© Libro N° 13049. La Dama Encantadora. Lawrence, D. H. Emancipación.
Octubre 5 de 2024
Título original: ©
La Dama Encantadora. D. H. Lawrence
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Encantadora. D. H. Lawrence
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
D. H. Lawrence
La Dama
Encantadora
D. H.
Lawrence
A los
setenta y dos años, Pauline Attenborough podía todavía, algunas veces, a media
luz, ser tomada por una de treinta. Era una mujer extraordinariamente
conservada, de perfecta elegancia. Por supuesto ayuda muchísimo estar en el
marco adecuado. Sería el esqueleto perfecto, y su cráneo sería un cráneo
exquisito, como el de las mujeres etruscas, con ese encanto femenino en la
brusquedad del hueso y los bonitos y cándidos dientes.
Pero la
ausencia de edad es un asunto que tiene más que ver con la fuerza y el empeño
de la voluntad que ningún otro. Y aquí descansaba el secreto de Pauline
Attenborough. Tenía una voluntad fina y perfectamente forjada. Estaba oculta en
sus suaves y risueños modales, lo mismo que su calavera estaba escondida bajo
su delicada y divertida sonrisa. Y de la misma manera que, físicamente, no
estaba ni gorda ni flaca, tampoco, físicamente, era ni dura ni sentimental.
Tenía suerte: era una mujer realmente equilibrada.
Su rostro
era un óvalo encantador y ligeramente plano de esos que se mantienen en buen
estado. No hay carne que se descuelgue. Nada se descolgaba en Pauline
Attenborough. Su nariz cabalgaba serenamente y su espíritu agudo viajaba
continuamente sobre la curva delicada de su puente. Sus grandes ojos grises
eran un poco prominentes sobre la superficie del rostro, pero eran muy
brillantes y arqueados, incluso a los setenta. Pero el contorno de los ojos la
traicionaba, a pesar de todo su esfuerzo. Los azulados párpados eran pesados,
como si algunas veces se doliesen por el esfuerzo de mantener los ojos bajo su
arco y brillo; y en los rabillos tenía pequeñas y finas arruguillas como las
estrías de una roca, y cuando su sonrisa se hundía en el desánimo, aquellas arrugas
se convertían en ojeras que sugerían siglos de historia geológica. Pero Pauline
podía recuperar la sonrisa, y a la luz de las velas, las arrugas eran solo
alegres y pequeñas chispas de una risa medio escondida. Y entonces Pauline era
como una de las mujeres sin edad de Leonardo, a la que no preocupa reír con
franqueza, con una risa llena, rica, burlona.
Así era
para el mundo. Su sobrina Cecilia era quizá la única persona en el mundo
consciente del invisible alambre que conectaba las arrugas en los ojos de tía
Pauline con su fuerza de voluntad. Cuando tía Pauline estaba sola, únicamente
Cecilia veía, consciente, cómo esos ojos se volvían ojerosos, viejos y
cansados, como si tuvieran cientos de años. Pero cuando alguien llegaba, o
cuando oía a Robert tras la puerta, entonces ¡ping!: el pequeño y misterioso
alambre que funcionaba entre la voluntad de Pauline y su rostro se tensaba, los
prominentes ojos cansados y ojerosos, de pronto comenzaban a brillar, y Pauline
era de nuevo una mujer encantadora, a quien la edad no podía marchitar. Los
párpados, azulados y muertos, brillaban como perlas; las cejas finas y curvadas
que flotaban en delicados arcos en la frente de Pauline, comenzaban a reunir un
significado burlón, y ahí estaba la auténtica Pauline. La auténtica, claro
está, para todos, menos para su sobrina Cecilia.
Tía
Pauline poseía realmente el secreto de la eterna juventud; es decir, podía
asumir de nuevo su juventud como un águila. Se la ponía y se la quitaba. Y la
usaba con moderación. Era lo suficientemente sabia como para no intentar ser
joven durante demasiado tiempo seguido o para demasiada gente a la vez. Para su
hijo Robert por las tardes, y para sir Wilfrid Knipe algunas veces por la
noche, y para visitas ocasionales a la hora del té, cuando Robert estaba en
casa. Estos conocían a la dama encantadora sin disminuir. Para ellos era
todavía una Cleopatra sin áspides y una Mona Lisa que podía romper en una
pequeña carcajada broncínea de puro humor. Porque Pauline nunca era maliciosa,
y si lo era una pizca, jamás rencorosa ni quisquillosa. Toleraba por igual las
virtudes y los vicios, y casi con picardía.
Como la
Mona Lisa de la sonrisa tímida, sabía un par de cosas. Pero su sobrina Cecilia,
aunque en opinión de tía Pauline fuera algo insignificante, sabía una cosa más.
Cecilia, a la que su tía y su primo Robert llamaban Ciss, como el bufido de un
gato, era útil como disolvente, como el nitrógeno es útil a la atmósfera. No
era muy observadora, no más que un rabo de lagartija; más que eso, era sosa;
todavía más, estaba enamorada de Robert, que rara vez notaba su presencia. Y,
finalmente, tenía treinta años, ni un céntimo, y dependía de su tía Pauline.
¡Oh, Cecilia! ¿Para qué tocar música para ella?
Ciss era
de complexión grande y oscura, era una joven chata que parecía estar triste por
algo. Raramente hablaba, y cuando lo hacía, parecía que la timidez se le
atascara en la garganta. Era la hija de un pobre clérigo congregacionista,
hermano pequeño del desaparecido, hacía ya tiempo, marido de tía Pauline,
Ronald Attenborough. El clérigo congregacional había muerto hacía cinco años y
la tía Pauline se había hecho cargo de Ciss en esos últimos cinco años.
Vivían
juntas en una casa estilo reina Ana bastante exquisita aunque algo pequeña a
unas treinta millas de Londres, aislada en un pequeño valle, con su pequeño río
serpenteando entre sus agradables y pintorescos, aunque no extensos, campos.
Todo cuanto tenía tía Pauline era casi perfecto. Y Old Brinsley, como se
llamaba la casa, era absolutamente ideal; para tía Pauline, desde luego, a sus
setenta y dos años. Cuando los martín pescador saltaban en el arroyo bajo el
puente con balaustrada del jardín, todavía algo saltaba en su corazón. ¡Oh, esa
exquisita puñalada azul! ¡Y en mi jardín…! Era ese tipo de mujer.
Robert,
el hijo de tía Pauline, iba todos los días a la ciudad conduciendo su pequeño
automóvil, a sus habitaciones en las Inns of Court. Tenía solo treinta y dos
años, había nacido cuando tía Pauline tenía cuarenta. Era abogado, iba a la
ciudad todos los días, y actualmente ganaba, de una manera u otra, unas cien
libras al año. Nadie sabía si esto lo mortificaba o le era indiferente, porque
nunca hablaba de ello. Y Pauline solo se reía porque decía que prefería los
fracasos, puesto que hacían mejores amantes. Ella misma era un éxito. Así que
le daba dinero a su hijo en pequeños espasmos: durante mucho tiempo era tacaña,
pero, de repente, le compraba un montón de cosas y le daba un cheque de cien
libras. Él nunca sabía dónde situarse, y ocultaba por completo a su madre el
hecho de que tenía una cuenta desconocida que atesoraba casi mil libras. Era
ese tipo de hombre: misterioso y taciturno.
A Ciss
Pauline le daba cincuenta libras al año, para ayudarla. Esto no era exactamente
ser generoso. Pero a Pauline le gustaba sentir que lo que era suyo, era suyo.
Lo que era de Pauline, era de Pauline. Así podía hacer regalos encantadores e
inmerecidos de vez en cuando. Era maravilloso para Ciss recibir algo que no se
había ganado y que, desde luego, no merecía. Un regalo de verdad. Sin embargo,
Cecilia, con humana perseverancia, encontraba cada día más y más difícil
aceptar aquellos regalos de buena gana.
Robert
era un hombre joven y soso; ya no demasiado joven. Era bastante bajo, y ancho,
y parecía gordo aunque no lo era. Era robusto. Tan solo su rostro cremoso y
bien afeitado era un poco gordo e inexpresivo. Parecía muy limpio y bien
afeitado, como un sacerdote italiano, reservado y taciturno. Había algo sombrío
y rígido en su frente, y un ligero andar de pato en sus robustas piernas. Sin
embargo, sus manos eran muy bonitas y en sus ojos, gris oscuro como los de su
madre, había, cuando por fin te miraban, una calidez solitaria bajo su
melancolía, muy diferente a la mirada brillante y arqueada de su madre. Llevaba
muy corto su pelo oscuro y, de alguna manera, esto mostraba la finura de su
baja y bien formada frente.
Cecilia,
quizá la persona que mejor le conocía, encontraba en él una clase de belleza y
educación puras que no conseguía encontrar en la lindeza de tía Pauline. Pero
era como si estuviera aislado en algún tipo de vida misterioso. No vivía,
sufría de una manera callada, quizá inconsciente. No se había dado aún por
vencido, pero siempre deambulaba en silencio y como bajo un peso. Solo a veces
levantaba sus hermosos ojos hacia su prima, llenos de tristeza, conocimiento y
estoicismo, y también con oculto brillo de apasionado calor. Pero de esto, él
mismo no sabía nada.
Solo le
interesaba una cosa, y era su colección de Mexicana. Había comenzado al
cruzarse con unos papeles antiguos sobre el juicio de dos marineros ingleses
ante el tribunal de la Inquisición de Veracruz a principios del siglo XVIII.
Siguió este extraño y tortuoso asunto tan lejos como pudo y, mientras lo hacía,
se topó con extraños y horribles procesos contra curas y monjas, marinos
mercantes extranjeros y viajeros en el virreinato de México. Había muchas cosas
que la mente moderna se negaría abiertamente a contemplar.
Nunca
hablaba con nadie de su afición, excepto con su madre. Pauline estaba
genuinamente entusiasmada por estas extrañas y terribles historias. Siempre
había querido saber, saberlo todo, incluso lo peor. Sabía algo de español. Así
que cuando tenían un documento nuevo, ella y su hijo se sentaban juntos en el
salón por la noche y pasaban un rato maravilloso descifrándolo. A Cecilia nunca
la dejaron participar. Sabía vagamente en qué trabajaban. Y sabía que Robert
tenía una pasión de erudito por sus viejas investigaciones. Pero nunca se las
había mencionado. Y Pauline había insinuado vagamente que la maravilla y la
emoción de esos antiguos manuscritos estaban demasiado alejados de la
comprensión de Ciss. Cecilia se quedó fuera, a la intemperie, con los estúpidos
y los insignificantes.
Paulina
fingía una apariencia española. Llevaba un moño alto al estilo de las
orgullosas rubias españolas. También en su pelo suave y castaño, solo con
reflejos grises, llevaba una alta peineta, y sobre sus hombros todavía
orgullosos, un maravilloso mantón marrón oscuro con bordados de gruesa seda de
color plata, muy valioso y pesado, con largos flecos. Entonces se sentaría a la
mesa redonda de un marrón intenso, en una silla de respaldo alto brocado en
verde, de aspecto perlado y algo suave y animado, como una oca, y balancearía
sus pendientes para volverse hacia su hijo y decirle con voz pícara:
—¡Oh,
Robert! ¡No sabes las ganas que tengo de trabajar esta noche! Esta idea me
mantiene a flote todo el día.
—Pero
estamos llegando a la parte aburrida —diría él, sensible a la pobre Ciss,
sentada al margen.
—¡Oh, no
te preocupes! No lo será para mí —replicaría Pauline.
Y cogería
su tenedor de plata otra vez y comería con delicadeza, con sus brazos blancos,
todavía hermosos y jóvenes, saliendo de su vestido de seda verde oscuro, el
mantón marrón colgando con descuido. ¡Tenía tanto porte! Y era su principal
encanto. Y hacía que Ciss se sintiera como un caballo torpe. Las velas estaban
colocadas para el rostro de tía Paulina; el collar de perlas con varias vueltas
alrededor del cuello era justo del tipo correcto de perlas, ni pobres ni
pretenciosas. El viejo brocado verde del respaldo de su silla encajaba a la
perfección con su complexión de rosa de Pascua. El ritmo de la cena era solo el
de la risa y la diversión de tía Paulina. Y Cecilia era solo el perfecto y
bastante estúpido contraste con el ligero porte de tía Paulina, sentada allí
como si la admirara y un poco abrumada, incluso ahora, después de cinco años.
Siempre
eran tres a la mesa, y siempre bebían champán: Pauline dos copas, Ciss dos
copas y Robert el resto. Él prefería el borgoña, pero nunca lo dijo. La cena
siempre transcurría a un ritmo fácil y apacible. Pauline siempre brillaba un
poco con su segunda copa de champán. Era el mejor momento del día. Ciss, con su
melena corta y negra, sus hombros anchos y sus ojos color avellana mirando
alrededor mudos y confusos, siempre llevaba un vestido muy bonito y favorecedor
que la inteligente tía Pauline le había ayudado a hacerse, y alguna joya
antigua atractiva pero no cara, que tía Pauline le había dado. Todo esto
todavía la dejaba muda, y aún podía levantarse de la mesa totalmente
inconsciente del hecho de que no había dicho una palabra durante la cena, sintiéndose
como si hubiera tomado parte en la animación.
No
obstante, estaba obteniendo una curiosa cantidad de información sobre tía
Paulina y primo Robert, más de la que Robert obtenía de sus documentos
mexicanos.
Robert
decía tan poco como ella y era casi tan inconsciente del hecho como ella. Nada
por lo que Pauline se pusiera nerviosa. Ella solía hacer pausas de perfecto y
simple silencio a menudo. Pero siempre era su voz la que rompía la
tranquilidad. Y Robert siempre estaba en el qui vive para escucharla. Era como
si su madre absorbiera todas sus facultades.
De
cualquier modo, este no era el caso. Como un sacerdote, él era siempre
consciente de la presencia de la mujer joven, aunque no diera ninguna señal.
También era un hombre bien educado y sufría por hacer sentir a Ciss fuera de
lugar. Pero aparte de esto, siempre había un delicado tentáculo que, desde su
conciencia, tocaba a la joven, siempre, y Pauline estaba demasiado ocupada en
sí misma para notarlo. Pero causaba sus efectos en Cecilia.
La joven
sabía que cuando la cena terminara él le sujetaría la puerta para que pasara,
la cercanía de su presencia física le conmovía. Y ella mantenía los brazos
bastante desnudos, a propósito, y mostraba un vislumbre de sus pequeños y
firmes pechos, y pasaba a su lado de una manera extraña, como un barco
sorteando una roca. Esto le emocionaba por dentro, pero por fuera no causaba
efecto. Nunca causaría ningún efecto. Estaba abrumado y así permanecería.
Ciss
servía el café en el salón suavemente sombrío, donde todo de nuevo era casi
perfecto: delicados muebles antiguos y algunas pinturas valiosas de Renoir,
Gauguin y Cézanne. Esto era la flor y nata de todos los objetos que Pauline
había arrastrado de todas las partes del mundo. Había amasado todo su dinero
comerciando privadamente con cuadros y muebles y cosas raras de países
bárbaros. Ahora era rica y las cosas que había conservado podía permitírselas.
De todas
formas, el salón no era un museo. Era agradable, incluso hogareño. No sabías
qué objetos eran selectos a no ser que tuvieras idea de mobiliario o de arte.
Muchas visitas pensaban que el salón de Paulina estaba algo marchito y
anticuado, con sus desesperadas pinturas modernas. Pero a ella le gustaba ese
sensible y ajado tipo de efecto. Se sentaba en la penumbra, junto al fuego,
dando una nota de alivio colorido y chispa femenina, en la oscura y delicada
habitación. Y meditaba, con su taza de café en la mano.
Esta
meditación era una señal para que Ciss desapareciera. El alma de Pauline estaba
alejándose directa a su “trabajo” con Robert. Así que tan pronto como se
acababa el café, Ciss recogía las tazas sobre una pequeña bandeja y daba las
buenas noches. Nunca besaba a su tía. Pauline no era besucona.
—¡Buenas
noches, tía Pauline!
—¡Buenas
noches, Ciss! —¡Muy relajada y lacónica! Y no tanto—: ¿Te vas tan pronto? —No,
déjala irse.
—¡Buenas
noches, Robert!
—¡Buenas
noches, Ciss! —Y se levantaba a sujetarle la puerta cuando salía con la
bandeja. Y ella pasaba muda junto a él, con su corazón siempre latiendo
desilusionado, y no sabía muy bien por qué. Y él, aunque no mostraba
absolutamente ningún signo, siempre se sentía un poco desolado cuando ella se
iba y le dejaban solo, por así decir, con la leona en su guarida.
Pero era
el momento de Pauline, quien, antes de los setenta y dos, había tenido tiempo
para sus amantes. De manera un tanto misteriosa, había conservado su poder de
ser emocionada, especialmente en relación con los hombres. Había conservado su
poder de estar un poquito enamorada, y este era su secreto de los secretos.
Deseaba ser la muchacha que está ante los viejos manuscritos, bajo la lámpara,
con Robert, cuya voz era tan calmada y solitaria y atractiva, y cuyas manos
eran tan hermosas, lo suficientemente hermosas para deleitar incluso a un
connoisseur. Levantaba la mirada hacia él tan ansiosa como una niña. Y entonces
él pronunciaba sus palabras tan despacio, y en su frente había tal paciencia y
gentileza, que poseía un toque de nobleza. Era como si él fuera el mayor de los
dos, como un sacerdote con una pupila de la que estuviera secretamente
enamorado pero a la que tratara solo con delicada gentileza y reverencia.
Y su
madre era eso realmente para él. Pero también era la leona que jugaba con él
como si fuera un cachorro puesto allí para su esparcimiento. Y él era con ella
realmente una maravilla, un hombre genuino con un toque de paciente nobleza.
Pero también era el incapaz Robert que tenía andares de pato.
Ciss
tenía un apartamento propio para ella justo frente al patio, sobre las cocheras
y los establos. No había caballos, solo el coche de Robert. Ciss tenía tres
preciosas habitaciones allí arriba, extendiéndose en fila una tras otra, y
arregladas por tía Pauline de forma encantadora. Por compañía tenía el tictac
del reloj del establo, su única carga: ella le daba cuerda todas las semanas.
Pero
algunas veces no se iba a sus habitaciones. En la confusión de su espíritu,
vagaba por el jardín o se sentaba en el césped y desde la ventana abierta del
salón de arriba podía oír el murmullo de las voces y la maravillosa y
concienzuda risa de Pauline. Si era invierno, la joven se ponía un abrigo
grueso y paseaba despacio hasta el pequeño puente con balaustrada sobre la
corriente, y miraba las brillantes estrellas de Orion alzándose en el este, o,
en las noches oscuras, el fulgor de las ventanas empañadas del salón rozadas
por los árboles desnudos. Y siempre se preguntaba, con cierta desesperación:
“¿Dónde está mi vida? ¿Cuándo me llegará el turno de vivir?”.
Creía que
Pauline pretendía que se casara con Robert cuando ella muriese. Lo creía a
pesar de la indiferencia que mostraba hacia ambos una vez que les volvía la
espalda. Pero ¿cuándo sería? Tía Pauline podría vivir años y años, por lo que
parecía. Y Robert era incapaz de actuar. Su voluntad estaba postrada desde que
había nacido, casi prostituida por la de su madre. ¿Qué sería él dentro de diez
años? Tan solo la concha de un hombre que no ha vivido nunca. ¡Era horrible! Y
sin embargo Ciss sabía que él podía amarla con un amor varonil. Solo que nunca
podría quitarse de encima a su madre. Ni siquera pensaría en ello.
Ella
sentía por él la intensa, apasionada simpatía de un joven por otro cuando son
eclipsados por un anciano. Era un sentimiento secreto, pero muy potente y
peligroso. A veces, la llenaba una salvaje y anárquica pasión y no le importaba
lo que hacía. Fuera como fuese, el asunto era comenzar… ¡A actuar! Todavía no
había llegado a ese punto.
Pero lo
sentía llegar. Y más porque Robert había empezado a mostrar un retorcido tipo
de irritabilidad. Había tenido gripe en varias ocasiones y parecía como si la
composición de su naturaleza se estuviera quebrando, cambiando. Ahora siempre
había una pequeña y permanente tensión entre sus cejas, de irritación. Cuando
Pauline no se daba cuenta, miraba a su madre con una mirada escrutadora,
irritada, extraña y pasmada. Y entonces, casi siempre sintiéndose culpable,
cazaba la mirada de Ciss. Durante medio segundo, los dos jóvenes intercambiaban
miradas hoscas y desesperadas, como de asesino. Luego miraban a otro lado, con
sus caras como máscaras. Pauline olfateaba algo en el aire, se despertaba de su
abstracción, y ella, Ciss, miraba cómo la rígida, máscara asesina de la cara de
Robert cambiaba, desconcertada, a un gesto de fascinación, medio ausente,
mientras contemplaba fijamente a su madre. Se había perdido una vez más.
Una o dos
veces, Ciss almorzaba con él en la ciudad, y allí veía el pequeño pliegue de
agónica irritación fijado en su entrecejo, y la máscara enfurruñada de
vergüenza y humillación metida a presión sobre su rostro. Se sentía hosco de
humillación, casi asesino. Pero ese a quien quería asesinar era él mismo. Le
lanzaba extrañas y breves miradas a su prima Ciss, casi de odio. Y se mostraba
un poco brusco e impaciente, como si Ciss no fuera buena para él. Quería
romper, hacer algo definitivo y vergonzante, con lo que pudiera llevar a cabo
su última humillación física. Pobre Ciss… Su pequeña excursión no le había
hecho mucho bien. Simplemente se había percatado del hecho de que Robert iba a
provocar muy pronto una ruptura, de que, en breve, se iba a arrojar deliberadamente
a los perros, o a las “perras”.
Por la
mañana todos tomaban café en sus habitaciones. A las nueve en punto, Ciss
caminaba hasta la casa de sir Wilfrid Knipe para darle dos horas de clase a su
nieta. Esta era su única ocupación seria, excepto que tocaba el piano. Robert
se iba a la ciudad a las nueve. Rara vez Ciss lo veía por la mañana. Y por
regla general, tía Pauline aparecía a la hora de comer, y luego se retiraba de
nuevo. Casi siempre estaba en su habitación, aunque le gustaba pasear por el
jardín cuando el tiempo era bueno. Pero tenía tendencia a desvanecerse bastante
deprisa durante el día. Su hora era la hora de las velas.
Cuando
brillaba el sol, si le era posible lo tomaba. Este era uno de sus secretos de
belleza. El sol te da resistencia, la resistencia de la juventud. A veces
tomaba el sol por la tarde, pero habitualmente lo tomaba antes. Su comida era
muy ligera. Y en los días de verdadero sol, la curiosa y pequeña placita
rodeada de tejas justo detrás de los establos era una taza de luz solar toda la
tarde. Se estaba muy a gusto en el ángulo de los establos, rodeado por una
verdadera fortaleza de gruesos muros de tejo. Allí, dentro del recinto de tejo,
Ciss extendía la tumbona y las mantas, bajo el halo rojo de las viejas paredes
de ladrillo. Entonces llegaba tía Paulina con su sombrilla y Ciss se retiraba a
permanecer en guardia en sus habitaciones.
Una
tarde, en la corrosiva intranquilidad de su espíritu, Ciss subió de repente la
escalera hasta el final de sus habitaciones y salió al tejado de los establos.
Era un maravilloso día de julio, claro, con las redondas copas de los olmos
colindando con la parte superior y más limpia del mundo. Encontró una esquina
perfecta, bajo el parapeto del tejado más alto, y sacó todas sus cosas. Si los
baños de sol eran buenos para tía Pauline, también lo serían para ella.
Encontró
encantador regodearse bajo el cielo caliente en toda su estatura. Incluso algo
de la dura amargura de su corazón parecía disolverse. De forma vaga se dio
cuenta de que tía Pauline era una deportista muy buena, que jugaba a su propio
juego con un perfecta actitud atlética y aislada. Era como un bailarín bailando
solo la danza de su propia e importante vida. Y bien, ¿por qué no? ¡La gente
debe mirar por sí misma! He aquí un nuevo credo para Ciss, nacido del sol sobre
su cuerpo. Daba vueltas voluptuosamente. Incluso la nueva idea era voluptuosa y
la dejaba más desnuda y libre bajo el gran sol.
Y de
pronto, mientras extendía sus miembros, su sangre se heló y su corazón se
detuvo. Podía sentir cómo el pelo se le erizaba cuando una voz le dijo con
suavidad, pensativa, en el oído:
—No, no
fue culpa mía. No puedo ser maldecida por eso. No, Robert, hijo mío, deberías
intentar no maldecirme porque Henry muriera en vez de casarse con su Claudia.
Estaba bastante, bastante dispuesto a casarse con ella, aunque fuera
inadecuada. Pero cuando vino a verme, se dio cuenta de su falsa posición, y
supongo que eso fue todo.
La voz se
apagó. Ciss se hundió en la estera, sin fuerza y sudando de terror. Esa
horrible voz, tan suave, tan reflexiva, y sin embargo tan poco natural. No era
una voz humana en absoluto. Tenía un extraño y hueco susurro, como si hablara
desde lejos de ningún lugar. ¡Entonces tenía que haber alguien en el tejado!
¡Oh, qué inexplicablemente horrible!
Levantó
su débil cabeza y echó una mirada por los emplomados inclinados. ¡Nadie! Las
chimeneas eran demasiado estrechas para esconder a alguien. No había nadie en
el tejado. Lo sintió. Entonces… ¿en los árboles?, ¿en los olmos? Miró de nuevo
postrada por el terror. Pero, a pesar de que las copas eran densas, no había
nadie allí. Además, los árboles estaban demasiado lejos. No, allí no había
nadie a quien perteneciera la voz. Levantó la cabeza un poco más para echar un
vistazo alrededor. Y mientras hacía esto, la voz regresó:
—¡No,
querido! Te dije que te cansarías de ella en seis meses y supiste que era
verdad. Yo quería evitarte eso. Fue tu propio error, querido. Sabías que
estabas equivocado y aun así no pudiste evitarlo. Eso es lo que te duele, mi
niño. Tu madre solo te hizo verlo más claro. Esa tonta de Claudia fue un puro
error tuyo. Pero no querías renunciar a la idea de quererla y de tenerla. Y
esto fue lo que te confundió y te ablandó, no yo. Si hubieras porfiado en que
lo que tu madre sabía era bueno para ti, no habrías muerto. No, querido, fuiste
tú quien me decepcionó al morir de aquella manera, no yo quien te decepcionó a
ti. ¡Rencoroso, rencoroso!
La voz se
iba extinguiendo. Cecilia se hundió en su estera, demasiado débil para moverse
tras la tensión angustiada de la escucha. ¡Oh! Era horrible. El sol brillaba,
el cielo era azul, los árboles se alzaban nobles y quietos. Todo parecía tan
estupendo y vespertino y estival. Pero impregnándolo todo estaba ese horror,
esa voz, ese algo sobrenatural. Oh, y Cecilia había aborrecido siempre lo
sobrenatural, los fantasmas y las voces y las llamadas y el resto. Lo odiaba.
¡Y ahora venía a por ella!
¡Esa
terrible, horripilante voz sin corporeidad! Había algo extrañamente familiar en
ella, un matiz bajo el oxidado y arrastrado susurro. Era totalmente misterioso
e inexplicable. La pobre Ciss solo podía permanecer allí tumbada y desnuda, y
tan agónicamente indefensa, inerte, paralizada por un terror absoluto.
Y
entonces oyó a la cosa suspirar, un profundo suspiro que parecía extrañamente
familiar, aunque no humano.
—¡Ah,
bien, bien! El corazón tiene que sangrar. Quizá esto lo mantiene fresco. Uno
considera el dolor como algo más en el ramillete de la vida. Pero no puedo
tenerte maldiciéndome, Robert. Henry era un niño bastante más brillante que tú,
y se suicidó al intentar casarse con aquella tonta de Claudia. ¿Y tú crees que
sería mejor con esa aburrida de Ciss? Cuando yo me haya ido, cásate o no te
cases con ella, como quieras. Si lo que quieres es su sexo, tómala ya. Ella te
lo daría. Pero no puedo soportar ver cómo te matas intentando casarte con una
mujer que no te interesa profundamente. No puedo perder otro hijo, ya perdí al
mejor. Y Robert podría casarse con nuestra pobre y sosa Ciss mañana, si él la
quiere.
Ciertamente,
era el espíritu de tía Pauline susurrando en el aire. Cecilia iba a comenzar a
dar rienda suelta a chillidos desgarradores y fuertes de histeria, cuando la
mención de su nombre la paralizó, y se volvió cauta y hostil. Era la tía
Pauline, tía Pauline desvelando toda su antipatía. Ciss permanecía tumbada
paralizada por el terror y todavía en alerta y astuta. Era tía Pauline. ¿Cómo
lo hacía? ¿Era algún horrible truco de ventriloquía?
Los
sonidos eran muy irregulares; algunas veces casi inaudibles, otras veces como
un ruido acicalado. Ciss escuchó atentamente. No, no podía ser el truco de un
ventrílocuo. No era eso. Era un suspiro al margen del aire interior: peor que
cualquier ventriloquía, alguna forma de transferencia de pensamiento que se
registraba como sonido. Algún horror de este tipo. Un pensamiento
radiodifundiéndose a sí mismo, y del que no podías escapar una vez que lo oías.
Cecilia todavía estaba tumbada, floja e inerte, demasiado aterrorizada para
moverse; pero el esfuerzo de usar su raciocinio la estaba calmando. Era algún
truco diabólico de esa mujer antinatural, tía Pauline. O quizá alguna némesis
que la había poseído.
¡Tía
Paulina con una conciencia culpable! Ciss siempre lo había sospechado. Una
mujer como aquella tenía que sentirse culpable. Pero era por Henry por quien la
torturaba su conciencia. Henry era el primogénito de tía Pauline, doce años
mayor que Robert. Llevaba muerto veinte años y había muerto de repente cuando
tenía veintidós, justo un día antes de su boda con una guapa actriz. Tía
Pauline había odiado la idea de la actriz y se había burlado del pobre Henry,
quien siempre había sido muy devoto de su madre. Había sido demasiado para el
pobre chico. Se puso enfermo y murió antes de que su madre llegara a verle y
hablara con él. Había sido para ella un trago amargo. Pero el padre de Ciss,
que odiaba a Pauline, había dicho que Henry nunca habría muerto si su madre no
se hubiera burlado de él, atormentándolo y confundiéndolo todo. “Destrozó la
valentía del chico”, dijo el tío. Ciss había pensado a menudo en las palabras
de su padre, y se había preguntado si Robert no estaría también destrozado. Una
madre fascinando a sus hijos y después abocándoles a la muerte antes que
dejarlos ir… ¡Una mujer malvada!
—Supongo
que tengo que levantarme —murmuró la voz oscura y sin respiración.
Ni
demasiado sol, ni demasiada sombra. Sol suficiente, emociones sexuales
suficientes, suficientes actividades de interés y una mujer podría vivir
siempre. ¿Por qué no? Pero ninguna de ellas demasiado. No demasiado.
Suficientes para absorber la vitalidad y luego pararse antes de que el sol
comience a succionártela toda. Absorber la vitalidad del sol pero no dejarle
que te abrace y absorba él tu vitalidad.
¡Qué
increíble era! Eso era con certeza tía Pauline. Esos eran sus pensamientos,
difundiéndose a sí mismos. ¡Pero qué terrible tener que escuchar! ¡Qué horrible
haber entrado en la misma frecuencia de onda y tener que escuchar! ¡Y no poder
apagarlo…! ¿Debo escuchar los pensamientos de tía Paulina de ahora en adelante,
durante el resto de mis días?, pensaba Ciss, totalmente desgraciada. Era
realmente demasiado insoportable.
Se agitó
y permaneció tumbada inerte y hundida, mirando al vacío frente a ella. ¡Al
vacío! ¡Al vacío! Sus ojos estaban mirando fijamente al interior de un agujero
en el canalón de plomo, y no significaba nada para ella. Tan solo parecía
hipnotizarla aún más aquel agujero que descendía en el canalón de plomo.
Cuando,
de pronto, del agujero llegó un suspiro y un último susurro: “¡Ah, bien,
Pauline! ¡Levántate, levántate ya! Es suficiente por hoy. ¡No seas vaga!”.
¡Directo
desde el agujero de la cañería! ¡Como si fuera el auricular de un teléfono!
¡Eso es! ¡Dios mío! ¡Era la cañería, la cañería haciendo de altavoz! ¡Seguro!
Pero ¿era posible? Oh, ¿era posible?
Ciss se
incorporó sobre su codo y miró en la cañería. No podía ver nada. Pero un gran
alivio, una especie de júbilo resentido inundó su corazón. ¡Evidente!
¡Evidente! Tía Paulina estaba allí tumbada y el murmullo había entrado en la
cañería. ¡Era posible! Ciss sabía que era posible, creía haber leído algo
parecido en un libro. Y el sonido había trepado… ¡Oh, era tan horrible y
ridículo! Tía Pauline hablaba consigo misma en voz alta cuando estaba sola,
como una anciana de verdad. Esa era la razón de que estuviera misteriosamente
encerrada en su dormitorio. ¡Por eso era tan misteriosa, siempre retraída y sin
dejar que nadie se le acercara! Por eso nunca se adormilaba en el sillón, o se
tumbaba en el sofá, o se quedaba distraída en ninguna parte. ¡Siempre, tan
pronto como su atención se relajaba, se iba a su habitación! Porque en cuanto
aflojaba, ¡se hablaba con una vocecita suave y tonta! Una exaltación hosca
brotó en el corazón de Ciss. ¡Era eso! Por eso la invulnerable tía Pauline se
dejaba ir. La muchacha yacía boca abajo, en el lujo de una rara, desesperada
exaltación.
La
despertó el timbre de una llamada. ¡Bien! Era tía Pauline llamándola para
decirle que la costa estaba despejada mientras volvía a la casa. ¡Y qué voz tan
fuerte, joven, resonante! ¡Muy segura! ¿Quién podría creer que era la misma del
susurro que había ascendido por la cañería? Ciss se sintió muy sardónica. No
pudo refrenar, desnuda como estaba, arrastrarse por el tejado y escudriñar
sobre el parapeto a la elegante y relajada figura con su chal de seda y su
sombrilla que subía los escalones de la entrada trasera. Madame Sans Gêne!
Ciss
recogió rápidamente sus escasas ropas y bajó por la escalera y rodeó la bolera.
Las esteras de seda caían sobre el césped verde y brillante, a pleno sol; la
larga tumbona parecía anidar en la hiedra del viejo muro rojo. Y entre las
hojas de la hiedra, exactamente frente a la boca de tía Pauline, si ella se
volvía, estaba la exquisita entrada de la cañería. ¡Oh, Némesis! Ciss recogió
tristemente las esteras y se las llevó adentro.
Bullía de
pensamientos y emociones. ¿Así que tía Pauline no era sobrehumana? No era
perfecta, no para sí misma. Tenía un gran disgusto, un disgusto que nunca se
quitaría de encima: la muerte de su guapo y elegante Henry, a quien ella había
admirado muchísimo más que al pobre Robert. Sí, Henry había sido el beau ideal
de tía Pauline, hasta que fue y se enamoró de aquella actriz con aires de
suficiencia. ¡Y no le hubiera vituperado por ello! Pero al morir había
regresado con ella.
¡Vaya
mujer indomable! No le enseñaba sus cicatrices a nadie. Parecía tan perfecta…
Tenía que ser perfecta, incluso para sí misma. No podía soportar estar
equivocada; no podía soportar ser consciente de que estaba equivocada. No, en
público o en privado, debía ser perfecta.
Era una
mujer increíble. Solía decir con presunción: “Mi vida es una obra de arte”.
Hija de un cónsul, se había criado en el este, luego en Port Said y en Nápoles.
Su padre era un devoto coleccionista de cosas exóticas o valiosas, y atendía
muy poco a su hija. Cuando murió, poco tiempo después que su nieto mayor,
Henry, naciera, Pauline recogió su colección de tesoros y comenzó a crearse una
vida propia. Se separó de su marido de forma bastante amigable y se quedó con
su hijo. Tenía cierta habilidad para apreciar la belleza, independientemente de
la textura, forma o color. Y sobre la base de la colección de su padre
construyó su propia fortuna. Vendió lo que era ventajoso vender y continuó
coleccionando. Adquirió antiguas figuras de madera africanas, y máscaras y
marfiles de Papúa, cuando a nadie le interesaban. Compró Renoirs muy temprano.
Vendía a museos y a coleccionistas, y se mantenía fuera de su vista. Había
amasado una fortuna cuando Robert nació, y le pasó una renta a su exmarido
hasta que este murió, cinco años después del nacimiento de Robert. Pero no
había vivido con él desde hacía años. La llegada de Robert había provocado que
todo el mundo contuviera el aliento, pero, a pesar de todo, el marido de
Pauline iba a veces a tomar el té.
Y era
casi imposible encontrar un amante para Pauline. Tenía muchos amigos devotos y
admiradores sinceros, pero no se casó con ninguno, ni se entregó a ninguno.
Ellos se mantenían igual de devotos, quizá más. ¡Una mujer de verdad! Tal es el
cimiento de la humanidad, que el hombre respete a la mujer mucho más si ella no
se convierte en su amante. Así que ningún hombre parecía imaginar que él era el
padre de Robert.
Pauline
hizo un trabajo brillante durante la guerra y se convirtió en una dama. Y todo
el tiempo mantuvo a Robert a salvo trabajando para el departamento de
Inteligencia. Tenía un gran surtido de amigos, y disfrutaba de ese raro confort
que es sentirse una persona de éxito. Ahora su única preocupación era su vida:
quería vivir para siempre.
Y ahora,
por fin, esto era lo que Ciss estaba dispuesta a evitar. Ciss tenía mucho
cariño a su primo Robert y estaba desesperada. Porque todo el tiempo en que
Pauline viviera, él nunca la acariciaría a ella, Ciss, con aquellas manos
fascinantes. Lo sabía, lo sabía. Por tanto, entre ella y su tía Pauline había
solo un asunto: su vida o la mía.
Pero Ciss
todavía no sabía qué hacer. Solo sentía que, de alguna manera, había ganado
poder. Había robado algo de la fuerza misteriosa de tía Pauline y la tenía
dentro de ella.
Incluso
Pauline parecía sentirse un poquito mermada. Estuvo muy callada durante la
comida y, después del café, dijo:
—El sol
me ha dado sueño. Creo que voy a retirarme. Vosotros dos podéis jugar una
partida de ajedrez.
Cuando
Robert hubo cerrado la puerta detrás de su madre y regresó a su sitio, Ciss le
preguntó:
—¿Te
apetece jugar al ajedrez?
—Si tú
quieres —respondió, mirándola con aquellos ojos grandes y grises, pacientes y
corteses.
—No —dijo
ella—. ¿Preferirías que me fuera? ¿Preferirías estar solo?
—No, no
—replicó él muy deprisa—. ¿Por qué lo preguntas?
Las
ventanas estaban abiertas, el aroma a madreselva flotaba en el aire, con el
ulular de un búho. Robert fumaba en silencio. Había una especie de
desesperación en su inmóvil y bastante achaparrado cuerpo, que también llenaba
a Ciss de desesperación. Él no tenía nada que decir, e incluso esto le
torturaba.
—¿Te
acuerdas del primo Henry? —preguntó Ciss de pronto.
—Sí, muy
bien —dijo él pillado por sorpresa.
—¿Cómo
era? —dijo ella, mirando a los ojos, grandes y misteriosos, de su primo, en los
que había tanta frustración.
—Guapo
—dijo—. Alto, bueno en los deportes, bastante pecoso, con el pelo castaño y
suave de nuestra madre y un brillo pelirrojo.
Ciss
quería decir: “el pelo de tía Pauline es gris como el de un tejón”, pero se
mordió la lengua.
—¿Y qué
tipo de carácter tenía? —preguntó ella.
—Oh,
abierto y jovial. Todas las mujeres le querían.
—¿Y tú?
—preguntó ella—. ¿Tú le querías?
—¡Sí!
—dijo él, sorprendido.
—¿No
estabas celoso de él?
—¿Por
qué? —La miró con intriga.
—Tu madre
le quería más que a ti, ¿no?
La
pregunta era insidiosa. Parecía que nunca había pensado en ello. Su cara estaba
atónita, como la de un niño. Entonces respondió, con una voz extraña:
—Sí,
supongo que sí, si… si uno piensa en algunas cosas.
—Cuando
él murió, ella debió de sentirlo como un desaire.
Él la
miró de un modo muy raro.
—¿A qué
te refieres exactamente? —dijo, y su perfecta manó tembló un poco.
—Supongo
que él se partió en dos entre la chica con la que quería casarse y tu madre, y
murió para salir del dilema.
Ciss
estaba tan desesperada que no le importaba lo que decía mientras consiguiera
sacarse del pecho algo de todo aquel asunto.
—Pudiera
ser —dijo él.
Y hubo un
silencio.
—Me
pregunto qué pensará su fantasma —dijo ella— si alguna vez regresa y os mira a
ti y a tía Paulina.
Pero él
no contestó. Estaba profundamente disgustado.
—¿No
deseas vivir, Robert? —preguntó ella débilmente—. Yo quiero, y mucho.
—¿Vivir
en qué sentido? —dijo él.
—Amar y
sentir cosas —dijo ella—. Sentir algo antes de que muramos —añadió trágica.
Después
de un silencio largo, él contestó, cáustico:
—Creo que
para ninguno de los dos es ya posible.
—¡No!
—exclamó ella—. ¿Por qué no amas a alguien, Robert? Quiero decir, como un
hombre, no como un niño.
Lentamente
él enrojeció, se puso oscuro, de un aburrido carmesí, y pareció encogerse en su
silla.
—¿Puede
uno organizar esas cosas? —preguntó él; su rostro enrojecido matizaba la
sequedad de su pregunta.
—Quizá
—dijo ella—. Quizá un hombre como tú deba. —Entonces su voz se hizo fina y
vacilante—. ¿Me amas, aunque solo sea un poco?
—Te
aprecio mucho —contestó él con una voz profunda y convencida.
—Sí, pero
¿has amado alguna vez? —le preguntó.
—Nunca he
sentido un deseo físico genuino por ninguna persona, si eso es lo que quieres
decir —contestó en un tono de voz tranquilo pero ahora con la cara verde de
agitación.
—Pero
nunca lo has intentado —dijo ella.
—¿Hay que
intentarlo? —preguntó de manera seca.
—Sí, ¿por
qué no? Si no se intenta, nunca se hace nada.
Él
mantuvo su rostro oculto y permaneció en silencio. Luego preguntó:
—¿Quieres
decir que debo intentar sentir un… un amor físico por ti?
—Creo que
podrías, si te dejas —dijo ella desesperadamente.
Él no
dijo nada, pero sacudió la cabeza lentamente.
—¿No
quieres? —dijo ella bruscamente—. ¿Te parece bien seguir siendo un niño y una
campana sin badajo durante toda tu vida?
Una
sonrisa rápida y nerviosa surgió en su rostro.
—Campana
sin badajo es una expresión bastante buena —dijo. Entonces reunió fuerzas y
continuó con una repentina y sorprendente amargura—. No es bueno, ¿sabes? Mi
madre lo sabría todo antes de que hubiera empezado. Estoy preguntándome si ella
sabía que querías decirme algo parecido y por eso se ha ido a dormir a
propósito. Estoy casi seguro de que sí.
—Pero ¿y
qué si lo hizo? —gritó Ciss—. ¡No me importa lo que tía Pauline piense de mí!
—¿De
verdad? —dijo él tajantemente.
Y Ciss
supo que no era verdad. Pensar que tía Pauline pudiera saber lo que ella, Ciss,
había dicho era, de algún modo, paralizante. Cuando tía Pauline sabía algo,
parecía capaz de matar ese algo con una sonrisa. Esa misteriosa capacidad que
tenía para burlarse, mofarse de alguien, te volvía interiormente inseguro y
perverso hasta que no te importaba nada.
No, no
había nada que hacer excepto luchar contra ella. Ciss dio las buenas noches y
se fue a sus habitaciones.
El tiempo
continuaba siendo caluroso. Paulina seguía con sus baños de sol y Ciss se
tumbaba sobre los aleros del tejado, en el sentido literal del término. Pero
ningún sonido volvió a salir por la cañería, ni siquiera un suspiro. Pauline
debía de estar tumbada con la cara lejos del muro. Ciss podía escuchar un
sonido muy débil y agitado. Su tía debía de estar murmurándole al hueco. ¡Oh,
amargura! La tarde pasaba sin ninguna sílaba audible.
Por la
noche, bajo las estrellas, Ciss se sentaba en el jardín y esperaba, rodeada por
el perfume de la madreselva y del heno, y por el ulular del búho. Veía
encenderse la luz de la alcoba de su tía. Finalmente, veía las luces
desaparecer del salón. Y esperaba. Pero él no venía. Permanecía en la oscuridad
hasta medianoche, sin moverse y en silencio. Pero permanecía sola.
Durante
dos días no oyó nada, aunque el sol brilló y su tía se regodeó en él. La
cañería no habló. Y durante dos noches se sentó hasta muy tarde, sola en el
jardín. Entonces, cuando ya había dejado de escuchar y de esperar, mientras
estaba sentada con su triste y pesada persistencia en el jardín, de pronto se
sobresaltó. Alguien había salido. Ella se puso en pie y esperó deseosa sobre la
hierba. Era él.
—¡No
hables! —murmuró él.
Y en
silencio, en la oscuridad, pasearon por el jardín y bajaron al puentecito hacia
el recinto de hierba, donde el heno, cortado muy tarde, estaba amontonado. Allí
permanecieron, desconsolados, bajo las tenues estrellas de verano y respirando
el rico perfume del heno.
—Ven
conmigo hasta el tilo —dijo ella.
Se
sentaron en el banco bajo el árbol que todavía olía dulce.
—¿Ves?
—dijo él con dificultad, como si continuara una conversación—. ¿Cómo voy a
pedir amor si no siento ningún amor por mí mismo? Sabes que te tengo un gran
respeto.
Ella le
escuchó y no dijo nada. Luego preguntó, como si no le importara:
—¿Alguna
vez has querido irte de aquí?
—¿De este
pequeño paraíso? —dijo él—. Pero ¿adónde iría? Ni siquiera he triunfado en
ganarme la vida.
—Oh,
podrías si tuvieras que hacerlo —replicó ella con rudeza—. Si salieras de este
paraíso… paraíso de locos, harías algo.
—Paraíso
de locos —repitió él burlándose—, donde la serpiente no te deja acercarte a un
manzano a menos de una milla. ¡Un paraíso donde nunca tienes la oportunidad de
caer! Un paraíso sin tentaciones. ¡Y donde Dios es una dama encantadora! ¡Un
paraíso donde uno vive para pudrirse!
Ella
estaba asombrada por esta repentina amargura burlona. Nunca había escuchado de
él una sola palabra que indicara que no estaba contento.
—Entonces
¿por qué no desapareces? —dijo ella.
—Sí, ¿por
qué no? —dijo él.
—Eres un
hombre —afirmó ella.
—¡Gracias!
Pero ¿y qué? ¿Qué clase de hombre soy? —él habló con un gran desprecio de sí
mismo.
—¿Cómo
podrá saberlo nadie si no sales de este paraíso? Pero, al menos, deberías
quererme un poquito.
—¡Debería!
Solo que, desafortunadamente, no tengo sentimientos amorosos hacia nadie.
—¿Y por
qué querrías tener sentimientos amorosos? Ten por mí uno que no lo sea. Creo
que podrías.
—La dama
encantadora lo sabrá, estoy seguro.
—Si te
refieres a tía Pauline, ¿por qué te importa?
—Lo
sentirá como una ofensa mortal.
—Es su
problema. ¿Por qué no le dices, simplemente, que te vas a casar conmigo?
—¿Voy a
casarme contigo?
—Eso
espero. Si no, me iré y me ganaré la vida como institutriz.
—Podría
ser peor —dijo él.
—Podría
—replicó ella sombría—. Podría quedarme aquí hasta que encaneciera, una gata
gris, hambrienta y vieja. De esto es de lo que me he dado cuenta.
Él
permaneció sentado en silencio durante un buen rato. Después tocó su mano y la
sostuvo entre las suyas.
—Creo que
puedo hacer algo al respecto. Es cuestión de echarse a la calle lejos de este
paraíso y de decirle a la dama encantadora que uno ya ha tenido bastante. Creo
que Adán debió de decirle a Dios, en aquellas circunstancias: “Muchas gracias,
Señor, pero preferimos irnos”.
Ciss
estaba bastante asombrada por aquel nuevo tono de humor ácido. Se levantó. Y
mientras iba hacia el puente, dijo:
—Creo que
puedo hacer algo al respecto. Te lo haré saber.
Eso fue
todo lo que le sacó. Fue airadamente a su lado. Ahora que el hielo estaba roto,
se levantaban las olas de la ira.
—Te veré
en tu puerta —dijo él mientras cruzaban el césped.
—¿Crees
que deberías arriesgarte? —replicó.
—¡Miau!
¡Miau!
De
repente, había maullado dos veces en un tono de pura broma. Ciss no cabía en sí
de asombro. Huyó hacia el interior de la casa. Si tía Pauline no había oído
aquello, es que no oía nada.
Tía
Pauline lo había oído. Estaba tendida despierta, meditando y preparándose a sí
misma para la lucha. Los últimos dos días había sentido cómo su poder se
debilitaba. Tenía una autoridad absoluta sobre todo lo que la rodeaba y sentía
que debía tenerla. Y esos últimos días se había sentido, en cierta manera,
cuestionada, en peligro. Creía que debía ser la mejor influencia, simplemente
tenía que derramar su incuestionable autoridad sobre el mundo inmediato. Y no
era capaz de comprender por qué el control se le había escapado de las manos,
durante un día o dos.
Oyó los
maullidos y se puso furiosa. Supo de inmediato de qué se trataba. Era Ciss,
aquella gata común, engatusando a Robert en la oscuridad e incitándole a una
vulgar rebelión. Y él estaba contestando como un verdadero gamin. ¡Qué
vulgaridad! Pauline estaba furiosa. Pero ahora que sabía qué era, podía
manejarlo.
Ciss
estaba usando su poder sexual contra ella, Pauline. Y Pauline odiaba el sexo
vulgar. Le gustaba el sexo sublimado, lo que ella llamaba imaginación sexual.
Una mujer podía usar todo su poder femenino para elevar la vida de la
imaginación. ¡La vida de la imaginación! En esto Pauline se sentía en casa, e
inconmensurablemente superior a todos aquellos maullidos y aquella tosquedad
física. La cubrió una ola de odio contra esa torpe gata barriobajera que era
Ciss. Estaba pervirtiendo a Robert. Pero Pauline le enseñaría, le enseñaría
quién era más fuerte en aquella clase de juego.
Salvaguardándose
hasta la noche, el día siguiente Pauline no apareció hasta después de la
comida, cuando bajó a tomar el sol. No hizo caso de Ciss, pues creía que si uno
saca a una persona de su consciencia, la hace desaparecer. Y algo de eso había.
Ciss se sintió insegura y débil mientras seguía a tía Pauline hasta el césped y
extendía las esteras.
Había
decidido subir al tejado, como era habitual, y escuchar. Pero se sentía algo
deprimida. Alzó a Jim, su gran gato, y lo llevó con ella. Él dormiría todo el
tiempo, como un ave nocturna, pero aun así sería de ayuda.
El sol
ardía y golpeaba fuerte. Parecía morderte la piel y hacerte enfadar. Jim se
enroscó en la sombra cerca de ella, su negra piel brillaba como la seda. Y Ciss
casi se durmió. Difícilmente escuchó nada más de la voz.
—Chi lo
sa, caro, se vale la pena! —regresó el murmullo, en una lengua que Cecilia no
comprendía. Seguía tumbada y retorcía sus miembros con ira, escuchando
atentamente las palabras que le transmitían nada. Suavemente, susurrando, con
una infinita caricia y sin embargo con esa arrogancia sutil que hacía hervir la
sangre de Ciss, la voz continuó en un murmullo de terciopelo:
—Bravo,
si, molto bravo, poverino! Ma uomo como te non sarà mai, mai. Non è eroe, lui,
ne dell’amore ne dell’intelligenza.
¡Oh!
Especialmente en italiano Ciss escuchó el encanto venenoso de la voz, tan
irónica y egoísta. La odiaba con intensidad cuando suspiraba su insolencia
hacia ninguna parte. Era tan delicada y segura que la hacía sentirse torpe e
inútil.
—No,
Robert querido, tú nunca serás el hombre que fue tu padre. Si tuvieras dentro
de ti la capacidad de ser un amante como lo era él, nemmeno male! Pero eres un
payaso y un pez en comparación. ¡Mauro! ¡Mauro! Él se entregaba a una mujer
como si se entregara a Dios. ¡Cómo me amó! ¡Cómo me amó! Suave como una flor
aunque punzante como un colibrí. —La voz cesó en un ensueño de vanidad, y luego
continuó—. Pero tú, Robert querido, después de todo solo eres un inglés a medio
hacer. La lluvia te ha vuelto sospechoso y te ha convertido, como amante, en
algo tan tentador como un pescadero. Debes abandonar el amor, querido, nunca ha
sido tu forte. Nunca lo conviertas en algo físico; aquí es donde tu imaginación
falla bastante.
La voz
hizo una pausa de complacencia y luego continuó:
—Me has
decepcionado, Robert. No hay mordacidad en ti. Tu padre era jesuita y mordaz
como un stiletto. Para él, el amor era un arte y una religión secreta. Pero tú
eres como una carpa vieja y gorda en un estanque, y esa Ciss es la gata común
que te pesca. Por supuesto, lo que ella quiere es establecerse y una casita
gatuna para los niños. El pobre Henry lo hizo mejor, mucho mejor.
Cecilia
de repente puso la boca en la cañería y dijo con voz profunda y airada:
—¡Deja en
paz a Robert!
Este
esfuerzo fue como un fluido eléctrico que salió precipitadamente de su cuerpo
hacia el tubo. La dejó exhausta y colapsada sobre la cañería. El gato,
frotándose contra ella intranquilo, lanzó dos pequeños y agudos ¡miau! Ciss
yacía débil y postrada, el corazón le latía con fuerza. El sol de julio
destilaba un calor espeso, erizado de truenos. Hubo un silencio de muerte
durante lo que pareció mucho tiempo. Entonces llegó un pequeño susurro:
—¿Ha
hablado alguien?
El gato
lo oyó, sacudió la cola y arqueó el lomo con terror, lanzando un agudo y tímido
¡miau! y mirando a Ciss con ansiedad. Ella estaba ausente, inclinada hasta la
cañería para decir:
—¡Aparta
tus deseos de Robert! No le mates como me mataste a mí.
El gato
huyó. Ciss descansaba sobre el tejado, totalmente agotada, sintiéndose como si
toda su vida se hubiera ido por aquella cañería. No obstante, escuchaba con
avidez.
—¿Eso
puede ser el espíritu de Henry hablándome? —susurró preguntándose la
terrorífica voz en la cañería.
Ciss se
inclinó sobre el tubo.
—¡Sí!
—dijo en un tono de voz bajo pero severo, como el de la voz de Dios.
Se hizo
un silencio prolongado. Ciss yacía totalmente aterrorizada sin saber qué iba a
pasar. ¡Quizá había matado a tía Pauline! Sintió una sombra sobre sus miembros,
como una colcha helada. Al mirar hacia arriba vio que el sol se había puesto
amarillento y siniestramente nublado.
—¿Eres
feliz, Henry? —Regresó el murmullo aterrorizador.
Ciss se
volcó severa sobre la cañería.
—¡No! ¡Yo
quería vivir y no tuve la oportunidad!
En cuanto
exhaló estas palabras, sus pulmones se vaciaron.
—Pero no
puedes culparme, cariño… —Regresó el chirriante susurro.
Ciss
estaba preparada. Sentía que podía verter veneno y más veneno por la cañería.
Nada podía pararla.
—¡Lo
hago! Quería vivir y tú me mataste.
Lo dijo
con la pasión definitiva de su alma.
—Pero
¿cómo? ¿Cómo? —llegó el murmullo. Tía Paulina no iba a rendirse fácilmente, ni
siquiera ante un espíritu.
—Con tu
deseo egoísta. Tenías poder sobre mí y nunca me dejaste vivir mi vida.
Ciss
habló con furia llena de venganza. No reconocía su propia voz, sentía como si
realmente estuviera poseída por el espíritu vengativo de Henry.
—Creo que
debes de ser un espíritu maligno —llegó la voz preocupada.
—¡No lo
soy! —Ciss casi gritó en el tubo—. Tú eres maligna y una madre cruel. Te
maldigo por mi muerte.
Esto fue
una acusación realmente terrible. Yacía asustada de su propia ferocidad.
También sentía un poder enorme que emergía de su cuerpo, y lo usaría sin
remordimientos. Seguía tumbada y jadeaba mientras el cielo se oscurecía.
—Creo que
debes de ser un espíritu maligno, enviado para probarme —regresó por el tubo el
murmullo roto.
Ciss
yacía inerte, pero su corazón permanecía fuerte y fiero. Sentía como si una
batalla terrible se estuviera librando al final de la cañería. Podía sentir a
tía Pauline intentando salvar el tipo, intentando escapar a la acusación de
maldad. Tía Pauline se retorcía y se retorcía y se retorcía nerviosa para
escapar del sentimiento de culpa. Y Ciss había decidido que no lo conseguiría.
Había decidido fijarlo en ella. ¡No escaparía! No emergería de nuevo, por
enésima vez, sintiéndose buena e inocente. Esta vez, la conciencia de su
culpabilidad, la culpabilidad de toda una vida de obligar a los demás a cumplir
su voluntad, se clavaría en ella. Había escapado demasiado a menudo y salido
con una idea de inocencia y de superioridad moral. Nunca más. Debía sentir su
culpa, esta debía penetrar en ella como un stiletto, ya que ella los había
mencionado.
—¿Te has
ido? —llegó el débil murmullo, intentando todavía eludir la sentencia.
—¡No!
Nunca me iré. Te acusaré por toda la eternidad. Eres malvada y debes acabar con
tu maldad.
Un
pequeño grito roto de angustia subió por el tubo. Después, el silencio. Ciss
permanecía tumbada y escuchaba, escuchaba. ¡Ningún sonido! Como si el tiempo se
hubiese parado, yacía bajo la cada vez más profunda oscuridad del cielo, no
sabía desde cuándo. Sentía que todo estaba cada vez más oscuro y su corazón fue
perdiendo su tensión gradualmente. Parecía haber sido despertada. Todo había
terminado. El extraño juego con su tía había acabado y Ciss se sentía nueva y
fuerte, liberada. Por primera vez en su vida parecía que respiraba libremente.
Su ansiedad era exterior.
El cielo
la hizo preocuparse. Estaba negro, manchado con franjas amarillas. Sintió que
algo iba a suceder. Habría tormenta. Ya llegaba un aliento de aire frío. Ningún
sonido salía de la cañería. Se vistió deprisa y escuchó de nuevo. ¡Ningún
sonido! Escuchó un trueno lejano, pero ningún sonido de su tía.
Reanudando
su vida normal de ama de casa, Ciss bajó corriendo y, rodeando la esquina de la
bolera, llamó:
—¿Estás
lista, tía Pauline? Me temo que va a haber tormenta.
No hubo
respuesta. Se acercó más, con ansiedad, y repitió:
—¿Has
oído el trueno, tía Pauline?
Todavía
dudaba si debía rebasar la esquina del seto, pues era reticente a encontrarse a
su tía desnuda, cuando, gracias al cielo, la débil voz de tía Pauline
respondió:
—¿Me
llamó alguien? Debo de haberme quedado dormida.
—¿No
entras? Viene una tormenta —repitió Ciss.
Y al
sonido de aquella débil y falsa voz de su tía, Ciss casi quiso estallar en una
risa histérica.
—¡De
acuerdo! ¡Ya voy! —dijo bruscamente la voz.
Ciss se
retiró a sus posesiones y esperó. No hubo sonido. Subió al ático a observar.
Los truenos sonaban más cercanos. Y vio a tía Pauline, envuelta en su chal de
seda azul, pequeña y disminuida, arrastrarse hacia la casa. Incluso había
olvidado llamar.
Estalló
un trueno. Ciss se apresuró a recoger las esterillas y la tumbona. Se sentía
fuerte y, a pesar de sí misma, se regocijaba en la momentánea derrota del
enemigo. Difícilmente la sentía como permanente. Pero era como si, con el
trueno que ahora golpeaba, una tensión antigua se hubiera roto en la atmósfera.
Había una libertad nueva, una apertura del corazón y del alma. No sentiría más
ningún rencor. Quería reír, reír con el corazón de la misma manera que el
trueno estallaba en grandes golpes y la lluvia consoladora caía al fin en la
corriente. Quería reír con alivio.
La lluvia
duró toda la tarde, y seguía cayendo cuando Ciss corrió hasta la casa para la
hora del té. Tía Pauline había llamado por teléfono desde su habitación para
pedir a la criada que le subieran una taza de té. Los truenos la habían
asustado. No bajaría antes de la cena. Así que Ciss se tomó el té sola,
esperando a Robert.
Estaba
todavía esperando empecinada cuando oyó el sonido del coche. Bajó y recorrió el
pasaje cubierto hacia el garaje. El coche se había manchado de barro, pero
Robert tenía los ojos brillantes, como si el tiempo le hubiera refrescado.
—Me
pregunto cómo te las has arreglado en la tormenta —dijo ella acercándose a él
como si fuera impelida por una fuerza de atracción.
—Me
gusta, remover las cosas te levanta un poco el ánimo —contestó él, mirándola
con una luz nueva en los ojos—. ¿Cómo estás?
—¡Estoy
bien! —dijo ella suavemente.
Él se
había quitado los guantes y, de repente, le tocó con suavidad la mejilla con la
punta de los dedos. Ella se sonrojó al recordar que su padre había sido un
jesuita, un hombre para quien el amor era una religión secreta. Le miró
escrutadora, intentando descubrir en su rostro estas cosas nuevas. Y la llama
oculta en sus ojos, la impoluta finura de su frente bajo el pelo corto y
oscuro, la cremosidad como de máscara de sus mejillas le enseñaban que él
también tenía el poder de la pasión secreta y de una intensa y oculta
voluptuosidad.
—Creo que
Tinia ha arrojado su tercer trueno —dijo, aunque no significara nada para ella.
Entonces, acariciando de nuevo su cara con las suaves yemas de sus dedos,
preguntó como por causalidad—: ¿Dónde está madre?
—No bajó
a tomar el té. Pero bajará a cenar. ¿Hago más té para ti?
—¡No,
gracias! —Él la miró otra vez, con una extraña, brillante y todavía impersonal
mirada. Y sonriendo levemente, recorrió su cara con la punta de los dedos,
suavemente, como hubiera hecho un ciego. No parecía tener prisa por entrar en
la casa.
—Supongo
que Annie habrá llamado a madre para decirle que estoy en casa —dijo.
—Quizá
tendrías que haberlo hecho tú —contestó Ciss.
La lluvia
continuó hasta la cena. Ciss se puso su vestido más bonito, con flores de
terciopelo negro sobre un fondo de gasa naranja, y se colocó algunas aguileñas,
que cabeceaban aturdidas tras la lluvia, en el escote. Casi era un atuendo de
fiesta. Robert estaba solo en el salón cuando ella entró con las flores blancas
bamboleándose. Él la miró con curiosidad.
—Estás
muy guapa esta noche —dijo—. ¿Ocurre algo especial?
—Es por
ti —dijo ella mirándole con una leve sonrisa. Observó cómo él se cuadraba de
espaldas. Su cara tenía un extraño y curioso aspecto, como iluminado por una
luz trémula. Ciss pudo ver que él se estaba conteniendo para verse con su
madre, para sostener con ella una silenciosa batalla de voluntades. Había
tensión en el aire, incluso ahora que la tormenta se había ido.
Ciss se
fue intranquila hacia las estanterías cercanas a la puerta, a buscar un libro.
Pero estaba en ese estado mental en el que ningún libro parece el que queremos,
nunca el que queremos. Robert permanecía de pie sobre la alfombra, en silencio,
bajo la lámpara suavemente ensombrecida, esperando. La tensión de la espera era
casi enervante. Ella se sintió paralizada, allí, junto a las estanterías.
Escuchó
un crujido y una mano en la puerta. En un repentino ataque de nervios encendió
la fuerte luz que había sobre las estanterías justo cuando su tía, con un
vestido negro bastante esponjoso y juvenil, entraba. Pauline permaneció un
instante de pie, a plena la luz, junto a la puerta, como si estuviera
desconcertada. Parecía un extraño loro, marchita bajo su cuidado maquillaje, y
un poco irreal, con sus flores artificiales y sus perlas. Parpadeaba irritada,
como si años de exasperación y disgusto reprimidos a causa de sus hombres
hubieran emergido de pronto a la superficie de su rostro y la hubiesen arrugado
hasta convertirla en una vieja bruja.
—¡Oh,
tía! —gritó Cecilia, sin la consciencia suficiente para dejar el libro que
tenía en las manos.
—¿Por
qué, madre? ¡Eres una ancianita! —llegó la estupefacta voz de Robert, como si
fuera un chico asombrado y con toda la malicia de la juventud.
—¿Lo
acabas de descubrir? —masculló la anciana malévolamente mientras huía deprisa
de la luz.
—¿Por
qué…? ¡Sí…! —vaciló Robert—. Yo pensaba…
—No
querríamos preocuparte por lo que piensas —le interrumpió su madre, valiente y
seca y hecha un manojo de nervios—. ¿Bajamos?
Le tomó
del brazo con crueldad y caminó a su lado con el rostro arrugado por una
irritabilidad indecible de colapso nervioso. No se había dado cuenta del exceso
de luz, ni se lo reprochó a la culpable Ciss, que les seguía bajando las
escaleras, preguntándose sobre el extraño paso vacilante de su tía esa noche.
En la
mesa se sentó con el rostro exageradamente en calma, como una careta arrugada
de irritabilidad indecible. Parecía vieja, muy vieja, y llena de odio porque
era vieja. Asustaba. Pero ahora, esa noche, estaba distante, como si estuviera
sentada en la distancia de su vejez y de su desesperación, realmente incapaz de
acercarse a los jóvenes. Robert y Cecilia le lanzaban furtivas miradas. Tía
Pauline estaba hecha añicos como una pieza encantadora de cristal veneciano que
hubiera sido golpeada y rota en fragmentos. Uno debería sentirlo por ella, pero
no podía. No era nada más que un conjunto de puntiagudas y peligrosas aristas,
como un cristal roto que hiere a todo el que lo toca. Ciss vio que Robert
estaba inmensamente asqueado. La había considerado una mujer adorable y
encantadora. Ahora era desagradable, una bruja repelente, totalmente
insensible, y cortante como un cristal roto. Pero no era patética, uno no podía
sentir pena por ella, pues era muy difícil y rencorosa.
—¿Qué tal
el viaje de vuelta a casa? —dijo con brusquedad, al darse cuenta, de repente,
del silencio que zumbaba por sorpresa.
—Lluvia,
por supuesto —dijo él fríamente.
—¡Qué
inteligente por tu parte haberlo notado! —masculló con una malicia acerada, y
una mueca horripilante de irritabilidad en la cara.
—No
entiendo —dijo él con tranquila suavidad.
Pero ella
solo le miró de arriba abajo, con la mirada maliciosa del odio.
Rápida y
bastante desordenadamente ella pasaba la comida, apresurada como un perro loco,
ante la absoluta consternación de la criada. Toda la situación hubiera sido
horrible si Ciss y Robert no se hubieran sentido fortalecidos por el poder de
su silenciosa simpatía. Ciss, que debía sentirse culpable, solo pensaba en sí
misma: ¡Ahora! ¡Ahora ella mostraba sus colores reales! Ahora podemos ver qué
es ella realmente, llena hasta el borde de odio, ¡ahora su voluntad estaba
frustrada!
Nada más
acabar sus fresas, que masticó hasta los tallos enseñando los dientes como un
perro vicioso, Pauline dejó su servilleta a un lado y se lanzó como una flecha,
de un modo raro y como un cangrejo, hacia las escaleras. Era como si no pudiera
soportar la presencia de gente joven ni un segundo más. Robert y Cecilia
siguieron en la mesa, atónitos y divertidos. En el descansillo Pauline lanzó
sobre el rostro de Robert una mirada espeluznante, enseñándole los dientes. Fue
como si le rechinaran.
—No voy a
tomar café —dijo, y se escabulló a su habitación. Él estaba aturdido por un
pensamiento: ¡Dios mío, cómo me odia! No se sentía culpable. Solo vacío. Ciss,
que sí era la culpable, se mantenía totalmente serena. Pauline no le había
dirigido una sola palabra: no podía confiar en sí misma. ¡Muy bien! Si era una
batalla a muerte, era una batalla a muerte. Ella, Ciss, no iba a ceder. Con el
rostro bastante tranquilo y compuesto, sirvió el café. Los dos se sentaron en
silencio al lado del fuego. Hacía frío tras la lluvia. Ciss hacía que leía,
pero solo miraba fijamente las letras. Y Robert, simplemente, fumaba. Sin
embargo, Ciss se sentía esencialmente cómoda, cómoda con él como si fuera su
marido. Sentía, de algún modo, que su matrimonio ya se había celebrado.
—Esta
noche, madre no era ella misma —dijo Robert, saliendo del mutismo.
—No —dijo
Ciss, levantando la mirada hacia él—. Supongo que la tormenta le ha destrozado
los nervios.
Las
miradas de los dos jóvenes se encontraron. Él comprendió entonces lo que estaba
sucediendo. Él y Ciss eran dos rebeldes que estaban destruyendo, silenciosa y
lentamente, la vieja autoridad. Pero él no sabía el secreto de la cañería. Y
ella nunca se lo diría. Aquello era parte de su batalla privada, en la que el
hombre no se vería mezclado. También era demasiado ridículo.
—Creo que
debería ver a un médico —dijo él.
—O a un
sacerdote —dijo Ciss.
Sus ojos
encontraron de nuevo los de ella por un segundo.
—¿Un
sacerdote? —dijo él.
Ella no
contestó, y volvieron a caer en el silencio. ¿Para qué hablar? Ambos eran
silenciosos. Estar sentados allí en la tranquilidad, en la misma corriente, era
mucho más real para ellos que un montón de palabras. Con él, Ciss se sentía
interiormente en paz. Solo exteriormente, en la superficie de su cuerpo, tal
como era, estaba librando una batalla con tía Pauline. Así que se sentó e hizo
que leía, y él se sentó sin moverse, rumiando pacíficamente.
El tiempo
transcurrió maravillosamente deprisa. Ciss escuchó el reloj dar suavemente las
diez. Debía irse. Pero era tan agradable estar sentada allí, en la quietud, con
él, que no quería marcharse.
De pronto
escuchó un ruido leve y, mirando atentamente alrededor, vio a tía Pauline
cerrando con sigilo la puerta y luego, mirando alternativamente a cada uno de
los jóvenes. Con una leve sonrisa de malicia, dijo:
—Vosotros
dos es mejor que os caséis inmediatamente. Sería más decente —dijo con su voz
rota y malévola.
Ciss vio
cómo Robert se cuadraba de espaldas.
—¿De
verdad, madre? —dijo en aquel tono de voz frío que usaba cuando se sentía
ultrajado—. ¿Es eso una opinión seria?
Ella le
miró conteniéndose.
—No lo
sería si lo estuvierais dudando —dijo ella—. Pero desde que tu prima Ciss está
decidida a conseguir marido a cualquier precio, deberías considerarlo
abiertamente y mantener mi casa tan limpia como sea posible.
—Entonces
¿me recomiendas que me case con ella? —preguntó con un punto de frialdad.
—Tan
rápido como sea posible —dijo tía Pauline haciendo muecas.
—¿Ya no
te importa que seamos primos? —preguntó él.
—Nunca lo
fuisteis —replicó su madre—. Tu padre era un sacerdote italiano. —Pauline se
había acercado al fuego y agitaba su pie delicadamente calzado con babuchas
sobre el resplandor. Su cuerpo intentaba repetir todos los antiguos gestos
coquetos, pero su cara y su voz eran espantosas.
—¿Es eso
verdad? —preguntó él.
—¿Verdad?
—Ella le miró de arriba abajo con aquella horrible sonrisa forzada—. Tienes
razón, es difícil de creer. Él era un hombre extraordinariamente distinguido.
Tenía, tenía que ser mi amante. Era lo suficientemente distinguido como para
tenerte a ti como hijo. Pero esa alegría me correspondió a mí.
Se
calentó el otro pie con frialdad, con un gesto antiguo y sereno. Había tomado
posición en el campo de batalla. Pero su cara era una horrible máscara
arrugada.
Robert
estaba callado, no tenía nada que decir. Pauline todavía negaba la presencia de
Ciss en la habitación. Pero Ciss continuaba sentada. No iba a ser desalojada
por ninguno de los dos. Los minutos pasaban con una horrible lentitud y nadie
decía nada.
Por fin,
Robert rompió el silencio para hablar como un abogado.
—Quien
quiera que fuera mi padre, no hay duda de que tú eres mi madre —dijo.
—Desafortunadamente
—apostilló tía Pauline—. Difícilmente te habría adoptado.
—Y como
única progenitora, ¿apruebas mi matrimonio con Ciss?
—No os
atreveríais a hacerlo sin mi consentimiento, ¿verdad? —dijo Pauline, mirándole
con una horrible sonrisa burlona que quería aludir a su dinero.
Él se
puso de un blanco verdoso, pero no contestó a su pregunta.
—¿He de
entender que lo apruebas? —repitió.
—¡Pobre
imbécil! —fue todo lo que ella dijo.
—¡Es de
muy mal gusto hablar de esa manera! —dijo Ciss tímidamente.
Pauline
se volvió hacia ella.
—¿Quién
eres tú para hablar si vives de mi caridad? —dijo sin contenerse más.
—Es muy
caritativo por tu parte, tía Pauline —cantó Ciss suavemente.
De nuevo
hubo una pausa repentina, como si alguien hubiera puesto un palo en las ruedas
de Pauline. Sonrió abiertamente, otra vez con su antigua malicia.
—No está
bien, madre —dijo Robert—. Deberías ver a un médico.
—Tendré
que ver a un abogado. —Sonrió con desprecio. Se refería a su testamento.
—Escucha,
Robert —dijo Ciss levantándose de repente—. ¿Quieres casarte conmigo pase lo
que pase? Solo di la verdad.
Las dos
mujeres fijaron sus ojos en él. Él mantuvo el rostro apartado.
—Me
gustaría mucho casarme contigo, Ciss —dijo, rígido.
Hubo una
pausa mientras Pauline se mordía los labios para contenerse.
—¡Pobre
idiota! ¡Agarrado todavía a sus enaguas! —se mofó.
E incapaz
de permanecer allí por más tiempo, se escabulló de la habitación.
Ciss y
Robert se miraron el uno al otro, y ella vio esa angustia que tenía en él un
efecto paralizante. Pero se sentó de nuevo en su silla junto al fuego
moribundo, y ella supo que no haría nada. Permanecería a su lado, pero pasivo,
en la extraña contienda.
—El único
consuelo que me queda es saber que soy un bastardo —dijo, levantando la mirada
hacia Ciss con un destello de irónica sonrisa.
—¿Te
importa? —preguntó ella con bastante frialdad.
—Estoy
contento. Ahora no necesito estar dentro del juego. Y a ti, ¿te importa?
—No
significa nada para mí —dijo Ciss. Se sacudió la inercia y se volvió para
irse—. Es tarde. Mejor me voy. ¡Buenas noches!
—Iré
contigo —dijo él.
Se fueron
en silencio. La noche era muy oscura. Ella sentía que no podía hablar.
—Es
difícil sentir el amor con esta otra cosa colgando sobre uno —dijo él, como si
se disculpara.
—¿Qué
otra cosa? —preguntó ella.
—¡Madre!
¡El dominio completo! —dijo él—. Hay algo mortal en el aire.
Ciss no
contestó, pero sostuvo su mano por un instante. Luego le dejó y se marchó a sus
habitaciones. Cerró la puerta deprisa porque estaba aterrorizada por un miedo
desconocido. Era como él había dicho: había una tensión casi como de muerte en
la noche. Ciss estaba cansada y se preguntaba si no sería mejor rendirse,
someterse de nuevo a tía Pauline y dejar que las viejas reglas dominaran de
nuevo. Sería mucho más fácil, y en cierto modo, más agradable. ¡Pero no! La
lucha había comenzado, y ahora debía continuar. ¡Mi vida o la tuya, tía
Pauline!, se dijo Ciss a sí misma, pensando en voz alta como hacía Pauline.
Mejor que tu vida se extinga. Has tenido tu oportunidad, y más. Si no puedes
vivir y dejar vivir, mejor que te mueras.
A esto
siguió una semana de puro horror. Pauline no se recuperaba. Era como si el hilo
que mantenía sus nervios controlados se hubiera partido, y ahora ella chillaba
disonante por su miseria nerviosa. Llegó el doctor y le dio sedantes porque no
dormía nunca. Y dijo que su corazón latía de manera irregular. Era un colapso
repentino.
Tenía un
aspecto lamentable, como una criatura que hubiera perdido repentinamente su
alma y se hubiera convertido en un arreglo discordante de nervios chillones. No
podía estarse quieta, no dormía nunca. Todo el tiempo deambulaba, deformada por
los nervios. Su cara estaba arrugada y era malvada, deformada por la maldad.
Era horrible para ella y para todo el mundo. Era evidente que sufría la tortura
de sus nervios chirriantes, no un dolor físico, sino el malsano chillido de sus
nervios. No abandonó nunca más su habitación, excepto para hacer terroríficas
excursiones puntuales por las habitaciones y pasillos, como una loca. No
soportaba ver ni a Ciss ni a Robert. Ciss se quedó cerca, en su casa. Estaba
muy preocupada por tía Pauline. Parecía tan horrible… Pero nunca pudo sentirlo
de verdad. Tía Pauline apestaba maldad, y nadie podía sentir compasión hacia la
malevolencia.
Un vez,
mientras Ciss y Robert estaban cenando —ya que Ciss difícilmente estaba en la
casa grande excepto a la hora de las comidas—, Pauline apareció de repente en
la puerta, sonriendo con malicia, con sus ojos paseándose de Ciss a Robert y
bromeando y mirando de forma maligna y lasciva.
—¿Ya os
habéis casado? ¿Habéis celebrado ya las nupcias en secreto? —canturreaba.
Ciss y la
criada se congelaron de horror. Robert se puso en pie, pero antes de que
pudiera alcanzar la puerta, ella ya se había ido, lanzándole la más horrible y
lasciva de las miradas. Todo lo que había sido de encantadora egoísta, lo era
ahora de puro horror. Y día a día se arrugaba, viviendo gracias a los
medicamentos, ya que los criados aseguraban que no comía nada.
Ciss
sabía que había sido ella la que había lanzado la piedra que había roto el
espejo del encanto de tía Pauline. Algunas veces, cuando estaba muy abatida, le
habría gustado hacer algo para recordar aquellas palabras de la cañería.
Lloraba de pura tristeza y de miedo por lo que había hecho. Y luego endurecía
su corazón. ¡Déjalo estar!
Robert
podía permanecer ahora en las habitaciones de Ciss después de cenar. Los dos
estaban asustados y deprimidos, como si tuvieran lápidas sobre sus almas.
—¿Crees
que la vida es siempre una cosa horrible y repulsiva, si no es superficial?
—preguntó él.
—¡No
digas eso! —rogaba ella—. La gente es espantosamente cruel. Tú no sabes lo
crueles que fueron los diáconos de mi padre con él en su iglesia. Eran infames
y se divertían torturándole porque era mejor hombre que ellos. Le mataron, de
verdad. Pero él siempre decía: “Puedo creer en mi Dios, cuando mis colegas los
hombres son demasiado para mí”.
—¿En qué
Dios creía? —dijo Robert.
—No lo
sé. Pero lo hacía. Murió confiando. Y esto me parece mucho más hermoso que toda
esa gente que solo confía en sus deseos egoístas y luego se derrumban.
—¿Y tú
crees? —dijo él.
—De
alguna manera, sí, Robert. —Puso sus manos entre las de él—. Si no lo hiciera
me sentiría muy mala y culpable. Pero ahora, gracias a Dios, puedo llorar y
sacarlo de mi corazón.
Él meditó
durante un instante y luego dijo:
—¿Así que
crees en Dios?
—Oh, no
soy religiosa —dijo ella—. Lo sabes. Pero en algún tipo de Dios, en alguna
parte, de algún modo, sin nombre. ¿No crees? Nada eclesiástico. Soy la hija de
un clérigo, sé mucho de esto.
—Probablemente,
así es —dijo él.
Hacia el
final de la semana, Pauline hizo venir a su sobrina. Ciss encontró a su tía en
la cama. Pauline intentaba sonreír, pero solo conseguía enseñar los dientes en
una mueca.
—¡Siéntate!
—dijo ella.
Ciss se
sentó y esperó.
—Era en
serio mi deseo de que Robert se casara contigo —dijo Pauline con brusquedad—.
¿Crees que va a hacerlo?
—Eso creo
—dijo Ciss quedamente.
Pauline
la miró con una mueca terrible que quería ser una sonrisa.
—Bien
—dijo—. Espero que estéis preparados para ganaros la vida.
—No creo
que eso me preocupe —dijo Ciss tranquilamente.
—Bien.
—Pauline fijó una mirada burlona sobre su sobrina—. Eso está por ver. Quiero
hacerte un regalo. No te he dado nada.
Ciss no
contestó. Tía Pauline cogió un sobre de debajo de su almohada y se lo tendió.
Ciss se levantó y lo cogió, mascullando las gracias.
—Mejor
ábrelo —dijo Pauline.
Ciss
obedeció. Eran cien libras en cheques. Enrojeció y dijo:
—De
verdad, no quiero que me des dinero, tía.
—Precisamente
por eso —dijo tía Pauline.
Ciss se
levantó en silencio, mirando a su tía.
—Muchas
gracias por el regalo, tía Pauline —dijo—. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
Las dos
mujeres se miraron a los ojos, Pauline sonriendo abiertamente con horrible
astucia. Pero Ciss estaba diciendo con sus ojos: “No me importan las cosas
malas que haces. Solo te hacen peor, y te traen la muerte. No me enterneces”. Y
llena de una pesada tristeza, abandonó la habitación.
Al día
siguiente Pauline fue encontrada muerta en su cama. El médico dijo que había
sido un fallo cardíaco.
Cuando
Robert llegó a casa, subió a verla. Estaba bonita otra vez, pero encogida, como
una niñita vieja. Había algo tan infantil en aquel pobre rostro muerto que le
sacudió de repente el corazón. Y, al mismo tiempo, aquel toque de testarudez
impermeable, ahora detenido y enfriado en él, le congeló el corazón. Detenida
en su propia voluntad e impermeabilidad incluso en la muerte. Y también, el
sufrimiento de una dama que ha muerto virgen y no ha vivido. Es la
contradicción de una mujer empecinada en sus propios deseos: nunca vive, solo
conoce lo que está obligada a vivir. Porque la vida, para una mujer, significa
la amable interpenetración de su vida en otras vidas, y de otras vidas en la
suya. Y esto es lo que la pobre Pauline se había perdido. Solo había usado su
voluntad sobre otra gente.
Así era
como Robert la veía. Ciss lloraba amargamente por la mujer perdida. E incluso
así, odiaba el aspecto de voluntad inamovible en aquella cara muerta.
—Oh,
Robert —dijo ella—. ¡No quiero ser así!
—No —dijo
él—, no quiero que lo seas. Es como tú dices, debe de haber alguna clase de
Dios en alguna parte y alguna clase de justicia divina. De otra manera, no
merece la pena estar vivo. Uno puede seguir terriblemente equivocado sin
saberlo. Nadie intentó enseñarle a madre el buen camino cuando aún era niña. Y
tampoco ella supo enseñármelo a mí, cuando yo lo era. Si no hay ningún Dios al
que recurrir, Ciss, no hubieras podido atraparme.
Pauline
fue rencorosa incluso muerta. Dejó a Robert solo dos mil libras y Old Brinsley,
la casa, no los valiosos objects d’art. Estos últimos, con todo el resto de su
dinero, fueron destinados a la fundación del Museo Pauline Attenborough.
*FIN*
“The
Lovely Lady”,
The Back Cap: New Stories of Murder, 1927

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