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Libro N° 13048. Peregrinaciones De Una Paria Y Otros Textos Recobrados. Tristán, Flora.

 


© Libro N° 13048. Peregrinaciones De Una Paria Y Otros Textos Recobrados. Tristán, Flora. Emancipación. Octubre 5 de 2024

 

Título original: © Peregrinaciones De Una Paria Y Otros Textos Recobrados. Flora Tristán

 

Versión Original: ©  Peregrinaciones De Una Paria Y Otros Textos Recobrados. Flora Tristán

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/bitstream/CLACSO/168950/1/Peregrinaciones-de-una-paria.pdf

 

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© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA Y OTROS TEXTOS RECOBRADOS

Flora Tristán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Peregrinaciones De Una Paria Y Otros Textos Recobrados

Flora Tristán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Peregrinaciones de una paria y otros textos recobrados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Peregrinaciones de una paria y otros textos recobrados / Flora Tristán ... [et al.] ; prólogo de Virginia Vargas Valente.- 1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires :

 

CLACSO ; Lima: Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán;

Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2022.

Libro digital, PDF - (Clásicos recuperados)

 

Archivo Digital: descarga y online

 

ISBN 978-987-813-133-7

 

1.  Mujeres. 2. Feminismo. I. Tristán Flora. II. Vargas Valente,- Virginia, prolog. III. Vargas Llosa, Mario, prolog.

CDD 305.4209

 

 

Diseño de tapa: Dominique Cortondo

 

Diseño de interior: Paula D’Amico

 

Edición: Eugenia Cervio

 

Revisión de la traducción y traducción de epígrafes de Paseos en Londres: Sofía Traballi

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Peregrinaciones De Una Paria Y Otros Textos Recobrados

 

 

Flora Tristán

 

 

 

 

CLACSO Secretaría Ejecutiva

 

Karina Batthyány - Secretaria Ejecutiva

 

Fernanda Pampín - Directora de Publicaciones

 

Equipo Editorial

 

Lucas Sablich - Coordinador Editorial

 

Solange Victory y Marcela Alemandi - Gestión Editorial

 

Nicolás Sticotti - Fondo Editorial

 

 

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Peregrinaciones de una paria y otros textos recobrados (Buenos Aires: CLACSO - Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán - Universidad Nacional Mayor de San Marcos, marzo de 2022). ISBN 978-987-813-133-7

 

 

 

Imagen de tapa: The “Cock and Magpie”, Drury Lane. Extraída de Wikimedia Commons:

 

https://commons.wikimedia.org/

 

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Agradecimientos

 

Agradecemos a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú) por autorizarnos a publicar la traducción de Emilia Romero de Peregrinaciones de una paria, gracias a la gestión de Luis Alberto Suárez Rojas, director de la Dirección del Fondo Editorial y Librería de esta casa de estudios. Igualmente, a Yolanda Westphalen Rodrí-guez por autorizarnos a publicar partes de su traducción de El tour de Francia y Unión Obrera. Y a Rodrigo Núñez Carvallo por su autoriza-ción para publicar partes de Paseos en Londres.

 

También agradecemos especialmente a Gaby Cevasco por su cola-boración durante todo el proceso de edición.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación 13

 

Karina Batthyány

 

Prólogo

 

Flora Tristán: pionera feminista, socialista, internacionalista 15

 

Virginia Vargas Valente

 

Flora Tristán, pionera del feminismo y la defensa de los derechos

 

de las mujeres         23

 

Diana Miloslavich Tupac

 

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA

 

Prólogo

 

Flora Tristán y Paul Gauguin           41

 

Mario Vargas Llosa

 

Estudio introductorio

 

La insurrección comienza con una confesión 63

 

Francesca Denegri

 

Cronología de Flora Tristán 97

 

 

Bibliografía de Flora Tristán 103

 

A los peruanos        105

 

Peregrinaciones de una paria 109

 

Prefacio [a la primera edición]         119

 

Tomo primero

 

1. El “Mexicano”    133

 

2. La Praia   147

 

3. La vida a bordo   175

 

4. Valparaíso           219

 

5. El “Leónidas”      231

 

6. Islay        239

 

7. El desierto           259

 

8. Arequipa 283

 

Tomo segundo

 

1. Don Pío de Tristán y su familia    355

 

2. La república y los tres presidentes 377

 

3. Los conventos de Arequipa          429

 

4. La batalla de Cangallo     461

 

5. Una tentación      487

 

6. Mi partida de Arequipa    513

 

7. Un hotel francés en Lima 525

 

8. Lima y sus costumbres    541

 

9. Los baños de mar. Un ingenio azucarero  571

 

10. La expresidenta de la República 583

 

PASEOS EN LONDRES

 

Los obreros de las fábricas   609

 

Mujeres públicas     621

 

Las mujeres inglesas 647

 

 

UNIÓN OBRERA

 

A los obreros y a las obreras 665

 

Por qué menciono a las mujeres       673

 

 

EL TOUR DE FRANCIA

 

Notas de Flora Tristán a El tour de Francia   697

 

París (4 de febrero - 16 de abril de 1843)      707

 

Agen (20-25 de septiembre de 1844) 737

 

Sobre las autoras     769

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta compilación de la obra de Flora Tristán procura presentar a nuevos lectores y lectoras su legado intelectual y reflejar su profun-do compromiso con las mujeres y las clases trabajadoras desde una perspectiva antipatriarcal, contrahegemónica e internacionalista.

 

Flora Tristán fue, sin duda alguna, una mujer anticipada a su tiempo: precursora de los feminismos latinoamericanos y del socia-lismo. La puesta en valor de su producción intelectual tiene como objetivo destacar una de las figuras intelectuales más relevantes del siglo XIX latinoamericano.

 

La publicación de este libro en la Colección Clásicos Recuperados pretende formar una constelación, filiar la voz de la autora con otras voces, contemporáneas a ella pero también actuales para poner de relieve la vigencia de su propuesta y su sensibilidad y establecer así tramas de sentido y lazos intelectuales en el continente.

 

Karina Batthyány

 

Secretaria Ejecutiva CLACSO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

13

 

 

 

Prólogo

 

Flora Tristán: pionera feminista, socialista, internacionalista*

 

Virginia Vargas Valente

 

 

 

 

 

 

Se observa que el nivel de civilización a que han llegado diversas sociedades humanas está en proporción a la independencia de que gozan las mujeres…

 

(Peregrinaciones de una paria, p. 116).1

 

 

Leer la obra de Flora Tristán nos recuerda la vigencia de sus aportes, no solo por su capacidad reflexiva, su compromiso con la justicia, su lucha por los derechos de las mujeres, sino porque sus vivencias, sus rebeldías, sus formas de expresión y sus disputas democráticas radi-cales siguen siendo de insospechada, inspiradora y tenaz actualidad para las mujeres, para la clase trabajadora, para las y los desposeí-dos. En este volumen, CLACSO nos presenta una selección de su obra

 

 

 

*   Hace 43 años, un grupo de mujeres comenzaba, junto con varias otras, a construir el movimiento feminista en Perú. Decidimos llamarnos “Centro Flora Tristán” porque asumimos la perspectiva de este personaje como aquella que queríamos impulsar en tanto feministas: la lucha por los derechos de las mujeres y las luchas contra todo tipo de injusticas y discriminaciones (laborales, económicas, políticas, sociales, sexuales). Su legado no es solo para Perú, es parte del legado y la visión feminista latinoamerica-na, democrática, transgresora, que conecta las luchas antipatriarcales con las luchas anticapitalistas y anticoloniales. Son estas mismas luchas articuladas que llevó ade-lante Flora Tristán en tanto personaje histórico a lo largo de su vida, las que han sido el sustento de Flora Tristán en tanto institución feminista.

 

1   La numeración de página de las citas de Peregrinaciones de una paria en este prólogo responde a su ubicación en la presente edición.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

15

 

Virginia Vargas Valente

 

que nos muestra su historia y un pensamiento lúcido, audaz, que si-gue inspirando a las nuevas generaciones.

En tiempos en que se les negaban derechos a las mujeres y se las veía como menores de edad de acuerdo al Código Civil napoleónico (1804), Flora Tristán desafía al poder político, a la Iglesia y al poder económico de la naciente clase capitalista. Esos mismos poderes que las feministas continuamos desafiando en la búsqueda de un femi-nismo con justicia social.

 

Reconocida como precursora del feminismo y del socialismo, Flo-ra vivió, en carne propia, las discriminaciones que históricamente viven las mujeres. Su padre, de rancia estirpe arequipeña y cercano al libertador Simón Bolívar, murió tempranamente dejándola como hija ilegítima. Con escasos recursos, obrera, autodidacta, con tres hi-jos y un matrimonio infeliz para ella, se convirtió en una mujer per-seguida por abandonar el hogar, pues entonces estaba prohibido el divorcio y el esposo prácticamente era el dueño de la mujer. Durante su huida, tuvo la oportunidad de conocer información sobre su fami-lia en Perú y recorrió los kilómetros que separan París de esta región en un viaje audaz que pone en evidencia una vez más su apasionada y fuerte personalidad. Llegó a Arequipa para conocer a su acauda-lada familia, los Tristán y Moscoso, hermanos de su padre, quienes, sin embargo, se negaron a darle el reconocimiento y la herencia; solo recibió una pequeña subvención mensual.

 

Peregrinaciones de una paria es el libro que escribió a partir de esta experiencia y que vino a cimentar su fama en Francia, pues ya era co-nocida por sus artículos que enfrentaban los poderes que mantenían en la pobreza a las mujeres y a las/los obreros, en los que reconocía a artesanos, campesinos, costureras y trabajadores fabriles.

 

Paria es un concepto que Flora utiliza en sus diversos textos para re-presentar a todas aquellas personas que vivían las injusticias y el olvi-do de la sociedad; término que se usó en el siglo XIX para graficar esta situación, puesto que no solo “remite a la exclusión y a la degradación de la servidumbre”, es decir, no solo incluye la idea de una situación objetiva, consecuencia “de un sistema social y político de explotación

 

 

16

 

Prólogo

 

y exclusión”, también “una percepción subjetiva y cultural de la socie-dad frente a los excluidos”, como lo señala Eléni Varikas (1995, p. 82). Y esto es lo que quiere demostrar Flora: la opresión física y emocional de las mujeres y los obreros, degradados en cuerpo y mente.

 

Además de su consecuencia revolucionaria, su ubicación social desde los márgenes, desde su condición de mujer no valorada, de-sarrolla el pensamiento fronterizo que tan bien describió, siglo y medio más tarde, Gloria Anzaldúa. Sentirse paria fue la chispa de su rebeldía ya no solo individual, sino también colectiva, claramente política. En Perú comienza su peregrinaje hacia el mundo de la soli-daridad y la justicia, que logra un eco latinoamericano y universal. Así, la “paria” es un nuevo sujeto que asume su marginalidad como potencia, como motor de lucha y reflexión.

 

Esto lo reconoce cuando afirma en Peregrinaciones de una paria: “Yo escribo para que ustedes sepan, para que comprendan, grito para que me oigan, voy adelante para mostrarles el camino”. ¿Soberbia? No. ¡Es abrir un camino de entendimiento de lo que está ausente, lo que no se escucha, la voz de los subalternos, cuya palabra existe, pero no se oye…! ¿No es acaso lo que hemos experimentado en toda nuestra lucha feminista? Construir otras voces que abran nuevos caminos para el reconocimiento de las causas de las mujeres, de las desventajas añadidas por clase, etnia, raza, disidencia sexual, de la ausencia de voz de las mujeres indígenas, negras, trans, trabajado-ras sexuales. Recuerdo la potencia de esa voz no escuchada, que me enseñó a oír la feminista negra brasileña Lélia Gonzalez, quien en uno de nuestros varios encuentros me decía: el feminismo es racista, quizá no por acción, ¡pero sí por omisión! No tenemos nuestra voz pues-ta, por eso gritamos para la escucha. Y ese era un grito que mostraba el camino contra el racismo y más: contra el sexismo, la misoginia, la homofobia, la heterosexualidad compulsiva… Son los gritos de las subjetividades politizadas, que no solo asumen la diferencia, sino que evidencian su profunda desigualdad. ¡Eso es mostrar el camino!

 

Y este camino es también un método de conexión con una sub-jetividad avasallada o ninguneada, con las experiencias de dolor y

 

 

17

 

Virginia Vargas Valente

 

subordinación. Y su llamado es a la profundidad de vivencias de ex-clusión que deben ser nombradas, como lo expresa claramente Flora Tristán: “que las mujeres […] hagan hablar sus dolores” (Peregrinacio-nes de una paria, p. 117). Así, Flora era consciente de esa revolución en su forma de expresión, de su decisión de colocar lo personal como punto de partida para su propuesta política. Y lo colocaba como un acto de rebeldía para todas las mujeres.

 

Es una búsqueda de espacio propio en espacios contaminados por las diferentes formas de poder, que incorpora en lo público las invisi-bles exclusiones y abusos de lo privado. Esta es una idea a la que inclu-so se resiste la academia, en el sentido de que la experiencia produce conocimiento como es evidente en Flora: la vorágine de su vida revela sus múltiples peleas, y desde allí comienza a ponerle nombre –como seguimos haciéndolo muchas más después de ella– a lo que aún no lo tenía: violencia contra las mujeres, derecho a una maternidad li-bremente elegida, lucha por no aceptar la reclusión doméstica, por el derecho a decidir, por el derecho al divorcio, por el derecho a la educa-ción laica e igualitaria, por un Estado laico, que exprese las voces de las ciudadanías y no las voces particulares de las iglesias.

 

Es, sin duda, un pensamiento que se sitúa en las antípodas del poder y, desde allí, aporta una forma de analizar la realidad desde la complejidad, no la linealidad. Inaugura un feminismo pionero en posicionar la emancipación de las mujeres junto a la emancipación de la clase obrera, perfilando una perspectiva interseccional, de cla-se, de género (inexistente aún como concepto) y lo que ella percibía como la tremenda discriminación racial. Sin embargo, es importan-te añadir que este deseo de alianza con la clase obrera no le impide señalar que las mujeres obreras ganan mucho menos salario que los hombres. Una conclusión sustancial de este peregrinaje teórico-sub-jetivo-emocional es la convicción de que la lucha política, a todos es-tos niveles, es fundamental para la transformación social.

 

Es evidente que la mirada de Tristán es también un aporte para las ciencias sociales. Su voz, sus escritos, comprueban la relación indiso-luble entre teoría y práctica, entre experiencia in situ y producción

 

 

18

 

Prólogo

 

de conocimiento. A través de este acercamiento que analiza la reali-dad desde su propia historia, la autora propone una profunda ruptu-ra epistemológica con las miradas y epistemologías tradicionales de la época. Al colocar su subalternidad en el centro de su reflexión, la expande a otras-otros de su misma condición, pobres, mujeres traba-jadoras, madres, hijas ilegítimas, mestizas, que sufren violencia físi-ca y sexual e, incluso, como ella, intento de asesinato por el marido. Y es esta subjetividad la que la lleva a la búsqueda de otros sentidos. Es indudablemente una ruptura con el canon hegemónico, andro-céntrico y clasista.

 

Algunas autoras hablan de la existencia, pionera sin duda, de un pensamiento decolonial en Flora, especialmente en Peregrinaciones de una paria. Este es el caso de Diana Cortez Buitrón, quien señala que Tristán fue capaz de darse cuenta “de la exclusión social y econó-mica que producía la esclavitud y opresión en el pueblo peruano de las razas denominadas negra e indígena” (Cortez Buitrón, 2019, p. 24). Ofrece así una temprana articulación entre capitalismo, patriarcado y colonialidad.

 

En este mismo sentido se orienta el trabajo de Andrea Ozamiz, y queremos detenernos en su idea de que Flora, mucho antes que Marx y Engels, aunque sin el rigor científico de estos pensadores, analiza en Paseos en Londres y Unión Obrera, “el largo proceso histó-rico que llevó al surgimiento y desarrollo del modo de producción capitalista […] y la aparición del trabajador libre y las consecuencias económicas y sociales que este tuvo para las grandes masas de pobla-ción” (Ozamiz, 2018, p. 9).

 

Es interesante resaltar que, si bien se inspira en los utópicos, como Saint-Simón, Fourier u Owen, Flora Tristán va más allá: plan-tea un cambio social en cuya consecución tenían que estar unidos las mujeres y las/os obreros.

 

Su escritura exhibe también una tremenda lucidez cuando anali-za la forma en que el patriarcado se alimenta y beneficia de los avan-ces sin tregua del capitalismo y la ideología jerarquizada (sexual, ra-cial, misógina) que de allí se desprende. Más aún, ve el matrimonio

 

 

19

 

Virginia Vargas Valente

 

como parte de la economía de mercado y a la mujer como parte de los bienes de intercambio, propiedad de los esposos, sujetas a su autori-dad. Igual sagacidad demuestra cuando analiza, especialmente desde su experiencia en Perú, la intrínseca relación entre poder político y económico y la consagración de los intereses económicos de la bur-guesía, anclados en el derecho a la propiedad. Mientras las clases altas y medias permanecen ensimismadas y conformistas, ella se dirige al “pueblo” para que se sacuda de la doble moral y obligue al Estado a no abdicar de sus funciones y confrontar los entramados de la exclusión.

 

Finalmente, uno de sus aportes más significativos fue su perspec-tiva internacionalista, pues sus frecuentes viajes la llevaron a com-probar que tanto la opresión de la mujer como de la clase obrera no se dan en un lugar específico, sino en todas las naciones; por ello, la lucha tiene que ser global. Esta mirada internacionalista resulta crucial en nuestro mundo actual, dada la urgencia por lograr la so-brevivencia del planeta, la justicia social y de género. Es interesante recordar que cuando la publicación Peregrinaciones de una paria se quemó públicamente en Arequipa, por ser considerada una ofensa a la ciudad y al país, al mismo tiempo influyó en las escritoras perua-nas del siglo XIX, quienes la recuperaron, la criticaron, la admiraron y la leyeron en francés porque aún no había traducción al castellano.

 

Para concluir, vale recuperar una dimensión poco explicitada por ella misma: su erotismo. Entre romanticismo y coquetería, Tristán tiene la audacia de afirmar que podría amar a una mujer como Eléo-nore Blanc, aunque finalmente ponga por encima de todo la “misión” en la que ella ha puesto sus fuerzas, pues tiene “la revelación de que un nuevo amor más grande y más sublime que todos los amores co-nocidos iba a eclosionar en la humanidad”, como afirma en El tour de Francia. Y que es este amor el que lleva a actuar.

 

Esto y mucho más es el legado de Flora Tristán. Publicar esta an-tología de su obra es no solo un reconocimiento a su valía y aporte; es también recordarnos el compromiso que tenemos por seguir traba-jando para hacer realidad un feminismo con justicia social en cada uno de nuestros países y a nivel global.

 

 

20

 

Prólogo

 

Bibliografía

 

Cortez Buitrón, Diana (2019). Flora Tristán y el principio de un femi-nismo decolonial. Solar: Revista De Filosofía Iberoamericana, 15(1), 19-38. https://revistasolar.pe/index.php/solar/article/view/27

 

Ozamiz, Andrea (2018). Aportes desde los márgenes a la teoría social clá-sica: Flora Tristán, una epistemología decolonial [ponencia]. V jornadas CINIG de Estudios de Género y Feminismos, 10 y 12 de julio. https://www. memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.10795/ev.10795.pdf

 

Varikas, Eléni (1995). Paria: una metáfora de la exclusión femenina. Políti-ca y Cultura (Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco), (4), 81-89. https://www.redalyc.org/pdf/267/26700407.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

21

 

 

 

Flora Tristán, pionera del feminismo

y la defensa de los derechos de las mujeres

 

Diana Miloslavich Tupac

 

 

 

 

 

Fundacional, emblemática y revolucionaria, Flora Tristán (1803-1844) es una de las figuras femeninas más influyentes del siglo XIX. Escritora, viajera, visionaria, pionera en la defensa de los derechos de las mujeres, de los trabajadores y trabajadoras, y de la lucha con-tra la esclavitud.

 

Flora Tristán nace el 7 de abril de 1803 en París, hija de Maria-no de Tristán y Moscoso, coronel peruano al servicio de la Corona española, y de la francesa Anne-Pierre Laisnay (o Laisney, o incluso Lesnais, según las diversas fuentes). Sus padres se casan en un ma-trimonio religioso oficiado por un sacerdote francés, pero sin legi-timidad legal. Es bautizada como Flore Célestine Thérèse Henriette Tristán y Moscoso Lesnais.

 

Cuando Napoleón invade España en 1808 y tiene lugar la insu-rrección contra la ocupación francesa, hacía un año que el padre de Flora había muerto. El rey de España abdica ante Napoleón. Conti-núa la guerra, se emite un decreto imperial de incautación de los bienes de los españoles residentes en Francia y la madre pierde la propiedad situada en Vauginard. Madre e hija no se recuperarán de este golpe, de modo que Anne-Pierre y la pequeña Flora quedarán solas, sumidas en la pobreza.

 

Flora ingresa a trabajar a los diecisiete años como iluminadora (colorista) en el taller de André Chazal, con quien se vio obligada a contraer matrimonio en 1821.1 Entre 1826 y 1828 trabaja como

 

1   “Mi hermano murió. Regresamos a París donde mi madre me obligó a casarme con un hombre a quien no podía amar ni estimar” (Tristán, 2003, pp. 83-84).

 

 

23

 

Diana Miloslavich Tupac

 

doncella de una familia inglesa, con la que viaja por Inglaterra, Suiza e Italia. En 1828, luego de una historia de violencia familiar, se separa y se hace cargo de sus hijos Aline, Ernest y André. En 1832, decide viajar al Perú en busca de un nuevo proyecto de vida, su reconciliación con el padre y sus familiares peruanos. Deja en-cargados a sus hijos. A su regreso del Perú publicará sus libros y entrará en la vida política y cultural parisina. El fin de la relación familiar con su marido se dará luego de un intento de asesinato –que hoy sería tipificado como tentativa de feminicidio–, el 10 de septiembre de 1838. Chazal le dispara a quemarropa y una bala se instala debajo de su pecho. Finalmente, logra divorciarse de Cha-zal, quien será condenado a veinte años de trabajo forzado, con-mutados por prisión en 1839.

 

Con la derrota de Napoleón Bonaparte en Waterloo, finalmente se produce el regreso de Luis XVIII. Las guerras y los conflictos han provocado un millón y medio de muertes en Francia. Es la época de la Restauración. Durante el reinado de Luis Felipe (1830-1848), Flora escribe sus obras, libra sus luchas y vive sus utopías. El Có-digo de Napoleón (1804) había logrado que los clubes de mujeres se cerraran, que las escuelas para mujeres fuesen abolidas y que se institucionalizara la ideología promovida por el libro Emilio de Jean-Jacques Rousseau. El Código señalaba que el domicilio de la mujer era el que decidiera el marido (artículo 108), que este la pro-tegería y ella le debería obediencia (artículo 203), y que el marido administraría todas las propiedades de la mujer (artículo 1428), entre otros. Con esto, la mujer casada no tenía derechos civiles ni políticos. El Código Civil de 1804 fue un monumento a la inequidad, según la escritora George Sand; y, por si fuera poco, la Restauración abolió el divorcio.

 

La Revolución Francesa (1789-1799) ya había excluido a las mu-jeres de la política, comenzando por su derecho al voto. La Decla-ración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791), de Olympe de Gouges, no fue la única afirmación feminista de la revolución, como destaca la historiadora francesa Michelle Perrot, quien a

 

 

24

 

Flora Tristán, pionera del feminismo y la defensa de los derechos de las mujeres

 

propósito de la política como centro de la decisión y el corazón del poder señala que la Revolución Francesa es una continuación del Antiguo Régimen, que renueva la ley sálica (sucesión a favor de los varones) y ofrece razones, todas romanas, para la exclusión política de las mujeres (Perrot, 2008, p. 195).

 

Flora vivirá entre dos importantes revoluciones en Francia: la de 1830 y la de 1848, que no alcanzará a conocer, pero en la que par-ticiparán figuras de su generación como Jeanne Deroin (1805-1894). Sin duda, es este el contexto de su vida en Francia. El matrimonio de sus padres no tendrá validez legal y, por ello, no accederá a la herencia familiar; sin embargo, es acogida por la familia Tristán en Perú, así como, posteriormente, lo será su hija Aline con su nieto, el pintor Paul Gauguin, de 1850 a 1854. Flora morirá en Burdeos, en 1844, a la edad de 41 años de fiebre tifoidea.2

 

Flora Tristán vivió la mayor parte de su vida en Francia y su con-dición de viajera fue importante en la construcción de su discur-so feminista y socialista; el rescate de su memoria ha sido en gran parte mérito de los grupos feministas.3 Ella viajó por razones de empleo (Inglaterra), de búsqueda de sus raíces familiares (Perú) y porque tenía una misión socialista en su célebre tour de Francia. A cada uno le dedicó un libro y posiblemente un diario de viajes.

 

Además de su trilogía de viajera –Peregrinaciones de una paria (1838), Paseos en Londres (1840) y El tour de Francia (inédita hasta 1973)– y la novela Méphis (1838),4 ella escribió dos libros progra-máticos: la “Necesidad de dar una buena acogida a las mujeres

 

 

2   Dice la placa que acompaña sus restos en el Cimetière de la Chartreuse (Cementerio de Cartuja): “A la memoria de la señora Flora Tristán, autora de la Unión obrera, los trabajadores agradecidos. Libertad, Igualdad, Fraternidad, Solidaridad”.

 

3   Y merece la pena rescatar las palabras que Lidia Falcón le dedicara en el prólogo a la edición española de Peregrinaciones de una paria: “Si Flora Tristán hubiera sido hombre, el éxito, la fama y la posteridad le hubiesen estado destinados. [...] Ella y su obra serían de mención obligada para economistas, sociólogos, dirigentes sindicales y políticos de izquierdas. [...] Flora Tristán fue una mujer. Ni su vida ni su obra es [sic] recordada” (Falcón, 1986, citada en De Miguel y Romero, 2003, p. 9).

 

4   Respecto al tema, véase Cárdenas (2015).

 

 

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extranjeras” (1835, folleto),5 y Unión Obrera (1843), que es considera-da su obra cumbre, aunque la más reconocida y estudiada terminó siendo la primera. A estas obras se suma la publicación póstuma La emancipación de la mujer o testamento de una paria (1845), entre otros textos.

 

Es difícil explicarnos este personaje sin sus viajes, su encuentro con las Américas y el Perú o sus viajes a Londres como testigo de la Revolución Industrial. Desarrolló su espíritu internacionalista en cada uno de ellos. Pasó de ser testigo de una reciente nación independizada al nacimiento de la clase obrera en Francia. Preci-samente en su último viaje es donde redescubre a la clase traba-jadora y a la mujer obrera, y de cada ciudad hace una descripción acerca de cómo estaba organizada. La tarea es compleja, es una mu-jer que ya tenía una propuesta y está planteando organizarlos/as en la Unión Obrera.

 

A través de sus escritos se puede ir viendo su proceso de transfor-mación y crecimiento intelectual y organizativo. En cada viaje ob-serva, escribe, aprende y va ampliando su conocimiento del mundo y de las mujeres y los trabajadores. Los viajes tienen un gran impac-to en su sensibilidad y su desarrollo: son los que le permiten ver el mundo de la época en casi todas sus dimensiones. Puede afirmarse que, sin su condición de viajera, Flora Tristán difícilmente hubiera adquirido la dimensión de precursora que tiene. De alguna manera redescubre a la pionera Mary Wollstonecraft, que estaba olvidaba en Inglaterra y de la que poco se conocía en Francia. Establece una línea de continuidad con ella.

 

Flora Tristán traza una ruta cuando ya algunos ilustrados se de-claran a favor de la emancipación de la mujer, François Poullain de la Barre, Harriet Taylor Mill, Nicolás de Condorcet –que publica en 1790 “Sobre la admisión de las mujeres en el derecho a la ciudada-nía”–, Jean Le Rond D’Alembert, Denis Diderot.

 

 

5   Sobre este folleto, consúltese el artículo de Tauzin-Castellanos (2017).

 

 

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Denys Cuche sostiene que no es en el Perú donde Flora Tristán des-cubre el esclavismo, sino que llega con ideas abolicionistas sacadas de sus lecturas y de su vínculo con los círculos parisinos revolucio-narios y sus viajes a Londres, país donde el combate por el abolicio-nismo era pionero. Su indignación frente a la esclavitud en su viaje al Perú, tanto en Cabo Verde como en su visita al ingenio Lavalle en Chorrillos, Lima, está expresada en su libro Peregrinaciones.

 

Sin embargo, será también el viaje de su propia vida el que la irá transformando: su condición de ilegítima, la experiencia de un matrimonio infeliz, la decisión de abandonar a un marido violento, abrirse paso en una época en la que las mujeres no escapaban de la vida privada, hacerse un espacio en la vida parisina e intentar formar parte de los círculos obreros y socialistas. De ahí sacará las grandes lecciones para la vida de las mujeres y para sus propuestas en favor de las mujeres extranjeras, del divorcio, de la educación de las mujeres y, sobre todo, del trabajo, para poder ser libres. Su vida y obra están unidas, por ello es importante conocerla a través de sus escritos.

 

 

 

 

Peregrinaciones de una paria (1838)

 

Este libro es un relato del viaje que Flora Tristán realiza al Perú entre el 7 de abril de 1833 y el 15 de julio de 1834. Su permanencia en Arequipa por siete meses y su paso por Lima, que duró dos me-ses, bastaron para que esta escritora pudiera dejar un texto sobre uno de los momentos decisivos de la historia peruana: los primeros años de la república. El libro, publicado en París, obtuvo éxito: ese mismo año se imprimió una segunda edición. Jean Baelen, estudio-so de su obra, señala:

 

 

El éxito del libro se confirma por los numerosos artículos crí-ticos que por entonces se publicaron. En ellos se alabaron tanto el movimiento como el interés de los relatos y las descripciones.

 

 

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Supieron agradecer a la autora los datos e indicaciones nuevas y vivas sobre un país poco conocido como era el Perú en Francia (Baelen, 1973, p. 84).

 

Jorge Basadre, historiador peruano, menciona que Alphonse Cons-tant –quien publica la obra en francés– consigna que ejemplares del libro fueron quemados en 1845 en Arequipa, y posteriormente en Lima, debido a la crítica que realiza sobre los primeros años del militarismo en el Perú, luego de la independencia de España. En el prólogo que dedica a la segunda traducción del libro resalta lo siguiente acerca de su consideración como parte de la literatura del Perú republicano:

 

 

[...] su libro de recuerdos, aunque escrito en otro idioma y para otras gentes, y aunque la autora formara parte después entre los más avanzados agitadores franceses y un monumento la recuerda, como ya se ha dicho, en el cementerio de Burdeos, sus infortunios y sus prédicas, pertenece también a nuestra literatura aunque fue-ra tan solo porque en muy pocas páginas revive, como en éstas, lo que había de turbulento y de monótono en esa nueva vida medieval (Basadre, en Tristán, 1946, p. XI).

 

 

Basadre señala que, cuando algunos soñadores quieran embellecer aquella época, este libro servirá para la necesaria tarea de desilu-sionarlos. Peregrinaciones muestra el peor lado de nuestras grises revoluciones, que están pintadas allí con rudeza no igualada:

 

[…]   el afán incontenible del lucro personal; disfrazado por retóricas declamaciones; la incapacidad para la disciplina previa; la desola-da paralización de la vida urbana; la confusión en los combates; el terror del pueblo mientras se libran y su servilismo cuando se han decidido; las recíprocas sorpresas que se dan los contendores, siem-pre desprevenidos, en que a veces los de la misma bandería luchan entre sí (Basadre, en Tristán, 1946, p. XII).

 

En el caso de Peregrinaciones, la autora logra transmitir a sus lecto-res una mirada sobre un momento de la historia peruana. El mérito

 

 

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consiste en su aporte a la visión de la situación contradictoria que vivía el Perú y que ella logra transmitir en un extenso relato que da cuenta de las tensiones y contradicciones en la formación de una república que comenzaba y que era un proyecto que no incluía a sectores sociales fundamentales, como las mujeres, los negros y las negras en esclavitud. Su mirada centrada en la costa le impide tener una visión aguda de la población indígena de ese momento. Su crítica a la Iglesia, al poder, al militarismo que marcaba la época nos da una percepción distinta y nos permite acercarnos a la vida cotidiana de los diversos actores sociales que conoce. Introduce personajes femeninos nuevos: las rabonas –última escala de un sec-tor social femenino indígena invisibilizado–, las esclavas negras, las tapadas limeñas y la figura de Francisca Gamarra. El personaje de la monja Dominga Gutiérrez es la cara de la Iglesia y el camino que les queda a las mujeres que optan por una salida fuera del con-trol patriarcal del matrimonio.

 

Las rabonas eran mujeres que acompañaban a los soldados en marchas y campañas, a quienes designa como vivanderas. Describe sus actividades en las batallas: al llegar al lugar asignado, escogen el sitio para acampar, descargan las mulas, arman las tiendas, ama-mantan y acuestan a los niños y niñas, encienden los fuegos, coci-nan, buscan provisiones, y a la buena o a la mala van armadas. Para ella forman una tropa a la que denomina “la vanguardia femenina del ejército”. Destaca que: “[…] estas mujeres proveen a las necesi-dades del soldado, lavan y componen sus vestidos, pero no reciben paga y no tienen salario, sino la facultad de robar impunemente. Son de raza india, hablan esa lengua y no saben una palabra de español” (Tristán, 1946, p. 366). Señala que no son casadas, no perte-necen a nadie y son de quien ellas quieren ser.

 

Además de colocarlas en la historiografía peruana, estas figuras sin duda expresan otra cara del militarismo y la presencia de las mujeres indígenas en el Perú. Salvo las soldaderas de la Revolución Mexicana, la descripción que Tristán realiza de las rabonas com-plejiza la visión del papel de las mujeres en los ejércitos de la época.

 

 

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Además, Flora Tristán retrata la vestimenta femenina que en-cuentra en Lima y hace una descripción muy minuciosa de la saya y el manto y de las costumbres femeninas en esta ciudad. Se da cuenta de que la vestimenta ayuda a las mujeres limeñas a despla-zarse por la ciudad sin ser vistas y se muestra sorprendida, porque “las señoras van solas al teatro, a las corridas de toros, a las asam-bleas públicas, a los bailes, a los paseos, a las iglesias, a las visitas y son bien vistas en todas partes” (Tristán, 1946, p. 496).

 

 

Méphis (1838)

 

Su única novela, Méphis (2 tomos), fue publicada el 17 de noviem-bre de 1838 –y hasta el momento no tiene traducción al español–. Tiene dos personajes centrales: Mariquita y Méphis; este último es un activista proletario que quiere un cambio de la humanidad y re-coge las propuestas de la autora. Poco conocida y traducida, según Évelyn Bloch-Dano (2001), escritora francesa, esta novela le permite saldar simbólicamente cuentas con el pasado y refleja su mundo interior. Salió a la luz unas semanas antes del juicio, en un momen-to de desarrollo de la prensa en Francia y cuando las novelas se pu-blican como folletines, sin mayor éxito.

 

 

Paseos en Londres (1840)

 

Tristán conoce Londres y escribe un libro a partir de cuatro via-jes que realiza entre 1826 y 1839. Estuardo Núñez señala que es un relato de viaje, testimonio crítico de una sociedad europea que nunca antes había recibido una admonición y censura semejantes por parte de una escritora.6 La autora dice que su libro se basa en

 

6   Flora Tristán señala en su prefacio: “Cuatro veces he visitado Inglaterra, siem-pre con el objeto de estudiar sus costumbres y su espíritu. En 1826, la encontré

 

 

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observaciones recogidas con exactitud. Pretende señalar los vicios del sistema inglés. Cita a diversos autores ingleses y destaca Vindi-cación de los derechos de la mujer (1792) de Mary Wollstonecraft y la Prostitución en Londres (1839) de Michael Ryan.

 

Paseos en Londres (1840) tiene diecinueve capítulos y cinco apun-tes. Destacan las partes dedicadas a los obreros de las fábricas, las mujeres públicas, las prisiones, el barrio de los judíos, el teatro in-glés, los asilos y a Owen.7 Sus apuntes tratan sobre los clubes, los bolsillos, unas palabras sobre el arte en Inglaterra, una excursión a Brighton y la “cuchara de fierro”. En cada uno de sus relatos se detiene de manera especial en las mujeres. Dedica un capítulo a las mujeres inglesas. Se indigna de comprobar la superioridad de las mujeres autoras y la servidumbre en la que viven ahogadas por un sistema educativo fundado en falsos principios. Hace un recuento de las escritoras y lamenta que estas mujeres que escriben en revis-tas y periódicos no hayan abrazado la causa de la libertad femenina como estaba ocurriendo en Francia.

 

Descubre la obra de Mary Wollstonecraft (madre de la escritora Mary Shelley, autora de la novela Frankenstein), destacada feminis-ta, escritora y pionera en la defensa de los derechos de las muje-res. Dice que A vindication of the rights of woman se agotó desde su aparición y encuentra que aún inspira horror entre la gente. En su escrito destaca que Mary Wollstonecraft publicó en 1792 los mis-mos principios que Henri de Saint-Simon difundió más tarde y que se propagaron con tanta rapidez después de la Revolución de 1830. Considera que su crítica es admirable. Ella, dice Flora,

 

 

 

 

sumamente rica. En 1831, lo estaba menos, y además la noté sumamente inquieta. En 1835, el malestar empezaba a dejarse sentir en la clase media así también como entre los obreros. En 1839, encontré en Londres una miseria profunda en el pueblo; la irrita-ción era extrema y el descontento general” (Tristán, 1972, p. 6).

 

7   Sobre el reconocido reformador social Robert Owen (1771-1858) puede verse la edi-ción y traducción que realiza José Ramón Álvarez Layna, libro que por primera vez se publica en español (en Owen, 2015).

 

 

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hace resaltar en todas sus verdades que los males provienen de la organización actual de la familia, y la fuerza de su lógica deja a los contradictores sin réplica. Quiere, para los dos sexos, “la igualdad de derechos civiles y políticos, su igual admisión en los empleos, la educación profesional para todos, y el divorcio a voluntad de las partes” (Tristán, 1972, p. 189).

 

Para establecer la construcción de un discurso pionero en los de-rechos de las mujeres, es importante resaltar que Tristán conoce la obra y la importancia de Wollstonecraft; por eso, en este caso, su viaje a Londres es crucial para conocer su obra y su pensamiento feminista. En este libro retoma ideas fundamentales de la femi-nista inglesa que fue testigo presencial de la Revolución Francesa.

 

 

Unión Obrera (1843)

 

Flora Tristán escribe un texto fundacional para el internacionalis-mo de los trabajadores y trabajadoras como Unión Obrera (1843). Un adelanto de este libro es publicado por Victor Considérant (1808-1893), el dirigente fourierista más importante de la época, en su pe-riódico La Phalange (La Falange). El “proletarios del mundo, ¡uníos!” con el que Karl Marx (1818-1883) y Federico Engels (1820-1895) cie-rran el Manifiesto comunista de 1848 es una referencia a Flora Tris-tán. Ella propone la unión general entre los obreros y obreras, sin distinción de oficios, con el objetivo de constituir la clase obrera, y construir establecimientos –que denomina palacios– para educar a niños y niñas entre seis y dieciocho años y recibir a los obreros enfermos, heridos y ancianos. Parte de la idea de que, habiendo cin-co millones de obreros y dos millones de obreras, con dos francos anuales podrían crear un fondo común para sacar adelante su plan de la unión universal de obreros y obreras.

 

La idea de la unión la recupera de la lectura de los libros de tres obreros escritores: Agricol Perdiguier, Pierre Moreau y Jacques

 

 

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Gosset. Dedica un capítulo a las mujeres para instar a proclamar los derechos de la mujer en los mismos términos en que se declararon los derechos del hombre. Además, esboza una declaración para que las mujeres sean instruidas y no se dejen oprimir ni someter a la injusticia y la tiranía del hombre, así como exhorta a los hombres a que respeten a las mujeres, sus madres, su libertad y la igualdad de la que disfrutan ellos (Tristán, 2011, p. 115).

 

 

El tour de Francia (1843-1844)

 

Durante su gira en Francia para formar la Unión Obrera, escribe un diario: El tour de Francia (1843), que permaneció inédito hasta 1973. Fue publicado con notas de Jules L. Puech y prefacio de Michel Collinet. El manuscrito permaneció en poder de los descendientes de Éleónore Blanc, su seguidora y fiel amiga, a quien ella conoce durante su último viaje.8 La publicación de la versión castellana es del año 2006.9

 

Organiza este libro de viajes con un plan:

 

Cada ciudad será un capítulo. Luego una alocución a los obreros, a los vanidosos y a los inteligentes. Después, un llamado a los jóvenes burgueses. La idea del periódico. Trazo allí la marcha que conviene seguir. Allí será puesto el plan. Indicaré la manera de propagar, de profesar las ideas de la Unión Obrera (Tristán, 2006, p. 410).

 

Empieza el manuscrito el 4 de febrero de 1843 en París, con sus pre-parativos para su último viaje –que inicia el 12 de abril de 1844– y lo termina el 14 de noviembre en Burdeos, cuando muere de tifoi-dea. En general, este último viaje que realiza en Francia es no solo un viaje de difusión de sus propuestas, sino un viaje organizativo. También es el momento en el que ella se confronta con los obreros

 

 

8   Véase Tristán y Blanc (2019).

 

9   Véase Tristán (2006).

 

 

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y obreras. En este momento, parece ganada por sus ideas socialis-tas, asunto que le reclamará Simone de Beauvoir en El segundo sexo.

Recapitulando, el siglo XXI ha terminado revalorando la impor-tancia de toda su obra, en especial, su obra política. Flora Tristán es una precursora, pionera de los feminismos, de la defensa de los de-rechos de trabajadores/as, del internacionalismo y del socialismo.

 

Sus tesis feministas le han garantizado un espacio en la historia del pensamiento feminista en su diversidad. Su lucha está unida a la de otras figuras como Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft y Simone de Beauvoir quien, con El segundo sexo (1949), revolucionó las ideas sobre la liberación y los derechos de la mujer.

 

En el caso del Perú, es una figura de nuestro Bicentenario por-que nos relató episodios críticos sobre nuestra república que son invalorables y poco estudiados. Y sigue siendo parte de la historia del feminismo en el Perú y de su literatura.

 

 

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PEREGRINACIONES DE UNA PARIA

 

 

 

Prólogo

 

Flora Tristán y Paul Gauguin*

 

Mario Vargas Llosa

 

 

 

 

 

 

 

 

El tema de la libertad es tan amplio, tan rico, tan diverso, que en ver-dad se puede hablar de él tocando todos los temas. Porque detrás de todas las experiencias humanas está la libertad, o la falta de libertad, o el sueño y el apetito de libertad. Un ensayista que yo admiro mu-cho, Isaiah Berlin, dice en uno de sus libros que él ha filiado hasta cuarenta definiciones diferentes de la palabra libertad. Por eso, qui - zá en vez de hablar de la libertad en abstracto, como un concepto filosófico o jurídico, o político, o social, sea preferible, para sentirlo más cerca, más inmediato a nuestra experiencia, referirnos a él de una manera concreta, y a través de unos seres humanos específicos que gozaron de la libertad o no la tuvieron y lucharon por tenerla. He elegido a dos personajes históricos con los que he estado convi-viendo estos últimos años, porque son los protagonistas o, más bien, los inspiradores de los protagonistas de una novela que llevo escri-biendo y que tiene como tema profundo el de la libertad. O mejor, la ambición, el apetito desmesurado, en el caso de los dos, de alcanzar y de gozar de una libertad plena y absoluta. Esos personajes se llaman Flora Tristán, que no es tan conocida, por desgracia, y su nieto, que sí es muy conocido, el pintor impresionista Paul Gauguin.

 

 

 

 

1   Este texto es una transcripción de la charla que tuvo lugar en Las Palmas, Islas Canarias, el 9 de mayo de 2002. La misma no se realizó sobre la base de un texto escri-to, sino a partir de las notas de su autor [N. de la primera Ed.].

 

 

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Mario Vargas Llosa

 

Flora Tristán y Paul Gauguin cubren todo el siglo XIX. Un siglo que, entre otras cosas, fue el de las grandes utopías libertarias. Los anarquistas, los llamados socialistas utópicos, diseñaron unos mo-delos de sociedad muy diferentes entre sí, pero en los que ellos te-nían la convicción de que reinaba y tronaba, para todos los seres hu-manos, un principio de libertad.

 

Me gustaría en esta charla relatarles cómo vivieron ese sueño utópico de la libertad absoluta Flora Tristán y su nieto Paul Gauguin.

Flora Tristán nació en el año 1803, y murió cuarenta y un años des-pués. Su vida relativamente breve fue, sin embargo, una vida riquísi-ma en experiencias y a través de ella nosotros podemos vislumbrar los grandes temas y los grandes problemas de la sociedad francesa y europea de su época. Ella era hija de un militar peruano-español ave-cindado en el Perú; el Perú formaba parte todavía de España cuan-do Flora Tristán nació. Y su nacimiento fue, ella lo descubriría solo después, una tragedia porque el coronel don Mariano Tristán no se casó guardando todas las formalidades. Estaba destacado en Bilbao, en donde conoció a una francesita, Teresa Laisney (o Laînè), que ha-bía huido con toda su familia de la revolución y se había domicilia-do allí. Para un militar español casarse con una francesa exigía un trámite, unos permisos, unas licencias que el coronel, don Mariano Tristán, no hizo y su matrimonio, que se llevó a cabo gracias a un cu-rita francés, también exiliado en Bilbao, no tuvo ningún valor legal. La pareja se trasladó a Francia; allí nació Flora Tristán, y cuando ella tenía apenas 4 años y medio el coronel, don Mariano Tristán, murió de un síncope. Vivían en un barrio residencial de París, en Vaugirard, en una casa que Flora Tristán recordaría siempre como un paraíso que, seguramente, con la vida difícil y sacrificada que tuvo, su me-moria idealizó. Y entonces, como no tenía unos papeles que justifica-ran heredar esa mansión, Flora Tristán y su madre fueron arrojadas de ese paraíso y condenadas a vivir miserablemente; luego de haber vivido en uno de los barrios más elegantes, fueron a vivir en uno de los barrios más pobres de París, en la plaza Maubert, un barrio lle-no de borrachos, vagabundos y gentes de mal vivir. Cuando era muy

 

 

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Prólogo

 

jovencita Flora Tristán, su madre consiguió emplearla en un taller de grabados como obrera colorista, obrera que coloreaba los grabados que realizaba el dueño llamado André Chazal, que tenía esta peque-ña imprenta. El señor Chazal, que era mayor, se enamoró de esta jo-vencita y la madre prohijó estos amores e impulsó a su hija a casarse con su jefe. Flora Tristán se casó con André Chazal y el matrimonio fue un desastre. Duró apenas cuatro años y en ellos Flora Tristán tuvo tres hijos, dos de los cuales morirían en tierna edad y sobrevivi-ría solo una niña, llamada Aline, que sería la madre de Paul Gauguin. El matrimonio fue para Flora Tristán una experiencia traumática; descubrió no solamente que no quería a ese señor, al que la ley había convertido prácticamente en su amo, sino también que detestaba la servidumbre que representaba el vínculo matrimonial, y entonces, en esa muchacha que no tenía casi formación, que no había recibido ninguna educación regular, brotó con una fuerza incontenible y que no la abandonaría hasta su lecho de muerte, ese apetito de libertad, que es el elemento crucial en su vida y el motor que guiaría práctica-mente toda su conducta. Descubrió, al mismo tiempo, que detestaba la institución que sentía como una esclavitud, que no había manera de librarse de ella, pues no existía el divorcio y la separación, si no era consentida, tampoco existía. Y a pesar de ello Flora Tristán dio un paso que la convirtió, desde el punto de vista legal, en una delin-cuente. Abandonó su hogar, abandonó a su marido, pese a los esfuer-zos de su madre, que le dijo que una mujer que deja a su marido es poco menos que una perdida y si el marido la denuncia la llevan pre-sa, como delincuente. Pero ella no pudo resistir esa servidumbre y corrió el riesgo, y entonces inició una vida que tenemos que conocer más a través de la imaginación y la adivinación, porque no hay fuen-tes sobre ella. Empezó a esconderse y a huir, siempre con el temor de que don André Chazal la denunciara como prófuga, de que la policía la buscara y la encerrara en la cárcel como una esposa indigna y una madre desnaturalizada. ¿Qué cosas hizo en esos años oscuros? No lo sabemos. Hay suposiciones bastante fundadas de que trabajó en los miserables oficios en los que podía trabajar una persona que carecía

 

 

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de instrucción, que era el caso de la inmensa mayoría de las mujeres de su tiempo: como empleada doméstica o como obrera. Lo que sí se sabe es que, en un momento dado, se empleó como dama de compañía (un eufemismo) de una familia inglesa a la que acompañó en sus viajes por Europa. Pasó unos años en Inglaterra porque aprendió el inglés, un país que siempre detestaría. Londres fue siempre una ciudad mal-dita para ella. Seguramente porque la condición de empleada domés-tica en una familia inglesa significó para Flora Tristán, una mujer que amaba tanto la independencia y la libertad, un verdadero suplicio.

 

Así pasan muchos años en la vida de Flora Tristán. Siempre mo-viéndose, viviendo en la oscuridad, escondiéndose y con el temor de ser un día descubierta y enviada a prisión. Un buen día, en una hos-tería de París, un señor que estaba cerca de ella a la hora de la comida oyó que la dueña de la pensión pronunciaba su nombre, doña Flora Tristán, su nombre de soltera. Entonces se acercó a ella y le dijo: “Usted se apellida Tristán. ¿Usted no será pariente de unos Tristán del Perú? Yo soy marino. Hago viajes regularmente hacia América del Sur, he estado muchas veces en el sur del Perú, en la ciudad de Arequipa, y allí la familia Tristán es la familia más poderosa e influyente. Yo conozco a don Pío Tristán, que fue uno de los últimos virreyes del Perú y uno de los primeros presidentes de la República”. Y Flora Tristán descubrió así, que el hermano de su padre, don Mariano Tristán, era un persona-je poderosísimo en el remoto Perú. Y le escribió una carta, diciéndole que ella era su sobrina carnal, que le gustaría muchísimo conocer a su familia peruana, que su madre había tratado de ponerse en contacto con ella a la muerte de don Mariano y no lo había conseguido. Muchos meses después, don Pío Tristán le contestó.

 

En la carta, Flora Tristán había cometido un error que luego la-mentaría amargamente. Le había contado la dificilísima situación de la familia a la muerte de su padre, por la naturaleza irregular del matrimonio en España, que carecía de valor legal. Don Pío Tristán le envió un pasaje para que viajara al Perú y así cambió radicalmente el destino de esta mujer, todavía joven, apenas 30 años, que se em-barca un buen día, en Burdeos, en un barco de pasajeros llamado el

 

 

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Prólogo

 

“Mexicano”, en el que había diecinueve hombres. Ella era la úni-ca mujer. El viaje de Flora Tristán, de Burdeos a Valparaíso, es de por sí una aventura apasionante. La travesía duró seis meses y, en ese lapso –hay pruebas de ello–, el capitán se enamoró de Flora Tristán. Es fácil deducir, asimismo, que los otros caballeros, en-tre tripulantes y pasajeros, también se enamoraron de ella. Pero, aparentemente, ella resistió todas las tentaciones y llegó a Valpa-raíso sin compromiso, haciéndose pasar por una mujer soltera. En Arequipa, la familia Tristán la recibió con los brazos abiertos y allí, durante cerca de diez meses, vivió una vida que era poco menos que de sueño, con una familia enormemente próspera y de ínfulas aristocráticas, que la trataba como una verdadera reina. La noche que llegó le regalaron una esclava y así conoció de cerca la esclavitud, una institución que en Francia ya había desapare-cido hacía bastante tiempo. Y descubrió también un país, que era una República recientísima, pero que estaba todavía impregnada de las instituciones, las costumbres, los usos, los prejuicios de la era colonial. Todo ello lo describiría luego al regresar a París, un año más tarde, en un libro hermosísimo, Peregrinaciones de una pa-ria, un libro donde ella dio un paso absolutamente insólito para su tiempo, el paso de la franqueza total. En ese libro no solo se limita a referir su viaje al Perú, sus aventuras peruanas, sino que cuenta su vida con una libertad de palabra insólita, asumiendo su condi-ción de hija ilegítima, de mujer bastarda a la que esta “falta” de na-cimiento condena en la vida a una suerte de marginalidad. Cuenta el horror que significó para ella el matrimonio y cómo a través del matrimonio descubrió la condición de servidumbre, de ciudadana de segunda clase, que era la condición de la mujer, la absoluta falta de protección legal en que se encontraba y su inferioridad, desde todo punto de vista, frente al hombre. Este libro fue escrito de una manera espontánea y sin elegancia ni calidades literarias que, evi-dentemente, ella no tenía; ya digo, que su formación era mínima y siempre la avergonzaron las faltas de ortografía que tenía que hacerse corregir.

 

 

 

 

 

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A pesar de todo ello, el libro tuvo un éxito enorme en París, y de la noche a la mañana convirtió a Flora Tristán, esta desconocida, esta paria, como se llamó a sí misma, en un personaje popular en el me-dio intelectual. Comenzó a visitar los salones, se hizo amiga de escri-tores y artistas y empezó a figurar en las publicaciones de la época. Allí apareció André Chazal, esgrimiendo esos fueros que le concedía la ley como marido abandonado por una mujer moralmente indigna para la moral de la época, a la que entonces se dedicó a perseguir judicialmente. Existía el rumor de que Flora Tristán había regresado del Perú rica, dueña de una herencia, y uno de los motivos por los cuales André Chazal inició una persecución legal contra su mujer –lo era y no podía dejar de serlo puesto que el divorcio no existía y la separación legal no se la había concedido– era la supuesta fortuna que había traído del Perú doña Flora Tristán. La historia de esta per-secución judicial es también de por sí una novela de aventuras; sirve sobre todo para ver la condición de indefensión en que se encontra-ba una mujer en Francia, una sociedad supuestamente avanzada y a la vanguardia de la modernidad en su tiempo. Esta persecución está llena de incidentes violentos, y alguno espantosamente triste: André Chazal secuestraba a los hijos de Flora Tristán. En una de estas ocasiones se descubrió que había intentado violar a su hija Aline, la futura madre de Gauguin, a la que hacía –luego de haberla secues-trado– dormir con él en una sola cama en un cuartucho donde vi-vía. Cuando Flora Tristán se entera de esto irrumpe en casa de André Chazal, rescata a su hija y denuncia a este padre violador e incestuo-so ante los tribunales. El juicio provoca un escándalo mayúsculo y es seguido por la prensa, por los intelectuales, por la opinión pública y es verdaderamente bochornoso leer los incidentes ya que pasa de ser un juicio contra un padre violador, a ser un juicio contra Flora Tris-tán, madre indigna, esposa indigna que carece, de acuerdo a la moral y a la ley de la época, de la credibilidad necesaria como para presen-tar una acusación de esta índole. Hay un abogado que luego hará una carrera muy destacada en Francia que se llama Jules Favre y que tiene un gran éxito público justamente destruyendo la acusación de

 

 

 

 

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Prólogo

 

Flora Tristán, gracias a una política agresiva de denuncia y condena de esta mujer, que públicamente había reconocido ser una esposa prófuga, que violando la ley abandonó su hogar y, además, mintió ante el mundo haciéndose pasar por soltera a lo largo del año que vivió en el Perú. Lo increíble es que las habilidades dialécticas del abogado Jules Favre van persuadiendo poco a poco a los jueces que juzgan a André Chazal, quienes terminan juzgando a Flora Tristán. Finalmente, André Chazal es absuelto por esta acusación; dos de los hijos –el tercero había muerto ya– le son arrebatados a Flora y son puestos en un internado donde el padre y la madre tienen derecho de ir a verlos una sola vez al mes. Y luego de esto, de esta suprema hu-millación que significa para Flora Tristán este veredicto, un buen día André Chazal la espera en la puerta de su casa, en la rue du Bac, con dos pistolas. Le dispara la primera y no consigue disparar la segunda paralizado por una sensación, o de culpa o de miedo, con lo cual Flo-ra Tristán se salva milagrosamente de morir, pero se queda con una bala junto al corazón que la acompañará el resto de sus días. Dos mé-dicos muy conocidos de la época la atienden, tratan de extraerle la bala, no lo consiguen, le advierten que desde entonces, con ese metal que tiene allí cerca del corazón, ella debe llevar una vida extremada-mente calma, prudente, serena, sedentaria, y ella hace exactamente lo contrario.

 

El haber estado a punto de morir, el haber sido humillada públi-camente en ese juicio, se convierte para ella en una experiencia que elabora y reelabora, y de la cual saca unas conclusiones sorpren-dentes y admirables: la necesidad de luchar, de luchar con todas las fuerzas de que es capaz para remediar esa situación, para cambiar esa sociedad donde las mujeres siguen siendo ciudadanas de segun-da clase, desprotegidas y relegadas a meros instrumentos de placer para el hombre o sombras, dice ella, furtivas en un mundo exclusiva-mente masculino en todo lo que es importante.

 

Flora hace un viaje a Londres y escribe, luego de pasarse cua-tro meses en la capital de lo que era entonces el centro de la Revo-lución Industrial, un libro también admirable, que se llama Paseos

 

 

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en Londres. Gran parte de estos cuatro meses los pasó disfrazada de hombre, para poder entrar a todos los sitios que ella quería conocer y describir en su libro, y donde no estaban autorizadas las mujeres, como el Parlamento británico, al que las mujeres no tenían acceso. Pero también para entrar al mundo de la noche y de la catacumba, al mundo de la prostitución donde ella veía justamente, en su expre-sión más descarnada, la condición discriminada y explotada de la mujer. Visitó los prostíbulos, visitó los bares pecaminosos y en su libro presenta unas escenas que son verdaderamente espeluznan-tes de la otra cara de la Revolución Industrial, que significaba, por supuesto, el progreso, la modernización y, además, el primer paso a lo que sería una revolución tecnológica, científica, económica y polí-tica en el mundo entero.

 

Lo que el libro nos dice es que es extraordinario lo que está ocu-rriendo en estas fábricas, pero, al mismo tiempo, que esta revolución industrial tiene un precio, un precio en sufrimiento, un precio en sa-crificios y quienes pagan, ante todo, el precio de esta extraordinaria transformación son las mujeres. Describe los talleres, donde las mu-jeres ganan la tercera parte, a veces la quinta parte que los obreros por un trabajo idéntico. Describe la absoluta y total desprotección en que se encuentran los trabajadores y, sobre todo, las trabajadoras; describe las cárceles que ella visita y los manicomios. En ese sentido, Flora Tristán es una de las pensadoras más avanzadas de su tiempo, una de las primeras personas en ver, tanto en la locura como en la delincuencia, la manifestación de una problemática social. La locu-ra como resultado de la desesperación a que conduce la miseria, la marginación, la falta de perspectiva en el mundo; y una de las pri-meras en condenar, de manera muy enérgica y sistemática, el que se permitiera trabajar a los niños. Describe talleres que funcionaban con niños de 7 a 10 años, que prácticamente no ganaban, sino que recibían meras propinas, y también el hecho de que los niños fueran juzgados por los tribunales exactamente como los adultos y envia-dos a las cárceles. Su descripción de estas, donde hay niños de 8, de 10 años, cumpliendo penas, son verdaderamente espeluznantes. Allí, en

 

 

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Prólogo

 

Inglaterra, ella concibe de pronto una idea que será de alguna mane-ra la que pocos años después y de manera mucho más elaborada, me-nos romántica, más intelectual y más sólida, desarrolle Karl Marx, la idea de que la transformación radical de la sociedad la harán las víc-timas de esa sociedad; es decir, los explotados, los obreros, quienes no tienen más que ofrecer en el mercado que su fuerza de trabajo.

 

Ella concibe esta idea: “En realidad nosotras las mujeres, luchan-do solas, nunca vamos a transformar la sociedad. Vamos a ser ataja-das, frenadas, reprimidas, y nuestra lucha será un sacrificio inútil. Hay que unir a las mujeres con las otras víctimas de la sociedad, que son los obreros, los trabajadores explotados”. Cuando ella habla de obreros no solamente habla de trabajadores industriales, habla también de trabajadores artesanos, de campesinos, y dentro de esta denominación incluye a todas las víctimas, a quienes están en una condición de inferioridad en la sociedad. Y entonces ella dice: “Eso es lo que hay que hacer, vamos a unir a las mujeres y a los obreros, de Francia, de Europa, del mundo. Y con eso vamos a crear una fuerza irresistible que va a transformar profundamente la legislación y que va a hacer de la libertad, por fin, un derecho al alcance de todos los seres humanos sin excepción”.

 

Este es el proyecto que ella llamará La Unión Obrera. Escribe rápi-damente un librito, de ciento y pico de páginas, y regresa a Francia poseída de una especie de entusiasmo místico e inmediatamente co-mienza a poner en práctica esta idea, que es una utopía más dentro de las muchas utopías decimonónicas. Empieza a tener reuniones con las mutuales obreras. No existían los sindicatos. Es apasionante imaginarla entrando a discutir con estos dirigentes de las mutuales que no estaban acostumbrados a ver entre ellos a una mujer; una mujer que no era, además, una obrera, sino, desde su perspectiva, una intelectual, una señora de sociedad y que les hablaba con una energía y con una convicción contagiosas. Además, respondía con igual energía y a veces ferocidad a cualquier síntoma que denota-ra en sus auditorios el prejuicio contra ella, porque tenía faldas y no llevaba pantalones. Consigue así instalar los primeros comités,

 

 

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y entonces quiere ir más allá y decide hacer una gira, primero por Francia y después por toda Europa, creando los comités de esta in-ternacional, aunque ella no use la palabra, pero eso era, una inter-nacional, porque no reconocía fronteras. Las fronteras nacionales, dentro del designio de Flora Tristán, no existían. Entonces, y a pesar de que los médicos le dicen que es una verdadera locura en su estado, con una bala allí junto a su corazón, someterse a un esfuerzo de esa índole, inicia una gira que dura exactamente ocho meses, por todo el sur y el suroeste de Francia. Es una gira de la que ella lleva un diario, que es un texto extraordinario sobre esta mujer extraordinaria, en la que con una voluntad realmente de acero se enfrenta a toda cla-se de obstáculos, desde la desconfianza de los propios obreros que muchas veces la rechazan y la hostilidad de las mujeres de los obre-ros que le hacen manifestaciones –en algunos sitios la insultan y la llaman prostituta porque piensan que quiere seducir o corromper a sus maridos en estas reuniones a las que los invita–, hasta sufre la hostilidad de la fuerza pública, de la policía, que le prohíbe las asam-bleas, que registra su cuarto de hotel y le decomisa sus documentos. Y al mismo tiempo, ella no se desanima, sino al contrario, mantiene siempre un entusiasmo y una voluntad contra la que su organismo va pareciendo cada día más débil, más enfermo. Es una verdadera experiencia de sacrificio y de voluntad contra la adversidad real-mente extraordinaria.

 

Así llega a Burdeos, donde simplemente el cuerpo no le da más; a los dos días de llegar la habían invitado a un concierto que daba Franz Liszt, en el gran teatro de Burdeos y allí, en medio del recital, se desploma desmayada. Una pareja de sansimonianos, otros utopistas de la época que la admiraban, la llevan a su casa. Allí agoniza, allí muere y allí la entierran. Un centenar de obreros acompañan su ca-dáver hasta el cementerio de La Cartuja, donde está enterrada.

 

La utopía de Flora Tristán no se realiza, pero de alguna manera ella siembra una semilla. Una semilla que irá germinando poco a poco hasta que, un siglo y medio después, muchas de las cosas con las que soñó, por las que luchó, pasan a formar parte ya de la realidad

 

 

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Prólogo

 

o, si no de la realidad, de la agenda política, de las instituciones, de los partidos, y de las personas democráticas del mundo. Cuando muere Flora Tristán, su hija Aline, la única que sobrevive, está trabajando en Amsterdam con una modista. Entonces regresa a Francia y los ami-gos de Flora Tristán, entre ellos George Sand, que es una amiga que la trató siempre con cierta superioridad y arrogancia, se ocupan de esta niña que queda sin familia, sin recursos y le buscan un marido, un periodista republicano llamado Clovis Gauguin, quien se enamo-ra de esta muchacha y se casa con ella. Inmediatamente entra en una situación dificilísima desde el punto de vista político porque Luis Bo-naparte, que parecía que iba a ser un líder más bien republicano y democrático, da un golpe de Estado y restablece el Imperio, y empie-za a seguir encarnizadamente a todos los republicanos que lo habían apoyado, entre ellos a Clovis Gauguin. Y, entonces, huyen al Perú. Y van, como hizo doña Flora Tristán, a pedir asilo y refugio a don Pío Tristán, que en el Perú, hombre casi inmortal, continúa prosperando y sigue aumentando su influencia política. Ha casado a una de sus hijas con el Presidente de la República de entonces, el general Echenique, y vive en Lima, donde invita a esta nieta-sobrina a venir con su marido. El viaje de Aline y Clovis hacia América del Sur es una tragedia, por las tensiones, la angustia y la incertidumbre. Clovis Gauguin, que era muy joven, tiene un síncope, muere en el viaje y es enterrado en un pequeño pueblecito de la costa chilena, Puerto Hambre, de tal manera que Aline Gauguin llega viuda a Lima con dos hijos pequeñitos, Paul, el futuro Paul Gauguin, y su hermana María Fernanda.

 

Paul Gauguin vive en Lima los primeros siete años de su vida. Aprende a hablar primero español antes que francés, y hace la vida de un niño de la alta clase social peruana. A los siete años, su ma-dre decide regresar del Perú porque un tío de su difunto marido, en Orléans, está a punto de morir y le anuncia que quiere dejarle una herencia. Pues allí regresan y Paul Gauguin es internado en un cole-gio religioso donde pasa toda su infancia y los primeros años de su juventud. Lo que es fascinante en la vida de Paul Gauguin es que, ni durante su etapa escolar ni durante los años de su juventud, hay en

 

 

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él el más mínimo indicio de que tenga una vocación artística. No fue un niño especialmente dotado para el dibujo en la escuela, y cuando termina la escuela lo que quería ser es marino. No puede entrar en la escuela naval-militar porque se le ha pasado la edad, y entonces su madre, o mejor dicho su tutor, un hombre rico, que probablemente tuvo amores con la madre de Gauguin, lo ayuda a entrar a la marina mercante, donde Paul Gauguin pasa ocho años de su vida viajando por el mundo, en barcos que lo llevan al Asia, al África, al Brasil. Y durante todos estos años no hay tampoco el más mínimo indicio de que en este joven, que ya es un hombre, haya una vocación de tipo artístico. Finalmente, luego de la guerra francoprusiana, abandona la marina y entonces, aconsejado siempre por su tutor don Gustave Arosa, que era un hombre rico y que tenía una colección de pintura importante, decide entrar a la bolsa para hacer una carrera en las finanzas. Y entra a la agencia de Paul Bertin, en la que se convierte en un empleado modelo. Los biógrafos han estudiado el rendimiento del joven Paul Gauguin como agente de bolsa y concluyen que tuvo un rendimiento magnífico. Es el mejor agente de bolsa, el que consi-gue mejores clientes, el que lleva con más eficacia las inversiones, los portafolios de los clientes de la agencia Bertin y en todos estos años no hay tampoco el menor indicio de que ese joven financista, joven burgués, exitoso, esconda en alguna parte de su personalidad una vocación de pintor.

 

Hasta que un día llega a la agencia Bertin un alsaciano llamado Emile Schuffenecker, un hombre tal como lo pintan los dibujos y los cuadros de Gauguin, más bien desbaratado, muy poco apuesto, que tenía dificultades de expresión y cuyo marcado acento alsaciano provocaba las risas de sus compañeros. Y este se hace muy amigo de Gauguin; es su compañero. Es el gusanito que pudrirá la manzana. Él tenía una vocación artística que no podía ejercitar, pero que amaba intensamente y dedicaba sus horas libres a dibujar, a pintar; se había inscrito en una academia, la academia Colarossi, y en sus días libres iba al Louvre. Él lleva al Louvre por primera vez a Paul Gauguin. Te-nía ya casi 30 años y nunca había puesto los pies en el gran museo de

 

 

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Prólogo

 

París y de Europa, pero fue allí acompañando a su amigo Schuffenec-ker que iba a imitar a los clásicos. Y este lo convence de que se inscri-ba también en la academia Colarossi. Le dice: “Es muy divertido, me-jor que estar en las noches en los cafés de Clichy, jugando al dominó y tomando ajenjo. ¡Ven conmigo a la academia y vas a ver que la vas a pasar muy bien!”. Y entonces él, se diría que más por inercia que por convicción, se inscribe en la academia y allí comienza por primera vez a dibujar. De esa época son los primeros bocetos que se conocen de Gauguin. Para entonces se había casado y ya tenía varios hijos. Se había casado con una danesa que aspiraba a ser una burguesa prós-pera de París y que había creído encontrar en el exitoso agente de bolsa Paul Gauguin el vehículo para llegar a la cumbre social.

 

Gauguin sigue trabajando en el día y empieza a pintar en las noches. Y empieza a pintar con un celo, con una convicción que re-cuerdan mucho el celo y la convicción con el que su abuela se había dedicado a la lucha social cuando decide hacer algo para cambiar esa sociedad que discriminaba a la mujer. Es muy interesante ver en esos años esa lucha, una lucha sorda, secreta, pero que debió ser muy dramática entre esa afición que se va convirtiendo en una vocación cada vez más exclusiva y excluyente, y lo que es una realidad, unos intereses, una profesión, unas obligaciones, las de agente de Bolsa, financista, marido y padre de familia, que es Paul Gauguin.

 

Hay una escena muy divertida en la vida de Gauguin a raíz de una crisis financiera que desploma el mercado de Francia, desploma bancos y luego una serie de Bolsas, primero la de Lyon y finalmente la de París. Un día su jefe en la agencia lo llama cariacontecido y le dice que en vista de las circunstancias no tiene más remedio que de-cirle que por el momento la agencia va a prescindir de sus servicios. Y entonces Paul Gauguin salta sobre su jefe, le coge las manos y se las besa y le dice: “Patrón, usted acaba de hacer de mí un artista”. Sale de allí loco de felicidad a decirle a Mette, su mujer: “He sido despedido y nunca más volveré a pisar la Bolsa y nunca más volveré a hacer nada que no sea pintar”. La mujer se desmaya, y entonces comien-za la vida del verdadero Paul Gauguin, del Paul Gauguin apasionado

 

 

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por un oficio que va ocupando cada vez más todos los espacios de su vida hasta hacer de él algo muy parecido a un fanático, a un hombre que vive con una visión unilateral, exclusiva: pintar, llegar a produ-cir obras maestras y encaminarse directamente a ese objetivo, sacri-ficando todos los obstáculos que se interpongan.

 

Los obstáculos son, naturalmente, la pobre Mette Gad, su mu-jer danesa, y los cinco hijos que había tenido con ella. Comienza una vida en la que, como Flora Tristán niña, Gauguin pasa de la prosperidad y la vida burguesa a una situación cada vez más sa-crificada, pobre, marginal. Primero en Rouan, luego se refugian en Dinamarca, donde la familia de Mette consigue para ella unas clases de francés con las que viven difícilmente todos. La familia ve a Paul Gauguin con tremenda irritación, con resentimiento, lo ven como alguien que había engañado totalmente a esta pobre mu-chacha que creyó casarse con un agente de bolsa y terminó, cin-co años después, casada con un bohemio. Un señor que no quería trabajar, que solo quería pintar. Y entonces, después de un año en Dinamarca, Paul Gauguin abandona definitivamente a la mujer y a sus cinco hijos y regresa a Francia donde vive una vida que es de aventura pero también de soledad y de pobreza, para no decir de miseria realmente extrema. Para poder comer hace las cosas más absurdas, como pegar carteles por las calles de París, por ejemplo, y finalmente se va a refugiar a un pueblecito de Bretaña que se lla - ma Pont-Aven, donde iban algunos pintores de la época porque era un pueblo muy aislado, muy salvaje, en un mundo, la Bretaña, que parecía resistirse con todas sus fuerzas a la modernidad. Eso es fundamentalmente lo que atrae a Paul Gauguin hacia Pont-Aven. Él tenía una idea y, como su abuela, él sería un hombre de ideas fijas. Su idea al principio confusa, nublada, irá tomando cuerpo, afinándose con el paso de los años. Era la siguiente: el arte francés, el arte europeo, está en decadencia y porque está en decadencia se ha convertido en el patrimonio de una élite. Una élite conformada por los pintores, por los críticos y por los coleccionistas de pintura. El arte europeo ha entrado en decadencia porque se ha cortado del

 

 

 

 

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Prólogo

 

conjunto de la sociedad, y se ha cortado del conjunto de la sociedad porque se ha vuelto frívolo, superficial, una actividad disociada de las otras actividades de la colectividad, entre ellas la religión, esta es la que da al arte una fuerza comunicativa y hace que sea repre-sentativo; una actividad en la que se reconocen todos los miembros de la sociedad. ¿Cuándo y dónde ha ocurrido eso? Él dice: “En las culturas primitivas”. En ellas el arte es eso, una expresión de una manera de vivir, de una manera de creer, unos dioses que forman parte del trasmundo del mundo social. Él va a Bretaña a buscar eso, una comunidad en la que todavía las viejas costumbres, las viejas tradiciones y creencias son una realidad. Francia está viviendo en esos años una República que trata por todos los medios de seculari-zar la vida, de apartar a la religión de las instituciones, de propagar el laicismo, y si hay una región en Francia que resiste estos esfuer-zos modernizadores es Bretaña. Bretaña es un mundo tradicional, anacrónico, un mundo aferrado al pasado, a la religión, un mundo que frente a los intentos laicistas y secularizadores de la República opone cada vez más procesiones, santos, milagros, vírgenes que se aparecen, perdones. Las iglesias de Bretaña siguen repletas de fie-les. Y eso es lo que va a buscar Paul Gauguin a Pont-Aven.

 

Allí encuentra, efectivamente, un mundo muy distinto del parisi-no, un mundo menos frívolo, menos esnob, menos elitista, diríamos en el lenguaje de nuestros días, y allí empieza, por fin, a pintar obras maestras. Pero al poco tiempo encuentra que ya la modernización, palabra para él absolutamente despreciable, ha comenzado a roer los cimientos tradicionales de Bretaña. Y entonces afina su idea que será, con el paso de los años, revolucionaria para la cultura y el arte europeos: “No. Hay que salir de Europa, hay que ir fuera, lejos, hacia otras culturas que nosotros desde aquí no vemos, cegados como es-tamos por nuestro pequeño mundillo. No, no, hay que ir a inyectarse ahí de una energía primitiva, el primitivismo es lo que va a devolver-nos una vitalidad, una fuerza que hemos perdido en este mundillo que se ha ido como extinguiendo y empobreciendo debido a la frivo-lidad y el esnobismo”.

 

 

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Y entonces hace un viaje a América del Sur, va a Panamá, con una idea fantástica que no se realiza; él esperaba que su cuñado lo ayuda-ra a sobrevivir, pero cuando llega allí su cuñado ha huido, persegui-do por sus acreedores. Al encontrarse sin ninguna ayuda tiene que trabajar como lampero, como obrero en el primer intento de canal. La experiencia es desde luego gravísima para Gauguin, no solo por-que lo ataca la malaria, que casi mata a un compañero de viaje, un joven pintor, Charles Laval, que lo acompañó, sino también porque allí, al parecer, contrajo la sífilis, que sería la tragedia del resto de su vida. Finalmente escapa de Panamá y se refugia en Martinica, don-de pasa cerca de un año. Allí pinta obras maestras, y esta idea del mundo primitivo, del mundo exótico, distinto y diferente comienza a cuajar en una pintura nueva, una pintura que en realidad no es una mera descripción de ese primitivismo, de esa otra conjura de otras razas, de otras creencias, de otros ritmos, de otros paisajes, sino la proyección en esos decorados de unos demonios personales, de unas imágenes que se había ido forjando él a través de mitos, de conviccio-nes, de fantasmas, como ocurre siempre con los grandes artistas. La pasa muy mal. La enfermedad de nombre impronunciable comienza a hacer estragos en su organismo. Regresa a Europa. Allí conoce a un holandés que ha sido un predicador y que, como él, también ha des-cubierto el arte bastante tarde en su vida, pero quien se ha entregado a esa vocación con la misma pasión fanática que él. Este holandés es Vincent Van Gogh.

 

Van Gogh queda deslumbrado con la personalidad de Gauguin, queda abrumado con esta fuerza de la naturaleza, este hombre con convicciones que parecen irresistibles, todo lo contrario de lo que era él: inseguro, perdido, impráctico. Y entonces él sueña con vivir cerca de esa fuerza, cuya obra además admira. Las pinturas que Gau-guin trae de Martinica le parecen a Van Gogh obras maestras. Es el primero en descubrir en Gauguin realmente un genio. Finalmente, hacen un acuerdo para vivir juntos.

 

Seguramente ustedes conocen la experiencia catastrófica que es esa convivencia de nueve semanas de Van Gogh y Gauguin. Viven en

 

 

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Prólogo

 

Arles en una casita muy pequeñita, una casita amarilla, y la obse-quiosidad, los esfuerzos desesperados de Van Gogh para que Gau-guin se sienta cómodo y se sienta feliz con esta convivencia tienen, más bien, el efecto contrario. A un hombre que ha descubierto la li-bertad en su vida, que ama, que defiende la libertad por encima de to-das las cosas, esa obsequiosidad y esos halagos con que lo abrumaba Van Gogh lo hacen sentirse un prisionero y lo impulsan a partir. Esto termina mal, muy mal, cuando él anuncia que se va, que se va antes del año acordado. Van Gogh entra en un estado crítico de desespera-ción, se corta media oreja y termina en el manicomio, un hecho que marca el principio del fin para el pintor holandés; pasa cerca de un año en Saint Rémy y luego sale para pasar los últimos treinta días de su vida en un pueblecito cerca de París, en Auvers-sur-Oise, donde finalmente termina suicidándose.

 

En esas semanas de convivencia tienen muchas conversaciones, y uno de los temas centrales de esas conversaciones es una idea que tiene Van Gogh pero que quien la llevará a la práctica será Gauguin. La idea de un estudio en el Sur. Van Gogh también creía, como Gau-guin, que el arte del futuro, el arte creador, el arte fuerte, el arte vigo-roso, no sería un arte que surgiría en Francia, sino lejos, en un mundo primitivo, exótico, de paisajes vírgenes, y ese mundo podía ser Tahití, un mundo que los dos amigos descubrieron por una novela de un joven marino que luego sería un escritor famoso, Pierre Loti, quien escribe una primera novela llamada Rarahu, Le mariage de Loti, sobre Tahití. Y entonces allí, leyendo esas páginas que describen un mundo idílico, un mundo donde se puede vivir en el ocio creador, donde el placer forma parte de la experiencia cotidiana, concibe Gauguin la idea de partir hacia los mares del sur y hacia la Polinesia.

 

Es un hombre sin recursos, quiere salir de París, quiere abando-nar Francia, hace múltiples intentos para ir a Madagascar, para ir a la China y finalmente consigue que el gobierno francés le regale un pasaje de barco y le dé unas credenciales como pintor oficial en-cargado de ir a pintar los paisajes de Tahití. Y así llega a la Polinesia, donde pasará los últimos siete años de su vida. En Tahití vive cerca

 

 

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Mario Vargas Llosa

 

de cinco años y allí, aunque la realidad no confirma sus ideas, esas ideas de alguna manera se materializan. Llega a un mundo donde efectivamente había una cultura tradicional y primitiva pero que estaba siendo prácticamente borrada por la colonización. Él soñaba con ver grandes estelas, grandes estatuas, soñaba con encontrar las manifestaciones de un arte maorí, primitivo, tradicional, y prácti-camente nada de eso existía. Ni siquiera existía la desnudez esplen-dorosa de los cuerpos, que se lucían al natural en la novela de Pie-rre Loti. Los misioneros, tanto católicos como protestantes, habían vestido a los indígenas, quienes llevaban las túnicas misioneras de tal manera que esa desnudez había que ir a buscarla, si existía, lejos de Papeete, la capital de Tahití, en los pueblos, en las aldeas alejadas donde no llegaba esa civilización que había empezado a echar raíces muy rápidamente en Tahití.

 

Pero Gauguin, como hacen los grandes artistas, como hacen los grandes soñadores y como hacen los grandes utopistas, lo que no encuentra en la realidad lo inventa, lo fabrica y lo crea en sus pintu-ras. Pero vive siempre con una frustración, con una gran frustración: “¿Ese mundo primitivo, dónde está?”. Estos últimos años son muy fascinantes, no solo por las obras maestras que produce, también por las mil y una pellejerías que allí pasa y por los innumerables excesos y abusos que comete –se convierte muy rápidamente en un apestado que la sociedad colonial rechaza–, sino también porque esa obsesión va complicándose, creciendo de una manera realmente delirante. Él está convencido de que hay una cultura maorí tradicional, la de los Ariori, pero que existe secretamente, en una catacumba que los indígenas ocultan para preservarla justamente de esa maquinaria arrolladora que es la cultura del colonizador, que impone las igle-sias, las escuelas, los gendarmes, las leyes, y entonces trata, deses-peradamente, de que los indígenas le revelen ese mundo secreto. Un mundo en el que él está convencido de que los viejos dioses, las viejas creencias siguen reinando y tronando. Hay un enloquecimiento pro-gresivo. En un momento empieza a defender tesis que hacen reír o espantan a sus contertulios: por ejemplo, la de que la antropofagia,

 

 

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Prólogo

 

el canibalismo, es una manifestación de pujanza y de salud, y que los pueblos antropófagos, caníbales, son pueblos que muestran una extraordinaria vitalidad y creatividad, y él está convencido de que allí, en los rincones de los bosques de las islas polinesias, la vieja tra-dición maorí de la antropofagia, del canibalismo, del tatuaje, se man-tiene absolutamente viva. Sus amigos maoríes, sus mujeres maoríes, le dicen que eso es falso, que no es verdad, que sí existió alguna vez pero que esas cosas ya no solo no se practican, sino que ya nadie re-cuerda esos viejos dioses de los que él habla. Pero esta obsesión al final va interponiéndose entre él y la realidad y, sobre todo, va ali - mentando su pintura tahitiana, que es su gran pintura, la pintura más creativa de Gauguin. Finalmente tiene una idea: “¡Sí! Aquí eso ya no ocurre porque Tahití está corrompida, Tahití es una proyec-ción de Francia, de Europa; hay que ir a buscar esa fuerza primitiva, esa cultura virgen, primigenia, lejos de Tahití”. ¿Dónde? En las islas Marquesas. estas son las islas más islas del mundo, son las que están más apartadas de un continente, y si ahora todavía es difícil –toda una peregrinación– llegar a las Marquesas, en la época de Gauguin, a comienzos del siglo XX, lo era muchísimo más.

 

La enfermedad iba deshaciéndolo, estaba un poco como su abue-la, Flora Tristán, en las últimas semanas de su viaje por el sur de Fran-cia, pero sin embargo su empecinamiento tiene éxito. Consigue un dinero, se embarca en un barquito que lo lleva de Papeete a Hiva Oa en un viaje infernal que dura una semana, y allí llega, a comienzos del siglo XX, a un pequeño asentamiento que se llama Atuona, donde pasará sus dos últimos años de vida, descubriendo, seguramente con inmenso dolor, que el paraíso que buscaba tampoco estaba allí. Sí, Atuona era mucho más primitivo que Papeete, Hiva Oa era infinita - mente más aislada, primitiva y virgen que Tahití y a diferencia de Tahití, sí, la civilización maorí había dejado muchas huellas, estaban los Tikis, esas grandes formas escultóricas tradicionales, pero todas muy lejos de Atuona y, qué dramático, su físico le impedía el menor desplazamiento; ya no estaba en condiciones de salir de Atuona, de cruzar unos bosques en los que no había carretera. Por otra parte, no

 

 

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Mario Vargas Llosa

 

solo el corazón le jugaba constantemente malas pasadas. Las pier-nas se le habían llenado de llagas, vivía con constantes infecciones y, además, lo más trágico que el destino puede imponer a un pintor, comenzaba a perder la vista. Los últimos cuadros que pinta en Tahití, en Atuona, son como las últimas páginas del diario de Flora Tristán antes de llegar a Burdeos. Los estertores agónicos de una voluntad que lucha contra la muerte y que en un momento dado parece que fuera a vencerla. Pinta casi ciego y, sin embargo, pinta, y los cuadros que pinta en los últimos meses de su vida, aunque no sean los me-jores, son cuadros emocionantes, impresionantes, donde esa visión, esa idea suya de un mundo de absoluta libertad, un mundo de instin-tos sin freno, un mundo de ocio, de goce, de identificación total con la naturaleza, sin bridas, sin anteojeras, sin prejuicios, se hace reali-dad. La fuerza de la visión es tan grande que supera las limitaciones, las estrecheces de un cuerpo, de unos sentidos que están ya dando las últimas boqueadas. Allí muere, allí está enterrado y allí termina la peripecia de Paul Gauguin.

 

Como ustedes ven, entre la abuela y el nieto hay enormes dife-rencias. Ambos amaron apasionadamente la libertad y trataron, con todos los medios a su alcance, de imponerla en la realidad que vi-vían, pero su idea de la realidad era completamente distinta y con-tradictoria. Para Flora Tristán la libertad era algo compartido, algo que debía beneficiar primero a las mujeres del mundo, porque eran las más discriminadas y explotadas, y en última instancia a todas las víctimas de una sociedad, quienes por razones de raza, por razones de nacimiento o ignorancia están impedidos de gozar de las oportu-nidades de que gozan los demás para tener éxito, para disfrutar de la prosperidad, para acceder a una cultura. El ideal de Flora Tristán es un ideal generoso, idealista, colectivo.

 

A Paul Gauguin la justicia social le importaba un bledo. Que el mundo estuviera lleno de injusticias ni le iba ni le venía. Había en él ese egoísmo que suele ser característico de los grandes artistas y de los grandes creadores. Esa obsesión hipnótica en una tarea, en un quehacer, muchas veces completamente ciega con respecto a la

 

 

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Prólogo

 

problemática del entorno. Ése fue el caso de Gauguin. Si se estudia su vida desde un punto estrictamente ético, cívico o social lo que preva-lece en el caso de Gauguin es el egoísmo, un egoísmo absolutamente desmesurado que para sacar adelante una obsesión creadora está dispuesto a sacrificarlo todo, incluso los seres más próximos, que se supone queridos, la mujer, los hijos. Pero en Gauguin también hay un sueño de un mundo de libertad, un mundo en el que la libertad no sea sinónimo de justicia sino de goce, de placer. Un mundo en el que la libertad produzca ante todo belleza, el primero de los valores para Paul Gauguin. Una belleza que de algún modo exprese la manera de ser de toda una colectividad, de todo un pueblo, sus creencias, sus costumbres, su relación con los ancestros y un mundo en el que la belleza será la fuente primera del placer y del goce para todos, sin distinción de familias, de clases. Ambos sueños son utópicos y am-bos sueños son complementarios.

 

Podemos sacar de estos sueños paralelos unas ciertas conclusio-nes y una de ellas es que siendo la libertad lo más importante para el progreso humano, tanto el progreso colectivo como el progreso in-dividual, la libertad también es una quimera, es un apetito que nun-ca se sacia, es una aspiración que no tiene límites. Cuando nosotros somos poseídos por esa ambición, por ese deseo, por ese sueño de tener más libertad, perseguimos una quimera o un espejismo, algo que siempre se nos escapa de las manos cuando parece que lo tene-mos cerca y vamos a atraparlo. Sin embargo, esa utopía de la libertad es la fuente principal de la civilización y del progreso. El hombre no hubiera llegado de la época del garrote, cuando la distancia entre el ser humano y el mono casi no existía, a viajar a las estrellas, a domi-nar la enfermedad, a conocer profundamente la materia, a derrotar tantos demonios que han aterrorizado a los hombres a lo largo de la historia. Y ha sido a medida que esa libertad, esa quimera, ese espe-jismo iba de todas maneras siendo parcialmente conquistado que la civilización se ha convertido en una realidad. Y esa libertad que ha ido siendo conquistada tiene sin duda mucho que ver con la utopía de Flora Tristán, la lucha contra la discriminación, la lucha contra la

 

 

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Mario Vargas Llosa

 

injusticia, la lucha contra los prejuicios sociales, pero también tiene mucho que ver con la utopía de Paul Gauguin. Nosotros sabemos que ese sueño a muchos de los amigos y contemporáneos de Gauguin les pareció delirante; la idea de que Europa tenía que abrir sus puertas y salir al mundo y que la cultura europea para fortalecerse y renovarse necesitaba de otras culturas y no confinarse, no ensimismarse dentro de unas fronteras, dentro de unas barreras que la distanciaran, que la incomunicaran de las otras culturas; que la juventud, el fortaleci-miento, la recreación de una cultura significaba inevitablemente el comercio con otras culturas, el contacto con otras culturas. Esa idea nos parece hoy día una verdad, casi un tópico y, sin embargo, cuando él argumentaba a su favor no convencía a nadie. Hay un diálogo que fue profundamente doloroso para Gauguin, entre él y su maestro Pis-sarro, el pintor impresionista que fue muy amigo suyo y maestro en los primeros años de pintor. Cuando él hizo su primera exposición de “cuadros exóticos”, Pissarro asistió a la exposición y le habló con mu-cha franqueza y le dijo: “Mire Paul, déjese de jugar al salvaje, usted es un europeo, usted es un civilizado. ¿Qué hace usted pintando monos, jugando al caníbal? Olvídese de eso, eso no es usted. Usted es un euro-peo moderno, civilizado. Vuelva a su verdadera realidad”.

 

Esta frase de su maestro lo hirió profundamente, le mostró que había una incomprensión tremenda hacia lo que él hacía y hacia lo que él creía. Por un momento lo hizo dudar de lo que estaba haciendo. O sea que eso que admiramos hoy en día en Gauguin, esos cuadros que han tenido una influencia tan grande en la pintura moderna vie-nen de una convicción que tiene que ver con una idea de la libertad. Una idea que es absolutamente válida, vigente y que en sus mejores manifestaciones el arte europeo ha recogido: la de la apertura, la del comercio e intercambio constante con otras culturas y el rechazo de toda forma de confinamiento, de ensimismamiento en lo propio.

 

Los de Flora Tristán y Paul Gauguin son apenas dos mínimos ejemplos en ese mundo tan rico, tan diverso, tan plural que es el mundo de los luchadores por la libertad. Creo que vale la pena re-cordarlos, recordar a gente como ellos con cariño y con admiración.

 

 

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Estudio introductorio

 

La insurrección comienza con una confesión

 

Francesca Denegri

 

 

 

 

 

 

Que las mujeres hagan hablar sus dolores.

 

(Tristán, 1996, p. 25).

 

 

 

Biógrafos y estudiosos de Flora Tristán coinciden en señalar el 7 de abril de 1833 –fecha en que se embarca en el Mexicain rumbo al Perú– como el momento que marca simbólicamente el nuevo rumbo liber-tario que habría de tomar en adelante la vida de la paria. Pero acaso sea más significativa la fecha de publicación, cinco años más tarde, de aquella bomba de tiempo que fue la crónica de su viaje. Porque las Pe-regrinaciones de una paria son crónicas basadas en la confesión que Flora hace de su verdad, una confesión que lejos de ser un acto de con-trición hincada de rodillas ante un sacerdote y en estricta privacidad, es antes bien un acto público de desafío y de autoafirmación ante una sociedad que insiste en silenciar la rabia de las mujeres. A juzgar por la reacción virulenta que provocó el libro, fue este sentido precisamente el que sus lectores contemporáneos dieron a estas crónicas confesas.

 

Si bien la experiencia cruda del viaje familiariza a Flora con la posibilidad de reinventarse como “otra y libre”, como anota Mario Vargas Llosa en su novela El paraíso en la otra esquina, la verdade-ra insurrección no tomará una forma concreta y palpable hasta que los diarios íntimos en los que había anotado los avatares de su experiencia –desde aquella mañana en que zarpa de Burdeos has-ta aquella otra, dieciséis meses más tarde, en que atraca de vuelta

 

 

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Francesca Denegri

 

en Southampton– no se transformen en texto público. Un “ser de verdad” (un être de vérité), eso, nada menos, es lo que Flora aspira al-canzar con este libro, y para lograrlo sabe que debe contar toda su verdad evitando caer en la tentación de recurrir a componendas que amortigüen los golpes y falseen esa verdad que su familia y sociedad se resisten a aceptar. Porque falsear su verdad no sería sino amor-dazar ese être de vérité, forzándola a admitirse culpable y deficiente, manteniendo de tal manera en un fondo oscuro lo más vital y pro-fundo de su ser. Para Flora no tiene sentido mantener su dolor en cómplice y dudoso silencio con una sociedad que no ha aprendido todavía a controlar el instinto depredador del más fuerte contra el más débil. El gran desafío consistirá, pues, en encontrar la forma adecuada para confesar aquello que es inconfesable para una mujer de la Francia posrevolucionaria de Luis XVIII. Es precisamente en ese conflicto donde se encierra la tensión dramática de ese pedazo de espléndida autobiografía que es Peregrinaciones de una paria.

 

La exposición que la escritora realiza de sí misma en un texto confesional como el de Peregrinaciones... pretende entonces ser ante todo honesta y transparente. Para ello Flora tendrá que ensayar una mirada introspectiva y descarnada que permita reinterpretar la rea-lidad de su vida a partir de su propia experiencia y no de aquella de la comunidad, y llegar así a una versión nueva, personal e inaliena-ble de sus propios mitos, de sus propios orígenes. Entre los modelos confesionales clásicos de la tradición occidental, aquel ofrecido por las Confesiones de San Agustín entre los siglos IV y V sugiere al Dios del catolicismo como interlocutor del yo que se confiesa, mientras que aquel otro de las Confesiones (1782-1789) de Rousseau, animado por los mandatos de la Ilustración, introduce el desdoblamiento del yo como requisito de la confesión, o sea el cuestionamiento del yo por el otro yo, y no por Dios. Flora, que no contaba entre sus haberes con la autoridad masculina ilustrada ni con aquella de la autoridad religiosa, tendrá que echar mano a toda su reserva de valor y convic-ción para echarse a buscar un interlocutor propio que no sea ni el Dios de San Agustín ni acaso el otro yo de Rousseau. Lo encontrará,

 

 

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Estudio introductorio

 

finalmente, en nosotros, sus lectoras y lectores. La tarea que le espe - ra, nos advierte, es compleja porque cuando se trata de la confesión de una mujer “nadie le cree lo que dice” (Tristán, 1996, p. 30).

 

En ese intento que realiza tras el viaje a Perú por replantear con-tra viento y marea su historia personal, Flora empezará recordando su primera caída, desde el esplendor y la dicha de la infancia, hasta la indigencia y la humillación de sus años de adolescente y adulta. Continúa con su segunda caída, aquella que la llevará de una situa-ción de legalidad como esposa de Chazal, a la de esposa fugitiva en la clandestinidad. Esta segunda caída implica a su vez una tercera, que es la que servirá como punto de partida para sus crónicas: la caída en la vorágine de la mentira y el enmascaramiento. Porque será en esta tensión entre el deseo de decir la verdad y la necesidad de ocultarla o de enmascararla que encontrará su tono particular esta crónica de viaje / memoria / confesión que es Peregrinaciones de una paria. Así, la historia que cuenta la narradora, y que constituye el cuerpo mismo del texto, es aquella de una cadena de engaños y trampas en los que involucra –a pesar de su declarada “propensión a la franqueza”– no solo a autoridades francesas y peruanas, sino también a tíos, primos y sobrinos, a vecinos y compañeros de viaje, a amigos y amantes.

 

Pero esta confesión pública del engaño no es, como hemos dicho, contrita, sino una tarea de defensa desafiante que tiene como obje-to la redención personal y pública de la confesante. Así, el subtexto narrativo discurre por las vías de la justificación: si en aquel pasado cercano la narradora recurrió a la mentira fue porque entonces era prisionera del miedo y de las leyes, esas leyes draconianas elabora-das por los hombres que procuran imponer imposibles modelos de conducta sobre los más débiles, es decir, las mujeres y los pobres. Si ella se sintió amedrentada entonces, ahora, al exponerse a sí misma en público, no habría ya más razones para tener miedo, porque en el acto mismo de sacar sus esqueletos del armario y de afirmarse como sujeto, deja de ser objeto de esas leyes. Ese sujeto que Flora construye en el proceso mismo de la escritura es el de la paria, es decir, el de la mujer que vive en las orillas del sistema social “legítimo” y oficial.

 

 

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Francesca Denegri

 

Esta posición marginal que la narradora asume desafiante al confe-sarse debería, en principio, liberarla de seguir esa estrategia subal-terna por excelencia que es la del disimulo. Pero la realidad, y la es-critura de la realidad, es siempre más tramposa de lo que uno espera.

 

Si bien el disimulo fue necesario en su relación con los personajes que aparecen en el libro, en su relación con el lector la narradora establecerá una suerte de complicidad al elegirlo como confidente de esa verdad personal que nos cuenta en retrospectiva. Esta pers-pectiva de presente a pasado es fundamental en el relato puesto que este se basa en la reescritura, tres años después, de los diarios que Flora mantuvo religiosamente durante su aventura transatlántica.1 Ya desde el prefacio, el discurso está atravesado y marcado por esa tensión mencionada arriba entre el deseo de decir la verdad a los per-sonajes que encuentra a su paso en su peregrinaje, y por otro lado, la necesidad de ocultarla. Porque Flora nos confiesa que ha menti-do sistemáticamente y como estrategia de supervivencia acerca de su estado civil, de su nacionalidad, de su estatus social y hasta de su edad. Mintió, confiesa, cuando vivía en París con sus hijos, separada ya de Chazal y haciéndose pasar por viuda (Tristán, 1996, p. 30). Min-tió también en el campo, cuando huía de la policía, y se presentaba

 

 

1   Como contraste a la práctica que siguió Flora de consignar las impresiones coti-dianas de sus vivencias en diarios, me interesa resaltar aquí la intrigante ausencia de una tradición diarística entre las escritoras ilustradas de la primera generación que emerge en el Perú en 1870 con Clorinda Matto, Mercedes Cabello y Teresa González de Fanning, entre otras. La pregunta que surge es si a lo mejor la ausencia de dia-rios entre nuestras intelectuales criollas se deba a una cultura de desconfianza que impidió a la escritora exponerse a sí misma fuera de las máscaras permitidas por la

 

ficción. El miedo a ser descubierta y castigada, o quizá la nerviosidad ante la simple posibilidad de que su privacidad fuese violada, acaso fueran más poderosos que la ne-cesidad de registrar los acontecimientos de la vida diaria. En la Inglaterra victoriana y en la rancia decimonónica, en cambio, la escritura de diarios íntimos y sustanciosos fue muy difundida entre las mujeres ilustradas, y gracias a que ellos sobrevivieron a sus autoras, hoy en día son material valiosísimo para la construcción de biografías y otros textos históricos y literarios de la época. De hecho, la publicación relativamente reciente de Le tour de France (1983), el diario de viajes de Flora por el sur de Francia, resulta muy valiosa porque revela aspectos privados de la vida de Flora que ayudan a despejar dudas y a construir un retrato más completo y certero de ella.

 

 

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Estudio introductorio

 

como mujer soltera. Y a Pío Tristán, poderoso señor peruano y tío paterno, haciéndole creer que era soltera. A propósito de la famosa carta a Pío, si bien es cierto que en ella Flora oculta la verdad de su estado civil, le revela en cambio “la irregularidad del matrimonio” de sus padres. De esta breve experiencia epistolar Flora aprenderá que la estrategia de la mentira es a veces más ventajosa que aquella de optar por la verdad. Porque Pío aprovechará de la información que su sobrina le ofrece ingenua y voluntariamente acerca del matrimo-nio de sus padres para luego mezquinarle la herencia que le pertene-cía. Mintió también a Chabrié –el hombre que aparentemente más la amó– sobre su supuesta viudez, a pesar de que varias veces estuvo a punto de ceder a lo que ella llama su “inclinación a decir la verdad”. Y la red de engaños y disimulos sigue extendiéndose sin control: mien-te al tío Mariano de Goyeneche, su protector en Burdeos, y también a su fiel amigo Bertera.

 

La identidad fronteriza de la Flora que se embarca hacia el Perú tiene múltiples capas y abarca no solamente su estado civil, también su estatus social a horcajadas entre la clase obrera y la aristocracia. Flora, habituada como estaba a vivir en el mundo obrero, no duda en falsear deliberadamente su posición real cuando en Arequipa fo-menta la imagen que los otros tienen de ella de mujer de sociedad parisina que conoce los pormenores de la moda, el lujo y la elegan-cia de la “gente bien”. O al menos no intenta corregirla. También su nombre es objeto de constantes cambios estratégicos de acuerdo con las necesidades del momento: es Flora Tristán a secas, Flora viuda de Tristán, o Madame Chazal.2 La red de mentiras la lleva a inventar la muerte de su madre, primero en la carta de presentación a Pío, y más adelante en conversación con Mariano de Goyeneche, quizá para proyectar la imagen vulnerable de mujer sola en el mundo y provocar un sentido de responsabilidad hacia ella de parte de los pa-triarcas de su poderosa familia peruana.

 

 

 

 

2   Sobre el tema ver el análisis minucioso de Denys Cuche (1985).

 

 

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Posteriormente, en Londres, aprenderá a recurrir a otra nueva máscara, la del travestismo, vistiéndose como hombre para poder visitar instituciones donde las mujeres no tenían acceso, como, por ejemplo, el parlamento. El tema de la nacionalidad es también obje-to de encubrimiento, a veces Flora se hace pasar por francesa, otras por peruana. Y finalmente Flora miente también sobre su edad: los papeles de embarque la dan por una mujer algunos años menor de lo que era, “para evitar que la creyesen solterona”, apunta Dominique Desanti en su biografía de la paria (1972, p. 67).

 

Si bien es cierto que desde el principio del texto Flora propone im-plícitamente a sus lectores como interlocutores de confianza, sabe-mos también que hay episodios de su vida sobre los cuales ella man-tiene un silencio sepulcral. Por ejemplo, aquel de su empleo como ama de llaves, o quizá sirvienta, de una familia inglesa bajo cuya pro-tección trabajó dos o tres años. Sus biógrafos coinciden en interpre-tar este silencio como prueba de que se sintió humillada de tener que aceptar un trabajo inferior a su estatus de origen. Quizá sea en estos años “de invisibilidad” como ciudadana de tercera clase que Flora de-sarrolla la hostilidad que siempre sintió hacia Inglaterra y que luego expresará en su segunda crónica de viajes, Paseos en Londres.

 

El hecho es que, ante esta experiencia humillante para una mujer todavía consciente de sus orígenes aristocráticos, la memoria de Flo-ra se detiene como ante un muro imposible de franquear. El episodio de marras habrá de salir finalmente a la luz, aunque siempre encrip - tado, recién en el juicio por homicidio que se le abre a Chazal en ene-ro de 1839, tras descerrajar –el marido a su mujer– dos tiros a boca-jarro en las calles de París, y que dejaran a Flora en los linderos entre la vida y la muerte por tres meses.3 Es recién en este episodio tardío de su vida, y conminada a hablar en defensa propia por la corte del

 

3   Sobre este episodio y sobre otros de la vida de Flora ver las diversas versiones que manejan biógrafos y novelistas, entre ellos Jules Puech (1925); Lucien Scheler (1946); Dominique Desanti (1972) y Mario Vargas Llosa (2003). La biografía novelada de Luis Alberto Sanchez (1942) es problemática por la ambigüedad de un lenguaje a horcaja-das entre la fantasía y la investigación.

 

 

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Estudio introductorio

 

Sena, que Flora confesará que ha destruido todos los documentos y huellas que le recordaran esos años de servidumbre humillante.

Ahora bien, teniendo en cuenta el hermetismo con que Flora lo-gra esconder durante tantos años su vida de sirvienta en Inglaterra habría que preguntarse qué otras humillaciones que la avergüen-cen habrá mantenido la narradora en su fondo oscuro y a salvo de nuestra curiosidad. Porque es cierto que en el texto la paria aparece desnudando su subjetividad con la franqueza más insólita, como cuando se autorretrata en Praia con todos los reflejos y gestos del peor racismo, donde, cuenta con candor, que el olor de los negros le provocó arcadas. Y es cierto también que, a pesar de su furiosa bús-queda de independencia frente a los hombres, en su relación con Chabrié y luego con Escudero se expone a sí misma con todas sus contradicciones cuando echa mano a las antiguas tácticas femeni-nas del coqueteo engañoso para conseguir favores del varón. Sin embargo, y a pesar de esta audaz exposición pública de sus conflic-tos, debilidades y culpas más íntimas, hay preguntas que zumban insistentemente en el oído del lector acerca de aquellas inconfesa-bles ambiciones y deseos prohibidos que la narradora nos podría estar ocultando en su confesión. Preguntas que acaso nos acerquen a los repliegues narcisistas que podrían haber dejado su huella en el texto.

 

 

 

 

 

Los puntos ciegos de la confesión

 

A pesar de sus esfuerzos por ser honesta y transparente hay en el libro, además del episodio con la familia inglesa, por lo menos tres asuntos adicionales que Flora prefiere mantener en secreto: la rela-ción con su madre, la relación con su hija y finalmente, su propia se - xualidad. En realidad, no es tan sorprendente que Flora se abstenga de hacer públicos los detalles sobre su vida sexual, no solo porque en la época el tema era insólito, sino sobre todo por la ambigüedad de su propia sensibilidad frente al placer del cuerpo.

 

 

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Francesca Denegri

 

De hecho, la paria se expresa con profundo disgusto sobre su re-lación sexual con Chazal. También escribe con verdadera aversión sobre las escenas de comercio sexual de las que ella es testigo, por ejemplo en los finishes de Londres, aquellos bares adonde recalaban los señoritos de la Inglaterra victoriana para cerrar la noche con broche de oro protagonizando escenas de humillación pública a las prostitutas que allí trabajaban.4 Pero también es cierto que en su ma-nera de representar la relación que tuvo con los hombres que le agra-daron, entre ellos el general Clemente Althaus y el coronel Bernardo Escudero en Perú, o también el pintor Jules Laure en París, hay un subtexto que sugiere el placer que siente la paria con el flirteo y el frisson del silencio cargado de deseo. La suya parece, pues, una sen-sualidad polimorfa que goza con el roce de la piel, las declaraciones veladas y el temblor de las manos, y que no vincula necesariamente la sexualidad con el acto sexual reproductivo.

 

Son diversas las interpretaciones que se han hecho acerca de la sexualidad de Flora. En su novela El paraíso en la otra esquina, Mario Vargas Llosa la retrata como una mujer cuya experiencia conyugal la enferma, definitivamente y para siempre, de frigidez y de repug - nancia ante la idea de la relación heterosexual. Otros la imaginan como mujer fálica y manipuladora del deseo masculino que fría-mente echa mano a sus encantos cada vez que necesita la protección de un hombre para luego dejarlo plantado cuando ya no lo requiere. También se ha sugerido que su sensualidad recién despierta en 1837, tras doce años de puritanismo cerrado, cuando conoce a Olympia, la polaca emigrada a París con quien Flora habría tenido una intensa relación amorosa.

 

Creo que la versión de Stéphane Michaud sobre una sexualidad ambivalente es la más convincente tomando en cuenta la totalidad de historias y lenguajes que ella misma nos dejó en sus escritos. An-dré Breton (1957) declara, seducido por la fuerza de Flora, que el de

 

4   Ver The London Journal of Flora Tristan (Tristán [1842] 1982, pp. 84-88). He utilizado esta versión inglesa a falta de una traducción al español del texto.

 

 

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Estudio introductorio

 

ella es “el único destino femenino que deja en el firmamento del es-píritu una estela tan larga y luminosa”. En su antología personal del surrealismo, el autor del Manifiesto del surrealismo publica la famosa carta que Flora escribiera a Olympia en agosto de 1839 desde Lon-dres. En ella la paria tantea, como en una densa nebulosa, un con-cepto muy particular y ambivalente del amor, que luego habrá de repetir en su Le tour de France con respecto a su relación con Éléonore Blanc, la joven lavandera de Lyon, y que queda también sugerido en Peregrinaciones... con respecto a su encuentro amistoso con La Maris-cala. Este concepto parece más compatible con el del amor místico que con aquel del amor romántico y cortesano que difundieran los bardos medievales, que es el que sobrevive en nuestra cultura mo-derna. Flora seguirá entregada a esta exploración, inventando y rein-ventando el amor hasta su muerte. La carta, creo, revela más que el análisis y por ello la cito in extenso:

 

 

Gracias por vuestra carta, mi querida Olympia, ha caído en mi co-razón como una suave gota de rocío. Sepa Usted, extraña dama, que su carta me produjo escalofríos de placer. Usted dice que me ama, que yo la magnetizo, que la llevo al éxtasis. ¿Se estará Usted, acaso, burlando de mí? Pero cuídese, desde hace algún tiempo tengo deseos de ser amada apasionadamente por una mujer. Cómo quisiera ser hombre para ser amada por una mujer. Siento, querida Olympia, que he llegado al punto en mi vida en que ningún amor de hombre me podrá satisfacer. ¿Aquel de una mujer, quizá? La mujer tiene tanto poder en el corazón, en la imaginación, tantos recursos de espíritu. Pero Usted me dirá que la atracción sensual no puede existir entre dos personas del mismo sexo. Este amor, canto apasionado y exalta-do con el que Usted sueña ¿no podría realizarse entre dos mujeres? Sí y no. Llega una edad en la vida en que las sensaciones cambian de lugar, es decir, una edad en la que el cerebro lo engloba todo. Pero todo esto que le he escrito le parecerá a Usted una locura. Lamenta-blemente Usted no comprende ni a Dios, ni a la mujer, ni al hombre, ni a la naturaleza como yo los comprendo. Es absolutamente necesa-rio que este invierno yo les enseñe un curso, a Usted y a otras dos o

 

 

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tres personas que sientan simpatía por mí. Yo vivo ahora una vida in-mensa, completa. Es menester, querida Hermana, que yo la convenza de creer en mi vida. Mi alma, por decirlo de alguna manera, se encuen-tra desprendida de su envoltorio: yo vivo con las almas. Me identifico tanto con las almas, sobre todo cuando vibran al unísono de la mía, que, por decirlo de alguna manera, tomo posesión de ellas. Desde hace tiempo yo la poseo a Usted. Sí, Olympia, yo respiro por vuestro pecho, y por todas las pulsaciones de su corazón. Es necesario que un día, que la va a horrorizar, yo le diga todo aquello de lo que Usted se lamenta, todo aquello que Usted desea y de cuál es el mal del que Usted adolece. El poder de la segunda vista es el más natural. Eso es todo. Simplemen-te un alma que tiene el poder de leer lo que pasa en el alma de otros –el magnetismo no es otra cosa que la superioridad de los fluidos de un individuo sobre los fluidos del otro. Podrá Usted ver, querida, que para mí el amor, quiero decir el verdadero amor, no puede existir sino de alma a alma. Ahora, es muy fácil eso de concebir el amor, dos mujeres pueden amarse de amor, dos hombres ídem. Todo esto no es sino para decirle que en este momento siento una sed inmensa de ser amada. Pero soy tan ambiciosa, tan exigente, tan golosa que nada de lo que me ofrecen me satisface. Mi corazón se parece a la boca de los ingleses, es un pozo donde todo aquello que entra revienta y desaparece (Tristán, 2001, pp. 103-105, traducción propia).

 

Flora empieza la carta declarando sentir “escalofríos de placer” y “de-seos de ser amada por una mujer”, pero inmediatamente después ano-ta que placer y deseo están “englobados” en el cerebro. Más aún, que su alma se ha desprendido de su “envoltorio”, es decir, de su cuerpo. Po-dríamos hablar, acaso, más allá de la dualidad cartesiana entre cuerpo y alma o entre cuerpo y mente, de un placer descorporeizado afín a la experiencia mística de la que nos hablan Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. En todo caso, lo que sí se podría afirmar más allá de toda duda es que la ambivalencia de afectos es la marca de esta carta. Porque en realidad lo que ella misma describe es una compleja “amis-tad amorosa”, concepto que Flora creará para amalgamar el amor eró-tico y la amistad espiritual. La paria no se detiene ante los límites del

 

 

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lenguaje: si no encuentra la palabra que pueda contener y dar forma a su experiencia, ella la acuñará. Y así como ensaya el concepto de amis-tad amorosa, también creará su propia imagen de un dios que, a dife-rencia del dios clásico que reúne y contiene solamente los atributos del padre, es padre, madre y embrión a la vez, es decir hombre, mujer y niño, carne y espíritu, tierra y cielo, y a quien, por su naturaleza múlti-ple y plural denotará con el plural de Dieux o Dioses.

 

El segundo y tercer punto ciego del discurso narrativo es aquel que concierne a Flora en su papel de madre y de hija, temas profun-damente conflictivos en los que la paria no se detiene ni en Peregrina-ciones... ni en ninguno de sus otros escritos, prefiriendo mantenerlos en la oscuridad de sus aguas. Tratándose de una autora en la que no pocos lectores coinciden en ver una cierta vocación exhibicionista, desconcierta esta ausencia de referencias familiares, ausencia que podría traducir la magnitud de un dolor incurable. Entre la copio-sa correspondencia que ha sobrevivido a la autora, tampoco se han encontrado cartas a Thérèse Laisney, su madre, o a Aline Tristán, su hija. Ni hay tampoco referencias a ellas registradas en su último dia-rio, Le tour de France. Por otro lado, no es difícil adivinar una relación fuertemente conflictiva con su madre, a quien nunca comunica su decisión de partir de viaje al Perú, y a la que solo menciona críptica-mente en algunos momentos clave del diario de viajes. Ya en la in-troducción se refiere a ella en el contexto de su matrimonio: “A esta unión –escribe Flora– debo todos mis males, pero como mi madre después no ha cesado de mostrar el más vivo pesar, la he perdona-do y en el curso de esta narración, me abstendré de hablar de ella” (Tristán, 1996, p. 30, t. 1).5 La economía del lenguaje de Flora es enga-ñosa. En esta tersa frase laten como en una red sigilosa de canales subterráneos todas las secuencias de un juicio criminal imaginado,

 

 

 

5   Vale la pena señalar que casi todos los estudiosos de Flora Tristán coinciden en sugerir que el desmoronamiento de la relación entre Flora y su madre ocurrió pro-bablemente muy temprano. Ver Stephane Michaud (1985), Dominique Desanti (1972), Jules Puech (1925) y la sugestiva versión que del tema ofrece Mario Vargas Llosa (2003) en su novela.

 

 

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desde el delito cometido (matrimonio forzado) y la identificación del culpable (la madre) hasta la sentencia (partir sin despedirse) y el in-dulto final (“la he perdonado”). Más adelante vuelve a la carga con re - ferencia a su situación de desamparo en el mundo, cuando exclama: “Ah madre mía, te perdono, pero el cúmulo de males que has amon-tonado sobre mi cabeza es demasiado pesado para las fuerzas de una sola criatura” (ibid., p. 28, t. 2).

 

A la muerte de Mariano Tristán, Thérèse, hija de una familia de la pequeña burguesía en decadencia, sobrevive gracias a la magra ayuda económica de un hermano avecindado en Versalles, el coman-dante Laisney, aclamado por el emperador Napoleón como héroe de la guerra de Tilsit (Desanti, 1972, pp. 10-11). El comandante tiene la convicción de que el destino de una mujer debe estar siempre al lado de su esposo; por ello cuando Flora huye de Chazal, su tío la repudia y su madre, mostrando cierta pusilanimidad ante la autoridad mascu-lina, se suma al repudio. Tanto el tío materno como la madre prefie-ren creer en la versión de Chazal antes que escuchar aquella de Flora.

 

En adelante, y como quedará consignado en su libro de viajes, Flora se mostrará particularmente sensible a la deslealtad de una madre hacia su hija. Así, por ejemplo, en el episodio que relata las aventuras y desventuras de Dominga Gutiérrez, la monja carmelita que escapa del convento de Santa Rosa, Flora no pierde la oportuni-dad de señalar cómo, a pesar del evidente padecimiento de Dominga, “su madre, la señora Gutiérrez, la rechazó con dureza” (Tristán, 1996, p. 168, t. 2). Pero como en el destino a veces hay ironías crueles, la re-lación distante que tuvo Flora con su madre se repite en aquella que habrá de tener con su hija. De hecho, Aline es abandonada a los po-cos meses de nacida, cuando Flora parte a trabajar como lady’s maid, y no será recogida por su madre hasta cumplidos los 4 años. Y nue-vamente Flora la abandonará a los 6 o 7 años cuando viaje al Perú. A su retorno, los pocos años pasados juntas transcurrirán a salto de mata entre pensiones y secuestros de Chazal. Mientras tanto Flora llevará una vida dividida entre el trabajo político y literario, por un lado, y el deseo no siempre alcanzado de proteger a su hija. Entre

 

 

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sus contemporáneos, algunos la juzgarán duramente. Y no era para menos: todo parece indicar que Aline fue abusada sexualmente por su padre. ¿Negligencia de la madre que permitió que esto sucediera, o de la ley que protegía al padre? La carta que escribe George Sand a un colaborador fourierista a poco de la muerte de Flora, cuestiona duramente a la madre que abandonó a su hija.6 Deteniéndose en el semblante triste y solitario de Aline, la autora de Lélia duda si “su ma-dre la habrá amado”, y más adelante se pregunta acerca de la validez de un “apostolado que pueda hacer que una madre envíe lejos a una hija tan carismática y adorable” (Sand, cit. en Desanti, 1972, p. 308).

 

Flora se refirió fugazmente en alguna carta a su decepción fren-te al rechazo de Aline a unirse a la causa de la Unión Obrera. Y ya hemos visto la manera críptica con la que expresa su resentimiento frente a la renuencia de su madre a apoyarla en sus conflictos conyu-gales. Pero más allá de esas pocas referencias encriptadas y fugaces sobre su identidad de madre culposa y de hija herida la paria no dejó más pistas. Acaso ese silencio fuese fruto de un dolor antiguo, pero todavía vivo, que era preciso negar para poder sobrevivir. A lo mejor culpaba a su madre por no haberse afirmado ante su padre exigiendo los papeles necesarios para legitimar su nacimiento. Porque sin duda el corolario de esta negligencia fue desastroso para su vida. De ese episodio se desprende no solo aquel estatus de bastarda que tendrá que cargar hasta su muerte, sino, lo que es más grave, también aque-lla dilatada pesadilla conyugal. Porque cuando diez años después de la muerte de Mariano se presente Chazal ante Thérèse para pedir la mano de su hija, Thérèse empujará a su hija con argumentos lapida-rios y presiones múltiples para que acepte la propuesta aún en con-tra de su voluntad, alegando que sin dote ni nombre en su haber será difícil encontrar otro hombre que quiera darle su nombre.7

 

 

 

6   Carta de George Sand a Pompery (1845).

 

7   Aunque la relación de Flora con su madre –como muchas otras áreas espinosas de su vida privada– es motivo de intensa especulación entre sus biógrafos, creo que la visión que nos ofrece Mario Vargas Llosa de una relación conflictiva que termina quebrándose muy pronto, es la más perspicaz y convincente.

 

 

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Sospechamos por todo ello que el principio del fin de la relación con su madre se remonta al momento en que muere su padre y Flora es expulsada del paraíso, y que considerando la creciente distancia entre ella y Thérèse, la relación con Olympia pudo haber sido en par-te un acto de restitución de la relación de desamor que tuvo con su madre. Siguiendo la misma lógica, intuyo que la amistad estrecha con Éléonore acaso haya sido el acto compensatorio que habría de aliviar la nostalgia que le dejó la relación de ausencia y de culpabili-dad que conoció con su hija. En este sentido, podríamos pensar tam-bién que aquella utopía de una Unión Obrera basada en el amor y la solidaridad haya surgido como parte de una visión compensatoria ante una vida de profunda orfandad. Si además de esta orfandad de afectos pensamos en la herida del desclasamiento, la lógica del silen-cio y de la negación aparece en toda su dimensión humana.

 

Tampoco hay que olvidar que en aquella época en la que los idea-les burgueses de familia hacían de la mujer un ser valorado en tanto su posición de madre, hija o esposa, el vértigo de haberse convertido en madre ausente, hija repudiada, y esposa separada habrá tenido que ser verdaderamente insoportable. “He tenido tantas preocupa-ciones, tantas penas en los asuntos de familia” escribe con razón a Fourier en 1835 (Tristán, 2001, p. 57). En sus Peregrinaciones..., Flora se encontrará dispuesta a hablar de sus dolores con respecto a su experiencia de esposa separada, pero mantendrá silenciada aquella vinculada a su madre y a su hija. Y quizá sea precisamente en este punto ciego del vértigo que se deban buscar los linderos de ese otro internalizado con el que dialoga Flora en el texto.

 

 

Las trampas de la confesión

 

Como sabemos, la infancia de Flora es privilegiada. Vive con sus padres y hermano en una mansión con muebles exquisitos y rodea-da de jardines esplendorosos, frecuentada además por hombres de distinción, entre ellos Simón Bolívar. Sin embargo, cuando cumple

 

 

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4 años y muere su padre sin haber legalizado el matrimonio ni re-dactado un testamento a favor de Thérèse y de sus hijos, los bienes íntegros de don Mariano revierten a la familia peruana, despojan-do en un solo acto a ella, a su hermano y a su madre de todo haber. A partir de entonces, y debido a ese negligente incumplimiento de unos trámites legales supuestamente ordinarios, la joven Flora debe-rá enfrentarse al desgarro de la pobreza y a la humillación del descla-samiento en una sociedad fuertemente jerarquizada.

 

Comenzará entonces la declinación social y económica de Thérè-se Laisney y de su hija (su hermano muere tempranamente), quienes tras los prodigios de la mansión de Vaugirard terminarán en la indi-gencia en un modesto piso de la Plaza Maubert, barrio parisino tugu-rizado y marginal donde pululan prostitutas, delincuentes y mendi-gos, y donde Flora vivirá una juventud que fue todo menos dorada. Sus biógrafos no escatiman palabras para describir el ambiente sór-dido y promiscuo en que vivían Thérèse y su hija.8 Es por esos años, y en circunstancias crueles para una adolescente, que Flora se entera por primera vez de su condición de hija ilegítima, cuando los padres de su primer novio se oponen a que su hijo formalice la relación con una “bastarda” (Desanti, 1972, p. 12). Es en este momento cuando se produce la segunda caída que mencionáramos más arriba, porque a las miserias de la pobreza se sumará la humillación y el dolor de ser abandonada por el primer hombre de quien ella se enamora. Y todo por culpa de aquella antigua negligencia del padre, y de aquella pusi-lanimidad de la madre.

 

Atrapada entre la miseria, la ilegitimidad y el repudio, sin profe-sión ni dote, Flora entra a trabajar a los 15 años como obrera colo-rista al taller del grabador André Chazal, con quien luego se casará

 

8   Ver los textos de Dominique Desanti (1972), Lucien Scheler (1946) y Jules Puech (1925). Ver también el retrato de los años de juventud de Flora que hace Vargas Llosa en los capítulos impares de su novela El paraíso en la otra esquina. Aunque Vargas Llosa pinte el retrato de la paria con la libertad que otorga el género de ficción, el personaje imagi-nado es fruto de una investigación exhaustiva que le llevó casi quince años. Si bien es cierto que en el retrato de Flora reviven los demonios del propio autor, también lo es que la trayectoria que sigue Flora en la novela es de un rigor histórico impecable.

 

 

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persuadida por su madre quien ve en el matrimonio la esperanza de una relativa estabilidad económica. El matrimonio resulta desastro-so: Chazal es violento, la agrede constantemente, y en cuatro años de convivencia forzada nacen tres hijos. Ni siquiera cumple con darle la estabilidad económica esperada, pues a poco de casarse su nego-cio quiebra. A los 23 años y apenas nacida su hija Aline, Flora decide abandonar el hogar y huir de su esposo. Para ello, como ya lo hemos visto, deberá ocultar su identidad, lo que se traduce entre otras cosas en soportar el terror de ser descubierta y detenida por las autorida-des por contravenir el acuerdo matrimonial que no permitía, bajo circunstancia alguna, que una mujer abandonase a su marido. Des-pués de meses de clandestinidad, hambre e incertidumbre, Flora en-tregará su hija a su madre para aceptar el trabajo de lady’s maid que la separará de Aline por cerca de tres años.

 

A su regreso, y ya cansada de vivir en la clandestinidad, la im-postura y la mentira, Flora buscará una nueva vía de salida para sobrevivir. En realidad, hacía ya varios años que venía rumiando el deseo de partir hacia el legendario país de su padre, pero cada vez que iniciaba los trámites pertinentes, su esposo la amenazaba con secuestrar a sus hijos. Como ella misma lo anota en sus Pere-grinaciones..., es gracias a un encuentro fortuito que ocurre en una hostería parisina con un capitán de la marina mercante, que Flo-ra vislumbra la esperanza de ser recibida por su poderosa familia peruana y obtener de ellos la herencia que le correspondía como única hija sobreviviente de Mariano.

 

Con el dinero en sus manos, Flora sabe que tendrá la posibili-dad de regresar a Francia para iniciar una nueva vida más digna y tranquila para ella y para sus hijos. Es cierto que la herencia no solucionaba directamente su estatus civil ni tampoco el problema de su ilegitimidad, pero Flora, que entendía bien la dinámica del poder, sabía que las leyes se ensañan siempre con los más pobres, y que, por ende, con el acceso al bienestar económico y al aburgue-samiento, las cortes se sentirían más dispuestas a respetarla. Como bien señala Stéphane Michaud (1985), la experiencia de George

 

 

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Sand, quien como Flora era hija ilegítima, es ilustrativa. Aunque ella también se separa de su esposo después de un dilatado y escan-daloso juicio, no sufrió el desprecio como Flora porque además de tener fortuna poseía el título nobiliario de Baronesa. Por todo ello Flora se anima a escribir a su tío. Habiendo recibido la respuesta de Pío invitándola –aunque tibiamente– a Perú, se embarcará aquella mañana de abril, al cumplir los 30 años, rumbo al remoto país de su padre.

 

Cada uno de estos amargos episodios de su vida personal, desde la ilegitimidad y el matrimonio forzado hasta la separación conyu-gal, la persecución policial y el infructuoso viaje transatlántico con el que busca ponerse al abrigo del patriarca peruano, serán trans-formados por Flora en el material vital a partir del cual podrá luego imaginar la sociedad utópica por la que luchará hasta el fin de sus días. Así, en su Unión Obrera, Flora vislumbra una sociedad don-de las mujeres tengan una formación profesional que las libere de la dependencia del varón a la que entonces estaban condenadas, y donde, además, la indisolubilidad del matrimonio fuese revocada con la ley del divorcio. La transformación de su experiencia perso-nal y privada en texto público que pueda servir a la colectividad es uno de los patrones que emergen en este libro, y que Flora seguirá desarrollando en publicaciones futuras. A esta estrategia de utili-zar lo personal como punto de partida para un discurso de política pública se le ha denominado “tretas del débil”. La estrategia consis-tiría, según Josefina Ludmer (1984), en incluir lo personal, privado y cotidiano como punto de partida y perspectiva de los otros dis-cursos y prácticas, de tal manera que con esa promiscuidad de len-guajes y espacios se borren las fronteras entre lo privado y lo públi-co. Así, las mujeres que se animen a “hablar sus dolores”, lo harán como ciudadanas y no solo como sujetos domésticos, y con ello sus dolores tendrán que trascender el espacio privado para convertirse en asunto de interés público y colectivo.

 

 

De regreso a París, Flora hurgará en su frustrante experiencia de viajera solitaria en el Perú para publicar en 1836, y haciendo letra

 

 

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pública de la carne propia, un opúsculo que titulará “Necesidad de dar una mejor acogida a las extranjeras”.9 Casi dos años más tarde, tras sórdidos episodios con Chazal, quien la persigue armado, publi-ca una “Petición a los señores diputados para revocar el divorcio”. Y otra vez en 1838, el mismo año de la publicación en francés de Pere-grinaciones de una paria, y en pleno proceso judicial por homicidio contra Chazal, Flora presentará una nueva “Petición para la aboli-ción de la pena de muerte”, gesto que es interpretado por el público que sigue el sonado juicio como prueba de magnanimidad a favor de su feroz adversario.

 

Pero Flora no quedará contenta con su propia confesión. La ex-periencia le ha enseñado acerca del valor que otorga la “publicidad a las acciones privadas”, y es por ello que anima a las mujeres para que ellas también salgan del armario. Así, en el prefacio a Peregrina-ciones... insistirá en que no es sobre ella “personalmente que quiere atraer la atención, sino sobre todas las mujeres que se encuentran en la misma posición y cuyo número aumenta diariamente” (Tristán, 1996, p. 26, t. 2). Lo verdaderamente audaz de esta posición no es que una mujer trate públicamente sobre el tema del divorcio y reclame además su derecho a la educación y al trabajo –George Sand ya lo ha-bía hecho con Lélia (1833), y más tarde en Inglaterra lo harían Char-lotte Brontë con su novela Shirley y Anne Brontë con La inquilina de Wildfell Hall– sino que lo hiciera dando la cara, firmando con nom-bre y apellido y, sobre todo, sin recurrir a las máscaras de la ficción, estrategia tan común entre las escritoras de la época.10

 

Los episodios que vive Flora en la travesía, desde los ciento treinta y tres días a bordo hasta la estancia de ocho meses en Valparaíso,

 

9   Nécessité de faire un bon accueil aux femmes étrangères (París, 1836).

 

10 Según las teorías literarias últimas, habría mucho mayor número de obras litera-rias escritas por mujeres cuya autoría no conocemos porque recurrieron al anonima-to para evitarse el castigo y el escarnio de la sociedad. Otra modalidad de ocultamien-to a la que recurrieron las escritoras de siglos pasados fue la adopción de seudónimos masculinos. Ahí están las tres hermanas Brontë, casi contemporáneas de Flora, que firmaron como Acton Bell, Currer Bell y Ellis Bell. Y lo mismo harían décadas más tarde George Eliot, Fernán Caballero e Isak Dinesen, entre tantas otras.

 

 

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Arequipa y Lima, constituyen el cuerpo mismo de este relato, que no es sino un magnífico y problematizado ejercicio de introspección motivado por la desilusión del encuentro con su familia paterna. Perú es un país lejano y desconocido –“ultramarino”–, pero como allí había nacido su padre, ella lo consideraba tan suyo como su Francia natal. En realidad, la relación con su padre, muerto hacía tanto tiem-po, le debía resultar casi tan lejana como ese país de oro y revolucio-nes hacia el que navegaba abordo del Mexicain, pero en su recuerdo la imagen paterna debía tener el cariz de la única arcadia que había conocido: Perú y el padre, ambos tan lejanos, Perú y la protección pa-terna, ambos tan elusivos, Perú y la pertenencia a una familia, ambos tan deseables. Protección, padre, familia: hacia ese puerto imagina-rio enrumba Flora con todas sus velas desplegadas.

 

Flora, lo hemos visto, padece de una orfandad total.11 Porque no solo es madre ausente, hija abandonada por su madre y esposa sepa-rada. También es hija sin padre. Su deseo de pertenencia es evidente, desde su referencia a Perú como “nuestra nación” y su insistencia de ser “del país de mi padre” (Tristán, 1986a, p. 63), hasta la sugerencia de que los rasgos de sus facciones son peruanos. Así mismo, al llegar a Arequipa y conocer al primer pariente de una larga serie de primos y tíos, no tarda en subrayar el parecido con ella, como tampoco se cansa de recordarle a Pío que él es su segundo padre. En realidad, vale la pena recordar que ya mucho tiempo antes de su viaje a Perú, Flora había buscado en otro tío, esta vez el comandante Laisney, her-mano de su madre, la elusiva y por ello ansiada figura paterna. Pero el tío materno la traiciona dos veces. Primero en el conflicto en Bel-Air en 1832 (ver cronología) y seis años más tarde, cuando en el pro-ceso penal contra Chazal, el comandante atestigua contra ella (ver

 

 

11 No creo que sea coincidencia que la imagen de la niña huérfana fuese en la litera-tura europea decimonónica uno de los símbolos más ubicuos de la vulnerabilidad, fragilidad e invisibilidad del desvalido. Acaso fuese porque en la Europa de entonces los modelos de familia patriarcal burguesa empezaban a consolidarse con fuerza y los niños huérfanos, sobre todo las niñas, como seres excluidos de esa estructura funda-mental, representarán el horror de la otredad.

 

 

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cronología). Cuando se sienta a escribir Peregrinaciones... Flora ya es-taría curtida: también de Pío solo había conocido la traición. Curtida y dolorosamente lúcida: porque para entonces ya había asumido la culpa de su padre. Por ello le recrimina a Pío, desafiante, cuando este deja pasar la última oportunidad que tiene para limpiar la imagen de “hombre sin probidad” y “padre criminal” de su hermano Mariano. Al no “echar un velo sobre la culpa de [Mariano]” y reconocerla como sobrina legítima, Pío permite que la memoria de su hermano “que-de manchada por el estado de abandono en que ha dejado a su hija” (Tristán, 1996, p. 35, t. 2).

 

Criada en una Francia liberal regida por la ley moderna del Esta-do de Derecho, Flora predica y hace suyas las exigencias de honesti-dad y transparencia del racionalismo ilustrado. Así, antes de partir, escribe una carta de presentación a don Pío, anunciando el inminen-te viaje y confesando sin ambages la verdad de su estatus de bastarda ante la ley. Flora es consciente del peso que esa carta habrá de tener en la resolución de su delicada situación, pero confía en que Pío re-accionará como hombre ilustrado capaz de elevarse por encima de detalles legalistas que le mezquinan la legitimidad de su nacimien-to, y que por tanto reconocerá la inexpugnable fuerza moral de su argumento. No hay documentos que prueben el matrimonio de sus padres –escribe a Pío–, pero ella es hija única de Mariano, fruto de la única unión que tuvo Mariano en vida; sino, sugiere, que se lo pre-gunte al mismo Bolívar, amigo íntimo de sus padres. Flora se despide apelando al sentido de nobleza de su destinatario, al fin y al cabo, Pío fue último virrey y primer presidente de la República. “Espero de us-ted justicia y bondad –escribe Flora. Le pido su protección y le ruego quererme como la hija de su hermano Mariano que tiene algún de-recho de reclamarlo” (Tristán, 1986a, p. 63). El titubeo entre la voz de ciudadana que reclama un derecho (espero de usted justicia... tengo el derecho de reclamarlo) y la de la subalterna que pide una gracia (espero de usted bondad... le ruego quererme) anuncia el conflicto de identidad que más tarde se hará evidente en sus crónicas de viaje. Un año después de sellar aquella fatídica carta, Flora descubrirá, con

 

 

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profundo pesar, que la transparencia que la ideología republicana exige en las relaciones sociales es una virtud demasiado costosa en el país de su padre, más aún si quien la ostenta es una mujer. En efecto, esta imprudente virtud le costará el éxito del viaje que con tanto sa-crificio emprende Flora ese 7 de abril de 1833.

 

Sus Peregrinaciones... serán en cierto modo las crónicas de un fra-caso anunciado. La correspondencia entre Pío y Flora acusa ya dos sistemas de relaciones sociales irreconciliables cuya batalla se libra-rá en el campo del lenguaje: el de la transparencia implicada en el discurso de la modernidad europea en la que Francia está instalada y el de la opacidad que impregna el mundo colonial de su padre y del que el Perú no se sacude todavía. A Flora le costará su herencia aprender las trampas de la confesión. A partir de entonces sabrá que para relacionarse con el poder es imprescindible buscar una estrate-gia apropiada para decir sin decir, o sea, para decir la verdad solo en la medida en que se oculta. Al término de la crónica, reconoce su fra-caso: “vine a buscar un lugar legítimo en el seno de una familia y de una nación –escribe– pero tras ocho meses de ser tratada como una extraña... es evidente que no había ganado ningún estatus dentro de mi familia paterna” (Tristán, 1986b, p. 245, traducción propia).

 

Flora ha perdido la herencia, pero ha sido empoderada por este viaje. Porque de su estancia en Arequipa nace una conciencia políti-ca que a su regreso a Francia la convertirá en la apasionada militante comprometida con la causa de mujeres y obreros que hoy asociamos con su nombre. Gracias a este viaje, Flora abandona toda esperan-za de convertirse en miembro respetable de la burguesía, pero en cambio toma conciencia del poder de su carísima (que ella llamará “magnetismo”), de su inteligencia y, sobre todo, de su capacidad de influenciar a los más poderosos. De hecho, en Arequipa, civiles y mi-litares la buscan para solicitar sus consejos y opiniones, o al menos así lo consigna ella en sus crónicas. Increíblemente, Pío la busca en plena batalla de Cangallo para que lo asesore en sus negociaciones con los militares de ambos bandos; el general Clemente Althaus la busca para hacer de ella su cómplice frente a prácticamente todo lo

 

 

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que ocurre en la ciudad; y hasta el general San Román, adversario de los notables y de su propio tío, la recibe en su tienda de campaña interesado en conocerla e intercambiar ideas con ella.

 

A su vuelta, esa nueva conciencia del poder de su propia palabra será utilizada por Flora en sus relaciones con Considerant, fundador de la falange fourierista que gozaba de gran ascendencia entre los intelectuales de la época; también con Robert Owen, industrialista visionario del sistema cooperativista, quien en su viaje a París visita a Flora en su departamento de la rue Bac. Con ellos la nueva Flora parece sentirse lo suficientemente libre como para despojarse de sus máscaras. De ahí en adelante no habría razones para seguir tenien-do miedo, ni para seguir mintiendo. El empoderamiento de Flora es múltiple. Porque en esa convivencia difícil y a veces adversa con sus poderosos parientes peruanos ha debido echar mano a recursos ver-bales de sobrevivencia que le han descubierto su verdadera versati-lidad, agudeza e ingenio. También la empodera el haber sido testigo deslumbrado de la capacidad de algunas mujeres en el Perú para crearse espacios de autonomía y de libertad que en Francia eran des-conocidos. Y tampoco hay que olvidar que si bien no regresa con la herencia que soñaba, al menos Pío le concede una pensión que la sal-va de la indigencia. Así pues, gracias al viaje, Flora saldrá de la clan-destinidad y en adelante podrá dedicarse a estudiar y a hacer política con los grandes socialistas y reformistas de la época, y a escribir y salir en giras en busca de prosélitos para su Unión Obrera.

 

 

 

 

El otro lado de la confesión: estrategias de escritura y de vida

 

El mismo año que publica Peregrinaciones de una paria, Flora viaja a Londres, pero esta vez ya no como acompañante subordinada, sino como viajera independiente y consciente de su poder. En “la ciudad monstruo” Tristán se entrevista con activistas políticos y obreros textiles, con comisarios y criminales, con prostitutas y aristócratas. Explora y estudia con ojo avizor las Cámaras del Parlamento, las

 

 

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fábricas de gas y hierro, las prisiones, los prostíbulos, manicomios y asilos. Participa, además, en una reunión cartista donde hace contac-tos con reformistas ingleses, cuyas ideas luego incorporará a la uto-pía que habrá de diseñar en su Unión Obrera. A su regreso a París pu-blica su segunda crónica de viaje, a la que titulará Paseos en Londres.

 

Este nuevo libro, al igual que el anterior, seguirá el mismo pará-metro de los opúsculos mencionados más arriba; extrae, así, de la ex-periencia propia y personal significados de dimensión social y públi-ca. En este nuevo libro, la paria seguirá negociando con aquellos dos imperativos que se encuentran en claro conflicto el uno con el otro y que descubriera años atrás en su correspondencia con la astucia criolla de don Pío Tristán. Es decir, por un lado, la necesidad íntima y perentoria de hurgar en su propia verdad, por el otro, la necesidad igualmente apremiante de enmascarar esa verdad.

 

Los títulos de sus dos libros de viaje son sintomáticos de este conflicto: Paseos en Londres y Peregrinaciones de una paria.12 El paseo del primero evo-ca la caminata clásica de las damas con tiempo de ocio a su disposición, que salen usualmente acompañadas y a paso tranquilo para distraerse sin otro objetivo que el de hacer un poco de ejercicio, al mismo tiempo que ver y dejarse ver. El texto, como hemos visto, se ocupa de temas poco afines a los de la cultura de ocio femeninos implicados en el paseo del título. En el caso de Peregrinaciones de una paria, el sustantivo del título tiene connotaciones religiosas evidentes: una peregrinación es un viaje difícil por tierras inexploradas, viaje plagado de obstáculos que habrán de poner a prueba la fortaleza del peregrino, y que se emprende con espí-ritu de humildad y entrega. El sujeto que acomete el viaje, el peregrino o la peregrina, es disciplinado, resiliente y, sobre todo, es indiferente a los asuntos de dinero y poder que preocupan al resto de los mortales. Como en el caso anterior, la imagen que la narradora va construyendo en su relato no se ajusta a aquella evocada por el título. Así, los tropos de viajera peregrina y paseante ociosa parecen querer suavizar y paliar el conteni-do que anuncian.

 

12 Lo que sigue está basado en Francesca Denegri (2000).

 

 

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Francesca Denegri

 

Tal vez encontremos una clave si ubicamos ambas publicaciones dentro de la abundante literatura de viajes de la época, donde los narradores, en su abrumadora mayoría varones, asumen invariable-mente una posición de autoridad académica científica, etnológica o comercial.13 La mayoría de los viajeros que exploraban los territorios ultramarinos (americanos, asiáticos y africanos), lo hacían de ma-nera oficial y representando a su nación, a la empresa para la que trabajaban, o a la institución a la que estaban afiliados. Viajaban, pues, con todas las de la ley. Aquellos que como Humboldt lo hicie-ran de manera independiente, gozaban de todo el prestigio que una gran fortuna, posición social e ilustración les brindaba. Pero Flora no tenía rango oficial, prestigio o fortuna. Y lo que era potencialmen-te más serio: era una mujer que viajaba sola por el mundo. En este contexto no debe resultar extraño que las mujeres que como Tristán se aventuraban a viajar y a publicar sus crónicas por cuenta propia, adoptasen estratégicamente una posición marginal a la literatura de viajes de la época.

 

Por todo ello los títulos de ambas crónicas parecen querer diso-ciarse de la literatura canónica de viajes, que era por definición un género de varones. Sus viajes a Londres y al Perú, parece advertir la autora, no son lineales y teleológicos, son más bien “paseos” y “pere-grinaciones”. No habrá un Chimborazo por escalar como en el caso de los viajes de Humboldt, ni una mina por explotar, ni un Cuzco por explorar como en el caso de Markham, ni tampoco una flora ancas-hina por descubrir como en el caso de Raimondi. La voz narradora de sus crónicas no asume la autoridad intelectual del académico que presenta su informe, sino todo lo contrario, adopta el tono personal y confesional del que narra una autobiografía.

 

 

13 Basta citar a guisa de ejemplo algunos libros de viajes de la época: Relaciones de viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, de Humboldt (París, 1808-1834); Viajes alrededor del mundo, de Renée Lesson (París, 1839); Relato de un viaje a través de los Andes y de una residencia en Lima y otras partes del Perú, de Robert Proctor (Londres, 1825); Narración de un viaje a Brasil, Chile y Perú, de Gilbert Mathison (Londres, 1825) o Viajes alrededor del mundo de Gabriel Lafon (París, 1843).

 

 

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Estudio introductorio

 

Sin embargo, si bien es cierto que ni en los Paseos... ni en las Pe-regrinaciones... figuran hazañas ni descubrimientos de volcanes, ciu-dades o plantas exóticas, también lo es que son viajes impulsados por objetivos personales muy claros. Flora Tristán, la viajera audaz que parte a América en busca de fortuna y posición social, es la mis-ma paria del título que ella define en su dimensión cristiana como “uno de esos seres elegidos, a quienes Dios ha dotado de un coraje a toda prueba, preparada para sufrir martirio y soportar la esclavi-tud si fuera necesario” (Tristán, 1996, p. 85). El tropo del peregrino se complica más: ya no se trata de un simple pecador condenado a pagar con el castigo, sino de un condenado escogido por el mismo Dios para abrirse camino en un mundo peligroso y hostil con pocos remansos, con el objetivo de afilar la conciencia y enriquecer el au-toconocimiento. El viaje, como la escritura, es el espacio privilegiado para llegar a la autenticidad.

 

Las estrategias del disimulo y la ambigüedad son, pues, tretas a las que regresa nuevamente Flora, pero en este contexto lo hará para legitimar su incursión en una actividad que en el siglo XIX era predominantemente masculina. Son tretas que por cierto expresan una subjetividad marginal o fronteriza entre dos territorios. Por ello es que veremos cómo las narradoras de Peregrinaciones de una paria y de Paseos en Londres cambian de posición estratégicamente según las exigencias del momento, alterando su propia identidad y rese-mantizando en el proceso la figura del viajero decimonónico para darle entrada al punto de vista femenino. Al emprender paseos y peregrinaciones en busca de conocimiento y poder, las dimensiones semánticas convencionales contenidas en ambos términos se verán excedidas, a medida que las supuestamente ahistóricas figuras de la peregrina y la paseante empiezan a reinventar nuevos papeles para intervenir en el debate político de la época y participar en la escritu-ra de la historia.

 

Las imágenes de peregrina y de paseante resultan más afines a la del “ángel del hogar” –tan en boga en la literatura canónica del siglo XIX, tanto en América Latina como en Europa– que a la del

 

 

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Francesca Denegri

 

viajero decimonónico. Se trata del mismo ángel que describiera Virgi-nia Woolf en “Professions for women”14 en la famosa escena que repre-senta su iniciación a la literatura. Cuando con el entusiasmo del neó-fito la escritora se dispone a ejercer su oficio, no se da cuenta de que en el cuarto hay una sombra que la acecha, paralizándola. Al reparar en ella, descubre que aquella sombra no es sino la del ángel del hogar, ese ser dulce, sonriente y prescriptivo que le recuerda que ella es ante todo una mujer y que como tal debe de escribir como mujer. Es decir, “sacrificando sus propios deseos e ideas en aras de los deseos e ideas de otros... sobre todo, usando todos los recursos propios de su sexo para que nadie adivine que tiene una mente propia” (Woolf, 1993, traduc-ción propia). En este punto del relato de Woolf, la escritora, desespera-da por aquellas consignas, se da media vuelta y agarrando al dichoso ángel del cuello lo estrangula sin piedad, pero con la convicción de que sin ese asesinato no sería capaz de escribir jamás una sola palabra. En el siglo XIX de Flora Tristán, a ese ángel tan mentado como modelo de femineidad ideal, todavía no se le había liquidado como lo hiciera Woolf cien años después. Al respecto, recuérdese que George Sand in-sistía enfáticamente –en relación con su identidad de escritora– que antes que “mujer que escribe” ella era “simplemente escritor”. El ángel acecha a Flora de tal manera que a pesar de su voluntad expresa de decir la verdad, logra persuadirla más de una vez a que la escamotee mediante la estrategia del disimulo.

 

La visita de Flora al Perú coincide con el periodo de guerra civil que sobreviene tras la declaración de la independencia y que culmi-na en 1834 con la batalla de Cangallo, en las afueras de la ciudad de

 

14 La imagen del ángel del hogar, que fue muy difundida en la Inglaterra victoriana en los discursos políticos oficiales y en el arte, tiene su origen en el poemario que pu-blicara el poeta Coventry Patmore en 1850 bajo el título de The Angel of the House. Fue,

 

además, la figura femenina más exaltada por los artistas prerrafaelitas como Dante Gabriel Rossetti. Ese mismo ángel del hogar que paralizó a Virginia Woolf en Londres a la vuelta del siglo XX aparece en la Arequipa de 1833 cuando a Flora sus aliados le aconsejan “emplear la dulzura, hacer la corte a su tío, halagar a Joaquina, esperar con paciencia”, en lugar de reclamar directamente lo que le pertenece. Ver Tristán (1996, p. 37, t. 2).

 

 

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Arequipa. En este escenario de caos, intrigas y ambiciones exacerba-das, Flora baja la resistencia y se despoja de la máscara de humilde peregrina. Esto es lo que declara la narradora:

 

Resolví que habiendo sufrido los prejuicios de una sociedad que me humillaba, por fin había llegado mi hora. Me tocaba vivir una revolu - ción en la que me podría tocar un rol protagonista... Opté por apoyar a los golpistas y actuar con la misma determinación que ellos. Tenía el ejemplo de la señora Gamarra: el destino de la república estaba en sus manos. Ella era quien decidía sobre política y también quien comandaba las tropas. La verdadera batalla se libraba entre ella y el monje Valdivia. Mi misión sería la de suplantar al clérigo y la de ga-narme el apoyo de los simpatizantes de Orbegoso, porque entonces sí, el poder de la espada me sería útil (Tristán, 1996, pp. 173-174).

 

Cuando al caer Gamarra y exiliarse La Mariscala fracasa la intriga golpista –a la que la narradora denomina convenientemente plan “salvador”–, Flora realiza una astuta maniobra de enrevesamiento de imágenes y discursos para ubicarse nuevamente en el espacio fe-menino del peregrino que se sacrifica por los otros miembros de la familia. Así, declara que en realidad no implementó su misión por-que prefirió mantenerse leal al tío: “Lo confieso ahora, ante Dios, que

 

sacrifiqué la posición que yo sabía me sería fácil de conseguir por la consideración y el respeto que le debía a mi tío Pío” (ibid., p. 175). La promiscuidad de lenguajes en el texto no es casual: la intriga polí-tica en el mundo masculino del poder público debe ser enmarcada sutilmente en un lenguaje femenino de devoción religiosa. Tras esta escena de intrigas y elucubraciones golpistas, en la que Flora desen-mascara monda y lironda sus ambiciones políticas en el Perú, regre-sa nuevamente a sus fueros piadosos. Nótese, sin embargo, el sesgo mesiánico con que da punto final al episodio: “Visto que la santidad de mi función fracasó, me veo obligada a concluir que Dios me tenía reservada para otra misión” (ibid., p. 178).

 

En sus relatos de viaje, Flora Tristán resemantiza el espacio, el lenguaje y la figura misma de la viajera. Pero es una resemantización

 

 

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que se practica, como el acto confesional, a horcajadas entre una propuesta moderna del enfrentamiento honesto y abierto con una identidad en conflicto, y la de una perspectiva tradicional de escamo-teo y enmascaramiento de esa identidad. Es así, pues, que estratégi-camente acepta en apariencia el espacio y el lenguaje asignado a las mujeres por sus guardianes, para luego barajarlos de tal manera que el discurso religioso termina transformándose en político, y el espa-cio privado de su experiencia de mujer, en público. Al difuminarse por otro lado la línea fronteriza entre la figura de viajero autorizado y aquella de viajera humilde peregrina, se sugiere la artificialidad de esta. Y así como en Paseos en Londres la cultura de ocio femenino se convierte en el espacio privilegiado para que la paseante indague en ese mundo masculino en ebullición que es el del capitalismo inglés, en Peregrinaciones de una paria el coto femenino religioso se convier-te en el punto de partida para reflexionar sobre el terreno masculino de la política republicana peruana.15

 

 

Castigo y redención

 

Descubrir los mecanismos y el engranaje de ese poder que some-te a mujeres, obreros y analfabetos es el motor que empuja a Flo-ra a escribir, publicar y actuar desde el momento en que vuelve a Francia tras su viaje a Perú. Como Prometeo, aquel titán que incu-rre en la ira de los dioses del Olimpo al robar una brizna de fue-go para ofrecerlo a los hombres en la tierra, Flora, que no es titán sino mujer, debe pagar el precio de su libertad. Apenas publicado

 

15 La ubicación de las expresiones de religiosidad dentro del coto de lo femenino en el siglo XIX ha sido sugerida por historiadoras y críticas literarias, entre ellas, Jean Franco. El argumento es que en este siglo en que la ciencia se erige como el saber de mayor prestigio en Europa y en América Latina, la religión es desplazada simultá-neamente hacia los márgenes del poder. Cuando eso ocurre, la Iglesia se empieza a despoblar gradualmente de fieles varones, pero se ve compensada por la creciente presencia de las mujeres. Ver, por ejemplo, Iglesia y poder en el Perú contemporáneo 1821-1919 (García Jordán, 1992).

 

 

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su libro, Chazal le dispara a quemarropa, don Pío le retira la pen-sión acordada, su protector peruano en Francia manda decir que no la quiere ver más, y el distanciamiento con su madre se ahonda irremediablemente. Como si el precio pagado no fuera suficiente, los abogados de su esposo convierten arteramente el juicio por ho-micidio contra Chazal en un juicio público contra Flora, utilizando el libro como evidencia de su inmoralidad. Pero, como Prometeo, Flora asume su castigo y emerge en la otra orilla con convicción re-forzada y lista para entregarse en cuerpo y alma a su nuevo plan, la construcción de una sociedad sobre la base de una novedosa unión de mujeres y obreros.

 

Sin duda, una de las fuentes inagotables de inspiración que tuvo Flora en medio de tantos padecimientos personales fue la amistad con otras mujeres combativas como ella. De hecho, el encuentro explosivo con Francisca Zubiaga de Gamarra, del que da cuenta con lujo de detalles en el último capítulo de su libro, es ilustrativo. Flora la pondera con generosidad por el valor con que consiguió hacerse respetar por soldados y oficiales en situaciones muy poco propicias para cualquier mujer. Pero además de admiración, resulta clara su identificación con ese espíritu femenino indomable que fue La Mariscala. El retrato que de ella nos deja la paria es memorable no solo por su frescura y perspicacia sino también por el candor con el que deja entrever que el encuentro fue una suerte de justa de voluntades, pareja y dura, de la que ella, la paria, resulta vence-dora. “Mi alma tomó posesión de la suya. Me sentí más fuerte que ella, la dominé con la mirada” (Tristán, 1996, p. 254), declara Flora echando mano a la misma imagen que luego utilizaría en su carta a Olympia. El deleite de la victoria da paso luego a una actitud noble y generosa ante la adversaria vencida que es, después de todo, una homologa, una mujer-guía como la misma Flora. El concepto sansi-moniano de mujer-guía dominará la obra posterior de la paria. La mujer-guía es aquella que lejos de asumirse como el ser obediente y abnegado encarnado en la Virgen María y en el modelo de feminei-dad burguesa decimonónica, asume la posición de agente, es decir,

 

 

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Francesca Denegri

 

de sujeto que interpela, inventa y construye las bases para una socie-dad libre y solidaria.16

Algunos estudiosos sugieren que fue la experiencia de su entre-vista con una mujer que estuvo tan cerca del poder como La Maris-cala, la que inspiró a Flora a abandonar sus reclamos personales de pensiones, herencias y hasta legitimación ante la ley, para optar por el camino más ancho de la lucha social y colectiva. De hecho, el con-cepto de mujer-mesías, que luego Flora convertiría en concepto clave para armar su Unión Obrera, aparece por primera vez en sus Peregri-naciones... en el episodio vinculado a La Mariscala. La mujer-mesías se muestra luego en su novela Méphis (1838), encarnada en la hija de Maréquita y Méphis. Y más tarde en Le tour de France será ella misma la encargada de encarnar a la mujer-mesías. Las imágenes que nos ofrece El paraíso en la otra esquina sobre estos últimos meses de su vida y en plena gira proselitista, resultan verdaderamente evocati-vas por el detalle vivido y la minuciosidad rigurosa con que Vargas Llosa se imagina a la paria en medio del fragor de la marcha y de la fatiga extrema, acosada por la policía, hostigada por los mismos obreros, y sin embargo, fortalecida en su convicción de ser la mujer elegida para una misión revolucionaria que trasciende la dimensión política y toca lo sagrado. Son estas imágenes de ficción que dotan de músculos a los huesos y nervios de su diario. En este, la paria, ahora mujer-mesías, escribe que cuando el “soplo divino” la abandona, in-vadiéndole la duda y el desaliento, ella remonta vuelo “como Santa Teresa” para pedir a sus Dioses el envío a la tierra de diez mujeres más que tengan su temple para llevar a término su misión.

 

En cuanto a su amistad con Éléonore Blanc, la paria la describe en su diario con los términos que ya conocemos con respecto a su relación con La Mariscala y con Olympia. Su alma “toma posesión” de la de Éléonore “sin tener en cuenta el envoltorio”. La ambigüedad sobre lo que significa esta toma de posesión es, pues, la marca prin-cipal de su discurso de los afectos. Así, concluye que la prueba de que

 

16 Ver “El evangelio y la mujer guía” (Tristán, [1846] 1948, pp. 57-61).

 

 

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la “posesión” es un proceso que ocurre entre dos almas y no entre dos sexos es que ella misma lo ha vivido con tres mujeres: Éléonore, La Mariscala y Olympia (Tristán, 1983, p. 120).

 

Pero además del reconocimiento a otras mujeres-mesías de su mismo temple, Flora escribe con admiración sobre aquellas con quienes quizá no compartió “su misión”, pero que la impresiona-ron por su fuerza y rebeldía. Ahí está, por ejemplo, el retrato de la monja superiora del convento de Santa Catalina, a quien destaca por su vivacidad y su conversación aguda y picante; están también las rabonas, cuyo valor, energía infatigable, y formidable capacidad de organización en el campo de batalla deslumbran a la viajera, y está el encuentro con la esclava en el ingenio de la hacienda Villa que ins-pira en ella un discurso abolicionista conmovedor y persuasivo. Y no hay que olvidar el célebre retrato que Flora hiciera de las legendarias tapadas limeñas, aquellas mujeres que se esmeraban en cubrir su rostro con la pudicia de las moras de España, al mismo tiempo que mostraban audazmente el contorno de sus caderas y aquella parte tan erótica de la anatomía femenina que eran los tobillos. Flora com-prende inmediatamente que el traje de la limeña es un verdadero monumento al ingenio estratégico femenino que logra, como en nin-guna otra ciudad del mundo, burlar el control del padre, hermano o esposo, bajo cuyas narices las limeñas, protegiendo su honor con el manto, se entregaban a las artes amatorias más avanzadas.17 Si bien Flora celebra con entusiasmo y generosidad el peculiar poder que ejerce la limeña con su traje en las calles, también advierte sobre el peligro de que el “imperio de la mujer” dependa de su traje. Porque si el manto facilita el desplazamiento libre de las mujeres, si ellas no “cultivan su inteligencia” para asumirse como sujetos discursivos ca-paces de tomar la palabra con el rostro descubierto, sus encantos se-guirán siendo irremediablemente arcaicos y destinados a sucumbir

 

 

17 Para más detalles y versiones sobre el legendario traje ver los diarios de viajeros de la época, entre ellos Lima y la sociedad peruana, de Max Radiguet; “Carácter, genio y costumbre de los limeños”, de Felipe Bauzá y Travels in Peru During the Years 1838-1842, de J. J. Von Tschudi, entre otros.

 

 

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al primer soplo de los vientos modernizantes que tarde o temprano llegarían a estas costas.

Flora creía sinceramente en la superioridad emocional de las mu-jeres sobre los hombres. “Dios ha dotado a la mujer de un corazón más amante y abnegado que el del hombre” (Tristán, 1996, p. 219, t. 2), escribe, pero también está convencida de que esa superioridad solo podrá consolidarse a través de la educación. Al respecto, su experien-cia en el Perú, donde descubre una libertad y autonomía femeninas desconocidas en Francia, le servirá de inspiración para las reflexio-nes que vierte posteriormente en Unión Obrera. En su último libro, Flora señala que ningún movimiento obrero podrá levantar vuelo sin la participación activa de las mujeres. Porque siendo ellas las encar-gadas de formar nuevos ciudadanos, resulta esencial que participen lado a lado y de igual a igual con los obreros en la construcción del nuevo orden social. Pero aquella participación solo sería valiosa si se tratara de una fuerza femenina instruida. El mismo tema sería reto-mado en Francia recién después de la revolución de 1848, o sea, cinco años después de la publicación de Unión Obrera y el advenimiento de la segunda república, mientras que en el caso del Perú habría que esperar todavía hasta la década de 1870 y las veladas literarias de Jua-na Manuela Gorriti para que intelectuales y políticos encontraran la pertinencia del tema para el desarrollo de la todavía joven repúbli-ca. En su ensayo sobre la paria, Magda Portal sugería la elaboración de un linaje de mujeres bajo cuya égida espiritual se puedan ubicar los que creen en una sociedad libre de prejuicios de género. Cuando Flora Tristán se embarca aquella mañana en Burdeos rumbo al Perú de su padre, acaso ya sabía que estaría destinada a ocupar un lugar prominente en ese linaje que recién hoy, después de ciento cincuenta y ocho años de su muerte, empezamos a desenterrar. Pero no hay que olvidar que el trabajo arqueológico recién empieza.

 

 

Lima, julio de 2003.

 

 

 

 

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Estudio introductorio

 

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Cronología de Flora Tristán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1803  Nace el 7 de abril en París y es bautizada como Flore Céles-tine Thérèse Henriette Tristán Moscoso, hija del coronel pe-ruano Mariano Tristán y Moscoso y de la francesa Thérèse Laisney.

 

1804  Napoleón es coronado emperador por el Papa.

 

1806  El coronel Mariano Tristán y Moscoso, caballero de la orden de Santiago, compra una propiedad en Vaugirard, cerca de París, que consta de diversos edificios, jardines y patios encerrados por un muro. Entre las amistades que frecuentan a la pareja figuran Simón Bolívar y su maestro Simón Rodríguez.

 

1807  Muere Mariano Tristán y el gobierno español interviene sobre todos sus bienes para ponerlos a disposición de su familia en Perú. Nace Mariano Pío Enrique Tristán Moscoso, hermano de Flora.

 

1810-1817

 

Thérèse Laisney viuda de Tristán y sus dos hijos se avecinan en una pequeña propiedad en Val-de-Marne, cerca de París. Muere el hermano de Flora. Thérèse escribe a los parientes de Mariano en Perú, pero no obtiene respuesta.

 

1814  Napoleón se retira a la isla de Elba y la monarquía es restaura-da en Francia con Luis XVIII.

 

 

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Cronología de Flora Tristán

 

1816  Por razones religiosas, el gobierno suprime la ley del divorcio aprobada por la Convención en septiembre de 1792. Dicha ley (Ley Naquet) no volverá a ser aprobada hasta el 24 de julio de 1884.

 

1818  Thérèse y su hija se mudan a un pequeño apartamento en la rue du Fouarre, en la Plaza Maubert, en París. Flora se entera de su estatus de hija ilegítima. El comandante Thomas-Joseph Laisney, hermano de Thérèse, le regala a su sobrina un curso de dibujo. Flora es contratada como obrera colorista en los ta-lleres de grabación de André Chazal, en París.

 

1821  Matrimonio civil de Flora y Chazal. Muerte de Napoleón en Santa Helena.

 

1822  Nace Alexandre Chazal.

 

1824  Nace Ernest-Camille Chazal. André en quiebra, Flora se muda a la casa de su madre. Consigue trabajos eventuales. La rela-ción conyugal se deteriora irreversiblemente.

 

1825  Nace Aline Marie Chazal. Separación de Flora y Chazal, contra la voluntad de Thérèse, quien apoya a Chazal. Siguen los que-brantos económicos y embargo del taller de grabación. Chazal obtiene la custodia de los niños. Flora huye con Aline. Muerte de Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon.

 

1825-1829

 

Flora consigue trabajos eventuales (niñera, vendedora) hasta que es contratada como dama de compañía por una familia de ingleses, con quienes viajará a Suiza, Italia, Alemania e Inglate-rra. Parte sin despedirse de Thérèse o Chazal. El tribunal del Sena decreta la separación de bienes de los esposos Chazal.

 

1829  Flora regresa a París. Chazal la persigue y ella recoge a su hija para huir con ella de albergue en albergue, anuncián-dose como viuda. Más trabajos eventuales. Chazal las busca

 

 

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Cronología de Flora Tristán

 

para obligarlas a regresar con él. Flora conoce de casuali-dad al capitán Chabrié, quien la anima para que escriba a su familia peruana. Flora escribe su primera carta a Pío de Tristán y Moscoso anunciando su deseo de viajar a Perú y reclamando su herencia. Conoce a Prosper Enfantin, Ar-mand Bazard y Olinde Rodrigues, entre otros seguidores de Saint-Simon.

 

1830  Revolución (“los tres gloriosos días”) en París, en la que Flora participa.

 

Recibe respuesta de Pío Tristán invitándola a visitar Perú. El rey Carlos X es obligado a abdicar y la corona pasa a Luis Felipe de Orleans, quien impone un régimen más liberal, pero insiste en una posición conservadora con respecto al divorcio.

 

1832  Muere Alexandre. Intento de arreglo amistoso en Bel-Air, en la casa del comandante Laisney que termina en confrontación entre Chazal y Flora en la que los cónyuges se agreden física-mente. Flora huye otra vez con Aline, pero la policía la atra-pa. Su madre y su tío apoyan a Chazal, quien gana la custodia de Ernest-Camille y persigue a Flora. Ella huye con Aline de pueblo en pueblo haciéndose pasar por viuda. Busca refugio temporal en casa de su madre. En diciembre encuentra una pensión en Angulema para Aline, donde la deja encomendada a Mme. de Bourzac. Parte a Burdeos, donde será recibida en casa de su tío paterno, don Mariano de Goyeneche.

 

1833  De enero a abril vive en casa de don Mariano de Goyeneche, haciéndose pasar por soltera. El 7 de abril se embarca en el Méxicain, con rumbo a Valparaíso y Perú, también pasando como soltera. El 8 de agosto llega a Valparaíso. Del 1-8 de sep-tiembre a bordo del Leonidas de Valparaíso a Islay. El 13 de sep-tiembre llega a Arequipa.

 

1834  El 25 de abril parte de Arequipa hacia Lima, sin lograr que se la reconozca como heredera legítima de su padre, pero

 

 

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habiéndose acordado que Pío le enviara una pensión de 2.500 francos. El 15 de julio se embarca en el William Rushton con destino a Liverpool y Francia.

 

1835  Regresa Flora a París, donde cambia de dirección con frecuen-cia para protegerse de la persecución de Chazal. Publicación del folleto Nécessité de faire un bon accueil aux femmes étrangères [Sobre la necesidad de dar una buena acogida a las extranjeras]. Conoce a Charles Fourier y a su círculo más íntimo. Chazal descubre su paradero y rapta a Aline en octubre. Rescate de Aline por su madre en Versalles. El mismo episodio se repetirá tres veces.

 

Thérèse y el comandante Laisney apoyan siempre a Chazal. El procurador del Rey interviene, amenaza a Flora con la pena de prisión y exige colocar a Aline en una pensión donde padre y madre pudieran visitarla. Flora viaja a Inglaterra por tercera vez.

 

1836  En julio Chazal rapta nuevamente a Aline. La niña escapa y regresa donde su madre. En noviembre Aline es raptada otra vez. Chazal abre proceso contra Flora. Flora frecuenta el gru-po de fourieristas, entre ellos, Víctor Considerant. Frecuenta también la Gazette des Femmes, grupo de mujeres fourieris-tas. La prestigiosa Revue de Paris publica fragmentos de lo que será Peregrinaciones de una paria, con mucho éxito.

 

1837  Aline, nuevamente secuestrada por su padre, y nuevamente rescatada por su madre, confiesa a Flora que ha sido abusada sexualmente por su padre.

 

Se abre juicio penal. El abogado defensor de Chazal, Jules Fa-vre, logra que el tribunal niegue tener suficientes pruebas, condena a Chazal a unas pocas semanas de cárcel y ordena in-ternar a los niños para que padre y madre pudieran tener ac-ceso a ellos. Publicación en la Revue de Paris de fragmentos de lo que será Paseos en Londres. Conoce al industrial socialista

 

 

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Cronología de Flora Tristán

 

y visionario galés Robert Owen. Entrega a diputados liberales una “petición para el restablecimiento del divorcio” redactada y firmada por ella. Publicación de esta en el diario Le Bon Sens de Louis Blanc. Flora conoce a Olympia Maleszewska, esposa de Leonard Chodzko, líder del Comité Nacional Polaco, de los exiliados polacos en Francia.

 

1838  Publicación de Peregrinaciones de una paria y de Méphis. Cola-bora con prestigiosas revistas como L’Artiste, Le Voleur, Le Globe y La Phalange.

 

El 10 de septiembre Chazal le dispara dos tiros de pistola en la calle. Flora, gravemente herida, agoniza durante tres me-ses. Flora presenta a los diputados liberales una “petición para la abolición de la pena de muerte”, publicada luego en Le journal du peuple. Publica las cartas de Bolívar a su madre en L’Artiste.

 

1839  Se abre juicio contra Chazal para obtener la separación. El tío de Flora, el comandante Laisney atestigua contra ella. El pro-ceso es seguido por los principales periódicos. Las confesiones que hiciera en Peregrinaciones de una paria son utilizadas por la defensa de Chazal para acusarla de apóloga de la bigamia. El tribunal del Sena condena a Chazal a veinte años de trabajos forzados, decreta la separación de cuerpos y autoriza a Flora a eliminar de su nombre y del de sus hijos su apellido de casada. Viaja por cuarta y última vez a Inglaterra, y toma contacto con el movimiento cartista dirigido por Daniel O’Connor, en Lon-dres. Segunda edición de Peregrinaciones de una paria.

 

1842  Publicación de Promenades dans Londres [Paseos en Londres]. Flora toma contacto con líderes del movimiento obrero, entre ellos, Agricole Perdiguier.

 

1843  Publicación de Unión Obrera por suscripción. Toma contacto con otros líderes prominentes del movimiento obrero, entre ellos Gosset y Moreau.

 

 

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Cronología de Flora Tristán

 

Viaje a Burdeos como paso preliminar para su gran gira por Francia reclutando obreros para su Unión Obrera.

 

1844  Segunda edición de Unión Obrera. Inicio de la gira, que cubrirá Auxerre, Dijon, Lyon, Roanne, Aviñón, Marsella, Montpellier, Carcassonne y Toulouse, entre otras ciudades. Muerte de Flo-ra en Burdeos el 14 de noviembre.

 

1847  Agitación popular obrera incitada por la crisis económica y los movimientos socialistas provocan el advenimiento de la segunda república.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Bibliografía de Flora Tristán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1836  “Necesidad de dar una buena acogida a las mujeres extranje-ras” (folleto).

 

1837  “Petición para el restablecimiento del divorcio” (dirigida a la Cámara de Diputados de Francia).

 

1838  Peregrinaciones de una paria.

 

Méphis, novela filosófica y social.

 

“Petición para la abolición de la pena de muerte” (dirigida a la Cámara de Diputados de Francia).

 

1840  Paseos en Londres.

 

1843  Unión Obrera.

 

1845  La emancipación de la mujer o El testamento de la paria (editor A.

 

Constant).

 

1983  Le tour de France.

 

2001  Lettres (editor S. Michaud).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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A los peruanos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Peruanos:

 

He creído que de mi relato podría resultar algún beneficio para vosotros. Por eso os lo dedico. Sin duda os sorprenderá que una per-sona que emplea tan escasos epítetos laudatorios al hablar de vo-sotros haya pensado en ofreceros su obra. Hay pueblos que se ase-mejan a ciertos individuos: mientras menos avanzados están, más susceptible es su amor propio. Aquellos de vosotros que lean mi relación sentirán primero animosidad contra mí y solo después de un esfuerzo de filosofía algunos me harán justicia. La falsa censura es cosa vana. Fundada, irrita y, por consiguiente, es una de las más grandes pruebas de amistad. He recibido entre vosotros una acogida tan benévola que sería necesario que yo fuese un monstruo de ingra-titud para alimentar contra el Perú sentimientos hostiles. Nadie hay quien desee más sinceramente que yo vuestra prosperidad actual y vuestros progresos en el porvenir. Ese voto de mi corazón domina mi pensamiento, y al ver que andáis errados y que no pensáis, ante todo, en armonizar vuestras costumbres con la organización política que habéis adoptado, he tenido el valor de decirlo, con riesgo de ofender vuestro orgullo nacional.

 

He dicho, después de haberlo comprobado, que en el Perú la clase alta está profundamente corrompida y que su egoísmo la lleva, para satisfacer su afán de lucro, su amor al poder y sus otras pasiones, a

 

 

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Flora Tristán

 

las tentativas más antisociales. He dicho también que el embruteci-miento del pueblo es extremo en todas las razas que lo componen. Esas dos situaciones se han enfrentado siempre una a otra en todos los países. El embrutecimiento de un pueblo hace nacer la inmorali-dad en las clases altas y esta inmoralidad se propaga y llega, con toda la potencia adquirida durante su carrera, a los últimos peldaños de la jerarquía social. Cuando la totalidad de los individuos sepa leer y escribir, cuando los periódicos penetren hasta la choza del indio, entonces, encontrando en el pueblo jueces, cuya censura habréis de temer y cuyos sufragios debéis buscar, adquiriréis las virtudes que os faltan. Entonces el clero, para conservar su influencia sobre ese pueblo, reconocerá que los medios que emplea en la actualidad no pueden ya servirle. Las procesiones burlescas y todos los oropeles del paganismo serán reemplazados por prédicas instructivas, por-que después de que la imprenta haya despertado la razón de las ma-sas, será a esta nueva facultad a que habrá que dirigirse, si se quiere ser escuchado. Instruid, pues, al pueblo; es por allí por donde debéis empezar para entrar a la vía de la prosperidad. Estableced escuelas hasta en las aldeas más humildes: esto es lo urgente en la actualidad. Emplead en ella vuestros recursos. Consagrad a esto los bienes de los conventos, pues no podríais darles destino más religioso. Tomad medidas para facilitar el aprendizaje. El hombre que tiene un oficio no es un proletario. A menos que le hieran calamidades públicas, no tiene ya independencia de carácter tan necesaria de que se desarro-lle en un pueblo libre. El porvenir es de América. Los prejuicios no pueden adherirse en ella como en nuestra vieja Europa. Las pobla-ciones no son lo bastante homogéneas como para que este obstácu-lo retarde el progreso. Hasta que el trabajo cese de ser considerado como patrimonio del esclavo y de las clases ínfimas de la población, todos harán mérito de él algún día y la ociosidad, lejos de ser un tí-tulo a la consideración, no será ya mirada sino como un delito de la escoria de la sociedad.

 

 

En toda América, el Perú era el país de civilización más avanza-da a raíz de su descubrimiento por los españoles. Esta circunstancia

 

 

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A los peruanos

 

hace presumir favorablemente acerca de las disposiciones ingénitas de sus habitantes y de los recursos que ofrece. ¡Que un gobierno pro-gresista llame en su ayuda a las artes de Asia y de Europa y pueda hacer que los peruanos ocupen aquel rango entre las naciones del Nuevo Mundo! Este es el deseo muy sincero que me anima.

 

Vuestra compatriota y amiga.

 

Flora Tristán

 

París, agosto de 1836.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pues, en verdad os digo que si tuvieseis una fe tan grande como un grano de mostaza, diríais a esta montaña: Transpórtate de aquí a allá y se transportaría y nada os sería imposible.

 

(San Mateo, XII, 17).

 

 

 

 

Dios no ha hecho nada en vano. Los mismos malos entran dentro del orden de su Providencia. Todo está coordinado y todo progresa hacia un fin. Los hombres son necesarios a la tierra que habitan, viven de su vida y, formando parte de ese conglomerado, cada uno de ellos tiene una misión a la que la Providencia le ha destinado. Sentimos inútiles pesares, estamos sitiados por impotentes deseos por haber desconocido esta misión y nuestra vida se ve atormentada, hasta que al fin volvemos sobre nuestros pasos. De igual modo, en el orden fí - sico, las enfermedades provienen de la falsa apreciación de las nece-sidades del organismo para la satisfacción de sus exigencias. Descu-briremos, pues, las reglas que hay que seguir para alcanzar en este mundo la mayor suma de felicidad por medio del estudio de nuestro ser moral y físico, de nuestra alma y de la organización del cuerpo al que aquella ha sido destinada a mandar. Las enseñanzas no nos faltan ni para uno ni para otro estudio. El dolor, ese rudo maestro, nos las prodiga sin cesar; pero no ha sido dado al hombre progresar

 

 

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Flora Tristán

 

sino con lentitud. Sin embargo, si comparamos los males de que son presa los pueblos salvajes con los que existen todavía entre los pue-blos más avanzados en civilización y los goces de los primeros con los de los segundos, nos admiraremos de la inmensa distancia que separa a estas dos fases extremas de colectividades humanas. Pero no es necesario, para comprobar el progreso, comparar dos estados de sociabilidad tan alejados el uno del otro. El progreso gradual de si-glo a siglo es fácil de verificar por los documentos históricos que nos presentan el estado social de los pueblos en tiempos anteriores. Para negarlo es preciso no quererlo ver, y el ateo, a fin de ser consecuente consigo mismo, es el único interesado en hacerlo.

 

Concurrimos todos, a pesar nuestro, al desarrollo progresivo de la especie. Mas en cada siglo, en cada fase de sociabilidad, vemos a hombres que sobresalen de la multitud y que marchan como explo-radores, muy por delante de sus contemporáneos. Agentes especiales de la Providencia trazan la vía por la cual, después de ellos, prosigue la humanidad. Esos hombres son más o menos numerosos y ejercen sobre sus contemporáneos una influencia más o menos grande, se-gún el grado de civilización a que ha llegado la sociedad. El punto más alto de civilización será aquel en que cada uno tenga conciencia de sus facultades intelectuales y las desarrolle deliberadamente en interés de sus semejantes, sin considerarlo diferente del suyo.

 

Si la apreciación de nosotros mismos es previamente necesaria para el desarrollo de nuestras facultades intelectuales, si el progreso individual está proporcionado al desarrollo y a la aplicación de es-tas mismas facultades, es incontestable que las obras más útiles para los hombres son aquellas que les ayudan al estudio de ellos mismos, haciéndoles ver al individuo en las diversas posiciones de la existen-cia social. Los hechos solos no son suficientes para hacer conocer al hombre. Si el grado de su progreso intelectual no se nos presenta y si las pasiones que han sido sus móviles no se nos muestran, los hechos no llegan hasta nosotros sino como otros tantos enigmas que la filo-sofía, con más o menos éxito, intenta calificar.

 

 

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Peregrinaciones de una paria

 

La mayor parte de los autores de memorias que contienen revela-ciones no han querido que aparezcan sino cuando la muerte los ha cubierto de la responsabilidad de sus actos y palabras, sea que fuesen retenidos por una susceptibilidad de amor propio al hablar de sí mis-mos, sea por temor a suscitarse enemigos al hablar de otros, sea que temiesen las recriminaciones o los mentís. Procediendo en esta for-ma han invalidado su testimonio, al que solo se presta fe cuando los autores de la época lo confirman. Tampoco se puede suponer que el perfeccionamiento ha sido el objeto predominante de su pensamien-to. Se ve que han querido hacer hablar de sí mismos dando pasto a la curiosidad y aparecer a los ojos de la posteridad distintos de lo que fueron sus contemporáneos y así han escrito con un propósito perso-nal. Disposiciones recibidas por una generación que ya no se intere-sa por ellas, pueden ofrecer el cuadro de costumbres de sus antepasa-dos, pero no podrán ejercer sino una débil influencia sobre las suyas. En efecto, es por lo general la opinión de nuestros contemporáneos lo que nos sirve de freno y no la que podrá emitir sobre nosotros la posteridad. Las almas de élite únicamente ambicionan este sufragio; las masas permanecen indiferentes.

 

En nuestros días, los corifeos proceden de suerte que sus revela-ciones testamentarias se publiquen inmediatamente después de su muerte. Es entonces cuando quieren que su sombra arranque vio-lentamente la máscara a quienes les precedieron en la tumba y a algunos de los sobrevivientes a quienes la vejez ha puesto fuera de escena. Así han procedido los Rousseau, los Fouché, los Grégoire, los Lafayette, etc. Así procederán los Talleyrand, los Chateaubriand, los Béranger, etc. La publicación de memorias, hecha al mismo tiempo que la nota necrológica o la oración fúnebre, ofrece, sin duda, más interés que si, como las del duque de Saint-Simon,1 aparecen un siglo después de la muerte del autor; pero su acción represiva es casi nula.

 

1   Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon, (1675-1755) político e historiador francés. Hijo de un palafrenero del rey Luis XIII que llegó a ser duque y par del reino. A la muerte del regente (1723), se retiró a sus posesiones de La Ferté-Vidame para conti-nuar con la redacción de sus Memorias que relatan los últimos veinte años del reinado

 

 

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Flora Tristán

 

Son ramas de un árbol derribado cuyos frutos no son la sucesión del perfume de sus flores y la tierra no los hará reverdecer jamás.

El interés que se presta a los grandes acontecimientos induce generalmente a los escritores a representar a los hombres en medio de esos grandes acontecimientos y les hace despreocuparse de mos-trárnoslos interiormente. Los autores de memorias no están siempre exentos de ese defecto, aunque nos hacen conocer a las personas de quienes hablan y las costumbres de su tiempo mejor que los historia-dores propiamente dichos. Pero, la mayoría de estos escritores han tomado a los grandes personajes del orden social como tema de sus escritos y nos han descrito muy rara vez a los hombres de las diver-sas profesiones que componen las sociedades humanas. El duque de Saint-Simon nos hace ver a los cortesanos y sus intrigas; pero no piensa en referirnos las costumbres del burgués de París o de alguna otra parte de Francia. El carácter moral de un hombre del pueblo no ofrecía ningún interés a los ojos de un gran señor de entonces. Sin embargo, el valor de un individuo no radica en la importancia de las funciones que desempeña, en el rango que ocupa o en las riquezas que posee. Su valor, a los ojos de Dios, está proporcionado a su grado de utilidad en sus relaciones con la especie humana íntegra, y es con esta escala con la que, en adelante, deberá medirse el elogio o la cen-sura. En tiempos del duque de Saint-Simon se estaba aún muy lejos de conocer esta medida de las acciones humanas. Las memorias que harían conocer a los hombres tales cuales son, y que los apreciarían según su valor real, son las del hombre que ha luchado contra la ad-versidad, las de aquel que en el infortunio se encontró frente al poder del rango y de la riqueza y a quien una creencia religiosa pone por encima de todo temor. Quien ve un semejante en todo ser humano y sufre por sus penas y se regocija con sus goces es quien debe escribir sus memorias, cuando se ha encontrado en situación de recoger sus

 

 

 

 

 

de Luis XIV y de la Regencia. Impublicable durante su vida, su obra solo fue editada íntegramente en 1829-1830. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Peregrinaciones de una paria

 

observaciones... Esas memorias harán conocer a los hombres sin dis-tinción de rangos, tales como la época y el país los presentan.

Si solo se tratara de presentar los hechos, los ojos bastarían para verlos. Pero, para apreciar la inteligencia y las pasiones del hombre, la instrucción no es lo único necesario. Es preciso haber sufrido y sufrido mucho, pues solo el infortunio puede enseñarnos a conocer en lo justo lo que valemos y lo que valen los demás. Es preciso, ade-más, haber visto mucho a fin de que, despojados de todo prejuicio, consideremos a la humanidad desde otro punto de vista que el de nuestro campanario. Es preciso, en fin, tener en el corazón una fe de mártir. Si la expresión del pensamiento se detiene por consideración ante la opinión de otro, si la voz de la conciencia se ahoga por temor de hacerse de enemigos, o por otras consideraciones particulares, se falta a la misión, se reniega de Dios.

 

Se preguntará quizá si es siempre útil publicar las acciones de los hombres en el momento en que acaban de practicarse. Sí, respon-dería yo. Todas las que perjudican; todas las que provienen de un abuso de poder, cualquiera que este sea: de fuerza o de autoridad, de inteligencia o de posición, y que hiera a otro en la independencia que Dios ha concedido sin distinción a todas las criaturas, fuertes o débiles. Pero si la esclavitud existe en la sociedad, si se encuentran ilotas en su seno, si las leyes no son iguales para todos, si los pre-juicios religiosos o de otra índole reconocen una clase de PARIAS, ¡oh!, entonces la misma abnegación que nos lleva a señalar ante el desprecio al opresor debe hacernos echar un velo sobre la conducta del oprimido que trata de escapar al yugo. ¿Existe acción más odiosa que la de esos hombres que en las selvas de América van a la caza de negros fugitivos para traerlos de nuevo bajo el látigo del amo? La esclavitud está abolida, se dirá, en la Europa civilizada. Ya no hay, es cierto, mercados de esclavos en las plazas públicas; pero entre los países más avanzados no hay uno en el cual clases numerosas de in-dividuos no tengan mucho que sufrir de una opresión legal: los cam-pesinos en Rusia, los judíos en Roma, los marineros en Inglaterra, las mujeres en todas partes. Sí, en todas partes en donde la cesación del

 

 

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Flora Tristán

 

consentimiento mutuo y necesario a la formación del vínculo matri-monial no es suficiente para romperlo, la mujer está en servidum-bre. El divorcio obtenido por la voluntad expresa de una de las partes puede únicamente libertarla y ponerla a nivel del hombre, al menos, para los derechos civiles. Así, pues, mientras el sexo débil, sujeto al más fuerte, se encuentre forzado en las afecciones más premiosas de nuestra naturaleza, mientras no haya reciprocidad entre ambos sexos, publicar los amores de las mujeres es exponerlas a la opresión. De parte del hombre es la acción de un cobarde puesto que, a este respecto, él goza de toda su independencia.

 

Se observa que el nivel de civilización a que han llegado diversas sociedades humanas está en proporción a la independencia de que gozan las mujeres. Algunos escritores, en la vía del progreso, conven-cidos de la influencia civilizadora de la mujer y al verla por todas par-tes regida por códigos excepcionales, han querido revelar al mundo los efectos de ese estado de cosas. Con este objeto, desde hace cerca de diez años han lanzado diversos llamamientos a las mujeres para ani-marlas a publicar sus dolores y sus necesidades, los males que resul-tan de su sujeción y lo que debería esperarse de la igualdad entre los dos sexos. Ninguna, que yo sepa, ha respondido a este llamamiento. Los prejuicios que reinan en la sociedad parecen haber paralizado su valor y mientras en los tribunales repercuten las demandas dirigidas por las mujeres, ya sea para obtener pensiones alimenticias de sus maridos o su separación de ellos, ninguna se atreve a levantar la voz contra un orden social que, dejándolas sin profesión, las mantiene en la dependencia, al mismo tiempo que remacha sus cadenas con la indisolubilidad del matrimonio.2 Me equivoco. Un escritor, que se ha

 

2   Para ampliar el contexto histórico en el que escribe Flora Tristán puede consul-tarse la segunda parte del libro de Simone de Beauvoir, El segundo sexo. Los hechos y los mitos (1984, p. 145). Allí se puede leer: “Durante todo el siglo XIX la jurisprudencia [francesa] no hace más que reforzar los rigores del código, privando a la mujer, entre otras cosas, del derecho absoluto de enajenar. En 1826, la Restauración abolió el divor-cio; la Asamblea Constituyente de 1848 se negó a restablecerlo y no reapareció hasta 1884”. Flora presenta al Parlamento francés, en 1837, una petición para el restableci-miento del divorcio. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Peregrinaciones de una paria

 

distinguido desde sus comienzos por la elevación de su pensamiento y la dignidad y pureza de su estilo, ha empleado la forma de nove-la para hacer resaltar la desgracia de la posición que nuestras leyes han asignado a la mujer, y ha puesto tanto de verdad en su descrip-ción que sus propios infortunios han sido presentidos por el lector. Pero, este escritor, que es una mujer, no contento del velo con que ha escondido sus escritos, los ha firmado con nombre masculino.3 ¿Qué repercusión pueden tener las quejas envueltas entre ficciones? ¿Qué influencia podrán ejercer cuando los hechos que las motivan son despojados de la realidad? Las ficciones agradan, ocupan un ins-tante del pensamiento; pero jamás son los móviles de las acciones de los hombres. La imaginación está cansada, las decepciones la han tornado desconfiada de sí misma. Y es solo con palpables verdades, con hechos irrecusables, con lo que se puede esperar influir sobre la opinión pública. ¡Que las mujeres cuya vida ha sido atormentada por grandes infortunios hagan hablar sus dolores! Que expongan las desgracias sufridas como consecuencia de la posición que les ha de-parado las leyes y los prejuicios que las encadenan; pero que hablen...

 

¿Quién, mejor que ellas, estaría a la altura de revelar las iniquidades ocultas en la sombra al desprecio del público?... Que todo individuo, en fin, que ha visto y ha sufrido, y que ha tenido que luchar contra las personas y las cosas, se imponga el deber de contar con toda verdad los acontecimientos en los cuales ha sido autor o testigo y nombre a aquellos a quienes debe censurar o elogiar. Pues, lo repito, la reforma solo puede operarse, y solo habrá probidad y franqueza en las rela-ciones sociales, por efecto de semejantes revelaciones.

 

En el curso de mi narración hablo a menudo de mí misma. Me pinto con mis dolores, mis pensamientos y mis afectos. Todo resulta de la constitución que Dios me ha dado, de la educación que he reci-bido y de la posición que las leyes y los prejuicios me han señalado.

 

3   Aurore Dupin, baronesa Dudevant, llamada George Sand (1804-1876). Su primera novela, Rose y Blanche (1831), fue escrita en colaboración con Jules Sandeau, quien le proporcionó su seudónimo. Ver nota 10 (p. 82) del estudio introductorio de Francisca Denegri. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Flora Tristán

 

Nada es completamente igual y, sin duda, hay muchas diferencias entre todas las criaturas de una misma especie y de un mismo sexo. Pero, hay también semejanzas físicas y morales sobre las cuales los usos y las costumbres proceden en forma parecida y producen efec-tos análogos. Muchas mujeres viven, de hecho, separadas del mari-do, en los países donde el catolicismo de Roma ha hecho rechazar el divorcio. No es, pues, sobre mí, personalmente, que quiero atraer la atención, sino sobre todas las mujeres que se encuentran en la misma posición y cuyo número aumenta diariamente. Ellas pasan por tribulaciones y por sufrimientos de la misma naturaleza que los míos, están preocupadas por la misma clase de ideas y sienten los mismos afectos.

 

Las necesidades de la vida ocupan por igual a uno y otro sexo. Pero el amor no los afecta a ambos en el mismo grado. En la infan-cia de las sociedades el cuidado de su defensa absorbe la atención del hombre.4 En una época más avanzada de la civilización, el de hacer fortuna. Pero en todas las fases sociales el amor es para la mujer la pasión central de todos sus pensamientos. Hablo según mis propias impresiones y lo que he observado. En otra obra entra-ré más a fondo en la cuestión y presentaré el cuadro de los males que resultan de su esclavitud y de la influencia que adquirirá con su liberación.

 

Todo escritor debe ser veraz. Si no se siente con el valor de serlo debe renunciar al sacerdocio que asume: el de instruir a sus seme-jantes. La utilidad de sus escritos resultará de las verdades que con-tengan. Por eso, dejando a las meditaciones de la Filosofía el descu-brimiento de las verdades generales, no intento decir sino lo cierto en el relato de las acciones humanas. Esta verdad está al alcance de todos. Si el conocimiento de las acciones de los hombres en diver-sos grados de progreso intelectual y en las innumerables circuns-tancias de la existencia que los llama a obrar es indispensable al

 

 

4   Las estadísticas señalan, en Francia, el número de 300 mil mujeres separadas de sus maridos. [N. de la A.].

 

 

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Peregrinaciones de una paria

 

conocimiento del corazón humano y al estudio de uno mismo, la publicidad dada a las acciones de los hombres vivos es el mejor fre-no que se puede imponer a la perversidad y la más bella recompen-sa que ofrecer a la virtud. Sería desconocer extrañamente la gran utilidad moral de la publicidad el querer restringirla a los actos de los funcionarios del Estado. Las costumbres ejercen una influencia constante sobre la organización social; es evidente que el objeto de la publicidad fracasaría si las acciones privadas quedasen aparte. Ninguna hay que sea útil sustraer, ninguna es indiferente. Todas aceleran o retardan el movimiento progresivo de la sociedad. Si se reflexiona en el gran número de iniquidades que se cometen cada día y que las leyes no saben impedir, se convencerán del inmen-so mejoramiento de las costumbres que resultaría de la publicidad dada a las acciones privadas. No habría ya hipocresía posible y la deslealtad, la perfidia y la traición no usurparían sin cesar, con apa-riencias engañosas, la recompensa de la virtud. Habría verdad en las costumbres y la franqueza se trocaría en habilidad.

 

Pero ¿dónde se encontrarán –está uno tentado de preguntar– esos seres llenos de fe y de inteligencia, cuya abnegación intrépida consienta en desafiar las recriminaciones, los odios, las venganzas y en exponer a toda luz las iniquidades ocultas y los nombres de sus autores? Para publicar acciones en las cuales uno está indivi-dualmente interesado, cometidas por personas vivas, que habitan en el mismo país, en la misma ciudad, ¿se encontrarán gentes que renuncien a todo interés mundano y abracen la vida del mártir? Se encontrará cada día más numerosas, responderé yo con la fe que tengo en el corazón. La religión del progreso tendrá sus mártires, como todas las otras han tenido los suyos, y no faltarán seres su-ficientemente religiosos para comprender el pensamiento que me guía y tengo también conciencia de que mi ejemplo tendrá imita-dores. El reino de Dios llega. Entramos en una era de verdad. Nada de lo que ponga trabas al progreso podrá subsistir. La opinión, esta reina del mundo, ha producido inmensas mejoras. Con los medios de ilustración que aumentan cada día, las producirá más grandes

 

 

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Flora Tristán

 

aún. Después de haber renovado la organización social, renovará el estado moral de los pueblos.

Al entrar en la nueva ruta que acabo de trazar, cumplo con la misión que me ha sido dada. Obedezco a mi conciencia. Los odios podrían levantarse contra mí; pero, Ser de fe, ante todo, ninguna consideración me impedirá decir todo cuanto he sufrido. Nombra-ré a los individuos pertenecientes a diversas clases de la sociedad con quienes las circunstancias me han puesto en contacto. Todos viven aún. Les haré conocer por sus acciones y sus palabras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Prefacio [a la primera edición]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antes de comenzar la narración de mi viaje debo hacer conocer al lector la posición en que me encontraba cuando lo emprendí y los motivos que lo determinaron. Debo colocarlo en mi punto de vista, a fin de asociarlo a mis pensamientos y mis impresiones.

 

Mi madre es francesa. Durante la emigración se casó en España con un peruano.1 Como algunos obstáculos se oponían a su unión, se casaron clandestinamente y fue un sacerdote francés emigrado quien celebró la ceremonia del matrimonio en la casa que ocupaba mi madre. Tenía yo 4 años cuando perdí a mi padre en París.2 Murió súbitamente, sin haber regularizado su matrimonio y sin haber pen-sado en reemplazarlo con disposiciones testamentarias. Mi madre tenía pocos recursos para vivir y educar a mi hermano menor y a mí. Se retiró al campo, en donde viví hasta la edad de 15 años. Mi hermano murió. Regresamos a París donde mi madre me obligó a

 

 

1   El padre de Flora se llamaba Mariano Tristán y Moscoso y era coronel oriundo de Arequipa, mayorazgo de una antigua y rica familia virreinal. Su madre fue Teresa Laîné o Laisney, francesa educada en las ideas republicanas. Aunque Flora asegura que ambos se casaron en España clandestinamente, jamás pudo comprobar al orden social de su época la legitimidad de dicha unión. Ello hace pensar a algunos historia-dores, entre ellos Basadre, que se trató de una unión libre. [N. de la primera Ed.].

 

2   Flora Celestina Teresa Enriqueta Tristán y Moscoso nació el 7 de abril de 1803, en plena época napoleónica. Su padre muere en 1808. [N. de la primera Ed.].

 

 

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casarme con un hombre3 a quien no podía amar ni estimar.4 A esta unión debo todos mis males; pero como mi madre, después, no ha cesado de mostrar el vivo pesar, la he perdonado y en el curso de esta narración me abstendré de hablar de ella. Tenía 20 años cuando me separé de ese hombre. Hacía seis años, en 1833, que duraba esta sepa-ración y cuatro solamente que había yo entrado en correspondencia con mi familia del Perú.5

 

Supe durante esos seis años de aislamiento todo lo que está con-denada a sufrir la mujer que se separa de su marido en medio de una sociedad que, por la más absurda de las contradicciones, ha conser-vado viejos prejuicios contra las mujeres colocadas en esta posición, después de haber abolido el divorcio y hecho casi imposible la sepa-ración de cuerpos. La incompatibilidad y mil otros motivos que la ley no admite hacen necesaria la separación de los esposos; pero la per-versidad, sin suponer en la mujer motivos que ella pueda declarar, la persigue con sus infames calumnias. Excepto un número pequeño de amigos, nadie cree en lo que dice y, excluida de todo por la male-volencia, no es, en esta sociedad que se enorgullece de su civilización, sino una desgraciada paria a quien se cree demostrar favor cuando no se la injuria.

 

Al separarme de mi marido había abandonado su nombre y toma-do el de mi padre. Bien acogida en todas partes como viuda o soltera, siempre era rechazada cuando la verdad llegaba a ser descubierta. Jo-ven, bonita y gozando, en apariencia, de una sombra de independen-cia eran causas suficientes para envenenar las conversaciones y para

 

 

3   M. André Chazal (hijo), grabador, hermano de M. A. Chazal, profesor del Jardín Botánico. [N. de la A.].

 

4   Parece inexacta la afirmación de Flora de que fue obligada a casarse. En el largo proceso judicial que siguió con su marido años después, este presentó cartas que prue-ban lo contrario. Es más, a lo que parece, Flora fue su amante y, quizá por esta causa, la madre hizo apresurar el matrimonio. Para mayores detalles puede consultarse el libro La vie et l’oeuvre de Flora Tristan (1803-1844) de Jules L. Puech (1925). [N. de la T.].

 

5   Flora se separó de su marido a principios de 1825, poco antes de nacer su hija Aline. Además, su primer viaje a Londres lo hizo en 1826, estando ya separada de Chazal, y para lo cual dejó a sus hijos con su madre. Ver Puech (1925, pp. 17- 19). [N. de la primera Ed.].

 

 

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Prefacio [a la primera edición]

 

que me repudiase una sociedad que gime bajo el peso de las cadenas que se ha forjado y que no perdona a ninguno de sus miembros que trata de liberarse de ellas.

 

La presencia de mis hijos6 me impedía hacerme pasar por solte-ra y casi siempre me presentaba como viuda. Mas permaneciendo en la misma ciudad en donde residían mi marido y mis antiguas relaciones, me era muy difícil sostener un papel que una multitud de circunstancias podía hacerme traicionar. Ese papel me ponía fre-cuentemente en situaciones falsas, echaba sobre mi persona un velo de ambigüedad y me atraía sin cesar los más graves disgustos. Mi vida era un suplicio a cada instante. Sensible y orgullosa en exce-so, me sentía continuamente ofendida en mis sentimientos y herida e irritada en la dignidad de mi ser. Si no hubiese sido por el amor que tenía a mis hijos, sobre todo a mi hija, cuya suerte en el porvenir excitaba vivamente mi solicitud y me inducía a quedarme a su lado para protegerla y socorrerla, sin ese deber sagrado que penetraba profundamente en mi corazón, ¡que Dios me perdone y que los que gobiernan nuestro país también! ¡Me habría dado la muerte...! Veo, ante esta confesión, la sonrisa de indiferencia y de egoísmo que no comprende, en su independencia, la correlación existente entre to-dos los individuos de una misma colectividad. Como si la salud del cuerpo social, en el que varios de sus miembros se sienten empuja-dos al suicidio por la desesperación, no ofreciese algún motivo de estudio. Había escrito en 1829 a mi familia del Perú con el deseo, for-mado a medias, de refugiarme cerca de ella y la respuesta que recibí me habría animado a realizar de inmediato ese proyecto si no me hubiese detenido la reflexión desesperante de que también ellos iban a rechazar a una esclava fugitiva porque, por despreciable que fuese el ser de quien sufría el yugo, su deber era morir en el tormento antes que quebrantar los grillos remachados por la ley.

 

 

 

6   Flora tuvo tres hijos de su matrimonio. De ellos solo sobrevivieron el mayor Ernesto Camilo y Aline, nacida el 16 de octubre de 1825. Esta última fue madre del pintor Paul Gauguin. [N. de la T.]

 

 

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Flora Tristán

 

Las persecuciones de M. Chazal me habían obligado, en distintas ocasiones, a huir de París. Cuando mi hijo cumplió 8 años insistió en tenerlo a su lado y me ofreció el descanso con esta condición. Cansada de tan larga lucha, y no pudiendo resistir más, consentí en entregarle a mi hijo vertiendo lágrimas por el porvenir de ese niño; mas apenas transcurridos unos meses después del arreglo, este hombre empezó a atormentarme y quiso también quitarme a mi hija porque se dio cuen-ta de que me sentía feliz al tenerla cerca de mí. En esta circunstancia me vi obligada nuevamente a alejarme de París. Era la sexta vez que, para sustraerme de persecuciones incesantes, dejaba la única ciudad del mundo en que me ha gustado vivir. Durante más de seis meses, oculta bajo un nombre supuesto, anduve errante con mi pobre hijita. En esta época la duquesa de Berry recorría la Vendée. Tres veces me detuvieron. Mis ojos y mis largos cabellos negros, que no podían co-rresponder a la filiación de la duquesa, me sirvieron de pasaporte y me salvaron de toda equivocación. El dolor, unido a las fatigas, agotó mis fuerzas. Al llegar a Angulema caí peligrosamente enferma.

 

Dios me hizo encontrar en aquella ciudad a un ángel de virtud que me brindó la posibilidad de ejecutar el proyecto que desde hacía dos años meditaba y me impedía realizar el afecto por mi hija. Me habían indicado la pensión de Mlle. Bourzac como la mejor para dejar a mi niña. Desde el principio esta excelente persona leyó en la tristeza de mis ojos la intensidad de mi dolor. Recibió a mi hija sin hacerme una sola pregunta y me dijo: “Puede marcharse sin ninguna inquietud. Du-rante su ausencia le serviré de madre y si la desgracia quisiera que no la volviese a ver se quedará con nosotros”. Cuando tuve la certidumbre de ser reemplazada cerca de mi hija, resolví ir al Perú y refugiarme en el seno de mi familia paterna con la esperanza de encontrar allí una posición que me hiciese entrar de nuevo en la sociedad.

 

Hacia fines de enero de 1833 fui a Burdeos y me presenté en casa de M.7 de Goyeneche, con quien estaba en correspondencia. M. de Go-

 

7   Hemos conservado en todo el texto esta inicial que corresponde al apelativo fran-cés “monsieur”, equivalente a “señor” en castellano. [N. de la T.].

 

 

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Prefacio [a la primera edición]

 

yeneche (Mariano) es primo de mi padre. A mi vista, M. de Goyeneche se admiró de la extraordinaria semejanza de mi fisonomía con la de mi padre. Le recordaba a su antiguo amigo y a este recuerdo se unían para él los de su juventud, los de su familia y, en fin, los de su país al que extrañaba sin cesar. Concentró luego en mí una parte del afecto que había tenido a su primo; ese anciano de nobles modales me reci-bió con consideraciones que me demostraban cuánto me distinguía. Me presentó a toda la sociedad como su sobrina y me colmó de testi-monios de benevolencia.

 

Recibí también muy buena acogida de M. Bertera (Felipe),8 joven es-pañol que vive con M. de Goyeneche y se ocupa de los negocios de mi tío Pío de Tristán. Permanecí dos meses y medio en Burdeos tomando las comidas en casa de mi pariente; me alojé muy cerca, en casa de una se-ñora que me arrendó un departamento amueblado. Tuve alguna demo-ra antes de poder emprender el viaje y un concurso de circunstancias fortuitas vino a complicar aún más mi situación. En 1829 había encon-trado en París, en una pensión donde me alojé al llegar de un viaje, a un capitán de navío que venía de Lima. Sorprendido de la semejanza de mi nombre con el de la familia Tristán, que él había conocido en el Perú, me preguntó si éramos parientes. Respondí que no, como tenía costum-bre de hacerlo. Hacía diez años que había renegado de esa familia, por causas que más adelante haré conocer, y fue la casualidad de ese en-cuentro la que me permitió entrar en correspondencia con parientes del Perú, hacer el viaje y todo cuanto sucedió después.

 

Tras larga conversación con M. Chabrié (nombre del capitán) escri-bí a mi tío Pío una carta que puede atestiguar la nobleza de mis senti-mientos y la lealtad de mi carácter; pero que me perdió al revelarle la irregularidad del matrimonio de mis padres. Pasaba como viuda en el hotel, mi hija estaba conmigo. Fue en esta situación en que me conoció el capitán Chabrié. Se fue. Yo a la vez dejé esta casa poco después de haberlo encontrado y, desde entonces, no oí hablar más de él.

 

 

8   Felipe Bertera fue cónsul del Perú en Burdeos y a lo que parece murió en 1844. Ver Puech (1925, p. 29, n.). [N. de la T.].

 

 

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Flora Tristán

 

En febrero de 1833 solo había en Burdeos tres navíos que salían para Valparaíso: el “Carlos Adolfo”, cuyo camarote no me convenía; el “Fle-tes”, al que hube de renunciar porque el capitán no quiso tomar en pago de mi pasaje una letra de cambio pagadera por mi tío; y el “Mexicano”, hermoso barco nuevo que todo el mundo ponderaba. Me había presen-tado como señorita a M. de Goyeneche y a toda su sociedad. Es fácil ima-ginar el efecto que produjo sobre mí el nombre del capitán del “Mexica-no” cuando mi pariente me dijo que se apellidaba Chabrié. Era el mismo capitán que, en 1829, había encontrado en aquel hotel de París.

 

Hice cuanto pude a fin de evitar embarcarme en el “Mexicano”; pero temiendo que mi conducta fuese juzgada como extraordinaria en la casa de mi pariente, en la que M. Chabrié había sido muy re-comendado por el capitán Roux, quien desde hacía mucho tiempo mantenía relaciones de negocios con mi familia, no me atreví a ne-garme a visitar el barco.

 

Pasé dos días y dos noches en una perplejidad de la que no sabía cómo salir. No había visto a M. Chabrié sino dos o tres veces cuando comía con él en la mesa de huéspedes. Solo me había hablado del Perú y al escucharlo pensaba únicamente en una familia cuyo aban-dono me había causado tan terribles pesares, sin ocuparme en lo menor del hombre quien, sin darse cuenta, me hablaba de mis más caros intereses. Lo había olvidado por completo y ahora hacía peno-sos esfuerzos para recordar a aquel hombre con quien habría de en-tenderme. Me atormentaban las más vivas inquietudes. Temía echar a perder mi viaje si lo difería; lo que no cesaba de oír acerca de los capitanes de navío no era de naturaleza para tranquilizarme sobre el grado de confianza que debía conceder al capitán del “Mexicano”. No podía resistir más a las instancias de mi pariente, a quien presionaba M. Chabrié para conocer mi determinación a fin de poder disponer, si yo no iba en su barco, del camarote que me destinaba. Cuando me he encontrado en situaciones embarazosas no he tomado consejo sino de mi corazón. Hice buscar a M. Chabrié, quien me reconoció con sorpresa en cuanto entró. Yo estaba emocionada. Cuando estuvi-mos solos le tendí la mano:

 

 

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Prefacio [a la primera edición]

 

—Señor, le dije, no lo conozco; sin embargo, le voy a confiar un se-creto muy importante para mí y voy a pedirle un eminente servicio.

—Cualquiera que sea la naturaleza de ese secreto, me respondió, le doy mi palabra, señorita, de que su confianza no estará mal colo-cada y en cuanto al servicio que espera de mí le prometo hacerlo, a menos que la cosa sea completamente imposible.

 

—¡Oh! Gracias, gracias, le dije, apretándole con fuerza la mano.

 

Dios lo recompensará del bien que me hace.

 

La expresión y el acento de verdad de M. Chabrié me habían con-vencido enseguida de que podía contar con él.

—Lo que le pido, continué, es simplemente olvidar que me ha conocido en París con el nombre de señora y con mi hija. Le explica-ré a bordo la razón. Dentro de dos horas visitaré su navío y escoge-ré mi camarote. M. Bertera arreglará el precio con usted y hasta la partida hable de mí como si me hubiese visto hoy por primera vez... M. Chabrié me comprendió y me apretó la mano con cordialidad.

 

Ya éramos amigos.

 

—¡Valor!, me dijo, voy a apresurar nuestra partida. Comprendo todo lo que debe sufrir en su situación.

Puedo decirlo: esta primera visita de M. Chabrié es uno de los más felices recuerdos que conservo en el corazón.

Durante los dos meses y medio que permanecí en Burdeos me sentía afectada por las más inquietantes aprensiones. En dos opor-tunidades había vivido en esa ciudad con mi hija antes de haber pensado en mi familia del Perú. Había conocido a mucha gente, de suerte que cada vez que salía me exponía a encontrar a algunos de esos antiguos conocidos, quienes podían pedirme noticias de mi hija a mí, la señorita Flora Tristán. Sentía una continua ansiedad. ¡Con qué impaciencia esperaba el día en que debíamos hacernos a la vela!

 

No veía la hora de salir de casa de mi tío, M. de Goyeneche. Sin em-bargo, me trataban con la mayor distinción y sobre todo con pruebas de afecto que me hubiesen hecho muy feliz de haber estado en una posición sólida. Pero tenía demasiado orgullo como para complacer-me en consideraciones prodigadas a un título que no era el mío y mi

 

 

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Flora Tristán

 

corazón, abrevado por largos sufrimientos, no podía ser accesible a los prestigios del mundo y de su lujo. Esta sociedad organizada para el dolor, en la cual el amor es un instrumento de tortura, no tenía para mí ningún atractivo. Sus placeres no me daban ninguna ilusión, veía el vacío y la realidad de la ventura que a ella se había sacrifica-do. Mi existencia había sido destrozada y no aspiraba ya sino a una vida tranquila. El reposo era el sueño constante de mi imaginación y el objeto de todos mis deseos. No me resolvía sin pesar a mi viaje al Perú. Sentía, como por instinto, que me iba a atraer nuevas des-gracias sobre mi cabeza. Dejar mi país que amaba con predilección; abandonar a mi hija que no tenía más apoyo que el mío; exponer mi vida, mi vida que era una carga para mí, porque sufría y porque no podía gozarla sino furtivamente, pero que de haber sido yo libre me habría parecido bella y radiante. En fin, hacer todos esos sacrificios y afrontar todos esos peligros, porque estaba unida a un ser vil que me reclamaba como a su esclava. ¡Oh! Esas reflexiones hacían sal-tar indignado a mi corazón. Maldecía esta organización social que, opuesta a la Providencia, sustituye con la cadena del forzado el lazo del amor y divide la sociedad en siervos y en amos. A esos movimien-tos de desesperación sucedía el sentimiento de mi debilidad. Las lá-grimas brotaban de mis ojos. Caía de rodillas e imploraba a Dios con fervor para que me ayudase a soportar la opresión. Era durante el silencio de la noche cuando, asediada por estas reflexiones, se desen-volvía ante mis pensamientos el irritante cuadro de mis desgracias pasadas. El sueño huía, solo durante cortos instantes endulzaba mis penas. Me perdía en vanos proyectos, trataba de penetrar en el ca-rácter de mi pariente M. de Goyeneche. Es religioso, me decía, hasta el punto de no faltar un solo día a misa. Puntual en el cumplimiento de todos los deberes que la religión impone, debe estar en sus pen-samientos Dios al que nombra a cada paso. Es rico y pariente mío cercano, ¿podría negarse a tomarme a mí y a mi hija bajo su protec-ción? ¡Oh!, pensaba, no puede rechazarme. No, yo soy la que Dios le envía. Hoy, esta misma mañana, le confiaré mis pesares, le relataré el martirio de mi vida y le suplicaré que nos guarde en su casa a mi

 

 

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Prefacio [a la primera edición]

 

pobre hijita y a mí. ¿Sería, ay, una carga que le impondríamos a él, solterón, sin familia, rebozando de todo y que vivía solo en una casa inmensa (el Hotel Schicler), en donde su sombra se pierde y donde nuestras voces amigas harían resonar sin cesar acentos de recono-cimiento?... Pero en la mañana, cuando con el corazón palpitante de emoción me acercaba al anciano, desde las palabras que me dirigía me asombraba la expresión seca y egoísta del solterón, del hombre rico y avaro que no piensa sino en sí mismo, que se considera el cen-tro de todas las cosas y atesora siempre para un futuro que no al-canzará jamás. Esta expresión de sequedad me helaba. Enmudecía, encomendaba a mi hija a Dios y deseaba ardientemente estar lejos, en el mar. Nunca hice esta tentativa, es cierto, a pesar de la devoción de mi pariente, pero no hubiese tenido éxito. Tuve la prueba de ello a mi regreso. El catolicismo de Roma nos dejaba con todas nuestras inclinaciones y da a la del egoísmo mayor intensidad. Nos separa de ello solo para concentrar todos nuestros afectos en la Iglesia. Se hace profesión de amar a Dios y es por la observancia de las prácticas reli-giosas, impuestas por la Iglesia, que se cree probarle ese amor. Lejos de creerse uno obligado a socorrer a sus parientes, sus relacionados y amigos, al prójimo, en fin, se encuentra casi siempre motivos reli - giosos tomados en la conducta del que reclama el socorro para ne-gárselo. Con largueza para la Iglesia y confiándole algunas limosnas es como se imagina, generalmente, satisfacer la caridad predicada por Jesucristo.

 

M. Bertera, aunque español y buen católico, había ido muy joven a Francia donde fue educado e imbuido en los mismos prejuicios religiosos de M. de Goyeneche. Sin embargo, no le concedí mi con-fianza; sentía hacia él una amistad desinteresada y no quise compro-meterlo en la mentira que decía a mi familia. Ese joven, desde que lo conocí, no había cesado de prodigarme testimonios de afecto. Creía en la sinceridad del interés que me manifestaba y me complacía en demostrarle mi reconocimiento. El placer que sentía en hacerlo mi-tigaba las innumerables tribulaciones que me asaltaron durante mi estancia en Burdeos. Hasta entonces la mayor parte de las personas

 

 

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Flora Tristán

 

con quienes las circunstancias me habían puesto en relación solo me había hecho daño, en tanto que M. Bertera sentía satisfacción en ser-me útil. Me confió sus dolorosos pesares y sus preocupaciones. Había visto morir de la misma enfermedad a toda su familia, con la que es-taba tiernamente vinculado. Quedó solo y vivía en el aislamiento, en medio del mundo y de su frío egoísmo. El dolor compadece al dolor por más diversas que sean las causas. Desde la primera conversación se estableció entre nuestras almas una intimidad melancólica que, piadosa en sus aspiraciones, no tocaba a la tierra por ningún pun-to. Me gustaba este joven, sentía esa simpatía tierna y afectuosa que, en la desgracia, los seres sensibles experimentan unos por otros. Su trato para mí era un dulce bálsamo. Cerca de él respiraba con más li-bertad y la horrible pesadilla que continuamente me oprimía pesaba menos sobre mi pecho. Me gustaba salir con él y casi todas las tardes hacía largos paseos, mientras mi viejo pariente echaba su siesta. Por su lado, M. Bertera buscaba asiduamente todas las ocasiones para serme agradable. Su afecto por mí se manifestaba hasta en las cosas más pequeñas.

 

En mi vida he vacilado un instante en sacrificar un goce personal al placer más vivo para mí. El de contribuir a hacer feliz o preservar del pesar a quienes amaba realmente. La sinceridad del afecto que me tenía M. Bertera me daba la convicción de que había compren-dido mi dolor si le hubiese confiado el secreto de mi cruel posición y la imposibilidad de cambiarla hubiese aumentado más aún su pe-sar. Además, la falsa situación en la que me había puesto la mentira, la misma que me fue impuesta por los prejuicios de la sociedad, me era demasiado penosa para consentir que un hombre bueno, a quien quería y para quien tenía tantas obligaciones, soportase una porción cualquiera de las consecuencias que podía acarrear esta mentira. Guardé mi secreto. Tuve el valor de callar cuando estaba segura de encontrar en el corazón de aquel joven una viva simpatía para mis desgracias. Hice este sacrificio por la amistad que le había jurado y solo espero la recompensa de Dios.

 

 

 

 

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Prefacio [a la primera edición]

 

Partí, recomendando a mi hija a la señorita Bourzac y al único amigo que tenía. Ambos me prometieron amarla como a su hija y conservé la dulce y pura satisfacción de no dejar ningún recuerdo penoso tras de mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tomo primero

 

 

 

1. El “Mexicano”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El 7 de abril de 1833, aniversario de mi nacimiento, fue el día de nues-tra partida. Sentía tal agitación al acercarse aquel momento, que durante tres noches no pude saborear una hora de sueño. Tenía el cuerpo quebrantado. Me levanté, sin embargo, al alba, a fin de dispo - ner de tiempo para terminar mis preparativos. A las siete M. Bertera vino en coche a buscarme. Con el resto de mis efectos nos dirigimos al barco. ¡Qué multitud de reflexiones me agitaron durante el corto trayecto entre mi morada y el puerto! El ruido creciente de las calles anunciaba el comienzo de la vida activa. Saque la cabeza fuera de la ventanilla, ávida de ver todavía aquella hermosa ciudad, en la cual, en otros tiempos, había pasado días tan tranquilos. El soplo tibio de la brisa acariciaba mi rostro. Sentía una superabundancia de vida, mientras que el dolor y la desesperación estaban en mi alma. Me ase-mejaba al reo a quien se conduce a la muerte. Envidiaba la suerte de esas mujeres que venían del campo a vender leche a la ciudad, a esos obreros que iban al trabajo. Testigo yo misma de mi cortejo fúnebre, veía quizá por última vez esta población laboriosa. Pasamos delante del jardín público. Dije adiós a sus hermosos árboles. ¡Con qué sen-timientos de pesar recordaba los paseos hechos bajo su sombra! No me atrevía a mirar a M. Bertera, pues temía que leyera en mis ojos el atroz dolor del que era presa. Al llegar al barco, la vista de esas perso-nas reunidas que llegaban para decir adiós a sus amigos o que iban

 

 

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Flora Tristán

 

alegremente a los campos circunvecinos aumentó mi emoción. El momento fatal había llegado. Mi corazón latía tan apresuradamente que temí un instante no poderme sostener. Solo Dios puede apreciar la fuerza que necesité desplegar a fin de resistir el impetuoso deseo que me empujaba a decir a M. Bertera: “¡En nombre del cielo, sálve-me! ¡Por piedad, lléveme lejos de aquí!”. Diez veces, durante aquel mo-mento de espera, hice un movimiento para coger de la mano a M. Bertera y dirigirle este ruego. Pero la presencia de toda esa gente me recordaba como un espectro horrible la sociedad que me había arro-jado de su seno. A este recuerdo mi lengua se heló, un sudor frío me cubrió el cuerpo y, empleando las pocas fuerzas que me quedaban, pedí con fervor a Dios la muerte como único remedio de mis males.

 

Se dio la señal de partida. Las personas que habían venido a acompañar a sus amigos se retiraron. El barco hizo un movimiento y se alejó. Quedé sola en la cámara donde había bajado. Todos los pasajeros se hallaban en el puente haciendo a sus conocidos los últi-mos signos de adiós. De golpe la indignación me devolvió las fuerzas y, lanzándome hacia una de las ventanas, exclamé con voz ahogada:

 

—¡Insensatos! Os compadezco y no os odio. Vuestros desdenes me hacen sufrir, pero no turban mi conciencia. Las mismas leyes y los mismos prejuicios de que soy víctima llenan igualmente vuestra vida de amargura. Y como no tenéis el valor de sustraeros a su yugo os convertís en serviles instrumentos. ¡Ah! Si tratáis de la misma suerte a aquellos a quienes la elevación de sus almas y la generosi-dad de sus corazones llevan a sacrificarse por vuestra causa, os lo predigo, permaneceréis todavía por largo tiempo en vuestra etapa de dolor.

 

Este arranque me devolvió todo mi valor, me sentí más tranquila. A pesar mío, Dios había venido a habitar dentro de mí. Los señores del “Mexicano” entraron en la cámara. Solo M. Chabrié parecía emo-cionado. Gruesas lágrimas se escapaban de sus ojos. Lo atraje hacia mí con una mirada de simpatía. Me dijo:

 

—Hay que tener valor para alejarse de su país y dejar a sus ami-gos, mas espero, señorita, que los volveremos a ver...

 

 

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1. El “Mexicano”

 

Al llegar a Pouillac estaba yo aparentemente resignada. Empleé la noche en escribir mis últimas cartas y a la mañana siguiente, hacia las once, subí a la cubierta del “Mexicano”.

 

El “Mexicano” era un brick nuevo de cerca de 200 toneladas. Se esperaba, a causa de su construcción, que fuese un buen velero. Sus compartimientos eran cómodos, pero muy exiguos. La cámara po-día tener de 16 a 17 pies de largo por doce de ancho. Contenía cinco camarotes, de los cuales cuatro eran muy pequeños y el quinto, más grande, destinado al capitán, se encontraba en un extremo. El cama-rote del segundo estaba fuera de la cámara, a la entrada. La toldilla, obstruida por jaulas de gallinas, canastas y provisiones de toda es-pecie, no ofrecía sino un espacio reducido en donde estar. Ese barco pertenecía en compañía a M. Chabrié que lo mandaba, al segundo M. Briet y a M. David. La carga casi íntegra era igualmente de propiedad de estos tres señores. La tripulación se componía de quince hombres: ocho marineros, un carpintero, un cocinero, un grumete, un contra-maestre, el teniente, el segundo y el capitán. Todos estos hombres eran jóvenes, vigorosos y perfectos en su oficio. Hago excepción del grumete, cuya pereza y suciedad causaban a bordo una constante irritación. El barco iba abundantemente aprovisionado y nuestro co-cinero era excelente.

 

No éramos sino cinco pasajeros: un viejo español, antiguo militar que estuvo en la guerra de 1808 y desde hacía diez años habíase esta-blecido en Lima. Este valiente quiso ver a su patria antes de morir y cumplido su deseo, regresaba al Perú. Llevaba consigo a un sobrino, muchacho de 15 años, notable por su inteligencia. El tío se llamaba don José y el sobrino, Cesáreo. El tercer pasajero era un peruano, na-cido en la Ciudad del Sol (el Cuzco), que había sido enviado a París a la edad de 16 años para educarse. Por entonces tenía 24. Le acom-pañaba su primo, joven vizcaíno de 17 años. El peruano se llamaba Fermín Miota y su primo, simplemente don Fernando, pues, al igual que los dos primeros pasajeros, solo era designado por su nombre patronímico. De esos cuatro extranjeros, solo Miota hablaba francés. Yo era la quinta persona a bordo del “Mexicano”.

 

 

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Flora Tristán

 

El capitán, M. Chabrié (Zacarías), era un hombre de 36 años, na-cido en Lorient. Su padre, oficial de la marina real, le hizo seguir la misma carrera y orientó para ello su educación. Después de los acon-tecimientos de 1815, M. Chabrié abandonó la marina del Estado para correr los azares de la marina mercante. Ignoro qué motivos le deter-minaron a ello.

 

M. Chabrié es completamente distinto de los capitanes de la mari-na mercante, bravos marinos que, de ordinario, han comenzado por ser simples marineros y después han progresado por su inteligencia y buena conducta. M. Chabrié tiene mucho espíritu natural, la répli-ca siempre lista, salidas admirables de sencillez y de originalidad; su brusquedad es fruto tanto de su franqueza como de los hábitos de su profesión. Pero lo que hay de más notable en él es la extrema bondad de su corazón y su exaltada imaginación. En cuanto a su carácter, es lo más espantoso que alguna vez he encontrado. Su susceptibilidad se irrita por las cosas más pequeñas y es intolerable. Áspero y coléri-co, sería inútil, en sus accesos de mal humor, buscar en él las huellas de la bondad de su corazón. No transige con nada, hiere a sus amigos con la ironía más amarga, se complace en torturarlos sin la menor piedad y parece sentir alegría por el mal que les causa. Todo eso con una constancia cuyos periodos me han parecido más de una vez de-masiado largos.

 

A primera vista M. Chabrié parece muy vulgar; pero si se conversa con él unos instantes se reconoce muy pronto al hombre cuya educa-ción ha sido esmerada. Es de estatura mediana y ha debido ser bien proporcionado antes de engordar. Su cabeza, casi enteramente des-provista de cabello, presenta sobre la coronilla una superficie cuya blancura contrasta de una manera muy curiosa con el rojo oscuro que tiñe su rostro. Sus ojillos azules, estropeados por el aire de mar, tienen una expresión indefinible de malicia, descaro y ternura. Su nariz, un poco torcida y sus gruesos labios, tan horribles cuando está enfadado, tan graciosos cuando ríe con esa risa sencilla que tienen los niños, dan a ese conjunto una expresión a la vez de franqueza, de bondad y de audacia. Lo que tiene admirable son sus dientes. Estos

 

 

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1. El “Mexicano”

 

forman, según su propia expresión, una mandíbula modelo. Como todo en este hombre contrasta de la manera más extraña, su voz afecta el oído en dos formas muy opuestas: cuando habla no creo que sea posible oír un sonido de voz más ronca, más discordante; pero si esta misma voz canta un pasaje de Rossini, uno de esos trozos de Nourrit, una tirolesa o una linda romanza sentimental, ¡oh!, enton-ces se siente uno elevado hasta los cielos. Su voz pura y fresca y su acento armónico repercuten hasta el fondo del corazón. Se siente un estremecimiento y una suave emoción. El capitán Chabrié ha errado su vocación como tantos otros en nuestra sociedad al revés. Estaba hecho para cantar en la Ópera. Su admirable voz de tenor habría encantado a 3 mil espectadores, manteniéndolos durante seis horas seguidas en un estado de dulce beatitud, así como lo hace nuestro cé-lebre Nourrit. Para completar el retrato, agregaré que el capitán Cha-brié es muy cuidadoso en su vestido y hasta presumido, si se quiere. En extremo friolento, desde que ha sentido los primeros síntomas de un dolor reumático en una pierna, toma los cuidados más minu-ciosos por su salud y, para preservarse del frío o de la humedad, se cubre con toda clase de vestidos que amontona unos sobre otros de la manera más grotesca.

 

El segundo, M. Briet (Luis), nació también en Lorient. De la misma edad que M. Chabrié, formaba parte de los guardias del emperador en 1815. La caída del águila le arrebató su hermoso caballo y su bri-llante uniforme y el futuro mariscal de Francia quedó inconsolable. Decepcionado en sus esperanzas de gloria, fue a probar fortuna a las colonias españolas. M. Briet optó por el oficio de marino, se hizo gra-duar de capitán y navegaba por cuenta propia o por la de su patrón. Su carácter tenía más de militar que de marino. Era muy ordenado en todas las cosas, lo que no ocurre con los marinos. Era muy lim-pio y entendido en todo cuanto hacía, y a esas cualidades unía gran sobriedad. Hablaba poco, trabajaba mucho y daba órdenes, siempre con ese tono frío y seco del oficial cuando dirige escuadrones o ba-tallones, sin parecer sentir esa ansiedad del marino por la pronta ejecución de las maniobras que ordenaba. Su educación había sido

 

 

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Flora Tristán

 

descuidada, pero su buen sentido natural la suplía tan bien, que hu-biese sido difícil percibirlo antes de haberlo estudiado.

M. Briet es buen mozo, alto, bien plantado, tiene hermosas faccio-nes y fisonomía distinguida. No entraba dentro de su carácter el ser prevenido, ni menos galante con las damas. Pero a bordo tenía para todos atenciones esmeradas y muy convenientes.

 

M. David (Alfredo), nacido en París, tenía 34 años. Ofrecía el tipo del parisién que ha corrido mundo. Habiendo salido del colegio Bo-naparte a la edad de 14 años, sus padres le hicieron embarcar a bordo de un navío que iba a la India para hacerle pasar las de Caín. Llegado a Calcuta, el capitán lo dejó en tierra harto del incorregible. El au-daz muchacho, de mala cabeza pero con un corazón lleno de energía, tomó la firme resolución de ganar su vida y la ganó. Fue sucesiva-mente marinero, profesor de gramática, empleado de comercio, etc., y permaneció así durante cinco años en la India. De regreso a Fran-cia trató de emplearse. Pero, después de que lo engañaron con esas hermosas promesas que nunca faltan en París, se decidió a probar de nuevo fortuna en la carrera industrial y fue al Perú. En Lima trabó conocimiento con M. Chabrié, se vinculó con él y retornaron juntos a Francia en 1832. M. David había estado ausente ocho años.

 

M. David se ha educado a sí mismo y, sin haber profundizado nada, ha adquirido una gran variedad de conocimientos. Activo, empren-dedor, infatigable, ávido de placeres, inaccesible al pesar, insensible al dolor, posee en el más alto grado ese espíritu de denigración que el autor de Cándido puso de moda a fines del último siglo. 1 Ve siempre el lado malo de la especie humana. Empecinado en su opinión, nunca acata la de los demás, critica todo, porfía a todo. Sofista por carácter, se lanza audazmente en una discusión que le es imposible proseguir, a tal punto repugnan a su espíritu ligero los pensamientos profun-dos, a tal punto es incapaz de prestar atención sostenida. Y cuando se ha enredado en medio de sus razonamientos, suelta alguna broma

 

 

1   Se refiere a Cándido o el optimismo de Voltaire, publicado en 1759. La vitalidad del volterianismo se mantuvo hasta muy avanzado el siglo XIX. [N. de la primera Ed.].

 

 

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1. El “Mexicano”

 

chistosa que excita la hilaridad del auditorio y hace perder de vista el objeto principal de la discusión. Por más superficialmente que co-nozca la cosa sobre la cual se entabla conversación, M. David habla de ella con un aplomo capaz de desconcertar al mismo inventor de aquella cosa. Abandonado sin recursos y en lucha con la miseria en una edad muy tierna, no es en buena escuela donde ha conocido el corazón humano. Acogido por precoces decepciones, la vida no ha tenido ilusiones para él. M. David odia a la especie humana y consi-dera a los hombres como bestias feroces, prontos a devorarse entre sí. Más de una vez ha sido su víctima, y trata sin cesar de ponerse en guardia contra sus ataques. El desgraciado nunca ha amado a nadie, ni siquiera a una mujer. Ningún ser ha compadecido sus penas y su corazón se ha endurecido. El único goce que concibe es el de abando-narse a todas sus inclinaciones. Las dulces emociones del alma han sido ahogadas en él antes de haberse desarrollado. Las sensaciones materiales lo dominan y su alma está como aniquilada. Gusta con pasión de la buena mesa, encuentra delicias en fumar un cigarro y regocija su pensamiento soñando con las guapas mozas de cualquier color que piensa encontrar en el primer puerto donde la casualidad lo hace anclar. Son los únicos amores que comprende.

 

M. David es un hombre bien plantado, de esbelta estatura, de sa-lud robusta, aunque delgado. La regularidad y la fineza de sus fac - ciones, la palidez de su tez, sus patillas negras y su cabello brillante como el azabache, el fuego de sus ojos y la sonrisa siempre errante sobre sus labios forman un conjunto agradable de contrastes y de armonías que le da una expresión de alegría y de felicidad que está muy lejos de sentir. M. David es lo que el mundo llama un hombre amable. Habla mucho, pero con gracia y alegría y tiene en la con-versación ese género de amabilidad tan apreciado por las damas. Además, es un dandi que pasa el cabo de Hornos con medias de seda, se afeita la barba diariamente, perfuma sus cabellos, recita poesías, habla inglés, italiano y español y nunca se cae, a pesar del más fuer-te balance. Tales eran los personajes que se encontraban reunidos en el “Mexicano”.

 

 

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Flora Tristán

 

Desde nuestro arribo a bordo, cada uno de nosotros trató de aco-modarse en su pequeño hueco lo mejor que pudo. M. David me ayu-dó a hacer mis arreglos, indicándome, con la experiencia adquirida en sus viajes por mar, lo que debía hacer para evitar en lo posible el mayor número de molestias.

 

Me sentí mareada una hora después de haber entrado en esa casa flotante. Ese mal ha sido descrito muchas veces por las numerosas víctimas que han sufrido sus torturas y evitaré fatigar a mi lector con una nueva descripción. Diré solamente que el mareo es un sufri-miento completamente distinto de nuestras enfermedades habitua-les. Es una agonía permanente, una suspensión de la vida. Tiene el horrible poder de quitar el uso de las facultades intelectuales y tam-bién el uso de los sentidos a los desgraciados que son su presa. Las personas de temperamento nervioso sienten los crueles efectos de ese mal con más intensidad que los demás. En cuanto a mí, lo sentí con tal persistencia que no pasó un solo día, durante los ciento trein-ta y tres del viaje, que no tuviese náuseas.

 

Nuestro barco estaba anclado en la parte baja del río. El tiempo no parecía favorecer nuestra salida del peligroso golfo de Gascuña. Sin embargo, el capitán hizo levar el ancla hacia las tres. La pesada máquina, ligera como una pluma en medio de las olas, se puso en marcha a través de la inmensidad que cubre el cielo y dócil al genio del hombre iba en la dirección que se le daba.

 

Estábamos todavía en el golfo cuando el agudo silbido de los vientos y el tumulto de las olas nos anunciaron la tempestad, que se declaró muy pronto con toda su violencia por medio de espantosos rugidos. Ese espectáculo, al que asistía sin verlo, era nuevo para mí. Hubiera encontrado encanto en contemplarlo si me hubiese queda-do un vestigio de fuerzas, pero el mareo absorbía todas mis faculta-des. No tenía sentimiento de mi existencia sino por los escalofríos que estremecían mi cuerpo y creía que eran los precursores de mi muerte. Pasamos una noche horrible. El capitán tuvo bastante suer-te para poder entrar en el río. Una ola nos había arrebatado nues-tros carneros, otra nuestras canastas de legumbres y nuestro pobre

 

 

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1. El “Mexicano”

 

navío, la víspera tan elegante y tan bien arreglado, estaba ya mutila-do. El capitán, aunque agobiado de fatiga, bajó a tierra para comprar otros carneros y reemplazar las legumbres que el mar nos había qui-tado. Durante su ausencia, el carpintero reparó las averías causadas por la tempestad y los marineros restablecieron el orden tan necesa-rio a bordo de las embarcaciones.

 

Esta primera tentativa no nos hizo más prudentes y nos expusi-mos de nuevo a peligros certeros, de los que pudimos ser víctimas por un falso punto de honor el cual induce a menudo a los marinos a desafiar inútiles peligros y les hace comprometer la existencia de los hombres y la seguridad de los navíos confiados a sus cuidados. A la mañana siguiente, 10 de abril, el mar continuaba igualmente agita-do y esos señores, que eran muy prudentes, juzgaron con razón que debía retenerse al piloto hasta que el tiempo fuese suficientemente seguro para devolverlo sin peligro. Pero, cerca de nosotros estaban anclados otros dos barcos que zarparon de Burdeos el mismo día y para el mismo destino: el “Carlos Adolfo” y el “Fletes”. Este último, por fanfarronada sin duda, devolvió el piloto y tomó de largo. El otro no quiso quedarse atrás e hizo otro tanto. Los señores del “Mexica-no” comenzaron por censurar la imprudencia de los otros navíos; pero, aunque fuesen poco susceptibles de dejarse dominar por el ejemplo de otro, el temor de pasar por miedosos les hizo abandonar su primera determinación. Hacia las cuatro de la tarde despidieron al piloto y nos encontramos en medio de las olas embravecidas que, como altas montañas, se elevaban en torno de nuestra nave. No es-tábamos sino a un punto del abismo y el choque de dos olas nos po-día haber sepultado.

 

Antes de poder salir del golfo estuvimos tres días continuamente azotados por la tempestad y en la situación más crítica. Todos nues-tros hombres, enfermos o rendidos de fatiga, estaban imposibilita-dos para hacer su servicio. Durante esos tres largos días de agonía nuestro bravo capitán no abandonó el puente de su navío. Me ha dicho después que muchas veces había visto a nuestro débil brick a punto de estrellarse contra las rocas o ser devorado por las olas.

 

 

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Gracias a Dios, escapamos felizmente. Pero semejantes peligros ¿no deberían hacer reflexionar a los marinos que todos los días cometen tales imprudencias?

 

El 13, entre las dos y las tres de la tarde, nuestro capitán, agobiado de fatiga y empapado como si hubiese caído al mar, bajó a su cámara donde no había entrado desde hacía tres días. Al ver cerrados todos los camarotes y no escuchar el menor soplo humano, gritó con su voz gruesa y ronca.

 

—¡Hola! ¡He, pasajeros! ¿Todo el mundo está muerto aquí?

 

Nadie contestó a su benevolente pregunta. Entonces M. Chabrié entreabrió la puerta de mi camarote y me dijo con un acento de soli-citud que jamás olvidaré.

 

—Señorita Flora, me ha dicho David que ha estado usted muy en-ferma. ¡Pobre señorita! La compadezco, pues yo antes sufría también mucho con el mareo. Pero tranquilícese, ya hemos salido por fin de la boca del golfo y acabamos de entrar en plena mar. ¿No siente usted el dulce balance que sucede a las horribles convulsiones que sentíamos hace unos momentos? El tiempo es magnífico. Si tiene fuerza para levantarse y subir sobre el puente eso la reanimará. Reina allá arriba un airecito puro y fresco que es una delicia.

 

Le agradecí con la mirada. Me sentía demasiado debilitada para hacer siquiera el ensayo de hablar.

—¡Pobre señorita!, dijo con la expresión de una bondad compa-siva. Este tiempo va a permitirle dormir. Y yo también voy a dormir. Bien lo necesito.

 

En efecto, dormimos todos veinticuatro horas seguidas. Me des-pertó M. David, quien abría los camarotes con gran estrépito porque quería saber, decía, si todos los pasajeros estábamos decididamen-te muertos. No estábamos muertos, pero ¡gran Dios!, en qué estado nos hallábamos. M. Chabrié, demasiado superior como hombre para darse importancia por ser capitán del navío confiado a sus cuidados, hablaba a la tripulación y a sus pasajeros más bien como amigo y no como amo después de Dios. Durante la tempestad era el primer ma-rinero del barco y en general un hombre cuya bondad se interesaba

 

 

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1. El “Mexicano”

 

por el bienestar de todas las personas de a bordo. Nos invitó amable-mente a levantarnos a fin de cambiar la ropa, a subir y tomar aire y, sobre todo, a comer un poco de sopa caliente. En cuanto a mí, consen-tí con la condición de que no se me obligase a comer nada. Esos seño-res tuvieron la amabilidad de arreglarme un lecho sobre la toldilla. Necesité de todo mi valor para poder levantarme y vestirme y sin la ayuda de esos señores me hubiese sido imposible subir al puente.

 

Los quince primeros días de mi permanencia a bordo fueron para mí de un largo entorpecimiento durante el cual no tuve sino por muy cortos intervalos la conciencia de mi ser. Desde la salida del sol hasta las seis de la tarde sufría tanto que me era imposible hilvanar dos ideas. Me sentía indiferente a todo. Deseaba solamente que una cer-cana muerte viniera a poner término a mis males. Pero, una voz inte-rior me decía que no moriría.

 

A la altura de las Canarias esos señores notaron que el navío ha-cía agua y decidieron hacer escala en el primer puerto con el objetivo de hacerlo calafatear.

 

No hacía sino veinticinco días que nos habíamos embarcado. Ese tiempo me había parecido tan largo, la vida a bordo me era tan su-mamente penosa que, cuando me anunciaron la vista próxima de la tierra, la alegría y el contento que sentí hicieron enseguida desva-necerse mi mal: recobré la salud. Hay que haber estado en el mar para conocer el poder de emoción encerrado en esa palabra: ¡tierra, tierra! El árabe en el desierto no experimenta un gozo más vivo a la vista de la fuente que debe apagar su sed ardiente. El prisionero que después de una larga detención recobra su libertad siente menos alegría. ¡Tierra, tierra! Esa palabra, después de largos meses pasados entre el cielo y el abismo, encierra todo para el navegante. Es la vida íntegra con sus goces, es la patria. Entonces los prejuicios nacionales se callan, no se siente sino el lazo que une a la humanidad. Son los goces sociales, la dulce sombra y los prados esmaltados, el amor y la libertad. En fin, esa palabra, tierra, hace renacer el sentimiento de la seguridad que, después de grandes peligros, da un encanto mágico a la existencia. A todos estos goces se une, para muchos, la impresión

 

 

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del placer que sentirán al ver a sus amigos o reunirse con su familia y abrazar a su madre, esposa e hijos. ¡Oh, tierra!, a menudo maldecida por quienes te pisan. Tú les parecerías un Edén si hubiesen habitado algunos meses en el seno de los mares, donde no se ven frescas som-bras, ni prados esmaltados y donde no se encuentran parientes ni amigos en el camino.

 

Estábamos todos en el puente ávidos por descubrir esa tierra que en aquel instante cada uno de nosotros embellecía con los sueños de su imaginación. El corazón nos palpitaba mientras doblábamos el cabo que termina la lengua de tierra y forma la bahía de la Praia.2 ¿Qué íbamos a ver? Fue en este anclaje donde me esperaba la prime-ra decepción de mi viaje. Yo no era muy fuerte en geografía y, como jamás había leído la descripción de la Praia, improvisé una en mi ca-beza. Pensaba que una isla llamada Cabo Verde debía necesariamen-te ofrecer a la vista de los navegantes un paisaje de verdor. Pues ¿a qué causa sino a esa habría que atribuir el origen de su nombre? No pensaba entonces que los nombres tienen a menudo su origen en cir-cunstancias extrañas que, la mayor parte del tiempo, no guardan la más ligera relación con las cosas que esos nombres designan. Lo que se llama, en el cabo de Hornos, la Tierra del Fuego parece la Tierra del hielo. Pero quien la descubrió creyó ver fuego, no sé por qué ilusión óptica, y la llamó tal como se presentaba a su vista. De igual modo, Valparaíso (valle del Paraíso) recibió ese nombre divino de los pri-meros marinos españoles que abordaron su bahía. Después de una travesía tan larga y penosa hubieran llamado igualmente paraíso a la costa más árida, al país más espantoso, con tal que respondiera a la palabra tierra. ¡Oh! La tierra es, en efecto, el paraíso del hombre;

 

 

 

 

 

2   Praia es capital y puerto pesquero de la República de las islas de Cabo Verde en la isla de São Tiago. Este archipiélago está situado en el océano Atlántico, a 500 kilóme-tros de la costa oeste de África. Su clima es cálido y seco. Fue colonia portuguesa hasta 1975. Flora nos dice que en la época en que recaló el “Mexicano” tenía “cerca de 4 mil habitantes durante la estación de las lluvias”; actualmente su población bordea las 50 mil personas. [N. de la primera Ed.].

 

 

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1. El “Mexicano”

 

pero es él quien debe plantar la viña, el olivo y arrancar las espinas y los zarzales.

El aspecto de esta tierra negra, enteramente árida, tiene algo de tan monótono, que uno se siente penosamente entristecido. Toda la bahía está rodeada de rocas más o menos elevadas, contra las cuales vienen a romperse las mugientes olas. En medio de la bahía avanza majestuosamente una alta mole de rocas curvada en forma de he-rradura y sobre la plataforma que la corona se eleva la ciudad de la Praia.

 

De lejos esta ciudad tiene gran apariencia. En la parte curva de la herradura se ha colocado una batería provista de veintidós piezas de cañón de grueso calibre. Algunos militares regularmente equipados hacen la guardia. A la izquierda se levanta una bonita iglesia edifica-da recientemente. A la derecha la casa del cónsul americano, corona-da por un pequeño mirador, sirve de observatorio para columbrar las embarcaciones en el mar. Aquí y allá se distinguen algunos gru-pos de platanares, sicómoros y otros árboles de anchas hojas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. La Praia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En cuanto anclamos vimos que había gran movimiento en la bahía. Pocos instantes después una pequeña falúa se dirigió hacia nosotros. Iban en ella cuatro remeros negros casi completamente desnudos. En la parte posterior, dirigiendo el timón, estaba sentado orgullo-samente un hombrecillo con enormes patillas, cuya piel cobriza y crespos cabellos nos indicaban suficientemente que no pertenecía a la raza caucásica. La indumentaria del personaje era de lo más gro-tesca. Su pantalón de nanquín databa de 1800 y debía haber pasado por diversas alternativas antes de llegar a su poder. Tenía chaleco de piqué blanco y leva de barragán, un inmenso fular rojo con puntos negros le servía de corbata y sus extremos flotaban graciosamente al capricho de los vientos. Para completar dignamente su vestimenta llevaba un gran sombrero de paja, guantes que un día debieron ser blancos y tenía en la mano un hermoso fular amarillo que le servía de abanico. Se defendía del ardor del sol con un gran paraguas ra-yado de celeste y rosa, tal como se usaba hace treinta años. Una vez que hubo llegado cerca de nuestra embarcación nos hizo saber sus títulos con gestos no menos ridículos que su vestido. Era a la vez ca-pitán de puerto de la Praia y secretario del gobernador y, además, negociante al por mayor y menor, etc. Se veía que la ley contra el aca-paramiento no había penetrado hasta la costa de África. Ese capitán de puerto era portugués. Nos dijo que la isla pertenecía a don Miguel,

 

 

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su ilustre amo. Y al pronunciar ese nombre, el burlesco individuo se quitaba el sombrero. Habló mucho de política tratando de hacernos charlar sobre ese tema. Aceptó nuestro aguardiente y nuestros biz-cochos, me dijo pomposos cumplimientos en portugués y después de haber permanecido mucho tiempo a bordo, donde hizo más bien el papel de espía que de cumplidor de los deberes de su cargo, regresó a su falúa y adoptó la actitud de un capitán-pachá que sale de Alejan-dría con toda su flota.

 

Mientras el pequeño portugués nos hablaba de los altos hechos de su ilustre amo, vinieron a bordo otros dos personajes no menos notables ya por su indumentaria, ya por sus modales: uno era el ca-pitán de un brick americano; el otro mandaba una pequeña goleta de Sierra Leona. Este último era italiano y al subir a bordo nos dijo que era casado con una parisiense de la calle de Saint-Denis. El valiente capitán Brandisco (que así se llamaba) citaba el nombre de esa calle con tanto énfasis, como en tiempo de César lo haría un patricio al decir que vivía en la plaza del Capitolio.

 

Nuestro capitán, el segundo y M. David juzgaron conveniente ba-jar a tierra al mismo tiempo que el capitán de puerto, para ir donde el gobernador, poner en regla los papeles del barco y conseguir lo más pronto posible los obreros capaces de ayudar a nuestro carpintero en las reparaciones que se harían a la nave.

 

Puesto que me he prometido decir toda la verdad, confesaré el movimiento de orgullo que sentí al comparar nuestro bote y los hombres que lo tripulaban con los otros tres miserables botecillos tripulados por negros o pobres marineros americanos. ¡Qué gran di-ferencia! ¡Qué bonito y elegante era el nuestro! ¡Qué buen aspecto tenían nuestros marinos! M. Briet dirigía el timón. La nobleza de su porte representaba dignamente la marina francesa y nuestro capi-tán con sus botas bien lustradas, su pantalón de dril blanco, su ca-saca azul oscuro, su corbata de seda negra y su hermoso sombrero de paja adornado de terciopelo negro atravesado por una pequeña hebilla, representaba fielmente al marino comerciante. En cuanto al amable M. David, era el fashionable en toda su pureza. Tenía botas

 

 

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2. La Praia

 

de gamuza gris, un pantalón de dril gris que formaba polainas, una pequeña casaca de paño verde con muchos alamares. No llevaba chaleco y tenía un pañuelo de Madrás a cuadritos, enrollado negli-gentemente al cuello. En la cabeza, una gorra de terciopelo violeta le cubría solo la oreja izquierda. Se mantenía de pie en medio del bote, me saludaba con el gesto y reía a carcajadas, probablemente del aspecto grotesco de los personajes del puerto de la Praia. En 1833 me hallaba todavía muy lejos de tener las ideas que después se han desarrollado en mi espíritu. En aquella época era muy exclusivista. Mi país ocupaba en mi pensamiento más sitio que todo el resto del mundo. Era con las opiniones y los usos de mi patria con lo que juz-gaba las opiniones y usos de los demás. El nombre de Francia y todo lo que se vinculaba con ella producían sobre mí efectos casi mágicos. Entonces consideraba a un inglés, un alemán o un italiano como a otros tantos extranjeros. No veía que todos los hombres son herma-nos y que el mundo es su patria común. Estaba todavía muy lejos de reconocer la solidaridad de las naciones entre sí, de donde resulta que la humanidad íntegra experimenta el bien y el mal de cada una de ellas. Pero relato mis impresiones tal como las sentí a la vista de nuestra superioridad sobre los individuos de las otras naciones que se encontraban en la Praia.

 

 

Esos señores permanecieron mucho tiempo en tierra. No regre-saron sino en el momento de la comida, cerca de las cinco. Durante su ausencia nos perdimos en conjeturas sobre las distracciones que podría ofrecer la ciudad de la Praia. M. Miota quería alojarse en un hotel para sustraerse a la vida de a bordo durante la escala. Cesáreo y Fernando proyectaban ir a la población a traer provisiones. Estos dos jóvenes españoles se hacían grandes ilusiones para ir de caza, correr por la llanura, comer fruta, montar a caballo, hacer, en fin, el ejercicio tan necesario a su edad y del que sentían gran necesidad sus miembros entorpecidos. Yo también me trazaba un plan de vida para el tiempo de nuestra estada. Quería alojarme en una casa portugue-sa para poder estudiar las costumbres y los usos del país, ver todo y tomar notas exactas sobre las cosas que me pareciesen valer la pena.

 

 

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Todos esos hermosos proyectos se hacían sobre el puente mientras que el viejo don José, que al fin podía pasearse a su antojo ahora que la casa flotante estaba en reposo, gozaba, con un aire de delicia, de la inexpresable felicidad de poder dar dos pasos seguidos sin riesgo de caer. El viejo solo se detenía para hacer sus cigarrillos de papel. De tiempo en tiempo sonreía al escucharnos. Noté su sonrisa y, desean-do conocer el fondo de su pensamiento, le pregunté lo que pensaba hacer en la ciudad.

 

—Señorita, me respondió con esa tranquilidad española que lo distinguía en tan alto grado, me cuidaré muy bien de ir a ella.

—¡Qué indiferencia, don José! ¿Está usted, pues, tan satisfecho en este navío donde se tiene tan poco espacio para pasearse?

—No, señorita. No soy más indiferente que usted a la vista de la tierra. Pero tengo sobre usted la ventaja de mi larga experiencia y sé a qué atenerme sobre los placeres que ofrecen estas costas y muchas otras en donde podemos abordar antes de llegar a Lima. Pienso que no vale la pena dejar el barco para estar peor en tierra. Es lo que va a suceder. Pero los niños tienen necesidad de ver por sus propios ojos. ¡Bien! Vean y después me dirán si no tenía yo razón.

 

Pero la juventud, impaciente de vencer obstáculos, solo tiene fe en sus deseos y se convence solo por su propia experiencia. Mostra-mos desdén por la de don José.

 

Cuando vimos regresar el bote nuestra curiosidad se reanimó. Apenas esos señores estuvieron a bordo les asaltamos a preguntas. Pero el momento no era bien escogido para que pudiesen responder-las. M. Chabrié estaba ocupado con M. Briet explicando a los obreros, que habían traído, la obra que debían hacer y M. David, anglómano por excelencia, se dedicaba por completo a hablar la hermosa lengua de Lord Byron con el joven y muy elegante cónsul americano a quien acababa de conocer y a quien traía a comer a bordo.

 

A la mañana siguiente, después del desayuno, los tres jóvenes es-pañoles, M. David, el capitán y yo fuimos a tierra.

No hay en la Praia muelle que facilite el desembarco. Las cerca-nías están erizadas de rocas más o menos grandes contra las cuales

 

 

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2. La Praia

 

el mar viene a estrellarse con una violencia que haría añicos las más fuertes embarcaciones si no se tomara las más grandes precaucio-nes para preservarlas. Es preciso que un marinero remolque el bote, saltando de roca en roca, hasta encontrar una abertura conveniente para hacerlo entrar y durante esa maniobra los marineros, que han quedado en la embarcación, se ocupan con sus remos en impedir que las olas la estrellen contra las peñas. Es muy difícil desembarcar sin mojarse, sobre todo en la mañana, cuando el mar está siempre muy agitado. Sin embargo, gracias a las precauciones tomadas por esos señores, no me mojé. Un marinero me levantó en sus vigoro-sos brazos y me depositó en tierra, en sitio seco. Un estrecho sendero trazado entre los peñascos que bordean el mar conduce a la Praia. Este camino no está exento de peligros. La arena negra que recubre la roca se desmorona bajo los pies y al menor paso en falso se corre el riesgo de rodar de piedra en piedra hasta el mar. Dejando el sen-dero se llega a la arena lisa y suave de la playa que las olas lamen formando plumillas argentadas. Se siente descanso al caminar sobre esta arena fina, refrescada continuamente por el mar; mas apenas se recorren doscientos o trescientos pasos es preciso abandonarla y seguir un camino pedregoso de los más difíciles. Ese camino en for-ma de escalera ha sido abierto entre la mole de rocas, sobre las que está situada la ciudad. Se necesita por lo menos un cuarto de hora para treparlo. Estaba yo tan débil que me vi obligada a descansar en tres ocasiones. Apenas podía caminar. El bueno de M. Chabrié me llevaba casi cargada. M. Miota me hacía sombra con un paraguas, pues mi sombrilla no me hubiese defendido sino muy débilmente; mientras que, ligero como un gamo, M. David iba por delante como explorador para indicarnos los sitios menos malos. El sol de los tró-picos lanzaba verticalmente sus ardientes rayos. Ni el menor soplo de céfiro venía a secar nuestras frentes bañadas de sudor y una sed ardiente nos secaba la garganta. Por fin llegamos a la plataforma. M. David tomó la delantera y fue a anunciar nuestra llegada al cónsul, para que dispusiese algunos refrescos. Atravesamos la ciudad y la en-contramos casi desierta. Era el mediodía, el momento en que hasta

 

 

 

 

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las tres de la tarde el calor es más fuerte y los habitantes no se expo-nen a él. Encerrados en sus casas emplean el tiempo en dormir. La reverberación de los rayos del sol era tan ardiente que nos cegaba. M. Chabrié se desesperaba de haberme llevado a aquel horno, esta idea le ponía de un humor detestable. Los tres jóvenes comenzaban ya a echar de menos sus pequeños camarotes y yo estaba horriblemente contrariada al sentirme tan incómoda, pues temía que eso me impi-diera visitar lo que había de curioso en la ciudad. Con esas disposi-ciones llegamos a casa del cónsul a quien encontramos con M. David sentado cerca de una mesita bebiendo un grog y fumando excelentes cigarrillos de La Habana.

 

El cónsul americano había transportado a ese triste lugar toda la comodidad que su nación concede a tan alto precio. Tendría unos 30 años y habitaba hacía cuatro esta residencia. Su casa era grande, bien distribuida y mantenida en el orden más minucioso. Nos hizo servir una agradable colación compuesta de jamón, mantequilla, queso, bizcochos y muchas otras cosas: todo venido de Nueva York. Había también pescado fresco y gran abundancia de toda clase de frutas del país.

 

El salón en el cual se nos sirvió la comida estaba completamente amueblado a la inglesa. Una bonita alfombra cubría el piso. Las ven-tanas estaban provistas de cortinas que representaban vistas de dife-rentes partes. Hermosos grabados adornaban las paredes: en unos se veía escenas de caza, la partida de una diligencia, niños que jugaban con perros; en otros se podía admirar esas vaporosas cabezas de mu-jeres que han dado tanta fama al buril inglés.

 

Nuestra mesa estaba servida igualmente al uso de Inglaterra y de América del Norte. Comimos en grandes platos con dibujos azules, be-bimos la cerveza en vasos grandes y el oporto en los más pequeños. Nuestros cuchillos y nuestros tenedores estaban pulidos como si fue-sen nuevos. En fin, no teníamos servilletas y cada uno las reemplazaba con el extremo del mantel que tenía por delante. La alegría del cónsul parecía llegar al colmo por haber encontrado en M. David un angló-mano que hablara tan bien la lengua de su cara patria y no cesaba de

 

 

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2. La Praia

 

conversar con él. Hablaba igualmente en inglés con los dos negros que nos servían, de suerte que yo, silenciosa observadora, me figuraba por momentos –a tal punto la influencia de los objetos que impresionan nuestros sentidos tiene poder sobre nuestra imaginación– que me ha-llaba en una casa de campo en las cercanías de Nueva York.

 

Después de la comida el capitán Brandisco vino en busca nues-tra para llevarnos donde una dama que se consideraba casi francesa porque había sido casada con un francés, M. Watrin, de Burdeos.

 

M. David se quedó para hablar inglés y tomar el té mientras noso-tros fuimos a visitar a la señora Watrin.

Esta señora es la más rica de la ciudad. Es una mujer de 50 a 54 años. Alta, muy gorda, tiene la piel de un color café con leche oscu-ro, los cabellos ligeramente encrespados y rasgos bastante regulares. La expresión de su fisonomía es dulce, sus maneras son las de una persona bien educada. Habla un poco de francés, lo lee y lo escribe regularmente bien. Su marido le enseñó lo que sabe y ella extraña mucho a ese marido adorado, muerto hacía cuatro años.

 

Nos recibió en una gran pieza oscura, mal enladrillada y de aspec-to triste. A esto llama ella un salón. El mobiliario tenía algo de extra-ño y en cuanto entramos llamó nuestra atención. Era fácil reconocer que esta pieza había sido habitada por un francés. Las paredes esta-ban tapizadas con malos grabados que representaban a Bonaparte en cuatro o cinco actitudes diferentes. Todos los generales del Impe-rio y las principales batallas estaban simétricamente colocados. En el fondo de ese salón había una biblioteca enrejada, encima un busto del emperador, cubierto con un velo negro. Esta biblioteca encerraba algunas obras de Voltaire y de Rousseau, las fábulas de La Fontaine, el Telémaco, Robinson Crusoe. Todos estos libros estaban mezclados en los estantes. Sobre un mueble había dos esferas y un tarro que contenía dos fetos en espíritu de vino. Se veía por todas partes obje-tos traídos de Francia: una pequeña mesa de costura de caoba, una lámpara, dos sillones de crin negro, jaulas con pájaros, un hermoso tapiz que cubría la gran mesa en medio del salón, y una multitud de cosas pequeñas. En cuanto entramos, la señora Watrin vino hacia

 

 

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mí, me tomó de la mano y me hizo sentar en uno de los sillones. Para recibirme se había hecho un gran toilette y había reunido en su casa a varias amigas que tenían gran curiosidad de ver a una joven extranjera. Nuestras parisienses no estarán quizá disgustadas de conocer la indumentaria de gran etiqueta de las señoras de la Praia. La toilette de Mme. Watrin contrastaba de manera chocante con el conjunto de toda su persona. Tenía un vestido de color cereza. Era un vestido corto, estrecho, muy escotado y con mangas cortas; un enorme chal de crespón de China celeste, en el que sobresalían hermosas rosas blancas bordadas, le servía a la vez de manto y de tocado, pues se envolvía grotescamente en esta enorme mantele-ta, cubriéndose la parte posterior de la cabeza. Sus gruesos brazos estaban adornados con brazaletes de todos los colores; sortijas de toda especie cargaba en los dedos; grandes aretes pendían de sus orejas y un collar de coral de siete u ocho hileras rodeaba su cuello. Tenía medias de seda blanca y zapatos de raso azul. Las otras seño-ras no se aproximaban al lujo de Mme. Watrin. Sus vestidos eran sencillos, de tela de algodón azul, roja o blanca, pero las formas de ellos y de sus chales eran en todo semejantes.

 

Mme. Watrin me hizo muchas preguntas sobre Burdeos, lugar del que su marido le había hablado muy a menudo y enseguida se prestó con una afabilidad rara entre las gentes de aquel país, a satisfacer mi curiosidad en todo lo que deseaba saber.

 

Me hizo visitar su casa. Constaba de tres piezas en el piso bajo y de dos buhardillas. Se encontraba situada al borde de la plataforma opuesta al mar y la vista era magnífica. En la parte baja de la platafor-ma había cinco o seis hermosos jardines muy bien cultivados. Se ba-jaba de la casa por una escalera practicada en la roca. Después de esos jardines venía una extensión de arena enteramente desierta. Más allá se descubría unos árboles que formaban verdes bosquecillos.

 

Mme. Watrin me invitó a quedarme en su casa todo el tiempo que nuestra embarcación permaneciese anclada en el puerto. Agra-decí mucho esta atención, pero confieso que no estuve muy tentada de aceptarla. La tierra, cuya vista hace palpitar el corazón de alegría

 

 

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cuando se la descubre desde el mar, pierde todo su encanto cuando se encuentra uno sin amigos y en medio de un pueblo aún muy alejado de la civilización a la que está uno habituado. M. Chabrié enrojeció al oír el ofrecimiento de Mme. Watrin. Sus ojos se fijaron en mí con una expresión de dolorosa ansiedad. Yo rechacé la invitación y nos despe-dimos de la amable mujer prometiéndole regresar dos días después.

 

Dimos una vuelta por la ciudad. Eran las seis de la tarde. El sol caía y una ligera brisa ayudaba a soportar la declinación del calor diurno.

Toda la población se hallaba en las calles, respirando el fresco delante de las puertas de sus casas. Entonces sentimos el olor de ne-gro, que no puede compararse con nada, que da náuseas y persigue por todas partes. Se entra en una casa y al instante siente uno esa emanación fétida. Si uno se acerca a algunos niños para ver sus jue-gos, tiene que alejarse rápidamente, ¡tan repugnante es el olor que exhalan! Yo tengo los sentidos muy aguzados y el menor olor se me va a la cabeza o al estómago. Sentía un malestar tan insoportable que nos vimos obligados a precipitar la marcha para encontrarnos fuera del alcance de aquellas exhalaciones africanas.

 

Luego de que descendimos de la roca, me senté para descansar. M. Chabrié se puso a mi lado mientras los tres jóvenes vagaban por la playa buscando conchas. M. Chabrié me tomó la mano, la apretó afectuosamente contra su pecho y me dijo con un acento que aún no le conocía:

 

—¡Oh, señorita Flora! ¡Cómo le agradezco que no haya aceptado el ofrecimiento de esa señora! ¡Qué dolor me habría causado! ¡Separar-me de usted, que me ha sido confiada, cuando está usted tan delicada! ¡Dejarla sola en esta roca infecta, rodeada de esos horrendos negros a quienes usted mira con tanta repugnancia! ¡Oh! No lo hubiese consen-tido. Y, además, ¿quién la habría cuidado si yo no estaba allí?

 

La expresión apasionada con que M. Chabrié pronunció estas pala-bras me produjo un efecto difícil de describir. Me sentí penetrada de un sentimiento a la vez de reconocimiento, de apego hacia él y de terror.

 

Desde mi salida de Burdeos había perdido enteramente de vista lo que mi posición tenía de extraordinario a los ojos de M. Chabrié.

 

 

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Flora Tristán

 

Mi estado de salud me había impedido pensar. Atribuía a la bondad natural de nuestro capitán los halagos que tenía para mí y las aten-ciones con que me rodeaba. No había pensado en que pudiese expe-rimentar otro sentimiento diferente del afecto compasivo que mi posición inspiraba por lo general.

 

A los seres dotados de alma amorosa, cuyo temperamento es a la vez delicado y magnético, basta una mirada para hacerles penetrar el secreto del individuo a quien habla. La mirada de M. Chabrié me dejó leer claramente su pensamiento. Él también leyó el mío. Le apre-té la mano. Me dijo entonces con un acento de profunda tristeza:

 

—Señorita Flora, no espero hacerme amar de usted. Le pido sola-mente ayudarla a soportar sus pesares.

Le di las gracias con una sonrisa y mostrándole el mar: “Mi co-razón, le dije, se asemeja a ese océano. La desgracia ha abierto en él profundos abismos. No hay poder humano que pueda colmarlos”.

 

—¿Concede usted más poder a la desgracia que el amor?...

 

Esa respuesta me hizo estremecer. Entonces no podía oír pronun-ciar la palabra amor sin que las lágrimas se agolpasen a mis ojos. M. Chabrié ocultó su cabeza entre las manos. Por primera vez lo miré. No conocía todavía sus facciones. Lloraba. Lo examiné atentamente y me abandoné con delicia a los pensamientos más melancólicos.

 

Nos llamaron. El bote nos esperaba. Nos dirigimos a él lentamen-te, apoyándome yo en el brazo de M. Chabrié. Estábamos absortos en nuestros pensamientos, ni el uno ni el otro trataba de romper el si-lencio. Encontramos a bordo a M. David con su cónsul y dos músicos a quienes había traído para hacerme conocer la música del país. Nos reunimos sobre el puente y yo me tendí sobre un doble tapiz. Los se-ñores se sentaron alrededor mío y cada uno, según el orden de ideas que tenía en la cabeza, prestó más o menos atención a la monótona música de los dos africanos.

 

El concierto se habría prolongado hasta muy avanzada la noche si uno de los músicos no se hubiese mareado a pesar de que el barco no tenía oscilación alguna. Esta circunstancia obligó al cónsul a re-gresar a la ciudad. Así, me sentí libre del fastidio que su habla inglesa

 

 

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2. La Praia

 

y sus músicos me producían. Nos quedamos hasta muy tarde con-versando en el puente. ¡Son tan hermosas las noches en los trópicos!

A la mañana siguiente M. David y M. Miota abandonaron la embar-cación con el proyecto de hacer una incursión por el interior de la isla. Iban donde un francés que cultivaba un campo a 18 leguas de la ciudad con el deseo de comprarle provisiones y también para ver el país.

 

Pasaron dos días durante los cuales me pareció que M. Chabrié sentía algún embarazo delante mío. Su aire turbado no estaba entre sus costumbres y me molestaba. Aumentaba aún más las inquietu-des y la tristeza de los pensamientos que la conversación en la roca había hecho nacer en mí.

 

En aquella época estaba todavía bajo la influencia de todas las ilusiones de una niña que ha conocido poco el mundo, aunque ya ha sufrido los más crueles pesares. Educada en el campo, en el más completo aislamiento de la sociedad y habiendo vivido después en el retiro, había atravesado diez años de desgracias y de decepciones sin ser por eso más clarividente. Creía siempre en la benevolencia, en la buena fe. Suponía que la maldad y la perfidia no se mostraban sino por excepción. La profunda soledad a la que me había retirado me había dejado ignorar el mundo y todo cuanto ocurre en él. Me había replegado sobre mí misma y no podía suponer en otro la existencia de vicios cuyas trazas no descubría en mí y que sublevaban de indig-nación mi corazón generoso. ¡Oh preciosa ignorancia que hace creer en la buena fe y en la benevolencia! ¿Por qué te he perdido? ¿Por qué la sociedad está tan poco avanzada que es necesario reemplazar la franqueza con la desconfianza y el abandono con la circunspección? ¡Oh! ¡Cuán herido se siente el corazón por ese cruel desencanto! Bajo el imperio de la violencia, las almas amantes se retiraban a la Tebai-da.1 Todavía deberán habitar en el desierto mientras el disimulo y la mentira gobiernen la sociedad. Es en la soledad donde las almas

 

 

1   Parte meridional del antiguo Egipto cuya capital fue Tebas. Los primeros ermitas cristianos, para huir de la persecución del emperador romano Decio y llevar vida de ascesis, se retiraron a los territorios desérticos de esta región. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Flora Tristán

 

penetradas del espíritu de Dios reciben esas inspiraciones que prepa-ran el mundo para el reino de la verdad.

En 1833, el amor era para mí una religión. Desde los 14 años mi alma ardiente lo había deificado. Consideraba el amor como el soplo de Dios y a su pensamiento vivificante como la causa de todo lo gran-de y hermoso. Él solo tenía mi fe y no habría puesto por encima de los otros animales de la creación a la criatura humana capaz de vivir sin uno de esos grandes amores puros, abnegados y eternos. Amaba a mi país, deseaba poder hacer el bien a mis semejantes y admiraba las maravillas de la naturaleza, pero nada de eso llenaba mi alma. El único afecto que hubiese podido entonces hacerme feliz habría sido un amor apasionado y exclusivo hacia uno de esos hombres a quienes los grandes sacrificios atraen grandes infortunios y sufren una de esas desgracias que engrandecen y ennoblecen a la víctima a quien hieren.

 

Había amado dos veces: la primera cuando todavía era una niña. El joven por quien experimenté aquel sentimiento lo merecía desde todo punto de vista. Mas, privado de energía de alma, murió antes que desobedecer a su padre, quien en la crueldad de su orgullo me había rechazado. La segunda vez, el joven que había sido objeto de mi completo cariño, aunque irreprochable en todo lo relacionado con la delicadeza y el honor de sus procedimientos para conmigo, era uno de esos seres fríos y calculadores, a los ojos de los cuales una gran pasión tiene la apariencia de la locura. Tuvo miedo de mi amor. Temió que lo amase demasiado. Esta segunda decepción me había desgarrado el corazón y sufrí horriblemente. Pero, lejos de dejarme abatir, mi alma se engrandeció por el dolor y se volvió más amante y firme en su fe. A toda alma ardiente es necesario un Dios a quien poder incensar, un templo en el cual poder verter dulces lágrimas y presentir, en el recogimiento, el porvenir que su fe le promete.

 

Mis sufrimientos me habían revelado todo el poder de amar con que Dios me había dotado. Y después de aquellas dos decepciones no entraba en mi pensamiento que la grandeza de mi amor pudiese ser comprendida por un hombre que no hubiese sido él mismo suscep-tible a esos actos de abnegación. Actos que la raza carneril tilda de

 

 

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2. La Praia

 

locuras porque no ve ningún interés personal, pero que trasmiten a las futuras generaciones el recuerdo de los hombres de corazón, como el más honorable título de la humanidad y que comprueban el mayor de sus progresos.

 

En todos los tiempos y en todos los países se ha encontrado cons-tantemente hombres que se han impuesto trabajos penosos y que no han retrocedido ante ningún sacrificio con el fin de alcanzar el objeto que se proponían. Esos seres se hallan tan por encima del común de los hombres que siempre han sido desconocidos y, a menudo, la gran-deza de sus actos no ha sido apreciada sino muchos años después. La antigüedad no ofrece mayor número de ejemplos de los que presenta la historia moderna en el establecimiento de las religiones y en las re-voluciones políticas de los pueblos. A los ojos del escéptico y del egoís-ta, los sacrificios de Juana de Arco, de Carlota Corday,2 de los mártires de todas las revoluciones, de todas las sectas religiosas, parecen actos de demencia; pero esas almas heroicas seguían el impulso que habían recibido de Dios, y aunque ellas deseasen el éxito de sus actos, no era de los hombres de quienes esperaban la recompensa.

 

Yo sabía, por experiencia, todo lo que hay de horrible en amar a un ser que no puede comprendernos y cuyo amor no se armoni-za con la grandeza del sentimiento que se siente por él. Por eso me había prometido poner todos mis cuidados en no ser jamás la causa de semejante dolor y evitar, en tanto que dependiera de mí, inspirar un sentimiento que yo no hubiese podido compartir. Nunca he com-prendido la felicidad que se puede encontrar en hacer nacer un amor que no puede corresponderse. Es un regocijo del amor propio al que son insensibles los seres que solo viven por el corazón.

 

No estaba segura de que M. Chabrié me amase. Pero, con el temor de que esto pudiese ocurrir, creí que dependía de mi delicadeza pre-venir el nacimiento de un amor que yo no podía corresponder.

 

2   Charlotte de Corday d’Armont (1768-1793) fue la joven francesa que apuñaló a Marat en la bañera. Partidaria de la Revolución Francesa, había visto en él al principal responsable de la eliminación de los girondinos y de la instauración del Terror. Fue ejecutada en la guillotina. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Flora Tristán

 

La ausencia de M. David y M. Miota me daba un poco más de liber-tad. Los otros tres pasajeros no comprendían una palabra de francés. Podía hablar con M. Chabrié sin correr el riesgo de ser escuchada.

 

Por la noche subí al puente y después de haberme arreglado un diván sobre una de las jaulas de gallinas me puse a conversar con M. Chabrié.

—Esta noche es muy hermosa, le dije. Admire usted la magnifi-cencia de la bóveda resplandeciente que cubre nuestras cabezas. Ayúdeme a clasificar todas esas brillantes estrellas que veo por pri-mera vez.

 

—Mis conocimientos en astronomía no son tan completos como para que pueda enumerar las miles de estrellas que brillan en ese hermoso cielo. Quiero con predilección a esta cruz del sur, formada por esas cuatro estrellas, una de las cuales es más pequeña.

 

—¿Y las dos que veo por ese lado que brillan con vivo fulgor? —Esas son los gemelos.

—En efecto, se parecen. Y esas innumerables estrellitas que for-man como una nube fulgente de luz, ¿cómo se llaman?

—¡Qué feliz es usted, señorita Flora, de conceder interés a todo! ¡Admiro en usted esa curiosidad de niño! ¡Qué felicidad el tener ilu-siones! ¡La vida es muy triste cuando ya no se las tiene!

 

—Mas espero, señor Chabrié, que usted no ha de hallarse en ese caso.

 

Con un alma grande como la suya se es joven por mucho tiempo.

 

—Señorita, se es joven cuando se quiere con amor a un ser de quien se es correspondido; pero el hombre de 20 años que tiene el corazón vacío es un viejo.

 

—¿Cree usted que no se puede vivir sin esta condición de amar? —Estoy convencido, a menos que se llame vivir a comer, beber y

dormir como lo hacen los animales. Pero presumo, señorita, que us-ted comprende demasiado bien el amor para dar el nombre de vida a semejante existencia. Sin embargo, es así como vive la mayoría de los hombres. Pensando en eso, ¿no siente usted como un sentimiento de vergüenza de pertenecer a la raza humana?

 

—No. La raza humana sufre y no es despreciable. La compadezco por la desgracia que se ha causado ella misma y la amo porque es desgraciada.

 

 

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—¿No siente usted jamás el deseo de vengarse?

 

—Jamás.

 

—Pero quizá usted jamás ha tenido de quién quejarse. No ha en-contrado probablemente sino gentes que la han querido y usted ig-nora lo horrible, lo desgarrador de una cobarde perfidia.

 

—Es verdad. Pero conozco algo más horrible que la perfidia: es la in-sensibilidad. Sí. El ser frío, inaccesible al entusiasmo, que responde con su razón a los sentimientos del corazón y pretende medir los arranques del alma. Sí. El ser que teme ser amado con exceso y ve sufrir con la más seca indiferencia a aquella que le ama es peor que el pérfido. Este últi-mo, señor Chabrié, tiene siempre el amor por móvil; el otro, movido por asqueroso egoísmo, refleja sus afectos sobre sí mismo.

 

Al pronunciar estas palabras, escapadas casi a pesar mío, había olvidado la reserva que hasta entonces había guardado escrupulosa-mente. Mis facciones y el acento de mi voz debían expresar un dolor sobrehumano. Y este dolor, cuyo recuerdo anima mis palabras, ha-bía sido, como el amor que lo había causado, un sentimiento desco-nocido sobre la tierra. M. Chabrié se admiró de mi expresión y me dijo mirándome con ansiedad:

 

—¡Gran Dios! ¿Habrá amado usted a un hombre de naturaleza tan atroz? ¡Ah, dígame, dígame si semejante dolor pesa sobre usted!

No podía hablar. Dije sí con la cabeza. Miré el cielo como para im-plorar su auxilio. Después, tendiendo la mano a M. Chabrié, no pude sino articular estas palabras:

 

—¡Cómo sufro! ¡Ah, cómo sufro!

 

Después de este grito de un dolor que todos mis esfuerzos no ha-bían podido todavía vencer, dejé caer la cabeza sobre mi almohada. Los objetos exteriores me fatigaban, mis ojos se cerraron y, sumida en una confusión de recuerdos, gusté un encanto indefinible en el exceso mismo de mi dolor. Permanecí en la misma actitud varias ho-ras durante las cuales la agitación convulsa de mi cerebro dominaba las potencias de mi alma.

 

M. Chabrié fue a traer mi abrigo, me cubrió con él y defendió mi cabeza de la humedad de la noche con un pañuelo de seda. Lo sentía

 

 

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Flora Tristán

 

a mi lado. De rato en rato suspiraba como un hombre oprimido por un espasmo. A veces se levantaba, daba algunas vueltas y regresaba a sentarse.

 

Cuando salí de esta especie de marasmo, la luna iluminaba la bahía de la Praia. El pálido fulgor de sus rayos daba una apariencia melancólica a todos los objetos que nos rodeaban. Ni el más ligero ruido llegaba de la ciudad. Las altas masas de rocas, cubiertas por la sombra, recordaban las descripciones que el paganismo nos ha deja-do de su infierno. El mar estaba tranquilo. Los tres navíos anclados en la rada no tenían balance alguno perceptible. M. Chabrié, sentado en el extremo de la jaula sobre la que me hallaba extendida, con la ca-beza apoyada sobre una de sus manos y en actitud melancólica que armonizaba con todo aquel conjunto, contemplaba el cielo con una expresión de dolor.

 

Permanecí largo tiempo en muda contemplación de esta escena. En esas hermosas noches los seres de la creación, privados de movi-miento, parecen expresar una felicidad completa. El acento de dolor no se deja oír y ese silencio es para el corazón torturado el más per-suasivo de los consuelos. Poco a poco sentí la dulce influencia que ejerce la luna sobre toda la naturaleza. La calma se hizo en mi espí-ritu y recuperé mis sentidos para admirar la belleza majestuosa del firmamento.

 

No me atrevía a hablar a M. Chabrié por temor de turbar su ensi-mismamiento. Me moví suavemente. Se volteó enseguida y al verme con los ojos abiertos se levantó con precipitación. Después, acercán-dose mucho a mí, me preguntó si deseaba alguna cosa.

 

—Deseo saber, le dije, qué hora es.

 

—Más de las doce.

 

—¡Tan tarde! ¿Por qué no se ha acostado? Usted proyectaba dor-mir todas las noches cuando no tuviese que hacer guardia.

—Así como a usted, señorita Flora, me agrada contemplar las her-mosas noches de los trópicos. Y además, ahora soy su amigo, su viejo amigo que la quiere demasiado para dejarla dormir sobre una jaula de gallinas sin velar cerca de usted.

 

 

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2. La Praia

 

Tomé una de sus manos y la apreté con fuerza entre las mías. —Gracias, le dije, ¡oh, gracias! ¡Cuán agradecida estoy a su buena

amistad! ¡Cuánto bien me ha hecho y cuánto la necesito! Usted tam-bién ha tenido pesares. Yo le ayudaré a consolarse de la perfidia de que ha sido víctima y sus dolores le parecerán ligeros comparados con los míos.

 

—¿Me acepta entonces como amigo?...

 

—¡Oh, sí, lo acepto!...

 

Y besé su frente en un movimiento de reconocimiento que hizo correr mis lágrimas.

Eran cerca de las dos de la madrugada cuando bajé a acostarme. Dormí hasta las diez de la mañana. Me despertó la voz armoniosa de M. Chabrié que cantaba una vieja romanza sobre la amistad. Me levanté. Todo el mundo había ya desayunado. El grumete me sirvió y M. Chabrié, que vino a hacerme compañía, mondó mis naranjas y mis plátanos mientras conversaba con un abandono y una franque-za que a cada instante me hacían quererlo más.

 

Hacia las tres M. David y M. Miota reaparecieron trayendo consi-go al francés de cuya casa venían. M. Miota abrumado de cansancio se acostó. En cuanto a M. David no se quejaba de fatiga, pero estaba muy enfadado porque no se había afeitado desde hacía tres días y su toilette estaba en desorden.

 

Fue necesario cederle la cámara íntegra para que pudiese rehacer por completo su toilette; lo que no fue por lo demás una privación para ninguno de nosotros, pues el puente se había convertido en sa-lón muy agradable gracias al toldo que nos defendía del sol.

 

Las pocas palabras que M. David me había dicho sobre el fran-cés, propietario en esta isla del Cabo Verde, me daban deseos de conversar con él. Era un hombrecillo rechoncho, con rasgos angu-losos, la tez curtida, los cabellos negros y espesos que le caían sobre las sienes. Su vestimenta se parecía a la de uno de nuestros campe-sinos endomingados. Lo abordé con palabras amables, como está uno inclinado a dirigirse a un compatriota a quien se encuentra lejos de su país.

 

 

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Flora Tristán

 

M. Tappe (era este su nombre) se mostró agradado con estas prue-bas de interés y, aunque no era de naturaleza muy locuaz, vi que se animaría de buen grado a contarme su historia.

 

Hacía catorce años que M. Tappe se había establecido en las is-las del Cabo Verde. Le pregunté por qué había escogido una tierra tan árida.

 

—Señorita, me respondió, no soy yo quien la ha escogido. Es Dios, en sus incomprensibles decretos, quien ha querido que permanezca en esta tierra de miseria y de aridez. Fui educado en el Seminario de Passe, cerca de Bayona. El celo religioso con que mi alma se sentía abrasada hizo que mis superiores me distinguieran. Con la caída del usurpador y el restablecimiento de la monarquía, nuestra santa reli-gión había recuperado todo su poderío y en 1819 se decidió escoger, en todos los seminarios de Francia, a los individuos que demostra-ran más abnegación para enviarlos como misioneros a propagar la fe en diferentes puntos del globo y convirtieran a las poblaciones sal-vajes sumidas en la idolatría. Yo fui uno de los designados y salimos hacia donde nos llamaba nuestro apostolado. Nuestra embarcación, al igual que la de ustedes, tuvo necesidad de reparaciones y desem-barcamos en el puerto de la Praia. Mientras estábamos anclados en la rada bajé a tierra, en donde entré en tratos con un viejo portugués. Este me puso al corriente de todos los recursos que podía ofrecer esta tierra. Vi que con muy poco dinero era posible hacer rápidamente una fortuna. Después de esta conversación tomé el partido de cam-biar mi destino y decidí quedarme en esta costa. Pero ¡ay!, Dios, cuyos designios yo respeto, no ha permitido que se realicen mis esperanzas y desde hace catorce años vegeto de la manera más penosa.

 

M. Tappe, al acabar su historia, cruzó las manos sobre el pecho, elevó sus ojillos grises hacia el cielo y recitó a media voz dos o tres frases en latín, que no cito porque no comprendo esa lengua.

 

Tenía curiosidad por saber qué clase de negocio había determina-do a M. Tappe a abandonar el apostolado por los azares de la fortuna. Le pregunté entonces cuál podía ser ese medio que le había seducido para hacer rápidamente fortuna.

 

 

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—Dios mío, señorita, no hay en esta costa sino un solo género de comercio: la trata de negros. Cuando vine a establecerme a esta isla era entonces el buen tiempo. Se podía ganar dinero sin darse mucho trabajo. Durante dos años fue un gran negocio. La prohibición mis-ma de la trata hacía que se vendieran los negros como uno quería. Pero, desde entonces, esos malditos ingleses han insistido tanto en la ejecución rigurosa de los tratados que los peligros y los gastos que ocasiona el transporte de los negros han arruinado por completo el negocio más lucrativo que ha existido. Además, esta industria la ex-plota ahora todo el mundo y no se gana en ella más que cuando se vende fardos de lana o de algodón.

 

M. Tappe me hablaba de todo lo que acabo de referir sucintamen-te con tal naturalidad que me dejó admirada. Contemplaba a aquel hombre y trataba de adivinar en su fisonomía cuál podía ser su pen-samiento. Mas durante todo el tiempo que conversó conmigo su ros-tro no expresó ninguna emoción. Quedó tranquilo e impasible.

 

No hallé palabra para responder a M. Tappe. Experimenté a su vista una de esas repugnancias instintivas y, como no podía librar-me de él de otro modo, bajé a la cámara. Encontré a M. David ves-tido de mañana, sentado a la mesa con su cónsul, quien decidida-mente no podía abandonarlo. Cuando entré arrojó su cigarrillo y me dijo:

 

—Y bien, señorita, ¿qué dice usted del amable compatriota que le he traído? Espero que convendrá conmigo en que se encuentran en las islas del Cabo Verde algunos franceses un tanto pulcros. Ahí tiene usted a un hombre que habla latín mejor que Cicerón. Ese curioso tipo cita a Horacio, a Juvenal o a Virgilio a propósito de los limones verdes o de las coles mal venidas, sin contar los pasajes de las Sagra-das Escrituras. Conoce también el hebreo. Estoy seguro, señorita, que se siente halagada al ver a nuestra bella Francia tan bien representa-da en la costa de África.

 

—Señor David, encuentro en este momento muy mal dirigidas sus bromas. Debía usted ver en la expresión de mi rostro que este hombre me inspira la más profunda repugnancia.

 

 

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—¡Cómo, señorita! Usted, tan grande admiradora de los france-ses, ¿siente repugnancia por un apóstol francés, un santo misionero de los altares?

 

—Acabemos este capítulo, señor. Este hombre no es francés. Es un antropófago bajo la forma de un carnero...

—¡Oh! ¡Qué bien! ¡Ah, señorita, esta verdad es encantadora! Es preciso que traduzca esto al cónsul.

Y, desde aquel momento, el señor Tappe fue llamado el carnero antropófago.

—En realidad, dije, no puedo adivinar, señor David, con qué ob-jeto ha traído usted a bordo a este hombre. En cuanto a mí, daría mucho por no haberlo visto.

 

—Mire, señorita, ¡qué ingrata es usted con los amigos sinceros que la quieren bien! Sin embargo, es para usted, para usted sola que he traído a M. Tappe.

 

—¿Y por qué, señor? ¿Qué derecho tiene usted para exponer ante mis ojos a criaturas inmundas?

—Señorita, para que adquiera por sí misma la prueba de que en-tre los hombres hay criaturas inmundas.

—Y, suponiendo que eso fuese cierto, ¿podría decirme qué gana-ría con saberlo?

—¿Lo que ganaría usted, señorita? Pues, lo que se gana en cono-cer a los enemigos: usted aprendería a desconfiar.

—¡Oh, esa ciencia cuesta demasiado caro! Lo poco que acabo de ver, ha helado toda mi sangre de horror. ¿Será, pues, verdad que se encuentran en el mundo muchos hombres de la especie de aquel con quien acabo de hablar?

 

—Desgraciadamente sí, señorita. Y puesto que estamos en un mo-mento de franqueza me atreveré aún a afirmarle que la mayoría de la raza humana es en todo semejante al honorable M. Tappe.

 

—Si eso fuese verdad enseguida me echaría al mar. Pero, feliz-mente leo en los ojos de M. Chabrié un desmentido formal a lo que su misantropía le hace pronunciar más que ligeramente.

 

 

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2. La Praia

 

—¿Qué le cuenta todavía ese David, señorita Flora?, dijo M. Cha-brié al entrar. Que los hombres son malos, apuesto. Esa es su conti-nuo estribillo y de allí no sale.

 

—Esta vez hago más que decirlo: lo pruebo. Y es para convencer a nuestra amable pasajera que he traído de San Martín al muy santo y muy virtuoso M. Tappe quien comerá con nosotros, si ustedes quie-ren permitirlo.

 

—En eso, David, ha hecho una tontería, como en general no deja usted escapar la ocasión de hacerla. Su M. Tappe me hace el efecto de un voluminoso sapo cuyo veneno salta sobre quienes se le acercan. ¿Qué necesidad tenía de traer a un jesuita de esa laya cuando sabe que es una casta por la que siento horror y a la que más desprecio?

 

—Mi querido amigo, no lo he traído para usted. He querido ha-cérselo ver a la señorita. Me ha parecido una pieza muy curiosa para ser conservada en la libreta de apuntes de una viajera observadora.

 

La conversación comenzaba a tomar un tono agrio. Habría aca-bado como de costumbre, entre M. David y su amigo, con algunas bromas punzantes, si no nos hubiese distraído el grumete que vino a anunciarnos la comida.

 

M. David se acercó entonces a mí y me dijo: —Ahora, señorita, ya no bromeo. Le aconsejo estudiar a este hombre. Voy a colocarlo cerca de usted. Domine un poco su repugnancia. Creo que para un viajero este encuentro es una buena suerte.

 

Cuando se sirvió el primer plato, el antiguo seminarista comió y bebió. Su avidez era tal que no le dejaba tiempo de pronunciar una palabra. Todas las facultades de su ser estaban absorbidas por su pla-to y su vaso. Yo nunca comía el primer plato, así es que tuve mucho tiempo para observar a este hombre notable en su género, como de-cía M. David. Pude conocer en la expresión de sus facciones la pasión dominante en él: la gula. ¡Cómo brillaban sus ojillos a la vista de la enorme pierna de carnero y de las otras presas de carne que nos ser-vían! Sus narices se dilataban. Pasaba la lengua sobre sus labios del-gados y pálidos. El sudor corría por su frente. Parecía estar en uno de aquellos momentos en los cuales el gozo que no podemos contener

 

 

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brota por todos nuestros poros. Este hombre me representaba una bestia feroz. Cuando se hubo saciado, sus facciones readquirieron poco a poco su expresión ordinaria, que era la de no tener ninguna, y comenzó a hablarme en el mismo tono de antes de la comida.

 

—Su capitán, señorita, acaba de darnos una comida muy buena. ¡Co-mer! Esa es la vida. Y yo, en esta isla de miseria, estoy privado de esa vida.

 

—¿No tiene usted nada para comer en esta isla?

 

—No tenemos sino carneros, aves, legumbres, pescado fresco y fruta. —Pero me parece que con todas esas cosas se debe tener un menú

muy conveniente.

 

—Sí, si tuviera un cocinero y todo lo que se necesita para prepa-rar los guisos; pero no hay nada de eso.

—¿Por qué, pues, no le enseña a cocinar a una de sus negras? —¡Ay, señorita! Se ve bien que no conoce usted a la raza negra.

Esas miserables criaturas son tan malas que me es imposible confiar a ninguna de ellas ese trabajo sin correr el riesgo de ser envenenado.

—Entonces las trata usted muy duramente para que sientan tan-to odio y alimenten tanta animosidad contra su amo.

—Las trato como es preciso tratar a los negros, si se quiere ser obedecido: a latigazos. Le aseguro, señorita, que para manejar a esos bribones se tiene más trabajo que con los animales.

 

—¿Cuántos tiene usted actualmente?

 

—Tengo dieciocho negros, veintiocho negras y treinta y siete ne-gritos. Desde hace dos años los negritos se venden muy bien, pero cuesta mucho trabajo deshacerse de los negros.

 

—¿En qué ocupa usted a esa gente?

 

—En cultivar mi chacra, en cuidar mi casa. Todo está muy bien cuidado, pregunte a esos señores.

—M. David me ha dicho que es usted casado, ¿es feliz en su matrimonio?

—Me vi obligado a casarme con una de esas negras para asegurar mi vida. Ya habían tratado de envenenarme tres veces. Temía morir y pensé que casándome con una de aquellas mujeres ella tomaría in-terés por mí, sobre todo si le hacía creer que todo lo mío le pertenecía

 

 

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2. La Praia

 

también a ella. La hago cocinar y la obligo a probar delante mío lo que me sirve de comer. Encuentro en esta precaución una gran segu-ridad. Con esta mujer tengo tres hijos, a quienes ella quiere mucho.

 

—Entonces ya no puede pensar en regresar alguna vez a Francia, pues ya está usted vinculado a este país.

—¿Por qué? ¿Acaso por esa mujer? ¡Oh! Eso no me inquieta. Cuan-do haya realizado mi pequeña fortuna traeré aquí a esa negra, un día en que el mar esté muy agitado y le diré: Yo regreso a mi país, ¿quie-res seguirme?... Como todas estas mujeres tienen gran miedo al mar, estoy seguro de que se negará a ello. Entonces le diré: mi querida ami-ga, ves que cumplo con mi deber. Te propongo llevarte conmigo. Te niegas a obedecer a tu marido, soy demasiado bueno para obligarte por la fuerza, te deseo toda clase de felicidades... y me voy.

 

—¿Y qué será de esa pobre mujer?

 

—¡Oh! No tema usted nada. No ha de compadecerla. Venderá a sus hijos, de los que sacará un buen precio, y después podrá encon-trar otro marido a quien servirá para tener alimentos. Es una moza soberbia que solo tiene 26 años.

 

—Pero señor Tappe, esa mujer es su esposa delante de Dios, es la madre de sus hijos, ¿dejará a todos esos seres a merced de quien quie-ra comprarlos en la plaza pública?... Esa es una acción atroz...

 

—Señorita, es una acción semejante a las que se cometen cada día en nuestra sociedad.

Yo estaba de color púrpura, tal era la indignación que me sofo-caba. M. Tappe lo notó, me miró con asombro, refunfuñó de nuevo algunas frases en latín y me dijo con una sonrisa malvada:

 

—Señorita, es usted todavía muy joven. Creo notar que ha visto poco el mundo. Le aconsejo conocerlo más, pues es bueno saber con qué gentes se vive, sin lo cual todos nos engañan.

 

Después de la comida, M. Tappe regresó a la ciudad. Cuando estu-ve a solas con M. David me dijo:

—Pues bien, ¿qué piensa usted del alumno de aquellos señores del célebre seminario de la Passe?

—M. David, le repito, habría preferido no ver a aquel hombre.

 

 

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Flora Tristán

 

—Señorita, le ruego excusarme si con el deseo de servirla le he ocasionado algunos momentos desagradables. Pero es usted dema-siado racional para no sentir que tarde o temprano será preciso re-solverse a conocer el mundo en medio del cual está uno obligado a vivir. La sociedad, convengo en ello, no es muy hermosa cuando se la ve de cerca, pero es importante conocerla tal cual es.

 

Transcurrió una semana sin que regresara a la ciudad. Me lo im-pedía mi aversión por el olor de los negros. Sin embargo, la cortesía me hizo dominar mi repugnancia y resolví hacer las visitas de despe-dida a la señora Watrin y al cónsul.

 

En casa del cónsul me esperaba el espectáculo de una de aquellas es-cenas bochornosas de atrocidad, tan frecuentes en los países donde toda-vía subsiste ese monstruoso ultraje a la humanidad que es la esclavitud.

 

Ese joven cónsul, representante de una república, ese elegante americano tan gracioso conmigo, tan amable con M. David, no era sino un amo bárbaro. Lo encontramos en la sala baja golpeando con un garrote a un negro extendido a sus pies, cuyo rostro estaba cu-bierto de sangre. Hice un movimiento para ir a defender de su opre-sor a ese negro a quien la esclavitud paralizaba las fuerzas.

 

El cónsul encargó a M. David que nos explicara por qué golpea-ba a su esclavo. El negro era ladrón, embustero, etc. ¡Como si el más enorme de los robos no fuese aquel de que es víctima el esclavo! ¡Como si pudiese existir una virtud para aquel que no puede tener una voluntad! ¡Como si el esclavo debiese algo a su amo y no estuvie-se, por el contrario, con derecho de intentar todo contra él!

 

No. No podría describir la dolorosa impresión que me produjo este horroroso espectáculo. Me imaginaba ver a ese miserable de M. Tappe en medio de sus negros. ¡Dios mío!, pensaba ¿Tendrá razón M. David? ¿Todos los hombres serán malvados? Esas reflexiones trastornaban mis ideas morales y me sumían en una negra melancolía. La desconfianza, esa reacción contra los males que hemos sufrido o de los que hemos sido testigos, ese fruto acre de la vida, nacía en mí, y comenzaba a temer que la bondad no fuese tan general como había pensado hasta entonces. En camino hacia la casa de Mme. Watrin, examinaba con mucha atención

 

 

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2. La Praia

 

todas las caras negras y curtidas que se presentaban ante mí. Todos aque-llos seres, con escasos vestidos, ofrecían un aspecto repugnante: los hom-bres tenían una expresión de dureza, a veces hasta de ferocidad, y las mujeres, de necedad y de descaro. En cuanto a los niños, eran horribles de fealdad, completamente desnudos, flacos, enclenques. Se les habría tomado por monos pequeños. Al pasar delante del municipio vimos a algunos soldados ocupados en golpear a unos negros por orden de los dueños a quienes pertenecían. Esta crueldad, que estaba dentro de las costumbres de la población, redobló el humor sombrío que la escena del consulado me había causado. En casa de Mme. Watrin me quejé a esta señora, que parecía tan buena, de todos los actos de barbarie que había visto cometer en la ciudad. Sonrió y me respondió con su dulce voz.

 

—Concibo que para usted, crecida con otras costumbres, estos hábitos le parezcan extraordinarios. Pero si estuviese aquí ocho días no pensaría más en ello.

 

Esa sequedad, esa dureza, me sublevaron. Estaba impaciente por hallarme lejos de toda aquella gente.

La víspera de nuestra partida cedí a las importunidades del ca-pitán Brandisco y fui a hacerle una visita a bordo de su goleta. Me acompañaron M. David y Briet, pues M. Chabrié no sentía ninguna simpatía por el pobre capitán veneciano.

 

Ese Brandisco era también un original en su especie. Trataba de ha-cerse el interesante delante mío y no creo conveniente desdeñar su des-cripción. Era un hombre de 50 años, flaco y endeble, nacido en Venecia. Desde la edad de 6 años recorría todos los mares. Había sido grumete, marinero, capitán y propietario de navío. Por largo tiempo fue servidor de la esposa del Dux; posteriormente se había lanzado al gran océano su-friendo diversas alternativas de fortuna. Hablaba todas las lenguas, pero todas tan mal que apenas se le podía comprender y, a pesar de todo, era un hablador inagotable. Nos tomó gran simpatía, sobre todo a mí porque decía que yo era la compatriota de su mujercita; era así como llamaba a su esposa. El capitán Brandisco nos contó su historia: de simple gondole-ro había logrado adquirir una fortuna y una vez rico quiso serlo aún más y se había arruinado.

 

 

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—Sí, nos dijo un día, he tenido un hermoso barco de tres más-tiles y de 800 toneladas, cargado de tal manera que las cadenas de los obenques tocaban el agua. Pero fui robado por esos perros de los ingleses. Esos piratas me desvalijaron.

 

—¿En qué paraje?, preguntó M. Chabrié ¿Y cuál era su carga? —Tenía a bordo toda mi fortuna, respondió evitando contestar la

pregunta. Era mi último viaje. ¡Ah! ¡Los tunos de los ingleses! Los veo todavía con sus uniformes rojos. Esos bribones son los bellacos más desvergonzados que Satanás ha puesto en el mundo. No contentos con robarme, los malvados me amarraron y me llevaron a Inglaterra.

 

—Que el diablo me lleve si le comprendo a usted, con su hablar ex-travagante, replicó Chabrié. Lo que creo adivinar, capitán Brandisco, es que su hermoso barco de tres mástiles era sencillamente un negrero, y el pirata que le robó, una fragata inglesa que lo apresó ¿no es eso?

 

—Tal como usted lo dice, capitán. Ese infernal gobierno inglés me tuvo en prisión durante dos años. Me soltaron al fin, pero los muy ladro - nes se quedaron con mi barco y con todos mis negros. ¡Es una infamia!

 

Y Brandisco se puso a llorar.

 

—Después de haber salido de las prisiones de Inglaterra recibí una pequeña herencia. Fui a París donde conocí a mi linda mujercita de la calle de Saint-Denis. Me casé y ella me aconsejó que viniera a comerciar en Sierra Leona. Desde que estoy en este país he tenido también muchas desgracias y he abandonado casi por completo la trata. Dios no quiere que tenga éxito en vender esos perros de ne-gros. Ahora hago mi pequeño negocio, un poco de contrabando. Mi mujercita tiene una tienda bien puesta y es muy ordenada, así es que podré, dentro de cuatro o cinco años, regresar a mi hermosa Venecia.

 

La goleta de Brandisco era de 30 a 40 toneladas. Me costó mucho tra-bajo subir a ella. El negrazo que me recibió era espantoso por sus propor-ciones hercúleas unidas a un aire de ferocidad. Tuve también mucha di-ficultad para bajar a la cámara. La entrada a esta era un hueco cuadrado al que se arrimaba una escalera pequeña colocada perpendicularmente. M. Briet bajó primero y facilitó mi introducción en aquella jaula. Solo podían caber tres personas y M. Briet no podía permanecer en pie.

 

 

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2. La Praia

 

El capitán Brandisco estaba en el colmo de la dicha. Nos recibió lo mejor que pudo, nos ofreció muy buen ron, excelente café y galletas. Tenía de todo en abundancia. Quería absolutamente que yo aceptase unos collarcitos de vidrio que los negreros tienen siempre en canti-dad a bordo, pues África acepta adornos de esta calidad a cambio de sus hijos. Me contenté con tomar un vaso de Bohemia para no des-contentarlo. Después de habernos hablado de su mujercita y de su antigua riqueza, vino a su negocio.

 

—Ahí tengo, nos dijo, dos lindos negritos que serían muy con-venientes para ustedes. Son buenos, honrados, bien educados, fuertes y sanos. ¡Cok!, gritó. Enseguida un negro joven, como de 15 o 16 años, saltó a la cámara y quedó inmóvil delante de nosotros. El miserable Brandisco se puso a elogiar su mercadería mostrán-donos por todos lados a ese ser humano, como hubiese podido hacerlo un chalán con un potro joven. Este acto de barbarie tra-jo presentes a mi espíritu todos los males de la esclavitud, odio-so cuadro que ya me había ofrecido la Praia. Rogué a M. David que regresáramos.

 

Antes de dejar su barco, M. Briet pidió al capitán Brandisco que hi-ciese subir toda su gente al puente para que yo viese de qué clase de hombres se componía su tripulación. Había ocho negros, todos altos y fuertes, quienes de un solo puñetazo hubiesen podido aplastar a su amo. Cuando nos alejamos de esta débil embarcación, dije a M. David:

 

—Lo que no puedo explicarme en este hombre es esa mezcla de atrevimiento y bajeza. ¿Sabe usted que se necesita valor para vivir a bordo con ocho negros a quienes maltrata y que podrían muy bien, si la venganza los empujara, torcerle el cuello y arrojarlo al mar?

 

—Sí. Sin duda se necesita cierto valor. Convengo en que en su lu-gar no dormiría tranquilo, pero la avaricia es un motor tan poderoso que los hombres exponen diariamente su vida con la esperanza de adquirir oro.

 

La Praia tiene cerca de 4 mil habitantes durante la estación de las lluvias. En los meses de junio, julio y agosto esta población disminu-ye a causa de la insalubridad del clima.

 

 

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El único comercio que se hace es la trata. No existe ningún pro-ducto para la exportación. Los habitantes de la Praia cambian negros por harina, vino, aceite, arroz, azúcar, otros comestibles y objetos manufacturados que necesitan. Esta población es pobre, se alimenta muy mal y la mortalidad es considerable a causa de las numerosas enfermedades a las que están expuestos sus habitantes.

 

Por fin, después de haber permanecido diez días en la Praia para reparar nuestro barco volvimos a navegar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En los ocho primeros días estuve tan enferma como al salir de Bur-deos. Mi enfermedad tomó después un curso regular. Sentía náuseas todas las mañanas y me encontraba mejor al mediodía. Desde las dos hasta las cuatro tenía un fuerte malestar y desde las cuatro de la tarde hasta la mañana siguiente me sentía completamente bien. Este estado continuó diariamente hasta nuestra llegada a Valparaí-so. Pero cuando el mar se encrespaba estaba enferma día y noche sin interrupción.

 

Catorce días después de nuestra salida de la Praia llegamos a las regiones de la línea equinoccial, allí comenzaron nuestras grandes miserias.

 

Nuestro barco, que se reparó con cuidado, ya no hacía agua. Pero resultó de esto un grave inconveniente. Nos venía de la cala un fuer-te olor ocasionado, según pensábamos, por la putrefacción del agua que había quedado y que el mar no renovaba. Fue preciso abandonar nuestros camarotes, pues no podíamos permanecer en ellos sin co-rrer el riesgo de asfixiarnos.

 

Experimentamos durante doce días los sufrimientos más terri-bles. Como no podíamos bajar a la cámara fue necesario resolvernos a permanecer día y noche en el puente. Teníamos de continuo tor-menta y lluvia con cuartos de hora de intervalo y, además de esto, el sol ecuatorial lanzaba verticalmente sus rayos sobre nuestras

 

 

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Flora Tristán

 

cabezas. El calor era intolerable y no podíamos poner el toldo para preservarnos a causa de la frecuencia de los cambios del viento. Cada uno de nosotros trataba de acurrucarse en un rincón del puen-te lo mejor que podía para tener un poco de sombra. Mas nuestros es-fuerzos eran vanos y no podíamos lograr ponernos al abrigo del sol o de la lluvia. Daba compasión vernos tan mojados, como si el mar nos hubiese cubierto con sus olas, abatidos por el calor, la fatiga y el sue-ño. La provisión de agua estaba contenida en barriles que, colocados sobre el puente, se calentaban a tal punto con el ardor del sol, que el agua era más que tibia. Teníamos la boca seca, ardiente. Sentíamos como una especie de rabia.

 

A pesar de los cuidados y las amabilidades que esos señores del “Mexicano” tuvieron para conmigo en esta ocasión, así como duran-te todo el viaje, creí que sucumbiría al cansancio, que me abrumó al pasar la línea. M. Chabrié había hecho desfondar un tonel vacío y este me servía de defensa. Por medio de esta casa movediza me hallé, por excepción, garantizada a la vez del sol y de la lluvia. M. David me había prestado sus botas. M. Briet se había privado de su gran capote de piel de pescado para prestármelo. Este capote, hecho en la China, era un trabajo soberbio, impermeable y excesivamente livia-no. M. Chabrié me había dado un gran sombrero de hule igualmente impermeable. Así disfrazada estaba cual nuevo Diógenes, instalada en mi tonel, haciendo tristes reflexiones sobre la condición humana. M. David, que tiene un secreto suyo para soportar el calor y el frío con la misma serenidad, estaba siempre ágil, alegre y bien puesto. Estos señores no usaban sino camisa y pantalón. Solo M. David tenía corbata, medias y una casaca de tela blanca. Él y nuestro cocinero1 eran, cada cual en su esfera, el alma del navío. Nada podía abatirlos. M. David tenía mil atenciones para con nosotros. Nos hacía refrescar el agua en botellas que sumergía en el mar, nos preparaba limonada

 

 

1   Cuando se presentó para servir durante el viaje, M. Chabrié le observó que el oficio de cocinero abordo era muy penoso, mas él respondió: “¡Capitán!, esté usted tranquilo, conozco mi oficio y, además, para mí el mar es mi elemento”. [N. de la A.].

 

 

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3. La vida a bordo

 

con los limones agrios que el piadoso Tappe nos había vendido como de buena calidad y hacía dar a uno sopa, a otro plátanos, a este té, a aquel otro un ponche. En fin, era el enfermero de todos.

 

Permanecimos más o menos diecisiete días en los parajes del Ecuador. Poco a poco la infección desapareció. Se limpió perfecta-mente la cámara y se quemó espicanardo y vainilla. Cada uno daba todo lo que tenía en materia de perfumes a fin de aromatizar esta cámara que era como la capital de nuestro imperio.

 

Como la tripulación del “Mexicano” se componía de hombres civilizados no hubo bautismo al pasar la línea. El navío, que hacía su primer viaje, fue lanzado del astillero sin bautizarlo y por consi-guiente no había tenido padrino ni madrina. Habíamos zarpado un viernes y el capitán no quería celebrar el bautizo: tres acontecimien-tos importantes que hacían decir a Leborgne, el verdadero marinero, que sus hermanas podrían ver florecer los cerezos dos estaciones se-guidas antes de que viésemos tierra. Nadie se atrevió a contradecir la orden del capitán, pero se tramó una conspiración en el castillo de proa, encabezada por el cocinero. Este, a nombre de Neptuno, de quien se titulaba secretario, escribió una carta al capitán. Leborgne se encargó de entregarla. Revestido de una lona empapada de agua, tenía cierta apariencia de mensajero del dios de las olas.

 

Lamento no haber conservado esta carta. El estilo, la ortografía y el pensamiento eran característicos.

El astuto cocinero expresaba la ira que el dios sentía al ver su imperio atravesado por ciertos capitanes filósofos. Amenazaba con tragarlos a menos que quisiesen prestarse de buena gracia a pagar el tributo que le debían. Nuestro capitán comprendió muy bien el inge-nioso apólogo y, con el fin de apaciguar el enojo de Neptuno, envió a sus dignos representantes vino, aguardiente, pan blanco, un jamón y una bolsa en la que cada uno de los que pasaban la línea por primera vez depositaron una moneda. Nos pareció que el dios se había mos-trado muy sensible a todos estos dones, pues escuchamos en medio de los cantos de sus servidores las voces chillonas del cocinero y de Leborgne que sobresalían de la manera más discordante.

 

 

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Entre la línea y el cabo de Hornos tuvimos días más o menos buenos. Entonces fue cuando admiré con entusiasmo la salida del sol con toda su magnificencia. ¡Qué espectáculo en esta zona! Y con todo, la puesta del sol me parecía aún más grandiosa. ¡El ojo humano no puede ver nada más sublime, grandiosidad más divina, belleza más deslumbradora que la puesta del sol en los trópicos! No trataré de describir los efectos mágicos de luz que producen sus rayos sobre las nubes y sobre las olas. La palabra carece de color para pintarlo. El pincel da vida para animar la pintura. Esos espectáculos encantan y elevan el alma hacia el Creador, pero no está dado al hombre repro-ducir las emociones que producen.

 

Después de una hermosa puesta de sol me gustaba quedarme en el puente una parte de la noche. Me sentaba en un extremo del na-vío y allí, conversando con M. Chabrié, contemplaba con vivo placer los dibujos de la luz fosforescente que brotaba del movimiento de las olas. ¡Qué brillante cometa arrastraba nuestro barco en pos de sí! ¡Qué riqueza de diamantes levantaban esas locas ondas en sus jue-gos! Me gustaba también ver las bandas de marsopas que venían a lo largo de la embarcación y dejaban tras sí las huellas de su carrera, en largos espirales luminosos que iluminaban vastos trechos de mar. Después llegaba la hora de la salida de la luna. Su claridad invadía poco a poco el imperio de la noche. Los resplandecientes diamantes se iban al fondo del abismo y, atravesadas por los rayos del astro, las olas, deslumbradoras de reflejos, centelleaban como las estrellas en el firmamento.

 

¡Cuántas tardes deliciosas he pasado así, sumida en la más dul-ce contemplación! M. Chabrié me hablaba de las penas que habían atormentado su vida, pero sobre todo de la última decepción que le había destrozado el corazón tan cruelmente. Sufría y la semejanza de sufrimientos establecía, aún a pesar nuestro, un lazo de simpatía de los más íntimos. Cada día M. Chabrié me quería más y cada día yo sentía también un bienestar indecible en sentirme amada por él.

 

Llegó el cabo de Hornos con todos sus horrores. Ha sido ya obje-to de muchas descripciones y me creo dispensada de hablar de él a

 

 

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3. La vida a bordo

 

mis lectores. Que les baste saber que la temperatura varía de 7 a 20 grados, según la estación y la latitud por la que se dobla el cabo. No-sotros lo pasamos por los 58 grados de latitud y en los meses de julio y agosto, lo que nos dio de 8 a 12 grados de temperatura. Tuvimos un poco de nieve, granizo y hielo.

 

Fue allí donde sufrimos una segunda serie de miserias. El mar en los parajes del cabo de Hornos es constantemente espantoso. En-contramos casi en todas partes vientos contrarios. El frío paralizaba las fuerzas de nuestros tripulantes, aun de los más fuertes. Nuestros marineros eran todos jóvenes y vigorosos y, sin embargo, a muchos de ellos les salieron forúnculos; otros se hicieron mucho daño al res-balar sobre el puente. Hubo uno que se dejó caer sobre el cabrestante desde el mástil de la cofa y se dislocó el hombro. Aquellos que tenían salud resistente estaban abrumados de fatiga por la necesidad de ha-cer la tarea de los que se encontraban fuera de servicio. Para colmo de males, esos desgraciados no usaban la cuarta parte de las ropas necesarias. La indiferencia que da a los marineros la vida aventurera hace que cuando emprenden un largo viaje no piensen en proveerse de los vestidos indispensables para defenderse del calor y del frío. Sucede a veces que en el Ecuador les hacen falta vestidos ligeros y en el cabo de Hornos solo tienen dos camisas de lana por todo repuesto, y lo demás de la indumentaria en la misma proporción. ¡Ah! Es allí donde he visto en lo que tienen de más horrible los males que pueden azotar al hombre. He visto a marineros cuya camisa de lana y cuyo pantalón se helaron sobre ellos y no podían hacer un movimiento sin magullar su cuerpo por el frotamiento del hielo sobre sus miem-bros ateridos de frío. Las cabinas donde estos desgraciados tenían sus lechos estaban llenas de agua (como sucede de ordinario durante el mal tiempo en el castillo de proa de los barcos pequeños) y no te-nían otro sitio para descansar. ¡Oh! ¡Qué doloroso espectáculo ver a los hombres reducidos a tal estado de sufrimiento!

 

El ministro de marina podría prevenir las desgracias que resultan de la miseria del marinero obligando a los comisarios de marina, de los puertos por donde se pasa, a que juntamente con los capitanes

 

 

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revisen las ropas antes del embarque. Los reglamentos serán siempre impotentes mientras no se provean los medios de asegurar su rigurosa ejecución. A bordo de las naves del Estado, el vestuario del marinero es objeto de frecuentes inspecciones. Se le proporciona los vestidos que el reglamento exige usar, sin que pueda oponerse a esto porque se re-tiene el precio de ellos sobre su sueldo. ¿Por qué no ejercer la misma vigilancia a bordo de las embarcaciones de la marina mercante?

 

La imprevisión del marinero o su indiferencia, aun hacia los ma-les contra los que debe luchar, le asimila a la infancia. Es preciso prever por él. Nuestro interés, tanto como la humanidad, nos obli-ga a hacerlo. El sufrimiento físico llevado al extremo desmoraliza al hombre a tal punto que no se puede obtener de él ningún servicio. Los señores del “Mexicano” me han referido diversos ejemplos. En el cabo de Hornos ha sucedido a varios capitanes que se han visto forzados a dar órdenes con una pistola cargada en cada mano para hacerse obedecer, pues los marineros se negaban a subir a las cofas. El frío excesivo hace caer al marinero en una desmoralización que lo vuelve absolutamente inerte. Resiste las súplicas, soporta los golpes sin que nada pueda hacerle mover. Algunas veces se les hielan los dedos a esos desgraciados y si entonces se encuentran en las cofas se dejan caer con riesgo de matarse, tan adoloridas o entumecidas sienten las manos. Si esos hombres estuviesen bien abrigados, si tu-viesen un capote impermeable para preservar de toda humedad su ropa de lana podrían, con una alimentación conveniente, soportar cualquier grado de frío. Lo que ocurrió en nuestra embarcación me dio la prueba de lo que afirmo. Cinco de nuestros hombres estaban bien equipados y cuatro en la mayor desnudez. Los cinco que tenían abrigo suficiente toleraron el frío sin enfermarse, mientras que los otros cuatro quedaron fuera de servicio por los males que cogieron. Tenían fiebre continua, sus cuerpos se cubrieron de abscesos. No po-dían comer y se encontraron reducidos a tal estado de debilidad que temimos por sus vidas.

 

Fue nuevamente durante esta terrible crisis de dolor y de fati-ga cuando se mostró en toda su extensión la indomable energía de

 

 

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nuestro valiente capitán. Siempre sobre el puente, animaba a sus hombres con el ejemplo y sus dulces exhortaciones. Daba uno de sus capotes y sus guantes al hombre que estaba en el timón; un sombre-ro a este, un pantalón a otro, botas, medias, camisas, en fin, todo lo que podía dar. Enseguida iba a visitar a los enfermos en el castillo de proa, los curaba, los consolaba y los reanimaba.

 

—¡Bueno, muchachos!, les decía al entrar ¿Cómo estamos hoy? ¿Desa-parecieron ya esos abscesos canallas?... De ti, Leborgne, se dice que bebes el mar con todos sus peces, ¡quizá te has acalorado, muchacho!

 

—¡Acalorado, capitán!, si es todo lo contrario: tirito.

 

—Pero, animal, tiritas porque tienes fiebre.

 

—¡Oh! ¡Sí, y bien alta! Pero, capitán, siempre había oído decir que se tenía calor con la fiebre y yo estoy helado.

—¿Cómo no vas a estar helado con tu camisa rosada, imbécil? Pero ¿estabas loco cuando te embarcaste para pasar el cabo de Hor-nos con esta sola camisa de algodón y un mal pantalón?

 

—¡Qué quiere, capitán! Detesto los equipajes. Encuentro que todo eso molesta a bordo; y luego, el verdadero marinero debe ser como el caracol que lleva todo consigo.

 

—¡Desgraciado! Es por semejantes ideas que has llegado a los 38 años sin tener por todo bien más que una camisa rosada y un pantalón de tela.

 

—¡Capitán! Eso basta al verdadero marinero, que hace su servicio por gusto y que solo vive para conocer nuevos países, ¡y vaya que he conocido países!

 

—¡Y eso te ha hecho más rico!

 

—Capitán, ¿acaso el verdadero marinero piensa en ser rico? —Vamos, muchachos, ahora que están curados y algo limpios, les

voy a mandar la sopa y un guiso de la mesa. Aquí tienen chocolate y tabaco para mascar que la señorita Flora me ha dado para ustedes. Ella les recomienda tener paciencia con sus males y pedirle lo que pueda gustarles, con el fin de enviárselo.

 

—¡Gracias, capitán, gracias! Diga usted a esa buena señorita que le es-tamos muy reconocidos por su tabaco. El tabaco es el alma del marinero. Capitán, esté tranquilo, antes de ocho días estaremos en el puente.

 

 

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Cada vez que M. Chabrié regresaba de ver a sus enfermos me refe-ría las conversaciones que había tenido con esos hombres de natura-leza tan especial. Hay que haber vivido entre los marineros y haberse tomado el trabajo de estudiarlos para poder imaginar el orden extra-ño de ideas que tienen en la cabeza.

 

El verdadero marinero, como decía Leborgne, no tiene patria ni familia. Su lenguaje no pertenece, en sentido propio, a ninguna na-ción. Es una amalgama de palabras que ha tomado de todas las len-guas, de la de los negros y de la de los salvajes de América, así como de la de Cervantes y la de Shakespeare. No tiene más vestidos que los que lleva puestos, vive al azar sin inquietarse por el porvenir. Recorre la vasta extensión de los mares; vaga en el seno de las selvas por las poblaciones salvajes o gasta en pocos días, en algún puerto y con mu-jeres públicas, el dinero que ha ganado penosamente durante una larga travesía. El verdadero marinero deserta cada vez que puede y pasa sucesivamente a bordo de las naves de todas las naciones, visita todos los países, satisfecho de ver y sin tratar de comprender nada de lo que ve. Es un pájaro viajero que descansa algunos instantes en los árboles que encuentra en su camino pero que no se fija en ningún bosquecillo. El verdadero marinero no se apega a nada, no tiene nin-gún afecto, no quiere a nadie, ni siquiera a sí mismo. Es un ser pasivo que sirve a la navegación, pero tan indiferente como el ancla en rela-ción con la playa en donde fondea la embarcación. Al llegar al puerto abandona su nave y el salario que se le debe, va a tierra y vende hasta su pipa para ir a comer con alguna mujer, y a la mañana siguiente se enrola de nuevo en el primer navío inglés, sueco o americano que ne-cesite sus servicios. Si en su peligrosa carrera le preserva el mar, si su salud resiste los excesos y fatigas, si sobrevive a todos los males que lo asaltan y llega a ese estado de vejez que no le deja ya fuerzas para largar una escota, se resigna a quedar en tierra. Mendiga su pan en el puerto en donde le dejó su último viaje. Come ese pan en la playa, al sol, y contempla el mar con amor: es el compañero de su juventud. Le trae a la memoria numerosos recuerdos. Gime ante su impotencia y va a morir a un hospital.

 

 

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3. La vida a bordo

 

Esa es la vida del verdadero marinero. Leborgne me ha servido de modelo, pero como todo degenera en nuestra sociedad, ese tipo se pierde más cada día. Ahora los marineros se casan, llevan consigo una maleta bien provista, desertan menos, porque no quieren perder sus efectos ni el dinero que se les adeuda, ponen su amor propio en ser en-tendidos en su profesión, tienen ambición por hacer fortuna y cuando sus esfuerzos para alcanzar este objeto no tienen éxito, acaban su vida laboriosa en las embarcaciones o lanchones de los puertos de mar.

 

El frío del cabo de Hornos, además de sus funestos efectos sobre la salud del marinero, ejerce una influencia fatal sobre la moral, aun de aquellos que adoptan las mayores precauciones para preservarse de sus ataques. Los oficiales, que tienen sus camarotes bien secos y están provistos de todo cuanto la industria humana ha podido in-ventar para precaverse del frío y de la humedad, no sufren como el marinero hasta el punto de enfermar, mas la aspereza de la tempe-ratura los torna morosos. La extrema dificultad que sienten en ver ejecutadas las órdenes, la vista de los sufrimientos de sus hombres, la energía que exige el cumplimiento de sus deberes, las fatigas ex-tremas que resultan de ello, todas esas causas reunidas los irritan. Su humor se hace desagradable y los caracteres más dulces, al cabo de un mes de permanencia en aquellos parajes se vuelven insopor-tables. M. Briet, que desde hacía diez años no había abandonado las costas del Perú y de California, donde el cielo es siempre puro y la temperatura tibia, no podía acostumbrarse a las nieves y hielos del cabo. M. Miota, muy friolento, habituado a todas las dulzuras de la vida de París y cuya salud era muy delicada, sufría horriblemente. Cesáreo y Fernando echaban de menos el hermoso cielo de Andalu-cía. Solo don José soportaba el frío sin decir palabra. En cuanto a M. David, tenía su punto de honor en parecer insensible, pero la inso-ciabilidad de su humor probaba demasiado a las claras que sufría tanto como nosotros. M. Chabrié estaba más brusco y desigual que de ordinario, y yo estaba tan caprichosa e irritable que la menor con-trariedad provocaba mis lágrimas o mi cólera. El único individuo que se mostró siempre igual fue el cocinero. No varió un solo día y

 

 

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fue admirable por su alegría y su valor. Encontraba medio de cocinar a pesar del tiempo espantoso que volcaba sus hornillos. Cuidaba a los marineros, ayudaba al grumete en el servicio de la cámara, daba una mano a la maniobra cuando se necesitaba y a veces hasta hacía guardia por la noche. Durante toda la travesía no tuvo un minuto de malestar, aunque al verlo pequeño, flaco y pálido se le hubiese to-mado por un hombre débil. Era de Burdeos, pero como había hecho en París su aprendizaje de cocinero había adquirido los modales del parisién. Era un gran hablador y lector de novelas; había servido de cocinero a bordo de una fragata del Estado y atravesado el cabo de Buena Esperanza.

 

Como navegábamos en julio y agosto, en la extremidad meridio-nal de América, no teníamos sino cuatro horas de luz y cuando no brillaba la luna estábamos durante veinte horas sumidos en una pro-funda oscuridad. Esas largas noches aumentan las dificultades y los peligros de la navegación y son causa de numerosas averías. Los mo-vimientos violentos del navío y el silbido horroroso de las olas qui-tan toda facultad para ocuparse de cualquiera otra cosa. No se podía leer, ni pasear, ni siquiera dormir. ¿Qué hubiera sido de mí durante las seis semanas de crueles sufrimientos que tuvimos que soportar en aquellos sitios, si abandonada a mis propias fuerzas mi alma no hubiese estado confortada por el suave y puro afecto de M. Chabrié?

 

Antes de subir al puente a hacer su guardia, M. Chabrié se acerca-ba a mi lecho y me preguntaba con su voz a veces tan dulce:

—Señorita Flora, dígame, le suplico, algunas palabras de buena amis-tad, para que pueda yo soportar cuatro horas de frío, de nieve y de hielo.

—Mi pobre amigo, ¿seré tan feliz como para que mi amistad pue-da aligerar sus males? ¡Ah! Entonces es toda suya. Pero ¿sabe usted que es volverme Dios decir que yo puedo disminuir sus sufrimientos?

 

—Y bien, señorita Flora, usted es Dios, al menos para mí. Tal es el poder que usted ejerce sobre todo mi ser, que basta una palabra suya, una de sus miradas, una de sus sonrisas, para aumentar mi fuerza y sostener mi valor. Subo allá arriba y durante cuatro horas pienso en usted y no siento frío.

 

 

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3. La vida a bordo

 

—¡Cuántas mujeres en mi lugar estarían halagadas al oír estas palabras! Llenan mi corazón de alegría. Se las agradezco, Chabrié; conservaré el recuerdo de ellas toda mi vida. Suba, querido amigo, y, puesto que pensar en mí le hace feliz, persuádase bien de que la amistad que siento por usted aventaja mucho, aunque sea diferente en naturaleza, al amor con que otras mujeres lo han amado.

 

Diciendo estas palabras le apretaba la mano y le ponía los guan-tes. A veces también lo besaba en la frente al arreglarle la corbata para precaverle del frío. Me gustaba rodearle de estos cuidados y ca-ricias, como si hubiese sido mi hermano o mi hijo.

 

Siento aquí la dificultad de la tarea que me he impuesto, no por-que algo de lo que digo sea para mí causa de arrepentimiento, sino porque temo que la descripción de un amor verdadero por un lado y de una amistad pura por el otro sea en este siglo materialista acu-sada de inverosímil. Temo encontrar muy pocas personas cuya alma en armonía con la mía crean en mis palabras. Además, antes de co-menzar este libro, he examinado atentamente todas las consecuen-cias posibles de mi narración y, por penosos que fuesen los deberes que mi conciencia me imponía, mi fe de apóstol no ha vacilado. No he retrocedido ante su cumplimiento.

 

M. Chabrié, de naturaleza sensible, no pudo ver mis sufrimientos sin conmoverse profundamente. De la amistad pasó al amor, como sucedería a casi todos los hombres de su edad que hubiesen tenido que vivir con una mujer joven en la intimidad de la vida de a bordo durante cinco meses.

 

Creo que en el mar el corazón del hombre es más amante. Perdido en medio del océano y separado de la muerte por una débil tabla, re-flexiona sobre la inestabilidad de las cosas humanas. Su vida pasada se representa ante él y entre los sentimientos que le han agitado no ve sino uno solo que conserva todavía recuerdos de felicidad para él: es el amor. El hombre pronto a dejar la vida reconoce todo el vacío de la ambición, toda la esterilidad de la gloria. Siente nacer el has-tío de las grandezas y la saciedad de la riqueza. Pero la impresión de los amores de su juventud derrama sus encantos hasta los últimos

 

 

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instantes de su existencia. Cree instintivamente que encontrará en un mundo mejor a los seres que tuvieron sus afectos. A bordo, los seres tiernos y religiosos tienen el corazón más amoroso y la fe más viva. Aislados de todos los círculos sociales de la tierra y en presencia de la eternidad sienten el deseo de amar y de creer, ambos sentimien-tos se depuran de toda mundana aleación.

 

M. Chabrié era uno de aquellos seres. Había tomado la resolución de no amarme sino con amistad, pero el amor entró en su corazón a pesar de su voluntad. Debo decir que lo extraño de nuestras respectivas posicio-nes, el misterio con que me hallaba envuelta a sus ojos y la viva amistad que yo le demostraba, concurrieron a hacer brotar en él un sentimiento al que quizá no hubiese sido accesible en otra circunstancia.

 

Según el plan que me había trazado me había visto obligada a mentir a M. Chabrié y, al referirle muy sucintamente los aconteci-mientos de mi vida, le había ocultado mi matrimonio. Sin embargo, había sido necesario explicarle el nacimiento de mi hija. ¡Oh, aquel que para salir de un aprieto recurre a una primera mentira no se imagina el camino sin salida que emprende! Es preciso que prosiga mintiendo, no puede salir de las intrincadas sinuosidades del tene-broso laberinto sino regresando definitivamente a la verdad. Me vi forzada a decir a M. Chabrié que había tenido a la niña siendo solte-ra. Le dije que esa era el secreto, motivo al que había que atribuir la repugnancia por el matrimonio de que hacía gala.

 

Esta confidencia tuvo como resultado hacerme amar aún más por M. Chabrié. Su alma era demasiado grande y delicada para no comprender con exquisita sensibilidad toda la desgracia que hay en la posición de una joven engañada y abandonada cobardemente por quien la sedujo. Comenzó a compadecerme y sintió por mí ese respeto que inspira un do-lor verdadero e irremediable. Pero, después de haberme compadecido, la pasión que sintió le hizo nacer el sublime pensamiento de realizar uno de aquellos actos de abnegación que no se comprenden en nuestros días y que nuestra estúpida sociedad pone hasta en ridículo, porque no tiene sentido sino para sus intereses materiales y es más fácil a su egoísmo ri-diculizar la abnegación que imitarla.

 

 

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3. La vida a bordo

 

M. Chabrié concibió el proyecto de devolverme a la sociedad, de la que me veía excluida, ofreciéndome la protección de su nombre. Ante esta propuesta hecha con una generosidad que está por encima de todo elo-gio, me sentí penetrada del más profundo agradecimiento hacia él y al mismo tiempo retrocedí de espanto ante la idea de las consecuencias que podía tener la mentira que me había visto obligada a decir.

 

Y, así, cuando M. Chabrié me ofreció casarse conmigo, escondí mi cabeza entre las manos sin atreverme a responderle, pues temía dejarle leer en mi fisonomía lo que ocurría en el fondo de mi alma. Estuve largo tiempo sin poder encontrar una palabra. Me prosternaba en pensamien-to ante semejante amor y, después, al pensar que jamás podría participar de este amor celestial, vertía lágrimas de desesperación.

 

M. Chabrié sufría con mi silencio. Lo rompió y me dijo: —Señori-ta Flora, si le es imposible contestarme sí o no, míreme. Sus ojos son tan expresivos que adivinaré con facilidad su pensamiento.

 

—¡Ah, mi pobre amigo! Es justamente con el fin de evitarle ese nuevo dolor que no me atrevo a mirarlo.

—¿Rechaza, pues, el amor de su viejo amigo? ¡Ah! ¡La amo bastan-te, sin embargo!

—¡Chabrié!, le dije, reclinando mi cabeza sobre su pecho, su amor me parece demasiado grande, demasiado generoso. Temo que no sea sino un momento de locura.

 

—¡Flora! En este momento no piensa usted en lo que dice. Su res-puesta es la del mundo, pues es así como me juzgarán en esa socie-dad que se vanagloria de ser civilizada. Pero, hija mía, no he termina-do mi proposición. No le ofrezco ir a vivir a Burdeos, a Lorient o, aun, a París. En aquellas ciudades, tan vanas por sus perfecciones, se nos señalaría con el dedo, a usted porque ha tenido la desgracia de ser engañada por un hombre lo bastante cobarde como para abandonar-la, y a mí por haberme elevado sobre miserables prejuicios y porque, amándola con un amor verdadero, más poderoso que la vana opi-nión del mundo, me había casado con usted. Como si la primera obli-gación de un hombre de honor no fuese la de casarse con la mujer a quien ama, para adquirir el derecho de protegerla y defenderla, lo

 

 

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que no puede hacer con una amante. Querida Flora nos quedaremos en América, en Valparaíso, si la ciudad le gusta; en Lima, si lo prefie-re; en las costas de California, que son tan hermosas; en los Estados Unidos, en las Indias, en la China; en fin, en donde usted quiera. Amo Francia, aún más a mi anciano padre, pero con usted, Flora, no temo sentir ningún vacío. ¡Ah!, amiga mía, la amo tanto que el lugar más árido, si usted lo escoge, me parecerá un paraíso.

 

El amor verdadero tiene un lenguaje, un son de voz, una mirada y una expresión tan propios que ningún otro los podría imitar. Miré a M. Chabrié y comprendí que realmente me amaba. Este descubri-miento produjo en mí un arranque de embeleso, pues el amor, tal como yo lo comprendo, es el espíritu de Dios. Toca a nosotros, morta-les, atados a la tierra, adorar a esa divina aparición. Mas a ese arran-que de gratitud sucedió la horrible desesperación que nacía de mi posición. ¡Yo, unirme a un ser de quien me sentía amada! ¡Imposible! Una voz infernal me repetía con una risa burlona: “Tú eres casada. Con un ser despreciable, es cierto, pero encadenada a él para el resto de tus días, y no puedes sustraerte a su yugo. Pesa la cadena que te hace su esclava y ve si mejor que en París la puedes romper”. Creí que mi frente iba a estallar. Estaba sentada sobre mi lecho y M. Chabrié se hallaba cerca de mí. Atraje su cabeza sobre mis rodillas con inten-ción de hablarle. Iba a revelarle toda la verdad, pero mis lágrimas me sofocaron, cayeron en abundancia e inundaron su rostro. M. Cha-brié no podía comprenderme. Veía en mí un dolor que se desbordaba y sentía al mismo tiempo que lo amaba con el más sincero afecto. Le rogué que me dejara. Me sentía incapaz de contener los sollozos y temía ser oída por mis vecinos. Le supliqué que me quisiese siempre y le pedí concederme dos días para reponerme de la agitación produ-cida por esta conversación.

 

A juzgar por el ofrecimiento que M. Chabrié acababa de hacerme, no podía ya dudar que me amaba con sinceridad y vehementemente, como toda mi vida había ambicionado serlo. Pero ¡ay!, ese amor tan puro, tan abnegado, en el que todavía podía encontrar la felicidad, llenaba mi corazón de amargura y de desesperación, pues me hacía

 

 

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3. La vida a bordo

 

sentir con todo su horror el indigno matrimonio que me habían obli-gado a contraer.2

Permanecí durante dos días en una incertidumbre de las más pe-nosas. A veces estaba casi decidida a ceder a mi inclinación y decir a M. Chabrié toda la verdad sobre mi posición, mas la reflexión ve-nía muy pronto a reprimir esa propensión de mi franqueza. Todas las consecuencias posibles se presentaban a mi espíritu. Me imagi-naba a M. Chabrié rechazándome como los demás lo habían hecho. Me veía sola, abandonada, presa de mi desesperación. Retrocedía, lo confieso, ante este aumento de dolor que temía no poder sopor-tar y que podía ser el resultado de una revelación indiscreta. En mi inquietante perplejidad me vino el pensamiento de hacer hablar a M. David sobre M. Chabrié a fin de conocer más su carácter y tam - bién para saber por medio de él, que conocía tan bien el mundo, muchas cosas que yo ignoraba y de las cuales sentía necesidad de estar informada.

 

M. David era siempre muy amable cuando yo quería conversar con él, aunque se mantenía constantemente en un tono de reserva y de ceremonia que conservó hasta los últimos instantes del viaje.

 

Una tarde M. David vino a mi camarote a charlar conmigo mien-tras M. Chabrié estaba de guardia. Entablé la conversación sobre el amor y la amistad, para de allí llegar hasta su amigo M. Chabrié.

 

—¿Cree usted, señor, que hay en la naturaleza hombres que sien-ten un amor puro, libre por completo de todo interés personal y con abnegación absoluta?

 

 

 

2   Al respecto, Jorge Basadre dice: “Tenía 17 años Flora cuando entró como obrera en el taller del grabador Andrés Chazal, con quien se casó poco después (1821). Parece

 

inverosímil la afirmación de Flora de que este matrimonio fue impuesto por la madre. No era mujer para aceptar esa clase de órdenes y ya contaba en su educación senti-mental, por lo menos, con un amor frustrado, el de un hombre que retrocedió ante su equívoca partida de bautismo. Más bien hay, de esa época, apasionados documentos suyos dirigidos a Chazal, solo seis años mayor que ella, escritos sin freno y sin orto-grafía. Pero la decepción que el matrimonio le produjo es innegable” (1946, p. v). [N. de la primera Ed.].

 

 

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—Señorita, estoy convencido que no. Mujeres y hombres buscamos la belleza, la riqueza o el talento, por los goces que esperamos de ellos y no amamos sino en proporción de lo que nos da el objeto amado.

 

—¡Dios mío, siempre tiene usted respuestas áridas y desoladoras! —¿Le gustaría a usted más que la engañase?... Siento la más sin-cera adhesión hacia usted para consentir en esto jamás. Usted es la única mujer por la que mi estimación ha aumentado a medida que mejor la voy conociendo. Antes de encontrarla no me figuraba que pudiese existir una persona tan realmente buena. Usted me reconci-lia con la especie humana y concibo que se la ame sin esperanza de retribución. Pero, querida señorita, usted es la excepción y la excep-

 

ción confirma la regla.

 

—¡Y bien! Admito que tenga usted razón, que el amor sea en efec-to un sentimiento egoísta y creo con usted que lo es en general, ¿pero sucede lo mismo en la amistad? ¿Este afecto no existe independiente-mente de todo interés?

 

—¡En verdad la admiro! ¡A los 26 años creer aún, con ese candor de niño, que existe la amistad entre los hombres!

—Y qué, señor, ¿la niega usted?

 

—Querida señorita, no se sonroje así, no me mire con sus ojazos llenos de ira y desdén. Le repito, la quiero como si fuese usted mi her-mana, y aunque tenga que hacerla sufrir tendré el valor de ilustrar-la. Sepa, pues, niña como es usted todavía, que la palabra amistad que se encuentra en todos los libros, en todas las bocas, designa un sentimiento ideal que jamás ha existido entre los hombres. Ningu-no de ellos lo cree porque ninguno de ellos lo ha sentido y nadie ha comprobado su existencia en algún otro ser. Las mujeres tienen en-tre ellas demasiados motivos de rivalidad para poder amarse de una manera desinteresada. Sus relaciones con el otro sexo, cuando no tienen el amor por base, están fundadas sobre el interés, y en total sus afectos son transitorios como las causas que los han hecho nacer. En cuanto a los hombres, nunca sienten amistad hacia las mujeres y no las aman sino por amor, ni se unen a ellas sino por interés. Entre ellos se buscan o se dejan según el interés que el momento determine

 

 

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y la amistad, tal como los poetas y los filósofos nos la escriben, es una trampa tendida a la credulidad. Es una palabra cuya vacuidad se encarga de hacernos conocer la sociedad.

 

—¡Ah, señor! Su misantropía le vuelve muy injusto y le hace ca-lumniar a la especie humana. Le afirmo que creo en la existencia de la amistad.

 

—Señorita, la expresión de su fisonomía y el acento de su voz me prueban que la amistad existe en su corazón, pero, se lo repito, es usted una excepción y me parece que hablamos de la raza humana.

 

—Entonces, señor, esta gran amistad que usted profesa hacia M. Chabrié ¿no es más que una vana ilusión?

—Esta pregunta, señorita, es muy delicada. A usted sola le res-ponderé, dándole por allí una prueba irrecusable de mi adhesión. Chabrié es la persona a quien más quiero en el mundo. Sin embargo, el principio de esta amistad descansa por entero en las ventajas que yo encuentro en la asociación que he formado con él. Es lo mismo que siente él respecto de mí.

 

Miré a M. David con una emoción que le hizo conocer cuánto su-fría. Me tomó de la mano y me dijo con cariño.

—¡Qué quiere, mi querida señorita! Hay que tomar el mundo como es. Pero desearía, así como le dije en la Praia, verla conocer ese mundo en medio del cual está usted destinada a vivir, para que evite ser engañada, desconocida y hasta ridiculizada y, en definiti - va, se sienta desgraciada. Su candor será tomado por hipocresía, se servirán de usted como de un instrumento y será usted abandonada cuando ya no pueda ser útil. El dolor entrará entonces en su corazón bueno y sensible, se abandonará usted a él con toda la violencia de su imaginación. La desesperación se apoderará de usted y gastará en la lucha, por continuas decepciones, esa riqueza de temperamento con que la naturaleza la ha dotado.

 

—¡Le agradezco sus advertencias y sus consejos, mi querido se-ñor! Creo con usted que es un gran error no conocer el mundo y, por muy penoso que sea su estudio, le prometo dedicarle en adelante una atención esmerada. Esta es una necesidad a la que hay que resolverse.

 

 

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Las razones que acaba usted de darme para determinarme a ella me hacen presentir cuán doloroso es para el corazón adquirir este co-nocimiento. ¡Dios mío! ¡Cuán seca e insípida debe parecer la vida a los seres que han llegado al punto de considerar todos los afectos del alma como otras tantas ilusiones!

 

—Lo sería, en efecto, si nuestro globo no tuviese sino los hombres por habitantes. Pero también está poblado por animales de toda es-pecie, cubierto por una variedad de plantas y encubre brillantes me-tales en sus entrañas. Además, los mares de que está rodeada la tierra y el cielo nebuloso o brillante de estrellas ofrecen a nuestra admira-ción los más imponentes espectáculos. Con una inteligencia como la suya ¿qué necesidad tiene del afecto de los hombres para ocupar sus pensamientos? A usted le gusta dibujar el paisaje, ¡pues bien!, encon-trará en la satisfacción de ese gusto una fuente inagotable de gozos. Animará sus cuadros poniendo animales que puede escoger entre aquellos cuyos instintos ha observado y tendrá así la oportunidad de representar las cualidades que usted busca en vano entre los hom-bres, pero cuyo modelo se lo ofrecen los animales. Podrá también estudiar el inmenso reino vegetal y hará cada día nuevos descubri-mientos en la organización de las plantas, en sus costumbres y su uti-lidad. ¡Ah! Créalo, señorita, la naturaleza encierra bastantes tesoros para ocupar todas las facultades del ser inteligente, para que su alma esté encantada y sin sentir la más leve necesidad de interesarse en los miserables y pequeños dramas de los hombres.

 

Esta última respuesta de M. David mostraba que primitivamente había habido en el corazón de este hijo de Dios algo bueno y hermo-so. Pero la maldad de los hombres había ahogado en él los gérmenes de las virtudes. Todo acto de abnegación le parecía un absurdo y, en lugar de ser útil a sus hermanos, amándolos, no vivía más que para admirar las maravillas de la naturaleza.

 

Esta conversación nos arrastró más lejos de lo que pude pensar. Dieron las doce de la noche antes de que me fuese posible hablar de M. Chabrié. Este bajó de su guardia y al encontrar a M. David en mi camarote demostró fastidio y le dijo cosas duras. No porque estuviese

 

 

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celoso de M. David, sino porque temía que su amigo me hablase de cierta señora Aimée, cosa que M. David había hecho algunas veces. M. Chabrié se negó a quedarse a conversar conmigo. Respondió con brusquedad y cólera a la graciosa invitación que le hice. Es tal su mal carácter que, en su ira, es duro con sus mejores amigos, los hace su-frir y sufre él mismo durante días íntegros.

 

En la noche no pude conciliar el sueño un instante. Repasaba en mi memoria la larga conversación que acababa de tener con M. David. Los argumentos que me había dado para probarme que la amistad no existe me helaban el corazón. Apenas cerraba los ojos, un horroroso espectro, el implacable egoísmo, se presentaba delan-te de mí haciendo presa de todo cuanto podía alcanzar. La horrible visión me aterrorizaba y, despertándome sobresaltada, repetía las palabras de M. David: “La amistad no existe. Los hombres no aman a las mujeres sino por amor”. Este pensamiento me desesperaba y sentía que ya no estaba en mí sentir alguna vez amor por nadie. En la exaltación febril que hacía latir mis arterias con violencia me de-cía: Sí, M. David dice la verdad. Chabrié nunca me amará con amis-tad, y si yo le revelo mi matrimonio no me querrá con amor. Quiere que sea su esposa, no su amante. Desde el momento en que deba renunciar a la esperanza de casarse conmigo, conozco su delicade-za, huirá de mí. Ante este pensamiento temblaba de espanto. Sola, en medio del océano, nada debía temer con su amor. La nobleza de sus sentimientos me defendía contra sí mismo y su intrepidez con-tra todo otro ataque. Si nuestro navío se hubiere destrozado contra las rocas del cabo estaba segura de que Chabrié me habría salva-do y protegido, y su valor me hubiese hecho respetar. Si nuestro barco hubiese naufragado en pleno mar, estoy también segura de que Chabrié me habría llevado en la chalupa, dándome su último pedazo de galleta, su última gota de agua, alimentándome aun con su propia carne para conservar mis días. En fin, si nuestra nave se hubiese incendiado sin haber tenido tiempo de salvarnos, Chabrié, consagrado por entero a su amor, me habría tomado en sus bra-zos y, como me lo dijo cien veces con una expresión del alma, para

 

 

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salvarme de la horrible agonía de las personas que se ahogan, me habría hundido el puñal en el corazón. Confesaré que retrocedía espantada ante el temor de que al confesar a M. Chabrié toda la ver-dad perdiese, con su amor, la poderosa protección que me ofrecía. El instinto de la propia conservación ha sido dado por Dios a todas sus criaturas y cuando la vida está en peligro es permitido, según creo, usar, para defenderla, de los medios que la Providencia deja a nuestro alcance. Tuve miedo del abandono. Mis días podían depen-der de la protección de otro ser y me asía del amor de M. Chabrié como el náufrago de la tabla que flota.

 

Además, esperaba lograr que M. Chabrié comprendiera que mi amistad le sería tan dulce como el amor de las otras mujeres. No era orgullo de mi parte. Procedía de buena fe, pero me engañaba por completo.

 

Cuando me encontré a solas con M. Chabrié me preguntó lo que había decidido sobre su suerte.

—He decidido, le dije, que usted será mi amigo toda la vida, mi excelente amigo a quien querré tiernamente. —¿Y nada más?... me preguntó con una voz emocionada. ¡Ah! ¡Qué desgraciado soy!, conti-nuó, dejando caer la cabeza entre sus manos.

 

Quedé largo rato contemplándolo. Las venas de su frente se hin-charon. Se estremecía como uno que tiene movimientos convulsos. Todo en él anunciaba un profundo pesar.

 

Al verlo así, presa del dolor, pensaba en lo que me había dicho la víspera M. David: los hombres no aman a las mujeres sino por amor. Así son los hombres, me dije suspirando. Desdeñan la amistad de las mujeres, no quieren sino amor y las acusan de duplicidad cuando a ellos mismos conviene engañarlas. Las mujeres no ejercen ninguno de los empleos de la sociedad, no tienen para ellas sino un número pequeño de profesiones, tienen más que los hombres necesidad de relaciones de amistad. Pero si una mujer amante se halla en la nece-sidad de implorar abnegación, el hombre a quien se dirige le exige amor y, sin inquietarse si ella puede o quiere dárselo, pone ese precio a los servicios de su amistad.

 

 

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Después de haber quedado mucho tiempo absorto en sus pen-samientos, M. Chabrié salió de repente de ellos con un movimiento brusco. Su expresión era altiva, su sonrisa sardónica, su voz agria:

 

—Así, pues, señorita, me dijo ¿usted no me ama?... En efecto con-cibo que el amor de un viejo lobo de mar como yo debe parecer muy ridículo a usted, acostumbrada a las elegantes maneras de los gua-pos jóvenes de París, que saben decir lindas frases, pero que no sien-ten nada o, más bien, me equivoco, sienten miedo, pues ¿no me dijo usted una noche cuando estábamos en la rada de la Praia que uno de ellos había tenido miedo de su amor?

 

—Chabrié, usted me recuerda cosas que me desgarran el corazón. —¡Perdón, señorita, creí, en mi sencillez, que cuando una persona permanece impasible a la vista de los atroces dolores que causa debe

 

estar poco conmovida por un recuerdo!

 

—Chabrié, me hace usted sufrir. Es injusto para conmigo y no me ama tanto como me lo asegura.

—¡Que no la amo tanto como lo aseguro!... Pero ¿no sabe usted, Flora, que la amo más que lo que yo mismo querría?

—Si es cierto, ¡deme una prueba!

 

—¿Cuál?, dígala. Estoy pronto a darlas todas.

 

—Bien, ámeme con amistad.

 

—Es inútil pedírmelo. Usted bien sabe que soy su amigo y el de su hija, hasta mi último soplo de vida.

—Y este afecto ¿no tiene el poder de hacerle feliz como yo deseo tan ardientemente que lo sea?

—No.

 

—¡Ah, Chabrié! ¡Qué diferencia hay entre los dos! Yo estoy feliz de la amistad que siento por usted. Mi dicha sería completa si un senti-miento de la misma naturaleza llenara igualmente su corazón. Pero veo con vivo dolor que jamás sentirá usted ninguna alegría.

 

—¡Escuche, Flora! Si yo la quisiese menos podría quizá engañarla, como, a pesar de mi franqueza, me ha ocurrido más de una vez con otras. Dígame ¿cree usted que un hombre de mi edad puede perma-necer horas enteras sentando a su lado, como me sucede cada día

 

 

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desde hace tres meses sin enamorarse? Usted debe pensar que esto es imposible. Usted ve esas cosas relatadas en los libros, pero es mentira. Y usted, querida amiga, ¡tiene aún sencillez como para creer en los libros!

 

—¿Por qué no habría de creerlos si me siento capaz de proceder tan bien como lo refieren esos libros?

—Quien sabe usted, querida, porque es un ser de excepción. Usted ha vivido desde su infancia entre lágrimas y dolores. La desgracia es un crisol en el que las almas nobles se purifican, mientras que yo he vivido en medio del tumulto del mundo, menos que David sin duda. También he conservado una alma para amar y ¿cómo quiere usted, querida amiga, que no haya sido sensible a todos los encantos de su persona? Toda mi vida he deseado gozar de un amor que llamaré completo: el de un alma bella unida a un físico agradable. He amado a mujeres más hermosas que usted, pero, privadas de corazón, esas bellas estatuas se convertían muy pronto en seres abyectos ante mis ojos. En cuanto a la última que atrajo mi afecto, no era hermosa, que-dé fascinado por la apariencia de ciertas cualidades que yo supuse en ella. Me engañó. Su ingratitud me ha hecho mucho daño. Ahora, gracias a usted, mi buena Flora, ya no pienso en ella.

 

—Amigo mío, aquella mujer le engañó porque quizá no quería más que su amistad y usted exigió de ella su amor.

—Querida Flora, usted es en toda circunstancia de una sencillez que me admira. Sepa, pues, hija mía, que no hay amistad en el mun-do. Solo hay interés entre los malos y amor entre los buenos. Luego, usted sabe que a su viejo amigo Chabrié es menester colocarlo entre esta última clase.

 

Mi corazón se oprimió y repetí por lo bajo: David tenía razón.

 

A la mañana siguiente, y los demás días, M. Chabrié regresó a mi camarote donde la conversación continuó en el mismo tono. Me de-mostró siempre un amor tan puro como verdadero, pero vi que debía renunciar a la esperanza de inspirarle solo amistad. No sé si nues-tros compañeros de viaje repararon en las atenciones y cuidados afectuosos que M. Chabrié tenía para conmigo. Su conducta era tan digna que, a pesar de sus largas y frecuentes visitas a mi camarote,

 

 

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esos señores me demostraban cada día más amistad y deferencia. ¡A tal punto un amor puro es cosa respetable y ejerce influencia sobre aquellos que son testigos de él!

 

Durante las rudas jornadas del cabo yo tenía a menudo que hacer el oficio de conciliadora entre mis compañeros de viaje, esos ocho hombres cuya dureza e irritabilidad envenenaban las menores palabras.

 

M. David tenía la grosera y burlesca costumbre de juntar siempre cuatro o cinco juramentos o epítetos cuando se expresaba sobre las cosas o dirigía la palabra a las gentes que hacían el servicio. No ha-blaba de los peruanos sino con una retahíla de términos injuriosos. M. Miota, que se molestaba con esto, no encontraba otro medio de vengarse que excitando a su vez el mal humor de los tres españoles traduciéndoles las frases que probablemente amplificaba aún más.

 

La vida a bordo es antipática a nuestra naturaleza. Al tormento perpetuo de las sacudidas más o menos violentas del balance, a la privación del ejercicio y de los víveres frescos, a la continuidad de los sufrimientos que agrian el humor y vuelven irascibles los caracteres más dulces, hay que añadir el cruel suplicio de vivir en un cuartito de 10 a 12 pies, frente a siete u ocho personas a quienes se ve por la tarde, por la mañana, por la noche y a todo instante. Es una tortura que hay que haberla soportado para comprenderla bien.

 

M. David se levantaba muy temprano para poder usar la mesa íntegra para afeitarse, peinarse y vestirse. Su toilette no se hacía sin ruido. Juraba, como para hacer temblar a un ateo, contra el pobre grumete que era en realidad tan sucio como perezoso; pero que tenía solo 16 años y estaba casi siempre enfermo. Su estado recla-maba un poco de indulgencia y yo lo había tomado bajo mi pro-tección inmediata. M. David no se atrevía ya a golpearlo desde que cierto día, en que casi lo mata, había yo intervenido y obtuve de M. Chabrié la prohibición expresa de que se tocara a este muchacho. Terminada su toilette, M. David iba a la bodega a lanzar sus jura-mentos contra el teniente Manuel, que por negligencia dejaba todo en desorden. La perra Cora era el siguiente objeto de su indigna-ción. Después llegaba a las causas generales y M. David daba curso

 

 

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a su irritación jurando contra el mar y los vientos, el comercio y los hombres. Desacreditaba, sobre todo, con el obligado acompa-ñamiento de injurias, al Perú y sus habitantes. La voz de M. David, los lloriqueos del grumete, las respuestas de Manuel, los gritos de la perra, todo formaba tal escándalo que los que sentían la necesi-dad del sueño no podían dormir. Los oficiales que habían estado de guardia durante la noche se quejaban amargamente. M. Briet decía que jamás había oído tanto ruido a bordo de un barco. M. Chabrié apostrofaba entonces a M. David en términos poco mesurados. Este respondía en el mismo tono. Se empeñaba la disputa y aumentaba aún más el estrépito que la había hecho nacer. Cuando daban las nueve se servía el desayuno. Acusados y demandantes se encontra-ban reunidos y la disputa se prolongaba.

 

Desde el principio del viaje me había abstenido de presentarme a esta comida y después lo convertí en regla. Comía muy poco y estaba casi siempre enferma en la mañana, por lo que prefería levantarme cuando se había acabado el desayuno y todo el mundo estaba en el puente. Me encontraba entonces más libre para mi toilette y mis pe-queños arreglos. Como mi camarote no estaba cerrado sino con per-sianas, oía todo lo que se decía y veía cuanto sucedía en la cámara sin que pudiesen notarlo.

 

Esos ocho hombres reunidos durante el desayuno renovaban las recriminaciones con más fuerza y acritud que antes. M. Briet se quejaba en tono duro y seco y sus quejas provocaban la ira de M. Chabrié contra M. David, que hacía frente a todos con un aplomo imperturbable.

 

—Hay que convenir, David, decía M. Briet, que usted habría sido un excelente despertador. Verdaderamente admiro yo, viejo mari-no, la facilidad con que jura usted contra la tempestad. Sin embar-go, no creo que esta le moje los cabellos, pues si así fuera no estarían tan bien rizados. Me asombra que sus juramentos no corrijan a la amable perra de Chabrié de hacer sus inmundicias sobre el puente, lo cual hace el servicio sumamente atrayente. Y también que no vuelvan más cuidadoso a nuestro grumete, aunque emplea toda la

 

 

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mañana en calentar agua dulce para jabonar sus blancas manos. Estoy sorprendido de que no tengan más poder sobre ese buen Ma-nuel. Parece, según he oído esta mañana, que no hace más caso de sus recomendaciones que de las mías. Es una maravilla David. Cier-tamente, puede usted atribuirse una gran parte de las tribulaciones que nos es preciso soportar en este querido “Mexicano”.

 

—Briet, decía M. Chabrié, me mortifica que mi perra te disguste o te incomode. He dado a Labarre la orden de amarrarla en su tonel ¿por qué no me ha obedecido?

 

—Mi querido amigo, tu perra no me disgusta en lo más míni-mo. Pero te digo que a bordo de un barquito donde no se puede dar cuatro pasos, no es agradable tener entre las piernas, durante la maniobra, a un gran diablo de perro como tu Cora. Uno de estos días nos hará quebrarnos el cuello.

 

—Pero antes de zarpar te pregunté si la querías y consentiste. —Mi querido amigo, debes pensar en que, si cada uno de noso-

tros tuviese a bordo un animal a su gusto, mono, ardilla, loro u otro cualquiera, todos esos lindos animales harían de tu nave un infier-no insoportable. Pero basta ya, no hablemos más.

 

—Estoy contento de lo que dice Briet. Usted ve, Chabrié, no soy el único en quejarme de su perra.

—David, usted es un imbécil y un egoísta. Mi perra puede inco-modar a Briet, pero no a usted que va al puente solo para fumar un cigarrillo, a usted que está muellemente acostado a las ocho de la noche cuando no tiene que conversar con la señorita Flora. ¿Qué incomodidad puede causarle Cora?... Veo, mi querido David, el fondo de su pensamiento. Usted quiere por medio de mi perra des-viarnos de la conversación que había comenzado Briet. ¡Pues bien! Vuelvo a ella, e interpelo a todos estos señores para que nos digan si sus perpetuos juramentos y su alboroto de todas las mañanas no les incomoda más de lo que puede hacerles Cora.

 

—¡Oh! En cuanto a eso, respondía a M. Briet, Chabrié tiene razón. Estoy seguro de que M. Miota, y don José son de la misma opinión.

 

 

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—Confieso, decía M. Miota, que no es muy agradable ser desper-tado a las seis de la mañana por el alboroto de M. David y oír tratar a los peruanos de ladrones, de tunantes, de malvados, de bandidos.

 

—¡Ah!, decía burlonamente M. David, allí está M. Miota con sus susceptibilidades peruanas. Pero, mi querido señor, usted sabe bien que, cuando hablo así de los peruanos exceptúo a usted, a su familia y a todas las familias honorables. Hablo de los peruanos que son la-drones, tunantes, bandidos. Pero no me negará usted que los hay en su país como los hay en Francia, en Inglaterra y, en fin, en todas par - tes. Pues allí en donde hay hombres, el uno trata de engañar al otro.

 

—Señor, como es en términos generales en que habla de los pe-ruanos, usted ataca a todos mis compatriotas.

—Pero, mi querido señor Miota, usted no conoce a sus buenos compatriotas. Usted dejó su país a la edad de 16 años. No niego que haya allí, como en todas partes, familias muy respetables tales como la suya, la de la señorita Tristán y muchas más. Pero, le repito, la ma-yoría de los habitantes son ladrones.

 

—¿Sabe usted bien, señor David, que si debiéramos creerle nos consideraríamos aquí como otros tantos ladrones, bribones y malva-dos y no sería eso muy tranquilizador para la asociación que hemos formado?

 

—Por Dios, Briet, no hagas caso de lo que dice David. ¿No ves que su placer, su más grande placer, después de haberse acicalado y de haber fumado decenas de cigarrillos es el de vociferar contra los hombres? Y como el amigo David con todo su espíritu es, a mi modo de ver, muy bruto, está en constante contradicción con sus princi-pios. ¡Ay, amigo mío!, cuando se detesta a los hombres se vive en los bosques con los animales y no como usted que no puede estar un instante sin compañía.

 

Sobre este tono se entablaban casi todas las conversaciones del desayuno. En cuanto me levantaba, M. Miota venía a darme las que-jas. Trataba de hacerme participar de su indignación, demostrándo-me que M. David me insultaba junto con la nación peruana. Yo lo cal-maba lo mejor posible y le hacía prometer que no respondería una

 

 

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palabra a M. David. Cesáreo, de carácter orgulloso y violento, estaba furioso, azuzaba a su tío, así como a Fernando, formaba proyectos de venganza contra M. David y era necesario que yo ejerciera toda mi influencia sobre él para impedir que este niño hiciese alguna escena.

 

Conversaba con menos frecuencia con M. Briet, pero cuando esto sucedía me llegaba a decir que nunca más formaría una asociación y en su vida pondría los pies a bordo de un navío en donde el capitán olvidaba, al no hacerse respetar, el primer deber que le incumbía.

 

Cuando daban las tres de la tarde, M. David venía a mi camarote a preguntarme cuáles eran los dos platos de conservas que prefería para la comida. Durante todo el curso del viaje no faltó un día a esta deferencia, pero era tan astuto que tenía la mayor habilidad para ha-cerme escoger siempre los platos que le convenían, sin inquietarse si les convenía a los demás. Yo aprovechaba de esta visita para regañar-le por su conducta de la mañana.

 

—Querida señorita, perdóneme hoy. Le prometo que en adelante juraré mucho menos. Le doy mi palabra de que creía que estaba dor-mida. Usted sabe que nunca juro delante de usted.

 

—Pero, mi querido David, ¿por qué acumula usted tantos jura-mentos? Uno solo vale por mil ¿y qué significa esa retahíla de epí-tetos que usted lanza? Si el grumete los mereciera todos ¿sabe usted que sería un ser extraordinario? En nombre del cielo, por conside-ración a nosotros, conténtese con un solo juramento y con un solo epíteto. No grite durante una hora, pues todo lo que dice no hace al muchacho más limpio y, en cambio, nos despierta y nos hace daño.

 

—Señorita, ¿me permitiría decirle que es usted quien echa a perder al grumete? Ese tunante se siente sostenido por usted y por Chabrié, quien hace todo cuanto usted quiere. Y ya ve como marcha todo aquí.

 

—Encuentro, señor, que todo marcha aquí tan bien como es posible que suceda a bordo de un barco pequeño e incómodo como el nuestro. Usted es duro para con un niño siempre enfer-mo, de constitución débil y que, sin embargo, sirve a nueve per-sonas, con poca inteligencia es cierto, pero con una gran suma de buena voluntad.

 

 

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—Con su sistema de indulgencia todo se encuentra bien, pero confieso que no lo adopto. Sin el temor no puede uno hacerse obede-cer, y ese bribonzuelo de grumete...

 

—¡Y sus epítetos contra los peruanos!... ¿Cree usted que M. Miota y yo podemos estar satisfechos de oír tratar así a nuestra nación?

—Pero, señorita, usted es francesa.

 

—Yo nací en Francia, pero soy del país de mi padre. Es la casuali-dad lo que nos hace nacer en un lugar o en otro. Mire mis facciones y dígame a qué nación pertenezco.

 

—¡Ah, coqueta! Me hace esta pregunta para que le diga un piropo sobre sus lindos ojos y sus hermosos cabellos andaluces.

—Señor David, debe usted saber ya, mejor que nadie, cuán poco sensible soy a los cumplimientos. Trata usted de escapar a mis amo-nestaciones. Se lo repito por vigésima vez: M. Miota está profunda-mente herido por la manera como habla usted de los peruanos de-lante de él.

 

—Puede usted creerme, señorita, que mi intención nunca ha sido la de insultar a M. Miota y menos a usted. Cuando usted y él conozcan a los peruanos dirán: David tenía razón... Querida señorita, usted sabe cómo la estimo. He oído muchos elogios sobre su familia. Su tío Pío es un hombre muy respetable, según dicen, pero le aseguro que los peruanos en masa son los más viles pícaros que se puede uno imaginar.

 

—Si es así, señor ¿cómo se ha quedado diez años en ese país y por qué regresa a él?

—Porque hay dinero por ganar.

 

—Pero hay ingratitud en hablar mal de gentes que le permiten hacer su fortuna.

—¡Ay, valiente mérito el que tienen! Les vendí mis mercaderías al precio en plaza. Si las compraron fue porque las necesitaban. No veo por qué razón habría de tenerles agradecimiento.

 

M. David veía el interés como único móvil de los hombres. No podía, pues, ser accesible al reconocimiento. Me parece, después de todo, que debemos demostrar benevolencia al país en donde hemos encontrado protección para nuestras personas, nuestros bienes y

 

 

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3. La vida a bordo

 

nuestro trabajo. Si M. David hubiese sido consecuente con sus prin-cipios no habría acusado la probidad de los peruanos y si hubiese tenido filantropía habría deplorado su ignorancia.

 

Llegaba la hora de la comida. Todos se habían acicalado ligera-mente y la conversación durante ella tomaba distinto giro que la del desayuno. Alegres o tristes según el viento, cuando estábamos en buena ruta y el vaivén no era muy fuerte, la charla se hacía muy en-tretenida y estaba llena de salidas de ingenio.

 

M. Chabrié salía de su cabina frotándose las manos.

 

—¡Vamos, vamos! Amigos míos, paciencia. Nuestro tiempo de miseria toca a su fin. Señorita Flora, estamos en ruta y hacemos ocho nudos. Puede venir a la mesa sin temor de que la sopa se de-rrame sobre usted. El mar está tranquilo como una niña con los ojos azules... Vamos, M. Miota ¡un poco de valor!, dentro de ocho días estaremos en Valparaíso. ¡Oh, qué felicidad! Señores, hagamos algunos proyectos de gula para que esto nos ayude a engullir este buey salado y los frejoles que maese David nos hace poner todos los días en la mesa... Señorita Flora ¿qué comerá usted el primer día de nuestra llegada a Valparaíso?

 

—Café con crema, naranjas y helados.

 

—¡Peste! ¡Va a engordar mucho con ese alimento!... ¿Y usted señor Miota?

—¿Yo? Alcachofas con salsa, ensalada y huevos a la nieve. —¡Bravo! Le predigo que, con ese régimen, señor Miota, conser-

vará por mucho tiempo su figura de Cristo. ¡Qué gusto tan singular tienen ustedes los peruanos!

—¿Y tú, Briet?

 

—Yo me regalaré con buena mantequilla fresca y con una botella de buena cerveza.

—Ese Briet puede ir a California, pero siempre es bajo-bretón. ¿Y usted, David?

—Yo me haré servir una buena pierna de carnero, un pavo, riño-nes en Champagne, un fricasé de pollo con cebollas y después algu-nos platos de legumbres frescas, cremas, fruta...

 

 

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—En realidad, David, se creería que se le ha hecho ayunar aquí durante tres meses por la manera como proyecta atracarse... Por mi parte me contentaré con una cabeza de ternero, una perdiz con coles y algunas manzanas.

 

Durante los postres, la conversación versaba sobre política, los viajes o los lugares preferidos de manera especial por cada uno de aquellos señores.

 

M. Chabrié era republicano, M. David legitimista y M. Briet bonapartista.

M. David, con su tono pedante y contundente, hacía rabiar a M. Chabrié ridiculizando a su partido. Se dirigía a M. Briet en los térmi-nos más burlones sobre su difunto emperador.

 

—Sí, señor David, decía M. Briet, sostengo que el emperador está más vivo que su viejo espantajo. El espíritu de Napoleón sobrevive entre los franceses, en tanto que sus tres reyes jesuitas, padre, hijo y nieto, que cazan en Alemania, se han hundido para siempre.

 

—Briet, te equivocas, replicaba M. Chabrié. Desde 1816 has salido de Francia e ignoras los cambios que se han operado en los espíritus. La juventud, ahora, no aceptará ya un emperador, ni nada que se le parezca. Ya no considera a Napoleón, a pesar de toda su gloria, sino como a un tirano que oprimió la república tal como la había estable-cido la Constitución del año III. El pueblo de 1830 quiere libertad...

 

—¡Ah! ¡Qué curioso es este Chabrié con su libertad!, decía M. Da-vid. Se le llena la boca cuando pronuncia la amada palabra libertad. Chabrié ¿quiere usted su gorro frigio? Haría un magnífico efecto so-bre su casquete de seda negra y con su gruesa chaqueta tejida.

 

Chabrié: —Señor David, no son las bromas repetidas desde hace cuarenta años por las viejas matronas del barrio de San Germán lo que impedirá el progreso de la Nación. Cuando se formaba la opinión en los salones de Versalles concibo la importancia que debían tener los cuodlibetos sostenidos por los grandes señores y las prostitutas de la Corte. Pero ese buen tiempo ya pasó. Los hijos de los antiguos cortesanos se ríen entre ellos de los chistes de sus padres, sin que nadie más les preste atención.

 

 

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David: —Concibo que, en efecto, los razonamientos de los ban-queros y de los tenderos, sobre política, sean mucho más divertidos...

Las frases de sus periodistas y de sus oradores de tribuna son de una necedad para morir de risa. Paul Louis Courier tenía razón: es en ver-dad un gobierno recreativo.

 

Briet: —¡Ah! En tiempo del Emperador no existían todos esos charlatanes.

Chabrié: —No soy, más que usted, partidario del gobierno que nos rige. No habrá felicidad para nosotros sino cuando estemos en la república.

 

Briet: —No seremos felices sino cuando tengamos un amo que sepa hacerse obedecer como el gran Napoleón.

David: —Briet, si habla usted siempre en forma tan oportuna, es-taré con más frecuencia de acuerdo con su opinión.

Chabrié: —Pero ¿cuál es, pues, su sistema de gobierno?

 

M. David, a quien le agradaba oír primero a su antagonista, res-pondía con la misma pregunta:

—¿Cuál es el suyo, Chabrié?

 

M. Chabrié entraba entonces en grandes detalles sobre la orga-nización de su república. Pero, como no soy publicista, confieso que prestaba poca atención a esta parte de la conversación. Su sistema consistía, según podía yo comprender, en hacer distribuir todos los empleos por el pueblo y en hacer que todos los individuos estuviesen capacitados para desempeñarlos. Terminaba diciendo:

 

—Espero, señor David, que va a decir que mi organización repu-blicana está calcada sobre la de los Estados Unidos. Mas los resul-tados obtenidos en aquel país ¿no deberían animarnos a adoptarla para nuestra patria?

 

David: —¿Cómo es posible, mi querido Chabrié, que incurra us-ted en semejante desvarío? ¿No ve que los 10 millones de población de los Estados Unidos ocupan un territorio más extenso que los 30 millones de población francesa? Por consiguiente, en Francia la pro-piedad tiene mayor importancia y menor el individuo. Además ¡qué hermoso país para habitar, los Estados Unidos! El obrero es de una

 

 

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insolencia que subleva. No puede uno hacerse servir en ninguna for-ma. La voluntad de un populacho sin freno hace la ley, hasta el punto de que el individuo que le desagrada no está seguro. Allí se ve incen-diar las iglesias católicas en virtud de la libertad de cultos; matar a las gentes de color en nombre de la igualdad ante la ley y tener a 3 millo-nes de negros en la esclavitud por respeto a la libertad individual. En verdad, mi querido Chabrié, debería usted escoger mejor sus modelos. Yo viviría más a gusto en Turquía y no en sus países de libertad.

 

Chabrié: —¡Oh! Sé que usted prefiere los países donde el pueblo es servil, donde el hombre que tiene bienes es todo y el proletario es nada porque pertenece a la primera de las dos clases y le gusta que lo adulen. Pero la cuestión es la de saber si el mayor número se encuen-tra mejor. En cuanto a mí, nunca comprenderé la justicia que hay en sacrificar el bienestar de 24 millones de proletarios para el mayor provecho de 3 o 4 millones de propietarios.

 

David: —¿Qué entiende usted por justicia?

 

Chabrié: —Estoy admirado de su pregunta. La justicia, tal como la entiendo, es esta regla que Dios ha puesto en nuestras almas y que ni el salvaje ni el hombre civilizado pueden desconocer.

 

David: —Amigo mío, en todas partes se considera por justo o in-justo lo que es conforme o contrario a la ley del país o a la voluntad de quien hizo la ley. El mejor gobierno es para mí el que me ofrece más ventajas.

 

Chabrié: —Es la respuesta de un ateo y de un egoísta.

 

David: —Sus planes de gobierno, soñados por otros antes que por usted, no han podido ni podrán triunfar jamás porque somos en Fran-cia más egoístas que en cualquier otro país y, como no creemos en los dogmas religiosos, la religión no es para nosotros ningún freno.

 

Briet: —El mejor gobierno fue el organizado por el Emperador. Francia no puede ser feliz después de las humillaciones sufridas y con los límites que le han dejado. La gloria es necesaria a su felicidad.

 

Chabrié: —¿No ves, Briet, que bajo el gobierno de uno solo el des-potismo se acrecienta con la extensión del territorio? Puesto que has vivido en la China debes haber visto el ejemplo de cuanto digo.

 

 

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3. La vida a bordo

 

Briet: —Pero la China no está mal gobernada. Los mandarines son obedecidos como los comandantes a bordo de nuestros buques de guerra. El país está bien cultivado. Hay canales en todas direcciones y los chinos hacen, en materia de industrias, cosas que a nosotros nos costaría mucho trabajo imitar.

 

Chabrié: —Briet, no somos chinos y no soportaríamos ser gober-nados como ellos... Parece, David, que no cree usted en el progreso; pero, en definitiva ¿qué gobierno desearía usted para Francia?

 

David: —Efectivamente, no creo en el progreso en el sentido en que usted lo entiende, sino más bien en el de los vicios de nuestra na-turaleza. Hay naciones como los hombres. Al envejecer, los precep-tos de la moral tienen menos influencia sobre ellas y he ahí por qué los pueblos se inclinan, a medida que envejecen, a reformar la autori-dad. El gobierno que convendría a Francia es aquel establecido por el tiempo, el cual se desplomó, no porque sus instituciones estuviesen carcomidas (como las gentes de la opinión de usted repiten sin ce-sar), sino que fue demolido porque quienes obtenían más ventajas de aquel gobierno tuvieron el inconcebible extravío de abandonar su cuidado y favorecer a los demoledores.

 

Chabrié: —Si no fuese un ateo, David, usted vería el dedo de Dios en ese gran acontecimiento.

David: —Dios se inclina hacia los grandes ejércitos. Dios abando-na a los débiles y a los imbéciles.

Chabrié: —¿Cree usted, pues, que nuestras antiguas instituciones eran buenas, aunque se hayan derrumbado? Pero actualmente ¿qué quiere usted poner en lugar de lo que existe?

 

David: —Si Napoleón hubiese sido legítimo habría resuelto el problema.

Chabrié: —¿Querría entonces un gobierno imperial?

 

David: —Quiero decir que si Napoleón no hubiese estado mania-tado por sus antecedentes, si para dominar a los revolucionarios no se hubiese visto forzado a dar curso a su ambición, haciendo guerras perpetuas, y si, en fin, hubiese sido dado a un usurpador poder hacer - lo, él habría restablecido por completo las antiguas instituciones a

 

 

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las que las suyas, con nombres diferentes, se parecían cada día más, en el fondo. Y no habría tenido la insigne locura de Luis XVIII quien al encon-trar la comedia demasiado corta quiso empezarla de nuevo y, sin tener en cuenta la suerte de su desgraciado hermano, exhumó la soberanía del pueblo para ponerla frente a la que acababa de recuperar.

 

Chabrié: —Pero, vamos al grano, ¿qué gobierno quisiera usted en la actualidad?

David: —Acabo de decirlo: quisiera que se restableciese, con las modificaciones aprobadas por la experiencia, la antigua forma de gobierno. Desearía ver las provincias administradas por intenden-tes, bajo el control de las asambleas provinciales, las cuales serían nombradas por los grandes propietarios y las corporaciones. De-searía que el gobierno se descentralizara y que cada provincia fuese dueña de decidir sobre sus propios problemas por medio de su asam-blea. Quisiera, en fin, que se acabara con el gobierno charlatán y se enviara a sus casas a nuestros muy queridos diputados, así como a esa mascarada de Cámara de los Pares.

 

Chabrié: —¿No querría usted la libertad de prensa?

 

David: —Sí, pero para las tarjetas de visita únicamente.

 

Chabrié: —¿Y a quién pondría usted por rey? ¿Al duque de Bur-deos o a Luis Felipe?

David: —Creo que el principio de la legitimidad consagrado en la perso-na de Enrique V sería una garantía para la tranquilidad presente y futura.

 

Briet: —Sí, una garantía de tranquilidad como lo fue Luis XVI-II, huyendo a Gante ante la aproximación del gran Napoleón quien, ¡con ochocientos hombres solamente!, se propuso expulsarlo. Una garantía de tranquilidad como lo ha sido Carlos X, a quien 50 mil hombres no pudieron sostener sobre el trono en presencia del pue-blo sublevado, y que ahora caza en las selvas de Alemania con el hé-roe del Trocadero y Enrique V, el candidato de M. David.

 

David: —Habitarunt dii quoque sylvas.

 

Chabrié: —Cada cuba huele al vino que tiene. Ese demonio de Da-vid es siempre pedagogo. No puede olvidar que fue profesor de idio-mas y no puede perder la costumbre de escupir su latín a cada paso.

 

 

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Briet: —Si es algo bueno podría usted traducirlo para todos noso-tros, pobres diablos, que no hemos tenido los medios de estar en el co-legio Bonaparte. ¿No es en ese colegio donde aprendió usted su latín?

 

Chabrié: —Y todavía gratis. ¿Por qué, pues, David, su padre no se hizo dar un título de barón bajo el usurpador?

David: —Porque no tenía necesidad de él.

 

Chabrié: —Sin embargo, tenía necesidad, para arrastrar su carroza, del puesto otorgado por el Emperador. Me admira que no haya aprove-chado de la ocasión para agregar algo a su nombre, para que en el correo por lo menos se le pudiese distinguir del peluquero de la esquina.

 

Briet: —Pero, M. David ¿no se llama M. de la Cabusiére y sus her-manos de Thiais?

Chabrié: —¡Dios mío! Sí Briet, y si la inocente fantasía te seduce no te costará muy caro satisfacerla. No tendrás más que emplear el mismo procedimiento. Comprar en Bretaña solo media fanegada de bosque, la bautizas con un nombre sonoro y la unes con la noble par-tícula al honorable nombre que tu padre te dejó.

 

Briet: —¿Y qué ganaría yo con esto?

 

Chabrié: —¿Lo que ganarías? Pero ¡es muy sencillo, Briet! Gana-

 

rías lo que gana David: ser otro imbécil de quien poder burlarnos.

 

David: —Chabrié, si hago mal en hablar latín a quienes cuando mucho hablan francés, dudo que usted proceda más cuerdamente al responder a mis razonamientos con tonterías.

 

Chabrié: —¿Y quién es el santo que tendría la paciencia de respon-der de otro modo a la vanidad y al absurdo de que usted hace alarde? Es preciso ser tan necio como un rey legítimo destronado para venir a ponderarnos al viejo gazmoño y a la madre desvergonzada de su Enrique V. Hay que ser un extravagante para firmar con el nombre ri-dículo de la Cabusiére una carta en la cual no se trata sino de gros de Nápoles, de telas y de blondas. ¡Cómo deben reírse los comerciantes cuando reciben semejantes epístolas!

 

Ahora que nuestra sociedad tiene carácter público, le declaro Da-vid que no quiero que firme nuestras cartas de comercio con un ende-moniado nombre feudal. No quiero que el ridículo recaiga sobre mí.

 

 

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David: —Chabrié, es usted tan brutal, que no se puede hablar de nada con usted.

Chabrié: —Tengo el valor de ser franco con mis amigos porque quisiera verlos corregirse de sus defectos. Pero usted tiene dema-siado amor propio para reconocer los suyos y llama brutalidad a la franqueza. Además, si yo señalo sus absurdos defectos es porque otros pueden percibirlos igualmente y no quiero ser ridiculizado en la persona de mi socio. Todavía es tiempo de corregirse. No han echa-do raíz, pues en el fondo es usted menos necio de como hubiesen que-rido verlo sus grandes y poderosas primas del barrio de San Germán.

 

La mitad del mundo se ríe de la otra mitad. Ese adagio es muy cierto. Pero como cada uno de nosotros tiene sus defectos nadie puede tener el derecho de ofenderse por los de otro y la franque-za, para producir buenos efectos, no debe tener acritud ni violencia. M. David debía necesariamente sentirse herido por una franqueza expresada con esa virulencia. M. Chabrié tenía más bien el aire de quererlo desafiar y no el de tratar de corregir su vanidad al mostrar-le su ridiculez.

 

En cuanto al resultado de las discusiones, el pobre David, a pesar de su imperturbable aplomo, tenía que luchar contra los dos mari-nos y era siempre derrotado. Chabrié, con sus fogosas salidas, Briet con la acre verdad de sus observaciones, aplastaban a M. de la Ca-busiére y triunfaban de sus brillantes palabras, de su latín y de todo el aparato de sus frases pedantes o sofísticas. Cuando se veía en una posición desesperada cambiaba con admirable destreza el curso de las ideas de sus dos interlocutores. Conducía a Briet a sus viajes y a Chabrié a Lorient. Briet era el único que podía hablar de la China. Había permanecido algún tiempo en aquel inmenso imperio y, como ningún otro de los de a bordo había ido, no tenía contradictores. Se le escuchaba y la irritación se calmaba. La conversación sobre Lorient era más borrascosa. M. Chabrié tenía el defecto de ser regionalista. Su vida de viajes no había disminuido en nada un amor exclusivo por su ciudad natal. A sus ojos nada era bueno ni estaba bien hecho sino en Lorient, citaba Lorient a cada paso.

 

 

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—Nos va usted a probar, decía M. David, que Lorient vale más que París, ¿no es eso?

—Sí, se lo probaré. Primero, se come mejor. Después, las muje-res son más bonitas, bailan con más gracia. En fin, es solo en Lorient donde canto realmente bien porque solo allí me saben acompañar con método.

 

—¡Pobre hombre! ¡Qué gracioso es usted con su Lorient!

 

—¡Y su París! ¡Qué hermoso!, un lugar donde no se pone sal en el pan, ni condimentos en las salsas. Donde todos los hombres se tratan como amigos desde la primera visita y donde las mujeres no conocen más amor que el de las modas y el de los espectáculos.

 

—Eso se lo concedo. Pero aparte de la sal y de los condimentos con que se envenena la cocina de Lorient, ¿cuáles son las grandes di-ferencias en las costumbres? No creo que se encuentren mujeres más amantes ni amigos más sinceros que en París.

 

—David, si usted conociera la sociedad de Lorient no hablaría así. —Y qué, amigo mío, he estado allí durante veinte días y ese tiem-po me ha bastado para conocer el modo de ser de su ciudad. Sus mujeres me han parecido menos ligeras que las parisienses; pero en cambio son frías, egoístas, amaneradas con exceso y sin gracia, aun-que usted quiera encontrársela en el baile. En cuanto a los hombres, me han parecido muy bruscos, lo que se llama malhumorados, y no

 

más francos que los parisienses.

 

Esas discusiones sobre Lorient y París eran interminables entre M. Chabrié y su amigo. M. Briet permanecía indiferente. No le gus-taba la estancia en ciudades pequeñas y su proyecto era retirarse al campo. En cuanto a mí, me mezclaba rara vez en las conversaciones generales. Mi posición me obligaba a una reserva de cada instante. Nunca imaginé al salir la penosa tarea que me imponía tomando el título de soltera. En efecto, me era necesario olvidar todo mi pasado, mis ocho años de matrimonio, la existencia de mis hijos y, en fin, el papel de señora, completamente distinto al de señorita. Como ten-go una extrema franqueza y mucho de sencillez, a veces, arrastrada por el calor de la imaginación, en una charla animada hablo con tal

 

 

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rapidez que dejo escapar mi pensamiento a medida que nace sin ver el resultado completo antes de haberlo expresado. Por eso temía esta viveza de mi temperamento y no me atrevía a hablar. Temía olvidar mi posición y nombrar por descuido a mi hija y, arrastrada por los sesgos imprevistos de la conversación, dejar de contener mi indigna-ción contra las leyes que en Francia rigen el matrimonio. Temía, en fin, traicionarme. Ese temor me ponía en zozobra perpetua y hacía reprimir el vuelo de mi pensamiento, me tenía silenciosa y no res-pondía sino brevemente a las preguntas de los otros.

 

Mi temperamento sanguíneo aumentaba el embarazo de mi si-tuación, a veces he deplorado que nuestra voluntad no pueda ejer-citarse sobre el oído como sobre la voz. A la menor palabra, a la in-flexión que le era dada, a una sola mirada, me sonrojaba a tal punto que atraía la atención de todos aquellos señores. Estaba en un supli-cio, temía que mi pensamiento íntimo se revelara o fuera mal inter-pretado. Solo M. Chabrié comprendía a veces esos súbitos rubores. Hacía cuanto podía para evitármelos, pero la malicia y las bromas de M. David, la franqueza sin freno de M. Briet, las preguntas algo in-discretas de M. Miota, todo me torturaba de la manera más penosa.

 

Acabo de exponer la vida que hacía en el “Mexicano”. Esta vida de a bordo, en general de una monotonía tan fatigosa, variaba con la diversidad de nuestros caracteres, de nuestra posición social y de nuestros esfuerzos para soportar el fastidio. Celebrábamos el domin-go consumiendo, en la comida, pasteles y conservas de frutas. Bebía-mos Champagne o Burdeos. Al terminar aquella comida M. Chabrié cantaba áreas de ópera o romanzas. Esos señores me prodigaban grandes atenciones y me hacían frecuentes lecturas. Cuando M. Mio-ta se sentía bien venía a leer a mi camarote los autores de la escuela a que pertenecía: Voltaire, Byron... M. David me leía el Viaje del joven Anacarsis…, Chateaubriand o las fábulas de La Fontaine. M. Chabrié y yo leíamos a Lamartine, Víctor Hugo, Walter Scott y, sobre todo, Bernardino de Saint-Pierre.

 

Al salir de Burdeos habían dicho: en ochenta o noventa días esta-remos en Valparaíso y, sin embargo, M. Briet escribía en el diario de

 

 

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3. La vida a bordo

 

a bordo: “El día 120º en mala ruta”. Entonces el desaliento comenzó a manifestarse entre nosotros. Temimos que faltase el agua. Todo el mundo se puso a ración. Un candado pequeño cerró el tonel de con-sumo para que no se pudiera extraerla sino en presencia del oficial de guardia. Eso hizo nacer continuas disputas. Los marineros robaban agua cuando podían. El cocinero bebía la que le daban para la comida y nos servía sopas tan espesas que no se podían tomar. Don José perdía su filosofía a medida que sus cigarrillos disminuían. M. Miota no tenía ya nada que leer. Su impaciencia y su fastidio llegaban al colmo. To-dos, en una palabra, sufrían del dolor que consideraban más sensible. El verdadero marinero Leborgne no cesaba de repetir que mientras quedase a bordo un puerco se tendría vientos contrarios.

 

Chabrié y Briet estaban, como marinos, horriblemente fatigados del largo viaje, mas el pesar moral que sufrían dominaba con mu-cho toda su fatiga. Los tres asociados no podían creer, con razón, que los dos navíos destinados para el mismo puerto y en compañía de los cuales habíamos dejado las orillas de Burdeos hubiesen sido con-trariados en su viaje como lo habíamos sido nosotros. Abrigaban las más vivas inquietudes acerca de la venta de sus mercaderías, pues tenían la certidumbre de llegar a Valparaíso cuando ya los dos con-currentes hubiesen atiborrado los almacenes del país con mercade-rías semejantes a aquellas que el “Mexicano” llevaba. Como hombres de honor, y previendo el mal éxito de su viaje, les torturaba el temor de no poder cumplir con los compromisos contraídos. Su ansiedad duró hasta nuestra llegada. Solo los negociantes pueden tener una idea justa del tormento soportado por ellos. David juraba contra el viento y se desesperaba. M. Briet me decía con tristeza: “No conci-bo cómo he podido exponerme todavía a los azares del mar, yo que tengo tan poca ambición; pero a mi regreso a Francia no encontré un solo amigo, no tuve una sola persona capaz de hacerme esta pre-gunta ¿para qué se embarca usted de nuevo? Y por falta de plan deci-dido, por ociosidad, por costumbre, como sucede a los marinos, me embarqué”. M. Chabrié era el único de los tres socios que soportaba con valor la desgracia que lo amenazaba. Ponía las cosas en lo peor,

 

 

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Flora Tristán

 

pagaba a los fabricantes con todo cuanto poseía y si no tenía lo sufi-ciente contaba con su actividad infatigable, con su profesión de ma-rino y con su conocimiento de los asuntos comerciales para acabar de liberarse.

 

Me desesperaba la idea de que mi amigo, tan desgraciado hasta entonces en sus empresas y amores, pudiese arruinarse por los resul-tados de este viaje. A cada momento preguntaba de qué lado soplaba el viento y la respuesta del marinero, la expresión de M. Briet o la de M. David me penetraban del más vivo dolor.

 

Pude convencerme en esta circunstancia del grado a que llegaba la delicadeza de sentimientos de M. Chabrié. He dicho cómo había acep-tado su amor, tanto para no desesperarlo como para asegurarme su poderosa protección. Desde aquel momento hacía sin cesar proyectos brillantes de esperanza, persuadido como estaba de encontrar la felici-dad en nuestra unión. Yo, en un principio, escuchaba aquellos planes de dicha sin tener el pensamiento de participar en su realización. Des-pués, gradualmente, su amor me penetró de tal admiración que me acostumbré a la idea de casarme con él, quedándome en California...

 

Comprendo que las gentes establecidas cómodamente en su hogar en el que viven felices y honradas se admiren por las consecuencias de la bigamia y sientan desprecio y vergüenza por el individuo que incurra en culpa. Pero ¿quién comete el crimen, si no es la absurda ley que es-tablece la indisolubilidad del matrimonio? Siendo nuestras personas tan diversas, ¿somos acaso todos tan semejantes en nuestros afectos y en nuestras inclinaciones para que las promesas del corazón, volun-tarias o forzadas, sean asimiladas a los contratos relativos a la propie-dad? Dios ha puesto en el seno de sus criaturas simpatías y antipatías, ¿acaso ha condenado a alguna a la esclavitud o a la esterilidad? El es-clavo fugitivo ¿es criminal a sus ojos? ¿Lo es cuando sigue las impresio-nes de su corazón y la ley de la creación?...

 

El afecto que sentía por M. Chabrié no era amor apasionado como ya había yo sentido antes de conocerlo, mas era un sentimiento de ad-miración y de reconocimiento. Cuando fuera su esposa lo amaría más y sentía que si con él no encontraba esa suprema felicidad –quimera

 

 

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3. La vida a bordo

 

acariciada por mí, cuando era más joven– encontraría al menos ese reposo, esa tranquilidad a que aspiraba, ese afecto verdadero y seguro que se aprecia tanto después de las desgarradoras decepciones de una vida borrascosa. Poníamos a M. David dentro de nuestros proyectos. Él quería a M. Chabrié y este se había habituado de tal modo al carácter original y jocoso de su amigo que se le había hecho indispensable.

 

M. David me quería mucho y, sea que sospechase las intenciones secretas de M. Chabrié, sea que las presintiese, le repetía a menudo.

—¡Es una buena persona, la señorita Flora! Si pudiésemos deci-dirla a quedarse en Centroamérica seríamos muy felices. Yo no sé de dónde le vienen sus prevenciones contra el matrimonio, pero ella lo quiere a usted mucho y pienso que al fin se decidirá a casarse con usted. En cuanto a mí, que he jurado odio al matrimonio, me quedaré con ustedes y les ayudaré a arrullar a los chiquillos, a quienes quiero con locura hasta la edad de 7 u 8 años.

 

Por mi lado, me acostumbraba también a M. David. Era compla-ciente conmigo, era instruido y su compañía en mi hogar no me ha-bría desagradado. No le interesaba regresar a Europa sino, al contra-rio, le gustaba de preferencia el clima de América y si hubiese podido vivir con personas de su agrado se habría establecido con gusto. Tales eran las disposiciones en que me encontraba hacia el final del viaje.

 

Una tarde creo que M. Chabrié me dijo:

 

—Mi querida Flora, consuéleme, porque sufro mucho al ver que David se desespera como lo hace. Briet está enfermo y me reprocha haberle comprometido en esta especulación.

 

—¿Qué hacer, mi pobre amigo? No está en nuestro poder cambiar el viento. El “Carlos Adolfo” y el “Fletes” han llegado probablemen-te desde hace tiempo a Valparaíso. Es un viaje perdido; pero, amigo mío, yo le quedo a usted.

 

—¡Oh!, excelente amiga, no deploro este viaje sino por David y Briet. ¡Ya llegó a mi vida la era de la felicidad! Es en este viaje cuando la dicha ha comenzado a despuntar para mí.

 

—Querido amigo, hasta aquí, en nuestros proyectos de unión, ni el uno ni el otro hemos pensado en las ventajas de fortuna que

 

 

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Flora Tristán

 

podríamos encontrar. Permítame por vez primera decirle dos pala-bras. Usted sabe que me dirijo donde mi familia con la esperanza de recoger, si no la totalidad, por lo menos una parte de la herencia de mi padre. Si obtuviese todo tendría un millón, pero, como mi título de hija legítima puede ser discutido, no cuento con el millón. Esperemos solamente que, como hija natural, recibiré el quinto de esa suma y ade-más el regalo que puede hacerme mi abuela. Porque, mi querido ami-go, todo cuanto poseo es suyo. Con esta suma podrá pagar sus facturas y proporcionar aún a David los medios de comenzar sobre nuevo pie.

 

—La reconozco bien en esta generosidad. Pero, querida amiga, le voy a hacer conocer el fondo de mi corazón. Esta fortuna esperada, de la que es usted tan digna de gozar, yo la temo; tiemblo ante la idea de que pueda llegarle.

 

—¿Y por qué, mi buen amigo?

 

—¡Querida mía!, le repito, no conoce usted la bajeza de los hombres, su negra maldad y los absurdos prejuicios que gobiernan el mundo.

—Pero Chabrié, no comprendo...

 

—Escuche, Flora. Usted está ahora sin fortuna. Si yo me caso con usted, se dirá por el mundo que he hecho una tontería, una calavera-da. Pero aquellos que tengan el alma noble y generosa me aprobarán y dirán: ha hecho bien en casarse con la mujer a quien ama. Si, por el contrario, me caso con usted cuando ya sea rica, ¡oh!, entonces dirán a porfía que solo el interés me ha guiado y que no he vacilado en pa-sar por encima del honor, pues bajo la palabra honor, el mundo com-prende también los absurdos prejuicios de que está imbuido. Flora, este pensamiento me hace daño y mientras más nos acercamos a Valparaíso siento mejor cómo me atenacea el cerebro.

 

—¡Ah, Chabrié! ¡Eso es horrible! Como usted, retrocedo espantada ante las consecuencias que podría tener nuestra unión. En mi igno-rancia no lo había pensado.

 

Escondí mi cabeza entre las manos, asustada de las consecuen-cias de mi mentira...

—Amiga mía, respondió Chabrié, no se abandone así al dolor. Sin duda nuestra posición es difícil, pues, con mi carácter, siento que

 

 

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3. La vida a bordo

 

una vez que sea su marido el primer bellaco (que no faltan en Amé-rica) que se permitiese una palabra o una sonrisa equívoca respecto a usted tendría mi vida, o ya la suya. Pero, querida amiga, no pense-mos en desgracias de este género antes de que lleguen. Por lo demás, quizá no reciba usted un peso de toda esa gran fortuna. ¡Dios mío, lo deseo con todo mi corazón!

 

Me sentía anonadada. Paria en mi país, había creído que al poner entre Francia y yo la inmensidad de los mares podría recuperar una sombra de libertad. ¡Imposible! En el Nuevo Mundo era también una paria como en el otro. Desde aquel momento renuncié al proyecto de tranquilidad y a los dulces goces que el amor de M. Chabrié me ha-bía hecho concebir. Si el espanto causado por mi soledad y el deseo de protección me habían hecho aceptar ese amor no podía ya, una vez en tierra, comprometer la fortuna, la felicidad y aun la vida del hombre de honor a quien debía el más sincero reconocimiento por la abnegación demostrada durante cinco meses.

 

Por fin, el 133º día de nuestra navegación descubrimos Piedra Blanca y seis horas después anclamos en la rada de Valparaíso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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4. Valparaíso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El número considerable de embarcaciones ancladas en la bahía de Valparaíso da inmediatamente una idea de la gran importancia co-mercial de este puerto. El día de nuestro arribo entraron doce naves extranjeras. Esta circunstancia no era de naturaleza para reanimar las esperanzas de lucro de esos señores. Como son muy conocidos en estos parajes fue mucha gente a saludarnos apenas anclamos.

 

Desde que se tuvo noticia de la entrada del “Mexicano” en la rada, los franceses acudieron al muelle a esperar nuestro desembarco. Las dos naves que zarparon de Burdeos al mismo tiempo que nosotros y que habían llegado a Valparaíso desde hacía más de un mes habían salido nuevamente para su viaje por la costa. Los dos capitanes, en sus charlas por la ciudad, creyeron que debían anunciar mi próxima llegada y, no queriendo decir las verdaderas razones que me impidieron embarcarme con ellos, dijeron con toda desvergüenza que había dado la preferencia a M. Chabrié, a causa de los buenos mozos que se encontraban a bordo, y que el atractivo de esa grata compañía me había hecho pasar sobre los in-convenientes de un navío tan pequeño como el “Mexicano”. Los amables franceses de Valparaíso esperaban, pues, ver desembarcar a una linda señorita porque los dos malvados capitanes, para completar la vengan-za, me habían descrito con insinuaciones malévolas. Esperaban también ver batirse en duelo a los buenos mozos del “Mexicano”, desde la mañana siguiente, lo cual les habría divertido mucho.

 

 

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Flora Tristán

 

Estaban todos reunidos en el muelle cuando pusimos pie en tie-rra. Me sorprendió el aspecto del lugar. Me creí en una ciudad fran-cesa. Todos los hombres a quienes encontraba hablaban francés y estaban vestidos a la última moda. Noté que yo era el blanco de las miradas de toda esa gente, sin poder comprender entonces el porqué. M. David me condujo donde Mme. Aubrit, una francesa que tenía una pensión en Valparaíso. No juzgó conveniente dejar allí a M. Mio-ta y le llevó a otro hotel, administrado igualmente por una francesa. La casa de la señora Aubrit se hallaba a orillas del mar. Mi ventana daba sobre la playa y la habitación estaba muy bien amueblada, la mitad a la francesa y la otra mitad a la inglesa.

 

Al bajar a tierra después de ciento treinta y tres días de navega-ción ya no sabía caminar. Me bamboleaba. Todo daba vueltas a mi al-rededor y mis pies eran tan sensibles que sentía en las plantas vivos dolores cuando estaba de pie.

 

Por la tarde vino a verme M. Miota. Le rogué ir a la ciudad en bus-ca de noticias de Arequipa, de mi tío Pío y, sobre todo, averiguar si mi abuela vivía todavía.

 

Por la noche no pude dormir. Un presentimiento confuso, una voz misteriosa me decía que una nueva desgracia iba a caer sobre mi cabeza. En todas las grandes crisis de mi vida he tenido presen-timientos semejantes. Creo que, cuando estamos reservados para grandes pesares, la Providencia nos prepara a ellos por medio de ad-vertencias secretas, a las que prestaríamos mayor atención si no es-tuviésemos seducidos constantemente por nuestra vana razón, que nos engaña sin cesar y nos arrastra siempre. Después de haber hecho mil suposiciones todo lo vi peor. Me representé muerta a mi abuela, a mi tío que me rechazaba, y a mí sola, a 4 mil leguas de mi país, sin apoyo, sin fortuna, sin ninguna esperanza. Esta situación tenía algo tan terrible, que su mismo horror levantó mi energía, me dio con-ciencia de mí misma y esperé el acontecimiento con resignación.

 

A la mañana siguiente M. Miota regresó a verme hacia las once. En cuanto llegó leí en su rostro que tenía alguna nueva siniestra que darme. ¡Mi abuela ha muerto...!, le dije. Quiso tomar algunas

 

 

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4. Valparaíso

 

precauciones para anunciármelo, pero el golpe estaba dado. Había muerto el mismo día de mi salida de Burdeos. ¡Oh! Confieso que por un momento sentí vacilar mis fuerzas. Esta muerte me quitaba mi único refugio, mi única protección, mi última esperanza. M. Miota se retiró, comprendiendo bien que, en momentos semejantes, se ne-cesita estar solo. Sin embargo, me dijo al dejarme: —Voy a decirle a M. Chabrié que venga a verla. El buen joven no sabía que, para mí, Chabrié ¡también había muerto!...

 

Existen dolores tan por encima de aquellos a que uno está expues-to por lo común, cuyas garras rudas y ardientes penetran tan pro-fundamente que ninguna lengua tiene palabras para describirlos. De esta naturaleza fueron los que sentí con la nueva de esta muerte que aniquilaba todas mis esperanzas. No vertí una sola lágrima. Con los ojos secos, ardientes, hundidos en las órbitas, hinchadas las venas del cuello y de la frente, las manos frías y crispadas, permanecí más de dos horas en la misma actitud, contemplando el mar que me pa-recía un cuadro horrible sobre el que mi historia estaba trazada con caracteres de fuego. Me sirvieron la comida ¡y comí!... a tal punto, en esta crisis de dolor inextinguible, mi alma se había separado tan por completo de mi cuerpo. Dos seres habitaban en mí: uno, para la vida física, respondía a las preguntas que se le dirigían, veía los objetos que lo rodeaban; y el otro, enteramente espiritual, vivía su vida de visiones, de recuerdos, de presentimientos. Por la tarde M. Chabrié entró en mi cuarto, vino a sentarse cerca de mí, me tomó de la mano, la apretó cariñosamente entre las suyas y lloró. Tenía una de esas naturalezas felices cuyo dolor se desvanece con las lágrimas.

 

—¡Dios mío!, me dijo después de un largo silencio, ¡querida ami-ga! ¿Qué podría decirle para consolarla? ¡Estoy aterrado! Desde esta mañana no he podido hilvanar dos ideas. No me he atrevido a venir, mi pobre Flora. Su dolor está aquí, en mi viejo corazón, como un an-cla que se hunde en el fango por su propio peso. ¡Qué hacer! En nom-bre de mi amor, dígame qué puedo hacer.

 

Contemplé el mar con un movimiento de desvarío. Hubiese queri-do que Chabrié me precipitase en él.

 

 

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—¿Quiere que la haga regresar?...

 

—¿Regresar?... ¿Y a qué país?

 

—Querida Flora, ¿qué tiene usted? Dios mío, qué frías están sus manos, cómo quema su frente. Querida amiga, cálmese. Su sufri-miento me mata.

 

Él también contempló el mar y gruesas lágrimas cayeron de sus ojos. De repente rompió el silencio que reinaba entre nosotros y me dijo: —¡Bien, Flora! Mientras más pienso más insisto en creer que este acontecimiento es feliz para los dos. Si usted hubiese encontra-do a su abuela en Arequipa todos sus asuntos de intereses se habrían arreglado como usted deseaba. Hubiese usted sido rica. ¡Oh!, mi que-rida amiga. Este pensamiento ¿no la hace estremecer?... ¡Usted rica y yo pobre! Usted lo comprende, Flora; en este caso me habría sido preciso renunciar a usted. ¡Renunciar a usted! ¡Flora, eso sería mi muerte!... En cambio, por este acontecimiento, usted es mía... ¡Oh!, no puedo creer en tanta felicidad, pues toda mi vida he sido tan desgra-ciado. Siempre he tocado la felicidad con la mano y en el momento de cogerla la veía desvanecerse. Mi buena Flora, tenga piedad de mi gozo, de mi dolor, de las crueles inquietudes que me asaltan... Han pasado tantas cosas en mí desde que he tenido noticia de esa muerte,

 

que en verdad no sé dónde encontrar mi razón.

 

Chabrié estaba en una agitación como jamás le había visto. Cami-naba a grandes pasos en el cuarto, se detenía delante de la ventana, se aproximaba a mí, me cubría con mi chal, calentaba mis manos he-ladas, me hablaba de nuestro matrimonio, de su alegría, de los arre-glos que iba a hacer para apresurar nuestra unión, me consultaba sobre sus negocios, me pedía que decidiese yo misma en la forma que quisiese. Chabrié estaba feliz y con la imagen de su felicidad sentía yo mil serpientes que me devoraban el corazón.

 

Se retiró. Me arrojé sobre mi lecho. Mi cuerpo estaba quebranta-do por la fatiga. Mi cuerpo durmió y mi alma continuó velando. Las personas que han tenido semejantes noches pueden decir que han vivido siglos en mundos diferentes. El alma se despoja de su envol-tura, se lanza ávida de conocer, en la inmensidad del pensamiento.

 

 

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4. Valparaíso

 

Corre, vuela como el cometa, atraviesa miles de esferas y, así como este astro luminoso, absorbe las ondas de claridad que refleja en su curso sobre los seres que le son caros. Libertada del cuerpo y de sus exigencias, sin que nada la detenga, el alma sigue los impulsos de Dios, principio de amor del que ella emana, y en su libertad tiene conciencia de sí misma y el presentimiento de su destino.

 

Dos días después de nuestra llegada a Valparaíso el hermoso bar-co de tres mástiles, “Elisabeth”, se hizo a la vela para Francia. Al ver los aprestos de su partida tuve el vivo deseo de irme en aquel barco pues estaba segura de la mala acogida que me haría mi tío. El temor de afligir a Chabrié me impidió ceder a este deseo. Este paso me hu-biese hecho pasar por loca a los ojos de las gentes. Pero no fue esta consideración la que me detuvo. Ya en esta época tenía costumbre de seguir la voz de mi conciencia. Los afectos de mi corazón podían disuadirme, mas no los razonamientos del mundo.

 

M. David vino a verme. Me pareció realmente apenado por la des-gracia que me había ocurrido. Me habló primero con bondad y luego sacó a relucir su filosofía. Después, cambiando el curso de la conver-sación, me dijo:

 

—¿Sabe, señorita, que aquí se habla mucho de usted desde su llegada?

 

—¿Y a propósito de qué?

 

—¡Ah!, porque es usted la sobrina de don Pío de Tristán, muy co-nocido en Valparaíso por su larga estada aquí durante su destierro; porque es usted francesa y aquellos dos capitanes dijeron que era us-ted una belleza, una divinidad y, en fin, porque están sorprendidos de que siendo ocho los que hemos vivido a bordo durante cinco meses con usted, no nos hayamos batido los ocho al llegar aquí, como su-cede cuando hay una mujer en un barco. Nos acometen a preguntas acerca de usted y todos tienen el más vivo deseo de conocerla.

 

—¡Ah, señor!, comienzo a comprender la verdad de sus opiniones:

 

los hombres son muy malos.

 

—Querida señorita, no ha visto usted nada todavía y si se deja llevar de su sensibilidad tendrá mucho que sufrir en este país. Hay

 

 

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que acorazar el corazón, como los antiguos caballeros se ponían co-razas sobre el pecho. Sobre todo, oculte sus impresiones. Que no se den cuenta de todo el daño que le hacen, pues si lo perciben, todo se perdería. Son tan cobardes que desde que ven caer a un hombre se arrojan sobre él para abrumarle.

 

—¿Ha oído usted hablar mal de mi tío?

 

—No le repetiré todo cuanto se dice de él. Eso la apenaría sin ne-cesidad. Espere, para juzgarlo, conocerle por usted misma. Aquí lo que hay que observar de curioso es la población francesa. Figúrese que hay en Valparaíso cerca de doscientos franceses.

 

—Esa cifra es enorme, ¿qué hacen para vivir? —Practican el comercio con el Perú y Centroamérica. —¿Qué género de distracciones encuentran en este país?

 

—Los ricos tienen mujeres, juegan y montan a caballo. Los que no lo son fuman cigarrillos, cortejan a las muchachas que pasan por los muelles y tienen el recurso de los chismes.

 

—¡Cómo! ¡En Chile también hay chismes! ¿Y sobre qué?

 

—Sobre todo. Siempre que se encuentran dos franceses no pue-den faltar los temas. Cada nave que llega les proporciona uno nuevo. En este momento el “Mexicano” y usted, en particular, cautivan toda la atención.

 

En efecto, nuestra estada en Valparaíso ocupaba mucho a estos franceses, quienes en realidad son los seres más habladores y chis-mosos que es dable imaginar. Se destrozan entre sí sin ninguna con-sideración y se hacen detestar de los habitantes por las bromas que no cesan de dirigirles. Es así como por lo general se muestran en los países extranjeros nuestros queridos compatriotas.

 

Mme. Aubrit tenía un comedor común donde se reunían cuaren-ta o cincuenta de ellos. Cuando vieron que no quería presentarme me hicieron pedir permiso para visitarme. Quizá hice mal en negar-me a satisfacer su curiosidad. Pero confieso que no sentía ninguna disposición para hablar de lugares comunes con esos señores. Mi negativa los ofendió y desde aquel momento me hicieron todas las pequeñas maldades que pudieron.

 

 

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4. Valparaíso

 

Creo que mi huésped, la señora Aubrit, merece figurar aquí. Pre-sentaba en Valparaíso el tipo de la modistilla de París. Había sido mo-dista y tenía unos 30 años. Su físico era agradable, su carácter alegre y despreocupado. Tenía sobre todo un corazón excelente. Era fina en sus maneras y buena con todo el mundo. Se estaba en su casa mejor de lo que podía uno estar en su propia casa. El precio era de 10 fran-cos por día por el alojamiento y dos comidas; pero se podía pedir lo que uno deseara pues Mme. Aubrit estaba siempre dispuesta a darlo sin exigir precio adicional.

 

La señora Aubrit había sido pasajera de M. Chabrié y le debía todo. Fue con su ayuda, con su apoyo y sus recomendaciones con lo que había podido formar su establecimiento en Valparaíso. Había prospe-rado y esta excelente mujer sentía por M. Chabrié el más vivo reco-nocimiento. Quizá fue a causa de esto que estuve tan bien en su casa porque M. Chabrié me había recomendado de una manera especial.

 

Mme. Aubrit es también una de las víctimas del matrimonio. Ca-sada a los 16 años con un viejo militar, cuyo carácter y costumbres le eran antipáticos, la infortunada joven tuvo mucho que sufrir. Al fin no pudo ya soportar aquel infierno, se escapó y huyó. Entonces otros males cayeron sobre su cabeza. Mme. Aubrit al dejar a su marido quedó sin medios de subsistencia. Quiso ganarse la vida, pero ¿qué hacer? Para las mujeres ¿no están cerradas todas las puertas? Cuan-do se ha tenido un hogar es difícil decidirse a vivir en dependencia de los demás. La señora Aubrit hubiese tenido que ser otra vez emplea-da de tienda a no haber esperado algo mejor. Tenía una linda voz y le aconsejaron que se dedicase al teatro. Lo hizo así, en efecto, en el Va-riedades. Pero una voz bonita no basta para triunfar en las tablas. Es necesario, además, cantar con escuela y, aunque bastante joven para aprender música no podía, sin dinero, entregarse a este estudio, pues debía trabajar para subvenir a sus necesidades. Arrastró así durante dos años su penosa existencia ya como dama de compañía, cajera o en su casa, triste, desanimada, enferma y sin nadie que derramara sobre su corazón alguna palabra de consuelo. En la pensión donde vivía conoció a un joven a quien confió su triste situación. Este no

 

 

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Flora Tristán

 

era más feliz que ella y le propuso que se fuese con él a América del Sur. La desgraciada se sentía vencida, no podía ya luchar contra la miseria y la soledad, y aceptó. Ese joven era un conocido de Chabrié. Había perdido su fortuna y con los restos que logró salvar se dirigió a América.

 

Seis meses después de su llegada a Valparaíso murió el joven. Su larga enfermedad había agotado sus últimos recursos. La pobre Mme. Aubrit quedó encinta y sin ningún medio de subsistencia. Fue en esta cruel situación que M. Chabrié la encontró al regreso de su viaje por la costa. Le propuso llevarla a Francia junto con su hijo. Pero ella comprendió que en Francia no sería sino una miserable paria y prefirió quedarse. Entonces el buen Chabrié, con su generosidad ha-bitual, se propuso hacerla salir de la desgraciada situación en la que se hallaba. La recomendó a sus consignatarios y garantizó por ella la cantidad de mil pesos. Además de esta garantía le prestó dinero. Con estos recursos abrió una pensión que prosperó inmediatamente aún más allá de sus esperanzas.

 

La historia de Mme. Aubrit es la de miles de mujeres que, como ella, están al margen de la sociedad y tienen que sufrir los horrores de la miseria y del abandono. Nuestra sociedad se muestra insensi-ble a la vista de estas desgracias y a la perversidad que las hace nacer. En su estúpido egoísmo no ve que el mal ataca la organización social por su base; los datos estadísticos revelan sus progresos sin que se piense en ponerle remedio.

 

Cuando la señora Aubrit acabó de referirme sus penas me habló de M. Chabrié, alabó su generosidad, delicadeza y agregó:

—¡Ah, señorita! ¡Es una lástima que tan bella alma haya caído también en tan malas manos!

—¿De quién quiere usted hablar?...

 

—De aquella mujer que le hizo quedarse en Lima durante tres años perdiendo su tiempo. De esa señora Aimée, de quien quizá M. David le ha hablado, pues él no la quería en lo absoluto. Hay mu-cha razón, señorita, en decir que un buen hueso no es jamás para un buen perro. Creo, sin alabarme, que valgo un poco más que esa

 

 

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señora Aimée y si nunca he encontrado hombres que me han hecho mal, en cambio, no he encontrado alguno cuyo amor corresponda al mío; mientras esa mujer ha tratado al pobre Chabrié en la forma más indigna y, a pesar de todo, él está como loco por ella.

 

Todo cuanto Mme. Aubrit me contó respecto a aquella señora Ai-mée, y el daño que le había hecho a M. Chabrié, me hizo tomar la resolución de ser su ángel bueno, de esforzarme en reparar con el poder de mi afecto el mal que aquella mujer le había causado. Y, a fin de alcanzar ese objeto, arrancar de su corazón el amor que tenía para mí. Este era el punto principal para triunfar, y al mismo tiempo, lo más difícil de la tarea que me imponía. Si nunca he retrocedido ante una empresa por penosa que fuera cuando la esperanza de hacer el bien ha sido el móvil, debo confesar, sin embargo, que tuve que sos-tener una lucha penosa durante tres días. La voz de mi conciencia me decía: Deja a Chabrié. Haz de suerte que no te ame más, tu amor le causaría vivos dolores. Mientras la voz del yo, del interés personal, me repetía sin cesar: Si dejas a Chabrié, si pierdes su amor, te queda-rás sola. Sola, sin afectos, sin amistad, la vida será para ti un desierto. Cuando esta voz insidiosa silbaba sus palabras a mi oído sentía un sudor frío por todo mi cuerpo. Me parecía que tenía miedo.

 

La amistad de Chabrié era para mí más necesaria y la abnega-ción de su afecto tomaba nuevo imperio sobre mí a cada instante. David también me agradaba más y la vista de la señora Aubrit traía presente a mi pensamiento la historia de sus dolores, de los cuales me refería a cada momento nuevos detalles y reanimaba en mí el espanto causado por la perspectiva del aislamiento. Además, tenía la salud debilitada por largos sufrimientos, la moral abatida por la última pérdida que acababa de sufrir, como consecuencia de la cual esperaba nuevas desgracias en mi familia. La reunión de todas esas circunstancias, demasiado fuertes para mí, me hacía sentir un de-seo imperioso de cariño y tranquilidad. Por momentos estaba lista a arrojarme al cuello de Chabrié, confesarle todo lo que sufría, pedirle ayuda y protección, sintiéndome ya incapaz de resistir por más tiem-po. Pero el temor de causarle un dolor me detenía. Su conducta para

 

 

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Flora Tristán

 

conmigo durante todo el viaje, esos cinco meses de amor y de com-placencia, me inspiraban tanto agradecimiento que no tenía valor para hacerlo sufrir. No sé lo que habría sucedido si hubiera tenido la fuerza para obedecer a mi deber, sin una ocurrencia providencial que me hizo tomar una determinación.

 

M. David venía a verme todas las tardes. Mi habitación era el pun-to de reunión de aquellos señores. Sus negocios no ofrecían brillan-tes perspectivas. Habían encontrado la plaza completamente ocupa-da, no tenían ventas y el vencimiento de sus letras les preocupaba horriblemente. M. David entró una tarde con aire muy satisfecho. —Querida señorita, me dijo, tengo una buena noticia que darle. Ya estamos sin inquietudes respecto a nuestras fechas de pago. Aca-bamos de recibir cartas de M. Roux, de Burdeos, en las cuales nos anuncia que sale fiador de nosotros y se encarga del pago de todas nuestras obligaciones a medida que se venzan. Dice que considera a Chabrié como miembro de su familia, como si fuera ya su hijo... Us-ted sabe, agregó M. David, antes de nuestra salida de Burdeos hubo el proyecto de casar a Chabrié con la señorita Roux. El matrimonio no le agradó a nuestro amigo porque encontraba a esta señorita de-masiado joven. Suceda lo que suceda, esta circunstancia es muy feliz para nosotros. Nuestra operación es buena, pero las ventas, más tar-días de lo que pensábamos, la hubiesen hecho mala sin la compla-cencia de M. Roux quien va a facilitarnos los medios de esperar.

 

Lo que me dijo M. David me hizo vislumbrar para Chabrié un por-venir insospechado hasta entonces. Ese matrimonio con la señorita Roux le convenía perfectamente. Él quería a la familia de M. Roux tanto como a la suya. La más grande intimidad reinaba entre ellos. Ambos, nacidos en la misma ciudad, educados juntos, habían nave-gado largo tiempo en la misma embarcación. Chabrié tenía diecio-cho años más que la señorita Roux, pero si la joven lo amaba ¿qué importaba esa diferencia de edad? No sé si mi doble vista me sirvió en esta ocasión, mas pude ver con claridad que Chabrié encontra-ría en esta unión con la hija de su amigo la felicidad y el reposo que tanto necesitaba. Y desde aquel instante resolví emplear todos mis

 

 

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4. Valparaíso

 

esfuerzos para decidirle. Me regocijé con M. David por la generosa confianza de M. Roux, que les sacaba de apuros, y cuando Chabrié vino conversamos largamente.

 

Al día siguiente anuncié a M. Chabrié que al ver mis intereses com-prometidos por la demora no podía esperar por más tiempo su partida y estaba determinada a seguir sola en línea recta hasta Arequipa.

 

Chabrié se sorprendió tanto por esta súbita determinación que no pudo creer en mis palabras. Me las hizo repetir varias veces. Cal-mé su pesar y le mostré que nuestros comunes intereses así lo exi-gían. Me suplicó que esperara por lo menos dos días a fin de tener tiempo para reflexionar. Persuadí a M. David de la urgencia de mi sa-lida inmediata para Arequipa, él me ayudó a reconciliar a M. Chabrié con esta próxima separación. Desde el momento en que tomé esta resolución me sentí fuerte, libre de toda inquietud y gusté esa satis-facción interior que tanto bien hace cuando se tiene la conciencia de haber hecho una buena acción. Me encontré tranquila. Acababa de triunfar de mí. La buena voz había prevalecido.

 

Libre por completo de toda preocupación pude entregarme a mi papel de observadora. Recorrí entonces la ciudad en todos sentidos. Para describir una ciudad, por poco importante que sea, hay que ha-cer una estancia prolongada, conversar con toda clase de gentes y ver la campiña que la alimenta. No es solo de paso como se pueden apreciar los usos y costumbres y conocer la vida íntima. Solo me que-dé catorce días, siempre en Valparaíso y un tiempo tan corto no per-mite trazar sino un esbozo de su apariencia exterior.

 

M. Chabrié me dijo que había conocido Valparaíso en 1825. En aquella época la ciudad se componía de treinta o cuarenta cabañas de madera. Ahora todas las alturas que circundan el mar están cu-biertas de casas. La población se eleva a 30 mil almas. La ciudad pre-senta tres partes bien distintas: el barrio del Puerto o de la Aduana, formado por una sola calle y que se prolonga por las orillas del mar por espacio de una legua. No está todavía pavimentada y en tiem-po de lluvias es una cloaca. La Aduana está situada frente al mue-lle: es un vasto edificio cómodo para su destino, pero sin ninguna

 

 

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Flora Tristán

 

decoración arquitectónica. En aquel barrio están las grandes casas de comercio de diversas nacionalidades, los almacenes, los depósitos y las hermosas tiendas de objetos de lujo. Allí la vida es activa y el movimiento continuo. Alejándose de aquel centro se llega al barrio del Almendral, único paseo de los habitantes. Es en esa parte de la ciudad donde se hallan los retiros, las casas de recreo con bellos jar-dines. En fin, la tercera parte se llama la Quebrada (garganta de mon - tañas que ciñen la ciudad) y está habitada por los indios.

 

El carácter de los chilenos me ha parecido frío. Sus maneras du-ras y altaneras. Las mujeres son tiesas, hablan poco, ostentan gran lujo en la toilette, pero su manera de vestir carece de gusto. En lo poco que conversé con ellas no quedé impresionada por su amabilidad, y a ese respecto me parecen muy inferiores a las peruanas. Se dice que son excelentes mujeres de hogar, laboriosas y sedentarias. Lo que pa-recería probarlo es que todos los europeos que llegan a Chile se casan allí, lo que sucede con menos frecuencia en el Perú.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5. El “Leónidas”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Había separado mi pasaje a bordo del barco de tres mástiles “Leóni-das”. El capitán me hizo prevenir que se había fijado la partida para el domingo 1 de septiembre a las doce del día.

 

Me levanté ese día muy temprano, pues no tenía criado para ayu-darme a hacer mis maletas y otros preparativos de viaje. Tuve que escribir varias cartas. Todas esas ocupaciones pusieron, por algunos instantes, una tregua a los pesares que me oprimían el alma. En me-dio de mis preparativos recibí muchas visitas y debí a las molestias del momento la apariencia de calma con que las recibí. Esas perso-nas venían a despedirse de mí, las unas por afecto, el mayor número por curiosidad. El pobre Chabrié no podía estar tranquilo. Iba y venía alternativamente del cuarto al balcón por temor a que esos visitan-tes importunos percibiesen su emoción. Gruesas lágrimas brotaban de sus ojos, su voz estaba alterada, no se atrevía a decir una palabra. Su dolor me agobiaba.

 

Como viéramos que el “Leónidas” se aprestaba a levar anclas des-pedí a mis visitantes. No conocía a todas aquellas gentes sino desde hacía poco tiempo. Pero estábamos en país extraño, los unos habían venido de Francia conmigo, los otros eran mis compatriotas, habla-ban mi idioma y mi corazón se oprimía al verlos alejarse.

 

Quedé algunos instantes sola con Chabrié.

 

 

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Flora Tristán

 

—¡Oh!, me dijo. Flora, júreme que me quiere usted, que será usted mía y que la veré muy pronto, pues si usted no lo hace no tendré fuer-zas para verla partir.

 

—Querido amigo ¿tengo necesidad de jurarle que lo amo? En cuanto a la unión proyectada, solo Dios sabe lo que el porvenir nos tiene reservado.

 

—Pero ¡su voluntad, Flora! Repítame que en este momento puedo considerarla como mi esposa. ¡Oh!, repítalo.

Hubiese deseado evitar la renovación de una promesa que sabía muy bien no podía cumplir. Pero su dolor me asustó. Temí que no pudiese dominarse y, atormentada por su expresión conmovedora y ante el temor de que David u otra persona entrase y lo encontrase llo-rando, le prometí ser su esposa y quedarme en América a participar de su buena o mala fortuna. El desgraciado, ebrio de alegría, estaba emocionado muy vivamente para notar el profundo dolor que me ago-biaba. No sentía que en sus brazos no estrechaba más que un cadáver incapaz de devolverle la menor caricia. Me dejó porque creyó no tener la fuerza de acompañarme y fui con M. David a bordo. Me despedí de la señora Aubrit y saludé a la multitud de franceses, que encontré en mi camino, con una sangre fría que me admiraba a mí misma y que provenía del estado de aturdimiento en que me encontraba.

 

Nos hallábamos en el bote. Guardaba silencio y estaba atenta solo para reprimir dentro de mí el dolor que me devoraba, cuando M. Da-vid me dijo:

 

—Señorita Flora, vamos a pasar delante del “Mexicano”. ¿No quiere usted decirle adiós a ese pobre “Mexicano”, al que sin duda no volverá a ver más? Esas palabras produjeron en mí un efecto in-concebible. Fui presa de un temblor súbito que no pude resistir. Mis dientes castañeteaban. M. David lo notó, pero le dije que sentía frío. Temí por un instante que no podría sostener ya mi cabeza.

 

M. Briet, Fernando, Cesáreo, todos estaban en el puente para sa-ludarme y decirme adiós. No podía pronunciar una palabra. ¿Por qué nos deja, señorita Flora?, me gritó M. Briet. ¡Pobre señorita!, de-cían los demás, ¡qué valor tiene! Todos repetían la palabra adiós, que

 

 

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5. El “Leónidas”

 

repercutía en mi corazón desgarrado. Inclinaba la cabeza, me ocul-taba entre mi velo, murmuraba ¡adiós, adiós! e invocaba a la muerte.

Subimos a bordo del “Leónidas” en el cual encontramos una in-mensa multitud de ingleses y americanos que habían ido a acompa-ñar a sus amigos. David, después de haberme recomendado caluro-samente al capitán, me condujo a mi camarote junto con el steward,1 a quien pidió que me atendiese con celo. Ambos me ayudaron a arre-glar mis efectos y a ordenar mi camarote. Enseguida M. David me llamó aparte, me describió la manera de ser de los extranjeros con quienes iba a vivir para ponerme en guardia contra hombres con quienes una mujer debe ser más que reservada si quiere que la res-peten. Había en el salón varios ingleses o americanos sentados en torno de una mesa bebiendo un grog. Me convertí en el centro de atención de todos aquellos extranjeros. Hablaban en inglés y veía que me tomaban por tema de su charla. Sus risas y miradas insolen-tes provocaron mi indignación. Sentí cuán sola estaba en medio de esos hombres con vicios inmundos y que desconocían las atenciones debidas a una mujer y a la primera de las leyes sociales: la decencia. Ese espectáculo, que daba tanta veracidad a los consejos de M. David, me entristecía profundamente. Sentía yo todos los horrores del ais-lamiento. M. David, al darse cuenta de ello, se esforzó por fortalecer mi valor, por reanimar la confianza en mí misma y, cuando levaron anclas, se despidió. Lo acompañé hasta el puente y después de ha-berlo visto embarcar en su bote me senté en la popa del barco donde permanecí hasta que vinieron a arrancarme de allí.

 

Lo que pasaba en mí sería difícil de describir. Mi corazón estaba tan ahíto de dolor, mis miembros tan fatigados, todo tan confuso en mi pobre cabeza debilitada, y yo tan débil, que los ruidos diferentes, los objetos dispares de que me hallaba rodeada me causaban la más extraña pesadilla y presentaban para mí el caos más extraño. Había aquel día una gran fiesta en la ciudad, con ocasión de una revista de la Guardia Nacional de Chile. Escuchaba las bandas de música, veía

 

1   El steward es a bordo de los barcos ingleses el sirviente que atiende el salón. [N. de la A.].

 

 

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Flora Tristán

 

a todo el mundo muy bien vestido y yo asistía del brazo de Chabrié. Poco a poco vi alejarse Valparaíso, los barcos de la rada se volvieron tan pequeños que parecían juguetes de niños. El ruido del puerto, los ladridos de los perros y el canto del gallo no llegaban ya a mis oídos. ¡Oh, Dios mío! Una vez más perdía tierra. Entonces un dolor violento se apoderó de mi corazón. Recobré mis sentidos, pero fue para maldecir mi destino. Cuanto había sufrido desde mi infancia, mi posición actual, todo se presentó simultáneamente ante mis ojos. Aquellos recuerdos estaban tan llenos de vida que sentí juntos todos los dolores pasados y los pesares presentes. Mi imaginación me ha-cía concebir los más funestos pensamientos. Estaba inclinada sobre la barandilla del navío desde hacía algunos instantes, miraba con fijeza la casa del cónsul inglés situada en la cima de la más elevada montaña de Valparaíso que, gradualmente, se perdía en el horizonte. Mis ojos fatigados miraron el agua. Sentí la inmensidad del mar y los pesares que arrastraba en pos mío. No sé lo que hubiese ocurrido con ese deseo que a cada momento tomaba más fuerza si el capitán y un médico, a quienes no había hablado todavía, no hubiesen venido a obligarme a dejar mi sitio para conducirme al salón. Quise resistir, mas el mareo se había apoderado de todas mis fuerzas y paralizó mi voluntad. Me condujeron a mi cabina. Me acosté y por felicidad el mareo fue tan fuerte que muy pronto no me quedó idea alguna.

 

Pasé una noche espantosa. Al amanecer mis sufrimientos se calmaron un tanto. Me quedé dormida y no desperté sino dos ho-ras después del mediodía. El capitán y el doctor me importunaron entonces con sus apremiantes solicitudes para inducirme a tomar alguna cosa. Al fin, impaciente y para librarme de sus reiterados rue - gos, consentí en tomar un poco de sopa a la que agregué una taza de café con agua. En efecto, me encontré mejor después de esta ligera colación. Me levanté y subí al puente. Mi primer movimiento fue vol-ver los ojos en dirección de Valparaíso. Pero ¡ay!, no había ya nada...

 

nada, sino cielo y agua. Me sentí oprimida y un suspiro se escapó de mi pecho. Me senté sobre la banca destinada a los pasajeros. Mi esta-do de debilidad me dispensaba de hablar y, como no estaba dispuesta

 

 

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5. El “Leónidas”

 

en lo absoluto a hacerlo, me puse a observar con atención a mis nue-vos compañeros de viaje.

El capitán era uno de esos americanos del norte cuyo espíritu está circunscrito a la profesión que ha abrazado. Pesado y materialista, la bondad resultaba en él fruto del temperamento más bien que de la educación. Yo le había sido recomendada en Valparaíso en forma muy especial por los consignatarios de M. Chabrié. Tenía para mí el más grande respeto y todas las complacencias y atenciones que su imaginación podía sugerirle. Nos hicimos buenos amigos enseguida, tanto como podíamos serlo, hablando idiomas diferentes: él inglés únicamente y yo francés y español que él no comprendía.

 

Había tres pasajeros americanos, además del doctor. Uno de ellos era un hombre bastante vulgar y no hablaba francés ni español; otro, un joven de 19 años, de un físico agradable, de humor sombrío y melancólico, que estaba atacado de spleen. Le obligaban a hacer un viaje tan largo solo con la esperanza de curarlo. Mas en vano había pasado por todas las latitudes del globo. Languidecía siempre, ningu-na mejoría se manifestaba en su estado, parecía aspirar a otra vida y no haber venido a este mundo sino para apreciar mejor aquel al que estaba destinado. Me fue imposible hablar mucho con él pues no comprendía sino algunas palabras de español y nada de francés.

 

El tercer americano merece una atención especial. De 24 a 26 años, era de talla pequeña, bien formado, gracioso en todos sus mo-vimientos, muy rubio, con la piel pecosa, los rasgos finos y regula - res, pero le faltaba esa expresión viril que uno gusta de ver en un hombre. Hablaba el español bastante bien, comprendía un poco el francés, aunque no lo hablaba, y tenía, cosa rara entre los america-nos, un excelente tono y el exterior de un hombre acostumbrado a la buena sociedad. Era un elegante de buen gusto que, aun a bordo, cambiaba cada día de toilette y su indumentaria presentaba siempre un conjunto de formas y de colores de admirable armonía. Era muy refinado en todo, tenía mucho orden, sin que, a pesar de ello, se le notara afectación en nada. Con todo, su manera de ser parecía pro-venir de las reglas aprendidas y ser su expresión exacta. Empleaba

 

 

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Flora Tristán

 

la mañana en su correspondencia comercial. Después de la comida leía, tocaba la flauta y también cantaba. Era el hermoso ideal, el mo-delo perfecto del gentleman de trasatlántico. Pero se sentía en él la ausencia de aquel abandono que da tanto encanto a las relaciones ín-timas. La regla dominaba al hombre en todos los detalles de la vida. Dotado de tacto y de discernimiento, estaba demasiado en guardia sobre sí mismo para desviarse jamás de un plan de conducta en el que todo parecía haber sido previsto. En una palabra, la inspiración o la espontaneidad no se manifestaban en nada de cuanto hacía. Como apreciamos nuestros talentos en proporción al trabajo que he-mos tenido al adquirirlos, estaría dispuesta a creer que ese elegante americano tenía una alta idea de sí mismo. Nacido en Nueva York se llamaba Pedro Vanderwoort. Por todas las ventajas exteriores que se había procurado debía haber obtenido éxitos de salón, pero ¡qué distancia hay entre el hombre a quien el arte social ha modelado así y aquel a quien la Providencia ha destinado a sobresalir en cualquier parte, a ser eminente como artista, como sabio o como escritor, en fin, a marchar a la cabeza de sus semejantes! Este último domina las reglas, no las soporta.

 

Desde el primer momento que examiné a Mr. Vanderwoort vi que a mi vez era objeto de su observación. Pero no podía adivinar qué efecto producía sobre él. Su fisonomía poco expresiva no dejaba trai-cionar su pensamiento.

 

Llego por fin al doctor, M. Víctor de Castellac. Por primera vez en mi vida, quizá, encontraba en él a un hombre a quien no llegaba a clasificar. Ese doctor me dijo que tenía 33 años. Yo le habría dado tan-to veinte como cuarenta. Era francés y, de no habérmelo dicho, no hubiese podido distinguir a qué nacionalidad pertenecía. Hablaba el francés sin ningún acento local, así es que no se podía discernir en qué provincia de Francia había nacido y su tono, sus maneras, sus costumbres, su vestido y su conversación tampoco indicaban uno u otro país, ni traicionaban alguna profesión. Me di cuenta de que el doctor me examinaba también con una curiosidad mezclada de sorpresa. No supe en aquel momento a qué atribuirlo. Más tarde vi

 

 

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5. El “Leónidas”

 

que la atención del público de Valparaíso, de la que a pesar mío había sido objeto, había hecho nacer en él el deseo de conocerme.

Estuve enferma los dos primeros días, pero enseguida me encon-tré mejor. Readquirí mis fuerzas físicas y con ellas mis fuerzas mora-les. Aprobaba mi conducta. Me sentía con valor para persistir en ella y luchar contra los obstáculos que me esperaban. La satisfacción de mí misma me devolvió toda mi alegría.

 

El doctor y yo nos juntamos para conversar. Me puse a hablar de París, de Argelia, de otras mil cosas con un entusiasmo que me admi-raba a mí misma. Hablamos sobre todos los temas, pero en especial de París, tema al que él me conducía siempre porque casi no conocía aquella ciudad habiendo pasado toda su vida, desde su salida del co-legio, en las colonias españolas. El elegante americano se esforzaba por comprender lo que decíamos. Cogía el sentido de algunas frases y adivinaba lo demás. Me dejó al fin conocer la opinión que se había formado de mí y de M. de Castellac; tuve más libertad para divertir-me con él a expensas de ese pobre doctor que se prestaba a burla en una multitud de ocasiones.

 

M. de Castellac, después de haber permanecido seis años en Méxi-co, donde había acumulado una bonita fortuna, fue a París en 1829. Confió todo su dinero a M. Vassel y Cie., pues pensaba que la casa bancaria de esos señores era una de las que ofrecían más garantía. Sobrevino la revolución de 1830. Esos señores quebraron y el doctor perdió en un solo día el fruto de seis años de trabajo. En un princi-pio estuvo inconsolable, se quedó un año en París y devoró sus últi-mos recursos al tratar de salir de compromisos y de recoger algunos restos de su fortuna perdida. Al fin adoptó un partido: resignarse a volver a América con intención de juntar nuevas riquezas. Esta vez había dado su preferencia al Perú y se dirigía a la ciudad del Cuzco.

 

El doctor era muy conversador y sobre todo muy curioso. En el fondo excelente hombre, aunque egoísta y desconfiado porque cono-cía el mundo y, como M. David, había sido víctima suya.

 

Hicimos una travesía muy feliz. El octavo día, a las nueve de la noche, anclamos en la bahía de Islay (costa del Perú).

 

 

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6. Islay

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El día de nuestra llegada no pude distinguir la costa del Perú. En el momento en que nos acercábamos caía una lluvia menuda como la niebla que nos disimulaba la vista de la ribera. El mar estaba tran-quilo y sin una embarcación inglesa que envió su chalupa para re-molcarnos no sé cómo hubiésemos entrado. Estuvimos muy contra-riados por no poder juzgar el aspecto de la comarca. El doctor y yo teníamos viva impaciencia por verla. Agitados por esta curiosidad velamos hasta muy avanzada la noche. Formábamos conjeturas acerca de la naturaleza de un país que ansiábamos conocer, al mis-mo tiempo que conversábamos sobre nuestros respectivos proyectos. El doctor se levantó de madrugada, atormentado por el deseo de ver. Regresó al salón. Yo no dormía y lo veía a través de mis persianas. El pobre hombre me pareció enteramente desmoralizado. Lloraba. Esto me dijo mucho sobre el país. Pocos momentos después el doctor no pudo contenerse más, se acercó a mi puerta y me dijo: —Paisana ¿duerme usted?

 

—No, le dije.

 

—¡Ah! ¡Si usted supiera, señorita, en qué horrible desierto nos en-contramos! ¡Es espantoso! Ningún árbol, nada verde, solo arena ne-gra y árida y algunas cabañas de bambú. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué va a ser de mí?

 

 

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Flora Tristán

 

—Doctor, es preciso tomar un partido. La suerte está ya echada. Sus llantos, sus lamentos y sus maldiciones no harán crecer árbo-les ni verdor. Por lo demás parece que usted viene acá para buscar oro y no hermosos lugares campestres.

 

Me levanté. Mientras me vestía, mi imaginación exageró de tal manera el horror del país que, cuando subí al puente, me sentí me-nos afectada por la vista de la aridez y la miseria. Toda la costa del Perú es en extremo árida. Islay y sus alrededores no presentan sino una perspectiva de desolación. Sin embargo, el puerto prospera en forma sorprendente. Me ha referido don Justo, el director del co-rreo, que cuando se estableció en aquel lugar solo había tres chozas y un gran hangar en donde se instaló la Aduana. Después de seis años de existencia Islay tenía de 1.000 a 1.200 habitantes, por lo menos. La mayoría de las casas, construidas de caña, no están en-ladrilladas; pero hay algunas muy bonitas, hechas de madera que tienen elegantes ventanas y el suelo entablado. La casa del cónsul inglés estaba a punto de quedar terminada cuando ingresé a Islay, es encantadora. La Aduana es una construcción de madera muy grande. La iglesia es más o menos buena y sus proporciones están en relación con la importancia de la localidad. El puerto de Islay, mejor situado que el de Arica, ha absorbido todos los negocios. Si continúa prosperando, como sucede desde hace seis años, podrá en diez más tener 4 o 5 mil habitantes. Pero la esterilidad del territorio será por mucho tiempo un obstáculo para un crecimiento mayor. Enteramente privado de agua, carece de árboles y de vegetación de cualquier especie. La época de los pozos artesianos no ha llegado to-davía para este país. Está demasiado atrasado para pensar en ello. Islay no tiene sino una pequeña fuente de agua potable que a me-nudo se seca en el verano, entonces los habitantes se ven obligados a abandonar sus habitaciones. El suelo está formado por una arena negra y pedregosa que sería indudablemente muy fértil si se pudie-se irrigar.

 

 

 

 

Hacia las seis de la mañana el capitán de puerto vino a bordo a hacer la inspección, como se practica en todas partes a la llegada de

 

 

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6. Islay

 

los barcos. Se pidieron los pasaportes y cuando leyó el mío se elevó entre los dos o tres hombres de la aduana un grito de admiración. Aquellos hombres me preguntaron si yo era pariente de don Pío de Tristán y mi respuesta afirmativa suscitó entre ellos una larga conversación en voz baja. El resultado de esa deliberación fue que se me trataría con todas las muestras de deferencia y de distinción propias a los personajes eminentes de la república. El capitán de puerto vino respetuosamente a decirme que era un antiguo ser-vidor de mi tío, a cuya generosidad debía su puesto, pues don Pío se lo había concedido cuando fue prefecto de Arequipa. Me dijo también que desde hacía un mes mi tío estaba en Camaná con toda su familia, en un gran ingenio de azúcar situado a orillas del mar, a 40 leguas de Islay y otras tantas de Arequipa. Aproveché los ofre-cimientos del capitán de puerto para rogarle que me precediera en Islay y llevase las cartas de recomendación que traía para el administrador de la aduana y para don Justo de Medina,1 director del correo y apoderado de mi tío. A las once, después de haber al-morzado y habernos vestido abandonamos el “Leónidas” con todo nuestro equipaje.

 

 

Islay no tiene muelle todavía y el desembarque es por lo menos tan difícil como en la Praia. Fui recibida en aquella primera aldea del Perú con todos los honores debidos a los títulos y empleos de mi tío Pío. El administrador de la aduana, don Basilio de la Fuente,2 me ofreció su casa. Justo de Medina, director del correo, me propuso igualmente que aceptase la suya. Di preferencia a este último por-que sentí más simpatía hacia él.

 

Atravesamos toda la población. Consta de una larga calle no muy bien trazada, en la cual subsisten todavía las rocas del mar y las desigualdades del terreno y en donde uno se hunde en la arena

 

1   El administrador del correo de Islay en ese año se llamaba José de Medina y no Justo, según puede verse en el Calendario y Guía de Forasteros para el año 1833. [N. de la T.].

 

2   El administrador de la aduana de Islay, por largo tiempo, fue Mariano Basilio de la Fuente y Bustamante, quien también fuera alcalde de Arequipa (1823) y prefecto en varios departamentos. Ver Bacacorzo (2000, p. 441, t. 1). [N. de la primera Ed.].

 

 

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Flora Tristán

 

hasta la mitad de las piernas. Allí fui, aún más que en Valparaíso, el punto de mira de todos. Era yo un acontecimiento. Don Justo me instaló en la pieza más hermosa de su casa. Su esposa y su hija se apresuraron a ofrecerme todo cuanto juzgaron que podría serme agradable. El pobre doctor Castellac no me dejaba a sol ni a sombra y, para recompensarle de todos los cuidados que me había prodiga-do durante el viaje, hice de él realmente mi médico. Con este título sería admitido a gozar de las ventajas y de la generosa hospitali-dad brindadas a la sobrina de don Pío de Tristán. El doctor ocupó también un cuarto en la casa de don Justo y desde entonces no se separó de mí.

 

Es necesario que, para ilustración del lector, le ponga al corrien-te de las relaciones existentes entre mi tío y yo y que le instruya acerca de la posición de mi tío respecto a los habitantes del país.

 

Se ha visto en mi prefacio que el matrimonio de mi madre no había sido regularizado en Francia y que, como resultado de aquel defecto de forma, se me consideraba como hija natural. Hasta la edad de 15 años había yo ignorado esta absurda distinción social y sus monstruosas consecuencias. Adoraba la memoria de mi padre y esperaba siempre la protección de mi tío Pío, a quien mi madre me hacía querer y de quien me hablaba continuamente, aunque ella no le conociera sino por su correspondencia con mi padre. Yo había leído y releído esta correspondencia, monumento extraordinario en que el amor fraternal se producía en todas sus formas. Tenía 15 años cuando, con ocasión de un matrimonio que yo deseaba con-traer, mi madre me reveló la posición en que me colocaba mi na-cimiento. Mi orgullo quedó herido de tal manera que en el primer momento de indignación renegué de mi tío Pío y de toda mi fami-lia. En 1829, después de una larga conversación sobre el Perú con M. Chabrié, escribí a mi tío la carta siguiente, en la que yo misma, para servirme de la expresión del presidente de la Corte de Arequipa, me corté en cuatro la cabeza.

 

 

 

 

 

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6. Islay

 

Al señor Pío de Tristán.

 

Señor:

 

Es la hija de su hermano, de ese Mariano tan querido para usted, quien se toma la libertad de escribirle. Quiero creer que usted ignora mi existencia y que de más de veinte cartas escritas a usted por mi madre, en el espacio de diez años, ninguna ha llegado a su poder. Sin una última desgracia que me ha reducido al colmo del infortunio no me dirigiría a usted. He encontrado un conducto seguro para hacerle llegar esta carta y abrigo la esperanza de que no será usted insensible a ella. Adjunto mi partida de bautismo. Si le quedan algunas dudas, el célebre Bolívar, amigo íntimo de los autores de mis días, podrá es-clarecerlas.3 Me ha visto educar por mi padre, cuya casa frecuenta-ba continuamente. Puede usted también ver a su amigo, conocido por nosotros con el nombre de Robinson, así como a M. Bonpland, a quien ha debido usted conocer antes de que fuese hecho prisionero en el Paraguay. Podría citarle algunas otras personas, pero estas bas-tan. Voy, lacónicamente, a exponerle los hechos.

 

Para sustraerse a los horrores de la revolución, mi madre fue a Espa-ña con una señora pariente suya. Estas damas se establecieron en Bil-bao. Mi padre trabó amistad con ellas, y de esta relación nació pronto entre él y mi madre un amor irresistible que les hizo indispensables el uno al otro. Las señoras regresaron a Francia en 1802. Mi padre no tardó en seguirlas. Como militar tenía necesidad del permiso del rey para casarse. No quiso pedirlo (respeto demasiado la memoria de mi padre para tratar de adivinar cuáles pudieron ser sus motivos) y propuso a mi madre unirse a ella solamente por medio de un matri-monio religioso (matrimonio que no tiene valor alguno en Francia). Mi madre sentía que ya no podía vivir sin él y aceptó esta propuesta. La bendición nupcial les fue dada por un respetable eclesiástico, M. Roncelin, quien conocía a mi madre desde su infancia. Los esposos fueron a habitar en París.

 

 

3   Simón Bolívar conoce a la pareja Tristán-Laisney a su paso por Bilbao, alrededor de 1800. Apenas con 16 años, Bolívar tenía el grado de alférez, mientras que Tristán era coronel y estaba investido del hábito de la Real Orden de Santiago. La amistad continuaría por largo tiempo. Ver Bacacorzo (2000, pp. 158-160). [N. de la primera Ed.].

 

 

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Flora Tristán

 

A la muerte de mi padre, M. Adam, de Bilbao, después diputado a las Cortes y que había conocido a mi madre tanto en España como en Francia como esposa legítima de don Mariano de Tristán, le envió un acta notarial firmada por más de diez personas, quienes, todas, atestiguaban haberla conocido con este mismo título.4

 

Usted sabe que entonces mi padre no tenía por fortuna sino la ren-ta de 6 mil francos dejados por su tío el arzobispo de Granada, a título de hijo mayor de la familia de los Tristán. Recibió también al-gunas sumas que usted le envió; pero las más considerables se per-dieron: 20 mil francos fueron capturados por los ingleses y 10 mil volaron en el navío “La Minerva”. Sin embargo, gracias a la econo-mía de mi madre, mi padre llevaba una vida muy honorable. Trece meses antes de su muerte compró una casa en Vaugirard, cerca de París. Cuando murió, el embajador príncipe de Masserano se apo-deró de todos sus papeles, usted ha debido recibirlos por interme-dio del embajador de España y con ellos el contrato de adquisición de la mencionada casa.

 

Mi padre había pagado en parte esta propiedad. Si se la hubiesen dejado a mi madre esto la habría ayudado a educarnos a mi her-mano y a mí. Pero diez meses después de la muerte de mi padre el gobierno se apoderó de ella como bien perteneciente a un español a causa de la guerra que entonces había entre ambos países. Después ha sido vendida y hay un excedente de 10 mil francos que se debían sobre el precio de adquisición. Con todo, mi madre pagó 554 francos de alcabala a nombre de los herederos, suma que jamás le ha sido devuelta.

 

Usted debe pensar, señor, cuánto ha debido sufrir mi madre al que-dar sin fortuna y cargada con dos hijos, pues mi hermano vivió diez años. Mas, a pesar del estado de necesidad en que se encontraba, no

 

4   “El alto rango del peruano y su condición privilegiada de noble le obligaban a solicitar permiso para la unión formal, y realizada esta procedía su inscripción en vía de constancia. [...] El instrumento notarial suscrito por el señor Adam [...] es ab-solutamente insuficiente para reemplazar una partida legal, ya que matrimonio non praesumitur [el matrimonio no se presume]”. Ver Bacacorzo (2000, p. 204). [N. de la primera Ed.].

 

 

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6. Islay

 

quiso que la memoria de aquel que había sido el objeto de sus más tiernos afectos quedase manchada. A causa de la guerra mi padre no recibía nada desde hacía veinte meses y, por lo tanto, se hallaba en gran necesidad. A solicitud de mi madre, mi abuela prestó a mi padre 2.800 francos, sin pedirle recibo de aquella suma, lo que hizo que a su muerte se encontrase sin comprobante. Mi madre pagó puntual-mente los intereses a mi abuela que los necesitaba para vivir. A la muerte de ella reembolsó el tercio de la suma a su hermana y el otro tercio a su hermano.

 

 

No deseo, señor, que el resumen de mis desgracias cuyos rasgos he trazado débilmente le hagan descubrir los detalles. Su alma sensi-ble al recuerdo de un hermano que le quería a usted como a su hijo, sufriría demasiado midiendo la distancia que existe entre mi suerte actual y la que debería tener la hija de Mariano... de ese hermano que, herido como por un rayo por una muerte súbita y prematura (una apoplejía fulminante), no pudo decir sino estas palabras: “Hija mía... Pío te queda...” ¡Desgraciada hija!...

 

Sin embargo, no crea, señor, que cualquiera que sea el resultado de mi carta, los manes de mi padre podrán ofenderse con mis murmu-raciones. Su memoria será siempre querida y sagrada.

 

Espero de usted justicia y bondad. Me confío a usted con la esperan-za de un mejor porvenir. Le pido su protección y le ruego quererme como la hija de su hermano, Mariano tiene el derecho de reclamarlo.

 

Soy su muy humilde y obediente servidora,

 

Flora de Tristán.

 

 

Después de la lectura de esta carta puede juzgarse mi sinceridad cuando he descrito mi completa ignorancia del mundo, mi fe en la probidad, esta crédula confianza en la buena fe, que supone a los demás buenos y justos como lo es uno mismo. Crédula confianza de la que mi tío me enseñó a conocer el abuso, a pesar de haber hecho

 

 

 

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Flora Tristán

 

profesión de tanto amor hacia mi padre. He aquí la respuesta que me dirigió.

 

Señorita Flora de Tristán.

 

Arequipa, 6 de octubre de 1830.

 

Señorita y mi estimable sobrina:

 

He recibido con tanta sorpresa como placer su estimable carta del 2 de junio último. Ya sabía, desde que el general Bolívar estuvo aquí en 1825, que mi hermano muy querido, Mariano de Tristán, tenía una hija en el momento de su muerte. Antes, el señor Simón Rodríguez, conocido por usted con el nombre de Robinson, me había dicho igual cosa. Mas, como ni el uno ni el otro me dieron noticias posteriores de usted ni del lugar en donde se encontraba, no me fue posible tratar de algunos asuntos que nos interesaban a usted y a mí. La muerte de su padre me fue anunciada oficialmente por el gobierno español, se-gún noticias enviadas por el príncipe de Masserano. Envié, por tanto, mis plenos poderes al general Goyeneche, hoy conde de Guaqui, para el efecto de seguir los asuntos de la sucesión de mi hermano. Pero nada pudo hacer, a causa de la invasión de España por los franceses, lo que le obligó a venir al continente americano por asuntos de gran importancia. Como resultado de esta misma invasión quedamos du-rante largos años incomunicados y luego la guerra de América nos ocupó de tal manera que no pudimos pensar en cosas que, a causa de la distancia, eran difíciles de solucionar. Sin embargo, el 9 de abril de 1824 envié a M. Changeur, negociante de Burdeos, poderes especiales para llegar a descubrir su paradero por intermedio de sus agentes en París y recoger los bienes que el difunto había dejado. Le di la dirección de la casa que habitaba mi hermano en momentos de su muerte. Antes y después de enviar el poder le recomendé muy especialmente, y en diferentes ocasiones, que no perdonara la menor gestión para saber si existían usted y su señora madre. No obtuve más resultado que hacer-me cargar en cuenta los gastos inútiles de las averiguaciones practica-das para ello, averiguaciones cuyas pruebas tengo en mi poder. ¿Cómo después de veinte años a partir de la muerte de mi hermano Tristán, sin tener noticias suyas ni de su madre, podía figurarme que vivía

 

 

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6. Islay

 

usted todavía? Sí, mi querida sobrina, es una fatalidad que ninguna de las numerosas cartas, escritas por su señora madre, hayan llegado cuando la primera dirigida por usted la he recibido sin atraso. Yo soy muy conocido en este país y las relaciones entre sus costas y las de allá son muy frecuentes desde hace ocho años para que me llegase una de sus cartas por lo menos. Esto prueba de manera evidente que ustedes han procedido con cierta negligencia a este respecto.

 

He visto la partida de bautismo que me ha enviado y tengo fe plena y absoluta en cuanto a su calidad de hija reconocida de mi hermano, aunque esta pieza no está legalizada y firmada por tres notarios que certifiquen como verdadera la firma del cura que la entregó, como debería estarlo. En cuanto a su madre y su calidad de esposa legítima de mi difunto hermano, usted misma reconoce y confiesa que la ma-nera como le fue dada la bendición nupcial es nula y de ningún valor tanto en este país como en toda la cristiandad. En efecto, es extraor-dinario que un eclesiástico que se llama respetable como M. Ron-celin, se haya permitido proceder en un acto semejante, tomándose una atribución indebida respecto a los contrayentes. Carece también de valor el hecho de que en el momento de su bautismo se haya de-clarado a usted como hija legítima y es igualmente insignificante el documento que usted me dice haber sido enviado desde Bilbao por intermedio de M. Adam y en el cual diez personas de dicha ciudad declaraban haber considerado y conocido a su madre como esposa legítima de Mariano. Esta pieza prueba únicamente que era por pura y simple conveniencia social que se le daba esta calidad y este título. Tengo, por lo demás, en la propia correspondencia de mi hermano hasta poco tiempo antes de su muerte, algo que puede servir de prue-ba bastante contundente, aunque negativa, de lo que sostengo. Y es que mi hermano nunca me habló de esta unión, cosa extraordinaria cuando no teníamos nada oculto el uno para el otro. Agregue usted a esto que, si hubiese habido una unión legítima entre mi hermano y su señora madre, ni el príncipe de Masserano ni ninguna otra autori-dad hubiese podido poner los sellos sobre los bienes de una persona muerta que dejaba descendencia legítima conocida y nacida en el país. Convengamos, pues, en que usted no es sino la hija natural de mi hermano, lo cual no es una razón para que sea menos digna de

 

 

 

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Flora Tristán

 

mi consideración y de mi tierno afecto. Yo le doy con mucho gusto el título de sobrina querida y agregaré aun, el de hija, pues nada de lo que era objeto del cariño de mi hermano puede dejar de inspirarme el más vivo interés. Ni el tiempo ni la muerte podrán borrar en mí la tierna adhesión que tenía para él y que conservaré toda mi vida.

 

Nuestra respetable madre vive todavía y tiene ya 89 años. Conserva toda su razón y todas sus facultades físicas y morales y hace la deli-cia de toda la familia, entre la cual ha tenido la bondad de distribuir recientemente sus bienes para tener el placer de verla gozar de ellos antes de su muerte. Nos hallábamos seriamente ocupados en esta di-visión cuando nos llegó su carta. Se la he leído, y al conocer su exis-tencia y su suerte, a ruego de la familia le ha hecho un importante legado de 3 mil pesos fuertes, en dinero constante, el que le ruego considerar como una prueba de mi interés particular hacia usted, del inagotable amor de nuestra madre hacia su hijo Mariano y del recuerdo imperecedero de todos los miembros de la familia.

 

Entre tanto, como usted tiene un derecho equívoco sobre los bie-nes de mi difunto hermano, bienes que yo administré en virtud de los plenos poderes otorgados el 20 de noviembre de 1801 por ante el notario real de Nuestra Señora de Begoña, en Viscaya, M. J. Antonio Oleaga, le envío copia de la cuenta corriente que ha existido entre los dos. Esto la convencerá de que no existe ningún fondo pertenecien-te a mi difunto hermano, puesto que el negocio de Ibáñez absorbió todo cuanto quedaba en momentos de su muerte. Este negocio ha-bría quedado terminado inmediatamente si hubiese tenido conoci-miento de él o si los acreedores no hubiesen sido tan negligentes al dejar transcurrir once años antes de hacer alguna diligencia para ser pagados después de la muerte de mi hermano, de la que debieron en-terarse a tiempo. De esta manera, los intereses de la deuda, aunque solo al 4%, han doblado el capital inicial. Todo fue fatalidad en esta muerte. La forma y la época en que tuvo lugar han hecho su desgra-cia y me han ocasionado a mí una infinidad de molestias. Olvidemos todo esto y tratemos de poner remedio en cuanto sea posible.

 

Mi apoderado y agente en Burdeos es M. Bertera por medio del cual le envío una letra por 2.500 francos. Será necesario, para recibir el

 

 

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6. Islay

 

importe, que le envíe usted un certificado hecho ante un notario. Tra-te de que esta suma le baste hasta conseguir los medios de enviarle, por su cuenta y riesgo, los 3 mil pesos a que asciende el legado hecho a usted, pero para cuya seguridad tomaré las medidas convenientes. Hará bien en colocar esos 3 mil pesos en fondos públicos u otros fon-dos, en el caso de que los acontecimientos políticos hagan poco segu-ros aquellos, a fin de procurarse por este medio una renta segura que le sea pagada cada seis meses. Encontrará usted en mi conducta una prueba inequívoca, aunque de poco valor, de mi adhesión hacia us-ted y el tiempo, si vivo y nos reunimos alguna vez, le probará cuánto amo a la hija de mi hermano Mariano.

 

Escríbame siempre que pueda, dirija sus cartas al señor Bertera por cuyo medio le escribiré yo también. Dígame en qué lugar reside, há-bleme de su estado, de los proyectos que forme y de las necesidades que pueda tener con toda la confianza que debe inspirarle mi sin-ceridad. Le escribo en español porque he olvidado por completo el francés.

 

Me he casado con una de mis sobrinas llamada Joaquina Flores. Te-nemos un hijo que se llama Florentino y tres hijas de 8, 5 y 3 años. Quiera Dios que puedan abrazarla algún día y que usted, igualmente, pueda prodigarles sus caricias en aquel país.

 

En espera de ese placer, reciba la seguridad de todo mi afecto.

 

Pío de Tristán.

 

 

Cuando recibí esta respuesta, a pesar de la buena opinión que tenía de los hombres, comprendí que no debía esperar nada de mi tío. Pero me quedaba todavía mi abuela y toda mi esperanza se volvió hacia ella. Parece que mi tío me engañó al escribir que había leído mi carta a mi abuela y a toda la familia, pues casi ninguno de los miembros de ella conocía mi existencia antes de hacer yo mi aparición, y he adquirido la convicción de que mi abuela también la ignoró.5 Yo no

 

5   Mi tío, poco tiempo antes de la muerte de mi abuela, le hizo hacer un testamen-

 

to, en el cual su esposa quedaba beneficiada con 20  mil  pesos y en el que yo estaba

 

 

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Flora Tristán

 

informé a mi tío sobre mi viaje al Perú y como no tuve tiempo de pre-venirle, él ignoraba mi llegada. Tal era mi posición frente a él. Ahora voy a decir en pocas palabras la que él ocupaba en el país.

 

Don Pío de Tristán había regresado de Europa en 1803 con el gra-do de coronel.6 Hizo aquella terrible Guerra de la Independencia en la cual los peruanos pusieron tanto encarnizamiento para conquis-tar su libertad. Mi tío era uno de los más hábiles militares que Espa-ña envió a aquellos países. Cuando las tropas del rey Fernando se vie-ron obligadas a evacuar Buenos Aires y el territorio de la República Argentina, fue él quien las mandó como segundo bajo las órdenes de nuestro primo M. de Goyeneche, hermano de M. Mariano Goyene-che, de quien ya he hablado. Mi tío era entonces mariscal de campo. Efectuaron la retirada y se dirigieron hacia el Alto Perú, atravesaron la inmensa distancia que separa Buenos Aires de Lima,7 teniendo con

 

 

comprendida con un legado de 3 mil pesos. Ese testamento es muy largo y mi abuela que tenía ciega confianza en su hijo Pío, lo firmó sin conocer sus disposiciones Yo no estaba designada como la hija de don Mariano, sino por mi nombre de Florita sola-mente, sin que se pudiese saber a qué título se me hacía ese don. A raíz de la partición de la herencia, mi existencia fue revelada a las partes interesadas por la deducción del legado. Mi tío tuvo mucho trabajo en hacer consentir a las otras partes en que me dieran esa suma. Se le preguntaba: “Pero ¿por qué dar 15 mil francos a una extranjera? —Porque es presumible que sea hija de mi hermano”. [N. de la A.].

 

6   Don Juan Pío de Tristán y Moscoso, nacido en Arequipa (1773), entró a servir muy joven en el ejército español y pasó a España como cadete del regimiento de infantería de “Soria” que se había distinguido en la lucha contra Túpac Amaru. En Madrid su hermano mayor, Mariano –el padre de Flora– lo hizo salir del regimiento y le hizo dar alguna instrucción científica enviándolo a Francia. Al estallar la revolución en este país regresó a España y sirvió en el ejército español tomando parte en algunas campañas. Años después volvió a América y sirvió en el ejército real. [N. de la T.].

 

7   No fueron tan brillantes los servicios de don Pío Tristán dentro del ejército real, como lo asegura Flora, ni tuvo que atravesar las distancias inmensas que ella señala Bajo las órdenes de su primo, el general José Manuel Goyeneche concurrió a las batallas de Guaqui y Sipesipe, ascendiendo por entonces al grado de brigadier. En 1812 venció al ejército argentino mandado por Díaz Vélez, pero no supo sacar partido de esta victoria. Derrotado por Belgrano en la batalla de Salta (20 de febrero de 1813) firmó una capitu-lación que desaprobó el virrey Abascal. En ella se comprometió a no luchar contra los argentinos. Tristán fue separado del ejército y se retiró a Arequipa hasta 1814, en que tomó parte en la defensa de esta ciudad contra las huestes de Pumacahua. Fue vencido junto con Picoaga en la Apacheta (10 de noviembre de 1814) y tuvo la suerte de escapar. Solo en 1823 La Serna lo ascendió a mariscal de campo. [N. de la T.].

 

 

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6. Islay

 

frecuencia que sostener combates, atravesar ríos y recorrer lugares en los que no había ningún camino trazado. Esos magníficos sol-dados del rey, esos guerreros cubiertos de oro, habituados a la vida muelle de las ciudades de la América española, tuvieron mucho que sufrir en aquellas comarcas salvajes. Vivieron durante ese prodigio-so trayecto de los víveres obtenidos con la punta de las bayonetas, de los animales salvajes muertos en la caza y, en fin, de las subsistencias que podían comprar. Mi tío me ha referido a menudo que, en aque-llas ocasiones, como no había dinero en la caja del ejército hacía sa-car en suerte a los de caballería, que todos tenían espuelas de oro ma-cizo, a fin de determinar cuáles de ellos darían una de sus espuelas para pagar los víveres. Uno solo de aquellos soldados llevaba sobre sí más oro que el que se requeriría en la actualidad para equipar a 200 de la república. Ese lujo soberbio de las tropas españolas de América les daba una alta idea de sí mismos y de su superioridad sobre los pueblos cuya sumisión aseguraban. Pero es uno de los resortes que más pronto se gastan. Con lo que costaba en las colonias un militar español, el rey hubiese podido sostener veinte soldados alemanes.

 

Las poblaciones indígenas no brillan por sus virtudes marciales. Diseminadas sobre vastos territorios, habrían sido fácilmente some-tidas y contenidas si se hubiesen mantenido tropas más numerosas, lo que podía hacer España sin aumentar los gastos. A los ojos de las personas que conocían la América del Sur, el momento de su inde-pendencia estaba aún muy lejano y España más que suficientemente fuerte para reprimir las revueltas que habían sido favorecidas por la invasión de la Península por Bonaparte.

 

Pero, los acontecimientos desmienten de continuo las prevencio-nes humanas. La insurrección de Riego vino a paralizar los esfuerzos de la monarquía española, volviendo contra el monarca las fuerzas destinadas a someter a las colonias y la emancipación de América se realizó. M. de Goyeneche y mi tío tenían 5 mil hombres bajo su mando al dejar las orillas del Plata y cuando, después de dos años de marcha, de fatigas y de combates, llegaron al Perú, más o menos la tercera parte de aquel número respondió a la llamada. La guerra

 

 

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Flora Tristán

 

en el Perú duró quince años entre las tropas del rey y los republica-nos. Mi tío se encontró en todas las batallas libradas entre ambos partidos y, en fin, combatió en la última que aseguró el triunfo de la causa republicana, en la famosa batalla de Ayacucho ganada por los patriotas peruanos.8

 

Mi tío, nombrado virrey interino, tuvo el valor de aceptar aquella alta función en un momento en el cual había mayores peligros que ventajas. Después de la pérdida de la batalla, el partido realista se en-contraba completamente aniquilado y el virrey y todos los oficiales no tuvieron más remedio que abandonar la partida. Mi tío anunció entonces su decisión de regresar a España con su familia y su fortu-na. Pero los jefes de la república apreciaban su valentía y su talento militar, sentían también la necesidad que tenía el nuevo régimen de atraerse a semejantes hombres y le ofrecieron que se encargase del comando de las tropas, cambiando únicamente su título de brigadier del rey por el de general de la república. No aceptó el comando de las tropas, prefirió hacerse nombrar gobernador del Cuzco y se dirigió a esa provincia que administró durante seis años.9 Con esta conducta prudente, por completo dentro de sus intereses personales, creyó no irritar a ningún partido. Las cosas sucedieron de distinta manera. En los tiempos de la revolución solo con actos de abnegación se obtiene la confianza. La habilidad administrativa no puede entonces cubrir el defecto de conciencia política y la tibieza de la opinión. Mi tío se enajenó para siempre a los realistas quienes lo consideraban como a un traidor e inspiró la desconfianza de los republicanos. En vano

 

 

 

8   Pío Tristán no peleó en la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824). Se hallaba por entonces encargado del mando de las provincias del Sur, residiendo en Arequipa. Como a tal, los generales españoles le dieron la investidura de Virrey, al caer prisionero La Serna.

 

El 24 de diciembre de 1824 envió a Bolívar un oficio desde Arequipa pidiéndole manifestar sus propósitos para el futuro del país; el 30 de diciembre, ya entendido con Sucre, lanzaba una proclama anunciando la capitulación de Ayacucho y el establecimiento de la repúbli-ca. Tristán no fue molestado por los vencedores. [N. de la T.].

 

9   Pío Tristán nunca fue prefecto del Cuzco. Fue prefecto de Arequipa desde el 20 de enero de 1832 hasta 1833. Durante su gestión administrativa acaeció el fallecimiento de su ma-dre, la abuela de Flora. En 1815 había sido jefe de la Intendencia del Cuzco. [N. de la T.].

 

 

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empleó todos los recursos de su espíritu para unir a los dos partidos, pues amaba al antiguo por afición y servía al nuevo por interés. No pudo lograr ningún éxito. Los realistas le temían porque tenía en sus manos el poder, pero renegaban de él como de un perjuro; mientras los republicanos controlaban todos sus actos hasta el punto de llegar a hacer sus funciones sumamente penosas. Mi tío luchó mucho tiem-po contra los vejámenes que recibía de todas partes, con una obstina-ción que estaría tentada de llamar admirable. Al fin, como los odios se hicieron tan violentos, creyó prudente dejar un lugar en el que su vida ya no estaba segura. Presentó su dimisión y regresó a Arequipa en donde hubiese podido vivir tan bien y con tanto lujo como puede hacerlo en cualquier lugar de la tierra un hombre que tiene 200 mil libras de renta. Pero ya estaba acostumbrado a gobernar y los goces de la fortuna aislados no tenían encanto para él. Para sentirse vivir, necesitaba verse rodeado de un brillante Estado Mayor o de una multitud de subalternos y emplear en grandes intereses la actividad de su espíritu. Con el propósito de engañar este deseo emprendió viajes a todos sus ingenios azucareros, hizo edificar una magnífica casa de campo, pero ninguna de estas ocupaciones pudo distraerlo de su ambición. Intrigó en la sombra y sus maniobras subterráneas obtuvieron tal éxito que solo le faltaron cinco votos para ser elegido presidente del Perú.10 Sus partidarios para desagraviarlo de aquella contrariedad lo nombraron prefecto de Arequipa. Mi tío administró los nuevos intereses que le fueron confiados con tanta inteligencia como celo, embelleció muchísimo la ciudad y empleó su solicitud en todo cuanto pudo contribuir al desarrollo de la prosperidad pública. Pero, con todo, lejos de calmarse, los odios se reanimaban a medida que adquiría nuevos títulos a la estimación de sus ciudadanos. Los realistas repitieron sus recriminaciones contra él y los republicanos

 

 

 

10 Pío Tristán jamás fue candidato a la presidencia del Perú. Por lo menos no se sabe que –si alguna vez tuvo tal pretensión– revistiese alguna importancia su candidatura, como lo parecería a juzgar por lo expresado por Flora. Don Pío fue, años después, nombrado por Santa Cruz presidente interino del Estado Sur Peruano durante la Confederación Perú-Boliviana (1838). [N. de la T.].

 

 

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Flora Tristán

 

manifestaron también su desconfianza. Los periódicos que, en el Perú, son más virulentos que en ninguna otra parte, atacaron a mi tío con tanta saña que, al cabo de dos años, se vio de nuevo forzado a presentar su renuncia. Esta vez también su vida estuvo amenazada. Uno de nuestros primos, militar en extremo violento, indignado por los ataques y por los ultrajes que aparecían sin cesar contra don Pío de Tristán en el periódico la República,11 fue a buscar al redactor en jefe, tuvo con él un cambio de palabras y puso fin a la disputa dán - dole una bofetada tan recia que casi le revienta un ojo. El periodista, furioso, juró vengarse en mi tío. Este que conocía la exasperación de los partidos políticos contra su persona, no juzgó prudente esperar que el periodista se restableciese y realizase su amenaza y se retiró a Chile.

 

Para dar una idea de la virulencia de los ataques de que era objeto mi tío, citaré aquí el pasaje de una hoja que circuló en Arequipa y en todo el Perú. Lo reproduzco textualmente:

 

Electores y arequipeños:

 

Si queréis un presidente entendido en el arte de la guerra y que, con su profunda inteligencia se deje vencer por un ejército compuesto de la tercera parte del suyo, como sucedió en Salta, elegid al señor Tristán. Si deseáis un hombre de honor, pero que falte continua-mente a sus juramentos, ya sea como magistrado o como particular y cuya mala fe sea conocida en todas las naciones europeas, como se puede ver en el Atlas histórico escrito en París por el conde de Las Cases, elegid al señor Tristán. Si queréis un hombre de espíritu y de raro talento para engañar a todo el mundo, como lo hizo con su colega Belgrano, con quien falseó todos los convenios y lo dejó enseguida comprometido con el gobierno, nombrad al señor Tris-tán. Si queréis un hombre poseedor de un olfato particular para descubrir a los verdaderos patriotas y perseguirlos hasta la tumba, tomad al señor Tristán. Si queréis un hombre que aspira a la pre-

 

 

 

11 Probablemente se refiere a El Republicano, semanario o, a veces, bisemanario que aparecía por ese tiempo en Arequipa [N. de la T.].

 

 

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sidencia de la República a causa de los grandes servicios prestados a su amo el Rey, elegid al señor Tristán. Si queréis un ciudadano amable, cortés y caritativo, pero hipócrita por naturaleza, tomad al señor Tristán. Si queréis un hombre fiel y consecuente con el Rey, nombrad al señor Tristán. En fin, si queréis un hombre cuyas manos están manchadas con la sangre de las víctimas sacrificadas ante el altar de nuestros antiguos opresores, ¡oh, entonces, tomad al señor don Pío de Tristán!!! Si hay un hombre para quien los manes de Lavin y Villenga [?] piden un justo castigo es el ¡señor don Pío de Tristán! Si queréis ser regidos por el enemigo más encarnizado del pueblo, quien con su táctica dorada no ha trabajado sino contra los intereses de la patria, ¡nombrad al célebre don Pío! Si queréis un Presidente que sobrepuje en mérito a todos los demás, pero que recibirá con los brazos abiertos a los navíos de guerra que España nos envíe para exterminarnos, ¡oh!, entonces nombrad a don Pío de Tristán. ¡Electores! Si los peruanos han vertido su sangre para ser gobernados por los godos (carlistas rabiosos) y por los cobardes que no han sabido sino capitular, por monstruos que tantas veces han renegado de la naturaleza y de la humanidad y cuya obstinación reniega de la luz de la razón, elegid a don Pío. Complaceréis a Espa-ña, ante la cual, hoy mismo, él hace valer sus servicios y destruiréis para siempre el descanso y la felicidad de los peruanos.

 

Os comprometemos a agradecer al Globo de Lima, cuyas columnas es-tán llenas cada día de pomposos elogios del muy célebre y honorable ¡señor don Pío de Tristán! […]

 

 

Cuando yo llegué al Perú, hacía solamente diez meses que estaba de regreso y pensaba por entonces hacerse elegir presidente. Sus pro-yectos de ambición contribuyeron a apresurar su retorno, tanto como el deseo de ver de nuevo a su familia.

 

Mi tío con sus intrigas podía muy bien llegar a conciliar los in-tereses de los grupos políticos. Pero después de la exposición prece-dente es fácil juzgar que no había podido conquistar el afecto de los ciudadanos de ninguna clase social. Todos le temían, en particular

 

 

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Flora Tristán

 

los empleados del gobierno, porque casi siempre él se hallaba en el poder y todos en el fondo lo detestaban.

Los peruanos son corteses en toda circunstancia, aduladores, ba-jos, vengativos y cobardes.12 Según este carácter de las gentes del país y la alta influencia de mi tío en el gobierno, se explica uno con facili-dad su modo de proceder respecto de mí.

 

Volvamos ahora al correo de Islay, a la casa de don Justo de Medina. Desde mi cuarto veía a todas las personas que entraban donde don

Justo o visitaban a las señoras en una pieza vecina al escritorio. Me sor-prendió la cantidad de gente que iba y venía a esta casa. Noté también que toda ella tenía un aire inquieto y preocupado. Hablaba poco el es-pañol, pero lo comprendía muy bien y algunas frases cogidas al paso me advirtieron que yo era el objeto de todas aquellas visitas. El doctor había ido a la aduana por nuestras maletas y a su regreso vino donde mí con un aire de misterio y de alegría cuya causa no podía adivinar.

 

—¡Ah, señorita!, me dijo en voz baja, ¡si supiera usted en qué per-verso país nos encontramos! Estas gentes del Perú son tan adulonas y viles como los mexicanos. ¡Oh, querida Francia! ¿Por qué un medi-quito no puede hacer una fortunita en París?

 

—¡Cómo, doctor! ¿Ya echa maldiciones contra este país?... ¿Qué mal, pues, le han hecho estas gentes?

—Ninguno todavía. Pero juzgue usted por la muestra que le voy a dar, lo que se puede esperar de ellos. Adopto el aire de no entender español para que no disimulen delante de mí. Pues bien, sepa usted que estos bribones han deliberado sobre si debían hacerle una buena acogida o si era más prudente ponerle mala cara por temor a disgus-tar a don Pío de Tristán. Felizmente para usted, se encuentra aquí un enemigo jurado de su tío, sacerdote y diputado. Se le considera como

 

 

12 La pasión y el rencor de Flora, por no haber conseguido sus propósitos de lucro en el Perú, están visibles en muchos de los párrafos de este libro. Nada es más injusto que generalizar en cualquier materia. Y si ella tropezó con algunos peruanos aduladores, bajos, vengativos y cobardes, son defectos estos que se encuentran repartidos entre individuos de todos los países de la tierra y no pueden considerarse privativos de to-dos los habitantes de un país cualquiera que este sea. [N. de la T.].

 

 

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6. Islay

 

jefe del partido republicano, se dirige a Lima y se llama Francisco Luna Pizarro.13 Se aloja donde el director de la aduana, don Basilio, quien al no saber cómo proceder respecto a usted, le ha consultado. El sacerdote ha respondido inmediatamente que era necesario reci-birla con mucha distinción y él mismo quiere venir a hacerle una visita. Lo verá usted aparecer muy pronto.

 

En efecto, pocos instantes después, el famoso sacerdote Luna Pi-zarro, pequeño Lamennais peruano, vino a hacerme una visita con don Basilio de la Fuente y los notables del lugar. Después de esta vi-sita oficial vinieron sucesivamente las señoras de Arequipa que se encontraban en Islay tomando baños de mar. Enseguida se presen-taron personas de las clases menos elevadas. Don Justo nos dio una buena comida y para festejarnos dignamente reunió en su casa a los músicos y bailarines del lugar, para hacerme ver un baile a la usanza del país. Las danzas se prolongaron hasta después de la medianoche.

 

Yo esperaba con impaciencia que todos los convidados se retira-sen, pues me caía de cansancio. Al fin pude acostarme. Pero ¡ay!, ape - nas estuve en el lecho me sentí como en una madriguera de pulgas. Desde mi llegada me habían incomodado, pero nunca hasta ese pun-to. No pude dormir en toda la noche y las picaduras de estos insec-tos inflamaron mi sangre al extremo de tener fiebre. Me levanté en cuanto amaneció y salí al patio para tomar aire. Encontré al doctor que se lavaba la cara, el cuello y los brazos, echando pestes contra las pulgas. Por toda respuesta le mostré mis manos cubiertas de ampo-llas. El bueno de don Justo se mostró desolado porque las pulgas nos habían impedido dormir. La señora me dijo con embarazo: —Seño-rita, no me atreví a hablarle de lo que era preciso hacer para que la incomodaran menos. Esta noche le enseñaré.

 

 

 

 

13 El arequipeño Francisco Javier de Luna Pizarro, que llegó más tarde a ser arzobis-po de Lima, fue político influyente y elocuente orador. Presidió el primer Congreso Constituyente del Perú (1822), sufrió destierros y persecuciones políticas y se distin-guió por sus ideas liberales en la primera época de su actuación política. Aseguraban

 

que durante la lucha emancipadora se había afiliado a una logia        masónica [N. de la T.].

 

 

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Flora Tristán

 

Por la mañana, el agente de negocios de mi tío vino a decirme que habían despachado un correo a Camaná para prevenir a la familia de mi llegada. No dudaba que mi tío me enviase a buscar en cuanto su-piese que me hallaba en Islay. Reflexioné algunos instantes y después de todo lo que sabía de él pensé que no era prudente ir inmediata-mente a su casa, en el campo, y quedar en cierta forma a su discre-ción. Creí que era mucho mejor ir directamente a Arequipa, tomar informes, estudiar el terreno y esperar allí que mi tío fuese el prime-ro en abordar la cuestión de intereses. Respondí a este hombre de negocios que a la mañana siguiente saldría para Arequipa, pues me sentía muy fatigada para ir a Camaná. Encargué al doctor hacer los preparativos del viaje para ponernos en camino al despuntar el día.

 

El resto del día lo pasé recibiendo visitas de despedida y recorriendo el lugar. Por la tarde fui donde el administrador de la aduana, quien me había invitado a un té. Para que la hospitalidad fuese más espléndida había reunido, al igual que don Justo, músicos y bailarines de la población y el baile se prolongó hasta la una de la madrugada. Para no dormirme recurrí al café del que bebí varias tazas. Era muy bueno, pero estuve muy agitada. Al entrar en mi cuarto, la señora de don Justo vino a enseñarme cómo era preciso defenderse de las pulgas. Colocó cuatro o cinco sillas a continua-ción unas de otras, de tal manera que la última llegaba hasta el borde del lecho. Me hizo desvestir sobre la primera silla, pasé a la segunda cuando no tenía sino la camisa. La señora se llevó toda mi ropa fuera del cuarto recomendándome que me limpiara con una toalla para hacer caer las pul-gas adheridas al cuerpo. Enseguida fui de silla en silla hasta la cama donde tomé una camisa blanca sobre la que habían echado mucha agua de Colo-nia. Este procedimiento me proporcionó dos horas de tranquilidad, pero después me sentí asaltada por millares de pulgas que subían a mi cama. Es preciso haber vivido en los países en donde abundan estos insectos para poder imaginar el suplicio de las picaduras. Los dolores que se sienten ata-can los nervios, inflaman la sangre y dan fiebre. El Perú está infestado por aquellos insectos. En las calles de Islay se les ve saltar sobre la arena. Es imposible preservarse de ellas totalmente, pero con más pulcritud en las costumbres del país estaría uno menos incomodado.

 

 

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7. El desierto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A las cuatro de la mañana el arriero vino a recoger mi equipaje. Mien-tras lo cargaba me levanté. Estaba rendida, abrumada de cansancio y, según mi costumbre, me reanimé tomando mucho café.

 

Cuando quise montar en la mula la encontré muy mala y sobre todo muy mal enjaezada para tan largo viaje. Hice esta observación al doctor, quien se había encargado de buscármela y lo felicité por haber estado más afortunado en la elección de la suya, pues la que él montaba era tan buena como bien enjaezada. Miraba a M. de Cas-tellac y pensaba en M. David. ¡Ah! ¡Cuánta razón tenía, me decía a mí misma! Así son todos los hombres. ¡Todo para ellos! El yo, solo el yo. Si entonces hubiese estado mejor iniciada en el conocimiento del mundo, hubiese dicho a ese buen doctor que tomaba tanto interés por mí: Doctor, no saldré si no me encuentra usted una buena mula y una silla cómoda. Habría conseguido la una y la otra porque pensaba que yo podía serle útil. Pero me aseguró que había buscado por todas partes sin haber podido encontrar algo mejor. Le creí. Jamás hubiera imaginado que un hombre a quien se acaba de prestar algunos ser-vicios pudiese perder tan pronto su recuerdo o los consideraba en la misma forma del industrial que explota al público y contempla los objetos de que se ha apoderado. Don Justo me prestó un tapiz con el cual cubrió el cojín relleno de paja puesto a guisa de silla sobre el lomo del animal. Esta silla económica se llama en ese país antorcha.

 

 

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Flora Tristán

 

Me arreglé lo mejor que pude. Todas las personas que estaban alre-dedor de nosotros me decían que cometía una imprudencia al partir tan mal montada, que el viaje era largo y pesado y que valía más re-tardarlo y no hacerlo con aquella montura. Pero la juventud tiene confianza en sí misma y sus planes admiten rara vez las demoras. Contaba con mi fuerza moral, con esa voluntad que nunca me ha traicionado. No tomé en cuenta los ruegos del buen don Justo ni de los de su esposa e hija quienes me repetían que ellas casi sucumbie-ron de cansancio en su último viaje a Arequipa. Partí a las cinco de la mañana. Era el 11 de septiembre de 1833.

 

Al principio del viaje me sentí bien sobre la mula. El café que ha-bía bebido me daba una fuerza ficticia, me sentía infatigable y muy satisfecha del partido que había adoptado. Apenas dejamos las altu-ras de Islay para internarnos en los cerros nos dieron alcance dos jinetes. Eran primos del administrador de la aduana de Islay: uno se llamaba don Baltazar de la Fuente y el otro don José de la Fuente. Esos señores se me acercaron y me preguntaron si quería aceptarlos por compañeros de viaje. Les agradecí su atención y estuve encanta-da del feliz encuentro, pues el valor de M. de Castellac no me dejaba sin ciertas inquietudes. El doctor, habituado a viajar en México don-de los caminos están infestados de bandidos, temía que sucediese lo mismo en el Perú. Se había armado de cabeza a pies, aunque el valor no era su fuerte. Esto era para asustar a los bandidos y no con inten-ción de servirse de sus armas. Esperaba ser un espantapájaros y no dejaba de parecerse en su vestimenta a don Quijote, sin pretender en lo menor tener el heroico valor de aquel noble caballero. Llevaba en la cintura un par de pistolas, encima un cinturón del que pendía un gran sable de acero y un tahalí en el cual estaba amarrado un cuchi-llo de caza y, en fin, dos grandes pistolas en el arzón de su silla. Esas apariencias militares contrastaban de la manera más burlesca con su endeble persona y con su indumentaria casi mezquina. El doctor tenía un pantalón de piel que había usado en su viaje a México, bo-tas con largas espuelas provenientes igualmente de México, una pe-queña casaca de caza de paño verde, tan apretada y raída, que podía

 

 

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7. El desierto

 

uno temer verla reventarse en cualquier momento. Tenía la cabeza cubierta por un casquete negro de seda y encima de este un enorme sombrero de paja. A todo esto, hay que añadir el acompañamiento de canastas y botellas por delante de su mula y sobre la grupa, mantas, alfombras, fulares, abrigos, en una palabra, todos los arreos de un hombre habituado a viajar por el desierto y que teme la falta de todo. En cuanto a mí, ignoraba lo que eran tales viajes y había salido como lo hubiese hecho para ir de París a Orleáns. Tenía borceguíes de cutí gris, un peinador de tela café, un mandil de seda, en cuyo bolsillo estaba mi cuchillo y mi pañuelo, en la cabeza un sombrerito azul de gros de la India y llevaba también mi abrigo y dos fulares.

 

Bajamos de los cerros y el peligroso camino nos condujo a Gue-rrera, a una legua de Islay. Allí encontramos fuentes de agua viva, árboles y un poco de vegetación. Había cinco o seis cabañas habita-das por arrieros. Los señores De la Fuente entablaron conversación conmigo y me expresaron la admiración producida por mi llegada, que nadie podía esperar, pues mi tío jamás me había mencionado. Enseguida me hablaron de mi abuela y sin darse cuenta del mal que me hacían, deploraron la pérdida que había sufrido con la muerte de esta respetable mujer, tan generosa como justa. No había habla-do de este acontecimiento desde el día en que lo supe. En Valparaíso mis amigos evitaban con cuidado todo cuanto podía recordármelo. El doctor tenía la misma atención. En Islay nadie me dijo una pala-bra; pero hay en todos los países muchas gentes a quienes el deseo de hablar hace olvidar las conveniencias. Lo que don Baltazar y su primo me dijeron sobre mi abuela despertó mis dolores y me enter-neció hasta el punto de no poder contener mis lágrimas. Cuando esos señores vieron el efecto de sus palabras trataron de calmarme y cam-biaron el tema de la conversación; pero habían excitado mi sensibili-dad y sentí el deseo imperioso de llorar. Les dejé ir por delante con el doctor y una vez sola, di libre curso a mis lágrimas.

 

El estado en que me encontraba dependía de mi temperamento nervioso. Después de grandes fatigas siempre he sentido los mismos efectos. Los dos días pasados en Islay me habían cansado en extremo.

 

 

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La emoción de verme en ese suelo después de tantos trabajos para lle-gar a él, la multitud de visitas que tuve que recibir, las noches febriles causadas por las malditas pulgas, la cantidad de café que bebí, todo eso había sobreexcitado mi sistema nervioso de la manera más violenta.

 

Creí primero que las lágrimas vertidas me aliviarían. Pero muy pronto sentí un fuerte dolor de cabeza. El calor comenzaba a ser excesivo. El polvo blanco y espeso levantado por las patas de nues-tras bestias aumentaba aún más mi sufrimiento. Necesitaba todas las fuerzas de mi ánimo para mantenerme en la silla. Don Baltazar sostenía mi valor moral y me aseguraba que una vez que nos hallá-semos fuera de las gargantas de la montaña entraríamos en campo raso donde encontraríamos aire puro y fresco. Sentía una sed devo-radora. Bebía a cada instante agua con vino del país. Esta mezcla, tan saludable por lo general, redobló mi jaqueca, pues el vino era fuerte y espirituoso. Por fin salimos de aquellas gargantas sofocantes en las cuales jamás sentí el más ligero soplo de céfiro y en donde un sol ardiente caldeaba la arena como en un horno. Ascendimos la última montaña. Cuando llegamos a su cima, la inmensidad del desierto, la cadena de las cordilleras y los tres gigantescos volcanes de Arequipa se presentaron a nuestras miradas. A la vista de aquel magnífico es-pectáculo perdí el sentimiento de mis males. No vivía sino para ad-mirar, o más bien, mi vida no bastaba a la admiración. ¿Era este el atrio celestial que un poder desconocido me hacía contemplar? La divina mansión ¿estaba más allá de aquel dique de altas montañas que unen el cielo con la tierra, más allá de ese océano ondulante de arena cuyo progreso ellas detienen? Mis ojos vagaban por aquellas ondas argentadas, las seguían hasta verlas confundirse con la bó-veda azulada; enseguida contemplaba esos escalones de los cielos, esos montes elevados, cadena sin término, cuyos millares de cimas cubiertas de nieve reverberaban con los reflejos del sol y trazaban sobre el firmamento el límite occidental del desierto con todos los colores del prisma. El infinito penetraba de estupor todos mis senti - dos y como aquel pastor del monte Horeb, Dios se manifestaba a mí con toda su potencia, con todo su esplendor. Después mis miradas se

 

 

 

 

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7. El desierto

 

dirigieron sobre aquellos tres volcanes de Arequipa unidos en su base, que presentan el caos en toda su confusión y alzan hasta las nubes sus tres cimas cubiertas de nieve que reflejan los rayos del sol y a veces las llamas de la tierra. Inmensa antorcha de tres ramas encendida para misteriosas solemnidades, símbolo de una trinidad que rebasa nuestra inteligencia. Estaba yo en éxtasis y no trataba de adivinar los misterios de la creación. Mi alma se unía a Dios en sus arrebatos de amor. Jamás un espectáculo me había emociona-do tanto. Ni las olas del vasto océano en su ira espantosa o cuando se agitan resplandecientes con las claridades de las noches de los trópicos, ni la brillante puesta del sol bajo la línea equinoccial, ni la majestad de un cielo centellante con sus numerosas estrellas, ha-bían producido en mí tan poderosa admiración como esta sublime manifestación de Dios.

 

Los señores no nos habían prevenido. Habían querido gozar del efecto que produciría sobre mí la vista de aquellas grandes obras de la creación. Don Baltazar gozaba de mi admiración y me dijo con un vivo sentimiento de orgullo nacional:

 

—Señorita ¿qué piensa usted de esta vista? ¿Tienen ustedes algo parecido en su hermosa Europa?

—Don Baltazar, la creación revela en todos los lugares la alta y to-dopoderosa inteligencia de su autor, pero se manifiesta aquí en toda su gloria y vale la pena de venir a contemplar este espectáculo solem-ne desde las extremidades de la tierra.

 

Mientras admiraba todas aquellas maravillas, el doctor y don José, en vez de emplear el tiempo en extasiarse contemplando esas nieves eternas y esas arenas ardientes, me habían hecho preparar un lecho sobre algunos tapices y levantaron una tienda para preser-varnos del sol. Me extendí sobre ese lecho e hicimos una comida en la que había de todo en abundancia. La buena señora de don Justo había dado al doctor una canasta bien provista de carnes asadas, le-gumbres, bizcochos y frutas. Los dos españoles estaban a su vez muy bien aprovisionados; traían salchichones, queso, chocolate, azúcar y fruta. De bebidas había leche, vino y ron. Nuestra merienda fue

 

 

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larga. No me cansaba de admirar el paisaje. Después de la comida le tocó el turno al doctor. Al fin fue preciso partir. Teníamos que reco - rrer 34 leguas sin encontrar vestigio de agua. No habíamos avanzado sino 6 y eran las diez.

 

Don José me cedió su yegua que era mejor que la mía y nos pu-simos en marcha. El magnífico panorama que me había llenado el alma me tuvo algún tiempo como fascinada bajo el poder de su en-canto. Mis sentidos estaban cautivados y hacía cerca de media hora que avanzábamos penosamente sin que el horroroso desierto en que nos internábamos hubiese producido sobre mí ninguna impresión. El sufrimiento físico vino a sacarme de mi éxtasis intelectual. De re-pente mis ojos se abrieron y me creí en medio de un mar límpido y azul como el cielo que reflejaba. Veía ondular las olas blandamente, mas por el ardor que se desprendía, por la atmósfera sofocante de que me sentía rodeada y por ese polvo fino, imperceptible y picante como la ortiga que se adhería a mi piel, pensaba que engañada por una visión veía fuego líquido bajo el aspecto de agua. Y al dirigir mis miradas hacia las cordilleras sufría el tormento del ángel caído, ex-pulsado del cielo.

 

—Don Baltazar, le pregunté espantada, ¿estamos sobre metal fun-dido y tenemos que caminar mucho tiempo sobre este mar de fuego?

—Tiene usted razón, señorita. La arena es tan caliente que se la puede tomar por vidrio en fusión.

—Pero, señor, ¿la arena es líquida?

 

—Señorita, es efecto del espejismo lo que la hace parecer así. Mire, nuestras mulas de carga se hunden ahora hasta las rodillas, están jadeantes, la arena quema sus patas y, sin embargo, como us-ted creen ver a la distancia una capa de agua. Véalas redoblar sus esfuerzos para alcanzar esa onda fugitiva. Su sed ardiente las irrita. Las pobres bestias no podrían resistir por largo tiempo el suplicio de esta decepción.

 

—¿Tenemos agua para abrevarlas?

 

—Nunca se les da agua en el camino. El propietario del tambo tie-ne provisión de ella para los viajeros cuya llegada espera.

 

 

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7. El desierto

 

—Don Baltazar, a pesar de la explicación que acaba usted de dar-me, creo siempre ver olas claramente.

—Esta pampa está cubierta por pequeños montículos de arena semejantes a estos que el viento acumula. Usted ve que, en efecto, tienen la forma de las olas del mar y el espejismo a la distancia les presta su agitación. Por lo demás no son más estables que las olas del océano; los vientos los mueven sin cesar.

 

—Entonces ¿debe haber muchos peligros al encontrarse en la pampa cuando el viento sopla con violencia?

—¡Oh! Sí. Hace algunos años unos arrieros que iban de Islay a Arequipa fueron sepultados con sus mulas por una tromba, pero esos acontecimientos son raros.

 

No cesamos de hablar. Pensaba en la debilidad del hombre en pre-sencia de los peligros a que está expuesto en estas vastas soledades y una sombra de terror se apoderó de mí. La tempestad del desierto, me decía, es más temible que la del océano. La sed y el hambre ame-nazan de continuo al hombre en medio de estas arenas sin límites. Si se extravía o se detiene, perece. En vano se agita, mira en todas direcciones: ni la menor brizna de hierba se ofrece a su vista. Ni la esperanza puede nacer en él, rodeado por todas partes como está, de una naturaleza muerta. Una inmensidad que sus esfuerzos no pue-den franquear lo separa de sus semejantes, y ese ser tan orgulloso, reconoce en sus angustias que nada puede en donde Dios nada ha provisto para él. Yo invocaba a Dios con fervor para que viniese en mi auxilio y me abandonaba a su providencia. Dirigía la vista hacia mis compañeros de viaje. El doctor estaba sombrío y silencioso. Don José, en las palabras que le dirigía, manifestaba inquietud por la len-titud de nuestro paso. Don Baltazar confiaba en su fuerza, y habitua-do a viajar por el desierto, parecía el único que no estuviese afectado.

 

Hacia las doce el calor se hizo tan fuerte que mi jaqueca redobló hasta el punto de que casi no podía sostenerme en el caballo. El sol y la reverberación de la arena me quemaban la cara y una sed ar-diente me secaba la garganta. En fin, una laxitud general, invencible para mi voluntad, hacía que cayera como muerta. Dos veces me sentí

 

 

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en peligro de perder el conocimiento. Mis tres compañeros estaban desesperados. El doctor quiso sangrarme. Felizmente, don Baltazar se opuso, pues sin duda alguna me habría muerto si hubiese dejado actuar a ese nuevo sangrado. Me acosté sobre el caballo, y estoy ten-tada de creer que una mano invisible me sostuvo. Al ir así a la buena de Dios no caí ni una sola vez. Por fin el sol desapareció detrás de los altos volcanes y poco a poco el fresco de la tarde me reanimó. Don Baltazar para excitar mi valor empleó un medio muy usado en seme-jantes circunstancias el cual consiste en engañar al viajero sobre la distancia que le separa del tambo. Me decía que no estábamos sino a 3 leguas.

 

—Consuélese, mi querida señorita, muy pronto va usted a ver bri-llar la luz del fanal suspendido en la puerta de esa hermosa posada. El astuto Baltazar sabía bien que estábamos a más de 6 leguas. Contaba con la primera estrella que apareciera sobre las cordilleras para dar verosimilitud a su superchería. Pero la noche se hizo completamen-te sombría y nuestra inquietud fue entonces mayor. No hay cami-no trazado a través del desierto y como en la oscuridad no teníamos sino las estrellas para guiarnos, corríamos el peligro de perdernos, de morir de hambre y de sed en medio de aquellas vastas soledades. El doctor se deshizo en lamentaciones lastimosas y don Baltazar, de carácter muy alegre, le hacía bromas en la forma más divertida. Nos abandonamos al instinto de nuestras bestias. Los arrieros en seme-jantes circunstancias no tienen otra brújula y es la más segura.

 

En esta pampa, así como los días son ardientes por el calor del sol y las reverberaciones de la arena, las noches son frías por la in-fluencia de la brisa que ha atravesado las nieves de las montañas. El frío me hizo mucho bien. Me sentí más fuerte. El dolor de cabeza disminuyó y apuré mi cabalgadura con un vigor que admiró a esos señores. Dos horas antes estaba a la muerte y ahora me sentía con fuerzas. No había sido víctima de la ilusión con que don Baltasar ha-bía querido engañarme al indicar una estrella como el farol del tam-bo, y fui yo quien distinguió antes que nadie la verdadera linterna. ¡Ah, qué sensación inefable de alegría me hizo sentir su vista! Fue la

 

 

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del desgraciado náufrago que, a punto de sucumbir, divisa un navío que viene a su socorro. Lancé un grito e hice correr a gran trote mi caballo. La distancia era todavía muy grande, pero la vista de ese pe-queño fanal sostuvo mi valor. Llegamos al tambo a las doce de la no-che. Don Baltazar había ido por delante con su criado para hacerme preparar caldo y una cama. Al llegar me acosté y tomé mi caldo, pero no pude dormir. Tres cosas me lo impidieron: las pulgas que encon-tré aún más abundantes que en Islay, el ruido continuo que hacían en la posada y, en fin, la inquietud de que me llegasen a flaquear las fuerzas y no pudiese continuar el camino.

 

Esta posada no existía sino desde hacía un año. Antes había que resignarse a reposar a la intemperie, en medio del desierto. La casa constaba de tres piezas separadas por divisiones hechas de caña: la primera de estas piezas estaba destinada a los arrieros y sus bestias y servía al mismo tiempo de cocina y de almacén. Los viajeros de uno y otro sexo se acostaban por lo general en la pieza del centro; pero los señores De la Fuente tuvieron para mí, desde el instante de nuestro encuentro hasta el final del viaje, las atenciones más delicadas, los cuidados más afectuosos y no quisieron, a pesar de mis instancias, permanecer en ese cuarto y me lo abandonaron por entero. Se retira-ron con el doctor a la cocina en donde estuvieron muy incómodos en todo sentido y no durmieron mejor que yo. Aunque su conversación fuese en voz baja, oía lo suficiente para asustarme de mi situación. Don Baltazar decía al doctor: —Yo no creo prudente, le aseguro, lle-var con nosotros a esa pobre señorita. Está en tal estado de debilidad que temo se pueda morir en el camino, tanto más que el trecho que nos falta por hacer es mucho más penoso que el ya hecho. Soy de opinión de dejarla aquí y mañana mandarla recoger en una litera.

 

A este propósito, el dueño de la posada intervenía y observaba que no estaba seguro de tener agua, pues su provisión estaba agotada y si no le llegaba podría yo morir de sed.

 

Estas palabras me hicieron estremecer de horror. La idea de que pensaran abandonarme en aquel desierto y de que las gentes grose-ras a quienes quedaría confiada podían tornarse crueles por la sed y

 

 

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dejarme parecer quizá por un vaso de agua, reanimó mis fuerzas y, a pesar de lo que pudiese sucederme, preferí morir de fatiga y no de sed. Sentí en esta circunstancia cuán poderoso es en nosotros el ins-tinto vital. El temor de una muerte tan espantosa me excitó a tal pun-to que a las tres de la mañana estaba ya lista. Había arreglado mis cabellos y abierto por encima mis borceguíes para que mis pies hin-chados estuviesen más cómodos; habiéndome vestido conveniente-mente y puesto en orden todas mis cosas, llamé al doctor y le rogué que me hiciese preparar una taza de chocolate. Aquellos señores se sorprendieron al verme tan bien. Les dije que había dormido y que me sentía repuesta por completo. Apuré los preparativos del viaje y dejamos el tambo a las cuatro de la mañana.

 

Hacía mucho frío. Don Baltazar me prestó un gran poncho1 forra-do en franela. Me envolví las dos manos en un fular y gracias a todas estas precauciones pude avanzar sin sufrir mucho por la temperatura.

 

Al salir del tambo el paisaje cambia por completo de aspecto. Allí termina la pampa, se entra en una región montañosa que tampoco presenta ningún vestigio de vegetación. Es la naturaleza muerta en todo lo que hay de más triste. Ningún pájaro vuela por el aire, ni el más pequeño animal corre sobre la tierra, nada hay fuera de la arena negra y pedregosa. El hombre a su paso ha aumentado aún más el horror de estos lugares. Esta tierra de desolación está sembrada de esqueletos de animales muertos de hambre y de sed en este horrible desierto: son mulas, caballos, asnos o bueyes. En cuanto a las llamas no se las expone a estas travesías muy penosas para su constitución. Necesitan mucha agua y una temperatura fría. La vista de aquellos esqueletos me en-tristeció profundamente. Los animales que viven en el mismo planeta, en el mismo suelo que nosotros ¿no son acaso nuestros compañeros? ¿No son también criaturas de Dios? No es por una contemplación de mí misma que sufro por las penas de mis semejantes. El dolor excita mi compasión, cualquiera que sea el ser que lo soporte y creo que es un deber religioso preservar de él a los animales que se hallan bajo

 

1   El poncho es una capa peruana que se usa en los viajes. [N. de la A.].

 

 

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7. El desierto

 

nuestro dominio. Ninguna de las osamentas de estas diversas víctimas de la avaricia humana aparecía ante mis miradas sin que mi imagina-ción se representara la cruel agonía del ser que había animado aquel esqueleto. Veía a esos pobres animales agotados de cansancio, acezan-tes de sed, morir en un estado de rabia. Ante esta pintura espantosa la conversación de la noche anterior volvía a mi espíritu. Entonces sentía con terror cuán débil estaba para sobrellevar todavía la fatiga de tan ruda jornada y temblaba ante la idea de que quizá yo también fuese a quedar abandonada en el desierto...

 

El sol había salido y el calor se hacía más y más ardiente. La arena sobre la que caminábamos se calentaba y nubes de polvo fino como cenizas quemaban nuestros rostros y secaban nuestros paladares. Ha-cia las ocho entramos en las quebradas, montañas famosas en el país por las dificultades que ofrecen a los viajeros. Al subir los picos sobre los que pasa el camino, me recostaba sobre la mula y me abandonaba a merced de la Providencia. Al bajar no podía hacer lo mismo y aun-que mi mula tenía el paso muy seguro, los peligros que continuamente presentaba el camino me obligaban a prestar mayor atención. Nues-tras mulas debían franquear las grietas que cortan el camino y trepar por enormes rocas y a veces seguir estrechos senderos, en donde la arena se desmorona bajo sus pisadas, lo cual nos ponía en gran peligro y en riesgo de caer al horrible precipicio que rodeaba la montaña. Don Baltazar iba siempre por delante a fin de indicarnos la ruta. Su primo era el hombre más atento y suave que jamás he encontrado y cami-naba lo más posible cerca de mí para prestarme asistencia en caso de necesidad. El doctor, hombre precavido por excelencia, iba siempre por detrás por temor al peligro de que, si uno de nosotros caía, pudiese arrastrarle en la caída. Yo le oía gritar a cada paso en falso que daba su cabalgadura, encomendarse a Dios, jurar contra el camino, el sol y el polvo y deplorar su horrible destino.

 

Descendí bien la primera y la segunda cuesta. Cuando llegué a la cima de la tercera montaña, me sentí tan débil y tan mal, los movi-mientos violentos de mi mula me habían dado tal dolor de costado que me fue imposible sostener la brida. Hicimos un alto en la cima

 

 

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de esta tercera montaña donde reina un aire puro y fresco. El viajero jadeante de fatiga y bañado en sudor se siente reanimado. En cuanto a mí, tenía los mismos sufrimientos que había sentido la víspera: una opresión espasmódica me apretaba el pecho y hacía que se me hin-charan las venas del cuello y de la frente, me corrían las lágrimas sin poderlas contener, no podía sostener ya la cabeza y todos mis miem-bros estaban extenuados. La sed, una sed devoradora era el único de-seo que sentía. Don José, de constitución delicada y sensible con ex-ceso, se afectó de tal manera al verme en ese estado, que de pronto su cara adquirió una palidez de muerte y se desvaneció por completo. El doctor se veía en apuros, se desesperaba, lloraba y no remediaba nada. Solo don Baltazar no perdió un instante su sangre fría, ni su alegría. Cuidaba a todo el mundo y velaba sobre todo con orden e inteligencia. Hizo volver en sí a su primo, le arregló un lecho sobre alfombras y después de descansar cerca de media hora en lo alto de esa montaña dio la señal de partida. Le obedecimos sin réplica, sin-tiendo como por instinto que a él le había sido concedida la fuerza y que era él quien debía guiarnos. Don Baltazar juzgó que en la situa-ción en que me encontraba no podía montar sobre mi cabalgadura sin exponerme al riesgo de rodar al precipicio y me propuso hacer el descenso a pie. Él y su primo me tomaron de los brazos, casi cargada, y bajamos así, en tanto que M. de Castellac tiraba de las riendas a las bestias. Como ese medio resultó bueno, lo empleamos para los de-más picos que pasamos sucesivamente y fueron siete u ocho.

 

Si la víspera la vista de los cadáveres de los animales muertos en estas áridas soledades me había causado tan profunda impresión, se puede juzgar cómo al día siguiente mi sensibilidad acrecentada por la irritabilidad del sistema nervioso debió afectarse con el es-pectáculo de las víctimas en lucha con la muerte del desierto. En-contramos a dos desgraciados animales, un asno y una mula, que sucumbían de hambre y de sed y se debatían en la agonía de una muerte horrible. ¡No! ¡No podría decir el efecto que esta escena cau-só en mí! La vista de aquellos dos seres que expiraban en tan terri-ble agonía y sus sordos y débiles gemidos me arrancaron sollozos

 

 

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como si hubiese asistido a la muerte de dos de mis semejantes. El propio doctor estaba emocionado a pesar de su frío egoísmo. Es que, en aquellos espantosos lugares, los mismos peligros amenazan a todas las criaturas. No podía abandonar el sitio, mis emociones me tenían encadenada a aquel espectáculo desgarrador. Don Bal-tazar me arrastró haciéndome razonamientos filosóficos sobre la muerte. Hay que haber visto la del desierto para conocer la más es-pantosa de todas. ¡Ah! ¡Qué penosas sensaciones son desconocidas por los que nunca han sido testigos de ella!

 

Al subir el último pico hube de sufrir todavía otra prueba que me había reservado la muerte, esa divinidad del desierto. Una tumba si-tuada al borde del camino, de manera que no se la podía evitar, se ofreció a mi vista. Don Baltazar quiso hacerme pasar de largo, pero una curiosidad que no pude dominar me indujo a leer la inscripción. Era un joven de 28 años muerto en aquel lugar al dirigirse a Are-quipa. Salió enfermo de Islay adonde fue a tomar baños de mar y el desgraciado no pudo soportar las fatigas del camino. Murió y el más grande de los dolores, el de una madre que llora a su hijo, se ha eter-nizado en este desierto para que nada falte a su horror. La tumba ha sido levantada en el mismo sitio donde el joven murió. Se lee sobre la piedra tumularia su deplorable fin. Me representaba vivamente los sufrimientos que aquel desgraciado debió sentir al expirar en ese lugar, lejos de los suyos. Mi imaginación abultaba los dolores, esta-ba profundamente afectada y, por un instante, temí morir yo tam-bién en el mismo sitio. ¡Fue un momento terrible! Me acordaba de mi pobre hija y le imploraba perdón por la muerte que había venido a buscar a 4 mil leguas de mi país. Pedía a Dios la tomara bajo su protección, perdonaba a todos cuantos me habían hecho mal y me resignaba a dejar esta vida. Estaba anonadada, inmóvil al pie de la tumba. Don Baltazar fue nuevamente mi salvador. Me subió sobre su mula, me ató con su poncho y me sostuvo con sus brazos vigorosos. Apuró el paso de las bestias y me hizo llegar, como por encanto, a la cima del último pico. Me tendieron en el suelo. Mis tres compañeros me hablaban a la vez con un acento de felicidad:

 

 

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—Querida señorita, abra usted los ojos. ¡Vea la campiña tan ver-de! ¡Mire qué hermosa es Arequipa!...

—Mire el río Congata, decían los señores De la Fuente. ¡Mire esos grandes árboles y díganos si en Francia tienen ustedes campos más deliciosos!

 

¡Ay! Hacía inútiles esfuerzos para abrir los ojos. Estaba comple-tamente agotada. No sentía el aire fresco que soplaba sobre mi fren-te, ni oía sino muy imperfectamente la voz de mis compañeros. Mis ideas se me escapaban y solo me unía a la tierra un hilo que una nada podía romper. Nos quedaba todavía agua y me lavaron el rostro, fro-taron con ron mis manos y mis sienes, me hicieron chupar naranjas y, más que eso, el viento fresco me trajo a la vida. Poco a poco recu-peré las fuerzas, pude abrir los ojos, miré entonces el valle riente y sentí una emoción tan dulce, que lloré, pero eran lágrimas de gozo. Descansé allí largo rato. Esta vista hizo renacer la esperanza en mi corazón. Reapareció mi energía, aunque mi agotamiento físico era el mismo. Quise levantarme para tratar de bajar esta última monta-ña, pero me fue imposible sostenerme. Don Baltazar esta vez decidió llevarme a la grupa de su caballo. El camino era mejor y solo necesi-tábamos media hora para llegar a Congata. Por fin llegamos a las dos de la tarde.

 

Congata no es una población, pues solo se compone de tres o cua-tro casas y de una hermosa chacra que sirve a la vez de correo, de al-bergue y de lugar de cita para los viajeros que atraviesan el desierto. El propietario de la casa lo es también del establecimiento y se llama don Juan Nájar. Don Baltazar, al entrar en el patio, le anunció quién era yo y la urgencia de socorros que mi estado reclamaba. El nombre de mi tío fue una poderosa recomendación. El señor Nájar, su esposa y sus numerosos servidores me atendieron con tal prontitud que en menos de diez minutos me sirvieron un excelente caldo. Me descal-zaron, me lavaron los pies con agua tibia y leche, así como la cara y los brazos y me llevaron después a la pequeña capilla de la hacienda donde colocaron un lecho para mí. La señora Nájar me desvistió ayu-dada por una negra, me puso una camisa de batista blanca y fresca,

 

 

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me echó sobre la cama, me arregló con el mayor cuidado, puso cerca de mí una taza de leche y se retiró cerrando la puerta de la capilla.

Según los datos que me habían dado en Islay, pensé que mi tío no regresaría a Arequipa antes de dos meses, y como me encontraba en la necesidad de pedir hospitalidad a otros parientes, la víspera de mi partida había escrito al obispo y a su hermano, el señor de Goyene-che, que eran nuestros primos. El doctor que conocía esta circuns-tancia le comunicó a don Baltazar para que a su llegada a Arequipa fuese a anunciar mi llegada a Congata a la familia Goyeneche y el estado alarmante en que me encontraba.

 

En cuanto don Baltazar se hubo informado de lo que necesitaba saber, picó espuelas y se desquitó, con una carrera rápida, del fas-tidio que la lentitud del viaje le había producido. Los señores De la Fuente habían hecho el más grande sacrificio que algunos peruanos pueden hacer, al resignarse a caminar con esa lentitud. De haber es-tado solos habrían hecho ese recorrido en dieciséis o dieciocho ho-ras, en tanto que habíamos empleado cuarenta.

 

M. de Castellac, aunque en apariencia de muy delicada constitu-ción, había soportado muy bien la fatiga y mientras yo descansaba, en lugar de hacer otro tanto por su lado, prefirió conversar con el señor Nájar. Le refirió todo cuanto sabía de mí, agregó cosas de su in-vención para presentarme mejor y de que recayera algo sobre él. Era en el fondo un hombre excelente, pero tenía tanto miedo de fracasar que trataba de sacar provecho de todas las ocasiones.

 

Dios tuvo piedad de mí. En cuanto estuve acostada, me dormí profundamente. Cuando desperté eran cerca de las cinco de la tarde. Consideré con admiración los objetos que me rodeaban y creí en un principio que era la continuación de un sueño y no podía creer en la realidad de lo que veía. La capillita en la que me encontraba esta-ba tan burlescamente decorada como lo están todas las del Perú. El altar estaba recargado de figuras de yeso, con una virgen vestida ex-trañamente, un gran Cristo cubierto de gotas de sangre, candeleros de plata, floreros con flores tanto artificiales como naturales y una multitud de otros objetos. Una alfombra más o menos buena cubría

 

 

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Flora Tristán

 

el piso y una ventana pequeña aclaraba este santo lugar, no dejando penetrar sino una luz débil que daba a este conjunto un tono pálido y melancólico.

 

Mi lecho había sido colocado en un rincón cerca del altar y frente a él se encontraba la puerta de entrada. Cuando abrí los ojos, esta puerta se hallaba entreabierta y mi atención se sintió atraída por un animal que sacaba la cabeza y trataba de entrar en la capilla. Este animal era un enorme gato negro de Angora, cuyos ojos color de fuego tenían una expresión extraordinaria. Era en su especie el más hermoso animal que había visto hasta entonces. Cerré a medias los ojos para no asustarlo y ver lo que iba hacer. Entró con pasos lentos, con un aire de misterio y de precaución, entornaba sus grandes ojos llameantes y agitaba su larga cola ondulante como la serpiente que juguetea al sol a lo largo de un seto. Sea que mi cerebro estuviese todavía agitado por la fiebre o debilitado por los días de sufrimien-tos inconcebibles que acababa de pasar, sea que estuviese en una de aquellas extrañas disposiciones de espíritu en las que se encuentran a veces los seres propensos al sonambulismo, el hecho es que la vista de aquel soberbio gato me inspiró un movimiento de temor que no pude explicarme. Quise, sin embargo, dominar ese terror, pánico del que se indignaba mi carácter atrevido y valiente hasta la temeridad; saqué el brazo de entre las sábanas, cogí la taza de leche que esta-ba a mi lado y la tendí al animal, llamándolo con voz dulce para no asustarlo. A este movimiento la bestia erizó el pelaje, dio un salto, después otro y trepó al altar como si hubiese querido lanzarse sobre mí. Iba a pedir socorro cuando apareció en la puerta un pequeño ser que me hizo el efecto de un ángel.

 

—No tema usted nada, me dijo al ver mi susto. Ese gato no es malo, pero es muy arisco y cuando tiene miedo se pone como loco. Al decir estas palabras la linda criatura se acercó al altar, habló al gato que se dejó acariciar, y como si fuese demasiado pesado para car-garlo, lo arrastró hacia la puerta que cerró por completo después de haberlo echado fuera. De momento no sabía qué pensar de esta apa-rición. Si el enorme gato, con sus ojos encendidos me había parecido

 

 

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la encarnación de Lucifer, la encantadora figurita que estaba allí, de-lante de mí, en una actitud angélica de curiosidad y de sencillez me parecía un ángel bajado de los cielos.

 

—Ven cerca de mí, le dije, ¿quién eres tú? ¿Cómo te llamas?

 

La criatura se aproximó, se arrodilló al borde de mi lecho, me pre-sentó su boca para besarme y puso su graciosa cabeza de serafín so-bre mi brazo para que la acariciara.

 

—Me llamo Mariano. Soy hijo del señor Nájar. Hace rato que es-cuchaba a la puerta para saber si había despertado. Me retiré un ins-tante y el gato negro se metió. Yo entré por miedo de que se tomara su leche. ¿No se ha molestado usted, no es cierto?

 

El pequeño Mariano era un amor de niño. A su edad de 5 años te-nía un género de belleza que es difícil encontrar en un muchacho tan pequeño: la belleza de la expresión. Se leía en sus grandes ojos negros que Dios le había dotado de una alma tan sensible como inteligente. Su frente revelaba el genio; su cabellera, espesa y ondulada, de un hermo-so negro lustroso, era admirable. Tenía el cuerpo débil, los miembros muy delgados, lindas manitas y los pies tan pequeños que costaba tra-bajo verlo caminar. El sonido de su voz conmovía el alma y su lenguaje todavía infantil daba una gracia muy particular a lo que decía.

 

Este admirable niño me contemplaba con aire de ternura y de so-licitud. Le pregunté la causa.

—Quisiera saber, me dijo, si sufre usted mucho.

 

Y me dijo que, a mi llegada, al verme con los ojos cerrados y mori-bunda tuvo tanta pena que había llorado mucho, mucho. Enseguida me contó todo cuanto había sucedido desde que me quedé dormida y todo esto con una inteligencia extraordinaria para un niño de esa edad. Le rogué que fuese en busca de su madre. Esta vino con el doc-tor que estaba radiante.

 

—¡Ah, señorita!, me dijo, ¡cuántas cosas gratas tengo que decirle! El obispo de Arequipa acaba de enviar a una de sus gentes con esta carta. Léala para que sepamos de qué se trata. Parece que toda la ciu-dad está en alboroto por causa suya. Querida señorita, todo va bien ahora. Espero que esté contenta.

 

 

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La buena señora Nájar se ocupó de mi salud en lo que el doctor ni pensaba siquiera. Me aconsejó quedarme en cama y me ofreció enviarme la comida.

 

La carta de mi ilustre pariente era muy satisfactoria. Me decía que su hermano iría en persona, al acabar la comida, a ponerse de acuerdo con-migo para prestarme todos los servicios que fuesen necesarios.

 

La señora Nájar me dio una comida de las más delicadas. Desple-gó un lujo y una limpieza que me sorprendió encontrar en aquel lu-gar. Hermosa porcelana, cristal cortado, manteles de damasco, plata labrada y lo que es raro en el país, cuchillería inglesa. En fin, el ser - vicio fue tan esmerado como hubiese podido serlo en un hotel de las grandes ciudades de Europa. Mi querido Mariano comió conmigo. Se sentó sobre mi lecho y durante todo el tiempo de la comida conversa-mos de una multitud de cosas. Entonces pude juzgar el gran desarro-llo de su inteligencia.

 

Me levanté hacia las seis. Tenía el cuerpo magullado y los pies hincha-dos. Sin embargo, quise dar un paseo por el pequeño bosque del señor Nájar. Fui con él y con el angelito que no se separaba de mí. Después de dos días pasados en el desierto, ¡qué placer sentía al encontrarme en un campo cultivado, al escuchar el murmullo de un ancho arroyo que corre a lo largo del camino que seguíamos y al ver los grandes y hermosos ár-boles! El aspecto de ese valle encantador me ponía en éxtasis. Hablaba so-bre agricultura con el señor Nájar, cuando un negro vino a anunciarnos la visita del señor don Juan de Goyeneche. Fue el primer pariente a quien estreché la mano. Me gustó un tanto. Su tono era de una cortesía y de una suavidad exquisitas. Me invitó a nombre de su hermano, de su hermana y en el suyo propio a considerar su casa como la mía, pero agregó que mi prima, sobrina de mi tío Pío, le había dicho que no sufriría que me alojase en casa que no fuese la de mi tío y que a la mañana siguiente ella misma me invitaría a ir y a tomar posesión de ella. El señor Goyeneche estaba acompañado de un francés, M. Durand, que vino con el pretexto de servir de intérprete, pero en el fondo, para hacerse el oficioso y por curiosidad. En cuanto se fueron me retiré a mi capilla y me acosté con un gozo indecible.

 

 

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A la mañana siguiente, cuando desperté, me sentí completamen-te repuesta. La buena señora Nájar tuvo la amabilidad de hacerme traer un baño preparado por orden suya. Permanecí en él media hora, me acosté de nuevo entre mis hermosas sábanas de fina batista bordada y me sirvieron un excelente desayuno. Mi pequeño Maria-no me hizo también compañía y me entretuvo mucho con sus ra-zonamientos tan originales como extraordinarios. Me levanté e hice una toilette muy cuidadosa, pues sabía que iba a recibir numerosas visitas. Hacia las doce M. de Castellac vino a decirme que debía dar-me prisa, pues cuatro caballeros llegados de Arequipa querían serme presentados. Al salir de la capilla, situada al extremo de la galería que rodea la casa, vi dirigirse hacia mí a un joven de 18 o 19 años, que se me parecía de tal manera que se le hubiese tomado por hermano mío: era mi primo Manuel de Rivero. Hablaba el francés como si hu-biese nacido en Francia. Lo habían mandado allí a la edad de 7 años y había regresado solo desde hacía un año. Inmediatamente sentimos mutua simpatía. He aquí las primeras palabras que me dirigió:

 

—¡Ah, prima mía! ¿Cómo es posible que hasta el presente haya yo ignorado su existencia? He estado cuatro años en París, solo, sin tener una persona amiga. Usted vivía en aquella ciudad y Dios no permitió que la encontrase. ¡Qué cruel pensamiento! No, jamás po-dré consolarme...

 

Me gustó este joven desde el primer momento en que lo vi. Es francés de carácter, afable, bueno y también ha sufrido.

Manuel me dio una carta de mi prima doña Carmen Piérola de Flores, quien representaba a mi tío Pío y me invitaba en su nombre a alojarme en su casa, la única que me convendría habitar. La carta íntegra proseguía en el mismo tono. Vi por su estilo que tenía que habérmelas con una mujer de espíritu, pero prudente y muy cortés. Mi prima me enviaba, para llevarme a Arequipa, un hermoso caballo sobre el que habían puesto una soberbia silla inglesa. Me mandaba, además, dos vestidos de amazona, zapatos, guantes y una cantidad de objetos diversos para el caso de no tener mis maletas conmigo y pudiese necesitar vestidos. Los tres caballeros que acompañaban a

 

 

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mi primo eran el señor Arismendi, el señor Rendón y M. Durand, grandes amigos de mi prima. Conversé algún tiempo con aquellos señores, después les dejé en compañía del doctor para hacer un pa-seo con mi primo. Supe por él que mi llegada ocupaba a toda la ciu-dad y que todos pensaban que venía a reclamar la herencia de mi padre. Ese joven me puso al corriente del carácter y de la posición de mi tío de quien él había tenido también mucho de qué quejarse, pues mi tío se negó con extrema dureza a pagar durante tres años solamente una pensión que le hubiese permitido acabar sus estu-dios en Francia. El padre de Manuel había disipado una gran fortu-na y reducido a su familia a la miseria. Mi abuela acudió en ayuda de sus hijos y les había dejado una renta vitalicia que les daba lo preciso con qué vivir. Mi primo, con un afectuoso abandono, me contó todos sus pesares de familia, como si nos hubiésemos cono-cido desde hacía diez años. Yo también sentía que lo quería como si hubiese sido mi hermano.

 

Quisimos partir porque mi prima nos había prevenido que nos esperaba para comer, pero nuestros excelentes anfitriones me ins-taron tanto para que hiciese con ellos esta última comida que acepté con satisfacción, conmovida por las muestras de cordial interés que me prodigaban.

 

Terminada la comida, luciendo un elegante vestido de amazona de paño verde, un sombrero de hombre con velo negro sobre la cabe-za y montada sobre un hermoso caballo vivo y fogoso, dejé la hacien-da de Congata a las seis de la tarde, me coloqué yo a la cabeza de la pequeña comitiva y el inseparable doctor cerraba la marcha.

 

El camino de Congata a Arequipa es bueno comparado con los otros del país. Sin embargo, no deja de presentar obstáculos a los via-jeros. Hay que vadear el río de Congata, lo cual es peligroso en ciertas épocas. Había poca agua cuando lo atravesamos, pero las piedras del fondo exponen a que resbalen las patas de los caballos y una caída en ese río puede tener consecuencias funestas. Mi caballo era tan brioso que tuve mucho trabajo en contenerlo. El querido primo Manuel era mi escudero y gracias a sus cuidados salí sana y salva.

 

 

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Al alejarnos del río vi unos campos bien cultivados y aldeas que me parecieron pobres y poco habitadas. Mi compatriota M. Durand estaba a mi lado y sea con intención de halagarme o más bien para hacerme hablar de mis pesares, excitándolos, no cesaba de repetirme a lo largo del camino, como el intendente del marqués de Carabas:

 

—Esta hacienda es de su tío, el señor Pío de Tristán; esa de sus ilustres primos, los señores de Goyeneche; aquella tierra pertenece también a su tío; la otra igualmente, y siempre lo mismo, hasta Are-quipa, sin que el oficioso M. Durand se cansara de designarme las numerosas propiedades de mi familia. Cuando el bueno de Manuel se acercaba, me decía con tristeza:

 

—Querida prima, nuestros parientes son los reyes del país. Nin-guna familia de Francia, ni aun las de Rohan y de Montmorency tienen tanta influencia por su nombre o su fortuna y, sin embargo, nos hallamos en una república. ¡Ah! Sus títulos y sus inmensas rique-zas pueden procurarles el poder mas no el afecto. Duros y pequeños como banqueros, son incapaces de hacer una acción que responda al nombre que llevan.

 

¡Pobre niño! ¡Qué sentimientos tan generosos! Por la nobleza de su alma, mi corazón reconocía en él a un pariente.

Cuando llegamos a las alturas de Tiabaya nos detuvimos para go-zar de la perspectiva encantadora que ofrece el valle y la ciudad de Arequipa. El efecto es mágico. Creí ver realizada una de esas creacio-nes fantástica de los cuentos árabes. Esos hermosos lugares merecen una descripción muy particular. Hablaré de ellos más adelante.

 

Encontramos en Tiabaya a una gran cabalgata que venía a nues-tro encuentro, conducida por mi salvador, don Baltazar, y su primo.

Las otras personas eran amigos de mi prima y siete u ocho france-ses residentes en Arequipa.

Por fin llegamos. 5 leguas separan Congata de Arequipa y ya era de noche cuando entramos en la ciudad. Estaba encantada con esta circunstancia que me libraba de las miradas. Sin embargo, el ruido que hacía esta numerosa comitiva al pasar por las calles atraía a los curiosos a las puertas de las casas; pero la oscuridad era demasiado

 

 

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grande para que se pudiese distinguir a nadie. Cuando estuvimos en la calle de Santo Domingo vi una casa cuya fachada estaba alumbra-da. Manuel me dijo: —¡Esta es la casa de su tío!

 

Una multitud de esclavos se hallaba en la puerta. Al acercarnos, regresaron al interior presurosos por anunciarnos. Mi entrada fue una de aquellas escenas de aparato como se las ve en el teatro. El pa-tio íntegro estaba alumbrado con antorchas de resina fijadas en las paredes. El gran salón de recepciones ocupaba todo el fondo de aquel patio. Había en medio una gran puerta de entrada, precedida de un pórtico que forma el vestíbulo al cual se llega por una escalinata de cuatro o cinco gradas. El vestíbulo estaba alumbrado por lámparas y el salón resplandecía de luces, con una hermosa araña y una mul-titud de candelabros en los que ardían velas de diversos colores. Mi prima, que se había hecho una gran toilette en honor mío, avanzó has-ta la escalinata y me recibió con todo el ceremonial prescrito por la etiqueta y las conveniencias. Eché pie a tierra y avancé hacia ella. Es-taba emocionada. La tomé de la mano y le agradecí con efusión todo cuanto había hecho hasta entonces por mí. Me condujo a un gran sofá y se sentó a mi lado. Apenas estuve sentada se dirigió hacia mí una diputación de cinco o seis monjes de la orden de Santo Domin-go. El gran prior de la orden pronunció un largo discurso en el cual me habló de las virtudes de mi abuela y de los magníficos donativos que había hecho al convento. Mientras me recitaba su arenga tuve tiempo de examinar a todos los personajes que llenaban el salón. Era una multitud bastante abigarrada y en conjunto, los hombres más que las mujeres me parecieron pertenecer a las primeras clases de la sociedad. Cada uno me dijo un cumplimiento en términos pomposos acompañado de ofrecimientos de servicios tan exagerados, que nin-guno de ellos podía ser la expresión de un sentimiento verdadero. Resultaba que en caso necesario no debía contar con ellos para la más ligera ayuda y su lenguaje era simplemente un homenaje servil dirigido a don Pío de Tristán, en la persona de su sobrina. Mi prima me dijo que me había hecho preparar una cena y que nos sentaría-mos a la mesa cuando quisiese yo dar la señal. Me sentía cansada y

 

 

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por lo demás no me preocupaba ser por más tiempo el objeto de las miradas de aquellos curiosos. Rogué a mi prima que me dispensa-ra de asistir a la comida y me permitiera retirarme al departamento que me había destinado. Vi que mi pedido, al que no podía dejar de acceder, contrariaba mucho a la honorable concurrencia. Se me con-dujo a una parte de la casa compuesta de dos grandes piezas más que mezquinamente amuebladas. Una cantidad de personas, además de los monjes, me acompañaron hasta mi dormitorio. Estos me ofrecie-ron, verdad es que en broma, ayudarme a desvestir. Manuel se encar-gó de decir a mi prima que deseaba quedarme sola. Todo el mundo se retiró y por fin, cerca de la medianoche, logré estar sola en mi cuarto con una negrita que me dieron para mi servicio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Me encontraba en la casa donde había nacido mi padre. Casa a la cual mis sueños de infancia me habían transportado tan a menudo, que el presentimiento de verla algún día se había arraigado en mi alma sin abandonarla jamás. Este presentimiento provenía del amor idólatra con que había amado a mi padre, amor que conserva su ima-gen viva en mi pensamiento.

 

Cuando la negrita se durmió, cedí al impulso de examinar las dos salas abovedadas donde estaba alojada. ¿Quizá mi padre ha vivido aquí?, me decía, y esta idea prestaba todo el encanto del techo pater-nal a lugares cuyo aspecto sombrío y frío desde la entrada, helaba el corazón. El mobiliario de la primera pieza se componía de una gran cómoda de encina, que debía haber seguido de cerca la expedición de Pizarro al Perú y databa por su forma del reinado de Fernando e Isabel; de una mesa y sillas más modernas, en el estilo que el duque de Anjou, Felipe V, introdujo en España; y, en fin, de una gran alfom - bra inglesa que cubría casi toda la habitación. Las paredes estaban blanqueadas con cal y tapizadas con mapas geográficos. Esta sala, de 25 pies de largo por 20 de ancho, solo recibía luz por medio de una ventana pequeña de cuatro vidrios abierta en lo alto. La segunda pie-za estaba separada de la primera por una división que no subía hasta la bóveda y no estaba alumbrada directamente. Mucho más pequeña que la otra, su mobiliario consistía en una pequeña cama de fierro

 

 

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guarnecida de cortinas de muselina blanca, una mesa de encina, cua-tro sillas viejas y en el suelo un viejo gobelino. El sol no entraba ja-más en esta inmensa alcoba parecida por su forma, su atmósfera y su obscuridad, a un sótano. El examen del sitio que mi familia me daba como alojamiento causó en mi alma una profunda impresión de tris-teza. La avaricia de mi tío y todo cuanto había temido, se presenta-ba a mi pensamiento. Es fácil juzgar al dueño de casa por la manera de proceder de quienes lo representan. Si doña Carmen me daba tal aposento en ausencia de mi tío era porque estaba muy segura de que él mismo no me habría destinado otro mejor. A fin de no dejarme duda alguna a este respecto, me había dicho al conducirme que este departamento, aunque poco conveniente, era el único disponible en la casa para recibir a los parientes y amigos. Este rasgo pintaba a mi tío. Jefe de una numerosa familia, relacionado por sus altas funcio-nes y su mérito personal con todo cuanto el país encerraba de más distinguido, don Pío gozaba de una fortuna colosal; pero no podía ofrecer por alojamiento a sus amigos y parientes sino una fría cueva, en la que se necesitaba luz para leer en pleno día. Esta idea me hacía sonrojar de vergüenza. ¡Y qué!, exclamaba involuntariamente ¿es mi destino estar aliada a personas cuya alma dura es inaccesible a los sentimientos elevados? Enseguida pensaba en mi abuela, ¡tan noble en todo, tan caritativa!, en mi pobre padre que había sido tan gene-roso, en el buen Manuel, en su excelente madre y sentía un dulce consuelo al ver en esta familia a algunos individuos a quienes podía reconocer como parientes. Mis reflexiones me agitaron de tal modo que era casi de día cuando quedé dormida.

 

A la mañana siguiente mi prima me dijo que las principales per-sonas de la ciudad vendrían a visitarme como es la costumbre y que sería conveniente estar temprano en el salón. Triste y doliente, no estaba dispuesta a recibir a toda aquella gente y, a decir verdad, una razón de coquetería fue el motivo determinante de mi negativa. Du-rante la travesía del desierto el ardor del sol, el polvo y la acritud del viento que soplaba del mar me había tostado la cara y las manos. La pomada que la bondadosa señora Nájar me había dado comenzaba a

 

 

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disminuir la rojez y a ponerme la piel en su estado natural y deseaba esperar cuatro o cinco días más antes de presentarme. Los dos prime-ros días se aceptó mi excusa de indisposición, pero el tercero causó rumor en la ciudad y M. Durand, que conocía muy bien el espíritu de los arequipeños, me aconsejó que me presentara si no quería expo-nerme a enajenarme la benevolencia que los habitantes me demos-traban. Así son los pueblos en su infancia: su hospitalidad tiene algo de tiránico. En Islay hube de quedarme en el baile, rendida de fatiga, hasta las doce de la noche. En Arequipa, a pesar de mis sufrimientos en el viaje y el dolor que sentía por la muerte de mi abuela, me era preciso recibir a toda la ciudad el tercer día después de mi llegada. Se me hizo con todo apuro un traje negro. Me presenté en el vasto salón de mi tío cubierta con ropas de duelo como toda mi familia y la tristeza de mi alma sobrepasaba la de mis vestidos.

 

Es costumbre en el Perú, entre las mujeres de la alta clase social, que cuando llegan a una ciudad en la que son extranjeras permanez-can en la casa sin salir durante todo el primer mes a fin de esperar las visitas. Trascurrido ese tiempo salen para corresponder a su vez las que han recibido. Mi prima Carmen, estricta en estas reglas de etiqueta, me dio instrucciones exactas sobre ellas creyendo que les prestaría igual importancia y que me conformaría a ellas sin omitir detalle alguno. Pero en esta circunstancia el yugo de la costumbre me pareció demasiado pesado y decidí liberarme. Mi prima, a quien no le agradaba más que a mí recibir visitas, aplaudió la forma opor-tuna con que me eximía de ellas, aunque no se sentía capaz de se-mejante atrevimiento. Antes de proseguir mi relato es necesario que haga conocer al lector a mi prima doña Carmen.

 

Con pesar me veo obligada a decir, para ser fiel a la verdad, que mi pobre prima Carmen Piérola de Flores es de una fealdad rayana en la de-formidad. Víctima de la viruela, esta espantosa enfermedad ha hecho en ella sus más crueles estragos. Podía entonces tener 38 o 40 años.

 

Pero Dios no ha querido que sus criaturas peor dotadas estén por completo desprovistas de encantos. Mi prima tenía los pies más lin-dos, no solo de Arequipa, sino quizá de todo el Perú. Su pie es una

 

 

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miniatura, un amor de pie, el ideal soñado que aún me complazco en recordar. Un pie de solo seis pulgadas de largo, de ancho proporciona-do, de forma perfecta, con el empeine levantado, la pierna fina y lo que es más extraordinario, vista la extrema flacura de doña Carmen, su pie y su pierna son llenos y torneados. Este lindo pie lleno de gracia y de personalidad está siempre calzado con magníficas medias de seda rosa, gris o blancas y con un elegante zapato de raso de cualquier co-lor. Doña Carmen usa los vestidos muy cortos y tiene razón. Sus pies son admirables para esconder esa pequeña obra maestra de la natura-leza. Es muy elegante, se arregla con gusto, pero con todo, su modo de vestir es el de una persona más joven de lo que su edad permite.

 

Mi prima es de un carácter muy singular. No ha recibido educa-ción, pero la ha adquirido por sí misma y comprende con una admira-ble inteligencia. La pobre mujer perdió a su madre en la infancia y des-de entonces la desgracia comenzó para ella. Educada por una tía dura y soberbia, su vida fue tan miserable que deseando sustraerse a ese yugo y sin tener más alternativa que el matrimonio o el claustro, por el que no sentía ninguna vocación, decidió casarse con el hijo de una hermana de mi padre. Este había pedido su mano atraída por el cebo de una rica dote. Mi primo era un hombre muy guapo, muy amable, pero jugador y libertino que despilfarró su fortuna y la de su esposa en desórdenes de toda especie. Doña Carmen, orgullosa y arrogante, hubo de sufrir todas las torturas imaginables durante los diez años que duró esta unión. Quería a su marido, a este hombre que no vivía sino para los sentidos, que rechazaba su amor con brutalidad, que la humillaba con su conducta y la ultrajaba con las explicaciones que le daba. En muchas ocasiones la dejó para vivir públicamente con aman-tes. Esas mujeres pasaban bajo las ventanas de doña Carmen, la mira-ban con cinismo y reían burlonamente del insulto. Cuando en los pri-meros tiempos del matrimonio la joven esposa trató de hacer escuchar algunas quejas, ya sea en la familia de su marido o a amigos comunes, se le respondió que debía estimarse feliz con tener a un hombre tan guapo por marido y que debía soportar su conducta sin quejarse. Esas personas encontraban en la fealdad de la mujer y en la hermosura del

 

 

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marido razones suficientes para justificar la expoliación de su fortuna y los continuos ultrajes de que era víctima aquella desgraciada. Tal es la moral que resulta de la indisolubilidad del matrimonio. Después, no sé por qué horrible disposición de espíritu, ocurre que hay hombres más crueles que la naturaleza quienes creen que todo se les está per-mitido en contra de los seres deformes a los que prodigan sarcasmos e insultos. Su conducta es tan impía como malvada e insensata. Los defectos, cuya corrección está en nuestro poder, deben ser los únicos objetos del ridículo. No hay monstruos a los ojos de Dios. El árbol dere-cho y el árbol torcido tienen su razón de ser. Esopo, así como Alcibía-des fueron dotados por la Providencia de las formas más convenientes al destino que les estaba reservado. Censurar la obra del Creador es po-ner a nuestra inteligencia por encima de la suya. El hombre en demen-cia, que al aspecto de la sociedad lanza una risa convulsiva, es menos insensato que el individuo que ve, en la configuración de una planta, de un hombre o de un ser cualquiera salido de las manos de Dios, un objeto de burla y de ultraje.

 

Después de esta infructuosa tentativa doña Carmen no profirió nuevas quejas, no dejó oír una murmuración y exagerando la per-versidad humana, expulsó desde entonces todo afecto de su corazón para no dejar más que sentimientos de desprecio y de odio. Mi prima con el fin de aturdirse se consagró al mundo. Y aunque privada de fortuna y de belleza, su espíritu atraía siempre a su alrededor a un círculo de adoradores. Doña Carmen tenía demasiado discernimien-to para no comprender la causa de las adulaciones que le estaban dirigidas y aprendió así, en el curso de sus coqueterías, a conocer el corazón humano. Mientras más avanzaba en este conocimiento au-mentaba más su desprecio por la raza humana. Si mi prima hubiese tenido el menor sentimiento religioso, en lugar de espiar los vicios de los hombres con el objeto de alimentar su odio, debería haber trata-do de descubrir sus inclinaciones al bien y de esforzarse en hacerlos mejores. Pero Dios no entraba en sus pensamientos, tenía necesidad de la sociedad de esos mismos hombres a quienes despreciaba y les prodigaba lisonjas para a su vez ser lisonjeada.

 

 

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Al cabo de diez años de matrimonio su marido, que entonces te-nía treinta, volvió donde ella. Había disipado toda la fortuna que am-bos poseían, se había endeudado en todas partes y era presa de una horrible enfermedad que ningún médico pudo conocer. Mientras había tenido dinero, las cortesanas y hasta las hermosas señoras se habían disputado a este guapo mozo. Mas cuando no le quedó ni un peso, aquellas mujeres desvergonzadas lo rechazaron con desprecio, le dirigieron risas burlonas y censuraron en altavoz su conducta. El infortunado pudo entonces apreciar los seres inmundos a quienes había prodigado sus riquezas. Sin recursos y abandonado por to-dos regresó por instinto donde la mujer a quien había humillado y abandonado a pedirle asilo. Ella lo recibió, no con cariño, pues ese sentimiento no podía ya renacer en su corazón, sino con aquel se-creto placer que sienten las personas de su carácter, de ejercer una noble venganza que exalta su superioridad. El desgraciado pagó caro los desórdenes de su vida. Estuvo en cama dieciséis meses sufriendo las más crueles torturas. Durante ese tiempo su esposa no lo dejó un instante. Fue a la vez su enfermera, su médico, su sacerdote. Había hecho colocar un sofá cerca del lecho de dolor, de noche y de día es-taba allí, pronta a asistirlo en todo. ¡Qué espectáculo para ella! ¡Qué aversión y desprecio abrigaba hacia la especie humana! Veía morir en la flor de la edad a ese joven a quien había amado, pero en estado de decrepitud, pues hasta ese punto lo había envejecido el libertinaje. Y lo veía morir con cobardía. En esta circunstancia, doña Carmen mostró una fuerza de carácter no desmentida una sola vez. Sufrió con una paciencia admirable los caprichos, las repulsas y los accesos de desesperación del moribundo. Esta larga enfermedad agotó los últimos recursos de mi desgraciada prima. Después de la muerte de su marido quedó reducida a vivir de nuevo donde su tía junto con su hija, único vástago que había tenido.

 

Desde entonces su vida fue un suplicio de todo momento. Sin fortu-na deseaba siempre vivir en sociedad, mantener un rango y se veía sin cesar obligada a recurrir a una tía dura y avara. La pobre Carmen ape-nas tenía con qué hacer frente a sus necesidades, aunque presentaba

 

 

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las apariencias del lujo. Cuando llegué a Arequipa hacía doce años que era viuda y doce años que vegetaba, ocultando su miseria real bajo las apariencias de la opulencia. Cada año pasaba seis meses donde su tía en un ingenio azucarero situado en Camaná cerca del de mi tío Pío. A ella no le agradaba vivir en el campo al que la necesidad la obligaba a ir; en la época de mi llegada una causa inesperada la había retenido en la ciudad, por primera vez. Vimos ella y yo en esta circunstancia el dedo de la Providencia, pues si por una ocurrencia fortuita mi prima no hubiese estado en Arequipa no habría yo encontrado a nadie para recibirme en casa de mi tío.

 

Si en un principio la sequedad y la fealdad de mi pobre pariente produjeron sobre mí un efecto desagradable, muy pronto descubrí en el fondo de aquella alma un género de nobleza y de superioridad que me inspiró simpatía. Desde mi llegada mi prima me demostró mucho afecto, tuvo para mí todas las atenciones imaginables y se ofreció ser mi maestra de idiomas. Gracias a ella pude aprender el español en poco tiempo. Tenía una paciencia admirable para enseñarme y corre-girme cuando me equivocaba. Su casa estaba situada frente a la de mi tío, de manera que siempre estábamos la una donde la otra. Por la ma-ñana ella me enviaba el desayuno y a las tres iba yo a comer donde ella. Siempre doña Carmen tenía la atención de invitar a algunos amigos a fin de que tuviese compañía para distraerme, pero prefería estar a so - las con ella porque encontraba sin cesar en su conversación la manera de instruirme sobre las personas y las cosas del lugar.

 

Desde la mañana siguiente a mi llegada a Arequipa había escri-to a mi tío que estaba en su casa porque mi salud no me permitía ir a buscarlo a Camaná y que esperaba su regreso con la más viva impaciencia.

 

Transcurrieron quince días sin respuesta de don Pío. Estaba in-quieta y mi prima otro tanto. Temía a mi tío y se imaginaba que su silencio podía indicar la desaprobación de la conducta que había observado conmigo. La manera de proceder de mi tío respecto a mí renovaba la agitación producida por mi llegada entre sus amigos y enemigos. Los unos decían que tenía miedo de mí; los otros pensaban

 

 

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que maquinaba alguna mala pasada, alguna trampa para cogerme. Los alarmistas llegaban hasta a decir que podría hacerme detener. Mi cuarto estaba lleno desde la mañana hasta la noche con estos oficiosos amigos quienes venían a comunicarnos sus temores, sus consejos o sus extravagantes proyectos. Escribí carta sobre carta. Mi prima, la señorita de Goyeneche y otras personas escribieron tam-bién. Don Pío no daba ninguna respuesta. Estaba en aquel momento en completo descrédito; esta circunstancia, feliz para mí, ponía de mi parte a todo el mundo. Por fin, el vigésimo primer día después de mi llegada, todos recibieron una contestación y todas aquellas misivas estaban escritas con tanto arte que el ilustre Talleyrand hubiese po-dido reivindicar el mérito de haber concebido estas obras de arte en diplomacia. Mi tío estaba hecho para ser primer ministro de una mo-narquía absoluta. En los tiempos difíciles habría dejado muy lejos, tras de sí, por la superioridad de su talento, a los hombres de estado más notables. Los Nesselrod y los Metternich palidecían a su lado. Él se quejaba también a menudo del destino que le reducía a intrigar sordamente, para llegar a la dirección de los negocios de una misera-ble republiquita, cuando se sentía con las dotes necesarias para diri-gir los de una gran monarquía. Me decía a veces: “Si solo tuviese 40 o 50 años me iría inmediatamente a Madrid y en solo dos meses podría destronar a los grandes dirigentes de San Ildefonso, en tal forma, que tendría todos los resortes del gobierno entre mis manos”.

 

Esta primera carta de mi tío tuvo el resultado que probablemente esperaba. Me demostraba tanta benevolencia, recordaba con tanta gratitud los servicios que mi padre le había hecho que creí su cora-zón abierto a todo mi afecto y que podía contar con su justicia. Era necesario ser tan ignorante del mundo como yo lo era para dejarme engañar por las hermosas palabras de don Pío. ¡Ay! Tenía necesidad de cariño, creía en la probidad, en el agradecimiento y si por instan-tes me venían ideas de desconfianza contra mi tío las rechazaba con todas mis fuerzas obstinándome en no ver el mal que me decían de él. Toda su correspondencia durante los tres meses de espera conser-vó el mismo tono afectuoso, bondadoso y leal. Al fin comprendí que

 

 

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me engañaba. Sus acciones no tenían relación alguna con sus cartas y esa contradicción me hizo descubrir aquello que se tomaba tanto trabajo en ocultar. La correspondencia con los otros miembros de la familia era muy amable y, según creo, un poco más franca.

 

Mientras permanecí sola en casa de mi tío no tuve tiempo de abu-rrirme. Estaba siempre ocupada en recibir o en hacer visitas, en es-cribir o ver todo cuanto había de curioso en el lugar de modo que el tiempo transcurría muy rápidamente.

 

Había llegado a Arequipa el 13 de septiembre. El 18 del mismo mes sentí por primera vez en mi vida un temblor. Fue aquel tan famoso por sus desastres que destruyó por completo Tacna y Arica. La pri-mera sacudida tuvo lugar a las seis de la mañana: duró dos minu-tos. Me desperté sobresaltada y casi fui arrojada fuera de mi lecho. Creía estar todavía a bordo, mecida por las olas y no tuve miedo. Pero enseguida la negra se levantó gritando: “Señora, ¡temblor, temblor!”. Abrió la puerta y salió al patio donde me precipité tras de ella, echán-dome el peinador sobre los hombros. Los movimientos eran tan vio-lentos que nos vimos obligadas a echarnos al suelo para no caer. El más valiente hubiese tenido miedo al sentir agitarse así la tierra y ver la oscilación de las casas. Todos los esclavos estaban en el patio de rodillas, rezando, petrificados y como resignados a morir.

 

Regresé a acostarme. Mi prima vino enseguida. El terror había trastornado su rostro. ¡Ah, Florita!, me dijo, ¡qué horrible terremoto! Estoy segura de que una parte de la ciudad se ha derrumbado. Un día voy a quedar sepultada bajo las ruinas de mi vieja casa. Y a usted, mi querida amiga, que no está acostumbrada a semejantes convulsio-nes, ¿qué efecto le ha producido?

 

—Prima, creía estar todavía en un navío. Es así como se siente el movimiento de las olas y no he tenido miedo sino cuando me encon-tré en el patio y vi inclinarse las casas sobre mí, estremecerse el piso y el cielo vacilar como cuando uno está en el mar. Entonces comprendí todo el horror que se apodera del corazón humano en presencia de una plaga que le hace sentir tan profundamente su impotencia. ¿Son frecuentes estos temblores en el país?

 

 

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—Hay a veces tres o cuatro en el mismo día. Es raro que pase una semana sin que se sienta uno más o menos fuerte. Debemos esto a la vecindad del volcán.

 

Doña Carmen se quedó conversando conmigo. Sentada, sobre mi cama, fumaba sus cigarrillos y me refería todas las desgracias innu-merables que en diferentes ocasiones los temblores habían causado en la región.

 

Como a las siete se dejó sentir un ruido sordo que parecía venir de las entrañas de la tierra: ¡era su voz! Mi prima lanzó un grito de espanto y se precipitó fuera de la habitación. En aquel momento, te-nía yo los ojos fijos en una grieta bastante pequeña que había en el centro de la bóveda. Esta grieta se entreabrió de repente y las enor-mes piedras se dislocaron. Creí que toda esa masa iba a desplomarse sobre mi cabeza y hui espantada. Esta sacudida fue menos fuerte que la primera. Regresamos de nuevo y angustiada me acosté. Confieso que estaba trastornada. Mi prima se sentó cerca de mí. La expresión de su rostro me dio miedo.

 

—¡Execrable país!, exclamó con un acento de furor contenido ¡y pensar que estoy condenada a quedarme en él!

—Prima, si le parece tan execrable ¿por qué se queda usted? —¿Por qué, Florita? Por orden de la más dura de las leyes, la de la

necesidad. Todo ser privado de fortuna depende de otro, es esclavo y debe vivir donde su amo lo ate.

Y mi prima rechinó los dientes con un movimiento de rebeldía, el cual me probó que no estaba organizada para la esclavitud.

La miré y le dije con un sentimiento de superioridad cuya expre-sión no pude reprimir:

—Prima, tengo menos fortuna que usted. ¡He querido venir a Are-quipa y aquí estoy!

—¿Y qué deduce usted de esto?, me preguntó con un movimiento de envidia.

—Que la libertad no existe realmente sino en la voluntad. Quie-nes han recibido de Dios esta voluntad fuerte que hace sobreponerse a todos los obstáculos son libres. Mientras que aquellos cuyo débil

 

 

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deseo se cansa o cede ante las contrariedades, son esclavos y lo se-rían aun si la caprichosa fortuna les colocase sobre un trono.

Mi prima no supo qué responder. Sentía instintivamente que te-nía razón. Sin embargo, no podía explicarse qué era lo que me daba fuerza para sostener semejante lenguaje. Me contempló largo rato en silencio, soplando el humo de su cigarro en forma de plumillas y dibujos fantásticos que yo seguía maquinalmente con los ojos. De repente se incorporó bruscamente y dijo con mal humor:

 

—Que Dios me perdone, Florita, usted también me da miedo. ¿Dónde iré a refugiarme? No me atrevo a entrar en mi casa por temor de que se me caiga sobre la cabeza y, por la Santísima Virgen, no me atrevo a quedarme sentada junto a usted y oírla pronunciar, con aire tranquilo, las palabras que harían temblar a un monje y la harían tomar por loca...

 

—¿De veras, querida prima? ¡Ah! No tenga miedo, venga a sentar-se aquí bien cerca de mí para poder esconderme bajo su mantilla y dígame ¿por qué me toma usted por loca?

 

—Pero, querida Florita, usted pretende que basta una voluntad firme para ser libre. Y es usted, débil mujer, esclava de las leyes, de los prejuicios, sujeta a mil sufrimientos, con una debilidad física que la hace incapaz de luchar contra el menor obstáculo ¿es usted quien se atreve a avanzar semejante paradoja? ¡Ay, Florita! Se ve que usted no ha estado dominada por una familia altanera y poderosa, ni ex-puesta a la negra maldad de los hombres. Soltera, sin familia, usted ha sido libre en todas sus acciones, dueña absoluta de sí misma. Sin estar sujeta a ningún deber, no tenía obligaciones para con el mundo y la calumnia no podía alcanzarla. Florita, hay pocas mujeres en su feliz posición. Casi todas, casadas muy jóvenes, han tenido sus facul-tades marchitas, alteradas por la opresión más o menos fuerte que sus amos han hecho pesar sobre ellas. Usted no sabe cuántos de es-tos penosos sufrimientos está uno obligada a ocultar a los ojos del mundo, a disimular aun en el interior y cómo paralizan y debilitan la moral del ser más felizmente dotado. Al menos, tales son los efectos que aquellos sufrimientos producen sobre nosotras, pobres mujeres,

 

 

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poco avanzadas en civilización. ¿Será de otro modo entre las mujeres de Europa?

—Prima, hay sufrimientos en donde hay opresión y opresión donde el poder de ejercitarla existe. En Europa, como aquí, las mu-jeres están sometidas a los hombres y tienen que sufrir aún más su tiranía. Pero en Europa se encuentra, más que acá, mujeres a quienes Dios ha concedido suficientes fuerzas para sustraerse al yugo.

 

Al decir estas palabras arrastrada por el sentimiento que me ins-piraba, el tono de mi voz y la expresión de mi mirada excitaron la sorpresa de mi prima.

 

—Por esta vez, Florita, la admiro, ¡está usted soberbia así! En mi vida he visto una criatura que exprese sus sentimientos con tanto calor. Es usted muy buena en irritarse así por la suerte de las muje-res. Son en efecto muy desgraciadas y, sin embargo, querida amiga, no puede usted juzgar de ello sino imperfectamente. Para tener una idea justa del abismo de dolor en que está condenada a vivir, hay que estar o haber estado casada. ¡Oh, Florita! El matrimonio es el único infierno que reconozco.

 

Como me sentía enrojecer por la indignación que esta conversa-ción despertaba en mi alma, oculté la cara en una de las puntas de la mantilla de doña Carmen. Y mientras ella continuaba solo estaba atenta para calmarme.

 

Esta primera conversación me bastó para adivinar todo lo que esta mujer había tenido que sufrir durante la vida de mi primo.

Las mujeres de acá, pensaba, son por el matrimonio tan desgra-ciadas como en Francia. Encuentran igualmente la opresión en ese lazo y la inteligencia con que Dios las ha dotado queda inerte y estéril.

 

La mañana del temblor recibí una multitud de visitas. Todos esos buenos arequipeños estaban curiosos por conocer la impresión que había producido sobre mí. Muchos de ellos parecían decirme con su aire: ustedes no tienen esas cosas tan bonitas en Francia.

 

Ese temblor destruyó por completo la ciudad de Tacna, situa-da en la costa. Todas las casas quedaron derrumbadas. La iglesia, terminada recientemente y abierta al público desde hacía quince

 

 

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días se desplomó. Dieciocho personas perecieron y veinticinco fue-ron heridas gravemente. La ciudad de Arica sufrió casi lo mismo.1 La comarca de Sama, los departamentos de Moquegua y de Tarata fueron devastados. En Locumba la tierra se entreabrió y tragó casas íntegras. En todos estos lugares muchas personas murieron o estu-vieron heridas de más o menos gravedad. Arequipa sufrió poco. Las casas de esta ciudad estaban tan sólidamente edificadas, que para derribarlas se necesitaría un temblor que deshiciese todo el Perú. Esta sacudida se dejó sentir igualmente en Lima y en Valparaíso, pero muy amortiguada y no causó ningún desastre. Hay que ha-ber habitado los países donde son frecuentes estos temblores para tener una idea justa del terror que inspiran y de las desgracias que ocasionan; cuando estas espantosas convulsiones remueven la tie-rra en todo sentido la hacen ondular como las olas o la entreabren como abismos.

 

El 24 de septiembre, para festejar a Nuestra Señora, una gran pro-cesión recorrió la ciudad, una de aquellas procesiones en las que el clero del país despliega más ostentación. Son las únicas diversiones del pueblo. Las fiestas de la Iglesia peruana dan una idea de lo que debían ser las Bacanales y las Saturnales del paganismo. La religión católica, desde los tiempos de la más profunda ignorancia, no ha ex-puesto nunca a toda luz tan indecentes bufonadas ni desfiles más escandalosamente impíos. A la cabeza de la procesión marchaban las bandas de músicos y de bailarines, todos disfrazados. Algunos negros y zambos2 se alquilan por un real al día para representar un papel en esta farsa religiosa. La Iglesia los disfraza con las ves-timentas más burlescas. Los viste de pierrot, de arlequines, de ton-tos o de otros caracteres del mismo género y les da para cubrirse la cara malas máscaras de todos colores. Los cuarenta o cincuenta bai-larines hacían gestos y contorsiones de una cínica desvergüenza y

 

 

 

1   Coinciden estos datos exactamente con los que da J. Toribio Polo en “Sinopsis de temblores y volcanes del Perú” (1899, pp. 401-402, t. 8). [N. de la T.].

 

2   Los mestizos provienen de la mezcla de los indios y negros. [N. de la A.].

 

 

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molestaban a las negras y a las muchachas de color formadas en fila dirigiéndoles toda clase de frases obscenas. Estas, mezclándose en la broma, intentaban por su lado reconocer a las máscaras. Era una confusión grotesca donde se oían gritos y risas convulsas y aparté los ojos con disgusto. Después de los bailarines aparecía la Virgen vestida con magnificencia. Su traje de terciopelo estaba guarnecido de perlas. Tenía diamantes sobre la cabeza, en el cuello y en las ma-nos. Veinte o treinta negros cargaban esta imagen, detrás de la cual iba el obispo seguido de todo el clero. Enseguida venían los religiosos de todos los conventos, reunidos aquel día para ir juntos en el santo paseo. Las autoridades terminaban la fila oficial, a la que seguía sin ningún orden la masa del pueblo que reía, gritaba y creía estar nada menos que en oración.

 

Estas fiestas y la magnificencia que las caracteriza hacen la felici-dad de los habitantes del Perú. Dudo que sea posible espiritualizar su culto antes de mucho tiempo.

 

Por la tarde se representó un Misterio al aire libre, en la plaza de las Mercedes. Lamento no haber podido conseguir el manuscri-to de ese drama religioso. Si se puede juzgar por lo poco que vi y oí contar, debía ser un modelo en su género. Doña Carmen se vol-vía loca por cualquier espectáculo y me dejé arrastrar por ella a la representación, pero nos fue imposible acercarnos a la escena. Los primeros sitios estaban ocupados por las mujeres del pueblo quienes esperaban allí desde la mañana. Las empujamos para tener un rincón desde donde poder ver. Jamás había sido testigo de tan-to entusiasmo. Con la ayuda de los señores que nos acompañaban logré subir sobre un poste y desde mi pedestal vi con comodidad el magnífico cuadro que la plaza ofrecía. Se había levantado sobre el pórtico de la iglesia una especie de teatro por medio de tablas co-locadas sobre toneles. Algunos decorados, sacados del teatro de la ciudad, formaban la escena que debía estar alumbrada por cuatro o cinco quinqués, pero los rayos argentados de la luna suplían la economía de los empresarios y en el hermoso cielo de Arequipa la luna esparcía brillantes claridades.

 

 

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Era una cosa nueva para mí, hija del siglo XIX, recién llegada de París, la representación de un Misterio bajo el pórtico de una iglesia en presencia de una inmensa multitud de pueblo. Pero el espectáculo más lleno de enseñanzas era la brutalidad, los vestidos groseros y los harapos de ese mismo pueblo cuya extrema ignorancia y estúpida su-perstición retrotraían la imaginación a la Edad Media. Todas esas ca-ras blancas, negras o cobrizas expresaban una ferocidad salvaje y un fanatismo exaltado. El Misterio se parecía mucho (no diré nada de las bellezas del diálogo, pues las palabras llegaban imperfectamente a mis oídos) a los que se representaban con gran pompa en el siglo XV, en la sala del Palacio de Justicia de París para edificación del pueblo, repre-sentación a la cual nos hace asistir Víctor Hugo en su Nuestra Señora. Con ayuda de algunas palabras cogidas al vuelo, de algunas explica-ciones que me fueron dadas por los iniciados en los bastidores y, en fin, por la pantomima de los actores, logré comprender el argumento.

 

Los cristianos van a la tierra del Islam a combatir a los turcos y sarracenos a fin de atraerlos a la verdadera fe. Los musulmanes se defienden con obstinación. Tienen a su favor la ventaja del número. Los cristianos hacen la señal de la cruz, pero a pesar de todo están a punto de sucumbir cuando la Virgen Nuestra Señora, dando el brazo a San José y acompañada de un gran séquito de niñas, llega junto al ejército cristiano. Esta celeste aparición reanima su entusiasmo. Se precipitan enseguida sobre los musulmanes gritando: ¡Milagro! ¡Mi-lagro! La ocasión es propicia, pues estos, petrificados, parecen haber olvidado el uso de sus armas y su admiración es motivada por la vista de esa multitud de bonitas muchachas de todos los matices de co-lores que se mezclan con los soldados y que llevan la cabeza ceñida por una aureola de papel amarillo. Los musulmanes temen herir a estas huríes del paraíso y hay, me parece, deslealtad por parte de los cristianos en aprovechar de esta circunstancia para caerles encima. En suma, el sultán y el emperador de los sarracenos son derrotados y despojados, con ultraje, de las insignias de su dignidad. En aquel estado de miseria prefieren ser reyes cristianos que monarcas des-tronados, imploran la misericordia de la Virgen Nuestra Señora y se

 

 

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hacen bautizar, así como todos los soldados. Creí comprender que la gloria de esta conversión en masa correspondía más a las compa-ñeras de la Virgen que a los soldados de su hijo. Sea lo que fuere, la Virgen parece encantada con esta conversión general. Hace muchas cortesías al sultán y al emperador; nombra al primero patriarca de Constantinopla y al segundo arcipreste de Mauritania, conservándo-les su poder temporal. Uno y otro juran sobre el crucifijo, que traen sobre una fuente de plata, hacer pagar anualmente el diezmo al clero católico en sus vastos estados y el dinero de San Pedro al Papa de Roma. A una señal dada por la Santísima Virgen, el coro de jóvenes entona himnos y cánticos a los que responden, a voz en cuello, los soldados turcos, cristianos y sarracenos. Enseguida se ponen a za-randear a los judíos que se encuentran en gran número en el ejército musulmán donde han acudido de todas partes para comprar los des-pojos de los cristianos. Como no quieren convertirse, los cristianos y los nuevos convertidos los golpean, les quitan su dinero, se apoderan de sus vestidos y les dan harapos en cambio. Estas escenas burles-cas son muy aplaudidas. Después empiezan de nuevo los cánticos, mientras se quitan al emperador y al sultán sus vestidos impíos y la Virgen les reviste con gran ceremonia con las vestiduras sacerdota-les de sus nuevas dignidades. Llega entonces Jesucristo, la Santísima Virgen, San José, San Mateo, los generales cristianos, el emperador de los sarracenos y el sultán. Hay trece cubiertos, y un judío, para aprovechar la comida, se desliza furtivamente en el decimotercer asiento que queda desocupado. Jesús ha partido el pan y ha hecho pasar la copa a los convidados cuando se da cuenta del fraude. In-mediatamente arrojan al judío de su sitio y los soldados lo ahorcan (a lo menos en efigie). Continúa la comida y la atención es cautivada por la acción de Jesucristo que renueva el milagro de las bodas de Cana y cambia el agua en vino de Canarias. En realidad, un negro oculto bajo la mesa sustituye con bastante habilidad un vaso de agua por otro lleno de vino. Durante la comida el coro de vírgenes canta himnos. Es así como termina la representación de la cual, imperfec-tamente sin duda, acabo de trazar un esbozo.

 

 

 

 

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El pueblo estaba como loco. Aplaudía, saltaba de alegría y grita-ba con todas sus fuerzas: ¡Viva Jesucristo! ¡Viva la Santísima Virgen! ¡Viva Nuestro Señor don José! ¡Viva Nuestro Santo Padre el Papa! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!

 

Con estos medios es como se mantiene en sus prejuicios a los pue-blos de América. El clero ha ayudado a la revolución, pero no ha pensa-do en abandonar el poder y lo conservará por mucho tiempo todavía.

 

Doña Carmen, cuya pasión por los espectáculos de toda clase era tal que tendría fuerza para ir en la misma tarde a ver crucificar a Jesu-cristo, representación que se da en las iglesias de América durante la Semana Santa, enseguida al teatro a admirar a las bailarinas de cuer-da y después a la pelea de gallos, mi querida prima, aunque miraba desdeñosamente al populacho reunido en la plaza de las Mercedes, no había dejado de sentir una buena parte del placer que la multitud experimentaba al ver maniobrar a la Virgen y a sus soldados. Pero se guardó muy bien de confesarlo. Criticó en alta voz ese adefesio y es-tuvo, en el fondo, muy contrariada de que yo lo hubiese presenciado.

 

Los franceses que asistieron con nosotros a la representación del Misterio se contentaron con burlarse y reírse sin impresionarse en otra forma. Por lo que pude ver, fui la única en regresar entristeci-da de ese espectáculo. Siempre me he interesado vivamente por el bienestar de las sociedades en medio de las cuales el destino me ha transportado y sentía un verdadero pesar por el embrutecimiento de aquel pueblo. Su felicidad, me decía, no ha entrado jamás dentro de las combinaciones de los gobernantes. Si hubiesen querido realmen-te organizar una república habrían tratado de hacer germinar, por medio de la instrucción, las virtudes cívicas hasta entre las últimas clases de la sociedad. Pero como el poder y no la libertad es el obje-tivo de esa multitud de intrigantes, que se suceden en la dirección de los negocios públicos, continúan la obra del despotismo y para asegurarse la obediencia del pueblo, a quien explotan, se asocian con los sacerdotes para mantenerlo con todos los prejuicios de la supers-tición. Ese país desangrado por veinte años de guerras civiles se ha-lla en un estado deplorable y busca, en vano, en la clase que por su

 

 

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fortuna ocupa el primer rango, la esperanza de un porvenir mejor. Pero no se encuentra en ella sino la más orgullosa presunción unida a la más profunda ignorancia y un lenguaje de baladronada del que sonríe con piedad el último marinero europeo. Hay sin duda algu-nas excepciones entre los peruanos, pero estas personas gimen por la situación de su país y en cuanto lo pueden dejar se apresuran a hacerlo. El verdadero patriotismo y la abnegación no existen en nin-guna parte. No será sino por medio de las más grandes calamidades como se hará la educación política y moral de este pueblo. Quizá la miseria, que se acrecienta cada día, hará nacer el amor al trabajo y las virtudes sociales que de él resultan. Quizá también la Providencia suscitará en este pueblo un hombre con brazo de hierro que lo con-duzca a la libertad como Bolívar había comenzado a hacerlo.

 

Todos los domingos era preciso que desde las diez de la maña-na estuviese en gran toilette en el salón para recibir visitas hasta las tres, momento en que íbamos a la mesa a almorzar y, enseguida, des-de las cinco hasta las once de la noche –jamás he tenido tarea más fatigosa–, las señoras venían para lucir sus galas, los hombres por ociosidad y todos tenían en su fisonomía la expresión de un tedio permanente. Como el país no ofrece ningún recurso para alimentar las conversaciones resulta que la charla es siempre fría, afectada y monótona. Están reducidos a murmurar el uno del otro, a hablar de la salud de cada uno o de la temperatura. El fastidio la hace a uno cu-riosa. Me fue fácil ver que todos mis visitantes tenían curiosidad por saber el motivo de mi viaje; pero mi carácter cortés y reservado hizo que, a la vez, me observase con mayor cuidado del que me creí capaz. Nadie supo una palabra de mis asuntos, ni aun mi prima, la persona con quien mayor confianza tenía.

 

El 28 de octubre, M. Viollier, francés empleado en la casa de M. Le Bris, vino a anunciarme la llegada del “Mexicano” a Islay y me in-formó que se dirigía allí inmediatamente y que estaría de regreso al día siguiente con M. Chabrié quien deseaba venir a Arequipa. Desde mi partida de Valparaíso apenas me había aventurado en detener mi pensamiento en M. Chabrié. Su amor que no podía corresponder y

 

 

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la promesa que me había arrancado, que por mi parte no podía cum-plir, pesaban sobre mi corazón. Temía considerar las consecuencias de todo ello. Sentía un dolor tan profundo que no atreviéndome a confesar que Chabrié existía todavía, casi hubiese deseado que una muerte funesta me permitiera derramar por él dulces lágrimas. ¡Cuántas veces durante la noche, cuando el sueño huía de mis pár-pados, había hecho vanos esfuerzos para adormecer mi memoria! A pesar mío, los recuerdos me llevaban de nuevo al “Mexicano”. Veía a Chabrié apoyado al borde de mi lecho hablándome de sus esperanzas de felicidad y pintándome la dicha de que gozaríamos en la hermosa California. Esos cuadros arrebatadores de amor y de tranquilidad se me aparecían con todo su encanto. Un poder invisible parecía pre-sentarme su imagen para excitar mis pesares. Entonces se renova-ban en mí los combates que había soportado en Valparaíso. El interés personal luchaba con obstinación contra las inspiraciones genero-sas. Un espíritu de tinieblas y un ángel agitaban mi alma. Pero el po-der celeste vencía siempre.

 

Cuando M. Viollier me anunció esta nueva me puse roja y temblo-rosa, después tan pálida que no pudo contenerse y me preguntó si estaba contrariada.

 

—No, en lo absoluto, le dije. Quiero mucho a ese valiente capitán. Es un poco brusco, pero me ha demostrado tanto interés durante mis cinco meses de sufrimiento a bordo que siento hacia él la más since-ra adhesión.

 

A pesar de la emoción que no pude ocultar, M. Viollier no con-cibió ninguna sospecha. Nadie, en efecto, hubiese podido creer que yo pensaba en M. Chabrié consintiendo en pasar sobre los enormes defectos de su carácter en favor de las cualidades de su corazón.

 

Esa noche, y el día siguiente, mi agitación fue extrema. Invocaba a Dios, pues sentía debilitarse mi valor. M. Chabrié no vino en la ma-ñana, de modo que tuve una noche y un día más para reafirmarme en mi resolución y prepararme a recibirlo. El sábado, hacia las ocho de la noche, me paseaba en el salón de mi prima y hablaba con ella de filosofía según nuestra costumbre, cuando vi entrar a Chabrié...

 

 

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Flora Tristán

 

Vino hacia mí, me tomó de las manos, las estrechó y besó con ternu-ra mientras que gruesas lágrimas caían sobre ellas en precipitadas gotas. Felizmente era de noche. Mi prima que se hallaba en la extre-midad del salón podía ver sus gestos, mas no su llanto. Le conduje a mi departamento. Allí fue incapaz de contener su alegría y en él la alegría y el dolor se manifestaban con lágrimas. Estaba sentado cer-ca de mí, me apretaba las manos, ponía su cabeza sobre mis rodillas, tocaba mis cabellos y repetía con un acento de amor que hacía vibrar hasta mi última fibra:

 

—¡Oh, mi Flora! ¡Mi querida Flora! ¡Por fin la veo! ¡Dios mío, tenía ansia de verla! Querida mía, hábleme, quiero oír su voz. Dígame que me quiere, que no soy víctima de un sueño. ¡Oh! Dígamelo, déjeme oírlo. ¡Ah! ¡Me ahogo!...

 

Yo no podía respirar. Una cadena de hierro me oprimía el pecho. Apoyaba su cabeza contra mí, pero no podía encontrar una palabra que decirle.

 

Nos quedamos así largo tiempo fascinados el uno por el otro, en muda contemplación. Chabrié fue el primero en romper el silencio y fue para decirme:

 

—¡Y usted, Flora… usted no llora!...

 

Esta pregunta me hizo sentir que Chabrié jamás podría compren-der la extensión de mis sentimientos. Mi silencio y mi expresión pro-baban mi amor con más elocuencia que sus lágrimas... Su alma me amaba tanto como podía hacerlo, pero ¡ay!, se hallaba lejos de la mía. Suspiré dolorosamente y pensé con amargura que no me había sido dado encontrar sobre la tierra un afecto que correspondiese al que yo sentía que podía dar en cambio.

 

No conversamos mucho tiempo. M. Viollier vino a buscar a Cha-brié, quien se alojó en casa de M. Le Bris los seis días de su estancia en Arequipa. Ambos se retiraron. Estaban rendidos de cansancio pues habían hecho el viaje galopando a rienda suelta. M. Miota y Fernan-do no habían podido seguirlos y se habían quedado en Congata.

 

El día siguiente, domingo, no pude decir una sola palabra a M. Chabrié. Estuve continuamente rodeada de gente hasta las doce de la

 

 

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8. Arequipa

 

noche. El lunes vino a verme y le dejé exponer sus proyectos: eran los mismos de Valparaíso. Deseaba, además, que nos casáramos ense-guida para que se convencieran de que se casaba conmigo por amor puesto que lo hacía antes de tener ninguna esperanza por el lado de mi tío. No había yo previsto esta nueva exigencia que aumentaba las molestias de mi situación. No sabía qué decirle y me sentía atormen-tada como para perder la cabeza.

 

Por la tarde quise evitar encontrarme a solas con él y lo conduje a una casa donde se tocaba música. Cantó por complacerme, pero su mal humor fue tal que todo el mundo lo notó. El martes vino a abrumarme de reproches por haberlo hecho perder así una tarde, cuando teníamos apenas tiempo para ocuparnos de nuestros asun-tos. Los gastos diarios del “Mexicano” ascendían a 110 o 120 francos y a Chabrié correspondía la tercera parte. M. David me escribía carta sobre carta rogándome despedir a Chabrié enseguida y este último me declaraba formalmente que no se iría antes de que se realizara nuestro matrimonio.

 

En mi vida me había encontrado en una posición tan difícil como esta en la que me ponía la obstinación de Chabrié. Le dije todo cuanto pude imaginar para hacerle entender la razón. Me contestaba a todo con este perpetuo estribillo:

 

—Si me ama, deme la prueba. Si está usted contenta con la unión que le propongo, ¿para qué retardarla? Voy a verme obligado a dejar-la de nuevo. Mi profesión me expone a perecer a cada instante, quizá no la volverá a ver más ¿por qué no aprovechar de la vida mientras gozamos de ella?...

 

Se puede creer que en esta circunstancia empleé toda mi influen-cia sobre Chabrié para hacerlo sentir cuánto iba en nuestro interés y en nuestra felicidad esperar que él hubiese acabado sus negocios y yo los míos, antes de celebrar este matrimonio. Pero no sé qué demo-nio se había apoderado de su espíritu. Mis palabras, mis ruegos y mis más vivas instancias quedaron sin éxito. Chabrié había sido cruel-mente engañado varias veces y se había vuelto desconfiado. Además, los celos lo privaban de la facultad de razonar.

 

 

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Flora Tristán

 

Pasé la noche del miércoles al jueves en una perplejidad de las más penosas no porque vacilase en sacrificar a la felicidad de Chabrié el afecto que me inspiraba, sino porque estaba preocupada e inquieta por la razón que habría de darle para motivar mi negativa a casarme con él. Tenía la firme convicción de que si le decía la verdad vería en eso una razón más para apresurar nuestra unión para protegerme y asegurarme un descanso que tanto necesitaba. A bordo, yo había pensado de distinta manera. Había creído que decirle que era casa-da era alejarlo de mí y quién sabe si esta revelación habría entonces producido aquel efecto. Después su amor había tomado sobre él un imperio que dominaba todo su ser. Chabrié respetaba los prejuicios puesto que para desafiarlos me proponía vivir fuera de Francia. Re-ligioso observador de las leyes en todo lo referente a la propiedad, creía que les correspondía regular la posesión de las cosas mas no les concedía el poder de esclavizar las inclinaciones del corazón y, lejos de su país, hubiese igualmente sacudido el yugo de esa tiranía. Si me engañaba en esta suposición y si mi matrimonio fuese un obstácu-lo que no osara franquear, no podía confiárselo en estos momentos sin comprometer un secreto que me interesaba no divulgar, pues su indignación contra mí por haberlo hecho creer que era soltera no habría tenido límites, como más tarde lo pude comprobar.

 

La idea de que al aceptar el amor de Chabrié iba a reducirlo a la miseria, y al pesar eterno de abandonar su país y su familia para relegarse conmigo a las costas de California, me devolvió todo mi valor y me hizo buscar en la mente un medio para se-pararlo de mí para siempre. Lo conocía íntegro y de una riguro-sa probidad por eso concebí el pensamiento de atacarlo de este punto. ¡Ah! Necesité de la ayuda de Dios en la prosecución de un proyecto cuya ejecución sobrepasaba toda la fuerza humana. Al emprender la tarea de que Chabrié renunciara a su amor corría el riesgo de perder también su estimación y su afecto que, desde hacía ocho meses, habían sido los únicos y dulces consuelos de mi alma. ¡Pues bien! ¡Tuve ese valor! ¡Solo Dios ha comprendido la extensión de mi sacrificio!

 

 

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8. Arequipa

 

El jueves por la tarde Chabrié llegó a casa con apuro. Le había pro-metido la víspera darle una respuesta definitiva al siguiente día.

—¿Cuál es, pues, su determinación?, me dijo al entrar con la ex-presiva emoción de un hombre impaciente por conocer su suerte.

—Aquí está, señor Chabrié, mi determinación: si usted me ama tanto como me asegura deme la prueba y sírvame como le voy a indicar. Usted sabe que mi partida de bautismo no basta para ha-cerme reconocer como hija legítima. Necesito otro acto que com-pruebe el matrimonio de mi madre con mi padre. Si no lo puedo presentar, no debo contar ni con un peso, mi tío no me dará nada. ¡Pues bien! Usted puede darme un millón. Encárguese de hacer con-feccionar una partida de matrimonio por algún viejo misionero de California. Él le pondrá fecha anterior y por 100 pesos tendremos un millón. Tal es, Chabrié, la condición de la que hago depender mi amor y mi mano.

 

El desgraciado quedó anonadado. Con el codo apoyado sobre la mesa me contemplaba sin hablar, como un hombre inocente a quien una funesta sentencia acaba de condenar a muerte. Me paseaba de largo en largo y evitaba encontrar su mirada, sufriendo mil muertes por el dolor atroz que causaba a un hombre a quien amaba con el más tierno afecto. Al fin me dijo con acento de una profunda indignación:

 

—Así es que, cuando quiero casarme con usted sin fortuna, en la posición en que se encuentra, con un hijo, cuando estoy listo a sacrificar todo, todo... Usted pone condiciones a su amor... ¡Y qué condiciones!...

 

—Señor Chabrié, ¿vacila usted?

 

—Vacilar, señorita, ¡no! No. En tanto que este viejo corazón palpi-te en mi pecho no vacilaré jamás entre el honor y la infamia.

—¿En dónde está la infamia de mi propuesta cuando le pido, señor, que me ayude a hacerme devolver lo que me pertenece con toda equidad?

 

—No soy el juez de sus acciones. Usted quiere hacer de mí un ins-trumento, hacerme servir sus proyectos de ambición. Es así como corresponde usted a mi amor...

 

 

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Flora Tristán

 

—Si usted me amara, señor Chabrié, no vacilaría un instante en hacerme el servicio que le pido, y usted me lo niega.

—Pero Flora, mi querida Flora, ¿está usted bien despierta? ¿No consume la fiebre su cerebro? ¿La ambición la hace olvidar todo? ¡Y qué! ¡Usted exige mi deshonra! ¡Ah, Flora! La amo bastante para sa-crificarle mi vida. Con usted soportaría la miseria y la soportaría sin quejarme. Pero no me pida envilecerme, pues por el amor que siento por usted no lo consentiría jamás.

 

Esta respuesta de Chabrié era la que esperaba. Con un hombre semejante hubiese podido vivir en el fondo de un desierto y gozar momentos deliciosos. ¡Qué delicadeza! ¡Qué amor! Sentí entonces va-cilar mis fuerzas. Hice un último esfuerzo y tomando un tono iróni-co y áspero continué la conversación en forma de torturar un amor propio herido ya tan vivamente con mi proposición. La exasperación de Chabrié fue tal que me abrumó con los reproches más amargos, con las maldiciones más espantosas y se abandonó con tal ímpetu a la violencia del dolor, que le causaba esta última decepción, que por un momento creí que iba a emplear las vías de hecho contra mí.

 

Por fin se retiró y yo caí agotada. Fue la última vez que lo vi. Estas fueron las últimas palabras que me dirigió: “¡La odio tanto como la he amado!”...

 

Era tan urgente para mí dar fin a las persecuciones de Chabrié y poner término a su amor que, a falta de otro medio, le hice mi extraña propuesta sin considerar cuánto tenía de inverosímil para ser tomada en serio. ¿Cómo pudo –he pensado después– creerme tan desprovista de sentido común hasta el punto de pensar en regularizar el matrimo-nio de mi madre por medio de una partida fabricada en California? Si hubiese sido capaz de recurrir a una falsificación ¿no era en Europa y no en Arequipa donde hubiese concebido la idea? Su ejecución ¿no era absolutamente imposible? ¿Cómo encontrar en la costa de California un sacerdote que hubiese estado vinculado en esta calidad con una igle-sia de la ciudad española de frontera donde había habitado mi madre antes de su matrimonio? ¿Cómo reemplazar las formalidades de legali-zación, de timbre, etc.? Solo en España habría podido encontrar alguna probabilidad de lograr éxito para semejante designio. Si Chabrié hubiese

 

 

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8. Arequipa

 

tenido suficiente sangre fría para reflexionar solo diez minutos se habría convencido fácilmente de que todo era un subterfugio de mi parte y un pretexto para romper. Pero, estaba tan violentamente agitado que perdió por completo la razón. Mi proposición hería profundamente su amor propio y por eso me repetía: “¡Usted pone condiciones! ¡A mí, Chabrié, que jamás las ha soportado de nadie! ¡Usted quiere hacer de mí un instru-mento al servicio de su ambición! Cuando quiero casarme con usted sin nada, después de tantas pruebas de mi completa abnegación ¡no me ama usted sino por interés!...”. El pensamiento de haber sido engañado, como le había sucedido con muchas otras mujeres lo volvía loco. Los celos y el orgullo lo dominaron y la violencia de su dolor lo precipitó. Es así como estamos expuestos a ser víctimas no solo de los demás, sino de nosotros mismos cuando actuamos bajo la influencia de una pasión cualquiera.

 

Al día siguiente salió para Islay. Antes de dejar Arequipa me envió la carta siguiente:

 

 

A la señorita Flora de Tristán, en Arequipa.

 

Señorita:

 

En momentos de dejarla, probablemente para siempre, quiero decir-le adiós... Siento cuán sola y desgraciada va usted a quedar después del amor verdadero y abnegado que acaba usted de perder... No ten-go necesidad de decirle todo lo que su extraña conducta... tiene de cruel y de espantoso para mí. La dejo para siempre... ¡Ah, Flora! No deseo que usted comprenda cuánto hay de doloroso en esta palabra siempre.

 

Como los pocos servicios que podría ofrecerle no tendrán lugar sino en el caso de sucederle un acontecimiento funesto, no se los ofrezco a usted. Pero le repito: que sea dulce su última hora, su hija encontrará en mí un amigo, quien le hará amar la memoria de su madre.

 

¡Adiós!... ¡Adiós para siempre!

 

29 de octubre de 1833.

 

Z. Ch.

 

 

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Flora Tristán

 

Esta carta, cuya lectura me hizo sentir un vivo pesar, me probaba que había logrado plenamente mi objeto. Chabrié había arrancado de su corazón el amor que yo le inspiraba. Ya entonces podría hacer un matrimonio de conveniencia y ser feliz quizá, pues con la bondad de su corazón, un hogar y los hijos que tuviera podrían bastar a su felici-dad. Sentí un gran consuelo para mis males cuando estuve segura de que el porvenir de un hombre, a quien amaba realmente, no estaría ya encadenado a mi cruel destino. Le había recomendado a mi hija. Estaba persuadida de que velaría por ella si yo moría; esta convicción me daba una gran tranquilidad. ¡Oh! No debe uno admirarse de en-contrar solo un pequeño número de gentes virtuosas. Sentí de nuevo en esta circunstancia que, para ser virtuoso, se necesita una fuerza más que sobrehumana.

 

Las cartas que escribí a Chabrié después de nuestra ruptura lo mantuvieron en las mismas disposiciones. Seis semanas después de su ida de Arequipa abandonó Lima para dirigirse a California, no tuve más noticias suyas sino a su regreso a Francia donde lo precedí por tres meses.

 

Voy a presentar a los ojos del lector un corto número de los párra-fos de M. David y de algunas personas de quienes he hablado en el curso de mi narración. Estos extractos de correspondencia servirán de complemento a la pintura hecha.

 

 

A la señorita Flora de Tristán, en Arequipa.

 

Islay, 24 de octubre de 1833.

 

No podría decirle, señorita, cuánto pesar me ha causado su carta. Había supuesto por datos que creí fidedignos que su recepción ha-bía sido favorable y su posición y porvenir más risueños. Mis ideas me habían llevado aún más lejos, hasta anticipar su regreso a Euro-pa, cuando llegó el correo y disipó una de las últimas ilusiones que me había forjado, pues no ignora, señorita, que no se ha compartido impunemente con usted los hermosos días de los trópicos y las no-ches sombrías del cabo de Hornos. Ese viaje, por triste, por pesado

 

 

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8. Arequipa

 

que haya sido, tiene su lado hermoso considerado desde más de un aspecto y para mí los momentos de alegría que sorprendí en usted, así como sus amables conversaciones cuando las náuseas del mareo habían pasado, me han dejado un gran vacío. Rara vez voy a su ca-marote ocupado por mí ahora, sin evocar la sombra de quien la ha-bitó. Al recordarla a usted no puedo apartar de mi mente el temor del presente y entonces me siento disgustado de haberla conocido, puesto que mis deseos son estériles y al desear su felicidad no puedo aún entreverla. Me consideraba usted ligero cuando juzgaba que no había virtud sobre esta tierra inhospitalaria, sin embargo, el juicio que yo emitía era fundado...

 

Usted había pensado sabiamente en que se trataría de indagar al-gunas circunstancias de su vida, de sus relaciones y de sus proyec-tos. Me han dirigido algunas preguntas dictadas en apariencia por el interés que ofrece una joven viajera. Decir que he respondido favo-rablemente para usted es decir sencillamente que he leído algunas páginas de su historia. Como a los hombres no les hago el honor de aborrecerles, sino solo el de despreciarlos, no he creído deber respon-der a ciertas preguntas cuyo sentido era demasiado claro. Han visto que no ganaban nada y desde entonces su elogio ha corrido de boca en boca. Esto también es una lección, pues ¿a qué se asemeja un elo-gio cuando no está precedido de alguna acción conocida que puede darle nacimiento? Estas cortas conversaciones, estas frases tenden-ciosas, deben más que nunca fortificarla en la resolución tomada por usted de andar con prudencia. Hay países en el mundo donde esta es más necesaria y donde es preciso conservar un aspecto más igual. En esto, quizá, le faltará talento, pues si mal no recuerdo, la linda frente y los hermosos ojos que expresaban lo que el corazón sentía, podían difícilmente habituarse a un disimulo que les es extraño y sin embargo están útil.

 

El juicio de los hombres es siempre a favor suyo; pero las mujeres fruncen los labios al jurar por Dios que es usted encantadora. Es un principio de civilización...

 

Me es muy penoso terminar tan pronto una plática tan agradable. Pero la aduana, las declaraciones de cargo y las visitas femeninas que

 

 

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Flora Tristán

 

llueven a bordo del “Mexicano” privado de su cocinero,3 me arrancan al poco descanso que me prometía. Termino deseando que se reali-cen lo más pronto y lo mejor posible sus intenciones, no como a una buena y encantadora hermana, lo cual me sería difícil pues nunca he tenido la dicha de tener una, sino como a una persona a quien quiero tanto cuanto respeto y cuya amistad me hace sentir orgulloso.

 

Don Justo es una pobre bestia. No me admira que su viaje haya esta-do tan mal arreglado. Me atrevo a creer que, si hubiésemos estado allí nosotros, habría tenido usted menos incomodidades.

 

M. Briet ha recibido su carta, se ha enternecido y le contestará por correo. ¿Recuerda usted, señorita, cuando me decía: “Por más malhu-morado que esté usted, yo lo haré cambiar enseguida si me tomo la molestia de proponérmelo”? ¡Pues bien! Sí, a mí y a muchos otros...

 

Con el derecho que un espíritu amplio y firme en sus designios tiene sobre el espíritu grosero de los vulgares humanos.

 

Tal es la distancia que me complazco en reconocer.

 

Acepte, señorita, etc.

 

A. David.

 

 

Segunda carta

 

 

Islay, 4 de noviembre.

 

Señorita:

 

Por penosa que sea la idea de juzgar mal es necesaria a veces. Y a pesar de una propensión muy grande a lo contrario, he acabado por asegurarme que es la base más segura y única sobre la cual es preciso apoyarse. He reconocido con espanto en los tiempos en que pensa-ba seriamente en un fin, que de todos los puntos del globo ninguno

 

 

3   Roberto había desertado en Cobija para pasar al servicio del presidente Santa Cruz. Leborgne había, igualmente, desertado en Valparaíso. [N. de la T.].

 

 

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8. Arequipa

 

como este se halla desprovisto de los elementos que constituyen la felicidad interior y aunque me haya costado muchos sufrimientos y pérdidas, bendije el día en que me desengañé por completo. Mis conversaciones y mis deducciones generales tenían, como se ha con-vencido usted, antecedentes. Estos se presentan hoy con más fuerza desde que sé que usted está a punto de soportar en distintas formas disgustos y sufrimientos semejantes a los míos. Lamento vivamente y desde lo más profundo de mi corazón, que mi carrera de aventuras me aleje de usted, señorita, y de los lugares donde hubiese podido, quizá, serle útil en alguna cosa. Su última carta ha despertado en mí impresiones ya desconocidas desde hacía mucho tiempo y he com-probado que todo sentimiento vivo no está por completo apagado en mí, pues el pesar de otro me es tan amargo. A veces puedo ser me-jor que mis palabras, pero en general mi conducta está al unísono. Demasiados años pasados sin ningún lazo afectuoso me han vuelto muy frío, muy egoísta y tal vez solo la desgracia tiene derechos a mi simpatía. No se lo oculto, señorita. Si la amable y buena pasajera del “Mexicano” hubiese sido recibida con los brazos abiertos y reintegra-da en sus derechos paternos no habría sido entonces para mí sino una pasajera. Triste y abandonada, se ha convertido en una verda-dera hermana, en una tierna amiga en quien encuentro una dulzura muy agradable al poder confiar también los pesares y temores del porvenir. Para un hombre existen consuelos en ocupaciones fuertes y variadas; para la pobre mujer, ¡el llanto y las penas! La distribución es tan triste que me estimaría muy feliz al poder, como verdadero amigo, tomar la parte más pesada de los pesares que la agobian. Pero mi situación me lo impide y al compadecerla y admirarla no tengo como antes, sino consejos que darle.

 

Por aquí siempre el mismo lenguaje, tocante a la extranjera, su pro-metida fortuna y su presunta residencia. Esto es decirle, demasiado buena y demasiado crédula Flora, que no confíe ni en su sombra y use más que nunca de precaución. No me hago mayores ilusiones que antes de su llegada. Temo para usted dificultades, mala fe y quizá la expoliación casi íntegra de su herencia paterna. Estos son los verda-deros males que debe combatir y de los cuales tal vez la hagan triun-far, mucha perseverancia y firmeza. Pero antes ¡cuántos pesares!

 

 

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Flora Tristán

 

¡Cuántos sufrimientos! ¡Cuántas lágrimas!... La compadezco y la com-padezco mucho más porque no puedo servirle de ninguna ayuda. Mil leguas nos van a separar y más que la distancia, la necesidad...

 

 

Tercera carta

 

 

Lima, 1 de diciembre de 1833.

 

[...] Lima a partir de este viaje ha perdido sus encantos para mí. El viaje a Europa ha reanimado el gusto, ya apagado, que tenía por lo hermoso y lo bueno, y en adelante esta ciudad no puede ofrecerme más interés que el de los negocios que me retienen. Todo ha cambia-do aquí de color y de figura. Creo soñar cuando veo a mis antiguos camaradas y mis conocidos de ocasión en este país. Es probable que pase todavía dos o tres años en el Perú o por decir mejor en América y le aseguro que no puedo pensar en este sacrificio, que no lo era al salir de Francia, sin temblar. Quizá las costumbres patriarcales de California me reconciliarán con el destierro y la soledad.

 

Nuestro porvenir no nos pertenece, como se ha dicho. Depende de todo y a veces de nada. El suyo, señorita, no es más risueño que el mío. La misma pena pide el mismo remedio. Dediquémonos a apli-carlo a nuestro regreso a Francia y allí, si usted lo exige todavía, diré adiós, horrible palabra cuando se quiere bien, deliciosa cuando se deja a los importunos, a los fastidiosos, a los peruanos, en fin...

 

 

Cuarta carta

 

 

Guaymas, 2 de diciembre de 1834.

 

[...] No tenía necesidad de un testimonio más para conservar mis pri-meras y constantes impresiones sobre el Perú y la América en gene-ral. Cada uno en este mundo tiene la pretensión de creerse mejor que su vecino. Yo, sin fatuidad y sin orgullo alguno, creo poder avanzar

 

 

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8. Arequipa

 

esta pretensión tan lejos como aquel que nunca ha venido a Lima. Aseguraría con gran pesar de mi parte que, nunca hasta entonces, habían entrado en mi cabeza las ideas de falsedad y duplicidad y se-guramente mis pérdidas continuas en el comercio han sido la causa. Desde que en la bienaventurada Lima he debido siempre luchar con lo que la bajeza, la mentira y la cobardía tienen de más horroroso, mis ideas han cambiado y desde aquel tiempo no he podido ya con-tar con verdaderos días hermosos, pues he perdido aquello que hace hermosos esos días: una opinión favorable de nuestros semejantes. Cuando me ha oído usted criticar como Aristarco a nuestros republi-canos, a nuestros comerciantes (clase de la cual, ¡ay!, formo parte) y a tantos otros, no lo hacía sino a la fuerza. Porque, en fin, al perder la idea del bien siempre está uno en lo vago, teme uno detenerse, hablar y desahogar el corazón. Se cree siempre encontrar a un falso amigo, a un mercader pícaro, a un militar cobarde, en una palabra, siempre lo contrario del bien. Este conocimiento es triste. Cuando se adquiere no se tienen ya más ilusiones y sin ilusiones la vida no tiene ya sol. ¡Pues bien!, todo ese saber tan necesario para dirigir bien su barca en este mundo, es en Lima donde lo he adquirido. Y así, en agrade-cimiento, he sabido apreciar a sus habitantes y he podido ponerla a usted en guardia contra sus ataques en grande.

 

Al proseguir la carrera del comercio que aborrezco, soy tan desgra-ciado en Guaymas, lejos de todo cuando puede gustarme, que sin la fuerza del compromiso que me liga a Chabrié y sin el temor de perder en un mes el fruto de muchos años de trabajo habría ya abandonado una tierra más inhospitalaria aún que el árido Perú. Hoy he llegado al colmo de los votos en materia de fortuna. Suplico a mi amigo no emprender operación en grande, pues podría arrastrarme a la ruina y contentarse con venir a buscarme como simple capitán, dejando el título solemne, comprado demasiado caro, de armador. Es el prin-cipio, el fin y el objeto de todas mis largas cartas. Si dependiera solo de mí querría desde hoy decir adiós a todo género de tráfico no por principios de aristocracia, sino por honradez. Porque, sin hablar de las mentiras, se ve uno obligado a ver y a hacer en el comercio co-sas lícitas según la ley, pero rechazadas por un corazón recto. Vea el punto en que estoy, mi buena hermana, satisfecho, como siempre,

 

 

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Flora Tristán

 

con muy poco respecto a la fortuna y miserable, más de lo que puede imaginar, como resultado de mi permanencia indefinida en el más indigno lugar de destierro.

 

A. David.

 

 

Carta de M. Briet

 

 

Islay, 25 de octubre de 1833.

 

Señorita Flora Tristán:

 

He recibido su amable carta con infinito placer y me apresuro a ates - tiguarle mi reconocimiento y a asegurarle que mis intenciones no han tenido por objeto guardar resentimiento hacia una persona tan amable como usted.

 

En cuanto al pequeño enojo en cuestión, le diré con franqueza que, si no continué prestándole las atenciones debidas a una pasajera tan perfecta y respetable fue porque creí que eran tan inútiles como mo-lestas y como no está en mi carácter disgustar a nadie, tomé el parti-do del silencio, conveniente según creo en esta circunstancia.

 

Le estoy reconocido por el interés que toma en nuestros negocios y le ruego creer que tendré un placer infinito en recibir noticias suyas y saber su feliz retorno a Francia y hago los votos más sinceros por el éxito de sus proyectos en este país.

 

Reciba mis respetuosos saludos.

 

M. Briet.

 

Don José me encarga enviarle un recuerdo y decirle que le desea di-cha y fortuna.

 

 

 

 

 

 

 

 

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8. Arequipa

 

Carta de M. de Castellac

 

 

Cuzco, 6 de diciembre de 1833.

 

Señorita Flora de Tristán y Moscoso.

 

Mi querida y buena compatriota:

 

M. Miota me ha entregado un poco atrasada su amable carta, pues estuve en Urubamba para ver a un enfermo. Me dice usted que su salud está restablecida y que ha comenzado a acostumbrarse a este nuevo lugar. Estoy verdaderamente encantado al verla tomar una buena dosis de filosofía para calmar esa efervescencia europea. Pero creo que el volcán de Arequipa tarde o temprano inflamará su ima-ginación vagabunda y acabará por tomar horror a este país. Es pre-ciso, encantadora y amable Flora, olvidar las ilusiones y los placeres de nuestra bella Francia si se quiere ser feliz. Esto es muy difícil, es verdad; pero, en fin, no será sino por algunos años. Me dice usted que sus asuntos están en el statu quo. Deseo que su señor tío la aprecie y la trate como lo merece.

 

Estoy aquí muy bien. Mis negocios van adelante. Quiera Dios que esto continúe. He sido nombrado cirujano de un regimiento, sin nin-gún compromiso, es decir, que si se aleja de aquí no tengo la menor obligación de seguirlo. Me darán el hospital dentro de unos días. Co-muníqueme sus proyectos y lo que piensa hacer. Usted sabe y debe creer que nadie toma más interés en usted que yo. Deseo verla feliz y contenta. Sabe cuánto la quiero y todo cuanto la toca de cerca me interesa quizá más que a usted misma. Trate de ser amable y obse-quiosa con su tío. Esto le será muy fácil ya que es usted así por natu-raleza. Los alrededores del Cuzco son encantadores. No puede tener una idea de la riqueza y del temperamento de este país. Tenemos los frutos de Europa y de América. Cada lugar tiene un clima diferente. Esta capital es triste y sucia; pero no llueve tanto como dicen y te-nemos días muy hermosos. He sido muy bien recibido. Tienen para mí las más grandes atenciones. Los caballos y las buenas comidas no faltan. Tres o cuatro buenas curaciones me han dado reputación.

 

 

 

 

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Flora Tristán

 

Espero que en su próxima carta, como me indica, me pondrá al co-rriente de sus asuntos. Deseo de todo corazón que estos garabatos la encuentren en buena salud. Escríbame a menudo. Siempre tendré un nuevo placer en recibir y en leer sus amables misivas.

 

Su adicto compatriota.

 

Víctor de Castellac.

 

 

Carta de M. Miota

 

 

Cuzco, 9 de enero de 1834.

 

Mi querida señorita:

 

Con toda razón me debe usted acusar de ingrato porque he faltado al reconocimiento que le debo y a los deberes sagrados de la amistad, al quedar tanto tiempo sin escribirle. Pero sería conocerme muy mal juzgarme así, pues sin las numerosas ocupaciones que me han abru-mado desde mi llegada a esta ciudad hace tiempo que habría cumpli-do con estos deberes tan sagrados. Pero su habitual indulgencia para mí me hará obtener perdón sin ninguna dificultad.

 

[...] Me sentí sinceramente afectado cuando el doctor me refirió que su salud estaba algo alterada y sus asuntos no marchaban según sus deseos. Es preciso tener paciencia y servirse, en estos casos borrasco-sos, de su poderosa filosofía. En cuanto a mí, hago votos porque sea feliz y mi deseo es el de servirla en todo cuanto me sea posible. No dude de mi sinceridad.

 

Su más sincero amigo.

 

F. Miota.

 

 

M. Miota y su primo permanecieron quince días en Arequipa. Se diri-gieron enseguida al Cuzco donde el doctor de Castellac había llegado desde hacía mucho tiempo.

 

 

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8. Arequipa

 

En esta misma época mi tío me envió a M. Crevoisier, francés que desde hacía veinticinco años administraba su ingenio de Camaná y contaba con treinta y dos de estancia en el país. Venía a buscarme para llevarme a Camaná y también por el deseo de conocerme. M. Crevoisier es el mismo francés de quien habla el general Miller en su obra sobre el Perú. El general nos presenta a M. Crevoisier como una especie de orangután, sin saber ya hablar francés y sin hacerse entender en español.4 En una palabra, el retrato que hace no tiene la menor semejanza y M. Crevoisier tendría derecho a quejarse. Pero lo que hay de más divertido es que el general Miller habla él mismo muy mal el francés y no mejor el español.

 

M. Crevoisier es el tipo del francés de antes de la revolución. Su cortesía rebuscada, su alegría, su tono ligero y jocoso, su buen cora-zón, su mala cabeza, toda su persona, en fin, así como sus maneras, reproducen a la perfección lo que eran nuestros abuelos. Pero, bajo esta frívola apariencia del siglo pasado, M. Crevoisier posee las cua-lidades esenciales para los hombres que se reúnen en sociedad. Es el ser más leal, más laborioso y puntual que puede encontrarse. Goza a justo título de la estimación y del afecto de todos los que han tenido relación con él. Está casado desde hace veinticinco años con una pa-rienta de mi prima Carmen y tiene dos hijos, el mayor de los cuales es un joven encantador. M. Crevoisier es querido en toda nuestra fami-lia que lo considera como miembro de ella y es el único que escapa a

 

 

4   Miller describe en esta forma a Crevoisier, refiriéndose primero a su esposa que era sorda como una tapia: “[...] Esta señora está casada con un caballero francés que no habla bien español y al cual por esta razón no entiende con la misma facilidad. Sus hijos sirven muchas veces de intérprete, aunque parece que sus padres no lo necesita-ron antes de casarse. Este caballero francés había olvidado su lengua nativa durante su larga residencia de veintitrés años en el Perú, lo cual no había notado hasta que fue a visitar un buque de guerra francés que ancló al frente de Quilca en 1823. Deseoso de hacer conocimiento con sus paisanos, cargó un bote de carne fresca, aves, frutas y verduras y salió para ofrecer sus respetos al comandante. Al entrar a bordo se en-contró, con gran sorpresa suya, sin ocurrírsele palabras que decir y, aunque entendía todo lo que le decían, no podía contestar en francés. El efecto que causó en su alma esta sorpresa, dijo el interesado, lo mortificó infinito, pero aquella dificultad no duró sino hasta el segundo día [...]” (Miller, 1910, pp. 24-25, t. 2). [N. de la T.].

 

 

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Flora Tristán

 

la envidiosa maledicencia de nuestros amables franceses residentes en el Perú. El querido papá Crevoisier (es así como lo llamábamos) me quería con locura. Se quedó diez días a mi lado sin poderme deci-dir acompañarlo a Camaná. Feliz de encontrarse con su encantadora compatriota me demostraba su satisfacción con inagotable alegría; debo decir que durante su permanencia en Arequipa no me aburrí un solo instante. Le fue preciso marcharse, pues los trabajos del inge-nio reclamaban sus cuidados. Regresó a Camaná llevando consigo mi sincero afecto. He aquí algunos pasajes de las cartas que me escribió.

 

 

Camaná, 15 de octubre de 1833.

 

Encantadora y querida señorita:

 

Tengo el honor de anunciarle mi regreso a este sitio después de tres días de camino que me han mortificado mucho por el intenso calor que he soportado y, sobre todo, por el cruel recuerdo de mi separa-ción de mi buena y querida compatriota y de los hermosos días pa-sados cerca de ella. Pero, en fin, es preciso aprender a resolverse a todo y disponer con placer de un grato momento cuando se presenta y conformarse con resignación cuando nos sorprenden los días in-fortunados. Esto es positivamente lo que me ha sucedido. He tenido el honor de conocerla, he pasado días deliciosos en su compañía que no han durado mucho tiempo. Luego no soy de los más felices. ¡Pa-ciencia!

 

He visto con placer a toda mi familia que está bien, así como M. Tris-tán y su amable esposa quienes se han apresurado a venir a verme en cuanto llegué. Me han pedido noticias suyas y toda la familia ha estado decepcionada al no verla llegar conmigo. Les he hecho com-prender que era cosa imposible en vista del temor que usted sentía de coger aquí las tercianas (fiebres) después de todo cuanto le han dicho acerca del peligro que se corre por la proximidad de la esta-ción calurosa que sentimos desde ahora. En fin, les he hecho ver que, aunque usted suspira por conocerlos prefiere esperar un mes más para gozar en buena salud de su compañía y no tener el desagrado de

 

 

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8. Arequipa

 

estar enferma en cama y privada de asistir a sus amables tertulias. Se han convencido y muchos le han dado la razón, excepto M. Tristán, quien hubiese deseado absolutamente verla y abrazarla.

 

Me han interrogado sobre el motivo de su llegada al Perú. He respon-dido que usted es tan reservada que me ha sido imposible saber nada acerca de usted, pero que he creído entender que su único deseo era el estar cerca de su tío y conservar su ternura y su amistad. También que comprendí, por algunas palabras que se le escaparon, que venía con algunas pretensiones sobre asuntos de intereses, pero sin saber nada más.

 

M. Tristán me ha respondido que cuando se presente la ocasión le contestará con sus propias cartas, es decir, que él cree que usted no tiene derechos a la legitimidad; pero suspende todo pensamiento hasta haber hablado con usted.

 

El conductor me apura y no tengo más que decirle, sino que la quiero de corazón y soy y seré siempre su más fiel, abnegado y apasionado servidor.

 

J. de Crevoisier.

 

 

Segunda carta

 

 

Camaná, 3 de diciembre de 1833.

 

Encantadora y preciosa señorita:

 

[...] Le hablo francamente. Como los franceses, entre las demás nacio-nes, pasan por inconstantes, en vista de que no me escribía usted, la he llamado ingrata. Me arrepiento de ello y le ruego perdonar esta ligereza de mi parte no merecida por usted. Desde el instante en que se confiesan los pecados con sinceridad se merece el perdón. Usted tiene indulgencia, esta es una de sus virtudes. Así, pues, hagamos la paz, amable Florita y desde aquí la abrazo tiernamente.

 

 

 

 

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Flora Tristán

 

Pero, sin embargo, tengo todavía deseos de arrepentirme por haberla tratado de indulgente, pues recuerdo que usted pretendía quererme en un día más de lo que yo podía quererla en un mes. Osaré asegu-rarle que es todo lo contrario, pues le será imposible excederme en amistad. En fin, es siempre cosa halagadora para mí recibir un cum - plimiento tan caro y tierno de una persona tan amable como usted. Le agradezco desde lo profundo de mi corazón y le aseguro que todo mi deseo es encontrar una ocasión de probarle toda mi estimación y la amistad sincera que le tengo.

 

Deseo que se encuentre lo más pronto posible con su señor tío y que todas las cosas se arreglen bien. Pero temo las discusiones porque podrán entristecerla no a causa de él, que tiene buenas intenciones respecto a usted, sino a causa de los otros herederos a los que cos-tará mucho trabajo obligarlos a devolver. En fin, dígnese le ruego, escribirme a menudo y sobre todo cuénteme sus asuntos cuando sean favorables. Cualquiera que sea su suerte, le repito lo que le prometí en el momento de decirle adiós: mi casa y lo poco que po-seo estarán siempre a su servicio. Si solo tuviera un pedazo de pan, mi mayor alegría sería dividirlo con usted. Cuente siempre con mi sincera amistad.

 

[...] Tenga un poco de paciencia y soporte por algunos días las habla-durías de esos imprudentes e imbéciles holgazanes. A la llegada de su tío todo acabará. Concibo la molestia de verse rodeada de gentes tan ridículas y despreciables; pero, en fin, le repito de nuevo, soporte eso por algunos días...

 

J. de Crevoisier.

 

 

Después de la ida de todos estos amigos, me encontré muy sola. No había arreglado mi vida de acuerdo con la monotonía de la existen-cia del país y confieso que comenzaba a estar muy cansada.

 

He dicho algunas palabras sobre los franceses de Valparaíso. Voy ahora a ocuparme de los que viven en Arequipa, así como más tarde hablaré de los que habitan en Lima.

 

 

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8. Arequipa

 

Arequipa, ciudad del interior, no ofrece al comercio sino recursos limitados. El número de extranjeros es también muy restringido. La única casa francesa es la de M. Le Bris. Se estableció en el Perú des-de hace diez años y sus negocios han ascendido a la más alta escala. Antes de ser explotado el Perú por la concurrencia, y arruinado por las guerras civiles, M. Le Bris ganó una fortuna de varios millones. Pero sus casas de Valparaíso y de Lima sufrieron pérdidas enormes por demasiada complacencia en los negocios. Fue preciso que la casa central de Arequipa acudiese en socorro de las otras dos. M. Le Bris es un hábil negociante y fue a ponerse sucesivamente a la cabeza de cada una de las casas correspondientes y en pocos meses todo quedó restablecido en el antiguo pie.

 

M. Le Bris es de Brest. Tiene de 36 a 38 años. Su salud débil y de-licada está quebrantada por la tormenta de los negocios y el aire volcánico de Arequipa. Sufre de una afección nerviosa que irrita su carácter, adelgaza su cuerpo y mina su organismo. Es instruido, sus maneras son las de un hombre distinguido, su educación ha sido es-merada y su espíritu fino, ligeramente sardónico, da mucha agudeza a su conversación. La bondad de su corazón y la generosidad de su alma son admirables y sobrepasan todo cuanto se pudiera decir.

 

M. Le Bris realiza lo que me gustaría calificar de ideal elevado del comerciante. Al llegar al Perú en tiempos en que los negocios eran fá-ciles, pudo dar libre expansión a sus proyectos, a sus ideas amplias y grandiosas. Su genio concibe vastas operaciones, ordena los detalles y emprende su ejecución con una inteligencia y un discernimiento notables. Organiza el trabajo, lo reparte entre sus numerosos em-pleados según la capacidad que descubre entre ellos y su gran tacto y buen juicio son casi infalibles. Su atrevimiento en los negocios no es el de un jugador. Es el resultado de su confianza en la exactitud de sus combinaciones. Muy laborioso, su regularidad en todo puede servir de modelo; como negociante aporta a sus relaciones comercia-les tanta integridad y exactitud que su palabra vale como un escrito. Está libre de todas esas tacañerías y esas pequeñeces de las cuales parece que el comercio francés jamás podrá desprenderse. M. Le Bris

 

 

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Flora Tristán

 

en toda circunstancia es de una complacencia inagotable; pero su des-interés y su generosidad hacia aquellos de sus empleados que, por su inteligencia responden a sus expectativas, pueden en Francia servir de ejemplo. Si envía a uno de ellos a un departamento alejado y el agen-te tiene éxito en la operación que le está confiada, le concede un por-centaje en los beneficios a título de gratificación. Cuando un vende-dor minorista solicita un crédito averigua antes de concedérselo si es trabajador y honrado y no si es pobre o rico, cuando los informes son favorables sobre este punto hace adelantos por sumas considerables.

 

La casa de este respetable negociante no presenta ese lujo excesi-vo que los ingleses despliegan con ostentación en las suyas. Todo es conveniente y de una limpieza extrema. M. Le Bris recibe a mucha gente. Consignatario de un gran número de barcos, los capitanes y sobrecargos que vienen a Arequipa no tienen más residencia que la suya. Invita constantemente a todos los oficiales de la marina real, así como a los viajeros de distinción que visitan el país. Se decía, cuando salí de Arequipa, que iba a ser nombrado vicecónsul para que el comercio francés tuviese un representante en aquella ciudad. No se preocupaba de ello al principio, pues la independencia de su carácter rechazaba las funciones públicas; pero en interés del comer-cio nacional ha prometido aceptar su nominación.

 

M. Viollier, primer empleado de la casa, representa a M. Le Bris cuando este se ausenta. Es un joven suizo de 30 años, educado en Burdeos y reside en el Perú desde hace diez años. Los demás emplea-dos de la casa son jóvenes de diferentes partes de Francia. He conoci-do a M. Delor, de Burdeos, y a M. Jacquet de la misma ciudad. Ambos trabajan ahora por su cuenta.

 

No hay en total sino ocho a diez franceses en Arequipa. Son, ade-más de los que acabo de nombrar: M. Poncignon, de Burdeos, cuyo almacén de novedades es el más hermoso de la ciudad; Mm. Cerf, judíos de Brest, quienes venden en su tienda toda clase de objetos. Muchos otros franceses tienen igualmente su domicilio en Arequi-pa, pero no residen allí habitualmente. Los negocios de corretaje que tienen los obligan a ir a todos los puntos del Perú. En el colegio hay

 

 

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8. Arequipa

 

un francés en calidad de profesor: se llama M. Moriniére. Son pues, en total ocho o diez franceses en una ciudad de 30 mil almas. Uno se imaginaría naturalmente que esos señores que hablan la misma lengua, originarios del mismo país y que tienen las mismas costum-bres, deberían, a tan gran distancia de su patria, buscar la sociedad los unos de los otros y vivir entre sí en relaciones de amistad. Pues bien, no es así. Esos hombres se detestan, se destrozan a cuál más. Durante los siete meses que pasé en Arequipa tuve tiempo de juzgar hasta dónde puede llegar el odio de los hombres cuando está excita-do por la rivalidad y la envidia. Oír y ver proceder a aquellos indivi-duos es un espectáculo que provoca disgusto. M. Le Bris ocupaba el primer lugar por su fortuna y era el eterno objeto de la envidia de sus compatriotas. Su lealtad y su generosidad, reconocidas desde tiempo atrás de manera incontestable, no ofrecían asidero para este propó-sito. Como no podían atacarlo por ese lado caían sin consideración sobre su carácter que pintaban violento, áspero y difícil de convivir. De él pasaban a M. Viollier a quien trataban de hipócrita y de adulón. M. Moriniére estaba irritado contra M. Le Bris y Viollier. Venía a ver-me muy a menudo y no cesaba de quejarse de esos señores.

 

En las colonias todo el mundo practica el comercio. Esas costum-bres de especulación existen por todas partes en las dos Américas. Los prejuicios de nuestra vieja Europa sobre las profesiones no han podido propagarse. La esclavitud del negro ha hecho clasificar a los hombres por matices de color, mas no por el género de trabajo a que se dedican. M. Moriniére, aunque empleado en el colegio, se ocupa-ba también de negocios. Había recurrido a M. Le Bris quien en un principio le concedió su ayuda y su apoyo. Pero este señor reconoció muy pronto la ineptitud del profesor de filosofía para los negocios. Le hizo observar amistosamente que si continuaba haciendo opera-ciones comerciales comprometería su dinero y el de los demás. M. Moriniére tuvo la debilidad de ofenderse por una observación cuya exactitud podría apreciar si reflexionaba en la incompatibilidad de las dos ocupaciones que pretendía juntar, pues el hombre cuyo es-píritu está ocupado en las altas especulaciones de la ciencia es poco

 

 

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susceptible de conceder la atención exigida por los menudos detalles del comercio. Por la negativa de M. Le Bris, el profesor se encontró decepcionado en sus esperanzas de lucro y difundió por todas partes calumnias sobre la dureza y egoísmo de su compatriota; pero estas calumnias solo provocaron sonrisas pues se comprendía la causa y nadie prestó fe en ellas ya que la reputación de M. Le Bris estaba por encima de semejantes ataques. Tal era la posición respectiva de los franceses que vivían en Arequipa.

 

El origen de esta ciudad es bastante fabuloso. Sin embargo, se lee en una crónica que contiene tradiciones indígenas y que está en el Cuzco, que hacia el siglo XII de nuestra era, Mayta Capac, soberano de la ciudad del Sol fue destronado. Se libró de sus enemigos median-te la fuga y erró por las selvas y por las cimas heladas de la cordillera acompañado de algunos de los suyos. El cuarto día, rendido de fa-tiga, muriendo de hambre y de sed, se detuvo al pie del volcán. De repente, cediendo a una inspiración divina, Mayta plantó su dardo y exclamó: ¡Arequipa!, palabra que significa: aquí me quedo. Luego, al volverse, vio solo a cinco de sus compañeros que lo habían segui-do, pero el Inca confiaba únicamente en la voz de Dios. Persistió y en torno de su dardo, sobre los flancos de un volcán rodeado de de-siertos por todos lados, los hombres agruparon sus habitaciones. Así como los conquistadores y como los fundadores de imperios, Mayta no fue sino el ciego instrumento de los secretos designios de la Pro-videncia.5 Las ciudades que se han desarrollado en el mundo y los hombres que se han distinguido han debido, a veces, su grandeza a

 

 

5   No se encuentra referencia a esta interpretación en las crónicas. Según ellas Mayta Capac jamás fue destronado ni tuvo que huir. Lo que indican las crónicas es que el Inca llegó al valle del Chili, en su viaje de regreso al Cuzco, después de una campaña victoriosa en la que sojuzgó a muchos de los pueblos vecinos. Al encontrar un clima templado y agradable, y el lugar provisto de abundante caza, se detuvo y dio orden de organizar una cacería o chaco. Sus acompañantes encantados con el lugar le pidieron quedarse allí y él asintió diciendo: Ariquepay; que según dice el padre Calancha signi-fica: está bien, quedaos. Hay que decir también que fray Blas Valera afirma que esta voz significa trompeta sonora. [Sobre la base de N. de la T.]. En el diccionario de Diego González Holguín (1989, p. 33) se registra la entrada “Ariquipa” como “Una ciudad del Piru”. [N. de la primera Ed.].

 

 

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8. Arequipa

 

su mérito; pero a menudo también a causas fortuitas e injustificables a los ojos de la razón.

Aunque Arequipa se encuentra en los 16°13’2” de latitud meridio-nal, su elevación sobre el nivel del mar y la vecindad de las monta-ñas hace el clima templado. La ciudad está situada en medio de un pequeño valle de radiante belleza que no tiene más de una legua de ancho y dos de largo. Encerrado por altas montañas está regado por el Chili que tiene sus fuentes al pie mismo del volcán. El ruido de este río y su curso recuerda el Cave de los Pirineos. Su lecho es muy capri-choso, muy ancho en ciertos lugares; pero se estrecha en otros. Casi siempre erizado por enormes piedras o cubierto de guijarros, ofrece a veces una arena suave y unida como para el pie de una niña. El Chili se asemeja a un torrente después de la estación de las lluvias y está casi siempre seco durante el verano. En este valle se cultiva trigo, maíz, cebada, alfalfa y hortalizas. Se ven pocas casas de recreo. En el Perú están todos demasiado ocupados en cualquier clase de intrigas para gustar de la estancia en el campo.

 

La ciudad ocupa en el valle un vasto recinto. Desde las alturas de Tiabaya parece extenderse sobre uno aún mayor. Desde allí solo una estrecha faja de terreno hace el efecto de separarla del pie de las montañas. Y esa masa de casas blancas, esa multitud de cúpulas res-plandecientes al sol en medio de la variedad de los tonos verdes del valle y del gris de las montañas, causan sobre el espectador un efecto que no se creería dado producir a las cosas de este mundo. El viajero que desde Tiabaya contempla Arequipa por primera vez está tentado de imaginar que seres de otra naturaleza esconden allí su misteriosa existencia y que el volcán, cuya gigantesca elevación llena de estupor los sentidos, les protege e impide alcanzarlos.

 

El volcán de Arequipa es una de las más altas cumbres de la ca-dena de los Andes. Enteramente aislado, presenta un cono perfecto. La uniformidad de su color gris le da un aire de tristeza. La cima está casi por completo cubierta de nieve y esta nieve, más o menos den-sa, disminuye desde la salida hasta la puesta del sol. Algunas veces el volcán arroja humo, esto sucede particularmente por la tarde. A

 

 

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veces en ese humo he visto llamas. Cuando ha estado mucho tiempo sin humear se espera un temblor. Las nubes envuelven casi siempre la cima de la montaña, parecen cortarlas y se distinguen perfecta-mente las zonas matizadas. Esta masa aérea de todos los tonos, posa-da sobre aquel cono de un solo color, sobre aquel gigante que oculta entre nubes su cabeza amenazadora, es uno de los magníficos espec-táculos ofrecidos por la tierra a los ojos del hombre.

 

Mi primo Althaus6 ha trepado hasta la cumbre del volcán, ha vi-sitado su cráter y descendido en el abismo hasta la tercera chime-nea. Tiene sobre su viaje volcánico notas y dibujos muy curiosos, que siento no tener en mi poder para comunicarlos al lector. Realizó esta ascensión acompañado por diez indios armados de garfios. Solo cin-co fueron lo bastante fuertes para seguirlo. Tres quedaron en el ca-mino y dos perecieron al caer. Demoraron tres días en subir hasta la cima y no pudieron permanecer allí sino algunas horas ya que el frío era muy intenso. Las dificultades del descenso superaron con mu-cho a las de la subida. Todos quedaron heridos, desgarrados. Althaus estuvo a punto de perecer. El volcán (no se le designa por otro nom-bre) está a 12 mil pies sobre el nivel del mar. Los dos montes vecinos, cubiertos de nieves perpetuas, brillan con mil reflejos bajo los rayos del sol, se hallan a gran distancia de él y son más gigantescos aún. El primero se llama Pichu-pichu, el segundo Chachani y son volcanes completamente extinguidos. La extrema elevación de estas tres mon-tañas aisladas, cuyas bases están igualmente elevadas sobre el nivel del mar, las hace, a la distancia, parecer unidas por la base.

 

 

6   Von Clemens Althaus (París, 1790). Su padre fue el barón Clemens August von Kass y su madre, la princesa holandesa Amalia Sophia Juliana Wihelmina Louise von Essen, quien muriera a los 9 años de su nacimiento. Tuvo una educación rigurosa e inicia su carrera militar a los 23 años al participar en la batalla de Waterloo. En 1819 llega a Buenos Aires, pasa luego por Chile y finalmente se afinca en el Perú en 1822. Allí se casa (1826) con la prima de Flora, María Manuela Flórez y Tristán con la que tiene cuatro hijos. Su actuación en el Perú es larga y brillante, como la misma Flora lo anota a lo largo de sus Peregrinaciones... Althaus muere a los 46 años (13 de enero de 1836) en Concepción (Valle del Mantaro) afectado de disentería. Ver Bacacorzo (2000, pp. 429- 432). [N. de la primera Ed.].

 

 

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8. Arequipa

 

A raíz del descubrimiento, Francisco Pizarro estableció en Are-quipa un obispado y una de las sedes del gobierno. Los temblores han causado en esta ciudad espantosos desastres en diversas épocas: los de 1582 y 1600 la destruyeron casi por completo y los de 1687 y 17857 no fueron menos funestos.

 

Las calles de Arequipa son anchas, cortadas en ángulos rectos y es-tán regularmente pavimentadas. En medio de cada una de ellas corre una acequia. Las principales tienen aceras de gruesas losas blancas.8 Están todas más o menos bien alumbradas, pues cada propietario está obligado, bajo pena de multa, a poner una linterna delante de su puerta. La gran plaza es espaciosa. La catedral ocupa el lado norte, la municipalidad y la prisión militar están al frente, además casas particulares forman los otros dos lados. A excepción de la catedral, todas estas construcciones tienen arcos. Bajo las galerías se ven las tiendas con diversas mercaderías. Esta plaza sirve para el mercado de la ciudad, para las fiestas, revistas, etc. El puente sobre el Chili está groseramente construido y es poco sólido para resistir en ciertas es-taciones al torrente que pasa por debajo.

 

Arequipa encierra muchos conventos de hombres y de mujeres. Todos tienen iglesias muy hermosas. La catedral es muy vasta, pero oscura, triste y de una arquitectura pesada: Santa Rosa, Santa Cata-lina y San Francisco se distinguen por la belleza de sus cúpulas, de prodigiosa elevación. En todas las iglesias se ven figuras grotescas de madera y de yeso que personifican los ídolos del catolicismo perua-no. Aquí y allá algunos grotescos mamarrachos dan a los santos que representan el aspecto más burlesco que es dable imaginar. La iglesia de los jesuitas es una excepción a este respecto. Es mucho más discre-ta en la representación de los santos que ofrece a la invocación de los devotos. Antes de la independencia todos estos templos, ricamente

 

7   Este último temblor tuvo lugar en 1784 y no en 1785. Según J. Toribio Polo (1899, pp. 337-342) fue el peor de todos y el que más estragos ocasionó en Arequipa [N. de la T.].

 

8   Don Pío, cuando fue prefecto, hizo muchas aceras y reparó las antiguas. La ciudad estuvo muy limpia bajo su administración. Mi tío concedía una vigilancia muy espe-cial a la salubridad pública. [N. de la A.].

 

 

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Flora Tristán

 

decorados, tenían candelabros, balaustradas, columnas, altares, etc., de plata maciza y otros adornos de oro. Estos dos metales estaban prodigados por todos lados con más profusión que gusto. Pero la fe no protege ya estas riquezas. Varios presidentes y jefes de partido, después de haber agotado en sus querellas el tesoro de la república, despojaron sin escrúpulo las iglesias. Las frontales de los altares, las columnas y candelabros fueron fundidos para pagar a los soldados y alimentar los vicios de los generales. Los adornos preciosos que han sido respetados están amenazados de seguir más tarde la misma suerte. Durante la última guerra, entre Orbegoso y Bermúdez, se tra-tó la cuestión de quitar a las vírgenes sus perlas, sus diamantes, etc.

 

Arequipa tiene un hospital para enfermos, una casa de locos y otra para niños huérfanos. Esos tres hospicios están, en general, muy mal atendidos. Tendré, más adelante, ocasión de hablar de mi visita al hospital. Fui también a visitar a los niños huérfanos y no quedé muy satisfecha de los cuidados que se les prodigaba, como tampoco de los que eran objeto los enfermos. Daba pena ver a esas desgraciadas criaturas desnudas, flacas y en un estado deplorable. Se cree haber cumplido con los deberes de la caridad proporcionán-doles algunos alimentos para sostener su débil existencia; pero, por lo demás, no se les da ninguna instrucción, no se les enseña ningún arte. De este modo, los que sobreviven se convierten en vagabundos, consecuencia necesaria de este abandono. El torno que sirve para in-troducir en el hospicio a estas infortunadas víctimas me parece bien imaginado. Es una caja en forma de cuna. Se deposita al niño en la abertura exterior sin que los depositantes puedan ser vistos desde el interior del hospicio. De este modo se evita a la desgraciada madre, forzada a abandonar a su hijo, la obligación de revelarse, obligación que hace cometer muchos crímenes...

 

Las casas, construidas muy sólidamente con hermosas piedras blancas, no tienen sino un solo piso abovedado a causa de los temblo-res. Son en general espaciosas y cómodas. Tienen una gran puerta co-chera en medio de la fachada. Todas las ventanas son enrejadas y sin vidrios. Las construcciones de la casa forman tres secciones: el salón,

 

 

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8. Arequipa

 

los dormitorios, los escritorios están en la primera; en la segunda, que es un jardín, está el comedor, una galería abierta apropiada al clima, la capilla, la lavandería y diversos oficios; la tercera sección, situada en el fondo, está ocupada por la cocina y el alojamiento de los esclavos. Las paredes de las casas tienen de 5 a 6 pies de espesor. Las piezas con techos en forma de bóveda son muy altas. Algunas de ellas solo tienen una tapicería de papel hasta la mitad de la altura; las paredes de las otras están completamente blanqueadas con cal. Esas bóvedas hacen que los departamentos se asemejen a sótanos y la monotonía de su tono blanco cansa y entristece. Los muebles son pesados; las camas y las cómodas, de proporciones gigantescas; las sillas y las mesas parecen haber sido hechas para no moverse de su sitio; los espejos son de metal, los cortinajes, sin gusto. Desde hace algunos años, las alfombras inglesas se venden a precio tan bajo en el país que todo el mundo ha cubierto con ellas el piso de las habitacio-nes. Ninguna pieza está entablada.

 

Los arequipeños son muy aficionados a la buena mesa y, sin em-bargo, son poco hábiles para procurarse un placer. Su cocina es de-testable. Los alimentos no son buenos y el arte culinario está aún en la barbarie. El valle de Arequipa es muy fértil, pero las legumbres son malas; las papas no son arenosas; las coles y las arvejas son duras y sin sabor; la carne no es jugosa; en fin, hasta las aves de corral tienen la carne cariácea y parecen sufrir la influencia volcánica. La mante-quilla y el queso se traen desde lejos y jamás llegan frescos. Lo mismo sucede con la fruta y el pescado que vienen desde la costa; el aceite que se usa es rancio, mal purificado; el azúcar groseramente refina - do; el pan mal hecho. En definitiva, nada es bueno.

 

Voy a decir cuál es su manera de alimentarse. Se desayuna a las nueve de la mañana. Esa comida se compone de arroz con cebollas (cocidas o crudas, ponen cebollas en todo), carnero asado, pero tan mal preparado que nunca se puede comer. Enseguida viene el choco-late. A las tres se sirve una olla podrida (puchero es el nombre que se le da en el Perú), esta se compone de una mezcla confusa de diversos alimentos: carne de vaca, tocino y carnero hervidos con arroz, siete u

 

 

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ocho especies de legumbres y todas las frutas que les caen a la mano, como manzanas, peras, melocotones, ciruelas, uvas, etc. Un concier-to de voces falsas o de instrumentos discordantes no sublevan la vis-ta, el olfato y el gusto como lo hace esta bárbara amalgama. Vienen después camarones preparados con tomates, arroz, cebollas crudas y ají; carne con uvas, duraznos y azúcar; pescado con ají; ensalada con cebollas crudas y huevos con ají. Este último ingrediente lo emplean con profusión en todos sus guisos, junto con una cantidad de otras especerías. La boca queda cauterizada y para soportarlo el paladar debe haber perdido su sensibilidad. El agua es la bebida ordinaria. La comida se toma a las ocho de la noche y los guisos son de la misma calidad que los del almuerzo.9

 

Las conveniencias en el servicio y los usos de la mesa no se practi-can mejor que las armonías culinarias. Aún hoy, en muchas casas, no hay sino un vaso para todos los convidados. Los platos y cubiertos es-tán sucios. La suciedad de los esclavos no es la única causa de ello. Para tales amos, tales criados. Los esclavos de los ingleses son muy limpios. Es de buen tono hacer pasar en el extremo del tenedor un pedazo to-mado de su plato a las personas a quienes se quiere hacer una cortesía. Los europeos se han rebelado de tal modo contra esta costumbre que ahora cae en desuso. Pero hace solo algunos años los pedazos de olla, de pescado, de alas de pollo, goteando salsa, circulaban alrededor de la mesa llevados por los esclavos en la punta de los tenedores.

 

Como todo es muy caro, las invitaciones a comer son poco fre-cuentes y han prevalecido las invitaciones a tertulias, en cuanto se introdujo esta moda. Todos los domingos, en casa de mi tío se daba una comida a los parientes, a la cual estaban invitados los amigos

 

9   En materia de gustos en la comida existe un amplio margen de discusión. Se ve que Flora no tuvo tiempo de acostumbrarse a saborear los exquisitos platos peruanos y arequipeños en particular. Los considera despectivamente, cuando a los paladares de algunos finos gourmets nada hay más delicioso que una ocopa arequipeña o algún otro picante del país. Y en cuanto a la olla podrida, o puchero, que es el cocido español con unos cuantos ingredientes más, también podrían discutirse sus excelencias. Hay que tener en cuenta que Flora jamás había vivido en España, ni podía establecer com-paración sino con los menús ingleses y franceses. [N. de la T.].

 

 

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íntimos; por la noche se tomaba té, chocolate y bizcochos. Las únicas cosas que he encontrado buenas en Arequipa son los bizcochos y las golosinas hechas por las religiosas. Gracias a mis numerosas relacio-nes nunca me faltaron durante mi estada allí, esto me permitía hacer muy buenas meriendas.

 

A los arequipeños les gusta toda clase de espectáculos. Acuden con igual complacencia a las representaciones teatrales que a las religiosas. La falta total de instrucción suscita esta necesidad y los convierte en espectadores fáciles de satisfacer. La sala de espectácu-los, construida de madera, es tan mal hecha que no se está a cubierto de la lluvia. Demasiado pequeña para la población, a menudo no se puede encontrar sitio en ella. La compañía teatral era muy mala. Se componía de siete u ocho actores, hez de los teatros de Europa, re-forzada en el país por dos o tres indios. Representaba toda clase de piezas, comedias, tragedias y óperas. Estropeaba a Lope de Vega y a Calderón. Destrozaba la música, como para dar ataques de nervios y todo esto en medio de los aplausos del público. Fui cuatro o cinco veces a este teatro. Se representaba una tragedia y noté que a falta de mantos los cómicos se envolvían en viejos chales de seda.

 

Las peleas de gallos, los bailarines de cuerda, las pruebas de los in-dios, todo estos espectáculos atraen a la multitud. Un acróbata fran-cés con su esposa ganó en el Perú 30 mil pesos.

 

La Iglesia peruana explota, en provecho de su influencia, el gus-to de la población. Independientemente de las grandes procesiones hechas en las fiestas solemnes, no pasa un mes sin salir alguna por las calles de Arequipa. Ya son los monjes grises quienes por la tarde sacan una procesión por los muertos y piden para los muertos y se les da para los muertos. Otra vez son los dominicos quienes hacen en honor de la Virgen su paseo religioso. Enseguida es para el Niño Jesús. Después viene una retahíla de santos. Es la de nunca acabar. He descrito la procesión de las fiestas solemnes. No fatigaré al lector con la descripción de aquellas donde los santos sirven de pretexto. Se hace gala de menos lujo y pompa que en las primeras, pero el fon-do es igualmente burlesco; las escenas, indecentes bufonadas que

 

 

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divierten tanto a este pueblo, no son menos escandalosas. Todas es-tas procesiones tienen un rasgo de semejanza: los buenos sacerdotes piden siempre y siempre se les da.

 

Durante la Semana Santa tienen lugar las grandes saturnales del catolicismo peruano. En todas las iglesias de Arequipa se eleva un enorme montículo de tierra y de piedras sobre el cual se plantan ramas de olivo para figurar el calvario con sus rocas y árboles. So-bre este monte ficticio se da el Viernes Santo la representación del suplicio de Jesús. Se le ve detenido, flagelado y crucificado con los dos ladrones. Es la historia de la Pasión sin omitir ningún detalle, pero a lo vivo. Todo acompañado de cantos y de recitaciones. Des-pués viene la muerte de Cristo. Los cirios se apagan, reinan las tinie-blas... Las costumbres fáciles de este pueblo, hacinado en el templo, pueden hacer presumir lo que entonces sucede en los diferentes sitios de la iglesia... pero Dios es misericordioso y los sacerdotes, sus ministros, disponen de la absolución. El descendimiento de la cruz es la segunda parte. Una multitud confusa de hombres y mu-jeres de raza blanca, india y negra sitian al calvario lanzando gritos lastimeros. Pronto están entre sus manos los árboles desarraigados y las rocas levantadas del suelo. La sangre mana de las llagas de ese Cristo de cartón y hace redoblar los aullidos de la multitud. El pueblo, los sacerdotes, la cruz y las ramas de olivo, todo mezclado, forma un caos, un tumulto y una confusión espantosa que jamás imaginaría uno encontrar en un templo de cualquier religión. Y casi siempre, en aquellas escenas de desorden hay personas heri-das más o menos gravemente.

 

 

Por la tarde se ve por las calles a los habitantes que van a hacer las estaciones a todas las iglesias. Al entrar rezan sus oraciones en alta voz. Los más celosos se prosternan de rodillas y besan el suelo; unos se dan golpes de pecho; estos se ponen andrajos en la cabeza; aquellos, con los pies descalzos, llevan la cruz sobre los hombros; otros cargan piedras y en cada caso ejecutan las extravagancias más insensatas, sugeridas a estas cabezas exaltadas por una devoción supersticiosa. No es en sus conciencias donde buscan su deber, sino

 

 

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en lo maravilloso de sus creencias. El medio para no creerse exento de las virtudes sociales es efectuar semejantes pruebas... Tales son los resultados obtenidos por las religiones que separan la fe de la caridad.

 

El día de Pascua se visita a todos los conocidos y la conversación no versa sino sobre las fiestas de la Semana Santa. Se reduce a esto:

—Mi señora ¿se ha divertido usted mucho? Todo estuvo muy bien en Santo Domingo, en Santa Rosa, ¡ah!, esto me ha dado mucho gusto.

—Y yo, señor, no he encontrado nada tan bien como en los años anteriores. La religión pierde su esplendor. No hubo nada alegre en la catedral. En Santa Catalina ya no hacen el descendimiento de la Cruz. Y a fuerza de ver pelear a todos esos zambos por tener un peda-zo de cruz, la cosa me ha parecido monótona. Eso no vale el trabajo que uno se toma en seguir las estaciones.

 

—Señora mía, el buen tiempo ha pasado, nuestras iglesias no son tan ricas como lo eran antes. Las madres de Santa Catalina gastan todo su dinero en comprar pianos importados de Francia y no hacen ya el descendimiento de la cruz.

 

El domingo, durante la misa, los hombres permanecen de pie, hablan, se ríen o miran a las mujeres bonitas que están de rodillas por delante, semiocultas en sus mantillas. Las mismas mujeres son muy distraídas, jamás usan libro. Ya miran el vestido de su vecina o hablan con sus negras colocadas detrás de ellas. Se les ve a veces negligentemente reclinadas sobre su alfombra, dormir o conversar.

 

Los sacerdotes que dicen la misa están siempre suciamente vesti-dos. Los pobres indios la ayudan con los pies descalzos y a medio ves-tir. La música en todas esas iglesias es algo espantosa. Dos violines y una especie de gaita acompañan el órgano. Estos instrumentos tan discordantes, así como los cantos, a menudo tan desentonados, que forman un conjunto imposible de oír durante un cuarto de hora sin sufrir una irritación de los nervios durante todo el día. En Europa las bellas artes cubren por lo menos con un brillante barniz la insípida esterilidad de las ceremonias. Por lo demás, en el Perú no se frecuen-tan las iglesias sino como sitio de reunión.

 

 

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El grado de civilización alcanzado por un pueblo se refleja en todo. Las diversiones del carnaval no son más decentes en Arequipa que las farsas y bufonadas de la Semana Santa.

 

Hay gentes que durante todo el año se ocupan en vaciar cásca-ras de huevo para hacer negocio con ellas. Cuando llega el carnaval llenan esos cascarones con aguas de distintos colores: rosa, azul, verde, roja, y después pegan la abertura con cera. Las señoras se proveen de una canasta con esos huevos y vestidas de blanco se sientan en lo alto de sus casas y desde allí se divierten lanzándolos sobre las personas que pasan por la calle. Los transeúntes, ya sean de a pie o a caballo, están igualmente provistos de los mismos pro-yectiles y responden a sus agresoras. Mas, para hacer el juego más simpático, llenan a veces esos huevos con tinta, miel, aceite y hasta con cosas más asquerosas. Muchos individuos han tenido un ojo reventado en este combate de nuevo género. Me han mostrado a tres o cuatro a quienes les ha sucedido este accidente; pero a pesar de aquellos ejemplos, los arequipeños conservan por este juego un gusto que raya en furor. Las jóvenes hacen alarde de las numerosas manchas de sus vestidos y se muestran orgullosas de estas extra-ñas marcas de galantería. Los esclavos participan también en estas diversiones: se echan harina. Este modo de atacar es muy cómico y lo emplean muchas personas. Por la tarde asisten a bailes donde se ejecutan danzas aún más indecentes. Muchas personas lucen dis-fraces extraños, pero ningún vestido de carácter. Esas diversiones duran una semana.

 

 

De esos huevos inmundos, al diluvio de confeti que inundan a los transeúntes de las calles de Roma; de esas groseras diversiones a las máscaras de Italia hay la misma distancia que entre las comedias burlescas que ofrecen las iglesias de Arequipa, durante la Semana Santa, la música bárbara que se escucha en ellas, las miserables más-caras y los salvajes adornos con que están decoradas, y las majestuo-sas ceremonias, la música encantadora, las magníficas produccio-nes de arte y todos aquellos brillantes y poéticos alardes con los que Roma sostiene todavía su religión carcomida.

 

 

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La población de Arequipa, comprendiendo la de los arrabales, se eleva a 30 o 40 mil almas. Se puede considerar que se compone poco más o menos de una cuarta parte de blancos, otro tanto de negros o mestizos y la mitad de indios. En el Perú, como en toda la América, el origen europeo es el gran título de nobleza. En el lenguaje aristo-crático del país se llama blancos a aquellos cuyos ascendientes no son indios ni negros. He visto a varias señoras que pasan por blan-cas, aunque su piel sea de color canela, porque su padre fue nativo de Andalucía o del reino de Valencia. La población libre forma, pues, tres clases, provenientes de tres razas muy distintas: europea, india y negra. En la última clase, bajo la denominación de gentes de color, se confunden los negros y los mestizos de las tres razas. En cuanto a los esclavos, a cualquier raza a que pertenezcan, la privación de la libertad establece entre ellos la igualdad en la desgracia.

 

Desde hace cuatro o cinco años se han operado grandes cambios en los usos y costumbres del Perú. La moda de París va tomando el cetro y no quedan sino algunas ricas y antiguas familias que se mues-tran rebeldes a su imperio: viejos árboles a los que la savia abandona y subsisten todavía, como los calabozos de la Inquisición, para indicar el punto del que se ha principiado. Las costumbres de las clases altas no difieren en nada de las de Europa. Hombres y mujeres están vestidos lo mismo que en París; las señoras siguen las modas con una exactitud escrupulosa, salvo que van con la cabeza descubierta y el uso les exige siempre ir de negro a la iglesia, con la mantilla y con toda la severidad del vestido español. Los bailes franceses substituyen el fandango, el bolero y las danzas del país reprobadas por la decencia. Las partituras de nuestras óperas se cantan en los salones y, en fin, se llega hasta a leer novelas. Dentro de algún tiempo ya no irán a misa sino cuando se les haga oír buena música. Las gentes acomodadas pasan el tiem-po fumando, leyendo periódicos y jugando al faraón. Los hombres se arruinan en el juego y las mujeres con la toilette.

 

Los arequipeños tienen por lo general mucho espíritu natural, gran facilidad de palabra, memoria feliz, carácter alegre y maneras distinguidas. Son agradables para convivir con ellos y esencialmente

 

 

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apropiados para las intrigas. Las mujeres de Arequipa, así como las de Lima, me han parecido superiores a los hombres. No son tan boni-tas como las limeñas, tienen otras costumbres y su carácter también es diferente. Su porte digno y orgulloso impone. A primera vista se podría suponer que son frías y desdeñosas; pero cuando se las cono-ce la fineza de su espíritu y la delicadeza de sus sentimientos, enca - jados en este grave exterior, realza su valor e impresiona más viva-mente. Son sedentarias, trabajadoras, no se parecen en absoluto a las limeñas a quienes la intriga o el placer atraen constantemente fuera de sus casas. Las señoras de Arequipa cosen sus vestidos ellas mis-mas y lo hacen con una perfección que sorprendería a las mismas modistas. Bailan con gracia y decencia, les gusta mucho la música y la cultivan con éxito. Conozco a cuatro o cinco cuyas voces frescas y melodiosas serían admiradas en los salones de París.

 

El clima de Arequipa no es saludable. Las disenterías, las jaque-cas, las afecciones nerviosas y, sobre todo, los catarros son muy fre-cuentes. Los habitantes tienen también la manía de creerse siempre enfermos. Es el pretexto dado para sus viajes perpetuos. La activi-dad de su imaginación, unida a la falta de instrucción, explica ese furor de movimiento. Solo cambiando de lugar pueden alimentar su pensamiento, tener nuevas ideas y experimentar otras emociones. Las señoras, en especial, van y vienen a los pueblos de la costa, tales como Islay, Camaná y Arica donde toman baños de mar, o a las fuen-tes de aguas termales. Hay muchas de esas fuentes en las cercanías de Arequipa, sus propiedades curativas son muy renombradas. La de Yura opera curaciones maravillosas. El agua es verde y caliente hasta quemar. No hay nada más sucio ni más incómodo que los lugares de la costa y del interior a donde se dirige la buena sociedad para tomar baños. Sin embargo, todos son muy frecuentados y se gasta mucho dinero en vivir allí tres semanas.

 

Las mujeres de Arequipa aceptan con entusiasmo todas las oca-siones de viajar en cualquier dirección: Bolivia, Cuzco, Lima o Chi-le, y los gastos o las excesivas fatigas jamás son motivos para dete-nerlas. A este gusto por los viajes estaría yo tentada de atribuir las

 

 

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preferencias de las jóvenes por los extranjeros. Al casarse con un extranjero esperan conocer el país donde él nació: Francia, Inglate-rra o Italia y realizar un viaje cuya ilusión ha sonreído desde mucho tiempo atrás a su imaginación. Esta perspectiva da a aquellas unio-nes un encanto muy particular cuando a menudo no lo tienen por sí mismas. Las ideas de viaje ponen a la lengua francesa de moda entre las señoras. Muchas la aprenden con la esperanza de necesitarla al-gún día y en espera de ello gozan de la lectura de algunas de nuestras mejores obras; al desarrollar su inteligencia soportan con menos te-dio la monotonía que ofrece el país.

 

Todos los hombres bien educados saben también el francés.

 

El Panteón, hermoso cementerio recientemente construido, se halla a 2 leguas de la ciudad. Está situado sobre la pendiente de una colina, frente al volcán y ocupa un vasto espacio. De lejos, nada es más curioso ni más melancólico que la vista de los altos muros blancos y dentellados que lo rodean. En la superficie de aquellos muros están dispuestas tres filas de nichos abiertos en el espesor de ellos. Se depositan los féretros en estos nichos cuya abertura se cierra con una piedra sellada. Sobre esta piedra los parientes del difunto asocian su vanidad a la nada de la tumba. Se lee sobre plan-chas de mármol o de bronce, escrito con letras de oro: “Aquí yace el ilustre mariscal, el célebre general, el venerable cura, etc.”. Otros epitafios de ejecución menos pomposa hacen una larga enumera-ción de las virtudes de los difuntos. No se encuentra, al igual que en todos los cementerios del mundo, sino buenos padres, esposas que-ridas, tiernas madres, etc. Es así como al dictar nuestras palabras la pasión del momento, exageramos en el individuo muerto las virtu-des que habíamos desconocido durante su vida. Los pobres tienen una fosa común cerrada de la misma manera cuando está llena. Los cuerpos de los protestantes no son admitidos en este cementerio. Solo desde hace pocos años no se entierra ya en las iglesias. Ciertas personas murmuran y compran a los conventos, a precios elevados, un sitio en sus templos. Por eso mi abuela tiene su tumba en Santo Domingo. Con dinero se dispensan también con facilidad, en este

 

 

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país, las prescripciones de la ley y las de la religión. Los rescates de la última son, sin embargo, a mejor precio.

En Arequipa, la muerte de las gentes acomodadas no regocija úni-camente a sus herederos. Los monjes encuentran también ocasión de vender, a precios elevados, sus vestidos grises, negros, blancos, carmelitas, etc., para enterrar al difunto. Se acostumbra y es de buen tono hacerse enterrar con un hábito de monje; por esta razón esos santos personajes tienen casi siempre hábitos nuevos que contras-tan con la suciedad del resto de su indumentaria. En cuanto el mori-bundo ha expirado se le reviste con un hábito de estos religiosos, sin tener en cuenta su sexo, y queda así vestido con el rostro descubier-to y extendido sobre su lecho por espacio de tres días. Durante ese tiempo se hacen visitas de condolencia. Los parientes más cercanos presiden el duelo, es decir, se quedan recibiendo a los visitantes en la pieza donde está el muerto. Los visitantes, sean hombres o mujeres, van vestidos de negro y hacen al entrar un saludo grave a los parien-tes, quienes se hallan sobre un estrado; enseguida van a sentarse en un rincón y se ponen a rezar. Se lleva el cuerpo en hombros hasta la iglesia y así, también en hombros, se le conduce fuera de la ciudad, después de la ceremonia. Desde allí se le transporta en una carretilla al cementerio.

 

No hay coches en Arequipa. Antiguamente, los grandes persona-jes se hacían llevar cargados en sillas. Hay una en casa de mi tío que servía a mi abuela y de la cual se sirve él mismo cuando está enfer-mo. Se parece a las sillas de mano que había en Francia antes de la revolución. Todo el mundo va a caballo o en mula. Los asnos están destinados a llevar fardos a las montañas. Los indios emplean llamas para esto.

 

La llama es el animal de carga de la cordillera.10 En él se hacen los transportes y el indio lo utiliza para comerciar con los valles. Ese gracioso animal es muy interesante de estudiar. Es el único de los animales asociados al hombre al que este no ha logrado envilecer.

 

10 Llama es femenino en español y se pronuncia liama. [N. de la A.].

 

 

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La llama no se deja golpear ni maltratar. Consiente en ser útil, pero a condición de que se le ruegue y no se le mande. Esos animales cami-nan en tropeles más o menos numerosos, conducidos por indios que van por delante de ellos, a una gran distancia. Si el tropel se siente cansado se detiene y el indio se detiene igualmente. Cuando la esta-ción se prolonga, el indio, inquieto al ver descender el sol, se decide, después de haber tomado toda clase de precauciones, suplicar a sus bestias para que continúen el camino. Se pone a cincuenta o sesen-ta pasos del grupo, adopta una actitud humilde, hace con la mano un gesto de los más acariciadores a sus llamas, les dirige miradas tiernas y al mismo tiempo grita con voz dulce y con una paciencia que no podía cansarme de admirar: ic, ic, ic, ic. Si las llamas están dispuestas a ponerse en camino, siguen al indio en buen orden, con paso igual y van muy ligero, pues sus patas son muy largas; pero si están de mal humor no vuelven la cabeza hacia el lado de la voz que las llama con tanto amor y paciencia. Permanecen inmóviles, ya apretadas las unas contra las otras, ya echadas mirando el cielo con miradas tan tiernas, tan melancólicas, que se creería verdaderamen-te que estas admirables criaturas tienen conciencia de otra vida. Su largo cuello, que llevan con graciosa majestad, las largas sedas de su pelaje siempre limpias y brillantes, sus movimientos flexibles y tími-dos dan a esos animales una expresión de nobleza y sensibilidad que inspira respeto. Es preciso que sea así, pues las llamas son los únicos animales al servicio del hombre a los que este no se atreve a golpear. Si sucede (cosa muy rara) que un indio en su cólera quiere exigir por la fuerza o aun por la amenaza lo que su llama no quiere hacer vo-luntariamente, y si el animal se siente maltratado con las palabras o con los gestos, levanta la cabeza con dignidad, no intenta huir y para escapar a los malos tratos (la llama nunca está atada o entrabada) se echa en el suelo, dirige sus miradas al cielo, gruesas lágrimas caen en abundancia de sus hermosos ojos, se escapan suspiros de su pecho y expira en el espacio de media hora o a lo más de tres cuartos de hora. ¡Felices criaturas! ¡Parecen no haber aceptado la vida sino con la con-dición de que esta sea dulce!

 

 

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Como estos animales ofrecen el único medio de comunicación con los indios de la sierra son de gran importancia comercial. Pero, estaría uno tentado de creer que la reverencia casi supersticiosa de la que son objeto no proviene únicamente del sentimiento de su utilidad. He vis-to a veces a treinta o cuarenta interceptar el paso en una de las calles más frecuentadas de la ciudad. Los transeúntes que llegaban cerca de ellos los contemplaban con timidez y volvían atrás. Un día entró una veintena de ellos al patio de nuestra casa y permanecieron seis horas. El indio se desesperaba y nuestros esclavos no podían hacer el ser-vicio. Pero no importa, se soportó la incomodidad causada por estos animales sin que nadie pensara en dirigirles una mirada de disgusto. Por fin, los mismos niños que nada respetan, no osan tocar a las lla - mas. Cuando los indios quieren cargarlas dos de ellos se aproximan al animal, lo acarician y le cubren la cabeza a fin de que no vea que se le pone un fardo sobre el lomo. Si lo percibiera caería muerta. Es necesario proceder de igual modo al descargarlas. Si el fardo excede cierto peso, el animal se arroja inmediatamente al suelo y muere. Esos animales son de una gran sobriedad: un puñado de maíz basta para hacerlos vivir tres o cuatro días. Son con todo muy fuertes y viven mu-cho tiempo. Un indio me afirmó que tenía uno de 34 años. Ningún otro hombre sino el indio de las cordilleras tendría suficiente paciencia y dulzura para utilizar a las llamas. Es sin duda de este extraordinario compañero dado por la Providencia al indígena del Perú que este ha aprendido a morir cuando se exige de él más de lo que quiere hacer. Esta fuerza moral, tan rara en nuestra especie y que nos hace escapar por la muerte a la opresión, es muy común entre los indios del Perú. Tendré a menudo ocasión de probarlo.

 

Como se ha podido ver, la vida de Arequipa es una de las más abu-rridas. Lo era sobre todo para mí que soy de una actividad incesante. No podía habituarme a esa monotonía.

 

La casa de M. Le Bris era la única en la cual encontraba algunas distracciones. Todos esos señores me demostraban el más tierno interés y se afanaban por serme agradables. Cada vez que un ex-tranjero llegaba a Arequipa M. Viollier venía a prevenirme, me lo

 

 

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describía y me preguntaba si deseaba que me fuera presentado. Yo aceptaba o rehusaba según el grado de curiosidad que me inspira-ban esos personajes.

 

Vi en casa de M. Le Bris a muchos viajeros, oficiales de marina o comerciantes. Hablaré, sin embargo, solo de uno que no pertenecía a ninguna de estas dos clases: del señor vizconde de Sartiges a quien conocí. Era secretario de embajada en Río de Janeiro, había obtenido de M. de Saint Priest, entonces embajador en el Brasil, un permiso de seis meses para visitar el Perú y había venido en la “Thisbé”, manda-da por M. Murat.

 

Nunca me he reído más que el día en que M. Viollier vino a anun-ciarme la llegada de M. de Sartiges, quien se había instalado en la habitación de M. Le Bris, ausente en aquel momento, y se proponía quedarse quince días en la ciudad.

 

M. Viollier era suizo en Arequipa, como lo era en Burdeos. Las emanaciones del volcán no habían ejercido ninguna influencia so-bre su hermosa y robusta constitución. Estaba gordo y fresco como si jamás hubiese salido de sus montañas. Bueno, sencillo y poco locuaz jamás abandonaba su flema, pero juzgaba todo con un sentido recto y una tranquilidad que no me cansaba de admirar.

 

—¡Oh, señorita!, me dijo, ¡qué personaje tan singular me ha envia-do M. Le Bris! Palabra de honor, no sé qué cosa es. Al ver su persona tan bonita, tan frágil, tan delicada, su cara tan sonrosada, sus her-mosos cabellos rubios tan rizados, al examinar sus manos blancas y llenas, al oír el sonido de su dulce voz, sin vacilar afirmaría que el vizconde de Sartiges no es otra cosa que una mujer. Le aseguro que así lo creí en un principio. Pero si se le juzga según sus conver-saciones debe ser un hombre y un hombre muy peligroso para las mujeres... Al llegar ayer por la noche en lugar de descansar se puso a hablarme hasta la una de la madrugada. El principal objeto de su larga charla fue el de inquirir si en la ciudad había muchas mujeres bonitas. Si estas mujeres bonitas eran casadas o solteras y cuál se-ría el medio de acercarse a ellas. Y así lo demás. Esto constituyó el lado serio de la plática. La escasa atención que concedió al resto me

 

 

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pareció igualmente extraña. Por fin, señorita, ese joven o esa mujer es para mí algo extraordinario, inexplicable y recurro a usted para que me ayude a estudiarlo.

 

Por la tarde M. de Sartiges vino a verme. El bueno de M. Viollier no decía nada, escuchaba al vizconde con toda atención y sus mira-das me interrogaban y parecían decirme: ¿Qué piensa usted? ¿Es un hombre o una mujer?

 

Confieso que yo misma estuve muy confundida y no hubiese po-dido responder a esta pregunta. El aspecto del vizconde se parecía al de aquellas jóvenes inglesas que encontramos a veces en nuestros paseos, a aquellas encantadoras criaturas cuyos hermosos ojos azu-les, celestes miradas, menudas facciones de virgen, tez blanca y son-rosada y cabellos con reflejos de oro, parecen que los han disputado a los ángeles de Rafael. Ese joven no tenía barba ni patillas y solo un imperceptible bigote rubio guarnecía su labio superior. Sus miem-bros delgados, su talle fino y su pecho ligeramente sumido anuncia - ban en él una extrema debilidad de constitución. La indumentaria de ese pequeño silfo estaba en armonía con su gentil persona.

 

Un bonito pantalón gris con polainas de tela sedosa, una leva negra que caía hasta las caderas, un ancho cuello de terciopelo y una corbata de terciopelo negro hacían resaltar su fina ropa. Guantes amarillos, un bastoncillo en una mano, en la otra unos lentes retenidos alrededor del cuello por una cadena de pelo negro: tal era la toilette del joven diplomático. Si al verlo costaba trabajo distinguir a qué sexo pertenecía, al escucharlo se quedaba uno aún más perplejo. Su voz tenía un encanto inexplicable. Bajaba los ojos con un candor muy difícil de encontrar en un hombre. Su conver-sación era extraña, muy variada y salpicada de rasgos de originali-dad. Profesaba por todas las damas una admiración que le dispen-saba sentir amor por alguna. —¡Por lo demás, decía, no creo ya en el amor! Tenía 22 años. Sí, veintidós primaveras solamente habían pasado sobre esa cabeza imberbe y en tan poco tiempo la moral lle-gaba a la decrepitud. El joven vizconde se parecía a aquellos viejos que han gastado la vida y no les queda nada por aprender sobre la

 

 

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tierra. Había estado de agregado en las embajadas de Nápoles y de Inglaterra y tuvo en ambos países esas grandes aventuras amoro-sas que hastían el corazón y secan la fuente de las más caras ilu-siones. Ávido de sensaciones nuevas sentía un deseo incesante de ver. Apenas llegó a Río de Janeiro quiso ver más allá. Los hielos del cabo de Hornos tentaron su curiosidad y sin tener en cuenta la fra-gilidad de su endeble persona se expuso con su débil pecho al es-pantoso invierno de los mares polares. Llegó a Valparaíso con una tos seca y en un estado de extrema delgadez; pero, sin embargo, se entregó a los placeres y después de permanecer en Chile llevando la vida de los marinos en tierra, cansado de las beldades chilenas, quiso conocer a las peruanas. Este niño-viejo se parecía mucho al colibrí que voltejea sucesivamente en las ramas de un árbol sin posarse sobre ninguna, o como dirían los furieristas, la papillonne11 es su dominante.

 

M. de Sartiges hizo furor entre las damas de Arequipa. Todas ellas querían tener un mechón de sus rubios cabellos. Cuando pasaba por la calle se ponían a la puerta para ver al lindo francés de blondos cabellos.12 Las más bonitas de mis amigas envidiaban mi felicidad de poder hablar con el vizconde. Algunas de ellas me preguntaban en su sencillez:

 

—¿Qué le dice ese encantador vizconde? ¿Le habla de amor?...

 

—No, señoras, M. de Sartiges no me habla de amor y eso me hace apreciar más sus frecuentes visitas.

M. de Sartiges no vivía en apariencia sino para frívolos goces. Sin embargo, trataba de instruirse en todo lo que podía. Por supuesto, ponía sus placeres en primera línea, mas al mismo tiempo recogía aquí y allá datos sobre el país que recorría. Tomaba muchas notas, interrogaba a las personas capaces y prestaba al examen de las cosas

 

 

11 El sistema pasional de M. Fourier es demasiado conocido para verme obligada a decir a cuál de nuestras pasiones da el nombre de papillonne. [N. de la A.].

 

12 En el Perú, los cabellos rubios y los ojos azules son los dos géneros de belleza que se estiman más. [N. de la A.].

 

 

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una atención sostenida. M. Viollier no volvía de su asombro.13 No po-día concebir cómo ese pequeño ser se exponía voluntariamente a las más rudas fatigas, soportándolas con valor y desafiando toda especie de peligros únicamente para satisfacer su fantasía de ver nuevos paí-ses. M. Viollier tampoco pudo explicarse jamás cómo esa vida erran-te y penosa no había cambiado en nada, ni modificado el carácter, los gustos y las costumbres del vizconde. M. de Sartiges encontraba encantador dormir en pleno aire, en el suelo, sobre un saco y en me-dio de la pampa, y mientras tanto, durante toda su permanencia en casa de M. Le Bris no cesó de quejarse de la dureza de las sillas que se usaban en Arequipa. A la hora de la comida ponía sobre su asiento un tapiz doblado en cuatro. Se quejaba también de la alimentación. No sabían preparar el té, los helados no valían nada. Pero lo que le desesperaba y le hacía realmente desgraciado era que las lavanderas del país no supiesen planchar la ropa a su agrado. El vizconde tenía a su lado para servirle, no a un criado, sino a una especie de Miguel Morin a quien llamaba su hombre. Era un antiguo militar, robusto, hábil, inteligente y que entendía un poco de todo. Mi primo Althaus, que les trazó un itinerario para ir al Cuzco, pretendía que el servidor sabía más que el amo y por esta razón lo denominó el barón. Nunca hablé con este último.

 

M. de Sartiges se quedó tres semanas en Arequipa. Todos se afa-naron en festejarle lo mejor que pudieron. Nos reunimos en gran cabalgata para hacerle ver las pocas cosas curiosas que se encuen-tran en los alrededores de la ciudad. Se le dieron bailes, comidas y, en suma, no creo que estuviera descontento de la recepción que se le

 

13 M. de Sartiges escribió con el nombre de E. S. de Lavandais un interesante relato so-bre su viaje al Perú que se publicó en la Eevue des Deux Mondes de París, el 15 de enero, el 1 de marzo y 15 de junio de 1851 con el nombre de “Voyage dans les Républiques de l’Amérique du Sud”. En él, sin mencionar a Flora, la describe en estas líneas: “Encontré en una de las buenas casas de la ciudad a una joven señora medio francesa, medio española, que tenía que reclamar no sé qué de una familia de la ciudad de la que era pariente. Su vivacidad parisiense contrastaba singularmente con la tranquilidad aparente de las otras damas que la rodeaban quienes parecían comprender mejor el espíritu del corazón que el del cerebro”. [N. de la T.].

 

 

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hizo. Se fue al Cuzco cargado de cartas de recomendación y he tenido el gusto de saber que le fue muy agradable la relación con M. Miota para quien le di una carta.

 

Durante la estada de M. de Sartiges en Arequipa llegó de Lima uno de mis primos políticos, el hombre más original que he encontrado en mi vida: Althaus, de quien ya he hablado. Desde la primera en-trevista nos hicimos amigos. Althaus es alemán, pero habla francés a la perfección, pues ha pasado en Francia gran parte de su vida. A partir de aquel momento no tuve ya tiempo de reposo. Su conversa-ción me gustaba mucho, encontraba tantas ocasiones de instruirme que aproveché de sus disposiciones de bohemio para entablar con él interminables charlas. Como su esposa, sus hijos y criados estaban con mi tío en Camaná venía a comer conmigo donde mi prima, de suerte que no nos separábamos. Althaus tiene una manera de hablar de las personas y de las cosas muy especial en él. En español, que ha-bla muy bien, así como en francés, encuentra palabras que describen y caracterizan y se citan enseguida como proverbios. Estuvo en todos nuestros paseos con M. de Sartiges y todo cuanto me decía respecto a este hombre-mujer era digno de nota.

 

—En resumen, me decía un día, veo, mi querida Flora, que desde hace quince años que dejé Francia, la juventud de su país no ha me-jorado. En mi tiempo he visto a jóvenes de la edad de M. de Sartiges que ya tenían dos charreteras y se habían encontrado en mil lances. Jóvenes fuertes y robustos que resistían el frío y el calor, el hambre y la sed y toda especie de fatigas. ¡Esos eran hombres! Pero alfeñiques como su vizconde a quien se tomaría por una marquesita disfrazada, le pregunto ¿de qué utilidad pueden ser a su país? Sin duda es sim-pático, pero ¿acaso con muñecas de esta naturaleza piensan ustedes hacer avanzar la civilización?

 

—Althaus, usted no aprecia sino la fuerza física.

 

—Es porque la fuerza física arrastra siempre consigo la fuerza moral. Ciertamente, no encontrará usted en una frágil apariencia de mujercilla un César, un Pedro el Grande o un Napoleón.

 

 

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Flora Tristán

 

—Hay que creer, primo, que los hábitos de la juventud son muy fuertes, pues su buen sentido natural y sus conocimientos científicos no han podido desarraigar en usted los gustos del soldado.

 

—Prima, es usted encantadora, cuando se rebela contra los soldados. Pero dígame ¿qué espera de la juventud francesa? ¿Hará ella algo que pue-da acercarse a las grandes cosas efectuadas por los soldados del Imperio?

 

Se puede juzgar por estas pocas palabras el carácter de mi primo Althaus. El hombre ha desaparecido dentro de su profesión. Soldado, ante todo, encarna por completo al oficial de fortuna de Walter Scott. Dentro de algunos años ese tipo no se encontrará más en Europa.

 

Althaus hace la guerra desde la edad de 17 años. Sirvió como ofi-cial de ingeniería en los ejércitos franceses y los aliados. La carrera de las armas es, a sus ojos, la primera y a la cual deben subordinarse las demás. La ejerce por gusto y se interesa en los combates, aunque sea indiferente a la causa por la cual se bate. Le gusta la guerra por ella misma y se enrola con aquel a quien juzga más hábil. Después de los acontecimientos de 1815 permaneció al servicio de Alemania. Te-nía un alto grado, buenos emolumentos y hubiese podido llevar una vida alegre en todas las guarniciones. Mas su actividad guerrera no podía acostumbrarse al reposo. Necesitaba ejercer su arte, el juego de las batallas, las fuertes emociones nacidas de los riesgos del éxito y de los reveses, la alegría del triunfo o la enseñanza de la derrota. Durante tres años esperó las querellas de los reyes y acogió hasta los más débiles rumores que pudieran presagiar la guerra, bien decidido a tomar parte y ponerse bajo la bandera de aquel a quien pareciera favorecer la fortuna. Pero, al ver que eran vanos los esfuerzos de los periodistas para provocar la continuación de las hostilidades, que los jefes de los pueblos, menos por moderación que por impotencia, per-sistían en seguir en paz y que todavía por largo tiempo la juventud de Europa se encontraba condenada a vegetar en sus hogares, Althaus se decidió dejar un país sobre el cual, decía, parecía haber caído la maldición de Dios. Presentó su dimisión, abandonó a su familia que lo amaba tiernamente y como verdadero aventurero fue al Perú en busca de ocasiones de combatir.

 

 

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8. Arequipa

 

Al llegar a Lima, Althaus se presentó al jefe del gobierno y sin más recomendación que su buena presencia y su paso marcial fue reci-bido con distinción y empleado según sus deseos. Acostumbrado a las proporciones gigantescas de las guerras del Imperio, Althaus no hubiese podido imaginar que se pensaba entrar en campaña con un ejército menor de 50 mil hombres. Se sintió completamente desilu-sionado cuando se le dijo que el cuerpo del ejército, cuyo mando se le confiaba, se componía de ochocientos hombres. Cuando vio a los soldados peruanos mal equipados, sin ninguna noción de táctica ni de disciplina militar, cobardes y casi sin ninguna de las virtudes del guerrero, el pobre Althaus quedó petrificado y creyó que se burlaban de él. El desgraciado se sintió tentado de abandonar América y acu-dir a los campos de Grecia donde tenía noticias de que había guerra entre la cruz y la media luna. Pero Althaus aborrece el mar. Había sufrido mucho en el viaje que acababa de hacer y la inmensa dis-tancia que separa el país de los helenos del de los incas le hizo temer que no llegaría sino para ser testigo del final de la lucha. Se resignó, pues, a quedarse en el Perú. Reflexionó que en este país nuevo sus talentos de ingeniero podían emplearse de mil maneras; propuso al gobierno levantar el plano topográfico del territorio y encargarse de todos los trabajos de esta clase que se juzgara conveniente empren-der. Su propuesta fue aceptada. Quedó en el ejército peruano en cali-dad de coronel de ingeniería, fue nombrado ingeniero y geógrafo en jefe de la República y encargado de la ejecución del mapa del Perú. Se le asignaron 600 pesos al mes (3 mil francos) fuera de sus gastos de viaje. Tuvo dos ayudantes agregados a su persona, como jefe de la ingeniería militar, y dos ayudantes geógrafos para los trabajos topo-gráficos. Hacía catorce años que Althaus vivía en el Perú. Se había encontrado en todos los combates sin haber recibido jamás la menor herida en ninguno de ellos. En 1825 vino a Arequipa en el séquito de Bolívar y se alojó en casa de mi tío Pío a quien conocía mucho. Cono-ció a mi prima Manuela de Flores, hija de una hermana de mi padre, se enamoró de ella, se hizo amar de la joven y venciendo una ligera oposición la obtuvo de mi tío, tutor de Manuela que era huérfana.

 

 

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Flora Tristán

 

Althaus se casó con mi prima en 1826. Tenían, cuando estuve en el Perú, tres hijos: dos hombres y una mujer.

Althaus tiene todas las virtudes que honran al hombre y, al mis-mo tiempo, defectos aparentemente inconciliables con sus cualida-des y que deben atribuirse al largo ejercicio de su profesión. Se acusa a mi primo de ser duro. Se le reprocha la severidad de sus exigencias y el rigor de los castigos que impone a sus soldados y subordinados. Estoy muy lejos de excusar semejantes defectos, pero haré notar, sin embargo, que a un veterano de los ejércitos de Alemania le sería pre-ciso ser más que un ángel para no ser duro y hasta violento al man-dar a los peruanos; sería de desear, para el progreso de la civilización, que el Perú tuviese hombres del temple de Althaus a la cabeza de to-dos los servicios públicos. Amable con todo el mundo, a mi primo le agrada prestar servicios y los ha prestado hasta a sus enemigos. Es caritativo con los pobres, generoso con todos los que lo rodean, buen padre, buen esposo, aunque a veces un poco brusco e idólatra de sus hijos. Muy laborioso, tiene una gran paciencia para sus investigacio-nes, estudios y trabajos de toda índole. Posee una rara inteligencia, conocimientos profundos y casi universales. Su espíritu es sardónico en exceso. La franqueza y la extravagancia de sus expresiones sobre-pasan todo cuanto se podría decir. Se ríe de todo, ve siempre el lado chistoso, coge el ridículo de las cosas y de las personas con tanta pre-cisión y lo manifiesta con tanta libertad que los más valientes se es-tremecen. Althaus no es querido. Es demasiado severo en el ejercicio de sus deberes y ha herido el amor propio de muchos. Se le teme de tal manera que a menudo se desvían de su camino para evitar su en-cuentro. Althaus tenía entonces 48 años. Su físico es el de un alemán rubio, grueso y fuerte. Es un hombre cuadrado, infatigable, puntual en todos sus deberes y de una gran lealtad en sus tratos.

 

Althaus evitaba con cuidado hablarme del motivo de mi viaje y a este respecto dejaba la decisión a don Pío quien, como resultado de una larga costumbre, trataba todos los negocios de la familia. Mi tío había administrado durante cuarenta años la fortuna de mi abuela y a raíz de la rendición de cuentas y de los arreglos de la sucesión,

 

 

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8. Arequipa

 

Althaus, militar franco, poco versado en materia de intereses y te-niendo que hacer frente a un hombre de la fuerza de mi tío, no ob-tuvo la mejor parte. Fue perjudicado en todo. Se quejaba, entre otras cosas, de que todas las buenas tierras de Camaná se encontraban dentro del lote de mi tío, mientras las malas habían sido dejadas en las partes de Manuela y de la hija de mi prima Carmen.

 

De Camaná mi tío había ido a Islay para tomar baños de mar. Me pareció evidente que afectaba demostrar que no me temía al diferir con diversos pretextos su regreso a Arequipa. Desde hacía tres meses vivía en su casa y lo esperaba. Por fin me anunció su salida de Islay y me invitó a ir a su encuentro, si esto me convenía, hasta su casa de campo donde pensaba detenerse.

 

Iba, pues, a ver a este tío en quien se cifraban ahora todas mis espe-ranzas, al hombre que debía todo a mi padre, su educación, su ascenso y, por consiguiente, sus éxitos en el mundo. ¿Qué acogida iba a dispen-sarme? ¿Qué sensación experimentaría a su vista? A este pensamiento mi corazón latía con violencia. En mi juventud quise yo tanto a este tío a quien mi imaginación me representaba como un segundo padre y sufrí tanto cuando mi madre me dijo: “Tu tío te ha abandonado”, que nunca pensaba en él sin sentir la más viva emoción.

 

El 3 de enero, hacia las cuatro de la tarde, monté acaballo acom-pañada de mi querido primo Manuel, de Althaus, del bueno de M. Viollier, mis tres íntimos, y seguida de una multitud de otras perso-nas, quienes venían más bien para satisfacer su curiosidad que por interés por mí o atención hacia don Pío de Tristán. Nos dirigimos a la hermosa casa de campo que mi tío llama simplemente su chacra.14 Está situada a legua y media de la ciudad. Cuando nos acercamos, Manuel y Althaus se adelantaron para anunciarme. Poco después vi a un jinete que venía a toda velocidad. Exclamé, ¡mi tío! Lancé mi ca-ballo y en un instante me encontré a su lado. Lo que sentí entonces no podría expresarlo sino imperfectamente con las palabras. Tomé su mano y apretándola con cariño le dije:

 

14 En el Perú se usa esta palabra para designar una casa de campo. [N. de la A.].

 

 

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Flora Tristán

 

—¡Oh, tío! ¡Qué necesidad tengo de su cariño!...

 

—¡Hija mía!, lo tiene por completo. La quiero como a mi hija. Us-ted es mi hermana, pues su padre me sirvió de padre. ¡Ah!, mi querida sobrina, qué feliz soy de verla, de contemplar las facciones que me recuerdan tan fielmente las de mi pobre hermano. Es él, él, mi her-mano, mi querido Mariano, en la persona de Florita. Me atrajo hacia sí, incliné mi cabeza sobre su pecho con riesgo de caer del caballo y permanecí así mucho tiempo. Me levanté bañada en lágrimas, logré recuperar mi calma y fui por delante con mi tío sin hablar. Al entrar en el patio, mi tía, que es también mi prima porque es hermana de Manuela, vino hacia mí, y me acogió graciosamente; pero en el fondo de ella adiviné una gran sequedad de alma. Abracé a sus hijos: tres mujeres y un varón. Los cuatro me parecieron muy fríos. En cuan-to a mi prima Manuela no fue lo mismo. Se echó en mis brazos, me abrazó con ternura y con los ojos llenos de lágrimas y con voz emo-cionada me dijo:

 

—¡Ah, prima mía! ¡Cuánto he deseado conocerla! Desde que tuve noticia de su existencia la quiero, admiro su valor y deploro sus sufrimientos.

 

Nos quedamos cerca de dos horas en este sitio de campo. Me pa-seaba por el jardín con mi tío. No podía cansarme de oírlo. Hablaba el francés con una pureza y una gracia encantadoras. Estaba en-cantada de su espíritu y su amabilidad me fascinaba.

 

A las siete nos pusimos en camino hacia Arequipa. Mi tío subió en su hermosa y fogosa yegua chilena. La habilidad y gracia con que la conducía denotaban que su educación ecuestre había tenido lugar en Andalucía. Esta vez también estuve a la cabeza de la nume-rosa caballada. Mi tío, a mi derecha, no cesaba de conversarme de la manera más amistosa.

 

Al llegar a la casa encontramos a mi prima Carmen ocupada en hacer los honores, en el gran salón, a los numerosos visitantes que habían venido para recibir a don Pío y a su familia. Mi prima hizo preparar una comida soberbia. Mi tía invitó a todas las personas pre-sentes. Algunos aceptaron; otros se quedaron a conversar o fumar.

 

 

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8. Arequipa

 

Permanecí mucho rato con mi tío. Su conversación tenía para mí un atractivo irresistible. Fue necesario, sin embargo, retirarse y aunque era tarde lo dejé con pesar. Estaba encantada y gozando de la dicha de encontrarme cerca de él, no me atrevía a reflexionar en lo que debía esperar, por completo subyugada por el encanto que esparcía en torno a mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tomo segundo

 

 

 

1. Don Pío de Tristán y su familia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi tío no tiene cara de europeo. Ha sufrido la influencia que el sol y el clima ejercen sobre el organismo humano, así como sobre todo cuanto existe en la naturaleza. Nuestra familia es, sin embargo, de pura sangre española y tiene esto de notable: los numerosos miem-bros que la componen se parecen todos entre sí. Mi prima Manuela y mi tío son los únicos totalmente diferentes de los demás. Don Pío solo tiene 5 pies de estatura. Es muy delgado y endeble, aunque de constitución robusta. Su cabeza es pequeña y está guarnecida de ca-bellos que recién empiezan a encanecer. El color de su piel es amari-llento. Sus facciones son finas y regulares; sus ojos azules, chispean - tes de espíritu. Tiene toda la agilidad del habitante de las cordilleras. A su edad (tenía entonces 64 años) era más ligero y activo que un francés de veinticinco. Al verlo por detrás se le hubiese dado treinta años y de frente a lo más cuarenta y cinco.

 

Su espíritu reúne la gracia francesa, la astucia y la obstinación propias del habitante de las montañas. Su memoria y su aptitud para todo son extraordinarias. Nada hay que no comprenda con admira-ble facilidad. Su trato es suave, amable y lleno de encanto. Su conver-sación es muy animada, brillante y con salidas de ingenio. Es muy alegre y si a veces se permite algunas bromas son siempre de buen gusto. Ese exterior seductor no se contradice jamás. Todo cuanto dice, los gestos que acompañan sus palabras y hasta su manera de

 

 

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Flora Tristán

 

fumar un cigarrillo revelan al hombre distinguido, cuya educación ha sido esmerada, y se admira uno al descubrir al hombre de corte en el militar que ha pasado veinticinco años de su vida en medio de los soldados. Mi tío tiene el talento exquisito de hablar a cada cual en su lenguaje. Cuando se le escucha está uno de tal modo fascinado por sus palabras que se olvidan las quejas que se tienen contra él. Es una verdadera sirena. Nadie todavía ha producido sobre mí el efecto mágico que él ejercía sobre todo mi ser.

 

A todas estas brillantes cualidades que hacen de don Pío de Tris-tán uno de esos hombres de excepción destinados por la Providen-cia a conducir a los demás, se une una pasión dominante, rival de la ambición y que esta no ha podido reprimir: la avaricia. Esta le hace cometer los actos más duros; sus esfuerzos para ocultar una pasión que lo desacredita, lo hacen proceder a veces en una forma muy ge-nerosa. Si no fuese visible para todos no sentiría la necesidad de des-mentirla. Sus generosidades accidentales pueden muy bien echar un velo de ambigüedad sobre el fondo de su carácter ante los ojos de los observadores descuidados, pero no podrían hacerse ilusiones sus ín-timos y quienes mantienen con él relaciones continuas.

 

Poco tiempo después de su regreso a España mi tío se casó con su sobrina, la hermana de Manuela. Mi tía se llama Joaquina Flores. Debe haber sido, sin contradicción, la más hermosa persona de toda la fa-milia. Cuando la vi podía tener unos 40 años y era todavía muy bella. Sus numerosos partos (había tenido once hijos), más que los años, ha-bían marchitado su belleza. Sus grandes ojos negros son admirables de forma y de expresión, su piel dorada y limpia, sus dientes, de la blancura de las perlas, le daban mucho esplendor. Mi tía me daba una idea de lo que debió ser Mme. de Maintenon. Ha sido formada por mi tío y, aunque su primera educación haya sido muy descuidada, cierta-mente la discípula hace honor al maestro. Joaquina estaba hecha para ser regente de un reino o amante de un rey septuagenario.

 

Su gran talento es el de hacer creer, hasta a su marido por más astuto que este sea, que no sabe nada y que se ocupa únicamente de sus hijos y de su hogar. Su gran devoción, su aire humilde, dulce,

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

sumiso, la bondad con que habla de los pobres, el interés que de-muestra a las gentes modestas que la saludan cuando pasa por las calles, la timidez de sus maneras y hasta la extrema sencillez de sus vestidos, todo anuncia en ella a la mujer piadosa, modesta y sin am-bición. Joaquina ha adoptado una sonrisa amable, un sonido de voz halagüeño para acercarse a los partidarios de quienes se disputan el poder. Sus maneras son sencillas, su espíritu penetrante, su elo-cuencia persuasiva y sus hermosos ojos se llenan de lágrimas con la menor emoción. Si esta mujer se hubiese encontrado colocada en una situación proporcionada a sus capacidades, habría sido uno de los personajes más notables de la época. Su carácter está moldeado por las costumbres peruanas.

 

Desde el primer momento Joaquina me inspiró una repulsión ins-tintiva. Siempre he desconfiado de las personas cuya graciosa son-risa no está en armonía con su mirada. Mi tía ofrece al ojo avizor la representación de esta discordancia, a pesar de su cuidado en poner de acuerdo el tono de su voz con la sonrisa de sus labios. Su cortesía causa la admiración de quienes la conocen pues en el Perú lo que más se estima es la falsedad. Un día Carmen, después de haberme hecho la enumeración de los mejores diplomáticos del país, me dijo con un suspiro de envidia:

 

—¡Pero ninguno de los que acabo de citar ¡guala a Joaquina! Ima-gínese, Florita, ha llegado a tal grado de perfección que recibe a su más encarnizado enemigo con la misma calma y amabilidad que a su amigo más íntimo. Jamás deja ver sobre su rostro el más ligero indicio de los sentimientos que la agitan. ¡Oh! Es una mujer extraor-dinaria. Hubiese representado un gran papel en las cortes de España; pero aquí ese hermoso talento está perdido, pues nada o poca cosa hay que hacer.

 

Joaquina hace gran alarde de religiosidad. Observa todas las prác-ticas supersticiosas del catolicismo con una puntualidad fatigante para quienes la rodean. Mas es preciso conciliarse el favor del clero y la veneración de la multitud gazmoña, y nada hay penoso para los intereses de su ambición. Halaga a los pobres con dulces palabras,

 

 

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pero no consuela su miseria como su inmensa fortuna le permitiría hacerlo. La religión no es en ella esa cualidad del alma que se mani-fiesta por el amor a sus semejantes. La suya no la empuja a ningún sacrificio, a ningún acto de abnegación. Para ella es un instrumento al servicio de sus pasiones y un medio de acallar el remordimien-to. Más ávara que su marido, Joaquina comete actos de una irritante dureza. Su egoísmo paraliza en ella todo movimiento generoso. Bajo apariencias de humildad oculta un orgullo y una ambición sin me-dida. Le gusta la sociedad y sus pompas, el juego con furor, la buena mesa con sensualidad y engríe a sus hijos para que no la importunen de manera que son muy mal educados. Consagrados por entero a su ambición y a su avaricia, los padres no se ocupan de ellos en lo me-nor y aunque Arequipa ofrece recursos para la instrucción, pues hay maestros de dibujo, de música y de lengua francesa, a los hijos de mi tío no se les instruye en nada, ni poseen nociones de alguna especie de talento. El mayor tenía, sin embargo, 16 años. Los otros, 12, 9 y 7.

 

La hermana de Joaquina, Manuela Flores de Althaus, no se le pa-rece en nada. Es una de aquellas encantadoras criaturas que el arte imita, pero no moldea, y que embellecen y vivifican todo no parecien-do felices sino con la dicha que derraman a su alrededor. Mi prima Manuela es en Arequipa lo que son en París las elegantes del barrio de Gante o de Bouffé. Es la mujer modelo a quienes todos envidian o tratan de imitar. Manuela no perdona cuidados ni gastos para poner-se al corriente de las nuevas modas. Recibe el periódico que les está consagrado y sus corresponsales le hacen llegar los nuevos vestidos a medida que estos aparecen. M. Poncignon considera a mi prima como su mejor clienta y la llama antes que a ninguna otra señora de la ciudad para que escoja las novedades que recibe. En esto M. Pon-cignon procede con mucho discernimiento pues si Manuela recibe la moda de las parisienses, es ella quien la da a las arequipeñas. La mejor costurera, permanente en su casa, copia las toilettes represen-tadas en los grabados con tal exactitud que a menudo, al ver a mi prima, creería ver a una de esas gentiles señoras que adornan el esca-parate de Martinet en la calle de Coq. Este servilismo en la imitación

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

perjudicaría a muchas otras, pero Manuela están graciosa que sobre ella todo se embellece, todo es encantador. Sus lindas facciones, la expresión de su fisonomía tan espiritual como alegre, su aire distin-guido, sus maneras afables y su paso ligero y elegante se armonizan con todos los vestidos por extraños que parezcan.

 

Manuela, así como mi tío Pío, no se parece ni por las facciones ni por el carácter a los demás miembros de la familia. Es gastado-ra hasta la prodigalidad. El lujo y el refinamiento en todo son para ella indispensables. Sería en realidad desgraciada si no tuviese ca-misas de batista adornadas con encajes, bonitas medias de seda y zapatos de raso de los mejor hechos. No hay mujerzuela en París que use más que ella, perfumes, pastas, pomadas, baños y cuidados de toda especie para su persona. Por el perfume que exhala se creería uno rodeada de magnolias, rosas, heliotropos y jazmines. Y las flores tan frescas como hermosas que constantemente adornan su cabeza la harían suponer consagrada a su culto. Su casa está arreglada con mucho lujo. Sus esclavos están bien vestidos y sus hijos son los mejor puestos de toda la ciudad, sobre todo la niñita, que es un amor, ¡a tal punto es simpática y bien ataviada! Manuela no tiene nada de la se-riedad española, es de una alegría loca, aturdida, ligera y de una pue-rilidad cuyo candor contrasta con esa cortesía rastrera y disimulada de la sociedad peruana. Busca las diversiones con pasión. Le agradan todas. Los espectáculos, bailes, soirées, paseos y visitas son sus más caras ocupaciones y con todo no bastan a su actividad. Encuentra tiempo para interesarse en la política, para leer todos los periódicos y estar perfectamente enterada de todos los asuntos de su país y de los de Europa. Ha aprendido hasta francés para poder leer los perió-dicos publicados en Francia. Además, sostiene una correspondencia continua y voluminosa con su marido, que está casi siempre ausente, y con muchas otras personas. Escribe muy bien y con una facilidad sorprendente. Reúne a todas estas ventajas las cualidades del cora-zón: es muy generosa y de una sensibilidad que se encuentra muy rara vez. Manuela está hecha para vivir en las sociedades de élite que ofrecen las grandes capitales de Europa en donde podría brillar con

 

 

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Flora Tristán

 

vivo esplendor. Pero ¡ay!, la pobre prima se halla reducida a gastar su rico temperamento en medio de un mundo en el cual las peque-ñas intrigas no se avienen con su carácter. Sus elegantes toilettes, que en los suntuosos salones de París encantarían a una multitud, son cosa perdida en las reuniones de Arequipa y para la clase de gentes que las forman bien podría evitarse tanto trabajo. Mas el adorno es para su naturaleza como la belleza del plumaje para los pájaros de su país: nacida reina, brilla en un oasis del desierto. Según el retrato que acabo de trazar de mi prima, se admirará uno quizá de que haya escogido por marido a un soldado como Althaus, cuyas maneras simpatizan poco con las de esta mujer tan graciosa, tan refinada y perfumada; pero a pesar de todo se llevan muy bien. Manuela quiere mucho a su marido, soporta todas sus brusquedades sin asustarse en lo menor y no por eso deja de hacer sus cuatro voluntades. Althaus, por su lado, quiere a su esposa y se lo prueba con todas las atenciones que tiene para ella. La deja de dueña absoluta, le compra todo cuanto cree que le puede gustar y goza con los adornos con que engalana su hermosura. El ejemplo de este hogar prueba que los contrastes se armonizan a veces mejor que las similitudes.

 

Los primeros días de la llegada de mi tío se pasaron en conversar. No me cansaba de escucharlo. Me refirió la historia de toda nuestra familia, deploró la fatalidad que le había privado de conocerme an-tes y, en fin, me habló con tanta bondad y cariño que olvidé su con - ducta anterior y creí poder contar con su justicia respecto a mí. Pero ¡ay!, no tardé en desengañarme. Un día que hablábamos de asuntos de familia me pareció que deseaba enterarse del motivo de mi viaje al Perú. Le dije que, como no tenía en Francia parientes ni fortuna, ha-bía venido a buscar auxilio y protección al lado de mi abuela; pero, al tener noticia de su muerte en Valparaíso, apoyaba ahora en su afecto y en su justicia todas mis esperanzas.

 

Esta respuesta pareció inquietarlo y desde sus primeras palabras sobre este tema quedé petrificada de admiración y de dolor.

—Florita, me dijo, cuando se trata de negocios, no conozco sino las leyes y pongo de lado toda consideración particular. Usted me

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

muestra una partida de bautismo en la que está usted calificada de hija legítima. Pero no me presenta el certificado de matrimonio de su madre, la partida del estado civil establece que usted ha sido inscrita como hija natural. Con este título tiene usted derecho al quinto de la sucesión de su padre. Ya le he enviado las cuentas de los bienes que él dejó y que yo había quedado encargado de administrar. Usted ha visto que he tenido apenas con qué pagar las deudas que contrajo en España, mucho tiempo antes de pasar a Francia. En cuanto a la sucesión de nuestra madre usted sabe, Florita, que los hijos natura-les no tienen ningún derecho sobre los bienes de los ascendientes de sus padres. Así, pues, no tengo nada suyo, mientras no dé a conocer una partida revestida de todas las formas legales que compruebe el matrimonio de su madre con mi hermano.1

 

Mi tío habló sobre este tono durante más de media hora y la se-quedad de su voz y la expresión de sus facciones demostraba que se hallaba en uno de esos momentos en los cuales el hombre está poseído por entero por su pasión dominante. Era el ávaro descrito por Walter Scott, el padre de Rebeca, quien cuenta una por una las piezas de oro de su saco y las vuelve a colocar sin dar nada al que aca-ba de hacérselas encontrar. ¡Oh! ¡Cómo se empequeñece el hombre, cómo se envilece cuando se deja tiranizar así por pasiones que aho-gan en él los sentimientos de la naturaleza! Estaba en el escritorio de mi tío, sentada sobre un sofá y él se paseaba a lo largo hablando

 

 

1   Don Pío de Tristán refutaba a Flora con la verdad, ya que esta no tenía ningún derecho –fuera del quinto– a la sucesión de su padre. La ley que entonces regía en el Perú –que era la española– no consideraba herederos a los hijos naturales. La ley no les concedía derechos sobre los bienes de su padre o madre muertos sino cuando habían sido legalmente reconocidos Tampoco les concedía ningún derecho sobre los bienes de los ascendientes de su padre o madre, según puede verse en la recopilación de Leyes de Toro. Y en el Fuero Real decía: “Son herederos forzosos los hijos descen-dientes legítimos con exclusión de los naturales a quienes solo se puede dejar el quin-to [...]”. Por eso M. L. Vidaurre en su Proyecto de Código Civil Peruano, publicado en 1834, proponía modificar la ley en este sentido: “Los hijos naturales son herederos legítimos de los padres en la tercera parte” y más adelante: “El derecho de los hijos naturales es el mismo y en los mismos casos para con los abuelos y demás ascendientes” (pp. 23 y 24). [N. de la T.].

 

 

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mucho, como un hombre que trata de persuadirse a sí mismo de que no comete una mala acción. Yo veía lo que pasaba dentro de él y le tenía piedad. Los malos son desgraciados, hay que compadecerlos. Los vicios no dependen de ellos. Son los amos que nos han dado las instituciones sociales y al yugo de los cuales solo las naturalezas pri-vilegiadas pueden sustraerse.

 

—Tío, le dije, ¿está usted bien seguro de que soy hija de su hermano?

 

—¡Oh! Sin duda, Florita. Su imagen se reproduce en usted dema-siado fielmente para ponerlo en duda.

—Tío, usted cree en Dios. Cada mañana entona sus alabanzas y observa con exactitud los ritos de la religión. ¿Supone que Dios pue-de ordenar al hermano que abandone a la hija de su hermano, que la desconozca y la trate como a una extranjera? ¿Piensa usted no in-fringir la ley cuyo divino sello está en nosotros, negándose a entregar a la hija la herencia de su padre? ¡Oh! No, tío, tengo la convicción de que no será usted sordo a la voz de su alma, no mentirá a su concien-cia ni renegará de Dios.

 

—Florita, los hombres han hecho las leyes. Estas son tan sagra-das como los preceptos de Dios. Sin duda debo quererla y la quiero a usted, en efecto, como a la hija de mi hermano. Pero como la ley no le confiere ningún título a la herencia que le hubiese correspondido a mi hermano no le debo nada de lo que habría podido pertenecerle. Le toca solamente el quinto de aquello que poseía en el momento de su muerte.

 

—Tío, el matrimonio de mi padre con mi madre es un hecho no-torio. No ha sido disuelto sino por la muerte. Este matrimonio, ce-lebrado por un sacerdote como usted sabe, no ha sido, convengo en ello, revestido de las formalidades prescritas por las leyes humanas. He sido la primera en anunciárselo. Pero la buena fe ¿podría invocar un derecho por la omisión de esas formalidades para apropiarse del pan de la huérfana? ¿Piensa usted que podían faltarme los medios de suplir esas fórmulas omitidas si hubiese dudado de su justicia? ¿Cree usted que me habría sido difícil obtener en una de las iglesias de

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

España un título que regularizase el matrimonio de mi madre? Provis-ta de esta pieza en vano habría usted podido negarme la parte corres-pondiente a mi padre. No hubiese podido privarme de un solo óbolo. Antes de mi partida he consultado con muchos abogados españoles. Todos me aconsejaron proveerme de semejante título y me indicaron el medio que debía emplear para procurarlo. Pues bien, tío, he recha-zado esos consejos y mi correspondencia debe hacerle añadir fe a mis palabras. Los he rechazado porque creí en su afecto y porque solo de su justicia quería obtener la fortuna que me podía tocar.

 

—Pero Florita, no concibo por qué se obstina usted en creerme in-justo. ¿Soy depositario de sus dineros? ¿Tiene derecho a reclamarme un peso?

 

—Sea, tío. Puesto que se encastilla usted en la letra de la ley, tiene razón y sé por lo demás que bajo la denominación de hija natural no tengo derecho a la herencia de mi abuela. Pero como hija de su hermano a quien usted le debe todo ¿no tengo derecho a su recono-cimiento particular? Pues bien, tío, es ese reconocimiento el que in-voco. No pido a usted ni a los coherederos los 800 mil francos que cada uno de ustedes ha recibido. Solo le pido la octava parte de esa suma, lo justo para tener con qué vivir de manera independiente. Mis necesidades son muy restringidas y mis gustos modestos. No me agrada la sociedad ni su lujo. Con 5 mil francos de renta podría vivir en cualquier parte libre y feliz. Ese don, tío, colmará todos mis votos. No quiero deberlo sino a usted solo. Yo lo bendeciré y mi vida no será nunca bastante larga para poder satisfacer la gratitud que sentiría.

 

Al decir estas palabras fui a su lado. Tomé una de sus manos y la apreté fuertemente contra mi corazón. Mi voz estaba entrecortada por mis lágrimas. Lo miraba con una expresión inefable de ternura, de ansiedad y de reconocimiento y esperaba, temblando, la respues-ta que parecía meditar.

 

—Querido tío ¿consiente usted, no es cierto, en hacerme feliz? ¡Ah! ¡Qué Dios le conceda larga vida! Mi felicidad y mi gratitud van a derramar dulzura y quietud y le pagarán así con creces todo cuanto haga por mí.

 

 

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Flora Tristán

 

Mi tío salió de su silencio con un movimiento brusco.

 

—Pero, Florita ¿cómo, pues, entiende usted este asunto? ¿Piensa usted que yo puedo darle 20 mil pesos? ¡Es una suma enorme!... ¡¡¡20 mil pesos!!!

 

No podría explicar el efecto súbito que la brusquedad y la dureza de esta respuesta produjeron en mí. Lo que puedo decir es que al esta-do de sensibilidad en que me hallaba desde el principio de la conver-sación sucedió un acceso de indignación tan violento, la conmoción que sentí fue tan fuerte, que creí llegado mi último instante. Me pa-seaba por el cuarto sin poder hablar. De mis ojos brotaban relámpa-gos, mis músculos estaban rígidos. No hubiese entonces oído caer el rayo. No sabía lo que mi tío me decía. Estaba en uno de aquellos mo-mentos en que el alma se comunica con una potencia sobrehumana.

 

Me detuve delante de él, le apreté el brazo con fuerza y hablé en un tono de voz que no me había oído nunca:

—¿Así, pues, don Pío, con sangre fría y con premeditación, recha-za usted a la hija de su hermano, de ese hermano que le sirvió de padre, a quien debe usted su educación, su fortuna y todo lo que es usted? En reconocimiento de lo que usted debe a mi padre, usted que posee 300 mil francos de renta, ¿me condena fríamente a sufrir la miseria? ¡Cuando usted tiene un millón y más, usted me abandona a los horrores de la pobreza, me entrega a la desesperación, me obliga a despreciarlo, usted a quien mi padre me enseñó a amar, usted, el único pariente sobre quien descansaban todas mis esperanzas! ¡Ah! ¡Hombre sin fe, sin honor, sin humanidad, yo lo rechazo a mi vez! ¡No soy de su sangre, le entrego a los remordimientos de su conciencia! No quiero ya nada suyo. Desde esta tarde saldré de su casa y mañana toda la ciudad conocerá su ingratitud para con la memoria de ese hermano que provoca sus lágrimas cada vez que pronuncia su nom-bre, su dureza para conmigo y la manera cómo ha burlado la impru-dente confianza que yo había depositado en usted.

 

Salí del gabinete y entré en mi gran sala abovedada. Me hallaba en un estado de exasperación y de sufrimiento que las palabras no podrían hacer concebir. Escribí enseguida a M. Viollier. Cuando este

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

llegó le rogué buscarme un alojamiento y le confié mi deseo de no permanecer por más tiempo en casa de mi tío. Me suplicó esperar dos días, pues M. Le Bris debía llegar de Islay al día siguiente.

 

Mi tío había ido enseguida a comunicar a toda la familia mis in-tenciones hostiles. Althaus quedó encargado de traerme palabras de paz. Le referí la escena que acababa de tener con don Pío.

 

—Eso no me admira, me dijo. Después de todo lo que usted sabe de él, hubiese debido esperarlo. Pero, mi querida Flora, antes de ha-cer escándalo y de atraerse pesares más vivos aún, veamos si no es posible arreglar las cosas. Si usted tiene algunos derechos, no seré yo ni Manuela quienes los pondremos en duda. Se reharán las par-tes, tendremos cada uno lo que es nuestro y todo quedará terminado. Don Pío y el tío de Margarita (la hija de mi prima Carmen) son dos abogados muy astutos, pero usted podría escoger al doctor Valdivia, quien ciertamente está a la altura de poder luchar con ellos. Si usted persiste en querer salir de la casa de don Pío le ofrezco la nuestra y aunque litiguemos el uno contra el otro no por eso dejaremos de ser buenos amigos.

 

Manuela vino a hacerme los mismos ofrecimientos, me demostró mucho interés y me prodigó todos los consuelos que pudo.

Por la noche no pude gustar de un solo instante de reposo. La fie-bre agitaba mi sangre y me impedía permanecer extendida sobre mi lecho. No podía estar en el mismo sitio. Iba y venía y hasta me

 

vi  obligada a salir al patio para respirar el aire fresco de la maña-na. ¡Oh, qué sufrimiento era el mío! ¡Destruida mi última esperan-za! Esta familia a la que había venido a buscar desde tan lejos, cuyos miembros me presentaban el egoísmo en todos sus aspectos, en to-das sus fases, fríos, insensibles a la desgracia de otro, ¡como estatuas de mármol! ¡Mi tío, el único de ellos que había vivido con mi padre, de quien había sido tan amado, quien había depositado en él toda su confianza! ¡Mi tío, cuyo afecto me había abandonado por completo, mi tío, cuyo corazón a muchos títulos debió compadecer los sufri-mientos del mío, se mostraba a mí con toda la árida desnudez de su avaricia y de su ingratitud! Fue también una de esas épocas de mi

 

 

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Flora Tristán

 

vida en la que todos los males de mi destino se dibujaron ante mis ojos con todo cuanto tenían de cruel tortura. Nacida con todas las ventajas que excitan la ambición de los hombres, estas no me eran mostradas sino para hacerme sentir la injusticia que me despojaba de su goce. Veía abismos por donde quiera; a las sociedades huma-nas, organizadas contra mí; seguridad y simpatía en ninguna parte. ¡Oh, padre mío!, exclamaba involuntariamente, ¡cuánto mal me has hecho! ¡Y tú, madre mía! ¡Ah, madre mía! Te perdono, pero el cúmulo de males que has amontonado sobre mi cabeza es demasiado pesa-do para las fuerzas de una sola criatura. En cuanto a usted, don Pío, hermano más criminal que lo fue Caín al matar a su hermano de un solo golpe, pues usted asesina a la hija del suyo con mil tormentos, no le entrego a su conciencia porque no tiene conciencia quien como usted se prosterna tarde y mañana al pie de la cruz y tarde y mañana desmiente con sus actos las santas palabras de sus oraciones. Solo las pasiones son los dioses de su fe: el dios de la suya es el oro. Así, por un poco de oro, usted desgarra mi corazón, usted lleva la desesperación y el odio a un alma que Dios había creado para amar a sus semejan-tes y elevarse hasta Él por la meditación. ¡Oh, tío mío! ¿Quién podrá hacerle comprender la extensión de los males que su execrable ava-ricia me condena a sufrir? Pero no. Ese hombre nada siente fuera del único goce de contemplar su oro. ¡Pues bien!, exclamé en un momen-to en que me sentí con una irresistible necesidad de venganza: ¡deseo que pierdas la vista!

 

Por la mañana mi cuerpo estaba agotado de cansancio y sin tener el menor deseo de dormir o de comer. La exaltación de mi cerebro me sostuvo así durante cinco días.

 

A la mañana siguiente fui a ver al presidente de la Corte de Jus-ticia, hombre muy versado en las leyes y le confié mi situación. Me dijo que cuando mi tío recibió mi primera carta fue a consultarle y a la lectura de aquella carta él, antiguo abogado, había dicho a don Pío que no se inquietara en lo absoluto por las pretensiones que pudiese tener la hija de su hermano puesto que no tenía derecho a reclamar, sino el quinto de los bienes dejados por su padre.

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

—Señorita, agregó, nunca he comprendido cómo pudo usted es-cribir semejante carta... Don Pío mismo quedó sorprendido de tal modo que la hizo leer a un francés, temiendo haberse equivocado en el sentido de su contenido. Esta carta la ha perdido. Se puede decir que usted misma se ha cortado en cuatro la cabeza.

 

El señor presidente me invitó, sin embargo, a consultar con uno de los mejores abogados para no tener reproche alguno que hacerme. Consulté con dos y ambos opinaron que había materia para un pro-ceso; pero me confesaron que el éxito era dudoso, sobre todo litigan-do contra don Pío en un país donde se vende la justicia. Mi tío era la parte más interesada pues había recibido una tercera parte, además de la suya por los derechos de su esposa, sin contar con un legado de 100 mil francos que mi abuela había hecho a Joaquina. Era hombre capaz de sacrificar el cuarto y hasta la mitad si fuera necesario con tal de obtener el triunfo. Los dos abogados no pudieron comprender mi conducta mejor que el Presidente.

 

—Esa carta, señorita, me dijeron, esa desgraciada carta la pier-de. Si todavía hubiese usted venido con un documento que compro-bara la notoriedad del matrimonio de su madre con su padre, esto aquí se podía haber considerado como una verdadera partida de matrimonio y habría usted vencido todas las dificultades que po-dían presentársele.

 

No me atreví a decir a aquellos señores que había contado con el cariño, el reconocimiento y la justicia de mi tío. Me habrían creído loca y preferí pasar por aturdida.

 

M. Le Bris llegó. Le consulté sobre lo que debía hacer. Se manifes-tó indignado contra mi tío a quien conoce y estima en su justo valor. Su carácter orgulloso lo llevó a aconsejarme que dejase enseguida la casa de don Pío. Me hizo todos los ofrecimientos de servicios que podía yo esperar de un antiguo amigo y encontré dulce consuelo en el interés que me demostró.

 

Sin embargo, mi tío tenía interés en no verme salir de su casa. Está dentro de su sistema arreglar amigablemente toda disputa en cuanto es posible, conocedor por experiencia de la superioridad de

 

 

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Flora Tristán

 

su talento en materia de transacciones. Me escribió, pues, y me pre-guntó si quería reunirme con todos los miembros de la familia: él, Al-thaus y el viejo doctor, representante de Margarita, hija de Carmen. Yo no había podido decidirme verlo de nuevo después de la escena que acabo de relatar. Me servían la comida en mi cuarto y estaba siempre decidida a marcharme.

 

A pesar de todo cedí a las instancias de Althaus y me dirigí al ga-binete de mi tío. ¡Qué cruel dolor sentí al ver otra vez a este hombre que me obligaba a despreciarlo! A él a quien me sentía inclinada a querer con el más vivo afecto. Me habló con más dulzura y amistad que nunca. Me hizo presente ante los dos testigos la conducta que había seguido conmigo. Althaus y el viejo doctor reconocieron que fue a solicitud de don Pío que me habían sido concedidos, a raíz de la división de los bienes de mi abuela, los 15 mil francos que esta me había legado.

 

Los dos señores me dijeron también que debía a la generosidad de mi tío solo la pensión de 2.500 francos que recibía desde hacía cinco años. Me conmoví con estas pruebas de afectos de parte de mi tío y mis ojos se llenaron de lágrimas. Él se dio cuenta de esto y temien-do que mi orgullo sufriera por recibir anualmente esta suma a título gratuito, se apresuró a responder a esos señores que no era un don de su parte, sino una deuda que me pagaba.

 

—Porque, agregó, si por algunas faltas de forma en el matrimonio de su madre con mi hermano, Florita se encuentra privada de los de-rechos de hija legítima, ella tiene el derecho incontestable, como hija natural, por lo menos a una pensión alimenticia. Me he encargado yo solo de pagársela y le ruego aceptarla siempre, como si yo fuese su encargado de negocios. Después de una larga conversación en la cual mi tío tuvo el talento de persuadirnos, hasta a mí, de que me quería al igual de su propia hija y que su conducta con relación a mí no había cesado de ser leal, generosa y llena de reconocimiento por todo lo que debía a mi padre; después de haberme enternecido hasta provocar mis lágrimas y conmover a Althaus, me pidió con el modo más cariñoso olvidar todo lo que había pasado entre nosotros y me

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

suplicó permanecer en su casa como hija suya, como su amiga, la de su esposa y como la segunda madre de sus hijos. Y todo esto con tanto encanto, con tanta sinceridad en su acento, que le prometí cuanto quiso. Joaquina vino enseguida a acabar lo que mi tío ha-bía comenzado tan bien y las dos sirenas me fascinaron a tal punto que, renunciando a todo proceso, me confié no ya a su justicia, sino a sus promesas.

 

M. Le Bris y todas las personas de mi intimidad admiraron mi va-lor y se asombraron de la resignación con que me dejaba despojar. No lo habían esperado del orgullo y de la independencia de mi carác-ter. Comprendí su admiración. Mi gran franqueza no podía, en efec-to, hacerme atribuir ninguna simpatía hacia individuos tales como mi tío y mi tía quienes no tenían más móvil que la ambición y la ava-ricia, y modelaban su carácter flexible al grado de su interés según las ocurrencias del momento. El mío no era tan fácilmente adapta-ble. Había conservado mi independencia natural y no me cuadraba esta angélica resignación. Pero cedía a la dura ley que me imponían las circunstancias de mi situación, circunstancias que no podía reve-lar a M. Le Bris ni a quienquiera que fuese.

 

El interés de mis hijos subyugaba mi carácter. Si conducía a mi tío ante los tribunales, si hacía escándalo, enajenaba su voluntad para siempre. Tenía pocas probabilidades de triunfar sobre su influencia y con el proceso perdería también la protección que podría conceder a mis hijos. Ciertamente, si hubiese tenido que pensar solo en mí, no habría vacilado un solo instante. Mis pretensiones estaban apoyadas por mi partida de bautismo en un país donde más o menos este es el único título que comprueba la legitimidad. Podía haber intentado reconquistar la situación que mi imprudente carta me había hecho perder. Y si no era reconocida como miembro legítimo de la familia, habría roto totalmente con esos parientes desnaturalizados y recha-zado con indignación el socorro anual que me concedían como para impedir que me muriera de hambre. Pero no era libre de proceder así. Debía acallar mi orgullo y no comprometer un socorro que, aun-que insuficiente, me era indispensable para subvenir a la educación

 

 

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Flora Tristán

 

de mis hijos, a menos que tuviese la probabilidad de ganar el proceso o de llegar a una transacción. Por lo demás, para entablar ese pro-ceso se necesitaba dinero, mucho dinero. Cuando salí de Burdeos M. Bertera, cediendo a la generosidad de su corazón y al interés que sentía por mí, me había entregado la suma de 5 mil pesos (25 mil francos) en letras de crédito a cargo de M. de Goyeneche en Arequi-pa. Además, a mi llegada a Valparaíso encontré una carta de M. Ber-tera que contenía otro crédito por 2 mil pesos (10 mil francos). Así es que tenía a mi disposición más dinero del necesario para los gastos judiciales. Pero si no ganaba, como había lugar de temer, quedaba endeudada con M. Bertera y en apuros para pagarle. La misma ra-zón me impedía también aprovechar la complacencia de M. Le Bris. No me atreví a tomar sobre mí la responsabilidad de aceptar ningu-no de estos ofrecimientos sin tener la certeza de poder reembolsar los adelantos que me habían sido hechos. Consideré al mismo tiem-po el estado de debilitamiento en que había caído. Los largos sufri-mientos de mis cinco meses de navegación habían alterado mi salud y desde mi desembarco en el suelo peruano no había cesado de estar enferma. El aire volcánico de Arequipa y la alimentación me eran tan desagradables, la sacudida violenta experimentada al tener no-ticia de la muerte de mi abuela, la separación de Chabrié y, en fin, la cruel decepción sentida ante la dura negativa de mi tío, todas esas causas reunidas me habían agotado de tal manera que creí no poder vivir mucho tiempo. Mi fin parecía próximo y esta certidumbre me devolvió la tranquilidad. Pensé que en esta situación me debía por completo a mis hijos y sobre todo a mi hija que iba a quedar sola so-bre la tierra. Esperaba que el triste espectáculo de mi muerte tuviese quizá el poder de conmover a mi tío y que, en mis últimos instantes de agonía, podría arrancarle la promesa de tomar a mis hijos bajo su protección y asegurarles los medios de existencia que les pusiese fuera del alcance de la miseria.

 

Los acontecimientos políticos vinieron, entre tanto, a complicar la situación y a hacer más dudoso aún el éxito del proceso. Mi tío había regresado a Arequipa el 3 de enero y el 23 del mismo mes se

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

tuvo noticia de la revolución de Lima. El presidente Bermúdez,2 aun-que estaba sostenido por las intrigas del antiguo presidente Gama-rra, había sido derrocado y Orbegoso fue reconocido en su lugar. A la lectura de los periódicos que daban cuenta de este acontecimiento, se produjo un movimiento en Arequipa. La mayoría se declaró en fa-vor de Orbegoso. El general Nieto fue nombrado comandante gene-ral de las tropas del departamento; Althaus, jefe de Estado Mayor; y Cuadros, prefecto. En una palabra, se improvisó un gobierno en veinticuatro horas y sin tomarse el tiempo en reflexionar sobre las consecuencias de tal decisión, se separaron de los departamentos de Puno, Cuzco, Ayacucho y otros. Esta revolución produjo espanto en la ciudad. Cada cual, amenazado en su propia fortuna, no tenía ya simpatía que conceder a la situación de los demás. Lo caprichoso de la mía había cautivado el interés general antes de esta crisis. Pero en cuanto los arequipeños tuvieron que ocuparse de ellos mismos no pensaron más en mí. El abogado Valdivia se lanzó en medio de los acontecimientos con la esperanza de hacer fortuna y me hizo decir que no podía atender mi asunto. Los otros abogados me inspiraban poca confianza y, por lo demás, me rechazaron igualmente, temiendo comprometerse con don Pío. Sobre el suelo clásico del egoísmo ¿po-dría esperar que en tiempo de alarma aquellas gentes pensaran en cosa distinta de sus propios intereses? No necesitaba mucha penetra-ción para ver que esta revolución me dejaba sin la menor posibilidad de éxito. Mi tío volvería probablemente al poder. Esta perspectiva me quitaba toda esperanza de encontrar imparcialidad entre los jueces.

 

 

2   El general Pedro Bermúdez jamás fue reconocido como presidente del Perú. La Convención Nacional, reunida desde septiembre de 1833, había nombrado el 20 de diciembre de ese año, presidente provisional de la República al general Luis José de Orbegoso. Bermúdez, protegido por Gamarra, preparó con este último una intriga para derrocar a Orbegoso. La conspiración no tuvo éxito y Orbegoso logró hacerse fuerte en el Callao. Gamarra y Bermúdez mandaron disolver con tropas la Convención el 4 de enero de 1834 y ese mismo día Bermúdez se proclamó jefe supremo. Daban como pretexto que la Convención no tenía poderes para nombrar presidente. Pero el pueblo de Lima se levantó en masa en contra de Bermúdez y Gamarra y los obligó a retirarse con sus fuerzas a la sierra. Esto dio principio a la revolución que tanto inte-resó a Flora. [N. de la T.].

 

 

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Flora Tristán

 

Un nuevo panorama se me presentaba y me pareció que había locura e impiedad en la pretensión de seguir resistiendo todavía después de semejante aviso de la Providencia. Incliné la cabeza bajo la potencia de la fatalidad que pesaba sobre mí desde mi nacimiento y como el musulmán exclamé: ¡Dios es grande!... Abandoné a la vez toda idea de proceso y toda esperanza de fortuna sabiendo muy bien que nada tenía que esperar de la generosidad de mi tío ni de los reproches de su conciencia. Le escribí la siguiente carta:

 

A don Pío de Tristán.

 

Esta carta está destinada a la familia. La dirijo a usted, tío, como a su jefe y le ruego traducirla fielmente a aquellos de sus miembros que no comprenden el francés.

 

Había venido donde usted, tío, más bien en busca de un afecto pater-nal y de una protección benevolente, que para hacerme rendir cuen-tas. Mis esperanzas han sido defraudadas. Armado con la letra de la ley, sin sentir ninguna emoción, usted me ha arrancado uno por uno los títulos que me unían a la familia en cuyo seno venía a refugiarme. Usted no se ha contenido ni por respeto a la memoria de un herma-no a quien usted tanto quiso. Ninguna piedad ha hablado en favor de una víctima ¡nocente de la culpable negligencia de los autores de sus días. Usted me ha rechazado y tratado como a una extraña. Tío, semejantes actos no pueden ser juzgados sino por Dios...

 

Si en el primer movimiento de mi justa indignación he querido pre-sentar ante el tribunal de los hombres el horroroso espectáculo de es-tas iniquidades, después de algunos días de reflexión he sentido que mis fuerzas debilitadas desde hace tiempo no me permitirían sopor-tar el dolor atroz que me causaría el escándalo de tal proceso. Sé, tío, que estas consideraciones no obran lo mismo en todos los individuos y que hay personas cuyo corazón, cerrado a todo sentimiento noble, divulgaría sin pudor en la barra de un tribunal las faltas y crímenes de su padre y de su madre; así como los de su hermano, por el cebo de un poco de oro. En cuanto a mí lo confieso, este solo pensamiento me hace sufrir. La legitimidad de mi nacimiento ha sido puesta en duda. Era este un motivo para desear ardientemente ser reconocida como

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

hija legítima a fin de echar un velo sobre la culpa de mi padre, cuya memoria queda manchada por el estado de abandono en que ha de-jado a su hija. Pero al entrar en el examen de los medios a que se de-bería recurrir para dar fuerza a mi demanda, le repito, tío, he retroce-dido espantada. En efecto, usted debería demostrar que su hermano fue un hombre sin probidad y un padre criminal, que tuvo la infamia de engañar cobardemente a una joven sin apoyo a quien su desgracia debería haber hecho respetar en la tierra extranjera donde se había refugiado huyendo del hacha revolucionaria, y abusando del amor y de la inexperiencia, cubrió su perfidia con la truhanería de un matri-monio clandestino. Usted debería probar también que su hermano abandonó a la miseria a la hija que Dios le había dado, a los insultos y al desprecio de una sociedad bárbara, mientras él le recomendaba su hija con sus últimas palabras. Usted debería, al calumniar su memo-ria, imputar a premeditación la falta de su negligencia. ¡Oh! Aunque debiera ganar delante de la justicia, renuncio a ello. Me siento con el valor de soportar la pobreza con dignidad como lo he hecho hasta el presente y que a este precio descansen en paz los manes de mi padre.

 

Usted me ha invitado a seguir viviendo en su casa. Lo consiento a condición de que no se me exija alegría y se me guarde todo el respe-to que mi desgracia merece. Jamás oirá usted una queja mía, ni verá un signo que pueda ser su manifestación.

 

Flora de Tristán.

 

Confieso que después del envío de esta carta me sentí consolada. Era una satisfacción que reclamaba el orgullo de mi carácter: hacer co-nocer mi pensamiento a toda la familia.

 

Mi tío mostró esta carta a la familia. Joaquina fue la única que se ofen-dió con ella. Su marido le hizo comprender que el estado de dolor y de exaltación en que me hallaba debía hacerme excusar y le dio el ejemplo de indulgencia al no quejarse en absoluto de las palabras duras que le ha-bía dirigido. Por la tarde, don José, el capellán de la casa, vino a decirme como en confidencia (pero vi que había recibido la orden de hacerlo) que se ocupaban en la familia de hacer una bolsa común para permitirme comprar una pequeña propiedad donde pudiese vivir convenientemente.

 

 

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Flora Tristán

 

Mi prima Carmen, Manuela, Althaus, don Juan de Goyeneche, to-dos, en fin, fuera de M. Le Bris, me censuraron por haber procedido con mi tío como lo había hecho y sobre todo con mi tía.

 

—No era esta la forma que se debía adoptar, me decían, para obte-ner algo de ellos. Ya que usted no quería litigar era necesario emplear la dulzura, hacer la corte a su tío, halagar a Joaquina, esperar con paciencia y aprovechar del momento en que don Pío hubiese hecho ostentación, a los ojos del mundo, de su gran generosidad hacia us-ted. En lugar de eso, usted los trata desde lo alto de su superioridad, los hiere en los puntos más sensibles, expone a los ojos de todos su avaricia ¿cómo quiere usted que no le tomen odio, odio que será tan-to más peligroso cuanto que quedará oculto?

 

Tenían razón. Otra en mi lugar habría podido obtener 100 mil francos de mi tío y la graciosa protección de Joaquina. Pero hubiese sido necesario que esa otra no tuviese mi orgullo y la franqueza de mi carácter, ni sintiese como yo un invencible disgusto hacia el oficio de adulador. Si mi tío, obrando con nobleza, hubiese consentido en darme 100 mil francos, así satisfecha habría tenido para él un vivo reconocimiento al aceptar ese don de su generosidad. Pero cuando para obtener aquella suma me veía forzada a renunciar a la indepen-dencia de mi carácter prefería quedarme pobre, pues estimo en un precio demasiado alto la libertad de mi pensamiento y la persona-lidad que Dios me ha dado para cambiarla por un poco de oro, cuya sola vista habría excitado mis remordimientos.

 

Althaus me dijo que mi tío se había comprometido delante de toda la familia a asegurarme la pensión de 2.500 francos que me daba. Le hice agradecer por eso sin contar mucho sobre su palabra y me reservé el recordárselo cuando se tratara de solicitar algunos ligeros socorros para mis hijos.

 

Reconocí entonces toda la verdad encerrada en aquellas pala-bras de Bernardino de Saint-Pierre3 en las que compara la desgracia

 

3   Jacques Henri Bernardin de Saint-Pierre (1737-1814), escritor francés, gran viajero, discípulo de Rousseau, precursor del Romanticismo. [N. de la primera Ed.].

 

 

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1. Don Pío de Tristán y su familia

 

al Himalaya, desde cuya cima todas las montañas circundantes no parecen sino montículos pequeños y desde donde se descubren los hermosos países de Cachemira y de Lahore. Había llegado al apogeo del dolor y debo decir, para consuelo del infortunio, que alcanzando este punto extremo encontré en el dolor gozos inefables, celestiales, podría decir, y de los cuales mi imaginación no había ni sospechado la existencia. Me sentía elevada por una potencia sobrehumana que me transportaba a las regiones superiores desde donde podía percibir las cosas de la tierra en su verdadero aspecto, despojadas del prestigio engañoso con que las revisten las pasiones de los hombres. Jamás, en ninguna época de mi vida, estuve más tranquila. Si hubiese podido vi-vir en la soledad con libros y flores mi felicidad habría sido completa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. La república y los tres presidentes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me sería difícil exponer a mis lectores las causas de la revolución que estalló en Lima en enero de 1834 y de las guerras civiles que fueron su secuela.1 Jamás he podido comprender cómo los tres aspirantes a la pre-sidencia podían fundar sus derechos ante los ojos de sus partidarios. Las explicaciones dadas por mi tío a este respecto no fueron muy inteligibles. Cuando interrogaba a Althaus sobre este tema me respondía riendo:

 

—Florita, desde que tengo el honor de servir a la República del Perú no he visto todavía a ningún presidente cuyo título no fuese muy discutible... A veces ha habido hasta cinco que se decían legal-mente elegidos.

 

En resumen, he aquí lo que he podido comprender. La presidenta Gamarra,2 al ver que no podía ya mantener a su marido en el po-der, hizo que sus partidarios llevasen como candidato a Bermúdez, una de sus criaturas, y este fue elegido presidente. Sus antagonistas alegaban, no sé por qué razones, que la nominación de Bermúdez era nula y por su lado nombraron a Orbegoso. Entonces estallaron los desórdenes.

 

 

 

1   Sobre el levantamiento del 28 de enero de 1834 y sus consecuencias políticas ver Basadre (2002, pp. 273-280, t. 1). [N. de la primera Ed.].

 

2   Flora se refiere a la esposa del general Agustín Gamarra, Francisca Subyaga y Bernal, más conocida como “La Mariscala”, nacida en el Cuzco, es de gran influencia en la política peruana de la época [N. de la primera Ed.].

 

 

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Flora Tristán

 

Recuerdo que el día en que la nueva llegó de Lima estaba enfer-ma. Vestida, me había recostado sobre la cama y conversaba con mi prima Carmen sobre el vacío de las cosas humanas. Podían ser las cuatro. De repente, Manuel se precipitó en el cuarto con un aire des-pavorido y dijo:

 

—¿Saben ustedes lo que ocurre? El correo acaba de traer la noti-cia de que ha habido una horrible revolución en Lima. ¡Una matanza espantosa! Ha causado aquí tal indignación que acaba de producirse espontáneamente un movimiento general. Todo el pueblo está reuni-do en la plaza de la catedral. El general Nieto ha sido nombrado co-mandante del departamento. Es una confusión de no saber qué creer ni qué entender. Mi padre me envía a buscar a mi tío Pío.

 

—¡Bueno!, le dijo mi prima sin conmoverse y sacudiendo la ceni-za de su cigarro, anda a contar todo esto a don Pío de Tristán. Estos acontecimientos le interesan a él que puede temer pagar por los ven-cedores o los vencidos. Pero a nosotras ¿qué nos importa? Florita ¿no es extranjera? y yo no poseo ya ni un maravedí ¿qué necesidad tengo de saber si se matan por Orbegoso, Bermúdez o Gamarra?

 

Manuel se retiró. Poco tiempo después entró Joaquina.

 

—¡Virgen Santa! ¡Hermanas mías! ¿Saben ustedes la desgracia que viene a azotar a nuestro país? La ciudad está en laberinto. Un nuevo gobierno se ha formado y los miserables que están a la cabe-za de la insurrección van a exprimir a los desgraciados propietarios. ¡Dios mío! ¡Qué calamidad!

 

—Tienes razón, dijo Carmen. En semejantes circunstancias está una casi satisfecha de no ser propietaria, pues es duro dar su plata para hacer la guerra civil cuando se podría emplearla en socorrer a los desgraciados. Pero ¿qué quieres?, es el reverso de la medalla.

 

Vinieron enseguida mi tío y Althaus. Ambos estaban visiblemen-te inquietos. Mi tío porque temía que le hiciesen dar dinero; mi pri-mo porque vacilaba en pronunciarse por uno u otro partido. Los dos tenían igualmente mucha confianza en mí y en esta situación emba-razosa me pidieron mi opinión.

 

Mi tío acercándose mucho a mí me dijo con abandono:

 

 

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2. La república y los tres presidentes

 

—Mi querida Florita, estoy muy inquieto. Aconséjeme. Usted tie-ne apreciaciones tan justas en todo y es realmente la única persona aquí con la cual puedo hablar de cosas tan graves. Ese Nieto es un mi-serable sin honor, un derrochador, un hombre débil que va a dejarse manejar por el abogado Valdivia, hombre muy capaz, pero intrigan-te y revolucionario furioso.3 Esos bandidos van a ponernos cupos a nosotros los propietarios, Dios sabe hasta qué punto. Florita, me ha venido una idea. Si mañana yo fuese muy temprano a ofrecer a esos ladrones 2 mil pesos y al mismo tiempo les propusiese imponer un cupo a todos los demás propietarios ¿no cree usted que esto me daría la apariencia de estar de su lado y daría tal vez por resultado impedir que me gravaran muy fuertemente? Querida niña ¿qué piensa usted?

 

—Tío, encuentro su idea excelente, pero creo que la suma que us-ted ofrece no es bastante elevada.

—Pero, Florita ¿me cree usted tan rico como el Papa? ¡Cómo! ¿No se contentarán con 10 mil francos?

—Querido tío, piense que sus exigencias han de estar en relación con las fortunas. Usted comprende que, si usted, el hombre más rico de la ciudad no da sino 10 mil francos, en esa proporción las entradas no serán muy considerables, no tendrán una buena presa y creo poderle asegurar que su intención es la de hacer un saqueo de mano maestra.

 

—¿Cómo es eso? ¿Sabe usted alguna cosa?

 

—No, precisamente; pero tengo noticias.

 

—¡Ah, mi Florita!, póngame al corriente. ¡Althaus es tan reserva-do conmigo! Jamás puedo sacarle una palabra. Ese Manuelito huye de mí. Los dos la quieren a usted mucho, trate de que la tengan siem-pre bien informada. Voy a retirarme a mis habitaciones y me fingiré

 

3   El doctor Juan Gualberto Valdivia, conocido comúnmente con el nombre de “el deán Valdivia” era religioso mercedario. De ideas liberales, sus enemigos se valieron de ellas para impedir que fuese nombrado obispo. Hábil político, y con gran influen-cia en Arequipa, fue siempre enemigo de Gamarra; desempeñó el papel de consejero de Santa Cruz durante la Confederación Perú-boliviana, a pesar de que él confesó que lo hizo por la fuerza. Fue más tarde diputado al Congreso, nombrado deán de la catedral de Arequipa y primer decano de la Facultad de Letras en la Universidad de San Marcos de Lima. [N. de la T.].

 

 

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enfermo, pues en estas circunstancias no me atrevo a hablar. Basta-ría de una palabra para comprometerme.

Mis relaciones con Valdivia me habían hecho juzgar al hombre. Al saber que estaba en el gobierno que se organizaba presumí que los propietarios serían explotados. Esto fue lo que me hizo hablar con tanta seguridad a mi tío.

 

Cuando este salió, Althaus se acercó a mí a su vez y me dijo:

 

—Prima, despida a toda esta gente que la cansa. Querría conver-sar con usted. Estoy en una posición muy embarazosa. No sé qué par-tido tomar.

 

Llamé a mi prima Carmen y le rogué despedir a todos los visitan-tes, quienes creyendo causarme un placer, venían a mi cuarto y au-mentaban mi jaqueca con su bulliciosa conversación. Todo el mundo se retiró y diez minutos después regresó Althaus.

 

—Florita, no sé qué hacer. ¿Por cuál de estos tres bribones de pre-sidentes debo tomar partido?

—Primo, no tiene usted lugar a elegir. Si aquí se reconoce a Or-begoso, es preciso marchar bajo el estandarte y el gobierno de Nieto.

—Esto es justamente lo que me hace rabiar. Ese Nieto es un asno y presuntuoso como todos los necios, que se dejará gobernar por ese abogadillo Valdivia. Mientras que en el lado de Bermúdez hay algu-nos soldados con quienes podría marchar.

 

—Sea; pero Bermúdez está en el Cuzco y usted está en Arequipa. Si se niega a ir con estos van a destituirlo, a exigirle rescate y vejarlo en todo.

 

—Eso es lo que temo. ¿Qué piensa don Pío de la duración de este gobierno? No le digo nada porque me ha mentido tantas veces que no creo ya en ninguna de sus palabras.

 

—Al menos, primo, usted cree en sus actos. Lo que debe deter-minarle es que don Pío concede suficiente duración a este gobierno como para ofrecerle dinero. Mañana irá a llevarle 4 mil pesos a Nieto.

 

—¿Él se lo ha dicho?

 

—Sí, querido amigo.

 

 

 

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—¡Oh! Entonces eso cambia las cosas. Usted tiene razón, prima. Cuando un político como don Pío ofrece 4 mil pesos, un pobre solda-do como yo debe aceptar el puesto que le ofrecen de jefe del Estado Mayor. Mañana, antes de las ocho, estaré donde el general. ¡Maldito oficio! Yo, Althaus, obligado a servir bajo las órdenes de un hombre a quien, cuando fui teniente del ejército del Rhin, no habría aceptado ¡ni por simple caporal!... ¡Ah, banda de ladrones! ¡Si llego a hacerme pagar solamente la mitad de lo que me debéis por los trabajos que os he hecho y que sois incapaz de apreciar, juro dejar vuestro maldito país para no volver a verlo jamás!

 

Althaus una vez lanzado se desencadenó contra los tres presiden-tes: el antiguo, Gamarra; el nuevo, Orbegoso y, en fin, contra el que estaba en posesión del poder militar.4 Despreciaba por igual a los tres. Pero muy pronto vio las cosas por el lado jocoso y me dijo a este propósito los chistes más originales.

 

Después de dejarme Althaus, mis pensamientos tomaron un cur-so más serio. Sin poderlo evitar deploré las desgracias de esta Amé-rica española donde en ninguna parte se ha establecido un gobierno que proteja las personas y las propiedades en forma estable. Adonde, desde hace veinte años acuden de todas partes los hombres de vio-lencia, que al ver en Europa cerrada la arena de los combates por los progresos de la razón humana, van a América a fomentar los odios, tomar parte en las querellas, prolongar las resistencias con su coo-peración y perpetuar así las calamidades de la guerra. No es actual-mente por principios por lo que combaten los hispanoamericanos, sino por jefes que les recompensen con el saqueo de sus hermanos. Jamás la guerra se ha mostrado bajo un aspecto más repugnante y despreciable. No cesará sus destrozos en esos desgraciados países sino cuando ya nada tiente su avaricia y ese momento no está muy lejano. Llegará por fin el día fijado por la Providencia en que esos

 

 

4   Se refiere a Bermúdez, pero ya hemos indicado que el título de Jefe Supremo que se dio solo fue reconocido por el ejército, existiendo un presidente legal que era Orbegoso. [N. de la T.].

 

 

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pueblos estén unidos bajo el estandarte del trabajo. ¡Ojalá puedan, con el recuerdo de las calamidades pasadas, tomar en santo horror a los hombres de sangre y de rapiña! ¡Que las cruces, las estrellas y las con-decoraciones de toda especie, con que les cubren sus amos, no sean a sus ojos sino estigmas de infamia y rechazándolas por todas partes no acojan ya sino a la ciencia y el talento aplicados a su felicidad común!

 

Al día siguiente mi tío entró en mi cuarto por la mañana. Yo esta-ba adormecida.

—Querida Florita, me dijo, perdóneme si la molesto tan tempra-no. ¿Cómo está usted? ¿Ha descansado esta noche?

—No, tío, he tenido una agitación febril que me privó por completo del sueño. El dolor de cabeza no me deja y me siento en extremo débil.

—No me admira, si no come nada, ¿cree usted que con naranjas, café y un poco de leche va a poder reponerse de las duras fatigas de su largo viaje? Joaquina y yo no nos atrevemos a contrariarla, pero sufrimos al ver el trato que se da. Carmen tiene razón al llamarla flor del aire. En efecto, usted se parece algo a esa planta que se alimenta con aire únicamente.5

 

—Tío, toda mi vida me he alimentado lo mismo y, sin embargo, siempre he estado muy bien. Creo que es al aire del volcán al que debe atribuirse mi enfermedad. Y usted, tío, parece inquieto y morti-ficado ¿está también enfermo?

 

—No, hija mía. Sin embargo, no he dormido durante la noche. Esos acontecimientos me han trastornado. Florita he reflexionado en lo que me dijo. Temo que 2 mil pesos no sean suficientes, ¡pero 4 mil es demasiado!

 

—Sí, sin duda. Pero Althaus me ha dicho ayer que tomarían ese dinero solo a título de préstamo.

—¡Ah, ah! ¡Ellos también se sirven de bellas palabras! ¡Llaman a eso préstamos!... ¡Descarados bribones! Bolívar daba también el nom-bre de préstamo a sus exacciones. ¿Y quién me ha devuelto o pensado

 

5   En Buenos Aires los balcones de las casas están decorados con esa planta que se llama flor del aire, porque no tiene raíces y se alimenta con el aire. [N. de la A.].

 

 

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en devolver los 25 mil pesos que el ilustre libertador me tomó cuando estuvo por acá? Fue igualmente, a título de préstamo, que el general Sucre tomaba nuestro dinero y, sin embargo, jamás he vuelto a ver los 10 mil pesos que me tomó prestado. ¡Ah, Florita!, semejante descaro me saca de quicio. Venir a robar a las gentes, a su casa, a mano armada y añadiendo la infamia a la irrisión, registran las sumas robadas con la denominación de préstamos. Esto sobrepasa toda desvergüenza.

 

—Tío, ¿qué hora es?

 

—Las ocho.

 

—Pues bien, le invito a irse porque sé que a las diez se debe publi-car en la ciudad el bando que pone el cupo a los propietarios.

—¿De veras? Entonces no tengo tiempo que perder. Me decido por los 4 mil pesos.

Así es, pensaba yo. Por un equilibrio providencial el dinero que la iniquidad me niega, la violencia le arrebata. Si pudiese creer en una venganza divina ¿no vería en esto un ejemplo? Mi tío ¿no ha sido he-rido en lo que tiene de más caro? Como si Dios hubiese querido que la injusticia fuese a su vez víctima de la injusticia.

 

Mi tío regresó contento.

 

—¡Ah, Florita! ¡Qué bien he hecho en proceder según sus conse-jos! Figúrese que estos bribones han hecho ya su lista. El general me recibió muy bien. Pero ese Valdivia tenía el aire de adivinar el motivo que me hacía ir. Su mirada parecía decirme: “Usted nos trae su plata por temor de que le pidamos más. Nada ganará con eso”. Felizmente, soy tan vivo como él.

 

A las diez se publicó en la ciudad el bando (orden impartida por pregones). No. ¡Jamás en la vida he oído semejante rumor! Althaus vino donde mí, riendo como un loco.

 

—¡Ah, prima mía! ¡Qué feliz es usted de no tener dinero! Hoy quie-nes lo poseen ponen una cara tan lastimosa que me daría pena verla hacer a usted, que es tan simpática, semejante mueca. Ahora me ve usted de jefe del Estado Mayor del generalísimo Nieto. ¡Eso me re-presenta ya 800 pesos! El amable doctor Valdivia había inscrito en su bando a Manuela Flores de Althaus con la módica suma de 800

 

 

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pesos. Pero como todo en este tiempo feliz se hace a nombre del poder militar, el dicho bando llegó a mi escritorio y antes de firmarlo tuve la buena idea de leer los nombres de las víctimas. Cuando leí el de mi ilustre esposa lo taché sin ninguna ceremonia y fui donde el general gritando muy alto. Le dije que encontraba extraordinario que hubie-sen gravado a mi consorte con 800 pesos, cuando ni la suya ni las de los demás miembros del Gobierno Supremo figuraban en el bando con un real. Valdivia quiso replicar y dijo “que la sobrina de don Pío...”

 

—Aquí, exclamé, interrumpiéndolo con vehemencia, no se debe ver a la sobrina de don Pío, sino únicamente a la esposa del jefe de Estado Mayor Althaus y si los lobos se devoran entre ellos, entonces ¡al diablo!, arrojo la piel y me voy a aullar a otra guarida... Al pro-nunciar estas palabras con mi dulce voz hice sonar mi sable y mis espuelas contra el suelo con tal fuerza que el monje tomó la pluma para tachar el nombre de mi esposa. Al encontrarlo tachado frunció los labios, palideció y su mirada trató de penetrar de donde provenía mi seguridad. Pero al igual que en Waterloo permanecí firme como una roca y mirándolo de frente le dije:

 

—Camarada, en este negocio cada uno de nosotros tendrá su ta-rea: usted la de fabricar los bandos que extorsionen el dinero de los burgueses y yo, la de hacerlos ejecutar. Pienso que en esta circuns-tancia mi sable será tan útil como su pluma. El camarada compren-dió... y, le aseguro Florita, que esta salida de soldado como va usted a llamarla, causó muy buen efecto.

 

Como a las doce mi prima Carmen entró con la expresión de una alegría reconcentrada:

—Florita, vengo a buscarla. Querida amiga, levántese. Es preciso, absolutamente, que usted venga a sentarse a la ventana de mi salón para gozar conmigo del espectáculo que ofrece la calle de Santo Do-mingo. Es un acontecimiento que debe figurar en su diario. Yo he to-mado nota, para usted, de los dos más curiosos. Usted va a envolverse en su abrigo, a cubrirse la cabeza con su gran velo negro y pondré en el borde de la ventana alfombras y cojines. Estará usted allí como en su lecho y nos divertiremos como reinas.

 

 

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—Pero, prima ¿qué ocurre en la calle de Santo Domingo?

 

—¡Lo que ocurre! El espectáculo más divertido que se puede dar. Verá a todos esos capitalistas con sacos de plata bajo el brazo, con la cara pálida, alargada, ir como gentes a quienes se conduce a un auto de fe. Venga pronto Florita. En este momento perdemos mucho.

 

Arrastrada por sus instancias fui a instalarme a su ventana. Car-men tenía razón. Encontré interesantes observaciones que hacer.

Mi prima está penetrada de ese espíritu sordamente maligno, muy corriente entre los seres que no se atreven a ponerse en lucha abierta contra la sociedad de la que han sido víctimas y aprovechan, con complacencia, todas las ocasiones para vengarse de esa misma sociedad a la cual odian. Por eso se dirigía a cada individuo que pa-saba delante de nosotros y se gozaba en revolver el puñal en la llaga.

 

—¡Qué cambiado está usted, señor Gamio! ¿Dónde lleva usted esos grandes sacos de pesos?... Con esto podría comprar una chacrita para cada una de sus hijas.

 

—¿Cómo, doña Carmen, no sabe usted que han tenido la iniqui-dad de imponerme 6 mil pesos?

—¿De veras, señor Gamio? ¡Ah, eso es espantoso!... ¡A un padre de familia; a un hombre tan ordenado, tan económico que se priva de lo necesario para amontonar saco sobre saco! ¡Esto es de una injusticia clamorosa!

 

—Sí. Usted bien sabe si me he privado de todo para ahorrar. ¡Pues bien! ¡Aquí están los frutos de mis economías perdidos de un solo golpe! ¡Me quitan todo!

 

—Y con todo don José, ¡si quedara usted libre con esa suma!... —¡Ah!, pero ¿cree usted que me pedirán más?

—Don José, vivimos en un tiempo en el cual las gentes honradas no tienen libertad de hablar. Hay que encomendar el alma a la Santí-sima Virgen y rogar por los desgraciados que tienen dinero...

 

El señor Gamio, con las lágrimas en los ojos, temblando de miedo, dejó la ventana de Carmen con la desesperación en el alma.

Después de él pasó el señor Ugarte, hombre tan rico como mi tío, pero mucho más avaro. En los días corrientes Ugarte usa medias

 

 

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azules, zapatos rotos y un vestido remendado. Ese día, exasperado por el dolor del avaro, quizá el más fuerte de todos los dolores, se ha-bía puesto todo cuanto tenía de más andrajoso creyendo que de esta manera disimulaba sus riquezas. Ataviado de harapos de todos colo-res, su exterior y su semblante eran de lo más grotescos. Al verlo no pude contener una carcajada. Oculté la cabeza entre mi velo mien-tras mi prima, habituada a dominar sus emociones, hacía hablar a ese pobre rico a quien se hubiese podido tomar por un mendigo y, sin embargo, posee de 5 a 6 millones de fortuna.

 

—¿Por qué, señor Ugarte, se desloma usted en llevar sacos con ese peso? ¿No tiene un negro o un asno que puedan evitarle ese trabajo?

—¡Confiar sacos de plata a un negro! ¡Lo piensa usted, doña Car-men! Ayúdeme un poco a poner esos sacos sobre su ventana. ¡Hay allí 10 mil pesos, doña Carmen! ¡Y casi todo en oro!...

 

—¡Oh, señor! El color no viene al caso; pero concibo que sea duro despojarse así de tan hermosas onzas,6 que descansaban tranquila-mente en el fondo de algún subterráneo, para darlas a gentes que las van a hacer circular.

 

—¡Darlas! ¡Diga más bien que me las roban! Pues, por la Virgen que está en el cielo con su hijo amantísimo, si no fuese porque me han amenazado con tomarme preso, y durante mi prisión mi mujer puede robarme mi plata, me habría dejado quemar antes que darles un maravedí. ¡Pobre mi plata ¡Mi único consuelo! ¡Me la quitan!

 

El insensato, en el paroxismo de su dolor, se puso a llorar al con-templar sus sacos, como una madre en presencia de su hijo muerto. Mi prima entró en el salón para reír con más libertad. En cuanto a mí, consideraba a aquel desgraciado con un sentimiento de piedad. Le creí atacado de enajenación mental y la demencia excita todo mi interés y toda mi compasión. Pero pronto no vi en él sino al vil escla-vo del oro, al hombre sin corazón para con sus semejantes, aislado de todos, extraño a las más caras afecciones de nuestra naturaleza y sentí el más profundo desprecio hacia aquel miserable que, rico de

 

6   En el país español, el cuádruplo toma por su peso la denominación de onza. [N. de la A.].

 

 

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6 millones, se cubría con sucios harapos. Esta guerra civil, pensaba, está dentro de los decretos de la Providencia. Las extorsiones del po-der militar tendrán por lo menos como resultado inmediato hacer circular metales cuya única utilidad está en la circulación, en espera de que un deseo unánime de orden y de seguridad traiga el estableci-miento de un gobierno protector.

 

Mi prima había regresado a la ventana y ofreció un cigarrillo a Ugarte, pues sabía que este era el mejor medio de hacerlo volver en sí. Ugarte jamás ofrece cigarros a nadie, sino que, por el contrario, siempre olvida los suyos para que se los den de caridad: es un mara-vedí economizado.

 

—Aquí tiene, señor Ugarte, un hermoso cigarro de La Habana, de contrabando: cuesta dos centavos.

—Gracias señora. Me hace un verdadero regalo. Es para mí un gran placer fumar un buen cigarrillo, pero usted comprende que no puedo hacerlo a ese precio.

 

—Pero, señor, con la cuarta parte de uno de esos sacos habría con qué comprar cigarros de La Habana en tal cantidad como las torres de Santo Domingo. Pero después de semejantes expoliaciones está usted privado para toda su vida de buenos cigarros.

 

—Y lo que hay de más horrible, doña Carmen, es ver la injusticia con que se me trata. ¡Imponerme 10 mil pesos a mí, pobre hombre que no tengo un vestido que ponerme! Mis enemigos me llaman rico. ¡Yo, rico! ¡Santísima Virgen! Porque tengo dos o tres propiedades pe-queñas que me cuestan más de lo que producen. Es notorio que, des-de hace seis años, no he recibido un peso de mis arrendatarios. El poco dinero contante que tenía lo he prestado a gentes que no me lo devuelven. En fin, es hasta el punto de que mi mujer no tiene a menu - do con qué ir al mercado.

 

—Y sin embargo, señor, desde esta mañana a las diez, y no son sino las doce, ha encontrado usted esos sacos de oro en algunos rincones...

 

El pobre loco contempló a mi prima con aire espantado. —¿Quién se lo ha dicho?

 

 

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—Usted no lo ignora: todo se sabe en este país. Se llega hasta a decir que usted tiene en su sótano un tonel lleno de oro.

—¡Virgen Santa! ¡Qué maldad! ¡Qué calumnia! ¡Qué! ¿Mis enemi-gos llegan a decir que tengo un tonel lleno de oro? ¡Ah! ¡Pero ya no me puedo contener! Doña Carmen, usted no lo cree ¿no es cierto?...

 

¡Señorita! ¡Esas son mentiras infames! ¡No las crea!... ¡San José! ¡Me harán perder la cabeza!...

El insensato cargó de nuevo sus sacos. Su cara adquirió la expre-sión de una locura sombría, sus músculos se contrajeron, todos sus miembros temblaban. Se veía que sufría horriblemente. Ese mendi-go, doblegado bajo el peso de su oro, se alejó tan presto como se lo permitía su fardo.

 

—Carmen, es usted muy mala. Será causa de que este desgraciado se vuelva loco de remate.

—¡Ah! ¡Qué gran pérdida sufriría el país! Un hombre semejante basta para deshonrar la ciudad donde ha nacido. ¿No es irritante ver a un millonario cubierto con los harapos de la miseria, acumular siempre para no gozar jamás y privar a los desgraciados de traba-jo, enterrando sus riquezas? La ciudad tiene cinco o seis individuos riquísimos y a cuál de ellos más miserable. Son otras tantas sangui-juelas que chupan incesantemente el oro y la plata de la sociedad sin devolverle nada.

 

La indignación de Carmen era fundada. En los países donde el di-nero como vehículo de trabajo está puesto al alcance de todos los que tienen una industria, por medio del establecimiento de bancos emi-sores de papel moneda, el avaro es un loco de quien todo el mundo ríe. Pero, en los países atrasados donde el oro ha conservado todo su poder, el avaro es un enemigo público que detiene la circulación de la moneda y vuelve el trabajo oneroso o aun imposible por la exor-bitancia de sus exigencias. No se debe admirar, pues, que las masas explotadas por la avaricia de algunos se regocijen y apoyen con sus fuerzas las extorsiones del poder. Se vengan de las que soportan cada día. La invención más fecunda de los tiempos modernos quizá en re-sultados es, después de la imprenta, la del papel moneda. Ha venido

 

 

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a poner un freno al poder del oro y a hacerle la competencia. Ha he-cho siempre posible la adquisición de riquezas para el trabajo hábil y constante. En una palabra, ha aniquilado la usura y la esclavitud del talento. En todos los países donde el sistema de crédito público no ponga el dinero o la divisa que lo representa al alcance del trabajo,7 las gentes con dinero serán tan odiosas al pueblo como lo eran para los romanos y como los judíos eran para el pueblo de la Edad Media; y en todas las ocasiones se mostrará dispuesto a prestar su apoyo al poder que las despoja.

 

Cuando acabábamos las reflexiones provocadas por la avaricia del señor Ugarte, don Juan de Goyeneche se acercó a nosotras. Esta-ba deshecho, hasta el punto de que creí que iba a caerse. Carmen lo invitó a entrar.

 

—Voy donde don Pío, dijo. Espero que él podrá prestarme dinero, pues de otra manera solo Dios sabe lo que le va a suceder a nuestra familia. Ustedes saben, señoras, que esas gentes... (Doña Carmen ¿no hay peligro de que nos oigan?, mire por la ventana si alguien nos es-cucha) han tenido la desvergüenza de imponer a nuestro venerable hermano, el obispo, ¡20 mil pesos! Mi hermana ha sido gravada con 5 mil y yo con 6 mil. Así, pues, ¡son 31 mil pesos arrebatados de un solo golpe a nuestra fortuna! ¡Ah, Florita! ¡Cuánto daría por estar en lugar de nuestro hermano Mariano! Él está tranquilo. Goza apaciblemente en Burdeos de sus rentas. No es solo desde hoy que me arrepiento de haberle comprado todos los bienes que poseía acá, pero más que nunca desde esta revolución. Deploro la insigne locura que he come-tido al haberme encadenado a este país.

 

—Don Juan, dijo mi prima, todo esto no es sino una tempestad. Cuando haya cesado volverá a ser usted rey. Su hermano es aquí el

 

7   El sistema de crédito de Inglaterra y de los Estados Unidos ha hecho prodigios al dar al trabajo un inmenso desarrollo. Su exageración ha ocasionado, sin duda, crisis comerciales, pero no han sido sino calamidades pasajeras. El comercio ha salido siem-pre más floreciente de esas crisis y la experiencia adquirida va a hacer adoptar en uno y otro país medidas que prevengan su repetición. Sin ese sistema ¿cómo Inglaterra hubiese podido hacer soportar al pueblo el enorme peso de sus impuestos en presen-cia de una aristocracia que posee todo el suelo? [N. de la A.].

 

 

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primero por su dignidad, como lo es usted por sus riquezas. Esta po-sición eminente ¿la encontrará en Francia donde la abundancia de grandes fortunas no permite distinguir ninguna?

 

—¡Ah, doña Carmen! La ventaja de ser alguna cosa en un país de revoluciones cuesta demasiado cara para no preferir la oscuridad al vano goce de semejante distinción. Piense usted en lo que nos ha cos-tado cada aparición de un nuevo gobierno. El libertador Bolívar arre-bató a nuestra casa 40 mil pesos; el general Sucre, 30 mil; San Martín todo lo que mi hermano Mariano poseía en Lima8 y, ahora, son Nieto y Valdivia quienes han emprendido la tarea de arruinarnos.

 

—Primo, se necesita un poco de filosofía. Los billetes ganadores y los perdedores salen de la rueda de la fortuna. No se puede siempre coger los primeros. Su padre vino a este país sin nada y aquí acumu-ló grandes bienes. Su hermano, don Manuel, hoy conde de Guaqui, dicen que tiene 20 millones. Todo eso proviene del Perú. ¿Cree usted, don Juan, realmente que si su padre se hubiese quedado en Vizcaya sus hermanos serían ahora, el uno obispo y el otro grande de España?

 

Interrumpí a la maligna Carmen que se complacía en torturar a ese otro Ugarte.

—Primo, le dije, este dinero le será fielmente devuelto. Mi tío Pío está convencido de ello y prestaría a este gobierno cuanto le pidieran.

—Entonces, Florita, dígame se lo ruego, ¿por qué nuestro amable primo no le ha prestado sino 4 mil pesos, cuando dicen que aconsejó a Valdivia que nos obligara a nosotros a prestar 31 mil?

 

—Primo, no hay que prestar fe a los decires. Dicen también de usted cosas que no serían muy agradables para mi tío.

—Pero, Florita, convenga al menos en que esta desproporción es chocante. Todo el mundo sabe que don Pío es más rico que yo y...

 

 

 

8   Pedro Mariano de Goyeneche fue oidor de la Real Audiencia del Cuzco (1807-1814) y de Lima hasta 1819, año en el que se jubiló. Partidario ferviente de la causa española, Monteagudo le impuso un cupo de 50 mil pesos que debía pagar dentro de las dos4 horas. Como no lo hizo o no pudo hacerlo fue puesto en prisión. Molesto con estas hostilidades viajó a Europa y se radicó en Burdeos donde lo conoció y trató Flora. [N. de la T.].

 

 

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—Don Juan, dijo Carmen, parece que es el día en que solo se en-cuentran pobres en Arequipa. Acabamos de ver pasar a Ugarte que no tenía zapatos en los pies...

 

Se levantó, viendo que no era de Carmen, que lo detesta, de quien podía esperar el menor consuelo.

—Voy a ver, dijo, si don Pío quiere prestarme el dinero. Y salió. —Supongo, Florita, que aquí encuentra excelentes tipos para po-

ner en su diario. ¿Qué piensa usted de todos estos pobres millona-rios? ¿No le parece que nuestro ilustre pariente Goyeneche es digno de compasión? Su padre llegó de Vizcaya con zuecos en los pies.9 Era tonto de capirote, lo que en todo tiempo es una cualidad para hacer fortuna; en aquella época feliz no se necesitaba mucho espíritu para ganar dinero. Ganó enormemente, se casó con una prima de la abue-la de usted, una señorita Moscoso, quien le llevó una rica dote. El uno y la otra, muy avaros, criaron a sus hijos en esos buenos principios e hicieron dar educación a los mayores, don Manuel y don Mariano a quien usted conoce. Manuel10 se fue a España, sirvió como militar y obtuvo la confianza de no sé qué ministro, quien lo envió al Perú para sostener la causa del rey. Cuando esta causa se perdió recibió la misión de recoger los restos del antiguo esplendor y trasladarlos a España. Ejecutó esta orden con tanto rigor como si hubiese naci-do castellano, sacó del Perú todo cuanto pudo, tratando a su propio país, donde su padre había hecho fortuna, como a país conquistado.

 

9   Don Juan Crisóstomo de Goyeneche y Aguerreverre llegó a Arequipa, en 1765, adon-de el virrey Amat lo envió como sargento de milicias. Pertenecía a una noble fami-lia originaria de Bastan, en los Pirineos. Se casó con doña María Josefa de Barreda y Benavides, emparentada con la familia Moscoso. [N. de la T.].

 

10 El mariscal de campo José Manuel de Goyeneche, nombrado Presidente interino de la Audiencia del Cuzco, fue designado por Abascal para dirigir las tropas que debían sofocar el movimiento revolucionario que estalló en el Alto Perú a favor de la indepen-dencia en 1809. En 1811 venció a los patriotas en la batalla de Guaqui, con este triunfo restableció momentáneamente el dominio español en aquella región. Después de di-ferentes alternativas se vio obligado a retirarse y regresar a España (1814). El rey de España le concedió el título de conde de Guaqui, lo ascendió a teniente general de los reales ejércitos, lo nombró Gentil Hombre de Cámara, lo condecoró con las cruces de Isabel la católica y San Fernando y le concedió otros honores. Fue él quien debió iniciar el movimiento de independencia en el Perú y aun consumarlo. [N. de la T.].

 

 

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Nunca se ha sabido con exactitud cuántos millones arrebató a los peruanos. Pero lo que hay de muy cierto es que guardó unos veinte para sí. Usted ve, querida amiga, que nadie se arruina por los asuntos del rey. Fue don Manuel quien hizo nombrar obispo a su hermano y Mariano ocupó también, por influencia suya, el puesto de juez en Lima. Este último fue arrojado por San Martín quien se apoderó de todo cuanto poseía en Lima y aunque todavía es rico, pues tiene 100 mil libras de renta, se ha hecho dar por el gobierno español una pen-sión de 20 mil francos a título de indemnización. No le hablo de los honores que han llovido sobre ellos, las cruces de San Juan, de San-tiago, los títulos de conde de Guaqui,11 de grande de España, etc., y he aquí a este don Juan que viene a llorar miserias porque la república le pide 6 mil pesos. Que se vayan al diablo todos estos extranjeros que no acuden a un país nuevo sino para despojarlo y, después de burlar-se de aquellos a quienes han arruinado, se retiran con su botín a las ciudades de Europa.

 

Era evidente que Carmen sentía un gozo secreto en vengarse de aquellos avaros que habían criticado su manera de vivir; pero acep-taban sus cigarros de dos centavos, sus comidas y sus fiestas.

 

Insistía en hacerme regresar a la ventana, pero ese espectáculo de la avaricia en pugna con la opresión me repugnaba. Me mostraba la humanidad bajo un aspecto tan despreciable que resistí a las solici-taciones de Carmen.

 

—Al menos, Florita, venga a ver al viejo vecino Hurtado. El buen hombre hace cargar estoicamente sus 6 mil pesos por su asno. Ese es filósofo... Veamos lo que nos va a contar.

 

Me dejé llevar por la curiosidad de saber lo que pensaba el viejo filósofo al dar sus pesos.

—¡Bravo, padre Hurtado! Por lo menos usted no se fatiga en car-gar sus sacos hasta la municipalidad.

 

 

 

11 El conde de Guaqui está actualmente al lado de don Carlos con el cargo de gran escudero. [N. de la A.].

 

 

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—Carmen, el filósofo no debe doblegarse sino bajo el peso de la sabiduría. Mi asno está destinado a cargar los fardos y no veo por qué el oro y la plata serían, por excepción, transportados exclusiva-mente por los hombres cuando el hierro, el cobre y el plomo, metales mucho más útiles, se llevan sobre bestias de carga.

 

—Vecino, veo que procede usted de buena gracia, lo que es fácil cuando como usted se posee un tapado.12 Pero los desgraciados como don Pío de Tristán, Juan de Goyeneche, Ugarte, Gamio y otros no pue-den, usted comprende, resignarse tan fácilmente.

 

—Sí, Carmen, usted tiene razón. Tengo un tapado, pues la verda-dera sabiduría es más inagotable aún que la tumba más rica de los antiguos Incas.

 

—La sabiduría, vecino, la sabiduría es cosa preciosa, convengo en ello. Mas le aseguro que yo podría ser tan sabia como uno de aquellos sabios griegos o romanos, cuyos nombres nunca he conocido, y todo eso no me pondría una onza en el bolsillo.

 

—Usted lo cree así, hija mía, y ese es precisamente su error. —Padre Hurtado, usted me va a hacer rabiar nuevamente. Sucede

lo mismo cada vez que converso con usted. No va a tratar de pro-barme que su sabiduría es la que le ha proporcionado los medios de comprar las siete u ocho casas que posee en la ciudad, su hacienda y su ingenio azucarero. Que es con su sabiduría con lo que ha criado a sus once hijos, les ha dado educación y dotado a sus hijas. Que es con su sabiduría con lo que puede sostener a su hija, religiosa de Santa Catalina, con un lujo que escandaliza a toda la comunidad y puede hacer ofrendas a los conventos y construir una iglesia en el pueblo donde está su hacienda... ¡Ah! ¡Déjeme tranquila con toda su sabidu-ría! ¡Por Cristo! A ese precio todo el mundo sería sabio.

 

—Sí. Si las disposiciones para la sabiduría hubiesen sido concedi-das a todo el mundo. Pero he observado atentamente por todos lados

 

 

12 Se dice de las gentes que tienen una fortuna, cuyo origen no se conoce, que tienen un tapado porque los antiguos peruanos eran enterrados con sus tesoros y cuando se dio la conquista ocultaron sus riquezas en las tumbas. [N. de la A.].

 

 

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sin descubrir ningún sabio y no veo sino locos... Adiós vecina... Mi querida señorita Florita, puesto que se siente mejor, venga a visitar-me. Tengo todavía muchas cosas curiosas que mostrarle en mi gabi-nete. Usted tiene todo, mi querida niña, para llegar a la sabiduría. Por eso me gusta tanto conversar con usted.

 

Y se alejó.

 

—¡Que el cielo te confunda, viejo loco, con tu sabiduría!, exclamó Carmen. Cada vez que ese indio viejo me habla, me hace poner la carne de gallina. Tiene un tapado, estoy tan segura de ello como de tener mi cigarro en la mano. Lo explota desde hace sesenta u ochenta años, pues ese zambo ha sobrevivido a los más viejos. Su tesoro le da para construir casas, iglesias e irrigar su hacienda. Compra para su hija, la religiosa, los objetos más costosos que traen los barcos de Europa, ¡y el viejo hipócrita tiene el cinismo de venir a predicar la sabiduría!... a mí, que desde hace veinte años soporto con una verdadera filosofía todo género de priva-ciones y no tengo a veces ni para comprar un par de medias de seda. En verdad, Florita, esas son cosas que me irritan. No concibo cómo no ha to-mado usted la palabra para demostrarle que usted no se engaña y que se corre el riesgo de ser mal recibido cuando poseyendo un tapado se viene a hacer ostentación de sabiduría ante las que no tienen un centavo.

 

Todo el mundo en Arequipa está persuadido de que el viejo Hur-tado ha encontrado un tapado que provee a sus inmensos gastos. En cuanto a mí, creo que como el viejo de La Fontaine ha hallado un tesoro en su trabajo o, como él dice, en su sabiduría. Ciertamente, el trabajo inteligente es la mejor sabiduría humana. Ese venerable anciano es económico sin avaricia y muy trabajador. Ha trabajado durante su larga vida y ha podido llevar a buen fin sus numerosas empresas. El origen de su fortuna está, por lo que me parece, expli-cado suficientemente sin que haya necesidad de recurrir al descu-brimiento milagroso de un tapado. Además, si el destino le hubiese favorecido, deberían regocijarse pues hace de sus riquezas un noble empleo. Pero se envidia a los hombres cuya inteligencia sobresale en-tre las demás. Cuando no se pueden calumniar sus éxitos, se atribu-yen estos a milagros antes de reconocer su superioridad.

 

 

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2. La república y los tres presidentes

 

Mi tío me mandó buscar y me dirigí a su casa. A pesar de la carta dirigida a la familia, don Pío continuaba demostrándome una entera confianza, me hablaba de sus inquietudes más secretas y me consul-taba, sobre todo, con un abandono y una amistad que yo misma no sabía cómo explicar. ¿Temía mi resentimiento y quería paralizar sus efectos? Estaría tentada de creerlo. Yo podía, con mis relaciones, ha-cerle algunos servicios y cuando una persona puede serle útil, por humilde que sea, don Pío tiene un talento particular para servirse de ella, así como para adormecer los odios de sus enemigos.

 

Desde los últimos acontecimientos la ciudad había cambiado por completo de aspecto. De la calma monótona, del fastidio abru-mador anteriores a la revolución, acababa de pasar a una agitación extraordinaria, a un movimiento y alboroto perpetuos. El gobierno que se había organizado en nombre de Orbegoso debía emplear las sumas recibidas de los propietarios en poner en pie un ejército bas-tante fuerte, capaz de resistir al de Bermúdez. Yo estaba al corriente de todo cuanto sucedía en la comandancia general. Althaus con su franqueza y el deseo que sentía de poner en ridículo a sus ilustres jefes me repetía hasta los más pequeños detalles. La presunción, la incapacidad, la incuria de esos hombres rebasaban todo lo que se podría suponer. Manuel, por su lado, me confiaba lo que Althaus no podía saber, de suerte que yo era la mejor informada del país. Si Nieto y Valdivia hubiesen estado por sus talentos al nivel de su posición política, ciertamente habrían podido, con orden, economía y actividad, satisfacer las necesidades del momento con las enormes sumas extorsionadas a los desgraciados propietarios. Pero el dine-ro obtenido sin trabajo se gasta con prodigalidad. No hubo falta ni extravagancia que no cometieran estos dos hombres. Si llegaba un barco a Islay, el general hacía preguntar enseguida, con gran énfasis, qué armas y municiones traía y daba orden de comprar inmedia-tamente los sables, fusiles, pólvora, balas, géneros, etc., que podían encontrarse a bordo. Valdivia no actuaba con más tino sin olvidar, no obstante, sus intereses personales. Fundó en Arequipa un perió-dico cuya redacción costaba muy cara, pero él era el redactor en jefe

 

 

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Flora Tristán

 

con mil pesos de sueldo al mes, fuera del precio que recibía por cada artículo que publicaba.13

Apenas había transcurrido un mes desde la publicación del fa-moso bando cuando un día entró Althaus en mi cuarto, riendo sin poderse contener.

 

—¿Qué puede provocar así su hilaridad, primo? Apuesto que nue-vos errores del generalísimo. Cuéntemelos pronto, para reír junto con usted.

 

—¡Ah, Florita! He reído tanto desde esta mañana que, palabra de honor, creo estar enfermo.

—Pero ¿qué cosa es? Dígame...

 

—Pues figúrese... ¡ah, ah, perdón, prima, pero no podré contarle eso! ¡Es increíble!... Esta página de su diario será curiosa. ¡Ah! ¡Bribón de Nieto! ¡Bah! Te perdono el no poder comprender la más sencilla figura de geometría. Cuando se hace reír a los viejos matemáticos como me has hecho reír desde esta mañana, se debe estar dispensado de saber que 2 y 2 son 4.

 

—¡Bueno, Althaus! Me voy a incomodar. Hemos convenido en que yo sería la confidenta de los goces, así como de las tribulaciones. Quiero reírme a mi vez.

 

—Sepa, pues, querida prima, que esta mañana nuestro amable y previsor general me hizo decir que fuese a arreglar lo que él llama su gran almacén y es sencillamente la capillita que comunica con la prisión. Después del desayuno llevé conmigo dos hombres y fui a este santuario donde, hasta entonces, se me había prohibido la en-trada. No era sin razón que me hacían tanto misterio. Adivine, queri-da niña, lo que encontré en aquel almacén.

 

—Pero, qué se yo ¿sables, fusiles...?

 

—Sí, sables, pero no adivina usted en qué número... Hay en el al-macén 2.800 sables acabados de comprar y yo desafío a Nieto a reu-nir seiscientos u ochocientos hombres bajo sus órdenes. Hay 1.800

 

13 Este periódico fue El Yanacocha, donde el deán Valdivia escribía los editoriales y era vocero de las ideas confederacionistas de Santa Cruz. [N. de la primera Ed.].

 

 

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2. La república y los tres presidentes

 

fusiles ¡Y qué fusiles! ¡Ah, no hay peligro! No matarán a sus herma-nos con esos fusiles fabricados en Birmingham. Aquí no cuestan sino 22 francos. Es verdad que son de fabricación inglesa y baratos, pero un inocente rodrigón sería más temible que diez de estos fu-siles. ¡Y los sables! ¡Oh! Serían excelentes instrumentos para cortar nabos. No le hablo de las piezas de tela azul, color de los granaderos franceses y de los millares de cinturones, de los tahalíes que encon-tré en un rincón, sin ver por ningún lado una sola cartuchera. Que el diablo me lleve, pero hay que creer que las palomas mensajeras han llevado la noticia de la revolución de Lima a esos jocosos capi-tanes ingleses y franceses para que hayan venido a infestar el Perú con todos los desperdicios de sus tiendas. ¿Cree usted que todas esas armas estaban arregladas en el orden exigido para su conser-vación? ¿Que los fusiles, por ejemplo, habían sido dispuestos en for-ma de prevenir que se enmohezcan? De ninguna manera. Todos los objetos del almacén, arrumbados en la vieja capilla donde el agua cae por todos lados, han sido arrojados como manojos de heno. Pero no importa, mojados o no, esos perros de fusiles no ladrarán jamás. ¡Vamos, bravos burgueses de Arequipa! ¡Actualmente debéis estar contentos! ¡Si se toma vuestro dinero, podéis tener a lo menos la satisfacción de verlo útilmente empleado! Allí tenéis un gran al-macén donde el número de sables es mayor que el de los soldados que podéis armar... donde tenéis rimeros de paño azul, cuando no hay ni sastres para coser los vestidos y una abundante cantidad de tahalíes. En cuanto a las cartucheras, el capitán las ha vendido a Santa Cruz. ¡Ah! ¡Es delicioso! Diga Flora, cuando les describa en Francia esas mascaradas peruanas creerán que usted oscurece el cuadro: ¡¡¡2.800 sables para setecientos soldados que no tienen za-patos en los pies ni morriones en la cabeza, a quienes, en fin, les falta todo!!!... ¡Bravo, mi general! Creo que entiendes de todo esto admirablemente. ¡Qué cuidadoso proveedor habrías sido! Los del Gran Ejército daban a los soldados zapatos que les duraban ocho días; pero tú, fina flor de proveedores les habrías dado, ¡tres sables en lugar de un par de zapatos!

 

 

 

 

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Flora Tristán

 

Althaus se quedó más de dos horas haciendo bromas sobre los hechos y dichos de los ilustres jefes de la república y esto con una originalidad tal, como para reír tanto como él.

 

—Florita, cuéntele a don Pío en gran confianza todo cuanto acabo de decirle. No me molestaría si lo supiese, pero no quiero que lo sepa por mí.

 

—Althaus, usted debería aconsejar a esas gentes, usted ve bien que no tienen idea alguna de lo que deben hacer en las graves cir-cunstancias en que su ignorante temeridad los ha colocado.

 

—¡Darle consejos! ¡Ah! Florita, se ve que no conoce aún el espíritu de las gentes de este país. Son tan necios y presuntuosos que creen te-ner la ciencia infusa. En los primeros años de mi estancia en América me apenaba como usted verlos cometer tantas faltas y les advertía con franqueza que si obraban de otra manera las cosas ¡rían mejor. ¿Sabe usted lo que me sucedió? Me suscité enemigos implacables en-tre todos esos imbéciles. Desconfiaron de mí, me hicieron misterio de todo, como usted ve el que me han hecho con las armas, y sin la necesidad urgente que tenían de mis conocimientos me hubiesen arrojado como a un hombre abominable. Tuve que sufrir mucho al principio con tales gentes; pero al fin adopté mi partido y sin inquie - tarme más, les dejé hacer sus tonterías y me contenté con hacer bro-mas, pues, durante mi estada en Francia conocí el poder del ridículo cuando se emplea oportunamente y con habilidad.

 

—Pero, Althaus, todo cuanto me acaba usted de decir es muy alarmante. Semejantes extravagancias tendrán consecuencias des-graciadas para los habitantes de Arequipa. Si Nieto compra así to-das las vejeces de los capitanes europeos se verá obligado a recurrir a nuevas extorsiones y por la manera como proceden, estas se repe-tirán sin cesar.

 

—Será como usted dice. El audaz monje Valdivia prepara ya su se-gundo bando. Esta vez don Pío no se le escapará. Ugarte y Gamio van a ser esquilmados, pero sobre todo van a golpear sobre el obispo y su casa. ¡Ah, señores burgueses! ¿Queréis república? Bien, bien, amigos míos, ¡vamos a mostraros lo que cuesta una república!

 

 

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2. La república y los tres presidentes

 

Althaus se dedicó a ridiculizar ese sistema de gobierno. El abso-lutismo estaba en el alma del barón de Althaus y los resultados que tenía delante de los ojos no eran a propósito para convertirlo a la organización republicana.

 

Las ciudades de América española, separadas unas de otras por inmensas extensiones de territorio sin cultivo y sin habitantes, tie-nen todavía pocos intereses comunes. La necesidad más urgente era dotarlas de organizaciones municipales proporcionadas al adelanto intelectual de sus poblaciones y susceptibles de progresar con ellas y unirlas por un lazo federal que sería la expresión de las relacio-nes existentes entre esas ciudades. Pero, para libertarse de España fue preciso levantar ejércitos y, como sucede siempre, la potencia del sable ha querido dominar. Si las poblaciones de estas repúblicas es-tuviesen aproximadas se encontraría más unidad de aspiraciones y no presentarían, después de veinte años, el espectáculo aflictivo de guerras renacientes sin cesar.

 

El gran acontecimiento de la independencia ha engañado todas las previsiones. Inglaterra gastó sumas enormes en provocarla y des-de que la América española es independiente el comercio inglés hace operaciones ruinosas.14 El sentimiento que se explotó para excitar a esos pueblos a sacudir el yugo de España no fue el amor de una liber-tad política, deseo que estaban muy lejos de sentir, ni el de una in-dependencia comercial, que las masas eran demasiado pobres para poder gozar. Se puso en juego contra los españoles el odio, alimen-tado por las preferencias de que eran objeto. Con los ojos fijos en los prodigios que la libertad ha hecho florecer en la América del Norte, se admira uno de ver a la del Sur presa por tanto tiempo, de las con-vulsiones políticas y de las guerras civiles y no se presta suficiente atención a la diversidad de climas y a las diferencias morales de los dos pueblos. En América del Sur las necesidades son restringidas y

 

14 “Inglaterra ofreció una base de apoyo económico y moral sobre todo al avanzar el siglo XIX cuando su industrialismo necesitó un campo de expansión por el exceso de productos a causa de los progresos de la técnica y de la aplicación del vapor” (Basadre, 1984, pp. 18-19). [N. de la primera Ed.].

 

 

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fáciles de satisfacer. Las riquezas están también repartidas con mucha desigualdad y la mendicidad, compañera inseparable del catolicismo español, es casi una profesión. Existían en el Perú, antes de la inde-pendencia, inmensas fortunas hechas en los empleos públicos, en el comercio y en especial en el comercio intérlope, así como en la explo-tación de las minas. Un número muy pequeño de esas fortunas tenía su origen en el cultivo de las tierras. La masa de la población estaba cubierta de harapos y no ha mejorado su suerte desde entonces. Mien-tras tanto, en la América inglesa las costumbres y los usos se habían formado bajo el imperio de las ideas liberales, políticas y religiosas. Las poblaciones estaban cercanas, habitaban en un clima que suscita muchas necesidades, conservaron las costumbres laboriosas de Euro-pa y como la riqueza no se adquiría sino por el cultivo de las tierras y el comercio regular hubo bastante igualdad en su distribución.

 

Puede uno sorprenderse de que, según las reglas de la prudencia humana, todas las gentes ricas no evacuaran América al mismo tiem-po que el gobierno español. Era evidente que iban a ser las víctimas de todas las conmociones. Sus riquezas, en efecto, han alimentado las guerras y estas no cesarán sino cuando ya no haya grandes for-tunas que expoliar. La explotación de las minas disminuye cada día, muchas a consecuencia de las guerras se han inundado; cuando la tranquilidad se restablezca los habitantes se encontrarán obligados a entregarse casi por completo al cultivo de las tierras, ese trabajo civilizador hará nacer gradualmente entre ellos las ideas de orden y de libertad racional.

 

En cuanto la noticia de los acontecimientos de Lima llegó a Are-quipa, los hombres que hicieron pronunciarse a la ciudad a favor de Orbegoso no estaban movidos por el amor del bien público, ni por-que estimaran que este presidente valía más que sus competidores. Vieron la ocasión de apoderarse del poder, de llegar a la fortuna y se apresuraron en aprovecharla.15 Valdivia ejercía gran influencia so-

 

15 La revolución de 1834 tuvo un carácter muy diferente del simple pretexto para impo-ner cupos, obtener puestos o perseguir enemigos. Fue un movimiento esencialmente

 

 

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bre el general Nieto y lo empujó a tomar el gobierno militar de todo el departamento. Él mismo, bajo los auspicios del general, se puso a la cabeza del gobierno civil y distribuyó entre sus paniaguados todos los empleos. Esos dos hombres, o más bien Valdivia solo, dirigieron todos los asuntos durante tres meses hasta la llegada de San Román.

 

El monje Valdivia, nacido con eminentes talentos, fue educado en el más famoso convento de Arequipa, el de los jesuitas. Su aptitud, su prodigiosa inteligencia y la audacia de su carácter lo elevaron sobre la multitud de alumnos y atrajeron todas las miradas. El sacerdote Luna Pizarro lo tomó bajo su protección inmediata, lo tuvo en su casa, lo nombró su secretario y le prodigó todos sus cuidados has-ta completar la educación del joven de quien contaba servirse algún día. Valdivia se convirtió pronto en confidente de Luna Pizarro. Este lo inició en todos sus proyectos de ambición. Los dos sacerdotes hicie-ron un pacto y unieron sus respectivos medios de acción para llegar uno y otro al poder. Luna Pizarro aspiraba al obispado de Arequipa, lo que le hubiese dado el poder eclesiástico y cerca de 100 mil pesos de renta. Todos sus manejos tendían hacia esa posición eminente.

 

Valdivia era un hombre de cerca de 36 años. Desde hacía quince venía observando el curso de los acontecimientos y la marcha de la opinión; reconoció que los tiempos del poder civil habían llegado y que el pueblo, a pesar de su excesiva beatitud y superstición, concede-ría naturalmente más autoridad a los agentes nombrados por él mis-mo, a los depositarios de su voluntad, que a los sacerdotes impuestos por un poder exterior. El catolicismo comenzó a declinar desde el día en que, abandonando la elección popular, el sacerdocio no quiso re-cibir sus funciones de la conciencia de los pueblos, sino de los reyes y de los príncipes de la Iglesia. Esta religión se detuvo desde entonces

 

 

 

popular y espontáneo, antecedente de la reacción civil contra el militarismo que pro-tagoniza en 1872 la multitud contra los Gutiérrez y en 1895 las montoneras de Piérola. Desde un punto de vista formal fue la defensa del presidente legal contra el intento de usurpar su función mediante la fuerza. En el fondo representó el anhelo de salir de la etapa del caudillaje, del despotismo, del gobierno de grupo que si no pudo lograr su objetivo merece, al menos, comprensión y hasta respeto. [N. de la T.].

 

 

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y al cesar de progresar, a la par que las naciones, ha sido abandonada sucesivamente. Esto sucederá en el Perú y ocurrirá en todas partes si no se armoniza con los adelantos del pensamiento humano.

 

Valdivia entró en la carrera civil, se hizo abogado, escritor y pe-riodista sin dejar de ser sacerdote. Se puso así en situación de apro-vechar de todos los acontecimientos reservándose el cubrirse, en caso necesario, de su carácter sacerdotal y servirse de este, según las circunstancias, como medio de agresión. Luna Pizarro, diputado por Arequipa ante el Congreso Nacional, intrigaba en Lima y aprovecha-ba todas las ocasiones para fomentar las discordias, excitar el desor-den y provocar las revoluciones mientras que en Arequipa Valdivia hacía, como sacerdote, las predicaciones más furibundas contra el obispo; irritaba contra él a toda la población y, arrastrándolo por el lodo, le quitaba todo el prestigio y respeto con que el prelado había estado rodeado hasta entonces. El monje tenía tanto espíritu, lógica y vehemencia que cada artículo lanzado en su periódico contra el obispo le hacía a este perder uno de sus miembros, como decía Al-thaus. Pero si la voz del impetuoso Valdivia tuvo tanto poder contra el obispo fue porque había mucho de verdad en sus ataques. Valdivia y Luna Pizarro no se mostraron más duros e implacables contra el prelado de lo que este había sido durante doce años con los desgra-ciados a quienes los deberes de apóstol, las condiciones que la ciudad le había impuesto y, en fin, las consideraciones sociales y religiosas, le exigían como rigurosa obligación consolar.

 

Don José Sebastián de Goyeneche ocupaba desde hacía catorce años la sede episcopal de Arequipa.16 Obtuvo esta alta dignidad me-diante la todopoderosa influencia que en los asuntos del Perú tenía su hermano don Manuel, conde de Guaqui, muy en favor entonces en la corte de Fernando. El obispado de Arequipa producía anual-mente cerca de 100 mil pesos; pero el obispo estaba obligado, según las disposiciones impuestas por la ciudad al concederle esta suma,

 

 

16 Don José Sebastián de Goyeneche fue elegido obispo de Arequipa en 1816 y desem-peñó este cargo hasta 1860 en que fue nombrado Arzobispo de Lima. [N. de la T.].

 

 

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a distribuir entre los pobres una parte de ella. Esta obligación, que sería injuriosa para el carácter apostólico de un obispo si la caridad fuese infaliblemente la virtud de los prelados nombrados por las cortes, fue para los desgraciados de Arequipa una garantía insufi-ciente de la beneficencia del señor de Goyeneche. Ya he dicho que el vicio dominante de esta familia es la avaricia. En el obispo llega-ba a una escandalosa exageración... No solo privaba a los pobres de las limosnas a que tenían derecho sobre su enorme renta, sino que aun cometía diariamente actos de la más irritante dureza. Una pobre viuda desprovista de todo recurso fue a solicitar un socorro y el obispo le hizo dar un real (14 céntimos). Un padre de familia se fracturó un miembro y le envió una limosna de igual valor. Una señora pobre, de muy alto nacimiento, que había perdido a una hija a quien amaba tiernamente, fue un día donde el obispo y le rogó darle 3 pesos (15 francos) que le faltaban para colocar una modesta piedra sobre la tumba de su hija. El obispo se los negó... Cuando mi abuela murió todos los pobres siguieron el cortejo hasta el ce-menterio y repetían llorando: “Perdemos a una mujer que nos daba en un mes más que el obispo en todo el año”. Esta horrible avari-cia atrajo sobre él y sobre su casa el desprecio público a tal punto que se había hecho proverbial decir, cuando alguno cometía una mezquindad: es a la Goyeneche. Pero si su extrema avaricia privaba de estimación y de afecto a toda la familia, esta procuraba, con un exterior lleno de afabilidad, de cortesía y de modestia, conciliar-se el respeto de todos. El mendigo desarrapado, a quien se le nega-ba una limosna, se sentía honrado al ser saludado por un prelado cubierto de seda carmesí, que llevaba una cadena de oro al cuello, una hermosa sortija en el dedo e iba seguido por cuatro sacerdotes ricamente ataviados. La hermana era también graciosa para con todo el mundo e igualmente los hermanos. Bajo esa apariencia de rústica sencillez todos ellos apreciaban con suficiente exactitud el corazón humano para conocer el valor que se debía atribuir a las cortesías que bajan de lo alto y creían deber ofrecerlas en compen-sación de las virtudes de que carecían.

 

 

 

 

 

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Valdivia, al atacar al obispo,17 golpeaba en el punto preciso y pro-dujo un efecto correspondiente a la gravedad de sus acusaciones. Pu-blicó en su periódico una serie de artículos en los cuales describía la avaricia del prelado con los colores más odiosos. Y cuando exal-tó hasta el colmo la indignación pública, probó que durante toda la duración de su episcopado el señor de Goyeneche había distribuido anualmente a los indigentes de la ciudad o a los curas del campo solo mil pesos; mientras que debía haber empleado 14 mil en este objeto de los 100 mil que la ciudad concedía a su obispo. Después presentó la cuenta de las sumas robadas a los pobres y demostró que, en el curso de diez años les había sustraído una suma que ascendía con sus intereses a 200 mil pesos (más de un millón en nuestra mone-da), el monje pedía a gritos que se forzase al obispo a la restitución. Todo el mundo, hasta los amigos de la familia Goyeneche, no podía dejar de reconocer la verdad de los cálculos de Valdivia y las conclu-siones deducidas de ellos. Por toda respuesta, los Goyeneche vocife-raban sobre la irreverencia y el escándalo de semejantes ataques y se negaban a entender el asunto de manera diferente. Valdivia no abandonó su presa y persiguió al obispo con una constancia y una fuerza de lógica que redujeron a silencio a los tímidos defensores del prelado. El propósito del audaz monje era el de hacerlo comparecer ante un tribunal de alta jurisdicción con una acusación de peculado. El señor de Goyeneche, de salud precaria, habría sucumbido ante la vergüenza de semejante proceso o se vería obligado a renunciar. Una vez abatido el árbol, Valdivia correría a las ramas y Luna Pizarro po-día tomar sus medidas para ocupar la sede ya vacante.

 

Al organizar el nuevo gobierno, Valdivia había colocado bajo sus órdenes a gentes nulas en extremo con el fin de paralizar toda

 

17 La enemistad de Valdivia con Goyeneche era antigua, aunque no revistió los caracteres de odiosidad que Flora le atribuye. En 1827, Valdivia pronunció en la Academia Lauretana de Arequipa una disertación combatiendo el celibato eclesiás-tico y Goyeneche sostuvo una polémica con él. Posteriormente, Valdivia se retractó en público por lo que el obispo reputó errores en su disertación. En San Camilo dio una serie de conferencias y sermones condenando su doctrina y llegó a ser Prelado Doméstico de Su Santidad, nombrado a este cargo por Pío IX en 1861. [N. de la T.].

 

 

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oposición y tener constantemente a su disposición dóciles instru-mentos. Nombró prefecto a don Manuel Cuadros,18 hombre incapaz; pero que tenía a su favor la recomendación del odio implacable que sentía hacia los Goyeneche. El señor Cuadros había pedido en ma-trimonio a la señorita Goyeneche. Esta señorita, a quien la fortuna hacía exigente, había ya rechazado numerosos pretendientes. El se-ñor Cuadros fue, según creo, el vigésimo despedido. Ella se enfadaba con cada nueva propuesta que se le hacía y decía en alta voz “que no concebía cómo hombres que tenían por toda fortuna 60 mil u 80 mil pesos solamente, osaban venirle a ofrecer un peso a cambio de una onza”. El señor Cuadros de Osencio pertenecía a una familia muy an-tigua de Cádiz. Tan orgulloso como necio, furioso de ver que se medía su mérito por el número de pesos que tenía, se convirtió en enemi-go irreconciliable de esta familia y cuando se presentó la ocasión, la pobre mariquita pagó muy caro el rechazo un poco altivo hecho al señor Cuadros.

 

Como Althaus me lo había anunciado, Valdivia hizo aparecer su segundo bando un mes después del primero. Esta vez a mi tío se le impuso 6 mil pesos. Protestó, pero fue necesario pagar el mismo día. El bando decía que los retardatarios serían reducidos a prisión. Al obispo se le impuso 30 mil pesos; a su hermano 6 mil y a su hermana igual suma; a Ugarte 10 mil. Este último tuvo accesos de locura y su esposa se vio obligada a llevarlo al campo. El pobre Gamio casi muere. Una de mis primas, apellidada Gutiérrez, fue la única que demostró energía. Se encaprichó en no pagar y no la pudieron obligar a hacer-lo. Toda la ciudad se hallaba en tal estado de exasperación que Nieto no se atrevía ya a salir por las calles. El audaz Valdivia, que desde ha-cía tiempo se vestía de paisano, juzgó prudente revestir la sotana. El hábito talar ha conservado aún influencia sobre el populacho y Val-divia se inquietaba muy poco del resentimiento de los propietarios.

 

18 Manuel Ascencio Cuadros y Loayza (1777-1864) fue alcalde de Arequipa (1825- 1826) además de prefecto del departamento (1834) y vocal de la Corte Suprema del Estado Sud-Peruano (1836). En 1839 abandona Arequipa para asumir su puesto de Vocal Superior de Lima (1839), continuando en la capital su carrera pública. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Después de haber impuesto esta segunda contribución, que no fue mejor empleada que la primera, se hizo una requisición de caballos, después de yeguas y de mulas y, al fin, quitaron hasta los asnos. To - das aquellas exacciones agotaron a los desgraciados arequipeños. Las soportaban murmurando y sin tener el valor de libertarse, cuan-do la leva de hombres, ordenada por el general Nieto llevó al colmo sus dolores y su indignación. El pueblo peruano es antimilitarista. Todos aborrecen el estado de soldado y el indio mismo prefiere ma-tarse antes que servir.19 En un principio los arequipeños se negaron rotundamente a obedecer la llamada del general. Valdivia recurrió entonces a la persuasión y en una serie de artículos, publicados en su periódico, supo interesar su orgullo con tanta astucia que todos los jóvenes se enrolaron voluntariamente. El hábil monje explotaba su vanidad e ignorancia, los comparaba a los espartanos, a los romanos, en fin, a los inmortales parisienses de 1830. Consiguió, por medio de adulaciones, excitar su emulación de tal modo que todos, jóvenes y viejos, marcharon en las filas de los defensores de la patria. Recuerdo que los artículos del monje comenzaban siempre así: “¡Arequipeños! La República del Perú espera encontrar en vosotros defensores, pues no quiere ver su noble causa defendida por lo que se llama soldados”. Otra vez les dijo: “¡Arequipeños! Vosotros todos sois libres. El jefe no es más que el subordinado, el subordinado es tanto como su jefe. Ya no hay soldados entre vosotros, solo hermanos, hombres libres, de-fensores de la patria, etc.”.

 

—En verdad, me decía Althaus, estoy tentado por creer como las viejas que este monje condenado ha encontrado los cuernos del diablo que, según ellas, dan el poder de hacer milagros. En cuanto a mí, le estoy sumamente agradecido, pues le aseguro que me saca de un gran apuro. El general, que es miedoso como una perdiz, me había dado el pesado encargo de registrar las casas para descubrir a los conscriptos

 

19 Mi tío me ha referido que, durante sus veinte años de guerras en el Perú, cada vez que tenía que atravesar ríos o bordear precipicios, perdía un gran número de soldados

 

indios, quienes se arrojaban al río o al precipicio, prefiriendo esta muerte espantosa a la vida de soldado. [N. de la A.].

 

 

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que no querían presentarse. Ese trabajo no me cuadraba en lo abso-luto. Soy hombre capaz de cargar sobre mis hombros a tres de esos mozalbetes si los encuentro en los linderos de un bosque; pero forzar la entrada de una casa donde la anciana madre, la esposa llorosa y los hijos me hubiesen rodeado suplicantes, saltándome al cuello para acariciarme... no habría podido resistirlo. Soy duro sobre el campo de batalla porque he aprendido a serlo y es una necesidad; pero con los desgraciados que sufren y lloran yo sufro y lloro también.

 

—¡Ah, primo! Se pinta usted con estas palabras y me agrada usted así. Althaus, usted no está hecho para matar a los hombres...

—Florita, sin embargo, nunca he estado mejor que en Waterloo y allí maté hombres.

—¡Por Dios! No me hable de su Waterloo. Esa palabra me hace estremecer de horror. No puedo oírla sin estar penosamente afecta-da. ¿Decía usted, primo, que el padre Valdivia ha conseguido que los conscriptos vayan voluntariamente sin emplear con ellos la fuerza?

 

—Es un hecho muy cierto. Los llama Alejandros, Césares, Napo-leones.20 Les habla en griego y en latín y quizá sí les dice en esas an-tiguas lenguas: malditos animales, cobardes, etc., pues que el diablo me lleve si uno solo de sus lectores sabe latín. Entre otras bellas fra-ses que les recita ¿no tiene la desfachatez de decirles que Europa, que el mundo entero, los contempla? ¡Que en París van a estar envidiosos de su valor! Qué sé yo todas las paparruchas que les dice. ¿Por qué no lee usted su periódico y sus sublimes proclamas? Le aseguro que son piezas muy curiosas.

 

—Leo todo cuanto este sacerdote escribe. Pero evito hablar de ello porque me hace sufrir. Es imposible burlarse así de todo un pueblo con tanta impavidez.

 

 

 

20 En la Biblioteca Nacional del Perú pueden consultarse varios de los bandos y pro-clamas lanzadas por Nieto en Arequipa en esos días. Son interesantes piezas históri-cas. En ninguno de ellos aparecen las palabras exageradas que señala Flora. En una de las primeras, del 14 de enero de 1834, Nieto dice que toma su lanza para vengar el ultraje inferido a la Convención por Gamarra. [N. de la T.].

 

 

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—¡Ah, Florita! ¿Por qué este pueblo es tan torpe como para dejarse engañar por ese intrigante? Esos imbéciles peruanos están tan hin-chados de orgullo que tienen la estupidez de creer que sobrepasan en valor y en inteligencia a los Alejandros, los Césares y los Napoleones. ¡Pues bien! No tendrán sino lo que merecen. Es preciso que paguen su necedad. Soltarán el queso, el zorro se apoderará de él y se reirá en sus narices. Es usted muy buena en tener compasión de ellos. Ríase conmigo de sus tonterías. ¿Sabe que se organiza un cuerpo de guar-dias nacionales a imitación de París? Creo, hermosa prima, que es por agradar a usted que desde su llegada todo se hace aquí, según la moda parisiense, al uso de París. Ese cuerpo de ejército se llama “los inmor-tales”. ¡Es para reventar de risa! Han venido hoy a rogarme que les dé algunas nociones de arte militar, tal como se ¡ría donde un maestro de baile a decirle: enséñeme en dos o tres lecciones un paso de danza...

 

¡Miserables burgueses! ¡Algunas lecciones de arte militar!, pero ¡cuer-da de tenderos! Hace treinta años que yo, nacido en los campamentos, estudio el arte de la guerra y no soy sino un aprendiz al lado de los grandes capitanes que han deslumbrado al mundo con su gloria. ¡Ah! Si mis antiguos camaradas del ejército del Rin me viesen haciendo maniobrar a estas muñecas peruanas, ¡cómo se reirían! ¡Dios mío, cómo se reirían! Felizmente en Alemania no se ocupan en lo menor de los hechos y dichos de los inmortales peruanos. Con todo, deploro no haberme cambiado de nombre cuando llegué a este país.

 

—Pero si parece usted tan humillado por dirigir a tales hombres ¿por qué se queda entre ellos?

—¿Por qué? ¿Por qué? Porque quiero primero que me paguen los 150 mil pesos que me deben. Enseguida porque mi estado es el de ser soldado y aquí se baten. Oigo a veces algunos tiros de fusil y eso me recuerda mis buenos tiempos. Ahora estoy un poco viejo para ir a enrolarme bajo el estandarte del pachá de Egipto o bajo el del prín-cipe Othón. Por otro lado, en aquellos países no habrá de qué reír, mientras aquí me divierto como un loco con todas las necedades y ya eso es algo. Prima, el domingo usted verá al general. Felicítelo por su hermoso cuerpo de inmortales, se siente muy halagado cuando

 

 

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2. La república y los tres presidentes

 

usted habla de guerra con él y me pregunta a menudo lo que piensa sobre todos estos asuntos. A veces me provoca contestarle que lo con-sidera a él como al primero entre los ignorantes.

 

—Althaus, los lobos no se devoran entre sí. Esté tranquilo, el domingo le diré que jamás he visto en París nada tan grandioso y magnífico.

—¡Oh!, y lo creerá.

 

Tal es el carácter peruano, vanidoso, fanfarrón, crédulo, desbroza todo con la palabra y es tan incapaz de firmeza en la acción como de perseverancia en una resolución valerosa.

 

El movimiento tumultuoso de la ciudad, mis numerosas rela-ciones y mis conversaciones íntimas con mi tío, con Althaus y con Manuel, me proporcionaban una existencia variada y bastante ocu-pada. Pero nada de esto interesaba mi corazón y, desde entonces, un vacío espantoso, una tristeza indecible se apoderaron de mí. Los se-res de naturaleza amante no pueden vivir solo de la agitación pro-vocada por los acontecimientos exteriores y necesitan afectos. Re-conocí, aunque demasiado tarde, que, empujada por el dolor, había cedido con imprudente facilidad a mi imaginación al venir a buscar en el Perú una tranquilidad y una felicidad que solo podía encontrar en el fondo de las dulces emociones que ya no me era permitido sen-tir. Joven todavía, y pasando por soltera, hubiese podido esperar que un hombre me amara y se casara conmigo aun privada de fortuna. Puedo decir, sin temor a un desmentido, que muchos de esos seño-res de Arequipa me manifestaron con bastante claridad sus inten-ciones para tener duda a este respecto. Si hubiese sido libre habría compartido el cariño y aceptado con reconocimiento la protección de alguno de ellos. Pero sentía el peso de mis cadenas, aun a la distan-cia inmensa que me separaba del amo a quien pertenecía; tuve que refrenar los impulsos de la naturaleza que Dios había puesto en mí y parecer fría, indiferente y, a menudo, hasta poco amable. Franca has-ta la exageración, sentía la necesidad desahogar mis penas y aunque deseaba verter mis lágrimas en el seno de un amigo, me era preciso aislar mi corazón en medio de mis semejantes y vivir en una reserva continua. Ciertamente estaba muy lejos de prever, cuando partí, las

 

 

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torturas que me haría sufrir mi papel de soltera. Los sufrimientos de a bordo estaban a lo menos endulzados por mi afecto hacia Chabrié. Pero desde el instante en que rompí con él me prometí no tener esa clase de amistad con nadie. Era demasiado peligrosa para mí y para aquel que fuese objeto de ella.

 

Yo no vivía. Vivir es amar y no tenía conciencia de mi existencia sino por ese deseo de mi corazón que no podía satisfacer. Si para cam-biar trataba de concentrar mis facultades amorosas sobre mi hija, percibía también el peligro de abandonarme a ese amor. No me atre-vía a pensar en esta niña, y sin cesar trabajaba en arrojarla de mi me-moria pues temía traicionarme al hablar de ella en la conversación. ¡Ah! ¡Cuán difícil es olvidar ocho años de vida y sobre todo la calidad de madre!... La menor de las hijas de Joaquina tenía la edad de mi hija. Era simpática, traviesa y su lengua infantil me recordaba a mi pobre Alina. A este pensamiento mis ojos se llenaban de lágrimas... Quitaba los ojos de esta niña y me retiraba a mi cuarto en un estado de su-frimiento que solo una madre puede concebir. ¡Ah!, desgraciada, me decía, ¿qué he hecho? El dolor me volvió cobarde, desnaturalizada y huí, incapaz, de soportar el peso. Dejé a mi hija al cuidado de gente extraña. ¡La desgraciada criatura está quizá enferma, quizá muerta! Entonces mi imaginación me abultaba los peligros que podía correr, así como mis culpas hacia ella y caía en una desesperación delirante.

 

Todo lo que me rodeaba aumentada mi dolor. No hablaba a los niños, habría deseado no verlos. Fui tan fría con los de mi tía y con los de Althaus que los pobres pequeños no se atrevían a hablarme ni aun a mirarme. Esta casa donde había nacido mi padre, que hubiese debido ser la mía y en la que, sin embargo, era yo considerada como una extraña, irritaba las heridas de mi corazón. La vista de sus amos hacía presente a mi espíritu la odiosa iniquidad que cometían des-piadadamente conmigo. El precio de su hospitalidad me era amargo y no había penas ni peligros a los que no me expusiese en imagina-ción con tal de abandonar el antro en el cual había sido yo tan cruel-mente expoliada. Francia se ofrecía a mis pensamientos con todos los dolores que había sufrido en ella... ¡No sabía dónde huir ni qué

 

 

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hacer! No entreveía asilo ni reposo en ningún sitio sobre la tierra. La muerte, que durante largo tiempo había creído próxima y espe-raba como un beneficio de Dios, se negaba a mis votos y mi salud se había fortalecido. No había ninguna perspectiva a mis esperanzas, ninguna persona en el seno de la cual pudiese desahogar mi dolor. Una negra melancolía se apoderó de mí. Estaba silenciosa y medi-taba los más siniestros proyectos. Tomé aversión a la vida. Era para mí un fardo cuyo peso me agobiaba. En esta circunstancia tuve que luchar contra una violenta tentación de destruirme. Nunca he apro-bado el suicidio. Siempre lo he considerado como el resultado de la impotencia para soportar el dolor. Me parece tan natural el despre-cio por la vida cuando se sufre que jamás he podido considerar esta acción sino como la de un cobarde. Pero el sufrimiento tiene sus iras y la inteligencia es a veces muy débil para resistir, cuando no tiene la fe por apoyo. Creía entonces en la razón humana. Lejos de caminar en la vida resignada a todo, buscando en los acontecimientos la vía que la Providencia me había destinado, esperaba o me dejaba arras-trar por el dolor, según me parecía el porvenir sereno o cargado de tempestades. Hube de sostener rudos combates para dominar este disgusto por la vida y esta sed de morir. Un espectro infernal me pin-taba incesantemente todas las desgracias de mi existencia pasada, todas las que me esperaban todavía y dirigía contra mi corazón su mano homicida. Pasé ocho días y ocho noches sintiendo ese abrazo de la muerte, constantemente me parecía tener sobre mi cuerpo sus manos heladas. En fin, salí del largo combate dejando que este poder infernal tomase posesión de mi espíritu.

 

Me resolví también a entrar en la lucha social y después de haber sido largo tiempo víctima de la sociedad y de sus prejuicios, ensa-yar de explotarla a mi vez, vivir de la vida de los demás y ser como ellos, codiciosa, ambiciosa, implacable. Convertirme como ellos en centro de todas mis acciones. No detenerme, como ellos, ante ningún escrúpulo. Estoy en medio de una sociedad en revolución, me decía, veamos por qué medio podría yo representar un papel, cuáles los ins-trumentos de que sería preciso servirme.

 

 

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En esta época, sin creer en el catolicismo, creía en la existencia del mal. No había comprendido a Dios, ni su omnipotencia y amor infini - to para los seres a quienes creó. Mis ojos no se habían abierto todavía. No veía que el sufrimiento y el gozo son dos modos de existencia in-separables de la vida. Que el uno trae al otro inevitablemente y que es así como todos los seres progresan, como todos tienen sus fases de de-sarrollo por las cuales deben pasar y, ciegos agentes de la Providencia, todos tienen también una misión que cumplir de la cual no podemos suponer que pueden apartarse sin rebajar la potencia divina.

 

Pensaba que dependía de nuestra voluntad formarnos para cual-quier papel que fuera. Yo solo había sentido hasta entonces las nece-sidades del corazón. La ambición, la codicia y otras pasiones ficticias no se habían presentado a mi espíritu sino con la efervescencia de cerebros enfermos. Había aspirado siempre a una vida animada por tiernos afectos, a una modesta comodidad y estos deseos me estaban vedados. Esclavizada a un hombre... (ya lo he calificado) en una edad en que toda resistencia es impotente, nacida de padres cuya unión no había sido inscrita según las fórmulas legales, debía muy joven aún renunciar para siempre a las tiernas afecciones y a una vida por encima de la pobreza. El aislamiento era mi lote. No podía aparecer sino furtivamente en el mundo y la fortuna de mi padre se conver-tía en la presa de un tío millonario. Colmada la medida, me puse en abierta rebeldía contra un orden de cosas del cual yo era la triste víctima, pues sancionaba la servidumbre del débil y la expoliación del huérfano y me prometí entrar en las intrigas de la ambición, ri-valizar en audacia y astucia con el monje, ser como él perseverante; como él sin piedad.

 

¡Desde aquel momento el infierno entró en mi alma!... El infierno lo encontramos siempre que nos desviamos de la ruta trazada por la Providencia y nuestros tormentos aumentan a medida que nos alejamos de ella. En vano intentamos cambiar nuestra naturaleza. Pocas personas, según creo, podrían manifestar una voluntad más fuerte que aquella con que Dios me había dotado y, sin embargo, con la firme intención de endurecerme y de ser ambiciosa, no pude

 

 

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2. La república y los tres presidentes

 

conseguirlo. Puse toda mi atención en Valdivia. Lo estudié y com-prendí su ardiente deseo de dominación y su odio contra el obispo. Pero ninguno de estos sentimientos pudo penetrar en mí. Sentía que la existencia del monje me sería antipática. Me puse en el sitio de Althaus y reconocí que las fuertes emociones tras de las cuales corría me causarían horribles dolores. En cuanto a mi tío, jamás pude com-prender qué gozo podía sentir en emplear su vida en sordas intrigas y en miserables pequeñeces.

 

No dejé de persistir en los designios que había formado, no solo de entrar en el movimiento político, sino aun de representar un pa-pel principal. Tenía ante los ojos, para animarme, el ejemplo de la señora Gamarra, quien se había convertido en árbitro de la Repúbli-ca. Gamarra y su esposa no habían derrocado a Orbegoso sino para reinar bajo el nombre de Bermúdez. La señora Gamarra dirigía todos los asuntos, mandaba los ejércitos y bajo los nombres de Bermúdez y de Orbegoso la lucha iba, de hecho, a empeñarse entre la señora de Gamarra y el monje Valdivia.

 

Era preciso suplantar a este último, reunir en torno mío a los principales partidarios de Orbegoso. Solo por la potencia del sable se podía triunfar en semejante proyecto. Tenía un pesar excesivo de verme obligada a recurrir al brazo de otro cuando me sentía capaz de actuar por mí misma. Debía aplicarme a encontrar un militar que, por la energía de su carácter y su influencia sobre los soldados, fuese propio para secundarme. Le inspiraría amor, fo-mentaría su ambición y me serviría de él para emprenderlo todo. Me puse seriamente a estudiar a los oficiales que venían a casa de mi tío y a aquellos con quienes conversaba familiarmente todas las tardes en casa de Althaus.

 

Sin embargo, no había podido destruir todo mi ser hasta el punto de que los buenos principios que había en mí no se irguiesen contra la carrera en que me obstinaba en querer lanzarme. Asaltada por si-niestras reflexiones cuando estaba sola, me representé las numero-sas víctimas a quienes habría de inmolar para lograr apoderarme del poder y conservarlo. Trataba en vano de hacerme ilusiones con los

 

 

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grandiosos planes de felicidad pública con que construía mi quime-ra; una voz secreta me preguntaba quién me había revelado la certi-dumbre del éxito para intentar su realización al precio del asesinato y si podía acusar de las desgracias de mi posición a las personas cuya pérdida me vería obligada a conjurar. Veía ya levantarse contra mí los manes de mis antagonistas decapitados. Mi corazón de mujer se oprimía, mis cabellos se erizaban sobre la cabeza y sufría el suplicio anticipado de los remordimientos.

 

Si después de haber soportado por toda una noche el tormento de mis reflexiones lograba calmarme y volvía a la irresolución, bastaba una palabra de Althaus o de Manuel para determinarme nuevamente y se renovaban los combates de la víspera. En vano trataba de huir de las conversaciones sobre política. En casa de mi tío, la política era el tema de todas las charlas. En casa de Al-thaus no se hacía otra cosa y su mujer se ocupaba de ella con ar-dor. Cada día Manuel venía donde mí; todas las demás personas a quienes veía solo me hablaban de los asuntos de la república. Era que esos asuntos interesaban a los individuos en lo que estos tenían de más caro.

 

Carmen era la única que evitaba, tanto como podía, hablar de este tema. Me repetía a menudo:

—Florita ¿qué necesidad tenemos, nosotras mujeres, de ocupar-nos de los asuntos del Estado, si no podemos ocupar ningún cargo, desdeñan nuestros consejos y nuestros grandes personajes no nos juzgan aptas sino para servirles de juguete o de amas de llaves? En-cuentro que usted y Manuela son más que buenas en atormentarse por las tonterías cometidas por ese monje intrigante y ese general imbécil. Déjelos que se batan. Al paso que van dentro de tres meses no quedará un peso en todo el Perú con qué pagar la tropa y enton-ces el combate se acabará por falta de combatientes.

 

Cuando no sabía cómo escapar al tormento interior que me agi-taba violentamente y a las importunidades de las conversaciones políticas, iba en busca de mi prima Carmen y le rogaba acompañar-me a pasear por las afueras de la ciudad. Carmen fue conmigo de

 

 

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una complacencia inagotable que siempre tendré gusto en recor-dar. Cedía a mis instancias, aunque esto fuese para ella un trabajo pesado. Como en Arequipa no hay paseos, las mujeres no tienen costumbre de salir. El cuidado que tienen con sus pies contribuye también a hacerlas sedentarias, pues temen hacerlos engrosar con la marcha.

 

Nuestros paseos favoritos eran el molino del río en el que en-trábamos algunas veces. Me gustaba examinar esta fábrica rústi-ca que, en su conjunto, estaba muy lejos de igualar a los nuestros. Otro día visitábamos el molino de chocolate situado al lado del de harina. Encontraba allí con placer los progresos de la civilización. Veía moler el cacao, triturar el azúcar y mezclar todo para formar el chocolate. La máquina había sido importada de Inglaterra. Era muy grande y movida por agua. El dueño de aquel establecimiento me demostraba mucha consideración. Lo había conquistado por el interés que demostraba al hacerle preguntas sobre su máquina y por la atención que prestaba a sus explicaciones. Salía siempre de allí con una pequeña provisión de muy buen cacao y un lindo ramo de flores que su galantería me obsequiaba.

 

Cuando el río estaba bastante bajo para que lo pudiésemos atra-vesar saltando de piedra en piedra o haciéndonos cargar por nues-tras negras, pasábamos al otro lado para trepar por la colina al pie de la cual corre el río y domina el valle de Arequipa. Al llegar a la cima nos deteníamos. Sentada cerca de Carmen y según el uso del país, con las piernas cruzadas como los orientales, encontraba un encanto inefable en quedarme así, durante horas enteras, sumida en un dulce arrobamiento, conversando con Carmen mientras ella fumaba su cigarro.

 

—Dígame, querida Florita, ¿tienen en su bella Francia un valle como este?

—No prima, no creo que exista en ningún país un valle más pin-toresco, una ciudad más caprichosamente situada y volcanes con tonos más melancólicos, con proporciones más gigantescas y con aspecto más poético.

 

 

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—Y todo eso, Florita, deja fría y estéril el alma de los arequipeños. Nunca que yo sepa un arequipeño ha hecho un verso.21

—Pero, prima, piense en que, para comprender todas las bellezas que nos rodean y para que nuestra alma esté profundamente emo-cionada, no debemos entregarnos a las agitaciones del mundo y es preciso, si se quiere pintar esas bellezas, cultivar la inteligencia, ejer-citarse en el manejo del idioma y leer buenos libros. Antes de que sus arequipeños hagan versos será preciso que haya escuelas donde puedan aprender a leer, donde pueda formarse el gusto por la lectura de Homero y Virgilio, de Racine y de Byron. Entre ustedes solo las personas de la primera sociedad saben leer y, aun así, solo han leído el catecismo sin intentar siquiera comprenderlo. Las altas facultades intelectuales son muy escasas cuando todo un pueblo no está llama-do a gozar de las ventajas de la instrucción y no aparecen sino muy pocos hombres de élite.

 

—Participo de su opinión. Pero ¿por qué no se establecen escuelas por todas partes? ¡Con las sumas que ese monje acaba de arrancar a todos esos avaros se podía dar instrucción a todo el Perú! ¡Y nuestros gobernantes lo emplean en hacer matar a los hombres! Ahí tiene, Florita, cuando pienso en esto ceso de creer en Dios.

 

—Prima, si Valdivia emplease el dinero que arrebata a los pro-pietarios en fundar escuelas para los jóvenes de uno y otro sexo, en hacer caminos para transportar los comestibles entre todas las ciu-dades de este territorio, y en fomentar la industria agrícola, manu-facturera y las demás cosas útiles para la prosperidad del país ¿apro-baría usted su conducta?

 

—¡Hermosa pregunta! No solo la aprobaría, sino que me proster-naría ante él y vendería hasta mi último chal para contribuir a ele-varle una estatua.

 

21 Arequipa puede ufanarse de ser la cuna de numerosos poetas, entre ellos del pri-mer poeta peruano, Diego Martínez de Rivera, que fue celebrado por Cervantes en su Galatea. Y es una lástima que Flora no conociese los yaravíes de Melgar y su historia, pues nos habría dejado un cuadro maestro con la descripción de los amores de este admirable héroe y poeta, el primer poeta romántico del Perú. [N. de la T.].

 

 

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2. La república y los tres presidentes

 

—¡Lo que usted dice es muy hermoso! Confieso, prima, que no la habría creído a usted capaz de tanta abnegación por su patria. Usted podría proceder así porque tiene buen sentido y comprende muy bien que la prosperidad de un país es la de todos los individuos que lo habi-tan. Pero la mayoría de los peruanos ¿vería eso con los mismos ojos?

 

—Sí, sin duda Florita, la gran mayoría lo aprobaría, pues como us-ted lo repite sin cesar, el buen sentido está en las masas. Los ambicio-sos y los intrigantes serían los únicos descontentos al ver emplear el dinero en cosas útiles. Ávidos de los bienes de los demás, están siempre dispuestos a fomentar los disturbios. Encuentran la ocasión de enri-quecerse sin trabajo en el despilfarro de los dineros públicos y salen de la dificultad aplaudiendo los desórdenes de que se aprovechan. Esos hombres forman sin duda alguna el número más pequeño; pero con todo dirigen los negocios y arruinan a nuestro desgraciado país.

 

Cuando en nuestras conversaciones Carmen me hablaba de las desgracias de su país, mis dolores se redoblaban. Era evidente para mí que, si una persona dotada de una alma generosa y fuerte lo-graba apoderarse del poder, las calamidades tendrían un término y un porvenir de prosperidad se abriría a esta infortunada comarca. Pensaba en todo el bien que podría hacer si me hallara en el sitio de la señora Gamarra y me decidía, más que nunca, a intentarlo.

 

Entre los militares que venían a casa de mi tío o a la de Althaus solo había encontrado uno que podía corresponder a mi designio y, aunque era el que me inspiraba más repugnancia, no habría va-cilado un instante en tratar de inspirarle amor, tan penetrada me hallaba de la santidad del papel que podría representar. Pero debo creer que Dios me reservaba para otra misión: este oficial era casa-do. Cuando estuve bien convencida de no encontrar en Arequipa un hombre de quien pudiese servirme, me vi obligada a abandonar mis proyectos. A pesar de todo, me quedaba una esperanza de la que me cogí con violencia: resolví ir a Lima.

 

Anuncié a mi tío y a toda la familia que deseaba regresar a Fran-cia, pero, como quería conocer la capital del Perú, iría a embarcar-me a Lima.

 

 

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Esta nueva sorprendió a todo el mundo. Mi tío pareció afectarse vivamente. Me hizo instancias para desanimarme de este designio sin ofrecerme, sin embargo, una posición más independiente de la que gozaba en su casa. Althaus estuvo realmente apenado, su esposa se desesperaba. Las dos personas de la familia que sintieron más vivo pesar fueron Manuel y Carmen.

 

La querida Carmen repetía a menudo con una tristeza que no era fingida: “Nadie aquí, Florita, sufrirá más vivamente que yo, en su ausen - cia. Don Pío está absorbido por los negocios políticos; Althaus, aunque la quiere mucho, estará distraído con sus numerosas ocupaciones; Manue-la con sus relaciones sociales y su toilette; Manuel con los placeres de su edad. Pero a mí, Florita, que vivo tan retirada, desconocida de los mismos entre quienes el destino me ha colocado ¿quién podrá resarcirme de los consuelos de su dulce y alta filosofía? ¿Quién podrá darme esos momen-tos de alegría que debo a la originalidad de su carácter, momentos de en-canto que reavivan mi triste existencia? ¡Ah, Florita! No pasará un día sin que exhale un suspiro pensando en usted”.

 

No podría decir la pena que experimentaba al dejar a mi prima Carmen. Los otros no tenían ninguna necesidad de mí, mientras que para ella me había hecho indispensable.

 

Mi tío me rogó que al menos esperase antes de partir ver el sesgo que tomaban los acontecimientos políticos. Consentí en ello.

El monje había conseguido a fuerza de dinero y de fanfarronadas de su periódico organizar los siguientes cuerpos:

 

Cuerpos del ejército Hombres

    

Infantería    1.000

    

Caballería   800

    

Batallón de inmortales formado por la flor de la juventud     70

de Arequipa

    

Chacareros (hombres de campo) de los alrededores  300

    

Total del ejército     2.170

    

 

 

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Había, además, una Guardia Nacional formada por trescientos o cuatrocientos veteranos, reservada para la defensa de la ciudad.

Para presentar una apariencia guerrera, el general Nieto había formado un campamento. Creyó acostumbrar a sus soldados a las fatigas haciéndoles dejar sus cuarteles. Ese campamento, muy mal situado desde el punto de vista militar, se hallaba a una legua de Are-quipa, muy cerca del pueblo y tenía el grave inconveniente de estar rodeado de chicherías (especie de cabaret donde se vende chicha, be-bida espiritosa hecha con maíz quebrado,22 puesto a fermentar). El cuartel general se estableció en la casa de un señor Menao. Althaus intentó disuadir a Nieto de establecer ese campamento haciéndole observar los peligros que en la estación de las lluvias correría la sa-lud del soldado y los enormes gastos que resultarían de ello; pero el presuntuoso general desdeñó estas consideraciones, así como las sa-bias opiniones de su jefe de Estado Mayor relativas a la ubicación del campamento. Nieto se imaginaba causar efecto y parecerse a un gran capitán por medio de esta imagen de la guerra. Cedía también a la ne-cia vanidad de mostrar su poder en medio de las tiendas de campaña y con un numeroso séquito de oficiales. Al general le agradaba lucir-se seguido de un brillante Estado Mayor. De la ciudad al campo y del campo a la ciudad eran idas y venidas continuas y encontrábamos muy divertida la comedia que cada día nos daba la heroica cabalgata. El general, montado sobre un hermoso caballo negro, adoptaba los aires de un Murat, tan esmerado y suntuoso era en la variedad de sus vestidos. Valdivia, muy a menudo en hábito talar, siempre sobre un caballo blanco, figuraba el Lafayette peruano y la multitud de oficia-les cubiertos de oro y cargados de penachos no eran menos ridículos.

 

Gracias a Althaus y a la amabilidad del general podía disponer de un caballo cuando quería ir a ver el campamento. Los civiles ya no te-nían caballos. Se habían visto obligados a dar los suyos o a esconder-los para sustraerlos a las requisiciones. Solo mi tío había conservado

 

22 Donde no hay molinos, las mujeres mastican el maíz y lo escupen en el vaso en donde lo dejan fermentar. [N. de la A.].

 

 

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su yegua chilena porque era tan briosa que ningún oficial se hallaba dispuesto a cabalgarla y en medio de un cuerpo de caballería podía ocasionar accidentes. La visita al campamento era para mí un paseo favorito. Iba alternativamente con mi tío, con Althaus o con Manuel quien era ya oficial. El general me recibía siempre muy bien, pero el monje parecía adivinar mi pensamiento y el desprecio que me ins-piraba. Desde que me veía su fisonomía de por sí falsa, cínica y llena de odio adquiría una expresión muy particular. Me parecía evidente que comprendía mi antipatía hacia él. Valdivia me saludaba con una fría cortesía, escuchaba con atención todo cuanto yo hablaba sin te-ner el aire de ocuparse de ello y no se mezclaba en la conversación. Sabía por Manuel que mis visitas no le agradaban y mis risas con Althaus disgustaban mucho a esos señores. Pero ¿cómo no iba yo a reírme al ver a esos oficiales tan absurdamente ridículos? Nieto tenía que acampar solo a 1.800 hombres (los chacareros y los inmortales no formaban parte del campamento) y había ocupado más terreno del que necesitaría un general europeo para un ejército de 50 mil hombres. Sobre un montículo a la izquierda de la casa de Menao se había construido un reducto armado con cinco cañones de monta-ña. Era la primera vez en mi vida que los veía y me hacían el efecto de tubos de goteras. Este reducto estaba dominado por una posición que la naturaleza misma había fortificado y donde el enemigo podía alojarse sin obstáculo si venía por el camino que la empalmaba. Lue-go, como Arequipa es una ciudad abierta donde se puede llegar por diez caminos diferentes, era difícil prever cuál tomaría el enemigo.

 

La infantería, acampada en varias líneas cerca del reducto, tenía un aire miserable. Los desgraciados soldados dormían bajo tiendas mal cerradas y hechas de una tela tan delgada que no podían defen-derlos de las lluvias frecuentes de la estación. La caballería, mandada por el coronel Carrillo, ocupaba mucho más sitio y se había estableci-do en el otro lado del reducto. El general me hacía galopar por delan-te de esta larga fila de caballos que estaban muy apartados unos de otros. No había allí más orden que en el sector de la infantería. Todo era de dar pena. En el extremo del campamento, detrás de las tiendas

 

 

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de los soldados, estaban las rabonas con todos sus trastos de cocina y sus hijos. Se veía la ropa puesta a secar y a las mujeres ocupadas en lavar y coser. Todas haciendo una terrible barahúnda con sus gritos, cantos y charlas.

 

Las rabonas son las vivanderas de la América del Sur. En el Perú, cada soldado lleva consigo tantas mujeres cuantas quiere. Hay algu-nos que tienen hasta cuatro. Estas forman una tropa considerable, preceden al ejército por el espacio de algunas horas para tener tiem-po de conseguir víveres, cocinarles y preparar todo en el albergue que deben ocupar. La partida de la vanguardia femenina permite enseguida juzgar los sufrimientos de estas desgraciadas y la vida de peligros y fatigas que llevan. Las rabonas están armadas. Cargan so-bre mulas las marmitas, las tiendas y, en fin, todo el bagaje. Arrastran en su séquito a una multitud de niños de toda edad. Hacen partir sus mulas al trote, las siguen corriendo, trepan así las altas monta-ñas cubiertas de nieve y atraviesan los ríos a nado llevando uno y a veces dos hijos sobre sus espaldas. Cuando llegan al lugar que se les ha asignado se ocupan primero en escoger el mejor sitio para acam-par. Enseguida descargan las mulas, arman las tiendas, amamantan y acuestan a los niños, encienden los fuegos y cocinan. Si no están muy alejadas de un sitio habitado van en destacamento en busca de provisiones. Se arrojan sobre el pueblo como bestias hambrientas y piden a los habitantes víveres para el ejército. Cuando los dan con buena voluntad no hacen daño alguno; pero si se les resiste se baten como leonas y con valor salvaje triunfan siempre de la resistencia. Roban entonces, saquean la población, llevan el botín al campamen-to y lo dividen entre ellas.

 

Esas mujeres proveen a las necesidades del soldado, lavan y com-ponen sus vestidos; pero no reciben paga y no tienen por salario sino la facultad de robar impunemente. Son de raza india, hablan esa len-gua y no saben una palabra de español. Las rabonas no son casadas, no pertenecen a nadie y son de quien ellas quieren ser. Son criaturas al margen de todo. Viven con los soldados, comen con ellos, se detie-nen donde ellos acampan, están expuestas a los mismos peligros y

 

 

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soportan aún mayores fatigas. Cuando el ejército está en marcha, es casi siempre del valor y de la intrepidez de estas mujeres que lo prece-den de cuatro o cinco horas, de lo que depende su subsistencia. Cuan-do se piensa en que, además de llevar esta vida de penurias y peligros cumplen los deberes de la maternidad, se admira uno de que puedan resistir. Es digno de notar que, mientras el indio prefiere matarse an-tes de ser soldado, las mujeres indígenas abrazan esta vida voluntaria-mente y soportan las fatigas y afrontan los peligros con un valor de que son incapaces los hombres de su raza. No creo que se pueda citar una prueba más admirable de la superioridad de la mujer en la infan-cia de los pueblos. ¿No sería lo mismo entre los pueblos más avanzados en civilización si se diera igual educación a ambos sexos? Es de esperar que vendrá un tiempo en el cual se intente la experiencia.

 

Muchos generales de mérito han querido suplir el servicio de las rabonas e impedirles seguir al ejército. Pero los soldados se han re-belado siempre contra todas las tentativas de este género y ha sido necesario ceder. No tenían suficiente confianza en la administración militar que debía proveer a sus necesidades para conformarse y re-nunciar a las rabonas.23

 

Esas mujeres son de una horrible fealdad. Esto es concebible por la naturaleza de las fatigas que resisten. En efecto, soportan la intem-perie en los climas más opuestos, sucesivamente expuestas al ardor abrasador del sol de las pampas y al frío de las cimas heladas de las cordilleras. Llevan por todo vestido una falda corta de lana que les cae hasta las rodillas, una piel de carnero en medio de la cual hacen un hueco para pasar la cabeza y ambos lados les cubren la espalda y el pecho. No se ocupan de lo demás. Los pies y los brazos siempre

 

23 Para más información sobre el papel de las rabonas véase el libro de Maritza Villavicencio, Del silencio a la palabra. Mujeres peruanas en los siglos XIX y XX: “Durante todo el siglo XIX las rabonas habían formado parte del todavía poco institucionali-zado ejército. A fines de siglo, a propósito de la Guerra con Chile, las rabonas fueron registradas oficialmente como cantineras. [...] Las deficiencias del nuevo Estado re-cayeron sobre estas sacrificadas mujeres quienes, además de entregar su fuerza de trabajo y reproductiva a cambio de lo mínimo para subsistir derivado del salario del soldado, fueron altamente valerosas y entregadas” (1992, p. 123) [N. de la primera Ed.].

 

 

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están desnudos. Se nota que entre ellas reina bastante armonía a pe-sar de que las escenas de celos ocasionan a veces asesinatos. Las pa-siones de estas mujeres no están contenidas por ningún freno, esos acontecimientos no deben sorprender. Está fuera de duda que, en un número igual de hombres a quienes no contuviese ninguna discipli-na y llevasen la vida de estas mujeres, los asesinatos serían mucho más frecuentes. Las rabonas adoran al sol, pero no observan ningu-na práctica religiosa.

 

El cuartel general había sido transformado en casa de juego. La gran sala de los bajos, dividida en dos por medio de una cortina, estaba ocupada, por un lado, por el general y los oficiales superio-res; del otro, por los suboficiales. Todos, en una y otra pieza, juga-ban al faraón sumas enormes.24 Althaus quiso hacerme ver en toda su hermosura a los oficiales de la república y me llevó a las once de la noche a la casa de Menao. No entramos y sin ser vistos nos pusimos a mirar por la ventana. ¡Ah! ¡Qué espectáculo el que ofrecía la reunión! Vimos a Nieto, Carrillo, Morán, Rivero y Ros sentados alrededor de una mesa con las cartas en la mano, ante un rimero de oro. Sobre la mesa había botellas y vasos llenos de vino y licores. La cara de estos personajes expresaba lo que la pasión del juego tiene de más violen-to: la rabia reconcentrada o esa codicia que nada puede saciar y se acrecienta aún más con el alimento que el azar le arroja. Todos te-nían un cigarro en la boca y la luz pálida que atravesaba la atmósfera de humo daba a estas fisonomías algo de infernal. El monje no juga-ba. Se paseaba con pasos lentos, se detenía por momentos delante de aquellos hombres y cruzando los brazos parecía decirles: ¡Qué puedo esperar de semejantes instrumentos! Con su largo vestido negro, por la expresión de su fisonomía y por el lugar donde se encontraba se le hubiese tomado por el genio del mal indignándose por los obstáculos que le presentaban los vicios en la carrera del crimen. Los múscu-los de su rostro se contraían de un modo espantoso, sus pequeños

 

 

 

24 Los peruanos son muy jugadores. El coronel Morán en una partida, en Chorrillos cerca de Lima, perdió en una noche 30 mil pesos. [N. de la A.].

 

 

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ojos negros lanzaban fuego sombrío, su labio superior expresaba el desprecio y la soberbia. Después recuperaba su impasibilidad con la apariencia de la resignación. Permanecimos largo rato contemplan-do esta escena. Nadie nos vio. Los esclavos de servicio dormían, los bravos defensores de la patria estaban absortos en el juego y el mon-je en sus pensamientos. Al retirarnos conversamos Althaus y yo so-bre la desgracia de un país entregado a semejantes jefes.

 

—Althaus, quienes se dejan dominar por el amor del juego mues-tran tener más confianza en el azar que en su habilidad. Dudo que esta pasión pueda aprisionar a un hombre de verdadero mérito.

 

—Florita, si habla usted de los miserables juegos de cartas, soy de su opinión. Pero existe un juego sabio en el cual puede ejercitar-se la alta inteligencia: es el ajedrez.25 Si esos bribones empleasen su tiempo en jugarlo les perdonaría el derroche del dinero arrebatado a los propietarios y sostendría, aun contra usted hermosa prima, que progresarían más jugando ajedrez cada día que con las cuchufletas que el monje les lanza en latín y en español o con las ridículas revis-tas del general.

 

—Pero, primo, sea consecuente consigo mismo. Si pretende que ninguno de esos oficiales es capaz de comprender la más sencilla de-mostración matemática ¿cómo podrán pasar como usted tres horas en resolver una dificultad en el juego de ajedrez?

 

—Tiene usted razón. Para ser aparente para las sabias combina-ciones de aquel juego es menester haber nacido en Alemania. Sin embargo, he encontrado a un inglés y a un ruso que podrían compe-tir con el más famoso de los jugadores alemanes. Pero no he encon-trado otros adversarios, ni aun en Francia, que valiesen la pena de prepararse antes del momento del asalto.

 

—En los últimos días de marzo se supo desde Lima que el presi-dente Orbegoso se disponía a tomar el mando del ejército del depar-tamento de Arequipa. Con esta nueva Nieto se desesperó. El presiden-te, decía, venía a arrebatarle la gloria que estaba seguro de obtener al

 

25 Althaus es uno de los mejores jugadores de ajedrez que se puede citar. [N. de la A.].

 

 

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medirse con San Román. El presuntuoso general no podía pensar en rebelarse, no tenía suficiente influencia para presentarse como jefe de partido y obrar por su cuenta. Sin embargo, quiso prevenir lo que consideraba como una afrenta y recurrió a un medio al alcance de su espíritu. Hizo escribir, en secreto, una carta confidencial a no sé quién y tomó sus medidas para que cayese en manos de San Román. Decía en esa carta que el ejército de Nieto estaba en el más miserable estado, sin armas, sin municiones y en completa incapacidad de de-fenderse. Después del despacho de su misiva el general esperaba cada día ver llegar al ejército enemigo, su impaciencia llegaba al colmo.

 

Desde hacía tres semanas el ataque con que el famoso San Ro-mán26 amenazaba a Arequipa era el tema de todas las conversacio-nes. Durante los dos primeros meses el nombre de este jefe producía sobre la población el mismo efecto que el nombre del Coco sobre la imaginación de los niños pequeños. Los partidarios de Orbegoso lo describían como un hombre malo, feroz, capaz de degollar él mismo, por propio placer, a los pobres arequipeños y poner la ciudad a san-gre y fuego a fin de satisfacer las venganzas de su partido. Se decía también de él otras mil gentilezas por el estilo.

 

Si al público le agradaba inventar cuentos sobre San Román con el objeto de asustarse mutuamente, por esa propensión a lo exage-rado y a lo maravilloso que empuja siempre a este pueblo a los ex-tremos, se encontraba también gente poderosamente interesada en acreditar esos rumores, tal como el monje, el general, sus subordina-dos y otros más.

 

Todas las esperanzas de ambos partidos descansaban en los ejér-citos a los cuales habían confiado su defensa. Uno y otro iban a jugar el todo por el todo en un solo golpe. La victoria aseguraría al partido vencedor un éxito completo; la derrota, la ruina irreparable. El parti-do de Orbegoso, deshecho, en todos sus puntos, no tenía más apoyo

 

 

26 El gran mariscal Miguel de San Román, que llegó a ser años más tarde Presidente del Perú (1862), fue uno de los militares que más figuraron por aquella época en la política del país. Fue notable por sus retiradas estratégicas. [N. de la T.].

 

 

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que el valor de los arequipeños y todas las miradas estaban fijas en ellos.27 La señora Gamarra, por su lado, sentía que la autoridad del gobierno organizado por ella no podría mantenerse mientras exis-tiese una resistencia armada. Para ser dueña de Lima era preciso ser-lo de Arequipa, y con los tres batallones que le quedaban, y reducida esta ciudad, Orbegoso no osaría regresar a la capital. Se concibe cuán importante debía ser para los jefes del ejército de Arequipa, para las autoridades de la ciudad y para las personas interesadas en sostener a Orbegoso, alimentar en el pueblo las ideas exageradas de las cala-midades a las cuales el triunfo de San Román los expondría a fin de excitarlo a defenderse hasta el último extremo. Por esto se hacían circular cada día escritos hechos a mano, redactados por el monje (aunque no llevasen ninguna firma), en los cuales se decía que San Román había prometido a sus soldados el saqueo de la ciudad. La descripción de las matanzas, de las violaciones y de las atrocidades contenidas en estos escritos infundían en el alma tímida de los ha-bitantes un terror rayano en la desesperación. El monje lograba así su objeto, pues la desesperación inspira valentía al más cobarde. El general arengaba a sus soldados; el prefecto y el alcalde lanzaban sus proclamas en el mismo tono y, en fin, los monjes de los diferentes conventos, cediendo a la fuerza, predicaban en sus iglesias la resis-tencia hasta la muerte.

 

Todas estas arengas y prédicas produjeron sobre el pueblo el efecto esperado. Durante el primer mes transcurrido, después de la insurrección, el temor de la llegada inopinada de San Román, que mandaba a tres de los mejores batallones, suscitó penosa ansiedad e hizo organizar la defensa con celo. El segundo mes los arequipeños, confiados en sus preparativos y en el triunfo prometido por el monje

 

 

27 No es cierto que el partido de Orbegoso estuviese deshecho. En un principio su fuerza se concentró en el Callao. A los pocos días se produjo la reacción del pueblo de Lima, que lo puso en posesión de la capital (28 de enero de 1834) y poco después, en abril, el ejército de Bermúdez y Gamarra reconoció a Orbegoso mediante el abrazo de Maquinguayo (24 de abril de 1834). Los acontecimientos de Arequipa no tuvieron, pues, la importancia decisiva que les atribuyó Flora. [N. de la T.].

 

 

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2. La república y los tres presidentes

 

a su valor, se acostumbraron a la idea de la lucha que iban a empeñar y esperaron al enemigo a pie firme. Pero el tercer mes su impaciencia no conoció ya límites. La lentitud de San Román en venir les pareció un indicio del miedo que ellos inspiraban, su coraje aumentó y, como sucede siempre entre los pueblos carentes de experiencia, pasaron del terror que les había embargado a una jactancia a una fanfarro-nada que causó justas aprensiones a todas las personas racionales. Estas temían el fracaso y no sentían menores inquietudes por las consecuencias de la victoria si acaso la obtenían estos hombres tan cobardes como presuntuosos. Desde el momento en que, en su ciega confianza, creyeron haber ganado la batalla sin conocer a los ene-migos con quienes tenían que combatir, a cuál de ellos cometió más necedades, desde el general en jefe hasta el último empleado de la al-caldía. ¡Era de dar pena! Reconocí desde entonces que cualquiera que fuese el desenlace el país estaba perdido y los éxitos de Nieto traerían tan inevitablemente como los de San Román, la exigencia de contri-buciones enormes, la expoliación de las propiedades y el saqueo en todas sus formas.

 

El 21 de marzo, Althaus me dijo:

 

—Por fin, Florita, parece que el general tiene datos exactos. San Román estará aquí mañana o pasado mañana. ¿Creerá usted que no obstante haber hecho enormes gastos en espías no hemos podido sa-ber hasta el presente una palabra de verdad sobre lo que ocurre en el campo enemigo? El general no quiere que yo me mezcle. El amor propio de este necio se siente herido por un consejo oportuno y me oculta todo cuanto puede.

 

Desde hacía dos días las tropas habían entrado en sus cuarteles. Se habían visto obligados a hacerlas regresar porque estaban exte-nuadas por las fatigas y las privaciones sufridas durante su inútil permanencia en el campamento. Parece, según una opinión auto-rizada, que el general debió apresurarse en hacer salir sus tropas ya para tomar de nuevo la posición que acababa de abandonar o para establecerlas en la nueva que las circunstancias podían exigir; que no debió olvidar ninguna de las precauciones indicadas por la

 

 

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prudencia para evitar cualquier sorpresa de parte del enemigo, la confusión entre las tropas y la alarma en el pueblo; que todo, en fin, debió estar previsto y adoptadas las medidas para prevenir los desór-denes que pudiesen resultar en la ciudad por la victoria o la derrota. Tal sería la conducta de un militar con sentido común; pero el gene-ral Nieto no pensó en nada de esto y sin preocuparse en dictar nin-guna disposición dejó los asuntos abandonados y fue con los demás jefes a Tiabaya a festejar la Semana Santa. Al día siguiente, como a las cuatro de la tarde, un espía vino a decir con todo apuro que el enemigo se hallaba en Cangallo. ¡El rumor fue general! Por un lado, se corría a buscar a Nieto; por el otro, “los inmortales” se reunían; las tropas salían en desorden; “los chacareros” espantados se negaban a marchar y las pelucas de la municipalidad hacían disparates sobre disparates. La confusión llegaba al colmo.

 

Entonces se demostró la profunda ignorancia y la absoluta nuli-dad de esos jefes presuntuosos, tanto civiles como militares, que di-rigían los asuntos de este desgraciado país. Temería fatigar al lector y no ser creída por él si le refiriera el derroche que se hizo en todas las cosas, las escenas de desorden y de indisciplina que se exhibieron en aquel momento de crisis y la conducta de los oficiales quienes la víspera de la batalla en lugar de hallarse en sus puestos jugaban o se embriagaban en las casas de sus amantes.

 

Todo lo que ocurrió aquella tarde y en la noche siguiente sería increíble para todo europeo. No entro, pues, en ningún detalle, pero afirmo que la confusión fue tal que si San Román hubiese tenido noticia de ello habría podido apoderarse de la ciudad el mismo día y acuartelar sus tropas sin combatir. No se hallaban en estado de disparar un solo tiro de fusil para impedirlo. Se hubiese acabado la guerra en tres horas. Ciertamente se debe lamentar que no ocurriese así. Se habría economizado mucha sangre vertida y evitado muchos males irreparables.

 

 

 

 

 

 

 

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3. Los conventos de Arequipa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como he dicho, Arequipa es una de las ciudades del Perú que encie-rra mayor número de conventos de hombres y mujeres. Por el aspec-to de la mayoría de estos monasterios, la tranquilidad constante que los envuelve y el aire religioso que se exhala de ellos se podría creer que si la paz y la felicidad habitan sobre la tierra es en estos asilos del Señor, sobre todo si se transporta el pensamiento a las agitaciones de la sociedad. Pero ¡ay!, no es en los claustros donde ese deseo de reposo que siente el corazón desengañado de las ilusiones del mun-do puede quedar satisfecho. En el recinto de aquellos inmensos mo-numentos no se encuentra más que agitaciones febriles que la regla cautiva pero no ahoga. Sordas y veladas, hierven como la lava en los flancos del volcán que la encubre.

 

Aún antes de haber entrado en el interior de uno solo de aquellos conventos cada vez que pasaba delante de sus pórticos siempre abier-tos, o a lo largo de sus grandes muros negros como de 30 o 40 pies de alto, se me oprimía el corazón. Sentía por las desgraciadas víctimas sepultadas vivas entre esos montones de piedras una compasión tan profunda que mis ojos se llenaban de lágrimas. Durante mi estada en Arequipa iba a menudo a sentarme al mirador de nuestra casa. Desde aquel punto me gustaba pasear la vista desde el volcán hasta el lindo riachuelo que corre en su parte baja y desde el riente valle que este riega hasta los dos magníficos conventos de Santa Catalina

 

 

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y Santa Rosa. Este último, sobre todo, atraía mi atención y cautivaba mi pensamiento. Era en su triste claustro donde se había desarrolla-do un drama lleno de interés, cuya heroína era una joven hermosa, tierna y desgraciada, ¡oh, bien desgraciada! Esta joven era mi parien-ta. Yo la quería por simpatía y forzada a obedecer los prejuicios fa-náticos del mundo que me rodeaba solo podía verla en secreto. Aun-que a raíz de mi llegada a Arequipa hacía ya dos años que se había evadido del convento, la impresión causada por este acontecimiento estaba aún latente. Debía por eso emplear muchos miramientos en el interés que despertaba en mí esta víctima de la superstición. No ha-bría podido servirle con otro género de conducta pues corría el ries-go de excitar aún más el fanatismo de sus perseguidores. Todo lo que Dominga (este era el nombre de la joven religiosa) me había referido de su extraña historia me daba el vivo deseo de conocer el interior del convento donde la desgraciada había languidecido durante once años. Por eso, cuando al atardecer subía a lo alto de la casa para ad-mirar los graciosos y melancólicos matices que los últimos rayos del sol esparcen sobre el valle encantador de Arequipa, en el momento de desaparecer detrás de los tres volcanes cuyas nieves eternas tiñen de púrpura, mis ojos se dirigían involuntariamente al convento de Santa Rosa. Mi imaginación me representaba a mi pobre prima Do-minga revestida con el amplio y pesado hábito de las religiosas de la orden de las carmelitas. Veía su largo velo negro, sus zapatos de cuero con hebillas de cobre, su disciplina de cuero negro pendiente hasta el suelo, su enorme rosario, que la desgraciada niña por instan-tes oprimía con fervor pidiendo a Dios ayuda para la ejecución de su proyecto y enseguida destrozaba entre sus manos crispadas por la ira y la desesperación. Se me aparecía en lo alto del campanario de la hermosa iglesia de Santa Rosa. Era a ese campanario adonde iba todas las tardes la joven religiosa con el pretexto de ver si faltaba algo a las campanas del reloj, cuidado confiado a su vigilancia. Desde lo alto de aquella torre la joven podía contemplar a su gusto el estrecho, pero hermoso vallecito donde se habían deslizado felices los días de su infancia. Veía la casa de su madre, a sus hermanas y hermanos

 

 

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3. Los conventos de Arequipa

 

correr y retozar en el jardín... ¡Oh, qué felices le parecían de poder así jugar en libertad! ¡Cómo admiraba sus vestidos de todos colores y sus hermosos cabellos ornados de flores y de perlas! ¡Cómo le gus-taba su elegante calzado, sus chales de seda y sus ligeros mantos de gasa! A esta vista la desgraciada se sentía ahogar bajo el peso de sus gruesos vestidos. Aquella camisa, aquellas medias, aquel largo y am-plio vestido de tosco tejido de lana le causaban horror. La dureza del calzado le hería los pies y su largo velo negro, también de lana, que la orden exigía con rigor tener siempre caído, era para ella la plancha que encierra vivo al cataléptico dentro del ataúd. La infortunada Do-minga rechazaba ese horrible velo con un movimiento convulsivo. Sordos gemidos brotaban de su pecho. Trataba de pasar los brazos por entre los barrotes que cerraban las aberturas del campanario. La pobre reclusa no deseaba sino un poco del aire libre dado por Dios a todas sus criaturas y un pequeño espacio en el valle donde mover sus miembros entumecidos. No pedía sino cantar los aires campestres, bailar con sus hermanas, ponerse como ellas zapatitos rozados, un ligero chal blanco y algunas flores de los campos entre los cabellos. ¡Ay! Eran muy poca cosa los deseos de la joven; pero un voto terrible, solemne, que ningún poder humano podía romper la privaba para siempre del aire puro y de los alegres cantos, de los vestidos apro-piados a su edad y a los cambios de estación y de los ejercicios nece-sarios para su salud. La infortunada, arrastrada por un movimiento de despecho y de amor propio herido, a los 16 años había querido renunciar al mundo. La ignorante niña cortó ella misma sus largos cabellos y echándolos al pie de la cruz había jurado sobre Cristo to-mar a Dios por esposo. La historia de la monja hizo gran ruido en Arequipa y en todo el Perú. La he juzgado muy notable para incluirla en mi relato. Pero, antes de instruir a mis lectores acerca de todos los hechos y dichos de mi prima Dominga, les ruego seguirme al interior de Santa Rosa.

 

 

En los tiempos ordinarios estos conventos son inaccesibles. No se puede entrar en ellos sin permiso del obispo de Arequipa, permiso que desde la evasión de la monja se negaba inflexiblemente. Mas, en

 

 

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las circunstancias extraordinarias en que se encontraba la ciudad, todos los conventos ofrecieron el asilo del santuario a la población alarmada. Mi tía y Manuela juzgaron prudente refugiarse y aprove-ché de esta coyuntura para instruirme sobre los detalles de la vida monástica. Santa Rosa estaba siempre presente en mi pensamiento. Me esforcé en decidir a las señoras a que lo prefiriesen a Santa Ca-talina adonde se hallaban inclinadas a ir. Las superioras de ambos conventos eran nuestras primas. La una y la otra nos habían hecho las invitaciones más cariñosas. Cada una de ellas deseaba tenernos y trataba de determinar nuestra elección en favor de la buena hospita-lidad que nos preparaba. Santa Rosa excitaba más vivamente nues-tra curiosidad por su hermosura; pero las señoras temían la extrema severidad de la orden de las carmelitas, que las religiosas de aquel convento no relajaban en ninguna oportunidad. Tuve mucho trabajo en vencer su repugnancia. Sin embargo, logré triunfar. Como a las siete de la noche nos dirigimos al convento después de haber tenido el cuidado de enviar por delante a una negra para anunciarnos.

 

No creo que alguna vez haya existido en un estado monárquico una aristocracia más altiva y chocante en sus distinciones que aque-lla cuya vista causó mi admiración al entrar en Santa Rosa. Allí reinan con todo su poder las jerarquías del nacimiento, de los títulos, de los colores de la piel y de las fortunas y estas no son vanas clasificaciones. Al ver marchar en procesión por el convento a los miembros de esta numerosa comunidad vestidos con el mismo hábito se creería que la misma igualdad subsiste en todo. Pero, si se entra en uno de los patios queda una sorprendida del orgullo empleado por la mujer que tiene un título en sus relaciones con la mujer de sangre plebeya; del tono despectivo que usan las blancas con las que no lo son. Al ver este con-traste de humildad aparente y del orgullo más indomable está uno tentado de repetir estas palabras del sabio: “Vanidad de vanidades”.

 

Fuimos recibidas en la puerta por algunas religiosas enviadas por la superiora a nuestro encuentro. Esta grave diputación nos condujo con todo el ceremonial exigido por la etiqueta hasta la celda de la su-periora que estaba enferma y en cama. Su lecho se hallaba colocado

 

 

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3. Los conventos de Arequipa

 

sobre un estrado, en los escalones de aquel estrado nos esperaba un gran número de religiosas jerárquicamente colocadas. El estrado cu-bierto por un tapiz de lana blanca daba a este lecho el aire de un tro-no. Permanecimos algún tiempo cerca de la venerable superiora. Las cortinas eran de género de lino y una de sus acompañantes nos ex-plicó, en voz baja, que la superiora estaba sumamente afligida de ver-se obligada a infringir, por la naturaleza de su enfermedad, la regla de la santa orden de las carmelitas reemplazando la lana por el hilo. Después de haber satisfecho su curiosidad sobre los acontecimientos del día las buenas religiosas, vacilantes y con discreción, me hicieron algunas preguntas sobre los usos de Europa y enseguida nos retira-mos a las celdas que nos habían preparado. Pregunté a una de esas jóvenes religiosas que me acompañaba si podía hacerme ver la celda de Dominga. “Sí –me contestó– mañana le daré la llave para que us-ted entre; pero no diga nada, pues aquí esa pobre Dominga está mal-dita, solo somos tres quienes nos atrevemos a compadecerla”.

 

Santa Rosa es uno de los más grandes y ricos conventos de Are-quipa. La distribución interior es cómoda. Presenta cuatro claustros que encierran cada uno de ellos un patio espacioso. Gruesos pilares de piedra sostienen la bóveda un tanto baja de estos claustros. Las celdas de las religiosas están alrededor, se entra en ellas por una puertecita baja, son grandes y las paredes muy blancas. Reciben luz por una ventana de cuatro vidrios que, como la puerta, da sobre el claustro. El mobiliario de estas celdas consiste en una mesa de enci-na, un escabel de la misma madera, un cántaro de barro y un cubile-te de estaño. Encima de la mesa hay un gran crucifijo. El Cristo es de hueso amarillento y ennegrecido por el tiempo y la cruz es de madera negra. Sobre la mesa está una calavera, un reloj de arena, un libro de horas y a veces otros libros de oraciones. A un lado, enganchada en un grueso clavo, pende una disciplina de cuero negro. Excepto la su-periora ninguna religiosa puede acostarse en su celda, solo la tienen para meditar en el aislamiento y el silencio, para recogerse o bien descansar. Comen en común en un inmenso refectorio, almuerzan a las doce del día y la comida es a las seis de la tarde. Mientras toman

 

 

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los alimentos una de ellas lee algunos pasajes de los libros santos y todas se acuestan en los dormitorios que son tres en este convento.

Los dormitorios son abovedados, construidos en forma de escua-dra y sin ninguna ventana que deje entrar la luz. Una lámpara sepul-cral, colocada en el ángulo, despide apenas suficiente claridad para alumbrar un espacio de 6 pies a su alrededor, de suerte que los dos extremos del dormitorio quedan en oscuridad absoluta. La entrada a estos dormitorios está prohibida no solo a las personas extrañas sino hasta a las mujeres del servicio de la comunidad; si furtivamente uno se introduce bajo las bóvedas sombrías y frías de sus largos salones, por los objetos con que uno se siente rodeado, se creería haber des-cendido a las catacumbas pues esos lugares son tan lúgubres que es difícil retener un movimiento de espanto. Las tumbas1 se hallan dis-puestas a cada lado del dormitorio, a 12 o 15 pies de distancia unas de otras. Elevadas sobre un estrado por su forma y el orden en que están colocadas se asemejan a las tumbas que se ven en los sótanos de las iglesias. Están cubiertas por un género negro de lana parecido al que se emplea en las tapicerías de las ceremonias fúnebres. El in-terior de estas tumbas tiene 10 o 12 pies de largo por 5 o 6 de ancho y otro tanto de alto. Están amuebladas con un lecho formado por dos grandes tablas de encina colocadas sobre cuatro fierros. Encima de esas tablas hay un grueso saco de género que se llena, según el grado de santidad de la que reposa en él, de ceniza, piedras, paja o lana y hasta espinas. Debo decir que entré en tres de estas tumbas y encon-tré los sacos llenos de paja. Junto a una extremidad del lecho hay un mueblecito de madera negra que sirve al mismo tiempo de mesa, de reclinatorio y de armario. Así como en la celda, sobre este mueble está un gran Cristo frente al lecho y encima del Cristo están alinea-dos una calavera, un libro de oraciones, un rosario y una disciplina. Está expresamente prohibido tener luz en las tumbas en cualquier circunstancia. Cuando una religiosa se enferma va a la enfermería.

 

 

 

 

1   Se llama tumba al lugar donde cada religiosa se retira para dormir. [N. de la A.].

 

 

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3. Los conventos de Arequipa

 

¡Es en una de estas tumbas donde mi pobre prima Dominga se había acostado durante once años!

La vida que hacen estas religiosas es de las más penosas. Por la mañana se levantan a las cuatro para ir a Maitines. Después se su-ceden casi sin interrupción una serie de prácticas religiosas a las que están obligadas a asistir. Esto dura hasta el mediodía, hora en que van al refectorio. Desde las doce hasta las tres gozan de algún descanso. Enseguida comienzan para ellas las oraciones que se pro-longan hasta la tarde. Numerosas fiestas vienen aún a agregarse a estos deberes con las procesiones y otras ceremonias impuestas a la comunidad. Tal es el compendio de las austeridades y exigencias de la vida religiosa en los claustros de Santa Rosa. El único recreo de esas reclusas es el paseo por sus magníficos jardines. Tienen tres, en los cuales cultivan hermosas flores que cuidan con mucho esmero.

 

Al tomar el velo en la orden de las carmelitas, las religiosas de San-ta Rosa hacen voto de pobreza y de silencio. Cuando se encuentran, la una debe decir: “Hermana, tenemos que morir” y la otra responde: “Hermana, la muerte es nuestra liberación” y jamás pronunciar otra palabra. Sin embargo, estas señoras hablan y mucho, pero es solo du-rante el trabajo del jardín, en la cocina, cuando van a vigilar a las mujeres del servicio o en lo alto de las torres y de los campanarios cuando su deber las lleva allí. Hablan también en sus celdas cuando a escondidas se hacen largas visitas. En fin, las buenas señoras ha - blan en todas partes en donde creen poder hacerlo sin violar el voto y, para ponerse en paz con su conciencia, observan un silencio de muerte en los patios, en el refectorio, en la iglesia y, sobre todo, en los dormitorios en los que jamás ha resonado una voz humana. No soy yo ciertamente quien les imputaría como un crimen las ligeras tras-gresiones a la regla de la Santa Orden de las Carmelitas. Encuentro muy natural que busquen ocasión de cambiar algunas palabras des-pués de largas horas de silencio. Pero desearía, para su felicidad, que se limitasen a hablar de las bellas flores que cultivan, de los buenos y sabrosos bizcochos que hacen tan bien, de sus magníficas proce-siones y de las joyas de la Virgen o aun de su confesor. Por desgracia,

 

 

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esas señoras no se limitan a estos temas de conversación. La crítica, la maledicencia y hasta la calumnia reinan en sus charlas. Es difícil formarse una justa idea de los pequeños celos, de las bajas envidias que alimentan unas contra otras y de las crueles maldades que no cesan de hacerse. Nada menos piadoso que las relaciones que entre sí mantienen esas religiosas. En ellas se revela la sequedad, la aspereza, el odio. Esas señoras no son más rigurosas en la observancia de su voto de pobreza. Ninguna debería tener, según el reglamento, más de una mujer a su servicio; pero algunas tienen tres o cuatro esclavas alojadas en el interior. Además, cada una sostiene afuera una escla-va para hacer sus comisiones, comprar lo que desea y, en fin, para comunicarse con su familia y con el mundo. Se encuentra también en esta comunidad, religiosas cuya fortuna es muy considerable y hacen muy ricos presentes al monasterio y a su iglesia. Envían con frecuencia a sus amistades de la ciudad regalos de toda clase, frutas, golosinas, trabajitos hechos en el convento y a veces las personas a quienes ellas distinguen reciben dones de más alto valor.

 

Santa Rosa de Arequipa está considerado como uno de los más ri-cos monasterios del Perú y a pesar de ello las religiosas me parecieron más desgraciadas que las de cualquier otro de los conventos que tuve ocasión de visitar. La exactitud de mi observación me ha sido confir-mada en América por todas las personas familiarizadas con el interior de las comunidades. Me han asegurado que las austeridades de las monjas de Santa Rosa superan en mucho a las practicadas por las reli-giosas de los demás conventos. Tuve muchas conversaciones con la su-periora durante los tres días que habité en Santa Rosa. Voy a citar algu-nos pasajes que harán conocer el espíritu que dirige esta comunidad.

 

Debo decir, en primer lugar, que la superiora me recibió con mu-cha distinción. Tenía entonces 68 años y desde hacía dieciocho pre-sidía la comunidad. Ha debido ser muy hermosa. Su fisonomía era noble y todo en ella anunciaba una gran fuerza de voluntad. Nacida en Sevilla vino a Arequipa a la edad de 7 años. Su padre la puso en Santa Rosa para educarse y desde entonces no ha salido más. Esta señora hablaba el español con una pureza y una elegancia notables.

 

 

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Era instruida como puede serlo una religiosa. Todas las preguntas que me hizo sobre Europa me probaron que la superiora de Santa Rosa se había ocupado mucho de los acontecimientos políticos que han agitado España y el Perú desde hacía veinte años. Sus opiniones en política eran tan exaltadas como en religión y su fanatismo reli-gioso pasaba todos los límites de la razón. Referiré una de sus frases que, por sí sola, resume el orden de ideas de esta anciana religiosa:

 

—¡Ay!, mi querida niña, me dijo, ahora estoy demasiado vieja para emprender alguna cosa, ya mi tiempo se acabó. Pero si tuviese tan solo 30 años me iría con usted. Iría a Madrid y allí perdería mi fortuna, mi ilustre nombre y mi vida o, por la muerte de Jesucristo que está allí en la cruz, le juro que restablecería la Santa Inquisición.

 

Era imposible tener más fuego en la mirada, más arrojo en la voz y expresión en el gesto que el puesto por ella al extender la mano so-bre el Cristo que estaba al pie de su lecho. Su conversación se mante-nía siempre en el mismo diapasón. Al hablarme de Dominga me dijo:

 

—Esta joven estaba poseída por el demonio. Estoy contenta de que el diablo haya escogido mi convento de preferencia. Este ejemplo hará revivir la fe pues, mi querida Flora, le confiaré una parte de mis penas. Cada día veo vacilar en el corazón de las jóvenes religiosas esta fe poderosa que es lo único que puede hacer creer en los milagros.

 

La evasión de Dominga no me pareció que podía producir el efecto esperado por la superiora sino, por el contrario, era de na-turaleza para provocar la imitación. Hasta dudo que se hiciese ilusiones a este respecto; pero hablando de Dominga en presencia de algunas religiosas, quizá creyó de su deber hacer esta reflexión. Esta mujer, de una austeridad rigurosa, sabía hacerse obedecer y respetar de las religiosas aun gobernándolas con mano de hierro, mas después de tantos años que las gobernaba no había podido obtener el sincero afecto de ninguna de ellas. Los tres días pasa-dos en el interior de este convento había fatigado tanto a mi tía y a mis primas que, sin preocuparse del riesgo que podían correr al salir, no quisieron quedarse más tiempo. En cuanto a mí había hecho durante tan corta permanencia muchas observaciones y no

 

 

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me había aburrido. Las graves religiosas nos acompañaron con la misma ceremonia y etiqueta que habían puesto al recibirnos. Por fin pasamos el umbral de la enorme puerta de encina con cerrojos y revestida de hierro como la de una ciudadela. Apenas se cerró nos pusimos a correr por la larga y ancha calle de Santa Rosa gritando: “¡Dios mío, qué felicidad estar libres!”. Las señoras lloraban. Los ni-ños y las negras saltaban en la calle y confieso que yo respiraba con más facilidad. ¡Libertad! ¡Oh, libertad! ¡No hay compensación por tu pérdida! ¡La seguridad misma no es suficiente! ¡Nada en el mundo podría reemplazarte!

 

Al día siguiente de nuestra entrada en Santa Rosa Althaus nos ha-bía mandado decir que la noticia era falsa, pues el indio de quien la habían recibido estaba vendido a San Román y este no llegaría antes de quince días. Creímos entonces conveniente regresar a casa. Pero la misma tarde de nuestra salida hubo otra alerta y esta vez mis pa-rientes se retiraron a Santa Catalina. Parecía positivo que San Ro-mán estaba en Cangallo. Su llegada a tan corta distancia de Arequipa (4 leguas) hacía el peligro inminente. En cuanto la nueva circuló el desorden en la ciudad y en el campo no fue menos que a la primera alarma dada por el espía. No sabían qué hacer. Se tocaron las cam-panas a rebato. Masas de gente se refugiaron en los conventos. Hubo una confusión y un terror que no me dieron muy alta idea del valor de esta población fanfarrona que debía defender la ciudad hasta su último soplo de vida. Los conventos y las iglesias se habían conver-tido en guardamuebles de los habitantes. Desde hacía quince días escondían allí todo cuanto poseían de objetos transportables y sus casas completamente desguarnecidas parecían haber sido saquea-das. Yo misma hice llevar mis maletas a Santo Domingo junto con los efectos de mi tío. A las doce del día se supo la llegada del enemigo a Cangallo y se esperaba verlo aparecer hacia las seis o siete de la no-che. Las azoteas de las casas se llenaron de una multitud de gente que miraba en todas direcciones. Mas la espera general quedó burlada. El enemigo había hecho alto.

 

Althaus regresó del campamento y me dijo:

 

 

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—Prima, esta vez sí es verdad que San Román está en Cangallo. Pero sus soldados están rendidos de fatiga y estoy seguro de que per-manecerán allí tres o cuatro días para reponerse.

 

—¿No cree que venga hoy?

 

—No creo que estén aquí antes de cuatro o cinco días; puede, pues, ir a reunirse con Manuela. Por lo demás podrá usted contem-plar el combate desde lo alto de las torres del monasterio tan bien como de la casa de su tío.

 

Seguí su consejo y fui a Santa Catalina a reunirme con mis parientes.

 

Aquí estoy de nuevo en el interior de un convento. Pero ¡qué con-traste con el que acababa de dejar! ¡Qué ruido ensordecedor! ¡Cuántas burras cuando entré! ¡La francesita, la francesita!, gritaban de todas partes. Apenas se abrió la puerta me vi rodeada por una docena de religiosas que hablaban todas a la vez, gritando, riendo y saltando de gozo. La una me quitaba el sombrero, porque un sombrero era una pieza indecente. Me quitaron igualmente la peineta con el pretexto de que era indecente. Otra quería sacarme las mangas abuchonadas siempre con la misma acusación de ser muy indecentes. Esta me le-vantaba el vestido por detrás porque quería ver cómo estaba hecho mi corsé. Una religiosa me deshizo el peinado para ver si mis cabellos eran largos. Otra me levantaba el pie para examinar mis borceguíes de París. Pero lo que excitó sobre todo su admiración fue el descu-brimiento de mi calzón. Esas buenas jóvenes son sencillas, pero sin duda había más indecencia en sus preguntas que en mi sombrero, mi peineta y mis vestidos. En una palabra, aquellas señoras me revolvie-ron en todo sentido y actuaron conmigo como hace un niño con la muñeca que se le acaba de dar.

 

Sin ninguna exageración, quedé un largo cuarto de hora en la puerta de entrada, que sirve de torno, temiendo a cada instante verme sofocada por el calor en el pequeño espacio que me habían dejado esas turbulentas religiosas y la multitud de negras o zambas que me rodeaban. Mis parientes que vieron la dificultad de mi situa-ción, y sintieron cuánto debía mortificarme, hicieron toda clase de

 

 

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esfuerzos para llegar al sitio en donde me hallaba mientras mi zam-ba, que había entrado al mismo tiempo que yo, gritaba con todas sus fuerzas que me ahogaban, que me hacían daño y pedía auxilio. Pero sus gritos y los de mis primas estaban dominados por más de cien voces que decían a la vez: ¡Ah, la francesita! ¡Qué bonita es! ¡Viene a vivir con nosotras!

 

Comencé seriamente a desesperarme y temí no salir de allí en otra forma que desmayada. Sentía flaquear mis piernas. Estaba ba-ñada de sudor y el laberinto que toda esta gente hacía en mis oídos me aturdía de tal manera que no sabía ya dónde estaba, cuando por fin llegó la superiora a recibirme. Era prima de la superiora de Santa Rosa y parienta nuestra en el mismo grado. Al acercarse se calmó un poco el ruido y la multitud abrió paso para dejarla llegar hasta mí. Me sentí realmente muy mal. La buena señora se dio cuenta de ello, regañó severamente a las religiosas y dio orden de que las negras se retirasen. Me llevó enseguida a su grande y hermosa celda y allí, des-pués de haberme hecho sentar sobre ricos tapices y blandos cojines, me hizo traer, en uno de los más bellos azafates de la industria pari-sién, diversas clases de excelentes bizcochos hechos en el convento, vinos de España en lindos frascos de cristal cortado y un soberbio vaso dorado del mismo cristal y grabado con las armas de España.

 

Cuando me repuse un poco la buena señora quiso de todos modos acompañarme a la celda que me destinaba. ¡Oh, qué amor de celda! ¡Y cuántas de nuestras elegantes quisieran tenerla como boudoir! Imagínense un cuartito abovedado de 10 a 12 pies de ancho por 14 o 16 de largo cubierto íntegramente con una hermosa alfombra ingle-sa con dibujos turcos. En medio, una puertecita en ojiva, a cada lado una ventana pequeña del mismo estilo y las dos ventanas provistas de cortinas de seda color cereza con franjas negras y azules. A un lado del cuarto una cama de fierro barnizado con un colchón forra-do en cutí inglés recubierto por un rico tapiz proveniente del Cuz-co. Cerca del diván unos cojines para uso de los visitantes y lindos banquitos de tapicería. En el fondo se abría un nicho ocupado por una hermosa consola con mármol blanco que imitaba con bastante

 

 

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propiedad un altar pequeño. Había sobre la consola muchos floreros llenos de flores naturales y artificiales, candeleros de plata con velas azules, un librito de misa empastado con terciopelo violeta, cerrado con un candadito de oro, así como un Cristo pequeño de madera pri-morosamente trabajado. Encima del Cristo se veía una Virgen en un cuadro de plata y a su lado, en ricos marcos, a Santa Catalina y Santa

 

Teresa. Un rosario de granos finos y menudos había sido enrollado en la cabeza del Cristo. En fin, para que nada faltase a este elegan -

te mobiliario, en medio del cuarto estaba una mesa cubierta por un gran tapiz y sobre esta un gran azafate con un juego de té con cuatro tazas, una garrafa de cristal cortado, un vaso y todo lo necesario para refrescarse. Este asilo encantador era el retiro de la superiora. Esta señora sentía por mí una amistad entusiasta por el solo motivo de venir yo del país en donde vivía Rossini. A pesar de mis instancias para no aceptar este agradable albergue, quiso a viva fuerza que me instalase en su retiro. La amable religiosa me hizo compañía hasta muy tarde y hablamos principalmente de música y enseguida de los asuntos de Europa por los que estas señoras tomaban vivo interés. Después se retiró rodeada de una multitud de religiosas pues todas la querían como a su madre y amiga.

 

Durante diez años de viajes he tenido que cambiar con frecuencia de habitación y de lecho. Mas no recuerdo haber sentido jamás una sensación tan deliciosa como la que experimenté al acostarme en la cama de la superiora de Santa Catalina. Tuve la niñada de encender las dos velas azules que estaban sobre el altar, cogí el pequeño rosa-rio, el lindo libro de oraciones y me quedé leyendo largo rato, inte-rrumpiéndome a menudo para admirar el conjunto de los objetos que me rodeaban o para respirar con voluptuosidad el dulce perfu-me que exhalaban mis sábanas ornadas de encajes. Esa noche casi tuve el deseo de hacerme religiosa. Al día siguiente me levanté muy tarde, pues la indulgente superiora me previno que era inútil levan-tarme a las seis (como nos lo habían exigido en Santa Rosa) para ir a misa. “Basta con que asista usted a la de las once, me había dicho la buena señora, y si su salud no se lo permite la dispenso de asistir”.

 

 

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El primer día lo empleé en hacer visitas a las religiosas. Todas querían verme, tocarme, hablarme. Esas señoras me interrogaban sobre todo: ¿cómo se visten en París? ¿Qué se come? ¿Hay conventos? Pero sobre todo ¿se toca música? En cada celda encontramos reunida numerosa sociedad. Todo el mundo hablaba a un tiempo en medio de risas y de chistes. Por todas partes nos ofrecían bizcochos de toda clase, frutas, jarabes y vinos de España. Era una serie continua de banquetes. La superiora había ordenado para por la tarde un con-cierto en su pequeña capilla, allí escuché una magnífica música com-puesta con los más hermosos pasajes de Rossini. Fue ejecutada por tres jóvenes y lindas religiosas, no menos diletante que su superiora. El piano provenía de manos del más hábil fabricante de Londres y la superiora había pagado por él 4 mil francos.

 

Santa Catalina pertenecía también a la orden de las carmelitas, pero, como me hizo observar la superiora, con muchas modificacio-nes. ¡Oh! ¡Sí!, pensaba yo, con inmensas modificaciones.

 

Estas señoras no usan el mismo hábito que las de Santa Rosa. Su vestido es blanco, muy amplio y se arrastra por el suelo. Su velo, car-melita generalmente, es negro en los días de grandes solemnidades. No sé si su regla exige que solo usen telas de lana, mas puedo asegu-rar que el vestido es la única de sus prendas hecha de lana. Es de un tejido muy fino, sedoso y de una radiante blancura. Su gorro es de crespón negro y tan lindamente plisado que tenía deseos de llevarme uno como objeto de curiosidad. Su forma graciosa les da una fiso-nomía encantadora. El velo es también de crespón. Nunca lo llevan caído salvo en la iglesia o en ceremonias. Hay que creer que esas pia-dosas señoras no hacen voto de silencio ni de pobreza, pues hablan bastante y casi todas gastan mucho.

 

La iglesia del convento es grande. Los adornos son ricos, pero mal cuidados. El órgano es muy hermoso, los coros y todo lo relativo a la música de la iglesia es objeto de cuidados muy especiales de parte de las religiosas. La distribución interior del convento es muy extraña. Se compone de dos cuerpos de construcción, uno de los cuales se lla-ma el antiguo convento y el otro el nuevo. Este último comprende

 

 

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tres claustros pequeños muy elegantemente construidos. Las celdas son pequeñas, pero ventiladas y muy claras. En el centro del patio hay un círculo sembrado de flores y dos hermosas fuentes que ali-mentan la frescura y la limpieza. El exterior de los claustros está ta-pizado con viñas. Se comunica con el antiguo convento por medio de una calle escarpada. Es este un verdadero laberinto compuesto de una cantidad de calles y callejuelas en toda dirección y atrave-sado por una calle principal a la que se sube como por una escale-ra. Esas calles y callejuelas están cerradas por las celdas que son, a su vez, otros tantos cuerpos de una construcción original. Las reli-giosas que las habitan se hallan como en pequeñas casas de campo. He visto algunas de aquellas celdas que tienen un patio de entrada bastante espacioso como para criar aves y donde se halla la cocina y el alojamiento de los esclavos. A continuación, un segundo patio en el que se han levantado dos o tres cuartos. Enseguida, un jardín y un pequeño retiro cuyo techo forma una terraza. Desde hace más de veinte años esas señoras ya no viven en común. El refectorio ha sido abandonado, el dormitorio igualmente, aunque por la forma cada una de las religiosas tiene todavía un lecho blanco como la regla lo exige. Tampoco están obligadas, como las carmelitas de Santa Rosa, a esa multitud de prácticas religiosas que ocupan todo el tiempo de estas últimas. Por el contrario, les queda después del cumplimiento de sus deberes conventuales, mucho tiempo que consagran al cui-dado de su habitación, de sus vestidos, a ocupaciones de caridad y, en fin, a sus distracciones. La comunidad tiene tres vastos jardines que no se siembran sino con legumbres y maíz porque cada religio-sa cultiva flores en el jardín de su celda. Además, la vida que llevan esas señoras es muy laboriosa. Hacen toda clase de trabajos de aguja, admiten pensionistas a quienes instruyen y tienen también una es-cuela gratuita donde enseñan a niñas pobres. Su caridad se extiende a todo: dan ropa a los hospitales, dotan a las jóvenes y diariamen-te distribuyen pan, maíz y vestidos a los pobres. Las rentas de esta comunidad se elevan a una suma enorme, pero esas damas gastan en proporción a sus mismas entradas. La superiora tenía entonces

 

 

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72 años. Nombrada y destituida en varias ocasiones, su gran bondad había hecho que siempre la rechazaran los sacerdotes que tienen au-toridad sobre el convento, mas esa misma bondad la hacía nombrar de nuevo por las religiosas las cuales tienen el derecho de elegir a su superiora en el escrutinio.

 

Esta amable mujer, en todo punto distinta de su prima de Santa Rosa, era tan delgada y fina que desaparecía casi por completo bajo su largo y amplio vestido. Toda su vida había estado enferma y la única cosa que proporcionaba algún alivio a sus males era escu-char buena música. No parecía vieja esta buena señora, sino por su cara y sus manos decrépitas. Jamás habría creído que se pudiese encontrar en una mujer de aquella edad y de tan débil constitución tanta vivacidad y actividad como la superiora demostraba. Su con-versación excesivamente alegre era siempre brillante por sus agu-dezas y picante por su originalidad. Ninguna de sus religiosas más jóvenes la podría superar en el entusiasmo que pone en hablar. Le referí los conceptos sostenidos por la superiora de Santa Rosa. Se encogió de hombros con una sonrisa de piedad y me dijo con una expresión muy artística:

 

—Y yo, mi querida niña, si solo tuviese 30 años ¡ría con usted a París a ver representar en la gran ópera las sublimes obras maestras del inmortal Rossini. Una nota de ese hombre de genio es más útil a la salud moral y física de los pueblos que los horrorosos espectáculos de los autos de fe de la Santa Inquisición lo fueron a la religión.

 

En Santa Catalina cada una de esas señoras hacía poco más o me-nos lo que quería. La superiora era demasiado buena para molestar o contrariar a ninguna de las religiosas. La aristocracia de las riquezas, la que reina en todas partes hasta en el seno de las democracias, era la única que existía en este convento, por lo que noté. Las religiosas de Santa Catalina realmente progresaban. Entre estas señoras había tres a quienes se consideraba como las reinas del lugar. La primera, colocada en el convento a la edad de 2 años, podía tener cuando es-tuve allí treinta y dos o treinta y tres. Pertenecía a una de las familias más ricas de Bolivia y tenía ocho negras o zambas para su servicio.

 

 

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La segunda era una joven de 28 años, alta y esbelta, hermosa con esa hermosura viva y atrevida de las mujeres de Barcelona. Era de origen catalán. Esta encantadora muchacha, huérfana con 40 mil libras de renta, vivía en el monasterio desde hacía cinco años. Por fin, la terce - ra, amable persona de 24 años, buena, alegre y risueña, era religiosa hacía siete años. La de más edad se llamaba Margarita y era la farma-céutica del convento. Rosita, la segunda, era la portera. En cuanto a la más joven, Manuelita, era demasiado loca y ligera para confiarle la menor función.

 

Las tres religiosas, por el deseo incesante de actividad que las atormentaba y por los caprichos de su espíritu, fueron causa de una de aquellas destituciones a las que su excesiva bondad ha expuesto a la superiora. La hermana Manuelita, a quien su excesiva robustez y demasiada gordura tenían siempre enferma, tuvo un pequeño alter-cado con el viejo doctor del convento porque este quería imponerle dieta a la cual la joven, un poco golosa, se negó a sujetarse. El pa-dre de Manuelita era un viejo octogenario, no menos extraordinario en su género que mi prima la superiora en el suyo. El uno y la otra simpatizaban mucho y eran los mejores amigos que puede darse. El anciano iba a menudo al convento donde tenía permiso para entrar cuando deseaba. Quería a su hija la religiosa con una pasión par-ticular y Manuelita abusaba de ello como lo hacen todos los niños engreídos. Así, pues, se quejó a él del tratamiento al cual que quería someterla el viejo doctor y se fingió mucho más enferma de lo que realmente estaba. Don Hurtado, el viejo sabio a quien mi lector ya co-noce, tenía la pretensión de ser filósofo, médico, químico, astrólogo y, además, estaba inclinado a tener una gran admiración por todos los europeos. Se mostró sensiblemente afectado por el estado de su hija querida e indignado contra el viejo doctor Bagras que quería im-poner dieta a su hija.

 

—Querida hija, le dijo, no quiero que ese ignorante te prescriba el menor remedio. Te traeré mañana a un médico inglés, joven en-cantador lleno de ciencia, que a los 26 años ha dado ya dos veces la vuelta al mundo. ¡Juzga hija mía qué médico debe ser!

 

 

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El padre Hurtado, fiel a su promesa, fue al día siguiente al convento acompañado de un elegante y amable dandy que hablaba el español con un acento muy agradable de admirar en un extranjero. Este infa-tigable viajero, cuya lengua se había suavizado con el uso del francés y del italiano que hablaba igualmente bien, era al mismo tiempo el más fashionable2 de los médicos. Unía a maneras distinguidas la originali-dad especial de su nación y una alegría muy difícil de encontrar.

 

Después de haber visto e interrogado a Manuelita juzgó que toda su enfermedad provenía de la falta de ejercicio y, realmente, la ten-dencia de esta joven a la obesidad denotaba la necesidad urgente de hacerlo. El joven doctor prescribió el ejercicio del caballo a la religio-sa quien lo recibió con alegría. Vio en esto una ocasión para distraer-se de la vida monótona cuyo peso la agobiaba y dijo enseguida a su padre que este sería el único remedio que podría mejorarla. El viejo Hurtado propuso mandar al convento su yegua que era muy mansa. El amable doctor ofreció la montura inglesa usada por su esposa y solo faltaba, para seguir la receta, el consentimiento de la superiora. La hermana Rosita, predilecta de la buena madre, se encargó de obte-nerlo. En efecto, le hizo comprender que Manuelita tenía una enfer-medad a los nervios de tal naturaleza que el ejercicio del caballo era tan necesario a su curación como la melodía de una buena música para la salud de su venerable superiora. La comparación de la astuta Rosita tuvo gran éxito. El permiso fue concedido sin la menor difi-cultad y la superiora agregó que como seguramente ese joven doctor inglés debía conocer la música, ella deseaba conocerlo.

 

El día esperado con impaciencia llegó por fin. Don Hurtado entró en el convento una mañana muy temprano seguido de su yegua. Esta, completamente enjaezada, tenía una magnífica silla de terciopelo verde. La vista del lindo animal produjo universales aclamaciones. Las pobres reclusas acudían de todas partes ávidas por contemplar un objeto tan nuevo para ellas. Cuando toda la comunidad se hubo saciado del placer de ver y tocar la yegua, la silla, la brida y la fusta,

 

2   Dandy y fashionable figuran así en el original francés [N. del T.].

 

 

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el viejo Hurtado ayudó a su hija a subir y cuando estuvo en la silla condujo a la yegua de la brida y le hizo dar dos veces la vuelta a los corredores. Después de haberse apeado Manuelita, su amiga Rosita que también tenía enfermedad a los nervios, quiso montar en la ye-gua. Más atrevida que la primera amazona, guio sola su cabalgadura y a la tercera vuelta la lanzó al trote. Este rasgo de valor extasió a las tímidas religiosas. Todas, hasta las viejas, querían también montar en la yegua. Se convino en que el encantador animal quedaría en el convento y don Hurtado debía regresar al día siguiente para presidir el paseo. Al día siguiente Manuelita manejó su cabalgadura ella sola y la hizo ir al trote. Rosita cabalgó enseguida y quedó arreglado que, en adelante, no se necesitaría del padre Hurtado. La señora doña Margarita, que desde hacía mucho tiempo sufría horriblemente de los nervios, quiso a su vez ensayar el ejercicio que tanto bien hacía a sus dos compañeras. La buena señora era un poco pesada y muy cobarde, Rosita fue su conductora en los primeros días. Hacían cer-ca de quince que los paseos a caballo divertían a la comunidad, ali-mentaban todas las conversaciones y curaban a maravilla todos los males cuando un acontecimiento, que pudo ser funesto, hizo cesar la alegría general, excitó la más viva inquietud y llevó el desorden al seno de la comunidad. La hermana Margarita estaba lejos de ser tan ágil como sus dos hermosas compañeras y no había podido conver-tirse en tan buena amazona como ellas; pero quiso imitarlas a pesar de todo y hacer correr su caballo a galope. Le sucedió una desgracia: al torcer una de las callejuelas del antiguo convento su largo vestido se enredó en una zarza. Margarita, en el movimiento que hizo para desasirse, perdió el equilibrio y cayó pesadamente sobre el sardinel en el ángulo de la calleja. En su caída, la desgraciada se fracturó el hombro en una forma horrible.

 

 

Doña Margarita fue conducida a su lecho en un cruel estado de sufrimiento. Se corrió a llamar al médico inglés quien se apresuró a ir, arregló el hombro roto y consoló a las amigas de la enferma ase-gurándoles que la herida no presentaba peligro alguno, si bien temía que la curación fuese un poco larga.

 

 

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Pero, el viejo doctor Bagras iba como de costumbre al convento y al no ver a la hermana Margarita en su farmacia preguntó si es-taba enferma.

 

—No, le contestaron primero, pero se ha hecho reemplazar en la farmacia porque tiene por otro lado algunas ocupaciones que por al-gunos días le impedirán venir.

 

Cuatro semanas trascurrieron sin que la pobre farmacéutica es-tuviese en estado de levantarse para ir en persona a suministrar al doctor Bagras los medicamentos que necesitaban las enfermas del convento. Y mientras la curiosidad del viejo médico con respecto a ella le hacía nacer inquietudes, se veía obligada a permanecer en su lecho sufriendo atroces dolores.

 

Bagras al fin comenzó a sospechar que le ocultaban alguna cosa acerca de la hermana Margarita. Espió a las negras de esta religiosa, interrogó a algunas de ellas y el aire confuso con que respondieron a sus preguntas lo convenció de que Margarita estaba enferma. El des-confiado doctor quedó intrigado por el misterio que todo el convento le había hecho sobre esta enfermedad. Mil conjeturas se presentaron a su espíritu y no tuvo ya sino un pensamiento: el de descubrir la palabra del enigma.

 

Tenía, como médico de la comunidad, el derecho de entrar hasta el interior de los claustros. Un día acechó el instante en que los patios estaban desiertos y aprovechó para ir y presentarse en la celda de Margarita. Encontró a la religiosa acostada e inconocible, ¡tan pálida y delgada la había puesto el sufrimiento! A la vista del doctor todas las personas presentes lanzaron un grito de espanto. La enferma se desvaneció. El viejo Esculapio no sabía en dónde se hallaba. No po-día explicarse cómo él, médico del convento desde hacía veinticinco años, conocido por todas esas señoras de la comunidad a tal punto que todas lo trataban con familiaridad, podía producir tan terrible efecto en las que estaban en la celda de la enferma. Quiso aproximar-se al lecho de Margarita para ofrecerle sus cuidados, pero todas las religiosas se precipitaron sobre él para rechazarlo. La alarma pro-ducida y el misterio con que aquellas señoras se envolvían hicieron

 

 

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3. Los conventos de Arequipa

 

nacer en el pensamiento del viejo doctor las más extrañas sospechas. Estaba estupefacto. Lleno de respeto por el convento de Santa Cata-lina, al que desde hacía tanto tiempo servía celosamente y receloso de la santidad de sus religiosas, se persuadió de que por deber y por religión debía prevenir a la superiora de lo que ocurría. Sin embargo, lo que en el fondo de su alma lo apenaba más era ver que la hermana Margarita no tuviese suficiente confianza en él como para reclamar sus cuidados. En presencia de la superiora Bagras, que conocía su extraordinaria vivacidad, no se atrevía a hacer un largo preámbulo y, con todo, no sabía cómo componérselas para abordar de frente el tema. La venerable señora, cuya inteligencia es realmente notable, comprendió el pensamiento del viejo doctor antes de que él encon-trase palabras con qué expresarlo. Esta anciana religiosa con toda la extravagancia y alegría de su espíritu había sido siempre de una severidad de principios y de una virtud ejemplares. Sufría en el alma y se escandalizó horriblemente ante la idea de que se pudiese sospe-char que una de sus religiosas se hubiese apartado de las reglas de esa virtud que ella cree existir en el corazón de todas las hermanas con la misma pureza que en el suyo. Con un gesto impuso silencio al anciano y con una voz llena de nobleza e indulgencia le dijo:

 

—Doctor Bagras, si he consentido en que se le oculte el desgracia-do percance ocurrido a la hermana Margarita ha sido solo por con-sideración hacia usted. Sus largos servicios merecen atenciones que no puedo desconocer. Pero usted comprende, doctor, que no debo llevar la complacencia hasta el punto de comprometer la salud de las santas niñas que Dios ha confiado a mis cuidados. Juzgué conve-niente llamar a mi convento a un joven médico extranjero que, en adelante, le ayudará a usted en sus funciones, demasiado penosas para un hombre de su edad. Nuestro nuevo médico prescribió a algu-nas de estas señoras montar a caballo. Ese ejercicio les hace mucho bien, pero la Providencia permitió que nuestra querida hija Marga-rita cayese y se rompiese el hombro. Sufre desde hace dos meses y el doctor inglés que la cuida responde de su curación. Tales son, doctor Bagras, las causas muy sencillas de la enfermedad de la hermana

 

 

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Margarita. Ahora que está usted enterado de lo que deseaba saber puede retirarse.

Refiero este rasgo de mi vieja prima con una satisfacción interior que no puedo callar. Su conducta, en esta ocasión, me parece admira-ble de generosidad y de dignidad.

 

El doctor Bagras se puso tan furioso al verse suplantado por el ele-gante inglés que regresó a su casa hirviendo de ira y dirigió ensegui-da al obispo un informe de lo que acababa de suceder en el convento.

 

Yo he leído la copia de aquel informe. Es en realidad una pieza curiosa. Dice así: “¡Horror! ¡Tres veces horror! ¡Ha entrado en el santo convento de Santa Catalina un descreído, un perro inglés!3

 

En fin, Monseñor, ¡podrá usted creerlo! El perro ha hecho galopar a las santas religiosas sobre una yegua que estaba vestida con una silla inglesa...”. Todo el informe prosigue en el mismo tono.

 

Este acontecimiento hizo gran ruido en la ciudad. La generación joven estaba toda en contra del obispo y a favor del elegante doctor inglés y de la generosa superiora. Esta fue destituida a causa de este hecho, pero las religiosas se indignaron tanto por esta injusticia que la reeligieron inmediatamente.

 

Las amables amazonas de Santa Catalina han hecho que me aparte de mi tema. Este convento ofrece un campo tan vasto de observación que me es difícil, aun omitiendo muchas cosas, ser menos extensa de lo que intentaba ser. Es menester añadir, para terminar esta digresión, que desde aquel acontecimiento las señoras tuvieron que renunciar al hermoso proyecto que habían concebido: hacer construir en un rin-cón del jardín una caballeriza para tener tres caballos a fin de que cada una de ellas tuviese el suyo. Don Hurtado se vio obligado a recoger su yegua y recibió una severa reprimenda del obispo. En fin, el amable doctor inglés fue puesto a la puerta del convento; pero se sacó el clavo en la reja del locutorio donde continuaba dando perniciosos consejos

 

3   En el Perú se cree, por lo general, que todos los ingleses son protestantes y la to-lerancia ha hecho tan pocos progresos que el epíteto de perro se usa con frecuencia al hablar de ellos. He oído decir, al hablar de una joven que se había casado con un inglés, que se había casado con un perro. [N. de la A.].

 

 

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a las santas religiosas, pues todas tenían males nerviosos desde que el severo doctor Bagras las atendía por orden del obispo.

Desde el día siguiente a nuestra llegada, cada una de las tres ami-gas había dejado ver en la conversación el vivo deseo que tenía de es-cuchar el relato exacto de la aventura de la pobre Dominga. Circulaba por el convento el rumor de que estas tres señoras después de aquella aventura meditaban de concierto una no menos abominable. Rosita tenía la edad de Dominga y sentía por ella vivo interés, pues la había conocido mucho cuando ambas eran niñas. Mi prima Althaus no ape-tecía otra cosa que contar la historia quizá por vigésima vez y se ofre-ció con gusto a satisfacer la curiosidad de las religiosas. Quedó conve-nido en que la buena Manuelita invitaría a mi prima y a mí a comer en privado con sus dos amigas para poder conversar a nuestro gusto y tanto tiempo como deseáramos. Fue la víspera de nuestra salida del convento cuando tuvo lugar la comida. Era terminar de una manera bastante picante los seis agradables días pasados en el monasterio.

 

Manuelita nos recibió en su linda habitación del antiguo con-vento. La comida fue una de las más espléndidas y sobre todo de las mejor servidas a que fui invitada durante mi estancia en Arequipa. Pusieron hermosas porcelanas de Sévres, manteles adamascados, servicio de plata elegante y en el postre cuchillos de plata dorada. Cuando acabó el convite, la graciosa Manuelita nos invitó a pasar a su retiro. Cerró la puerta del jardín y dio orden a su primera negra de que no se nos molestase con ningún pretexto.

 

Ese pequeño retiro no era tan hermoso como el de la superio-ra, pero era más original. Como yo era extranjera, las religiosas me hicieron los honores. Quisieron que ocupase yo sola el diván y me recosté en él muellemente, apoyada sobre cojines de seda. Las tres religiosas, muy elegantes con sus vestidos de anchos pliegues, se co-locaron en torno a mí: Rosita, sentada sobre un cojín cuadrado, con las piernas cruzadas a la moda del país, se inclinaba al pie del diván; la buena Manuelita, a mi lado, jugueteaba con mis cabellos, los des-trenzaba y los trenzaba de mil maneras; y la grave Margarita, en me-dio de nosotras mostraba complacientemente su linda mano blanca

 

 

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y llena que apretaba un grueso rosario de ébano. Mi prima, la actriz principal, estaba sentada frente a su auditorio sobre un gran sillón muy antiguo con un cojín a los pies.4

 

Mi prima comenzó por darnos a conocer los motivos que habían determinado a Dominga a hacerse religiosa. Dominga era más her-mosa que sus tres hermanas. A los 14 años su belleza estaba lo bastan-te desarrollada como para inspirar amor. Gustó a un joven médico español quien, al saberla rica, trató de hacerse amar de ella. Eso fue cosa fácil. Dominga nacía para el mundo. Era tierna y amaba como se ama a su edad, con sinceridad y sin desconfianza, creyendo la po-bre niña en su sencillez que el amor que inspiraba igualaba al que ella misma sentía. El español la pidió en matrimonio y la madre aco-gió su demanda. Pero, temiendo que su hija fuese todavía demasiado joven, quiso que el matrimonio se efectuase al cabo de un año. El es-pañol, como casi todos los europeos llegados a esta comarca, estaba dominado por la codicia, quería conseguir grandes riquezas y como su unión con Dominga le había parecido un medio de lograrlas había especulado con la crédula inocencia de una niña. Apenas transcurri-dos algunos meses desde que aquel extranjero pidió su mano, renun-ció al amor verdadero de la niña a cambio del de una mujer viuda sin ninguna cualidad; pero mucho más rica que Dominga y no demostró la más ligera consideración por el profundo pesar que iba a causar-le su abandono. La falta de lealtad del español hirió cruelmente el corazón de Dominga. Su proyectado enlace había sido anunciado públicamente a toda la familia y su orgullo no pudo soportar este ultraje. La joven se sentía humillada y los consuelos que trataban de prodigarle no hacían sino irritar un dolor que hubiese querido ocultarse a sí misma. En su desesperación no vio más recurso que

 

 

4   “La iconografía conocida de Flora Tristán empieza con el óleo [1 x 1,80 m] que repre-senta su visita al Convento de Santa Catalina de Arequipa, pintado por Jules Laure en París en 1838. Este cuadro se halla en Lima, en poder de don Juan Bryce y Cotes, des-cendiente de la familia Tristán y su existencia no llegó a ser conocida por el biógrafo Puech. Fue reproducido por primera vez por Jorge Holguín de Lavalle en Turismo de noviembre de 1944” (Basadre, 1946, p. xxiii). En la edición citada, entre las páginas 308 y 309, puede verse una reproducción de este. [N. de la primera Ed.].

 

 

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la vida conventual. Declaró a su familia que Dios la llamaba a sí y que estaba resuelta a entrar en el monasterio. Todos los parientes de Dominga unieron sus esfuerzos para quebrantar su resolución; pero ella tenía la cabeza exaltada y los pesares de su corazón no le permi-tieron escuchar ninguna súplica. Todo fue inútil. La joven se mostró tan indiferente a las exhortaciones y a los consejos como había sido sorda a las solicitudes. La resistencia encontrada en su familia solo dio por resultado que su obstinada temeridad la llevase a entrar en el convento más rígido de la orden de los carmelitas. Después de un año de noviciado Dominga tomó el velo en Santa Rosa.

 

Parece, continuó mi prima, que Dominga en el fervor de su celo fue feliz los dos primeros años de su estancia en Santa Rosa. Al cabo de ese tiempo comenzó a cansarse de la severidad de la regla. Los sufrimientos físicos habían calmado su exaltación moral y tardías reflexiones la hicieron verter lágrimas sobre la suerte que había es-cogido. No se atrevía a hablar de sus penas y de su tedio a su familia que se había opuesto tenazmente al partido que había adoptado y, por lo demás, ¿de qué hubiese podido servirle?

 

—Ustedes saben, señoras, agregó mi prima, todo pesar es inútil.

 

Una vez que se entra en uno de estos retiros no se sale más.

 

Aquí las tres religiosas se miraron y hubo en esas miradas cambia-das de soslayo un acuerdo que no se nos escapó a ninguna de las dos.

La desgraciada Dominga encerró sus pesares en el corazón y sin esperar consuelo de nadie se resignó a sufrir en espera de la muerte que pondría fin a sus males. Cada día pasado en el con - vento, el que la religiosa ya solo consideraba como una prisión, debilitaba su salud antes tan excelente. Una palidez mortal había reemplazado en sus mejillas el carmín que daba tanto realce a su belleza cuando vivía en el mundo. Sus hermosos ojos, que estaban ya opacos, se habían hundido en las órbitas como los de los peni-tentes agotados por las austeridades del claustro. Un día, hacia fi-nes del tercer año, le tocó el turno de hacer la lectura en el refecto-rio y Dominga encontró en un pasaje de Santa Teresa la esperanza de su liberación.

 

 

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Refería este pasaje que con frecuencia el demonio recurre a mil medios ingeniosos para tentar a las monjas. La santa cuenta, por ejemplo, la historia de una religiosa de Salamanca que sucumbió a la tentación de fugarse del convento. El demonio le sugirió el pen-samiento de poner en el lecho de su celda el cadáver de una mujer muerta destinado a hacer creer a toda la comunidad que ella había fallecido, con el fin de tener tiempo de ponerse a cubierto de los al - guaciles de la Santa Inquisición, ayudada por el mensajero del diablo bajo la forma de un hermoso joven.

 

¡Qué rayo de luz para la joven! Ella también podrá salir de su pri-sión, de su tumba, por el mismo medio de la religiosa de Salamanca. Desde aquel momento la esperanza entró en su alma y desde enton-ces ya no sintió tanto fastidio. Apenas tuvo tiempo suficiente para emplear toda la actividad de su imaginación en idear los medios de realizar su proyecto. Ya no hubo prácticas austeras, ni deberes pe-nosos que le costasen trabajo cumplir porque veía un término a su cautiverio. Cambió gradualmente de modo de ser con las religiosas y buscaba ocasiones de hablarles a fin de conocer a fondo a cada una de ellas. Dominga trataba sobre todo de trabar amistad con las hermanas porteras cuyas funciones no duraban sino dos años en el convento de Santa Rosa. A cada cambio ella se esforzaba con sus atenciones y asiduidades en atraerse a la nueva portera. Se mostró muy generosa y buena con la negra que le servía de comisionista fue-ra del convento a fin de asegurarse una abnegación sin límites. La prudente y perseverante joven no olvidó, en suma, nada de lo que pudiese facilitar la ejecución de sus planes. Ocho años trascurrieron, sin embargo, antes de poder realizarlos. ¡Ay! ¡Cuántas veces duran-te esa larga espera la desgraciada pasaba de la alegría delirante que siente el prisionero al abandonar su calabozo por un esfuerzo de va-lor y habilidad, al desánimo profundo, a la desesperación del esclavo que, sorprendido en el momento de su fuga, va a caer de nuevo entre las manos de un amo cruel! Sería demasiado largo referir todas sus ansiedades, todas sus alternativas de esperanza y de temor. Algunas veces, después de haber empleado cerca de dos años en halagar a una

 

 

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vieja hermana portera, dura y áspera, en el momento en que Domin-ga se creía segura de la simpatía y discreción de la vieja, una circuns-tancia le hacía ver que si hubiese tenido la imprudencia de confiar en aquella mujer se habría perdido. A este pensamiento Dominga, espantada del peligro que acababa de correr, temblaba de terror. Se pasaban entonces muchos meses sin que se atreviese a hacer la me-nor tentativa. Sucedía también que, en momentos de confiarse a una portera, que le parecía buena y digna del terrible secreto que iba a de-cirle, la cambiaban y era reemplazada por una especie de cancerbero cuya sola voz helaba a la pobre joven.

 

En medio de estas crueles ansiedades vivió durante ocho años la joven religiosa. No se concibe cómo su salud pudo resistir una agonía tan larga. Al fin, sintiendo que ya no podía más se decidió a fran - quearse con una de sus compañeras a quien amaba más que a nin-guna otra y que acababa de ser nombrada portera. Su confianza se encontró felizmente bien colocada y Dominga, una vez segura de la ayuda y del silencio de la portera, solo pensó en el medio de procu-rarse lo necesario para la ejecución de su proyecto. Necesitaba con-fiarse a la negra, su mandadera, pues sin el concurso de esta esclava era imposible tener éxito. Esta confidencia iba rodeada de peligros y en esta circunstancia, como en todas las relacionadas con su plan de evasión, Dominga fue admirable de valor y de perseverancia. Solo podía comunicarse con su negra en el locutorio y a través de una reja. Las palabras de Dominga podían ser escuchadas por alguna de las silenciosas religiosas que iban y venían sin cesar al locutorio y sin cesar también tenían el oído en acecho. He aquí cuál fue el plan concebido por Dominga y que tuvo el atrevimiento de exponer a su negra ofreciéndole una buena recompensa para resarcir a esta escla-va de los peligros que podía correr.

 

Era preciso que la negra consiguiese una mujer muerta y que la trajese al convento tarde, a la caída de la noche. La portera le abriría y mostraría el lugar donde debía esconder el cadáver. Dominga ven-dría a buscarlo por la noche para llevarlo a su lecho, prenderle fuego y escapar mientras las llamas quemaban el cadáver en la tumba. No

 

 

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fue sino muchísimo tiempo después de haber conocido el proyecto de su ama cuando la negra pudo traer el cadáver. Habría sido peli-groso pedirlo en el hospital en donde, por lo demás, no los proporcio-naban sino a los cirujanos y para uso indicado, pues en Arequipa no hay escuela de medicina. Era casi imposible obtener el cuerpo de una mujer muerta en una casa. Aseguraban también que sin los buenos oficios de un joven cirujano que fue admitido en la confidencia, la buena amiga de Dominga habría acabado sus dos años de portera antes de que la esclava hubiese podido conseguir el cadáver que, en el convento, debía hacer creer en la muerte de su ama. Una noche sombría la negra dominó sus terrores pensando en la recompensa prometida y cargó sobre sus hombros el cadáver de una india muer-ta desde hacía tres días. Al llegar a la puerta del convento hizo la se-ñal convenida. La portera, temblorosa, abrió y la negra, en silencio, depositó el fardo en el lugar que con el dedo le mostró la portera. La esclava fue enseguida a apostarse a la vuelta de la calle de Santa Rosa para esperar a su ama.

 

Dominga era, desde hacía muchos días, presa de las más vivas in-quietudes por los obstáculos sin cesar renacientes que dificultaban la ejecución de sus planes. Esperaba con una ansiedad inimaginable el resultado de las últimas gestiones intentadas para conseguir un cadáver de mujer, cuando su amiga la portera vino a prevenirle que su negra lo había introducido en el convento. A esta noticia, Domin-ga cayó de rodillas, besó el suelo y dirigiendo los ojos al Cristo perma-neció largo rato en esta posición, como abismada en un sentimiento inefable de amor y de reconocimiento.

 

Por la tarde la portera puso el cerrojo en la puerta sin cerrarla con llave. Enseguida fue, según la regla lo exigía, a llevar la llave a la superiora y se retiró a su tumba. Dominga, como a las doce de la no-che, cuando juzgó que todas las religiosas estaban profundamente dormidas, salió de su tumba en la que dejó su pequeña linterna sor-da y fue al lugar indicado por la portera a sacar el cadáver. Era una carga muy pesada para los miembros delicados de la joven religio-sa. Pero ¿qué no puede el amor por la libertad? Dominga levantó el

 

 

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3. Los conventos de Arequipa

 

horrible fardo con tanta facilidad como si hubiese sido una canasta de flores. Lo depositó sobre su lecho, le puso sus hábitos de religio-sa y revestida ella misma con un traje que había tenido cuidado de conseguir, prendió fuego a su lecho y huyó dejando abierta la puerta del convento.

 

Mi prima calló y las tres religiosas de Santa Catalina se miraron con un aire de inteligencia que me hizo presentir sus pensamientos. Después de algunos instantes de silencio la hermana Margarita pre-guntó lo que había ocurrido en el convento después de la evasión de Dominga y lo que habían pensado.

 

—Nadie, dijo mi prima, dudó de la veracidad del hecho. La herma-na portera, que no dormía como pueden ustedes presumirlo, corrió tras los pasos de Dominga a cerrar la puerta con el cerrojo y en la confusión, ocasionada por el incendio, la lista portera tomó la llave del cuarto de la superiora y cerró la puerta como de costumbre. Todo el mundo quedó convencido de que Dominga se había quemado. Los restos del cadáver que se encontró estaban inconocibles y fueron enterrados con las ceremonias usuales en el entierro de las religio-sas. Dos meses después la verdad de este acontecimiento comenzó a traslucirse. Pero, las religiosas de Santa Rosa no quisieron pres-tar fe y cuando la existencia de Dominga había cesado de ser una duda para todo el mundo, las buenas hermanas sostenían todavía que estaba bien muerta y que lo que se contaba sobre la pretendida salida del convento era una calumnia. Solo se convencieron cuando la misma Dominga se tomó el cuidado de hacerlo, demandando a la superiora para que le restituyese su dote que era de 10 mil pesos (50 mil francos).5

 

 

 

 

 

5   La fuga espectacular de esta monja tuvo lugar el 6 de marzo de 1831. Se ocultó en el campo en los primeros momentos, pero a poco don Andrés Martínez y don Mariano Llosa Benavides se presentaron a la Corte Superior de Justicia para que protegiesen la libertad de la monja. Le crearon así un serio problema de jurisdicción al obispo Goyeneche. Se inició un proceso civil y otro eclesiástico que duró mucho tiempo. La monja se arrepintió finalmente y el obispo le impuso severa penitencia. [N. de la T.].

 

 

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Durante todo el tiempo que duró el relato de mi prima me ocupé atentamente en observar el efecto producido por su narración so-bre las tres encantadoras religiosas. La mayor de las tres, la hermana Margarita, se mantuvo casi constantemente en su reserva habitual. A la viva e impetuosa Rosita se le habían escapado exclamaciones que demostraban con qué sinceridad esta amable niña compadecía los sufrimientos soportados por Dominga en sus once años de ago-nía. En cuanto a la dulce Manuelita, lloraba y repetía a menudo con una sencilla compasión:

 

—¡Pobre Dominga! ¡Cuánto debió sufrir! Pero también, ¡cuán feliz fue por haberse podido al fin libertar!

Y la graciosa niña recostaba su cabeza en mi hombro con un mo-vimiento infantil y lloraba.

Nos retiramos, dejando a las señoras sumidas en sus pensamien-tos que no creímos discreto turbar.

—Apostaría, dije entonces a mi prima, que antes de dos años estas tres religiosas no estarán ya acá.

—Pienso como usted, me respondió y me alegraría mucho de ello. Estas tres religiosas son demasiado hermosas y amables para vivir en un convento.

 

Al día siguiente salimos de Santa Catalina. Habíamos permane-cido seis días durante los cuales aquellas señoras pusieron todo su esmero en hacernos pasar el tiempo lo más agradablemente posible: comidas magníficas, meriendas deliciosas, paseos en los jardines y en todos los sitios curiosos del convento. Las amables religiosas no omitieron nada para agradarnos y hacernos gozar de las distraccio-nes que el convento les permitía ofrecernos. Toda la comunidad nos acompañó hasta la puerta, en desorden, sin ceremonia ni la menor etiqueta; pero con un afecto tan verdadero y emocionante que llora-mos con las buenas religiosas por el verdadero pesar que teníamos de separarnos. Nuestras impresiones eran muy diferentes de las que sentimos a nuestra salida de Santa Rosa. Esta vez nos retiramos con pena del convento y nos detuvimos muchas veces en la calle para dirigir nuestras miradas hacia las torres del asilo hospitalario que

 

 

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3. Los conventos de Arequipa

 

acabábamos de dejar. Nuestros niños y las esclavas estaban tristes y las señoras no cesaban de elogiar la bondad de aquellas amables religiosas.

 

No hubo día, en la semana siguiente a nuestra salida, que las reli-giosas no nos enviasen regalos de toda especie. Sería difícil hacerse una idea de la generosidad de estas excelentes señoras. Había yo con-servado un recuerdo tan agradable de la acogida amistosa recibida en el convento de Santa Catalina que antes de mi partida de Arequi-pa fui varias veces a conversar en el locutorio con mis antiguas ami-gas. En esta circunstancia me colmaron de regalitos y me dieron el encargo de enviarles de Francia música de Rossini.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El martes 1 de abril salimos de Santa Catalina. Mi tía, inquieta por su marido, por su casa y sin poder contener su impaciencia, quiso regre-sar a su hogar. Por lo demás, todo el mundo decía que San Román, asustado por el número y buen orden de las tropas de Nieto no osaría acercarse y se quedaría en Cangallo hasta que Gamarra le enviase refuerzos del Cuzco. El general compartía la opinión de la multitud y siempre preocupado por la llegada de Orbegoso, se impacientaba de la lentitud del enemigo y no adoptaba disposición alguna para re-cibirlo. El monje en su periódico entonaba ya los cánticos de la vic-toria. Los eruditos de Arequipa componían canciones en honor de Nieto, de Morán y de Carrillo y endechas sobre San Román. Todo tan burlesco y ridículo que me recordaba a los cantores de las calles de París después de las jornadas de julio.

 

Ese mismo martes, día de fiesta, se pagó a la tropa y Nieto, para hacerse agradable a los soldados, les dio permiso para divertirse, fa-vor del que se aprovecharon ampliamente. Fueron a las chicherías a beber chicha, entonaron a voz en cuello las canciones que acabo de mencionar y pasaron toda la noche en la embriaguez y el desor-den. Por lo demás no hacían con esto sino seguir el ejemplo de sus jefes quienes, por su lado, se habían reunido para beber y jugar. Es-taban tan persuadidos de que San Román no se atrevería a avanzar antes de recibir refuerzos que no hacían preparativos ni tomaban

 

 

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precauciones. La misma negligencia reinaba en las avanzadas. El miércoles 2 de abril, mientras los defensores de la patria dormían profundamente la borrachera de la víspera, se supo de repente que el enemigo se aproximaba. Todo el mundo subió a lo alto de las casas, pero el general los había engañado tantas veces que prestaban poca fe a las noticias que este anunciaba.

 

Eran las dos de la tarde y, excepto lo que la imaginación de cada uno prestaba al anteojo de larga vista, no se distinguía nada. Comen-zaban a impacientarse. El sol quemaba. Un viento seco, tal como sopla de continuo en Arequipa, hacía el calor aún más insoportable; barría los techos de las casas y arrojaba polvo a las caras de los espectadores. El lugar no era soportable sino para un observador de mi intrepidez. En vano mi tío me gritaba desde el patio que iba a perder la vista por la reverberación del sol, que esperaría inútilmente y que San Román no vendría en todo el día. No hice caso de sus opiniones, me acomodé en el reborde del muro, tomé un amplio paraguas rojo para defender-me del sol y, provista de un anteojo de larga vista de Chevallier, me instalé perfectamente. Abandonada a mis pensamientos y contem-plando el volcán y el valle ya no pensaba en San Román cuando, sú-bitamente, me recordó el objeto de la atención general un negro que me gritaba: “Señora, ¡allí están!”. Sentí subir a mi tío y dirigí enseguida mi anteojo en la dirección indicada por el negro. Vi con claridad dos líneas negras que se dibujaban en lo alto de la montaña vecina al vol-cán. Aquellas dos líneas, delgadas como un hilo, se desplegaron en el desierto describiendo ya una curva, ya otra a medida que avanzaban, formando a veces zigzagueos; pero sin romperse jamás, así como se ve en las bandadas de pájaros que varían infinitamente el orden de su vuelo y presentan en el aire una serie de puntos negros.

 

Al distinguir al enemigo toda la ciudad lanzó un grito de júbilo. La situación desgraciada en que el monje y Nieto había puesto a los ha-bitantes les era insoportable y a cualquier precio querían salir de ella. En el campamento de Nieto fue también grande el gozo celebrando los funerales de aquellos a quienes iban a abatir, a deshacer. Como a las tres Althaus entró a galope en el patio y al vernos a todos en los altos

 

 

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4. La batalla de Cangallo

 

de la casa me llamó con la emoción de un hombre muy inquieto. Bajé y prometí a mi tío darle a mi regreso las noticias que recibiese.

—¡Ah, prima! Jamás me he encontrado en un momento más crítico. Decididamente todas estas gentes están locas. Figúrese que estos mise-rables están ebrios. Ningún oficial se halla en aptitud de dar una orden y ningún soldado en la de cargar un fusil. Si San Román tiene un buen espía estamos perdidos. Dentro de dos horas será dueño de la ciudad.

 

Subí y comuniqué a mi tío los funestos presentimientos de Althaus. —Lo esperaba, dijo mi tío. Estos hombres son completamente inca-paces. Perderán su causa y tal vez no sea esto una desgracia para el país. El pequeño ejército de San Román empleó cerca de dos horas en descender de la montaña y vino a colocarse a la izquierda del vol-cán, sobre el montículo llamado Apacheta. Esta posición dominaba las fortificaciones de Nieto y era la que Althaus había previsto que ocuparía. San Román dispuso sus tropas en líneas muy extendidas con la esperanza de causar ilusión respecto a su número. Pero, se dis-tinguía perfectamente que las filas no tenían sino uno o dos hombres de fondo. Formó también en batallón cuadrado a los setenta y ocho hombres que componían toda su caballería. Hizo, en una palabra, todo lo que un hábil táctico podía hacer para que le atribuyesen un número de gente cuatro veces mayor. Las rabonas encendieron una multitud de fuegos en la cima del montículo y hacían tal ruido que

 

sus gritos se oían en la parte baja del valle.

 

Pero, una vez en presencia el uno del otro, ambos ejércitos se temieron mutuamente y cada uno de ellos quedó convencido de la superioridad del contrario. Si la apariencia verdaderamente militar que San Román había tomado a los ojos de Nieto hizo temer a este que sus elegantes Inmortales no tuviesen fuerza para sostener el choque con los soldados veteranos de su adversario San Román, por su lado, no era más sabio ni menos presuntuoso que Nieto. Según los informes de sus espías pensaba marchar a una victoria fácil. Creía aun obtenerla sin combatir. Muchos de sus oficiales me dijeron que estaban tan persuadidos de entrar la misma tarde en Arequipa que al salir por la mañana de Cangallo no habían pensado sino en sus

 

 

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pequeños preparativos de toilette, con el fin de estar listos para visitar a las damas a su llegada. Los soldados

participaban de la misma confianza y habían arrojado sus víveres y vaciado sus marmitas gritando: “Viva la sopa del cuartel de Are-quipa”. Sin embargo, las señoras rabonas a pesar de todo el trabajo que se daban para tener aire de cocinar no tenían ni una mazorca de maíz, ningún alimento que ofrecer a sus imprudentes compañeros. Y, para colmo de fatalidades, el ejército se encontraba acampado en un lugar donde no podía obtenerse ni una gota de agua. En cuanto San Román pudo apreciar su situación no supo más que desesperar-se y llorar como un niño, como supimos después. Felizmente para su partido tenía a su lado a tres jóvenes oficiales cuyo valor, firmeza y talento lo sacaron del aprieto. Los señores Torres, Montoya y Quiro-ga, a quienes sus cualidades hacían dignos de servir mejor causa, se apoderaron del mando, reanimaron la moral del soldado, apacigua-ron los insolentes murmullos de las rabonas y dando el ejemplo de la resignación, que todo militar debe tener en semejantes momen-tos, cortaron con sus sables unas ramas en forma de raquetas que crecen en abundancia en los cerros, las masticaron para aplacar la sed y las distribuyeron entre los soldados y las rabonas. Todos las recibieron con sumisión y se alimentaron con ellas sin atreverse a replicar. Pero, estos oficiales comprendían que este medio no podía calmar la irritación de sus hombres sino por unas horas. Se decidie-ron a arriesgar el combate prefiriendo morir por el hierro y no de sed. El teniente Quiroga preguntó a los soldados sin querían retirar-se sin combatir, huir vergonzosamente en presencia del enemigo y exponerse a su regreso a Cangallo a perecer de hambre y de sed y morir en el desierto como animales o preferían hacer sentir el poder de su brazo a esta tropa de fanfarrones incapaces de resistir a pesar de su número. Esos soldados, que en cualquiera otra circunstancia hubiesen huido tan solo a la vista de sus enemigos, respondieron con aclamaciones a esta arenga militar y pidieron el combate.

 

Era cerca de las siete de la noche. Acababa de subir nuevamen-te a mi puesto de observación y parecía reinar la calma en los dos

 

 

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4. La batalla de Cangallo

 

campos. Se suponía que, en vista de la hora avanzada, el combate no se empeñaría sino al rayar el día. De repente vi destacarse del bata-llón cuadrado de San Román a una especie de portabandera seguido inmediatamente por todo el escuadrón de caballería. Luego avanza-ron a su encuentro los dragones del ejército de Nieto dirigidos por el coronel Carrillo. Ambos escuadrones se lanzaron a paso de carga. Cuando estuvieron a tiro se hizo una descarga de mosquetería, en-seguida otra y continuaron así. El combate había empezado. Escu-ché entonces un gran rumor en ambos campos; pero el humo era tan denso que nos ocultaba esta escena de carnicería.

 

Sobrevino la noche y quedamos en completa ignorancia de lo que ocurría. Mil rumores circularon. Los alarmistas pretendían que ha-bíamos perdido mucha gente y que los enemigos iban a entrar en la ciudad. Nuestra casa estaba llena de gentes que venían con la es-peranza de tener noticias. Uno lloraba por su hijo, esta otra por su marido o por su hermano: era una desolación general. Como a las nueve llegó un hombre del campo de batalla y pasó por la calle de Santo Domingo. Lo detuvimos y nos dijo que todo estaba perdido y que el general lo enviaba donde su esposa para decirle que se retirase enseguida al convento de Santa Rosa. Agregó que había un desorden espantoso en nuestras tropas: la artillería del coronel Morán había disparado sobre nuestros dragones confundiéndolos con el enemi-go y dado muerte a gran número de ellos. Esta nueva se divulgó por la ciudad. El espanto se apoderó de todo el mundo. Los que habían creído poder quedarse en sus casas, asustados de su propio valor, se apresuraron a dejarlas. Se les veía correr como locos, cargados con sus platos de plata y con sus vasos de noche;1 esta llevaba un estuche pequeño con alhajas, aquella un brasero; las negras y las zambas te-nían mezcladas las alfombras y los vestidos de sus amas. Los gritos de los niños, las vociferaciones de los esclavos y las imprecaciones de los patrones daban a esta escena de confusión una expresión espantosa. Los dueños del oro, los propietarios de esclavos, la raza

 

 

 

1   En el Perú todos los vasos de noche son de plata. [N. de la A.].

 

 

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dominadora, en fin, eran presas del terror; mientras el indio y el negro se regocijaban de la próxima catástrofe y parecían meditar venganzas y saborear de antemano las primicias. Las amenazas bro-taban de boca del indígena. El blanco se intimidaba. El esclavo no obedecía. Su risa cruel, su mirada torva y feroz arredraban al amo que no osaba golpearlo. Era la primera vez, sin duda, que todas las caras blancas y negras dejaban leer en su fisonomía toda la bajeza de su alma. Tranquila en medio de este caos, contemplaba con dis-gusto imposible de reprimir este panorama de las malas pasiones de nuestra naturaleza. La agonía de estos avaros porque temían la pér-dida de sus riquezas, más que la misma vida, la cobardía de toda esa población blanca incapaz de la menor energía para defenderse por sí misma; ese odio del indio, disimulado hasta entonces bajo formas obsequiosas, viles y rastreras; esa sed de venganza del esclavo, quien aún la víspera besaba como un perro la mano que lo había golpeado, me inspiraban el desprecio más profundo que en la vida he sentido por la especie humana. Yo le hablaba a mi zamba en el tono ordina-rio y esta muchacha, ebria de gozo, me obedecía porque veía que no sentía temor. Mi tío y yo no quisimos ya ir a ningún convento. Solo mis primas fueron con los niños. Al tumulto de la horrible escena que acabo de describir sucedió el silencio del desierto. En menos de una hora toda la población se aglomeró confusamente en los con-ventos de mujeres o de hombres y en las iglesias. Estoy segura de que no quedaron en la ciudad veinte casas habitadas.

 

Nuestra casa se convirtió en el lugar de cita de los habitantes, en primer lugar, por la seguridad que ofrecía su proximidad a la igle-sia de Santo Domingo y enseguida por la esperanza de que Althaus enviase noticias a don Pío. Nos hallábamos todos reunidos en una inmensa sala abovedada que daba a la calle: era el gabinete de mi tío. No había luz por no atraer la atención de los transeúntes. No te-níamos sino el fulgor de los cigarros que los fumadores, esa tarde, tenían constantemente encendidos en la boca. Era una escena digna del pincel de Rembrandt. Se distinguía, a través de las espesas nu-bes de humo que llenaban el cuarto, las caras largas y estúpidas de

 

 

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cuatro frailes de la orden de Santo Domingo con sus largos vestidos blancos, sus rosarios de cuentas negras y sus toscos zapatos con he-billas de plata. Con una mano hacían caer la ceniza de su cigarro y con la otra jugaban con sus correas. En el lado opuesto los rostros pálidos y delgados de tres pobres millonarios a quienes el lector ya conoce: los señores Juan de Goyeneche, Gamio y Ugarte. Una docena de personas se encontraban también allí. Mi tía estaba sentada en el extremo de uno de los sofás, con las manos juntas, rezando por los muertos de ambos partidos; en tanto que mi tío iba y venía de un lado para otro de la habitación hablando, gesticulando de una ma-nera brusca y animada. Yo me recosté sobre el reborde de la ventana envuelta en mi abrigo. Gozaba del doble espectáculo ofrecido por la calle y el gabinete. Esta noche estuvo para mí llena de enseñanzas. El carácter de este pueblo tiene un sello que le es peculiar: su gusto por lo maravilloso y por la exageración es extraordinario. No podría decir cuántas historias macabras fueron referidas durante esta larga velada, cuántas mentiras fueron dichas, todo con un aplomo y con una dignidad que no podía dejar de admirar. Los que escuchaban probaban, con su fría indiferencia, que creían muy poco los cuentos que les narraban.

 

Pero, de repente, cada vez que se recibían noticias verdaderas o falsas de lo que ocurría en el campo de batalla, se abandonaba la na-rración de cuentos y la conversación cambiaba. Si un soldado herido se arrastraba hacia el hospital y decía que los arequipeños habían perdido la batalla se elevaba enseguida en la sala un rumor burlesco. Se vociferaba contra el cobarde; el bribón, el imbécil de Nieto y se exaltaba al digno, al bravo, al glorioso San Román. Los buenos frailes de Santo Domingo dirigían al cielo sus votos sinceros para que ese perro de Nieto fuese muerto y se ponían a hacer hermosos proyectos para la brillante recepción que contaban hacer al ilustre San Román. Un cuarto de hora después, si otro soldado pasaba gritando: “¡Viva el general Nieto! ¡La victoria es nuestra! ¡San Román está perdido!”, entonces los asistentes aplaudían, los buenos padres palmoteaban con sus toscas manos exclamando: “¡Oh, el valiente general! ¡Cuánto

 

 

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valor! ¡Cuánto talento! ¡Condenado sea ese miserable indio, ese zam-bo de San Román!”. Mi tío temía verse comprometido por aquellos impertinentes charlatanes, tan ridículos como despreciables, pero en vano empleaba toda su elocuencia en hacerlos callar. Sus esfuer-zos eran inútiles pues en la naturaleza de las gentes de este país está el abrumar sin piedad y sin medida al que cae, para alabar con exage-ración al que ha tenido éxito.

 

Como a la una de la mañana Althaus nos envió a uno de sus ayu-dantes para informarnos que, desde las ocho, la acción había cesado. El enemigo, intimidado por el número, no se había atrevido a aventu-rarse, durante la noche, en localidades que no conocía. Ya habíamos perdido treinta o cuarenta hombres, entre ellos un oficial, a causa de la funesta equivocación de Morán y un desorden alarmante reinaba entre la tropa. Mi primo enviaba una esquela escrita a lápiz en la cual me decía que consideraba la batalla perdida.

 

A las cuatro de la mañana estaba yo en lo alto de la casa. Admi-raba la salida del sol y el magnífico espectáculo que me ofrecían las cúpulas de las numerosas iglesias y conventos que encierra esta ciu-dad, apiñadas de gente. Todos estos seres humanos, hombres, muje-res y niños que presentaban los diversos matices del negro al blan-co, trajeados según su rango y su respectiva raza y unidos en aquel instante por el mismo pensamiento que les preocupaba, formaban un todo armónico y no tenían más que una sola expresión. Las cúpu-las y las torres habían perdido su naturaleza inerte. La vida se había incorporado a ellas. Estaban animadas por el mismo espíritu. Esas figuras inmóviles en igual actitud, todas con el cuerpo inclinado, la boca entreabierta y los ojos fijos en la misma dirección hacia los dos campanarios, cubrían totalmente las cúpulas, las torres y les daban un aspecto sublime.

 

¿Por qué impulso divino, me preguntaba, todos esos seres que viven entre sí en una lucha perpetua, que aún ayer ofrecían la ima-gen del caos, componen ahora un armonioso conjunto? ¿Qué poder sobrehumano les obliga a todos, en el mismo instante, a abandonar sus moradas y dejar el tumulto de la ciudad donde reinan ahora el

 

 

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silencio y la inmovilidad? ¿Cómo han podido en un momento olvidar el tuyo y el mío y confundir sus pensamientos en una idea común? Así como a bordo de un barco en donde todos los odios se apaciguan y todas las querellas cesan cuando se levanta la tempestad, la unión ¿no puede existir entre los hombres sino por la inminencia del pe-ligro que corren? ¿Cómo no han sentido todavía que las sociedades no pueden lograr la felicidad sino por medio de la unión como cuan-do evitan el peligro y que el aislamiento es tan funesto al individuo como a la sociedad de la cual forma parte?

 

Volví la espalda al campo. Cautivada por mis reflexiones olvidé el combate y los combatientes. Un ruido largo y sordo, que se escapó de las cúpulas como desde una tumba, me sacó de mi arrobamiento. ¡Toda aquella masa animada por el mismo sentimiento no tuvo sino una voz! De esos millares de pechos brotó un solo grito, vibrante de una dolorosa expresión. Me emocioné hasta las lágrimas. Sin tener necesidad de voltear la cabeza hacia el campo de batalla comprendí que se mataban... ¡O que iban a matarse!... A este grito de dolor suce-dió un silencio de muerte y la actitud en las cúpulas y en las torres anunciaba el más alto grado de atención. De repente se dejó oír un segundo grito y el acento de este y el gesto con que fue acompañado me tranquilizaron sobre la suerte de los combatientes. Me volví y vi gran movimiento en los dos campamentos. Rogué a mi tío que me dejara mirar con su anteojo. Distinguí a dos oficiales que corrían de un campo al otro y disparaban sus pistolas. Después el general Nieto, seguido de sus oficiales, iba al encuentro de un grupo de oficiales del campo enemigo. Los vi confundirse en mutuos abrazos. Nos conven-cimos entonces de que el ejército de San Román acababa de rendirse y que todo se arreglaría.

 

Formábamos mil conjeturas cuando Althaus entró a caballo en el patio a toda velocidad y gritó a voz en cuello: “¡Eh, los de arriba! ¡Ba-jen pronto! ¡Traigo grandes noticias!”. Las escaleras de mano con las cuales se sube sobre las casas están muy lejos de ser cómodas, pero olvidamos todo peligro y bajamos a cuál más ligero. Llegué al patio antes que los demás, salté al cuello de Althaus y lo abracé tiernamente

 

 

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por primera vez. No estaba herido, pero ¡Dios mío, en qué estado se encontraba! Él, tan amigo de la limpieza en sus vestidos, se hallaba cu-bierto de polvo, de lodo y de sangre. Su rostro estaba inconocible. Sus ojos hinchados se saltaban de las órbitas. Su nariz y sus labios estaban igualmente hinchados. Tenía la piel desgarrada, contusiones por todas partes, las manos negras de pólvora y, en fin, la voz enronquecida en tal forma que apenas se le podía comprender una palabra.

 

—¡Ah primo!, le dije con el corazón afligido, no tenía necesidad de verlo en este estado para aborrecer la guerra. Después de todo cuan-to he visto ayer, pienso en que no puede haber castigos demasiado crueles para quienes las desencadenan.

 

—Florita, usted hará hoy de mí lo que quiera porque no puedo hablar. Pero por favor no dé el nombre de guerra a una refriega ridí-cula en la cual ninguno de esos mozalbetes sabe ni apuntar un arma. ¡Heme aquí en la facha de un ladrón! Y para llevar al colmo mi buen humor, mi amable esposa ha escondido hasta mi última camisa.

 

Althaus se arregló lo mejor que pudo, tomó cuatro o cinco tazas de té, comió una docena de tostadas y se puso enseguida a fumar. Mien-tras hacía estas cosas, regañaba de su mujer, se reía y bromeaba como de costumbre y nos contaba lo que había sucedido desde la víspera.

 

—Ayer, dijo, el combate no fue sino una escaramuza, pero ¡qué inextricable confusión la que siguió! Felizmente los gamarristas tu-vieron miedo y se retiraron. He necesitado toda la noche para poner un poco de orden entre nuestra gente. Esta mañana ocupábamos el campo de batalla y esperábamos ver al enemigo abatirse sobre no-sotros con toda la ventaja de la posición cuando, en vez de esto, vi-mos llegar a un parlamentario quien, a nombre de San Román, pidió hablar con el general. Nieto, olvidando su dignidad, quería aturdi-damente aceptar de inmediato esta invitación. El monje se opuso y también los demás. Para cortar por lo sano la discusión dije: “Como jefe de Estado Mayor, a mí me toca ir”. Y, sin esperar respuesta, dirigí mi caballo hacia donde se hallaba el parlamentario. Este me anunció que San Román deseaba hablar con el general en persona. No pu-diendo obtener de él otras palabras regresé y dije al general:

 

 

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4. La batalla de Cangallo

 

—Si quiere usted creerme, por toda conversación les enviare-mos balas. Esas frases se comprenden siempre. El imbécil de Nieto no tuvo en cuenta mi opinión. Quiso hacerse el bueno, el generoso, ver a su antiguo camarada y a sus hermanos del Cuzco. El monje rechinaba los dientes y echaba espumarajos de rabia; pero le fue preciso ceder ante el hombre de quien pensaba servirse como de instrumento, cuando lo hizo nombrar. Nieto le impuso silencio con estas palabras: “Señor Valdivia, el único jefe aquí soy yo”. El padre enojado le lanzó una mirada que decía a las claras: “Cuando pueda ahorcarte no dejaré de hacerlo”. Sin embargo, no queriendo aban-donar la partida, se resignó a seguir al sensible Nieto. Actualmente están en conferencia con el enemigo, asistidos por dos periodistas, Quirós y Ros.2 Pero ahora estoy ya repuesto, algo limpio y regreso al campamento donde voy a dormir hasta que vengan a decirme si hay que batirse o abrazarse.

 

La nueva que nos dio Althaus se propaló rápidamente por la ciu-dad y llegó hasta los conventos. Se creyó que la entrevista de los dos jefes traería la paz. Esta esperanza era ya una felicidad para todos. Los arequipeños son esencialmente perezosos. Las crueles agitacio-nes soportadas durante un día y una noche habían agotado sus fuer-zas y acogieron con complacencia la ocasión de reponerse. Al tener un momento de tregua cerraron los ojos al porvenir y carecieron de energía para intervenir en su propia causa. Cada uno de ellos solo pensó en los pequeños goces de que se había privado durante vein-ticuatro horas: este pensaba en su chocolate, aquel en renovar su provisión de cigarrillos, todos buscaban algún sitio en los conventos o en las iglesias para acurrucarse a descansar. Yo también me sentí fatigada. Las emociones tan fuertes como nuevas que me habían agi-tado desde la víspera me hacían sentir igualmente la necesidad de un reposo al que no tenía ningún deseo de resistir. Me acosté después

 

2   Nieto no llevó consigo a Valdivia ni a dos periodistas a su conferencia con San Román, como repite Flora. Asistieron a ella Manuel Ros, que era militar y muy amigo de San Román y J. Félix Iguaín. La conferencia duró como tres cuartos de hora. Ver Valdivia (1874, p. 63). [N. de la T.].

 

 

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de haber dado a mi zamba la orden de despertarme solo cuando los enemigos estuviesen en el patio. Era el jueves 3 de abril.

Como a las seis de la tarde estaba yo todavía profundamente dor-mida cuando Manuel y mi tío entraron:

—Y bien, dijo mi tío, ¿qué noticias nos traes?

 

—Nada positivo. El general permaneció con San Román desde las cinco de la mañana hasta las tres de la tarde. Pero cuando regresó no dijo nada sobre esta larga conferencia, sino que pensaba que todo se arreglaría. Hemos sabido por un ayudante que la entrevista de ambos jefes fue muy conmovedora. Lloraron mucho por las desgracias de la patria y por la pérdida del oficial Montenegro cuyo cuerpo rodearon y juraron sobre su cadáver unión y fraternidad. En fin, todo el día se pasó en recitar por una y otra parte hermosas frases. Los gamarristas se ha-cen los tontos y son dulces como corderos. Mientras tanto Nieto, más sensible que nunca, ha permitido a San Román que envíe a sus hom-bres y caballos a beber a la fuente del Agua Salada. Les ha hecho hasta llevar víveres3 y trata a San Román y a su ejército como a hermanos.

 

Manuel me invitó a visitar el campamento. Mi tío quiso acompa-ñarme y fuimos todos. Encontré las chicherías y la casa de Menao completamente destruidas y el campamento en el mayor desorden. Al ver el aspecto de esos lugares se habría creído que los ocupaban los enemigos. Los campos de maíz estaban destrozados. Los pobres campesinos se habían visto obligados a huir y sus chozas estaban lle-nas de rabonas. En el Estado Mayor vi a los guapos oficiales de ordi-nario tan elegantes, sucios, con los ojos enrojecidos y la voz ronca. La mayoría de ellos dormían tendidos en el suelo, así como los soldados. El cuartel de las rabonas era el que más había sufrido. La artillería de Morán lo había alcanzado en la confusión y había derribado todo. Tres de estas mujeres habían muerto y siete u ocho estaban grave-mente heridas. No encontré al general ni a Valdivia: ambos dormían.

 

 

3   Según Valdivia (1874, p. 63), Nieto envió a San Román doce cargas de pan, arroz, galleta, vino, chocolate, azúcar y té, de los víveres que tenían dispuestos para un caso de retirada. [N. de la T.].

 

 

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4. La batalla de Cangallo

 

A nuestro regreso mi tío me dijo:

 

—Florita, auguro males a todo esto. Conozco a los gamarristas, no son gentes capaces de ceder. Hay con San Román hombres de mérito. Nieto no es capaz de luchar en astucia con ellos. Bajo las apariencias de cordialidad, me engaño si no se oculta una trampa.

 

Al día siguiente Nieto fue de nuevo a ver a San Román. Le hizo llevar vino, jamones y pan para sus tropas. Todo el mundo espera-ba, a las doce, la publicación de un bando en el cual el general diera cuenta al ejército y al pueblo del resultado de las conferencias sos-tenidas desde hacía dos días con el enemigo. Era más de las dos de la tarde y no apareció ningún bando. Entonces se comenzó a gritar contra este hombre nombrado por el pueblo comandante general del departamento, quien desde hacía tres meses disponía a su agrado de la fortuna, de la libertad y de la vida de los ciudadanos y respondía a tal confianza dándose aires de presidente o más bien de dictador.

 

Esta conducta llevó al colmo la exasperación contra Nieto. Una población de 30 mil almas, obligada a abandonar sus ocupaciones y sus costumbres para agazaparse en los monasterios y las iglesias, estaba impaciente por saber a qué atenerse. No podía soportar por más tiempo la situación a que la habían reducido. El pequeño nú-mero de personas que permanecieron en sus casas, como nosotros lo habíamos hecho, estaba en la situación más incómoda. Con todo escondido en los conventos nos hallábamos privados de ropa, de cu-biertos, de sillas y hasta de camas. Pero si nosotros sufríamos estas privaciones, los millares de desgraciados hacinados confusamente en los monasterios sufrían más todavía. Les faltaba los vestidos y las cosas más indispensables para la preparación de los alimentos. Hombres, mujeres, niños y esclavos se veían obligados a estar juntos en un reducido espacio. Su situación era intolerable.

 

Fuera de estos verdaderos sufrimientos, ese pueblo soportaba una efectiva tortura moral al no saber por cuál de los beligerantes debía pronunciarse y al ignorar el nombre de aquel a quien el des-tino ofrecía su incienso y el del infortunado a quien debía abrumar con sus ultrajes y sus maldiciones. Como no podía prever cuál de los

 

 

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dos jefes había de triunfar, era menester esperar. Y esperar sin poder hablar era un cruel suplicio para ese pueblo hablador.

Como a las tres circuló en la ciudad el rumor de que todo estaba arreglado. San Román reconocía a Orbegoso como legítimo Presi-dente, había fraternizado con sus hermanos de Arequipa y su entra-da quedaba postergada hasta el domingo siguiente para poder oír la misa de fiesta en acción de gracias. La población estuvo encantada al recibir esta noticia. Mas esta alegría fue, ¡ay!, de corta duración. A las cinco fue un ayudante de parte de Althaus a anunciarnos que las negociaciones entre ambos jefes quedaban rotas y que él mismo vendría por la tarde a referirnos todo el asunto. Al conocer este resul-tado el pueblo, cuya indignación estaba comprimida por el miedo, cayó en una especie de estupor: quedó como petrificado.4

 

Nos hallábamos reunidos en el gabinete de mi tío. No sabíamos, después de tantas noticias contradictorias, el sesgo que iban a tomar los acontecimientos y esperábamos a Althaus con viva ansiedad cuando el desgraciado general pasó, seguido por el monje y por algu-nos otros. Me asomé a la ventana y le dije:

 

—General, ¿tendría usted la bondad de decirnos si decididamente tendrá lugar la batalla?

—Sí, señorita, mañana al amanecer. Esto es positivo. Asombrada por el tono de su voz, le tuve lástima. Mientras ha-

blaba con mi tío lo examinaba con atención: todo en él revelaba un dolor moral llevado al más alto grado. Su ser estaba íntegramente afectado. Sus miradas esquivas, las venas de la frente tendidas como cuerdas, sus músculos crispados y sus facciones descompuestas

 

4   Valdivia en sus Memorias... pasa como sobre ascuas al relatar este incidente. Gran amigo de Nieto –pese a lo que cuente Flora– se ve a las claras que no quiere dar impor-tancia al error cometido por este general. Parece que, en efecto, San Román ofreció mañosamente reconocer a Orbegoso con el fin de conseguir víveres. Según Valdivia, Nieto dijo al coronel Anselmo Quiroz que lo interrogaba al respecto: “Hemos hecho un acuerdo con San Román, bajo la palabra de honor. Reconoce al presidente Orbegoso y le he ofrecido garantías para él y sus compañeros”. Y añade Valdivia: “Quiroz, al oír esto, se tiró fuertemente los bigotes, volvió atrás y montó a caballo, diciendo en voz fuerte y airada: ‘Esto no hace un sargento’” (1874, p. 64). [N. de la T.].

 

 

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4. La batalla de Cangallo

 

manifestaban a las claras que el desgraciado aturdido acababa de ser engañado de una manera indigna. Apenas podía sostenerse en la montura. Gruesas gotas de sudor le corrían a lo largo de las sienes. Su voz tenía un timbre tan desgarrador que hacía sufrir al oírla. Sus manos parecían triturar las riendas de su caballo. Lo creí loco... No se detuvieron sino breves minutos. Cuando se alejaron me dijo mi tío:

 

—Pero, Florita, ese pobre general está enfermo. No podrá mandar mañana.

—Tío, la batalla está perdida. Este hombre no está en su razón. Sus miembros le niegan sus servicios. Es absolutamente preciso re-emplazarlo, de otra manera mañana coronará todas sus necedades.

 

Dejándome entonces arrastrar del impulso de mi alma, supliqué a mi tío que fuese a buscar al prefecto, al alcalde y a los jefes del ejér-cito, les hiciese contemplar la posición crítica en la cual Nieto los ha-bía puesto y los indujese a reunirse en asamblea para retirar a Nieto de la dirección y nombrar a otro general en lugar suyo.5

 

Mi tío me contempló espantado y me preguntó a mi vez si no me había vuelto loca al proponerle que se comprometiese con un acto de esta naturaleza. ¡Y hombres semejantes quieren formar una repúbli-ca!... Todavía hablábamos sobre este tema cuando llegó Althaus.

 

—Florita, tiene razón. Su deber, don Pío, es reunir al instante a los principales vecinos de la ciudad para que esta misma tarde le quiten el mando a Nieto. Que se nombre a cualquiera, a Morán, a Carrillo, al monje, a usted, pero ¡por Waterloo!, que ese animal no se meta ya en nada, sin eso la batalla está perdida. Nieto no es un mal hombre, pero su debilidad y su sensiblería han hecho más daño que el que podría

 

5   La figura del entonces general Domingo Nieto tiene un significado mucho más va-lioso que el que le atribuye Flora Tristán. Su devoción a las causas que simbolizaron los principios constitucionales dio lugar a que se le llamara “el Quijote de la ley”. Su afición a los héroes democráticos de la época clásica originó, por parte de sus enemigos, otro sobrenombre en la campaña de 1843, cuando ya tenía el más alto rango de la jerarquía militar: “el mariscal grecorromano”. Pese a los defectos que pudo tener fue sincero, hon-rado, idealista. Acerca de su vida pueden consultarse el estudio que le dedicó Attilio R. Minutto, que incluye el texto de su testamento, bello documento de romanticismo político, y la obra de Pedro Ruiz Bravo, El Mariscal de Agua Santa. [N. de la T.].

 

 

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causar su maldad. Hoy aprecia las consecuencias de las faltas cometi-das y su débil inteligencia se ha espantado a tal punto que se ha vuelto loco. Yo estoy seguro de que está loco. Todos sus actos lo prueban.

 

Mi tío no se atrevía a decir una palabra. Temía la franqueza de Al-thaus y la mía. Al vernos hablar en alta voz delante de veinte personas, y siempre preocupado por el temor de comprometerse, tomó el parti-do de hacerse el enfermo y se fue a acostar. Mi tía hizo otro tanto y yo me quedé sola en la casa.

 

Althaus me dijo que todo el ejército estaba indignado contra el ge-neral y que se hablaba en el campamento de arrancarle las charreteras.

—Primo, cuénteme todo lo que ha ocurrido.

 

—He aquí el asunto en dos palabras: San Román no tenía víveres. Halagó a Nieto para obtenerlos, le prometió reconocer a Orbegoso y nuestro crédulo general prestó fe a unas promesas dictadas por la necesidad. Por fin regresó Nieto. Estábamos todos impacientes por la espera. Morán le preguntó: “Decididamente general, ¿nos batiremos? ¿Hay que prepararse para esta tarde?”. “Para mañana, señor, a la sali-da del sol”. Traía consigo a tres oficiales de San Román. Los ha hecho detener y esta tarde quiere hacerlos fusilar. Le repito, ese hombre está loco... Sería urgente quitarle el mando. Pero la elección de otro jefe es algo muy difícil y ¿cómo proceder a esta nominación? Usted ve, todos los ciudadanos que deberían morir por la patria están ocultos en los conventos. Su tío se mete en cama. Los Goyeneche, los Gamio, etc., se contentan con llorar. Pues bien, le pregunto: ¿qué diablos se puede ha-cer con un pueblo de cobardes? Yo miro como cosa cierta que perdere-mos la batalla y me contraria esto porque detesto a ese Gamarra.

 

Althaus me apretó la mano, me tranquilizó sobre su suerte diciéndome:

—No tema nada por mí, los peruanos saben correr, pero no matar.

 

Y regresó al campamento.

 

Me desperté al alba cuando llegó un viejo chacarero quien vino a decirnos de parte de Althaus que San Román, aprovechando la noche, había abandonado su posición para retirarse a Cangallo y Nieto se había lanzado a perseguirlo con todo el ejército seguido hasta por las rabonas.

 

 

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4. La batalla de Cangallo

 

Cuando se hizo de día subí a lo alto de la casa y no vi en la llanura vestigio alguno de campamento. Al fin habían partido para batirse.

De nuevo la multitud cubría las cúpulas de las iglesias y de los conventos. Pero no era ya esa reunión de seres que formaban uno solo por el sentimiento que lo animaba y cuyo silencio, la antevís-pera, me había causado estupor. Un ruido sordo, confuso, brotaba de esas masas colosales y el movimiento continuo que las agitaba parecía el tumulto de las olas en un mar irritado. Oía las conversa-ciones de la torre de Santo Domingo. Todos hacían conjeturas. Se suscitaban discusiones que acababan por convertirse en disputas pues la irritación de todos causada por tan largos sufrimientos les hacía ásperos, porfiados, insociables. Además, eran presa de las más crueles inquietudes y la ansiedad redoblada por una larga espera se convertía en suplicio intolerable. Se impacientaban al no ver nada y el calor de un sol ardiente exasperaba aún más esta impaciencia. Los frailes eran los únicos que trataban de alegrar a la multitud. El uno hacía una mala pasada a una zamba bonita. El otro hacía caer a un negrito con riesgo de matarlo. Todas esas gentilezas provocaban las risas ruidosas del populacho y eran un insulto a las angustias de los seres que temían por la suerte de un hijo, de un amante o de un hermano.

 

A las nueve el cañón se dejó oír. Los cañonazos se repitieron con una espantosa rapidez. El más profundo silencio reinó entonces en-tre toda aquella multitud. Era el condenado en presencia del cadal-so. Al cabo de media hora distinguimos una nube de humo que se elevaba detrás de la Apacheta. El pueblo de Cangallo se encontraba al pie de aquella montaña y supusimos que el combate se libraba allí. Hacia las once aparecieron muchos soldados en la plataforma de la Apacheta. Apenas había transcurrido media hora cuando des-aparecieron detrás de la montaña y no vimos sino algunos hombres dispersos, unos a pie, otros a caballo. Con ayuda del excelente an-teojo de larga vista del viejo Hurtado yo distinguía perfectamente a muchos de estos desgraciados que estaban heridos: uno trataba de sentarse para vendarse el brazo con el pañuelo; otro se amarraba la

 

 

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cabeza; aquel estaba echado de lado sobre su caballo; todos descen-dían el camino estrecho y difícil de la montaña.

Por fin, a las doce y media los arequipeños tuvieron la convicción de su desastre. El espectáculo de una derrota, magnífica como la tem-pestad, espantosa como ella, se ofreció a nuestras miradas. Yo había asistido a las jornadas de julio de 1830, pero entonces me hallaba exaltada por el heroísmo del pueblo y no pensaba en el peligro. En Arequipa no vi sino las desgracias que amenazaban a la ciudad.

 

Los dragones de Carrillo, bien montados, llevando la bandera del Perú en la punta de sus lanzas, aparecieron de improviso en la cima de la Apacheta. Se precipitaron desde lo alto de la montaña al galope de sus caballos en el más grande desorden que el miedo podía provo-car. Tras de ellos venían los chacareros montados sobre mulas y as-nos. Enseguida los hombres de infantería corrían entre los caballos y las mulas, arrojaban sus fusiles y bagajes para estar más ágiles. Por fin, la artillería a lo último protegía la retirada. Todo esto seguido por las desgraciadas rabonas que llevaban sobre sus espaldas a uno o dos niños y empujaban al propio tiempo las mulas cargadas, los bueyes y los carneros que Nieto había querido que acompañasen al ejército.

 

A su vista la ciudad lanzó un grito, ¡grito horrible, grito de terror que todavía resuena en mi alma! En el mismo instante desapareció la multitud. Las cúpulas no presentaron ya sino sus masas inertes. El silencio reinó en todas partes y la lúgubre campana de la catedral se dejó oír. ¡Aquí no sé cómo expresarme, pues siento cuán impotentes son las palabras para reproducir semejantes escenas de desolación! ¡Todo lo que la aflicción de madre y amante, de hija y de hermana tiene de más desgarrador lo sintieron las mujeres de Arequipa! En el primer momento estuvieron como heridas por el rayo con esta cala-midad. Abrumadas por el dolor todas cayeron de hinojos, levantaron las manos temblorosas, los ojos bañados en lágrimas y oraron...

 

Me había quedado sola en la casa y sin distinguir nada miraba siempre en dirección de la Apacheta que una nube de polvo ocultaba a mi vista, cuando sentí que me tiraban del vestido. Al voltearme vi a mi zamba mostrándome con el dedo los patios de mi tío y del señor

 

 

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Hurtado y me hizo signo de ponerme de rodillas. Obedecí a la esclava y me arrodillé. Vi en el patio de la casa a mi tía Joaquina, a las tres señoritas Cuello que tenían a su hermano entre los dragones de Ca-rrillo y a siete u ocho mujeres postradas en oración. El patio del viejo Hurtado me ofrecía el mismo espectáculo. Yo no oré por aquellos a quienes la batalla había libertado de la vida, sino por ese desgraciado país donde se encuentran tantos hombres codiciosos, de tan atroz perversidad que, con pretextos políticos, provocan de continuo las disensiones a fin de tener en la guerra civil ocasión de saquear a sus conciudadanos. Cuando terminó esta piadosa invocación dirigí mis miradas hacia la Apacheta. La nube de polvo se había disipado. El camino desierto había readquirido su tristeza habitual.

 

Hacia la una y media comenzaron a llegar los heridos. ¡Ah! Fue-ron escenas desgarradoras. Se reunieron en el ángulo de nuestra casa más de cien mujeres. Esperaban el paso de estos desgraciados, atormentadas por el temor de reconocer entre ellos a sus hijos, a sus maridos o hermanos. La vista de cada herido provocaba entre ellas tal exceso de desesperación que sus gemidos y sus atroces angustias me torturaban. ¡Lo que sufrí aquel día fue algo espantoso!...

 

Estábamos inquietos por Althaus, por Manuel, por Crevoisier, Cuello y otros. No imaginábamos por qué el general no venía a ocu-par la ciudad para defenderla como habían decidido que se haría en caso de un revés. Hacía más de una hora que había tenido lugar la de-rrota y se esperaba a cada instante ver llegar al enemigo. Cuello llegó moribundo. El infortunado había recibido un balazo en la cadera. La sangre le manaba desde hacía tres horas. Se le condujo al hospital. Yo fui a ayudar a sus hermanas a instalarlo lo mejor posible.

 

¡Daba pena ver el patio de este hospital! Ninguno de los conven-tos de Arequipa comprende que la religión predicada por Jesucristo consiste en servir al prójimo. Esta abnegación por el sufrimiento que solo una religión verdadera inspira no se muestra en parte alguna. No hay una sola hermana de caridad para cuidar a los enfermos y son indios viejos los encargados de hacerlo. Esos hombres venden sus servicios y no se puede esperar de ellos ningún celo. Hacen esto

 

 

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como cualquiera otra cosa, tratando de aligerar la tarea y de escapar a la vigilancia. Los heridos transportados al hospital eran colocados en el suelo sin ningún cuidado. Los desgraciados, muertos de sed, lanzaban débiles y lamentables gemidos. El ejército no tenía organi-zados servicios de ambulancia y los médicos de la ciudad eran insu-ficientes para este aumento de trabajo. Un gran desorden reinaba en este hospicio. Los empleados se apresuraban, pero, poco habituados a sus funciones, mientras más prisa se daban menos hacían. Les fal-taba las cosas más precisas, como ropa, hilas, etc. Los sufrimientos de estos militares heridos eran mayores por el temor al enemigo, pues de ordinario el vencedor en este país no da cuartel a los prisioneros y mata a los heridos en los hospitales. Pudimos encontrar una cama para este pobre Cuello en una pequeña pieza oscura donde se halla-ban ya otros dos desventurados cuyas quejas eran desgarradoras. Abandoné este antro de dolor dejando cerca del herido a su hermana quien lo amaba tiernamente y tomó el mayor cuidado por él.

 

Mi fuerza moral no me abandonó un solo instante en esta terri-ble jornada. Sin embargo, los sufrimientos que acababa de presen-ciar trastornaron todo mi ser. Sentía los males de aquellos infortu-nados, deploraba mi insuficiencia para consolarlos y maldecía la atroz locura de la guerra. Cuando entré en casa de mi tío distinguí a Manuel que llegaba a toda velocidad. Lo rodeamos impacientes por tener noticias. Ni Althaus ni ninguno de los otros oficiales estaban heridos, pero ambos partidos habían perdido mucha gente. Manuel nos comunicó que la intención del general era abandonar la ciudad a causa de la imposibilidad de defenderla contra el enemigo. Nieto lo enviaba para clavar los cañones del puente y echar al río el resto de las municiones.

 

Nos dijo todo esto en cinco minutos y me encargó arreglar cuanto antes los efectos de Althaus para que este encontrase todo listo para la fuga. Corrí inmediatamente a casa de Althaus. Con ayuda de su negro, a quien casi me vi obligada a golpear para que me sirviera; hice cargar una mula con una cama y una maleta llena de sus efectos persona-les. Mi zamba, acompañada por otro negro de mi tío, condujeron por

 

 

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delante la mula y al esclavo indócil a fin de evitarle a Althaus las moles - tias de la salida de la ciudad. Hecho esto me ocupé en hacer preparar té y alimentos pensando que mi pobre primo debía sentir el imperioso deseo de tomar algún refrigerio. Oí un gran ruido de caballos. Corrí a la puerta. Era el general seguido por todos sus oficiales que atravesa-ban la ciudad a galope. El ejército venía más atrás. Mi primo entró. Le había hecho preparar un caballo de repuesto. Al verlo saltó del suyo, vino hacia mí, me tomó de la mano y me dijo:

 

—Gracias, buena Flora, gracias. ¿Han preparado mis efectos? —La mula ya salió, pero sería bueno que sus dos ayudantes fuesen

a reunirse a ella, pues su maldito negro se niega a seguirlo a usted. —¿Tiene usted algo que dar de beber a estos señores? Se caen de fatiga. Les di vino de Burdeos. Cada uno tomó dos botellas y llené sus

 

bolsillos de azúcar, chocolate, pan y todo cuanto encontré en la casa. Dimos también vino a los caballos y cuando jinetes y cabalgaduras se refrescaron un poco, se marcharon.

 

Althaus no podía ya hablar, a tal punto se había visto forzado a dar órdenes. Bebiendo el té a toda velocidad me refirió en dos pala-bras que esta vez habían sido los dragones de Carrillo quienes habían hecho perder la batalla. Se habían equivocado en sus maniobras y habían disparado sobre la artillería de Morán creyendo hacerlo so-bre el enemigo.

 

—Le repito, Florita, mientras estos necios se nieguen a aprender la táctica militar no harán sino disparates. Ahora el general no quie-re defender la ciudad. No sé qué pánico se ha apoderado de él. No piensa sino en huir y no ha adoptado ningún plan. Al llegar a casa de Menao hemos tenido mucho trabajo en persuadirlo de que era preciso, por lo menos, dar tiempo a la tropa para reunirse. Por esta causa hemos tenido un gran número de fugitivos. Cuando regresa-mos a las chicherías hicimos esfuerzos inauditos para reunir a estos fugitivos, pero sin éxito. Esos cobardes bribones, ayudados por las rabonas, creo que se ocultan bajo tierra como topos. Lo que me ad-mira, prima, es la lentitud que emplean los enemigos en llegar. No comprendo nada...

 

 

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Manuel entró en el patio.

 

—Vengo a buscarlo, le dijo a Althaus. Todo el mundo se va. El monje ha cargado el resto de la caja de caudales en su caballo. El ge-neral ha ido a abrazar a su mujer que ha dado a luz esta noche. Yo acabo de estrechar a mi pobre madre entre mis brazos. Vamos, pri-mo, solo esperan a usted.

 

Althaus me apretó con fuerza contra su pecho y al abrazarme me recomendó su esposa y sus hijos. Abracé a mi querido Manuel y am-bos se alejaron rápidamente.

 

Cuando regresé la calle de Santo Domingo se hallaba desierta. Vi a mi paso todas las casas defendidas cuidadosamente con barrica-das. La ciudad parecía gozar de tranquilidad absoluta. Pero la sangre enrojecía el pavimento de las calles y esos restos de muerte, esa sole-dad, demostraban en forma muy expresiva las calamidades con que la ciudad acababa de ser golpeada y las que se temían aún.

 

Conté en casa de mi tío todo lo que Althaus y Manuel me habían referido. Todas las personas allí reunidas se indignaron contra el ge-neral, pero ninguno tomó la iniciativa para adoptar alguna medida.

 

A las cinco subí a lo alto de la casa. Solo vi una inmensa nube de polvo que dejaban tras sí los dragones de Carrillo al huir a través del desierto. Se dirigían hacia Islay en donde pensaban encontrar dos navíos para ponerse fuera del alcance de la persecución de San Ro-mán. Permanecí largo tiempo sentada en el mismo sitio de la mañana. ¡Cómo había cambiado de aspecto la ciudad! Un silencio de muerte la envolvía entonces. Todos los habitantes estaban en oración, como re-signados a dejarse masacrar sin oponer la menor resistencia.

 

Mi tío me rogó que bajase para ir a la iglesia de Santo Domingo donde se encaminaban todas las personas de la casa. Pensé por pri-mera vez en que no había comido en todo el día. Tomé una taza de chocolate, cogí mi abrigo y me dirigí a la iglesia.

 

A cada momento se preguntaba a las personas que se hallaban de vigías en las torres si veían algo por el lado de la Apacheta. Res-pondían siempre: nada, absolutamente nada. Por fin, a las siete se presentaron tres indios a la puerta del convento. Anunciaron que los

 

 

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4. La batalla de Cangallo

 

enemigos estaban en las chicherías, pero que San Román no quería entrar, salvo que las autoridades de la ciudad se lo rogasen. Al oír esta nueva se elevó un gran rumor en el convento de Santo Domingo. El prefecto y todas las autoridades de la ciudad se habían refugiado en este monasterio. Pretendieron que era a los reverendos padres a quienes correspondía cumplir esta comisión completamente pacífi-ca. Los monjes, que no brillan por su valor, protestaron contra esta idea y hubo una discusión acalorada. Fui yo, en cierta manera, quien determinó a los monjes a encargarse de esta misión. Sabía que ellos eran furiosos gamarristas, hablé al prior, a don José, al capellán de mi tío, en una palabra, lo hice tan bien, que se decidieron. Cuatro o cinco empleados de la alcaldía se unieron a ellos. Partieron y una hora más tarde, los vimos regresar a la cabeza de dos regimientos, uno de caballería y otro de infantería. Así, pues, vencían los gama-rristas. El sábado 5 de abril, a las once de la noche, tomaron posesión de la ciudad de Arequipa.

 

Cuando el prior y los monjes entraron en el convento nos refirie-ron lo que habían podido averiguar.

—Hermanos míos, dijo el buen prior, les confieso que no estoy sin inquietudes. Ustedes saben que comprendo bastante bien el que-chua. Todo lo que he oído en la conversación de estos indios me prue-ba que tienen muy malas intenciones. Lo que hay de más terrible es que están sin jefes. No puedo explicarme por qué. Hemos encontrado en la casa de Menao a unos sesenta hombres de a caballo que tenían por jefe a un simple portabandera y a ciento cincuenta hombres de infantería mandados por dos suboficiales. Les hemos conducido a la alcaldía de donde uno de los empleados los ha enviado a los cuar-teles. Los he oído murmurar en su lengua. Muchos de ellos decían: “Pero nos habían prometido el saqueo de la ciudad...”. Hermanos, continuó el prior, les repito que estoy muy inquieto y no les oculta-ré que la presencia de ustedes aquí redobla mis inquietudes. Se sabe que ustedes han traído a nuestros conventos todo cuanto tienen de más precioso y, necesariamente, si esos soldados roban, vendrán a las iglesias.

 

 

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A estas palabras todos los asistentes lanzaron un grito de espanto. El padre Diego Cabero, el cerebro de la comunidad, hombre de espíritu y de talento, pero de carácter áspero y altanero y, según decían, muy malo, tomó la palabra para dirigir los más vivos reproches al prior.

 

—Y bien, padre prior, usted conviene entonces en que tenía yo ra-zón cuando no cesaba de repetirle desde el principio de estos asuntos que su bondad excesiva y su cobarde debilidad traerían sobre nues-tro santo monasterio calamidades de las cuales responderá usted de-lante de Dios. A pesar de mis exhortaciones usted ha recibido aquí las riquezas de estas gentes y su condescendencia será causa de que todos seamos degollados.

 

—Hermano Diego, decía el buen prior, nuestro deber es prestar auxilio a los habitantes, socorrerlos en la necesidad y al consentir en darles refugio y proteger sus bienes no he hecho sino lo que la cari-dad me ordena hacer en estos terribles momentos.

 

—Prior, la conservación del templo de Dios debe pesar antes que toda otra consideración. Por lo demás, el espectáculo que ofrecen los claustros y las iglesias es un verdadero escándalo. Las mujeres duermen allí con sus maridos, los niños hacen suciedades; nunca, en ningún tiempo, en ninguna circunstancia, he visto al pueblo hacerse culpable de semejantes ultrajes hacia nuestra santa religión.

 

—Hermano Diego, ese escándalo me aflige y más que a usted. Mas para evitarlo sería preciso que nuestro convento renunciase a ofre-cer al infortunio el asilo del santuario y perdiese el más hermoso de sus privilegios y con él todo su poder.

 

—Padre prior, su ignorancia de los asuntos políticos lo hace co-meter graves errores. ¿Qué habla usted de asilo? ¿No ve usted, pues, en la manera cómo Nieto nos ha tratado desde hace tres meses, que nuestra autoridad no tiene ya ningún poder? ¡Cómo! ¿No ha tenido este impío la desvergüenza de arrojarnos de nuestro convento para acuartelar en él a sus soldados?6 ¡Y usted lo ha soportado! ¡Y así lo

 

6   Nieto, a quien faltaba sitio para acuartelar sus tropas, ocupó los conventos de hom-bres y los monjes se vieron obligados a abandonarlos. Esta medida fue para estos

 

 

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4. La batalla de Cangallo

 

han hecho los priores de las otras comunidades! ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Tu templo mancillado! ¡Tus sacerdotes arrojados, humillados y ninguno de ellos se atreve a elevar la voz en defensa de tu causa!

 

Mi tío y otras personas tomaron el partido del prior. Algunos monjes se pusieron de lado del hermano Diego. Pronto la discusión se trocó en disputa y se llegaron hasta a injuriar con los términos más insultantes. La multitud los había rodeado, la disputa cautivaba la atención de todos y el rumor era general.

 

—¡Santísima Virgen!, exclamaba este ¿Hemos llegado a los tiem-pos en que debemos ser muertos hasta en las iglesias?

—Yo te lo había prevenido, decía aquel a su esposa, que nos expo-nías mucho más trayéndonos a esta iglesia. Me arrepiento mucho, ahora, de haber abandonado mi casa.

 

—Pero ¿desde cuándo roban en las iglesias? Crees tú...

 

—¡Creo todo posible!... Por lo demás el siglo de los conventos ya pasó. Los soldados de San Román vendrán a robar acá porque saben que hay plata y la plata es lo único digno que ellos conocen.

 

Todos eran presa de las más crueles inquietudes. Se formaron grupos numerosos entre los que se provocaban interminables dis-cusiones. Las familias se dividían. Los unos querían regresar a sus casas, pensando que estarían con mayor seguridad en ellas, en tanto que los otros persistían en quedarse en el claustro.

 

Aproveché del altercado entre el prior y el padre Diego para salir de ese convento pues me espantaba el verme condenada a pasar allí la noche. Había tantas pulgas como en Islay y era demasiado desa-gradable permanecer en medio de personas que venían a hablarle a uno con sus vasos de noche bajo el brazo.7 Me dirigí al monje Ma-riano, hermano del padre Cabero y le hice entender que sería más conveniente, después de la disputa habida, que él y su hermano se retirasen a sus casas y si sus hermanas consentían en acompañarlos

 

 

 

religiosos menos vejatoria de lo que se puede imaginar, pues los monjes de Arequipa vi-vían todos con sus familias. Entre ellos, solo los pobres ocupaban sus celdas. [N. de la A.].

 

7   He dicho ya que estos bacines eran de plata. [N. de la A.].

 

 

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yo les pediría asilo. Los dos monjes, después de algunas vacilaciones, aceptaron mi propuesta y me ayudaron a que decidieran sus herma-nas. Salí entonces con ellos a fin de reconocer la calle y abrir la puerta de su casa que está situada al lado de la iglesia. Al no ver a nadie fuera el hermano Diego fue en busca de las señoras y una vez que entraron se cerró la puerta con barricadas. Nos reunimos todos en la pieza del fondo de la casa. En muchas ocasiones algunos soldados golpearon la puerta de la calle con la culata de sus fusiles. Las pobres señoras temblaban de miedo y los dos monjes no llegaban a tranquilizarlas.

 

A las doce de la noche sentí tal necesidad de dormir que hubiese sido vano intento resistir. No había camas, me arrojé sobre un mal col-chón de paja y dormí profundamente hasta el día siguiente a las ocho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Al despertar encontré a la gente que me rodeaba presa de gran emoción. Algunos soldados, decían, habían recorrido la ciudad durante la noche robando a los que encontraban y dos personas habían sido muertas.

 

Era domingo. A las nueve, como las señoras Cabero no deseaban perder la misa, salimos acompañadas por los dos monjes. ¡Qué es-pectáculo tan repugnante presentaba la Iglesia! El hermano Diego tenía razón. ¡Esa aglomeración de hombres, de mujeres, de niños y hasta de perros, ese hacinamiento de lechos, de cocinas, de vasos de noche, esa nube de humo, todo era verdaderamente escandaloso! Se cantaba la misa en un rincón, se comía y fumaba en otro. Fui a ver a mi tío y a mi tía quienes estaban instalados en la celda del prior con siete u ocho personas más. No pude decidirles a regresar a casa. Mi tío se arredraba ante la idea del saqueo. Como yo no sentía ningún temor regresé sola y me puse a escribir los acontecimientos de los tres días que acababan de transcurrir. Por la tarde mi tío insistió en quedarse en el convento. Pasé la noche en la casa sin más compañía que la de mi zamba. Esta muchacha me decía: “Señorita, no tema us-ted nada, si los soldados o las rabonas vienen a robar, yo soy india como ellas, su lenguaje es el mío. Les diré: mi ama no es española, es francesa, no le hagan daño. Estoy segura de que entonces no le harán nada porque ellos no atacan sino a sus enemigos”. Así se expresaba

 

 

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una esclava1 de 15 años. Pero, a ninguna edad la esclava ha amado a sus amos por dulces que estos sean. El segundo día estaba todavía sola cuando dos oficiales vinieron a hablar con el señor don Pío. No quise confesarles que mi tío se había escondido. Les hice entrar en mis habitaciones, les dije que don Pío estaba ausente y les pregunté lo que deseaban para él.

 

—Señorita, deseamos que su señor tío, como uno de los notables del país, venga a hablar con el coronel Escudero que reemplaza en el mando a San Román, muerto en la batalla. Somos los vencedores y los arequipeños abusan de nuestra moderación al continuar tra-tándonos como a enemigos. Desde nuestra entrada en la ciudad to-das las casas están cerradas, nuestras tropas están sin pan, nuestros heridos abandonados moribundos en el campo de batalla, mientras todos los habitantes se obstinan en permanecer en los conventos como si viniésemos aquí para matarlos. Usted es la primera persona a quien podemos comunicar nuestras necesidades. Pero usted com-prende, señorita, que este estado de cosas no puede prolongarse por más tiempo.

 

Hablé largo rato con estos señores y me parecieron muy modera-dos. Cuando salieron corrí a Santo Domingo a prevenir a mi tío y a las personas refugiadas allí. En cuanto se supo que San Román había muerto y que el coronel Escudero mandaba en su lugar los espíritus comenzaron a tranquilizarse. Este último era conocido y muy queri-do en Arequipa. Casi todos salieron del convento para regresar a sus casas y mi tío fue enseguida a hablar con Escudero.

 

Cuando regresó me dijo:

 

—Estamos salvados. Yo personalmente no tengo ya nada que te-mer. Escudero me debe mucho y me guarda mucha consideración. La muerte de San Román ha dejado al ejército sin jefe ¿creerá usted que me ha propuesto hacerme nombrar?

 

—¿Aceptaría usted?

 

 

 

1   Esta muchacha pertenecía a mi tía. [N. de la A.].

 

 

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5. Una tentación

 

—¡Oh! Me cuidaré muy bien de hacerlo. En semejantes crisis hay que mantenerse apartado. Cuando más tarde esté todo tranquilo tra-taré de colocarme en un puesto a mi gusto. No quiero ya comando militar. Estoy demasiado viejo.

 

—Me parece, tío, que justamente en las crisis difíciles es cuando los hombres como usted deberían ofrecer el concurso de su talento y de su experiencia.

 

—Florita, es una suerte para usted no ser personaje político, su abnegación la perdería. Lejos de ofrecer mis servicios a estos igno-rantes quiero dejarlos engolfarse en los obstáculos y las dificulta-des. Mientras más los tengan sentirán mayor necesidad de llamar-me a su lado. Los veré venir a rogarme, a suplicarme y entonces pondré condiciones.

 

Miré a mi tío y no pude sino pensar: ¡Pobres peruanos!

 

En esta circunstancia don Pío fue también a ofrecer a Escudero un préstamo de 2 mil pesos, animó a los Goyeneche, a Ugarte y a otros a seguir su ejemplo. El obispo ofreció 4 mil pesos, su hermano y su hermana 2 mil pesos cada uno y los demás dieron en proporción.

 

El tercer día Escudero hizo publicar un bando en el cual prescri-bía abrir las puertas de todas las casas en el plazo de tres horas y dejarlas abiertas como de costumbre2 y advertía que las que perma-neciesen cerradas serían derribadas por los soldados. Esta ordenan-za obligó a los que todavía quedaban en los conventos a regresar a sus moradas. Para acabar de tranquilizar a estos pobres burgueses Escudero impartió a sus soldados la orden de pasearse por la ciudad con la severa prohibición de insultar a nadie.

 

Supimos por Althaus que el domingo 6 de abril Nieto y todo el ejér-cito habían llegado a Islay. Habían clavado los cañones, quemado los registros de la aduana y obligado al administrador, don Basilio de la Fuente, a irse a Lima. Ellos mismos, después de haber devastado el lu-gar, se habían embarcado en tres naves peruanas para dirigirse a Tacna.

 

2   En Arequipa las puertas de las casas están siempre abiertas en tiempo ordinario. [N. de la A.].

 

 

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Escudero entró en Arequipa el domingo por la noche de mane-ra que nadie sabía con precisión cuántos soldados traía consigo. Se había anunciado primero la muerte de San Román. Cuatro días des-pués circuló el rumor de que solo estaba herido. En fin, al cabo de siete días llegó a Arequipa y entró también durante la noche.

 

He aquí la explicación de este asunto, tal como el mismo Escude-ro me la dio.

San Román, después de haber engañado a Nieto por tres días con-secutivos con el único objeto de obtener víveres para sus tropas, se retiró a Cangallo sin presumir que Nieto lo seguiría. Quería, antes de librar la batalla, consultar con Gamarra y pedirle refuerzos. En Cangallo encontró a Escudero con cuatrocientos hombres enviados por Gamarra. Los soldados de San Román festejaban a los recién lle-gados cuando, de repente, apareció el ejército de Nieto en lo alto de la Apacheta. Reinó entonces una gran confusión. San Román había permitido bañarse a sus soldados y una parte de ellos estaba desnu-da cuando vieron a los arequipeños. Se creyeron perdidos. Sin Es-cudero que restableció el orden, iban a huir. Se inició el combate y se batieron con valor, pero muy pronto las municiones escasearon y la alarma cundió. Cuando San Román vio desbandarse a sus sol-dados creyó la batalla perdida y pensó que no le quedaba por hacer nada mejor que huir a su vez. Acompañado por alguno de los suyos se alejó en su caballo a toda velocidad. De este modo, cada uno de los valerosos campeones, espantados el uno por el otro, huía por su lado. Corrieron sin detenerse durante un día y una noche poniendo entre ellos una distancia de 80 leguas. El terror de Nieto lo hizo ir hasta Islay, 40 leguas al sur. El de San Román hasta Vilque,3 42 leguas al norte, un milagro juntó una parte de los soldados de San Román

 

 

3   Valdivia (op. cit.) dice también que, en vista de la di solución de algunos de sus ba-tallones, San Román huyó hasta Tayataya cerca de Vilque. Sus oficiales ignoraban su paradero el día en que ocuparon Arequipa. Entraron en esta ciudad el mismo día de la batalla unos 600 hombres al mando del coronel Escudero. Este ofreció a los miembros de una comisión que el mismo general Nieto le hizo enviar tratarla con toda consi-deración. San Román entró en Arequipa el 10 de abril en la noche, habiendo corrido insistentes voces acerca de su muerte durante el combate. Dice también Valdivia que

 

 

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5. Una tentación

 

y los hizo regresar a Arequipa. Uno de los oficiales de este ejército, a quien Nieto había retenido prisionero en la alcaldía, vio desde lo alto de la casa la derrota de los arequipeños. Aprovechó el espanto del momento, montó en el primer caballo que encontró en el patio de la alcaldía y como conocía muy bien la localidad tomó un camino apar-tado por el cual en una hora llegó a Cangallo. Ordenó detenerse a los fugitivos y les dijo que Nieto se consideraba derrotado y huía hacia el puerto. Escudero y algunos otros a quienes encontró emplearon toda la noche y una parte del día siguiente en reunir a algunos soldados; lograron congregar más o menos una tercera parte del efectivo y, se-guros de no encontrar ninguna oposición, se dirigieron a Arequipa. Sin este oficial los dos ejércitos, creyéndose vencidos, hubiesen con-tinuado su fuga en direcciones opuestas y la ciudad no habría visto aparecer ni a defensores ni a enemigos.

 

Cuando Escudero me refería todos estos incidentes pensaba en Althaus para quien la ciencia militar es el árbitro supremo de los éxitos y de los reveses. Y sentía no poderle probar, con este ejemplo, cuán vanos son los hombres y su ciencia.

 

Se vieron obligados a correr hasta Vilque para advertir a San Ro-mán que había ganado la batalla. Él no entró en Arequipa hasta el séptimo día. Se decía que estaba herido en la cadera con el fin de dis - culpar este atraso, pero no había nada de cierto en ello.

 

Mi tío, que tiene el talento de estar bien con todos los partidos, si no participaba de la confianza de los gamarristas por lo menos esta-ba muy vinculado a ellos. Todos los días recibíamos a comer a esos señores, mañana y tarde nuestra casa estaba llena. Veía con sorpre-sa, al conversar con los oficiales, cuán superiores eran a los de Nieto. Los señores Montoya, Torres, Quiroga y sobre todo Escudero, eran hombres muy distinguidos.

 

Escudero, uno de esos españoles de espíritu aventurero y muy hábil que había abandonado la bella España por probar fortuna en

 

 

envió partes a Gamarra dando cuenta de sus dos victorias del 2 y 5 de abril logradas sobre las fuerzas de Nieto. [N. de la T.].

 

 

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el Nuevo Mundo, era según las circunstancias, militar, periodista o comerciante. Se prestaba a todas las exigencias del momento con ad-mirable facilidad y tenía excelentes condiciones para cualquier gé-nero a que dedicase su prodigioso dinamismo, como si fuese la única especialidad de su vida. De espíritu vivaz, imaginación inagotable, carácter alegre y elocuencia persuasiva, escribía con calor y, sin em-bargo, sabía hacerse amar por todos los partidos.

 

Este hombre extraordinario era el secretario, el amigo y el con-sejero de la señora Gamarra. Desde hacía tres años ocupaba cerca de esta reina una posición de intimidad, objeto de la envidia de una multitud de rivales. Se había consagrado a su causa escribía para ha-cer prevalecer sus planes y rechazar los ataques continuos dirigidos contra ella. Combatía bajo sus órdenes, la acompañaba en su carrera de aventuras y jamás retrocedería ante las audaces empresas conce-bidas por el genio de esta mujer de ambición napoleónica.4

 

Desde la primera visita trabé amistad con el coronel Escudero. Nuestros caracteres simpatizaban. Me manifestó mucha confianza y me puso al corriente de todo cuanto había ocurrido en el campa-mento de Gamarra. Comprendí, por lo que me dijo, que San Román no había cometido menos necedades que Nieto.

 

—¡Qué desgraciado es este país!, me decía Escudero. No sé, en ver-dad, quién podrá hacer salir a los peruanos de la posición deplorable en que los hombres de sangre y de rapiña les ha colocado.

 

—¿Cómo es, coronel, que comprendiendo usted mejor que nadie la causa de las calamidades del país no ha tratado de poner remedio?

 

 

4   Escudero fue, efectivamente, secretario de la señora Gamarra y gozó de los bene-ficios de su favorecida posición. Vargas lo describe así: “Ninguno más favorecido que el coronel Escudero, español, redactor de La Verdad a quien le hizo dar 5 mil pesos. Periodista, comerciante, instruido, caballero, muy despierto, apto para la guerra como para la paz, alegre y de rica fantasía, tenía una conversación llena de amenidad

 

que, unida a su buena presencia y modales finos, le atraían el afecto de los hombres y el amor de las mujeres. Se jactaba de ser el mentor de doña Francisca, pero es in-dudable que si ella le hubiese dado oídos habría hecho un papel más romántico y novelesco, es cierto, pero menos digno, generoso, histórico y varonil” (Historia del Perú independiente, p. 182, vol. 5). [N. de la T.].

 

 

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—¡Ay, señorita! Este es el objeto de todas mis meditaciones. Pero solo puedo presentar los medios de hacer el bien y carezco de la au-toridad necesaria para ponerlos en ejecución. La señora Gamarra es una mujer de gran mérito, pero trabaja ante todo en consolidar el poder entre sus manos. Su ambición viene constantemente a trastor-nar mis planes para la felicidad pública y, consagrado a su servicio, me veo obligado sin cesar a proceder en oposición a mi voluntad.

 

—Había oído decir que usted tenía mucho ascendiente sobre esta señora.

—Más que cualquier otro, sin duda, pero muy poco en realidad. Cuando a fuerza de trabajo y de paciencia consigo modificar sus ideas, es un éxito que estimo feliz. Esta mujer tiene una voluntad de hierro que ni aun la adversidad podría domeñar. Toda resistencia la irrita y siempre está dispuesta a triunfar de ella por la fuerza. Hubiese sido una gran reina en un país donde sus decisiones no hubiesen encon-trado obstáculo alguno. Pero en este en donde para reinar es necesario tener numerosos partidarios y para conservar la autoridad hay que usar de ella lo menos posible, la señora Pancha de Gamarra no es tan conveniente. No se le puede hacer comprender que los medios emplea-dos para conquistar el poder deben abandonarse en cuanto se le ha obtenido. Con la anarquía de opiniones y el egoísmo reinantes entre los peruanos, después de las expoliaciones de que han sido víctimas, es preciso tener por objeto especial la protección de las personas de las propiedades y conciliarse a todos los partidos sin unirse a ninguno de manera exclusiva. ¡Ah!, señorita Flora, me arrepiento amargamente de haberme así comprometido. Desde hace tres años sirvo a doña Pancha con mi pluma y con mi sable y no he podido aún conseguir que adopte alguno de mis planes. Esto me desespera y aunque su carácter altane-ro y despótico me hace desgraciado lo soportaría con resignación si pudiese llegar a hacer algún bien. Sin embargo, esta mujer me necesita demasiado para que yo pueda pensar en abandonarla. Debo trabajar para que recupere una autoridad sin disputa. Si tengo éxito juro que arrojaré el sable y la pluma a cambio de la guitarra y tocaré durante tres meses sin preocupaciones de ninguna especie.

 

 

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Al escuchar a Escudero me pareció evidente que estaba ya cansa-do del yugo que le había impuesto su todopoderosa ama y no busca-ba sino un pretexto para sustraerse a él. Venía a verme todos los días y sosteníamos largas conversaciones. Tuve todo el tiempo necesario para conocer a fondo a este hombre y reconocí que él era quizá el único en el Perú capaz de secundarme en mis proyectos de ambición. Sufría por las desgracias de un país al que me había acostumbrado a considerar como el mío. El deseo de contribuir a su bien había sido constantemente la pasión de mi alma y una carrera activa y aventu-rera no desagradaba a mis gustos. Creí ver que, si yo inspiraba amor a Escudero, tomaría sobre él una gran influencia. Entonces me ator-mentó de nuevo la agitación febril de mi espíritu. Mis combates inte-riores se renovaron. La idea de asociarme con este hombre espiritual, audaz y despreocupado sonreía a mi imaginación. Al correr con él los azares de la fortuna ¿qué me importa, me decía yo, no triunfar si no tengo nada que perder? La voz del deber hubiese sido quizá impotente a hacerme resistir a esta tentación, la más fuerte que he tenido en mi vida, si otra consideración no hubiese venido a mi so-corro. Temía esa depravación moral que el goce del poder origina generalmente. Temía volverme dura, despótica, criminal, semejante a quienes lo poseían por entonces. Temblé de participar del poder en un país en el que vivía mi tío... ¡el tío a quien había amado tier-namente y a quien amaba todavía, pero que me había hecho tanto mal!!!... No quise exponerme a ceder a un momento de resentimiento y, puedo decirlo aquí delante de Dios, que sacrifiqué la posición que me era tan fácil adquirir al temor de tratar a mi tío como a enemigo...

 

El sacrificio era tanto más grande cuanto que Escudero me agradaba. Era feo para los ojos de muchas gentes, pero no para los míos. Podía tener de 30 a 33 años, era de talla mediana, muy delgado, con los ojos brillantes y lánguidos y dientes como perlas. Su mirada tierna y su sonrisa melancólica daban a su fisonomía un carácter de elevación y de poesía que me subyugaban. Con este hombre nada me hubie-se parecido imposible. Tengo la íntima convicción de que si hubiese sido su esposa habría sido muy feliz. En las tormentas originadas por

 

 

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5. Una tentación

 

nuestra posición política me hubiese cantado una romanza o tocado la guitarra con tanta libertad de espíritu como cuando era estudian-te en Salamanca. Necesité esta vez de toda mi fuerza moral para no sucumbir a la seducción de esta perspectiva... Tuve miedo de mí mis-ma y juzgué prudente sustraerme a este nuevo peligro por medio de la fuga. Resolví marcharme inmediatamente para Lima.

 

Nadie comprendió esta determinación tan precipitada. En vano me representaron que el camino a Islay estaba infestado por deserto-res que vivían del robo y me exageraron la descripción de los peligros que podía correr. No tomé en cuenta estas advertencias. Ningún peli-gro a mis ojos igualaba al que me exponía quedándome en Arequipa. Para escapar a él habría atravesado todos los desiertos de la tierra. Alegaba como pretexto que me era indispensable partir si quería lle-gar a Europa antes de la mala estación. Y como en el fondo, en casa de mi tío estaban muy contentos de mi partida, no insistieron más.

 

Un inglés conocido mío, Valentín Smith, se dirigía a Lima. Le pre-gunté si me quería por compañera de viaje. Aceptó mi propuesta. Tratamos con un capitán italiano que tenía un barco en Islay y deci-dimos salir el 25 de abril.

 

Antes de irme tuve que cumplir la tarea de las visitas. Según la etiqueta hubiese debido ir donde todo el mundo, como a mi llegada. Pero me limité a visitar a las principales familias con las que estaba en buenas relaciones y envié tarjetas a los demás.

 

Esas visitas me pusieron en estado de juzgar la extensión de los males que la guerra había causado en esta desgraciada ciudad. En cada casa vi correr lágrimas y a sus ocupantes vestidos de luto. Sin embargo, estimé peores que las pérdidas ocasionadas por la muer-te, la discordia y el odio que las disensiones civiles habían hecho brotar en el seno de las familias. Existían enemistades profundas entre parientes y aun entre hermanos. La libertad no figuraba para nada en estos debates políticos. Cada cual había abrazado el parti-do del jefe de quien esperaba conseguir más. Los epítetos de gama-rristas y de orbegosistas distinguían a los dos campos entre los cua-les se dividían las familias. La desconfianza reinaba en todas partes

 

 

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y trataban de perjudicarse mutuamente. Esos pobres arequipeños envidiaban mi suerte:

—¡Ah, señorita!, me decían en todas las casas, ¡qué feliz es usted de dejar un país donde los hermanos se matan entre sí! ¡En donde las exacciones de los enemigos nos reducen a la miseria, comprometen nuestras vidas y nos ponen en la imposibilidad de satisfacer las exi-gencias del enemigo!

 

Cuando fui a despedirme de la familia del obispo tuve un ejem-plo palpable de las desgracias a que están expuestos los insensatos que colocan su felicidad fuera de sí mismos. Los Goyeneche no ha-bían sido felices sino sobre montones de oro y la pérdida de una parte de sus riquezas trastornaba sus facultades intelectuales. La señorita Goyeneche, doña Mariquita, estaba tan vivamente afecta-da por las extorsiones cometidas contra todos ellos y por los ultra-jes y diatribas dirigidas contra el obispo, a quien ella quería tierna-mente, que su salud había quedado profundamente quebrantada y su razón vacilante. Tenía los ojos fijos, la mirada extraviada, los gestos bruscos. El sonido áspero de su voz no correspondía al senti-do de sus palabras. Su fisonomía tenía una expresión extraña. Era como un espejo falso que reflejara invertidos los objetos exterio-res. Hablaba con tal volubilidad que apenas se podía comprender lo que decía. Se hubiese creído que soñaba. Me di cuenta de que no reconocía a las personas que le hablaban. Llamaba a mi tío doña Florita y a mí don Pío o don Juan. Su exaltación era espantosa. Le dije en voz baja a mi tío:

 

—Esta pobre mujer está loca.

 

—Parece que sí. Ya me lo habían dicho, pero me había resistido a creerlo.

La locura del obispo tenía un carácter diferente de la de su herma-na. Parecía afectado por otra impresión. No decía ya una sola pala-bra, no hacía movimiento alguno; tenía los ojos obstinadamente fijos en el anillo que llevaba en el dedo. Y él, generalmente tan amable, tan previsor, que recibía a todos con las muestras de amistad más

 

 

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5. Una tentación

 

afectuosa, no se movió cuando entramos en el salón. Parecía que ni siquiera nos veía. Su hermano se acercó a él y le dijo:5

—Es la señorita Florita que viene a despedirse. Va a ver a nuestro hermano Mariano, de Burdeos, ¿qué quieres que le diga?

Hizo entonces el movimiento de un hombre que sale de un largo sueño y dijo muy bajo, como si tuviese miedo de ser oído:

—Mi hermano Mariano es feliz, no lo matarán, ¡pero a nosotros nos matarán, matarán, matarán...!

A estas palabras la locura de Mariquita se manifestó con dis-cursos incoherentes. Hablaba, gesticulaba, amenazaba. Esto hacía daño. Don Juan había conservado su razón y se encontraba de jefe de la familia.

 

—Vean, nos dijo llorando, a qué estado han reducido a mi pobre hermano. Su alegría y su amabilidad han desaparecido. Está como petrificado por el dolor. ¡Ay! Temo mucho que se vuelva completa-mente imbécil... Cada día su estado empeora. Las sacudidas recibidas han sido demasiado fuertes para la dulzura de su carácter. En cuanto a mi hermana, no me atrevo a mirarla. Sus ojos me dan miedo... Mi esposa y yo hacemos todo cuanto podemos para impedir que hable, pero es imposible. Habla sola, hasta de noche. Véanla ustedes aho-ra, continúa discurriendo sin darse cuenta de que no la escuchamos, está lo...

 

 

 

 

 

5   El obispo Goyeneche no se volvió loco. Fue rudamente atacado. En El Restaurador de Arequipa se publicaban artículos contra él. Se le impuso un cupo de 100 mil pesos que debió pagar en el plazo de cuatro horas. El 6 de junio de 1834 el Consejo de Gobierno, haciendo eco a los artículos de aquel periódico, dictó pena de destierro y confiscación de bienes contra él. Pero muy poco después la Convención Nacional revocó estas órde-nes El 11 de octubre del mismo año un ayudante del general Nieto, Juan Antonio Vigil, fue acusado de haber intentado matarlo y se siguió un proceso contra Vigil. A poco de eso murió la hermana del obispo, María Presentación que, como se ve, tampoco gozó de las simpatías de Flora. Goyeneche fue elegido en 1860 arzobispo de Lima, cargo que ejerció hasta su muerte en 1872. Ver El Arzobispo de Goyeneche (Rada y Gamio, 1917); el proceso contra Vigil puede consultarse en un folleto de 32 páginas existente en la Biblioteca Nacional del Perú. [N. de la T.].

 

 

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No pudo acabar. Al pronunciar estas últimas palabras su voz se extinguió en un sollozo. ¡Era una escena emocionante! Mi tío se le-vantó y me dijo en francés.

 

—¡Qué lección, Florita, para aquellos cuyos deseos aspiran a bie-nes cuyo peso excede a sus fuerzas! Esta familia ha llegado a adquirir inmensas riquezas, títulos, honores, dignidades. Pero no ha com-prendido que era preciso saber perder una parte de sus ventajas para conservar el resto. La moral se ha abatido bajo los favores de la fortu-na. Al sobrevenir los reveses no han podido resistir el asalto. El uno va a morir idiota y la otra loca.

 

El obispo parecía un esqueleto, tan delgada, envejecida y cada-vérica estaba su cara. Cubierto por completo de seda y oro, hundi-do en un gran sillón, dando apenas signos de vida, parecía asistir él mismo a sus pompas fúnebres. Me conmovía este espectáculo por absurdo que fuese el dolor que conducía al obispo a la tumba. ¿Qué valor atribuye, pues, al oro, me preguntaba yo, para afec-tarse así tan vivamente por su pérdida si lo empleaba tan poco en sí mismo y jamás consolaba un infortunio? Pero buscaba en vano. La avaricia ofrece a mis ojos un problema moral al que nun-ca me ha sido posible encontrar solución. Si ese prelado hubiese distribuido sus riquezas a los pobres sus enemigos jamás habrían podido prevalecer contra él. Las virtudes del apóstol habrían pro-tegido con más eficacia ese oro que mancillaba su carácter y ni el monje Valdivia, ni Nieto, ni cualquier otro osarían atentar contra su tranquilidad. La pobre Mariquita en quien el amor del oro ha-bía sustituido todo otro afecto, que había rechazado con desdén a todos los pretendientes porque ella quería ante todo juntar dos masas de oro de igual peso, ¿no ofrece también un fenómeno mo-ral imposible de explicar?

 

 

Quise también hacer una visita a San Román. No lo había visto to-davía. No había salido hasta entonces porque necesitaba hacer creer el cuento de su cadera rota. Mi tío temía mi franqueza e hizo todo cuanto pudo para impedir que fuera. No quiso acompañarme sino cuando Escudero se ofreció a ser mi caballero. Este anunció a San

 

 

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5. Una tentación

 

Román mi visita y tuvo el cuidado de advertirle que no se asustara con la libertad de mi lenguaje.

Al dirigirme a la casa de Gamio, donde se había alojado San Ro-mán con todo su Estado Mayor, mi tío no cesaba de repetirme:

—Florita, le ruego tener cuidado en lo que diga al general, pues...

 

—¿De qué general me habla usted?

 

—Pues de San Román.

 

—¿Es general, ahora? Ignoraba su ascenso.

 

—Solo era coronel. Pero usted comprende, después de esta victo-ria será nombrado general y la cortesía exige...

—¡Ah! ¡Ah! Tío, le ruego a mi vez que no me haga reír. De otra ma-nera no respondo por las locuras que puedo soltarle a su general, tan hábil en la carrera que debería mandar una tropa de liebres.

 

Al entrar en casa de Gamio vimos en el gran salón a un grupo de oficiales en pie que gesticulaban y hablaban muy alto. En cuanto nos distinguieron se retiraron precipitadamente a la pieza vecina. Quise seguirlos para sorprender al general vencedor apoyado sobre sus dos piernas. Pero mi tío adivinó mi maligna intención y me retuvo di-ciéndome: Espere a que nos anuncien.

 

Dos o tres de aquellos señores se acercaron y me dijeron:

 

—Señorita, el general está muy halagado con su visita. Está feliz-

 

mente un poco mejor. Lo verá usted tendido sobre un canapé.

 

Entré en el dormitorio de la señora Gamio. San Román se excusó de no poder levantarse para recibirme. No estaba acostado, sino solo senta-do, con la pierna estirada sobre un banquillo. El San Román tan temido por los arequipeños no presentaba en su persona nada tan temible. Tenía alrededor de 30 años. Su fisonomía era abierta y alegre. Pero sus cabellos, su barba y el color de su piel denotaban que tenía sangre indígena en las venas. Esto lo hacía muy feo a los ojos de los peruanos de raza española. Nuestra conversación fue muy original, burlona y seria al mismo tiem-po. Conversaba bien, pero tenía un defecto terrible para la reserva que me había recomendado mi tío: era el reír a carcajadas a propósito de la menor cosa. Esta extrema hilaridad contrastaba con la seriedad de las personas que lo rodeaban. Esto me animó y yo también reí bastante.

 

 

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—¿Es cierto, señorita, me dijo con un movimiento de orgullo muy pronunciado, que los arequipeños han tenido miedo de mí?

—A tal punto, coronel, que llegué a darle el sobrenombre de Coco. —¿Y qué sentido dan ustedes a ese nombre?

—Es el que las niñeras emplean en Francia para intimidar a los niños pequeños: si no eres formal, si no haces lo que te digo, les dicen ellas, llamo al Coco que vendrá a comerte. Y el niño espantado obe-dece al instante.

 

—¡Ah! ¡Ah! ¡La comparación es encantadora! Nieto es la niñera, los arequipeños son los niños y yo soy el hombre que me los como.

—¿Va usted, pues, a comerse a estos pobres arequipeños? —¡Dios me libre! Al contrario, vengo a restablecer la tranquilidad,

a alentar el trabajo y el comercio para que tengan qué comer.

 

—Es un noble propósito, coronel. Me gustaría conocer el sistema que intenta seguir para alcanzarlo.

—Nuestro sistema, señorita, es el de la señora Gamarra. Cerrare-mos nuestros puertos a esa multitud de barcos extranjeros que vie-nen a infestar nuestro país con toda clase de mercaderías que venden a tan bajo precio, que la última de las negras puede pavonearse ador-nada con sus telas. Usted comprende, la industria no podrá nacer en el Perú con semejante concurrencia. Y mientras sus habitantes pue-dan conseguir en el extranjero, a vil precio, los objetos de consumo no intentarán fabricarlos ellos mismos.

 

—Coronel, los industriales no se forman como soldados y las ma-nufacturas tampoco se establecen como los ejércitos, por la fuerza.

—La realización de ese sistema no es tan difícil como usted lo cree. Nuestro país puede proporcionar todas las materias primas: lino, algodón, seda, lana de una finura incomparable, oro, plata, hie - rro, plomo, etc. En cuanto a las máquinas, las haremos venir de In-glaterra y llamaremos obreros de todas las partes del mundo.

 

—¡Mal sistema, coronel! Créame, no es aislándose, como harán nacer el amor por el trabajo, ni excitarán la emulación.

—Y yo, señorita, creo que la necesidad es el único aguijón que obligará a este pueblo a trabajar. Observe también que nuestro país

 

 

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se halla en una posición más ventajosa que ninguno de los de Europa pues no tiene ejército gigantesco ni flota que sostener, ni una deuda enorme que soportar. Se encuentra así, en circunstancias favorables para el desarrollo de la industria. Y cuando la tranquilidad se resta-blezca y hayamos prohibido el consumo de mercaderías extranjeras ningún obstáculo se opondrá a la prosperidad de las manufacturas que establezcamos nosotros.

 

—¿Pero, no cree usted que por mucho tiempo todavía la mano de obra será más cara aquí que lo es en Europa? Ustedes tienen una po-blación muy escasa y ¿la ocuparán en la fabricación de tejidos, de relojes, de muebles, etc.? ¿Qué sucederá con el cultivo de las tierras, tan poco avanzado y con la explotación de las minas que se han visto obligados a abandonar por falta de brazos?

 

—Mientras estemos sin manufacturas los extranjeros continua-rán llevándose nuestro oro y nuestra plata.

—Pero coronel, el oro y la plata son productos del país y más que otra cosa perderán su valor si no los pueden cambiar con los produc-tos del exterior. Le repito, la época de establecer manufacturas no ha llegado todavía para ustedes. Antes de pensar en ello hay que hacer nacer en la población el gusto por el lujo y por las comodidades de la vida, crearle necesidades a fin de inclinarla al trabajo y solo por la libre importación de mercaderías extranjeras lo conseguirán. Mien-tras el indio camine con los pies descalzos se contentará con una piel de carnero por todo vestido, con un poco de maíz y algunos plátanos para alimento y no trabajará.

 

—Muy bien, señorita, veo que defiende con celo los intereses de su país.

—¡Oh! No creo olvidar en esta circunstancia que pertenezco a una familia peruana. Deseo ardientemente ver prosperar a esta na-ción. Instruyan al pueblo, establezcan comunicaciones fáciles, dejen el comercio sin trabas y verán entonces cómo la prosperidad pública marchará a pasos de gigante. Sus hermanos de América del Norte han admirado al mundo por la rapidez de sus progresos empleando los medios muy sencillos que le propongo.

 

 

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Nuestra conversación fue larga. Mi alegría y mi gravedad encan-taron de tal manera al vencedor que cuando me levanté para retirar-me olvidó su cadera rota y se levantó al mismo tiempo que yo para acompañarme. Tuve la malicia de dejarle dar algunos pasos, a pesar de las caras alarmadas de los oficiales presentes y le dije enseguida:

 

—General, no quiero que vaya usted más lejos. Está usted enfer-mo, su herida es muy peligrosa. Quédese bien envuelto en su abrigo, no hable de economía política, fume buenos cigarrillos y con el tiem-po, siguiendo este régimen, espero que se restablecerá.

 

San Román me agradeció el interés sincero que le demostraba y se puso a cojear al regresar a su canapé.

Por la tarde Escudero fue a verme. Al distinguirlo me puse a reír tan alegremente que no pudo dejar de reírse conmigo. Nos habíamos comprendido.

 

—Querida, Florita, así es el mundo. Una comedia perpetua en la que somos ya actores, ya espectadores. Quizá si en Tacna, en estos momentos, el general Nieto tiene el brazo en cabestrillo. ¡Ay, Dios mío! Esas pequeñas supercherías son muy inocentes.

 

—Sí, sin duda coronel. Pero convenga usted en que cuando se hace anunciar en público que se tiene la cadera rota se debería tener-lo presente y no levantarse para despedir a las damas.

 

—¡Y es usted, con sus ojos de gacela cuyo poder conoce muy bien, es usted quien hace un reproche a ese pobre San Román por haber olvidado en su presencia que su cadera debería parecer rota! ¡Ah, se-ñorita Flora! Eso no es generoso.

 

—Coronel, no se trata aquí de generosidad. La posición de San Román ha debido parecerme risible y usted mismo acaba de reírse hace un instante.

 

—¡Ah! En mí es diferente. Yo soy como el querido Althaus. Me río de todo. Además, no he realizado la conquista del vencedor como la linda Florita.

 

—¿De veras? ¡Ah!, esto me reconcilia con él. No creía haberlo de-jado muy satisfecho después de las grandes verdades que le dije a propósito de su absurda política...

 

 

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—Usted le ha gustado de tal manera que me ha dicho: “Si yo fuese libre pediría en matrimonio a esta señorita. No concibo, cómo uste-des, solteros, la dejan irse”.

 

—¡Ah!, pero parece que se cree irresistible el señor Coco. —Antes de haber ganado la batalla, quizá no se hubiese atrevido

a hablar así. Pero actualmente usted debe sentir, amable Florita, que para el vencedor de Cangallo nada hay imposible.

—Escudero, los hombres de este país son realmente curiosos.

 

Cuando en Europa yo quiera describir sus actos no me creerán.

 

—Escriba de todos modos su viaje y si los franceses no le creen, los peruanos aprovecharán tal vez las verdades que usted tendrá el valor de decirles.

 

Escudero juzgaba como Althaus a los hombres con quienes esta-ba obligado a vivir. Pero más suave de maneras y de carácter que mi primo se divertía como hombre alegre, con las ridiculeces que veía. Tenía para los peruanos esa indulgencia insultante que se concede a aquellos a quienes uno desdeña de hacer una exhortación.

 

Antes de dejar Arequipa quise también despedirme de mi prima, la monja de Santa Rosa.

Fui sola a esta visita. El valor y la perseverancia que había mani-festado la joven religiosa eran admirados por todo el mundo. Pero vivía en el aislamiento y aunque estaba relacionada con las familias más ricas e influyentes del país, nadie se atrevía a verla pues los pre-juicios de la superstición han conservado todo su rigor en este pue-blo ignorante y crédulo.

 

Fui por la tarde a la casa que habitaba Dominga. La encontré ocu-pada en aprender francés. Se juzgaba como un crimen en ella el gus-to que demostraba por la toilette y el lujo, como si después de haber huido del claustro debiera continuar en el mundo con sus absurdas autoridades. Su madre, la señora Gutiérrez, la rechazó con dureza. Su hermano y una de sus tías, muy ricos el uno y la otra, eran las dos únicas personas de la familia que tomaron su partido.

 

Le amueblaron una casa, le dieron esclavos y dinero para vivir y comprar un ajuar. El amor por el lujo y la toilette es un sentimiento

 

 

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muy natural. Puede ser imprudente en los que carecen de medios para satisfacerlo, pero racionalmente, no podría incurrirse en la censura pública. Concibo que estos goces puedan parecer pueriles a las personas preocupadas por altos y graves pensamientos. Pero, aunque muy sencilla en mis gustos, no puedo encontrar un mo-tivo que excuse los reproches que, por este motivo, era objeto la monja. Me parecía muy natural que la pobre reclusa se desquitase de sus once años de cautiverio, de los tormentos y de las privacio-nes de toda especie que había sufrido en Santa Rosa.

 

Dominga estaba encantadora aquella tarde. Lucía un lindo vesti-do escocés rosa y negro, de gros de Nápoles, un mandilito de encaje negro, mitones de tul negro que dejaban ver a medias sus brazos tor-neados y sus manos con los dedos alargados. Sus hombros estaban desnudos y un collar de perlas ornaba su cuello. Sus cabellos, de un negro de ébano, brillaban como la seda más hermosa y caían sobre su seno en varias trenzas artísticamente mezcladas con cintas de raso rosa. Su bella fisonomía tenía un tono de melancolía y de dolor que esparcía en toda su persona un encanto indefinible.

 

Cuando entré, avanzó hacia mí y me dijo con un acento que me penetró de tristeza:

—¿Es verdad, Florita, que regresa usted a Francia?

 

—Sí, prima, me voy y vengo a decirle adiós.

 

—¡Ah, Florita! ¡Qué feliz es usted y cómo envidio su suerte! —¡Querida Dominga! ¿Es usted muy desgraciada acá?...

—Más de lo que puede usted imaginarlo..., mucho más de lo que alguna vez fui en Santa Rosa...

Al decir estas palabras retorció sus manos con desesperación y sus grandes ojos con expresión sombría se elevaron hacia el cielo como para reprochar a Dios el cruel destino que le había deparado...

 

—¿Cómo, Dominga, usted libre, usted tan hermosa, adornada tan graciosamente, usted es más desgraciada que cuando se hallaba prisionera en ese lúgubre monasterio, sepultada entre sus velos de religiosa? Confieso que no la comprendo.

 

 

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5. Una tentación

 

La joven inclinó hacia atrás su cabeza altiva y mirándome con una sonrisa melancólica me dijo:

—¡Yo, libre!... ¿Y en qué país ha visto usted que una débil cria-tura, sobre quien cae el peso de un atroz prejuicio, sea libre? Aquí, Florita, en este salón, ataviada con este lindo vestido de seda rosa, ¡Dominga es siempre la monja de Santa Rosa!... A fuerza de valor y de constancia pude escapar de mi tumba. Pero el velo de lana que yo había elegido está siempre sobre mi cabeza y me separa para siempre de este mundo. En vano he huido del claustro, los gritos del pueblo me rechazan...

 

Dominga se levantó para respirar. Me pareció, en el movimiento que hizo, que su velo la ahogaba todavía... Quedé anonadada... Aquí está en toda su hermosura, pensé, la civilización que trae el culto de Roma. Así como la religión de Brahma, este culto que invoca audaz-mente el nombre de Cristo tiene sus parias y las criaturas que Dios ha colmado con sus dones son también lapidadas por esos feroces sectarios. Consideré con dolor a mi pobre prima que se paseaba a lo largo de su habitación. Parecía hallarse en un violento estado de agi-tación. ¡Cuán noble era su aspecto! ¡Cuán esbelto y flexible su talle! ¡Cuán fina su pierna y su pequeño pie! Tantos encantos, tantos ele - mentos de felicidad estaban perdidos... perdidos porque el fanatismo ahogaba entre sus garras a esta graciosa criatura.

 

—Querida Dominga, le dije, venga a despedirme. Veo que mi presen-cia aquí le causa turbación y no he venido con este propósito. La quiero a usted con toda mi simpatía. Mi desgracia sobrepasa aún a la suya...

 

—¡Oh! ¡Imposible!, exclamó con voz vibrante echándose en mis bra-zos. ¡Oh, no! ¡Es imposible, pues la mía excede a las fuerzas humanas!

Me tenía estrechamente abrazada y sentía su corazón que latía como si fuese a romperse. Sin embargo, no lloraba.

Se hizo un largo silencio. Sentíamos una y otra que nos hallába-mos en una de esas situaciones en las que basta una sola palabra para levantar una multitud de penosos pensamientos. Al fin Domin - ga se desprendió de mis brazos con un movimiento brusco y me dijo con un tono de voz terrible.

 

 

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—¡Más desgraciada que yo...! ¡Ah, Florita! ¡Usted blasfema! ¡Usted desgraciada, cuando puede amar al hombre que le agrada y casarse con él!... No, no, Florita, ¡yo sola tengo el derecho de quejarme! ¡Si me distinguen en las calles, me señalan con el dedo y las maldiciones me acompañan!... Si voy a participar de la alegría común en una re-unión, me rechazan diciéndome: “No es este el sitio donde debe en-contrarse una esposa del Señor. Entre en el claustro, regrese a Santa Rosa...”. Cuando me presento a pedir un pasaporte, me responden: “¡Usted es monja... esposa de Dios!, usted debe vivir en Santa Rosa”. ¡Oh, condenación! ¡Seré siempre monja!...

 

—Y yo, me repetía muy bajo, ¡siempre casada!...

 

La expresión con que Dominga pronunció estas palabras me hizo estremecer de espanto. Su desesperación la empujaba hasta la rabia. La desgraciada cayó agotada sobre el sofá. No intenté darle consuelo. No lo hay para semejantes dolores... Acariciaba sus cabellos. Corté un mechón de ellos para conservarlo religiosamente. Infortunada Do-minga, ¡cómo compadecía su dolor!

 

Como a las diez golpearon a la puerta. Era el joven médico que la había ayudado a conseguir el cadáver de mujer. Ella le tendió la mano y le dijo con voz emocionada.

 

—Florita se va... y yo...

 

—Y usted también, interrumpió el joven. ¡Usted se irá muy pron-to! Un poco con más de paciencia y no tardará en ver mi bella España y a mi buena madre que la querrá como a su hija.

 

A estas palabras la pobre Dominga suspiró como una persona que renace a la esperanza. La sonrisa reapareció en sus labios y con un acento de amor y de duda dijo:

 

—¡Que Dios le oiga Alfonso! Pero ¡ay, temo no poder gozar jamás de semejante dicha!

Esta última escena me inició en los pesares de mi prima y me hizo comprender cuánto debía sufrir...

El momento de mi partida se aproximaba. En casa de mi tío mostraban la cara entristecida, pero había leído el fondo de sus pensamientos y su tristeza me hacía el efecto de las lágrimas de un

 

 

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5. Una tentación

 

heredero. Por más consideraciones que me demostraron mi manera de ser en la casa atestiguaba a los ojos del mundo la conducta de mi familia para conmigo. Mi vestido, de extrema sencillez, anunciaba bien a las claras que esta rica familia no suplía con sus regalos mi falta de fortuna. Y la hija única de Mariano se veía tratada como una extraña en casa de don Pío. Sin embargo, estaba tranquila y resigna-da. Ni mis palabras, ni mi fisonomía manifestaban mi descontento. Después de la escena que tuve con mi tío no me permití la más ligera alusión a la suerte a que me había condenado. Mas esta dignidad de modales les hacía sentirse incómodos consigo mismos y delante de los demás. Mi presencia era para todos ellos un reproche perpetuo y mi tío, que me quería realmente, sentía remordimientos.

 

Quise tener una conversación con mi tía a propósito de los niños. Le supliqué que me confiase a su hijo y a su segunda hija, Panchita, para hacerlos educar en Francia de una manera conveniente a su fortuna y a su rango en la sociedad. Llamé particularmente su aten-ción sobre Panchita, ese ángel de belleza y de espíritu que se volvería un ser extraordinario si sus grandes disposiciones se desarrollaban hábilmente. Mi tía, impresionada por las razones que alegué me dijo que podría consentir en la marcha de su hijo, pero por nada del mun-do se decidiría a enviar a Panchita a Francia.

 

—¡Mandar a mi hija a un colegio de París para que se instruya en filosofía, en la herejía y el ateísmo! ¡Oh! Jamás con mi consenti-miento pondrá los pies en un país donde se ridiculiza nuestra santa religión. Donde Voltaire y Rousseau son considerados como dioses y sus obras están en manos de todo el mundo.

 

En vano hice observar a Joaquina que en los colegios de Francia se educa a los niños en las creencias religiosas que sus padres quieren darles. Mi tía se indignaba porque en este punto se pudiese escoger y la conversación de tres horas que tuve con ella sobre este capítulo me la presentó como una fanática de aquellas con que el catolicismo de Roma cuenta pocas hoy día. Joaquina me preguntó un día si en Fran-cia los judíos y los protestantes entraban en las iglesias.

 

—Nadie tiene derecho de impedírselo, le dije.

 

 

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—¡Ah! ¡Qué horror! ¡Qué sacrilegio!

 

—Por lo demás ¿cómo quiere que no suceda esto? ¿Podrían los sacristanes de las iglesias conocer en la cara la religión de cada individuo?

 

—Basta Florita, no me hable más de ese país de impiedad. Rechazada por mi tía me dirigí a mi tío. Este no era accesible a los

mismos temores. El riesgo que en Francia pudiesen correr las ideas supersticiosas de sus hijos no entró para nada en las consideraciones en que fundó su negativa.

 

—Florita, me guardaré muy bien de enviar a mis hijos a Europa. Tengo ante los ojos demasiados ejemplos de los malos resultados de la educación que allí se recibe. Todos regresan a su país, después de seis u ocho años de ausencia, con gustos de lujo y despilfarro y no sa-ben ya hablar su idioma. En cambio, hablan francés, lengua comple-tamente inútil aquí, bailan la galopa, baile endemoniado que requie-re un espacio inmenso para ejecutarlo; mientras en el Perú se baila con el pañuelo en 4 pies cuadrados,6 montan caballo a la inglesa, moda que en nuestros caminos solo es buena para romperse la cabe-za. En fin, además de esos hermosos conocimientos, los niños prodi - gio tocan violín, flauta o cuerno. Convenga conmigo, Florita, en que no es una educación capaz de hacer hombres útiles a la república.

 

—Ciertamente, tío, habría que dejar a su hijo en el Perú si en Eu-ropa debiera recibir semejante educación, pero ¿no cree que sea po-sible darle una mejor?

 

—¡Ah! Estoy muy lejos de pensarlo. Sin embargo, desde 1815 más de veinte jóvenes han sido enviados a Europa y han regresado tal como acabo de describirlo.

 

—Tío, esos han recibido la educación que la necedad de sus padres ha querido darles. ¿Conoce usted las cartas que el afecto paternal ins-pira a aquellos padres ¡lustrados y que dirigen a los apoderados de

 

6   Flora se refiere con toda claridad a la zamacueca, hoy llamada marinera, aunque en el texto francés llama a este baile “le mouchoir”. “On dance le mouchoir” –dice, pro-bablemente porque olvidó un nombre que debió parecer muy difícil a sus oídos. [N. de la T.].

 

 

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5. Una tentación

 

sus hijos? He visto algunas en manos de ciertos negociantes de Bur-deos. Todas trazan el programa de estudios del querido hijo. Siem-pre el mismo: desean que el joven aprenda francés, monte a caballo, baile a la moda de París, toque violín, etc. Pero en ninguna he visto recomendar que les enseñen matemáticas, dibujo y los conocimien-tos requeridos para entrar en una de las escuelas de ingenieros, de minas o politécnicas, que los instruyan en arquitectura o que los en-víen a aprender agricultura en las haciendas modelos. Tampoco era cuestión de hacer frecuentar las escuelas de Derecho o de Medicina a alguno de ellos. Los padres no pueden quejarse sino de sí mismos si sus hijos han recibido una educación fútil que no los hace apro-piados para ninguno de los empleos de la sociedad. Sin duda los ha-bían destinado a comer plata y no a ganarla. Convenga, tío, en que la acusación hecha contra la educación europea es la mayor injusticia. Althaus, Escudero, Bolívar y usted mismo, tío, han sido educados en Europa. Me parece que ustedes cuatro hacen honor a la educación que han recibido para que ninguno de ustedes se coloque en el nú-mero de sus detractores.

 

—Althaus y Escudero tenían a sus padres a su lado para dirigir su educación. Bolívar tuvo por guía y amigo a Rodríguez, hombre de gran mérito y yo tuve a su padre, mi querido Mariano, cuyos cuida-dos y solicitud jamás me perdían de vista y me trataba como a su hijo. Su padre, educado en el colegio de La Fléche encontró buena la educación que él había recibido y vino a buscarme. No tenía yo entonces sino 7 años y me puso en el mismo colegio. A la edad de 18 años me retiró de él para hacerme entrar como suboficial en el soberbio regimiento de los guardias walones. Mi servicio me dejaba muchos ocios y mi hermano me los hacía emplear en el estudio. Re-compensaba mi asiduidad dándome maestros de música o de baile. Consideraba estos talentos como propios únicamente para hacerse ver bien de las damas. Durante mis vacaciones me enviaba a viajar a Inglaterra y a Alemania para instruirme en las costumbres, en la po-lítica, la industria y la organización militar de aquellos países. Quería que tomase notas sobre todo cuanto veía y estaba obligado a hacerle

 

 

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una relación de mis viajes, redactada con tanto cuidado y exactitud como si hubiese sido destinada a la imprenta. Ese trabajo me era a menudo penoso y habría preferido divertirme. Pero yo quería a mi hermano con esa deferencia que un hijo tiene hacia su padre. La gran diferencia de edad que había entre nosotros y su carácter serio y se-vero me inspiraban un respeto a veces mezclado de temor. Concibo, Florita, que cuando un joven tiene semejante hermano por mentor haga rápidos progresos. ¡Pero enviarlo consignado a un negociante para que lo ponga en un colegio como puede colocar un fardo en un almacén, cargue en cuenta a los padres el quince o veinte por ciento de comisión y no se inquiete por nada más! Le repito que es un mé-todo detestable y es, sin embargo, el único que tenemos. Además, en-cuentro inútil hacer muchos gastos cuyo resultado sería quizá hacer de Florentino peor de lo que es.

 

Mis instancias no pudieron obtener nada de mi tío. Me objetó que la edad de Florentino y su carácter engreído por su madre lo ha-rían indócil a mis consejos y a la dirección que yo pretendiera dar-le. Combatí sus objeciones haciéndole observar que el amor propio de su hijo y el sentimiento de su inferioridad lo inducirían a hacer esfuerzos para ponerse al nivel de los camaradas que tuviese a su alrededor. Derrotado en todos los puntos mi tío alegó el gasto que le ocasionaría la permanencia de Florentino en Francia. Sonreí a esta última objeción.

 

—No hablo, agregó, de los gastos de una educación que no sa-bría aprovechar, sino de los gastos a los que su edad no tardaría en arrastrarlo.

 

Ciertamente, don Pío es suficientemente rico para correr el ries-go de pagar algunas locuras de juventud, mas el pobre hombre su-fría para ocultar el verdadero motivo que lo hacía persistir en su negativa. Mi tío ha reinado siempre en su casa como amo absoluto. Preferiría morir antes de ver declinar esta influencia dominadora. No se cree viejo. Sus facultades intelectuales se hallan intactas y parece que no quisiera pensar que puede llegarle la decrepitud. Su hijo es espiritual, pero ignorante y lleno de defectos producidos por

 

 

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5. Una tentación

 

la falta de educación. Don Pío desea que su hijo tenga siempre nece-sidad de él y a la deferencia debida a un padre aúne la del ejemplo dado por todas las personas que lo rodean. Con este objetivo mi tío no quiere que este niño adquiera nuevas ideas y desarrolle su inte-ligencia. Teme que la educación europea tenga por resultado inspi-rar a Florentino confianza en sí mismo y desdeñar los consejos y opiniones de su padre. Mi tío tiene inmensas e importantes propie-dades que dejar a sus hijos y se imagina que esto será una compen-sación suficiente a la falta de instrucción. Cree poder satisfacer ese amor de dominio que siente hasta en su casa, sin comprometer la existencia futura de estos niños. Pero los bienes de la fortuna son tan precarios, tan pocas personas los conservan, que fiar en ellos para el porvenir es la más insigne aberración del espíritu huma-no. El precepto que la sabiduría predica a los hombres, desde hace más de 2 mil años, el de contar solo consigo mismo y considerar las riquezas como accidentales y los talentos como las únicas rea-lidades de este mundo recibe diariamente su demostración en un país atormentado por la discordia, donde los individuos a quienes se supone ricos están sin cesar expuestos a exacciones. Yo también había nacido para tener una parte igual a la de don Pío en la inmen-sa fortuna dejada por mi abuela. Mi padre lo creía así: su hija, decía, tendría un día 40 mil francos de renta. A pesar de ello trabajo para vivir y educar a mis hijos. No ha dependido de mí evitar a los de mi tío las rudas pruebas por las que yo he pasado si la fortuna de su padre, como la del mío, llegasen a frustrar sus esperanzas. Habría deseado que tuviesen talento para que pudiesen, en la prosperidad, sustraerlo a las pasiones y hacerlo útil a sus semejantes, y en la ne-cesidad, subvenir a su existencia. Pero Dios no ha permitido que mi tío tuviese la voluntad de hacerlo.

 

 

La víspera de mi partida don Pío me renovó la promesa hecha de-lante de toda la familia de asegurarme, una vez restablecida la tran-quilidad, la pensión de 2.500 francos que me daba y me entregó una carta para M. Bertera en la que daba orden de pagarla puntualmente y por adelantado.

 

 

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6. Mi partida de Arequipa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El viernes 25 de abril Mr. Smith vino a recogerme a las siete de la mañana. Estaba ya lista para montar a caballo y mis facciones no demostraban ninguna agitación. Sentía, sin embargo, una viva emoción al abandonar esos lugares. Dejaba la casa donde había nacido mi padre y donde creí encontrar un asilo; pero durante los siete meses que habité en ella solo ocupé la morada de un extraño. Huía de esta casa en la cual había sido tolerada, pero no adoptada. Huía de las torturas morales que sufría y de las sugestiones que me inspiraba la desesperación. Huía para ir ¿dónde?... Lo ignoraba. No tenía plan y, harta de decepciones, no formaba proyectos. Recha-zada en todas partes, sin familia, sin fortuna o profesión y hasta sin nombre, iba a la ventura, como un globo en el espacio que cae donde el viento lo empuja. Dije adiós a esas paredes, invocando en mi ayuda la sombra de mi padre. Abracé a mi tía y la compadecí de todo corazón por su dureza para conmigo. Abracé a sus hijos y los compadecí también pues ellos tendrán a su vez días de aflicción. Dije adiós a los numerosos servidores reunidos en el patio, monté a caballo y dejé para siempre aquel asilo ocasional para entregarme a la merced de Dios. Mi tío, mi primo Florentino y muchos otros amigos vinieron a acompañarme.

 

Avanzábamos en silencio. Las personas que me rodeaban admira-ban mi gran valor y se asustaban de él. Mm. Le Bris y Viollier estaban

 

 

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Flora Tristán

 

tristes y mi tío parecía estarlo también. En cuanto a mí, una voz se-creta me tranquilizaba. Sentía como por instinto que Dios no me ha-bía abandonado.

 

Nos detuvimos en Tiabaya. Mis miradas se dirigieron hacia Are-quipa y su valle encantador, después sobre mi tío... Asaltada a la vez por mis recuerdos sentí una cruel aflicción y las lágrimas me sofo-caban. Los señores callaban y parecían adivinar lo que pasaba en mi alma. M. Le Bris me dijo:

 

—Querida señorita, si quiere usted regresar a Arequipa todavía es tiempo. Sus amigos la ayudarán a llevar una vida si no brillante por lo menos tranquila y fácil. Le apreté la mano y di al mismo tiem-po la señal de partida. En el lugar donde nos encontrábamos el cami-no era estrecho, pasé por delante y atravesé así la población. Cuando estuvimos en campo raso me detuve para esperar a mi tío, pero no lo

 

vi  más... M. Le Bris me dijo que, para evitarme la emoción del último adiós, había aprovechado el recodo formado por el camino para re-gresar a Arequipa sin que yo lo viera. Todo había acabado... ya no de-bía volver a ver a mi tío... ¡No podría expresar cuán penoso era para mí este pensamiento! Ese tío que me había hecho tanto mal, cuya conducta dura e ingrata me obligaba a vagar sobre la tierra, como el pájaro en la selva, sin tener la existencia más segura que aquel. Ese tío que no había tenido para mí un acto de justicia y cuya avaricia ha-bía aventajado en su corazón el afecto y la compasión. ¡Pues bien! ¡Lo quería! ¡Lo quería contra mi voluntad! ¡Tan duraderas y poderosas son las impresiones de la infancia! Sentía tan vivo dolor que vacilé un momento en regresar a Arequipa únicamente para ver de nuevo a mi tío, conjurarle que me quisiese y olvidar que retenía mis bienes. ¡Tal era la necesidad que sentía de su afecto! ¡Ah! ¿Quién puede ex-plicar las aberraciones del corazón humano? Amamos, odiamos, así como Dios lo quiere, sin poder, a menudo, señalar el motivo. ¡Ah, des-graciada organización social! Si no hubiese estado obligada a dispu-tar con mi tío por mi herencia nos hubiésemos amado sinceramente. Su carácter de hombre público no me inspiraba ninguna simpatía, pero el resto de él me agradaba. Jamás he encontrado un hombre

 

 

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6. Mi partida de Arequipa

 

cuya conversación fuese más instructiva, las maneras más amables y los chistes más graciosos.

En Congata encontramos listo un buen almuerzo debido a la ga-lantería del muy amable Mr. Smith. Vi de nuevo al pequeño Maria-no, crecido y embellecido. Quería de todos modos venirse conmigo a Francia. Ese querido niño tenía una expresión admirable cuando me decía: “Mi Floritay1 diga a esos extranjeros que nos dejen solos, me molestan y tengo que hablarle”. Nos quedamos en casa del señor Ná-jar hasta que pasó un poco el calor. Hacia las doce del día comenzó a soplar el aire del mar y nos pusimos en camino.

 

Al separarme de mis dos mejores amigos Mm. Le Bris y Viollier sen-tí un sincero pesar. Durante siete meses me habían prodigado mues-tras de interés de toda clase y sentía por ellos la más sincera amistad.

 

Mr. Smith tenía por sirviente a un chileno muy inteligente y mi tío me había dado un hombre de confianza para acompañarme y servir-me hasta el momento de mi embarque. Además, debía a la graciosa galantería del coronel Escudero una guardia de seguridad. El teniente Mansilla con dos lanceros estaban encargados por él de mi defensa.

 

Este viaje fue mucho menos penoso que el anterior. Iba provista de las cosas necesarias para precaverme, en cuanto fuese posible, del sol, del viento, del frío, de la sed y, en una palabra, de todos los sufri-mientos del desierto. Tenía dos buenas mulas para poder cambiar de montura. Además, Mr. Smith tuvo la extrema cortesía de poner su segundo caballo a mi disposición. Mi tía Joaquina me había presta-do dos sillas, una inglesa para el caballo y otra más apropiada para las mulas. En fin, los cuidados con que me rodeaba Mr. Smith me hicieron encontrar en él a un segundo don Baltazar con diez años de experiencia en esta clase de viajes que no cedía en nada al primero.

 

Cuando llegamos a la cima de la primera montaña nos detuvi-mos. Bajé del caballo y fui a sentarme en el mismo sitio donde meses antes me habían depositado moribunda. Permanecí allí largo rato

 

1   El diptongo ay al final de los nombres les da una dulzura acariciadora. No se le emplea si no para hablar a las personas a quienes se ama tiernamente. [N. de la A.].

 

 

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admirando el delicioso valle de Arequipa. Le di mis últimos adioses. Contemplé la forma extraña con que aparecía la ciudad y al suce-derse mis pensamientos soñaba en que, libre y dueña de poder aso-ciarme a un hombre de mi agrado, hubiese podido gozar allí de una vida tan feliz como en cualquier país de Europa. Esas reflexiones me entristecían y estaba emocionada.

 

—Señorita, me dijo Mr. Smith, quien recorría el mundo desde los 17 años y no concebía que se pudiese echar de menos Arequipa, esta es una bonita ciudad sin duda, pero aquella adonde vamos es un ver-dadero paraíso. Ese volcán es soberbio y yo querría ver uno seme-jante en Dublín. Aquellas cordilleras son magníficas. Sin embargo, usted convendrá en que debe atribuirse a esa vecindad el viento frío y volcánico y eso haría atrabiliario el carácter más alegre y dulce de toda Inglaterra. ¡Ah! ¡Viva Lima! Cuando no se puede ser miembro del parlamento, con 10 mil libras esterlinas, hay que vivir en Lima.

 

Fue así como la alegría natural y llena de espíritu de Mr. Smith desviaba el curso de mis pensamientos.

Al ir de Arequipa a Islay se tiene el sol por detrás y el viento de frente. Por consiguiente, se sufre mucho menos con el calor que al ir de Islay a Arequipa. Hice el camino muy bien, sin gran fatiga y como mi salud había mejorado me encontré más fuerte para sopor-tarlo que cuando hice mi primer viaje. A las doce de la noche llega-mos al tambo. Me eché vestida sobre la cama mientras preparaban la comida. Mr. Smith poseía un talento milagroso para salir de apu-ros en el viaje. Se ocupaba de todo, de la cocina, de los arrieros, de los animales y todo esto con una ligereza y un tacto admirables. Ese inglés, que era un joven elegante de 30 años, en todo lo que hacía ponía la misma distinción de modales y hasta en el desierto se re-conocía al dandy de salón. Pudimos hacer, gracias a sus cuidados, una excelente comida, después de la cual nos dedicamos a conver-sar pues ninguno de nosotros pudo dormir. A las tres de la mañana nos pusimos en camino. El frío era tan fuerte que me cubrí con tres ponchos. Al sobrevenir la aurora me sentí dominada por un sue-ño invencible y rogué a Mr. Smith que me dejara dormir siquiera

 

 

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6. Mi partida de Arequipa

 

media hora. Me apeé y sin dar tiempo al sirviente para extender la alfombra quedé tan profundamente dormida que no se atrevieron a molestarme para acomodarme mejor. Me dejaron así una hora. Me sentí muy bien después de este sueño. Nos hallábamos entonces en pampa rasa y monté a caballo para atravesar esta inmensidad siempre a todo galope.

 

Mr. Smith dudaba mucho de que yo pudiese seguirlo. Para ani-marme no cesaba de desafiarme. Yo aceptaba el desafío y tenía a honra ir siempre delante de él, unos quince o veinte pasos. Con esta manera de estimularme obtuvo el resultado que esperaba. Pronto me convertí en excelente amazona. Hice galopar tan bien mi caba-llo, cuidándolo al mismo tiempo, que el oficial Mansilla no pudo

 

seguirme y menos aún los dos lanceros. Por fin Mr. Smith se vio obligado a pedirme gracia para su hermosa yegua chilena a la cual temía fatigar demasiado.

 

A las doce del día llegamos a Guerrera e hicimos alto. Comimos bajo la fresca sombra de los árboles. Enseguida arreglamos lechos en el suelo y dormimos hasta las cinco. Ascendimos a paso lento la montaña y llegamos a Islay a las siete. Grande fue la sorpresa de don Justo cuando me vio. Este hombre, que es de una bondad y de una hospitalidad extrema con todos los extranjeros, me prodigó muchas atenciones. Islay había cambiado mucho de aspecto des-de mi última estada allí. Esta vez no me invitaron a ningún baile. Nieto y sus valientes soldados habían devastado todo durante las veinticuatro horas que permanecieron en la población. Además de la requisa de víveres, cometieron extorsiones de toda clase con el propósito de arrebatar dinero a los desgraciados habitantes. El pueblo estaba en la desolación y el bueno de don Justo no cesaba de repetirme:

 

—¡Ah, señorita! Si no estuviese tan viejo me iría con usted. Las guerras continuas que destrozan este país lo han hecho inhabita-ble. He perdido ya a dos de mis hijos y espero en cualquier momen-to tener noticia de la muerte del tercero que sirve en el ejército de Gamarra.

 

 

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Me quedé tres días en Islay en espera de la salida de nuestra em-barcación y los habría pasado muy tristemente sin la sociedad de Mr. Smith y de los oficiales de una fragata inglesa, anclada en la bahía, con quienes trabé amistad. Nunca había encontrado, y me complazco en recordarlo, oficiales tan distinguidos por sus ma-neras y su espíritu como los de la fragata “The Challenger”. Todos hablaban francés y habían vivido en Francia algunos años. Esos señores, siempre vestidos de paisanos, eran notables por su indu-mentaria de una limpieza exquisita y de una elegante sencillez. El comandante era un hombre soberbio, de una hermosura ideal. Solo tenía 32 años, pero una profunda melancolía pesaba sobre él. Sus actos y sus palabras tenían un sello de tristeza que me daba pena. Pregunté la causa a uno de sus oficiales el cual me dijo:

 

—¡Ah! Sí, señorita, su tristeza es muy grande. Mas el pesar que lo origina es también el más doloroso del mundo. Desde hace siete años está casado con la mujer más hermosa de Inglaterra. La ama locamente, es igualmente correspondido y, sin embargo, debe vivir separado de ella.

 

—¿Quién le impone esa separación?

 

—Su estado de marino. Como es uno de los capitanes de fragata más jóvenes, lo mandan constantemente a lugares lejanos en viajes que duran tres o cuatro años. Hace tres años que estamos en estos parajes y no regresaremos a Inglaterra antes de quince meses. Juz-gue el cruel dolor que tan larga ausencia debe hacerle sentir...

 

—¡Que debe hacerle sentir!... ¿No tiene, pues, fortuna para tener que seguir una carrera que lo tortura a él y a aquella a quien ama?

—¡Fortuna! Tiene 5 mil libras esterlinas de renta y su esposa, la más rica heredera de Inglaterra, le ha llevado 200 mil libras de dote. Es hija única y tendrá aún dos veces más a la muerte de su padre.

 

Quedé admirada.

 

—Entonces, señor, explíqueme, ¿qué potencia obliga a su co-mandante a estar alejado de su esposa durante cuatro años, a morir de consunción a bordo de su fragata y a condenar a tan hermosa criatura al dolor y a las lágrimas?

 

 

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6. Mi partida de Arequipa

 

—Es preciso que llegue a una alta posición. Nuestro comandan-te obtuvo de su padre esta rica heredera solo a condición de seguir en su profesión hasta que sea almirante. Ambos jóvenes consintie-ron y para cumplir esta promesa él debe recorrer los mares durante diez años más, por lo menos, pues es en la ancianidad cuando, entre nosotros, se hacen las promociones.

 

—¿Así es que el comandante se cree obligado a vivir todavía du-rante diez años separado de su esposa?

—Sí, para cumplir su promesa. Pero, transcurrido ese tiempo, será almirante, llegará a la Cámara de los Lores, quizá al ministerio, en fin, será uno de los primeros en el Estado. Me parece, señorita, que para llegar a tan hermosa situación se puede muy bien sufrir durante algunos años.

 

¡Ah!, pensé. Por estas malditas grandezas los hombres pisotean lo que hay de más sagrado. Dios mismo se ha complacido en dotar a esos dos seres: belleza, espíritu, riqueza, todo les ha sido concedido y el amor que sienten el uno por el otro debería asegurar una felici-dad tan grande como es capaz de gozar nuestra naturaleza. La feli-cidad aspira a comunicarse. En torno a ella, todo trasciende su dul-ce influencia y, dichosos, ambos seres habrían podido hacer gozar a sus semejantes. Pero el orgullo de un viejo imbécil destruye este porvenir de felicidad terrestre. Quiere que veinte años estén consa-grados a la tristeza, al dolor y a los tormentos de todo género que hace nacer la separación. Cuando al fin estén reunidos la esposa ha - brá perdido su belleza y el hombre sus ilusiones. Su corazón estará sin amor y su espíritu sin frescura, pues veinte años de disgustos, de temores y de celos desfloran las almas más hermosas. ¡Pero será almirante! ¡Par del reino! ¡Ministro!, etc. Absurda vanidad.

 

No podría decir cuan amargas reflexiones me sugirió la historia del comandante de la “Challenger”... Encontraba en todas partes el sufrimiento moral. En todas partes veía resaltar los prejuicios im-píos que ponen al hombre en pugna con la Providencia y me indig-naba de la lentitud de los progresos de la razón humana. Pregunté a este guapo comandante si tenía hijos.

 

 

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—Sí, me contestó, una hija tan hermosa como su madre y un hijo que según me dicen se me parece mucho. No lo conozco toda-vía. Tendrá 4 años cuando yo lo vea, si Dios permite que lo vea...

 

Y el desgraciado contuvo un suspiro. Todavía era sensible por-que era joven. Mas a los 50 años, probablemente se habrá vuelto tan duro como su suegro y exigirá tal vez de su hijo y de su hija sacrificios tan crueles como los que le han sido impuestos a él. Así se trasmiten los prejuicios que depravan nuestra naturaleza y esta transmisión no se interrumpe sino cuando se presentan aquellos seres a quienes Dios ha dotado de una voluntad firme y de un valor enérgico que soportan el martirio antes que el yugo.

 

El 30 de abril a las once de la mañana salimos de la bahía de Islay. Y el 10 de mayo a las dos de la tarde anclamos en la rada del Callao. Este puerto no me pareció tener tanta actividad como Val-paraíso.2 Los últimos acontecimientos políticos habían tenido fu-nesta influencia sobre los negocios comerciales. Estos iban muy mal y había menos navíos que de costumbre.

 

Desde el mar se distinguía a Lima situada sobre una colina en medio de los Andes gigantescos. La extensión de esta ciudad y los numerosos campanarios que la coronan le dan un aspecto grandio-so y mágico.

 

Estuvimos en el Callao hasta las cuatro en espera del coche para Lima. Tuve mucho tiempo para examinar aquel pueblo. Así como Valparaíso e Islay, el Callao desde hacía diez años progresaba de tal manera que después de una ausencia de dos o tres años los capita-nes apenas lo podían reconocer. Las casas más hermosas pertene-cían a los negociantes ingleses y norteamericanos. Tenían allí de-pósitos considerables. La actividad de su comercio ha establecido un movimiento continuo entre el puerto y la ciudad, la cual se halla a 2 leguas. Mr. Smith me condujo donde sus agentes. Encontré en

 

2   Basadre apunta: “A causa de la desidia de los gobiernos y los trastornos políticos, el Callao había ido perdiendo su significación en beneficio de Valparaíso, a pesar de la peligrosa rada de este y del prejuicio por su vieja condición de bodega del Callao durante la Colonia” (2002, pp. 26-27, t. 2). [N. de la primera Ed.].

 

 

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6. Mi partida de Arequipa

 

esta casa inglesa ese lujo y confort particular a los ingleses. El ser-vicio lo hacían criados de aquella nacionalidad que, al igual que sus amos, iban vestidos como si estuviesen en Inglaterra. La casa tenía una galería semejante a todas las casas de Lima. Esas galerías son muy cómodas en los países cálidos. Se va a ellas a respirar el aire a cubierto del sol, paseándose alrededor de la habitación. Lindas cor-tinas inglesas embellecían aquella en la cual me hallaba. Me quedé algún tiempo y pude observar con toda comodidad la larga y ancha calle que forma la ciudad del Callao. Era domingo. Los marinos, en vestidos de fiesta, se paseaban por la calle. Veía grupos de ingle-ses, de americanos, de franceses, de holandeses, de alemanes. En suma, una mezcla de casi todas las naciones y palabras de todas las lenguas llegaban hasta mis oídos. Al oír conversar a estos marinos comprendí el encanto que su vida aventurera debía tener para ellos y el entusiasmo que inspiraba al verdadero marinero Leborgne. Cuando cansada del espectáculo de la calle eché una mirada al gran salón, cuyas ventanas rodeaban la galería, cinco o seis ingleses con sus hermosas caras tranquilas y frías, perfectamente bien puestos, estaban allí reunidos. Bebían su grog y fumaban excelentes ciga-rrillos de La Habana, balanceándose muellemente en hamacas de Guayaquil suspendidas del techo.

 

Por fin dieron las cuatro. Subimos al coche. El conductor era francés y todas las personas que encontré allí hablaban francés e inglés. Había dos alemanes, grandes amigos de Althaus y enseguida me encontré entre conocidos.

 

Desde mi salida de Burdeos era la primera vez que subía a un co-che. Tuve tal gusto que me hizo sentirme feliz durante las dos horas que duró el trayecto. Me creía ya de regreso a la plena civilización.

 

El camino es malo al salir del Callao, pero después de haber recorrido una legua es más o menos bueno, muy ancho, plano y con poco polvo. A media legua del Callao, sobre el borde derecho de la ruta, yacen extensas ruinas de construcciones indígenas. La ciudad cuya existencia recuerdan había dejado de existir cuando los españoles conquistaron el país. Se podría saber, posiblemente

 

 

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por las tradiciones de los indios, lo que fue esa ciudad y la causa de su destrucción. Pero hasta ahora la historia de este pueblo no ha inspirado suficiente interés a sus amos como para consagrar-se a aquellas investigaciones. Algo más lejos, a la izquierda, está la población de Bellavista donde hay un hospicio destinado a los marineros. A la mitad del camino nuestro conductor se detuvo en una taberna cuidada por un francés. Después de haberla pasado la ciudad se presentó a nuestras miradas con toda su magnificencia. La campiña cercana, verde, de mil tonos, ofrecía la riqueza de una vigorosa vegetación. Por todas partes grandes naranjos, platanares, palmeras y una multitud de árboles propios de esos climas desplie-gan su variado follaje. Y el viajero en éxtasis ve los sueños de su imaginación sobrepasados por la realidad.

 

A media legua de la ciudad el camino, bordeado por grandes ár-boles, forma una avenida cuyo efecto es en verdad majestuoso. A los lados se paseaba un buen número de peatones y muchos jóve-nes a caballo pasaron también cerca del coche. Esta avenida era, según supe después, uno de los paseos de los limeños. Entre los pa-seantes había muchas mujeres con saya, este vestido me pareció tan extraño que cautivó mi atención. La ciudad estaba cercada y al extremo de la avenida llegamos a una de las puertas. Sus dos pilas-tras eran de ladrillo y el frontispicio que lucía los escudos de Espa-ña había sido mutilado. Unos empleados visitaron el coche, como se practica a la entrada de París. Atravesamos luego una gran parte de la ciudad cuyas calles me parecieron espaciosas y las casas muy diferentes de las de Arequipa. Lima, tan grandiosa, vista de lejos, cuando se entra en ella no mantiene sus promesas, ni responde a la imagen que uno se había forjado. Las fachadas de las casas son mezquinas, sus ventanas sin vidrios y las barras de hierro con que están enrejadas recuerdan las ideas de desconfianza y de opresión. Al mismo tiempo se entristece uno por el poco movimiento que hay en todas aquellas calles. El coche se detuvo delante de una casa de hermosa apariencia. Vi venir del fondo a una señora alta y gorda a quien reconocí enseguida, por el retrato que de ella me habían

 

 

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6. Mi partida de Arequipa

 

hecho los señores del “Mexicano”, como a Mme. Denuelle. Esta se-ñora vino en persona a abrirme la portezuela, me ofreció su mano para bajar y me dijo con la expresión más afable:

 

—Señorita Tristán, la esperábamos aquí con impaciencia desde hacía mucho tiempo. Después de todo lo que los señores David y Chabrié nos han dicho de usted estamos muy felices al tenerla en-tre nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7. Un hotel francés en Lima

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La señora Denuelle me condujo a un salón amueblado a la francesa. Hacía apenas cinco minutos que estaba sentada cuando vi entrar a doce o quince franceses, todos muy afanados por verme. Me conmo-vió esta prueba de interés, conversé algunos instantes con ellos y les agradecí esta acogida afectuosa. Enseguida la señora Denuelle me condujo al pequeño departamento que me destinaba, el cual se com-ponía de un salón y de un dormitorio.

 

Salí de Arequipa cargada de cartas para una multitud de perso-nas de Lima. Mr. Smith, siempre de una complacencia inagotable para conmigo, me ofreció, al bajar del navío, hacer entrega de estas cartas. Se las di, de manera que, una hora después de mi llegada, las personas a quienes iban dirigidas acudieron a verme para tener no-ticias políticas. Su afán era tal que me hicieron veinte preguntas a la vez. El uno inquiría por su padre, el otro por su hermano; don Basilio de la Fuente, a quien encontré alojado donde Mme. Denuelle, quería saber qué había sucedido a su esposa y a sus once hijos; este lloraba por su hermano a quien habían matado; aquella se inquietaba por su hermana, esposa del general Nieto, que estaba como prisionera en Santa Rosa; todos temían, no sin fundamento, que la señora Ga-marra regresase a Lima donde tenía tantas venganzas que ejercitar.

 

El carácter de los limeños me pareció, en esta primera entrevista, aún más fanfarrón y medroso que el de los arequipeños. Como a las

 

 

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once de la noche la señora Denuelle hizo comprender a los visitantes que yo tenía necesidad de descansar. Se retiraron con gran conten-to de mi parte. Ya no podía más, tenía la cabeza hueca. Mr. Smith me advirtió que había entregado personalmente a mi tía, la hermosa Manuela de Tristán, esposa de mi tío Domingo a la sazón prefecto de Ayacucho, la carta que le había sido dirigida y ella le había rogado que la fuese a buscar, pues quería verme la misma noche. Vino, pues, en cuanto me vi libre de las demás visitas. Encontré muy delicada esta atención de su parte.

 

Por lo que había oído decir de la belleza extraordinaria de mi tía de Lima esperaba, naturalmente, ver una mujer estupenda. Sin embargo, la realidad sobrepasó a mis ojos lo que me había imaginado. ¡Oh! Esa no era una criatura humana. ¡Era una diosa del Olimpo, una hurí del paraíso de Mahoma descendida sobre la tierra! A la vista de esta divina criatura me sentí sobrecogida de santo respeto. No me atrevía a tocar-la; me cogió una mano que guardó entre las suyas mientras me decía las cosas más afectuosas, pronunciadas con una nobleza, una gracia y una facilidad que acabaron de fascinarme. Siento mi insuficiencia para describir tal belleza. Rafael no ha concebido para sus vírgenes una frente donde haya tanta nobleza y candor, una nariz tan perfecta, una boca más suave y fresca; pero sobre todo un óvalo, un cuello y un seno más admirablemente hermosos. Su piel era blanca, fina y ater - ciopelada como la de un melocotón. Sus cabellos castaño claro, finos y brillantes como la seda, caían en largos bucles ondulados sobre sus re-dondeadas espaldas. Estaba un poco gorda quizá, pero su talle esbelto no perdía nada de su elegancia. Todo en ella estaba lleno de orgullo y de dignidad. Tenía el porte de una reina. Su toilette se armonizaba con la frescura de su hermosa persona.

 

Su vestido de muselina blanca, sembrado de botoncitos de rosa bordados en color, era muy escotado, con mangas cortas y el talle muy bajo formaba una punta por delante. Esto le sentaba muy bien pues dejaba ver lo que tenía de más hermoso: el cuello, los hombros, el pecho y los brazos. Largos aretes pendían de sus orejas. Un collar de perlas ceñía su cuello de cisne y brazaletes de diversas especies

 

 

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7. Un hotel francés en Lima

 

hacían resaltar la blancura de sus brazos. Un gran manto de ter-ciopelo, color celeste oscuro y forrado en raso blanco, envolvía ese hermoso cuerpo, y un velo de encaje negro echado negligentemen-te sobre su cabeza, la preservaba de las miradas indiscretas de los transeúntes. Había cesado de hablar y yo, contemplándola todavía, la escuchaba y no respondía a todos sus ofrecimientos de servirme, sino exclamando:

 

—¡Dios mío, tía! ¡Qué hermosa es usted!... ¡Ah! ¿Quién podrá expli-carme el mágico imperio de la belleza? ¿De ese ascendiente irresisti-ble que armoniza todo, sin tener en sí una apariencia que se pueda definir? ¿De esa emanación divina que da la vida a las formas, a los colores, vibra en los sonidos y se exhala en los perfumes? ¿De ese poder magnético, esparcido según los fines de la Providencia, sobre todos los seres de la creación? ¡Jerarquía que sale de Dios, que des-ciende al átomo y que ningún ojo puede percibir! Esta causa oculta que determina nuestra elección, nuestras predilecciones y que nos fascina. En una palabra, la belleza en cualquier forma que se mues-tre, aérea, visible o palpable, penetra todo mi ser con su dulce in-fluencia. Los perfumes de las flores, los cantos de los pájaros me la hacen sentir. La experimento a la vista del gigante de la selva, cuya copa se eleva hasta la región de las tempestades; a la vista de la gracia salvaje del animal indómito, a la aparición de un hombre tal como el comandante de la “Challenger” o de una mujer como mi tía Manuela. Y en presencia de la belleza, de esa sonrisa de los dioses, palpitante de admiración y de placer, mi alma se eleva hacia el cielo.

 

Mi tía insistió mucho para que fuese a vivir a su casa. Le agradecí, excusándome con la molestia que podía ocasionarle. Como era muy tarde dejamos la decisión para el día siguiente. Después de su partida la señora Denuelle se quedó conversando conmigo de suerte que era más de la una cuando me encontré sola.

 

Nunca he llegado a un país desconocido sin sentir una agitación más o menos viva. Mi atención, casi a pesar mío, se dirige sobre todo lo que me rodea y mi alma ávida por conocer y comparar se interesa por todo. La sucesión de personas y de cosas que habían desfilado

 

 

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delante de mí desde mi desembarque en el Callao me agotaron hasta el punto de que, a pesar de mi cansancio, me fue imposible dormir. Mi pensamiento me mantenía en vela y no cesaba de reproducir las impresiones que acababa de sentir. Me adormecí al amanecer y soñé con los hermosos naranjos, con las lindas limeñas con saya y con la aparición de mi tía.

 

Desde las ocho de la mañana la señora Denuelle entró en mi cuar-to y pronto dirigió la conversación sobre mi tía. Me dijo con aire con-fuso que en interés mío creía deber instruirme sobre algunas parti-cularidades de la señora Manuela de Tristán. Me refirió que desde hacía largos años Manuela tenía amores con un americano del norte a quien amaba mucho y del que estaba excesivamente celosa. Mme. Denuelle me habló en forma de dejarme conocer el fondo de su pen-samiento. Temía verme aceptar la hospitalidad que me había sido ofrecida no tanto por el gasto que podía ocasionar, sino por el deseo vehemente de tenerme a su lado durante mi estada en Lima. Si de an-temano no hubiese estado decidida a rechazar los ofrecimientos de mi tía lo que acababa de saber bastaba para impedírmelo. Ya había llegado a conocer el corazón humano lo suficiente para comprender que no debía alojarme en casa de una mujer si corría el riesgo de convertirme en objeto de sus celosas sospechas y también si me inte-resaba no provocar su odio, el que ciertamente quería evitar. Al dejar la casa de mi tío Pío me había prometido a mí misma no aceptar la hospitalidad de ningún pariente. Hablé de esto un día con Carmen y ella me dijo:

 

—Hará usted bien, Florita, vale más comer pan en casa de uno que bizcocho en la de los parientes.

Tranquilicé, pues, a Mme. Denuelle; traté el precio con ella, a ra-zón de 2 pesos por día, y cuando regresó mi tía le hice comprender que nos molestaríamos mutuamente. Quedó convenido en que me quedaría en el hotel. Creí ver que mi discreción causaba gran placer.

 

Sin embargo, mi situación pecuniaria debía causarme inquietud. Salí de Arequipa con algunos cientos de francos y mi tío me dio una carta de crédito por 400 pesos, pero únicamente destinados a pagar

 

 

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7. Un hotel francés en Lima

 

mi pasaje. Estipuló que no podría tocar su importe hasta el momen-to de mi partida con lo que me hizo comprender a las claras que me daba este dinero con la condición de salir del país. No había navíos en franquía y sabía por Mr. Smith que no los habría antes de dos meses. Mi permanencia durante todo este tiempo en el hotel era un desem-bolso de 120 pesos y, además, me veía obligada a hacer algunos gastos pequeños en mi vestido. Comprendí que necesitaba por lo menos 200 pesos para hacer frente a todas estas necesidades. Puedo decir que he tenido todas las desgracias, fuera de una: la de tener deudas. El te-mor de contraerlas ha dominado siempre mi conducta. Contando con cuidado antes de gastar jamás he debido un centavo a nadie. Cuando hice este cálculo de 200 pesos y no encontré sino 20 en mi bolsillo estuve, lo confieso, muy asustada. Mi guardarropa era, ya lo he dicho, más que mezquino. Me puse a examinarlo a pesar de todo y, pluma en mano, valoricé pieza por pieza para ver cuánto podría obtener por todos esos trapos si hacía una venta en momentos de mi partida. Vi que el producto ascendería a más de 200 pesos. Cuando adquirí esta certidumbre ¡oh, me sentí feliz, muy feliz! Había renunciado, al dejar a Escudero a todos mis grandes proyectos de ambición y no quería oír hablar más de política. Volví a ser joven, alegre y, por primera vez en mi vida, de una despreocupación completa. Jamás he gozado de mejor salud. Engordaba a ojos vistas, comía con apetito, dormía perfecta-mente. En una palabra, puedo decir que esos dos meses constituyen la única época de mi existencia en que no he sufrido.

 

Al día siguiente de mi llegada tuve algunos desagrados con el cónsul de Francia, Mr. Barrére. El asunto fue el siguiente: a raíz de mi salida de Arequipa los franceses residentes en aquella ciudad, aprovechando la ocasión, dirigieron un pedido colectivo a M. Barrére para que invistiera a M. Le Bris de poderes especiales a fin de que este pudiese proteger sus intereses gravemente comprometidos por los últimos acontecimientos políticos. M. Moriniére me había rogado a nombre de los peticionarios que expusiese de viva voz al cónsul los motivos poderosos que los había inducido a presentar tal solicitud. Comprendí muy bien la posición de todos ellos y les prometí cumplir

 

 

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mi doble misión. Por la mañana envié al cónsul la carta de mis com-patriotas y le escribí dos palabras para informarle que estaba encar-gada de hacerle conocer verbalmente la cruel situación en que se encontraban los franceses de Arequipa. Agregué que el asunto era urgente y que, retenida en el hotel por una indisposición, si quería honrarme con su visita podría exponerle enseguida lo que le inte-resaba saber. Estas son las palabras textuales de mi carta. Costará trabajo creer que M. Barrére las encontró ofensivas para su dignidad consular, y sin embargo, así fue. Preguntó quién era yo y dónde ha-bía sido educada para ignorar las conveniencias hasta el punto de pensar que él, el cónsul, era quien debía ir a hacerme una visita. Dos o tres personas amigas vinieron a decirme que no se hablaba sino de la carta altanera que había escrito al cónsul quien estaba muy escan-dalizado. Mi admiración fue grande. Leí a todo el mundo el borrador de mi carta que felizmente había conservado y nadie comprendió nada en la gran ira de M. Barrére. Expliqué el motivo de mi apuro en comunicar al cónsul aquello de que estaba encargada y todos aprobaron la sencilla gestión hecha por mí. Creo que le hicieron re-flexionar en lo inconveniente de su conducta, sobre todo, tratándose de una mujer, pues a la noche siguiente me envió a su sobrino para excusarse ante mí por no haber venido a verme porque su salud no se lo había permitido. El sobrino se presentó como secretario de su tío y me pidió, en esta calidad, los informes que había de dar al cónsul. Pero este joven me pareció tan poco capaz de comprender la menor cosa que no me preocupé en comunicarle ningún detalle y lo despe-dí diciéndole que escribiría al señor cónsul lo que hubiese preferido decirle de viva voz.

 

 

Así son los hombres encargados de velar por los intereses france-ses en el extranjero. M. Barrére, viejo gotoso, caprichoso e irritable en exceso, no se hallaba al nivel de la importancia de las funciones que le estaban confiadas. El celo, la vigilancia y la actividad necesa-rios estaban por encima de sus fuerzas y carecía de los conocimien-tos especiales indispensables para cumplir con sus deberes. No solo era una necedad absurda de M. Barrére ofenderse por la carta en que

 

 

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le pedía que me viniese a ver porque tenía comunicaciones para él enviadas por el comercio francés de Arequipa, sino que, en estas cir-cunstancias, sus funciones de cónsul le imponían la obligación de venir a tomar informes de mi boca en cuanto supo de mi llegada. Desde hacía un mes no se tenían en Lima noticias de Arequipa. El cónsul francés ¿no debía mostrarse celoso por saber si por los re-sultados de la batalla de Cangallo los intereses y la seguridad de sus compatriotas habían quedado comprometidos? Los datos recibidos por la correspondencia traída en nuestro barco no podían dispen-sarlo de recoger informaciones verbales. Todas las cartas habían sido abiertas en Islay y nadie se atrevía a escribir la exacta verdad. El cónsul de Inglaterra comprendía sus deberes de otra manera. No creyó comprometer su dignidad con ir hasta el Callao e informarse por medio de Mr. Smith sobre los acontecimientos de Arequipa. No hay nación en la que los intereses comerciales estén peor defendidos por sus agentes que los intereses del comercio francés por los cón-sules nombrados por el Ministerio de Relaciones Exteriores. Es un hecho del que se puede adquirir la certeza sin salir de Francia, en las ciudades manufactureras y en los diversos puertos de mar del rei-no: Marsella, Lyon, Burdeos, Rouen, el Havre. Antes de M. Barrére, el cónsul francés en el Perú era M. Chaumette-Desfossés, hombre muy instruido, escritor espiritual y encantador en sociedad. Además, gas-trónomo distinguido que cuidaba con la más grande atención de los detalles culinarios y daba una soberbia comida el día del santo del rey. Pero, a pesar de todos estos talentos M. Chaumette-Desfossés era el hombre menos adecuado para las funciones consulares. No creo que él se hubiese ofendido por mi carta, pero si se puede creer la voz general, durante los seis años que fue cónsul el sabio solo se ocupó de sus investigaciones científicas. Y como el país no ofrecía a este res-pecto un campo muy dilatado se puso a aprender el chino y el árabe. M. Chaumette-Desfossés era completamente extraño a los intereses comerciales de su país y a la dirección de estos asuntos. M. Chabrié y los otros capitanes de navío estaban indignados por la manera como cumplía sus funciones. Cuando iban donde él, por las formalidades

 

 

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Flora Tristán

 

relacionadas con la llegada o el despacho de los navíos, el cónsul abría la ventanilla que había mandado hacer en su puerta.

—¿Qué quieren?, preguntaba.

 

—Señor, tengo que hablarle de algo relativo a la declaración de mi carga.

—No tengo tiempo, respondía el cónsul cerrando la ventanilla. —Pero, señor, no esperamos sino su firma para levar anclas. —Regrese usted, no tengo tiempo, respondía desde adentro sin re-

 

abrir la ventanilla. En Chile, el cónsul que precedió a M. Verninac fue muerto en duelo por un capitán de navío a quien insultó. El capitán apuraba el despacho de su barco al que la demora debida al cónsul ocasionaba un perjuicio considerable. El cónsul, maltratado por el ca-pitán, creyó también comprometida su dignidad y el duelo tuvo lugar.

 

Cuando el gobierno francés reconoció la independencia de los Es-tados de la América española se hizo gran ruido en los periódicos de París sobre los cónsules enviados por el ministerio. Estos iban, por medio de tratados, a abrir nuevos mercados para nuestros produc-tos. Mas la primera condición para cumplir bien con una misión es la de conocer los intereses que nos están confiados. Hubiese sido fá-cil a esos cónsules aprovechar el odio de la América del Sur contra sus antiguas metrópolis española y portuguesa para hacer admitir los vinos de Francia con derechos menores que los impuestos a los vinos de la península. Hubiesen podido prever las relaciones que no debían tardar en establecerse entre la China y las costas occiden-tales de América y obtener que fuésemos, en nuestros artículos de sedería, mejor tratados que los chinos, cuyas sedas importadas por los navíos de Norte América y Europa1 arruinan a nuestros fabri-cantes por los bajos precios a que se venden. Los agentes franceses

 

 

1   Por el tratado de comercio que el gobierno acaba de firmar con Santa Cruz los dere-chos sobre los vinos de Francia han sido considerablemente disminuidos y nuestras sederías no pagarán a su entrada en el Perú y Bolivia, sino la mitad de los derechos im-puestos a las sedas de la China. Este tratado ha sido estipulado después de haber sido

 

escrita mi narración y está firmado por         mi tío, don Pío de Tristán, quien fue ministro.

 

[N. de la A.].

 

 

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disimularon su ignorancia acerca de los intereses materiales de su país estipulando que las mercaderías francesas serían tratadas como las de las naciones más favorecidas y creyeron con esto haber hecho una obra maestra. En efecto, la producción es en Francia más barata que en ninguna otra nación y nuestras mercaderías no tienen nece-sidad de encontrar ventajas en ninguna parte. Si dejaran a nuestras grandes ciudades manufactureras y marítimas designar sus agentes en el exterior no mandarían, seguramente, a sabios, arqueólogos, ni hombres con títulos nobiliarios; pero sí agentes escogidos que com-prenderían sus intereses mejor que los aprendices de diplomáticos salidos de Relaciones Exteriores.

 

No tuve, durante mi estancia en Lima, disputas por mi herencia. Había sido despojada, ya no debía pensar más en ello. No asistí a grandes trastornos, semejantes a los que presencié en Arequipa. No estuve agitada por violentas emociones y mis observaciones se diri-gieron únicamente a las localidades y personas que se ofrecían a mis miradas. Comenzaré por dar a conocer al lector a la señora Denuelle y su casa. Recorrerá enseguida conmigo la ciudad, después le hablaré de las mujeres, de los franceses residentes.

 

La señora Denuelle vivía en Lima desde 1826. Había establecido una pensión que era la más hermosa y mejor atendida de todas las que hay en la ciudad. Tenía anexo, desde hacía dos años, un alma-cén en el que vendía toda clase de mercaderías pues como ya tuve ocasión de demostrar, el comercio en aquel país no estaba aún clasi-ficado y subdividido en especialidades y todo el mundo se mezclaba en él. Además, era ella quien había hecho correr los primeros coches entre Lima y el Callao para el transporte de pasajeros. Esa empresa le pertenecía. En el fondo de la casa estaba el comedor. La mesa era de cuarenta cubiertos. A un lado se encontraba un gran salón que comunicaba con una sala de billar y las dos piezas daban a un jar-dín pequeño. El mobiliario de todas estas salas era cómodo y rico. Se juntaban la elegancia francesa y la comodidad inglesa. El servicio de mesa era muy lindo. Se veía el mismo lujo que en Londres, en el hotel Brunet. Los departamentos que alquilaba a los extranjeros estaban

 

 

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siempre muy bien tenidos: buenas camas, ropa elegante, nada falta-ba. Los criados eran franceses o ingleses, de suerte que todo se hacía con mucha prontitud y limpieza. Esto, en lo que concierne a la casa. En cuanto a la huéspeda, ¡oh! Ese es el resumen de una larga histo-ria. ¡Historia de cuarenta años de vida de mujer, agitada por fortuna diversa y durante los cuales tuvo ocasión de conocerlo todo, de ago-tarlo todo!

 

La señora Denuelle que hoy tiene un hotel en Lima no es otra que la hermosa, la magnífica, la seductora Mademoiselle Aubé que de-butó en la ópera con el papel de la Vestal. Su voz fresca, sonora y de amplio registro obtuvo en este papel el éxito más brillante. Fueron aplausos frenéticos, aturdidores, en la primera, segunda y tercera aparición de Mlle. Aubé. Tres veces coronada por las aclamaciones del público entusiasta, la debutante llegaba a la cumbre de las gran-dezas teatrales y firmó un contrato de 15 mil francos al año con el director. En la embriaguez de su alegría convidó a todos sus amigos a un banquete espléndido. ¡Ah, fue un día de gloria y de felicidad! ¿Cuántos adoradores tuvo? El mundo entero estaba a sus pies. El so-nido de su voz vibraba en todos los corazones y se esperaba que en todos los papeles mademoiselle Aubé sería tan sublime, excitaría los mismos transportes y haría sentir los mismos arrebatos que en el de la Vestal. ¡Cuántas envidias suscitó el éxito tan brillante! Su nombre estaba sobre el cartel. La multitud invadía el teatro. Mlle. Aubé repre-sentaba un nuevo papel. Se presentó... Pero ¡qué repentina metamor-fosis se había operado en el público. Solo fue acogida por los aplau-sos de algunos. Desde la primera escena su voz, su aire, su modo de actuar provocaron murmullos. Cantó un aria y la multitud perma-neció muda. Ningún aplauso la alentaba. Escuchó hasta observacio-nes malévolas. La desgraciada entró a los bastidores con la cabeza ardiente y las arterias hinchadas como si se le fuesen a romper. Su boca estaba seca, bebió para humedecerla, repasó su partitura que temía no saber bien. El público esperaba. Era menester reaparecer en la escena. En aquella noche todo le fue fatal: el vestido no le sen-taba; la hacía parecer más alta y delgada de lo que en realidad era.

 

 

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Todos los anteojos se dirigían hacia ella. Los mismos que otras veces la habían encontrado tan hermosa exclamaron: ¡Es fea! La actriz no oyó estas palabras, pero la relación magnética que existe entre el ac-tor y el público le hizo comprender que las habían dicho. Estaba ate-rrada, las lágrimas la ahogaban y un temblor agitaba sus miembros. Vio todo el peligro de su situación y su terror redobló. Sin embargo, tenía que cantar... Con la fuerza de la desesperación cantó, pero su voz temblaba y cantó en falsete. Enseguida una gritería se elevó de todas partes y los silbidos acabaron por trastornar a la desgraciada artista. Sentía un sudor frío por todo el cuerpo, no oía ya la orquesta. Sus miradas espantadas se detuvieron sobre esos millares de cabezas cuyas risas la escarnecían, cuyas palabras la ultrajaban. Permaneció inmóvil deseando que el piso se hundiese bajo sus pies para verse li-bre para siempre de esas risas infernales, de esos gritos demoníacos. El murmullo aumentaba. La infortunada ya no vio nada. Una nube delante de los ojos le ocultaba las luces. Toda su sangre afluía hacia su corazón. Las piernas se le doblaban bajo su peso. Hizo un último esfuerzo y se precipitó fuera del proscenio donde cayó como muerta. Mme. Denuelle me ha referido muchas veces su desventura. La im-presión fue tan cruel y su recuerdo se grabó tan profundamente en su memoria que, sorprendidos en el cabo de Hornos por una violenta tempestad, cuando todos a bordo presa de la desesperación veían la muerte en cada ola, ella decía al capitán:

 

—¡Oh! No es desde hoy que conozco la tempestad. Usted está allí como yo estaba sobre las tablas...

Este acontecimiento cerró el porvenir de Mme. Denuelle. Le fue imposible reaparecer en la ópera y después de haber sido contratada en el primer teatro lírico del mundo su amor propio de artista la in-dujo a rechazar todas las propuestas que le hicieron en los teatros de Lyon, Burdeos y Marsella. Prefirió expatriarse. Estuvo mucho tiempo en la corte de Luis de Bonaparte, en Holanda y en Westfalia, con Jeró-nimo. A la caída del emperador se encontró sin empleo y representó en los teatros de Dublín y de Londres. Desde 1815 hasta 1825 su vida no presentó sino un tejido de acontecimientos de los cuales varios

 

 

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fueron funestos... Perdió por completo la voz y engordó demasiado para aparecer en el teatro. Entre tanto se había casado con M. De-nuelle, hombre suave, cortés y muy bien educado. Después de haber ensayado de todo para hacer fortuna sin triunfar en nada decidió ir al Perú con la esperanza de que allí la suerte le fuese menos adversa. Llegó con muy poco dinero y como Mme. Aubrit de Valparaíso, fue a Cinabrio a quien debió la posibilidad de establecerse. Su hotel había prosperado más allá de sus esperanzas. Cuando la conocí trataba de venderlo pues deseaba regresar a Francia donde podría vivir cómo-damente con 10 mil libras de renta que había economizado. Con un carácter diferente ella podría ser muy feliz en Lima, pero no era así.

 

Mme. Denuelle estaba dotada de un espíritu vivo e inteligente. Su corazón mediocremente sensible no se conmovía sino en las gran-des ocasiones. Su educación, por completo volteriana, las repulsas soportadas en el ejercicio de su profesión y los treinta años de de-cepciones y desgracias sufridas no habían contribuido poco a endu-recerla. Nunca había tenido hijos de suerte que ningún sentimiento tierno, ninguna dulce emoción había echado algunas flores en esta vida árida, toda llena de egoísmo y de indiferencia. Mme. Denuelle era, en general, detestada en Lima. Sus sarcasmos herían a todo el mundo y no había persona a quien no la hubiese alcanzado: todos habían sido ridiculizados en sus bromas.

 

Esta mujer tenía realmente el talento muy notable de coger el ri-dículo, las manías y el aire mismo de los individuos. Torcía la nariz, los ojos, cojeaba, bizqueaba, tartamudeaba, fingía contracciones, todo con tanta verdad y comicidad que era de perecer de risa. Como se puede presumir el ejercicio de semejante talento le había suscita-do implacables enemigos. Muchas personas hacían un largo rodeo para no pasar delante de la tienda de Mme. Denuelle por temor a ser objeto de una de sus caricaturas. Contaba todo con tanta alegría como espíritu y su conversación, en extremo variada, era de lo más divertida. Se le acusaba de ser déspota en su casa, de tratar mal a su marido, de ser áspera y hasta mala con sus inquilinos. Esos repro-ches eran fundados y, sin embargo, para ser justos, no habría que

 

 

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7. Un hotel francés en Lima

 

callar sus buenas cualidades. No se le reconocía ninguna y, a pesar de todo, las tenía. El orden y la economía con que dirigía su casa, su vida sedentaria y laboriosa son rasgos que no deberían omitirse para que el retrato se pareciera. Cualidades tanto más notables porque se encontraban en una mujer cuya vida había sido tan disipada. Pero los hombres no tienen en cuenta en los demás, sino las cualidades de que sacan provecho.

 

Mme. Denuelle tenía por entonces 56 años. Parecía no tener sino cuarenta. Siempre pensé que se aumentaba la edad por coquetería. Era una mujer de 5,3 pies de estatura, gruesa en proporción, de buen color, con los cabellos muy negros, todos sus dientes, los ojos vivos, atrevidos, malévolos, los labios delgados, la nariz arremangada y la fisonomía dura, de expresión sardónica y arrogante. Estaba siempre arreglada con mucha sencillez y con extrema limpieza.

 

Mme. Denuelle me tomó gran amistad. Como la conocía por lo que de ella me habían dicho Mm. Chabrié, David y Briet y por haber oído hablar a otros adopté frente a ella el modo de hacerle sentir que esperaba de ella más consideración que intimidad. Todos mis que-ridos compatriotas y hasta los limeños venían a prevenirme muy oficiosamente que me cuidara si no quería que Mme. Denuelle me manejase a su antojo. Mi sonrisa a estos decires manifestaba a las claras que no temía esta influencia. Más bien la tuve yo en tal forma sobre nuestra huéspeda que jamás se atrevió a hacerme una pregun-ta, a pesar de su extrema curiosidad. Jamás me llamó de otro modo que señorita Tristán, cuando muchos de los señores de su hotel y has-ta su marido me decían a menudo señorita Flora. Me contó toda su vida, todos sus dolores y soy yo quizá la única persona en el mundo a quien haya tenido el valor de confesar que jamás había sido feliz. Aunque sea, según dicen, de una gran sequedad de corazón, me com-plazco en afirmar aquí que conozco en su vida dos o tres rasgos de una sublime abnegación y me prueban que su alma no ha sido siem-pre inaccesible a los sentimientos generosos.

 

Los franceses eran mucho más numerosos en Lima que en Are-quipa. La mayoría se ocupaba del comercio. Tenían cuatro casas

 

 

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fuertes y unas veinte de segunda clase. Además, había un continuo movimiento de capitanes, sobrecargos y pasajeros franceses que iban y venían.

 

Lo digo con pesar. Había en Lima entre nuestros compatriotas, menos cuerdos aún que en Arequipa. Todos se detestaban, se calum-niaban y se hacían cuanto daño podían. A la cabeza de las casas fran-cesas citaré las de Mm. Gautreau, de Nantes; Dalidou, Martenet y Larichardiére, de Burdeos. Baroillet, de Bayona, etc. Había otra mul-titud de franceses comerciantes, artistas, maestros de toda especie, artesanos, etc. Igualmente, muchas francesas vendedoras de modas, costureras, dueñas de pensión, parteras. Toda esta gente trataba de hacer fortuna con más o menos éxito.

 

En ocho días Mme. Denuelle me puso al corriente de todo lo que se hacía en la ciudad. Me hizo conocer por sus relatos a la mayor par-te de las personas tan bien como si las hubiese yo estudiado durante diez años. Jamás he llevado una vida más variada y más distraída, pero sin embargo, no me habría agradado continuarla. Apenas te-nía un momento para escribir mi diario. En cuanto estaba sola Mme. Denuelle subía a mi cuarto y su interminable conversación era tan instructiva como graciosa.

 

Almorzaba y comía con los pensionistas. La casa reunía a muy buena sociedad: oficiales de la marina inglesa, americana o francesa, negociantes y gentes del país. Mientras duraba la comida me divertía mucho. Como tengo el oído muy fino la maliciosa Mme. Denuelle, a cuyo lado estaba yo colocada, me decía en voz baja las cosas más gra-ciosas, las más chistosas sobre las personas presentes y todo esto ha-ciendo con gracia los honores de la mesa sin que su cara traicionase en nada las palabras que me decía. Después de la comida me refería chismes o remedaba a los individuos y siempre me hacía reír hasta las lágrimas. Lo que me ganaba su buena voluntad era saberla escu-char. No tenía yo en ello gran mérito porque me agradaba oírla. Pero ¡qué tesoro para una actriz encontrar después de diez años de destie-rro una persona a quien sus gestos divierten y sus relatos interesan! Sin embargo, tenía muy poco tiempo que consagrar a Mademoiselle

 

 

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7. Un hotel francés en Lima

 

Aubé. Por la mañana recorría la ciudad. Iba a menudo a comer a las casas donde me invitaban. Y las visitas, los paseos, el teatro, las re-uniones y las charlas íntimas con mis nuevos amigos me ocupaban todas las noches.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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8. Lima y sus costumbres

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi tía Manuela me sirvió de gran ayuda. Me hizo conocer la capi-tal y tratar a la alta sociedad. Me demostró mucha amistad, pero no es este sentimiento el que hace nacer relaciones de simpatía y creo que esta nunca existió entre nosotras. Por hermosa que fuese sus ojos no expresaban franqueza y jamás miraban de frente. Me buscaba por ese interés que debía naturalmente inspirarle una pa-rienta extranjera nacida a 3 mil leguas, cuya existencia se ignora y que de repente aparece. Encontré en ella recursos inmensos para instruirme sobre todo lo que deseaba saber. Su carácter se parece al de Mme. Denuelle. Tiene una gran inteligencia y el sarcasmo está siempre en sus labios. Fue ella, en gran parte, quien me sirvió de ci-cerone. Su belleza, el nombre de mi tío y mi título de extranjera nos hacían abrir las puertas con complacencia. Pasé días íntegros con ella. Me encantaba su espíritu, pero me apenaba la insensibilidad de su corazón. Lima es todavía una ciudad muy sensual. Las cos-tumbres se han formado bajo la influencia de otras instituciones. El espíritu y la belleza se disputan el imperio. Es como París bajo la regencia de Luis XV. Los sentimientos generosos y las virtudes privadas no pueden nacer cuando se sabe que a nada conducen y la instrucción primaria no está lo bastante desarrollada para que las altas clases puedan temer mucho a la libertad de prensa.

 

 

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Vi en casa de mi tía a los hombres más distinguidos del país: el presidente Orbegoso, el general inglés Miller, el coronel francés Soigne, ambos al servicio de la República, a Salaverry,1 la Fuente,2 etc. No encontré sino a dos señoras. Las demás se habían alejado de mi tía alegando la extrema liviandad de su conducta. Esas virtuosas señoras disimulaban hábilmente, con ese pretexto, la aversión que sentían para ofrecerse en paralelo con una belleza como la de Ma-nuela, al lado de la cual todas dejaban de parecer hermosas. Las no-ches en casa de mi tía transcurrían en una forma agradable. Dios se había complacido en colmarla con sus dones: su voz, encantadora de suavidad y de melodía, desarrollaba los sonidos con un método admirable. Un italiano que residió en Lima durante cuatro años, ma-ravillado de esa voz divina, se consagró con entusiasmo a cultivarla y muy pronto Manuela superó a su maestro. Cantaba en italiano los más bellos pasajes de las óperas de Rossini y cuando se cansaba ha-blaba de política. Mi tía, como todas las señoras de Lima, se ocupa-ba mucho de política y al tratarla pude formarme opinión sobre el espíritu y el mérito de los hombres que se encontraban a la cabeza del gobierno. Orbegoso y los oficiales que lo rodeaban me parecieron de una completa nulidad. Vi también allí al famoso sacerdote Luna Pizarro. Me pareció que estaba muy por debajo de su reputación y lejos de tener tanta capacidad como Valdivia. Ese viejo era, por su violencia, el Marat del Perú. Por lo demás, no encontré en él ninguna amplitud de miras. Mostraba la pasión de un demoledor, pero no los planes de un arquitecto. La ambición privada era el móvil de todos esos personajes. El propósito del viejo sacerdote era reemplazar al obispo de Arequipa. Se había enrolado entre los facciosos a fin de obtenerlo. Habría sido un cortesano vulgar si esto fuese el medio de conseguirlo. Por desgracia, el pueblo está demasiado embrutecido

 

 

 

1   El general Felipe Santiago Salaverry hizo la revolución a Orbegoso en 1835 y se proclamó presidente. Luchó contra Santa Cruz y la Confederación Perú-boliviana y murió fusilado por él, después de la batalla de Socabaya (1836). [N. de la T.].

 

2   Antonio Gutiérrez de la Fuente, general y político ocupó brevemente la Presidencia de la República, al ser derrocado La Mar (1829). [N. de la T.].

 

 

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8. Lima y sus costumbres

 

para que de su seno salgan verdaderos tribunos y para juzgar a los hombres que dirigen los negocios públicos.

Lima tiene en la actualidad cerca de 80 mil habitantes y fue fun-dada por Pizarro en 1535. No sé de dónde le viene el nombre. Esta ciudad encierra muy hermosos monumentos y una gran cantidad de iglesias y de conventos de hombres y mujeres. Las casas están construidas regularmente, las calles, bien delineadas, son largas y anchas. El agua corre por dos acequias en casi todas ellas, una a cada lado. Solo algunas tienen un arroyuelo en el centro. Las casas están construidas con ladrillo, adobe y madera y pintadas de diversos co-lores claros: azul, gris, rosa, amarillo, etc. No tienen sino un piso y los techos son chatos. Como las paredes sobresalen del techo, produ-cen el efecto de casas inconclusas. Algunos de aquellos techos sirven de terrazas en las que se ponen macetas con flores, pero hay muy pocas que tienen la solidez necesaria para este uso. Jamás llueve. Si esto sucediera accidentalmente, al cabo de cuatro horas de lluvia las casas no serían sino un hacinamiento de lodo. El interior está muy bien distribuido. El salón y el comedor forman el primer cuerpo. En el fondo se encuentra la cocina y el alojamiento para los esclavos, ro-deando el segundo patio. Los dormitorios se hallan encima del piso bajo, todos amueblados con gran lujo, según el rango y la fortuna de quienes la habitan.

 

La catedral es magnífica, el tallado del coro es de un trabajo ex-quisito. Las balaustradas que rodean el altar mayor son de plata y este altar es también sumamente rico. Las pequeñas capillas latera-les son encantadoras. Cada canónigo tiene la suya. Esta iglesia es de piedra y tan sólida que ha resistido los más fuertes temblores, sin haber sufrido en lo menor. Las dos torres, la fachada y el atrio son admirables, de una grandiosidad rara en nuestra vieja Europa y que no se esperarían encontrar en una ciudad del Nuevo Mundo. La ca-tedral ocupa todo el lado este de la gran plaza. Al frente está la mu-nicipalidad. Esta plaza es el Palais Royal de Lima. En dos de sus lados hay galerías con arcos, a lo largo de las cuales están las tiendas más hermosas y mejor surtidas. En el centro hay una fuente soberbia. En

 

 

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cualquier hora del día ofrece a la vista un gran movimiento. Por la mañana son los aguadores, los militares, las procesiones, etc., y por la tarde mucha gente se pasea por ella. Se encuentran allí mercade-res ambulantes que venden helados, frutas, bizcochos y algunos bu-fones divierten al público con sus pruebas y sus bailes.

 

Entre los conventos de hombres el más notable es el de San Fran-cisco. Su iglesia es la más rica, elegante y original de todas cuantas he visto. Cuando las mujeres desean visitar los conventos de religiosos o religiosas emplean un medio muy singular: dicen que están encin-ta. Los buenos padres profesan un santo respeto por los antojos de las mujeres en estado grávido y les abren entonces todas las puertas. Cuando estuvimos en San Francisco los monjes hacían bromas con nosotros en la forma más indecente. Subimos a las torres y como yo lo hacía con mucha vivacidad, el prior al verme delgada y ágil, me preguntó si yo también estaba encinta. Confundida por esta inespe-rada pregunta quedé desconcertada. Mi turbación provocó entonces, entre los monjes, risas y propósitos inconvenientes que Manuela, quien no es tímida, no sabía qué actitud adoptar. Salí del convento escandalizada. Cuando me quejé me respondieron:

 

—¡Oh! Esa es su costumbre. Esos monjes son muy alegres. Pasan por ser los más amables de todos.

¡Y a semejantes hombres es a quienes ese pueblo concede su con-fianza! Pero en Lima lo que no es corrompido está fuera de uso.

Fui a visitar un convento de mujeres, el de la Encarnación. No se siente nada religioso en el interior de aquel monasterio. La regla conventual no se presenta en ninguna parte. Es una casa donde todo ocurre como en cualquier otra. Hay veintinueve religiosas. Cada una de ellas tiene su alojamiento en el que hace cocinar, trabaja, educa a niños, habla, canta, en una palabra, procede como mejor le pare-ce. Hasta vimos algunas que no usaban el hábito de su orden. Acep-tan algunas que entran y salen. La puerta del convento está siempre abierta. Es un género de vida cuyo objeto no se comprende. Estaría uno tentado de creer que esas mujeres se han refugiado en aquel re-cinto para ser más independientes de lo que podían ser en el mundo.

 

 

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Encontré a una francesa joven y bonita de 26 años con una hijita de 5 años. Vivía allí por razones de economía, mientras su marido viajaba por asuntos de negocios por Centro América. No vi a la su-periora, nos dijeron que estaba enferma. Esas religiosas de nueva especie me parecieron bastante chismosas. Su convento estaba su-cio, mal tenido, diferente en todo a Santa Rosa y Santa Catalina. Como no encontré nada que mereciera la atención, subí a la torre para ver la ciudad a vuelo de pájaro. Esta soberbia ciudad tiene el aspecto más miserable cuando la vista se detiene en ella. Sus casas descubiertas hacen el efecto de ruinas y la tierra gris con que están construidas tiene un tono tan sucio y triste que se las tomaría por cabañas de una población salvaje. Mientras tanto los monasterios, las numerosas y gigantescas iglesias construidas de piedra, de una atrevida elevación y de una solidez que parece desafiar al tiempo, contrastan de una manera chocante con la multitud de casuchas. Se siente por instinto que el mismo defecto de armonía debe existir en la organización de este pueblo y que llegará la época en la cual las casas de los ciudadanos sean más hermosas y los edificios religio-sos menos suntuosos. Mi horizonte era de lo más variado. El campo que rodeaba la ciudad era muy pintoresco. En la lejanía aparecía el Callao con sus dos castillos y la isla de San Lorenzo. Los Andes cubiertos de nieve y el océano Pacífico completaban el cuadro. ¡Qué panorama más grandioso! Estuve tan decepcionada con mi visita a este convento que no me sentí tentada de ver otros. Había ido con la esperanza de sentir esas emociones religiosas que hacen nacer la abnegación y el sacrificio inspirados por cualquier fe. No encontré sino un ejemplo más de la decadencia de esa fe y de la decrepitud de las comunidades religiosas.

 

 

El bello local de la moneda me pareció bien administrado. Desde hace algunos años ha recibido notables mejoras. Se ha hecho venir de Londres inmensos laminadores los cuales se mueven, así como el volante, por medio de una caída de agua. Sin embargo, las monedas no están hechas con relación al arte, tan bien como las de Europa, porque faltan buenos grabadores. En el año de 1833 se acuñaron 3

 

 

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millones de pesos de plata y en oro por valor de un millón de pesos, más o menos.3

Sentí terror involuntario al entrar en las prisiones de la Santa Inquisición. El edificio fue construido con cuidado como todo lo que hizo el clero español en una época en que, como todo se halla-ba dentro del Estado, no faltaba dinero para su magnificencia. Hay veinticuatro calabozos, cada uno con cerca de 10 pies cuadrados. Re-ciben luz por una ventanita que les da aire, pero muy poca claridad. Se ve, además, los subterráneos y los calabozos destinados para los castigos severos y para los desgraciados de quienes querían desha-cerse secretamente. La sala de las sentencias es imponente, con esa expresión que convenía a su terrible destino. Es sumamente elevada. Dos ventanitas provistas de barrotes de hierro dejan filtrarse una luz tenue. El gran inquisidor se sentaba sobre un trono y los jueces en ni-chos semejantes a aquellos en donde se colocan las estatuas. Las pa-redes están revestidas hasta gran altura de madera admirablemente tallada. El aspecto de esta sala es tan lúgubre, se está tan lejos de las habitaciones de los hombres, los monjes que formaban ese temible tribunal demostraban tanta insensibilidad en su aspecto que era im-posible que el infortunado conducido ante ellos no se sintiera, a la entrada, sobrecogido de espanto.

 

Después de la independencia del Perú ha sido suprimida la Santa Inquisición. Se ha establecido un gabinete de historia natural y un museo en el edificio que le estaba consagrado. La colección reuni-da se compone de cuatro momias de los Incas cuyas formas no han sufrido alteración alguna, aunque parecen preparadas con menos

 

3   Sin embargo, “El amonedamiento de la plata había bajado en los primeros años republicanos hasta un 50% de lo producido en el quinquenio 1790-1795. Para los años 1830-1840 se calculaba que hasta 4 o 5 millones del valor de las importaciones eran pagados en plata piña. A partir de 1832 la situación fue agravada por la introducción de la moneda feble boliviana. Entre 1830 y 1861 Potosí acuñó casi 37 millones de pesos con una liga inferior a la que usaba la moneda peruana. De esta cantidad fue inter-nada al Perú aproximadamente el 35%, ocasionando el ocultamiento de la moneda nacional y serios trastornos en las operaciones comerciales” (Macera, 1978, p. 194). [N. de la primera Ed.].

 

 

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cuidado que las de Egipto; de algunos pájaros disecados, de conchas y de muestras de minerales. Todo en pequeña cantidad. Lo que en-contré de más curioso fue una gran variedad de vasos antiguos usa-dos por los Incas. Ese pueblo daba a los recipientes que empleaba formas tan grotescas como variadas y dibujaba encima figuras em-blemáticas. No hay en aquel museo, en materia de cuadros, sino tres o cuatro miserables mamarrachos, ni siquiera extendidos sobre un bastidor. No hay ninguna estatua. El señor Rivero, hombre instruido que ha vivido en Francia, es el fundador de este museo. Hace todo cuanto puede por enriquecerlo, pero no se ve secundado por nadie. La república no concede fondos para este objeto y sus esfuerzos no tienen éxito alguno. El gusto por las bellas artes solo se manifiesta en la edad avanzada de las naciones. Cuando están fatigadas de las guerras y de las conmociones y, sobre todo, desengañadas es cuando se aficionan por ellas y animan así su existencia desencantada. Esas brillantes flores de la imaginación no adornan la cuna de la libertad, ni los debates que ella origina.

 

Durante mi estancia en Lima asistí muchas veces a los debates del Congreso. La sala es muy bella, aunque demasiado pequeña para su nuevo destino. Es de forma oblonga y servía antiguamente a reu-niones académicas y para los discursos de aparato pronunciados por los altos funcionarios.4 Desde hace diez años no cesan de presentar proyectos para construir otro. Pero el Ministerio de Guerra absorbe los fondos de la república y ningún peso se emplea en los trabajos útiles. Los senadores (es el título que se dan) se sientan en cuatro filas que forman una herradura. El presidente, en el ángulo. En medio hay dos grandes mesas en torno a las cuales se colocan los secretarios.

 

4   “Poco más de un año después de declarada la independencia del Perú, el 20 de sep-tiembre de 1822, se instaló el primer Congreso Constituyente del Perú en la capilla de la Universidad de San Marcos, donde siguió celebrando sus sesiones De esta forma la Universidad compartió su local con el Congreso de la República. Esta difícil conviven-cia institucional con los años se fue haciendo insostenible, hasta que en 1867 el Poder Legislativo ordenó el traslado de la Universidad al Convictorio de San Carlos [casona del Parque Universitario]” (Burneo, 2002, p. 14). Véase, también, Valcárcel (2001, pp. 129-130). [N. de la primera Ed.].

 

 

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Los senadores no usan vestido especial. Cada uno de ellos, sea mili-tar, sacerdote o burgués, asiste a la sesión con su vestido corriente. En lo alto hay una galería destinada a los funcionarios, a los agentes extranjeros y al público. El fondo está dispuesto en anfiteatro y re-servado únicamente para las señoras. Siempre que asistí encontré a gran número de ellas. Todas estaban con saya, leían un periódico o conversaban sobre política. Los miembros de la asamblea hablan por lo general desde su sitio. Hay una tribuna, pero solo reciente-mente la he visto ocupada. Esta asamblea es mucho más seria que las nuestras. Cuando habla un orador, nadie lo interrumpe. Se le escucha en religioso silencio. No se pierde ninguna de sus palabras, todas se oyen. Esta lengua española es tan bella y majestuosa, sus desinencias tan llenas, tan variadas y al mismo tiempo los pueblos que la hablan tienen por lo general tanta imaginación, que todos los oradores a quienes escuché me parecieron muy elocuentes. La digni-dad de su porte, su voz sonora, sus palabras bien acentuadas, sus ges-tos imponentes, todo en ellos concurre a encantar al auditorio. Los sacerdotes, en especial, se distinguen entre los demás oradores. El extranjero que juzgara a esta nación por los discursos de sus repre-sentantes sentiría un desengaño mayor que la opinión que se puede concebir al juzgar un libro por el anuncio del editor. No hay quien no recuerde aquella famosa insurrección napolitana, los elocuentes discursos de los oradores de su asamblea, los juramentos de morir por la patria y en todo lo que esto se convirtió al acercarse el ejército austríaco del mariscal de campo Frimond. ¡Pues bien! Los senado-res peruanos no ceden en nada a los que Nápoles ofreció en espec-táculo al mundo en 1822. Presuntuosos, atrevidos en sus palabras, pronuncian con aplomo discursos pomposos en los cuales se respira la abnegación y el amor a la patria, mientras cada uno de ellos solo piensa en sus intereses privados y nada en esta patria a la cual, por lo demás, estos fanfarrones serían incapaces de servir. No hay en esta asamblea sino permanentes conspiraciones para apropiarse de los recursos del Estado. Esa intención se oculta en el fondo de todos los pensamientos. La virtud tiñe todos los discursos, pero el más vil

 

 

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egoísmo se manifiesta en los actos. Al escuchar a aquellos amantes de hermosas frases pensaba en el periódico del monje Valdivia, en las arengas de Nieto, en las circulares del prefecto y en los discursos del jefe de los Inmortales. Comparaba en mis recuerdos la conducta de todos los cabecillas de Arequipa con sus palabras y comprendía de qué manera había de interpretarse los discursos de los oradores del Congreso y juzgar su valor, su desinterés y el patriotismo de que hacían tanta ostentación.

 

El palacio del presidente es muy vasto, pero tan mal construido como mal ubicado. La distribución interior es muy incómoda. El sa-lón de recepciones, largo y estrecho, parece una galería. Todo mez-quinamente amueblado. Al entrar pensaba en Bolívar y en lo que mi madre me había referido. Él, a quien le gustaba el lujo, el fausto y el aire ¿cómo había podido resolverse a ocupar ese palacio que no valía ni la antecámara del hotel que habitaba en París? Pero en Lima él mandaba, era el primero, mientras en París no era nada. Y el amor por la dominación hace pasar por encima de muchos otros incon-venientes. Durante mi estada en Lima el presidente no dio bailes ni grandes recepciones. Esto me contrarió, pues sentía mucha curiosi-dad por ver una de sus reuniones de gala.

 

La municipalidad era muy grande, pero sin nada notable. La Bi-blioteca me ofreció más interés. Estaba instalada en un hermoso lo-cal. Las salas eran espaciosas y bien cuidadas. Los libros se hallaban dispuestos en estantes con mucho orden. Había mesas cubiertas con tapices verdes y rodeadas de sillas. Allí se podía leer los periódicos del país. Los libros de Voltaire, Rousseau, de la mayoría de nuestros clási-cos, todas las historias de la revolución, las obras de Mme. de Staël, de Mme. Rolland, viajes, memorias, etc.; en total había como 12 mil volú-menes que estaban en francés. Sentí gran satisfacción al encontrar a nuestros buenos autores en esta biblioteca. Por desgracia el gusto por la lectura estaba muy poco difundido para que muchas personas sa-casen provecho. Vi también a Walter Scott, lord Byron, Cooper, tradu-cidos al francés y una cantidad de otras traducciones. Se veía también algunas obras en inglés y en alemán. Además, se encontraba todo lo

 

 

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que España había producido de bueno. En fin, la biblioteca era muy hermosa con relación a un país tan poco avanzado.

El teatro de Lima era muy bonito, aunque pequeño. Estaba de-corado con gusto y muy bien iluminado. Las mujeres y sus toilettes parecían encantadoras. Actuaba a la sazón una mala compañía es-pañola que representaba obras de Lope y vaudevilles franceses, des-figurados por la traducción. Vi el Matrimonio de razón, La joven casa-dera, El barón de Felsheim, etc. La compañía era tan miserable que le faltaba hasta los disfraces. Durante tres o cuatro años había estado una compañía italiana muy buena que dio con mucho éxito las mejo-res óperas, según decía Mme. Denuelle. La prima dona salió encinta y no quiso quedarse. Su salida desesperó a su amante quien se afanó en seguirla y sus camaradas se vieron obligados a buscar fortuna en otra parte. Había función dos veces por semana, los domingos y los jueves. Las veces que asistí acudió muy poca gente. En los entreactos fumaban todos los espectadores, hasta las mujeres. Esta sala resul-taría demasiado exigua si la población tuviese tanta pasión por las representaciones dramáticas como la tiene por las corridas de toros.

 

La arena construida para este género de espectáculos demuestra, por sus gigantescas dimensiones, el gusto dominante de este pueblo. Vacilé mucho tiempo en rendirme a las solicitaciones de las señoras amigas mías que me ofrecían sus palcos, pues me costaba trabajo do-minar mi repugnancia por este género de carnicería. Sin embargo, como quería estudiar las costumbres del país no podía limitarme a las observaciones de salón. Debía ver a este pueblo en aquello a que sus inclinaciones lo arrastran. Fui un domingo a la corrida de toros en compañía de mi tía, de otra señora y de Mr. Smith. Encontré allí un gentío inmenso, 5 o 6 mil personas, quizá más, todas muy bien vestidas, según su condición, y gozosas por el placer que esperaban. Alrededor de un vasto redondel estaban colocadas en anfiteatro veinte filas de banquillos. Encima se hallaba la galería, dividida en palcos ocupados por la aristocracia limeña. La vista del dolor me hace tanto daño que siento un cruel pesar en describir el espectácu-lo, repugnante por su barbarie, de que fui testigo. Me es imposible

 

 

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dominar las emociones que siento ante aquellas escenas de horror y el pincel para pintarlas se escapa de mis manos.

En el redondel están cuatro o cinco hombres a caballo que tienen en la mano una banderita roja y una lanza corta con lámina acerada y cortante. En medio de este redondel hay una rotonda formada con estacas tan juntas como para que los toros no puedan pasar la cabeza por los intersticios. Tres o cuatro hombres se mantienen dentro de esta rotonda. Salen en momentos de abrir la puerta por la cual entra el animal en la arena y comienzan a aguijonearlo. Le echan cohe-tes sobre el lomo, en las orejas, lo excitan con todos los tormentos imaginables y en cuanto temen ser destripados entran rápidamente en su barrera. No creo que haya alguien que pueda librarse de una fuerte emoción de terror a la vista del toro cuando, encolerizado, chi-coteándose los flancos con la cola, con las narices dilatadas, lanza a ratos mugidos de rabia. Su furor convulso es espantoso. Salta mil ve-ces y persigue a los caballos y a los hombres, pero estos se le escapan con agilidad.

 

Concibo el atractivo poderoso que estos espectáculos pueden te-ner en Andalucía: allí son soberbios los toros, cuyo furor no necesita ser excitado; los caballos llenos de fuego y de vigor para el combate; los toreros andaluces vestidos como pajes, brillantes de pajuelas de oro y de diamantes, cuya agilidad, gracia y valentía tienen algo má-gico jugándose con el furor del terrible animal al que derriban de un golpe, dan a aquellas representaciones tanta grandiosidad y el peli-gro están real y el valor tan heroico que concibo, como he dicho, el entusiasmo y la embriaguez de los espectadores. Pero en Lima nada viene a poetizar estas escenas de carnicería. En ese país de clima sua-ve y debilitante, los caballos y los toros carecen de vigor; los hombres, de valentía. Diez minutos después de estar suelto el toro se fatiga y para prevenir el fastidio de los espectadores los hombres, que están en la barrera, armados de una hoz enmangada con una pértiga, le cortan los jarretes de atrás. El pobre animal no puede ya apoyarse sino sobre las patas delanteras y da pena verlo arrastrarse así. En ese estado los bravos toreros limeños le echan cohetes, lo abruman

 

 

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a lanzadas, en una palabra, lo matan en ese sitio como podrían ha-cerlo los torpes y bárbaros carniceros. El desgraciado toro forcejea, lanza sordos mugidos, gruesas lágrimas corren de sus ojos y, al fin, su cabeza cae en el charco de sangre negra que lo rodea. Entonces la banda toca música, mientras se coloca el animal muerto sobre un carro arrastrado por cuatro caballos que parten a todo galope. Du-rante todo este tiempo el pueblo palmotea, golpea con los pies, grita, es una alegría, una exaltación que parece alucinar todas las cabezas. ¡Ocho hombres armados acaban de matar a un toro! ¡Magnífica cau-sa de entusiasmo! Estaba indignada con este espectáculo. En cuanto mataron al primer toro quise retirarme, pero las señoras me dijeron:

 

—Hay que esperar. Lo bueno viene siempre al fin, los últimos to - ros suelen ser los más bravos. Quizá matarán a los caballos o herirán a los hombres.

 

Y estas señoras recalcaron la palabra hombre, como para decir-me: “Entonces será interesante...”. Estuvimos muy favorecidas: el ter-cer toro destripó a un caballo y casi mató al torero que lo montaba. Los que cortaban los jarretes, en su espanto, le destrozaron las cuatro patas y el animal, jadeante de furia, cayó bañado en sangre. El caba-llo, por su lado, tenía los intestinos fuera del vientre. A esta vista salí precipitadamente, pues temí sentirme mal. Mr. Smith estaba pálido y solo pudo decirme:

 

—Este espectáculo es inhumano y repugnante.

 

Apoyada en su brazo, anduve por algún tiempo por el paseo que rodea el río. El aire puro me reanimó, mas el recuerdo del lugar de donde acababa de salir me entristecía todavía. Ese atractivo que ofrecía a todo un pueblo el espectáculo del dolor me parecía un in-dicio del último grado de corrupción. Estaba preocupada por estas reflexiones cuando vimos venir la calesa de mi hermosa tía. Me gritó desde la distancia en que la podía oír:

 

—Y bien, señorita Florita, ¿por qué se escapó así en el mejor mo-mento? ¡Oh, si hubiese visto el último! ¡Qué magnífico animal! ¡Era realmente de asustar! ¡Ha habido tal entusiasmo en la plaza! ¡Oh, era encantador!

 

 

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Miserable pueblo, pensaba yo, ¿estás tan desprovisto de piedad como para encontrar delicias en semejantes escenas?

El Rímac se parece mucho al río de Arequipa. Corre igualmente sobre un lecho de piedras y entre rocas. El puente es hermoso y es allí donde se colocan los papanatas para ver pasar a las señoras que van al Paseo de Aguas. Antes de proseguir voy a dar a conocer el vestido especial de las mujeres de Lima, el partido que sacan de él y la in-fluencia que tiene sobre sus costumbres, hábitos y carácter.

 

No hay ningún lugar sobre la tierra donde las mujeres sean más libres y ejerzan mayor imperio que en Lima. Reinan allí exclusiva-mente. Es de ellas de quien procede cualquier impulso. Parece que las limeñas absorben, ellas solas, la débil porción de energía que esta temperatura cálida y embriagadora deja a los felices habitan-tes. En Lima las mujeres son, por lo general, más altas y de consti-tución más vigorosa que los hombres. A los 11 o 12 años están ya completamente formadas. Casi todas se casan a esa edad y son muy fecundas, a menudo tienen seis o siete hijos. Tienen embarazos feli-ces, dan a luz con facilidad y se restablecen pronto. Casi todas ama-mantan a sus hijos, pero siempre con ayuda de una nodriza quien suple a la madre y alimenta también al niño. Esta es una costumbre proveniente de España donde las familias acomodadas tienen para sus hijos dos nodrizas. Las limeñas no son hermosas por lo regu-lar, pero su graciosa fisonomía tiene un ascendiente irresistible. No hay hombre a quien la vista de una limeña no haga latir el cora-zón de placer. No tienen la piel curtida como se cree en Europa. La mayoría son, al contrario, muy blancas. Las otras, según su diverso origen, son trigueñas, pero de una piel lisa y aterciopelada y de una tez cálida y llena de vida. Las limeñas tienen todas buen color, los labios de un rojo vivo, hermosos cabellos ondulados naturalmente, ojos negros de forma admirable, con un brillo y una expresión in-definible de espíritu, de orgullo y de languidez. Es en esta expresión donde reside todo el encanto de su persona. Hablan con mucha fa-cilidad y sus gestos no son menos expresivos que las palabras con que los acompañan.

 

 

 

 

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Su vestido es único. Lima es la única ciudad del mundo donde ha aparecido. En vano se ha buscado hasta en las crónicas más antiguas de dónde podía traer su origen. No se ha podido descubrirlo. No se parece en nada a los diferentes vestidos españoles y lo que hay de cierto es que no fue traído de España. Se encontró en aquellos luga-res a raíz del descubrimiento del Perú,5 aunque es notorio al mismo tiempo que nunca existió en otra ciudad de América. Ese vestido, lla-mado saya, se compone de una falda y de una especie de saco que envuelve los hombros, los brazos y la cabeza y se llama manto. Ya oigo a nuestras elegantes parisienses lanzar exclamaciones sobre la sencillez de este vestido. Pero están muy lejos de pensar en el partido que puede sacar de él la coquetería. Esa falda que se hace de diferen-te tela, según la jerarquía del rango y la diversidad de las fortunas, es de un trabajo tan extraordinario que tiene el derecho de figurar en las colecciones como objeto de curiosidad. Solo en Lima se puede confeccionar un vestido de esta especie. Las limeñas pretenden que hay que haber nacido en Lima para poder hacer una saya y que un chileno, un arequipeño o un cuzqueño jamás podrían llegar a plisar la saya. Esta afirmación, cuya exactitud no me he inquietado en ve-rificar, prueba cuán fuera de las costumbres conocidas se halla este vestido. Trataré de dar una idea por algunos detalles.

 

Para hacer una saya ordinaria se necesita doce o catorce varas de raso.6 Se forra con una tela de algodón muy ligera. El obrero, a cam-bio de las catorce varas de raso, trae una faldita que tiene tres cuar-tos de alto, toma el talle dos dedos encima de las caderas y baja hasta el tobillo. Es tan excesivamente apretada que en la parte baja tiene el

 

5   La saya y el manto no son originarios del Perú. Vinieron de España. El manto fue prohibido por las Cortes de Madrid en 1586 y por las pragmáticas reales de 1590, 1593, 1600 y 1639 (De León Pinelo, 1641). Esta vestimenta empezó a decaer en el Perú hacia 1853 o 1854, según afirma Raúl Porras, época en que las limeñas cambiaron su in-dumentaria por los sombreros franceses y solo la usaron para las procesiones (Ver “Palma romántico” de Ricardo Palma ([1833] 1933, p. 93). [N. de la T.].

 

6   Este raso se importa de Europa. El vestido se hacía, antes del descubrimiento del Perú, con un género de lana fabricado en el país. No emplean ya esa tela sino las mu-jeres pobres. [N. de la A.].

 

 

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ancho preciso para poner un pie delante del otro, caminando a pa-sos menudos. Se encuentran así ceñidas dentro de esa falda como en una vaina. Está completamente plisada de arriba abajo, a pequeños pliegues y con tal regularidad que sería imposible descubrir las cos-turas. Esos pliegues están tan sólidamente hechos y dan a este saco tal elasticidad que se ha visto el caso de sayas que tenían ya quince años y conservaban todavía suficiente elasticidad para dibujar todas las formas y prestarse a todos los movimientos.

 

El manto está también artísticamente plisado, pero hecho de tela muy delgada no podría durar tanto como la falda, ni el plisado re-sistir los movimientos continuos de quien lo usa y la humedad de su aliento. Las mujeres de buena sociedad llevan saya de raso negro. Las elegantes tienen, además, otras de colores de fantasía, tales como morado, marrón, verde, azul, rayadas, pero jamás de tonos claros por la razón de que las mujeres públicas las han adoptado de preferen-cia. El manto es siempre negro y envuelve el busto por completo. No deja ver sino un ojo. Las limeñas usan también un corselete del que se ven las mangas. Esas mangas cortas o largas son de ricas telas; terciopelo, raso de color o tul; pero la mayoría de las mujeres va con los brazos desnudos en todas las estaciones. El calzado de las limeñas es de una gran elegancia. Tienen lindos zapatos de raso de todos co-lores, adornados con bordados. Si son llanos los colores de las cintas contrastan con el del zapato. Usan medias de seda caladas, de dis-tintos tonos y cuyos talones están profusamente bordados. En todas partes las mujeres españolas se hacen notar por la gran elegancia de su calzado. Pero hay tanta coquetería en el de las limeñas que pare-cen sobresalir en esta parte de su indumentaria. Las mujeres de Lima usan el cabello separado a cada lado de la cabeza. Cae en dos trenzas perfectamente hechas y rematadas por un grueso nudo de cintas. Esa moda, sin embargo, no es la única. Hay mujeres que usan los ca-bellos ondulados a la Ninon y caen en largos bucles sobre el seno el cual, según la moda del país, dejan casi siempre desnudo. Desde hace algunos años se ha introducido la moda de llevar grandes chales de crespón de China ricamente bordados en colores.

 

 

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La adopción de este chal ha hecho su vestimenta más decente ve-lando, con su amplitud, el desnudo y las formas dibujadas demasia-do fuerte. Uno de los refinamientos de su lujo es tener un lindo pa - ñuelo de batista bordado y adornado con encaje. ¡Oh! ¡Cuánta gracia tienen, qué embriagadoras son estas bellas limeñas con su saya de un hermoso negro brillante al sol, que dibujan las formas verdade-ras de algunas, falsas en muchas otras, pero que imitan tan bien a la naturaleza, que es imposible al verlas, tener idea de la superchería! ¡Qué graciosos son los movimientos de sus hombros, cuando atraen el manto para ocultar por completo el rostro, que por momentos de-jan ver a hurtadillas! ¡Qué fino y flexible es su talle y cuán ondulante es el balance de su paso! ¡Qué lindos son sus piececitos y qué lástima que sean demasiado gruesos!

 

Una limeña con saya o vestida con un lindo traje llegado de París no es la misma mujer. Se busca en vano, bajo el vestido parisién, a la mujer seductora que se encontró por la mañana en la iglesia de Santa María. Por eso mismo, en Lima todos los extranjeros van a la iglesia, no para oír cantar a los frailes el oficio divino, sino para ad-mirar, bajo su vestido nacional, a esas mujeres de naturaleza aparte. Todo en ellas está, en efecto, lleno de seducción. Sus posturas son tan encantadoras como su paso y cuando están de rodillas inclinan la cabeza con malicia, dejando ver sus lindos brazos cubiertos de bra-zaletes, sus manitas con los dedos resplandecientes de sortijas que recorren un grueso rosario con una agilidad voluptuosa, mientras sus miradas furtivas llevan la embriaguez hasta el éxtasis.

 

Un gran número de extranjeros me ha referido el efecto mágico producido sobre la imaginación de muchos de ellos por la vista de aquellas mujeres. Una ambición de aventuras les hizo afrontar mil peligros con la firme persuasión de que la fortuna les esperaba en esas lejanas playas. Las limeñas les parecieron sacerdotisas o, más bien, pensando en el paraíso de Mahoma, creyeron que para resar-cirles de los penosos sufrimientos de una larga travesía y recompen-sar su valor, Dios les había hecho abordar en un país encantado. Esos extravíos de la imaginación no parecen muy inverosímiles cuando

 

 

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se es testigo de las locuras y extravagancias que las bellas limeñas inducen a hacer a aquellos extranjeros. Se diría que el vértigo se ha apoderado de sus sentidos y el deseo ardiente de conocer sus faccio-nes, que ellas ocultan cuidadosamente, les hace seguirlas con ávida curiosidad. Pero hay que tener una gran práctica en ver sayas para seguir a una limeña con ese vestido que da a todas una gran seme-janza. Se necesita una atención muy sostenida para no perder de vista, entre la multitud, a aquella cuya mirada ha encantado. Ágil, se desliza y muy pronto en su sinuosa carrera, como la serpiente a través del césped, se escapa a la persecución. ¡Oh, desafío a la más linda inglesa, con su cabellera rubia, sus ojos en los que se refleja el cielo y su piel de lirio y de rosa a luchar con una limeña bonita con saya! ¡Desafío igualmente a la más seductora francesa, con su linda boca entreabierta, sus ojos espirituales, su talle elegante, sus mane-ras alegres y todo el refinamiento de su coquetería a luchar con una limeña bonita con saya! La española misma, con su noble porte y su hermosa fisonomía, llena de orgullo y de amor, no parecería sino fría y altiva al lado de la linda limeña con saya. ¡Oh! Sin ningún temor de ser desmentida, puedo afirmar que las limeñas con ese traje serían proclamadas las reinas de la tierra, si bastara la belleza de las formas y el encanto magnético de la mirada para asegurar el imperio que la mujer está llamada a ejercer. Pero si la belleza impresiona los senti-dos, son las inspiraciones del alma, la fuerza moral y los talentos del espíritu los que prolongan la duración de su reinado. Dios ha dotado a la mujer de un corazón más amante y abnegado que el del hombre y si, como no hay ninguna duda, honramos al Criador en el amor y la abnegación, la mujer tiene sobre el hombre una superioridad incon-testable. Mas es preciso que cultive su inteligencia y, sobre todo, que se haga dueña de sí misma para conservar esta superioridad. Solo con estas condiciones obtendrá toda la influencia que Dios ha permi-tido ejercer a las cualidades de su corazón. Pero cuando desconoce su misión, cuando en vez de ser el guía el genio inspirador del hombre y la causa de su perfeccionamiento moral solo trata de seducirlo y rei-nar sobre sus sentidos, su imperio se desvanece junto con los deseos

 

 

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que ha hecho nacer. Del mismo modo, cuando esas limeñas encanta-doras que no han puesto ningún ideal elevado en las actividades de su vida, después de haber electrizado la imaginación de los jóvenes extranjeros, llegan a mostrarse tales como son, con el corazón has-tiado, el espíritu sin cultura, el alma sin nobleza y gustando solo del dinero... destruyen al instante el brillante prestigio de fascinación que sus encantos produjeron.

 

Sin embargo, las mujeres de Lima gobiernan a los hombres por-que son muy superiores a ellos en inteligencia y en fuerza moral... La fase de civilización en la que se encuentra este pueblo está aún muy lejos de la que hemos alcanzado en Europa. No existe en el Perú nin-gún instituto para la educación de uno u otro sexo. La inteligencia no se desarrolla sino por sus fuerzas naturales. Por esta causa, la pre-eminencia de las mujeres de Lima sobre el otro sexo, por inferiores que sean a las mujeres europeas con relación a la moral, debe atri-buirse a la superioridad de inteligencia que Dios les ha concedido.

 

Se debe también hacer notar cuán favorable es la indumentaria de las limeñas para secundar su inteligencia y hacerles adquirir la gran libertad y la influencia dominante de que gozan. Si alguna vez abandonaran aquel traje sin adoptar nuevas costumbres, si no reem-plazaran los medios de seducción que les proporciona este disfraz por la adquisición de talentos y virtudes que tengan como objetivo la felicidad y el perfeccionamiento de los demás, virtudes cuya nece-sidad no han sentido hasta ahora, se puede predecir, sin vacilar, que perderán enseguida todo su imperio, caerán muy bajo y serán tan desdichadas como pueden serlo las criaturas humanas. No podrán ya entregarse a esa actividad incesante que favorece su incógnito y serán presa del tedio sin ningún medio de suplir la falta de estima-ción que se profesa, en general, a los seres que no son accesibles sino a los goces de los sentidos. En prueba de lo que digo voy a trazar un ligero esquema de los usos de la sociedad de Lima y se juzgará, según esta exposición, de la exactitud de mis observaciones.

 

La saya, como he dicho, es el vestido nacional. Todas las mujeres la usan a cualquiera que sea la clase social a que pertenezcan. Se la

 

 

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respeta y forma parte de las costumbres del país como en Oriente lo es el velo de la musulmana. Desde el principio hasta el fin del año las limeñas salen así disfrazadas y aquel que osara quitar a una mujer con saya el manto que le oculta el rostro por completo, a excepción de un ojo, sería perseguido por la indignación pública y severamen-te castigado. Se ha establecido que cualquier mujer puede salir sola. La mayoría se hace seguir por una negra, pero no es obligación. Ese vestido cambia de tal modo la persona y hasta la voz, cuyas inflexio-nes se alteran (la boca está cubierta) a tal punto que, salvo que esta persona tenga algo notable, como un talle muy alto o muy bajo, que sea coja o jorobada, es imposible reconocerla. Creo que se necesitan pocos esfuerzos de imaginación para comprender las consecuen-cias que resultan de un estado de disfraz continuo, consagrado por el tiempo y la costumbre y sancionado o al menos tolerado por las leyes. Una limeña desayuna por la mañana con su marido con un pequeño peinador a la francesa, con los cabellos levantados, abso-lutamente como nuestras señoras de París. Si tiene deseo de salir se pone su saya sin corsé (la faja interior que oprime la saya es suficien-te), deja caer sus cabellos, se tapa,7 es decir, esconde la cara con el manto y va donde quiere. Encuentra a su marido en la calle y él no la reconoce,8 lo intriga con su mirada, le hace gestos, lo provoca con frases, entra en gran conversación, se deja ofrecer helados, frutas, bizcochos, le da una cita, lo deja y enseguida entabla otro diálogo con un oficial que pasa. Puede llevar tan lejos como quiera esta nueva aventura sin quitarse jamás su manto. Va a visitar a sus amigas, hace un paseo y entra en su casa para almorzar. Su marido no le pregunta dónde ha ido, pues sabe perfectamente que, si tiene interés en ocul-tarle la verdad, le mentirá y como no tiene medio de evitarlo adopta el partido más sabio: el de no inquietarse. Así estas señoras van solas al teatro, a las corridas de toros, a las asambleas públicas, a los bailes,

 

 

 

7   Tapada quiere decir ocultar la cara con el manto. [N. de la A.].

 

8   Muchos maridos me han asegurado que no reconocen a sus esposas cuando las encuentran. [N. de la A.].

 

 

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a los paseos, a las iglesias, a las visitas y son muy bien vistas en todas partes. Si encuentran algunas personas con quienes desean conver-sar les hablan, las dejan y son libres e independientes en medio de la multitud, aun más de lo que son los hombres con el rostro descubier-to. Ese vestido tiene la inmensa ventaja de ser a la vez económico, muy limpio, cómodo, se tiene listo en cualquier momento y jamás se necesita el menor cuidado.

 

Existe, además, una costumbre que no debo dejar de referir. Cuando las limeñas quieren hacer su disfraz aún más impenetrable, se ponen una saya vieja, toda desplisada, rota y cayéndose a pedazos, un manto y un corselete viejos. Pero las que desean hacerse reco-nocer como pertenecientes a la buena sociedad se calzan perfecta-mente y llevan en el bolsillo uno de sus más lindos pañuelos. Este subterfugio es aceptado y se llama disfrazar. A una disfrazada se la considera como persona muy respetable. No se le dirige la palabra. No se le acercan sino muy tímidamente. Sería inconveniente y aun desleal seguirla. Se supone, con razón, que si se ha disfrazado, debe tener motivos importantes para hacerlo y por consiguiente, nadie debe arrogarse el derecho de examinar sus actos.

 

Después de lo que acabo de escribir sobre el vestido y los usos de las limeñas se concebirá fácilmente que deben tener un orden de ideas diferentes al de las europeas quienes desde su infancia son es-clavas de las leyes, de las costumbres, de los hábitos, de los prejuicios, de las modas, de todo, en fin. Mientras que bajo la saya la limeña es libre, goza de su independencia y se apoya confiadamente en esta fuerza verdadera que todo ser siente en sí cuando puede proceder según los deseos de su organismo. La mujer de Lima, en todas las si-tuaciones de su vida, es siempre ella. Jamás soporta ningún yugo: sol-tera, escapa al dominio de sus padres por la libertad que le da su tra-je; cuando se casa, no toma el nombre del marido, conserva el suyo y siempre es la dueña de su casa. Cuando el hogar la aburre mucho se pone su saya y sale como lo hacen los hombres al coger su sombrero. Procede en todo con la misma independencia de acción. En las rela-ciones íntimas que mantiene, ya sean ligeras, ya serias, las limeñas

 

 

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conservan siempre dignidad, aunque su conducta a este respecto sea en realidad muy diferente de la nuestra. Al igual de todas las mu-jeres, ellas miden la fuerza del amor que inspiran por la extensión de los sacrificios que se hacen por ellas. Como después del descubri-miento, su país no ha atraído a los europeos a tan gran distancia de sus patrias sino por el oro que podían obtener, el oro únicamente, con exclusión de los talentos o la virtud ha sido siempre el único ob-jeto de la consideración y el móvil de todas las acciones. Es el que ha dirigido todo; los talentos y la virtud, nada. Las limeñas, consecuen-tes en su manera de proceder con el orden de ideas que se despren-den de ese estado de cosas, no ven pruebas de amor sino en las masas de oro que les son ofrecidas. Es por el valor de la ofrenda por el que juzgan la sinceridad del amante y su vanidad queda más o menos satisfecha según que las sumas recibidas sean más o menos grandes y mayor o menor el precio del objeto regalado. Cuando se quiere dar idea del violento amor de tal señor por tal señora no se emplea sino esta fraseología: “Le ha dado oro a manos llenas. Le ha comprado por un precio enorme todo cuanto había de más precioso. Se ha arruina-do totalmente por ella”... Es como si nosotros dijéramos: “Se mató por ella”. La mujer rica siempre recibe dinero de su amante, aunque sea para darlo a sus negras si no tiene en qué gastarlo. Es para ella una prueba de amor, la única que la puede convencer de que es amada. La vanidad de los viajeros les hace disfrazar la verdad y cuando han hablado de las mujeres de Lima y de la buena suerte que han tenido con ellas no se han jactado de que eso les hubiese costado un peque-ño tesoro. Esas costumbres son muy originales, pero son verdaderas. He visto a varias señoras de buena sociedad usar sortijas, cadenas y relojes de hombre...

 

 

Las señoras de Lima se ocupan de sus casas. Pero como son muy activas el poco tiempo que les consagran basta para tener todo en or-den. Tienen una inclinación decidida por la política y la intriga. Son ellas quienes se ocupan de colocar a sus maridos, a sus hijos y a los hombres que les interesan. Para obtener su propósito no hay obstá-culos o disgustos que no sepan dominar. Los hombres no se mezclan

 

 

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en esta clase de asuntos y hacen bien. No se desenredarían con la misma habilidad. Les gusta mucho el placer, las fiestas, buscan las reuniones sociales, juegan mucho, fuman cigarrillos y montan a ca-ballo, no a la inglesa, sino con un pantalón largo como el de los hom-bres. Tienen gran pasión por los baños de mar y nadan muy bien. En materia de talentos de adorno, tocan la guitarra, cantan muy mal (hay algunas, sin embargo, que son buenas músicas) y bailan con un encanto indescriptible los bailes del país.

 

Las limeñas no tienen en general ninguna instrucción, no leen y permanecen extrañas a todo cuanto ocurre en el mundo. Tienen mu-cho espíritu natural, una comprensión fácil, buena memoria y una inteligencia sorprendente.

 

He descrito a las mujeres de Lima tales como son y no según los dichos de ciertos viajeros. Esto me cuesta, sin duda alguna, pues la manera amable y hospitalaria como ellas me han acogido me ha pe-netrado de los más vivos sentimientos de reconocimiento. Pero, mi papel de viajera concienzuda me hace un deber decir toda la verdad.

 

He hablado del teatro y de las corridas de toros, pero he omitido el espectáculo que las iglesias ofrecen a la población limeña. Es el más concurrido y el deseo perpetuo de distracciones conduce a ellas a la multitud. En Lima todo el mundo oye dos o tres misas, una en la catedral, porque se ve allí a un gran número de lindas mujeres y a los extranjeros atraídos por aquellas bellezas; otra en San Francis-co, porque estos padres distribuyen excelente pan bendito, se oye un magnífico órgano y todos los sacerdotes están ricamente vestidos; la tercera misa se oye en El Niño Jesús, a fin de gozar del divertido canto de los numerosos pájaros encerrados en las jaulas. En casi todas las iglesias de Lima se ve cerca de los altares jaulas llenas de pájaros de diferentes especies. Sus cantos dominan a menudo las pa-labras del sacerdote que dice la misa. Además de las distracciones cotidianas que se tiene en las iglesias, hay en la ciudad dos procesio-nes por semana, por lo menos, y esas procesiones son aún más cómi-cas e indecentes que las que tanto me escandalizaron en Arequipa. Y, en fin, para que la continuidad de las ceremonias, la edificación y

 

 

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la diversión de los religiosos limeños no se interrumpan hay oficios durante la noche, celebrados con mucha pompa, en los que todo tie-ne lugar; debemos creerlo así, con el mismo respeto por las conve-niencias. ¡Cuántas escuelas se establecerían con lo que cuestan todas estas vanas ceremonias! ¡Cuántas cosas útiles podrían aprenderse o hacerse en el tiempo que se pierde en ellas!...

 

Los dos principales paseos son el Almendral y el Paseo de Aguas. Este último es el preferido. Es hermoso, pero mal situado. El riachue-lo que lo bordea, los grandes árboles que lo adornan producen, en invierno, humedad muy perjudicial a la salud y durante el verano la falta de aire. El domingo y los días feriados este paseo se asemeja, por la tarde, al boulevard de Gante. Las mujeres están casi todas con sayas y muchas sentadas sobre las bancas. En esta posición el vesti-do deja ver hasta las rodillas. Hay en la calzada numerosas calesas. Unas van al paso, otras se detienen para que las señoras que van en ellas puedan hacer admirar su belleza y su elegancia. Este paseo dura cuatro o cinco horas. Me habría parecido demasiado largo de no ha-ber estado en compañía de varias señoras y en especial de mi tía que tiene un brillante espíritu cuando hace críticas. Y en este paseo hay gran campo para hacerlas...

 

La iniciación de la primavera es uno de los grandes placeres de Lima. Es en realidad una fiesta soberbia. El día de San Juan comienza el paseo de Amancaes,9 especie de Longchamp, adonde fui con doña Calixta, una de mis amigas. Asistía toda la población. Había más de cien calesas que llevaban a las señoras magníficamente ataviadas. Se veían numerosas cabalgatas y una inmensa multitud de peato-nes. Durante los dos meses de invierno, mayo y junio, los cerros se cubren de flores amarillas y de hojas verdes, llamadas amancaes, y tienen el aspecto de la primavera. Esto es lo que da lugar a la fiesta y el nombre del paseo. El camino que conduce a estos cerros es muy ancho y la perspectiva que se tiene desde cierta altura es encanta-dora. En muchos lugares se arman tiendas en las cuales se venden

 

9   Amancaes es el nombre de una flor amarilla que crece en los cerros. [N. de la A.].

 

 

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refrescos y se ejecutan las danzas más indecentes. El gran mundo frecuenta estos sitios en los meses de la estación y el imperio de la moda y el deseo de ver y de ser visto hacen excusar los numerosos inconvenientes que ofrecen. El camino es muy malo. Los caballos se hunden en la arena hasta las rodillas. El viento es frío y por la tarde, si uno se demora en retirarse, corre el riesgo de ser detenido por los ladrones que abundan en Lima. A pesar de todo, los limeños acuden con verdadero furor. Forman grupos, llevan su almuerzo y comida y pasan allí la noche.

 

No me limité a visitar los paseos y los edificios de Lima. Traté también de introducirme entre los principales habitantes, con el propósito de conocer los usos y costumbres. Había sido recomenda-da a muchas familias y además a dos primas de Arequipa: la señora Baltazara de Benavides y a la señora Inés de Izcue. Fui muy bien acogida en estas dos casas donde me dieron dos comidas de etique-ta. Nada en el mundo es más pesado que estas comidas. Se despliega un gran lujo en la vajilla, en el cristal, en todas las cosas, pero en es-pecial en los guisos y golosinas de mil clases. Lima se distingue por sus progresos en la cocina. El arte culinario está floreciente y, desde hace diez años, todo se hace a la francesa. El país proporciona muy buena carne, buenas legumbres, pescado de toda clase y gran abun-dancia de frutas exquisitas. Es fácil confeccionar con poco gasto un estupendo menú. Esos banquetes me causan a mí, que tengo el há-bito de comer en diez minutos, una fatiga inimaginable. Se sirven dos y tres veces y es preciso comer de todo para no infringir los usos de la cortesía. Necesitaba constantemente repetir las mismas excu-sas, decir hasta la saciedad que no comía carne ni sopa y que mi ali-mentación se limitaba habitualmente a legumbres, fruta y leche. Se quedan dos horas en la mesa. Durante este tiempo la conversación versa sobre la excelencia de los guisos y se dirigen elogios en térmi-nos pomposos al dueño de casa. Al igual que en Arequipa, se tiene también la costumbre de hacerse pasar pedazos de los alimentos en la punta del tenedor, pero ya este uso se pierde. Lo que he visto comer en estas ocasiones es en realidad monstruoso. Resulta que

 

 

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a la salida de la comida casi todos los convidados están enfermos y en tal estado de estupor que son incapaces de decir una palabra. En definitiva, sus festines son tan cansados como perjudiciales a la salud. La profusión que ostentan denota un pueblo todavía reduci-do a los goces sensuales. La hora corriente para el almuerzo no se altera en esos días: se sientan a la mesa a las tres, como de costum-bre, pero no se levantan sino a las cinco o seis. Después hay que acompañar una o dos horas a los dueños de casa. Se puede juzgar cuán pesada tarea sería para mí semejantes invitaciones. En todas esas comidas se sirven nuestros mejores vinos lo cual ocasiona un gran gasto para el país.

 

Entre las mujeres distinguidas que viven en Lima citaré a tres cu-yos nombres no podría omitir al hablar de esta ciudad. La primera es la señora de la Riva-Agüero, célebre por sus desgracias y por el valor y la constancia que demuestra al soportarlas. La segunda es la señora Calixta Thwaites, la mujer más instruida que he encontrado en Amé-rica y que se distingue por su espíritu brillante y la exactitud de sus juicios. Y, por fin, la tercera es la señora Manuela Riglos, mujer sabia y muy espiritual, según dicen, pero más pedante aún.

 

Al contar la historia de la señora de la Riva Agüero mi intención es también demostrar, como lo he hecho en la historia del coman-dante de la “Challenger”, de cuántos males es causa la tiranía ejer-cida por los padres sobre las inclinaciones de sus hijos. Como si los errores del corazón, la saciedad y la suerte buena o mala de la vida no bastasen para comprometer la felicidad de un lazo que en nues-tra sabiduría hemos hecho indisoluble, aún es necesario aumentar esos peligros haciendo intervenir a la razón humana con su cortejo de prejuicios en el afecto más desinteresado de nuestra naturaleza. ¡Ah! La razón es aún más fecunda en decepciones que el corazón y el amor que Dios enciende tiene sin duda más derechos a nuestro res-peto que las vanas opiniones nacidas en nuestro cerebro por influen-cia del mundo exterior. La presión ejercida a este respecto por los padres sobre sus hijos es el más culpable abuso de la fuerza, al mismo tiempo que el más insigne absurdo de la razón. Matar a la víctima es

 

 

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menos criminal que prepararle un porvenir de calamidades. Obligar a amar es el colmo de la demencia a que puede llegar la tiranía.

La señora de la Riva-Agüero (Carolina Delooz) pertenecía a una de las primeras familias de Holanda donde nació.10 Recibió una educa-ción tan brillante como sólida y la extrema amabilidad de su tono, sus maneras a la vez sencillas y elegantes demostraban que había vivido, desde su infancia, entre la mejor sociedad. Era una mujer completa, si alguna vez un ser humano ha merecido que se diga eso de él. Cuando la conocí tenía alrededor de 30 años. Muy bella todavía, a los diecio-cho debió ser una encantadora criatura llena de gracia y de frescura. ¡Pobre joven! ¡Cuando jugabas en tus verdes campiñas no pensabas en el triste destino que te reservaba la ambición de tus padres!

 

En 1822 llegó a Bruselas un peruano llamado de la Riva-Agüero. Se introdujo, no sé cómo, en la familia de la joven Carolina Delooz, se presentó con un cortejo de títulos y se dio de Presidente de la Repú-blica del Perú, país que se había visto obligado a abandonar a conse-cuencia de movimientos revolucionarios. Amplificó, con esa exage-ración propia de su país, todo lo que podía darle importancia y hacer concebir una alta opinión sobre él. Por fin logró, por su elocuencia y sus aires de grandeza, interesar a la familia Delooz y deslumbrarla. M. Delooz, padre de siete hijos, había perdido gran parte de su fortu-na y tenía cuatro hijas solteras. Creyó en las palabras del que se titu-laba Presidente del Perú, poseedor de grandes riquezas en su patria. El noble y ambicioso holandés vio en este extranjero un partido con-veniente para una de sus hijas y acogió su pedido. Declaró su volun-tad a Carolina, quien quedó petrificada. Riva-Agüero tenía entonces 55 años, era de una repugnante fealdad, de mala salud y de carácter triste y severo. La joven con la desesperación en el alma fue a echar-se a los pies de su madre y a pedirle protección. Pero ¡ay!, la pobre

 

10 La princesa Carolina Arnoldina de Looz-Corswaren no era holandesa, sino belga, nacida en Bruselas. Pertenecía a la casa soberana de un ducado del antiguo imperio germánico. Al casarse con Riva-Agüero, este tenía poco más de 40 años ya que había nacido el 3 de mayo de 1783. La fecha de la llegada de este a Bruselas que da Flora en el párrafo siguiente es errónea, pues solo salió expatriado en el año 1824. [N. de la T.].

 

 

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madre, esclava como su hija, no podía sino confundir sus lágrimas con las de su niña. El noble esposo, amo absoluto de su familia, vio callar ante su voluntad todas las resistencias. En todo el círculo de la familia Delooz no se encontró una sola persona que se atreviese a observar al padre que procedía con crueldad echando a su hija entre los brazos de un viejo hipocondríaco y, con imprudencia, casándola con un desconocido que quizá los engañaba. La sociedad holande-sa, aún más esclavizada que la nuestra por los prejuicios del orgullo, encontraba que el Presidente del Perú era un excelente partido para Carolina Delooz y la pobre niña se vio obligada a sentirse honrada, contenta y feliz. Tenía 17 años cuando se casó con el viejo.

 

Poco tiempo después de su matrimonio la joven se vio obligada a dejar a su madre y a sus hermanos, a quienes amaba tiernamen-te, para seguir a su marido a sus estados. Llegó a Valparaíso con un hijo de quince meses y encinta. Estuvo allí cerca de dos años viviendo en una casa amueblada en la forma más mezquina, sin atreverse a preguntar a su augusto esposo cuándo pensaba conducirla a su pa-lacio. Habiendo agotado M. de la Riva-Agüero sus escasos recursos para subvenir a esta miserable existencia se vio obligado a traer a su esposa a Lima. ¡Ah! Cuál debió ser la desesperación de esta joven a la vista de la casa donde la instaló su marido. Su desgracia era evi-dente. Ese hombre había abusado indignamente de la credulidad de su padre. Se veía a 3 mil leguas de su país, sin su madre o alguno de los suyos que la consolara y ayudara con sus consejos y su afecto. Se veía sin fortuna, sin ninguna consideración, en lucha con la miseria y condenada a pesares de toda especie y a temer hasta por sus hi-jos. ¡Debió ser horrible su desesperación! M. de la Riva-Agüero había mentido al presentarse como Presidente del Perú. Es verdad que du-rante un movimiento revolucionario un nombramiento extralegal le había dado aquel título. Lo conservó tres días en medio del desorden al que lo debió.11 Una vez restablecida la calma se vio obligado a es-

 

 

 

11 José de la Riva-Agüero, primer Presidente del Perú, no fue el vulgar intrigante que pretende pintar Flora. Representó un importante papel en la primera parte de la lu-

 

 

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capar apresuradamente pues había sido puesto fuera de la ley como faccioso. Había mentido cuando se había dicho dueño de grandes riquezas porque no tenía ya por toda fortuna, sino la mitad de una vieja casucha cuya otra mitad pertenecía a su hermana. Al llegar a Lima no le fue posible ocultar su situación a su esposa. Ella escuchó todos los cuentos que le refirió con una sangre fría y una firmeza que demostraban su gran valor y soportó su suerte con una dignidad y una resignación digna de los más grandes elogios. Jamás alguien ha oído salir de sus labios la más ligera alusión al indigno engaño de que ha sido víctima. Habla siempre de su marido con el mayor respeto, parece estar muy convencida de la exacta verdad de todo cuanto él le ha dicho, atribuye las desgracias de M. Riva-Agüero a los aconteci-mientos políticos y solo se queja de la ingratitud de la República.

 

La señora de la Riva-Agüero es un ángel de virtud. Su conducta es tan ejemplar que ni la maledicencia de las limeñas ha podido encon-trar qué decir. Cuando la vi era madre de tres niños, los más hermo-sos que se puede ver y estaba encinta. Esa mujer con su orden, su ex-trema economía y sus hábitos laboriosos tenía el talento de sostener su casa sobre un pie muy honorable. Amamantaba y educaba ella misma a sus hijos, cosía sus vestidos y cuidaba a su viejo marido casi siempre enfermo. Así excitaba la admiración de quienes la conocían. ¡Ah! ¡Si su padre hubiese podido ser testigo de las lágrimas vertidas en secreto! Pero ese padre recibe de su hija cartas dictadas por un respeto filial que hace callar cualquier otro sentimiento. La joven se-ñora es demasiado piadosa, demasiado generosa como para turbar el

 

 

cha emancipadora contra España. Fue presidente, elegido por el Congreso, desde el 28 de enero de 1823 hasta el 23 de junio de ese año en que fue depuesto por el mis-mo Congreso. Entró en abierta pugna con Bolívar quien había sido llamado por ese Congreso y llegó a dictarse sentencia de muerte contra él al saberse que estaba en tra-tos con el virrey La Serna para establecer en el Perú un régimen monárquico indepen-diente, pero bajo el gobierno de un príncipe español. Expatriado en Europa desde 1824 hasta 1828, en que regresó a América, volvió al Perú en 1833 y entonces recuperó parte de los bienes que había perdido en todas estas luchas políticas. Más tarde fue ministro plenipotenciario en Chile durante la Confederación Perú-boliviana y Presidente del Estado Norperuano. Al caer la Confederación volvió a expatriarse y solo regresó en 1845 mediante una ley de amnistía. Murió en Lima en 1858. [N. de la T.].

 

 

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reposo de su padre con sus reproches o sus quejas. Le escribe que es feliz y el viejo, hinchado de orgullo, enseña sus cartas y dice a todos que su hija es la presidenta del Perú.

 

Conozco todos estos detalles por una sirvienta holandesa que vino al Perú con la señora Riva-Agüero y estaba en casa de la señora Denuelle desde hacía seis meses. Por lo que me refirió de la señora Riva-Agüero me dio deseos de conocerla y le escribí para obtener el permiso de hacerlo. Vino esa misma tarde y conversó conmigo largo rato. Hablaba el francés como una francesa y su conversación proba-ba que había nacido con un carácter alegre, vivo y lleno de orgullo. Su embarazo la hacía sufrir y su expresión tenía algo de angelical. Al retirarse me cogió la mano con cariño y me dijo:

 

—Venga a verme, señorita, tendré mucho gusto en conversar con usted sobre Europa y esos hermosos países donde usted regresa. La vida que llevo aquí es muy monótona. Sin embargo, no me quejo. Mis hijos, mis queridos hijos, reemplazan todo para mí.

 

Miré con santo respeto a esta mujer de virtud tan admirable, víc-tima como yo de los crueles prejuicios a los que todavía se someten las gentes rutinarias a pesar de haber reconocido su absurdo. Duran-te mi residencia en Lima fui muy a menudo a ver a esta señora. Algu-nas personas iban también a veces a tomar el té con nosotras.

 

Intimé mucho con doña Calixta Thwaites y sentí un vivo pesar al no poder decidirla a vivir en Europa. Esta mujer era realmente supe-rior, tanto por la elevación de su espíritu como por la inmensa varie-dad de sus conocimientos. Hablaba el inglés de un modo admirable; había traducido una gran parte de lord Byron al español y al francés. Su erudición era sorprendente con relación a su edad. Tenía enton-ces solo 29 años. Nacida en Buenos Aires, y casada con un inglés, ha-cía cuatro que había ido a establecerse a Lima donde su marido tenía una casa de comercio. Enviudó poco tiempo después de su llegada y gozaba de una buena fortuna. No se podía ver sin pesar que semejan-te mujer se hubiese establecido en un país donde tan pocas personas eran capaces de apreciarla. ¡Ojalá pudiese despertar entre algunos el gusto por las letras y hacer que aparezcan luces entre aquella espesa

 

 

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oscuridad! La Providencia, al inspirarle la voluntad de habitar en el Perú, parece haberla destinado a esta misión.

Cuando llegué a Lima no vi a la señora Riglos. Acababa de perder a su abuela y me envió a su marido. Fui a pagarle la visita sin encon-trarla. No vino a verme y pensé que sería indiscreto de mi parte re-gresar. Me dijeron que no se había atrevido a presentarse en mi hotel por temor a la maldad de M me. Denuelle. Esto es verdad, se burlaba de ella despiadadamente. Esta señora tenía la modesta pretensión de creerse a la misma altura que Mme. de Staël. Según ella, había escrito obras notables, pero que nadie había visto de modo que era preciso creer en sus palabras. En las luchas de los partidos dirigía odas a los vencedores. Componía piezas poéticas sobre el sol, la luna, el mar y otros temas no menos grandiosos. La señora Riglos era entonces una mujer de 40 años, flaca, pálida y coja. Jamás usaba saya y su vestido se distinguía por su extravagancia. Siempre tenía grandes sombre-ros con plumas blancas, trajes amarillos con chales rojos y el resto de su indumentaria por el estilo. Profesaba por su país un profundo des-precio. La señora Riglos tenía el proyecto de establecerse en Francia. Repetía sin cesar que una mujer de su mérito no podía vivir en otra parte que en París. Por todo lo que me refirieron de esta señora creo que, si tuviese menos pretensión, y tratase de producir menos efecto, no se pondría en duda su talento como poetisa. Pero “el espíritu que quiere aparentar perjudica el que hay en ella”.12

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12 Manuela Rávago y Avella Fuertes de Riglos fue efectivamente literata y, no ella si no sus contemporáneos, la llamaron “la Staël peruana”. Tenía un salón literario al que asistían las principales figuras literarias y políticas de la época. En su casa se en-sayó el Himno Nacional Peruano y ella lo cantó por primera vez ante San Martín. Sus contemporáneos la pintan dotada de fino espíritu y aseguran que poseía indudable talento poético. [N. de la T.].

 

 

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9. Los baños de mar. Un ingenio azucarero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los limeños han escogido, para tomar baños de mar, el sitio más ári-do y desagradable de la costa, para mi gusto. Ese lugar se llama Cho-rrillos. La familia Izcue había alquilado, en Chorrillos, una casa para la temporada y me invitó a pasar allí el tiempo que deseara.

 

M. Izcue fue a buscarme a las siete de la mañana y subimos ense-guida a la calesa. Debíamos recorrer 4 leguas sobre arena. El camino, a pesar de todo, era bueno para los caballos pues la arena estaba dura y no se hundían en ella como en la de las pampas. El campo era muy desigual. A la vegetación sucedía la aridez de una tierra negra sobre la que se veía, de lejos, algunos árboles. A la mitad del camino cru-zamos el bonito pueblo de Miraflores. Este pueblo está sobre el mar, que se halla a un cuarto de legua y ciertamente es el más lindo lugar que he visto en América. Después de dejarlo se encuentran campos de papas y de alfalfa, pero ninguno de trigo. Llegamos a dos casas de hermosa apariencia, que pertenecían a M. de Lavalle, antiguo inten-dente de Arequipa. Vi magníficos jardines dependientes de aquellas casas y en plena campiña naranjos, papayos, palmeras, zapotillos y toda clase de árboles frutales. A los diez minutos de ese sitio atra-vesamos el Barranco, pequeña aldea situada entre abundante folla-je, grandes árboles y mucha agua. Al dejar este oasis no había sino tierras áridas hasta Chorrillos. Tuvimos durante todo el camino una

 

 

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niebla espesa y húmeda. Sentía mucho frío. Llegué enferma y me acosté después de haber bebido una taza de café bien caliente.

Me levanté a la hora de la comida. Al verme mejor M. Izcue me pro-puso visitar los campos vecinos cuyas tierras eran fértiles y se culti-vaba caña de azúcar. Me dieron un caballo y salimos a nuestro paseo.

 

No había visto caña sino en París, en el Jardín Botánico. Aque-llos vastos campos de caña de 8 o 9 pies de altura, tan apretada que un perro apenas podría abrirse paso entre ella, coronada por milla-res de flechas que llevaban florecillas en espiga, anunciaban una poderosa vegetación que está lejos de manifestarse con la misma energía en nuestros campos de trigo o de papas. La naturaleza, en estos climas favorecidos, parece convidar al hombre al trabajo con sus más ricas recompensas. Ese cultivo me inspiró el más vivo in-terés y al día siguiente fuimos a visitar una de las grandes explota-ciones del Perú.

 

El ingenio de M. Lavalle, la villa Lavalle, situado a 2 leguas de Chorrillos, es un magnífico establecimiento en el cual habitan cua-trocientos negros, trescientas negras y doscientos negritos. El pro-pietario se ofreció con la mayor cortesía a hacérnosla conocer con todos sus detalles y tuvo la amabilidad de explicarnos cada cosa. Vi con mucho interés cuatro molinos para triturar la caña movidos por una caída de agua. El acueducto que trae el agua a la usina es muy hermoso y su construcción costó mucho dinero debido a los obstáculos que el terreno ofrecía. Recorrí el vasto establecimiento donde se hallaban las numerosas calderas y se hacía hervir el jugo de la caña. Enseguida fuimos a la refinería contigua donde el azú - car se separaba de la melaza. M. Lavalle me habló de sus proyectos de mejoras.

 

—Pero, señorita, agregó, la imposibilidad de conseguir nuevos ne-gros es desesperante. La falta de esclavos traerá la ruina de todos los ingenios. Perdemos muchos de ellos y las tres cuartas partes de los negritos mueren antes de llegar a los 12 años. En otros tiempos tenía 1.500 negros. No tengo ya más que novecientos, comprendiendo a es-tos débiles niños que usted ve.

 

 

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—Esta mortalidad es espantosa y debe hacerle concebir, en efec-to, los más funestos temores para su establecimiento. ¿De qué provie-ne, pues, que no se mantenga el equilibrio entre los nacimientos y las defunciones? El clima es sano y se creería que los negros están aquí tan bien como en África.

 

—El clima es muy sano, pero las negras se hacen abortar a menu-do y los padres no tienen cuidado alguno con sus hijos.

—¡Oh! ¡Entonces son muy desgraciados! ¡La especie humana au-menta hasta en medio de las calamidades! Sus negros se multiplica-rían tanto como los hombres libres si su existencia fuese tolerable y si entre ellos el sentimiento del dolor no fuese más fuerte que los más tiernos afectos de nuestra naturaleza.

 

—Señorita, usted no conoce a los negros. Es por pereza que dejan perecer a sus hijos y no se puede obtener nada de ellos sin el látigo.

—¿Cree usted que siendo libres sus necesidades bastarían para inducirlos al trabajo?

—Las necesidades en estos climas se reducen a tan poca cosa que no necesitarían de gran trabajo para satisfacerlas. Además, no creo que el hombre, por más necesidades que tenga, pueda sentirse indu-cido, sin la fuerza, a un trabajo regular. Las poblaciones de indios es-parcidas por todas las latitudes de América del Norte y del Sur ofrecen la prueba de mi afirmación. En México y en el Perú se ha encontrado, es verdad, alguna cultura entre los indígenas y todavía vemos a la ma-yoría de nuestros indios no hacer nada y vivir en la miseria y la ocio-sidad. Pero en todo el vasto continente de las dos Américas las tribus independientes viven de la caza, de la pesca y de los frutos naturales de la tierra sin que las hambrunas frecuentes a que están expuestos los haga entregarse al cultivo. La vista de los goces conseguidos por los blancos con su trabajo, goces por los que sienten avidez, carecen igual-mente de incentivo para hacerlos trabajar. Y no es sino por medio de castigos corporales que nuestros misioneros han logrado hacer culti-var algunas tierras a los indios que han reunido. Sucede lo mismo con los negros y ustedes, franceses, han hecho la experiencia en Santo Do-mingo. Desde que han libertado a sus esclavos, estos no trabajan más.

 

 

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—Creo con usted que el hombre blanco, rojo o negro, se resuelve difícilmente al trabajo cuando no ha sido educado en él. Pero la es-clavitud corrompe al hombre y al hacerle odioso el trabajo no podrá prepararlo para la civilización.

 

—Sin embargo, señorita, en tiempo de los romanos Europa estaba cu-bierta de esclavos y la esclavitud se mantiene aún en Rusia y en Hungría.

—También, señor, las guerras sociales pusieron a menudo en peligro el Imperio Romano y no habría sucumbido por la invasión de los pueblos del norte si las tierras hubiesen sido cultivadas por brazos libres y si las ciudades no hubiesen contenido más esclavos que ciudadanos. Las naciones germanas y eslavas tenían también esclavos, pero únicamente consagrados al cultivo de las tierras. Esos esclavos eran colonos aparceros, tal como son en Rusia y en Hungría, que acaba usted nombrar. Fue aquella esclavitud, mucho más dulce que la de los romanos, la que se estableció en las Galias después de la invasión de los germanos, y en España, después de los vándalos. Los siervos pudieron sucesivamente rescatarse con el fruto de su trabajo. Pero, en América el esclavo no tiene semejante perspectiva. Traba-jando bajo el látigo del inspector no tiene participación alguna en los frutos de su labor. Ese género de esclavitud excede el fardo de dolor que ha sido dado al hombre soportar.

 

—Observe, le ruego, que la esclavitud aquí, como entre todos los pueblos de origen español, es más dulce que entre las demás nacio-nes de América. Nuestro esclavo puede rescatarse y entre nosotros, el negro solo es esclavo de su amo. Si otro lo golpea se encuentra en estado de legítima defensa y puede devolver el golpe. Mientras que en sus colonias el negro está, en cierta manera, bajo la dependencia de todo el mundo. Le está prohibido, bajo las penas más graves, de-fenderse contra un blanco. Si es herido, el dueño tiene derecho a una indemnización por el daño sufrido; pero no se le hace nada al autor de la herida. De este modo ustedes han agregado la pérdida de la se-guridad a la de la libertad.

 

—Convengo en que las leyes españolas, relativas a los esclavos, son mucho más humanas que las de cualquiera otra nación. Entre

 

 

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ustedes el negro no es simplemente una cosa, es un correligionario y la influencia de las creencias religiosas le procura algún paliativo. Mas el vicio radical, la perpetuidad de esa esclavitud, subsiste entre ustedes, así como en nuestras colonias pues es imposible para el es-clavo que pueda alguna vez usar de la facultad de rescatarse, con la continuidad del trabajo exigido. Si los productos, debidos en Améri-ca al trabajo de los negros, perdiesen su valor estoy segura de que la esclavitud sufriría felices modificaciones.

 

—¿En qué forma, señorita?

 

—Si el precio en que se vende el azúcar comparado con el valor de trabajo que demanda, estuviese en la misma relación que los produc-tos de Europa comparados con sus gastos de producción, el amo, sin tener entonces una compensación por la pérdida de su esclavo, no lo obligaría al trabajo y velaría por su conservación. Suponga usted que el trigo en Rusia valiera 6 u 8 pesos las 100 libras, como vale el azúcar aquí y en nuestras colonias, ¿cree usted entonces que el señor ruso se contentaría con entrar en participación con su esclavo...? Ciertamen-te que no. Lo atormentaría con su vigilancia y lo hostigaría con el látigo para obtener la mayor cantidad posible. Esté usted igualmente persuadido que entonces la población de siervos en vez de prosperar, como sucede en la actualidad, disminuiría en la misma proporción que la población negra de América.

 

—Pero la trata está ya abolida y mientras más valor tengan nuestros productos más interesados estaremos en conservar nuestros esclavos.1

—Parece que debería ser así y usted ve por su propia experien-cia que sucede lo contrario. El presente es todo para el hombre. Los propietarios no se contentan con vivir del producto de sus ingenios, quieren que esas entradas les proporcionen con qué pagar la adqui-sición de aquellos, si la deben todavía, y el modo de crearse una for-tuna independiente. Ninguno de ellos consentiría en disminuir su cosecha en la mitad para hacer cultivar a sus negros mayor cantidad

 

 

1   La esclavitud fue abolida en el Perú por decreto firmado por el general Ramón Castilla el 5 de diciembre de 1854. [N. de la T.].

 

 

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de plantas alimenticias, concederles mayor descanso y mejorar su suerte. Además, en los grandes establecimientos los esclavos, reuni-dos en numerosos obrajes, constantemente bajo la mirada de su amo y hostigados sin cesar, sufren una tortura moral que debe bastar para hacerles considerar la vida con horror.

 

—Señorita, usted habla de los negros como persona que no los co-noce, sino por los bellos discursos de sus filántropos de tribuna. Mas por desgracia es demasiado cierto que no se les puede hacer marchar sino con el látigo.

 

—Si es así, señor, le confieso que hago votos por la ruina de los in-genios y creo que estos votos serán escuchados muy pronto. Dentro de algunos años la betarraga destronará a la caña.

 

—¡Oh!, señorita, si usted no tiene otro enemigo más peligroso que oponerme... es una broma aquella de su betarraga. Esta raíz es buena a lo más para endulzar la leche de las vacas en invierno cuando estas se alimentan con pastos secos.

 

—¡Ríase, ríase, señor! Pero con esta raíz de la que usted se burla podríamos nosotros en Francia prescindir de su caña. El azúcar de betarraga es tan bueno como la suya y tiene además, a mis ojos, el mérito supremo de hacer bajar el precio del azúcar de las colonias. Y estoy convencida de que solo de esta circunstancia puede resultar el mejoramiento de la suerte de los negros y, por consiguiente, la aboli-ción completa de la esclavitud.

 

—La abolición de la esclavitud... ¿No está usted desengañada por el ensayo que acaban de hacer en Santo Domingo?

—Señor, una revolución que tuviese sentimientos más generosos por móviles debería de indignarse por la existencia de la esclavitud. La Convención decretó la libertad de los negros por entusiasmo, sin sospechar aparentemente que tenían necesidad de estar preparados para usar de su libertad.

 

—Y, además, su Convención olvidó también de indemnizar a los propietarios como hace en la actualidad el parlamento inglés.

—El parlamento, teniendo nuestro ejemplo ante los ojos, ha pro-cedido en esta materia en una forma más racional que la Convención.

 

 

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Pero ha estado también demasiado apresurado en alcanzar su propó-sito y las disposiciones que ha adoptado son tan bruscas y generales que por mucho tiempo todavía no podrán dar buenos resultados. Los obstáculos que se oponen a una liberación simultánea son tales que hay lugar para admirar que una nación, tan ilustrada como la nación inglesa, haya creído deber prestar una atención muy ligera y se haya arriesgado a libertar al esclavo antes de haberse asegurado de sus há-bitos laboriosos y de haberlo preparado, por medio de una educación conveniente, en hacer buen uso de la libertad de nuestra organización social. Estoy bien persuadida de que la liberación gradual, únicamen-te, ofrece un medio pronto para transformar a los negros en miembros útiles para la sociedad. Se hubiese podido hacer de la libertad una re-compensa del trabajo. El parlamento inglés hubiese ido más pronto hacia el bien si se hubiese limitado a libertar anualmente a los escla-vos de menos de 20 años y los hubiese colocado en escuelas rurales y de artes y oficios antes de dejarlos gozar de la libertad. No existen colonias europeas donde no se encuentren vastas extensiones de tie-rra sin roturar, a las cuales se pueden enviar a los libertos y el trabajo tampoco faltaría a los negros que aprendiesen un oficio. Procediendo en esta forma bastarían unos treinta años para llegar a la emancipa-ción general. Los negros libertos acrecentarían anualmente la pobla-ción laboriosa y, por consiguiente, la riqueza de las colonias. Mientras tanto, con el sistema adoptado, esos países solo tienen en perspectiva un largo porvenir de miserias y de calamidades.

 

—Señorita, su manera de considerar la cuestión de la esclavitud solo prueba que tiene buen corazón y demasiada imaginación. Esos hermosos sueños son soberbios como poesía... Pero un viejo agricul-tor como yo siente tener que decirle que ninguna de sus bellas ideas es realizable.

 

Esta última réplica de M. Lavalle me hizo sentir que al hablar con el viejo agricultor hablaba con un sordo. Puse fin a la conversación que, por lo demás, había sido demasiado larga. Sin embargo, es satis-factorio para mí decir que M. Lavalle, de carácter dulce y en extremo afable, trató esta cuestión tan irritante para todos los propietarios de

 

 

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esclavos con mucho más razón que cualquier otro en su lugar lo hu-biese hecho. Continuamos recorriendo su magnífico establecimien-to con igual amenidad de su parte.

 

La esclavitud ha excitado siempre mi indignación y sentí un gozo inefable cuando tuve noticia de la formación de esa santa liga de señoras inglesas que se abstenían del consumo del azúcar de las colonias occidentales. Ellas se comprometieron a no consumir sino azúcar de la India, aunque fuese más cara por los derechos con que estaba gravada, hasta que el Parlamento aprobase el Bill de emanci-pación. El acierto y la constancia empleados en el cumplimiento de esta caritativa resolución hicieron despreciar los azúcares de Améri-ca en los mercados ingleses y triunfaron de las resistencias opuestas a la aprobación del Bill. ¡Ojalá sea imitada en Europa continental tan noble manifestación de los sentimientos religiosos de Inglaterra! La esclavitud es una impiedad a los ojos de todas las religiones y parti-cipar en ella es renegar de sus creencias. La conciencia del género humano es unánime sobre este punto.

 

El ingenio de M. Lavalle es uno de los mejores del Perú. Su exten-sión es inmensa, está muy bien ubicado y lo limita el mar. Las olas se estrellan al pie contra las rocas de la orilla.

 

M. Lavalle ha hecho construir para sí una de las casas más ele-gantes. No ha economizado nada para su solidez y embellecimiento. Este palacete manufacturero está amueblado con gran riqueza y es del mejor gusto: alfombras inglesas, muebles, relojes y candelabros de Francia; grabados y curiosidades de la China; en fin, se ve allí re - unido todo lo que puede contribuir a la comodidad de la existencia. M. Lavalle ha hecho construir también una capilla de buen gusto, sencilla, bastante espaciosa como para contener mil personas y con decoraciones muy apropiadas. Los domingos y días de fiesta todos los negros del establecimiento asisten a la misa. Los negros españo-les son supersticiosos y la misa es, para ellos, una necesidad indis-pensable. Sus creencias aligeran sus males y son una garantía para el amo. M. Lavalle tuvo la amabilidad de hacer vestir a un negro y una negra con sus vestidos de fiesta para que yo pudiese juzgar del

 

 

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golpe de vista que ofrece su iglesia el domingo. La indumentaria del hombre consistía en un pantalón y una chaqueta de algodón con rayas azules y blancas y un pañuelo rojo envuelto en el cuello. La mujer tenía una falda de la misma tela rayada, un largo chal de tela de algodón roja con el cual se envolvía la parte posterior de la cabeza, los hombros, la garganta y los brazos. Usaba zapatos de cuero negro, atados en las piernas con cintas azules. Sobre su negra piel aquel contraste ofrecía un efecto singular. Los negritos tenían un mandil de un pie cuadrado. El vestido de los días corrientes es mucho más sencillo aún: los negritos están completamente desnu-dos; las mujeres no tienen sino la falda pequeña y los hombres, un pantalón o un mandil pequeño. M. Lavalle tiene la reputación de ser muy lujoso con sus negros.

 

Los países cálidos son ricos en frutas. La huerta de M. Lavalle las reúne todas. La tierra les es favorable y todas crecen muy hermo-sas. El zapotillo por su altura parece querer poner fuera del alcance del hombre sus voluminosas manzanas verde oscuro cuya pulpa jugosa reúne los sabores más deliciosos. Tan elevado como la enci-na, el mango luce sus frutos de forma oval, con carne hilachosa y olor de trementina. No cesaba de admirar el follaje de los grandes y hermosos naranjos con ramas de tan lindo verde, rendidas bajo el peso de millares de bolas cuyo color alegraba la vista y el per-fume embelesaba la atmósfera. ¡Me creí transportada a un nuevo Edén! Glorietas con granadillas ofrecían a las manos el sorbete de sus frutos, mientras aquí y allá los platanares se doblegaban bajo el peso de sus cabezas y desplegaban sus anchas hojas quebradas. Una colección muy variada de flores de Europa embellecía ese ver-gel de los trópicos con recuerdos de la patria. En un lugar encanta-dor, por la frescura y los perfumes que allí se respiran, se encuentra un mirador desde donde la vista es magnífica. Por un lado, se ve el mar que arrastra sobre la playa sus olas espumosas y las rompe con estrépito contra las rocas; por el otro se descubren vastos campos de caña de azúcar, tan hermosos cuando están en flor. Ramilletes de árboles aquí y allá descansan la vista y varían el cuadro.

 

 

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Era tarde cuando nos retiramos. Al pasar por una especie de gran-ja, donde trabajaban algunos negros, sonó el Ángelus. Todos abando-naron su trabajo, cayeron de rodillas y postraron su rostro contra la tierra. La fisonomía de aquellos esclavos era repugnante de bajeza y de perfidia. Su expresión era sombría, cruel y desgraciada, hasta en los niños. Traté de entablar conversación con algunos, pero no pude obtener sino un sí o un no pronunciados con sequedad e indiferencia.

 

Entré en un calabozo donde se hallaban encerradas dos negras. Habían dado muerte a sus hijos privándolos de alimento. Ambas, completamente desnudas, estaban agazapadas en un rincón. La una comía maíz crudo y la otra, joven y hermosa, dirigió sobre mí sus grandes ojos. Su mirada parecía decirme: “He dejado morir a mi hijo porque sabía que él no sería libre como tú... He preferido verlo muer-to y no esclavo”. La vista de aquella mujer me hizo daño. Bajo esa piel negra hay a veces almas grandes y orgullosas. Los negros pasan bruscamente de la independencia de la naturaleza a la esclavitud y se encuentra entre ellos algunos indomables que soportan los tor-mentos y mueren sin doblegarse al yugo.

 

Al día siguiente fuimos a ver echar las redes. La manera de pescar es horrible y me pareció tan difícil como peligrosa. Los pescadores entran en el mar hasta muy adentro, presentan a la ola la boca de una inmensa red fija en torno de un gran círculo. El mar llega con furia, los cubre por completo y cuando se retira la ola tiran de la red hacia la playa. Eran doce los que se ocupaban en esta pesca y solo después de la cuarta tentativa cogieron nueve pescados. Al ver a hombres libres soportando tan penosas fatigas, y corriendo tan in-minentes peligros para ganar el pan, me pregunté si existe algún gé-nero de trabajo para el cual sea necesaria la esclavitud y si un país donde se encuentran hombres obligados a ejercer semejante oficio para vivir tenía necesidad de esclavos.

 

Ya he dicho que no concebía la predilección de los limeños por Chorrillos. Esa palabra quiere decir alcantarilla. Se ha llamado así a ese pueblo por los hilos de agua que caen desde lo alto de las rocas que rodean la playa, los cuales forman en la parte baja una laguna

 

 

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de agua dulce. Es a ese pequeño lago adonde van a bañarse. En aquel sitio el mar es muy tranquilo y jamás las olas llegan al lago. La vecin-dad del agua dulce ofrece una gran ventaja a los bañistas quienes, en su mayor parte, van a enjuagarse al salir del mar, para quitarse las partículas salinas adheridas a la piel. El lugar es, por lo demás, muy incómodo para bañarse. Se podría hacer con poco gasto baños tan agradables como los de Dieppe. Si Chorrillos sigue de moda, quizá lo pensarán un día los limeños.

 

El Barranco, oasis encantador del que ya he hablado, hubiese sido conveniente para lugar de cita de los bañistas. Se halla a corta dis-tancia del mar, tiene árboles hermosos, verdor y agua (es la misma agua que viene a formar las filtraciones de Chorrillos). Pero este últi-mo pueblo, situado en lo alto de una roca negra y árida, está privado de todas las ventajas que ofrece el Barranco. Nada más triste y sucio que este hacinamiento de cabañas. Ningún árbol, ninguna brizna de hierba viene a recrear la vista y el agua corre en la parte baja de la roca. Las casas son de madera, muchas no están enladrilladas. Hay algunas de casa que no tienen más aberturas que las puertas. Todas muy incómodas y amuebladas con vejeces. Chorrillos carece de todo para la alimentación y su mercado no está lo suficientemente apro-visionado. Todo es caro y malo. No se puede salir sin hundirse hasta media pierna en una arena negra. Los zapatos, las medias y el ruedo del vestido se malogran después de semejante paseo. El viento del mar sopla la arena negra sobre los ojos y uno se siente cegado por la reverberación del sol. En una palabra, es el lugar más detestable que he encontrado en mi vida y, sin embargo, ese pueblo ha crecido de tal modo desde hace cinco años que tiene ya 800 casas.

 

La vida de los habitantes en aquel lugar de reunión refleja de ma-nera exacta las costumbres limeñas. El far niente, el placer y la intriga componen toda su existencia. Las mujeres viven como los hombres. Sus costumbres y sus gustos son semejantes y se revelan con igual independencia. Montan a caballo para pasearse por los alrededores. Se bañan con los hombres. Fuman desde la mañana hasta la noche. Juegan rabiosamente (mi tía Manuela perdió 10 mil pesos en una

 

 

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noche). Dirigen cuatro o cinco intrigas amorosas, políticas y demás. Van a los festines, a los bailes rústicos que da todo el mundo y pasan una gran parte del día extendidas sobre una hamaca, rodeadas de cinco o seis adoradores. Las fiestas de Chorrillos arruinan a las fami-lias más ricas de Lima. Los sacrificios que hacen para residir allí uno o dos meses son incalculables. Esas extravagancias son más comu-nes en Lima que en ninguna otra parte. El clima contribuye a ellas sin duda, pero la ausencia de bellas artes y de toda instrucción, que ocuparían la viva imaginación de que está dotado este pueblo, hace que se lance a todas las locuras, arrastrado por esta superabundan-cia de vida que lo desborda.

 

Después de haber permanecido una semana en Chorrillos regresé a Lima con verdadero placer. Mi pequeño departamento amueblado a la francesa y mi comida francesa me parecieron mejores que nun-ca y encontré mil veces más agradable la entretenida conversación de Mme. Denuelle.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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A pesar de todas las distracciones que Lima me ofrecía y de la acogi-da amistosa de mis nuevos amigos deseaba vivamente marcharme. Por radiante que fuese la ciudad a causa de la bondad de su clima y la alegría de sus habitantes, era el último lugar de la tierra donde yo hubiese querido vivir. La sensualidad reina en ella exclusivamente. Todos aquellos seres tienen ojos, oídos y paladar mas no tienen alma que responda a la vista, a los sonidos y al gusto. Jamás he sentido un vacío más completo y una aridez más agobiadora que durante los dos meses que permanecí en Lima.

 

La impaciencia que sentía por regresar a Europa, a la que aprecia-ba y amaba más desde que la había dejado, me hizo vacilar un ins-tante para ir a Valparaíso donde esperaba encontrar listo un navío que se hiciese a la vela para Burdeos. Pero abandoné muy pronto este proyecto con la certidumbre casi absoluta de que encontraría a Cha-brié en Chile. Soporté, pues, con resignación los gastos y el disgusto de mi estada en Lima.

 

Con todo, me demoré algún tiempo antes de resolverme a retener mi pasaje no porque temiese la mala alimentación a bordo de una nave mercante inglesa, sino porque deseaba ardientemente regresar por la América del Norte. Era un viaje muy penoso. M. Le Briet, que lo había hecho, casi sucumbió de fatiga. Sin embargo, me sentí con fuerzas para emprenderlo y lo hubiese realizado si hubiese tenido

 

 

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dinero suficiente para subvenir a los gastos del camino. Confieso que sentí vivo pesar. Escribí a mi tío manifestándole el deseo de cono-cer esta parte de América y le dejé ver que mi falta de recursos me impedía tomar esa ruta. Diez veces estuve a punto de pedirle fran-camente la suma que me era indispensable, ¡tan dominante es en mí el gusto por los viajes! Pero mi orgullo venció. Las respuestas de mi tío, relativas a mi proyecto, me hacían temer una negativa y no quise exponerme a ella.

 

Tomé pasaje en el “William Rusthon” de Liverpool que debía lle-gar y salir en línea recta hasta Plymouth.

Hacía dos meses que había salido de Arequipa, cuando llegó esta nave al Callao trayendo a bordo a la señora Pancha de Gamarra, acompañada por su secretario Escudero. M. Smith vino a darme la noticia y me trajo un gran paquete de cartas de Arequipa en las cua-les me referían los acontecimientos de la última revolución.

 

El señor y la señora Gamarra habían entrado el 27 de abril en Are-quipa, donde las necesidades de su partido los arrastraron, como de costumbre, por la vía de las exacciones. Impusieron a los habitantes una enorme contribución, por medio de prisiones y de otras medidas militares, y les faltó autoridad o deseo para impedir que sus soldados cometiesen mil rapiñas. Todas las clases de la población estaban exas-peradas. Los soldados exigían rescate a los individuos cuando se les presentaba la ocasión y ellos mismos no podían salir aisladamente al campo sin correr el riesgo de que los campesinos los mataran. Uno de ellos murió de una cuchillada que le dio un monje a quien exigió dos reales. Un descontento general fermentaba en todo el territorio ocu-pado por los gamarristas y atraía la población al partido de Orbegoso. Por todas partes gritaban: ¡Viva Nieto! Este, atrincherado en la ciudad de Tacna, a la cual se había replegado, esperaba que las circunstancias lo llamasen de nuevo a representar un papel. Los gamarristas intenta-ron explotar otra vez su credulidad y le enviaron a su cuñado con una carta de Bermúdez anunciándole la derrota del partido de Orbegoso. Pero ya Nieto no se dejó engañar, rechazó sus avances y entró en nego-ciaciones con Santa Cruz, Presidente de Bolivia, para obtener socorros.

 

 

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Tal era la situación cuando el domingo de Pentecostés, 18 de mayo, dos compañías abandonaron el partido de Bermúdez. En el instante menos esperado por la señora de Gamarra, se vio a don Juan Loba-tón, mayor del batallón “Ayacucho”, apoderarse de la artillería con doscientos hombres y gritar en la plaza: ¡Viva Orbegoso!... ¡Viva Nie-to!... ¡Viva la ley!... El pueblo aborrecía a estos soldados; creyó que era una estratagema de su parte y que actuaban así para tener ocasión de apoderarse de los hombres que se adhirieran a ellos y en su indig-nación se precipitó sobre los revoltosos. Hubo quince o veinte muer-tos en el altercado, entre ellos Lobatón, el autor del movimiento.

 

Cuando el pueblo vio los cadáveres el desorden llegó al colmo. En su exasperación se dirigió a la casa ocupada por la señora Gamarra y la saqueó. Doña Pancha había visto venir la tempestad y escapó del furor popular escondiéndose en una casa vecina. El pueblo, en su furia, mató indistintamente a los soldados y oficiales que habían he-cho la revolución, así como a los demás; para sustraer a los militares a la matanza hubo necesidad de esconderlos. La casa de Gamio, que había ocupado San Román, fue saqueada y también la de Angelita Tristán, donde vivió Quiroga. Pero ya este había huido.

 

En el primer momento mi tío fue nombrado por aclamación co-mandante militar. Al día siguiente todo quedó en orden. El pueblo se sometió a los consejos de los jefes que había escogido. Sus sufri-mientos y su victoria habían reanimado su moral a tal punto que en cuanto circuló el rumor, verdadero o falso, de que se acercaban los gamarristas todos se apresuraron, incluso las gentes del campo, a armarse y a salir a su encuentro.

 

Arismendi, Landauri y Rivero fueron, con Lobatón, los autores de la revuelta. Ellos se pusieron a la cabeza del pueblo y expulsaron de Arequipa a los gamarristas. Este acontecimiento desanimó a los diversos cuerpos partidarios de Bermúdez y todos, sucesivamente, reconocieron por presidente a Orbegoso. Nieto entró en Arequipa el 22 de mayo. Según la costumbre gravó con una contribución excesi-va a los desgraciados propietarios de la ciudad. Al obispo le impuso 100 mil pesos... y a los demás en la debida proporción. Pero don Pío,

 

 

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que formaba parte del gobierno supremo, se vio esta vez exento de toda contribución. Gamarra se refugió en Bolivia. Su esposa, contra quien se dirigía principalmente el odio popular, se mantuvo siempre escondida. Solo por influencia de mi tío logró poder retirarse deste-rrada a Chile y aun así se encontró en el caso de salir de noche para librarse de la venganza del pueblo que reclamaba su muerte.

 

Escudero, así como la señora Gamarra, me rogaron ir a verlos a bordo del navío inglés del que no tenían permiso de bajar. Me dirigí enseguida al Callao. Al llegar a bordo me recibió Escudero. Me apretó la mano con cordialidad. Le correspondí esa prueba de afecto y le dije en francés:

 

—Querido coronel ¿cómo es que después de haberlo dejado hace dos meses vencedor y dueño de Arequipa lo encuentro prisionero en este navío y arrojado de aquella ciudad?

 

—Señorita, es así como la suerte zarandea a los hombres que representan un papel en un país presa de las guerras civiles, donde, sin conciencia pública, se lucha solo por un jefe. Después de su par-tida he pensado a menudo en usted. Tenía usted razón y comienzo a creer que podría hacer algo mejor que permanecer en América. Quizá sin estos últimos acontecimientos de Arequipa habría regre-sado con usted a Europa en este barco. Lo he pensado más de una vez, pero este es otro de aquellos proyectos que la fatalidad de mi destino ha hecho desvanecer. Aquí estoy arraigado para siempre. La pobre presidenta se ve arrojada de todas partes, su causa está perdida sin remedio, su cobarde e imbécil marido ha ido a buscar refugio donde Santa Cruz y ciertamente va a perder las pocas pro-babilidades de éxito que pudieran quedarle. No puedo abandonar a esta mujer. Con la ayuda de su tío mi abnegación ha logrado sus-traerla a las venganzas populares. Hemos huido de Arequipa de noche, como bandidos. Igualmente, de noche la hicimos embar-car pues temíamos por su vida a causa del odio homicida que la persigue. Santa Cruz no quiso recibirla en sus estados y se la de-porta a Chile. En cuanto a mí estoy completamente libre. Nieto me ha rogado quedarme con él y Santa Cruz me reclama en todas sus

 

 

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cartas. Pero usted comprende, Florita, que la señora Gamarra, en la desgracia, tiene derecho a mi abnegación. Mientras esta mujer esté prisionera, desterrada y repudiada por todos debo seguirla a su prisión, a su destierro y ser todo para ella.

 

En aquel momento Escudero me pareció sublime. Le apreté la mano y le dije con una voz cuyo acento le hizo comprender mi pensamiento:

 

—Pobre amigo, usted era digno de mejor suerte...

 

Iba a continuar cuando la señora Gamarra apareció en el puente. —¡Ah!, mi señorita Florita. ¡Qué contenta estoy de verla!... Es-taba impaciente por conocerla. ¿Sabe, linda señorita que ha con-quistado usted a nuestro querido Escudero? Me habla de usted sin cesar y la cita a todo momento. En cuanto a su tío, ya no procede sino bajo su inspiración. ¡Ah, mala! Estuve muy molesta con usted cuando supe que había abandonado Arequipa la antevíspera de mi llegada. ¡Qué! ¡Usted quería ver a San Román, y su curiosidad no llegó hasta la salvaje, la feroz, la terrible doña Pancha! Pero me pa-rece, querida Florita, que si el Coco de los arequipeños le parecía digno de figurar en su diario, el gran  Coco del Perú, ¿no debe tam-

 

bién tener un sitio en él?

 

Hablando así me condujo al extremo de la toldilla, me hizo sentar junto a ella y despidió con la mano a los importunos que tenían deseo de seguirme. Prisionera, doña Pancha era todavía presidenta. La espontaneidad de su gesto manifestaba la concien-cia que tenía de su superioridad. Nadie permaneció en la cubierta, aunque corrido el toldo era el único sitio donde se estaba protegi-do de un sol abrasador. Todo el mundo quedó abajo, en el puente. Me examinaba con gran atención y yo la miraba con no menos interés. Todo en ella anunciaba a una mujer excepcional, tan ex-traordinaria por el poder de su voluntad como por el gran alcance de su inteligencia. Podía tener 34 o 36 años, era de talla mediana y de constitución robusta, aunque muy delgada. Su rostro, según las reglas con que se pretende medir la belleza, no era ciertamente hermoso. Pero, a juzgar por el efecto que producía sobre todo el

 

 

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mundo, sobrepasaba a la más bella. Como Napoleón, todo el impe-rio de su hermosura estaba en su mirada. ¡Cuánto orgullo! ¡Cuánto atrevimiento! ¡Cuánta penetración! ¡Con qué ascendiente irresis-tible imponía el respeto, arrastraba las voluntades y cautivaba la admiración! El ser a quien Dios concede aquella mirada no necesi-ta de la palabra para gobernar a sus semejantes. Posee un poder de persuasión que se soporta y no se discute. Su nariz era larga, con la punta ligeramente arremangada. Su boca grande, pero expresiva. Su cara larga, pero llena de vida. Tenía una enorme cabeza corona-da por largos y espesos cabellos que bajaban hasta la frente. Eran estos de un castaño oscuro, brillante y sedoso. Su voz tenía un sonido sordo, duro e imperativo. Hablaba de una manera brusca y seca. Sus movimientos eran graciosos, pero traicionaban cons-tantemente la preocupación de su pensamiento. Su vestido ligero y elegante, de los más esmerados, formaba un extraño contraste con la dureza de su voz, con la austera dignidad de su mirada y la gravedad de su persona. Llevaba un traje de gros de la India color ave del paraíso bordado de seda blanca, ricas medias de seda rosa y zapatos de raso blanco. Un gran chal de crespón de China punzó, bordado de blanco, el más lindo que he visto en Lima, caía negli-gentemente sobre sus hombros. Tenía sortijas en todos los dedos, zarcillos de diamantes, un collar de perlas finas de gran belleza y debajo pendía un pequeño escapulario sucio y muy usado. Al ver la sorpresa que sentía al examinarla me dijo bruscamente:

 

—Estoy segura, querida Florita, que usted cuyo modo de vestir es tan sencillo, me encuentra muy ridícula con mi grotesca indu-mentaria. Pero creo que habiéndome ya juzgado debe usted com-prender que estos vestidos no son los míos. Usted ve allí a mi her-mana, tan gentil. La pobre niña no sabe si no llorar. Es ella quien, esta mañana, los ha traído y me ha suplicado que me los ponga para darle gusto a ella, a mi madre y a los demás. Esas buenas gen-tes se imaginan que mi fortuna podrá rehacerse si yo consiento en usar vestidos llegados de Europa. Cediendo a sus instancias me he puesto este traje en el cual me siento molesta, esas medias que son

 

 

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frías para mis piernas, ese gran chal que temo quemar o ensuciar con la ceniza de mi cigarro. Me gustan los vestidos cómodos para montar a caballo, soportar las fatigas de una campaña y visitar los campamentos, los cuarteles y las naves peruanas. Son los únicos que me convienen. Desde hace mucho tiempo recorro el Perú en todas direcciones, vestida con un largo pantalón de tosco paño fa-bricado en el Cuzco, mi ciudad natal, con una amplia chaqueta del mismo paño, bordada de oro y con botas con espuelas de oro. Me gusta el oro. Es el mejor adorno de un peruano, es el metal precioso al que mi país debe su reputación. Tengo también una gran capa un poco pesada, pero muy abrigadora. Fue de mi padre y me ha sido muy útil en medio de las nieves de nuestras montañas. Usted admira mis cabellos, agregó esta mujer de mirada de águila. Queri-da Florita en mi carrera mi audacia y mi fuerza muscular han sido a menudo menores que mi valor y mi posición se ha visto algunas veces comprometida.

 

He debido, para suplir la debilidad de nuestro sexo, conservar sus atractivos y servirme de ellos para armar, según las necesida-des, el brazo de los hombres.

 

—De modo que, exclamé involuntariamente, esta alma fuerte, esta alta inteligencia ha debido, para dominar, ceder ante la fuerza brutal.

—Niña, me dijo la expresidenta apretándome la mano hasta magullármela y con una expresión que no olvidaré jamás, niña, sá-belo bien: es por no haber podido someter mi indomable orgullo a la fuerza brutal que me veo prisionera aquí, arrojada y desterrada por los mismos a quienes durante tres años goberné...

 

En aquel momento comprendí su pensamiento. Mi alma tomó posesión de la suya. Me sentí más fuerte que ella, la dominé con la mirada... Se dio cuenta de ello, se puso pálida, sus labios perdie-ron el color. Con un movimiento brusco echó su cigarrillo al mar y apretó los dientes. Su expresión hubiese hecho estremecer al más atrevido. Pero estaba bajo mi dominio y yo leía todo cuanto pasaba en ella. A mi vez, le tomé la mano que tenía fría y bañada en sudor y le dije con tono grave:

 

 

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—Doña Pancha, los jesuitas han dicho: Quien quiere el fin quiere los medios y los jesuitas han dominado a los poderosos de la tierra...

Me miró largo rato sin contestar nada. También ella trataba de penetrar mis pensamientos. Rompió el silencio con el acento de la desesperación y de la ironía:

 

—¡Ah, Florita! Su orgullo la engaña. ¡Usted se cree más fuerte que yo! ¡Insensata! ¡Usted ignora las luchas incesantes que he sos-tenido durante ocho años! Las humillaciones, ¡oh!, las sangrientas humillaciones que he debido soportar... He rogado, adulado, men-tido. He empleado todo. No he retrocedido ante nada... y, sin em-bargo, no ha sido suficiente... Creí haber vencido, llegado por fin al término en que debía recoger el fruto de ocho años de tormen-tos, de trabajos, de sacrificios, cuando por un golpe infernal me veo arrojada, perdida, ¡perdida, Florita...! No regresaré jamás al Perú...

 

¡Ah, gloria, cuán caro cuestas! ¡Qué locura sacrificar la felicidad de la existencia y la vida íntegra para obtenerte! No es sino un relám-pago, humo, una nube, una decepción fantástica. Es nada... Y, sin embargo, Florita, el día en que haya perdido toda esperanza de vivir envuelta por esa nube, por ese humo, ese día, ya no habría sol para alumbrarme ni aire para mi pecho y moriré.

 

La expresión sombría de doña Pancha estaba de acuerdo con el acento profético de estas últimas palabras. Sus ojos se hundían en las órbitas como suspendidos en un globo de lágrimas. Contempla-ba el cielo azul y sereno encima de nuestras cabezas y entregada a su celeste visión no parecía ser ya de este mundo. Me incliné ante esta alma superior que había sufrido todos los tormentos reserva-dos a los seres de su naturaleza al pasar por la tierra. Iba a conti-nuar la conversación, pero se levantó bruscamente. En dos saltos estuvo abajo, en la toldilla, llamó a su hermana y a dos señoras y les dijo:

 

—Vengan, me siento mal.

 

Escudero se acercó a mí y me dijo:

 

 

 

 

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—Perdón, señorita, temo que doña Pancha sufra uno de sus ata-ques1 y en aquellos momentos solo yo puedo cuidarla.2

—Coronel, me voy. Regresaré mañana. Vaya pronto donde esa pobre mujer. Tiene mucha necesidad de sus servicios y de su afecto.

—No tema nada, Florita, iré hasta el fin.

 

Rogué a mi futuro capitán que me hiciera conducir en su bote a la fragata “Samarang” donde Mr. Smith, Mme. Denuelle y muchas otras personas me esperaban. Conocía mucho al comandante de la “Samarang” pues desde su llegada lo había encontrado en casa de M me. Denuelle donde estaba alojado y comía todos los días conmi-go. Ese comandante presentaba, en todo, la inversa del de la “Cha-llenger”. Era feo, tanto como el otro era buen mozo; tan alegre como triste era el otro; tan extravagante y negligente en su vestido, como el otro sencillo y cuidadoso. El mismo contraste se ofrecía entre los oficiales de su barco y los de la “Challenger”. Los criados copian a sus amos. Los oficiales de un buque de guerra reflejan también a su co-mandante. Los señores de la “Samarang” dividían el día en tres par-tes que empleaban así: toda la mañana montaban a caballo vestidos de bandidos mexicanos; enseguida iban a pasearse con las mujeres perdidas; por fin se sentaban a la mesa y pasaban el resto del tiem - po bebiendo grogs y durmiendo la mona. Aparte de esta conducta, cuyo resultado solo perjudicaba su salud y su bolsillo, eran hombres

 

1   La señora Gamarra sufría de epilepsia. Los ataques que le daban la ponían en un es-tado espantoso. Sus facciones se descomponían, sus miembros se contraían, sus ojos se quedaban fijos y desmesuradamente abiertos. Sentía de antemano el momento en que iba a caer y si se hallaba en algún lugar público, se retiraba. Cuando le sobrevenía el acceso se le erizaban los cabellos. Ponía ambas manos en cruz sobre su cabeza y lanzaba tres gritos. Escudero me ha dicho haber presenciado hasta nueve ataques en un día. Si hubiese vivido en otros tiempos habría podido, como Mahoma, servirse de su enfermedad para sus proyectos de ambición y dar a sus palabras la autoridad de la revelación. [N. de la A.].

 

2   Sobre la enfermedad de doña Francisca de Gamarra se ha suscitado recientemente un debate entre los doctores Juan B. Lastres y Carlos Enríquez Paz Soldán: el prime-ro escribió un libro titulado La enfermedad de la Mariscala, diciendo que se trataba de epilepsia. Paz Soldán lo ha rebatido diciendo que se trata de un caso de histeria. Posteriormente, el Dr. Lastres publicó una biografía titulada Una neurosis célebre (1945). [N. de la T.].

 

 

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suaves, amables y cómodos para convivir. El comandante se distin-guía sobre todo por sus maneras de hombre muy correcto que había conservado a pesar de su vida de libertinaje. Su fealdad era agrada-ble, como lo es casi siempre la de las personas picadas de viruela. Yo le había prometido visitar su fragata el día en que fuese a ver mi navío. Confieso que esperaba encontrar a bordo el mismo descuido de su comandante y de sus oficiales. ¡Cuál fue mi sorpresa, al poner el pie en el puente, ver reinar el orden y la limpieza hasta en los meno-res detalles! Nunca había visto algo semejante. Los dos entrepuentes, las camas, los modales de los soldados y de los oficiales de servicio eran admirables de conveniencia y regularidad. Como contemplaba todo con aire de admiración, el comandante me dijo sonriendo:

 

—Estoy seguro, señorita, que usted se figuraba, al venir aquí, en-contrar la confusión que usted veía en mi cuarto cuando pasaba de-lante de él.

 

—No precisamente, comandante. Pero le confieso con franqueza que no esperaba encontrar a bordo un orden tan perfecto.

—Permítame decirle, señorita, que a mi vez estoy sorprendido de que una persona tan sensata, como parece serlo usted en todas las ocasiones, se haya apresurado a formular un juicio sobre algo que no conocía. En tierra, desligado de mis deberes, soy libre de entregarme a mis inclinaciones. Mi conducta puede ser reprobada por las perso-nas que emplean menos franqueza en sus actos, aunque no creo que la mía hiera algún interés de la sociedad. A bordo soy el comandante de mi fragata y conozco el alcance y la importancia de las obligacio-nes confiadas a mí. Desde hace quince años tengo el honor de servir a mi país y puedo decir que jamás he omitido cumplir puntualmente los deberes que me estaban encargados. Ninguno de estos mismos oficiales, a quienes me ve usted tratar en la mesa con tanta familiari-dad y camaradería, encontraría gracia ante mi severidad por el más ligero olvido de los deberes que les están impuestos.

 

Este hombre que, en su conducta en tierra, manifestaba un des-dén soberbio por la opinión era a bordo uno de los mejores oficiales de la marina inglesa y uno de los más rigurosos observantes de la

 

 

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disciplina. Había orgullo y originalidad en esta manera de ser. Pero, ciertamente, tenía también un gran dominio de sí. El comandante, así como todos los demás oficiales, era a bordo de una excesiva so-briedad y llevaba una vida muy laboriosa. No se permitían ninguna distracción. Los retratos de mujeres que tenían en sus camarotes (ha-bía seis en la del comandante) eran los únicos recuerdos que pare-cían conservar de su existencia en tierra. Durante todo el tiempo que permanecí en el barco observé a estos oficiales de exterior grave, de aire marcial y cuya expresión contrastaba de manera extraña con la que los había visto en casa de Mme. Denuelle. El comandante me re-cibió con fría cortesía y la etiqueta reguló todas sus demostraciones mientras estuvimos a bordo. Nos retiramos todos muy admirados del cambio de tono y de maneras que habíamos observado en los ofi-ciales de la “Samarang” y fue, hasta nuestra llegada a Lima, el objeto de nuestra charla.

 

La impresión que me había dejado mi conversación con la señora Gamarra me agitaba de tal manera que no pude dormir por la noche. ¡Qué multitud de pensamientos asaltaron mi espíritu! Por un poder de fascinación yo había leído en el alma de esta mujer, envidiada du-rante tanto tiempo y cuya vida en apariencia tan brillante había sido, sin embargo, tan miserable. No pude pensar, sino temblando, en que durante un tiempo había formado el proyecto de ocupar la posición de la señora Gamarra. ¡Qué!, me decía, ¿eran estos los tormentos que me estaban reservados si hubiese tenido éxito en la empresa que me-ditaba? ¡Hubiese sido también presa de los dolores, de las humilla-ciones y de las ansiedades! ¡Ah, cuánto más nobles y preferibles me parecían mi pobreza y mi vida oscura con libertad! Experimentaba un sentimiento de rubor por haber creído un instante en la felicidad de la carrera de la ambición y en la existencia de una compensación, en el mundo, a la pérdida de la independencia.

 

Regresé al Callao. La señora Gamarra había dejado el “William Rusthon” y se hallaba a bordo de otro barco inglés, la “Jeune Henriet-te”, que zarpaba el mismo día para Valparaíso. Cuando llegué encon-tré a Escudero pálido, con el aire abatido.

 

 

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—¿Qué tiene usted, mi pobre amigo?, le dije, parece enfermo. —Lo estoy, en efecto. He pasado una noche muy mala. Doña Pan-

cha ha tenido tres ataques horrorosos... No sé de qué tema ha podido usted conversarle. Pero desde que usted se fue estuvo en una agita-ción constante.

 

—Era la primera vez que veía a doña Pancha y es posible que, a pesar mío, mis palabras en vez de calmar su dolor hayan aumentado su amargura. Si es esto, lo deploro de veras.

 

—Es posible que a pesar suyo, como dice, la haya herido en su orgullo cuya susceptibilidad es extrema.

Hacía cerca de un cuarto de hora que conversaba con Escudero cuando lo llamaron. Se precipitó al camarote y quedé a solas. Repasé en mi memoria las palabras de mi conversación de la víspera, las so-metí a examen para descubrir las que hubiesen podido herir a doña Pancha. Mas el dolor del poder perdido, y sus lados vulnerables, no puede ser comprendido por completo sino por aquellos que lo han poseído y sentido su embriaguez. Mi búsqueda fue vana. Sentía ha-berme dejado llevar por mi franqueza y no haber sido más reservada con un dolor que salía de la línea de las aflicciones comunes.

 

Escudero interrumpió mis reflexiones. Me tocó ligeramente el hombro y me dijo con un acento que me hizo sufrir.

—Florita, la pobre Pancha acaba de tener un ataque de los más violentos. Creí que iba a expirar entre mis brazos. Ahora ha vuelto en sí y quiere verla. Le suplico tener cuidado de lo que va a decir. Una sola palabra que hiera su susceptibilidad bastará para provocarle un nuevo acceso.

 

Al bajar al camarote mi corazón latía con violencia... Entré en el camarote del capitán, que era grande y muy hermoso, y encontré allí a doña Pancha a medio vestir, extendida sobre un colchón que ha-bían puesto sobre el suelo. Me tendió la mano y me senté a su lado.

 

—No ignora usted, sin duda, me dijo, que soy víctima de un mal terrible y...

—Lo sé, interrumpí. Pero la medicina ¿es impotente para curarla o no tiene usted confianza en los socorros que le ofrece?

 

 

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—He consultado a todos los médicos y hecho exactamente cuan-to me han prescrito. Sus indicaciones no han tenido éxito. El mal aumenta mientras más avanzo en edad. Esta enfermedad me ha per-judicado en todo lo que he querido emprender. Cualquier emoción fuerte me causa enseguida un ataque. Usted puede juzgar por allí cuántos obstáculos ha debido oponer a mi carrera. Nuestros solda-dos son tan poco expertos y nuestros oficiales tan cobardes que me resolví a dirigir yo misma todos los asuntos importantes. Desde hace diez años, y mucho tiempo antes de tener la esperanza de hacer nom-brar presidente a mi marido, asistía a todos los combates con el pro-pósito de acostumbrarme al fuego. A menudo, en lo más fuerte de la acción, la ira que sentía al ver la inercia y la cobardía de los hombres, a quienes mandaba, me hacía arrojar espuma de rabia y entonces co-menzaban mis ataques. No tenía sino el tiempo de echar pie a tierra. Muchas veces los caballos me han pisoteado y mis servidores me han llevado como muerta. ¡Pues bien, Florita! ¿Creerá usted que mis ene-migos se han servido contra mí de esta cruel enfermedad con el fin de desacreditarme en el espíritu del ejército? Decían por todas partes que era el miedo, el ruido del cañón, el olor de la pólvora lo que me atacaba los nervios y me desvanecía como una marquesita de salón. Le confieso, son estas calumnias las que me han endurecido. He que-rido hacerles ver que no tenía miedo ni de la sangre, ni de la muerte. Cada revés me hace más cruel y si...

 

Se detuvo y, elevando los ojos al cielo, parecía conversar con un ser a quien solo ella veía. Después me dijo: —Sí. Dejo mi país para no regresar jamás a él y antes de dos meses estaré con usted...

 

Algo que no era de la tierra podía únicamente darle la expresión que tenía su rostro al pronunciar estas palabras. La contemplé en-tonces. ¡Ah! ¡Qué cambiada la encontraba desde la víspera! ¡Sus me-jillas se habían adelgazado, su tez estaba lívida, sus labios exangües, sus ojos hundidos y brillantes como relámpagos! ¡Qué frías tenía las manos! La vida parecía abandonarla. No me atrevía a decirle una palabra pues temía hacerle daño nuevamente. Mi cabeza estaba inclinada sobre su brazo y una lágrima cayó sobre él. Esta lágrima

 

 

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causó el efecto de una chispa eléctrica sobre la infortunada. Salió de su visión, se volvió hacia mí de manera brusca, me miró con sus ojos resplandecientes y me dijo con una voz sorda y sepulcral:

 

—¿Por qué llora? ¿Mi suerte le inspira lástima? ¿Me cree usted desterrada para siempre, perdida... muerta, en fin...?

No pude hallar una palabra para responderle. Como me había empujado rudamente de su lado me encontré de rodillas delante de ella. Crucé las manos con un movimiento maquinal y continué llorando mientras la miraba. Hubo un largo paréntesis de silencio. Pareció calmarse y dijo con voz desgarradora:

 

—¿Lloras, tú? ¡Ah! ¡Bendito sea Dios! ¡Tú eres joven!, hay todavía vida en ti, llora por mí que ya no tengo lágrimas... por mí que ya no soy nada... por mí que estoy muerta...

 

Al terminar estas palabras cayó sobre su almohada, puso las ma-nos en cruz sobre su cabeza y lanzó tres débiles gritos. Acudió su her-mana, vino Escudero, todos se apresuraron a prodigarle los cuidados más afectuosos. Y yo en pie, cerca de la puerta, la contemplaba. No hacía ningún movimiento, no respiraba ya, tenía los ojos brillantes y desmesuradamente abiertos.

 

El capitán me arrancó de este triste espectáculo anunciándome que los visitantes debían pensar en retirarse porque se levaban an-clas. Mr. Smith vino a recogerme; escribí dos palabras de adiós a Es-cudero y me fui.

 

Cuando subíamos al coche, vimos a la “Jeune Henriette” alejarse de la rada. Distinguí en la cubierta a una mujer envuelta en una capa oscura y con los cabellos desgreñados. Extendía los brazos hacia una chalupa y agitaba un pañuelo blanco. Era la ex presidenta del Perú que dirigía su último adiós a su hermana y a los amigos a quienes no debía volver a ver.

 

Regresé enferma a mi cuarto. Aquella mujer estaba siempre presente en mi vista. Su energía y constancia heroicas en medio de los sufrimientos sin número, que había tenido que soportar, la ha-cían aparecer sobrenatural. Sentía una angustia indecible al ver a esta criatura de elección víctima de esas mismas cualidades que la

 

 

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distinguían de sus semejantes, obligada por los temores de un pueblo pusilánime, a dejar su país, abandonar a sus parientes y amigos e ir, presa de la más horrible enfermedad, a terminar su penosa existen-cia en el destierro. Una señora nacida en el Cuzco, amiga de infancia de doña Pancha, me ha referido sobre esta mujer extraordinaria par-ticularidades que creo deben interesar al lector.

 

Doña Pancha era hija de un militar español quien se casó con una señorita muy rica del Cuzco. Desde su infancia se hacía notar entre sus compañeras por su carácter orgulloso, audaz y sombrío. Era muy piadosa y desde la edad de 12 años quiso entrar en un convento con la intención de hacerse religiosa. La debilidad de su salud no le per-mitió cumplir su deseo. A la edad de 17 años sus padres la obligaron a regresar a la casa paterna para recibir los cuidados que reclamaba su enfermedad. La casa de su padre era frecuentada por muchos oficia-les. Muchos la pidieron en matrimonio, pero ella declaró que no que-ría casarse, resuelta como estaba a regresar a su convento en cuanto pudiera. El padre, con la esperanza de curarla, la hizo viajar, la llevó a Lima, la presentó en sociedad y le procuró todas las distracciones posibles. Sin embargo, estaba siempre triste y parecía poco sensible a los placeres de su edad. Empleó dos años en viajar y retornó al Cuzco.

 

Poco después de su regreso renunció a la idea de hacerse religiosa y escogió por marido a un oficialillo feo, necio y el más insignifican-te de todos aquellos que la habían solicitado. Se casó con el señor Gamarra, cuando era simple capitán.3 Aunque de salud débil y casi siempre encinta, siguió a su marido a todos los lugares donde la gue-rra lo llamaba. Y esas continuas fatigas robustecieron de tal modo su constitución que adquirió una gran fortaleza y fue capaz de ha-cer largos viajes a caballo. Por mucho tiempo logró ocultar la cruel

 

3   No era Gamarra, en momentos de su matrimonio, un simple “oficialillo” o “capitán” como dice Flora. Había sido jefe del Estado Mayor en la batalla de Ayacucho y por en-tonces era prefecto del Cuzco. Tenía, además, un gran talento para la intriga política. La prueba de ello es que, después de la muerte de su esposa, tomó parte activa en la política peruana ya conspirando de acuerdo con Santa Cruz ya en contra de él hasta derrotarlo y ocupar nuevamente la presidencia después de la batalla de Yungay (1839). [N. de la T.].

 

 

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enfermedad que la atormentaba y que progresaba cada día más. Y solo cuando fue presidenta, y su vida se convirtió en objeto de toda clase de averiguaciones, el público lo supo por intermedio de sus ene-migos. Sus solicitaciones y sus intrigas habían hecho ascender a su marido a la presidencia y una vez obtenida esta, ella se apoderó del manejo de los negocios, se unió íntimamente con Escudero y se sir-vió con habilidad de aquellos a quienes juzgó capaces de secundarla. Cuando llegó al poder, después del general La Mar, la república se hallaba en el estado más deplorable. Las guerras civiles destrozaban el país en todo sentido. No había un peso en el tesoro. Los soldados se vendían a quienes les ofrecía más.4 En una palabra, era la anarquía con todos sus horrores. Esa mujer, educada en un convento, sin ins-trucción, pero dotada de un sentido recto y de una fuerza de volun-tad poco común, supo gobernar tan bien este pueblo, hasta entonces ingobernable aun para el mismo Bolívar, que en menos de un año el orden y la tranquilidad reaparecieron. Las facciones se habían apaci-guado. El comercio florecía. El ejército había devuelto su confianza a sus jefes y, si no reinaba aún la tranquilidad en todo el Perú, al menos gozaba de ella la mayor parte del país.

 

Las virtudes heroicas de doña Pancha la hicieron querer y admi-rar al principio de su gobierno; pero tenía defectos que debían res-tringir su duración. Por brillantes que sean las cualidades que Dios nos ha concedido son apropiadas a sus fines y no a los del hombre. Todos somos perfectos para el orden de la Providencia, pero ningu-no de nosotros lo es con relación a un orden social. Doña Pancha parecía, por su carácter, estar llamada a continuar por largo tiem-po la obra de Bolívar. Lo habría hecho si su calidad de mujer no hu-biese sido un obstáculo. Era hermosa, muy graciosa cuando quería y poseía todo cuanto inspiran el amor y las grandes pasiones. Sus

 

4   Esta descripción no se ajusta a la verdad pues, precisamente, con la presidencia de La Mar el país entraba ya en la vía del orden y la legalidad, después de los trastor-nos de la guerra de la independencia. Fue Gamarra, al traicionar a La Mar en Tarqui, quien iniciaba la época de los cuartelazos que tanto harían sufrir al país en lo sucesi-vo. [N. de la T.].

 

 

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enemigos propalaron contra ella las calumnias más atroces y encon-trando más fácil criticar sus costumbres, que sus actos políticos, le atribuyeron vicios a fin de consolarse de su superioridad. La ambi - ción ocupaba demasiado sitio en el corazón de doña Pancha para que el amor tuviese gran imperio sobre ella.

 

Este no fue tampoco el objetivo de sus pensamientos. Muchos de los oficiales que la rodeaban se enamoraron de ella. Otros fingieron estarlo, creyendo encontrar con esto un medio de progresar. Doña Pancha rechazó a todos sus pretendientes, no con esa indulgencia de la mujer hacia el amor que no comparte, sino con la ira y el desprecio del orgullo ofendido.

 

—¿Qué necesidad tengo de su amor?, les decía con su tono brusco y cortante, son sus brazos, solo sus brazos los que necesito. Lleven sus suspiros, sus palabras sentimentales y sus romanzas a las jóvenes. Yo no soy sensible sino a los suspiros del cañón, a las palabras del Congre-so y a las aclamaciones del pueblo cuando paso por las calles.

 

El corazón de quienes la amaban con sinceridad quedaba profun-damente herido con la rudeza de semejante lenguaje y el orgullo de los ambiciosos, que aspiraban arrastrarse en pos de ella, no se sentía menos humillado. Pero no se detenía en esto. Les tomaba odio, les retiraba su confianza y aprovechaba todas las ocasiones para burlar-se de ellos, hasta en público, en la forma más ofensiva. Se compren-de que esta conducta debía hacerle perder no solo las ventajas de su sexo, sino también suscitarle enemigos implacables que fueron nu-merosos. Los hombres al proponerse conseguir un éxito creen siem-pre poseer las cualidades de que carecían los que fracasaron.

 

Cada uno de ellos meditaba perpetuamente contra ella proyectos de venganza. Muchos dijeron en alta voz que habían sido sus aman-tes y que solo les había retirado sus favores porque ellos habían ce-sado de amarla. Esas calumnias irritaban a la orgullosa e indomable presidenta y muchas veces la volvieron cruel. Las acciones que esto la indujo a cometer demuestran hasta qué punto le dominaba la ira y con qué violencia sentía esos ultrajes. Un día fue al Callao a visi-tar las prisiones militares que se hallan en uno de los castillos. A su

 

 

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llegada toda la guarnición presentó las armas para recibirla. Hizo su visita de inspección y al pasar delante de uno de los batallones dis-tinguió a un coronel que le habían señalado como a uno de los que se había jactado de haber sido su amante. Enseguida se lanzó sobre él, le arrancó las charreteras, le cruzó el rostro a latigazos y le dio tan rudo empellón que fue a caer entre las patas de su caballo. Todos los asistentes quedaron petrificados.

 

—Es así –exclamó ella con voz retumbante, como corregiré yo misma a los insolentes que se atrevan a calumniar a la Presidenta de la República.

 

Otra vez invitó a comer a cuatro oficiales, se mostró amable durante toda la comida y en los postres interpeló a uno de ellos en esta forma:

—¿Es verdad, capitán, que usted ha dicho a estos tres señores que estaba usted cansado de ser mi amante?

El desgraciado palideció, balbuceó y miró a sus camaradas con terror. Estos, inmóviles, guardaron silencio.

—Pues bien, continuó, ¿mi pregunta le hace perder el uso de la palabra?, responda... Si es verdad que usted ha sostenido este propó-sito voy a hacerlo azotar con sus camaradas. Si, por el contrario, ellos lo han calumniado, son unos cobardes y usted y yo los castigaremos.

 

Era demasiado cierto que el inconsiderado joven había sostenido aquel propósito. Hizo cerrar las puertas, llamó a cuatro negros, les ordenó dejar al oficial en camisa y exigió que los otros tres oficiales presentes fustigasen a su camarada con unas varas.

 

Esta conducta no estaba en armonía con las costumbres del país que gobernaba y debía necesariamente levantar a todo el mundo en contra de ella. En efecto, en una sociedad en la que existe la más grande libertad entre ambos sexos no se cree en la virtud, en el sen-tido que se ha convenido dar a esta palabra al hablar de las mujeres. Los peruanos se sintieron insultados por la manera de proceder de la orgullosa presidenta. Tampoco era por hacer creer en una virtud que no apreciaba más que las demás mujeres del Perú, que doña Pancha procedía de esta suerte. No se hubiese ofendido, en la vida privada, de los homenajes dirigidos a sus encantos y, como todas las

 

 

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limeñas, habría sido indiferente al número de amantes que le atri-buyesen. Pero, embriagada de poder y haciéndose ilusiones sobre su duración, el orgullo de los reyes había pasado a su corazón. Se creyó de una esencia superior y, antes de haber consolidado su do-minio, tuvo la susceptibilidad de una mujer nacida sobre el trono y fue igualmente imperiosa.

 

Doña Pancha no guardaba mayor deferencia por el Congreso que Napoleón por su Senado-conservador. Enviaba a menudo notas es-critas de su mano, sin siquiera hacerlas firmar por su marido. Los ministros trabajaban con ella, le sometían los actos del Congreso y los de su administración. Ella misma leía todo, tachaba los pasajes que no le convenían y los reemplazaba por otros. Su gobierno, en fin, fue absoluto en medio de una organización republicana. Esa mujer había prestado grandes servicios. Su amor por el bien público inspi-raba confianza y hubiese podido establecer un orden de cosas nota-ble, hacer prosperar el Perú y ser una gran reina si, antes de haber asumido la autoridad suprema, hubiese empleado sus recursos en asegurarse para siempre el poder. Era en extremo laboriosa, de una actividad infatigable y, no confiando en nadie, quería ver todo por sí misma. Sabía muy bien escoger a su gente, no mostraba menor discernimiento en la repartición del trabajo por hacer o de las mi-siones por cumplir. Económica en sus gastos personales, era gene-rosa con aquellos que correspondían a su confianza. Trataba bien a sus servidores y todos ellos le eran adictos. Esta mujer guerrera era excelente amazona; domaba los corceles más fogosos y hablaba en público con tanta dignidad como precisión. Con todas las virtudes necesarias para el ejercicio del poder en la situación en que se encon-traba el Perú le costó trabajo, sin embargo, llegar al final de su tercer año (las funciones de presidente están confiadas por tres años). Su despotismo había sido tan duro, su yugo tan pesado, había herido a tantos en su amor propio, que una imponente oposición se levan-tó contra ella. Cuando vio que le sería imposible lograr la reelección de su marido recurrió a una medida de astucia. El señor Gamarra fue al Senado a declarar que no aceptaría la presidencia porque su

 

 

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salud no le permitía ya ocuparse de los asuntos públicos. La señora Gamarra hizo nombrar para la presidencia a una de sus criaturas, a un esclavo sometido a su voluntad.5 Ella y su marido ejercieron toda su influencia y la de sus amigos para favorecer a Bermúdez. Pero, a pesar de todo, Orbegoso venció, como se ha visto.

 

Para terminar la historia de doña Pancha diré que a su llegada a Valparaíso alquiló una hermosa casa amueblada en la cual se esta-bleció con Escudero y sus numerosos servidores. Pero, ninguna se-ñora de la ciudad fue a visitarla. Los extranjeros que habían tenido motivos de queja contra ella vociferaron en contra suya. Apenas dos o tres oficiales, entre sus antiguos compañeros de armas, tuvieron la cortesía de irla a ver. Esta mujer orgullosa y altiva debió sufrir cruelmente por este abandono universal, por este aislamiento en que la encerraban los odios. Condenada a la inmovilidad era, con la actividad de su alma, como ser sepultada viva en una tumba. Como no recibí carta de Escudero, después de mi salida de Lima, no podría precisar cuáles fueron sus sufrimientos. Pero siete semanas después de su partida del Callao murió. Trascribo aquí lo que Althaus me es-cribió al respecto: “La esposa de Gamarra ha muerto en Chile seis se-manas después de su llegada. Se dice que de un mal interior, pero yo creo que fue de rabia por no ser ya general en jefe. La pobre mujer ha acabado muy tristemente. Su único compañero fue Escudero, quien ha regresado al Perú a reunirse con Gamarra y hacer de las suyas”.6

 

 

 

 

5   El general Pedro Bermúdez, a quien se refiere Flora en esta frase, no fue el “escla-vo” que ella presenta. Aunque fue ministro de guerra de Gamarra y sucumbió a la tentación de proclamarse Jefe Supremo, en 1834, fue un militar distinguido que había compartido con el presidente La Mar su destierro en Costa Rica. [N. de la T.].

 

6   No es muy clara la causa de la muerte de doña Francisca Gamarra. Vargas, en Historia del Perú independiente, señala la posibilidad de que la ocasionara alguna le-sión interior originada por un salto que dio en Arequipa, al huir vestida de clérigo; al verse perseguida se tiró de la azotea de la casa donde estaba al patio de la casa vecina. En cuanto a Escudero, este no regresó al Perú hasta 1836 en que, al desembarcar en Arica, fue perseguido por Santa Cruz quien había dado orden de fusilarlo. Escudero tuvo por entonces que huir. El Dr. Juan B. Lastres (1945) cree que la señora Gamarra murió de una afección pulmonar. [N. de la T.].

 

 

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Al día siguiente de mi visita a la señora Gamarra me sentí enferma. Era la primera vez que esto me ocurría desde que estaba en Lima. Pasé un día muy triste en mi lecho y Mme. Denuelle pasó la tarde conmigo.

 

—¿Cómo se siente, señorita?

 

—Lo mismo, estoy triste y quisiera que alguien me hiciese llorar. —Vengo por el contrario a hacerla reír. Estoy segura de que son sus visitas al Callao las que le han hecho daño. Esa doña Pancha con sus ataques de epilepsia le ha enfermado los nervios. Dicen que ayer se desvanecía cada cuarto de hora. ¡Gracias a Dios, ya estamos libres

 

de ella! ¡Oh, qué mala mujer! —¿Cómo puede usted juzgarla así?

—Por Dios, no es muy difícil. Un marimacho más audaz que un dragón de guardia, que abofeteaba a los oficiales como podría yo ha-cerlo con mi negrito.

 

—¿Y por qué esos oficiales eran tan viles como para soportarlo? —Porque ella era el amo y distribuía los grados, los empleos y los

favores.

 

—Señora Denuelle, un militar que soporta los bofetones merece recibirlos. Doña Pancha conocía muy bien a los hombres a quienes gobernaba y si no tuviese más culpa que la de corregir a los asala-riados del gobierno que faltaban a sus deberes ustedes la tendrían todavía de presidenta.

 

Mme. Denuelle tuvo el talento de cambiar el curso de mis pensa-mientos y cuando salió me sentía casi alegre.

Por fin llegó el momento de mi partida. Esperaba ese día con viva impaciencia. Mi curiosidad estaba satisfecha y la vida tan materia-lista de Lima me fatigaba en exceso.7

 

7   Es curioso observar cómo Flora, preocupada siempre con su propio caso, suminis-tra tantos detalles acerca de los sucesos ocurridos en Arequipa durante su estada en esa ciudad y guarda silencio acerca de un conjunto de hechos análogamente impor-tantes que ocurrieron cuando ella residía en Lima, o inmediatamente antes. Entre ellos se cuentan: la lucha en las calles entre el pueblo y el ejército que terminó con la retirada de este a la sierra, el abrazo de Maquinguayo, donde las tropas de Bermúdez y Gamarra obraron bajo el efecto moral de lo ocurrido en Lima y del claro veredicto de la opinión pública, las dos entradas apoteósicas del presidente Orbegoso a Lima, una

 

 

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Flora Tristán

 

La última semana no tuve una hora para mí. Hube de hacer visi-tas de despedida a todos mis conocidos, recibir las de ellos, escribir numerosas cartas a Arequipa, ocuparme en vender las bagatelas de que quería deshacerme. Cumplí con todo y el 15 de julio de 1834 dejé Lima a las nueve de la mañana para dirigirme al Callao. Iba acompa-ñada por uno de mis primos, M. de Rivero. Comimos donde el agen-te de Mr. Smith. Después del almuerzo hice trasladar mi equipaje a bordo del “William Rusthon” y me instalé en el camarote que había ocupado la señora Gamarra. Al día siguiente recibí muchas visitas de Lima. Eran los últimos adioses. Como a las cinco se levaron anclas.8 Todo el mundo se retiró. Me quedé sola, completamente sola, entre dos inmensidades: el agua y el cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de las cuales ha sido perennizada por el pincel de Ignacio Merino, la promulgación de la Constitución de 1834 de carácter definidamente liberal. [N. de la T.].

 

8   Flora parte rumbo a Liverpool, su segundo contacto con Inglaterra. “En 1835 editó en París su primer trabajo literario: el folleto ‘Necesidad de dar buena acogida a las mujeres extranjeras’ que firmó con sus iniciales y que señala una clara orientación feminista e internacionalista acentuada más tarde. [...] En octubre de 1835, después de varios años de asechanza, [Chazal] se apodera por la fuerza de Alina. Como en una novela de mal gusto se suceden las escenas de violencia Flora logra recuperar a Alina que es alojada en una pensión [...] En julio de 1836, Chazal se lleva de nuevo a Alina; pero al mes siguiente ella se escapa reuniéndose otra vez con su madre. Legalmente obtiene entonces Chazal lo que no había logrado por la fuerza El drama solo va a arre-ciar con esta sentencia Alina denuncia un conato de incesto, Flora la protege y Chazal es arrestado. [...] Es en 1838 cuando publica las Peregrinaciones de una paria. Al año siguiente la sangre de la autora les sirve de propaganda. El 10 de setiembre de aquel año Chazal la hiere [a Flora] en la calle de Bac de un tiro a quemarropa. [...] Pero la víctima quedó libre de su perseguidor, condenado a veinte años de trabajos forzados”. Flora “enfermó en Burdeos en setiembre de 1844 y tras una larga y valerosa agonía, murió el 14 de noviembre de aquel año” (Basadre, 1946, pp. viii-ix).

 

 

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PASEOS EN LONDRES

 

 

 

Los obreros de las fábricas*

 

 

 

 

 

 

 

 

Alerta, alerta, hijos

 

de nuestra patria,

 

soldados de la industria,

 

¡atención, formad filas!

 

En vano es que

 

en su desdén,

 

el ocioso se burle

 

del que trabaja,

 

solo tú eres rey,

 

¡despiértate!,

 

Productor, impone tu ley,

 

muéstrale, mediante la práctica,

 

a este mundo cagatintas,

 

el porvenir pacífico

 

que se abre para el trabajador.

 

Alerta, alerta, alerta, etc.

 

 

“Llamado”, canción de Jules Vinçard, obrero saint-simoniano.

 

 

Los trabajadores son, hoy en día, los parias de la sociedad; nunca se habla de ellos en el Parlamento, a menos que sea para proponer medidas que coartan su libertad y limitan su descanso.

 

London and Westminster Review.

 

*   Extraído de Tristán, Flora (1972). VII. Los obreros de las fábricas. En Flora Tristán, Paseos en Londres. Lima: Biblioteca Nacional del Perú. [De la cuarta edición en francés Promenades dans Londres. París: H. L. Delloye, 1846]. Traducción revisada para esta edición.

 

 

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Flora Tristán

 

La esclavitud se observa en los comienzos de todas las sociedades. Los males que produce la vuelven necesariamente transitoria, y su duración es inversamente proporcional a su rigor. Si nuestros an-tepasados no hubiesen tenido con sus siervos más humanidad que los fabricantes de Inglaterra con sus obreros, la servidumbre no ha-bría durado toda la Edad Media. El proletariado inglés, cualquiera sea su rubro, lleva una existencia tan atroz, que los negros que han abandonado las plantaciones de caña de azúcar de Guadalupe y de Martinica para ir a gozar de la libertad inglesa en Dominica y Santa Lucía, regresan, cuando pueden, donde sus amos. ¡Lejos de mí el pensamiento sacrílego de querer defender cualquier tipo de escla-vitud! Solo deseo probar, mediante este hecho, que la ley inglesa es más dura con el proletario que la arbitrariedad del amo francés con su negro. El esclavo de la propiedad inglesa tiene, para ganar su pan y pagar los impuestos que se le imponen, una tarea infinitamente más pesada.

 

El negro solo está expuesto a los caprichos de su amo, mientras que la existencia del proletario inglés, la de su mujer y la de sus hi-jos, están a merced del productor. Tan pronto como el calicó, o cual-quier otro artículo, baja de precio, aquellos afectados por la baja, ya sean fabricantes de hilo, cuchillos, vajilla, etc., se ponen de acuerdo y reducen los salarios sin que les preocupe en lo más mínimo si los nuevos salarios que adoptan son suficientes o no para la alimenta-ción del obrero; al mismo tiempo, aumentan el número de horas de trabajo. Cuando el obrero está trabajando, se le exige un mejor aca-bado en su producto pagándole menos, y el producto que no cumple exactamente con todas las condiciones no es pagado. Cruelmente explotado por quien lo emplea, el obrero sufre además la presión del fisco y el hambre a la que lo someten los propietarios de tierras. Casi siempre muere joven; su vida se ve acortada por el exceso de trabajo o por la naturaleza de sus trabajos. Su mujer y sus hijos no lo sobre-viven mucho tiempo; uncidos a la fábrica, sucumben por las mismas causas. ¡Y si durante el invierno no trabajan en ella, mueren de ham-bre en las esquinas!

 

 

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Los obreros de las fábricas

 

La división del trabajo llevada a su límite extremo, que ha posi-bilitado progresos tan inmensos en la fabricación, ha aniquilado la inteligencia reduciendo al hombre a ser tan solo el engranaje de una máquina. Si al menos el obrero estuviese capacitado para ejecutar las diversas tareas que conforman una o varias fabricaciones, go-zaría de mayor independencia; la codicia del patrón tendría menos medios para torturarlo; sus órganos conservarían suficiente energía para triunfar sobre la influencia deletérea de una ocupación que solo ejercería durante algunas horas. Los amoladores de las fábricas in-glesas no viven más de treinta y cinco años; el uso de la piedra de amolar no tiene ningún efecto dañino sobre nuestros obreros de Châtellerault, porque la amoladura no es sino una parte de su ofi-cio y les insume poco tiempo, mientras que en los talleres ingleses los amoladores no hacen otra cosa. Si el obrero pudiese trabajar en diversas fases de la fabricación, no se sentiría agobiado por su inuti-lidad, por la perpetua inactividad de la inteligencia de quien repite todo el día las mismas cosas; no necesitaría licores fuertes para salir del embotamiento en que lo hunde la monotonía de su trabajo, y la ebriedad no llevaría al colmo su miseria.

 

Es necesario haber visitado las ciudades manufactureras, ha-ber visto al obrero de Birmingham, Manchester, Glasgow, Sheffield, Staffordshire, etc., para hacerse una idea precisa de los sufrimien-tos físicos y el rebajamiento moral de esta clase de la sociedad. Es imposible juzgar la suerte del obrero inglés por la del obrero fran-cés. En Inglaterra la vida es un cincuenta por ciento más cara que en Francia, y desde 1825 los salarios se han reducido a tal punto que el obrero casi siempre se ve obligado a pedir auxilio a la parroquia para mantener a su familia; y como las parroquias están sobrecargadas por el monto de las ayudas que otorgan, fijan la cuota en función de los salarios y del número de hijos del obrero, tomando como base no el precio del pan, sino el precio de la papa. ¡Para el proletario inglés el pan es un alimento de lujo! Los obreros de élite, excluidos debido a sus salarios de los auxilios de la parroquia, no gozan de mejor suer-te. Me han asegurado que la media de sus salarios no sobrepasa los

 

 

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Flora Tristán

 

tres o cuatro chelines (de 3,75 a 5 francos) por día, y que cada familia tiene, en promedio, cuatro niños. Comparando ambos datos con el precio de la vida en Inglaterra, fácilmente podremos hacernos una idea de su penuria.

 

La mayor parte de los obreros carecen de ropa, cama, muebles, fuego, alimentos sanos, ¡y a menudo incluso de papas…! Pasan de doce a catorce horas por día encerrados en salas bajas donde inhalan, con el aire viciado, hebras de algodón, de lana, de lino; o partículas de cobre, de plomo, de hierro, etc., y con frecuencia combinan una ali-mentación insuficiente con excesos en la bebida: es por eso que casi todos estos desdichados son débiles, raquíticos, entecos; tienen el cuerpo flaco, hundido, los miembros frágiles, el semblante pálido, los ojos apagados, y todos parecen enfermos de los pulmones. No sé si es necesario atribuir a la irritación de una fatiga permanente, o a la sombría desesperación de la que su alma es presa, la expresión de su fisonomía, penosa de ver y que caracteriza a casi todos los obreros. Es difícil hacer contacto visual con ellos, todos tienen constantemen-te la cabeza gacha y no os miran sino a hurtadillas, echando un vista-zo de costado,1 lo que da un aspecto aturdido, bestial y horriblemen-te perverso a esos rostros fríos, impasibles y a los que envuelve una profunda tristeza; no se escuchan en las fábricas inglesas, como en las nuestras, cantos, charlas y risas. El patrón no desea que ningún recuerdo de su existencia venga a distraer ni un minuto de su tarea a los obreros; exige silencio, y reina un silencio de muerte. ¡Cuánto po-der da el hambre del obrero a la palabra del patrón! Entre el obrero y los jefes del establecimiento no existe ninguna de esas relaciones de familiaridad y cortesía, ninguna de esas manifestaciones de interés que se ven entre nosotros y que adormecen, en el corazón del po-bre, los sentimientos de odio y de envidia que el desdén, la dureza, la

 

 

 

1   Esta mirada, que también he notado en los esclavos de América, no es en las islas británicas exclusivo de los obreros de fábricas. Se la encuentra en todas partes, en to-dos aquellos que son dependientes, subordinados. Es uno de los rasgos característicos de los veinte millones de proletarios. Sin embargo, hay excepciones, y es casi siempre entre las mujeres donde se encuentran.

 

 

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Los obreros de las fábricas

 

existencia y el lujo del rico hacen nacer. En los talleres ingleses jamás se escucha al patrón decirle al obrero: “Buenos días, don Baptiste, ¿cómo está su mujer? ¿Y el niño? ¡Bueno, mejor así! Esperemos que la madre se restablezca pronto. Dígale que venga a verme apenas pueda salir”. Un patrón sentiría que se está rebajando al hablarle así a sus obreros. En todo jefe de fábrica, el obrero ve a un hombre que puede hacerlo echar del taller donde trabaja, y por eso saluda servilmente a todos los que encuentra; sin embargo, estos creerían ver comprometi-do su honor si devolviesen el saludo.

 

Desde que conozco al proletariado inglés, la esclavitud ya no es para mí el mayor de los infortunios humanos. El esclavo tiene ase-gurado el pan durante toda su vida, y también cuidados cuando cae enfermo; mientras que no existe ningún vínculo entre el obrero y el patrón inglés. Si este no tiene ningún trabajo que ofrecerle, el obrero muere de hambre; si está enfermo, perece en su camastro de paja, a menos que, ya a punto de morir, sea recibido en un hospital: porque es un favor el ser admitido allí. Si envejece, si queda lisiado a causa de un accidente, se lo despide, y entonces mendiga a escondidas por miedo a ser detenido. Esta situación es tan horrible que, para soportarla, hay que suponer en el obrero un coraje sobrehumano o una total apatía.

 

La exigüidad del espacio es un atributo general de las fábricas in-glesas; se mide mezquinamente el sitio donde el obrero debe mover-se. Los patios son pequeños; las escaleras, estrechas; el obrero está obligado a deslizarse de costado entre las máquinas y los bastidores; visitando una fábrica, es fácil ver que la comodidad, el bienestar y aun la salud de los hombres destinados a vivir en ellas no han sido considerados en lo más mínimo por el constructor. La limpieza, el más eficaz de los medios de salubridad, está muy abandonada. Mien-tras que las máquinas están cuidadosamente pintadas, barnizadas, aseadas y pulidas, los patios están sucios y llenos de agua estanca-da; los pisos, polvorientos; los vidrios, manchados. A decir verdad, si los edificios, los talleres, estuviesen limpios, cuidados y bien man-tenidos como las fábricas de Alsacia, los harapos del obrero inglés parecerían todavía más horrorosos. Pero no importa; ya sea por

 

 

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negligencia o por cálculo, esa falta de higiene viene a sumarse a los males del obrero.

Inglaterra no tiene grandeza sino en la industria, pero esta es gi-gantesca, como puede verse en los instrumentos creados por el es-píritu matemático de los tiempos modernos, ¡instrumentos mágicos que petrifican todo a su alrededor! Los muelles, las vías férreas, las inmensas proporciones de las fábricas dan idea de la importancia de la industria y el comercio británicos.

 

¡El poder de las máquinas, su aplicación a todo, despiertan asom-bro y estupor! La ciencia humana, incorporada en miles de formas, reemplaza las funciones de la inteligencia; con las máquinas y la división del trabajo, solo se necesitan motores: el razonamiento, la reflexión, son inútiles.

 

¡He visto una máquina a vapor de quinientos caballos de fuerza!2 ¡Nada más terriblemente impresionante que la visión del movimiento impreso a esas masas de hierro cuyas proporciones colosales aterrorizan y parecen superar el poder del hombre! Este motor de fuerza hiperbóli-ca está ubicado en un amplio local, donde hace funcionar un número considerable de máquinas que trabajan el hierro y la madera. Aquellas enormes barras de hierro pulido, que suben y bajan cuarenta o cincuen-ta veces por minuto e imprimen un movimiento de vaivén a la lengua del monstruo que parece aspirar todo para devorarlo todo, los terribles ge-midos que exhala, las veloces revoluciones de la inmensa rueda que sale del abismo para volver a entrar de inmediato, sin dejar ver nunca más que la mitad de su circunferencia, despiertan en el alma un sentimiento de terror. En presencia del monstruo, no se ve más que a él, no se escucha más que su respiración.

 

2   La he visto en Birmingham. Los propietarios de la fábrica me han asegurado que la fuerza de esa máquina a vapor podía igualar la de quinientos caballos: hace girar más de doscientas poleas, y pone en movimiento aserradores de planchas, tijeras para cortar hierro, laminadores de todas las dimensiones, un juego de máquinas para ha-cer cucharas de zinc, etc. Frente a mis ojos se ha puesto una moneda de seis peniques (doce centavos) bajo una prensa, para que yo pudiese darme una idea de la fuerza de su presión; han salido cuarenta y dos yardas (treinta y seis anas) de una pequeña banda de papel de plata, delgada como la piel de una cebolla.

 

 

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Los obreros de las fábricas

 

Al volver de vuestro estupor, de vuestro espanto, buscáis al hom-bre. Se le distingue apenas, reducido, por las proporciones de todo lo que lo rodea, al tamaño de una hormiga: está ocupado poniendo, bajo el filo de dos grandes hojas curvas que presentan la forma de una quijada de tiburón, unas enormes barras de hierro que esta má-quina corta con la misma precisión con que un sable damasceno re-banaría un nabo.

 

Si en un principio sentí humillación al ver al hombre aniquilado, funcionando como una máquina, muy pronto vislumbré el inmen-so beneficio que algún día producirán estos descubrimientos de la ciencia: la fuerza bruta aniquilada, el trabajo manual ejecutado en menos tiempo, y más descanso dejado al hombre para el cultivo de su inteligencia. Pero para que esos grandes hechos se realicen hace falta una revolución social. ¡Esta llegará!, porque Dios no ha revelado a los hombres estas admirables invenciones para reducirlos al papel de ilotas de algunos fabricantes y propietarios de tierras.

 

La cerveza y el gas son en Londres dos grandes ramas del consumo. Fui a visitar la magnífica cervecería de Barclay-Perkins que, ciertamen-te, vale la pena conocer. El establecimiento es muy espacioso; no se ha escatimado en materiales para construir esta fábrica. Me ha sido im-posible averiguar la cantidad de litros de cerveza que fabrica cada año, pero a juzgar por el tamaño de los tanques, debe elevarse a una cifra ex-traordinaria. Fue en uno de estos tanques, el más grande, es verdad, que los señores Barclay-Perkins dieron en honor a una de las altezas reales de Inglaterra una comida a la que asistieron más de cincuenta invita-dos. La altura de este tanque es de treinta metros (noventa pies). Donde quiera que el vapor pueda actuar, la fuerza del hombre queda excluida, y lo que más impresiona en esta cervecería es el pequeño número de obreros encargados de realizar trabajos tan inmensos.

 

Una de las grandes fábricas de gas es la que se encuentra en Horse Ferry road Westminster (he olvidado el nombre de la compañía). Solo se visita esta fábrica con tarjeta de admisión.

 

En ese palacio manufacturero, la abundancia de máquinas y de hierro ha sido llevada a la profusión. Todo es de hierro: las veredas,

 

 

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los recantones, las escaleras, algunos pisos, los techos de los galpo-nes, etc.; se nota que no han economizado recursos para asegurar la solidez de locales y herramientas. He visto allí tanques de bronce y de zinc tan altos como una casa de cuatro pisos, y del mismo ancho. Me hubiese gustado saber cuántos miles de toneladas pueden conte-ner, pero el foreman (capataz) que me acompañaba fue, en este aspec-to, tan reservado como el de la cervecería de Barclay-Perkins en lo atinente a la cantidad de litros de cerveza: silencio absoluto.

 

Entramos a la gran sala donde se produce la combustión. Las dos filas de hornos estaban encendidas. Este ambiente sofocante se asemeja mucho a las descripciones de las fraguas de Vulcano que la imaginación de los poetas de la Antigüedad nos ha dejado, con la di-ferencia de que una actividad y una inteligencia divinas animaban a los cíclopes, mientras que los negros servidores de los hornos ingle-ses son silenciosos y están tristes y extenuados. Se encontraba allí una veintena de hombres cumpliendo su tarea con exactitud, aun-que lentamente. Aquellos que no estaban ocupados permanecían in-móviles, con los ojos fijos en el suelo, y no tenían energía ni siquiera para enjugarse el sudor que les caía de todas partes. Tres o cuatro me miraron sin verme; los otros no voltearon la cara. El foreman me dijo que se escogía a los fogoneros entre los hombres más fuertes pero que, aun así, al cabo de siete u ocho años de actividad, se enferma-ban de los pulmones y morían de tisis. Entonces pude explicarme la tristeza y la apatía visibles en el rostro y en todos los movimientos de esos desdichados.

 

Se exige de ellos un trabajo al que las fuerzas humanas no pueden resistir. Están desnudos, salvo por un pequeño calzón de tela; cuando salen, se echan un sobretodo sobre los hombros.

 

A pesar del espacio que separa las dos hileras de hornos, que me pareció de entre cincuenta y sesenta pies, el piso estaba tan caliente que el calor enseguida penetró mis zapatos, al punto que debí levan-tar los pies como si los hubiese posado sobre carbones ardientes. Me hicieron subir a una piedra grande: aunque aislada del suelo, su su-perficie también estaba caliente. No pude quedarme en ese infierno,

 

 

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sentía el pecho oprimido, el olor del gas me subía al cerebro, el calor me sofocaba. El foreman me condujo al extremo de la sala, hacia un balcón desde donde pude ver todo sin sentir tanto malestar.

 

Dimos una vuelta por el establecimiento. Sentí admiración por todas aquellas máquinas, por la perfección y el orden con que se con-ducen todos los trabajos; sin embargo, las precauciones tomadas no previenen todos los accidentes, que ocurren con frecuencia y causan grandes desastres, dejando hombres heridos y a veces matándolos. ¡Oh, Dios mío! ¡Parecería que el progreso no puede realizarse sino a expensas de la vida de cierta cantidad de individuos!

 

El gas de esta usina va, a través de conductos, a iluminar los ba-rrios desde Oxford-street hasta Regent-street.

¡El aire que se respira allí dentro está realmente viciado! A cada instante os invaden vapores mefíticos. Salí de debajo de un coberti-zo, esperando respirar en el patio un aire más puro, pero por todas partes me perseguían las exhalaciones infectas del gas y los olores de la hulla, la brea, etc.

 

Debo decir también que el local es muy sucio. El patio, lleno de agua estancada, de montañas de basura, es muestra de la extrema negligencia en lo que concierne a la limpieza. En verdad, la natura-leza de los elementos de los que se obtiene el gas exigiría un servicio muy activo para mantener la limpieza, pero dos hombres serían su-ficientes para esta tarea y con este ligero aumento del gasto se sanea-ría el establecimiento.

 

Estaba asfixiada, me urgía huir de esa apestosa hoguera, cuando el foreman me dijo: “Quédese un rato más, y verá usted algo intere-sante: los fogoneros van a retirar el coke de los hornos”.

 

Fui a asomarme de nuevo al balcón, y desde allí vi uno de los es-pectáculos más espantosos de los que haya sido testigo.

La sala de hornos está en la planta alta, y debajo se encuentra la bodega destinada a recibir el coke; los fogoneros, provistos de largos hurgones de hierro, abrieron los hornos y echaron el coke en llamas, que cayó como una cascada dentro de la bodega. ¡Nada más terrible, más majestuoso, que aquellas bocas vomitando llamas! ¡Nada más

 

 

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Flora Tristán

 

mágico que esa bodega repentinamente iluminada por carbones ar-dientes que se precipitaban hacia el abismo, como desde lo alto de un peñasco las aguas de una catarata! Nada más horroroso que la visión de los fogoneros, empapados como si salieran del agua e iluminados por delante y detrás por esas horribles brasas cuyas lenguas de fuego parecían avanzar sobre ellos para devorarlos. ¡Oh no, imposible pre-senciar espectáculo más pavoroso!

 

Cuando los hornos fueron vaciados hasta la mitad, algunos hom-bres subidos a unos tanques ubicados en las cuatro esquinas de la bodega echaron agua para apagar el coke. Entonces el aspecto de la sala de hornos cambió: de la bodega se elevó una tromba de humo negro, espeso y abrasador que subió majestuosamente y salió por el techo, a través de una abertura hecha para permitirle el paso. Ya no pude distinguir las bocas de los hornos sino a través de esa nube que hacía las llamas más rojas, las lenguas de fuego más aterradoras; los cuerpos de los fogoneros, de blancos que eran se volvieron negros, y estos desdichados, a quienes se hubiese tomado por diablos, se con-fundieron en ese caos infernal. Sorprendida por el humo del coke, solo alcancé a descender precipitadamente.

 

Esperé el fin de la operación, deseosa de saber qué sería de los fo - goneros. Me sorprendí de no ver llegar a ninguna mujer. ¡Dios mío!, pensé, ¡de modo que esos obreros no tienen ni madre, ni hermana, no tienen ni mujer ni una hija esperándolos en la puerta, a la salida de la ardiente hoguera, a fin de lavarlos con agua tibia, envolverlos en ca - misas de franela, hacerles tomar una bebida nutritiva, tonificante, y luego decirles algunas palabras de amistad, de amor, que consuelen, den valor y ayuden al hombre a soportar las más crueles miserias! Esperé ansiosamente: no apareció ninguna mujer. Pregunté al fore-man dónde iban a descansar aquellos hombres bañados en sudor.

 

Van a echarse sobre una cama que está bajo ese cobertizo –me respondió fríamente–, y luego de un par de horas comenzarán a tra-bajar de nuevo.

 

Este cobertizo, abierto a los cuatro vientos, solo protege de la lluvia, y hace allí un frío glacial. Una especie de colchón, que no se

 

 

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Los obreros de las fábricas

 

distingue del carbón que lo rodea, está ubicado en una de las esqui-nas; vi a los fogoneros extenderse sobre ese colchón duro como la piedra. Estaban cubiertos por un sobretodo muy sucio, impregnado de sudor y de polvo de carbón, a tal punto que no se podía adivinar el color. “Es así, me dijo el capataz, como estos hombres se enferman de los pulmones; pasando sin ninguna precaución del calor al frío”.

 

Esta última observación del foreman produjo sobre mí tal efecto, que salí de la usina en un estado de exasperación.

Está visto que la vida de los hombres se compra con dinero; ¡¡¡y, aunque la tarea exigida podría hacerlos morir, el industrial se niega a aumentarles los salarios!!! ¡Pero si es todavía peor que la trata de negros! ¡¡¡A esta enorme monstruosidad solo la supera la antropofa-gia!!! ¡Los propietarios de las usinas y de las fábricas pueden, sin verse impedidos por la ley, disponer de la juventud y de la fuerza de cente-nas de hombres, comprar su existencia y sacrificarla a fin de ganar dinero! ¡¡¡Y todo a cambio de un salario de siete a ocho chelines por día (de 8,75 a 10 francos)!!!

 

No tengo noticias de que algún jefe de fábrica como los que acabo de mencionar haya tenido la humanidad de disponer una habitación medianamente calefaccionada, con bañeras de agua tibia, colchones y colchas de lana, a donde los fogoneros irían al salir de aquel infier-no, para lavarse y descansar bien arropados en una atmósfera que no contraste tanto con la que acaban de dejar. Es realmente una ver-güenza y una infamia para cualquier país que ocurran cosas como la que acabo de contar.

 

En Inglaterra, cuando los caballos llegan a una posta, enseguida les echan una manta sobre el lomo, les secan el sudor y les lavan las patas; luego los hacen entrar a una caballeriza bien cerrada, provista de una cama de paja bien seca.

 

Hace algunos años se acercaron las postas, tras haberse recono-cido que las distancias a las que estaban colocadas acortaban la vida de los caballos por la excesiva lejanía entre ellas. Sí, pero un caballo le cuesta al industrial entre cuarenta y cincuenta libras esterlinas, ¡mientras que el país le provee hombres a cambio de nada…!

 

 

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Las mujeres públicas*

 

 

 

 

There is no country, or city or town where this evil is so systematically, so openly or so extensively carried on, as in England and her chief city.

 

 

Informe de M. Talbot, secretario de la Sociedad londinense para la prevención de la prostitución infantil.

 

No existe ningún país, ni ciudad grande o pequeña donde este mal (la prostitución) se desarrolle tan abierta, extensiva y sistemáticamente como en Inglaterra y su capital.

 

Informe de M. Talbot, secretario de la Sociedad londinense para la prevención de la prostitución infantil.

 

Pregunto a cualquier ser humano con un mínimo de inteligencia si, en beneficio de las generaciones presentes y futuras, es útil o no estudiar y observar a las prostitutas, y si el hombre que se consagra

 

a estas investigaciones, que enfrenta sus sinsabores, que sacrifica su tiempo, su fortuna y su esfuerzo merece realmente el desprecio que los prejuicios nacidos de la ignorancia le han demostrado hasta hoy. En cuanto a mí, que creo ver las cosas en su verdadera esencia, y sé que la consideración de que goza una obra no siempre es proporcional

 

a los servicios que presta ni a las dificultades que puede ocasionar, me someto al buen juicio de los hombres sensatos que ven y aprecian las intenciones, y sin dejar de respetar los prejuicios de los demás, deploro su ceguera.

 

Parent-Duchâtelet, La prostitución en la ciudad de París.

 

*   Tristán, Flora (1972). VIII. Las mujeres públicas. En Flora Tristán, Paseos en Londres. Lima: Biblioteca Nacional del Perú. [De la cuarta edición en francés Promenades dans Londres. París: H. L. Delloye, 1846]. Traducción revisada para esta edición.

 

 

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Flora Tristán

 

Jamás he podido ver a una mujer pública sin experimentar un senti-miento de compasión por nuestras sociedades, sin sentir desprecio por su organización y odio por sus dominadores que, ajenos a todo pudor, a todo respeto por la humanidad, a todo amor por sus seme-jantes, reducen a la criatura de Dios al último grado de abyección. ¡La consideran menos que un animal!

 

Comprendo al ladrón que saquea a los que pasan por los grandes caminos y entrega su cabeza a la guillotina. Comprendo al soldado que se juega constantemente la vida y solo recibe a cambio unos pe-sos por día. Comprendo al marinero que expone la suya al furor de los mares. ¡Los tres encuentran en su oficio una poesía oscura y terri-ble! ¡Pero no puedo comprender a la mujer pública, que abdica de sí misma, aniquila su voluntad, sus sensaciones, entrega su cuerpo a la brutalidad y al sufrimiento, y su alma al desprecio! La mujer pública es para mí un misterio impenetrable... Veo en la prostitución una lo-cura espantosa, o acaso es tan sublime que mi ser humano no alcanza a comprenderla. Desafiar a la muerte no es nada; pero ¡qué muerte afronta la mujer pública! ¡Está comprometida con el dolor y consa-grada a la abyección! ¡¡Sufre continuas torturas físicas, la muerte mo-ral a cada instante, y desprecio por sí misma!!

 

Lo repito, ¡hay en ella algo de sublime! ¡O de locura!

 

La prostitución es la más horrible de las desgracias que produ-ce la desigual repartición de los bienes en este mundo; esta infamia marchita la especie humana y atenta contra la organización social más que el crimen; los prejuicios, la miseria y el ilotismo combinan sus funestos efectos para producir esta indignante degradación. Sí, si no se le hubiese impuesto a la mujer la castidad por virtud sin que el hombre fuese a eso mismo obligado, ella no sería rechazada por la sociedad por haberse entregado a los sentimientos de su corazón, y la mujer seducida, engañada y abandonada no estaría reducida a prostituirse; sí, si admitieseis que recibiese la misma educación, y ejerciese los mismos empleos y profesiones que el hombre, no sufri-ría la miseria con más frecuencia que él; sí, si no la expusieseis a to-dos los abusos de la fuerza, por el despotismo del poder paterno y la

 

 

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Las mujeres públicas

 

indisolubilidad del matrimonio, ¡no se vería jamás en la disyuntiva entre sufrir la opresión o la infamia!

La virtud o el vicio suponen la libertad de hacer el bien o el mal; pero ¿cuál puede ser la moral de la mujer que no se pertenece a sí mis-ma, que no tiene nada propio, y que toda su vida ha sido adiestrada para eludir la arbitrariedad mediante la astucia y la coacción median-te la seducción? Y cuando la atormenta la miseria, cuando ve el goce de todos los bienes limitado a los hombres, el arte de agradar en el que ha sido educada, ¿no la conduce inevitablemente a la prostitución?

 

Por ello, ¡que esta monstruosidad sea imputada a vuestro estado social, y que la mujer sea absuelta! ¡Mientras esté sometida al yugo del hombre o del prejuicio, no reciba ninguna educación profesional, y esté privada de sus derechos civiles, no podrá existir ley moral para ella! En tanto solo pueda acceder al goce de los bienes por la influencia que ejerce sobre las pasiones; en tanto no haya título para ella y sea despojada por su marido de las propiedades que ha adquirido por su trabajo o que su padre le ha dado; en tanto solo pueda asegurarse el uso de los bienes y de la libertad viviendo en el celibato, ¡no podrá exis-tir ley moral para ella! Y es posible afirmar que hasta que la emancipa-ción de la mujer tenga lugar, la prostitución seguirá creciendo.

 

Dado que la desigualdad en la repartición de las riquezas es mayor en Inglaterra que en ninguna otra parte, la prostitución debe ser allí más considerable. El derecho de testar no está restringido por la ley inglesa, y los prejuicios aristocráticos que reinan en este pueblo, desde el feudo del lord hasta la humilde cabaña del cottager,1 hacen instituir un heredero en todas las familias; en consecuencia, las hijas no reciben más que peque-ñas dotes, a menos que no tengan hermanos varones.

 

Por otra parte, existen pocos empleos para las mujeres que han recibido alguna educación; además, los prejuicios fanáticos de las sectas religiosas exigen expulsar de la casa, y a menudo incluso del techo paterno, a las muchachas que han sido seducidas o engañadas, y la mayor parte de los ricos propietarios del campo, los fabricantes y

 

1   Campesino. En inglés en el original. [N. de la T.].

 

 

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Flora Tristán

 

los jefes de fábricas se divierten seduciéndolas y engañándolas. ¡Ah! ¡Estos capitalistas, estos propietarios de la tierra a quienes los prole-tarios hacen tan ricos entregándoles catorce horas de trabajo por un pedazo de pan, están lejos de equilibrar, por el uso que hacen de su fortuna, los males y desórdenes de todo tipo que resultan de la acu-mulación de la riqueza en sus manos! Aquellas riquezas casi siempre alimentan el orgullo y ocasionan excesos de intemperancia y de li-bertinaje, de suerte que el pueblo, pervertido por su horrible miseria, además es corrompido por los vicios de los ricos.

 

Las muchachas nacidas en la clase pobre son empujadas a la pros-titución por el hambre. Las mujeres son excluidas de los trabajos del campo, y cuando no obtienen empleo en las fábricas, no tienen más recurso que la servidumbre y la prostitución.

 

Vamos, hermanas mías, caminemos

 

tanto de noche como de día;

 

a toda hora, a cualquier precio

 

hay que hacer el amor, hay que hacerlo, aquí abajo el destino nos ha deparado

 

cuidar el matrimonio y a las mujeres honestas.2

 

Las mujeres públicas de Londres son tan numerosas que se las ve a toda hora y en todas partes; afluyen a todas las calles, pero en ciertos momentos del día se dirigen a los barrios alejados donde la mayor parte reside, a las calles donde se concentra el gentío, y a los paseos y teatros. Es raro que reciban a los hombres en sus casas; los propietarios casi siempre se oponen, y además las habitaciones que ocupan están mezquinamente amobladas. Las muchachas lle-van sus “capturas” a casas destinadas al oficio, casas que existen de trecho en trecho en todos los barrios sin excepción y que son, de acuerdo a lo que informa el doctor Ryan, tan numerosas como los bares donde se bebe gin.3

 

 

 

2   Lazare por Auguste Barbier.

 

3   Prostitution in London.

 

 

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Las mujeres públicas

 

Acompañada de dos amigos armados de bastones, fui a visitar, entre las siete y las ocho de la noche, el nuevo barrio al que conduce el puente de Waterloo, y que es atravesado a lo largo y a lo ancho por la Waterloo-road. Aquel barrio está casi enteramente poblado de prostitutas y de agentes de la prostitución. No es posible recorrerlo solo por la noche sin incurrir en inminentes peligros. Era verano y la tarde estaba muy cálida; las muchachas estaban en las ventanas o sentadas junto a sus puertas, riendo y jugando con sus chulos. A me-dio vestir, muchas desnudas hasta la cintura, indignaban y provoca-ban repugnancia, mientras que la expresión de cinismo y de crimen que se leía sobre el rostro de los proxenetas producía pavor.

 

En general, eran hombres muy bellos, jóvenes, altos y fuertes; pero por su aspecto común y grosero, uno creería estar frente a esos animales que no tienen por instinto más que sus propios apetitos.

 

Muchos se nos acercaron y nos preguntaron si queríamos una habitación... Como les respondimos negativamente, uno, más atrevi-do que los otros, nos dijo en tono amenazador: ¿Qué venís entonces a hacer a este barrio, si no queréis una habitación para hacer entrar a vuestra dama? Confieso que no me hubiese gustado encontrarme sola frente a ese hombre.

 

Recorrimos así todas las calles adyacentes a Waterloo-road, y nos fuimos a sentar sobre el puente para observar otro espectáculo. Des-de allí vimos pasar a las mujeres del barrio de Waterloo-road, quie-nes, por la noche, entre las ocho y las nueve, van en “bandas” al west-end de la ciudad donde ejercen su oficio, y vuelven a sus casas hacia las ocho o las nueve de la mañana.

 

Las muchachas recorren todos los paseos y las calles a las que se di-rige la multitud; aquellas que conducen a la Bolsa en las horas de mayor circulación, los alrededores de los teatros y otros lugares públicos. En los horarios con entrada a mitad de precio, invaden todos los espectáculos y se apoderan de los vestíbulos, a los que convierten en sus salones de re-unión (ver el capítulo “Teatro”). Después del espectáculo las muchachas se dirigen a los finishes, esos innobles cabarets y vastas y suntuosas taber-nas a donde la gente va a terminar la noche.

 

 

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Flora Tristán

 

Los finishes4 son tan afines a las costumbres inglesas como el es-taminet a los hábitos alemanes y el café elegante a la usanza france-sa. En los unos, el pasante de la fiscalía y el dependiente beben ale, fuman tabaco barato y tienen francachela con muchachas vestidas miserablemente. En los otros, la alta sociedad bebe ponche al coñac, vino de Francia y del Rin, Sherry y Porto; fuma excelentes cigarros de La Habana, ríe y juega con muchachas jóvenes, bellas y ricamente vestidas. ¡Pero en estos como en aquellos, la orgía se muestra en toda su brutalidad, en todo su horror!

 

Me han contado, a propósito de los finishes, escenas de libertinaje que me resistí a creer. Me encontraba en Londres por cuarta vez, y había venido con la firme intención de conocer todo. Me decidí, por lo tanto, a sobreponerme a mi repugnancia e ir yo misma a uno de esos finishes a fin de juzgar el grado de confianza que debía otorgar a las diversas descripciones que me habían hecho de ellos. Los mismos amigos que me habían acompañado a la Waterloo-road se ofrecieron entonces a servirme de cicerone.

 

Es un espectáculo digno de ver, y que nos permite conocer el esta-do moral de Inglaterra mejor que todo lo que se podría decir. Esas ta-bernas espléndidas tienen una fisonomía muy particular. Parece que los habitués de aquellos palacios son seres consagrados a la noche. Se van a dormir cuando el sol comienza a brillar en el horizonte y se despiertan después del ocaso. Por fuera, aquellos palacios-tabernas

 

4   Existen, en diversas partes de la ciudad monstruo, espléndidos salones donde se reúnen hasta doscientas prostitutas ricamente vestidas. Esos lugares son visitados por elegantes y ricos jóvenes que escogen ahí a las mujeres. Aquellos salones están anexados a tabernas que se convierten así en fuente de inmensas riquezas. No solo podemos encontrarlos en el west-end de la ciudad, o en Londres más allá del Temple-bar. En otras partes se los conoce bajo el nombre de habitaciones largas; se les encuen-tra particularmente a orillas del Támesis, donde abundan los marineros. Algunas de estas habitaciones largas pueden contener hasta quinientas personas.

 

En esas casas, las prostitutas están ubicadas en fila como el ganado en Smith-field-market, hasta que los visitantes, marineros u otros, vienen a escoger su mujer. Aquel que ya ha elegido entra en otro espacioso salón del establecimiento donde, después de copiosas libaciones y danzas, la muchacha lo lleva a su casa; allí lo drogan con be-bidas estupefacientes, y termina secuestrado, robado y golpeado por los chulos (Ryan, Prostitution in London, p. 189).

 

 

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Las mujeres públicas

 

(gin-palaces) cuidadosamente cerrados solo sugieren el silencio y el sueño; pero apenas el portero os ha abierto la pequeña puerta por donde entran los iniciados, os deslumbran las vivas y brillantes lu-ces que escapan de mil mecheros de gas. En el primer piso hay un inmenso salón dividido en dos en sentido longitudinal. En una de sus divisiones hay una hilera de mesas separadas por tabiques de ma-dera, como en todos los restaurantes ingleses; a ambos lados de las mesas hay asientos en forma de sofá; en frente, en la otra división, hay una tarima donde las prostitutas, vestidas con elegancia, se en-cuentran en exhibición. Provocan a los hombres con la mirada y la palabra. Cuando alguno les responde, llevan al galante gentleman a una de las mesas, que están todas repletas de carnes frías, jamones, aves, pasteles y toda clase de vinos y licores.

 

¡Los finishes son los templos que el materialismo inglés eleva a sus dioses! Los sirvientes que allí trabajan están elegantemente vestidos; los empresarios dueños del establecimiento saludan humildemente a los convidados varones que vienen a dar su oro a cambio de depravación.

 

Hacia la media noche, los habitués comienzan a llegar. Varias de estas tabernas son lugares de encuentro de la alta sociedad, donde la élite de la aristocracia se congrega. Al principio, los jóvenes lords se tienden sobre los asientos en forma de sofá, fuman y bromean con las mujeres; luego, tras varias libaciones, los vapores de la champaña y del madeira exaltan sus cerebros y los ilustres retoños de la noble-za inglesa, los muy honorables miembros del Parlamento se quitan el saco, se desatan la corbata, se sacan el chaleco y los tiradores. Ins-talan su tocador privado en un cabaret público. ¿Por qué se avergonza-rían de hacerlo? ¿Acaso no pagan bastante por el derecho a imponer su desprecio a los demás? En cuanto al que ellos inspiran, los tiene sin cuidado. La orgía sigue in crescendo; entre las cuatro y cinco de la mañana, llega a su apogeo.

 

¡Oh, entonces es necesario una cierta dosis de coraje para perma-necer allí, mudo espectador de todo lo que pasa…!

¡Qué digno empleo hacen de sus inmensas fortunas estos nobles señores ingleses! Cuán bellos, cuán generosos son cuando han perdido

 

 

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el uso de la razón y ofrecen cincuenta, cien guineas a una prostituta si acepta prestarse a todas las obscenidades que la ebriedad engendra...

En los finishes hay toda clase de entretenimientos. Uno de los más apreciados consiste en emborrachar a una mujer hasta que no pue-da tenerse en pie; entonces se le hace tragar vinagre en el que se ha disuelto pimienta y mostaza; este brebaje casi siempre le da horribles convulsiones, y los sobresaltos y las contorsiones de la desdichada provocan risa y divierten infinitamente a la honorable sociedad. Una diversión también muy preciada en esas elegantes reuniones es la de arrojar sobre las jóvenes que yacen en el piso totalmente borrachas un vaso de cualquier cosa. He visto vestidos de satén que ya no tenían ningún color; eran una mezcla confusa de manchas; el vino, el aguar-diente, la cerveza, el té, el café, la crema, etc., diseñaban sobre ellos mil formas extravagantes; escritura jaspeada de la orgía. ¡Oh, la cria-tura humana no podría descender más bajo!5

 

Este libertinaje mefistofélico subleva, espanta y sus exhalaciones llegan a revolver el estómago; el aire está cargado de miasmas infec-tas, del olor de las carnes, de las bebidas, del humo del tabaco y de otros aún más fétidos ... todas estas emanaciones penetran en la gar-ganta, os aprietan las sienes y os dan vértigo. ¡¡¡Oh, es horrible…!!! Sin embargo, esta vida que las mujeres públicas recomienzan cada noche es para ellas la única esperanza de fortuna, pues no tienen ninguna

 

 

5   He visto en este finish cuatro o cinco mujeres soberbias. La más notable era una irlandesa de una belleza extraordinaria; aunque se trataba de una habitué, su entra-da en la sala causó sensación y despertó un ligero rumor. En cuanto a mí, los ojos se me llenaron de lágrimas. ¡¡¡Qué bella criatura!!! ¡Si hubiese sido reina de Inglaterra, habrían venido de todas partes del mundo para admirarla!

 

Esta mujer entró hacia las dos de la mañana vestida con elegante sencillez, lo que real-zaba aún más el esplendor de su belleza. Tenía un vestido de satén blanco; sus guantes tres cuartos dejaban ver sus bellos brazos; sus pequeños y encantadores zapatos color rosa delineaban sus graciosos pies, y una especie de diadema de perlas coronaba su cabeza. ¡Tres horas después, esta misma mujer cayó al suelo completamente ebria! ¡Su vestido era repugnante de ver! Cada uno echaba sobre sus bellos hombros, sobre su magnífico pecho, vasos de vino, de licor, etc. Los muchachos de la taberna la piso-teaban como si fuese una bolsa de basura. ¡Oh, es preciso haber sido testigo de tan indigna profanación del ser humano para creerlo!

 

 

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Las mujeres públicas

 

oportunidad con el inglés sobrio. El inglés, cuando está sobrio, es cas-to hasta la pacatería.

En general, es hacia las siete u ocho de la mañana que los clientes se retiran del finish. Los sirvientes van a buscar los coches de alquiler. Aquellos que todavía se mantienen en pie buscan su ropa, la recogen y se retiran a sus casas; en cuanto a los otros, los mozos de la taberna los visten como pueden, con las primeras prendas que encuentran, los llevan al coche y le indican al conductor la dirección del paquete que le entregan. Muy a menudo ocurre que se desconoce el domicilio de esos individuos; entonces son depositados en una sala al fondo de la casa, donde se les acuesta buenamente sobre paja. Esta sala se llama “el cuchitril de los borrachos”. Se quedan ahí hasta que recupe-ren el sentido y puedan decir a dónde desean ir.

 

No hace falta aclarar que todo lo que se consume en esas tabernas se paga a un precio exorbitante; así pues, los borrachos salen con los bolsillos vacíos, felices si la codicia de su sirena les ha perdonado el reloj, los anteojos de montura de oro o cualquier otra cosa de valor.

 

En esta ciudad de desenfreno, la vida de las mujeres públicas de toda clase es de corta duración. Lo quiera o no, la prostituta está obli-gada a beber alcohol. ¡Qué temperamento podría resistir los conti-nuos excesos! Por ese motivo, tres o cuatro años es el período de exis-tencia de la mitad de las prostitutas de Londres; las hay que resisten siete u ocho años, pero es el término extremo que muy pocas alcan-zan y que solo muy raras excepciones superan. Muchas mueren en los hospitales, de enfermedades venéreas o de pleuresía, y cuando no pueden ser admitidas en ellos sucumben a sus males en horribles tu-gurios, sufriendo la privación de alimento, de remedios, de cuidados, en fin: de todas las cosas.

 

El perro encuentra, al morir, la mirada de su amo, en tanto que la prostituta muere en la esquina de cualquier calle, ¡sin que nadie le dirija una mirada piadosa!

 

Entre ochenta y cien mil mujeres, la flor de la población, viven en Londres de la prostitución. Cada año, entre quince y veinte mil de estas desdichadas se marchitan y sufren la muerte del leproso, en un

 

 

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Flora Tristán

 

total abandono.6 Cada año, un número más considerable todavía vie-ne a reemplazar a aquellas cuya espantosa existencia ha terminado.

Para entender por qué la prostitución está tan difundida, es ne-cesario tener presente el inmenso aumento de las riquezas de In-glaterra en los últimos cincuenta años, y recordar que, en todos los pueblos y en todas las épocas, la sensualidad se ha desarrollado jun-to con la riqueza. El móvil del comercio se ha vuelto tan poderoso entre los ingleses, que ha superado a todos los otros; no hay ni uno solo cuyo pensamiento dominante sea otra cosa que ganar dinero (to make money): los hijos menores de las familias más ricas se ven también en la necesidad de hacer fortuna, y ninguno está satisfecho con la que posee.

 

El amor al dinero, implantado en el corazón de los jóvenes des-de la edad más tierna, destruye los afectos de familia, así como toda compasión hacia los males ajenos, y no deja crecer ningún senti-miento de amor. El amor no forma parte de sus vidas. Es sin amor que seducen a una muchacha, es sin amor que se casan: el joven se casa con una dote, descuida a su mujer y va a dilapidar la fortuna en las casas de juego, los clubes y los finishes del west-end. Oh, ¡qué repugnante es esta vida materialista de los apetitos y los intereses! Jamás sociedad alguna ha presentado un aspecto tan horroroso. El dinero por motor; y por todo goce, ¡el vino y las prostitutas!

 

En Londres, todas las clases están profundamente corrompidas: durante la infancia, el vicio adelanta la edad; en la vejez, sobrevive a los sentidos apagados, y las enfermedades de la lujuria han penetra-do en todas las familias. La pluma se niega a describir los extravíos, las vilezas a las que se dejan arrastrar los hombres hastiados de todo, que solo se guían por sus sentidos y tienen el alma inerte, el corazón marchito y el espíritu sin cultivar. Frente a tal depravación, San Pa-blo habría exclamado: “Anatema a los fornicadores”, y habría huido de esta isla sacudiéndose el polvo de los pies.

 

 

6   El bill que obliga a registrar las defunciones es muy reciente y faltan elementos todavía para determinar de manera rigurosa la tasa de mortalidad de las mujeres públicas.

 

 

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Las mujeres públicas

 

En Londres no se tiene compasión por las víctimas del vicio; la suerte de la mujer pública no inspira más piedad que la del irlan-dés, el judío, el proletario y el mendigo. Los romanos no eran más insensibles para con la vida de los gladiadores que perecían en el circo. Los hombres, cuando no están ebrios, rechazan de un punta-pié a las prostitutas y aun les pegarían si no temiesen el escándalo, las consecuencias de una batalla con los chulos o la intervención de la policía.7 Las mujeres honestas tienen por estas desgraciadas un desprecio duro, seco y cruel, y el sacerdote anglicano no consuela a todos los infortunados como el católico. El sacerdote anglicano no tiene misericordia por la prostituta; ¡pronunciará en el púlpito un discurso enfático acerca de la caridad y el afecto que tuvo Jesús por Magdalena, pero para las miles de Magdalenas que mueren cada día en los horrores de la miseria y del abandono, no hay ni una lágrima! ¡Qué le importan estas criaturas! Su deber es recitar en el templo un discurso hecho con talento, en día y horario fijos, eso es todo. En Lon-dres, la prostituta no tiene derecho sino al hospital, siempre y cuan-do encuentre allí un lugar desocupado.

 

 

 

 

7   Mientras yo estaba en Londres, un negociante de la ciudad, aquejado por una en-fermedad venérea, creyó poder atribuir el origen de su mal a una mujer pública que conocía. La hizo ir a una casa de citas, allí le subió la falda por encima de la cabeza y, con ayuda de una cuerda, le envolvió la parte alta del cuerpo dentro de la misma falda, usán-dola a modo de saco; entonces comenzó a azotarla con una fusta, y cuando se cansó de golpearla, la arrojó en ese estado al medio de la calle. Privada de aire, la desdichada se estaba ahogando, se debatía, lloraba y rodaba en el lodo. Nadie vino a socorrerla. En Londres, nadie interviene jamás en lo que ocurre en la calle: that’s not my business (no es asunto mío) os responde el inglés sin detenerse, y está a diez pasos cuando sus palabras vienen a resonar en vuestros oídos. La desgraciada, tendida sobre el pavimento, ya no hacía movimiento alguno; iba a perecer, cuando un policeman pasó, se acercó y cortó la cuerda que ataba su vestido. Su rostro estaba violeta, ya no respiraba, estaba asfixiada. La llevaron al hospital, donde prestos socorros la devolvieron a la vida.

 

El autor de este atroz atentado fue citado ante al juez y condenado, por ultraje a las costumbres en la vía pública, a seis chelines de multa.

 

En un pueblo de una mojigatería ridícula, se ve que no cuesta caro ultrajar el pudor público… Y lo que sorprende es que el magistrado no haya visto en esta acción más que un delito correccional a sancionar. Sí, en este país de pretendida libertad, la ley es para el fuerte, el débil no puede invocar su protección.

 

 

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El amor propio nacional, que nos lleva a desear que el país donde la Providencia nos ha hecho nacer sea mejor que todos en la tierra, esta disposición malévola hacia las otras naciones, fruto amargo de las luchas pasadas y que constituye el más grande obstáculo al pro-greso, nos impide a menudo reconocer las causas de los males que el extranjero nos señala. El odio despierta entonces, y conminamos al forastero a aportar pruebas de hechos tan manifiestos como las nie-blas del Támesis; dado que la unidad en los intereses de las naciones aún no es concebida más que por un reducido número de personas adelantadas, el extranjero que no nos aprueba es tomado por un ene-migo que nos injuria.

 

La prostitución existe en todas partes, pero en Londres es un he-cho tan generalizado, que parece un monstruo que todo lo quiere tragar. Adoptando el punto de vista de la gente común, comprendí que probablemente no quisiesen darme la razón y considerasen exa-gerada mi descripción de los hechos. Pensé entonces en hacerme de pruebas, de autoridades que confirmasen el testimonio de mis ojos.

 

Había leído el libro de M. Parent-Duchâtelet y sabía que, aunque fuese imposible llegar a la exactitud matemática en la apreciación de un hecho que escapa a los datos estadísticos, se podía, sin embargo, mediante prolongadas observaciones, acercarse mucho a la verdad. Averigüé si había existido en Inglaterra algún filántropo lo suficien-temente devoto de la humanidad para consagrar su vida al estudio de la prostitución en Londres, con la misma indomable obstinación que había puesto Parent-Duchâtelet en examinar y estudiar la prosti-tución en París. Me mencionaron al doctor Ryan, cuya obra sobre la prostitución en Londres despertó recriminaciones y odios.

 

El doctor Ryan, autor de varias obras de mérito reconocido y cuya numerosa clientela atestigua su talento, no tenía necesidad de publicar esta obra para adquirir una reputación; ¡esta publicación, que debía indignar el espíritu hipócrita de las costumbres inglesas y provocar las vociferaciones de las clases altas a las que arrancaba la máscara, es, de su parte, un acto sublime de sacrificio! El doctor Ryan conocía su país y las consecuencias que debía traer su publicación;

 

 

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pero dotado de aquel coraje enérgico que planea por encima de los clamores de un mundo corrompido, divulgó con audacia los hechos y señaló la corrupción y las vilezas que encierra la ciudad monstruo.

 

Fue el año pasado que apareció en Londres el libro del doctor Mi-chael Ryan titulado Prostitution in London. Esta obra contiene, sobre la prostitución en Londres, los datos más precisos que es posible ob-tener en el estado actual de la policía inglesa. El doctor Ryan cita, apoyándose en hechos, los informes presentados por la Sociedad para la supresión del vicio frente al comité del Parlamento en 1837 y 1838; los de la Policía metropolitana, de 1837 y 1838; los de la Sociedad lon-dinense para la prevención de la prostitución infantil, fechados en 1836, 1837 y 1838; los informes de M. Talbot, secretario de esta sociedad, los presentados por los comisarios de policía frente al Parlamento, y, por último, los del Ministerio del Interior, en 1837 y 1838.

 

Resulta de estos documentos que en 1793 M. Colquhoun, hom-bre de mérito y magistrado de la Policía, tras haberse consagrado a largas investigaciones, evalúa en cincuenta mil el número de las prostitutas en Londres; pero esto es tan solo un estimativo, porque incluso ahora que la policía está mejor organizada, no hay forma de llegar a la cantidad exacta. Desde 1793, la población de Londres se ha duplicado; por lo tanto, puede suponerse que el vicio ha crecido en mayor proporción, teniendo en cuenta que la desigualdad en la re-partición de la riqueza se ha mantenido al mismo nivel, que la oferta de empleo no ha aumentado acorde al crecimiento de la población, que los salarios, en consecuencia, han disminuido, y que el gobierno aún no ha implementado ninguna mejora real en la vida del prole-tariado. De acuerdo con los datos que ha recogido de los magistra-dos de la Policía y de los señores Prichard y Talbot, secretarios de las sociedades arriba mencionadas, el doctor Ryan estima que hay en Londres entre ochenta y cien mil mujeres públicas, de las cuales la mitad –otros afirman que las dos terceras partes– está por debajo de los veinte años.

 

No es sino por aproximación que puede evaluarse la duración media de su existencia; porque hasta 1838 no existía en Inglaterra

 

 

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ley que obligara a registrar a los muertos. M. Clarke, el último cham-belán de la ciudad de Londres, estima en cuatro años la vida media de la prostituta, otros la elevan a siete años, mientras que la sociedad para la prevención de la prostitución infantil estima que en Londres la tasa de mortalidad es de ocho mil mujeres públicas por año. Talbot piensa, basándose en el resultado de sus investigaciones, que existen en Londres cinco mil “casas de citas”: tantas como establecimientos donde se vende gin. M. Ryan evalúa que en Londres hay cinco mil in-dividuos, hombres o mujeres, encargados de proveer de muchachas a los prostíbulos, y cuatrocientos o quinientos mil que él designa bajo el nombre de trapanners,8 quienes se ocupan de tender trampas a las muchachas de entre diez y doce años para atraerlas por su pro-pia voluntad o por la fuerza a esos espantosos antros. El autor evalúa que cuatrocientas mil personas están implicadas, directa o indirec-tamente, en la prostitución, y que ocho millones de libras esterlinas (cuatrocientos millones de francos) son anualmente gastados en Londres en este vicio.

 

En mayo de 1835 fue instituida la Sociedad para la prevención de la prostitución infantil. En su llamado al público, expone el estado de depravación de las clases populares en Londres; afirma que exis-ten escuelas donde la juventud de los dos sexos es preparada para el hurto y para todos los actos de inmoralidad; que la prostitución y el robo son abiertamente alentados por quienes que se aprovechan de ello, y que el crimen es, en general, organizado; por último, llama la atención de los ciudadanos acerca de los más atroces atentados que se cometen impunemente en pleno día en las calles de Londres para alimentar el más infame de los comercios. Existe, dice el texto, un gran número de hombres y mujeres cuyo negocio consiste en ven-der niñas de entre diez y quince años que han atrapado en sus redes. Las muchachas, atraídas bajo pretextos creíbles a las casas de citas, son recluidas allí durante quince días y pierden para siempre contacto con sus padres.

 

 

 

8   Persona que tiende trampas, emboscadas.

 

 

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En mayo de 1836, el comité de la Sociedad hace notar, en el infor-me sobre sus trabajos, que

 

sea cual sea la pena que todo hombre moral experimenta ante las escenas de vicio que se muestran sin disimulo en la metrópoli, el es-pectáculo más repulsivo es el que ofrece el espantoso aumento de la prostitución infantil. De noche, y aun en pleno día, las calles son recorridas por desdichadas criaturas que han sido desviadas de la buena senda y de la protección de sus padres, a manos de impíos que han consumado su destrucción con el objeto de obtener una ganan-cia y que, sin embargo, permanecen sin castigo.

 

Entre las muchachas seducidas a las que el comité auxilió durante el primer año de su ejercicio, destaco el caso de una niña de trece o catorce años. El tratante de esclavos que la pervirtió y en cuya casa estaba retenida, llevado a juicio, ha sido absuelto. Por lo demás, en los informes de la Sociedad, para los años 1837 y 1838 se cuentan va-rios hechos de la misma especie, y los traficantes de carne humana solo han sido condenados a algunos meses de prisión.

 

Después de haber descripto algunos de los medios de captación empleados con los jóvenes que el comité ha socorrido, el texto añade:

 

Los numerosos artificios usados para atraer a la vorágine de la mise-ria a los ingenuos niños (de ambos sexos) son tan complicados, tan variados, que sería imposible detallarlos. Es por ello que hablaremos solamente del trato que sufren aquellas criaturas infortunadas cuan-do caen en la trampa. Tan pronto como la niña entra a uno de esos antros, se la despoja de su ropa, de la que se apodera el o la regente del establecimiento, y se la viste con trajes espléndidos que han in-tegrado el vestuario de las mujeres ricas y que los ropavejeros pro-porcionan. Se les informa a los habitués de su llegada, y si la joven no atrae más público a la casa, su amo la envía a recorrer las calles, donde la hace vigilar de tal forma que le es imposible escapar; si lo intenta, el espía, hombre o mujer, que la sigue, la acusa de haber ro-bado al dueño de la casa los vestidos que lleva. Entonces el policeman la detiene, algunas veces la lleva a la comisaría, pero lo más frecuente

 

 

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es que devuelva la esclava fugitiva a su amo, de quien recibe una re-compensa. De vuelta a su infame residencia, la desdichada es tratada cruelmente; despojada de todo vestido, la dejan todo el día entera-mente desnuda a fin de que no pueda escaparse, y a menudo incluso es privada de alimento. Llegada la noche, le vuelven a poner su ropa y la envían a pasearse por las calles siempre vigilada por un espía; si en esas caminatas nocturnas no lleva a la casa a un cierto número de hombres, se la castiga con severidad, y no puede apropiarse ni un centavo del dinero que recibe.

 

 

Las casas de prostitución están prohibidas en Inglaterra, pero es difícil probar su existencia; aquellos que las frecuentan, contenidos por la vergüenza, no llevarían su testimonio a la justicia; y la policía, frente a la imposibilidad de introducirse en esas casas a menos que se cometan desórdenes, no puede constatar el delito. Los vecinos solo pueden hacer que los oficiales de la parroquia las cierren, acusándo-las de perturbar el descanso de la vecindad.

 

Por lo demás, la prohibición de la ley es absurda; porque siendo la prostitución un resultado forzoso de la organización de las sociedades europeas, es a disminuir la intensidad de las causas que la provocan, a reglamentar su uso, a lo que deben tender actualmente los gobiernos.

 

En los informes de 1837 y 1838, el comité de la Sociedad da cuenta de las pesquisas que ha dirigido contra los regentes de las casas de prostitución y los individuos que corrompen a las muchachas; pero las penas aplicadas por regentear esas casas y por desviar y pervertir a criaturas de entre diez y quince años no exceden un año de prisión y, por lo general, son de entre uno y seis meses. Incluso puede ocurrir que los acusados sean exonerados, por considerarse que esos niños de ambos sexos, de entre diez y quince años encontrados en una de esas casas, han consentido en ir allí o en quedarse allí. Tal es la legislación que protege a la familia del proletario. En cuanto a los hijos de los ricos, constantemente vigilados por personas que cuidan de ellos, es-tán poco expuestos a estas seducciones.

 

La depravación está tan extendida y el precio que se obtiene por los niños es tan elevado, que no hay astucia a la que no se recurra

 

 

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para procurárselos. En 1838, el comité de la Sociedad hacía un llama-do al patriotismo, a la virtud, la religión y la humanidad

 

a fin de combatir los esfuerzos desvergonzados que se hacían conti - nuamente para alimentar el libertinaje mediante nuevas víctimas. ¡Difícil pasar por una calle cualquiera sin encontrar alguna casa de-dicada a este infame comercio! Numerosos agentes se encargan de captar, de atrapar de mil maneras a las inocentes criaturas sin expe-riencia, y los suburbios, los bazares, los parcs, los teatros, les propor-cionan sin cesar nuevas presas. Este comité además tiene pruebas –añade el texto– que le permiten afirmar que los regentes de las casas de citas y sus agentes acostumbran también dirigirse a asilos para pobres y establecimientos penitenciarios, donde con frecuencia ob-tienen muchachas (Your committee have authority for stating, that the keepers of brothels, and procurers, are frecuently in the habit of obtaining females from the workhouses and penitentiaries).9

 

A pesar de la máscara de hipocresía que siguen manteniendo las per-sonas de las clases altas con el propósito de perpetuar el fanatismo del pueblo, apenas se mostraron dispuestas a secundar los esfuer-zos de la Sociedad para prevenir la prostitución de la infancia; mien-tras que en los treinta y siete años que lleva de existencia la Sociedad para la eliminación del vicio, que se dedica solamente a perseguir a quienes no observan el domingo, a los vendedores de publicaciones obs-cenas y a los adivinos, esta sociedad ha encontrado constantemente ayuda y apoyo en todas partes, porque se puede dormir bien el día domingo en los sermones de los reverendos, renunciar a las descrip-ciones de Aretino, y seguir manteniendo los vicios. Además, apoyan-do a una sociedad que tiene la pretensión de trabajar para eliminar el vicio se adquiere la reputación de virtuoso, muy apreciada por el robert-macairismo.

 

El comité de la Sociedad para prevenir la prostitución de la infan-cia decía en mayo de 1838:

 

 

9   Prostitution in London, p. 146.

 

 

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Mientras los miembros del comité continuaban la ejecución de las operaciones comenzadas, han debido luchar contra obstáculos de una naturaleza poco común; estos obstáculos provienen de la apa-tía y de la indiferencia casi universales que despiertan los objetivos de la Sociedad. Los miembros de vuestro comité han sido acogidos, durante sus pesquisas, por las burlas y el desprecio de gente profana e inmoral, por la censura y la desaprobación de aquellos que creen que el libertinaje es necesario para el bienestar social, por la indife-rencia desdeñosa y la negligencia de los hombres religiosos. No han encontrado en ninguna parte ayuda o aliento; pero en medio de los impíos desaires de aquellas gentes, de las pullas y las risas de todos, han tenido el coraje de perseverar, conscientes de la importancia de los objetivos que perseguían, y sostenidos por la simpatía y las afec-tuosas atenciones de sus suscriptores.

 

 

La depravación inglesa no produce nada más odioso que esos mons-truos de los dos sexos que recorren Inglaterra y la Europa continen-tal, tienden sus redes a la niñez y luego retornan a Londres a vender a esta virtuosa aristocracia, a los enriquecidos por el comercio, las muchachas que han arrebatado al afecto de sus padres alentando en ellos insidiosas esperanzas por medio de atroces mentiras, o de las cuales se han apoderado furtivamente mediante trampas tendidas a las muchachas mismas. Algunos de estos agentes frecuentan a las respetables clases de la sociedad inglesa; vinculados con los merca-dos de esclavos del west-end, a menudo son enviados a diversas ciu-dades y aldeas del continente, a Holanda, Bélgica, Francia e Italia. Tratan con los padres, comprometen a las muchachas en calidad de bordadoras, modistas, lenceras, músicas, damas de compañía, do-mésticas, etc., para evitar las sospechas; a veces incluso llegan a dar adelantos a los padres, y cuando se han procurado un cierto número de muchachas, regresan a Londres.10

 

 

El comité de la Sociedad para la prevención de la prostitución infan-til intentó, en 1837, demandas judiciales contra una francesa llama-

 

10 Prostitution in London, p. 181.

 

 

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da Marie Aubrey, que fue obligada a abandonar su infame comercio y huir a Francia para evitar algunos meses de prisión. “Su casa estaba situada en Seymour-place, Bryanstone-square; este establecimiento tenía una gran reputación en el mundo elegante: visitado por algu-nos de los extranjeros más distinguidos y por el gran mundo del west-end, exhibía un lujo que rivalizaba con las más ricas y las más nobles familias. La casa tenía doce o catorce piezas, sin contar las de uso do-méstico; cada una de esas piezas estaba amoblada con un gusto infi-nito y a la última moda. El salón, muy amplio, estaba elegantemente adornado. Una profusión de cuadros, entre los que se encontraban pinturas de mucho valor, decoraban sus paredes; en una palabra, el mobiliario de aquella casa era extremadamente rico. Marie Aubrey tenía, para uso de los importantes personajes que recibía, un servicio de platería y vajilla de un gusto exquisito. En el momento en que las acciones contra ella fueron iniciadas, había en su casa entre doce y catorce jóvenes de Francia y de Italia. Marie Aubrey tenía un médico asociado a su establecimiento, que vivía en la vecindad y al que em-pleaba también como agente; con frecuencia lo enviaba a Francia, a Italia, y cuando él estaba en Londres, visitaba los pueblos de los alre-dedores en busca de muchachas jóvenes. Marie Aubrey vivió muchos años en esa casa, donde amasó una fortuna considerable; luego de su partida, el personal fue despedido y se vendió el mobiliario. Cuando recibía una nueva importación de muchachas, enviaba una circular a los señores que acostumbraban visitar su establecimiento.

 

Hay actualmente en la metrópoli un gran número de jóvenes muje-res de Francia, Italia y de otras partes del continente; muchas de ellas han sido separadas de sus familias e introducidas en la senda de la iniquidad por Marie Aubrey y sus infames agentes. Vuestro comité conoce un número considerable de casas de esta especie en el west-end, cuyas circulares están en su poder; estas siguen en todo el mo-delo de Marie Aubrey, y por medio de las direcciones que le provee la guía de la corte, envían anuncios de todo tipo relativos a su estableci-miento, a todos sin distinción (nobility and gentry).

 

Vuestro comité desea exponer en esta asamblea los medios emplea-dos por los agentes de esas casas. Tan pronto como llegan a las ciuda-

 

 

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des del continente, averiguan en qué familias hay señoritas que bus-quen colocarse en algún puesto respetable; luego se introducen en esas familias y, por medio de bellas promesas, inducen a los padres a consentir que sus hijas los acompañen a Londres, acordando con ellos que las jóvenes serán empleadas en calidad de bordadoras, modistas, floristas o cualquier otra profesión de mujeres. Se les deja a los padres una suma de dinero a modo de garantía, para sellar el compromiso. Algunas veces, incluso se estipula que una parte determinada de los salarios de sus hijas les será enviada todos los trimestres; y mientras ellas se quedan en el establecimiento que las ha hecho venir, la parte de los salarios prometida es efectivamente enviada a los padres que, sin sospechar, reciben así una ayuda económica procedente de la pros-titución de sus hijas. En caso de que ellas abandonen la casa, se escri-ben cartas a los padres para informarles que sus hijas han dejado a su patrona; en consecuencia, las remesas de dinero cesan, pero se le dice a la familia que la joven ha encontrado un puesto no menos respetable que el anterior, y que está muy bien.11

 

 

La profunda corrupción de las clases ricas, los altos precios que pa-gan, protegen y fomentan este infame comercio. Talbot dice que en los serrallos del west-end, las esclavas de las nuevas importaciones se pagan entre veinte y cien libras esterlinas. Y si se piensa en el lujo de esas casas, en la enormidad de sus gastos, en los viáticos de sus agentes, se comprenderá que ese precio no parece exagerado. Cuan-do las jóvenes, conocidas por todos los habitués, ya no excitan más su capricho, se las traslada a un establecimiento de segundo orden, y al cabo de un año o dieciocho meses, las desgraciadas mueren en algún hospital o son abandonadas a su suerte en las calles.

 

La demanda de estas muchachas es tan grande, que por todas partes se tienden trampas para tomar desprevenidos a quienes las cuidan y atraparlas. Hay mujeres, dice M. Ryan, que acechan en las agencias de alquiler de coches a las jóvenes que vienen a Londres para conseguir trabajo, y les ofrecen alojamiento. Otras se presentan

 

 

11 Prostitution in London, p. 156.

 

 

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en los asilos de pobres y en los hospicios bajo el pretexto de contratar sirvientas, y a menudo logran que se les confíen niñas. Estas mujeres están bien vestidas y se imponen por su tono; en los mercados man-tienen conversación con las muchachas de las tiendas, frecuentan los negocios de ropa y todos los talleres de mujeres, atrayendo a sus casas mediante mil astucias a las jóvenes aprendizas; aquellos que las emplean las hacen viajar, y pueden alejarse hasta ochenta millas de Londres en busca de víctimas.

 

Talbot dice que:

 

entre las formas que emplean aquellas infames casas para llenar los vacíos frecuentes que la enfermedad y la muerte ocasionan en el es-tablecimiento, y para satisfacer el crecimiento de la demanda, está el enviar a jóvenes de dieciocho años a recorrer las calles y engañar con lisonjas a las niñas que encuentran. Les proponen acompañarlas a visitar a un pariente, dar un paseo agradable, asistir a cualquier evento interesante, las invitan al teatro o les ofrecen un buen em-

 

pleo. Las jóvenes desempeñan este oficio en pleno día y también por la noche, y recurren a los artificios más sutiles a fin de convencer a

 

las niñas de que las sigan. El domingo es el día predilecto de esas mi-serables; acechan a las niñas a la salida de los colegios dominicales y las atraen a sus guaridas; ¡creo incluso poder afirmar que algunas niñas han sido sustraídas dentro del colegio mismo, a la vista de sus profesores y sus compañeros, que no tenían ni idea de que un plan tan horroroso se estuviese ejecutando! Tan pronto como se apoderan de las niñas, estas son vendidas y su ruina a menudo es consumada por alguno de esos viejos pervertidos de pelo canoso que pagan por ellas precios altísimos.12

 

 

Talbot refiere numerosos hechos, llegados a su conocimiento, de ni-ñas de entre diez y once años que son violadas en antros. Estos crí-menes se cometen de manera habitual y se los castiga tan poco, que los dueños de aquellos establecimientos, agrega Talbot, se pasean por los mercados acompañados de cocheros que les traen, a tanto por

 

12 Prostitution in London, p. 182.

 

 

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cabeza, niñas del campo de entre diez y catorce años que han conven-cido bajo diversos pretextos de venir a Londres. Esos cocheros han sido llevados a menudo ante los magistrados de la Policía por críme-nes de este género; pero por la imperfección de la ley, cuando son castigados es tan solo con una pena ligera.

 

De los testimonios que tengo en mi poder, dice Talbot, se desprende que un gran número de dueños de casas de citas atraen muchachos a ellas. Es un hecho constante y creo ser exacto si digo que, de cinco mil establecimientos, dos mil fomentan el libertinaje de los muchachos… ‘Sunt lupinaria nunc inter nos, in quibus utuntur pueri vel puellæ!!!’.13 M. Talbot me indicó las ubicaciones, dice el doctor Ryan; pero no puedo permitirme publicarlas.

 

Los jóvenes de ambos sexos que están en estas infames y horribles cavernas han sido capturados, en su mayor parte, cuando miraban ilustraciones indecentes en las vidrieras de las tiendas, y hay quienes han gastado hasta diez libras esterlinas para convertirse en amo de un muchachito.

 

Dado que la policía no puede introducirse en una casa cualquiera a menos que los gritos y el ruido no proclamen los desórdenes hasta la calle, a excepción de estos establecimientos, interesados en tener buena reputación entre la gente elegante, la mayor parte de las casas de citas son lugares peligrosos. Estas ofrecen refugio a delincuentes y ladrones de toda especie; y los dueños son frecuentemente lleva-dos frente al magistrado por pleitos, disturbios y bajo la acusación de robo. En esas guaridas, los ladrones vienen a esconderse y repartir el botín obtenido mediante el robo; los dueños trafican con los obje-tos robados y acuden a ayudar a los ladrones cuando estos son de-tenidos. Entonces dan dinero para desviar el curso de la justicia y a menudo logran que los absuelvan. Casi todas las prostitutas reciben dinero de los industriales que frecuentan esas casas. Los ladrones

 

 

13 Prostitution in London, p. 198. Copio las palabras latinas del doctor Ryan, quien por decencia no las ha traducido.

 

 

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pasan allí la noche y a la menor señal están prestos a precipitarse sobre la víctima para despojarla y hasta asesinarla.14

El doctor Ryan habla de un barrio de Londres llamado Fleet-Ditch, donde casi todas las casas son antros espantosos; un acueduc-to muy ancho lo atraviesa y desemboca muy lejos, en el Támesis. Los asesinos y bandidos de toda clase que habitan esas casas arrojan los cadáveres de sus víctimas al acueducto, sin correr el menor riesgo de ser descubiertos. Me han asegurado, añade el doctor Ryan, que dos individuos muy influyentes de la ciudad de Londres poseen dos casas en los alrededores de ese barrio valuadas, cada una, en apenas trein-ta libras esterlinas por año, y ¡las alquilan a dos libras esterlinas por semana como casas de citas de última categoría! Las rentas de las casas del lugar oscilan entre cien y quinientas libras esterlinas por año, sin incluir la prima de entrada, que cuesta entre cien y trescientas libras esterlinas, es decir, lo que exige un propietario para un estable-cimiento de primer orden; y el doctor Ryan cuenta la historia de dos caballeros que se dejaron convencer de pasar la noche en una casa de citas situada en un infame square, y que en la mañana tuvieron una áspera pelea con los chulos de las jóvenes sirenas.15

 

Independientemente de las casas de citas que se encuentran en todas las calles de Londres, donde las prostitutas llevan a los hom-bres que pescan en las calles y en las que habita buena cantidad de ellas, en ciertos barrios existen lodginghouses, casas de alojamiento regentadas por encubridores y receptadores donde se refugian ladro-nes de todo tipo; muchas de estas casas contienen cincuenta camas ocupadas por personas de ambos sexos. En algunas se recibe solo a ladrones muy jóvenes, a fin de que no sean maltratados por los más fuertes. Como estos muchachos no tienen menos maña, astucia y co-nocimiento del oficio que cualquier ladrón, el regente desea sacar el máximo provecho posible de todos sus robos y no admite en su casa a hombres que les robarían a los muchachos los botines obtenidos.

 

14 Prostitution in London, pp. 176-192.

 

15 Prostitution in London, p. 177.

 

 

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Pero las mujeres no son excluidas, para hablar más exactamente, las jóvenes de entre diez y quince años, porque es raro que la compañera del ladrón llegue a la edad de mujer. Estas niñas son admitidas en calidad de amantes de los muchachos que las traen. Las escenas de de-pravación que tienen lugar en esos antros, dice el doctor Ryan, son indescriptibles… ¡y serían increíbles si se les describiese!16

 

Casi todos los muchachos de entre doce y quince años enviados a las prisiones, han tenido relaciones con prostitutas y son visitados diariamente por sus amantes, quienes dicen ser sus hermanas. Tal-bot evalúa que hay en Londres entre trece y catorce mil prostitutas jóvenes, prostitutas de entre diez y trece años que se renuevan sin ce-sar. Dice que el hospital de Guy recibió, en el lapso de ocho años, a dos mil setecientos pacientes de entre diez y quince años con enfer-medades venéreas, y que un número bastante mayor de criaturas de esa misma edad fue rechazado por falta de camas. He visto, añade Tal-bot, hasta treinta en un día, despachados por falta de espacio, aunque estuviesen en un estado tan lastimoso que apenas podían caminar… El doctor Ryan dice también que un gran número de solicitudes de ingreso al hospital son dirigidas diariamente al Metropolitan Free Hospital por muchachas de entre doce y dieciséis años afectadas por enfermedades sifilíticas.17 A menudo me he asombrado, continúa el doctor Ryan, en los hospicios y otros lugares de caridad pública a los que asistía como médico, de la cantidad de niños que se presentaban para consultar sobre enfermedades venéreas.18

 

Existen en Londres cinco instituciones que prestan ayuda a las prostitutas que desean dejar su horrible ocupación;19 pero los esfuer-

 

 

16

 

17

 

18

 

 

Prostitution in London, p. 201.

 

Prostitution in London, pp. 185-186.

 

Prostitution in London, p. 186.

 

 

19 The Magdalen (1758); The London Female Penitentiary (1807), The Guardia Society (1812); The maritime penitent refuge (1829); The London Society for the prevention of juvenile prostitution (1835).

 

En cuanto a la Sociedad para la eliminación del vicio fundada en 1802, esta tiene cin-co objetivos, a saber:

 

1.  Prevenir la profanación del domingo;

 

 

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zos de estas sociedades están en general mal dirigidos, y con medios económicos tan limitados no pueden hacer gran cosa. El número total de prostitutas a quienes los cinco asilos ofrecen anualmente refugio, no pasa de quinientos. ¡Es solo a quinientas de estas des-dichadas que las cinco sociedades ayudan, consiguiéndoles una ocupación más honrada! La única que ataca la depravación de raíz es la Sociedad para la prevención de la prostitución infantil; esta se sirve activamente de las leyes existentes, pero, aun así, con todo su celo, apenas logra limitar el crimen debido a la insuficiencia de la legislación y de la asistencia que recibe. Así, el regente de una casa de citas que haya capturado y pervertido a menores de entre diez y quince años para entregarlos a la depravación, será condenado solamente (si no es exonerado) a ocho o diez días de prisión; mientras que, si una mujer humilde u otro individuo es detenido vendiendo frutas o cualquier otra cosa en la calle, ¡será castigado con treinta días de prisión! El simple encarcelamiento de algunos días no es, para el regente de la casa de citas, más que una pena ligera; cual-quier sentimiento de vergüenza le resulta ajeno; sus asociados no tienen por eso menos consideración hacia él, y le dan muestras de su simpatía: hacen gestiones para acortar su detención y lo visitan para alivianar su tedio. En cambio, para las muchachas virtuosas (culpables solamente de una contravención), treinta días de prisión son, casi inevitablemente, su ruina completa. ¿Pero qué importa el hijo del proletario, su mujer o su hija? El tendero está interesado en que no se venda nada sobre la vía pública. El tendero y el regente de

 

 

 

2.  Combatir las publicaciones blasfematorias;

 

3.  Combatir las ilustraciones y libros obscenos;

 

4.  Combatir las casas de citas;

 

5.  Combatir a los adivinos.

 

Esta sociedad solo se ocupa activamente de hacer respetar el domingo. La ociosidad del sép-timo día de la semana y la concurrencia al cabaret son, desde su punto de vista, la única manifestación de la religión del pueblo. También persigue a veces los libros y las ilustracio-nes obscenas y esta es, a decir verdad, la única cosa útil a la que se dedica. La corrupción de entre ocho y diez mil niños sacrificados anualmente a los vicios de los opulentos no llama en absoluto su atención. Esta sociedad es tenida en alta estima por la nobleza y la iglesia angli-cana, y si no persiguen a los adivinos, es porque probablemente estos tienen el favor del clero.

 

 

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la casa de citas tienen derechos políticos, son electores, jurados, mien-tras que el proletario, su mujer y sus hijos terminan casi siempre a cargo de las parroquias. Evidentemente, la demanda anual de en-tre ocho y diez mil menores para la lujuria de los ricos favorece el sistema de Malthus para la disminución de la población; bajo este punto de vista, el regente de la casa de citas es un hombre respetable, ¡un hombre útil al país!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las mujeres inglesas*

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Es posible ver un ápice de justicia en la suerte que les ha tocado (a las mujeres)? ¿No es la joven una simple mercancía ofrecida en venta a quien quiera negociar su adquisición y su propiedad exclusiva? ¿No es ridículo el consentimiento que ella presta al vínculo matrimonial, forzada por la tiranía de los prejuicios que

 

la atormentan desde su infancia? Quieren persuadirla de que lleva cadenas ornadas de flores; pero, ¿puede sentir alguna ilusión frente a su propio envilecimiento, aun en regiones henchidas de filosofía como Inglaterra, donde los hombres gozan del derecho a llevar a su mujer al mercado, con la soga al cuello, para entregarla como una bestia de carga a quien quiera pagar el precio? En este aspecto, ¿acaso nuestra conciencia pública ha superado la de aquellos tiem-pos brutales cuando cierto concilio de Mâcon, verdadero concilio de vándalos, sometió a debate si las mujeres tenían alma, y el voto afirmativo se impuso por tan solo tres voces? La legislación inglesa, tan elogiada por los moralistas, les otorga a los hombres diversos derechos no menos deshonrosos para su sexo, como el derecho del marido a exigir una indemnización pecuniaria al amante reconoci-do de su esposa. Las formas son menos groseras en Francia, pero la esclavitud es, en el fondo, siempre la misma.

 

 

Fourier, Teoría de los cuatro movimientos.

 

 

 

 

 

*   Extraído de Tristán, Flora (1972). XVII. Las mujeres inglesas. En Flora Tristán, Paseos en Londres. Lima: Biblioteca Nacional del Perú. [De la cuarta edición en francés Promenades dans Londres. París: H. L. Delloye, 1846]. Traducción revisada para esta edición.

 

 

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Flora Tristán

 

¡Qué indignante contraste hay en Inglaterra entre la extrema servi-dumbre de las mujeres y la superioridad intelectual de aquellas que son autoras! No existen males, dolores, desórdenes, injusticias, mise-rias resultantes de los prejuicios de la sociedad, de su organización y de sus leyes, que hayan escapado a la observación de las mujeres au-toras. Los escritos de estas inglesas son brillantes; aclaran el mundo moral con vivo resplandor, sobre todo si se considera la educación absurda que han sufrido, y la influencia embrutecedora del medio en el que han vivido.

 

Basta con residir algunos meses en Inglaterra para quedar impre-sionado por la inteligencia y la sensibilidad de las mujeres que, ade-más, son capaces de una atención sostenida y tienen memoria; con estas disposiciones, no hay nada inaccesible en la esfera intelectual. Hay nobleza y grandeza en sus modales, pero por desgracia, todas estas bellas cualidades innatas son aplastadas por un sistema educa-tivo fundado sobre falsos principios y por la atmósfera de hipocresía, prejuicios y vicios que rodea su vida.

 

La existencia de las inglesas es lo más monótono, árido y triste que uno pueda imaginar. Para ellas, el tiempo no tiene medida, y los días, los meses y los años no traen ningún cambio a esta agobiante uniformidad.

 

En su infancia son educadas según la posición social de sus pa-dres; pero cualquiera sea el rango que deban ocupar, se encuentran siempre, con ligeros matices en algunos casos, bajo el imperio de los mismos prejuicios con que se dirige la educación.

 

En este país del más atroz despotismo, cuyas libertades durante mucho tiempo estuvo de moda alabar, ¡la mujer está sometida por los prejuicios y la ley a las desigualdades más indignantes! Solo he-reda cuando no tiene hermanos varones, está privada de derechos civiles y políticos, y la ley la somete completamente a su marido. Moldeada por la hipocresía, cargando el pesado yugo de la opinión, todo lo que impresiona sus sentidos al salir de la infancia, todo lo que desarrolla sus facultades, todo lo que debe soportar, tiene como resultado inevitable materializar sus gustos, embotar su alma y en-durecer su corazón.

 

 

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Las mujeres inglesas

 

Los novelistas ingleses, indignados con las escenas que veían al interior de las familias, han soñado con otras y las han tomado por ciertas bajo el testimonio de su imaginación. Por eso, si son veraces cuando pintan las ridiculeces del común de los gentlemen, la beatería y las pretensiones de la burguesía, la tiranía del padre y del esposo, el insultante orgullo de los superiores y la bajeza de los subalternos, al mismo tiempo se alejan de la realidad con sus cuadros de felicidad doméstica. ¡Felicidad sin libertad! ¡La felicidad jamás ha existido en la sociedad del amo y el esclavo!

 

He aquí como ocurren las cosas en las familias que gozan de bienestar.

Los niños están confinados al tercer piso con su niñera, criada o institutriz; la madre los pide cuando quiere verlos; solo entonces los niños vienen a hacerle una corta visita durante la cual la madre les habla en tono ceremonioso.1 Privada de caricias, la pobre niña no de-sarrolla su facultad de amar, que permanece inerte; ignora por com-pleto la dulzura de la intimidad, de la confianza, del esparcimiento, que toda niña naturalmente espera recibir de una madre que la quie-ra; en cuanto a su padre, al que apenas conoce, tiene por él un respeto mezclado con temor, y por su hermano varón, una consideración y una deferencia que, desde muy corta edad, está obligada a mostrarle.

 

El sistema seguido en la educación de las jóvenes me parece apro-piado para embrutecer a la niña más inteligente.

M. Jacotot dice: Todo está en todo. La educación inglesa parece mos-trar, al contrario, que en el todo no hay nada. Solo se ocupan de impri-mir sobre esos jóvenes cerebros palabras de todas las lenguas euro-peas; las ideas no importan para nada. En esta extravagante manía, la barbarie iguala a la estupidez; se le da a la niña una nodriza alema-na, una institutriz francesa, una criada española, a fin de que aprenda, desde la edad de cuatro o cinco años, tres o cuatro lenguas. He visto

 

1   En la clase alta, las señoritas permanecen con sus institutrices hasta que se casan. Cuando la madre quiere verlas, les envía con su footman una invitación para venir a tomar el té, y las señoritas se arreglan para presentarse en el departamento de su madre como si fuesen a visitar a una extraña.

 

 

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Flora Tristán

 

algunas criaturitas de estas cuya suerte era verdaderamente digna de compasión; no podían hacerse comprender por las personas que las rodeaban. Toda picardía, toda gracia en el lenguaje estaba completa-mente fuera de su alcance. Incapaces de comunicarse verbalmente, estaban obligadas a hacerse comprender mediante signos. Este esta-do hacía nacer, según la naturaleza de cada individuo, la irritación o la apatía: algunas eran vocingleras, escandalosas, malvadas; otras, silenciosas y tristes. La niña forzada a sobrecargar su memoria de palabras en tres o cuatro lenguas no adquiere sino una concepción confusa del sentido que las palabras expresan; retiene el signo oral y deja escapar la idea que este representa; la capacidad de memorizar palabras se desarrolla desmedidamente, pero la inteligencia necesa-ria para concebir pensamientos se destruye. El conocimiento de las lenguas es, sin duda, necesario para un pueblo cuya codicia invade la tierra entera; pero, ante todo, es preciso subordinar cualquier tipo de instrucción al desarrollo de la mente, y luego considerar la utilidad del lenguaje que se le hace aprender al niño. Es raro, sino imposible, que alguien pueda expresarse con fluidez y elegancia en tres o cuatro idiomas. Ahora bien, como las locuciones irregulares, incorrectas y pronunciadas con acento extranjero chocan en todo país, y como las mujeres raramente son llamadas a mantener relaciones comercia-les con las naciones extranjeras, pienso que, en general, existen para ellas cosas más útiles que aprender.

 

Para todo lo que se enseña se emplea el mismo método de los idio-mas. Es preciso que la joven aprenda música, tenga o no aptitud para este arte; que dibuje, que baile, etc. Resulta de esta educación que las señoritas saben un poco de todo, pero en ninguna disciplina mani-fiestan un talento del que se puedan servir, aunque sea para distraer-se. Hay excepciones, pero son raras.

 

En cuanto a la educación moral, esta se basa en la Biblia. Este libro encierra cosas buenas, todos estamos de acuerdo en eso; pero cuán-tas inmoralidades, historias indecentes e imágenes obscenas habría que quitar para ponerlo en manos de los jóvenes, si se quiere evitar que su imaginación se ensucie y que encuentren allí justificación a

 

 

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todas las acciones que la sociedad reprueba: el robo, el asesinato, la prostitución, etc. Porque, digan lo que digan los reverendos, la scrip-tural education es la más antisocial de las educaciones. Entre las mil contradicciones inglesas, esta no es la menos chocante. Exigir que una joven sea pura, casta, inocente, y, al mismo tiempo, prescribirle la lectura de un libro donde se narran las historias de Lot, de David, de Absalón, de Ruth, el Cantar de los cantares, etc.…. Y cuando conoz-

 

ca las prédicas de San Pablo sobre los fornicadores, cuando adornen su memoria las escenas de violaciones, de amor adúltero, de prosti-tución y de orgía representadas en la Biblia, y las expresiones de las que se sirve el santo libro, se le dirá que no debe pronunciar las pala-bras camisa, calzoncillos, calzón, muslo de pollo, perra, etc. Por lo tanto, es la apariencia de castidad e inocencia y la realidad del vicio lo que se enseña a las jóvenes, así como se enseña al pueblo la apariencia de religión y la realidad del ocio y de los desórdenes que esta produce al prescribir la observación del domingo. ¡Cosa extraña! La moral no existe en ninguna parte; ya no se cree en la castidad, en la probidad y en ninguna de las acepciones de la palabra virtud; nadie se deja en-gañar por las apariencias y, sin embargo, estas siguen adornando las costumbres nacionales.

 

Las jóvenes tienen muy pocas distracciones. Como el seno de la familia es frío, árido y mortalmente aburrido, se lanzan en cuerpo y alma a la lectura de novelas; desgraciadamente, estas novelas es-tán protagonizadas por enamorados que no existen en Inglaterra, y la influencia de estas lecturas hace nacer esperanzas que no pueden realizarse. La imaginación de las jóvenes toma un cariz novelesco: solo sueñan con el rapto, pero con la particularidad –que caracteriza este siglo de confort, comodidad y lujo– de que el raptor debe ser hijo de un nabab o de un lord, heredero de una inmensa fortuna, y de que el rapto debe hacerse en una espléndida calesa de cuatro caballos. Los jóvenes ricos, lejos de responder a los deseos de que son objeto, tienen los sentidos hastiados, el corazón endurecido, y su espíritu frío y práctico somete todo al cálculo. Las decepciones que experi-mentan estas señoritas no tendrían lugar si se les hubiese inculcado

 

 

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el gusto por los goces intelectuales, inspirado el desprecio por las sa-tisfacciones de la vanidad, y si hubiesen sido formadas en el hábito de vivir con poco. Si se les hubiese explicado el Evangelio, sabrían que las grandes riquezas casi siempre corrompen el corazón, y no desearían en lo más mínimo ser amadas por jóvenes que pasan su vida en las casas de juego y emborrachándose con prostitutas. Estas señoritas, después de haber esperado vanamente la calesa de cuatro caballos, llegadas a la edad de veintiocho o treinta años, se casan con pequeños comerciantes, con empleados rasos, o algo por el estilo. Muchas también permanecen solteras.

 

La suerte de la mujer casada es, por cierto, mucho más triste que la de la soltera; por lo menos esta goza de cierta libertad, puede conocer el mundo, viajar con parientes y amigos, mientras que una vez casada, ya no puede salir sin el permiso de su marido. El marido inglés se asemeja al amo y señor de los tiempos feudales. Se cree, y ello de buena fe, con de-recho a exigir de su mujer la obediencia pasiva del esclavo, la sumisión y el respeto. La encierra en su casa, no movido por el amor y los celos como el turco, sino porque la considera como un objeto suyo, como un mueble que solo debe servir para su uso, y al que siempre debe encon-trar a su disposición; no tiene noción de que debe ser fiel a su esposa. Esta manera de ver, que deja el campo libre a las pasiones, muchos la fundamentan en la Biblia. El marido inglés se acuesta con su sirvienta, la despide cuando está encinta o recién parida, y no se cree más culpa-ble que Abraham enviando al desierto a Agar y a su hijo Ismael.

 

En Inglaterra la mujer no es, como en Francia, la dueña de casa; casi siempre es allí una completa extraña. El marido tiene el dinero y las llaves, es él quien paga los gastos, contrata o despide al perso-nal doméstico, planifica la cena cada mañana, e invita a los comen-sales; solo él decide la suerte de los niños; en una palabra, se ocu-pa de todo. Muchas mujeres no saben con exactitud a qué negocios se dedican sus esposos, qué profesión se ha elegido para sus hijos, y generalmente ignoran el estado de su fortuna. La mujer inglesa jamás le pregunta a su marido qué hace, a quién frecuenta, cuánto dinero gasta, o dónde pasa su tiempo. No hay una sola mujer que

 

 

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ose plantear semejantes preguntas. De esta extrema dependencia, de este respeto de las mujeres inglesas por la voluntad de su amo y señor, a la familiaridad, al interés activo de las mujeres francesas para con sus maridos, hay todo el espacio que separa la civilización francesa actual de la de San Luis. La mujer inglesa no tiene ninguna garantía de su fortuna y puede ser despojada de ella sin saberlo. Normalmen-te es por el periódico que se entera de que su marido quebró, que está arruinado y, a veces, que se ha volado la tapa de los sesos.

 

He dicho ya que es costumbre que los niños vivan con la nana o la institutriz en una habitación aparte; la madre no va jamás; no es de ella de quien aprenden a hablar, no es ella quien desarrolla gradual-mente su mente y su corazón. Cuando la nana o la institutriz le lleva los niños al salón, ella examina si están limpios, si sus vestidos están recién puestos; y terminada esta inspección, los besa y despide hasta el día siguiente. Cuando crecen, los niños se van a vivir a un pensio-nado; entonces la madre solo los ve muy de vez en cuando, y una vez casados, las relaciones cesan casi por completo: se escriben y eso es todo. Esta frialdad, esta indiferencia como madre y esposa, no resul-ta solamente de la educación petrificante que ha sufrido; es también la consecuencia natural de la posición que la mujer inglesa ocupa en la casa conyugal: ¿qué interés puede sentir por una asociación que se conduce en todo sin que su voluntad y sus consejos intervengan en nada? La buena o mala suerte del amo, ¿no despierta en los esclavos la más absoluta indiferencia?

 

Creo adivinar qué es lo que les ha valido a estas mujeres la repu-tación de amas de casa: su vida sedentaria. Y es que, ¿quién podría imaginar que estando todo el día en la casa no se ocupen de nada? Sin embargo, eso es lo que ocurre; las mujeres inglesas no solo no hacen nada en su casa, sino que incluso creerían rebajarse a la con-dición de obreras si agarraran una aguja;2 para ellas el tiempo es una

 

2 Me refiero solamente a las mujeres de familias acomodadas; porque está claro que la mujer pobre y la del pequeño comerciante están obligadas a trabajar. Pero muchas prefieren convertirse en mujeres ligeras, antes que descender al estado de obreras. En Inglaterra, el trabajo envilece.

 

 

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carga abrumadora. Se levantan muy tarde, desayunan lentamente, leen los periódicos, se visten; después, a las dos, llega la segunda co-mida; luego leen la novela y escriben cartas de doce a quince pági-nas. Para la siguiente comida se cambian de ropa; hacia las siete o las ocho, toman el té, siempre muy lentamente; a las diez de la noche ce-nan, y finalmente se quedan solas en un rincón junto a la chimenea.

 

Nada manifiesta tanto el materialismo de la sociedad inglesa como el estado de nulidad al que los hombres reducen a sus parejas. Las responsabilidades sociales, ¿acaso no le corresponden a la mujer tanto como al hombre, para que estos señores crean poder excluirla de ellas y condenarla a vivir la vida de una planta? ¡Oh! ¡Hay que ad-mitir que la scriptural education produce maravillosos efectos! Este orden inglés, ¿no es la sátira más amarga del matrimonio indisolu-ble? ¿Podrá inventarse algo que resalte aún más la extravagancia de la institución? Bajo el imperio de tales circunstancias es necesario, para que exista en Inglaterra un número tan grande de mujeres de mérito, que Dios haya otorgado a las inglesas mucha más fuerza mo-ral e inteligencia que a sus amos; de otro modo se convertirían, nece-sariamente, en criaturas completamente estúpidas.

 

Las causas de todos los matrimonios en Inglaterra son, en lo que a las jóvenes respecta, el deseo de sustraerse al poder paterno, de ali-gerar el yugo de los prejuicios que pesan tan fuertemente sobre ellas, y la esperanza de ser más importante en este mundo; porque para las almas elevadas es una necesidad tomar parte en el movimiento de la sociedad. En cuanto a los hombres, los motiva únicamente el deseo de apoderarse de la dote, de utilizarla para pagar deudas, hacer es-peculaciones, o, si la dote es una fortuna, dilapidar la renta que esta produzca en los clubes, los finishes, o con sus amantes.

 

En este negocio, es la mujer quien resulta engañada. Los prejui-cios la conducen al altar, donde la codicia la espera para despojar-la. Los hombres llevan la misma existencia que antes de casarse; el vínculo del matrimonio, tan pesado para las mujeres, no les impone ninguna obligación, y si les place, viven con prostitutas, sirvientas y actrices. La mayor parte mantiene suntuosamente a una amante

 

 

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en una bella casita de los suburbios: esta costumbre es universal en-tre los hombres ricos, tanto de la ciudad como del west-end. Forman una segunda familia; todo el afecto que tienen en el corazón es para esta mujer que han elegido y para los hijos que ella les dé, mientras que la pobre mujer legítima, que han tomado únicamente como socio capitalista, es para ellos una compañía incómoda, motivo de amar-gura: las atenciones que ella exige, la consideración, el respeto que el mundo los obliga a mostrarle, son deberes que los importunan y a los cuales escapan permaneciendo en sus casas el menor tiempo posible. ¿En qué se convierte la mujer por contrato? Por desgracia, ha sido reducida a la condición de máquina para fabricar hijos, “y los veinticinco años más bellos de su vida los pasa teniendo niños”.

 

El aislamiento lleva a las mujeres inglesas a observar, a meditar; un gran número de ellas se dedica a escribir. Hay en Inglaterra mu-chas más mujeres autoras que en Francia, porque las francesas tie-nen una vida más activa y están menos excluidas que las inglesas del movimiento social. Muchas mujeres autoras han hecho ilustre a Inglaterra, y desde Lady Montagu, que ha escrito sus impresiones de viaje en un estilo tan puro, tan elegante, muchísimas otras, si-guiendo su ejemplo, se han lanzado a la carrera literaria y han dado prueba de un mérito incontestable. Es, sobre todo, en la novela y en los cuadros de costumbres que estas mujeres se destacan. Todo el mundo conoce las obras de Lady Morgan; nadie antes de ella había pintado tan bien el carácter irlandés y dado tanta vida a la descrip-ción de Irlanda. Las obras de Lady Blissington se hacen notar por la exactitud en la observación, lo incisivo de su pensamiento; y podría citar muchos otros nombres. Recientemente ha aparecido una joven cuyo debut ha sido magnífico; jamás una aurora literaria ha brillado con tan vivo resplandor, ni ha dado tan bellas esperanzas; de este modo, lady Lytton-Bulwer se ha colocado en el primer puesto de la literatura. Esta mujer de élite es una de las numerosas víctimas de la indisolubilidad del matrimonio. Por eso, su primer libro es un largo grito de dolor; lo ha titulado Escenas de la vida real (Scenes of real life). Pero no se muestra impunemente el talento: como el mundo no ha

 

 

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podido rebatirle nada, se ha alzado contra el escándalo de semejan-tes divulgaciones. ¡Pobres mujeres!, solo se les permite sufrir... ¡este mundo les ha prohibido hasta quejarse!

 

El marido de lady Bulwer, conocido como célebre novelista, había llegado al Parlamento y obtenido el título de barón cuando su esposa reveló el bello genio con que Dios la ha dotado. Desde entonces, Sir Lytton-Bulwer se siente devorado por todos los demonios de la envi-dia, y ha recurrido a la calumnia para empañar un resplandor que lo ciega. Rodea a su mujer de espías, ¡y como la autora crece, quiere dis-minuir a la esposa...! A decir verdad, corre un rumor en Londres que explica la envidia devoradora y el odio enérgico con que persigue a su mujer: se dice que es Lady Bulwer la autora de todas las novelas pu-blicadas bajo el nombre de Sir Lytton-Bulwer. Lo que da a esta afirma-ción la consistencia de un hecho probado es que, tras la separación de los esposos, M. Lytton-Bulwer no ha publicado nada notable, y en la Cámara de los Comunes nunca se ha destacado sobre la multitud de mediocridades parlamentarias. Además, la elegante simplicidad, la elevación del pensamiento, la marcha de la acción en las Escenas de la vida real de lady Bulwer descubren en ella al autor de Rienzi y de Pethan, las dos novelas publicadas bajo el nombre de M. Bulwer que han tenido más éxito.3

 

Uno se consuela de la pérdida de su mujer; ¡pero perder una fuente de riqueza! ¡Perder a su hada creadora! ¡Caer de las alturas del Olimpo...! ¡Oh, lady Bulwer, hago votos porque el odio de su marido sea para siempre impotente; para que, más afortunada que yo, escape a toda bala homicida; ¡pero desgraciadamente, conozco lo suficiente el co-razón humano como para predecir que el odio de su esposo será im-placable y la perseguirá hasta la tumba!

 

Las mujeres autoras se ocupan también, en Inglaterra, de los temas más serios. Miss Martineau ha escrito obras muy notables sobre

 

 

3   He oído decir en Londres que Rienzi se vendió a sesenta mil libras esterlinas. Esta cifra me parece un poco exagerada.

 

 

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Las mujeres inglesas

 

economía política; mistress Trollope ha publicado un viaje por Amé-rica del Norte que ha tenido mucho éxito; mistress Gore ha escrito novelas cortas muy bellas acerca de las costumbres y la historia po-laca; mistress Shilly hace versos plenos de melodía y de sentimiento. Muchas de estas damas escriben en revistas y periódicos; pero veo con profunda aflicción que ninguna ha abrazado aún la causa de la libertad de la mujer, de esa libertad sin la cual todas las otras son de tan corta duración, de esa libertad por la que especialmente las mujeres autoras deberían luchar. En este aspecto, las mujeres auto-ras de Francia han aventajado a las inglesas. Sin embargo, una voz de mujer se hizo escuchar en Inglaterra hace medio siglo, voz que toma, de esta verdad con la que Dios ha marcado nuestra alma, un poder irresistible y una energía deslumbrante; voz que no teme ata-car uno a uno los prejuicios y señalar la mentira y la iniquidad. Mary Wollstonecraft tituló su libro A Vindication of the Rights of Woman [Defensa de los derechos de la mujer]; este fue publicado en 1792.

 

El libro fue silenciado desde su aparición, lo que no le ahorró a su autora el suplicio de la calumnia. Solo se publicó el primer volu-men, y se ha vuelto extremadamente difícil de conseguir. No pude encontrar un ejemplar para comprarlo, y de no haber sido por un amigo que me lo prestó, me habría sido imposible leerlo. La reputa-ción de este libro inspira tal horror que, si se pregunta por él, incluso las mujeres supuestamente progresistas responderán con un gesto de espanto: “¡Oh, es un libro muy malo!”. ¡Ah! La calumnia cae a menudo sobre la celebridad más merecida, trasmite sus odios de generación en generación, y no respeta la tumba; ni la gloria misma la detiene.

 

Mary Wollstonecraft dedicó su libro a M. de Talleyrand-Périgord. Escuchad a esta mujer, a esta mujer inglesa, la primera que osó decir que los derechos civiles y políticos pertenecen por igual a ambos sexos, y que recoge una opinión profesada por M. de Talleyrand en el estra-do para demostrarle que es su deber como hombre de Estado actuar conforme a esta opinión, hacer triunfar lo que de ella se derive, y establecer la completa emancipación de la mujer.

 

He aquí algunos pasajes de esta dedicatoria:

 

 

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Flora Tristán

 

Cuando clamo por los derechos de la mujer, mi principal argumento para demostrar su utilidad está fundado sobre una razón bien simple, a saber: si la educación no prepara a las mujeres para convertirse en compañeras de los hombres, ellas detendrán el progreso; porque si los conocimientos humanos siguen siendo derecho exclusivo del hombre, su influencia no tendrá eficacia sobre el conjunto de la sociedad.

 

Si desea que vuestros hijos aprendan a comprender el verdadero patriotismo, es preciso que su madre sea una patriota ilustrada. El amor por la humanidad, fuente de toda virtud, solo podrá desarro-llarse en ellos si se les enseña a apreciar el valor moral y político del género humano; pero la educación actual de la mujer la excluye de tales investigaciones.

 

Me dirijo a usted, señor, en su calidad de legislador, y le pregunto: si los hombres luchan por su libertad y porque se les deje decidir lo que conviene a su propia felicidad, ¿no es incoherente e injusto someter a las mujeres a leyes que ellas no han contribuido a crear? ¿Quién ha constituido al hombre en juez exclusivo para decidir si la mujer está, como él, dotada de razón?

 

Los tiranos de todo tipo, desde los reyes hasta los padres de familia, actúan y razonan igual; se apresuran a aplastar la razón, a usurpar los derechos, y afirman que es por la utilidad general que silencian las voces de todos. Vuestra conducta, ¿no se parece a la de los tira-nos cuando niega a las mujeres sus derechos civiles y políticos, y las obliga a permanecer encerradas en sus familias y a moverse entre tinieblas?

 

Si la mujer debe seguir siendo excluida de los derechos naturales de la humanidad, usted debería probar, antes que nada, y a fin de re - chazar la acusación de injusticia e inconsecuencia, que esta carece de fundamento; de otra manera, su nueva constitución llevará por siempre la huella de la iniquidad, y probará que el hombre, al librar-se del despotismo, ha seguido siendo él mismo un tirano; y usted lo sabe, señor, la tiranía, no importa en qué parte de la sociedad se muestre, aniquila toda moral.

 

[...] Si no se permite a las mujeres gozar de derechos legítimos, ellas pervertirán a los hombres y se pervertirán a sí mismas para obtener privilegios ilícitos.

 

 

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Las mujeres inglesas

 

Y así es como la autora les habla a las mujeres:

 

Espero que las mujeres me excusen si las trato como seres racionales, en lugar de hablarles de sus divinos encantos y de considerarlas como si viviesen en una eterna infancia, incapaces de actuar por sí mismas. Deseo fervientemente mostrarles en qué consisten la verdadera dig-nidad y la felicidad; deseo persuadirlas de la necesidad de desarrollar sus fuerzas intelectuales y físicas; deseo convencerlas de que las dulces expresiones “susceptibilidad de corazón”, “delicadeza de sentimiento” y “refinamiento del gusto” son prácticamente sinónimos de debilidad; y que esas criaturas débiles, que son objeto de piedad o de esa especie de amor que la piedad hace nacer, muy pronto son abandonadas por el hombre y se convierten en objeto de su desprecio.

 

Rechazando, por lo tanto, esas frases gentiles para uso de las damas de las cuales la condescendencia de los hombres quiere aprovechar-se para suavizar el yugo de nuestra dependencia, y despreciando esa elegancia de espíritu, esa sensibilidad exquisita y esa blanda docili-dad en los modales que, se supone, son los rasgos característicos de nuestro sexo, deseo mostrar que la elegancia es inferior a la verdad moral, deseo mostrar que el principal propósito de una ambición loa-ble debe consistir para todos, sin distinción de sexos, en ser útil a sus semejantes; que el bien para el prójimo que resulta de las acciones de los hombres es la piedra de toque del mérito de estas acciones.

 

Mary Wollstonecraft reclama la libertad de la mujer como un dere-cho, en nombre del principio sobre el cual las sociedades fundan lo justo y lo injusto; la reclama porque sin la libertad no puede existir obligación moral de ninguna especie, y demuestra igualmente que, sin igualdad en las obligaciones de uno y otro sexo, la moral carece de base, deja de ser verdadera.

 

Mary Wollstonecraft dice que considera a las mujeres como cria-turas que, al igual que los hombres, han sido puestas sobre esta tierra para desarrollar sus facultades intelectuales. La mujer no es ni infe-rior ni superior al hombre; estos dos seres no se diferencian, desde el punto de vista del espíritu y de la forma, sino para armonizar entre sí, y dado que sus facultades morales están destinadas a completarse

 

 

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Flora Tristán

 

mediante la unión, ambos deben poder alcanzar el mismo grado de de-sarrollo. Mary Wollstonecraft se alza contra los escritores que consi-deran a la mujer como un ser por naturaleza subordinado y destinado a los placeres del hombre. A este respecto, hace una crítica muy justa de Rousseau, quien establece que la mujer debe ser débil y pasiva, y el hombre activo y fuerte; que la mujer ha sido formada para estar so-metida al hombre, y, finalmente, que la mujer debe resultar agradable y obedecer a su amo, lo que constituye el propósito de su existencia. Mary Wollstonecraft demuestra que, siguiendo esos principios, las mujeres son educadas en la astucia, el doblez y la galantería; pero al mismo tiempo, dado que su espíritu permanece inculto y la sobreex-citación de su sensibilidad las deja sin defensas, se vuelven víctimas de todas las opresiones. La autora prueba que la alteración de toda moral es la consecuencia inevitable de estos principios. La tendencia perniciosa de esos libros, añade, en los cuales los escritores degradan insidiosamente a las mujeres al tiempo que se prosternan frente a sus encantos, nunca será excesivamente denunciada ni censurada.

 

[...] Curs’d vassalage

 

First idoliz’d till love’s hot fire be o’er Then slaves to those who courted us before (Dryden).

 

Mary Wollstonecraft se alza con coraje y energía contra todo tipo de abuso.

 

El respeto y los homenajes a la propiedad, dice la autora,4 son las fuentes envenenadas de las que proviene la mayor parte de los males que hacen del mundo una horrible escena a contemplar.

 

[...] Porque todos buscan ser respetados por sus riquezas, y las ri-quezas logradas de cualquier modo obtendrán el respeto que solo el talento y la virtud merecen. Los hombres desatienden todos los de-beres del hombre y, sin embargo, son tratados como semidioses. La

 

 

4   Vindication of the Rights of Woman, p. 320.

 

 

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Las mujeres inglesas

 

religión también se ha separado de la moral, y los hombres todavía se sorprenden de que el mundo no sea más que una cueva de ladro-nes y opresores.

 

Mary Wollstonecraft publicaba en 1792 los mismos principios que Saint-Simon difundió más tarde, y que se propagaron con tanta ra-pidez después de la revolución de 1830. Su admirable crítica destaca espléndidamente los males que provienen de la organización actual de la familia, y la fuerza de su lógica deja sin réplica a los contradic-tores. La autora socava con audacia el sinfín de prejuicios de los que la gente está rodeada; desea para los dos sexos la igualdad de derechos civiles y políticos, la igualdad en el acceso a los empleos, la educación profesional para todos, y el divorcio a voluntad de las partes. “Fuera de estas bases, dice, cualquier organización social que prometa la fe-licidad pública faltará a sus promesas”.

 

¡El libro de Mary Wollstonecraft es una obra imperecedera! Es imperecedera porque la felicidad del género humano está ligada al triunfo de la causa que defiende the vindication of the rights of woman.

 

¡Sin embargo, existe desde hace medio siglo, y nadie lo conoce...!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía5

 

Ryan, Michael (1839). Prostitution in London: with a comparative view of

 

that of Paris and New York. Londres: H. Bailliere.

 

Wollstonecraft, Mary (1792). A Vindication of the Rights of Woman: with

 

strictures on political and moral subjects. Boston: Thomas and Andrews.

 

 

5   Reconstruida para esta edición. [N. de la E.]

 

 

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UNIÓN OBRERA

 

 

 

 

A los obreros y a las obreras*

 

 

 

 

 

 

 

 

Obreros y obreras:

 

Escúchenme. Desde hace 25 años los hombres más inteligentes y dedicados han consagrado su vida a la defensa de su santa cau-sa.1 Mediante escritos, discursos, informes, memorias, encuestas y estadísticas han señalado, constatado y demostrado al gobierno y a los ricos que tal como está actualmente la situación, la clase obrera se encuentra en una condición intolerable de miseria y dolor, tanto material como moralmente; han demostrado que, como consecuen-cia de este estado de abandono y sufrimiento la mayoría de los obre-ros, amargados por la desgracia, embrutecidos por la ignorancia y un trabajo que excede sus fuerzas, se convertían en seres peligrosos para la sociedad; han probado al gobierno y a los ricos que no solo la justicia y la humanidad imponían el deber de acudir en auxilio de las clases obreras con una ley sobre la organización del trabajo, sino que incluso el interés y la seguridad general reclamaban imperiosamen-te esta medida. ¡Y bien! Desde hace 25 años, tantas voces elocuentes no han logrado despertar la solicitud del gobierno sobre los peligros que corre la sociedad frente a 7 u 8 millones de obreros exasperados

 

 

*   Extraído de Tristán, Flora (2011). A los obreros y a las obreras. En Flora Tristán, La Unión Obrera. Lima: Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán/Universidad Nacional Mayor de San Marcos. [Primera edición en francés L’Union Ouvrière. París: Imp. Lacour et Maistrasse fils, 1843. Tercera edición en francés L’Union Ouvrière. París/ Lyon: Imp. C. Rey e Cie., 1844].

 

1 Saint-Simon, Owen, Fourier y sus escuelas; Parent-Duchâtelet, Eugène Buret, Villermé, Pierre Leroux, Louis Blanc, Gustave de Beaumont, Proudhon, Cabet; y entre los obreros, Adolphe Boyer, Agricol Perdiguier, Pierre Moreau, etc.

 

 

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por el sufrimiento y la desesperación, un gran número de los cuales se encuentra ¡entre el suicidio... o el robo!

Obreros ¿qué podemos decir ahora en defensa de su causa?... Des-de hace 25 años ¿no se ha dicho y vuelto a decir todo y en todas las formas hasta la saciedad? No hay nada más que decir, nada más que escribir, porque su posición desdichada es conocida por todos. No queda más que una cosa por hacer: actuar en virtud de los derechos inscritos en la Constitución.

 

Ahora bien, ha llegado la hora de actuar y es a ustedes y solamente a ustedes a quien corresponde actuar en interés de su propia causa. ¡A ustedes se les va la vida en esto... o la muerte! La muerte horrible que mata a cada instante: ¡la miseria y el hambre!

 

Obreros, dejen entonces de esperar más tiempo la intervención que reclamamos para ustedes desde hace 25 años. La experiencia y los hechos les confirman de sobra que el gobierno no puede o no quie-re ocuparse de su suerte cuando se trata de mejorarla. Solo de uste-des depende, si lo quieren firmemente, el que salgan del dédalo de la miseria, de los dolores y de la sumisión en la que languidecen. ¿Quie-ren ustedes asegurar a sus hijos el beneficio de una buena educación industrial y asegurarse ustedes mismos la certeza del descanso en su vejez? Ustedes lo pueden.

 

Su acción no es la revuelta a mano armada, el motín en la plaza pública, el incendio ni el pillaje. No, porque la destrucción, en lugar de remediar sus males no haría más que empeorarlos. Los motines de Lyon y de París han dado prueba de esto. Su acción solo puede ser legal, legítima, confesable ante Dios y los hombres: Es la UNIÓN UNIVERSAL DE OBREROS Y OBRERAS.

 

Obreros, su condición en la sociedad actual es miserable, doloro-sa: cuando gozan de buena salud, no tienen derecho al trabajo; cuando están enfermos, inválidos, heridos, viejos, no tienen siquiera derecho al hospital; cuando son pobres y carecen de todo, no tienen derecho a la limosna, porque la mendicidad está prohibida por la ley. Esta si-tuación precaria los hunde en el estado salvaje en el que el hombre, habitante de los bosques, se ve obligado cada mañana a pensar en el

 

 

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A los obreros y a las obreras

 

medio de procurarse los alimentos del día. Una existencia semejante es un verdadero suplicio. La suerte del animal que rumia en el establo es mil veces preferible a la de ustedes; él está seguro de que comerá al día siguiente; durante el invierno su amo guarda en el granero paja y heno para él. La suerte de la abeja, en el hueco de su árbol, es mil ve-ces preferible a la de ustedes. La suerte de la hormiga, que trabaja en verano para estar tranquila en invierno, es mil veces preferible a la de ustedes. Obreros, ustedes son desdichados, sí, sin lugar a duda; pero ¿de dónde viene la causa principal de sus males?... Si una abeja y una hormiga, en lugar de trabajar de común acuerdo con las otras abejas y hormigas para aprovisionar la morada común para el invierno, se atrevieran a separarse para trabajar solas, ellas también morirían de hambre y de frío en su rincón solitario. Entonces ¿por qué permane-cen ustedes aislados? Si se aíslan, se vuelven débiles y caen agobiados por el peso de miserias de todo tipo. La unión hace la fuerza. Ustedes tienen a su favor su número, y tener este número es mucho.

 

Vengo a proponerles una unión general entre los obreros y obre-ras, sin distinción de oficios y que vivan en el mismo reino: unión que tendría como objetivo CONSTITUIR A LA CLASE OBRERA y construir varios establecimientos (Palacio de la UNIÓN OBRERA), distribuidos por igual en toda Francia. Ahí se educarían niños de am-bos sexos de 6 a 18 años y se recibiría a los obreros enfermos o heri-dos y a los ancianos.2 Escuchen lo que dicen las cifras y tendrán una idea de lo que se puede hacer con la UNIÓN.

 

Hay en Francia cerca de 5 millones de obreros y 2 millones de obreras.3 Que esos 7 millones de obreros se unan en el pensamiento y la acción con vistas a una gran acción común, en beneficio de todos

 

 

 

2   Véase el capítulo IV: Cómo se procederá a las admisiones. [No incluido en esta an-tología].

 

3   Véase, para la exactitud de estas cifras, las obras de los estadísticos y el notable tra-bajo del Sr. Pierre Leroux, De in Plutocratie. [Leroux (1797-1871) fue editor, periodista, filósofo y político francés de vasta producción. El título completo de la obra referida es De in plutocratie, ou, Du gouvernement des riches (Broussac, 1848). (N. de la primera Ed.)].

 

 

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y todas: que cada uno dé para eso 2 francos por año, y al cabo de un año la UNIÓN OBRERA poseerá la enorme suma de 14 millones.

Ustedes dirán: “¿Pero cómo unirnos para esta gran obra?”... Por posición y rivalidad de oficios estamos todos dispersos, con frecuen-cia incluso enemigos y en guerra los unos con los otros. Además, 2 francos de cotización por año ¡es mucho para unos pobres jornaleros!

 

Yo responderé a estas dos objeciones: Unirse para la realización de una gran obra no es asociarse. Los soldados y marinos, quienes con una retención de sus sueldos contribuyen de manera igualitaria a los fondos comunes que sirven para mantener a 3 mil soldados o mari-nos en el Hotel de los Inválidos, no están, por esto, asociados entre ellos. No tienen necesidad de conocerse ni de simpatizar opiniones, gustos y caracteres. Les basta saber que todos los militares de un ex-tremo de Francia a otro pagan la misma cotización: lo que asegura a los heridos, a los enfermos y a los ancianos su ingreso de derecho al Hotel de los Inválidos.

 

En cuanto a la suma, yo pregunto cuál de los obreros, incluso en-tre los más pobres, no podrá encontrar, economizando un poco, 2 francos de cotización en el transcurso de un año a fin de asegurarse una jubilación para sus últimos días.4 ¡Y qué! Sus vecinos, los desdi-chados irlandeses, el pueblo más pobre de la tierra, ¡el pueblo que no come más que papas y las come tan solo uno de cada dos días!,5 un pueblo semejante (no cuenta más que con 7 millones de almas) habría encontrado la manera de dar casi 2 millones de renta a un solo hombre, O’Connell,6 su defensor es cierto, pero finalmente a un solo

 

 

4   Eso no hace más que 17 céntimos por mes.

 

5   El irlandés no come carne más que una vez al año, el día de Navidad. “Al ser pobres, todos no emplean para alimentarse más que el alimento menos caro en el país, las papas, pero no todos consumen la misma cantidad: unos, y son los más privilegiados, comen tres veces al día; otros, menos felices, dos veces, aquellos, en estado de indi-gencia, solamente una vez; hay quienes, aún más desprovistos, permanecen un día, incluso dos, sin tomar ningún alimento” (Irlanda social, política y religiosa, por M. G. de Beaumont, primera parte, cap. I. Véase para mayores detalles, la continuación del capítulo).

 

6   O’Connell ha dirigido la siguiente respuesta a lord Shrewsbury, quien le había reprochado la subvención anual y voluntaria de 75 mil libras esterlinas (1.875.000

 

 

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A los obreros y a las obreras

 

hombre, ¡y eso durante 12 años! Y ustedes, [obreros y obreras del] pue-blo francés, el más rico de toda la tierra, ¿no encontrarán los medios para construir palacios amplios, salubres y cómodos para recibir a sus hijos, a sus heridos y a sus ancianos? ¡Oh! Eso sería una verdade-ra vergüenza, ¡una vergüenza eterna que resaltaría su egoísmo, indi-ferencia y su falta de inteligencia! Sí, sí, si los obreros irlandeses que van con los pies descalzos y el estómago vacío han dado a su defensor O’Connell 2 millones durante 12 años, ustedes, obreros franceses, bien pueden dar 14 millones por año para alojar y alimentar a sus valien-tes veteranos del trabajo y educar a los novicios.

 

¡2 francos por año!... ¿Quién entre ustedes no paga diez o veinte veces esta suma para sus pequeñas asociaciones particulares del com-pagnonnage, para las mutuales de ayuda y otras, o, por último, para sus pequeños vicios habituales, como el tabaco, el café y el aguardien-te? 2 francos cada uno, no son difíciles de hallar7 y al dar cada uno ese poquito se produce un total de... ¿14 millones?... ¿Ven ustedes qué riqueza poseen, solamente por su número? Pero para gozar esta rique-za, es necesario que el número se agrupe, forme un todo, una unidad.

 

Obreros, dejen entonces de lado todas sus pequeñas rivalidades de oficios y formen, además de sus asociaciones particulares, una UNIÓN compacta, sólida, indisoluble. Que mañana, que de inmedia-to se eleve de todos los corazones un mismo y único pensamiento: ¡LA UNIÓN! Que ese grito de unión resuene en toda Francia y en un año, si ustedes lo quieren firmemente, ESTARÁ CONSTITUIDA LA UNIÓN OBRERA y en dos años tendrán en [la] caja, de ustedes, bien de ustedes, 14 millones para construir un palacio digno del gran pue-blo de los trabajadores.

 

En la fachada, debajo del frontis, escribirán en letras de bronce:

 

 

 

 

francos) que le paga Irlanda. Sigue la respuesta de O’Connell que es muy bella y ter-mina con estas palabras: “Estoy orgulloso de proclamar, soy un servidor asalariado de Irlanda, y es una librea que me honro de portar” (Sesión de la Cámara de los Comunes, octubre de 1842).

 

7   Se podrá dar la cotización en dos partes.

 

 

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PALACIO DE LA UNIÓN OBRERA

 

Construido y mantenido por medio de una cotización anual de 2 fr.,

 

dados por los obreros y obreras para honrar el trabajo como merece serlo, y recompensar a los trabajadores, a quienes alimentan a la nación, la enriquecen y constituyen su verdadera potencia.

 

¡HONOR AL TRABAJO!

 

¡RESPETO Y GRATITUD A LOS VALIENTES VETERANOS DEL TRABAJO!

 

Sí, es a ustedes, campeones del trabajo, a quienes corresponde elevar primero la voz para honrar la única cosa verdaderamente hono-rable, el Trabajo. Es a ustedes, productores, despreciados hasta ahora por aquellos que los explotan, a quienes corresponde ser los prime-ros en levantar un PALACIO para la jubilación de sus viejos trabaja-dores. Es a ustedes, obreros, que construyen los palacios de los reyes, los palacios de los ricos, los templos de Dios, las casas y asilos donde se protege la humanidad, a quienes corresponde construir por fin un asilo donde ustedes puedan morir en paz, ustedes que hasta ahora no tienen más que el hospital para descansar sus cabezas, cuando hay cupo. ¡A la obra, entonces! ¡A la obra!

 

Obreros, reflexionen bien en el esfuerzo que hago para arran-carlos de la miseria. ¡Oh! Si no respondiesen a este LLAMADO A LA UNIÓN, si por egoísmo o indiferencia se negaran a UNIRSE... ¿Qué se podría hacer, de ahí en adelante, para salvarlos?

 

Hermanos, un pensamiento desolador golpea el corazón de todos aquellos que escriben para el pueblo, y es que este pobre pueblo está tan abandonado, tan sobrecargado de trabajo desde una edad tem-prana, que tres cuartos no saben leer y el otro cuarto no tiene tiempo de leer. Ahora bien, hacer un libro para el pueblo es echar una gota de agua en el mar. Por esto comprendí que, si me limitaba a poner sobre el papel mi proyecto de UNIÓN OBRERA, el proyecto sería letra muerta, por más magnífico que fuese. Como ha sucedido con tantos otros planes ya propuestos. Comprendí que, una vez publicado mi libro, yo tenía otra tarea que cumplir, la de ir yo misma de ciudad en

 

 

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A los obreros y a las obreras

 

ciudad, de un extremo a otro de Francia, con mi proyecto de unión en la mano, para hablar a los obreros que no saben leer y a aquellos que tienen el tiempo de leer. Me dije que ha llegado el momento de actuar; y para quien ama realmente a los obreros, para quien quiere dedicarse en cuerpo y alma a su causa, hay una bella misión que cumplir. Es ne-cesario que siga el ejemplo de los primeros apóstoles de Cristo. Esos hombres, desafiando la persecución y las fatigas, tomaban sus alfor-jas y un bastón y se iban de país en país predicando la NUEVA LEY; la fraternidad en Dios, la unión en Dios. ¡Y bien! Por qué yo, mujer, que me siento con fe y fuerza, no podría ir, al igual que los apóstoles, de ciudad en ciudad anunciando a los obreros la BUENA NUEVA y pre-dicándoles la fraternidad en la humanidad, la unión en la humanidad.

 

En la tribuna de las cámaras, en el pulpito cristiano, en las asam-bleas del mundo, en los teatros, y, sobre todo, en los tribunales, se ha hablado con frecuencia de los obreros; pero nadie ha intentado aún hablar a los obreros. Es un medio que se debe intentar. Dios me dice que tendrá éxito. Por esto abro con confianza esta nueva vía. Sí, iré a encontrarlos en sus talleres, en sus buhardillas y hasta en sus taber-nas si es necesario, y ahí, frente a su miseria, yo los enterneceré sobre su propia suerte y los forzaré, a pesar de ellos mismos, a salir de esta espantosa miseria que los degrada y los mata.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por qué menciono a las mujeres*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Obreros, hermanos míos, trabajo para ustedes por amor porque us-tedes representan la parte más vivaz, más numerosa y útil de la huma-nidad, y porque desde ese punto de vista yo encuentro mi propia sa-tisfacción en servir a su causa. Les ruego encarecidamente que lean con la mayor atención este capítulo, porque tienen que ser conscien-tes de que corresponde a sus intereses materiales comprender por qué menciono siempre a las mujeres llamándolas: obreras o todas.

 

Para aquel cuya inteligencia está iluminada por los rayos del amor divino, del amor a la humanidad, le es fácil captar el encade-namiento lógico de las relaciones que existen entre las causas y los efectos. Para aquel, toda la filosofía, toda la religión se resume en dos preguntas: la primera, ¿cómo se puede y se debe amar a Dios y servirlo con miras al bienestar universal de todos y de todas en la humanidad? La segunda, ¿cómo se puede y se debe amar y tratar a la mujer con miras al bienestar universal de todos y de todas en la humanidad? Estas dos preguntas, así planteadas, constituyen en mi opinión la base sobre la cual debe fundamentarse, con miras al orden natural, todo lo que se produce en el mundo moral y material (el uno fluye del otro).

 

No creo que este sea el lugar para responder a ambas preguntas. Más tarde, si los obreros me manifiestan su deseo, con mucho gusto

 

*   Extraído de Tristán, Flora (2011). III. Por qué menciono a las mujeres. En Flora Tristán, La Unión Obrera. Lima: Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán/Universidad Nacional Mayor de San Marcos. [Primera edición en francés L’Union Ouvrière. París: Imp. Lacour et Maistrasse fils, 1843. Tercera edición en francés L’Union Ouvrière. París/Lyon: Imp. C. Rey e Cie., 1844].

 

 

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trataré con ellos, metafísica y filosóficamente, los asuntos de orden más elevado, pero por el momento basta plantear aquí las dos pregun-tas como representando la declaración formal de un principio absoluto.

 

Sin remontarse directamente a las causas, limitémonos a exami-nar los efectos.

Hasta el presente, la mujer no ha contado para nada en las so-ciedades humanas. ¿Cuál ha sido el resultado? Que el sacerdote, el legislador, el filósofo la han tratado como verdadera paria. La mujer (la mitad de la humanidad) ha sido puesta fuera de la Iglesia, fuera de la ley, fuera de la sociedad.1 Para ella, ninguna función en la Iglesia,

 

 

1   Aristóteles, menos delicado que Platón, planteaba esta pregunta sin resolverla: ¿Las mujeres tienen alma?, cuestión que el Concilio de Mâcon se dignó tranzar a su favor por mayoría de tres votos (La Falange, 21 de agosto de 1842).

 

Así pues, con tres votos menos, la mujer hubiera sido reconocida como perteneciente al reino de las bestias salvajes, y siendo así, el hombre –el amo y señor– ¡habría esta-do obligado a cohabitar con la bestia salvaje! Este pensamiento nos hace estremecer y paralizar de horror... Por lo demás, tal como están las cosas, debe ser un profundo tema de dolor para los más sabios entre los sabios pensar que descienden de la raza mujer. Porque si están realmente convencidos de que la mujer es tan estúpida como lo pretenden, ¡qué vergüenza para ellos haber sido concebidos del seno de una criatura semejante, haber mamado su leche y haber permanecido bajo su tutela gran parte de su vida! ¡Oh! Es muy probable que, si esos sabios hubieran podido colocar a la mujer fuera de la naturaleza, como la han puesto fuera de la Iglesia, fuera de la ley y fuera de la sociedad, se habrían ahorrado la vergüenza de descender de una mujer. Pero, feliz-mente, por encima de la sabiduría de los sabios, está la ley de Dios.

 

Todos los profetas, salvo Jesucristo, han tratado a la mujer con una iniquidad, un des-precio y una dureza inexplicable. Moisés le hizo decir a su Dios: “Dios dijo también a la mujer: ‘Te aquejarán diversos males durante tu embarazo, alumbrarás en el dolor; estarás bajo el poder de tu marido, y él te dominará’” (Génesis, III, 16).

 

El autor del Eclesiastés ha llevado el orgullo de su sexo hasta llegar a decir “Más vale un hombre vicioso que una mujer virtuosa”.

 

Mahoma dijo en nombre de su Dios: “Los hombres son superiores a las mujeres debi-do a las cualidades que Dios les ha concedido por encima de ellas y porque los hom-bres emplean sus bienes para dotar a las mujeres”. “Ustedes reprenderán a aquellas de las que teman desobediencia; las relegarán a camas aparte, les pegarán; pero tan pronto obedezcan no les buscarán más querella” (Corán, IV, 38).

 

Las leyes de Manú dicen: “Durante su infancia una mujer debe depender de su padre; durante su juventud, depende de su marido; cuando muere su marido, de sus hijos; si no tiene hijos, de los parientes cercanos de su marido, o en su defecto, de los de su padre; si no tiene parientes paternos, del soberano; ¡una mujer no debe nunca gober-narse a su manera!”.

 

 

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Por qué menciono a las mujeres

 

ninguna representación ante la ley, ninguna función en el Estado. El sacerdote le dijo: “Mujer, tú eres la tentación, el pecado, el mal; tú re-presentas la carne, es decir, la corrupción, la podredumbre. Llora por tu condición, arroja ceniza sobre tu cabeza, enciérrate en un claustro y allí macera tu corazón, que está hecho para el amor, y tus entrañas de mujer, que están hechas para la maternidad; y cuando tú hayas mutilado así tu corazón y tu cuerpo, ofréceselos ensangrentados y resecos a tu Dios por la remisión del pecado original cometido por tu madre Eva”. Luego, el legislador le dijo: “Mujer, por ti misma tú no eres nada como miembro activo del cuerpo humanitario, no puedes esperar encontrar un lugar en el banquete social. Si quieres vivir, es necesario que sirvas de anexo a tu amo y señor, el hombre. Entonces, de soltera, obedecerás a tu padre; casada, obedecerás a tu marido; viuda y anciana, ya no se te hará ningún caso”. Luego, el sabio filóso-fo le dijo: “Mujer, la ciencia ha comprobado que, por tu contextura, eres inferior al hombre”.2 Ahora bien, no tienes inteligencia, ni com-prensión para las cuestiones elevadas, ni lógica en las ideas, ninguna capacidad para las denominadas ciencias exactas, ni aptitud para los trabajos serios; en fin, eres un ser débil de cuerpo y de espíritu, pusilánime, supersticioso; en una palabra, no eres más que un niño caprichoso, voluntarioso, frívolo; durante 10 o 15 años de tu vida eres una graciosa muñequita, pero llena de defectos y de vicios. Por eso, mujer, es necesario que el hombre sea tu amo y ejerza sobre ti toda su autoridad.3

 

 

 

 

 

 

Y esto es lo más curioso: “Ella debe estar siempre de buen humor”. “215. La mujer no puede iniciar acción judicial sin la autorización de su marido, aunque fuera vende-dora pública, no casada bajo el régimen de sociedad conyugal, o separada de bienes. “37. Los testigos que se presenten en actos de estado civil solo podrán ser del sexo mas-culino” (Código civil). “El uno (el hombre) debe ser activo y fuerte, el otro (la mujer) pasivo y débil” (J. J. Rousseau, El Emilio). Esta fórmula se encuentra reproducida en el Código: “213. El marido debe protección a su mujer, la mujer obediencia a su marido”. 2 La mayoría de sabios, sean naturalistas, médicos o filósofos, han concluido más o menos explícitamente en la inferioridad intelectual de la mujer.

 

3   La mujer ha sido hecha para el hombre (San Pablo).

 

 

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He aquí cómo los más sabios entre los sabios han juzgado a la raza mujer, desde hace más de 6 mil años que el mundo existe.

Una condena tan terrible, y repetida durante 6 mil años, era ca-paz de impresionar a la masa, porque la sanción del tiempo tiene mucha autoridad sobre ella. Sin embargo, lo que nos da esperanzas de que se podrá apelar ese juicio es que, de igual manera y durante 6 mil años, los más sabios entre los sabios han mantenido un juicio no menos terrible sobre otra raza de la humanidad: los PROLETARIOS. Antes de 1789, ¿qué era el proletario en la sociedad francesa? Un vi-llano, un palurdo, una bestia de carga, sometida a la voluntad absoluta del señor. Luego, llega la revolución del 89 y de repente los más sa-bios entre los sabios proclaman que la plebe se llama pueblo, que los villanos y los palurdos se denominan ciudadanos. En fin, proclaman en plena asamblea nacional los derechos del hombre.4

 

El proletario, pobre obrero, visto hasta entonces como un ani-mal, quedó muy sorprendido al enterarse de que eran el olvido y el desprecio que habían hecho de sus derechos los que habían causado la desgracia en el mundo. ¡Oh! Y estuvo muy sorprendido de enterarse que iba a gozar de derechos civiles, políticos y sociales, y que por fin se volvía igual a su antiguo amo y señor. Su sorpresa aumentó cuando le informaron que poseía un cerebro de igual calidad que el prínci-pe real heredero. ¡Qué cambio! Sin embargo, no tardaron en darse

 

4   El pueblo francés, convencido de que el olvido y el desprecio de los derechos naturales del hombre son las únicas causas de desgracia en el mundo, ha resuelto exponer en una declaración solemne estos derechos sagrados e inalienables, para que todos los ciudadanos que puedan comparar continuamente los actos de gobierno con el objetivo de toda institución social, no se dejen jamás oprimir ni envilecer por la tiranía; para que el pueblo tenga siempre frente a sus ojos las bases de su libertad y de su felicidad; el ma-gistrado la regla de sus deberes; el legislador el objeto de su misión. En consecuencia, proclama, ante el Ser Supremo, la siguiente declaración de los derechos del hombre y del ciudadano:

 

1.  El objetivo de la sociedad es la felicidad común. El gobierno está instituido para garantizar que el hombre disfrute de sus derechos naturales e imprescriptibles.

 

2.  Estos derechos son la igualdad, la libertad, la seguridad, la propiedad.

 

3.  Todos los hombres son iguales por naturaleza y ante la ley.

 

4.  La ley es la expresión libre y solemne de la voluntad general (Convención Nacional,

 

24 de junio de 1793).

 

 

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cuenta de que ese segundo juicio emitido sobre la raza proletaria era mucho más exacto que el primero, ya que apenas se proclamó que los proletarios estaban aptos para todo tipo de funciones civi-les, militares y sociales se vio salir de sus filas generales que ni Car-lomagno, ni Enrique IV, ni Luis XIV jamás pudieron reclutar de las filas de su orgullosa y brillante nobleza.5 Luego, como por encan-tamiento surgieron en masa, de las filas del proletariado, sabios, artistas, poetas, escritores, estadistas, financistas que arrojaron sobre Francia un brillo que no había tenido nunca. La gloria mili-tar la cubrió como una aureola; los descubrimientos científicos la enriquecieron, las artes la embellecieron; su comerció se extendió enormemente y en menos de 30 años la riqueza del país triplicó. La demostración de los hechos no tiene réplica. Además, todo el mun-do reconoce hoy en día que los hombres nacen indistintamente con facultades aproximadamente iguales, y que la única cosa de la que uno debería ocuparse sería la de intentar desarrollar todas las facul-tades del individuo con miras al bienestar general.

 

Es necesario reconocer que lo que sucedió a los obreros es de buen augurio para las mujeres cuando llegue su revolución del 89. A partir de cálculos muy simples, es evidente que la riqueza crecerá indefinidamente el día en que se llame a las mujeres (la mitad del género humano) a aportar a la actividad social la suma de su inte-ligencia, fuerza y capacidad. Esto es tan fácil de comprender como que 2 es el doble de 1. Pero, por desgracia, no nos encontramos aún allí, y a la espera de este feliz 89, constatemos lo que pasa en 1843.

 

Habiendo declarado la Iglesia que la mujer era el pecado; el legis-lador, que por ella misma no era nada y no debía gozar de ningún derecho; el sabio filósofo, que por su constitución no era inteligen-te, se ha concluido que era un pobre ser desheredado de Dios, y los hombres y la sociedad la han tratado en consecuencia.

 

 

 

5   Todos los famosos generales del Imperio provenían de la clase obrera. Antes de 1789 solo los nobles eran oficiales.

 

 

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Yo no conozco nada tan poderoso como la lógica forzada, inevi-table, que fluye de un principio planteado o de la hipótesis que lo representa. Una vez proclamada y planteada como un principio la inferioridad de la mujer, vean qué consecuencias desastrosas resul-tan de ello para el bienestar universal de todos y todas en la humanidad.

 

Al creer que la mujer, por su constitución, carecía de fuerza, de capacidad y que era incapaz para trabajos serios y útiles, se ha con-cluido muy lógicamente que sería perder el tiempo darle una educa-ción racional, sólida, severa, capaz de hacer de ella un miembro útil de la sociedad. Se la ha educado, entonces, para que sea una linda muñeca y una esclava destinada a distraer a su amo y servirle. En verdad, de tiempo en tiempo, algunos hombres dotados de inteli-gencia, de sensibilidad, que sufren por sus madres, por sus esposas, por sus hijas, han clamado contra la barbarie y el absurdo de un estado semejante de cosas y han protestado enérgicamente contra una condena tan inicua.6 En diversas oportunidades, la sociedad se emocionó un momento, pero, empujada por la lógica, respon-dió: “¡Pues bien!, supongamos que las mujeres no sean lo que los sabios han creído, supongamos incluso que tienen mucha fuerza moral y mucha inteligencia: ¡Pues bien!, en ese caso, de qué serviría desarrollar sus facultades ya que ellas no encontrarían dónde em-plearlas útilmente en esta sociedad que las rechaza”. ¡Qué suplicio

 

6   He aquí entre otras cosas, lo que dice Fourier: “En el curso de mis investigaciones sobre el régimen societario he encontrado más raciocinio en las mujeres que en los hombres; porque muchas veces ellas me han dado ideas nuevas que me han procura-do soluciones a problemas sumamente imprevistos.

 

Muchas veces he debido a mujeres, de la denominada clase espontánea (espíritu que capta rápidamente y expresa sus ideas con exactitud, sin intermediarios) soluciones preciosas a problemas que me habían torturado la mente. Los hombres no me han dado nunca ayuda de ese tipo.

 

¿Por qué no encontramos en ellos esta aptitud a las ideas nuevas, exentas de prejui-cios? Es que tienen la mente esclavizada, encadenada por los prejuicios filosóficos de los que se los ha imbuido en las escuelas. Salen con la cabeza atiborrada de principios contrarios a la naturaleza y ya no pueden considerar con independencia una idea nueva. Apenas hay algún desacuerdo con Platón o Séneca, se sublevan y lanzan anate-mas contra el que ose contradecir al divino Platón, al divino Catón o al divino Ratón” (La falsa industria, [1835], p. 326).

 

 

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Por qué menciono a las mujeres

 

horrible sentir en sí la fuerza y el poder de actuar y de verse conde-nado a la inacción!

Este raciocinio era una verdad irrefutable. Además, todo el mundo repetía: “Es verdad, las mujeres sufrirían demasiado si se desarrollara en ellas las bellas facultades de las que Dios las ha do-tado, si desde su infancia se las educara de tal manera que ellas comprendieran bien su dignidad en tanto que seres y tuvieran con-ciencia de su valor como miembros de la sociedad; nunca jamás podrían soportar la condición envilecedora en la que la Iglesia, la ley y los prejuicios las han colocado. Más vale tratarlas como niños y dejarlas en la ignorancia sobre ellas mismas; sufrirán menos”.

 

Estén atentos y verán qué espantosa perturbación resulta úni-camente de la aceptación de un falso principio.

Como no quiero apartarme de mi tema, aunque aquí se presta la ocasión para hablar desde un punto de vista general, regreso a mi marco, la clase obrera.

 

En la vida de los obreros, la mujer lo es todo. Ella es su única providencia. Si ella les falta, todo les falta. Ellos dicen: “Es la mujer la que hace y deshace en la casa”, y esto es la verdad exacta: es por eso que se ha convertido en un proverbio. Sin embargo, ¿qué educa-ción, qué instrucción, qué dirección, qué desarrollo moral o físico recibe la mujer del pueblo? Ninguno. De niña, se la deja a merced de una madre y de una abuela, que tampoco recibieron educación al-guna: una, de acuerdo con su temperamento, será brutal y mala, le pegará y la maltratará sin motivo; la otra será débil, despreocupada y la dejará hacer todo lo que quiera. (En esto, como en todo lo que presento, hablo en general; por supuesto, admito numerosas ex-cepciones). La pobre niña se criará en medio de las contradicciones más chocantes; un día, irritada por los golpes y los tratos injustos, al día siguiente ablandada, enviciada por indulgencias no menos perniciosas.

 

 

 

 

 

 

 

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En lugar de enviarla a la escuela7 se la mantiene en casa con pre-ferencia sobre sus hermanos, porque se saca mejor partido de ella en las tareas del hogar, sea para arrullar a los niños, hacer las compras, ocuparse de la sopa, etc. A los 12 años se la pone como aprendiz: ahí ella continúa siendo explotada por la patrona y con frecuencia es tan maltratada como en la casa de sus padres.

 

Nada agria más el carácter, endurece el corazón, ni vuelve al es-píritu malo como el sufrimiento continuo que un niño soporta como consecuencia de un trato injusto y brutal. En primer lugar, la injus-ticia nos hiere, nos aflige, nos desespera; luego, cuando se prolonga, nos irrita, nos exaspera, y, al solo soñar en cómo vengarnos, acaba-mos por volvernos nosotros mismos duros, injustos, malos. Tal será la situación normal de la pobre chica a los 20 años. Luego, se casará, sin amor, únicamente porque debe casarse si quiere sustraerse a la tiranía de los padres. ¿Qué sucederá? Supongo que tendrá hijos; a su vez, ella será completamente incapaz de educar convenientemente a sus hijos e hijas: se mostrará con ellos tan brutal como su madre y su abuela lo fueron con ella.8

 

Mujeres de la clase obrera, les ruego que adviertan bien que al mostrar aquí la situación tal cual es respecto de su ignorancia e in-capacidad para educar a sus hijos, no tengo la menor intención de lanzar contra ustedes y su naturaleza la menor acusación. No, es a la sociedad a la que acuso de dejarlas así de incultas; ustedes, mujeres, que tendrían tanta necesidad, por el contrario, de ser instruidas y

 

 

7   Supe por una persona que pasó los exámenes para hacerse cargo de un asilo, que, por órdenes de arriba, los instructores de estas escuelas debían ocuparse de desarro-llar la inteligencia de los chicos más que la de las chicas. Generalmente, todos los maes-tros de escuela de pueblo actúan de la misma manera con los niños a los que ins-truyen. Varios me han confesado que ellos recibían órdenes. Esto es, por lo tanto, la consecuencia lógica de la posición desigual que ocupan el hombre y la mujer en la sociedad. Hay, respecto de este tema, un dicho que es proverbial: “¡Oh!, para ser una mujer sabe siempre suficiente”.

 

8   Las mujeres de pueblo se muestran muy tiernas con sus hijos pequeños hasta los

 

2   o 3 años. Su instinto de mujer les hace comprender que el niño, durante esos dos primeros años, tiene necesidad de una atención continua. Pero pasada esta edad ellas los maltratan (salvo excepciones).

 

 

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desarrolladas para poder, a su vez, instruir y desarrollar a los hombres y niños confiados a sus cuidados.

Las mujeres de pueblo en general son brutales, malas, a veces du-ras. Es cierto, pero ¿de dónde viene esta situación tan poco acorde con la naturaleza dulce, buena, sensible y generosa de la mujer?

 

¡Pobres obreras! ¡Ellas tienen tantos motivos de irritación! En primer lugar, el marido. (Se debe reconocer que hay pocos hogares obreros que sean felices.) El marido, al haber recibido más instruc-ción y ser el jefe de familia por ley y también por el dinero que aporta al hogar,9 se cree (y lo es de hecho) muy superior a la mujer que no aporta más que el pequeño salario de su jornal y no es en la casa más que una muy humilde sirvienta.

 

El resultado es que el marido trata a su mujer, por decir lo menos, con mucho desdén. La pobre mujer, que se siente humillada con cada palabra, con cada mirada que su marido le dirige, se rebela abierta o

 

 

 

9 Se debe destacar que, en todos los oficios ejercidos por los hombres y las mujeres, el jornal que se le paga a la obrera es la mitad del que se le paga al obrero, o si trabaja a destajo, su salario es menos de la mitad. Al no poder soportar una injusticia tan flagrante, el primer pensamiento que se nos viene a la cabeza es este: Debido a su fuerza física, el hombre hace sin duda el doble de trabajo que la mujer. ¡Pues bien!, lector. Sucede exactamente lo contrario. En todos los oficios en los que se requiere la habilidad y la agilidad de los dedos, las mujeres hacen casi el doble de trabajo que los hombres. Por ejemplo, en la imprenta, para hacer la composición (en verdad, cometen muchas faltas, pero eso tiene que ver con su falta de instrucción); en las fábricas de hilado de algodón, hilo o seda, para unir los hilos; en una palabra, en todos los oficios en los que se necesite cierta ligereza de manos, las mujeres sobresalen. Un impresor me dijo un día con una ingenuidad muy característica: “Se les paga la mitad, es muy justo porque ellas van más rápido que los hombres, ganarían mucho si se les pagara el mismo precio”. Sí, se les paga, no teniendo en cuenta el trabajo que hacen, sino los pocos gastos que hacen como consecuencia de las privaciones que se imponen. Obreros, ustedes no han percibido las consecuencias desastrosas que tendría para ustedes semejante injusticia, hecha en detrimento de sus madres, sus esposas y sus hijas. ¿Qué ha sucedido? Que los industriales, al ver que las mujeres trabajan más rá-pido y a mitad de precio, despiden a diario a los obreros de sus talleres y los reemplazan por obreras. ¡Por lo tanto, el hombre se cruza de brazos y se muere de hambre en el pavimento! Es así como han procedido los dueños de las manufacturas en Inglaterra. Una vez adoptada esa vía, se despide a las mujeres para reemplazarlas por niños de 12 años. ¡Economía de la mitad del salario! Finalmente, solo se llega a emplear a niños de 7 u 8 años. Dejen pasar una injusticia y estén seguros de que engendrará otras miles.

 

 

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sordamente, según su carácter; de ahí nacen escenas violentas, dolo-rosas, que acaban por crear un estado constante de irritación entre el amo y la sirvienta (se puede decir incluso la esclava, porque la mujer es, por así decirlo, la propiedad del marido). Esta situación se vuelve tan penosa que el marido, en lugar de quedarse en su casa conver-sando con su mujer, se apresura a huir, y como no tiene ningún otro lugar al que ir, va a la taberna a beber vino azul en la compañía de otros maridos tan infelices como él, con la esperanza de aturdirse.10

 

10 ¿Por qué los obreros van a la taberna? El egoísmo ha afectado a las clases altas. aquellas que gobiernan, cegándolas completamente. No entienden que su fortuna, su felicidad, su seguridad, dependen de la mejoría moral, intelectual y material de la clase obrera. Ellas abandonan al obrero a la miseria, a la ignorancia, pensando según la antigua máxima que cuanto más bruto es el pueblo, más fácil resulta amordazarlo. Eso era cierto antes de la declaración de los derechos del hombre, pero desde entonces es cometer un grosero anacronismo, una falta grave. Además, se debería al menos ser consecuente: si se cree que es una buena y sabia política dejar a la clase obrera en el estado animal, entonces, ¿por qué recriminar sin parar contra sus vicios? Los ricos acusan a los obreros de ser perezosos, libertinos, borrachos; y para apoyar sus acusa-ciones, exclaman: “Si los obreros son miserables, es únicamente por su culpa. Vayan a las barras, entren en las tabernas, las encontrarán llenas de obreros que están ahí para beber y perder su tiempo”. Yo creo que si los obreros en lugar de ir a la taberna se reunieran siete (que es el número que las leyes de septiembre permiten) en una habita-ción para instruirse juntos sobre sus derechos y reflexionar sobre las medidas a tomar para hacerlos valer legalmente, los ricos estarían más descontentos que de ver las tabernas lle-nas. En la situación actual, la taberna es el TEMPLO del obrero: es el único lugar al que puede ir. En la Iglesia ya no cree; en el teatro no entiende nada. He aquí por qué las tabernas están siempre llenas. En París, tres cuartos de los obreros no tienen siquiera domicilio: comparten entre varios un cuarto amoblado; y aquellos que están casados se alojan en buhardillas en donde falta aire y espacio; en consecuencia, se ven forzados a salir si quieren ejercitar un poco sus miembros y reavivar sus pulmones. Ustedes no quieren instruir al pueblo, ¡le prohíben reunirse por temor a que se instruya él mismo, que hable de política o de doctrinas sociales; ¡no quieren que lea, que escriba, que pien-se, por temor a que se rebele!... Pero ¿qué quieren entonces que haga? Si le prohíben todo lo que es de competencia espiritual, está claro que solo le queda la taberna como único recurso. ¡Pobres obreros! Agobiados por la miseria y por penas de todo tipo, sea en el hogar, en la casa del patrón, o, por último, porque los trabajos repugnantes y forzados a los que están condenados les irritan realmente el sistema nervioso, a veces se ponen como locos; en este estado, para escapar de sus sufrimientos, no tienen otro refugio que la taberna. Además, van ahí a beber vino azul, ¡esa medicina execrable!, pero que tiene la virtud de aturdir.

 

Frente a esta situación, hay en el mundo gente llamada virtuosa, llamada religiosa, la que confortablemente instalada en su casa bebe en cada comida y en abundancia un buen vino de Burdeos, un viejo Chablis o un excelente Champagne –¡y esta gente

 

 

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Este medio de distracción agrava el mal. La mujer, que espera el pago del domingo para hacer vivir a toda la familia durante la se-mana, se desespera al ver que su marido gasta la mayor parte en la taberna. Entonces, su irritación es llevada al colmo, y su brutalidad y maldad redoblan. Es necesario haber visto de cerca aquellos hoga-res obreros, (sobre todo los malos) para tener idea de la desdicha que experimenta el marido, del sufrimiento que padece la mujer. De los reproches, de las injurias, se pasa a los golpes; luego a los llantos, al desaliento y la desesperanza.11

 

 

lanza bellos rollos morales contra la embriaguez, el libertinaje y la intemperancia de la clase obrera!...

 

En el curso de los estudios que he hecho sobre los obreros (desde hace 10 años que me ocupo de ellos), nunca encontré a un borracho o a un verdadero libertino entre los obreros felices en su hogar y gozando de un cierto bienestar. Mientras que entre aquellos que son desdichados en el hogar y se encuentran en una extrema miseria encontré bo-rrachos incorregibles.

 

La taberna no es, por lo tanto, la causa del mal sino simplemente el efecto. La causa del mal está simplemente en la ignorancia, la miseria, el embrutecimiento, en los que está hundida la clase obrera. Instruyan al pueblo y en 20 años los vendedores de vino azul, que tienen tabernas en las puertas de las ciudades, cerrarán sus puertas a falta de clientes.

 

En Inglaterra, en donde la clase obrera es mucho más ignorante y desdichada que en Francia, los obreros y obreras llevan el vicio de la embriaguez hasta la demencia (vean lo que dice al respecto Eugenio Buret).

 

11 Citaré para apoyar lo que digo aquí, en lo que respecta a la brutalidad de las muje-res del pueblo y también sobre la excelencia de su naturaleza, un hecho que ocurrió en Burdeos en 1827 durante mi estadía en esa ciudad.

 

Entre las vendedoras de verduras que tienen un puesto al aire libre en la plaza del mercado había una temida por todas las criadas por su insolencia, maldad y brutali-dad. El marido de esta mujer era basurero y recogía el lodo de las calles de la ciudad. Una noche regresa a casa y la sopa no estaba lista. Se desata una disputa entre el marido y la mujer. De las injurias, el marido pasa a los hechos y le da una bofetada a su mujer. Esta, que en ese momento preparaba la sopa con un gran cuchillo de cocina, exasperada por la cólera, se abalanzó sobre su marido, cuchillo en mano, y le atravesó el corazón. Él murió en el acto. La mujer fue llevada a prisión.

 

Al ver a su marido muerto, se apoderó de esta mujer tan brutal un dolor tan grande, un arrepentimiento tal, que a pesar de su crimen inspiró a todas las personas no solo compasión sino respeto. Fue fácil establecer que el marido la había provocado, que el asesinato había sido cometido en un rapto de cólera y sin ninguna premeditación. Su dolor era tal que se temía por su vida, y como ella le daba pecho a un niño de cuatro meses el juez de instrucción, creyendo calmarla, le dijo que podía tranquilizarse, que iba a ser absuelta. Pero cuál no sería la sorpresa de todos los asistentes, cuando al

 

 

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Después de las duras penas causadas por el marido, vienen luego los embarazos, las enfermedades, la falta de trabajo y la miseria que está siempre ahí, plantada en la puerta como la cabeza de Medusa. Añadan a todo esto la irritación incesante provocada por cuatro o cinco niños chillones, movidos, fastidiosos, que se arremolinan alre-dedor de la madre, y esto en una pequeña habitación de obrero en la que no hay sitio ni para moverse. ¡Oh!, habría que ser un ángel des-cendido a la tierra para no irritarse, para no volverse brutal y mala en una situación semejante. Sin embargo, en un entorno familiar como este, ¿qué es de los niños? Ven a su padre solo en la noche y el domingo. El padre, siempre en estado de irritación o de embriaguez, solo les habla con cólera y no reciben de él más que injurias y golpes; al escuchar a su madre quejarse continuamente de él, le agarran odio y desprecio. En cuanto a su madre, le temen, le obedecen, pero no la quieren; porque el hombre está hecho así, no puede amar a quien lo maltrata. ¿Y acaso ya no es una gran desdicha para un niño el no

 

 

oír estas palabras la mujer exclamó: “¡Yo, absuelta! Ah, Sr. juez, ¿qué se atreve a decir usted?... Si se absolviera a una miserable como yo, no habría ninguna justicia en la tierra”.

 

Se recurrió a todo tipo de raciocinios para hacerle comprender que ella no era una cri-minal, dado que no había pensado en cometer el asesinato. “¿Y qué importa el pensa-miento? –repelía–, si hay en mí una brutalidad que me lleva unas veces a maltratar a uno de mis hijos y otras a matar a mi marido. ¿Acaso no soy un ser peligroso, incapaz de vivir en el seno de la sociedad?” Por fin, cuando estuvo convencida de que sería ab - suelta, esta mujer salvaje, sin un ápice de educación, tomó una resolución digna de los hombres más fuertes de la república romana. Declaró que quería hacerse justicia ella misma y que iba a dejarse morir de hambre... ¡Y con qué fuerza y qué dignidad ejecutó esta terrible sentencia de muerte pronunciada por ella misma! Su madre, su familia, sus siete hijos fueron a suplicarle con llantos que consintiera en vivir por ellos. Ella entregó a su madre su niño de pecho diciéndole: “Enséñeles a mis hijos a alegrarse por haber perdido a una madre semejante, porque en un momento de brutalidad podría matarlos como maté a su padre”. Los jueces, los sacerdotes, las mujeres del mercado y muchas personas de la ciudad acudieron ante ella para rogarle que desistiera. Fue inquebrantable. Entonces, se intentó otro medio: se puso en su habitación pasteles, frutas, productos lácteos, vinos, carnes; se llegó incluso a asar aves de corral que se le traían bien calientes, para que el olor la incitara a comer. “Todo lo que ustedes hacen es inútil –repetía ella con mucha sangre fría y dignidad–; una mujer que es lo suficien-temente brutal para matar al padre de sus siete hijos debe morir, y moriré”. Sufrió torturas horribles sin quejarse y, al séptimo día, expiró.

 

 

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poder amar a su madre? Si tiene pena, ¿sobre qué pecho irá a llorar? Si por falta de reflexión o porque lo arrastraron comete alguna fal-ta grave, ¿a quién podrá confiarse? Como permanecer cerca de su madre no tiene ningún encanto, el niño buscará todos los pretextos para alejarse de la casa materna. Las malas relaciones son fáciles de hacer, tanto para las muchachas como para los muchachos. Del ca-llejeo pasan al vagabundeo, y con frecuencia del vagabundeo al robo.

 

Entre las infelices que pueblan las casas de prostitución y los des-dichados que gimen en el presidio cuántos se han encontrado que puedan decir: “Si hubiéramos tenido una madre capaz de educarnos, por supuesto, no estaríamos acá”.

 

Lo repito, la mujer lo es todo en la vida del obrero: como madre tiene influencia sobre él durante su infancia; es de ella y únicamente de ella que él extrae las primeras nociones de esta ciencia tan im-portante de adquirir, la ciencia de la vida, la que nos enseña a vivir convenientemente para nosotros y para los otros, de acuerdo con el medio donde el azar nos colocó.12 Como amante, ella tiene influencia

 

12 He aquí cómo se expresa La Phalange del 11 de septiembre de 1842 a propósito de un artículo muy destacado de La Presse: “La Presse ha tomado el sabio partido de dejar las vanas querellas sobre la pequeña sesión, sobre el carácter de los votos de la encuesta y de la ley de regencia, sobre la conversión del Sr. Thiers y se ha puesto a estudiar las cuestiones que serán sometidas en los consejos generales... Hoy en día muchos niños permanecen aún privados de instrucción y 4.196 comunas no tienen escuela. Para su-primir cualquier pretexto de los padres, para triunfar sobre la indiferencia y la mala voluntad de algunos concejos municipales, el publicista de La Presse propone suprimir la retribución mensual pagada por los alumnos y pide que el establecimiento y el man-tenimiento de todas las escuelas dejen de estar a cargo de los municipios y que, de ahora en adelante, sean inscritos en el presupuesto del Estado. Hemos dicho siempre que la sociedad debe dar educación a todos sus miembros, y es absolutamente deplorable que el gobierno de un país ilustrado no se encargue personalmente y de por ley porque la infancia esté rodeada de todos los cuidados necesarios para su desarrollo. Citamos el final del artículo de La Presse; las reflexiones de ese periódico sobre la instrucción de las mujeres son justas y lo honran. Nosotros hemos protestado, en cuanta ocasión se diera, sobre el odioso y estúpido abandono de un sexo entero del que era culpable nuestra lla-mada sociedad civilizada, pero realmente bárbara en muchos aspectos.

 

Al lado de esta reforma importante, hay otra quizá más urgente que los consejos ge-nerales deben recomendar también a la administración y a las cámaras, queremos referirnos a la organización de las escuelas primarias para niñas. ¿No es extraño que un país como Francia, considerado a la cabeza de la civilización y que busca probarlo

 

 

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sobre él durante toda su juventud, y ¡qué poderosa influencia podría ejercer una joven bella y amada! Como esposa, tiene influencia so-bre las tres cuartas partes de su vida. Por último, como hija, tiene influencia sobre él en su vejez. Tengan en cuenta que la posición del obrero es completamente distinta a la del ocioso. Si el niño rico tiene una madre incapaz de educarlo, lo ponen en un internado y le dan una aya; si el joven rico no tiene amante, puede ocupar su corazón e imaginación en el estudio de las bellas artes o de la ciencia; si el hombre rico no tiene esposa, no le faltan distracciones en el mundo; si el anciano rico no tiene hija, encuentra algunos viejos amigos o jóvenes sobrinos que consienten de buen grado en venir a jugar nai-pes con él, mientras que el obrero, al que todos estos placeres le son prohibidos, como única alegría y consuelo solo tiene la compañía de las mujeres de su familia, sus compañeras de infortunio. Resul-ta de esta posición que sería de la mayor importancia, respecto a la mejoría intelectual, moral y material de la clase obrera, que las muje-res del pueblo recibieran desde su infancia una educación racional, sólida, capaz de desarrollar en ellas todas las buenas inclinaciones que poseen. Así, podrán volverse obreras hábiles en su oficio, bue-nas madres de familia capaces de educar y dirigir a sus hijos y de ser para ellos, como lo dice La Presse, “profesoras particulares naturales y gratuitas de las lecciones de la escuela”, y para que puedan servir también como agentes moralizadores para los hombres sobre los cua-les tienen influencia desde el nacimiento hasta la muerte.

 

 

 

 

difundiendo en todas las clases de ciudadanos las luces de la instrucción, que abre en todas partes escuelas para los niños y escuelas para sus maestros, que dicho país descuide por completo la instrucción de las mujeres, las primeras institutrices de la infancia? Este olvido no es solamente una injusticia, es una imprudencia, es una falta. ¿Cuál es el resultado, en efecto, de la ignorancia de la mayoría de las madres de fami-lia? El que, cuando a la edad de 5 años sus hijos llegan a la escuela, ellos llevan consigo una cantidad de malas disposiciones, de creencias absurdas, de ideas falsas que han ido mamando con la leche materna; y el maestro tiene más dificultad en hacer que se las olviden, en destruirlas en su mente, que en enseñarles a leer. Entonces, en definitiva, cuesta más tiempo y dinero consumar una injusticia y tener malos alumnos que dar ins-trucción a las mujeres y hacer de ellas al mismo tiempo obreras más hábiles, amas de casa más útiles y profesoras particulares naturales y gratuitas de las lecciones de la escuela”.

 

 

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¿Comienzan a comprender, ustedes, hombres que gritan que aque-llo es escandaloso antes de querer examinar el asunto, por qué reclamo derechos para la mujer? ¿Por qué quisiera que esté situada en la sociedad en condiciones de igualdad absoluta con el hombre, y que goce de esta situación en virtud del derecho legal con el que todo ser viene al nacer?

 

Reclamo derechos para la mujer porque estoy convencida de que todas las desgracias del mundo provienen del olvido y desprecio en el que se han tenido hasta hoy a los derechos naturales e imprescriptibles de la mujer. Reclamo los derechos para la mujer porque es la única mane-ra de ocuparse de su educación y porque de la educación de la mujer depende la del hombre en general, y particularmente, la del hombre de pueblo. Reclamo derechos para la mujer porque es el único medio de obtener su rehabilitación ante la Iglesia, ante la ley y ante la so-ciedad y porque es necesaria esta rehabilitación previa para que los obreros mismos sean rehabilitados. Todos los males de la clase obrera se resumen en estas dos palabras: miseria e ignorancia, ignorancia y miseria. Ahora bien, para salir de ese dédalo solo veo un medio: co-menzar por instruir a las mujeres porque son las mujeres las encargadas de instruir a los niños varones y hembras.

 

Obreros, en la situación actual ustedes saben lo que sucede en sus hogares. Usted, el hombre, el amo que tiene derecho sobre su mujer, ¿vive con el corazón contento?, dígame: ¿es usted feliz?

 

No, no, es fácil percibir que, a pesar de su derecho, no está ni con-tento ni feliz.

Entre el amo y el esclavo no puede haber más que la fatiga del peso de la cadena que liga el uno al otro. Ahí donde la ausencia de libertad se hace sentir, la felicidad no puede existir.

 

Los hombres se quejan sin cesar del humor agrio y del carácter ar-tero y sordamente malvado que manifiesta la mujer en casi todas sus relaciones. ¡Oh! Yo tendría una muy mala opinión de la raza mujer, si en el estado abyecto en que la ley y las costumbres las han situado, las mujeres se sometieran al yugo que pesa sobre ellas sin proferir un murmullo. ¡Gracias a Dios no es así! Su protesta ha sido incesante desde el inicio de los tiempos. Pero después de la Declaración de los

 

 

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derechos del hombre, acto solemne que proclamara el olvido y el despre-cio que los hombres nuevos sienten por ellas, su protesta ha tomado un carácter de energía y violencia que prueba que la exasperación de la esclava ha llegado al colmo.13

 

Obreros, ustedes que son sensatos y son personas con las que se puede razonar, porque no tienen –como dice Fourier– el espíritu ati-borrado de un montón de reglas, ¿quieren suponer por un momento que la mujer es por derecho igual al hombre? ¡Pues bien! ¿Cuál sería el resultado?:

 

 

1.  Que desde el instante en que ya no se tuviera que temer a las con-secuencias peligrosas que acarrea necesariamente, en su estado actual de servidumbre, el desarrollo moral y físico de las facul-tades de la mujer, se le instruiría con mucho cuidado para poder sacar de su inteligencia y de su trabajo el mejor partido posible.

 

2.  Que ustedes, hombres del pueblo, tendrían como madres a obre-ras hábiles, que ganan buenos jornales, instruidas, bien educadas y muy capaces de instruirlos, de educarlos a ustedes, obreros, como conviene a los hombres libres.

 

3.  Que ustedes tendrían como hermanas, como amantes, como ami-gas, a mujeres instruidas, bien educadas y cuyo comercio diario seria de lo más agradable para ustedes: porque nada es más dulce, más suave para el corazón del hombre que la conversación de las mujeres cuando son instruidas, buenas y conversan con sensatez y bondad.

 

 

Hemos lanzado una ojeada rápida sobre lo que sucede actualmen-te en los hogares obreros; examinemos ahora lo que pasaría en esos mismos hogares si la mujer fuera igual al hombre.

 

El marido, al saber que su mujer tiene derechos iguales a los suyos, no la trataría más con el desdén y el desprecio que se usan con los

 

13 Lean la Gaceta de los Tribunales. Es ahí, frente a los hechos, que se debe estudiar el estado de exasperación que manifiestan hoy en día las mujeres.

 

 

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inferiores; por el contrario, la trataría con el respeto y la deferencia que se otorgan a los iguales. Por lo tanto, ya no habría más motivo de irritación para la mujer, y una vez destruida la causa de la irritación, la mujer ya no se mostraría más brutal, ni artera, ni agria, ni colé-rica, ni exasperada ni malévola. Al ya no ser vista en la casa como la sirvienta del marido, sino más bien como la asociada, la amiga, la compañera del hombre, se interesará naturalmente en la asociación y hará todo lo posible para hacerla fructificar. Al tener conocimien-tos teóricos y prácticos, empleará toda su inteligencia para dirigir su casa con orden, economía y juicio. Instruida y conocedora de la uti-lidad de la educación, empleará toda su ambición para educar bien a sus hijos, los instruirá ella misma con amor, supervisará sus tra-bajos de escuela, los colocará como aprendices en la casa de buenos patrones; en fin, los dirigirá en todas las cosas con solicitud, ternura y discernimiento. ¡Cuál será entonces la satisfacción del corazón, la seguridad de espíritu, la felicidad del alma del hombre, del marido, del obrero que posea a una mujer semejante! Al encontrar inteligen-cia en su mujer, buen juicio, miras elevadas, podrá conversar con ella de temas serios, comunicarle sus proyectos, y de común acuerdo con ella, buscar los medios para mejorar aún más su posición. Halaga-da por su confianza, ella lo ayudará en sus empresas y negocios, sea mediante sus buenos consejos, sea mediante su actividad. El obrero, al estar él mismo instruido y bien educado, encontrará un gran en-canto en instruir y desarrollar a sus jóvenes hijos. Los obreros, en general, tienen un muy buen corazón, les gustan mucho los niños. ¡Con qué valor trabajará este hombre toda la semana cuando sepa que debe pasar el domingo en compañía de su mujer, a la que amará, de sus dos pequeñas hijas traviesas, cariñosas, juguetonas, y de sus dos hijos ya instruidos que podrán conversar con su padre de temas serios! ¡Con qué ardor trabajará ese padre para ganar unos centavos además de su paga ordinaria para poder regalar a sus pequeñas hijas una bonita cofia y a sus hijos un libro, un grabado o cualquier otra cosa que él sabrá que les produce placer! ¡Con qué manifestaciones de alegría serían recibidos esos pequeños regalos! ¡Y qué felicidad para

 

 

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la madre ver el amor recíproco entre el padre y los hijos! Está claro que, haciendo esta suposición, la vida de la pareja, de la familia, sería para el obrero lo más deseable. Al sentirse bien en su casa, feliz y sa-tisfecho en compañía de su buena anciana madre, de su joven esposa y de sus hijos, no se le ocurriría salir de su casa para ir a distraerse a la taberna, lugar de perdición en el que el obrero pierde su tiempo, su dinero, su salud y embrutece su inteligencia. Con la mitad de lo que un borracho gasta en la taberna, toda una familia de obreros que vivieran unidos podría ir a comer al campo en verano. La gente que sabe vivir sobriamente necesita tan pocas cosas. Allá, los hijos respi-rarán el aire puro, estarán felices de correr con el padre y la madre, que se volverán unos niños para divertirlos; y en la noche, la familia, con el corazón contento, los miembros un poco relajados del trabajo de la semana, regresará a su vivienda muy satisfecha de la jornada. En invierno, la familia irá a los espectáculos. Estas diversiones tie-nen una doble ventaja: instruyen a los niños, divirtiéndolos. Con una jornada pasada en el campo, una noche pasada en el teatro, ¡cuántos temas de estudio una madre inteligente puede encontrar para ins-truir a sus hijos!

 

En las condiciones que acabo de presentar, el hogar, en lugar de ser una causa de ruina para el obrero, sería por el contrario una cau-sa de bienestar. ¿Quién no sabe hasta qué punto el amor y la satisfac-ción del corazón triplican, cuadriplican las fuerzas del hombre? Lo hemos visto en algunos ejemplos raros. Ha ocurrido que un obrero que adoraba a su familia y al que se le metió en la cabeza educar a sus hijos, hiciera, para lograr ese noble objetivo, el trabajo que tres hom-bres no casados no habrían podido hacer. Luego, el capítulo de las privaciones. Los solteros gastan mucho, no se privan de nada. Qué nos importa, dicen, después de todo, podemos beber y vivir alegre-mente puesto que no tenemos que alimentar a nadie. Mientras que el hombre casado, que ama a su familia, encuentra satisfacción en sacrificarse por ella y vive con una frugalidad ejemplar.

 

Obreros, ese pequeño cuadro, apenas esbozado, de la posición de la que gozaría la clase proletaria si la mujer fuera reconocida

 

 

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como igual al hombre, debe hacerlos reflexionar sobre el mal que existe y el bien que podría existir. Esto debe llevarlos a tomar una gran determinación.

 

Obreros, ustedes no tienen el poder para derogar las antiguas le-yes y para hacer nuevas, no; sin duda; pero tienen el poder de protes-tar contra la desigualdad y contra las leyes absurdas que traban el progreso de la humanidad, que los hacen sufrir, a ustedes en especial. Ustedes, pueden, por lo tanto –es incluso un deber sagrado–, protestar enérgicamente en pensamiento, palabra y en escritos contra todas las leyes que los oprimen. Ahora bien, intenten entonces compren-der bien esto: la ley que esclaviza a la mujer y la priva de instrucción los oprime a ustedes, hombres proletarios.

 

Para educarlo, instruirlo y enseñarle la ciencia del mundo, el hijo del rico tiene ayas e institutrices sabias, directoras hábiles, y, por fin, bellas marquesas, mujeres elegantes, espirituales, cuyas funciones en la alta sociedad consisten en hacerse cargo de la educación de los hijos de buena familia que salen del colegio. Es una función muy útil para el bienestar de esos señores de la alta nobleza. Esas damas les enseñan a tener cortesía, tacto, finura, habilidad, buenos modales; en una palabra, hacen de ellos hombres que saben vivir, hombres como se debe. Basta con que un joven tenga capacidad y si tiene la fe-licidad de estar bajo la protección de una de esas amables damas, su fortuna está hecha. A los 35 años está seguro de ser embajador o minis-tro. Mientras que ustedes, pobres obreros, para educarlos, para ins-truirlos, ustedes no tienen más que a su madre; para hacer de ustedes hombres que sepan vivir, ustedes no tienen más que mujeres de su clase, sus compañeras de ignorancia y miseria.14

 

 

14 Acabo de demostrar que la ignorancia de las mujeres del pueblo tiene las conse-cuencias más funestas. Sostengo que la emancipación de los obreros es imposible en tanto las mujeres permanezcan en ese estado de embrutecimiento. Ellas detienen todo progreso. A veces he sido testigo de escenas violentas entre el marido y la mujer. Con frecuencia, yo he sido la víctima, recibiendo las injurias más groseras. Esas po-bres criaturas, al no poder ver más lejos que la punta de su nariz, como se suele decir, se enfurecían con el marido y conmigo, porque el obrero perdía algunas horas de su tiempo ocupándose de ideas políticas o sociales. “¿Qué necesidad tienes de ocuparte de

 

 

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No es, por lo tanto, en nombre de la superioridad de la mujer (como no dejarán de acusarme) que yo les digo que reclamen los derechos para la mujer; claro que no. En primer lugar, antes de discutir sobre su superioridad, es necesario que se reconozca su individualidad social. Me apoyo en una base más sólida. Es en nombre de su propio interés, el de ustedes, hombres; en nombre de su mejoría, la de ustedes, hombres; en fin, en nombre del bienestar universal de todos y de todas que los comprometo a reclamar por los derechos para la mujer; y, mientras tanto, reconocérselos, aunque sea en principio.

 

Es entonces, a ustedes, obreros, que son las víctimas de la desigual-dad de hecho y de la injusticia, es a ustedes a quienes compete estable-cer al fin el reino de la justicia y de la igualdad absoluta del hombre y la mujer sobre la tierra.

 

Denle al mundo un gran ejemplo, ejemplo que probará a sus opre-sores que es mediante el derecho que ustedes quieren triunfar y no por la fuerza bruta; ¡a pesar de que ustedes, 7, 10, 15 millones de prole-tarios podrían disponer de esta fuerza bruta!

 

Mientras reclaman para ustedes la justicia, demuestren que son justos, equitativos; proclamen, ustedes, hombres fuertes, hombres de brazos desnudos, que reconocen a la mujer como su igual y que esa es la razón por la cual le reconocen un derecho igual a los beneficios de

 

LA UNIÓN UNIVERSAL DE LOS OBREROS Y DE LAS OBRERAS. Obreros, quizá dentro de tres o cuatro años tengan su primer

palacio, listo para recibir a 600 ancianos y a 600 niños. ¡Pues bien!

 

 

 

cosas que no te conciernen? –exclamaban–, piensa en ganar con qué comer y deja que el mundo marche como quiera”.

 

Es cruel decir esto, pero conozco a obreros desdichados, hombres de corazón, de inte-ligencia y de buena voluntad, que estarían totalmente de acuerdo en consagrar su do-mingo y sus pequeños ahorros al servicio de la causa, pero que, para tener paz en casa, esconden a su mujer y a su madre que vienen a verme y que me escriben. Esas mismas mujeres me abominan, dicen horrores de mí y, si no temieran caer en prisión, quizá llevarían el celo hasta a venir a injuriarme a mi casa y a golpearme, y todo esto porque yo cometo el gran crimen, dicen ellas, de meter en la cabeza de sus hombres ideas que los obligan a leer, a escribir, a hablar entre ellos, todas estas cosas inútiles que hacen perder el tiempo. ¡Esto es deplorable! Sin embargo, he encontrado a algunas capaces de comprender las cuestiones sociales y que se muestran abnegadas.

 

 

692

 

Por qué menciono a las mujeres

 

Proclamen en sus estatutos que se convertirán en SU CARTA, pro-clamen los derechos de la mujer a la igualdad. Que quede escrito en SU CARTA, que se admitirá en los palacios de la UNIÓN OBRERA, para recibir en ellos una educación intelectual y profesional, una cantidad igual de NIÑAS Y DE NIÑOS.

 

Obreros, en el 91 sus padres proclamaron la inmortal declaración de los DERECHOS DEL HOMBRE y es a esta solemne declaración que ustedes deben ahora el ser hombres libres e iguales en derecho ante la ley. ¡Honor a sus padres por esta gran obra! Pero, proletarios, les queda a ustedes, hombres de 1843, una obra no menos grande que cumplir. A su vez, liberen a las últimas esclavas que quedan aún en la sociedad francesa, proclamen los DERECHOS DE LA MUJER, y en los mismos términos que sus padres proclamaron los suyos, digan:

 

Nosotros, obreros franceses, después de 53 años de experiencia, re-conocemos estar debidamente esclarecidos y convencidos de que el olvido y el desprecio en que se han mantenido los derechos naturales de la mujer son la única causa de las desgracias del mundo y hemos resuelto exponer en una declaración solemne inscrita en nuestra Carta, sus derechos sagrados e inalienables. Queremos que las mu-jeres sean instruidas respecto de nuestra declaración, para que no se dejen más oprimir ni someter a la injusticia y la tiranía del hombre, y que los hombres respeten en las mujeres, sus madres, la libertad y la igualdad de la que disfrutan ellos mismos.

 

1.  Debiendo ser el objetivo de la sociedad la felicidad común del hom-bre y de la mujer, la UNIÓN OBRERA garantiza al hombre y la mujer el disfrute de sus derechos de obreros y obreras.

 

2.  Esos derechos son: la igualdad a la admisión en los PALACIOS DE LA UNIÓN OBRERA sea como niños, heridos o ancianos.

 

3.  Siendo para nosotros la mujer igual al hombre, queda claro que las niñas recibirán, aunque diversa, una instrucción tan racional, tan sólida y extensa en ciencia moral y profesional como la de los niños.

 

4.  En cuanto a los heridos y los ancianos, el trato será el mismo para las mujeres que para los hombres.

 

 

693

 

Flora Tristán

 

Obreros, tengan por seguro que si tienen suficiente equidad y justicia para inscribir en su carta las escasas líneas que acabo de esbozar, esta declaración de los derechos de la mujer pasará pronto a las costumbres; de las costumbres a la ley, y antes de 25 años verán inscrito encabe-zando el libro de la ley que regirá a la sociedad francesa: IGUALDAD ABSOLUTA del hombre y de la mujer.

 

Entonces, hermanos míos, y solamente entonces, la UNIDAD HU-MANA se habrá CONSTITUIDO.

¡Hijos de la revolución del 89, he aquí la obra que sus padres les han legado!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

694

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL TOUR DE FRANCIA

 

 

 

Notas de Flora Tristán a El tour de Francia*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estado actual de la clase obrera bajo los aspectos moral, intelectual y material1

 

Por

 

Flora Tristán

 

Un fuerte vol. In-18

 

Precio para los obreros: 1 franco.

 

***

 

Distribución del libro

 

I. Prefacio

 

II. En la ciudad de París III. En la ciudad de Chalon IV. En la ciudad de Mâcon V. En la ciudad de Lyon

... y del mismo modo un capítulo para cada ciudad por la que pase.

 

 

*   Extraído de Tristán, Flora (2006). Notas de Flora Tristán a El tour de Francia. En Flora Tristán, El tour de Francia (1843-1844). Lima: Institut français d’études andi-nes / Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán / Fondo Editorial UNMSM. [Trad. Yolanda Westphalen. Notas de Jules L. Puech. De la edición póstuma Le Tour de France. Etat actuel de la classe ouvrière sous l’aspect moral, intellectuel et matériel. París: Éditions Tête de Feuilles, 1973].

 

1 Estos apuntes y el esbozo de un índice fueron encontrados entre los papeles que Flora Tristán había dado a guardar a Éléonore Blanc durante su enfermedad. [N. de la primera Ed.].

 

 

697

 

Flora Tristán

 

Para el tour de Francia: Hacer un pasaje muy bello sobre los sufri-mientos de los obreros inteligentes.

¡Qué cosa son las torturas de los mártires cristianos comparadas a las torturas que soportan día a día, hora a hora, momento a mo-mento, los infelices obreros! Los mártires cristianos eran crucifica-dos, quemados vivos, despedazados por colmillos, y su suplicio dura-ba tres, cinco, ocho y diez horas. Durante esas largas horas de agonía sus sufrimientos eran terribles, ¡pero para ayudar a soportarlos te-nían el entusiasmo que produce el martirio en la plaza pública! Ellos sabían que entre la muchedumbre reunida alrededor de sus hogue-ras sus hermanos en comunión sentían sus angustias y admiraban su coraje. ¡Ellos sabían que ese mismo coraje exasperaba la vergüen-za de sus enemigos! Y además, en fin, ellos tenían para sostenerlos la conciencia de su fe, esa fe que les decía: “Alégrate de sufrir, porque mientras más sufras en la tierra a manos de tus enemigos, más te recompensará Dioses en el cielo”. ¡Oh! ¡Me atrevo a afirmarlo! Yo que me siento del temple de los mártires, un alma fuerte, podría entonces arder durante ocho horas a fuego lento como St. Laurent, ¡sin siquie-ra sentir la quemadura!

 

Pero ¿cuál es el martirio al que un obrero inteligente está conde-nado actualmente? No es la carne lo que se quema, se atormenta, ¡ese suplicio sería muy suave! ¡Se lo ataca en lo que la criatura humana tiene de más sensible, de más vibrante, de más vital! Se lo quema y se lo atormenta en los sentimientos de su corazón, en las inspiraciones de su alma, en los impulsos de su genio, en sus facultades intelectua-les. No es más la muerte de la carne lo que le hace falta al verdugo, no, es la muerte del espíritu. Se quiere, ¡oh, crueldad inaudita!, se quiere reducir al obrero, al gran mártir de los tiempos modernos, a no tener por cuerpo más que un cadáver privado de espíritu. El ideal que los economistas sueñan es un obrero máquina, un bruto, que trabaje sin comprender, exista sin sentir, procree sin amor.

 

¿Por quién es crucificado el obrero inteligente? Por sus hermanos de miserias, por sus compañeros de taller, por los patrones que se en-riquecen con su sudor; en su familia, por su madre, por su mujer, por

 

 

698

 

Notas de Flora Tristán a El tour de Francia

 

su hija. Sus compañeros se burlan de él, lo insultan, lo denuncian, lo per-siguen como si fuera un ser peligroso. El patrón lo hiere en su libertad y dignidad de hombre y lo despide; su madre, su mujer, su hija, lo agobian con reproches indignos, lo señalan como ¡un loco, un mal sujeto, un amotinado, un revolucionario, un malo! Y si el infeliz, así calumniado, perseguido y denunciado por los suyos es arrestado como perturbador, condenado y hecho prisionero como un criminal, ninguna mano amiga viene a estrechar la suya, no encuentra en ninguna parte una mirada de simpatía, ¡ni siquiera de compasión! Todos repiten: “No tiene nada que no merezca, es un loco lleno de orgullo, un ambicioso, un bribón que hablaba de su amor por el pueblo, simplemente para llegar a colocarse él. ¡Qué canalla! Y qué felicidad que nos hayamos librado de él”.

 

Y después de haber luchado veinte años de su vida contra la ig-norancia, la bajeza y la maldad de los suyos, si en un momento de desesperación el obrero inteligente es involucrado en uno de esos complots de encargo termina su vida miserable en prisión o en el cadalso. Yo pregunto ¿hay en todo el martirologio cristiano un már-tir que ose poner en paralelo sus sufrimientos con los que soporta el obrero inteligente de nuestra época?

 

Es a esos obreros de allí... (fui interrumpida, retomaré). Hay un bello discurso que hacer a esos obreros.

 

***

 

Se me han ocurrido también cosas bellas que decir a los directores de fábrica que se atreven a prohibir a sus obreros que se ocupen de política, los despiden si se enteran de que leen un periódico –¡como si la ley no debiera castigar un atentado semejante a la dignidad, a la libertad del hombre! ¿No es eso acaso la esclavitud pura? No so-lamente un patrón exige del obrero el sacrificio de su tiempo, de su juventud, de su salud, ¡sino incluso de su pensamiento, de sus opinio-nes!, de sus simpatías y ninguna ley [existe] para reprimir y castigar una explotación tan odiosa. Es a mí que Dioses reserva el honor de censurar a tales patrones –y lo haré.

 

 

699

 

Flora Tristán

 

Al hablar de lo que sufro en el fondo del corazón, al estudiar la posición deplorable de esos infelices, podría afirmar la sangre fría y la calma que muestro: podrían aplicarme justamente lo contrario de esta terrible figura: “Bajo un guantelete de terciopelo, no había más que una mano de acero”; y en mi caso: “Bajo un guantelete de acero, no había más que una mano de terciopelo”. Comparaciones muy jus-tas. Yo comparo al pueblo con una máquina de vapor. La máquina de vapor contiene por ella misma la fuerza. Pero si no hay un mecánico hábil para conducirla, no se moverá. El pueblo se parece a una má-quina de vapor detenida en una estación. Su fuerza monstruosa está ahí sin movimiento, inerte. El mecánico la dirige a su voluntad, la mantiene en reposo, la hace ir a derecha e izquierda, atrás, adelan-te; ella le obedece. Luego, finalmente, la lanza; ella parte como una flecha, franquea todos los obstáculos, y arrastra todo detrás de ella. Pero si el mecánico la abandona a sí misma un segundo, de inmedia-to ella se desvía de su ruta, y como un borracho o un insensato, es in-capaz de conducirse. Entonces, esta magnífica e imponente fuerza se transforma inmediatamente en un monstruo repugnante, loco, que corre de aquí para allá, revolviendo, destruyendo todo a su paso, ¡es-tropeándose pronto él mismo en el abismo y el caos que creó! He aquí la imagen del pueblo, al menos como yo la veo. El pueblo es la fuerza, la potencia, el derecho. Pero, para que la fuerza sea fuerte, es necesa-rio que sea guiada por la inteligencia. (Hay que desarrollar esta idea).

 

Cuando enseñe que se debe abandonar a los hombres, por la ley podré citar al respecto lo que decía Maquiavelo: “En un país en el que los hombres han reinado uno puede deshacerse de ellos, pero allí donde solo la ley ha reinado, es imposible; es necesario destruir al país, porque la ley es como la grama, es una cosa indestructible”. (Será necesario que relea a ese gran hombre en el momento en el que comience a hacer mi libro).

 

Hay que considerar también en Cinq-Mars, novela de A. Vigny, quien comete la tontería de decir que el apoyo natural de un rey es su nobleza; el apoyo natural, el único que él tiene, es su pueblo. El rey de-pende y vive del país. Ahora bien, él debe apoyarse sobre los intereses

 

 

700

 

Notas de Flora Tristán a El tour de Francia

 

y la fortuna del país, que es el pueblo. Esto prueba cuán estúpidos son los defensores de realeza, todos han cometido la misma falta.

Hay que hablar del libro del señor Dupin, del de los compagnons carpinteros de obra, del compagnon del tour de Francia y de todos aquellos que han tratado la cuestión de los obreros. Encontrar qué mal le hacen al pueblo los halagos.

 

***

 

Sí, yo ataco a la propiedad –decía –, pero no la ataco en nombre de la fuerza bruta, en nombre del egoísmo y de la codicia como lo hicieron en el 89. Ataco la propiedad tal cual está constituida actualmente, en virtud del propio principio de propiedad. Es para conservarla que la ataco. Ataco a la propiedad en nombre del más santo de los derechos, ¡el del trabajo! ¡Eh! Quién es entonces, aquel entre los propietarios de tierras, de capitales, de casa, [que] osaría defender lo que él llama su propiedad, contra los derechos sagrados que todo ser aporta al nacer, el “derecho de vivir trabajando”. En 1789 se atacó a la propiedad de los sacerdotes y nobles en nombre de la fuerza, y los propietarios, en medio de la injusticia de sus enemigos, rechazaron la fuerza con la fuerza –y triunfaron. En efecto, qué importaba a los intereses reales del país que la propiedad estuviera entre las manos de duques, mar-queses, barones, obispos, canónigos o en las de banqueros, tenderos u otros traficantes. Se trataba de hacerla cambiar de manos, es decir, atacar a los propietarios y no al principio de propiedad, lo que es muy diferente. El derecho al trabajo ataca a la propiedad; es la única mane-ra de atacarla legal y justamente. Porque ¡qué hay de más legal y justo que el trabajo! Por el derecho al trabajo el Estado se vuelve propietario del Estado, no es eso constituir la propiedad de manera de protegerla para siempre de todo ataque. (Hay que desarrollar esta idea).

 

Hay que golpear contra todos esos imbéciles que piden la organi-zación del trabajo. Como si uno pudiera organizar una cosa antes de tenerla. Es tomar el efecto por la causa. Se debe proceder siempre en nombre de un principio, porque del principio fluye la ley y de la ley

 

 

701

 

Flora Tristán

 

las consecuencias. La obligación para un país de hacer vivir al país, este es el principio. La ley es el derecho al trabajo. La consecuencia es la organización del trabajo. Lo mismo sucede en el ejército, en la administración de gobierno: el principio es la defensa del país. La ley es el impuesto de sangre extraído a los machos de 21 a 27 años, y el impuesto de presupuesto de guerra a fin de obtener el ejército. La consecuencia es la organización del ejército. Hacer ver la ineptitud de todos esos periodistas y políticos que no comprenden ni una pala-bra de asuntos que pretenden tratar. ¡Qué lástima!

 

Habrá cosas muy bellas a decir al respecto.

 

***

 

El epígrafe de mi libro será:

 

Dedicatoria:

 

“Si es útil decir la verdad a los reyes, con mayor razón aún es útil de-círsela al pueblo”.

 

Este es el plan de mi libro:

 

Título: El tour de Francia.

 

Dedicatoria:

 

“Dedico este libro a todos aquellos que sean capaces de apreciar la utilidad y la gran importancia que se debe atribuir de ahora en ade-lante a hacer conocer, en aras del interés general, la verdad exacta sobre los hombres y sobre las cosas.

 

Solo ellos están aptos para juzgar el alcance de mi obra, y solo ellos estarán aptos para continuarla.

Para ellos, entonces, mi pensamiento y mis trabajos”.

 

Flora Tristán.

 

***

 

 

 

 

702

 

Notas de Flora Tristán a El tour de Francia

 

(Para El tour de Francia). Dedicatoria.

 

¡A la clase obrera!

 

“En los tiempos en que el rey de Francia era la nación, se encontró de siglo en siglo algunos hombres lo suficientemente valientes, lo suficiente-mente penetrados de sus deberes de ciudadanos, para osar decir, arries-gando su vida, la verdad ¡al Rey!

 

Hoy, que la clase obrera, la que produce, es en realidad la nación, creo cumplir un deber y rendirle al país un servicio eminente osando decir, a riesgo de todo lo que eso me pueda costar, ¡la verdad a la clase obrera!

 

Dedico mi libro a ese gran y valiente pueblo de trabajadores para el cual lo he hecho. Les ofrezco aquí dos años de trabajos apostólicos (en acción) y quince años de meditación sobre sus derechos, sus de-beres y sus verdaderos intereses”.

 

Flora Tristán.

 

(Esta es la idea).

 

Enseguida un prefacio en el que resumiré lo que he hecho desde hace dos años y diré la verdad sobre todo y sobre todos, hablando de los periodistas, de su ineptitud, de su mala fe, las cartas, las pruebas de apoyo, etc., etc. Será el fragmento importante del libro (trabajo en él).

 

Enseguida el libro. Cada ciudad será un capítulo. Luego, una alo-cución a los obreros, a los vanidosos y a los inteligentes. Después, un llamado a los jóvenes burgueses. La idea del periódico. Trazo allí la marcha que conviene seguir. Allí será puesto el plan.

 

Indicaré la manera de propagar, de profesar las ideas de la Unión Obrera. Al final daré mi definición de las tres naturalezas. De esta manera el libro quedará muy completo.

 

***

 

Título de los capítulos

 

a)  Prefacio.

 

b)  Dedicatoria.

 

 

703

 

Flora Tristán

 

I. París la ciudad de los impulsos generosos.

 

De esta ciudad, la metrópolis del mundo, partirá el rayo que debe derribar a la vieja sociedad.

II. Auxerre. La ciudad de los burgueses videntes.

 

Del alto de ese peñasco se elevarán voces potentes para condenar a la burguesía.

III. Avallon. Ciudad nula.

 

IV. Dijon. La ciudad de los burgueses simpáticos.

 

V. Lyon. La ciudad de los obreros inteligentes.

 

Del seno de esta gran miseria ¡surgirá la organización verdadera, equitativa, fraternal del mundo regenerado!

VI. Saint-Étienne, la ciudad de los opresores.

 

De la opresión nacerá la revuelta.

 

VII. Roanne. Ciudad nula.

 

VIII. Aviñón. La ciudad de los caballeros.

 

A pesar de todo lo malo que son, rendirán grandes servicios.

 

IX. Marsella. La ciudad del entusiasmo.

 

El pueblo en su cólera ¡pasará por esta ciudad como el rayo! ¡Y los ejemplos de esta justicia terrible aterrorizarán al mundo durante siglos!

 

X. Tolón. La ciudad de la energía.

 

Esta plaza de guerra, sus fuertes, sus cañones, sus soldados, todo eso será reducido por un puñado de obreros.

XI. Nîmes. La ciudad de los sacerdotes.

 

Allí, en nombre de Aquel que murió en la cruz por la unión uni-versal, católicos y protestantes se devorarán entre ellos ¡como bes-tias feroces!

 

XII. Montpellier. La ciudad de los millonarios.

 

¡Su Dioses es el dinero! ¡Allí la ciencia es un comercio! Allí el egoís-mo reina en todo su horror.

XIII. Béziers. Ciudad nula.

 

XIV. Carcassonne. La ciudad pura y peligrosamente revolucionaria.

 

Allí el valor, desprovisto de la inteligencia.

 

 

704

 

Notas de Flora Tristán a El tour de Francia

 

XV. Carcassonne. La ciudad pura y estúpidamente revolucionaria.

 

Allí los hombres pelean con valor, pero sin inteligencia.

 

XVI. Toulouse...

 

[El manuscrito se detiene aquí].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

705

 

 

 

París*

 

(4 de febrero - 16 de abril de 1843)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobrecargada de trabajo como estoy en este momento, no puedo más que lanzar algunas notas –que más tarde me servirán para hacer la obra de la que ahora pongo el título. En primer lugar, todas las cartas de obreros que están en orden en el mismo paquete, luego gradual-mente los acontecimientos.

 

Mi primera salida fue el 4 de febrero de 1843 a la casa del señor Gosset, padre de los herreros.1 Yo debía encontrar allí una asamblea de herreros, pero esta no se llevó a cabo, y encontré tan solo un grupo de herreros que me parecieron hombres bastante razonables. Con-versé con dos o tres que son muy buenos. El señor Gosset es bastante inteligente y espero mucho de él. La mujer no entiende nada que no sean sus intereses pecuniarios.

 

 

*   Extraído de Tristán, Flora (2006). I. París. En Flora Tristán, El tour de Francia (1843-1844). Lima: Institut français d’études andines / Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán / Fondo Editorial UNMSM. [Trad. Yolanda Westphalen. Notas de Jules L. Puech. De la edición póstuma Le Tour de France. Etat actuel de la classe ouvrière sous l’aspect moral, intellectuel et matériel. París: Éditions Tête de Feuilles, 1973].

 

1   Jules Puech elaboró notas aclaratorias al manuscrito de Flora Tristán. La primera de ellas nos da luces sobre las motivaciones de la autora: “J. Gosset era el autor del Projet de régéneration du compagnonnage (París, 1842). Flora Tristán cita este trabajo en su Union Ouvrière (p. 11) y declara que la lectura que ella hizo de él, juntamente con la del Livre du Compagnonage de Perdiguier y del folleto de Pierre Moreau Un mot sur le Compagnonage, fue la causa de su apostolado. Estableció correspondencia con Gosset en enero de 1843. Sobre Moreau y Gosset ver Le Compagnonnage (Martin Saint-Léon, 1901). Sobre estas relaciones de Flora Tristán con los militantes obreros, cf. nuestro estudio: La vie et l’oeuvre de Flora Tristán, segunda parte, cap. II y tercera parte, cap. III”. [N. de la primera Ed.].

 

 

707

 

Flora Tristán

 

Agricol Perdiguier2 vino para leer mi discurso a los obreros. No comprendió nada –la palabra “actuar” y “unión universal de los obre-ros y obreras” no le impresionaron. La única cosa que le emocionó fue mi tour por Francia:3 “¡Ah!, exclamó, ¿usted también va a hacer un tour por Francia?”, y parecía celoso. Luego de esta conferencia ya no me parecía tan bueno. Creo que es porque no comprendió nada.

 

Hablemos del comité de La Ruche.4 El manifiesto fue acepta-do por catorce balotas blancas sobre quince, y, sin embargo, no

 

2   Agricol Perdiguier (1805-1875) fue uno de los principales dirigentes del compag-nonnage (ver nota 10) y aparece mencionado varias veces a lo largo del diario. Flora Tristán entró en contacto con él antes de iniciar su gira por Francia y él le dio una car-ta para que contara con el apoyo de los compagnons a la ciudad a la que llegara. Pese a este apoyo, Flora fue siempre crítica de sus posiciones. Perdiguier era carpintero y luego de su tour por Francia se recibió como Compagnon del Deber de la Libertad bajo el nombre de Aviñonés el virtuoso. En 1839, publicó el Libro del Compagnonnage; publi-cación que trataba sobre el asunto de los principios de la asociación de los artesanos y obreros y que sumada a otras le valieron a su autor la persecución. En 1848, fue elegido representante del pueblo por París y fue reelecto para el Legislativo. Ocupó un escaño como diputado obrero y votó consistentemente por la izquierda radical. Luego del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 se exilió en Bélgica, pero casi inmedia-tamente pasó a Suiza donde escribió el libro Memorias de un Compagnon. Regresó a Francia en 1855 y se sumó a favor del Imperio. Continuó escribiendo y publicando sobre el compagnonnage hasta su muerte en 1875. George Sand escribió en honor suyo una novela titulada El Compagnon del Tour de Francia (1840). Agricol Perdiguier fue co-nocido también como Avignonnais-la-Vertu, pues era costumbre entre los compagnons ponerse seudónimos cuya primera parte señalaba su lugar de origen, y la segunda, una virtud con la que se lo identificaba [N. de la T.].

 

3   El tour de Francia era una práctica realizada por los miembros del compagnon-nage. Durante cinco a siete años el itinerante viajaba alrededor de Francia siguiendo el curso de las manecillas del reloj, en lo que constituía un viaje de aprendizaje del oficio y de iniciación. La ruta que normalmente seguían era: Sens, Auxerre, Dijon, Chalon-sur-Saône, Lyon, Vienne, Saint Étienne, Valence, Aviñón, Marsella, Nîmes, Montpellier, Béziers, Carcassonne, Toulouse, Agen, Burdeos, Saintes, Rochefort, el valle de Loira y París. Flora Tristán se apropia del término para referirse a su gira de formación de la Unión Obrera y sigue exactamente la misma ruta. Si no llega a terminar su itinerario es porque fallece antes de concluirla. Agricol Perdiguier se emociona por la propuesta de Flora Tristán de hacer una gira como la de los miem-bros del compagnonnage. [N. de la T.].

 

4   Se alude aquí a La Ruche Populaire [La colmena popular], comunidad de ayuda mu-tua que agrupa a obreros de diferentes perspectivas y edita un periódico obrero redac-tado y publicado por ellos mismos bajo la dirección de Vinçard (1839-1849). Vinçard y Vanostal lo fundaron y Cécile Dufour fue subdirectora de este. Flora Tristán se reúne con ellos en enero o febrero de 1843 para presentarles sus propuestas. [N. de la T.].

 

 

708

 

París

 

comprendieron mucho más que Perdiguier, ni la palabra “actuar”, ni la palabra “unión”.

Las cartas de Rosenfeld están ahí para probarlo. Hay que poner aquí las cartas y hablar de la que yo le escribí. Hablar de Vinçard, el águila de la tropa, que no se muestra más inteligente que los demás, y de toda la extrañeza de su conducta. Primero delicado, cálido; luego frío, silencioso, en retirada, dejando de venir a mi casa cuando lo in-vito a informarse sobre mi trabajo –¿quién ha podido operar en él un cambio tan súbito? Investigo para saberlo.

 

***

 

Ayer 13 de febrero. A las 8 de la noche, llego con Evrat y el señor Rosenfeld al comité convocado extraordinariamente para la lectura de mis dos capítulos.5 El comité se encuentra en la calle Jean Aubert,

 

 

5   En una de sus notas al Manuscrito en francés, Jules Puech dice: “El doctor Évrat fue uno de los amigos más fieles de Flora Tristán. Médico alienista en el asilo de Saint Robert, deseaba ardientemente socorrer a la humanidad. Sus cartas inéditas revelan un alma altamente idealista. Dejó algunos trabajos técnicos sobre el tratamiento de las enfermedades mentales. Cuando Owen vino a París en 1838, el doctor Évrat fue uno de los numerosos intérpretes que le permitieron discutir con los franceses las cuestiones de filosofía y de economía social (cf. Reybaud, [1841] 1848, p. 27, t. 1). Se puede presumir que fue a través de Évrat que Flora Tristán conoció a Owen” (De aquí en adelante, la traducción de las citas de J. Puech es también de Y. W.). Flora Tristán se refiere a él con frecuencia en su libro Promenades dans Londres, pero casi no lo men-ciona en este texto. Robert Owen (1771-1851) fue un industrial, filósofo y sociólogo, fun-dador del socialismo y del cooperativismo inglés, y un notable director e inspirador del movimiento sindical obrero. Fue un interlocutor importante en el movimiento de ideas socialistas con las que ella debate. Uno de sus principales postulados fue que el “carácter” del hombre (es decir, su forma de conducta y escala de valores) depende de las condiciones que lo rodean. Partiendo de esta opinión, Owen acusó al sistema industrial de formar malos caracteres, dada su lucha por la competencia individual y la ambición. La importancia que le daba al medio lo llevó a trabajar por la educación popular y por la reforma de las fábricas y la organización social del trabajo. Presentó inicialmente una propuesta para la creación de “aldeas de cooperación”, como forma de que los desempleados pudieran ganarse la vida, pero luego vio dicho plan como manera de organizar tanto la producción agrícola como la industrial y como un lla-mamiento para el cambio completo del orden social y económico existente. En la se-gunda mitad de la década de 1820 la doctrina de Owen fue reinterpretada por los

 

 

709

 

Flora Tristán

 

una callejuela sucia y enlodada en la calle Saint-Martin, en una vieja casucha en ruinas con un acceso largo, negro y una escalera peligro-sa al cuarto piso. Entramos en una habitación bastante limpia, en la que ya había una veintena de personas. Reina un gran silencio. Nadie se me acerca, ni siquiera Vinçard que me conoce y que por con-siguiente debería haber venido a mí para disculparse de no haber acudido a mi invitación para hablar de mi trabajo. Nada. Me hacen esperar, a mí que he anunciado que traería la salvación de la clase obrera. Todos no vienen. Solamente doce y una decena de mujeres. Durante esta media hora de espera, examino todos los rostros: son fríos, secos, desprovistos de elevación, de inteligencia; en cambio, leo en ellos los caracteres de la vanidad, de la arrogancia, de la terque-dad, aunque aunada a una muy grande movilidad de ideas. Estudio a Vinçard cuya fisonomía usualmente tiene fineza, espíritu –estaba serio, preocupado, y a pesar de que se encontraba situado lejos de mí, yo sentía que había algo irritante entre él y yo. Finalmente, comenzó la sesión; Evrat no leyó tan bien como tiene costumbre de hacerlo, lo que me contrarió mucho. Durante toda la lectura del primer capítulo reinó un absoluto silencio y una atención muy constante. No hubo una sola interrupción. Fue cuando se leyó el pasaje de la Gazette des Tribunaux, en que el abogado del Rey dice: que un albañil, un zapate-ro, un labrador no son hombres. Se elevó un murmullo de sorpresa y de indignación. He aquí el efecto de la declaración de los derechos del hombre de 1791.6

 

Cuando se terminó la lectura del capítulo, todos dijeron sin en-tusiasmo que era muy bello. Vinçard pidió la palabra. “Señora Flora, dijo, ¡su trabajo es muy bello! Contiene ideas geniales, pero no se en-cuentran más que en el estado de la utopía, porque usted no indica cómo podremos unirnos. Y todo radica ahí”. Mi sorpresa fue grande

 

dirigentes de los sindicatos obreros, buscando reorientar dicho movimiento por el camino del socialismo cooperativista. [N. de la T.].

 

6   Se refiere a la primera Constitución de la revolución francesa, aprobada ese año. Esta se erige sobre la base de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789. [N. de la primera Ed.].

 

 

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al escuchar hablar así al águila de la tropa. Yo estuve durante toda la noche muy contenta conmigo misma, lo que no me sucede a menu-do, estuve franca, ardiente, firme y no obstante llena de calma y mo-deración. No había creído que sería capaz de hablar así en una asam-blea pública, lo que me dio esperanzas. “Vinçard, le repliqué, usted se equivoca. No ha comprendido usted, entonces, lo que es esencial en el capítulo que se acaba de leer: la Ley”. “Pero qué importa la ley si uno no la puede realizar”. Y nos hizo al respecto uno de los largos discursos más estúpidos. Fui mala, justo lo que se necesitaba, no más. Cuando vi que el auditorio estaba bien convencido de que Vinçard decía absurdidades, lo interrumpí: “¡La ley!, pero observe, entonces, Vinçard, que todo radica ahí, en la ley. Antes de pasar a la realización, es necesario formular la ley. El catolicismo no se estableció definiti - vamente más que en el siglo VI y desde hace 600 años Cristo había formulado la ley. La constitución de la clase burguesa no se estable-ció más que en 1789 y la ley había sido formulada desde los primeros Estados Generales. Yo les traigo la ley, en cuanto a su realización Dio-ses proclamará su hora”.7

 

Todo el mundo estuvo de acuerdo conmigo. Detrás de mí estaban tres hombres que no peroraban, pero que captaron de inmediato mi idea. Todos estaban tan sorprendidos como yo de la controversia es-túpida de Vinçard. Esto me confirma lo que yo había sentido ante-riormente, que él estaba contra mí. Por lo demás esta discusión sir-vió, porque les hizo comprender la ley que yo venía a traer. Fuimos al voto. De doce balotas: once blancas, una negra, probablemente de Vinçard. Luego de esta discusión observé que el sobrino de Vinçard también estaba contra mí: me lanzaba unas miradas terribles.

 

 

 

7   Éléonore Blanc explicó la simbología divina utilizada por Flora Tristán en una car-ta dirigida a Cantagrel: “[...] el triángulo es la imagen de Dios [para Flora] y ella tenía un sello que lo representaba. Su papel membretado llevaba también ese signo reli-gioso. Pero en su sello y en su papel el triángulo estaba trazado simplemente y solo tenía estas inscripciones: ‘padre, madre, embrión’ (una palabra sobre cada lado del triángulo), Dioses al centro”. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Leímos el capítulo de las mujeres. Fue escuchado con menos aten-ción que el otro, tal como se esperaba. El auditorio estaba fatigado, además, ese capítulo decía poco comparándolo con el otro. Cuando se acabó, Vinçard pidió nuevamente la palabra. En esta oportunidad divagó completamente. Dijo que se oponía a la inserción de este ca-pítulo porque en él se afirmaba que la clase obrera iba a las tabernas, lo que iba a renovar los ataques que la clase burguesa hacía contra la clase obrera. Por más que le hice notar que yo solo hablaba de los ma-ridos, que la cuestión de las tabernas no estaba en discusión, que sur-gía del asunto tratado. Imposible, no quería comprender nada. Nue-vamente, todos estuvieron de mi parte y desaprobaron lo que dijo. Tan solo uno, el carpintero Roly pidió la palabra y dijo, con la emo-ción de la cólera, que él se oponía fuertemente a su inserción porque en él se insultaba a los obreros y a las obreras. Discutí con él y con-fesó que los obreros iban a las tabernas, pero señaló: “Entre nosotros podemos confesar nuestros defectos, pero no debemos permitir que vengan extraños a amonestarnos; por el contrario, debemos ocultar dichos defectos a los ojos de los burgueses y no debemos imprimir en un periódico de obreros y redactado por obreros las duras y aterra-doras verdades que la señora Flora ha venido a enrostrarnos”. “Así, señor, usted desea que yo les cure sin ver las llagas”. “Sí, señora”. Las opiniones se dividieron, muchos opinaron a favor de él, otros, la ma-yoría, se oponían a lo que planteaba fuertemente. Vinçard, otros dos más y la señorita Cécile Dufour8 dijeron que yo había maltratado a las mujeres del pueblo, que ellas no eran tan brutales, que eran tier-nas con sus niños y otros sentimentalismos. Una dama muy gansa tomó la palabra para decir que yo humillaba a las mujeres, pidiendo para ellas derechos cuando ellas gozaban de derechos divinos. Esta

 

 

8   Jules Puech aclara que: “Cécile Dufour era vicesecretaria de La Ruche populaire, don-de la presencia de una mujer en ese puesto había sido juzgada singular, incluso por un periódico tan de avanzada como Le Globe. A eso Vinçard replicaba: ‘Qué hay entonces de singular en los obreros que aprecian lo suficiente los sentimientos de dignidad y de respeto que ellos deben a las mujeres, sus madres, sus esposas o sus hermanas, para manifestarlo y dar un ejemplo moral honrándose con el patrocinio de una de ellas […]’ (La Ruche populaire, octubre de 1841, p. 5)”.

 

 

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pobre dama era tan inepta que no pudo continuar. Toda la discusión fue muy acalorada. El resultado de la votación fue de nueve balotas blancas contra tres negras. No es a los derechos de las mujeres que hay que atribuir estos tres votos negros, sino únicamente a las taber-nas, etc., etc. Cuando ya me iba, una dama vino a decirme que a ella le parecía que yo no había pedido lo suficiente para la mujer. Intercam-bié algunas palabras con ella, que prueban que era muy avanzada.

 

Un cajista, con ropa muy sucia, me hizo dos o tres valiosas obser-vaciones que demostraban que había seguido la lectura de mi traba-jo con atención. Los tres hombres que estaban sentados detrás de mí poseían un gran sentido común.

 

Salí de allí a las 11:30 con los pies muertos de frío, con bastante sed, porque había hablado mucho, y apenada por la conducta de Vinçard, que era con quien más contaba y me había fallado. ¡Oh! Sin el amor que tengo en mí me sería imposible proseguir esta tarea. Cuántos dolores y decepciones me deparan; sin embargo, no estoy ilusionada con ellos, los veo tal y como son y es eso justamente lo que me arranca las lágrimas. No importa que yo sienta que dentro de tres meses no sufriré más, es a los principios a lo que yo me debo y no a los individuos. Los individuos no son inteligentes, son vanidosos, estúpi-dos, ignorantes, arrogantes, en fin... tienen todos los defectos y vicios de la ignorancia, pero qué importa la repugnancia que provocan, es necesario considerarlos como el abono que servirá para fertilizar a la joven generación obrera. Solamente si quisiéramos encontrar un hombre para defender a esas personas, sería necesario darle al me-nos 500 mil francos ¡y desde luego no les robará! El señor Rosenfeld me es muy valioso, no es obrero y vive entre ellos, de manera que yo me dirijo a él como burgués y él me informa de todo lo que hacen los obreros. Dioses es tan bueno conmigo, me envía siempre fieles servidores.9

 

 

***

 

9   Para “Dioses” ver nota 8. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Este 15 de febrero recibí en la noche una carta de Jules [Laure] sobre el libro, que es realmente curiosa. Es imposible llevar más lejos la arro-gancia. Me indica lo que yo debería haber hecho. Es inconcebible, no lo creía tan idiota, tan mediocre, ¡no ha comprendido una palabra, una sola palabra de las treinta páginas que ha copiado! Piensa que yo quiero reunir todas las sociedades de compagnonnage10 en una sola. Hay instantes en el que estaría tentada de creer que este muchacho no tiene uso de razón. ¡Qué desgracia ser así!

 

***

 

28 de febrero. Jules [Laure] me escribió dos cartas más que superan todo lo que uno puede imaginar. Esas cartas de obreros ¡colección preciosa! Es más idiota que cualquier obrero ¡y no es poco decir!

 

Vinçard me escribió tres cartas que me serán muy valiosas. Ahora conozco al hombre –ni la menor inteligencia, un verdadero cordero sansimoniano. Le hace falta un jefe que lo patee y a quien él adore. Le es necesario también ser adorado por los estúpidos que están debajo de él, ¡es lamentable! El señor Rosenfeld comienza a comprender mi

 

10 A lo largo de todo el libro se alude al compagnonnage y a los compagnons. La traducción literal de compagnons, debería ser compañeros, pero dado que se trata de una institución de artesanos y obreros franceses, que en dicha época no existió fuera de Francia, se con-serva el término en el idioma original. Se denomina Compagnonnage a una institución de formación profesional que tenía como particularidad la obligación de los jóvenes apren-dices de viajar durante varios años, a fin de enriquecer sus conocimientos profesionales y humanos, viaje de iniciación que debía culminar en una obra de arte. Es lo que los miem-bros del compagnonnage llaman el tour de Francia. No se conoce su origen histórico, pero todas las leyendas sitúan el origen simbólico de la asociación a partir de la construcción del Templo de Jerusalén. Probablemente surgieron a partir de las cofradías de los siglos XII y XIII de los obreros de construcción que realizaban una obra común, viajando como grupo de una construcción a otra. Hauser menciona las gildas y otro tipo de vínculos a partir de la construcción de las catedrales góticas como el origen de dichos gremios. Se trata de corporaciones diferentes a las oficiales cuya primera regla era establecer una alianza entre el Trabajo y el Deber. Las asociaciones de compagnons eran corporaciones de artesanos y posteriormente de proletarios y semiproletarios, que existieron inicialmente de forma clandestina porque eran ilícitas y estaban prohibidas. En ellas se establecía un vínculo en-tre artesanos de diferentes oficios que se reunían en federaciones ocultas, generalmente enemigas de la corporación pública. [N. de la T.].

 

 

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idea de la constitución de la clase obrera. Pero le será necesario todavía dos meses para captarla bien. No sé si era para estafarme, pero vino a decirme que no tenía dinero y no sabía cómo hacer para imprimirlo. Yo solo le dije simplemente que, si no podía hacerlo imprimir, como su for-mato no me convenía, iría a hacerlo a otro lugar. Entonces dijo que en-contraría el dinero. Le prometí que le daría 30 FF [francos franceses] por los 200 que me entregará. ¡Qué tal fastidio hacer la menor cosa con esta gente! Es la primera, pero será la última vez que me saque dinero.

 

Recibí una carta de Poncy de Tolón. Es una obra de arte de la di-plomacia. ¡Curiosa!

No tengo tiempo para solamente escribir este diario, tengo tantos asuntos. Mi trabajo, estas cartas y respuestas a los obreros, las com-pras, etc. ¡Qué vida!

 

***

 

2 de marzo. Regresé ayer al comité para leer mi plan. ¡Esto es el colmo! Se leyó la primera parte, la organización material de la Unión, luego nos detuvimos para discutirla. La misma estupidez que la primera vez, ¡peor todavía! Vinçard pretende que mi plan es malo. Esa gen-te nunca dice por qué. Afirmaciones engañosas son todo lo que se puede obtener. “Nunca, dijo, los obreros darán 2 FF al año. Promete-rán, inscribirán sus nombres, pero cuando se trate de pagar, no pa-garán”. He aquí que el hombre que se molestó el otro día porque dije que los obreros van a la taberna, se pone a decir horrores de la clase obrera. “Es necesario, dice, que se obligue a los patrones a retener los 2 FF”. Me mato por hacerle comprender que un patrón no tiene el derecho de retener ni siquiera un medio11 a su obrero, que para ello

 

 

11 Un sous, por su forma coloquial y por el monto que expresa equivale a una perra, moneda española de cobre o aluminio que puede valer cinco céntimos de peseta (una perra chica) o diez céntimos de peseta (perra grande). La moneda equivalente en el Perú y otros países latinoamericanos es el medio o moneda de cinco céntimos. Se opta por la alternativa de medio porque es la que coincide en el monto de las sumas del texto y por la difusión de dicha moneda en el ámbito latinoamericano. [N. de la T.].

 

 

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sería necesaria una ley. Habla largamente hasta acá con la pacien-cia de un santo y no comprende nada. Unos hablan del derecho al trabajo sin comprender lo que es, y los otros de la organización con la misma ignorancia. Nadie comprende, nadie está en el asunto, ¡es lamentable! ¡Exasperante hasta la estupefacción! Solo uno, el cajista Vannostal, comprende y dice buenas cosas. Le hago cumplidos, en-tonces los otros caen sobre él. Durante dos horas y media que dura la discusión, reina la misma falla de inteligencia, es indescriptible la tontería, la fatuidad, la sequedad, la mala voluntad, la vanidad, si no lo hubiera visto dos veces seguidas no hubiera creído jamás que se pudiera llegar a ese punto. ¡Oh! Comprendo ahora por qué la cla-se obrera no tiene defensores, hombres que le sean abnegados. Es realmente la estupidez de los obreros la que es capaz de provocar el rechazo, de enfriar, de disgustar al alma más ardiente. Para encon-trarse en compañía de esta gente es necesario armarse de una coraza por todas partes. Unos son tontos, los otros groseros, insolentes, los otros bobos, había un buen orador que me hacía cumplidos sobre mi talento. A pesar de mi idea preconcebida de soportar todo en silen-cio, estuve obligada a interrumpirlo bastante bruscamente. Enton-ces, un enemigo. Decididamente no es soportable. No deseo regresar más. Mi posición allí es demasiado penosa para mi carácter –franco y arrebatado. Estoy obligada a callarme, a parecer frecuentemente que no sé responder a las objeciones a fin de no tener que ponerme en el caso de probar a esas pobres gentes que son unos imbéciles, de hacerles ver que después de cuatro semanas que discuten sobre mi idea, no la han comprendido todavía. No puedo disimulármelo más, para ellos no ha llegado todavía el tiempo de actuar, dado que no comprenden incluso su posición. A fuerza de repetir que yo quería constituir la clase obrera, Vinçard terminó por comprender un poco, creo que está en el camino. Imposible constituir nada con esas per-sonas. Veré a los otros [propuestos por] Agricol, Gosset, etc. –si son también tontos, renunciaré y no me ocuparé más que de sembrar las ideas. Puede ser que sea necesario que permanezcan todavía una veintena de años en el estado apostólico.

 

 

 

 

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Salí de allí a medianoche porque si bien hablan mal, además ha-blan mucho. Estaba embotada. Nadie en el mundo tendrá el coraje de vivir con seres tan poco inteligentes. Lo que es penoso de observar es que esos infelices se creen superiores y se engañan completamente sobre su estado [... ilegible...] es lo que los hace débiles y los pierde. An-tes de 1789 el pueblo era menos tonto porque el catolicismo reinaba y esta religión, por más mala que fuera, rendía grandes servicios, por la confesión, los actos de contrición, los sermones y el tono que pre-dominaba, entonces los individuos sabían conocerse, darse fuetazos, humillarse y resultaba, de esta manera de vivir, que el pueblo era menos ignorante y arrogante.

 

Además [...ilegible...] que yo acabo de tener con los obreros, me ha enseñado mucho. Veo que es una locura querer discutir sus intereses con ellos, se debe presentarles la ley que deberá salvarlos completa-mente hecha ¡buena lección!

 

El señor Rosenfeld sale de aquí. Venía para leer el libro del señor Enfantin.12 Ese muchacho tiene una cabeza y una inteligencia tan débiles que al cabo de una hora estaba cansado y ya no podía conti-nuar. Me dijo que tenía que hacer unas compras. Estoy segura de que es un pretexto. Me dijo también una sarta de tonterías sobre la nece-sidad de regimentar a los obreros. Finalmente, terminó por confesar-me que no estaba muy seguro de lo que quería ¡Es desesperante! Así, en ese comité de La Ruche, vi a una veintena de individuos, hombres

 

12 A la muerte de Saint-Simon, el movimiento sansimoniano pasó a la dirección de sus seguidores. Dentro del movimiento sansimoniano, las ideas de Barthélemy Prosper Enfantin (1796-1864) tienen un carácter moralizante y religioso. Él fue el prin-cipal responsable de la transformación de un movimiento de reforma social en una nueva religión destinada a realizar la misión que la Iglesia católica habría desem-peñado en la Edad Media. Así, los sansimonianos procedieron a organizarse en una Iglesia, con una jerarquía: el Padre, los Apóstoles, los sacerdotes y los fieles, y de esta-blecer una liturgia, con himnos y ceremonial nuevos. De acuerdo con su principio de la igualdad de los sexos esperaban la llegada de una “Madre”, suerte de Mujer-Mesías, que se uniría con el “Padre”. Enfantin fundó la revista Producteur que se convirtió en la tribuna del movimiento sansimoniano. Basados en sus escritos los sansimonianos fueron acusados de atacar la propiedad (por su oposición a la herencia), de defender el amor libre (por su rechazo al matrimonio cristiano) y de ser conspiradores políticos inclinados a derrocar al gobierno. [N. de la T.].

 

 

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y mujeres, y en esa cantidad no hay uno que comprenda lo que digo; ni uno sobre veinte. ¡Eh... bueno! Se puede todavía caminar con eso.

Pasemos ahora a otros hombres. Escribí hace 15 días al señor Le-neveux, director de L’Atelier,13 para decirle que iba a leer en su comité un trabajo que interesaba vivamente a la clase obrera y que le rogaba que pidiera a esos señores si querían recibirme para escuchar esta conferencia, a fin de colocar un fragmento de dicha presentación en su hoja. Si los obreros tuvieran realmente amor por su causa habrían debido estar curiosos por conocer el trabajo que les anunciaba. ¡Vaya uno a creerlo! Ni siquiera respondieron a mi carta, como lo prescri-bía la simple regla de cortesía. Y estos pasan por ser más inteligentes que los de La Ruche. Si yo debo juzgarlos por la muestra, ellos debe-rían ser sociables.

 

Y bien, lector, después de tanto descontento, ¿debe uno desespe-rar? No, porque los principios son buenos y es a los principios a los que hay que servir. La clase más numerosa es la más útil.

 

Ya no me asombra si el señor Constant con su egoísmo, estaba molesto por haber quedado atrapado en tal nido de avispas. Además, como él los ha abandonado bien rápido, es necesario que yo haga conocer la verdad de todo esto; solo quedo yo para escribir este libro.

 

Me olvido. (Ayer en el comité) encontraron tan loco e irrealizable mi plan que no quisieron ponerlo a voto. Les he propuesto volver a hacerlo y han aceptado. Vamos a verlos en la obra.

 

***

 

Este 15 de marzo. He aprendido tantas cosas después de vivir quince días con estos obreros. ¡Son horrorosos vistos de cerca! Procedamos en orden, respecto de Vinçard, no lo he vuelto a ver, y no respondió a mi carta en la que le pedía su opinión sobre el libro del padre Enfantin y él, la autoridad, le dijo a Rosenfeld “que esas cosas no se escribían”.

 

13 L’Atelier [El Taller], periódico sansimoniano, publicado entre los años 1840-1850. [N. de la T.].

 

 

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El carácter general de los obreros es de una diplomacia que deja a los Taillerand (sic) cien pasos atrás. Le propuse rehacer mi plan, plan que debe organizar a la clase obrera, es decir que se trata de su inte-rés personal. No importa, sobre esto como sobre cualquier otra cosa permanecen inertes. Ahora Rosenfeld. Adquirí hoy la convicción de que quería estafarme. ¡Pero qué falta de delicadeza! Pretende que no es más que una ligereza y yo pongo cara de creerle... porque quiero ir hasta el final. ¡Qué penoso estudio! Tenemos entonces a Rosenfeld que no tenía dinero, que sabía muy bien que no lo tendría y que, no obstante, hace que se impriman publicaciones por 130 FF, que toma mi trabajo, mis 30 FF de papel y me deja ahí esperándolo, cuando sabe que tengo los brazos atados, que no puedo nada sin la impresión de esta primera parte, que la espero para iniciar mi tour por Francia, que este atraso puede comprometer la realización de la idea. ¡Qué le importa! Perezca la clase obrera de la que él es parte, siempre y cuan-do pueda robarme los 130 FF. Uno no lo creería si no lo viera, y estos gallardos no quieren pagar un salario a un defensor. ¡Oh! Entonces que se hagan hacer uno expresamente, porque yo les respondo que no encontrarán uno sobre el globo que quiera y pueda servirles. Fui esta mañana a la casa del señor Rosenfeld y le hablé un poco duro. En su caso, bajo la apariencia afectada de una gran franqueza, de una extrema ligereza, encontré el mismo carácter de diplomacia. Es curioso de observar. Habla mucho de honor, de probidad, me ha dado su palabra para el lunes –veremos si la mantiene. Si no da el dinero el lunes y ese impresor no quiere tirar las hojas, no sé qué va a pasar. En fin, Dioses es grande y si él permite este retraso, pro - bablemente tiene sus designios. Pero qué advertencia. Quiero que me cuelguen si alguna vez confío en estos obreros antes de tener el dinero en el bolsillo.

 

Sin embargo, todo esto no me hace perder el valor. Una vez orga-nizados me darán su cotización como ahora pagan sus impuestos, sus cotizaciones a la sociedad, etc., etc., lo difícil es organizarlos. Para remecerlos se necesita una mano de hierro. El señor Lamartine se rompería como un vidrio.

 

 

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Todo esto me provoca tal impaciencia que estoy enferma, sin em-bargo, reconozco que gano mucho, porque aprendo tantas cosas que no sabría si no fuera por todos estos atrasos y contrariedades. Pero he ahí, soy muy ambiciosa, quiero todo de golpe y eso no se puede.

 

Vi el domingo a otros dos obreros nuevos de la sociedad de la Unión. Uno me parece muy bueno, el señor Achille François, solda-dor. Hay que seguir a este joven. Tiene firmeza, buena voluntad y no es presuntuoso, lo que es bastante raro.

 

Ayer en la noche vino a verme Vannostal; es ciertamente el más avanzado del comité en lo que respecta a la igualdad absoluta del hombre y de la mujer, pero fuera de esto, uno encuentra en él ideas sansimonianas que son absurdas. Me había llevado un artículo titu-lado: “Medios de terminar la crisis social”. Ese título caracteriza la presunción natural de esa clase. He ahí, lanzan desde lo alto de sus desvanes, cataclismos sobre la sociedad, absolutamente como Dioses podría lanzarlos sobre el planeta. El medio que proponen para termi-nar la crisis social es el mismo que el Padre. Proponen regimentar a los obreros, pero la forma de la que se sirve para efectuar su sistema es realmente graciosa (hay que ver el susodicho número –voy a po-nerlo con las cartas como pieza curiosa). Percibo en la realidad que los sansimonianos son mucho más imposibles que los fourieristas –comunistas y otros–; la manía de ellos es la autoridad; es una espe-cie de grande y sublime abstracción que no tiene ni cuerpo ni alma. Nunca dan la menor definición de ella, de la misma manera que no se sabe de dónde parte ni adónde va ese fantasma gigante. Luego, para hacer incluso más cómico el asunto, esta gran autoridad no tie-ne nunca, cerca de ella y a su disposición, ningún medio coercitivo. Este gran fantasma se erige como jefe, ordena obediencia, moviliza a cada individuo según sus capacidades (y juzga dichas capacidades) y todo eso se hace en virtud de no se sabe qué principio, y lo que es más bonito es que la autoridad no supone ni por un instante que se podrá no obedecerle... no aceptar su clasificación. De verdad, ¡si no fuera estúpido, sería cómico! Cuando veo idioteces parecidas encarnadas en el espíritu de una masa de individuos, no puedo expresar el terror

 

 

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del que me siento presa. ¡Cómo! ¿Para hacer una secta es suficiente, entonces, que un hombre loco o hipócrita se presente frente a la mul-titud con una cierta seguridad, profiera palabras bonitas, diga bro-mas para hacer reír a las buenas señoras, para que esta masa imbécil acepte sus absurdidades sin examen? ¡Qué cosa sorprendente! Y de-cir que hechos parecidos se han repetido todo el tiempo. Es Moisés rodeado de sus leprosos diciendo con seguridad y énfasis que Dio-ses había creado el mundo para ellos, pequeño pueblo de leprosos. Y ellos, creerse el pueblo elegido de Dioses. Son los sacerdotes de Jesús diciendo a los esclavos: “paguen el diezmo al César, dejen sus cuerpos cargados de cadenas de la esclavitud, liberen sus almas y dejen pe-recer el resto”. Si uno no creyera en Dioses no querría vivir frente a absurdidades parecidas.

 

 

***

 

Sábado 18 de marzo. Decididamente, el impresor declaró que él no hará el tiraje, que no se le ha dado 100 FF. El señor Rosenfeld me ha dado su palabra de honor que él los entregará el lunes –siento cu-riosidad de saber si mantendrá la palabra dada. Lo dudo. Le he es-crito hoy una carta sobre su ligereza, pero me propongo escribirle una de verdad, tan pronto el incidente quede terminado. Mi misión hela ahí: es la de decir la verdad a los obreros sobre sus defectos, sus vicios y decirle esto desde el punto de vista de una idea religiosa alta y humanitaria. Es lo que no se ha hecho hasta la fecha, y es, sin em-bargo, el asunto esencial. De un lado uno los rebaja, los injuria, los calumnia; de otro, los adula, los alaba, los exalta. Lo uno y lo otro es malo. Es necesario decirles la verdad. Pero para eso se debe conocer-los bien y los que hablan de ellos no los conocen. Para conocerlos es necesario establecer un contacto de intereses con ellos –cuando digo interés, entiendo dinero, relación de negocios, discusiones de opi-niones religiosas, políticas, etc., etc. En fin, choque de orgullo, amor propio, vanidad. Es necesario hablar con ellos, comunicarse sobre di-versos asuntos, verlos en distintas situaciones, calmados, coléricos,

 

 

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contentos, apenados, infelices, miserables y teniendo dinero en el bolsillo –qué digo, es necesario estudiarlos en todas las posiciones de la vida. Es un gran estudio el que emprendo, pero el resultado me compensará las penas.

 

Lo que hay de horrible en el retraso que me causa la ligereza, la falta de preocupación del señor Rosenfeld, es que el retraso quizá me impedirá hacer mi tour por Francia este año. ¡Oh! Qué pena sentiría. ¡Y Dioses permite esto! Permite que tanta buena voluntad, dedica-ción, actividad, queden ahí, en el estado de inercia. ¡Es inconcebible!

 

Me impaciento tanto con esta falta de actividad, sufro de tal ma-nera que desde hace 10 días estoy enferma, hasta el punto de tener fiebre todas las noches. Mis esfuerzos por calmarme son vanos. Bus-co distraerme por todos los medios posibles, trabajar en otras ideas, pero no lo puedo hacer. Tal es mi naturaleza cuando estoy bajo el impacto de una idea, ella se apodera de mí con tanta violencia que reviste el carácter de idea fija, de la que nada me puede desviar. Si estuviera ubicaba en otro medio y tuviera grandes preocupaciones, tales como aquellas de las que siento necesidad, estoy segura de que escaparía a esta tiranía. Pero en este medio incoherente y parcela-do en el que vivimos, las naturalezas apasionadas, al no poder dar rienda suelta a sus pasiones, caen indudablemente bajo el impacto de una idea. Felizmente que en mi caso estas se suceden y que la una me refresca de la otra. Así, he estado todo el verano bajo el impacto de la idea de mi diseño. Durante seis meses no he pensado más que en eso. Me quemaba el cerebro. Luego, desde el instante en que la idea de la unión universal de los obreros me vino, la otra me dejó descansar. ¿Qué voy a hacer para esta impresión, si estos individuos no la imprimen? No sé nada, por Dios. En fin, Dioses está ahí. Este pensamiento me calma un poco, sin embargo, siento la fiebre que me continúa todavía esta noche. ¡Es horrible usar sus fuerzas hasta sufrir sin poder impedirlo! Pero el tiempo que uno pasa sufriendo no está perdido.

 

 

Ayer, Jules [Laure] leyó una prueba de ese trabajo, y al leerla así, todo de corrido, estuvo tan emocionado que lloró. Eso me agradó.

 

 

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En cuanto a Evrat, me parece que él se despreocupa mucho. No vino a leer el plan, decididamente el pobre Evrat no puede elevarse a la altura de las ideas humanitarias –no ve más allá de los individuos. Para rendir servicio a un individuo acaba de viajar a Londres, arries-gar su salud, su clientela, contrariar a su mujer, ¡no importa! Él se sentía obligado a servir a este individuo. Pero si le digo que me ayu-de a rendir un servicio inmenso –de dar la vida moral, intelectual y material a millones de individuos, a la humanidad–, permanece frío porque no entiende.

 

En cuanto a Kirwan, no le he dicho una sola palabra del trabajo, en primer lugar porque no siento la necesidad de hablarle, y luego, porque sé que él no comprenderá. Y porque en el estado de agota-miento y de embrutecimiento a la que lo han reducido su posición miserable y el trabajo forzado que acaba de hacer para el Ministerio de Comercio, el pobre hombre no es incluso capaz de leer mi libro. He ahí las cosas de este mundo. Es ese mismo hombre el que pasa por haber hecho mis libros. Una cosa muy remarcable, es producto del simple azar, lo que hice de mayor importancia Kirwan nunca lo leyó siquiera impreso. Cuando pienso en la falsedad de todo lo que se dice y lo que se cree, no me tomo la molestia de escuchar lo que me cuen-tan. Se debe creer lo que uno ve, y visto con los ojos de la inteligencia, porque los de la carne pueden engañar frecuentemente.

 

Estoy muy contenta con Aline, ella comprende muy bien el alcan-ce de la idea, se ocupa de ella, al menos en pensamiento y en pala-bras.14 Es todo lo que puede hacer por el instante. De todos los que conocen la idea hasta el presente, ciertamente es ella la que la com-prende mejor. Sin embargo, ella está lejos de satisfacerme, lo que le falta es la fe, el amor, el entusiasmo, la dedicación, la actividad. Com-prende la grandeza del plan, la belleza del pensamiento, pero ella no se sacrificará, ni ella misma ni sus intereses, por hacerla triunfar. La falta de fe, de amor, pone entre mi pobre hija y yo un muro de hierro.

 

 

14 Flora se refiere aquí a su hija, Aline Chazal, madre del pintor Paul Gauguin. En 1843 ella era “obrera en modas”. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Mientras más crece, más grueso se hace el muro. Creo que ella lo siente, que sufre, pero que no puede cambiar. Confíense entonces en los hijos para hacerse de amigos, de discípulos, de sucesores. ¡Qué locura! En la abarrotería y la panadería sí, pero en el orden intelectual, ¡absurdo!

 

 

***

 

22 de marzo. Esta jornada ha sido una de las más penosas, de las más irritantes que he tenido desde que me ocupo activamente de los obre-ros. Esta mañana, al levantarme, recibí una carta de Vinçard en res-puesta al pedido de 25 FF que le había hecho ayer a La Ruche como donativo (ver la carta). Toda la carta y la negativa a darme los 25 FF prueban que no ha comprendido bien la idea, o si la ha comprendido, es un miserable, de un egoísmo y una estupidez monstruosa. El final de la carta llevó mi irritación al colmo. Yo querría que el sentimenta-lismo estuviera en lo más recóndito del cabo de Hornos.15 Esta falta de inteligencia de Vinçard es dolorosa para mí y terrible para el éxito de la causa que yo sirvo. Si estos obreros son estúpidos hasta el punto de no comprender lo que quiere decir constituir a la clase obrera. ¿Qué hacer? Esta carta me ha causado un dolor tan grande que he estado aterrada todo el día. No obstante, es necesario soportar todas estas desilusiones con calma y, al menos, permanecer firme.

 

Envío a Marie donde el impresor, contando cada día, a partir de la palabra empeñada desde hace tres meses (sic), que el tiraje sería hecho. Marie me informa que no se ha hecho nada. Aunque estaba enferma, sin soportar más, parto hacia la calle Saint-Jacques. El se-ñor Schiller balbucea que había visto al señor Rosenfeld, que el tiraje se había suspendido, etc., etc. Veo que él miente y me veo obligada a contenerme para no tratarlo como se merece, porque qué es un

 

 

15 Flora Tristán tuvo una muy mala experiencia en el cabo de Hornos. Para ello ver su libro Peregrinaciones de una paria (2003, p. 140). De aquí en adelante, las referencias a Peregrinaciones... corresponderán a la esta edición. [N. de la primera Ed.].

 

 

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París

 

hombre que tiene la cobardía de faltar a la palabra empeñada tres veces seguidas, no puede ser más que un canalla malvado. El esfuer-zo que hice para no dejarme llevar me había irritado los nervios de tal manera que sufría horriblemente. Me hubiera gustado poder dar una vuelta de inmediato y correr no importa a dónde, pero la falta de dinero me prohíbe ese alivio. Entonces, elijo otro camino; quiero cansar a mi cuerpo más allá del límite a fin de calmar mi espíritu. Al salir del impresor voy a la casa de la señora Legrand queriendo hablar del abad Constant, pero al llegar al Jardín de las Plantas me dicen que ya no saben dónde se encuentra. Extenuada de cansancio y de sed, entro a la casa de la señora Roland, esperando también en-contrar un calmante a la vista de sufrimientos que me parecen peo-res a los míos. La pobre mujer me habla de todos sus pesares, y fren-te al cuadro de sus sufrimientos causados por algunos individuos y soportados por otros, me siento aliviada. ¡Al menos si yo sufro es por algo grande! Yo [...ilegible...] con la humanidad. ¡Y bien! He aquí quién es digno de la potencia que siento en mi ser.

 

Salgo de la casa de esta mujer bendiciendo a Dioses por la suerte que me ha deparado.

Como ahora ya no tiene palabra para nada, yo esperaba al señor Rosenfeld a las 6 y llegó a las 5. Lamento mucho no haber podido ver-lo porque quería presionarlo para que hablara con el comité esta no-che. Luego de la cena respondí a Vinçard una carta de cuatro grandes páginas y de buena tinta. Es de esta manera que es necesario hablar-le. Vamos a ver qué responde. En fin, ya es medianoche y me acuesto con fiebre, triste y adolorida por todas partes, en el corazón, en el alma, en el cuerpo. Mi Dioses, mi Dioses, ¿no quieres entonces que un ser lleno de amor y de poderío haga el bien? ¡Qué cruel pensamiento! ¡La idea me quema!

 

No importa, no me doblegaré, no, permaneceré firme. Y ni la es-tupidez, ni el egoísmo, ni la maldad me harán retroceder. ¡Veremos!

 

***

 

 

 

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Flora Tristán

 

Jueves 23 de marzo, las 2. Esta mañana me levanté con la idea de ir a la casa de Béranger para pedirle si quería componer una canción para ponerla al inicio de mi obra. El canto sería titulado “La Unión”. Aunque muy débil, porque no pude dormir toda la noche, subo al ómnibus y llego a Passy.

 

Por la celebridad que ha adquirido este hombre, bien vale la pena que una haga la descripción de su casa y de su persona. Es la calle... Nº 15. Toco la puerta. Me abre una sirvienta, una joven campesina de 150 FF de remuneración. “¿El señor Béranger se en-cuentra en casa?” “Sí señora”. Y sin decirme nada más, ella avanza delante de mí y me hace subir una pequeña escalera. Llegada al se-gundo piso se presenta en el descanso una dama de edad, ataviada con un gorro enorme y muy rococó, con un borde rojo que hace juego con el resto de la tela. “¿Es para el señor Béranger?”. Le pre-gunta a la sirvienta. Esta asiente con la cabeza, y la dama de edad, sin siquiera preguntarme mi nombre, pasa delante de mí y me hace entrar a una pequeña habitación completamente saturada con una cama, una cómoda y una mesa en el medio, en la cual almuerzan tres hombres (eran las 11 de la mañana). Un señor mayor, de unos 60 a 65 años, en ropa de cama y gorro griego, en una palabra, con la ropa de un pequeño burgués retirado en el campo, se levantó y me saludó con cortesía, dirigiendo unos pasos hacia mí. Le dije: “¿Es el señor Béranger con quién tengo el honor de hablar? (Nunca antes lo había visto)”. “Sí señora”. “Señor, yo soy la señora Flora Tristán, tendría…”. Me interrumpió: “Estoy muy halagado de recibirla”, y se molestaron para hacerme sentar cerca al fuego. El señor Savinien Lapointe que almorzaba ahí me saludó ¡con ese aire de triunfo del idiota vanidoso que está orgulloso de hacer notar que él almuerza con un gran poeta!

 

 

Me parece que hubiera sido conveniente que el señor Béranger me preguntara: “¿Señora, cuál es el motivo que me procura el privi-legio de su visita?”, porque, viéndome por primera vez, era claro que no podía creer que mi visita fuera de simple cortesía. No me lo pre-guntó. Además, me parece que la manera cómo una entra a la casa

 

 

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del poeta prueba que él y su casa están encantados de tener así a los visitantes. Debe haber un por qué al respecto. Lo buscaré.

Por sus rasgos, el señor Béranger es bastante feo. Todo su aspecto es común. Sin embargo, cuando habla dice finuras, pero sus ojos son completamente desagradables, tiene lo que se llama una mirada des-cubierta. Su nariz y su mejilla llenas de granos le dan la apariencia de un borracho. Es necesario reconocerlo, la envoltura es poco poéti-ca. El otro señor que estaba en la mesa era un hombre alto y con bar-ba, un rostro ni bueno ni malo, pero cuya expresión anunciaba un hombre que había sufrido el tipo de sufrimientos que abaten, debili-tan, agotan y endurecen a los que los soportan. La fisonomía de este hombre tiene algo de incierto que me desagrada mucho. Béranger nombró a este hombre, era Hippolyte Reynal, quien me había inte-resado mucho cuando leí sus memorias. Llegó otro individuo de apa-riencia bastante ordinaria, no sé quién es, y luego el librero Pérotin. Ninguno de los llegados molestaba a Béranger ni en su almuerzo ni en su conversación. Conversaba con expresiones ingeniosas, juegos de palabras, no obstante, todo de muy buen gusto. Pero debo decir-lo, durante cerca de la media hora que permanecí allí, pude verificar que los rumores que corren sobre él son exactos. Se nota que le gusta posar, que le gusta tener a su alrededor una pequeña corte. No salió mal librado, solo que hoy ese tipo ya no está de moda, yo lo sé y eso no me da una alta opinión de su inteligencia y puede prestarse a risa. Es una manía de viejo. Encuentro que es una falta de tacto. Fuera de ello nos encontrábamos todos a gusto y muy cómodos. Pero quien me chocó fue Savinien Lapointe. Ese joven tiene un mal corazón y una inteligencia pobre, y nunca hará más que mediocridades, porque él no siente la dignidad que existe en ser obrero. Me produce el efecto de la rana. Está tan insuflado de vanidad que le sale por los ojos. He aquí un joven a quien adiviné a primera vista. Me disgustó más allá de toda expresión. Su dicha se colmaba comiendo en la mesa de Béra-nger con seis personas y esta dicha no partía del corazón, sino única-mente de su vanidad. Vi con placer que Béranger le recordaba su con-dición: “¿Se dice, Savinien, que usted ya no hace más zapatos?”. Fue

 

 

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Flora Tristán

 

ahí que reconocí que la raza de cortesanos no podía perderse. Desde que Béranger lanzó esas palabras, todos, a cuál mejor, atacaron al antiguo zapatero. Él, que es un mozo muy astuto y que sabe muy bien que en los tiempos que corren ser obrero es un título, se defendía con astucia y una habilidad propia de esta clase. El muchacho me cau-saba horror. Así, en nuestro falso medio los obreros que se vuelven literatos se convierten en monstruos de vanidad. Me dijo una pala-bra que pintaba al hombre: “¿Qué he aprendido? ¿Parece que usted desciende a La Ruche Populaire?”. Y no puedo formular la expresión. Lo que quería decir era: ¡Y yo, obrero, que partí de La Ruche he as-cendido a la Revue Indépendante16 y ahora desdeño a ese pequeño y miserable periódico! Puse cara de no haber escuchado y le dije: “¿Qué balbucea?” Béranger, que probablemente había comprendido su ex-presión, se apresuró a decir: “¡Cómo balbucea! No se entiende jamás lo que quiere decir”. Él no replicó. Béranger se levantó y dijo: “Seño-res les pido disculpas, pero ahora voy a rogar a la señora que se sirva pasar a mi habitación”. Me hizo subir al segundo piso, a una pequeña habitación artesonada. “Señor, le dije, le agradezco haber adivinado que yo tenía necesidad de hablarle, porque yo vengo a pedirle un ser-vicio y no quería hacerlo delante de testigos”.

 

Saqué mi prueba de La Ruche de mi bolsillo y le expliqué en dos pa-labras el objetivo de mi trabajo, y le dije que el servicio que venía a pe-dirle era que compusiera un canto que se titulara “La Unión” y como estribillo “Hermanos, unámonos”. Que esa canción firmada por él, encabezando mi pequeño libro haría que este vendiera unos 200 mil ejemplares. Agregué que era en nombre de 8 millones de obreros que le pedía ese favor. Tomó la prueba, miró el título y dijo: “El título es bello, pero lo que usted me pide posee un carácter de grandeza, de energía y de entusiasmo que supera mis fuerzas”. Yo quise protestar. “Querida dama, usted es joven y olvida que cuando uno ya no es joven uno no hace lo que uno quiere. Un hombre de 63 años no puede hacer un canto

 

 

16 Publicación dirigida por Georges Sand y Pierre Leroux de la que Flora es muy críti-ca. En su diario señala que no se puede esperar nada de ella. [N. de la T.].

 

 

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París

 

popular que tenga por título ‘La Unión’ y como estribillo ‘Hermanos, unámonos’ en el momento y la situación dados”. Quise insistir. Era in-cluso estúpido de mi parte, lo sentí posteriormente. “Escuche, me dijo, con mucha bonhomía, si me viene alguna inspiración al respecto, lo haré con mucho gusto, pero no le prometo nada. Debo decirle, que des-de hace mucho tiempo no tengo ya muchas inspiraciones felices”. Y al decir estas palabras con una ingenuidad realmente enternecedora, un tinte de tristeza pasó por la fisonomía del poeta y yo me emocioné has-ta las lágrimas. ¡Es un gran sufrimiento el llegar a viejo!

 

Salí de ahí muy satisfecha con el hombre, pero insatisfecha con el deseo que tenía. No esperaba lo del canto.

 

***

 

31 de marzo. Heme aquí desbordada por las compras, las cartas, las conversaciones, las citas. Me caigo de cansancio y, al fin, desde el 24, la primera hora que tengo libre para escribir este diario.

 

Procedamos en orden. En cuanto al impresor, el señor Schiller, ha faltado completamente a su palabra. Este hombre es duro, seco y de mala fe. Rehúsa imprimir y creo que ahora no querrá hacerlo por los 50 FF que pedía primero. Lo que surge de este hecho es que la idea más bella puede ser detenida por 50 francos.

 

En cuanto al señor Rosenfeld, estoy medianamente contenta; sin embargo, en comparación con otros de La Ruche, él está llenó de dedicación.

 

Hablemos de la Phalange.17 ¡He aquí un acontecimiento inespe-rado! Envío un capítulo “Los medios de constituir la clase obrera”. Considérant18 me escribe una carta espléndida. Encuentra mi idea

 

17 Phalange, periódico fundado en 1836 por Victor Considérant. [N. de la T.].

 

18 Victor Considérant (1808-1893), importante discípulo de Charles Fourier, a quien Flora Tristán critica constantemente, pero en quien tiene expectativas por conside-rarlo el mejor de dicho movimiento. Escribió en la revista fourierista Le Phalanstère, ou la Rèforme industrielle y participó en la creación de un falansterio en la comuna de Condé-sur-Vesgre. En 1836, fundó un nuevo periódico Le Phalanstère, de la que él fue el redactor principal. El mismo año publicó un opúsculo titulado Nécessité d’une dernière

 

 

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grande, poderosa, capaz de lanzar una nueva luz en la marcha de las cosas sociales y me pide permiso para consultar con sus colabora-dores la inserción que solicito. Luego, cuatro días después, el 29 de marzo la inserta con un muy buen encabezado. El 31 de marzo lo que resta, casi un capítulo. Lo hace seguir de un artículo en el que me ubica entre los socialistas pacíficos. En una palabra, muy bien. En la tarde misma me escribe una carta muy buena, muy afectuosa, po-niendo la Phalange a mi servicio. ¡Quién podría haber esperado esto! Todo el mundo está tan sorprendido que no sabe qué decir... Yo me lo explico muy bien: Considérant se da cuenta por fin que no puede ha - cer nada con los ricos, que marcha desde hace once años sin avanzar un solo paso; finalmente se impacienta, y según la predicción que le hice hace siete años, comienza al fin a querer apoyarse sobre la sola y única fuerza real que existe en la sociedad, la fuerza más nume-rosa. Era necesario mi artículo para determinar esto. Él aprueba in petto19 mi manera de hablar, pero él no habría osado hablar así nun-ca. Considero que la inserción de mi capítulo en la Phalange va a ser un acontecimiento para ese periódico cuyas consecuencias pueden ser bien graves, porque por eso ese periódico se encontrará compro-metido y forzado a seguir el mismo camino. Lo que me divierte es la sorpresa de los suscriptores, burgueses, propietarios que están habi-tuados a leer artículos a favor de los ricos, ¡qué ojos habrán abierto al ver como trato yo a los propietarios! Otro hecho: lo que esta inserción prueba es que, en el fondo, Considérant es más inteligente y de más buena fe que cualquiera de los otros hombres de prensa. Todo eso me produjo un gran placer porque tengo una gran esperanza con ese

 

 

 

débácle politique en France, en el que defendió la revuelta de los canudos y sus reivin-dicaciones. Fue uno de los principales opositores a la Monarquía de Julio y en agosto de 1843 fundó el periódico La Démocratie pacifique en el que propagó la noción nueva del “derecho al trabajo”. En 1848 fue elegido a la Asamblea Constituyente, alineándose con los Montagnards contra los representantes del partido del Orden. El 13 de junio de 1849 organizó una insurrección que fracasó por lo que debió exilarse. Vivió en EE. UU. desde 1852 y regresó a Francia en 1869, donde siguió atentamente los acontecimientos de la Comuna de París, en 1870. [N. de la T.].

 

19 Locución italiana en el original. Quiere decir: interiormente; secretamente. [N. de la T.].

 

 

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hombre. Ahora no estoy inquieta, cuando llegue el momento aban-donará la causa de los ricos por la causa del pueblo. La desgracia es que no le creen. ¡Qué peligroso es caminar por una ruta equivocada! Uno puede tener buenas intenciones, pero si el público cree por las apariencias que uno tiene malas intenciones, se acabó. Es necesario un tiempo inmenso para aclarar el error. Deben ver la sorpresa de todo el mundo. Y cómo, ¿Considérant ha incluido algo de usted en su periódico? ¿Ha dado, entonces, un viraje? ¿Ya no es más fourierista? Y la sorpresa va siempre en aumento. He aquí el precioso efecto que mi trabajo produce, es realmente un gran acontecimiento.

 

Aparte de la acogida que recibí en el periódico aristocrático, vea-mos el que me hizo la Revue Indépendante redactada por Pierre Le-roux, el hombre a quien yo considero el más demócrata de Francia, el hombre pueblo, el hombre obrero que se ha hecho de un título.

 

Encontré ahí al director-gerente, el hombre que firma el periódi-co, corrige como un tipógrafo, recibe los artículos, las visitas y cumple una cantidad de funciones también literarias. En verdad, para cumplir esas elevadas e importantes funciones, es necesario que esas personas aporten dinero a la dirección; indudablemente ellos siempre pierden su dinero, se llenan de deudas, se arruinan y terminan por ir a prisión, porque todo les cae encima; un hombre dotado de sentido común no comprende cómo puede haber personas que abracen voluntariamente tal oficio, porque aparte de que es un oficio de crédulos, sí, sin lugar a dudas uno pierde ahí su dinero, pero uno juega un papel, ¡se es un hombre importante! Es graciosa la vanidad, es idiota, pero yo concibo que uno se divierte con eso. Regresemos a los directores-gerentes, el de la Revue Indépendante es un buen y honesto burgués pura sangre, que se llama señor Pernet. Creo que tiene un asociado, un tal señor Prancois.

 

Llevé al señor Pernet una prueba y le dije en dos palabras el obje-tivo de mi trabajo, preguntándole si convendría imprimirlo todo en su revista. Si yo tuviera tiempo escribiría dos páginas bien graciosas para describir la manera en la que el señor Pernet pronuncia las pa-labras “Nuestra Revista […]. Además, no seríamos independientes […] pero al ser la Revista algo muy grave y serio no podemos admitir […]”.

 

 

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Este señor tiene cuatro o cinco frases de este valor que dice de una manera que puede hacer reír al más serio de los españoles. Tenía mi prueba en la mano, miraba el título, me escuchaba con un aire de gran atención, y cuando yo creía que había comprendido lo que yo le decía, cuál no sería mi sorpresa al oírle decirme: “Pero, señora, no comprendo mucho ¿cuál es el objetivo de su trabajo?”. “Pero el título, señor, se lo índica suficientemente”. “En fin, señora, lo leeré”. “Y le rogaría, señor, que se lo hiciera leer al señor Pierre Leroux”. Salí de ahí estallando de risa. ¡Qué genio! ¡Un título como el mío no le decía nada! Qué diferencia con el buen Béranger que veía mi título alejan-do de sí la prueba, como un pintor que aleja su cuadro para observar-lo mejor. “Qué bello título La Unión, ¡oh! ¡Podríamos componer una bella canción sobre él!”. ¡El señor Pernet, él, no veía nada!

 

Se había acordado de que me escribiría enviándome la prueba, 34 días sin respuesta. Le escribí. Y ese mismo día me lo encontré en la calle, con una Revue Indépendante en la mano. Para él es su bastón de Mariscal. “Le he escrito”, le dije. Me dijo que no había recibido la carta. Y debía tenerla “¡Y bien! ¿Toma usted mi trabajo?”. He aquí lo curioso. “No creo, me dijo con sus aires de importancia, que eso pueda convenir a la Revista, porque no he comprendido ¿cuál sería el objetivo de su trabajo? ¿Qué es lo que usted quiere? ¿A qué serviría? Eso me parece una utopía y usted lo siente, nuestra revista es muy seria para que uno pueda permitirse...” (no acabó siquiera la frase). Yo tenía tantas ganas de reír que, sin responderle, lo saludé diciendo: “Yo le he escrito, tenga usted la bondad de responderme”. ¡Delicioso! La revista de Leroux aca-ba de decir que mi trabajo no tiene objetivo, que no se sabe lo que yo quiero, que es una utopía. (A desarrollar aquí todo lo que hay de ridícu-lo en esas personas al hablar así, y en Leroux el no haber reconocido el objetivo de mi idea, etc., etc. Me falta el tiempo).

 

Pasan cuatro días. No hay respuesta a la segunda carta. He aquí a los hombres de esta época, en la Revue Indépendante, no son siquiera lo suficientemente independientes para responder a una carta, es la segunda vez que Pierre Leroux me hace una farsa así.

 

No he visto todavía otros periódicos.

 

 

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Ahora pasemos a los editores. He visto a tres, Delavigne, Paul Re-nouard, Pagnerre. Los tres me han rechazado. Cómo explicar esto de Pagnerre. ¡He aquí al demócrata, el editor que no quiere ser un libre-ro porque debería prestar juramento al rey, el editor del pueblo! Uno le trae un libro hecho para el pueblo y en los intereses del pueblo, y él dice que no aprueba los medios que yo propongo y que no puede editar mi libro. (Ver las tres cartas de los editores).20

 

Tuve una larga conversación con el señor Paul Renouard, a quien yo ya conocía. Resultó de ella que haré al final del libro mi alocución a los burgueses con mano maestra. Yo lo titulo “A los sordos y a los ciegos”. Hablé dos horas con el señor Renouard para hacerle comprender que, si no se les permitía a los obreros reclamar en nombre de sus derechos, ellos reclamarían en nombre de sus fuerzas, que correspondía a los in-tereses bien entendidos de los burgueses que el pueblo se instruya, que tenga el derecho de vivir, para que pueda [...ilegible...] y de vuelo. Im-posible hacerle comprender nada. “He llegado a creer, me dijo, que es necesario para el pueblo el sistema chino: los latigazos. Más derechos uno le concede, más derechos pide y es más difícil de conducir”. Y al respecto, una larga perorata de lugares comunes y absurdos. “Pero, le dije, al envilecer al pueblo, los chinos han envilecido y arruinado a la nación, ha sido conquistada por quien ha querido, y sería igual en Fran-cia”... (etc., etc., me falta tiempo). Finalmente, me dijo estas terribles pa-labras: “Qué quiere usted que le diga, si no hemos llegado a detestarnos mutuamente (los obreros y los burgueses), hemos llegado al menos a una completa indiferencia el uno por el otro”. Sus palabras son caracte-rísticas, pintan perfectamente el espíritu de los burgueses. Se dicen: la suerte de los obreros no me concierne, se dicen: qué me puede importar que vivan o mueran de hambre, eso no me concierne. ¡No podemos lle-var más lejos la falta de inteligencia, la estupidez!

 

***

 

 

20 Flora Tristán hace estos apuntes para un desarrollo futuro en la redacción final de su Diario inconcluso. [N. de la primera Ed.].

 

 

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2 de abril. Hoy a las 2 de la tarde me dirigí a la casa de Gosset. Es mi primera reunión de obreros. Eran siete. Ciertamente, no he estado satisfecha, pero teniendo en cuenta el estado en que se encuentran, no ha habido cabida para estar descontenta. Han comprendido muy bien la cuestión. No les falta ni inteligencia, ni sentido común, pero hay en ellos una ausencia total de fe. No obstante, varios son dedica-dos, de buena voluntad, mas sin entusiasmo ni confianza, ni en ellos, ni en la humanidad, ni en las cosas. Son tibios. ¡Oh! Es muy inquie-tante. Debo creer que mi fe es bien profunda, porque ninguna de las decepciones me desalienta, por el contrario. Llevé la carta de Perdi-guier. Todo eso se hizo con calma, está bien. Sin embargo, mi presen-cia ahí ya implicó un pequeño resultado. Logré formar un comité de siete miembros, unidos por correspondencia. Yo les escribiré cartas colectivas y ellos me responderán de la misma manera. Los gastos de correo serán pagados en común. Es un primer paso. Salí de ahí a las 6 y regresé a mi casa a las 7. No había comido nada desde las 11 de la mañana. Me caía de cansancio y de hambre. Estaba tan agotada que no pude escribir y me vi obligada a acostarme a las 9 de la noche. Sin embargo, estoy contenta. ¡Qué bello es el amor!

 

Decididamente no puedo contar más con La Ruche... No apare-cerá. Rosenfeld está en la miseria, en un despacho equipado a bajo costo, etc., etc. Eso me hizo tomar una determinación, hacer una suscripción para imprimir toda la obra. Dejé la lista en el comité de Gosset a fin de que recoja ahí las suscripciones. De mi lado esto mar - cha un poco, voy a proseguir enérgicamente. Anotaré los nombres de todos aquellos que se hayan rehusado, pero qué cansancio todo esto para que vaya a la derecha, a la izquierda. Es horrible. Al fin, heme en circulación. No tengo ahora más que seguir, si tengo el tiempo.

 

***

 

5 de abril. ¡La fe me hace hacer cosas maravillosas! Desde que hice mi lista de suscripciones, estoy radiante. Pido por mi libro con una fe, con una calma que me sorprende a mí misma. Fui a la casa del señor

 

 

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Gustave de Beaumont en medio de una lluvia fuerte, lo esperé una hora en la conserjería, luego le dije el partido que había tomado, y lo dije bien. Lo comprendió, aprobó y alabó perfectamente. Me dio 30 francos. De ahí al alcalde de Estrasburgo. También hablé bien, él también comprendió muy bien, me alabó mucho y me dio 20 fran-cos. Pero no quiso firmar su nombre en la lista. Me pareció un poco temeroso, lo que me disgustó. De ahí a la casa del señor de Lamarti-ne, él no estaba. Regresé a mi casa a la una, mojada, fatigada a más no poder. A las 4 de la tarde me vestí y fui a la casa de los señores Consi-dérant y Ledru-Rollin para suscribirlos. No se encontraban. Para en-contrar tres personas estoy obligada a hacer veinte carreras, y a pie, eso es rudo. Pero el amor es tan grande en mí que ninguna de esas fa-tigas me repugna, lo que me cansa es encontrar la indiferencia, sobre todo entre aquellos a quienes sirvo. Sin embargo, a pesar de todos los dolores, me siento calmada, contenta, sé que he hecho ahí una buena cosa que debe traer buenos resultados, y este pensamiento lanza un bálsamo consolador sobre todas mis llagas.

 

 

***

 

16 de abril en la noche. No digo nada de todo lo que pasó ni del lado de La Ruche, ni del lado de Gosset, porque he leído las cartas que hablan lo suficientemente alto. No obstante, es necesario que compruebe lo que acaba de pasar en la casa de Gosset, salgo de aquí.

 

La antepenúltima vez la señora Gosset ya me había puesto muy mala cara, pero desde hace quince días su cólera se estaba acumu-lando y cuando la vi, reconocí en sus ojos el estado violento en el que estaba interiormente. Yo me puse a hablar con su marido, ella entraba a cada rato, se quedaba haciéndose la que leía el periódico, pero estaba pálida y temblando de cólera. Sin embargo, lo que yo de-cía debía de haberla calmado, porque yo venía a anunciar a Gosset que quería cesar toda relación con él y con el comité. Pero las perso-nas estúpidas son esencialmente malas, y la maldad tiene necesidad de expandirse.

 

 

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Ella estaba irritada desde hace un mes porque su marido perdía tiempo con mi idea. Ahora bien, ella debía encontrar los medios de vengarse de mí. No pudiendo aguantar más, tomó la palabra y de re-proches pasó a decirme injurias. Estuve muy contenta de mí, eso me conmovió muy poco. Permanecí calmada y le dije que no tenía por cos-tumbre responder a personas que estaban con cólera. Nada aumenta más la cólera que la calma que uno puede oponerle. Se puso furiosa y sin la intervención de su marido no sé hasta qué punto habría llevado sus insultos. Vi en esta circunstancia cómo el abuso de autoridad es fatal. Es claro que el pobre Gosset es maltratado por su mujer, pero sucederá que un día, una hora, cansado de esta tiranía, se rebelará bruscamente y podrá resultar un gran desastre para el bienestar de la asociación común. Si esta cólera hubiera reaccionado sobre mí, juz-guen lo que podría haberse producido. Pero Dioses es grande y me da fuerza, calma y todo lo que es necesario para mi misión. Al salir de ahí yo me decía: ¡Quién, pero quién podrá servir a este pobre pueblo, tan bruto, tan ignorante, tan vanidoso, tan desagradable de relacionárse-le, tan repulsivo a ver de cerca! Muchas personas comparan el pueblo a los animales, pero los animales incluso salvajes serían de trato mil veces menos desagradables. He aquí el punto más grave de la cuestión. Es el estado moral de la clase obrera. Ya he tenido algunas pequeñas crucifixiones, pero la de la noche por la señora Gosset presentaba real-mente una fisonomía judaica, no pierdo la esperanza de que uno de estos días el cuadro se complete, que me arrojen barro, piedras y que me lapiden. Y esos imbéciles de los ricos viven tranquilos en medio de un pueblo en este estado de embrutecimiento. Ahí hay demencia.

 

Ahora qué debilidad y qué ligereza de Gosset soportar que su mujer se conduzca así con él y con los otros, y, sabiendo de su carácter, invi-tarme a su casa, hacerse cargo del comité, etc., etc. ¿Qué confianza se puede tener de hombres de tal carácter? ¡Todo esto es para hacer tem-blar! El único remedio es comenzar a instruir al pueblo, y entonces ahí veremos los cascabeles. No importa, no debemos descorazonarnos; es necesario unir –eso es lo que hago y lo que será necesario hacer toda-vía largo tiempo.

 

 

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Agen*

 

(20-25 de septiembre de 1844)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imposible de reanudar, y heme aquí en Agen. Finalmente termina-ré aquí.

 

Reanudo Laffitte. La primera educación es todo, y decide el futuro de un individuo. El pobre muchacho comenzó como vendedor am-bulante en las ferias, pueblos, etc., etc. Comenzó luego a jactarse, a engañar, a robar legalmente (los vendedores ambulantes tienen la patente), Laffitte no será nunca, por lo tanto, un artista, un defensor del pueblo. No, antes que nada, y después de todo, buscará hacerse una posición.

 

Laffitte representa esa parte de la clase obrera que en nuestros días es realmente odiosa: jóvenes bastante inteligentes que podrían si quisieran hacer una propaganda infernal, y de una manera terri-ble, ¡y bien!, emplean su juventud, su fuerza, su actividad en hacerse una miserable posición. He ahí Laffitte. Del pueblo, y trabajando por el pueblo, ¡sería magnífico! Mientras que, trabajando para él mismo, es innoble.

 

Lo he visto con toda su fealdad. Nosotros le hicimos algunas ob-servaciones sobre su estatuilla de Henri V. Se encolerizó terriblemen-te, nos dijo las palabras más groseras, fue la primera vez que vi un obrero en ese estado de vulgaridad y de brutalidad. Sentí un disgusto

 

*   Extraído de Tristán, Flora (2006). XXI. Agen. En Flora Tristán, El tour de Francia (1843-1844). Lima: Institut français d’études andines / Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán / Fondo Editorial UNMSM. [Trad. Yolanda Westphalen. Notas de Jules L. Puech. De la edición póstuma Le tour de France. Etat actuel de la classe ouvrière sous l’aspect moral, intellectuel et matériel. París: Éditions Tête de Feuilles, 1973].

 

 

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Flora Tristán

 

inaudito. Vi con placer que eso producía el mismo efecto sobre tres obreros que estaban allí con nosotros. Los obreros ordinariamente no se dejan llevar por su grosería delante de todo el mundo. ¡Oh! Me hubiera gustado ver allí a la señora Sand, ella habría visto si una mu-jer elegante y bien educada puede enamorarse de un obrero grosero.1

 

***

 

Estoy en el segundo piso. A cada momento me interrumpen los “¡bravo...!”, los aplausos, los gritos de felicidad que dejan oír los ruido-sos comensales que dan un banquete al señor Liszt. Es Jasmin quien hace los honores de la fiesta. La multitud de curiosos de Agen está aba-jo, en las ventanas, burlándose de Jasmin, lo que le hace decir a este que sus compatriotas son unos ingratos, que, en París, en Toulouse, en Burdeos, en fin, en todas partes donde hay verdaderos conocedores, es él, Jasmin, quien es muy apreciado. No sé de qué manera habrá sido festejado el señor Liszt en las otras ciudades, pero ciertamente no ha habido comensales más escogidos que aquí. No envidio su suerte. Dio-ses, qué infeliz sería si tuviera que relacionarme con todos esos bur-gueses vulgares, idiotas, que desafinan, gritan fuerte, hablan mal... qué diferencia con mis obreros (escribo esto en Agen).

 

Mi visita al comisario central Boisseneau (en Toulouse), ¡una hora de buena comedia!, ¡impagable! ¡El hombre que salva a la patria! Le dije verdades fulminantes, hervía de cólera, pero por debajo ¡qué ventajas tiene una mujer! Cuando le dije que los obreros lo detesta-ban y que podría pasar cualquier día un mal momento, se puso páli-do como un muerto. Ese ser vil, bajo, malo y cobarde ¡estaba espan-tado de mi lenguaje! Repetía a cada instante: “¿Pero pienso, señora, que usted no les habla así?”. “¡Pero sí, y mucho más fuerte!”. Escribiré

 

 

 

1   Jules Puech juzgó necesario aquí anotar el Manuscrito. Dice: “Alusión a la novela de Georges Sand: Le Compagnon du Tour de France, aparecida en 1840, y al amor de la noble Yseult de Villepreux por el obrero Pierre Huguenin”. [N. de la primera Ed.].

 

 

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quizá esta conversación, sería deliciosa, mas no sé si me atreveré por-que no quiero cargar con este miserable policía a mis espaldas.

Y los empleados de Boisseneau escuchaban en la habitación con-tigua. Cuando partí se reían como locos. Todos me miraron con una expresión de sentimiento de admiración que solo me puedo explicar por el desprecio que tienen por su estúpido patrón. Me volví hacia ellos y les dije, con un aire magnífico y sardónico: “Señores, lamento vivamente no ser rica, hubiera sido muy agradable dejarles genero-samente para beber un excelente vino blanco a mi salud. ¡Ustedes se han esforzado tanto conmigo! La lluvia, el lodo. El señor Boisseneau no les ha protegido... En fin, señores, quizá más tarde esté en con - diciones de reconocer sus servicios”. Todos estallaron en una gran carcajada. Boisseneau mismo perdió su seriedad oficial y me dijo riendo, a pesar suyo: “Se debe reconocer, señora Tristán, que usted es una mujer bastante sorprendente. Si cualquiera otra que no sea usted se permitiera tan solo un cuarto de lo que usted hace, y apretó los labios de una manera que quería decir “¡Oh, no aguantaría!…”. “Lo saludé graciosamente diciéndole: ¡Oh! He visto señor Boisseneau que es usted un señor de tacto, y usted ha comprendido muy bien con quién tiene que vérselas...”. Boisseneau se quedó en el descanso de la escalera, mirándome bajar, parecía petrificado.

 

Se podría hacer al respecto una comedia deliciosa.

 

***

 

Hotel Cassette. El señor Victorien Cassette es el dueño. Antiguo co-cinero en el Café inglés y republicano rabioso. Me reveló cosas muy buenas de saber. En París todos los cocineros son republicanos. El Café de Foy, en la esquina de la calle de la Chausséed’Antin, todos. Es necesario que irrumpa en los antros culinarios para el pequeño libro. Esos hombres deben ser muy buenos para la acción, porque todos están chiflados.

 

También me dijo cosas muy curiosas relativas a la cocina de los restaurantes. Todos los cocineros tienen orden de envenenar los

 

 

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Flora Tristán

 

platos con pimienta, guindilla2 y otros venenos, con el objetivo de empujar al consumo de vinos (con los cuales ellos ganan más). Así, he aquí restaurantes que envenenan al público para vender sus vinos. ¡Qué orden social! ¿Quiere usted vender sus vinos? ¡Envenene a sus hermanos! Y el pez gordo académico, mientras sufre de gastritis y de inflamación de las entrañas, grita: “¡Laissez-faire! ¡Laissez-passer!”.3 Frente a tales hechos una llega siempre a concluir que la pobre hu-manidad está loca. No obstante, Dioses soporta esto. ¡Ah, si no creye-se en Dioses!...

 

 

***

 

Agen, el 20 de septiembre. Es la una. Llegué esta mañana a las 7 [7 o 3, ilegible]. Ya recorrí la ciudad, vi a los compagnons y a los obreros con los cuales cuento. No puedo esperar nada porque apenas he podido hablarles... Luego, ¡finalmente fui donde el famoso Jasmin! ¡Oh! Aho - ra sí que una puede decir ¡Dios de dioses! Poncy es un ángel, Reboul un hombre comparándolo a este pobre Jasmin. Me habían preveni-do, no importa, quedé pasmada, yo que no me asombro fácilmente. Todo lo que puedo decir sobre este hombre, su conversación, no po-drá aproximarse ¡ni por una milésima parte a la verdad!

 

Entro en la pequeña tienda de Jasmin, que es una tienda por la etiqueta porque no afeita a sus obreros, no peina a las damas; no, el peine y las pomadas están en estado de adorno, el verdadero oficio de él, un peluquero, es el de componer versos. ¡Oh! ¡Qué innoble oficio! Encuentro a Jasmin con su esposa. Aquí su mujer juega un papel. El señor Jasmin está ocupado con tres o cuatro personas que le hablan a la vez. Parece en un estado de exaltación, de locura, de dicha. Me en-tero finalmente de la causa: Liszt está aquí, ha venido expresamente

 

2   Guindilla, pimiento pequeño que pica mucho. [N. de la T.].

 

3   Laissez faire, laissez passer es una expresión francesa que quiere decir “dejen hacer,

 

dejen pasar”. Fue usada por primera vez por los fisiócratas en el siglo XVII, abogando por una economía de libre mercado contra la interferencia del gobierno en el comer-cio. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Agen

 

por él, y es él, Jasmin, quien hace el concierto. Le dije mi nombre, al igual que Reboul no me conoce. “Eso me prueba, señor, que usted no se ocupa de cuestiones sociales”. “Es tan cierto, señora, me ocupé mu-cho de ello, fui yo quien en la época movió a todo el país, pero le hablo de 1830. Hoy no me ocupo de eso en absoluto”. Le dije el objetivo de mi visita, lo que venía a pedirle y lo que yo hacía. No comprendió bien, no obstante, entrevió que era bello. Pero inmediatamente, en-suciando mi misión, que él no podía sentir ni comprender, me dijo: “Señora, debo decirle que no creo en el desinterés de los apóstoles, no más en el de los antiguos que de los modernos, ¡en ellos hay una inmensa ambición!”. Y al respecto lanzó una larga perorata que me pintó de verdad la suciedad de esta alma enclenque, para quien todo es vanidad, y, por consiguiente, no puede soportar en los otros lo que él mismo no siente. Se irritó, gritó con grosería, con ese espantoso acento del Midi, hizo gestos como para romper los escaparates de las dos tiendas, las pomadas de un lado y la de los vidrios del otro. Olvidó a la esposa. Interrumpía, quería imponer su opinión sobre los socialistas e incluso sobre mi obra, que ella sabía sin conocer-la (ella me apareció de corazón como una mujer fría y mucho peor que él). Él, no obstante, tenía un poco de pudor y le imponía silencio con palabras que probaban que se encontraba humillado de que su mujer tuviera delante de mí tal lenguaje. Pero cómo relatar todas las palabras curiosas y odiosas que ese monstruo de vanidad me dijo. He aquí algunas: “Señora, yo le haré conocer algunos obreros jefes, porque yo no conozco obreros propiamente dichos, aunque no los desprecio, dado que yo mismo salgo de la clase obrera”. (Y la mujer reanudando): “Señora, nosotros vemos a la mejor sociedad de Fran-cia. Oiga usted bien, de Francia. Cuando fuimos a París cenamos en casa de los pares de Francia, de académicos, de hombres y mujeres de letras que ya no sabíamos a quién oír. Aquí es igual, no pasa ningún gran personaje por Burdeos, Toulouse, que no venga expresamente para ver a mi marido” (y pienso que después de mi tour de Francia se desviarán todavía desde más lejos para ver una bestia tan curiosa). “Además (continuó Jasmin), en cuanto a ocuparme de su obra como

 

 

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para dar a conocer su libro, propagar sus ideas, no puedo hacerlo por la buena razón de que no las comprendo. Considérant, mi amigo ín-timo, así como todos los señores de la democracia, me han llamado de París, querían hacer de mí su poeta, ¡y bien! yo no comprendí nada de la ciencia social. Todo eso es muy frío para el poeta. A él, el hijo de Dios (parece que Jasmin quiere competir con Jesús), ¡le hace falta regiones más elevadas!” Es necesario ver el gesto elevado que acom-pañaba esas palabras, había por lo menos trescientos puntos de ex-clamación. “Después, señora, debo hablarle francamente, al presente yo soy como todas las personas honestas, quiero conservar lo que te-nemos, ¡y bien! encuentro que las doctrinas de ustedes los socialistas, aunque las disimulen con palabras pacíficas, son muy revoluciona-rias. ¡Ustedes reclaman un lugar al sol para todos! ¡Ellos no lo tienen! ¡El sol no alumbra y no calienta para todos!”. Aquí otra gran perorata pensando que el pueblo era muy feliz y no deseaba nada mejor a lo que ya poseía. Que el derecho al trabajo era inútil porque había tra-bajo para todos, trabajo muy bien pagado: 1,50; 2 y 2,50 FF por día, lo que era un magnífico salario para un obrero habituado a vivir con poco. Que aquellos que no trabajaban eran perezosos, borrachos y, finalmente, esta salida sobre la felicidad de los obreros, ¡la más vio - lenta, la más indecente que yo hasta ahora haya oído hacer, incluso por uno de los burgueses más inhumanos de la ciudad de Lyon!, lo que no es poco decir. Fue coronada por las palabras del sacerdote. Por cierto, el señor de todos nosotros lo dijo: “Siempre ha habido po-bres entre ustedes”. Ahora bien, nuestro deber es someternos a la ley; a los pobres, sufrir la miseria, y a los ricos, dar limosna.

 

La mujer reanudó y en su turno lanzó un rollo completamente cristiano. Era para decirme que su marido empleaba su buen talento para el alivio de los pobres, que él daba veladas literarias y poéticas de las que él no obtenía ningún beneficio. Ambos insistían con tanta afectación sobre esa palabra que, lo confieso, no les creí nada.

 

Esas dos criaturas me espantaron. ¡Oh, él dijo aun una multitud de cosas bonitas! Como por ejemplo que no se volvería socialista ja-más porque estaba convencido de que no se podría nunca hacer nada

 

 

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bueno en poesía con las ideas sociales. Después, porque sería poner a toda la clase alta en su contra, el medio de perder en seis meses toda la gloria que [había] adquirido ¡en diez años de trabajo! Y me confe-só ahí que él apreciaba su gloria, que él haría todo para conservarla y que era por eso que no quería ser socialista, porque ellos no eran amados. Que él, poeta, quería ser amado, que se cuidaría mucho de decirle a las damas: “Quítese el abanico para discutir los derechos de la mujer”. Él sabía que ese lenguaje le haría perder sus favores. En fin, este hombre me habló como hasta ahora nunca me habían hablado los burgueses más innobles y los más egoístas.

 

El fin de su discurso fue encantador: “Sin embargo, señora, ad - miro a las personas que, como usted, se dedican a la humanidad y a ese título voy a tomar su nombre (textual) y quizá, si la ocasión se presenta, hablaré de usted en mis versos (textual)”. Ya había visto bastante en este tour de Francia, pero nunca el ridículo, la vanidad, lo grotesco habían alcanzado hasta allí. No pude evitar sonreírme y decir: “Le agradezco mucho, señor Jasmin, por ese honor, pero los verdaderos apóstoles no ambicionan el honor de ser cantados por los poetas de su época, esta gloria es reservada a los poetas que vienen 400 o 500 años después de ellos”.

 

La señora Jasmin comprendió perfectamente y su cólera contra los socialistas redobló de tal manera que creí por un instante que me iba a decir injurias. Jasmin no comprendió y estaba furioso contra su mujer. Todo esto es bastante cómico, pero muy sucio, muy innoble y, en consecuencia, penoso. Me dijo que había hecho una revolución en el arte poética, que él hablaba al corazón ¡con tales sentimientos!, que él creaba una lengua nueva, y ¡todas las cosas monstruosas de vanidad!... que él quería un cambio en la poesía, lo que era mucho más importante que hacerlo en el orden social. Finalmente me habló de Liszt, su amigo; lo puso muy por encima de los apóstoles pasados, presentes y futuros (textual). Y la misma cantaleta sobre las ventajas de la poesía.

 

Un obrero acaba de darme la última noticia sobre Jasmin, ha ido a París a presentar sus poesías al rey. El rey lo ha invitado a cenar y

 

 

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le ha dado una pensión de mil francos. ¡Esta es la clave! ¡Oh! Com-prendo ahora por qué el antiguo peluquero halla que los obreros son muy felices y que tienen un lugar bajo el sol. Yo había adivinado en el lenguaje de este antiguo obrero que había en su vida algunos hechos innobles. ¿Es posible que uno se degrade a ese punto por mil francos?

 

(!) –Hablar sobre la decisión que habrá que tomar sobre los obreros que se venden.

La visita a este hombre me enfermó. Siento un espasmo terrible. Olvido su retrato: tipo innoble, rasgos vulgares, bajos y en absoluto poéticos; rostro de saltimbanqui, pequeños ojos redondos, enormes cejas negras, una nariz chata que tiene como adorno una gruesa ve-rruga violeta; una boca grande a los apetitos vulgares; cabellos te-ñidos, patillas gruesas teñidas de negro. En cuanto a la expresión, la de saltimbanqui feliz de vender sus torpezas al buen público. ¡Me represento a este poeta cenando en las Tullerías! Al frente, ¡el rey de los franceses! ¡Pobres franceses! ¡Pobre Palacio, quién te hubiera di-cho, en los buenos días de Luis el Magnífico, que tendrías que recibir huéspedes semejantes! Es para hacerlos reír incluso en un día de llu-via del mes de noviembre. En fin, es para ver, y estoy muy contenta de haber visto.

 

He aquí que esto se reinicia. Los obreros vienen y yo aprendo bel-dades sobre el salario: 1; 1,25; 1,50 FF ¡duras jornadas! Y el miserable Jasmin que viene a decirme que no encontraré a ningún desconten-to. Es hablándole así al rey de los burgueses que habrá obtenido sus mil francos de pensión. Sí, mi muchacho, ¡pero la señora Tristán no es el rey de los burgueses! La miseria aquí, como en todas partes, ¡ha llegado al colmo! El descontento absolutamente igual, como en Tou-louse. Mañana debo verlos reunidos en la noche.

 

***

 

21 de septiembre. Toda la ciudad no habla más que de Liszt. Esta gen-te de provincia se da aires de músico y no lo es en absoluto. Pero es un género. Tengo una desgracia, ese Liszt me persigue desde Aviñón.

 

 

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Siempre está en las ciudades al mismo tiempo que yo. Por lo demás, los obreros incluso no saben sobre su paso. Y con relación a nuestras clientelas respectivas, ciertamente no nos hacemos competencia. Sí, esos miserables burgueses por tener una sensación de placer no es-catiman nada. Todos vienen de los alrededores. Gastos de viaje, de hotel, de vestimenta, nada les cuesta para ellos. Es la misma historia que Rachel. Que Fanny Esler.4 Si un cantante, una comediante, una bailarina les divierte, están siempre listos a dar su plata. Qué raza de ociosos. Qué impudor.

 

El Jasmin cenó ayer con su amigo Liszt, un artista distinguido que recibe los honores de la ciudad de Agen por Jasmin, el saltimbanqui más bufón, más ridículo que una pueda hallar. Eso me da una muy mala idea de Liszt.

 

He contado las palabras de Jasmin a los obreros. ¡Están furiosos contra él! Uno hablaba de darle un tortazo. Lo que tendría que hacer sería forzar a Jasmin a poner en su insignia “pensionista del rey de los burgueses”. Hemos llegado a una época en la que uno debe cono-cer a la gente por lo que es.

 

Me acaba de suceder en este hotel algo muy curioso (“Hôtel de France”) y que debo señalar dado que esto entra en el estudio del co-razón humano. Si quieres conocer a los otros, comienza por estudiar-te a ti misma.

 

Llego a la habitación dieciséis a las 2 de la mañana. Me acuesto, me levanto a las 7, me lavo, me peino, me visto y salgo; al regresar a la 1 y tomar el estuche para lápices, percibo, colgando de la esquina de la chimenea, debajo del cesto de mimbre que yo había enganchado, un pequeño reloj de oro. Lo tomo, lo miro con la más perfecta indife-rencia, luego, de repente me digo: “Claro, he aquí una buena ocasión para cometer un cuasi robo”. Es necesario para ver, por experiencia, el efecto o la sensación que esta acción, monstruosa desde el punto de vista social, debe producir sobre una naturaleza como la mía, y

 

 

4   Probablemente alude a Elisa Rachel Fénix, conocida actriz trágica y a Fanny Ester, bailarina de ballet del período romántico. [N. de la primera Ed.].

 

 

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debo confesar que al tomar ese partido yo estaba persuadida de que iba a sostener esta acción con mi fuerza y firmeza habituales. ¡Oh! (¡fenómeno de los más grandes!), me engañaba a mí misma.

 

Apenas metí el pequeño reloj en mi baúl (valía quizá 40 FF) cuan-do súbitamente se apoderó de mí, físicamente, ¡un tormento inau-dito! Un peso horrible me oprimía, la fiebre encendió mi sangre; un temor, un pánico, un miedo se apoderó de mi espíritu. A tal punto que quedé ¡aturdida, estupefacta, espantada! Un movimiento que no puedo explicar me empujaba hacia el baúl para retirar el reloj, me parecía que ese pequeño reloj en el baúl era un proyectil que me iba a matar. Hacía esfuerzos inauditos para calmarme físicamente. Imposible. Quería razonar mis sentimientos, preguntarme el porqué de todo eso, analizar mis sensaciones. Imposible, mi cabeza se batía en el campo. Estaba en un estado de locura sufriendo de más, físi-ca y moralmente, sin poder comprender perfectamente la causa de esta terrible agitación. Renuncié al proyecto que tuve de cometer el robo (tengan en cuenta de que no pude mantener ese proyecto más de una hora. Si hubiera querido obstinarme en luchar contra esta agitación, habría sido capaz de caer gravemente enferma). Entonces, modifiqué; al ver que no podía ejecutar ese robo, quise tomar una decisión sobre mí misma, la de permanecer 24 horas bajo la presun-ción del robo, aunque ya hubiera renunciado a cometerlo. ¡Y bien! Esta decisión no aportó casi ninguna mejoría a mi estado. Un temor de una naturaleza totalmente nueva para mí y del que jamás había tenido siquiera idea se apoderó de mi espíritu. ¡Pero con una violen-cia de la que ningún término puede dar medida! ¡Ah!, mi Dioses, ¡qué sufrimiento! Si oía caminar en el corredor, mi corazón latía, mi vis-ta se nublaba, creía que me iba a sentir mal. Si alguien tocaba a mi puerta el sudor me corría por la frente. ¡Era atroz! No podía quedar-me en el lugar, salía, entraba de nuevo. Vinieron obreros esa noche. No sabía lo que decía. Partieron. Quise razonar. Imposible. Tomé el pequeño reloj que era, en realidad, bastante bonito. Completamente pequeño. ¡Me causaba horror! Me parecía horrible. Era realmente un

 

 

 

 

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sufrimiento que alcanzaba la locura. Claro, dejé la fuerza5 de lado, el instinto de conservación me dice que no podría pasar la noche con este reloj, eran las 9 y yo había tomado esa decisión a las 2. No pude aguantar más de seis horas. Llamé y dije a un camarero: “Esta ma-ñana, encontré un reloj en esta habitación, si vienen a reclamarlo abajo, diga que quiero devolverlo a su verdadero propietario”.

 

¡Qué fenómeno! Tan pronto se pronunciaron esas palabras, me sentí aliviada, como una persona desvanecida a la cual se quita el corsé que la sofoca. Respiré libremente, ¡lo que no había podido ha-cer desde hacía siete horas!

 

Pasé toda la noche buscando la explicación del fenómeno extraordi-nario que este pensamiento del robo, hecho en frío y como prueba de mi fuerza, produjo en mi estado moral y físico. ¡Y bien!, es solamente ahora (son las 6 de la tarde) que comienzo a tener conciencia de ello.

 

¿A qué se debe que yo, dotada de una fuerza de voluntad que quizá no haya tenido ejemplo en la humanidad; que yo, que ataco franca, intrépida y terriblemente la sociedad de los burgueses, porque estos burgueses son propietarios del suelo, de los capitales y de la vida de sus hermanos; a qué se debe que yo, que he jurado destruir todas las propiedades, y eso despojando y matando a los propietarios si no hu-biera otro medio de acabar con ellos; a qué se debe que yo no haya po-dido apropiarme de este pequeño reloj de un valor de 40 francos? ¡Y bien!, voy a decírselo. Es que yo ataco la propiedad porque la propie-dad es el robo.6 Y yo, llena de amor y de probidad, impulso el amor de la justicia hasta el don quijotismo. Mi naturaleza me lleva a atacar a los ladrones, a combatirlos a ultranza, a muerte; pero mi naturale-za me impide robar, incluso a los ladrones, porque la acción de robar es baja, vil y degradante.

 

 

 

5   En la edición francesa se anota que la palabra “fuerza” está mal formada en el Manuscrito; se podría leer también “forma” o “farsa”. [N. de la primera Ed.].

 

6   Jules Puech anota en el Manuscrito: “La célebre formula de Prouhdon “la propiedad

 

es el robo” es de 1840; es la única alusión de Flora Tristán a ese filósofo, al menos, a su obra: ¿Qué es la propiedad? O investigaciones sobre el principio de los derechos y del gobierno”. [N. de la primera Ed.].

 

 

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Estoy contenta con lo que me acaba de suceder. Bendigo el hallaz-go de ese reloj y las siete horas de torturas atroces que me ocasionó. Esas torturas me prueban que no está en mi organización física el po-der faltar jamás a la justicia. Respetar el orden establecido mientras trabajo para demolerlo, esto es lo que yo llamo justicia.

 

Ah, gracias mi Dioses por haberme dado el pensamiento para ha-cer esta prueba sobre mí misma. ¡Cuántas reflexiones profundas me ha hecho hacer!

 

Comprendo ahora que una no sabe repetir demasiado que la pro-piedad es el robo. Es necesario repetir esta gran verdad en todos los tonos, en todos los lugares, y que toda propiedad es robo: propiedad del suelo, del capital, de las mujeres, de los hombres, de los niños, de las familias, de las ideas, en una palabra, toda propiedad. ¡Se debe lanzar sobre la propiedad un anatema terrible! Es necesario que an-tes de diez años la mayor de las injurias sea esta: “Tú eres un propie-tario”. Es necesario que la divisa de la primera revolución sea: “No más propiedades de ninguna especie, y respeto al orden porque el orden es la vida, sin orden no hay vida posible”.

 

Luego comprendí, al tener en mi baúl ese pequeño reloj que no era mío, que los propietarios que tienen el sudor, la sangre, la vida de sus hermanos y que tienen una propiedad distinta a la de un re-loj de 40 francos, que los propietarios que gozan en paz de esta pro-piedad robada a todos, ¡son unos grandes miserables!, que no han sentido jamás en el fondo de su conciencia ningún sentimiento de justicia. ¡Ah!, durante las siete horas de torturas esos propietarios se me aparecieron como hombres de piedra, de barro, de sangre [fría], y comprendí con horror, el odio, la cólera que el pueblo tiene hacia ellos. Luego, busqué comprender la vida de los ladrones de profesión. Confieso que hay allí un misterio impenetrable. ¡Qué oficio! Pero yo preferiría ser marinero, mujer pública, galeote, mendigo [que que-dar] ¡aprisionado el resto de mis días en una celda sin aire! Robar, así, en frío, ¡sin otro objetivo que el de alimentarse! Es evidente que hay algo en esas naturalezas que no están en la mía. He aquí por qué no comprendo eso en absoluto. Ciertamente, si esa gente sufre tanto

 

 

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como yo sufrí durante siete horas, es probable que al día siguiente no tendrían ganas de reiniciar. Será necesario que trate de poner la mano encima de algún ladrón de profesión, es un misterio que que-rría mucho penetrar.

 

Ahora tiemblo soñando en la audacia de mi naturaleza, esta pa-sión desmesurada que hay en mí de conocer todo. Cedo a ella con la ceguera de la pasión; así, al ceder a ese deseo de hacer esta prueba sobre mí podía comprometerme de una manera horrible, yo, en mi posición. ¡Verme acusada del robo de un reloj! Ahora que el paroxis-mo de la pasión pasó, ¡me estremezco! Si hubieran venido a reclamar el reloj y que por desgracia yo hubiera querido empujar hasta el lí-mite la prueba, mi boca habría dicho no, pero mi fisonomía habría dicho sí. Así me hubieran prometido un millón para que sostenga ese interrogatorio con calma y firmeza, no hubiera podido. Tanta fuerza tengo para sostener todo lo que es grande, bueno, noble; tanta debi-lidad tengo para sostener todo lo que es bajo, vil. Acabo de tener una prueba más con este paseo a L... Era de otro orden y no era vil en ab-soluto, pero a mis ojos, contraviniendo un poco mi fuerza habitual. ¡Y bien!, casi me desvanezco, yo que nunca me he desmayado. Vamos, vamos, no se debe luchar contra su naturaleza. Soy una giganta para todo lo que es noble, grande, generoso, y creo que no sería más que una pigmea para todo lo que es bajo, vil, una no debe querer hacerse la presidiaría y mujer pública, cuando no se siente en capacidad de hacerlo. Cada uno en su rol. Es Dioses quien los distribuye. Creo que es bueno que unos ataquen a los propietarios por su robo vil. Es tam-bién un tipo de prostitución, pero lo confieso, esta pobre y mezquina prostitución no me va. Lo que prueba que los primeros en un orden son con frecuencia los últimos en otro orden.

 

La patrona del hotel vino esta mañana a reclamarme el reloj, di-ciendo que un campesino se lo había pedido. Le dije que se lo devol-vería al campesino. Se molestó y se puso muy roja, lo que me dio una muy mala opinión de su probidad. En fin, tres horas después le entre - gué el reloj a un campesino que dijo venía de parte del señor Lafont. Si alguna vez llego a derrocar la propiedad, le escribiré a este señor

 

 

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Lafont para pedirle ese pequeño reloj, estará furioso de verme llevar ese pequeño reloj ¡que me enseñó tanto en siete horas! Y estará allí como marca de mi respeto al mal orden existente.

 

Ahora ¿qué decir del robo patentado que comete cada día el dueño del “Hôtel de France” en Agen, así como todos los hoteleros de Francia?

 

Le dije ayer que no podía cenar el menú del hotel porque no quie-ro gastar 3 francos para comer platos que me caen mal y que no me gusta comer con todo el mundo. Me respondió que él no podía ser-virme a la carta, ¡lo que no era su costumbre!, que yo podía comer mucho (acababa de decirle que no podía) o solo dos costillas, serían 3 francos. Así esté enferma o esté sobria. Así me contente con un plato de sopa, dos costillas y agua (es mi cena 25 días de treinta), no im-porta, usted debe pagar 3 francos. Evidentemente, allí hay un robo manifiesto de dos tercios. Sí, pero como la ley lo autoriza, como él paga impuestos y patentes, su robo es legal. Él llama a eso su pro-piedad, su derecho. Y no teman nada. El bravo y honesto hotelero es bastante calmado. Su conciencia no está agitada en absoluto. No obstante, puede robar cada día cuatro veces, 6 FF, 10 FF, el valor del reloj del señor Lafont. Sí, todos están de acuerdo, pero agregan: “Tie-ne el derecho de hacerlo”. En verdad, ante un derecho semejante, me digo, sobre todo ahora: Claro, es bastante dichoso que se encuentre organizaciones que tengan la fuerza de robar relojes, porque de otra manera no sabemos a dónde nos conduciría el derecho de propie-dad. Lo que son las cosas de este mundo. Mi asunto con el reloj acaba de cambiar mi opinión sobre los forzados de Tolón. Esos señores me habían interesado mediocremente. Los encontraba idiotas, vulgares, criaturas miserables. Desde esas siete horas del reloj cambié de opi-nión sobre ellos. Comienzo a comprender por qué los bandidos ins-piran un cierto entusiasmo. ¡Diablos! Pero es que es cierto. Hay algo en esas naturalezas. Yo, que ciertamente no soy manca7 en cualquier hecho de fuerza, reconozco actualmente que no podría hacer lo que

 

 

 

7   Palabra dudosa. [N. de la T.].

 

 

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ellos hacen. Esta idea me persigue como un remordimiento. Yo que me creía capaz de todo cuando lo quisiera. Caí en cuenta de que no.

Hablar aquí de la diferencia de facultades, de la diferencia de va-lor. Así, a mí, a quien me faltó valor para quedarme con el reloj del que me hubiera podido apropiar perfectamente sin peligro, ¡hago actos de un coraje tal que espantarían al forzado más audaz! Verda-deramente la naturaleza humana es un misterio: más uno mira al fondo, menos ve allí. Este suceso me dio un deseo adicional, como si ya no tuviera demasiados. Heme aquí ahora atormentada con la idea de hallar un ladrón de profesión, me gustaría vincularme a él, entrar en su interior a fin de comprender lo que le puede dar el valor de cometer un acto que yo no pude hacer. Pero ¿cómo vincularme con un ladrón sin exponerme a grandes peligros? En fin, voy a espiar la ocasión (sic).

 

¡Es singular! Desde hace veinticuatro horas siento, a mi pesar, una consideración, una suerte de admiración que no me explico..., por los ladrones de profesión (porque a los ladrones patentados los des-precio profundamente). ¡Es fastidioso! Todos esos pensamientos de análisis secundarios me asaltan y me distraen de mis grandes ideas.

 

Me digo, por qué trabajas tanto para nada, criatura, es darme de-masiado trabajo. En fin, él lo quiere, yo debo soportarlo.

 

***

 

11 de la noche. Vengo de mi reunión; encontré allí quince hombres, de los cuales solo uno pertenecía a la clase... de los caballeros. Está deci-dido, parece que hallaré en todas partes un buen charlatán, tonto de capirote. Ningún sentido común, ninguna lógica, frases sentimenta-les, ¡el honor, la gloria! Es un antiguo sansimoniano. Me da la apa-riencia de menos que nada. No hizo ninguna reflexión que tuviera sentido común. Nada comprendido, y malo a su manera (sic). Me di el placer de llevarlo un poco rudamente, por eso se calló. Esos obreros eran faltos de inteligencia. Solamente tres comprendieron. Uno de ellos dijo, sin embargo, una cosa muy buena: “Renuncié a los medios

 

 

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políticos porque vi que eso ya no daba más. El medio político mueve, pero no hará más caminar”. ¡Es magnífico! Sí, es la palabra. Mueve algunos espíritus, pero es impotente para hacerlos caminar. El carpintero al pro-nunciar [eso] mató a la política. Expliqué el porqué de ese hecho y vi que todos estaban muy impresionados. Y ese hecho prueba una gran sensa-tez entre el pueblo: “Por qué quiere usted que un obrero actúe en nombre del voto universal de los derechos políticos”. Él se dice, después de todo: “Que, ¿me corresponderá a mí de eso?”. “Nada, yo estaré todavía timado”. ¡Ah! no vale la pena comprometerme o agitarme. Y no camina. Mientras que con el derecho al trabajo y el derecho a la instrucción siente que le retornará algo a él y a los suyos, entonces, camina. “Lo que me ha llevado a las ideas socialistas – agregó el carpintero– es el hambre”. Ese hombre me agradó mucho. Un joven impresor está bien. Comprende la palabra “amor”. Es el primero después de Marsella. Sentí una muy feliz emoción cuando vi que comprendía la palabra “amor”. Es necesario que nos ame-mos los unos a los otros, dijo, probárnoslo por nuestra dedicación recí-proca. Vamos, me doy cuenta de que regresamos a Francia.

 

Me acompañó y le hablé de ese caballero, ellos lo conocen y lo desprecian. ¡Y bien!, a pesar suyo, se meten siempre con ellos. Creo que todos esos caballeros de allí están pagados por la policía. ¡Oh! Bribones, yo los describiré de una forma tan negra, que no les será permitido entrar en una reunión de obreros. Ese obrero me dijo con dolor: “¡Ah! Señora, los obreros tienen una gran necesidad de estu-diar y de comprender su libro, no tienen amor, ¡de tal manera que no tienen la menor inteligencia!”. Dioses ¡cómo amé a ese muchacho cuando me dijo eso! Si me hubiera atrevido lo habría abrazado. Pero ¿poseía él mismo suficiente amor para comprender esta demostra-ción? Lo dudo. Eso me hace bien. Desde el 14 de agosto no había es-cuchado ni una palabra de amor. ¡Qué largo es! ¡Treinta y siete días!... ¿Voy a encontrarlo en Burdeos?

 

¡Qué buena noticia! ¡Una diputación de obreros de Tolón en Mar-sella! Estoy impaciente por tener los detalles. Es mi culpa, era necesa-rio emplear mejor el dinero e ir a Fréjus o a otras pequeñas ciudades del departamento.

 

 

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Medianoche. No puedo dormir porque el señor Liszt tiene una gran velada en su alojamiento. La sociedad hace un jaleo tal que la gente se aglomera abajo sin saber lo que es. Esto da una idea del buen tono de la susodicha sociedad. Parece que Jasmin ha escandalizado a todo el mundo. Se ha puesto siempre delante de su amigo Liszt. Así, en el teatro, dijo en patois: “Me dan las coronas y yo te las doy”. Pero los pobladores de Agen comienzan a percatarse de que su poeta es pasablemente ridículo.

 

 

***

 

Regreso a mis hombres de esa noche. Todos esos infelices estaban en el orden político (Kersansie). Uno me hizo una reflexión a propósito de él. El caballero quería saber exactamente cuál sería la forma de gobierno que yo adoptaría si llegaba a tener éxito, y nos hizo una lar-ga perorata al respecto, de una idiotez que no había escuchado nun-ca todavía. Uno de los obreros, tan idiota como el caballero, me dijo entonces: “Señora, es indispensable que usted me diga qué gobierno quiere usted, porque si quiero hacer propaganda entre los campesi-nos, porque yo vivo en el campo, y bien, ellos me dirán, pero antes de firmar yo quiero saber qué gobierno tendremos”. No pude evitar es-tallar en una gran carcajada. Vean ustedes, el campesino que quiere saber cuál será la forma de gobierno. Verdaderamente esos políticos serían grandes culpables si no fueran grandes estúpidos por haber puesto a los obreros en una vía semejante.

 

Finalmente tengo lo que deseaba desde hace largo tiempo. El aparato de la policía y de la fuerza pública. ¡Treinta hombres para disolver una de nuestras reuniones! Procedamos con orden. El comi-sario Segon vino esa mañana a mi alojamiento a decirme que había recibido órdenes y que estaba muy decidido a impedir todas las re-uniones que yo pudiera tener con los obreros. Ese Segon es el anti-guo comisario del barrio, quien en Toulouse durante el alistamiento dirigió el fuego contra el pueblo. Fue perseguido por el pueblo que quería matarlo. Partió de la ciudad y le dieron esta plaza en Agen.

 

 

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Es una insolencia de la autoridad porque un comisario que ha dirigi-do el fuego contra el pueblo no debería ser empleado jamás. Este es un tipo completamente distinto a Boisseneau. Grande, seboso, enor-me, de cara roja. Anuncia esta brutalidad feroz del hombre de cólera. Se hace el importante, pero no tanto como Boisseneau; es completa-mente grosero, sin la menor cortesía. Lo recibí con un aire que decía: “Lo que haces y dices prueba que eres un imbécil”. Tan solo conversé cinco minutos con él. Es tan común que no se presta ni siquiera a la risa. Imposible representar con él una pieza de comedia. Oh Boisse-neau, mi amigo, ¡usted tenía clase!

 

La única cosa que encuentro bastante agradable en su visita es que me enseña que yo me daba mucho trabajo para reunir a todos los obreros. Eran las once. No estaba siquiera peinada. No había visto a nadie. “Yo”, “¡Oh!, si no es usted, son los que usted hace actuar”. Com-prendí que los amigos se movían y eso me tranquilizó, porque estaba inquieta de no ver aparecer nada.

 

Una hora después, Champagne [... cuatro palabras ilegibles...] lle-ga y me dice: “Todo marcha bien”. Desde ayer hemos visto a todas las sociedades. Los zapateros devoirants8 vienen, los Bienhechores no, en casa de los “Gavots”, los tallistas de piedra que son de ochenta a

 

8   El término “devoirant” alude a los carpinteros, cerrajeros y herreros llamados “com-pagnons del deber”, “devoirants” (por contracción “dévorants”) o perros. Eran hijos del maese Jacques (ver nota 28 [del cap. III, “Auxerre”, de la primera edición]). [N. de la T.]. [Nota 28 de la primera edición: Las iniciales aluden a los compagnons del Deber de la Libertad. El compagnonnage está formado por diversos devoirs (deberes), los que se dividen en numerosas sociedades. Los diferentes gremios del compagnonnage recono-cen tres fundadores: Salomón, maestro Jacques y el padre Soubise, de donde surgen las tres grandes categorías de afiliación: Los Hijos de Salomón, Los Hijos del maestro Jacques y los Hijos del padre Soubise.

 

1.  Hijos de Salomón: Divididos en dos: a) compagnons extranjeros o “lobos” que eran tallistas de piedra; b) compagnons del Deber de Libertad, llamados Gavots: carpinteros, cerrajeros y herreros; carpinteros de obra, llamados “zorros de libertad” o “indios” y, después, compagnons de libertad. Incluían también a los zapateros, panaderos, tone-leros y techadores.

 

2.  Hijos del maestro Jacques. Se dividían en: a) tallistas en piedra denominados “com-pagnons caminantes” u “hombres-lobos”; y, b) carpinteros, cerrajeros y herreros lla-mados “compagnons del deber”, “devoirants” (por contracción “dévorants”) o perros. A diferencia de los Hijos de Salomón que no lo hacían, ellos fueron incorporando a

 

 

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cien, los “Gavots” llamados “Lobos” de Agricol (padre Salomón) tienen un muy buen local cerca del puente y quieren prestárnoslo. Como la hora que habían elegido no me convenía, rogué a Champagne que regresara para tomar la hora de las 7 de la noche. Me cuidé bien de decirle que el comisario había venido a prevenirme que impediría la reunión, por temor a asustarlo.

 

Salgo para ir al correo en donde encuentro cartas de todos mis amores y me voy a caminar al borde del río en donde me paseo deli-ciosamente durante dos horas, leyendo mis cartas, gozando con cal-ma y beatitud de mi amor.

 

Regreso, y apenas había comenzado a escribir cuando Champag-ne entra con el aspecto un poco estupefacto: “¡Ah!, señora, mala no-ticia. ¿Y cómo? ¿Usted no sabe nada?”. “Absolutamente”. “Pero toda la ciudad está conmocionada con respecto a usted, no se habla más que de usted y de la reunión de esta noche”. “¿Y bien?” “Y bien la policía está lista. El comisario mismo ha ido a hablar al presidente de los “Gavots”, y los “Lobos”, intimidados por todo lo que han oído de la policía rehúsan prestar su sala y no quieren verla por temor a

 

 

 

maestros de diversos oficios (cuchilleros, herreros, curtidores, caldereros, fundidores, hojalateros, talabarteros, canasteros, sombrereros, panaderos, tejedores, zapateros).

 

3.  Hijos del maestro Soubise. Se componían originalmente de un solo gremio: a) car-pinteros de obra, compagnons caminantes, “viejos libertinos” o Drilles. Los techadores y los yeseros se incorporaron a partir de 1703.

 

En el siglo XIII los devoirants y los libertinos se unieron bajo el título de “compag-nons del deber” y en el siglo XVIII continuaban unidos en la misma asociación o de-ber. En diferentes épocas hubo luchas encarnizadas entre algunos de los tres.

 

Jerarquía de los compagnons. En cada deber hubo diferentes clases:

 

A. Compagnons extranjeros o lobos tenían adherentes: 1. compagnons; 2. muchachos.

 

B. Carpinteros de la libertad o Gavots se dividen en: compagnons recibidos, compagnons realizados o perfectos y compagnons iniciados.

 

C. Compagnons caminantes y compagnons dévoirants se dividen en: aspirantes, com-pagnons.

 

Cuando ascienden a maestros abandonan la sociedad, reciben un certificado y se mantienen unidos por vínculos de reconocimiento.

 

En el siglo XVIII, la asociación permitió las huelgas y las presiones por mejores sala-rios, pero también obligó a los Maestros a tomar obreros solamente de la corporación. La Ley del 2-17 de marzo de 1791, durante la revolución, suprimió la corporación en Francia y prohibió reestablecerla.] [N. de la T].

 

 

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comprometerse”. “¿Les ha dicho usted que tengo una carta de reco-mendación de Perdiguier?”. “Sí, ¡pero no importa! No se atreven”.

Quería ver si los de la Unión se atreverían: “Entonces, Champag-ne, nos reuniremos donde ustedes. En cuanto a mí, yo acepto”. Y él respondió sin dudar: “Pero yo no soy el dueño. Los otros quizá no se atreverán. Porque es necesario que sepa que la policía ha venido también donde nosotros. Un agente ha llevado un pequeño libro y ha interrogado a la Madre para saber si teníamos reunión esta noche. Acabo de enterarme de esto hace un momento”. “Champagne regrese a su casa, vea si esos señores quieren todavía recibirme, si los zapate-ros y los Bienhechores lo quieren también, si todo el mundo está de acuerdo, venga a recogerme a las siete y media”.

 

Luego llega Bouquet consternado. “¡Los burgueses dicen horrores de usted! El miserable Jasmin la pone en ridículo, su apostolado y sus ideas humanitarias. En fin, toda la ciudad está contra usted”. Ese pobre Bouquet no es fuerte. Se deja desconcertar muy fácilmente. Finalmente llega Durand. Pensaba que yo ya estaba rodeado de es-birros y venía para ofrecerme su ayuda. Me contó que en todos los cafés solo se hablaba de mí, que iba a hundir a Liszt, pero que todos los burgueses decían horrores de mí. Una avalancha de calumnias, la repetición absoluta de Carcassonne. ¡Oh! Burgueses bribones, uste-des me hacen muchas maldades, pero yo se las regreso bien. Dieron las 7 y Champagne no aparecía. Envío a Durand para saber si esos se-ñores querían recibirme. Regresó de inmediato para decirme que me esperaban. Parto en un aguacero, los pies mojados, porque no tengo zapatos fuertes. No importa, cuando los deberes de mi misión me lla-man, no siento ni la lluvia, ni el calor, ni el frío.

 

Encuentro la sala de la Madre de los asociados de la Unión de la calle du Temple, llena de gente, alrededor de sesenta. Todos muy de-seosos de oírme.

 

Felicito a esos señores por el coraje que muestran en estas cir-cunstancias, por desafiar las amenazas de la policía cuando se trata de instruirlos sobre sus derechos. Qué fuerza tiene una para hablar a los hombres, cuando ellos mismos dan la cara. Delante de mí, que

 

 

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desafío a la policía, nadie osa retroceder (aparte de los Lobos que van a recibir su merecida crítica).

Me pongo a explicarles, de acuerdo con el alcance de las inteli-gencias allí presentes. Me escuchan con un silencio religioso, pero observo que al menor movimiento una sorda inquietud los agita. Al menor ruido, los ojos se dirigen hacia la puerta y veo algunos rostros empalidecer. Los tranquilizo con algunas palabras firmes y a pesar del temor que trabajaba a muchos de esos hombres, todos mostraron mucho autocontrol. Hablaba hacía más o menos una media hora, ya había explicado las cuestiones principales, cuando oímos en la calle como un vozarrón, marcha de soldados, etc. El padre subió a decirnos: “El comisario está abajo”. “Buen autocontrol, les digo yo, y ninguna resistencia”. ¡Golpe de efecto! El comisario gordo entra re-vestido con su bufanda tricolor, un gran bastón en la mano. Se expre-só así (extendiendo los brazos adelante y su bastón al extremo): “En nombre del rey (no agregó y de la ley), les ordeno disolver en este mis-mo momento esta asamblea”. Todos los obreros se pararon, y tengo el dolor de decirlo, partieron demasiado precipitadamente. Eviden-temente, el miedo les hacía correr. Varios asociados se levantaron y salieron también. “Pero quédense, porque ustedes están en su casa”. Cinco o seis que tenían mucho miedo de mí y del comisario se volvie-ron a sentar y se autocontrolaron bien.

 

El comisario estaba burlado, no hubo resistencia, habían obedeci-do su orden precipitadamente. Olvido decir que este hombre es inca-paz de cumplir el puesto que ocupa. Debía atenerse a la fórmula “En nombre del rey les ordeno disolver esta asamblea”. Eso es todo. Pero como este individuo es incapaz de ser un magistrado, y no sabe más que ser un hombre grosero, brutal, agregó, con una voz despectiva de cólera, sirviéndose del bastón con un gesto ultrajante: “¡Vamos, salgan!”. Solo por ese gesto, ese comisario debía ser destituido. ¿Qué hacer? No hay manera de encolerizarse. A mí no me había dirigido la palabra, yo no lo había perdido de vista ni un instante (la bestia era muy curiosa para estudiar) y no me había siquiera mirado, a pesar de que estaba frente a mí, a tres pasos, una mesita me separaba de él.

 

 

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Detrás de mí estaba Durand, sentado sobre la cama y su paquete de libros sobre la mesa. Los diez asociados permanecían a mi iz-quierda. El silencio reinaba. El comisario gordo giraba sobre sí mis-mo en medio de la pieza (porque no había espacio para caminar) como una gruesa fragata holandesa revolotea alrededor del ancla en un mar agitado. Cuatro y cinco sargentos de la ciudad están de-trás de él, con el aspecto muy confuso, sin comprender mucho lo que hacían allí. El silencio prolongado se volvía fatigante y casi ri-dículo. Le dije algunas palabras en voz baja a Durand, pero eso no bastaba. Se me ocurrió una idea: “Champagne, le dije, con el mismo tono de voz que hubiera tenido en un salón, hágame el favor de ba-jar y pedir a la Madre un vaso de agua azucarada”. Había olvidado la cuchara, le rogaba sonriendo que volviera a bajar. ¡El hombre gordo estaba púrpura, violeta! Virando completamente me dirigió, al fin, la palabra indirectamente: “Los tallistas de piedra al no que - rer recibirla, señora, dieron muestra de mucha sensatez”. Era una manera de entrar en conversación. Yo no respondí nada. Entonces, rabiando de cólera, se lanzó sobre Durand, pero de una manera tan brutal que no podría llegar a reflejar en una descripción escrita, ni su mirada, ni su gesto, ni su furor. “¡Estoy muy sorprendido de en-contrarlo aquí, señor Durand! Usted sabe perfectamente que no es su lugar. ¡Que si la señora lo conociera!” Aquí, lo confieso, compren-dí que la posición era crítica. Yo sabía que Durand había cenado con el patrón en la víspera, que el señor [espacio en blanco], el de-mócrata, había traído el vino de Sauternes y que había bebido más de la cuenta. Me di cuenta de que su lengua estaba un poco espesa y temía las consecuencias de ese estado. Durand se levantó, se puso pálido de cólera y le dijo: “¿Por qué, pues, no es mi lugar?” Entonces ese comisario magistrado lo insultó con tonterías como no he visto jamás a marineros insultarse: “¡Usted es un miserable canalla!, si se supiera lo que usted es, lo despedirían. Sí, yo haré que la señora, y todos, lo conozcan por lo que usted es. Usted vive al amparo de una sirvienta de mala casa”. Durand, exasperado, respondió: “¡Us-ted miente! Si usted entra en mi vida privada, yo voy a entrar en la

 

 

 

 

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suya”. “¡No hable más! Cállese, exclamó el elefante gordo con furor, o lo voy a hacer arrestar”. Tomé el brazo de Durand, lo forcé a sen-tarse y a callarse. Y lo magneticé tanto que se calló como petrifica-do. El comisario sentía, quizá, que había ido demasiado lejos, se fue de la sala con sus ayudantes y nosotros nos quedamos solos. ¡Qué escena! ¡Oh, no se borrará jamás de mi memoria! ¡Y se llama a eso un magistrado!

 

No sé lo que es Durand, pero se necesitaba ser el más grande mise-rable para venir a atacarlo en su vida privada, era innoble.

Pero mientras todo esto pasaba arriba, ¿qué pasaba abajo? El bra-vo comisario había hecho venir, para apoyarlo en su noble expedi-ción, veinte sargentos de la ciudad y un piquete de treinta hombres del cuartel. Ahora bien, caía un aguacero. Los agentes por temor a mojarse querían entrar todos donde la Madre. Los soldados, por te-mor a mojar sus fusiles, querían todos entrar también. Resultó de todo esto un apiñamiento, un ruido, un tumulto espantoso. La Ma-dre, joven mujer próxima a dar a luz, al ver tantos soldados tuvo un miedo horrible y se había casi desmayado. La sirvienta..., las vecinas se habían hecho cargo de ella. Olvido, y los vecinos, las vecinas un domingo en la noche a las 8. Toda la calle du Temple en revolución. Yo, jugando siempre el rol de la princesa, permanecía muy tranqui-la en la ventana de atrás con el contraviento entreabierto, mirando y escuchando todo. ¡Los soldados estaban furiosos! Los oía maldecir contra la policía. Un bajito, que se hacía el bromista y reconocí por su acento parisino, decía las cosas más cómicas sobre la manía que tienen todos los comisarios de ver siempre ¡motines en todas partes! “¡Sí! Tiene ojo el comisario”. “Sí, he aquí una posición famosa la de la calle du Temple en Agen ¡para hacer la revolución! ¡Y sobre todo el tiempo está muy bien escogido!” “Pero hace falta estar loco para creer que aquí hay una revolución, ¿dónde diablos está, entonces, ella? Deberían al menos mostrárnosla. ¡Bah! –retomaba otro –, pero no hay aquí ni dama ni revolución. Apuesto que es un obrero bro-mista el que habrá querido divertirse a costa del comisario”. “Pero es idiota molestar a las tropas para nada”.

 

 

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No puedo decir cómo me divertí al oír hablar a ese soldado parisi-no bromista. Era completamente cómico.

Finalmente, el padre rogó al comisario que hiciera salir a todo el mundo de su sala porque su mujer se iba a ahogar. Soldados y agentes fueron obligados a enfrentar la lluvia, se retiraron maldiciendo contra el comisario, repitiendo que no había dama y que era un cuento.

 

Aquí puedo juzgar la valentía de los hombres. Los obreros extran-jeros habían salido, pero habían acechado a la puerta y cuando estu-vieron seguros de que toda la banda había partido, los zapateros, par-ticularmente, me preguntaron si quería que volviesen a subir para continuar la sesión. Yo estaba de acuerdo, pero el padre asustado a causa del estado avanzado de su mujer parecía temer, y yo debí ceder ante un reclamo tan justo. Observé que los zapateros, en general, son muy valientes. Es una justicia que me place reconocerles.

 

En estas circunstancias los asociados se condujeron perfecta-mente, ningún temor, ninguna duda, ninguna bravata. Estuvieron bien, muy bien, desde todos los puntos de vista.

 

Pero qué decir de los “Lobos”, de esos terribles tallistas de piedras, los “Lobos”, ¡el terror del tour de Francia! ¡Y bien!, esos feroces, esos temibles “Lobos” ¡no osaron recibir, no osaron venir a oír a la seño-ra Flora Tristán! Esos terribles se dejaron intimidar por un policía. Cuando me informaron su negativa, encontré la palabra: “Vamos, le dije a Champagne, he aquí a los ‘Lobos’ que se dejan comer por los pe-rros”. Esa palabra me vino a los labios cuando Segon me dijo que los tallistas de piedra habían dado pruebas de sensatez al no querer re-cibirme. Abrí la boca para contestarle: “Eso prueba, señor comisario, que la sociedad está de cabeza dado que los “Lobos” se dejan comer por los perros”. Felizmente, me contuve. El espíritu de oportunidad que poseo en alto grado me es perjudicial con frecuencia. Lo comba-to tanto como puedo.

 

Esta cobardía de los “Lobos” los pierde para siempre en el tour de Francia. ¡Qué cobardía! Qué ausencia de fraternidad en estas circunstancias no debían todos desafiar para hacer honor a la reco-mendación de sus países. Agricol P[erdiguier]. Esta frase de su carta

 

 

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debía volverlos inquebrantables, si hubiera sabido. El presidente de los “Lobos”, actualmente en Agen, estaba en Lyon durante su paso y estuvo presente en la gran asamblea de los Gavots cuando leí a to-dos los señores reunidos la carta de Perdiguier. ¡Y bien!... Aviñonés, si ibas a hacer el tour de Francia para llevar a todos y todas un gran pensamiento regenerador y, por consiguiente, revolucionario a los ojos de los innobles burgueses. Los “Lobos”, tu grupo, tus hermanos, te negarían, te rechazarían. Ustedes lo ven. Allí donde hay ignoran-cia, estén seguros de que encontrarán falta de corazón, de dignidad e incluso cobardía.

 

No hay coches en Agen. Tuve que regresar en la lluvia, el barro. Finalmente, ya estoy en mi alojamiento. Son las 10. Ya son tres horas que dura esta gran e interesante comedia. Es suficiente.

 

Durand está en un estado de furor imposible de describir. Tiene razón.

 

***

 

23 de septiembre. Esta mañana la gente del hotel me parece ¡aterrori-zada! Las domésticas me miran con un aire completamente singular. El comisario me acaba de devolver mi pasaporte y me pregunta si parto el día de hoy. Yo asumo mi aspecto muy seco, muy frío y res-pondo: “Dígale al comisario que no tengo cuentas que rendirle y que partiré cuando me plazca”. Parece que en Agen no comprenden que una ose hablarle de esa manera a un comisario. Aquí todavía se tiene el terror de la bufanda.

 

En resumen, estoy muy satisfecha, en primer lugar, de mí, porque estudié todo eso con una sangre fría admirable. También estoy satis-fecha de los obreros. Veo que dos o tres alertas de este tipo y serán fervientes. Luego, finalmente, vi llamar a la fuerza gubernamental. ¡Oh! Operan en nombre del rey, es completamente como en el 88. Claro, no valió la pena guillotinar a dos o tres, expulsar a cuatro o cinco de ellos. Para regresar después de 56 años a la vieja fórmula: “En nombre del rey”, ¿y qué cosa más dicen en Rusia? Se debe estar de acuerdo en que las revoluciones políticas son ¡unas famosas farsas!

 

 

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Pelearse, dejarse matar durante 56 años para, en definitiva, aprobar absolutamente que el teniente de policía opere a su buen placer. Pero es más que una farsa. ¡Es idiota, es atroz! Peleen ustedes, obreros, má-tense para cambiar gobiernos. Sí, ¡les devuelve algo peor! ¡Ah, los go-biernos deben reírse de los obreros!

 

Las calumnias marchan a su paso como en Carcassonne. Se supo-ne que todo esto será comentado en el salón del señor Liszt. Me re-húso a creer que Liszt haya soportado que se soltaran basuras seme-jantes delante de él. Quizá los burgueses y el célebre pensionista del rey, Jasmin, lo hayan dicho, pero en una esquina. Mas veamos hasta dónde va la negrura, la maldad de esos burgueses, para dar mayor fuerza a sus sucias calumnias se las prestan a Liszt. Esos burgueses de provincia, sobre todo, son los más villanos, los más innobles cana-llas que una haya podido imaginar. La realidad sobrepasa todo lo que una puede decir. ¡Qué miserables! Se debe estar de acuerdo, también, en que mi audacia de escupirles a la cara los exaspera. ¡Ah!, es un duelo a muerte entre nosotros, ¡bribones!, y veremos quién de los dos quedará muerto o herido.

 

¡Bravo!, verídicos agenienses. Champagne y los otros salen de aquí. Acaban de decirme todo lo que se comenta esta mañana en la ciudad respecto de lo que pasó ayer en la noche. Se dice que la señora Flora Tristán, habiendo querido reunir a todas las sociedades en una sola, los había reunido en la casa de la Madre de los Asociados, que allí una discusión comenzó, que se llegó a la disputa, a los golpes y que finalmente un hombre había sido asesinado. ¡Perfecto! Que esta batalla de compagnons, habiendo producido un estruendo tal en el barrio, había hecho que se corriera a buscar a la policía, a la guardia, para llevarse a los culpables. En cuanto a mí, me hicieron pasar por una “ventana”; los asociados me hicieron pasar por esta ventana y, de esta manera completamente milagrosa, pude escaparme. ¡Y bien!, después de esto, qué vamos a creer entonces lo que nos cuentan, no ya de los tiempos del César sino de los tiempos de Henri IV, de los tiempos de la Convención, incluso solamente de los tiempos de ayer. Esta mañana a las 6 toda la ciudad de Agen estaba persuadida de que

 

 

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en la noche había habido una batalla terrible entre compagnons en la calle du Temple.

Por supuesto, esta bella historia ha sido fabricada en la noche en las oficinas del célebre Segon. ¡Qué obra maestra! Al regresar a su casa él habrá pensado que la cosa tal como había sucedido no tenía un buen color para él. Entonces se puso a fabricar un gran aconte-cimiento. Y como el gobierno le da hombres que nosotros pagamos bastante caro, los habrá empleado ayer en la noche y hoy para di-fundir la noticia. ¡Y cosa inaudita!, cosa dolorosa, esta noticia ab-surda encontró creyentes, porque esta mañana, a las 6, Champagne fue despertado por dos jóvenes aspirantes a “Lobos” que venían muy asustados a saber a qué “Deber” pertenecían los heridos y el que ha-bía sido asesinado.

 

Juzguen la sorpresa de los asociados profundamente adormeci-dos por la aparición de esta horrible versión que corría ya por toda la ciudad. Ahora es necesario que pongamos a nuestros hombres en campaña para desmentir la noticia, pero Dioses sabe si lo lograremos.

 

Dije ayer treinta soldados [...palabras cortas ilegibles...] había un piquete de cincuenta hombres venidos del cuartel a paso de lobo. Gran gira, misterio, la bayoneta en la punta del fusil, las armas car-gadas. Luego les hicieron emboscar en las callejuelas y de repente lanzarse sobre la casa donde yo estaba, yo, la madre de mis hijos, ha-blándoles con calma y amor de la Unión.

 

Supimos todo esto por un pioupiou9 primo de uno de los zapa-teros presentes que vino esta mañana a informarse de lo que había pasado, porque el piquete de cincuenta hombres lo ignora comple-tamente. Todos creen que es un mal cargo que les han querido hacer para herirlos a su arribo (hace solo algunos días que están aquí).

 

Y he aquí un capítulo un poco curioso.

 

Le pregunté a Champagne el efecto producido. Muchos tuvieron temor y no se atreven a firmar. Esto es grave. Hombres que se dejan

 

9   Término en jerga familiar que quiere decir: joven soldado; soldado de infantería. [N. de la T.].

 

 

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intimidar por la policía hasta el punto de renunciar a sus derechos de ciudadanos. Hay que anotar mi conversación con Champagne. Todos los obreros compagnons piensan así. No entrevén una mejoría para ellos. Lo que él me contaba al respecto tocándose el sombrero. Todo esto prueba que yo comienzo una gran tarea que se debe conti-nuar: la educación política del pueblo.

 

Si una la abandonara, si una se dejara intimidar estaríamos per-didos, caeríamos más bajo que Inglaterra que tiene recursos exterio-res, más bajo que España, que Italia, que tienen recursos del suelo, más bajo que no importa qué pueblo porque la nación francesa solo se puede mantener grande, rica, bella, imponente, por el pueblo, si el pueblo se envileciera y cayera la naturaleza desaparecería. (Este pensamiento es el fondo de mi prefacio).

 

No he encontrado aquí más que un hombre que me inspire un poco de confianza: es el joven impresor Davezac. Durand tiene algu-nos remordimientos de conciencia, se ve que su vida está mancha-da. No está a gusto, es una lástima porque es inteligente, tiene valor, comprende muy bien, tiene palabras perfectas.

 

Ayer, al pasar frente al Café de París, me dije: He aquí el café de los Demócratas... Los caballeros. Él captó de inmediato la palabra.

Hablando de O’Connell, él quiere hacer en Irlanda una revolu-ción aristocrática, absolutamente como los polacos querían hacerla en 1830. Son aristócratas hablando en nombre del pueblo.

 

Esta comparación es muy justa. Es siempre sorprendente para mí encontrar en esas inteligencias en bruto, destellos de luz que no en-cuentro en otros medios cultos.

 

Ningún hombre en una ciudad de 20 mil almas. ¡Es espantoso! Qué felicidad de que yo pase por allí.

Ese miserable Jasmin no vino a verme. Quizá le habrían quitado su pensión. ¡Qué canalla!

Acabo de ver una escena de civilizados a la puerta del hotel que me hizo daño, y me da la peor impresión de los dueños de hotel. Voy a la ventana y veo abajo, en la puerta principal, sobre la plaza por la que todo el mundo pasa (y por atrás hay una gran puerta para los

 

 

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coches y un gran patio), una treintena de pobres mendigos alineados ahí como soldados, en dos filas, esperando su ración. Los dejaron allí más de diez minutos y, finalmente, el dueño vino a darle un ochavo a cada uno. Al recibir ese ochavo las mujeres le hacían reverencias, los hombres se quitaban sus gorros.

 

¡Oh! ¡Frase impía del cristianismo que consagró la limosna! ¡Qué blasfemia! ¡Qué ultraje hecho a Dioses en su criatura! ¡Y qué! Porque el dueño de la casa, que no tiene otro mérito que el de tener capitales y el de ser, por consiguiente, un ladrón patentado, este hombre se irroga el derecho de humillar a su hermano, haciéndolo que haga la reverencia delante de él. ¡Porque él puede darle un ochavo! ¡Oh! ¡Anatema sobre la limosna! ¡Oh! ¡Anatema sobre el principio que la alimenta, la propiedad! Que perezca, más bien, la humanidad, en lugar de vivir así en el robo y la humillación. Decididamente, hay que destruir el Evangelio, porque el Evangelio dice: “Den limosna”. Desde luego, una ley que dice: “Habrá siempre pobres entre ustedes”, debería decir a los ricos “Den limosna”. Pero yo digo que una ley se-mejante es antisocial, antirreligiosa, antihumana. Es necesario que desaparezca. Se debe atacar resueltamente a las malas leyes, y yo lo haré, respecto del Evangelio. Una de las dos cosas. Es necesario que tomemos todo lo que hay de bueno, de igualitario, de religioso en el Evangelio, rechazando el resto, o que uno lo queme en la plaza públi-ca con toda la solemnidad de un acto semejante.

 

Qué buen día pasé ayer con las cartas que encontré en el correo. Quiero y admiro a mi pobre hija. Hay mucho de bueno en ella. ¿Lle-gará ella alguna vez a un punto tal como ella lo desea? El sufrimiento le ha hecho mucho bien. ¡Oh! ¡Es magnífico el sufrimiento!

 

Pero quiero más a mi hija en el espíritu. Es otro amor. Así yo haré por Aline sacrificios que no haría por St. Jean (así llamaré de ahora en adelante a Éléonore), pero quiero más a St. Jean. Vivo más en ella, ella vive más en mí. Me daría una pena mayor perder a St. Jean que a Aline. Evidentemente, eso prueba que yo vivo más por el espíritu y en el espíritu que por la carne y en la carne. Luego esta carta. Ella me produjo también un gran placer. Sí, lo siento, para que la vida sea

 

 

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Flora Tristán

 

verdaderamente bella hace falta que sea completa. Vivir por el alma, por el espíritu, por el corazón, por los sentidos. Esta es la vida com-pleta. Tengo horas inefables.

 

A anotar, el “Hôtel de France” en Agen. Nunca he estado tan mal. Imposible tener dos costillas (no como nada más) en mi habitación. Y esta habitación horrorosamente estrecha en el segundo piso, cuan-do la casa está vacía. Parece que esos bribones se vengan de mí por mis opiniones. Ese cocinero debería ser nombrado diputado. ¡Qué conservador tan bueno! No había encontrado todavía ninguno tan notable. Yo lo trato con el más grande desprecio. Y las dos grandes babosas de mujeres me saludan afectada y forzadamente. Yo ni si-quiera se los devuelvo.

 

Qué canallas esos dueños de albergues. [Ilegible...] meloso10 con los ricos e insolente con la gente modesta en su postura y gastos. Es necesario que los maltrate.

 

Los “Dévoirants” carpinteros y cerrajeros también recibieron esta mañana la visita de la policía. Se dejaron intimidar, la Madre, sobre todo, que tiene temor de que le hagan cerrar su bar. Yo no puedo ver-los. Me han dado muchas excusas, han comprado muchos libros y me han mandado decir que iban a estudiar mucho. Todo esto es gra-ve. Decididamente, esta gente se deja asustar. Temo que esto conti-núe en Burdeos. ¿Y Nantes? En fin, se debe constatar lo que es. Ese es el lado útil, religioso del movimiento que yo hago.

 

[Aquí se detiene el Diario de Flora Tristán].11

 

10 Parece haber un error de digitación en el original. Aparece la palabra “mieilleux” que no existe en francés. Por el sentido parece ser mielleux, que quiere decir “meloso”. [N. de la T.].

 

11 Mario Vargas Llosa relata que cuando Flora Tristán “[...] el nefasto 24 de septiem-bre de 1844, recién llegada a Burdeos, [...] aceptó aquella invitación para asistir desde un palco del Grand Théâtre, al concierto del pianista Franz Liszt, no sospechaba que aquel mundano acontecimiento, donde las damas borlesas iban a lucir sus joyas y ele-gancias, sería su última actividad pública. Las semanas que le quedaban la pasaría en una cama, nada menos que en casa de dos sansimonianos, los esposos Elisa y Charles Lemonnier, a quienes un año antes había rehusado ser presentada por considerar-los demasiado burgueses. Paradojas Florita, paradojas hasta el último día de tu vida”

 

 

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Agen

 

 

Bibliografía

 

Blanc, Éléonore (1845). Biographie de Flora Tristán. Lyon: E. Blanc, rue Luzerne.

 

Martin Saint-Léon, Étienne (1901). Le Compagnonnage. París: Colin edi-tores.

 

Perdiguier, Agricol (1839-1840). Le Livre du compagnonnage. París: A. Per-diguier.

 

Perdiguier, Agricol ([1852] 1982). Mémoires d’un compagnon. París: F. Mas-pero.

 

Puech, Jules L. (1925). La vie et l’œuvre de Flora Tristán. París: M. Rivière.

 

Reybaud, Louis (1848 [1841]). Études sur les réformateurs, 2 Volumes. París:

 

Guillaumin. [Quinta edición].

 

Sand, George (1847 [1840]). Le Compagnon du tour de France. París: Garnier Freres.

 

 

 

 

 

(Vargas Llosa, 2003, p. 441). Flora Tristán sufre en dicho concierto un desmayo, del cual no se logra recuperar. Es visitada en casa de los Lemonnier por Éléonore Blanc, quien cuidó de ella alrededor de dos semanas. Vargas Llosa recrea los momentos fina - les: “En vista de que los dolores, pese al opio, la tenían rugiendo y retorciéndose, el 12 de noviembre de 1844 los médicos le hicieron poner cataplasmas en el vientre y ven-tosas en la espalda, [...] El día 14 anunciaron que estaba agonizando. [...] A las diez de la noche era cadáver. [...] Los esposos Lemonnier cortaron dos mechas de sus cabellos, una para Éléonore Blanc y otra para Aline” (op. cit., p. 460). “Los Lemonnier encarga-ron a un artista bordelés una mascarilla mortuoria de la difunta y compraron, para recibir sus restos, una tumba en el antiguo cementerio de La Cartuja. Fue velada du-rante dos días, pero no hubo ninguna ceremonia religiosa ni se permitió el ingreso de sacerdote alguno al velatorio. El entierro tuvo lugar el 16 de noviembre, poco antes del mediodía. El cortejo salió de la rue Saint-Pierre, de casa de los Lemonnier, y, a pie, bajo un cielo gris y lluvioso, recorrió a paso lento las calles del centro de Burdeos hasta La Cartuja. Lo formaban algunos escritores, periodistas, abogados, un buen número de mujeres de pueblo y cerca de un centenar de obreros. [...] Llevaban los cordones del féretro un carpintero, un tallador de piedras, un herrero y un cerrajero” (op. cit., pp. 460-461). [N. de la primera Ed.].

 

 

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Flora Tristán

 

Tristán, Flora (1973 [1843-1844]). Le tour de France. Etat actuel de la classe ouvrière sous l’aspect moral, intellectuel et matériel. París: Éditions Tête de Feuilles. [Edición póstuma. Notas de Jules L. Puech].

 

Tristán, Flora (1980). Le tour de France. Etat actuel de la classe ouvrière sous l’aspect moral, intellectuel et matériel, 2 Volumes. París: F. Maspero. [Edición de Stéphane Michaud].

 

Tristán, Flora (1983). Le tour de France, Journal 1843-1844. París: Indigo & Coté-femmes éditions.

 

Tristán, Flora (2003). Peregrinaciones de una paria. Lima: Fondo Editorial UNMSM / Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán. [Trad. Emilia Rome-ro; prólogo de Mario Vargas Llosa; estudio introductorio de Francesca Denegri].

 

Vargas Llosa, Mario (2003). El paraíso en la otra esquina. Lima: Alfaguara.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre las autoras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Virginia Vargas Valente

 

Socióloga, con especialidad en Sociología Política. Activa militante feminista, cofundadora del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán en 1978. Desde entonces, ha combinado su compromiso militante feminista con la reflexión teórica acerca de los rumbos y las diná-micas de los feminismos y la democracia en Perú, América Latina y a nivel global. Es integrante de la corriente política Articulación Feminista Marcosur y participó, en su representación, en el Consejo Internacional del Foro Social Mundial. Ha sido profesora invitada en diferentes universidades de Europa, Estados Unidos y América Latina. Igualmente, sus artículos se han publicado en medios femi-nistas y académicos de distintos países. Entre sus publicaciones es-tán El aporte de la rebeldía de las mujeres (1989); Un nuevo enfoque de género en el desarrollo (1991, comp.); Cómo cambiar el mundo sin per-dernos (1992); en coedición Género en el desarrollo (1992), y El triángulo de empoderamiento. El camino a Beijing (1993, 1996). En 2007, El movi-miento feminista en el horizonte político peruano (décadas 1980-1990).

 

 

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Sobre las autoras

 

En 2008, publicó Feminismos en América Latina. Su aporte a la políti-ca y a la democracia. En 2012, Crisis y movimientos sociales en Nuestra América: cuerpo, territorios e imaginarios (coeditora). En 2020, A veinti-cinco años de la IV Conferencia Mundial de la Mujer en Beijing. Cómo lo hicimos, qué logramos, dónde estamos… hacia dónde vamos (coeditora). En 2008, Los feminismos latinoamericanos. Su aporte a la política y a la democracia. El volumen dos, que comprende los años 2010-2020 está en proceso.

 

 

Diana Miloslavich Tupac

 

Escritora, feminista, activista y defensora de los derechos políticos de las mujeres. Estudió Literatura en San Marcos, ha completado estudios de maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana y de doctorado en Ciencias Sociales en la misma universidad. Es asesora de la Red Nacional de Autoridades Mujeres (RENAMA) y de la Fede-ración Nacional de Mujeres Campesinas, Artesanas, Indígenas, Nati-vas y Asalariadas del Perú (FENMUCARINAP). Es también ministra de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Sobre literatura e historia ha publicado María Elena Moyano: en busca de una esperanza (1993), con ediciones en España, Italia, EE. UU. y Japón; Literatura de mujeres: una mirada desde el feminismo (2012) y Flora Tristán: Peregrinaciones de una paria en el Perú (2019). Sobre mujeres y política, Mujeres y gobiernos locales 1981-1998 (1998), Género y gasto público (1998), La mitad del cielo, la mitad de la tierra, la mitad del poder (2002), Feminismo y sufragio 1933-1956 (2015), El acoso político en el Perú (2017) y Género, paridad y gestión de riesgo de desastres (2018).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre las autoras

 

Francesca Denegri

 

Doctora en Estudios Hispánicos por la King’s College, Universidad de Londres. Es docente investigadora y directora del Doctorado de Lite-ratura Hispanoamericana de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha sido profesora titular en las universidades de Londres y de South Bank, y profesora invitada en universidades de España, Chile, Alemania y Estados Unidos. Sus publicaciones son Clorinda Matto de Turner. Nuevas miradas y lecturas (Francesca Denegri, Ana Peluffo, eds., 2022); Historia de las literaturas en el Perú. De la ilustración a la modernidad (1780-1920), volumen 3 (Marcel Velázquez y Francesca Denegri, eds., 2021); Su afectísima discípula, Clorinda Matto de Turner. Cartas a Ricardo Palma (Francesca Denegri y Ana Peluffo eds., 2020); Ni odiar ni amar con firmeza. La política cultural de las emociones en el Perú posbélico (editora, 2019); Dando cuenta. Estudios de testimonios de la violencia en el Perú 1980-2010 (Francesca Denegri y Alexandra Hibbett, eds., 2016); Soy señora. Relato testimonial de Irene Jara (2000 y 2021); El abanico y la cigarrera. La primera generación de mujeres ilus-tradas en el Perú (1996, 2001 y 2018).

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