperación que nacía de mi
posición. ¡Yo, unirme a un ser de quien me sentía amada! ¡Imposible! Una voz
infernal me repetía con una risa burlona: “Tú eres casada. Con un ser
despreciable, es cierto, pero encadenada a él para el resto de tus días, y no
puedes sustraerte a su yugo. Pesa la cadena que te hace su esclava y ve si mejor
que en París la puedes romper”. Creí que mi frente iba a estallar. Estaba
sentada sobre mi lecho y M. Chabrié se hallaba cerca de mí. Atraje su cabeza
sobre mis rodillas con inten-ción de hablarle. Iba a revelarle toda la verdad,
pero mis lágrimas me sofocaron, cayeron en abundancia e inundaron su rostro. M.
Cha-brié no podía comprenderme. Veía en mí un dolor que se desbordaba y sentía
al mismo tiempo que lo amaba con el más sincero afecto. Le rogué que me dejara.
Me sentía incapaz de contener los sollozos y temía ser oída por mis vecinos. Le
supliqué que me quisiese siempre y le pedí concederme dos días para reponerme
de la agitación produ-cida por esta conversación.
A juzgar
por el ofrecimiento que M. Chabrié acababa de hacerme, no podía ya dudar que me
amaba con sinceridad y vehementemente, como toda mi vida había ambicionado
serlo. Pero ¡ay!, ese amor tan puro, tan abnegado, en el que todavía podía
encontrar la felicidad, llenaba mi corazón de amargura y de desesperación, pues
me hacía
188
3. La
vida a bordo
sentir
con todo su horror el indigno matrimonio que me habían obli-gado a contraer.2
Permanecí
durante dos días en una incertidumbre de las más pe-nosas. A veces estaba casi
decidida a ceder a mi inclinación y decir a M. Chabrié toda la verdad sobre mi
posición, mas la reflexión ve-nía muy pronto a reprimir esa propensión de mi
franqueza. Todas las consecuencias posibles se presentaban a mi espíritu. Me
imagi-naba a M. Chabrié rechazándome como los demás lo habían hecho. Me veía
sola, abandonada, presa de mi desesperación. Retrocedía, lo confieso, ante este
aumento de dolor que temía no poder sopor-tar y que podía ser el resultado de
una revelación indiscreta. En mi inquietante perplejidad me vino el pensamiento
de hacer hablar a M. David sobre M. Chabrié a fin de conocer más su carácter y
tam - bién para saber por medio de él, que conocía tan bien el mundo, muchas
cosas que yo ignoraba y de las cuales sentía necesidad de estar informada.
M. David
era siempre muy amable cuando yo quería conversar con él, aunque se mantenía
constantemente en un tono de reserva y de ceremonia que conservó hasta los
últimos instantes del viaje.
Una tarde
M. David vino a mi camarote a charlar conmigo mien-tras M. Chabrié estaba de
guardia. Entablé la conversación sobre el amor y la amistad, para de allí
llegar hasta su amigo M. Chabrié.
—¿Cree
usted, señor, que hay en la naturaleza hombres que sien-ten un amor puro, libre
por completo de todo interés personal y con abnegación absoluta?
2 Al respecto, Jorge Basadre dice: “Tenía 17
años Flora cuando entró como obrera en el taller del grabador Andrés Chazal,
con quien se casó poco después (1821). Parece
inverosímil
la afirmación de Flora de que este matrimonio fue impuesto por la madre. No era
mujer para aceptar esa clase de órdenes y ya contaba en su educación
senti-mental, por lo menos, con un amor frustrado, el de un hombre que
retrocedió ante su equívoca partida de bautismo. Más bien hay, de esa época,
apasionados documentos suyos dirigidos a Chazal, solo seis años mayor que ella,
escritos sin freno y sin orto-grafía. Pero la decepción que el matrimonio le
produjo es innegable” (1946, p. v). [N. de la primera Ed.].
189
Flora
Tristán
—Señorita,
estoy convencido que no. Mujeres y hombres buscamos la belleza, la riqueza o el
talento, por los goces que esperamos de ellos y no amamos sino en proporción de
lo que nos da el objeto amado.
—¡Dios
mío, siempre tiene usted respuestas áridas y desoladoras! —¿Le gustaría a usted
más que la engañase?... Siento la más sin-cera adhesión hacia usted para
consentir en esto jamás. Usted es la única mujer por la que mi estimación ha
aumentado a medida que mejor la voy conociendo. Antes de encontrarla no me
figuraba que pudiese existir una persona tan realmente buena. Usted me
reconci-lia con la especie humana y concibo que se la ame sin esperanza de
retribución. Pero, querida señorita, usted es la excepción y la excep-
ción
confirma la regla.
—¡Y bien!
Admito que tenga usted razón, que el amor sea en efec-to un sentimiento egoísta
y creo con usted que lo es en general, ¿pero sucede lo mismo en la amistad?
¿Este afecto no existe independiente-mente de todo interés?
—¡En
verdad la admiro! ¡A los 26 años creer aún, con ese candor de niño, que existe
la amistad entre los hombres!
—Y qué,
señor, ¿la niega usted?
—Querida
señorita, no se sonroje así, no me mire con sus ojazos llenos de ira y desdén.
Le repito, la quiero como si fuese usted mi her-mana, y aunque tenga que
hacerla sufrir tendré el valor de ilustrar-la. Sepa, pues, niña como es usted
todavía, que la palabra amistad que se encuentra en todos los libros, en todas
las bocas, designa un sentimiento ideal que jamás ha existido entre los
hombres. Ningu-no de ellos lo cree porque ninguno de ellos lo ha sentido y
nadie ha comprobado su existencia en algún otro ser. Las mujeres tienen en-tre
ellas demasiados motivos de rivalidad para poder amarse de una manera
desinteresada. Sus relaciones con el otro sexo, cuando no tienen el amor por
base, están fundadas sobre el interés, y en total sus afectos son transitorios
como las causas que los han hecho nacer. En cuanto a los hombres, nunca sienten
amistad hacia las mujeres y no las aman sino por amor, ni se unen a ellas sino
por interés. Entre ellos se buscan o se dejan según el interés que el momento
determine
190
3. La
vida a bordo
y la
amistad, tal como los poetas y los filósofos nos la escriben, es una trampa
tendida a la credulidad. Es una palabra cuya vacuidad se encarga de hacernos
conocer la sociedad.
—¡Ah,
señor! Su misantropía le vuelve muy injusto y le hace ca-lumniar a la especie
humana. Le afirmo que creo en la existencia de la amistad.
—Señorita,
la expresión de su fisonomía y el acento de su voz me prueban que la amistad
existe en su corazón, pero, se lo repito, es usted una excepción y me parece
que hablamos de la raza humana.
—Entonces,
señor, esta gran amistad que usted profesa hacia M. Chabrié ¿no es más que una
vana ilusión?
—Esta
pregunta, señorita, es muy delicada. A usted sola le res-ponderé, dándole por
allí una prueba irrecusable de mi adhesión. Chabrié es la persona a quien más
quiero en el mundo. Sin embargo, el principio de esta amistad descansa por
entero en las ventajas que yo encuentro en la asociación que he formado con él.
Es lo mismo que siente él respecto de mí.
Miré a M.
David con una emoción que le hizo conocer cuánto su-fría. Me tomó de la mano y
me dijo con cariño.
—¡Qué
quiere, mi querida señorita! Hay que tomar el mundo como es. Pero desearía, así
como le dije en la Praia, verla conocer ese mundo en medio del cual está usted
destinada a vivir, para que evite ser engañada, desconocida y hasta
ridiculizada y, en definiti - va, se sienta desgraciada. Su candor será tomado
por hipocresía, se servirán de usted como de un instrumento y será usted
abandonada cuando ya no pueda ser útil. El dolor entrará entonces en su corazón
bueno y sensible, se abandonará usted a él con toda la violencia de su
imaginación. La desesperación se apoderará de usted y gastará en la lucha, por
continuas decepciones, esa riqueza de temperamento con que la naturaleza la ha
dotado.
—¡Le
agradezco sus advertencias y sus consejos, mi querido se-ñor! Creo con usted
que es un gran error no conocer el mundo y, por muy penoso que sea su estudio,
le prometo dedicarle en adelante una atención esmerada. Esta es una necesidad a
la que hay que resolverse.
191
Flora
Tristán
Las
razones que acaba usted de darme para determinarme a ella me hacen presentir
cuán doloroso es para el corazón adquirir este co-nocimiento. ¡Dios mío! ¡Cuán
seca e insípida debe parecer la vida a los seres que han llegado al punto de
considerar todos los afectos del alma como otras tantas ilusiones!
—Lo
sería, en efecto, si nuestro globo no tuviese sino los hombres por habitantes.
Pero también está poblado por animales de toda es-pecie, cubierto por una
variedad de plantas y encubre brillantes me-tales en sus entrañas. Además, los
mares de que está rodeada la tierra y el cielo nebuloso o brillante de
estrellas ofrecen a nuestra admira-ción los más imponentes espectáculos. Con
una inteligencia como la suya ¿qué necesidad tiene del afecto de los hombres
para ocupar sus pensamientos? A usted le gusta dibujar el paisaje, ¡pues bien!,
encon-trará en la satisfacción de ese gusto una fuente inagotable de gozos.
Animará sus cuadros poniendo animales que puede escoger entre aquellos cuyos
instintos ha observado y tendrá así la oportunidad de representar las cualidades
que usted busca en vano entre los hom-bres, pero cuyo modelo se lo ofrecen los
animales. Podrá también estudiar el inmenso reino vegetal y hará cada día
nuevos descubri-mientos en la organización de las plantas, en sus costumbres y
su uti-lidad. ¡Ah! Créalo, señorita, la naturaleza encierra bastantes tesoros
para ocupar todas las facultades del ser inteligente, para que su alma esté
encantada y sin sentir la más leve necesidad de interesarse en los miserables y
pequeños dramas de los hombres.
Esta
última respuesta de M. David mostraba que primitivamente había habido en el
corazón de este hijo de Dios algo bueno y hermo-so. Pero la maldad de los
hombres había ahogado en él los gérmenes de las virtudes. Todo acto de
abnegación le parecía un absurdo y, en lugar de ser útil a sus hermanos,
amándolos, no vivía más que para admirar las maravillas de la naturaleza.
Esta
conversación nos arrastró más lejos de lo que pude pensar. Dieron las doce de
la noche antes de que me fuese posible hablar de M. Chabrié. Este bajó de su
guardia y al encontrar a M. David en mi camarote demostró fastidio y le dijo
cosas duras. No porque estuviese
192
3. La
vida a bordo
celoso de
M. David, sino porque temía que su amigo me hablase de cierta señora Aimée,
cosa que M. David había hecho algunas veces. M. Chabrié se negó a quedarse a
conversar conmigo. Respondió con brusquedad y cólera a la graciosa invitación
que le hice. Es tal su mal carácter que, en su ira, es duro con sus mejores
amigos, los hace su-frir y sufre él mismo durante días íntegros.
En la
noche no pude conciliar el sueño un instante. Repasaba en mi memoria la larga
conversación que acababa de tener con M. David. Los argumentos que me había
dado para probarme que la amistad no existe me helaban el corazón. Apenas
cerraba los ojos, un horroroso espectro, el implacable egoísmo, se presentaba
delan-te de mí haciendo presa de todo cuanto podía alcanzar. La horrible visión
me aterrorizaba y, despertándome sobresaltada, repetía las palabras de M.
David: “La amistad no existe. Los hombres no aman a las mujeres sino por amor”.
Este pensamiento me desesperaba y sentía que ya no estaba en mí sentir alguna
vez amor por nadie. En la exaltación febril que hacía latir mis arterias con
violencia me de-cía: Sí, M. David dice la verdad. Chabrié nunca me amará con
amis-tad, y si yo le revelo mi matrimonio no me querrá con amor. Quiere que sea
su esposa, no su amante. Desde el momento en que deba renunciar a la esperanza
de casarse conmigo, conozco su delicade-za, huirá de mí. Ante este pensamiento
temblaba de espanto. Sola, en medio del océano, nada debía temer con su amor.
La nobleza de sus sentimientos me defendía contra sí mismo y su intrepidez
con-tra todo otro ataque. Si nuestro navío se hubiere destrozado contra las
rocas del cabo estaba segura de que Chabrié me habría salva-do y protegido, y
su valor me hubiese hecho respetar. Si nuestro barco hubiese naufragado en
pleno mar, estoy también segura de que Chabrié me habría llevado en la chalupa,
dándome su último pedazo de galleta, su última gota de agua, alimentándome aun
con su propia carne para conservar mis días. En fin, si nuestra nave se hubiese
incendiado sin haber tenido tiempo de salvarnos, Chabrié, consagrado por entero
a su amor, me habría tomado en sus bra-zos y, como me lo dijo cien veces con
una expresión del alma, para
193
Flora
Tristán
salvarme
de la horrible agonía de las personas que se ahogan, me habría hundido el puñal
en el corazón. Confesaré que retrocedía espantada ante el temor de que al
confesar a M. Chabrié toda la ver-dad perdiese, con su amor, la poderosa
protección que me ofrecía. El instinto de la propia conservación ha sido dado
por Dios a todas sus criaturas y cuando la vida está en peligro es permitido,
según creo, usar, para defenderla, de los medios que la Providencia deja a
nuestro alcance. Tuve miedo del abandono. Mis días podían depen-der de la
protección de otro ser y me asía del amor de M. Chabrié como el náufrago de la
tabla que flota.
Además,
esperaba lograr que M. Chabrié comprendiera que mi amistad le sería tan dulce
como el amor de las otras mujeres. No era orgullo de mi parte. Procedía de
buena fe, pero me engañaba por completo.
Cuando me
encontré a solas con M. Chabrié me preguntó lo que había decidido sobre su
suerte.
—He
decidido, le dije, que usted será mi amigo toda la vida, mi excelente amigo a
quien querré tiernamente. —¿Y nada más?... me preguntó con una voz emocionada.
¡Ah! ¡Qué desgraciado soy!, conti-nuó, dejando caer la cabeza entre sus manos.
Quedé
largo rato contemplándolo. Las venas de su frente se hin-charon. Se estremecía
como uno que tiene movimientos convulsos. Todo en él anunciaba un profundo
pesar.
Al verlo
así, presa del dolor, pensaba en lo que me había dicho la víspera M. David: los
hombres no aman a las mujeres sino por amor. Así son los hombres, me dije
suspirando. Desdeñan la amistad de las mujeres, no quieren sino amor y las
acusan de duplicidad cuando a ellos mismos conviene engañarlas. Las mujeres no
ejercen ninguno de los empleos de la sociedad, no tienen para ellas sino un
número pequeño de profesiones, tienen más que los hombres necesidad de
relaciones de amistad. Pero si una mujer amante se halla en la nece-sidad de
implorar abnegación, el hombre a quien se dirige le exige amor y, sin
inquietarse si ella puede o quiere dárselo, pone ese precio a los servicios de
su amistad.
194
3. La
vida a bordo
Después
de haber quedado mucho tiempo absorto en sus pen-samientos, M. Chabrié salió de
repente de ellos con un movimiento brusco. Su expresión era altiva, su sonrisa
sardónica, su voz agria:
—Así,
pues, señorita, me dijo ¿usted no me ama?... En efecto con-cibo que el amor de
un viejo lobo de mar como yo debe parecer muy ridículo a usted, acostumbrada a
las elegantes maneras de los gua-pos jóvenes de París, que saben decir lindas
frases, pero que no sien-ten nada o, más bien, me equivoco, sienten miedo, pues
¿no me dijo usted una noche cuando estábamos en la rada de la Praia que uno de
ellos había tenido miedo de su amor?
—Chabrié,
usted me recuerda cosas que me desgarran el corazón. —¡Perdón, señorita, creí,
en mi sencillez, que cuando una persona permanece impasible a la vista de los
atroces dolores que causa debe
estar
poco conmovida por un recuerdo!
—Chabrié,
me hace usted sufrir. Es injusto para conmigo y no me ama tanto como me lo
asegura.
—¡Que no
la amo tanto como lo aseguro!... Pero ¿no sabe usted, Flora, que la amo más que
lo que yo mismo querría?
—Si es
cierto, ¡deme una prueba!
—¿Cuál?,
dígala. Estoy pronto a darlas todas.
—Bien,
ámeme con amistad.
—Es
inútil pedírmelo. Usted bien sabe que soy su amigo y el de su hija, hasta mi
último soplo de vida.
—Y este
afecto ¿no tiene el poder de hacerle feliz como yo deseo tan ardientemente que
lo sea?
—No.
—¡Ah,
Chabrié! ¡Qué diferencia hay entre los dos! Yo estoy feliz de la amistad que
siento por usted. Mi dicha sería completa si un senti-miento de la misma
naturaleza llenara igualmente su corazón. Pero veo con vivo dolor que jamás
sentirá usted ninguna alegría.
—¡Escuche,
Flora! Si yo la quisiese menos podría quizá engañarla, como, a pesar de mi
franqueza, me ha ocurrido más de una vez con otras. Dígame ¿cree usted que un
hombre de mi edad puede perma-necer horas enteras sentando a su lado, como me
sucede cada día
195
Flora
Tristán
desde
hace tres meses sin enamorarse? Usted debe pensar que esto es imposible. Usted
ve esas cosas relatadas en los libros, pero es mentira. Y usted, querida amiga,
¡tiene aún sencillez como para creer en los libros!
—¿Por qué
no habría de creerlos si me siento capaz de proceder tan bien como lo refieren
esos libros?
—Quien
sabe usted, querida, porque es un ser de excepción. Usted ha vivido desde su
infancia entre lágrimas y dolores. La desgracia es un crisol en el que las
almas nobles se purifican, mientras que yo he vivido en medio del tumulto del
mundo, menos que David sin duda. También he conservado una alma para amar y
¿cómo quiere usted, querida amiga, que no haya sido sensible a todos los
encantos de su persona? Toda mi vida he deseado gozar de un amor que llamaré
completo: el de un alma bella unida a un físico agradable. He amado a mujeres
más hermosas que usted, pero, privadas de corazón, esas bellas estatuas se
convertían muy pronto en seres abyectos ante mis ojos. En cuanto a la última
que atrajo mi afecto, no era hermosa, que-dé fascinado por la apariencia de
ciertas cualidades que yo supuse en ella. Me engañó. Su ingratitud me ha hecho
mucho daño. Ahora, gracias a usted, mi buena Flora, ya no pienso en ella.
—Amigo
mío, aquella mujer le engañó porque quizá no quería más que su amistad y usted
exigió de ella su amor.
—Querida
Flora, usted es en toda circunstancia de una sencillez que me admira. Sepa,
pues, hija mía, que no hay amistad en el mun-do. Solo hay interés entre los
malos y amor entre los buenos. Luego, usted sabe que a su viejo amigo Chabrié
es menester colocarlo entre esta última clase.
Mi
corazón se oprimió y repetí por lo bajo: David tenía razón.
A la
mañana siguiente, y los demás días, M. Chabrié regresó a mi camarote donde la
conversación continuó en el mismo tono. Me de-mostró siempre un amor tan puro
como verdadero, pero vi que debía renunciar a la esperanza de inspirarle solo
amistad. No sé si nues-tros compañeros de viaje repararon en las atenciones y
cuidados afectuosos que M. Chabrié tenía para conmigo. Su conducta era tan
digna que, a pesar de sus largas y frecuentes visitas a mi camarote,
196
3. La
vida a bordo
esos
señores me demostraban cada día más amistad y deferencia. ¡A tal punto un amor
puro es cosa respetable y ejerce influencia sobre aquellos que son testigos de
él!
Durante
las rudas jornadas del cabo yo tenía a menudo que hacer el oficio de
conciliadora entre mis compañeros de viaje, esos ocho hombres cuya dureza e
irritabilidad envenenaban las menores palabras.
M. David
tenía la grosera y burlesca costumbre de juntar siempre cuatro o cinco
juramentos o epítetos cuando se expresaba sobre las cosas o dirigía la palabra
a las gentes que hacían el servicio. No ha-blaba de los peruanos sino con una
retahíla de términos injuriosos. M. Miota, que se molestaba con esto, no
encontraba otro medio de vengarse que excitando a su vez el mal humor de los
tres españoles traduciéndoles las frases que probablemente amplificaba aún más.
La vida a
bordo es antipática a nuestra naturaleza. Al tormento perpetuo de las sacudidas
más o menos violentas del balance, a la privación del ejercicio y de los
víveres frescos, a la continuidad de los sufrimientos que agrian el humor y
vuelven irascibles los caracteres más dulces, hay que añadir el cruel suplicio
de vivir en un cuartito de 10 a 12 pies, frente a siete u ocho personas a
quienes se ve por la tarde, por la mañana, por la noche y a todo instante. Es
una tortura que hay que haberla soportado para comprenderla bien.
M. David
se levantaba muy temprano para poder usar la mesa íntegra para afeitarse,
peinarse y vestirse. Su toilette no se hacía sin ruido. Juraba, como para hacer
temblar a un ateo, contra el pobre grumete que era en realidad tan sucio como
perezoso; pero que tenía solo 16 años y estaba casi siempre enfermo. Su estado
recla-maba un poco de indulgencia y yo lo había tomado bajo mi pro-tección
inmediata. M. David no se atrevía ya a golpearlo desde que cierto día, en que
casi lo mata, había yo intervenido y obtuve de M. Chabrié la prohibición
expresa de que se tocara a este muchacho. Terminada su toilette, M. David iba a
la bodega a lanzar sus jura-mentos contra el teniente Manuel, que por
negligencia dejaba todo en desorden. La perra Cora era el siguiente objeto de
su indigna-ción. Después llegaba a las causas generales y M. David daba curso
197
Flora
Tristán
a su
irritación jurando contra el mar y los vientos, el comercio y los hombres.
Desacreditaba, sobre todo, con el obligado acompa-ñamiento de injurias, al Perú
y sus habitantes. La voz de M. David, los lloriqueos del grumete, las
respuestas de Manuel, los gritos de la perra, todo formaba tal escándalo que
los que sentían la necesi-dad del sueño no podían dormir. Los oficiales que
habían estado de guardia durante la noche se quejaban amargamente. M. Briet
decía que jamás había oído tanto ruido a bordo de un barco. M. Chabrié
apostrofaba entonces a M. David en términos poco mesurados. Este respondía en
el mismo tono. Se empeñaba la disputa y aumentaba aún más el estrépito que la
había hecho nacer. Cuando daban las nueve se servía el desayuno. Acusados y
demandantes se encontra-ban reunidos y la disputa se prolongaba.
Desde el
principio del viaje me había abstenido de presentarme a esta comida y después
lo convertí en regla. Comía muy poco y estaba casi siempre enferma en la
mañana, por lo que prefería levantarme cuando se había acabado el desayuno y
todo el mundo estaba en el puente. Me encontraba entonces más libre para mi
toilette y mis pe-queños arreglos. Como mi camarote no estaba cerrado sino con
per-sianas, oía todo lo que se decía y veía cuanto sucedía en la cámara sin que
pudiesen notarlo.
Esos ocho
hombres reunidos durante el desayuno renovaban las recriminaciones con más
fuerza y acritud que antes. M. Briet se quejaba en tono duro y seco y sus
quejas provocaban la ira de M. Chabrié contra M. David, que hacía frente a
todos con un aplomo imperturbable.
—Hay que
convenir, David, decía M. Briet, que usted habría sido un excelente
despertador. Verdaderamente admiro yo, viejo mari-no, la facilidad con que jura
usted contra la tempestad. Sin embar-go, no creo que esta le moje los cabellos,
pues si así fuera no estarían tan bien rizados. Me asombra que sus juramentos
no corrijan a la amable perra de Chabrié de hacer sus inmundicias sobre el
puente, lo cual hace el servicio sumamente atrayente. Y también que no vuelvan
más cuidadoso a nuestro grumete, aunque emplea toda la
198
3. La
vida a bordo
mañana en
calentar agua dulce para jabonar sus blancas manos. Estoy sorprendido de que no
tengan más poder sobre ese buen Ma-nuel. Parece, según he oído esta mañana, que
no hace más caso de sus recomendaciones que de las mías. Es una maravilla
David. Cier-tamente, puede usted atribuirse una gran parte de las tribulaciones
que nos es preciso soportar en este querido “Mexicano”.
—Briet,
decía M. Chabrié, me mortifica que mi perra te disguste o te incomode. He dado
a Labarre la orden de amarrarla en su tonel ¿por qué no me ha obedecido?
—Mi
querido amigo, tu perra no me disgusta en lo más míni-mo. Pero te digo que a
bordo de un barquito donde no se puede dar cuatro pasos, no es agradable tener
entre las piernas, durante la maniobra, a un gran diablo de perro como tu Cora.
Uno de estos días nos hará quebrarnos el cuello.
—Pero
antes de zarpar te pregunté si la querías y consentiste. —Mi querido amigo,
debes pensar en que, si cada uno de noso-
tros
tuviese a bordo un animal a su gusto, mono, ardilla, loro u otro cualquiera,
todos esos lindos animales harían de tu nave un infier-no insoportable. Pero
basta ya, no hablemos más.
—Estoy
contento de lo que dice Briet. Usted ve, Chabrié, no soy el único en quejarme
de su perra.
—David,
usted es un imbécil y un egoísta. Mi perra puede inco-modar a Briet, pero no a
usted que va al puente solo para fumar un cigarrillo, a usted que está
muellemente acostado a las ocho de la noche cuando no tiene que conversar con
la señorita Flora. ¿Qué incomodidad puede causarle Cora?... Veo, mi querido
David, el fondo de su pensamiento. Usted quiere por medio de mi perra
des-viarnos de la conversación que había comenzado Briet. ¡Pues bien! Vuelvo a
ella, e interpelo a todos estos señores para que nos digan si sus perpetuos
juramentos y su alboroto de todas las mañanas no les incomoda más de lo que
puede hacerles Cora.
—¡Oh! En
cuanto a eso, respondía a M. Briet, Chabrié tiene razón. Estoy seguro de que M.
Miota, y don José son de la misma opinión.
199
Flora
Tristán
—Confieso,
decía M. Miota, que no es muy agradable ser desper-tado a las seis de la mañana
por el alboroto de M. David y oír tratar a los peruanos de ladrones, de
tunantes, de malvados, de bandidos.
—¡Ah!,
decía burlonamente M. David, allí está M. Miota con sus susceptibilidades
peruanas. Pero, mi querido señor, usted sabe bien que, cuando hablo así de los
peruanos exceptúo a usted, a su familia y a todas las familias honorables.
Hablo de los peruanos que son la-drones, tunantes, bandidos. Pero no me negará
usted que los hay en su país como los hay en Francia, en Inglaterra y, en fin,
en todas par - tes. Pues allí en donde hay hombres, el uno trata de engañar al
otro.
—Señor,
como es en términos generales en que habla de los pe-ruanos, usted ataca a
todos mis compatriotas.
—Pero, mi
querido señor Miota, usted no conoce a sus buenos compatriotas. Usted dejó su
país a la edad de 16 años. No niego que haya allí, como en todas partes,
familias muy respetables tales como la suya, la de la señorita Tristán y muchas
más. Pero, le repito, la ma-yoría de los habitantes son ladrones.
—¿Sabe
usted bien, señor David, que si debiéramos creerle nos consideraríamos aquí
como otros tantos ladrones, bribones y malva-dos y no sería eso muy
tranquilizador para la asociación que hemos formado?
—Por
Dios, Briet, no hagas caso de lo que dice David. ¿No ves que su placer, su más
grande placer, después de haberse acicalado y de haber fumado decenas de
cigarrillos es el de vociferar contra los hombres? Y como el amigo David con
todo su espíritu es, a mi modo de ver, muy bruto, está en constante
contradicción con sus princi-pios. ¡Ay, amigo mío!, cuando se detesta a los
hombres se vive en los bosques con los animales y no como usted que no puede
estar un instante sin compañía.
Sobre
este tono se entablaban casi todas las conversaciones del desayuno. En cuanto
me levantaba, M. Miota venía a darme las que-jas. Trataba de hacerme participar
de su indignación, demostrándo-me que M. David me insultaba junto con la nación
peruana. Yo lo cal-maba lo mejor posible y le hacía prometer que no respondería
una
200
3. La
vida a bordo
palabra a
M. David. Cesáreo, de carácter orgulloso y violento, estaba furioso, azuzaba a
su tío, así como a Fernando, formaba proyectos de venganza contra M. David y
era necesario que yo ejerciera toda mi influencia sobre él para impedir que
este niño hiciese alguna escena.
Conversaba
con menos frecuencia con M. Briet, pero cuando esto sucedía me llegaba a decir
que nunca más formaría una asociación y en su vida pondría los pies a bordo de
un navío en donde el capitán olvidaba, al no hacerse respetar, el primer deber
que le incumbía.
Cuando
daban las tres de la tarde, M. David venía a mi camarote a preguntarme cuáles
eran los dos platos de conservas que prefería para la comida. Durante todo el
curso del viaje no faltó un día a esta deferencia, pero era tan astuto que
tenía la mayor habilidad para ha-cerme escoger siempre los platos que le
convenían, sin inquietarse si les convenía a los demás. Yo aprovechaba de esta
visita para regañar-le por su conducta de la mañana.
—Querida
señorita, perdóneme hoy. Le prometo que en adelante juraré mucho menos. Le doy
mi palabra de que creía que estaba dor-mida. Usted sabe que nunca juro delante
de usted.
—Pero, mi
querido David, ¿por qué acumula usted tantos jura-mentos? Uno solo vale por mil
¿y qué significa esa retahíla de epí-tetos que usted lanza? Si el grumete los
mereciera todos ¿sabe usted que sería un ser extraordinario? En nombre del
cielo, por conside-ración a nosotros, conténtese con un solo juramento y con un
solo epíteto. No grite durante una hora, pues todo lo que dice no hace al
muchacho más limpio y, en cambio, nos despierta y nos hace daño.
—Señorita,
¿me permitiría decirle que es usted quien echa a perder al grumete? Ese tunante
se siente sostenido por usted y por Chabrié, quien hace todo cuanto usted
quiere. Y ya ve como marcha todo aquí.
—Encuentro,
señor, que todo marcha aquí tan bien como es posible que suceda a bordo de un
barco pequeño e incómodo como el nuestro. Usted es duro para con un niño
siempre enfer-mo, de constitución débil y que, sin embargo, sirve a nueve
per-sonas, con poca inteligencia es cierto, pero con una gran suma de buena
voluntad.
201
Flora
Tristán
—Con su
sistema de indulgencia todo se encuentra bien, pero confieso que no lo adopto.
Sin el temor no puede uno hacerse obede-cer, y ese bribonzuelo de grumete...
—¡Y sus
epítetos contra los peruanos!... ¿Cree usted que M. Miota y yo podemos estar
satisfechos de oír tratar así a nuestra nación?
—Pero,
señorita, usted es francesa.
—Yo nací
en Francia, pero soy del país de mi padre. Es la casuali-dad lo que nos hace
nacer en un lugar o en otro. Mire mis facciones y dígame a qué nación
pertenezco.
—¡Ah,
coqueta! Me hace esta pregunta para que le diga un piropo sobre sus lindos ojos
y sus hermosos cabellos andaluces.
—Señor
David, debe usted saber ya, mejor que nadie, cuán poco sensible soy a los
cumplimientos. Trata usted de escapar a mis amo-nestaciones. Se lo repito por
vigésima vez: M. Miota está profunda-mente herido por la manera como habla
usted de los peruanos de-lante de él.
—Puede
usted creerme, señorita, que mi intención nunca ha sido la de insultar a M.
Miota y menos a usted. Cuando usted y él conozcan a los peruanos dirán: David
tenía razón... Querida señorita, usted sabe cómo la estimo. He oído muchos
elogios sobre su familia. Su tío Pío es un hombre muy respetable, según dicen,
pero le aseguro que los peruanos en masa son los más viles pícaros que se puede
uno imaginar.
—Si es
así, señor ¿cómo se ha quedado diez años en ese país y por qué regresa a él?
—Porque
hay dinero por ganar.
—Pero hay
ingratitud en hablar mal de gentes que le permiten hacer su fortuna.
—¡Ay,
valiente mérito el que tienen! Les vendí mis mercaderías al precio en plaza. Si
las compraron fue porque las necesitaban. No veo por qué razón habría de
tenerles agradecimiento.
M. David
veía el interés como único móvil de los hombres. No podía, pues, ser accesible
al reconocimiento. Me parece, después de todo, que debemos demostrar
benevolencia al país en donde hemos encontrado protección para nuestras
personas, nuestros bienes y
202
3. La
vida a bordo
nuestro
trabajo. Si M. David hubiese sido consecuente con sus prin-cipios no habría
acusado la probidad de los peruanos y si hubiese tenido filantropía habría
deplorado su ignorancia.
Llegaba
la hora de la comida. Todos se habían acicalado ligera-mente y la conversación
durante ella tomaba distinto giro que la del desayuno. Alegres o tristes según
el viento, cuando estábamos en buena ruta y el vaivén no era muy fuerte, la
charla se hacía muy en-tretenida y estaba llena de salidas de ingenio.
M.
Chabrié salía de su cabina frotándose las manos.
—¡Vamos,
vamos! Amigos míos, paciencia. Nuestro tiempo de miseria toca a su fin.
Señorita Flora, estamos en ruta y hacemos ocho nudos. Puede venir a la mesa sin
temor de que la sopa se de-rrame sobre usted. El mar está tranquilo como una
niña con los ojos azules... Vamos, M. Miota ¡un poco de valor!, dentro de ocho
días estaremos en Valparaíso. ¡Oh, qué felicidad! Señores, hagamos algunos
proyectos de gula para que esto nos ayude a engullir este buey salado y los
frejoles que maese David nos hace poner todos los días en la mesa... Señorita
Flora ¿qué comerá usted el primer día de nuestra llegada a Valparaíso?
—Café con
crema, naranjas y helados.
—¡Peste!
¡Va a engordar mucho con ese alimento!... ¿Y usted señor Miota?
—¿Yo?
Alcachofas con salsa, ensalada y huevos a la nieve. —¡Bravo! Le predigo que,
con ese régimen, señor Miota, conser-
vará por
mucho tiempo su figura de Cristo. ¡Qué gusto tan singular tienen ustedes los
peruanos!
—¿Y tú,
Briet?
—Yo me
regalaré con buena mantequilla fresca y con una botella de buena cerveza.
—Ese
Briet puede ir a California, pero siempre es bajo-bretón. ¿Y usted, David?
—Yo me
haré servir una buena pierna de carnero, un pavo, riño-nes en Champagne, un
fricasé de pollo con cebollas y después algu-nos platos de legumbres frescas,
cremas, fruta...
203
Flora
Tristán
—En
realidad, David, se creería que se le ha hecho ayunar aquí durante tres meses
por la manera como proyecta atracarse... Por mi parte me contentaré con una
cabeza de ternero, una perdiz con coles y algunas manzanas.
Durante
los postres, la conversación versaba sobre política, los viajes o los lugares
preferidos de manera especial por cada uno de aquellos señores.
M.
Chabrié era republicano, M. David legitimista y M. Briet bonapartista.
M. David,
con su tono pedante y contundente, hacía rabiar a M. Chabrié ridiculizando a su
partido. Se dirigía a M. Briet en los térmi-nos más burlones sobre su difunto
emperador.
—Sí,
señor David, decía M. Briet, sostengo que el emperador está más vivo que su
viejo espantajo. El espíritu de Napoleón sobrevive entre los franceses, en
tanto que sus tres reyes jesuitas, padre, hijo y nieto, que cazan en Alemania,
se han hundido para siempre.
—Briet,
te equivocas, replicaba M. Chabrié. Desde 1816 has salido de Francia e ignoras
los cambios que se han operado en los espíritus. La juventud, ahora, no
aceptará ya un emperador, ni nada que se le parezca. Ya no considera a
Napoleón, a pesar de toda su gloria, sino como a un tirano que oprimió la
república tal como la había estable-cido la Constitución del año III. El pueblo
de 1830 quiere libertad...
—¡Ah!
¡Qué curioso es este Chabrié con su libertad!, decía M. Da-vid. Se le llena la
boca cuando pronuncia la amada palabra libertad. Chabrié ¿quiere usted su gorro
frigio? Haría un magnífico efecto so-bre su casquete de seda negra y con su
gruesa chaqueta tejida.
Chabrié:
—Señor David, no son las bromas repetidas desde hace cuarenta años por las
viejas matronas del barrio de San Germán lo que impedirá el progreso de la
Nación. Cuando se formaba la opinión en los salones de Versalles concibo la
importancia que debían tener los cuodlibetos sostenidos por los grandes señores
y las prostitutas de la Corte. Pero ese buen tiempo ya pasó. Los hijos de los
antiguos cortesanos se ríen entre ellos de los chistes de sus padres, sin que
nadie más les preste atención.
204
3. La
vida a bordo
David:
—Concibo que, en efecto, los razonamientos de los ban-queros y de los tenderos,
sobre política, sean mucho más divertidos...
Las
frases de sus periodistas y de sus oradores de tribuna son de una necedad para
morir de risa. Paul Louis Courier tenía razón: es en ver-dad un gobierno
recreativo.
Briet:
—¡Ah! En tiempo del Emperador no existían todos esos charlatanes.
Chabrié:
—No soy, más que usted, partidario del gobierno que nos rige. No habrá
felicidad para nosotros sino cuando estemos en la república.
Briet:
—No seremos felices sino cuando tengamos un amo que sepa hacerse obedecer como
el gran Napoleón.
David:
—Briet, si habla usted siempre en forma tan oportuna, es-taré con más
frecuencia de acuerdo con su opinión.
Chabrié:
—Pero ¿cuál es, pues, su sistema de gobierno?
M. David,
a quien le agradaba oír primero a su antagonista, res-pondía con la misma
pregunta:
—¿Cuál es
el suyo, Chabrié?
M.
Chabrié entraba entonces en grandes detalles sobre la orga-nización de su
república. Pero, como no soy publicista, confieso que prestaba poca atención a
esta parte de la conversación. Su sistema consistía, según podía yo comprender,
en hacer distribuir todos los empleos por el pueblo y en hacer que todos los
individuos estuviesen capacitados para desempeñarlos. Terminaba diciendo:
—Espero,
señor David, que va a decir que mi organización repu-blicana está calcada sobre
la de los Estados Unidos. Mas los resul-tados obtenidos en aquel país ¿no
deberían animarnos a adoptarla para nuestra patria?
David:
—¿Cómo es posible, mi querido Chabrié, que incurra us-ted en semejante
desvarío? ¿No ve que los 10 millones de población de los Estados Unidos ocupan
un territorio más extenso que los 30 millones de población francesa? Por
consiguiente, en Francia la pro-piedad tiene mayor importancia y menor el
individuo. Además ¡qué hermoso país para habitar, los Estados Unidos! El obrero
es de una
205
Flora
Tristán
insolencia
que subleva. No puede uno hacerse servir en ninguna for-ma. La voluntad de un
populacho sin freno hace la ley, hasta el punto de que el individuo que le
desagrada no está seguro. Allí se ve incen-diar las iglesias católicas en
virtud de la libertad de cultos; matar a las gentes de color en nombre de la
igualdad ante la ley y tener a 3 millo-nes de negros en la esclavitud por
respeto a la libertad individual. En verdad, mi querido Chabrié, debería usted
escoger mejor sus modelos. Yo viviría más a gusto en Turquía y no en sus países
de libertad.
Chabrié:
—¡Oh! Sé que usted prefiere los países donde el pueblo es servil, donde el
hombre que tiene bienes es todo y el proletario es nada porque pertenece a la
primera de las dos clases y le gusta que lo adulen. Pero la cuestión es la de
saber si el mayor número se encuen-tra mejor. En cuanto a mí, nunca comprenderé
la justicia que hay en sacrificar el bienestar de 24 millones de proletarios
para el mayor provecho de 3 o 4 millones de propietarios.
David:
—¿Qué entiende usted por justicia?
Chabrié:
—Estoy admirado de su pregunta. La justicia, tal como la entiendo, es esta
regla que Dios ha puesto en nuestras almas y que ni el salvaje ni el hombre
civilizado pueden desconocer.
David:
—Amigo mío, en todas partes se considera por justo o in-justo lo que es
conforme o contrario a la ley del país o a la voluntad de quien hizo la ley. El
mejor gobierno es para mí el que me ofrece más ventajas.
Chabrié:
—Es la respuesta de un ateo y de un egoísta.
David:
—Sus planes de gobierno, soñados por otros antes que por usted, no han podido
ni podrán triunfar jamás porque somos en Fran-cia más egoístas que en cualquier
otro país y, como no creemos en los dogmas religiosos, la religión no es para
nosotros ningún freno.
Briet:
—El mejor gobierno fue el organizado por el Emperador. Francia no puede ser
feliz después de las humillaciones sufridas y con los límites que le han
dejado. La gloria es necesaria a su felicidad.
Chabrié:
—¿No ves, Briet, que bajo el gobierno de uno solo el des-potismo se acrecienta
con la extensión del territorio? Puesto que has vivido en la China debes haber
visto el ejemplo de cuanto digo.
206
3. La
vida a bordo
Briet:
—Pero la China no está mal gobernada. Los mandarines son obedecidos como los
comandantes a bordo de nuestros buques de guerra. El país está bien cultivado.
Hay canales en todas direcciones y los chinos hacen, en materia de industrias,
cosas que a nosotros nos costaría mucho trabajo imitar.
Chabrié:
—Briet, no somos chinos y no soportaríamos ser gober-nados como ellos...
Parece, David, que no cree usted en el progreso; pero, en definitiva ¿qué
gobierno desearía usted para Francia?
David:
—Efectivamente, no creo en el progreso en el sentido en que usted lo entiende,
sino más bien en el de los vicios de nuestra na-turaleza. Hay naciones como los
hombres. Al envejecer, los precep-tos de la moral tienen menos influencia sobre
ellas y he ahí por qué los pueblos se inclinan, a medida que envejecen, a
reformar la autori-dad. El gobierno que convendría a Francia es aquel
establecido por el tiempo, el cual se desplomó, no porque sus instituciones
estuviesen carcomidas (como las gentes de la opinión de usted repiten sin
ce-sar), sino que fue demolido porque quienes obtenían más ventajas de aquel
gobierno tuvieron el inconcebible extravío de abandonar su cuidado y favorecer
a los demoledores.
Chabrié:
—Si no fuese un ateo, David, usted vería el dedo de Dios en ese gran
acontecimiento.
David:
—Dios se inclina hacia los grandes ejércitos. Dios abando-na a los débiles y a
los imbéciles.
Chabrié:
—¿Cree usted, pues, que nuestras antiguas instituciones eran buenas, aunque se
hayan derrumbado? Pero actualmente ¿qué quiere usted poner en lugar de lo que
existe?
David:
—Si Napoleón hubiese sido legítimo habría resuelto el problema.
Chabrié:
—¿Querría entonces un gobierno imperial?
David:
—Quiero decir que si Napoleón no hubiese estado mania-tado por sus
antecedentes, si para dominar a los revolucionarios no se hubiese visto forzado
a dar curso a su ambición, haciendo guerras perpetuas, y si, en fin, hubiese
sido dado a un usurpador poder hacer - lo, él habría restablecido por completo
las antiguas instituciones a
207
Flora
Tristán
las que
las suyas, con nombres diferentes, se parecían cada día más, en el fondo. Y no
habría tenido la insigne locura de Luis XVIII quien al encon-trar la comedia
demasiado corta quiso empezarla de nuevo y, sin tener en cuenta la suerte de su
desgraciado hermano, exhumó la soberanía del pueblo para ponerla frente a la
que acababa de recuperar.
Chabrié:
—Pero, vamos al grano, ¿qué gobierno quisiera usted en la actualidad?
David:
—Acabo de decirlo: quisiera que se restableciese, con las modificaciones
aprobadas por la experiencia, la antigua forma de gobierno. Desearía ver las
provincias administradas por intenden-tes, bajo el control de las asambleas
provinciales, las cuales serían nombradas por los grandes propietarios y las
corporaciones. De-searía que el gobierno se descentralizara y que cada
provincia fuese dueña de decidir sobre sus propios problemas por medio de su
asam-blea. Quisiera, en fin, que se acabara con el gobierno charlatán y se
enviara a sus casas a nuestros muy queridos diputados, así como a esa mascarada
de Cámara de los Pares.
Chabrié:
—¿No querría usted la libertad de prensa?
David:
—Sí, pero para las tarjetas de visita únicamente.
Chabrié:
—¿Y a quién pondría usted por rey? ¿Al duque de Bur-deos o a Luis Felipe?
David:
—Creo que el principio de la legitimidad consagrado en la perso-na de Enrique V
sería una garantía para la tranquilidad presente y futura.
Briet:
—Sí, una garantía de tranquilidad como lo fue Luis XVI-II, huyendo a Gante ante
la aproximación del gran Napoleón quien, ¡con ochocientos hombres solamente!,
se propuso expulsarlo. Una garantía de tranquilidad como lo ha sido Carlos X, a
quien 50 mil hombres no pudieron sostener sobre el trono en presencia del
pue-blo sublevado, y que ahora caza en las selvas de Alemania con el hé-roe del
Trocadero y Enrique V, el candidato de M. David.
David:
—Habitarunt dii quoque sylvas.
Chabrié:
—Cada cuba huele al vino que tiene. Ese demonio de Da-vid es siempre pedagogo.
No puede olvidar que fue profesor de idio-mas y no puede perder la costumbre de
escupir su latín a cada paso.
208
3. La
vida a bordo
Briet:
—Si es algo bueno podría usted traducirlo para todos noso-tros, pobres diablos,
que no hemos tenido los medios de estar en el co-legio Bonaparte. ¿No es en ese
colegio donde aprendió usted su latín?
Chabrié:
—Y todavía gratis. ¿Por qué, pues, David, su padre no se hizo dar un título de
barón bajo el usurpador?
David:
—Porque no tenía necesidad de él.
Chabrié:
—Sin embargo, tenía necesidad, para arrastrar su carroza, del puesto otorgado
por el Emperador. Me admira que no haya aprove-chado de la ocasión para agregar
algo a su nombre, para que en el correo por lo menos se le pudiese distinguir
del peluquero de la esquina.
Briet:
—Pero, M. David ¿no se llama M. de la Cabusiére y sus her-manos de Thiais?
Chabrié:
—¡Dios mío! Sí Briet, y si la inocente fantasía te seduce no te costará muy
caro satisfacerla. No tendrás más que emplear el mismo procedimiento. Comprar
en Bretaña solo media fanegada de bosque, la bautizas con un nombre sonoro y la
unes con la noble par-tícula al honorable nombre que tu padre te dejó.
Briet:
—¿Y qué ganaría yo con esto?
Chabrié:
—¿Lo que ganarías? Pero ¡es muy sencillo, Briet! Gana-
rías lo
que gana David: ser otro imbécil de quien poder burlarnos.
David:
—Chabrié, si hago mal en hablar latín a quienes cuando mucho hablan francés,
dudo que usted proceda más cuerdamente al responder a mis razonamientos con
tonterías.
Chabrié:
—¿Y quién es el santo que tendría la paciencia de respon-der de otro modo a la
vanidad y al absurdo de que usted hace alarde? Es preciso ser tan necio como un
rey legítimo destronado para venir a ponderarnos al viejo gazmoño y a la madre
desvergonzada de su Enrique V. Hay que ser un extravagante para firmar con el
nombre ri-dículo de la Cabusiére una carta en la cual no se trata sino de gros
de Nápoles, de telas y de blondas. ¡Cómo deben reírse los comerciantes cuando
reciben semejantes epístolas!
Ahora que
nuestra sociedad tiene carácter público, le declaro Da-vid que no quiero que
firme nuestras cartas de comercio con un ende-moniado nombre feudal. No quiero
que el ridículo recaiga sobre mí.
209
Flora
Tristán
David:
—Chabrié, es usted tan brutal, que no se puede hablar de nada con usted.
Chabrié:
—Tengo el valor de ser franco con mis amigos porque quisiera verlos corregirse
de sus defectos. Pero usted tiene dema-siado amor propio para reconocer los
suyos y llama brutalidad a la franqueza. Además, si yo señalo sus absurdos
defectos es porque otros pueden percibirlos igualmente y no quiero ser
ridiculizado en la persona de mi socio. Todavía es tiempo de corregirse. No han
echa-do raíz, pues en el fondo es usted menos necio de como hubiesen que-rido
verlo sus grandes y poderosas primas del barrio de San Germán.
La mitad
del mundo se ríe de la otra mitad. Ese adagio es muy cierto. Pero como cada uno
de nosotros tiene sus defectos nadie puede tener el derecho de ofenderse por
los de otro y la franque-za, para producir buenos efectos, no debe tener
acritud ni violencia. M. David debía necesariamente sentirse herido por una
franqueza expresada con esa virulencia. M. Chabrié tenía más bien el aire de
quererlo desafiar y no el de tratar de corregir su vanidad al mostrar-le su
ridiculez.
En cuanto
al resultado de las discusiones, el pobre David, a pesar de su imperturbable
aplomo, tenía que luchar contra los dos mari-nos y era siempre derrotado.
Chabrié, con sus fogosas salidas, Briet con la acre verdad de sus
observaciones, aplastaban a M. de la Ca-busiére y triunfaban de sus brillantes
palabras, de su latín y de todo el aparato de sus frases pedantes o sofísticas.
Cuando se veía en una posición desesperada cambiaba con admirable destreza el
curso de las ideas de sus dos interlocutores. Conducía a Briet a sus viajes y a
Chabrié a Lorient. Briet era el único que podía hablar de la China. Había
permanecido algún tiempo en aquel inmenso imperio y, como ningún otro de los de
a bordo había ido, no tenía contradictores. Se le escuchaba y la irritación se
calmaba. La conversación sobre Lorient era más borrascosa. M. Chabrié tenía el
defecto de ser regionalista. Su vida de viajes no había disminuido en nada un
amor exclusivo por su ciudad natal. A sus ojos nada era bueno ni estaba bien
hecho sino en Lorient, citaba Lorient a cada paso.
210
3. La
vida a bordo
—Nos va
usted a probar, decía M. David, que Lorient vale más que París, ¿no es eso?
—Sí, se
lo probaré. Primero, se come mejor. Después, las muje-res son más bonitas,
bailan con más gracia. En fin, es solo en Lorient donde canto realmente bien
porque solo allí me saben acompañar con método.
—¡Pobre
hombre! ¡Qué gracioso es usted con su Lorient!
—¡Y su
París! ¡Qué hermoso!, un lugar donde no se pone sal en el pan, ni condimentos
en las salsas. Donde todos los hombres se tratan como amigos desde la primera
visita y donde las mujeres no conocen más amor que el de las modas y el de los
espectáculos.
—Eso se
lo concedo. Pero aparte de la sal y de los condimentos con que se envenena la
cocina de Lorient, ¿cuáles son las grandes di-ferencias en las costumbres? No
creo que se encuentren mujeres más amantes ni amigos más sinceros que en París.
—David,
si usted conociera la sociedad de Lorient no hablaría así. —Y qué, amigo mío,
he estado allí durante veinte días y ese tiem-po me ha bastado para conocer el
modo de ser de su ciudad. Sus mujeres me han parecido menos ligeras que las
parisienses; pero en cambio son frías, egoístas, amaneradas con exceso y sin
gracia, aun-que usted quiera encontrársela en el baile. En cuanto a los
hombres, me han parecido muy bruscos, lo que se llama malhumorados, y no
más
francos que los parisienses.
Esas
discusiones sobre Lorient y París eran interminables entre M. Chabrié y su
amigo. M. Briet permanecía indiferente. No le gus-taba la estancia en ciudades
pequeñas y su proyecto era retirarse al campo. En cuanto a mí, me mezclaba rara
vez en las conversaciones generales. Mi posición me obligaba a una reserva de
cada instante. Nunca imaginé al salir la penosa tarea que me imponía tomando el
título de soltera. En efecto, me era necesario olvidar todo mi pasado, mis ocho
años de matrimonio, la existencia de mis hijos y, en fin, el papel de señora,
completamente distinto al de señorita. Como ten-go una extrema franqueza y
mucho de sencillez, a veces, arrastrada por el calor de la imaginación, en una
charla animada hablo con tal
211
Flora
Tristán
rapidez
que dejo escapar mi pensamiento a medida que nace sin ver el resultado completo
antes de haberlo expresado. Por eso temía esta viveza de mi temperamento y no
me atrevía a hablar. Temía olvidar mi posición y nombrar por descuido a mi hija
y, arrastrada por los sesgos imprevistos de la conversación, dejar de contener
mi indigna-ción contra las leyes que en Francia rigen el matrimonio. Temía, en
fin, traicionarme. Ese temor me ponía en zozobra perpetua y hacía reprimir el
vuelo de mi pensamiento, me tenía silenciosa y no res-pondía sino brevemente a
las preguntas de los otros.
Mi
temperamento sanguíneo aumentaba el embarazo de mi si-tuación, a veces he
deplorado que nuestra voluntad no pueda ejer-citarse sobre el oído como sobre
la voz. A la menor palabra, a la in-flexión que le era dada, a una sola mirada,
me sonrojaba a tal punto que atraía la atención de todos aquellos señores.
Estaba en un supli-cio, temía que mi pensamiento íntimo se revelara o fuera mal
inter-pretado. Solo M. Chabrié comprendía a veces esos súbitos rubores. Hacía
cuanto podía para evitármelos, pero la malicia y las bromas de M. David, la
franqueza sin freno de M. Briet, las preguntas algo in-discretas de M. Miota,
todo me torturaba de la manera más penosa.
Acabo de
exponer la vida que hacía en el “Mexicano”. Esta vida de a bordo, en general de
una monotonía tan fatigosa, variaba con la diversidad de nuestros caracteres,
de nuestra posición social y de nuestros esfuerzos para soportar el fastidio.
Celebrábamos el domin-go consumiendo, en la comida, pasteles y conservas de
frutas. Bebía-mos Champagne o Burdeos. Al terminar aquella comida M. Chabrié
cantaba áreas de ópera o romanzas. Esos señores me prodigaban grandes
atenciones y me hacían frecuentes lecturas. Cuando M. Mio-ta se sentía bien
venía a leer a mi camarote los autores de la escuela a que pertenecía:
Voltaire, Byron... M. David me leía el Viaje del joven Anacarsis…,
Chateaubriand o las fábulas de La Fontaine. M. Chabrié y yo leíamos a
Lamartine, Víctor Hugo, Walter Scott y, sobre todo, Bernardino de Saint-Pierre.
Al salir
de Burdeos habían dicho: en ochenta o noventa días esta-remos en Valparaíso y,
sin embargo, M. Briet escribía en el diario de
212
3. La
vida a bordo
a bordo:
“El día 120º en mala ruta”. Entonces el desaliento comenzó a manifestarse entre
nosotros. Temimos que faltase el agua. Todo el mundo se puso a ración. Un
candado pequeño cerró el tonel de con-sumo para que no se pudiera extraerla
sino en presencia del oficial de guardia. Eso hizo nacer continuas disputas.
Los marineros robaban agua cuando podían. El cocinero bebía la que le daban
para la comida y nos servía sopas tan espesas que no se podían tomar. Don José
perdía su filosofía a medida que sus cigarrillos disminuían. M. Miota no tenía
ya nada que leer. Su impaciencia y su fastidio llegaban al colmo. To-dos, en
una palabra, sufrían del dolor que consideraban más sensible. El verdadero
marinero Leborgne no cesaba de repetir que mientras quedase a bordo un puerco
se tendría vientos contrarios.
Chabrié y
Briet estaban, como marinos, horriblemente fatigados del largo viaje, mas el
pesar moral que sufrían dominaba con mu-cho toda su fatiga. Los tres asociados
no podían creer, con razón, que los dos navíos destinados para el mismo puerto
y en compañía de los cuales habíamos dejado las orillas de Burdeos hubiesen
sido con-trariados en su viaje como lo habíamos sido nosotros. Abrigaban las
más vivas inquietudes acerca de la venta de sus mercaderías, pues tenían la
certidumbre de llegar a Valparaíso cuando ya los dos con-currentes hubiesen
atiborrado los almacenes del país con mercade-rías semejantes a aquellas que el
“Mexicano” llevaba. Como hombres de honor, y previendo el mal éxito de su
viaje, les torturaba el temor de no poder cumplir con los compromisos
contraídos. Su ansiedad duró hasta nuestra llegada. Solo los negociantes pueden
tener una idea justa del tormento soportado por ellos. David juraba contra el
viento y se desesperaba. M. Briet me decía con tristeza: “No conci-bo cómo he
podido exponerme todavía a los azares del mar, yo que tengo tan poca ambición;
pero a mi regreso a Francia no encontré un solo amigo, no tuve una sola persona
capaz de hacerme esta pre-gunta ¿para qué se embarca usted de nuevo? Y por
falta de plan deci-dido, por ociosidad, por costumbre, como sucede a los
marinos, me embarqué”. M. Chabrié era el único de los tres socios que soportaba
con valor la desgracia que lo amenazaba. Ponía las cosas en lo peor,
213
Flora
Tristán
pagaba a
los fabricantes con todo cuanto poseía y si no tenía lo sufi-ciente contaba con
su actividad infatigable, con su profesión de ma-rino y con su conocimiento de
los asuntos comerciales para acabar de liberarse.
Me
desesperaba la idea de que mi amigo, tan desgraciado hasta entonces en sus
empresas y amores, pudiese arruinarse por los resul-tados de este viaje. A cada
momento preguntaba de qué lado soplaba el viento y la respuesta del marinero,
la expresión de M. Briet o la de M. David me penetraban del más vivo dolor.
Pude
convencerme en esta circunstancia del grado a que llegaba la delicadeza de
sentimientos de M. Chabrié. He dicho cómo había acep-tado su amor, tanto para
no desesperarlo como para asegurarme su poderosa protección. Desde aquel
momento hacía sin cesar proyectos brillantes de esperanza, persuadido como
estaba de encontrar la felici-dad en nuestra unión. Yo, en un principio,
escuchaba aquellos planes de dicha sin tener el pensamiento de participar en su
realización. Des-pués, gradualmente, su amor me penetró de tal admiración que
me acostumbré a la idea de casarme con él, quedándome en California...
Comprendo
que las gentes establecidas cómodamente en su hogar en el que viven felices y
honradas se admiren por las consecuencias de la bigamia y sientan desprecio y
vergüenza por el individuo que incurra en culpa. Pero ¿quién comete el crimen,
si no es la absurda ley que es-tablece la indisolubilidad del matrimonio?
Siendo nuestras personas tan diversas, ¿somos acaso todos tan semejantes en
nuestros afectos y en nuestras inclinaciones para que las promesas del corazón,
volun-tarias o forzadas, sean asimiladas a los contratos relativos a la
propie-dad? Dios ha puesto en el seno de sus criaturas simpatías y antipatías,
¿acaso ha condenado a alguna a la esclavitud o a la esterilidad? El es-clavo
fugitivo ¿es criminal a sus ojos? ¿Lo es cuando sigue las impresio-nes de su
corazón y la ley de la creación?...
El afecto
que sentía por M. Chabrié no era amor apasionado como ya había yo sentido antes
de conocerlo, mas era un sentimiento de ad-miración y de reconocimiento. Cuando
fuera su esposa lo amaría más y sentía que si con él no encontraba esa suprema
felicidad –quimera
214
3. La
vida a bordo
acariciada
por mí, cuando era más joven– encontraría al menos ese reposo, esa tranquilidad
a que aspiraba, ese afecto verdadero y seguro que se aprecia tanto después de
las desgarradoras decepciones de una vida borrascosa. Poníamos a M. David
dentro de nuestros proyectos. Él quería a M. Chabrié y este se había habituado
de tal modo al carácter original y jocoso de su amigo que se le había hecho
indispensable.
M. David
me quería mucho y, sea que sospechase las intenciones secretas de M. Chabrié,
sea que las presintiese, le repetía a menudo.
—¡Es una
buena persona, la señorita Flora! Si pudiésemos deci-dirla a quedarse en
Centroamérica seríamos muy felices. Yo no sé de dónde le vienen sus
prevenciones contra el matrimonio, pero ella lo quiere a usted mucho y pienso
que al fin se decidirá a casarse con usted. En cuanto a mí, que he jurado odio
al matrimonio, me quedaré con ustedes y les ayudaré a arrullar a los
chiquillos, a quienes quiero con locura hasta la edad de 7 u 8 años.
Por mi
lado, me acostumbraba también a M. David. Era compla-ciente conmigo, era
instruido y su compañía en mi hogar no me ha-bría desagradado. No le interesaba
regresar a Europa sino, al contra-rio, le gustaba de preferencia el clima de
América y si hubiese podido vivir con personas de su agrado se habría
establecido con gusto. Tales eran las disposiciones en que me encontraba hacia
el final del viaje.
Una tarde
creo que M. Chabrié me dijo:
—Mi
querida Flora, consuéleme, porque sufro mucho al ver que David se desespera
como lo hace. Briet está enfermo y me reprocha haberle comprometido en esta
especulación.
—¿Qué
hacer, mi pobre amigo? No está en nuestro poder cambiar el viento. El “Carlos
Adolfo” y el “Fletes” han llegado probablemen-te desde hace tiempo a
Valparaíso. Es un viaje perdido; pero, amigo mío, yo le quedo a usted.
—¡Oh!,
excelente amiga, no deploro este viaje sino por David y Briet. ¡Ya llegó a mi
vida la era de la felicidad! Es en este viaje cuando la dicha ha comenzado a
despuntar para mí.
—Querido
amigo, hasta aquí, en nuestros proyectos de unión, ni el uno ni el otro hemos
pensado en las ventajas de fortuna que
215
Flora
Tristán
podríamos
encontrar. Permítame por vez primera decirle dos pala-bras. Usted sabe que me
dirijo donde mi familia con la esperanza de recoger, si no la totalidad, por lo
menos una parte de la herencia de mi padre. Si obtuviese todo tendría un
millón, pero, como mi título de hija legítima puede ser discutido, no cuento
con el millón. Esperemos solamente que, como hija natural, recibiré el quinto
de esa suma y ade-más el regalo que puede hacerme mi abuela. Porque, mi querido
ami-go, todo cuanto poseo es suyo. Con esta suma podrá pagar sus facturas y
proporcionar aún a David los medios de comenzar sobre nuevo pie.
—La
reconozco bien en esta generosidad. Pero, querida amiga, le voy a hacer conocer
el fondo de mi corazón. Esta fortuna esperada, de la que es usted tan digna de
gozar, yo la temo; tiemblo ante la idea de que pueda llegarle.
—¿Y por
qué, mi buen amigo?
—¡Querida
mía!, le repito, no conoce usted la bajeza de los hombres, su negra maldad y
los absurdos prejuicios que gobiernan el mundo.
—Pero
Chabrié, no comprendo...
—Escuche,
Flora. Usted está ahora sin fortuna. Si yo me caso con usted, se dirá por el
mundo que he hecho una tontería, una calavera-da. Pero aquellos que tengan el
alma noble y generosa me aprobarán y dirán: ha hecho bien en casarse con la
mujer a quien ama. Si, por el contrario, me caso con usted cuando ya sea rica,
¡oh!, entonces dirán a porfía que solo el interés me ha guiado y que no he
vacilado en pa-sar por encima del honor, pues bajo la palabra honor, el mundo
com-prende también los absurdos prejuicios de que está imbuido. Flora, este
pensamiento me hace daño y mientras más nos acercamos a Valparaíso siento mejor
cómo me atenacea el cerebro.
—¡Ah,
Chabrié! ¡Eso es horrible! Como usted, retrocedo espantada ante las
consecuencias que podría tener nuestra unión. En mi igno-rancia no lo había
pensado.
Escondí
mi cabeza entre las manos, asustada de las consecuen-cias de mi mentira...
—Amiga
mía, respondió Chabrié, no se abandone así al dolor. Sin duda nuestra posición
es difícil, pues, con mi carácter, siento que
216
3. La
vida a bordo
una vez
que sea su marido el primer bellaco (que no faltan en Amé-rica) que se
permitiese una palabra o una sonrisa equívoca respecto a usted tendría mi vida,
o ya la suya. Pero, querida amiga, no pense-mos en desgracias de este género
antes de que lleguen. Por lo demás, quizá no reciba usted un peso de toda esa
gran fortuna. ¡Dios mío, lo deseo con todo mi corazón!
Me sentía
anonadada. Paria en mi país, había creído que al poner entre Francia y yo la
inmensidad de los mares podría recuperar una sombra de libertad. ¡Imposible! En
el Nuevo Mundo era también una paria como en el otro. Desde aquel momento
renuncié al proyecto de tranquilidad y a los dulces goces que el amor de M.
Chabrié me ha-bía hecho concebir. Si el espanto causado por mi soledad y el
deseo de protección me habían hecho aceptar ese amor no podía ya, una vez en
tierra, comprometer la fortuna, la felicidad y aun la vida del hombre de honor
a quien debía el más sincero reconocimiento por la abnegación demostrada
durante cinco meses.
Por fin,
el 133º día de nuestra navegación descubrimos Piedra Blanca y seis horas
después anclamos en la rada de Valparaíso.
217
4.
Valparaíso
El número
considerable de embarcaciones ancladas en la bahía de Valparaíso da
inmediatamente una idea de la gran importancia co-mercial de este puerto. El
día de nuestro arribo entraron doce naves extranjeras. Esta circunstancia no
era de naturaleza para reanimar las esperanzas de lucro de esos señores. Como
son muy conocidos en estos parajes fue mucha gente a saludarnos apenas
anclamos.
Desde que
se tuvo noticia de la entrada del “Mexicano” en la rada, los franceses
acudieron al muelle a esperar nuestro desembarco. Las dos naves que zarparon de
Burdeos al mismo tiempo que nosotros y que habían llegado a Valparaíso desde
hacía más de un mes habían salido nuevamente para su viaje por la costa. Los
dos capitanes, en sus charlas por la ciudad, creyeron que debían anunciar mi
próxima llegada y, no queriendo decir las verdaderas razones que me impidieron
embarcarme con ellos, dijeron con toda desvergüenza que había dado la
preferencia a M. Chabrié, a causa de los buenos mozos que se encontraban a
bordo, y que el atractivo de esa grata compañía me había hecho pasar sobre los
in-convenientes de un navío tan pequeño como el “Mexicano”. Los amables
franceses de Valparaíso esperaban, pues, ver desembarcar a una linda señorita
porque los dos malvados capitanes, para completar la vengan-za, me habían
descrito con insinuaciones malévolas. Esperaban también ver batirse en duelo a
los buenos mozos del “Mexicano”, desde la mañana siguiente, lo cual les habría
divertido mucho.
219
Flora
Tristán
Estaban
todos reunidos en el muelle cuando pusimos pie en tie-rra. Me sorprendió el
aspecto del lugar. Me creí en una ciudad fran-cesa. Todos los hombres a quienes
encontraba hablaban francés y estaban vestidos a la última moda. Noté que yo
era el blanco de las miradas de toda esa gente, sin poder comprender entonces
el porqué. M. David me condujo donde Mme. Aubrit, una francesa que tenía una
pensión en Valparaíso. No juzgó conveniente dejar allí a M. Mio-ta y le llevó a
otro hotel, administrado igualmente por una francesa. La casa de la señora
Aubrit se hallaba a orillas del mar. Mi ventana daba sobre la playa y la
habitación estaba muy bien amueblada, la mitad a la francesa y la otra mitad a
la inglesa.
Al bajar
a tierra después de ciento treinta y tres días de navega-ción ya no sabía
caminar. Me bamboleaba. Todo daba vueltas a mi al-rededor y mis pies eran tan
sensibles que sentía en las plantas vivos dolores cuando estaba de pie.
Por la
tarde vino a verme M. Miota. Le rogué ir a la ciudad en bus-ca de noticias de
Arequipa, de mi tío Pío y, sobre todo, averiguar si mi abuela vivía todavía.
Por la
noche no pude dormir. Un presentimiento confuso, una voz misteriosa me decía
que una nueva desgracia iba a caer sobre mi cabeza. En todas las grandes crisis
de mi vida he tenido presen-timientos semejantes. Creo que, cuando estamos
reservados para grandes pesares, la Providencia nos prepara a ellos por medio
de ad-vertencias secretas, a las que prestaríamos mayor atención si no
es-tuviésemos seducidos constantemente por nuestra vana razón, que nos engaña
sin cesar y nos arrastra siempre. Después de haber hecho mil suposiciones todo
lo vi peor. Me representé muerta a mi abuela, a mi tío que me rechazaba, y a mí
sola, a 4 mil leguas de mi país, sin apoyo, sin fortuna, sin ninguna esperanza.
Esta situación tenía algo tan terrible, que su mismo horror levantó mi energía,
me dio con-ciencia de mí misma y esperé el acontecimiento con resignación.
A la
mañana siguiente M. Miota regresó a verme hacia las once. En cuanto llegó leí
en su rostro que tenía alguna nueva siniestra que darme. ¡Mi abuela ha
muerto...!, le dije. Quiso tomar algunas
220
4.
Valparaíso
precauciones
para anunciármelo, pero el golpe estaba dado. Había muerto el mismo día de mi
salida de Burdeos. ¡Oh! Confieso que por un momento sentí vacilar mis fuerzas.
Esta muerte me quitaba mi único refugio, mi única protección, mi última
esperanza. M. Miota se retiró, comprendiendo bien que, en momentos semejantes,
se ne-cesita estar solo. Sin embargo, me dijo al dejarme: —Voy a decirle a M.
Chabrié que venga a verla. El buen joven no sabía que, para mí, Chabrié
¡también había muerto!...
Existen
dolores tan por encima de aquellos a que uno está expues-to por lo común, cuyas
garras rudas y ardientes penetran tan pro-fundamente que ninguna lengua tiene
palabras para describirlos. De esta naturaleza fueron los que sentí con la
nueva de esta muerte que aniquilaba todas mis esperanzas. No vertí una sola
lágrima. Con los ojos secos, ardientes, hundidos en las órbitas, hinchadas las
venas del cuello y de la frente, las manos frías y crispadas, permanecí más de
dos horas en la misma actitud, contemplando el mar que me pa-recía un cuadro
horrible sobre el que mi historia estaba trazada con caracteres de fuego. Me
sirvieron la comida ¡y comí!... a tal punto, en esta crisis de dolor
inextinguible, mi alma se había separado tan por completo de mi cuerpo. Dos
seres habitaban en mí: uno, para la vida física, respondía a las preguntas que
se le dirigían, veía los objetos que lo rodeaban; y el otro, enteramente
espiritual, vivía su vida de visiones, de recuerdos, de presentimientos. Por la
tarde M. Chabrié entró en mi cuarto, vino a sentarse cerca de mí, me tomó de la
mano, la apretó cariñosamente entre las suyas y lloró. Tenía una de esas
naturalezas felices cuyo dolor se desvanece con las lágrimas.
—¡Dios
mío!, me dijo después de un largo silencio, ¡querida ami-ga! ¿Qué podría
decirle para consolarla? ¡Estoy aterrado! Desde esta mañana no he podido
hilvanar dos ideas. No me he atrevido a venir, mi pobre Flora. Su dolor está
aquí, en mi viejo corazón, como un an-cla que se hunde en el fango por su
propio peso. ¡Qué hacer! En nom-bre de mi amor, dígame qué puedo hacer.
Contemplé
el mar con un movimiento de desvarío. Hubiese queri-do que Chabrié me
precipitase en él.
221
Flora
Tristán
—¿Quiere
que la haga regresar?...
—¿Regresar?...
¿Y a qué país?
—Querida
Flora, ¿qué tiene usted? Dios mío, qué frías están sus manos, cómo quema su
frente. Querida amiga, cálmese. Su sufri-miento me mata.
Él
también contempló el mar y gruesas lágrimas cayeron de sus ojos. De repente
rompió el silencio que reinaba entre nosotros y me dijo: —¡Bien, Flora!
Mientras más pienso más insisto en creer que este acontecimiento es feliz para
los dos. Si usted hubiese encontra-do a su abuela en Arequipa todos sus asuntos
de intereses se habrían arreglado como usted deseaba. Hubiese usted sido rica.
¡Oh!, mi que-rida amiga. Este pensamiento ¿no la hace estremecer?... ¡Usted
rica y yo pobre! Usted lo comprende, Flora; en este caso me habría sido preciso
renunciar a usted. ¡Renunciar a usted! ¡Flora, eso sería mi muerte!... En
cambio, por este acontecimiento, usted es mía... ¡Oh!, no puedo creer en tanta
felicidad, pues toda mi vida he sido tan desgra-ciado. Siempre he tocado la
felicidad con la mano y en el momento de cogerla la veía desvanecerse. Mi buena
Flora, tenga piedad de mi gozo, de mi dolor, de las crueles inquietudes que me
asaltan... Han pasado tantas cosas en mí desde que he tenido noticia de esa
muerte,
que en
verdad no sé dónde encontrar mi razón.
Chabrié
estaba en una agitación como jamás le había visto. Cami-naba a grandes pasos en
el cuarto, se detenía delante de la ventana, se aproximaba a mí, me cubría con
mi chal, calentaba mis manos he-ladas, me hablaba de nuestro matrimonio, de su
alegría, de los arre-glos que iba a hacer para apresurar nuestra unión, me
consultaba sobre sus negocios, me pedía que decidiese yo misma en la forma que
quisiese. Chabrié estaba feliz y con la imagen de su felicidad sentía yo mil
serpientes que me devoraban el corazón.
Se
retiró. Me arrojé sobre mi lecho. Mi cuerpo estaba quebranta-do por la fatiga.
Mi cuerpo durmió y mi alma continuó velando. Las personas que han tenido
semejantes noches pueden decir que han vivido siglos en mundos diferentes. El
alma se despoja de su envol-tura, se lanza ávida de conocer, en la inmensidad
del pensamiento.
222
4.
Valparaíso
Corre,
vuela como el cometa, atraviesa miles de esferas y, así como este astro
luminoso, absorbe las ondas de claridad que refleja en su curso sobre los seres
que le son caros. Libertada del cuerpo y de sus exigencias, sin que nada la
detenga, el alma sigue los impulsos de Dios, principio de amor del que ella
emana, y en su libertad tiene conciencia de sí misma y el presentimiento de su
destino.
Dos días
después de nuestra llegada a Valparaíso el hermoso bar-co de tres mástiles,
“Elisabeth”, se hizo a la vela para Francia. Al ver los aprestos de su partida
tuve el vivo deseo de irme en aquel barco pues estaba segura de la mala acogida
que me haría mi tío. El temor de afligir a Chabrié me impidió ceder a este
deseo. Este paso me hu-biese hecho pasar por loca a los ojos de las gentes.
Pero no fue esta consideración la que me detuvo. Ya en esta época tenía
costumbre de seguir la voz de mi conciencia. Los afectos de mi corazón podían
disuadirme, mas no los razonamientos del mundo.
M. David
vino a verme. Me pareció realmente apenado por la des-gracia que me había
ocurrido. Me habló primero con bondad y luego sacó a relucir su filosofía.
Después, cambiando el curso de la conver-sación, me dijo:
—¿Sabe,
señorita, que aquí se habla mucho de usted desde su llegada?
—¿Y a
propósito de qué?
—¡Ah!,
porque es usted la sobrina de don Pío de Tristán, muy co-nocido en Valparaíso
por su larga estada aquí durante su destierro; porque es usted francesa y
aquellos dos capitanes dijeron que era us-ted una belleza, una divinidad y, en
fin, porque están sorprendidos de que siendo ocho los que hemos vivido a bordo
durante cinco meses con usted, no nos hayamos batido los ocho al llegar aquí,
como su-cede cuando hay una mujer en un barco. Nos acometen a preguntas acerca
de usted y todos tienen el más vivo deseo de conocerla.
—¡Ah,
señor!, comienzo a comprender la verdad de sus opiniones:
los
hombres son muy malos.
—Querida
señorita, no ha visto usted nada todavía y si se deja llevar de su sensibilidad
tendrá mucho que sufrir en este país. Hay
223
Flora
Tristán
que
acorazar el corazón, como los antiguos caballeros se ponían co-razas sobre el
pecho. Sobre todo, oculte sus impresiones. Que no se den cuenta de todo el daño
que le hacen, pues si lo perciben, todo se perdería. Son tan cobardes que desde
que ven caer a un hombre se arrojan sobre él para abrumarle.
—¿Ha oído
usted hablar mal de mi tío?
—No le
repetiré todo cuanto se dice de él. Eso la apenaría sin ne-cesidad. Espere,
para juzgarlo, conocerle por usted misma. Aquí lo que hay que observar de
curioso es la población francesa. Figúrese que hay en Valparaíso cerca de
doscientos franceses.
—Esa
cifra es enorme, ¿qué hacen para vivir? —Practican el comercio con el Perú y
Centroamérica. —¿Qué género de distracciones encuentran en este país?
—Los
ricos tienen mujeres, juegan y montan a caballo. Los que no lo son fuman
cigarrillos, cortejan a las muchachas que pasan por los muelles y tienen el
recurso de los chismes.
—¡Cómo!
¡En Chile también hay chismes! ¿Y sobre qué?
—Sobre
todo. Siempre que se encuentran dos franceses no pue-den faltar los temas. Cada
nave que llega les proporciona uno nuevo. En este momento el “Mexicano” y
usted, en particular, cautivan toda la atención.
En
efecto, nuestra estada en Valparaíso ocupaba mucho a estos franceses, quienes
en realidad son los seres más habladores y chis-mosos que es dable imaginar. Se
destrozan entre sí sin ninguna con-sideración y se hacen detestar de los
habitantes por las bromas que no cesan de dirigirles. Es así como por lo
general se muestran en los países extranjeros nuestros queridos compatriotas.
Mme.
Aubrit tenía un comedor común donde se reunían cuaren-ta o cincuenta de ellos.
Cuando vieron que no quería presentarme me hicieron pedir permiso para
visitarme. Quizá hice mal en negar-me a satisfacer su curiosidad. Pero confieso
que no sentía ninguna disposición para hablar de lugares comunes con esos
señores. Mi negativa los ofendió y desde aquel momento me hicieron todas las
pequeñas maldades que pudieron.
224
4.
Valparaíso
Creo que
mi huésped, la señora Aubrit, merece figurar aquí. Pre-sentaba en Valparaíso el
tipo de la modistilla de París. Había sido mo-dista y tenía unos 30 años. Su
físico era agradable, su carácter alegre y despreocupado. Tenía sobre todo un
corazón excelente. Era fina en sus maneras y buena con todo el mundo. Se estaba
en su casa mejor de lo que podía uno estar en su propia casa. El precio era de
10 fran-cos por día por el alojamiento y dos comidas; pero se podía pedir lo
que uno deseara pues Mme. Aubrit estaba siempre dispuesta a darlo sin exigir
precio adicional.
La señora
Aubrit había sido pasajera de M. Chabrié y le debía todo. Fue con su ayuda, con
su apoyo y sus recomendaciones con lo que había podido formar su
establecimiento en Valparaíso. Había prospe-rado y esta excelente mujer sentía
por M. Chabrié el más vivo reco-nocimiento. Quizá fue a causa de esto que
estuve tan bien en su casa porque M. Chabrié me había recomendado de una manera
especial.
Mme.
Aubrit es también una de las víctimas del matrimonio. Ca-sada a los 16 años con
un viejo militar, cuyo carácter y costumbres le eran antipáticos, la
infortunada joven tuvo mucho que sufrir. Al fin no pudo ya soportar aquel
infierno, se escapó y huyó. Entonces otros males cayeron sobre su cabeza. Mme.
Aubrit al dejar a su marido quedó sin medios de subsistencia. Quiso ganarse la
vida, pero ¿qué hacer? Para las mujeres ¿no están cerradas todas las puertas?
Cuan-do se ha tenido un hogar es difícil decidirse a vivir en dependencia de
los demás. La señora Aubrit hubiese tenido que ser otra vez emplea-da de tienda
a no haber esperado algo mejor. Tenía una linda voz y le aconsejaron que se
dedicase al teatro. Lo hizo así, en efecto, en el Va-riedades. Pero una voz
bonita no basta para triunfar en las tablas. Es necesario, además, cantar con
escuela y, aunque bastante joven para aprender música no podía, sin dinero,
entregarse a este estudio, pues debía trabajar para subvenir a sus necesidades.
Arrastró así durante dos años su penosa existencia ya como dama de compañía,
cajera o en su casa, triste, desanimada, enferma y sin nadie que derramara
sobre su corazón alguna palabra de consuelo. En la pensión donde vivía conoció
a un joven a quien confió su triste situación. Este no
225
Flora
Tristán
era más
feliz que ella y le propuso que se fuese con él a América del Sur. La
desgraciada se sentía vencida, no podía ya luchar contra la miseria y la
soledad, y aceptó. Ese joven era un conocido de Chabrié. Había perdido su
fortuna y con los restos que logró salvar se dirigió a América.
Seis
meses después de su llegada a Valparaíso murió el joven. Su larga enfermedad
había agotado sus últimos recursos. La pobre Mme. Aubrit quedó encinta y sin
ningún medio de subsistencia. Fue en esta cruel situación que M. Chabrié la
encontró al regreso de su viaje por la costa. Le propuso llevarla a Francia
junto con su hijo. Pero ella comprendió que en Francia no sería sino una
miserable paria y prefirió quedarse. Entonces el buen Chabrié, con su
generosidad ha-bitual, se propuso hacerla salir de la desgraciada situación en
la que se hallaba. La recomendó a sus consignatarios y garantizó por ella la
cantidad de mil pesos. Además de esta garantía le prestó dinero. Con estos
recursos abrió una pensión que prosperó inmediatamente aún más allá de sus
esperanzas.
La
historia de Mme. Aubrit es la de miles de mujeres que, como ella, están al
margen de la sociedad y tienen que sufrir los horrores de la miseria y del
abandono. Nuestra sociedad se muestra insensi-ble a la vista de estas
desgracias y a la perversidad que las hace nacer. En su estúpido egoísmo no ve
que el mal ataca la organización social por su base; los datos estadísticos
revelan sus progresos sin que se piense en ponerle remedio.
Cuando la
señora Aubrit acabó de referirme sus penas me habló de M. Chabrié, alabó su
generosidad, delicadeza y agregó:
—¡Ah,
señorita! ¡Es una lástima que tan bella alma haya caído también en tan malas
manos!
—¿De
quién quiere usted hablar?...
—De
aquella mujer que le hizo quedarse en Lima durante tres años perdiendo su
tiempo. De esa señora Aimée, de quien quizá M. David le ha hablado, pues él no
la quería en lo absoluto. Hay mu-cha razón, señorita, en decir que un buen
hueso no es jamás para un buen perro. Creo, sin alabarme, que valgo un poco más
que esa
226
4.
Valparaíso
señora
Aimée y si nunca he encontrado hombres que me han hecho mal, en cambio, no he
encontrado alguno cuyo amor corresponda al mío; mientras esa mujer ha tratado
al pobre Chabrié en la forma más indigna y, a pesar de todo, él está como loco
por ella.
Todo
cuanto Mme. Aubrit me contó respecto a aquella señora Ai-mée, y el daño que le
había hecho a M. Chabrié, me hizo tomar la resolución de ser su ángel bueno, de
esforzarme en reparar con el poder de mi afecto el mal que aquella mujer le
había causado. Y, a fin de alcanzar ese objeto, arrancar de su corazón el amor
que tenía para mí. Este era el punto principal para triunfar, y al mismo
tiempo, lo más difícil de la tarea que me imponía. Si nunca he retrocedido ante
una empresa por penosa que fuera cuando la esperanza de hacer el bien ha sido
el móvil, debo confesar, sin embargo, que tuve que sos-tener una lucha penosa
durante tres días. La voz de mi conciencia me decía: Deja a Chabrié. Haz de
suerte que no te ame más, tu amor le causaría vivos dolores. Mientras la voz
del yo, del interés personal, me repetía sin cesar: Si dejas a Chabrié, si
pierdes su amor, te queda-rás sola. Sola, sin afectos, sin amistad, la vida
será para ti un desierto. Cuando esta voz insidiosa silbaba sus palabras a mi
oído sentía un sudor frío por todo mi cuerpo. Me parecía que tenía miedo.
La
amistad de Chabrié era para mí más necesaria y la abnega-ción de su afecto
tomaba nuevo imperio sobre mí a cada instante. David también me agradaba más y
la vista de la señora Aubrit traía presente a mi pensamiento la historia de sus
dolores, de los cuales me refería a cada momento nuevos detalles y reanimaba en
mí el espanto causado por la perspectiva del aislamiento. Además, tenía la
salud debilitada por largos sufrimientos, la moral abatida por la última
pérdida que acababa de sufrir, como consecuencia de la cual esperaba nuevas
desgracias en mi familia. La reunión de todas esas circunstancias, demasiado
fuertes para mí, me hacía sentir un de-seo imperioso de cariño y tranquilidad.
Por momentos estaba lista a arrojarme al cuello de Chabrié, confesarle todo lo
que sufría, pedirle ayuda y protección, sintiéndome ya incapaz de resistir por
más tiem-po. Pero el temor de causarle un dolor me detenía. Su conducta para
227
Flora
Tristán
conmigo
durante todo el viaje, esos cinco meses de amor y de com-placencia, me
inspiraban tanto agradecimiento que no tenía valor para hacerlo sufrir. No sé
lo que habría sucedido si hubiera tenido la fuerza para obedecer a mi deber,
sin una ocurrencia providencial que me hizo tomar una determinación.
M. David
venía a verme todas las tardes. Mi habitación era el pun-to de reunión de
aquellos señores. Sus negocios no ofrecían brillan-tes perspectivas. Habían
encontrado la plaza completamente ocupa-da, no tenían ventas y el vencimiento
de sus letras les preocupaba horriblemente. M. David entró una tarde con aire
muy satisfecho. —Querida señorita, me dijo, tengo una buena noticia que darle.
Ya estamos sin inquietudes respecto a nuestras fechas de pago. Aca-bamos de
recibir cartas de M. Roux, de Burdeos, en las cuales nos anuncia que sale
fiador de nosotros y se encarga del pago de todas nuestras obligaciones a
medida que se venzan. Dice que considera a Chabrié como miembro de su familia,
como si fuera ya su hijo... Us-ted sabe, agregó M. David, antes de nuestra
salida de Burdeos hubo el proyecto de casar a Chabrié con la señorita Roux. El
matrimonio no le agradó a nuestro amigo porque encontraba a esta señorita
de-masiado joven. Suceda lo que suceda, esta circunstancia es muy feliz para
nosotros. Nuestra operación es buena, pero las ventas, más tar-días de lo que
pensábamos, la hubiesen hecho mala sin la compla-cencia de M. Roux quien va a
facilitarnos los medios de esperar.
Lo que me
dijo M. David me hizo vislumbrar para Chabrié un por-venir insospechado hasta
entonces. Ese matrimonio con la señorita Roux le convenía perfectamente. Él
quería a la familia de M. Roux tanto como a la suya. La más grande intimidad
reinaba entre ellos. Ambos, nacidos en la misma ciudad, educados juntos, habían
nave-gado largo tiempo en la misma embarcación. Chabrié tenía diecio-cho años
más que la señorita Roux, pero si la joven lo amaba ¿qué importaba esa
diferencia de edad? No sé si mi doble vista me sirvió en esta ocasión, mas pude
ver con claridad que Chabrié encontra-ría en esta unión con la hija de su amigo
la felicidad y el reposo que tanto necesitaba. Y desde aquel instante resolví
emplear todos mis
228
4.
Valparaíso
esfuerzos
para decidirle. Me regocijé con M. David por la generosa confianza de M. Roux,
que les sacaba de apuros, y cuando Chabrié vino conversamos largamente.
Al día
siguiente anuncié a M. Chabrié que al ver mis intereses com-prometidos por la
demora no podía esperar por más tiempo su partida y estaba determinada a seguir
sola en línea recta hasta Arequipa.
Chabrié
se sorprendió tanto por esta súbita determinación que no pudo creer en mis
palabras. Me las hizo repetir varias veces. Cal-mé su pesar y le mostré que
nuestros comunes intereses así lo exi-gían. Me suplicó que esperara por lo
menos dos días a fin de tener tiempo para reflexionar. Persuadí a M. David de
la urgencia de mi sa-lida inmediata para Arequipa, él me ayudó a reconciliar a
M. Chabrié con esta próxima separación. Desde el momento en que tomé esta
resolución me sentí fuerte, libre de toda inquietud y gusté esa satis-facción
interior que tanto bien hace cuando se tiene la conciencia de haber hecho una
buena acción. Me encontré tranquila. Acababa de triunfar de mí. La buena voz
había prevalecido.
Libre por
completo de toda preocupación pude entregarme a mi papel de observadora.
Recorrí entonces la ciudad en todos sentidos. Para describir una ciudad, por
poco importante que sea, hay que ha-cer una estancia prolongada, conversar con
toda clase de gentes y ver la campiña que la alimenta. No es solo de paso como
se pueden apreciar los usos y costumbres y conocer la vida íntima. Solo me
que-dé catorce días, siempre en Valparaíso y un tiempo tan corto no per-mite
trazar sino un esbozo de su apariencia exterior.
M.
Chabrié me dijo que había conocido Valparaíso en 1825. En aquella época la
ciudad se componía de treinta o cuarenta cabañas de madera. Ahora todas las
alturas que circundan el mar están cu-biertas de casas. La población se eleva a
30 mil almas. La ciudad pre-senta tres partes bien distintas: el barrio del
Puerto o de la Aduana, formado por una sola calle y que se prolonga por las
orillas del mar por espacio de una legua. No está todavía pavimentada y en
tiem-po de lluvias es una cloaca. La Aduana está situada frente al mue-lle: es
un vasto edificio cómodo para su destino, pero sin ninguna
229
Flora
Tristán
decoración
arquitectónica. En aquel barrio están las grandes casas de comercio de diversas
nacionalidades, los almacenes, los depósitos y las hermosas tiendas de objetos
de lujo. Allí la vida es activa y el movimiento continuo. Alejándose de aquel
centro se llega al barrio del Almendral, único paseo de los habitantes. Es en
esa parte de la ciudad donde se hallan los retiros, las casas de recreo con
bellos jar-dines. En fin, la tercera parte se llama la Quebrada (garganta de
mon - tañas que ciñen la ciudad) y está habitada por los indios.
El
carácter de los chilenos me ha parecido frío. Sus maneras du-ras y altaneras.
Las mujeres son tiesas, hablan poco, ostentan gran lujo en la toilette, pero su
manera de vestir carece de gusto. En lo poco que conversé con ellas no quedé
impresionada por su amabilidad, y a ese respecto me parecen muy inferiores a
las peruanas. Se dice que son excelentes mujeres de hogar, laboriosas y
sedentarias. Lo que pa-recería probarlo es que todos los europeos que llegan a
Chile se casan allí, lo que sucede con menos frecuencia en el Perú.
230
5. El
“Leónidas”
Había
separado mi pasaje a bordo del barco de tres mástiles “Leóni-das”. El capitán
me hizo prevenir que se había fijado la partida para el domingo 1 de septiembre
a las doce del día.
Me
levanté ese día muy temprano, pues no tenía criado para ayu-darme a hacer mis
maletas y otros preparativos de viaje. Tuve que escribir varias cartas. Todas
esas ocupaciones pusieron, por algunos instantes, una tregua a los pesares que
me oprimían el alma. En me-dio de mis preparativos recibí muchas visitas y debí
a las molestias del momento la apariencia de calma con que las recibí. Esas
perso-nas venían a despedirse de mí, las unas por afecto, el mayor número por
curiosidad. El pobre Chabrié no podía estar tranquilo. Iba y venía
alternativamente del cuarto al balcón por temor a que esos visitan-tes
importunos percibiesen su emoción. Gruesas lágrimas brotaban de sus ojos, su
voz estaba alterada, no se atrevía a decir una palabra. Su dolor me agobiaba.
Como
viéramos que el “Leónidas” se aprestaba a levar anclas des-pedí a mis
visitantes. No conocía a todas aquellas gentes sino desde hacía poco tiempo.
Pero estábamos en país extraño, los unos habían venido de Francia conmigo, los
otros eran mis compatriotas, habla-ban mi idioma y mi corazón se oprimía al
verlos alejarse.
Quedé
algunos instantes sola con Chabrié.
231
Flora
Tristán
—¡Oh!, me
dijo. Flora, júreme que me quiere usted, que será usted mía y que la veré muy
pronto, pues si usted no lo hace no tendré fuer-zas para verla partir.
—Querido
amigo ¿tengo necesidad de jurarle que lo amo? En cuanto a la unión proyectada,
solo Dios sabe lo que el porvenir nos tiene reservado.
—Pero ¡su
voluntad, Flora! Repítame que en este momento puedo considerarla como mi
esposa. ¡Oh!, repítalo.
Hubiese
deseado evitar la renovación de una promesa que sabía muy bien no podía
cumplir. Pero su dolor me asustó. Temí que no pudiese dominarse y, atormentada
por su expresión conmovedora y ante el temor de que David u otra persona
entrase y lo encontrase llo-rando, le prometí ser su esposa y quedarme en
América a participar de su buena o mala fortuna. El desgraciado, ebrio de
alegría, estaba emocionado muy vivamente para notar el profundo dolor que me
ago-biaba. No sentía que en sus brazos no estrechaba más que un cadáver incapaz
de devolverle la menor caricia. Me dejó porque creyó no tener la fuerza de
acompañarme y fui con M. David a bordo. Me despedí de la señora Aubrit y saludé
a la multitud de franceses, que encontré en mi camino, con una sangre fría que
me admiraba a mí misma y que provenía del estado de aturdimiento en que me
encontraba.
Nos
hallábamos en el bote. Guardaba silencio y estaba atenta solo para reprimir
dentro de mí el dolor que me devoraba, cuando M. Da-vid me dijo:
—Señorita
Flora, vamos a pasar delante del “Mexicano”. ¿No quiere usted decirle adiós a
ese pobre “Mexicano”, al que sin duda no volverá a ver más? Esas palabras
produjeron en mí un efecto in-concebible. Fui presa de un temblor súbito que no
pude resistir. Mis dientes castañeteaban. M. David lo notó, pero le dije que
sentía frío. Temí por un instante que no podría sostener ya mi cabeza.
M. Briet,
Fernando, Cesáreo, todos estaban en el puente para sa-ludarme y decirme adiós.
No podía pronunciar una palabra. ¿Por qué nos deja, señorita Flora?, me gritó
M. Briet. ¡Pobre señorita!, de-cían los demás, ¡qué valor tiene! Todos repetían
la palabra adiós, que
232
5. El
“Leónidas”
repercutía
en mi corazón desgarrado. Inclinaba la cabeza, me ocul-taba entre mi velo,
murmuraba ¡adiós, adiós! e invocaba a la muerte.
Subimos a
bordo del “Leónidas” en el cual encontramos una in-mensa multitud de ingleses y
americanos que habían ido a acompa-ñar a sus amigos. David, después de haberme
recomendado caluro-samente al capitán, me condujo a mi camarote junto con el
steward,1 a quien pidió que me atendiese con celo. Ambos me ayudaron a
arre-glar mis efectos y a ordenar mi camarote. Enseguida M. David me llamó
aparte, me describió la manera de ser de los extranjeros con quienes iba a
vivir para ponerme en guardia contra hombres con quienes una mujer debe ser más
que reservada si quiere que la res-peten. Había en el salón varios ingleses o
americanos sentados en torno de una mesa bebiendo un grog. Me convertí en el
centro de atención de todos aquellos extranjeros. Hablaban en inglés y veía que
me tomaban por tema de su charla. Sus risas y miradas insolen-tes provocaron mi
indignación. Sentí cuán sola estaba en medio de esos hombres con vicios
inmundos y que desconocían las atenciones debidas a una mujer y a la primera de
las leyes sociales: la decencia. Ese espectáculo, que daba tanta veracidad a
los consejos de M. David, me entristecía profundamente. Sentía yo todos los
horrores del ais-lamiento. M. David, al darse cuenta de ello, se esforzó por
fortalecer mi valor, por reanimar la confianza en mí misma y, cuando levaron
anclas, se despidió. Lo acompañé hasta el puente y después de ha-berlo visto
embarcar en su bote me senté en la popa del barco donde permanecí hasta que
vinieron a arrancarme de allí.
Lo que
pasaba en mí sería difícil de describir. Mi corazón estaba tan ahíto de dolor,
mis miembros tan fatigados, todo tan confuso en mi pobre cabeza debilitada, y
yo tan débil, que los ruidos diferentes, los objetos dispares de que me hallaba
rodeada me causaban la más extraña pesadilla y presentaban para mí el caos más
extraño. Había aquel día una gran fiesta en la ciudad, con ocasión de una
revista de la Guardia Nacional de Chile. Escuchaba las bandas de música, veía
1 El steward es a bordo de los barcos ingleses
el sirviente que atiende el salón. [N. de la A.].
233
Flora
Tristán
a todo el
mundo muy bien vestido y yo asistía del brazo de Chabrié. Poco a poco vi
alejarse Valparaíso, los barcos de la rada se volvieron tan pequeños que
parecían juguetes de niños. El ruido del puerto, los ladridos de los perros y
el canto del gallo no llegaban ya a mis oídos. ¡Oh, Dios mío! Una vez más
perdía tierra. Entonces un dolor violento se apoderó de mi corazón. Recobré mis
sentidos, pero fue para maldecir mi destino. Cuanto había sufrido desde mi
infancia, mi posición actual, todo se presentó simultáneamente ante mis ojos.
Aquellos recuerdos estaban tan llenos de vida que sentí juntos todos los
dolores pasados y los pesares presentes. Mi imaginación me ha-cía concebir los
más funestos pensamientos. Estaba inclinada sobre la barandilla del navío desde
hacía algunos instantes, miraba con fijeza la casa del cónsul inglés situada en
la cima de la más elevada montaña de Valparaíso que, gradualmente, se perdía en
el horizonte. Mis ojos fatigados miraron el agua. Sentí la inmensidad del mar y
los pesares que arrastraba en pos mío. No sé lo que hubiese ocurrido con ese
deseo que a cada momento tomaba más fuerza si el capitán y un médico, a quienes
no había hablado todavía, no hubiesen venido a obligarme a dejar mi sitio para
conducirme al salón. Quise resistir, mas el mareo se había apoderado de todas
mis fuerzas y paralizó mi voluntad. Me condujeron a mi cabina. Me acosté y por
felicidad el mareo fue tan fuerte que muy pronto no me quedó idea alguna.
Pasé una
noche espantosa. Al amanecer mis sufrimientos se calmaron un tanto. Me quedé
dormida y no desperté sino dos ho-ras después del mediodía. El capitán y el
doctor me importunaron entonces con sus apremiantes solicitudes para inducirme
a tomar alguna cosa. Al fin, impaciente y para librarme de sus reiterados rue -
gos, consentí en tomar un poco de sopa a la que agregué una taza de café con
agua. En efecto, me encontré mejor después de esta ligera colación. Me levanté
y subí al puente. Mi primer movimiento fue vol-ver los ojos en dirección de
Valparaíso. Pero ¡ay!, no había ya nada...
nada,
sino cielo y agua. Me sentí oprimida y un suspiro se escapó de mi pecho. Me
senté sobre la banca destinada a los pasajeros. Mi esta-do de debilidad me
dispensaba de hablar y, como no estaba dispuesta
234
5. El
“Leónidas”
en lo
absoluto a hacerlo, me puse a observar con atención a mis nue-vos compañeros de
viaje.
El
capitán era uno de esos americanos del norte cuyo espíritu está circunscrito a
la profesión que ha abrazado. Pesado y materialista, la bondad resultaba en él
fruto del temperamento más bien que de la educación. Yo le había sido
recomendada en Valparaíso en forma muy especial por los consignatarios de M.
Chabrié. Tenía para mí el más grande respeto y todas las complacencias y
atenciones que su imaginación podía sugerirle. Nos hicimos buenos amigos
enseguida, tanto como podíamos serlo, hablando idiomas diferentes: él inglés
únicamente y yo francés y español que él no comprendía.
Había
tres pasajeros americanos, además del doctor. Uno de ellos era un hombre
bastante vulgar y no hablaba francés ni español; otro, un joven de 19 años, de
un físico agradable, de humor sombrío y melancólico, que estaba atacado de
spleen. Le obligaban a hacer un viaje tan largo solo con la esperanza de
curarlo. Mas en vano había pasado por todas las latitudes del globo.
Languidecía siempre, ningu-na mejoría se manifestaba en su estado, parecía
aspirar a otra vida y no haber venido a este mundo sino para apreciar mejor
aquel al que estaba destinado. Me fue imposible hablar mucho con él pues no
comprendía sino algunas palabras de español y nada de francés.
El tercer
americano merece una atención especial. De 24 a 26 años, era de talla pequeña,
bien formado, gracioso en todos sus mo-vimientos, muy rubio, con la piel
pecosa, los rasgos finos y regula - res, pero le faltaba esa expresión viril
que uno gusta de ver en un hombre. Hablaba el español bastante bien, comprendía
un poco el francés, aunque no lo hablaba, y tenía, cosa rara entre los
america-nos, un excelente tono y el exterior de un hombre acostumbrado a la
buena sociedad. Era un elegante de buen gusto que, aun a bordo, cambiaba cada
día de toilette y su indumentaria presentaba siempre un conjunto de formas y de
colores de admirable armonía. Era muy refinado en todo, tenía mucho orden, sin
que, a pesar de ello, se le notara afectación en nada. Con todo, su manera de
ser parecía pro-venir de las reglas aprendidas y ser su expresión exacta.
Empleaba
235
Flora
Tristán
la mañana
en su correspondencia comercial. Después de la comida leía, tocaba la flauta y
también cantaba. Era el hermoso ideal, el mo-delo perfecto del gentleman de
trasatlántico. Pero se sentía en él la ausencia de aquel abandono que da tanto
encanto a las relaciones ín-timas. La regla dominaba al hombre en todos los
detalles de la vida. Dotado de tacto y de discernimiento, estaba demasiado en
guardia sobre sí mismo para desviarse jamás de un plan de conducta en el que
todo parecía haber sido previsto. En una palabra, la inspiración o la
espontaneidad no se manifestaban en nada de cuanto hacía. Como apreciamos
nuestros talentos en proporción al trabajo que he-mos tenido al adquirirlos,
estaría dispuesta a creer que ese elegante americano tenía una alta idea de sí
mismo. Nacido en Nueva York se llamaba Pedro Vanderwoort. Por todas las
ventajas exteriores que se había procurado debía haber obtenido éxitos de
salón, pero ¡qué distancia hay entre el hombre a quien el arte social ha
modelado así y aquel a quien la Providencia ha destinado a sobresalir en
cualquier parte, a ser eminente como artista, como sabio o como escritor, en
fin, a marchar a la cabeza de sus semejantes! Este último domina las reglas, no
las soporta.
Desde el
primer momento que examiné a Mr. Vanderwoort vi que a mi vez era objeto de su
observación. Pero no podía adivinar qué efecto producía sobre él. Su fisonomía
poco expresiva no dejaba trai-cionar su pensamiento.
Llego por
fin al doctor, M. Víctor de Castellac. Por primera vez en mi vida, quizá,
encontraba en él a un hombre a quien no llegaba a clasificar. Ese doctor me
dijo que tenía 33 años. Yo le habría dado tan-to veinte como cuarenta. Era
francés y, de no habérmelo dicho, no hubiese podido distinguir a qué
nacionalidad pertenecía. Hablaba el francés sin ningún acento local, así es que
no se podía discernir en qué provincia de Francia había nacido y su tono, sus
maneras, sus costumbres, su vestido y su conversación tampoco indicaban uno u
otro país, ni traicionaban alguna profesión. Me di cuenta de que el doctor me
examinaba también con una curiosidad mezclada de sorpresa. No supe en aquel
momento a qué atribuirlo. Más tarde vi
236
5. El
“Leónidas”
que la
atención del público de Valparaíso, de la que a pesar mío había sido objeto,
había hecho nacer en él el deseo de conocerme.
Estuve
enferma los dos primeros días, pero enseguida me encon-tré mejor. Readquirí mis
fuerzas físicas y con ellas mis fuerzas mora-les. Aprobaba mi conducta. Me
sentía con valor para persistir en ella y luchar contra los obstáculos que me
esperaban. La satisfacción de mí misma me devolvió toda mi alegría.
El doctor
y yo nos juntamos para conversar. Me puse a hablar de París, de Argelia, de
otras mil cosas con un entusiasmo que me admi-raba a mí misma. Hablamos sobre
todos los temas, pero en especial de París, tema al que él me conducía siempre
porque casi no conocía aquella ciudad habiendo pasado toda su vida, desde su
salida del co-legio, en las colonias españolas. El elegante americano se
esforzaba por comprender lo que decíamos. Cogía el sentido de algunas frases y
adivinaba lo demás. Me dejó al fin conocer la opinión que se había formado de
mí y de M. de Castellac; tuve más libertad para divertir-me con él a expensas
de ese pobre doctor que se prestaba a burla en una multitud de ocasiones.
M. de
Castellac, después de haber permanecido seis años en Méxi-co, donde había
acumulado una bonita fortuna, fue a París en 1829. Confió todo su dinero a M.
Vassel y Cie., pues pensaba que la casa bancaria de esos señores era una de las
que ofrecían más garantía. Sobrevino la revolución de 1830. Esos señores
quebraron y el doctor perdió en un solo día el fruto de seis años de trabajo.
En un princi-pio estuvo inconsolable, se quedó un año en París y devoró sus
últi-mos recursos al tratar de salir de compromisos y de recoger algunos restos
de su fortuna perdida. Al fin adoptó un partido: resignarse a volver a América
con intención de juntar nuevas riquezas. Esta vez había dado su preferencia al
Perú y se dirigía a la ciudad del Cuzco.
El doctor
era muy conversador y sobre todo muy curioso. En el fondo excelente hombre,
aunque egoísta y desconfiado porque cono-cía el mundo y, como M. David, había
sido víctima suya.
Hicimos
una travesía muy feliz. El octavo día, a las nueve de la noche, anclamos en la
bahía de Islay (costa del Perú).
237
6. Islay
El día de
nuestra llegada no pude distinguir la costa del Perú. En el momento en que nos
acercábamos caía una lluvia menuda como la niebla que nos disimulaba la vista
de la ribera. El mar estaba tran-quilo y sin una embarcación inglesa que envió
su chalupa para re-molcarnos no sé cómo hubiésemos entrado. Estuvimos muy
contra-riados por no poder juzgar el aspecto de la comarca. El doctor y yo
teníamos viva impaciencia por verla. Agitados por esta curiosidad velamos hasta
muy avanzada la noche. Formábamos conjeturas acerca de la naturaleza de un país
que ansiábamos conocer, al mis-mo tiempo que conversábamos sobre nuestros
respectivos proyectos. El doctor se levantó de madrugada, atormentado por el
deseo de ver. Regresó al salón. Yo no dormía y lo veía a través de mis
persianas. El pobre hombre me pareció enteramente desmoralizado. Lloraba. Esto
me dijo mucho sobre el país. Pocos momentos después el doctor no pudo
contenerse más, se acercó a mi puerta y me dijo: —Paisana ¿duerme usted?
—No, le
dije.
—¡Ah! ¡Si
usted supiera, señorita, en qué horrible desierto nos en-contramos! ¡Es
espantoso! Ningún árbol, nada verde, solo arena ne-gra y árida y algunas
cabañas de bambú. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué va a ser de mí?
239
Flora
Tristán
—Doctor,
es preciso tomar un partido. La suerte está ya echada. Sus llantos, sus
lamentos y sus maldiciones no harán crecer árbo-les ni verdor. Por lo demás
parece que usted viene acá para buscar oro y no hermosos lugares campestres.
Me
levanté. Mientras me vestía, mi imaginación exageró de tal manera el horror del
país que, cuando subí al puente, me sentí me-nos afectada por la vista de la
aridez y la miseria. Toda la costa del Perú es en extremo árida. Islay y sus
alrededores no presentan sino una perspectiva de desolación. Sin embargo, el
puerto prospera en forma sorprendente. Me ha referido don Justo, el director
del co-rreo, que cuando se estableció en aquel lugar solo había tres chozas y
un gran hangar en donde se instaló la Aduana. Después de seis años de
existencia Islay tenía de 1.000 a 1.200 habitantes, por lo menos. La mayoría de
las casas, construidas de caña, no están en-ladrilladas; pero hay algunas muy
bonitas, hechas de madera que tienen elegantes ventanas y el suelo entablado.
La casa del cónsul inglés estaba a punto de quedar terminada cuando ingresé a
Islay, es encantadora. La Aduana es una construcción de madera muy grande. La
iglesia es más o menos buena y sus proporciones están en relación con la
importancia de la localidad. El puerto de Islay, mejor situado que el de Arica,
ha absorbido todos los negocios. Si continúa prosperando, como sucede desde
hace seis años, podrá en diez más tener 4 o 5 mil habitantes. Pero la
esterilidad del territorio será por mucho tiempo un obstáculo para un
crecimiento mayor. Enteramente privado de agua, carece de árboles y de
vegetación de cualquier especie. La época de los pozos artesianos no ha llegado
to-davía para este país. Está demasiado atrasado para pensar en ello. Islay no
tiene sino una pequeña fuente de agua potable que a me-nudo se seca en el
verano, entonces los habitantes se ven obligados a abandonar sus habitaciones.
El suelo está formado por una arena negra y pedregosa que sería indudablemente
muy fértil si se pudie-se irrigar.
Hacia las
seis de la mañana el capitán de puerto vino a bordo a hacer la inspección, como
se practica en todas partes a la llegada de
240
6. Islay
los
barcos. Se pidieron los pasaportes y cuando leyó el mío se elevó entre los dos
o tres hombres de la aduana un grito de admiración. Aquellos hombres me
preguntaron si yo era pariente de don Pío de Tristán y mi respuesta afirmativa
suscitó entre ellos una larga conversación en voz baja. El resultado de esa
deliberación fue que se me trataría con todas las muestras de deferencia y de
distinción propias a los personajes eminentes de la república. El capitán de
puerto vino respetuosamente a decirme que era un antiguo ser-vidor de mi tío, a
cuya generosidad debía su puesto, pues don Pío se lo había concedido cuando fue
prefecto de Arequipa. Me dijo también que desde hacía un mes mi tío estaba en
Camaná con toda su familia, en un gran ingenio de azúcar situado a orillas del
mar, a 40 leguas de Islay y otras tantas de Arequipa. Aproveché los
ofre-cimientos del capitán de puerto para rogarle que me precediera en Islay y
llevase las cartas de recomendación que traía para el administrador de la
aduana y para don Justo de Medina,1 director del correo y apoderado de mi tío.
A las once, después de haber al-morzado y habernos vestido abandonamos el
“Leónidas” con todo nuestro equipaje.
Islay no
tiene muelle todavía y el desembarque es por lo menos tan difícil como en la
Praia. Fui recibida en aquella primera aldea del Perú con todos los honores
debidos a los títulos y empleos de mi tío Pío. El administrador de la aduana,
don Basilio de la Fuente,2 me ofreció su casa. Justo de Medina, director del
correo, me propuso igualmente que aceptase la suya. Di preferencia a este
último por-que sentí más simpatía hacia él.
Atravesamos
toda la población. Consta de una larga calle no muy bien trazada, en la cual
subsisten todavía las rocas del mar y las desigualdades del terreno y en donde
uno se hunde en la arena
1 El administrador del correo de Islay en ese
año se llamaba José de Medina y no Justo, según puede verse en el Calendario y
Guía de Forasteros para el año 1833. [N. de la T.].
2 El administrador de la aduana de Islay, por
largo tiempo, fue Mariano Basilio de la Fuente y Bustamante, quien también
fuera alcalde de Arequipa (1823) y prefecto en varios departamentos. Ver
Bacacorzo (2000, p. 441, t. 1). [N. de la primera Ed.].
241
Flora
Tristán
hasta la
mitad de las piernas. Allí fui, aún más que en Valparaíso, el punto de mira de
todos. Era yo un acontecimiento. Don Justo me instaló en la pieza más hermosa
de su casa. Su esposa y su hija se apresuraron a ofrecerme todo cuanto juzgaron
que podría serme agradable. El pobre doctor Castellac no me dejaba a sol ni a
sombra y, para recompensarle de todos los cuidados que me había prodiga-do
durante el viaje, hice de él realmente mi médico. Con este título sería
admitido a gozar de las ventajas y de la generosa hospitali-dad brindadas a la
sobrina de don Pío de Tristán. El doctor ocupó también un cuarto en la casa de
don Justo y desde entonces no se separó de mí.
Es
necesario que, para ilustración del lector, le ponga al corrien-te de las
relaciones existentes entre mi tío y yo y que le instruya acerca de la posición
de mi tío respecto a los habitantes del país.
Se ha
visto en mi prefacio que el matrimonio de mi madre no había sido regularizado
en Francia y que, como resultado de aquel defecto de forma, se me consideraba
como hija natural. Hasta la edad de 15 años había yo ignorado esta absurda
distinción social y sus monstruosas consecuencias. Adoraba la memoria de mi
padre y esperaba siempre la protección de mi tío Pío, a quien mi madre me hacía
querer y de quien me hablaba continuamente, aunque ella no le conociera sino
por su correspondencia con mi padre. Yo había leído y releído esta
correspondencia, monumento extraordinario en que el amor fraternal se producía
en todas sus formas. Tenía 15 años cuando, con ocasión de un matrimonio que yo
deseaba con-traer, mi madre me reveló la posición en que me colocaba mi
na-cimiento. Mi orgullo quedó herido de tal manera que en el primer momento de
indignación renegué de mi tío Pío y de toda mi fami-lia. En 1829, después de
una larga conversación sobre el Perú con M. Chabrié, escribí a mi tío la carta
siguiente, en la que yo misma, para servirme de la expresión del presidente de
la Corte de Arequipa, me corté en cuatro la cabeza.
242
6. Islay
Al señor
Pío de Tristán.
Señor:
Es la
hija de su hermano, de ese Mariano tan querido para usted, quien se toma la
libertad de escribirle. Quiero creer que usted ignora mi existencia y que de
más de veinte cartas escritas a usted por mi madre, en el espacio de diez años,
ninguna ha llegado a su poder. Sin una última desgracia que me ha reducido al
colmo del infortunio no me dirigiría a usted. He encontrado un conducto seguro
para hacerle llegar esta carta y abrigo la esperanza de que no será usted
insensible a ella. Adjunto mi partida de bautismo. Si le quedan algunas dudas,
el célebre Bolívar, amigo íntimo de los autores de mis días, podrá
es-clarecerlas.3 Me ha visto educar por mi padre, cuya casa frecuenta-ba
continuamente. Puede usted también ver a su amigo, conocido por nosotros con el
nombre de Robinson, así como a M. Bonpland, a quien ha debido usted conocer
antes de que fuese hecho prisionero en el Paraguay. Podría citarle algunas
otras personas, pero estas bas-tan. Voy, lacónicamente, a exponerle los hechos.
Para
sustraerse a los horrores de la revolución, mi madre fue a Espa-ña con una
señora pariente suya. Estas damas se establecieron en Bil-bao. Mi padre trabó
amistad con ellas, y de esta relación nació pronto entre él y mi madre un amor
irresistible que les hizo indispensables el uno al otro. Las señoras regresaron
a Francia en 1802. Mi padre no tardó en seguirlas. Como militar tenía necesidad
del permiso del rey para casarse. No quiso pedirlo (respeto demasiado la
memoria de mi padre para tratar de adivinar cuáles pudieron ser sus motivos) y
propuso a mi madre unirse a ella solamente por medio de un matri-monio
religioso (matrimonio que no tiene valor alguno en Francia). Mi madre sentía
que ya no podía vivir sin él y aceptó esta propuesta. La bendición nupcial les
fue dada por un respetable eclesiástico, M. Roncelin, quien conocía a mi madre
desde su infancia. Los esposos fueron a habitar en París.
3 Simón Bolívar conoce a la pareja
Tristán-Laisney a su paso por Bilbao, alrededor de 1800. Apenas con 16 años,
Bolívar tenía el grado de alférez, mientras que Tristán era coronel y estaba
investido del hábito de la Real Orden de Santiago. La amistad continuaría por
largo tiempo. Ver Bacacorzo (2000, pp. 158-160). [N. de la primera Ed.].
243
Flora
Tristán
A la
muerte de mi padre, M. Adam, de Bilbao, después diputado a las Cortes y que
había conocido a mi madre tanto en España como en Francia como esposa legítima
de don Mariano de Tristán, le envió un acta notarial firmada por más de diez
personas, quienes, todas, atestiguaban haberla conocido con este mismo título.4
Usted
sabe que entonces mi padre no tenía por fortuna sino la ren-ta de 6 mil francos
dejados por su tío el arzobispo de Granada, a título de hijo mayor de la
familia de los Tristán. Recibió también al-gunas sumas que usted le envió; pero
las más considerables se per-dieron: 20 mil francos fueron capturados por los
ingleses y 10 mil volaron en el navío “La Minerva”. Sin embargo, gracias a la
econo-mía de mi madre, mi padre llevaba una vida muy honorable. Trece meses
antes de su muerte compró una casa en Vaugirard, cerca de París. Cuando murió,
el embajador príncipe de Masserano se apo-deró de todos sus papeles, usted ha
debido recibirlos por interme-dio del embajador de España y con ellos el
contrato de adquisición de la mencionada casa.
Mi padre
había pagado en parte esta propiedad. Si se la hubiesen dejado a mi madre esto
la habría ayudado a educarnos a mi her-mano y a mí. Pero diez meses después de
la muerte de mi padre el gobierno se apoderó de ella como bien perteneciente a
un español a causa de la guerra que entonces había entre ambos países. Después
ha sido vendida y hay un excedente de 10 mil francos que se debían sobre el
precio de adquisición. Con todo, mi madre pagó 554 francos de alcabala a nombre
de los herederos, suma que jamás le ha sido devuelta.
Usted
debe pensar, señor, cuánto ha debido sufrir mi madre al que-dar sin fortuna y
cargada con dos hijos, pues mi hermano vivió diez años. Mas, a pesar del estado
de necesidad en que se encontraba, no
4 “El alto rango del peruano y su condición
privilegiada de noble le obligaban a solicitar permiso para la unión formal, y
realizada esta procedía su inscripción en vía de constancia. [...] El
instrumento notarial suscrito por el señor Adam [...] es ab-solutamente
insuficiente para reemplazar una partida legal, ya que matrimonio non
praesumitur [el matrimonio no se presume]”. Ver Bacacorzo (2000, p. 204). [N.
de la primera Ed.].
244
6. Islay
quiso que
la memoria de aquel que había sido el objeto de sus más tiernos afectos quedase
manchada. A causa de la guerra mi padre no recibía nada desde hacía veinte
meses y, por lo tanto, se hallaba en gran necesidad. A solicitud de mi madre,
mi abuela prestó a mi padre 2.800 francos, sin pedirle recibo de aquella suma,
lo que hizo que a su muerte se encontrase sin comprobante. Mi madre pagó
puntual-mente los intereses a mi abuela que los necesitaba para vivir. A la
muerte de ella reembolsó el tercio de la suma a su hermana y el otro tercio a
su hermano.
No deseo,
señor, que el resumen de mis desgracias cuyos rasgos he trazado débilmente le
hagan descubrir los detalles. Su alma sensi-ble al recuerdo de un hermano que
le quería a usted como a su hijo, sufriría demasiado midiendo la distancia que
existe entre mi suerte actual y la que debería tener la hija de Mariano... de
ese hermano que, herido como por un rayo por una muerte súbita y prematura (una
apoplejía fulminante), no pudo decir sino estas palabras: “Hija mía... Pío te
queda...” ¡Desgraciada hija!...
Sin
embargo, no crea, señor, que cualquiera que sea el resultado de mi carta, los
manes de mi padre podrán ofenderse con mis murmu-raciones. Su memoria será
siempre querida y sagrada.
Espero de
usted justicia y bondad. Me confío a usted con la esperan-za de un mejor
porvenir. Le pido su protección y le ruego quererme como la hija de su hermano,
Mariano tiene el derecho de reclamarlo.
Soy su
muy humilde y obediente servidora,
Flora de
Tristán.
Después
de la lectura de esta carta puede juzgarse mi sinceridad cuando he descrito mi
completa ignorancia del mundo, mi fe en la probidad, esta crédula confianza en
la buena fe, que supone a los demás buenos y justos como lo es uno mismo.
Crédula confianza de la que mi tío me enseñó a conocer el abuso, a pesar de
haber hecho
245
Flora
Tristán
profesión
de tanto amor hacia mi padre. He aquí la respuesta que me dirigió.
Señorita
Flora de Tristán.
Arequipa,
6 de octubre de 1830.
Señorita
y mi estimable sobrina:
He
recibido con tanta sorpresa como placer su estimable carta del 2 de junio
último. Ya sabía, desde que el general Bolívar estuvo aquí en 1825, que mi
hermano muy querido, Mariano de Tristán, tenía una hija en el momento de su
muerte. Antes, el señor Simón Rodríguez, conocido por usted con el nombre de
Robinson, me había dicho igual cosa. Mas, como ni el uno ni el otro me dieron
noticias posteriores de usted ni del lugar en donde se encontraba, no me fue
posible tratar de algunos asuntos que nos interesaban a usted y a mí. La muerte
de su padre me fue anunciada oficialmente por el gobierno español, se-gún
noticias enviadas por el príncipe de Masserano. Envié, por tanto, mis plenos
poderes al general Goyeneche, hoy conde de Guaqui, para el efecto de seguir los
asuntos de la sucesión de mi hermano. Pero nada pudo hacer, a causa de la
invasión de España por los franceses, lo que le obligó a venir al continente
americano por asuntos de gran importancia. Como resultado de esta misma
invasión quedamos du-rante largos años incomunicados y luego la guerra de
América nos ocupó de tal manera que no pudimos pensar en cosas que, a causa de
la distancia, eran difíciles de solucionar. Sin embargo, el 9 de abril de 1824
envié a M. Changeur, negociante de Burdeos, poderes especiales para llegar a
descubrir su paradero por intermedio de sus agentes en París y recoger los
bienes que el difunto había dejado. Le di la dirección de la casa que habitaba
mi hermano en momentos de su muerte. Antes y después de enviar el poder le recomendé
muy especialmente, y en diferentes ocasiones, que no perdonara la menor gestión
para saber si existían usted y su señora madre. No obtuve más resultado que
hacer-me cargar en cuenta los gastos inútiles de las averiguaciones
practica-das para ello, averiguaciones cuyas pruebas tengo en mi poder. ¿Cómo
después de veinte años a partir de la muerte de mi hermano Tristán, sin tener
noticias suyas ni de su madre, podía figurarme que vivía
246
6. Islay
usted
todavía? Sí, mi querida sobrina, es una fatalidad que ninguna de las numerosas
cartas, escritas por su señora madre, hayan llegado cuando la primera dirigida
por usted la he recibido sin atraso. Yo soy muy conocido en este país y las
relaciones entre sus costas y las de allá son muy frecuentes desde hace ocho
años para que me llegase una de sus cartas por lo menos. Esto prueba de manera
evidente que ustedes han procedido con cierta negligencia a este respecto.
He visto
la partida de bautismo que me ha enviado y tengo fe plena y absoluta en cuanto
a su calidad de hija reconocida de mi hermano, aunque esta pieza no está
legalizada y firmada por tres notarios que certifiquen como verdadera la firma
del cura que la entregó, como debería estarlo. En cuanto a su madre y su
calidad de esposa legítima de mi difunto hermano, usted misma reconoce y
confiesa que la ma-nera como le fue dada la bendición nupcial es nula y de
ningún valor tanto en este país como en toda la cristiandad. En efecto, es
extraor-dinario que un eclesiástico que se llama respetable como M. Ron-celin,
se haya permitido proceder en un acto semejante, tomándose una atribución
indebida respecto a los contrayentes. Carece también de valor el hecho de que
en el momento de su bautismo se haya de-clarado a usted como hija legítima y es
igualmente insignificante el documento que usted me dice haber sido enviado
desde Bilbao por intermedio de M. Adam y en el cual diez personas de dicha
ciudad declaraban haber considerado y conocido a su madre como esposa legítima
de Mariano. Esta pieza prueba únicamente que era por pura y simple conveniencia
social que se le daba esta calidad y este título. Tengo, por lo demás, en la
propia correspondencia de mi hermano hasta poco tiempo antes de su muerte, algo
que puede servir de prue-ba bastante contundente, aunque negativa, de lo que
sostengo. Y es que mi hermano nunca me habló de esta unión, cosa extraordinaria
cuando no teníamos nada oculto el uno para el otro. Agregue usted a esto que,
si hubiese habido una unión legítima entre mi hermano y su señora madre, ni el
príncipe de Masserano ni ninguna otra autori-dad hubiese podido poner los
sellos sobre los bienes de una persona muerta que dejaba descendencia legítima
conocida y nacida en el país. Convengamos, pues, en que usted no es sino la
hija natural de mi hermano, lo cual no es una razón para que sea menos digna de
247
Flora
Tristán
mi
consideración y de mi tierno afecto. Yo le doy con mucho gusto el título de
sobrina querida y agregaré aun, el de hija, pues nada de lo que era objeto del
cariño de mi hermano puede dejar de inspirarme el más vivo interés. Ni el
tiempo ni la muerte podrán borrar en mí la tierna adhesión que tenía para él y
que conservaré toda mi vida.
Nuestra
respetable madre vive todavía y tiene ya 89 años. Conserva toda su razón y
todas sus facultades físicas y morales y hace la deli-cia de toda la familia,
entre la cual ha tenido la bondad de distribuir recientemente sus bienes para
tener el placer de verla gozar de ellos antes de su muerte. Nos hallábamos
seriamente ocupados en esta di-visión cuando nos llegó su carta. Se la he
leído, y al conocer su exis-tencia y su suerte, a ruego de la familia le ha
hecho un importante legado de 3 mil pesos fuertes, en dinero constante, el que
le ruego considerar como una prueba de mi interés particular hacia usted, del
inagotable amor de nuestra madre hacia su hijo Mariano y del recuerdo
imperecedero de todos los miembros de la familia.
Entre
tanto, como usted tiene un derecho equívoco sobre los bie-nes de mi difunto
hermano, bienes que yo administré en virtud de los plenos poderes otorgados el
20 de noviembre de 1801 por ante el notario real de Nuestra Señora de Begoña,
en Viscaya, M. J. Antonio Oleaga, le envío copia de la cuenta corriente que ha
existido entre los dos. Esto la convencerá de que no existe ningún fondo
pertenecien-te a mi difunto hermano, puesto que el negocio de Ibáñez absorbió
todo cuanto quedaba en momentos de su muerte. Este negocio ha-bría quedado
terminado inmediatamente si hubiese tenido conoci-miento de él o si los
acreedores no hubiesen sido tan negligentes al dejar transcurrir once años
antes de hacer alguna diligencia para ser pagados después de la muerte de mi
hermano, de la que debieron en-terarse a tiempo. De esta manera, los intereses
de la deuda, aunque solo al 4%, han doblado el capital inicial. Todo fue
fatalidad en esta muerte. La forma y la época en que tuvo lugar han hecho su
desgra-cia y me han ocasionado a mí una infinidad de molestias. Olvidemos todo
esto y tratemos de poner remedio en cuanto sea posible.
Mi
apoderado y agente en Burdeos es M. Bertera por medio del cual le envío una
letra por 2.500 francos. Será necesario, para recibir el
248
6. Islay
importe,
que le envíe usted un certificado hecho ante un notario. Tra-te de que esta
suma le baste hasta conseguir los medios de enviarle, por su cuenta y riesgo,
los 3 mil pesos a que asciende el legado hecho a usted, pero para cuya
seguridad tomaré las medidas convenientes. Hará bien en colocar esos 3 mil
pesos en fondos públicos u otros fon-dos, en el caso de que los acontecimientos
políticos hagan poco segu-ros aquellos, a fin de procurarse por este medio una
renta segura que le sea pagada cada seis meses. Encontrará usted en mi conducta
una prueba inequívoca, aunque de poco valor, de mi adhesión hacia us-ted y el
tiempo, si vivo y nos reunimos alguna vez, le probará cuánto amo a la hija de
mi hermano Mariano.
Escríbame
siempre que pueda, dirija sus cartas al señor Bertera por cuyo medio le
escribiré yo también. Dígame en qué lugar reside, há-bleme de su estado, de los
proyectos que forme y de las necesidades que pueda tener con toda la confianza
que debe inspirarle mi sin-ceridad. Le escribo en español porque he olvidado
por completo el francés.
Me he
casado con una de mis sobrinas llamada Joaquina Flores. Te-nemos un hijo que se
llama Florentino y tres hijas de 8, 5 y 3 años. Quiera Dios que puedan
abrazarla algún día y que usted, igualmente, pueda prodigarles sus caricias en
aquel país.
En espera
de ese placer, reciba la seguridad de todo mi afecto.
Pío de
Tristán.
Cuando
recibí esta respuesta, a pesar de la buena opinión que tenía de los hombres,
comprendí que no debía esperar nada de mi tío. Pero me quedaba todavía mi
abuela y toda mi esperanza se volvió hacia ella. Parece que mi tío me engañó al
escribir que había leído mi carta a mi abuela y a toda la familia, pues casi
ninguno de los miembros de ella conocía mi existencia antes de hacer yo mi
aparición, y he adquirido la convicción de que mi abuela también la ignoró.5 Yo
no
5 Mi tío, poco tiempo antes de la muerte de mi
abuela, le hizo hacer un testamen-
to, en el
cual su esposa quedaba beneficiada con 20 mil pesos y en el que yo estaba
249
Flora
Tristán
informé a
mi tío sobre mi viaje al Perú y como no tuve tiempo de pre-venirle, él ignoraba
mi llegada. Tal era mi posición frente a él. Ahora voy a decir en pocas
palabras la que él ocupaba en el país.
Don Pío
de Tristán había regresado de Europa en 1803 con el gra-do de coronel.6 Hizo
aquella terrible Guerra de la Independencia en la cual los peruanos pusieron
tanto encarnizamiento para conquis-tar su libertad. Mi tío era uno de los más
hábiles militares que Espa-ña envió a aquellos países. Cuando las tropas del
rey Fernando se vie-ron obligadas a evacuar Buenos Aires y el territorio de la
República Argentina, fue él quien las mandó como segundo bajo las órdenes de
nuestro primo M. de Goyeneche, hermano de M. Mariano Goyene-che, de quien ya he
hablado. Mi tío era entonces mariscal de campo. Efectuaron la retirada y se
dirigieron hacia el Alto Perú, atravesaron la inmensa distancia que separa
Buenos Aires de Lima,7 teniendo con
comprendida
con un legado de 3 mil pesos. Ese testamento es muy largo y mi abuela que tenía
ciega confianza en su hijo Pío, lo firmó sin conocer sus disposiciones Yo no
estaba designada como la hija de don Mariano, sino por mi nombre de Florita
sola-mente, sin que se pudiese saber a qué título se me hacía ese don. A raíz
de la partición de la herencia, mi existencia fue revelada a las partes
interesadas por la deducción del legado. Mi tío tuvo mucho trabajo en hacer
consentir a las otras partes en que me dieran esa suma. Se le preguntaba: “Pero
¿por qué dar 15 mil francos a una extranjera? —Porque es presumible que sea
hija de mi hermano”. [N. de la A.].
6 Don Juan Pío de Tristán y Moscoso, nacido en
Arequipa (1773), entró a servir muy joven en el ejército español y pasó a
España como cadete del regimiento de infantería de “Soria” que se había
distinguido en la lucha contra Túpac Amaru. En Madrid su hermano mayor, Mariano
–el padre de Flora– lo hizo salir del regimiento y le hizo dar alguna
instrucción científica enviándolo a Francia. Al estallar la revolución en este
país regresó a España y sirvió en el ejército español tomando parte en algunas
campañas. Años después volvió a América y sirvió en el ejército real. [N. de la
T.].
7 No fueron tan brillantes los servicios de don
Pío Tristán dentro del ejército real, como lo asegura Flora, ni tuvo que
atravesar las distancias inmensas que ella señala Bajo las órdenes de su primo,
el general José Manuel Goyeneche concurrió a las batallas de Guaqui y Sipesipe,
ascendiendo por entonces al grado de brigadier. En 1812 venció al ejército
argentino mandado por Díaz Vélez, pero no supo sacar partido de esta victoria.
Derrotado por Belgrano en la batalla de Salta (20 de febrero de 1813) firmó una
capitu-lación que desaprobó el virrey Abascal. En ella se comprometió a no
luchar contra los argentinos. Tristán fue separado del ejército y se retiró a
Arequipa hasta 1814, en que tomó parte en la defensa de esta ciudad contra las
huestes de Pumacahua. Fue vencido junto con Picoaga en la Apacheta (10 de
noviembre de 1814) y tuvo la suerte de escapar. Solo en 1823 La Serna lo
ascendió a mariscal de campo. [N. de la T.].
250
6. Islay
frecuencia
que sostener combates, atravesar ríos y recorrer lugares en los que no había
ningún camino trazado. Esos magníficos sol-dados del rey, esos guerreros
cubiertos de oro, habituados a la vida muelle de las ciudades de la América
española, tuvieron mucho que sufrir en aquellas comarcas salvajes. Vivieron
durante ese prodigio-so trayecto de los víveres obtenidos con la punta de las
bayonetas, de los animales salvajes muertos en la caza y, en fin, de las
subsistencias que podían comprar. Mi tío me ha referido a menudo que, en
aque-llas ocasiones, como no había dinero en la caja del ejército hacía sa-car
en suerte a los de caballería, que todos tenían espuelas de oro ma-cizo, a fin
de determinar cuáles de ellos darían una de sus espuelas para pagar los
víveres. Uno solo de aquellos soldados llevaba sobre sí más oro que el que se
requeriría en la actualidad para equipar a 200 de la república. Ese lujo
soberbio de las tropas españolas de América les daba una alta idea de sí mismos
y de su superioridad sobre los pueblos cuya sumisión aseguraban. Pero es uno de
los resortes que más pronto se gastan. Con lo que costaba en las colonias un
militar español, el rey hubiese podido sostener veinte soldados alemanes.
Las
poblaciones indígenas no brillan por sus virtudes marciales. Diseminadas sobre
vastos territorios, habrían sido fácilmente some-tidas y contenidas si se
hubiesen mantenido tropas más numerosas, lo que podía hacer España sin aumentar
los gastos. A los ojos de las personas que conocían la América del Sur, el
momento de su inde-pendencia estaba aún muy lejano y España más que
suficientemente fuerte para reprimir las revueltas que habían sido favorecidas
por la invasión de la Península por Bonaparte.
Pero, los
acontecimientos desmienten de continuo las prevencio-nes humanas. La
insurrección de Riego vino a paralizar los esfuerzos de la monarquía española,
volviendo contra el monarca las fuerzas destinadas a someter a las colonias y
la emancipación de América se realizó. M. de Goyeneche y mi tío tenían 5 mil
hombres bajo su mando al dejar las orillas del Plata y cuando, después de dos
años de marcha, de fatigas y de combates, llegaron al Perú, más o menos la
tercera parte de aquel número respondió a la llamada. La guerra
251
Flora
Tristán
en el
Perú duró quince años entre las tropas del rey y los republica-nos. Mi tío se
encontró en todas las batallas libradas entre ambos partidos y, en fin,
combatió en la última que aseguró el triunfo de la causa republicana, en la
famosa batalla de Ayacucho ganada por los patriotas peruanos.8
Mi tío,
nombrado virrey interino, tuvo el valor de aceptar aquella alta función en un
momento en el cual había mayores peligros que ventajas. Después de la pérdida
de la batalla, el partido realista se en-contraba completamente aniquilado y el
virrey y todos los oficiales no tuvieron más remedio que abandonar la partida.
Mi tío anunció entonces su decisión de regresar a España con su familia y su
fortu-na. Pero los jefes de la república apreciaban su valentía y su talento
militar, sentían también la necesidad que tenía el nuevo régimen de atraerse a
semejantes hombres y le ofrecieron que se encargase del comando de las tropas,
cambiando únicamente su título de brigadier del rey por el de general de la
república. No aceptó el comando de las tropas, prefirió hacerse nombrar
gobernador del Cuzco y se dirigió a esa provincia que administró durante seis
años.9 Con esta conducta prudente, por completo dentro de sus intereses
personales, creyó no irritar a ningún partido. Las cosas sucedieron de distinta
manera. En los tiempos de la revolución solo con actos de abnegación se obtiene
la confianza. La habilidad administrativa no puede entonces cubrir el defecto
de conciencia política y la tibieza de la opinión. Mi tío se enajenó para
siempre a los realistas quienes lo consideraban como a un traidor e inspiró la
desconfianza de los republicanos. En vano
8 Pío Tristán no peleó en la batalla de
Ayacucho (9 de diciembre de 1824). Se hallaba por entonces encargado del mando
de las provincias del Sur, residiendo en Arequipa. Como a tal, los generales
españoles le dieron la investidura de Virrey, al caer prisionero La Serna.
El 24 de
diciembre de 1824 envió a Bolívar un oficio desde Arequipa pidiéndole
manifestar sus propósitos para el futuro del país; el 30 de diciembre, ya
entendido con Sucre, lanzaba una proclama anunciando la capitulación de
Ayacucho y el establecimiento de la repúbli-ca. Tristán no fue molestado por
los vencedores. [N. de la T.].
9 Pío Tristán nunca fue prefecto del Cuzco. Fue
prefecto de Arequipa desde el 20 de enero de 1832 hasta 1833. Durante su
gestión administrativa acaeció el fallecimiento de su ma-dre, la abuela de
Flora. En 1815 había sido jefe de la Intendencia del Cuzco. [N. de la T.].
252
6. Islay
empleó
todos los recursos de su espíritu para unir a los dos partidos, pues amaba al
antiguo por afición y servía al nuevo por interés. No pudo lograr ningún éxito.
Los realistas le temían porque tenía en sus manos el poder, pero renegaban de
él como de un perjuro; mientras los republicanos controlaban todos sus actos
hasta el punto de llegar a hacer sus funciones sumamente penosas. Mi tío luchó
mucho tiem-po contra los vejámenes que recibía de todas partes, con una
obstina-ción que estaría tentada de llamar admirable. Al fin, como los odios se
hicieron tan violentos, creyó prudente dejar un lugar en el que su vida ya no
estaba segura. Presentó su dimisión y regresó a Arequipa en donde hubiese
podido vivir tan bien y con tanto lujo como puede hacerlo en cualquier lugar de
la tierra un hombre que tiene 200 mil libras de renta. Pero ya estaba
acostumbrado a gobernar y los goces de la fortuna aislados no tenían encanto
para él. Para sentirse vivir, necesitaba verse rodeado de un brillante Estado
Mayor o de una multitud de subalternos y emplear en grandes intereses la
actividad de su espíritu. Con el propósito de engañar este deseo emprendió
viajes a todos sus ingenios azucareros, hizo edificar una magnífica casa de
campo, pero ninguna de estas ocupaciones pudo distraerlo de su ambición.
Intrigó en la sombra y sus maniobras subterráneas obtuvieron tal éxito que solo
le faltaron cinco votos para ser elegido presidente del Perú.10 Sus partidarios
para desagraviarlo de aquella contrariedad lo nombraron prefecto de Arequipa.
Mi tío administró los nuevos intereses que le fueron confiados con tanta
inteligencia como celo, embelleció muchísimo la ciudad y empleó su solicitud en
todo cuanto pudo contribuir al desarrollo de la prosperidad pública. Pero, con
todo, lejos de calmarse, los odios se reanimaban a medida que adquiría nuevos
títulos a la estimación de sus ciudadanos. Los realistas repitieron sus
recriminaciones contra él y los republicanos
10 Pío Tristán jamás fue candidato a la
presidencia del Perú. Por lo menos no se sabe que –si alguna vez tuvo tal
pretensión– revistiese alguna importancia su candidatura, como lo parecería a
juzgar por lo expresado por Flora. Don Pío fue, años después, nombrado por
Santa Cruz presidente interino del Estado Sur Peruano durante la Confederación
Perú-Boliviana (1838). [N. de la T.].
253
Flora
Tristán
manifestaron
también su desconfianza. Los periódicos que, en el Perú, son más virulentos que
en ninguna otra parte, atacaron a mi tío con tanta saña que, al cabo de dos
años, se vio de nuevo forzado a presentar su renuncia. Esta vez también su vida
estuvo amenazada. Uno de nuestros primos, militar en extremo violento,
indignado por los ataques y por los ultrajes que aparecían sin cesar contra don
Pío de Tristán en el periódico la República,11 fue a buscar al redactor en
jefe, tuvo con él un cambio de palabras y puso fin a la disputa dán - dole una
bofetada tan recia que casi le revienta un ojo. El periodista, furioso, juró
vengarse en mi tío. Este que conocía la exasperación de los partidos políticos
contra su persona, no juzgó prudente esperar que el periodista se restableciese
y realizase su amenaza y se retiró a Chile.
Para dar
una idea de la virulencia de los ataques de que era objeto mi tío, citaré aquí
el pasaje de una hoja que circuló en Arequipa y en todo el Perú. Lo reproduzco
textualmente:
Electores
y arequipeños:
Si
queréis un presidente entendido en el arte de la guerra y que, con su profunda
inteligencia se deje vencer por un ejército compuesto de la tercera parte del
suyo, como sucedió en Salta, elegid al señor Tristán. Si deseáis un hombre de
honor, pero que falte continua-mente a sus juramentos, ya sea como magistrado o
como particular y cuya mala fe sea conocida en todas las naciones europeas,
como se puede ver en el Atlas histórico escrito en París por el conde de Las
Cases, elegid al señor Tristán. Si queréis un hombre de espíritu y de raro
talento para engañar a todo el mundo, como lo hizo con su colega Belgrano, con
quien falseó todos los convenios y lo dejó enseguida comprometido con el
gobierno, nombrad al señor Tris-tán. Si queréis un hombre poseedor de un olfato
particular para descubrir a los verdaderos patriotas y perseguirlos hasta la
tumba, tomad al señor Tristán. Si queréis un hombre que aspira a la pre-
11 Probablemente se refiere a El Republicano,
semanario o, a veces, bisemanario que aparecía por ese tiempo en Arequipa [N.
de la T.].
254
6. Islay
sidencia
de la República a causa de los grandes servicios prestados a su amo el Rey,
elegid al señor Tristán. Si queréis un ciudadano amable, cortés y caritativo,
pero hipócrita por naturaleza, tomad al señor Tristán. Si queréis un hombre
fiel y consecuente con el Rey, nombrad al señor Tristán. En fin, si queréis un
hombre cuyas manos están manchadas con la sangre de las víctimas sacrificadas
ante el altar de nuestros antiguos opresores, ¡oh, entonces, tomad al señor don
Pío de Tristán!!! Si hay un hombre para quien los manes de Lavin y Villenga [?]
piden un justo castigo es el ¡señor don Pío de Tristán! Si queréis ser regidos
por el enemigo más encarnizado del pueblo, quien con su táctica dorada no ha
trabajado sino contra los intereses de la patria, ¡nombrad al célebre don Pío!
Si queréis un Presidente que sobrepuje en mérito a todos los demás, pero que
recibirá con los brazos abiertos a los navíos de guerra que España nos envíe
para exterminarnos, ¡oh!, entonces nombrad a don Pío de Tristán. ¡Electores! Si
los peruanos han vertido su sangre para ser gobernados por los godos (carlistas
rabiosos) y por los cobardes que no han sabido sino capitular, por monstruos
que tantas veces han renegado de la naturaleza y de la humanidad y cuya
obstinación reniega de la luz de la razón, elegid a don Pío. Complaceréis a
Espa-ña, ante la cual, hoy mismo, él hace valer sus servicios y destruiréis
para siempre el descanso y la felicidad de los peruanos.
Os
comprometemos a agradecer al Globo de Lima, cuyas columnas es-tán llenas cada
día de pomposos elogios del muy célebre y honorable ¡señor don Pío de Tristán!
[…]
Cuando yo
llegué al Perú, hacía solamente diez meses que estaba de regreso y pensaba por
entonces hacerse elegir presidente. Sus pro-yectos de ambición contribuyeron a
apresurar su retorno, tanto como el deseo de ver de nuevo a su familia.
Mi tío
con sus intrigas podía muy bien llegar a conciliar los in-tereses de los grupos
políticos. Pero después de la exposición prece-dente es fácil juzgar que no
había podido conquistar el afecto de los ciudadanos de ninguna clase social.
Todos le temían, en particular
255
Flora
Tristán
los
empleados del gobierno, porque casi siempre él se hallaba en el poder y todos
en el fondo lo detestaban.
Los
peruanos son corteses en toda circunstancia, aduladores, ba-jos, vengativos y
cobardes.12 Según este carácter de las gentes del país y la alta influencia de
mi tío en el gobierno, se explica uno con facili-dad su modo de proceder
respecto de mí.
Volvamos
ahora al correo de Islay, a la casa de don Justo de Medina. Desde mi cuarto
veía a todas las personas que entraban donde don
Justo o
visitaban a las señoras en una pieza vecina al escritorio. Me sor-prendió la
cantidad de gente que iba y venía a esta casa. Noté también que toda ella tenía
un aire inquieto y preocupado. Hablaba poco el es-pañol, pero lo comprendía muy
bien y algunas frases cogidas al paso me advirtieron que yo era el objeto de
todas aquellas visitas. El doctor había ido a la aduana por nuestras maletas y
a su regreso vino donde mí con un aire de misterio y de alegría cuya causa no
podía adivinar.
—¡Ah,
señorita!, me dijo en voz baja, ¡si supiera usted en qué per-verso país nos
encontramos! Estas gentes del Perú son tan adulonas y viles como los mexicanos.
¡Oh, querida Francia! ¿Por qué un medi-quito no puede hacer una fortunita en
París?
—¡Cómo,
doctor! ¿Ya echa maldiciones contra este país?... ¿Qué mal, pues, le han hecho
estas gentes?
—Ninguno
todavía. Pero juzgue usted por la muestra que le voy a dar, lo que se puede
esperar de ellos. Adopto el aire de no entender español para que no disimulen
delante de mí. Pues bien, sepa usted que estos bribones han deliberado sobre si
debían hacerle una buena acogida o si era más prudente ponerle mala cara por
temor a disgus-tar a don Pío de Tristán. Felizmente para usted, se encuentra
aquí un enemigo jurado de su tío, sacerdote y diputado. Se le considera como
12 La pasión y el rencor de Flora, por no haber
conseguido sus propósitos de lucro en el Perú, están visibles en muchos de los
párrafos de este libro. Nada es más injusto que generalizar en cualquier
materia. Y si ella tropezó con algunos peruanos aduladores, bajos, vengativos y
cobardes, son defectos estos que se encuentran repartidos entre individuos de
todos los países de la tierra y no pueden considerarse privativos de to-dos los
habitantes de un país cualquiera que este sea. [N. de la T.].
256
6. Islay
jefe del
partido republicano, se dirige a Lima y se llama Francisco Luna Pizarro.13 Se
aloja donde el director de la aduana, don Basilio, quien al no saber cómo
proceder respecto a usted, le ha consultado. El sacerdote ha respondido
inmediatamente que era necesario reci-birla con mucha distinción y él mismo
quiere venir a hacerle una visita. Lo verá usted aparecer muy pronto.
En
efecto, pocos instantes después, el famoso sacerdote Luna Pi-zarro, pequeño
Lamennais peruano, vino a hacerme una visita con don Basilio de la Fuente y los
notables del lugar. Después de esta vi-sita oficial vinieron sucesivamente las
señoras de Arequipa que se encontraban en Islay tomando baños de mar. Enseguida
se presen-taron personas de las clases menos elevadas. Don Justo nos dio una
buena comida y para festejarnos dignamente reunió en su casa a los músicos y
bailarines del lugar, para hacerme ver un baile a la usanza del país. Las
danzas se prolongaron hasta después de la medianoche.
Yo
esperaba con impaciencia que todos los convidados se retira-sen, pues me caía
de cansancio. Al fin pude acostarme. Pero ¡ay!, ape - nas estuve en el lecho me
sentí como en una madriguera de pulgas. Desde mi llegada me habían incomodado,
pero nunca hasta ese pun-to. No pude dormir en toda la noche y las picaduras de
estos insec-tos inflamaron mi sangre al extremo de tener fiebre. Me levanté en
cuanto amaneció y salí al patio para tomar aire. Encontré al doctor que se
lavaba la cara, el cuello y los brazos, echando pestes contra las pulgas. Por
toda respuesta le mostré mis manos cubiertas de ampo-llas. El bueno de don
Justo se mostró desolado porque las pulgas nos habían impedido dormir. La
señora me dijo con embarazo: —Seño-rita, no me atreví a hablarle de lo que era
preciso hacer para que la incomodaran menos. Esta noche le enseñaré.
13 El arequipeño Francisco Javier de Luna Pizarro,
que llegó más tarde a ser arzobis-po de Lima, fue político influyente y
elocuente orador. Presidió el primer Congreso Constituyente del Perú (1822),
sufrió destierros y persecuciones políticas y se distin-guió por sus ideas
liberales en la primera época de su actuación política. Aseguraban
que
durante la lucha emancipadora se había afiliado a una logia masónica [N. de la T.].
257
Flora
Tristán
Por la
mañana, el agente de negocios de mi tío vino a decirme que habían despachado un
correo a Camaná para prevenir a la familia de mi llegada. No dudaba que mi tío
me enviase a buscar en cuanto su-piese que me hallaba en Islay. Reflexioné
algunos instantes y después de todo lo que sabía de él pensé que no era
prudente ir inmediata-mente a su casa, en el campo, y quedar en cierta forma a
su discre-ción. Creí que era mucho mejor ir directamente a Arequipa, tomar
informes, estudiar el terreno y esperar allí que mi tío fuese el prime-ro en
abordar la cuestión de intereses. Respondí a este hombre de negocios que a la
mañana siguiente saldría para Arequipa, pues me sentía muy fatigada para ir a
Camaná. Encargué al doctor hacer los preparativos del viaje para ponernos en
camino al despuntar el día.
El resto
del día lo pasé recibiendo visitas de despedida y recorriendo el lugar. Por la
tarde fui donde el administrador de la aduana, quien me había invitado a un té.
Para que la hospitalidad fuese más espléndida había reunido, al igual que don
Justo, músicos y bailarines de la población y el baile se prolongó hasta la una
de la madrugada. Para no dormirme recurrí al café del que bebí varias tazas.
Era muy bueno, pero estuve muy agitada. Al entrar en mi cuarto, la señora de
don Justo vino a enseñarme cómo era preciso defenderse de las pulgas. Colocó
cuatro o cinco sillas a continua-ción unas de otras, de tal manera que la
última llegaba hasta el borde del lecho. Me hizo desvestir sobre la primera
silla, pasé a la segunda cuando no tenía sino la camisa. La señora se llevó
toda mi ropa fuera del cuarto recomendándome que me limpiara con una toalla
para hacer caer las pul-gas adheridas al cuerpo. Enseguida fui de silla en
silla hasta la cama donde tomé una camisa blanca sobre la que habían echado
mucha agua de Colo-nia. Este procedimiento me proporcionó dos horas de
tranquilidad, pero después me sentí asaltada por millares de pulgas que subían
a mi cama. Es preciso haber vivido en los países en donde abundan estos
insectos para poder imaginar el suplicio de las picaduras. Los dolores que se
sienten ata-can los nervios, inflaman la sangre y dan fiebre. El Perú está
infestado por aquellos insectos. En las calles de Islay se les ve saltar sobre
la arena. Es imposible preservarse de ellas totalmente, pero con más pulcritud
en las costumbres del país estaría uno menos incomodado.
258
7. El
desierto
A las
cuatro de la mañana el arriero vino a recoger mi equipaje. Mien-tras lo cargaba
me levanté. Estaba rendida, abrumada de cansancio y, según mi costumbre, me
reanimé tomando mucho café.
Cuando
quise montar en la mula la encontré muy mala y sobre todo muy mal enjaezada
para tan largo viaje. Hice esta observación al doctor, quien se había encargado
de buscármela y lo felicité por haber estado más afortunado en la elección de
la suya, pues la que él montaba era tan buena como bien enjaezada. Miraba a M.
de Cas-tellac y pensaba en M. David. ¡Ah! ¡Cuánta razón tenía, me decía a mí
misma! Así son todos los hombres. ¡Todo para ellos! El yo, solo el yo. Si
entonces hubiese estado mejor iniciada en el conocimiento del mundo, hubiese
dicho a ese buen doctor que tomaba tanto interés por mí: Doctor, no saldré si
no me encuentra usted una buena mula y una silla cómoda. Habría conseguido la
una y la otra porque pensaba que yo podía serle útil. Pero me aseguró que había
buscado por todas partes sin haber podido encontrar algo mejor. Le creí. Jamás
hubiera imaginado que un hombre a quien se acaba de prestar algunos ser-vicios
pudiese perder tan pronto su recuerdo o los consideraba en la misma forma del industrial
que explota al público y contempla los objetos de que se ha apoderado. Don
Justo me prestó un tapiz con el cual cubrió el cojín relleno de paja puesto a
guisa de silla sobre el lomo del animal. Esta silla económica se llama en ese
país antorcha.
259
Flora
Tristán
Me
arreglé lo mejor que pude. Todas las personas que estaban alre-dedor de
nosotros me decían que cometía una imprudencia al partir tan mal montada, que
el viaje era largo y pesado y que valía más re-tardarlo y no hacerlo con
aquella montura. Pero la juventud tiene confianza en sí misma y sus planes
admiten rara vez las demoras. Contaba con mi fuerza moral, con esa voluntad que
nunca me ha traicionado. No tomé en cuenta los ruegos del buen don Justo ni de
los de su esposa e hija quienes me repetían que ellas casi sucumbie-ron de
cansancio en su último viaje a Arequipa. Partí a las cinco de la mañana. Era el
11 de septiembre de 1833.
Al
principio del viaje me sentí bien sobre la mula. El café que ha-bía bebido me
daba una fuerza ficticia, me sentía infatigable y muy satisfecha del partido
que había adoptado. Apenas dejamos las altu-ras de Islay para internarnos en
los cerros nos dieron alcance dos jinetes. Eran primos del administrador de la
aduana de Islay: uno se llamaba don Baltazar de la Fuente y el otro don José de
la Fuente. Esos señores se me acercaron y me preguntaron si quería aceptarlos
por compañeros de viaje. Les agradecí su atención y estuve encanta-da del feliz
encuentro, pues el valor de M. de Castellac no me dejaba sin ciertas
inquietudes. El doctor, habituado a viajar en México don-de los caminos están
infestados de bandidos, temía que sucediese lo mismo en el Perú. Se había
armado de cabeza a pies, aunque el valor no era su fuerte. Esto era para
asustar a los bandidos y no con inten-ción de servirse de sus armas. Esperaba
ser un espantapájaros y no dejaba de parecerse en su vestimenta a don Quijote,
sin pretender en lo menor tener el heroico valor de aquel noble caballero.
Llevaba en la cintura un par de pistolas, encima un cinturón del que pendía un
gran sable de acero y un tahalí en el cual estaba amarrado un cuchi-llo de caza
y, en fin, dos grandes pistolas en el arzón de su silla. Esas apariencias
militares contrastaban de la manera más burlesca con su endeble persona y con
su indumentaria casi mezquina. El doctor tenía un pantalón de piel que había
usado en su viaje a México, bo-tas con largas espuelas provenientes igualmente
de México, una pe-queña casaca de caza de paño verde, tan apretada y raída, que
podía
260
7. El
desierto
uno temer
verla reventarse en cualquier momento. Tenía la cabeza cubierta por un casquete
negro de seda y encima de este un enorme sombrero de paja. A todo esto, hay que
añadir el acompañamiento de canastas y botellas por delante de su mula y sobre
la grupa, mantas, alfombras, fulares, abrigos, en una palabra, todos los arreos
de un hombre habituado a viajar por el desierto y que teme la falta de todo. En
cuanto a mí, ignoraba lo que eran tales viajes y había salido como lo hubiese
hecho para ir de París a Orleáns. Tenía borceguíes de cutí gris, un peinador de
tela café, un mandil de seda, en cuyo bolsillo estaba mi cuchillo y mi pañuelo,
en la cabeza un sombrerito azul de gros de la India y llevaba también mi abrigo
y dos fulares.
Bajamos
de los cerros y el peligroso camino nos condujo a Gue-rrera, a una legua de
Islay. Allí encontramos fuentes de agua viva, árboles y un poco de vegetación.
Había cinco o seis cabañas habita-das por arrieros. Los señores De la Fuente
entablaron conversación conmigo y me expresaron la admiración producida por mi
llegada, que nadie podía esperar, pues mi tío jamás me había mencionado.
Enseguida me hablaron de mi abuela y sin darse cuenta del mal que me hacían,
deploraron la pérdida que había sufrido con la muerte de esta respetable mujer,
tan generosa como justa. No había habla-do de este acontecimiento desde el día
en que lo supe. En Valparaíso mis amigos evitaban con cuidado todo cuanto podía
recordármelo. El doctor tenía la misma atención. En Islay nadie me dijo una
pala-bra; pero hay en todos los países muchas gentes a quienes el deseo de
hablar hace olvidar las conveniencias. Lo que don Baltazar y su primo me
dijeron sobre mi abuela despertó mis dolores y me enter-neció hasta el punto de
no poder contener mis lágrimas. Cuando esos señores vieron el efecto de sus
palabras trataron de calmarme y cam-biaron el tema de la conversación; pero
habían excitado mi sensibili-dad y sentí el deseo imperioso de llorar. Les dejé
ir por delante con el doctor y una vez sola, di libre curso a mis lágrimas.
El estado
en que me encontraba dependía de mi temperamento nervioso. Después de grandes
fatigas siempre he sentido los mismos efectos. Los dos días pasados en Islay me
habían cansado en extremo.
261
Flora
Tristán
La
emoción de verme en ese suelo después de tantos trabajos para lle-gar a él, la
multitud de visitas que tuve que recibir, las noches febriles causadas por las
malditas pulgas, la cantidad de café que bebí, todo eso había sobreexcitado mi
sistema nervioso de la manera más violenta.
Creí
primero que las lágrimas vertidas me aliviarían. Pero muy pronto sentí un
fuerte dolor de cabeza. El calor comenzaba a ser excesivo. El polvo blanco y
espeso levantado por las patas de nues-tras bestias aumentaba aún más mi
sufrimiento. Necesitaba todas las fuerzas de mi ánimo para mantenerme en la
silla. Don Baltazar sostenía mi valor moral y me aseguraba que una vez que nos
hallá-semos fuera de las gargantas de la montaña entraríamos en campo raso
donde encontraríamos aire puro y fresco. Sentía una sed devo-radora. Bebía a
cada instante agua con vino del país. Esta mezcla, tan saludable por lo
general, redobló mi jaqueca, pues el vino era fuerte y espirituoso. Por fin
salimos de aquellas gargantas sofocantes en las cuales jamás sentí el más
ligero soplo de céfiro y en donde un sol ardiente caldeaba la arena como en un
horno. Ascendimos la última montaña. Cuando llegamos a su cima, la inmensidad
del desierto, la cadena de las cordilleras y los tres gigantescos volcanes de
Arequipa se presentaron a nuestras miradas. A la vista de aquel magnífico
es-pectáculo perdí el sentimiento de mis males. No vivía sino para ad-mirar, o
más bien, mi vida no bastaba a la admiración. ¿Era este el atrio celestial que
un poder desconocido me hacía contemplar? La divina mansión ¿estaba más allá de
aquel dique de altas montañas que unen el cielo con la tierra, más allá de ese
océano ondulante de arena cuyo progreso ellas detienen? Mis ojos vagaban por
aquellas ondas argentadas, las seguían hasta verlas confundirse con la bó-veda
azulada; enseguida contemplaba esos escalones de los cielos, esos montes
elevados, cadena sin término, cuyos millares de cimas cubiertas de nieve
reverberaban con los reflejos del sol y trazaban sobre el firmamento el límite
occidental del desierto con todos los colores del prisma. El infinito penetraba
de estupor todos mis senti - dos y como aquel pastor del monte Horeb, Dios se
manifestaba a mí con toda su potencia, con todo su esplendor. Después mis
miradas se
262
7. El
desierto
dirigieron
sobre aquellos tres volcanes de Arequipa unidos en su base, que presentan el
caos en toda su confusión y alzan hasta las nubes sus tres cimas cubiertas de
nieve que reflejan los rayos del sol y a veces las llamas de la tierra. Inmensa
antorcha de tres ramas encendida para misteriosas solemnidades, símbolo de una
trinidad que rebasa nuestra inteligencia. Estaba yo en éxtasis y no trataba de
adivinar los misterios de la creación. Mi alma se unía a Dios en sus arrebatos
de amor. Jamás un espectáculo me había emociona-do tanto. Ni las olas del vasto
océano en su ira espantosa o cuando se agitan resplandecientes con las
claridades de las noches de los trópicos, ni la brillante puesta del sol bajo
la línea equinoccial, ni la majestad de un cielo centellante con sus numerosas
estrellas, ha-bían producido en mí tan poderosa admiración como esta sublime
manifestación de Dios.
Los
señores no nos habían prevenido. Habían querido gozar del efecto que produciría
sobre mí la vista de aquellas grandes obras de la creación. Don Baltazar gozaba
de mi admiración y me dijo con un vivo sentimiento de orgullo nacional:
—Señorita
¿qué piensa usted de esta vista? ¿Tienen ustedes algo parecido en su hermosa
Europa?
—Don
Baltazar, la creación revela en todos los lugares la alta y to-dopoderosa
inteligencia de su autor, pero se manifiesta aquí en toda su gloria y vale la
pena de venir a contemplar este espectáculo solem-ne desde las extremidades de
la tierra.
Mientras
admiraba todas aquellas maravillas, el doctor y don José, en vez de emplear el
tiempo en extasiarse contemplando esas nieves eternas y esas arenas ardientes,
me habían hecho preparar un lecho sobre algunos tapices y levantaron una tienda
para preser-varnos del sol. Me extendí sobre ese lecho e hicimos una comida en
la que había de todo en abundancia. La buena señora de don Justo había dado al
doctor una canasta bien provista de carnes asadas, le-gumbres, bizcochos y
frutas. Los dos españoles estaban a su vez muy bien aprovisionados; traían
salchichones, queso, chocolate, azúcar y fruta. De bebidas había leche, vino y
ron. Nuestra merienda fue
263
Flora
Tristán
larga. No
me cansaba de admirar el paisaje. Después de la comida le tocó el turno al
doctor. Al fin fue preciso partir. Teníamos que reco - rrer 34 leguas sin
encontrar vestigio de agua. No habíamos avanzado sino 6 y eran las diez.
Don José
me cedió su yegua que era mejor que la mía y nos pu-simos en marcha. El
magnífico panorama que me había llenado el alma me tuvo algún tiempo como
fascinada bajo el poder de su en-canto. Mis sentidos estaban cautivados y hacía
cerca de media hora que avanzábamos penosamente sin que el horroroso desierto
en que nos internábamos hubiese producido sobre mí ninguna impresión. El
sufrimiento físico vino a sacarme de mi éxtasis intelectual. De re-pente mis
ojos se abrieron y me creí en medio de un mar límpido y azul como el cielo que
reflejaba. Veía ondular las olas blandamente, mas por el ardor que se
desprendía, por la atmósfera sofocante de que me sentía rodeada y por ese polvo
fino, imperceptible y picante como la ortiga que se adhería a mi piel, pensaba
que engañada por una visión veía fuego líquido bajo el aspecto de agua. Y al
dirigir mis miradas hacia las cordilleras sufría el tormento del ángel caído,
ex-pulsado del cielo.
—Don
Baltazar, le pregunté espantada, ¿estamos sobre metal fun-dido y tenemos que
caminar mucho tiempo sobre este mar de fuego?
—Tiene
usted razón, señorita. La arena es tan caliente que se la puede tomar por
vidrio en fusión.
—Pero,
señor, ¿la arena es líquida?
—Señorita,
es efecto del espejismo lo que la hace parecer así. Mire, nuestras mulas de
carga se hunden ahora hasta las rodillas, están jadeantes, la arena quema sus
patas y, sin embargo, como us-ted creen ver a la distancia una capa de agua.
Véalas redoblar sus esfuerzos para alcanzar esa onda fugitiva. Su sed ardiente
las irrita. Las pobres bestias no podrían resistir por largo tiempo el suplicio
de esta decepción.
—¿Tenemos
agua para abrevarlas?
—Nunca se
les da agua en el camino. El propietario del tambo tie-ne provisión de ella
para los viajeros cuya llegada espera.
264
7. El
desierto
—Don
Baltazar, a pesar de la explicación que acaba usted de dar-me, creo siempre ver
olas claramente.
—Esta
pampa está cubierta por pequeños montículos de arena semejantes a estos que el
viento acumula. Usted ve que, en efecto, tienen la forma de las olas del mar y
el espejismo a la distancia les presta su agitación. Por lo demás no son más
estables que las olas del océano; los vientos los mueven sin cesar.
—Entonces
¿debe haber muchos peligros al encontrarse en la pampa cuando el viento sopla
con violencia?
—¡Oh! Sí.
Hace algunos años unos arrieros que iban de Islay a Arequipa fueron sepultados
con sus mulas por una tromba, pero esos acontecimientos son raros.
No
cesamos de hablar. Pensaba en la debilidad del hombre en pre-sencia de los
peligros a que está expuesto en estas vastas soledades y una sombra de terror
se apoderó de mí. La tempestad del desierto, me decía, es más temible que la
del océano. La sed y el hambre ame-nazan de continuo al hombre en medio de
estas arenas sin límites. Si se extravía o se detiene, perece. En vano se
agita, mira en todas direcciones: ni la menor brizna de hierba se ofrece a su
vista. Ni la esperanza puede nacer en él, rodeado por todas partes como está,
de una naturaleza muerta. Una inmensidad que sus esfuerzos no pue-den franquear
lo separa de sus semejantes, y ese ser tan orgulloso, reconoce en sus angustias
que nada puede en donde Dios nada ha provisto para él. Yo invocaba a Dios con
fervor para que viniese en mi auxilio y me abandonaba a su providencia. Dirigía
la vista hacia mis compañeros de viaje. El doctor estaba sombrío y silencioso.
Don José, en las palabras que le dirigía, manifestaba inquietud por la
len-titud de nuestro paso. Don Baltazar confiaba en su fuerza, y habitua-do a
viajar por el desierto, parecía el único que no estuviese afectado.
Hacia las
doce el calor se hizo tan fuerte que mi jaqueca redobló hasta el punto de que
casi no podía sostenerme en el caballo. El sol y la reverberación de la arena
me quemaban la cara y una sed ar-diente me secaba la garganta. En fin, una
laxitud general, invencible para mi voluntad, hacía que cayera como muerta. Dos
veces me sentí
265
Flora
Tristán
en
peligro de perder el conocimiento. Mis tres compañeros estaban desesperados. El
doctor quiso sangrarme. Felizmente, don Baltazar se opuso, pues sin duda alguna
me habría muerto si hubiese dejado actuar a ese nuevo sangrado. Me acosté sobre
el caballo, y estoy ten-tada de creer que una mano invisible me sostuvo. Al ir
así a la buena de Dios no caí ni una sola vez. Por fin el sol desapareció
detrás de los altos volcanes y poco a poco el fresco de la tarde me reanimó.
Don Baltazar para excitar mi valor empleó un medio muy usado en seme-jantes
circunstancias el cual consiste en engañar al viajero sobre la distancia que le
separa del tambo. Me decía que no estábamos sino a 3 leguas.
—Consuélese,
mi querida señorita, muy pronto va usted a ver bri-llar la luz del fanal
suspendido en la puerta de esa hermosa posada. El astuto Baltazar sabía bien
que estábamos a más de 6 leguas. Contaba con la primera estrella que apareciera
sobre las cordilleras para dar verosimilitud a su superchería. Pero la noche se
hizo completamen-te sombría y nuestra inquietud fue entonces mayor. No hay
cami-no trazado a través del desierto y como en la oscuridad no teníamos sino
las estrellas para guiarnos, corríamos el peligro de perdernos, de morir de
hambre y de sed en medio de aquellas vastas soledades. El doctor se deshizo en
lamentaciones lastimosas y don Baltazar, de carácter muy alegre, le hacía
bromas en la forma más divertida. Nos abandonamos al instinto de nuestras
bestias. Los arrieros en seme-jantes circunstancias no tienen otra brújula y es
la más segura.
En esta
pampa, así como los días son ardientes por el calor del sol y las
reverberaciones de la arena, las noches son frías por la in-fluencia de la
brisa que ha atravesado las nieves de las montañas. El frío me hizo mucho bien.
Me sentí más fuerte. El dolor de cabeza disminuyó y apuré mi cabalgadura con un
vigor que admiró a esos señores. Dos horas antes estaba a la muerte y ahora me
sentía con fuerzas. No había sido víctima de la ilusión con que don Baltasar
ha-bía querido engañarme al indicar una estrella como el farol del tam-bo, y
fui yo quien distinguió antes que nadie la verdadera linterna. ¡Ah, qué
sensación inefable de alegría me hizo sentir su vista! Fue la
266
7. El
desierto
del
desgraciado náufrago que, a punto de sucumbir, divisa un navío que viene a su
socorro. Lancé un grito e hice correr a gran trote mi caballo. La distancia era
todavía muy grande, pero la vista de ese pe-queño fanal sostuvo mi valor.
Llegamos al tambo a las doce de la no-che. Don Baltazar había ido por delante
con su criado para hacerme preparar caldo y una cama. Al llegar me acosté y
tomé mi caldo, pero no pude dormir. Tres cosas me lo impidieron: las pulgas que
encon-tré aún más abundantes que en Islay, el ruido continuo que hacían en la
posada y, en fin, la inquietud de que me llegasen a flaquear las fuerzas y no
pudiese continuar el camino.
Esta
posada no existía sino desde hacía un año. Antes había que resignarse a reposar
a la intemperie, en medio del desierto. La casa constaba de tres piezas
separadas por divisiones hechas de caña: la primera de estas piezas estaba
destinada a los arrieros y sus bestias y servía al mismo tiempo de cocina y de
almacén. Los viajeros de uno y otro sexo se acostaban por lo general en la
pieza del centro; pero los señores De la Fuente tuvieron para mí, desde el
instante de nuestro encuentro hasta el final del viaje, las atenciones más
delicadas, los cuidados más afectuosos y no quisieron, a pesar de mis
instancias, permanecer en ese cuarto y me lo abandonaron por entero. Se
retira-ron con el doctor a la cocina en donde estuvieron muy incómodos en todo
sentido y no durmieron mejor que yo. Aunque su conversación fuese en voz baja,
oía lo suficiente para asustarme de mi situación. Don Baltazar decía al doctor:
—Yo no creo prudente, le aseguro, lle-var con nosotros a esa pobre señorita.
Está en tal estado de debilidad que temo se pueda morir en el camino, tanto más
que el trecho que nos falta por hacer es mucho más penoso que el ya hecho. Soy
de opinión de dejarla aquí y mañana mandarla recoger en una litera.
A este
propósito, el dueño de la posada intervenía y observaba que no estaba seguro de
tener agua, pues su provisión estaba agotada y si no le llegaba podría yo morir
de sed.
Estas
palabras me hicieron estremecer de horror. La idea de que pensaran abandonarme
en aquel desierto y de que las gentes grose-ras a quienes quedaría confiada
podían tornarse crueles por la sed y
267
Flora
Tristán
dejarme
parecer quizá por un vaso de agua, reanimó mis fuerzas y, a pesar de lo que
pudiese sucederme, preferí morir de fatiga y no de sed. Sentí en esta
circunstancia cuán poderoso es en nosotros el ins-tinto vital. El temor de una
muerte tan espantosa me excitó a tal pun-to que a las tres de la mañana estaba
ya lista. Había arreglado mis cabellos y abierto por encima mis borceguíes para
que mis pies hin-chados estuviesen más cómodos; habiéndome vestido
conveniente-mente y puesto en orden todas mis cosas, llamé al doctor y le rogué
que me hiciese preparar una taza de chocolate. Aquellos señores se
sorprendieron al verme tan bien. Les dije que había dormido y que me sentía
repuesta por completo. Apuré los preparativos del viaje y dejamos el tambo a
las cuatro de la mañana.
Hacía
mucho frío. Don Baltazar me prestó un gran poncho1 forra-do en franela. Me
envolví las dos manos en un fular y gracias a todas estas precauciones pude
avanzar sin sufrir mucho por la temperatura.
Al salir
del tambo el paisaje cambia por completo de aspecto. Allí termina la pampa, se
entra en una región montañosa que tampoco presenta ningún vestigio de
vegetación. Es la naturaleza muerta en todo lo que hay de más triste. Ningún
pájaro vuela por el aire, ni el más pequeño animal corre sobre la tierra, nada
hay fuera de la arena negra y pedregosa. El hombre a su paso ha aumentado aún
más el horror de estos lugares. Esta tierra de desolación está sembrada de
esqueletos de animales muertos de hambre y de sed en este horrible desierto:
son mulas, caballos, asnos o bueyes. En cuanto a las llamas no se las expone a
estas travesías muy penosas para su constitución. Necesitan mucha agua y una
temperatura fría. La vista de aquellos esqueletos me en-tristeció profundamente.
Los animales que viven en el mismo planeta, en el mismo suelo que nosotros ¿no
son acaso nuestros compañeros? ¿No son también criaturas de Dios? No es por una
contemplación de mí misma que sufro por las penas de mis semejantes. El dolor
excita mi compasión, cualquiera que sea el ser que lo soporte y creo que es un
deber religioso preservar de él a los animales que se hallan bajo
1 El poncho es una capa peruana que se usa en
los viajes. [N. de la A.].
268
7. El
desierto
nuestro
dominio. Ninguna de las osamentas de estas diversas víctimas de la avaricia
humana aparecía ante mis miradas sin que mi imagina-ción se representara la
cruel agonía del ser que había animado aquel esqueleto. Veía a esos pobres
animales agotados de cansancio, acezan-tes de sed, morir en un estado de rabia.
Ante esta pintura espantosa la conversación de la noche anterior volvía a mi
espíritu. Entonces sentía con terror cuán débil estaba para sobrellevar todavía
la fatiga de tan ruda jornada y temblaba ante la idea de que quizá yo también
fuese a quedar abandonada en el desierto...
El sol
había salido y el calor se hacía más y más ardiente. La arena sobre la que
caminábamos se calentaba y nubes de polvo fino como cenizas quemaban nuestros
rostros y secaban nuestros paladares. Ha-cia las ocho entramos en las
quebradas, montañas famosas en el país por las dificultades que ofrecen a los
viajeros. Al subir los picos sobre los que pasa el camino, me recostaba sobre
la mula y me abandonaba a merced de la Providencia. Al bajar no podía hacer lo
mismo y aun-que mi mula tenía el paso muy seguro, los peligros que
continuamente presentaba el camino me obligaban a prestar mayor atención.
Nues-tras mulas debían franquear las grietas que cortan el camino y trepar por
enormes rocas y a veces seguir estrechos senderos, en donde la arena se
desmorona bajo sus pisadas, lo cual nos ponía en gran peligro y en riesgo de
caer al horrible precipicio que rodeaba la montaña. Don Baltazar iba siempre
por delante a fin de indicarnos la ruta. Su primo era el hombre más atento y
suave que jamás he encontrado y cami-naba lo más posible cerca de mí para
prestarme asistencia en caso de necesidad. El doctor, hombre precavido por
excelencia, iba siempre por detrás por temor al peligro de que, si uno de
nosotros caía, pudiese arrastrarle en la caída. Yo le oía gritar a cada paso en
falso que daba su cabalgadura, encomendarse a Dios, jurar contra el camino, el
sol y el polvo y deplorar su horrible destino.
Descendí
bien la primera y la segunda cuesta. Cuando llegué a la cima de la tercera
montaña, me sentí tan débil y tan mal, los movi-mientos violentos de mi mula me
habían dado tal dolor de costado que me fue imposible sostener la brida.
Hicimos un alto en la cima
269
Flora
Tristán
de esta
tercera montaña donde reina un aire puro y fresco. El viajero jadeante de
fatiga y bañado en sudor se siente reanimado. En cuanto a mí, tenía los mismos
sufrimientos que había sentido la víspera: una opresión espasmódica me apretaba
el pecho y hacía que se me hin-charan las venas del cuello y de la frente, me
corrían las lágrimas sin poderlas contener, no podía sostener ya la cabeza y
todos mis miem-bros estaban extenuados. La sed, una sed devoradora era el único
de-seo que sentía. Don José, de constitución delicada y sensible con ex-ceso,
se afectó de tal manera al verme en ese estado, que de pronto su cara adquirió
una palidez de muerte y se desvaneció por completo. El doctor se veía en
apuros, se desesperaba, lloraba y no remediaba nada. Solo don Baltazar no
perdió un instante su sangre fría, ni su alegría. Cuidaba a todo el mundo y
velaba sobre todo con orden e inteligencia. Hizo volver en sí a su primo, le
arregló un lecho sobre alfombras y después de descansar cerca de media hora en
lo alto de esa montaña dio la señal de partida. Le obedecimos sin réplica,
sin-tiendo como por instinto que a él le había sido concedida la fuerza y que
era él quien debía guiarnos. Don Baltazar juzgó que en la situa-ción en que me
encontraba no podía montar sobre mi cabalgadura sin exponerme al riesgo de
rodar al precipicio y me propuso hacer el descenso a pie. Él y su primo me
tomaron de los brazos, casi cargada, y bajamos así, en tanto que M. de
Castellac tiraba de las riendas a las bestias. Como ese medio resultó bueno, lo
empleamos para los de-más picos que pasamos sucesivamente y fueron siete u
ocho.
Si la
víspera la vista de los cadáveres de los animales muertos en estas áridas
soledades me había causado tan profunda impresión, se puede juzgar cómo al día
siguiente mi sensibilidad acrecentada por la irritabilidad del sistema nervioso
debió afectarse con el es-pectáculo de las víctimas en lucha con la muerte del
desierto. En-contramos a dos desgraciados animales, un asno y una mula, que
sucumbían de hambre y de sed y se debatían en la agonía de una muerte horrible.
¡No! ¡No podría decir el efecto que esta escena cau-só en mí! La vista de
aquellos dos seres que expiraban en tan terri-ble agonía y sus sordos y débiles
gemidos me arrancaron sollozos
270
7. El
desierto
como si
hubiese asistido a la muerte de dos de mis semejantes. El propio doctor estaba
emocionado a pesar de su frío egoísmo. Es que, en aquellos espantosos lugares,
los mismos peligros amenazan a todas las criaturas. No podía abandonar el
sitio, mis emociones me tenían encadenada a aquel espectáculo desgarrador. Don
Bal-tazar me arrastró haciéndome razonamientos filosóficos sobre la muerte. Hay
que haber visto la del desierto para conocer la más es-pantosa de todas. ¡Ah!
¡Qué penosas sensaciones son desconocidas por los que nunca han sido testigos
de ella!
Al subir
el último pico hube de sufrir todavía otra prueba que me había reservado la
muerte, esa divinidad del desierto. Una tumba si-tuada al borde del camino, de
manera que no se la podía evitar, se ofreció a mi vista. Don Baltazar quiso
hacerme pasar de largo, pero una curiosidad que no pude dominar me indujo a
leer la inscripción. Era un joven de 28 años muerto en aquel lugar al dirigirse
a Are-quipa. Salió enfermo de Islay adonde fue a tomar baños de mar y el
desgraciado no pudo soportar las fatigas del camino. Murió y el más grande de
los dolores, el de una madre que llora a su hijo, se ha eter-nizado en este
desierto para que nada falte a su horror. La tumba ha sido levantada en el
mismo sitio donde el joven murió. Se lee sobre la piedra tumularia su
deplorable fin. Me representaba vivamente los sufrimientos que aquel
desgraciado debió sentir al expirar en ese lugar, lejos de los suyos. Mi
imaginación abultaba los dolores, esta-ba profundamente afectada y, por un
instante, temí morir yo tam-bién en el mismo sitio. ¡Fue un momento terrible!
Me acordaba de mi pobre hija y le imploraba perdón por la muerte que había
venido a buscar a 4 mil leguas de mi país. Pedía a Dios la tomara bajo su
protección, perdonaba a todos cuantos me habían hecho mal y me resignaba a
dejar esta vida. Estaba anonadada, inmóvil al pie de la tumba. Don Baltazar fue
nuevamente mi salvador. Me subió sobre su mula, me ató con su poncho y me
sostuvo con sus brazos vigorosos. Apuró el paso de las bestias y me hizo
llegar, como por encanto, a la cima del último pico. Me tendieron en el suelo.
Mis tres compañeros me hablaban a la vez con un acento de felicidad:
271
Flora
Tristán
—Querida
señorita, abra usted los ojos. ¡Vea la campiña tan ver-de! ¡Mire qué hermosa es
Arequipa!...
—Mire el
río Congata, decían los señores De la Fuente. ¡Mire esos grandes árboles y
díganos si en Francia tienen ustedes campos más deliciosos!
¡Ay!
Hacía inútiles esfuerzos para abrir los ojos. Estaba comple-tamente agotada. No
sentía el aire fresco que soplaba sobre mi fren-te, ni oía sino muy
imperfectamente la voz de mis compañeros. Mis ideas se me escapaban y solo me
unía a la tierra un hilo que una nada podía romper. Nos quedaba todavía agua y
me lavaron el rostro, fro-taron con ron mis manos y mis sienes, me hicieron
chupar naranjas y, más que eso, el viento fresco me trajo a la vida. Poco a
poco recu-peré las fuerzas, pude abrir los ojos, miré entonces el valle riente
y sentí una emoción tan dulce, que lloré, pero eran lágrimas de gozo. Descansé
allí largo rato. Esta vista hizo renacer la esperanza en mi corazón. Reapareció
mi energía, aunque mi agotamiento físico era el mismo. Quise levantarme para
tratar de bajar esta última monta-ña, pero me fue imposible sostenerme. Don
Baltazar esta vez decidió llevarme a la grupa de su caballo. El camino era
mejor y solo necesi-tábamos media hora para llegar a Congata. Por fin llegamos
a las dos de la tarde.
Congata
no es una población, pues solo se compone de tres o cua-tro casas y de una
hermosa chacra que sirve a la vez de correo, de al-bergue y de lugar de cita
para los viajeros que atraviesan el desierto. El propietario de la casa lo es
también del establecimiento y se llama don Juan Nájar. Don Baltazar, al entrar
en el patio, le anunció quién era yo y la urgencia de socorros que mi estado
reclamaba. El nombre de mi tío fue una poderosa recomendación. El señor Nájar,
su esposa y sus numerosos servidores me atendieron con tal prontitud que en
menos de diez minutos me sirvieron un excelente caldo. Me descal-zaron, me
lavaron los pies con agua tibia y leche, así como la cara y los brazos y me
llevaron después a la pequeña capilla de la hacienda donde colocaron un lecho
para mí. La señora Nájar me desvistió ayu-dada por una negra, me puso una
camisa de batista blanca y fresca,
272
7. El
desierto
me echó
sobre la cama, me arregló con el mayor cuidado, puso cerca de mí una taza de
leche y se retiró cerrando la puerta de la capilla.
Según los
datos que me habían dado en Islay, pensé que mi tío no regresaría a Arequipa
antes de dos meses, y como me encontraba en la necesidad de pedir hospitalidad
a otros parientes, la víspera de mi partida había escrito al obispo y a su
hermano, el señor de Goyene-che, que eran nuestros primos. El doctor que
conocía esta circuns-tancia le comunicó a don Baltazar para que a su llegada a
Arequipa fuese a anunciar mi llegada a Congata a la familia Goyeneche y el
estado alarmante en que me encontraba.
En cuanto
don Baltazar se hubo informado de lo que necesitaba saber, picó espuelas y se
desquitó, con una carrera rápida, del fas-tidio que la lentitud del viaje le
había producido. Los señores De la Fuente habían hecho el más grande sacrificio
que algunos peruanos pueden hacer, al resignarse a caminar con esa lentitud. De
haber es-tado solos habrían hecho ese recorrido en dieciséis o dieciocho
ho-ras, en tanto que habíamos empleado cuarenta.
M. de
Castellac, aunque en apariencia de muy delicada constitu-ción, había soportado
muy bien la fatiga y mientras yo descansaba, en lugar de hacer otro tanto por
su lado, prefirió conversar con el señor Nájar. Le refirió todo cuanto sabía de
mí, agregó cosas de su in-vención para presentarme mejor y de que recayera algo
sobre él. Era en el fondo un hombre excelente, pero tenía tanto miedo de
fracasar que trataba de sacar provecho de todas las ocasiones.
Dios tuvo
piedad de mí. En cuanto estuve acostada, me dormí profundamente. Cuando
desperté eran cerca de las cinco de la tarde. Consideré con admiración los
objetos que me rodeaban y creí en un principio que era la continuación de un
sueño y no podía creer en la realidad de lo que veía. La capillita en la que me
encontraba esta-ba tan burlescamente decorada como lo están todas las del Perú.
El altar estaba recargado de figuras de yeso, con una virgen vestida
ex-trañamente, un gran Cristo cubierto de gotas de sangre, candeleros de plata,
floreros con flores tanto artificiales como naturales y una multitud de otros
objetos. Una alfombra más o menos buena cubría
273
Flora
Tristán
el piso y
una ventana pequeña aclaraba este santo lugar, no dejando penetrar sino una luz
débil que daba a este conjunto un tono pálido y melancólico.
Mi lecho
había sido colocado en un rincón cerca del altar y frente a él se encontraba la
puerta de entrada. Cuando abrí los ojos, esta puerta se hallaba entreabierta y
mi atención se sintió atraída por un animal que sacaba la cabeza y trataba de
entrar en la capilla. Este animal era un enorme gato negro de Angora, cuyos
ojos color de fuego tenían una expresión extraordinaria. Era en su especie el
más hermoso animal que había visto hasta entonces. Cerré a medias los ojos para
no asustarlo y ver lo que iba hacer. Entró con pasos lentos, con un aire de
misterio y de precaución, entornaba sus grandes ojos llameantes y agitaba su
larga cola ondulante como la serpiente que juguetea al sol a lo largo de un
seto. Sea que mi cerebro estuviese todavía agitado por la fiebre o debilitado
por los días de sufrimien-tos inconcebibles que acababa de pasar, sea que
estuviese en una de aquellas extrañas disposiciones de espíritu en las que se
encuentran a veces los seres propensos al sonambulismo, el hecho es que la
vista de aquel soberbio gato me inspiró un movimiento de temor que no pude
explicarme. Quise, sin embargo, dominar ese terror, pánico del que se indignaba
mi carácter atrevido y valiente hasta la temeridad; saqué el brazo de entre las
sábanas, cogí la taza de leche que esta-ba a mi lado y la tendí al animal,
llamándolo con voz dulce para no asustarlo. A este movimiento la bestia erizó
el pelaje, dio un salto, después otro y trepó al altar como si hubiese querido
lanzarse sobre mí. Iba a pedir socorro cuando apareció en la puerta un pequeño
ser que me hizo el efecto de un ángel.
—No tema
usted nada, me dijo al ver mi susto. Ese gato no es malo, pero es muy arisco y
cuando tiene miedo se pone como loco. Al decir estas palabras la linda criatura
se acercó al altar, habló al gato que se dejó acariciar, y como si fuese
demasiado pesado para car-garlo, lo arrastró hacia la puerta que cerró por
completo después de haberlo echado fuera. De momento no sabía qué pensar de
esta apa-rición. Si el enorme gato, con sus ojos encendidos me había parecido
274
7. El
desierto
la
encarnación de Lucifer, la encantadora figurita que estaba allí, de-lante de
mí, en una actitud angélica de curiosidad y de sencillez me parecía un ángel
bajado de los cielos.
—Ven
cerca de mí, le dije, ¿quién eres tú? ¿Cómo te llamas?
La
criatura se aproximó, se arrodilló al borde de mi lecho, me pre-sentó su boca
para besarme y puso su graciosa cabeza de serafín so-bre mi brazo para que la
acariciara.
—Me llamo
Mariano. Soy hijo del señor Nájar. Hace rato que es-cuchaba a la puerta para
saber si había despertado. Me retiré un ins-tante y el gato negro se metió. Yo
entré por miedo de que se tomara su leche. ¿No se ha molestado usted, no es
cierto?
El
pequeño Mariano era un amor de niño. A su edad de 5 años te-nía un género de
belleza que es difícil encontrar en un muchacho tan pequeño: la belleza de la
expresión. Se leía en sus grandes ojos negros que Dios le había dotado de una
alma tan sensible como inteligente. Su frente revelaba el genio; su cabellera,
espesa y ondulada, de un hermo-so negro lustroso, era admirable. Tenía el
cuerpo débil, los miembros muy delgados, lindas manitas y los pies tan pequeños
que costaba tra-bajo verlo caminar. El sonido de su voz conmovía el alma y su
lenguaje todavía infantil daba una gracia muy particular a lo que decía.
Este
admirable niño me contemplaba con aire de ternura y de so-licitud. Le pregunté
la causa.
—Quisiera
saber, me dijo, si sufre usted mucho.
Y me dijo
que, a mi llegada, al verme con los ojos cerrados y mori-bunda tuvo tanta pena
que había llorado mucho, mucho. Enseguida me contó todo cuanto había sucedido
desde que me quedé dormida y todo esto con una inteligencia extraordinaria para
un niño de esa edad. Le rogué que fuese en busca de su madre. Esta vino con el
doc-tor que estaba radiante.
—¡Ah,
señorita!, me dijo, ¡cuántas cosas gratas tengo que decirle! El obispo de
Arequipa acaba de enviar a una de sus gentes con esta carta. Léala para que
sepamos de qué se trata. Parece que toda la ciu-dad está en alboroto por causa
suya. Querida señorita, todo va bien ahora. Espero que esté contenta.
275
Flora
Tristán
La buena
señora Nájar se ocupó de mi salud en lo que el doctor ni pensaba siquiera. Me
aconsejó quedarme en cama y me ofreció enviarme la comida.
La carta
de mi ilustre pariente era muy satisfactoria. Me decía que su hermano iría en
persona, al acabar la comida, a ponerse de acuerdo con-migo para prestarme
todos los servicios que fuesen necesarios.
La señora
Nájar me dio una comida de las más delicadas. Desple-gó un lujo y una limpieza
que me sorprendió encontrar en aquel lu-gar. Hermosa porcelana, cristal
cortado, manteles de damasco, plata labrada y lo que es raro en el país,
cuchillería inglesa. En fin, el ser - vicio fue tan esmerado como hubiese
podido serlo en un hotel de las grandes ciudades de Europa. Mi querido Mariano
comió conmigo. Se sentó sobre mi lecho y durante todo el tiempo de la comida
conversa-mos de una multitud de cosas. Entonces pude juzgar el gran desarro-llo
de su inteligencia.
Me
levanté hacia las seis. Tenía el cuerpo magullado y los pies hincha-dos. Sin
embargo, quise dar un paseo por el pequeño bosque del señor Nájar. Fui con él y
con el angelito que no se separaba de mí. Después de dos días pasados en el
desierto, ¡qué placer sentía al encontrarme en un campo cultivado, al escuchar
el murmullo de un ancho arroyo que corre a lo largo del camino que seguíamos y
al ver los grandes y hermosos ár-boles! El aspecto de ese valle encantador me
ponía en éxtasis. Hablaba so-bre agricultura con el señor Nájar, cuando un
negro vino a anunciarnos la visita del señor don Juan de Goyeneche. Fue el
primer pariente a quien estreché la mano. Me gustó un tanto. Su tono era de una
cortesía y de una suavidad exquisitas. Me invitó a nombre de su hermano, de su
hermana y en el suyo propio a considerar su casa como la mía, pero agregó que
mi prima, sobrina de mi tío Pío, le había dicho que no sufriría que me alojase
en casa que no fuese la de mi tío y que a la mañana siguiente ella misma me
invitaría a ir y a tomar posesión de ella. El señor Goyeneche estaba acompañado
de un francés, M. Durand, que vino con el pretexto de servir de intérprete,
pero en el fondo, para hacerse el oficioso y por curiosidad. En cuanto se
fueron me retiré a mi capilla y me acosté con un gozo indecible.
276
7. El
desierto
A la
mañana siguiente, cuando desperté, me sentí completamen-te repuesta. La buena
señora Nájar tuvo la amabilidad de hacerme traer un baño preparado por orden
suya. Permanecí en él media hora, me acosté de nuevo entre mis hermosas sábanas
de fina batista bordada y me sirvieron un excelente desayuno. Mi pequeño
Maria-no me hizo también compañía y me entretuvo mucho con sus ra-zonamientos
tan originales como extraordinarios. Me levanté e hice una toilette muy
cuidadosa, pues sabía que iba a recibir numerosas visitas. Hacia las doce M. de
Castellac vino a decirme que debía dar-me prisa, pues cuatro caballeros
llegados de Arequipa querían serme presentados. Al salir de la capilla, situada
al extremo de la galería que rodea la casa, vi dirigirse hacia mí a un joven de
18 o 19 años, que se me parecía de tal manera que se le hubiese tomado por
hermano mío: era mi primo Manuel de Rivero. Hablaba el francés como si hu-biese
nacido en Francia. Lo habían mandado allí a la edad de 7 años y había regresado
solo desde hacía un año. Inmediatamente sentimos mutua simpatía. He aquí las
primeras palabras que me dirigió:
—¡Ah,
prima mía! ¿Cómo es posible que hasta el presente haya yo ignorado su
existencia? He estado cuatro años en París, solo, sin tener una persona amiga.
Usted vivía en aquella ciudad y Dios no permitió que la encontrase. ¡Qué cruel
pensamiento! No, jamás po-dré consolarme...
Me gustó
este joven desde el primer momento en que lo vi. Es francés de carácter,
afable, bueno y también ha sufrido.
Manuel me
dio una carta de mi prima doña Carmen Piérola de Flores, quien representaba a
mi tío Pío y me invitaba en su nombre a alojarme en su casa, la única que me
convendría habitar. La carta íntegra proseguía en el mismo tono. Vi por su
estilo que tenía que habérmelas con una mujer de espíritu, pero prudente y muy
cortés. Mi prima me enviaba, para llevarme a Arequipa, un hermoso caballo sobre
el que habían puesto una soberbia silla inglesa. Me mandaba, además, dos
vestidos de amazona, zapatos, guantes y una cantidad de objetos diversos para
el caso de no tener mis maletas conmigo y pudiese necesitar vestidos. Los tres
caballeros que acompañaban a
277
Flora
Tristán
mi primo
eran el señor Arismendi, el señor Rendón y M. Durand, grandes amigos de mi
prima. Conversé algún tiempo con aquellos señores, después les dejé en compañía
del doctor para hacer un pa-seo con mi primo. Supe por él que mi llegada
ocupaba a toda la ciu-dad y que todos pensaban que venía a reclamar la herencia
de mi padre. Ese joven me puso al corriente del carácter y de la posición de mi
tío de quien él había tenido también mucho de qué quejarse, pues mi tío se negó
con extrema dureza a pagar durante tres años solamente una pensión que le
hubiese permitido acabar sus estu-dios en Francia. El padre de Manuel había
disipado una gran fortu-na y reducido a su familia a la miseria. Mi abuela
acudió en ayuda de sus hijos y les había dejado una renta vitalicia que les
daba lo preciso con qué vivir. Mi primo, con un afectuoso abandono, me contó
todos sus pesares de familia, como si nos hubiésemos cono-cido desde hacía diez
años. Yo también sentía que lo quería como si hubiese sido mi hermano.
Quisimos
partir porque mi prima nos había prevenido que nos esperaba para comer, pero
nuestros excelentes anfitriones me ins-taron tanto para que hiciese con ellos
esta última comida que acepté con satisfacción, conmovida por las muestras de
cordial interés que me prodigaban.
Terminada
la comida, luciendo un elegante vestido de amazona de paño verde, un sombrero
de hombre con velo negro sobre la cabe-za y montada sobre un hermoso caballo
vivo y fogoso, dejé la hacien-da de Congata a las seis de la tarde, me coloqué
yo a la cabeza de la pequeña comitiva y el inseparable doctor cerraba la
marcha.
El camino
de Congata a Arequipa es bueno comparado con los otros del país. Sin embargo,
no deja de presentar obstáculos a los via-jeros. Hay que vadear el río de
Congata, lo cual es peligroso en ciertas épocas. Había poca agua cuando lo
atravesamos, pero las piedras del fondo exponen a que resbalen las patas de los
caballos y una caída en ese río puede tener consecuencias funestas. Mi caballo
era tan brioso que tuve mucho trabajo en contenerlo. El querido primo Manuel
era mi escudero y gracias a sus cuidados salí sana y salva.
278
7. El
desierto
Al
alejarnos del río vi unos campos bien cultivados y aldeas que me parecieron
pobres y poco habitadas. Mi compatriota M. Durand estaba a mi lado y sea con
intención de halagarme o más bien para hacerme hablar de mis pesares,
excitándolos, no cesaba de repetirme a lo largo del camino, como el intendente
del marqués de Carabas:
—Esta
hacienda es de su tío, el señor Pío de Tristán; esa de sus ilustres primos, los
señores de Goyeneche; aquella tierra pertenece también a su tío; la otra
igualmente, y siempre lo mismo, hasta Are-quipa, sin que el oficioso M. Durand
se cansara de designarme las numerosas propiedades de mi familia. Cuando el
bueno de Manuel se acercaba, me decía con tristeza:
—Querida
prima, nuestros parientes son los reyes del país. Nin-guna familia de Francia,
ni aun las de Rohan y de Montmorency tienen tanta influencia por su nombre o su
fortuna y, sin embargo, nos hallamos en una república. ¡Ah! Sus títulos y sus
inmensas rique-zas pueden procurarles el poder mas no el afecto. Duros y
pequeños como banqueros, son incapaces de hacer una acción que responda al
nombre que llevan.
¡Pobre
niño! ¡Qué sentimientos tan generosos! Por la nobleza de su alma, mi corazón
reconocía en él a un pariente.
Cuando
llegamos a las alturas de Tiabaya nos detuvimos para go-zar de la perspectiva
encantadora que ofrece el valle y la ciudad de Arequipa. El efecto es mágico.
Creí ver realizada una de esas creacio-nes fantástica de los cuentos árabes.
Esos hermosos lugares merecen una descripción muy particular. Hablaré de ellos
más adelante.
Encontramos
en Tiabaya a una gran cabalgata que venía a nues-tro encuentro, conducida por
mi salvador, don Baltazar, y su primo.
Las otras
personas eran amigos de mi prima y siete u ocho france-ses residentes en
Arequipa.
Por fin
llegamos. 5 leguas separan Congata de Arequipa y ya era de noche cuando
entramos en la ciudad. Estaba encantada con esta circunstancia que me libraba
de las miradas. Sin embargo, el ruido que hacía esta numerosa comitiva al pasar
por las calles atraía a los curiosos a las puertas de las casas; pero la
oscuridad era demasiado
279
Flora
Tristán
grande
para que se pudiese distinguir a nadie. Cuando estuvimos en la calle de Santo
Domingo vi una casa cuya fachada estaba alumbra-da. Manuel me dijo: —¡Esta es
la casa de su tío!
Una
multitud de esclavos se hallaba en la puerta. Al acercarnos, regresaron al
interior presurosos por anunciarnos. Mi entrada fue una de aquellas escenas de
aparato como se las ve en el teatro. El pa-tio íntegro estaba alumbrado con
antorchas de resina fijadas en las paredes. El gran salón de recepciones
ocupaba todo el fondo de aquel patio. Había en medio una gran puerta de
entrada, precedida de un pórtico que forma el vestíbulo al cual se llega por
una escalinata de cuatro o cinco gradas. El vestíbulo estaba alumbrado por
lámparas y el salón resplandecía de luces, con una hermosa araña y una
mul-titud de candelabros en los que ardían velas de diversos colores. Mi prima,
que se había hecho una gran toilette en honor mío, avanzó has-ta la escalinata
y me recibió con todo el ceremonial prescrito por la etiqueta y las
conveniencias. Eché pie a tierra y avancé hacia ella. Es-taba emocionada. La
tomé de la mano y le agradecí con efusión todo cuanto había hecho hasta
entonces por mí. Me condujo a un gran sofá y se sentó a mi lado. Apenas estuve
sentada se dirigió hacia mí una diputación de cinco o seis monjes de la orden
de Santo Domin-go. El gran prior de la orden pronunció un largo discurso en el
cual me habló de las virtudes de mi abuela y de los magníficos donativos que
había hecho al convento. Mientras me recitaba su arenga tuve tiempo de examinar
a todos los personajes que llenaban el salón. Era una multitud bastante
abigarrada y en conjunto, los hombres más que las mujeres me parecieron
pertenecer a las primeras clases de la sociedad. Cada uno me dijo un
cumplimiento en términos pomposos acompañado de ofrecimientos de servicios tan
exagerados, que nin-guno de ellos podía ser la expresión de un sentimiento
verdadero. Resultaba que en caso necesario no debía contar con ellos para la
más ligera ayuda y su lenguaje era simplemente un homenaje servil dirigido a
don Pío de Tristán, en la persona de su sobrina. Mi prima me dijo que me había
hecho preparar una cena y que nos sentaría-mos a la mesa cuando quisiese yo dar
la señal. Me sentía cansada y
280
7. El
desierto
por lo
demás no me preocupaba ser por más tiempo el objeto de las miradas de aquellos
curiosos. Rogué a mi prima que me dispensa-ra de asistir a la comida y me
permitiera retirarme al departamento que me había destinado. Vi que mi pedido,
al que no podía dejar de acceder, contrariaba mucho a la honorable
concurrencia. Se me con-dujo a una parte de la casa compuesta de dos grandes
piezas más que mezquinamente amuebladas. Una cantidad de personas, además de
los monjes, me acompañaron hasta mi dormitorio. Estos me ofrecie-ron, verdad es
que en broma, ayudarme a desvestir. Manuel se encar-gó de decir a mi prima que
deseaba quedarme sola. Todo el mundo se retiró y por fin, cerca de la
medianoche, logré estar sola en mi cuarto con una negrita que me dieron para mi
servicio.
281
8.
Arequipa
Me
encontraba en la casa donde había nacido mi padre. Casa a la cual mis sueños de
infancia me habían transportado tan a menudo, que el presentimiento de verla
algún día se había arraigado en mi alma sin abandonarla jamás. Este
presentimiento provenía del amor idólatra con que había amado a mi padre, amor
que conserva su ima-gen viva en mi pensamiento.
Cuando la
negrita se durmió, cedí al impulso de examinar las dos salas abovedadas donde
estaba alojada. ¿Quizá mi padre ha vivido aquí?, me decía, y esta idea prestaba
todo el encanto del techo pater-nal a lugares cuyo aspecto sombrío y frío desde
la entrada, helaba el corazón. El mobiliario de la primera pieza se componía de
una gran cómoda de encina, que debía haber seguido de cerca la expedición de
Pizarro al Perú y databa por su forma del reinado de Fernando e Isabel; de una
mesa y sillas más modernas, en el estilo que el duque de Anjou, Felipe V,
introdujo en España; y, en fin, de una gran alfom - bra inglesa que cubría casi
toda la habitación. Las paredes estaban blanqueadas con cal y tapizadas con
mapas geográficos. Esta sala, de 25 pies de largo por 20 de ancho, solo recibía
luz por medio de una ventana pequeña de cuatro vidrios abierta en lo alto. La
segunda pie-za estaba separada de la primera por una división que no subía
hasta la bóveda y no estaba alumbrada directamente. Mucho más pequeña que la otra,
su mobiliario consistía en una pequeña cama de fierro
283
Flora
Tristán
guarnecida
de cortinas de muselina blanca, una mesa de encina, cua-tro sillas viejas y en
el suelo un viejo gobelino. El sol no entraba ja-más en esta inmensa alcoba
parecida por su forma, su atmósfera y su obscuridad, a un sótano. El examen del
sitio que mi familia me daba como alojamiento causó en mi alma una profunda
impresión de tris-teza. La avaricia de mi tío y todo cuanto había temido, se
presenta-ba a mi pensamiento. Es fácil juzgar al dueño de casa por la manera de
proceder de quienes lo representan. Si doña Carmen me daba tal aposento en
ausencia de mi tío era porque estaba muy segura de que él mismo no me habría
destinado otro mejor. A fin de no dejarme duda alguna a este respecto, me había
dicho al conducirme que este departamento, aunque poco conveniente, era el
único disponible en la casa para recibir a los parientes y amigos. Este rasgo
pintaba a mi tío. Jefe de una numerosa familia, relacionado por sus altas
funcio-nes y su mérito personal con todo cuanto el país encerraba de más
distinguido, don Pío gozaba de una fortuna colosal; pero no podía ofrecer por
alojamiento a sus amigos y parientes sino una fría cueva, en la que se
necesitaba luz para leer en pleno día. Esta idea me hacía sonrojar de
vergüenza. ¡Y qué!, exclamaba involuntariamente ¿es mi destino estar aliada a
personas cuya alma dura es inaccesible a los sentimientos elevados? Enseguida
pensaba en mi abuela, ¡tan noble en todo, tan caritativa!, en mi pobre padre
que había sido tan gene-roso, en el buen Manuel, en su excelente madre y sentía
un dulce consuelo al ver en esta familia a algunos individuos a quienes podía
reconocer como parientes. Mis reflexiones me agitaron de tal modo que era casi
de día cuando quedé dormida.
A la
mañana siguiente mi prima me dijo que las principales per-sonas de la ciudad
vendrían a visitarme como es la costumbre y que sería conveniente estar
temprano en el salón. Triste y doliente, no estaba dispuesta a recibir a toda
aquella gente y, a decir verdad, una razón de coquetería fue el motivo
determinante de mi negativa. Du-rante la travesía del desierto el ardor del
sol, el polvo y la acritud del viento que soplaba del mar me había tostado la
cara y las manos. La pomada que la bondadosa señora Nájar me había dado
comenzaba a
284
8.
Arequipa
disminuir
la rojez y a ponerme la piel en su estado natural y deseaba esperar cuatro o
cinco días más antes de presentarme. Los dos prime-ros días se aceptó mi excusa
de indisposición, pero el tercero causó rumor en la ciudad y M. Durand, que
conocía muy bien el espíritu de los arequipeños, me aconsejó que me presentara
si no quería expo-nerme a enajenarme la benevolencia que los habitantes me
demos-traban. Así son los pueblos en su infancia: su hospitalidad tiene algo de
tiránico. En Islay hube de quedarme en el baile, rendida de fatiga, hasta las
doce de la noche. En Arequipa, a pesar de mis sufrimientos en el viaje y el
dolor que sentía por la muerte de mi abuela, me era preciso recibir a toda la
ciudad el tercer día después de mi llegada. Se me hizo con todo apuro un traje
negro. Me presenté en el vasto salón de mi tío cubierta con ropas de duelo como
toda mi familia y la tristeza de mi alma sobrepasaba la de mis vestidos.
Es
costumbre en el Perú, entre las mujeres de la alta clase social, que cuando
llegan a una ciudad en la que son extranjeras permanez-can en la casa sin salir
durante todo el primer mes a fin de esperar las visitas. Trascurrido ese tiempo
salen para corresponder a su vez las que han recibido. Mi prima Carmen,
estricta en estas reglas de etiqueta, me dio instrucciones exactas sobre ellas
creyendo que les prestaría igual importancia y que me conformaría a ellas sin
omitir detalle alguno. Pero en esta circunstancia el yugo de la costumbre me
pareció demasiado pesado y decidí liberarme. Mi prima, a quien no le agradaba
más que a mí recibir visitas, aplaudió la forma opor-tuna con que me eximía de
ellas, aunque no se sentía capaz de se-mejante atrevimiento. Antes de proseguir
mi relato es necesario que haga conocer al lector a mi prima doña Carmen.
Con pesar
me veo obligada a decir, para ser fiel a la verdad, que mi pobre prima Carmen
Piérola de Flores es de una fealdad rayana en la de-formidad. Víctima de la
viruela, esta espantosa enfermedad ha hecho en ella sus más crueles estragos.
Podía entonces tener 38 o 40 años.
Pero Dios
no ha querido que sus criaturas peor dotadas estén por completo desprovistas de
encantos. Mi prima tenía los pies más lin-dos, no solo de Arequipa, sino quizá
de todo el Perú. Su pie es una
285
Flora
Tristán
miniatura,
un amor de pie, el ideal soñado que aún me complazco en recordar. Un pie de
solo seis pulgadas de largo, de ancho proporciona-do, de forma perfecta, con el
empeine levantado, la pierna fina y lo que es más extraordinario, vista la
extrema flacura de doña Carmen, su pie y su pierna son llenos y torneados. Este
lindo pie lleno de gracia y de personalidad está siempre calzado con magníficas
medias de seda rosa, gris o blancas y con un elegante zapato de raso de
cualquier co-lor. Doña Carmen usa los vestidos muy cortos y tiene razón. Sus
pies son admirables para esconder esa pequeña obra maestra de la natura-leza.
Es muy elegante, se arregla con gusto, pero con todo, su modo de vestir es el
de una persona más joven de lo que su edad permite.
Mi prima
es de un carácter muy singular. No ha recibido educa-ción, pero la ha adquirido
por sí misma y comprende con una admira-ble inteligencia. La pobre mujer perdió
a su madre en la infancia y des-de entonces la desgracia comenzó para ella.
Educada por una tía dura y soberbia, su vida fue tan miserable que deseando
sustraerse a ese yugo y sin tener más alternativa que el matrimonio o el
claustro, por el que no sentía ninguna vocación, decidió casarse con el hijo de
una hermana de mi padre. Este había pedido su mano atraída por el cebo de una
rica dote. Mi primo era un hombre muy guapo, muy amable, pero jugador y
libertino que despilfarró su fortuna y la de su esposa en desórdenes de toda
especie. Doña Carmen, orgullosa y arrogante, hubo de sufrir todas las torturas
imaginables durante los diez años que duró esta unión. Quería a su marido, a
este hombre que no vivía sino para los sentidos, que rechazaba su amor con
brutalidad, que la humillaba con su conducta y la ultrajaba con las
explicaciones que le daba. En muchas ocasiones la dejó para vivir públicamente
con aman-tes. Esas mujeres pasaban bajo las ventanas de doña Carmen, la
mira-ban con cinismo y reían burlonamente del insulto. Cuando en los pri-meros
tiempos del matrimonio la joven esposa trató de hacer escuchar algunas quejas,
ya sea en la familia de su marido o a amigos comunes, se le respondió que debía
estimarse feliz con tener a un hombre tan guapo por marido y que debía soportar
su conducta sin quejarse. Esas personas encontraban en la fealdad de la mujer y
en la hermosura del
286
8.
Arequipa
marido
razones suficientes para justificar la expoliación de su fortuna y los
continuos ultrajes de que era víctima aquella desgraciada. Tal es la moral que
resulta de la indisolubilidad del matrimonio. Después, no sé por qué horrible
disposición de espíritu, ocurre que hay hombres más crueles que la naturaleza
quienes creen que todo se les está per-mitido en contra de los seres deformes a
los que prodigan sarcasmos e insultos. Su conducta es tan impía como malvada e
insensata. Los defectos, cuya corrección está en nuestro poder, deben ser los
únicos objetos del ridículo. No hay monstruos a los ojos de Dios. El árbol
dere-cho y el árbol torcido tienen su razón de ser. Esopo, así como Alcibía-des
fueron dotados por la Providencia de las formas más convenientes al destino que
les estaba reservado. Censurar la obra del Creador es po-ner a nuestra
inteligencia por encima de la suya. El hombre en demen-cia, que al aspecto de
la sociedad lanza una risa convulsiva, es menos insensato que el individuo que
ve, en la configuración de una planta, de un hombre o de un ser cualquiera
salido de las manos de Dios, un objeto de burla y de ultraje.
Después
de esta infructuosa tentativa doña Carmen no profirió nuevas quejas, no dejó
oír una murmuración y exagerando la per-versidad humana, expulsó desde entonces
todo afecto de su corazón para no dejar más que sentimientos de desprecio y de
odio. Mi prima con el fin de aturdirse se consagró al mundo. Y aunque privada
de fortuna y de belleza, su espíritu atraía siempre a su alrededor a un círculo
de adoradores. Doña Carmen tenía demasiado discernimien-to para no comprender
la causa de las adulaciones que le estaban dirigidas y aprendió así, en el
curso de sus coqueterías, a conocer el corazón humano. Mientras más avanzaba en
este conocimiento au-mentaba más su desprecio por la raza humana. Si mi prima
hubiese tenido el menor sentimiento religioso, en lugar de espiar los vicios de
los hombres con el objeto de alimentar su odio, debería haber trata-do de
descubrir sus inclinaciones al bien y de esforzarse en hacerlos mejores. Pero
Dios no entraba en sus pensamientos, tenía necesidad de la sociedad de esos mismos
hombres a quienes despreciaba y les prodigaba lisonjas para a su vez ser
lisonjeada.
287
Flora
Tristán
Al cabo
de diez años de matrimonio su marido, que entonces te-nía treinta, volvió donde
ella. Había disipado toda la fortuna que am-bos poseían, se había endeudado en
todas partes y era presa de una horrible enfermedad que ningún médico pudo
conocer. Mientras había tenido dinero, las cortesanas y hasta las hermosas
señoras se habían disputado a este guapo mozo. Mas cuando no le quedó ni un
peso, aquellas mujeres desvergonzadas lo rechazaron con desprecio, le
dirigieron risas burlonas y censuraron en altavoz su conducta. El infortunado
pudo entonces apreciar los seres inmundos a quienes había prodigado sus
riquezas. Sin recursos y abandonado por to-dos regresó por instinto donde la
mujer a quien había humillado y abandonado a pedirle asilo. Ella lo recibió, no
con cariño, pues ese sentimiento no podía ya renacer en su corazón, sino con
aquel se-creto placer que sienten las personas de su carácter, de ejercer una
noble venganza que exalta su superioridad. El desgraciado pagó caro los
desórdenes de su vida. Estuvo en cama dieciséis meses sufriendo las más crueles
torturas. Durante ese tiempo su esposa no lo dejó un instante. Fue a la vez su
enfermera, su médico, su sacerdote. Había hecho colocar un sofá cerca del lecho
de dolor, de noche y de día es-taba allí, pronta a asistirlo en todo. ¡Qué
espectáculo para ella! ¡Qué aversión y desprecio abrigaba hacia la especie
humana! Veía morir en la flor de la edad a ese joven a quien había amado, pero
en estado de decrepitud, pues hasta ese punto lo había envejecido el libertinaje.
Y lo veía morir con cobardía. En esta circunstancia, doña Carmen mostró una
fuerza de carácter no desmentida una sola vez. Sufrió con una paciencia
admirable los caprichos, las repulsas y los accesos de desesperación del
moribundo. Esta larga enfermedad agotó los últimos recursos de mi desgraciada
prima. Después de la muerte de su marido quedó reducida a vivir de nuevo donde
su tía junto con su hija, único vástago que había tenido.
Desde
entonces su vida fue un suplicio de todo momento. Sin fortu-na deseaba siempre
vivir en sociedad, mantener un rango y se veía sin cesar obligada a recurrir a
una tía dura y avara. La pobre Carmen ape-nas tenía con qué hacer frente a sus
necesidades, aunque presentaba
288
8.
Arequipa
las
apariencias del lujo. Cuando llegué a Arequipa hacía doce años que era viuda y
doce años que vegetaba, ocultando su miseria real bajo las apariencias de la
opulencia. Cada año pasaba seis meses donde su tía en un ingenio azucarero
situado en Camaná cerca del de mi tío Pío. A ella no le agradaba vivir en el
campo al que la necesidad la obligaba a ir; en la época de mi llegada una causa
inesperada la había retenido en la ciudad, por primera vez. Vimos ella y yo en
esta circunstancia el dedo de la Providencia, pues si por una ocurrencia
fortuita mi prima no hubiese estado en Arequipa no habría yo encontrado a nadie
para recibirme en casa de mi tío.
Si en un
principio la sequedad y la fealdad de mi pobre pariente produjeron sobre mí un
efecto desagradable, muy pronto descubrí en el fondo de aquella alma un género
de nobleza y de superioridad que me inspiró simpatía. Desde mi llegada mi prima
me demostró mucho afecto, tuvo para mí todas las atenciones imaginables y se
ofreció ser mi maestra de idiomas. Gracias a ella pude aprender el español en
poco tiempo. Tenía una paciencia admirable para enseñarme y corre-girme cuando
me equivocaba. Su casa estaba situada frente a la de mi tío, de manera que
siempre estábamos la una donde la otra. Por la ma-ñana ella me enviaba el
desayuno y a las tres iba yo a comer donde ella. Siempre doña Carmen tenía la
atención de invitar a algunos amigos a fin de que tuviese compañía para
distraerme, pero prefería estar a so - las con ella porque encontraba sin cesar
en su conversación la manera de instruirme sobre las personas y las cosas del
lugar.
Desde la
mañana siguiente a mi llegada a Arequipa había escri-to a mi tío que estaba en
su casa porque mi salud no me permitía ir a buscarlo a Camaná y que esperaba su
regreso con la más viva impaciencia.
Transcurrieron
quince días sin respuesta de don Pío. Estaba in-quieta y mi prima otro tanto.
Temía a mi tío y se imaginaba que su silencio podía indicar la desaprobación de
la conducta que había observado conmigo. La manera de proceder de mi tío
respecto a mí renovaba la agitación producida por mi llegada entre sus amigos y
enemigos. Los unos decían que tenía miedo de mí; los otros pensaban
289
Flora
Tristán
que
maquinaba alguna mala pasada, alguna trampa para cogerme. Los alarmistas
llegaban hasta a decir que podría hacerme detener. Mi cuarto estaba lleno desde
la mañana hasta la noche con estos oficiosos amigos quienes venían a
comunicarnos sus temores, sus consejos o sus extravagantes proyectos. Escribí
carta sobre carta. Mi prima, la señorita de Goyeneche y otras personas
escribieron tam-bién. Don Pío no daba ninguna respuesta. Estaba en aquel
momento en completo descrédito; esta circunstancia, feliz para mí, ponía de mi
parte a todo el mundo. Por fin, el vigésimo primer día después de mi llegada,
todos recibieron una contestación y todas aquellas misivas estaban escritas con
tanto arte que el ilustre Talleyrand hubiese po-dido reivindicar el mérito de
haber concebido estas obras de arte en diplomacia. Mi tío estaba hecho para ser
primer ministro de una mo-narquía absoluta. En los tiempos difíciles habría
dejado muy lejos, tras de sí, por la superioridad de su talento, a los hombres
de estado más notables. Los Nesselrod y los Metternich palidecían a su lado. Él
se quejaba también a menudo del destino que le reducía a intrigar sordamente,
para llegar a la dirección de los negocios de una misera-ble republiquita,
cuando se sentía con las dotes necesarias para diri-gir los de una gran
monarquía. Me decía a veces: “Si solo tuviese 40 o 50 años me iría
inmediatamente a Madrid y en solo dos meses podría destronar a los grandes
dirigentes de San Ildefonso, en tal forma, que tendría todos los resortes del
gobierno entre mis manos”.
Esta
primera carta de mi tío tuvo el resultado que probablemente esperaba. Me
demostraba tanta benevolencia, recordaba con tanta gratitud los servicios que
mi padre le había hecho que creí su cora-zón abierto a todo mi afecto y que
podía contar con su justicia. Era necesario ser tan ignorante del mundo como yo
lo era para dejarme engañar por las hermosas palabras de don Pío. ¡Ay! Tenía
necesidad de cariño, creía en la probidad, en el agradecimiento y si por
instan-tes me venían ideas de desconfianza contra mi tío las rechazaba con
todas mis fuerzas obstinándome en no ver el mal que me decían de él. Toda su
correspondencia durante los tres meses de espera conser-vó el mismo tono
afectuoso, bondadoso y leal. Al fin comprendí que
290
8.
Arequipa
me
engañaba. Sus acciones no tenían relación alguna con sus cartas y esa
contradicción me hizo descubrir aquello que se tomaba tanto trabajo en ocultar.
La correspondencia con los otros miembros de la familia era muy amable y, según
creo, un poco más franca.
Mientras
permanecí sola en casa de mi tío no tuve tiempo de abu-rrirme. Estaba siempre
ocupada en recibir o en hacer visitas, en es-cribir o ver todo cuanto había de
curioso en el lugar de modo que el tiempo transcurría muy rápidamente.
Había
llegado a Arequipa el 13 de septiembre. El 18 del mismo mes sentí por primera
vez en mi vida un temblor. Fue aquel tan famoso por sus desastres que destruyó
por completo Tacna y Arica. La pri-mera sacudida tuvo lugar a las seis de la
mañana: duró dos minu-tos. Me desperté sobresaltada y casi fui arrojada fuera
de mi lecho. Creía estar todavía a bordo, mecida por las olas y no tuve miedo.
Pero enseguida la negra se levantó gritando: “Señora, ¡temblor, temblor!”.
Abrió la puerta y salió al patio donde me precipité tras de ella, echán-dome el
peinador sobre los hombros. Los movimientos eran tan vio-lentos que nos vimos
obligadas a echarnos al suelo para no caer. El más valiente hubiese tenido
miedo al sentir agitarse así la tierra y ver la oscilación de las casas. Todos
los esclavos estaban en el patio de rodillas, rezando, petrificados y como
resignados a morir.
Regresé a
acostarme. Mi prima vino enseguida. El terror había trastornado su rostro. ¡Ah,
Florita!, me dijo, ¡qué horrible terremoto! Estoy segura de que una parte de la
ciudad se ha derrumbado. Un día voy a quedar sepultada bajo las ruinas de mi
vieja casa. Y a usted, mi querida amiga, que no está acostumbrada a semejantes
convulsio-nes, ¿qué efecto le ha producido?
—Prima,
creía estar todavía en un navío. Es así como se siente el movimiento de las
olas y no he tenido miedo sino cuando me encon-tré en el patio y vi inclinarse
las casas sobre mí, estremecerse el piso y el cielo vacilar como cuando uno
está en el mar. Entonces comprendí todo el horror que se apodera del corazón
humano en presencia de una plaga que le hace sentir tan profundamente su
impotencia. ¿Son frecuentes estos temblores en el país?
291
Flora
Tristán
—Hay a
veces tres o cuatro en el mismo día. Es raro que pase una semana sin que se
sienta uno más o menos fuerte. Debemos esto a la vecindad del volcán.
Doña
Carmen se quedó conversando conmigo. Sentada, sobre mi cama, fumaba sus
cigarrillos y me refería todas las desgracias innu-merables que en diferentes
ocasiones los temblores habían causado en la región.
Como a
las siete se dejó sentir un ruido sordo que parecía venir de las entrañas de la
tierra: ¡era su voz! Mi prima lanzó un grito de espanto y se precipitó fuera de
la habitación. En aquel momento, te-nía yo los ojos fijos en una grieta
bastante pequeña que había en el centro de la bóveda. Esta grieta se entreabrió
de repente y las enor-mes piedras se dislocaron. Creí que toda esa masa iba a
desplomarse sobre mi cabeza y hui espantada. Esta sacudida fue menos fuerte que
la primera. Regresamos de nuevo y angustiada me acosté. Confieso que estaba
trastornada. Mi prima se sentó cerca de mí. La expresión de su rostro me dio
miedo.
—¡Execrable
país!, exclamó con un acento de furor contenido ¡y pensar que estoy condenada a
quedarme en él!
—Prima,
si le parece tan execrable ¿por qué se queda usted? —¿Por qué, Florita? Por
orden de la más dura de las leyes, la de la
necesidad.
Todo ser privado de fortuna depende de otro, es esclavo y debe vivir donde su
amo lo ate.
Y mi
prima rechinó los dientes con un movimiento de rebeldía, el cual me probó que
no estaba organizada para la esclavitud.
La miré y
le dije con un sentimiento de superioridad cuya expre-sión no pude reprimir:
—Prima,
tengo menos fortuna que usted. ¡He querido venir a Are-quipa y aquí estoy!
—¿Y qué
deduce usted de esto?, me preguntó con un movimiento de envidia.
—Que la
libertad no existe realmente sino en la voluntad. Quie-nes han recibido de Dios
esta voluntad fuerte que hace sobreponerse a todos los obstáculos son libres.
Mientras que aquellos cuyo débil
292
8.
Arequipa
deseo se
cansa o cede ante las contrariedades, son esclavos y lo se-rían aun si la
caprichosa fortuna les colocase sobre un trono.
Mi prima
no supo qué responder. Sentía instintivamente que te-nía razón. Sin embargo, no
podía explicarse qué era lo que me daba fuerza para sostener semejante
lenguaje. Me contempló largo rato en silencio, soplando el humo de su cigarro
en forma de plumillas y dibujos fantásticos que yo seguía maquinalmente con los
ojos. De repente se incorporó bruscamente y dijo con mal humor:
—Que Dios
me perdone, Florita, usted también me da miedo. ¿Dónde iré a refugiarme? No me
atrevo a entrar en mi casa por temor de que se me caiga sobre la cabeza y, por
la Santísima Virgen, no me atrevo a quedarme sentada junto a usted y oírla
pronunciar, con aire tranquilo, las palabras que harían temblar a un monje y la
harían tomar por loca...
—¿De
veras, querida prima? ¡Ah! No tenga miedo, venga a sentar-se aquí bien cerca de
mí para poder esconderme bajo su mantilla y dígame ¿por qué me toma usted por
loca?
—Pero,
querida Florita, usted pretende que basta una voluntad firme para ser libre. Y
es usted, débil mujer, esclava de las leyes, de los prejuicios, sujeta a mil
sufrimientos, con una debilidad física que la hace incapaz de luchar contra el
menor obstáculo ¿es usted quien se atreve a avanzar semejante paradoja? ¡Ay,
Florita! Se ve que usted no ha estado dominada por una familia altanera y
poderosa, ni ex-puesta a la negra maldad de los hombres. Soltera, sin familia,
usted ha sido libre en todas sus acciones, dueña absoluta de sí misma. Sin
estar sujeta a ningún deber, no tenía obligaciones para con el mundo y la
calumnia no podía alcanzarla. Florita, hay pocas mujeres en su feliz posición.
Casi todas, casadas muy jóvenes, han tenido sus facul-tades marchitas,
alteradas por la opresión más o menos fuerte que sus amos han hecho pesar sobre
ellas. Usted no sabe cuántos de es-tos penosos sufrimientos está uno obligada a
ocultar a los ojos del mundo, a disimular aun en el interior y cómo paralizan y
debilitan la moral del ser más felizmente dotado. Al menos, tales son los
efectos que aquellos sufrimientos producen sobre nosotras, pobres mujeres,
293
Flora
Tristán
poco
avanzadas en civilización. ¿Será de otro modo entre las mujeres de Europa?
—Prima,
hay sufrimientos en donde hay opresión y opresión donde el poder de ejercitarla
existe. En Europa, como aquí, las mu-jeres están sometidas a los hombres y
tienen que sufrir aún más su tiranía. Pero en Europa se encuentra, más que acá,
mujeres a quienes Dios ha concedido suficientes fuerzas para sustraerse al
yugo.
Al decir
estas palabras arrastrada por el sentimiento que me ins-piraba, el tono de mi
voz y la expresión de mi mirada excitaron la sorpresa de mi prima.
—Por esta
vez, Florita, la admiro, ¡está usted soberbia así! En mi vida he visto una
criatura que exprese sus sentimientos con tanto calor. Es usted muy buena en
irritarse así por la suerte de las muje-res. Son en efecto muy desgraciadas y,
sin embargo, querida amiga, no puede usted juzgar de ello sino imperfectamente.
Para tener una idea justa del abismo de dolor en que está condenada a vivir,
hay que estar o haber estado casada. ¡Oh, Florita! El matrimonio es el único
infierno que reconozco.
Como me
sentía enrojecer por la indignación que esta conversa-ción despertaba en mi
alma, oculté la cara en una de las puntas de la mantilla de doña Carmen. Y
mientras ella continuaba solo estaba atenta para calmarme.
Esta
primera conversación me bastó para adivinar todo lo que esta mujer había tenido
que sufrir durante la vida de mi primo.
Las
mujeres de acá, pensaba, son por el matrimonio tan desgra-ciadas como en
Francia. Encuentran igualmente la opresión en ese lazo y la inteligencia con
que Dios las ha dotado queda inerte y estéril.
La mañana
del temblor recibí una multitud de visitas. Todos esos buenos arequipeños
estaban curiosos por conocer la impresión que había producido sobre mí. Muchos
de ellos parecían decirme con su aire: ustedes no tienen esas cosas tan bonitas
en Francia.
Ese
temblor destruyó por completo la ciudad de Tacna, situa-da en la costa. Todas
las casas quedaron derrumbadas. La iglesia, terminada recientemente y abierta
al público desde hacía quince
294
8.
Arequipa
días se
desplomó. Dieciocho personas perecieron y veinticinco fue-ron heridas
gravemente. La ciudad de Arica sufrió casi lo mismo.1 La comarca de Sama, los
departamentos de Moquegua y de Tarata fueron devastados. En Locumba la tierra
se entreabrió y tragó casas íntegras. En todos estos lugares muchas personas
murieron o estu-vieron heridas de más o menos gravedad. Arequipa sufrió poco.
Las casas de esta ciudad estaban tan sólidamente edificadas, que para
derribarlas se necesitaría un temblor que deshiciese todo el Perú. Esta
sacudida se dejó sentir igualmente en Lima y en Valparaíso, pero muy
amortiguada y no causó ningún desastre. Hay que ha-ber habitado los países
donde son frecuentes estos temblores para tener una idea justa del terror que
inspiran y de las desgracias que ocasionan; cuando estas espantosas
convulsiones remueven la tie-rra en todo sentido la hacen ondular como las olas
o la entreabren como abismos.
El 24 de
septiembre, para festejar a Nuestra Señora, una gran pro-cesión recorrió la
ciudad, una de aquellas procesiones en las que el clero del país despliega más
ostentación. Son las únicas diversiones del pueblo. Las fiestas de la Iglesia
peruana dan una idea de lo que debían ser las Bacanales y las Saturnales del
paganismo. La religión católica, desde los tiempos de la más profunda
ignorancia, no ha ex-puesto nunca a toda luz tan indecentes bufonadas ni
desfiles más escandalosamente impíos. A la cabeza de la procesión marchaban las
bandas de músicos y de bailarines, todos disfrazados. Algunos negros y zambos2
se alquilan por un real al día para representar un papel en esta farsa
religiosa. La Iglesia los disfraza con las ves-timentas más burlescas. Los
viste de pierrot, de arlequines, de ton-tos o de otros caracteres del mismo
género y les da para cubrirse la cara malas máscaras de todos colores. Los
cuarenta o cincuenta bai-larines hacían gestos y contorsiones de una cínica
desvergüenza y
1 Coinciden estos datos exactamente con los que
da J. Toribio Polo en “Sinopsis de temblores y volcanes del Perú” (1899, pp.
401-402, t. 8). [N. de la T.].
2 Los mestizos provienen de la mezcla de los
indios y negros. [N. de la A.].
295
Flora
Tristán
molestaban
a las negras y a las muchachas de color formadas en fila dirigiéndoles toda
clase de frases obscenas. Estas, mezclándose en la broma, intentaban por su
lado reconocer a las máscaras. Era una confusión grotesca donde se oían gritos
y risas convulsas y aparté los ojos con disgusto. Después de los bailarines
aparecía la Virgen vestida con magnificencia. Su traje de terciopelo estaba
guarnecido de perlas. Tenía diamantes sobre la cabeza, en el cuello y en las
ma-nos. Veinte o treinta negros cargaban esta imagen, detrás de la cual iba el
obispo seguido de todo el clero. Enseguida venían los religiosos de todos los
conventos, reunidos aquel día para ir juntos en el santo paseo. Las autoridades
terminaban la fila oficial, a la que seguía sin ningún orden la masa del pueblo
que reía, gritaba y creía estar nada menos que en oración.
Estas
fiestas y la magnificencia que las caracteriza hacen la felici-dad de los
habitantes del Perú. Dudo que sea posible espiritualizar su culto antes de
mucho tiempo.
Por la
tarde se representó un Misterio al aire libre, en la plaza de las Mercedes.
Lamento no haber podido conseguir el manuscri-to de ese drama religioso. Si se
puede juzgar por lo poco que vi y oí contar, debía ser un modelo en su género.
Doña Carmen se vol-vía loca por cualquier espectáculo y me dejé arrastrar por
ella a la representación, pero nos fue imposible acercarnos a la escena. Los
primeros sitios estaban ocupados por las mujeres del pueblo quienes esperaban
allí desde la mañana. Las empujamos para tener un rincón desde donde poder ver.
Jamás había sido testigo de tan-to entusiasmo. Con la ayuda de los señores que
nos acompañaban logré subir sobre un poste y desde mi pedestal vi con comodidad
el magnífico cuadro que la plaza ofrecía. Se había levantado sobre el pórtico
de la iglesia una especie de teatro por medio de tablas co-locadas sobre
toneles. Algunos decorados, sacados del teatro de la ciudad, formaban la escena
que debía estar alumbrada por cuatro o cinco quinqués, pero los rayos argentados
de la luna suplían la economía de los empresarios y en el hermoso cielo de
Arequipa la luna esparcía brillantes claridades.
296
8.
Arequipa
Era una
cosa nueva para mí, hija del siglo XIX, recién llegada de París, la
representación de un Misterio bajo el pórtico de una iglesia en presencia de
una inmensa multitud de pueblo. Pero el espectáculo más lleno de enseñanzas era
la brutalidad, los vestidos groseros y los harapos de ese mismo pueblo cuya
extrema ignorancia y estúpida su-perstición retrotraían la imaginación a la
Edad Media. Todas esas ca-ras blancas, negras o cobrizas expresaban una
ferocidad salvaje y un fanatismo exaltado. El Misterio se parecía mucho (no
diré nada de las bellezas del diálogo, pues las palabras llegaban
imperfectamente a mis oídos) a los que se representaban con gran pompa en el
siglo XV, en la sala del Palacio de Justicia de París para edificación del
pueblo, repre-sentación a la cual nos hace asistir Víctor Hugo en su Nuestra
Señora. Con ayuda de algunas palabras cogidas al vuelo, de algunas
explica-ciones que me fueron dadas por los iniciados en los bastidores y, en
fin, por la pantomima de los actores, logré comprender el argumento.
Los
cristianos van a la tierra del Islam a combatir a los turcos y sarracenos a fin
de atraerlos a la verdadera fe. Los musulmanes se defienden con obstinación.
Tienen a su favor la ventaja del número. Los cristianos hacen la señal de la
cruz, pero a pesar de todo están a punto de sucumbir cuando la Virgen Nuestra
Señora, dando el brazo a San José y acompañada de un gran séquito de niñas,
llega junto al ejército cristiano. Esta celeste aparición reanima su
entusiasmo. Se precipitan enseguida sobre los musulmanes gritando: ¡Milagro!
¡Mi-lagro! La ocasión es propicia, pues estos, petrificados, parecen haber
olvidado el uso de sus armas y su admiración es motivada por la vista de esa
multitud de bonitas muchachas de todos los matices de co-lores que se mezclan
con los soldados y que llevan la cabeza ceñida por una aureola de papel
amarillo. Los musulmanes temen herir a estas huríes del paraíso y hay, me
parece, deslealtad por parte de los cristianos en aprovechar de esta
circunstancia para caerles encima. En suma, el sultán y el emperador de los
sarracenos son derrotados y despojados, con ultraje, de las insignias de su
dignidad. En aquel estado de miseria prefieren ser reyes cristianos que
monarcas des-tronados, imploran la misericordia de la Virgen Nuestra Señora y
se
297
Flora
Tristán
hacen
bautizar, así como todos los soldados. Creí comprender que la gloria de esta
conversión en masa correspondía más a las compa-ñeras de la Virgen que a los
soldados de su hijo. Sea lo que fuere, la Virgen parece encantada con esta
conversión general. Hace muchas cortesías al sultán y al emperador; nombra al
primero patriarca de Constantinopla y al segundo arcipreste de Mauritania,
conservándo-les su poder temporal. Uno y otro juran sobre el crucifijo, que
traen sobre una fuente de plata, hacer pagar anualmente el diezmo al clero
católico en sus vastos estados y el dinero de San Pedro al Papa de Roma. A una
señal dada por la Santísima Virgen, el coro de jóvenes entona himnos y cánticos
a los que responden, a voz en cuello, los soldados turcos, cristianos y
sarracenos. Enseguida se ponen a za-randear a los judíos que se encuentran en
gran número en el ejército musulmán donde han acudido de todas partes para
comprar los des-pojos de los cristianos. Como no quieren convertirse, los
cristianos y los nuevos convertidos los golpean, les quitan su dinero, se
apoderan de sus vestidos y les dan harapos en cambio. Estas escenas burles-cas
son muy aplaudidas. Después empiezan de nuevo los cánticos, mientras se quitan
al emperador y al sultán sus vestidos impíos y la Virgen les reviste con gran
ceremonia con las vestiduras sacerdota-les de sus nuevas dignidades. Llega
entonces Jesucristo, la Santísima Virgen, San José, San Mateo, los generales
cristianos, el emperador de los sarracenos y el sultán. Hay trece cubiertos, y
un judío, para aprovechar la comida, se desliza furtivamente en el decimotercer
asiento que queda desocupado. Jesús ha partido el pan y ha hecho pasar la copa
a los convidados cuando se da cuenta del fraude. In-mediatamente arrojan al
judío de su sitio y los soldados lo ahorcan (a lo menos en efigie). Continúa la
comida y la atención es cautivada por la acción de Jesucristo que renueva el
milagro de las bodas de Cana y cambia el agua en vino de Canarias. En realidad,
un negro oculto bajo la mesa sustituye con bastante habilidad un vaso de agua
por otro lleno de vino. Durante la comida el coro de vírgenes canta himnos. Es
así como termina la representación de la cual, imperfec-tamente sin duda, acabo
de trazar un esbozo.
298
8.
Arequipa
El pueblo
estaba como loco. Aplaudía, saltaba de alegría y grita-ba con todas sus
fuerzas: ¡Viva Jesucristo! ¡Viva la Santísima Virgen! ¡Viva Nuestro Señor don
José! ¡Viva Nuestro Santo Padre el Papa! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
Con estos
medios es como se mantiene en sus prejuicios a los pue-blos de América. El
clero ha ayudado a la revolución, pero no ha pensa-do en abandonar el poder y
lo conservará por mucho tiempo todavía.
Doña
Carmen, cuya pasión por los espectáculos de toda clase era tal que tendría
fuerza para ir en la misma tarde a ver crucificar a Jesu-cristo, representación
que se da en las iglesias de América durante la Semana Santa, enseguida al
teatro a admirar a las bailarinas de cuer-da y después a la pelea de gallos, mi
querida prima, aunque miraba desdeñosamente al populacho reunido en la plaza de
las Mercedes, no había dejado de sentir una buena parte del placer que la
multitud experimentaba al ver maniobrar a la Virgen y a sus soldados. Pero se
guardó muy bien de confesarlo. Criticó en alta voz ese adefesio y es-tuvo, en
el fondo, muy contrariada de que yo lo hubiese presenciado.
Los
franceses que asistieron con nosotros a la representación del Misterio se
contentaron con burlarse y reírse sin impresionarse en otra forma. Por lo que
pude ver, fui la única en regresar entristeci-da de ese espectáculo. Siempre me
he interesado vivamente por el bienestar de las sociedades en medio de las
cuales el destino me ha transportado y sentía un verdadero pesar por el
embrutecimiento de aquel pueblo. Su felicidad, me decía, no ha entrado jamás
dentro de las combinaciones de los gobernantes. Si hubiesen querido realmen-te
organizar una república habrían tratado de hacer germinar, por medio de la
instrucción, las virtudes cívicas hasta entre las últimas clases de la
sociedad. Pero como el poder y no la libertad es el obje-tivo de esa multitud
de intrigantes, que se suceden en la dirección de los negocios públicos,
continúan la obra del despotismo y para asegurarse la obediencia del pueblo, a
quien explotan, se asocian con los sacerdotes para mantenerlo con todos los
prejuicios de la supers-tición. Ese país desangrado por veinte años de guerras
civiles se ha-lla en un estado deplorable y busca, en vano, en la clase que por
su
299
Flora
Tristán
fortuna
ocupa el primer rango, la esperanza de un porvenir mejor. Pero no se encuentra
en ella sino la más orgullosa presunción unida a la más profunda ignorancia y
un lenguaje de baladronada del que sonríe con piedad el último marinero
europeo. Hay sin duda algu-nas excepciones entre los peruanos, pero estas
personas gimen por la situación de su país y en cuanto lo pueden dejar se
apresuran a hacerlo. El verdadero patriotismo y la abnegación no existen en
nin-guna parte. No será sino por medio de las más grandes calamidades como se
hará la educación política y moral de este pueblo. Quizá la miseria, que se
acrecienta cada día, hará nacer el amor al trabajo y las virtudes sociales que
de él resultan. Quizá también la Providencia suscitará en este pueblo un hombre
con brazo de hierro que lo con-duzca a la libertad como Bolívar había comenzado
a hacerlo.
Todos los
domingos era preciso que desde las diez de la maña-na estuviese en gran
toilette en el salón para recibir visitas hasta las tres, momento en que íbamos
a la mesa a almorzar y, enseguida, des-de las cinco hasta las once de la noche
–jamás he tenido tarea más fatigosa–, las señoras venían para lucir sus galas,
los hombres por ociosidad y todos tenían en su fisonomía la expresión de un
tedio permanente. Como el país no ofrece ningún recurso para alimentar las
conversaciones resulta que la charla es siempre fría, afectada y monótona.
Están reducidos a murmurar el uno del otro, a hablar de la salud de cada uno o
de la temperatura. El fastidio la hace a uno cu-riosa. Me fue fácil ver que
todos mis visitantes tenían curiosidad por saber el motivo de mi viaje; pero mi
carácter cortés y reservado hizo que, a la vez, me observase con mayor cuidado
del que me creí capaz. Nadie supo una palabra de mis asuntos, ni aun mi prima,
la persona con quien mayor confianza tenía.
El 28 de
octubre, M. Viollier, francés empleado en la casa de M. Le Bris, vino a
anunciarme la llegada del “Mexicano” a Islay y me in-formó que se dirigía allí
inmediatamente y que estaría de regreso al día siguiente con M. Chabrié quien
deseaba venir a Arequipa. Desde mi partida de Valparaíso apenas me había
aventurado en detener mi pensamiento en M. Chabrié. Su amor que no podía
corresponder y
300
8.
Arequipa
la
promesa que me había arrancado, que por mi parte no podía cum-plir, pesaban
sobre mi corazón. Temía considerar las consecuencias de todo ello. Sentía un
dolor tan profundo que no atreviéndome a confesar que Chabrié existía todavía,
casi hubiese deseado que una muerte funesta me permitiera derramar por él
dulces lágrimas. ¡Cuántas veces durante la noche, cuando el sueño huía de mis
pár-pados, había hecho vanos esfuerzos para adormecer mi memoria! A pesar mío,
los recuerdos me llevaban de nuevo al “Mexicano”. Veía a Chabrié apoyado al
borde de mi lecho hablándome de sus esperanzas de felicidad y pintándome la
dicha de que gozaríamos en la hermosa California. Esos cuadros arrebatadores de
amor y de tranquilidad se me aparecían con todo su encanto. Un poder invisible
parecía pre-sentarme su imagen para excitar mis pesares. Entonces se renova-ban
en mí los combates que había soportado en Valparaíso. El interés personal
luchaba con obstinación contra las inspiraciones genero-sas. Un espíritu de
tinieblas y un ángel agitaban mi alma. Pero el po-der celeste vencía siempre.
Cuando M.
Viollier me anunció esta nueva me puse roja y temblo-rosa, después tan pálida
que no pudo contenerse y me preguntó si estaba contrariada.
—No, en
lo absoluto, le dije. Quiero mucho a ese valiente capitán. Es un poco brusco,
pero me ha demostrado tanto interés durante mis cinco meses de sufrimiento a
bordo que siento hacia él la más since-ra adhesión.
A pesar
de la emoción que no pude ocultar, M. Viollier no con-cibió ninguna sospecha.
Nadie, en efecto, hubiese podido creer que yo pensaba en M. Chabrié
consintiendo en pasar sobre los enormes defectos de su carácter en favor de las
cualidades de su corazón.
Esa
noche, y el día siguiente, mi agitación fue extrema. Invocaba a Dios, pues
sentía debilitarse mi valor. M. Chabrié no vino en la ma-ñana, de modo que tuve
una noche y un día más para reafirmarme en mi resolución y prepararme a
recibirlo. El sábado, hacia las ocho de la noche, me paseaba en el salón de mi
prima y hablaba con ella de filosofía según nuestra costumbre, cuando vi entrar
a Chabrié...
301
Flora
Tristán
Vino
hacia mí, me tomó de las manos, las estrechó y besó con ternu-ra mientras que
gruesas lágrimas caían sobre ellas en precipitadas gotas. Felizmente era de
noche. Mi prima que se hallaba en la extre-midad del salón podía ver sus
gestos, mas no su llanto. Le conduje a mi departamento. Allí fue incapaz de
contener su alegría y en él la alegría y el dolor se manifestaban con lágrimas.
Estaba sentado cer-ca de mí, me apretaba las manos, ponía su cabeza sobre mis
rodillas, tocaba mis cabellos y repetía con un acento de amor que hacía vibrar
hasta mi última fibra:
—¡Oh, mi
Flora! ¡Mi querida Flora! ¡Por fin la veo! ¡Dios mío, tenía ansia de verla!
Querida mía, hábleme, quiero oír su voz. Dígame que me quiere, que no soy
víctima de un sueño. ¡Oh! Dígamelo, déjeme oírlo. ¡Ah! ¡Me ahogo!...
Yo no
podía respirar. Una cadena de hierro me oprimía el pecho. Apoyaba su cabeza
contra mí, pero no podía encontrar una palabra que decirle.
Nos
quedamos así largo tiempo fascinados el uno por el otro, en muda contemplación.
Chabrié fue el primero en romper el silencio y fue para decirme:
—¡Y
usted, Flora… usted no llora!...
Esta
pregunta me hizo sentir que Chabrié jamás podría compren-der la extensión de
mis sentimientos. Mi silencio y mi expresión pro-baban mi amor con más
elocuencia que sus lágrimas... Su alma me amaba tanto como podía hacerlo, pero
¡ay!, se hallaba lejos de la mía. Suspiré dolorosamente y pensé con amargura
que no me había sido dado encontrar sobre la tierra un afecto que
correspondiese al que yo sentía que podía dar en cambio.
No
conversamos mucho tiempo. M. Viollier vino a buscar a Cha-brié, quien se alojó
en casa de M. Le Bris los seis días de su estancia en Arequipa. Ambos se
retiraron. Estaban rendidos de cansancio pues habían hecho el viaje galopando a
rienda suelta. M. Miota y Fernan-do no habían podido seguirlos y se habían
quedado en Congata.
El día
siguiente, domingo, no pude decir una sola palabra a M. Chabrié. Estuve
continuamente rodeada de gente hasta las doce de la
302
8.
Arequipa
noche. El
lunes vino a verme y le dejé exponer sus proyectos: eran los mismos de
Valparaíso. Deseaba, además, que nos casáramos ense-guida para que se
convencieran de que se casaba conmigo por amor puesto que lo hacía antes de
tener ninguna esperanza por el lado de mi tío. No había yo previsto esta nueva
exigencia que aumentaba las molestias de mi situación. No sabía qué decirle y
me sentía atormen-tada como para perder la cabeza.
Por la
tarde quise evitar encontrarme a solas con él y lo conduje a una casa donde se
tocaba música. Cantó por complacerme, pero su mal humor fue tal que todo el
mundo lo notó. El martes vino a abrumarme de reproches por haberlo hecho perder
así una tarde, cuando teníamos apenas tiempo para ocuparnos de nuestros
asun-tos. Los gastos diarios del “Mexicano” ascendían a 110 o 120 francos y a
Chabrié correspondía la tercera parte. M. David me escribía carta sobre carta
rogándome despedir a Chabrié enseguida y este último me declaraba formalmente
que no se iría antes de que se realizara nuestro matrimonio.
En mi
vida me había encontrado en una posición tan difícil como esta en la que me
ponía la obstinación de Chabrié. Le dije todo cuanto pude imaginar para hacerle
entender la razón. Me contestaba a todo con este perpetuo estribillo:
—Si me
ama, deme la prueba. Si está usted contenta con la unión que le propongo, ¿para
qué retardarla? Voy a verme obligado a dejar-la de nuevo. Mi profesión me
expone a perecer a cada instante, quizá no la volverá a ver más ¿por qué no
aprovechar de la vida mientras gozamos de ella?...
Se puede
creer que en esta circunstancia empleé toda mi influen-cia sobre Chabrié para
hacerlo sentir cuánto iba en nuestro interés y en nuestra felicidad esperar que
él hubiese acabado sus negocios y yo los míos, antes de celebrar este
matrimonio. Pero no sé qué demo-nio se había apoderado de su espíritu. Mis
palabras, mis ruegos y mis más vivas instancias quedaron sin éxito. Chabrié
había sido cruel-mente engañado varias veces y se había vuelto desconfiado.
Además, los celos lo privaban de la facultad de razonar.
303
Flora
Tristán
Pasé la
noche del miércoles al jueves en una perplejidad de las más penosas no porque
vacilase en sacrificar a la felicidad de Chabrié el afecto que me inspiraba,
sino porque estaba preocupada e inquieta por la razón que habría de darle para
motivar mi negativa a casarme con él. Tenía la firme convicción de que si le
decía la verdad vería en eso una razón más para apresurar nuestra unión para
protegerme y asegurarme un descanso que tanto necesitaba. A bordo, yo había
pensado de distinta manera. Había creído que decirle que era casa-da era
alejarlo de mí y quién sabe si esta revelación habría entonces producido aquel
efecto. Después su amor había tomado sobre él un imperio que dominaba todo su
ser. Chabrié respetaba los prejuicios puesto que para desafiarlos me proponía
vivir fuera de Francia. Re-ligioso observador de las leyes en todo lo referente
a la propiedad, creía que les correspondía regular la posesión de las cosas mas
no les concedía el poder de esclavizar las inclinaciones del corazón y, lejos
de su país, hubiese igualmente sacudido el yugo de esa tiranía. Si me engañaba
en esta suposición y si mi matrimonio fuese un obstácu-lo que no osara
franquear, no podía confiárselo en estos momentos sin comprometer un secreto
que me interesaba no divulgar, pues su indignación contra mí por haberlo hecho
creer que era soltera no habría tenido límites, como más tarde lo pude
comprobar.
La idea
de que al aceptar el amor de Chabrié iba a reducirlo a la miseria, y al pesar
eterno de abandonar su país y su familia para relegarse conmigo a las costas de
California, me devolvió todo mi valor y me hizo buscar en la mente un medio
para se-pararlo de mí para siempre. Lo conocía íntegro y de una riguro-sa
probidad por eso concebí el pensamiento de atacarlo de este punto. ¡Ah!
Necesité de la ayuda de Dios en la prosecución de un proyecto cuya ejecución
sobrepasaba toda la fuerza humana. Al emprender la tarea de que Chabrié
renunciara a su amor corría el riesgo de perder también su estimación y su
afecto que, desde hacía ocho meses, habían sido los únicos y dulces consuelos
de mi alma. ¡Pues bien! ¡Tuve ese valor! ¡Solo Dios ha comprendido la extensión
de mi sacrificio!
304
8.
Arequipa
El jueves
por la tarde Chabrié llegó a casa con apuro. Le había pro-metido la víspera
darle una respuesta definitiva al siguiente día.
—¿Cuál
es, pues, su determinación?, me dijo al entrar con la ex-presiva emoción de un
hombre impaciente por conocer su suerte.
—Aquí
está, señor Chabrié, mi determinación: si usted me ama tanto como me asegura
deme la prueba y sírvame como le voy a indicar. Usted sabe que mi partida de
bautismo no basta para ha-cerme reconocer como hija legítima. Necesito otro
acto que com-pruebe el matrimonio de mi madre con mi padre. Si no lo puedo
presentar, no debo contar ni con un peso, mi tío no me dará nada. ¡Pues bien!
Usted puede darme un millón. Encárguese de hacer con-feccionar una partida de
matrimonio por algún viejo misionero de California. Él le pondrá fecha anterior
y por 100 pesos tendremos un millón. Tal es, Chabrié, la condición de la que
hago depender mi amor y mi mano.
El
desgraciado quedó anonadado. Con el codo apoyado sobre la mesa me contemplaba
sin hablar, como un hombre inocente a quien una funesta sentencia acaba de
condenar a muerte. Me paseaba de largo en largo y evitaba encontrar su mirada,
sufriendo mil muertes por el dolor atroz que causaba a un hombre a quien amaba
con el más tierno afecto. Al fin me dijo con acento de una profunda
indignación:
—Así es
que, cuando quiero casarme con usted sin fortuna, en la posición en que se
encuentra, con un hijo, cuando estoy listo a sacrificar todo, todo... Usted
pone condiciones a su amor... ¡Y qué condiciones!...
—Señor
Chabrié, ¿vacila usted?
—Vacilar,
señorita, ¡no! No. En tanto que este viejo corazón palpi-te en mi pecho no
vacilaré jamás entre el honor y la infamia.
—¿En
dónde está la infamia de mi propuesta cuando le pido, señor, que me ayude a
hacerme devolver lo que me pertenece con toda equidad?
—No soy
el juez de sus acciones. Usted quiere hacer de mí un ins-trumento, hacerme
servir sus proyectos de ambición. Es así como corresponde usted a mi amor...
305
Flora
Tristán
—Si usted
me amara, señor Chabrié, no vacilaría un instante en hacerme el servicio que le
pido, y usted me lo niega.
—Pero
Flora, mi querida Flora, ¿está usted bien despierta? ¿No consume la fiebre su
cerebro? ¿La ambición la hace olvidar todo? ¡Y qué! ¡Usted exige mi deshonra!
¡Ah, Flora! La amo bastante para sa-crificarle mi vida. Con usted soportaría la
miseria y la soportaría sin quejarme. Pero no me pida envilecerme, pues por el
amor que siento por usted no lo consentiría jamás.
Esta
respuesta de Chabrié era la que esperaba. Con un hombre semejante hubiese
podido vivir en el fondo de un desierto y gozar momentos deliciosos. ¡Qué
delicadeza! ¡Qué amor! Sentí entonces va-cilar mis fuerzas. Hice un último
esfuerzo y tomando un tono iróni-co y áspero continué la conversación en forma
de torturar un amor propio herido ya tan vivamente con mi proposición. La
exasperación de Chabrié fue tal que me abrumó con los reproches más amargos,
con las maldiciones más espantosas y se abandonó con tal ímpetu a la violencia
del dolor, que le causaba esta última decepción, que por un momento creí que
iba a emplear las vías de hecho contra mí.
Por fin
se retiró y yo caí agotada. Fue la última vez que lo vi. Estas fueron las
últimas palabras que me dirigió: “¡La odio tanto como la he amado!”...
Era tan
urgente para mí dar fin a las persecuciones de Chabrié y poner término a su
amor que, a falta de otro medio, le hice mi extraña propuesta sin considerar
cuánto tenía de inverosímil para ser tomada en serio. ¿Cómo pudo –he pensado
después– creerme tan desprovista de sentido común hasta el punto de pensar en
regularizar el matrimo-nio de mi madre por medio de una partida fabricada en
California? Si hubiese sido capaz de recurrir a una falsificación ¿no era en
Europa y no en Arequipa donde hubiese concebido la idea? Su ejecución ¿no era
absolutamente imposible? ¿Cómo encontrar en la costa de California un sacerdote
que hubiese estado vinculado en esta calidad con una igle-sia de la ciudad
española de frontera donde había habitado mi madre antes de su matrimonio?
¿Cómo reemplazar las formalidades de legali-zación, de timbre, etc.? Solo en
España habría podido encontrar alguna probabilidad de lograr éxito para
semejante designio. Si Chabrié hubiese
306
8.
Arequipa
tenido
suficiente sangre fría para reflexionar solo diez minutos se habría convencido
fácilmente de que todo era un subterfugio de mi parte y un pretexto para
romper. Pero, estaba tan violentamente agitado que perdió por completo la
razón. Mi proposición hería profundamente su amor propio y por eso me repetía:
“¡Usted pone condiciones! ¡A mí, Chabrié, que jamás las ha soportado de nadie!
¡Usted quiere hacer de mí un instru-mento al servicio de su ambición! Cuando
quiero casarme con usted sin nada, después de tantas pruebas de mi completa
abnegación ¡no me ama usted sino por interés!...”. El pensamiento de haber sido
engañado, como le había sucedido con muchas otras mujeres lo volvía loco. Los
celos y el orgullo lo dominaron y la violencia de su dolor lo precipitó. Es así
como estamos expuestos a ser víctimas no solo de los demás, sino de nosotros
mismos cuando actuamos bajo la influencia de una pasión cualquiera.
Al día
siguiente salió para Islay. Antes de dejar Arequipa me envió la carta
siguiente:
A la
señorita Flora de Tristán, en Arequipa.
Señorita:
En
momentos de dejarla, probablemente para siempre, quiero decir-le adiós...
Siento cuán sola y desgraciada va usted a quedar después del amor verdadero y
abnegado que acaba usted de perder... No ten-go necesidad de decirle todo lo
que su extraña conducta... tiene de cruel y de espantoso para mí. La dejo para
siempre... ¡Ah, Flora! No deseo que usted comprenda cuánto hay de doloroso en
esta palabra siempre.
Como los
pocos servicios que podría ofrecerle no tendrán lugar sino en el caso de
sucederle un acontecimiento funesto, no se los ofrezco a usted. Pero le repito:
que sea dulce su última hora, su hija encontrará en mí un amigo, quien le hará
amar la memoria de su madre.
¡Adiós!...
¡Adiós para siempre!
29 de
octubre de 1833.
Z. Ch.
307
Flora
Tristán
Esta
carta, cuya lectura me hizo sentir un vivo pesar, me probaba que había logrado
plenamente mi objeto. Chabrié había arrancado de su corazón el amor que yo le
inspiraba. Ya entonces podría hacer un matrimonio de conveniencia y ser feliz
quizá, pues con la bondad de su corazón, un hogar y los hijos que tuviera
podrían bastar a su felici-dad. Sentí un gran consuelo para mis males cuando
estuve segura de que el porvenir de un hombre, a quien amaba realmente, no
estaría ya encadenado a mi cruel destino. Le había recomendado a mi hija.
Estaba persuadida de que velaría por ella si yo moría; esta convicción me daba
una gran tranquilidad. ¡Oh! No debe uno admirarse de en-contrar solo un pequeño
número de gentes virtuosas. Sentí de nuevo en esta circunstancia que, para ser
virtuoso, se necesita una fuerza más que sobrehumana.
Las
cartas que escribí a Chabrié después de nuestra ruptura lo mantuvieron en las
mismas disposiciones. Seis semanas después de su ida de Arequipa abandonó Lima
para dirigirse a California, no tuve más noticias suyas sino a su regreso a
Francia donde lo precedí por tres meses.
Voy a
presentar a los ojos del lector un corto número de los párra-fos de M. David y
de algunas personas de quienes he hablado en el curso de mi narración. Estos
extractos de correspondencia servirán de complemento a la pintura hecha.
A la
señorita Flora de Tristán, en Arequipa.
Islay, 24
de octubre de 1833.
No podría
decirle, señorita, cuánto pesar me ha causado su carta. Había supuesto por
datos que creí fidedignos que su recepción ha-bía sido favorable y su posición
y porvenir más risueños. Mis ideas me habían llevado aún más lejos, hasta
anticipar su regreso a Euro-pa, cuando llegó el correo y disipó una de las
últimas ilusiones que me había forjado, pues no ignora, señorita, que no se ha
compartido impunemente con usted los hermosos días de los trópicos y las
no-ches sombrías del cabo de Hornos. Ese viaje, por triste, por pesado
308
8.
Arequipa
que haya
sido, tiene su lado hermoso considerado desde más de un aspecto y para mí los
momentos de alegría que sorprendí en usted, así como sus amables conversaciones
cuando las náuseas del mareo habían pasado, me han dejado un gran vacío. Rara
vez voy a su ca-marote ocupado por mí ahora, sin evocar la sombra de quien la
ha-bitó. Al recordarla a usted no puedo apartar de mi mente el temor del
presente y entonces me siento disgustado de haberla conocido, puesto que mis
deseos son estériles y al desear su felicidad no puedo aún entreverla. Me
consideraba usted ligero cuando juzgaba que no había virtud sobre esta tierra
inhospitalaria, sin embargo, el juicio que yo emitía era fundado...
Usted
había pensado sabiamente en que se trataría de indagar al-gunas circunstancias
de su vida, de sus relaciones y de sus proyec-tos. Me han dirigido algunas
preguntas dictadas en apariencia por el interés que ofrece una joven viajera.
Decir que he respondido favo-rablemente para usted es decir sencillamente que
he leído algunas páginas de su historia. Como a los hombres no les hago el
honor de aborrecerles, sino solo el de despreciarlos, no he creído deber
respon-der a ciertas preguntas cuyo sentido era demasiado claro. Han visto que
no ganaban nada y desde entonces su elogio ha corrido de boca en boca. Esto
también es una lección, pues ¿a qué se asemeja un elo-gio cuando no está
precedido de alguna acción conocida que puede darle nacimiento? Estas cortas
conversaciones, estas frases tenden-ciosas, deben más que nunca fortificarla en
la resolución tomada por usted de andar con prudencia. Hay países en el mundo
donde esta es más necesaria y donde es preciso conservar un aspecto más igual.
En esto, quizá, le faltará talento, pues si mal no recuerdo, la linda frente y
los hermosos ojos que expresaban lo que el corazón sentía, podían difícilmente
habituarse a un disimulo que les es extraño y sin embargo están útil.
El juicio
de los hombres es siempre a favor suyo; pero las mujeres fruncen los labios al
jurar por Dios que es usted encantadora. Es un principio de civilización...
Me es muy
penoso terminar tan pronto una plática tan agradable. Pero la aduana, las
declaraciones de cargo y las visitas femeninas que
309
Flora
Tristán
llueven a
bordo del “Mexicano” privado de su cocinero,3 me arrancan al poco descanso que
me prometía. Termino deseando que se reali-cen lo más pronto y lo mejor posible
sus intenciones, no como a una buena y encantadora hermana, lo cual me sería
difícil pues nunca he tenido la dicha de tener una, sino como a una persona a
quien quiero tanto cuanto respeto y cuya amistad me hace sentir orgulloso.
Don Justo
es una pobre bestia. No me admira que su viaje haya esta-do tan mal arreglado.
Me atrevo a creer que, si hubiésemos estado allí nosotros, habría tenido usted
menos incomodidades.
M. Briet
ha recibido su carta, se ha enternecido y le contestará por correo. ¿Recuerda
usted, señorita, cuando me decía: “Por más malhu-morado que esté usted, yo lo
haré cambiar enseguida si me tomo la molestia de proponérmelo”? ¡Pues bien! Sí,
a mí y a muchos otros...
Con el
derecho que un espíritu amplio y firme en sus designios tiene sobre el espíritu
grosero de los vulgares humanos.
Tal es la
distancia que me complazco en reconocer.
Acepte,
señorita, etc.
A. David.
Segunda
carta
Islay, 4
de noviembre.
Señorita:
Por
penosa que sea la idea de juzgar mal es necesaria a veces. Y a pesar de una
propensión muy grande a lo contrario, he acabado por asegurarme que es la base
más segura y única sobre la cual es preciso apoyarse. He reconocido con espanto
en los tiempos en que pensa-ba seriamente en un fin, que de todos los puntos
del globo ninguno
3 Roberto había desertado en Cobija para pasar
al servicio del presidente Santa Cruz. Leborgne había, igualmente, desertado en
Valparaíso. [N. de la T.].
310
8.
Arequipa
como este
se halla desprovisto de los elementos que constituyen la felicidad interior y
aunque me haya costado muchos sufrimientos y pérdidas, bendije el día en que me
desengañé por completo. Mis conversaciones y mis deducciones generales tenían,
como se ha con-vencido usted, antecedentes. Estos se presentan hoy con más
fuerza desde que sé que usted está a punto de soportar en distintas formas
disgustos y sufrimientos semejantes a los míos. Lamento vivamente y desde lo
más profundo de mi corazón, que mi carrera de aventuras me aleje de usted,
señorita, y de los lugares donde hubiese podido, quizá, serle útil en alguna
cosa. Su última carta ha despertado en mí impresiones ya desconocidas desde
hacía mucho tiempo y he com-probado que todo sentimiento vivo no está por
completo apagado en mí, pues el pesar de otro me es tan amargo. A veces puedo
ser me-jor que mis palabras, pero en general mi conducta está al unísono.
Demasiados años pasados sin ningún lazo afectuoso me han vuelto muy frío, muy
egoísta y tal vez solo la desgracia tiene derechos a mi simpatía. No se lo
oculto, señorita. Si la amable y buena pasajera del “Mexicano” hubiese sido
recibida con los brazos abiertos y reintegra-da en sus derechos paternos no
habría sido entonces para mí sino una pasajera. Triste y abandonada, se ha
convertido en una verda-dera hermana, en una tierna amiga en quien encuentro
una dulzura muy agradable al poder confiar también los pesares y temores del
porvenir. Para un hombre existen consuelos en ocupaciones fuertes y variadas;
para la pobre mujer, ¡el llanto y las penas! La distribución es tan triste que
me estimaría muy feliz al poder, como verdadero amigo, tomar la parte más
pesada de los pesares que la agobian. Pero mi situación me lo impide y al
compadecerla y admirarla no tengo como antes, sino consejos que darle.
Por aquí
siempre el mismo lenguaje, tocante a la extranjera, su pro-metida fortuna y su
presunta residencia. Esto es decirle, demasiado buena y demasiado crédula
Flora, que no confíe ni en su sombra y use más que nunca de precaución. No me
hago mayores ilusiones que antes de su llegada. Temo para usted dificultades,
mala fe y quizá la expoliación casi íntegra de su herencia paterna. Estos son
los verda-deros males que debe combatir y de los cuales tal vez la hagan
triun-far, mucha perseverancia y firmeza. Pero antes ¡cuántos pesares!
311
Flora
Tristán
¡Cuántos
sufrimientos! ¡Cuántas lágrimas!... La compadezco y la com-padezco mucho más
porque no puedo servirle de ninguna ayuda. Mil leguas nos van a separar y más
que la distancia, la necesidad...
Tercera
carta
Lima, 1
de diciembre de 1833.
[...]
Lima a partir de este viaje ha perdido sus encantos para mí. El viaje a Europa
ha reanimado el gusto, ya apagado, que tenía por lo hermoso y lo bueno, y en
adelante esta ciudad no puede ofrecerme más interés que el de los negocios que
me retienen. Todo ha cambia-do aquí de color y de figura. Creo soñar cuando veo
a mis antiguos camaradas y mis conocidos de ocasión en este país. Es probable
que pase todavía dos o tres años en el Perú o por decir mejor en América y le
aseguro que no puedo pensar en este sacrificio, que no lo era al salir de
Francia, sin temblar. Quizá las costumbres patriarcales de California me
reconciliarán con el destierro y la soledad.
Nuestro
porvenir no nos pertenece, como se ha dicho. Depende de todo y a veces de nada.
El suyo, señorita, no es más risueño que el mío. La misma pena pide el mismo
remedio. Dediquémonos a apli-carlo a nuestro regreso a Francia y allí, si usted
lo exige todavía, diré adiós, horrible palabra cuando se quiere bien, deliciosa
cuando se deja a los importunos, a los fastidiosos, a los peruanos, en fin...
Cuarta
carta
Guaymas,
2 de diciembre de 1834.
[...] No
tenía necesidad de un testimonio más para conservar mis pri-meras y constantes
impresiones sobre el Perú y la América en gene-ral. Cada uno en este mundo
tiene la pretensión de creerse mejor que su vecino. Yo, sin fatuidad y sin
orgullo alguno, creo poder avanzar
312
8.
Arequipa
esta
pretensión tan lejos como aquel que nunca ha venido a Lima. Aseguraría con gran
pesar de mi parte que, nunca hasta entonces, habían entrado en mi cabeza las
ideas de falsedad y duplicidad y se-guramente mis pérdidas continuas en el
comercio han sido la causa. Desde que en la bienaventurada Lima he debido
siempre luchar con lo que la bajeza, la mentira y la cobardía tienen de más
horroroso, mis ideas han cambiado y desde aquel tiempo no he podido ya con-tar
con verdaderos días hermosos, pues he perdido aquello que hace hermosos esos
días: una opinión favorable de nuestros semejantes. Cuando me ha oído usted
criticar como Aristarco a nuestros republi-canos, a nuestros comerciantes
(clase de la cual, ¡ay!, formo parte) y a tantos otros, no lo hacía sino a la
fuerza. Porque, en fin, al perder la idea del bien siempre está uno en lo vago,
teme uno detenerse, hablar y desahogar el corazón. Se cree siempre encontrar a
un falso amigo, a un mercader pícaro, a un militar cobarde, en una palabra,
siempre lo contrario del bien. Este conocimiento es triste. Cuando se adquiere
no se tienen ya más ilusiones y sin ilusiones la vida no tiene ya sol. ¡Pues
bien!, todo ese saber tan necesario para dirigir bien su barca en este mundo,
es en Lima donde lo he adquirido. Y así, en agrade-cimiento, he sabido apreciar
a sus habitantes y he podido ponerla a usted en guardia contra sus ataques en
grande.
Al
proseguir la carrera del comercio que aborrezco, soy tan desgra-ciado en
Guaymas, lejos de todo cuando puede gustarme, que sin la fuerza del compromiso
que me liga a Chabrié y sin el temor de perder en un mes el fruto de muchos
años de trabajo habría ya abandonado una tierra más inhospitalaria aún que el
árido Perú. Hoy he llegado al colmo de los votos en materia de fortuna. Suplico
a mi amigo no emprender operación en grande, pues podría arrastrarme a la ruina
y contentarse con venir a buscarme como simple capitán, dejando el título
solemne, comprado demasiado caro, de armador. Es el prin-cipio, el fin y el
objeto de todas mis largas cartas. Si dependiera solo de mí querría desde hoy
decir adiós a todo género de tráfico no por principios de aristocracia, sino
por honradez. Porque, sin hablar de las mentiras, se ve uno obligado a ver y a
hacer en el comercio co-sas lícitas según la ley, pero rechazadas por un
corazón recto. Vea el punto en que estoy, mi buena hermana, satisfecho, como
siempre,
313
Flora
Tristán
con muy
poco respecto a la fortuna y miserable, más de lo que puede imaginar, como
resultado de mi permanencia indefinida en el más indigno lugar de destierro.
A. David.
Carta de
M. Briet
Islay, 25
de octubre de 1833.
Señorita
Flora Tristán:
He
recibido su amable carta con infinito placer y me apresuro a ates - tiguarle mi
reconocimiento y a asegurarle que mis intenciones no han tenido por objeto
guardar resentimiento hacia una persona tan amable como usted.
En cuanto
al pequeño enojo en cuestión, le diré con franqueza que, si no continué
prestándole las atenciones debidas a una pasajera tan perfecta y respetable fue
porque creí que eran tan inútiles como mo-lestas y como no está en mi carácter
disgustar a nadie, tomé el parti-do del silencio, conveniente según creo en
esta circunstancia.
Le estoy
reconocido por el interés que toma en nuestros negocios y le ruego creer que
tendré un placer infinito en recibir noticias suyas y saber su feliz retorno a
Francia y hago los votos más sinceros por el éxito de sus proyectos en este
país.
Reciba
mis respetuosos saludos.
M. Briet.
Don José
me encarga enviarle un recuerdo y decirle que le desea di-cha y fortuna.
314
8.
Arequipa
Carta de
M. de Castellac
Cuzco, 6
de diciembre de 1833.
Señorita
Flora de Tristán y Moscoso.
Mi
querida y buena compatriota:
M. Miota
me ha entregado un poco atrasada su amable carta, pues estuve en Urubamba para
ver a un enfermo. Me dice usted que su salud está restablecida y que ha
comenzado a acostumbrarse a este nuevo lugar. Estoy verdaderamente encantado al
verla tomar una buena dosis de filosofía para calmar esa efervescencia europea.
Pero creo que el volcán de Arequipa tarde o temprano inflamará su ima-ginación
vagabunda y acabará por tomar horror a este país. Es pre-ciso, encantadora y
amable Flora, olvidar las ilusiones y los placeres de nuestra bella Francia si
se quiere ser feliz. Esto es muy difícil, es verdad; pero, en fin, no será sino
por algunos años. Me dice usted que sus asuntos están en el statu quo. Deseo
que su señor tío la aprecie y la trate como lo merece.
Estoy
aquí muy bien. Mis negocios van adelante. Quiera Dios que esto continúe. He
sido nombrado cirujano de un regimiento, sin nin-gún compromiso, es decir, que
si se aleja de aquí no tengo la menor obligación de seguirlo. Me darán el
hospital dentro de unos días. Co-muníqueme sus proyectos y lo que piensa hacer.
Usted sabe y debe creer que nadie toma más interés en usted que yo. Deseo verla
feliz y contenta. Sabe cuánto la quiero y todo cuanto la toca de cerca me
interesa quizá más que a usted misma. Trate de ser amable y obse-quiosa con su
tío. Esto le será muy fácil ya que es usted así por natu-raleza. Los
alrededores del Cuzco son encantadores. No puede tener una idea de la riqueza y
del temperamento de este país. Tenemos los frutos de Europa y de América. Cada
lugar tiene un clima diferente. Esta capital es triste y sucia; pero no llueve
tanto como dicen y te-nemos días muy hermosos. He sido muy bien recibido.
Tienen para mí las más grandes atenciones. Los caballos y las buenas comidas no
faltan. Tres o cuatro buenas curaciones me han dado reputación.
315
Flora
Tristán
Espero
que en su próxima carta, como me indica, me pondrá al co-rriente de sus
asuntos. Deseo de todo corazón que estos garabatos la encuentren en buena
salud. Escríbame a menudo. Siempre tendré un nuevo placer en recibir y en leer
sus amables misivas.
Su adicto
compatriota.
Víctor de
Castellac.
Carta de
M. Miota
Cuzco, 9
de enero de 1834.
Mi
querida señorita:
Con toda
razón me debe usted acusar de ingrato porque he faltado al reconocimiento que
le debo y a los deberes sagrados de la amistad, al quedar tanto tiempo sin
escribirle. Pero sería conocerme muy mal juzgarme así, pues sin las numerosas
ocupaciones que me han abru-mado desde mi llegada a esta ciudad hace tiempo que
habría cumpli-do con estos deberes tan sagrados. Pero su habitual indulgencia
para mí me hará obtener perdón sin ninguna dificultad.
[...] Me
sentí sinceramente afectado cuando el doctor me refirió que su salud estaba
algo alterada y sus asuntos no marchaban según sus deseos. Es preciso tener
paciencia y servirse, en estos casos borrasco-sos, de su poderosa filosofía. En
cuanto a mí, hago votos porque sea feliz y mi deseo es el de servirla en todo
cuanto me sea posible. No dude de mi sinceridad.
Su más
sincero amigo.
F. Miota.
M. Miota
y su primo permanecieron quince días en Arequipa. Se diri-gieron enseguida al
Cuzco donde el doctor de Castellac había llegado desde hacía mucho tiempo.
316
8.
Arequipa
En esta
misma época mi tío me envió a M. Crevoisier, francés que desde hacía
veinticinco años administraba su ingenio de Camaná y contaba con treinta y dos
de estancia en el país. Venía a buscarme para llevarme a Camaná y también por
el deseo de conocerme. M. Crevoisier es el mismo francés de quien habla el
general Miller en su obra sobre el Perú. El general nos presenta a M.
Crevoisier como una especie de orangután, sin saber ya hablar francés y sin
hacerse entender en español.4 En una palabra, el retrato que hace no tiene la
menor semejanza y M. Crevoisier tendría derecho a quejarse. Pero lo que hay de
más divertido es que el general Miller habla él mismo muy mal el francés y no
mejor el español.
M.
Crevoisier es el tipo del francés de antes de la revolución. Su cortesía
rebuscada, su alegría, su tono ligero y jocoso, su buen cora-zón, su mala
cabeza, toda su persona, en fin, así como sus maneras, reproducen a la
perfección lo que eran nuestros abuelos. Pero, bajo esta frívola apariencia del
siglo pasado, M. Crevoisier posee las cua-lidades esenciales para los hombres
que se reúnen en sociedad. Es el ser más leal, más laborioso y puntual que
puede encontrarse. Goza a justo título de la estimación y del afecto de todos
los que han tenido relación con él. Está casado desde hace veinticinco años con
una pa-rienta de mi prima Carmen y tiene dos hijos, el mayor de los cuales es
un joven encantador. M. Crevoisier es querido en toda nuestra fami-lia que lo
considera como miembro de ella y es el único que escapa a
4 Miller describe en esta forma a Crevoisier,
refiriéndose primero a su esposa que era sorda como una tapia: “[...] Esta
señora está casada con un caballero francés que no habla bien español y al cual
por esta razón no entiende con la misma facilidad. Sus hijos sirven muchas
veces de intérprete, aunque parece que sus padres no lo necesita-ron antes de
casarse. Este caballero francés había olvidado su lengua nativa durante su
larga residencia de veintitrés años en el Perú, lo cual no había notado hasta
que fue a visitar un buque de guerra francés que ancló al frente de Quilca en
1823. Deseoso de hacer conocimiento con sus paisanos, cargó un bote de carne
fresca, aves, frutas y verduras y salió para ofrecer sus respetos al
comandante. Al entrar a bordo se en-contró, con gran sorpresa suya, sin
ocurrírsele palabras que decir y, aunque entendía todo lo que le decían, no
podía contestar en francés. El efecto que causó en su alma esta sorpresa, dijo
el interesado, lo mortificó infinito, pero aquella dificultad no duró sino
hasta el segundo día [...]” (Miller, 1910, pp. 24-25, t. 2). [N. de la T.].
317
Flora
Tristán
la
envidiosa maledicencia de nuestros amables franceses residentes en el Perú. El
querido papá Crevoisier (es así como lo llamábamos) me quería con locura. Se
quedó diez días a mi lado sin poderme deci-dir acompañarlo a Camaná. Feliz de
encontrarse con su encantadora compatriota me demostraba su satisfacción con
inagotable alegría; debo decir que durante su permanencia en Arequipa no me
aburrí un solo instante. Le fue preciso marcharse, pues los trabajos del
inge-nio reclamaban sus cuidados. Regresó a Camaná llevando consigo mi sincero
afecto. He aquí algunos pasajes de las cartas que me escribió.
Camaná,
15 de octubre de 1833.
Encantadora
y querida señorita:
Tengo el
honor de anunciarle mi regreso a este sitio después de tres días de camino que
me han mortificado mucho por el intenso calor que he soportado y, sobre todo,
por el cruel recuerdo de mi separa-ción de mi buena y querida compatriota y de
los hermosos días pa-sados cerca de ella. Pero, en fin, es preciso aprender a
resolverse a todo y disponer con placer de un grato momento cuando se presenta
y conformarse con resignación cuando nos sorprenden los días in-fortunados.
Esto es positivamente lo que me ha sucedido. He tenido el honor de conocerla,
he pasado días deliciosos en su compañía que no han durado mucho tiempo. Luego
no soy de los más felices. ¡Pa-ciencia!
He visto
con placer a toda mi familia que está bien, así como M. Tris-tán y su amable
esposa quienes se han apresurado a venir a verme en cuanto llegué. Me han
pedido noticias suyas y toda la familia ha estado decepcionada al no verla
llegar conmigo. Les he hecho com-prender que era cosa imposible en vista del
temor que usted sentía de coger aquí las tercianas (fiebres) después de todo
cuanto le han dicho acerca del peligro que se corre por la proximidad de la
esta-ción calurosa que sentimos desde ahora. En fin, les he hecho ver que,
aunque usted suspira por conocerlos prefiere esperar un mes más para gozar en
buena salud de su compañía y no tener el desagrado de
318
8.
Arequipa
estar
enferma en cama y privada de asistir a sus amables tertulias. Se han convencido
y muchos le han dado la razón, excepto M. Tristán, quien hubiese deseado
absolutamente verla y abrazarla.
Me han
interrogado sobre el motivo de su llegada al Perú. He respon-dido que usted es
tan reservada que me ha sido imposible saber nada acerca de usted, pero que he
creído entender que su único deseo era el estar cerca de su tío y conservar su
ternura y su amistad. También que comprendí, por algunas palabras que se le
escaparon, que venía con algunas pretensiones sobre asuntos de intereses, pero
sin saber nada más.
M.
Tristán me ha respondido que cuando se presente la ocasión le contestará con
sus propias cartas, es decir, que él cree que usted no tiene derechos a la
legitimidad; pero suspende todo pensamiento hasta haber hablado con usted.
El
conductor me apura y no tengo más que decirle, sino que la quiero de corazón y
soy y seré siempre su más fiel, abnegado y apasionado servidor.
J. de
Crevoisier.
Segunda
carta
Camaná, 3
de diciembre de 1833.
Encantadora
y preciosa señorita:
[...] Le
hablo francamente. Como los franceses, entre las demás nacio-nes, pasan por
inconstantes, en vista de que no me escribía usted, la he llamado ingrata. Me
arrepiento de ello y le ruego perdonar esta ligereza de mi parte no merecida
por usted. Desde el instante en que se confiesan los pecados con sinceridad se
merece el perdón. Usted tiene indulgencia, esta es una de sus virtudes. Así,
pues, hagamos la paz, amable Florita y desde aquí la abrazo tiernamente.
319
Flora
Tristán
Pero, sin
embargo, tengo todavía deseos de arrepentirme por haberla tratado de
indulgente, pues recuerdo que usted pretendía quererme en un día más de lo que
yo podía quererla en un mes. Osaré asegu-rarle que es todo lo contrario, pues
le será imposible excederme en amistad. En fin, es siempre cosa halagadora para
mí recibir un cum - plimiento tan caro y tierno de una persona tan amable como
usted. Le agradezco desde lo profundo de mi corazón y le aseguro que todo mi
deseo es encontrar una ocasión de probarle toda mi estimación y la amistad
sincera que le tengo.
Deseo que
se encuentre lo más pronto posible con su señor tío y que todas las cosas se
arreglen bien. Pero temo las discusiones porque podrán entristecerla no a causa
de él, que tiene buenas intenciones respecto a usted, sino a causa de los otros
herederos a los que cos-tará mucho trabajo obligarlos a devolver. En fin,
dígnese le ruego, escribirme a menudo y sobre todo cuénteme sus asuntos cuando
sean favorables. Cualquiera que sea su suerte, le repito lo que le prometí en
el momento de decirle adiós: mi casa y lo poco que po-seo estarán siempre a su
servicio. Si solo tuviera un pedazo de pan, mi mayor alegría sería dividirlo
con usted. Cuente siempre con mi sincera amistad.
[...]
Tenga un poco de paciencia y soporte por algunos días las habla-durías de esos
imprudentes e imbéciles holgazanes. A la llegada de su tío todo acabará.
Concibo la molestia de verse rodeada de gentes tan ridículas y despreciables;
pero, en fin, le repito de nuevo, soporte eso por algunos días...
J. de
Crevoisier.
Después
de la ida de todos estos amigos, me encontré muy sola. No había arreglado mi
vida de acuerdo con la monotonía de la existen-cia del país y confieso que
comenzaba a estar muy cansada.
He dicho
algunas palabras sobre los franceses de Valparaíso. Voy ahora a ocuparme de los
que viven en Arequipa, así como más tarde hablaré de los que habitan en Lima.
320
8.
Arequipa
Arequipa,
ciudad del interior, no ofrece al comercio sino recursos limitados. El número
de extranjeros es también muy restringido. La única casa francesa es la de M.
Le Bris. Se estableció en el Perú des-de hace diez años y sus negocios han
ascendido a la más alta escala. Antes de ser explotado el Perú por la
concurrencia, y arruinado por las guerras civiles, M. Le Bris ganó una fortuna
de varios millones. Pero sus casas de Valparaíso y de Lima sufrieron pérdidas
enormes por demasiada complacencia en los negocios. Fue preciso que la casa
central de Arequipa acudiese en socorro de las otras dos. M. Le Bris es un
hábil negociante y fue a ponerse sucesivamente a la cabeza de cada una de las
casas correspondientes y en pocos meses todo quedó restablecido en el antiguo
pie.
M. Le
Bris es de Brest. Tiene de 36 a 38 años. Su salud débil y de-licada está
quebrantada por la tormenta de los negocios y el aire volcánico de Arequipa.
Sufre de una afección nerviosa que irrita su carácter, adelgaza su cuerpo y
mina su organismo. Es instruido, sus maneras son las de un hombre distinguido,
su educación ha sido es-merada y su espíritu fino, ligeramente sardónico, da
mucha agudeza a su conversación. La bondad de su corazón y la generosidad de su
alma son admirables y sobrepasan todo cuanto se pudiera decir.
M. Le
Bris realiza lo que me gustaría calificar de ideal elevado del comerciante. Al
llegar al Perú en tiempos en que los negocios eran fá-ciles, pudo dar libre
expansión a sus proyectos, a sus ideas amplias y grandiosas. Su genio concibe
vastas operaciones, ordena los detalles y emprende su ejecución con una
inteligencia y un discernimiento notables. Organiza el trabajo, lo reparte
entre sus numerosos em-pleados según la capacidad que descubre entre ellos y su
gran tacto y buen juicio son casi infalibles. Su atrevimiento en los negocios
no es el de un jugador. Es el resultado de su confianza en la exactitud de sus
combinaciones. Muy laborioso, su regularidad en todo puede servir de modelo;
como negociante aporta a sus relaciones comercia-les tanta integridad y
exactitud que su palabra vale como un escrito. Está libre de todas esas
tacañerías y esas pequeñeces de las cuales parece que el comercio francés jamás
podrá desprenderse. M. Le Bris
321
Flora
Tristán
en toda
circunstancia es de una complacencia inagotable; pero su des-interés y su
generosidad hacia aquellos de sus empleados que, por su inteligencia responden
a sus expectativas, pueden en Francia servir de ejemplo. Si envía a uno de
ellos a un departamento alejado y el agen-te tiene éxito en la operación que le
está confiada, le concede un por-centaje en los beneficios a título de
gratificación. Cuando un vende-dor minorista solicita un crédito averigua antes
de concedérselo si es trabajador y honrado y no si es pobre o rico, cuando los
informes son favorables sobre este punto hace adelantos por sumas
considerables.
La casa
de este respetable negociante no presenta ese lujo excesi-vo que los ingleses
despliegan con ostentación en las suyas. Todo es conveniente y de una limpieza
extrema. M. Le Bris recibe a mucha gente. Consignatario de un gran número de
barcos, los capitanes y sobrecargos que vienen a Arequipa no tienen más
residencia que la suya. Invita constantemente a todos los oficiales de la
marina real, así como a los viajeros de distinción que visitan el país. Se
decía, cuando salí de Arequipa, que iba a ser nombrado vicecónsul para que el
comercio francés tuviese un representante en aquella ciudad. No se preocupaba
de ello al principio, pues la independencia de su carácter rechazaba las
funciones públicas; pero en interés del comer-cio nacional ha prometido aceptar
su nominación.
M.
Viollier, primer empleado de la casa, representa a M. Le Bris cuando este se
ausenta. Es un joven suizo de 30 años, educado en Burdeos y reside en el Perú
desde hace diez años. Los demás emplea-dos de la casa son jóvenes de diferentes
partes de Francia. He conoci-do a M. Delor, de Burdeos, y a M. Jacquet de la
misma ciudad. Ambos trabajan ahora por su cuenta.
No hay en
total sino ocho a diez franceses en Arequipa. Son, ade-más de los que acabo de
nombrar: M. Poncignon, de Burdeos, cuyo almacén de novedades es el más hermoso
de la ciudad; Mm. Cerf, judíos de Brest, quienes venden en su tienda toda clase
de objetos. Muchos otros franceses tienen igualmente su domicilio en Arequi-pa,
pero no residen allí habitualmente. Los negocios de corretaje que tienen los
obligan a ir a todos los puntos del Perú. En el colegio hay
322
8.
Arequipa
un
francés en calidad de profesor: se llama M. Moriniére. Son pues, en total ocho
o diez franceses en una ciudad de 30 mil almas. Uno se imaginaría naturalmente
que esos señores que hablan la misma lengua, originarios del mismo país y que
tienen las mismas costum-bres, deberían, a tan gran distancia de su patria,
buscar la sociedad los unos de los otros y vivir entre sí en relaciones de
amistad. Pues bien, no es así. Esos hombres se detestan, se destrozan a cuál
más. Durante los siete meses que pasé en Arequipa tuve tiempo de juzgar hasta
dónde puede llegar el odio de los hombres cuando está excita-do por la
rivalidad y la envidia. Oír y ver proceder a aquellos indivi-duos es un
espectáculo que provoca disgusto. M. Le Bris ocupaba el primer lugar por su fortuna
y era el eterno objeto de la envidia de sus compatriotas. Su lealtad y su
generosidad, reconocidas desde tiempo atrás de manera incontestable, no
ofrecían asidero para este propó-sito. Como no podían atacarlo por ese lado
caían sin consideración sobre su carácter que pintaban violento, áspero y
difícil de convivir. De él pasaban a M. Viollier a quien trataban de hipócrita
y de adulón. M. Moriniére estaba irritado contra M. Le Bris y Viollier. Venía a
ver-me muy a menudo y no cesaba de quejarse de esos señores.
En las
colonias todo el mundo practica el comercio. Esas costum-bres de especulación
existen por todas partes en las dos Américas. Los prejuicios de nuestra vieja
Europa sobre las profesiones no han podido propagarse. La esclavitud del negro
ha hecho clasificar a los hombres por matices de color, mas no por el género de
trabajo a que se dedican. M. Moriniére, aunque empleado en el colegio, se
ocupa-ba también de negocios. Había recurrido a M. Le Bris quien en un
principio le concedió su ayuda y su apoyo. Pero este señor reconoció muy pronto
la ineptitud del profesor de filosofía para los negocios. Le hizo observar
amistosamente que si continuaba haciendo opera-ciones comerciales comprometería
su dinero y el de los demás. M. Moriniére tuvo la debilidad de ofenderse por
una observación cuya exactitud podría apreciar si reflexionaba en la
incompatibilidad de las dos ocupaciones que pretendía juntar, pues el hombre
cuyo es-píritu está ocupado en las altas especulaciones de la ciencia es poco
323
Flora
Tristán
susceptible
de conceder la atención exigida por los menudos detalles del comercio. Por la
negativa de M. Le Bris, el profesor se encontró decepcionado en sus esperanzas
de lucro y difundió por todas partes calumnias sobre la dureza y egoísmo de su
compatriota; pero estas calumnias solo provocaron sonrisas pues se comprendía
la causa y nadie prestó fe en ellas ya que la reputación de M. Le Bris estaba
por encima de semejantes ataques. Tal era la posición respectiva de los
franceses que vivían en Arequipa.
El origen
de esta ciudad es bastante fabuloso. Sin embargo, se lee en una crónica que
contiene tradiciones indígenas y que está en el Cuzco, que hacia el siglo XII
de nuestra era, Mayta Capac, soberano de la ciudad del Sol fue destronado. Se
libró de sus enemigos median-te la fuga y erró por las selvas y por las cimas
heladas de la cordillera acompañado de algunos de los suyos. El cuarto día,
rendido de fa-tiga, muriendo de hambre y de sed, se detuvo al pie del volcán.
De repente, cediendo a una inspiración divina, Mayta plantó su dardo y exclamó:
¡Arequipa!, palabra que significa: aquí me quedo. Luego, al volverse, vio solo
a cinco de sus compañeros que lo habían segui-do, pero el Inca confiaba
únicamente en la voz de Dios. Persistió y en torno de su dardo, sobre los
flancos de un volcán rodeado de de-siertos por todos lados, los hombres
agruparon sus habitaciones. Así como los conquistadores y como los fundadores
de imperios, Mayta no fue sino el ciego instrumento de los secretos designios
de la Pro-videncia.5 Las ciudades que se han desarrollado en el mundo y los
hombres que se han distinguido han debido, a veces, su grandeza a
5 No se encuentra referencia a esta
interpretación en las crónicas. Según ellas Mayta Capac jamás fue destronado ni
tuvo que huir. Lo que indican las crónicas es que el Inca llegó al valle del
Chili, en su viaje de regreso al Cuzco, después de una campaña victoriosa en la
que sojuzgó a muchos de los pueblos vecinos. Al encontrar un clima templado y
agradable, y el lugar provisto de abundante caza, se detuvo y dio orden de
organizar una cacería o chaco. Sus acompañantes encantados con el lugar le
pidieron quedarse allí y él asintió diciendo: Ariquepay; que según dice el
padre Calancha signi-fica: está bien, quedaos. Hay que decir también que fray
Blas Valera afirma que esta voz significa trompeta sonora. [Sobre la base de N.
de la T.]. En el diccionario de Diego González Holguín (1989, p. 33) se
registra la entrada “Ariquipa” como “Una ciudad del Piru”. [N. de la primera
Ed.].
324
8.
Arequipa
su
mérito; pero a menudo también a causas fortuitas e injustificables a los ojos
de la razón.
Aunque
Arequipa se encuentra en los 16°13’2” de latitud meridio-nal, su elevación
sobre el nivel del mar y la vecindad de las monta-ñas hace el clima templado.
La ciudad está situada en medio de un pequeño valle de radiante belleza que no
tiene más de una legua de ancho y dos de largo. Encerrado por altas montañas
está regado por el Chili que tiene sus fuentes al pie mismo del volcán. El
ruido de este río y su curso recuerda el Cave de los Pirineos. Su lecho es muy
capri-choso, muy ancho en ciertos lugares; pero se estrecha en otros. Casi
siempre erizado por enormes piedras o cubierto de guijarros, ofrece a veces una
arena suave y unida como para el pie de una niña. El Chili se asemeja a un
torrente después de la estación de las lluvias y está casi siempre seco durante
el verano. En este valle se cultiva trigo, maíz, cebada, alfalfa y hortalizas.
Se ven pocas casas de recreo. En el Perú están todos demasiado ocupados en
cualquier clase de intrigas para gustar de la estancia en el campo.
La ciudad
ocupa en el valle un vasto recinto. Desde las alturas de Tiabaya parece
extenderse sobre uno aún mayor. Desde allí solo una estrecha faja de terreno
hace el efecto de separarla del pie de las montañas. Y esa masa de casas
blancas, esa multitud de cúpulas res-plandecientes al sol en medio de la
variedad de los tonos verdes del valle y del gris de las montañas, causan sobre
el espectador un efecto que no se creería dado producir a las cosas de este
mundo. El viajero que desde Tiabaya contempla Arequipa por primera vez está
tentado de imaginar que seres de otra naturaleza esconden allí su misteriosa
existencia y que el volcán, cuya gigantesca elevación llena de estupor los
sentidos, les protege e impide alcanzarlos.
El volcán
de Arequipa es una de las más altas cumbres de la ca-dena de los Andes.
Enteramente aislado, presenta un cono perfecto. La uniformidad de su color gris
le da un aire de tristeza. La cima está casi por completo cubierta de nieve y
esta nieve, más o menos den-sa, disminuye desde la salida hasta la puesta del
sol. Algunas veces el volcán arroja humo, esto sucede particularmente por la
tarde. A
325
Flora
Tristán
veces en
ese humo he visto llamas. Cuando ha estado mucho tiempo sin humear se espera un
temblor. Las nubes envuelven casi siempre la cima de la montaña, parecen
cortarlas y se distinguen perfecta-mente las zonas matizadas. Esta masa aérea
de todos los tonos, posa-da sobre aquel cono de un solo color, sobre aquel
gigante que oculta entre nubes su cabeza amenazadora, es uno de los magníficos
espec-táculos ofrecidos por la tierra a los ojos del hombre.
Mi primo
Althaus6 ha trepado hasta la cumbre del volcán, ha vi-sitado su cráter y
descendido en el abismo hasta la tercera chime-nea. Tiene sobre su viaje
volcánico notas y dibujos muy curiosos, que siento no tener en mi poder para
comunicarlos al lector. Realizó esta ascensión acompañado por diez indios
armados de garfios. Solo cin-co fueron lo bastante fuertes para seguirlo. Tres
quedaron en el ca-mino y dos perecieron al caer. Demoraron tres días en subir
hasta la cima y no pudieron permanecer allí sino algunas horas ya que el frío
era muy intenso. Las dificultades del descenso superaron con mu-cho a las de la
subida. Todos quedaron heridos, desgarrados. Althaus estuvo a punto de perecer.
El volcán (no se le designa por otro nom-bre) está a 12 mil pies sobre el nivel
del mar. Los dos montes vecinos, cubiertos de nieves perpetuas, brillan con mil
reflejos bajo los rayos del sol, se hallan a gran distancia de él y son más
gigantescos aún. El primero se llama Pichu-pichu, el segundo Chachani y son
volcanes completamente extinguidos. La extrema elevación de estas tres
mon-tañas aisladas, cuyas bases están igualmente elevadas sobre el nivel del
mar, las hace, a la distancia, parecer unidas por la base.
6 Von Clemens Althaus (París, 1790). Su padre
fue el barón Clemens August von Kass y su madre, la princesa holandesa Amalia
Sophia Juliana Wihelmina Louise von Essen, quien muriera a los 9 años de su
nacimiento. Tuvo una educación rigurosa e inicia su carrera militar a los 23
años al participar en la batalla de Waterloo. En 1819 llega a Buenos Aires,
pasa luego por Chile y finalmente se afinca en el Perú en 1822. Allí se casa
(1826) con la prima de Flora, María Manuela Flórez y Tristán con la que tiene
cuatro hijos. Su actuación en el Perú es larga y brillante, como la misma Flora
lo anota a lo largo de sus Peregrinaciones... Althaus muere a los 46 años (13
de enero de 1836) en Concepción (Valle del Mantaro) afectado de disentería. Ver
Bacacorzo (2000, pp. 429- 432). [N. de la primera Ed.].
326
8.
Arequipa
A raíz
del descubrimiento, Francisco Pizarro estableció en Are-quipa un obispado y una
de las sedes del gobierno. Los temblores han causado en esta ciudad espantosos
desastres en diversas épocas: los de 1582 y 1600 la destruyeron casi por
completo y los de 1687 y 17857 no fueron menos funestos.
Las
calles de Arequipa son anchas, cortadas en ángulos rectos y es-tán regularmente
pavimentadas. En medio de cada una de ellas corre una acequia. Las principales
tienen aceras de gruesas losas blancas.8 Están todas más o menos bien
alumbradas, pues cada propietario está obligado, bajo pena de multa, a poner
una linterna delante de su puerta. La gran plaza es espaciosa. La catedral
ocupa el lado norte, la municipalidad y la prisión militar están al frente,
además casas particulares forman los otros dos lados. A excepción de la
catedral, todas estas construcciones tienen arcos. Bajo las galerías se ven las
tiendas con diversas mercaderías. Esta plaza sirve para el mercado de la
ciudad, para las fiestas, revistas, etc. El puente sobre el Chili está
groseramente construido y es poco sólido para resistir en ciertas es-taciones
al torrente que pasa por debajo.
Arequipa
encierra muchos conventos de hombres y de mujeres. Todos tienen iglesias muy
hermosas. La catedral es muy vasta, pero oscura, triste y de una arquitectura
pesada: Santa Rosa, Santa Cata-lina y San Francisco se distinguen por la
belleza de sus cúpulas, de prodigiosa elevación. En todas las iglesias se ven
figuras grotescas de madera y de yeso que personifican los ídolos del
catolicismo perua-no. Aquí y allá algunos grotescos mamarrachos dan a los
santos que representan el aspecto más burlesco que es dable imaginar. La
iglesia de los jesuitas es una excepción a este respecto. Es mucho más
discre-ta en la representación de los santos que ofrece a la invocación de los
devotos. Antes de la independencia todos estos templos, ricamente
7 Este último temblor tuvo lugar en 1784 y no
en 1785. Según J. Toribio Polo (1899, pp. 337-342) fue el peor de todos y el
que más estragos ocasionó en Arequipa [N. de la T.].
8 Don Pío, cuando fue prefecto, hizo muchas
aceras y reparó las antiguas. La ciudad estuvo muy limpia bajo su
administración. Mi tío concedía una vigilancia muy espe-cial a la salubridad
pública. [N. de la A.].
327
Flora
Tristán
decorados,
tenían candelabros, balaustradas, columnas, altares, etc., de plata maciza y
otros adornos de oro. Estos dos metales estaban prodigados por todos lados con
más profusión que gusto. Pero la fe no protege ya estas riquezas. Varios
presidentes y jefes de partido, después de haber agotado en sus querellas el
tesoro de la república, despojaron sin escrúpulo las iglesias. Las frontales de
los altares, las columnas y candelabros fueron fundidos para pagar a los
soldados y alimentar los vicios de los generales. Los adornos preciosos que han
sido respetados están amenazados de seguir más tarde la misma suerte. Durante
la última guerra, entre Orbegoso y Bermúdez, se tra-tó la cuestión de quitar a
las vírgenes sus perlas, sus diamantes, etc.
Arequipa
tiene un hospital para enfermos, una casa de locos y otra para niños huérfanos.
Esos tres hospicios están, en general, muy mal atendidos. Tendré, más adelante,
ocasión de hablar de mi visita al hospital. Fui también a visitar a los niños
huérfanos y no quedé muy satisfecha de los cuidados que se les prodigaba, como
tampoco de los que eran objeto los enfermos. Daba pena ver a esas desgraciadas
criaturas desnudas, flacas y en un estado deplorable. Se cree haber cumplido
con los deberes de la caridad proporcionán-doles algunos alimentos para
sostener su débil existencia; pero, por lo demás, no se les da ninguna
instrucción, no se les enseña ningún arte. De este modo, los que sobreviven se
convierten en vagabundos, consecuencia necesaria de este abandono. El torno que
sirve para in-troducir en el hospicio a estas infortunadas víctimas me parece
bien imaginado. Es una caja en forma de cuna. Se deposita al niño en la
abertura exterior sin que los depositantes puedan ser vistos desde el interior
del hospicio. De este modo se evita a la desgraciada madre, forzada a abandonar
a su hijo, la obligación de revelarse, obligación que hace cometer muchos
crímenes...
Las
casas, construidas muy sólidamente con hermosas piedras blancas, no tienen sino
un solo piso abovedado a causa de los temblo-res. Son en general espaciosas y
cómodas. Tienen una gran puerta co-chera en medio de la fachada. Todas las
ventanas son enrejadas y sin vidrios. Las construcciones de la casa forman tres
secciones: el salón,
328
8.
Arequipa
los
dormitorios, los escritorios están en la primera; en la segunda, que es un
jardín, está el comedor, una galería abierta apropiada al clima, la capilla, la
lavandería y diversos oficios; la tercera sección, situada en el fondo, está
ocupada por la cocina y el alojamiento de los esclavos. Las paredes de las
casas tienen de 5 a 6 pies de espesor. Las piezas con techos en forma de bóveda
son muy altas. Algunas de ellas solo tienen una tapicería de papel hasta la
mitad de la altura; las paredes de las otras están completamente blanqueadas
con cal. Esas bóvedas hacen que los departamentos se asemejen a sótanos y la
monotonía de su tono blanco cansa y entristece. Los muebles son pesados; las
camas y las cómodas, de proporciones gigantescas; las sillas y las mesas
parecen haber sido hechas para no moverse de su sitio; los espejos son de
metal, los cortinajes, sin gusto. Desde hace algunos años, las alfombras
inglesas se venden a precio tan bajo en el país que todo el mundo ha cubierto
con ellas el piso de las habitacio-nes. Ninguna pieza está entablada.
Los
arequipeños son muy aficionados a la buena mesa y, sin em-bargo, son poco
hábiles para procurarse un placer. Su cocina es de-testable. Los alimentos no
son buenos y el arte culinario está aún en la barbarie. El valle de Arequipa es
muy fértil, pero las legumbres son malas; las papas no son arenosas; las coles
y las arvejas son duras y sin sabor; la carne no es jugosa; en fin, hasta las
aves de corral tienen la carne cariácea y parecen sufrir la influencia
volcánica. La mante-quilla y el queso se traen desde lejos y jamás llegan
frescos. Lo mismo sucede con la fruta y el pescado que vienen desde la costa;
el aceite que se usa es rancio, mal purificado; el azúcar groseramente refina -
do; el pan mal hecho. En definitiva, nada es bueno.
Voy a
decir cuál es su manera de alimentarse. Se desayuna a las nueve de la mañana.
Esa comida se compone de arroz con cebollas (cocidas o crudas, ponen cebollas
en todo), carnero asado, pero tan mal preparado que nunca se puede comer.
Enseguida viene el choco-late. A las tres se sirve una olla podrida (puchero es
el nombre que se le da en el Perú), esta se compone de una mezcla confusa de
diversos alimentos: carne de vaca, tocino y carnero hervidos con arroz, siete u
329
Flora
Tristán
ocho
especies de legumbres y todas las frutas que les caen a la mano, como manzanas,
peras, melocotones, ciruelas, uvas, etc. Un concier-to de voces falsas o de
instrumentos discordantes no sublevan la vis-ta, el olfato y el gusto como lo
hace esta bárbara amalgama. Vienen después camarones preparados con tomates,
arroz, cebollas crudas y ají; carne con uvas, duraznos y azúcar; pescado con
ají; ensalada con cebollas crudas y huevos con ají. Este último ingrediente lo
emplean con profusión en todos sus guisos, junto con una cantidad de otras
especerías. La boca queda cauterizada y para soportarlo el paladar debe haber
perdido su sensibilidad. El agua es la bebida ordinaria. La comida se toma a
las ocho de la noche y los guisos son de la misma calidad que los del
almuerzo.9
Las
conveniencias en el servicio y los usos de la mesa no se practi-can mejor que
las armonías culinarias. Aún hoy, en muchas casas, no hay sino un vaso para
todos los convidados. Los platos y cubiertos es-tán sucios. La suciedad de los
esclavos no es la única causa de ello. Para tales amos, tales criados. Los
esclavos de los ingleses son muy limpios. Es de buen tono hacer pasar en el
extremo del tenedor un pedazo to-mado de su plato a las personas a quienes se
quiere hacer una cortesía. Los europeos se han rebelado de tal modo contra esta
costumbre que ahora cae en desuso. Pero hace solo algunos años los pedazos de
olla, de pescado, de alas de pollo, goteando salsa, circulaban alrededor de la
mesa llevados por los esclavos en la punta de los tenedores.
Como todo
es muy caro, las invitaciones a comer son poco fre-cuentes y han prevalecido
las invitaciones a tertulias, en cuanto se introdujo esta moda. Todos los
domingos, en casa de mi tío se daba una comida a los parientes, a la cual
estaban invitados los amigos
9 En materia de gustos en la comida existe un
amplio margen de discusión. Se ve que Flora no tuvo tiempo de acostumbrarse a
saborear los exquisitos platos peruanos y arequipeños en particular. Los
considera despectivamente, cuando a los paladares de algunos finos gourmets
nada hay más delicioso que una ocopa arequipeña o algún otro picante del país.
Y en cuanto a la olla podrida, o puchero, que es el cocido español con unos
cuantos ingredientes más, también podrían discutirse sus excelencias. Hay que
tener en cuenta que Flora jamás había vivido en España, ni podía establecer
com-paración sino con los menús ingleses y franceses. [N. de la T.].
330
8.
Arequipa
íntimos;
por la noche se tomaba té, chocolate y bizcochos. Las únicas cosas que he
encontrado buenas en Arequipa son los bizcochos y las golosinas hechas por las
religiosas. Gracias a mis numerosas relacio-nes nunca me faltaron durante mi
estada allí, esto me permitía hacer muy buenas meriendas.
A los
arequipeños les gusta toda clase de espectáculos. Acuden con igual complacencia
a las representaciones teatrales que a las religiosas. La falta total de
instrucción suscita esta necesidad y los convierte en espectadores fáciles de
satisfacer. La sala de espectácu-los, construida de madera, es tan mal hecha
que no se está a cubierto de la lluvia. Demasiado pequeña para la población, a
menudo no se puede encontrar sitio en ella. La compañía teatral era muy mala.
Se componía de siete u ocho actores, hez de los teatros de Europa, re-forzada
en el país por dos o tres indios. Representaba toda clase de piezas, comedias,
tragedias y óperas. Estropeaba a Lope de Vega y a Calderón. Destrozaba la
música, como para dar ataques de nervios y todo esto en medio de los aplausos
del público. Fui cuatro o cinco veces a este teatro. Se representaba una
tragedia y noté que a falta de mantos los cómicos se envolvían en viejos chales
de seda.
Las
peleas de gallos, los bailarines de cuerda, las pruebas de los in-dios, todo
estos espectáculos atraen a la multitud. Un acróbata fran-cés con su esposa
ganó en el Perú 30 mil pesos.
La
Iglesia peruana explota, en provecho de su influencia, el gus-to de la
población. Independientemente de las grandes procesiones hechas en las fiestas
solemnes, no pasa un mes sin salir alguna por las calles de Arequipa. Ya son
los monjes grises quienes por la tarde sacan una procesión por los muertos y
piden para los muertos y se les da para los muertos. Otra vez son los dominicos
quienes hacen en honor de la Virgen su paseo religioso. Enseguida es para el
Niño Jesús. Después viene una retahíla de santos. Es la de nunca acabar. He
descrito la procesión de las fiestas solemnes. No fatigaré al lector con la
descripción de aquellas donde los santos sirven de pretexto. Se hace gala de
menos lujo y pompa que en las primeras, pero el fon-do es igualmente burlesco;
las escenas, indecentes bufonadas que
331
Flora
Tristán
divierten
tanto a este pueblo, no son menos escandalosas. Todas es-tas procesiones tienen
un rasgo de semejanza: los buenos sacerdotes piden siempre y siempre se les da.
Durante
la Semana Santa tienen lugar las grandes saturnales del catolicismo peruano. En
todas las iglesias de Arequipa se eleva un enorme montículo de tierra y de
piedras sobre el cual se plantan ramas de olivo para figurar el calvario con
sus rocas y árboles. So-bre este monte ficticio se da el Viernes Santo la
representación del suplicio de Jesús. Se le ve detenido, flagelado y
crucificado con los dos ladrones. Es la historia de la Pasión sin omitir ningún
detalle, pero a lo vivo. Todo acompañado de cantos y de recitaciones. Des-pués
viene la muerte de Cristo. Los cirios se apagan, reinan las tinie-blas... Las
costumbres fáciles de este pueblo, hacinado en el templo, pueden hacer presumir
lo que entonces sucede en los diferentes sitios de la iglesia... pero Dios es
misericordioso y los sacerdotes, sus ministros, disponen de la absolución. El
descendimiento de la cruz es la segunda parte. Una multitud confusa de hombres
y mu-jeres de raza blanca, india y negra sitian al calvario lanzando gritos
lastimeros. Pronto están entre sus manos los árboles desarraigados y las rocas
levantadas del suelo. La sangre mana de las llagas de ese Cristo de cartón y
hace redoblar los aullidos de la multitud. El pueblo, los sacerdotes, la cruz y
las ramas de olivo, todo mezclado, forma un caos, un tumulto y una confusión
espantosa que jamás imaginaría uno encontrar en un templo de cualquier
religión. Y casi siempre, en aquellas escenas de desorden hay personas heri-das
más o menos gravemente.
Por la
tarde se ve por las calles a los habitantes que van a hacer las estaciones a
todas las iglesias. Al entrar rezan sus oraciones en alta voz. Los más celosos
se prosternan de rodillas y besan el suelo; unos se dan golpes de pecho; estos
se ponen andrajos en la cabeza; aquellos, con los pies descalzos, llevan la
cruz sobre los hombros; otros cargan piedras y en cada caso ejecutan las
extravagancias más insensatas, sugeridas a estas cabezas exaltadas por una
devoción supersticiosa. No es en sus conciencias donde buscan su deber, sino
332
8.
Arequipa
en lo
maravilloso de sus creencias. El medio para no creerse exento de las virtudes
sociales es efectuar semejantes pruebas... Tales son los resultados obtenidos
por las religiones que separan la fe de la caridad.
El día de
Pascua se visita a todos los conocidos y la conversación no versa sino sobre
las fiestas de la Semana Santa. Se reduce a esto:
—Mi
señora ¿se ha divertido usted mucho? Todo estuvo muy bien en Santo Domingo, en
Santa Rosa, ¡ah!, esto me ha dado mucho gusto.
—Y yo,
señor, no he encontrado nada tan bien como en los años anteriores. La religión
pierde su esplendor. No hubo nada alegre en la catedral. En Santa Catalina ya
no hacen el descendimiento de la Cruz. Y a fuerza de ver pelear a todos esos
zambos por tener un peda-zo de cruz, la cosa me ha parecido monótona. Eso no
vale el trabajo que uno se toma en seguir las estaciones.
—Señora
mía, el buen tiempo ha pasado, nuestras iglesias no son tan ricas como lo eran
antes. Las madres de Santa Catalina gastan todo su dinero en comprar pianos
importados de Francia y no hacen ya el descendimiento de la cruz.
El
domingo, durante la misa, los hombres permanecen de pie, hablan, se ríen o
miran a las mujeres bonitas que están de rodillas por delante, semiocultas en
sus mantillas. Las mismas mujeres son muy distraídas, jamás usan libro. Ya
miran el vestido de su vecina o hablan con sus negras colocadas detrás de
ellas. Se les ve a veces negligentemente reclinadas sobre su alfombra, dormir o
conversar.
Los
sacerdotes que dicen la misa están siempre suciamente vesti-dos. Los pobres
indios la ayudan con los pies descalzos y a medio ves-tir. La música en todas
esas iglesias es algo espantosa. Dos violines y una especie de gaita acompañan
el órgano. Estos instrumentos tan discordantes, así como los cantos, a menudo
tan desentonados, que forman un conjunto imposible de oír durante un cuarto de
hora sin sufrir una irritación de los nervios durante todo el día. En Europa
las bellas artes cubren por lo menos con un brillante barniz la insípida
esterilidad de las ceremonias. Por lo demás, en el Perú no se frecuen-tan las
iglesias sino como sitio de reunión.
333
Flora
Tristán
El grado
de civilización alcanzado por un pueblo se refleja en todo. Las diversiones del
carnaval no son más decentes en Arequipa que las farsas y bufonadas de la
Semana Santa.
Hay
gentes que durante todo el año se ocupan en vaciar cásca-ras de huevo para
hacer negocio con ellas. Cuando llega el carnaval llenan esos cascarones con
aguas de distintos colores: rosa, azul, verde, roja, y después pegan la
abertura con cera. Las señoras se proveen de una canasta con esos huevos y
vestidas de blanco se sientan en lo alto de sus casas y desde allí se divierten
lanzándolos sobre las personas que pasan por la calle. Los transeúntes, ya sean
de a pie o a caballo, están igualmente provistos de los mismos pro-yectiles y
responden a sus agresoras. Mas, para hacer el juego más simpático, llenan a
veces esos huevos con tinta, miel, aceite y hasta con cosas más asquerosas.
Muchos individuos han tenido un ojo reventado en este combate de nuevo género.
Me han mostrado a tres o cuatro a quienes les ha sucedido este accidente; pero
a pesar de aquellos ejemplos, los arequipeños conservan por este juego un gusto
que raya en furor. Las jóvenes hacen alarde de las numerosas manchas de sus
vestidos y se muestran orgullosas de estas extra-ñas marcas de galantería. Los
esclavos participan también en estas diversiones: se echan harina. Este modo de
atacar es muy cómico y lo emplean muchas personas. Por la tarde asisten a
bailes donde se ejecutan danzas aún más indecentes. Muchas personas lucen
dis-fraces extraños, pero ningún vestido de carácter. Esas diversiones duran
una semana.
De esos
huevos inmundos, al diluvio de confeti que inundan a los transeúntes de las
calles de Roma; de esas groseras diversiones a las máscaras de Italia hay la
misma distancia que entre las comedias burlescas que ofrecen las iglesias de
Arequipa, durante la Semana Santa, la música bárbara que se escucha en ellas,
las miserables más-caras y los salvajes adornos con que están decoradas, y las
majestuo-sas ceremonias, la música encantadora, las magníficas produccio-nes de
arte y todos aquellos brillantes y poéticos alardes con los que Roma sostiene
todavía su religión carcomida.
334
8.
Arequipa
La
población de Arequipa, comprendiendo la de los arrabales, se eleva a 30 o 40
mil almas. Se puede considerar que se compone poco más o menos de una cuarta
parte de blancos, otro tanto de negros o mestizos y la mitad de indios. En el
Perú, como en toda la América, el origen europeo es el gran título de nobleza.
En el lenguaje aristo-crático del país se llama blancos a aquellos cuyos
ascendientes no son indios ni negros. He visto a varias señoras que pasan por
blan-cas, aunque su piel sea de color canela, porque su padre fue nativo de
Andalucía o del reino de Valencia. La población libre forma, pues, tres clases,
provenientes de tres razas muy distintas: europea, india y negra. En la última
clase, bajo la denominación de gentes de color, se confunden los negros y los
mestizos de las tres razas. En cuanto a los esclavos, a cualquier raza a que
pertenezcan, la privación de la libertad establece entre ellos la igualdad en
la desgracia.
Desde
hace cuatro o cinco años se han operado grandes cambios en los usos y
costumbres del Perú. La moda de París va tomando el cetro y no quedan sino
algunas ricas y antiguas familias que se mues-tran rebeldes a su imperio:
viejos árboles a los que la savia abandona y subsisten todavía, como los
calabozos de la Inquisición, para indicar el punto del que se ha principiado.
Las costumbres de las clases altas no difieren en nada de las de Europa.
Hombres y mujeres están vestidos lo mismo que en París; las señoras siguen las
modas con una exactitud escrupulosa, salvo que van con la cabeza descubierta y
el uso les exige siempre ir de negro a la iglesia, con la mantilla y con toda
la severidad del vestido español. Los bailes franceses substituyen el fandango,
el bolero y las danzas del país reprobadas por la decencia. Las partituras de
nuestras óperas se cantan en los salones y, en fin, se llega hasta a leer
novelas. Dentro de algún tiempo ya no irán a misa sino cuando se les haga oír
buena música. Las gentes acomodadas pasan el tiem-po fumando, leyendo
periódicos y jugando al faraón. Los hombres se arruinan en el juego y las
mujeres con la toilette.
Los
arequipeños tienen por lo general mucho espíritu natural, gran facilidad de
palabra, memoria feliz, carácter alegre y maneras distinguidas. Son agradables
para convivir con ellos y esencialmente
335
Flora
Tristán
apropiados
para las intrigas. Las mujeres de Arequipa, así como las de Lima, me han
parecido superiores a los hombres. No son tan boni-tas como las limeñas, tienen
otras costumbres y su carácter también es diferente. Su porte digno y orgulloso
impone. A primera vista se podría suponer que son frías y desdeñosas; pero
cuando se las cono-ce la fineza de su espíritu y la delicadeza de sus
sentimientos, enca - jados en este grave exterior, realza su valor e impresiona
más viva-mente. Son sedentarias, trabajadoras, no se parecen en absoluto a las
limeñas a quienes la intriga o el placer atraen constantemente fuera de sus
casas. Las señoras de Arequipa cosen sus vestidos ellas mis-mas y lo hacen con
una perfección que sorprendería a las mismas modistas. Bailan con gracia y
decencia, les gusta mucho la música y la cultivan con éxito. Conozco a cuatro o
cinco cuyas voces frescas y melodiosas serían admiradas en los salones de
París.
El clima
de Arequipa no es saludable. Las disenterías, las jaque-cas, las afecciones
nerviosas y, sobre todo, los catarros son muy fre-cuentes. Los habitantes
tienen también la manía de creerse siempre enfermos. Es el pretexto dado para
sus viajes perpetuos. La activi-dad de su imaginación, unida a la falta de
instrucción, explica ese furor de movimiento. Solo cambiando de lugar pueden
alimentar su pensamiento, tener nuevas ideas y experimentar otras emociones.
Las señoras, en especial, van y vienen a los pueblos de la costa, tales como
Islay, Camaná y Arica donde toman baños de mar, o a las fuen-tes de aguas
termales. Hay muchas de esas fuentes en las cercanías de Arequipa, sus
propiedades curativas son muy renombradas. La de Yura opera curaciones maravillosas.
El agua es verde y caliente hasta quemar. No hay nada más sucio ni más incómodo
que los lugares de la costa y del interior a donde se dirige la buena sociedad
para tomar baños. Sin embargo, todos son muy frecuentados y se gasta mucho
dinero en vivir allí tres semanas.
Las
mujeres de Arequipa aceptan con entusiasmo todas las oca-siones de viajar en
cualquier dirección: Bolivia, Cuzco, Lima o Chi-le, y los gastos o las
excesivas fatigas jamás son motivos para dete-nerlas. A este gusto por los
viajes estaría yo tentada de atribuir las
336
8.
Arequipa
preferencias
de las jóvenes por los extranjeros. Al casarse con un extranjero esperan
conocer el país donde él nació: Francia, Inglate-rra o Italia y realizar un
viaje cuya ilusión ha sonreído desde mucho tiempo atrás a su imaginación. Esta
perspectiva da a aquellas unio-nes un encanto muy particular cuando a menudo no
lo tienen por sí mismas. Las ideas de viaje ponen a la lengua francesa de moda
entre las señoras. Muchas la aprenden con la esperanza de necesitarla al-gún
día y en espera de ello gozan de la lectura de algunas de nuestras mejores
obras; al desarrollar su inteligencia soportan con menos te-dio la monotonía
que ofrece el país.
Todos los
hombres bien educados saben también el francés.
El
Panteón, hermoso cementerio recientemente construido, se halla a 2 leguas de la
ciudad. Está situado sobre la pendiente de una colina, frente al volcán y ocupa
un vasto espacio. De lejos, nada es más curioso ni más melancólico que la vista
de los altos muros blancos y dentellados que lo rodean. En la superficie de
aquellos muros están dispuestas tres filas de nichos abiertos en el espesor de
ellos. Se depositan los féretros en estos nichos cuya abertura se cierra con
una piedra sellada. Sobre esta piedra los parientes del difunto asocian su
vanidad a la nada de la tumba. Se lee sobre plan-chas de mármol o de bronce,
escrito con letras de oro: “Aquí yace el ilustre mariscal, el célebre general,
el venerable cura, etc.”. Otros epitafios de ejecución menos pomposa hacen una
larga enumera-ción de las virtudes de los difuntos. No se encuentra, al igual
que en todos los cementerios del mundo, sino buenos padres, esposas que-ridas,
tiernas madres, etc. Es así como al dictar nuestras palabras la pasión del momento,
exageramos en el individuo muerto las virtu-des que habíamos desconocido
durante su vida. Los pobres tienen una fosa común cerrada de la misma manera
cuando está llena. Los cuerpos de los protestantes no son admitidos en este
cementerio. Solo desde hace pocos años no se entierra ya en las iglesias.
Ciertas personas murmuran y compran a los conventos, a precios elevados, un
sitio en sus templos. Por eso mi abuela tiene su tumba en Santo Domingo. Con
dinero se dispensan también con facilidad, en este
337
Flora
Tristán
país, las
prescripciones de la ley y las de la religión. Los rescates de la última son,
sin embargo, a mejor precio.
En
Arequipa, la muerte de las gentes acomodadas no regocija úni-camente a sus
herederos. Los monjes encuentran también ocasión de vender, a precios elevados,
sus vestidos grises, negros, blancos, carmelitas, etc., para enterrar al
difunto. Se acostumbra y es de buen tono hacerse enterrar con un hábito de
monje; por esta razón esos santos personajes tienen casi siempre hábitos nuevos
que contras-tan con la suciedad del resto de su indumentaria. En cuanto el
mori-bundo ha expirado se le reviste con un hábito de estos religiosos, sin
tener en cuenta su sexo, y queda así vestido con el rostro descubier-to y
extendido sobre su lecho por espacio de tres días. Durante ese tiempo se hacen
visitas de condolencia. Los parientes más cercanos presiden el duelo, es decir,
se quedan recibiendo a los visitantes en la pieza donde está el muerto. Los
visitantes, sean hombres o mujeres, van vestidos de negro y hacen al entrar un
saludo grave a los parien-tes, quienes se hallan sobre un estrado; enseguida
van a sentarse en un rincón y se ponen a rezar. Se lleva el cuerpo en hombros
hasta la iglesia y así, también en hombros, se le conduce fuera de la ciudad,
después de la ceremonia. Desde allí se le transporta en una carretilla al
cementerio.
No hay
coches en Arequipa. Antiguamente, los grandes persona-jes se hacían llevar
cargados en sillas. Hay una en casa de mi tío que servía a mi abuela y de la
cual se sirve él mismo cuando está enfer-mo. Se parece a las sillas de mano que
había en Francia antes de la revolución. Todo el mundo va a caballo o en mula.
Los asnos están destinados a llevar fardos a las montañas. Los indios emplean
llamas para esto.
La llama
es el animal de carga de la cordillera.10 En él se hacen los transportes y el
indio lo utiliza para comerciar con los valles. Ese gracioso animal es muy
interesante de estudiar. Es el único de los animales asociados al hombre al que
este no ha logrado envilecer.
10 Llama es femenino en español y se pronuncia
liama. [N. de la A.].
338
8.
Arequipa
La llama
no se deja golpear ni maltratar. Consiente en ser útil, pero a condición de que
se le ruegue y no se le mande. Esos animales cami-nan en tropeles más o menos
numerosos, conducidos por indios que van por delante de ellos, a una gran
distancia. Si el tropel se siente cansado se detiene y el indio se detiene
igualmente. Cuando la esta-ción se prolonga, el indio, inquieto al ver
descender el sol, se decide, después de haber tomado toda clase de
precauciones, suplicar a sus bestias para que continúen el camino. Se pone a
cincuenta o sesen-ta pasos del grupo, adopta una actitud humilde, hace con la
mano un gesto de los más acariciadores a sus llamas, les dirige miradas tiernas
y al mismo tiempo grita con voz dulce y con una paciencia que no podía cansarme
de admirar: ic, ic, ic, ic. Si las llamas están dispuestas a ponerse en camino,
siguen al indio en buen orden, con paso igual y van muy ligero, pues sus patas
son muy largas; pero si están de mal humor no vuelven la cabeza hacia el lado
de la voz que las llama con tanto amor y paciencia. Permanecen inmóviles, ya
apretadas las unas contra las otras, ya echadas mirando el cielo con miradas
tan tiernas, tan melancólicas, que se creería verdaderamen-te que estas
admirables criaturas tienen conciencia de otra vida. Su largo cuello, que
llevan con graciosa majestad, las largas sedas de su pelaje siempre limpias y
brillantes, sus movimientos flexibles y tími-dos dan a esos animales una
expresión de nobleza y sensibilidad que inspira respeto. Es preciso que sea así,
pues las llamas son los únicos animales al servicio del hombre a los que este
no se atreve a golpear. Si sucede (cosa muy rara) que un indio en su cólera
quiere exigir por la fuerza o aun por la amenaza lo que su llama no quiere
hacer vo-luntariamente, y si el animal se siente maltratado con las palabras o
con los gestos, levanta la cabeza con dignidad, no intenta huir y para escapar
a los malos tratos (la llama nunca está atada o entrabada) se echa en el suelo,
dirige sus miradas al cielo, gruesas lágrimas caen en abundancia de sus
hermosos ojos, se escapan suspiros de su pecho y expira en el espacio de media
hora o a lo más de tres cuartos de hora. ¡Felices criaturas! ¡Parecen no haber
aceptado la vida sino con la con-dición de que esta sea dulce!
339
Flora
Tristán
Como
estos animales ofrecen el único medio de comunicación con los indios de la
sierra son de gran importancia comercial. Pero, estaría uno tentado de creer
que la reverencia casi supersticiosa de la que son objeto no proviene
únicamente del sentimiento de su utilidad. He vis-to a veces a treinta o
cuarenta interceptar el paso en una de las calles más frecuentadas de la
ciudad. Los transeúntes que llegaban cerca de ellos los contemplaban con
timidez y volvían atrás. Un día entró una veintena de ellos al patio de nuestra
casa y permanecieron seis horas. El indio se desesperaba y nuestros esclavos no
podían hacer el ser-vicio. Pero no importa, se soportó la incomodidad causada
por estos animales sin que nadie pensara en dirigirles una mirada de disgusto.
Por fin, los mismos niños que nada respetan, no osan tocar a las lla - mas.
Cuando los indios quieren cargarlas dos de ellos se aproximan al animal, lo
acarician y le cubren la cabeza a fin de que no vea que se le pone un fardo
sobre el lomo. Si lo percibiera caería muerta. Es necesario proceder de igual
modo al descargarlas. Si el fardo excede cierto peso, el animal se arroja
inmediatamente al suelo y muere. Esos animales son de una gran sobriedad: un
puñado de maíz basta para hacerlos vivir tres o cuatro días. Son con todo muy
fuertes y viven mu-cho tiempo. Un indio me afirmó que tenía uno de 34 años.
Ningún otro hombre sino el indio de las cordilleras tendría suficiente
paciencia y dulzura para utilizar a las llamas. Es sin duda de este
extraordinario compañero dado por la Providencia al indígena del Perú que este
ha aprendido a morir cuando se exige de él más de lo que quiere hacer. Esta
fuerza moral, tan rara en nuestra especie y que nos hace escapar por la muerte
a la opresión, es muy común entre los indios del Perú. Tendré a menudo ocasión
de probarlo.
Como se
ha podido ver, la vida de Arequipa es una de las más abu-rridas. Lo era sobre
todo para mí que soy de una actividad incesante. No podía habituarme a esa
monotonía.
La casa
de M. Le Bris era la única en la cual encontraba algunas distracciones. Todos
esos señores me demostraban el más tierno interés y se afanaban por serme
agradables. Cada vez que un ex-tranjero llegaba a Arequipa M. Viollier venía a
prevenirme, me lo
340
8.
Arequipa
describía
y me preguntaba si deseaba que me fuera presentado. Yo aceptaba o rehusaba
según el grado de curiosidad que me inspira-ban esos personajes.
Vi en
casa de M. Le Bris a muchos viajeros, oficiales de marina o comerciantes.
Hablaré, sin embargo, solo de uno que no pertenecía a ninguna de estas dos
clases: del señor vizconde de Sartiges a quien conocí. Era secretario de
embajada en Río de Janeiro, había obtenido de M. de Saint Priest, entonces
embajador en el Brasil, un permiso de seis meses para visitar el Perú y había
venido en la “Thisbé”, manda-da por M. Murat.
Nunca me
he reído más que el día en que M. Viollier vino a anun-ciarme la llegada de M.
de Sartiges, quien se había instalado en la habitación de M. Le Bris, ausente
en aquel momento, y se proponía quedarse quince días en la ciudad.
M.
Viollier era suizo en Arequipa, como lo era en Burdeos. Las emanaciones del
volcán no habían ejercido ninguna influencia so-bre su hermosa y robusta
constitución. Estaba gordo y fresco como si jamás hubiese salido de sus
montañas. Bueno, sencillo y poco locuaz jamás abandonaba su flema, pero juzgaba
todo con un sentido recto y una tranquilidad que no me cansaba de admirar.
—¡Oh,
señorita!, me dijo, ¡qué personaje tan singular me ha envia-do M. Le Bris!
Palabra de honor, no sé qué cosa es. Al ver su persona tan bonita, tan frágil,
tan delicada, su cara tan sonrosada, sus her-mosos cabellos rubios tan rizados,
al examinar sus manos blancas y llenas, al oír el sonido de su dulce voz, sin
vacilar afirmaría que el vizconde de Sartiges no es otra cosa que una mujer. Le
aseguro que así lo creí en un principio. Pero si se le juzga según sus
conver-saciones debe ser un hombre y un hombre muy peligroso para las
mujeres... Al llegar ayer por la noche en lugar de descansar se puso a hablarme
hasta la una de la madrugada. El principal objeto de su larga charla fue el de
inquirir si en la ciudad había muchas mujeres bonitas. Si estas mujeres bonitas
eran casadas o solteras y cuál se-ría el medio de acercarse a ellas. Y así lo
demás. Esto constituyó el lado serio de la plática. La escasa atención que
concedió al resto me
341
Flora
Tristán
pareció
igualmente extraña. Por fin, señorita, ese joven o esa mujer es para mí algo
extraordinario, inexplicable y recurro a usted para que me ayude a estudiarlo.
Por la
tarde M. de Sartiges vino a verme. El bueno de M. Viollier no decía nada,
escuchaba al vizconde con toda atención y sus mira-das me interrogaban y
parecían decirme: ¿Qué piensa usted? ¿Es un hombre o una mujer?
Confieso
que yo misma estuve muy confundida y no hubiese po-dido responder a esta
pregunta. El aspecto del vizconde se parecía al de aquellas jóvenes inglesas
que encontramos a veces en nuestros paseos, a aquellas encantadoras criaturas
cuyos hermosos ojos azu-les, celestes miradas, menudas facciones de virgen, tez
blanca y son-rosada y cabellos con reflejos de oro, parecen que los han
disputado a los ángeles de Rafael. Ese joven no tenía barba ni patillas y solo
un imperceptible bigote rubio guarnecía su labio superior. Sus miem-bros
delgados, su talle fino y su pecho ligeramente sumido anuncia - ban en él una
extrema debilidad de constitución. La indumentaria de ese pequeño silfo estaba
en armonía con su gentil persona.
Un bonito
pantalón gris con polainas de tela sedosa, una leva negra que caía hasta las
caderas, un ancho cuello de terciopelo y una corbata de terciopelo negro hacían
resaltar su fina ropa. Guantes amarillos, un bastoncillo en una mano, en la
otra unos lentes retenidos alrededor del cuello por una cadena de pelo negro:
tal era la toilette del joven diplomático. Si al verlo costaba trabajo
distinguir a qué sexo pertenecía, al escucharlo se quedaba uno aún más
perplejo. Su voz tenía un encanto inexplicable. Bajaba los ojos con un candor
muy difícil de encontrar en un hombre. Su conver-sación era extraña, muy
variada y salpicada de rasgos de originali-dad. Profesaba por todas las damas
una admiración que le dispen-saba sentir amor por alguna. —¡Por lo demás, decía,
no creo ya en el amor! Tenía 22 años. Sí, veintidós primaveras solamente habían
pasado sobre esa cabeza imberbe y en tan poco tiempo la moral lle-gaba a la
decrepitud. El joven vizconde se parecía a aquellos viejos que han gastado la
vida y no les queda nada por aprender sobre la
342
8.
Arequipa
tierra.
Había estado de agregado en las embajadas de Nápoles y de Inglaterra y tuvo en
ambos países esas grandes aventuras amoro-sas que hastían el corazón y secan la
fuente de las más caras ilu-siones. Ávido de sensaciones nuevas sentía un deseo
incesante de ver. Apenas llegó a Río de Janeiro quiso ver más allá. Los hielos
del cabo de Hornos tentaron su curiosidad y sin tener en cuenta la fra-gilidad
de su endeble persona se expuso con su débil pecho al es-pantoso invierno de
los mares polares. Llegó a Valparaíso con una tos seca y en un estado de
extrema delgadez; pero, sin embargo, se entregó a los placeres y después de
permanecer en Chile llevando la vida de los marinos en tierra, cansado de las
beldades chilenas, quiso conocer a las peruanas. Este niño-viejo se parecía
mucho al colibrí que voltejea sucesivamente en las ramas de un árbol sin
posarse sobre ninguna, o como dirían los furieristas, la papillonne11 es su
dominante.
M. de
Sartiges hizo furor entre las damas de Arequipa. Todas ellas querían tener un
mechón de sus rubios cabellos. Cuando pasaba por la calle se ponían a la puerta
para ver al lindo francés de blondos cabellos.12 Las más bonitas de mis amigas
envidiaban mi felicidad de poder hablar con el vizconde. Algunas de ellas me
preguntaban en su sencillez:
—¿Qué le
dice ese encantador vizconde? ¿Le habla de amor?...
—No,
señoras, M. de Sartiges no me habla de amor y eso me hace apreciar más sus
frecuentes visitas.
M. de
Sartiges no vivía en apariencia sino para frívolos goces. Sin embargo, trataba
de instruirse en todo lo que podía. Por supuesto, ponía sus placeres en primera
línea, mas al mismo tiempo recogía aquí y allá datos sobre el país que
recorría. Tomaba muchas notas, interrogaba a las personas capaces y prestaba al
examen de las cosas
11 El sistema pasional de M. Fourier es demasiado
conocido para verme obligada a decir a cuál de nuestras pasiones da el nombre
de papillonne. [N. de la A.].
12 En el Perú, los cabellos rubios y los ojos
azules son los dos géneros de belleza que se estiman más. [N. de la A.].
343
Flora
Tristán
una
atención sostenida. M. Viollier no volvía de su asombro.13 No po-día concebir
cómo ese pequeño ser se exponía voluntariamente a las más rudas fatigas,
soportándolas con valor y desafiando toda especie de peligros únicamente para
satisfacer su fantasía de ver nuevos paí-ses. M. Viollier tampoco pudo
explicarse jamás cómo esa vida erran-te y penosa no había cambiado en nada, ni
modificado el carácter, los gustos y las costumbres del vizconde. M. de
Sartiges encontraba encantador dormir en pleno aire, en el suelo, sobre un saco
y en me-dio de la pampa, y mientras tanto, durante toda su permanencia en casa
de M. Le Bris no cesó de quejarse de la dureza de las sillas que se usaban en
Arequipa. A la hora de la comida ponía sobre su asiento un tapiz doblado en
cuatro. Se quejaba también de la alimentación. No sabían preparar el té, los
helados no valían nada. Pero lo que le desesperaba y le hacía realmente
desgraciado era que las lavanderas del país no supiesen planchar la ropa a su
agrado. El vizconde tenía a su lado para servirle, no a un criado, sino a una
especie de Miguel Morin a quien llamaba su hombre. Era un antiguo militar,
robusto, hábil, inteligente y que entendía un poco de todo. Mi primo Althaus,
que les trazó un itinerario para ir al Cuzco, pretendía que el servidor sabía
más que el amo y por esta razón lo denominó el barón. Nunca hablé con este
último.
M. de
Sartiges se quedó tres semanas en Arequipa. Todos se afa-naron en festejarle lo
mejor que pudieron. Nos reunimos en gran cabalgata para hacerle ver las pocas
cosas curiosas que se encuen-tran en los alrededores de la ciudad. Se le dieron
bailes, comidas y, en suma, no creo que estuviera descontento de la recepción
que se le
13 M. de Sartiges escribió con el nombre de E. S.
de Lavandais un interesante relato so-bre su viaje al Perú que se publicó en la
Eevue des Deux Mondes de París, el 15 de enero, el 1 de marzo y 15 de junio de
1851 con el nombre de “Voyage dans les Républiques de l’Amérique du Sud”. En
él, sin mencionar a Flora, la describe en estas líneas: “Encontré en una de las
buenas casas de la ciudad a una joven señora medio francesa, medio española,
que tenía que reclamar no sé qué de una familia de la ciudad de la que era
pariente. Su vivacidad parisiense contrastaba singularmente con la tranquilidad
aparente de las otras damas que la rodeaban quienes parecían comprender mejor
el espíritu del corazón que el del cerebro”. [N. de la T.].
344
8.
Arequipa
hizo. Se
fue al Cuzco cargado de cartas de recomendación y he tenido el gusto de saber
que le fue muy agradable la relación con M. Miota para quien le di una carta.
Durante
la estada de M. de Sartiges en Arequipa llegó de Lima uno de mis primos
políticos, el hombre más original que he encontrado en mi vida: Althaus, de
quien ya he hablado. Desde la primera en-trevista nos hicimos amigos. Althaus
es alemán, pero habla francés a la perfección, pues ha pasado en Francia gran
parte de su vida. A partir de aquel momento no tuve ya tiempo de reposo. Su
conversa-ción me gustaba mucho, encontraba tantas ocasiones de instruirme que
aproveché de sus disposiciones de bohemio para entablar con él interminables
charlas. Como su esposa, sus hijos y criados estaban con mi tío en Camaná venía
a comer conmigo donde mi prima, de suerte que no nos separábamos. Althaus tiene
una manera de hablar de las personas y de las cosas muy especial en él. En
español, que ha-bla muy bien, así como en francés, encuentra palabras que
describen y caracterizan y se citan enseguida como proverbios. Estuvo en todos
nuestros paseos con M. de Sartiges y todo cuanto me decía respecto a este
hombre-mujer era digno de nota.
—En
resumen, me decía un día, veo, mi querida Flora, que desde hace quince años que
dejé Francia, la juventud de su país no ha me-jorado. En mi tiempo he visto a
jóvenes de la edad de M. de Sartiges que ya tenían dos charreteras y se habían
encontrado en mil lances. Jóvenes fuertes y robustos que resistían el frío y el
calor, el hambre y la sed y toda especie de fatigas. ¡Esos eran hombres! Pero
alfeñiques como su vizconde a quien se tomaría por una marquesita disfrazada,
le pregunto ¿de qué utilidad pueden ser a su país? Sin duda es sim-pático, pero
¿acaso con muñecas de esta naturaleza piensan ustedes hacer avanzar la
civilización?
—Althaus,
usted no aprecia sino la fuerza física.
—Es
porque la fuerza física arrastra siempre consigo la fuerza moral. Ciertamente,
no encontrará usted en una frágil apariencia de mujercilla un César, un Pedro
el Grande o un Napoleón.
345
Flora
Tristán
—Hay que
creer, primo, que los hábitos de la juventud son muy fuertes, pues su buen
sentido natural y sus conocimientos científicos no han podido desarraigar en
usted los gustos del soldado.
—Prima,
es usted encantadora, cuando se rebela contra los soldados. Pero dígame ¿qué
espera de la juventud francesa? ¿Hará ella algo que pue-da acercarse a las
grandes cosas efectuadas por los soldados del Imperio?
Se puede
juzgar por estas pocas palabras el carácter de mi primo Althaus. El hombre ha
desaparecido dentro de su profesión. Soldado, ante todo, encarna por completo
al oficial de fortuna de Walter Scott. Dentro de algunos años ese tipo no se
encontrará más en Europa.
Althaus
hace la guerra desde la edad de 17 años. Sirvió como ofi-cial de ingeniería en
los ejércitos franceses y los aliados. La carrera de las armas es, a sus ojos,
la primera y a la cual deben subordinarse las demás. La ejerce por gusto y se
interesa en los combates, aunque sea indiferente a la causa por la cual se
bate. Le gusta la guerra por ella misma y se enrola con aquel a quien juzga más
hábil. Después de los acontecimientos de 1815 permaneció al servicio de
Alemania. Te-nía un alto grado, buenos emolumentos y hubiese podido llevar una
vida alegre en todas las guarniciones. Mas su actividad guerrera no podía
acostumbrarse al reposo. Necesitaba ejercer su arte, el juego de las batallas,
las fuertes emociones nacidas de los riesgos del éxito y de los reveses, la
alegría del triunfo o la enseñanza de la derrota. Durante tres años esperó las
querellas de los reyes y acogió hasta los más débiles rumores que pudieran
presagiar la guerra, bien decidido a tomar parte y ponerse bajo la bandera de
aquel a quien pareciera favorecer la fortuna. Pero, al ver que eran vanos los
esfuerzos de los periodistas para provocar la continuación de las hostilidades,
que los jefes de los pueblos, menos por moderación que por impotencia,
per-sistían en seguir en paz y que todavía por largo tiempo la juventud de
Europa se encontraba condenada a vegetar en sus hogares, Althaus se decidió
dejar un país sobre el cual, decía, parecía haber caído la maldición de Dios.
Presentó su dimisión, abandonó a su familia que lo amaba tiernamente y como
verdadero aventurero fue al Perú en busca de ocasiones de combatir.
346
8.
Arequipa
Al llegar
a Lima, Althaus se presentó al jefe del gobierno y sin más recomendación que su
buena presencia y su paso marcial fue reci-bido con distinción y empleado según
sus deseos. Acostumbrado a las proporciones gigantescas de las guerras del
Imperio, Althaus no hubiese podido imaginar que se pensaba entrar en campaña
con un ejército menor de 50 mil hombres. Se sintió completamente desilu-sionado
cuando se le dijo que el cuerpo del ejército, cuyo mando se le confiaba, se
componía de ochocientos hombres. Cuando vio a los soldados peruanos mal
equipados, sin ninguna noción de táctica ni de disciplina militar, cobardes y
casi sin ninguna de las virtudes del guerrero, el pobre Althaus quedó
petrificado y creyó que se burlaban de él. El desgraciado se sintió tentado de
abandonar América y acu-dir a los campos de Grecia donde tenía noticias de que
había guerra entre la cruz y la media luna. Pero Althaus aborrece el mar. Había
sufrido mucho en el viaje que acababa de hacer y la inmensa dis-tancia que
separa el país de los helenos del de los incas le hizo temer que no llegaría
sino para ser testigo del final de la lucha. Se resignó, pues, a quedarse en el
Perú. Reflexionó que en este país nuevo sus talentos de ingeniero podían
emplearse de mil maneras; propuso al gobierno levantar el plano topográfico del
territorio y encargarse de todos los trabajos de esta clase que se juzgara
conveniente empren-der. Su propuesta fue aceptada. Quedó en el ejército peruano
en cali-dad de coronel de ingeniería, fue nombrado ingeniero y geógrafo en jefe
de la República y encargado de la ejecución del mapa del Perú. Se le asignaron
600 pesos al mes (3 mil francos) fuera de sus gastos de viaje. Tuvo dos
ayudantes agregados a su persona, como jefe de la ingeniería militar, y dos
ayudantes geógrafos para los trabajos topo-gráficos. Hacía catorce años que
Althaus vivía en el Perú. Se había encontrado en todos los combates sin haber
recibido jamás la menor herida en ninguno de ellos. En 1825 vino a Arequipa en
el séquito de Bolívar y se alojó en casa de mi tío Pío a quien conocía mucho.
Cono-ció a mi prima Manuela de Flores, hija de una hermana de mi padre, se
enamoró de ella, se hizo amar de la joven y venciendo una ligera oposición la
obtuvo de mi tío, tutor de Manuela que era huérfana.
347
Flora
Tristán
Althaus
se casó con mi prima en 1826. Tenían, cuando estuve en el Perú, tres hijos: dos
hombres y una mujer.
Althaus
tiene todas las virtudes que honran al hombre y, al mis-mo tiempo, defectos
aparentemente inconciliables con sus cualida-des y que deben atribuirse al
largo ejercicio de su profesión. Se acusa a mi primo de ser duro. Se le
reprocha la severidad de sus exigencias y el rigor de los castigos que impone a
sus soldados y subordinados. Estoy muy lejos de excusar semejantes defectos,
pero haré notar, sin embargo, que a un veterano de los ejércitos de Alemania le
sería pre-ciso ser más que un ángel para no ser duro y hasta violento al
man-dar a los peruanos; sería de desear, para el progreso de la civilización,
que el Perú tuviese hombres del temple de Althaus a la cabeza de to-dos los
servicios públicos. Amable con todo el mundo, a mi primo le agrada prestar
servicios y los ha prestado hasta a sus enemigos. Es caritativo con los pobres,
generoso con todos los que lo rodean, buen padre, buen esposo, aunque a veces
un poco brusco e idólatra de sus hijos. Muy laborioso, tiene una gran paciencia
para sus investigacio-nes, estudios y trabajos de toda índole. Posee una rara
inteligencia, conocimientos profundos y casi universales. Su espíritu es
sardónico en exceso. La franqueza y la extravagancia de sus expresiones
sobre-pasan todo cuanto se podría decir. Se ríe de todo, ve siempre el lado
chistoso, coge el ridículo de las cosas y de las personas con tanta pre-cisión
y lo manifiesta con tanta libertad que los más valientes se es-tremecen.
Althaus no es querido. Es demasiado severo en el ejercicio de sus deberes y ha
herido el amor propio de muchos. Se le teme de tal manera que a menudo se
desvían de su camino para evitar su en-cuentro. Althaus tenía entonces 48 años.
Su físico es el de un alemán rubio, grueso y fuerte. Es un hombre cuadrado,
infatigable, puntual en todos sus deberes y de una gran lealtad en sus tratos.
Althaus
evitaba con cuidado hablarme del motivo de mi viaje y a este respecto dejaba la
decisión a don Pío quien, como resultado de una larga costumbre, trataba todos
los negocios de la familia. Mi tío había administrado durante cuarenta años la
fortuna de mi abuela y a raíz de la rendición de cuentas y de los arreglos de
la sucesión,
348
8.
Arequipa
Althaus,
militar franco, poco versado en materia de intereses y te-niendo que hacer
frente a un hombre de la fuerza de mi tío, no ob-tuvo la mejor parte. Fue
perjudicado en todo. Se quejaba, entre otras cosas, de que todas las buenas
tierras de Camaná se encontraban dentro del lote de mi tío, mientras las malas
habían sido dejadas en las partes de Manuela y de la hija de mi prima Carmen.
De Camaná
mi tío había ido a Islay para tomar baños de mar. Me pareció evidente que
afectaba demostrar que no me temía al diferir con diversos pretextos su regreso
a Arequipa. Desde hacía tres meses vivía en su casa y lo esperaba. Por fin me
anunció su salida de Islay y me invitó a ir a su encuentro, si esto me
convenía, hasta su casa de campo donde pensaba detenerse.
Iba,
pues, a ver a este tío en quien se cifraban ahora todas mis espe-ranzas, al
hombre que debía todo a mi padre, su educación, su ascenso y, por consiguiente,
sus éxitos en el mundo. ¿Qué acogida iba a dispen-sarme? ¿Qué sensación
experimentaría a su vista? A este pensamiento mi corazón latía con violencia.
En mi juventud quise yo tanto a este tío a quien mi imaginación me representaba
como un segundo padre y sufrí tanto cuando mi madre me dijo: “Tu tío te ha
abandonado”, que nunca pensaba en él sin sentir la más viva emoción.
El 3 de
enero, hacia las cuatro de la tarde, monté acaballo acom-pañada de mi querido
primo Manuel, de Althaus, del bueno de M. Viollier, mis tres íntimos, y seguida
de una multitud de otras perso-nas, quienes venían más bien para satisfacer su
curiosidad que por interés por mí o atención hacia don Pío de Tristán. Nos
dirigimos a la hermosa casa de campo que mi tío llama simplemente su chacra.14
Está situada a legua y media de la ciudad. Cuando nos acercamos, Manuel y
Althaus se adelantaron para anunciarme. Poco después vi a un jinete que venía a
toda velocidad. Exclamé, ¡mi tío! Lancé mi ca-ballo y en un instante me
encontré a su lado. Lo que sentí entonces no podría expresarlo sino
imperfectamente con las palabras. Tomé su mano y apretándola con cariño le
dije:
14 En el Perú se usa esta palabra para designar
una casa de campo. [N. de la A.].
349
Flora
Tristán
—¡Oh,
tío! ¡Qué necesidad tengo de su cariño!...
—¡Hija
mía!, lo tiene por completo. La quiero como a mi hija. Us-ted es mi hermana,
pues su padre me sirvió de padre. ¡Ah!, mi querida sobrina, qué feliz soy de
verla, de contemplar las facciones que me recuerdan tan fielmente las de mi
pobre hermano. Es él, él, mi her-mano, mi querido Mariano, en la persona de
Florita. Me atrajo hacia sí, incliné mi cabeza sobre su pecho con riesgo de
caer del caballo y permanecí así mucho tiempo. Me levanté bañada en lágrimas,
logré recuperar mi calma y fui por delante con mi tío sin hablar. Al entrar en
el patio, mi tía, que es también mi prima porque es hermana de Manuela, vino
hacia mí, y me acogió graciosamente; pero en el fondo de ella adiviné una gran
sequedad de alma. Abracé a sus hijos: tres mujeres y un varón. Los cuatro me
parecieron muy fríos. En cuan-to a mi prima Manuela no fue lo mismo. Se echó en
mis brazos, me abrazó con ternura y con los ojos llenos de lágrimas y con voz
emo-cionada me dijo:
—¡Ah,
prima mía! ¡Cuánto he deseado conocerla! Desde que tuve noticia de su
existencia la quiero, admiro su valor y deploro sus sufrimientos.
Nos
quedamos cerca de dos horas en este sitio de campo. Me pa-seaba por el jardín
con mi tío. No podía cansarme de oírlo. Hablaba el francés con una pureza y una
gracia encantadoras. Estaba en-cantada de su espíritu y su amabilidad me
fascinaba.
A las
siete nos pusimos en camino hacia Arequipa. Mi tío subió en su hermosa y fogosa
yegua chilena. La habilidad y gracia con que la conducía denotaban que su
educación ecuestre había tenido lugar en Andalucía. Esta vez también estuve a
la cabeza de la nume-rosa caballada. Mi tío, a mi derecha, no cesaba de
conversarme de la manera más amistosa.
Al llegar
a la casa encontramos a mi prima Carmen ocupada en hacer los honores, en el
gran salón, a los numerosos visitantes que habían venido para recibir a don Pío
y a su familia. Mi prima hizo preparar una comida soberbia. Mi tía invitó a
todas las personas pre-sentes. Algunos aceptaron; otros se quedaron a conversar
o fumar.
350
8.
Arequipa
Permanecí
mucho rato con mi tío. Su conversación tenía para mí un atractivo irresistible.
Fue necesario, sin embargo, retirarse y aunque era tarde lo dejé con pesar.
Estaba encantada y gozando de la dicha de encontrarme cerca de él, no me
atrevía a reflexionar en lo que debía esperar, por completo subyugada por el
encanto que esparcía en torno a mí.
351
Tomo
segundo
1. Don
Pío de Tristán y su familia
Mi tío no
tiene cara de europeo. Ha sufrido la influencia que el sol y el clima ejercen
sobre el organismo humano, así como sobre todo cuanto existe en la naturaleza.
Nuestra familia es, sin embargo, de pura sangre española y tiene esto de
notable: los numerosos miem-bros que la componen se parecen todos entre sí. Mi
prima Manuela y mi tío son los únicos totalmente diferentes de los demás. Don
Pío solo tiene 5 pies de estatura. Es muy delgado y endeble, aunque de
constitución robusta. Su cabeza es pequeña y está guarnecida de ca-bellos que
recién empiezan a encanecer. El color de su piel es amari-llento. Sus facciones
son finas y regulares; sus ojos azules, chispean - tes de espíritu. Tiene toda
la agilidad del habitante de las cordilleras. A su edad (tenía entonces 64
años) era más ligero y activo que un francés de veinticinco. Al verlo por
detrás se le hubiese dado treinta años y de frente a lo más cuarenta y cinco.
Su
espíritu reúne la gracia francesa, la astucia y la obstinación propias del
habitante de las montañas. Su memoria y su aptitud para todo son
extraordinarias. Nada hay que no comprenda con admira-ble facilidad. Su trato
es suave, amable y lleno de encanto. Su conver-sación es muy animada, brillante
y con salidas de ingenio. Es muy alegre y si a veces se permite algunas bromas
son siempre de buen gusto. Ese exterior seductor no se contradice jamás. Todo
cuanto dice, los gestos que acompañan sus palabras y hasta su manera de
355
Flora
Tristán
fumar un
cigarrillo revelan al hombre distinguido, cuya educación ha sido esmerada, y se
admira uno al descubrir al hombre de corte en el militar que ha pasado
veinticinco años de su vida en medio de los soldados. Mi tío tiene el talento
exquisito de hablar a cada cual en su lenguaje. Cuando se le escucha está uno
de tal modo fascinado por sus palabras que se olvidan las quejas que se tienen
contra él. Es una verdadera sirena. Nadie todavía ha producido sobre mí el
efecto mágico que él ejercía sobre todo mi ser.
A todas
estas brillantes cualidades que hacen de don Pío de Tris-tán uno de esos
hombres de excepción destinados por la Providen-cia a conducir a los demás, se
une una pasión dominante, rival de la ambición y que esta no ha podido
reprimir: la avaricia. Esta le hace cometer los actos más duros; sus esfuerzos
para ocultar una pasión que lo desacredita, lo hacen proceder a veces en una
forma muy ge-nerosa. Si no fuese visible para todos no sentiría la necesidad de
des-mentirla. Sus generosidades accidentales pueden muy bien echar un velo de
ambigüedad sobre el fondo de su carácter ante los ojos de los observadores
descuidados, pero no podrían hacerse ilusiones sus ín-timos y quienes mantienen
con él relaciones continuas.
Poco
tiempo después de su regreso a España mi tío se casó con su sobrina, la hermana
de Manuela. Mi tía se llama Joaquina Flores. Debe haber sido, sin
contradicción, la más hermosa persona de toda la fa-milia. Cuando la vi podía
tener unos 40 años y era todavía muy bella. Sus numerosos partos (había tenido
once hijos), más que los años, ha-bían marchitado su belleza. Sus grandes ojos
negros son admirables de forma y de expresión, su piel dorada y limpia, sus
dientes, de la blancura de las perlas, le daban mucho esplendor. Mi tía me daba
una idea de lo que debió ser Mme. de Maintenon. Ha sido formada por mi tío y,
aunque su primera educación haya sido muy descuidada, cierta-mente la discípula
hace honor al maestro. Joaquina estaba hecha para ser regente de un reino o
amante de un rey septuagenario.
Su gran
talento es el de hacer creer, hasta a su marido por más astuto que este sea,
que no sabe nada y que se ocupa únicamente de sus hijos y de su hogar. Su gran
devoción, su aire humilde, dulce,
356
1. Don
Pío de Tristán y su familia
sumiso,
la bondad con que habla de los pobres, el interés que de-muestra a las gentes
modestas que la saludan cuando pasa por las calles, la timidez de sus maneras y
hasta la extrema sencillez de sus vestidos, todo anuncia en ella a la mujer
piadosa, modesta y sin am-bición. Joaquina ha adoptado una sonrisa amable, un
sonido de voz halagüeño para acercarse a los partidarios de quienes se disputan
el poder. Sus maneras son sencillas, su espíritu penetrante, su elo-cuencia
persuasiva y sus hermosos ojos se llenan de lágrimas con la menor emoción. Si
esta mujer se hubiese encontrado colocada en una situación proporcionada a sus
capacidades, habría sido uno de los personajes más notables de la época. Su
carácter está moldeado por las costumbres peruanas.
Desde el
primer momento Joaquina me inspiró una repulsión ins-tintiva. Siempre he
desconfiado de las personas cuya graciosa son-risa no está en armonía con su
mirada. Mi tía ofrece al ojo avizor la representación de esta discordancia, a
pesar de su cuidado en poner de acuerdo el tono de su voz con la sonrisa de sus
labios. Su cortesía causa la admiración de quienes la conocen pues en el Perú
lo que más se estima es la falsedad. Un día Carmen, después de haberme hecho la
enumeración de los mejores diplomáticos del país, me dijo con un suspiro de
envidia:
—¡Pero
ninguno de los que acabo de citar ¡guala a Joaquina! Ima-gínese, Florita, ha
llegado a tal grado de perfección que recibe a su más encarnizado enemigo con
la misma calma y amabilidad que a su amigo más íntimo. Jamás deja ver sobre su
rostro el más ligero indicio de los sentimientos que la agitan. ¡Oh! Es una
mujer extraor-dinaria. Hubiese representado un gran papel en las cortes de
España; pero aquí ese hermoso talento está perdido, pues nada o poca cosa hay
que hacer.
Joaquina
hace gran alarde de religiosidad. Observa todas las prác-ticas supersticiosas
del catolicismo con una puntualidad fatigante para quienes la rodean. Mas es
preciso conciliarse el favor del clero y la veneración de la multitud gazmoña,
y nada hay penoso para los intereses de su ambición. Halaga a los pobres con
dulces palabras,
357
Flora
Tristán
pero no
consuela su miseria como su inmensa fortuna le permitiría hacerlo. La religión
no es en ella esa cualidad del alma que se mani-fiesta por el amor a sus
semejantes. La suya no la empuja a ningún sacrificio, a ningún acto de
abnegación. Para ella es un instrumento al servicio de sus pasiones y un medio
de acallar el remordimien-to. Más ávara que su marido, Joaquina comete actos de
una irritante dureza. Su egoísmo paraliza en ella todo movimiento generoso.
Bajo apariencias de humildad oculta un orgullo y una ambición sin me-dida. Le
gusta la sociedad y sus pompas, el juego con furor, la buena mesa con
sensualidad y engríe a sus hijos para que no la importunen de manera que son
muy mal educados. Consagrados por entero a su ambición y a su avaricia, los
padres no se ocupan de ellos en lo me-nor y aunque Arequipa ofrece recursos
para la instrucción, pues hay maestros de dibujo, de música y de lengua
francesa, a los hijos de mi tío no se les instruye en nada, ni poseen nociones
de alguna especie de talento. El mayor tenía, sin embargo, 16 años. Los otros,
12, 9 y 7.
La
hermana de Joaquina, Manuela Flores de Althaus, no se le pa-rece en nada. Es
una de aquellas encantadoras criaturas que el arte imita, pero no moldea, y que
embellecen y vivifican todo no parecien-do felices sino con la dicha que
derraman a su alrededor. Mi prima Manuela es en Arequipa lo que son en París
las elegantes del barrio de Gante o de Bouffé. Es la mujer modelo a quienes
todos envidian o tratan de imitar. Manuela no perdona cuidados ni gastos para
poner-se al corriente de las nuevas modas. Recibe el periódico que les está
consagrado y sus corresponsales le hacen llegar los nuevos vestidos a medida
que estos aparecen. M. Poncignon considera a mi prima como su mejor clienta y
la llama antes que a ninguna otra señora de la ciudad para que escoja las
novedades que recibe. En esto M. Pon-cignon procede con mucho discernimiento
pues si Manuela recibe la moda de las parisienses, es ella quien la da a las
arequipeñas. La mejor costurera, permanente en su casa, copia las toilettes
represen-tadas en los grabados con tal exactitud que a menudo, al ver a mi
prima, creería ver a una de esas gentiles señoras que adornan el esca-parate de
Martinet en la calle de Coq. Este servilismo en la imitación
358
1. Don
Pío de Tristán y su familia
perjudicaría
a muchas otras, pero Manuela están graciosa que sobre ella todo se embellece,
todo es encantador. Sus lindas facciones, la expresión de su fisonomía tan
espiritual como alegre, su aire distin-guido, sus maneras afables y su paso
ligero y elegante se armonizan con todos los vestidos por extraños que
parezcan.
Manuela,
así como mi tío Pío, no se parece ni por las facciones ni por el carácter a los
demás miembros de la familia. Es gastado-ra hasta la prodigalidad. El lujo y el
refinamiento en todo son para ella indispensables. Sería en realidad
desgraciada si no tuviese ca-misas de batista adornadas con encajes, bonitas
medias de seda y zapatos de raso de los mejor hechos. No hay mujerzuela en
París que use más que ella, perfumes, pastas, pomadas, baños y cuidados de toda
especie para su persona. Por el perfume que exhala se creería uno rodeada de
magnolias, rosas, heliotropos y jazmines. Y las flores tan frescas como
hermosas que constantemente adornan su cabeza la harían suponer consagrada a su
culto. Su casa está arreglada con mucho lujo. Sus esclavos están bien vestidos
y sus hijos son los mejor puestos de toda la ciudad, sobre todo la niñita, que
es un amor, ¡a tal punto es simpática y bien ataviada! Manuela no tiene nada de
la se-riedad española, es de una alegría loca, aturdida, ligera y de una
pue-rilidad cuyo candor contrasta con esa cortesía rastrera y disimulada de la
sociedad peruana. Busca las diversiones con pasión. Le agradan todas. Los
espectáculos, bailes, soirées, paseos y visitas son sus más caras ocupaciones y
con todo no bastan a su actividad. Encuentra tiempo para interesarse en la
política, para leer todos los periódicos y estar perfectamente enterada de
todos los asuntos de su país y de los de Europa. Ha aprendido hasta francés
para poder leer los perió-dicos publicados en Francia. Además, sostiene una
correspondencia continua y voluminosa con su marido, que está casi siempre
ausente, y con muchas otras personas. Escribe muy bien y con una facilidad
sorprendente. Reúne a todas estas ventajas las cualidades del cora-zón: es muy
generosa y de una sensibilidad que se encuentra muy rara vez. Manuela está
hecha para vivir en las sociedades de élite que ofrecen las grandes capitales
de Europa en donde podría brillar con
359
Flora
Tristán
vivo
esplendor. Pero ¡ay!, la pobre prima se halla reducida a gastar su rico
temperamento en medio de un mundo en el cual las peque-ñas intrigas no se
avienen con su carácter. Sus elegantes toilettes, que en los suntuosos salones
de París encantarían a una multitud, son cosa perdida en las reuniones de
Arequipa y para la clase de gentes que las forman bien podría evitarse tanto
trabajo. Mas el adorno es para su naturaleza como la belleza del plumaje para
los pájaros de su país: nacida reina, brilla en un oasis del desierto. Según el
retrato que acabo de trazar de mi prima, se admirará uno quizá de que haya
escogido por marido a un soldado como Althaus, cuyas maneras simpatizan poco
con las de esta mujer tan graciosa, tan refinada y perfumada; pero a pesar de
todo se llevan muy bien. Manuela quiere mucho a su marido, soporta todas sus
brusquedades sin asustarse en lo menor y no por eso deja de hacer sus cuatro
voluntades. Althaus, por su lado, quiere a su esposa y se lo prueba con todas
las atenciones que tiene para ella. La deja de dueña absoluta, le compra todo
cuanto cree que le puede gustar y goza con los adornos con que engalana su
hermosura. El ejemplo de este hogar prueba que los contrastes se armonizan a
veces mejor que las similitudes.
Los
primeros días de la llegada de mi tío se pasaron en conversar. No me cansaba de
escucharlo. Me refirió la historia de toda nuestra familia, deploró la
fatalidad que le había privado de conocerme an-tes y, en fin, me habló con
tanta bondad y cariño que olvidé su con - ducta anterior y creí poder contar
con su justicia respecto a mí. Pero ¡ay!, no tardé en desengañarme. Un día que
hablábamos de asuntos de familia me pareció que deseaba enterarse del motivo de
mi viaje al Perú. Le dije que, como no tenía en Francia parientes ni fortuna,
ha-bía venido a buscar auxilio y protección al lado de mi abuela; pero, al
tener noticia de su muerte en Valparaíso, apoyaba ahora en su afecto y en su
justicia todas mis esperanzas.
Esta
respuesta pareció inquietarlo y desde sus primeras palabras sobre este tema
quedé petrificada de admiración y de dolor.
—Florita,
me dijo, cuando se trata de negocios, no conozco sino las leyes y pongo de lado
toda consideración particular. Usted me
360
1. Don
Pío de Tristán y su familia
muestra
una partida de bautismo en la que está usted calificada de hija legítima. Pero
no me presenta el certificado de matrimonio de su madre, la partida del estado
civil establece que usted ha sido inscrita como hija natural. Con este título
tiene usted derecho al quinto de la sucesión de su padre. Ya le he enviado las
cuentas de los bienes que él dejó y que yo había quedado encargado de
administrar. Usted ha visto que he tenido apenas con qué pagar las deudas que
contrajo en España, mucho tiempo antes de pasar a Francia. En cuanto a la
sucesión de nuestra madre usted sabe, Florita, que los hijos natura-les no
tienen ningún derecho sobre los bienes de los ascendientes de sus padres. Así,
pues, no tengo nada suyo, mientras no dé a conocer una partida revestida de
todas las formas legales que compruebe el matrimonio de su madre con mi
hermano.1
Mi tío
habló sobre este tono durante más de media hora y la se-quedad de su voz y la
expresión de sus facciones demostraba que se hallaba en uno de esos momentos en
los cuales el hombre está poseído por entero por su pasión dominante. Era el
ávaro descrito por Walter Scott, el padre de Rebeca, quien cuenta una por una
las piezas de oro de su saco y las vuelve a colocar sin dar nada al que aca-ba
de hacérselas encontrar. ¡Oh! ¡Cómo se empequeñece el hombre, cómo se envilece
cuando se deja tiranizar así por pasiones que aho-gan en él los sentimientos de
la naturaleza! Estaba en el escritorio de mi tío, sentada sobre un sofá y él se
paseaba a lo largo hablando
1 Don Pío de Tristán refutaba a Flora con la
verdad, ya que esta no tenía ningún derecho –fuera del quinto– a la sucesión de
su padre. La ley que entonces regía en el Perú –que era la española– no
consideraba herederos a los hijos naturales. La ley no les concedía derechos
sobre los bienes de su padre o madre muertos sino cuando habían sido legalmente
reconocidos Tampoco les concedía ningún derecho sobre los bienes de los
ascendientes de su padre o madre, según puede verse en la recopilación de Leyes
de Toro. Y en el Fuero Real decía: “Son herederos forzosos los hijos
descen-dientes legítimos con exclusión de los naturales a quienes solo se puede
dejar el quin-to [...]”. Por eso M. L. Vidaurre en su Proyecto de Código Civil
Peruano, publicado en 1834, proponía modificar la ley en este sentido: “Los
hijos naturales son herederos legítimos de los padres en la tercera parte” y
más adelante: “El derecho de los hijos naturales es el mismo y en los mismos
casos para con los abuelos y demás ascendientes” (pp. 23 y 24). [N. de la T.].
361
Flora
Tristán
mucho,
como un hombre que trata de persuadirse a sí mismo de que no comete una mala
acción. Yo veía lo que pasaba dentro de él y le tenía piedad. Los malos son
desgraciados, hay que compadecerlos. Los vicios no dependen de ellos. Son los
amos que nos han dado las instituciones sociales y al yugo de los cuales solo
las naturalezas pri-vilegiadas pueden sustraerse.
—Tío, le
dije, ¿está usted bien seguro de que soy hija de su hermano?
—¡Oh! Sin
duda, Florita. Su imagen se reproduce en usted dema-siado fielmente para
ponerlo en duda.
—Tío,
usted cree en Dios. Cada mañana entona sus alabanzas y observa con exactitud
los ritos de la religión. ¿Supone que Dios pue-de ordenar al hermano que
abandone a la hija de su hermano, que la desconozca y la trate como a una
extranjera? ¿Piensa usted no in-fringir la ley cuyo divino sello está en
nosotros, negándose a entregar a la hija la herencia de su padre? ¡Oh! No, tío,
tengo la convicción de que no será usted sordo a la voz de su alma, no mentirá
a su concien-cia ni renegará de Dios.
—Florita,
los hombres han hecho las leyes. Estas son tan sagra-das como los preceptos de
Dios. Sin duda debo quererla y la quiero a usted, en efecto, como a la hija de
mi hermano. Pero como la ley no le confiere ningún título a la herencia que le
hubiese correspondido a mi hermano no le debo nada de lo que habría podido
pertenecerle. Le toca solamente el quinto de aquello que poseía en el momento
de su muerte.
—Tío, el
matrimonio de mi padre con mi madre es un hecho no-torio. No ha sido disuelto
sino por la muerte. Este matrimonio, ce-lebrado por un sacerdote como usted
sabe, no ha sido, convengo en ello, revestido de las formalidades prescritas
por las leyes humanas. He sido la primera en anunciárselo. Pero la buena fe
¿podría invocar un derecho por la omisión de esas formalidades para apropiarse
del pan de la huérfana? ¿Piensa usted que podían faltarme los medios de suplir
esas fórmulas omitidas si hubiese dudado de su justicia? ¿Cree usted que me
habría sido difícil obtener en una de las iglesias de
362
1. Don
Pío de Tristán y su familia
España un
título que regularizase el matrimonio de mi madre? Provis-ta de esta pieza en
vano habría usted podido negarme la parte corres-pondiente a mi padre. No
hubiese podido privarme de un solo óbolo. Antes de mi partida he consultado con
muchos abogados españoles. Todos me aconsejaron proveerme de semejante título y
me indicaron el medio que debía emplear para procurarlo. Pues bien, tío, he
recha-zado esos consejos y mi correspondencia debe hacerle añadir fe a mis
palabras. Los he rechazado porque creí en su afecto y porque solo de su
justicia quería obtener la fortuna que me podía tocar.
—Pero
Florita, no concibo por qué se obstina usted en creerme in-justo. ¿Soy
depositario de sus dineros? ¿Tiene derecho a reclamarme un peso?
—Sea,
tío. Puesto que se encastilla usted en la letra de la ley, tiene razón y sé por
lo demás que bajo la denominación de hija natural no tengo derecho a la
herencia de mi abuela. Pero como hija de su hermano a quien usted le debe todo
¿no tengo derecho a su recono-cimiento particular? Pues bien, tío, es ese
reconocimiento el que in-voco. No pido a usted ni a los coherederos los 800 mil
francos que cada uno de ustedes ha recibido. Solo le pido la octava parte de
esa suma, lo justo para tener con qué vivir de manera independiente. Mis
necesidades son muy restringidas y mis gustos modestos. No me agrada la
sociedad ni su lujo. Con 5 mil francos de renta podría vivir en cualquier parte
libre y feliz. Ese don, tío, colmará todos mis votos. No quiero deberlo sino a
usted solo. Yo lo bendeciré y mi vida no será nunca bastante larga para poder
satisfacer la gratitud que sentiría.
Al decir
estas palabras fui a su lado. Tomé una de sus manos y la apreté fuertemente
contra mi corazón. Mi voz estaba entrecortada por mis lágrimas. Lo miraba con
una expresión inefable de ternura, de ansiedad y de reconocimiento y esperaba,
temblando, la respues-ta que parecía meditar.
—Querido
tío ¿consiente usted, no es cierto, en hacerme feliz? ¡Ah! ¡Qué Dios le conceda
larga vida! Mi felicidad y mi gratitud van a derramar dulzura y quietud y le
pagarán así con creces todo cuanto haga por mí.
363
Flora
Tristán
Mi tío
salió de su silencio con un movimiento brusco.
—Pero,
Florita ¿cómo, pues, entiende usted este asunto? ¿Piensa usted que yo puedo
darle 20 mil pesos? ¡Es una suma enorme!... ¡¡¡20 mil pesos!!!
No podría
explicar el efecto súbito que la brusquedad y la dureza de esta respuesta
produjeron en mí. Lo que puedo decir es que al esta-do de sensibilidad en que
me hallaba desde el principio de la conver-sación sucedió un acceso de
indignación tan violento, la conmoción que sentí fue tan fuerte, que creí
llegado mi último instante. Me pa-seaba por el cuarto sin poder hablar. De mis
ojos brotaban relámpa-gos, mis músculos estaban rígidos. No hubiese entonces
oído caer el rayo. No sabía lo que mi tío me decía. Estaba en uno de aquellos
mo-mentos en que el alma se comunica con una potencia sobrehumana.
Me detuve
delante de él, le apreté el brazo con fuerza y hablé en un tono de voz que no
me había oído nunca:
—¿Así,
pues, don Pío, con sangre fría y con premeditación, recha-za usted a la hija de
su hermano, de ese hermano que le sirvió de padre, a quien debe usted su
educación, su fortuna y todo lo que es usted? En reconocimiento de lo que usted
debe a mi padre, usted que posee 300 mil francos de renta, ¿me condena
fríamente a sufrir la miseria? ¡Cuando usted tiene un millón y más, usted me
abandona a los horrores de la pobreza, me entrega a la desesperación, me obliga
a despreciarlo, usted a quien mi padre me enseñó a amar, usted, el único
pariente sobre quien descansaban todas mis esperanzas! ¡Ah! ¡Hombre sin fe, sin
honor, sin humanidad, yo lo rechazo a mi vez! ¡No soy de su sangre, le entrego
a los remordimientos de su conciencia! No quiero ya nada suyo. Desde esta tarde
saldré de su casa y mañana toda la ciudad conocerá su ingratitud para con la
memoria de ese hermano que provoca sus lágrimas cada vez que pronuncia su
nom-bre, su dureza para conmigo y la manera cómo ha burlado la impru-dente
confianza que yo había depositado en usted.
Salí del
gabinete y entré en mi gran sala abovedada. Me hallaba en un estado de
exasperación y de sufrimiento que las palabras no podrían hacer concebir.
Escribí enseguida a M. Viollier. Cuando este
364
1. Don
Pío de Tristán y su familia
llegó le
rogué buscarme un alojamiento y le confié mi deseo de no permanecer por más
tiempo en casa de mi tío. Me suplicó esperar dos días, pues M. Le Bris debía
llegar de Islay al día siguiente.
Mi tío
había ido enseguida a comunicar a toda la familia mis in-tenciones hostiles.
Althaus quedó encargado de traerme palabras de paz. Le referí la escena que
acababa de tener con don Pío.
—Eso no
me admira, me dijo. Después de todo lo que usted sabe de él, hubiese debido
esperarlo. Pero, mi querida Flora, antes de ha-cer escándalo y de atraerse
pesares más vivos aún, veamos si no es posible arreglar las cosas. Si usted
tiene algunos derechos, no seré yo ni Manuela quienes los pondremos en duda. Se
reharán las par-tes, tendremos cada uno lo que es nuestro y todo quedará
terminado. Don Pío y el tío de Margarita (la hija de mi prima Carmen) son dos
abogados muy astutos, pero usted podría escoger al doctor Valdivia, quien
ciertamente está a la altura de poder luchar con ellos. Si usted persiste en
querer salir de la casa de don Pío le ofrezco la nuestra y aunque litiguemos el
uno contra el otro no por eso dejaremos de ser buenos amigos.
Manuela
vino a hacerme los mismos ofrecimientos, me demostró mucho interés y me prodigó
todos los consuelos que pudo.
Por la
noche no pude gustar de un solo instante de reposo. La fie-bre agitaba mi
sangre y me impedía permanecer extendida sobre mi lecho. No podía estar en el
mismo sitio. Iba y venía y hasta me
vi obligada a salir al patio para respirar el
aire fresco de la maña-na. ¡Oh, qué sufrimiento era el mío! ¡Destruida mi
última esperan-za! Esta familia a la que había venido a buscar desde tan lejos,
cuyos miembros me presentaban el egoísmo en todos sus aspectos, en to-das sus
fases, fríos, insensibles a la desgracia de otro, ¡como estatuas de mármol! ¡Mi
tío, el único de ellos que había vivido con mi padre, de quien había sido tan
amado, quien había depositado en él toda su confianza! ¡Mi tío, cuyo afecto me
había abandonado por completo, mi tío, cuyo corazón a muchos títulos debió
compadecer los sufri-mientos del mío, se mostraba a mí con toda la árida
desnudez de su avaricia y de su ingratitud! Fue también una de esas épocas de
mi
365
Flora
Tristán
vida en
la que todos los males de mi destino se dibujaron ante mis ojos con todo cuanto
tenían de cruel tortura. Nacida con todas las ventajas que excitan la ambición
de los hombres, estas no me eran mostradas sino para hacerme sentir la
injusticia que me despojaba de su goce. Veía abismos por donde quiera; a las
sociedades huma-nas, organizadas contra mí; seguridad y simpatía en ninguna
parte. ¡Oh, padre mío!, exclamaba involuntariamente, ¡cuánto mal me has hecho!
¡Y tú, madre mía! ¡Ah, madre mía! Te perdono, pero el cúmulo de males que has
amontonado sobre mi cabeza es demasiado pesa-do para las fuerzas de una sola
criatura. En cuanto a usted, don Pío, hermano más criminal que lo fue Caín al
matar a su hermano de un solo golpe, pues usted asesina a la hija del suyo con
mil tormentos, no le entrego a su conciencia porque no tiene conciencia quien
como usted se prosterna tarde y mañana al pie de la cruz y tarde y mañana
desmiente con sus actos las santas palabras de sus oraciones. Solo las pasiones
son los dioses de su fe: el dios de la suya es el oro. Así, por un poco de oro,
usted desgarra mi corazón, usted lleva la desesperación y el odio a un alma que
Dios había creado para amar a sus semejan-tes y elevarse hasta Él por la
meditación. ¡Oh, tío mío! ¿Quién podrá hacerle comprender la extensión de los
males que su execrable ava-ricia me condena a sufrir? Pero no. Ese hombre nada
siente fuera del único goce de contemplar su oro. ¡Pues bien!, exclamé en un
momen-to en que me sentí con una irresistible necesidad de venganza: ¡deseo que
pierdas la vista!
Por la
mañana mi cuerpo estaba agotado de cansancio y sin tener el menor deseo de
dormir o de comer. La exaltación de mi cerebro me sostuvo así durante cinco
días.
A la
mañana siguiente fui a ver al presidente de la Corte de Jus-ticia, hombre muy
versado en las leyes y le confié mi situación. Me dijo que cuando mi tío
recibió mi primera carta fue a consultarle y a la lectura de aquella carta él,
antiguo abogado, había dicho a don Pío que no se inquietara en lo absoluto por
las pretensiones que pudiese tener la hija de su hermano puesto que no tenía
derecho a reclamar, sino el quinto de los bienes dejados por su padre.
366
1. Don
Pío de Tristán y su familia
—Señorita,
agregó, nunca he comprendido cómo pudo usted es-cribir semejante carta... Don
Pío mismo quedó sorprendido de tal modo que la hizo leer a un francés, temiendo
haberse equivocado en el sentido de su contenido. Esta carta la ha perdido. Se
puede decir que usted misma se ha cortado en cuatro la cabeza.
El señor
presidente me invitó, sin embargo, a consultar con uno de los mejores abogados
para no tener reproche alguno que hacerme. Consulté con dos y ambos opinaron
que había materia para un pro-ceso; pero me confesaron que el éxito era dudoso,
sobre todo litigan-do contra don Pío en un país donde se vende la justicia. Mi
tío era la parte más interesada pues había recibido una tercera parte, además
de la suya por los derechos de su esposa, sin contar con un legado de 100 mil
francos que mi abuela había hecho a Joaquina. Era hombre capaz de sacrificar el
cuarto y hasta la mitad si fuera necesario con tal de obtener el triunfo. Los
dos abogados no pudieron comprender mi conducta mejor que el Presidente.
—Esa
carta, señorita, me dijeron, esa desgraciada carta la pier-de. Si todavía
hubiese usted venido con un documento que compro-bara la notoriedad del
matrimonio de su madre con su padre, esto aquí se podía haber considerado como
una verdadera partida de matrimonio y habría usted vencido todas las
dificultades que po-dían presentársele.
No me
atreví a decir a aquellos señores que había contado con el cariño, el
reconocimiento y la justicia de mi tío. Me habrían creído loca y preferí pasar
por aturdida.
M. Le
Bris llegó. Le consulté sobre lo que debía hacer. Se manifes-tó indignado
contra mi tío a quien conoce y estima en su justo valor. Su carácter orgulloso
lo llevó a aconsejarme que dejase enseguida la casa de don Pío. Me hizo todos
los ofrecimientos de servicios que podía yo esperar de un antiguo amigo y
encontré dulce consuelo en el interés que me demostró.
Sin
embargo, mi tío tenía interés en no verme salir de su casa. Está dentro de su
sistema arreglar amigablemente toda disputa en cuanto es posible, conocedor por
experiencia de la superioridad de
367
Flora
Tristán
su
talento en materia de transacciones. Me escribió, pues, y me pre-guntó si
quería reunirme con todos los miembros de la familia: él, Al-thaus y el viejo
doctor, representante de Margarita, hija de Carmen. Yo no había podido
decidirme verlo de nuevo después de la escena que acabo de relatar. Me servían
la comida en mi cuarto y estaba siempre decidida a marcharme.
A pesar
de todo cedí a las instancias de Althaus y me dirigí al ga-binete de mi tío.
¡Qué cruel dolor sentí al ver otra vez a este hombre que me obligaba a
despreciarlo! A él a quien me sentía inclinada a querer con el más vivo afecto.
Me habló con más dulzura y amistad que nunca. Me hizo presente ante los dos
testigos la conducta que había seguido conmigo. Althaus y el viejo doctor
reconocieron que fue a solicitud de don Pío que me habían sido concedidos, a
raíz de la división de los bienes de mi abuela, los 15 mil francos que esta me
había legado.
Los dos
señores me dijeron también que debía a la generosidad de mi tío solo la pensión
de 2.500 francos que recibía desde hacía cinco años. Me conmoví con estas
pruebas de afectos de parte de mi tío y mis ojos se llenaron de lágrimas. Él se
dio cuenta de esto y temien-do que mi orgullo sufriera por recibir anualmente
esta suma a título gratuito, se apresuró a responder a esos señores que no era
un don de su parte, sino una deuda que me pagaba.
—Porque,
agregó, si por algunas faltas de forma en el matrimonio de su madre con mi
hermano, Florita se encuentra privada de los de-rechos de hija legítima, ella
tiene el derecho incontestable, como hija natural, por lo menos a una pensión
alimenticia. Me he encargado yo solo de pagársela y le ruego aceptarla siempre,
como si yo fuese su encargado de negocios. Después de una larga conversación en
la cual mi tío tuvo el talento de persuadirnos, hasta a mí, de que me quería al
igual de su propia hija y que su conducta con relación a mí no había cesado de
ser leal, generosa y llena de reconocimiento por todo lo que debía a mi padre;
después de haberme enternecido hasta provocar mis lágrimas y conmover a
Althaus, me pidió con el modo más cariñoso olvidar todo lo que había pasado
entre nosotros y me
368
1. Don
Pío de Tristán y su familia
suplicó
permanecer en su casa como hija suya, como su amiga, la de su esposa y como la
segunda madre de sus hijos. Y todo esto con tanto encanto, con tanta sinceridad
en su acento, que le prometí cuanto quiso. Joaquina vino enseguida a acabar lo
que mi tío ha-bía comenzado tan bien y las dos sirenas me fascinaron a tal
punto que, renunciando a todo proceso, me confié no ya a su justicia, sino a
sus promesas.
M. Le
Bris y todas las personas de mi intimidad admiraron mi va-lor y se asombraron
de la resignación con que me dejaba despojar. No lo habían esperado del orgullo
y de la independencia de mi carác-ter. Comprendí su admiración. Mi gran
franqueza no podía, en efec-to, hacerme atribuir ninguna simpatía hacia
individuos tales como mi tío y mi tía quienes no tenían más móvil que la
ambición y la ava-ricia, y modelaban su carácter flexible al grado de su
interés según las ocurrencias del momento. El mío no era tan fácilmente
adapta-ble. Había conservado mi independencia natural y no me cuadraba esta
angélica resignación. Pero cedía a la dura ley que me imponían las
circunstancias de mi situación, circunstancias que no podía reve-lar a M. Le
Bris ni a quienquiera que fuese.
El
interés de mis hijos subyugaba mi carácter. Si conducía a mi tío ante los
tribunales, si hacía escándalo, enajenaba su voluntad para siempre. Tenía pocas
probabilidades de triunfar sobre su influencia y con el proceso perdería
también la protección que podría conceder a mis hijos. Ciertamente, si hubiese
tenido que pensar solo en mí, no habría vacilado un solo instante. Mis
pretensiones estaban apoyadas por mi partida de bautismo en un país donde más o
menos este es el único título que comprueba la legitimidad. Podía haber
intentado reconquistar la situación que mi imprudente carta me había hecho
perder. Y si no era reconocida como miembro legítimo de la familia, habría roto
totalmente con esos parientes desnaturalizados y recha-zado con indignación el socorro
anual que me concedían como para impedir que me muriera de hambre. Pero no era
libre de proceder así. Debía acallar mi orgullo y no comprometer un socorro
que, aun-que insuficiente, me era indispensable para subvenir a la educación
369
Flora
Tristán
de mis
hijos, a menos que tuviese la probabilidad de ganar el proceso o de llegar a
una transacción. Por lo demás, para entablar ese pro-ceso se necesitaba dinero,
mucho dinero. Cuando salí de Burdeos M. Bertera, cediendo a la generosidad de
su corazón y al interés que sentía por mí, me había entregado la suma de 5 mil
pesos (25 mil francos) en letras de crédito a cargo de M. de Goyeneche en
Arequi-pa. Además, a mi llegada a Valparaíso encontré una carta de M. Ber-tera
que contenía otro crédito por 2 mil pesos (10 mil francos). Así es que tenía a
mi disposición más dinero del necesario para los gastos judiciales. Pero si no
ganaba, como había lugar de temer, quedaba endeudada con M. Bertera y en apuros
para pagarle. La misma ra-zón me impedía también aprovechar la complacencia de
M. Le Bris. No me atreví a tomar sobre mí la responsabilidad de aceptar
ningu-no de estos ofrecimientos sin tener la certeza de poder reembolsar los
adelantos que me habían sido hechos. Consideré al mismo tiem-po el estado de
debilitamiento en que había caído. Los largos sufri-mientos de mis cinco meses
de navegación habían alterado mi salud y desde mi desembarco en el suelo
peruano no había cesado de estar enferma. El aire volcánico de Arequipa y la
alimentación me eran tan desagradables, la sacudida violenta experimentada al
tener no-ticia de la muerte de mi abuela, la separación de Chabrié y, en fin,
la cruel decepción sentida ante la dura negativa de mi tío, todas esas causas
reunidas me habían agotado de tal manera que creí no poder vivir mucho tiempo.
Mi fin parecía próximo y esta certidumbre me devolvió la tranquilidad. Pensé
que en esta situación me debía por completo a mis hijos y sobre todo a mi hija
que iba a quedar sola so-bre la tierra. Esperaba que el triste espectáculo de
mi muerte tuviese quizá el poder de conmover a mi tío y que, en mis últimos
instantes de agonía, podría arrancarle la promesa de tomar a mis hijos bajo su
protección y asegurarles los medios de existencia que les pusiese fuera del
alcance de la miseria.
Los
acontecimientos políticos vinieron, entre tanto, a complicar la situación y a
hacer más dudoso aún el éxito del proceso. Mi tío había regresado a Arequipa el
3 de enero y el 23 del mismo mes se
370
1. Don
Pío de Tristán y su familia
tuvo
noticia de la revolución de Lima. El presidente Bermúdez,2 aun-que estaba
sostenido por las intrigas del antiguo presidente Gama-rra, había sido
derrocado y Orbegoso fue reconocido en su lugar. A la lectura de los periódicos
que daban cuenta de este acontecimiento, se produjo un movimiento en Arequipa.
La mayoría se declaró en fa-vor de Orbegoso. El general Nieto fue nombrado
comandante gene-ral de las tropas del departamento; Althaus, jefe de Estado
Mayor; y Cuadros, prefecto. En una palabra, se improvisó un gobierno en
veinticuatro horas y sin tomarse el tiempo en reflexionar sobre las
consecuencias de tal decisión, se separaron de los departamentos de Puno,
Cuzco, Ayacucho y otros. Esta revolución produjo espanto en la ciudad. Cada
cual, amenazado en su propia fortuna, no tenía ya simpatía que conceder a la
situación de los demás. Lo caprichoso de la mía había cautivado el interés
general antes de esta crisis. Pero en cuanto los arequipeños tuvieron que
ocuparse de ellos mismos no pensaron más en mí. El abogado Valdivia se lanzó en
medio de los acontecimientos con la esperanza de hacer fortuna y me hizo decir
que no podía atender mi asunto. Los otros abogados me inspiraban poca confianza
y, por lo demás, me rechazaron igualmente, temiendo comprometerse con don Pío.
Sobre el suelo clásico del egoísmo ¿po-dría esperar que en tiempo de alarma
aquellas gentes pensaran en cosa distinta de sus propios intereses? No
necesitaba mucha penetra-ción para ver que esta revolución me dejaba sin la
menor posibilidad de éxito. Mi tío volvería probablemente al poder. Esta
perspectiva me quitaba toda esperanza de encontrar imparcialidad entre los
jueces.
2 El general Pedro Bermúdez jamás fue
reconocido como presidente del Perú. La Convención Nacional, reunida desde
septiembre de 1833, había nombrado el 20 de diciembre de ese año, presidente
provisional de la República al general Luis José de Orbegoso. Bermúdez,
protegido por Gamarra, preparó con este último una intriga para derrocar a
Orbegoso. La conspiración no tuvo éxito y Orbegoso logró hacerse fuerte en el
Callao. Gamarra y Bermúdez mandaron disolver con tropas la Convención el 4 de
enero de 1834 y ese mismo día Bermúdez se proclamó jefe supremo. Daban como
pretexto que la Convención no tenía poderes para nombrar presidente. Pero el
pueblo de Lima se levantó en masa en contra de Bermúdez y Gamarra y los obligó
a retirarse con sus fuerzas a la sierra. Esto dio principio a la revolución que
tanto inte-resó a Flora. [N. de la T.].
371
Flora
Tristán
Un nuevo
panorama se me presentaba y me pareció que había locura e impiedad en la
pretensión de seguir resistiendo todavía después de semejante aviso de la
Providencia. Incliné la cabeza bajo la potencia de la fatalidad que pesaba
sobre mí desde mi nacimiento y como el musulmán exclamé: ¡Dios es grande!...
Abandoné a la vez toda idea de proceso y toda esperanza de fortuna sabiendo muy
bien que nada tenía que esperar de la generosidad de mi tío ni de los reproches
de su conciencia. Le escribí la siguiente carta:
A don Pío
de Tristán.
Esta
carta está destinada a la familia. La dirijo a usted, tío, como a su jefe y le
ruego traducirla fielmente a aquellos de sus miembros que no comprenden el
francés.
Había
venido donde usted, tío, más bien en busca de un afecto pater-nal y de una
protección benevolente, que para hacerme rendir cuen-tas. Mis esperanzas han
sido defraudadas. Armado con la letra de la ley, sin sentir ninguna emoción,
usted me ha arrancado uno por uno los títulos que me unían a la familia en cuyo
seno venía a refugiarme. Usted no se ha contenido ni por respeto a la memoria
de un herma-no a quien usted tanto quiso. Ninguna piedad ha hablado en favor de
una víctima ¡nocente de la culpable negligencia de los autores de sus días.
Usted me ha rechazado y tratado como a una extraña. Tío, semejantes actos no
pueden ser juzgados sino por Dios...
Si en el
primer movimiento de mi justa indignación he querido pre-sentar ante el
tribunal de los hombres el horroroso espectáculo de es-tas iniquidades, después
de algunos días de reflexión he sentido que mis fuerzas debilitadas desde hace
tiempo no me permitirían sopor-tar el dolor atroz que me causaría el escándalo
de tal proceso. Sé, tío, que estas consideraciones no obran lo mismo en todos
los individuos y que hay personas cuyo corazón, cerrado a todo sentimiento
noble, divulgaría sin pudor en la barra de un tribunal las faltas y crímenes de
su padre y de su madre; así como los de su hermano, por el cebo de un poco de
oro. En cuanto a mí lo confieso, este solo pensamiento me hace sufrir. La
legitimidad de mi nacimiento ha sido puesta en duda. Era este un motivo para
desear ardientemente ser reconocida como
372
1. Don
Pío de Tristán y su familia
hija
legítima a fin de echar un velo sobre la culpa de mi padre, cuya memoria queda
manchada por el estado de abandono en que ha de-jado a su hija. Pero al entrar
en el examen de los medios a que se de-bería recurrir para dar fuerza a mi
demanda, le repito, tío, he retroce-dido espantada. En efecto, usted debería
demostrar que su hermano fue un hombre sin probidad y un padre criminal, que
tuvo la infamia de engañar cobardemente a una joven sin apoyo a quien su
desgracia debería haber hecho respetar en la tierra extranjera donde se había
refugiado huyendo del hacha revolucionaria, y abusando del amor y de la
inexperiencia, cubrió su perfidia con la truhanería de un matri-monio
clandestino. Usted debería probar también que su hermano abandonó a la miseria
a la hija que Dios le había dado, a los insultos y al desprecio de una sociedad
bárbara, mientras él le recomendaba su hija con sus últimas palabras. Usted
debería, al calumniar su memo-ria, imputar a premeditación la falta de su
negligencia. ¡Oh! Aunque debiera ganar delante de la justicia, renuncio a ello.
Me siento con el valor de soportar la pobreza con dignidad como lo he hecho
hasta el presente y que a este precio descansen en paz los manes de mi padre.
Usted me
ha invitado a seguir viviendo en su casa. Lo consiento a condición de que no se
me exija alegría y se me guarde todo el respe-to que mi desgracia merece. Jamás
oirá usted una queja mía, ni verá un signo que pueda ser su manifestación.
Flora de
Tristán.
Confieso
que después del envío de esta carta me sentí consolada. Era una satisfacción
que reclamaba el orgullo de mi carácter: hacer co-nocer mi pensamiento a toda
la familia.
Mi tío
mostró esta carta a la familia. Joaquina fue la única que se ofen-dió con ella.
Su marido le hizo comprender que el estado de dolor y de exaltación en que me
hallaba debía hacerme excusar y le dio el ejemplo de indulgencia al no quejarse
en absoluto de las palabras duras que le ha-bía dirigido. Por la tarde, don
José, el capellán de la casa, vino a decirme como en confidencia (pero vi que
había recibido la orden de hacerlo) que se ocupaban en la familia de hacer una
bolsa común para permitirme comprar una pequeña propiedad donde pudiese vivir
convenientemente.
373
Flora
Tristán
Mi prima
Carmen, Manuela, Althaus, don Juan de Goyeneche, to-dos, en fin, fuera de M. Le
Bris, me censuraron por haber procedido con mi tío como lo había hecho y sobre
todo con mi tía.
—No era
esta la forma que se debía adoptar, me decían, para obte-ner algo de ellos. Ya
que usted no quería litigar era necesario emplear la dulzura, hacer la corte a
su tío, halagar a Joaquina, esperar con paciencia y aprovechar del momento en
que don Pío hubiese hecho ostentación, a los ojos del mundo, de su gran
generosidad hacia us-ted. En lugar de eso, usted los trata desde lo alto de su
superioridad, los hiere en los puntos más sensibles, expone a los ojos de todos
su avaricia ¿cómo quiere usted que no le tomen odio, odio que será tan-to más
peligroso cuanto que quedará oculto?
Tenían
razón. Otra en mi lugar habría podido obtener 100 mil francos de mi tío y la
graciosa protección de Joaquina. Pero hubiese sido necesario que esa otra no
tuviese mi orgullo y la franqueza de mi carácter, ni sintiese como yo un
invencible disgusto hacia el oficio de adulador. Si mi tío, obrando con
nobleza, hubiese consentido en darme 100 mil francos, así satisfecha habría
tenido para él un vivo reconocimiento al aceptar ese don de su generosidad.
Pero cuando para obtener aquella suma me veía forzada a renunciar a la
indepen-dencia de mi carácter prefería quedarme pobre, pues estimo en un precio
demasiado alto la libertad de mi pensamiento y la persona-lidad que Dios me ha
dado para cambiarla por un poco de oro, cuya sola vista habría excitado mis remordimientos.
Althaus
me dijo que mi tío se había comprometido delante de toda la familia a
asegurarme la pensión de 2.500 francos que me daba. Le hice agradecer por eso
sin contar mucho sobre su palabra y me reservé el recordárselo cuando se
tratara de solicitar algunos ligeros socorros para mis hijos.
Reconocí
entonces toda la verdad encerrada en aquellas pala-bras de Bernardino de
Saint-Pierre3 en las que compara la desgracia
3 Jacques Henri Bernardin de Saint-Pierre
(1737-1814), escritor francés, gran viajero, discípulo de Rousseau, precursor
del Romanticismo. [N. de la primera Ed.].
374
1. Don
Pío de Tristán y su familia
al
Himalaya, desde cuya cima todas las montañas circundantes no parecen sino
montículos pequeños y desde donde se descubren los hermosos países de Cachemira
y de Lahore. Había llegado al apogeo del dolor y debo decir, para consuelo del
infortunio, que alcanzando este punto extremo encontré en el dolor gozos
inefables, celestiales, podría decir, y de los cuales mi imaginación no había
ni sospechado la existencia. Me sentía elevada por una potencia sobrehumana que
me transportaba a las regiones superiores desde donde podía percibir las cosas
de la tierra en su verdadero aspecto, despojadas del prestigio engañoso con que
las revisten las pasiones de los hombres. Jamás, en ninguna época de mi vida,
estuve más tranquila. Si hubiese podido vi-vir en la soledad con libros y
flores mi felicidad habría sido completa.
375
2. La
república y los tres presidentes
Me sería
difícil exponer a mis lectores las causas de la revolución que estalló en Lima
en enero de 1834 y de las guerras civiles que fueron su secuela.1 Jamás he
podido comprender cómo los tres aspirantes a la pre-sidencia podían fundar sus
derechos ante los ojos de sus partidarios. Las explicaciones dadas por mi tío a
este respecto no fueron muy inteligibles. Cuando interrogaba a Althaus sobre
este tema me respondía riendo:
—Florita,
desde que tengo el honor de servir a la República del Perú no he visto todavía
a ningún presidente cuyo título no fuese muy discutible... A veces ha habido
hasta cinco que se decían legal-mente elegidos.
En
resumen, he aquí lo que he podido comprender. La presidenta Gamarra,2 al ver
que no podía ya mantener a su marido en el po-der, hizo que sus partidarios
llevasen como candidato a Bermúdez, una de sus criaturas, y este fue elegido
presidente. Sus antagonistas alegaban, no sé por qué razones, que la nominación
de Bermúdez era nula y por su lado nombraron a Orbegoso. Entonces estallaron
los desórdenes.
1 Sobre el levantamiento del 28 de enero de
1834 y sus consecuencias políticas ver Basadre (2002, pp. 273-280, t. 1). [N.
de la primera Ed.].
2 Flora se refiere a la esposa del general
Agustín Gamarra, Francisca Subyaga y Bernal, más conocida como “La Mariscala”,
nacida en el Cuzco, es de gran influencia en la política peruana de la época
[N. de la primera Ed.].
377
Flora
Tristán
Recuerdo
que el día en que la nueva llegó de Lima estaba enfer-ma. Vestida, me había
recostado sobre la cama y conversaba con mi prima Carmen sobre el vacío de las
cosas humanas. Podían ser las cuatro. De repente, Manuel se precipitó en el
cuarto con un aire des-pavorido y dijo:
—¿Saben
ustedes lo que ocurre? El correo acaba de traer la noti-cia de que ha habido
una horrible revolución en Lima. ¡Una matanza espantosa! Ha causado aquí tal
indignación que acaba de producirse espontáneamente un movimiento general. Todo
el pueblo está reuni-do en la plaza de la catedral. El general Nieto ha sido
nombrado co-mandante del departamento. Es una confusión de no saber qué creer
ni qué entender. Mi padre me envía a buscar a mi tío Pío.
—¡Bueno!,
le dijo mi prima sin conmoverse y sacudiendo la ceni-za de su cigarro, anda a
contar todo esto a don Pío de Tristán. Estos acontecimientos le interesan a él
que puede temer pagar por los ven-cedores o los vencidos. Pero a nosotras ¿qué
nos importa? Florita ¿no es extranjera? y yo no poseo ya ni un maravedí ¿qué
necesidad tengo de saber si se matan por Orbegoso, Bermúdez o Gamarra?
Manuel se
retiró. Poco tiempo después entró Joaquina.
—¡Virgen
Santa! ¡Hermanas mías! ¿Saben ustedes la desgracia que viene a azotar a nuestro
país? La ciudad está en laberinto. Un nuevo gobierno se ha formado y los
miserables que están a la cabe-za de la insurrección van a exprimir a los
desgraciados propietarios. ¡Dios mío! ¡Qué calamidad!
—Tienes
razón, dijo Carmen. En semejantes circunstancias está una casi satisfecha de no
ser propietaria, pues es duro dar su plata para hacer la guerra civil cuando se
podría emplearla en socorrer a los desgraciados. Pero ¿qué quieres?, es el
reverso de la medalla.
Vinieron
enseguida mi tío y Althaus. Ambos estaban visiblemen-te inquietos. Mi tío
porque temía que le hiciesen dar dinero; mi pri-mo porque vacilaba en
pronunciarse por uno u otro partido. Los dos tenían igualmente mucha confianza
en mí y en esta situación emba-razosa me pidieron mi opinión.
Mi tío
acercándose mucho a mí me dijo con abandono:
378
2. La
república y los tres presidentes
—Mi
querida Florita, estoy muy inquieto. Aconséjeme. Usted tie-ne apreciaciones tan
justas en todo y es realmente la única persona aquí con la cual puedo hablar de
cosas tan graves. Ese Nieto es un mi-serable sin honor, un derrochador, un
hombre débil que va a dejarse manejar por el abogado Valdivia, hombre muy
capaz, pero intrigan-te y revolucionario furioso.3 Esos bandidos van a ponernos
cupos a nosotros los propietarios, Dios sabe hasta qué punto. Florita, me ha
venido una idea. Si mañana yo fuese muy temprano a ofrecer a esos ladrones 2
mil pesos y al mismo tiempo les propusiese imponer un cupo a todos los demás
propietarios ¿no cree usted que esto me daría la apariencia de estar de su lado
y daría tal vez por resultado impedir que me gravaran muy fuertemente? Querida
niña ¿qué piensa usted?
—Tío,
encuentro su idea excelente, pero creo que la suma que us-ted ofrece no es
bastante elevada.
—Pero,
Florita ¿me cree usted tan rico como el Papa? ¡Cómo! ¿No se contentarán con 10
mil francos?
—Querido
tío, piense que sus exigencias han de estar en relación con las fortunas. Usted
comprende que, si usted, el hombre más rico de la ciudad no da sino 10 mil
francos, en esa proporción las entradas no serán muy considerables, no tendrán
una buena presa y creo poderle asegurar que su intención es la de hacer un
saqueo de mano maestra.
—¿Cómo es
eso? ¿Sabe usted alguna cosa?
—No,
precisamente; pero tengo noticias.
—¡Ah, mi
Florita!, póngame al corriente. ¡Althaus es tan reserva-do conmigo! Jamás puedo
sacarle una palabra. Ese Manuelito huye de mí. Los dos la quieren a usted
mucho, trate de que la tengan siem-pre bien informada. Voy a retirarme a mis
habitaciones y me fingiré
3 El doctor Juan Gualberto Valdivia, conocido
comúnmente con el nombre de “el deán Valdivia” era religioso mercedario. De
ideas liberales, sus enemigos se valieron de ellas para impedir que fuese
nombrado obispo. Hábil político, y con gran influen-cia en Arequipa, fue
siempre enemigo de Gamarra; desempeñó el papel de consejero de Santa Cruz
durante la Confederación Perú-boliviana, a pesar de que él confesó que lo hizo
por la fuerza. Fue más tarde diputado al Congreso, nombrado deán de la catedral
de Arequipa y primer decano de la Facultad de Letras en la Universidad de San
Marcos de Lima. [N. de la T.].
379
Flora
Tristán
enfermo,
pues en estas circunstancias no me atrevo a hablar. Basta-ría de una palabra
para comprometerme.
Mis
relaciones con Valdivia me habían hecho juzgar al hombre. Al saber que estaba
en el gobierno que se organizaba presumí que los propietarios serían
explotados. Esto fue lo que me hizo hablar con tanta seguridad a mi tío.
Cuando
este salió, Althaus se acercó a mí a su vez y me dijo:
—Prima,
despida a toda esta gente que la cansa. Querría conver-sar con usted. Estoy en
una posición muy embarazosa. No sé qué par-tido tomar.
Llamé a
mi prima Carmen y le rogué despedir a todos los visitan-tes, quienes creyendo
causarme un placer, venían a mi cuarto y au-mentaban mi jaqueca con su
bulliciosa conversación. Todo el mundo se retiró y diez minutos después regresó
Althaus.
—Florita,
no sé qué hacer. ¿Por cuál de estos tres bribones de pre-sidentes debo tomar
partido?
—Primo,
no tiene usted lugar a elegir. Si aquí se reconoce a Or-begoso, es preciso
marchar bajo el estandarte y el gobierno de Nieto.
—Esto es
justamente lo que me hace rabiar. Ese Nieto es un asno y presuntuoso como todos
los necios, que se dejará gobernar por ese abogadillo Valdivia. Mientras que en
el lado de Bermúdez hay algu-nos soldados con quienes podría marchar.
—Sea;
pero Bermúdez está en el Cuzco y usted está en Arequipa. Si se niega a ir con
estos van a destituirlo, a exigirle rescate y vejarlo en todo.
—Eso es
lo que temo. ¿Qué piensa don Pío de la duración de este gobierno? No le digo
nada porque me ha mentido tantas veces que no creo ya en ninguna de sus
palabras.
—Al
menos, primo, usted cree en sus actos. Lo que debe deter-minarle es que don Pío
concede suficiente duración a este gobierno como para ofrecerle dinero. Mañana
irá a llevarle 4 mil pesos a Nieto.
—¿Él se
lo ha dicho?
—Sí,
querido amigo.
380
2. La
república y los tres presidentes
—¡Oh!
Entonces eso cambia las cosas. Usted tiene razón, prima. Cuando un político
como don Pío ofrece 4 mil pesos, un pobre solda-do como yo debe aceptar el
puesto que le ofrecen de jefe del Estado Mayor. Mañana, antes de las ocho,
estaré donde el general. ¡Maldito oficio! Yo, Althaus, obligado a servir bajo
las órdenes de un hombre a quien, cuando fui teniente del ejército del Rhin, no
habría aceptado ¡ni por simple caporal!... ¡Ah, banda de ladrones! ¡Si llego a
hacerme pagar solamente la mitad de lo que me debéis por los trabajos que os he
hecho y que sois incapaz de apreciar, juro dejar vuestro maldito país para no
volver a verlo jamás!
Althaus
una vez lanzado se desencadenó contra los tres presiden-tes: el antiguo,
Gamarra; el nuevo, Orbegoso y, en fin, contra el que estaba en posesión del
poder militar.4 Despreciaba por igual a los tres. Pero muy pronto vio las cosas
por el lado jocoso y me dijo a este propósito los chistes más originales.
Después
de dejarme Althaus, mis pensamientos tomaron un cur-so más serio. Sin poderlo
evitar deploré las desgracias de esta Amé-rica española donde en ninguna parte
se ha establecido un gobierno que proteja las personas y las propiedades en
forma estable. Adonde, desde hace veinte años acuden de todas partes los
hombres de vio-lencia, que al ver en Europa cerrada la arena de los combates
por los progresos de la razón humana, van a América a fomentar los odios, tomar
parte en las querellas, prolongar las resistencias con su coo-peración y
perpetuar así las calamidades de la guerra. No es actual-mente por principios
por lo que combaten los hispanoamericanos, sino por jefes que les recompensen
con el saqueo de sus hermanos. Jamás la guerra se ha mostrado bajo un aspecto
más repugnante y despreciable. No cesará sus destrozos en esos desgraciados
países sino cuando ya nada tiente su avaricia y ese momento no está muy lejano.
Llegará por fin el día fijado por la Providencia en que esos
4 Se refiere a Bermúdez, pero ya hemos indicado
que el título de Jefe Supremo que se dio solo fue reconocido por el ejército,
existiendo un presidente legal que era Orbegoso. [N. de la T.].
381
Flora
Tristán
pueblos
estén unidos bajo el estandarte del trabajo. ¡Ojalá puedan, con el recuerdo de
las calamidades pasadas, tomar en santo horror a los hombres de sangre y de
rapiña! ¡Que las cruces, las estrellas y las con-decoraciones de toda especie,
con que les cubren sus amos, no sean a sus ojos sino estigmas de infamia y
rechazándolas por todas partes no acojan ya sino a la ciencia y el talento
aplicados a su felicidad común!
Al día
siguiente mi tío entró en mi cuarto por la mañana. Yo esta-ba adormecida.
—Querida
Florita, me dijo, perdóneme si la molesto tan tempra-no. ¿Cómo está usted? ¿Ha
descansado esta noche?
—No, tío,
he tenido una agitación febril que me privó por completo del sueño. El dolor de
cabeza no me deja y me siento en extremo débil.
—No me
admira, si no come nada, ¿cree usted que con naranjas, café y un poco de leche
va a poder reponerse de las duras fatigas de su largo viaje? Joaquina y yo no
nos atrevemos a contrariarla, pero sufrimos al ver el trato que se da. Carmen
tiene razón al llamarla flor del aire. En efecto, usted se parece algo a esa
planta que se alimenta con aire únicamente.5
—Tío,
toda mi vida me he alimentado lo mismo y, sin embargo, siempre he estado muy
bien. Creo que es al aire del volcán al que debe atribuirse mi enfermedad. Y
usted, tío, parece inquieto y morti-ficado ¿está también enfermo?
—No, hija
mía. Sin embargo, no he dormido durante la noche. Esos acontecimientos me han
trastornado. Florita he reflexionado en lo que me dijo. Temo que 2 mil pesos no
sean suficientes, ¡pero 4 mil es demasiado!
—Sí, sin
duda. Pero Althaus me ha dicho ayer que tomarían ese dinero solo a título de
préstamo.
—¡Ah, ah!
¡Ellos también se sirven de bellas palabras! ¡Llaman a eso préstamos!...
¡Descarados bribones! Bolívar daba también el nom-bre de préstamo a sus
exacciones. ¿Y quién me ha devuelto o pensado
5 En Buenos Aires los balcones de las casas
están decorados con esa planta que se llama flor del aire, porque no tiene
raíces y se alimenta con el aire. [N. de la A.].
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2. La
república y los tres presidentes
en
devolver los 25 mil pesos que el ilustre libertador me tomó cuando estuvo por
acá? Fue igualmente, a título de préstamo, que el general Sucre tomaba nuestro
dinero y, sin embargo, jamás he vuelto a ver los 10 mil pesos que me tomó
prestado. ¡Ah, Florita!, semejante descaro me saca de quicio. Venir a robar a
las gentes, a su casa, a mano armada y añadiendo la infamia a la irrisión,
registran las sumas robadas con la denominación de préstamos. Esto sobrepasa
toda desvergüenza.
—Tío,
¿qué hora es?
—Las
ocho.
—Pues
bien, le invito a irse porque sé que a las diez se debe publi-car en la ciudad
el bando que pone el cupo a los propietarios.
—¿De
veras? Entonces no tengo tiempo que perder. Me decido por los 4 mil pesos.
Así es,
pensaba yo. Por un equilibrio providencial el dinero que la iniquidad me niega,
la violencia le arrebata. Si pudiese creer en una venganza divina ¿no vería en
esto un ejemplo? Mi tío ¿no ha sido he-rido en lo que tiene de más caro? Como
si Dios hubiese querido que la injusticia fuese a su vez víctima de la
injusticia.
Mi tío
regresó contento.
—¡Ah,
Florita! ¡Qué bien he hecho en proceder según sus conse-jos! Figúrese que estos
bribones han hecho ya su lista. El general me recibió muy bien. Pero ese
Valdivia tenía el aire de adivinar el motivo que me hacía ir. Su mirada parecía
decirme: “Usted nos trae su plata por temor de que le pidamos más. Nada ganará
con eso”. Felizmente, soy tan vivo como él.
A las
diez se publicó en la ciudad el bando (orden impartida por pregones). No.
¡Jamás en la vida he oído semejante rumor! Althaus vino donde mí, riendo como
un loco.
—¡Ah,
prima mía! ¡Qué feliz es usted de no tener dinero! Hoy quie-nes lo poseen ponen
una cara tan lastimosa que me daría pena verla hacer a usted, que es tan
simpática, semejante mueca. Ahora me ve usted de jefe del Estado Mayor del
generalísimo Nieto. ¡Eso me re-presenta ya 800 pesos! El amable doctor Valdivia
había inscrito en su bando a Manuela Flores de Althaus con la módica suma de
800
383
Flora
Tristán
pesos.
Pero como todo en este tiempo feliz se hace a nombre del poder militar, el
dicho bando llegó a mi escritorio y antes de firmarlo tuve la buena idea de
leer los nombres de las víctimas. Cuando leí el de mi ilustre esposa lo taché
sin ninguna ceremonia y fui donde el general gritando muy alto. Le dije que
encontraba extraordinario que hubie-sen gravado a mi consorte con 800 pesos,
cuando ni la suya ni las de los demás miembros del Gobierno Supremo figuraban
en el bando con un real. Valdivia quiso replicar y dijo “que la sobrina de don
Pío...”
—Aquí,
exclamé, interrumpiéndolo con vehemencia, no se debe ver a la sobrina de don
Pío, sino únicamente a la esposa del jefe de Estado Mayor Althaus y si los
lobos se devoran entre ellos, entonces ¡al diablo!, arrojo la piel y me voy a
aullar a otra guarida... Al pro-nunciar estas palabras con mi dulce voz hice
sonar mi sable y mis espuelas contra el suelo con tal fuerza que el monje tomó
la pluma para tachar el nombre de mi esposa. Al encontrarlo tachado frunció los
labios, palideció y su mirada trató de penetrar de donde provenía mi seguridad.
Pero al igual que en Waterloo permanecí firme como una roca y mirándolo de
frente le dije:
—Camarada,
en este negocio cada uno de nosotros tendrá su ta-rea: usted la de fabricar los
bandos que extorsionen el dinero de los burgueses y yo, la de hacerlos
ejecutar. Pienso que en esta circuns-tancia mi sable será tan útil como su
pluma. El camarada compren-dió... y, le aseguro Florita, que esta salida de
soldado como va usted a llamarla, causó muy buen efecto.
Como a
las doce mi prima Carmen entró con la expresión de una alegría reconcentrada:
—Florita,
vengo a buscarla. Querida amiga, levántese. Es preciso, absolutamente, que
usted venga a sentarse a la ventana de mi salón para gozar conmigo del
espectáculo que ofrece la calle de Santo Do-mingo. Es un acontecimiento que
debe figurar en su diario. Yo he to-mado nota, para usted, de los dos más
curiosos. Usted va a envolverse en su abrigo, a cubrirse la cabeza con su gran
velo negro y pondré en el borde de la ventana alfombras y cojines. Estará usted
allí como en su lecho y nos divertiremos como reinas.
384
2. La
república y los tres presidentes
—Pero,
prima ¿qué ocurre en la calle de Santo Domingo?
—¡Lo que
ocurre! El espectáculo más divertido que se puede dar. Verá a todos esos
capitalistas con sacos de plata bajo el brazo, con la cara pálida, alargada, ir
como gentes a quienes se conduce a un auto de fe. Venga pronto Florita. En este
momento perdemos mucho.
Arrastrada
por sus instancias fui a instalarme a su ventana. Car-men tenía razón. Encontré
interesantes observaciones que hacer.
Mi prima
está penetrada de ese espíritu sordamente maligno, muy corriente entre los
seres que no se atreven a ponerse en lucha abierta contra la sociedad de la que
han sido víctimas y aprovechan, con complacencia, todas las ocasiones para
vengarse de esa misma sociedad a la cual odian. Por eso se dirigía a cada
individuo que pa-saba delante de nosotros y se gozaba en revolver el puñal en
la llaga.
—¡Qué
cambiado está usted, señor Gamio! ¿Dónde lleva usted esos grandes sacos de
pesos?... Con esto podría comprar una chacrita para cada una de sus hijas.
—¿Cómo,
doña Carmen, no sabe usted que han tenido la iniqui-dad de imponerme 6 mil
pesos?
—¿De
veras, señor Gamio? ¡Ah, eso es espantoso!... ¡A un padre de familia; a un
hombre tan ordenado, tan económico que se priva de lo necesario para amontonar
saco sobre saco! ¡Esto es de una injusticia clamorosa!
—Sí.
Usted bien sabe si me he privado de todo para ahorrar. ¡Pues bien! ¡Aquí están
los frutos de mis economías perdidos de un solo golpe! ¡Me quitan todo!
—Y con
todo don José, ¡si quedara usted libre con esa suma!... —¡Ah!, pero ¿cree usted
que me pedirán más?
—Don
José, vivimos en un tiempo en el cual las gentes honradas no tienen libertad de
hablar. Hay que encomendar el alma a la Santí-sima Virgen y rogar por los
desgraciados que tienen dinero...
El señor
Gamio, con las lágrimas en los ojos, temblando de miedo, dejó la ventana de
Carmen con la desesperación en el alma.
Después
de él pasó el señor Ugarte, hombre tan rico como mi tío, pero mucho más avaro.
En los días corrientes Ugarte usa medias
385
Flora
Tristán
azules,
zapatos rotos y un vestido remendado. Ese día, exasperado por el dolor del
avaro, quizá el más fuerte de todos los dolores, se ha-bía puesto todo cuanto
tenía de más andrajoso creyendo que de esta manera disimulaba sus riquezas.
Ataviado de harapos de todos colo-res, su exterior y su semblante eran de lo
más grotescos. Al verlo no pude contener una carcajada. Oculté la cabeza entre
mi velo mien-tras mi prima, habituada a dominar sus emociones, hacía hablar a
ese pobre rico a quien se hubiese podido tomar por un mendigo y, sin embargo,
posee de 5 a 6 millones de fortuna.
—¿Por
qué, señor Ugarte, se desloma usted en llevar sacos con ese peso? ¿No tiene un
negro o un asno que puedan evitarle ese trabajo?
—¡Confiar
sacos de plata a un negro! ¡Lo piensa usted, doña Car-men! Ayúdeme un poco a
poner esos sacos sobre su ventana. ¡Hay allí 10 mil pesos, doña Carmen! ¡Y casi
todo en oro!...
—¡Oh,
señor! El color no viene al caso; pero concibo que sea duro despojarse así de
tan hermosas onzas,6 que descansaban tranquila-mente en el fondo de algún
subterráneo, para darlas a gentes que las van a hacer circular.
—¡Darlas!
¡Diga más bien que me las roban! Pues, por la Virgen que está en el cielo con
su hijo amantísimo, si no fuese porque me han amenazado con tomarme preso, y
durante mi prisión mi mujer puede robarme mi plata, me habría dejado quemar
antes que darles un maravedí. ¡Pobre mi plata ¡Mi único consuelo! ¡Me la
quitan!
El
insensato, en el paroxismo de su dolor, se puso a llorar al con-templar sus
sacos, como una madre en presencia de su hijo muerto. Mi prima entró en el
salón para reír con más libertad. En cuanto a mí, consideraba a aquel
desgraciado con un sentimiento de piedad. Le creí atacado de enajenación mental
y la demencia excita todo mi interés y toda mi compasión. Pero pronto no vi en
él sino al vil escla-vo del oro, al hombre sin corazón para con sus semejantes,
aislado de todos, extraño a las más caras afecciones de nuestra naturaleza y
sentí el más profundo desprecio hacia aquel miserable que, rico de
6 En el país español, el cuádruplo toma por su
peso la denominación de onza. [N. de la A.].
386
2. La
república y los tres presidentes
6
millones, se cubría con sucios harapos. Esta guerra civil, pensaba, está dentro
de los decretos de la Providencia. Las extorsiones del po-der militar tendrán
por lo menos como resultado inmediato hacer circular metales cuya única
utilidad está en la circulación, en espera de que un deseo unánime de orden y
de seguridad traiga el estableci-miento de un gobierno protector.
Mi prima
había regresado a la ventana y ofreció un cigarrillo a Ugarte, pues sabía que
este era el mejor medio de hacerlo volver en sí. Ugarte jamás ofrece cigarros a
nadie, sino que, por el contrario, siempre olvida los suyos para que se los den
de caridad: es un mara-vedí economizado.
—Aquí
tiene, señor Ugarte, un hermoso cigarro de La Habana, de contrabando: cuesta
dos centavos.
—Gracias
señora. Me hace un verdadero regalo. Es para mí un gran placer fumar un buen
cigarrillo, pero usted comprende que no puedo hacerlo a ese precio.
—Pero,
señor, con la cuarta parte de uno de esos sacos habría con qué comprar cigarros
de La Habana en tal cantidad como las torres de Santo Domingo. Pero después de
semejantes expoliaciones está usted privado para toda su vida de buenos
cigarros.
—Y lo que
hay de más horrible, doña Carmen, es ver la injusticia con que se me trata.
¡Imponerme 10 mil pesos a mí, pobre hombre que no tengo un vestido que ponerme!
Mis enemigos me llaman rico. ¡Yo, rico! ¡Santísima Virgen! Porque tengo dos o
tres propiedades pe-queñas que me cuestan más de lo que producen. Es notorio
que, des-de hace seis años, no he recibido un peso de mis arrendatarios. El
poco dinero contante que tenía lo he prestado a gentes que no me lo devuelven.
En fin, es hasta el punto de que mi mujer no tiene a menu - do con qué ir al
mercado.
—Y sin
embargo, señor, desde esta mañana a las diez, y no son sino las doce, ha
encontrado usted esos sacos de oro en algunos rincones...
El pobre
loco contempló a mi prima con aire espantado. —¿Quién se lo ha dicho?
387
Flora
Tristán
—Usted no
lo ignora: todo se sabe en este país. Se llega hasta a decir que usted tiene en
su sótano un tonel lleno de oro.
—¡Virgen
Santa! ¡Qué maldad! ¡Qué calumnia! ¡Qué! ¿Mis enemi-gos llegan a decir que
tengo un tonel lleno de oro? ¡Ah! ¡Pero ya no me puedo contener! Doña Carmen,
usted no lo cree ¿no es cierto?...
¡Señorita!
¡Esas son mentiras infames! ¡No las crea!... ¡San José! ¡Me harán perder la
cabeza!...
El
insensato cargó de nuevo sus sacos. Su cara adquirió la expre-sión de una
locura sombría, sus músculos se contrajeron, todos sus miembros temblaban. Se
veía que sufría horriblemente. Ese mendi-go, doblegado bajo el peso de su oro,
se alejó tan presto como se lo permitía su fardo.
—Carmen,
es usted muy mala. Será causa de que este desgraciado se vuelva loco de remate.
—¡Ah!
¡Qué gran pérdida sufriría el país! Un hombre semejante basta para deshonrar la
ciudad donde ha nacido. ¿No es irritante ver a un millonario cubierto con los
harapos de la miseria, acumular siempre para no gozar jamás y privar a los
desgraciados de traba-jo, enterrando sus riquezas? La ciudad tiene cinco o seis
individuos riquísimos y a cuál de ellos más miserable. Son otras tantas
sangui-juelas que chupan incesantemente el oro y la plata de la sociedad sin
devolverle nada.
La
indignación de Carmen era fundada. En los países donde el di-nero como vehículo
de trabajo está puesto al alcance de todos los que tienen una industria, por
medio del establecimiento de bancos emi-sores de papel moneda, el avaro es un
loco de quien todo el mundo ríe. Pero, en los países atrasados donde el oro ha
conservado todo su poder, el avaro es un enemigo público que detiene la
circulación de la moneda y vuelve el trabajo oneroso o aun imposible por la
exor-bitancia de sus exigencias. No se debe admirar, pues, que las masas
explotadas por la avaricia de algunos se regocijen y apoyen con sus fuerzas las
extorsiones del poder. Se vengan de las que soportan cada día. La invención más
fecunda de los tiempos modernos quizá en re-sultados es, después de la
imprenta, la del papel moneda. Ha venido
388
2. La
república y los tres presidentes
a poner
un freno al poder del oro y a hacerle la competencia. Ha he-cho siempre posible
la adquisición de riquezas para el trabajo hábil y constante. En una palabra,
ha aniquilado la usura y la esclavitud del talento. En todos los países donde
el sistema de crédito público no ponga el dinero o la divisa que lo representa
al alcance del trabajo,7 las gentes con dinero serán tan odiosas al pueblo como
lo eran para los romanos y como los judíos eran para el pueblo de la Edad
Media; y en todas las ocasiones se mostrará dispuesto a prestar su apoyo al
poder que las despoja.
Cuando
acabábamos las reflexiones provocadas por la avaricia del señor Ugarte, don
Juan de Goyeneche se acercó a nosotras. Esta-ba deshecho, hasta el punto de que
creí que iba a caerse. Carmen lo invitó a entrar.
—Voy
donde don Pío, dijo. Espero que él podrá prestarme dinero, pues de otra manera
solo Dios sabe lo que le va a suceder a nuestra familia. Ustedes saben,
señoras, que esas gentes... (Doña Carmen ¿no hay peligro de que nos oigan?,
mire por la ventana si alguien nos es-cucha) han tenido la desvergüenza de
imponer a nuestro venerable hermano, el obispo, ¡20 mil pesos! Mi hermana ha
sido gravada con 5 mil y yo con 6 mil. Así, pues, ¡son 31 mil pesos arrebatados
de un solo golpe a nuestra fortuna! ¡Ah, Florita! ¡Cuánto daría por estar en
lugar de nuestro hermano Mariano! Él está tranquilo. Goza apaciblemente en
Burdeos de sus rentas. No es solo desde hoy que me arrepiento de haberle
comprado todos los bienes que poseía acá, pero más que nunca desde esta revolución.
Deploro la insigne locura que he come-tido al haberme encadenado a este país.
—Don
Juan, dijo mi prima, todo esto no es sino una tempestad. Cuando haya cesado
volverá a ser usted rey. Su hermano es aquí el
7 El sistema de crédito de Inglaterra y de los
Estados Unidos ha hecho prodigios al dar al trabajo un inmenso desarrollo. Su
exageración ha ocasionado, sin duda, crisis comerciales, pero no han sido sino
calamidades pasajeras. El comercio ha salido siem-pre más floreciente de esas
crisis y la experiencia adquirida va a hacer adoptar en uno y otro país medidas
que prevengan su repetición. Sin ese sistema ¿cómo Inglaterra hubiese podido
hacer soportar al pueblo el enorme peso de sus impuestos en presen-cia de una
aristocracia que posee todo el suelo? [N. de la A.].
389
Flora
Tristán
primero
por su dignidad, como lo es usted por sus riquezas. Esta po-sición eminente ¿la
encontrará en Francia donde la abundancia de grandes fortunas no permite
distinguir ninguna?
—¡Ah,
doña Carmen! La ventaja de ser alguna cosa en un país de revoluciones cuesta
demasiado cara para no preferir la oscuridad al vano goce de semejante
distinción. Piense usted en lo que nos ha cos-tado cada aparición de un nuevo
gobierno. El libertador Bolívar arre-bató a nuestra casa 40 mil pesos; el
general Sucre, 30 mil; San Martín todo lo que mi hermano Mariano poseía en
Lima8 y, ahora, son Nieto y Valdivia quienes han emprendido la tarea de
arruinarnos.
—Primo,
se necesita un poco de filosofía. Los billetes ganadores y los perdedores salen
de la rueda de la fortuna. No se puede siempre coger los primeros. Su padre
vino a este país sin nada y aquí acumu-ló grandes bienes. Su hermano, don
Manuel, hoy conde de Guaqui, dicen que tiene 20 millones. Todo eso proviene del
Perú. ¿Cree usted, don Juan, realmente que si su padre se hubiese quedado en
Vizcaya sus hermanos serían ahora, el uno obispo y el otro grande de España?
Interrumpí
a la maligna Carmen que se complacía en torturar a ese otro Ugarte.
—Primo,
le dije, este dinero le será fielmente devuelto. Mi tío Pío está convencido de
ello y prestaría a este gobierno cuanto le pidieran.
—Entonces,
Florita, dígame se lo ruego, ¿por qué nuestro amable primo no le ha prestado
sino 4 mil pesos, cuando dicen que aconsejó a Valdivia que nos obligara a
nosotros a prestar 31 mil?
—Primo,
no hay que prestar fe a los decires. Dicen también de usted cosas que no serían
muy agradables para mi tío.
—Pero,
Florita, convenga al menos en que esta desproporción es chocante. Todo el mundo
sabe que don Pío es más rico que yo y...
8 Pedro Mariano de Goyeneche fue oidor de la
Real Audiencia del Cuzco (1807-1814) y de Lima hasta 1819, año en el que se
jubiló. Partidario ferviente de la causa española, Monteagudo le impuso un cupo
de 50 mil pesos que debía pagar dentro de las dos4 horas. Como no lo hizo o no
pudo hacerlo fue puesto en prisión. Molesto con estas hostilidades viajó a
Europa y se radicó en Burdeos donde lo conoció y trató Flora. [N. de la T.].
390
2. La
república y los tres presidentes
—Don
Juan, dijo Carmen, parece que es el día en que solo se en-cuentran pobres en
Arequipa. Acabamos de ver pasar a Ugarte que no tenía zapatos en los pies...
Se
levantó, viendo que no era de Carmen, que lo detesta, de quien podía esperar el
menor consuelo.
—Voy a
ver, dijo, si don Pío quiere prestarme el dinero. Y salió. —Supongo, Florita,
que aquí encuentra excelentes tipos para po-
ner en su
diario. ¿Qué piensa usted de todos estos pobres millona-rios? ¿No le parece que
nuestro ilustre pariente Goyeneche es digno de compasión? Su padre llegó de
Vizcaya con zuecos en los pies.9 Era tonto de capirote, lo que en todo tiempo
es una cualidad para hacer fortuna; en aquella época feliz no se necesitaba
mucho espíritu para ganar dinero. Ganó enormemente, se casó con una prima de la
abue-la de usted, una señorita Moscoso, quien le llevó una rica dote. El uno y
la otra, muy avaros, criaron a sus hijos en esos buenos principios e hicieron
dar educación a los mayores, don Manuel y don Mariano a quien usted conoce.
Manuel10 se fue a España, sirvió como militar y obtuvo la confianza de no sé
qué ministro, quien lo envió al Perú para sostener la causa del rey. Cuando
esta causa se perdió recibió la misión de recoger los restos del antiguo
esplendor y trasladarlos a España. Ejecutó esta orden con tanto rigor como si
hubiese naci-do castellano, sacó del Perú todo cuanto pudo, tratando a su
propio país, donde su padre había hecho fortuna, como a país conquistado.
9 Don Juan Crisóstomo de Goyeneche y
Aguerreverre llegó a Arequipa, en 1765, adon-de el virrey Amat lo envió como
sargento de milicias. Pertenecía a una noble fami-lia originaria de Bastan, en
los Pirineos. Se casó con doña María Josefa de Barreda y Benavides, emparentada
con la familia Moscoso. [N. de la T.].
10 El mariscal de campo José Manuel de Goyeneche,
nombrado Presidente interino de la Audiencia del Cuzco, fue designado por
Abascal para dirigir las tropas que debían sofocar el movimiento revolucionario
que estalló en el Alto Perú a favor de la indepen-dencia en 1809. En 1811
venció a los patriotas en la batalla de Guaqui, con este triunfo restableció
momentáneamente el dominio español en aquella región. Después de di-ferentes
alternativas se vio obligado a retirarse y regresar a España (1814). El rey de España
le concedió el título de conde de Guaqui, lo ascendió a teniente general de los
reales ejércitos, lo nombró Gentil Hombre de Cámara, lo condecoró con las
cruces de Isabel la católica y San Fernando y le concedió otros honores. Fue él
quien debió iniciar el movimiento de independencia en el Perú y aun consumarlo.
[N. de la T.].
391
Flora
Tristán
Nunca se
ha sabido con exactitud cuántos millones arrebató a los peruanos. Pero lo que
hay de muy cierto es que guardó unos veinte para sí. Usted ve, querida amiga,
que nadie se arruina por los asuntos del rey. Fue don Manuel quien hizo nombrar
obispo a su hermano y Mariano ocupó también, por influencia suya, el puesto de
juez en Lima. Este último fue arrojado por San Martín quien se apoderó de todo
cuanto poseía en Lima y aunque todavía es rico, pues tiene 100 mil libras de
renta, se ha hecho dar por el gobierno español una pen-sión de 20 mil francos a
título de indemnización. No le hablo de los honores que han llovido sobre
ellos, las cruces de San Juan, de San-tiago, los títulos de conde de Guaqui,11
de grande de España, etc., y he aquí a este don Juan que viene a llorar
miserias porque la república le pide 6 mil pesos. Que se vayan al diablo todos
estos extranjeros que no acuden a un país nuevo sino para despojarlo y, después
de burlar-se de aquellos a quienes han arruinado, se retiran con su botín a las
ciudades de Europa.
Era
evidente que Carmen sentía un gozo secreto en vengarse de aquellos avaros que
habían criticado su manera de vivir; pero acep-taban sus cigarros de dos
centavos, sus comidas y sus fiestas.
Insistía
en hacerme regresar a la ventana, pero ese espectáculo de la avaricia en pugna
con la opresión me repugnaba. Me mostraba la humanidad bajo un aspecto tan
despreciable que resistí a las solici-taciones de Carmen.
—Al
menos, Florita, venga a ver al viejo vecino Hurtado. El buen hombre hace cargar
estoicamente sus 6 mil pesos por su asno. Ese es filósofo... Veamos lo que nos
va a contar.
Me dejé
llevar por la curiosidad de saber lo que pensaba el viejo filósofo al dar sus
pesos.
—¡Bravo,
padre Hurtado! Por lo menos usted no se fatiga en car-gar sus sacos hasta la
municipalidad.
11 El conde de Guaqui está actualmente al lado de
don Carlos con el cargo de gran escudero. [N. de la A.].
392
2. La
república y los tres presidentes
—Carmen,
el filósofo no debe doblegarse sino bajo el peso de la sabiduría. Mi asno está
destinado a cargar los fardos y no veo por qué el oro y la plata serían, por
excepción, transportados exclusiva-mente por los hombres cuando el hierro, el
cobre y el plomo, metales mucho más útiles, se llevan sobre bestias de carga.
—Vecino,
veo que procede usted de buena gracia, lo que es fácil cuando como usted se
posee un tapado.12 Pero los desgraciados como don Pío de Tristán, Juan de
Goyeneche, Ugarte, Gamio y otros no pue-den, usted comprende, resignarse tan
fácilmente.
—Sí,
Carmen, usted tiene razón. Tengo un tapado, pues la verda-dera sabiduría es más
inagotable aún que la tumba más rica de los antiguos Incas.
—La
sabiduría, vecino, la sabiduría es cosa preciosa, convengo en ello. Mas le
aseguro que yo podría ser tan sabia como uno de aquellos sabios griegos o
romanos, cuyos nombres nunca he conocido, y todo eso no me pondría una onza en
el bolsillo.
—Usted lo
cree así, hija mía, y ese es precisamente su error. —Padre Hurtado, usted me va
a hacer rabiar nuevamente. Sucede
lo mismo
cada vez que converso con usted. No va a tratar de pro-barme que su sabiduría
es la que le ha proporcionado los medios de comprar las siete u ocho casas que
posee en la ciudad, su hacienda y su ingenio azucarero. Que es con su sabiduría
con lo que ha criado a sus once hijos, les ha dado educación y dotado a sus
hijas. Que es con su sabiduría con lo que puede sostener a su hija, religiosa
de Santa Catalina, con un lujo que escandaliza a toda la comunidad y puede
hacer ofrendas a los conventos y construir una iglesia en el pueblo donde está
su hacienda... ¡Ah! ¡Déjeme tranquila con toda su sabidu-ría! ¡Por Cristo! A
ese precio todo el mundo sería sabio.
—Sí. Si
las disposiciones para la sabiduría hubiesen sido concedi-das a todo el mundo.
Pero he observado atentamente por todos lados
12 Se dice de las gentes que tienen una fortuna,
cuyo origen no se conoce, que tienen un tapado porque los antiguos peruanos
eran enterrados con sus tesoros y cuando se dio la conquista ocultaron sus
riquezas en las tumbas. [N. de la A.].
393
Flora
Tristán
sin
descubrir ningún sabio y no veo sino locos... Adiós vecina... Mi querida
señorita Florita, puesto que se siente mejor, venga a visitar-me. Tengo todavía
muchas cosas curiosas que mostrarle en mi gabi-nete. Usted tiene todo, mi
querida niña, para llegar a la sabiduría. Por eso me gusta tanto conversar con
usted.
Y se
alejó.
—¡Que el
cielo te confunda, viejo loco, con tu sabiduría!, exclamó Carmen. Cada vez que
ese indio viejo me habla, me hace poner la carne de gallina. Tiene un tapado,
estoy tan segura de ello como de tener mi cigarro en la mano. Lo explota desde
hace sesenta u ochenta años, pues ese zambo ha sobrevivido a los más viejos. Su
tesoro le da para construir casas, iglesias e irrigar su hacienda. Compra para
su hija, la religiosa, los objetos más costosos que traen los barcos de Europa,
¡y el viejo hipócrita tiene el cinismo de venir a predicar la sabiduría!... a
mí, que desde hace veinte años soporto con una verdadera filosofía todo género
de priva-ciones y no tengo a veces ni para comprar un par de medias de seda. En
verdad, Florita, esas son cosas que me irritan. No concibo cómo no ha to-mado
usted la palabra para demostrarle que usted no se engaña y que se corre el
riesgo de ser mal recibido cuando poseyendo un tapado se viene a hacer
ostentación de sabiduría ante las que no tienen un centavo.
Todo el
mundo en Arequipa está persuadido de que el viejo Hur-tado ha encontrado un
tapado que provee a sus inmensos gastos. En cuanto a mí, creo que como el viejo
de La Fontaine ha hallado un tesoro en su trabajo o, como él dice, en su
sabiduría. Ciertamente, el trabajo inteligente es la mejor sabiduría humana.
Ese venerable anciano es económico sin avaricia y muy trabajador. Ha trabajado
durante su larga vida y ha podido llevar a buen fin sus numerosas empresas. El
origen de su fortuna está, por lo que me parece, expli-cado suficientemente sin
que haya necesidad de recurrir al descu-brimiento milagroso de un tapado.
Además, si el destino le hubiese favorecido, deberían regocijarse pues hace de
sus riquezas un noble empleo. Pero se envidia a los hombres cuya inteligencia
sobresale en-tre las demás. Cuando no se pueden calumniar sus éxitos, se
atribu-yen estos a milagros antes de reconocer su superioridad.
394
2. La
república y los tres presidentes
Mi tío me
mandó buscar y me dirigí a su casa. A pesar de la carta dirigida a la familia,
don Pío continuaba demostrándome una entera confianza, me hablaba de sus
inquietudes más secretas y me consul-taba, sobre todo, con un abandono y una
amistad que yo misma no sabía cómo explicar. ¿Temía mi resentimiento y quería
paralizar sus efectos? Estaría tentada de creerlo. Yo podía, con mis
relaciones, ha-cerle algunos servicios y cuando una persona puede serle útil,
por humilde que sea, don Pío tiene un talento particular para servirse de ella,
así como para adormecer los odios de sus enemigos.
Desde los
últimos acontecimientos la ciudad había cambiado por completo de aspecto. De la
calma monótona, del fastidio abru-mador anteriores a la revolución, acababa de
pasar a una agitación extraordinaria, a un movimiento y alboroto perpetuos. El
gobierno que se había organizado en nombre de Orbegoso debía emplear las sumas
recibidas de los propietarios en poner en pie un ejército bas-tante fuerte,
capaz de resistir al de Bermúdez. Yo estaba al corriente de todo cuanto sucedía
en la comandancia general. Althaus con su franqueza y el deseo que sentía de
poner en ridículo a sus ilustres jefes me repetía hasta los más pequeños
detalles. La presunción, la incapacidad, la incuria de esos hombres rebasaban
todo lo que se podría suponer. Manuel, por su lado, me confiaba lo que Althaus
no podía saber, de suerte que yo era la mejor informada del país. Si Nieto y
Valdivia hubiesen estado por sus talentos al nivel de su posición política,
ciertamente habrían podido, con orden, economía y actividad, satisfacer las necesidades
del momento con las enormes sumas extorsionadas a los desgraciados
propietarios. Pero el dine-ro obtenido sin trabajo se gasta con prodigalidad.
No hubo falta ni extravagancia que no cometieran estos dos hombres. Si llegaba
un barco a Islay, el general hacía preguntar enseguida, con gran énfasis, qué
armas y municiones traía y daba orden de comprar inmedia-tamente los sables,
fusiles, pólvora, balas, géneros, etc., que podían encontrarse a bordo.
Valdivia no actuaba con más tino sin olvidar, no obstante, sus intereses
personales. Fundó en Arequipa un perió-dico cuya redacción costaba muy cara,
pero él era el redactor en jefe
395
Flora
Tristán
con mil
pesos de sueldo al mes, fuera del precio que recibía por cada artículo que
publicaba.13
Apenas
había transcurrido un mes desde la publicación del fa-moso bando cuando un día
entró Althaus en mi cuarto, riendo sin poderse contener.
—¿Qué
puede provocar así su hilaridad, primo? Apuesto que nue-vos errores del
generalísimo. Cuéntemelos pronto, para reír junto con usted.
—¡Ah,
Florita! He reído tanto desde esta mañana que, palabra de honor, creo estar
enfermo.
—Pero
¿qué cosa es? Dígame...
—Pues
figúrese... ¡ah, ah, perdón, prima, pero no podré contarle eso! ¡Es
increíble!... Esta página de su diario será curiosa. ¡Ah! ¡Bribón de Nieto!
¡Bah! Te perdono el no poder comprender la más sencilla figura de geometría.
Cuando se hace reír a los viejos matemáticos como me has hecho reír desde esta
mañana, se debe estar dispensado de saber que 2 y 2 son 4.
—¡Bueno,
Althaus! Me voy a incomodar. Hemos convenido en que yo sería la confidenta de
los goces, así como de las tribulaciones. Quiero reírme a mi vez.
—Sepa,
pues, querida prima, que esta mañana nuestro amable y previsor general me hizo
decir que fuese a arreglar lo que él llama su gran almacén y es sencillamente
la capillita que comunica con la prisión. Después del desayuno llevé conmigo
dos hombres y fui a este santuario donde, hasta entonces, se me había prohibido
la en-trada. No era sin razón que me hacían tanto misterio. Adivine, queri-da
niña, lo que encontré en aquel almacén.
—Pero,
qué se yo ¿sables, fusiles...?
—Sí,
sables, pero no adivina usted en qué número... Hay en el al-macén 2.800 sables
acabados de comprar y yo desafío a Nieto a reu-nir seiscientos u ochocientos
hombres bajo sus órdenes. Hay 1.800
13 Este periódico fue El Yanacocha, donde el deán
Valdivia escribía los editoriales y era vocero de las ideas confederacionistas
de Santa Cruz. [N. de la primera Ed.].
396
2. La
república y los tres presidentes
fusiles
¡Y qué fusiles! ¡Ah, no hay peligro! No matarán a sus herma-nos con esos
fusiles fabricados en Birmingham. Aquí no cuestan sino 22 francos. Es verdad
que son de fabricación inglesa y baratos, pero un inocente rodrigón sería más
temible que diez de estos fu-siles. ¡Y los sables! ¡Oh! Serían excelentes
instrumentos para cortar nabos. No le hablo de las piezas de tela azul, color
de los granaderos franceses y de los millares de cinturones, de los tahalíes
que encon-tré en un rincón, sin ver por ningún lado una sola cartuchera. Que el
diablo me lleve, pero hay que creer que las palomas mensajeras han llevado la
noticia de la revolución de Lima a esos jocosos capi-tanes ingleses y franceses
para que hayan venido a infestar el Perú con todos los desperdicios de sus
tiendas. ¿Cree usted que todas esas armas estaban arregladas en el orden
exigido para su conser-vación? ¿Que los fusiles, por ejemplo, habían sido
dispuestos en for-ma de prevenir que se enmohezcan? De ninguna manera. Todos
los objetos del almacén, arrumbados en la vieja capilla donde el agua cae por
todos lados, han sido arrojados como manojos de heno. Pero no importa, mojados
o no, esos perros de fusiles no ladrarán jamás. ¡Vamos, bravos burgueses de
Arequipa! ¡Actualmente debéis estar contentos! ¡Si se toma vuestro dinero,
podéis tener a lo menos la satisfacción de verlo útilmente empleado! Allí
tenéis un gran al-macén donde el número de sables es mayor que el de los
soldados que podéis armar... donde tenéis rimeros de paño azul, cuando no hay ni
sastres para coser los vestidos y una abundante cantidad de tahalíes. En cuanto
a las cartucheras, el capitán las ha vendido a Santa Cruz. ¡Ah! ¡Es delicioso!
Diga Flora, cuando les describa en Francia esas mascaradas peruanas creerán que
usted oscurece el cuadro: ¡¡¡2.800 sables para setecientos soldados que no
tienen za-patos en los pies ni morriones en la cabeza, a quienes, en fin, les
falta todo!!!... ¡Bravo, mi general! Creo que entiendes de todo esto
admirablemente. ¡Qué cuidadoso proveedor habrías sido! Los del Gran Ejército
daban a los soldados zapatos que les duraban ocho días; pero tú, fina flor de
proveedores les habrías dado, ¡tres sables en lugar de un par de zapatos!
397
Flora
Tristán
Althaus
se quedó más de dos horas haciendo bromas sobre los hechos y dichos de los
ilustres jefes de la república y esto con una originalidad tal, como para reír
tanto como él.
—Florita,
cuéntele a don Pío en gran confianza todo cuanto acabo de decirle. No me
molestaría si lo supiese, pero no quiero que lo sepa por mí.
—Althaus,
usted debería aconsejar a esas gentes, usted ve bien que no tienen idea alguna
de lo que deben hacer en las graves cir-cunstancias en que su ignorante
temeridad los ha colocado.
—¡Darle
consejos! ¡Ah! Florita, se ve que no conoce aún el espíritu de las gentes de
este país. Son tan necios y presuntuosos que creen te-ner la ciencia infusa. En
los primeros años de mi estancia en América me apenaba como usted verlos
cometer tantas faltas y les advertía con franqueza que si obraban de otra
manera las cosas ¡rían mejor. ¿Sabe usted lo que me sucedió? Me suscité
enemigos implacables en-tre todos esos imbéciles. Desconfiaron de mí, me
hicieron misterio de todo, como usted ve el que me han hecho con las armas, y
sin la necesidad urgente que tenían de mis conocimientos me hubiesen arrojado
como a un hombre abominable. Tuve que sufrir mucho al principio con tales
gentes; pero al fin adopté mi partido y sin inquie - tarme más, les dejé hacer sus
tonterías y me contenté con hacer bro-mas, pues, durante mi estada en Francia
conocí el poder del ridículo cuando se emplea oportunamente y con habilidad.
—Pero,
Althaus, todo cuanto me acaba usted de decir es muy alarmante. Semejantes
extravagancias tendrán consecuencias des-graciadas para los habitantes de
Arequipa. Si Nieto compra así to-das las vejeces de los capitanes europeos se
verá obligado a recurrir a nuevas extorsiones y por la manera como proceden,
estas se repe-tirán sin cesar.
—Será
como usted dice. El audaz monje Valdivia prepara ya su se-gundo bando. Esta vez
don Pío no se le escapará. Ugarte y Gamio van a ser esquilmados, pero sobre
todo van a golpear sobre el obispo y su casa. ¡Ah, señores burgueses! ¿Queréis
república? Bien, bien, amigos míos, ¡vamos a mostraros lo que cuesta una
república!
398
2. La
república y los tres presidentes
Althaus
se dedicó a ridiculizar ese sistema de gobierno. El abso-lutismo estaba en el
alma del barón de Althaus y los resultados que tenía delante de los ojos no
eran a propósito para convertirlo a la organización republicana.
Las
ciudades de América española, separadas unas de otras por inmensas extensiones
de territorio sin cultivo y sin habitantes, tie-nen todavía pocos intereses
comunes. La necesidad más urgente era dotarlas de organizaciones municipales
proporcionadas al adelanto intelectual de sus poblaciones y susceptibles de
progresar con ellas y unirlas por un lazo federal que sería la expresión de las
relacio-nes existentes entre esas ciudades. Pero, para libertarse de España fue
preciso levantar ejércitos y, como sucede siempre, la potencia del sable ha
querido dominar. Si las poblaciones de estas repúblicas es-tuviesen aproximadas
se encontraría más unidad de aspiraciones y no presentarían, después de veinte
años, el espectáculo aflictivo de guerras renacientes sin cesar.
El gran
acontecimiento de la independencia ha engañado todas las previsiones.
Inglaterra gastó sumas enormes en provocarla y des-de que la América española
es independiente el comercio inglés hace operaciones ruinosas.14 El sentimiento
que se explotó para excitar a esos pueblos a sacudir el yugo de España no fue
el amor de una liber-tad política, deseo que estaban muy lejos de sentir, ni el
de una in-dependencia comercial, que las masas eran demasiado pobres para poder
gozar. Se puso en juego contra los españoles el odio, alimen-tado por las
preferencias de que eran objeto. Con los ojos fijos en los prodigios que la
libertad ha hecho florecer en la América del Norte, se admira uno de ver a la
del Sur presa por tanto tiempo, de las con-vulsiones políticas y de las guerras
civiles y no se presta suficiente atención a la diversidad de climas y a las
diferencias morales de los dos pueblos. En América del Sur las necesidades son
restringidas y
14 “Inglaterra ofreció una base de apoyo económico
y moral sobre todo al avanzar el siglo XIX cuando su industrialismo necesitó un
campo de expansión por el exceso de productos a causa de los progresos de la
técnica y de la aplicación del vapor” (Basadre, 1984, pp. 18-19). [N. de la
primera Ed.].
399
Flora
Tristán
fáciles
de satisfacer. Las riquezas están también repartidas con mucha desigualdad y la
mendicidad, compañera inseparable del catolicismo español, es casi una
profesión. Existían en el Perú, antes de la inde-pendencia, inmensas fortunas
hechas en los empleos públicos, en el comercio y en especial en el comercio
intérlope, así como en la explo-tación de las minas. Un número muy pequeño de
esas fortunas tenía su origen en el cultivo de las tierras. La masa de la
población estaba cubierta de harapos y no ha mejorado su suerte desde entonces.
Mien-tras tanto, en la América inglesa las costumbres y los usos se habían
formado bajo el imperio de las ideas liberales, políticas y religiosas. Las
poblaciones estaban cercanas, habitaban en un clima que suscita muchas
necesidades, conservaron las costumbres laboriosas de Euro-pa y como la riqueza
no se adquiría sino por el cultivo de las tierras y el comercio regular hubo
bastante igualdad en su distribución.
Puede uno
sorprenderse de que, según las reglas de la prudencia humana, todas las gentes
ricas no evacuaran América al mismo tiem-po que el gobierno español. Era
evidente que iban a ser las víctimas de todas las conmociones. Sus riquezas, en
efecto, han alimentado las guerras y estas no cesarán sino cuando ya no haya
grandes for-tunas que expoliar. La explotación de las minas disminuye cada día,
muchas a consecuencia de las guerras se han inundado; cuando la tranquilidad se
restablezca los habitantes se encontrarán obligados a entregarse casi por
completo al cultivo de las tierras, ese trabajo civilizador hará nacer
gradualmente entre ellos las ideas de orden y de libertad racional.
En cuanto
la noticia de los acontecimientos de Lima llegó a Are-quipa, los hombres que
hicieron pronunciarse a la ciudad a favor de Orbegoso no estaban movidos por el
amor del bien público, ni por-que estimaran que este presidente valía más que
sus competidores. Vieron la ocasión de apoderarse del poder, de llegar a la
fortuna y se apresuraron en aprovecharla.15 Valdivia ejercía gran influencia
so-
15 La revolución de 1834 tuvo un carácter muy
diferente del simple pretexto para impo-ner cupos, obtener puestos o perseguir
enemigos. Fue un movimiento esencialmente
400
2. La
república y los tres presidentes
bre el
general Nieto y lo empujó a tomar el gobierno militar de todo el departamento.
Él mismo, bajo los auspicios del general, se puso a la cabeza del gobierno
civil y distribuyó entre sus paniaguados todos los empleos. Esos dos hombres, o
más bien Valdivia solo, dirigieron todos los asuntos durante tres meses hasta
la llegada de San Román.
El monje
Valdivia, nacido con eminentes talentos, fue educado en el más famoso convento
de Arequipa, el de los jesuitas. Su aptitud, su prodigiosa inteligencia y la
audacia de su carácter lo elevaron sobre la multitud de alumnos y atrajeron
todas las miradas. El sacerdote Luna Pizarro lo tomó bajo su protección
inmediata, lo tuvo en su casa, lo nombró su secretario y le prodigó todos sus
cuidados has-ta completar la educación del joven de quien contaba servirse
algún día. Valdivia se convirtió pronto en confidente de Luna Pizarro. Este lo
inició en todos sus proyectos de ambición. Los dos sacerdotes hicie-ron un
pacto y unieron sus respectivos medios de acción para llegar uno y otro al
poder. Luna Pizarro aspiraba al obispado de Arequipa, lo que le hubiese dado el
poder eclesiástico y cerca de 100 mil pesos de renta. Todos sus manejos tendían
hacia esa posición eminente.
Valdivia
era un hombre de cerca de 36 años. Desde hacía quince venía observando el curso
de los acontecimientos y la marcha de la opinión; reconoció que los tiempos del
poder civil habían llegado y que el pueblo, a pesar de su excesiva beatitud y
superstición, concede-ría naturalmente más autoridad a los agentes nombrados
por él mis-mo, a los depositarios de su voluntad, que a los sacerdotes
impuestos por un poder exterior. El catolicismo comenzó a declinar desde el día
en que, abandonando la elección popular, el sacerdocio no quiso re-cibir sus
funciones de la conciencia de los pueblos, sino de los reyes y de los príncipes
de la Iglesia. Esta religión se detuvo desde entonces
popular y
espontáneo, antecedente de la reacción civil contra el militarismo que
pro-tagoniza en 1872 la multitud contra los Gutiérrez y en 1895 las montoneras
de Piérola. Desde un punto de vista formal fue la defensa del presidente legal
contra el intento de usurpar su función mediante la fuerza. En el fondo
representó el anhelo de salir de la etapa del caudillaje, del despotismo, del
gobierno de grupo que si no pudo lograr su objetivo merece, al menos,
comprensión y hasta respeto. [N. de la T.].
401
Flora
Tristán
y al
cesar de progresar, a la par que las naciones, ha sido abandonada
sucesivamente. Esto sucederá en el Perú y ocurrirá en todas partes si no se
armoniza con los adelantos del pensamiento humano.
Valdivia
entró en la carrera civil, se hizo abogado, escritor y pe-riodista sin dejar de
ser sacerdote. Se puso así en situación de apro-vechar de todos los
acontecimientos reservándose el cubrirse, en caso necesario, de su carácter
sacerdotal y servirse de este, según las circunstancias, como medio de
agresión. Luna Pizarro, diputado por Arequipa ante el Congreso Nacional,
intrigaba en Lima y aprovecha-ba todas las ocasiones para fomentar las
discordias, excitar el desor-den y provocar las revoluciones mientras que en
Arequipa Valdivia hacía, como sacerdote, las predicaciones más furibundas
contra el obispo; irritaba contra él a toda la población y, arrastrándolo por
el lodo, le quitaba todo el prestigio y respeto con que el prelado había estado
rodeado hasta entonces. El monje tenía tanto espíritu, lógica y vehemencia que
cada artículo lanzado en su periódico contra el obispo le hacía a este perder
uno de sus miembros, como decía Al-thaus. Pero si la voz del impetuoso Valdivia
tuvo tanto poder contra el obispo fue porque había mucho de verdad en sus
ataques. Valdivia y Luna Pizarro no se mostraron más duros e implacables contra
el prelado de lo que este había sido durante doce años con los desgra-ciados a
quienes los deberes de apóstol, las condiciones que la ciudad le había impuesto
y, en fin, las consideraciones sociales y religiosas, le exigían como rigurosa
obligación consolar.
Don José
Sebastián de Goyeneche ocupaba desde hacía catorce años la sede episcopal de
Arequipa.16 Obtuvo esta alta dignidad me-diante la todopoderosa influencia que
en los asuntos del Perú tenía su hermano don Manuel, conde de Guaqui, muy en
favor entonces en la corte de Fernando. El obispado de Arequipa producía
anual-mente cerca de 100 mil pesos; pero el obispo estaba obligado, según las
disposiciones impuestas por la ciudad al concederle esta suma,
16 Don José Sebastián de Goyeneche fue elegido
obispo de Arequipa en 1816 y desem-peñó este cargo hasta 1860 en que fue
nombrado Arzobispo de Lima. [N. de la T.].
402
2. La
república y los tres presidentes
a
distribuir entre los pobres una parte de ella. Esta obligación, que sería
injuriosa para el carácter apostólico de un obispo si la caridad fuese
infaliblemente la virtud de los prelados nombrados por las cortes, fue para los
desgraciados de Arequipa una garantía insufi-ciente de la beneficencia del
señor de Goyeneche. Ya he dicho que el vicio dominante de esta familia es la
avaricia. En el obispo llega-ba a una escandalosa exageración... No solo
privaba a los pobres de las limosnas a que tenían derecho sobre su enorme
renta, sino que aun cometía diariamente actos de la más irritante dureza. Una
pobre viuda desprovista de todo recurso fue a solicitar un socorro y el obispo
le hizo dar un real (14 céntimos). Un padre de familia se fracturó un miembro y
le envió una limosna de igual valor. Una señora pobre, de muy alto nacimiento,
que había perdido a una hija a quien amaba tiernamente, fue un día donde el
obispo y le rogó darle 3 pesos (15 francos) que le faltaban para colocar una
modesta piedra sobre la tumba de su hija. El obispo se los negó... Cuando mi
abuela murió todos los pobres siguieron el cortejo hasta el ce-menterio y
repetían llorando: “Perdemos a una mujer que nos daba en un mes más que el
obispo en todo el año”. Esta horrible avari-cia atrajo sobre él y sobre su casa
el desprecio público a tal punto que se había hecho proverbial decir, cuando
alguno cometía una mezquindad: es a la Goyeneche. Pero si su extrema avaricia
privaba de estimación y de afecto a toda la familia, esta procuraba, con un exterior
lleno de afabilidad, de cortesía y de modestia, conciliar-se el respeto de
todos. El mendigo desarrapado, a quien se le nega-ba una limosna, se sentía
honrado al ser saludado por un prelado cubierto de seda carmesí, que llevaba
una cadena de oro al cuello, una hermosa sortija en el dedo e iba seguido por
cuatro sacerdotes ricamente ataviados. La hermana era también graciosa para con
todo el mundo e igualmente los hermanos. Bajo esa apariencia de rústica
sencillez todos ellos apreciaban con suficiente exactitud el corazón humano
para conocer el valor que se debía atribuir a las cortesías que bajan de lo
alto y creían deber ofrecerlas en compen-sación de las virtudes de que
carecían.
403
Flora
Tristán
Valdivia,
al atacar al obispo,17 golpeaba en el punto preciso y pro-dujo un efecto
correspondiente a la gravedad de sus acusaciones. Pu-blicó en su periódico una
serie de artículos en los cuales describía la avaricia del prelado con los
colores más odiosos. Y cuando exal-tó hasta el colmo la indignación pública,
probó que durante toda la duración de su episcopado el señor de Goyeneche había
distribuido anualmente a los indigentes de la ciudad o a los curas del campo
solo mil pesos; mientras que debía haber empleado 14 mil en este objeto de los
100 mil que la ciudad concedía a su obispo. Después presentó la cuenta de las
sumas robadas a los pobres y demostró que, en el curso de diez años les había
sustraído una suma que ascendía con sus intereses a 200 mil pesos (más de un
millón en nuestra mone-da), el monje pedía a gritos que se forzase al obispo a
la restitución. Todo el mundo, hasta los amigos de la familia Goyeneche, no
podía dejar de reconocer la verdad de los cálculos de Valdivia y las
conclu-siones deducidas de ellos. Por toda respuesta, los Goyeneche
vocife-raban sobre la irreverencia y el escándalo de semejantes ataques y se
negaban a entender el asunto de manera diferente. Valdivia no abandonó su presa
y persiguió al obispo con una constancia y una fuerza de lógica que redujeron a
silencio a los tímidos defensores del prelado. El propósito del audaz monje era
el de hacerlo comparecer ante un tribunal de alta jurisdicción con una
acusación de peculado. El señor de Goyeneche, de salud precaria, habría sucumbido
ante la vergüenza de semejante proceso o se vería obligado a renunciar. Una vez
abatido el árbol, Valdivia correría a las ramas y Luna Pizarro po-día tomar sus
medidas para ocupar la sede ya vacante.
Al
organizar el nuevo gobierno, Valdivia había colocado bajo sus órdenes a gentes
nulas en extremo con el fin de paralizar toda
17 La enemistad de Valdivia con Goyeneche era
antigua, aunque no revistió los caracteres de odiosidad que Flora le atribuye.
En 1827, Valdivia pronunció en la Academia Lauretana de Arequipa una
disertación combatiendo el celibato eclesiás-tico y Goyeneche sostuvo una
polémica con él. Posteriormente, Valdivia se retractó en público por lo que el
obispo reputó errores en su disertación. En San Camilo dio una serie de
conferencias y sermones condenando su doctrina y llegó a ser Prelado Doméstico
de Su Santidad, nombrado a este cargo por Pío IX en 1861. [N. de la T.].
404
2. La
república y los tres presidentes
oposición
y tener constantemente a su disposición dóciles instru-mentos. Nombró prefecto
a don Manuel Cuadros,18 hombre incapaz; pero que tenía a su favor la
recomendación del odio implacable que sentía hacia los Goyeneche. El señor
Cuadros había pedido en ma-trimonio a la señorita Goyeneche. Esta señorita, a
quien la fortuna hacía exigente, había ya rechazado numerosos pretendientes. El
se-ñor Cuadros fue, según creo, el vigésimo despedido. Ella se enfadaba con
cada nueva propuesta que se le hacía y decía en alta voz “que no concebía cómo
hombres que tenían por toda fortuna 60 mil u 80 mil pesos solamente, osaban
venirle a ofrecer un peso a cambio de una onza”. El señor Cuadros de Osencio
pertenecía a una familia muy an-tigua de Cádiz. Tan orgulloso como necio,
furioso de ver que se medía su mérito por el número de pesos que tenía, se
convirtió en enemi-go irreconciliable de esta familia y cuando se presentó la
ocasión, la pobre mariquita pagó muy caro el rechazo un poco altivo hecho al
señor Cuadros.
Como
Althaus me lo había anunciado, Valdivia hizo aparecer su segundo bando un mes
después del primero. Esta vez a mi tío se le impuso 6 mil pesos. Protestó, pero
fue necesario pagar el mismo día. El bando decía que los retardatarios serían
reducidos a prisión. Al obispo se le impuso 30 mil pesos; a su hermano 6 mil y
a su hermana igual suma; a Ugarte 10 mil. Este último tuvo accesos de locura y
su esposa se vio obligada a llevarlo al campo. El pobre Gamio casi muere. Una
de mis primas, apellidada Gutiérrez, fue la única que demostró energía. Se
encaprichó en no pagar y no la pudieron obligar a hacer-lo. Toda la ciudad se
hallaba en tal estado de exasperación que Nieto no se atrevía ya a salir por
las calles. El audaz Valdivia, que desde ha-cía tiempo se vestía de paisano,
juzgó prudente revestir la sotana. El hábito talar ha conservado aún influencia
sobre el populacho y Val-divia se inquietaba muy poco del resentimiento de los
propietarios.
18 Manuel Ascencio Cuadros y Loayza (1777-1864)
fue alcalde de Arequipa (1825- 1826) además de prefecto del departamento (1834)
y vocal de la Corte Suprema del Estado Sud-Peruano (1836). En 1839 abandona
Arequipa para asumir su puesto de Vocal Superior de Lima (1839), continuando en
la capital su carrera pública. [N. de la primera Ed.].
405
Flora
Tristán
Después
de haber impuesto esta segunda contribución, que no fue mejor empleada que la
primera, se hizo una requisición de caballos, después de yeguas y de mulas y,
al fin, quitaron hasta los asnos. To - das aquellas exacciones agotaron a los
desgraciados arequipeños. Las soportaban murmurando y sin tener el valor de
libertarse, cuan-do la leva de hombres, ordenada por el general Nieto llevó al
colmo sus dolores y su indignación. El pueblo peruano es antimilitarista. Todos
aborrecen el estado de soldado y el indio mismo prefiere ma-tarse antes que
servir.19 En un principio los arequipeños se negaron rotundamente a obedecer la
llamada del general. Valdivia recurrió entonces a la persuasión y en una serie
de artículos, publicados en su periódico, supo interesar su orgullo con tanta
astucia que todos los jóvenes se enrolaron voluntariamente. El hábil monje
explotaba su vanidad e ignorancia, los comparaba a los espartanos, a los
romanos, en fin, a los inmortales parisienses de 1830. Consiguió, por medio de
adulaciones, excitar su emulación de tal modo que todos, jóvenes y viejos,
marcharon en las filas de los defensores de la patria. Recuerdo que los
artículos del monje comenzaban siempre así: “¡Arequipeños! La República del
Perú espera encontrar en vosotros defensores, pues no quiere ver su noble causa
defendida por lo que se llama soldados”. Otra vez les dijo: “¡Arequipeños!
Vosotros todos sois libres. El jefe no es más que el subordinado, el
subordinado es tanto como su jefe. Ya no hay soldados entre vosotros, solo
hermanos, hombres libres, de-fensores de la patria, etc.”.
—En
verdad, me decía Althaus, estoy tentado por creer como las viejas que este
monje condenado ha encontrado los cuernos del diablo que, según ellas, dan el
poder de hacer milagros. En cuanto a mí, le estoy sumamente agradecido, pues le
aseguro que me saca de un gran apuro. El general, que es miedoso como una
perdiz, me había dado el pesado encargo de registrar las casas para descubrir a
los conscriptos
19 Mi tío me ha referido que, durante sus veinte
años de guerras en el Perú, cada vez que tenía que atravesar ríos o bordear
precipicios, perdía un gran número de soldados
indios,
quienes se arrojaban al río o al precipicio, prefiriendo esta muerte espantosa
a la vida de soldado. [N. de la A.].
406
2. La
república y los tres presidentes
que no
querían presentarse. Ese trabajo no me cuadraba en lo abso-luto. Soy hombre
capaz de cargar sobre mis hombros a tres de esos mozalbetes si los encuentro en
los linderos de un bosque; pero forzar la entrada de una casa donde la anciana
madre, la esposa llorosa y los hijos me hubiesen rodeado suplicantes,
saltándome al cuello para acariciarme... no habría podido resistirlo. Soy duro
sobre el campo de batalla porque he aprendido a serlo y es una necesidad; pero
con los desgraciados que sufren y lloran yo sufro y lloro también.
—¡Ah,
primo! Se pinta usted con estas palabras y me agrada usted así. Althaus, usted
no está hecho para matar a los hombres...
—Florita,
sin embargo, nunca he estado mejor que en Waterloo y allí maté hombres.
—¡Por
Dios! No me hable de su Waterloo. Esa palabra me hace estremecer de horror. No
puedo oírla sin estar penosamente afecta-da. ¿Decía usted, primo, que el padre
Valdivia ha conseguido que los conscriptos vayan voluntariamente sin emplear
con ellos la fuerza?
—Es un
hecho muy cierto. Los llama Alejandros, Césares, Napo-leones.20 Les habla en
griego y en latín y quizá sí les dice en esas an-tiguas lenguas: malditos
animales, cobardes, etc., pues que el diablo me lleve si uno solo de sus
lectores sabe latín. Entre otras bellas fra-ses que les recita ¿no tiene la
desfachatez de decirles que Europa, que el mundo entero, los contempla? ¡Que en
París van a estar envidiosos de su valor! Qué sé yo todas las paparruchas que
les dice. ¿Por qué no lee usted su periódico y sus sublimes proclamas? Le
aseguro que son piezas muy curiosas.
—Leo todo
cuanto este sacerdote escribe. Pero evito hablar de ello porque me hace sufrir.
Es imposible burlarse así de todo un pueblo con tanta impavidez.
20 En la Biblioteca Nacional del Perú pueden
consultarse varios de los bandos y pro-clamas lanzadas por Nieto en Arequipa en
esos días. Son interesantes piezas históri-cas. En ninguno de ellos aparecen
las palabras exageradas que señala Flora. En una de las primeras, del 14 de
enero de 1834, Nieto dice que toma su lanza para vengar el ultraje inferido a
la Convención por Gamarra. [N. de la T.].
407
Flora
Tristán
—¡Ah,
Florita! ¿Por qué este pueblo es tan torpe como para dejarse engañar por ese
intrigante? Esos imbéciles peruanos están tan hin-chados de orgullo que tienen
la estupidez de creer que sobrepasan en valor y en inteligencia a los
Alejandros, los Césares y los Napoleones. ¡Pues bien! No tendrán sino lo que
merecen. Es preciso que paguen su necedad. Soltarán el queso, el zorro se
apoderará de él y se reirá en sus narices. Es usted muy buena en tener
compasión de ellos. Ríase conmigo de sus tonterías. ¿Sabe que se organiza un
cuerpo de guar-dias nacionales a imitación de París? Creo, hermosa prima, que
es por agradar a usted que desde su llegada todo se hace aquí, según la moda
parisiense, al uso de París. Ese cuerpo de ejército se llama “los inmor-tales”.
¡Es para reventar de risa! Han venido hoy a rogarme que les dé algunas nociones
de arte militar, tal como se ¡ría donde un maestro de baile a decirle: enséñeme
en dos o tres lecciones un paso de danza...
¡Miserables
burgueses! ¡Algunas lecciones de arte militar!, pero ¡cuer-da de tenderos! Hace
treinta años que yo, nacido en los campamentos, estudio el arte de la guerra y
no soy sino un aprendiz al lado de los grandes capitanes que han deslumbrado al
mundo con su gloria. ¡Ah! Si mis antiguos camaradas del ejército del Rin me
viesen haciendo maniobrar a estas muñecas peruanas, ¡cómo se reirían! ¡Dios
mío, cómo se reirían! Felizmente en Alemania no se ocupan en lo menor de los
hechos y dichos de los inmortales peruanos. Con todo, deploro no haberme
cambiado de nombre cuando llegué a este país.
—Pero si
parece usted tan humillado por dirigir a tales hombres ¿por qué se queda entre
ellos?
—¿Por
qué? ¿Por qué? Porque quiero primero que me paguen los 150 mil pesos que me
deben. Enseguida porque mi estado es el de ser soldado y aquí se baten. Oigo a
veces algunos tiros de fusil y eso me recuerda mis buenos tiempos. Ahora estoy
un poco viejo para ir a enrolarme bajo el estandarte del pachá de Egipto o bajo
el del prín-cipe Othón. Por otro lado, en aquellos países no habrá de qué reír,
mientras aquí me divierto como un loco con todas las necedades y ya eso es
algo. Prima, el domingo usted verá al general. Felicítelo por su hermoso cuerpo
de inmortales, se siente muy halagado cuando
408
2. La
república y los tres presidentes
usted
habla de guerra con él y me pregunta a menudo lo que piensa sobre todos estos
asuntos. A veces me provoca contestarle que lo con-sidera a él como al primero
entre los ignorantes.
—Althaus,
los lobos no se devoran entre sí. Esté tranquilo, el domingo le diré que jamás
he visto en París nada tan grandioso y magnífico.
—¡Oh!, y
lo creerá.
Tal es el
carácter peruano, vanidoso, fanfarrón, crédulo, desbroza todo con la palabra y
es tan incapaz de firmeza en la acción como de perseverancia en una resolución
valerosa.
El
movimiento tumultuoso de la ciudad, mis numerosas rela-ciones y mis
conversaciones íntimas con mi tío, con Althaus y con Manuel, me proporcionaban
una existencia variada y bastante ocu-pada. Pero nada de esto interesaba mi
corazón y, desde entonces, un vacío espantoso, una tristeza indecible se
apoderaron de mí. Los se-res de naturaleza amante no pueden vivir solo de la
agitación pro-vocada por los acontecimientos exteriores y necesitan afectos.
Re-conocí, aunque demasiado tarde, que, empujada por el dolor, había cedido con
imprudente facilidad a mi imaginación al venir a buscar en el Perú una
tranquilidad y una felicidad que solo podía encontrar en el fondo de las dulces
emociones que ya no me era permitido sen-tir. Joven todavía, y pasando por
soltera, hubiese podido esperar que un hombre me amara y se casara conmigo aun
privada de fortuna. Puedo decir, sin temor a un desmentido, que muchos de esos
seño-res de Arequipa me manifestaron con bastante claridad sus inten-ciones
para tener duda a este respecto. Si hubiese sido libre habría compartido el
cariño y aceptado con reconocimiento la protección de alguno de ellos. Pero
sentía el peso de mis cadenas, aun a la distan-cia inmensa que me separaba del
amo a quien pertenecía; tuve que refrenar los impulsos de la naturaleza que
Dios había puesto en mí y parecer fría, indiferente y, a menudo, hasta poco
amable. Franca has-ta la exageración, sentía la necesidad desahogar mis penas y
aunque deseaba verter mis lágrimas en el seno de un amigo, me era preciso aislar
mi corazón en medio de mis semejantes y vivir en una reserva continua.
Ciertamente estaba muy lejos de prever, cuando partí, las
409
Flora
Tristán
torturas
que me haría sufrir mi papel de soltera. Los sufrimientos de a bordo estaban a
lo menos endulzados por mi afecto hacia Chabrié. Pero desde el instante en que
rompí con él me prometí no tener esa clase de amistad con nadie. Era demasiado
peligrosa para mí y para aquel que fuese objeto de ella.
Yo no
vivía. Vivir es amar y no tenía conciencia de mi existencia sino por ese deseo
de mi corazón que no podía satisfacer. Si para cam-biar trataba de concentrar
mis facultades amorosas sobre mi hija, percibía también el peligro de
abandonarme a ese amor. No me atre-vía a pensar en esta niña, y sin cesar
trabajaba en arrojarla de mi me-moria pues temía traicionarme al hablar de ella
en la conversación. ¡Ah! ¡Cuán difícil es olvidar ocho años de vida y sobre
todo la calidad de madre!... La menor de las hijas de Joaquina tenía la edad de
mi hija. Era simpática, traviesa y su lengua infantil me recordaba a mi pobre
Alina. A este pensamiento mis ojos se llenaban de lágrimas... Quitaba los ojos
de esta niña y me retiraba a mi cuarto en un estado de su-frimiento que solo
una madre puede concebir. ¡Ah!, desgraciada, me decía, ¿qué he hecho? El dolor
me volvió cobarde, desnaturalizada y huí, incapaz, de soportar el peso. Dejé a
mi hija al cuidado de gente extraña. ¡La desgraciada criatura está quizá
enferma, quizá muerta! Entonces mi imaginación me abultaba los peligros que
podía correr, así como mis culpas hacia ella y caía en una desesperación
delirante.
Todo lo
que me rodeaba aumentada mi dolor. No hablaba a los niños, habría deseado no
verlos. Fui tan fría con los de mi tía y con los de Althaus que los pobres
pequeños no se atrevían a hablarme ni aun a mirarme. Esta casa donde había
nacido mi padre, que hubiese debido ser la mía y en la que, sin embargo, era yo
considerada como una extraña, irritaba las heridas de mi corazón. La vista de
sus amos hacía presente a mi espíritu la odiosa iniquidad que cometían
des-piadadamente conmigo. El precio de su hospitalidad me era amargo y no había
penas ni peligros a los que no me expusiese en imagina-ción con tal de
abandonar el antro en el cual había sido yo tan cruel-mente expoliada. Francia
se ofrecía a mis pensamientos con todos los dolores que había sufrido en
ella... ¡No sabía dónde huir ni qué
410
2. La
república y los tres presidentes
hacer! No
entreveía asilo ni reposo en ningún sitio sobre la tierra. La muerte, que
durante largo tiempo había creído próxima y espe-raba como un beneficio de
Dios, se negaba a mis votos y mi salud se había fortalecido. No había ninguna
perspectiva a mis esperanzas, ninguna persona en el seno de la cual pudiese
desahogar mi dolor. Una negra melancolía se apoderó de mí. Estaba silenciosa y
medi-taba los más siniestros proyectos. Tomé aversión a la vida. Era para mí un
fardo cuyo peso me agobiaba. En esta circunstancia tuve que luchar contra una
violenta tentación de destruirme. Nunca he apro-bado el suicidio. Siempre lo he
considerado como el resultado de la impotencia para soportar el dolor. Me
parece tan natural el despre-cio por la vida cuando se sufre que jamás he
podido considerar esta acción sino como la de un cobarde. Pero el sufrimiento
tiene sus iras y la inteligencia es a veces muy débil para resistir, cuando no
tiene la fe por apoyo. Creía entonces en la razón humana. Lejos de caminar en
la vida resignada a todo, buscando en los acontecimientos la vía que la
Providencia me había destinado, esperaba o me dejaba arras-trar por el dolor,
según me parecía el porvenir sereno o cargado de tempestades. Hube de sostener
rudos combates para dominar este disgusto por la vida y esta sed de morir. Un
espectro infernal me pin-taba incesantemente todas las desgracias de mi
existencia pasada, todas las que me esperaban todavía y dirigía contra mi
corazón su mano homicida. Pasé ocho días y ocho noches sintiendo ese abrazo de
la muerte, constantemente me parecía tener sobre mi cuerpo sus manos heladas.
En fin, salí del largo combate dejando que este poder infernal tomase posesión
de mi espíritu.
Me
resolví también a entrar en la lucha social y después de haber sido largo
tiempo víctima de la sociedad y de sus prejuicios, ensa-yar de explotarla a mi
vez, vivir de la vida de los demás y ser como ellos, codiciosa, ambiciosa,
implacable. Convertirme como ellos en centro de todas mis acciones. No
detenerme, como ellos, ante ningún escrúpulo. Estoy en medio de una sociedad en
revolución, me decía, veamos por qué medio podría yo representar un papel,
cuáles los ins-trumentos de que sería preciso servirme.
411
Flora
Tristán
En esta
época, sin creer en el catolicismo, creía en la existencia del mal. No había
comprendido a Dios, ni su omnipotencia y amor infini - to para los seres a
quienes creó. Mis ojos no se habían abierto todavía. No veía que el sufrimiento
y el gozo son dos modos de existencia in-separables de la vida. Que el uno trae
al otro inevitablemente y que es así como todos los seres progresan, como todos
tienen sus fases de de-sarrollo por las cuales deben pasar y, ciegos agentes de
la Providencia, todos tienen también una misión que cumplir de la cual no
podemos suponer que pueden apartarse sin rebajar la potencia divina.
Pensaba
que dependía de nuestra voluntad formarnos para cual-quier papel que fuera. Yo
solo había sentido hasta entonces las nece-sidades del corazón. La ambición, la
codicia y otras pasiones ficticias no se habían presentado a mi espíritu sino
con la efervescencia de cerebros enfermos. Había aspirado siempre a una vida
animada por tiernos afectos, a una modesta comodidad y estos deseos me estaban
vedados. Esclavizada a un hombre... (ya lo he calificado) en una edad en que
toda resistencia es impotente, nacida de padres cuya unión no había sido
inscrita según las fórmulas legales, debía muy joven aún renunciar para siempre
a las tiernas afecciones y a una vida por encima de la pobreza. El aislamiento
era mi lote. No podía aparecer sino furtivamente en el mundo y la fortuna de mi
padre se conver-tía en la presa de un tío millonario. Colmada la medida, me
puse en abierta rebeldía contra un orden de cosas del cual yo era la triste
víctima, pues sancionaba la servidumbre del débil y la expoliación del huérfano
y me prometí entrar en las intrigas de la ambición, ri-valizar en audacia y
astucia con el monje, ser como él perseverante; como él sin piedad.
¡Desde
aquel momento el infierno entró en mi alma!... El infierno lo encontramos
siempre que nos desviamos de la ruta trazada por la Providencia y nuestros
tormentos aumentan a medida que nos alejamos de ella. En vano intentamos
cambiar nuestra naturaleza. Pocas personas, según creo, podrían manifestar una
voluntad más fuerte que aquella con que Dios me había dotado y, sin embargo,
con la firme intención de endurecerme y de ser ambiciosa, no pude
412
2. La
república y los tres presidentes
conseguirlo.
Puse toda mi atención en Valdivia. Lo estudié y com-prendí su ardiente deseo de
dominación y su odio contra el obispo. Pero ninguno de estos sentimientos pudo
penetrar en mí. Sentía que la existencia del monje me sería antipática. Me puse
en el sitio de Althaus y reconocí que las fuertes emociones tras de las cuales
corría me causarían horribles dolores. En cuanto a mi tío, jamás pude
com-prender qué gozo podía sentir en emplear su vida en sordas intrigas y en
miserables pequeñeces.
No dejé
de persistir en los designios que había formado, no solo de entrar en el
movimiento político, sino aun de representar un pa-pel principal. Tenía ante
los ojos, para animarme, el ejemplo de la señora Gamarra, quien se había
convertido en árbitro de la Repúbli-ca. Gamarra y su esposa no habían derrocado
a Orbegoso sino para reinar bajo el nombre de Bermúdez. La señora Gamarra
dirigía todos los asuntos, mandaba los ejércitos y bajo los nombres de Bermúdez
y de Orbegoso la lucha iba, de hecho, a empeñarse entre la señora de Gamarra y
el monje Valdivia.
Era
preciso suplantar a este último, reunir en torno mío a los principales
partidarios de Orbegoso. Solo por la potencia del sable se podía triunfar en
semejante proyecto. Tenía un pesar excesivo de verme obligada a recurrir al
brazo de otro cuando me sentía capaz de actuar por mí misma. Debía aplicarme a
encontrar un militar que, por la energía de su carácter y su influencia sobre
los soldados, fuese propio para secundarme. Le inspiraría amor, fo-mentaría su
ambición y me serviría de él para emprenderlo todo. Me puse seriamente a
estudiar a los oficiales que venían a casa de mi tío y a aquellos con quienes
conversaba familiarmente todas las tardes en casa de Althaus.
Sin
embargo, no había podido destruir todo mi ser hasta el punto de que los buenos
principios que había en mí no se irguiesen contra la carrera en que me
obstinaba en querer lanzarme. Asaltada por si-niestras reflexiones cuando
estaba sola, me representé las numero-sas víctimas a quienes habría de inmolar
para lograr apoderarme del poder y conservarlo. Trataba en vano de hacerme
ilusiones con los
413
Flora
Tristán
grandiosos
planes de felicidad pública con que construía mi quime-ra; una voz secreta me
preguntaba quién me había revelado la certi-dumbre del éxito para intentar su
realización al precio del asesinato y si podía acusar de las desgracias de mi
posición a las personas cuya pérdida me vería obligada a conjurar. Veía ya
levantarse contra mí los manes de mis antagonistas decapitados. Mi corazón de
mujer se oprimía, mis cabellos se erizaban sobre la cabeza y sufría el suplicio
anticipado de los remordimientos.
Si
después de haber soportado por toda una noche el tormento de mis reflexiones
lograba calmarme y volvía a la irresolución, bastaba una palabra de Althaus o
de Manuel para determinarme nuevamente y se renovaban los combates de la
víspera. En vano trataba de huir de las conversaciones sobre política. En casa
de mi tío, la política era el tema de todas las charlas. En casa de Al-thaus no
se hacía otra cosa y su mujer se ocupaba de ella con ar-dor. Cada día Manuel
venía donde mí; todas las demás personas a quienes veía solo me hablaban de los
asuntos de la república. Era que esos asuntos interesaban a los individuos en
lo que estos tenían de más caro.
Carmen
era la única que evitaba, tanto como podía, hablar de este tema. Me repetía a
menudo:
—Florita
¿qué necesidad tenemos, nosotras mujeres, de ocupar-nos de los asuntos del
Estado, si no podemos ocupar ningún cargo, desdeñan nuestros consejos y
nuestros grandes personajes no nos juzgan aptas sino para servirles de juguete
o de amas de llaves? En-cuentro que usted y Manuela son más que buenas en
atormentarse por las tonterías cometidas por ese monje intrigante y ese general
imbécil. Déjelos que se batan. Al paso que van dentro de tres meses no quedará
un peso en todo el Perú con qué pagar la tropa y enton-ces el combate se
acabará por falta de combatientes.
Cuando no
sabía cómo escapar al tormento interior que me agi-taba violentamente y a las
importunidades de las conversaciones políticas, iba en busca de mi prima Carmen
y le rogaba acompañar-me a pasear por las afueras de la ciudad. Carmen fue
conmigo de
414
2. La
república y los tres presidentes
una
complacencia inagotable que siempre tendré gusto en recor-dar. Cedía a mis
instancias, aunque esto fuese para ella un trabajo pesado. Como en Arequipa no
hay paseos, las mujeres no tienen costumbre de salir. El cuidado que tienen con
sus pies contribuye también a hacerlas sedentarias, pues temen hacerlos
engrosar con la marcha.
Nuestros
paseos favoritos eran el molino del río en el que en-trábamos algunas veces. Me
gustaba examinar esta fábrica rústi-ca que, en su conjunto, estaba muy lejos de
igualar a los nuestros. Otro día visitábamos el molino de chocolate situado al
lado del de harina. Encontraba allí con placer los progresos de la
civilización. Veía moler el cacao, triturar el azúcar y mezclar todo para
formar el chocolate. La máquina había sido importada de Inglaterra. Era muy
grande y movida por agua. El dueño de aquel establecimiento me demostraba mucha
consideración. Lo había conquistado por el interés que demostraba al hacerle
preguntas sobre su máquina y por la atención que prestaba a sus explicaciones.
Salía siempre de allí con una pequeña provisión de muy buen cacao y un lindo
ramo de flores que su galantería me obsequiaba.
Cuando el
río estaba bastante bajo para que lo pudiésemos atra-vesar saltando de piedra
en piedra o haciéndonos cargar por nues-tras negras, pasábamos al otro lado
para trepar por la colina al pie de la cual corre el río y domina el valle de
Arequipa. Al llegar a la cima nos deteníamos. Sentada cerca de Carmen y según
el uso del país, con las piernas cruzadas como los orientales, encontraba un
encanto inefable en quedarme así, durante horas enteras, sumida en un dulce
arrobamiento, conversando con Carmen mientras ella fumaba su cigarro.
—Dígame,
querida Florita, ¿tienen en su bella Francia un valle como este?
—No
prima, no creo que exista en ningún país un valle más pin-toresco, una ciudad
más caprichosamente situada y volcanes con tonos más melancólicos, con
proporciones más gigantescas y con aspecto más poético.
415
Flora
Tristán
—Y todo
eso, Florita, deja fría y estéril el alma de los arequipeños. Nunca que yo sepa
un arequipeño ha hecho un verso.21
—Pero,
prima, piense en que, para comprender todas las bellezas que nos rodean y para
que nuestra alma esté profundamente emo-cionada, no debemos entregarnos a las
agitaciones del mundo y es preciso, si se quiere pintar esas bellezas, cultivar
la inteligencia, ejer-citarse en el manejo del idioma y leer buenos libros.
Antes de que sus arequipeños hagan versos será preciso que haya escuelas donde
puedan aprender a leer, donde pueda formarse el gusto por la lectura de Homero
y Virgilio, de Racine y de Byron. Entre ustedes solo las personas de la primera
sociedad saben leer y, aun así, solo han leído el catecismo sin intentar
siquiera comprenderlo. Las altas facultades intelectuales son muy escasas
cuando todo un pueblo no está llama-do a gozar de las ventajas de la
instrucción y no aparecen sino muy pocos hombres de élite.
—Participo
de su opinión. Pero ¿por qué no se establecen escuelas por todas partes? ¡Con
las sumas que ese monje acaba de arrancar a todos esos avaros se podía dar
instrucción a todo el Perú! ¡Y nuestros gobernantes lo emplean en hacer matar a
los hombres! Ahí tiene, Florita, cuando pienso en esto ceso de creer en Dios.
—Prima,
si Valdivia emplease el dinero que arrebata a los pro-pietarios en fundar
escuelas para los jóvenes de uno y otro sexo, en hacer caminos para transportar
los comestibles entre todas las ciu-dades de este territorio, y en fomentar la
industria agrícola, manu-facturera y las demás cosas útiles para la prosperidad
del país ¿apro-baría usted su conducta?
—¡Hermosa
pregunta! No solo la aprobaría, sino que me proster-naría ante él y vendería
hasta mi último chal para contribuir a ele-varle una estatua.
21 Arequipa puede ufanarse de ser la cuna de
numerosos poetas, entre ellos del pri-mer poeta peruano, Diego Martínez de
Rivera, que fue celebrado por Cervantes en su Galatea. Y es una lástima que
Flora no conociese los yaravíes de Melgar y su historia, pues nos habría dejado
un cuadro maestro con la descripción de los amores de este admirable héroe y
poeta, el primer poeta romántico del Perú. [N. de la T.].
416
2. La
república y los tres presidentes
—¡Lo que
usted dice es muy hermoso! Confieso, prima, que no la habría creído a usted
capaz de tanta abnegación por su patria. Usted podría proceder así porque tiene
buen sentido y comprende muy bien que la prosperidad de un país es la de todos
los individuos que lo habi-tan. Pero la mayoría de los peruanos ¿vería eso con
los mismos ojos?
—Sí, sin
duda Florita, la gran mayoría lo aprobaría, pues como us-ted lo repite sin
cesar, el buen sentido está en las masas. Los ambicio-sos y los intrigantes
serían los únicos descontentos al ver emplear el dinero en cosas útiles. Ávidos
de los bienes de los demás, están siempre dispuestos a fomentar los disturbios.
Encuentran la ocasión de enri-quecerse sin trabajo en el despilfarro de los
dineros públicos y salen de la dificultad aplaudiendo los desórdenes de que se
aprovechan. Esos hombres forman sin duda alguna el número más pequeño; pero con
todo dirigen los negocios y arruinan a nuestro desgraciado país.
Cuando en
nuestras conversaciones Carmen me hablaba de las desgracias de su país, mis
dolores se redoblaban. Era evidente para mí que, si una persona dotada de una
alma generosa y fuerte lo-graba apoderarse del poder, las calamidades tendrían
un término y un porvenir de prosperidad se abriría a esta infortunada comarca.
Pensaba en todo el bien que podría hacer si me hallara en el sitio de la señora
Gamarra y me decidía, más que nunca, a intentarlo.
Entre los
militares que venían a casa de mi tío o a la de Althaus solo había encontrado
uno que podía corresponder a mi designio y, aunque era el que me inspiraba más
repugnancia, no habría va-cilado un instante en tratar de inspirarle amor, tan
penetrada me hallaba de la santidad del papel que podría representar. Pero debo
creer que Dios me reservaba para otra misión: este oficial era casa-do. Cuando
estuve bien convencida de no encontrar en Arequipa un hombre de quien pudiese
servirme, me vi obligada a abandonar mis proyectos. A pesar de todo, me quedaba
una esperanza de la que me cogí con violencia: resolví ir a Lima.
Anuncié a
mi tío y a toda la familia que deseaba regresar a Fran-cia, pero, como quería
conocer la capital del Perú, iría a embarcar-me a Lima.
417
Flora
Tristán
Esta
nueva sorprendió a todo el mundo. Mi tío pareció afectarse vivamente. Me hizo
instancias para desanimarme de este designio sin ofrecerme, sin embargo, una
posición más independiente de la que gozaba en su casa. Althaus estuvo
realmente apenado, su esposa se desesperaba. Las dos personas de la familia que
sintieron más vivo pesar fueron Manuel y Carmen.
La
querida Carmen repetía a menudo con una tristeza que no era fingida: “Nadie
aquí, Florita, sufrirá más vivamente que yo, en su ausen - cia. Don Pío está
absorbido por los negocios políticos; Althaus, aunque la quiere mucho, estará
distraído con sus numerosas ocupaciones; Manue-la con sus relaciones sociales y
su toilette; Manuel con los placeres de su edad. Pero a mí, Florita, que vivo
tan retirada, desconocida de los mismos entre quienes el destino me ha colocado
¿quién podrá resarcirme de los consuelos de su dulce y alta filosofía? ¿Quién
podrá darme esos momen-tos de alegría que debo a la originalidad de su
carácter, momentos de en-canto que reavivan mi triste existencia? ¡Ah, Florita!
No pasará un día sin que exhale un suspiro pensando en usted”.
No podría
decir la pena que experimentaba al dejar a mi prima Carmen. Los otros no tenían
ninguna necesidad de mí, mientras que para ella me había hecho indispensable.
Mi tío me
rogó que al menos esperase antes de partir ver el sesgo que tomaban los
acontecimientos políticos. Consentí en ello.
El monje
había conseguido a fuerza de dinero y de fanfarronadas de su periódico
organizar los siguientes cuerpos:
Cuerpos
del ejército Hombres
Infantería 1.000
Caballería 800
Batallón
de inmortales formado por la flor de la juventud 70
de
Arequipa
Chacareros
(hombres de campo) de los alrededores 300
Total del
ejército 2.170
418
2. La
república y los tres presidentes
Había,
además, una Guardia Nacional formada por trescientos o cuatrocientos veteranos,
reservada para la defensa de la ciudad.
Para
presentar una apariencia guerrera, el general Nieto había formado un
campamento. Creyó acostumbrar a sus soldados a las fatigas haciéndoles dejar
sus cuarteles. Ese campamento, muy mal situado desde el punto de vista militar,
se hallaba a una legua de Are-quipa, muy cerca del pueblo y tenía el grave
inconveniente de estar rodeado de chicherías (especie de cabaret donde se vende
chicha, be-bida espiritosa hecha con maíz quebrado,22 puesto a fermentar). El
cuartel general se estableció en la casa de un señor Menao. Althaus intentó
disuadir a Nieto de establecer ese campamento haciéndole observar los peligros
que en la estación de las lluvias correría la sa-lud del soldado y los enormes
gastos que resultarían de ello; pero el presuntuoso general desdeñó estas
consideraciones, así como las sa-bias opiniones de su jefe de Estado Mayor
relativas a la ubicación del campamento. Nieto se imaginaba causar efecto y
parecerse a un gran capitán por medio de esta imagen de la guerra. Cedía
también a la ne-cia vanidad de mostrar su poder en medio de las tiendas de
campaña y con un numeroso séquito de oficiales. Al general le agradaba lucir-se
seguido de un brillante Estado Mayor. De la ciudad al campo y del campo a la
ciudad eran idas y venidas continuas y encontrábamos muy divertida la comedia
que cada día nos daba la heroica cabalgata. El general, montado sobre un
hermoso caballo negro, adoptaba los aires de un Murat, tan esmerado y suntuoso
era en la variedad de sus vestidos. Valdivia, muy a menudo en hábito talar, siempre
sobre un caballo blanco, figuraba el Lafayette peruano y la multitud de
oficia-les cubiertos de oro y cargados de penachos no eran menos ridículos.
Gracias a
Althaus y a la amabilidad del general podía disponer de un caballo cuando
quería ir a ver el campamento. Los civiles ya no te-nían caballos. Se habían
visto obligados a dar los suyos o a esconder-los para sustraerlos a las
requisiciones. Solo mi tío había conservado
22 Donde no hay molinos, las mujeres mastican el
maíz y lo escupen en el vaso en donde lo dejan fermentar. [N. de la A.].
419
Flora
Tristán
su yegua
chilena porque era tan briosa que ningún oficial se hallaba dispuesto a
cabalgarla y en medio de un cuerpo de caballería podía ocasionar accidentes. La
visita al campamento era para mí un paseo favorito. Iba alternativamente con mi
tío, con Althaus o con Manuel quien era ya oficial. El general me recibía
siempre muy bien, pero el monje parecía adivinar mi pensamiento y el desprecio
que me ins-piraba. Desde que me veía su fisonomía de por sí falsa, cínica y
llena de odio adquiría una expresión muy particular. Me parecía evidente que
comprendía mi antipatía hacia él. Valdivia me saludaba con una fría cortesía,
escuchaba con atención todo cuanto yo hablaba sin te-ner el aire de ocuparse de
ello y no se mezclaba en la conversación. Sabía por Manuel que mis visitas no
le agradaban y mis risas con Althaus disgustaban mucho a esos señores. Pero
¿cómo no iba yo a reírme al ver a esos oficiales tan absurdamente ridículos?
Nieto tenía que acampar solo a 1.800 hombres (los chacareros y los inmortales
no formaban parte del campamento) y había ocupado más terreno del que
necesitaría un general europeo para un ejército de 50 mil hombres. Sobre un
montículo a la izquierda de la casa de Menao se había construido un reducto
armado con cinco cañones de monta-ña. Era la primera vez en mi vida que los
veía y me hacían el efecto de tubos de goteras. Este reducto estaba dominado
por una posición que la naturaleza misma había fortificado y donde el enemigo
podía alojarse sin obstáculo si venía por el camino que la empalmaba. Lue-go,
como Arequipa es una ciudad abierta donde se puede llegar por diez caminos
diferentes, era difícil prever cuál tomaría el enemigo.
La
infantería, acampada en varias líneas cerca del reducto, tenía un aire
miserable. Los desgraciados soldados dormían bajo tiendas mal cerradas y hechas
de una tela tan delgada que no podían defen-derlos de las lluvias frecuentes de
la estación. La caballería, mandada por el coronel Carrillo, ocupaba mucho más
sitio y se había estableci-do en el otro lado del reducto. El general me hacía
galopar por delan-te de esta larga fila de caballos que estaban muy apartados
unos de otros. No había allí más orden que en el sector de la infantería. Todo
era de dar pena. En el extremo del campamento, detrás de las tiendas
420
2. La
república y los tres presidentes
de los
soldados, estaban las rabonas con todos sus trastos de cocina y sus hijos. Se
veía la ropa puesta a secar y a las mujeres ocupadas en lavar y coser. Todas
haciendo una terrible barahúnda con sus gritos, cantos y charlas.
Las
rabonas son las vivanderas de la América del Sur. En el Perú, cada soldado
lleva consigo tantas mujeres cuantas quiere. Hay algu-nos que tienen hasta
cuatro. Estas forman una tropa considerable, preceden al ejército por el
espacio de algunas horas para tener tiem-po de conseguir víveres, cocinarles y
preparar todo en el albergue que deben ocupar. La partida de la vanguardia
femenina permite enseguida juzgar los sufrimientos de estas desgraciadas y la
vida de peligros y fatigas que llevan. Las rabonas están armadas. Cargan so-bre
mulas las marmitas, las tiendas y, en fin, todo el bagaje. Arrastran en su
séquito a una multitud de niños de toda edad. Hacen partir sus mulas al trote,
las siguen corriendo, trepan así las altas monta-ñas cubiertas de nieve y
atraviesan los ríos a nado llevando uno y a veces dos hijos sobre sus espaldas.
Cuando llegan al lugar que se les ha asignado se ocupan primero en escoger el
mejor sitio para acam-par. Enseguida descargan las mulas, arman las tiendas,
amamantan y acuestan a los niños, encienden los fuegos y cocinan. Si no están
muy alejadas de un sitio habitado van en destacamento en busca de provisiones.
Se arrojan sobre el pueblo como bestias hambrientas y piden a los habitantes
víveres para el ejército. Cuando los dan con buena voluntad no hacen daño
alguno; pero si se les resiste se baten como leonas y con valor salvaje
triunfan siempre de la resistencia. Roban entonces, saquean la población,
llevan el botín al campamen-to y lo dividen entre ellas.
Esas
mujeres proveen a las necesidades del soldado, lavan y com-ponen sus vestidos;
pero no reciben paga y no tienen por salario sino la facultad de robar
impunemente. Son de raza india, hablan esa len-gua y no saben una palabra de
español. Las rabonas no son casadas, no pertenecen a nadie y son de quien ellas
quieren ser. Son criaturas al margen de todo. Viven con los soldados, comen con
ellos, se detie-nen donde ellos acampan, están expuestas a los mismos peligros
y
421
Flora
Tristán
soportan
aún mayores fatigas. Cuando el ejército está en marcha, es casi siempre del
valor y de la intrepidez de estas mujeres que lo prece-den de cuatro o cinco
horas, de lo que depende su subsistencia. Cuan-do se piensa en que, además de
llevar esta vida de penurias y peligros cumplen los deberes de la maternidad,
se admira uno de que puedan resistir. Es digno de notar que, mientras el indio
prefiere matarse an-tes de ser soldado, las mujeres indígenas abrazan esta vida
voluntaria-mente y soportan las fatigas y afrontan los peligros con un valor de
que son incapaces los hombres de su raza. No creo que se pueda citar una prueba
más admirable de la superioridad de la mujer en la infan-cia de los pueblos.
¿No sería lo mismo entre los pueblos más avanzados en civilización si se diera
igual educación a ambos sexos? Es de esperar que vendrá un tiempo en el cual se
intente la experiencia.
Muchos
generales de mérito han querido suplir el servicio de las rabonas e impedirles
seguir al ejército. Pero los soldados se han re-belado siempre contra todas las
tentativas de este género y ha sido necesario ceder. No tenían suficiente
confianza en la administración militar que debía proveer a sus necesidades para
conformarse y re-nunciar a las rabonas.23
Esas
mujeres son de una horrible fealdad. Esto es concebible por la naturaleza de
las fatigas que resisten. En efecto, soportan la intem-perie en los climas más
opuestos, sucesivamente expuestas al ardor abrasador del sol de las pampas y al
frío de las cimas heladas de las cordilleras. Llevan por todo vestido una falda
corta de lana que les cae hasta las rodillas, una piel de carnero en medio de
la cual hacen un hueco para pasar la cabeza y ambos lados les cubren la espalda
y el pecho. No se ocupan de lo demás. Los pies y los brazos siempre
23 Para más información sobre el papel de las
rabonas véase el libro de Maritza Villavicencio, Del silencio a la palabra.
Mujeres peruanas en los siglos XIX y XX: “Durante todo el siglo XIX las rabonas
habían formado parte del todavía poco institucionali-zado ejército. A fines de
siglo, a propósito de la Guerra con Chile, las rabonas fueron registradas
oficialmente como cantineras. [...] Las deficiencias del nuevo Estado
re-cayeron sobre estas sacrificadas mujeres quienes, además de entregar su
fuerza de trabajo y reproductiva a cambio de lo mínimo para subsistir derivado
del salario del soldado, fueron altamente valerosas y entregadas” (1992, p.
123) [N. de la primera Ed.].
422
2. La
república y los tres presidentes
están
desnudos. Se nota que entre ellas reina bastante armonía a pe-sar de que las
escenas de celos ocasionan a veces asesinatos. Las pa-siones de estas mujeres
no están contenidas por ningún freno, esos acontecimientos no deben sorprender.
Está fuera de duda que, en un número igual de hombres a quienes no contuviese
ninguna discipli-na y llevasen la vida de estas mujeres, los asesinatos serían
mucho más frecuentes. Las rabonas adoran al sol, pero no observan ningu-na
práctica religiosa.
El
cuartel general había sido transformado en casa de juego. La gran sala de los
bajos, dividida en dos por medio de una cortina, estaba ocupada, por un lado,
por el general y los oficiales superio-res; del otro, por los suboficiales.
Todos, en una y otra pieza, juga-ban al faraón sumas enormes.24 Althaus quiso
hacerme ver en toda su hermosura a los oficiales de la república y me llevó a
las once de la noche a la casa de Menao. No entramos y sin ser vistos nos
pusimos a mirar por la ventana. ¡Ah! ¡Qué espectáculo el que ofrecía la
reunión! Vimos a Nieto, Carrillo, Morán, Rivero y Ros sentados alrededor de una
mesa con las cartas en la mano, ante un rimero de oro. Sobre la mesa había
botellas y vasos llenos de vino y licores. La cara de estos personajes expresaba
lo que la pasión del juego tiene de más violen-to: la rabia reconcentrada o esa
codicia que nada puede saciar y se acrecienta aún más con el alimento que el
azar le arroja. Todos te-nían un cigarro en la boca y la luz pálida que
atravesaba la atmósfera de humo daba a estas fisonomías algo de infernal. El
monje no juga-ba. Se paseaba con pasos lentos, se detenía por momentos delante
de aquellos hombres y cruzando los brazos parecía decirles: ¡Qué puedo esperar
de semejantes instrumentos! Con su largo vestido negro, por la expresión de su
fisonomía y por el lugar donde se encontraba se le hubiese tomado por el genio
del mal indignándose por los obstáculos que le presentaban los vicios en la
carrera del crimen. Los múscu-los de su rostro se contraían de un modo
espantoso, sus pequeños
24 Los peruanos son muy jugadores. El coronel
Morán en una partida, en Chorrillos cerca de Lima, perdió en una noche 30 mil
pesos. [N. de la A.].
423
Flora
Tristán
ojos
negros lanzaban fuego sombrío, su labio superior expresaba el desprecio y la
soberbia. Después recuperaba su impasibilidad con la apariencia de la
resignación. Permanecimos largo rato contemplan-do esta escena. Nadie nos vio.
Los esclavos de servicio dormían, los bravos defensores de la patria estaban
absortos en el juego y el mon-je en sus pensamientos. Al retirarnos conversamos
Althaus y yo so-bre la desgracia de un país entregado a semejantes jefes.
—Althaus,
quienes se dejan dominar por el amor del juego mues-tran tener más confianza en
el azar que en su habilidad. Dudo que esta pasión pueda aprisionar a un hombre
de verdadero mérito.
—Florita,
si habla usted de los miserables juegos de cartas, soy de su opinión. Pero
existe un juego sabio en el cual puede ejercitar-se la alta inteligencia: es el
ajedrez.25 Si esos bribones empleasen su tiempo en jugarlo les perdonaría el
derroche del dinero arrebatado a los propietarios y sostendría, aun contra
usted hermosa prima, que progresarían más jugando ajedrez cada día que con las
cuchufletas que el monje les lanza en latín y en español o con las ridículas
revis-tas del general.
—Pero,
primo, sea consecuente consigo mismo. Si pretende que ninguno de esos oficiales
es capaz de comprender la más sencilla de-mostración matemática ¿cómo podrán
pasar como usted tres horas en resolver una dificultad en el juego de ajedrez?
—Tiene
usted razón. Para ser aparente para las sabias combina-ciones de aquel juego es
menester haber nacido en Alemania. Sin embargo, he encontrado a un inglés y a
un ruso que podrían compe-tir con el más famoso de los jugadores alemanes. Pero
no he encon-trado otros adversarios, ni aun en Francia, que valiesen la pena de
prepararse antes del momento del asalto.
—En los
últimos días de marzo se supo desde Lima que el presi-dente Orbegoso se
disponía a tomar el mando del ejército del depar-tamento de Arequipa. Con esta
nueva Nieto se desesperó. El presiden-te, decía, venía a arrebatarle la gloria
que estaba seguro de obtener al
25 Althaus es uno de los mejores jugadores de
ajedrez que se puede citar. [N. de la A.].
424
2. La
república y los tres presidentes
medirse
con San Román. El presuntuoso general no podía pensar en rebelarse, no tenía
suficiente influencia para presentarse como jefe de partido y obrar por su
cuenta. Sin embargo, quiso prevenir lo que consideraba como una afrenta y
recurrió a un medio al alcance de su espíritu. Hizo escribir, en secreto, una
carta confidencial a no sé quién y tomó sus medidas para que cayese en manos de
San Román. Decía en esa carta que el ejército de Nieto estaba en el más
miserable estado, sin armas, sin municiones y en completa incapacidad de
de-fenderse. Después del despacho de su misiva el general esperaba cada día ver
llegar al ejército enemigo, su impaciencia llegaba al colmo.
Desde
hacía tres semanas el ataque con que el famoso San Ro-mán26 amenazaba a
Arequipa era el tema de todas las conversacio-nes. Durante los dos primeros
meses el nombre de este jefe producía sobre la población el mismo efecto que el
nombre del Coco sobre la imaginación de los niños pequeños. Los partidarios de
Orbegoso lo describían como un hombre malo, feroz, capaz de degollar él mismo,
por propio placer, a los pobres arequipeños y poner la ciudad a san-gre y fuego
a fin de satisfacer las venganzas de su partido. Se decía también de él otras
mil gentilezas por el estilo.
Si al
público le agradaba inventar cuentos sobre San Román con el objeto de asustarse
mutuamente, por esa propensión a lo exage-rado y a lo maravilloso que empuja
siempre a este pueblo a los ex-tremos, se encontraba también gente
poderosamente interesada en acreditar esos rumores, tal como el monje, el
general, sus subordina-dos y otros más.
Todas las
esperanzas de ambos partidos descansaban en los ejér-citos a los cuales habían
confiado su defensa. Uno y otro iban a jugar el todo por el todo en un solo
golpe. La victoria aseguraría al partido vencedor un éxito completo; la
derrota, la ruina irreparable. El parti-do de Orbegoso, deshecho, en todos sus
puntos, no tenía más apoyo
26 El gran mariscal Miguel de San Román, que llegó
a ser años más tarde Presidente del Perú (1862), fue uno de los militares que
más figuraron por aquella época en la política del país. Fue notable por sus
retiradas estratégicas. [N. de la T.].
425
Flora
Tristán
que el
valor de los arequipeños y todas las miradas estaban fijas en ellos.27 La
señora Gamarra, por su lado, sentía que la autoridad del gobierno organizado
por ella no podría mantenerse mientras exis-tiese una resistencia armada. Para
ser dueña de Lima era preciso ser-lo de Arequipa, y con los tres batallones que
le quedaban, y reducida esta ciudad, Orbegoso no osaría regresar a la capital.
Se concibe cuán importante debía ser para los jefes del ejército de Arequipa,
para las autoridades de la ciudad y para las personas interesadas en sostener a
Orbegoso, alimentar en el pueblo las ideas exageradas de las cala-midades a las
cuales el triunfo de San Román los expondría a fin de excitarlo a defenderse
hasta el último extremo. Por esto se hacían circular cada día escritos hechos a
mano, redactados por el monje (aunque no llevasen ninguna firma), en los cuales
se decía que San Román había prometido a sus soldados el saqueo de la ciudad.
La descripción de las matanzas, de las violaciones y de las atrocidades contenidas
en estos escritos infundían en el alma tímida de los ha-bitantes un terror
rayano en la desesperación. El monje lograba así su objeto, pues la
desesperación inspira valentía al más cobarde. El general arengaba a sus
soldados; el prefecto y el alcalde lanzaban sus proclamas en el mismo tono y,
en fin, los monjes de los diferentes conventos, cediendo a la fuerza,
predicaban en sus iglesias la resis-tencia hasta la muerte.
Todas
estas arengas y prédicas produjeron sobre el pueblo el efecto esperado. Durante
el primer mes transcurrido, después de la insurrección, el temor de la llegada
inopinada de San Román, que mandaba a tres de los mejores batallones, suscitó
penosa ansiedad e hizo organizar la defensa con celo. El segundo mes los
arequipeños, confiados en sus preparativos y en el triunfo prometido por el
monje
27 No es cierto que el partido de Orbegoso
estuviese deshecho. En un principio su fuerza se concentró en el Callao. A los
pocos días se produjo la reacción del pueblo de Lima, que lo puso en posesión
de la capital (28 de enero de 1834) y poco después, en abril, el ejército de
Bermúdez y Gamarra reconoció a Orbegoso mediante el abrazo de Maquinguayo (24
de abril de 1834). Los acontecimientos de Arequipa no tuvieron, pues, la
importancia decisiva que les atribuyó Flora. [N. de la T.].
426
2. La
república y los tres presidentes
a su
valor, se acostumbraron a la idea de la lucha que iban a empeñar y esperaron al
enemigo a pie firme. Pero el tercer mes su impaciencia no conoció ya límites.
La lentitud de San Román en venir les pareció un indicio del miedo que ellos
inspiraban, su coraje aumentó y, como sucede siempre entre los pueblos carentes
de experiencia, pasaron del terror que les había embargado a una jactancia a
una fanfarro-nada que causó justas aprensiones a todas las personas racionales.
Estas temían el fracaso y no sentían menores inquietudes por las consecuencias
de la victoria si acaso la obtenían estos hombres tan cobardes como
presuntuosos. Desde el momento en que, en su ciega confianza, creyeron haber
ganado la batalla sin conocer a los ene-migos con quienes tenían que combatir,
a cuál de ellos cometió más necedades, desde el general en jefe hasta el último
empleado de la al-caldía. ¡Era de dar pena! Reconocí desde entonces que
cualquiera que fuese el desenlace el país estaba perdido y los éxitos de Nieto
traerían tan inevitablemente como los de San Román, la exigencia de
contri-buciones enormes, la expoliación de las propiedades y el saqueo en todas
sus formas.
El 21 de
marzo, Althaus me dijo:
—Por fin,
Florita, parece que el general tiene datos exactos. San Román estará aquí
mañana o pasado mañana. ¿Creerá usted que no obstante haber hecho enormes
gastos en espías no hemos podido sa-ber hasta el presente una palabra de verdad
sobre lo que ocurre en el campo enemigo? El general no quiere que yo me mezcle.
El amor propio de este necio se siente herido por un consejo oportuno y me
oculta todo cuanto puede.
Desde
hacía dos días las tropas habían entrado en sus cuarteles. Se habían visto
obligados a hacerlas regresar porque estaban exte-nuadas por las fatigas y las
privaciones sufridas durante su inútil permanencia en el campamento. Parece,
según una opinión auto-rizada, que el general debió apresurarse en hacer salir
sus tropas ya para tomar de nuevo la posición que acababa de abandonar o para
establecerlas en la nueva que las circunstancias podían exigir; que no debió
olvidar ninguna de las precauciones indicadas por la
427
Flora
Tristán
prudencia
para evitar cualquier sorpresa de parte del enemigo, la confusión entre las
tropas y la alarma en el pueblo; que todo, en fin, debió estar previsto y
adoptadas las medidas para prevenir los desór-denes que pudiesen resultar en la
ciudad por la victoria o la derrota. Tal sería la conducta de un militar con
sentido común; pero el gene-ral Nieto no pensó en nada de esto y sin
preocuparse en dictar nin-guna disposición dejó los asuntos abandonados y fue
con los demás jefes a Tiabaya a festejar la Semana Santa. Al día siguiente,
como a las cuatro de la tarde, un espía vino a decir con todo apuro que el
enemigo se hallaba en Cangallo. ¡El rumor fue general! Por un lado, se corría a
buscar a Nieto; por el otro, “los inmortales” se reunían; las tropas salían en
desorden; “los chacareros” espantados se negaban a marchar y las pelucas de la
municipalidad hacían disparates sobre disparates. La confusión llegaba al
colmo.
Entonces
se demostró la profunda ignorancia y la absoluta nuli-dad de esos jefes
presuntuosos, tanto civiles como militares, que di-rigían los asuntos de este
desgraciado país. Temería fatigar al lector y no ser creída por él si le
refiriera el derroche que se hizo en todas las cosas, las escenas de desorden y
de indisciplina que se exhibieron en aquel momento de crisis y la conducta de
los oficiales quienes la víspera de la batalla en lugar de hallarse en sus
puestos jugaban o se embriagaban en las casas de sus amantes.
Todo lo
que ocurrió aquella tarde y en la noche siguiente sería increíble para todo
europeo. No entro, pues, en ningún detalle, pero afirmo que la confusión fue
tal que si San Román hubiese tenido noticia de ello habría podido apoderarse de
la ciudad el mismo día y acuartelar sus tropas sin combatir. No se hallaban en
estado de disparar un solo tiro de fusil para impedirlo. Se hubiese acabado la
guerra en tres horas. Ciertamente se debe lamentar que no ocurriese así. Se
habría economizado mucha sangre vertida y evitado muchos males irreparables.
428
3. Los
conventos de Arequipa
Como he
dicho, Arequipa es una de las ciudades del Perú que encie-rra mayor número de
conventos de hombres y mujeres. Por el aspec-to de la mayoría de estos
monasterios, la tranquilidad constante que los envuelve y el aire religioso que
se exhala de ellos se podría creer que si la paz y la felicidad habitan sobre
la tierra es en estos asilos del Señor, sobre todo si se transporta el
pensamiento a las agitaciones de la sociedad. Pero ¡ay!, no es en los claustros
donde ese deseo de reposo que siente el corazón desengañado de las ilusiones
del mun-do puede quedar satisfecho. En el recinto de aquellos inmensos
mo-numentos no se encuentra más que agitaciones febriles que la regla cautiva
pero no ahoga. Sordas y veladas, hierven como la lava en los flancos del volcán
que la encubre.
Aún antes
de haber entrado en el interior de uno solo de aquellos conventos cada vez que
pasaba delante de sus pórticos siempre abier-tos, o a lo largo de sus grandes
muros negros como de 30 o 40 pies de alto, se me oprimía el corazón. Sentía por
las desgraciadas víctimas sepultadas vivas entre esos montones de piedras una
compasión tan profunda que mis ojos se llenaban de lágrimas. Durante mi estada
en Arequipa iba a menudo a sentarme al mirador de nuestra casa. Desde aquel
punto me gustaba pasear la vista desde el volcán hasta el lindo riachuelo que
corre en su parte baja y desde el riente valle que este riega hasta los dos
magníficos conventos de Santa Catalina
429
Flora
Tristán
y Santa
Rosa. Este último, sobre todo, atraía mi atención y cautivaba mi pensamiento.
Era en su triste claustro donde se había desarrolla-do un drama lleno de
interés, cuya heroína era una joven hermosa, tierna y desgraciada, ¡oh, bien
desgraciada! Esta joven era mi parien-ta. Yo la quería por simpatía y forzada a
obedecer los prejuicios fa-náticos del mundo que me rodeaba solo podía verla en
secreto. Aun-que a raíz de mi llegada a Arequipa hacía ya dos años que se había
evadido del convento, la impresión causada por este acontecimiento estaba aún
latente. Debía por eso emplear muchos miramientos en el interés que despertaba
en mí esta víctima de la superstición. No ha-bría podido servirle con otro
género de conducta pues corría el ries-go de excitar aún más el fanatismo de
sus perseguidores. Todo lo que Dominga (este era el nombre de la joven
religiosa) me había referido de su extraña historia me daba el vivo deseo de
conocer el interior del convento donde la desgraciada había languidecido
durante once años. Por eso, cuando al atardecer subía a lo alto de la casa para
ad-mirar los graciosos y melancólicos matices que los últimos rayos del sol
esparcen sobre el valle encantador de Arequipa, en el momento de desaparecer
detrás de los tres volcanes cuyas nieves eternas tiñen de púrpura, mis ojos se
dirigían involuntariamente al convento de Santa Rosa. Mi imaginación me
representaba a mi pobre prima Do-minga revestida con el amplio y pesado hábito
de las religiosas de la orden de las carmelitas. Veía su largo velo negro, sus
zapatos de cuero con hebillas de cobre, su disciplina de cuero negro pendiente
hasta el suelo, su enorme rosario, que la desgraciada niña por instan-tes
oprimía con fervor pidiendo a Dios ayuda para la ejecución de su proyecto y
enseguida destrozaba entre sus manos crispadas por la ira y la desesperación.
Se me aparecía en lo alto del campanario de la hermosa iglesia de Santa Rosa.
Era a ese campanario adonde iba todas las tardes la joven religiosa con el
pretexto de ver si faltaba algo a las campanas del reloj, cuidado confiado a su
vigilancia. Desde lo alto de aquella torre la joven podía contemplar a su gusto
el estrecho, pero hermoso vallecito donde se habían deslizado felices los días
de su infancia. Veía la casa de su madre, a sus hermanas y hermanos
430
3. Los
conventos de Arequipa
correr y
retozar en el jardín... ¡Oh, qué felices le parecían de poder así jugar en
libertad! ¡Cómo admiraba sus vestidos de todos colores y sus hermosos cabellos
ornados de flores y de perlas! ¡Cómo le gus-taba su elegante calzado, sus
chales de seda y sus ligeros mantos de gasa! A esta vista la desgraciada se
sentía ahogar bajo el peso de sus gruesos vestidos. Aquella camisa, aquellas
medias, aquel largo y am-plio vestido de tosco tejido de lana le causaban
horror. La dureza del calzado le hería los pies y su largo velo negro, también
de lana, que la orden exigía con rigor tener siempre caído, era para ella la
plancha que encierra vivo al cataléptico dentro del ataúd. La infortunada
Do-minga rechazaba ese horrible velo con un movimiento convulsivo. Sordos
gemidos brotaban de su pecho. Trataba de pasar los brazos por entre los
barrotes que cerraban las aberturas del campanario. La pobre reclusa no deseaba
sino un poco del aire libre dado por Dios a todas sus criaturas y un pequeño
espacio en el valle donde mover sus miembros entumecidos. No pedía sino cantar
los aires campestres, bailar con sus hermanas, ponerse como ellas zapatitos
rozados, un ligero chal blanco y algunas flores de los campos entre los
cabellos. ¡Ay! Eran muy poca cosa los deseos de la joven; pero un voto
terrible, solemne, que ningún poder humano podía romper la privaba para siempre
del aire puro y de los alegres cantos, de los vestidos apro-piados a su edad y
a los cambios de estación y de los ejercicios nece-sarios para su salud. La infortunada,
arrastrada por un movimiento de despecho y de amor propio herido, a los 16 años
había querido renunciar al mundo. La ignorante niña cortó ella misma sus largos
cabellos y echándolos al pie de la cruz había jurado sobre Cristo to-mar a Dios
por esposo. La historia de la monja hizo gran ruido en Arequipa y en todo el
Perú. La he juzgado muy notable para incluirla en mi relato. Pero, antes de
instruir a mis lectores acerca de todos los hechos y dichos de mi prima
Dominga, les ruego seguirme al interior de Santa Rosa.
En los
tiempos ordinarios estos conventos son inaccesibles. No se puede entrar en
ellos sin permiso del obispo de Arequipa, permiso que desde la evasión de la
monja se negaba inflexiblemente. Mas, en
431
Flora
Tristán
las
circunstancias extraordinarias en que se encontraba la ciudad, todos los
conventos ofrecieron el asilo del santuario a la población alarmada. Mi tía y
Manuela juzgaron prudente refugiarse y aprove-ché de esta coyuntura para
instruirme sobre los detalles de la vida monástica. Santa Rosa estaba siempre
presente en mi pensamiento. Me esforcé en decidir a las señoras a que lo
prefiriesen a Santa Ca-talina adonde se hallaban inclinadas a ir. Las
superioras de ambos conventos eran nuestras primas. La una y la otra nos habían
hecho las invitaciones más cariñosas. Cada una de ellas deseaba tenernos y
trataba de determinar nuestra elección en favor de la buena hospita-lidad que
nos preparaba. Santa Rosa excitaba más vivamente nues-tra curiosidad por su
hermosura; pero las señoras temían la extrema severidad de la orden de las
carmelitas, que las religiosas de aquel convento no relajaban en ninguna
oportunidad. Tuve mucho trabajo en vencer su repugnancia. Sin embargo, logré
triunfar. Como a las siete de la noche nos dirigimos al convento después de
haber tenido el cuidado de enviar por delante a una negra para anunciarnos.
No creo
que alguna vez haya existido en un estado monárquico una aristocracia más
altiva y chocante en sus distinciones que aque-lla cuya vista causó mi
admiración al entrar en Santa Rosa. Allí reinan con todo su poder las
jerarquías del nacimiento, de los títulos, de los colores de la piel y de las
fortunas y estas no son vanas clasificaciones. Al ver marchar en procesión por
el convento a los miembros de esta numerosa comunidad vestidos con el mismo
hábito se creería que la misma igualdad subsiste en todo. Pero, si se entra en
uno de los patios queda una sorprendida del orgullo empleado por la mujer que
tiene un título en sus relaciones con la mujer de sangre plebeya; del tono
despectivo que usan las blancas con las que no lo son. Al ver este con-traste de
humildad aparente y del orgullo más indomable está uno tentado de repetir estas
palabras del sabio: “Vanidad de vanidades”.
Fuimos
recibidas en la puerta por algunas religiosas enviadas por la superiora a
nuestro encuentro. Esta grave diputación nos condujo con todo el ceremonial
exigido por la etiqueta hasta la celda de la su-periora que estaba enferma y en
cama. Su lecho se hallaba colocado
432
3. Los
conventos de Arequipa
sobre un
estrado, en los escalones de aquel estrado nos esperaba un gran número de
religiosas jerárquicamente colocadas. El estrado cu-bierto por un tapiz de lana
blanca daba a este lecho el aire de un tro-no. Permanecimos algún tiempo cerca
de la venerable superiora. Las cortinas eran de género de lino y una de sus
acompañantes nos ex-plicó, en voz baja, que la superiora estaba sumamente
afligida de ver-se obligada a infringir, por la naturaleza de su enfermedad, la
regla de la santa orden de las carmelitas reemplazando la lana por el hilo.
Después de haber satisfecho su curiosidad sobre los acontecimientos del día las
buenas religiosas, vacilantes y con discreción, me hicieron algunas preguntas
sobre los usos de Europa y enseguida nos retira-mos a las celdas que nos habían
preparado. Pregunté a una de esas jóvenes religiosas que me acompañaba si podía
hacerme ver la celda de Dominga. “Sí –me contestó– mañana le daré la llave para
que us-ted entre; pero no diga nada, pues aquí esa pobre Dominga está mal-dita,
solo somos tres quienes nos atrevemos a compadecerla”.
Santa
Rosa es uno de los más grandes y ricos conventos de Are-quipa. La distribución
interior es cómoda. Presenta cuatro claustros que encierran cada uno de ellos
un patio espacioso. Gruesos pilares de piedra sostienen la bóveda un tanto baja
de estos claustros. Las celdas de las religiosas están alrededor, se entra en
ellas por una puertecita baja, son grandes y las paredes muy blancas. Reciben
luz por una ventana de cuatro vidrios que, como la puerta, da sobre el
claustro. El mobiliario de estas celdas consiste en una mesa de enci-na, un
escabel de la misma madera, un cántaro de barro y un cubile-te de estaño.
Encima de la mesa hay un gran crucifijo. El Cristo es de hueso amarillento y
ennegrecido por el tiempo y la cruz es de madera negra. Sobre la mesa está una
calavera, un reloj de arena, un libro de horas y a veces otros libros de
oraciones. A un lado, enganchada en un grueso clavo, pende una disciplina de
cuero negro. Excepto la su-periora ninguna religiosa puede acostarse en su
celda, solo la tienen para meditar en el aislamiento y el silencio, para
recogerse o bien descansar. Comen en común en un inmenso refectorio, almuerzan
a las doce del día y la comida es a las seis de la tarde. Mientras toman
433
Flora
Tristán
los
alimentos una de ellas lee algunos pasajes de los libros santos y todas se
acuestan en los dormitorios que son tres en este convento.
Los
dormitorios son abovedados, construidos en forma de escua-dra y sin ninguna
ventana que deje entrar la luz. Una lámpara sepul-cral, colocada en el ángulo,
despide apenas suficiente claridad para alumbrar un espacio de 6 pies a su
alrededor, de suerte que los dos extremos del dormitorio quedan en oscuridad
absoluta. La entrada a estos dormitorios está prohibida no solo a las personas
extrañas sino hasta a las mujeres del servicio de la comunidad; si furtivamente
uno se introduce bajo las bóvedas sombrías y frías de sus largos salones, por
los objetos con que uno se siente rodeado, se creería haber des-cendido a las
catacumbas pues esos lugares son tan lúgubres que es difícil retener un
movimiento de espanto. Las tumbas1 se hallan dis-puestas a cada lado del
dormitorio, a 12 o 15 pies de distancia unas de otras. Elevadas sobre un
estrado por su forma y el orden en que están colocadas se asemejan a las tumbas
que se ven en los sótanos de las iglesias. Están cubiertas por un género negro
de lana parecido al que se emplea en las tapicerías de las ceremonias fúnebres.
El in-terior de estas tumbas tiene 10 o 12 pies de largo por 5 o 6 de ancho y
otro tanto de alto. Están amuebladas con un lecho formado por dos grandes
tablas de encina colocadas sobre cuatro fierros. Encima de esas tablas hay un
grueso saco de género que se llena, según el grado de santidad de la que reposa
en él, de ceniza, piedras, paja o lana y hasta espinas. Debo decir que entré en
tres de estas tumbas y encon-tré los sacos llenos de paja. Junto a una
extremidad del lecho hay un mueblecito de madera negra que sirve al mismo
tiempo de mesa, de reclinatorio y de armario. Así como en la celda, sobre este
mueble está un gran Cristo frente al lecho y encima del Cristo están alinea-dos
una calavera, un libro de oraciones, un rosario y una disciplina. Está
expresamente prohibido tener luz en las tumbas en cualquier circunstancia.
Cuando una religiosa se enferma va a la enfermería.
1 Se llama tumba al lugar donde cada religiosa
se retira para dormir. [N. de la A.].
434
3. Los
conventos de Arequipa
¡Es en
una de estas tumbas donde mi pobre prima Dominga se había acostado durante once
años!
La vida
que hacen estas religiosas es de las más penosas. Por la mañana se levantan a
las cuatro para ir a Maitines. Después se su-ceden casi sin interrupción una
serie de prácticas religiosas a las que están obligadas a asistir. Esto dura
hasta el mediodía, hora en que van al refectorio. Desde las doce hasta las tres
gozan de algún descanso. Enseguida comienzan para ellas las oraciones que se
pro-longan hasta la tarde. Numerosas fiestas vienen aún a agregarse a estos
deberes con las procesiones y otras ceremonias impuestas a la comunidad. Tal es
el compendio de las austeridades y exigencias de la vida religiosa en los
claustros de Santa Rosa. El único recreo de esas reclusas es el paseo por sus
magníficos jardines. Tienen tres, en los cuales cultivan hermosas flores que
cuidan con mucho esmero.
Al tomar
el velo en la orden de las carmelitas, las religiosas de San-ta Rosa hacen voto
de pobreza y de silencio. Cuando se encuentran, la una debe decir: “Hermana,
tenemos que morir” y la otra responde: “Hermana, la muerte es nuestra
liberación” y jamás pronunciar otra palabra. Sin embargo, estas señoras hablan
y mucho, pero es solo du-rante el trabajo del jardín, en la cocina, cuando van
a vigilar a las mujeres del servicio o en lo alto de las torres y de los
campanarios cuando su deber las lleva allí. Hablan también en sus celdas cuando
a escondidas se hacen largas visitas. En fin, las buenas señoras ha - blan en
todas partes en donde creen poder hacerlo sin violar el voto y, para ponerse en
paz con su conciencia, observan un silencio de muerte en los patios, en el
refectorio, en la iglesia y, sobre todo, en los dormitorios en los que jamás ha
resonado una voz humana. No soy yo ciertamente quien les imputaría como un
crimen las ligeras tras-gresiones a la regla de la Santa Orden de las
Carmelitas. Encuentro muy natural que busquen ocasión de cambiar algunas
palabras des-pués de largas horas de silencio. Pero desearía, para su
felicidad, que se limitasen a hablar de las bellas flores que cultivan, de los
buenos y sabrosos bizcochos que hacen tan bien, de sus magníficas proce-siones
y de las joyas de la Virgen o aun de su confesor. Por desgracia,
435
Flora
Tristán
esas
señoras no se limitan a estos temas de conversación. La crítica, la
maledicencia y hasta la calumnia reinan en sus charlas. Es difícil formarse una
justa idea de los pequeños celos, de las bajas envidias que alimentan unas
contra otras y de las crueles maldades que no cesan de hacerse. Nada menos
piadoso que las relaciones que entre sí mantienen esas religiosas. En ellas se
revela la sequedad, la aspereza, el odio. Esas señoras no son más rigurosas en
la observancia de su voto de pobreza. Ninguna debería tener, según el
reglamento, más de una mujer a su servicio; pero algunas tienen tres o cuatro
esclavas alojadas en el interior. Además, cada una sostiene afuera una escla-va
para hacer sus comisiones, comprar lo que desea y, en fin, para comunicarse con
su familia y con el mundo. Se encuentra también en esta comunidad, religiosas
cuya fortuna es muy considerable y hacen muy ricos presentes al monasterio y a
su iglesia. Envían con frecuencia a sus amistades de la ciudad regalos de toda
clase, frutas, golosinas, trabajitos hechos en el convento y a veces las
personas a quienes ellas distinguen reciben dones de más alto valor.
Santa
Rosa de Arequipa está considerado como uno de los más ri-cos monasterios del
Perú y a pesar de ello las religiosas me parecieron más desgraciadas que las de
cualquier otro de los conventos que tuve ocasión de visitar. La exactitud de mi
observación me ha sido confir-mada en América por todas las personas
familiarizadas con el interior de las comunidades. Me han asegurado que las
austeridades de las monjas de Santa Rosa superan en mucho a las practicadas por
las reli-giosas de los demás conventos. Tuve muchas conversaciones con la
su-periora durante los tres días que habité en Santa Rosa. Voy a citar algu-nos
pasajes que harán conocer el espíritu que dirige esta comunidad.
Debo
decir, en primer lugar, que la superiora me recibió con mu-cha distinción.
Tenía entonces 68 años y desde hacía dieciocho pre-sidía la comunidad. Ha
debido ser muy hermosa. Su fisonomía era noble y todo en ella anunciaba una
gran fuerza de voluntad. Nacida en Sevilla vino a Arequipa a la edad de 7 años.
Su padre la puso en Santa Rosa para educarse y desde entonces no ha salido más.
Esta señora hablaba el español con una pureza y una elegancia notables.
436
3. Los
conventos de Arequipa
Era
instruida como puede serlo una religiosa. Todas las preguntas que me hizo sobre
Europa me probaron que la superiora de Santa Rosa se había ocupado mucho de los
acontecimientos políticos que han agitado España y el Perú desde hacía veinte
años. Sus opiniones en política eran tan exaltadas como en religión y su
fanatismo reli-gioso pasaba todos los límites de la razón. Referiré una de sus
frases que, por sí sola, resume el orden de ideas de esta anciana religiosa:
—¡Ay!, mi
querida niña, me dijo, ahora estoy demasiado vieja para emprender alguna cosa,
ya mi tiempo se acabó. Pero si tuviese tan solo 30 años me iría con usted. Iría
a Madrid y allí perdería mi fortuna, mi ilustre nombre y mi vida o, por la
muerte de Jesucristo que está allí en la cruz, le juro que restablecería la
Santa Inquisición.
Era
imposible tener más fuego en la mirada, más arrojo en la voz y expresión en el
gesto que el puesto por ella al extender la mano so-bre el Cristo que estaba al
pie de su lecho. Su conversación se mante-nía siempre en el mismo diapasón. Al
hablarme de Dominga me dijo:
—Esta
joven estaba poseída por el demonio. Estoy contenta de que el diablo haya
escogido mi convento de preferencia. Este ejemplo hará revivir la fe pues, mi
querida Flora, le confiaré una parte de mis penas. Cada día veo vacilar en el
corazón de las jóvenes religiosas esta fe poderosa que es lo único que puede
hacer creer en los milagros.
La
evasión de Dominga no me pareció que podía producir el efecto esperado por la
superiora sino, por el contrario, era de na-turaleza para provocar la
imitación. Hasta dudo que se hiciese ilusiones a este respecto; pero hablando
de Dominga en presencia de algunas religiosas, quizá creyó de su deber hacer
esta reflexión. Esta mujer, de una austeridad rigurosa, sabía hacerse obedecer
y respetar de las religiosas aun gobernándolas con mano de hierro, mas después
de tantos años que las gobernaba no había podido obtener el sincero afecto de
ninguna de ellas. Los tres días pasa-dos en el interior de este convento había
fatigado tanto a mi tía y a mis primas que, sin preocuparse del riesgo que
podían correr al salir, no quisieron quedarse más tiempo. En cuanto a mí había
hecho durante tan corta permanencia muchas observaciones y no
437
Flora
Tristán
me había
aburrido. Las graves religiosas nos acompañaron con la misma ceremonia y
etiqueta que habían puesto al recibirnos. Por fin pasamos el umbral de la
enorme puerta de encina con cerrojos y revestida de hierro como la de una
ciudadela. Apenas se cerró nos pusimos a correr por la larga y ancha calle de
Santa Rosa gritando: “¡Dios mío, qué felicidad estar libres!”. Las señoras
lloraban. Los ni-ños y las negras saltaban en la calle y confieso que yo
respiraba con más facilidad. ¡Libertad! ¡Oh, libertad! ¡No hay compensación por
tu pérdida! ¡La seguridad misma no es suficiente! ¡Nada en el mundo podría
reemplazarte!
Al día
siguiente de nuestra entrada en Santa Rosa Althaus nos ha-bía mandado decir que
la noticia era falsa, pues el indio de quien la habían recibido estaba vendido
a San Román y este no llegaría antes de quince días. Creímos entonces
conveniente regresar a casa. Pero la misma tarde de nuestra salida hubo otra
alerta y esta vez mis pa-rientes se retiraron a Santa Catalina. Parecía
positivo que San Ro-mán estaba en Cangallo. Su llegada a tan corta distancia de
Arequipa (4 leguas) hacía el peligro inminente. En cuanto la nueva circuló el
desorden en la ciudad y en el campo no fue menos que a la primera alarma dada
por el espía. No sabían qué hacer. Se tocaron las cam-panas a rebato. Masas de
gente se refugiaron en los conventos. Hubo una confusión y un terror que no me
dieron muy alta idea del valor de esta población fanfarrona que debía defender
la ciudad hasta su último soplo de vida. Los conventos y las iglesias se habían
conver-tido en guardamuebles de los habitantes. Desde hacía quince días
escondían allí todo cuanto poseían de objetos transportables y sus casas
completamente desguarnecidas parecían haber sido saquea-das. Yo misma hice
llevar mis maletas a Santo Domingo junto con los efectos de mi tío. A las doce
del día se supo la llegada del enemigo a Cangallo y se esperaba verlo aparecer
hacia las seis o siete de la no-che. Las azoteas de las casas se llenaron de
una multitud de gente que miraba en todas direcciones. Mas la espera general
quedó burlada. El enemigo había hecho alto.
Althaus
regresó del campamento y me dijo:
438
3. Los
conventos de Arequipa
—Prima,
esta vez sí es verdad que San Román está en Cangallo. Pero sus soldados están
rendidos de fatiga y estoy seguro de que per-manecerán allí tres o cuatro días
para reponerse.
—¿No cree
que venga hoy?
—No creo
que estén aquí antes de cuatro o cinco días; puede, pues, ir a reunirse con
Manuela. Por lo demás podrá usted contem-plar el combate desde lo alto de las
torres del monasterio tan bien como de la casa de su tío.
Seguí su
consejo y fui a Santa Catalina a reunirme con mis parientes.
Aquí
estoy de nuevo en el interior de un convento. Pero ¡qué con-traste con el que
acababa de dejar! ¡Qué ruido ensordecedor! ¡Cuántas burras cuando entré! ¡La
francesita, la francesita!, gritaban de todas partes. Apenas se abrió la puerta
me vi rodeada por una docena de religiosas que hablaban todas a la vez,
gritando, riendo y saltando de gozo. La una me quitaba el sombrero, porque un
sombrero era una pieza indecente. Me quitaron igualmente la peineta con el
pretexto de que era indecente. Otra quería sacarme las mangas abuchonadas
siempre con la misma acusación de ser muy indecentes. Esta me le-vantaba el
vestido por detrás porque quería ver cómo estaba hecho mi corsé. Una religiosa
me deshizo el peinado para ver si mis cabellos eran largos. Otra me levantaba
el pie para examinar mis borceguíes de París. Pero lo que excitó sobre todo su
admiración fue el descu-brimiento de mi calzón. Esas buenas jóvenes son
sencillas, pero sin duda había más indecencia en sus preguntas que en mi
sombrero, mi peineta y mis vestidos. En una palabra, aquellas señoras me
revolvie-ron en todo sentido y actuaron conmigo como hace un niño con la muñeca
que se le acaba de dar.
Sin
ninguna exageración, quedé un largo cuarto de hora en la puerta de entrada, que
sirve de torno, temiendo a cada instante verme sofocada por el calor en el
pequeño espacio que me habían dejado esas turbulentas religiosas y la multitud
de negras o zambas que me rodeaban. Mis parientes que vieron la dificultad de
mi situa-ción, y sintieron cuánto debía mortificarme, hicieron toda clase de
439
Flora
Tristán
esfuerzos
para llegar al sitio en donde me hallaba mientras mi zam-ba, que había entrado
al mismo tiempo que yo, gritaba con todas sus fuerzas que me ahogaban, que me
hacían daño y pedía auxilio. Pero sus gritos y los de mis primas estaban
dominados por más de cien voces que decían a la vez: ¡Ah, la francesita! ¡Qué
bonita es! ¡Viene a vivir con nosotras!
Comencé
seriamente a desesperarme y temí no salir de allí en otra forma que desmayada.
Sentía flaquear mis piernas. Estaba ba-ñada de sudor y el laberinto que toda
esta gente hacía en mis oídos me aturdía de tal manera que no sabía ya dónde
estaba, cuando por fin llegó la superiora a recibirme. Era prima de la
superiora de Santa Rosa y parienta nuestra en el mismo grado. Al acercarse se
calmó un poco el ruido y la multitud abrió paso para dejarla llegar hasta mí.
Me sentí realmente muy mal. La buena señora se dio cuenta de ello, regañó
severamente a las religiosas y dio orden de que las negras se retirasen. Me
llevó enseguida a su grande y hermosa celda y allí, des-pués de haberme hecho
sentar sobre ricos tapices y blandos cojines, me hizo traer, en uno de los más
bellos azafates de la industria pari-sién, diversas clases de excelentes
bizcochos hechos en el convento, vinos de España en lindos frascos de cristal
cortado y un soberbio vaso dorado del mismo cristal y grabado con las armas de
España.
Cuando me
repuse un poco la buena señora quiso de todos modos acompañarme a la celda que
me destinaba. ¡Oh, qué amor de celda! ¡Y cuántas de nuestras elegantes
quisieran tenerla como boudoir! Imagínense un cuartito abovedado de 10 a 12
pies de ancho por 14 o 16 de largo cubierto íntegramente con una hermosa
alfombra ingle-sa con dibujos turcos. En medio, una puertecita en ojiva, a cada
lado una ventana pequeña del mismo estilo y las dos ventanas provistas de
cortinas de seda color cereza con franjas negras y azules. A un lado del cuarto
una cama de fierro barnizado con un colchón forra-do en cutí inglés recubierto
por un rico tapiz proveniente del Cuz-co. Cerca del diván unos cojines para uso
de los visitantes y lindos banquitos de tapicería. En el fondo se abría un
nicho ocupado por una hermosa consola con mármol blanco que imitaba con
bastante
440
3. Los
conventos de Arequipa
propiedad
un altar pequeño. Había sobre la consola muchos floreros llenos de flores
naturales y artificiales, candeleros de plata con velas azules, un librito de
misa empastado con terciopelo violeta, cerrado con un candadito de oro, así
como un Cristo pequeño de madera pri-morosamente trabajado. Encima del Cristo
se veía una Virgen en un cuadro de plata y a su lado, en ricos marcos, a Santa
Catalina y Santa
Teresa.
Un rosario de granos finos y menudos había sido enrollado en la cabeza del
Cristo. En fin, para que nada faltase a este elegan -
te
mobiliario, en medio del cuarto estaba una mesa cubierta por un gran tapiz y
sobre esta un gran azafate con un juego de té con cuatro tazas, una garrafa de
cristal cortado, un vaso y todo lo necesario para refrescarse. Este asilo
encantador era el retiro de la superiora. Esta señora sentía por mí una amistad
entusiasta por el solo motivo de venir yo del país en donde vivía Rossini. A
pesar de mis instancias para no aceptar este agradable albergue, quiso a viva
fuerza que me instalase en su retiro. La amable religiosa me hizo compañía
hasta muy tarde y hablamos principalmente de música y enseguida de los asuntos
de Europa por los que estas señoras tomaban vivo interés. Después se retiró
rodeada de una multitud de religiosas pues todas la querían como a su madre y
amiga.
Durante
diez años de viajes he tenido que cambiar con frecuencia de habitación y de
lecho. Mas no recuerdo haber sentido jamás una sensación tan deliciosa como la
que experimenté al acostarme en la cama de la superiora de Santa Catalina. Tuve
la niñada de encender las dos velas azules que estaban sobre el altar, cogí el
pequeño rosa-rio, el lindo libro de oraciones y me quedé leyendo largo rato,
inte-rrumpiéndome a menudo para admirar el conjunto de los objetos que me
rodeaban o para respirar con voluptuosidad el dulce perfu-me que exhalaban mis
sábanas ornadas de encajes. Esa noche casi tuve el deseo de hacerme religiosa.
Al día siguiente me levanté muy tarde, pues la indulgente superiora me previno
que era inútil levan-tarme a las seis (como nos lo habían exigido en Santa
Rosa) para ir a misa. “Basta con que asista usted a la de las once, me había
dicho la buena señora, y si su salud no se lo permite la dispenso de asistir”.
441
Flora
Tristán
El primer
día lo empleé en hacer visitas a las religiosas. Todas querían verme, tocarme,
hablarme. Esas señoras me interrogaban sobre todo: ¿cómo se visten en París?
¿Qué se come? ¿Hay conventos? Pero sobre todo ¿se toca música? En cada celda
encontramos reunida numerosa sociedad. Todo el mundo hablaba a un tiempo en
medio de risas y de chistes. Por todas partes nos ofrecían bizcochos de toda
clase, frutas, jarabes y vinos de España. Era una serie continua de banquetes.
La superiora había ordenado para por la tarde un con-cierto en su pequeña
capilla, allí escuché una magnífica música com-puesta con los más hermosos
pasajes de Rossini. Fue ejecutada por tres jóvenes y lindas religiosas, no
menos diletante que su superiora. El piano provenía de manos del más hábil
fabricante de Londres y la superiora había pagado por él 4 mil francos.
Santa
Catalina pertenecía también a la orden de las carmelitas, pero, como me hizo
observar la superiora, con muchas modificacio-nes. ¡Oh! ¡Sí!, pensaba yo, con
inmensas modificaciones.
Estas
señoras no usan el mismo hábito que las de Santa Rosa. Su vestido es blanco,
muy amplio y se arrastra por el suelo. Su velo, car-melita generalmente, es
negro en los días de grandes solemnidades. No sé si su regla exige que solo
usen telas de lana, mas puedo asegu-rar que el vestido es la única de sus
prendas hecha de lana. Es de un tejido muy fino, sedoso y de una radiante
blancura. Su gorro es de crespón negro y tan lindamente plisado que tenía
deseos de llevarme uno como objeto de curiosidad. Su forma graciosa les da una
fiso-nomía encantadora. El velo es también de crespón. Nunca lo llevan caído
salvo en la iglesia o en ceremonias. Hay que creer que esas pia-dosas señoras
no hacen voto de silencio ni de pobreza, pues hablan bastante y casi todas gastan
mucho.
La
iglesia del convento es grande. Los adornos son ricos, pero mal cuidados. El
órgano es muy hermoso, los coros y todo lo relativo a la música de la iglesia
es objeto de cuidados muy especiales de parte de las religiosas. La
distribución interior del convento es muy extraña. Se compone de dos cuerpos de
construcción, uno de los cuales se lla-ma el antiguo convento y el otro el
nuevo. Este último comprende
442
3. Los
conventos de Arequipa
tres
claustros pequeños muy elegantemente construidos. Las celdas son pequeñas, pero
ventiladas y muy claras. En el centro del patio hay un círculo sembrado de
flores y dos hermosas fuentes que ali-mentan la frescura y la limpieza. El
exterior de los claustros está ta-pizado con viñas. Se comunica con el antiguo
convento por medio de una calle escarpada. Es este un verdadero laberinto
compuesto de una cantidad de calles y callejuelas en toda dirección y
atrave-sado por una calle principal a la que se sube como por una escale-ra.
Esas calles y callejuelas están cerradas por las celdas que son, a su vez,
otros tantos cuerpos de una construcción original. Las reli-giosas que las
habitan se hallan como en pequeñas casas de campo. He visto algunas de aquellas
celdas que tienen un patio de entrada bastante espacioso como para criar aves y
donde se halla la cocina y el alojamiento de los esclavos. A continuación, un
segundo patio en el que se han levantado dos o tres cuartos. Enseguida, un
jardín y un pequeño retiro cuyo techo forma una terraza. Desde hace más de
veinte años esas señoras ya no viven en común. El refectorio ha sido
abandonado, el dormitorio igualmente, aunque por la forma cada una de las
religiosas tiene todavía un lecho blanco como la regla lo exige. Tampoco están
obligadas, como las carmelitas de Santa Rosa, a esa multitud de prácticas
religiosas que ocupan todo el tiempo de estas últimas. Por el contrario, les
queda después del cumplimiento de sus deberes conventuales, mucho tiempo que
consagran al cui-dado de su habitación, de sus vestidos, a ocupaciones de
caridad y, en fin, a sus distracciones. La comunidad tiene tres vastos jardines
que no se siembran sino con legumbres y maíz porque cada religio-sa cultiva
flores en el jardín de su celda. Además, la vida que llevan esas señoras es muy
laboriosa. Hacen toda clase de trabajos de aguja, admiten pensionistas a
quienes instruyen y tienen también una es-cuela gratuita donde enseñan a niñas
pobres. Su caridad se extiende a todo: dan ropa a los hospitales, dotan a las
jóvenes y diariamen-te distribuyen pan, maíz y vestidos a los pobres. Las
rentas de esta comunidad se elevan a una suma enorme, pero esas damas gastan en
proporción a sus mismas entradas. La superiora tenía entonces
443
Flora
Tristán
72 años.
Nombrada y destituida en varias ocasiones, su gran bondad había hecho que
siempre la rechazaran los sacerdotes que tienen au-toridad sobre el convento,
mas esa misma bondad la hacía nombrar de nuevo por las religiosas las cuales
tienen el derecho de elegir a su superiora en el escrutinio.
Esta
amable mujer, en todo punto distinta de su prima de Santa Rosa, era tan delgada
y fina que desaparecía casi por completo bajo su largo y amplio vestido. Toda
su vida había estado enferma y la única cosa que proporcionaba algún alivio a
sus males era escu-char buena música. No parecía vieja esta buena señora, sino
por su cara y sus manos decrépitas. Jamás habría creído que se pudiese
encontrar en una mujer de aquella edad y de tan débil constitución tanta
vivacidad y actividad como la superiora demostraba. Su con-versación
excesivamente alegre era siempre brillante por sus agu-dezas y picante por su
originalidad. Ninguna de sus religiosas más jóvenes la podría superar en el
entusiasmo que pone en hablar. Le referí los conceptos sostenidos por la superiora
de Santa Rosa. Se encogió de hombros con una sonrisa de piedad y me dijo con
una expresión muy artística:
—Y yo, mi
querida niña, si solo tuviese 30 años ¡ría con usted a París a ver representar
en la gran ópera las sublimes obras maestras del inmortal Rossini. Una nota de
ese hombre de genio es más útil a la salud moral y física de los pueblos que
los horrorosos espectáculos de los autos de fe de la Santa Inquisición lo
fueron a la religión.
En Santa
Catalina cada una de esas señoras hacía poco más o me-nos lo que quería. La
superiora era demasiado buena para molestar o contrariar a ninguna de las
religiosas. La aristocracia de las riquezas, la que reina en todas partes hasta
en el seno de las democracias, era la única que existía en este convento, por
lo que noté. Las religiosas de Santa Catalina realmente progresaban. Entre
estas señoras había tres a quienes se consideraba como las reinas del lugar. La
primera, colocada en el convento a la edad de 2 años, podía tener cuando
es-tuve allí treinta y dos o treinta y tres. Pertenecía a una de las familias
más ricas de Bolivia y tenía ocho negras o zambas para su servicio.
444
3. Los
conventos de Arequipa
La
segunda era una joven de 28 años, alta y esbelta, hermosa con esa hermosura
viva y atrevida de las mujeres de Barcelona. Era de origen catalán. Esta
encantadora muchacha, huérfana con 40 mil libras de renta, vivía en el
monasterio desde hacía cinco años. Por fin, la terce - ra, amable persona de 24
años, buena, alegre y risueña, era religiosa hacía siete años. La de más edad
se llamaba Margarita y era la farma-céutica del convento. Rosita, la segunda,
era la portera. En cuanto a la más joven, Manuelita, era demasiado loca y
ligera para confiarle la menor función.
Las tres
religiosas, por el deseo incesante de actividad que las atormentaba y por los
caprichos de su espíritu, fueron causa de una de aquellas destituciones a las
que su excesiva bondad ha expuesto a la superiora. La hermana Manuelita, a
quien su excesiva robustez y demasiada gordura tenían siempre enferma, tuvo un
pequeño alter-cado con el viejo doctor del convento porque este quería
imponerle dieta a la cual la joven, un poco golosa, se negó a sujetarse. El
pa-dre de Manuelita era un viejo octogenario, no menos extraordinario en su
género que mi prima la superiora en el suyo. El uno y la otra simpatizaban
mucho y eran los mejores amigos que puede darse. El anciano iba a menudo al
convento donde tenía permiso para entrar cuando deseaba. Quería a su hija la
religiosa con una pasión par-ticular y Manuelita abusaba de ello como lo hacen
todos los niños engreídos. Así, pues, se quejó a él del tratamiento al cual que
quería someterla el viejo doctor y se fingió mucho más enferma de lo que
realmente estaba. Don Hurtado, el viejo sabio a quien mi lector ya co-noce,
tenía la pretensión de ser filósofo, médico, químico, astrólogo y, además,
estaba inclinado a tener una gran admiración por todos los europeos. Se mostró
sensiblemente afectado por el estado de su hija querida e indignado contra el
viejo doctor Bagras que quería im-poner dieta a su hija.
—Querida
hija, le dijo, no quiero que ese ignorante te prescriba el menor remedio. Te
traeré mañana a un médico inglés, joven en-cantador lleno de ciencia, que a los
26 años ha dado ya dos veces la vuelta al mundo. ¡Juzga hija mía qué médico
debe ser!
445
Flora
Tristán
El padre
Hurtado, fiel a su promesa, fue al día siguiente al convento acompañado de un
elegante y amable dandy que hablaba el español con un acento muy agradable de
admirar en un extranjero. Este infa-tigable viajero, cuya lengua se había
suavizado con el uso del francés y del italiano que hablaba igualmente bien,
era al mismo tiempo el más fashionable2 de los médicos. Unía a maneras
distinguidas la originali-dad especial de su nación y una alegría muy difícil
de encontrar.
Después
de haber visto e interrogado a Manuelita juzgó que toda su enfermedad provenía
de la falta de ejercicio y, realmente, la ten-dencia de esta joven a la
obesidad denotaba la necesidad urgente de hacerlo. El joven doctor prescribió
el ejercicio del caballo a la religio-sa quien lo recibió con alegría. Vio en
esto una ocasión para distraer-se de la vida monótona cuyo peso la agobiaba y
dijo enseguida a su padre que este sería el único remedio que podría mejorarla.
El viejo Hurtado propuso mandar al convento su yegua que era muy mansa. El
amable doctor ofreció la montura inglesa usada por su esposa y solo faltaba,
para seguir la receta, el consentimiento de la superiora. La hermana Rosita,
predilecta de la buena madre, se encargó de obte-nerlo. En efecto, le hizo
comprender que Manuelita tenía una enfer-medad a los nervios de tal naturaleza
que el ejercicio del caballo era tan necesario a su curación como la melodía de
una buena música para la salud de su venerable superiora. La comparación de la
astuta Rosita tuvo gran éxito. El permiso fue concedido sin la menor
difi-cultad y la superiora agregó que como seguramente ese joven doctor inglés
debía conocer la música, ella deseaba conocerlo.
El día
esperado con impaciencia llegó por fin. Don Hurtado entró en el convento una
mañana muy temprano seguido de su yegua. Esta, completamente enjaezada, tenía
una magnífica silla de terciopelo verde. La vista del lindo animal produjo
universales aclamaciones. Las pobres reclusas acudían de todas partes ávidas
por contemplar un objeto tan nuevo para ellas. Cuando toda la comunidad se hubo
saciado del placer de ver y tocar la yegua, la silla, la brida y la fusta,
2 Dandy y fashionable figuran así en el
original francés [N. del T.].
446
3. Los
conventos de Arequipa
el viejo
Hurtado ayudó a su hija a subir y cuando estuvo en la silla condujo a la yegua
de la brida y le hizo dar dos veces la vuelta a los corredores. Después de
haberse apeado Manuelita, su amiga Rosita que también tenía enfermedad a los
nervios, quiso montar en la ye-gua. Más atrevida que la primera amazona, guio
sola su cabalgadura y a la tercera vuelta la lanzó al trote. Este rasgo de
valor extasió a las tímidas religiosas. Todas, hasta las viejas, querían
también montar en la yegua. Se convino en que el encantador animal quedaría en
el convento y don Hurtado debía regresar al día siguiente para presidir el
paseo. Al día siguiente Manuelita manejó su cabalgadura ella sola y la hizo ir
al trote. Rosita cabalgó enseguida y quedó arreglado que, en adelante, no se
necesitaría del padre Hurtado. La señora doña Margarita, que desde hacía mucho
tiempo sufría horriblemente de los nervios, quiso a su vez ensayar el ejercicio
que tanto bien hacía a sus dos compañeras. La buena señora era un poco pesada y
muy cobarde, Rosita fue su conductora en los primeros días. Hacían cer-ca de
quince que los paseos a caballo divertían a la comunidad, ali-mentaban todas
las conversaciones y curaban a maravilla todos los males cuando un
acontecimiento, que pudo ser funesto, hizo cesar la alegría general, excitó la
más viva inquietud y llevó el desorden al seno de la comunidad. La hermana
Margarita estaba lejos de ser tan ágil como sus dos hermosas compañeras y no
había podido conver-tirse en tan buena amazona como ellas; pero quiso imitarlas
a pesar de todo y hacer correr su caballo a galope. Le sucedió una desgracia:
al torcer una de las callejuelas del antiguo convento su largo vestido se
enredó en una zarza. Margarita, en el movimiento que hizo para desasirse,
perdió el equilibrio y cayó pesadamente sobre el sardinel en el ángulo de la
calleja. En su caída, la desgraciada se fracturó el hombro en una forma
horrible.
Doña
Margarita fue conducida a su lecho en un cruel estado de sufrimiento. Se corrió
a llamar al médico inglés quien se apresuró a ir, arregló el hombro roto y
consoló a las amigas de la enferma ase-gurándoles que la herida no presentaba
peligro alguno, si bien temía que la curación fuese un poco larga.
447
Flora
Tristán
Pero, el
viejo doctor Bagras iba como de costumbre al convento y al no ver a la hermana
Margarita en su farmacia preguntó si es-taba enferma.
—No, le
contestaron primero, pero se ha hecho reemplazar en la farmacia porque tiene
por otro lado algunas ocupaciones que por al-gunos días le impedirán venir.
Cuatro
semanas trascurrieron sin que la pobre farmacéutica es-tuviese en estado de
levantarse para ir en persona a suministrar al doctor Bagras los medicamentos
que necesitaban las enfermas del convento. Y mientras la curiosidad del viejo
médico con respecto a ella le hacía nacer inquietudes, se veía obligada a
permanecer en su lecho sufriendo atroces dolores.
Bagras al
fin comenzó a sospechar que le ocultaban alguna cosa acerca de la hermana
Margarita. Espió a las negras de esta religiosa, interrogó a algunas de ellas y
el aire confuso con que respondieron a sus preguntas lo convenció de que
Margarita estaba enferma. El des-confiado doctor quedó intrigado por el
misterio que todo el convento le había hecho sobre esta enfermedad. Mil
conjeturas se presentaron a su espíritu y no tuvo ya sino un pensamiento: el de
descubrir la palabra del enigma.
Tenía,
como médico de la comunidad, el derecho de entrar hasta el interior de los
claustros. Un día acechó el instante en que los patios estaban desiertos y
aprovechó para ir y presentarse en la celda de Margarita. Encontró a la
religiosa acostada e inconocible, ¡tan pálida y delgada la había puesto el
sufrimiento! A la vista del doctor todas las personas presentes lanzaron un
grito de espanto. La enferma se desvaneció. El viejo Esculapio no sabía en
dónde se hallaba. No po-día explicarse cómo él, médico del convento desde hacía
veinticinco años, conocido por todas esas señoras de la comunidad a tal punto
que todas lo trataban con familiaridad, podía producir tan terrible efecto en
las que estaban en la celda de la enferma. Quiso aproximar-se al lecho de Margarita
para ofrecerle sus cuidados, pero todas las religiosas se precipitaron sobre él
para rechazarlo. La alarma pro-ducida y el misterio con que aquellas señoras se
envolvían hicieron
448
3. Los
conventos de Arequipa
nacer en
el pensamiento del viejo doctor las más extrañas sospechas. Estaba estupefacto.
Lleno de respeto por el convento de Santa Cata-lina, al que desde hacía tanto
tiempo servía celosamente y receloso de la santidad de sus religiosas, se
persuadió de que por deber y por religión debía prevenir a la superiora de lo
que ocurría. Sin embargo, lo que en el fondo de su alma lo apenaba más era ver
que la hermana Margarita no tuviese suficiente confianza en él como para
reclamar sus cuidados. En presencia de la superiora Bagras, que conocía su
extraordinaria vivacidad, no se atrevía a hacer un largo preámbulo y, con todo,
no sabía cómo componérselas para abordar de frente el tema. La venerable
señora, cuya inteligencia es realmente notable, comprendió el pensamiento del
viejo doctor antes de que él encon-trase palabras con qué expresarlo. Esta
anciana religiosa con toda la extravagancia y alegría de su espíritu había sido
siempre de una severidad de principios y de una virtud ejemplares. Sufría en el
alma y se escandalizó horriblemente ante la idea de que se pudiese sospe-char
que una de sus religiosas se hubiese apartado de las reglas de esa virtud que
ella cree existir en el corazón de todas las hermanas con la misma pureza que
en el suyo. Con un gesto impuso silencio al anciano y con una voz llena de
nobleza e indulgencia le dijo:
—Doctor
Bagras, si he consentido en que se le oculte el desgracia-do percance ocurrido
a la hermana Margarita ha sido solo por con-sideración hacia usted. Sus largos
servicios merecen atenciones que no puedo desconocer. Pero usted comprende,
doctor, que no debo llevar la complacencia hasta el punto de comprometer la
salud de las santas niñas que Dios ha confiado a mis cuidados. Juzgué
conve-niente llamar a mi convento a un joven médico extranjero que, en
adelante, le ayudará a usted en sus funciones, demasiado penosas para un hombre
de su edad. Nuestro nuevo médico prescribió a algu-nas de estas señoras montar
a caballo. Ese ejercicio les hace mucho bien, pero la Providencia permitió que
nuestra querida hija Marga-rita cayese y se rompiese el hombro. Sufre desde
hace dos meses y el doctor inglés que la cuida responde de su curación. Tales
son, doctor Bagras, las causas muy sencillas de la enfermedad de la hermana
449
Flora
Tristán
Margarita.
Ahora que está usted enterado de lo que deseaba saber puede retirarse.
Refiero
este rasgo de mi vieja prima con una satisfacción interior que no puedo callar.
Su conducta, en esta ocasión, me parece admira-ble de generosidad y de
dignidad.
El doctor
Bagras se puso tan furioso al verse suplantado por el ele-gante inglés que
regresó a su casa hirviendo de ira y dirigió ensegui-da al obispo un informe de
lo que acababa de suceder en el convento.
Yo he
leído la copia de aquel informe. Es en realidad una pieza curiosa. Dice así:
“¡Horror! ¡Tres veces horror! ¡Ha entrado en el santo convento de Santa
Catalina un descreído, un perro inglés!3
En fin,
Monseñor, ¡podrá usted creerlo! El perro ha hecho galopar a las santas
religiosas sobre una yegua que estaba vestida con una silla inglesa...”. Todo
el informe prosigue en el mismo tono.
Este
acontecimiento hizo gran ruido en la ciudad. La generación joven estaba toda en
contra del obispo y a favor del elegante doctor inglés y de la generosa
superiora. Esta fue destituida a causa de este hecho, pero las religiosas se
indignaron tanto por esta injusticia que la reeligieron inmediatamente.
Las
amables amazonas de Santa Catalina han hecho que me aparte de mi tema. Este
convento ofrece un campo tan vasto de observación que me es difícil, aun
omitiendo muchas cosas, ser menos extensa de lo que intentaba ser. Es menester
añadir, para terminar esta digresión, que desde aquel acontecimiento las
señoras tuvieron que renunciar al hermoso proyecto que habían concebido: hacer
construir en un rin-cón del jardín una caballeriza para tener tres caballos a
fin de que cada una de ellas tuviese el suyo. Don Hurtado se vio obligado a
recoger su yegua y recibió una severa reprimenda del obispo. En fin, el amable
doctor inglés fue puesto a la puerta del convento; pero se sacó el clavo en la
reja del locutorio donde continuaba dando perniciosos consejos
3 En el Perú se cree, por lo general, que todos
los ingleses son protestantes y la to-lerancia ha hecho tan pocos progresos que
el epíteto de perro se usa con frecuencia al hablar de ellos. He oído decir, al
hablar de una joven que se había casado con un inglés, que se había casado con
un perro. [N. de la A.].
450
3. Los
conventos de Arequipa
a las
santas religiosas, pues todas tenían males nerviosos desde que el severo doctor
Bagras las atendía por orden del obispo.
Desde el
día siguiente a nuestra llegada, cada una de las tres ami-gas había dejado ver
en la conversación el vivo deseo que tenía de es-cuchar el relato exacto de la
aventura de la pobre Dominga. Circulaba por el convento el rumor de que estas
tres señoras después de aquella aventura meditaban de concierto una no menos
abominable. Rosita tenía la edad de Dominga y sentía por ella vivo interés,
pues la había conocido mucho cuando ambas eran niñas. Mi prima Althaus no
ape-tecía otra cosa que contar la historia quizá por vigésima vez y se ofre-ció
con gusto a satisfacer la curiosidad de las religiosas. Quedó conve-nido en que
la buena Manuelita invitaría a mi prima y a mí a comer en privado con sus dos
amigas para poder conversar a nuestro gusto y tanto tiempo como deseáramos. Fue
la víspera de nuestra salida del convento cuando tuvo lugar la comida. Era
terminar de una manera bastante picante los seis agradables días pasados en el
monasterio.
Manuelita
nos recibió en su linda habitación del antiguo con-vento. La comida fue una de
las más espléndidas y sobre todo de las mejor servidas a que fui invitada
durante mi estancia en Arequipa. Pusieron hermosas porcelanas de Sévres,
manteles adamascados, servicio de plata elegante y en el postre cuchillos de
plata dorada. Cuando acabó el convite, la graciosa Manuelita nos invitó a pasar
a su retiro. Cerró la puerta del jardín y dio orden a su primera negra de que
no se nos molestase con ningún pretexto.
Ese
pequeño retiro no era tan hermoso como el de la superio-ra, pero era más
original. Como yo era extranjera, las religiosas me hicieron los honores.
Quisieron que ocupase yo sola el diván y me recosté en él muellemente, apoyada
sobre cojines de seda. Las tres religiosas, muy elegantes con sus vestidos de
anchos pliegues, se co-locaron en torno a mí: Rosita, sentada sobre un cojín
cuadrado, con las piernas cruzadas a la moda del país, se inclinaba al pie del
diván; la buena Manuelita, a mi lado, jugueteaba con mis cabellos, los
des-trenzaba y los trenzaba de mil maneras; y la grave Margarita, en me-dio de
nosotras mostraba complacientemente su linda mano blanca
451
Flora
Tristán
y llena
que apretaba un grueso rosario de ébano. Mi prima, la actriz principal, estaba
sentada frente a su auditorio sobre un gran sillón muy antiguo con un cojín a
los pies.4
Mi prima
comenzó por darnos a conocer los motivos que habían determinado a Dominga a
hacerse religiosa. Dominga era más her-mosa que sus tres hermanas. A los 14
años su belleza estaba lo bastan-te desarrollada como para inspirar amor. Gustó
a un joven médico español quien, al saberla rica, trató de hacerse amar de
ella. Eso fue cosa fácil. Dominga nacía para el mundo. Era tierna y amaba como
se ama a su edad, con sinceridad y sin desconfianza, creyendo la po-bre niña en
su sencillez que el amor que inspiraba igualaba al que ella misma sentía. El
español la pidió en matrimonio y la madre aco-gió su demanda. Pero, temiendo
que su hija fuese todavía demasiado joven, quiso que el matrimonio se efectuase
al cabo de un año. El es-pañol, como casi todos los europeos llegados a esta
comarca, estaba dominado por la codicia, quería conseguir grandes riquezas y
como su unión con Dominga le había parecido un medio de lograrlas había
especulado con la crédula inocencia de una niña. Apenas transcurri-dos algunos
meses desde que aquel extranjero pidió su mano, renun-ció al amor verdadero de
la niña a cambio del de una mujer viuda sin ninguna cualidad; pero mucho más
rica que Dominga y no demostró la más ligera consideración por el profundo
pesar que iba a causar-le su abandono. La falta de lealtad del español hirió
cruelmente el corazón de Dominga. Su proyectado enlace había sido anunciado
públicamente a toda la familia y su orgullo no pudo soportar este ultraje. La
joven se sentía humillada y los consuelos que trataban de prodigarle no hacían
sino irritar un dolor que hubiese querido ocultarse a sí misma. En su
desesperación no vio más recurso que
4 “La iconografía conocida de Flora Tristán
empieza con el óleo [1 x 1,80 m] que repre-senta su visita al Convento de Santa
Catalina de Arequipa, pintado por Jules Laure en París en 1838. Este cuadro se
halla en Lima, en poder de don Juan Bryce y Cotes, des-cendiente de la familia
Tristán y su existencia no llegó a ser conocida por el biógrafo Puech. Fue
reproducido por primera vez por Jorge Holguín de Lavalle en Turismo de
noviembre de 1944” (Basadre, 1946, p. xxiii). En la edición citada, entre las
páginas 308 y 309, puede verse una reproducción de este. [N. de la primera
Ed.].
452
3. Los
conventos de Arequipa
la vida
conventual. Declaró a su familia que Dios la llamaba a sí y que estaba resuelta
a entrar en el monasterio. Todos los parientes de Dominga unieron sus esfuerzos
para quebrantar su resolución; pero ella tenía la cabeza exaltada y los pesares
de su corazón no le permi-tieron escuchar ninguna súplica. Todo fue inútil. La
joven se mostró tan indiferente a las exhortaciones y a los consejos como había
sido sorda a las solicitudes. La resistencia encontrada en su familia solo dio
por resultado que su obstinada temeridad la llevase a entrar en el convento más
rígido de la orden de los carmelitas. Después de un año de noviciado Dominga
tomó el velo en Santa Rosa.
Parece,
continuó mi prima, que Dominga en el fervor de su celo fue feliz los dos
primeros años de su estancia en Santa Rosa. Al cabo de ese tiempo comenzó a
cansarse de la severidad de la regla. Los sufrimientos físicos habían calmado
su exaltación moral y tardías reflexiones la hicieron verter lágrimas sobre la
suerte que había es-cogido. No se atrevía a hablar de sus penas y de su tedio a
su familia que se había opuesto tenazmente al partido que había adoptado y, por
lo demás, ¿de qué hubiese podido servirle?
—Ustedes
saben, señoras, agregó mi prima, todo pesar es inútil.
Una vez
que se entra en uno de estos retiros no se sale más.
Aquí las
tres religiosas se miraron y hubo en esas miradas cambia-das de soslayo un
acuerdo que no se nos escapó a ninguna de las dos.
La
desgraciada Dominga encerró sus pesares en el corazón y sin esperar consuelo de
nadie se resignó a sufrir en espera de la muerte que pondría fin a sus males.
Cada día pasado en el con - vento, el que la religiosa ya solo consideraba como
una prisión, debilitaba su salud antes tan excelente. Una palidez mortal había
reemplazado en sus mejillas el carmín que daba tanto realce a su belleza cuando
vivía en el mundo. Sus hermosos ojos, que estaban ya opacos, se habían hundido
en las órbitas como los de los peni-tentes agotados por las austeridades del
claustro. Un día, hacia fi-nes del tercer año, le tocó el turno de hacer la
lectura en el refecto-rio y Dominga encontró en un pasaje de Santa Teresa la
esperanza de su liberación.
453
Flora
Tristán
Refería
este pasaje que con frecuencia el demonio recurre a mil medios ingeniosos para
tentar a las monjas. La santa cuenta, por ejemplo, la historia de una religiosa
de Salamanca que sucumbió a la tentación de fugarse del convento. El demonio le
sugirió el pen-samiento de poner en el lecho de su celda el cadáver de una
mujer muerta destinado a hacer creer a toda la comunidad que ella había
fallecido, con el fin de tener tiempo de ponerse a cubierto de los al -
guaciles de la Santa Inquisición, ayudada por el mensajero del diablo bajo la
forma de un hermoso joven.
¡Qué rayo
de luz para la joven! Ella también podrá salir de su pri-sión, de su tumba, por
el mismo medio de la religiosa de Salamanca. Desde aquel momento la esperanza
entró en su alma y desde enton-ces ya no sintió tanto fastidio. Apenas tuvo
tiempo suficiente para emplear toda la actividad de su imaginación en idear los
medios de realizar su proyecto. Ya no hubo prácticas austeras, ni deberes
pe-nosos que le costasen trabajo cumplir porque veía un término a su
cautiverio. Cambió gradualmente de modo de ser con las religiosas y buscaba
ocasiones de hablarles a fin de conocer a fondo a cada una de ellas. Dominga
trataba sobre todo de trabar amistad con las hermanas porteras cuyas funciones
no duraban sino dos años en el convento de Santa Rosa. A cada cambio ella se
esforzaba con sus atenciones y asiduidades en atraerse a la nueva portera. Se
mostró muy generosa y buena con la negra que le servía de comisionista fue-ra
del convento a fin de asegurarse una abnegación sin límites. La prudente y
perseverante joven no olvidó, en suma, nada de lo que pudiese facilitar la
ejecución de sus planes. Ocho años trascurrieron, sin embargo, antes de poder
realizarlos. ¡Ay! ¡Cuántas veces duran-te esa larga espera la desgraciada
pasaba de la alegría delirante que siente el prisionero al abandonar su
calabozo por un esfuerzo de va-lor y habilidad, al desánimo profundo, a la
desesperación del esclavo que, sorprendido en el momento de su fuga, va a caer
de nuevo entre las manos de un amo cruel! Sería demasiado largo referir todas
sus ansiedades, todas sus alternativas de esperanza y de temor. Algunas veces,
después de haber empleado cerca de dos años en halagar a una
454
3. Los
conventos de Arequipa
vieja
hermana portera, dura y áspera, en el momento en que Domin-ga se creía segura
de la simpatía y discreción de la vieja, una circuns-tancia le hacía ver que si
hubiese tenido la imprudencia de confiar en aquella mujer se habría perdido. A
este pensamiento Dominga, espantada del peligro que acababa de correr, temblaba
de terror. Se pasaban entonces muchos meses sin que se atreviese a hacer la
me-nor tentativa. Sucedía también que, en momentos de confiarse a una portera,
que le parecía buena y digna del terrible secreto que iba a de-cirle, la
cambiaban y era reemplazada por una especie de cancerbero cuya sola voz helaba
a la pobre joven.
En medio
de estas crueles ansiedades vivió durante ocho años la joven religiosa. No se
concibe cómo su salud pudo resistir una agonía tan larga. Al fin, sintiendo que
ya no podía más se decidió a fran - quearse con una de sus compañeras a quien
amaba más que a nin-guna otra y que acababa de ser nombrada portera. Su
confianza se encontró felizmente bien colocada y Dominga, una vez segura de la
ayuda y del silencio de la portera, solo pensó en el medio de procu-rarse lo
necesario para la ejecución de su proyecto. Necesitaba con-fiarse a la negra,
su mandadera, pues sin el concurso de esta esclava era imposible tener éxito.
Esta confidencia iba rodeada de peligros y en esta circunstancia, como en todas
las relacionadas con su plan de evasión, Dominga fue admirable de valor y de
perseverancia. Solo podía comunicarse con su negra en el locutorio y a través
de una reja. Las palabras de Dominga podían ser escuchadas por alguna de las
silenciosas religiosas que iban y venían sin cesar al locutorio y sin cesar también
tenían el oído en acecho. He aquí cuál fue el plan concebido por Dominga y que
tuvo el atrevimiento de exponer a su negra ofreciéndole una buena recompensa
para resarcir a esta escla-va de los peligros que podía correr.
Era
preciso que la negra consiguiese una mujer muerta y que la trajese al convento
tarde, a la caída de la noche. La portera le abriría y mostraría el lugar donde
debía esconder el cadáver. Dominga ven-dría a buscarlo por la noche para
llevarlo a su lecho, prenderle fuego y escapar mientras las llamas quemaban el
cadáver en la tumba. No
455
Flora
Tristán
fue sino
muchísimo tiempo después de haber conocido el proyecto de su ama cuando la
negra pudo traer el cadáver. Habría sido peli-groso pedirlo en el hospital en
donde, por lo demás, no los proporcio-naban sino a los cirujanos y para uso
indicado, pues en Arequipa no hay escuela de medicina. Era casi imposible
obtener el cuerpo de una mujer muerta en una casa. Aseguraban también que sin
los buenos oficios de un joven cirujano que fue admitido en la confidencia, la
buena amiga de Dominga habría acabado sus dos años de portera antes de que la
esclava hubiese podido conseguir el cadáver que, en el convento, debía hacer
creer en la muerte de su ama. Una noche sombría la negra dominó sus terrores
pensando en la recompensa prometida y cargó sobre sus hombros el cadáver de una
india muer-ta desde hacía tres días. Al llegar a la puerta del convento hizo la
se-ñal convenida. La portera, temblorosa, abrió y la negra, en silencio,
depositó el fardo en el lugar que con el dedo le mostró la portera. La esclava
fue enseguida a apostarse a la vuelta de la calle de Santa Rosa para esperar a
su ama.
Dominga
era, desde hacía muchos días, presa de las más vivas in-quietudes por los
obstáculos sin cesar renacientes que dificultaban la ejecución de sus planes.
Esperaba con una ansiedad inimaginable el resultado de las últimas gestiones
intentadas para conseguir un cadáver de mujer, cuando su amiga la portera vino
a prevenirle que su negra lo había introducido en el convento. A esta noticia,
Domin-ga cayó de rodillas, besó el suelo y dirigiendo los ojos al Cristo
perma-neció largo rato en esta posición, como abismada en un sentimiento
inefable de amor y de reconocimiento.
Por la
tarde la portera puso el cerrojo en la puerta sin cerrarla con llave. Enseguida
fue, según la regla lo exigía, a llevar la llave a la superiora y se retiró a
su tumba. Dominga, como a las doce de la no-che, cuando juzgó que todas las
religiosas estaban profundamente dormidas, salió de su tumba en la que dejó su
pequeña linterna sor-da y fue al lugar indicado por la portera a sacar el
cadáver. Era una carga muy pesada para los miembros delicados de la joven
religio-sa. Pero ¿qué no puede el amor por la libertad? Dominga levantó el
456
3. Los
conventos de Arequipa
horrible
fardo con tanta facilidad como si hubiese sido una canasta de flores. Lo
depositó sobre su lecho, le puso sus hábitos de religio-sa y revestida ella
misma con un traje que había tenido cuidado de conseguir, prendió fuego a su
lecho y huyó dejando abierta la puerta del convento.
Mi prima
calló y las tres religiosas de Santa Catalina se miraron con un aire de
inteligencia que me hizo presentir sus pensamientos. Después de algunos
instantes de silencio la hermana Margarita pre-guntó lo que había ocurrido en
el convento después de la evasión de Dominga y lo que habían pensado.
—Nadie,
dijo mi prima, dudó de la veracidad del hecho. La herma-na portera, que no
dormía como pueden ustedes presumirlo, corrió tras los pasos de Dominga a
cerrar la puerta con el cerrojo y en la confusión, ocasionada por el incendio,
la lista portera tomó la llave del cuarto de la superiora y cerró la puerta
como de costumbre. Todo el mundo quedó convencido de que Dominga se había
quemado. Los restos del cadáver que se encontró estaban inconocibles y fueron
enterrados con las ceremonias usuales en el entierro de las religio-sas. Dos
meses después la verdad de este acontecimiento comenzó a traslucirse. Pero, las
religiosas de Santa Rosa no quisieron pres-tar fe y cuando la existencia de
Dominga había cesado de ser una duda para todo el mundo, las buenas hermanas
sostenían todavía que estaba bien muerta y que lo que se contaba sobre la
pretendida salida del convento era una calumnia. Solo se convencieron cuando la
misma Dominga se tomó el cuidado de hacerlo, demandando a la superiora para que
le restituyese su dote que era de 10 mil pesos (50 mil francos).5
5 La fuga espectacular de esta monja tuvo lugar
el 6 de marzo de 1831. Se ocultó en el campo en los primeros momentos, pero a
poco don Andrés Martínez y don Mariano Llosa Benavides se presentaron a la
Corte Superior de Justicia para que protegiesen la libertad de la monja. Le
crearon así un serio problema de jurisdicción al obispo Goyeneche. Se inició un
proceso civil y otro eclesiástico que duró mucho tiempo. La monja se arrepintió
finalmente y el obispo le impuso severa penitencia. [N. de la T.].
457
Flora
Tristán
Durante
todo el tiempo que duró el relato de mi prima me ocupé atentamente en observar
el efecto producido por su narración so-bre las tres encantadoras religiosas.
La mayor de las tres, la hermana Margarita, se mantuvo casi constantemente en
su reserva habitual. A la viva e impetuosa Rosita se le habían escapado
exclamaciones que demostraban con qué sinceridad esta amable niña compadecía
los sufrimientos soportados por Dominga en sus once años de ago-nía. En cuanto
a la dulce Manuelita, lloraba y repetía a menudo con una sencilla compasión:
—¡Pobre
Dominga! ¡Cuánto debió sufrir! Pero también, ¡cuán feliz fue por haberse podido
al fin libertar!
Y la
graciosa niña recostaba su cabeza en mi hombro con un mo-vimiento infantil y
lloraba.
Nos
retiramos, dejando a las señoras sumidas en sus pensamien-tos que no creímos
discreto turbar.
—Apostaría,
dije entonces a mi prima, que antes de dos años estas tres religiosas no
estarán ya acá.
—Pienso
como usted, me respondió y me alegraría mucho de ello. Estas tres religiosas
son demasiado hermosas y amables para vivir en un convento.
Al día
siguiente salimos de Santa Catalina. Habíamos permane-cido seis días durante
los cuales aquellas señoras pusieron todo su esmero en hacernos pasar el tiempo
lo más agradablemente posible: comidas magníficas, meriendas deliciosas, paseos
en los jardines y en todos los sitios curiosos del convento. Las amables
religiosas no omitieron nada para agradarnos y hacernos gozar de las
distraccio-nes que el convento les permitía ofrecernos. Toda la comunidad nos
acompañó hasta la puerta, en desorden, sin ceremonia ni la menor etiqueta; pero
con un afecto tan verdadero y emocionante que llora-mos con las buenas
religiosas por el verdadero pesar que teníamos de separarnos. Nuestras
impresiones eran muy diferentes de las que sentimos a nuestra salida de Santa
Rosa. Esta vez nos retiramos con pena del convento y nos detuvimos muchas veces
en la calle para dirigir nuestras miradas hacia las torres del asilo
hospitalario que
458
3. Los
conventos de Arequipa
acabábamos
de dejar. Nuestros niños y las esclavas estaban tristes y las señoras no
cesaban de elogiar la bondad de aquellas amables religiosas.
No hubo
día, en la semana siguiente a nuestra salida, que las reli-giosas no nos
enviasen regalos de toda especie. Sería difícil hacerse una idea de la
generosidad de estas excelentes señoras. Había yo con-servado un recuerdo tan
agradable de la acogida amistosa recibida en el convento de Santa Catalina que
antes de mi partida de Arequi-pa fui varias veces a conversar en el locutorio
con mis antiguas ami-gas. En esta circunstancia me colmaron de regalitos y me
dieron el encargo de enviarles de Francia música de Rossini.
459
4. La
batalla de Cangallo
El martes
1 de abril salimos de Santa Catalina. Mi tía, inquieta por su marido, por su
casa y sin poder contener su impaciencia, quiso regre-sar a su hogar. Por lo
demás, todo el mundo decía que San Román, asustado por el número y buen orden
de las tropas de Nieto no osaría acercarse y se quedaría en Cangallo hasta que
Gamarra le enviase refuerzos del Cuzco. El general compartía la opinión de la
multitud y siempre preocupado por la llegada de Orbegoso, se impacientaba de la
lentitud del enemigo y no adoptaba disposición alguna para re-cibirlo. El monje
en su periódico entonaba ya los cánticos de la vic-toria. Los eruditos de
Arequipa componían canciones en honor de Nieto, de Morán y de Carrillo y
endechas sobre San Román. Todo tan burlesco y ridículo que me recordaba a los
cantores de las calles de París después de las jornadas de julio.
Ese mismo
martes, día de fiesta, se pagó a la tropa y Nieto, para hacerse agradable a los
soldados, les dio permiso para divertirse, fa-vor del que se aprovecharon
ampliamente. Fueron a las chicherías a beber chicha, entonaron a voz en cuello
las canciones que acabo de mencionar y pasaron toda la noche en la embriaguez y
el desor-den. Por lo demás no hacían con esto sino seguir el ejemplo de sus
jefes quienes, por su lado, se habían reunido para beber y jugar. Es-taban tan
persuadidos de que San Román no se atrevería a avanzar antes de recibir
refuerzos que no hacían preparativos ni tomaban
461
Flora
Tristán
precauciones.
La misma negligencia reinaba en las avanzadas. El miércoles 2 de abril,
mientras los defensores de la patria dormían profundamente la borrachera de la
víspera, se supo de repente que el enemigo se aproximaba. Todo el mundo subió a
lo alto de las casas, pero el general los había engañado tantas veces que
prestaban poca fe a las noticias que este anunciaba.
Eran las
dos de la tarde y, excepto lo que la imaginación de cada uno prestaba al
anteojo de larga vista, no se distinguía nada. Comen-zaban a impacientarse. El
sol quemaba. Un viento seco, tal como sopla de continuo en Arequipa, hacía el
calor aún más insoportable; barría los techos de las casas y arrojaba polvo a
las caras de los espectadores. El lugar no era soportable sino para un
observador de mi intrepidez. En vano mi tío me gritaba desde el patio que iba a
perder la vista por la reverberación del sol, que esperaría inútilmente y que
San Román no vendría en todo el día. No hice caso de sus opiniones, me acomodé
en el reborde del muro, tomé un amplio paraguas rojo para defender-me del sol
y, provista de un anteojo de larga vista de Chevallier, me instalé
perfectamente. Abandonada a mis pensamientos y contem-plando el volcán y el
valle ya no pensaba en San Román cuando, sú-bitamente, me recordó el objeto de
la atención general un negro que me gritaba: “Señora, ¡allí están!”. Sentí
subir a mi tío y dirigí enseguida mi anteojo en la dirección indicada por el
negro. Vi con claridad dos líneas negras que se dibujaban en lo alto de la
montaña vecina al vol-cán. Aquellas dos líneas, delgadas como un hilo, se
desplegaron en el desierto describiendo ya una curva, ya otra a medida que
avanzaban, formando a veces zigzagueos; pero sin romperse jamás, así como se ve
en las bandadas de pájaros que varían infinitamente el orden de su vuelo y
presentan en el aire una serie de puntos negros.
Al
distinguir al enemigo toda la ciudad lanzó un grito de júbilo. La situación
desgraciada en que el monje y Nieto había puesto a los ha-bitantes les era
insoportable y a cualquier precio querían salir de ella. En el campamento de
Nieto fue también grande el gozo celebrando los funerales de aquellos a quienes
iban a abatir, a deshacer. Como a las tres Althaus entró a galope en el patio y
al vernos a todos en los altos
462
4. La
batalla de Cangallo
de la
casa me llamó con la emoción de un hombre muy inquieto. Bajé y prometí a mi tío
darle a mi regreso las noticias que recibiese.
—¡Ah,
prima! Jamás me he encontrado en un momento más crítico. Decididamente todas
estas gentes están locas. Figúrese que estos mise-rables están ebrios. Ningún
oficial se halla en aptitud de dar una orden y ningún soldado en la de cargar
un fusil. Si San Román tiene un buen espía estamos perdidos. Dentro de dos
horas será dueño de la ciudad.
Subí y
comuniqué a mi tío los funestos presentimientos de Althaus. —Lo esperaba, dijo
mi tío. Estos hombres son completamente inca-paces. Perderán su causa y tal vez
no sea esto una desgracia para el país. El pequeño ejército de San Román empleó
cerca de dos horas en descender de la montaña y vino a colocarse a la izquierda
del vol-cán, sobre el montículo llamado Apacheta. Esta posición dominaba las
fortificaciones de Nieto y era la que Althaus había previsto que ocuparía. San
Román dispuso sus tropas en líneas muy extendidas con la esperanza de causar
ilusión respecto a su número. Pero, se dis-tinguía perfectamente que las filas
no tenían sino uno o dos hombres de fondo. Formó también en batallón cuadrado a
los setenta y ocho hombres que componían toda su caballería. Hizo, en una
palabra, todo lo que un hábil táctico podía hacer para que le atribuyesen un
número de gente cuatro veces mayor. Las rabonas encendieron una multitud de
fuegos en la cima del montículo y hacían tal ruido que
sus
gritos se oían en la parte baja del valle.
Pero, una
vez en presencia el uno del otro, ambos ejércitos se temieron mutuamente y cada
uno de ellos quedó convencido de la superioridad del contrario. Si la
apariencia verdaderamente militar que San Román había tomado a los ojos de
Nieto hizo temer a este que sus elegantes Inmortales no tuviesen fuerza para
sostener el choque con los soldados veteranos de su adversario San Román, por
su lado, no era más sabio ni menos presuntuoso que Nieto. Según los informes de
sus espías pensaba marchar a una victoria fácil. Creía aun obtenerla sin
combatir. Muchos de sus oficiales me dijeron que estaban tan persuadidos de
entrar la misma tarde en Arequipa que al salir por la mañana de Cangallo no
habían pensado sino en sus
463
Flora
Tristán
pequeños
preparativos de toilette, con el fin de estar listos para visitar a las damas a
su llegada. Los soldados
participaban
de la misma confianza y habían arrojado sus víveres y vaciado sus marmitas
gritando: “Viva la sopa del cuartel de Are-quipa”. Sin embargo, las señoras
rabonas a pesar de todo el trabajo que se daban para tener aire de cocinar no
tenían ni una mazorca de maíz, ningún alimento que ofrecer a sus imprudentes
compañeros. Y, para colmo de fatalidades, el ejército se encontraba acampado en
un lugar donde no podía obtenerse ni una gota de agua. En cuanto San Román pudo
apreciar su situación no supo más que desesperar-se y llorar como un niño, como
supimos después. Felizmente para su partido tenía a su lado a tres jóvenes
oficiales cuyo valor, firmeza y talento lo sacaron del aprieto. Los señores
Torres, Montoya y Quiro-ga, a quienes sus cualidades hacían dignos de servir
mejor causa, se apoderaron del mando, reanimaron la moral del soldado,
apacigua-ron los insolentes murmullos de las rabonas y dando el ejemplo de la
resignación, que todo militar debe tener en semejantes momen-tos, cortaron con
sus sables unas ramas en forma de raquetas que crecen en abundancia en los
cerros, las masticaron para aplacar la sed y las distribuyeron entre los
soldados y las rabonas. Todos las recibieron con sumisión y se alimentaron con
ellas sin atreverse a replicar. Pero, estos oficiales comprendían que este
medio no podía calmar la irritación de sus hombres sino por unas horas. Se
decidie-ron a arriesgar el combate prefiriendo morir por el hierro y no de sed.
El teniente Quiroga preguntó a los soldados sin querían retirar-se sin
combatir, huir vergonzosamente en presencia del enemigo y exponerse a su
regreso a Cangallo a perecer de hambre y de sed y morir en el desierto como
animales o preferían hacer sentir el poder de su brazo a esta tropa de
fanfarrones incapaces de resistir a pesar de su número. Esos soldados, que en
cualquiera otra circunstancia hubiesen huido tan solo a la vista de sus
enemigos, respondieron con aclamaciones a esta arenga militar y pidieron el
combate.
Era cerca
de las siete de la noche. Acababa de subir nuevamen-te a mi puesto de
observación y parecía reinar la calma en los dos
464
4. La
batalla de Cangallo
campos.
Se suponía que, en vista de la hora avanzada, el combate no se empeñaría sino
al rayar el día. De repente vi destacarse del bata-llón cuadrado de San Román a
una especie de portabandera seguido inmediatamente por todo el escuadrón de
caballería. Luego avanza-ron a su encuentro los dragones del ejército de Nieto
dirigidos por el coronel Carrillo. Ambos escuadrones se lanzaron a paso de
carga. Cuando estuvieron a tiro se hizo una descarga de mosquetería, en-seguida
otra y continuaron así. El combate había empezado. Escu-ché entonces un gran
rumor en ambos campos; pero el humo era tan denso que nos ocultaba esta escena
de carnicería.
Sobrevino
la noche y quedamos en completa ignorancia de lo que ocurría. Mil rumores
circularon. Los alarmistas pretendían que ha-bíamos perdido mucha gente y que
los enemigos iban a entrar en la ciudad. Nuestra casa estaba llena de gentes
que venían con la es-peranza de tener noticias. Uno lloraba por su hijo, esta
otra por su marido o por su hermano: era una desolación general. Como a las
nueve llegó un hombre del campo de batalla y pasó por la calle de Santo
Domingo. Lo detuvimos y nos dijo que todo estaba perdido y que el general lo
enviaba donde su esposa para decirle que se retirase enseguida al convento de
Santa Rosa. Agregó que había un desorden espantoso en nuestras tropas: la
artillería del coronel Morán había disparado sobre nuestros dragones confundiéndolos
con el enemi-go y dado muerte a gran número de ellos. Esta nueva se divulgó por
la ciudad. El espanto se apoderó de todo el mundo. Los que habían creído poder
quedarse en sus casas, asustados de su propio valor, se apresuraron a dejarlas.
Se les veía correr como locos, cargados con sus platos de plata y con sus vasos
de noche;1 esta llevaba un estuche pequeño con alhajas, aquella un brasero; las
negras y las zambas te-nían mezcladas las alfombras y los vestidos de sus amas.
Los gritos de los niños, las vociferaciones de los esclavos y las imprecaciones
de los patrones daban a esta escena de confusión una expresión espantosa. Los
dueños del oro, los propietarios de esclavos, la raza
1 En el Perú todos los vasos de noche son de
plata. [N. de la A.].
465
Flora
Tristán
dominadora,
en fin, eran presas del terror; mientras el indio y el negro se regocijaban de
la próxima catástrofe y parecían meditar venganzas y saborear de antemano las
primicias. Las amenazas bro-taban de boca del indígena. El blanco se
intimidaba. El esclavo no obedecía. Su risa cruel, su mirada torva y feroz
arredraban al amo que no osaba golpearlo. Era la primera vez, sin duda, que
todas las caras blancas y negras dejaban leer en su fisonomía toda la bajeza de
su alma. Tranquila en medio de este caos, contemplaba con dis-gusto imposible
de reprimir este panorama de las malas pasiones de nuestra naturaleza. La
agonía de estos avaros porque temían la pér-dida de sus riquezas, más que la
misma vida, la cobardía de toda esa población blanca incapaz de la menor
energía para defenderse por sí misma; ese odio del indio, disimulado hasta
entonces bajo formas obsequiosas, viles y rastreras; esa sed de venganza del
esclavo, quien aún la víspera besaba como un perro la mano que lo había
golpeado, me inspiraban el desprecio más profundo que en la vida he sentido por
la especie humana. Yo le hablaba a mi zamba en el tono ordina-rio y esta
muchacha, ebria de gozo, me obedecía porque veía que no sentía temor. Mi tío y
yo no quisimos ya ir a ningún convento. Solo mis primas fueron con los niños.
Al tumulto de la horrible escena que acabo de describir sucedió el silencio del
desierto. En menos de una hora toda la población se aglomeró confusamente en
los con-ventos de mujeres o de hombres y en las iglesias. Estoy segura de que
no quedaron en la ciudad veinte casas habitadas.
Nuestra
casa se convirtió en el lugar de cita de los habitantes, en primer lugar, por
la seguridad que ofrecía su proximidad a la igle-sia de Santo Domingo y
enseguida por la esperanza de que Althaus enviase noticias a don Pío. Nos
hallábamos todos reunidos en una inmensa sala abovedada que daba a la calle:
era el gabinete de mi tío. No había luz por no atraer la atención de los
transeúntes. No te-níamos sino el fulgor de los cigarros que los fumadores, esa
tarde, tenían constantemente encendidos en la boca. Era una escena digna del
pincel de Rembrandt. Se distinguía, a través de las espesas nu-bes de humo que
llenaban el cuarto, las caras largas y estúpidas de
466
4. La
batalla de Cangallo
cuatro
frailes de la orden de Santo Domingo con sus largos vestidos blancos, sus
rosarios de cuentas negras y sus toscos zapatos con he-billas de plata. Con una
mano hacían caer la ceniza de su cigarro y con la otra jugaban con sus correas.
En el lado opuesto los rostros pálidos y delgados de tres pobres millonarios a
quienes el lector ya conoce: los señores Juan de Goyeneche, Gamio y Ugarte. Una
docena de personas se encontraban también allí. Mi tía estaba sentada en el
extremo de uno de los sofás, con las manos juntas, rezando por los muertos de
ambos partidos; en tanto que mi tío iba y venía de un lado para otro de la
habitación hablando, gesticulando de una ma-nera brusca y animada. Yo me
recosté sobre el reborde de la ventana envuelta en mi abrigo. Gozaba del doble
espectáculo ofrecido por la calle y el gabinete. Esta noche estuvo para mí
llena de enseñanzas. El carácter de este pueblo tiene un sello que le es
peculiar: su gusto por lo maravilloso y por la exageración es extraordinario.
No podría decir cuántas historias macabras fueron referidas durante esta larga
velada, cuántas mentiras fueron dichas, todo con un aplomo y con una dignidad
que no podía dejar de admirar. Los que escuchaban probaban, con su fría
indiferencia, que creían muy poco los cuentos que les narraban.
Pero, de
repente, cada vez que se recibían noticias verdaderas o falsas de lo que
ocurría en el campo de batalla, se abandonaba la na-rración de cuentos y la
conversación cambiaba. Si un soldado herido se arrastraba hacia el hospital y
decía que los arequipeños habían perdido la batalla se elevaba enseguida en la
sala un rumor burlesco. Se vociferaba contra el cobarde; el bribón, el imbécil
de Nieto y se exaltaba al digno, al bravo, al glorioso San Román. Los buenos
frailes de Santo Domingo dirigían al cielo sus votos sinceros para que ese
perro de Nieto fuese muerto y se ponían a hacer hermosos proyectos para la
brillante recepción que contaban hacer al ilustre San Román. Un cuarto de hora
después, si otro soldado pasaba gritando: “¡Viva el general Nieto! ¡La victoria
es nuestra! ¡San Román está perdido!”, entonces los asistentes aplaudían, los
buenos padres palmoteaban con sus toscas manos exclamando: “¡Oh, el valiente
general! ¡Cuánto
467
Flora
Tristán
valor!
¡Cuánto talento! ¡Condenado sea ese miserable indio, ese zam-bo de San Román!”.
Mi tío temía verse comprometido por aquellos impertinentes charlatanes, tan
ridículos como despreciables, pero en vano empleaba toda su elocuencia en
hacerlos callar. Sus esfuer-zos eran inútiles pues en la naturaleza de las
gentes de este país está el abrumar sin piedad y sin medida al que cae, para
alabar con exage-ración al que ha tenido éxito.
Como a la
una de la mañana Althaus nos envió a uno de sus ayu-dantes para informarnos
que, desde las ocho, la acción había cesado. El enemigo, intimidado por el
número, no se había atrevido a aventu-rarse, durante la noche, en localidades
que no conocía. Ya habíamos perdido treinta o cuarenta hombres, entre ellos un
oficial, a causa de la funesta equivocación de Morán y un desorden alarmante
reinaba entre la tropa. Mi primo enviaba una esquela escrita a lápiz en la cual
me decía que consideraba la batalla perdida.
A las
cuatro de la mañana estaba yo en lo alto de la casa. Admi-raba la salida del
sol y el magnífico espectáculo que me ofrecían las cúpulas de las numerosas
iglesias y conventos que encierra esta ciu-dad, apiñadas de gente. Todos estos
seres humanos, hombres, muje-res y niños que presentaban los diversos matices
del negro al blan-co, trajeados según su rango y su respectiva raza y unidos en
aquel instante por el mismo pensamiento que les preocupaba, formaban un todo
armónico y no tenían más que una sola expresión. Las cúpu-las y las torres
habían perdido su naturaleza inerte. La vida se había incorporado a ellas.
Estaban animadas por el mismo espíritu. Esas figuras inmóviles en igual
actitud, todas con el cuerpo inclinado, la boca entreabierta y los ojos fijos
en la misma dirección hacia los dos campanarios, cubrían totalmente las
cúpulas, las torres y les daban un aspecto sublime.
¿Por qué
impulso divino, me preguntaba, todos esos seres que viven entre sí en una lucha
perpetua, que aún ayer ofrecían la ima-gen del caos, componen ahora un
armonioso conjunto? ¿Qué poder sobrehumano les obliga a todos, en el mismo
instante, a abandonar sus moradas y dejar el tumulto de la ciudad donde reinan
ahora el
468
4. La
batalla de Cangallo
silencio
y la inmovilidad? ¿Cómo han podido en un momento olvidar el tuyo y el mío y
confundir sus pensamientos en una idea común? Así como a bordo de un barco en
donde todos los odios se apaciguan y todas las querellas cesan cuando se
levanta la tempestad, la unión ¿no puede existir entre los hombres sino por la
inminencia del pe-ligro que corren? ¿Cómo no han sentido todavía que las
sociedades no pueden lograr la felicidad sino por medio de la unión como
cuan-do evitan el peligro y que el aislamiento es tan funesto al individuo como
a la sociedad de la cual forma parte?
Volví la
espalda al campo. Cautivada por mis reflexiones olvidé el combate y los
combatientes. Un ruido largo y sordo, que se escapó de las cúpulas como desde
una tumba, me sacó de mi arrobamiento. ¡Toda aquella masa animada por el mismo
sentimiento no tuvo sino una voz! De esos millares de pechos brotó un solo
grito, vibrante de una dolorosa expresión. Me emocioné hasta las lágrimas. Sin
tener necesidad de voltear la cabeza hacia el campo de batalla comprendí que se
mataban... ¡O que iban a matarse!... A este grito de dolor suce-dió un silencio
de muerte y la actitud en las cúpulas y en las torres anunciaba el más alto
grado de atención. De repente se dejó oír un segundo grito y el acento de este
y el gesto con que fue acompañado me tranquilizaron sobre la suerte de los
combatientes. Me volví y vi gran movimiento en los dos campamentos. Rogué a mi
tío que me dejara mirar con su anteojo. Distinguí a dos oficiales que corrían
de un campo al otro y disparaban sus pistolas. Después el general Nieto,
seguido de sus oficiales, iba al encuentro de un grupo de oficiales del campo
enemigo. Los vi confundirse en mutuos abrazos. Nos conven-cimos entonces de que
el ejército de San Román acababa de rendirse y que todo se arreglaría.
Formábamos
mil conjeturas cuando Althaus entró a caballo en el patio a toda velocidad y
gritó a voz en cuello: “¡Eh, los de arriba! ¡Ba-jen pronto! ¡Traigo grandes
noticias!”. Las escaleras de mano con las cuales se sube sobre las casas están
muy lejos de ser cómodas, pero olvidamos todo peligro y bajamos a cuál más
ligero. Llegué al patio antes que los demás, salté al cuello de Althaus y lo
abracé tiernamente
469
Flora
Tristán
por
primera vez. No estaba herido, pero ¡Dios mío, en qué estado se encontraba! Él,
tan amigo de la limpieza en sus vestidos, se hallaba cu-bierto de polvo, de
lodo y de sangre. Su rostro estaba inconocible. Sus ojos hinchados se saltaban
de las órbitas. Su nariz y sus labios estaban igualmente hinchados. Tenía la
piel desgarrada, contusiones por todas partes, las manos negras de pólvora y,
en fin, la voz enronquecida en tal forma que apenas se le podía comprender una
palabra.
—¡Ah
primo!, le dije con el corazón afligido, no tenía necesidad de verlo en este
estado para aborrecer la guerra. Después de todo cuan-to he visto ayer, pienso
en que no puede haber castigos demasiado crueles para quienes las desencadenan.
—Florita,
usted hará hoy de mí lo que quiera porque no puedo hablar. Pero por favor no dé
el nombre de guerra a una refriega ridí-cula en la cual ninguno de esos
mozalbetes sabe ni apuntar un arma. ¡Heme aquí en la facha de un ladrón! Y para
llevar al colmo mi buen humor, mi amable esposa ha escondido hasta mi última
camisa.
Althaus
se arregló lo mejor que pudo, tomó cuatro o cinco tazas de té, comió una docena
de tostadas y se puso enseguida a fumar. Mien-tras hacía estas cosas, regañaba
de su mujer, se reía y bromeaba como de costumbre y nos contaba lo que había
sucedido desde la víspera.
—Ayer,
dijo, el combate no fue sino una escaramuza, pero ¡qué inextricable confusión
la que siguió! Felizmente los gamarristas tu-vieron miedo y se retiraron. He
necesitado toda la noche para poner un poco de orden entre nuestra gente. Esta
mañana ocupábamos el campo de batalla y esperábamos ver al enemigo abatirse
sobre no-sotros con toda la ventaja de la posición cuando, en vez de esto,
vi-mos llegar a un parlamentario quien, a nombre de San Román, pidió hablar con
el general. Nieto, olvidando su dignidad, quería aturdi-damente aceptar de
inmediato esta invitación. El monje se opuso y también los demás. Para cortar
por lo sano la discusión dije: “Como jefe de Estado Mayor, a mí me toca ir”. Y,
sin esperar respuesta, dirigí mi caballo hacia donde se hallaba el
parlamentario. Este me anunció que San Román deseaba hablar con el general en
persona. No pu-diendo obtener de él otras palabras regresé y dije al general:
470
4. La
batalla de Cangallo
—Si
quiere usted creerme, por toda conversación les enviare-mos balas. Esas frases
se comprenden siempre. El imbécil de Nieto no tuvo en cuenta mi opinión. Quiso
hacerse el bueno, el generoso, ver a su antiguo camarada y a sus hermanos del
Cuzco. El monje rechinaba los dientes y echaba espumarajos de rabia; pero le
fue preciso ceder ante el hombre de quien pensaba servirse como de instrumento,
cuando lo hizo nombrar. Nieto le impuso silencio con estas palabras: “Señor
Valdivia, el único jefe aquí soy yo”. El padre enojado le lanzó una mirada que
decía a las claras: “Cuando pueda ahorcarte no dejaré de hacerlo”. Sin embargo,
no queriendo aban-donar la partida, se resignó a seguir al sensible Nieto.
Actualmente están en conferencia con el enemigo, asistidos por dos periodistas,
Quirós y Ros.2 Pero ahora estoy ya repuesto, algo limpio y regreso al
campamento donde voy a dormir hasta que vengan a decirme si hay que batirse o
abrazarse.
La nueva
que nos dio Althaus se propaló rápidamente por la ciu-dad y llegó hasta los
conventos. Se creyó que la entrevista de los dos jefes traería la paz. Esta
esperanza era ya una felicidad para todos. Los arequipeños son esencialmente
perezosos. Las crueles agitacio-nes soportadas durante un día y una noche
habían agotado sus fuer-zas y acogieron con complacencia la ocasión de
reponerse. Al tener un momento de tregua cerraron los ojos al porvenir y
carecieron de energía para intervenir en su propia causa. Cada uno de ellos
solo pensó en los pequeños goces de que se había privado durante vein-ticuatro
horas: este pensaba en su chocolate, aquel en renovar su provisión de
cigarrillos, todos buscaban algún sitio en los conventos o en las iglesias para
acurrucarse a descansar. Yo también me sentí fatigada. Las emociones tan
fuertes como nuevas que me habían agi-tado desde la víspera me hacían sentir
igualmente la necesidad de un reposo al que no tenía ningún deseo de resistir.
Me acosté después
2 Nieto no llevó consigo a Valdivia ni a dos
periodistas a su conferencia con San Román, como repite Flora. Asistieron a
ella Manuel Ros, que era militar y muy amigo de San Román y J. Félix Iguaín. La
conferencia duró como tres cuartos de hora. Ver Valdivia (1874, p. 63). [N. de
la T.].
471
Flora
Tristán
de haber
dado a mi zamba la orden de despertarme solo cuando los enemigos estuviesen en
el patio. Era el jueves 3 de abril.
Como a
las seis de la tarde estaba yo todavía profundamente dor-mida cuando Manuel y
mi tío entraron:
—Y bien,
dijo mi tío, ¿qué noticias nos traes?
—Nada
positivo. El general permaneció con San Román desde las cinco de la mañana
hasta las tres de la tarde. Pero cuando regresó no dijo nada sobre esta larga
conferencia, sino que pensaba que todo se arreglaría. Hemos sabido por un
ayudante que la entrevista de ambos jefes fue muy conmovedora. Lloraron mucho
por las desgracias de la patria y por la pérdida del oficial Montenegro cuyo
cuerpo rodearon y juraron sobre su cadáver unión y fraternidad. En fin, todo el
día se pasó en recitar por una y otra parte hermosas frases. Los gamarristas se
ha-cen los tontos y son dulces como corderos. Mientras tanto Nieto, más
sensible que nunca, ha permitido a San Román que envíe a sus hom-bres y
caballos a beber a la fuente del Agua Salada. Les ha hecho hasta llevar víveres3
y trata a San Román y a su ejército como a hermanos.
Manuel me
invitó a visitar el campamento. Mi tío quiso acompa-ñarme y fuimos todos.
Encontré las chicherías y la casa de Menao completamente destruidas y el
campamento en el mayor desorden. Al ver el aspecto de esos lugares se habría
creído que los ocupaban los enemigos. Los campos de maíz estaban destrozados.
Los pobres campesinos se habían visto obligados a huir y sus chozas estaban
lle-nas de rabonas. En el Estado Mayor vi a los guapos oficiales de ordi-nario
tan elegantes, sucios, con los ojos enrojecidos y la voz ronca. La mayoría de
ellos dormían tendidos en el suelo, así como los soldados. El cuartel de las
rabonas era el que más había sufrido. La artillería de Morán lo había alcanzado
en la confusión y había derribado todo. Tres de estas mujeres habían muerto y
siete u ocho estaban grave-mente heridas. No encontré al general ni a Valdivia:
ambos dormían.
3 Según Valdivia (1874, p. 63), Nieto envió a
San Román doce cargas de pan, arroz, galleta, vino, chocolate, azúcar y té, de
los víveres que tenían dispuestos para un caso de retirada. [N. de la T.].
472
4. La
batalla de Cangallo
A nuestro
regreso mi tío me dijo:
—Florita,
auguro males a todo esto. Conozco a los gamarristas, no son gentes capaces de
ceder. Hay con San Román hombres de mérito. Nieto no es capaz de luchar en
astucia con ellos. Bajo las apariencias de cordialidad, me engaño si no se
oculta una trampa.
Al día
siguiente Nieto fue de nuevo a ver a San Román. Le hizo llevar vino, jamones y
pan para sus tropas. Todo el mundo espera-ba, a las doce, la publicación de un
bando en el cual el general diera cuenta al ejército y al pueblo del resultado
de las conferencias sos-tenidas desde hacía dos días con el enemigo. Era más de
las dos de la tarde y no apareció ningún bando. Entonces se comenzó a gritar
contra este hombre nombrado por el pueblo comandante general del departamento,
quien desde hacía tres meses disponía a su agrado de la fortuna, de la libertad
y de la vida de los ciudadanos y respondía a tal confianza dándose aires de
presidente o más bien de dictador.
Esta
conducta llevó al colmo la exasperación contra Nieto. Una población de 30 mil
almas, obligada a abandonar sus ocupaciones y sus costumbres para agazaparse en
los monasterios y las iglesias, estaba impaciente por saber a qué atenerse. No
podía soportar por más tiempo la situación a que la habían reducido. El pequeño
nú-mero de personas que permanecieron en sus casas, como nosotros lo habíamos
hecho, estaba en la situación más incómoda. Con todo escondido en los conventos
nos hallábamos privados de ropa, de cu-biertos, de sillas y hasta de camas.
Pero si nosotros sufríamos estas privaciones, los millares de desgraciados
hacinados confusamente en los monasterios sufrían más todavía. Les faltaba los
vestidos y las cosas más indispensables para la preparación de los alimentos.
Hombres, mujeres, niños y esclavos se veían obligados a estar juntos en un
reducido espacio. Su situación era intolerable.
Fuera de
estos verdaderos sufrimientos, ese pueblo soportaba una efectiva tortura moral
al no saber por cuál de los beligerantes debía pronunciarse y al ignorar el
nombre de aquel a quien el des-tino ofrecía su incienso y el del infortunado a
quien debía abrumar con sus ultrajes y sus maldiciones. Como no podía prever
cuál de los
473
Flora
Tristán
dos jefes
había de triunfar, era menester esperar. Y esperar sin poder hablar era un
cruel suplicio para ese pueblo hablador.
Como a
las tres circuló en la ciudad el rumor de que todo estaba arreglado. San Román
reconocía a Orbegoso como legítimo Presi-dente, había fraternizado con sus
hermanos de Arequipa y su entra-da quedaba postergada hasta el domingo
siguiente para poder oír la misa de fiesta en acción de gracias. La población
estuvo encantada al recibir esta noticia. Mas esta alegría fue, ¡ay!, de corta
duración. A las cinco fue un ayudante de parte de Althaus a anunciarnos que las
negociaciones entre ambos jefes quedaban rotas y que él mismo vendría por la
tarde a referirnos todo el asunto. Al conocer este resul-tado el pueblo, cuya
indignación estaba comprimida por el miedo, cayó en una especie de estupor:
quedó como petrificado.4
Nos
hallábamos reunidos en el gabinete de mi tío. No sabíamos, después de tantas
noticias contradictorias, el sesgo que iban a tomar los acontecimientos y
esperábamos a Althaus con viva ansiedad cuando el desgraciado general pasó,
seguido por el monje y por algu-nos otros. Me asomé a la ventana y le dije:
—General,
¿tendría usted la bondad de decirnos si decididamente tendrá lugar la batalla?
—Sí,
señorita, mañana al amanecer. Esto es positivo. Asombrada por el tono de su
voz, le tuve lástima. Mientras ha-
blaba con
mi tío lo examinaba con atención: todo en él revelaba un dolor moral llevado al
más alto grado. Su ser estaba íntegramente afectado. Sus miradas esquivas, las
venas de la frente tendidas como cuerdas, sus músculos crispados y sus
facciones descompuestas
4 Valdivia en sus Memorias... pasa como sobre
ascuas al relatar este incidente. Gran amigo de Nieto –pese a lo que cuente
Flora– se ve a las claras que no quiere dar impor-tancia al error cometido por
este general. Parece que, en efecto, San Román ofreció mañosamente reconocer a
Orbegoso con el fin de conseguir víveres. Según Valdivia, Nieto dijo al coronel
Anselmo Quiroz que lo interrogaba al respecto: “Hemos hecho un acuerdo con San
Román, bajo la palabra de honor. Reconoce al presidente Orbegoso y le he ofrecido
garantías para él y sus compañeros”. Y añade Valdivia: “Quiroz, al oír esto, se
tiró fuertemente los bigotes, volvió atrás y montó a caballo, diciendo en voz
fuerte y airada: ‘Esto no hace un sargento’” (1874, p. 64). [N. de la T.].
474
4. La
batalla de Cangallo
manifestaban
a las claras que el desgraciado aturdido acababa de ser engañado de una manera
indigna. Apenas podía sostenerse en la montura. Gruesas gotas de sudor le
corrían a lo largo de las sienes. Su voz tenía un timbre tan desgarrador que
hacía sufrir al oírla. Sus manos parecían triturar las riendas de su caballo.
Lo creí loco... No se detuvieron sino breves minutos. Cuando se alejaron me
dijo mi tío:
—Pero,
Florita, ese pobre general está enfermo. No podrá mandar mañana.
—Tío, la
batalla está perdida. Este hombre no está en su razón. Sus miembros le niegan
sus servicios. Es absolutamente preciso re-emplazarlo, de otra manera mañana
coronará todas sus necedades.
Dejándome
entonces arrastrar del impulso de mi alma, supliqué a mi tío que fuese a buscar
al prefecto, al alcalde y a los jefes del ejér-cito, les hiciese contemplar la
posición crítica en la cual Nieto los ha-bía puesto y los indujese a reunirse
en asamblea para retirar a Nieto de la dirección y nombrar a otro general en
lugar suyo.5
Mi tío me
contempló espantado y me preguntó a mi vez si no me había vuelto loca al
proponerle que se comprometiese con un acto de esta naturaleza. ¡Y hombres
semejantes quieren formar una repúbli-ca!... Todavía hablábamos sobre este tema
cuando llegó Althaus.
—Florita,
tiene razón. Su deber, don Pío, es reunir al instante a los principales vecinos
de la ciudad para que esta misma tarde le quiten el mando a Nieto. Que se
nombre a cualquiera, a Morán, a Carrillo, al monje, a usted, pero ¡por
Waterloo!, que ese animal no se meta ya en nada, sin eso la batalla está
perdida. Nieto no es un mal hombre, pero su debilidad y su sensiblería han
hecho más daño que el que podría
5 La figura del entonces general Domingo Nieto
tiene un significado mucho más va-lioso que el que le atribuye Flora Tristán.
Su devoción a las causas que simbolizaron los principios constitucionales dio
lugar a que se le llamara “el Quijote de la ley”. Su afición a los héroes
democráticos de la época clásica originó, por parte de sus enemigos, otro
sobrenombre en la campaña de 1843, cuando ya tenía el más alto rango de la
jerarquía militar: “el mariscal grecorromano”. Pese a los defectos que pudo
tener fue sincero, hon-rado, idealista. Acerca de su vida pueden consultarse el
estudio que le dedicó Attilio R. Minutto, que incluye el texto de su
testamento, bello documento de romanticismo político, y la obra de Pedro Ruiz
Bravo, El Mariscal de Agua Santa. [N. de la T.].
475
Flora
Tristán
causar su
maldad. Hoy aprecia las consecuencias de las faltas cometi-das y su débil
inteligencia se ha espantado a tal punto que se ha vuelto loco. Yo estoy seguro
de que está loco. Todos sus actos lo prueban.
Mi tío no
se atrevía a decir una palabra. Temía la franqueza de Al-thaus y la mía. Al
vernos hablar en alta voz delante de veinte personas, y siempre preocupado por
el temor de comprometerse, tomó el parti-do de hacerse el enfermo y se fue a
acostar. Mi tía hizo otro tanto y yo me quedé sola en la casa.
Althaus
me dijo que todo el ejército estaba indignado contra el ge-neral y que se
hablaba en el campamento de arrancarle las charreteras.
—Primo,
cuénteme todo lo que ha ocurrido.
—He aquí
el asunto en dos palabras: San Román no tenía víveres. Halagó a Nieto para
obtenerlos, le prometió reconocer a Orbegoso y nuestro crédulo general prestó
fe a unas promesas dictadas por la necesidad. Por fin regresó Nieto. Estábamos
todos impacientes por la espera. Morán le preguntó: “Decididamente general,
¿nos batiremos? ¿Hay que prepararse para esta tarde?”. “Para mañana, señor, a
la sali-da del sol”. Traía consigo a tres oficiales de San Román. Los ha hecho
detener y esta tarde quiere hacerlos fusilar. Le repito, ese hombre está
loco... Sería urgente quitarle el mando. Pero la elección de otro jefe es algo
muy difícil y ¿cómo proceder a esta nominación? Usted ve, todos los ciudadanos
que deberían morir por la patria están ocultos en los conventos. Su tío se mete
en cama. Los Goyeneche, los Gamio, etc., se contentan con llorar. Pues bien, le
pregunto: ¿qué diablos se puede ha-cer con un pueblo de cobardes? Yo miro como
cosa cierta que perdere-mos la batalla y me contraria esto porque detesto a ese
Gamarra.
Althaus
me apretó la mano, me tranquilizó sobre su suerte diciéndome:
—No tema
nada por mí, los peruanos saben correr, pero no matar.
Y regresó
al campamento.
Me
desperté al alba cuando llegó un viejo chacarero quien vino a decirnos de parte
de Althaus que San Román, aprovechando la noche, había abandonado su posición
para retirarse a Cangallo y Nieto se había lanzado a perseguirlo con todo el
ejército seguido hasta por las rabonas.
476
4. La
batalla de Cangallo
Cuando se
hizo de día subí a lo alto de la casa y no vi en la llanura vestigio alguno de
campamento. Al fin habían partido para batirse.
De nuevo
la multitud cubría las cúpulas de las iglesias y de los conventos. Pero no era
ya esa reunión de seres que formaban uno solo por el sentimiento que lo animaba
y cuyo silencio, la antevís-pera, me había causado estupor. Un ruido sordo,
confuso, brotaba de esas masas colosales y el movimiento continuo que las
agitaba parecía el tumulto de las olas en un mar irritado. Oía las
conversa-ciones de la torre de Santo Domingo. Todos hacían conjeturas. Se
suscitaban discusiones que acababan por convertirse en disputas pues la
irritación de todos causada por tan largos sufrimientos les hacía ásperos,
porfiados, insociables. Además, eran presa de las más crueles inquietudes y la
ansiedad redoblada por una larga espera se convertía en suplicio intolerable.
Se impacientaban al no ver nada y el calor de un sol ardiente exasperaba aún
más esta impaciencia. Los frailes eran los únicos que trataban de alegrar a la
multitud. El uno hacía una mala pasada a una zamba bonita. El otro hacía caer a
un negrito con riesgo de matarlo. Todas esas gentilezas provocaban las risas
ruidosas del populacho y eran un insulto a las angustias de los seres que
temían por la suerte de un hijo, de un amante o de un hermano.
A las
nueve el cañón se dejó oír. Los cañonazos se repitieron con una espantosa
rapidez. El más profundo silencio reinó entonces en-tre toda aquella multitud.
Era el condenado en presencia del cadal-so. Al cabo de media hora distinguimos
una nube de humo que se elevaba detrás de la Apacheta. El pueblo de Cangallo se
encontraba al pie de aquella montaña y supusimos que el combate se libraba
allí. Hacia las once aparecieron muchos soldados en la plataforma de la
Apacheta. Apenas había transcurrido media hora cuando des-aparecieron detrás de
la montaña y no vimos sino algunos hombres dispersos, unos a pie, otros a
caballo. Con ayuda del excelente an-teojo de larga vista del viejo Hurtado yo
distinguía perfectamente a muchos de estos desgraciados que estaban heridos:
uno trataba de sentarse para vendarse el brazo con el pañuelo; otro se amarraba
la
477
Flora
Tristán
cabeza;
aquel estaba echado de lado sobre su caballo; todos descen-dían el camino
estrecho y difícil de la montaña.
Por fin,
a las doce y media los arequipeños tuvieron la convicción de su desastre. El
espectáculo de una derrota, magnífica como la tem-pestad, espantosa como ella,
se ofreció a nuestras miradas. Yo había asistido a las jornadas de julio de
1830, pero entonces me hallaba exaltada por el heroísmo del pueblo y no pensaba
en el peligro. En Arequipa no vi sino las desgracias que amenazaban a la
ciudad.
Los
dragones de Carrillo, bien montados, llevando la bandera del Perú en la punta
de sus lanzas, aparecieron de improviso en la cima de la Apacheta. Se
precipitaron desde lo alto de la montaña al galope de sus caballos en el más
grande desorden que el miedo podía provo-car. Tras de ellos venían los
chacareros montados sobre mulas y as-nos. Enseguida los hombres de infantería
corrían entre los caballos y las mulas, arrojaban sus fusiles y bagajes para
estar más ágiles. Por fin, la artillería a lo último protegía la retirada. Todo
esto seguido por las desgraciadas rabonas que llevaban sobre sus espaldas a uno
o dos niños y empujaban al propio tiempo las mulas cargadas, los bueyes y los
carneros que Nieto había querido que acompañasen al ejército.
A su
vista la ciudad lanzó un grito, ¡grito horrible, grito de terror que todavía
resuena en mi alma! En el mismo instante desapareció la multitud. Las cúpulas
no presentaron ya sino sus masas inertes. El silencio reinó en todas partes y
la lúgubre campana de la catedral se dejó oír. ¡Aquí no sé cómo expresarme,
pues siento cuán impotentes son las palabras para reproducir semejantes escenas
de desolación! ¡Todo lo que la aflicción de madre y amante, de hija y de
hermana tiene de más desgarrador lo sintieron las mujeres de Arequipa! En el
primer momento estuvieron como heridas por el rayo con esta cala-midad.
Abrumadas por el dolor todas cayeron de hinojos, levantaron las manos
temblorosas, los ojos bañados en lágrimas y oraron...
Me había
quedado sola en la casa y sin distinguir nada miraba siempre en dirección de la
Apacheta que una nube de polvo ocultaba a mi vista, cuando sentí que me tiraban
del vestido. Al voltearme vi a mi zamba mostrándome con el dedo los patios de
mi tío y del señor
478
4. La
batalla de Cangallo
Hurtado y
me hizo signo de ponerme de rodillas. Obedecí a la esclava y me arrodillé. Vi
en el patio de la casa a mi tía Joaquina, a las tres señoritas Cuello que
tenían a su hermano entre los dragones de Ca-rrillo y a siete u ocho mujeres
postradas en oración. El patio del viejo Hurtado me ofrecía el mismo
espectáculo. Yo no oré por aquellos a quienes la batalla había libertado de la
vida, sino por ese desgraciado país donde se encuentran tantos hombres
codiciosos, de tan atroz perversidad que, con pretextos políticos, provocan de
continuo las disensiones a fin de tener en la guerra civil ocasión de saquear a
sus conciudadanos. Cuando terminó esta piadosa invocación dirigí mis miradas
hacia la Apacheta. La nube de polvo se había disipado. El camino desierto había
readquirido su tristeza habitual.
Hacia la
una y media comenzaron a llegar los heridos. ¡Ah! Fue-ron escenas
desgarradoras. Se reunieron en el ángulo de nuestra casa más de cien mujeres.
Esperaban el paso de estos desgraciados, atormentadas por el temor de reconocer
entre ellos a sus hijos, a sus maridos o hermanos. La vista de cada herido
provocaba entre ellas tal exceso de desesperación que sus gemidos y sus atroces
angustias me torturaban. ¡Lo que sufrí aquel día fue algo espantoso!...
Estábamos
inquietos por Althaus, por Manuel, por Crevoisier, Cuello y otros. No
imaginábamos por qué el general no venía a ocu-par la ciudad para defenderla
como habían decidido que se haría en caso de un revés. Hacía más de una hora
que había tenido lugar la de-rrota y se esperaba a cada instante ver llegar al
enemigo. Cuello llegó moribundo. El infortunado había recibido un balazo en la
cadera. La sangre le manaba desde hacía tres horas. Se le condujo al hospital.
Yo fui a ayudar a sus hermanas a instalarlo lo mejor posible.
¡Daba
pena ver el patio de este hospital! Ninguno de los conven-tos de Arequipa
comprende que la religión predicada por Jesucristo consiste en servir al
prójimo. Esta abnegación por el sufrimiento que solo una religión verdadera
inspira no se muestra en parte alguna. No hay una sola hermana de caridad para
cuidar a los enfermos y son indios viejos los encargados de hacerlo. Esos
hombres venden sus servicios y no se puede esperar de ellos ningún celo. Hacen
esto
479
Flora
Tristán
como
cualquiera otra cosa, tratando de aligerar la tarea y de escapar a la
vigilancia. Los heridos transportados al hospital eran colocados en el suelo
sin ningún cuidado. Los desgraciados, muertos de sed, lanzaban débiles y
lamentables gemidos. El ejército no tenía organi-zados servicios de ambulancia
y los médicos de la ciudad eran insu-ficientes para este aumento de trabajo. Un
gran desorden reinaba en este hospicio. Los empleados se apresuraban, pero,
poco habituados a sus funciones, mientras más prisa se daban menos hacían. Les
fal-taba las cosas más precisas, como ropa, hilas, etc. Los sufrimientos de
estos militares heridos eran mayores por el temor al enemigo, pues de ordinario
el vencedor en este país no da cuartel a los prisioneros y mata a los heridos
en los hospitales. Pudimos encontrar una cama para este pobre Cuello en una
pequeña pieza oscura donde se halla-ban ya otros dos desventurados cuyas quejas
eran desgarradoras. Abandoné este antro de dolor dejando cerca del herido a su
hermana quien lo amaba tiernamente y tomó el mayor cuidado por él.
Mi fuerza
moral no me abandonó un solo instante en esta terri-ble jornada. Sin embargo,
los sufrimientos que acababa de presen-ciar trastornaron todo mi ser. Sentía
los males de aquellos infortu-nados, deploraba mi insuficiencia para
consolarlos y maldecía la atroz locura de la guerra. Cuando entré en casa de mi
tío distinguí a Manuel que llegaba a toda velocidad. Lo rodeamos impacientes
por tener noticias. Ni Althaus ni ninguno de los otros oficiales estaban
heridos, pero ambos partidos habían perdido mucha gente. Manuel nos comunicó
que la intención del general era abandonar la ciudad a causa de la
imposibilidad de defenderla contra el enemigo. Nieto lo enviaba para clavar los
cañones del puente y echar al río el resto de las municiones.
Nos dijo
todo esto en cinco minutos y me encargó arreglar cuanto antes los efectos de
Althaus para que este encontrase todo listo para la fuga. Corrí inmediatamente
a casa de Althaus. Con ayuda de su negro, a quien casi me vi obligada a golpear
para que me sirviera; hice cargar una mula con una cama y una maleta llena de
sus efectos persona-les. Mi zamba, acompañada por otro negro de mi tío,
condujeron por
480
4. La
batalla de Cangallo
delante
la mula y al esclavo indócil a fin de evitarle a Althaus las moles - tias de la
salida de la ciudad. Hecho esto me ocupé en hacer preparar té y alimentos
pensando que mi pobre primo debía sentir el imperioso deseo de tomar algún
refrigerio. Oí un gran ruido de caballos. Corrí a la puerta. Era el general
seguido por todos sus oficiales que atravesa-ban la ciudad a galope. El
ejército venía más atrás. Mi primo entró. Le había hecho preparar un caballo de
repuesto. Al verlo saltó del suyo, vino hacia mí, me tomó de la mano y me dijo:
—Gracias,
buena Flora, gracias. ¿Han preparado mis efectos? —La mula ya salió, pero sería
bueno que sus dos ayudantes fuesen
a
reunirse a ella, pues su maldito negro se niega a seguirlo a usted. —¿Tiene
usted algo que dar de beber a estos señores? Se caen de fatiga. Les di vino de
Burdeos. Cada uno tomó dos botellas y llené sus
bolsillos
de azúcar, chocolate, pan y todo cuanto encontré en la casa. Dimos también vino
a los caballos y cuando jinetes y cabalgaduras se refrescaron un poco, se
marcharon.
Althaus
no podía ya hablar, a tal punto se había visto forzado a dar órdenes. Bebiendo
el té a toda velocidad me refirió en dos pala-bras que esta vez habían sido los
dragones de Carrillo quienes habían hecho perder la batalla. Se habían
equivocado en sus maniobras y habían disparado sobre la artillería de Morán
creyendo hacerlo so-bre el enemigo.
—Le
repito, Florita, mientras estos necios se nieguen a aprender la táctica militar
no harán sino disparates. Ahora el general no quie-re defender la ciudad. No sé
qué pánico se ha apoderado de él. No piensa sino en huir y no ha adoptado
ningún plan. Al llegar a casa de Menao hemos tenido mucho trabajo en
persuadirlo de que era preciso, por lo menos, dar tiempo a la tropa para
reunirse. Por esta causa hemos tenido un gran número de fugitivos. Cuando
regresa-mos a las chicherías hicimos esfuerzos inauditos para reunir a estos
fugitivos, pero sin éxito. Esos cobardes bribones, ayudados por las rabonas,
creo que se ocultan bajo tierra como topos. Lo que me ad-mira, prima, es la
lentitud que emplean los enemigos en llegar. No comprendo nada...
481
Flora
Tristán
Manuel
entró en el patio.
—Vengo a
buscarlo, le dijo a Althaus. Todo el mundo se va. El monje ha cargado el resto
de la caja de caudales en su caballo. El ge-neral ha ido a abrazar a su mujer
que ha dado a luz esta noche. Yo acabo de estrechar a mi pobre madre entre mis
brazos. Vamos, pri-mo, solo esperan a usted.
Althaus
me apretó con fuerza contra su pecho y al abrazarme me recomendó su esposa y
sus hijos. Abracé a mi querido Manuel y am-bos se alejaron rápidamente.
Cuando
regresé la calle de Santo Domingo se hallaba desierta. Vi a mi paso todas las
casas defendidas cuidadosamente con barrica-das. La ciudad parecía gozar de
tranquilidad absoluta. Pero la sangre enrojecía el pavimento de las calles y
esos restos de muerte, esa sole-dad, demostraban en forma muy expresiva las
calamidades con que la ciudad acababa de ser golpeada y las que se temían aún.
Conté en
casa de mi tío todo lo que Althaus y Manuel me habían referido. Todas las
personas allí reunidas se indignaron contra el ge-neral, pero ninguno tomó la
iniciativa para adoptar alguna medida.
A las
cinco subí a lo alto de la casa. Solo vi una inmensa nube de polvo que dejaban
tras sí los dragones de Carrillo al huir a través del desierto. Se dirigían
hacia Islay en donde pensaban encontrar dos navíos para ponerse fuera del
alcance de la persecución de San Ro-mán. Permanecí largo tiempo sentada en el
mismo sitio de la mañana. ¡Cómo había cambiado de aspecto la ciudad! Un
silencio de muerte la envolvía entonces. Todos los habitantes estaban en
oración, como re-signados a dejarse masacrar sin oponer la menor resistencia.
Mi tío me
rogó que bajase para ir a la iglesia de Santo Domingo donde se encaminaban
todas las personas de la casa. Pensé por pri-mera vez en que no había comido en
todo el día. Tomé una taza de chocolate, cogí mi abrigo y me dirigí a la
iglesia.
A cada
momento se preguntaba a las personas que se hallaban de vigías en las torres si
veían algo por el lado de la Apacheta. Res-pondían siempre: nada, absolutamente
nada. Por fin, a las siete se presentaron tres indios a la puerta del convento.
Anunciaron que los
482
4. La
batalla de Cangallo
enemigos
estaban en las chicherías, pero que San Román no quería entrar, salvo que las
autoridades de la ciudad se lo rogasen. Al oír esta nueva se elevó un gran
rumor en el convento de Santo Domingo. El prefecto y todas las autoridades de
la ciudad se habían refugiado en este monasterio. Pretendieron que era a los
reverendos padres a quienes correspondía cumplir esta comisión completamente
pacífi-ca. Los monjes, que no brillan por su valor, protestaron contra esta
idea y hubo una discusión acalorada. Fui yo, en cierta manera, quien determinó
a los monjes a encargarse de esta misión. Sabía que ellos eran furiosos
gamarristas, hablé al prior, a don José, al capellán de mi tío, en una palabra,
lo hice tan bien, que se decidieron. Cuatro o cinco empleados de la alcaldía se
unieron a ellos. Partieron y una hora más tarde, los vimos regresar a la cabeza
de dos regimientos, uno de caballería y otro de infantería. Así, pues, vencían
los gama-rristas. El sábado 5 de abril, a las once de la noche, tomaron
posesión de la ciudad de Arequipa.
Cuando el
prior y los monjes entraron en el convento nos refirie-ron lo que habían podido
averiguar.
—Hermanos
míos, dijo el buen prior, les confieso que no estoy sin inquietudes. Ustedes
saben que comprendo bastante bien el que-chua. Todo lo que he oído en la
conversación de estos indios me prue-ba que tienen muy malas intenciones. Lo
que hay de más terrible es que están sin jefes. No puedo explicarme por qué.
Hemos encontrado en la casa de Menao a unos sesenta hombres de a caballo que
tenían por jefe a un simple portabandera y a ciento cincuenta hombres de
infantería mandados por dos suboficiales. Les hemos conducido a la alcaldía de
donde uno de los empleados los ha enviado a los cuar-teles. Los he oído
murmurar en su lengua. Muchos de ellos decían: “Pero nos habían prometido el
saqueo de la ciudad...”. Hermanos, continuó el prior, les repito que estoy muy
inquieto y no les oculta-ré que la presencia de ustedes aquí redobla mis
inquietudes. Se sabe que ustedes han traído a nuestros conventos todo cuanto
tienen de más precioso y, necesariamente, si esos soldados roban, vendrán a las
iglesias.
483
Flora
Tristán
A estas
palabras todos los asistentes lanzaron un grito de espanto. El padre Diego
Cabero, el cerebro de la comunidad, hombre de espíritu y de talento, pero de
carácter áspero y altanero y, según decían, muy malo, tomó la palabra para
dirigir los más vivos reproches al prior.
—Y bien,
padre prior, usted conviene entonces en que tenía yo ra-zón cuando no cesaba de
repetirle desde el principio de estos asuntos que su bondad excesiva y su
cobarde debilidad traerían sobre nues-tro santo monasterio calamidades de las
cuales responderá usted de-lante de Dios. A pesar de mis exhortaciones usted ha
recibido aquí las riquezas de estas gentes y su condescendencia será causa de
que todos seamos degollados.
—Hermano
Diego, decía el buen prior, nuestro deber es prestar auxilio a los habitantes,
socorrerlos en la necesidad y al consentir en darles refugio y proteger sus
bienes no he hecho sino lo que la cari-dad me ordena hacer en estos terribles
momentos.
—Prior,
la conservación del templo de Dios debe pesar antes que toda otra
consideración. Por lo demás, el espectáculo que ofrecen los claustros y las
iglesias es un verdadero escándalo. Las mujeres duermen allí con sus maridos,
los niños hacen suciedades; nunca, en ningún tiempo, en ninguna circunstancia,
he visto al pueblo hacerse culpable de semejantes ultrajes hacia nuestra santa
religión.
—Hermano
Diego, ese escándalo me aflige y más que a usted. Mas para evitarlo sería
preciso que nuestro convento renunciase a ofre-cer al infortunio el asilo del
santuario y perdiese el más hermoso de sus privilegios y con él todo su poder.
—Padre
prior, su ignorancia de los asuntos políticos lo hace co-meter graves errores.
¿Qué habla usted de asilo? ¿No ve usted, pues, en la manera cómo Nieto nos ha
tratado desde hace tres meses, que nuestra autoridad no tiene ya ningún poder?
¡Cómo! ¿No ha tenido este impío la desvergüenza de arrojarnos de nuestro
convento para acuartelar en él a sus soldados?6 ¡Y usted lo ha soportado! ¡Y
así lo
6 Nieto, a quien faltaba sitio para acuartelar
sus tropas, ocupó los conventos de hom-bres y los monjes se vieron obligados a
abandonarlos. Esta medida fue para estos
484
4. La
batalla de Cangallo
han hecho
los priores de las otras comunidades! ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Tu templo mancillado!
¡Tus sacerdotes arrojados, humillados y ninguno de ellos se atreve a elevar la
voz en defensa de tu causa!
Mi tío y
otras personas tomaron el partido del prior. Algunos monjes se pusieron de lado
del hermano Diego. Pronto la discusión se trocó en disputa y se llegaron hasta
a injuriar con los términos más insultantes. La multitud los había rodeado, la
disputa cautivaba la atención de todos y el rumor era general.
—¡Santísima
Virgen!, exclamaba este ¿Hemos llegado a los tiem-pos en que debemos ser
muertos hasta en las iglesias?
—Yo te lo
había prevenido, decía aquel a su esposa, que nos expo-nías mucho más
trayéndonos a esta iglesia. Me arrepiento mucho, ahora, de haber abandonado mi
casa.
—Pero
¿desde cuándo roban en las iglesias? Crees tú...
—¡Creo
todo posible!... Por lo demás el siglo de los conventos ya pasó. Los soldados
de San Román vendrán a robar acá porque saben que hay plata y la plata es lo
único digno que ellos conocen.
Todos
eran presa de las más crueles inquietudes. Se formaron grupos numerosos entre
los que se provocaban interminables dis-cusiones. Las familias se dividían. Los
unos querían regresar a sus casas, pensando que estarían con mayor seguridad en
ellas, en tanto que los otros persistían en quedarse en el claustro.
Aproveché
del altercado entre el prior y el padre Diego para salir de ese convento pues
me espantaba el verme condenada a pasar allí la noche. Había tantas pulgas como
en Islay y era demasiado desa-gradable permanecer en medio de personas que
venían a hablarle a uno con sus vasos de noche bajo el brazo.7 Me dirigí al
monje Ma-riano, hermano del padre Cabero y le hice entender que sería más
conveniente, después de la disputa habida, que él y su hermano se retirasen a
sus casas y si sus hermanas consentían en acompañarlos
religiosos
menos vejatoria de lo que se puede imaginar, pues los monjes de Arequipa
vi-vían todos con sus familias. Entre ellos, solo los pobres ocupaban sus
celdas. [N. de la A.].
7 He dicho ya que estos bacines eran de plata.
[N. de la A.].
485
Flora
Tristán
yo les
pediría asilo. Los dos monjes, después de algunas vacilaciones, aceptaron mi
propuesta y me ayudaron a que decidieran sus herma-nas. Salí entonces con ellos
a fin de reconocer la calle y abrir la puerta de su casa que está situada al
lado de la iglesia. Al no ver a nadie fuera el hermano Diego fue en busca de
las señoras y una vez que entraron se cerró la puerta con barricadas. Nos
reunimos todos en la pieza del fondo de la casa. En muchas ocasiones algunos
soldados golpearon la puerta de la calle con la culata de sus fusiles. Las
pobres señoras temblaban de miedo y los dos monjes no llegaban a
tranquilizarlas.
A las
doce de la noche sentí tal necesidad de dormir que hubiese sido vano intento
resistir. No había camas, me arrojé sobre un mal col-chón de paja y dormí
profundamente hasta el día siguiente a las ocho.
486
5. Una
tentación
Al
despertar encontré a la gente que me rodeaba presa de gran emoción. Algunos
soldados, decían, habían recorrido la ciudad durante la noche robando a los que
encontraban y dos personas habían sido muertas.
Era
domingo. A las nueve, como las señoras Cabero no deseaban perder la misa,
salimos acompañadas por los dos monjes. ¡Qué es-pectáculo tan repugnante
presentaba la Iglesia! El hermano Diego tenía razón. ¡Esa aglomeración de
hombres, de mujeres, de niños y hasta de perros, ese hacinamiento de lechos, de
cocinas, de vasos de noche, esa nube de humo, todo era verdaderamente
escandaloso! Se cantaba la misa en un rincón, se comía y fumaba en otro. Fui a
ver a mi tío y a mi tía quienes estaban instalados en la celda del prior con
siete u ocho personas más. No pude decidirles a regresar a casa. Mi tío se
arredraba ante la idea del saqueo. Como yo no sentía ningún temor regresé sola
y me puse a escribir los acontecimientos de los tres días que acababan de
transcurrir. Por la tarde mi tío insistió en quedarse en el convento. Pasé la
noche en la casa sin más compañía que la de mi zamba. Esta muchacha me decía:
“Señorita, no tema us-ted nada, si los soldados o las rabonas vienen a robar,
yo soy india como ellas, su lenguaje es el mío. Les diré: mi ama no es
española, es francesa, no le hagan daño. Estoy segura de que entonces no le
harán nada porque ellos no atacan sino a sus enemigos”. Así se expresaba
487
Flora
Tristán
una
esclava1 de 15 años. Pero, a ninguna edad la esclava ha amado a sus amos por
dulces que estos sean. El segundo día estaba todavía sola cuando dos oficiales
vinieron a hablar con el señor don Pío. No quise confesarles que mi tío se
había escondido. Les hice entrar en mis habitaciones, les dije que don Pío
estaba ausente y les pregunté lo que deseaban para él.
—Señorita,
deseamos que su señor tío, como uno de los notables del país, venga a hablar
con el coronel Escudero que reemplaza en el mando a San Román, muerto en la
batalla. Somos los vencedores y los arequipeños abusan de nuestra moderación al
continuar tra-tándonos como a enemigos. Desde nuestra entrada en la ciudad
to-das las casas están cerradas, nuestras tropas están sin pan, nuestros
heridos abandonados moribundos en el campo de batalla, mientras todos los
habitantes se obstinan en permanecer en los conventos como si viniésemos aquí
para matarlos. Usted es la primera persona a quien podemos comunicar nuestras
necesidades. Pero usted com-prende, señorita, que este estado de cosas no puede
prolongarse por más tiempo.
Hablé
largo rato con estos señores y me parecieron muy modera-dos. Cuando salieron
corrí a Santo Domingo a prevenir a mi tío y a las personas refugiadas allí. En
cuanto se supo que San Román había muerto y que el coronel Escudero mandaba en
su lugar los espíritus comenzaron a tranquilizarse. Este último era conocido y
muy queri-do en Arequipa. Casi todos salieron del convento para regresar a sus
casas y mi tío fue enseguida a hablar con Escudero.
Cuando
regresó me dijo:
—Estamos
salvados. Yo personalmente no tengo ya nada que te-mer. Escudero me debe mucho
y me guarda mucha consideración. La muerte de San Román ha dejado al ejército
sin jefe ¿creerá usted que me ha propuesto hacerme nombrar?
—¿Aceptaría
usted?
1 Esta muchacha pertenecía a mi tía. [N. de la
A.].
488
5. Una
tentación
—¡Oh! Me
cuidaré muy bien de hacerlo. En semejantes crisis hay que mantenerse apartado.
Cuando más tarde esté todo tranquilo tra-taré de colocarme en un puesto a mi
gusto. No quiero ya comando militar. Estoy demasiado viejo.
—Me
parece, tío, que justamente en las crisis difíciles es cuando los hombres como
usted deberían ofrecer el concurso de su talento y de su experiencia.
—Florita,
es una suerte para usted no ser personaje político, su abnegación la perdería.
Lejos de ofrecer mis servicios a estos igno-rantes quiero dejarlos engolfarse
en los obstáculos y las dificulta-des. Mientras más los tengan sentirán mayor
necesidad de llamar-me a su lado. Los veré venir a rogarme, a suplicarme y
entonces pondré condiciones.
Miré a mi
tío y no pude sino pensar: ¡Pobres peruanos!
En esta
circunstancia don Pío fue también a ofrecer a Escudero un préstamo de 2 mil
pesos, animó a los Goyeneche, a Ugarte y a otros a seguir su ejemplo. El obispo
ofreció 4 mil pesos, su hermano y su hermana 2 mil pesos cada uno y los demás
dieron en proporción.
El tercer
día Escudero hizo publicar un bando en el cual prescri-bía abrir las puertas de
todas las casas en el plazo de tres horas y dejarlas abiertas como de
costumbre2 y advertía que las que perma-neciesen cerradas serían derribadas por
los soldados. Esta ordenan-za obligó a los que todavía quedaban en los
conventos a regresar a sus moradas. Para acabar de tranquilizar a estos pobres
burgueses Escudero impartió a sus soldados la orden de pasearse por la ciudad
con la severa prohibición de insultar a nadie.
Supimos
por Althaus que el domingo 6 de abril Nieto y todo el ejér-cito habían llegado
a Islay. Habían clavado los cañones, quemado los registros de la aduana y
obligado al administrador, don Basilio de la Fuente, a irse a Lima. Ellos
mismos, después de haber devastado el lu-gar, se habían embarcado en tres naves
peruanas para dirigirse a Tacna.
2 En Arequipa las puertas de las casas están
siempre abiertas en tiempo ordinario. [N. de la A.].
489
Flora
Tristán
Escudero
entró en Arequipa el domingo por la noche de mane-ra que nadie sabía con
precisión cuántos soldados traía consigo. Se había anunciado primero la muerte
de San Román. Cuatro días des-pués circuló el rumor de que solo estaba herido.
En fin, al cabo de siete días llegó a Arequipa y entró también durante la
noche.
He aquí
la explicación de este asunto, tal como el mismo Escude-ro me la dio.
San
Román, después de haber engañado a Nieto por tres días con-secutivos con el
único objeto de obtener víveres para sus tropas, se retiró a Cangallo sin
presumir que Nieto lo seguiría. Quería, antes de librar la batalla, consultar
con Gamarra y pedirle refuerzos. En Cangallo encontró a Escudero con
cuatrocientos hombres enviados por Gamarra. Los soldados de San Román
festejaban a los recién lle-gados cuando, de repente, apareció el ejército de
Nieto en lo alto de la Apacheta. Reinó entonces una gran confusión. San Román
había permitido bañarse a sus soldados y una parte de ellos estaba desnu-da
cuando vieron a los arequipeños. Se creyeron perdidos. Sin Es-cudero que
restableció el orden, iban a huir. Se inició el combate y se batieron con
valor, pero muy pronto las municiones escasearon y la alarma cundió. Cuando San
Román vio desbandarse a sus sol-dados creyó la batalla perdida y pensó que no
le quedaba por hacer nada mejor que huir a su vez. Acompañado por alguno de los
suyos se alejó en su caballo a toda velocidad. De este modo, cada uno de los
valerosos campeones, espantados el uno por el otro, huía por su lado. Corrieron
sin detenerse durante un día y una noche poniendo entre ellos una distancia de
80 leguas. El terror de Nieto lo hizo ir hasta Islay, 40 leguas al sur. El de
San Román hasta Vilque,3 42 leguas al norte, un milagro juntó una parte de los
soldados de San Román
3 Valdivia (op. cit.) dice también que, en
vista de la di solución de algunos de sus ba-tallones, San Román huyó hasta
Tayataya cerca de Vilque. Sus oficiales ignoraban su paradero el día en que
ocuparon Arequipa. Entraron en esta ciudad el mismo día de la batalla unos 600
hombres al mando del coronel Escudero. Este ofreció a los miembros de una
comisión que el mismo general Nieto le hizo enviar tratarla con toda
consi-deración. San Román entró en Arequipa el 10 de abril en la noche,
habiendo corrido insistentes voces acerca de su muerte durante el combate. Dice
también Valdivia que
490
5. Una
tentación
y los
hizo regresar a Arequipa. Uno de los oficiales de este ejército, a quien Nieto
había retenido prisionero en la alcaldía, vio desde lo alto de la casa la
derrota de los arequipeños. Aprovechó el espanto del momento, montó en el
primer caballo que encontró en el patio de la alcaldía y como conocía muy bien
la localidad tomó un camino apar-tado por el cual en una hora llegó a Cangallo.
Ordenó detenerse a los fugitivos y les dijo que Nieto se consideraba derrotado
y huía hacia el puerto. Escudero y algunos otros a quienes encontró emplearon
toda la noche y una parte del día siguiente en reunir a algunos soldados;
lograron congregar más o menos una tercera parte del efectivo y, se-guros de no
encontrar ninguna oposición, se dirigieron a Arequipa. Sin este oficial los dos
ejércitos, creyéndose vencidos, hubiesen con-tinuado su fuga en direcciones
opuestas y la ciudad no habría visto aparecer ni a defensores ni a enemigos.
Cuando
Escudero me refería todos estos incidentes pensaba en Althaus para quien la
ciencia militar es el árbitro supremo de los éxitos y de los reveses. Y sentía
no poderle probar, con este ejemplo, cuán vanos son los hombres y su ciencia.
Se vieron
obligados a correr hasta Vilque para advertir a San Ro-mán que había ganado la
batalla. Él no entró en Arequipa hasta el séptimo día. Se decía que estaba
herido en la cadera con el fin de dis - culpar este atraso, pero no había nada
de cierto en ello.
Mi tío,
que tiene el talento de estar bien con todos los partidos, si no participaba de
la confianza de los gamarristas por lo menos esta-ba muy vinculado a ellos.
Todos los días recibíamos a comer a esos señores, mañana y tarde nuestra casa
estaba llena. Veía con sorpre-sa, al conversar con los oficiales, cuán
superiores eran a los de Nieto. Los señores Montoya, Torres, Quiroga y sobre
todo Escudero, eran hombres muy distinguidos.
Escudero,
uno de esos españoles de espíritu aventurero y muy hábil que había abandonado
la bella España por probar fortuna en
envió
partes a Gamarra dando cuenta de sus dos victorias del 2 y 5 de abril logradas
sobre las fuerzas de Nieto. [N. de la T.].
491
Flora
Tristán
el Nuevo
Mundo, era según las circunstancias, militar, periodista o comerciante. Se
prestaba a todas las exigencias del momento con ad-mirable facilidad y tenía
excelentes condiciones para cualquier gé-nero a que dedicase su prodigioso
dinamismo, como si fuese la única especialidad de su vida. De espíritu vivaz,
imaginación inagotable, carácter alegre y elocuencia persuasiva, escribía con
calor y, sin em-bargo, sabía hacerse amar por todos los partidos.
Este
hombre extraordinario era el secretario, el amigo y el con-sejero de la señora
Gamarra. Desde hacía tres años ocupaba cerca de esta reina una posición de
intimidad, objeto de la envidia de una multitud de rivales. Se había consagrado
a su causa escribía para ha-cer prevalecer sus planes y rechazar los ataques
continuos dirigidos contra ella. Combatía bajo sus órdenes, la acompañaba en su
carrera de aventuras y jamás retrocedería ante las audaces empresas conce-bidas
por el genio de esta mujer de ambición napoleónica.4
Desde la
primera visita trabé amistad con el coronel Escudero. Nuestros caracteres
simpatizaban. Me manifestó mucha confianza y me puso al corriente de todo
cuanto había ocurrido en el campa-mento de Gamarra. Comprendí, por lo que me
dijo, que San Román no había cometido menos necedades que Nieto.
—¡Qué
desgraciado es este país!, me decía Escudero. No sé, en ver-dad, quién podrá
hacer salir a los peruanos de la posición deplorable en que los hombres de
sangre y de rapiña les ha colocado.
—¿Cómo
es, coronel, que comprendiendo usted mejor que nadie la causa de las
calamidades del país no ha tratado de poner remedio?
4 Escudero fue, efectivamente, secretario de la
señora Gamarra y gozó de los bene-ficios de su favorecida posición. Vargas lo
describe así: “Ninguno más favorecido que el coronel Escudero, español,
redactor de La Verdad a quien le hizo dar 5 mil pesos. Periodista, comerciante,
instruido, caballero, muy despierto, apto para la guerra como para la paz,
alegre y de rica fantasía, tenía una conversación llena de amenidad
que,
unida a su buena presencia y modales finos, le atraían el afecto de los hombres
y el amor de las mujeres. Se jactaba de ser el mentor de doña Francisca, pero
es in-dudable que si ella le hubiese dado oídos habría hecho un papel más
romántico y novelesco, es cierto, pero menos digno, generoso, histórico y
varonil” (Historia del Perú independiente, p. 182, vol. 5). [N. de la T.].
492
5. Una
tentación
—¡Ay,
señorita! Este es el objeto de todas mis meditaciones. Pero solo puedo
presentar los medios de hacer el bien y carezco de la au-toridad necesaria para
ponerlos en ejecución. La señora Gamarra es una mujer de gran mérito, pero
trabaja ante todo en consolidar el poder entre sus manos. Su ambición viene
constantemente a trastor-nar mis planes para la felicidad pública y, consagrado
a su servicio, me veo obligado sin cesar a proceder en oposición a mi voluntad.
—Había
oído decir que usted tenía mucho ascendiente sobre esta señora.
—Más que
cualquier otro, sin duda, pero muy poco en realidad. Cuando a fuerza de trabajo
y de paciencia consigo modificar sus ideas, es un éxito que estimo feliz. Esta
mujer tiene una voluntad de hierro que ni aun la adversidad podría domeñar.
Toda resistencia la irrita y siempre está dispuesta a triunfar de ella por la
fuerza. Hubiese sido una gran reina en un país donde sus decisiones no hubiesen
encon-trado obstáculo alguno. Pero en este en donde para reinar es necesario
tener numerosos partidarios y para conservar la autoridad hay que usar de ella
lo menos posible, la señora Pancha de Gamarra no es tan conveniente. No se le
puede hacer comprender que los medios emplea-dos para conquistar el poder deben
abandonarse en cuanto se le ha obtenido. Con la anarquía de opiniones y el
egoísmo reinantes entre los peruanos, después de las expoliaciones de que han
sido víctimas, es preciso tener por objeto especial la protección de las
personas de las propiedades y conciliarse a todos los partidos sin unirse a ninguno
de manera exclusiva. ¡Ah!, señorita Flora, me arrepiento amargamente de haberme
así comprometido. Desde hace tres años sirvo a doña Pancha con mi pluma y con
mi sable y no he podido aún conseguir que adopte alguno de mis planes. Esto me
desespera y aunque su carácter altane-ro y despótico me hace desgraciado lo
soportaría con resignación si pudiese llegar a hacer algún bien. Sin embargo,
esta mujer me necesita demasiado para que yo pueda pensar en abandonarla. Debo
trabajar para que recupere una autoridad sin disputa. Si tengo éxito juro que
arrojaré el sable y la pluma a cambio de la guitarra y tocaré durante tres
meses sin preocupaciones de ninguna especie.
493
Flora
Tristán
Al
escuchar a Escudero me pareció evidente que estaba ya cansa-do del yugo que le
había impuesto su todopoderosa ama y no busca-ba sino un pretexto para
sustraerse a él. Venía a verme todos los días y sosteníamos largas
conversaciones. Tuve todo el tiempo necesario para conocer a fondo a este
hombre y reconocí que él era quizá el único en el Perú capaz de secundarme en
mis proyectos de ambición. Sufría por las desgracias de un país al que me había
acostumbrado a considerar como el mío. El deseo de contribuir a su bien había
sido constantemente la pasión de mi alma y una carrera activa y aventu-rera no
desagradaba a mis gustos. Creí ver que, si yo inspiraba amor a Escudero,
tomaría sobre él una gran influencia. Entonces me ator-mentó de nuevo la
agitación febril de mi espíritu. Mis combates inte-riores se renovaron. La idea
de asociarme con este hombre espiritual, audaz y despreocupado sonreía a mi
imaginación. Al correr con él los azares de la fortuna ¿qué me importa, me
decía yo, no triunfar si no tengo nada que perder? La voz del deber hubiese
sido quizá impotente a hacerme resistir a esta tentación, la más fuerte que he
tenido en mi vida, si otra consideración no hubiese venido a mi so-corro. Temía
esa depravación moral que el goce del poder origina generalmente. Temía
volverme dura, despótica, criminal, semejante a quienes lo poseían por
entonces. Temblé de participar del poder en un país en el que vivía mi tío...
¡el tío a quien había amado tier-namente y a quien amaba todavía, pero que me
había hecho tanto mal!!!... No quise exponerme a ceder a un momento de
resentimiento y, puedo decirlo aquí delante de Dios, que sacrifiqué la posición
que me era tan fácil adquirir al temor de tratar a mi tío como a enemigo...
El
sacrificio era tanto más grande cuanto que Escudero me agradaba. Era feo para
los ojos de muchas gentes, pero no para los míos. Podía tener de 30 a 33 años,
era de talla mediana, muy delgado, con los ojos brillantes y lánguidos y
dientes como perlas. Su mirada tierna y su sonrisa melancólica daban a su
fisonomía un carácter de elevación y de poesía que me subyugaban. Con este
hombre nada me hubie-se parecido imposible. Tengo la íntima convicción de que
si hubiese sido su esposa habría sido muy feliz. En las tormentas originadas
por
494
5. Una
tentación
nuestra
posición política me hubiese cantado una romanza o tocado la guitarra con tanta
libertad de espíritu como cuando era estudian-te en Salamanca. Necesité esta
vez de toda mi fuerza moral para no sucumbir a la seducción de esta
perspectiva... Tuve miedo de mí mis-ma y juzgué prudente sustraerme a este
nuevo peligro por medio de la fuga. Resolví marcharme inmediatamente para Lima.
Nadie
comprendió esta determinación tan precipitada. En vano me representaron que el
camino a Islay estaba infestado por deserto-res que vivían del robo y me
exageraron la descripción de los peligros que podía correr. No tomé en cuenta
estas advertencias. Ningún peli-gro a mis ojos igualaba al que me exponía
quedándome en Arequipa. Para escapar a él habría atravesado todos los desiertos
de la tierra. Alegaba como pretexto que me era indispensable partir si quería
lle-gar a Europa antes de la mala estación. Y como en el fondo, en casa de mi
tío estaban muy contentos de mi partida, no insistieron más.
Un inglés
conocido mío, Valentín Smith, se dirigía a Lima. Le pre-gunté si me quería por
compañera de viaje. Aceptó mi propuesta. Tratamos con un capitán italiano que
tenía un barco en Islay y deci-dimos salir el 25 de abril.
Antes de
irme tuve que cumplir la tarea de las visitas. Según la etiqueta hubiese debido
ir donde todo el mundo, como a mi llegada. Pero me limité a visitar a las
principales familias con las que estaba en buenas relaciones y envié tarjetas a
los demás.
Esas
visitas me pusieron en estado de juzgar la extensión de los males que la guerra
había causado en esta desgraciada ciudad. En cada casa vi correr lágrimas y a
sus ocupantes vestidos de luto. Sin embargo, estimé peores que las pérdidas
ocasionadas por la muer-te, la discordia y el odio que las disensiones civiles
habían hecho brotar en el seno de las familias. Existían enemistades profundas
entre parientes y aun entre hermanos. La libertad no figuraba para nada en
estos debates políticos. Cada cual había abrazado el parti-do del jefe de quien
esperaba conseguir más. Los epítetos de gama-rristas y de orbegosistas
distinguían a los dos campos entre los cua-les se dividían las familias. La
desconfianza reinaba en todas partes
495
Flora
Tristán
y
trataban de perjudicarse mutuamente. Esos pobres arequipeños envidiaban mi
suerte:
—¡Ah,
señorita!, me decían en todas las casas, ¡qué feliz es usted de dejar un país
donde los hermanos se matan entre sí! ¡En donde las exacciones de los enemigos
nos reducen a la miseria, comprometen nuestras vidas y nos ponen en la
imposibilidad de satisfacer las exi-gencias del enemigo!
Cuando
fui a despedirme de la familia del obispo tuve un ejem-plo palpable de las
desgracias a que están expuestos los insensatos que colocan su felicidad fuera
de sí mismos. Los Goyeneche no ha-bían sido felices sino sobre montones de oro
y la pérdida de una parte de sus riquezas trastornaba sus facultades
intelectuales. La señorita Goyeneche, doña Mariquita, estaba tan vivamente
afecta-da por las extorsiones cometidas contra todos ellos y por los ultra-jes
y diatribas dirigidas contra el obispo, a quien ella quería tierna-mente, que
su salud había quedado profundamente quebrantada y su razón vacilante. Tenía
los ojos fijos, la mirada extraviada, los gestos bruscos. El sonido áspero de
su voz no correspondía al senti-do de sus palabras. Su fisonomía tenía una
expresión extraña. Era como un espejo falso que reflejara invertidos los
objetos exterio-res. Hablaba con tal volubilidad que apenas se podía comprender
lo que decía. Se hubiese creído que soñaba. Me di cuenta de que no reconocía a
las personas que le hablaban. Llamaba a mi tío doña Florita y a mí don Pío o
don Juan. Su exaltación era espantosa. Le dije en voz baja a mi tío:
—Esta
pobre mujer está loca.
—Parece
que sí. Ya me lo habían dicho, pero me había resistido a creerlo.
La locura
del obispo tenía un carácter diferente de la de su herma-na. Parecía afectado
por otra impresión. No decía ya una sola pala-bra, no hacía movimiento alguno;
tenía los ojos obstinadamente fijos en el anillo que llevaba en el dedo. Y él,
generalmente tan amable, tan previsor, que recibía a todos con las muestras de
amistad más
496
5. Una
tentación
afectuosa,
no se movió cuando entramos en el salón. Parecía que ni siquiera nos veía. Su
hermano se acercó a él y le dijo:5
—Es la
señorita Florita que viene a despedirse. Va a ver a nuestro hermano Mariano, de
Burdeos, ¿qué quieres que le diga?
Hizo
entonces el movimiento de un hombre que sale de un largo sueño y dijo muy bajo,
como si tuviese miedo de ser oído:
—Mi
hermano Mariano es feliz, no lo matarán, ¡pero a nosotros nos matarán, matarán,
matarán...!
A estas
palabras la locura de Mariquita se manifestó con dis-cursos incoherentes.
Hablaba, gesticulaba, amenazaba. Esto hacía daño. Don Juan había conservado su
razón y se encontraba de jefe de la familia.
—Vean,
nos dijo llorando, a qué estado han reducido a mi pobre hermano. Su alegría y
su amabilidad han desaparecido. Está como petrificado por el dolor. ¡Ay! Temo
mucho que se vuelva completa-mente imbécil... Cada día su estado empeora. Las
sacudidas recibidas han sido demasiado fuertes para la dulzura de su carácter.
En cuanto a mi hermana, no me atrevo a mirarla. Sus ojos me dan miedo... Mi
esposa y yo hacemos todo cuanto podemos para impedir que hable, pero es
imposible. Habla sola, hasta de noche. Véanla ustedes aho-ra, continúa
discurriendo sin darse cuenta de que no la escuchamos, está lo...
5 El obispo Goyeneche no se volvió loco. Fue
rudamente atacado. En El Restaurador de Arequipa se publicaban artículos contra
él. Se le impuso un cupo de 100 mil pesos que debió pagar en el plazo de cuatro
horas. El 6 de junio de 1834 el Consejo de Gobierno, haciendo eco a los
artículos de aquel periódico, dictó pena de destierro y confiscación de bienes
contra él. Pero muy poco después la Convención Nacional revocó estas órde-nes
El 11 de octubre del mismo año un ayudante del general Nieto, Juan Antonio Vigil,
fue acusado de haber intentado matarlo y se siguió un proceso contra Vigil. A
poco de eso murió la hermana del obispo, María Presentación que, como se ve,
tampoco gozó de las simpatías de Flora. Goyeneche fue elegido en 1860 arzobispo
de Lima, cargo que ejerció hasta su muerte en 1872. Ver El Arzobispo de
Goyeneche (Rada y Gamio, 1917); el proceso contra Vigil puede consultarse en un
folleto de 32 páginas existente en la Biblioteca Nacional del Perú. [N. de la
T.].
497
Flora
Tristán
No pudo
acabar. Al pronunciar estas últimas palabras su voz se extinguió en un sollozo.
¡Era una escena emocionante! Mi tío se le-vantó y me dijo en francés.
—¡Qué
lección, Florita, para aquellos cuyos deseos aspiran a bie-nes cuyo peso excede
a sus fuerzas! Esta familia ha llegado a adquirir inmensas riquezas, títulos,
honores, dignidades. Pero no ha com-prendido que era preciso saber perder una
parte de sus ventajas para conservar el resto. La moral se ha abatido bajo los
favores de la fortu-na. Al sobrevenir los reveses no han podido resistir el
asalto. El uno va a morir idiota y la otra loca.
El obispo
parecía un esqueleto, tan delgada, envejecida y cada-vérica estaba su cara.
Cubierto por completo de seda y oro, hundi-do en un gran sillón, dando apenas
signos de vida, parecía asistir él mismo a sus pompas fúnebres. Me conmovía
este espectáculo por absurdo que fuese el dolor que conducía al obispo a la
tumba. ¿Qué valor atribuye, pues, al oro, me preguntaba yo, para afec-tarse así
tan vivamente por su pérdida si lo empleaba tan poco en sí mismo y jamás
consolaba un infortunio? Pero buscaba en vano. La avaricia ofrece a mis ojos un
problema moral al que nun-ca me ha sido posible encontrar solución. Si ese
prelado hubiese distribuido sus riquezas a los pobres sus enemigos jamás
habrían podido prevalecer contra él. Las virtudes del apóstol habrían
pro-tegido con más eficacia ese oro que mancillaba su carácter y ni el monje
Valdivia, ni Nieto, ni cualquier otro osarían atentar contra su tranquilidad.
La pobre Mariquita en quien el amor del oro ha-bía sustituido todo otro afecto,
que había rechazado con desdén a todos los pretendientes porque ella quería
ante todo juntar dos masas de oro de igual peso, ¿no ofrece también un fenómeno
mo-ral imposible de explicar?
Quise
también hacer una visita a San Román. No lo había visto to-davía. No había
salido hasta entonces porque necesitaba hacer creer el cuento de su cadera
rota. Mi tío temía mi franqueza e hizo todo cuanto pudo para impedir que fuera.
No quiso acompañarme sino cuando Escudero se ofreció a ser mi caballero. Este
anunció a San
498
5. Una
tentación
Román mi
visita y tuvo el cuidado de advertirle que no se asustara con la libertad de mi
lenguaje.
Al
dirigirme a la casa de Gamio, donde se había alojado San Ro-mán con todo su
Estado Mayor, mi tío no cesaba de repetirme:
—Florita,
le ruego tener cuidado en lo que diga al general, pues...
—¿De qué
general me habla usted?
—Pues de
San Román.
—¿Es
general, ahora? Ignoraba su ascenso.
—Solo era
coronel. Pero usted comprende, después de esta victo-ria será nombrado general
y la cortesía exige...
—¡Ah!
¡Ah! Tío, le ruego a mi vez que no me haga reír. De otra ma-nera no respondo
por las locuras que puedo soltarle a su general, tan hábil en la carrera que
debería mandar una tropa de liebres.
Al entrar
en casa de Gamio vimos en el gran salón a un grupo de oficiales en pie que
gesticulaban y hablaban muy alto. En cuanto nos distinguieron se retiraron
precipitadamente a la pieza vecina. Quise seguirlos para sorprender al general
vencedor apoyado sobre sus dos piernas. Pero mi tío adivinó mi maligna
intención y me retuvo di-ciéndome: Espere a que nos anuncien.
Dos o
tres de aquellos señores se acercaron y me dijeron:
—Señorita,
el general está muy halagado con su visita. Está feliz-
mente un
poco mejor. Lo verá usted tendido sobre un canapé.
Entré en
el dormitorio de la señora Gamio. San Román se excusó de no poder levantarse
para recibirme. No estaba acostado, sino solo senta-do, con la pierna estirada
sobre un banquillo. El San Román tan temido por los arequipeños no presentaba
en su persona nada tan temible. Tenía alrededor de 30 años. Su fisonomía era
abierta y alegre. Pero sus cabellos, su barba y el color de su piel denotaban
que tenía sangre indígena en las venas. Esto lo hacía muy feo a los ojos de los
peruanos de raza española. Nuestra conversación fue muy original, burlona y
seria al mismo tiem-po. Conversaba bien, pero tenía un defecto terrible para la
reserva que me había recomendado mi tío: era el reír a carcajadas a propósito
de la menor cosa. Esta extrema hilaridad contrastaba con la seriedad de las
personas que lo rodeaban. Esto me animó y yo también reí bastante.
499
Flora
Tristán
—¿Es
cierto, señorita, me dijo con un movimiento de orgullo muy pronunciado, que los
arequipeños han tenido miedo de mí?
—A tal
punto, coronel, que llegué a darle el sobrenombre de Coco. —¿Y qué sentido dan
ustedes a ese nombre?
—Es el
que las niñeras emplean en Francia para intimidar a los niños pequeños: si no
eres formal, si no haces lo que te digo, les dicen ellas, llamo al Coco que
vendrá a comerte. Y el niño espantado obe-dece al instante.
—¡Ah!
¡Ah! ¡La comparación es encantadora! Nieto es la niñera, los arequipeños son
los niños y yo soy el hombre que me los como.
—¿Va
usted, pues, a comerse a estos pobres arequipeños? —¡Dios me libre! Al
contrario, vengo a restablecer la tranquilidad,
a alentar
el trabajo y el comercio para que tengan qué comer.
—Es un
noble propósito, coronel. Me gustaría conocer el sistema que intenta seguir
para alcanzarlo.
—Nuestro
sistema, señorita, es el de la señora Gamarra. Cerrare-mos nuestros puertos a
esa multitud de barcos extranjeros que vie-nen a infestar nuestro país con toda
clase de mercaderías que venden a tan bajo precio, que la última de las negras
puede pavonearse ador-nada con sus telas. Usted comprende, la industria no
podrá nacer en el Perú con semejante concurrencia. Y mientras sus habitantes
pue-dan conseguir en el extranjero, a vil precio, los objetos de consumo no
intentarán fabricarlos ellos mismos.
—Coronel,
los industriales no se forman como soldados y las ma-nufacturas tampoco se
establecen como los ejércitos, por la fuerza.
—La
realización de ese sistema no es tan difícil como usted lo cree. Nuestro país
puede proporcionar todas las materias primas: lino, algodón, seda, lana de una
finura incomparable, oro, plata, hie - rro, plomo, etc. En cuanto a las
máquinas, las haremos venir de In-glaterra y llamaremos obreros de todas las
partes del mundo.
—¡Mal
sistema, coronel! Créame, no es aislándose, como harán nacer el amor por el
trabajo, ni excitarán la emulación.
—Y yo,
señorita, creo que la necesidad es el único aguijón que obligará a este pueblo
a trabajar. Observe también que nuestro país
500
5. Una
tentación
se halla
en una posición más ventajosa que ninguno de los de Europa pues no tiene
ejército gigantesco ni flota que sostener, ni una deuda enorme que soportar. Se
encuentra así, en circunstancias favorables para el desarrollo de la industria.
Y cuando la tranquilidad se resta-blezca y hayamos prohibido el consumo de
mercaderías extranjeras ningún obstáculo se opondrá a la prosperidad de las
manufacturas que establezcamos nosotros.
—¿Pero,
no cree usted que por mucho tiempo todavía la mano de obra será más cara aquí
que lo es en Europa? Ustedes tienen una po-blación muy escasa y ¿la ocuparán en
la fabricación de tejidos, de relojes, de muebles, etc.? ¿Qué sucederá con el
cultivo de las tierras, tan poco avanzado y con la explotación de las minas que
se han visto obligados a abandonar por falta de brazos?
—Mientras
estemos sin manufacturas los extranjeros continua-rán llevándose nuestro oro y
nuestra plata.
—Pero
coronel, el oro y la plata son productos del país y más que otra cosa perderán
su valor si no los pueden cambiar con los produc-tos del exterior. Le repito,
la época de establecer manufacturas no ha llegado todavía para ustedes. Antes
de pensar en ello hay que hacer nacer en la población el gusto por el lujo y
por las comodidades de la vida, crearle necesidades a fin de inclinarla al
trabajo y solo por la libre importación de mercaderías extranjeras lo
conseguirán. Mien-tras el indio camine con los pies descalzos se contentará con
una piel de carnero por todo vestido, con un poco de maíz y algunos plátanos
para alimento y no trabajará.
—Muy
bien, señorita, veo que defiende con celo los intereses de su país.
—¡Oh! No
creo olvidar en esta circunstancia que pertenezco a una familia peruana. Deseo
ardientemente ver prosperar a esta na-ción. Instruyan al pueblo, establezcan
comunicaciones fáciles, dejen el comercio sin trabas y verán entonces cómo la
prosperidad pública marchará a pasos de gigante. Sus hermanos de América del
Norte han admirado al mundo por la rapidez de sus progresos empleando los
medios muy sencillos que le propongo.
501
Flora
Tristán
Nuestra
conversación fue larga. Mi alegría y mi gravedad encan-taron de tal manera al
vencedor que cuando me levanté para retirar-me olvidó su cadera rota y se
levantó al mismo tiempo que yo para acompañarme. Tuve la malicia de dejarle dar
algunos pasos, a pesar de las caras alarmadas de los oficiales presentes y le
dije enseguida:
—General,
no quiero que vaya usted más lejos. Está usted enfer-mo, su herida es muy
peligrosa. Quédese bien envuelto en su abrigo, no hable de economía política,
fume buenos cigarrillos y con el tiem-po, siguiendo este régimen, espero que se
restablecerá.
San Román
me agradeció el interés sincero que le demostraba y se puso a cojear al
regresar a su canapé.
Por la
tarde Escudero fue a verme. Al distinguirlo me puse a reír tan alegremente que
no pudo dejar de reírse conmigo. Nos habíamos comprendido.
—Querida,
Florita, así es el mundo. Una comedia perpetua en la que somos ya actores, ya
espectadores. Quizá si en Tacna, en estos momentos, el general Nieto tiene el
brazo en cabestrillo. ¡Ay, Dios mío! Esas pequeñas supercherías son muy
inocentes.
—Sí, sin
duda coronel. Pero convenga usted en que cuando se hace anunciar en público que
se tiene la cadera rota se debería tener-lo presente y no levantarse para
despedir a las damas.
—¡Y es
usted, con sus ojos de gacela cuyo poder conoce muy bien, es usted quien hace
un reproche a ese pobre San Román por haber olvidado en su presencia que su
cadera debería parecer rota! ¡Ah, se-ñorita Flora! Eso no es generoso.
—Coronel,
no se trata aquí de generosidad. La posición de San Román ha debido parecerme
risible y usted mismo acaba de reírse hace un instante.
—¡Ah! En
mí es diferente. Yo soy como el querido Althaus. Me río de todo. Además, no he
realizado la conquista del vencedor como la linda Florita.
—¿De
veras? ¡Ah!, esto me reconcilia con él. No creía haberlo de-jado muy satisfecho
después de las grandes verdades que le dije a propósito de su absurda
política...
502
5. Una
tentación
—Usted le
ha gustado de tal manera que me ha dicho: “Si yo fuese libre pediría en
matrimonio a esta señorita. No concibo, cómo uste-des, solteros, la dejan
irse”.
—¡Ah!,
pero parece que se cree irresistible el señor Coco. —Antes de haber ganado la
batalla, quizá no se hubiese atrevido
a hablar
así. Pero actualmente usted debe sentir, amable Florita, que para el vencedor
de Cangallo nada hay imposible.
—Escudero,
los hombres de este país son realmente curiosos.
Cuando en
Europa yo quiera describir sus actos no me creerán.
—Escriba
de todos modos su viaje y si los franceses no le creen, los peruanos
aprovecharán tal vez las verdades que usted tendrá el valor de decirles.
Escudero
juzgaba como Althaus a los hombres con quienes esta-ba obligado a vivir. Pero
más suave de maneras y de carácter que mi primo se divertía como hombre alegre,
con las ridiculeces que veía. Tenía para los peruanos esa indulgencia
insultante que se concede a aquellos a quienes uno desdeña de hacer una
exhortación.
Antes de
dejar Arequipa quise también despedirme de mi prima, la monja de Santa Rosa.
Fui sola
a esta visita. El valor y la perseverancia que había mani-festado la joven
religiosa eran admirados por todo el mundo. Pero vivía en el aislamiento y
aunque estaba relacionada con las familias más ricas e influyentes del país,
nadie se atrevía a verla pues los pre-juicios de la superstición han conservado
todo su rigor en este pue-blo ignorante y crédulo.
Fui por
la tarde a la casa que habitaba Dominga. La encontré ocu-pada en aprender
francés. Se juzgaba como un crimen en ella el gus-to que demostraba por la
toilette y el lujo, como si después de haber huido del claustro debiera
continuar en el mundo con sus absurdas autoridades. Su madre, la señora
Gutiérrez, la rechazó con dureza. Su hermano y una de sus tías, muy ricos el
uno y la otra, eran las dos únicas personas de la familia que tomaron su
partido.
Le
amueblaron una casa, le dieron esclavos y dinero para vivir y comprar un ajuar.
El amor por el lujo y la toilette es un sentimiento
503
Flora
Tristán
muy
natural. Puede ser imprudente en los que carecen de medios para satisfacerlo,
pero racionalmente, no podría incurrirse en la censura pública. Concibo que
estos goces puedan parecer pueriles a las personas preocupadas por altos y
graves pensamientos. Pero, aunque muy sencilla en mis gustos, no puedo
encontrar un mo-tivo que excuse los reproches que, por este motivo, era objeto
la monja. Me parecía muy natural que la pobre reclusa se desquitase de sus once
años de cautiverio, de los tormentos y de las privacio-nes de toda especie que
había sufrido en Santa Rosa.
Dominga
estaba encantadora aquella tarde. Lucía un lindo vesti-do escocés rosa y negro,
de gros de Nápoles, un mandilito de encaje negro, mitones de tul negro que
dejaban ver a medias sus brazos tor-neados y sus manos con los dedos alargados.
Sus hombros estaban desnudos y un collar de perlas ornaba su cuello. Sus
cabellos, de un negro de ébano, brillaban como la seda más hermosa y caían
sobre su seno en varias trenzas artísticamente mezcladas con cintas de raso
rosa. Su bella fisonomía tenía un tono de melancolía y de dolor que esparcía en
toda su persona un encanto indefinible.
Cuando
entré, avanzó hacia mí y me dijo con un acento que me penetró de tristeza:
—¿Es
verdad, Florita, que regresa usted a Francia?
—Sí,
prima, me voy y vengo a decirle adiós.
—¡Ah,
Florita! ¡Qué feliz es usted y cómo envidio su suerte! —¡Querida Dominga! ¿Es
usted muy desgraciada acá?...
—Más de
lo que puede usted imaginarlo..., mucho más de lo que alguna vez fui en Santa
Rosa...
Al decir
estas palabras retorció sus manos con desesperación y sus grandes ojos con
expresión sombría se elevaron hacia el cielo como para reprochar a Dios el
cruel destino que le había deparado...
—¿Cómo,
Dominga, usted libre, usted tan hermosa, adornada tan graciosamente, usted es
más desgraciada que cuando se hallaba prisionera en ese lúgubre monasterio,
sepultada entre sus velos de religiosa? Confieso que no la comprendo.
504
5. Una
tentación
La joven
inclinó hacia atrás su cabeza altiva y mirándome con una sonrisa melancólica me
dijo:
—¡Yo,
libre!... ¿Y en qué país ha visto usted que una débil cria-tura, sobre quien
cae el peso de un atroz prejuicio, sea libre? Aquí, Florita, en este salón,
ataviada con este lindo vestido de seda rosa, ¡Dominga es siempre la monja de
Santa Rosa!... A fuerza de valor y de constancia pude escapar de mi tumba. Pero
el velo de lana que yo había elegido está siempre sobre mi cabeza y me separa
para siempre de este mundo. En vano he huido del claustro, los gritos del
pueblo me rechazan...
Dominga
se levantó para respirar. Me pareció, en el movimiento que hizo, que su velo la
ahogaba todavía... Quedé anonadada... Aquí está en toda su hermosura, pensé, la
civilización que trae el culto de Roma. Así como la religión de Brahma, este
culto que invoca audaz-mente el nombre de Cristo tiene sus parias y las
criaturas que Dios ha colmado con sus dones son también lapidadas por esos
feroces sectarios. Consideré con dolor a mi pobre prima que se paseaba a lo
largo de su habitación. Parecía hallarse en un violento estado de agi-tación.
¡Cuán noble era su aspecto! ¡Cuán esbelto y flexible su talle! ¡Cuán fina su
pierna y su pequeño pie! Tantos encantos, tantos ele - mentos de felicidad
estaban perdidos... perdidos porque el fanatismo ahogaba entre sus garras a
esta graciosa criatura.
—Querida
Dominga, le dije, venga a despedirme. Veo que mi presen-cia aquí le causa
turbación y no he venido con este propósito. La quiero a usted con toda mi
simpatía. Mi desgracia sobrepasa aún a la suya...
—¡Oh!
¡Imposible!, exclamó con voz vibrante echándose en mis bra-zos. ¡Oh, no! ¡Es
imposible, pues la mía excede a las fuerzas humanas!
Me tenía
estrechamente abrazada y sentía su corazón que latía como si fuese a romperse.
Sin embargo, no lloraba.
Se hizo
un largo silencio. Sentíamos una y otra que nos hallába-mos en una de esas
situaciones en las que basta una sola palabra para levantar una multitud de
penosos pensamientos. Al fin Domin - ga se desprendió de mis brazos con un
movimiento brusco y me dijo con un tono de voz terrible.
505
Flora
Tristán
—¡Más
desgraciada que yo...! ¡Ah, Florita! ¡Usted blasfema! ¡Usted desgraciada,
cuando puede amar al hombre que le agrada y casarse con él!... No, no, Florita,
¡yo sola tengo el derecho de quejarme! ¡Si me distinguen en las calles, me
señalan con el dedo y las maldiciones me acompañan!... Si voy a participar de
la alegría común en una re-unión, me rechazan diciéndome: “No es este el sitio
donde debe en-contrarse una esposa del Señor. Entre en el claustro, regrese a
Santa Rosa...”. Cuando me presento a pedir un pasaporte, me responden: “¡Usted
es monja... esposa de Dios!, usted debe vivir en Santa Rosa”. ¡Oh, condenación!
¡Seré siempre monja!...
—Y yo, me
repetía muy bajo, ¡siempre casada!...
La
expresión con que Dominga pronunció estas palabras me hizo estremecer de
espanto. Su desesperación la empujaba hasta la rabia. La desgraciada cayó
agotada sobre el sofá. No intenté darle consuelo. No lo hay para semejantes
dolores... Acariciaba sus cabellos. Corté un mechón de ellos para conservarlo
religiosamente. Infortunada Do-minga, ¡cómo compadecía su dolor!
Como a
las diez golpearon a la puerta. Era el joven médico que la había ayudado a
conseguir el cadáver de mujer. Ella le tendió la mano y le dijo con voz
emocionada.
—Florita
se va... y yo...
—Y usted
también, interrumpió el joven. ¡Usted se irá muy pron-to! Un poco con más de
paciencia y no tardará en ver mi bella España y a mi buena madre que la querrá
como a su hija.
A estas
palabras la pobre Dominga suspiró como una persona que renace a la esperanza.
La sonrisa reapareció en sus labios y con un acento de amor y de duda dijo:
—¡Que
Dios le oiga Alfonso! Pero ¡ay, temo no poder gozar jamás de semejante dicha!
Esta
última escena me inició en los pesares de mi prima y me hizo comprender cuánto
debía sufrir...
El
momento de mi partida se aproximaba. En casa de mi tío mostraban la cara
entristecida, pero había leído el fondo de sus pensamientos y su tristeza me
hacía el efecto de las lágrimas de un
506
5. Una
tentación
heredero.
Por más consideraciones que me demostraron mi manera de ser en la casa
atestiguaba a los ojos del mundo la conducta de mi familia para conmigo. Mi
vestido, de extrema sencillez, anunciaba bien a las claras que esta rica
familia no suplía con sus regalos mi falta de fortuna. Y la hija única de
Mariano se veía tratada como una extraña en casa de don Pío. Sin embargo,
estaba tranquila y resigna-da. Ni mis palabras, ni mi fisonomía manifestaban mi
descontento. Después de la escena que tuve con mi tío no me permití la más
ligera alusión a la suerte a que me había condenado. Mas esta dignidad de
modales les hacía sentirse incómodos consigo mismos y delante de los demás. Mi
presencia era para todos ellos un reproche perpetuo y mi tío, que me quería
realmente, sentía remordimientos.
Quise
tener una conversación con mi tía a propósito de los niños. Le supliqué que me
confiase a su hijo y a su segunda hija, Panchita, para hacerlos educar en
Francia de una manera conveniente a su fortuna y a su rango en la sociedad.
Llamé particularmente su aten-ción sobre Panchita, ese ángel de belleza y de
espíritu que se volvería un ser extraordinario si sus grandes disposiciones se
desarrollaban hábilmente. Mi tía, impresionada por las razones que alegué me
dijo que podría consentir en la marcha de su hijo, pero por nada del mun-do se
decidiría a enviar a Panchita a Francia.
—¡Mandar
a mi hija a un colegio de París para que se instruya en filosofía, en la
herejía y el ateísmo! ¡Oh! Jamás con mi consenti-miento pondrá los pies en un
país donde se ridiculiza nuestra santa religión. Donde Voltaire y Rousseau son
considerados como dioses y sus obras están en manos de todo el mundo.
En vano
hice observar a Joaquina que en los colegios de Francia se educa a los niños en
las creencias religiosas que sus padres quieren darles. Mi tía se indignaba
porque en este punto se pudiese escoger y la conversación de tres horas que
tuve con ella sobre este capítulo me la presentó como una fanática de aquellas
con que el catolicismo de Roma cuenta pocas hoy día. Joaquina me preguntó un
día si en Fran-cia los judíos y los protestantes entraban en las iglesias.
—Nadie
tiene derecho de impedírselo, le dije.
507
Flora
Tristán
—¡Ah!
¡Qué horror! ¡Qué sacrilegio!
—Por lo
demás ¿cómo quiere que no suceda esto? ¿Podrían los sacristanes de las iglesias
conocer en la cara la religión de cada individuo?
—Basta
Florita, no me hable más de ese país de impiedad. Rechazada por mi tía me
dirigí a mi tío. Este no era accesible a los
mismos
temores. El riesgo que en Francia pudiesen correr las ideas supersticiosas de
sus hijos no entró para nada en las consideraciones en que fundó su negativa.
—Florita,
me guardaré muy bien de enviar a mis hijos a Europa. Tengo ante los ojos
demasiados ejemplos de los malos resultados de la educación que allí se recibe.
Todos regresan a su país, después de seis u ocho años de ausencia, con gustos
de lujo y despilfarro y no sa-ben ya hablar su idioma. En cambio, hablan
francés, lengua comple-tamente inútil aquí, bailan la galopa, baile endemoniado
que requie-re un espacio inmenso para ejecutarlo; mientras en el Perú se baila
con el pañuelo en 4 pies cuadrados,6 montan caballo a la inglesa, moda que en
nuestros caminos solo es buena para romperse la cabe-za. En fin, además de esos
hermosos conocimientos, los niños prodi - gio tocan violín, flauta o cuerno.
Convenga conmigo, Florita, en que no es una educación capaz de hacer hombres
útiles a la república.
—Ciertamente,
tío, habría que dejar a su hijo en el Perú si en Eu-ropa debiera recibir
semejante educación, pero ¿no cree que sea po-sible darle una mejor?
—¡Ah!
Estoy muy lejos de pensarlo. Sin embargo, desde 1815 más de veinte jóvenes han
sido enviados a Europa y han regresado tal como acabo de describirlo.
—Tío,
esos han recibido la educación que la necedad de sus padres ha querido darles.
¿Conoce usted las cartas que el afecto paternal ins-pira a aquellos padres
¡lustrados y que dirigen a los apoderados de
6 Flora se refiere con toda claridad a la
zamacueca, hoy llamada marinera, aunque en el texto francés llama a este baile
“le mouchoir”. “On dance le mouchoir” –dice, pro-bablemente porque olvidó un
nombre que debió parecer muy difícil a sus oídos. [N. de la T.].
508
5. Una
tentación
sus
hijos? He visto algunas en manos de ciertos negociantes de Bur-deos. Todas
trazan el programa de estudios del querido hijo. Siem-pre el mismo: desean que
el joven aprenda francés, monte a caballo, baile a la moda de París, toque
violín, etc. Pero en ninguna he visto recomendar que les enseñen matemáticas,
dibujo y los conocimien-tos requeridos para entrar en una de las escuelas de
ingenieros, de minas o politécnicas, que los instruyan en arquitectura o que
los en-víen a aprender agricultura en las haciendas modelos. Tampoco era
cuestión de hacer frecuentar las escuelas de Derecho o de Medicina a alguno de
ellos. Los padres no pueden quejarse sino de sí mismos si sus hijos han
recibido una educación fútil que no los hace apro-piados para ninguno de los empleos
de la sociedad. Sin duda los ha-bían destinado a comer plata y no a ganarla.
Convenga, tío, en que la acusación hecha contra la educación europea es la
mayor injusticia. Althaus, Escudero, Bolívar y usted mismo, tío, han sido
educados en Europa. Me parece que ustedes cuatro hacen honor a la educación que
han recibido para que ninguno de ustedes se coloque en el nú-mero de sus
detractores.
—Althaus
y Escudero tenían a sus padres a su lado para dirigir su educación. Bolívar
tuvo por guía y amigo a Rodríguez, hombre de gran mérito y yo tuve a su padre,
mi querido Mariano, cuyos cuida-dos y solicitud jamás me perdían de vista y me
trataba como a su hijo. Su padre, educado en el colegio de La Fléche encontró
buena la educación que él había recibido y vino a buscarme. No tenía yo
entonces sino 7 años y me puso en el mismo colegio. A la edad de 18 años me
retiró de él para hacerme entrar como suboficial en el soberbio regimiento de
los guardias walones. Mi servicio me dejaba muchos ocios y mi hermano me los
hacía emplear en el estudio. Re-compensaba mi asiduidad dándome maestros de
música o de baile. Consideraba estos talentos como propios únicamente para
hacerse ver bien de las damas. Durante mis vacaciones me enviaba a viajar a
Inglaterra y a Alemania para instruirme en las costumbres, en la po-lítica, la
industria y la organización militar de aquellos países. Quería que tomase notas
sobre todo cuanto veía y estaba obligado a hacerle
509
Flora
Tristán
una
relación de mis viajes, redactada con tanto cuidado y exactitud como si hubiese
sido destinada a la imprenta. Ese trabajo me era a menudo penoso y habría
preferido divertirme. Pero yo quería a mi hermano con esa deferencia que un
hijo tiene hacia su padre. La gran diferencia de edad que había entre nosotros
y su carácter serio y se-vero me inspiraban un respeto a veces mezclado de
temor. Concibo, Florita, que cuando un joven tiene semejante hermano por mentor
haga rápidos progresos. ¡Pero enviarlo consignado a un negociante para que lo
ponga en un colegio como puede colocar un fardo en un almacén, cargue en cuenta
a los padres el quince o veinte por ciento de comisión y no se inquiete por
nada más! Le repito que es un mé-todo detestable y es, sin embargo, el único
que tenemos. Además, en-cuentro inútil hacer muchos gastos cuyo resultado sería
quizá hacer de Florentino peor de lo que es.
Mis
instancias no pudieron obtener nada de mi tío. Me objetó que la edad de
Florentino y su carácter engreído por su madre lo ha-rían indócil a mis
consejos y a la dirección que yo pretendiera dar-le. Combatí sus objeciones
haciéndole observar que el amor propio de su hijo y el sentimiento de su
inferioridad lo inducirían a hacer esfuerzos para ponerse al nivel de los
camaradas que tuviese a su alrededor. Derrotado en todos los puntos mi tío
alegó el gasto que le ocasionaría la permanencia de Florentino en Francia.
Sonreí a esta última objeción.
—No
hablo, agregó, de los gastos de una educación que no sa-bría aprovechar, sino
de los gastos a los que su edad no tardaría en arrastrarlo.
Ciertamente,
don Pío es suficientemente rico para correr el ries-go de pagar algunas locuras
de juventud, mas el pobre hombre su-fría para ocultar el verdadero motivo que
lo hacía persistir en su negativa. Mi tío ha reinado siempre en su casa como
amo absoluto. Preferiría morir antes de ver declinar esta influencia
dominadora. No se cree viejo. Sus facultades intelectuales se hallan intactas y
parece que no quisiera pensar que puede llegarle la decrepitud. Su hijo es
espiritual, pero ignorante y lleno de defectos producidos por
510
5. Una
tentación
la falta
de educación. Don Pío desea que su hijo tenga siempre nece-sidad de él y a la
deferencia debida a un padre aúne la del ejemplo dado por todas las personas
que lo rodean. Con este objetivo mi tío no quiere que este niño adquiera nuevas
ideas y desarrolle su inte-ligencia. Teme que la educación europea tenga por
resultado inspi-rar a Florentino confianza en sí mismo y desdeñar los consejos
y opiniones de su padre. Mi tío tiene inmensas e importantes propie-dades que
dejar a sus hijos y se imagina que esto será una compen-sación suficiente a la
falta de instrucción. Cree poder satisfacer ese amor de dominio que siente
hasta en su casa, sin comprometer la existencia futura de estos niños. Pero los
bienes de la fortuna son tan precarios, tan pocas personas los conservan, que
fiar en ellos para el porvenir es la más insigne aberración del espíritu
huma-no. El precepto que la sabiduría predica a los hombres, desde hace más de
2 mil años, el de contar solo consigo mismo y considerar las riquezas como accidentales
y los talentos como las únicas rea-lidades de este mundo recibe diariamente su
demostración en un país atormentado por la discordia, donde los individuos a
quienes se supone ricos están sin cesar expuestos a exacciones. Yo también
había nacido para tener una parte igual a la de don Pío en la inmen-sa fortuna
dejada por mi abuela. Mi padre lo creía así: su hija, decía, tendría un día 40
mil francos de renta. A pesar de ello trabajo para vivir y educar a mis hijos.
No ha dependido de mí evitar a los de mi tío las rudas pruebas por las que yo
he pasado si la fortuna de su padre, como la del mío, llegasen a frustrar sus
esperanzas. Habría deseado que tuviesen talento para que pudiesen, en la
prosperidad, sustraerlo a las pasiones y hacerlo útil a sus semejantes, y en la
ne-cesidad, subvenir a su existencia. Pero Dios no ha permitido que mi tío
tuviese la voluntad de hacerlo.
La
víspera de mi partida don Pío me renovó la promesa hecha de-lante de toda la
familia de asegurarme, una vez restablecida la tran-quilidad, la pensión de
2.500 francos que me daba y me entregó una carta para M. Bertera en la que daba
orden de pagarla puntualmente y por adelantado.
511
6. Mi
partida de Arequipa
El
viernes 25 de abril Mr. Smith vino a recogerme a las siete de la mañana. Estaba
ya lista para montar a caballo y mis facciones no demostraban ninguna
agitación. Sentía, sin embargo, una viva emoción al abandonar esos lugares.
Dejaba la casa donde había nacido mi padre y donde creí encontrar un asilo;
pero durante los siete meses que habité en ella solo ocupé la morada de un
extraño. Huía de esta casa en la cual había sido tolerada, pero no adoptada.
Huía de las torturas morales que sufría y de las sugestiones que me inspiraba
la desesperación. Huía para ir ¿dónde?... Lo ignoraba. No tenía plan y, harta
de decepciones, no formaba proyectos. Recha-zada en todas partes, sin familia,
sin fortuna o profesión y hasta sin nombre, iba a la ventura, como un globo en
el espacio que cae donde el viento lo empuja. Dije adiós a esas paredes,
invocando en mi ayuda la sombra de mi padre. Abracé a mi tía y la compadecí de
todo corazón por su dureza para conmigo. Abracé a sus hijos y los compadecí
también pues ellos tendrán a su vez días de aflicción. Dije adiós a los
numerosos servidores reunidos en el patio, monté a caballo y dejé para siempre
aquel asilo ocasional para entregarme a la merced de Dios. Mi tío, mi primo
Florentino y muchos otros amigos vinieron a acompañarme.
Avanzábamos
en silencio. Las personas que me rodeaban admira-ban mi gran valor y se
asustaban de él. Mm. Le Bris y Viollier estaban
513
Flora
Tristán
tristes y
mi tío parecía estarlo también. En cuanto a mí, una voz se-creta me
tranquilizaba. Sentía como por instinto que Dios no me ha-bía abandonado.
Nos
detuvimos en Tiabaya. Mis miradas se dirigieron hacia Are-quipa y su valle
encantador, después sobre mi tío... Asaltada a la vez por mis recuerdos sentí
una cruel aflicción y las lágrimas me sofo-caban. Los señores callaban y
parecían adivinar lo que pasaba en mi alma. M. Le Bris me dijo:
—Querida
señorita, si quiere usted regresar a Arequipa todavía es tiempo. Sus amigos la
ayudarán a llevar una vida si no brillante por lo menos tranquila y fácil. Le
apreté la mano y di al mismo tiem-po la señal de partida. En el lugar donde nos
encontrábamos el cami-no era estrecho, pasé por delante y atravesé así la
población. Cuando estuvimos en campo raso me detuve para esperar a mi tío, pero
no lo
vi más... M. Le Bris me dijo que, para evitarme
la emoción del último adiós, había aprovechado el recodo formado por el camino
para re-gresar a Arequipa sin que yo lo viera. Todo había acabado... ya no
de-bía volver a ver a mi tío... ¡No podría expresar cuán penoso era para mí
este pensamiento! Ese tío que me había hecho tanto mal, cuya conducta dura e
ingrata me obligaba a vagar sobre la tierra, como el pájaro en la selva, sin
tener la existencia más segura que aquel. Ese tío que no había tenido para mí un
acto de justicia y cuya avaricia ha-bía aventajado en su corazón el afecto y la
compasión. ¡Pues bien! ¡Lo quería! ¡Lo quería contra mi voluntad! ¡Tan
duraderas y poderosas son las impresiones de la infancia! Sentía tan vivo dolor
que vacilé un momento en regresar a Arequipa únicamente para ver de nuevo a mi
tío, conjurarle que me quisiese y olvidar que retenía mis bienes. ¡Tal era la
necesidad que sentía de su afecto! ¡Ah! ¿Quién puede ex-plicar las aberraciones
del corazón humano? Amamos, odiamos, así como Dios lo quiere, sin poder, a
menudo, señalar el motivo. ¡Ah, des-graciada organización social! Si no hubiese
estado obligada a dispu-tar con mi tío por mi herencia nos hubiésemos amado
sinceramente. Su carácter de hombre público no me inspiraba ninguna simpatía,
pero el resto de él me agradaba. Jamás he encontrado un hombre
514
6. Mi
partida de Arequipa
cuya
conversación fuese más instructiva, las maneras más amables y los chistes más
graciosos.
En
Congata encontramos listo un buen almuerzo debido a la ga-lantería del muy
amable Mr. Smith. Vi de nuevo al pequeño Maria-no, crecido y embellecido.
Quería de todos modos venirse conmigo a Francia. Ese querido niño tenía una
expresión admirable cuando me decía: “Mi Floritay1 diga a esos extranjeros que
nos dejen solos, me molestan y tengo que hablarle”. Nos quedamos en casa del
señor Ná-jar hasta que pasó un poco el calor. Hacia las doce del día comenzó a
soplar el aire del mar y nos pusimos en camino.
Al
separarme de mis dos mejores amigos Mm. Le Bris y Viollier sen-tí un sincero
pesar. Durante siete meses me habían prodigado mues-tras de interés de toda
clase y sentía por ellos la más sincera amistad.
Mr. Smith
tenía por sirviente a un chileno muy inteligente y mi tío me había dado un
hombre de confianza para acompañarme y servir-me hasta el momento de mi
embarque. Además, debía a la graciosa galantería del coronel Escudero una
guardia de seguridad. El teniente Mansilla con dos lanceros estaban encargados
por él de mi defensa.
Este
viaje fue mucho menos penoso que el anterior. Iba provista de las cosas
necesarias para precaverme, en cuanto fuese posible, del sol, del viento, del
frío, de la sed y, en una palabra, de todos los sufri-mientos del desierto.
Tenía dos buenas mulas para poder cambiar de montura. Además, Mr. Smith tuvo la
extrema cortesía de poner su segundo caballo a mi disposición. Mi tía Joaquina
me había presta-do dos sillas, una inglesa para el caballo y otra más apropiada
para las mulas. En fin, los cuidados con que me rodeaba Mr. Smith me hicieron
encontrar en él a un segundo don Baltazar con diez años de experiencia en esta
clase de viajes que no cedía en nada al primero.
Cuando
llegamos a la cima de la primera montaña nos detuvi-mos. Bajé del caballo y fui
a sentarme en el mismo sitio donde meses antes me habían depositado moribunda.
Permanecí allí largo rato
1 El diptongo ay al final de los nombres les da
una dulzura acariciadora. No se le emplea si no para hablar a las personas a
quienes se ama tiernamente. [N. de la A.].
515
Flora
Tristán
admirando
el delicioso valle de Arequipa. Le di mis últimos adioses. Contemplé la forma
extraña con que aparecía la ciudad y al suce-derse mis pensamientos soñaba en
que, libre y dueña de poder aso-ciarme a un hombre de mi agrado, hubiese podido
gozar allí de una vida tan feliz como en cualquier país de Europa. Esas
reflexiones me entristecían y estaba emocionada.
—Señorita,
me dijo Mr. Smith, quien recorría el mundo desde los 17 años y no concebía que
se pudiese echar de menos Arequipa, esta es una bonita ciudad sin duda, pero
aquella adonde vamos es un ver-dadero paraíso. Ese volcán es soberbio y yo
querría ver uno seme-jante en Dublín. Aquellas cordilleras son magníficas. Sin
embargo, usted convendrá en que debe atribuirse a esa vecindad el viento frío y
volcánico y eso haría atrabiliario el carácter más alegre y dulce de toda
Inglaterra. ¡Ah! ¡Viva Lima! Cuando no se puede ser miembro del parlamento, con
10 mil libras esterlinas, hay que vivir en Lima.
Fue así
como la alegría natural y llena de espíritu de Mr. Smith desviaba el curso de
mis pensamientos.
Al ir de
Arequipa a Islay se tiene el sol por detrás y el viento de frente. Por
consiguiente, se sufre mucho menos con el calor que al ir de Islay a Arequipa.
Hice el camino muy bien, sin gran fatiga y como mi salud había mejorado me
encontré más fuerte para sopor-tarlo que cuando hice mi primer viaje. A las
doce de la noche llega-mos al tambo. Me eché vestida sobre la cama mientras
preparaban la comida. Mr. Smith poseía un talento milagroso para salir de
apu-ros en el viaje. Se ocupaba de todo, de la cocina, de los arrieros, de los
animales y todo esto con una ligereza y un tacto admirables. Ese inglés, que
era un joven elegante de 30 años, en todo lo que hacía ponía la misma
distinción de modales y hasta en el desierto se re-conocía al dandy de salón.
Pudimos hacer, gracias a sus cuidados, una excelente comida, después de la cual
nos dedicamos a conver-sar pues ninguno de nosotros pudo dormir. A las tres de
la mañana nos pusimos en camino. El frío era tan fuerte que me cubrí con tres
ponchos. Al sobrevenir la aurora me sentí dominada por un sue-ño invencible y
rogué a Mr. Smith que me dejara dormir siquiera
516
6. Mi
partida de Arequipa
media
hora. Me apeé y sin dar tiempo al sirviente para extender la alfombra quedé tan
profundamente dormida que no se atrevieron a molestarme para acomodarme mejor.
Me dejaron así una hora. Me sentí muy bien después de este sueño. Nos
hallábamos entonces en pampa rasa y monté a caballo para atravesar esta
inmensidad siempre a todo galope.
Mr. Smith
dudaba mucho de que yo pudiese seguirlo. Para ani-marme no cesaba de
desafiarme. Yo aceptaba el desafío y tenía a honra ir siempre delante de él,
unos quince o veinte pasos. Con esta manera de estimularme obtuvo el resultado
que esperaba. Pronto me convertí en excelente amazona. Hice galopar tan bien mi
caba-llo, cuidándolo al mismo tiempo, que el oficial Mansilla no pudo
seguirme
y menos aún los dos lanceros. Por fin Mr. Smith se vio obligado a pedirme
gracia para su hermosa yegua chilena a la cual temía fatigar demasiado.
A las
doce del día llegamos a Guerrera e hicimos alto. Comimos bajo la fresca sombra
de los árboles. Enseguida arreglamos lechos en el suelo y dormimos hasta las
cinco. Ascendimos a paso lento la montaña y llegamos a Islay a las siete.
Grande fue la sorpresa de don Justo cuando me vio. Este hombre, que es de una
bondad y de una hospitalidad extrema con todos los extranjeros, me prodigó
muchas atenciones. Islay había cambiado mucho de aspecto des-de mi última
estada allí. Esta vez no me invitaron a ningún baile. Nieto y sus valientes
soldados habían devastado todo durante las veinticuatro horas que permanecieron
en la población. Además de la requisa de víveres, cometieron extorsiones de
toda clase con el propósito de arrebatar dinero a los desgraciados habitantes.
El pueblo estaba en la desolación y el bueno de don Justo no cesaba de
repetirme:
—¡Ah,
señorita! Si no estuviese tan viejo me iría con usted. Las guerras continuas
que destrozan este país lo han hecho inhabita-ble. He perdido ya a dos de mis
hijos y espero en cualquier momen-to tener noticia de la muerte del tercero que
sirve en el ejército de Gamarra.
517
Flora
Tristán
Me quedé
tres días en Islay en espera de la salida de nuestra em-barcación y los habría
pasado muy tristemente sin la sociedad de Mr. Smith y de los oficiales de una
fragata inglesa, anclada en la bahía, con quienes trabé amistad. Nunca había
encontrado, y me complazco en recordarlo, oficiales tan distinguidos por sus
ma-neras y su espíritu como los de la fragata “The Challenger”. Todos hablaban
francés y habían vivido en Francia algunos años. Esos señores, siempre vestidos
de paisanos, eran notables por su indu-mentaria de una limpieza exquisita y de
una elegante sencillez. El comandante era un hombre soberbio, de una hermosura
ideal. Solo tenía 32 años, pero una profunda melancolía pesaba sobre él. Sus
actos y sus palabras tenían un sello de tristeza que me daba pena. Pregunté la
causa a uno de sus oficiales el cual me dijo:
—¡Ah! Sí,
señorita, su tristeza es muy grande. Mas el pesar que lo origina es también el
más doloroso del mundo. Desde hace siete años está casado con la mujer más
hermosa de Inglaterra. La ama locamente, es igualmente correspondido y, sin
embargo, debe vivir separado de ella.
—¿Quién
le impone esa separación?
—Su
estado de marino. Como es uno de los capitanes de fragata más jóvenes, lo
mandan constantemente a lugares lejanos en viajes que duran tres o cuatro años.
Hace tres años que estamos en estos parajes y no regresaremos a Inglaterra
antes de quince meses. Juz-gue el cruel dolor que tan larga ausencia debe
hacerle sentir...
—¡Que
debe hacerle sentir!... ¿No tiene, pues, fortuna para tener que seguir una
carrera que lo tortura a él y a aquella a quien ama?
—¡Fortuna!
Tiene 5 mil libras esterlinas de renta y su esposa, la más rica heredera de
Inglaterra, le ha llevado 200 mil libras de dote. Es hija única y tendrá aún
dos veces más a la muerte de su padre.
Quedé
admirada.
—Entonces,
señor, explíqueme, ¿qué potencia obliga a su co-mandante a estar alejado de su
esposa durante cuatro años, a morir de consunción a bordo de su fragata y a
condenar a tan hermosa criatura al dolor y a las lágrimas?
518
6. Mi
partida de Arequipa
—Es
preciso que llegue a una alta posición. Nuestro comandan-te obtuvo de su padre
esta rica heredera solo a condición de seguir en su profesión hasta que sea
almirante. Ambos jóvenes consintie-ron y para cumplir esta promesa él debe
recorrer los mares durante diez años más, por lo menos, pues es en la
ancianidad cuando, entre nosotros, se hacen las promociones.
—¿Así es
que el comandante se cree obligado a vivir todavía du-rante diez años separado
de su esposa?
—Sí, para
cumplir su promesa. Pero, transcurrido ese tiempo, será almirante, llegará a la
Cámara de los Lores, quizá al ministerio, en fin, será uno de los primeros en
el Estado. Me parece, señorita, que para llegar a tan hermosa situación se
puede muy bien sufrir durante algunos años.
¡Ah!,
pensé. Por estas malditas grandezas los hombres pisotean lo que hay de más
sagrado. Dios mismo se ha complacido en dotar a esos dos seres: belleza,
espíritu, riqueza, todo les ha sido concedido y el amor que sienten el uno por
el otro debería asegurar una felici-dad tan grande como es capaz de gozar
nuestra naturaleza. La feli-cidad aspira a comunicarse. En torno a ella, todo
trasciende su dul-ce influencia y, dichosos, ambos seres habrían podido hacer
gozar a sus semejantes. Pero el orgullo de un viejo imbécil destruye este
porvenir de felicidad terrestre. Quiere que veinte años estén consa-grados a la
tristeza, al dolor y a los tormentos de todo género que hace nacer la
separación. Cuando al fin estén reunidos la esposa ha - brá perdido su belleza y
el hombre sus ilusiones. Su corazón estará sin amor y su espíritu sin frescura,
pues veinte años de disgustos, de temores y de celos desfloran las almas más
hermosas. ¡Pero será almirante! ¡Par del reino! ¡Ministro!, etc. Absurda
vanidad.
No podría
decir cuan amargas reflexiones me sugirió la historia del comandante de la
“Challenger”... Encontraba en todas partes el sufrimiento moral. En todas
partes veía resaltar los prejuicios im-píos que ponen al hombre en pugna con la
Providencia y me indig-naba de la lentitud de los progresos de la razón humana.
Pregunté a este guapo comandante si tenía hijos.
519
Flora
Tristán
—Sí, me
contestó, una hija tan hermosa como su madre y un hijo que según me dicen se me
parece mucho. No lo conozco toda-vía. Tendrá 4 años cuando yo lo vea, si Dios
permite que lo vea...
Y el
desgraciado contuvo un suspiro. Todavía era sensible por-que era joven. Mas a
los 50 años, probablemente se habrá vuelto tan duro como su suegro y exigirá
tal vez de su hijo y de su hija sacrificios tan crueles como los que le han
sido impuestos a él. Así se trasmiten los prejuicios que depravan nuestra
naturaleza y esta transmisión no se interrumpe sino cuando se presentan
aquellos seres a quienes Dios ha dotado de una voluntad firme y de un valor
enérgico que soportan el martirio antes que el yugo.
El 30 de
abril a las once de la mañana salimos de la bahía de Islay. Y el 10 de mayo a
las dos de la tarde anclamos en la rada del Callao. Este puerto no me pareció
tener tanta actividad como Val-paraíso.2 Los últimos acontecimientos políticos
habían tenido fu-nesta influencia sobre los negocios comerciales. Estos iban
muy mal y había menos navíos que de costumbre.
Desde el
mar se distinguía a Lima situada sobre una colina en medio de los Andes
gigantescos. La extensión de esta ciudad y los numerosos campanarios que la
coronan le dan un aspecto grandio-so y mágico.
Estuvimos
en el Callao hasta las cuatro en espera del coche para Lima. Tuve mucho tiempo
para examinar aquel pueblo. Así como Valparaíso e Islay, el Callao desde hacía
diez años progresaba de tal manera que después de una ausencia de dos o tres
años los capita-nes apenas lo podían reconocer. Las casas más hermosas
pertene-cían a los negociantes ingleses y norteamericanos. Tenían allí
de-pósitos considerables. La actividad de su comercio ha establecido un
movimiento continuo entre el puerto y la ciudad, la cual se halla a 2 leguas.
Mr. Smith me condujo donde sus agentes. Encontré en
2 Basadre apunta: “A causa de la desidia de los
gobiernos y los trastornos políticos, el Callao había ido perdiendo su
significación en beneficio de Valparaíso, a pesar de la peligrosa rada de este
y del prejuicio por su vieja condición de bodega del Callao durante la Colonia”
(2002, pp. 26-27, t. 2). [N. de la primera Ed.].
520
6. Mi
partida de Arequipa
esta casa
inglesa ese lujo y confort particular a los ingleses. El ser-vicio lo hacían
criados de aquella nacionalidad que, al igual que sus amos, iban vestidos como
si estuviesen en Inglaterra. La casa tenía una galería semejante a todas las
casas de Lima. Esas galerías son muy cómodas en los países cálidos. Se va a
ellas a respirar el aire a cubierto del sol, paseándose alrededor de la
habitación. Lindas cor-tinas inglesas embellecían aquella en la cual me
hallaba. Me quedé algún tiempo y pude observar con toda comodidad la larga y
ancha calle que forma la ciudad del Callao. Era domingo. Los marinos, en
vestidos de fiesta, se paseaban por la calle. Veía grupos de ingle-ses, de
americanos, de franceses, de holandeses, de alemanes. En suma, una mezcla de casi
todas las naciones y palabras de todas las lenguas llegaban hasta mis oídos. Al
oír conversar a estos marinos comprendí el encanto que su vida aventurera debía
tener para ellos y el entusiasmo que inspiraba al verdadero marinero Leborgne.
Cuando cansada del espectáculo de la calle eché una mirada al gran salón, cuyas
ventanas rodeaban la galería, cinco o seis ingleses con sus hermosas caras
tranquilas y frías, perfectamente bien puestos, estaban allí reunidos. Bebían
su grog y fumaban excelentes ciga-rrillos de La Habana, balanceándose
muellemente en hamacas de Guayaquil suspendidas del techo.
Por fin
dieron las cuatro. Subimos al coche. El conductor era francés y todas las
personas que encontré allí hablaban francés e inglés. Había dos alemanes,
grandes amigos de Althaus y enseguida me encontré entre conocidos.
Desde mi
salida de Burdeos era la primera vez que subía a un co-che. Tuve tal gusto que
me hizo sentirme feliz durante las dos horas que duró el trayecto. Me creía ya
de regreso a la plena civilización.
El camino
es malo al salir del Callao, pero después de haber recorrido una legua es más o
menos bueno, muy ancho, plano y con poco polvo. A media legua del Callao, sobre
el borde derecho de la ruta, yacen extensas ruinas de construcciones indígenas.
La ciudad cuya existencia recuerdan había dejado de existir cuando los
españoles conquistaron el país. Se podría saber, posiblemente
521
Flora
Tristán
por las
tradiciones de los indios, lo que fue esa ciudad y la causa de su destrucción.
Pero hasta ahora la historia de este pueblo no ha inspirado suficiente interés
a sus amos como para consagrar-se a aquellas investigaciones. Algo más lejos, a
la izquierda, está la población de Bellavista donde hay un hospicio destinado a
los marineros. A la mitad del camino nuestro conductor se detuvo en una taberna
cuidada por un francés. Después de haberla pasado la ciudad se presentó a
nuestras miradas con toda su magnificencia. La campiña cercana, verde, de mil
tonos, ofrecía la riqueza de una vigorosa vegetación. Por todas partes grandes
naranjos, platanares, palmeras y una multitud de árboles propios de esos climas
desplie-gan su variado follaje. Y el viajero en éxtasis ve los sueños de su
imaginación sobrepasados por la realidad.
A media
legua de la ciudad el camino, bordeado por grandes ár-boles, forma una avenida
cuyo efecto es en verdad majestuoso. A los lados se paseaba un buen número de
peatones y muchos jóve-nes a caballo pasaron también cerca del coche. Esta
avenida era, según supe después, uno de los paseos de los limeños. Entre los
pa-seantes había muchas mujeres con saya, este vestido me pareció tan extraño
que cautivó mi atención. La ciudad estaba cercada y al extremo de la avenida
llegamos a una de las puertas. Sus dos pilas-tras eran de ladrillo y el
frontispicio que lucía los escudos de Espa-ña había sido mutilado. Unos
empleados visitaron el coche, como se practica a la entrada de París.
Atravesamos luego una gran parte de la ciudad cuyas calles me parecieron
espaciosas y las casas muy diferentes de las de Arequipa. Lima, tan grandiosa,
vista de lejos, cuando se entra en ella no mantiene sus promesas, ni responde a
la imagen que uno se había forjado. Las fachadas de las casas son mezquinas,
sus ventanas sin vidrios y las barras de hierro con que están enrejadas
recuerdan las ideas de desconfianza y de opresión. Al mismo tiempo se
entristece uno por el poco movimiento que hay en todas aquellas calles. El
coche se detuvo delante de una casa de hermosa apariencia. Vi venir del fondo a
una señora alta y gorda a quien reconocí enseguida, por el retrato que de ella
me habían
522
6. Mi
partida de Arequipa
hecho los
señores del “Mexicano”, como a Mme. Denuelle. Esta se-ñora vino en persona a
abrirme la portezuela, me ofreció su mano para bajar y me dijo con la expresión
más afable:
—Señorita
Tristán, la esperábamos aquí con impaciencia desde hacía mucho tiempo. Después
de todo lo que los señores David y Chabrié nos han dicho de usted estamos muy
felices al tenerla en-tre nosotros.
523
7. Un
hotel francés en Lima
La señora
Denuelle me condujo a un salón amueblado a la francesa. Hacía apenas cinco
minutos que estaba sentada cuando vi entrar a doce o quince franceses, todos
muy afanados por verme. Me conmo-vió esta prueba de interés, conversé algunos
instantes con ellos y les agradecí esta acogida afectuosa. Enseguida la señora
Denuelle me condujo al pequeño departamento que me destinaba, el cual se
com-ponía de un salón y de un dormitorio.
Salí de
Arequipa cargada de cartas para una multitud de perso-nas de Lima. Mr. Smith,
siempre de una complacencia inagotable para conmigo, me ofreció, al bajar del
navío, hacer entrega de estas cartas. Se las di, de manera que, una hora
después de mi llegada, las personas a quienes iban dirigidas acudieron a verme
para tener no-ticias políticas. Su afán era tal que me hicieron veinte
preguntas a la vez. El uno inquiría por su padre, el otro por su hermano; don
Basilio de la Fuente, a quien encontré alojado donde Mme. Denuelle, quería
saber qué había sucedido a su esposa y a sus once hijos; este lloraba por su
hermano a quien habían matado; aquella se inquietaba por su hermana, esposa del
general Nieto, que estaba como prisionera en Santa Rosa; todos temían, no sin
fundamento, que la señora Ga-marra regresase a Lima donde tenía tantas
venganzas que ejercitar.
El
carácter de los limeños me pareció, en esta primera entrevista, aún más
fanfarrón y medroso que el de los arequipeños. Como a las
525
Flora
Tristán
once de
la noche la señora Denuelle hizo comprender a los visitantes que yo tenía
necesidad de descansar. Se retiraron con gran conten-to de mi parte. Ya no
podía más, tenía la cabeza hueca. Mr. Smith me advirtió que había entregado
personalmente a mi tía, la hermosa Manuela de Tristán, esposa de mi tío Domingo
a la sazón prefecto de Ayacucho, la carta que le había sido dirigida y ella le
había rogado que la fuese a buscar, pues quería verme la misma noche. Vino,
pues, en cuanto me vi libre de las demás visitas. Encontré muy delicada esta
atención de su parte.
Por lo
que había oído decir de la belleza extraordinaria de mi tía de Lima esperaba,
naturalmente, ver una mujer estupenda. Sin embargo, la realidad sobrepasó a mis
ojos lo que me había imaginado. ¡Oh! Esa no era una criatura humana. ¡Era una
diosa del Olimpo, una hurí del paraíso de Mahoma descendida sobre la tierra! A
la vista de esta divina criatura me sentí sobrecogida de santo respeto. No me
atrevía a tocar-la; me cogió una mano que guardó entre las suyas mientras me
decía las cosas más afectuosas, pronunciadas con una nobleza, una gracia y una
facilidad que acabaron de fascinarme. Siento mi insuficiencia para describir
tal belleza. Rafael no ha concebido para sus vírgenes una frente donde haya
tanta nobleza y candor, una nariz tan perfecta, una boca más suave y fresca;
pero sobre todo un óvalo, un cuello y un seno más admirablemente hermosos. Su
piel era blanca, fina y ater - ciopelada como la de un melocotón. Sus cabellos
castaño claro, finos y brillantes como la seda, caían en largos bucles ondulados
sobre sus re-dondeadas espaldas. Estaba un poco gorda quizá, pero su talle
esbelto no perdía nada de su elegancia. Todo en ella estaba lleno de orgullo y
de dignidad. Tenía el porte de una reina. Su toilette se armonizaba con la
frescura de su hermosa persona.
Su
vestido de muselina blanca, sembrado de botoncitos de rosa bordados en color,
era muy escotado, con mangas cortas y el talle muy bajo formaba una punta por
delante. Esto le sentaba muy bien pues dejaba ver lo que tenía de más hermoso:
el cuello, los hombros, el pecho y los brazos. Largos aretes pendían de sus
orejas. Un collar de perlas ceñía su cuello de cisne y brazaletes de diversas
especies
526
7. Un
hotel francés en Lima
hacían
resaltar la blancura de sus brazos. Un gran manto de ter-ciopelo, color celeste
oscuro y forrado en raso blanco, envolvía ese hermoso cuerpo, y un velo de
encaje negro echado negligentemen-te sobre su cabeza, la preservaba de las
miradas indiscretas de los transeúntes. Había cesado de hablar y yo,
contemplándola todavía, la escuchaba y no respondía a todos sus ofrecimientos
de servirme, sino exclamando:
—¡Dios
mío, tía! ¡Qué hermosa es usted!... ¡Ah! ¿Quién podrá expli-carme el mágico
imperio de la belleza? ¿De ese ascendiente irresisti-ble que armoniza todo, sin
tener en sí una apariencia que se pueda definir? ¿De esa emanación divina que
da la vida a las formas, a los colores, vibra en los sonidos y se exhala en los
perfumes? ¿De ese poder magnético, esparcido según los fines de la Providencia,
sobre todos los seres de la creación? ¡Jerarquía que sale de Dios, que
des-ciende al átomo y que ningún ojo puede percibir! Esta causa oculta que
determina nuestra elección, nuestras predilecciones y que nos fascina. En una
palabra, la belleza en cualquier forma que se mues-tre, aérea, visible o
palpable, penetra todo mi ser con su dulce in-fluencia. Los perfumes de las
flores, los cantos de los pájaros me la hacen sentir. La experimento a la vista
del gigante de la selva, cuya copa se eleva hasta la región de las tempestades;
a la vista de la gracia salvaje del animal indómito, a la aparición de un
hombre tal como el comandante de la “Challenger” o de una mujer como mi tía
Manuela. Y en presencia de la belleza, de esa sonrisa de los dioses, palpitante
de admiración y de placer, mi alma se eleva hacia el cielo.
Mi tía
insistió mucho para que fuese a vivir a su casa. Le agradecí, excusándome con
la molestia que podía ocasionarle. Como era muy tarde dejamos la decisión para
el día siguiente. Después de su partida la señora Denuelle se quedó conversando
conmigo de suerte que era más de la una cuando me encontré sola.
Nunca he
llegado a un país desconocido sin sentir una agitación más o menos viva. Mi
atención, casi a pesar mío, se dirige sobre todo lo que me rodea y mi alma
ávida por conocer y comparar se interesa por todo. La sucesión de personas y de
cosas que habían desfilado
527
Flora
Tristán
delante
de mí desde mi desembarque en el Callao me agotaron hasta el punto de que, a
pesar de mi cansancio, me fue imposible dormir. Mi pensamiento me mantenía en
vela y no cesaba de reproducir las impresiones que acababa de sentir. Me
adormecí al amanecer y soñé con los hermosos naranjos, con las lindas limeñas
con saya y con la aparición de mi tía.
Desde las
ocho de la mañana la señora Denuelle entró en mi cuar-to y pronto dirigió la
conversación sobre mi tía. Me dijo con aire con-fuso que en interés mío creía
deber instruirme sobre algunas parti-cularidades de la señora Manuela de
Tristán. Me refirió que desde hacía largos años Manuela tenía amores con un
americano del norte a quien amaba mucho y del que estaba excesivamente celosa.
Mme. Denuelle me habló en forma de dejarme conocer el fondo de su pen-samiento.
Temía verme aceptar la hospitalidad que me había sido ofrecida no tanto por el
gasto que podía ocasionar, sino por el deseo vehemente de tenerme a su lado
durante mi estada en Lima. Si de an-temano no hubiese estado decidida a
rechazar los ofrecimientos de mi tía lo que acababa de saber bastaba para
impedírmelo. Ya había llegado a conocer el corazón humano lo suficiente para
comprender que no debía alojarme en casa de una mujer si corría el riesgo de
convertirme en objeto de sus celosas sospechas y también si me inte-resaba no
provocar su odio, el que ciertamente quería evitar. Al dejar la casa de mi tío
Pío me había prometido a mí misma no aceptar la hospitalidad de ningún
pariente. Hablé de esto un día con Carmen y ella me dijo:
—Hará
usted bien, Florita, vale más comer pan en casa de uno que bizcocho en la de
los parientes.
Tranquilicé,
pues, a Mme. Denuelle; traté el precio con ella, a ra-zón de 2 pesos por día, y
cuando regresó mi tía le hice comprender que nos molestaríamos mutuamente.
Quedó convenido en que me quedaría en el hotel. Creí ver que mi discreción
causaba gran placer.
Sin
embargo, mi situación pecuniaria debía causarme inquietud. Salí de Arequipa con
algunos cientos de francos y mi tío me dio una carta de crédito por 400 pesos,
pero únicamente destinados a pagar
528
7. Un
hotel francés en Lima
mi
pasaje. Estipuló que no podría tocar su importe hasta el momen-to de mi partida
con lo que me hizo comprender a las claras que me daba este dinero con la
condición de salir del país. No había navíos en franquía y sabía por Mr. Smith
que no los habría antes de dos meses. Mi permanencia durante todo este tiempo
en el hotel era un desem-bolso de 120 pesos y, además, me veía obligada a hacer
algunos gastos pequeños en mi vestido. Comprendí que necesitaba por lo menos
200 pesos para hacer frente a todas estas necesidades. Puedo decir que he
tenido todas las desgracias, fuera de una: la de tener deudas. El te-mor de
contraerlas ha dominado siempre mi conducta. Contando con cuidado antes de
gastar jamás he debido un centavo a nadie. Cuando hice este cálculo de 200
pesos y no encontré sino 20 en mi bolsillo estuve, lo confieso, muy asustada.
Mi guardarropa era, ya lo he dicho, más que mezquino. Me puse a examinarlo a
pesar de todo y, pluma en mano, valoricé pieza por pieza para ver cuánto podría
obtener por todos esos trapos si hacía una venta en momentos de mi partida. Vi
que el producto ascendería a más de 200 pesos. Cuando adquirí esta certidumbre
¡oh, me sentí feliz, muy feliz! Había renunciado, al dejar a Escudero a todos
mis grandes proyectos de ambición y no quería oír hablar más de política. Volví
a ser joven, alegre y, por primera vez en mi vida, de una despreocupación
completa. Jamás he gozado de mejor salud. Engordaba a ojos vistas, comía con
apetito, dormía perfecta-mente. En una palabra, puedo decir que esos dos meses
constituyen la única época de mi existencia en que no he sufrido.
Al día
siguiente de mi llegada tuve algunos desagrados con el cónsul de Francia, Mr.
Barrére. El asunto fue el siguiente: a raíz de mi salida de Arequipa los
franceses residentes en aquella ciudad, aprovechando la ocasión, dirigieron un
pedido colectivo a M. Barrére para que invistiera a M. Le Bris de poderes
especiales a fin de que este pudiese proteger sus intereses gravemente
comprometidos por los últimos acontecimientos políticos. M. Moriniére me había
rogado a nombre de los peticionarios que expusiese de viva voz al cónsul los
motivos poderosos que los había inducido a presentar tal solicitud. Comprendí
muy bien la posición de todos ellos y les prometí cumplir
529
Flora
Tristán
mi doble
misión. Por la mañana envié al cónsul la carta de mis com-patriotas y le
escribí dos palabras para informarle que estaba encar-gada de hacerle conocer
verbalmente la cruel situación en que se encontraban los franceses de Arequipa.
Agregué que el asunto era urgente y que, retenida en el hotel por una
indisposición, si quería honrarme con su visita podría exponerle enseguida lo
que le inte-resaba saber. Estas son las palabras textuales de mi carta. Costará
trabajo creer que M. Barrére las encontró ofensivas para su dignidad consular,
y sin embargo, así fue. Preguntó quién era yo y dónde ha-bía sido educada para
ignorar las conveniencias hasta el punto de pensar que él, el cónsul, era quien
debía ir a hacerme una visita. Dos o tres personas amigas vinieron a decirme
que no se hablaba sino de la carta altanera que había escrito al cónsul quien
estaba muy escan-dalizado. Mi admiración fue grande. Leí a todo el mundo el
borrador de mi carta que felizmente había conservado y nadie comprendió nada en
la gran ira de M. Barrére. Expliqué el motivo de mi apuro en comunicar al
cónsul aquello de que estaba encargada y todos aprobaron la sencilla gestión
hecha por mí. Creo que le hicieron re-flexionar en lo inconveniente de su
conducta, sobre todo, tratándose de una mujer, pues a la noche siguiente me
envió a su sobrino para excusarse ante mí por no haber venido a verme porque su
salud no se lo había permitido. El sobrino se presentó como secretario de su
tío y me pidió, en esta calidad, los informes que había de dar al cónsul. Pero
este joven me pareció tan poco capaz de comprender la menor cosa que no me
preocupé en comunicarle ningún detalle y lo despe-dí diciéndole que escribiría
al señor cónsul lo que hubiese preferido decirle de viva voz.
Así son
los hombres encargados de velar por los intereses france-ses en el extranjero.
M. Barrére, viejo gotoso, caprichoso e irritable en exceso, no se hallaba al
nivel de la importancia de las funciones que le estaban confiadas. El celo, la
vigilancia y la actividad necesa-rios estaban por encima de sus fuerzas y
carecía de los conocimien-tos especiales indispensables para cumplir con sus
deberes. No solo era una necedad absurda de M. Barrére ofenderse por la carta
en que
530
7. Un
hotel francés en Lima
le pedía
que me viniese a ver porque tenía comunicaciones para él enviadas por el
comercio francés de Arequipa, sino que, en estas cir-cunstancias, sus funciones
de cónsul le imponían la obligación de venir a tomar informes de mi boca en
cuanto supo de mi llegada. Desde hacía un mes no se tenían en Lima noticias de
Arequipa. El cónsul francés ¿no debía mostrarse celoso por saber si por los
re-sultados de la batalla de Cangallo los intereses y la seguridad de sus
compatriotas habían quedado comprometidos? Los datos recibidos por la
correspondencia traída en nuestro barco no podían dispen-sarlo de recoger
informaciones verbales. Todas las cartas habían sido abiertas en Islay y nadie
se atrevía a escribir la exacta verdad. El cónsul de Inglaterra comprendía sus
deberes de otra manera. No creyó comprometer su dignidad con ir hasta el Callao
e informarse por medio de Mr. Smith sobre los acontecimientos de Arequipa. No
hay nación en la que los intereses comerciales estén peor defendidos por sus
agentes que los intereses del comercio francés por los cón-sules nombrados por
el Ministerio de Relaciones Exteriores. Es un hecho del que se puede adquirir
la certeza sin salir de Francia, en las ciudades manufactureras y en los
diversos puertos de mar del rei-no: Marsella, Lyon, Burdeos, Rouen, el Havre.
Antes de M. Barrére, el cónsul francés en el Perú era M. Chaumette-Desfossés,
hombre muy instruido, escritor espiritual y encantador en sociedad. Además,
gas-trónomo distinguido que cuidaba con la más grande atención de los detalles
culinarios y daba una soberbia comida el día del santo del rey. Pero, a pesar
de todos estos talentos M. Chaumette-Desfossés era el hombre menos adecuado
para las funciones consulares. No creo que él se hubiese ofendido por mi carta,
pero si se puede creer la voz general, durante los seis años que fue cónsul el
sabio solo se ocupó de sus investigaciones científicas. Y como el país no
ofrecía a este res-pecto un campo muy dilatado se puso a aprender el chino y el
árabe. M. Chaumette-Desfossés era completamente extraño a los intereses
comerciales de su país y a la dirección de estos asuntos. M. Chabrié y los
otros capitanes de navío estaban indignados por la manera como cumplía sus
funciones. Cuando iban donde él, por las formalidades
531
Flora
Tristán
relacionadas
con la llegada o el despacho de los navíos, el cónsul abría la ventanilla que
había mandado hacer en su puerta.
—¿Qué
quieren?, preguntaba.
—Señor,
tengo que hablarle de algo relativo a la declaración de mi carga.
—No tengo
tiempo, respondía el cónsul cerrando la ventanilla. —Pero, señor, no esperamos
sino su firma para levar anclas. —Regrese usted, no tengo tiempo, respondía
desde adentro sin re-
abrir la
ventanilla. En Chile, el cónsul que precedió a M. Verninac fue muerto en duelo
por un capitán de navío a quien insultó. El capitán apuraba el despacho de su
barco al que la demora debida al cónsul ocasionaba un perjuicio considerable.
El cónsul, maltratado por el ca-pitán, creyó también comprometida su dignidad y
el duelo tuvo lugar.
Cuando el
gobierno francés reconoció la independencia de los Es-tados de la América
española se hizo gran ruido en los periódicos de París sobre los cónsules
enviados por el ministerio. Estos iban, por medio de tratados, a abrir nuevos
mercados para nuestros produc-tos. Mas la primera condición para cumplir bien
con una misión es la de conocer los intereses que nos están confiados. Hubiese
sido fá-cil a esos cónsules aprovechar el odio de la América del Sur contra sus
antiguas metrópolis española y portuguesa para hacer admitir los vinos de
Francia con derechos menores que los impuestos a los vinos de la península.
Hubiesen podido prever las relaciones que no debían tardar en establecerse
entre la China y las costas occiden-tales de América y obtener que fuésemos, en
nuestros artículos de sedería, mejor tratados que los chinos, cuyas sedas
importadas por los navíos de Norte América y Europa1 arruinan a nuestros
fabri-cantes por los bajos precios a que se venden. Los agentes franceses
1 Por el tratado de comercio que el gobierno
acaba de firmar con Santa Cruz los dere-chos sobre los vinos de Francia han
sido considerablemente disminuidos y nuestras sederías no pagarán a su entrada
en el Perú y Bolivia, sino la mitad de los derechos im-puestos a las sedas de
la China. Este tratado ha sido estipulado después de haber sido
escrita
mi narración y está firmado por mi
tío, don Pío de Tristán, quien fue ministro.
[N. de la
A.].
532
7. Un
hotel francés en Lima
disimularon
su ignorancia acerca de los intereses materiales de su país estipulando que las
mercaderías francesas serían tratadas como las de las naciones más favorecidas
y creyeron con esto haber hecho una obra maestra. En efecto, la producción es
en Francia más barata que en ninguna otra nación y nuestras mercaderías no
tienen nece-sidad de encontrar ventajas en ninguna parte. Si dejaran a nuestras
grandes ciudades manufactureras y marítimas designar sus agentes en el exterior
no mandarían, seguramente, a sabios, arqueólogos, ni hombres con títulos
nobiliarios; pero sí agentes escogidos que com-prenderían sus intereses mejor
que los aprendices de diplomáticos salidos de Relaciones Exteriores.
No tuve,
durante mi estancia en Lima, disputas por mi herencia. Había sido despojada, ya
no debía pensar más en ello. No asistí a grandes trastornos, semejantes a los
que presencié en Arequipa. No estuve agitada por violentas emociones y mis
observaciones se diri-gieron únicamente a las localidades y personas que se
ofrecían a mis miradas. Comenzaré por dar a conocer al lector a la señora
Denuelle y su casa. Recorrerá enseguida conmigo la ciudad, después le hablaré
de las mujeres, de los franceses residentes.
La señora
Denuelle vivía en Lima desde 1826. Había establecido una pensión que era la más
hermosa y mejor atendida de todas las que hay en la ciudad. Tenía anexo, desde
hacía dos años, un alma-cén en el que vendía toda clase de mercaderías pues
como ya tuve ocasión de demostrar, el comercio en aquel país no estaba aún
clasi-ficado y subdividido en especialidades y todo el mundo se mezclaba en él.
Además, era ella quien había hecho correr los primeros coches entre Lima y el
Callao para el transporte de pasajeros. Esa empresa le pertenecía. En el fondo
de la casa estaba el comedor. La mesa era de cuarenta cubiertos. A un lado se
encontraba un gran salón que comunicaba con una sala de billar y las dos piezas
daban a un jar-dín pequeño. El mobiliario de todas estas salas era cómodo y
rico. Se juntaban la elegancia francesa y la comodidad inglesa. El servicio de
mesa era muy lindo. Se veía el mismo lujo que en Londres, en el hotel Brunet.
Los departamentos que alquilaba a los extranjeros estaban
533
Flora
Tristán
siempre
muy bien tenidos: buenas camas, ropa elegante, nada falta-ba. Los criados eran
franceses o ingleses, de suerte que todo se hacía con mucha prontitud y
limpieza. Esto, en lo que concierne a la casa. En cuanto a la huéspeda, ¡oh!
Ese es el resumen de una larga histo-ria. ¡Historia de cuarenta años de vida de
mujer, agitada por fortuna diversa y durante los cuales tuvo ocasión de
conocerlo todo, de ago-tarlo todo!
La señora
Denuelle que hoy tiene un hotel en Lima no es otra que la hermosa, la
magnífica, la seductora Mademoiselle Aubé que de-butó en la ópera con el papel
de la Vestal. Su voz fresca, sonora y de amplio registro obtuvo en este papel
el éxito más brillante. Fueron aplausos frenéticos, aturdidores, en la primera,
segunda y tercera aparición de Mlle. Aubé. Tres veces coronada por las
aclamaciones del público entusiasta, la debutante llegaba a la cumbre de las
gran-dezas teatrales y firmó un contrato de 15 mil francos al año con el
director. En la embriaguez de su alegría convidó a todos sus amigos a un
banquete espléndido. ¡Ah, fue un día de gloria y de felicidad! ¿Cuántos
adoradores tuvo? El mundo entero estaba a sus pies. El so-nido de su voz
vibraba en todos los corazones y se esperaba que en todos los papeles
mademoiselle Aubé sería tan sublime, excitaría los mismos transportes y haría
sentir los mismos arrebatos que en el de la Vestal. ¡Cuántas envidias suscitó
el éxito tan brillante! Su nombre estaba sobre el cartel. La multitud invadía
el teatro. Mlle. Aubé repre-sentaba un nuevo papel. Se presentó... Pero ¡qué
repentina metamor-fosis se había operado en el público. Solo fue acogida por
los aplau-sos de algunos. Desde la primera escena su voz, su aire, su modo de
actuar provocaron murmullos. Cantó un aria y la multitud perma-neció muda.
Ningún aplauso la alentaba. Escuchó hasta observacio-nes malévolas. La
desgraciada entró a los bastidores con la cabeza ardiente y las arterias
hinchadas como si se le fuesen a romper. Su boca estaba seca, bebió para
humedecerla, repasó su partitura que temía no saber bien. El público esperaba.
Era menester reaparecer en la escena. En aquella noche todo le fue fatal: el
vestido no le sen-taba; la hacía parecer más alta y delgada de lo que en
realidad era.
534
7. Un
hotel francés en Lima
Todos los
anteojos se dirigían hacia ella. Los mismos que otras veces la habían
encontrado tan hermosa exclamaron: ¡Es fea! La actriz no oyó estas palabras,
pero la relación magnética que existe entre el ac-tor y el público le hizo
comprender que las habían dicho. Estaba ate-rrada, las lágrimas la ahogaban y
un temblor agitaba sus miembros. Vio todo el peligro de su situación y su
terror redobló. Sin embargo, tenía que cantar... Con la fuerza de la
desesperación cantó, pero su voz temblaba y cantó en falsete. Enseguida una
gritería se elevó de todas partes y los silbidos acabaron por trastornar a la
desgraciada artista. Sentía un sudor frío por todo el cuerpo, no oía ya la
orquesta. Sus miradas espantadas se detuvieron sobre esos millares de cabezas
cuyas risas la escarnecían, cuyas palabras la ultrajaban. Permaneció inmóvil
deseando que el piso se hundiese bajo sus pies para verse li-bre para siempre
de esas risas infernales, de esos gritos demoníacos. El murmullo aumentaba. La
infortunada ya no vio nada. Una nube delante de los ojos le ocultaba las luces.
Toda su sangre afluía hacia su corazón. Las piernas se le doblaban bajo su
peso. Hizo un último esfuerzo y se precipitó fuera del proscenio donde cayó
como muerta. Mme. Denuelle me ha referido muchas veces su desventura. La
im-presión fue tan cruel y su recuerdo se grabó tan profundamente en su memoria
que, sorprendidos en el cabo de Hornos por una violenta tempestad, cuando todos
a bordo presa de la desesperación veían la muerte en cada ola, ella decía al capitán:
—¡Oh! No
es desde hoy que conozco la tempestad. Usted está allí como yo estaba sobre las
tablas...
Este
acontecimiento cerró el porvenir de Mme. Denuelle. Le fue imposible reaparecer
en la ópera y después de haber sido contratada en el primer teatro lírico del
mundo su amor propio de artista la in-dujo a rechazar todas las propuestas que
le hicieron en los teatros de Lyon, Burdeos y Marsella. Prefirió expatriarse.
Estuvo mucho tiempo en la corte de Luis de Bonaparte, en Holanda y en
Westfalia, con Jeró-nimo. A la caída del emperador se encontró sin empleo y
representó en los teatros de Dublín y de Londres. Desde 1815 hasta 1825 su vida
no presentó sino un tejido de acontecimientos de los cuales varios
535
Flora
Tristán
fueron
funestos... Perdió por completo la voz y engordó demasiado para aparecer en el
teatro. Entre tanto se había casado con M. De-nuelle, hombre suave, cortés y
muy bien educado. Después de haber ensayado de todo para hacer fortuna sin
triunfar en nada decidió ir al Perú con la esperanza de que allí la suerte le
fuese menos adversa. Llegó con muy poco dinero y como Mme. Aubrit de
Valparaíso, fue a Cinabrio a quien debió la posibilidad de establecerse. Su
hotel había prosperado más allá de sus esperanzas. Cuando la conocí trataba de
venderlo pues deseaba regresar a Francia donde podría vivir cómo-damente con 10
mil libras de renta que había economizado. Con un carácter diferente ella
podría ser muy feliz en Lima, pero no era así.
Mme.
Denuelle estaba dotada de un espíritu vivo e inteligente. Su corazón
mediocremente sensible no se conmovía sino en las gran-des ocasiones. Su
educación, por completo volteriana, las repulsas soportadas en el ejercicio de
su profesión y los treinta años de de-cepciones y desgracias sufridas no habían
contribuido poco a endu-recerla. Nunca había tenido hijos de suerte que ningún
sentimiento tierno, ninguna dulce emoción había echado algunas flores en esta
vida árida, toda llena de egoísmo y de indiferencia. Mme. Denuelle era, en
general, detestada en Lima. Sus sarcasmos herían a todo el mundo y no había
persona a quien no la hubiese alcanzado: todos habían sido ridiculizados en sus
bromas.
Esta
mujer tenía realmente el talento muy notable de coger el ri-dículo, las manías
y el aire mismo de los individuos. Torcía la nariz, los ojos, cojeaba,
bizqueaba, tartamudeaba, fingía contracciones, todo con tanta verdad y
comicidad que era de perecer de risa. Como se puede presumir el ejercicio de
semejante talento le había suscita-do implacables enemigos. Muchas personas
hacían un largo rodeo para no pasar delante de la tienda de Mme. Denuelle por
temor a ser objeto de una de sus caricaturas. Contaba todo con tanta alegría
como espíritu y su conversación, en extremo variada, era de lo más divertida.
Se le acusaba de ser déspota en su casa, de tratar mal a su marido, de ser
áspera y hasta mala con sus inquilinos. Esos repro-ches eran fundados y, sin embargo,
para ser justos, no habría que
536
7. Un
hotel francés en Lima
callar
sus buenas cualidades. No se le reconocía ninguna y, a pesar de todo, las
tenía. El orden y la economía con que dirigía su casa, su vida sedentaria y
laboriosa son rasgos que no deberían omitirse para que el retrato se pareciera.
Cualidades tanto más notables porque se encontraban en una mujer cuya vida
había sido tan disipada. Pero los hombres no tienen en cuenta en los demás,
sino las cualidades de que sacan provecho.
Mme.
Denuelle tenía por entonces 56 años. Parecía no tener sino cuarenta. Siempre
pensé que se aumentaba la edad por coquetería. Era una mujer de 5,3 pies de
estatura, gruesa en proporción, de buen color, con los cabellos muy negros,
todos sus dientes, los ojos vivos, atrevidos, malévolos, los labios delgados,
la nariz arremangada y la fisonomía dura, de expresión sardónica y arrogante.
Estaba siempre arreglada con mucha sencillez y con extrema limpieza.
Mme.
Denuelle me tomó gran amistad. Como la conocía por lo que de ella me habían
dicho Mm. Chabrié, David y Briet y por haber oído hablar a otros adopté frente
a ella el modo de hacerle sentir que esperaba de ella más consideración que
intimidad. Todos mis que-ridos compatriotas y hasta los limeños venían a
prevenirme muy oficiosamente que me cuidara si no quería que Mme. Denuelle me
manejase a su antojo. Mi sonrisa a estos decires manifestaba a las claras que
no temía esta influencia. Más bien la tuve yo en tal forma sobre nuestra
huéspeda que jamás se atrevió a hacerme una pregun-ta, a pesar de su extrema
curiosidad. Jamás me llamó de otro modo que señorita Tristán, cuando muchos de
los señores de su hotel y has-ta su marido me decían a menudo señorita Flora.
Me contó toda su vida, todos sus dolores y soy yo quizá la única persona en el
mundo a quien haya tenido el valor de confesar que jamás había sido feliz.
Aunque sea, según dicen, de una gran sequedad de corazón, me com-plazco en
afirmar aquí que conozco en su vida dos o tres rasgos de una sublime abnegación
y me prueban que su alma no ha sido siem-pre inaccesible a los sentimientos
generosos.
Los
franceses eran mucho más numerosos en Lima que en Are-quipa. La mayoría se
ocupaba del comercio. Tenían cuatro casas
537
Flora
Tristán
fuertes y
unas veinte de segunda clase. Además, había un continuo movimiento de
capitanes, sobrecargos y pasajeros franceses que iban y venían.
Lo digo
con pesar. Había en Lima entre nuestros compatriotas, menos cuerdos aún que en
Arequipa. Todos se detestaban, se calum-niaban y se hacían cuanto daño podían.
A la cabeza de las casas fran-cesas citaré las de Mm. Gautreau, de Nantes;
Dalidou, Martenet y Larichardiére, de Burdeos. Baroillet, de Bayona, etc. Había
otra mul-titud de franceses comerciantes, artistas, maestros de toda especie,
artesanos, etc. Igualmente, muchas francesas vendedoras de modas, costureras,
dueñas de pensión, parteras. Toda esta gente trataba de hacer fortuna con más o
menos éxito.
En ocho
días Mme. Denuelle me puso al corriente de todo lo que se hacía en la ciudad.
Me hizo conocer por sus relatos a la mayor par-te de las personas tan bien como
si las hubiese yo estudiado durante diez años. Jamás he llevado una vida más
variada y más distraída, pero sin embargo, no me habría agradado continuarla.
Apenas te-nía un momento para escribir mi diario. En cuanto estaba sola Mme.
Denuelle subía a mi cuarto y su interminable conversación era tan instructiva
como graciosa.
Almorzaba
y comía con los pensionistas. La casa reunía a muy buena sociedad: oficiales de
la marina inglesa, americana o francesa, negociantes y gentes del país.
Mientras duraba la comida me divertía mucho. Como tengo el oído muy fino la
maliciosa Mme. Denuelle, a cuyo lado estaba yo colocada, me decía en voz baja
las cosas más gra-ciosas, las más chistosas sobre las personas presentes y todo
esto ha-ciendo con gracia los honores de la mesa sin que su cara traicionase en
nada las palabras que me decía. Después de la comida me refería chismes o
remedaba a los individuos y siempre me hacía reír hasta las lágrimas. Lo que me
ganaba su buena voluntad era saberla escu-char. No tenía yo en ello gran mérito
porque me agradaba oírla. Pero ¡qué tesoro para una actriz encontrar después de
diez años de destie-rro una persona a quien sus gestos divierten y sus relatos
interesan! Sin embargo, tenía muy poco tiempo que consagrar a Mademoiselle
538
7. Un
hotel francés en Lima
Aubé. Por
la mañana recorría la ciudad. Iba a menudo a comer a las casas donde me
invitaban. Y las visitas, los paseos, el teatro, las re-uniones y las charlas
íntimas con mis nuevos amigos me ocupaban todas las noches.
539
8. Lima y
sus costumbres
Mi tía
Manuela me sirvió de gran ayuda. Me hizo conocer la capi-tal y tratar a la alta
sociedad. Me demostró mucha amistad, pero no es este sentimiento el que hace
nacer relaciones de simpatía y creo que esta nunca existió entre nosotras. Por
hermosa que fuese sus ojos no expresaban franqueza y jamás miraban de frente.
Me buscaba por ese interés que debía naturalmente inspirarle una pa-rienta
extranjera nacida a 3 mil leguas, cuya existencia se ignora y que de repente
aparece. Encontré en ella recursos inmensos para instruirme sobre todo lo que
deseaba saber. Su carácter se parece al de Mme. Denuelle. Tiene una gran
inteligencia y el sarcasmo está siempre en sus labios. Fue ella, en gran parte,
quien me sirvió de ci-cerone. Su belleza, el nombre de mi tío y mi título de
extranjera nos hacían abrir las puertas con complacencia. Pasé días íntegros
con ella. Me encantaba su espíritu, pero me apenaba la insensibilidad de su
corazón. Lima es todavía una ciudad muy sensual. Las cos-tumbres se han formado
bajo la influencia de otras instituciones. El espíritu y la belleza se disputan
el imperio. Es como París bajo la regencia de Luis XV. Los sentimientos
generosos y las virtudes privadas no pueden nacer cuando se sabe que a nada
conducen y la instrucción primaria no está lo bastante desarrollada para que
las altas clases puedan temer mucho a la libertad de prensa.
541
Flora
Tristán
Vi en
casa de mi tía a los hombres más distinguidos del país: el presidente Orbegoso,
el general inglés Miller, el coronel francés Soigne, ambos al servicio de la
República, a Salaverry,1 la Fuente,2 etc. No encontré sino a dos señoras. Las
demás se habían alejado de mi tía alegando la extrema liviandad de su conducta.
Esas virtuosas señoras disimulaban hábilmente, con ese pretexto, la aversión
que sentían para ofrecerse en paralelo con una belleza como la de Ma-nuela, al
lado de la cual todas dejaban de parecer hermosas. Las no-ches en casa de mi
tía transcurrían en una forma agradable. Dios se había complacido en colmarla
con sus dones: su voz, encantadora de suavidad y de melodía, desarrollaba los
sonidos con un método admirable. Un italiano que residió en Lima durante cuatro
años, ma-ravillado de esa voz divina, se consagró con entusiasmo a cultivarla y
muy pronto Manuela superó a su maestro. Cantaba en italiano los más bellos
pasajes de las óperas de Rossini y cuando se cansaba ha-blaba de política. Mi tía,
como todas las señoras de Lima, se ocupa-ba mucho de política y al tratarla
pude formarme opinión sobre el espíritu y el mérito de los hombres que se
encontraban a la cabeza del gobierno. Orbegoso y los oficiales que lo rodeaban
me parecieron de una completa nulidad. Vi también allí al famoso sacerdote Luna
Pizarro. Me pareció que estaba muy por debajo de su reputación y lejos de tener
tanta capacidad como Valdivia. Ese viejo era, por su violencia, el Marat del
Perú. Por lo demás, no encontré en él ninguna amplitud de miras. Mostraba la
pasión de un demoledor, pero no los planes de un arquitecto. La ambición
privada era el móvil de todos esos personajes. El propósito del viejo sacerdote
era reemplazar al obispo de Arequipa. Se había enrolado entre los facciosos a
fin de obtenerlo. Habría sido un cortesano vulgar si esto fuese el medio de
conseguirlo. Por desgracia, el pueblo está demasiado embrutecido
1 El general Felipe Santiago Salaverry hizo la
revolución a Orbegoso en 1835 y se proclamó presidente. Luchó contra Santa Cruz
y la Confederación Perú-boliviana y murió fusilado por él, después de la
batalla de Socabaya (1836). [N. de la T.].
2 Antonio Gutiérrez de la Fuente, general y
político ocupó brevemente la Presidencia de la República, al ser derrocado La
Mar (1829). [N. de la T.].
542
8. Lima y
sus costumbres
para que
de su seno salgan verdaderos tribunos y para juzgar a los hombres que dirigen
los negocios públicos.
Lima
tiene en la actualidad cerca de 80 mil habitantes y fue fun-dada por Pizarro en
1535. No sé de dónde le viene el nombre. Esta ciudad encierra muy hermosos
monumentos y una gran cantidad de iglesias y de conventos de hombres y mujeres.
Las casas están construidas regularmente, las calles, bien delineadas, son
largas y anchas. El agua corre por dos acequias en casi todas ellas, una a cada
lado. Solo algunas tienen un arroyuelo en el centro. Las casas están
construidas con ladrillo, adobe y madera y pintadas de diversos co-lores
claros: azul, gris, rosa, amarillo, etc. No tienen sino un piso y los techos
son chatos. Como las paredes sobresalen del techo, produ-cen el efecto de casas
inconclusas. Algunos de aquellos techos sirven de terrazas en las que se ponen
macetas con flores, pero hay muy pocas que tienen la solidez necesaria para
este uso. Jamás llueve. Si esto sucediera accidentalmente, al cabo de cuatro
horas de lluvia las casas no serían sino un hacinamiento de lodo. El interior
está muy bien distribuido. El salón y el comedor forman el primer cuerpo. En el
fondo se encuentra la cocina y el alojamiento para los esclavos, ro-deando el
segundo patio. Los dormitorios se hallan encima del piso bajo, todos amueblados
con gran lujo, según el rango y la fortuna de quienes la habitan.
La
catedral es magnífica, el tallado del coro es de un trabajo ex-quisito. Las
balaustradas que rodean el altar mayor son de plata y este altar es también
sumamente rico. Las pequeñas capillas latera-les son encantadoras. Cada
canónigo tiene la suya. Esta iglesia es de piedra y tan sólida que ha resistido
los más fuertes temblores, sin haber sufrido en lo menor. Las dos torres, la
fachada y el atrio son admirables, de una grandiosidad rara en nuestra vieja
Europa y que no se esperarían encontrar en una ciudad del Nuevo Mundo. La
ca-tedral ocupa todo el lado este de la gran plaza. Al frente está la
mu-nicipalidad. Esta plaza es el Palais Royal de Lima. En dos de sus lados hay
galerías con arcos, a lo largo de las cuales están las tiendas más hermosas y
mejor surtidas. En el centro hay una fuente soberbia. En
543
Flora
Tristán
cualquier
hora del día ofrece a la vista un gran movimiento. Por la mañana son los
aguadores, los militares, las procesiones, etc., y por la tarde mucha gente se
pasea por ella. Se encuentran allí mercade-res ambulantes que venden helados,
frutas, bizcochos y algunos bu-fones divierten al público con sus pruebas y sus
bailes.
Entre los
conventos de hombres el más notable es el de San Fran-cisco. Su iglesia es la
más rica, elegante y original de todas cuantas he visto. Cuando las mujeres
desean visitar los conventos de religiosos o religiosas emplean un medio muy
singular: dicen que están encin-ta. Los buenos padres profesan un santo respeto
por los antojos de las mujeres en estado grávido y les abren entonces todas las
puertas. Cuando estuvimos en San Francisco los monjes hacían bromas con
nosotros en la forma más indecente. Subimos a las torres y como yo lo hacía con
mucha vivacidad, el prior al verme delgada y ágil, me preguntó si yo también
estaba encinta. Confundida por esta inespe-rada pregunta quedé desconcertada.
Mi turbación provocó entonces, entre los monjes, risas y propósitos
inconvenientes que Manuela, quien no es tímida, no sabía qué actitud adoptar.
Salí del convento escandalizada. Cuando me quejé me respondieron:
—¡Oh! Esa
es su costumbre. Esos monjes son muy alegres. Pasan por ser los más amables de
todos.
¡Y a
semejantes hombres es a quienes ese pueblo concede su con-fianza! Pero en Lima
lo que no es corrompido está fuera de uso.
Fui a
visitar un convento de mujeres, el de la Encarnación. No se siente nada
religioso en el interior de aquel monasterio. La regla conventual no se
presenta en ninguna parte. Es una casa donde todo ocurre como en cualquier
otra. Hay veintinueve religiosas. Cada una de ellas tiene su alojamiento en el
que hace cocinar, trabaja, educa a niños, habla, canta, en una palabra, procede
como mejor le pare-ce. Hasta vimos algunas que no usaban el hábito de su orden.
Acep-tan algunas que entran y salen. La puerta del convento está siempre
abierta. Es un género de vida cuyo objeto no se comprende. Estaría uno tentado
de creer que esas mujeres se han refugiado en aquel re-cinto para ser más
independientes de lo que podían ser en el mundo.
544
8. Lima y
sus costumbres
Encontré
a una francesa joven y bonita de 26 años con una hijita de 5 años. Vivía allí
por razones de economía, mientras su marido viajaba por asuntos de negocios por
Centro América. No vi a la su-periora, nos dijeron que estaba enferma. Esas
religiosas de nueva especie me parecieron bastante chismosas. Su convento
estaba su-cio, mal tenido, diferente en todo a Santa Rosa y Santa Catalina.
Como no encontré nada que mereciera la atención, subí a la torre para ver la
ciudad a vuelo de pájaro. Esta soberbia ciudad tiene el aspecto más miserable
cuando la vista se detiene en ella. Sus casas descubiertas hacen el efecto de
ruinas y la tierra gris con que están construidas tiene un tono tan sucio y
triste que se las tomaría por cabañas de una población salvaje. Mientras tanto
los monasterios, las numerosas y gigantescas iglesias construidas de piedra, de
una atrevida elevación y de una solidez que parece desafiar al tiempo,
contrastan de una manera chocante con la multitud de casuchas. Se siente por
instinto que el mismo defecto de armonía debe existir en la organización de
este pueblo y que llegará la época en la cual las casas de los ciudadanos sean
más hermosas y los edificios religio-sos menos suntuosos. Mi horizonte era de
lo más variado. El campo que rodeaba la ciudad era muy pintoresco. En la
lejanía aparecía el Callao con sus dos castillos y la isla de San Lorenzo. Los
Andes cubiertos de nieve y el océano Pacífico completaban el cuadro. ¡Qué
panorama más grandioso! Estuve tan decepcionada con mi visita a este convento
que no me sentí tentada de ver otros. Había ido con la esperanza de sentir esas
emociones religiosas que hacen nacer la abnegación y el sacrificio inspirados
por cualquier fe. No encontré sino un ejemplo más de la decadencia de esa fe y
de la decrepitud de las comunidades religiosas.
El bello
local de la moneda me pareció bien administrado. Desde hace algunos años ha
recibido notables mejoras. Se ha hecho venir de Londres inmensos laminadores
los cuales se mueven, así como el volante, por medio de una caída de agua. Sin
embargo, las monedas no están hechas con relación al arte, tan bien como las de
Europa, porque faltan buenos grabadores. En el año de 1833 se acuñaron 3
545
Flora
Tristán
millones
de pesos de plata y en oro por valor de un millón de pesos, más o menos.3
Sentí
terror involuntario al entrar en las prisiones de la Santa Inquisición. El
edificio fue construido con cuidado como todo lo que hizo el clero español en
una época en que, como todo se halla-ba dentro del Estado, no faltaba dinero
para su magnificencia. Hay veinticuatro calabozos, cada uno con cerca de 10
pies cuadrados. Re-ciben luz por una ventanita que les da aire, pero muy poca
claridad. Se ve, además, los subterráneos y los calabozos destinados para los
castigos severos y para los desgraciados de quienes querían desha-cerse
secretamente. La sala de las sentencias es imponente, con esa expresión que
convenía a su terrible destino. Es sumamente elevada. Dos ventanitas provistas
de barrotes de hierro dejan filtrarse una luz tenue. El gran inquisidor se
sentaba sobre un trono y los jueces en ni-chos semejantes a aquellos en donde
se colocan las estatuas. Las pa-redes están revestidas hasta gran altura de
madera admirablemente tallada. El aspecto de esta sala es tan lúgubre, se está
tan lejos de las habitaciones de los hombres, los monjes que formaban ese
temible tribunal demostraban tanta insensibilidad en su aspecto que era
im-posible que el infortunado conducido ante ellos no se sintiera, a la
entrada, sobrecogido de espanto.
Después
de la independencia del Perú ha sido suprimida la Santa Inquisición. Se ha
establecido un gabinete de historia natural y un museo en el edificio que le
estaba consagrado. La colección reuni-da se compone de cuatro momias de los
Incas cuyas formas no han sufrido alteración alguna, aunque parecen preparadas
con menos
3 Sin embargo, “El amonedamiento de la plata
había bajado en los primeros años republicanos hasta un 50% de lo producido en
el quinquenio 1790-1795. Para los años 1830-1840 se calculaba que hasta 4 o 5
millones del valor de las importaciones eran pagados en plata piña. A partir de
1832 la situación fue agravada por la introducción de la moneda feble
boliviana. Entre 1830 y 1861 Potosí acuñó casi 37 millones de pesos con una
liga inferior a la que usaba la moneda peruana. De esta cantidad fue inter-nada
al Perú aproximadamente el 35%, ocasionando el ocultamiento de la moneda
nacional y serios trastornos en las operaciones comerciales” (Macera, 1978, p.
194). [N. de la primera Ed.].
546
8. Lima y
sus costumbres
cuidado
que las de Egipto; de algunos pájaros disecados, de conchas y de muestras de
minerales. Todo en pequeña cantidad. Lo que en-contré de más curioso fue una
gran variedad de vasos antiguos usa-dos por los Incas. Ese pueblo daba a los
recipientes que empleaba formas tan grotescas como variadas y dibujaba encima
figuras em-blemáticas. No hay en aquel museo, en materia de cuadros, sino tres
o cuatro miserables mamarrachos, ni siquiera extendidos sobre un bastidor. No
hay ninguna estatua. El señor Rivero, hombre instruido que ha vivido en
Francia, es el fundador de este museo. Hace todo cuanto puede por enriquecerlo,
pero no se ve secundado por nadie. La república no concede fondos para este
objeto y sus esfuerzos no tienen éxito alguno. El gusto por las bellas artes
solo se manifiesta en la edad avanzada de las naciones. Cuando están fatigadas
de las guerras y de las conmociones y, sobre todo, desengañadas es cuando se
aficionan por ellas y animan así su existencia desencantada. Esas brillantes
flores de la imaginación no adornan la cuna de la libertad, ni los debates que
ella origina.
Durante
mi estancia en Lima asistí muchas veces a los debates del Congreso. La sala es
muy bella, aunque demasiado pequeña para su nuevo destino. Es de forma oblonga
y servía antiguamente a reu-niones académicas y para los discursos de aparato
pronunciados por los altos funcionarios.4 Desde hace diez años no cesan de
presentar proyectos para construir otro. Pero el Ministerio de Guerra absorbe
los fondos de la república y ningún peso se emplea en los trabajos útiles. Los
senadores (es el título que se dan) se sientan en cuatro filas que forman una
herradura. El presidente, en el ángulo. En medio hay dos grandes mesas en torno
a las cuales se colocan los secretarios.
4 “Poco más de un año después de declarada la
independencia del Perú, el 20 de sep-tiembre de 1822, se instaló el primer
Congreso Constituyente del Perú en la capilla de la Universidad de San Marcos,
donde siguió celebrando sus sesiones De esta forma la Universidad compartió su
local con el Congreso de la República. Esta difícil conviven-cia institucional
con los años se fue haciendo insostenible, hasta que en 1867 el Poder
Legislativo ordenó el traslado de la Universidad al Convictorio de San Carlos
[casona del Parque Universitario]” (Burneo, 2002, p. 14). Véase, también,
Valcárcel (2001, pp. 129-130). [N. de la primera Ed.].
547
Flora
Tristán
Los
senadores no usan vestido especial. Cada uno de ellos, sea mili-tar, sacerdote
o burgués, asiste a la sesión con su vestido corriente. En lo alto hay una
galería destinada a los funcionarios, a los agentes extranjeros y al público.
El fondo está dispuesto en anfiteatro y re-servado únicamente para las señoras.
Siempre que asistí encontré a gran número de ellas. Todas estaban con saya,
leían un periódico o conversaban sobre política. Los miembros de la asamblea
hablan por lo general desde su sitio. Hay una tribuna, pero solo reciente-mente
la he visto ocupada. Esta asamblea es mucho más seria que las nuestras. Cuando
habla un orador, nadie lo interrumpe. Se le escucha en religioso silencio. No
se pierde ninguna de sus palabras, todas se oyen. Esta lengua española es tan
bella y majestuosa, sus desinencias tan llenas, tan variadas y al mismo tiempo
los pueblos que la hablan tienen por lo general tanta imaginación, que todos
los oradores a quienes escuché me parecieron muy elocuentes. La digni-dad de su
porte, su voz sonora, sus palabras bien acentuadas, sus ges-tos imponentes,
todo en ellos concurre a encantar al auditorio. Los sacerdotes, en especial, se
distinguen entre los demás oradores. El extranjero que juzgara a esta nación
por los discursos de sus repre-sentantes sentiría un desengaño mayor que la
opinión que se puede concebir al juzgar un libro por el anuncio del editor. No
hay quien no recuerde aquella famosa insurrección napolitana, los elocuentes
discursos de los oradores de su asamblea, los juramentos de morir por la patria
y en todo lo que esto se convirtió al acercarse el ejército austríaco del
mariscal de campo Frimond. ¡Pues bien! Los senado-res peruanos no ceden en nada
a los que Nápoles ofreció en espec-táculo al mundo en 1822. Presuntuosos,
atrevidos en sus palabras, pronuncian con aplomo discursos pomposos en los
cuales se respira la abnegación y el amor a la patria, mientras cada uno de
ellos solo piensa en sus intereses privados y nada en esta patria a la cual,
por lo demás, estos fanfarrones serían incapaces de servir. No hay en esta
asamblea sino permanentes conspiraciones para apropiarse de los recursos del
Estado. Esa intención se oculta en el fondo de todos los pensamientos. La
virtud tiñe todos los discursos, pero el más vil
548
8. Lima y
sus costumbres
egoísmo
se manifiesta en los actos. Al escuchar a aquellos amantes de hermosas frases
pensaba en el periódico del monje Valdivia, en las arengas de Nieto, en las
circulares del prefecto y en los discursos del jefe de los Inmortales.
Comparaba en mis recuerdos la conducta de todos los cabecillas de Arequipa con
sus palabras y comprendía de qué manera había de interpretarse los discursos de
los oradores del Congreso y juzgar su valor, su desinterés y el patriotismo de
que hacían tanta ostentación.
El
palacio del presidente es muy vasto, pero tan mal construido como mal ubicado.
La distribución interior es muy incómoda. El sa-lón de recepciones, largo y
estrecho, parece una galería. Todo mez-quinamente amueblado. Al entrar pensaba
en Bolívar y en lo que mi madre me había referido. Él, a quien le gustaba el
lujo, el fausto y el aire ¿cómo había podido resolverse a ocupar ese palacio
que no valía ni la antecámara del hotel que habitaba en París? Pero en Lima él
mandaba, era el primero, mientras en París no era nada. Y el amor por la
dominación hace pasar por encima de muchos otros incon-venientes. Durante mi
estada en Lima el presidente no dio bailes ni grandes recepciones. Esto me
contrarió, pues sentía mucha curiosi-dad por ver una de sus reuniones de gala.
La
municipalidad era muy grande, pero sin nada notable. La Bi-blioteca me ofreció
más interés. Estaba instalada en un hermoso lo-cal. Las salas eran espaciosas y
bien cuidadas. Los libros se hallaban dispuestos en estantes con mucho orden.
Había mesas cubiertas con tapices verdes y rodeadas de sillas. Allí se podía
leer los periódicos del país. Los libros de Voltaire, Rousseau, de la mayoría
de nuestros clási-cos, todas las historias de la revolución, las obras de Mme.
de Staël, de Mme. Rolland, viajes, memorias, etc.; en total había como 12 mil
volú-menes que estaban en francés. Sentí gran satisfacción al encontrar a
nuestros buenos autores en esta biblioteca. Por desgracia el gusto por la
lectura estaba muy poco difundido para que muchas personas sa-casen provecho.
Vi también a Walter Scott, lord Byron, Cooper, tradu-cidos al francés y una
cantidad de otras traducciones. Se veía también algunas obras en inglés y en
alemán. Además, se encontraba todo lo
549
Flora
Tristán
que
España había producido de bueno. En fin, la biblioteca era muy hermosa con
relación a un país tan poco avanzado.
El teatro
de Lima era muy bonito, aunque pequeño. Estaba de-corado con gusto y muy bien
iluminado. Las mujeres y sus toilettes parecían encantadoras. Actuaba a la
sazón una mala compañía es-pañola que representaba obras de Lope y vaudevilles
franceses, des-figurados por la traducción. Vi el Matrimonio de razón, La joven
casa-dera, El barón de Felsheim, etc. La compañía era tan miserable que le
faltaba hasta los disfraces. Durante tres o cuatro años había estado una
compañía italiana muy buena que dio con mucho éxito las mejo-res óperas, según
decía Mme. Denuelle. La prima dona salió encinta y no quiso quedarse. Su salida
desesperó a su amante quien se afanó en seguirla y sus camaradas se vieron
obligados a buscar fortuna en otra parte. Había función dos veces por semana,
los domingos y los jueves. Las veces que asistí acudió muy poca gente. En los
entreactos fumaban todos los espectadores, hasta las mujeres. Esta sala
resul-taría demasiado exigua si la población tuviese tanta pasión por las
representaciones dramáticas como la tiene por las corridas de toros.
La arena
construida para este género de espectáculos demuestra, por sus gigantescas
dimensiones, el gusto dominante de este pueblo. Vacilé mucho tiempo en rendirme
a las solicitaciones de las señoras amigas mías que me ofrecían sus palcos,
pues me costaba trabajo do-minar mi repugnancia por este género de carnicería.
Sin embargo, como quería estudiar las costumbres del país no podía limitarme a
las observaciones de salón. Debía ver a este pueblo en aquello a que sus
inclinaciones lo arrastran. Fui un domingo a la corrida de toros en compañía de
mi tía, de otra señora y de Mr. Smith. Encontré allí un gentío inmenso, 5 o 6
mil personas, quizá más, todas muy bien vestidas, según su condición, y gozosas
por el placer que esperaban. Alrededor de un vasto redondel estaban colocadas
en anfiteatro veinte filas de banquillos. Encima se hallaba la galería,
dividida en palcos ocupados por la aristocracia limeña. La vista del dolor me
hace tanto daño que siento un cruel pesar en describir el espectácu-lo,
repugnante por su barbarie, de que fui testigo. Me es imposible
550
8. Lima y
sus costumbres
dominar
las emociones que siento ante aquellas escenas de horror y el pincel para
pintarlas se escapa de mis manos.
En el
redondel están cuatro o cinco hombres a caballo que tienen en la mano una
banderita roja y una lanza corta con lámina acerada y cortante. En medio de
este redondel hay una rotonda formada con estacas tan juntas como para que los
toros no puedan pasar la cabeza por los intersticios. Tres o cuatro hombres se
mantienen dentro de esta rotonda. Salen en momentos de abrir la puerta por la
cual entra el animal en la arena y comienzan a aguijonearlo. Le echan cohe-tes
sobre el lomo, en las orejas, lo excitan con todos los tormentos imaginables y
en cuanto temen ser destripados entran rápidamente en su barrera. No creo que
haya alguien que pueda librarse de una fuerte emoción de terror a la vista del
toro cuando, encolerizado, chi-coteándose los flancos con la cola, con las
narices dilatadas, lanza a ratos mugidos de rabia. Su furor convulso es
espantoso. Salta mil ve-ces y persigue a los caballos y a los hombres, pero
estos se le escapan con agilidad.
Concibo
el atractivo poderoso que estos espectáculos pueden te-ner en Andalucía: allí
son soberbios los toros, cuyo furor no necesita ser excitado; los caballos
llenos de fuego y de vigor para el combate; los toreros andaluces vestidos como
pajes, brillantes de pajuelas de oro y de diamantes, cuya agilidad, gracia y
valentía tienen algo má-gico jugándose con el furor del terrible animal al que
derriban de un golpe, dan a aquellas representaciones tanta grandiosidad y el
peli-gro están real y el valor tan heroico que concibo, como he dicho, el
entusiasmo y la embriaguez de los espectadores. Pero en Lima nada viene a
poetizar estas escenas de carnicería. En ese país de clima sua-ve y
debilitante, los caballos y los toros carecen de vigor; los hombres, de valentía.
Diez minutos después de estar suelto el toro se fatiga y para prevenir el
fastidio de los espectadores los hombres, que están en la barrera, armados de
una hoz enmangada con una pértiga, le cortan los jarretes de atrás. El pobre
animal no puede ya apoyarse sino sobre las patas delanteras y da pena verlo
arrastrarse así. En ese estado los bravos toreros limeños le echan cohetes, lo
abruman
551
Flora
Tristán
a
lanzadas, en una palabra, lo matan en ese sitio como podrían ha-cerlo los
torpes y bárbaros carniceros. El desgraciado toro forcejea, lanza sordos
mugidos, gruesas lágrimas corren de sus ojos y, al fin, su cabeza cae en el
charco de sangre negra que lo rodea. Entonces la banda toca música, mientras se
coloca el animal muerto sobre un carro arrastrado por cuatro caballos que
parten a todo galope. Du-rante todo este tiempo el pueblo palmotea, golpea con
los pies, grita, es una alegría, una exaltación que parece alucinar todas las
cabezas. ¡Ocho hombres armados acaban de matar a un toro! ¡Magnífica cau-sa de
entusiasmo! Estaba indignada con este espectáculo. En cuanto mataron al primer
toro quise retirarme, pero las señoras me dijeron:
—Hay que
esperar. Lo bueno viene siempre al fin, los últimos to - ros suelen ser los más
bravos. Quizá matarán a los caballos o herirán a los hombres.
Y estas
señoras recalcaron la palabra hombre, como para decir-me: “Entonces será
interesante...”. Estuvimos muy favorecidas: el ter-cer toro destripó a un
caballo y casi mató al torero que lo montaba. Los que cortaban los jarretes, en
su espanto, le destrozaron las cuatro patas y el animal, jadeante de furia,
cayó bañado en sangre. El caba-llo, por su lado, tenía los intestinos fuera del
vientre. A esta vista salí precipitadamente, pues temí sentirme mal. Mr. Smith
estaba pálido y solo pudo decirme:
—Este
espectáculo es inhumano y repugnante.
Apoyada
en su brazo, anduve por algún tiempo por el paseo que rodea el río. El aire
puro me reanimó, mas el recuerdo del lugar de donde acababa de salir me
entristecía todavía. Ese atractivo que ofrecía a todo un pueblo el espectáculo
del dolor me parecía un in-dicio del último grado de corrupción. Estaba
preocupada por estas reflexiones cuando vimos venir la calesa de mi hermosa
tía. Me gritó desde la distancia en que la podía oír:
—Y bien,
señorita Florita, ¿por qué se escapó así en el mejor mo-mento? ¡Oh, si hubiese
visto el último! ¡Qué magnífico animal! ¡Era realmente de asustar! ¡Ha habido
tal entusiasmo en la plaza! ¡Oh, era encantador!
552
8. Lima y
sus costumbres
Miserable
pueblo, pensaba yo, ¿estás tan desprovisto de piedad como para encontrar
delicias en semejantes escenas?
El Rímac
se parece mucho al río de Arequipa. Corre igualmente sobre un lecho de piedras
y entre rocas. El puente es hermoso y es allí donde se colocan los papanatas
para ver pasar a las señoras que van al Paseo de Aguas. Antes de proseguir voy
a dar a conocer el vestido especial de las mujeres de Lima, el partido que
sacan de él y la in-fluencia que tiene sobre sus costumbres, hábitos y
carácter.
No hay
ningún lugar sobre la tierra donde las mujeres sean más libres y ejerzan mayor
imperio que en Lima. Reinan allí exclusiva-mente. Es de ellas de quien procede
cualquier impulso. Parece que las limeñas absorben, ellas solas, la débil
porción de energía que esta temperatura cálida y embriagadora deja a los
felices habitan-tes. En Lima las mujeres son, por lo general, más altas y de
consti-tución más vigorosa que los hombres. A los 11 o 12 años están ya
completamente formadas. Casi todas se casan a esa edad y son muy fecundas, a
menudo tienen seis o siete hijos. Tienen embarazos feli-ces, dan a luz con
facilidad y se restablecen pronto. Casi todas ama-mantan a sus hijos, pero
siempre con ayuda de una nodriza quien suple a la madre y alimenta también al niño.
Esta es una costumbre proveniente de España donde las familias acomodadas
tienen para sus hijos dos nodrizas. Las limeñas no son hermosas por lo
regu-lar, pero su graciosa fisonomía tiene un ascendiente irresistible. No hay
hombre a quien la vista de una limeña no haga latir el cora-zón de placer. No
tienen la piel curtida como se cree en Europa. La mayoría son, al contrario,
muy blancas. Las otras, según su diverso origen, son trigueñas, pero de una
piel lisa y aterciopelada y de una tez cálida y llena de vida. Las limeñas
tienen todas buen color, los labios de un rojo vivo, hermosos cabellos
ondulados naturalmente, ojos negros de forma admirable, con un brillo y una
expresión in-definible de espíritu, de orgullo y de languidez. Es en esta
expresión donde reside todo el encanto de su persona. Hablan con mucha
fa-cilidad y sus gestos no son menos expresivos que las palabras con que los
acompañan.
553
Flora
Tristán
Su
vestido es único. Lima es la única ciudad del mundo donde ha aparecido. En vano
se ha buscado hasta en las crónicas más antiguas de dónde podía traer su
origen. No se ha podido descubrirlo. No se parece en nada a los diferentes
vestidos españoles y lo que hay de cierto es que no fue traído de España. Se
encontró en aquellos luga-res a raíz del descubrimiento del Perú,5 aunque es
notorio al mismo tiempo que nunca existió en otra ciudad de América. Ese
vestido, lla-mado saya, se compone de una falda y de una especie de saco que
envuelve los hombros, los brazos y la cabeza y se llama manto. Ya oigo a
nuestras elegantes parisienses lanzar exclamaciones sobre la sencillez de este
vestido. Pero están muy lejos de pensar en el partido que puede sacar de él la coquetería.
Esa falda que se hace de diferen-te tela, según la jerarquía del rango y la
diversidad de las fortunas, es de un trabajo tan extraordinario que tiene el
derecho de figurar en las colecciones como objeto de curiosidad. Solo en Lima
se puede confeccionar un vestido de esta especie. Las limeñas pretenden que hay
que haber nacido en Lima para poder hacer una saya y que un chileno, un
arequipeño o un cuzqueño jamás podrían llegar a plisar la saya. Esta
afirmación, cuya exactitud no me he inquietado en ve-rificar, prueba cuán fuera
de las costumbres conocidas se halla este vestido. Trataré de dar una idea por
algunos detalles.
Para
hacer una saya ordinaria se necesita doce o catorce varas de raso.6 Se forra
con una tela de algodón muy ligera. El obrero, a cam-bio de las catorce varas
de raso, trae una faldita que tiene tres cuar-tos de alto, toma el talle dos
dedos encima de las caderas y baja hasta el tobillo. Es tan excesivamente
apretada que en la parte baja tiene el
5 La saya y el manto no son originarios del
Perú. Vinieron de España. El manto fue prohibido por las Cortes de Madrid en
1586 y por las pragmáticas reales de 1590, 1593, 1600 y 1639 (De León Pinelo,
1641). Esta vestimenta empezó a decaer en el Perú hacia 1853 o 1854, según
afirma Raúl Porras, época en que las limeñas cambiaron su in-dumentaria por los
sombreros franceses y solo la usaron para las procesiones (Ver “Palma
romántico” de Ricardo Palma ([1833] 1933, p. 93). [N. de la T.].
6 Este raso se importa de Europa. El vestido se
hacía, antes del descubrimiento del Perú, con un género de lana fabricado en el
país. No emplean ya esa tela sino las mu-jeres pobres. [N. de la A.].
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8. Lima y
sus costumbres
ancho
preciso para poner un pie delante del otro, caminando a pa-sos menudos. Se
encuentran así ceñidas dentro de esa falda como en una vaina. Está
completamente plisada de arriba abajo, a pequeños pliegues y con tal
regularidad que sería imposible descubrir las cos-turas. Esos pliegues están
tan sólidamente hechos y dan a este saco tal elasticidad que se ha visto el
caso de sayas que tenían ya quince años y conservaban todavía suficiente
elasticidad para dibujar todas las formas y prestarse a todos los movimientos.
El manto
está también artísticamente plisado, pero hecho de tela muy delgada no podría
durar tanto como la falda, ni el plisado re-sistir los movimientos continuos de
quien lo usa y la humedad de su aliento. Las mujeres de buena sociedad llevan
saya de raso negro. Las elegantes tienen, además, otras de colores de fantasía,
tales como morado, marrón, verde, azul, rayadas, pero jamás de tonos claros por
la razón de que las mujeres públicas las han adoptado de preferen-cia. El manto
es siempre negro y envuelve el busto por completo. No deja ver sino un ojo. Las
limeñas usan también un corselete del que se ven las mangas. Esas mangas cortas
o largas son de ricas telas; terciopelo, raso de color o tul; pero la mayoría
de las mujeres va con los brazos desnudos en todas las estaciones. El calzado
de las limeñas es de una gran elegancia. Tienen lindos zapatos de raso de todos
co-lores, adornados con bordados. Si son llanos los colores de las cintas
contrastan con el del zapato. Usan medias de seda caladas, de dis-tintos tonos
y cuyos talones están profusamente bordados. En todas partes las mujeres
españolas se hacen notar por la gran elegancia de su calzado. Pero hay tanta
coquetería en el de las limeñas que pare-cen sobresalir en esta parte de su
indumentaria. Las mujeres de Lima usan el cabello separado a cada lado de la
cabeza. Cae en dos trenzas perfectamente hechas y rematadas por un grueso nudo
de cintas. Esa moda, sin embargo, no es la única. Hay mujeres que usan los
ca-bellos ondulados a la Ninon y caen en largos bucles sobre el seno el cual,
según la moda del país, dejan casi siempre desnudo. Desde hace algunos años se
ha introducido la moda de llevar grandes chales de crespón de China ricamente
bordados en colores.
555
Flora
Tristán
La
adopción de este chal ha hecho su vestimenta más decente ve-lando, con su
amplitud, el desnudo y las formas dibujadas demasia-do fuerte. Uno de los
refinamientos de su lujo es tener un lindo pa - ñuelo de batista bordado y
adornado con encaje. ¡Oh! ¡Cuánta gracia tienen, qué embriagadoras son estas
bellas limeñas con su saya de un hermoso negro brillante al sol, que dibujan
las formas verdade-ras de algunas, falsas en muchas otras, pero que imitan tan
bien a la naturaleza, que es imposible al verlas, tener idea de la superchería!
¡Qué graciosos son los movimientos de sus hombros, cuando atraen el manto para
ocultar por completo el rostro, que por momentos de-jan ver a hurtadillas! ¡Qué
fino y flexible es su talle y cuán ondulante es el balance de su paso! ¡Qué
lindos son sus piececitos y qué lástima que sean demasiado gruesos!
Una
limeña con saya o vestida con un lindo traje llegado de París no es la misma
mujer. Se busca en vano, bajo el vestido parisién, a la mujer seductora que se
encontró por la mañana en la iglesia de Santa María. Por eso mismo, en Lima
todos los extranjeros van a la iglesia, no para oír cantar a los frailes el
oficio divino, sino para ad-mirar, bajo su vestido nacional, a esas mujeres de
naturaleza aparte. Todo en ellas está, en efecto, lleno de seducción. Sus
posturas son tan encantadoras como su paso y cuando están de rodillas inclinan
la cabeza con malicia, dejando ver sus lindos brazos cubiertos de bra-zaletes,
sus manitas con los dedos resplandecientes de sortijas que recorren un grueso
rosario con una agilidad voluptuosa, mientras sus miradas furtivas llevan la
embriaguez hasta el éxtasis.
Un gran
número de extranjeros me ha referido el efecto mágico producido sobre la
imaginación de muchos de ellos por la vista de aquellas mujeres. Una ambición
de aventuras les hizo afrontar mil peligros con la firme persuasión de que la
fortuna les esperaba en esas lejanas playas. Las limeñas les parecieron
sacerdotisas o, más bien, pensando en el paraíso de Mahoma, creyeron que para
resar-cirles de los penosos sufrimientos de una larga travesía y recompen-sar
su valor, Dios les había hecho abordar en un país encantado. Esos extravíos de
la imaginación no parecen muy inverosímiles cuando
556
8. Lima y
sus costumbres
se es
testigo de las locuras y extravagancias que las bellas limeñas inducen a hacer
a aquellos extranjeros. Se diría que el vértigo se ha apoderado de sus sentidos
y el deseo ardiente de conocer sus faccio-nes, que ellas ocultan
cuidadosamente, les hace seguirlas con ávida curiosidad. Pero hay que tener una
gran práctica en ver sayas para seguir a una limeña con ese vestido que da a
todas una gran seme-janza. Se necesita una atención muy sostenida para no
perder de vista, entre la multitud, a aquella cuya mirada ha encantado. Ágil,
se desliza y muy pronto en su sinuosa carrera, como la serpiente a través del
césped, se escapa a la persecución. ¡Oh, desafío a la más linda inglesa, con su
cabellera rubia, sus ojos en los que se refleja el cielo y su piel de lirio y
de rosa a luchar con una limeña bonita con saya! ¡Desafío igualmente a la más
seductora francesa, con su linda boca entreabierta, sus ojos espirituales, su
talle elegante, sus mane-ras alegres y todo el refinamiento de su coquetería a
luchar con una limeña bonita con saya! La española misma, con su noble porte y
su hermosa fisonomía, llena de orgullo y de amor, no parecería sino fría y
altiva al lado de la linda limeña con saya. ¡Oh! Sin ningún temor de ser
desmentida, puedo afirmar que las limeñas con ese traje serían proclamadas las
reinas de la tierra, si bastara la belleza de las formas y el encanto magnético
de la mirada para asegurar el imperio que la mujer está llamada a ejercer. Pero
si la belleza impresiona los senti-dos, son las inspiraciones del alma, la
fuerza moral y los talentos del espíritu los que prolongan la duración de su
reinado. Dios ha dotado a la mujer de un corazón más amante y abnegado que el
del hombre y si, como no hay ninguna duda, honramos al Criador en el amor y la
abnegación, la mujer tiene sobre el hombre una superioridad incon-testable. Mas
es preciso que cultive su inteligencia y, sobre todo, que se haga dueña de sí
misma para conservar esta superioridad. Solo con estas condiciones obtendrá
toda la influencia que Dios ha permi-tido ejercer a las cualidades de su
corazón. Pero cuando desconoce su misión, cuando en vez de ser el guía el genio
inspirador del hombre y la causa de su perfeccionamiento moral solo trata de
seducirlo y rei-nar sobre sus sentidos, su imperio se desvanece junto con los
deseos
557
Flora
Tristán
que ha
hecho nacer. Del mismo modo, cuando esas limeñas encanta-doras que no han
puesto ningún ideal elevado en las actividades de su vida, después de haber
electrizado la imaginación de los jóvenes extranjeros, llegan a mostrarse tales
como son, con el corazón has-tiado, el espíritu sin cultura, el alma sin
nobleza y gustando solo del dinero... destruyen al instante el brillante
prestigio de fascinación que sus encantos produjeron.
Sin
embargo, las mujeres de Lima gobiernan a los hombres por-que son muy superiores
a ellos en inteligencia y en fuerza moral... La fase de civilización en la que
se encuentra este pueblo está aún muy lejos de la que hemos alcanzado en
Europa. No existe en el Perú nin-gún instituto para la educación de uno u otro
sexo. La inteligencia no se desarrolla sino por sus fuerzas naturales. Por esta
causa, la pre-eminencia de las mujeres de Lima sobre el otro sexo, por
inferiores que sean a las mujeres europeas con relación a la moral, debe
atri-buirse a la superioridad de inteligencia que Dios les ha concedido.
Se debe
también hacer notar cuán favorable es la indumentaria de las limeñas para
secundar su inteligencia y hacerles adquirir la gran libertad y la influencia
dominante de que gozan. Si alguna vez abandonaran aquel traje sin adoptar
nuevas costumbres, si no reem-plazaran los medios de seducción que les
proporciona este disfraz por la adquisición de talentos y virtudes que tengan
como objetivo la felicidad y el perfeccionamiento de los demás, virtudes cuya
nece-sidad no han sentido hasta ahora, se puede predecir, sin vacilar, que
perderán enseguida todo su imperio, caerán muy bajo y serán tan desdichadas
como pueden serlo las criaturas humanas. No podrán ya entregarse a esa
actividad incesante que favorece su incógnito y serán presa del tedio sin
ningún medio de suplir la falta de estima-ción que se profesa, en general, a
los seres que no son accesibles sino a los goces de los sentidos. En prueba de
lo que digo voy a trazar un ligero esquema de los usos de la sociedad de Lima y
se juzgará, según esta exposición, de la exactitud de mis observaciones.
La saya,
como he dicho, es el vestido nacional. Todas las mujeres la usan a cualquiera
que sea la clase social a que pertenezcan. Se la
558
8. Lima y
sus costumbres
respeta y
forma parte de las costumbres del país como en Oriente lo es el velo de la
musulmana. Desde el principio hasta el fin del año las limeñas salen así
disfrazadas y aquel que osara quitar a una mujer con saya el manto que le
oculta el rostro por completo, a excepción de un ojo, sería perseguido por la
indignación pública y severamen-te castigado. Se ha establecido que cualquier
mujer puede salir sola. La mayoría se hace seguir por una negra, pero no es
obligación. Ese vestido cambia de tal modo la persona y hasta la voz, cuyas
inflexio-nes se alteran (la boca está cubierta) a tal punto que, salvo que esta
persona tenga algo notable, como un talle muy alto o muy bajo, que sea coja o
jorobada, es imposible reconocerla. Creo que se necesitan pocos esfuerzos de
imaginación para comprender las consecuen-cias que resultan de un estado de
disfraz continuo, consagrado por el tiempo y la costumbre y sancionado o al
menos tolerado por las leyes. Una limeña desayuna por la mañana con su marido
con un pequeño peinador a la francesa, con los cabellos levantados,
abso-lutamente como nuestras señoras de París. Si tiene deseo de salir se pone
su saya sin corsé (la faja interior que oprime la saya es suficien-te), deja
caer sus cabellos, se tapa,7 es decir, esconde la cara con el manto y va donde
quiere. Encuentra a su marido en la calle y él no la reconoce,8 lo intriga con
su mirada, le hace gestos, lo provoca con frases, entra en gran conversación,
se deja ofrecer helados, frutas, bizcochos, le da una cita, lo deja y enseguida
entabla otro diálogo con un oficial que pasa. Puede llevar tan lejos como
quiera esta nueva aventura sin quitarse jamás su manto. Va a visitar a sus
amigas, hace un paseo y entra en su casa para almorzar. Su marido no le
pregunta dónde ha ido, pues sabe perfectamente que, si tiene interés en
ocul-tarle la verdad, le mentirá y como no tiene medio de evitarlo adopta el
partido más sabio: el de no inquietarse. Así estas señoras van solas al teatro,
a las corridas de toros, a las asambleas públicas, a los bailes,
7 Tapada quiere decir ocultar la cara con el
manto. [N. de la A.].
8 Muchos maridos me han asegurado que no
reconocen a sus esposas cuando las encuentran. [N. de la A.].
559
Flora
Tristán
a los
paseos, a las iglesias, a las visitas y son muy bien vistas en todas partes. Si
encuentran algunas personas con quienes desean conver-sar les hablan, las dejan
y son libres e independientes en medio de la multitud, aun más de lo que son
los hombres con el rostro descubier-to. Ese vestido tiene la inmensa ventaja de
ser a la vez económico, muy limpio, cómodo, se tiene listo en cualquier momento
y jamás se necesita el menor cuidado.
Existe,
además, una costumbre que no debo dejar de referir. Cuando las limeñas quieren
hacer su disfraz aún más impenetrable, se ponen una saya vieja, toda
desplisada, rota y cayéndose a pedazos, un manto y un corselete viejos. Pero
las que desean hacerse reco-nocer como pertenecientes a la buena sociedad se
calzan perfecta-mente y llevan en el bolsillo uno de sus más lindos pañuelos.
Este subterfugio es aceptado y se llama disfrazar. A una disfrazada se la
considera como persona muy respetable. No se le dirige la palabra. No se le
acercan sino muy tímidamente. Sería inconveniente y aun desleal seguirla. Se
supone, con razón, que si se ha disfrazado, debe tener motivos importantes para
hacerlo y por consiguiente, nadie debe arrogarse el derecho de examinar sus
actos.
Después
de lo que acabo de escribir sobre el vestido y los usos de las limeñas se
concebirá fácilmente que deben tener un orden de ideas diferentes al de las
europeas quienes desde su infancia son es-clavas de las leyes, de las
costumbres, de los hábitos, de los prejuicios, de las modas, de todo, en fin.
Mientras que bajo la saya la limeña es libre, goza de su independencia y se
apoya confiadamente en esta fuerza verdadera que todo ser siente en sí cuando
puede proceder según los deseos de su organismo. La mujer de Lima, en todas las
si-tuaciones de su vida, es siempre ella. Jamás soporta ningún yugo: sol-tera,
escapa al dominio de sus padres por la libertad que le da su tra-je; cuando se
casa, no toma el nombre del marido, conserva el suyo y siempre es la dueña de
su casa. Cuando el hogar la aburre mucho se pone su saya y sale como lo hacen
los hombres al coger su sombrero. Procede en todo con la misma independencia de
acción. En las rela-ciones íntimas que mantiene, ya sean ligeras, ya serias,
las limeñas
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8. Lima y
sus costumbres
conservan
siempre dignidad, aunque su conducta a este respecto sea en realidad muy
diferente de la nuestra. Al igual de todas las mu-jeres, ellas miden la fuerza
del amor que inspiran por la extensión de los sacrificios que se hacen por
ellas. Como después del descubri-miento, su país no ha atraído a los europeos a
tan gran distancia de sus patrias sino por el oro que podían obtener, el oro
únicamente, con exclusión de los talentos o la virtud ha sido siempre el único
ob-jeto de la consideración y el móvil de todas las acciones. Es el que ha
dirigido todo; los talentos y la virtud, nada. Las limeñas, consecuen-tes en su
manera de proceder con el orden de ideas que se despren-den de ese estado de
cosas, no ven pruebas de amor sino en las masas de oro que les son ofrecidas.
Es por el valor de la ofrenda por el que juzgan la sinceridad del amante y su
vanidad queda más o menos satisfecha según que las sumas recibidas sean más o
menos grandes y mayor o menor el precio del objeto regalado. Cuando se quiere
dar idea del violento amor de tal señor por tal señora no se emplea sino esta
fraseología: “Le ha dado oro a manos llenas. Le ha comprado por un precio
enorme todo cuanto había de más precioso. Se ha arruina-do totalmente por
ella”... Es como si nosotros dijéramos: “Se mató por ella”. La mujer rica
siempre recibe dinero de su amante, aunque sea para darlo a sus negras si no
tiene en qué gastarlo. Es para ella una prueba de amor, la única que la puede
convencer de que es amada. La vanidad de los viajeros les hace disfrazar la
verdad y cuando han hablado de las mujeres de Lima y de la buena suerte que han
tenido con ellas no se han jactado de que eso les hubiese costado un peque-ño
tesoro. Esas costumbres son muy originales, pero son verdaderas. He visto a
varias señoras de buena sociedad usar sortijas, cadenas y relojes de hombre...
Las
señoras de Lima se ocupan de sus casas. Pero como son muy activas el poco
tiempo que les consagran basta para tener todo en or-den. Tienen una
inclinación decidida por la política y la intriga. Son ellas quienes se ocupan
de colocar a sus maridos, a sus hijos y a los hombres que les interesan. Para
obtener su propósito no hay obstá-culos o disgustos que no sepan dominar. Los
hombres no se mezclan
561
Flora
Tristán
en esta
clase de asuntos y hacen bien. No se desenredarían con la misma habilidad. Les
gusta mucho el placer, las fiestas, buscan las reuniones sociales, juegan
mucho, fuman cigarrillos y montan a ca-ballo, no a la inglesa, sino con un
pantalón largo como el de los hom-bres. Tienen gran pasión por los baños de mar
y nadan muy bien. En materia de talentos de adorno, tocan la guitarra, cantan
muy mal (hay algunas, sin embargo, que son buenas músicas) y bailan con un
encanto indescriptible los bailes del país.
Las
limeñas no tienen en general ninguna instrucción, no leen y permanecen extrañas
a todo cuanto ocurre en el mundo. Tienen mu-cho espíritu natural, una
comprensión fácil, buena memoria y una inteligencia sorprendente.
He
descrito a las mujeres de Lima tales como son y no según los dichos de ciertos
viajeros. Esto me cuesta, sin duda alguna, pues la manera amable y hospitalaria
como ellas me han acogido me ha pe-netrado de los más vivos sentimientos de
reconocimiento. Pero, mi papel de viajera concienzuda me hace un deber decir
toda la verdad.
He
hablado del teatro y de las corridas de toros, pero he omitido el espectáculo
que las iglesias ofrecen a la población limeña. Es el más concurrido y el deseo
perpetuo de distracciones conduce a ellas a la multitud. En Lima todo el mundo
oye dos o tres misas, una en la catedral, porque se ve allí a un gran número de
lindas mujeres y a los extranjeros atraídos por aquellas bellezas; otra en San
Francis-co, porque estos padres distribuyen excelente pan bendito, se oye un
magnífico órgano y todos los sacerdotes están ricamente vestidos; la tercera
misa se oye en El Niño Jesús, a fin de gozar del divertido canto de los
numerosos pájaros encerrados en las jaulas. En casi todas las iglesias de Lima
se ve cerca de los altares jaulas llenas de pájaros de diferentes especies. Sus
cantos dominan a menudo las pa-labras del sacerdote que dice la misa. Además de
las distracciones cotidianas que se tiene en las iglesias, hay en la ciudad dos
procesio-nes por semana, por lo menos, y esas procesiones son aún más cómi-cas
e indecentes que las que tanto me escandalizaron en Arequipa. Y, en fin, para
que la continuidad de las ceremonias, la edificación y
562
8. Lima y
sus costumbres
la
diversión de los religiosos limeños no se interrumpan hay oficios durante la
noche, celebrados con mucha pompa, en los que todo tie-ne lugar; debemos
creerlo así, con el mismo respeto por las conve-niencias. ¡Cuántas escuelas se
establecerían con lo que cuestan todas estas vanas ceremonias! ¡Cuántas cosas
útiles podrían aprenderse o hacerse en el tiempo que se pierde en ellas!...
Los dos
principales paseos son el Almendral y el Paseo de Aguas. Este último es el
preferido. Es hermoso, pero mal situado. El riachue-lo que lo bordea, los
grandes árboles que lo adornan producen, en invierno, humedad muy perjudicial a
la salud y durante el verano la falta de aire. El domingo y los días feriados
este paseo se asemeja, por la tarde, al boulevard de Gante. Las mujeres están
casi todas con sayas y muchas sentadas sobre las bancas. En esta posición el
vesti-do deja ver hasta las rodillas. Hay en la calzada numerosas calesas. Unas
van al paso, otras se detienen para que las señoras que van en ellas puedan
hacer admirar su belleza y su elegancia. Este paseo dura cuatro o cinco horas.
Me habría parecido demasiado largo de no ha-ber estado en compañía de varias
señoras y en especial de mi tía que tiene un brillante espíritu cuando hace
críticas. Y en este paseo hay gran campo para hacerlas...
La
iniciación de la primavera es uno de los grandes placeres de Lima. Es en
realidad una fiesta soberbia. El día de San Juan comienza el paseo de
Amancaes,9 especie de Longchamp, adonde fui con doña Calixta, una de mis
amigas. Asistía toda la población. Había más de cien calesas que llevaban a las
señoras magníficamente ataviadas. Se veían numerosas cabalgatas y una inmensa
multitud de peato-nes. Durante los dos meses de invierno, mayo y junio, los
cerros se cubren de flores amarillas y de hojas verdes, llamadas amancaes, y
tienen el aspecto de la primavera. Esto es lo que da lugar a la fiesta y el
nombre del paseo. El camino que conduce a estos cerros es muy ancho y la
perspectiva que se tiene desde cierta altura es encanta-dora. En muchos lugares
se arman tiendas en las cuales se venden
9 Amancaes es el nombre de una flor amarilla
que crece en los cerros. [N. de la A.].
563
Flora
Tristán
refrescos
y se ejecutan las danzas más indecentes. El gran mundo frecuenta estos sitios
en los meses de la estación y el imperio de la moda y el deseo de ver y de ser
visto hacen excusar los numerosos inconvenientes que ofrecen. El camino es muy
malo. Los caballos se hunden en la arena hasta las rodillas. El viento es frío
y por la tarde, si uno se demora en retirarse, corre el riesgo de ser detenido
por los ladrones que abundan en Lima. A pesar de todo, los limeños acuden con
verdadero furor. Forman grupos, llevan su almuerzo y comida y pasan allí la
noche.
No me
limité a visitar los paseos y los edificios de Lima. Traté también de
introducirme entre los principales habitantes, con el propósito de conocer los
usos y costumbres. Había sido recomenda-da a muchas familias y además a dos
primas de Arequipa: la señora Baltazara de Benavides y a la señora Inés de
Izcue. Fui muy bien acogida en estas dos casas donde me dieron dos comidas de
etique-ta. Nada en el mundo es más pesado que estas comidas. Se despliega un
gran lujo en la vajilla, en el cristal, en todas las cosas, pero en es-pecial
en los guisos y golosinas de mil clases. Lima se distingue por sus progresos en
la cocina. El arte culinario está floreciente y, desde hace diez años, todo se
hace a la francesa. El país proporciona muy buena carne, buenas legumbres,
pescado de toda clase y gran abun-dancia de frutas exquisitas. Es fácil
confeccionar con poco gasto un estupendo menú. Esos banquetes me causan a mí,
que tengo el há-bito de comer en diez minutos, una fatiga inimaginable. Se
sirven dos y tres veces y es preciso comer de todo para no infringir los usos
de la cortesía. Necesitaba constantemente repetir las mismas excu-sas, decir
hasta la saciedad que no comía carne ni sopa y que mi ali-mentación se limitaba
habitualmente a legumbres, fruta y leche. Se quedan dos horas en la mesa.
Durante este tiempo la conversación versa sobre la excelencia de los guisos y
se dirigen elogios en térmi-nos pomposos al dueño de casa. Al igual que en
Arequipa, se tiene también la costumbre de hacerse pasar pedazos de los alimentos
en la punta del tenedor, pero ya este uso se pierde. Lo que he visto comer en
estas ocasiones es en realidad monstruoso. Resulta que
564
8. Lima y
sus costumbres
a la
salida de la comida casi todos los convidados están enfermos y en tal estado de
estupor que son incapaces de decir una palabra. En definitiva, sus festines son
tan cansados como perjudiciales a la salud. La profusión que ostentan denota un
pueblo todavía reduci-do a los goces sensuales. La hora corriente para el
almuerzo no se altera en esos días: se sientan a la mesa a las tres, como de
costum-bre, pero no se levantan sino a las cinco o seis. Después hay que
acompañar una o dos horas a los dueños de casa. Se puede juzgar cuán pesada
tarea sería para mí semejantes invitaciones. En todas esas comidas se sirven
nuestros mejores vinos lo cual ocasiona un gran gasto para el país.
Entre las
mujeres distinguidas que viven en Lima citaré a tres cu-yos nombres no podría
omitir al hablar de esta ciudad. La primera es la señora de la Riva-Agüero,
célebre por sus desgracias y por el valor y la constancia que demuestra al
soportarlas. La segunda es la señora Calixta Thwaites, la mujer más instruida
que he encontrado en Amé-rica y que se distingue por su espíritu brillante y la
exactitud de sus juicios. Y, por fin, la tercera es la señora Manuela Riglos,
mujer sabia y muy espiritual, según dicen, pero más pedante aún.
Al contar
la historia de la señora de la Riva Agüero mi intención es también demostrar,
como lo he hecho en la historia del coman-dante de la “Challenger”, de cuántos
males es causa la tiranía ejer-cida por los padres sobre las inclinaciones de
sus hijos. Como si los errores del corazón, la saciedad y la suerte buena o
mala de la vida no bastasen para comprometer la felicidad de un lazo que en
nues-tra sabiduría hemos hecho indisoluble, aún es necesario aumentar esos
peligros haciendo intervenir a la razón humana con su cortejo de prejuicios en
el afecto más desinteresado de nuestra naturaleza. ¡Ah! La razón es aún más
fecunda en decepciones que el corazón y el amor que Dios enciende tiene sin
duda más derechos a nuestro res-peto que las vanas opiniones nacidas en nuestro
cerebro por influen-cia del mundo exterior. La presión ejercida a este respecto
por los padres sobre sus hijos es el más culpable abuso de la fuerza, al mismo
tiempo que el más insigne absurdo de la razón. Matar a la víctima es
565
Flora
Tristán
menos
criminal que prepararle un porvenir de calamidades. Obligar a amar es el colmo
de la demencia a que puede llegar la tiranía.
La señora
de la Riva-Agüero (Carolina Delooz) pertenecía a una de las primeras familias
de Holanda donde nació.10 Recibió una educa-ción tan brillante como sólida y la
extrema amabilidad de su tono, sus maneras a la vez sencillas y elegantes
demostraban que había vivido, desde su infancia, entre la mejor sociedad. Era
una mujer completa, si alguna vez un ser humano ha merecido que se diga eso de
él. Cuando la conocí tenía alrededor de 30 años. Muy bella todavía, a los
diecio-cho debió ser una encantadora criatura llena de gracia y de frescura.
¡Pobre joven! ¡Cuando jugabas en tus verdes campiñas no pensabas en el triste
destino que te reservaba la ambición de tus padres!
En 1822
llegó a Bruselas un peruano llamado de la Riva-Agüero. Se introdujo, no sé
cómo, en la familia de la joven Carolina Delooz, se presentó con un cortejo de
títulos y se dio de Presidente de la Repú-blica del Perú, país que se había
visto obligado a abandonar a conse-cuencia de movimientos revolucionarios.
Amplificó, con esa exage-ración propia de su país, todo lo que podía darle
importancia y hacer concebir una alta opinión sobre él. Por fin logró, por su
elocuencia y sus aires de grandeza, interesar a la familia Delooz y
deslumbrarla. M. Delooz, padre de siete hijos, había perdido gran parte de su
fortu-na y tenía cuatro hijas solteras. Creyó en las palabras del que se
titu-laba Presidente del Perú, poseedor de grandes riquezas en su patria. El
noble y ambicioso holandés vio en este extranjero un partido con-veniente para
una de sus hijas y acogió su pedido. Declaró su volun-tad a Carolina, quien
quedó petrificada. Riva-Agüero tenía entonces 55 años, era de una repugnante
fealdad, de mala salud y de carácter triste y severo. La joven con la
desesperación en el alma fue a echar-se a los pies de su madre y a pedirle
protección. Pero ¡ay!, la pobre
10 La princesa Carolina Arnoldina de
Looz-Corswaren no era holandesa, sino belga, nacida en Bruselas. Pertenecía a
la casa soberana de un ducado del antiguo imperio germánico. Al casarse con
Riva-Agüero, este tenía poco más de 40 años ya que había nacido el 3 de mayo de
1783. La fecha de la llegada de este a Bruselas que da Flora en el párrafo
siguiente es errónea, pues solo salió expatriado en el año 1824. [N. de la T.].
566
8. Lima y
sus costumbres
madre,
esclava como su hija, no podía sino confundir sus lágrimas con las de su niña.
El noble esposo, amo absoluto de su familia, vio callar ante su voluntad todas
las resistencias. En todo el círculo de la familia Delooz no se encontró una
sola persona que se atreviese a observar al padre que procedía con crueldad
echando a su hija entre los brazos de un viejo hipocondríaco y, con
imprudencia, casándola con un desconocido que quizá los engañaba. La sociedad
holande-sa, aún más esclavizada que la nuestra por los prejuicios del orgullo,
encontraba que el Presidente del Perú era un excelente partido para Carolina
Delooz y la pobre niña se vio obligada a sentirse honrada, contenta y feliz.
Tenía 17 años cuando se casó con el viejo.
Poco
tiempo después de su matrimonio la joven se vio obligada a dejar a su madre y a
sus hermanos, a quienes amaba tiernamen-te, para seguir a su marido a sus
estados. Llegó a Valparaíso con un hijo de quince meses y encinta. Estuvo allí
cerca de dos años viviendo en una casa amueblada en la forma más mezquina, sin
atreverse a preguntar a su augusto esposo cuándo pensaba conducirla a su
pa-lacio. Habiendo agotado M. de la Riva-Agüero sus escasos recursos para
subvenir a esta miserable existencia se vio obligado a traer a su esposa a
Lima. ¡Ah! Cuál debió ser la desesperación de esta joven a la vista de la casa
donde la instaló su marido. Su desgracia era evi-dente. Ese hombre había
abusado indignamente de la credulidad de su padre. Se veía a 3 mil leguas de su
país, sin su madre o alguno de los suyos que la consolara y ayudara con sus
consejos y su afecto. Se veía sin fortuna, sin ninguna consideración, en lucha
con la miseria y condenada a pesares de toda especie y a temer hasta por sus
hi-jos. ¡Debió ser horrible su desesperación! M. de la Riva-Agüero había
mentido al presentarse como Presidente del Perú. Es verdad que du-rante un
movimiento revolucionario un nombramiento extralegal le había dado aquel
título. Lo conservó tres días en medio del desorden al que lo debió.11 Una vez
restablecida la calma se vio obligado a es-
11 José de la Riva-Agüero, primer Presidente del
Perú, no fue el vulgar intrigante que pretende pintar Flora. Representó un
importante papel en la primera parte de la lu-
567
Flora
Tristán
capar
apresuradamente pues había sido puesto fuera de la ley como faccioso. Había
mentido cuando se había dicho dueño de grandes riquezas porque no tenía ya por
toda fortuna, sino la mitad de una vieja casucha cuya otra mitad pertenecía a
su hermana. Al llegar a Lima no le fue posible ocultar su situación a su
esposa. Ella escuchó todos los cuentos que le refirió con una sangre fría y una
firmeza que demostraban su gran valor y soportó su suerte con una dignidad y
una resignación digna de los más grandes elogios. Jamás alguien ha oído salir
de sus labios la más ligera alusión al indigno engaño de que ha sido víctima.
Habla siempre de su marido con el mayor respeto, parece estar muy convencida de
la exacta verdad de todo cuanto él le ha dicho, atribuye las desgracias de M.
Riva-Agüero a los aconteci-mientos políticos y solo se queja de la ingratitud
de la República.
La señora
de la Riva-Agüero es un ángel de virtud. Su conducta es tan ejemplar que ni la
maledicencia de las limeñas ha podido encon-trar qué decir. Cuando la vi era
madre de tres niños, los más hermo-sos que se puede ver y estaba encinta. Esa
mujer con su orden, su ex-trema economía y sus hábitos laboriosos tenía el
talento de sostener su casa sobre un pie muy honorable. Amamantaba y educaba
ella misma a sus hijos, cosía sus vestidos y cuidaba a su viejo marido casi
siempre enfermo. Así excitaba la admiración de quienes la conocían. ¡Ah! ¡Si su
padre hubiese podido ser testigo de las lágrimas vertidas en secreto! Pero ese
padre recibe de su hija cartas dictadas por un respeto filial que hace callar
cualquier otro sentimiento. La joven se-ñora es demasiado piadosa, demasiado
generosa como para turbar el
cha
emancipadora contra España. Fue presidente, elegido por el Congreso, desde el
28 de enero de 1823 hasta el 23 de junio de ese año en que fue depuesto por el
mis-mo Congreso. Entró en abierta pugna con Bolívar quien había sido llamado
por ese Congreso y llegó a dictarse sentencia de muerte contra él al saberse
que estaba en tra-tos con el virrey La Serna para establecer en el Perú un
régimen monárquico indepen-diente, pero bajo el gobierno de un príncipe
español. Expatriado en Europa desde 1824 hasta 1828, en que regresó a América,
volvió al Perú en 1833 y entonces recuperó parte de los bienes que había
perdido en todas estas luchas políticas. Más tarde fue ministro
plenipotenciario en Chile durante la Confederación Perú-boliviana y Presidente
del Estado Norperuano. Al caer la Confederación volvió a expatriarse y solo
regresó en 1845 mediante una ley de amnistía. Murió en Lima en 1858. [N. de la
T.].
568
8. Lima y
sus costumbres
reposo de
su padre con sus reproches o sus quejas. Le escribe que es feliz y el viejo,
hinchado de orgullo, enseña sus cartas y dice a todos que su hija es la
presidenta del Perú.
Conozco
todos estos detalles por una sirvienta holandesa que vino al Perú con la señora
Riva-Agüero y estaba en casa de la señora Denuelle desde hacía seis meses. Por
lo que me refirió de la señora Riva-Agüero me dio deseos de conocerla y le
escribí para obtener el permiso de hacerlo. Vino esa misma tarde y conversó
conmigo largo rato. Hablaba el francés como una francesa y su conversación
proba-ba que había nacido con un carácter alegre, vivo y lleno de orgullo. Su
embarazo la hacía sufrir y su expresión tenía algo de angelical. Al retirarse
me cogió la mano con cariño y me dijo:
—Venga a
verme, señorita, tendré mucho gusto en conversar con usted sobre Europa y esos
hermosos países donde usted regresa. La vida que llevo aquí es muy monótona.
Sin embargo, no me quejo. Mis hijos, mis queridos hijos, reemplazan todo para
mí.
Miré con
santo respeto a esta mujer de virtud tan admirable, víc-tima como yo de los
crueles prejuicios a los que todavía se someten las gentes rutinarias a pesar
de haber reconocido su absurdo. Duran-te mi residencia en Lima fui muy a menudo
a ver a esta señora. Algu-nas personas iban también a veces a tomar el té con
nosotras.
Intimé
mucho con doña Calixta Thwaites y sentí un vivo pesar al no poder decidirla a
vivir en Europa. Esta mujer era realmente supe-rior, tanto por la elevación de
su espíritu como por la inmensa varie-dad de sus conocimientos. Hablaba el
inglés de un modo admirable; había traducido una gran parte de lord Byron al
español y al francés. Su erudición era sorprendente con relación a su edad.
Tenía enton-ces solo 29 años. Nacida en Buenos Aires, y casada con un inglés,
ha-cía cuatro que había ido a establecerse a Lima donde su marido tenía una
casa de comercio. Enviudó poco tiempo después de su llegada y gozaba de una
buena fortuna. No se podía ver sin pesar que semejan-te mujer se hubiese
establecido en un país donde tan pocas personas eran capaces de apreciarla.
¡Ojalá pudiese despertar entre algunos el gusto por las letras y hacer que
aparezcan luces entre aquella espesa
569
Flora
Tristán
oscuridad!
La Providencia, al inspirarle la voluntad de habitar en el Perú, parece haberla
destinado a esta misión.
Cuando
llegué a Lima no vi a la señora Riglos. Acababa de perder a su abuela y me
envió a su marido. Fui a pagarle la visita sin encon-trarla. No vino a verme y
pensé que sería indiscreto de mi parte re-gresar. Me dijeron que no se había
atrevido a presentarse en mi hotel por temor a la maldad de M me. Denuelle.
Esto es verdad, se burlaba de ella despiadadamente. Esta señora tenía la
modesta pretensión de creerse a la misma altura que Mme. de Staël. Según ella,
había escrito obras notables, pero que nadie había visto de modo que era
preciso creer en sus palabras. En las luchas de los partidos dirigía odas a los
vencedores. Componía piezas poéticas sobre el sol, la luna, el mar y otros
temas no menos grandiosos. La señora Riglos era entonces una mujer de 40 años,
flaca, pálida y coja. Jamás usaba saya y su vestido se distinguía por su
extravagancia. Siempre tenía grandes sombre-ros con plumas blancas, trajes
amarillos con chales rojos y el resto de su indumentaria por el estilo.
Profesaba por su país un profundo des-precio. La señora Riglos tenía el
proyecto de establecerse en Francia. Repetía sin cesar que una mujer de su
mérito no podía vivir en otra parte que en París. Por todo lo que me refirieron
de esta señora creo que, si tuviese menos pretensión, y tratase de producir
menos efecto, no se pondría en duda su talento como poetisa. Pero “el espíritu
que quiere aparentar perjudica el que hay en ella”.12
12 Manuela Rávago y Avella Fuertes de Riglos fue
efectivamente literata y, no ella si no sus contemporáneos, la llamaron “la
Staël peruana”. Tenía un salón literario al que asistían las principales
figuras literarias y políticas de la época. En su casa se en-sayó el Himno
Nacional Peruano y ella lo cantó por primera vez ante San Martín. Sus
contemporáneos la pintan dotada de fino espíritu y aseguran que poseía
indudable talento poético. [N. de la T.].
570
9. Los
baños de mar. Un ingenio azucarero
Los
limeños han escogido, para tomar baños de mar, el sitio más ári-do y
desagradable de la costa, para mi gusto. Ese lugar se llama Cho-rrillos. La
familia Izcue había alquilado, en Chorrillos, una casa para la temporada y me
invitó a pasar allí el tiempo que deseara.
M. Izcue
fue a buscarme a las siete de la mañana y subimos ense-guida a la calesa.
Debíamos recorrer 4 leguas sobre arena. El camino, a pesar de todo, era bueno
para los caballos pues la arena estaba dura y no se hundían en ella como en la
de las pampas. El campo era muy desigual. A la vegetación sucedía la aridez de
una tierra negra sobre la que se veía, de lejos, algunos árboles. A la mitad
del camino cru-zamos el bonito pueblo de Miraflores. Este pueblo está sobre el
mar, que se halla a un cuarto de legua y ciertamente es el más lindo lugar que
he visto en América. Después de dejarlo se encuentran campos de papas y de
alfalfa, pero ninguno de trigo. Llegamos a dos casas de hermosa apariencia, que
pertenecían a M. de Lavalle, antiguo inten-dente de Arequipa. Vi magníficos
jardines dependientes de aquellas casas y en plena campiña naranjos, papayos,
palmeras, zapotillos y toda clase de árboles frutales. A los diez minutos de
ese sitio atra-vesamos el Barranco, pequeña aldea situada entre abundante
folla-je, grandes árboles y mucha agua. Al dejar este oasis no había sino
tierras áridas hasta Chorrillos. Tuvimos durante todo el camino una
571
Flora
Tristán
niebla
espesa y húmeda. Sentía mucho frío. Llegué enferma y me acosté después de haber
bebido una taza de café bien caliente.
Me
levanté a la hora de la comida. Al verme mejor M. Izcue me pro-puso visitar los
campos vecinos cuyas tierras eran fértiles y se culti-vaba caña de azúcar. Me
dieron un caballo y salimos a nuestro paseo.
No había
visto caña sino en París, en el Jardín Botánico. Aque-llos vastos campos de
caña de 8 o 9 pies de altura, tan apretada que un perro apenas podría abrirse
paso entre ella, coronada por milla-res de flechas que llevaban florecillas en
espiga, anunciaban una poderosa vegetación que está lejos de manifestarse con
la misma energía en nuestros campos de trigo o de papas. La naturaleza, en
estos climas favorecidos, parece convidar al hombre al trabajo con sus más
ricas recompensas. Ese cultivo me inspiró el más vivo in-terés y al día
siguiente fuimos a visitar una de las grandes explota-ciones del Perú.
El
ingenio de M. Lavalle, la villa Lavalle, situado a 2 leguas de Chorrillos, es
un magnífico establecimiento en el cual habitan cua-trocientos negros,
trescientas negras y doscientos negritos. El pro-pietario se ofreció con la
mayor cortesía a hacérnosla conocer con todos sus detalles y tuvo la amabilidad
de explicarnos cada cosa. Vi con mucho interés cuatro molinos para triturar la
caña movidos por una caída de agua. El acueducto que trae el agua a la usina es
muy hermoso y su construcción costó mucho dinero debido a los obstáculos que el
terreno ofrecía. Recorrí el vasto establecimiento donde se hallaban las
numerosas calderas y se hacía hervir el jugo de la caña. Enseguida fuimos a la
refinería contigua donde el azú - car se separaba de la melaza. M. Lavalle me
habló de sus proyectos de mejoras.
—Pero,
señorita, agregó, la imposibilidad de conseguir nuevos ne-gros es desesperante.
La falta de esclavos traerá la ruina de todos los ingenios. Perdemos muchos de
ellos y las tres cuartas partes de los negritos mueren antes de llegar a los 12
años. En otros tiempos tenía 1.500 negros. No tengo ya más que novecientos,
comprendiendo a es-tos débiles niños que usted ve.
572
9. Los
baños de mar. Un ingenio azucarero
—Esta
mortalidad es espantosa y debe hacerle concebir, en efec-to, los más funestos
temores para su establecimiento. ¿De qué provie-ne, pues, que no se mantenga el
equilibrio entre los nacimientos y las defunciones? El clima es sano y se
creería que los negros están aquí tan bien como en África.
—El clima
es muy sano, pero las negras se hacen abortar a menu-do y los padres no tienen
cuidado alguno con sus hijos.
—¡Oh!
¡Entonces son muy desgraciados! ¡La especie humana au-menta hasta en medio de
las calamidades! Sus negros se multiplica-rían tanto como los hombres libres si
su existencia fuese tolerable y si entre ellos el sentimiento del dolor no
fuese más fuerte que los más tiernos afectos de nuestra naturaleza.
—Señorita,
usted no conoce a los negros. Es por pereza que dejan perecer a sus hijos y no
se puede obtener nada de ellos sin el látigo.
—¿Cree
usted que siendo libres sus necesidades bastarían para inducirlos al trabajo?
—Las
necesidades en estos climas se reducen a tan poca cosa que no necesitarían de
gran trabajo para satisfacerlas. Además, no creo que el hombre, por más
necesidades que tenga, pueda sentirse indu-cido, sin la fuerza, a un trabajo
regular. Las poblaciones de indios es-parcidas por todas las latitudes de
América del Norte y del Sur ofrecen la prueba de mi afirmación. En México y en
el Perú se ha encontrado, es verdad, alguna cultura entre los indígenas y
todavía vemos a la ma-yoría de nuestros indios no hacer nada y vivir en la
miseria y la ocio-sidad. Pero en todo el vasto continente de las dos Américas
las tribus independientes viven de la caza, de la pesca y de los frutos
naturales de la tierra sin que las hambrunas frecuentes a que están expuestos
los haga entregarse al cultivo. La vista de los goces conseguidos por los
blancos con su trabajo, goces por los que sienten avidez, carecen igual-mente
de incentivo para hacerlos trabajar. Y no es sino por medio de castigos
corporales que nuestros misioneros han logrado hacer culti-var algunas tierras
a los indios que han reunido. Sucede lo mismo con los negros y ustedes,
franceses, han hecho la experiencia en Santo Do-mingo. Desde que han libertado
a sus esclavos, estos no trabajan más.
573
Flora
Tristán
—Creo con
usted que el hombre blanco, rojo o negro, se resuelve difícilmente al trabajo
cuando no ha sido educado en él. Pero la es-clavitud corrompe al hombre y al
hacerle odioso el trabajo no podrá prepararlo para la civilización.
—Sin
embargo, señorita, en tiempo de los romanos Europa estaba cu-bierta de esclavos
y la esclavitud se mantiene aún en Rusia y en Hungría.
—También,
señor, las guerras sociales pusieron a menudo en peligro el Imperio Romano y no
habría sucumbido por la invasión de los pueblos del norte si las tierras
hubiesen sido cultivadas por brazos libres y si las ciudades no hubiesen
contenido más esclavos que ciudadanos. Las naciones germanas y eslavas tenían
también esclavos, pero únicamente consagrados al cultivo de las tierras. Esos
esclavos eran colonos aparceros, tal como son en Rusia y en Hungría, que acaba
usted nombrar. Fue aquella esclavitud, mucho más dulce que la de los romanos,
la que se estableció en las Galias después de la invasión de los germanos, y en
España, después de los vándalos. Los siervos pudieron sucesivamente rescatarse
con el fruto de su trabajo. Pero, en América el esclavo no tiene semejante
perspectiva. Traba-jando bajo el látigo del inspector no tiene participación
alguna en los frutos de su labor. Ese género de esclavitud excede el fardo de
dolor que ha sido dado al hombre soportar.
—Observe,
le ruego, que la esclavitud aquí, como entre todos los pueblos de origen
español, es más dulce que entre las demás nacio-nes de América. Nuestro esclavo
puede rescatarse y entre nosotros, el negro solo es esclavo de su amo. Si otro
lo golpea se encuentra en estado de legítima defensa y puede devolver el golpe.
Mientras que en sus colonias el negro está, en cierta manera, bajo la
dependencia de todo el mundo. Le está prohibido, bajo las penas más graves,
de-fenderse contra un blanco. Si es herido, el dueño tiene derecho a una
indemnización por el daño sufrido; pero no se le hace nada al autor de la
herida. De este modo ustedes han agregado la pérdida de la se-guridad a la de
la libertad.
—Convengo
en que las leyes españolas, relativas a los esclavos, son mucho más humanas que
las de cualquiera otra nación. Entre
574
9. Los
baños de mar. Un ingenio azucarero
ustedes
el negro no es simplemente una cosa, es un correligionario y la influencia de
las creencias religiosas le procura algún paliativo. Mas el vicio radical, la
perpetuidad de esa esclavitud, subsiste entre ustedes, así como en nuestras
colonias pues es imposible para el es-clavo que pueda alguna vez usar de la
facultad de rescatarse, con la continuidad del trabajo exigido. Si los
productos, debidos en Améri-ca al trabajo de los negros, perdiesen su valor
estoy segura de que la esclavitud sufriría felices modificaciones.
—¿En qué
forma, señorita?
—Si el
precio en que se vende el azúcar comparado con el valor de trabajo que demanda,
estuviese en la misma relación que los produc-tos de Europa comparados con sus
gastos de producción, el amo, sin tener entonces una compensación por la
pérdida de su esclavo, no lo obligaría al trabajo y velaría por su
conservación. Suponga usted que el trigo en Rusia valiera 6 u 8 pesos las 100
libras, como vale el azúcar aquí y en nuestras colonias, ¿cree usted entonces
que el señor ruso se contentaría con entrar en participación con su esclavo...?
Ciertamen-te que no. Lo atormentaría con su vigilancia y lo hostigaría con el
látigo para obtener la mayor cantidad posible. Esté usted igualmente persuadido
que entonces la población de siervos en vez de prosperar, como sucede en la
actualidad, disminuiría en la misma proporción que la población negra de
América.
—Pero la
trata está ya abolida y mientras más valor tengan nuestros productos más
interesados estaremos en conservar nuestros esclavos.1
—Parece
que debería ser así y usted ve por su propia experien-cia que sucede lo
contrario. El presente es todo para el hombre. Los propietarios no se contentan
con vivir del producto de sus ingenios, quieren que esas entradas les
proporcionen con qué pagar la adqui-sición de aquellos, si la deben todavía, y
el modo de crearse una for-tuna independiente. Ninguno de ellos consentiría en
disminuir su cosecha en la mitad para hacer cultivar a sus negros mayor
cantidad
1 La esclavitud fue abolida en el Perú por
decreto firmado por el general Ramón Castilla el 5 de diciembre de 1854. [N. de
la T.].
575
Flora
Tristán
de
plantas alimenticias, concederles mayor descanso y mejorar su suerte. Además,
en los grandes establecimientos los esclavos, reuni-dos en numerosos obrajes,
constantemente bajo la mirada de su amo y hostigados sin cesar, sufren una
tortura moral que debe bastar para hacerles considerar la vida con horror.
—Señorita,
usted habla de los negros como persona que no los co-noce, sino por los bellos
discursos de sus filántropos de tribuna. Mas por desgracia es demasiado cierto
que no se les puede hacer marchar sino con el látigo.
—Si es
así, señor, le confieso que hago votos por la ruina de los in-genios y creo que
estos votos serán escuchados muy pronto. Dentro de algunos años la betarraga
destronará a la caña.
—¡Oh!,
señorita, si usted no tiene otro enemigo más peligroso que oponerme... es una
broma aquella de su betarraga. Esta raíz es buena a lo más para endulzar la
leche de las vacas en invierno cuando estas se alimentan con pastos secos.
—¡Ríase,
ríase, señor! Pero con esta raíz de la que usted se burla podríamos nosotros en
Francia prescindir de su caña. El azúcar de betarraga es tan bueno como la suya
y tiene además, a mis ojos, el mérito supremo de hacer bajar el precio del
azúcar de las colonias. Y estoy convencida de que solo de esta circunstancia
puede resultar el mejoramiento de la suerte de los negros y, por consiguiente,
la aboli-ción completa de la esclavitud.
—La
abolición de la esclavitud... ¿No está usted desengañada por el ensayo que
acaban de hacer en Santo Domingo?
—Señor,
una revolución que tuviese sentimientos más generosos por móviles debería de
indignarse por la existencia de la esclavitud. La Convención decretó la
libertad de los negros por entusiasmo, sin sospechar aparentemente que tenían
necesidad de estar preparados para usar de su libertad.
—Y,
además, su Convención olvidó también de indemnizar a los propietarios como hace
en la actualidad el parlamento inglés.
—El
parlamento, teniendo nuestro ejemplo ante los ojos, ha pro-cedido en esta
materia en una forma más racional que la Convención.
576
9. Los
baños de mar. Un ingenio azucarero
Pero ha
estado también demasiado apresurado en alcanzar su propó-sito y las
disposiciones que ha adoptado son tan bruscas y generales que por mucho tiempo
todavía no podrán dar buenos resultados. Los obstáculos que se oponen a una
liberación simultánea son tales que hay lugar para admirar que una nación, tan
ilustrada como la nación inglesa, haya creído deber prestar una atención muy
ligera y se haya arriesgado a libertar al esclavo antes de haberse asegurado de
sus há-bitos laboriosos y de haberlo preparado, por medio de una educación
conveniente, en hacer buen uso de la libertad de nuestra organización social.
Estoy bien persuadida de que la liberación gradual, únicamen-te, ofrece un
medio pronto para transformar a los negros en miembros útiles para la sociedad.
Se hubiese podido hacer de la libertad una re-compensa del trabajo. El
parlamento inglés hubiese ido más pronto hacia el bien si se hubiese limitado a
libertar anualmente a los escla-vos de menos de 20 años y los hubiese colocado
en escuelas rurales y de artes y oficios antes de dejarlos gozar de la
libertad. No existen colonias europeas donde no se encuentren vastas
extensiones de tie-rra sin roturar, a las cuales se pueden enviar a los
libertos y el trabajo tampoco faltaría a los negros que aprendiesen un oficio.
Procediendo en esta forma bastarían unos treinta años para llegar a la
emancipa-ción general. Los negros libertos acrecentarían anualmente la
pobla-ción laboriosa y, por consiguiente, la riqueza de las colonias. Mientras
tanto, con el sistema adoptado, esos países solo tienen en perspectiva un largo
porvenir de miserias y de calamidades.
—Señorita,
su manera de considerar la cuestión de la esclavitud solo prueba que tiene buen
corazón y demasiada imaginación. Esos hermosos sueños son soberbios como
poesía... Pero un viejo agricul-tor como yo siente tener que decirle que
ninguna de sus bellas ideas es realizable.
Esta
última réplica de M. Lavalle me hizo sentir que al hablar con el viejo
agricultor hablaba con un sordo. Puse fin a la conversación que, por lo demás,
había sido demasiado larga. Sin embargo, es satis-factorio para mí decir que M.
Lavalle, de carácter dulce y en extremo afable, trató esta cuestión tan
irritante para todos los propietarios de
577
Flora
Tristán
esclavos
con mucho más razón que cualquier otro en su lugar lo hu-biese hecho.
Continuamos recorriendo su magnífico establecimien-to con igual amenidad de su
parte.
La
esclavitud ha excitado siempre mi indignación y sentí un gozo inefable cuando
tuve noticia de la formación de esa santa liga de señoras inglesas que se
abstenían del consumo del azúcar de las colonias occidentales. Ellas se
comprometieron a no consumir sino azúcar de la India, aunque fuese más cara por
los derechos con que estaba gravada, hasta que el Parlamento aprobase el Bill
de emanci-pación. El acierto y la constancia empleados en el cumplimiento de
esta caritativa resolución hicieron despreciar los azúcares de Améri-ca en los
mercados ingleses y triunfaron de las resistencias opuestas a la aprobación del
Bill. ¡Ojalá sea imitada en Europa continental tan noble manifestación de los
sentimientos religiosos de Inglaterra! La esclavitud es una impiedad a los ojos
de todas las religiones y parti-cipar en ella es renegar de sus creencias. La
conciencia del género humano es unánime sobre este punto.
El
ingenio de M. Lavalle es uno de los mejores del Perú. Su exten-sión es inmensa,
está muy bien ubicado y lo limita el mar. Las olas se estrellan al pie contra
las rocas de la orilla.
M.
Lavalle ha hecho construir para sí una de las casas más ele-gantes. No ha
economizado nada para su solidez y embellecimiento. Este palacete manufacturero
está amueblado con gran riqueza y es del mejor gusto: alfombras inglesas,
muebles, relojes y candelabros de Francia; grabados y curiosidades de la China;
en fin, se ve allí re - unido todo lo que puede contribuir a la comodidad de la
existencia. M. Lavalle ha hecho construir también una capilla de buen gusto,
sencilla, bastante espaciosa como para contener mil personas y con decoraciones
muy apropiadas. Los domingos y días de fiesta todos los negros del
establecimiento asisten a la misa. Los negros españo-les son supersticiosos y
la misa es, para ellos, una necesidad indis-pensable. Sus creencias aligeran
sus males y son una garantía para el amo. M. Lavalle tuvo la amabilidad de
hacer vestir a un negro y una negra con sus vestidos de fiesta para que yo
pudiese juzgar del
578
9. Los
baños de mar. Un ingenio azucarero
golpe de
vista que ofrece su iglesia el domingo. La indumentaria del hombre consistía en
un pantalón y una chaqueta de algodón con rayas azules y blancas y un pañuelo
rojo envuelto en el cuello. La mujer tenía una falda de la misma tela rayada,
un largo chal de tela de algodón roja con el cual se envolvía la parte
posterior de la cabeza, los hombros, la garganta y los brazos. Usaba zapatos de
cuero negro, atados en las piernas con cintas azules. Sobre su negra piel aquel
contraste ofrecía un efecto singular. Los negritos tenían un mandil de un pie
cuadrado. El vestido de los días corrientes es mucho más sencillo aún: los
negritos están completamente desnu-dos; las mujeres no tienen sino la falda
pequeña y los hombres, un pantalón o un mandil pequeño. M. Lavalle tiene la
reputación de ser muy lujoso con sus negros.
Los
países cálidos son ricos en frutas. La huerta de M. Lavalle las reúne todas. La
tierra les es favorable y todas crecen muy hermo-sas. El zapotillo por su
altura parece querer poner fuera del alcance del hombre sus voluminosas
manzanas verde oscuro cuya pulpa jugosa reúne los sabores más deliciosos. Tan
elevado como la enci-na, el mango luce sus frutos de forma oval, con carne
hilachosa y olor de trementina. No cesaba de admirar el follaje de los grandes
y hermosos naranjos con ramas de tan lindo verde, rendidas bajo el peso de
millares de bolas cuyo color alegraba la vista y el per-fume embelesaba la
atmósfera. ¡Me creí transportada a un nuevo Edén! Glorietas con granadillas
ofrecían a las manos el sorbete de sus frutos, mientras aquí y allá los platanares
se doblegaban bajo el peso de sus cabezas y desplegaban sus anchas hojas
quebradas. Una colección muy variada de flores de Europa embellecía ese ver-gel
de los trópicos con recuerdos de la patria. En un lugar encanta-dor, por la
frescura y los perfumes que allí se respiran, se encuentra un mirador desde
donde la vista es magnífica. Por un lado, se ve el mar que arrastra sobre la
playa sus olas espumosas y las rompe con estrépito contra las rocas; por el
otro se descubren vastos campos de caña de azúcar, tan hermosos cuando están en
flor. Ramilletes de árboles aquí y allá descansan la vista y varían el cuadro.
579
Flora
Tristán
Era tarde
cuando nos retiramos. Al pasar por una especie de gran-ja, donde trabajaban
algunos negros, sonó el Ángelus. Todos abando-naron su trabajo, cayeron de
rodillas y postraron su rostro contra la tierra. La fisonomía de aquellos
esclavos era repugnante de bajeza y de perfidia. Su expresión era sombría,
cruel y desgraciada, hasta en los niños. Traté de entablar conversación con
algunos, pero no pude obtener sino un sí o un no pronunciados con sequedad e
indiferencia.
Entré en
un calabozo donde se hallaban encerradas dos negras. Habían dado muerte a sus
hijos privándolos de alimento. Ambas, completamente desnudas, estaban
agazapadas en un rincón. La una comía maíz crudo y la otra, joven y hermosa,
dirigió sobre mí sus grandes ojos. Su mirada parecía decirme: “He dejado morir
a mi hijo porque sabía que él no sería libre como tú... He preferido verlo
muer-to y no esclavo”. La vista de aquella mujer me hizo daño. Bajo esa piel
negra hay a veces almas grandes y orgullosas. Los negros pasan bruscamente de
la independencia de la naturaleza a la esclavitud y se encuentra entre ellos
algunos indomables que soportan los tor-mentos y mueren sin doblegarse al yugo.
Al día
siguiente fuimos a ver echar las redes. La manera de pescar es horrible y me
pareció tan difícil como peligrosa. Los pescadores entran en el mar hasta muy
adentro, presentan a la ola la boca de una inmensa red fija en torno de un gran
círculo. El mar llega con furia, los cubre por completo y cuando se retira la
ola tiran de la red hacia la playa. Eran doce los que se ocupaban en esta pesca
y solo después de la cuarta tentativa cogieron nueve pescados. Al ver a hombres
libres soportando tan penosas fatigas, y corriendo tan in-minentes peligros
para ganar el pan, me pregunté si existe algún gé-nero de trabajo para el cual
sea necesaria la esclavitud y si un país donde se encuentran hombres obligados
a ejercer semejante oficio para vivir tenía necesidad de esclavos.
Ya he
dicho que no concebía la predilección de los limeños por Chorrillos. Esa
palabra quiere decir alcantarilla. Se ha llamado así a ese pueblo por los hilos
de agua que caen desde lo alto de las rocas que rodean la playa, los cuales
forman en la parte baja una laguna
580
9. Los
baños de mar. Un ingenio azucarero
de agua
dulce. Es a ese pequeño lago adonde van a bañarse. En aquel sitio el mar es muy
tranquilo y jamás las olas llegan al lago. La vecin-dad del agua dulce ofrece
una gran ventaja a los bañistas quienes, en su mayor parte, van a enjuagarse al
salir del mar, para quitarse las partículas salinas adheridas a la piel. El
lugar es, por lo demás, muy incómodo para bañarse. Se podría hacer con poco
gasto baños tan agradables como los de Dieppe. Si Chorrillos sigue de moda,
quizá lo pensarán un día los limeños.
El
Barranco, oasis encantador del que ya he hablado, hubiese sido conveniente para
lugar de cita de los bañistas. Se halla a corta dis-tancia del mar, tiene
árboles hermosos, verdor y agua (es la misma agua que viene a formar las
filtraciones de Chorrillos). Pero este últi-mo pueblo, situado en lo alto de
una roca negra y árida, está privado de todas las ventajas que ofrece el
Barranco. Nada más triste y sucio que este hacinamiento de cabañas. Ningún
árbol, ninguna brizna de hierba viene a recrear la vista y el agua corre en la
parte baja de la roca. Las casas son de madera, muchas no están enladrilladas.
Hay algunas de casa que no tienen más aberturas que las puertas. Todas muy
incómodas y amuebladas con vejeces. Chorrillos carece de todo para la alimentación
y su mercado no está lo suficientemente apro-visionado. Todo es caro y malo. No
se puede salir sin hundirse hasta media pierna en una arena negra. Los zapatos,
las medias y el ruedo del vestido se malogran después de semejante paseo. El
viento del mar sopla la arena negra sobre los ojos y uno se siente cegado por
la reverberación del sol. En una palabra, es el lugar más detestable que he
encontrado en mi vida y, sin embargo, ese pueblo ha crecido de tal modo desde
hace cinco años que tiene ya 800 casas.
La vida
de los habitantes en aquel lugar de reunión refleja de ma-nera exacta las
costumbres limeñas. El far niente, el placer y la intriga componen toda su
existencia. Las mujeres viven como los hombres. Sus costumbres y sus gustos son
semejantes y se revelan con igual independencia. Montan a caballo para pasearse
por los alrededores. Se bañan con los hombres. Fuman desde la mañana hasta la
noche. Juegan rabiosamente (mi tía Manuela perdió 10 mil pesos en una
581
Flora
Tristán
noche).
Dirigen cuatro o cinco intrigas amorosas, políticas y demás. Van a los
festines, a los bailes rústicos que da todo el mundo y pasan una gran parte del
día extendidas sobre una hamaca, rodeadas de cinco o seis adoradores. Las
fiestas de Chorrillos arruinan a las fami-lias más ricas de Lima. Los
sacrificios que hacen para residir allí uno o dos meses son incalculables. Esas
extravagancias son más comu-nes en Lima que en ninguna otra parte. El clima
contribuye a ellas sin duda, pero la ausencia de bellas artes y de toda
instrucción, que ocuparían la viva imaginación de que está dotado este pueblo,
hace que se lance a todas las locuras, arrastrado por esta superabundan-cia de
vida que lo desborda.
Después
de haber permanecido una semana en Chorrillos regresé a Lima con verdadero
placer. Mi pequeño departamento amueblado a la francesa y mi comida francesa me
parecieron mejores que nun-ca y encontré mil veces más agradable la entretenida
conversación de Mme. Denuelle.
582
10. La
expresidenta de la República
A pesar
de todas las distracciones que Lima me ofrecía y de la acogi-da amistosa de mis
nuevos amigos deseaba vivamente marcharme. Por radiante que fuese la ciudad a
causa de la bondad de su clima y la alegría de sus habitantes, era el último
lugar de la tierra donde yo hubiese querido vivir. La sensualidad reina en ella
exclusivamente. Todos aquellos seres tienen ojos, oídos y paladar mas no tienen
alma que responda a la vista, a los sonidos y al gusto. Jamás he sentido un
vacío más completo y una aridez más agobiadora que durante los dos meses que
permanecí en Lima.
La
impaciencia que sentía por regresar a Europa, a la que aprecia-ba y amaba más
desde que la había dejado, me hizo vacilar un ins-tante para ir a Valparaíso
donde esperaba encontrar listo un navío que se hiciese a la vela para Burdeos.
Pero abandoné muy pronto este proyecto con la certidumbre casi absoluta de que
encontraría a Cha-brié en Chile. Soporté, pues, con resignación los gastos y el
disgusto de mi estada en Lima.
Con todo,
me demoré algún tiempo antes de resolverme a retener mi pasaje no porque
temiese la mala alimentación a bordo de una nave mercante inglesa, sino porque
deseaba ardientemente regresar por la América del Norte. Era un viaje muy
penoso. M. Le Briet, que lo había hecho, casi sucumbió de fatiga. Sin embargo,
me sentí con fuerzas para emprenderlo y lo hubiese realizado si hubiese tenido
583
Flora
Tristán
dinero
suficiente para subvenir a los gastos del camino. Confieso que sentí vivo
pesar. Escribí a mi tío manifestándole el deseo de cono-cer esta parte de
América y le dejé ver que mi falta de recursos me impedía tomar esa ruta. Diez
veces estuve a punto de pedirle fran-camente la suma que me era indispensable,
¡tan dominante es en mí el gusto por los viajes! Pero mi orgullo venció. Las
respuestas de mi tío, relativas a mi proyecto, me hacían temer una negativa y
no quise exponerme a ella.
Tomé
pasaje en el “William Rusthon” de Liverpool que debía lle-gar y salir en línea
recta hasta Plymouth.
Hacía dos
meses que había salido de Arequipa, cuando llegó esta nave al Callao trayendo a
bordo a la señora Pancha de Gamarra, acompañada por su secretario Escudero. M.
Smith vino a darme la noticia y me trajo un gran paquete de cartas de Arequipa
en las cua-les me referían los acontecimientos de la última revolución.
El señor
y la señora Gamarra habían entrado el 27 de abril en Are-quipa, donde las
necesidades de su partido los arrastraron, como de costumbre, por la vía de las
exacciones. Impusieron a los habitantes una enorme contribución, por medio de
prisiones y de otras medidas militares, y les faltó autoridad o deseo para
impedir que sus soldados cometiesen mil rapiñas. Todas las clases de la
población estaban exas-peradas. Los soldados exigían rescate a los individuos
cuando se les presentaba la ocasión y ellos mismos no podían salir aisladamente
al campo sin correr el riesgo de que los campesinos los mataran. Uno de ellos
murió de una cuchillada que le dio un monje a quien exigió dos reales. Un
descontento general fermentaba en todo el territorio ocu-pado por los
gamarristas y atraía la población al partido de Orbegoso. Por todas partes
gritaban: ¡Viva Nieto! Este, atrincherado en la ciudad de Tacna, a la cual se
había replegado, esperaba que las circunstancias lo llamasen de nuevo a
representar un papel. Los gamarristas intenta-ron explotar otra vez su
credulidad y le enviaron a su cuñado con una carta de Bermúdez anunciándole la
derrota del partido de Orbegoso. Pero ya Nieto no se dejó engañar, rechazó sus
avances y entró en nego-ciaciones con Santa Cruz, Presidente de Bolivia, para
obtener socorros.
584
10. La
expresidenta de la República
Tal era
la situación cuando el domingo de Pentecostés, 18 de mayo, dos compañías
abandonaron el partido de Bermúdez. En el instante menos esperado por la señora
de Gamarra, se vio a don Juan Loba-tón, mayor del batallón “Ayacucho”,
apoderarse de la artillería con doscientos hombres y gritar en la plaza: ¡Viva
Orbegoso!... ¡Viva Nie-to!... ¡Viva la ley!... El pueblo aborrecía a estos
soldados; creyó que era una estratagema de su parte y que actuaban así para
tener ocasión de apoderarse de los hombres que se adhirieran a ellos y en su
indig-nación se precipitó sobre los revoltosos. Hubo quince o veinte muer-tos
en el altercado, entre ellos Lobatón, el autor del movimiento.
Cuando el
pueblo vio los cadáveres el desorden llegó al colmo. En su exasperación se
dirigió a la casa ocupada por la señora Gamarra y la saqueó. Doña Pancha había
visto venir la tempestad y escapó del furor popular escondiéndose en una casa
vecina. El pueblo, en su furia, mató indistintamente a los soldados y oficiales
que habían he-cho la revolución, así como a los demás; para sustraer a los
militares a la matanza hubo necesidad de esconderlos. La casa de Gamio, que
había ocupado San Román, fue saqueada y también la de Angelita Tristán, donde
vivió Quiroga. Pero ya este había huido.
En el
primer momento mi tío fue nombrado por aclamación co-mandante militar. Al día
siguiente todo quedó en orden. El pueblo se sometió a los consejos de los jefes
que había escogido. Sus sufri-mientos y su victoria habían reanimado su moral a
tal punto que en cuanto circuló el rumor, verdadero o falso, de que se
acercaban los gamarristas todos se apresuraron, incluso las gentes del campo, a
armarse y a salir a su encuentro.
Arismendi,
Landauri y Rivero fueron, con Lobatón, los autores de la revuelta. Ellos se
pusieron a la cabeza del pueblo y expulsaron de Arequipa a los gamarristas.
Este acontecimiento desanimó a los diversos cuerpos partidarios de Bermúdez y
todos, sucesivamente, reconocieron por presidente a Orbegoso. Nieto entró en
Arequipa el 22 de mayo. Según la costumbre gravó con una contribución excesi-va
a los desgraciados propietarios de la ciudad. Al obispo le impuso 100 mil
pesos... y a los demás en la debida proporción. Pero don Pío,
585
Flora
Tristán
que
formaba parte del gobierno supremo, se vio esta vez exento de toda
contribución. Gamarra se refugió en Bolivia. Su esposa, contra quien se dirigía
principalmente el odio popular, se mantuvo siempre escondida. Solo por
influencia de mi tío logró poder retirarse deste-rrada a Chile y aun así se
encontró en el caso de salir de noche para librarse de la venganza del pueblo
que reclamaba su muerte.
Escudero,
así como la señora Gamarra, me rogaron ir a verlos a bordo del navío inglés del
que no tenían permiso de bajar. Me dirigí enseguida al Callao. Al llegar a
bordo me recibió Escudero. Me apretó la mano con cordialidad. Le correspondí
esa prueba de afecto y le dije en francés:
—Querido
coronel ¿cómo es que después de haberlo dejado hace dos meses vencedor y dueño
de Arequipa lo encuentro prisionero en este navío y arrojado de aquella ciudad?
—Señorita,
es así como la suerte zarandea a los hombres que representan un papel en un
país presa de las guerras civiles, donde, sin conciencia pública, se lucha solo
por un jefe. Después de su par-tida he pensado a menudo en usted. Tenía usted
razón y comienzo a creer que podría hacer algo mejor que permanecer en América.
Quizá sin estos últimos acontecimientos de Arequipa habría regre-sado con usted
a Europa en este barco. Lo he pensado más de una vez, pero este es otro de
aquellos proyectos que la fatalidad de mi destino ha hecho desvanecer. Aquí
estoy arraigado para siempre. La pobre presidenta se ve arrojada de todas
partes, su causa está perdida sin remedio, su cobarde e imbécil marido ha ido a
buscar refugio donde Santa Cruz y ciertamente va a perder las pocas
pro-babilidades de éxito que pudieran quedarle. No puedo abandonar a esta
mujer. Con la ayuda de su tío mi abnegación ha logrado sus-traerla a las
venganzas populares. Hemos huido de Arequipa de noche, como bandidos.
Igualmente, de noche la hicimos embar-car pues temíamos por su vida a causa del
odio homicida que la persigue. Santa Cruz no quiso recibirla en sus estados y
se la de-porta a Chile. En cuanto a mí estoy completamente libre. Nieto me ha
rogado quedarme con él y Santa Cruz me reclama en todas sus
586
10. La
expresidenta de la República
cartas.
Pero usted comprende, Florita, que la señora Gamarra, en la desgracia, tiene
derecho a mi abnegación. Mientras esta mujer esté prisionera, desterrada y
repudiada por todos debo seguirla a su prisión, a su destierro y ser todo para
ella.
En aquel
momento Escudero me pareció sublime. Le apreté la mano y le dije con una voz
cuyo acento le hizo comprender mi pensamiento:
—Pobre
amigo, usted era digno de mejor suerte...
Iba a
continuar cuando la señora Gamarra apareció en el puente. —¡Ah!, mi señorita
Florita. ¡Qué contenta estoy de verla!... Es-taba impaciente por conocerla.
¿Sabe, linda señorita que ha con-quistado usted a nuestro querido Escudero? Me
habla de usted sin cesar y la cita a todo momento. En cuanto a su tío, ya no
procede sino bajo su inspiración. ¡Ah, mala! Estuve muy molesta con usted
cuando supe que había abandonado Arequipa la antevíspera de mi llegada. ¡Qué!
¡Usted quería ver a San Román, y su curiosidad no llegó hasta la salvaje, la
feroz, la terrible doña Pancha! Pero me pa-rece, querida Florita, que si el
Coco de los arequipeños le parecía digno de figurar en su diario, el gran Coco del Perú, ¿no debe tam-
bién
tener un sitio en él?
Hablando
así me condujo al extremo de la toldilla, me hizo sentar junto a ella y
despidió con la mano a los importunos que tenían deseo de seguirme. Prisionera,
doña Pancha era todavía presidenta. La espontaneidad de su gesto manifestaba la
concien-cia que tenía de su superioridad. Nadie permaneció en la cubierta,
aunque corrido el toldo era el único sitio donde se estaba protegi-do de un sol
abrasador. Todo el mundo quedó abajo, en el puente. Me examinaba con gran
atención y yo la miraba con no menos interés. Todo en ella anunciaba a una
mujer excepcional, tan ex-traordinaria por el poder de su voluntad como por el
gran alcance de su inteligencia. Podía tener 34 o 36 años, era de talla mediana
y de constitución robusta, aunque muy delgada. Su rostro, según las reglas con
que se pretende medir la belleza, no era ciertamente hermoso. Pero, a juzgar
por el efecto que producía sobre todo el
587
Flora
Tristán
mundo,
sobrepasaba a la más bella. Como Napoleón, todo el impe-rio de su hermosura
estaba en su mirada. ¡Cuánto orgullo! ¡Cuánto atrevimiento! ¡Cuánta
penetración! ¡Con qué ascendiente irresis-tible imponía el respeto, arrastraba
las voluntades y cautivaba la admiración! El ser a quien Dios concede aquella
mirada no necesi-ta de la palabra para gobernar a sus semejantes. Posee un
poder de persuasión que se soporta y no se discute. Su nariz era larga, con la
punta ligeramente arremangada. Su boca grande, pero expresiva. Su cara larga,
pero llena de vida. Tenía una enorme cabeza corona-da por largos y espesos
cabellos que bajaban hasta la frente. Eran estos de un castaño oscuro,
brillante y sedoso. Su voz tenía un sonido sordo, duro e imperativo. Hablaba de
una manera brusca y seca. Sus movimientos eran graciosos, pero traicionaban
cons-tantemente la preocupación de su pensamiento. Su vestido ligero y
elegante, de los más esmerados, formaba un extraño contraste con la dureza de
su voz, con la austera dignidad de su mirada y la gravedad de su persona.
Llevaba un traje de gros de la India color ave del paraíso bordado de seda
blanca, ricas medias de seda rosa y zapatos de raso blanco. Un gran chal de
crespón de China punzó, bordado de blanco, el más lindo que he visto en Lima,
caía negli-gentemente sobre sus hombros. Tenía sortijas en todos los dedos,
zarcillos de diamantes, un collar de perlas finas de gran belleza y debajo
pendía un pequeño escapulario sucio y muy usado. Al ver la sorpresa que sentía
al examinarla me dijo bruscamente:
—Estoy
segura, querida Florita, que usted cuyo modo de vestir es tan sencillo, me
encuentra muy ridícula con mi grotesca indu-mentaria. Pero creo que habiéndome
ya juzgado debe usted com-prender que estos vestidos no son los míos. Usted ve
allí a mi her-mana, tan gentil. La pobre niña no sabe si no llorar. Es ella
quien, esta mañana, los ha traído y me ha suplicado que me los ponga para darle
gusto a ella, a mi madre y a los demás. Esas buenas gen-tes se imaginan que mi
fortuna podrá rehacerse si yo consiento en usar vestidos llegados de Europa.
Cediendo a sus instancias me he puesto este traje en el cual me siento molesta,
esas medias que son
588
10. La
expresidenta de la República
frías
para mis piernas, ese gran chal que temo quemar o ensuciar con la ceniza de mi
cigarro. Me gustan los vestidos cómodos para montar a caballo, soportar las
fatigas de una campaña y visitar los campamentos, los cuarteles y las naves
peruanas. Son los únicos que me convienen. Desde hace mucho tiempo recorro el
Perú en todas direcciones, vestida con un largo pantalón de tosco paño
fa-bricado en el Cuzco, mi ciudad natal, con una amplia chaqueta del mismo
paño, bordada de oro y con botas con espuelas de oro. Me gusta el oro. Es el
mejor adorno de un peruano, es el metal precioso al que mi país debe su
reputación. Tengo también una gran capa un poco pesada, pero muy abrigadora.
Fue de mi padre y me ha sido muy útil en medio de las nieves de nuestras montañas.
Usted admira mis cabellos, agregó esta mujer de mirada de águila. Queri-da
Florita en mi carrera mi audacia y mi fuerza muscular han sido a menudo menores
que mi valor y mi posición se ha visto algunas veces comprometida.
He
debido, para suplir la debilidad de nuestro sexo, conservar sus atractivos y
servirme de ellos para armar, según las necesida-des, el brazo de los hombres.
—De modo
que, exclamé involuntariamente, esta alma fuerte, esta alta inteligencia ha
debido, para dominar, ceder ante la fuerza brutal.
—Niña, me
dijo la expresidenta apretándome la mano hasta magullármela y con una expresión
que no olvidaré jamás, niña, sá-belo bien: es por no haber podido someter mi
indomable orgullo a la fuerza brutal que me veo prisionera aquí, arrojada y
desterrada por los mismos a quienes durante tres años goberné...
En aquel
momento comprendí su pensamiento. Mi alma tomó posesión de la suya. Me sentí
más fuerte que ella, la dominé con la mirada... Se dio cuenta de ello, se puso
pálida, sus labios perdie-ron el color. Con un movimiento brusco echó su
cigarrillo al mar y apretó los dientes. Su expresión hubiese hecho estremecer
al más atrevido. Pero estaba bajo mi dominio y yo leía todo cuanto pasaba en
ella. A mi vez, le tomé la mano que tenía fría y bañada en sudor y le dije con
tono grave:
589
Flora
Tristán
—Doña
Pancha, los jesuitas han dicho: Quien quiere el fin quiere los medios y los
jesuitas han dominado a los poderosos de la tierra...
Me miró
largo rato sin contestar nada. También ella trataba de penetrar mis
pensamientos. Rompió el silencio con el acento de la desesperación y de la
ironía:
—¡Ah,
Florita! Su orgullo la engaña. ¡Usted se cree más fuerte que yo! ¡Insensata!
¡Usted ignora las luchas incesantes que he sos-tenido durante ocho años! Las
humillaciones, ¡oh!, las sangrientas humillaciones que he debido soportar... He
rogado, adulado, men-tido. He empleado todo. No he retrocedido ante nada... y,
sin em-bargo, no ha sido suficiente... Creí haber vencido, llegado por fin al
término en que debía recoger el fruto de ocho años de tormen-tos, de trabajos,
de sacrificios, cuando por un golpe infernal me veo arrojada, perdida,
¡perdida, Florita...! No regresaré jamás al Perú...
¡Ah,
gloria, cuán caro cuestas! ¡Qué locura sacrificar la felicidad de la existencia
y la vida íntegra para obtenerte! No es sino un relám-pago, humo, una nube, una
decepción fantástica. Es nada... Y, sin embargo, Florita, el día en que haya
perdido toda esperanza de vivir envuelta por esa nube, por ese humo, ese día,
ya no habría sol para alumbrarme ni aire para mi pecho y moriré.
La
expresión sombría de doña Pancha estaba de acuerdo con el acento profético de
estas últimas palabras. Sus ojos se hundían en las órbitas como suspendidos en
un globo de lágrimas. Contempla-ba el cielo azul y sereno encima de nuestras
cabezas y entregada a su celeste visión no parecía ser ya de este mundo. Me
incliné ante esta alma superior que había sufrido todos los tormentos
reserva-dos a los seres de su naturaleza al pasar por la tierra. Iba a
conti-nuar la conversación, pero se levantó bruscamente. En dos saltos estuvo
abajo, en la toldilla, llamó a su hermana y a dos señoras y les dijo:
—Vengan,
me siento mal.
Escudero
se acercó a mí y me dijo:
590
10. La
expresidenta de la República
—Perdón,
señorita, temo que doña Pancha sufra uno de sus ata-ques1 y en aquellos
momentos solo yo puedo cuidarla.2
—Coronel,
me voy. Regresaré mañana. Vaya pronto donde esa pobre mujer. Tiene mucha
necesidad de sus servicios y de su afecto.
—No tema
nada, Florita, iré hasta el fin.
Rogué a
mi futuro capitán que me hiciera conducir en su bote a la fragata “Samarang”
donde Mr. Smith, Mme. Denuelle y muchas otras personas me esperaban. Conocía
mucho al comandante de la “Samarang” pues desde su llegada lo había encontrado
en casa de M me. Denuelle donde estaba alojado y comía todos los días conmi-go.
Ese comandante presentaba, en todo, la inversa del de la “Cha-llenger”. Era
feo, tanto como el otro era buen mozo; tan alegre como triste era el otro; tan
extravagante y negligente en su vestido, como el otro sencillo y cuidadoso. El
mismo contraste se ofrecía entre los oficiales de su barco y los de la
“Challenger”. Los criados copian a sus amos. Los oficiales de un buque de
guerra reflejan también a su co-mandante. Los señores de la “Samarang” dividían
el día en tres par-tes que empleaban así: toda la mañana montaban a caballo
vestidos de bandidos mexicanos; enseguida iban a pasearse con las mujeres
perdidas; por fin se sentaban a la mesa y pasaban el resto del tiem - po
bebiendo grogs y durmiendo la mona. Aparte de esta conducta, cuyo resultado
solo perjudicaba su salud y su bolsillo, eran hombres
1 La señora Gamarra sufría de epilepsia. Los
ataques que le daban la ponían en un es-tado espantoso. Sus facciones se
descomponían, sus miembros se contraían, sus ojos se quedaban fijos y
desmesuradamente abiertos. Sentía de antemano el momento en que iba a caer y si
se hallaba en algún lugar público, se retiraba. Cuando le sobrevenía el acceso
se le erizaban los cabellos. Ponía ambas manos en cruz sobre su cabeza y
lanzaba tres gritos. Escudero me ha dicho haber presenciado hasta nueve ataques
en un día. Si hubiese vivido en otros tiempos habría podido, como Mahoma,
servirse de su enfermedad para sus proyectos de ambición y dar a sus palabras
la autoridad de la revelación. [N. de la A.].
2 Sobre la enfermedad de doña Francisca de
Gamarra se ha suscitado recientemente un debate entre los doctores Juan B.
Lastres y Carlos Enríquez Paz Soldán: el prime-ro escribió un libro titulado La
enfermedad de la Mariscala, diciendo que se trataba de epilepsia. Paz Soldán lo
ha rebatido diciendo que se trata de un caso de histeria. Posteriormente, el
Dr. Lastres publicó una biografía titulada Una neurosis célebre (1945). [N. de
la T.].
591
Flora
Tristán
suaves,
amables y cómodos para convivir. El comandante se distin-guía sobre todo por
sus maneras de hombre muy correcto que había conservado a pesar de su vida de
libertinaje. Su fealdad era agrada-ble, como lo es casi siempre la de las
personas picadas de viruela. Yo le había prometido visitar su fragata el día en
que fuese a ver mi navío. Confieso que esperaba encontrar a bordo el mismo
descuido de su comandante y de sus oficiales. ¡Cuál fue mi sorpresa, al poner
el pie en el puente, ver reinar el orden y la limpieza hasta en los meno-res
detalles! Nunca había visto algo semejante. Los dos entrepuentes, las camas,
los modales de los soldados y de los oficiales de servicio eran admirables de
conveniencia y regularidad. Como contemplaba todo con aire de admiración, el
comandante me dijo sonriendo:
—Estoy
seguro, señorita, que usted se figuraba, al venir aquí, en-contrar la confusión
que usted veía en mi cuarto cuando pasaba de-lante de él.
—No
precisamente, comandante. Pero le confieso con franqueza que no esperaba
encontrar a bordo un orden tan perfecto.
—Permítame
decirle, señorita, que a mi vez estoy sorprendido de que una persona tan
sensata, como parece serlo usted en todas las ocasiones, se haya apresurado a
formular un juicio sobre algo que no conocía. En tierra, desligado de mis
deberes, soy libre de entregarme a mis inclinaciones. Mi conducta puede ser
reprobada por las perso-nas que emplean menos franqueza en sus actos, aunque no
creo que la mía hiera algún interés de la sociedad. A bordo soy el comandante
de mi fragata y conozco el alcance y la importancia de las obligacio-nes
confiadas a mí. Desde hace quince años tengo el honor de servir a mi país y
puedo decir que jamás he omitido cumplir puntualmente los deberes que me
estaban encargados. Ninguno de estos mismos oficiales, a quienes me ve usted
tratar en la mesa con tanta familiari-dad y camaradería, encontraría gracia
ante mi severidad por el más ligero olvido de los deberes que les están
impuestos.
Este
hombre que, en su conducta en tierra, manifestaba un des-dén soberbio por la
opinión era a bordo uno de los mejores oficiales de la marina inglesa y uno de
los más rigurosos observantes de la
592
10. La
expresidenta de la República
disciplina.
Había orgullo y originalidad en esta manera de ser. Pero, ciertamente, tenía
también un gran dominio de sí. El comandante, así como todos los demás
oficiales, era a bordo de una excesiva so-briedad y llevaba una vida muy
laboriosa. No se permitían ninguna distracción. Los retratos de mujeres que
tenían en sus camarotes (ha-bía seis en la del comandante) eran los únicos
recuerdos que pare-cían conservar de su existencia en tierra. Durante todo el
tiempo que permanecí en el barco observé a estos oficiales de exterior grave,
de aire marcial y cuya expresión contrastaba de manera extraña con la que los
había visto en casa de Mme. Denuelle. El comandante me re-cibió con fría
cortesía y la etiqueta reguló todas sus demostraciones mientras estuvimos a
bordo. Nos retiramos todos muy admirados del cambio de tono y de maneras que
habíamos observado en los ofi-ciales de la “Samarang” y fue, hasta nuestra
llegada a Lima, el objeto de nuestra charla.
La
impresión que me había dejado mi conversación con la señora Gamarra me agitaba
de tal manera que no pude dormir por la noche. ¡Qué multitud de pensamientos
asaltaron mi espíritu! Por un poder de fascinación yo había leído en el alma de
esta mujer, envidiada du-rante tanto tiempo y cuya vida en apariencia tan
brillante había sido, sin embargo, tan miserable. No pude pensar, sino
temblando, en que durante un tiempo había formado el proyecto de ocupar la
posición de la señora Gamarra. ¡Qué!, me decía, ¿eran estos los tormentos que
me estaban reservados si hubiese tenido éxito en la empresa que me-ditaba?
¡Hubiese sido también presa de los dolores, de las humilla-ciones y de las
ansiedades! ¡Ah, cuánto más nobles y preferibles me parecían mi pobreza y mi vida
oscura con libertad! Experimentaba un sentimiento de rubor por haber creído un
instante en la felicidad de la carrera de la ambición y en la existencia de una
compensación, en el mundo, a la pérdida de la independencia.
Regresé
al Callao. La señora Gamarra había dejado el “William Rusthon” y se hallaba a
bordo de otro barco inglés, la “Jeune Henriet-te”, que zarpaba el mismo día
para Valparaíso. Cuando llegué encon-tré a Escudero pálido, con el aire
abatido.
593
Flora
Tristán
—¿Qué
tiene usted, mi pobre amigo?, le dije, parece enfermo. —Lo estoy, en efecto. He
pasado una noche muy mala. Doña Pan-
cha ha
tenido tres ataques horrorosos... No sé de qué tema ha podido usted
conversarle. Pero desde que usted se fue estuvo en una agita-ción constante.
—Era la
primera vez que veía a doña Pancha y es posible que, a pesar mío, mis palabras
en vez de calmar su dolor hayan aumentado su amargura. Si es esto, lo deploro
de veras.
—Es
posible que a pesar suyo, como dice, la haya herido en su orgullo cuya
susceptibilidad es extrema.
Hacía
cerca de un cuarto de hora que conversaba con Escudero cuando lo llamaron. Se
precipitó al camarote y quedé a solas. Repasé en mi memoria las palabras de mi
conversación de la víspera, las so-metí a examen para descubrir las que
hubiesen podido herir a doña Pancha. Mas el dolor del poder perdido, y sus
lados vulnerables, no puede ser comprendido por completo sino por aquellos que
lo han poseído y sentido su embriaguez. Mi búsqueda fue vana. Sentía ha-berme
dejado llevar por mi franqueza y no haber sido más reservada con un dolor que
salía de la línea de las aflicciones comunes.
Escudero
interrumpió mis reflexiones. Me tocó ligeramente el hombro y me dijo con un
acento que me hizo sufrir.
—Florita,
la pobre Pancha acaba de tener un ataque de los más violentos. Creí que iba a
expirar entre mis brazos. Ahora ha vuelto en sí y quiere verla. Le suplico
tener cuidado de lo que va a decir. Una sola palabra que hiera su
susceptibilidad bastará para provocarle un nuevo acceso.
Al bajar
al camarote mi corazón latía con violencia... Entré en el camarote del capitán,
que era grande y muy hermoso, y encontré allí a doña Pancha a medio vestir,
extendida sobre un colchón que ha-bían puesto sobre el suelo. Me tendió la mano
y me senté a su lado.
—No
ignora usted, sin duda, me dijo, que soy víctima de un mal terrible y...
—Lo sé,
interrumpí. Pero la medicina ¿es impotente para curarla o no tiene usted
confianza en los socorros que le ofrece?
594
10. La
expresidenta de la República
—He
consultado a todos los médicos y hecho exactamente cuan-to me han prescrito.
Sus indicaciones no han tenido éxito. El mal aumenta mientras más avanzo en
edad. Esta enfermedad me ha per-judicado en todo lo que he querido emprender.
Cualquier emoción fuerte me causa enseguida un ataque. Usted puede juzgar por
allí cuántos obstáculos ha debido oponer a mi carrera. Nuestros solda-dos son
tan poco expertos y nuestros oficiales tan cobardes que me resolví a dirigir yo
misma todos los asuntos importantes. Desde hace diez años, y mucho tiempo antes
de tener la esperanza de hacer nom-brar presidente a mi marido, asistía a todos
los combates con el pro-pósito de acostumbrarme al fuego. A menudo, en lo más
fuerte de la acción, la ira que sentía al ver la inercia y la cobardía de los
hombres, a quienes mandaba, me hacía arrojar espuma de rabia y entonces
co-menzaban mis ataques. No tenía sino el tiempo de echar pie a tierra. Muchas
veces los caballos me han pisoteado y mis servidores me han llevado como
muerta. ¡Pues bien, Florita! ¿Creerá usted que mis ene-migos se han servido
contra mí de esta cruel enfermedad con el fin de desacreditarme en el espíritu
del ejército? Decían por todas partes que era el miedo, el ruido del cañón, el
olor de la pólvora lo que me atacaba los nervios y me desvanecía como una
marquesita de salón. Le confieso, son estas calumnias las que me han
endurecido. He que-rido hacerles ver que no tenía miedo ni de la sangre, ni de
la muerte. Cada revés me hace más cruel y si...
Se detuvo
y, elevando los ojos al cielo, parecía conversar con un ser a quien solo ella
veía. Después me dijo: —Sí. Dejo mi país para no regresar jamás a él y antes de
dos meses estaré con usted...
Algo que
no era de la tierra podía únicamente darle la expresión que tenía su rostro al
pronunciar estas palabras. La contemplé en-tonces. ¡Ah! ¡Qué cambiada la
encontraba desde la víspera! ¡Sus me-jillas se habían adelgazado, su tez estaba
lívida, sus labios exangües, sus ojos hundidos y brillantes como relámpagos!
¡Qué frías tenía las manos! La vida parecía abandonarla. No me atrevía a
decirle una palabra pues temía hacerle daño nuevamente. Mi cabeza estaba
inclinada sobre su brazo y una lágrima cayó sobre él. Esta lágrima
595
Flora
Tristán
causó el
efecto de una chispa eléctrica sobre la infortunada. Salió de su visión, se
volvió hacia mí de manera brusca, me miró con sus ojos resplandecientes y me
dijo con una voz sorda y sepulcral:
—¿Por qué
llora? ¿Mi suerte le inspira lástima? ¿Me cree usted desterrada para siempre,
perdida... muerta, en fin...?
No pude
hallar una palabra para responderle. Como me había empujado rudamente de su
lado me encontré de rodillas delante de ella. Crucé las manos con un movimiento
maquinal y continué llorando mientras la miraba. Hubo un largo paréntesis de
silencio. Pareció calmarse y dijo con voz desgarradora:
—¿Lloras,
tú? ¡Ah! ¡Bendito sea Dios! ¡Tú eres joven!, hay todavía vida en ti, llora por
mí que ya no tengo lágrimas... por mí que ya no soy nada... por mí que estoy
muerta...
Al
terminar estas palabras cayó sobre su almohada, puso las ma-nos en cruz sobre
su cabeza y lanzó tres débiles gritos. Acudió su her-mana, vino Escudero, todos
se apresuraron a prodigarle los cuidados más afectuosos. Y yo en pie, cerca de
la puerta, la contemplaba. No hacía ningún movimiento, no respiraba ya, tenía
los ojos brillantes y desmesuradamente abiertos.
El
capitán me arrancó de este triste espectáculo anunciándome que los visitantes
debían pensar en retirarse porque se levaban an-clas. Mr. Smith vino a
recogerme; escribí dos palabras de adiós a Es-cudero y me fui.
Cuando
subíamos al coche, vimos a la “Jeune Henriette” alejarse de la rada. Distinguí
en la cubierta a una mujer envuelta en una capa oscura y con los cabellos
desgreñados. Extendía los brazos hacia una chalupa y agitaba un pañuelo blanco.
Era la ex presidenta del Perú que dirigía su último adiós a su hermana y a los
amigos a quienes no debía volver a ver.
Regresé
enferma a mi cuarto. Aquella mujer estaba siempre presente en mi vista. Su
energía y constancia heroicas en medio de los sufrimientos sin número, que
había tenido que soportar, la ha-cían aparecer sobrenatural. Sentía una
angustia indecible al ver a esta criatura de elección víctima de esas mismas
cualidades que la
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10. La
expresidenta de la República
distinguían
de sus semejantes, obligada por los temores de un pueblo pusilánime, a dejar su
país, abandonar a sus parientes y amigos e ir, presa de la más horrible
enfermedad, a terminar su penosa existen-cia en el destierro. Una señora nacida
en el Cuzco, amiga de infancia de doña Pancha, me ha referido sobre esta mujer
extraordinaria par-ticularidades que creo deben interesar al lector.
Doña
Pancha era hija de un militar español quien se casó con una señorita muy rica
del Cuzco. Desde su infancia se hacía notar entre sus compañeras por su
carácter orgulloso, audaz y sombrío. Era muy piadosa y desde la edad de 12 años
quiso entrar en un convento con la intención de hacerse religiosa. La debilidad
de su salud no le per-mitió cumplir su deseo. A la edad de 17 años sus padres
la obligaron a regresar a la casa paterna para recibir los cuidados que
reclamaba su enfermedad. La casa de su padre era frecuentada por muchos
oficia-les. Muchos la pidieron en matrimonio, pero ella declaró que no que-ría
casarse, resuelta como estaba a regresar a su convento en cuanto pudiera. El
padre, con la esperanza de curarla, la hizo viajar, la llevó a Lima, la presentó
en sociedad y le procuró todas las distracciones posibles. Sin embargo, estaba
siempre triste y parecía poco sensible a los placeres de su edad. Empleó dos
años en viajar y retornó al Cuzco.
Poco
después de su regreso renunció a la idea de hacerse religiosa y escogió por
marido a un oficialillo feo, necio y el más insignifican-te de todos aquellos
que la habían solicitado. Se casó con el señor Gamarra, cuando era simple
capitán.3 Aunque de salud débil y casi siempre encinta, siguió a su marido a
todos los lugares donde la gue-rra lo llamaba. Y esas continuas fatigas
robustecieron de tal modo su constitución que adquirió una gran fortaleza y fue
capaz de ha-cer largos viajes a caballo. Por mucho tiempo logró ocultar la
cruel
3 No era Gamarra, en momentos de su matrimonio,
un simple “oficialillo” o “capitán” como dice Flora. Había sido jefe del Estado
Mayor en la batalla de Ayacucho y por en-tonces era prefecto del Cuzco. Tenía,
además, un gran talento para la intriga política. La prueba de ello es que,
después de la muerte de su esposa, tomó parte activa en la política peruana ya
conspirando de acuerdo con Santa Cruz ya en contra de él hasta derrotarlo y
ocupar nuevamente la presidencia después de la batalla de Yungay (1839). [N. de
la T.].
597
Flora
Tristán
enfermedad
que la atormentaba y que progresaba cada día más. Y solo cuando fue presidenta,
y su vida se convirtió en objeto de toda clase de averiguaciones, el público lo
supo por intermedio de sus ene-migos. Sus solicitaciones y sus intrigas habían
hecho ascender a su marido a la presidencia y una vez obtenida esta, ella se
apoderó del manejo de los negocios, se unió íntimamente con Escudero y se
sir-vió con habilidad de aquellos a quienes juzgó capaces de secundarla. Cuando
llegó al poder, después del general La Mar, la república se hallaba en el
estado más deplorable. Las guerras civiles destrozaban el país en todo sentido.
No había un peso en el tesoro. Los soldados se vendían a quienes les ofrecía
más.4 En una palabra, era la anarquía con todos sus horrores. Esa mujer,
educada en un convento, sin ins-trucción, pero dotada de un sentido recto y de
una fuerza de volun-tad poco común, supo gobernar tan bien este pueblo, hasta
entonces ingobernable aun para el mismo Bolívar, que en menos de un año el orden
y la tranquilidad reaparecieron. Las facciones se habían apaci-guado. El
comercio florecía. El ejército había devuelto su confianza a sus jefes y, si no
reinaba aún la tranquilidad en todo el Perú, al menos gozaba de ella la mayor
parte del país.
Las
virtudes heroicas de doña Pancha la hicieron querer y admi-rar al principio de
su gobierno; pero tenía defectos que debían res-tringir su duración. Por
brillantes que sean las cualidades que Dios nos ha concedido son apropiadas a
sus fines y no a los del hombre. Todos somos perfectos para el orden de la
Providencia, pero ningu-no de nosotros lo es con relación a un orden social.
Doña Pancha parecía, por su carácter, estar llamada a continuar por largo
tiem-po la obra de Bolívar. Lo habría hecho si su calidad de mujer no hu-biese
sido un obstáculo. Era hermosa, muy graciosa cuando quería y poseía todo cuanto
inspiran el amor y las grandes pasiones. Sus
4 Esta descripción no se ajusta a la verdad
pues, precisamente, con la presidencia de La Mar el país entraba ya en la vía
del orden y la legalidad, después de los trastor-nos de la guerra de la
independencia. Fue Gamarra, al traicionar a La Mar en Tarqui, quien iniciaba la
época de los cuartelazos que tanto harían sufrir al país en lo sucesi-vo. [N.
de la T.].
598
10. La
expresidenta de la República
enemigos
propalaron contra ella las calumnias más atroces y encon-trando más fácil
criticar sus costumbres, que sus actos políticos, le atribuyeron vicios a fin
de consolarse de su superioridad. La ambi - ción ocupaba demasiado sitio en el
corazón de doña Pancha para que el amor tuviese gran imperio sobre ella.
Este no
fue tampoco el objetivo de sus pensamientos. Muchos de los oficiales que la
rodeaban se enamoraron de ella. Otros fingieron estarlo, creyendo encontrar con
esto un medio de progresar. Doña Pancha rechazó a todos sus pretendientes, no
con esa indulgencia de la mujer hacia el amor que no comparte, sino con la ira
y el desprecio del orgullo ofendido.
—¿Qué
necesidad tengo de su amor?, les decía con su tono brusco y cortante, son sus
brazos, solo sus brazos los que necesito. Lleven sus suspiros, sus palabras
sentimentales y sus romanzas a las jóvenes. Yo no soy sensible sino a los
suspiros del cañón, a las palabras del Congre-so y a las aclamaciones del
pueblo cuando paso por las calles.
El
corazón de quienes la amaban con sinceridad quedaba profun-damente herido con
la rudeza de semejante lenguaje y el orgullo de los ambiciosos, que aspiraban
arrastrarse en pos de ella, no se sentía menos humillado. Pero no se detenía en
esto. Les tomaba odio, les retiraba su confianza y aprovechaba todas las
ocasiones para burlar-se de ellos, hasta en público, en la forma más ofensiva.
Se compren-de que esta conducta debía hacerle perder no solo las ventajas de su
sexo, sino también suscitarle enemigos implacables que fueron nu-merosos. Los
hombres al proponerse conseguir un éxito creen siem-pre poseer las cualidades
de que carecían los que fracasaron.
Cada uno
de ellos meditaba perpetuamente contra ella proyectos de venganza. Muchos
dijeron en alta voz que habían sido sus aman-tes y que solo les había retirado
sus favores porque ellos habían ce-sado de amarla. Esas calumnias irritaban a
la orgullosa e indomable presidenta y muchas veces la volvieron cruel. Las
acciones que esto la indujo a cometer demuestran hasta qué punto le dominaba la
ira y con qué violencia sentía esos ultrajes. Un día fue al Callao a visi-tar
las prisiones militares que se hallan en uno de los castillos. A su
599
Flora
Tristán
llegada
toda la guarnición presentó las armas para recibirla. Hizo su visita de
inspección y al pasar delante de uno de los batallones dis-tinguió a un coronel
que le habían señalado como a uno de los que se había jactado de haber sido su
amante. Enseguida se lanzó sobre él, le arrancó las charreteras, le cruzó el
rostro a latigazos y le dio tan rudo empellón que fue a caer entre las patas de
su caballo. Todos los asistentes quedaron petrificados.
—Es así
–exclamó ella con voz retumbante, como corregiré yo misma a los insolentes que
se atrevan a calumniar a la Presidenta de la República.
Otra vez
invitó a comer a cuatro oficiales, se mostró amable durante toda la comida y en
los postres interpeló a uno de ellos en esta forma:
—¿Es
verdad, capitán, que usted ha dicho a estos tres señores que estaba usted
cansado de ser mi amante?
El
desgraciado palideció, balbuceó y miró a sus camaradas con terror. Estos,
inmóviles, guardaron silencio.
—Pues
bien, continuó, ¿mi pregunta le hace perder el uso de la palabra?, responda...
Si es verdad que usted ha sostenido este propó-sito voy a hacerlo azotar con
sus camaradas. Si, por el contrario, ellos lo han calumniado, son unos cobardes
y usted y yo los castigaremos.
Era
demasiado cierto que el inconsiderado joven había sostenido aquel propósito.
Hizo cerrar las puertas, llamó a cuatro negros, les ordenó dejar al oficial en
camisa y exigió que los otros tres oficiales presentes fustigasen a su camarada
con unas varas.
Esta
conducta no estaba en armonía con las costumbres del país que gobernaba y debía
necesariamente levantar a todo el mundo en contra de ella. En efecto, en una
sociedad en la que existe la más grande libertad entre ambos sexos no se cree
en la virtud, en el sen-tido que se ha convenido dar a esta palabra al hablar
de las mujeres. Los peruanos se sintieron insultados por la manera de proceder
de la orgullosa presidenta. Tampoco era por hacer creer en una virtud que no
apreciaba más que las demás mujeres del Perú, que doña Pancha procedía de esta
suerte. No se hubiese ofendido, en la vida privada, de los homenajes dirigidos
a sus encantos y, como todas las
600
10. La
expresidenta de la República
limeñas,
habría sido indiferente al número de amantes que le atri-buyesen. Pero,
embriagada de poder y haciéndose ilusiones sobre su duración, el orgullo de los
reyes había pasado a su corazón. Se creyó de una esencia superior y, antes de
haber consolidado su do-minio, tuvo la susceptibilidad de una mujer nacida
sobre el trono y fue igualmente imperiosa.
Doña
Pancha no guardaba mayor deferencia por el Congreso que Napoleón por su
Senado-conservador. Enviaba a menudo notas es-critas de su mano, sin siquiera
hacerlas firmar por su marido. Los ministros trabajaban con ella, le sometían
los actos del Congreso y los de su administración. Ella misma leía todo,
tachaba los pasajes que no le convenían y los reemplazaba por otros. Su
gobierno, en fin, fue absoluto en medio de una organización republicana. Esa
mujer había prestado grandes servicios. Su amor por el bien público inspi-raba
confianza y hubiese podido establecer un orden de cosas nota-ble, hacer
prosperar el Perú y ser una gran reina si, antes de haber asumido la autoridad
suprema, hubiese empleado sus recursos en asegurarse para siempre el poder. Era
en extremo laboriosa, de una actividad infatigable y, no confiando en nadie,
quería ver todo por sí misma. Sabía muy bien escoger a su gente, no mostraba
menor discernimiento en la repartición del trabajo por hacer o de las mi-siones
por cumplir. Económica en sus gastos personales, era gene-rosa con aquellos que
correspondían a su confianza. Trataba bien a sus servidores y todos ellos le
eran adictos. Esta mujer guerrera era excelente amazona; domaba los corceles
más fogosos y hablaba en público con tanta dignidad como precisión. Con todas
las virtudes necesarias para el ejercicio del poder en la situación en que se
encon-traba el Perú le costó trabajo, sin embargo, llegar al final de su tercer
año (las funciones de presidente están confiadas por tres años). Su despotismo
había sido tan duro, su yugo tan pesado, había herido a tantos en su amor
propio, que una imponente oposición se levan-tó contra ella. Cuando vio que le
sería imposible lograr la reelección de su marido recurrió a una medida de
astucia. El señor Gamarra fue al Senado a declarar que no aceptaría la
presidencia porque su
601
Flora
Tristán
salud no
le permitía ya ocuparse de los asuntos públicos. La señora Gamarra hizo nombrar
para la presidencia a una de sus criaturas, a un esclavo sometido a su
voluntad.5 Ella y su marido ejercieron toda su influencia y la de sus amigos
para favorecer a Bermúdez. Pero, a pesar de todo, Orbegoso venció, como se ha
visto.
Para
terminar la historia de doña Pancha diré que a su llegada a Valparaíso alquiló
una hermosa casa amueblada en la cual se esta-bleció con Escudero y sus
numerosos servidores. Pero, ninguna se-ñora de la ciudad fue a visitarla. Los
extranjeros que habían tenido motivos de queja contra ella vociferaron en
contra suya. Apenas dos o tres oficiales, entre sus antiguos compañeros de
armas, tuvieron la cortesía de irla a ver. Esta mujer orgullosa y altiva debió
sufrir cruelmente por este abandono universal, por este aislamiento en que la
encerraban los odios. Condenada a la inmovilidad era, con la actividad de su
alma, como ser sepultada viva en una tumba. Como no recibí carta de Escudero,
después de mi salida de Lima, no podría precisar cuáles fueron sus sufrimientos.
Pero siete semanas después de su partida del Callao murió. Trascribo aquí lo
que Althaus me es-cribió al respecto: “La esposa de Gamarra ha muerto en Chile
seis se-manas después de su llegada. Se dice que de un mal interior, pero yo
creo que fue de rabia por no ser ya general en jefe. La pobre mujer ha acabado
muy tristemente. Su único compañero fue Escudero, quien ha regresado al Perú a
reunirse con Gamarra y hacer de las suyas”.6
5 El general Pedro Bermúdez, a quien se refiere
Flora en esta frase, no fue el “escla-vo” que ella presenta. Aunque fue
ministro de guerra de Gamarra y sucumbió a la tentación de proclamarse Jefe
Supremo, en 1834, fue un militar distinguido que había compartido con el
presidente La Mar su destierro en Costa Rica. [N. de la T.].
6 No es muy clara la causa de la muerte de doña
Francisca Gamarra. Vargas, en Historia del Perú independiente, señala la
posibilidad de que la ocasionara alguna le-sión interior originada por un salto
que dio en Arequipa, al huir vestida de clérigo; al verse perseguida se tiró de
la azotea de la casa donde estaba al patio de la casa vecina. En cuanto a
Escudero, este no regresó al Perú hasta 1836 en que, al desembarcar en Arica,
fue perseguido por Santa Cruz quien había dado orden de fusilarlo. Escudero tuvo
por entonces que huir. El Dr. Juan B. Lastres (1945) cree que la señora Gamarra
murió de una afección pulmonar. [N. de la T.].
602
10. La
expresidenta de la República
Al día
siguiente de mi visita a la señora Gamarra me sentí enferma. Era la primera vez
que esto me ocurría desde que estaba en Lima. Pasé un día muy triste en mi
lecho y Mme. Denuelle pasó la tarde conmigo.
—¿Cómo se
siente, señorita?
—Lo
mismo, estoy triste y quisiera que alguien me hiciese llorar. —Vengo por el
contrario a hacerla reír. Estoy segura de que son sus visitas al Callao las que
le han hecho daño. Esa doña Pancha con sus ataques de epilepsia le ha enfermado
los nervios. Dicen que ayer se desvanecía cada cuarto de hora. ¡Gracias a Dios,
ya estamos libres
de ella!
¡Oh, qué mala mujer! —¿Cómo puede usted juzgarla así?
—Por
Dios, no es muy difícil. Un marimacho más audaz que un dragón de guardia, que
abofeteaba a los oficiales como podría yo ha-cerlo con mi negrito.
—¿Y por
qué esos oficiales eran tan viles como para soportarlo? —Porque ella era el amo
y distribuía los grados, los empleos y los
favores.
—Señora
Denuelle, un militar que soporta los bofetones merece recibirlos. Doña Pancha
conocía muy bien a los hombres a quienes gobernaba y si no tuviese más culpa
que la de corregir a los asala-riados del gobierno que faltaban a sus deberes
ustedes la tendrían todavía de presidenta.
Mme.
Denuelle tuvo el talento de cambiar el curso de mis pensa-mientos y cuando
salió me sentía casi alegre.
Por fin
llegó el momento de mi partida. Esperaba ese día con viva impaciencia. Mi
curiosidad estaba satisfecha y la vida tan materia-lista de Lima me fatigaba en
exceso.7
7 Es curioso observar cómo Flora, preocupada
siempre con su propio caso, suminis-tra tantos detalles acerca de los sucesos
ocurridos en Arequipa durante su estada en esa ciudad y guarda silencio acerca
de un conjunto de hechos análogamente impor-tantes que ocurrieron cuando ella
residía en Lima, o inmediatamente antes. Entre ellos se cuentan: la lucha en
las calles entre el pueblo y el ejército que terminó con la retirada de este a
la sierra, el abrazo de Maquinguayo, donde las tropas de Bermúdez y Gamarra obraron
bajo el efecto moral de lo ocurrido en Lima y del claro veredicto de la opinión
pública, las dos entradas apoteósicas del presidente Orbegoso a Lima, una
603
Flora
Tristán
La última
semana no tuve una hora para mí. Hube de hacer visi-tas de despedida a todos
mis conocidos, recibir las de ellos, escribir numerosas cartas a Arequipa,
ocuparme en vender las bagatelas de que quería deshacerme. Cumplí con todo y el
15 de julio de 1834 dejé Lima a las nueve de la mañana para dirigirme al
Callao. Iba acompa-ñada por uno de mis primos, M. de Rivero. Comimos donde el
agen-te de Mr. Smith. Después del almuerzo hice trasladar mi equipaje a bordo
del “William Rusthon” y me instalé en el camarote que había ocupado la señora
Gamarra. Al día siguiente recibí muchas visitas de Lima. Eran los últimos
adioses. Como a las cinco se levaron anclas.8 Todo el mundo se retiró. Me quedé
sola, completamente sola, entre dos inmensidades: el agua y el cielo.
de las
cuales ha sido perennizada por el pincel de Ignacio Merino, la promulgación de
la Constitución de 1834 de carácter definidamente liberal. [N. de la T.].
8 Flora parte rumbo a Liverpool, su segundo
contacto con Inglaterra. “En 1835 editó en París su primer trabajo literario:
el folleto ‘Necesidad de dar buena acogida a las mujeres extranjeras’ que firmó
con sus iniciales y que señala una clara orientación feminista e
internacionalista acentuada más tarde. [...] En octubre de 1835, después de
varios años de asechanza, [Chazal] se apodera por la fuerza de Alina. Como en
una novela de mal gusto se suceden las escenas de violencia Flora logra
recuperar a Alina que es alojada en una pensión [...] En julio de 1836, Chazal
se lleva de nuevo a Alina; pero al mes siguiente ella se escapa reuniéndose
otra vez con su madre. Legalmente obtiene entonces Chazal lo que no había
logrado por la fuerza El drama solo va a arre-ciar con esta sentencia Alina
denuncia un conato de incesto, Flora la protege y Chazal es arrestado. [...] Es
en 1838 cuando publica las Peregrinaciones de una paria. Al año siguiente la
sangre de la autora les sirve de propaganda. El 10 de setiembre de aquel año
Chazal la hiere [a Flora] en la calle de Bac de un tiro a quemarropa. [...]
Pero la víctima quedó libre de su perseguidor, condenado a veinte años de
trabajos forzados”. Flora “enfermó en Burdeos en setiembre de 1844 y tras una
larga y valerosa agonía, murió el 14 de noviembre de aquel año” (Basadre, 1946,
pp. viii-ix).
604
10. La
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hasta 1866. Lima: Ed. M. Murga.
Vidaurre
y Encalada, Manuel Lorenzo (1834). Proyecto del Código Civil pe-ruano, dividido
en tres partes. Lima: Ed. L. Lama.
Villavicencio,
Maritza (1992). Del silencio a la palabra. Mujeres peruanas en los siglos XIX y
XX. Lima: Ediciones CMP Flora Tristán.
606
PASEOS EN
LONDRES
Los
obreros de las fábricas*
Alerta,
alerta, hijos
de
nuestra patria,
soldados
de la industria,
¡atención,
formad filas!
En vano
es que
en su
desdén,
el ocioso
se burle
del que
trabaja,
solo tú
eres rey,
¡despiértate!,
Productor,
impone tu ley,
muéstrale,
mediante la práctica,
a este
mundo cagatintas,
el
porvenir pacífico
que se
abre para el trabajador.
Alerta,
alerta, alerta, etc.
“Llamado”,
canción de Jules Vinçard, obrero saint-simoniano.
Los
trabajadores son, hoy en día, los parias de la sociedad; nunca se habla de
ellos en el Parlamento, a menos que sea para proponer medidas que coartan su
libertad y limitan su descanso.
London
and Westminster Review.
* Extraído de Tristán, Flora (1972). VII. Los
obreros de las fábricas. En Flora Tristán, Paseos en Londres. Lima: Biblioteca
Nacional del Perú. [De la cuarta edición en francés Promenades dans Londres.
París: H. L. Delloye, 1846]. Traducción revisada para esta edición.
609
Flora
Tristán
La
esclavitud se observa en los comienzos de todas las sociedades. Los males que
produce la vuelven necesariamente transitoria, y su duración es inversamente
proporcional a su rigor. Si nuestros an-tepasados no hubiesen tenido con sus
siervos más humanidad que los fabricantes de Inglaterra con sus obreros, la
servidumbre no ha-bría durado toda la Edad Media. El proletariado inglés,
cualquiera sea su rubro, lleva una existencia tan atroz, que los negros que han
abandonado las plantaciones de caña de azúcar de Guadalupe y de Martinica para
ir a gozar de la libertad inglesa en Dominica y Santa Lucía, regresan, cuando
pueden, donde sus amos. ¡Lejos de mí el pensamiento sacrílego de querer
defender cualquier tipo de escla-vitud! Solo deseo probar, mediante este hecho,
que la ley inglesa es más dura con el proletario que la arbitrariedad del amo
francés con su negro. El esclavo de la propiedad inglesa tiene, para ganar su
pan y pagar los impuestos que se le imponen, una tarea infinitamente más
pesada.
El negro
solo está expuesto a los caprichos de su amo, mientras que la existencia del
proletario inglés, la de su mujer y la de sus hi-jos, están a merced del
productor. Tan pronto como el calicó, o cual-quier otro artículo, baja de
precio, aquellos afectados por la baja, ya sean fabricantes de hilo, cuchillos,
vajilla, etc., se ponen de acuerdo y reducen los salarios sin que les preocupe
en lo más mínimo si los nuevos salarios que adoptan son suficientes o no para
la alimenta-ción del obrero; al mismo tiempo, aumentan el número de horas de
trabajo. Cuando el obrero está trabajando, se le exige un mejor aca-bado en su
producto pagándole menos, y el producto que no cumple exactamente con todas las
condiciones no es pagado. Cruelmente explotado por quien lo emplea, el obrero
sufre además la presión del fisco y el hambre a la que lo someten los
propietarios de tierras. Casi siempre muere joven; su vida se ve acortada por
el exceso de trabajo o por la naturaleza de sus trabajos. Su mujer y sus hijos
no lo sobre-viven mucho tiempo; uncidos a la fábrica, sucumben por las mismas
causas. ¡Y si durante el invierno no trabajan en ella, mueren de ham-bre en las
esquinas!
610
Los
obreros de las fábricas
La
división del trabajo llevada a su límite extremo, que ha posi-bilitado
progresos tan inmensos en la fabricación, ha aniquilado la inteligencia
reduciendo al hombre a ser tan solo el engranaje de una máquina. Si al menos el
obrero estuviese capacitado para ejecutar las diversas tareas que conforman una
o varias fabricaciones, go-zaría de mayor independencia; la codicia del patrón
tendría menos medios para torturarlo; sus órganos conservarían suficiente
energía para triunfar sobre la influencia deletérea de una ocupación que solo
ejercería durante algunas horas. Los amoladores de las fábricas in-glesas no
viven más de treinta y cinco años; el uso de la piedra de amolar no tiene
ningún efecto dañino sobre nuestros obreros de Châtellerault, porque la amoladura
no es sino una parte de su ofi-cio y les insume poco tiempo, mientras que en
los talleres ingleses los amoladores no hacen otra cosa. Si el obrero pudiese
trabajar en diversas fases de la fabricación, no se sentiría agobiado por su
inuti-lidad, por la perpetua inactividad de la inteligencia de quien repite
todo el día las mismas cosas; no necesitaría licores fuertes para salir del
embotamiento en que lo hunde la monotonía de su trabajo, y la ebriedad no
llevaría al colmo su miseria.
Es
necesario haber visitado las ciudades manufactureras, ha-ber visto al obrero de
Birmingham, Manchester, Glasgow, Sheffield, Staffordshire, etc., para hacerse
una idea precisa de los sufrimien-tos físicos y el rebajamiento moral de esta
clase de la sociedad. Es imposible juzgar la suerte del obrero inglés por la
del obrero fran-cés. En Inglaterra la vida es un cincuenta por ciento más cara
que en Francia, y desde 1825 los salarios se han reducido a tal punto que el
obrero casi siempre se ve obligado a pedir auxilio a la parroquia para mantener
a su familia; y como las parroquias están sobrecargadas por el monto de las
ayudas que otorgan, fijan la cuota en función de los salarios y del número de
hijos del obrero, tomando como base no el precio del pan, sino el precio de la
papa. ¡Para el proletario inglés el pan es un alimento de lujo! Los obreros de
élite, excluidos debido a sus salarios de los auxilios de la parroquia, no
gozan de mejor suer-te. Me han asegurado que la media de sus salarios no
sobrepasa los
611
Flora
Tristán
tres o
cuatro chelines (de 3,75 a 5 francos) por día, y que cada familia tiene, en
promedio, cuatro niños. Comparando ambos datos con el precio de la vida en
Inglaterra, fácilmente podremos hacernos una idea de su penuria.
La mayor
parte de los obreros carecen de ropa, cama, muebles, fuego, alimentos sanos, ¡y
a menudo incluso de papas…! Pasan de doce a catorce horas por día encerrados en
salas bajas donde inhalan, con el aire viciado, hebras de algodón, de lana, de
lino; o partículas de cobre, de plomo, de hierro, etc., y con frecuencia
combinan una ali-mentación insuficiente con excesos en la bebida: es por eso
que casi todos estos desdichados son débiles, raquíticos, entecos; tienen el
cuerpo flaco, hundido, los miembros frágiles, el semblante pálido, los ojos
apagados, y todos parecen enfermos de los pulmones. No sé si es necesario
atribuir a la irritación de una fatiga permanente, o a la sombría desesperación
de la que su alma es presa, la expresión de su fisonomía, penosa de ver y que
caracteriza a casi todos los obreros. Es difícil hacer contacto visual con
ellos, todos tienen constantemen-te la cabeza gacha y no os miran sino a
hurtadillas, echando un vista-zo de costado,1 lo que da un aspecto aturdido,
bestial y horriblemen-te perverso a esos rostros fríos, impasibles y a los que
envuelve una profunda tristeza; no se escuchan en las fábricas inglesas, como
en las nuestras, cantos, charlas y risas. El patrón no desea que ningún
recuerdo de su existencia venga a distraer ni un minuto de su tarea a los
obreros; exige silencio, y reina un silencio de muerte. ¡Cuánto po-der da el
hambre del obrero a la palabra del patrón! Entre el obrero y los jefes del
establecimiento no existe ninguna de esas relaciones de familiaridad y cortesía,
ninguna de esas manifestaciones de interés que se ven entre nosotros y que
adormecen, en el corazón del po-bre, los sentimientos de odio y de envidia que
el desdén, la dureza, la
1 Esta mirada, que también he notado en los
esclavos de América, no es en las islas británicas exclusivo de los obreros de
fábricas. Se la encuentra en todas partes, en to-dos aquellos que son
dependientes, subordinados. Es uno de los rasgos característicos de los veinte
millones de proletarios. Sin embargo, hay excepciones, y es casi siempre entre
las mujeres donde se encuentran.
612
Los
obreros de las fábricas
existencia
y el lujo del rico hacen nacer. En los talleres ingleses jamás se escucha al
patrón decirle al obrero: “Buenos días, don Baptiste, ¿cómo está su mujer? ¿Y
el niño? ¡Bueno, mejor así! Esperemos que la madre se restablezca pronto.
Dígale que venga a verme apenas pueda salir”. Un patrón sentiría que se está
rebajando al hablarle así a sus obreros. En todo jefe de fábrica, el obrero ve
a un hombre que puede hacerlo echar del taller donde trabaja, y por eso saluda
servilmente a todos los que encuentra; sin embargo, estos creerían ver
comprometi-do su honor si devolviesen el saludo.
Desde que
conozco al proletariado inglés, la esclavitud ya no es para mí el mayor de los
infortunios humanos. El esclavo tiene ase-gurado el pan durante toda su vida, y
también cuidados cuando cae enfermo; mientras que no existe ningún vínculo
entre el obrero y el patrón inglés. Si este no tiene ningún trabajo que
ofrecerle, el obrero muere de hambre; si está enfermo, perece en su camastro de
paja, a menos que, ya a punto de morir, sea recibido en un hospital: porque es
un favor el ser admitido allí. Si envejece, si queda lisiado a causa de un
accidente, se lo despide, y entonces mendiga a escondidas por miedo a ser
detenido. Esta situación es tan horrible que, para soportarla, hay que suponer
en el obrero un coraje sobrehumano o una total apatía.
La
exigüidad del espacio es un atributo general de las fábricas in-glesas; se mide
mezquinamente el sitio donde el obrero debe mover-se. Los patios son pequeños;
las escaleras, estrechas; el obrero está obligado a deslizarse de costado entre
las máquinas y los bastidores; visitando una fábrica, es fácil ver que la
comodidad, el bienestar y aun la salud de los hombres destinados a vivir en
ellas no han sido considerados en lo más mínimo por el constructor. La
limpieza, el más eficaz de los medios de salubridad, está muy abandonada.
Mien-tras que las máquinas están cuidadosamente pintadas, barnizadas, aseadas y
pulidas, los patios están sucios y llenos de agua estanca-da; los pisos,
polvorientos; los vidrios, manchados. A decir verdad, si los edificios, los talleres,
estuviesen limpios, cuidados y bien man-tenidos como las fábricas de Alsacia,
los harapos del obrero inglés parecerían todavía más horrorosos. Pero no
importa; ya sea por
613
Flora
Tristán
negligencia
o por cálculo, esa falta de higiene viene a sumarse a los males del obrero.
Inglaterra
no tiene grandeza sino en la industria, pero esta es gi-gantesca, como puede
verse en los instrumentos creados por el es-píritu matemático de los tiempos
modernos, ¡instrumentos mágicos que petrifican todo a su alrededor! Los
muelles, las vías férreas, las inmensas proporciones de las fábricas dan idea
de la importancia de la industria y el comercio británicos.
¡El poder
de las máquinas, su aplicación a todo, despiertan asom-bro y estupor! La
ciencia humana, incorporada en miles de formas, reemplaza las funciones de la
inteligencia; con las máquinas y la división del trabajo, solo se necesitan
motores: el razonamiento, la reflexión, son inútiles.
¡He visto
una máquina a vapor de quinientos caballos de fuerza!2 ¡Nada más terriblemente
impresionante que la visión del movimiento impreso a esas masas de hierro cuyas
proporciones colosales aterrorizan y parecen superar el poder del hombre! Este
motor de fuerza hiperbóli-ca está ubicado en un amplio local, donde hace
funcionar un número considerable de máquinas que trabajan el hierro y la
madera. Aquellas enormes barras de hierro pulido, que suben y bajan cuarenta o
cincuen-ta veces por minuto e imprimen un movimiento de vaivén a la lengua del
monstruo que parece aspirar todo para devorarlo todo, los terribles ge-midos
que exhala, las veloces revoluciones de la inmensa rueda que sale del abismo
para volver a entrar de inmediato, sin dejar ver nunca más que la mitad de su
circunferencia, despiertan en el alma un sentimiento de terror. En presencia
del monstruo, no se ve más que a él, no se escucha más que su respiración.
2 La he visto en Birmingham. Los propietarios
de la fábrica me han asegurado que la fuerza de esa máquina a vapor podía
igualar la de quinientos caballos: hace girar más de doscientas poleas, y pone
en movimiento aserradores de planchas, tijeras para cortar hierro, laminadores
de todas las dimensiones, un juego de máquinas para ha-cer cucharas de zinc,
etc. Frente a mis ojos se ha puesto una moneda de seis peniques (doce centavos)
bajo una prensa, para que yo pudiese darme una idea de la fuerza de su presión;
han salido cuarenta y dos yardas (treinta y seis anas) de una pequeña banda de
papel de plata, delgada como la piel de una cebolla.
614
Los
obreros de las fábricas
Al volver
de vuestro estupor, de vuestro espanto, buscáis al hom-bre. Se le distingue
apenas, reducido, por las proporciones de todo lo que lo rodea, al tamaño de
una hormiga: está ocupado poniendo, bajo el filo de dos grandes hojas curvas
que presentan la forma de una quijada de tiburón, unas enormes barras de hierro
que esta má-quina corta con la misma precisión con que un sable damasceno
re-banaría un nabo.
Si en un
principio sentí humillación al ver al hombre aniquilado, funcionando como una
máquina, muy pronto vislumbré el inmen-so beneficio que algún día producirán
estos descubrimientos de la ciencia: la fuerza bruta aniquilada, el trabajo
manual ejecutado en menos tiempo, y más descanso dejado al hombre para el
cultivo de su inteligencia. Pero para que esos grandes hechos se realicen hace
falta una revolución social. ¡Esta llegará!, porque Dios no ha revelado a los
hombres estas admirables invenciones para reducirlos al papel de ilotas de
algunos fabricantes y propietarios de tierras.
La
cerveza y el gas son en Londres dos grandes ramas del consumo. Fui a visitar la
magnífica cervecería de Barclay-Perkins que, ciertamen-te, vale la pena
conocer. El establecimiento es muy espacioso; no se ha escatimado en materiales
para construir esta fábrica. Me ha sido im-posible averiguar la cantidad de
litros de cerveza que fabrica cada año, pero a juzgar por el tamaño de los
tanques, debe elevarse a una cifra ex-traordinaria. Fue en uno de estos
tanques, el más grande, es verdad, que los señores Barclay-Perkins dieron en
honor a una de las altezas reales de Inglaterra una comida a la que asistieron
más de cincuenta invita-dos. La altura de este tanque es de treinta metros
(noventa pies). Donde quiera que el vapor pueda actuar, la fuerza del hombre queda
excluida, y lo que más impresiona en esta cervecería es el pequeño número de
obreros encargados de realizar trabajos tan inmensos.
Una de
las grandes fábricas de gas es la que se encuentra en Horse Ferry road
Westminster (he olvidado el nombre de la compañía). Solo se visita esta fábrica
con tarjeta de admisión.
En ese
palacio manufacturero, la abundancia de máquinas y de hierro ha sido llevada a
la profusión. Todo es de hierro: las veredas,
615
Flora
Tristán
los
recantones, las escaleras, algunos pisos, los techos de los galpo-nes, etc.; se
nota que no han economizado recursos para asegurar la solidez de locales y
herramientas. He visto allí tanques de bronce y de zinc tan altos como una casa
de cuatro pisos, y del mismo ancho. Me hubiese gustado saber cuántos miles de
toneladas pueden conte-ner, pero el foreman (capataz) que me acompañaba fue, en
este aspec-to, tan reservado como el de la cervecería de Barclay-Perkins en lo
atinente a la cantidad de litros de cerveza: silencio absoluto.
Entramos
a la gran sala donde se produce la combustión. Las dos filas de hornos estaban
encendidas. Este ambiente sofocante se asemeja mucho a las descripciones de las
fraguas de Vulcano que la imaginación de los poetas de la Antigüedad nos ha
dejado, con la di-ferencia de que una actividad y una inteligencia divinas
animaban a los cíclopes, mientras que los negros servidores de los hornos
ingle-ses son silenciosos y están tristes y extenuados. Se encontraba allí una
veintena de hombres cumpliendo su tarea con exactitud, aun-que lentamente.
Aquellos que no estaban ocupados permanecían in-móviles, con los ojos fijos en
el suelo, y no tenían energía ni siquiera para enjugarse el sudor que les caía
de todas partes. Tres o cuatro me miraron sin verme; los otros no voltearon la
cara. El foreman me dijo que se escogía a los fogoneros entre los hombres más
fuertes pero que, aun así, al cabo de siete u ocho años de actividad, se
enferma-ban de los pulmones y morían de tisis. Entonces pude explicarme la
tristeza y la apatía visibles en el rostro y en todos los movimientos de esos
desdichados.
Se exige
de ellos un trabajo al que las fuerzas humanas no pueden resistir. Están
desnudos, salvo por un pequeño calzón de tela; cuando salen, se echan un
sobretodo sobre los hombros.
A pesar
del espacio que separa las dos hileras de hornos, que me pareció de entre
cincuenta y sesenta pies, el piso estaba tan caliente que el calor enseguida
penetró mis zapatos, al punto que debí levan-tar los pies como si los hubiese
posado sobre carbones ardientes. Me hicieron subir a una piedra grande: aunque
aislada del suelo, su su-perficie también estaba caliente. No pude quedarme en
ese infierno,
616
Los
obreros de las fábricas
sentía el
pecho oprimido, el olor del gas me subía al cerebro, el calor me sofocaba. El
foreman me condujo al extremo de la sala, hacia un balcón desde donde pude ver
todo sin sentir tanto malestar.
Dimos una
vuelta por el establecimiento. Sentí admiración por todas aquellas máquinas,
por la perfección y el orden con que se con-ducen todos los trabajos; sin
embargo, las precauciones tomadas no previenen todos los accidentes, que
ocurren con frecuencia y causan grandes desastres, dejando hombres heridos y a
veces matándolos. ¡Oh, Dios mío! ¡Parecería que el progreso no puede realizarse
sino a expensas de la vida de cierta cantidad de individuos!
El gas de
esta usina va, a través de conductos, a iluminar los ba-rrios desde
Oxford-street hasta Regent-street.
¡El aire
que se respira allí dentro está realmente viciado! A cada instante os invaden
vapores mefíticos. Salí de debajo de un coberti-zo, esperando respirar en el
patio un aire más puro, pero por todas partes me perseguían las exhalaciones
infectas del gas y los olores de la hulla, la brea, etc.
Debo
decir también que el local es muy sucio. El patio, lleno de agua estancada, de
montañas de basura, es muestra de la extrema negligencia en lo que concierne a
la limpieza. En verdad, la natura-leza de los elementos de los que se obtiene
el gas exigiría un servicio muy activo para mantener la limpieza, pero dos
hombres serían su-ficientes para esta tarea y con este ligero aumento del gasto
se sanea-ría el establecimiento.
Estaba
asfixiada, me urgía huir de esa apestosa hoguera, cuando el foreman me dijo:
“Quédese un rato más, y verá usted algo intere-sante: los fogoneros van a
retirar el coke de los hornos”.
Fui a
asomarme de nuevo al balcón, y desde allí vi uno de los es-pectáculos más
espantosos de los que haya sido testigo.
La sala
de hornos está en la planta alta, y debajo se encuentra la bodega destinada a
recibir el coke; los fogoneros, provistos de largos hurgones de hierro,
abrieron los hornos y echaron el coke en llamas, que cayó como una cascada
dentro de la bodega. ¡Nada más terrible, más majestuoso, que aquellas bocas
vomitando llamas! ¡Nada más
617
Flora
Tristán
mágico
que esa bodega repentinamente iluminada por carbones ar-dientes que se
precipitaban hacia el abismo, como desde lo alto de un peñasco las aguas de una
catarata! Nada más horroroso que la visión de los fogoneros, empapados como si
salieran del agua e iluminados por delante y detrás por esas horribles brasas
cuyas lenguas de fuego parecían avanzar sobre ellos para devorarlos. ¡Oh no,
imposible pre-senciar espectáculo más pavoroso!
Cuando
los hornos fueron vaciados hasta la mitad, algunos hom-bres subidos a unos
tanques ubicados en las cuatro esquinas de la bodega echaron agua para apagar
el coke. Entonces el aspecto de la sala de hornos cambió: de la bodega se elevó
una tromba de humo negro, espeso y abrasador que subió majestuosamente y salió
por el techo, a través de una abertura hecha para permitirle el paso. Ya no
pude distinguir las bocas de los hornos sino a través de esa nube que hacía las
llamas más rojas, las lenguas de fuego más aterradoras; los cuerpos de los
fogoneros, de blancos que eran se volvieron negros, y estos desdichados, a
quienes se hubiese tomado por diablos, se con-fundieron en ese caos infernal.
Sorprendida por el humo del coke, solo alcancé a descender precipitadamente.
Esperé el
fin de la operación, deseosa de saber qué sería de los fo - goneros. Me
sorprendí de no ver llegar a ninguna mujer. ¡Dios mío!, pensé, ¡de modo que
esos obreros no tienen ni madre, ni hermana, no tienen ni mujer ni una hija
esperándolos en la puerta, a la salida de la ardiente hoguera, a fin de
lavarlos con agua tibia, envolverlos en ca - misas de franela, hacerles tomar
una bebida nutritiva, tonificante, y luego decirles algunas palabras de
amistad, de amor, que consuelen, den valor y ayuden al hombre a soportar las
más crueles miserias! Esperé ansiosamente: no apareció ninguna mujer. Pregunté
al fore-man dónde iban a descansar aquellos hombres bañados en sudor.
Van a
echarse sobre una cama que está bajo ese cobertizo –me respondió fríamente–, y
luego de un par de horas comenzarán a tra-bajar de nuevo.
Este
cobertizo, abierto a los cuatro vientos, solo protege de la lluvia, y hace allí
un frío glacial. Una especie de colchón, que no se
618
Los
obreros de las fábricas
distingue
del carbón que lo rodea, está ubicado en una de las esqui-nas; vi a los
fogoneros extenderse sobre ese colchón duro como la piedra. Estaban cubiertos
por un sobretodo muy sucio, impregnado de sudor y de polvo de carbón, a tal
punto que no se podía adivinar el color. “Es así, me dijo el capataz, como
estos hombres se enferman de los pulmones; pasando sin ninguna precaución del
calor al frío”.
Esta
última observación del foreman produjo sobre mí tal efecto, que salí de la
usina en un estado de exasperación.
Está
visto que la vida de los hombres se compra con dinero; ¡¡¡y, aunque la tarea
exigida podría hacerlos morir, el industrial se niega a aumentarles los
salarios!!! ¡Pero si es todavía peor que la trata de negros! ¡¡¡A esta enorme
monstruosidad solo la supera la antropofa-gia!!! ¡Los propietarios de las
usinas y de las fábricas pueden, sin verse impedidos por la ley, disponer de la
juventud y de la fuerza de cente-nas de hombres, comprar su existencia y
sacrificarla a fin de ganar dinero! ¡¡¡Y todo a cambio de un salario de siete a
ocho chelines por día (de 8,75 a 10 francos)!!!
No tengo
noticias de que algún jefe de fábrica como los que acabo de mencionar haya
tenido la humanidad de disponer una habitación medianamente calefaccionada, con
bañeras de agua tibia, colchones y colchas de lana, a donde los fogoneros irían
al salir de aquel infier-no, para lavarse y descansar bien arropados en una
atmósfera que no contraste tanto con la que acaban de dejar. Es realmente una
ver-güenza y una infamia para cualquier país que ocurran cosas como la que
acabo de contar.
En
Inglaterra, cuando los caballos llegan a una posta, enseguida les echan una
manta sobre el lomo, les secan el sudor y les lavan las patas; luego los hacen
entrar a una caballeriza bien cerrada, provista de una cama de paja bien seca.
Hace
algunos años se acercaron las postas, tras haberse recono-cido que las
distancias a las que estaban colocadas acortaban la vida de los caballos por la
excesiva lejanía entre ellas. Sí, pero un caballo le cuesta al industrial entre
cuarenta y cincuenta libras esterlinas, ¡mientras que el país le provee hombres
a cambio de nada…!
619
Las
mujeres públicas*
There is
no country, or city or town where this evil is so systematically, so openly or
so extensively carried on, as in England and her chief city.
Informe
de M. Talbot, secretario de la Sociedad londinense para la prevención de la
prostitución infantil.
No existe
ningún país, ni ciudad grande o pequeña donde este mal (la prostitución) se
desarrolle tan abierta, extensiva y sistemáticamente como en Inglaterra y su
capital.
Informe
de M. Talbot, secretario de la Sociedad londinense para la prevención de la
prostitución infantil.
Pregunto
a cualquier ser humano con un mínimo de inteligencia si, en beneficio de las
generaciones presentes y futuras, es útil o no estudiar y observar a las
prostitutas, y si el hombre que se consagra
a estas
investigaciones, que enfrenta sus sinsabores, que sacrifica su tiempo, su
fortuna y su esfuerzo merece realmente el desprecio que los prejuicios nacidos
de la ignorancia le han demostrado hasta hoy. En cuanto a mí, que creo ver las
cosas en su verdadera esencia, y sé que la consideración de que goza una obra
no siempre es proporcional
a los
servicios que presta ni a las dificultades que puede ocasionar, me someto al
buen juicio de los hombres sensatos que ven y aprecian las intenciones, y sin
dejar de respetar los prejuicios de los demás, deploro su ceguera.
Parent-Duchâtelet,
La prostitución en la ciudad de París.
* Tristán, Flora (1972). VIII. Las mujeres
públicas. En Flora Tristán, Paseos en Londres. Lima: Biblioteca Nacional del
Perú. [De la cuarta edición en francés Promenades dans Londres. París: H. L.
Delloye, 1846]. Traducción revisada para esta edición.
621
Flora
Tristán
Jamás he
podido ver a una mujer pública sin experimentar un senti-miento de compasión
por nuestras sociedades, sin sentir desprecio por su organización y odio por
sus dominadores que, ajenos a todo pudor, a todo respeto por la humanidad, a
todo amor por sus seme-jantes, reducen a la criatura de Dios al último grado de
abyección. ¡La consideran menos que un animal!
Comprendo
al ladrón que saquea a los que pasan por los grandes caminos y entrega su
cabeza a la guillotina. Comprendo al soldado que se juega constantemente la
vida y solo recibe a cambio unos pe-sos por día. Comprendo al marinero que
expone la suya al furor de los mares. ¡Los tres encuentran en su oficio una
poesía oscura y terri-ble! ¡Pero no puedo comprender a la mujer pública, que
abdica de sí misma, aniquila su voluntad, sus sensaciones, entrega su cuerpo a
la brutalidad y al sufrimiento, y su alma al desprecio! La mujer pública es
para mí un misterio impenetrable... Veo en la prostitución una lo-cura
espantosa, o acaso es tan sublime que mi ser humano no alcanza a comprenderla.
Desafiar a la muerte no es nada; pero ¡qué muerte afronta la mujer pública!
¡Está comprometida con el dolor y consa-grada a la abyección! ¡¡Sufre continuas
torturas físicas, la muerte mo-ral a cada instante, y desprecio por sí misma!!
Lo
repito, ¡hay en ella algo de sublime! ¡O de locura!
La
prostitución es la más horrible de las desgracias que produ-ce la desigual
repartición de los bienes en este mundo; esta infamia marchita la especie
humana y atenta contra la organización social más que el crimen; los
prejuicios, la miseria y el ilotismo combinan sus funestos efectos para
producir esta indignante degradación. Sí, si no se le hubiese impuesto a la
mujer la castidad por virtud sin que el hombre fuese a eso mismo obligado, ella
no sería rechazada por la sociedad por haberse entregado a los sentimientos de
su corazón, y la mujer seducida, engañada y abandonada no estaría reducida a
prostituirse; sí, si admitieseis que recibiese la misma educación, y ejerciese
los mismos empleos y profesiones que el hombre, no sufri-ría la miseria con más
frecuencia que él; sí, si no la expusieseis a to-dos los abusos de la fuerza,
por el despotismo del poder paterno y la
622
Las
mujeres públicas
indisolubilidad
del matrimonio, ¡no se vería jamás en la disyuntiva entre sufrir la opresión o
la infamia!
La virtud
o el vicio suponen la libertad de hacer el bien o el mal; pero ¿cuál puede ser
la moral de la mujer que no se pertenece a sí mis-ma, que no tiene nada propio,
y que toda su vida ha sido adiestrada para eludir la arbitrariedad mediante la
astucia y la coacción median-te la seducción? Y cuando la atormenta la miseria,
cuando ve el goce de todos los bienes limitado a los hombres, el arte de
agradar en el que ha sido educada, ¿no la conduce inevitablemente a la
prostitución?
Por ello,
¡que esta monstruosidad sea imputada a vuestro estado social, y que la mujer
sea absuelta! ¡Mientras esté sometida al yugo del hombre o del prejuicio, no
reciba ninguna educación profesional, y esté privada de sus derechos civiles,
no podrá existir ley moral para ella! En tanto solo pueda acceder al goce de
los bienes por la influencia que ejerce sobre las pasiones; en tanto no haya
título para ella y sea despojada por su marido de las propiedades que ha
adquirido por su trabajo o que su padre le ha dado; en tanto solo pueda
asegurarse el uso de los bienes y de la libertad viviendo en el celibato, ¡no
podrá exis-tir ley moral para ella! Y es posible afirmar que hasta que la
emancipa-ción de la mujer tenga lugar, la prostitución seguirá creciendo.
Dado que
la desigualdad en la repartición de las riquezas es mayor en Inglaterra que en
ninguna otra parte, la prostitución debe ser allí más considerable. El derecho
de testar no está restringido por la ley inglesa, y los prejuicios
aristocráticos que reinan en este pueblo, desde el feudo del lord hasta la
humilde cabaña del cottager,1 hacen instituir un heredero en todas las
familias; en consecuencia, las hijas no reciben más que peque-ñas dotes, a
menos que no tengan hermanos varones.
Por otra
parte, existen pocos empleos para las mujeres que han recibido alguna
educación; además, los prejuicios fanáticos de las sectas religiosas exigen
expulsar de la casa, y a menudo incluso del techo paterno, a las muchachas que
han sido seducidas o engañadas, y la mayor parte de los ricos propietarios del
campo, los fabricantes y
1 Campesino. En inglés en el original. [N. de
la T.].
623
Flora
Tristán
los jefes
de fábricas se divierten seduciéndolas y engañándolas. ¡Ah! ¡Estos
capitalistas, estos propietarios de la tierra a quienes los prole-tarios hacen
tan ricos entregándoles catorce horas de trabajo por un pedazo de pan, están
lejos de equilibrar, por el uso que hacen de su fortuna, los males y desórdenes
de todo tipo que resultan de la acu-mulación de la riqueza en sus manos!
Aquellas riquezas casi siempre alimentan el orgullo y ocasionan excesos de
intemperancia y de li-bertinaje, de suerte que el pueblo, pervertido por su
horrible miseria, además es corrompido por los vicios de los ricos.
Las
muchachas nacidas en la clase pobre son empujadas a la pros-titución por el
hambre. Las mujeres son excluidas de los trabajos del campo, y cuando no
obtienen empleo en las fábricas, no tienen más recurso que la servidumbre y la
prostitución.
Vamos,
hermanas mías, caminemos
tanto de
noche como de día;
a toda
hora, a cualquier precio
hay que
hacer el amor, hay que hacerlo, aquí abajo el destino nos ha deparado
cuidar el
matrimonio y a las mujeres honestas.2
Las
mujeres públicas de Londres son tan numerosas que se las ve a toda hora y en
todas partes; afluyen a todas las calles, pero en ciertos momentos del día se
dirigen a los barrios alejados donde la mayor parte reside, a las calles donde
se concentra el gentío, y a los paseos y teatros. Es raro que reciban a los
hombres en sus casas; los propietarios casi siempre se oponen, y además las
habitaciones que ocupan están mezquinamente amobladas. Las muchachas lle-van
sus “capturas” a casas destinadas al oficio, casas que existen de trecho en
trecho en todos los barrios sin excepción y que son, de acuerdo a lo que
informa el doctor Ryan, tan numerosas como los bares donde se bebe gin.3
2 Lazare por Auguste Barbier.
3 Prostitution in London.
624
Las
mujeres públicas
Acompañada
de dos amigos armados de bastones, fui a visitar, entre las siete y las ocho de
la noche, el nuevo barrio al que conduce el puente de Waterloo, y que es
atravesado a lo largo y a lo ancho por la Waterloo-road. Aquel barrio está casi
enteramente poblado de prostitutas y de agentes de la prostitución. No es
posible recorrerlo solo por la noche sin incurrir en inminentes peligros. Era
verano y la tarde estaba muy cálida; las muchachas estaban en las ventanas o
sentadas junto a sus puertas, riendo y jugando con sus chulos. A me-dio vestir,
muchas desnudas hasta la cintura, indignaban y provoca-ban repugnancia,
mientras que la expresión de cinismo y de crimen que se leía sobre el rostro de
los proxenetas producía pavor.
En
general, eran hombres muy bellos, jóvenes, altos y fuertes; pero por su aspecto
común y grosero, uno creería estar frente a esos animales que no tienen por
instinto más que sus propios apetitos.
Muchos se
nos acercaron y nos preguntaron si queríamos una habitación... Como les
respondimos negativamente, uno, más atrevi-do que los otros, nos dijo en tono
amenazador: ¿Qué venís entonces a hacer a este barrio, si no queréis una
habitación para hacer entrar a vuestra dama? Confieso que no me hubiese gustado
encontrarme sola frente a ese hombre.
Recorrimos
así todas las calles adyacentes a Waterloo-road, y nos fuimos a sentar sobre el
puente para observar otro espectáculo. Des-de allí vimos pasar a las mujeres
del barrio de Waterloo-road, quie-nes, por la noche, entre las ocho y las
nueve, van en “bandas” al west-end de la ciudad donde ejercen su oficio, y
vuelven a sus casas hacia las ocho o las nueve de la mañana.
Las
muchachas recorren todos los paseos y las calles a las que se di-rige la
multitud; aquellas que conducen a la Bolsa en las horas de mayor circulación,
los alrededores de los teatros y otros lugares públicos. En los horarios con
entrada a mitad de precio, invaden todos los espectáculos y se apoderan de los
vestíbulos, a los que convierten en sus salones de re-unión (ver el capítulo
“Teatro”). Después del espectáculo las muchachas se dirigen a los finishes,
esos innobles cabarets y vastas y suntuosas taber-nas a donde la gente va a
terminar la noche.
625
Flora
Tristán
Los
finishes4 son tan afines a las costumbres inglesas como el es-taminet a los
hábitos alemanes y el café elegante a la usanza france-sa. En los unos, el
pasante de la fiscalía y el dependiente beben ale, fuman tabaco barato y tienen
francachela con muchachas vestidas miserablemente. En los otros, la alta
sociedad bebe ponche al coñac, vino de Francia y del Rin, Sherry y Porto; fuma
excelentes cigarros de La Habana, ríe y juega con muchachas jóvenes, bellas y
ricamente vestidas. ¡Pero en estos como en aquellos, la orgía se muestra en
toda su brutalidad, en todo su horror!
Me han
contado, a propósito de los finishes, escenas de libertinaje que me resistí a
creer. Me encontraba en Londres por cuarta vez, y había venido con la firme
intención de conocer todo. Me decidí, por lo tanto, a sobreponerme a mi
repugnancia e ir yo misma a uno de esos finishes a fin de juzgar el grado de
confianza que debía otorgar a las diversas descripciones que me habían hecho de
ellos. Los mismos amigos que me habían acompañado a la Waterloo-road se
ofrecieron entonces a servirme de cicerone.
Es un
espectáculo digno de ver, y que nos permite conocer el esta-do moral de
Inglaterra mejor que todo lo que se podría decir. Esas ta-bernas espléndidas
tienen una fisonomía muy particular. Parece que los habitués de aquellos
palacios son seres consagrados a la noche. Se van a dormir cuando el sol
comienza a brillar en el horizonte y se despiertan después del ocaso. Por
fuera, aquellos palacios-tabernas
4 Existen, en diversas partes de la ciudad
monstruo, espléndidos salones donde se reúnen hasta doscientas prostitutas
ricamente vestidas. Esos lugares son visitados por elegantes y ricos jóvenes
que escogen ahí a las mujeres. Aquellos salones están anexados a tabernas que
se convierten así en fuente de inmensas riquezas. No solo podemos encontrarlos
en el west-end de la ciudad, o en Londres más allá del Temple-bar. En otras
partes se los conoce bajo el nombre de habitaciones largas; se les encuen-tra
particularmente a orillas del Támesis, donde abundan los marineros. Algunas de
estas habitaciones largas pueden contener hasta quinientas personas.
En esas
casas, las prostitutas están ubicadas en fila como el ganado en
Smith-field-market, hasta que los visitantes, marineros u otros, vienen a
escoger su mujer. Aquel que ya ha elegido entra en otro espacioso salón del
establecimiento donde, después de copiosas libaciones y danzas, la muchacha lo
lleva a su casa; allí lo drogan con be-bidas estupefacientes, y termina
secuestrado, robado y golpeado por los chulos (Ryan, Prostitution in London, p.
189).
626
Las
mujeres públicas
(gin-palaces)
cuidadosamente cerrados solo sugieren el silencio y el sueño; pero apenas el
portero os ha abierto la pequeña puerta por donde entran los iniciados, os
deslumbran las vivas y brillantes lu-ces que escapan de mil mecheros de gas. En
el primer piso hay un inmenso salón dividido en dos en sentido longitudinal. En
una de sus divisiones hay una hilera de mesas separadas por tabiques de
ma-dera, como en todos los restaurantes ingleses; a ambos lados de las mesas
hay asientos en forma de sofá; en frente, en la otra división, hay una tarima
donde las prostitutas, vestidas con elegancia, se en-cuentran en exhibición.
Provocan a los hombres con la mirada y la palabra. Cuando alguno les responde,
llevan al galante gentleman a una de las mesas, que están todas repletas de
carnes frías, jamones, aves, pasteles y toda clase de vinos y licores.
¡Los
finishes son los templos que el materialismo inglés eleva a sus dioses! Los
sirvientes que allí trabajan están elegantemente vestidos; los empresarios
dueños del establecimiento saludan humildemente a los convidados varones que
vienen a dar su oro a cambio de depravación.
Hacia la
media noche, los habitués comienzan a llegar. Varias de estas tabernas son
lugares de encuentro de la alta sociedad, donde la élite de la aristocracia se
congrega. Al principio, los jóvenes lords se tienden sobre los asientos en
forma de sofá, fuman y bromean con las mujeres; luego, tras varias libaciones,
los vapores de la champaña y del madeira exaltan sus cerebros y los ilustres
retoños de la noble-za inglesa, los muy honorables miembros del Parlamento se
quitan el saco, se desatan la corbata, se sacan el chaleco y los tiradores.
Ins-talan su tocador privado en un cabaret público. ¿Por qué se avergonza-rían
de hacerlo? ¿Acaso no pagan bastante por el derecho a imponer su desprecio a
los demás? En cuanto al que ellos inspiran, los tiene sin cuidado. La orgía
sigue in crescendo; entre las cuatro y cinco de la mañana, llega a su apogeo.
¡Oh,
entonces es necesario una cierta dosis de coraje para perma-necer allí, mudo
espectador de todo lo que pasa…!
¡Qué
digno empleo hacen de sus inmensas fortunas estos nobles señores ingleses! Cuán
bellos, cuán generosos son cuando han perdido
627
Flora
Tristán
el uso de
la razón y ofrecen cincuenta, cien guineas a una prostituta si acepta prestarse
a todas las obscenidades que la ebriedad engendra...
En los
finishes hay toda clase de entretenimientos. Uno de los más apreciados consiste
en emborrachar a una mujer hasta que no pue-da tenerse en pie; entonces se le
hace tragar vinagre en el que se ha disuelto pimienta y mostaza; este brebaje
casi siempre le da horribles convulsiones, y los sobresaltos y las contorsiones
de la desdichada provocan risa y divierten infinitamente a la honorable
sociedad. Una diversión también muy preciada en esas elegantes reuniones es la
de arrojar sobre las jóvenes que yacen en el piso totalmente borrachas un vaso
de cualquier cosa. He visto vestidos de satén que ya no tenían ningún color;
eran una mezcla confusa de manchas; el vino, el aguar-diente, la cerveza, el
té, el café, la crema, etc., diseñaban sobre ellos mil formas extravagantes;
escritura jaspeada de la orgía. ¡Oh, la cria-tura humana no podría descender
más bajo!5
Este
libertinaje mefistofélico subleva, espanta y sus exhalaciones llegan a revolver
el estómago; el aire está cargado de miasmas infec-tas, del olor de las carnes,
de las bebidas, del humo del tabaco y de otros aún más fétidos ... todas estas
emanaciones penetran en la gar-ganta, os aprietan las sienes y os dan vértigo.
¡¡¡Oh, es horrible…!!! Sin embargo, esta vida que las mujeres públicas
recomienzan cada noche es para ellas la única esperanza de fortuna, pues no
tienen ninguna
5 He visto en este finish cuatro o cinco
mujeres soberbias. La más notable era una irlandesa de una belleza
extraordinaria; aunque se trataba de una habitué, su entra-da en la sala causó
sensación y despertó un ligero rumor. En cuanto a mí, los ojos se me llenaron
de lágrimas. ¡¡¡Qué bella criatura!!! ¡Si hubiese sido reina de Inglaterra,
habrían venido de todas partes del mundo para admirarla!
Esta
mujer entró hacia las dos de la mañana vestida con elegante sencillez, lo que
real-zaba aún más el esplendor de su belleza. Tenía un vestido de satén blanco;
sus guantes tres cuartos dejaban ver sus bellos brazos; sus pequeños y
encantadores zapatos color rosa delineaban sus graciosos pies, y una especie de
diadema de perlas coronaba su cabeza. ¡Tres horas después, esta misma mujer
cayó al suelo completamente ebria! ¡Su vestido era repugnante de ver! Cada uno
echaba sobre sus bellos hombros, sobre su magnífico pecho, vasos de vino, de
licor, etc. Los muchachos de la taberna la piso-teaban como si fuese una bolsa
de basura. ¡Oh, es preciso haber sido testigo de tan indigna profanación del
ser humano para creerlo!
628
Las
mujeres públicas
oportunidad
con el inglés sobrio. El inglés, cuando está sobrio, es cas-to hasta la
pacatería.
En
general, es hacia las siete u ocho de la mañana que los clientes se retiran del
finish. Los sirvientes van a buscar los coches de alquiler. Aquellos que
todavía se mantienen en pie buscan su ropa, la recogen y se retiran a sus
casas; en cuanto a los otros, los mozos de la taberna los visten como pueden,
con las primeras prendas que encuentran, los llevan al coche y le indican al
conductor la dirección del paquete que le entregan. Muy a menudo ocurre que se
desconoce el domicilio de esos individuos; entonces son depositados en una sala
al fondo de la casa, donde se les acuesta buenamente sobre paja. Esta sala se
llama “el cuchitril de los borrachos”. Se quedan ahí hasta que recupe-ren el
sentido y puedan decir a dónde desean ir.
No hace
falta aclarar que todo lo que se consume en esas tabernas se paga a un precio
exorbitante; así pues, los borrachos salen con los bolsillos vacíos, felices si
la codicia de su sirena les ha perdonado el reloj, los anteojos de montura de
oro o cualquier otra cosa de valor.
En esta
ciudad de desenfreno, la vida de las mujeres públicas de toda clase es de corta
duración. Lo quiera o no, la prostituta está obli-gada a beber alcohol. ¡Qué
temperamento podría resistir los conti-nuos excesos! Por ese motivo, tres o
cuatro años es el período de exis-tencia de la mitad de las prostitutas de
Londres; las hay que resisten siete u ocho años, pero es el término extremo que
muy pocas alcan-zan y que solo muy raras excepciones superan. Muchas mueren en
los hospitales, de enfermedades venéreas o de pleuresía, y cuando no pueden ser
admitidas en ellos sucumben a sus males en horribles tu-gurios, sufriendo la
privación de alimento, de remedios, de cuidados, en fin: de todas las cosas.
El perro
encuentra, al morir, la mirada de su amo, en tanto que la prostituta muere en
la esquina de cualquier calle, ¡sin que nadie le dirija una mirada piadosa!
Entre
ochenta y cien mil mujeres, la flor de la población, viven en Londres de la
prostitución. Cada año, entre quince y veinte mil de estas desdichadas se
marchitan y sufren la muerte del leproso, en un
629
Flora
Tristán
total
abandono.6 Cada año, un número más considerable todavía vie-ne a reemplazar a
aquellas cuya espantosa existencia ha terminado.
Para
entender por qué la prostitución está tan difundida, es ne-cesario tener
presente el inmenso aumento de las riquezas de In-glaterra en los últimos
cincuenta años, y recordar que, en todos los pueblos y en todas las épocas, la
sensualidad se ha desarrollado jun-to con la riqueza. El móvil del comercio se
ha vuelto tan poderoso entre los ingleses, que ha superado a todos los otros;
no hay ni uno solo cuyo pensamiento dominante sea otra cosa que ganar dinero
(to make money): los hijos menores de las familias más ricas se ven también en
la necesidad de hacer fortuna, y ninguno está satisfecho con la que posee.
El amor
al dinero, implantado en el corazón de los jóvenes des-de la edad más tierna,
destruye los afectos de familia, así como toda compasión hacia los males
ajenos, y no deja crecer ningún senti-miento de amor. El amor no forma parte de
sus vidas. Es sin amor que seducen a una muchacha, es sin amor que se casan: el
joven se casa con una dote, descuida a su mujer y va a dilapidar la fortuna en
las casas de juego, los clubes y los finishes del west-end. Oh, ¡qué repugnante
es esta vida materialista de los apetitos y los intereses! Jamás sociedad
alguna ha presentado un aspecto tan horroroso. El dinero por motor; y por todo
goce, ¡el vino y las prostitutas!
En
Londres, todas las clases están profundamente corrompidas: durante la infancia,
el vicio adelanta la edad; en la vejez, sobrevive a los sentidos apagados, y
las enfermedades de la lujuria han penetra-do en todas las familias. La pluma
se niega a describir los extravíos, las vilezas a las que se dejan arrastrar
los hombres hastiados de todo, que solo se guían por sus sentidos y tienen el
alma inerte, el corazón marchito y el espíritu sin cultivar. Frente a tal
depravación, San Pa-blo habría exclamado: “Anatema a los fornicadores”, y
habría huido de esta isla sacudiéndose el polvo de los pies.
6 El bill que obliga a registrar las
defunciones es muy reciente y faltan elementos todavía para determinar de
manera rigurosa la tasa de mortalidad de las mujeres públicas.
630
Las
mujeres públicas
En
Londres no se tiene compasión por las víctimas del vicio; la suerte de la mujer
pública no inspira más piedad que la del irlan-dés, el judío, el proletario y
el mendigo. Los romanos no eran más insensibles para con la vida de los
gladiadores que perecían en el circo. Los hombres, cuando no están ebrios,
rechazan de un punta-pié a las prostitutas y aun les pegarían si no temiesen el
escándalo, las consecuencias de una batalla con los chulos o la intervención de
la policía.7 Las mujeres honestas tienen por estas desgraciadas un desprecio
duro, seco y cruel, y el sacerdote anglicano no consuela a todos los
infortunados como el católico. El sacerdote anglicano no tiene misericordia por
la prostituta; ¡pronunciará en el púlpito un discurso enfático acerca de la
caridad y el afecto que tuvo Jesús por Magdalena, pero para las miles de
Magdalenas que mueren cada día en los horrores de la miseria y del abandono, no
hay ni una lágrima! ¡Qué le importan estas criaturas! Su deber es recitar en el
templo un discurso hecho con talento, en día y horario fijos, eso es todo. En
Lon-dres, la prostituta no tiene derecho sino al hospital, siempre y cuan-do
encuentre allí un lugar desocupado.
7 Mientras yo estaba en Londres, un negociante
de la ciudad, aquejado por una en-fermedad venérea, creyó poder atribuir el
origen de su mal a una mujer pública que conocía. La hizo ir a una casa de
citas, allí le subió la falda por encima de la cabeza y, con ayuda de una
cuerda, le envolvió la parte alta del cuerpo dentro de la misma falda,
usán-dola a modo de saco; entonces comenzó a azotarla con una fusta, y cuando
se cansó de golpearla, la arrojó en ese estado al medio de la calle. Privada de
aire, la desdichada se estaba ahogando, se debatía, lloraba y rodaba en el
lodo. Nadie vino a socorrerla. En Londres, nadie interviene jamás en lo que
ocurre en la calle: that’s not my business (no es asunto mío) os responde el
inglés sin detenerse, y está a diez pasos cuando sus palabras vienen a resonar
en vuestros oídos. La desgraciada, tendida sobre el pavimento, ya no hacía
movimiento alguno; iba a perecer, cuando un policeman pasó, se acercó y cortó
la cuerda que ataba su vestido. Su rostro estaba violeta, ya no respiraba,
estaba asfixiada. La llevaron al hospital, donde prestos socorros la
devolvieron a la vida.
El autor
de este atroz atentado fue citado ante al juez y condenado, por ultraje a las
costumbres en la vía pública, a seis chelines de multa.
En un
pueblo de una mojigatería ridícula, se ve que no cuesta caro ultrajar el pudor
público… Y lo que sorprende es que el magistrado no haya visto en esta acción
más que un delito correccional a sancionar. Sí, en este país de pretendida
libertad, la ley es para el fuerte, el débil no puede invocar su protección.
631
Flora
Tristán
El amor
propio nacional, que nos lleva a desear que el país donde la Providencia nos ha
hecho nacer sea mejor que todos en la tierra, esta disposición malévola hacia
las otras naciones, fruto amargo de las luchas pasadas y que constituye el más
grande obstáculo al pro-greso, nos impide a menudo reconocer las causas de los
males que el extranjero nos señala. El odio despierta entonces, y conminamos al
forastero a aportar pruebas de hechos tan manifiestos como las nie-blas del
Támesis; dado que la unidad en los intereses de las naciones aún no es
concebida más que por un reducido número de personas adelantadas, el extranjero
que no nos aprueba es tomado por un ene-migo que nos injuria.
La
prostitución existe en todas partes, pero en Londres es un he-cho tan
generalizado, que parece un monstruo que todo lo quiere tragar. Adoptando el
punto de vista de la gente común, comprendí que probablemente no quisiesen
darme la razón y considerasen exa-gerada mi descripción de los hechos. Pensé
entonces en hacerme de pruebas, de autoridades que confirmasen el testimonio de
mis ojos.
Había
leído el libro de M. Parent-Duchâtelet y sabía que, aunque fuese imposible
llegar a la exactitud matemática en la apreciación de un hecho que escapa a los
datos estadísticos, se podía, sin embargo, mediante prolongadas observaciones,
acercarse mucho a la verdad. Averigüé si había existido en Inglaterra algún
filántropo lo suficien-temente devoto de la humanidad para consagrar su vida al
estudio de la prostitución en Londres, con la misma indomable obstinación que
había puesto Parent-Duchâtelet en examinar y estudiar la prosti-tución en
París. Me mencionaron al doctor Ryan, cuya obra sobre la prostitución en
Londres despertó recriminaciones y odios.
El doctor
Ryan, autor de varias obras de mérito reconocido y cuya numerosa clientela
atestigua su talento, no tenía necesidad de publicar esta obra para adquirir
una reputación; ¡esta publicación, que debía indignar el espíritu hipócrita de
las costumbres inglesas y provocar las vociferaciones de las clases altas a las
que arrancaba la máscara, es, de su parte, un acto sublime de sacrificio! El
doctor Ryan conocía su país y las consecuencias que debía traer su publicación;
632
Las
mujeres públicas
pero
dotado de aquel coraje enérgico que planea por encima de los clamores de un
mundo corrompido, divulgó con audacia los hechos y señaló la corrupción y las
vilezas que encierra la ciudad monstruo.
Fue el
año pasado que apareció en Londres el libro del doctor Mi-chael Ryan titulado
Prostitution in London. Esta obra contiene, sobre la prostitución en Londres,
los datos más precisos que es posible ob-tener en el estado actual de la
policía inglesa. El doctor Ryan cita, apoyándose en hechos, los informes
presentados por la Sociedad para la supresión del vicio frente al comité del
Parlamento en 1837 y 1838; los de la Policía metropolitana, de 1837 y 1838; los
de la Sociedad lon-dinense para la prevención de la prostitución infantil,
fechados en 1836, 1837 y 1838; los informes de M. Talbot, secretario de esta
sociedad, los presentados por los comisarios de policía frente al Parlamento,
y, por último, los del Ministerio del Interior, en 1837 y 1838.
Resulta
de estos documentos que en 1793 M. Colquhoun, hom-bre de mérito y magistrado de
la Policía, tras haberse consagrado a largas investigaciones, evalúa en
cincuenta mil el número de las prostitutas en Londres; pero esto es tan solo un
estimativo, porque incluso ahora que la policía está mejor organizada, no hay
forma de llegar a la cantidad exacta. Desde 1793, la población de Londres se ha
duplicado; por lo tanto, puede suponerse que el vicio ha crecido en mayor
proporción, teniendo en cuenta que la desigualdad en la re-partición de la
riqueza se ha mantenido al mismo nivel, que la oferta de empleo no ha aumentado
acorde al crecimiento de la población, que los salarios, en consecuencia, han
disminuido, y que el gobierno aún no ha implementado ninguna mejora real en la
vida del prole-tariado. De acuerdo con los datos que ha recogido de los
magistra-dos de la Policía y de los señores Prichard y Talbot, secretarios de
las sociedades arriba mencionadas, el doctor Ryan estima que hay en Londres
entre ochenta y cien mil mujeres públicas, de las cuales la mitad –otros
afirman que las dos terceras partes– está por debajo de los veinte años.
No es
sino por aproximación que puede evaluarse la duración media de su existencia;
porque hasta 1838 no existía en Inglaterra
633
Flora
Tristán
ley que
obligara a registrar a los muertos. M. Clarke, el último cham-belán de la
ciudad de Londres, estima en cuatro años la vida media de la prostituta, otros
la elevan a siete años, mientras que la sociedad para la prevención de la
prostitución infantil estima que en Londres la tasa de mortalidad es de ocho
mil mujeres públicas por año. Talbot piensa, basándose en el resultado de sus
investigaciones, que existen en Londres cinco mil “casas de citas”: tantas como
establecimientos donde se vende gin. M. Ryan evalúa que en Londres hay cinco
mil in-dividuos, hombres o mujeres, encargados de proveer de muchachas a los
prostíbulos, y cuatrocientos o quinientos mil que él designa bajo el nombre de
trapanners,8 quienes se ocupan de tender trampas a las muchachas de entre diez
y doce años para atraerlas por su pro-pia voluntad o por la fuerza a esos
espantosos antros. El autor evalúa que cuatrocientas mil personas están
implicadas, directa o indirec-tamente, en la prostitución, y que ocho millones
de libras esterlinas (cuatrocientos millones de francos) son anualmente
gastados en Londres en este vicio.
En mayo
de 1835 fue instituida la Sociedad para la prevención de la prostitución
infantil. En su llamado al público, expone el estado de depravación de las
clases populares en Londres; afirma que exis-ten escuelas donde la juventud de
los dos sexos es preparada para el hurto y para todos los actos de inmoralidad;
que la prostitución y el robo son abiertamente alentados por quienes que se
aprovechan de ello, y que el crimen es, en general, organizado; por último,
llama la atención de los ciudadanos acerca de los más atroces atentados que se
cometen impunemente en pleno día en las calles de Londres para alimentar el más
infame de los comercios. Existe, dice el texto, un gran número de hombres y
mujeres cuyo negocio consiste en ven-der niñas de entre diez y quince años que
han atrapado en sus redes. Las muchachas, atraídas bajo pretextos creíbles a
las casas de citas, son recluidas allí durante quince días y pierden para
siempre contacto con sus padres.
8 Persona que tiende trampas, emboscadas.
634
Las
mujeres públicas
En mayo
de 1836, el comité de la Sociedad hace notar, en el infor-me sobre sus
trabajos, que
sea cual
sea la pena que todo hombre moral experimenta ante las escenas de vicio que se
muestran sin disimulo en la metrópoli, el es-pectáculo más repulsivo es el que
ofrece el espantoso aumento de la prostitución infantil. De noche, y aun en
pleno día, las calles son recorridas por desdichadas criaturas que han sido
desviadas de la buena senda y de la protección de sus padres, a manos de impíos
que han consumado su destrucción con el objeto de obtener una ganan-cia y que,
sin embargo, permanecen sin castigo.
Entre las
muchachas seducidas a las que el comité auxilió durante el primer año de su
ejercicio, destaco el caso de una niña de trece o catorce años. El tratante de
esclavos que la pervirtió y en cuya casa estaba retenida, llevado a juicio, ha
sido absuelto. Por lo demás, en los informes de la Sociedad, para los años 1837
y 1838 se cuentan va-rios hechos de la misma especie, y los traficantes de
carne humana solo han sido condenados a algunos meses de prisión.
Después
de haber descripto algunos de los medios de captación empleados con los jóvenes
que el comité ha socorrido, el texto añade:
Los
numerosos artificios usados para atraer a la vorágine de la mise-ria a los
ingenuos niños (de ambos sexos) son tan complicados, tan variados, que sería
imposible detallarlos. Es por ello que hablaremos solamente del trato que
sufren aquellas criaturas infortunadas cuan-do caen en la trampa. Tan pronto
como la niña entra a uno de esos antros, se la despoja de su ropa, de la que se
apodera el o la regente del establecimiento, y se la viste con trajes
espléndidos que han in-tegrado el vestuario de las mujeres ricas y que los
ropavejeros pro-porcionan. Se les informa a los habitués de su llegada, y si la
joven no atrae más público a la casa, su amo la envía a recorrer las calles,
donde la hace vigilar de tal forma que le es imposible escapar; si lo intenta,
el espía, hombre o mujer, que la sigue, la acusa de haber ro-bado al dueño de
la casa los vestidos que lleva. Entonces el policeman la detiene, algunas veces
la lleva a la comisaría, pero lo más frecuente
635
Flora
Tristán
es que
devuelva la esclava fugitiva a su amo, de quien recibe una re-compensa. De
vuelta a su infame residencia, la desdichada es tratada cruelmente; despojada
de todo vestido, la dejan todo el día entera-mente desnuda a fin de que no
pueda escaparse, y a menudo incluso es privada de alimento. Llegada la noche,
le vuelven a poner su ropa y la envían a pasearse por las calles siempre
vigilada por un espía; si en esas caminatas nocturnas no lleva a la casa a un
cierto número de hombres, se la castiga con severidad, y no puede apropiarse ni
un centavo del dinero que recibe.
Las casas
de prostitución están prohibidas en Inglaterra, pero es difícil probar su
existencia; aquellos que las frecuentan, contenidos por la vergüenza, no
llevarían su testimonio a la justicia; y la policía, frente a la imposibilidad
de introducirse en esas casas a menos que se cometan desórdenes, no puede
constatar el delito. Los vecinos solo pueden hacer que los oficiales de la
parroquia las cierren, acusándo-las de perturbar el descanso de la vecindad.
Por lo
demás, la prohibición de la ley es absurda; porque siendo la prostitución un
resultado forzoso de la organización de las sociedades europeas, es a disminuir
la intensidad de las causas que la provocan, a reglamentar su uso, a lo que
deben tender actualmente los gobiernos.
En los
informes de 1837 y 1838, el comité de la Sociedad da cuenta de las pesquisas
que ha dirigido contra los regentes de las casas de prostitución y los
individuos que corrompen a las muchachas; pero las penas aplicadas por
regentear esas casas y por desviar y pervertir a criaturas de entre diez y
quince años no exceden un año de prisión y, por lo general, son de entre uno y
seis meses. Incluso puede ocurrir que los acusados sean exonerados, por
considerarse que esos niños de ambos sexos, de entre diez y quince años
encontrados en una de esas casas, han consentido en ir allí o en quedarse allí.
Tal es la legislación que protege a la familia del proletario. En cuanto a los
hijos de los ricos, constantemente vigilados por personas que cuidan de ellos,
es-tán poco expuestos a estas seducciones.
La
depravación está tan extendida y el precio que se obtiene por los niños es tan
elevado, que no hay astucia a la que no se recurra
636
Las
mujeres públicas
para
procurárselos. En 1838, el comité de la Sociedad hacía un llama-do al
patriotismo, a la virtud, la religión y la humanidad
a fin de
combatir los esfuerzos desvergonzados que se hacían conti - nuamente para
alimentar el libertinaje mediante nuevas víctimas. ¡Difícil pasar por una calle
cualquiera sin encontrar alguna casa de-dicada a este infame comercio!
Numerosos agentes se encargan de captar, de atrapar de mil maneras a las
inocentes criaturas sin expe-riencia, y los suburbios, los bazares, los parcs,
los teatros, les propor-cionan sin cesar nuevas presas. Este comité además
tiene pruebas –añade el texto– que le permiten afirmar que los regentes de las
casas de citas y sus agentes acostumbran también dirigirse a asilos para pobres
y establecimientos penitenciarios, donde con frecuencia ob-tienen muchachas
(Your committee have authority for stating, that the keepers of brothels, and
procurers, are frecuently in the habit of obtaining females from the workhouses
and penitentiaries).9
A pesar
de la máscara de hipocresía que siguen manteniendo las per-sonas de las clases
altas con el propósito de perpetuar el fanatismo del pueblo, apenas se
mostraron dispuestas a secundar los esfuer-zos de la Sociedad para prevenir la
prostitución de la infancia; mien-tras que en los treinta y siete años que
lleva de existencia la Sociedad para la eliminación del vicio, que se dedica
solamente a perseguir a quienes no observan el domingo, a los vendedores de
publicaciones obs-cenas y a los adivinos, esta sociedad ha encontrado
constantemente ayuda y apoyo en todas partes, porque se puede dormir bien el
día domingo en los sermones de los reverendos, renunciar a las descrip-ciones
de Aretino, y seguir manteniendo los vicios. Además, apoyan-do a una sociedad
que tiene la pretensión de trabajar para eliminar el vicio se adquiere la
reputación de virtuoso, muy apreciada por el robert-macairismo.
El comité
de la Sociedad para prevenir la prostitución de la infan-cia decía en mayo de
1838:
9 Prostitution in London, p. 146.
637
Flora
Tristán
Mientras
los miembros del comité continuaban la ejecución de las operaciones comenzadas,
han debido luchar contra obstáculos de una naturaleza poco común; estos
obstáculos provienen de la apa-tía y de la indiferencia casi universales que
despiertan los objetivos de la Sociedad. Los miembros de vuestro comité han
sido acogidos, durante sus pesquisas, por las burlas y el desprecio de gente
profana e inmoral, por la censura y la desaprobación de aquellos que creen que
el libertinaje es necesario para el bienestar social, por la indife-rencia
desdeñosa y la negligencia de los hombres religiosos. No han encontrado en
ninguna parte ayuda o aliento; pero en medio de los impíos desaires de aquellas
gentes, de las pullas y las risas de todos, han tenido el coraje de perseverar,
conscientes de la importancia de los objetivos que perseguían, y sostenidos por
la simpatía y las afec-tuosas atenciones de sus suscriptores.
La
depravación inglesa no produce nada más odioso que esos mons-truos de los dos
sexos que recorren Inglaterra y la Europa continen-tal, tienden sus redes a la
niñez y luego retornan a Londres a vender a esta virtuosa aristocracia, a los
enriquecidos por el comercio, las muchachas que han arrebatado al afecto de sus
padres alentando en ellos insidiosas esperanzas por medio de atroces mentiras,
o de las cuales se han apoderado furtivamente mediante trampas tendidas a las
muchachas mismas. Algunos de estos agentes frecuentan a las respetables clases
de la sociedad inglesa; vinculados con los merca-dos de esclavos del west-end,
a menudo son enviados a diversas ciu-dades y aldeas del continente, a Holanda,
Bélgica, Francia e Italia. Tratan con los padres, comprometen a las muchachas
en calidad de bordadoras, modistas, lenceras, músicas, damas de compañía,
do-mésticas, etc., para evitar las sospechas; a veces incluso llegan a dar
adelantos a los padres, y cuando se han procurado un cierto número de
muchachas, regresan a Londres.10
El comité
de la Sociedad para la prevención de la prostitución infan-til intentó, en
1837, demandas judiciales contra una francesa llama-
10 Prostitution in London, p. 181.
638
Las
mujeres públicas
da Marie
Aubrey, que fue obligada a abandonar su infame comercio y huir a Francia para
evitar algunos meses de prisión. “Su casa estaba situada en Seymour-place,
Bryanstone-square; este establecimiento tenía una gran reputación en el mundo
elegante: visitado por algu-nos de los extranjeros más distinguidos y por el
gran mundo del west-end, exhibía un lujo que rivalizaba con las más ricas y las
más nobles familias. La casa tenía doce o catorce piezas, sin contar las de uso
do-méstico; cada una de esas piezas estaba amoblada con un gusto infi-nito y a
la última moda. El salón, muy amplio, estaba elegantemente adornado. Una
profusión de cuadros, entre los que se encontraban pinturas de mucho valor,
decoraban sus paredes; en una palabra, el mobiliario de aquella casa era
extremadamente rico. Marie Aubrey tenía, para uso de los importantes personajes
que recibía, un servicio de platería y vajilla de un gusto exquisito. En el
momento en que las acciones contra ella fueron iniciadas, había en su casa
entre doce y catorce jóvenes de Francia y de Italia. Marie Aubrey tenía un
médico asociado a su establecimiento, que vivía en la vecindad y al que
em-pleaba también como agente; con frecuencia lo enviaba a Francia, a Italia, y
cuando él estaba en Londres, visitaba los pueblos de los alre-dedores en busca
de muchachas jóvenes. Marie Aubrey vivió muchos años en esa casa, donde amasó
una fortuna considerable; luego de su partida, el personal fue despedido y se
vendió el mobiliario. Cuando recibía una nueva importación de muchachas,
enviaba una circular a los señores que acostumbraban visitar su
establecimiento.
Hay
actualmente en la metrópoli un gran número de jóvenes muje-res de Francia,
Italia y de otras partes del continente; muchas de ellas han sido separadas de
sus familias e introducidas en la senda de la iniquidad por Marie Aubrey y sus
infames agentes. Vuestro comité conoce un número considerable de casas de esta
especie en el west-end, cuyas circulares están en su poder; estas siguen en
todo el mo-delo de Marie Aubrey, y por medio de las direcciones que le provee
la guía de la corte, envían anuncios de todo tipo relativos a su
estableci-miento, a todos sin distinción (nobility and gentry).
Vuestro
comité desea exponer en esta asamblea los medios emplea-dos por los agentes de
esas casas. Tan pronto como llegan a las ciuda-
639
Flora
Tristán
des del
continente, averiguan en qué familias hay señoritas que bus-quen colocarse en
algún puesto respetable; luego se introducen en esas familias y, por medio de
bellas promesas, inducen a los padres a consentir que sus hijas los acompañen a
Londres, acordando con ellos que las jóvenes serán empleadas en calidad de
bordadoras, modistas, floristas o cualquier otra profesión de mujeres. Se les
deja a los padres una suma de dinero a modo de garantía, para sellar el
compromiso. Algunas veces, incluso se estipula que una parte determinada de los
salarios de sus hijas les será enviada todos los trimestres; y mientras ellas
se quedan en el establecimiento que las ha hecho venir, la parte de los
salarios prometida es efectivamente enviada a los padres que, sin sospechar,
reciben así una ayuda económica procedente de la pros-titución de sus hijas. En
caso de que ellas abandonen la casa, se escri-ben cartas a los padres para
informarles que sus hijas han dejado a su patrona; en consecuencia, las remesas
de dinero cesan, pero se le dice a la familia que la joven ha encontrado un
puesto no menos respetable que el anterior, y que está muy bien.11
La
profunda corrupción de las clases ricas, los altos precios que pa-gan, protegen
y fomentan este infame comercio. Talbot dice que en los serrallos del west-end,
las esclavas de las nuevas importaciones se pagan entre veinte y cien libras
esterlinas. Y si se piensa en el lujo de esas casas, en la enormidad de sus
gastos, en los viáticos de sus agentes, se comprenderá que ese precio no parece
exagerado. Cuan-do las jóvenes, conocidas por todos los habitués, ya no excitan
más su capricho, se las traslada a un establecimiento de segundo orden, y al
cabo de un año o dieciocho meses, las desgraciadas mueren en algún hospital o
son abandonadas a su suerte en las calles.
La
demanda de estas muchachas es tan grande, que por todas partes se tienden
trampas para tomar desprevenidos a quienes las cuidan y atraparlas. Hay
mujeres, dice M. Ryan, que acechan en las agencias de alquiler de coches a las
jóvenes que vienen a Londres para conseguir trabajo, y les ofrecen alojamiento.
Otras se presentan
11 Prostitution in London, p. 156.
640
Las
mujeres públicas
en los
asilos de pobres y en los hospicios bajo el pretexto de contratar sirvientas, y
a menudo logran que se les confíen niñas. Estas mujeres están bien vestidas y
se imponen por su tono; en los mercados man-tienen conversación con las
muchachas de las tiendas, frecuentan los negocios de ropa y todos los talleres
de mujeres, atrayendo a sus casas mediante mil astucias a las jóvenes
aprendizas; aquellos que las emplean las hacen viajar, y pueden alejarse hasta
ochenta millas de Londres en busca de víctimas.
Talbot
dice que:
entre las
formas que emplean aquellas infames casas para llenar los vacíos frecuentes que
la enfermedad y la muerte ocasionan en el es-tablecimiento, y para satisfacer
el crecimiento de la demanda, está el enviar a jóvenes de dieciocho años a
recorrer las calles y engañar con lisonjas a las niñas que encuentran. Les
proponen acompañarlas a visitar a un pariente, dar un paseo agradable, asistir
a cualquier evento interesante, las invitan al teatro o les ofrecen un buen em-
pleo. Las
jóvenes desempeñan este oficio en pleno día y también por la noche, y recurren
a los artificios más sutiles a fin de convencer a
las niñas
de que las sigan. El domingo es el día predilecto de esas mi-serables; acechan
a las niñas a la salida de los colegios dominicales y las atraen a sus
guaridas; ¡creo incluso poder afirmar que algunas niñas han sido sustraídas
dentro del colegio mismo, a la vista de sus profesores y sus compañeros, que no
tenían ni idea de que un plan tan horroroso se estuviese ejecutando! Tan pronto
como se apoderan de las niñas, estas son vendidas y su ruina a menudo es
consumada por alguno de esos viejos pervertidos de pelo canoso que pagan por
ellas precios altísimos.12
Talbot
refiere numerosos hechos, llegados a su conocimiento, de ni-ñas de entre diez y
once años que son violadas en antros. Estos crí-menes se cometen de manera
habitual y se los castiga tan poco, que los dueños de aquellos
establecimientos, agrega Talbot, se pasean por los mercados acompañados de
cocheros que les traen, a tanto por
12 Prostitution in London, p. 182.
641
Flora
Tristán
cabeza,
niñas del campo de entre diez y catorce años que han conven-cido bajo diversos
pretextos de venir a Londres. Esos cocheros han sido llevados a menudo ante los
magistrados de la Policía por críme-nes de este género; pero por la
imperfección de la ley, cuando son castigados es tan solo con una pena ligera.
De los
testimonios que tengo en mi poder, dice Talbot, se desprende que un gran número
de dueños de casas de citas atraen muchachos a ellas. Es un hecho constante y
creo ser exacto si digo que, de cinco mil establecimientos, dos mil fomentan el
libertinaje de los muchachos… ‘Sunt lupinaria nunc inter nos, in quibus utuntur
pueri vel puellæ!!!’.13 M. Talbot me indicó las ubicaciones, dice el doctor
Ryan; pero no puedo permitirme publicarlas.
Los
jóvenes de ambos sexos que están en estas infames y horribles cavernas han sido
capturados, en su mayor parte, cuando miraban ilustraciones indecentes en las
vidrieras de las tiendas, y hay quienes han gastado hasta diez libras
esterlinas para convertirse en amo de un muchachito.
Dado que
la policía no puede introducirse en una casa cualquiera a menos que los gritos
y el ruido no proclamen los desórdenes hasta la calle, a excepción de estos
establecimientos, interesados en tener buena reputación entre la gente
elegante, la mayor parte de las casas de citas son lugares peligrosos. Estas
ofrecen refugio a delincuentes y ladrones de toda especie; y los dueños son
frecuentemente lleva-dos frente al magistrado por pleitos, disturbios y bajo la
acusación de robo. En esas guaridas, los ladrones vienen a esconderse y
repartir el botín obtenido mediante el robo; los dueños trafican con los
obje-tos robados y acuden a ayudar a los ladrones cuando estos son de-tenidos.
Entonces dan dinero para desviar el curso de la justicia y a menudo logran que
los absuelvan. Casi todas las prostitutas reciben dinero de los industriales
que frecuentan esas casas. Los ladrones
13 Prostitution in London, p. 198. Copio las
palabras latinas del doctor Ryan, quien por decencia no las ha traducido.
642
Las
mujeres públicas
pasan
allí la noche y a la menor señal están prestos a precipitarse sobre la víctima
para despojarla y hasta asesinarla.14
El doctor
Ryan habla de un barrio de Londres llamado Fleet-Ditch, donde casi todas las
casas son antros espantosos; un acueduc-to muy ancho lo atraviesa y desemboca
muy lejos, en el Támesis. Los asesinos y bandidos de toda clase que habitan
esas casas arrojan los cadáveres de sus víctimas al acueducto, sin correr el
menor riesgo de ser descubiertos. Me han asegurado, añade el doctor Ryan, que
dos individuos muy influyentes de la ciudad de Londres poseen dos casas en los
alrededores de ese barrio valuadas, cada una, en apenas trein-ta libras
esterlinas por año, y ¡las alquilan a dos libras esterlinas por semana como
casas de citas de última categoría! Las rentas de las casas del lugar oscilan
entre cien y quinientas libras esterlinas por año, sin incluir la prima de
entrada, que cuesta entre cien y trescientas libras esterlinas, es decir, lo
que exige un propietario para un estable-cimiento de primer orden; y el doctor
Ryan cuenta la historia de dos caballeros que se dejaron convencer de pasar la
noche en una casa de citas situada en un infame square, y que en la mañana
tuvieron una áspera pelea con los chulos de las jóvenes sirenas.15
Independientemente
de las casas de citas que se encuentran en todas las calles de Londres, donde
las prostitutas llevan a los hom-bres que pescan en las calles y en las que
habita buena cantidad de ellas, en ciertos barrios existen lodginghouses, casas
de alojamiento regentadas por encubridores y receptadores donde se refugian
ladro-nes de todo tipo; muchas de estas casas contienen cincuenta camas
ocupadas por personas de ambos sexos. En algunas se recibe solo a ladrones muy
jóvenes, a fin de que no sean maltratados por los más fuertes. Como estos
muchachos no tienen menos maña, astucia y co-nocimiento del oficio que
cualquier ladrón, el regente desea sacar el máximo provecho posible de todos
sus robos y no admite en su casa a hombres que les robarían a los muchachos los
botines obtenidos.
14 Prostitution in London, pp. 176-192.
15 Prostitution in London, p. 177.
643
Flora
Tristán
Pero las
mujeres no son excluidas, para hablar más exactamente, las jóvenes de entre
diez y quince años, porque es raro que la compañera del ladrón llegue a la edad
de mujer. Estas niñas son admitidas en calidad de amantes de los muchachos que
las traen. Las escenas de de-pravación que tienen lugar en esos antros, dice el
doctor Ryan, son indescriptibles… ¡y serían increíbles si se les describiese!16
Casi
todos los muchachos de entre doce y quince años enviados a las prisiones, han
tenido relaciones con prostitutas y son visitados diariamente por sus amantes,
quienes dicen ser sus hermanas. Tal-bot evalúa que hay en Londres entre trece y
catorce mil prostitutas jóvenes, prostitutas de entre diez y trece años que se
renuevan sin ce-sar. Dice que el hospital de Guy recibió, en el lapso de ocho
años, a dos mil setecientos pacientes de entre diez y quince años con
enfer-medades venéreas, y que un número bastante mayor de criaturas de esa
misma edad fue rechazado por falta de camas. He visto, añade Tal-bot, hasta
treinta en un día, despachados por falta de espacio, aunque estuviesen en un
estado tan lastimoso que apenas podían caminar… El doctor Ryan dice también que
un gran número de solicitudes de ingreso al hospital son dirigidas diariamente
al Metropolitan Free Hospital por muchachas de entre doce y dieciséis años
afectadas por enfermedades sifilíticas.17 A menudo me he asombrado, continúa el
doctor Ryan, en los hospicios y otros lugares de caridad pública a los que
asistía como médico, de la cantidad de niños que se presentaban para consultar
sobre enfermedades venéreas.18
Existen
en Londres cinco instituciones que prestan ayuda a las prostitutas que desean
dejar su horrible ocupación;19 pero los esfuer-
16
17
18
Prostitution
in London, p. 201.
Prostitution
in London, pp. 185-186.
Prostitution
in London, p. 186.
19 The Magdalen (1758); The London Female
Penitentiary (1807), The Guardia Society (1812); The maritime penitent refuge
(1829); The London Society for the prevention of juvenile prostitution (1835).
En cuanto
a la Sociedad para la eliminación del vicio fundada en 1802, esta tiene cin-co
objetivos, a saber:
1. Prevenir la profanación del domingo;
644
Las
mujeres públicas
zos de
estas sociedades están en general mal dirigidos, y con medios económicos tan
limitados no pueden hacer gran cosa. El número total de prostitutas a quienes
los cinco asilos ofrecen anualmente refugio, no pasa de quinientos. ¡Es solo a
quinientas de estas des-dichadas que las cinco sociedades ayudan,
consiguiéndoles una ocupación más honrada! La única que ataca la depravación de
raíz es la Sociedad para la prevención de la prostitución infantil; esta se
sirve activamente de las leyes existentes, pero, aun así, con todo su celo,
apenas logra limitar el crimen debido a la insuficiencia de la legislación y de
la asistencia que recibe. Así, el regente de una casa de citas que haya
capturado y pervertido a menores de entre diez y quince años para entregarlos a
la depravación, será condenado solamente (si no es exonerado) a ocho o diez
días de prisión; mientras que, si una mujer humilde u otro individuo es
detenido vendiendo frutas o cualquier otra cosa en la calle, ¡será castigado
con treinta días de prisión! El simple encarcelamiento de algunos días no es,
para el regente de la casa de citas, más que una pena ligera; cual-quier
sentimiento de vergüenza le resulta ajeno; sus asociados no tienen por eso
menos consideración hacia él, y le dan muestras de su simpatía: hacen gestiones
para acortar su detención y lo visitan para alivianar su tedio. En cambio, para
las muchachas virtuosas (culpables solamente de una contravención), treinta
días de prisión son, casi inevitablemente, su ruina completa. ¿Pero qué importa
el hijo del proletario, su mujer o su hija? El tendero está interesado en que
no se venda nada sobre la vía pública. El tendero y el regente de
2. Combatir las publicaciones blasfematorias;
3. Combatir las ilustraciones y libros obscenos;
4. Combatir las casas de citas;
5. Combatir a los adivinos.
Esta
sociedad solo se ocupa activamente de hacer respetar el domingo. La ociosidad
del sép-timo día de la semana y la concurrencia al cabaret son, desde su punto
de vista, la única manifestación de la religión del pueblo. También persigue a
veces los libros y las ilustracio-nes obscenas y esta es, a decir verdad, la
única cosa útil a la que se dedica. La corrupción de entre ocho y diez mil
niños sacrificados anualmente a los vicios de los opulentos no llama en
absoluto su atención. Esta sociedad es tenida en alta estima por la nobleza y
la iglesia angli-cana, y si no persiguen a los adivinos, es porque
probablemente estos tienen el favor del clero.
645
Flora
Tristán
la casa
de citas tienen derechos políticos, son electores, jurados, mien-tras que el
proletario, su mujer y sus hijos terminan casi siempre a cargo de las
parroquias. Evidentemente, la demanda anual de en-tre ocho y diez mil menores
para la lujuria de los ricos favorece el sistema de Malthus para la disminución
de la población; bajo este punto de vista, el regente de la casa de citas es un
hombre respetable, ¡un hombre útil al país!
646
Las
mujeres inglesas*
¿Es
posible ver un ápice de justicia en la suerte que les ha tocado (a las
mujeres)? ¿No es la joven una simple mercancía ofrecida en venta a quien quiera
negociar su adquisición y su propiedad exclusiva? ¿No es ridículo el
consentimiento que ella presta al vínculo matrimonial, forzada por la tiranía
de los prejuicios que
la
atormentan desde su infancia? Quieren persuadirla de que lleva cadenas ornadas
de flores; pero, ¿puede sentir alguna ilusión frente a su propio
envilecimiento, aun en regiones henchidas de filosofía como Inglaterra, donde
los hombres gozan del derecho a llevar a su mujer al mercado, con la soga al
cuello, para entregarla como una bestia de carga a quien quiera pagar el
precio? En este aspecto, ¿acaso nuestra conciencia pública ha superado la de
aquellos tiem-pos brutales cuando cierto concilio de Mâcon, verdadero concilio
de vándalos, sometió a debate si las mujeres tenían alma, y el voto afirmativo
se impuso por tan solo tres voces? La legislación inglesa, tan elogiada por los
moralistas, les otorga a los hombres diversos derechos no menos deshonrosos para
su sexo, como el derecho del marido a exigir una indemnización pecuniaria al
amante reconoci-do de su esposa. Las formas son menos groseras en Francia, pero
la esclavitud es, en el fondo, siempre la misma.
Fourier,
Teoría de los cuatro movimientos.
* Extraído de Tristán, Flora (1972). XVII. Las
mujeres inglesas. En Flora Tristán, Paseos en Londres. Lima: Biblioteca
Nacional del Perú. [De la cuarta edición en francés Promenades dans Londres.
París: H. L. Delloye, 1846]. Traducción revisada para esta edición.
647
Flora
Tristán
¡Qué
indignante contraste hay en Inglaterra entre la extrema servi-dumbre de las
mujeres y la superioridad intelectual de aquellas que son autoras! No existen
males, dolores, desórdenes, injusticias, mise-rias resultantes de los
prejuicios de la sociedad, de su organización y de sus leyes, que hayan
escapado a la observación de las mujeres au-toras. Los escritos de estas
inglesas son brillantes; aclaran el mundo moral con vivo resplandor, sobre todo
si se considera la educación absurda que han sufrido, y la influencia
embrutecedora del medio en el que han vivido.
Basta con
residir algunos meses en Inglaterra para quedar impre-sionado por la
inteligencia y la sensibilidad de las mujeres que, ade-más, son capaces de una
atención sostenida y tienen memoria; con estas disposiciones, no hay nada
inaccesible en la esfera intelectual. Hay nobleza y grandeza en sus modales,
pero por desgracia, todas estas bellas cualidades innatas son aplastadas por un
sistema educa-tivo fundado sobre falsos principios y por la atmósfera de
hipocresía, prejuicios y vicios que rodea su vida.
La
existencia de las inglesas es lo más monótono, árido y triste que uno pueda
imaginar. Para ellas, el tiempo no tiene medida, y los días, los meses y los
años no traen ningún cambio a esta agobiante uniformidad.
En su
infancia son educadas según la posición social de sus pa-dres; pero cualquiera
sea el rango que deban ocupar, se encuentran siempre, con ligeros matices en
algunos casos, bajo el imperio de los mismos prejuicios con que se dirige la
educación.
En este
país del más atroz despotismo, cuyas libertades durante mucho tiempo estuvo de
moda alabar, ¡la mujer está sometida por los prejuicios y la ley a las
desigualdades más indignantes! Solo he-reda cuando no tiene hermanos varones,
está privada de derechos civiles y políticos, y la ley la somete completamente
a su marido. Moldeada por la hipocresía, cargando el pesado yugo de la opinión,
todo lo que impresiona sus sentidos al salir de la infancia, todo lo que
desarrolla sus facultades, todo lo que debe soportar, tiene como resultado
inevitable materializar sus gustos, embotar su alma y en-durecer su corazón.
648
Las
mujeres inglesas
Los
novelistas ingleses, indignados con las escenas que veían al interior de las
familias, han soñado con otras y las han tomado por ciertas bajo el testimonio
de su imaginación. Por eso, si son veraces cuando pintan las ridiculeces del
común de los gentlemen, la beatería y las pretensiones de la burguesía, la
tiranía del padre y del esposo, el insultante orgullo de los superiores y la
bajeza de los subalternos, al mismo tiempo se alejan de la realidad con sus
cuadros de felicidad doméstica. ¡Felicidad sin libertad! ¡La felicidad jamás ha
existido en la sociedad del amo y el esclavo!
He aquí
como ocurren las cosas en las familias que gozan de bienestar.
Los niños
están confinados al tercer piso con su niñera, criada o institutriz; la madre
los pide cuando quiere verlos; solo entonces los niños vienen a hacerle una
corta visita durante la cual la madre les habla en tono ceremonioso.1 Privada
de caricias, la pobre niña no de-sarrolla su facultad de amar, que permanece
inerte; ignora por com-pleto la dulzura de la intimidad, de la confianza, del
esparcimiento, que toda niña naturalmente espera recibir de una madre que la
quie-ra; en cuanto a su padre, al que apenas conoce, tiene por él un respeto
mezclado con temor, y por su hermano varón, una consideración y una deferencia
que, desde muy corta edad, está obligada a mostrarle.
El
sistema seguido en la educación de las jóvenes me parece apro-piado para
embrutecer a la niña más inteligente.
M.
Jacotot dice: Todo está en todo. La educación inglesa parece mos-trar, al
contrario, que en el todo no hay nada. Solo se ocupan de impri-mir sobre esos
jóvenes cerebros palabras de todas las lenguas euro-peas; las ideas no importan
para nada. En esta extravagante manía, la barbarie iguala a la estupidez; se le
da a la niña una nodriza alema-na, una institutriz francesa, una criada
española, a fin de que aprenda, desde la edad de cuatro o cinco años, tres o
cuatro lenguas. He visto
1 En la clase alta, las señoritas permanecen
con sus institutrices hasta que se casan. Cuando la madre quiere verlas, les
envía con su footman una invitación para venir a tomar el té, y las señoritas
se arreglan para presentarse en el departamento de su madre como si fuesen a
visitar a una extraña.
649
Flora
Tristán
algunas
criaturitas de estas cuya suerte era verdaderamente digna de compasión; no
podían hacerse comprender por las personas que las rodeaban. Toda picardía,
toda gracia en el lenguaje estaba completa-mente fuera de su alcance. Incapaces
de comunicarse verbalmente, estaban obligadas a hacerse comprender mediante
signos. Este esta-do hacía nacer, según la naturaleza de cada individuo, la
irritación o la apatía: algunas eran vocingleras, escandalosas, malvadas;
otras, silenciosas y tristes. La niña forzada a sobrecargar su memoria de
palabras en tres o cuatro lenguas no adquiere sino una concepción confusa del
sentido que las palabras expresan; retiene el signo oral y deja escapar la idea
que este representa; la capacidad de memorizar palabras se desarrolla
desmedidamente, pero la inteligencia necesa-ria para concebir pensamientos se
destruye. El conocimiento de las lenguas es, sin duda, necesario para un pueblo
cuya codicia invade la tierra entera; pero, ante todo, es preciso subordinar
cualquier tipo de instrucción al desarrollo de la mente, y luego considerar la
utilidad del lenguaje que se le hace aprender al niño. Es raro, sino imposible,
que alguien pueda expresarse con fluidez y elegancia en tres o cuatro idiomas.
Ahora bien, como las locuciones irregulares, incorrectas y pronunciadas con
acento extranjero chocan en todo país, y como las mujeres raramente son
llamadas a mantener relaciones comercia-les con las naciones extranjeras,
pienso que, en general, existen para ellas cosas más útiles que aprender.
Para todo
lo que se enseña se emplea el mismo método de los idio-mas. Es preciso que la
joven aprenda música, tenga o no aptitud para este arte; que dibuje, que baile,
etc. Resulta de esta educación que las señoritas saben un poco de todo, pero en
ninguna disciplina mani-fiestan un talento del que se puedan servir, aunque sea
para distraer-se. Hay excepciones, pero son raras.
En cuanto
a la educación moral, esta se basa en la Biblia. Este libro encierra cosas
buenas, todos estamos de acuerdo en eso; pero cuán-tas inmoralidades, historias
indecentes e imágenes obscenas habría que quitar para ponerlo en manos de los
jóvenes, si se quiere evitar que su imaginación se ensucie y que encuentren
allí justificación a
650
Las
mujeres inglesas
todas las
acciones que la sociedad reprueba: el robo, el asesinato, la prostitución, etc.
Porque, digan lo que digan los reverendos, la scrip-tural education es la más
antisocial de las educaciones. Entre las mil contradicciones inglesas, esta no
es la menos chocante. Exigir que una joven sea pura, casta, inocente, y, al
mismo tiempo, prescribirle la lectura de un libro donde se narran las historias
de Lot, de David, de Absalón, de Ruth, el Cantar de los cantares, etc.…. Y
cuando conoz-
ca las
prédicas de San Pablo sobre los fornicadores, cuando adornen su memoria las
escenas de violaciones, de amor adúltero, de prosti-tución y de orgía
representadas en la Biblia, y las expresiones de las que se sirve el santo
libro, se le dirá que no debe pronunciar las pala-bras camisa, calzoncillos,
calzón, muslo de pollo, perra, etc. Por lo tanto, es la apariencia de castidad
e inocencia y la realidad del vicio lo que se enseña a las jóvenes, así como se
enseña al pueblo la apariencia de religión y la realidad del ocio y de los
desórdenes que esta produce al prescribir la observación del domingo. ¡Cosa
extraña! La moral no existe en ninguna parte; ya no se cree en la castidad, en
la probidad y en ninguna de las acepciones de la palabra virtud; nadie se deja
en-gañar por las apariencias y, sin embargo, estas siguen adornando las
costumbres nacionales.
Las
jóvenes tienen muy pocas distracciones. Como el seno de la familia es frío,
árido y mortalmente aburrido, se lanzan en cuerpo y alma a la lectura de
novelas; desgraciadamente, estas novelas es-tán protagonizadas por enamorados
que no existen en Inglaterra, y la influencia de estas lecturas hace nacer
esperanzas que no pueden realizarse. La imaginación de las jóvenes toma un
cariz novelesco: solo sueñan con el rapto, pero con la particularidad –que
caracteriza este siglo de confort, comodidad y lujo– de que el raptor debe ser
hijo de un nabab o de un lord, heredero de una inmensa fortuna, y de que el
rapto debe hacerse en una espléndida calesa de cuatro caballos. Los jóvenes
ricos, lejos de responder a los deseos de que son objeto, tienen los sentidos hastiados,
el corazón endurecido, y su espíritu frío y práctico somete todo al cálculo.
Las decepciones que experi-mentan estas señoritas no tendrían lugar si se les
hubiese inculcado
651
Flora
Tristán
el gusto
por los goces intelectuales, inspirado el desprecio por las sa-tisfacciones de
la vanidad, y si hubiesen sido formadas en el hábito de vivir con poco. Si se
les hubiese explicado el Evangelio, sabrían que las grandes riquezas casi
siempre corrompen el corazón, y no desearían en lo más mínimo ser amadas por
jóvenes que pasan su vida en las casas de juego y emborrachándose con
prostitutas. Estas señoritas, después de haber esperado vanamente la calesa de
cuatro caballos, llegadas a la edad de veintiocho o treinta años, se casan con
pequeños comerciantes, con empleados rasos, o algo por el estilo. Muchas
también permanecen solteras.
La suerte
de la mujer casada es, por cierto, mucho más triste que la de la soltera; por
lo menos esta goza de cierta libertad, puede conocer el mundo, viajar con
parientes y amigos, mientras que una vez casada, ya no puede salir sin el
permiso de su marido. El marido inglés se asemeja al amo y señor de los tiempos
feudales. Se cree, y ello de buena fe, con de-recho a exigir de su mujer la
obediencia pasiva del esclavo, la sumisión y el respeto. La encierra en su
casa, no movido por el amor y los celos como el turco, sino porque la considera
como un objeto suyo, como un mueble que solo debe servir para su uso, y al que
siempre debe encon-trar a su disposición; no tiene noción de que debe ser fiel
a su esposa. Esta manera de ver, que deja el campo libre a las pasiones, muchos
la fundamentan en la Biblia. El marido inglés se acuesta con su sirvienta, la
despide cuando está encinta o recién parida, y no se cree más culpa-ble que
Abraham enviando al desierto a Agar y a su hijo Ismael.
En
Inglaterra la mujer no es, como en Francia, la dueña de casa; casi siempre es
allí una completa extraña. El marido tiene el dinero y las llaves, es él quien
paga los gastos, contrata o despide al perso-nal doméstico, planifica la cena
cada mañana, e invita a los comen-sales; solo él decide la suerte de los niños;
en una palabra, se ocu-pa de todo. Muchas mujeres no saben con exactitud a qué
negocios se dedican sus esposos, qué profesión se ha elegido para sus hijos, y
generalmente ignoran el estado de su fortuna. La mujer inglesa jamás le
pregunta a su marido qué hace, a quién frecuenta, cuánto dinero gasta, o dónde
pasa su tiempo. No hay una sola mujer que
652
Las
mujeres inglesas
ose
plantear semejantes preguntas. De esta extrema dependencia, de este respeto de
las mujeres inglesas por la voluntad de su amo y señor, a la familiaridad, al
interés activo de las mujeres francesas para con sus maridos, hay todo el
espacio que separa la civilización francesa actual de la de San Luis. La mujer
inglesa no tiene ninguna garantía de su fortuna y puede ser despojada de ella
sin saberlo. Normalmen-te es por el periódico que se entera de que su marido
quebró, que está arruinado y, a veces, que se ha volado la tapa de los sesos.
He dicho
ya que es costumbre que los niños vivan con la nana o la institutriz en una
habitación aparte; la madre no va jamás; no es de ella de quien aprenden a
hablar, no es ella quien desarrolla gradual-mente su mente y su corazón. Cuando
la nana o la institutriz le lleva los niños al salón, ella examina si están
limpios, si sus vestidos están recién puestos; y terminada esta inspección, los
besa y despide hasta el día siguiente. Cuando crecen, los niños se van a vivir
a un pensio-nado; entonces la madre solo los ve muy de vez en cuando, y una vez
casados, las relaciones cesan casi por completo: se escriben y eso es todo.
Esta frialdad, esta indiferencia como madre y esposa, no resul-ta solamente de
la educación petrificante que ha sufrido; es también la consecuencia natural de
la posición que la mujer inglesa ocupa en la casa conyugal: ¿qué interés puede
sentir por una asociación que se conduce en todo sin que su voluntad y sus
consejos intervengan en nada? La buena o mala suerte del amo, ¿no despierta en
los esclavos la más absoluta indiferencia?
Creo
adivinar qué es lo que les ha valido a estas mujeres la repu-tación de amas de
casa: su vida sedentaria. Y es que, ¿quién podría imaginar que estando todo el
día en la casa no se ocupen de nada? Sin embargo, eso es lo que ocurre; las
mujeres inglesas no solo no hacen nada en su casa, sino que incluso creerían
rebajarse a la con-dición de obreras si agarraran una aguja;2 para ellas el
tiempo es una
2 Me
refiero solamente a las mujeres de familias acomodadas; porque está claro que
la mujer pobre y la del pequeño comerciante están obligadas a trabajar. Pero
muchas prefieren convertirse en mujeres ligeras, antes que descender al estado
de obreras. En Inglaterra, el trabajo envilece.
653
Flora
Tristán
carga
abrumadora. Se levantan muy tarde, desayunan lentamente, leen los periódicos,
se visten; después, a las dos, llega la segunda co-mida; luego leen la novela y
escriben cartas de doce a quince pági-nas. Para la siguiente comida se cambian
de ropa; hacia las siete o las ocho, toman el té, siempre muy lentamente; a las
diez de la noche ce-nan, y finalmente se quedan solas en un rincón junto a la
chimenea.
Nada
manifiesta tanto el materialismo de la sociedad inglesa como el estado de
nulidad al que los hombres reducen a sus parejas. Las responsabilidades
sociales, ¿acaso no le corresponden a la mujer tanto como al hombre, para que
estos señores crean poder excluirla de ellas y condenarla a vivir la vida de
una planta? ¡Oh! ¡Hay que ad-mitir que la scriptural education produce
maravillosos efectos! Este orden inglés, ¿no es la sátira más amarga del
matrimonio indisolu-ble? ¿Podrá inventarse algo que resalte aún más la
extravagancia de la institución? Bajo el imperio de tales circunstancias es
necesario, para que exista en Inglaterra un número tan grande de mujeres de
mérito, que Dios haya otorgado a las inglesas mucha más fuerza mo-ral e
inteligencia que a sus amos; de otro modo se convertirían, nece-sariamente, en
criaturas completamente estúpidas.
Las
causas de todos los matrimonios en Inglaterra son, en lo que a las jóvenes
respecta, el deseo de sustraerse al poder paterno, de ali-gerar el yugo de los
prejuicios que pesan tan fuertemente sobre ellas, y la esperanza de ser más
importante en este mundo; porque para las almas elevadas es una necesidad tomar
parte en el movimiento de la sociedad. En cuanto a los hombres, los motiva
únicamente el deseo de apoderarse de la dote, de utilizarla para pagar deudas,
hacer es-peculaciones, o, si la dote es una fortuna, dilapidar la renta que
esta produzca en los clubes, los finishes, o con sus amantes.
En este
negocio, es la mujer quien resulta engañada. Los prejui-cios la conducen al
altar, donde la codicia la espera para despojar-la. Los hombres llevan la misma
existencia que antes de casarse; el vínculo del matrimonio, tan pesado para las
mujeres, no les impone ninguna obligación, y si les place, viven con
prostitutas, sirvientas y actrices. La mayor parte mantiene suntuosamente a una
amante
654
Las
mujeres inglesas
en una
bella casita de los suburbios: esta costumbre es universal en-tre los hombres
ricos, tanto de la ciudad como del west-end. Forman una segunda familia; todo
el afecto que tienen en el corazón es para esta mujer que han elegido y para
los hijos que ella les dé, mientras que la pobre mujer legítima, que han tomado
únicamente como socio capitalista, es para ellos una compañía incómoda, motivo
de amar-gura: las atenciones que ella exige, la consideración, el respeto que
el mundo los obliga a mostrarle, son deberes que los importunan y a los cuales
escapan permaneciendo en sus casas el menor tiempo posible. ¿En qué se
convierte la mujer por contrato? Por desgracia, ha sido reducida a la condición
de máquina para fabricar hijos, “y los veinticinco años más bellos de su vida
los pasa teniendo niños”.
El
aislamiento lleva a las mujeres inglesas a observar, a meditar; un gran número
de ellas se dedica a escribir. Hay en Inglaterra mu-chas más mujeres autoras
que en Francia, porque las francesas tie-nen una vida más activa y están menos
excluidas que las inglesas del movimiento social. Muchas mujeres autoras han
hecho ilustre a Inglaterra, y desde Lady Montagu, que ha escrito sus
impresiones de viaje en un estilo tan puro, tan elegante, muchísimas otras,
si-guiendo su ejemplo, se han lanzado a la carrera literaria y han dado prueba
de un mérito incontestable. Es, sobre todo, en la novela y en los cuadros de
costumbres que estas mujeres se destacan. Todo el mundo conoce las obras de
Lady Morgan; nadie antes de ella había pintado tan bien el carácter irlandés y
dado tanta vida a la descrip-ción de Irlanda. Las obras de Lady Blissington se
hacen notar por la exactitud en la observación, lo incisivo de su pensamiento;
y podría citar muchos otros nombres. Recientemente ha aparecido una joven cuyo
debut ha sido magnífico; jamás una aurora literaria ha brillado con tan vivo
resplandor, ni ha dado tan bellas esperanzas; de este modo, lady Lytton-Bulwer
se ha colocado en el primer puesto de la literatura. Esta mujer de élite es una
de las numerosas víctimas de la indisolubilidad del matrimonio. Por eso, su
primer libro es un largo grito de dolor; lo ha titulado Escenas de la vida real
(Scenes of real life). Pero no se muestra impunemente el talento: como el mundo
no ha
655
Flora
Tristán
podido
rebatirle nada, se ha alzado contra el escándalo de semejan-tes divulgaciones.
¡Pobres mujeres!, solo se les permite sufrir... ¡este mundo les ha prohibido
hasta quejarse!
El marido
de lady Bulwer, conocido como célebre novelista, había llegado al Parlamento y
obtenido el título de barón cuando su esposa reveló el bello genio con que Dios
la ha dotado. Desde entonces, Sir Lytton-Bulwer se siente devorado por todos
los demonios de la envi-dia, y ha recurrido a la calumnia para empañar un
resplandor que lo ciega. Rodea a su mujer de espías, ¡y como la autora crece,
quiere dis-minuir a la esposa...! A decir verdad, corre un rumor en Londres que
explica la envidia devoradora y el odio enérgico con que persigue a su mujer:
se dice que es Lady Bulwer la autora de todas las novelas pu-blicadas bajo el
nombre de Sir Lytton-Bulwer. Lo que da a esta afirma-ción la consistencia de un
hecho probado es que, tras la separación de los esposos, M. Lytton-Bulwer no ha
publicado nada notable, y en la Cámara de los Comunes nunca se ha destacado
sobre la multitud de mediocridades parlamentarias. Además, la elegante
simplicidad, la elevación del pensamiento, la marcha de la acción en las Escenas
de la vida real de lady Bulwer descubren en ella al autor de Rienzi y de
Pethan, las dos novelas publicadas bajo el nombre de M. Bulwer que han tenido
más éxito.3
Uno se
consuela de la pérdida de su mujer; ¡pero perder una fuente de riqueza! ¡Perder
a su hada creadora! ¡Caer de las alturas del Olimpo...! ¡Oh, lady Bulwer, hago
votos porque el odio de su marido sea para siempre impotente; para que, más
afortunada que yo, escape a toda bala homicida; ¡pero desgraciadamente, conozco
lo suficiente el co-razón humano como para predecir que el odio de su esposo
será im-placable y la perseguirá hasta la tumba!
Las
mujeres autoras se ocupan también, en Inglaterra, de los temas más serios. Miss
Martineau ha escrito obras muy notables sobre
3 He oído decir en Londres que Rienzi se vendió
a sesenta mil libras esterlinas. Esta cifra me parece un poco exagerada.
656
Las
mujeres inglesas
economía
política; mistress Trollope ha publicado un viaje por Amé-rica del Norte que ha
tenido mucho éxito; mistress Gore ha escrito novelas cortas muy bellas acerca
de las costumbres y la historia po-laca; mistress Shilly hace versos plenos de
melodía y de sentimiento. Muchas de estas damas escriben en revistas y
periódicos; pero veo con profunda aflicción que ninguna ha abrazado aún la
causa de la libertad de la mujer, de esa libertad sin la cual todas las otras
son de tan corta duración, de esa libertad por la que especialmente las mujeres
autoras deberían luchar. En este aspecto, las mujeres auto-ras de Francia han
aventajado a las inglesas. Sin embargo, una voz de mujer se hizo escuchar en
Inglaterra hace medio siglo, voz que toma, de esta verdad con la que Dios ha
marcado nuestra alma, un poder irresistible y una energía deslumbrante; voz que
no teme ata-car uno a uno los prejuicios y señalar la mentira y la iniquidad.
Mary Wollstonecraft tituló su libro A Vindication of the Rights of Woman
[Defensa de los derechos de la mujer]; este fue publicado en 1792.
El libro
fue silenciado desde su aparición, lo que no le ahorró a su autora el suplicio
de la calumnia. Solo se publicó el primer volu-men, y se ha vuelto
extremadamente difícil de conseguir. No pude encontrar un ejemplar para
comprarlo, y de no haber sido por un amigo que me lo prestó, me habría sido
imposible leerlo. La reputa-ción de este libro inspira tal horror que, si se
pregunta por él, incluso las mujeres supuestamente progresistas responderán con
un gesto de espanto: “¡Oh, es un libro muy malo!”. ¡Ah! La calumnia cae a
menudo sobre la celebridad más merecida, trasmite sus odios de generación en
generación, y no respeta la tumba; ni la gloria misma la detiene.
Mary
Wollstonecraft dedicó su libro a M. de Talleyrand-Périgord. Escuchad a esta
mujer, a esta mujer inglesa, la primera que osó decir que los derechos civiles
y políticos pertenecen por igual a ambos sexos, y que recoge una opinión
profesada por M. de Talleyrand en el estra-do para demostrarle que es su deber
como hombre de Estado actuar conforme a esta opinión, hacer triunfar lo que de
ella se derive, y establecer la completa emancipación de la mujer.
He aquí
algunos pasajes de esta dedicatoria:
657
Flora
Tristán
Cuando
clamo por los derechos de la mujer, mi principal argumento para demostrar su
utilidad está fundado sobre una razón bien simple, a saber: si la educación no
prepara a las mujeres para convertirse en compañeras de los hombres, ellas
detendrán el progreso; porque si los conocimientos humanos siguen siendo
derecho exclusivo del hombre, su influencia no tendrá eficacia sobre el
conjunto de la sociedad.
Si desea
que vuestros hijos aprendan a comprender el verdadero patriotismo, es preciso
que su madre sea una patriota ilustrada. El amor por la humanidad, fuente de
toda virtud, solo podrá desarro-llarse en ellos si se les enseña a apreciar el
valor moral y político del género humano; pero la educación actual de la mujer
la excluye de tales investigaciones.
Me dirijo
a usted, señor, en su calidad de legislador, y le pregunto: si los hombres
luchan por su libertad y porque se les deje decidir lo que conviene a su propia
felicidad, ¿no es incoherente e injusto someter a las mujeres a leyes que ellas
no han contribuido a crear? ¿Quién ha constituido al hombre en juez exclusivo
para decidir si la mujer está, como él, dotada de razón?
Los
tiranos de todo tipo, desde los reyes hasta los padres de familia, actúan y
razonan igual; se apresuran a aplastar la razón, a usurpar los derechos, y
afirman que es por la utilidad general que silencian las voces de todos.
Vuestra conducta, ¿no se parece a la de los tira-nos cuando niega a las mujeres
sus derechos civiles y políticos, y las obliga a permanecer encerradas en sus
familias y a moverse entre tinieblas?
Si la
mujer debe seguir siendo excluida de los derechos naturales de la humanidad,
usted debería probar, antes que nada, y a fin de re - chazar la acusación de
injusticia e inconsecuencia, que esta carece de fundamento; de otra manera, su
nueva constitución llevará por siempre la huella de la iniquidad, y probará que
el hombre, al librar-se del despotismo, ha seguido siendo él mismo un tirano; y
usted lo sabe, señor, la tiranía, no importa en qué parte de la sociedad se
muestre, aniquila toda moral.
[...] Si
no se permite a las mujeres gozar de derechos legítimos, ellas pervertirán a
los hombres y se pervertirán a sí mismas para obtener privilegios ilícitos.
658
Las
mujeres inglesas
Y así es
como la autora les habla a las mujeres:
Espero
que las mujeres me excusen si las trato como seres racionales, en lugar de
hablarles de sus divinos encantos y de considerarlas como si viviesen en una
eterna infancia, incapaces de actuar por sí mismas. Deseo fervientemente
mostrarles en qué consisten la verdadera dig-nidad y la felicidad; deseo
persuadirlas de la necesidad de desarrollar sus fuerzas intelectuales y
físicas; deseo convencerlas de que las dulces expresiones “susceptibilidad de
corazón”, “delicadeza de sentimiento” y “refinamiento del gusto” son
prácticamente sinónimos de debilidad; y que esas criaturas débiles, que son
objeto de piedad o de esa especie de amor que la piedad hace nacer, muy pronto
son abandonadas por el hombre y se convierten en objeto de su desprecio.
Rechazando,
por lo tanto, esas frases gentiles para uso de las damas de las cuales la
condescendencia de los hombres quiere aprovechar-se para suavizar el yugo de
nuestra dependencia, y despreciando esa elegancia de espíritu, esa sensibilidad
exquisita y esa blanda docili-dad en los modales que, se supone, son los rasgos
característicos de nuestro sexo, deseo mostrar que la elegancia es inferior a
la verdad moral, deseo mostrar que el principal propósito de una ambición
loa-ble debe consistir para todos, sin distinción de sexos, en ser útil a sus
semejantes; que el bien para el prójimo que resulta de las acciones de los
hombres es la piedra de toque del mérito de estas acciones.
Mary
Wollstonecraft reclama la libertad de la mujer como un dere-cho, en nombre del
principio sobre el cual las sociedades fundan lo justo y lo injusto; la reclama
porque sin la libertad no puede existir obligación moral de ninguna especie, y
demuestra igualmente que, sin igualdad en las obligaciones de uno y otro sexo,
la moral carece de base, deja de ser verdadera.
Mary
Wollstonecraft dice que considera a las mujeres como cria-turas que, al igual
que los hombres, han sido puestas sobre esta tierra para desarrollar sus
facultades intelectuales. La mujer no es ni infe-rior ni superior al hombre;
estos dos seres no se diferencian, desde el punto de vista del espíritu y de la
forma, sino para armonizar entre sí, y dado que sus facultades morales están
destinadas a completarse
659
Flora
Tristán
mediante
la unión, ambos deben poder alcanzar el mismo grado de de-sarrollo. Mary
Wollstonecraft se alza contra los escritores que consi-deran a la mujer como un
ser por naturaleza subordinado y destinado a los placeres del hombre. A este
respecto, hace una crítica muy justa de Rousseau, quien establece que la mujer
debe ser débil y pasiva, y el hombre activo y fuerte; que la mujer ha sido
formada para estar so-metida al hombre, y, finalmente, que la mujer debe
resultar agradable y obedecer a su amo, lo que constituye el propósito de su
existencia. Mary Wollstonecraft demuestra que, siguiendo esos principios, las
mujeres son educadas en la astucia, el doblez y la galantería; pero al mismo
tiempo, dado que su espíritu permanece inculto y la sobreex-citación de su
sensibilidad las deja sin defensas, se vuelven víctimas de todas las
opresiones. La autora prueba que la alteración de toda moral es la consecuencia
inevitable de estos principios. La tendencia perniciosa de esos libros, añade,
en los cuales los escritores degradan insidiosamente a las mujeres al tiempo
que se prosternan frente a sus encantos, nunca será excesivamente denunciada ni
censurada.
[...]
Curs’d vassalage
First
idoliz’d till love’s hot fire be o’er Then slaves to those who courted us
before (Dryden).
Mary
Wollstonecraft se alza con coraje y energía contra todo tipo de abuso.
El
respeto y los homenajes a la propiedad, dice la autora,4 son las fuentes
envenenadas de las que proviene la mayor parte de los males que hacen del mundo
una horrible escena a contemplar.
[...]
Porque todos buscan ser respetados por sus riquezas, y las ri-quezas logradas
de cualquier modo obtendrán el respeto que solo el talento y la virtud merecen.
Los hombres desatienden todos los de-beres del hombre y, sin embargo, son
tratados como semidioses. La
4 Vindication of the Rights of Woman, p. 320.
660
Las
mujeres inglesas
religión
también se ha separado de la moral, y los hombres todavía se sorprenden de que
el mundo no sea más que una cueva de ladro-nes y opresores.
Mary
Wollstonecraft publicaba en 1792 los mismos principios que Saint-Simon difundió
más tarde, y que se propagaron con tanta ra-pidez después de la revolución de
1830. Su admirable crítica destaca espléndidamente los males que provienen de
la organización actual de la familia, y la fuerza de su lógica deja sin réplica
a los contradic-tores. La autora socava con audacia el sinfín de prejuicios de
los que la gente está rodeada; desea para los dos sexos la igualdad de derechos
civiles y políticos, la igualdad en el acceso a los empleos, la educación
profesional para todos, y el divorcio a voluntad de las partes. “Fuera de estas
bases, dice, cualquier organización social que prometa la fe-licidad pública
faltará a sus promesas”.
¡El libro
de Mary Wollstonecraft es una obra imperecedera! Es imperecedera porque la
felicidad del género humano está ligada al triunfo de la causa que defiende the
vindication of the rights of woman.
¡Sin
embargo, existe desde hace medio siglo, y nadie lo conoce...!
Bibliografía5
Ryan,
Michael (1839). Prostitution in London: with a comparative view of
that of
Paris and New York. Londres: H. Bailliere.
Wollstonecraft,
Mary (1792). A Vindication of the Rights of Woman: with
strictures
on political and moral subjects. Boston: Thomas and Andrews.
5 Reconstruida para esta edición. [N. de la E.]
661
UNIÓN
OBRERA
A los
obreros y a las obreras*
Obreros y
obreras:
Escúchenme.
Desde hace 25 años los hombres más inteligentes y dedicados han consagrado su
vida a la defensa de su santa cau-sa.1 Mediante escritos, discursos, informes,
memorias, encuestas y estadísticas han señalado, constatado y demostrado al
gobierno y a los ricos que tal como está actualmente la situación, la clase
obrera se encuentra en una condición intolerable de miseria y dolor, tanto
material como moralmente; han demostrado que, como consecuen-cia de este estado
de abandono y sufrimiento la mayoría de los obre-ros, amargados por la
desgracia, embrutecidos por la ignorancia y un trabajo que excede sus fuerzas,
se convertían en seres peligrosos para la sociedad; han probado al gobierno y a
los ricos que no solo la justicia y la humanidad imponían el deber de acudir en
auxilio de las clases obreras con una ley sobre la organización del trabajo,
sino que incluso el interés y la seguridad general reclamaban imperiosamen-te
esta medida. ¡Y bien! Desde hace 25 años, tantas voces elocuentes no han logrado
despertar la solicitud del gobierno sobre los peligros que corre la sociedad
frente a 7 u 8 millones de obreros exasperados
* Extraído de Tristán, Flora (2011). A los
obreros y a las obreras. En Flora Tristán, La Unión Obrera. Lima: Centro de la
Mujer Peruana Flora Tristán/Universidad Nacional Mayor de San Marcos. [Primera
edición en francés L’Union Ouvrière. París: Imp. Lacour et Maistrasse fils,
1843. Tercera edición en francés L’Union Ouvrière. París/ Lyon: Imp. C. Rey e
Cie., 1844].
1
Saint-Simon, Owen, Fourier y sus escuelas; Parent-Duchâtelet, Eugène Buret,
Villermé, Pierre Leroux, Louis Blanc, Gustave de Beaumont, Proudhon, Cabet; y
entre los obreros, Adolphe Boyer, Agricol Perdiguier, Pierre Moreau, etc.
665
Flora
Tristán
por el
sufrimiento y la desesperación, un gran número de los cuales se encuentra
¡entre el suicidio... o el robo!
Obreros
¿qué podemos decir ahora en defensa de su causa?... Des-de hace 25 años ¿no se
ha dicho y vuelto a decir todo y en todas las formas hasta la saciedad? No hay
nada más que decir, nada más que escribir, porque su posición desdichada es
conocida por todos. No queda más que una cosa por hacer: actuar en virtud de
los derechos inscritos en la Constitución.
Ahora
bien, ha llegado la hora de actuar y es a ustedes y solamente a ustedes a quien
corresponde actuar en interés de su propia causa. ¡A ustedes se les va la vida
en esto... o la muerte! La muerte horrible que mata a cada instante: ¡la
miseria y el hambre!
Obreros,
dejen entonces de esperar más tiempo la intervención que reclamamos para
ustedes desde hace 25 años. La experiencia y los hechos les confirman de sobra
que el gobierno no puede o no quie-re ocuparse de su suerte cuando se trata de
mejorarla. Solo de uste-des depende, si lo quieren firmemente, el que salgan
del dédalo de la miseria, de los dolores y de la sumisión en la que
languidecen. ¿Quie-ren ustedes asegurar a sus hijos el beneficio de una buena
educación industrial y asegurarse ustedes mismos la certeza del descanso en su
vejez? Ustedes lo pueden.
Su acción
no es la revuelta a mano armada, el motín en la plaza pública, el incendio ni
el pillaje. No, porque la destrucción, en lugar de remediar sus males no haría
más que empeorarlos. Los motines de Lyon y de París han dado prueba de esto. Su
acción solo puede ser legal, legítima, confesable ante Dios y los hombres: Es
la UNIÓN UNIVERSAL DE OBREROS Y OBRERAS.
Obreros,
su condición en la sociedad actual es miserable, doloro-sa: cuando gozan de
buena salud, no tienen derecho al trabajo; cuando están enfermos, inválidos,
heridos, viejos, no tienen siquiera derecho al hospital; cuando son pobres y
carecen de todo, no tienen derecho a la limosna, porque la mendicidad está
prohibida por la ley. Esta si-tuación precaria los hunde en el estado salvaje
en el que el hombre, habitante de los bosques, se ve obligado cada mañana a
pensar en el
666
A los
obreros y a las obreras
medio de
procurarse los alimentos del día. Una existencia semejante es un verdadero
suplicio. La suerte del animal que rumia en el establo es mil veces preferible
a la de ustedes; él está seguro de que comerá al día siguiente; durante el
invierno su amo guarda en el granero paja y heno para él. La suerte de la
abeja, en el hueco de su árbol, es mil ve-ces preferible a la de ustedes. La
suerte de la hormiga, que trabaja en verano para estar tranquila en invierno,
es mil veces preferible a la de ustedes. Obreros, ustedes son desdichados, sí,
sin lugar a duda; pero ¿de dónde viene la causa principal de sus males?... Si
una abeja y una hormiga, en lugar de trabajar de común acuerdo con las otras
abejas y hormigas para aprovisionar la morada común para el invierno, se
atrevieran a separarse para trabajar solas, ellas también morirían de hambre y
de frío en su rincón solitario. Entonces ¿por qué permane-cen ustedes aislados?
Si se aíslan, se vuelven débiles y caen agobiados por el peso de miserias de
todo tipo. La unión hace la fuerza. Ustedes tienen a su favor su número, y
tener este número es mucho.
Vengo a
proponerles una unión general entre los obreros y obre-ras, sin distinción de
oficios y que vivan en el mismo reino: unión que tendría como objetivo
CONSTITUIR A LA CLASE OBRERA y construir varios establecimientos (Palacio de la
UNIÓN OBRERA), distribuidos por igual en toda Francia. Ahí se educarían niños
de am-bos sexos de 6 a 18 años y se recibiría a los obreros enfermos o heri-dos
y a los ancianos.2 Escuchen lo que dicen las cifras y tendrán una idea de lo
que se puede hacer con la UNIÓN.
Hay en
Francia cerca de 5 millones de obreros y 2 millones de obreras.3 Que esos 7
millones de obreros se unan en el pensamiento y la acción con vistas a una gran
acción común, en beneficio de todos
2 Véase el capítulo IV: Cómo se procederá a las
admisiones. [No incluido en esta an-tología].
3 Véase, para la exactitud de estas cifras, las
obras de los estadísticos y el notable tra-bajo del Sr. Pierre Leroux, De in
Plutocratie. [Leroux (1797-1871) fue editor, periodista, filósofo y político
francés de vasta producción. El título completo de la obra referida es De in
plutocratie, ou, Du gouvernement des riches (Broussac, 1848). (N. de la primera
Ed.)].
667
Flora
Tristán
y todas:
que cada uno dé para eso 2 francos por año, y al cabo de un año la UNIÓN OBRERA
poseerá la enorme suma de 14 millones.
Ustedes
dirán: “¿Pero cómo unirnos para esta gran obra?”... Por posición y rivalidad de
oficios estamos todos dispersos, con frecuen-cia incluso enemigos y en guerra
los unos con los otros. Además, 2 francos de cotización por año ¡es mucho para
unos pobres jornaleros!
Yo
responderé a estas dos objeciones: Unirse para la realización de una gran obra
no es asociarse. Los soldados y marinos, quienes con una retención de sus
sueldos contribuyen de manera igualitaria a los fondos comunes que sirven para
mantener a 3 mil soldados o mari-nos en el Hotel de los Inválidos, no están,
por esto, asociados entre ellos. No tienen necesidad de conocerse ni de
simpatizar opiniones, gustos y caracteres. Les basta saber que todos los
militares de un ex-tremo de Francia a otro pagan la misma cotización: lo que
asegura a los heridos, a los enfermos y a los ancianos su ingreso de derecho al
Hotel de los Inválidos.
En cuanto
a la suma, yo pregunto cuál de los obreros, incluso en-tre los más pobres, no
podrá encontrar, economizando un poco, 2 francos de cotización en el transcurso
de un año a fin de asegurarse una jubilación para sus últimos días.4 ¡Y qué!
Sus vecinos, los desdi-chados irlandeses, el pueblo más pobre de la tierra, ¡el
pueblo que no come más que papas y las come tan solo uno de cada dos días!,5 un
pueblo semejante (no cuenta más que con 7 millones de almas) habría encontrado
la manera de dar casi 2 millones de renta a un solo hombre, O’Connell,6 su
defensor es cierto, pero finalmente a un solo
4 Eso no hace más que 17 céntimos por mes.
5 El irlandés no come carne más que una vez al
año, el día de Navidad. “Al ser pobres, todos no emplean para alimentarse más
que el alimento menos caro en el país, las papas, pero no todos consumen la
misma cantidad: unos, y son los más privilegiados, comen tres veces al día;
otros, menos felices, dos veces, aquellos, en estado de indi-gencia, solamente
una vez; hay quienes, aún más desprovistos, permanecen un día, incluso dos, sin
tomar ningún alimento” (Irlanda social, política y religiosa, por M. G. de Beaumont,
primera parte, cap. I. Véase para mayores detalles, la continuación del
capítulo).
6 O’Connell ha dirigido la siguiente respuesta
a lord Shrewsbury, quien le había reprochado la subvención anual y voluntaria
de 75 mil libras esterlinas (1.875.000
668
A los
obreros y a las obreras
hombre,
¡y eso durante 12 años! Y ustedes, [obreros y obreras del] pue-blo francés, el
más rico de toda la tierra, ¿no encontrarán los medios para construir palacios
amplios, salubres y cómodos para recibir a sus hijos, a sus heridos y a sus
ancianos? ¡Oh! Eso sería una verdade-ra vergüenza, ¡una vergüenza eterna que
resaltaría su egoísmo, indi-ferencia y su falta de inteligencia! Sí, sí, si los
obreros irlandeses que van con los pies descalzos y el estómago vacío han dado
a su defensor O’Connell 2 millones durante 12 años, ustedes, obreros franceses,
bien pueden dar 14 millones por año para alojar y alimentar a sus valien-tes
veteranos del trabajo y educar a los novicios.
¡2
francos por año!... ¿Quién entre ustedes no paga diez o veinte veces esta suma
para sus pequeñas asociaciones particulares del com-pagnonnage, para las
mutuales de ayuda y otras, o, por último, para sus pequeños vicios habituales,
como el tabaco, el café y el aguardien-te? 2 francos cada uno, no son difíciles
de hallar7 y al dar cada uno ese poquito se produce un total de... ¿14
millones?... ¿Ven ustedes qué riqueza poseen, solamente por su número? Pero
para gozar esta rique-za, es necesario que el número se agrupe, forme un todo,
una unidad.
Obreros,
dejen entonces de lado todas sus pequeñas rivalidades de oficios y formen,
además de sus asociaciones particulares, una UNIÓN compacta, sólida,
indisoluble. Que mañana, que de inmedia-to se eleve de todos los corazones un
mismo y único pensamiento: ¡LA UNIÓN! Que ese grito de unión resuene en toda
Francia y en un año, si ustedes lo quieren firmemente, ESTARÁ CONSTITUIDA LA
UNIÓN OBRERA y en dos años tendrán en [la] caja, de ustedes, bien de ustedes,
14 millones para construir un palacio digno del gran pue-blo de los
trabajadores.
En la
fachada, debajo del frontis, escribirán en letras de bronce:
francos)
que le paga Irlanda. Sigue la respuesta de O’Connell que es muy bella y
ter-mina con estas palabras: “Estoy orgulloso de proclamar, soy un servidor
asalariado de Irlanda, y es una librea que me honro de portar” (Sesión de la
Cámara de los Comunes, octubre de 1842).
7 Se podrá dar la cotización en dos partes.
669
Flora
Tristán
PALACIO
DE LA UNIÓN OBRERA
Construido
y mantenido por medio de una cotización anual de 2 fr.,
dados por
los obreros y obreras para honrar el trabajo como merece serlo, y recompensar a
los trabajadores, a quienes alimentan a la nación, la enriquecen y constituyen
su verdadera potencia.
¡HONOR AL
TRABAJO!
¡RESPETO
Y GRATITUD A LOS VALIENTES VETERANOS DEL TRABAJO!
Sí, es a
ustedes, campeones del trabajo, a quienes corresponde elevar primero la voz
para honrar la única cosa verdaderamente hono-rable, el Trabajo. Es a ustedes,
productores, despreciados hasta ahora por aquellos que los explotan, a quienes
corresponde ser los prime-ros en levantar un PALACIO para la jubilación de sus
viejos trabaja-dores. Es a ustedes, obreros, que construyen los palacios de los
reyes, los palacios de los ricos, los templos de Dios, las casas y asilos donde
se protege la humanidad, a quienes corresponde construir por fin un asilo donde
ustedes puedan morir en paz, ustedes que hasta ahora no tienen más que el
hospital para descansar sus cabezas, cuando hay cupo. ¡A la obra, entonces! ¡A
la obra!
Obreros,
reflexionen bien en el esfuerzo que hago para arran-carlos de la miseria. ¡Oh!
Si no respondiesen a este LLAMADO A LA UNIÓN, si por egoísmo o indiferencia se
negaran a UNIRSE... ¿Qué se podría hacer, de ahí en adelante, para salvarlos?
Hermanos,
un pensamiento desolador golpea el corazón de todos aquellos que escriben para
el pueblo, y es que este pobre pueblo está tan abandonado, tan sobrecargado de
trabajo desde una edad tem-prana, que tres cuartos no saben leer y el otro
cuarto no tiene tiempo de leer. Ahora bien, hacer un libro para el pueblo es
echar una gota de agua en el mar. Por esto comprendí que, si me limitaba a
poner sobre el papel mi proyecto de UNIÓN OBRERA, el proyecto sería letra
muerta, por más magnífico que fuese. Como ha sucedido con tantos otros planes
ya propuestos. Comprendí que, una vez publicado mi libro, yo tenía otra tarea
que cumplir, la de ir yo misma de ciudad en
670
A los
obreros y a las obreras
ciudad,
de un extremo a otro de Francia, con mi proyecto de unión en la mano, para
hablar a los obreros que no saben leer y a aquellos que tienen el tiempo de
leer. Me dije que ha llegado el momento de actuar; y para quien ama realmente a
los obreros, para quien quiere dedicarse en cuerpo y alma a su causa, hay una
bella misión que cumplir. Es ne-cesario que siga el ejemplo de los primeros
apóstoles de Cristo. Esos hombres, desafiando la persecución y las fatigas,
tomaban sus alfor-jas y un bastón y se iban de país en país predicando la NUEVA
LEY; la fraternidad en Dios, la unión en Dios. ¡Y bien! Por qué yo, mujer, que
me siento con fe y fuerza, no podría ir, al igual que los apóstoles, de ciudad
en ciudad anunciando a los obreros la BUENA NUEVA y pre-dicándoles la
fraternidad en la humanidad, la unión en la humanidad.
En la
tribuna de las cámaras, en el pulpito cristiano, en las asam-bleas del mundo,
en los teatros, y, sobre todo, en los tribunales, se ha hablado con frecuencia
de los obreros; pero nadie ha intentado aún hablar a los obreros. Es un medio
que se debe intentar. Dios me dice que tendrá éxito. Por esto abro con
confianza esta nueva vía. Sí, iré a encontrarlos en sus talleres, en sus
buhardillas y hasta en sus taber-nas si es necesario, y ahí, frente a su
miseria, yo los enterneceré sobre su propia suerte y los forzaré, a pesar de
ellos mismos, a salir de esta espantosa miseria que los degrada y los mata.
671
Por qué
menciono a las mujeres*
Obreros,
hermanos míos, trabajo para ustedes por amor porque us-tedes representan la
parte más vivaz, más numerosa y útil de la huma-nidad, y porque desde ese punto
de vista yo encuentro mi propia sa-tisfacción en servir a su causa. Les ruego
encarecidamente que lean con la mayor atención este capítulo, porque tienen que
ser conscien-tes de que corresponde a sus intereses materiales comprender por
qué menciono siempre a las mujeres llamándolas: obreras o todas.
Para
aquel cuya inteligencia está iluminada por los rayos del amor divino, del amor
a la humanidad, le es fácil captar el encade-namiento lógico de las relaciones
que existen entre las causas y los efectos. Para aquel, toda la filosofía, toda
la religión se resume en dos preguntas: la primera, ¿cómo se puede y se debe
amar a Dios y servirlo con miras al bienestar universal de todos y de todas en
la humanidad? La segunda, ¿cómo se puede y se debe amar y tratar a la mujer con
miras al bienestar universal de todos y de todas en la humanidad? Estas dos
preguntas, así planteadas, constituyen en mi opinión la base sobre la cual debe
fundamentarse, con miras al orden natural, todo lo que se produce en el mundo
moral y material (el uno fluye del otro).
No creo
que este sea el lugar para responder a ambas preguntas. Más tarde, si los
obreros me manifiestan su deseo, con mucho gusto
* Extraído de Tristán, Flora (2011). III. Por
qué menciono a las mujeres. En Flora Tristán, La Unión Obrera. Lima: Centro de
la Mujer Peruana Flora Tristán/Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
[Primera edición en francés L’Union Ouvrière. París: Imp. Lacour et Maistrasse
fils, 1843. Tercera edición en francés L’Union Ouvrière. París/Lyon: Imp. C.
Rey e Cie., 1844].
673
Flora
Tristán
trataré
con ellos, metafísica y filosóficamente, los asuntos de orden más elevado, pero
por el momento basta plantear aquí las dos pregun-tas como representando la
declaración formal de un principio absoluto.
Sin
remontarse directamente a las causas, limitémonos a exami-nar los efectos.
Hasta el
presente, la mujer no ha contado para nada en las so-ciedades humanas. ¿Cuál ha
sido el resultado? Que el sacerdote, el legislador, el filósofo la han tratado
como verdadera paria. La mujer (la mitad de la humanidad) ha sido puesta fuera
de la Iglesia, fuera de la ley, fuera de la sociedad.1 Para ella, ninguna
función en la Iglesia,
1 Aristóteles, menos delicado que Platón,
planteaba esta pregunta sin resolverla: ¿Las mujeres tienen alma?, cuestión que
el Concilio de Mâcon se dignó tranzar a su favor por mayoría de tres votos (La
Falange, 21 de agosto de 1842).
Así pues,
con tres votos menos, la mujer hubiera sido reconocida como perteneciente al
reino de las bestias salvajes, y siendo así, el hombre –el amo y señor– ¡habría
esta-do obligado a cohabitar con la bestia salvaje! Este pensamiento nos hace
estremecer y paralizar de horror... Por lo demás, tal como están las cosas,
debe ser un profundo tema de dolor para los más sabios entre los sabios pensar
que descienden de la raza mujer. Porque si están realmente convencidos de que
la mujer es tan estúpida como lo pretenden, ¡qué vergüenza para ellos haber
sido concebidos del seno de una criatura semejante, haber mamado su leche y
haber permanecido bajo su tutela gran parte de su vida! ¡Oh! Es muy probable
que, si esos sabios hubieran podido colocar a la mujer fuera de la naturaleza,
como la han puesto fuera de la Iglesia, fuera de la ley y fuera de la sociedad,
se habrían ahorrado la vergüenza de descender de una mujer. Pero, feliz-mente,
por encima de la sabiduría de los sabios, está la ley de Dios.
Todos los
profetas, salvo Jesucristo, han tratado a la mujer con una iniquidad, un
des-precio y una dureza inexplicable. Moisés le hizo decir a su Dios: “Dios
dijo también a la mujer: ‘Te aquejarán diversos males durante tu embarazo,
alumbrarás en el dolor; estarás bajo el poder de tu marido, y él te dominará’”
(Génesis, III, 16).
El autor
del Eclesiastés ha llevado el orgullo de su sexo hasta llegar a decir “Más vale
un hombre vicioso que una mujer virtuosa”.
Mahoma
dijo en nombre de su Dios: “Los hombres son superiores a las mujeres debi-do a
las cualidades que Dios les ha concedido por encima de ellas y porque los
hom-bres emplean sus bienes para dotar a las mujeres”. “Ustedes reprenderán a
aquellas de las que teman desobediencia; las relegarán a camas aparte, les
pegarán; pero tan pronto obedezcan no les buscarán más querella” (Corán, IV,
38).
Las leyes
de Manú dicen: “Durante su infancia una mujer debe depender de su padre;
durante su juventud, depende de su marido; cuando muere su marido, de sus
hijos; si no tiene hijos, de los parientes cercanos de su marido, o en su
defecto, de los de su padre; si no tiene parientes paternos, del soberano; ¡una
mujer no debe nunca gober-narse a su manera!”.
674
Por qué
menciono a las mujeres
ninguna
representación ante la ley, ninguna función en el Estado. El sacerdote le dijo:
“Mujer, tú eres la tentación, el pecado, el mal; tú re-presentas la carne, es
decir, la corrupción, la podredumbre. Llora por tu condición, arroja ceniza
sobre tu cabeza, enciérrate en un claustro y allí macera tu corazón, que está
hecho para el amor, y tus entrañas de mujer, que están hechas para la
maternidad; y cuando tú hayas mutilado así tu corazón y tu cuerpo, ofréceselos
ensangrentados y resecos a tu Dios por la remisión del pecado original cometido
por tu madre Eva”. Luego, el legislador le dijo: “Mujer, por ti misma tú no
eres nada como miembro activo del cuerpo humanitario, no puedes esperar
encontrar un lugar en el banquete social. Si quieres vivir, es necesario que
sirvas de anexo a tu amo y señor, el hombre. Entonces, de soltera, obedecerás a
tu padre; casada, obedecerás a tu marido; viuda y anciana, ya no se te hará
ningún caso”. Luego, el sabio filóso-fo le dijo: “Mujer, la ciencia ha
comprobado que, por tu contextura, eres inferior al hombre”.2 Ahora bien, no
tienes inteligencia, ni com-prensión para las cuestiones elevadas, ni lógica en
las ideas, ninguna capacidad para las denominadas ciencias exactas, ni aptitud
para los trabajos serios; en fin, eres un ser débil de cuerpo y de espíritu,
pusilánime, supersticioso; en una palabra, no eres más que un niño caprichoso,
voluntarioso, frívolo; durante 10 o 15 años de tu vida eres una graciosa
muñequita, pero llena de defectos y de vicios. Por eso, mujer, es necesario que
el hombre sea tu amo y ejerza sobre ti toda su autoridad.3
Y esto es
lo más curioso: “Ella debe estar siempre de buen humor”. “215. La mujer no
puede iniciar acción judicial sin la autorización de su marido, aunque fuera
vende-dora pública, no casada bajo el régimen de sociedad conyugal, o separada
de bienes. “37. Los testigos que se presenten en actos de estado civil solo
podrán ser del sexo mas-culino” (Código civil). “El uno (el hombre) debe ser
activo y fuerte, el otro (la mujer) pasivo y débil” (J. J. Rousseau, El
Emilio). Esta fórmula se encuentra reproducida en el Código: “213. El marido
debe protección a su mujer, la mujer obediencia a su marido”. 2 La mayoría de
sabios, sean naturalistas, médicos o filósofos, han concluido más o menos
explícitamente en la inferioridad intelectual de la mujer.
3 La mujer ha sido hecha para el hombre (San
Pablo).
675
Flora
Tristán
He aquí
cómo los más sabios entre los sabios han juzgado a la raza mujer, desde hace
más de 6 mil años que el mundo existe.
Una
condena tan terrible, y repetida durante 6 mil años, era ca-paz de impresionar
a la masa, porque la sanción del tiempo tiene mucha autoridad sobre ella. Sin
embargo, lo que nos da esperanzas de que se podrá apelar ese juicio es que, de
igual manera y durante 6 mil años, los más sabios entre los sabios han
mantenido un juicio no menos terrible sobre otra raza de la humanidad: los
PROLETARIOS. Antes de 1789, ¿qué era el proletario en la sociedad francesa? Un
vi-llano, un palurdo, una bestia de carga, sometida a la voluntad absoluta del
señor. Luego, llega la revolución del 89 y de repente los más sa-bios entre los
sabios proclaman que la plebe se llama pueblo, que los villanos y los palurdos
se denominan ciudadanos. En fin, proclaman en plena asamblea nacional los
derechos del hombre.4
El
proletario, pobre obrero, visto hasta entonces como un ani-mal, quedó muy
sorprendido al enterarse de que eran el olvido y el desprecio que habían hecho
de sus derechos los que habían causado la desgracia en el mundo. ¡Oh! Y estuvo
muy sorprendido de enterarse que iba a gozar de derechos civiles, políticos y
sociales, y que por fin se volvía igual a su antiguo amo y señor. Su sorpresa
aumentó cuando le informaron que poseía un cerebro de igual calidad que el
prínci-pe real heredero. ¡Qué cambio! Sin embargo, no tardaron en darse
4 El pueblo francés, convencido de que el
olvido y el desprecio de los derechos naturales del hombre son las únicas
causas de desgracia en el mundo, ha resuelto exponer en una declaración solemne
estos derechos sagrados e inalienables, para que todos los ciudadanos que
puedan comparar continuamente los actos de gobierno con el objetivo de toda
institución social, no se dejen jamás oprimir ni envilecer por la tiranía; para
que el pueblo tenga siempre frente a sus ojos las bases de su libertad y de su
felicidad; el ma-gistrado la regla de sus deberes; el legislador el objeto de
su misión. En consecuencia, proclama, ante el Ser Supremo, la siguiente
declaración de los derechos del hombre y del ciudadano:
1. El objetivo de la sociedad es la felicidad
común. El gobierno está instituido para garantizar que el hombre disfrute de
sus derechos naturales e imprescriptibles.
2. Estos derechos son la igualdad, la libertad,
la seguridad, la propiedad.
3. Todos los hombres son iguales por naturaleza y
ante la ley.
4. La ley es la expresión libre y solemne de la
voluntad general (Convención Nacional,
24 de junio de 1793).
676
Por qué
menciono a las mujeres
cuenta de
que ese segundo juicio emitido sobre la raza proletaria era mucho más exacto
que el primero, ya que apenas se proclamó que los proletarios estaban aptos
para todo tipo de funciones civi-les, militares y sociales se vio salir de sus
filas generales que ni Car-lomagno, ni Enrique IV, ni Luis XIV jamás pudieron
reclutar de las filas de su orgullosa y brillante nobleza.5 Luego, como por
encan-tamiento surgieron en masa, de las filas del proletariado, sabios,
artistas, poetas, escritores, estadistas, financistas que arrojaron sobre
Francia un brillo que no había tenido nunca. La gloria mili-tar la cubrió como
una aureola; los descubrimientos científicos la enriquecieron, las artes la
embellecieron; su comerció se extendió enormemente y en menos de 30 años la
riqueza del país triplicó. La demostración de los hechos no tiene réplica.
Además, todo el mun-do reconoce hoy en día que los hombres nacen
indistintamente con facultades aproximadamente iguales, y que la única cosa de
la que uno debería ocuparse sería la de intentar desarrollar todas las
facul-tades del individuo con miras al bienestar general.
Es
necesario reconocer que lo que sucedió a los obreros es de buen augurio para
las mujeres cuando llegue su revolución del 89. A partir de cálculos muy
simples, es evidente que la riqueza crecerá indefinidamente el día en que se
llame a las mujeres (la mitad del género humano) a aportar a la actividad
social la suma de su inte-ligencia, fuerza y capacidad. Esto es tan fácil de
comprender como que 2 es el doble de 1. Pero, por desgracia, no nos encontramos
aún allí, y a la espera de este feliz 89, constatemos lo que pasa en 1843.
Habiendo
declarado la Iglesia que la mujer era el pecado; el legis-lador, que por ella
misma no era nada y no debía gozar de ningún derecho; el sabio filósofo, que
por su constitución no era inteligen-te, se ha concluido que era un pobre ser
desheredado de Dios, y los hombres y la sociedad la han tratado en
consecuencia.
5 Todos los famosos generales del Imperio
provenían de la clase obrera. Antes de 1789 solo los nobles eran oficiales.
677
Flora
Tristán
Yo no
conozco nada tan poderoso como la lógica forzada, inevi-table, que fluye de un
principio planteado o de la hipótesis que lo representa. Una vez proclamada y
planteada como un principio la inferioridad de la mujer, vean qué consecuencias
desastrosas resul-tan de ello para el bienestar universal de todos y todas en
la humanidad.
Al creer
que la mujer, por su constitución, carecía de fuerza, de capacidad y que era
incapaz para trabajos serios y útiles, se ha con-cluido muy lógicamente que
sería perder el tiempo darle una educa-ción racional, sólida, severa, capaz de
hacer de ella un miembro útil de la sociedad. Se la ha educado, entonces, para
que sea una linda muñeca y una esclava destinada a distraer a su amo y
servirle. En verdad, de tiempo en tiempo, algunos hombres dotados de
inteli-gencia, de sensibilidad, que sufren por sus madres, por sus esposas, por
sus hijas, han clamado contra la barbarie y el absurdo de un estado semejante
de cosas y han protestado enérgicamente contra una condena tan inicua.6 En
diversas oportunidades, la sociedad se emocionó un momento, pero, empujada por
la lógica, respon-dió: “¡Pues bien!, supongamos que las mujeres no sean lo que
los sabios han creído, supongamos incluso que tienen mucha fuerza moral y mucha
inteligencia: ¡Pues bien!, en ese caso, de qué serviría desarrollar sus
facultades ya que ellas no encontrarían dónde em-plearlas útilmente en esta
sociedad que las rechaza”. ¡Qué suplicio
6 He aquí entre otras cosas, lo que dice
Fourier: “En el curso de mis investigaciones sobre el régimen societario he
encontrado más raciocinio en las mujeres que en los hombres; porque muchas
veces ellas me han dado ideas nuevas que me han procura-do soluciones a
problemas sumamente imprevistos.
Muchas
veces he debido a mujeres, de la denominada clase espontánea (espíritu que
capta rápidamente y expresa sus ideas con exactitud, sin intermediarios)
soluciones preciosas a problemas que me habían torturado la mente. Los hombres
no me han dado nunca ayuda de ese tipo.
¿Por qué
no encontramos en ellos esta aptitud a las ideas nuevas, exentas de
prejui-cios? Es que tienen la mente esclavizada, encadenada por los prejuicios
filosóficos de los que se los ha imbuido en las escuelas. Salen con la cabeza
atiborrada de principios contrarios a la naturaleza y ya no pueden considerar
con independencia una idea nueva. Apenas hay algún desacuerdo con Platón o
Séneca, se sublevan y lanzan anate-mas contra el que ose contradecir al divino
Platón, al divino Catón o al divino Ratón” (La falsa industria, [1835], p.
326).
678
Por qué
menciono a las mujeres
horrible
sentir en sí la fuerza y el poder de actuar y de verse conde-nado a la
inacción!
Este
raciocinio era una verdad irrefutable. Además, todo el mundo repetía: “Es
verdad, las mujeres sufrirían demasiado si se desarrollara en ellas las bellas
facultades de las que Dios las ha do-tado, si desde su infancia se las educara
de tal manera que ellas comprendieran bien su dignidad en tanto que seres y
tuvieran con-ciencia de su valor como miembros de la sociedad; nunca jamás
podrían soportar la condición envilecedora en la que la Iglesia, la ley y los
prejuicios las han colocado. Más vale tratarlas como niños y dejarlas en la
ignorancia sobre ellas mismas; sufrirán menos”.
Estén
atentos y verán qué espantosa perturbación resulta úni-camente de la aceptación
de un falso principio.
Como no
quiero apartarme de mi tema, aunque aquí se presta la ocasión para hablar desde
un punto de vista general, regreso a mi marco, la clase obrera.
En la
vida de los obreros, la mujer lo es todo. Ella es su única providencia. Si ella
les falta, todo les falta. Ellos dicen: “Es la mujer la que hace y deshace en
la casa”, y esto es la verdad exacta: es por eso que se ha convertido en un
proverbio. Sin embargo, ¿qué educa-ción, qué instrucción, qué dirección, qué
desarrollo moral o físico recibe la mujer del pueblo? Ninguno. De niña, se la
deja a merced de una madre y de una abuela, que tampoco recibieron educación
al-guna: una, de acuerdo con su temperamento, será brutal y mala, le pegará y
la maltratará sin motivo; la otra será débil, despreocupada y la dejará hacer
todo lo que quiera. (En esto, como en todo lo que presento, hablo en general;
por supuesto, admito numerosas ex-cepciones). La pobre niña se criará en medio
de las contradicciones más chocantes; un día, irritada por los golpes y los
tratos injustos, al día siguiente ablandada, enviciada por indulgencias no
menos perniciosas.
679
Flora
Tristán
En lugar
de enviarla a la escuela7 se la mantiene en casa con pre-ferencia sobre sus
hermanos, porque se saca mejor partido de ella en las tareas del hogar, sea
para arrullar a los niños, hacer las compras, ocuparse de la sopa, etc. A los
12 años se la pone como aprendiz: ahí ella continúa siendo explotada por la
patrona y con frecuencia es tan maltratada como en la casa de sus padres.
Nada
agria más el carácter, endurece el corazón, ni vuelve al es-píritu malo como el
sufrimiento continuo que un niño soporta como consecuencia de un trato injusto
y brutal. En primer lugar, la injus-ticia nos hiere, nos aflige, nos desespera;
luego, cuando se prolonga, nos irrita, nos exaspera, y, al solo soñar en cómo
vengarnos, acaba-mos por volvernos nosotros mismos duros, injustos, malos. Tal
será la situación normal de la pobre chica a los 20 años. Luego, se casará, sin
amor, únicamente porque debe casarse si quiere sustraerse a la tiranía de los
padres. ¿Qué sucederá? Supongo que tendrá hijos; a su vez, ella será
completamente incapaz de educar convenientemente a sus hijos e hijas: se
mostrará con ellos tan brutal como su madre y su abuela lo fueron con ella.8
Mujeres
de la clase obrera, les ruego que adviertan bien que al mostrar aquí la
situación tal cual es respecto de su ignorancia e in-capacidad para educar a
sus hijos, no tengo la menor intención de lanzar contra ustedes y su naturaleza
la menor acusación. No, es a la sociedad a la que acuso de dejarlas así de
incultas; ustedes, mujeres, que tendrían tanta necesidad, por el contrario, de
ser instruidas y
7 Supe por una persona que pasó los exámenes
para hacerse cargo de un asilo, que, por órdenes de arriba, los instructores de
estas escuelas debían ocuparse de desarro-llar la inteligencia de los chicos
más que la de las chicas. Generalmente, todos los maes-tros de escuela de
pueblo actúan de la misma manera con los niños a los que ins-truyen. Varios me
han confesado que ellos recibían órdenes. Esto es, por lo tanto, la
consecuencia lógica de la posición desigual que ocupan el hombre y la mujer en
la sociedad. Hay, respecto de este tema, un dicho que es proverbial: “¡Oh!,
para ser una mujer sabe siempre suficiente”.
8 Las mujeres de pueblo se muestran muy tiernas
con sus hijos pequeños hasta los
2 o 3 años. Su instinto de mujer les hace
comprender que el niño, durante esos dos primeros años, tiene necesidad de una
atención continua. Pero pasada esta edad ellas los maltratan (salvo
excepciones).
680
Por qué
menciono a las mujeres
desarrolladas
para poder, a su vez, instruir y desarrollar a los hombres y niños confiados a
sus cuidados.
Las
mujeres de pueblo en general son brutales, malas, a veces du-ras. Es cierto,
pero ¿de dónde viene esta situación tan poco acorde con la naturaleza dulce,
buena, sensible y generosa de la mujer?
¡Pobres
obreras! ¡Ellas tienen tantos motivos de irritación! En primer lugar, el
marido. (Se debe reconocer que hay pocos hogares obreros que sean felices.) El
marido, al haber recibido más instruc-ción y ser el jefe de familia por ley y
también por el dinero que aporta al hogar,9 se cree (y lo es de hecho) muy
superior a la mujer que no aporta más que el pequeño salario de su jornal y no
es en la casa más que una muy humilde sirvienta.
El
resultado es que el marido trata a su mujer, por decir lo menos, con mucho
desdén. La pobre mujer, que se siente humillada con cada palabra, con cada
mirada que su marido le dirige, se rebela abierta o
9 Se debe
destacar que, en todos los oficios ejercidos por los hombres y las mujeres, el
jornal que se le paga a la obrera es la mitad del que se le paga al obrero, o
si trabaja a destajo, su salario es menos de la mitad. Al no poder soportar una
injusticia tan flagrante, el primer pensamiento que se nos viene a la cabeza es
este: Debido a su fuerza física, el hombre hace sin duda el doble de trabajo
que la mujer. ¡Pues bien!, lector. Sucede exactamente lo contrario. En todos
los oficios en los que se requiere la habilidad y la agilidad de los dedos, las
mujeres hacen casi el doble de trabajo que los hombres. Por ejemplo, en la
imprenta, para hacer la composición (en verdad, cometen muchas faltas, pero eso
tiene que ver con su falta de instrucción); en las fábricas de hilado de
algodón, hilo o seda, para unir los hilos; en una palabra, en todos los oficios
en los que se necesite cierta ligereza de manos, las mujeres sobresalen. Un
impresor me dijo un día con una ingenuidad muy característica: “Se les paga la mitad,
es muy justo porque ellas van más rápido que los hombres, ganarían mucho si se
les pagara el mismo precio”. Sí, se les paga, no teniendo en cuenta el trabajo
que hacen, sino los pocos gastos que hacen como consecuencia de las privaciones
que se imponen. Obreros, ustedes no han percibido las consecuencias desastrosas
que tendría para ustedes semejante injusticia, hecha en detrimento de sus
madres, sus esposas y sus hijas. ¿Qué ha sucedido? Que los industriales, al ver
que las mujeres trabajan más rá-pido y a mitad de precio, despiden a diario a
los obreros de sus talleres y los reemplazan por obreras. ¡Por lo tanto, el
hombre se cruza de brazos y se muere de hambre en el pavimento! Es así como han
procedido los dueños de las manufacturas en Inglaterra. Una vez adoptada esa
vía, se despide a las mujeres para reemplazarlas por niños de 12 años.
¡Economía de la mitad del salario! Finalmente, solo se llega a emplear a niños
de 7 u 8 años. Dejen pasar una injusticia y estén seguros de que engendrará
otras miles.
681
Flora
Tristán
sordamente,
según su carácter; de ahí nacen escenas violentas, dolo-rosas, que acaban por
crear un estado constante de irritación entre el amo y la sirvienta (se puede
decir incluso la esclava, porque la mujer es, por así decirlo, la propiedad del
marido). Esta situación se vuelve tan penosa que el marido, en lugar de
quedarse en su casa conver-sando con su mujer, se apresura a huir, y como no
tiene ningún otro lugar al que ir, va a la taberna a beber vino azul en la
compañía de otros maridos tan infelices como él, con la esperanza de
aturdirse.10
10 ¿Por qué los obreros van a la taberna? El
egoísmo ha afectado a las clases altas. aquellas que gobiernan, cegándolas
completamente. No entienden que su fortuna, su felicidad, su seguridad,
dependen de la mejoría moral, intelectual y material de la clase obrera. Ellas
abandonan al obrero a la miseria, a la ignorancia, pensando según la antigua
máxima que cuanto más bruto es el pueblo, más fácil resulta amordazarlo. Eso
era cierto antes de la declaración de los derechos del hombre, pero desde
entonces es cometer un grosero anacronismo, una falta grave. Además, se debería
al menos ser consecuente: si se cree que es una buena y sabia política dejar a
la clase obrera en el estado animal, entonces, ¿por qué recriminar sin parar
contra sus vicios? Los ricos acusan a los obreros de ser perezosos, libertinos,
borrachos; y para apoyar sus acusa-ciones, exclaman: “Si los obreros son
miserables, es únicamente por su culpa. Vayan a las barras, entren en las
tabernas, las encontrarán llenas de obreros que están ahí para beber y perder
su tiempo”. Yo creo que si los obreros en lugar de ir a la taberna se reunieran
siete (que es el número que las leyes de septiembre permiten) en una
habita-ción para instruirse juntos sobre sus derechos y reflexionar sobre las
medidas a tomar para hacerlos valer legalmente, los ricos estarían más
descontentos que de ver las tabernas lle-nas. En la situación actual, la
taberna es el TEMPLO del obrero: es el único lugar al que puede ir. En la
Iglesia ya no cree; en el teatro no entiende nada. He aquí por qué las tabernas
están siempre llenas. En París, tres cuartos de los obreros no tienen siquiera
domicilio: comparten entre varios un cuarto amoblado; y aquellos que están
casados se alojan en buhardillas en donde falta aire y espacio; en consecuencia,
se ven forzados a salir si quieren ejercitar un poco sus miembros y reavivar
sus pulmones. Ustedes no quieren instruir al pueblo, ¡le prohíben reunirse por
temor a que se instruya él mismo, que hable de política o de doctrinas
sociales; ¡no quieren que lea, que escriba, que pien-se, por temor a que se
rebele!... Pero ¿qué quieren entonces que haga? Si le prohíben todo lo que es
de competencia espiritual, está claro que solo le queda la taberna como único
recurso. ¡Pobres obreros! Agobiados por la miseria y por penas de todo tipo,
sea en el hogar, en la casa del patrón, o, por último, porque los trabajos
repugnantes y forzados a los que están condenados les irritan realmente el
sistema nervioso, a veces se ponen como locos; en este estado, para escapar de
sus sufrimientos, no tienen otro refugio que la taberna. Además, van ahí a
beber vino azul, ¡esa medicina execrable!, pero que tiene la virtud de aturdir.
Frente a
esta situación, hay en el mundo gente llamada virtuosa, llamada religiosa, la
que confortablemente instalada en su casa bebe en cada comida y en abundancia
un buen vino de Burdeos, un viejo Chablis o un excelente Champagne –¡y esta
gente
682
Por qué
menciono a las mujeres
Este
medio de distracción agrava el mal. La mujer, que espera el pago del domingo
para hacer vivir a toda la familia durante la se-mana, se desespera al ver que
su marido gasta la mayor parte en la taberna. Entonces, su irritación es
llevada al colmo, y su brutalidad y maldad redoblan. Es necesario haber visto
de cerca aquellos hoga-res obreros, (sobre todo los malos) para tener idea de
la desdicha que experimenta el marido, del sufrimiento que padece la mujer. De
los reproches, de las injurias, se pasa a los golpes; luego a los llantos, al
desaliento y la desesperanza.11
lanza
bellos rollos morales contra la embriaguez, el libertinaje y la intemperancia
de la clase obrera!...
En el
curso de los estudios que he hecho sobre los obreros (desde hace 10 años que me
ocupo de ellos), nunca encontré a un borracho o a un verdadero libertino entre
los obreros felices en su hogar y gozando de un cierto bienestar. Mientras que
entre aquellos que son desdichados en el hogar y se encuentran en una extrema
miseria encontré bo-rrachos incorregibles.
La
taberna no es, por lo tanto, la causa del mal sino simplemente el efecto. La
causa del mal está simplemente en la ignorancia, la miseria, el
embrutecimiento, en los que está hundida la clase obrera. Instruyan al pueblo y
en 20 años los vendedores de vino azul, que tienen tabernas en las puertas de
las ciudades, cerrarán sus puertas a falta de clientes.
En
Inglaterra, en donde la clase obrera es mucho más ignorante y desdichada que en
Francia, los obreros y obreras llevan el vicio de la embriaguez hasta la
demencia (vean lo que dice al respecto Eugenio Buret).
11 Citaré para apoyar lo que digo aquí, en lo que
respecta a la brutalidad de las muje-res del pueblo y también sobre la
excelencia de su naturaleza, un hecho que ocurrió en Burdeos en 1827 durante mi
estadía en esa ciudad.
Entre las
vendedoras de verduras que tienen un puesto al aire libre en la plaza del
mercado había una temida por todas las criadas por su insolencia, maldad y
brutali-dad. El marido de esta mujer era basurero y recogía el lodo de las
calles de la ciudad. Una noche regresa a casa y la sopa no estaba lista. Se
desata una disputa entre el marido y la mujer. De las injurias, el marido pasa
a los hechos y le da una bofetada a su mujer. Esta, que en ese momento
preparaba la sopa con un gran cuchillo de cocina, exasperada por la cólera, se
abalanzó sobre su marido, cuchillo en mano, y le atravesó el corazón. Él murió
en el acto. La mujer fue llevada a prisión.
Al ver a
su marido muerto, se apoderó de esta mujer tan brutal un dolor tan grande, un
arrepentimiento tal, que a pesar de su crimen inspiró a todas las personas no
solo compasión sino respeto. Fue fácil establecer que el marido la había
provocado, que el asesinato había sido cometido en un rapto de cólera y sin
ninguna premeditación. Su dolor era tal que se temía por su vida, y como ella
le daba pecho a un niño de cuatro meses el juez de instrucción, creyendo
calmarla, le dijo que podía tranquilizarse, que iba a ser absuelta. Pero cuál
no sería la sorpresa de todos los asistentes, cuando al
683
Flora
Tristán
Después
de las duras penas causadas por el marido, vienen luego los embarazos, las
enfermedades, la falta de trabajo y la miseria que está siempre ahí, plantada
en la puerta como la cabeza de Medusa. Añadan a todo esto la irritación
incesante provocada por cuatro o cinco niños chillones, movidos, fastidiosos,
que se arremolinan alre-dedor de la madre, y esto en una pequeña habitación de
obrero en la que no hay sitio ni para moverse. ¡Oh!, habría que ser un ángel
des-cendido a la tierra para no irritarse, para no volverse brutal y mala en
una situación semejante. Sin embargo, en un entorno familiar como este, ¿qué es
de los niños? Ven a su padre solo en la noche y el domingo. El padre, siempre
en estado de irritación o de embriaguez, solo les habla con cólera y no reciben
de él más que injurias y golpes; al escuchar a su madre quejarse continuamente
de él, le agarran odio y desprecio. En cuanto a su madre, le temen, le
obedecen, pero no la quieren; porque el hombre está hecho así, no puede amar a
quien lo maltrata. ¿Y acaso ya no es una gran desdicha para un niño el no
oír estas
palabras la mujer exclamó: “¡Yo, absuelta! Ah, Sr. juez, ¿qué se atreve a decir
usted?... Si se absolviera a una miserable como yo, no habría ninguna justicia
en la tierra”.
Se
recurrió a todo tipo de raciocinios para hacerle comprender que ella no era una
cri-minal, dado que no había pensado en cometer el asesinato. “¿Y qué importa
el pensa-miento? –repelía–, si hay en mí una brutalidad que me lleva unas veces
a maltratar a uno de mis hijos y otras a matar a mi marido. ¿Acaso no soy un
ser peligroso, incapaz de vivir en el seno de la sociedad?” Por fin, cuando
estuvo convencida de que sería ab - suelta, esta mujer salvaje, sin un ápice de
educación, tomó una resolución digna de los hombres más fuertes de la república
romana. Declaró que quería hacerse justicia ella misma y que iba a dejarse
morir de hambre... ¡Y con qué fuerza y qué dignidad ejecutó esta terrible
sentencia de muerte pronunciada por ella misma! Su madre, su familia, sus siete
hijos fueron a suplicarle con llantos que consintiera en vivir por ellos. Ella
entregó a su madre su niño de pecho diciéndole: “Enséñeles a mis hijos a
alegrarse por haber perdido a una madre semejante, porque en un momento de
brutalidad podría matarlos como maté a su padre”. Los jueces, los sacerdotes,
las mujeres del mercado y muchas personas de la ciudad acudieron ante ella para
rogarle que desistiera. Fue inquebrantable. Entonces, se intentó otro medio: se
puso en su habitación pasteles, frutas, productos lácteos, vinos, carnes; se
llegó incluso a asar aves de corral que se le traían bien calientes, para que
el olor la incitara a comer. “Todo lo que ustedes hacen es inútil –repetía ella
con mucha sangre fría y dignidad–; una mujer que es lo suficien-temente brutal
para matar al padre de sus siete hijos debe morir, y moriré”. Sufrió torturas
horribles sin quejarse y, al séptimo día, expiró.
684
Por qué
menciono a las mujeres
poder
amar a su madre? Si tiene pena, ¿sobre qué pecho irá a llorar? Si por falta de
reflexión o porque lo arrastraron comete alguna fal-ta grave, ¿a quién podrá
confiarse? Como permanecer cerca de su madre no tiene ningún encanto, el niño
buscará todos los pretextos para alejarse de la casa materna. Las malas
relaciones son fáciles de hacer, tanto para las muchachas como para los
muchachos. Del ca-llejeo pasan al vagabundeo, y con frecuencia del vagabundeo
al robo.
Entre las
infelices que pueblan las casas de prostitución y los des-dichados que gimen en
el presidio cuántos se han encontrado que puedan decir: “Si hubiéramos tenido
una madre capaz de educarnos, por supuesto, no estaríamos acá”.
Lo
repito, la mujer lo es todo en la vida del obrero: como madre tiene influencia
sobre él durante su infancia; es de ella y únicamente de ella que él extrae las
primeras nociones de esta ciencia tan im-portante de adquirir, la ciencia de la
vida, la que nos enseña a vivir convenientemente para nosotros y para los
otros, de acuerdo con el medio donde el azar nos colocó.12 Como amante, ella
tiene influencia
12 He aquí cómo se expresa La Phalange del 11 de
septiembre de 1842 a propósito de un artículo muy destacado de La Presse: “La
Presse ha tomado el sabio partido de dejar las vanas querellas sobre la pequeña
sesión, sobre el carácter de los votos de la encuesta y de la ley de regencia,
sobre la conversión del Sr. Thiers y se ha puesto a estudiar las cuestiones que
serán sometidas en los consejos generales... Hoy en día muchos niños permanecen
aún privados de instrucción y 4.196 comunas no tienen escuela. Para su-primir
cualquier pretexto de los padres, para triunfar sobre la indiferencia y la mala
voluntad de algunos concejos municipales, el publicista de La Presse propone
suprimir la retribución mensual pagada por los alumnos y pide que el
establecimiento y el man-tenimiento de todas las escuelas dejen de estar a
cargo de los municipios y que, de ahora en adelante, sean inscritos en el
presupuesto del Estado. Hemos dicho siempre que la sociedad debe dar educación
a todos sus miembros, y es absolutamente deplorable que el gobierno de un país
ilustrado no se encargue personalmente y de por ley porque la infancia esté
rodeada de todos los cuidados necesarios para su desarrollo. Citamos el final
del artículo de La Presse; las reflexiones de ese periódico sobre la
instrucción de las mujeres son justas y lo honran. Nosotros hemos protestado,
en cuanta ocasión se diera, sobre el odioso y estúpido abandono de un sexo
entero del que era culpable nuestra lla-mada sociedad civilizada, pero
realmente bárbara en muchos aspectos.
Al lado
de esta reforma importante, hay otra quizá más urgente que los consejos
ge-nerales deben recomendar también a la administración y a las cámaras,
queremos referirnos a la organización de las escuelas primarias para niñas. ¿No
es extraño que un país como Francia, considerado a la cabeza de la civilización
y que busca probarlo
685
Flora
Tristán
sobre él
durante toda su juventud, y ¡qué poderosa influencia podría ejercer una joven
bella y amada! Como esposa, tiene influencia so-bre las tres cuartas partes de
su vida. Por último, como hija, tiene influencia sobre él en su vejez. Tengan
en cuenta que la posición del obrero es completamente distinta a la del ocioso.
Si el niño rico tiene una madre incapaz de educarlo, lo ponen en un internado y
le dan una aya; si el joven rico no tiene amante, puede ocupar su corazón e
imaginación en el estudio de las bellas artes o de la ciencia; si el hombre
rico no tiene esposa, no le faltan distracciones en el mundo; si el anciano
rico no tiene hija, encuentra algunos viejos amigos o jóvenes sobrinos que
consienten de buen grado en venir a jugar nai-pes con él, mientras que el
obrero, al que todos estos placeres le son prohibidos, como única alegría y
consuelo solo tiene la compañía de las mujeres de su familia, sus compañeras de
infortunio. Resul-ta de esta posición que sería de la mayor importancia,
respecto a la mejoría intelectual, moral y material de la clase obrera, que las
muje-res del pueblo recibieran desde su infancia una educación racional,
sólida, capaz de desarrollar en ellas todas las buenas inclinaciones que
poseen. Así, podrán volverse obreras hábiles en su oficio, bue-nas madres de
familia capaces de educar y dirigir a sus hijos y de ser para ellos, como lo
dice La Presse, “profesoras particulares naturales y gratuitas de las lecciones
de la escuela”, y para que puedan servir también como agentes moralizadores
para los hombres sobre los cua-les tienen influencia desde el nacimiento hasta
la muerte.
difundiendo
en todas las clases de ciudadanos las luces de la instrucción, que abre en
todas partes escuelas para los niños y escuelas para sus maestros, que dicho
país descuide por completo la instrucción de las mujeres, las primeras
institutrices de la infancia? Este olvido no es solamente una injusticia, es
una imprudencia, es una falta. ¿Cuál es el resultado, en efecto, de la
ignorancia de la mayoría de las madres de fami-lia? El que, cuando a la edad de
5 años sus hijos llegan a la escuela, ellos llevan consigo una cantidad de
malas disposiciones, de creencias absurdas, de ideas falsas que han ido mamando
con la leche materna; y el maestro tiene más dificultad en hacer que se las
olviden, en destruirlas en su mente, que en enseñarles a leer. Entonces, en
definitiva, cuesta más tiempo y dinero consumar una injusticia y tener malos
alumnos que dar ins-trucción a las mujeres y hacer de ellas al mismo tiempo
obreras más hábiles, amas de casa más útiles y profesoras particulares
naturales y gratuitas de las lecciones de la escuela”.
686
Por qué
menciono a las mujeres
¿Comienzan
a comprender, ustedes, hombres que gritan que aque-llo es escandaloso antes de
querer examinar el asunto, por qué reclamo derechos para la mujer? ¿Por qué
quisiera que esté situada en la sociedad en condiciones de igualdad absoluta
con el hombre, y que goce de esta situación en virtud del derecho legal con el
que todo ser viene al nacer?
Reclamo
derechos para la mujer porque estoy convencida de que todas las desgracias del
mundo provienen del olvido y desprecio en el que se han tenido hasta hoy a los
derechos naturales e imprescriptibles de la mujer. Reclamo los derechos para la
mujer porque es la única mane-ra de ocuparse de su educación y porque de la
educación de la mujer depende la del hombre en general, y particularmente, la
del hombre de pueblo. Reclamo derechos para la mujer porque es el único medio
de obtener su rehabilitación ante la Iglesia, ante la ley y ante la so-ciedad y
porque es necesaria esta rehabilitación previa para que los obreros mismos sean
rehabilitados. Todos los males de la clase obrera se resumen en estas dos
palabras: miseria e ignorancia, ignorancia y miseria. Ahora bien, para salir de
ese dédalo solo veo un medio: co-menzar por instruir a las mujeres porque son
las mujeres las encargadas de instruir a los niños varones y hembras.
Obreros,
en la situación actual ustedes saben lo que sucede en sus hogares. Usted, el
hombre, el amo que tiene derecho sobre su mujer, ¿vive con el corazón
contento?, dígame: ¿es usted feliz?
No, no,
es fácil percibir que, a pesar de su derecho, no está ni con-tento ni feliz.
Entre el
amo y el esclavo no puede haber más que la fatiga del peso de la cadena que
liga el uno al otro. Ahí donde la ausencia de libertad se hace sentir, la
felicidad no puede existir.
Los
hombres se quejan sin cesar del humor agrio y del carácter ar-tero y sordamente
malvado que manifiesta la mujer en casi todas sus relaciones. ¡Oh! Yo tendría
una muy mala opinión de la raza mujer, si en el estado abyecto en que la ley y
las costumbres las han situado, las mujeres se sometieran al yugo que pesa
sobre ellas sin proferir un murmullo. ¡Gracias a Dios no es así! Su protesta ha
sido incesante desde el inicio de los tiempos. Pero después de la Declaración
de los
687
Flora
Tristán
derechos
del hombre, acto solemne que proclamara el olvido y el despre-cio que los
hombres nuevos sienten por ellas, su protesta ha tomado un carácter de energía
y violencia que prueba que la exasperación de la esclava ha llegado al colmo.13
Obreros,
ustedes que son sensatos y son personas con las que se puede razonar, porque no
tienen –como dice Fourier– el espíritu ati-borrado de un montón de reglas,
¿quieren suponer por un momento que la mujer es por derecho igual al hombre?
¡Pues bien! ¿Cuál sería el resultado?:
1. Que desde el instante en que ya no se tuviera
que temer a las con-secuencias peligrosas que acarrea necesariamente, en su
estado actual de servidumbre, el desarrollo moral y físico de las facul-tades
de la mujer, se le instruiría con mucho cuidado para poder sacar de su
inteligencia y de su trabajo el mejor partido posible.
2. Que ustedes, hombres del pueblo, tendrían como
madres a obre-ras hábiles, que ganan buenos jornales, instruidas, bien educadas
y muy capaces de instruirlos, de educarlos a ustedes, obreros, como conviene a
los hombres libres.
3. Que ustedes tendrían como hermanas, como
amantes, como ami-gas, a mujeres instruidas, bien educadas y cuyo comercio
diario seria de lo más agradable para ustedes: porque nada es más dulce, más
suave para el corazón del hombre que la conversación de las mujeres cuando son
instruidas, buenas y conversan con sensatez y bondad.
Hemos
lanzado una ojeada rápida sobre lo que sucede actualmen-te en los hogares
obreros; examinemos ahora lo que pasaría en esos mismos hogares si la mujer
fuera igual al hombre.
El
marido, al saber que su mujer tiene derechos iguales a los suyos, no la
trataría más con el desdén y el desprecio que se usan con los
13 Lean la Gaceta de los Tribunales. Es ahí,
frente a los hechos, que se debe estudiar el estado de exasperación que
manifiestan hoy en día las mujeres.
688
Por qué
menciono a las mujeres
inferiores;
por el contrario, la trataría con el respeto y la deferencia que se otorgan a
los iguales. Por lo tanto, ya no habría más motivo de irritación para la mujer,
y una vez destruida la causa de la irritación, la mujer ya no se mostraría más
brutal, ni artera, ni agria, ni colé-rica, ni exasperada ni malévola. Al ya no
ser vista en la casa como la sirvienta del marido, sino más bien como la
asociada, la amiga, la compañera del hombre, se interesará naturalmente en la
asociación y hará todo lo posible para hacerla fructificar. Al tener
conocimien-tos teóricos y prácticos, empleará toda su inteligencia para dirigir
su casa con orden, economía y juicio. Instruida y conocedora de la uti-lidad de
la educación, empleará toda su ambición para educar bien a sus hijos, los
instruirá ella misma con amor, supervisará sus tra-bajos de escuela, los
colocará como aprendices en la casa de buenos patrones; en fin, los dirigirá en
todas las cosas con solicitud, ternura y discernimiento. ¡Cuál será entonces la
satisfacción del corazón, la seguridad de espíritu, la felicidad del alma del
hombre, del marido, del obrero que posea a una mujer semejante! Al encontrar
inteligen-cia en su mujer, buen juicio, miras elevadas, podrá conversar con
ella de temas serios, comunicarle sus proyectos, y de común acuerdo con ella,
buscar los medios para mejorar aún más su posición. Halaga-da por su confianza,
ella lo ayudará en sus empresas y negocios, sea mediante sus buenos consejos,
sea mediante su actividad. El obrero, al estar él mismo instruido y bien
educado, encontrará un gran en-canto en instruir y desarrollar a sus jóvenes
hijos. Los obreros, en general, tienen un muy buen corazón, les gustan mucho
los niños. ¡Con qué valor trabajará este hombre toda la semana cuando sepa que
debe pasar el domingo en compañía de su mujer, a la que amará, de sus dos
pequeñas hijas traviesas, cariñosas, juguetonas, y de sus dos hijos ya
instruidos que podrán conversar con su padre de temas serios! ¡Con qué ardor
trabajará ese padre para ganar unos centavos además de su paga ordinaria para
poder regalar a sus pequeñas hijas una bonita cofia y a sus hijos un libro, un
grabado o cualquier otra cosa que él sabrá que les produce placer! ¡Con qué
manifestaciones de alegría serían recibidos esos pequeños regalos! ¡Y qué
felicidad para
689
Flora
Tristán
la madre
ver el amor recíproco entre el padre y los hijos! Está claro que, haciendo esta
suposición, la vida de la pareja, de la familia, sería para el obrero lo más
deseable. Al sentirse bien en su casa, feliz y sa-tisfecho en compañía de su
buena anciana madre, de su joven esposa y de sus hijos, no se le ocurriría
salir de su casa para ir a distraerse a la taberna, lugar de perdición en el
que el obrero pierde su tiempo, su dinero, su salud y embrutece su
inteligencia. Con la mitad de lo que un borracho gasta en la taberna, toda una
familia de obreros que vivieran unidos podría ir a comer al campo en verano. La
gente que sabe vivir sobriamente necesita tan pocas cosas. Allá, los hijos
respi-rarán el aire puro, estarán felices de correr con el padre y la madre,
que se volverán unos niños para divertirlos; y en la noche, la familia, con el
corazón contento, los miembros un poco relajados del trabajo de la semana,
regresará a su vivienda muy satisfecha de la jornada. En invierno, la familia
irá a los espectáculos. Estas diversiones tie-nen una doble ventaja: instruyen
a los niños, divirtiéndolos. Con una jornada pasada en el campo, una noche
pasada en el teatro, ¡cuántos temas de estudio una madre inteligente puede
encontrar para ins-truir a sus hijos!
En las
condiciones que acabo de presentar, el hogar, en lugar de ser una causa de
ruina para el obrero, sería por el contrario una cau-sa de bienestar. ¿Quién no
sabe hasta qué punto el amor y la satisfac-ción del corazón triplican,
cuadriplican las fuerzas del hombre? Lo hemos visto en algunos ejemplos raros.
Ha ocurrido que un obrero que adoraba a su familia y al que se le metió en la
cabeza educar a sus hijos, hiciera, para lograr ese noble objetivo, el trabajo
que tres hom-bres no casados no habrían podido hacer. Luego, el capítulo de las
privaciones. Los solteros gastan mucho, no se privan de nada. Qué nos importa,
dicen, después de todo, podemos beber y vivir alegre-mente puesto que no
tenemos que alimentar a nadie. Mientras que el hombre casado, que ama a su
familia, encuentra satisfacción en sacrificarse por ella y vive con una
frugalidad ejemplar.
Obreros,
ese pequeño cuadro, apenas esbozado, de la posición de la que gozaría la clase
proletaria si la mujer fuera reconocida
690
Por qué
menciono a las mujeres
como
igual al hombre, debe hacerlos reflexionar sobre el mal que existe y el bien
que podría existir. Esto debe llevarlos a tomar una gran determinación.
Obreros,
ustedes no tienen el poder para derogar las antiguas le-yes y para hacer
nuevas, no; sin duda; pero tienen el poder de protes-tar contra la desigualdad
y contra las leyes absurdas que traban el progreso de la humanidad, que los
hacen sufrir, a ustedes en especial. Ustedes, pueden, por lo tanto –es incluso
un deber sagrado–, protestar enérgicamente en pensamiento, palabra y en
escritos contra todas las leyes que los oprimen. Ahora bien, intenten entonces
compren-der bien esto: la ley que esclaviza a la mujer y la priva de
instrucción los oprime a ustedes, hombres proletarios.
Para
educarlo, instruirlo y enseñarle la ciencia del mundo, el hijo del rico tiene
ayas e institutrices sabias, directoras hábiles, y, por fin, bellas marquesas,
mujeres elegantes, espirituales, cuyas funciones en la alta sociedad consisten
en hacerse cargo de la educación de los hijos de buena familia que salen del
colegio. Es una función muy útil para el bienestar de esos señores de la alta
nobleza. Esas damas les enseñan a tener cortesía, tacto, finura, habilidad,
buenos modales; en una palabra, hacen de ellos hombres que saben vivir, hombres
como se debe. Basta con que un joven tenga capacidad y si tiene la fe-licidad
de estar bajo la protección de una de esas amables damas, su fortuna está
hecha. A los 35 años está seguro de ser embajador o minis-tro. Mientras que
ustedes, pobres obreros, para educarlos, para ins-truirlos, ustedes no tienen
más que a su madre; para hacer de ustedes hombres que sepan vivir, ustedes no
tienen más que mujeres de su clase, sus compañeras de ignorancia y miseria.14
14 Acabo de demostrar que la ignorancia de las
mujeres del pueblo tiene las conse-cuencias más funestas. Sostengo que la
emancipación de los obreros es imposible en tanto las mujeres permanezcan en
ese estado de embrutecimiento. Ellas detienen todo progreso. A veces he sido
testigo de escenas violentas entre el marido y la mujer. Con frecuencia, yo he
sido la víctima, recibiendo las injurias más groseras. Esas po-bres criaturas,
al no poder ver más lejos que la punta de su nariz, como se suele decir, se enfurecían
con el marido y conmigo, porque el obrero perdía algunas horas de su tiempo
ocupándose de ideas políticas o sociales. “¿Qué necesidad tienes de ocuparte de
691
Flora
Tristán
No es,
por lo tanto, en nombre de la superioridad de la mujer (como no dejarán de
acusarme) que yo les digo que reclamen los derechos para la mujer; claro que
no. En primer lugar, antes de discutir sobre su superioridad, es necesario que
se reconozca su individualidad social. Me apoyo en una base más sólida. Es en
nombre de su propio interés, el de ustedes, hombres; en nombre de su mejoría,
la de ustedes, hombres; en fin, en nombre del bienestar universal de todos y de
todas que los comprometo a reclamar por los derechos para la mujer; y, mientras
tanto, reconocérselos, aunque sea en principio.
Es
entonces, a ustedes, obreros, que son las víctimas de la desigual-dad de hecho
y de la injusticia, es a ustedes a quienes compete estable-cer al fin el reino
de la justicia y de la igualdad absoluta del hombre y la mujer sobre la tierra.
Denle al
mundo un gran ejemplo, ejemplo que probará a sus opre-sores que es mediante el
derecho que ustedes quieren triunfar y no por la fuerza bruta; ¡a pesar de que
ustedes, 7, 10, 15 millones de prole-tarios podrían disponer de esta fuerza
bruta!
Mientras
reclaman para ustedes la justicia, demuestren que son justos, equitativos;
proclamen, ustedes, hombres fuertes, hombres de brazos desnudos, que reconocen
a la mujer como su igual y que esa es la razón por la cual le reconocen un
derecho igual a los beneficios de
LA UNIÓN
UNIVERSAL DE LOS OBREROS Y DE LAS OBRERAS. Obreros, quizá dentro de tres o
cuatro años tengan su primer
palacio,
listo para recibir a 600 ancianos y a 600 niños. ¡Pues bien!
cosas que
no te conciernen? –exclamaban–, piensa en ganar con qué comer y deja que el
mundo marche como quiera”.
Es cruel
decir esto, pero conozco a obreros desdichados, hombres de corazón, de
inte-ligencia y de buena voluntad, que estarían totalmente de acuerdo en
consagrar su do-mingo y sus pequeños ahorros al servicio de la causa, pero que,
para tener paz en casa, esconden a su mujer y a su madre que vienen a verme y
que me escriben. Esas mismas mujeres me abominan, dicen horrores de mí y, si no
temieran caer en prisión, quizá llevarían el celo hasta a venir a injuriarme a
mi casa y a golpearme, y todo esto porque yo cometo el gran crimen, dicen
ellas, de meter en la cabeza de sus hombres ideas que los obligan a leer, a
escribir, a hablar entre ellos, todas estas cosas inútiles que hacen perder el
tiempo. ¡Esto es deplorable! Sin embargo, he encontrado a algunas capaces de
comprender las cuestiones sociales y que se muestran abnegadas.
692
Por qué
menciono a las mujeres
Proclamen
en sus estatutos que se convertirán en SU CARTA, pro-clamen los derechos de la
mujer a la igualdad. Que quede escrito en SU CARTA, que se admitirá en los
palacios de la UNIÓN OBRERA, para recibir en ellos una educación intelectual y
profesional, una cantidad igual de NIÑAS Y DE NIÑOS.
Obreros,
en el 91 sus padres proclamaron la inmortal declaración de los DERECHOS DEL
HOMBRE y es a esta solemne declaración que ustedes deben ahora el ser hombres
libres e iguales en derecho ante la ley. ¡Honor a sus padres por esta gran
obra! Pero, proletarios, les queda a ustedes, hombres de 1843, una obra no
menos grande que cumplir. A su vez, liberen a las últimas esclavas que quedan
aún en la sociedad francesa, proclamen los DERECHOS DE LA MUJER, y en los
mismos términos que sus padres proclamaron los suyos, digan:
Nosotros,
obreros franceses, después de 53 años de experiencia, re-conocemos estar
debidamente esclarecidos y convencidos de que el olvido y el desprecio en que
se han mantenido los derechos naturales de la mujer son la única causa de las
desgracias del mundo y hemos resuelto exponer en una declaración solemne
inscrita en nuestra Carta, sus derechos sagrados e inalienables. Queremos que
las mu-jeres sean instruidas respecto de nuestra declaración, para que no se
dejen más oprimir ni someter a la injusticia y la tiranía del hombre, y que los
hombres respeten en las mujeres, sus madres, la libertad y la igualdad de la
que disfrutan ellos mismos.
1. Debiendo ser el objetivo de la sociedad la
felicidad común del hom-bre y de la mujer, la UNIÓN OBRERA garantiza al hombre
y la mujer el disfrute de sus derechos de obreros y obreras.
2. Esos derechos son: la igualdad a la admisión
en los PALACIOS DE LA UNIÓN OBRERA sea como niños, heridos o ancianos.
3. Siendo para nosotros la mujer igual al hombre,
queda claro que las niñas recibirán, aunque diversa, una instrucción tan
racional, tan sólida y extensa en ciencia moral y profesional como la de los
niños.
4. En cuanto a los heridos y los ancianos, el
trato será el mismo para las mujeres que para los hombres.
693
Flora
Tristán
Obreros,
tengan por seguro que si tienen suficiente equidad y justicia para inscribir en
su carta las escasas líneas que acabo de esbozar, esta declaración de los
derechos de la mujer pasará pronto a las costumbres; de las costumbres a la
ley, y antes de 25 años verán inscrito encabe-zando el libro de la ley que
regirá a la sociedad francesa: IGUALDAD ABSOLUTA del hombre y de la mujer.
Entonces,
hermanos míos, y solamente entonces, la UNIDAD HU-MANA se habrá CONSTITUIDO.
¡Hijos de
la revolución del 89, he aquí la obra que sus padres les han legado!
694
EL TOUR
DE FRANCIA
Notas de
Flora Tristán a El tour de Francia*
Estado
actual de la clase obrera bajo los aspectos moral, intelectual y material1
Por
Flora
Tristán
Un fuerte
vol. In-18
Precio
para los obreros: 1 franco.
***
Distribución
del libro
I.
Prefacio
II. En la ciudad de París III. En la ciudad de
Chalon IV. En la ciudad de Mâcon V. En la ciudad de Lyon
... y del
mismo modo un capítulo para cada ciudad por la que pase.
* Extraído de Tristán, Flora (2006). Notas de
Flora Tristán a El tour de Francia. En Flora Tristán, El tour de Francia
(1843-1844). Lima: Institut français d’études andi-nes / Centro de la Mujer
Peruana Flora Tristán / Fondo Editorial UNMSM. [Trad. Yolanda Westphalen. Notas
de Jules L. Puech. De la edición póstuma Le Tour de France. Etat actuel de la
classe ouvrière sous l’aspect moral, intellectuel et matériel. París: Éditions
Tête de Feuilles, 1973].
1 Estos
apuntes y el esbozo de un índice fueron encontrados entre los papeles que Flora
Tristán había dado a guardar a Éléonore Blanc durante su enfermedad. [N. de la
primera Ed.].
697
Flora
Tristán
Para el
tour de Francia: Hacer un pasaje muy bello sobre los sufri-mientos de los
obreros inteligentes.
¡Qué cosa
son las torturas de los mártires cristianos comparadas a las torturas que
soportan día a día, hora a hora, momento a mo-mento, los infelices obreros! Los
mártires cristianos eran crucifica-dos, quemados vivos, despedazados por
colmillos, y su suplicio dura-ba tres, cinco, ocho y diez horas. Durante esas
largas horas de agonía sus sufrimientos eran terribles, ¡pero para ayudar a
soportarlos te-nían el entusiasmo que produce el martirio en la plaza pública!
Ellos sabían que entre la muchedumbre reunida alrededor de sus hogue-ras sus
hermanos en comunión sentían sus angustias y admiraban su coraje. ¡Ellos sabían
que ese mismo coraje exasperaba la vergüen-za de sus enemigos! Y además, en
fin, ellos tenían para sostenerlos la conciencia de su fe, esa fe que les
decía: “Alégrate de sufrir, porque mientras más sufras en la tierra a manos de
tus enemigos, más te recompensará Dioses en el cielo”. ¡Oh! ¡Me atrevo a
afirmarlo! Yo que me siento del temple de los mártires, un alma fuerte, podría
entonces arder durante ocho horas a fuego lento como St. Laurent, ¡sin
siquie-ra sentir la quemadura!
Pero
¿cuál es el martirio al que un obrero inteligente está conde-nado actualmente?
No es la carne lo que se quema, se atormenta, ¡ese suplicio sería muy suave!
¡Se lo ataca en lo que la criatura humana tiene de más sensible, de más
vibrante, de más vital! Se lo quema y se lo atormenta en los sentimientos de su
corazón, en las inspiraciones de su alma, en los impulsos de su genio, en sus
facultades intelectua-les. No es más la muerte de la carne lo que le hace falta
al verdugo, no, es la muerte del espíritu. Se quiere, ¡oh, crueldad inaudita!,
se quiere reducir al obrero, al gran mártir de los tiempos modernos, a no tener
por cuerpo más que un cadáver privado de espíritu. El ideal que los economistas
sueñan es un obrero máquina, un bruto, que trabaje sin comprender, exista sin
sentir, procree sin amor.
¿Por
quién es crucificado el obrero inteligente? Por sus hermanos de miserias, por
sus compañeros de taller, por los patrones que se en-riquecen con su sudor; en
su familia, por su madre, por su mujer, por
698
Notas de
Flora Tristán a El tour de Francia
su hija.
Sus compañeros se burlan de él, lo insultan, lo denuncian, lo per-siguen como
si fuera un ser peligroso. El patrón lo hiere en su libertad y dignidad de
hombre y lo despide; su madre, su mujer, su hija, lo agobian con reproches
indignos, lo señalan como ¡un loco, un mal sujeto, un amotinado, un
revolucionario, un malo! Y si el infeliz, así calumniado, perseguido y
denunciado por los suyos es arrestado como perturbador, condenado y hecho
prisionero como un criminal, ninguna mano amiga viene a estrechar la suya, no
encuentra en ninguna parte una mirada de simpatía, ¡ni siquiera de compasión!
Todos repiten: “No tiene nada que no merezca, es un loco lleno de orgullo, un
ambicioso, un bribón que hablaba de su amor por el pueblo, simplemente para
llegar a colocarse él. ¡Qué canalla! Y qué felicidad que nos hayamos librado de
él”.
Y después
de haber luchado veinte años de su vida contra la ig-norancia, la bajeza y la
maldad de los suyos, si en un momento de desesperación el obrero inteligente es
involucrado en uno de esos complots de encargo termina su vida miserable en
prisión o en el cadalso. Yo pregunto ¿hay en todo el martirologio cristiano un
már-tir que ose poner en paralelo sus sufrimientos con los que soporta el
obrero inteligente de nuestra época?
Es a esos
obreros de allí... (fui interrumpida, retomaré). Hay un bello discurso que
hacer a esos obreros.
***
Se me han
ocurrido también cosas bellas que decir a los directores de fábrica que se
atreven a prohibir a sus obreros que se ocupen de política, los despiden si se
enteran de que leen un periódico –¡como si la ley no debiera castigar un
atentado semejante a la dignidad, a la libertad del hombre! ¿No es eso acaso la
esclavitud pura? No so-lamente un patrón exige del obrero el sacrificio de su
tiempo, de su juventud, de su salud, ¡sino incluso de su pensamiento, de sus
opinio-nes!, de sus simpatías y ninguna ley [existe] para reprimir y castigar
una explotación tan odiosa. Es a mí que Dioses reserva el honor de censurar a
tales patrones –y lo haré.
699
Flora
Tristán
Al hablar
de lo que sufro en el fondo del corazón, al estudiar la posición deplorable de
esos infelices, podría afirmar la sangre fría y la calma que muestro: podrían
aplicarme justamente lo contrario de esta terrible figura: “Bajo un guantelete
de terciopelo, no había más que una mano de acero”; y en mi caso: “Bajo un
guantelete de acero, no había más que una mano de terciopelo”. Comparaciones
muy jus-tas. Yo comparo al pueblo con una máquina de vapor. La máquina de vapor
contiene por ella misma la fuerza. Pero si no hay un mecánico hábil para
conducirla, no se moverá. El pueblo se parece a una má-quina de vapor detenida
en una estación. Su fuerza monstruosa está ahí sin movimiento, inerte. El
mecánico la dirige a su voluntad, la mantiene en reposo, la hace ir a derecha e
izquierda, atrás, adelan-te; ella le obedece. Luego, finalmente, la lanza; ella
parte como una flecha, franquea todos los obstáculos, y arrastra todo detrás de
ella. Pero si el mecánico la abandona a sí misma un segundo, de inmedia-to ella
se desvía de su ruta, y como un borracho o un insensato, es in-capaz de
conducirse. Entonces, esta magnífica e imponente fuerza se transforma
inmediatamente en un monstruo repugnante, loco, que corre de aquí para allá,
revolviendo, destruyendo todo a su paso, ¡es-tropeándose pronto él mismo en el
abismo y el caos que creó! He aquí la imagen del pueblo, al menos como yo la
veo. El pueblo es la fuerza, la potencia, el derecho. Pero, para que la fuerza
sea fuerte, es necesa-rio que sea guiada por la inteligencia. (Hay que
desarrollar esta idea).
Cuando
enseñe que se debe abandonar a los hombres, por la ley podré citar al respecto
lo que decía Maquiavelo: “En un país en el que los hombres han reinado uno
puede deshacerse de ellos, pero allí donde solo la ley ha reinado, es
imposible; es necesario destruir al país, porque la ley es como la grama, es
una cosa indestructible”. (Será necesario que relea a ese gran hombre en el
momento en el que comience a hacer mi libro).
Hay que
considerar también en Cinq-Mars, novela de A. Vigny, quien comete la tontería
de decir que el apoyo natural de un rey es su nobleza; el apoyo natural, el
único que él tiene, es su pueblo. El rey de-pende y vive del país. Ahora bien,
él debe apoyarse sobre los intereses
700
Notas de
Flora Tristán a El tour de Francia
y la
fortuna del país, que es el pueblo. Esto prueba cuán estúpidos son los
defensores de realeza, todos han cometido la misma falta.
Hay que
hablar del libro del señor Dupin, del de los compagnons carpinteros de obra,
del compagnon del tour de Francia y de todos aquellos que han tratado la
cuestión de los obreros. Encontrar qué mal le hacen al pueblo los halagos.
***
Sí, yo
ataco a la propiedad –decía –, pero no la ataco en nombre de la fuerza bruta,
en nombre del egoísmo y de la codicia como lo hicieron en el 89. Ataco la
propiedad tal cual está constituida actualmente, en virtud del propio principio
de propiedad. Es para conservarla que la ataco. Ataco a la propiedad en nombre
del más santo de los derechos, ¡el del trabajo! ¡Eh! Quién es entonces, aquel
entre los propietarios de tierras, de capitales, de casa, [que] osaría defender
lo que él llama su propiedad, contra los derechos sagrados que todo ser aporta
al nacer, el “derecho de vivir trabajando”. En 1789 se atacó a la propiedad de
los sacerdotes y nobles en nombre de la fuerza, y los propietarios, en medio de
la injusticia de sus enemigos, rechazaron la fuerza con la fuerza –y
triunfaron. En efecto, qué importaba a los intereses reales del país que la
propiedad estuviera entre las manos de duques, mar-queses, barones, obispos,
canónigos o en las de banqueros, tenderos u otros traficantes. Se trataba de
hacerla cambiar de manos, es decir, atacar a los propietarios y no al principio
de propiedad, lo que es muy diferente. El derecho al trabajo ataca a la
propiedad; es la única mane-ra de atacarla legal y justamente. Porque ¡qué hay
de más legal y justo que el trabajo! Por el derecho al trabajo el Estado se
vuelve propietario del Estado, no es eso constituir la propiedad de manera de
protegerla para siempre de todo ataque. (Hay que desarrollar esta idea).
Hay que
golpear contra todos esos imbéciles que piden la organi-zación del trabajo.
Como si uno pudiera organizar una cosa antes de tenerla. Es tomar el efecto por
la causa. Se debe proceder siempre en nombre de un principio, porque del
principio fluye la ley y de la ley
701
Flora
Tristán
las
consecuencias. La obligación para un país de hacer vivir al país, este es el
principio. La ley es el derecho al trabajo. La consecuencia es la organización
del trabajo. Lo mismo sucede en el ejército, en la administración de gobierno:
el principio es la defensa del país. La ley es el impuesto de sangre extraído a
los machos de 21 a 27 años, y el impuesto de presupuesto de guerra a fin de
obtener el ejército. La consecuencia es la organización del ejército. Hacer ver
la ineptitud de todos esos periodistas y políticos que no comprenden ni una
pala-bra de asuntos que pretenden tratar. ¡Qué lástima!
Habrá
cosas muy bellas a decir al respecto.
***
El
epígrafe de mi libro será:
Dedicatoria:
“Si es
útil decir la verdad a los reyes, con mayor razón aún es útil de-círsela al
pueblo”.
Este es
el plan de mi libro:
Título:
El tour de Francia.
Dedicatoria:
“Dedico
este libro a todos aquellos que sean capaces de apreciar la utilidad y la gran
importancia que se debe atribuir de ahora en ade-lante a hacer conocer, en aras
del interés general, la verdad exacta sobre los hombres y sobre las cosas.
Solo
ellos están aptos para juzgar el alcance de mi obra, y solo ellos estarán aptos
para continuarla.
Para
ellos, entonces, mi pensamiento y mis trabajos”.
Flora
Tristán.
***
702
Notas de
Flora Tristán a El tour de Francia
(Para El
tour de Francia). Dedicatoria.
¡A la
clase obrera!
“En los
tiempos en que el rey de Francia era la nación, se encontró de siglo en siglo
algunos hombres lo suficientemente valientes, lo suficiente-mente penetrados de
sus deberes de ciudadanos, para osar decir, arries-gando su vida, la verdad ¡al
Rey!
Hoy, que
la clase obrera, la que produce, es en realidad la nación, creo cumplir un
deber y rendirle al país un servicio eminente osando decir, a riesgo de todo lo
que eso me pueda costar, ¡la verdad a la clase obrera!
Dedico mi
libro a ese gran y valiente pueblo de trabajadores para el cual lo he hecho.
Les ofrezco aquí dos años de trabajos apostólicos (en acción) y quince años de
meditación sobre sus derechos, sus de-beres y sus verdaderos intereses”.
Flora
Tristán.
(Esta es
la idea).
Enseguida
un prefacio en el que resumiré lo que he hecho desde hace dos años y diré la
verdad sobre todo y sobre todos, hablando de los periodistas, de su ineptitud,
de su mala fe, las cartas, las pruebas de apoyo, etc., etc. Será el fragmento
importante del libro (trabajo en él).
Enseguida
el libro. Cada ciudad será un capítulo. Luego, una alo-cución a los obreros, a
los vanidosos y a los inteligentes. Después, un llamado a los jóvenes
burgueses. La idea del periódico. Trazo allí la marcha que conviene seguir.
Allí será puesto el plan.
Indicaré
la manera de propagar, de profesar las ideas de la Unión Obrera. Al final daré
mi definición de las tres naturalezas. De esta manera el libro quedará muy
completo.
***
Título de
los capítulos
a) Prefacio.
b) Dedicatoria.
703
Flora
Tristán
I. París
la ciudad de los impulsos generosos.
De esta
ciudad, la metrópolis del mundo, partirá el rayo que debe derribar a la vieja
sociedad.
II.
Auxerre. La ciudad de los burgueses videntes.
Del alto
de ese peñasco se elevarán voces potentes para condenar a la burguesía.
III.
Avallon. Ciudad nula.
IV.
Dijon. La ciudad de los burgueses simpáticos.
V. Lyon.
La ciudad de los obreros inteligentes.
Del seno
de esta gran miseria ¡surgirá la organización verdadera, equitativa, fraternal
del mundo regenerado!
VI.
Saint-Étienne, la ciudad de los opresores.
De la
opresión nacerá la revuelta.
VII.
Roanne. Ciudad nula.
VIII.
Aviñón. La ciudad de los caballeros.
A pesar
de todo lo malo que son, rendirán grandes servicios.
IX.
Marsella. La ciudad del entusiasmo.
El pueblo
en su cólera ¡pasará por esta ciudad como el rayo! ¡Y los ejemplos de esta
justicia terrible aterrorizarán al mundo durante siglos!
X. Tolón.
La ciudad de la energía.
Esta
plaza de guerra, sus fuertes, sus cañones, sus soldados, todo eso será reducido
por un puñado de obreros.
XI.
Nîmes. La ciudad de los sacerdotes.
Allí, en
nombre de Aquel que murió en la cruz por la unión uni-versal, católicos y
protestantes se devorarán entre ellos ¡como bes-tias feroces!
XII.
Montpellier. La ciudad de los millonarios.
¡Su
Dioses es el dinero! ¡Allí la ciencia es un comercio! Allí el egoís-mo reina en
todo su horror.
XIII.
Béziers. Ciudad nula.
XIV.
Carcassonne. La ciudad pura y peligrosamente revolucionaria.
Allí el
valor, desprovisto de la inteligencia.
704
Notas de
Flora Tristán a El tour de Francia
XV.
Carcassonne. La ciudad pura y estúpidamente revolucionaria.
Allí los
hombres pelean con valor, pero sin inteligencia.
XVI.
Toulouse...
[El
manuscrito se detiene aquí].
705
París*
(4 de
febrero - 16 de abril de 1843)
Sobrecargada
de trabajo como estoy en este momento, no puedo más que lanzar algunas notas
–que más tarde me servirán para hacer la obra de la que ahora pongo el título.
En primer lugar, todas las cartas de obreros que están en orden en el mismo
paquete, luego gradual-mente los acontecimientos.
Mi
primera salida fue el 4 de febrero de 1843 a la casa del señor Gosset, padre de
los herreros.1 Yo debía encontrar allí una asamblea de herreros, pero esta no
se llevó a cabo, y encontré tan solo un grupo de herreros que me parecieron
hombres bastante razonables. Con-versé con dos o tres que son muy buenos. El
señor Gosset es bastante inteligente y espero mucho de él. La mujer no entiende
nada que no sean sus intereses pecuniarios.
* Extraído de Tristán, Flora (2006). I. París.
En Flora Tristán, El tour de Francia (1843-1844). Lima: Institut français
d’études andines / Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán / Fondo Editorial
UNMSM. [Trad. Yolanda Westphalen. Notas de Jules L. Puech. De la edición
póstuma Le Tour de France. Etat actuel de la classe ouvrière sous l’aspect
moral, intellectuel et matériel. París: Éditions Tête de Feuilles, 1973].
1 Jules Puech elaboró notas aclaratorias al
manuscrito de Flora Tristán. La primera de ellas nos da luces sobre las
motivaciones de la autora: “J. Gosset era el autor del Projet de régéneration
du compagnonnage (París, 1842). Flora Tristán cita este trabajo en su Union
Ouvrière (p. 11) y declara que la lectura que ella hizo de él, juntamente con
la del Livre du Compagnonage de Perdiguier y del folleto de Pierre Moreau Un
mot sur le Compagnonage, fue la causa de su apostolado. Estableció
correspondencia con Gosset en enero de 1843. Sobre Moreau y Gosset ver Le
Compagnonnage (Martin Saint-Léon, 1901). Sobre estas relaciones de Flora
Tristán con los militantes obreros, cf. nuestro estudio: La vie et l’oeuvre de
Flora Tristán, segunda parte, cap. II y tercera parte, cap. III”. [N. de la
primera Ed.].
707
Flora
Tristán
Agricol
Perdiguier2 vino para leer mi discurso a los obreros. No comprendió nada –la
palabra “actuar” y “unión universal de los obre-ros y obreras” no le
impresionaron. La única cosa que le emocionó fue mi tour por Francia:3 “¡Ah!,
exclamó, ¿usted también va a hacer un tour por Francia?”, y parecía celoso.
Luego de esta conferencia ya no me parecía tan bueno. Creo que es porque no
comprendió nada.
Hablemos
del comité de La Ruche.4 El manifiesto fue acepta-do por catorce balotas
blancas sobre quince, y, sin embargo, no
2 Agricol Perdiguier (1805-1875) fue uno de los
principales dirigentes del compag-nonnage (ver nota 10) y aparece mencionado
varias veces a lo largo del diario. Flora Tristán entró en contacto con él
antes de iniciar su gira por Francia y él le dio una car-ta para que contara
con el apoyo de los compagnons a la ciudad a la que llegara. Pese a este apoyo,
Flora fue siempre crítica de sus posiciones. Perdiguier era carpintero y luego
de su tour por Francia se recibió como Compagnon del Deber de la Libertad bajo
el nombre de Aviñonés el virtuoso. En 1839, publicó el Libro del Compagnonnage;
publi-cación que trataba sobre el asunto de los principios de la asociación de
los artesanos y obreros y que sumada a otras le valieron a su autor la
persecución. En 1848, fue elegido representante del pueblo por París y fue
reelecto para el Legislativo. Ocupó un escaño como diputado obrero y votó
consistentemente por la izquierda radical. Luego del golpe de Estado del 2 de
diciembre de 1851 se exilió en Bélgica, pero casi inmedia-tamente pasó a Suiza
donde escribió el libro Memorias de un Compagnon. Regresó a Francia en 1855 y
se sumó a favor del Imperio. Continuó escribiendo y publicando sobre el
compagnonnage hasta su muerte en 1875. George Sand escribió en honor suyo una
novela titulada El Compagnon del Tour de Francia (1840). Agricol Perdiguier fue
co-nocido también como Avignonnais-la-Vertu, pues era costumbre entre los
compagnons ponerse seudónimos cuya primera parte señalaba su lugar de origen, y
la segunda, una virtud con la que se lo identificaba [N. de la T.].
3 El tour de Francia era una práctica realizada
por los miembros del compagnon-nage. Durante cinco a siete años el itinerante
viajaba alrededor de Francia siguiendo el curso de las manecillas del reloj, en
lo que constituía un viaje de aprendizaje del oficio y de iniciación. La ruta
que normalmente seguían era: Sens, Auxerre, Dijon, Chalon-sur-Saône, Lyon,
Vienne, Saint Étienne, Valence, Aviñón, Marsella, Nîmes, Montpellier, Béziers,
Carcassonne, Toulouse, Agen, Burdeos, Saintes, Rochefort, el valle de Loira y
París. Flora Tristán se apropia del término para referirse a su gira de
formación de la Unión Obrera y sigue exactamente la misma ruta. Si no llega a
terminar su itinerario es porque fallece antes de concluirla. Agricol
Perdiguier se emociona por la propuesta de Flora Tristán de hacer una gira como
la de los miem-bros del compagnonnage. [N. de la T.].
4 Se alude aquí a La Ruche Populaire [La
colmena popular], comunidad de ayuda mu-tua que agrupa a obreros de diferentes
perspectivas y edita un periódico obrero redac-tado y publicado por ellos
mismos bajo la dirección de Vinçard (1839-1849). Vinçard y Vanostal lo fundaron
y Cécile Dufour fue subdirectora de este. Flora Tristán se reúne con ellos en
enero o febrero de 1843 para presentarles sus propuestas. [N. de la T.].
708
París
comprendieron
mucho más que Perdiguier, ni la palabra “actuar”, ni la palabra “unión”.
Las
cartas de Rosenfeld están ahí para probarlo. Hay que poner aquí las cartas y
hablar de la que yo le escribí. Hablar de Vinçard, el águila de la tropa, que
no se muestra más inteligente que los demás, y de toda la extrañeza de su
conducta. Primero delicado, cálido; luego frío, silencioso, en retirada,
dejando de venir a mi casa cuando lo in-vito a informarse sobre mi trabajo
–¿quién ha podido operar en él un cambio tan súbito? Investigo para saberlo.
***
Ayer 13
de febrero. A las 8 de la noche, llego con Evrat y el señor Rosenfeld al comité
convocado extraordinariamente para la lectura de mis dos capítulos.5 El comité
se encuentra en la calle Jean Aubert,
5 En una de sus notas al Manuscrito en francés,
Jules Puech dice: “El doctor Évrat fue uno de los amigos más fieles de Flora
Tristán. Médico alienista en el asilo de Saint Robert, deseaba ardientemente
socorrer a la humanidad. Sus cartas inéditas revelan un alma altamente
idealista. Dejó algunos trabajos técnicos sobre el tratamiento de las
enfermedades mentales. Cuando Owen vino a París en 1838, el doctor Évrat fue
uno de los numerosos intérpretes que le permitieron discutir con los franceses
las cuestiones de filosofía y de economía social (cf. Reybaud, [1841] 1848, p.
27, t. 1). Se puede presumir que fue a través de Évrat que Flora Tristán
conoció a Owen” (De aquí en adelante, la traducción de las citas de J. Puech es
también de Y. W.). Flora Tristán se refiere a él con frecuencia en su libro
Promenades dans Londres, pero casi no lo men-ciona en este texto. Robert Owen
(1771-1851) fue un industrial, filósofo y sociólogo, fun-dador del socialismo y
del cooperativismo inglés, y un notable director e inspirador del movimiento
sindical obrero. Fue un interlocutor importante en el movimiento de ideas
socialistas con las que ella debate. Uno de sus principales postulados fue que
el “carácter” del hombre (es decir, su forma de conducta y escala de valores)
depende de las condiciones que lo rodean. Partiendo de esta opinión, Owen acusó
al sistema industrial de formar malos caracteres, dada su lucha por la
competencia individual y la ambición. La importancia que le daba al medio lo
llevó a trabajar por la educación popular y por la reforma de las fábricas y la
organización social del trabajo. Presentó inicialmente una propuesta para la
creación de “aldeas de cooperación”, como forma de que los desempleados
pudieran ganarse la vida, pero luego vio dicho plan como manera de organizar
tanto la producción agrícola como la industrial y como un lla-mamiento para el
cambio completo del orden social y económico existente. En la se-gunda mitad de
la década de 1820 la doctrina de Owen fue reinterpretada por los
709
Flora
Tristán
una
callejuela sucia y enlodada en la calle Saint-Martin, en una vieja casucha en
ruinas con un acceso largo, negro y una escalera peligro-sa al cuarto piso.
Entramos en una habitación bastante limpia, en la que ya había una veintena de
personas. Reina un gran silencio. Nadie se me acerca, ni siquiera Vinçard que
me conoce y que por con-siguiente debería haber venido a mí para disculparse de
no haber acudido a mi invitación para hablar de mi trabajo. Nada. Me hacen
esperar, a mí que he anunciado que traería la salvación de la clase obrera.
Todos no vienen. Solamente doce y una decena de mujeres. Durante esta media
hora de espera, examino todos los rostros: son fríos, secos, desprovistos de
elevación, de inteligencia; en cambio, leo en ellos los caracteres de la
vanidad, de la arrogancia, de la terque-dad, aunque aunada a una muy grande
movilidad de ideas. Estudio a Vinçard cuya fisonomía usualmente tiene fineza,
espíritu –estaba serio, preocupado, y a pesar de que se encontraba situado
lejos de mí, yo sentía que había algo irritante entre él y yo. Finalmente,
comenzó la sesión; Evrat no leyó tan bien como tiene costumbre de hacerlo, lo
que me contrarió mucho. Durante toda la lectura del primer capítulo reinó un
absoluto silencio y una atención muy constante. No hubo una sola interrupción.
Fue cuando se leyó el pasaje de la Gazette des Tribunaux, en que el abogado del
Rey dice: que un albañil, un zapate-ro, un labrador no son hombres. Se elevó un
murmullo de sorpresa y de indignación. He aquí el efecto de la declaración de
los derechos del hombre de 1791.6
Cuando se
terminó la lectura del capítulo, todos dijeron sin en-tusiasmo que era muy
bello. Vinçard pidió la palabra. “Señora Flora, dijo, ¡su trabajo es muy bello!
Contiene ideas geniales, pero no se en-cuentran más que en el estado de la
utopía, porque usted no indica cómo podremos unirnos. Y todo radica ahí”. Mi
sorpresa fue grande
dirigentes
de los sindicatos obreros, buscando reorientar dicho movimiento por el camino
del socialismo cooperativista. [N. de la T.].
6 Se refiere a la primera Constitución de la
revolución francesa, aprobada ese año. Esta se erige sobre la base de la
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789. [N. de la
primera Ed.].
710
París
al
escuchar hablar así al águila de la tropa. Yo estuve durante toda la noche muy
contenta conmigo misma, lo que no me sucede a menu-do, estuve franca, ardiente,
firme y no obstante llena de calma y mo-deración. No había creído que sería
capaz de hablar así en una asam-blea pública, lo que me dio esperanzas.
“Vinçard, le repliqué, usted se equivoca. No ha comprendido usted, entonces, lo
que es esencial en el capítulo que se acaba de leer: la Ley”. “Pero qué importa
la ley si uno no la puede realizar”. Y nos hizo al respecto uno de los largos
discursos más estúpidos. Fui mala, justo lo que se necesitaba, no más. Cuando
vi que el auditorio estaba bien convencido de que Vinçard decía absurdidades,
lo interrumpí: “¡La ley!, pero observe, entonces, Vinçard, que todo radica ahí,
en la ley. Antes de pasar a la realización, es necesario formular la ley. El
catolicismo no se estableció definiti - vamente más que en el siglo VI y desde
hace 600 años Cristo había formulado la ley. La constitución de la clase
burguesa no se estable-ció más que en 1789 y la ley había sido formulada desde
los primeros Estados Generales. Yo les traigo la ley, en cuanto a su
realización Dio-ses proclamará su hora”.7
Todo el
mundo estuvo de acuerdo conmigo. Detrás de mí estaban tres hombres que no
peroraban, pero que captaron de inmediato mi idea. Todos estaban tan
sorprendidos como yo de la controversia es-túpida de Vinçard. Esto me confirma
lo que yo había sentido ante-riormente, que él estaba contra mí. Por lo demás
esta discusión sir-vió, porque les hizo comprender la ley que yo venía a traer.
Fuimos al voto. De doce balotas: once blancas, una negra, probablemente de
Vinçard. Luego de esta discusión observé que el sobrino de Vinçard también
estaba contra mí: me lanzaba unas miradas terribles.
7 Éléonore Blanc explicó la simbología divina
utilizada por Flora Tristán en una car-ta dirigida a Cantagrel: “[...] el
triángulo es la imagen de Dios [para Flora] y ella tenía un sello que lo
representaba. Su papel membretado llevaba también ese signo reli-gioso. Pero en
su sello y en su papel el triángulo estaba trazado simplemente y solo tenía
estas inscripciones: ‘padre, madre, embrión’ (una palabra sobre cada lado del
triángulo), Dioses al centro”. [N. de la primera Ed.].
711
Flora
Tristán
Leímos el
capítulo de las mujeres. Fue escuchado con menos aten-ción que el otro, tal
como se esperaba. El auditorio estaba fatigado, además, ese capítulo decía poco
comparándolo con el otro. Cuando se acabó, Vinçard pidió nuevamente la palabra.
En esta oportunidad divagó completamente. Dijo que se oponía a la inserción de
este ca-pítulo porque en él se afirmaba que la clase obrera iba a las tabernas,
lo que iba a renovar los ataques que la clase burguesa hacía contra la clase
obrera. Por más que le hice notar que yo solo hablaba de los ma-ridos, que la
cuestión de las tabernas no estaba en discusión, que sur-gía del asunto
tratado. Imposible, no quería comprender nada. Nue-vamente, todos estuvieron de
mi parte y desaprobaron lo que dijo. Tan solo uno, el carpintero Roly pidió la
palabra y dijo, con la emo-ción de la cólera, que él se oponía fuertemente a su
inserción porque en él se insultaba a los obreros y a las obreras. Discutí con
él y con-fesó que los obreros iban a las tabernas, pero señaló: “Entre nosotros
podemos confesar nuestros defectos, pero no debemos permitir que vengan
extraños a amonestarnos; por el contrario, debemos ocultar dichos defectos a
los ojos de los burgueses y no debemos imprimir en un periódico de obreros y
redactado por obreros las duras y aterra-doras verdades que la señora Flora ha
venido a enrostrarnos”. “Así, señor, usted desea que yo les cure sin ver las
llagas”. “Sí, señora”. Las opiniones se dividieron, muchos opinaron a favor de
él, otros, la ma-yoría, se oponían a lo que planteaba fuertemente. Vinçard,
otros dos más y la señorita Cécile Dufour8 dijeron que yo había maltratado a
las mujeres del pueblo, que ellas no eran tan brutales, que eran tier-nas con
sus niños y otros sentimentalismos. Una dama muy gansa tomó la palabra para
decir que yo humillaba a las mujeres, pidiendo para ellas derechos cuando ellas
gozaban de derechos divinos. Esta
8 Jules Puech aclara que: “Cécile Dufour era
vicesecretaria de La Ruche populaire, don-de la presencia de una mujer en ese
puesto había sido juzgada singular, incluso por un periódico tan de avanzada
como Le Globe. A eso Vinçard replicaba: ‘Qué hay entonces de singular en los
obreros que aprecian lo suficiente los sentimientos de dignidad y de respeto
que ellos deben a las mujeres, sus madres, sus esposas o sus hermanas, para
manifestarlo y dar un ejemplo moral honrándose con el patrocinio de una de
ellas […]’ (La Ruche populaire, octubre de 1841, p. 5)”.
712
París
pobre
dama era tan inepta que no pudo continuar. Toda la discusión fue muy acalorada.
El resultado de la votación fue de nueve balotas blancas contra tres negras. No
es a los derechos de las mujeres que hay que atribuir estos tres votos negros,
sino únicamente a las taber-nas, etc., etc. Cuando ya me iba, una dama vino a
decirme que a ella le parecía que yo no había pedido lo suficiente para la
mujer. Intercam-bié algunas palabras con ella, que prueban que era muy
avanzada.
Un
cajista, con ropa muy sucia, me hizo dos o tres valiosas obser-vaciones que
demostraban que había seguido la lectura de mi traba-jo con atención. Los tres
hombres que estaban sentados detrás de mí poseían un gran sentido común.
Salí de
allí a las 11:30 con los pies muertos de frío, con bastante sed, porque había
hablado mucho, y apenada por la conducta de Vinçard, que era con quien más
contaba y me había fallado. ¡Oh! Sin el amor que tengo en mí me sería imposible
proseguir esta tarea. Cuántos dolores y decepciones me deparan; sin embargo, no
estoy ilusionada con ellos, los veo tal y como son y es eso justamente lo que
me arranca las lágrimas. No importa que yo sienta que dentro de tres meses no
sufriré más, es a los principios a lo que yo me debo y no a los individuos. Los
individuos no son inteligentes, son vanidosos, estúpi-dos, ignorantes,
arrogantes, en fin... tienen todos los defectos y vicios de la ignorancia, pero
qué importa la repugnancia que provocan, es necesario considerarlos como el
abono que servirá para fertilizar a la joven generación obrera. Solamente si
quisiéramos encontrar un hombre para defender a esas personas, sería necesario
darle al me-nos 500 mil francos ¡y desde luego no les robará! El señor
Rosenfeld me es muy valioso, no es obrero y vive entre ellos, de manera que yo
me dirijo a él como burgués y él me informa de todo lo que hacen los obreros.
Dioses es tan bueno conmigo, me envía siempre fieles servidores.9
***
9 Para “Dioses” ver nota 8. [N. de la primera
Ed.].
713
Flora
Tristán
Este 15
de febrero recibí en la noche una carta de Jules [Laure] sobre el libro, que es
realmente curiosa. Es imposible llevar más lejos la arro-gancia. Me indica lo
que yo debería haber hecho. Es inconcebible, no lo creía tan idiota, tan
mediocre, ¡no ha comprendido una palabra, una sola palabra de las treinta
páginas que ha copiado! Piensa que yo quiero reunir todas las sociedades de
compagnonnage10 en una sola. Hay instantes en el que estaría tentada de creer
que este muchacho no tiene uso de razón. ¡Qué desgracia ser así!
***
28 de
febrero. Jules [Laure] me escribió dos cartas más que superan todo lo que uno
puede imaginar. Esas cartas de obreros ¡colección preciosa! Es más idiota que
cualquier obrero ¡y no es poco decir!
Vinçard
me escribió tres cartas que me serán muy valiosas. Ahora conozco al hombre –ni
la menor inteligencia, un verdadero cordero sansimoniano. Le hace falta un jefe
que lo patee y a quien él adore. Le es necesario también ser adorado por los
estúpidos que están debajo de él, ¡es lamentable! El señor Rosenfeld comienza a
comprender mi
10 A lo largo de todo el libro se alude al
compagnonnage y a los compagnons. La traducción literal de compagnons, debería
ser compañeros, pero dado que se trata de una institución de artesanos y
obreros franceses, que en dicha época no existió fuera de Francia, se con-serva
el término en el idioma original. Se denomina Compagnonnage a una institución
de formación profesional que tenía como particularidad la obligación de los
jóvenes apren-dices de viajar durante varios años, a fin de enriquecer sus
conocimientos profesionales y humanos, viaje de iniciación que debía culminar
en una obra de arte. Es lo que los miem-bros del compagnonnage llaman el tour
de Francia. No se conoce su origen histórico, pero todas las leyendas sitúan el
origen simbólico de la asociación a partir de la construcción del Templo de
Jerusalén. Probablemente surgieron a partir de las cofradías de los siglos XII
y XIII de los obreros de construcción que realizaban una obra común, viajando
como grupo de una construcción a otra. Hauser menciona las gildas y otro tipo
de vínculos a partir de la construcción de las catedrales góticas como el
origen de dichos gremios. Se trata de corporaciones diferentes a las oficiales
cuya primera regla era establecer una alianza entre el Trabajo y el Deber. Las
asociaciones de compagnons eran corporaciones de artesanos y posteriormente de
proletarios y semiproletarios, que existieron inicialmente de forma clandestina
porque eran ilícitas y estaban prohibidas. En ellas se establecía un vínculo
en-tre artesanos de diferentes oficios que se reunían en federaciones ocultas,
generalmente enemigas de la corporación pública. [N. de la T.].
714
París
idea de
la constitución de la clase obrera. Pero le será necesario todavía dos meses
para captarla bien. No sé si era para estafarme, pero vino a decirme que no
tenía dinero y no sabía cómo hacer para imprimirlo. Yo solo le dije simplemente
que, si no podía hacerlo imprimir, como su for-mato no me convenía, iría a
hacerlo a otro lugar. Entonces dijo que en-contraría el dinero. Le prometí que
le daría 30 FF [francos franceses] por los 200 que me entregará. ¡Qué tal
fastidio hacer la menor cosa con esta gente! Es la primera, pero será la última
vez que me saque dinero.
Recibí
una carta de Poncy de Tolón. Es una obra de arte de la di-plomacia. ¡Curiosa!
No tengo
tiempo para solamente escribir este diario, tengo tantos asuntos. Mi trabajo,
estas cartas y respuestas a los obreros, las com-pras, etc. ¡Qué vida!
***
2 de
marzo. Regresé ayer al comité para leer mi plan. ¡Esto es el colmo! Se leyó la
primera parte, la organización material de la Unión, luego nos detuvimos para
discutirla. La misma estupidez que la primera vez, ¡peor todavía! Vinçard
pretende que mi plan es malo. Esa gen-te nunca dice por qué. Afirmaciones
engañosas son todo lo que se puede obtener. “Nunca, dijo, los obreros darán 2
FF al año. Promete-rán, inscribirán sus nombres, pero cuando se trate de pagar,
no pa-garán”. He aquí que el hombre que se molestó el otro día porque dije que
los obreros van a la taberna, se pone a decir horrores de la clase obrera. “Es
necesario, dice, que se obligue a los patrones a retener los 2 FF”. Me mato por
hacerle comprender que un patrón no tiene el derecho de retener ni siquiera un
medio11 a su obrero, que para ello
11 Un sous, por su forma coloquial y por el monto
que expresa equivale a una perra, moneda española de cobre o aluminio que puede
valer cinco céntimos de peseta (una perra chica) o diez céntimos de peseta
(perra grande). La moneda equivalente en el Perú y otros países
latinoamericanos es el medio o moneda de cinco céntimos. Se opta por la
alternativa de medio porque es la que coincide en el monto de las sumas del
texto y por la difusión de dicha moneda en el ámbito latinoamericano. [N. de la
T.].
715
Flora
Tristán
sería
necesaria una ley. Habla largamente hasta acá con la pacien-cia de un santo y
no comprende nada. Unos hablan del derecho al trabajo sin comprender lo que es,
y los otros de la organización con la misma ignorancia. Nadie comprende, nadie
está en el asunto, ¡es lamentable! ¡Exasperante hasta la estupefacción! Solo
uno, el cajista Vannostal, comprende y dice buenas cosas. Le hago cumplidos,
en-tonces los otros caen sobre él. Durante dos horas y media que dura la
discusión, reina la misma falla de inteligencia, es indescriptible la tontería,
la fatuidad, la sequedad, la mala voluntad, la vanidad, si no lo hubiera visto
dos veces seguidas no hubiera creído jamás que se pudiera llegar a ese punto.
¡Oh! Comprendo ahora por qué la cla-se obrera no tiene defensores, hombres que
le sean abnegados. Es realmente la estupidez de los obreros la que es capaz de
provocar el rechazo, de enfriar, de disgustar al alma más ardiente. Para
encon-trarse en compañía de esta gente es necesario armarse de una coraza por
todas partes. Unos son tontos, los otros groseros, insolentes, los otros bobos,
había un buen orador que me hacía cumplidos sobre mi talento. A pesar de mi
idea preconcebida de soportar todo en silen-cio, estuve obligada a
interrumpirlo bastante bruscamente. Enton-ces, un enemigo. Decididamente no es
soportable. No deseo regresar más. Mi posición allí es demasiado penosa para mi
carácter –franco y arrebatado. Estoy obligada a callarme, a parecer
frecuentemente que no sé responder a las objeciones a fin de no tener que
ponerme en el caso de probar a esas pobres gentes que son unos imbéciles, de
hacerles ver que después de cuatro semanas que discuten sobre mi idea, no la
han comprendido todavía. No puedo disimulármelo más, para ellos no ha llegado
todavía el tiempo de actuar, dado que no comprenden incluso su posición. A
fuerza de repetir que yo quería constituir la clase obrera, Vinçard terminó por
comprender un poco, creo que está en el camino. Imposible constituir nada con
esas per-sonas. Veré a los otros [propuestos por] Agricol, Gosset, etc. –si son
también tontos, renunciaré y no me ocuparé más que de sembrar las ideas. Puede
ser que sea necesario que permanezcan todavía una veintena de años en el estado
apostólico.
716
París
Salí de
allí a medianoche porque si bien hablan mal, además ha-blan mucho. Estaba
embotada. Nadie en el mundo tendrá el coraje de vivir con seres tan poco
inteligentes. Lo que es penoso de observar es que esos infelices se creen
superiores y se engañan completamente sobre su estado [... ilegible...] es lo
que los hace débiles y los pierde. An-tes de 1789 el pueblo era menos tonto
porque el catolicismo reinaba y esta religión, por más mala que fuera, rendía
grandes servicios, por la confesión, los actos de contrición, los sermones y el
tono que pre-dominaba, entonces los individuos sabían conocerse, darse
fuetazos, humillarse y resultaba, de esta manera de vivir, que el pueblo era
menos ignorante y arrogante.
Además
[...ilegible...] que yo acabo de tener con los obreros, me ha enseñado mucho.
Veo que es una locura querer discutir sus intereses con ellos, se debe
presentarles la ley que deberá salvarlos completa-mente hecha ¡buena lección!
El señor
Rosenfeld sale de aquí. Venía para leer el libro del señor Enfantin.12 Ese
muchacho tiene una cabeza y una inteligencia tan débiles que al cabo de una
hora estaba cansado y ya no podía conti-nuar. Me dijo que tenía que hacer unas
compras. Estoy segura de que es un pretexto. Me dijo también una sarta de
tonterías sobre la nece-sidad de regimentar a los obreros. Finalmente, terminó
por confesar-me que no estaba muy seguro de lo que quería ¡Es desesperante!
Así, en ese comité de La Ruche, vi a una veintena de individuos, hombres
12 A la muerte de Saint-Simon, el movimiento
sansimoniano pasó a la dirección de sus seguidores. Dentro del movimiento
sansimoniano, las ideas de Barthélemy Prosper Enfantin (1796-1864) tienen un
carácter moralizante y religioso. Él fue el prin-cipal responsable de la
transformación de un movimiento de reforma social en una nueva religión
destinada a realizar la misión que la Iglesia católica habría desem-peñado en
la Edad Media. Así, los sansimonianos procedieron a organizarse en una Iglesia,
con una jerarquía: el Padre, los Apóstoles, los sacerdotes y los fieles, y de
esta-blecer una liturgia, con himnos y ceremonial nuevos. De acuerdo con su
principio de la igualdad de los sexos esperaban la llegada de una “Madre”,
suerte de Mujer-Mesías, que se uniría con el “Padre”. Enfantin fundó la revista
Producteur que se convirtió en la tribuna del movimiento sansimoniano. Basados
en sus escritos los sansimonianos fueron acusados de atacar la propiedad (por
su oposición a la herencia), de defender el amor libre (por su rechazo al
matrimonio cristiano) y de ser conspiradores políticos inclinados a derrocar al
gobierno. [N. de la T.].
717
Flora
Tristán
y
mujeres, y en esa cantidad no hay uno que comprenda lo que digo; ni uno sobre
veinte. ¡Eh... bueno! Se puede todavía caminar con eso.
Pasemos
ahora a otros hombres. Escribí hace 15 días al señor Le-neveux, director de
L’Atelier,13 para decirle que iba a leer en su comité un trabajo que interesaba
vivamente a la clase obrera y que le rogaba que pidiera a esos señores si
querían recibirme para escuchar esta conferencia, a fin de colocar un fragmento
de dicha presentación en su hoja. Si los obreros tuvieran realmente amor por su
causa habrían debido estar curiosos por conocer el trabajo que les anunciaba.
¡Vaya uno a creerlo! Ni siquiera respondieron a mi carta, como lo prescri-bía
la simple regla de cortesía. Y estos pasan por ser más inteligentes que los de
La Ruche. Si yo debo juzgarlos por la muestra, ellos debe-rían ser sociables.
Y bien,
lector, después de tanto descontento, ¿debe uno desespe-rar? No, porque los
principios son buenos y es a los principios a los que hay que servir. La clase
más numerosa es la más útil.
Ya no me
asombra si el señor Constant con su egoísmo, estaba molesto por haber quedado
atrapado en tal nido de avispas. Además, como él los ha abandonado bien rápido,
es necesario que yo haga conocer la verdad de todo esto; solo quedo yo para
escribir este libro.
Me
olvido. (Ayer en el comité) encontraron tan loco e irrealizable mi plan que no
quisieron ponerlo a voto. Les he propuesto volver a hacerlo y han aceptado.
Vamos a verlos en la obra.
***
Este 15
de marzo. He aprendido tantas cosas después de vivir quince días con estos
obreros. ¡Son horrorosos vistos de cerca! Procedamos en orden, respecto de
Vinçard, no lo he vuelto a ver, y no respondió a mi carta en la que le pedía su
opinión sobre el libro del padre Enfantin y él, la autoridad, le dijo a
Rosenfeld “que esas cosas no se escribían”.
13 L’Atelier [El Taller], periódico sansimoniano,
publicado entre los años 1840-1850. [N. de la T.].
718
París
El
carácter general de los obreros es de una diplomacia que deja a los Taillerand
(sic) cien pasos atrás. Le propuse rehacer mi plan, plan que debe organizar a
la clase obrera, es decir que se trata de su inte-rés personal. No importa,
sobre esto como sobre cualquier otra cosa permanecen inertes. Ahora Rosenfeld.
Adquirí hoy la convicción de que quería estafarme. ¡Pero qué falta de
delicadeza! Pretende que no es más que una ligereza y yo pongo cara de
creerle... porque quiero ir hasta el final. ¡Qué penoso estudio! Tenemos
entonces a Rosenfeld que no tenía dinero, que sabía muy bien que no lo tendría
y que, no obstante, hace que se impriman publicaciones por 130 FF, que toma mi
trabajo, mis 30 FF de papel y me deja ahí esperándolo, cuando sabe que tengo los
brazos atados, que no puedo nada sin la impresión de esta primera parte, que la
espero para iniciar mi tour por Francia, que este atraso puede comprometer la
realización de la idea. ¡Qué le importa! Perezca la clase obrera de la que él
es parte, siempre y cuan-do pueda robarme los 130 FF. Uno no lo creería si no
lo viera, y estos gallardos no quieren pagar un salario a un defensor. ¡Oh!
Entonces que se hagan hacer uno expresamente, porque yo les respondo que no
encontrarán uno sobre el globo que quiera y pueda servirles. Fui esta mañana a
la casa del señor Rosenfeld y le hablé un poco duro. En su caso, bajo la
apariencia afectada de una gran franqueza, de una extrema ligereza, encontré el
mismo carácter de diplomacia. Es curioso de observar. Habla mucho de honor, de
probidad, me ha dado su palabra para el lunes –veremos si la mantiene. Si no da
el dinero el lunes y ese impresor no quiere tirar las hojas, no sé qué va a
pasar. En fin, Dioses es grande y si él permite este retraso, pro - bablemente
tiene sus designios. Pero qué advertencia. Quiero que me cuelguen si alguna vez
confío en estos obreros antes de tener el dinero en el bolsillo.
Sin
embargo, todo esto no me hace perder el valor. Una vez orga-nizados me darán su
cotización como ahora pagan sus impuestos, sus cotizaciones a la sociedad,
etc., etc., lo difícil es organizarlos. Para remecerlos se necesita una mano de
hierro. El señor Lamartine se rompería como un vidrio.
719
Flora
Tristán
Todo esto
me provoca tal impaciencia que estoy enferma, sin em-bargo, reconozco que gano
mucho, porque aprendo tantas cosas que no sabría si no fuera por todos estos
atrasos y contrariedades. Pero he ahí, soy muy ambiciosa, quiero todo de golpe
y eso no se puede.
Vi el
domingo a otros dos obreros nuevos de la sociedad de la Unión. Uno me parece
muy bueno, el señor Achille François, solda-dor. Hay que seguir a este joven.
Tiene firmeza, buena voluntad y no es presuntuoso, lo que es bastante raro.
Ayer en
la noche vino a verme Vannostal; es ciertamente el más avanzado del comité en
lo que respecta a la igualdad absoluta del hombre y de la mujer, pero fuera de
esto, uno encuentra en él ideas sansimonianas que son absurdas. Me había
llevado un artículo titu-lado: “Medios de terminar la crisis social”. Ese
título caracteriza la presunción natural de esa clase. He ahí, lanzan desde lo
alto de sus desvanes, cataclismos sobre la sociedad, absolutamente como Dioses
podría lanzarlos sobre el planeta. El medio que proponen para termi-nar la
crisis social es el mismo que el Padre. Proponen regimentar a los obreros, pero
la forma de la que se sirve para efectuar su sistema es realmente graciosa (hay
que ver el susodicho número –voy a po-nerlo con las cartas como pieza curiosa).
Percibo en la realidad que los sansimonianos son mucho más imposibles que los
fourieristas –comunistas y otros–; la manía de ellos es la autoridad; es una
espe-cie de grande y sublime abstracción que no tiene ni cuerpo ni alma. Nunca
dan la menor definición de ella, de la misma manera que no se sabe de dónde
parte ni adónde va ese fantasma gigante. Luego, para hacer incluso más cómico
el asunto, esta gran autoridad no tie-ne nunca, cerca de ella y a su
disposición, ningún medio coercitivo. Este gran fantasma se erige como jefe,
ordena obediencia, moviliza a cada individuo según sus capacidades (y juzga
dichas capacidades) y todo eso se hace en virtud de no se sabe qué principio, y
lo que es más bonito es que la autoridad no supone ni por un instante que se
podrá no obedecerle... no aceptar su clasificación. De verdad, ¡si no fuera
estúpido, sería cómico! Cuando veo idioteces parecidas encarnadas en el
espíritu de una masa de individuos, no puedo expresar el terror
720
París
del que
me siento presa. ¡Cómo! ¿Para hacer una secta es suficiente, entonces, que un
hombre loco o hipócrita se presente frente a la mul-titud con una cierta
seguridad, profiera palabras bonitas, diga bro-mas para hacer reír a las buenas
señoras, para que esta masa imbécil acepte sus absurdidades sin examen? ¡Qué
cosa sorprendente! Y de-cir que hechos parecidos se han repetido todo el
tiempo. Es Moisés rodeado de sus leprosos diciendo con seguridad y énfasis que
Dio-ses había creado el mundo para ellos, pequeño pueblo de leprosos. Y ellos,
creerse el pueblo elegido de Dioses. Son los sacerdotes de Jesús diciendo a los
esclavos: “paguen el diezmo al César, dejen sus cuerpos cargados de cadenas de
la esclavitud, liberen sus almas y dejen pe-recer el resto”. Si uno no creyera
en Dioses no querría vivir frente a absurdidades parecidas.
***
Sábado 18
de marzo. Decididamente, el impresor declaró que él no hará el tiraje, que no
se le ha dado 100 FF. El señor Rosenfeld me ha dado su palabra de honor que él
los entregará el lunes –siento cu-riosidad de saber si mantendrá la palabra
dada. Lo dudo. Le he es-crito hoy una carta sobre su ligereza, pero me propongo
escribirle una de verdad, tan pronto el incidente quede terminado. Mi misión
hela ahí: es la de decir la verdad a los obreros sobre sus defectos, sus vicios
y decirle esto desde el punto de vista de una idea religiosa alta y
humanitaria. Es lo que no se ha hecho hasta la fecha, y es, sin em-bargo, el
asunto esencial. De un lado uno los rebaja, los injuria, los calumnia; de otro,
los adula, los alaba, los exalta. Lo uno y lo otro es malo. Es necesario
decirles la verdad. Pero para eso se debe conocer-los bien y los que hablan de
ellos no los conocen. Para conocerlos es necesario establecer un contacto de
intereses con ellos –cuando digo interés, entiendo dinero, relación de
negocios, discusiones de opi-niones religiosas, políticas, etc., etc. En fin,
choque de orgullo, amor propio, vanidad. Es necesario hablar con ellos,
comunicarse sobre di-versos asuntos, verlos en distintas situaciones, calmados,
coléricos,
721
Flora
Tristán
contentos,
apenados, infelices, miserables y teniendo dinero en el bolsillo –qué digo, es
necesario estudiarlos en todas las posiciones de la vida. Es un gran estudio el
que emprendo, pero el resultado me compensará las penas.
Lo que
hay de horrible en el retraso que me causa la ligereza, la falta de
preocupación del señor Rosenfeld, es que el retraso quizá me impedirá hacer mi
tour por Francia este año. ¡Oh! Qué pena sentiría. ¡Y Dioses permite esto!
Permite que tanta buena voluntad, dedica-ción, actividad, queden ahí, en el
estado de inercia. ¡Es inconcebible!
Me
impaciento tanto con esta falta de actividad, sufro de tal ma-nera que desde
hace 10 días estoy enferma, hasta el punto de tener fiebre todas las noches.
Mis esfuerzos por calmarme son vanos. Bus-co distraerme por todos los medios
posibles, trabajar en otras ideas, pero no lo puedo hacer. Tal es mi naturaleza
cuando estoy bajo el impacto de una idea, ella se apodera de mí con tanta
violencia que reviste el carácter de idea fija, de la que nada me puede
desviar. Si estuviera ubicaba en otro medio y tuviera grandes preocupaciones,
tales como aquellas de las que siento necesidad, estoy segura de que escaparía
a esta tiranía. Pero en este medio incoherente y parcela-do en el que vivimos,
las naturalezas apasionadas, al no poder dar rienda suelta a sus pasiones, caen
indudablemente bajo el impacto de una idea. Felizmente que en mi caso estas se
suceden y que la una me refresca de la otra. Así, he estado todo el verano bajo
el impacto de la idea de mi diseño. Durante seis meses no he pensado más que en
eso. Me quemaba el cerebro. Luego, desde el instante en que la idea de la unión
universal de los obreros me vino, la otra me dejó descansar. ¿Qué voy a hacer
para esta impresión, si estos individuos no la imprimen? No sé nada, por Dios.
En fin, Dioses está ahí. Este pensamiento me calma un poco, sin embargo, siento
la fiebre que me continúa todavía esta noche. ¡Es horrible usar sus fuerzas
hasta sufrir sin poder impedirlo! Pero el tiempo que uno pasa sufriendo no está
perdido.
Ayer,
Jules [Laure] leyó una prueba de ese trabajo, y al leerla así, todo de corrido,
estuvo tan emocionado que lloró. Eso me agradó.
722
París
En cuanto
a Evrat, me parece que él se despreocupa mucho. No vino a leer el plan,
decididamente el pobre Evrat no puede elevarse a la altura de las ideas
humanitarias –no ve más allá de los individuos. Para rendir servicio a un
individuo acaba de viajar a Londres, arries-gar su salud, su clientela,
contrariar a su mujer, ¡no importa! Él se sentía obligado a servir a este
individuo. Pero si le digo que me ayu-de a rendir un servicio inmenso –de dar
la vida moral, intelectual y material a millones de individuos, a la
humanidad–, permanece frío porque no entiende.
En cuanto
a Kirwan, no le he dicho una sola palabra del trabajo, en primer lugar porque
no siento la necesidad de hablarle, y luego, porque sé que él no comprenderá. Y
porque en el estado de agota-miento y de embrutecimiento a la que lo han
reducido su posición miserable y el trabajo forzado que acaba de hacer para el
Ministerio de Comercio, el pobre hombre no es incluso capaz de leer mi libro.
He ahí las cosas de este mundo. Es ese mismo hombre el que pasa por haber hecho
mis libros. Una cosa muy remarcable, es producto del simple azar, lo que hice
de mayor importancia Kirwan nunca lo leyó siquiera impreso. Cuando pienso en la
falsedad de todo lo que se dice y lo que se cree, no me tomo la molestia de
escuchar lo que me cuen-tan. Se debe creer lo que uno ve, y visto con los ojos
de la inteligencia, porque los de la carne pueden engañar frecuentemente.
Estoy muy
contenta con Aline, ella comprende muy bien el alcan-ce de la idea, se ocupa de
ella, al menos en pensamiento y en pala-bras.14 Es todo lo que puede hacer por
el instante. De todos los que conocen la idea hasta el presente, ciertamente es
ella la que la com-prende mejor. Sin embargo, ella está lejos de satisfacerme,
lo que le falta es la fe, el amor, el entusiasmo, la dedicación, la actividad.
Com-prende la grandeza del plan, la belleza del pensamiento, pero ella no se
sacrificará, ni ella misma ni sus intereses, por hacerla triunfar. La falta de
fe, de amor, pone entre mi pobre hija y yo un muro de hierro.
14 Flora
se refiere aquí a su hija, Aline Chazal, madre del pintor Paul Gauguin. En 1843
ella era “obrera en modas”. [N. de la primera Ed.].
723
Flora
Tristán
Mientras
más crece, más grueso se hace el muro. Creo que ella lo siente, que sufre, pero
que no puede cambiar. Confíense entonces en los hijos para hacerse de amigos,
de discípulos, de sucesores. ¡Qué locura! En la abarrotería y la panadería sí,
pero en el orden intelectual, ¡absurdo!
***
22 de
marzo. Esta jornada ha sido una de las más penosas, de las más irritantes que
he tenido desde que me ocupo activamente de los obre-ros. Esta mañana, al
levantarme, recibí una carta de Vinçard en res-puesta al pedido de 25 FF que le
había hecho ayer a La Ruche como donativo (ver la carta). Toda la carta y la
negativa a darme los 25 FF prueban que no ha comprendido bien la idea, o si la
ha comprendido, es un miserable, de un egoísmo y una estupidez monstruosa. El
final de la carta llevó mi irritación al colmo. Yo querría que el
sentimenta-lismo estuviera en lo más recóndito del cabo de Hornos.15 Esta falta
de inteligencia de Vinçard es dolorosa para mí y terrible para el éxito de la
causa que yo sirvo. Si estos obreros son estúpidos hasta el punto de no
comprender lo que quiere decir constituir a la clase obrera. ¿Qué hacer? Esta
carta me ha causado un dolor tan grande que he estado aterrada todo el día. No
obstante, es necesario soportar todas estas desilusiones con calma y, al menos,
permanecer firme.
Envío a
Marie donde el impresor, contando cada día, a partir de la palabra empeñada
desde hace tres meses (sic), que el tiraje sería hecho. Marie me informa que no
se ha hecho nada. Aunque estaba enferma, sin soportar más, parto hacia la calle
Saint-Jacques. El se-ñor Schiller balbucea que había visto al señor Rosenfeld,
que el tiraje se había suspendido, etc., etc. Veo que él miente y me veo
obligada a contenerme para no tratarlo como se merece, porque qué es un
15 Flora Tristán tuvo una muy mala experiencia en
el cabo de Hornos. Para ello ver su libro Peregrinaciones de una paria (2003,
p. 140). De aquí en adelante, las referencias a Peregrinaciones...
corresponderán a la esta edición. [N. de la primera Ed.].
724
París
hombre
que tiene la cobardía de faltar a la palabra empeñada tres veces seguidas, no
puede ser más que un canalla malvado. El esfuer-zo que hice para no dejarme
llevar me había irritado los nervios de tal manera que sufría horriblemente. Me
hubiera gustado poder dar una vuelta de inmediato y correr no importa a dónde,
pero la falta de dinero me prohíbe ese alivio. Entonces, elijo otro camino;
quiero cansar a mi cuerpo más allá del límite a fin de calmar mi espíritu. Al
salir del impresor voy a la casa de la señora Legrand queriendo hablar del abad
Constant, pero al llegar al Jardín de las Plantas me dicen que ya no saben
dónde se encuentra. Extenuada de cansancio y de sed, entro a la casa de la
señora Roland, esperando también en-contrar un calmante a la vista de
sufrimientos que me parecen peo-res a los míos. La pobre mujer me habla de
todos sus pesares, y fren-te al cuadro de sus sufrimientos causados por algunos
individuos y soportados por otros, me siento aliviada. ¡Al menos si yo sufro es
por algo grande! Yo [...ilegible...] con la humanidad. ¡Y bien! He aquí quién
es digno de la potencia que siento en mi ser.
Salgo de
la casa de esta mujer bendiciendo a Dioses por la suerte que me ha deparado.
Como
ahora ya no tiene palabra para nada, yo esperaba al señor Rosenfeld a las 6 y
llegó a las 5. Lamento mucho no haber podido ver-lo porque quería presionarlo
para que hablara con el comité esta no-che. Luego de la cena respondí a Vinçard
una carta de cuatro grandes páginas y de buena tinta. Es de esta manera que es
necesario hablar-le. Vamos a ver qué responde. En fin, ya es medianoche y me
acuesto con fiebre, triste y adolorida por todas partes, en el corazón, en el
alma, en el cuerpo. Mi Dioses, mi Dioses, ¿no quieres entonces que un ser lleno
de amor y de poderío haga el bien? ¡Qué cruel pensamiento! ¡La idea me quema!
No
importa, no me doblegaré, no, permaneceré firme. Y ni la es-tupidez, ni el
egoísmo, ni la maldad me harán retroceder. ¡Veremos!
***
725
Flora
Tristán
Jueves 23
de marzo, las 2. Esta mañana me levanté con la idea de ir a la casa de Béranger
para pedirle si quería componer una canción para ponerla al inicio de mi obra.
El canto sería titulado “La Unión”. Aunque muy débil, porque no pude dormir
toda la noche, subo al ómnibus y llego a Passy.
Por la
celebridad que ha adquirido este hombre, bien vale la pena que una haga la
descripción de su casa y de su persona. Es la calle... Nº 15. Toco la puerta.
Me abre una sirvienta, una joven campesina de 150 FF de remuneración. “¿El
señor Béranger se en-cuentra en casa?” “Sí señora”. Y sin decirme nada más,
ella avanza delante de mí y me hace subir una pequeña escalera. Llegada al
se-gundo piso se presenta en el descanso una dama de edad, ataviada con un
gorro enorme y muy rococó, con un borde rojo que hace juego con el resto de la
tela. “¿Es para el señor Béranger?”. Le pre-gunta a la sirvienta. Esta asiente
con la cabeza, y la dama de edad, sin siquiera preguntarme mi nombre, pasa
delante de mí y me hace entrar a una pequeña habitación completamente saturada
con una cama, una cómoda y una mesa en el medio, en la cual almuerzan tres
hombres (eran las 11 de la mañana). Un señor mayor, de unos 60 a 65 años, en
ropa de cama y gorro griego, en una palabra, con la ropa de un pequeño burgués
retirado en el campo, se levantó y me saludó con cortesía, dirigiendo unos
pasos hacia mí. Le dije: “¿Es el señor Béranger con quién tengo el honor de
hablar? (Nunca antes lo había visto)”. “Sí señora”. “Señor, yo soy la señora
Flora Tristán, tendría…”. Me interrumpió: “Estoy muy halagado de recibirla”, y
se molestaron para hacerme sentar cerca al fuego. El señor Savinien Lapointe
que almorzaba ahí me saludó ¡con ese aire de triunfo del idiota vanidoso que
está orgulloso de hacer notar que él almuerza con un gran poeta!
Me parece
que hubiera sido conveniente que el señor Béranger me preguntara: “¿Señora,
cuál es el motivo que me procura el privi-legio de su visita?”, porque,
viéndome por primera vez, era claro que no podía creer que mi visita fuera de
simple cortesía. No me lo pre-guntó. Además, me parece que la manera cómo una
entra a la casa
726
París
del poeta
prueba que él y su casa están encantados de tener así a los visitantes. Debe
haber un por qué al respecto. Lo buscaré.
Por sus
rasgos, el señor Béranger es bastante feo. Todo su aspecto es común. Sin
embargo, cuando habla dice finuras, pero sus ojos son completamente
desagradables, tiene lo que se llama una mirada des-cubierta. Su nariz y su
mejilla llenas de granos le dan la apariencia de un borracho. Es necesario
reconocerlo, la envoltura es poco poéti-ca. El otro señor que estaba en la mesa
era un hombre alto y con bar-ba, un rostro ni bueno ni malo, pero cuya
expresión anunciaba un hombre que había sufrido el tipo de sufrimientos que
abaten, debili-tan, agotan y endurecen a los que los soportan. La fisonomía de
este hombre tiene algo de incierto que me desagrada mucho. Béranger nombró a
este hombre, era Hippolyte Reynal, quien me había inte-resado mucho cuando leí
sus memorias. Llegó otro individuo de apa-riencia bastante ordinaria, no sé
quién es, y luego el librero Pérotin. Ninguno de los llegados molestaba a
Béranger ni en su almuerzo ni en su conversación. Conversaba con expresiones
ingeniosas, juegos de palabras, no obstante, todo de muy buen gusto. Pero debo
decir-lo, durante cerca de la media hora que permanecí allí, pude verificar que
los rumores que corren sobre él son exactos. Se nota que le gusta posar, que le
gusta tener a su alrededor una pequeña corte. No salió mal librado, solo que
hoy ese tipo ya no está de moda, yo lo sé y eso no me da una alta opinión de su
inteligencia y puede prestarse a risa. Es una manía de viejo. Encuentro que es
una falta de tacto. Fuera de ello nos encontrábamos todos a gusto y muy cómodos.
Pero quien me chocó fue Savinien Lapointe. Ese joven tiene un mal corazón y una
inteligencia pobre, y nunca hará más que mediocridades, porque él no siente la
dignidad que existe en ser obrero. Me produce el efecto de la rana. Está tan
insuflado de vanidad que le sale por los ojos. He aquí un joven a quien adiviné
a primera vista. Me disgustó más allá de toda expresión. Su dicha se colmaba
comiendo en la mesa de Béra-nger con seis personas y esta dicha no partía del
corazón, sino única-mente de su vanidad. Vi con placer que Béranger le
recordaba su con-dición: “¿Se dice, Savinien, que usted ya no hace más
zapatos?”. Fue
727
Flora
Tristán
ahí que
reconocí que la raza de cortesanos no podía perderse. Desde que Béranger lanzó
esas palabras, todos, a cuál mejor, atacaron al antiguo zapatero. Él, que es un
mozo muy astuto y que sabe muy bien que en los tiempos que corren ser obrero es
un título, se defendía con astucia y una habilidad propia de esta clase. El
muchacho me cau-saba horror. Así, en nuestro falso medio los obreros que se
vuelven literatos se convierten en monstruos de vanidad. Me dijo una pala-bra
que pintaba al hombre: “¿Qué he aprendido? ¿Parece que usted desciende a La
Ruche Populaire?”. Y no puedo formular la expresión. Lo que quería decir era:
¡Y yo, obrero, que partí de La Ruche he as-cendido a la Revue Indépendante16 y
ahora desdeño a ese pequeño y miserable periódico! Puse cara de no haber
escuchado y le dije: “¿Qué balbucea?” Béranger, que probablemente había
comprendido su ex-presión, se apresuró a decir: “¡Cómo balbucea! No se entiende
jamás lo que quiere decir”. Él no replicó. Béranger se levantó y dijo:
“Seño-res les pido disculpas, pero ahora voy a rogar a la señora que se sirva
pasar a mi habitación”. Me hizo subir al segundo piso, a una pequeña habitación
artesonada. “Señor, le dije, le agradezco haber adivinado que yo tenía
necesidad de hablarle, porque yo vengo a pedirle un ser-vicio y no quería
hacerlo delante de testigos”.
Saqué mi
prueba de La Ruche de mi bolsillo y le expliqué en dos pa-labras el objetivo de
mi trabajo, y le dije que el servicio que venía a pe-dirle era que compusiera
un canto que se titulara “La Unión” y como estribillo “Hermanos, unámonos”. Que
esa canción firmada por él, encabezando mi pequeño libro haría que este
vendiera unos 200 mil ejemplares. Agregué que era en nombre de 8 millones de
obreros que le pedía ese favor. Tomó la prueba, miró el título y dijo: “El
título es bello, pero lo que usted me pide posee un carácter de grandeza, de
energía y de entusiasmo que supera mis fuerzas”. Yo quise protestar. “Querida
dama, usted es joven y olvida que cuando uno ya no es joven uno no hace lo que
uno quiere. Un hombre de 63 años no puede hacer un canto
16 Publicación dirigida por Georges Sand y Pierre
Leroux de la que Flora es muy críti-ca. En su diario señala que no se puede
esperar nada de ella. [N. de la T.].
728
París
popular
que tenga por título ‘La Unión’ y como estribillo ‘Hermanos, unámonos’ en el
momento y la situación dados”. Quise insistir. Era in-cluso estúpido de mi
parte, lo sentí posteriormente. “Escuche, me dijo, con mucha bonhomía, si me
viene alguna inspiración al respecto, lo haré con mucho gusto, pero no le
prometo nada. Debo decirle, que des-de hace mucho tiempo no tengo ya muchas
inspiraciones felices”. Y al decir estas palabras con una ingenuidad realmente
enternecedora, un tinte de tristeza pasó por la fisonomía del poeta y yo me
emocioné has-ta las lágrimas. ¡Es un gran sufrimiento el llegar a viejo!
Salí de
ahí muy satisfecha con el hombre, pero insatisfecha con el deseo que tenía. No
esperaba lo del canto.
***
31 de
marzo. Heme aquí desbordada por las compras, las cartas, las conversaciones,
las citas. Me caigo de cansancio y, al fin, desde el 24, la primera hora que
tengo libre para escribir este diario.
Procedamos
en orden. En cuanto al impresor, el señor Schiller, ha faltado completamente a
su palabra. Este hombre es duro, seco y de mala fe. Rehúsa imprimir y creo que
ahora no querrá hacerlo por los 50 FF que pedía primero. Lo que surge de este
hecho es que la idea más bella puede ser detenida por 50 francos.
En cuanto
al señor Rosenfeld, estoy medianamente contenta; sin embargo, en comparación
con otros de La Ruche, él está llenó de dedicación.
Hablemos
de la Phalange.17 ¡He aquí un acontecimiento inespe-rado! Envío un capítulo
“Los medios de constituir la clase obrera”. Considérant18 me escribe una carta
espléndida. Encuentra mi idea
17 Phalange, periódico fundado en 1836 por Victor
Considérant. [N. de la T.].
18 Victor Considérant (1808-1893), importante
discípulo de Charles Fourier, a quien Flora Tristán critica constantemente,
pero en quien tiene expectativas por conside-rarlo el mejor de dicho
movimiento. Escribió en la revista fourierista Le Phalanstère, ou la Rèforme
industrielle y participó en la creación de un falansterio en la comuna de
Condé-sur-Vesgre. En 1836, fundó un nuevo periódico Le Phalanstère, de la que
él fue el redactor principal. El mismo año publicó un opúsculo titulado
Nécessité d’une dernière
729
Flora
Tristán
grande,
poderosa, capaz de lanzar una nueva luz en la marcha de las cosas sociales y me
pide permiso para consultar con sus colabora-dores la inserción que solicito.
Luego, cuatro días después, el 29 de marzo la inserta con un muy buen
encabezado. El 31 de marzo lo que resta, casi un capítulo. Lo hace seguir de un
artículo en el que me ubica entre los socialistas pacíficos. En una palabra,
muy bien. En la tarde misma me escribe una carta muy buena, muy afectuosa,
po-niendo la Phalange a mi servicio. ¡Quién podría haber esperado esto! Todo el
mundo está tan sorprendido que no sabe qué decir... Yo me lo explico muy bien:
Considérant se da cuenta por fin que no puede ha - cer nada con los ricos, que
marcha desde hace once años sin avanzar un solo paso; finalmente se impacienta,
y según la predicción que le hice hace siete años, comienza al fin a querer
apoyarse sobre la sola y única fuerza real que existe en la sociedad, la fuerza
más nume-rosa. Era necesario mi artículo para determinar esto. Él aprueba in petto19
mi manera de hablar, pero él no habría osado hablar así nun-ca. Considero que
la inserción de mi capítulo en la Phalange va a ser un acontecimiento para ese
periódico cuyas consecuencias pueden ser bien graves, porque por eso ese
periódico se encontrará compro-metido y forzado a seguir el mismo camino. Lo
que me divierte es la sorpresa de los suscriptores, burgueses, propietarios que
están habi-tuados a leer artículos a favor de los ricos, ¡qué ojos habrán
abierto al ver como trato yo a los propietarios! Otro hecho: lo que esta
inserción prueba es que, en el fondo, Considérant es más inteligente y de más
buena fe que cualquiera de los otros hombres de prensa. Todo eso me produjo un
gran placer porque tengo una gran esperanza con ese
débácle
politique en France, en el que defendió la revuelta de los canudos y sus
reivin-dicaciones. Fue uno de los principales opositores a la Monarquía de
Julio y en agosto de 1843 fundó el periódico La Démocratie pacifique en el que
propagó la noción nueva del “derecho al trabajo”. En 1848 fue elegido a la
Asamblea Constituyente, alineándose con los Montagnards contra los
representantes del partido del Orden. El 13 de junio de 1849 organizó una
insurrección que fracasó por lo que debió exilarse. Vivió en EE. UU. desde 1852
y regresó a Francia en 1869, donde siguió atentamente los acontecimientos de la
Comuna de París, en 1870. [N. de la T.].
19 Locución italiana en el original. Quiere decir:
interiormente; secretamente. [N. de la T.].
730
París
hombre.
Ahora no estoy inquieta, cuando llegue el momento aban-donará la causa de los
ricos por la causa del pueblo. La desgracia es que no le creen. ¡Qué peligroso
es caminar por una ruta equivocada! Uno puede tener buenas intenciones, pero si
el público cree por las apariencias que uno tiene malas intenciones, se acabó.
Es necesario un tiempo inmenso para aclarar el error. Deben ver la sorpresa de
todo el mundo. Y cómo, ¿Considérant ha incluido algo de usted en su periódico?
¿Ha dado, entonces, un viraje? ¿Ya no es más fourierista? Y la sorpresa va
siempre en aumento. He aquí el precioso efecto que mi trabajo produce, es
realmente un gran acontecimiento.
Aparte de
la acogida que recibí en el periódico aristocrático, vea-mos el que me hizo la
Revue Indépendante redactada por Pierre Le-roux, el hombre a quien yo considero
el más demócrata de Francia, el hombre pueblo, el hombre obrero que se ha hecho
de un título.
Encontré
ahí al director-gerente, el hombre que firma el periódi-co, corrige como un
tipógrafo, recibe los artículos, las visitas y cumple una cantidad de funciones
también literarias. En verdad, para cumplir esas elevadas e importantes
funciones, es necesario que esas personas aporten dinero a la dirección;
indudablemente ellos siempre pierden su dinero, se llenan de deudas, se
arruinan y terminan por ir a prisión, porque todo les cae encima; un hombre
dotado de sentido común no comprende cómo puede haber personas que abracen
voluntariamente tal oficio, porque aparte de que es un oficio de crédulos, sí,
sin lugar a dudas uno pierde ahí su dinero, pero uno juega un papel, ¡se es un
hombre importante! Es graciosa la vanidad, es idiota, pero yo concibo que uno
se divierte con eso. Regresemos a los directores-gerentes, el de la Revue
Indépendante es un buen y honesto burgués pura sangre, que se llama señor
Pernet. Creo que tiene un asociado, un tal señor Prancois.
Llevé al
señor Pernet una prueba y le dije en dos palabras el obje-tivo de mi trabajo,
preguntándole si convendría imprimirlo todo en su revista. Si yo tuviera tiempo
escribiría dos páginas bien graciosas para describir la manera en la que el
señor Pernet pronuncia las pa-labras “Nuestra Revista […]. Además, no seríamos
independientes […] pero al ser la Revista algo muy grave y serio no podemos
admitir […]”.
731
Flora
Tristán
Este
señor tiene cuatro o cinco frases de este valor que dice de una manera que
puede hacer reír al más serio de los españoles. Tenía mi prueba en la mano,
miraba el título, me escuchaba con un aire de gran atención, y cuando yo creía
que había comprendido lo que yo le decía, cuál no sería mi sorpresa al oírle
decirme: “Pero, señora, no comprendo mucho ¿cuál es el objetivo de su
trabajo?”. “Pero el título, señor, se lo índica suficientemente”. “En fin,
señora, lo leeré”. “Y le rogaría, señor, que se lo hiciera leer al señor Pierre
Leroux”. Salí de ahí estallando de risa. ¡Qué genio! ¡Un título como el mío no
le decía nada! Qué diferencia con el buen Béranger que veía mi título alejan-do
de sí la prueba, como un pintor que aleja su cuadro para observar-lo mejor.
“Qué bello título La Unión, ¡oh! ¡Podríamos componer una bella canción sobre
él!”. ¡El señor Pernet, él, no veía nada!
Se había
acordado de que me escribiría enviándome la prueba, 34 días sin respuesta. Le
escribí. Y ese mismo día me lo encontré en la calle, con una Revue Indépendante
en la mano. Para él es su bastón de Mariscal. “Le he escrito”, le dije. Me dijo
que no había recibido la carta. Y debía tenerla “¡Y bien! ¿Toma usted mi
trabajo?”. He aquí lo curioso. “No creo, me dijo con sus aires de importancia,
que eso pueda convenir a la Revista, porque no he comprendido ¿cuál sería el
objetivo de su trabajo? ¿Qué es lo que usted quiere? ¿A qué serviría? Eso me
parece una utopía y usted lo siente, nuestra revista es muy seria para que uno
pueda permitirse...” (no acabó siquiera la frase). Yo tenía tantas ganas de
reír que, sin responderle, lo saludé diciendo: “Yo le he escrito, tenga usted
la bondad de responderme”. ¡Delicioso! La revista de Leroux aca-ba de decir que
mi trabajo no tiene objetivo, que no se sabe lo que yo quiero, que es una
utopía. (A desarrollar aquí todo lo que hay de ridícu-lo en esas personas al
hablar así, y en Leroux el no haber reconocido el objetivo de mi idea, etc.,
etc. Me falta el tiempo).
Pasan
cuatro días. No hay respuesta a la segunda carta. He aquí a los hombres de esta
época, en la Revue Indépendante, no son siquiera lo suficientemente
independientes para responder a una carta, es la segunda vez que Pierre Leroux
me hace una farsa así.
No he
visto todavía otros periódicos.
732
París
Ahora
pasemos a los editores. He visto a tres, Delavigne, Paul Re-nouard, Pagnerre.
Los tres me han rechazado. Cómo explicar esto de Pagnerre. ¡He aquí al
demócrata, el editor que no quiere ser un libre-ro porque debería prestar
juramento al rey, el editor del pueblo! Uno le trae un libro hecho para el
pueblo y en los intereses del pueblo, y él dice que no aprueba los medios que
yo propongo y que no puede editar mi libro. (Ver las tres cartas de los
editores).20
Tuve una
larga conversación con el señor Paul Renouard, a quien yo ya conocía. Resultó
de ella que haré al final del libro mi alocución a los burgueses con mano
maestra. Yo lo titulo “A los sordos y a los ciegos”. Hablé dos horas con el
señor Renouard para hacerle comprender que, si no se les permitía a los obreros
reclamar en nombre de sus derechos, ellos reclamarían en nombre de sus fuerzas,
que correspondía a los in-tereses bien entendidos de los burgueses que el
pueblo se instruya, que tenga el derecho de vivir, para que pueda
[...ilegible...] y de vuelo. Im-posible hacerle comprender nada. “He llegado a
creer, me dijo, que es necesario para el pueblo el sistema chino: los
latigazos. Más derechos uno le concede, más derechos pide y es más difícil de
conducir”. Y al respecto, una larga perorata de lugares comunes y absurdos.
“Pero, le dije, al envilecer al pueblo, los chinos han envilecido y arruinado a
la nación, ha sido conquistada por quien ha querido, y sería igual en
Fran-cia”... (etc., etc., me falta tiempo). Finalmente, me dijo estas terribles
pa-labras: “Qué quiere usted que le diga, si no hemos llegado a detestarnos
mutuamente (los obreros y los burgueses), hemos llegado al menos a una completa
indiferencia el uno por el otro”. Sus palabras son caracte-rísticas, pintan
perfectamente el espíritu de los burgueses. Se dicen: la suerte de los obreros
no me concierne, se dicen: qué me puede importar que vivan o mueran de hambre,
eso no me concierne. ¡No podemos lle-var más lejos la falta de inteligencia, la
estupidez!
***
20 Flora Tristán hace estos apuntes para un
desarrollo futuro en la redacción final de su Diario inconcluso. [N. de la
primera Ed.].
733
Flora
Tristán
2 de
abril. Hoy a las 2 de la tarde me dirigí a la casa de Gosset. Es mi primera
reunión de obreros. Eran siete. Ciertamente, no he estado satisfecha, pero
teniendo en cuenta el estado en que se encuentran, no ha habido cabida para
estar descontenta. Han comprendido muy bien la cuestión. No les falta ni
inteligencia, ni sentido común, pero hay en ellos una ausencia total de fe. No
obstante, varios son dedica-dos, de buena voluntad, mas sin entusiasmo ni
confianza, ni en ellos, ni en la humanidad, ni en las cosas. Son tibios. ¡Oh!
Es muy inquie-tante. Debo creer que mi fe es bien profunda, porque ninguna de
las decepciones me desalienta, por el contrario. Llevé la carta de Perdi-guier.
Todo eso se hizo con calma, está bien. Sin embargo, mi presen-cia ahí ya
implicó un pequeño resultado. Logré formar un comité de siete miembros, unidos
por correspondencia. Yo les escribiré cartas colectivas y ellos me responderán
de la misma manera. Los gastos de correo serán pagados en común. Es un primer
paso. Salí de ahí a las 6 y regresé a mi casa a las 7. No había comido nada
desde las 11 de la mañana. Me caía de cansancio y de hambre. Estaba tan agotada
que no pude escribir y me vi obligada a acostarme a las 9 de la noche. Sin
embargo, estoy contenta. ¡Qué bello es el amor!
Decididamente
no puedo contar más con La Ruche... No apare-cerá. Rosenfeld está en la
miseria, en un despacho equipado a bajo costo, etc., etc. Eso me hizo tomar una
determinación, hacer una suscripción para imprimir toda la obra. Dejé la lista
en el comité de Gosset a fin de que recoja ahí las suscripciones. De mi lado
esto mar - cha un poco, voy a proseguir enérgicamente. Anotaré los nombres de
todos aquellos que se hayan rehusado, pero qué cansancio todo esto para que
vaya a la derecha, a la izquierda. Es horrible. Al fin, heme en circulación. No
tengo ahora más que seguir, si tengo el tiempo.
***
5 de
abril. ¡La fe me hace hacer cosas maravillosas! Desde que hice mi lista de
suscripciones, estoy radiante. Pido por mi libro con una fe, con una calma que
me sorprende a mí misma. Fui a la casa del señor
734
París
Gustave
de Beaumont en medio de una lluvia fuerte, lo esperé una hora en la
conserjería, luego le dije el partido que había tomado, y lo dije bien. Lo
comprendió, aprobó y alabó perfectamente. Me dio 30 francos. De ahí al alcalde
de Estrasburgo. También hablé bien, él también comprendió muy bien, me alabó
mucho y me dio 20 fran-cos. Pero no quiso firmar su nombre en la lista. Me
pareció un poco temeroso, lo que me disgustó. De ahí a la casa del señor de
Lamarti-ne, él no estaba. Regresé a mi casa a la una, mojada, fatigada a más no
poder. A las 4 de la tarde me vestí y fui a la casa de los señores Consi-dérant
y Ledru-Rollin para suscribirlos. No se encontraban. Para en-contrar tres
personas estoy obligada a hacer veinte carreras, y a pie, eso es rudo. Pero el
amor es tan grande en mí que ninguna de esas fa-tigas me repugna, lo que me
cansa es encontrar la indiferencia, sobre todo entre aquellos a quienes sirvo.
Sin embargo, a pesar de todos los dolores, me siento calmada, contenta, sé que
he hecho ahí una buena cosa que debe traer buenos resultados, y este
pensamiento lanza un bálsamo consolador sobre todas mis llagas.
***
16 de
abril en la noche. No digo nada de todo lo que pasó ni del lado de La Ruche, ni
del lado de Gosset, porque he leído las cartas que hablan lo suficientemente
alto. No obstante, es necesario que compruebe lo que acaba de pasar en la casa
de Gosset, salgo de aquí.
La
antepenúltima vez la señora Gosset ya me había puesto muy mala cara, pero desde
hace quince días su cólera se estaba acumu-lando y cuando la vi, reconocí en
sus ojos el estado violento en el que estaba interiormente. Yo me puse a hablar
con su marido, ella entraba a cada rato, se quedaba haciéndose la que leía el
periódico, pero estaba pálida y temblando de cólera. Sin embargo, lo que yo
de-cía debía de haberla calmado, porque yo venía a anunciar a Gosset que quería
cesar toda relación con él y con el comité. Pero las perso-nas estúpidas son
esencialmente malas, y la maldad tiene necesidad de expandirse.
735
Flora
Tristán
Ella
estaba irritada desde hace un mes porque su marido perdía tiempo con mi idea.
Ahora bien, ella debía encontrar los medios de vengarse de mí. No pudiendo
aguantar más, tomó la palabra y de re-proches pasó a decirme injurias. Estuve
muy contenta de mí, eso me conmovió muy poco. Permanecí calmada y le dije que
no tenía por cos-tumbre responder a personas que estaban con cólera. Nada
aumenta más la cólera que la calma que uno puede oponerle. Se puso furiosa y
sin la intervención de su marido no sé hasta qué punto habría llevado sus
insultos. Vi en esta circunstancia cómo el abuso de autoridad es fatal. Es
claro que el pobre Gosset es maltratado por su mujer, pero sucederá que un día,
una hora, cansado de esta tiranía, se rebelará bruscamente y podrá resultar un
gran desastre para el bienestar de la asociación común. Si esta cólera hubiera
reaccionado sobre mí, juz-guen lo que podría haberse producido. Pero Dioses es
grande y me da fuerza, calma y todo lo que es necesario para mi misión. Al
salir de ahí yo me decía: ¡Quién, pero quién podrá servir a este pobre pueblo,
tan bruto, tan ignorante, tan vanidoso, tan desagradable de relacionárse-le,
tan repulsivo a ver de cerca! Muchas personas comparan el pueblo a los
animales, pero los animales incluso salvajes serían de trato mil veces menos
desagradables. He aquí el punto más grave de la cuestión. Es el estado moral de
la clase obrera. Ya he tenido algunas pequeñas crucifixiones, pero la de la
noche por la señora Gosset presentaba real-mente una fisonomía judaica, no
pierdo la esperanza de que uno de estos días el cuadro se complete, que me
arrojen barro, piedras y que me lapiden. Y esos imbéciles de los ricos viven
tranquilos en medio de un pueblo en este estado de embrutecimiento. Ahí hay
demencia.
Ahora qué
debilidad y qué ligereza de Gosset soportar que su mujer se conduzca así con él
y con los otros, y, sabiendo de su carácter, invi-tarme a su casa, hacerse
cargo del comité, etc., etc. ¿Qué confianza se puede tener de hombres de tal
carácter? ¡Todo esto es para hacer tem-blar! El único remedio es comenzar a
instruir al pueblo, y entonces ahí veremos los cascabeles. No importa, no
debemos descorazonarnos; es necesario unir –eso es lo que hago y lo que será
necesario hacer toda-vía largo tiempo.
736
Agen*
(20-25 de
septiembre de 1844)
Imposible
de reanudar, y heme aquí en Agen. Finalmente termina-ré aquí.
Reanudo
Laffitte. La primera educación es todo, y decide el futuro de un individuo. El
pobre muchacho comenzó como vendedor am-bulante en las ferias, pueblos, etc.,
etc. Comenzó luego a jactarse, a engañar, a robar legalmente (los vendedores
ambulantes tienen la patente), Laffitte no será nunca, por lo tanto, un
artista, un defensor del pueblo. No, antes que nada, y después de todo, buscará
hacerse una posición.
Laffitte
representa esa parte de la clase obrera que en nuestros días es realmente
odiosa: jóvenes bastante inteligentes que podrían si quisieran hacer una
propaganda infernal, y de una manera terri-ble, ¡y bien!, emplean su juventud,
su fuerza, su actividad en hacerse una miserable posición. He ahí Laffitte. Del
pueblo, y trabajando por el pueblo, ¡sería magnífico! Mientras que, trabajando
para él mismo, es innoble.
Lo he
visto con toda su fealdad. Nosotros le hicimos algunas ob-servaciones sobre su
estatuilla de Henri V. Se encolerizó terriblemen-te, nos dijo las palabras más
groseras, fue la primera vez que vi un obrero en ese estado de vulgaridad y de
brutalidad. Sentí un disgusto
* Extraído de Tristán, Flora (2006). XXI. Agen.
En Flora Tristán, El tour de Francia (1843-1844). Lima: Institut français
d’études andines / Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán / Fondo Editorial
UNMSM. [Trad. Yolanda Westphalen. Notas de Jules L. Puech. De la edición
póstuma Le tour de France. Etat actuel de la classe ouvrière sous l’aspect
moral, intellectuel et matériel. París: Éditions Tête de Feuilles, 1973].
737
Flora
Tristán
inaudito.
Vi con placer que eso producía el mismo efecto sobre tres obreros que estaban
allí con nosotros. Los obreros ordinariamente no se dejan llevar por su
grosería delante de todo el mundo. ¡Oh! Me hubiera gustado ver allí a la señora
Sand, ella habría visto si una mu-jer elegante y bien educada puede enamorarse
de un obrero grosero.1
***
Estoy en
el segundo piso. A cada momento me interrumpen los “¡bravo...!”, los aplausos,
los gritos de felicidad que dejan oír los ruido-sos comensales que dan un
banquete al señor Liszt. Es Jasmin quien hace los honores de la fiesta. La
multitud de curiosos de Agen está aba-jo, en las ventanas, burlándose de
Jasmin, lo que le hace decir a este que sus compatriotas son unos ingratos,
que, en París, en Toulouse, en Burdeos, en fin, en todas partes donde hay
verdaderos conocedores, es él, Jasmin, quien es muy apreciado. No sé de qué
manera habrá sido festejado el señor Liszt en las otras ciudades, pero
ciertamente no ha habido comensales más escogidos que aquí. No envidio su
suerte. Dio-ses, qué infeliz sería si tuviera que relacionarme con todos esos
bur-gueses vulgares, idiotas, que desafinan, gritan fuerte, hablan mal... qué
diferencia con mis obreros (escribo esto en Agen).
Mi visita
al comisario central Boisseneau (en Toulouse), ¡una hora de buena comedia!,
¡impagable! ¡El hombre que salva a la patria! Le dije verdades fulminantes,
hervía de cólera, pero por debajo ¡qué ventajas tiene una mujer! Cuando le dije
que los obreros lo detesta-ban y que podría pasar cualquier día un mal momento,
se puso páli-do como un muerto. Ese ser vil, bajo, malo y cobarde ¡estaba
espan-tado de mi lenguaje! Repetía a cada instante: “¿Pero pienso, señora, que
usted no les habla así?”. “¡Pero sí, y mucho más fuerte!”. Escribiré
1 Jules Puech juzgó necesario aquí anotar el
Manuscrito. Dice: “Alusión a la novela de Georges Sand: Le Compagnon du Tour de
France, aparecida en 1840, y al amor de la noble Yseult de Villepreux por el
obrero Pierre Huguenin”. [N. de la primera Ed.].
738
Agen
quizá
esta conversación, sería deliciosa, mas no sé si me atreveré por-que no quiero
cargar con este miserable policía a mis espaldas.
Y los
empleados de Boisseneau escuchaban en la habitación con-tigua. Cuando partí se
reían como locos. Todos me miraron con una expresión de sentimiento de
admiración que solo me puedo explicar por el desprecio que tienen por su
estúpido patrón. Me volví hacia ellos y les dije, con un aire magnífico y
sardónico: “Señores, lamento vivamente no ser rica, hubiera sido muy agradable
dejarles genero-samente para beber un excelente vino blanco a mi salud.
¡Ustedes se han esforzado tanto conmigo! La lluvia, el lodo. El señor
Boisseneau no les ha protegido... En fin, señores, quizá más tarde esté en con
- diciones de reconocer sus servicios”. Todos estallaron en una gran carcajada.
Boisseneau mismo perdió su seriedad oficial y me dijo riendo, a pesar suyo: “Se
debe reconocer, señora Tristán, que usted es una mujer bastante sorprendente.
Si cualquiera otra que no sea usted se permitiera tan solo un cuarto de lo que
usted hace, y apretó los labios de una manera que quería decir “¡Oh, no
aguantaría!…”. “Lo saludé graciosamente diciéndole: ¡Oh! He visto señor
Boisseneau que es usted un señor de tacto, y usted ha comprendido muy bien con
quién tiene que vérselas...”. Boisseneau se quedó en el descanso de la
escalera, mirándome bajar, parecía petrificado.
Se podría
hacer al respecto una comedia deliciosa.
***
Hotel
Cassette. El señor Victorien Cassette es el dueño. Antiguo co-cinero en el Café
inglés y republicano rabioso. Me reveló cosas muy buenas de saber. En París
todos los cocineros son republicanos. El Café de Foy, en la esquina de la calle
de la Chausséed’Antin, todos. Es necesario que irrumpa en los antros culinarios
para el pequeño libro. Esos hombres deben ser muy buenos para la acción, porque
todos están chiflados.
También
me dijo cosas muy curiosas relativas a la cocina de los restaurantes. Todos los
cocineros tienen orden de envenenar los
739
Flora
Tristán
platos
con pimienta, guindilla2 y otros venenos, con el objetivo de empujar al consumo
de vinos (con los cuales ellos ganan más). Así, he aquí restaurantes que
envenenan al público para vender sus vinos. ¡Qué orden social! ¿Quiere usted
vender sus vinos? ¡Envenene a sus hermanos! Y el pez gordo académico, mientras
sufre de gastritis y de inflamación de las entrañas, grita: “¡Laissez-faire!
¡Laissez-passer!”.3 Frente a tales hechos una llega siempre a concluir que la
pobre hu-manidad está loca. No obstante, Dioses soporta esto. ¡Ah, si no
creye-se en Dioses!...
***
Agen, el
20 de septiembre. Es la una. Llegué esta mañana a las 7 [7 o 3, ilegible]. Ya
recorrí la ciudad, vi a los compagnons y a los obreros con los cuales cuento.
No puedo esperar nada porque apenas he podido hablarles... Luego, ¡finalmente
fui donde el famoso Jasmin! ¡Oh! Aho - ra sí que una puede decir ¡Dios de
dioses! Poncy es un ángel, Reboul un hombre comparándolo a este pobre Jasmin.
Me habían preveni-do, no importa, quedé pasmada, yo que no me asombro
fácilmente. Todo lo que puedo decir sobre este hombre, su conversación, no
po-drá aproximarse ¡ni por una milésima parte a la verdad!
Entro en
la pequeña tienda de Jasmin, que es una tienda por la etiqueta porque no afeita
a sus obreros, no peina a las damas; no, el peine y las pomadas están en estado
de adorno, el verdadero oficio de él, un peluquero, es el de componer versos.
¡Oh! ¡Qué innoble oficio! Encuentro a Jasmin con su esposa. Aquí su mujer juega
un papel. El señor Jasmin está ocupado con tres o cuatro personas que le hablan
a la vez. Parece en un estado de exaltación, de locura, de dicha. Me en-tero
finalmente de la causa: Liszt está aquí, ha venido expresamente
2 Guindilla, pimiento pequeño que pica mucho.
[N. de la T.].
3 Laissez faire, laissez passer es una
expresión francesa que quiere decir “dejen hacer,
dejen
pasar”. Fue usada por primera vez por los fisiócratas en el siglo XVII,
abogando por una economía de libre mercado contra la interferencia del gobierno
en el comer-cio. [N. de la primera Ed.].
740
Agen
por él, y
es él, Jasmin, quien hace el concierto. Le dije mi nombre, al igual que Reboul
no me conoce. “Eso me prueba, señor, que usted no se ocupa de cuestiones
sociales”. “Es tan cierto, señora, me ocupé mu-cho de ello, fui yo quien en la
época movió a todo el país, pero le hablo de 1830. Hoy no me ocupo de eso en
absoluto”. Le dije el objetivo de mi visita, lo que venía a pedirle y lo que yo
hacía. No comprendió bien, no obstante, entrevió que era bello. Pero
inmediatamente, en-suciando mi misión, que él no podía sentir ni comprender, me
dijo: “Señora, debo decirle que no creo en el desinterés de los apóstoles, no
más en el de los antiguos que de los modernos, ¡en ellos hay una inmensa
ambición!”. Y al respecto lanzó una larga perorata que me pintó de verdad la
suciedad de esta alma enclenque, para quien todo es vanidad, y, por
consiguiente, no puede soportar en los otros lo que él mismo no siente. Se
irritó, gritó con grosería, con ese espantoso acento del Midi, hizo gestos como
para romper los escaparates de las dos tiendas, las pomadas de un lado y la de
los vidrios del otro. Olvidó a la esposa. Interrumpía, quería imponer su
opinión sobre los socialistas e incluso sobre mi obra, que ella sabía sin
conocer-la (ella me apareció de corazón como una mujer fría y mucho peor que
él). Él, no obstante, tenía un poco de pudor y le imponía silencio con palabras
que probaban que se encontraba humillado de que su mujer tuviera delante de mí
tal lenguaje. Pero cómo relatar todas las palabras curiosas y odiosas que ese
monstruo de vanidad me dijo. He aquí algunas: “Señora, yo le haré conocer
algunos obreros jefes, porque yo no conozco obreros propiamente dichos, aunque
no los desprecio, dado que yo mismo salgo de la clase obrera”. (Y la mujer
reanudando): “Señora, nosotros vemos a la mejor sociedad de Fran-cia. Oiga
usted bien, de Francia. Cuando fuimos a París cenamos en casa de los pares de
Francia, de académicos, de hombres y mujeres de letras que ya no sabíamos a
quién oír. Aquí es igual, no pasa ningún gran personaje por Burdeos, Toulouse,
que no venga expresamente para ver a mi marido” (y pienso que después de mi
tour de Francia se desviarán todavía desde más lejos para ver una bestia tan
curiosa). “Además (continuó Jasmin), en cuanto a ocuparme de su obra como
741
Flora
Tristán
para dar
a conocer su libro, propagar sus ideas, no puedo hacerlo por la buena razón de
que no las comprendo. Considérant, mi amigo ín-timo, así como todos los señores
de la democracia, me han llamado de París, querían hacer de mí su poeta, ¡y
bien! yo no comprendí nada de la ciencia social. Todo eso es muy frío para el
poeta. A él, el hijo de Dios (parece que Jasmin quiere competir con Jesús), ¡le
hace falta regiones más elevadas!” Es necesario ver el gesto elevado que
acom-pañaba esas palabras, había por lo menos trescientos puntos de
ex-clamación. “Después, señora, debo hablarle francamente, al presente yo soy
como todas las personas honestas, quiero conservar lo que te-nemos, ¡y bien!
encuentro que las doctrinas de ustedes los socialistas, aunque las disimulen
con palabras pacíficas, son muy revoluciona-rias. ¡Ustedes reclaman un lugar al
sol para todos! ¡Ellos no lo tienen! ¡El sol no alumbra y no calienta para
todos!”. Aquí otra gran perorata pensando que el pueblo era muy feliz y no
deseaba nada mejor a lo que ya poseía. Que el derecho al trabajo era inútil
porque había tra-bajo para todos, trabajo muy bien pagado: 1,50; 2 y 2,50 FF
por día, lo que era un magnífico salario para un obrero habituado a vivir con
poco. Que aquellos que no trabajaban eran perezosos, borrachos y, finalmente,
esta salida sobre la felicidad de los obreros, ¡la más vio - lenta, la más
indecente que yo hasta ahora haya oído hacer, incluso por uno de los burgueses
más inhumanos de la ciudad de Lyon!, lo que no es poco decir. Fue coronada por
las palabras del sacerdote. Por cierto, el señor de todos nosotros lo dijo:
“Siempre ha habido po-bres entre ustedes”. Ahora bien, nuestro deber es
someternos a la ley; a los pobres, sufrir la miseria, y a los ricos, dar
limosna.
La mujer
reanudó y en su turno lanzó un rollo completamente cristiano. Era para decirme
que su marido empleaba su buen talento para el alivio de los pobres, que él
daba veladas literarias y poéticas de las que él no obtenía ningún beneficio.
Ambos insistían con tanta afectación sobre esa palabra que, lo confieso, no les
creí nada.
Esas dos
criaturas me espantaron. ¡Oh, él dijo aun una multitud de cosas bonitas! Como
por ejemplo que no se volvería socialista ja-más porque estaba convencido de
que no se podría nunca hacer nada
742
Agen
bueno en
poesía con las ideas sociales. Después, porque sería poner a toda la clase alta
en su contra, el medio de perder en seis meses toda la gloria que [había]
adquirido ¡en diez años de trabajo! Y me confe-só ahí que él apreciaba su
gloria, que él haría todo para conservarla y que era por eso que no quería ser
socialista, porque ellos no eran amados. Que él, poeta, quería ser amado, que
se cuidaría mucho de decirle a las damas: “Quítese el abanico para discutir los
derechos de la mujer”. Él sabía que ese lenguaje le haría perder sus favores.
En fin, este hombre me habló como hasta ahora nunca me habían hablado los
burgueses más innobles y los más egoístas.
El fin de
su discurso fue encantador: “Sin embargo, señora, ad - miro a las personas que,
como usted, se dedican a la humanidad y a ese título voy a tomar su nombre
(textual) y quizá, si la ocasión se presenta, hablaré de usted en mis versos
(textual)”. Ya había visto bastante en este tour de Francia, pero nunca el
ridículo, la vanidad, lo grotesco habían alcanzado hasta allí. No pude evitar
sonreírme y decir: “Le agradezco mucho, señor Jasmin, por ese honor, pero los
verdaderos apóstoles no ambicionan el honor de ser cantados por los poetas de
su época, esta gloria es reservada a los poetas que vienen 400 o 500 años
después de ellos”.
La señora
Jasmin comprendió perfectamente y su cólera contra los socialistas redobló de
tal manera que creí por un instante que me iba a decir injurias. Jasmin no
comprendió y estaba furioso contra su mujer. Todo esto es bastante cómico, pero
muy sucio, muy innoble y, en consecuencia, penoso. Me dijo que había hecho una
revolución en el arte poética, que él hablaba al corazón ¡con tales
sentimientos!, que él creaba una lengua nueva, y ¡todas las cosas monstruosas
de vanidad!... que él quería un cambio en la poesía, lo que era mucho más
importante que hacerlo en el orden social. Finalmente me habló de Liszt, su
amigo; lo puso muy por encima de los apóstoles pasados, presentes y futuros
(textual). Y la misma cantaleta sobre las ventajas de la poesía.
Un obrero
acaba de darme la última noticia sobre Jasmin, ha ido a París a presentar sus
poesías al rey. El rey lo ha invitado a cenar y
743
Flora
Tristán
le ha
dado una pensión de mil francos. ¡Esta es la clave! ¡Oh! Com-prendo ahora por
qué el antiguo peluquero halla que los obreros son muy felices y que tienen un
lugar bajo el sol. Yo había adivinado en el lenguaje de este antiguo obrero que
había en su vida algunos hechos innobles. ¿Es posible que uno se degrade a ese
punto por mil francos?
(!) –Hablar sobre la decisión que habrá que tomar
sobre los obreros que se venden.
La visita
a este hombre me enfermó. Siento un espasmo terrible. Olvido su retrato: tipo
innoble, rasgos vulgares, bajos y en absoluto poéticos; rostro de saltimbanqui,
pequeños ojos redondos, enormes cejas negras, una nariz chata que tiene como
adorno una gruesa ve-rruga violeta; una boca grande a los apetitos vulgares;
cabellos te-ñidos, patillas gruesas teñidas de negro. En cuanto a la expresión,
la de saltimbanqui feliz de vender sus torpezas al buen público. ¡Me represento
a este poeta cenando en las Tullerías! Al frente, ¡el rey de los franceses!
¡Pobres franceses! ¡Pobre Palacio, quién te hubiera di-cho, en los buenos días
de Luis el Magnífico, que tendrías que recibir huéspedes semejantes! Es para
hacerlos reír incluso en un día de llu-via del mes de noviembre. En fin, es
para ver, y estoy muy contenta de haber visto.
He aquí
que esto se reinicia. Los obreros vienen y yo aprendo bel-dades sobre el
salario: 1; 1,25; 1,50 FF ¡duras jornadas! Y el miserable Jasmin que viene a
decirme que no encontraré a ningún desconten-to. Es hablándole así al rey de
los burgueses que habrá obtenido sus mil francos de pensión. Sí, mi muchacho,
¡pero la señora Tristán no es el rey de los burgueses! La miseria aquí, como en
todas partes, ¡ha llegado al colmo! El descontento absolutamente igual, como en
Tou-louse. Mañana debo verlos reunidos en la noche.
***
21 de
septiembre. Toda la ciudad no habla más que de Liszt. Esta gen-te de provincia
se da aires de músico y no lo es en absoluto. Pero es un género. Tengo una
desgracia, ese Liszt me persigue desde Aviñón.
744
Agen
Siempre
está en las ciudades al mismo tiempo que yo. Por lo demás, los obreros incluso
no saben sobre su paso. Y con relación a nuestras clientelas respectivas,
ciertamente no nos hacemos competencia. Sí, esos miserables burgueses por tener
una sensación de placer no es-catiman nada. Todos vienen de los alrededores.
Gastos de viaje, de hotel, de vestimenta, nada les cuesta para ellos. Es la
misma historia que Rachel. Que Fanny Esler.4 Si un cantante, una comediante,
una bailarina les divierte, están siempre listos a dar su plata. Qué raza de
ociosos. Qué impudor.
El Jasmin
cenó ayer con su amigo Liszt, un artista distinguido que recibe los honores de
la ciudad de Agen por Jasmin, el saltimbanqui más bufón, más ridículo que una
pueda hallar. Eso me da una muy mala idea de Liszt.
He
contado las palabras de Jasmin a los obreros. ¡Están furiosos contra él! Uno
hablaba de darle un tortazo. Lo que tendría que hacer sería forzar a Jasmin a
poner en su insignia “pensionista del rey de los burgueses”. Hemos llegado a
una época en la que uno debe cono-cer a la gente por lo que es.
Me acaba
de suceder en este hotel algo muy curioso (“Hôtel de France”) y que debo
señalar dado que esto entra en el estudio del co-razón humano. Si quieres
conocer a los otros, comienza por estudiar-te a ti misma.
Llego a
la habitación dieciséis a las 2 de la mañana. Me acuesto, me levanto a las 7,
me lavo, me peino, me visto y salgo; al regresar a la 1 y tomar el estuche para
lápices, percibo, colgando de la esquina de la chimenea, debajo del cesto de
mimbre que yo había enganchado, un pequeño reloj de oro. Lo tomo, lo miro con
la más perfecta indife-rencia, luego, de repente me digo: “Claro, he aquí una
buena ocasión para cometer un cuasi robo”. Es necesario para ver, por
experiencia, el efecto o la sensación que esta acción, monstruosa desde el
punto de vista social, debe producir sobre una naturaleza como la mía, y
4 Probablemente alude a Elisa Rachel Fénix,
conocida actriz trágica y a Fanny Ester, bailarina de ballet del período
romántico. [N. de la primera Ed.].
745
Flora
Tristán
debo
confesar que al tomar ese partido yo estaba persuadida de que iba a sostener
esta acción con mi fuerza y firmeza habituales. ¡Oh! (¡fenómeno de los más
grandes!), me engañaba a mí misma.
Apenas
metí el pequeño reloj en mi baúl (valía quizá 40 FF) cuan-do súbitamente se
apoderó de mí, físicamente, ¡un tormento inau-dito! Un peso horrible me
oprimía, la fiebre encendió mi sangre; un temor, un pánico, un miedo se apoderó
de mi espíritu. A tal punto que quedé ¡aturdida, estupefacta, espantada! Un
movimiento que no puedo explicar me empujaba hacia el baúl para retirar el
reloj, me parecía que ese pequeño reloj en el baúl era un proyectil que me iba
a matar. Hacía esfuerzos inauditos para calmarme físicamente. Imposible. Quería
razonar mis sentimientos, preguntarme el porqué de todo eso, analizar mis
sensaciones. Imposible, mi cabeza se batía en el campo. Estaba en un estado de
locura sufriendo de más, físi-ca y moralmente, sin poder comprender perfectamente
la causa de esta terrible agitación. Renuncié al proyecto que tuve de cometer
el robo (tengan en cuenta de que no pude mantener ese proyecto más de una hora.
Si hubiera querido obstinarme en luchar contra esta agitación, habría sido
capaz de caer gravemente enferma). Entonces, modifiqué; al ver que no podía
ejecutar ese robo, quise tomar una decisión sobre mí misma, la de permanecer 24
horas bajo la presun-ción del robo, aunque ya hubiera renunciado a cometerlo.
¡Y bien! Esta decisión no aportó casi ninguna mejoría a mi estado. Un temor de
una naturaleza totalmente nueva para mí y del que jamás había tenido siquiera
idea se apoderó de mi espíritu. ¡Pero con una violen-cia de la que ningún
término puede dar medida! ¡Ah!, mi Dioses, ¡qué sufrimiento! Si oía caminar en
el corredor, mi corazón latía, mi vis-ta se nublaba, creía que me iba a sentir
mal. Si alguien tocaba a mi puerta el sudor me corría por la frente. ¡Era
atroz! No podía quedar-me en el lugar, salía, entraba de nuevo. Vinieron
obreros esa noche. No sabía lo que decía. Partieron. Quise razonar. Imposible.
Tomé el pequeño reloj que era, en realidad, bastante bonito. Completamente
pequeño. ¡Me causaba horror! Me parecía horrible. Era realmente un
746
Agen
sufrimiento
que alcanzaba la locura. Claro, dejé la fuerza5 de lado, el instinto de
conservación me dice que no podría pasar la noche con este reloj, eran las 9 y
yo había tomado esa decisión a las 2. No pude aguantar más de seis horas. Llamé
y dije a un camarero: “Esta ma-ñana, encontré un reloj en esta habitación, si
vienen a reclamarlo abajo, diga que quiero devolverlo a su verdadero
propietario”.
¡Qué
fenómeno! Tan pronto se pronunciaron esas palabras, me sentí aliviada, como una
persona desvanecida a la cual se quita el corsé que la sofoca. Respiré
libremente, ¡lo que no había podido ha-cer desde hacía siete horas!
Pasé toda
la noche buscando la explicación del fenómeno extraordi-nario que este
pensamiento del robo, hecho en frío y como prueba de mi fuerza, produjo en mi
estado moral y físico. ¡Y bien!, es solamente ahora (son las 6 de la tarde) que
comienzo a tener conciencia de ello.
¿A qué se
debe que yo, dotada de una fuerza de voluntad que quizá no haya tenido ejemplo
en la humanidad; que yo, que ataco franca, intrépida y terriblemente la
sociedad de los burgueses, porque estos burgueses son propietarios del suelo,
de los capitales y de la vida de sus hermanos; a qué se debe que yo, que he
jurado destruir todas las propiedades, y eso despojando y matando a los
propietarios si no hu-biera otro medio de acabar con ellos; a qué se debe que
yo no haya po-dido apropiarme de este pequeño reloj de un valor de 40 francos?
¡Y bien!, voy a decírselo. Es que yo ataco la propiedad porque la propie-dad es
el robo.6 Y yo, llena de amor y de probidad, impulso el amor de la justicia
hasta el don quijotismo. Mi naturaleza me lleva a atacar a los ladrones, a
combatirlos a ultranza, a muerte; pero mi naturale-za me impide robar, incluso
a los ladrones, porque la acción de robar es baja, vil y degradante.
5 En la edición francesa se anota que la
palabra “fuerza” está mal formada en el Manuscrito; se podría leer también
“forma” o “farsa”. [N. de la primera Ed.].
6 Jules Puech anota en el Manuscrito: “La
célebre formula de Prouhdon “la propiedad
es el
robo” es de 1840; es la única alusión de Flora Tristán a ese filósofo, al
menos, a su obra: ¿Qué es la propiedad? O investigaciones sobre el principio de
los derechos y del gobierno”. [N. de la primera Ed.].
747
Flora
Tristán
Estoy
contenta con lo que me acaba de suceder. Bendigo el hallaz-go de ese reloj y
las siete horas de torturas atroces que me ocasionó. Esas torturas me prueban
que no está en mi organización física el po-der faltar jamás a la justicia.
Respetar el orden establecido mientras trabajo para demolerlo, esto es lo que
yo llamo justicia.
Ah,
gracias mi Dioses por haberme dado el pensamiento para ha-cer esta prueba sobre
mí misma. ¡Cuántas reflexiones profundas me ha hecho hacer!
Comprendo
ahora que una no sabe repetir demasiado que la pro-piedad es el robo. Es
necesario repetir esta gran verdad en todos los tonos, en todos los lugares, y
que toda propiedad es robo: propiedad del suelo, del capital, de las mujeres,
de los hombres, de los niños, de las familias, de las ideas, en una palabra,
toda propiedad. ¡Se debe lanzar sobre la propiedad un anatema terrible! Es
necesario que an-tes de diez años la mayor de las injurias sea esta: “Tú eres
un propie-tario”. Es necesario que la divisa de la primera revolución sea: “No
más propiedades de ninguna especie, y respeto al orden porque el orden es la
vida, sin orden no hay vida posible”.
Luego
comprendí, al tener en mi baúl ese pequeño reloj que no era mío, que los
propietarios que tienen el sudor, la sangre, la vida de sus hermanos y que
tienen una propiedad distinta a la de un re-loj de 40 francos, que los
propietarios que gozan en paz de esta pro-piedad robada a todos, ¡son unos
grandes miserables!, que no han sentido jamás en el fondo de su conciencia
ningún sentimiento de justicia. ¡Ah!, durante las siete horas de torturas esos
propietarios se me aparecieron como hombres de piedra, de barro, de sangre
[fría], y comprendí con horror, el odio, la cólera que el pueblo tiene hacia
ellos. Luego, busqué comprender la vida de los ladrones de profesión. Confieso
que hay allí un misterio impenetrable. ¡Qué oficio! Pero yo preferiría ser
marinero, mujer pública, galeote, mendigo [que que-dar] ¡aprisionado el resto
de mis días en una celda sin aire! Robar, así, en frío, ¡sin otro objetivo que
el de alimentarse! Es evidente que hay algo en esas naturalezas que no están en
la mía. He aquí por qué no comprendo eso en absoluto. Ciertamente, si esa gente
sufre tanto
748
Agen
como yo
sufrí durante siete horas, es probable que al día siguiente no tendrían ganas
de reiniciar. Será necesario que trate de poner la mano encima de algún ladrón
de profesión, es un misterio que que-rría mucho penetrar.
Ahora
tiemblo soñando en la audacia de mi naturaleza, esta pa-sión desmesurada que
hay en mí de conocer todo. Cedo a ella con la ceguera de la pasión; así, al
ceder a ese deseo de hacer esta prueba sobre mí podía comprometerme de una
manera horrible, yo, en mi posición. ¡Verme acusada del robo de un reloj! Ahora
que el paroxis-mo de la pasión pasó, ¡me estremezco! Si hubieran venido a
reclamar el reloj y que por desgracia yo hubiera querido empujar hasta el
lí-mite la prueba, mi boca habría dicho no, pero mi fisonomía habría dicho sí.
Así me hubieran prometido un millón para que sostenga ese interrogatorio con
calma y firmeza, no hubiera podido. Tanta fuerza tengo para sostener todo lo
que es grande, bueno, noble; tanta debi-lidad tengo para sostener todo lo que
es bajo, vil. Acabo de tener una prueba más con este paseo a L... Era de otro
orden y no era vil en ab-soluto, pero a mis ojos, contraviniendo un poco mi
fuerza habitual. ¡Y bien!, casi me desvanezco, yo que nunca me he desmayado.
Vamos, vamos, no se debe luchar contra su naturaleza. Soy una giganta para todo
lo que es noble, grande, generoso, y creo que no sería más que una pigmea para
todo lo que es bajo, vil, una no debe querer hacerse la presidiaría y mujer
pública, cuando no se siente en capacidad de hacerlo. Cada uno en su rol. Es
Dioses quien los distribuye. Creo que es bueno que unos ataquen a los
propietarios por su robo vil. Es tam-bién un tipo de prostitución, pero lo
confieso, esta pobre y mezquina prostitución no me va. Lo que prueba que los
primeros en un orden son con frecuencia los últimos en otro orden.
La
patrona del hotel vino esta mañana a reclamarme el reloj, di-ciendo que un
campesino se lo había pedido. Le dije que se lo devol-vería al campesino. Se
molestó y se puso muy roja, lo que me dio una muy mala opinión de su probidad.
En fin, tres horas después le entre - gué el reloj a un campesino que dijo
venía de parte del señor Lafont. Si alguna vez llego a derrocar la propiedad,
le escribiré a este señor
749
Flora
Tristán
Lafont
para pedirle ese pequeño reloj, estará furioso de verme llevar ese pequeño
reloj ¡que me enseñó tanto en siete horas! Y estará allí como marca de mi
respeto al mal orden existente.
Ahora
¿qué decir del robo patentado que comete cada día el dueño del “Hôtel de
France” en Agen, así como todos los hoteleros de Francia?
Le dije
ayer que no podía cenar el menú del hotel porque no quie-ro gastar 3 francos
para comer platos que me caen mal y que no me gusta comer con todo el mundo. Me
respondió que él no podía ser-virme a la carta, ¡lo que no era su costumbre!,
que yo podía comer mucho (acababa de decirle que no podía) o solo dos
costillas, serían 3 francos. Así esté enferma o esté sobria. Así me contente
con un plato de sopa, dos costillas y agua (es mi cena 25 días de treinta), no
im-porta, usted debe pagar 3 francos. Evidentemente, allí hay un robo
manifiesto de dos tercios. Sí, pero como la ley lo autoriza, como él paga
impuestos y patentes, su robo es legal. Él llama a eso su pro-piedad, su
derecho. Y no teman nada. El bravo y honesto hotelero es bastante calmado. Su
conciencia no está agitada en absoluto. No obstante, puede robar cada día
cuatro veces, 6 FF, 10 FF, el valor del reloj del señor Lafont. Sí, todos están
de acuerdo, pero agregan: “Tie-ne el derecho de hacerlo”. En verdad, ante un
derecho semejante, me digo, sobre todo ahora: Claro, es bastante dichoso que se
encuentre organizaciones que tengan la fuerza de robar relojes, porque de otra
manera no sabemos a dónde nos conduciría el derecho de propie-dad. Lo que son
las cosas de este mundo. Mi asunto con el reloj acaba de cambiar mi opinión
sobre los forzados de Tolón. Esos señores me habían interesado mediocremente.
Los encontraba idiotas, vulgares, criaturas miserables. Desde esas siete horas
del reloj cambié de opi-nión sobre ellos. Comienzo a comprender por qué los
bandidos ins-piran un cierto entusiasmo. ¡Diablos! Pero es que es cierto. Hay
algo en esas naturalezas. Yo, que ciertamente no soy manca7 en cualquier hecho
de fuerza, reconozco actualmente que no podría hacer lo que
7 Palabra dudosa. [N. de la T.].
750
Agen
ellos
hacen. Esta idea me persigue como un remordimiento. Yo que me creía capaz de
todo cuando lo quisiera. Caí en cuenta de que no.
Hablar
aquí de la diferencia de facultades, de la diferencia de va-lor. Así, a mí, a
quien me faltó valor para quedarme con el reloj del que me hubiera podido
apropiar perfectamente sin peligro, ¡hago actos de un coraje tal que
espantarían al forzado más audaz! Verda-deramente la naturaleza humana es un
misterio: más uno mira al fondo, menos ve allí. Este suceso me dio un deseo
adicional, como si ya no tuviera demasiados. Heme aquí ahora atormentada con la
idea de hallar un ladrón de profesión, me gustaría vincularme a él, entrar en
su interior a fin de comprender lo que le puede dar el valor de cometer un acto
que yo no pude hacer. Pero ¿cómo vincularme con un ladrón sin exponerme a
grandes peligros? En fin, voy a espiar la ocasión (sic).
¡Es
singular! Desde hace veinticuatro horas siento, a mi pesar, una consideración,
una suerte de admiración que no me explico..., por los ladrones de profesión
(porque a los ladrones patentados los des-precio profundamente). ¡Es
fastidioso! Todos esos pensamientos de análisis secundarios me asaltan y me
distraen de mis grandes ideas.
Me digo,
por qué trabajas tanto para nada, criatura, es darme de-masiado trabajo. En
fin, él lo quiere, yo debo soportarlo.
***
11 de la
noche. Vengo de mi reunión; encontré allí quince hombres, de los cuales solo
uno pertenecía a la clase... de los caballeros. Está deci-dido, parece que
hallaré en todas partes un buen charlatán, tonto de capirote. Ningún sentido
común, ninguna lógica, frases sentimenta-les, ¡el honor, la gloria! Es un
antiguo sansimoniano. Me da la apa-riencia de menos que nada. No hizo ninguna
reflexión que tuviera sentido común. Nada comprendido, y malo a su manera
(sic). Me di el placer de llevarlo un poco rudamente, por eso se calló. Esos
obreros eran faltos de inteligencia. Solamente tres comprendieron. Uno de ellos
dijo, sin embargo, una cosa muy buena: “Renuncié a los medios
751
Flora
Tristán
políticos
porque vi que eso ya no daba más. El medio político mueve, pero no hará más
caminar”. ¡Es magnífico! Sí, es la palabra. Mueve algunos espíritus, pero es
impotente para hacerlos caminar. El carpintero al pro-nunciar [eso] mató a la
política. Expliqué el porqué de ese hecho y vi que todos estaban muy
impresionados. Y ese hecho prueba una gran sensa-tez entre el pueblo: “Por qué
quiere usted que un obrero actúe en nombre del voto universal de los derechos
políticos”. Él se dice, después de todo: “Que, ¿me corresponderá a mí de eso?”.
“Nada, yo estaré todavía timado”. ¡Ah! no vale la pena comprometerme o
agitarme. Y no camina. Mientras que con el derecho al trabajo y el derecho a la
instrucción siente que le retornará algo a él y a los suyos, entonces, camina.
“Lo que me ha llevado a las ideas socialistas – agregó el carpintero– es el
hambre”. Ese hombre me agradó mucho. Un joven impresor está bien. Comprende la
palabra “amor”. Es el primero después de Marsella. Sentí una muy feliz emoción
cuando vi que comprendía la palabra “amor”. Es necesario que nos ame-mos los
unos a los otros, dijo, probárnoslo por nuestra dedicación recí-proca. Vamos,
me doy cuenta de que regresamos a Francia.
Me
acompañó y le hablé de ese caballero, ellos lo conocen y lo desprecian. ¡Y
bien!, a pesar suyo, se meten siempre con ellos. Creo que todos esos caballeros
de allí están pagados por la policía. ¡Oh! Bribones, yo los describiré de una
forma tan negra, que no les será permitido entrar en una reunión de obreros.
Ese obrero me dijo con dolor: “¡Ah! Señora, los obreros tienen una gran
necesidad de estu-diar y de comprender su libro, no tienen amor, ¡de tal manera
que no tienen la menor inteligencia!”. Dioses ¡cómo amé a ese muchacho cuando
me dijo eso! Si me hubiera atrevido lo habría abrazado. Pero ¿poseía él mismo
suficiente amor para comprender esta demostra-ción? Lo dudo. Eso me hace bien.
Desde el 14 de agosto no había es-cuchado ni una palabra de amor. ¡Qué largo
es! ¡Treinta y siete días!... ¿Voy a encontrarlo en Burdeos?
¡Qué
buena noticia! ¡Una diputación de obreros de Tolón en Mar-sella! Estoy
impaciente por tener los detalles. Es mi culpa, era necesa-rio emplear mejor el
dinero e ir a Fréjus o a otras pequeñas ciudades del departamento.
752
Agen
Medianoche.
No puedo dormir porque el señor Liszt tiene una gran velada en su alojamiento.
La sociedad hace un jaleo tal que la gente se aglomera abajo sin saber lo que
es. Esto da una idea del buen tono de la susodicha sociedad. Parece que Jasmin
ha escandalizado a todo el mundo. Se ha puesto siempre delante de su amigo
Liszt. Así, en el teatro, dijo en patois: “Me dan las coronas y yo te las doy”.
Pero los pobladores de Agen comienzan a percatarse de que su poeta es
pasablemente ridículo.
***
Regreso a
mis hombres de esa noche. Todos esos infelices estaban en el orden político
(Kersansie). Uno me hizo una reflexión a propósito de él. El caballero quería
saber exactamente cuál sería la forma de gobierno que yo adoptaría si llegaba a
tener éxito, y nos hizo una lar-ga perorata al respecto, de una idiotez que no
había escuchado nun-ca todavía. Uno de los obreros, tan idiota como el
caballero, me dijo entonces: “Señora, es indispensable que usted me diga qué
gobierno quiere usted, porque si quiero hacer propaganda entre los campesi-nos,
porque yo vivo en el campo, y bien, ellos me dirán, pero antes de firmar yo
quiero saber qué gobierno tendremos”. No pude evitar es-tallar en una gran
carcajada. Vean ustedes, el campesino que quiere saber cuál será la forma de
gobierno. Verdaderamente esos políticos serían grandes culpables si no fueran
grandes estúpidos por haber puesto a los obreros en una vía semejante.
Finalmente
tengo lo que deseaba desde hace largo tiempo. El aparato de la policía y de la
fuerza pública. ¡Treinta hombres para disolver una de nuestras reuniones!
Procedamos con orden. El comi-sario Segon vino esa mañana a mi alojamiento a
decirme que había recibido órdenes y que estaba muy decidido a impedir todas
las re-uniones que yo pudiera tener con los obreros. Ese Segon es el anti-guo
comisario del barrio, quien en Toulouse durante el alistamiento dirigió el
fuego contra el pueblo. Fue perseguido por el pueblo que quería matarlo. Partió
de la ciudad y le dieron esta plaza en Agen.
753
Flora
Tristán
Es una
insolencia de la autoridad porque un comisario que ha dirigi-do el fuego contra
el pueblo no debería ser empleado jamás. Este es un tipo completamente distinto
a Boisseneau. Grande, seboso, enor-me, de cara roja. Anuncia esta brutalidad
feroz del hombre de cólera. Se hace el importante, pero no tanto como
Boisseneau; es completa-mente grosero, sin la menor cortesía. Lo recibí con un
aire que decía: “Lo que haces y dices prueba que eres un imbécil”. Tan solo
conversé cinco minutos con él. Es tan común que no se presta ni siquiera a la
risa. Imposible representar con él una pieza de comedia. Oh Boisse-neau, mi
amigo, ¡usted tenía clase!
La única
cosa que encuentro bastante agradable en su visita es que me enseña que yo me
daba mucho trabajo para reunir a todos los obreros. Eran las once. No estaba
siquiera peinada. No había visto a nadie. “Yo”, “¡Oh!, si no es usted, son los
que usted hace actuar”. Com-prendí que los amigos se movían y eso me
tranquilizó, porque estaba inquieta de no ver aparecer nada.
Una hora
después, Champagne [... cuatro palabras ilegibles...] lle-ga y me dice: “Todo
marcha bien”. Desde ayer hemos visto a todas las sociedades. Los zapateros
devoirants8 vienen, los Bienhechores no, en casa de los “Gavots”, los tallistas
de piedra que son de ochenta a
8 El término “devoirant” alude a los
carpinteros, cerrajeros y herreros llamados “com-pagnons del deber”,
“devoirants” (por contracción “dévorants”) o perros. Eran hijos del maese
Jacques (ver nota 28 [del cap. III, “Auxerre”, de la primera edición]). [N. de
la T.]. [Nota 28 de la primera edición: Las iniciales aluden a los compagnons
del Deber de la Libertad. El compagnonnage está formado por diversos devoirs
(deberes), los que se dividen en numerosas sociedades. Los diferentes gremios
del compagnonnage recono-cen tres fundadores: Salomón, maestro Jacques y el
padre Soubise, de donde surgen las tres grandes categorías de afiliación: Los
Hijos de Salomón, Los Hijos del maestro Jacques y los Hijos del padre Soubise.
1. Hijos de Salomón: Divididos en dos: a)
compagnons extranjeros o “lobos” que eran tallistas de piedra; b) compagnons
del Deber de Libertad, llamados Gavots: carpinteros, cerrajeros y herreros;
carpinteros de obra, llamados “zorros de libertad” o “indios” y, después,
compagnons de libertad. Incluían también a los zapateros, panaderos, tone-leros
y techadores.
2. Hijos del maestro Jacques. Se dividían en: a)
tallistas en piedra denominados “com-pagnons caminantes” u “hombres-lobos”; y,
b) carpinteros, cerrajeros y herreros lla-mados “compagnons del deber”,
“devoirants” (por contracción “dévorants”) o perros. A diferencia de los Hijos
de Salomón que no lo hacían, ellos fueron incorporando a
754
Agen
cien, los
“Gavots” llamados “Lobos” de Agricol (padre Salomón) tienen un muy buen local
cerca del puente y quieren prestárnoslo. Como la hora que habían elegido no me
convenía, rogué a Champagne que regresara para tomar la hora de las 7 de la
noche. Me cuidé bien de decirle que el comisario había venido a prevenirme que
impediría la reunión, por temor a asustarlo.
Salgo
para ir al correo en donde encuentro cartas de todos mis amores y me voy a
caminar al borde del río en donde me paseo deli-ciosamente durante dos horas,
leyendo mis cartas, gozando con cal-ma y beatitud de mi amor.
Regreso,
y apenas había comenzado a escribir cuando Champag-ne entra con el aspecto un
poco estupefacto: “¡Ah!, señora, mala no-ticia. ¿Y cómo? ¿Usted no sabe nada?”.
“Absolutamente”. “Pero toda la ciudad está conmocionada con respecto a usted,
no se habla más que de usted y de la reunión de esta noche”. “¿Y bien?” “Y bien
la policía está lista. El comisario mismo ha ido a hablar al presidente de los
“Gavots”, y los “Lobos”, intimidados por todo lo que han oído de la policía
rehúsan prestar su sala y no quieren verla por temor a
maestros
de diversos oficios (cuchilleros, herreros, curtidores, caldereros, fundidores,
hojalateros, talabarteros, canasteros, sombrereros, panaderos, tejedores,
zapateros).
3. Hijos del maestro Soubise. Se componían
originalmente de un solo gremio: a) car-pinteros de obra, compagnons
caminantes, “viejos libertinos” o Drilles. Los techadores y los yeseros se
incorporaron a partir de 1703.
En el
siglo XIII los devoirants y los libertinos se unieron bajo el título de
“compag-nons del deber” y en el siglo XVIII continuaban unidos en la misma
asociación o de-ber. En diferentes épocas hubo luchas encarnizadas entre
algunos de los tres.
Jerarquía
de los compagnons. En cada deber hubo diferentes clases:
A.
Compagnons extranjeros o lobos tenían adherentes: 1. compagnons; 2. muchachos.
B.
Carpinteros de la libertad o Gavots se dividen en: compagnons recibidos,
compagnons realizados o perfectos y compagnons iniciados.
C.
Compagnons caminantes y compagnons dévoirants se dividen en: aspirantes,
com-pagnons.
Cuando
ascienden a maestros abandonan la sociedad, reciben un certificado y se
mantienen unidos por vínculos de reconocimiento.
En el
siglo XVIII, la asociación permitió las huelgas y las presiones por mejores
sala-rios, pero también obligó a los Maestros a tomar obreros solamente de la
corporación. La Ley del 2-17 de marzo de 1791, durante la revolución, suprimió
la corporación en Francia y prohibió reestablecerla.] [N. de la T].
755
Flora
Tristán
comprometerse”.
“¿Les ha dicho usted que tengo una carta de reco-mendación de Perdiguier?”.
“Sí, ¡pero no importa! No se atreven”.
Quería
ver si los de la Unión se atreverían: “Entonces, Champag-ne, nos reuniremos
donde ustedes. En cuanto a mí, yo acepto”. Y él respondió sin dudar: “Pero yo
no soy el dueño. Los otros quizá no se atreverán. Porque es necesario que sepa
que la policía ha venido también donde nosotros. Un agente ha llevado un
pequeño libro y ha interrogado a la Madre para saber si teníamos reunión esta
noche. Acabo de enterarme de esto hace un momento”. “Champagne regrese a su
casa, vea si esos señores quieren todavía recibirme, si los zapate-ros y los
Bienhechores lo quieren también, si todo el mundo está de acuerdo, venga a
recogerme a las siete y media”.
Luego
llega Bouquet consternado. “¡Los burgueses dicen horrores de usted! El
miserable Jasmin la pone en ridículo, su apostolado y sus ideas humanitarias.
En fin, toda la ciudad está contra usted”. Ese pobre Bouquet no es fuerte. Se
deja desconcertar muy fácilmente. Finalmente llega Durand. Pensaba que yo ya
estaba rodeado de es-birros y venía para ofrecerme su ayuda. Me contó que en
todos los cafés solo se hablaba de mí, que iba a hundir a Liszt, pero que todos
los burgueses decían horrores de mí. Una avalancha de calumnias, la repetición
absoluta de Carcassonne. ¡Oh! Burgueses bribones, uste-des me hacen muchas
maldades, pero yo se las regreso bien. Dieron las 7 y Champagne no aparecía.
Envío a Durand para saber si esos se-ñores querían recibirme. Regresó de
inmediato para decirme que me esperaban. Parto en un aguacero, los pies
mojados, porque no tengo zapatos fuertes. No importa, cuando los deberes de mi
misión me lla-man, no siento ni la lluvia, ni el calor, ni el frío.
Encuentro
la sala de la Madre de los asociados de la Unión de la calle du Temple, llena
de gente, alrededor de sesenta. Todos muy de-seosos de oírme.
Felicito
a esos señores por el coraje que muestran en estas cir-cunstancias, por
desafiar las amenazas de la policía cuando se trata de instruirlos sobre sus
derechos. Qué fuerza tiene una para hablar a los hombres, cuando ellos mismos
dan la cara. Delante de mí, que
756
Agen
desafío a
la policía, nadie osa retroceder (aparte de los Lobos que van a recibir su
merecida crítica).
Me pongo
a explicarles, de acuerdo con el alcance de las inteli-gencias allí presentes.
Me escuchan con un silencio religioso, pero observo que al menor movimiento una
sorda inquietud los agita. Al menor ruido, los ojos se dirigen hacia la puerta
y veo algunos rostros empalidecer. Los tranquilizo con algunas palabras firmes
y a pesar del temor que trabajaba a muchos de esos hombres, todos mostraron
mucho autocontrol. Hablaba hacía más o menos una media hora, ya había explicado
las cuestiones principales, cuando oímos en la calle como un vozarrón, marcha
de soldados, etc. El padre subió a decirnos: “El comisario está abajo”. “Buen
autocontrol, les digo yo, y ninguna resistencia”. ¡Golpe de efecto! El
comisario gordo entra re-vestido con su bufanda tricolor, un gran bastón en la
mano. Se expre-só así (extendiendo los brazos adelante y su bastón al extremo):
“En nombre del rey (no agregó y de la ley), les ordeno disolver en este mis-mo
momento esta asamblea”. Todos los obreros se pararon, y tengo el dolor de decirlo,
partieron demasiado precipitadamente. Eviden-temente, el miedo les hacía
correr. Varios asociados se levantaron y salieron también. “Pero quédense,
porque ustedes están en su casa”. Cinco o seis que tenían mucho miedo de mí y
del comisario se volvie-ron a sentar y se autocontrolaron bien.
El
comisario estaba burlado, no hubo resistencia, habían obedeci-do su orden
precipitadamente. Olvido decir que este hombre es inca-paz de cumplir el puesto
que ocupa. Debía atenerse a la fórmula “En nombre del rey les ordeno disolver
esta asamblea”. Eso es todo. Pero como este individuo es incapaz de ser un
magistrado, y no sabe más que ser un hombre grosero, brutal, agregó, con una
voz despectiva de cólera, sirviéndose del bastón con un gesto ultrajante:
“¡Vamos, salgan!”. Solo por ese gesto, ese comisario debía ser destituido. ¿Qué
hacer? No hay manera de encolerizarse. A mí no me había dirigido la palabra, yo
no lo había perdido de vista ni un instante (la bestia era muy curiosa para
estudiar) y no me había siquiera mirado, a pesar de que estaba frente a mí, a
tres pasos, una mesita me separaba de él.
757
Flora
Tristán
Detrás de
mí estaba Durand, sentado sobre la cama y su paquete de libros sobre la mesa.
Los diez asociados permanecían a mi iz-quierda. El silencio reinaba. El
comisario gordo giraba sobre sí mis-mo en medio de la pieza (porque no había
espacio para caminar) como una gruesa fragata holandesa revolotea alrededor del
ancla en un mar agitado. Cuatro y cinco sargentos de la ciudad están de-trás de
él, con el aspecto muy confuso, sin comprender mucho lo que hacían allí. El
silencio prolongado se volvía fatigante y casi ri-dículo. Le dije algunas
palabras en voz baja a Durand, pero eso no bastaba. Se me ocurrió una idea:
“Champagne, le dije, con el mismo tono de voz que hubiera tenido en un salón,
hágame el favor de ba-jar y pedir a la Madre un vaso de agua azucarada”. Había
olvidado la cuchara, le rogaba sonriendo que volviera a bajar. ¡El hombre gordo
estaba púrpura, violeta! Virando completamente me dirigió, al fin, la palabra
indirectamente: “Los tallistas de piedra al no que - rer recibirla, señora,
dieron muestra de mucha sensatez”. Era una manera de entrar en conversación. Yo
no respondí nada. Entonces, rabiando de cólera, se lanzó sobre Durand, pero de
una manera tan brutal que no podría llegar a reflejar en una descripción
escrita, ni su mirada, ni su gesto, ni su furor. “¡Estoy muy sorprendido de
en-contrarlo aquí, señor Durand! Usted sabe perfectamente que no es su lugar.
¡Que si la señora lo conociera!” Aquí, lo confieso, compren-dí que la posición
era crítica. Yo sabía que Durand había cenado con el patrón en la víspera, que
el señor [espacio en blanco], el de-mócrata, había traído el vino de Sauternes
y que había bebido más de la cuenta. Me di cuenta de que su lengua estaba un
poco espesa y temía las consecuencias de ese estado. Durand se levantó, se puso
pálido de cólera y le dijo: “¿Por qué, pues, no es mi lugar?” Entonces ese
comisario magistrado lo insultó con tonterías como no he visto jamás a
marineros insultarse: “¡Usted es un miserable canalla!, si se supiera lo que
usted es, lo despedirían. Sí, yo haré que la señora, y todos, lo conozcan por
lo que usted es. Usted vive al amparo de una sirvienta de mala casa”. Durand,
exasperado, respondió: “¡Us-ted miente! Si usted entra en mi vida privada, yo
voy a entrar en la
758
Agen
suya”.
“¡No hable más! Cállese, exclamó el elefante gordo con furor, o lo voy a hacer
arrestar”. Tomé el brazo de Durand, lo forcé a sen-tarse y a callarse. Y lo
magneticé tanto que se calló como petrifica-do. El comisario sentía, quizá, que
había ido demasiado lejos, se fue de la sala con sus ayudantes y nosotros nos
quedamos solos. ¡Qué escena! ¡Oh, no se borrará jamás de mi memoria! ¡Y se
llama a eso un magistrado!
No sé lo
que es Durand, pero se necesitaba ser el más grande mise-rable para venir a
atacarlo en su vida privada, era innoble.
Pero
mientras todo esto pasaba arriba, ¿qué pasaba abajo? El bra-vo comisario había
hecho venir, para apoyarlo en su noble expedi-ción, veinte sargentos de la
ciudad y un piquete de treinta hombres del cuartel. Ahora bien, caía un
aguacero. Los agentes por temor a mojarse querían entrar todos donde la Madre.
Los soldados, por te-mor a mojar sus fusiles, querían todos entrar también.
Resultó de todo esto un apiñamiento, un ruido, un tumulto espantoso. La Ma-dre,
joven mujer próxima a dar a luz, al ver tantos soldados tuvo un miedo horrible
y se había casi desmayado. La sirvienta..., las vecinas se habían hecho cargo
de ella. Olvido, y los vecinos, las vecinas un domingo en la noche a las 8.
Toda la calle du Temple en revolución. Yo, jugando siempre el rol de la
princesa, permanecía muy tranqui-la en la ventana de atrás con el contraviento
entreabierto, mirando y escuchando todo. ¡Los soldados estaban furiosos! Los
oía maldecir contra la policía. Un bajito, que se hacía el bromista y reconocí
por su acento parisino, decía las cosas más cómicas sobre la manía que tienen
todos los comisarios de ver siempre ¡motines en todas partes! “¡Sí! Tiene ojo
el comisario”. “Sí, he aquí una posición famosa la de la calle du Temple en
Agen ¡para hacer la revolución! ¡Y sobre todo el tiempo está muy bien
escogido!” “Pero hace falta estar loco para creer que aquí hay una revolución,
¿dónde diablos está, entonces, ella? Deberían al menos mostrárnosla. ¡Bah!
–retomaba otro –, pero no hay aquí ni dama ni revolución. Apuesto que es un
obrero bro-mista el que habrá querido divertirse a costa del comisario”. “Pero
es idiota molestar a las tropas para nada”.
759
Flora
Tristán
No puedo
decir cómo me divertí al oír hablar a ese soldado parisi-no bromista. Era
completamente cómico.
Finalmente,
el padre rogó al comisario que hiciera salir a todo el mundo de su sala porque
su mujer se iba a ahogar. Soldados y agentes fueron obligados a enfrentar la
lluvia, se retiraron maldiciendo contra el comisario, repitiendo que no había
dama y que era un cuento.
Aquí
puedo juzgar la valentía de los hombres. Los obreros extran-jeros habían
salido, pero habían acechado a la puerta y cuando estu-vieron seguros de que
toda la banda había partido, los zapateros, par-ticularmente, me preguntaron si
quería que volviesen a subir para continuar la sesión. Yo estaba de acuerdo,
pero el padre asustado a causa del estado avanzado de su mujer parecía temer, y
yo debí ceder ante un reclamo tan justo. Observé que los zapateros, en general,
son muy valientes. Es una justicia que me place reconocerles.
En estas
circunstancias los asociados se condujeron perfecta-mente, ningún temor,
ninguna duda, ninguna bravata. Estuvieron bien, muy bien, desde todos los
puntos de vista.
Pero qué
decir de los “Lobos”, de esos terribles tallistas de piedras, los “Lobos”, ¡el
terror del tour de Francia! ¡Y bien!, esos feroces, esos temibles “Lobos” ¡no
osaron recibir, no osaron venir a oír a la seño-ra Flora Tristán! Esos
terribles se dejaron intimidar por un policía. Cuando me informaron su
negativa, encontré la palabra: “Vamos, le dije a Champagne, he aquí a los
‘Lobos’ que se dejan comer por los pe-rros”. Esa palabra me vino a los labios
cuando Segon me dijo que los tallistas de piedra habían dado pruebas de
sensatez al no querer re-cibirme. Abrí la boca para contestarle: “Eso prueba,
señor comisario, que la sociedad está de cabeza dado que los “Lobos” se dejan
comer por los perros”. Felizmente, me contuve. El espíritu de oportunidad que poseo
en alto grado me es perjudicial con frecuencia. Lo comba-to tanto como puedo.
Esta
cobardía de los “Lobos” los pierde para siempre en el tour de Francia. ¡Qué
cobardía! Qué ausencia de fraternidad en estas circunstancias no debían todos
desafiar para hacer honor a la reco-mendación de sus países. Agricol
P[erdiguier]. Esta frase de su carta
760
Agen
debía
volverlos inquebrantables, si hubiera sabido. El presidente de los “Lobos”,
actualmente en Agen, estaba en Lyon durante su paso y estuvo presente en la
gran asamblea de los Gavots cuando leí a to-dos los señores reunidos la carta
de Perdiguier. ¡Y bien!... Aviñonés, si ibas a hacer el tour de Francia para
llevar a todos y todas un gran pensamiento regenerador y, por consiguiente,
revolucionario a los ojos de los innobles burgueses. Los “Lobos”, tu grupo, tus
hermanos, te negarían, te rechazarían. Ustedes lo ven. Allí donde hay
ignoran-cia, estén seguros de que encontrarán falta de corazón, de dignidad e
incluso cobardía.
No hay
coches en Agen. Tuve que regresar en la lluvia, el barro. Finalmente, ya estoy
en mi alojamiento. Son las 10. Ya son tres horas que dura esta gran e
interesante comedia. Es suficiente.
Durand
está en un estado de furor imposible de describir. Tiene razón.
***
23 de
septiembre. Esta mañana la gente del hotel me parece ¡aterrori-zada! Las
domésticas me miran con un aire completamente singular. El comisario me acaba
de devolver mi pasaporte y me pregunta si parto el día de hoy. Yo asumo mi
aspecto muy seco, muy frío y res-pondo: “Dígale al comisario que no tengo
cuentas que rendirle y que partiré cuando me plazca”. Parece que en Agen no
comprenden que una ose hablarle de esa manera a un comisario. Aquí todavía se
tiene el terror de la bufanda.
En
resumen, estoy muy satisfecha, en primer lugar, de mí, porque estudié todo eso
con una sangre fría admirable. También estoy satis-fecha de los obreros. Veo
que dos o tres alertas de este tipo y serán fervientes. Luego, finalmente, vi
llamar a la fuerza gubernamental. ¡Oh! Operan en nombre del rey, es
completamente como en el 88. Claro, no valió la pena guillotinar a dos o tres,
expulsar a cuatro o cinco de ellos. Para regresar después de 56 años a la vieja
fórmula: “En nombre del rey”, ¿y qué cosa más dicen en Rusia? Se debe estar de
acuerdo en que las revoluciones políticas son ¡unas famosas farsas!
761
Flora
Tristán
Pelearse,
dejarse matar durante 56 años para, en definitiva, aprobar absolutamente que el
teniente de policía opere a su buen placer. Pero es más que una farsa. ¡Es
idiota, es atroz! Peleen ustedes, obreros, má-tense para cambiar gobiernos. Sí,
¡les devuelve algo peor! ¡Ah, los go-biernos deben reírse de los obreros!
Las
calumnias marchan a su paso como en Carcassonne. Se supo-ne que todo esto será
comentado en el salón del señor Liszt. Me re-húso a creer que Liszt haya
soportado que se soltaran basuras seme-jantes delante de él. Quizá los
burgueses y el célebre pensionista del rey, Jasmin, lo hayan dicho, pero en una
esquina. Mas veamos hasta dónde va la negrura, la maldad de esos burgueses,
para dar mayor fuerza a sus sucias calumnias se las prestan a Liszt. Esos
burgueses de provincia, sobre todo, son los más villanos, los más innobles
cana-llas que una haya podido imaginar. La realidad sobrepasa todo lo que una
puede decir. ¡Qué miserables! Se debe estar de acuerdo, también, en que mi
audacia de escupirles a la cara los exaspera. ¡Ah!, es un duelo a muerte entre
nosotros, ¡bribones!, y veremos quién de los dos quedará muerto o herido.
¡Bravo!,
verídicos agenienses. Champagne y los otros salen de aquí. Acaban de decirme
todo lo que se comenta esta mañana en la ciudad respecto de lo que pasó ayer en
la noche. Se dice que la señora Flora Tristán, habiendo querido reunir a todas
las sociedades en una sola, los había reunido en la casa de la Madre de los
Asociados, que allí una discusión comenzó, que se llegó a la disputa, a los
golpes y que finalmente un hombre había sido asesinado. ¡Perfecto! Que esta
batalla de compagnons, habiendo producido un estruendo tal en el barrio, había
hecho que se corriera a buscar a la policía, a la guardia, para llevarse a los
culpables. En cuanto a mí, me hicieron pasar por una “ventana”; los asociados
me hicieron pasar por esta ventana y, de esta manera completamente milagrosa,
pude escaparme. ¡Y bien!, después de esto, qué vamos a creer entonces lo que
nos cuentan, no ya de los tiempos del César sino de los tiempos de Henri IV, de
los tiempos de la Convención, incluso solamente de los tiempos de ayer. Esta
mañana a las 6 toda la ciudad de Agen estaba persuadida de que
762
Agen
en la
noche había habido una batalla terrible entre compagnons en la calle du Temple.
Por
supuesto, esta bella historia ha sido fabricada en la noche en las oficinas del
célebre Segon. ¡Qué obra maestra! Al regresar a su casa él habrá pensado que la
cosa tal como había sucedido no tenía un buen color para él. Entonces se puso a
fabricar un gran aconte-cimiento. Y como el gobierno le da hombres que nosotros
pagamos bastante caro, los habrá empleado ayer en la noche y hoy para di-fundir
la noticia. ¡Y cosa inaudita!, cosa dolorosa, esta noticia ab-surda encontró
creyentes, porque esta mañana, a las 6, Champagne fue despertado por dos
jóvenes aspirantes a “Lobos” que venían muy asustados a saber a qué “Deber”
pertenecían los heridos y el que ha-bía sido asesinado.
Juzguen
la sorpresa de los asociados profundamente adormeci-dos por la aparición de
esta horrible versión que corría ya por toda la ciudad. Ahora es necesario que
pongamos a nuestros hombres en campaña para desmentir la noticia, pero Dioses
sabe si lo lograremos.
Dije ayer
treinta soldados [...palabras cortas ilegibles...] había un piquete de
cincuenta hombres venidos del cuartel a paso de lobo. Gran gira, misterio, la
bayoneta en la punta del fusil, las armas car-gadas. Luego les hicieron
emboscar en las callejuelas y de repente lanzarse sobre la casa donde yo
estaba, yo, la madre de mis hijos, ha-blándoles con calma y amor de la Unión.
Supimos
todo esto por un pioupiou9 primo de uno de los zapa-teros presentes que vino
esta mañana a informarse de lo que había pasado, porque el piquete de cincuenta
hombres lo ignora comple-tamente. Todos creen que es un mal cargo que les han
querido hacer para herirlos a su arribo (hace solo algunos días que están
aquí).
Y he aquí
un capítulo un poco curioso.
Le
pregunté a Champagne el efecto producido. Muchos tuvieron temor y no se atreven
a firmar. Esto es grave. Hombres que se dejan
9 Término en jerga familiar que quiere decir:
joven soldado; soldado de infantería. [N. de la T.].
763
Flora
Tristán
intimidar
por la policía hasta el punto de renunciar a sus derechos de ciudadanos. Hay
que anotar mi conversación con Champagne. Todos los obreros compagnons piensan
así. No entrevén una mejoría para ellos. Lo que él me contaba al respecto
tocándose el sombrero. Todo esto prueba que yo comienzo una gran tarea que se
debe conti-nuar: la educación política del pueblo.
Si una la
abandonara, si una se dejara intimidar estaríamos per-didos, caeríamos más bajo
que Inglaterra que tiene recursos exterio-res, más bajo que España, que Italia,
que tienen recursos del suelo, más bajo que no importa qué pueblo porque la
nación francesa solo se puede mantener grande, rica, bella, imponente, por el
pueblo, si el pueblo se envileciera y cayera la naturaleza desaparecería. (Este
pensamiento es el fondo de mi prefacio).
No he
encontrado aquí más que un hombre que me inspire un poco de confianza: es el
joven impresor Davezac. Durand tiene algu-nos remordimientos de conciencia, se
ve que su vida está mancha-da. No está a gusto, es una lástima porque es
inteligente, tiene valor, comprende muy bien, tiene palabras perfectas.
Ayer, al
pasar frente al Café de París, me dije: He aquí el café de los Demócratas...
Los caballeros. Él captó de inmediato la palabra.
Hablando
de O’Connell, él quiere hacer en Irlanda una revolu-ción aristocrática,
absolutamente como los polacos querían hacerla en 1830. Son aristócratas
hablando en nombre del pueblo.
Esta
comparación es muy justa. Es siempre sorprendente para mí encontrar en esas
inteligencias en bruto, destellos de luz que no en-cuentro en otros medios
cultos.
Ningún
hombre en una ciudad de 20 mil almas. ¡Es espantoso! Qué felicidad de que yo
pase por allí.
Ese
miserable Jasmin no vino a verme. Quizá le habrían quitado su pensión. ¡Qué
canalla!
Acabo de
ver una escena de civilizados a la puerta del hotel que me hizo daño, y me da
la peor impresión de los dueños de hotel. Voy a la ventana y veo abajo, en la
puerta principal, sobre la plaza por la que todo el mundo pasa (y por atrás hay
una gran puerta para los
764
Agen
coches y
un gran patio), una treintena de pobres mendigos alineados ahí como soldados,
en dos filas, esperando su ración. Los dejaron allí más de diez minutos y,
finalmente, el dueño vino a darle un ochavo a cada uno. Al recibir ese ochavo
las mujeres le hacían reverencias, los hombres se quitaban sus gorros.
¡Oh!
¡Frase impía del cristianismo que consagró la limosna! ¡Qué blasfemia! ¡Qué
ultraje hecho a Dioses en su criatura! ¡Y qué! Porque el dueño de la casa, que
no tiene otro mérito que el de tener capitales y el de ser, por consiguiente,
un ladrón patentado, este hombre se irroga el derecho de humillar a su hermano,
haciéndolo que haga la reverencia delante de él. ¡Porque él puede darle un
ochavo! ¡Oh! ¡Anatema sobre la limosna! ¡Oh! ¡Anatema sobre el principio que la
alimenta, la propiedad! Que perezca, más bien, la humanidad, en lugar de vivir
así en el robo y la humillación. Decididamente, hay que destruir el Evangelio,
porque el Evangelio dice: “Den limosna”. Desde luego, una ley que dice: “Habrá
siempre pobres entre ustedes”, debería decir a los ricos “Den limosna”. Pero yo
digo que una ley se-mejante es antisocial, antirreligiosa, antihumana. Es
necesario que desaparezca. Se debe atacar resueltamente a las malas leyes, y yo
lo haré, respecto del Evangelio. Una de las dos cosas. Es necesario que tomemos
todo lo que hay de bueno, de igualitario, de religioso en el Evangelio,
rechazando el resto, o que uno lo queme en la plaza públi-ca con toda la
solemnidad de un acto semejante.
Qué buen
día pasé ayer con las cartas que encontré en el correo. Quiero y admiro a mi
pobre hija. Hay mucho de bueno en ella. ¿Lle-gará ella alguna vez a un punto
tal como ella lo desea? El sufrimiento le ha hecho mucho bien. ¡Oh! ¡Es
magnífico el sufrimiento!
Pero
quiero más a mi hija en el espíritu. Es otro amor. Así yo haré por Aline
sacrificios que no haría por St. Jean (así llamaré de ahora en adelante a
Éléonore), pero quiero más a St. Jean. Vivo más en ella, ella vive más en mí.
Me daría una pena mayor perder a St. Jean que a Aline. Evidentemente, eso
prueba que yo vivo más por el espíritu y en el espíritu que por la carne y en
la carne. Luego esta carta. Ella me produjo también un gran placer. Sí, lo
siento, para que la vida sea
765
Flora
Tristán
verdaderamente
bella hace falta que sea completa. Vivir por el alma, por el espíritu, por el
corazón, por los sentidos. Esta es la vida com-pleta. Tengo horas inefables.
A anotar,
el “Hôtel de France” en Agen. Nunca he estado tan mal. Imposible tener dos
costillas (no como nada más) en mi habitación. Y esta habitación horrorosamente
estrecha en el segundo piso, cuan-do la casa está vacía. Parece que esos
bribones se vengan de mí por mis opiniones. Ese cocinero debería ser nombrado
diputado. ¡Qué conservador tan bueno! No había encontrado todavía ninguno tan
notable. Yo lo trato con el más grande desprecio. Y las dos grandes babosas de
mujeres me saludan afectada y forzadamente. Yo ni si-quiera se los devuelvo.
Qué
canallas esos dueños de albergues. [Ilegible...] meloso10 con los ricos e
insolente con la gente modesta en su postura y gastos. Es necesario que los
maltrate.
Los
“Dévoirants” carpinteros y cerrajeros también recibieron esta mañana la visita
de la policía. Se dejaron intimidar, la Madre, sobre todo, que tiene temor de
que le hagan cerrar su bar. Yo no puedo ver-los. Me han dado muchas excusas,
han comprado muchos libros y me han mandado decir que iban a estudiar mucho.
Todo esto es gra-ve. Decididamente, esta gente se deja asustar. Temo que esto
conti-núe en Burdeos. ¿Y Nantes? En fin, se debe constatar lo que es. Ese es el
lado útil, religioso del movimiento que yo hago.
[Aquí se
detiene el Diario de Flora Tristán].11
10 Parece haber un error de digitación en el
original. Aparece la palabra “mieilleux” que no existe en francés. Por el
sentido parece ser mielleux, que quiere decir “meloso”. [N. de la T.].
11 Mario Vargas Llosa relata que cuando Flora
Tristán “[...] el nefasto 24 de septiem-bre de 1844, recién llegada a Burdeos,
[...] aceptó aquella invitación para asistir desde un palco del Grand Théâtre,
al concierto del pianista Franz Liszt, no sospechaba que aquel mundano
acontecimiento, donde las damas borlesas iban a lucir sus joyas y ele-gancias,
sería su última actividad pública. Las semanas que le quedaban la pasaría en
una cama, nada menos que en casa de dos sansimonianos, los esposos Elisa y
Charles Lemonnier, a quienes un año antes había rehusado ser presentada por
considerar-los demasiado burgueses. Paradojas Florita, paradojas hasta el
último día de tu vida”
766
Agen
Bibliografía
Blanc,
Éléonore (1845). Biographie de Flora Tristán. Lyon: E. Blanc, rue Luzerne.
Martin
Saint-Léon, Étienne (1901). Le Compagnonnage. París: Colin edi-tores.
Perdiguier,
Agricol (1839-1840). Le Livre du compagnonnage. París: A. Per-diguier.
Perdiguier,
Agricol ([1852] 1982). Mémoires d’un compagnon. París: F. Mas-pero.
Puech,
Jules L. (1925). La vie et l’œuvre de Flora Tristán. París: M. Rivière.
Reybaud,
Louis (1848 [1841]). Études sur les réformateurs, 2 Volumes. París:
Guillaumin.
[Quinta edición].
Sand,
George (1847 [1840]). Le Compagnon du tour de France. París: Garnier Freres.
(Vargas
Llosa, 2003, p. 441). Flora Tristán sufre en dicho concierto un desmayo, del
cual no se logra recuperar. Es visitada en casa de los Lemonnier por Éléonore
Blanc, quien cuidó de ella alrededor de dos semanas. Vargas Llosa recrea los
momentos fina - les: “En vista de que los dolores, pese al opio, la tenían
rugiendo y retorciéndose, el 12 de noviembre de 1844 los médicos le hicieron
poner cataplasmas en el vientre y ven-tosas en la espalda, [...] El día 14
anunciaron que estaba agonizando. [...] A las diez de la noche era cadáver.
[...] Los esposos Lemonnier cortaron dos mechas de sus cabellos, una para
Éléonore Blanc y otra para Aline” (op. cit., p. 460). “Los Lemonnier
encarga-ron a un artista bordelés una mascarilla mortuoria de la difunta y
compraron, para recibir sus restos, una tumba en el antiguo cementerio de La
Cartuja. Fue velada du-rante dos días, pero no hubo ninguna ceremonia religiosa
ni se permitió el ingreso de sacerdote alguno al velatorio. El entierro tuvo
lugar el 16 de noviembre, poco antes del mediodía. El cortejo salió de la rue
Saint-Pierre, de casa de los Lemonnier, y, a pie, bajo un cielo gris y
lluvioso, recorrió a paso lento las calles del centro de Burdeos hasta La
Cartuja. Lo formaban algunos escritores, periodistas, abogados, un buen número
de mujeres de pueblo y cerca de un centenar de obreros. [...] Llevaban los
cordones del féretro un carpintero, un tallador de piedras, un herrero y un
cerrajero” (op. cit., pp. 460-461). [N. de la primera Ed.].
767
Flora
Tristán
Tristán,
Flora (1973 [1843-1844]). Le tour de France. Etat actuel de la classe ouvrière
sous l’aspect moral, intellectuel et matériel. París: Éditions Tête de
Feuilles. [Edición póstuma. Notas de Jules L. Puech].
Tristán,
Flora (1980). Le tour de France. Etat actuel de la classe ouvrière sous
l’aspect moral, intellectuel et matériel, 2 Volumes. París: F. Maspero.
[Edición de Stéphane Michaud].
Tristán,
Flora (1983). Le tour de France, Journal 1843-1844. París: Indigo &
Coté-femmes éditions.
Tristán,
Flora (2003). Peregrinaciones de una paria. Lima: Fondo Editorial UNMSM /
Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán. [Trad. Emilia Rome-ro; prólogo de
Mario Vargas Llosa; estudio introductorio de Francesca Denegri].
Vargas
Llosa, Mario (2003). El paraíso en la otra esquina. Lima: Alfaguara.
768
Sobre las
autoras
Virginia
Vargas Valente
Socióloga,
con especialidad en Sociología Política. Activa militante feminista,
cofundadora del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán en 1978. Desde
entonces, ha combinado su compromiso militante feminista con la reflexión
teórica acerca de los rumbos y las diná-micas de los feminismos y la democracia
en Perú, América Latina y a nivel global. Es integrante de la corriente
política Articulación Feminista Marcosur y participó, en su representación, en
el Consejo Internacional del Foro Social Mundial. Ha sido profesora invitada en
diferentes universidades de Europa, Estados Unidos y América Latina.
Igualmente, sus artículos se han publicado en medios femi-nistas y académicos
de distintos países. Entre sus publicaciones es-tán El aporte de la rebeldía de
las mujeres (1989); Un nuevo enfoque de género en el desarrollo (1991, comp.);
Cómo cambiar el mundo sin per-dernos (1992); en coedición Género en el
desarrollo (1992), y El triángulo de empoderamiento. El camino a Beijing (1993,
1996). En 2007, El movi-miento feminista en el horizonte político peruano
(décadas 1980-1990).
769
Sobre las
autoras
En 2008,
publicó Feminismos en América Latina. Su aporte a la políti-ca y a la
democracia. En 2012, Crisis y movimientos sociales en Nuestra América: cuerpo,
territorios e imaginarios (coeditora). En 2020, A veinti-cinco años de la IV
Conferencia Mundial de la Mujer en Beijing. Cómo lo hicimos, qué logramos,
dónde estamos… hacia dónde vamos (coeditora). En 2008, Los feminismos
latinoamericanos. Su aporte a la política y a la democracia. El volumen dos,
que comprende los años 2010-2020 está en proceso.
Diana
Miloslavich Tupac
Escritora,
feminista, activista y defensora de los derechos políticos de las mujeres.
Estudió Literatura en San Marcos, ha completado estudios de maestría en
Literatura Peruana y Latinoamericana y de doctorado en Ciencias Sociales en la
misma universidad. Es asesora de la Red Nacional de Autoridades Mujeres
(RENAMA) y de la Fede-ración Nacional de Mujeres Campesinas, Artesanas,
Indígenas, Nati-vas y Asalariadas del Perú (FENMUCARINAP). Es también ministra
de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Sobre literatura e historia ha publicado
María Elena Moyano: en busca de una esperanza (1993), con ediciones en España,
Italia, EE. UU. y Japón; Literatura de mujeres: una mirada desde el feminismo
(2012) y Flora Tristán: Peregrinaciones de una paria en el Perú (2019). Sobre
mujeres y política, Mujeres y gobiernos locales 1981-1998 (1998), Género y
gasto público (1998), La mitad del cielo, la mitad de la tierra, la mitad del
poder (2002), Feminismo y sufragio 1933-1956 (2015), El acoso político en el
Perú (2017) y Género, paridad y gestión de riesgo de desastres (2018).
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Sobre las
autoras
Francesca
Denegri
Doctora
en Estudios Hispánicos por la King’s College, Universidad de Londres. Es
docente investigadora y directora del Doctorado de Lite-ratura Hispanoamericana
de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha sido profesora titular en
las universidades de Londres y de South Bank, y profesora invitada en
universidades de España, Chile, Alemania y Estados Unidos. Sus publicaciones
son Clorinda Matto de Turner. Nuevas miradas y lecturas (Francesca Denegri, Ana
Peluffo, eds., 2022); Historia de las literaturas en el Perú. De la ilustración
a la modernidad (1780-1920), volumen 3 (Marcel Velázquez y Francesca Denegri,
eds., 2021); Su afectísima discípula, Clorinda Matto de Turner. Cartas a
Ricardo Palma (Francesca Denegri y Ana Peluffo eds., 2020); Ni odiar ni amar
con firmeza. La política cultural de las emociones en el Perú posbélico
(editora, 2019); Dando cuenta. Estudios de testimonios de la violencia en el
Perú 1980-2010 (Francesca Denegri y Alexandra Hibbett, eds., 2016); Soy señora.
Relato testimonial de Irene Jara (2000 y 2021); El abanico y la cigarrera. La
primera generación de mujeres ilus-tradas en el Perú (1996, 2001 y 2018).

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