© Libro N° 13047. Mujer Y Socialismo. Capel Martínez, Rosa Mª.
Emancipación. Octubre 5 de 2024
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Mujer Y Socialismo. Rosa Mª Capel Martínez
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Rosa Mª Capel Martínez
MUJER Y
SOCIALISMO
Rosa Mª
Capel Martínez
MUJER Y SOCIALISMO
(1848-1939)
Rosa Mª Capel Martínez
La fecha de 1848 aparece relacionada en los libros de historia y
cronologías al uso con los procesos revolucionarios conocidos como La primavera
de los pueblos. Procesos que estallaron durante el mes de febrero en Francia y
se extendieron con rapidez por diversos estados de la Europa central e Italia.
Su inicio coincidió con la aparición en Londres del Manifiesto Comunista, obra
encargada a Marx y Engels por la Liga Comunista alemana para contar con un
programa teórico y práctico que dirigiera sus pasos. El destino superó con
creces las expectativas y acabó convirtiéndola en el documento más extendido de
la literatura socialista de todos los tiempos y en el punto de partida no sólo
del socialismo científico sino también del movimiento obrero posterior.
Apenas cinco meses después, tuvo lugar otro acontecimiento bastante
menos conocido, o reconocido, aunque tan importante como los anteriores toda
vez que de él derivó el otro suceso revolucionario para la sociedad del momento
y trascendental para el mundo actual. Se trata de la Woman’s Rights Convention,
celebrada en Seneca Falls (New York) el 19 y 20 de julio, con el objetivo de
denunciar la situación de inferioridad en que vivía el sexo feme-nino y
vindicar todos sus derechos. El acto lo convocaron dos abolicionistas,
Elizabeth C. Stanton y Lucretia Mott, convencidas de la necesidad de una lu-cha
específica por la igualdad de los sexos tras no ser admitidas a un congreso
antiesclavista en Londres por el mero e inevitable hecho de ser mujeres. Los
allí reunidos aprobaron la Declaration of Sentiments (Declaración de
Sentimien-tos), llamada a ser el programa teórico y práctico del recién nacido
feminismo.
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1. Socialismo y feminismo: dos caminos hacia la igualdad
La coincidencia temporal de estos eventos bien pudiera considerarse un
mero fruto del azar, de no ser porque el paralelismo entre obrerismo y
feminismo va más allá de lo cronológico. Ambos nacen de la Ilustración, cuyo
enunciado del principio de igualdad natural de todos los seres humanos abrió
brecha en las bases del ordenamiento estamental vigente y en la generalizada
creencia acer-ca de la inferioridad natural femenina1. Las revoluciones
americana y francesa de finales del siglo XVIII se hicieron para incorporar el
ideal igualitario a la práctica política, al tiempo que la situación de
excepcionalidad que represen-taron permitió creer que todos los cambios,
incluso los más radicales, serían posibles. Las mujeres participaron
activamente en ambos procesos2. Bien es verdad que la mayoría entendió esa
presencia como extensión momentánea y circunstancial de sus obligaciones
familiares al conjunto social. Pero también hubo una minoría que creyó vivir
los albores de una era donde las relaciones entre los sexos dejarían de estar
regidas por su sumisión. Recuérdense, a mo-do de ejemplo, las palabras de
Abigail Adams a su esposo en 1776
«en el nuevo Código de Leyes, el cual supongo que les será necesario
hacer, deseo que se acuerden de las Señoras, y que sean más generosos y
favorables con ellas que sus ancestros. No pongan tan ilimitado poder en las
manos de los Esposos. Recuerde que todos los Hombres serían tiranos si
pudiesen. Si no se presta particular cuidado y atención a las Señoras estamos
determina-das a fomentar una Rebelión, y no nos consideraremos sujetas por
ningunas de las leyes en las cuales no hemos tenido voz o Representación»3.
Recuérdese, igualmente, la figura de Olympe de Gouges y su Declaración
de Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791). En ella transponía los
términos de su homónima del «Hombre y el Ciudadano» a un sujeto específico: las
mu-
1. Bolufer Peruga, Mónica,
Mujeres e Ilustración. La construcción de la feminidad en la España del siglo
XVIII, Valencia, 1998 y Capel Martínez, Rosa Mª, «Mujer y espacio pú-blico a
fines del siglo XVIII», en Antonio Morales Moya y Octavio Ruiz Manjón (eds.),
1802. España entre dos siglos. Tomo II. Sociedad y Cultura, Madrid, 2003,
pp.139-162.
2. Entre la abundante
bibliografía sobre este tema cabe citar las obras de: Rendall, Jane,
The origins of modern feminism: women in Britain, France and the United
State, 1780-1860, London, 1994; Bohrer, Melissa L., Glory, passion and
principle. The story of eight remarkable women at the core of the American
Revolution, New York, 2003. Berkin, Carol, Revolutionary mothers. Women in the
struggle for America’s Independence, New York, 2005. Hesse, Carla, The other
Enlightenment. How French Women became modern, Princenton, 2001. Duhet, Paule
Marie, Las mujeres y la revolución (1789-1794), Barcelona, 1974.
3. Capel Martínez, Rosa Mª,
«Preludio de una emancipación. La emergencia de la mujer ciudadana», Cuadernos
de Historia Moderna (Anejo VI, 2007: Cambio social y ficción literaria en la
España de Moratín. Coordinado por Teresa Nava Rodríguez), pp. 155-179.
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jeres, finalizando con un alegato a las francesas para que se rebelaran
contra el injusto trato recibido.
«Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas
ha-béis obtenido de la Revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más
visible. Cualquiera sean los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os
basta con desearlo»4.
No obstante estos precedentes, la sociedad burguesa del siglo XIX se
mostró inconsecuente con los principios de igualdad y libertad sobre los que
decía fundamentarse. Los derechos se reservaban a la minoría burguesa.
«Ciuda-dana» no significaba otra cosa que «esposa de un ciudadano»,
educándosela para soportar la adversidad, más que para vencerla; para acatar un
conjunto de roles, deberes y derechos distintos de los masculinos. Ahora bien,
los mis-mos argumentos políticos liberales que justificaban la sociedad
establecida señalaban lo que podían exigir a cuántos se encontraban al margen
de ella, ya fuera por razones económicas, de género o de raza, e iban a
hacerlo.
Otro punto de coincidencia entre feminismo y socialismo se halla en la
denuncia de la discriminación que sufrían las mujeres y la reivindicación de
sus derechos que asumieron. Ahora bien, en este caso, la coincidencia va uni-da
a la divergencia que engendran los presupuestos de partida desde los que ambos
movimientos abordaron el análisis de los problemas y propusieron so-luciones.
Para las y los feministas todas las mujeres, con independencia de la clase
social, vivían la misma situación de esclavitud y estaban excluidas de los
derechos naturales que disfrutaban los hombres. Dado que todos los seres eran
«creados iguales», que habían sido «dotados por el Creador de ciertos derechos
inalienables» y que los gobiernos se establecían para «asegurar estos derechos»,
había llegado el momento de que las mujeres se alzaran para exigir el
reconocimiento de la igualdad de los sexos, establecida por Dios para «el bien
de la raza humana»5. En la práctica, esto se traducía en la demanda de recibir
una educación y desempeñar todos los oficios para los que se capaci-ten, de
gozar de personalidad jurídica propia y de poder para administrar sus bienes,
de tener reconocido el ejercicio del voto cuando se cumpliesen las condiciones
generales establecidas. Las anglosajonas convirtieron pronto esta
4. Condorcer, De Gouges, De
Lambert y otros, La polémica de los sexos en el siglo XVIII, edición de Alicia
H. Puleo, Barcelona, 1993, pp. 155-160. Un análisis más detenido del contenido
del texto al que nos referimos se encuentra en Capel Martínez, Rosa Mª,
«Preludio de una emancipación…».
5. Declaration of Sentiments.
Seneca Falls, 1848. Cfra.: Capel Martínez, Rosa Mª, «Jalones
de una emancipación: sufragismo y feminismo, 1840-1940», en Valcárcel,
Amelia, Renau, Mª Dolores y Romero, Rosalía (eds.), Los desafíos del feminismo
ante el siglo XXI, Sevilla, 2000, pp. 79-103.
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última reivindicación en el eje central de su lucha, considerándola la
clave pa-ra todas las restantes. De ahí que en su caso, y en otros similares,
esta primera fase del movimiento feminista, que termina tras la I Guerra
Mundial, reciba la denominación de «Sufragismo»6.
El socialismo, por su parte, entendía la denominada «cuestión femenina»
como un aspecto de la más amplia e importante «cuestión social», pues ni las
mujeres constituían un grupo diferenciado ni la situación de sumisión en que
vivían, las discriminaciones que soportaban, tenían raíces específicas. Como el
resto de las opresiones derivaban de la existencia de propiedad privada y de su
exclusión de la esfera productiva, lo que las hacía dependientes de los
hombres. A esa supeditación, eso sí, había que sumar otra específica derivada
del modelo de familia vigente, donde los esposos constituían «la burguesía» y
las esposas «el proletariado». El burgués, dirían Marx y Engels, «no ve en su
mujer más que un simple instrumento de producción»7, haciéndole cumplir, añadiría
más tarde Pablo Iglesias, el papel de esclava, objeto de placer o de adorno8.
El socialismo pretendía acabar con todo esto, pero no iniciando una lucha como
la de las sufragistas, de la que sólo cabía esperar reformas que podían dar
libertad e independencia a unas pocas, sin alcanzar la dignifica-ción y la
libertad de todas porque dejaba intactas las verdaderas causas que las
impedían. La emancipación de la mujer había de ir, iba indisolublemente unida a
la de la clase obrera, pues eran dos aspectos de una misma lucha: la que
llevaba a la desaparición del sistema de producción capitalista y del «ve-tusto
régimen burgués» que de él deriva, «amparador de todas las injusticias, causa
de todas las infamias, representante de todas las tiranías, generador de todas
las esclavitudes»9. Si el socialismo era emancipación y justicia, y el
feminismo era justicia y emancipación, ambos debían caminar al unísono. La
instauración del socialismo aportaría a las mujeres la independencia económi-ca
que precisaban para ser libres y unas relaciones de compañerismo en lugar de
sumisión. Por tanto, era a la revolución social a la que debían unirse; era la
que debían anteponer a cualquier otra. Para ello, nada mejor que integrarse en
las sociedades obreras ya constituidas, donde laborarían junto a los hombres
como compañeras por unos mismos objetivos.
6. Entre la abundante
bibliografía sobre la historia del movimiento feminista en esta pri-mera etapa
una de las más completas por el espacio geográfico abarcado es la de Offen,
Karen, European Feminisms. 1700-1950. A political History, Stanford, 2000.
7. Marx, Karl y Engels,
Frederic, Manifiesto Comunista, Londres, 1848. Capítulo II.
8. Pablo Iglesias, «La
emancipación de la mujer», El Socialista, Madrid, 15-I-1897.
9. Feminismo. Escrito anónimo
ológrafo. Agrupación Socialista Madrileña. Archivo y Bi-blioteca de la
Fundación Pablo Iglesias.
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Estos planteamientos teóricos se llevaron a la práctica, sin embargo, de
manera bien diferente, pues los problemas femeninos ocuparon un lugar
se-cundario en la estrategia de los partidos socialistas y de los sindicatos de
clase. Es más, deudores de un determinado tiempo, de una determinada
mentalidad, líderes y afiliados no siempre apoyaron a las compañeras en sus
reivindica-ciones –igualdad salarial, mejores puestos de trabajo, derechos
civiles, etc.–. En los primeros tiempos, incluso, fueron muchas las voces
alzadas en favor de suprimir el trabajo femenino por la competencia que hacía
al masculino. Algo que Pablo Iglesias consideraba una pérdida de tiempo, en
primer lugar «porque no han de conseguirlo»; en segundo lugar, porque resultaba
poco recomendable en términos estratégicos, toda vez que eliminaba «del
ejército que en el campo económico pelea contra el capital un buen número de
com-batientes». Sería mucho más útil para evitar la nefasta concurrencia
«atraer a las obreras a las filas societarias y reclamar para ellas el mismo
salario que se da al trabajador»10.
El paso de los años fue haciendo más difícil seguir negando que existían
intereses comunes entre las mujeres, que las relaciones de género tenían
di-námicas independientes de las de clase y que, con relativa frecuencia,
traba-jadores y trabajadoras entraban en contradicción. Hechos todos que,
además, colocaban a muchas líderes socialistas en situaciones personales
incómodas. Si a ello unimos el auge de un movimiento feminista que comenzaba a
ejer-cer cierto atractivo entre las mujeres del proletariado, tendremos
dibujado el marco que explica el que en los dos últimos decenios del siglo XIX
se alzaran voces matizando los postulados teóricos iniciales. Augusto Bebel
abrió el ca-mino al publicar La mujer ante el socialismo (1879), obra que Clara
Zetkin consideró un acontecimiento más que un libro, pues por vez primera se
re-saltaban las conexiones entre «cuestión femenina» y desarrollo histórico. El
público pareció darle la razón, pues la obra conoció hasta cincuenta ediciones
sólo en Alemania antes de la muerte de su autor en 1913. Cuando finalizaba la
centuria, la propia Zetkin insistía en la existencia de una «cuestión femenina»
ante el Congreso del Partido Social-Demócrata Alemán (1896)11, si bien la clase
social introducía diferencias en las formas que revestía. Apoyaba, asimis-mo,
la reclamación de derechos del feminismo burgués, incluida la igualdad
política, toda vez que su lucha no estaba movida sólo por razones económicas
10. Pablo Iglesias, «La
explotación de la mujer y del niño», El Socialista, Madrid, 1-VI-1888.
11. Zetkin, Clara, «Only in
conjunction with the proletarian woman will Socialism be victorious».
Intervención en el Congreso del Partido Social Demócrata de Alemania. Gotha, 16
de octubre de 1896. Dentro de la obra Zetkin, Clara, Selected Writings,
edi-tada por Philip Foner, New York, 1984.
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sino también por otras espirituales y morales más profundas. Ahora bien,
pa-ra la líder germana estas conquistas no podían constituir fines en sí
mismas, sino «medios para entrar en la batalla contra la sociedad burguesa
junto al proletario equipadas con las mismas armas». Años más tarde, la rusa
Ale-jandra Kollontai añadiría otros elementos a la explicación económica de la
subordinación femenina. Desde su punto de vista, resultaban decisivas en la
misma medida: las relaciones de poder dentro de la familia, la moralidad y la
sexualidad. De ahí que entendiera necesaria una revolución cultural paralela a
la social para transformar definitivamente las relaciones interpersonales.
Es, asimismo, en los años finales del siglo XIX e inicios del siglo XX
cuan-do aparecen los primeros grupos y asociaciones dirigidas exclusivamente a
las mujeres dentro de las filas socialistas. Se esperaba que la medida
facilitaría la consideración de los problemas femeninos y una mayor integración
de afilia-das. «La incorporación de grandes masas de mujeres proletarias a la
lucha del proletariado por su liberación», escribía Clara Zetkin, «es uno de
los prerre-quisitos para la victoria de la idea Socialista y la construcción de
la sociedad Socialista». Algo venía haciendo ella en este sentido a través de
las páginas de Gleichleit, publicación periódica que editó de 1892 a 1917.
Pero, según con-fiesa, la revista se dirigía a una minoría de mujeres conocedoras
del socialismo antes que a la mayoría de las integrantes de la clase obrera. A
éstas había que atraerlas por medio de la propaganda bien hecha y la facilidad
para que se asociaran. La idea tuvo eco casi inmediato en varios países, entre
los que cabe contar a España. Fruto de ese eco puede considerarse el que la
líder alemana reuniera la I Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas,
dentro del VII Congreso de la Internacional Socialista que tenía lugar en
Stuttgart en 1907. Las 58 delegadas de todo el mundo asistentes constituyeron
la Internacional Socialista de Mujeres bajo la presidencia de la propia Clara.
Los esfuerzos se centraron en defender los derechos políticos femeninos y en
abogar por la paz, temas de la siguiente reunión celebrada en 1910 y de la que
salieron dos importantes resoluciones: un manifiesto pacifista y la
institucionalización del Día Internacional de la Mujer para visibilizar su
lucha emancipadora. Los dos primeros años la fiesta se celebró el mismo día en
que se conmemoraban los sucesos de la Comuna de París, para finalmente quedar
fijada en el actual 8 de marzo12.
12. Ramos Palomo, Mª Dolores, «Una
conmemoración propia, un ritual feminista. Orí-genes y antecedentes del 8 de
Marzo», en Capel Martínez, Rosa Mª (edit.), Cien años trabajando por la
igualdad (en prensa).
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2. El socialismo y los grupos femeninos en España. 1879-1936
El tema de la emancipación de la mujer es abordado por los socialistas
en Es-paña siguiendo los términos y con la secuencia que lo hacen los
compañeros de otros países13, si bien los esfuerzos por captar a la población
femenina se demoran hasta iniciado el siglo XX, cuando tiene lugar la
incorporación cre-ciente de las españolas a la esfera productiva y a la
enseñanza, el primer femi-nismo burgués se consolida, y el fuerte peso de la
Iglesia dentro de la sociedad añade una potente rémora ante cualquier cambio.
Dentro de nuestro socialismo coexistieron tres sensibilidades acerca de
la colaboración femenina y de las reivindicaciones que debían exigirse para
este sexo. De un lado, la de los militantes que entienden la igualdad entre
hombres y mujeres como un ideal político-jurídico, en modo alguno, social.
Conforme a los más puros principios patriarcales, mantienen que la verdadera
dicha de las mujeres radica en el amor, el marido y los hijos, mientras atacan
al femi-nismo por antinatural14. De otro lado, estaban quienes reducían los
cambios a convencer al obrero de que tenía dos responsabilidades. Una, según
rezaba el noveno mandamiento del «Decálogo Socialista» de 1908, «respetar y
honrar a la mujer como compañera e igual que es del hombre, luchando desde
ahora para que no sea más ni del prójimo ni de nadie, sino sólo de sí misma».
Dos, inculcar los ideales socialistas en sus madres, esposas, primas o novias
para que supieran educar el hogar y preparar a los hijos, para traerlas a las
reunio-nes arrancándolas de las garras del cura y del capital15. La insistencia
en estos dos deberes de los militantes por parte de los líderes y de la
Comisión Ejecu-tiva del PSOE16 a lo largo de los años nos habla tanto de la
relevancia que se les otorgaba como de su incumplimiento.
La tercera postura la encarnan quienes entienden que socialismo y
femi-nismo son movimientos diferentes, porque las obreras sufren mayor
explota-ción económica que las burguesas, pero articulables, porque ambos
buscan la emancipación de la mujer y porque «hay problemas que no son de
‘clase’ ni de ‘casta’; sino de sexo»; discriminaciones legales, sociales,
familiares que han de ser abordadas específicamente para ponerles fin. Esta
perspectiva va a ser mantenida esencialmente por mujeres (Amparo Martí, María de
Lluria, Isabel
13. Para un análisis más detenido
y extenso del tema véase: Capel Martínez, Rosa Mª, Socialismo e igualdad de
género. Un camino común, Madrid, 2007.
14. El Socialista, 1910-1911.
15. Isidoro Acevedo, «La mujer y
el socialismo», El Socialista, Madrid, 1-V-1911. En el mismo sentido se
expresaba Victoriana Herrero en El Socialista de 2-XI-1928.
16. A la Comisión Ejecutiva del
PSOE se le debe la circular titulada La mujer y el Partido Socialista,
aparecida en El Socialista el 11-VI-1929.
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Muñoz Caravaca...), adquiriendo entidad en los años veinte, cuando el
tema del «feminismo socialista» aparece en la prensa, se debate en los
Congresos y María Cambrils17 publica un libro con ese título. Para quienes se
incluyen en esta corriente, las mujeres, además de aportar su esfuerzo a la
evolución de la Humanidad y la lucha proletaria, deben concienciarse de sus
derechos y deberes. Su liberación no es sólo terminar con la explotación
laboral o el control de la Iglesia que sufren. Liberarlas significa, también,
poner fin al «re-bajamiento personal» que representa la dependencia civil en
que la colocan los Códigos y el sometimiento que experimenta dentro de la
familia burguesa. No hay más fundamento para decir que la mujer ha de ser
esposa y madre que para decir que el hombre ha de ser esposo y padre. Es más,
educar a la mujer para esposa sin asegurarle el matrimonio, y para madre sin
asegurarle la maternidad no es sino un enorme error porque ambos son
contingentes. Lo único cierto es que ha de vivir, que viene «al mundo para
cumplir los mismo fines que el hombre; (...) y debe, consiguientemente, tener
los mismos derechos»18. Esos derechos componían una larga lista: igualdad
laboral, sala-rial, educativa y civil; sufragio, considerado por Muñoz
Caravaca19 lo primero y principal; divorcio, una medida reparadora de justicia,
y la refundación y moralización del matrimonio sobre la base del desinterés
económico, la to-lerancia mutua y la unión libre basada en el mutuo
sentimiento. Todas estas conquistas sólo serán posibles con la profunda
transformación de la sociedad que el socialismo encierra. Para lograrlo se
propone una doble vía de acción: la del PSOE, considerando la emancipación de
las mujeres como una de sus tareas políticas más importantes, y la de aquéllas,
acercándose al movimiento obrero, sacudiéndose «ese estado de catalepsia
espiritual en que la sumieron los prejuicios masculinos y su incomprensible
resignación»20, y aspirando a ser compañeras del hombre, no meras
colaboradoras.
La llamada de las feministas socialistas de los años veinte a la
integración de las españolas en el partido o en los sindicatos era más
estructurada, pero no era nueva. Sin embargo, todas tuvieron un eco limitado.
Para 1910, sólo había 36 mujeres entre los 2.900 militantes de la Agrupación
Socialista Madrileña. En 1927, la Federación Nacional de Juventudes Socialistas
de España admitía contar con 24 afiliadas sobre un total de 1.182 militantes21.
Es más, de 1929 a
17. Cambrils, María, Feminismo
socialista, Valencia, 1925, p. 19.
18. A. Aguilar, «Feminismo», Vida
Socialista, 25-X-1910, p. 7.
19. Isabel Muñoz Caravaca, «El
voto femenino», Acción Socialista, Madrid, 27-VI-1914.
20. Cambrils, María: Feminismo
socialista..., p. 19.
21. Federación de las Juventudes
Socialistas de España, II Congreso Ordinario: orden del día y memoria. Madrid,
11 a 17 de Mayo de 1927, Madrid, 1927.
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1936, cuando la concienciación femenina ganó tantos enteros, sólo 358
espa-ñolas solicitaron ingresar por 5.376 españoles22. Y es que los obstáculos
para la militancia femenina eran significativos: analfabetismo, falta de tiempo
para asistir a las reuniones dada la prioridad de los trabajos domésticos,
dificulta-des para pagar las cuotas, pese a ser a veces la mitad de las
masculinas, des-interés de los compañeros, cuando no rechazo, etc. Para vencer
estas y otras barreras, el PSOE creó los Grupos Femeninos a inicios del siglo
XX, siguiendo el ejemplo exterior. La iniciativa parte de las Juventudes
Socialistas de Bilbao, justo un año después de que Tomás Meabe las fundara. En
su seno nace el primer Grupo Femenino Socialista el 14 de julio de 1904, tras
una confe-rencia de la obrera guarnicionera y ugetista Virginia González sobre
ideales societarios y reivindicaciones femeninas23. Dos años después, el 25 de
marzo de 1906, nacía el Grupo Femenino Socialista de Madrid. Unido
inicialmente, también, a las Juventudes, en 1908 se integró en la estructuras
del PSOE, don-de permanecerá hasta 1927, cuando se disolvió la Agrupación a
propuesta del Comité Ejecutivo del partido, en el que se integraron las
militantes24.
Las iniciativas vasca y madrileña generaron mimetismo en otras partes de
España, si bien resulta difícil de conocer su dimensión porque las
infor-maciones parciales existentes apenas permiten ir más allá de una
aproxima-ción al proceso. Sabemos que tanto las Juventudes como el partido se
sintie-ron comprometidos con la constitución de grupos femeninos a todo lo
largo del período25. Sabemos que el movimiento asociacionista presenta un ritmo
alternativo de acuerdo con los acontecimientos generales del país, dándose la
mayor actividad fundacional en los años diez –período de protesta social por la
guerra de Marruecos, la crisis económica, el conflicto mundial, etc.– y en los
treinta –II República y Guerra Civil–. El Almanaque de El Socialista de 1914
tenía localizados Grupos Femeninos en Bilbao, Madrid, Barcelona –creado por
Amparo Martí en 1911–, Erandio (Vizcaya, 1914), Capdepera (Bilbao), Eibar
(Guipúzcoa), Gallarta (Vizcaya), Mieres (Asturias), Sevilla y
22. Bizcarrondo, Marta, «Los
orígenes del feminismo socialista en España», en VV.AA., La mujer en la
historia de España (Siglos XVI-XX), Madrid, 1984, pp. 137-158.
23. La Lucha de Clases, Bilbao,
16-VII-1904. Archivo y Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias.
24. Agrupación Socialista
Madrileña, Actas de las Asambleas Generales. 26 de Febrero de 1927-21 de
Diciembre de 1932. Actas del 26 de Febrero y del 19 de Agosto de 1927; y Actas
del Comité. 26 de Febrero de 1927-21 de Diciembre de 1932. Actas del 3 y 24 de
Febrero, 31 de Marzo, 5, 12 y 19 de Mayo, y 14 de Julio de 1927. Archivo y
Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias.
25. Convocatoria y orden del día
para el X Congreso y memoria reglamentaria de la Comisión Nacional, Madrid,
1915; Resoluciones del IV Congreso Nacional. Madrid, febrero de 1932, Madrid,
1932. Archivo y Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias.
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Reus (Tarragona). Para 1916 se les han sumado los de Elche, Valencia y
Ye-cla (Murcia), y en julio de 1920, los de Puertollano (Ciudad Real) –con 100
afiliadas– y Castellón. Por último, el período republicano ve crearse las
agru-paciones femeninas de Navas de San Juan (Jaén, 1931), Camuñas (Toledo,
1932), Puebla de Cazalla (Sevilla, 1934), Puebla de Alcocer (Badajoz, 1934)26,
Helechal (Badajoz, 1936), El Bonillo (Albacete, 1936), Cazorla (Jaén, 1936) y
el Círculo Femenino de Bilbao (1935). En plena Guerra Civil hay noticias de un
nuevo Grupo Femenino Socialista en Madrid, que se reúne con los Círcu-los
Sociales de diferentes distritos de la capital en 1937; del de Urrea de Gaén
(Teruel) y de la instalación en Barcelona del Círculo Femenino Socialista de Vizcaya
(1938), así como de la constitución de un Secretariado Femenino, al que me
referiré más adelante27.
El funcionamiento interno de estos grupos estaba fijado en los Estatutos
correspondientes, cuya lectura deja ver el carácter de modelo que tuvo el de la
Agrupación Femenina Socialista de Madrid, aprobado el 191028. Éste, a su vez,
era una adaptación de la Organización Local de la Agrupación Socialista
Madrileña, de la que toma estructura y contenidos, faltando sólo los apartados
referidos al Comité Electoral y la Caja de Solidaridad.
Según estos textos, el objetivo de los grupos femeninos era «educar a la
mujer para el ejercicio de sus derechos y la práctica de sus deberes sociales
con arreglo a los principios de la doctrina socialista»; fomentar las
sociedades de mujeres, y cooperar para conseguir leyes a favor del trabajo
femenino e infantil. Resulta interesante la variante que introduce el Estatuto
de la Asocia-ción Socialista Femenina de Helechal (Badajoz), que sitúa como
primer mo-tivo «intervenir en todas las luchas políticas de acuerdo con el
programa del PSOE, aceptándose su reglamento siempre que no se salga del
concepto mar-xista y revolucionario». En suma, los grupos femeninos buscaban
acercar el socialismo a las mujeres y las mujeres al socialismo, aunque no
todas ni todos los militantes dieron idéntica dimensión a este acercamiento.
María Cambrils, por ejemplo, los consideraba organismos feministas «francamente
políticos», nacidos para la defensa colectiva de las libertades civiles de este
sexo, junto con el problema económico. Sus puertas, por tanto, habían de estar
abiertas a
26. La fecha es orientativa, pues
se ha deducido de la petición formulada en 1937 para que se les rebaje la deuda
por cuotas impagadas. Cfra.: Archivo de la Comisión Ejecutiva del PSOE.
1928-1940. Censo de Agrupaciones. Sociedad Femenina. Puebla de Alcocer. Archi-vo
y Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias.
27. Capel Martínez, Rosa Mª,
Socialismo e igualdad..., pp. 40-42.
28. Organización local de la
Agrupación Femenina Socialista. Madrid. Madrid, PSOE, 1925. Archivo y
Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias.
Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2008, pp.
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Mujer y socialismo (1848-1939) 111
cuantas reivindicaran esos derechos y a ninguna se le pediría que
renunciara a sus creencias religiosas para ingresar29. Interpretación menos
positiva es la de Manuel Vigil, para quien debían ser «escuela de madres,
escuela de esposas» para los militantes.
Para ingresar en los Grupos se exigía a la aspirante solicitarlo por
escrito, mostrar conformidad con el programa del PSOE, y pertenecer a la
Sociedad de resistencia de su oficio, salvo causas justificadas. En algunos
casos se añadía el aval de dos militantes, y el Grupo de Helechal pedía estar
«en pleno uso de sus derechos político y sociales». En todos los casos «se
considera necesario que las afiliadas», lo mismo que los afiliados, «observen
una conducta hon-rada», norma cuyo incumplimiento podía suponer la expulsión,
lo mismo que faltar a la solidaridad obrera, calumniar a una compañera, no
cumplir los acuerdos y adeudar de tres a seis mensualidades sin justificación.
Los Grupos se disolverían de no alcanzar una cifra mínima de afiladas –5 ó 10–,
pasando los fondos al PSOE. Entre los deberes de las inscritas figuraban:
cumplir los objetivos del Grupo, leer y propagar la prensa obrera, concurrir a
los actos programados, y abonar una cuota cuya cuantía oscilaba entre 30 y 15
cénts. mensuales. El apartado de derechos incluía gozar de voz y voto en las
Asam-bleas, recibir el carnet de la Organización General del PSOE, fiscalizar
la Ad-ministración, ser elegida para cargos, y leer los libros de la
Biblioteca, aspecto éste que habla de la preocupación que el socialismo mostró
siempre por la formación cultural de la clase obrera como instrumento de su
emancipación. El grupo «El Despertar Femenino» de Yecla ofrecía,
excepcionalmente, prefe-rencia a la hora de trabajar.
La dirección de los Grupos Femeninos recaía en el Comité Ejecutivo,
compuesto por: Presidenta, Vicepresidenta, dos Secretarias, Tesorera,
Con-tadora y 3 Vocales, cargos para los que son elegibles todas las afiliadas
al corriente de sus cuotas, teniendo la obligación de aceptarlos. Los Estatutos
de Yecla y Helechal añaden el requisito de saber leer y escribir30. El Comité
había de renovarse cada mes de enero, correspondiéndole tareas de gestión y
representación, a las que en Helechal se añade la elección y fiscalización de
las concejales que la representan. Las Juntas Ordinarias semanales del Comité
se reunirían cada semana y la Asamblea General Ordinaria cada cuatro meses. La
Agrupación Femenina Socialista de Madrid añadía una Comisión Asesora de Cuentas
y una Mesa de Discusión a sus órganos directivos, así como un
29. Cambrils, María, Feminismo
socialista..., p. 57.
30. El requisito pudiera venir
determinado por el hecho de ser zonas de alto analfabetismo. Cfr.: Capel
Martínez, Rosa Mª, El trabajo y la educación de la mujer en España (1900-1930),
2ª edic., Madrid, 1986.
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112 Rosa Mª Capel Martínez
Asesor y un Vice-asesor con voz pero sin voto, representantes de las
Juventu-des, primero, y de la Agrupación Socialista Madrileña, después.
La escasez de informaciones sobre los Grupos Femeninos, ya aludida, se
incrementa a la hora de conocer cuántas afiliadas llegaron a tener y cómo
evolucionaron. Sólo constan referencias directas a la cifra mínima exigida
pa-ra constituirlos y mantenerlos –5 ó 10 socias–, y a las que había cuando
al-gunos se formaron –Bilbao, 150 militantes; Puertollano, un centenar–. Estas
cifras parecen algo elevadas teniendo en cuenta la situación de las españolas y
los datos que aporta el Libro de Registro de Asociadas del Grupo Femenino
Socialista de Madrid, único conservado completo (1906-1927) y que paso a
analizar.
Según las anotaciones, había seis afiliadas en el momento de fundar-se:
María Méndez, planchadora, Purificación Hernández, sastra de 49 años, Isabel
Vega, guarnecedora, Juana Taboada, «sus labores» y 30 años, María García,
profesora en partos de 28 años, y María Rueda, de la que no consta ninguna otra
información. Sin embargo, el acta de constitución incluye los nombres de las
quince integrantes del Comité Directivo y de las tres de la Comisión de
Revisión de Cuentas. Este desajuste entre Registro y Actas puede atribuirse
bien a que la falta de afiliadas obligara a recurrir a las militantes de
algunas sociedades obreras para cubrir los cargos adecuadamente aunque no se
afiliaran de inmediato al Grupo, o bien a una inexactitud documental. En
cualquier caso, el aumento de afiliaciones fue lento en los primeros tiempos.
Para finales de 1906 había sólo 18 inscritas, que son 65 dos años después. El
recrudecimiento de la protesta social a finales de esa década hace crecer las
afiliadas, trayectoria que se consolida por efecto de la posterior alianza
electo-ral de socialistas y republicanos, que atrajo a mujeres procedentes de
las «Da-mas Rojas», por la victoria de Pablo Iglesias en los comicios
generales, y por la campaña de 1911 en favor de prohibir el trabajo nocturno
femenino. A fines de este año se contabilizaban 159 afiliadas31, que subieron a
164 en 1916. A partir de ahí comienza un permanente descenso hasta las 70
militantes en el momento de su disolución (1927). Según el estudio de Moral
Vargas32, la geo-grafía del domicilio de las afiliadas coincide con los
distritos más humildes de la ciudad: Universidad, Hospital y Chamberí, por este
orden.
31. Libro de Registro de Asociadas
al Grupo Femenino Socialista de Madrid. 1906-27. Archivo General de la Guerra
Civil y Archivo y Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias.
32. Moral Vargas, Marta del, «El
Grupo Femenino Socialista de Madrid (1906-1914): pioneras en la acción
colectiva femenina», Cuadernos de Historia Contemporánea, vol. 27 (2005), pp.
247-269.
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Mujer y socialismo (1848-1939) 113
Pese a que las normas establecían la pertenencia obligatoria a una
socie-dad de oficio antes de ingresar en la Agrupación, Nash señala que la
mayor parte de las militantes madrileñas –394 de un total de 527– aparecen sin
pro-fesión o se señala «sus labores»; de las restantes, el bloque más numeroso
tra-baja en la confección –83–, habiendo representantes de la enseñanza,
sanidad y servicio doméstico, entre otros sectores. En cuanto al tiempo de
militancia, 166 llegaron a tener más de diez años, y un número similar –156–
permaneció entre cinco y diez. Las que no cumplen el año de afiliadas fueron
98. La autora del estudio estima estos datos consecuencia de un fuerte grado de
conciencia y compromiso con las ideas socialistas33.
Lo normal es que la afiliada permaneciera dentro del grupo hasta su baja
definitiva, sin embargo hay casos en que sale y vuelve a ingresar pasado un
tiempo más o menos largo. Tal sucede con Carmen Jordán y Carmen de Bur-gos,
quienes solicitaron la baja voluntaria por motivos parecidos. La Jordán al ser
recriminada por el Comité tras haber participado sin autorización en un mitin
anticlerical en el verano de 1910. Después de retirar las palabras ofensivas
contenidas en su carta de renuncia, se le readmite a los pocos días34. Burgos,
por su parte, se marchó en 1912 cuando otras dos compañeras le atri-buyen haber
hablado de forma poco favorable para los socialistas en un acto en el Círculo
Radical. El tema ocupó tres reuniones del Comité a lo largo de dos meses.
Finalmente reingresó en 1917, con la satisfacción de todas menos las
denunciantes. Tampoco en esta ocasión superará los dos años de perma-nencia,
pues en diciembre de 1919 se vuelve a dar de baja al exigirle los com-pañeros
del Arte de Imprimir cumplir los estatutos y afiliarse a la sociedad para
seguir en la Agrupación. Esta salida fue definitiva, aunque Colombine35
seguiría colaborando con la causa socialista, como lo hacían otras muchas
mujeres que sin llegar nunca a inscribirse asistían a todos los actos y mítines
de la Agrupación36.
33. Nash, Mary, Mujer y movimiento
obrero en España. 1931-1939, Barcelona, 1981, p. 144.
34. Reunión de la Junta General de
28 de agosto de 1910. Cfr. Libro de Actas de las Juntas Generales. Marzo, 1906
- febrero, 1915. Archivo y Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias.
35. Una completísima biografía de
Carmen de Burgos es la realizada por Núñez Rey, Con-cepción, Carmen de Burgos,
Colombine, en la Edad de Plata de la literatura española, Sevilla, 2005.
36. Ralle, Michel, «Les
socialistes madrilènes au quotidien. I (des origines de l’Agrupa-ción à 1910)»,
Mélanges de la Casa de Velázquez, Tomo 17 (1981), pp. 343 y ss.
Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2008, pp.
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114 Rosa Mª Capel Martínez
3. Mujeres en acción
La vida de los Grupos Femeninos Socialistas estuvo fuertemente vinculada
a la del PSOE y los sindicatos, con los que compartían objetivos e intereses.
Ahora bien, sería erróneo creer que se limitaron a seguir instrucciones de las
direcciones superiores. Los Grupos fijaron también su propio programa,
manifestaron sus opiniones, aún si no coincidían con la línea mayoritaria, y
pusieron en marcha actividades acordes con las preocupaciones priorita-rias en
cada momento. El carácter de éstas últimas fue diverso: sindical, so-lidario,
educativo-cultural, político, ideológico, propagandístico. Todo, pese a la
penuria económica en que se movieron, de la que son buena prueba las periódicas
suscripciones hasta para comprar útiles para las Secretarías y las solicitudes
de exención de cuotas.
La Agrupación Femenina de Madrid guardó estrecha relación con los
sin-dicatos obreros, compartiendo afiliadas y locales en la sede del PSOE con
algunos femeninos –Lavanderas y Planchadoras, Sastras, Guarnecedoras,...
Siempre apoyó las reivindicaciones proletarias, las huelgas convocadas y
la fundación de nuevas sociedades, como el sindicato de Modistas en 191137. La
solidaridad, asimismo, late tras las suscripciones y rifas promovidas para
recoger fondos a favor de los compañeros y compañeras que los necesitaban
–trabajadores en huelga, enfermos, presos, etc.–. Incluso se remitieron 5 pts.
en 1907 para la Revolución Rusa y otras tantas para ayudar con los gastos del
compañero Delegado al Congreso de la Internacional Socialista. Algunas
mili-tantes antepusieron estos compromisos a la recaudación para una bandera de
la Agrupación cuando ésta se propuso.
La importancia dada a la educación y el elevado analfabetismo femenino
otorgaron gran relevancia a las iniciativas para mejorar el nivel cultural de
las integrantes de la clase obrera. Señalado queda lo que los Estatutos
es-tablecían al respecto –biblioteca, lectura de la prensa–, a lo que se suma
el establecimiento de clases de cultura femenina y de higiene y economía
do-méstica; el desarrollo de diversos talleres, y la programación de
conferencias. Éstas debieron tener bastante éxito, pues en 1911 se solicitó
para celebrarlas el salón grande de la Casa del Pueblo. Se escogían temas de
actualidad –vo-to, feminismo y mujer obrera, feminismo socialista, educación de
la mujer, atención a las madres solteras, etc.– y figuras señeras para
desarrollarlos – Margarita Nelken, María Lejárraga, Clara Campoamor, Consuelo
Álvarez y Cordero, María Cambrils, Valentina Generest de Nigro, Torralba Beci,
Carmen de Burgos, la Dra. Soriano,...
37. Moral Vargas, Marta del, «El Grupo Femenino Socialista de Madrid…,
pp. 257-258.
Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2008, pp.
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Mujer y socialismo (1848-1939) 115
La acción política y de propaganda de la Agrupación Femenina Socialista
madrileña ocupó gran parte del tiempo de sus dirigentes e integrantes. Junto a
la frecuente participación en actividades del Partido, de las Juventudes y de
las sociedades obreras, estaban los mítines, veladas y reuniones organizados
para atraer afiliadas, mostrar su repulsa por lo que acontecía en España o
de-fender las reivindicaciones femeninas, en general, y las laborales, en
particu-lar. La asistencia a estos actos dependió de muchas variables, si bien
debieron estar bastantes concurridos según cabe inferir de los testimonios
gráficos y escritos aparecidos en la prensa. Para apoyarlos está el testimonio
de Carmen Jordán, quien en 1910 elevó una protesta después de que muchas mujeres
no pudieran acceder a un mitin programado en la Casa del Pueblo para ellas por
haber ocupado su lugar en el salón otros compañeros. En los difíciles mo-mentos
vividos por la sociedad española durante la segunda década del siglo XX,
mítines y movilizaciones expresaban preferentemente la repulsa hacia el
conflicto marroquí y contra la redención en metálico del servicio militar, que
tanto perjudicaba a sus hijos. En 1917 se añadió la petición de amnistía para
los detenidos durante la huelga general de ese verano. La acción de las mujeres
en estas ocasiones fue tan decidida que alguna prensa no dudó en compararlas
con las sufragistas inglesas. Es posible que muchas de las asisten-tes
acudieran más en calidad de hijas, esposas, madres o hermanas de quienes se sentían
oprimidos, que por sentirse protagonistas de una lucha propia. Las llamadas que
se les dirigen, además, inciden más en aquel sentido que en éste. Sin embargo,
el que estuvieran allí ya era un paso adelante.
Durante los años veinte, las movilizaciones se redujeron en número hasta
desaparecer con la Dictadura, mientras la temática de los mítines se tornó más
feminista. Así, el 3 de mayo de 1926 se celebró uno para pedir que se legislara
sobre la investigación de la paternidad. Intervinieron: Julia Vega y Claudina
García, por la Agrupación Femenina, Isabel Oyarzábal, escritora, Concepción
Alexandre, médico, Clara Campoamor, abogada, y Carmen de Burgos, quien envió
unas cuartillas para que se leyeran. Abordando el tema desde distintos puntos
de vista, todas coincidieron en señalar la necesidad de una ley para investigar
la paternidad y en denunciar la injusticia que se cometía con los hi-jos
ilegítimos y las madres solteras, atacadas por la misma sociedad que nada decía
del padre38. Con posterioridad a este acto se celebraron otros pidiendo abolir
la prostitución, contra el Artº 438 del Código Penal, referido al adulte-rio, y
un homenaje a Clara Campoamor por rechazar el nombramiento para la Junta del
Ateneo que le había hecho Primo de Rivera.
38. El Socialista, 3-V-1926.
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116 Rosa Mª Capel Martínez
Mención aparte merecen las actividades realizadas con motivo de las
con-vocatorias electorales, especialmente a partir de que Pablo Iglesias
obtuviera el escaño de diputado en 1910. Pese a no estar reconocido el sufragio
femeni-no, los socialistas pidieron siempre a las integrantes de las clases
trabajadoras que velaran por que sus maridos votasen a los candidatos del
Partido y que no aceptasen propuesta alguna de cambiar su voto por una limosna.
Las afi-liadas a la Agrupación Femenina, además, dirigían llamamientos a todas
las españolas durante las campañas; convocaban mítines con mayoría de
orado-ras; distribuían propaganda por distintas zonas y a las puertas de los
colegios electorales, donde se les encargaba vigilar que la derecha no comprara
los votos «de quienes de natural votaban a la izquierda»39. En marzo de 1914,
un grupo pidió al presidente de una mesa asistir al escrutinio pese a no ser
electoras; aquel aceptó argumentando que era un modo de prepararlas para el día
cercano en que tendrían ese derecho40.
Resonancias políticas tienen, igualmente, los intensos debates vividos
dentro de la Agrupación Femenina Socialista madrileña durante la prepara-ción
de propuestas para los Congresos del PSOE y de las Juventudes Socialis-tas o
sobre temas tan candentes cuales fueron la alianza con los republicanos, la
integración en la III Internacional y el voto femenino, tres cuestiones
am-pliamente tratadas por el Comité, las Juntas Generales y las Asambleas. Las
decisiones adoptadas no coincidieron siempre con las posturas mayoritarias
dentro de la Ejecutiva federal, a pesar de lo cual las mujeres mantuvieron su
decisión en una muestra de independencia nunca fácil.
La alianza con los republicanos se cuestionó ya en 1911. Virginia
Gonzá-lez, a la sazón Presidenta del Grupo, defendió la ruptura con ellos en
Junta General por considerarlos un partido burgués, no de clase, y por no
portarse siempre bien con el socialismo allá donde habían triunfado. Parte de
las asis-tentes consideraba más importante la alianza de las izquierdas,
imprescindible si se quería para derrotar a las derechas. Votadas ambas
posturas, la rupturista se impuso por 25 votos contra 7. Cuando en 1919 se
vuelva sobre la cuestión en la Asamblea General las posiciones se mantuvieron.
Para entonces el socialismo español se encontraba inmerso en otro debate
más sangrante: el de unirse o no a la III Internacional, liderada por los
comu-nistas. El tema ocupó dos años –1919/1921– y tres Congresos. Las
Juventudes
39. Para los comicios del 9 de
abril de 1916, el acta del Comité celebrado cuatro día antes especifica que «la
Comisión balla (sic) en Landó repartiendo hojas de propaganda (su-plemento) por
todos los colegios electorales y vigilar lo posible».
40. El Socialista, 7-III-1914.
Cfra.: Moral Vargas, Marta del, «El Grupo Femenino Socia-lista de Madrid…, p.
265.
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Socialistas eran partidarias de retomar la vía revolucionaria como
instrumen-to de cambio social y aceptar los 21 puntos que exigía Moscú para
unirse a ellos. La dirección del Partido prefería mantenerse vinculada a la II
Inter-nacional. La Agrupación Femenina abordó el tema en varias ocasiones con
similar división en su seno. De nuevo Virginia González era partidaria de la
ruptura, entendiendo que los rusos no exigían la revolución inmediata, sino
estar prestos a iniciarla en el momento oportuno. De nuevo, parte de las
asis-tentes se opusieron. La Agrupación, finalmente, optó por definirse
partidaria de la III Internacional siempre que el PSOE conservarse la libertad
de acción que tenía. Cuando el partido decidió mantenerse donde estaba,
Virginia aban-donó la Agrupación y el socialismo.
El voto femenino41, por su parte, fue el tema más tratado a lo largo de
la vida de la Agrupación Femenina madrileña, agitado por acontecimientos
nacionales, internacionales o de ambos tipos a un tiempo. La primera vez
corresponde al 8 de noviembre de 1906. El Heraldo de Madrid había empe-zado a
publicar los resultados de una encuesta entre sus lectores sobre si las mujeres
debían o no tener derecho de voto, si éste debía o no ser universal, y si
debían o no ser elegibles. Al grupo femenino se le pidió su opinión y el Comité
debatió al respecto. El que las asistentes estimaran carecer de criterio
formado, no evita que se dividieran las opiniones. Carmen Jordán se opuso al
voto femenino, mientras el resto consideró que las españolas deberían tenerlo
pero no se encontraban preparadas para ello. Dos meses más tarde, acordaron
pedir a un compañero una conferencia sobre la conveniencia de que la mujer
influyera en el marido a la hora de acercarse a las urnas.
El tema reaparece en 1919 con similar polémica pero en un marco
inter-nacional bien distinto. En esos momentos, el reconocimiento de los
derechos electorales femeninos se ha convertido en Europa en signo externo de
demo-cracia. Inglaterra, aunque restringido, acababa de reconocerlo; Estados
Uni-dos votaba la XIX Enmienda a la Constitución otorgándolo; Rusia, Alemania y
otras naciones también lo tenían. Ante esta fiebre sufragista, el proyecto de
ley electoral que preparaba el Ministro de la Gobernación, Burgos y Ma-zo,
contemplaba capacitar a las españolas para elegir, no para ser elegidas, y que
votasen en días distintos de los varones. Antes de llevarlo al Parlamento buscó
otras opiniones, entre las que estuvo la de la Agrupación Femenina Socialista
madrileña, que ya se ocupaba de la cuestión. En la Asamblea del
41. Para un estudio de conjunto
sobre el tema, véase: Capel Martínez, Rosa Mª, El sufra-gio femenino en la 2ª
República española, Granada, 1975, y Madrid, 1992 y Fagoaga, Concha, La voz y
el voto de las mujeres. El sufragismo en España, 1877-1931, Barcelona, 1985.
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12 de octubre, dedicada casi monográficamente al tema, se reprodujeron
las posturas de tres lustros antes y las que encontraremos una década después.
Para Ana Posadas el voto femenino era peligroso porque la española no se
encontraba educada para su ejercicio. Para Carmen de Burgos, no había que tener
miedo a la participación electoral de aquélla, sino trabajar para educarla y
que apoyara al socialismo. Además, propuso formar una Comisión al efecto, que
integrarían ella misma, Virginia González y una tercera compañera por designar.
El proyecto del Ministro, presentado a las Cortes poco después, no llegó a
debatirse y el tema desapareció de las preocupaciones políticas ante la
delicada situación del país, que desembocaría en la Dictadura del general Primo
de Rivera en 1923.
Curiosamente, será éste quien reconozca los derechos electorales a las
viudas y solteras para los comicios Municipales en 1924, decretando su
inclu-sión en el Censo Electoral42. Tal decisión, insatisfactoria para las
feministas y para muchos socialistas por excluir a las casadas, creaba una
nueva situación para el hipotético caso de unas elecciones. Consciente de ello,
Saborit llama a organizar a las mujeres y a realizar «un debate especial
consagrado a la pro-paganda de nuestras ideas», a fin de que abandonasen «las
viejas prácticas religiosas» por «una religión nueva, la del Amor y la Paz». De
este modo, si el voto femenino se había implantado para fortalecer a las
derechas, «el ene-migo, una vez más, nos habrá dado la ocasión para ganarle una
fortaleza»43. La Agrupación Femenina, que además había conseguido el voto
corporativo, inició una intensa campaña pro-sufragio. Los donativos recibidos
sirvieron para realizar actos en la Casa del Pueblo con la intervención, entre
otras, de Victoria Kent, Clara Campoamor y Matilde Huici. También se
trasladaron a «los barrios extremos» para acercarse a quienes no habían tenido
fácil acu-dir. Las organizadoras se vanagloriaban de que el gobierno sólo les
hubiera suspendido un acto hasta enero de 1925. También se acordó, a propuesta
de María Cambrils, elaborar una «Página Femenina», si bien la Federación
Na-cional de las Juventudes Socialistas puso como condiciones para publicarla
el que se adquirieran 100 ejemplares de El Socialista y que se mandasen los
artículos corregidos, tarea para la cual se designó un Comité de Redacción
in-tegrado por Paca Vega y Carmen González. La campaña pro-voto se mantuvo
hasta inicios de 1926, cuando la Agrupación Socialista les pide que detengan su
actividad por no haber perspectivas electorales, algo que pone de relieve el
42. Estatuto Municipal y Real
Decreto publicados en la Gaceta de Madrid el 9 de Marzo y 12 de Abril de 1924,
respectivamente. Cfra.: Capel Martínez, Rosa Mª: El sufragio femenino...
43. Cambrils, María: Feminismo
socialista..., pp. 20-21.
Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2008, pp.
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Mujer y socialismo (1848-1939) 119
sentido utilitarista desde el que muchos socialistas abordaban aún el
tema de los derechos políticos femeninos.
Este apoyo decidido a la causa sufragista puede considerarse una
influen-cia del feminismo socialista que se iba conformando y que empezaba a
con-feccionar una agenda propia más amplia que la de los primeros tiempos. Si
se miran las propuestas que el Comité de la Agrupación Femenina presenta al
Congreso del Partido en 1911, vemos que se concretan en cuatro: a) no ad-mitir
mujeres en las Agrupaciones donde haya Grupos Femeninos; b) dedicar más
importancia al movimiento feminista de clase en la prensa socialista; c) llevar
a la práctica las leyes existentes a favor de las mujeres y niños, procu-rando
la prohibición del trabajo nocturno; d) laborar en las agrupaciones por la
organización económica y política de los obreros44.
Para 1926, las proposiciones del grupo al Pleno de las Juventudes
Socia-listas incluyen, junto al sempiterno apoyo a los Grupos Femeninos, un
exten-so programa de reivindicaciones defendido por Claudina García. Las hay de
tipo penal: desaparición del Artº 438 del Código que absuelve a los maridos que
matan a la mujer infiel y posibilidad de que la mujer casada abandone el
domicilio conyugal sin poder ser obligada por su marido a volver. Otras afectan
al Código Civil: que la mujer pueda disponer y administrar libremente su
hacienda; que la madre tenga igual derecho que el padre sobre los hijos, y
reconocer los mismos derechos a los hijos ilegítimos que a los legítimos. Entre
las políticas estaba ampliar el voto municipal a las mujeres casadas y
otorgarlo también para las elecciones de diputados provinciales y a Cortes.
Finalmen-te, se piden reformas tan importantes como que el Estado asuma el
deber de sostener a las madres solteras mientras crían a los hijos
proveyéndolas de trabajos adecuados o medios económicos suficientes, y que se
constituya un cuerpo de personal femenino competente para cuidar a los hijos de
las obreras en parques y jardines durante el horario laboral.
Si la importancia social que el tema de la emancipación de la mujer
ad-quiere en la España de comienzos del siglo XX obligó al PSOE a poner más
énfasis en los problemas que afectaban a este sexo, la creciente concienciación
de las mujeres socialistas constituyó una presión sobre la agenda del partido.
Presión que se dejará ver más a la hora de elaborar estrategias políticas que
de propiciar la presencia femenina en los órganos de dirección. Así, el
programa socialista salido del XI Congreso Nacional (1918) incluía las ya
tradicionales reivindicaciones relativas al trabajo femenino y otras más
recientes: sufragio,
44. Junta General de 11 de Junio
de 1911. Cfra.: Libro de Actas de las Juntas Generales. Mar-zo, 1906-Febrero,
1915. Archivo y Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias.
Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2008, pp.
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120 Rosa Mª Capel Martínez
igualdad civil, abolición del trabajo a domicilio y creación de Casas de
Mater-nidad municipales para hijos de obreras. En 1929, el III Congreso
Nacional de la Federación de Juventudes Socialistas de España aprueba once
reivindica-ciones para la mujer, que incluyen las propuestas de la Agrupación
Femenina Socialista de 1926, mencionadas anteriormente, más una ley de divorcio
y el castigo del delito de seducción seguido de abandono45.
La llegada de la II República, el 14 de abril de 1931, daría la
oportunidad de ver la dimensión del compromiso socialista con estas
reivindicaciones. Una parte las encontramos recogidas ya en la Constitución
aprobada ese otoño (Artículos 2, 25, 36, 40, 43, 46). En 1932 salió adelante la
primera ley de divorcio, tras ardoroso debate en Cortes y crispada polémica en
la sociedad. También se creó un Seguro de Maternidad para las trabajadoras,
siguiendo, en parte, los términos del nacido en 1929. En 1935 se abolió la
prostitución. Sin embargo, nada se hizo para terminar con la discriminación
salarial, presente en las Bases de Trabajo aprobadas durante el período. El
tema tenía demasia-dos opositores. Tampoco era fácil, ni hubo tiempo, para
adecuar los Códigos Civil y Penal al mandato constitucional de igualdad.
4. El techo de cristal
La apertura de la agenda del PSOE a las reivindicaciones de las mujeres
no se correspondió con una mayor incorporación a las labores de responsabilidad
ni en el partido ni en las Juventudes. Entre los delegados a los Congresos, la
presencia femenina es meramente testimonial en el mejor de los casos: una, dos,
a lo sumo tres. Lo frecuente es que se reduzca a la o las representantes que
correspondían a la Agrupación Femenina Socialista de Madrid. Doce fue-ron las
delegadas asistentes a las reuniones congresuales del PSOE entre 1912 y 1932.
La primera fue Virgina González, y la única que repitió tres veces más (1915,
1919 y 1921); María Hernández acudió a dos (1920, 1921), mientras las restantes
sólo a una. Por el grupo femenino madrileño lo hicieron Virginia y María,
Clementa Calvo (1918), Claudina García (1921), Carmen Gonzá-lez (1919) y María
Merino (1918). Representando a Agrupaciones Socialistas fueron: Nieves Camacho
por Puertollano (1927), Regina García por Murcia (1931), Luz García por Madrid
(1928), Manuela Sánchez por San Lorenzo de El Escorial (1932) y Francisca Vega
por Toledo y Carpio del Tajo (1918). Ade-más, Margarita Nelken sería
Vicepresidenta del congreso de 1932, sin duda en reconocimiento a su
personalidad.
45. Para un análisis más detallado
de estos aspectos y los siguientes, véase: Capel Martí-nez, Rosa Mª, Socialismo
e igualdad...
Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2008, pp.
101-122
Mujer y socialismo (1848-1939) 121
De la Ejecutiva del PSOE sólo formó parte Virginia González, elegida
Vo-cal en 1915, pasando a ocupar el recién creado puesto de Secretaria Femenina
en el siguiente Congreso de 1918. De momento faltan datos sobre las tareas que
se le asignaron y, en cualquier caso, puesto y titular desaparecieron tras los
Congresos Extraordinarios de 1919-1921.
Habrá de pasar un lustro para que se vuelva a hablar de una Secretaría
Femenina. Ocurre durante la Junta General Ordinaria de la Agrupación Fe-menina
Socialista de Madrid en 1926 y se propone que integre a todas las Sociedades de
Mujeres. Como la Agrupación se disolvió al año siguiente, la iniciativa no tuvo
recorrido. Mas la idea no debió desaparecer, porque durante la Guerra Civil se
creó un Secretariado Femenino dentro del PSOE.
Desde el inicio de la contienda habían sido muchas las socialistas
alis-tadas en la «Agrupación de Mujeres Antifascistas» y «L’Unió de Dones de
Catalunya», controladas por las comunistas, para hacer un frente común. Sin
embargo, la convivencia no era fácil, al menos entre dirigentes. El testimonio
de Matilde Cantos, representante en el «Comité Nacional de Mujeres contra la
Guerra y el Fascismo», no deja duda al respecto. A su paso por Madrid en 1937
informaba de los malos ratos que pasaba y de lo inútil de sus esfuerzos por
imponer la línea socialista en la asociación. Sólo si las compañeras se
afi-liaban masivamente podría reconducirse la situación46.
La empresa no podía ser más difícil, sobre todo teniendo en cuenta la
cre-ciente fuerza política del Partido Comunista. Quizás por ello, Ramón
Lamo-neda expresaba la preocupación que sentían los socialistas por el
movimiento femenino ante el Congreso Nacional del PSOE de ese año. Lamentaba
que hubiera sido uno de los temas importantes no tratados por falta de tiempo y
anunciaba que la Ejecutiva había encargado a Matilde de la Torre un proyecto y
decidido formar un Secretariado Femenino, estándose pendiente de hallar un
local para ponerlo en marcha. No existe apenas información sobre cuándo se
constituyó ni acerca de su funcionamiento, salvo que a finales de 1938 su
Comisión Directora contaba con Matilde Cantos, Claudina García y Julia Álvarez
Resano, quien actuaba de Secretaria47. Las oficinas se abrían todas las tardes
de 5,00 a 7,00 hs. en los locales del Partido para atender a cuantas mujeres
quisieran colaborar. Los viernes a las 5,00 h. se reunía la Comisión, que había
solicitado información sobre los Grupos Femeninos y Secretarías
46. Acta de la reunión celebrada
por el Comité del Grupo Femenino Socialista y responsables de Círculos
Sociales. 27 de abril de 1937. Archivo y Biblioteca de la Fundación Pablo
Iglesias.
47. Correspondencia de Ramón
Lamoneda con el Secretariado Femenino. 1938. Archivo y Bi-blioteca de la
Fundación Pablo Iglesias. Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea,
7, 2008, pp. 101-122. 122 Rosa Mª Capel
Martínez
existentes, con indicación de la fecha de fundación y el número de
afiliadas. Asimismo, había acordado buscar la solidaridad de Organizaciones
Femeni-nas de otros partidos políticos nacionales y de Organizaciones
Socialistas en el extranjero48.
La derrota republicana en 1939 significó la desaparición de este órgano
y la desarticulación de los Grupos Femeninos dentro del PSOE. Habrían de pasar
más de dos décadas antes de que volviera a reorganizarse algo similar y
cuarenta años para tener un órgano estable dentro de la Ejecutiva Federal que
se ocupase de los problemas de las mujeres e impulsase políticas de igualdad
dentro y fuera del partido49.
48. Carta de la Comisión Directora
del Secretariado Femenino de 24-XII-1938 dirigida a la Comisión Ejecutiva del
PSOE. Cfr.: Correspondencia de Ramón Almoneda con el Secreta-riado Femenino.
1938. Archivo y Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias.
49. Cfr.: Capel Martínez, Rosa Mª,
Socialismo e igualdad...
Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2008, pp.
101-122

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