© Libro N° 13046. 1° De Mayo. Historia Y
Significado. Babiano Mora, José. Emancipación.
Octubre 5 de 2024
Título original: ©
1° De Mayo. Historia Y Significado. José Babiano Mora
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Historia Y Significado. José Babiano Mora
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
1° de MAYO
HISTORIA Y SIGNIFICADO
José Babiano Mora
1° de
MAYO
HISTORIA
Y SIGNIFICADO
José
Babiano Mora
1° de MAYO
HISTORIA Y SIGNIFICADO
José Babiano Mora
1ª edición: abril 2006
2ª edición: julio 2006
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ISBN: 84–96465–35–7
D.L.: AB-162-2006
A la memoria de Pamela O’Malley y de José Manuel Pérez Pena
ÍNDICE
Presentación 9
Los orígenes 11
¿Y en España? 27
Desarrollo y consolidación de un ritual 31
Entre la revolución y el fascismo: el 1 de Mayo en
el periodo de entreguerras 41
El 1 de Mayo durante las tres primeras décadas
del siglo XX en España 49
En la Segunda República y la Guerra Civil española 61
Después de la Segunda Guerra Mundial 67
Bajo el franquismo 73
Desde la restauración de la democracia en España
hasta hoy 83
Breve nota sobre una bibliografía sucinta 93
PRESENTACIÓN
Durante más de un siglo, el 1 de Mayo viene siendo una jornada de lucha
y reivindicación. Se trata también de una fiesta, la Fiesta del Trabajo o de
los trabajadores. Representa, junto a la bandera roja quizás, la tradición más
universal y persistente del movimiento obrero, con sólidos rituales en cada
celebración local o nacional. Todo eso es el 1 de Mayo. En tanto que tra-dición
arraigó muy pronto entre la base de las organizaciones socialdemócratas que
impulsaron su convocatoria a finales del siglo XIX; seguramente con más éxito
del que esperaban sus dirigentes, como nos ha recordado el historiador
británico Eric Hobsbawm. Surgió en el hemisferio norte y fue impulsado por los
grandes partidos socialdemócratas de los países europeos occidentales más
industrializados. La fecha, en el comienzo de la primavera en esos países y por
lo tanto con el inicio del buen tiempo, facilita la participación periódica en
manifestaciones, actos y fiestas populares al aire libre. Además, el inicio de
la primavera se halla cargado de simbolismo. En efecto, en esas épocas se
produce la renovación de la vida en la naturaleza, a través de la floración. El
1 de Mayo obrero simboliza, análoga-mente, la renovación anual de la fuerza de
la clase trabajadora. Representa también la reformulación del ideal de cambio
hacia una nueva sociedad, igual que la primavera trae un nuevo ciclo vital en
la naturaleza.
Los orígenes
El 1 de Mayo tiene su origen en un combate de enorme ac-tualidad en el
movimiento obrero, como es la lucha por la re-ducción del tiempo de trabajo.
Más concretamente, hunde sus raíces en la batalla por la jornada de ocho horas
y la campaña de los tres ochos: ocho horas de trabajo, ocho horas de des-canso
y ocho horas de formación. Desde el primer tercio del siglo XIX en Europa y
Estados Unidos se habían registrado de manera recurrente movimientos parciales
por la reducción de la jornada laboral que por entonces se situaba muy a menudo
entre las 12 y las 14 horas diarias. En Europa, estos movimien-tos habían
tenido lugar especialmente en Inglaterra, algo que no debe sorprendernos si se
tiene en cuenta que había sido la cuna de la revolución industrial y era, por
aquél entonces, el taller del mundo. Por esa razón se había desarrollado allí
la clase trabajadora de una manera más temprana.
El 1 de Mayo responde, en todo caso, a un doble origen: norteamericano y
europeo. En Estados Unidos, tras varios años de movilizaciones, en 1868 una ley
federal instituyó la jornada de ocho horas para los trabajadores dependientes
del Estado o que trabajaban para él. Las manifestaciones, huelgas y tomas de
posición por la extensión de la jornada de ocho horas al resto de los
trabajadores del sector privado continuaron en los años si-guientes. En este
contexto, se constituyó en 1881, en un congreso celebrado en la ciudad de
Pittsburgh (Pensylvania) la federación sindical que pasará a convertirse en la
Federación Americana del Trabajo (American Federation of Labor, AFL). La AFL
celebró su IV Congreso en la ciudad de Chicago, en 1884. Fue precisa-mente en
ese congreso cuando de manera explícita apareció por vez primera la idea de
organizar el primero de mayo una jorna-da de reivindicación obrera por las ocho
horas. De manera más concreta, en una moción allí presentada se eligió el
primero de mayo de 1886. Evidentemente los que votaron la resolución no eran
conscientes en ese momento del alcance que tendría en el futuro y tampoco
estaban imbuidos del carácter internaciona-lista que adquiriría.
¿Por qué optaron los congresistas de la AFL por ese día? El primero de
mayo era conocido en los estados de Pensylvania y de Nueva York como el moving
day. Es decir, se trataba de la fecha en la que concluían los contratos y se
iniciaban los de la nueva temporada. Representaba, por lo tanto, el comienzo
del curso laboral, vinculado a la contratación de nuevas obras y servicios. De
manera que habiendo dispuesto el congreso un periodo amplio (desde octubre de
1884 hasta el 1 de mayo de 1886), para la entrada en vigor de las ocho horas,
los patronos no pudieran alegar en su momento que desconocían esa pro-puesta de
cambio en las nuevas bases de trabajo para la tempo-rada 1886–1887.
La resolución del congreso de 1884 se ratificó al año si-guiente en un
nuevo congreso de la AFL, celebrado esta vez en Washington. Mientras tanto,
otra organización obrera norte-americana, los Caballeros del Trabajo, se habían
sumado a la campaña por las ocho horas. De este modo, se configuraron frentes
sindicales unitarios de carácter local para llevar a cabo la propaganda. En
1885 volaba de mano en mano entre los tra-bajadores de las ciudades
industriales norteamericanas una oc-tavilla que decía:
Un día de rebelión, no de descanso! Un día en que con tre-menda fuerza
la unidad del ejército de los trabajadores se mo-viliza contra los que hoy
dominan el destino de los pueblos de toda nación. Un día de protesta contra la
opresión y la tiranía, contra la ignorancia y la guerra de todo tipo. Un día en
que comenzar a disfrutar de ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y
ocho horas para lo que nos dé la gana.
Según se fue acercando el 1 de mayo de 1886 se incremen-taron las
protestas laborales y la actividad sindical. En el mes de abril, a pesar de las
recomendaciones de prudencia, estalla-ron una serie de violentas huelgas. La
víspera del 1 de Mayo de 1886, el periódico de los emigraantes anarquistas de
lengua alemana, Arbeiter Zeitung, publicó los siguientes comentarios, que
muestran el nivel de radicalización imperante:
¡Adelante con valor! El conflicto ha comenzado. Un ejército de
trabajadores asalariados está desocupado. El capitalis-mo esconde sus garras de
tigre detrás de las murallas del or-den. Obreros, que vuestra consigna sea: ¡No
al compromiso! ¡Cobardes a la retaguardia! ¡Hombres al frente!
Cuando finalmente llegó la fecha prevista, se organizaron
manifestaciones por todas partes, con el eslogan unificador de ¡8 horas de
trabajo, 8 horas de descanso, 8 horas de instruc-ción! Hubo no menos de 5.000
huelgas y alrededor de 340.000 huelguistas. En el estado de Nueva York, en los
diversos míti-nes, se pronunciaron discursos en inglés y en alemán, dada la
diversidad nacional de origen de los trabajadores en un país de inmigración. En
las fechas siguientes, como resultado de la mo-vilización, hasta un millón de
trabajadores norteamericanos vieron reducida su jornada sin que se les
modificase el salario. Evidentemente, en las dimensiones de Norteamérica, se
trataba de un porcentaje de trabajadores muy pequeño, por lo que la jornada de
aquel 1 de Mayo, en términos de resultados concre-tos, tuvo un carácter
modesto. Lo importante era, sin embargo, haber logrado unir a los trabajadores
detrás de una consigna unitaria.
Por otra parte, ante la masividad de la manifestación que tuvo lugar en
Milwaukee, las autoridades concentraron abun-dante fuerza pública. Los
manifestantes reaccionaron arrojándoles piedras y la policía respondió con una
carga de fusilería, cobrándose nueve víctimas mortales. A su vez, en Chicago,
el día 3 se vivieron acontecimientos de carácter trágico. Estos acontecimientos
convertirían el 1 de Mayo en una fecha de re-sonancia mundial. Chicago era un
ciudad especialmente dura en términos de condiciones de vida obrera. Al mismo
tiempo, era el cuartel general del anarquismo norteamericano. Entre los
trabajadores de la ciudad existía una arraigada cultura militan-te, de manera
que estaban acostumbrados a los mítines y a las manifestaciones de masas, a los
disturbios callejeros –en ocasio-nes con la participación de grupos armados de
autodefensa–, al ondear de banderas rojas y negras y a la propaganda. Por eso
el 1 de Mayo respondieron al llamamiento a la huelga realizado por diversas
organizaciones. En los días siguientes todavía va-rias decenas de miles de
trabajadores permanecían en huelga, mientras que otros debían afrontar un
cierre patronal.
Un cierre patronal era, precisamente, lo que se había pro-ducido en la
fábrica de maquinaria agrícola Mac–Cormik, de la que habían sido despedidos 100
trabajadores. La empresa contrató esquiroles para sustituir a los huelguistas
despedidos y recurrió a los servicios de la Pinkerton, una agencia de
detec-tives que le proporcionó pistoleros armados, a guisa de policía privada,
contra la plantilla. En la tarde del 3 de mayo, entre siete y ocho mil
huelguistas se concentraron a las puertas de la fá-brica en el momento del
final del turno para insultar e intimi-dar a los esquiroles que salían a la
calle, tras concluir la jornada. Enseguida hubo choques con la policía y
procedentes de la mul-titud sonaron tiros de revolver. A los disparos de los
pistoleros de la Pinkerton se sumó la carga de fusilería de la policía. La
muchedumbre acabó huyendo, pero en la refriega se quedaron seis muertos y medio
centenar de heridos. A este sangriento epi-sodio se añadieron detenciones
masivas a lo largo de esa noche.
Al mismo tiempo y también en Chicago, los grupos anar-quistas habían
convocado un mitin en la plaza de Haymarket a las siete y media de la tarde. El
evento tenía un carácter pacífico y los convocantes pidieron que se acudiera
sin armas al mismo. Se presentaron a la convocatoria unas quince mil personas.
Se sucedieron diversas intervenciones de dirigentes obreros locales,
transcurriendo todo en calma. Cuando la multitud comenzó a disolverse hizo acto
de presencia la policía, actuando con inusi-tada contundencia. Todavía no había
terminado su requisitoria para que se dispersase el gentío el oficial al mando,
cuando cayó una bomba entre las fuerzas policiales. Cayeron muertos dos y otros
seis morirían más tarde, a resultas de las heridas. A partir de ese momento se
desató una violencia ciega. La policía abrió fuego contra la multitud dejando
un balance de víctimas incier-to, si bien pocos días después, las agencias de
prensa se refirieron a medio centenar de militantes heridos mortalmente.
El estado de sitio fue declarado en Chicago y las autorida-des
procedieron a practicar detenciones masivas. Al parecer, el autor del
lanzamiento de la bomba fue un anarquista alemán que no pudo ser localizado.
Pero en su defecto, la justicia mon-tó un proceso al anarquismo de origen
alemán presente en la ciudad de Chicago, de manera que si no se castigaba al
autor del atentado –cuestión que pasó a ser secundaria–, mediante un proceso
ejemplarizante se podía extirpar de la ciudad el movi-miento obrero de carácter
revolucionario. Este tipo de procesos contra el movimiento obrero siempre se ha
organizado de ma-nera similar a lo largo de la historia; es decir, capturando a
los dirigentes más significativos, montando un juicio–farsa en el que se
presentan falsos testigos, se fabrican acusaciones falsas y finalmente, se
dictan sentencias severísimas. La hipótesis de trabajo reside en que al
descabezar el movimiento, éste acabará desapareciendo.
Efectivamente, bajo esas premisas tuvo lugar la detención y el posterior
proceso de un grupo de dirigentes locales, entre los que estaban los editores
del periódico obrero Arbeiter Zeitung. Se trataba de Spies, Fielden, Neebe,
Fischer, Schwab, Lingg, Engel y Albert Parson. Todos ellos eran militantes de
origen alemán y algunos de ellos judíos. Concluido el juicio con todos los
ingre-dientes de rigor incluida la presencia de testigos falsos, el 20 de
agosto de 1886 los ocho acusados fueron condenados a la horca. A Schwab y
Parson les conmutaron la pena capital por la cadena perpetua y a Neebe por
quince años de prisión. La defensa apeló el 18 de marzo de 1887, pero en
septiembre de ese mismo año el juicio quedó ratificado, ya que el Tribunal
Supremo de los Estados Unidos se negó a revisar el caso por defecto de forma en
el proceso. Fuera de la sala del tribunal, uno de los miem-bros del jurado
declaró cínicamente: les colgaremos igualmente. Son hombres demasiado
sacrificados, demasiado inteligentes y demasiado peligrosos para nuestros
privilegios. Esas palabras, pronunciadas al margen del procedimiento judicial
son tal vez las que mejor caracterizan el juicio.
También los procesados tomaron la palabra antes de ser condenados.
Augusto Spies, un orador apasionado, se dirigió al tribunal en los siguientes
términos:
Hemos explicado al pueblo sus condiciones y relaciones so-ciales. Hemos
dicho que el sistema del salario, como forma es-pecífica del desenvolvimiento
social, habría de dejar paso, por necesidad lógica, a formas más elevadas de
civilización. Al di-rigirme a este tribunal lo hago como representante de una
cla-se enfrente de los de otra clase enemiga. Podéis sentenciarme, pero al
menos que se sepa que en Illinois ocho hombres fueron sentenciados a muerte por
creer en un bienestar futuro, por no perder la fe en el último triunfo de la
Libertad y la Justicia.
Y concluyó con estas palabras:
¡Mi defensa es vuestra acusación! Las causas de mis supues-tos crímenes,
¡vuestra historia! (...) Ya he expuesto mis ideas. Constituyen parte de mi
mismo y si pensáis que habréis de ani-quilar estas ideas, que día a día ganan
más y más terreno, (...) si una vez más ustedes imponen la pena de muerte por
atreverse a decir la verdad yo les reto a mostrarnos cuándo hemos menti-do.
Digo, si la muerte es la pena por declarar la verdad, pues pa-garé con orgullo
y desafío el alto precio! ¡Llamen al verdugo!
Albert Parsons también consumió un turno:
Yo como trabajador he expuesto lo que creía justos clamores de la clase
obrera, he defendido su derecho a la libertad y a disponer del trabajo y de los
frutos del trabajo. Yo creo que los representantes de los millonarios de
Chicago organizados os reclaman nuestra inmediata extinción por medio de una
muerte ignominiosa. ¿Y qué justicia es la vuestra? Este proceso se ha iniciado
y se ha seguido contra nosotros, inspirado por los capitalistas, por los que
creen que el pueblo no tiene más orden que vuestras leyes, vuestra fuerza,
vuestra autoridad. ¡Ahorcadme!
Las ejecuciones tuvieron lugar, finalmente, el 11 de no-viembre de 1887.
Dos días antes, otro de los condenados, Lingg, se suicidó en su celda. Los
cadáveres de Spies, Parsons y Fisher fueron entregados a sus familias. Los
féretros fueron conduci-dos al cementerio envueltos en banderas rojas y
seguidos por un cortejo de seis mil personas. Al margen del entierro, hubo
protestas de grupos minoritarios en algunas grandes ciudades norteamericanas
del Este. Y eso fue todo. Sin embargo, segu-ramente, sin ese martirio hubiera
sido mucho más difícil la popularización de la causa de la jornada de las ocho
horas y, sobre todo, el 1 de Mayo nunca hubiera llegado a ser lo que ha sido.
En cuanto a los condenados, en 1893 el nuevo goberna-dor de Illinois reconoció
públicamente las irregularidades del proceso. Fielden, Neebe y Schwab quedaron
en libertad, tras siete años de prisión. Los ejecutados quedaron rehabilitados
públicamente.
La AFL, que en 1887 contaba con 200.000 miembros, si-guió combatiendo
por las ocho horas a través de una acción sindical a nivel nacional. Su
presidente, Samuel Gompers, en el congreso de San Luis del año siguiente se
refirió a la reduc-ción de la jornada laboral, como un mecanismo adecuado no
sólo para reducir el desempleo, sino para hacer más estables los empleos ya
existentes y los propios salarios. En el congre-so de la AFL de Boston, en
1889, se ratificaron las resolucio-nes anteriores, de manera que el 1 de Mayo
quedó instituido como una jornada reivindicativa por la reducción de la jornada
laboral. En ese mismo año de 1889, durante tres jornadas ce-lebradas en
febrero, julio y septiembre, tuvieron lugar mítines en más de mil ciudades
norteamericanas. En febrero de 1890 se celebraron más de quinientos. Mientras,
las organizaciones del sindicato habían pasado de ochenta a trescientas.
Gompers tuvo que intervenir personalmente a fin de moderar a algunas
federaciones de rama que pretendían declarar la huelga general el 1 de Mayo de
1890.
¿Qué ocurría entre tanto fuera de Norteamérica? En Australia, en 1873 ya
se había decretado legalmente la jornada de ocho horas en Tasmania y en Nuevas
Gales del Sur. Aunque en su origen fue una colonia penitenciaria británica,
Australia era a mediados del siglo XIX un país de inmigración. Sydney y
Melbourne crecieron espectacularmente, desarrollándose el sector de la
construcción de manera muy rápida. Como la mano de obra cualificada en la rama
resultaba escasa, los albañiles y demás oficios lograron un gran poder
contractual y se organiza-ron sindicalmente de forma extensa y rápida. Con
salarios altos, orientaron su acción militante hacia la reducción de la jornada
de trabajo. La campaña por esta cuestión surgió inicialmente a iniciativa de
los sindicatos de Melbourne en 1853. Dos años después, en 1855, los
trabajadores en Nueva Gales del Sur consi-guieron que en sus contratos figurase
la jornada de ocho horas. Ello estimuló el crecimiento del sindicalismo y en
1857, nueve ramas de actividad de la provincia de Victoria que habían
con-quistado las ocho horas decidieron organizar una manifestación en
Melbourne. El motivo no era otro que celebrar los contratos firmados con
anterioridad y que habían reducido la jornada. La manifestación tuvo lugar el
21 de abril. La conmoración volvió a repetirse ese mismo día bajo la fórmula de
Fiesta de las Ocho Horas. Es decir, cuando en Europa comienzan las
movilizacio-nes por ese objetivo, los trabajadores australianos ya habían
em-pezado a disfrutar la reducción de jornada.
En Europa, mientras tanto, había cristalizado en las orga-nizaciones
obreras la demanda de la reducción de jornada. En Francia, en julio de 1880
tuvo lugar en París el congreso de la Región Centro del Partido Obrero Francés
(POF). En su pro-grama económico incluyó la reducción legal de la jornada de
ocho horas para los adultos. Debe señalarse que este programa había sido
redactado en Londres por Marx, Engels, Lafargue (yerno del propio Marx) y el
dirigente francés Guesde y pasó a ser la carta constitutiva del Partido Obrero
Francés, de manera que desde entonces, el movimiento obrero francés, de
influen-cia guesdista, pasó a defender la jornada de ocho horas.
Tres años después, en 1883, en un célebre folleto explicati-vo del
programa del POF, Guesde y Lafargue insistían en que el establecimiento de una
jornada legal de trabajo era en Europa un asunto de carácter internacional.
Concebían, por lo tanto, la cuestión de la reducción y regulación del tiempo de
trabajo como una idea fuerza del movimiento obrero a escala mundial. De hecho,
en el Congreso de Roubaix de 1884 el POF insistió en esa idea fuerza, abriendo
internacionalmente a los trabajadores la idea de un compromiso común. Y en
Europa fue justamente una reunión de carácter internacional la que establecería
el 1 de Mayo como jornada reivindicativa. De hecho, surgieron dos convocatorias
de congresos internacionales para 1889. Por un lado diversos congresos obreros
franceses –en París, Burdeos y Troyes– se habían pronunciado por la
conveniencia de celebrar un Congreso Socialista Obrero Internacional, en París
ese año. Paralelamente, el Congreso Internacional de Londres había en-cargado a
la Federación de Trabajadores Socialistas, de carác-ter posibilista, la
organización de ese congreso. Sin embargo, el proceso preparatorio estuvo
trufado de maniobras e inciden-tes a escala nacional e internacional entre las
organizaciones de influencia marxista y el resto. Finalmente y a pesar de una
reunión celebrada en La Haya con propósitos conciliatorios, no hubo acuerdo y
se produjeron dos convocatorias. Las dos coincidieron en París con el
centenario de la revolución francesa, el 14 de julio de 1889. La elección de la
fecha no puede verse como algo casual, pues el movimiento obrero europeo en
general y el francés en particular, estaban desarrollándose al mismo tiempo que
articulaban una retórica que le hacía heredero de la revo-lución, depositario
de las tradiciones revolucionarias y conti-nuador de las ideas de la
Ilustración, aunque colocando, frente a la burguesía, el trabajo como eje
vertebrador de los derechos y en definitiva de la nueva sociedad a la que
aspiraba el propio movimiento. Además en esas fechas se celebraba la Exposición
Universal en la capital francesa.
El primero de los dos congresos socialistas obreros interna-cionales de
París se celebró en la sala de la Unión del Comercio y de la Industria, en la
calle Lancry y estaba organizado por los socialistas posibilistas. El otro,
tuvo lugar en la sala Pétrelle, en el número 24 de la calle del mismo nombre,
trasladándose des-pués de algunas sesiones a la sala de la Fantasías
Parisienses, en el número 42 de la calle Rochechouart. Este segundo congreso
estaba organizado por los socialistas partidarios de Guesde o guesdistas, un
sector de los blanquistas (militantes radicales) y por la Federación Nacional
de Sindicatos. Será, precisamente, en este segundo congreso en el que surja
oficialmente el 1 de Mayo con carácter internacional.
En el congreso posibilista de la calle Lancry (que duraría hasta el 20
de julio), estaban representadas 369 agrupaciones y 612 delegados. De ellos,
521 eran franceses. Había delegacio-nes británicas, portuguesas, españolas y
suizas. No había, por el contrario, delegados alemanes, asiáticos o
latinoamericanos. También el congreso de la sala Petrelle concluyó el domingo
20 de julio de 1889. Desde el punto de vista sindical era me-nos
representativo. Sin embargo, en él se dieron cita las perso-nalidades más notables
del movimiento obrero de la época: los alemanes Liebknecht, Bebel y Berstein;
los franceses Guesde, Vaillant, Lafargue o Camelinat; el belga César de Paepe;
el británico William Morris; el austriaco Victor Adler; el español Pablo
Iglesias... En ambas salas estaban presentes militantes experi-mentados que
habían pasado por la prisión, activistas proscri-tos o que acabarían dando con
sus huesos en la cárcel; es decir, representantes genuinos de la causa
internacional de los traba-jadores. La importancia de estos eventos reside
también en el hecho de que se trata del momento fundacional de la Segunda
Internacional. Pronunciándose por principios idénticos, ambos congresos
elaboraron un programa muy similar, en especial por lo que concierne al
establecimiento de una legislación laboral internacional y la jornada de
trabajo de ocho horas. Este aspecto de que la legislación tuviera un carácter
internacional resulta esencial y los delegados le dieron una importancia
estratégica capital.
En el congreso de los socialistas marxistas, en la última se-sión del 20
de julio, fue votada por unanimidad una resolución que tendría un éxito
histórico. Merece que se cite textualmente:
Se organizará una gran manifestación internacional con la fecha fija de
manera que, en todos los países y ciudades a la vez, el mismo día convenido los
trabajadores conminen a los poderes públicos a reducir legalmente a ocho horas
la jornada de trabajo y a aplicar las otras resoluciones del congreso
inter-nacional de París.
Visto que una manifestación semejante ya ha sido convocada por la
Federación Americana del Trabajo para el 1º de mayo de 1890, en su congreso de
diciembre de 1888 en San Luis, se adopta esta fecha para la manifestación
internacional.
Los trabajadores de las distintas naciones llevarán a cabo esta
manifestación en las condiciones impuestas por la especial si-tuación de su
país.
Ningún delegado presente en la sala Prételle pudo imagi-nar que esta
resolución, adoptada de forma más bien anodina, tendría la repercusión que
alcanzó a escala mundial el llama-miento del congreso. Además, la resolución no
implicaba que el llamamiento debiera renovarse cada año. Ésta es una decisión adoptada
con posterioridad. Empero era una convocatoria ge-nuinamente internacional,
votada por delegados de 21 países.
Al aproximarse el 1 de Mayo de 1890 se sucederán en cada país los
llamamientos y convocatorias. Destaca el llamamiento francés por el hecho
singular de que, junto a la dimensión de lucha y de solidaridad
internacionalista, atribuye a la jornada del primero de mayo un carácter
festivo, de Fiesta del Trabajo. Esta vertiente de festividad y celebración
estaba completamente ausente del llamamiento del congreso socialista
internacional de 1889. Por otra parte, siguiendo la lógica de aplicación
flexi-ble que indicaba el final de la resolución de París, en cada país se
amoldará la jornada al contexto particular en el que se hallase.
Llegado el día, en París se dio cita una concentración al me-diodía en
la plaza Royale. Acudieron unos cien mil trabajadores. De esta concentración
partió una delegación formada por diri-gentes sindicales y diputados
socialistas para dirigirse al parla-mento, donde serán recibidos por el
presidente de la Cámara al que le entregarán un pliego de reivindicaciones.
Este esquema de concentración o manifestación callejera, seguida de la
presenta-ción ante las autoridades, por parte de los dirigentes políticos y sindicales
del movimiento obrero, de una serie de reivindicacio-nes será un esquema típico
de celebración del primero de mayo, tanto en Francia como en otros países
europeos, como es el caso de España. Por lo demás, en la capital parisina, hubo
a lo largo de la tarde de aquél 1 de Mayo de 1890 cargas de caballería y se
registraron unas trescientas detenciones. En el resto de Francia, hasta en 138
localidades se celebró una manifestación.
Las manifestaciones revistieron un carácter masivo en las ciudades más
industrializadas de Europa. Sin embargo, en Rusia y los Balcanes, este primer 1
de Mayo pasó desapercibido, al igual que fuera del continente europeo, con
excepción de los Estados Unidos. En Alemania, se realizaron manifestaciones en
las ciu-dades industriales como Hamburgo, Berlín, Munich, Dresde, Leipzig o
Frankfurt. Se calcula que hicieron paros alrededor del diez por ciento de los
trabajadores y miles de ellos fueron por esa razón despedidos. En
Austria–Hungría hubo barricadas. En Viena se concentraron varias decenas de
miles de personas en el Prater. Hubo grandes manifestaciones en Praga y
Budapest. En esta última capital, los sindicatos convocaron la huelga general y
los trabajadores desfilaron con banderas rojas. En la capital ru-mana,
Bucarest, se celebró una manifestación a la que acudie-ron tres mil personas.
En Suiza se registraron manifestaciones en Zürich, Basilea, Lausana, Berna y
Ginebra. A su vez, en Bélgica se desencadenó una huelga en la cuenca del carbón
y se celebró un mitin en Gante y una manifestación en Bruselas. En Holanda
tuvieron lugar reuniones en La Haya, Roterdam y Amsterdam, mientras que en
Portugal se organizaron sendas concentraciones en Lisboa y Oporto. En Italia, a
pesar de la prohibición de ma-nifestaciones y actos públicos hubo desfiles
obreros en muchas ciudades, habiéndose sucedido los choques entre la policía y
los manifestantes en Milán. En Polonia se produjeron paros en mu-chas fábricas.
Mientras tanto, en Inglaterra, siguiendo la pauta de flexibilidad en función de
los límites y posibilidades locales, las celebraciones se postergaron hasta el
domingo día 4. Ese día se celebró en Hyde Park una concentración pacífica que
congregó a trescientas mil personas. Por último, en las capitales
escandina-vas, donde se estaba asentando la socialdemocracia, se celebraron
manifestaciones exitosas.
Desde un punto de vista general, el 1 de Mayo de 1890 sir-vió para
llamar la atención de las autoridades en diversos países sobre las condiciones
de miseria y explotación de los asalaria-dos. Así, por ejemplo, en Alemania, el
káiser se vio obligado a abordar la cuestión social en su discurso del 6 de
mayo de ese mismo año. En Francia, mientras tanto, la Comisión del Trabajo del
parlamento propuso un paquete de leyes sociales que la cámara votó de manera
acelerada.
Chicago y París son, por lo tanto, las dos ciudades en las que surgió el
1 de Mayo. Sin embargo, antes de proseguir debemos aclarar que en los Estados
Unidos, aún produciéndose sucesivas convocatorias en esta fecha, arraigó sobre
todo el Labour Day (Día del Trabajo). Lo mismo sucedió en Canadá. No se trata
del 1 de Mayo, pues se celebra el primer lunes de cada septiembre, de manera
que en la actualidad es día festivo en Estados Unidos, conservando su
significado inicial, mientras que la fecha del primero de mayo no se conmemora
como jornada de los tra-bajadores. El Labour Day tiene su origen en
Norteamérica du-rante la década anterior al primer 1 de Mayo en Europa. Surgió
a partir de una moción aprobada en una reunión sindical de los Caballeros del
Trabajo, el 8 de mayo de 1882 en Nueva York. La moción reclamaba que un día al
año fuese proclamado como día del trabajo o fiesta general de las clases
trabajadoras. El pri-mer lunes de cada septiembre resultó la fecha escogida,
por con-siderarla dentro de la estación del año más agradable, desde el punto
de vista meteorológico. La moción mandataba asimismo a un comité para que
organizara una manifestación que sirviera como demostración de la fuerza y del
espíritu sindical de los trabajadores. La jornada debía cerrarse con un
festival y una merienda al aire libre.
El primer Labour Day se conmemoró el 5 de septiembre de 1882 en Nueva
York. Tuvo un gran éxito de participación popular y una vez concluido el
desfile, varios conciertos al aire libre deleitaron a la concurrencia. Las
celebraciones culmina-ron con una merienda colectiva también al aire libre.
Muchos trabajadores tuvieron que esperar al final de su jornada laboral para
poder sumarse a la merienda, dado que sus patronos les negaron el día libre. En
el desfile, compacto y ordenado, menu-dearon las pancartas y las banderas,
sobresaliendo los carteles a favor de la jornada de ocho horas. La iniciativa
se repitió al año siguiente y en 1885 tuvo lugar en diversos centros
industriales norteamericanos. A lo largo de la mitad de la década de 1880
va-rios estados de la Unión fueron declarando progresivamente el Labour Day
como jornada festiva: Nueva York, Massachussets, Nueva Jersey, Pensylvania,
etcétera. En 1894 se instituyó como fiesta nacional en Estados Unidos. El
Labour Day, en suma, tie-ne un origen paralelo al 1 de Mayo y un significado
bastante similar en cuanto jornada de demostración de la fuerza de la clase
obrera, de ritual identitario, de fiesta fraternal de los tra-bajadores y de
ocasión para la reivindicación, como ponía de manifiesto la consigna de la jornada
de ocho horas.
¿Y en España?
Aunque este inciso sobre el Labour Day norteamericano resul-taba
necesario, en la medida en que se trata de una fecha que sustituiría al 1 de
Mayo en Estados Unidos y Canadá, lo que ahora nos interesa, precisamente, es
esta última jornada. En tal sentido, más arriba hemos advertido la presencia
del dirigente socialista español Pablo Iglesias en el congreso internacional de
París, de la calle Pétrelle. Hay que entender, pues, que el Partido Socialista
se corresponsabilizó para tratar de movilizar a los trabajadores con ocasión
del 1 de mayo de 1890. El con-texto de aquél primer 1 de Mayo estaba marcado
por la debi-lidad de las organizaciones obreras y en el caso de localidades
como Madrid, por la división y la mayor presencia del anar-quismo, que no había
participado en las reuniones de París del año anterior. Además, en la capital,
el alcalde y el gobernador movilizaron alrededor de 2.000 guardias, en un
ambiente de alarma social que había sido alimentado en las fechas previas por
la prensa conservadora. Llegado el día 1 se cerraron mu-chos talleres y tajos y
los colegios madrileños no abrieron. Sin embargo, el llamamiento anarquista a
la huelga general se sal-dó con un fracaso. En la mañana del día 1 se celebró
sin inci-dentes un acto en el teatro Rius. Por la tarde, la Sociedad de
Albañiles celebró otro mitin en el Retiro. Una vez concluido se dirigieron en
manifestación y entregaron al presidente de las Cortes, Alonso Martínez, un
pliego de reivindicaciones obre-ras, de manera similar a lo que sucedió en París.
Los socialistas, sin embargo, habían pospuesto la convoca-toria de
manifestación para el día 4. De ese modo, en Madrid, después de un mitin
también en el teatro Rius, desfilaron unos treinta mil trabajadores que
entregaron una tabla reivindica-tiva al presidente del gobierno, Sagasta. A
continuación, Pablo Iglesias pidió a la multitud que se disolviese
pacíficamente y así lo hizo. En Burgos, Santander, Valladolid y Zaragoza el
mismo día 4 hubo mítines y entrega de peticiones obreras a las auto-ridades –el
gobernador o el alcalde, según el caso–. En Galicia se celebraron un par de
mítines en La Coruña, acordándose en el segundo de ellos, la huelga general. No
obstante, la represión gubernamental obligó a los trabajadores a volver a la
normali-dad negociando sector a sector. En Andalucía hubo mítines y
manifestaciones, anarquistas el día 1 y socialistas el día 4, en lo-calidades
como Sevilla, Cádiz, Huelva, Linares, Jaén, Antequera y Málaga.
También se celebró el 1 de Mayo en las provincias vascas, organizado por
los socialistas. Hubo paros y alteraciones labo-rales en Vizcaya. La normalidad
se restableció el día 11 de mayo. Sin embargo, el 12 de mayo, la patronal
vizcaína despidió a los socialistas que habían dirigido las movilizaciones
mineras de las jornadas anteriores. Se desencadenó una nueva huelga en
solidaridad con los despidos, por la reducción de jornada y en contra de los
abusos patronales en los precios de las cantinas para los trabajadores. El día
14, la huelga tenía un carácter ge-neral en la cuenca minera. La tensión fue
creciendo y el go-bernador civil decretó el estado de guerra. Tras varios días
de enfrentamientos entre huelguistas y la fuerza pública, la huelga finalizó el
día 19, volviendo la normalidad absoluta a los tajos dos días después.
En Cataluña se involucraron en la celebración de este primer 1 de Mayo
tres tendencias diferentes del movimiento obrero: los anarquistas, los
socialistas del PS y los socialistas posibilistas de Las Tres Clases de Vapor.
En Barcelona y alre-dedores se produjo un paro total. Los socialistas
celebraron un mitin en el teatro Tívoli y a continuación marcharon hasta el
gobierno civil para entregar una tabla reivindicativa disolvién-dose
seguidamente de manera pacífica. La misma tarde del día 1 se celebró una reunión
para decidir si continuaban los paros. Como en ella eran mayoría los
anarquistas se decidió prose-guir. El tono pacífico de la jornada se tornó
entonces violen-to al intentar imponer el paro, provocando la respuesta de la
fuerza pública. El estado de sitio fue declarado en Barcelona y la Guardia
Civil tomó la ciudad. A pesar de ello, la huelga se prolongó hasta el día 12 y
en algunos sitios hasta el 19 de mayo. En Valencia, donde también tenían peso
los anarquistas se ex-tendió el paro durante los días 1 y 2. El gobierno civil
autorizó un acto anarquista para el día 3. Los paros se sucedieron hasta el día
9, practicándose más de noventa detenciones. Por su par-te, los socialistas
celebraron un mitin el día 4.
En general puede decirse que el primer 1 de Mayo fue un éxito de
convocatoria en España, de manera que los trabajado-res se movilizaron
respondiendo a un llamamiento internacio-nal. La presencia de anarquistas y
socialistas en el movimiento obrero español marcó dos pautas de movilización.
Por un lado, los socialistas trasladaron por lo general las manifestaciones y
concentraciones al domingo día 4. A su vez, los anarquistas conservaron las
convocatorias para el día 1 y a las manifestacio-nes, mítines y entrega de
peticiones a las autoridades añadieron la convocatoria de paros, en la
perspectiva de huelga general que fracasó. Por lo demás, las movilizaciones de
estas jornadas no se tradujeron en resultados concretos a corto plazo para los
trabajadores, e incluso las concesiones obtenidas al calor de la protesta se
desvanecieron en poco tiempo.
Desarrollo y consolidación de un ritual
Como ya hemos señalado, la resolución del Congreso de París, de 20 de
julio de 1889 no tuvo en cuenta la posibilidad de que la jornada del 1 de Mayo
se repitiese más allá de 1890. Sin embar-go, el éxito de participación de la
convocatoria hizo que diver-sas organizaciones nacionales del movimiento obrero
europeo se pronunciasen en los meses posteriores por su reedición. Así, en el
congreso de la socialdemocracia escandinava, de agosto de 1890, se adoptó una
resolución en la que textualmente se decía:
El congreso, considerando los resultados de las manifestacio-nes del 1º
de Mayo de 1890, recomienda repetir la manifesta-ción como medio efectivo de
obtener la disminución de las ho-ras de trabajo, en especial si estas
manifestaciones se combinan con un paro general del trabajo y no son solamente
simples expresiones de opiniones.
Como se ve, la reducción del tiempo de trabajo seguía siendo la bandera
del 1 de Mayo, que, en este caso, se entendía como jornada de lucha al plantear
abiertamente la huelga gene-ral como ingrediente de la acción colectiva. En el
mismo mes de agosto de 1890 el Partido Socialista Obrero Español, reunido en
Bilbao, proclamó igualmente la necesidad de continuidad del 1 de Mayo. También
lo hicieron el Partido Obrero Francés y la poderosa socialdemocracia alemana,
en sus respectivos congre-sos del mes de octubre. Al mes siguiente se
pronunciaron en la misma dirección los sindicatos textiles de Austria–Hungría y
los socialistas italianos. En diciembre, la socialdemocracia húngara hizo lo
propio, reunida en Budapest. Por fin, en enero de 1891 votaron la reedición del
1 de Mayo las organizaciones obreras de Portugal y Suiza. Los sindicatos
franceses, en su congreso de Calais, de octubre de 1890, fueron un poco más
allá, invitando a los trabajadores a no hacer más que ocho horas de trabajo al
día siguiente del 1º de Mayo, recomendando que siempre en la medida del medio y
las posibilidades.
Llegado el 1 de Mayo de 1891, el movimiento obrero fran-cés presentó
dividido sus peticiones al parlamento, de manera que posibilistas y guesdistas
organizaron en París dos delega-ciones diferentes. Mientras tanto, los
anarquistas fracasaron en el intento de organizar una manifestación propia. La
jornada acabó en la capital francesa con una fiesta obrera por la tarde y sin
que se hubieran producido paros y huelgas. En provincias, el 1 de Mayo afectó a
más localidades que el año anterior, si bien presentó un carácter más violento
debido a la intervención de las fuerzas policiales. De esa manera, en Clichy (a
las afueras de París), la policía retiró de la calle banderas rojas y negras.
La autoridad, pareció tomarla con las banderas, porque se aba-lanzó sobre los
manifestantes que portaban otra de color rojo y entró en una taberna en la que
había militantes enarbolando banderas para arrebatárselas. Hubo tumultos y
detenciones, juzgándose a tres militantes algunos meses más tarde.
En Francia, el 1 de Mayo de 1891 es también el de la ma-sacre de
Fourmies, una localidad que contaba entonces con 15.000 habitantes. Los
trabajadores habían previsto celebrar una asamblea por la mañana, para
posteriormente una dele-gación presentar sus reivindicaciones al alcalde –entre
ellas, la reducción de jornada–. Dentro de la dimensión festiva de la
conmemoración, habían programado una función de teatro vespertina y finalmente,
un baile popular en la media noche cerraría los eventos. Sin embargo, el ejército
tomó la ciudad y desde la mañana intervino contra los piquetes de huelguistas.
Hubo cargas y detenciones. Por la tarde una manifestación pide la
libertad de los detenidos. Los militares responden con armas de fuego, dejando
diez muertos. El 4 de mayo, treinta mil per-sonas acudieron al entierro y se
sucedieron las protestas por toda Francia.
En Italia, el 1 de Mayo de 1891 se distinguió por la vio-lencia. En
Milán tuvo lugar una conferencia de forma pacífica, pero en Roma se incendiaron
los cuarteles y hubo agitaciones durante ocho días. En Florencia hubo escenas
de pillaje. El di-rigente anarquista Enrico Malatesta fue condenado a un mes y
medio de prisión. En Hungría hubo grandes huelgas y se para-lizó el
ferrocarril. En Rumania se organizó una manifestación de cuatro mil personas en
la capital. En Alemania no hubo pa-ros, sino asambleas vespertinas. La
socialdemocracia convocó manifestaciones para el domingo siguiente, de manera
que en Hamburgo participaron cien mil personas. También en el pri-mer domingo
posterior al 1 de Mayo se celebró la manifesta-ción de Londres, que tuvo un
carácter masivo.
En España el gobierno conservador de Cánovas del Castillo prohibió toda
manifestación callejera. Los socialistas convoca-ron exclusivamente paros para
ese día. En Madrid no tuvo éxi-to la convocatoria, siendo una jornada de
normalidad. El día 4, sin embargo, varios oficios dominados por los anarquistas
se declararon en huelga por las ocho horas de jornada labo-ral, prolongándose
los paros durante un mes. En el País Vasco, Asturias y la zona de Levante este
1 de Mayo de 1891 obtuvo un escaso eco. En Cataluña, Andalucía y Aragón, donde
había presencia anarquista, se produjeron sin embargo choques entre los
trabajadores y las fuerzas de orden público, que se saldaron con detenciones y
la clausura de los locales obreros.
Quince días después del 1 de Mayo de 1891 apareció la encíclica papal De
Rerum Novarum. Había sido largamente preparada por el pontífice León XIII, pero
no por casualidad se publicó en esa fecha. Aunque en ella no se hacía
referencia al 1 de Mayo, se trata del texto de referencia del catolicismo
social. Representaba una repuesta de la Iglesia católica a la cuestión social
diferente del marxismo y del obrerismo anarquista, en un momento de expansión
de la socialdemocracia a escala eu-ropea. Por emplear una comparación, puede
asemejarse a una especie de Manifiesto comunista de los católicos.
El 1 de Mayo de 1891 se había renovado por iniciativa de organizaciones
obreras nacionales. Sin embargo en agosto de ese mismo año, tiene lugar en
Bruselas un Congreso Socialista Internacional. En él se confirió al 1 de Mayo
su carácter anual, pero otorgándole una dimensión internacional muy clara.
Además en la resolución congresual correspondiente se señala de forma expresa
el carácter de celebración y, por lo tanto, fes-tivo, de la jornada.
Igualmente, junto al combate por las ocho horas, el congreso socialista otorga
al 1 de Mayo una dimensión expresamente pacifista. Sin embargo, el Congreso
Socialista Internacional no estuvo exento de polémicas en relación a la
celebración de la jornada, enfrentando a los delegados alema-nes y británicos,
por un lado, frente a los austriacos y franceses, por otro. La socialdemocracia
alemana había decidido previa-mente proponer que la manifestación se celebrara
el primer domingo de mayo. Además, no querían ligar los paros a la fe-cha del 1
de Mayo. Los austriacos y franceses se negaron a todo cambio de fecha y
defendían el paro para ese día, tal y como lo habían refrendado en sendos
congresos nacionales previos. También discutió el congreso internacional los
objetivos de la jornada, manteniendo al respecto la regulación de las ocho horas.
Aunque habían constatado algunas reducciones legisla-tivas de la jornada
laboral, con posterioridad al Congreso de París de 1889, los delegados
entendían que no se adecuaban a sus peticiones. Además, y esto no era menos
importante, esta legislación no se cumplía.
El 1 de Mayo de 1892 fue domingo. En Francia, coinci-dió con una jornada
electoral y grupos anarquistas minoritarios trataron en vano de boicotear la
jornada, de manera que se sucedieron las manifestaciones en París y en
provincias. En Londres volvió a congregarse una gran multitud en Hyde Park y
hubo manifestaciones en Manchester y otras ciudades. En Bélgica, la jornada se
centró, además de en las ocho horas, en la petición de extensión del sufragio.
En Suiza hubo manifesta-ciones encabezadas por banderas rojas. En Alemania, una
ma-nifestación reunió en Hamburgo a cien mil personas, mientras que en otras
ciudades hubo mítines en salas engalanadas de rojo, con un carácter festivo. En
Austria se registraron asam-bleas por la mañana en Viena y una concentración
vespertina. En Hungría la policía ocupó las salas reservadas por las
orga-nizaciones obreras impidiendo la celebración de reuniones. En Lodz, en
Polonia, hubo una huelga entre el 2 y el 9 de mayo que se saldó con una
sangrienta represión. Fuera de Europa, hubo manifestaciones en Sidney, a pesar
de la reducción de la jornada laboral en Australia. También se celebraron actos
en Brasil y en Norteamérica, de manera que en Chicago la policía retiró de los
espacios públicos las banderas rojas colocadas previamente por las
organizaciones obreras. La jornada resultó, en conjunto, una amplia expresión
de la pujanza del movimiento obrero a escala internacional.
En el Congreso de la Internacional Socialista de Zurich, en agosto de
1893, la socialdemocracia, además de mantener los objetivos de las ocho horas y
la paz entre los pueblos como divisa del 1 de Mayo, definió la jornada como una
fecha para la autoafirmación de la clase trabajadora y para la expresión de su
firme voluntad de lograr la transformación social. Se trata de la introducción
de nuevos elementos que, más que reivindi-cativos, se caracterizan por su
dimensión fuertemente identita-ria. El 1 de Mayo, en ese sentido, renueva la fe
del movimiento obrero en una nueva sociedad sin explotación y en la que el
tra-bajo, como fuente de riqueza y de creatividad, sea el principio rector de
la futura organización social. También es el momento para demostrar su fuerza e
influencia y advertir a la propia burguesía. Asimismo, hasta la bancarrota de
la Primera Guerra Mundial, los partidos y organizaciones socialistas se
caracteri-zarán por su pacifismo y antimilitarismo, de los que harán gala
particularmente con ocasión del 1 de Mayo.
En lo que resta del siglo XIX y en los primeros años de la nueva
centuria se consolidará la celebración del 1 de Mayo en las ciudades
industriales de Europa, Norteamérica y Australia. Se irá extendiendo también
por las urbes de América del Sur, en países como Brasil o Argentina, donde el
movimiento obre-ro comienza a organizarse a partir de la llegada de emigrantes
europeos –singularmente italianos y españoles– de tendencia socialista y
anarquista. Algunos de estos años su celebración, por rutinaria se convertirá
en anodina, con un cierto descenso de la participación obrera en países como
Francia. En España desde 1892 hasta finales de siglo se mantuvo la prohibición
de manifestaciones callejeras, por lo que la celebración se redujo a mítines,
actos y veladas socialistas en locales cerrados. Los anar-quistas españoles
criticaban esta orientación en sus manifiestos y mítines. Como había sucedido
hasta entonces, en Inglaterra y Alemania se tendió a la celebración de
manifestaciones el do-mingo siguiente al 1 de Mayo. Continuó en diversos países
la presentación de cartas con peticiones obreras a las autoridades, tras la
celebración de eventos como concentraciones o mítines, como era el caso de los
1 de Mayo socialistas en la capital de España. En la medida en que cuajó el
carácter festivo de la ce-lebración, la jornada se completaba con veladas
teatrales, bailes populares o meriendas campestres a las que acudían las
fami-lias obreras. Por supuesto, los paros y huelgas también trufaron estos 1
de Mayo en diversas ocasiones y puntos geográficos.
En 1904, en el contexto de la guerra ruso–japonesa, co-bró un especial
relieve el carácter pacifista que le venía impri-miendo a la jornada, tanto la
Internacional Socialista como los partidos nacionales afiliados a ella. Además,
ese mismo año, el
Congreso de la Segunda Internacional invita a las organizacio-nes
afiliadas a insistir en que los paros deben acompañar al 1 de Mayo. Aunque era
una mera invitación, sin fuerza ejecutiva, la Internacional trataba de que los
paros y huelgas que venían salpicando la jornada tuviesen igualmente un
carácter coordi-nado. De ese manera, la huelga también unificaría al 1 de Mayo
en el plano internacional. En 1906 el 1 de mayo recobró un nuevo ímpetu bajo la
consigna de no trabajar más de ocho ho-ras a partir de esa fecha. Hubo una
oleada de paros como resul-tado de dicha propuesta, aunque correlativamente
también se reactivó la represión en diversos países de Europa y en Estados
Unidos.
Por otra parte, según avanza el siglo, hacia 1914 se van in-crementando
el militarismo y la guerra. En ese contexto, el 1 de Mayo se colocará
progresivamente bajo el signo de la lucha por la paz, desplazando a la consigna
de las ocho horas. Así, por ejemplo, en 1911 la aventura colonial de Francia en
Marruecos, otorga una gran importancia a la protesta contra la guerra de los
trabajadores franceses en ese 1 de Mayo. Sería el 1 de Mayo de 1914 el último
que se celebraría antes de la proclamación de la Primera Guerra Mundial. Sin
embargo, ni el 1 de Mayo, como demostración de la fuerza de los trabajadores,
ni la ac-ción de las organizaciones obreras lograron detener la guerra en
Europa y cuando ésta estalle, las grandes organizaciones de la socialdemocracia
se alinearán con sus respectivos gobiernos, como es bien conocido.
Así pues, el 1 de Mayo de 1915 tiene lugar después de nue-ve meses de
guerra, cuando las víctimas del conflicto se elevan ya a más de un millón de
muertos y tres veces más de heridos. Antes de 1914 la Internacional Socialista
había resuelto en dos congresos consecutivos que los parlamentarios
socialistas, en caso de guerra, debían intervenir con el objetivo de que
conclu-yera lo antes posible, además de aprovechar la crisis provocada por el
estallido bélico para agitar a la población con miras a derribar la dominación
capitalista. Pero no fue tal la orienta-ción seguida por los dirigentes
socialdemócratas. Los trabaja-dores, a su vez, o bien habían sido desplazados a
las trincheras o estaban pendientes de que les movilizaran. En ese contexto,
las manifestaciones del 1 de Mayo de 1915 fueron episódicas y de carácter
excepcional. El periódico de la socialdemocracia alemana recomendaba no hacer
paros esa jornada y el partido, en contra de la costumbre, no publicó ninguna
edición especial para la ocasión. En Francia, los dirigentes del POF y de la
CGT hicieron declaraciones contra el imperialismo alemán.
El 1 de Mayo de 1916 tendrá lugar después de las confe-rencias
socialistas de Zimmerwald y Kienthal. Aunque de ma-nera minoritaria, surge una
izquierda socialista comprometida con el pacifismo. En Francia aparecen en esa
fecha periódicos obreros y socialistas que claman contra la guerra, como Le
Populaire, el Journal du Peuple o Unión des Métaux. En Italia se produjeron
paros de manera generalizada que afectaron inclu-so a la industria de guerra.
El periódico del Partido Socialista Italiano lanzó un saludo al 1 de Mayo, a
los hermanos de clase y vivas a la Internacional. En Alemania, la izquierda
socialista distribuye un llamamiento de Liebknecht, de manera que al-rededor de
un millar de personas, entre las que destacaba un nutrido grupo de mujeres, se
concentraron en Berlín gritando contra la guerra y cantando la Internacional.
Hubo numerosos arrestos. Tuvieron lugar asimismo en este 1 de Mayo de 1916
huelgas en Rusia, concentraciones en Praga y Viena y protestas obreras contra
el lockout patronal en Noruega. En fin, a pesar de la catástrofe, minorías
obreras en diversos países en guerra reavivaron el recuerdo de esta jornada,
dándole una orienta-ción combativa, pacifista e internacionalista.
La Revolución rusa de febrero de 1917 marcó indeleble-mente el 1 de Mayo
de aquél año. En la misma Rusia la jorna-da presentó una vitalidad, una
espontaneidad y un entusiasmo que probablemente no se volverán a repetir.
Aunque según el calendario ortodoxo, se estaba a mediados de abril, el sóviet
de San Petersburgo decidió armonizar la fecha con el calendario occidental, de
manera que la autoafirmación de los trabajado-res y la demostración de su
fuerza coincidiera en todas partes, a pesar de la guerra y del fracaso de la
Segunda Internacional. En Rusia, además, era día festivo y el mando militar
ordenó a las tropas que participaran en los desfiles obreros con música y
orquesta, en razón de la celebración del día internacional de los trabajadores.
En la misma San Petersburgo tuvo lugar una mar-cha de varios centenares de
miles de personas que desfilaron entonando cánticos revolucionarios. Los
mítines se sucedieron desde las tribunas dispuestas a lo largo de la marcha o
desde camiones. Las discusiones públicas duraron hasta el atardecer en una
jornada que transcurrió en ausencia de disturbios. En el resto del territorio
ruso también se celebró la jornada con gran entusiasmo, mientras que los
soldados enarbolaron banderas rojas en los frentes y en muchos acuartelamientos
desfilaron con sus propias pancartas.
Entre el resto de países contendientes, Austria–Hungría se destacó por
los paros en este 1 de Mayo. En Viena la huelga tuvo un carácter general y se
celebraron numerosos mítines en los que se abordaba el tema de la guerra, de la
penuria y el hambre en la retaguardia y de la necesidad de llegar a un acuerdo
de paz. Por la tarde se celebró la manifestación central tradicional. En
Budapest y las grandes ciudades húngaras cerraron talleres y negocios y no
aparecieron los periódicos. Una gran manifes-tación tuvo lugar en Budapest.
En Alemania, el gobierno, temiendo que las manifesta-ciones del año
anterior fueran más extensas, concentró a las tropas y acordonó militarmente
los edificios oficiales en Berlín. A su vez, las autoridades militares
advirtieron que los paros en la industria de guerra serían considerados como
crímenes de alta traición y como tales se castigarían. En esas condiciones, la
jornada transcurrió en calma, salvo si se tiene en cuenta que algunos grupos de
mujeres empleadas en la industria militar hicieron huelga en Berlín y Leipzig.
En Italia este 1 de Mayo tuvo una incidencia menor que al año anterior. Se
registraron reuniones y conmemoraciones, pero no hubo grandes manifes-taciones
callejeras y los paros alcanzaron una incidencia muy pequeña. Hubo paros en
Ginebra, Zurich y Berna, dentro de la Confederación Helvética y manifestaciones
en la propia Suiza, así como en las capitales escandinavas: Copenhague,
Estocolmo y Oslo.
Entre la revolución y el fascismo: el 1 de Mayo en el periodo de
entreguerras
Tras el armisticio del 11 de noviembre de 1918, en Alemania se
proclamará la república, mientras que Europa conoce una gran efervescencia
social. La mística de la revolución, después del octubre ruso de 1917, así como
el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores como resultado
de los desastres de la guerra, alimentan esa efervescencia que, a su vez, se
traduce en un tumultuoso avance de las organizaciones sin-dicales y en el
estallido constante de huelgas. Es la época de esplendor del sindicalismo
revolucionario en Europa, que se prolongará hasta el ascenso del fascismo en
los años treinta. Al mismo tiempo, en la inmediata posguerra, Europa conocerá
la sacudida de un ciclo revolucionario: la revolución en Alemania, la breve
república revolucionara en Hungría, las ocupaciones de empresas y los consejos
en Italia o la huelga general de 1917 en España, son algunos de los episodios
que configuraron ese ciclo. Tras la estela de la movilización obrera, se sucede
una nueva oleada de legislación social, que incluye el establecimien-to legal
de las ocho horas en países como Alemania, Polonia, Rusia, Finlandia, Austria,
Francia o Checoslovaquia.
Para 1919 en París y en el resto de las ciudades francesas, los paros y
manifestaciones revistieron una magnitud sin pre-cedentes. En la capital la
manifestación de la tarde había sido prohibida. Los sindicatos hicieron caso
omiso de la prohibición y hubo cruentos choques con la policía que se saldaron
con centenares de heridos –entre ellos el dirigente de la CGT Jouhaux– y un par
de muertos. Numerosos manifestantes fueron lleva-dos a consejos de guerra. En
Gran Bretaña, la manifestación de Londres recobró las dimensiones masivas de
antaño y en ella participaron numerosos trabajadores uniformados que acaba-ban
de ser desmovilizados del frente. En Glasgow hubo un des-file de cien mil
trabajadores y trabajadoras. En Rusia tuvo lugar una enorme manifestación en
Moscú. En Estados Unidos hubo choques violentos entre la policía y los
manifestantes en Nueva York, Boston y Cleveland. En Alemania, el gobierno había
de-cretado el 1 de Mayo fiesta nacional, de manera que en Berlín desapareció
ese día toda actividad laboral. También en Hungría se convirtió en día festivo,
mediante decreto gubernamental. En general, en los núcleos urbanos de Europa y
América, ondearon las banderas rojas y resonaron los himnos obreros aquel 1 de
Mayo de 1919. Por otra parte, el Tratado de Versalles, que ten-drá lugar poco
después, en julio de ese mismo año, fijará como primer punto del orden del día
de la Conferencia Internacional del Trabajo, a celebrar en Washington, la
aplicación de la jor-nada de ocho horas como principio. El siguiente 1 de Mayo,
el de 1920, tuvo la misma pujanza que el año anterior, con la peculiaridad de
que se registraron numerosas huelgas en países como Francia y Gran Bretaña.
En adelante, el 1 de Mayo se verá afectado por la escisión que
representó la Tercera Internacional en el movimiento obre-ro y por la creación
de la Internacional Sindical Roja, de inspi-ración comunista. De este modo
llegará a haber enfrentamien-tos físicos entre militantes socialistas y
comunistas con ocasión del 1 de Mayo después de 1928 en Alemania. Igualmente
los Partidos Comunistas y sus sindicatos rojos, emprenderán ac-ciones
minoritarias, ajenas a los actos de masas de las grandes federaciones sindicales,
como colocar la bandera roja coronan-do edificios oficiales y fábricas. Será
perceptible también que la oleada revolucionaria remitirá drásticamente a
partir de 1922, mientras que nuevos nombres se añaden a la nómina del ritual,
como el caso de Shanghai y Pekin que en 1923 se incorporan por primera vez a
las celebraciones del 1 de Mayo. Moscú y Berlín seguirán protagonizando las
manifestaciones más numerosas a lo largo de los años veinte. En 1927 la jornada
es fiesta legal no sólo en la URSS, sino en Austria y Checoslovaquia. Mientras,
las prohibiciones rigen en la Italia fascista, en Hungría, en Lituania y en
China. A pesar de ello, cien mil trabajadores salen en Shanghai a la calle y el
doble en Hankao, manifestándose a favor de la revolución china. En Moscú, entre
tanto, la mani-festación del 1 de Mayo se viene reduciendo cada vez más a un
desfile militar, según progresa la burocratización del régimen soviético. Al
año siguiente, en 1928, la Internacional Sindical de Ámsterdam advertirá, con
ocasión del 1 de Mayo, del pe-ligro que corre la aplicación de la norma de las
ocho horas. Aunque la Internacional Sindical Roja coincide en diagnosticar ese
mismo peligro, de un modo sectario culpa, sin embargo, a la Internacional de
Amsterdam de ser cómplice de la situación. Forma parte de la política sindical
comunista del llamado tercer periodo de la Tercera Internacional, que
transcurrirá desde ese año hasta 1934, con los prolegómenos de los frentes
populares en Francia y España y la participación unitaria del PC español en las
jornadas revolucionarias de octubre de ese último año.
Sin embargo los años treinta del siglo XX fueron a su vez testigos del
ascenso del fascismo por un lado y del estalinis-mo por otro. El 1 de Mayo no
permaneció ajeno a estos fenó-menos paralelos. Italia se hallaba bajo la bota
fascista desde octubre de 1922. Mussolini prohibió a partir de entonces las
manifestaciones del 1 de Mayo. Decretó, alternativamente, el 21 de abril como
Fiesta Nacional y del Trabajo porque, su-puestamente, tal fecha se correspondía
con el nacimiento de Roma. Sin embargo, a pesar de una represión rigurosa, el 1
de Mayo de 1923 hubo paros en Milán, una bandera roja fue colocada en una de
las torres más altas de Turín y estallaron bombas en Trieste y Nápoles. A su
vez, se registraron tumultos en Calabria.
Diez años después es Alemania la que está bajo la domi-nación nazi desde
el 30 de enero de 1933. En todo el mundo, el movimiento obrero vive el 1 de
Mayo de ese año bajo el signo de la catástrofe alemana. Mientras tanto, Hitler,
que ya se había apropiado de la bandera roja modificándola con la incrusta-ción
de la cruz gamada, se apropia igualmente del otro gran símbolo de la clase
trabajadora; es decir, se apropia del 1 de Mayo. En efecto, mediante un
decreto, declara esa fecha como Jornada Nacional del Trabajo. Transforma así
una jornada au-tónoma y libre de lucha y celebración de los trabajadores en un
día de colaboración de clases obligatoria, de concentración también obligatoria
bajo el signo de la cruz gamada y del nacio-nalsocialismo. Sin embargo, esta
apropiación del 1 de Mayo por parte del nazismo nos indica hasta qué punto
había logrado esta jornada cristalizar como un ritual obrero profundamente
arraigado y universalmente extendido. El régimen nazi no pue-de obviarlo, por
eso lo toma y lo pervierte transformándolo.
Hitler, que conocía perfectamente el recurso de la movili-zación de
masas, utilizó todos los resortes del poder y los meca-nismos de terror a su
disposición para organizar el 1 de Mayo de 1933 una colosal manifestación en
Berlín. La fecha cayó en lunes, pero durante toda la semana anterior estuvo
preparándo-se. En las empresas, las organizaciones nazis y los colaboradores de
la policía insistieron a los obreros en que debían marcar sus tarjetas en
Tempelhof, lugar de la concentración, so pena de despido. En las oficinas del
paro y en las agrupaciones nazis hubo igualmente este tipo de presiones. Se
sucedieron concen-traciones y desfiles previos convenientemente orquestados. La
prensa y la radio lanzaron llamamientos y discursos, además de loas a la
política social del Tercer Reich. A los trabajadores de los servicios públicos
se les obligó a trabajar en la decoración de la ciudad, colocando guirnaldas
con la cruz gamada, pancartas con eslóganes hitlerianos y montando arcos del
triunfo con los colores imperiales. Los edificios oficiales fueron profusamente
adornados con banderas. En este ambiente se celebró la reunión del Lustgarten y
la posterior concentración de Tempelhof. Sólo algunos panfletos hostiles y una
edición precaria y clandestina del órgano del Partido Comunista –Bandera Roja–
llamando al boicot apenas turbaron las ceremonias. De hecho y de manera
incomprensible por su grado de servilismo, los líderes sindica-les
socialdemócratas, sumidos en el terror y en el desamparo, se felicitaron de que
el régimen nacionalsocialista hiciese suyo el 1 de Mayo y recomendaron a los
afiliados de la confederación sindical AGDB a participar en los actos oficiales
convocados.
Así las cosas, en el Lustgarten, hubo un discurso de Goebbels y otro del
viejo mariscal Hindemburg. Los aviones sobrevolaron el lugar. En Tempelhof se
dio cita la plana mayor del estado y del partido. La multitud se agolpó en las
tribunas y en el césped. Unas doscientas mil personas acudieron desde la región
berlinesa. Una parte de ellas recorrieron hasta dos-cientos y trescientos
kilómetros para acudir al evento. Unos al-tavoces puestos al máximo volumen
narraban el desarrollo de la ceremonia. Tras el atardecer, se anuncia que
intervendrá el Führer. Su discurso está plagado de antimarxismo, antisemitis-mo
y chovinismo, añadiendo algunas promesas demagógicas de tinte social. Concluido
el discurso, mientras se dispersa la multitud, unos fuegos artificiales coronan
la jornada.
Al día siguiente, a pesar del derrotismo de los dirigentes sindicales
alemanes, Hitler hizo detener a cincuenta de ellos y ordenó a las secciones de
asalto que ocuparan los locales obre-ros y se incautaran de sus bienes
inmuebles y de sus cuentas. Era el preludio de la destrucción sistemática del
sindicalis-mo y de todas las organizaciones de la clase obrera alemana.
Paralelamente, el régimen endureció las condiciones de trabajo. De este modo,
con la ayuda de la policía, se constituyó una ofi-cina especial para combatir
el sabotaje en el trabajo. A su vez, se decretó una bajada de salarios de
manera que facilitara la competitividad de la industria alemana en los mercados
inter-nacionales.
El 1 de Mayo nazi se institucionalizó a partir de entonces. En 1935, por
ejemplo, nuevamente en Berlín se concentraron por la mañana en el Lustgarten
los jóvenes hitlerianos. Fueron arengados por el propio Hitler y por Goebbels.
Nuevamente en el campo de Tempelhof se celebró una enorme concentración
vespertina. Esta vez se reunieron alrededor de un millón de per-sonas. La
estética militarista, la oratoria agresiva, el encuadra-miento marcial o la
presencia del ejército, en el contexto de una coacción extrema, caracterizaron
el ritual nazi del 1 de Mayo.
Mientras tanto, tras el fracaso de la insurrección obrera de Viena en
febrero de 1934, Austria se vio sometida al régimen fascista de Dollfuss que el
1 de Mayo de ese año lleva a cabo de-tenciones masivas de carácter preventivo,
de modo que sólo en Viena se registran 3.500 arrestos. También en el Japón,
bajo el régimen autoritario imperial se producen detenciones preven-tivas en
Tokio y Yokohama el 1 de Mayo de 1934. Por lo demás, en el ecuador de la década
de los años treinta, el 1 de Mayo se convertirá en una cita en la que se
repetirán las refriegas entre los manifestantes y la policía, en ciudades tan
dispares como Gante, Sofía, La Habana, Nueva Dheli o Bombay.
El 1 de Mayo de 1936 fue el de la unidad obrera y el Frente Popular en
Francia y España. En Francia había tenido lugar en París una multitudinaria
manifestación por la unidad en París el 14 de julio de 1935. Luego, en febrero
de 1936 se produjo en el congreso de Toulouse, la unidad sindical, con la
entrada de la CGTU, comunista, en la CGT. Llegado el 1 de mayo hubo paros
importantes en la capital, aunque sin afectar a los servicios pú-blicos. En el
mismo París tuvo lugar un mitin con la asistencia de treinta mil personas y una
concentración que agrupó a otras quince mil. En provincias hubo desfiles
callejeros en ciudades como Lille o Marsella. El 1 de Mayo de 1936 fue en
Francia el preludio de la victoria electoral del Frente Popular y de la huel-ga
general de junio en la que se sucedieron las ocupaciones de fábrica y que se
saldó con una programa amplio de reformas sociales favorables a los
trabajadores.
En España el 1 de Mayo se celebró ese año poco tiempo después de la
victoria electoral de febrero del Frente Popular. En aquella primavera la
tensión social iba en aumento, des-pués de que los presos políticos hubieran
sido liberados por las masas tras las elecciones y de que, de manera
espontánea, los campesinos de la España meridional comenzasen a ocupar las
tierras sin esperar a reforma agraria alguna. Progresivamente fue creciendo la
violencia política. El 1 de Mayo se manifesta-ron en Madrid medio millón de
personas. Las banderas rojas se mezclaron en el cortejo con la tricolor de la
República y los ma-nifestantes expusieron sus reivindicaciones al presidente
Azaña. Dos meses más tarde un sector del ejército se alzó en armas contra la
República dando inicio la guerra civil.
Mientras tanto, ya nos hemos referido al entusiasmo del primer 1 de Mayo
en la Rusia revolucionaria y el carácter de desfile militar que irá adquiriendo
en función de la burocratiza-ción del régimen y de la amenaza exterior a la
Unión Soviética. La jornada fue declarada fiesta oficial y la manifestación de
Moscú sería tradicionalmente una de las más concurridas del mundo. El 1 de Mayo
de 1933, por ejemplo, se inauguraron una gran cantidad de fábricas y hubo
intercambio de delegaciones obreras entre unas ciudades y otras. En Moscú las
avenidas se engalanaron con enormes retratos de Marx, Engels, Lenin y el mismo
Stalin, dando fe de ese modo del fenómeno del culto a la personalidad. También
tuvo un hueco en esta iconografía el dirigente del Partido Comunista Alemán,
Thaelmman, prisio-nero de los nazis. Los aviones sobrevolaron la ceremonia, en
la que hubo música, radio y fuegos artificiales. La manifesta-ción fue masiva y
compacta y desfilaron autos blindados, ca-rros de combate y artillería ante el
mausoleo de Lenin. Los soldados profirieron un juramento de lealtad a la patria
soviética y Vorochilov se encargó de pronunciar el discurso oficial. Sin
embargo todo ello no podía hacer olvidar cuánto había cam-biado en este día de
autoafirmación del trabajo en provecho de la burocracia estalinista.
EL 1 DE MAYO Durante lAs tres primeras décadas del siglo XX en España
Aunque acabamos de citar el 1 de Mayo español de 1936, en relación con
la victoria de los frentes populares en Francia y España, conviene que volvamos
la mirada hacia atrás para analizar brevemente el desarrollo de esta jornada
desde co-mienzos del siglo XX hasta la llegada de la Segunda República. Debemos
comenzar señalando que el gobierno mantuvo, sal-vo durante el periodo
comprendido entre 1891 y 1902, una postura de tolerancia hacia las
manifestaciones y paros de esta jornada. En Madrid, el gobernador civil
prohibió las manifes-taciones hasta 1903, pero ese mismo año, los trabajadores
de-safiaron la prohibición y se manifestaron. Al año siguiente la manifestación
tendría ya un carácter legal en la capital como ya lo tenía en el resto del
territorio español. Luego, a partir del golpe de estado de Primo de Rivera en
septiembre de 1923, se abrirá un paréntesis de orden represivo. En efecto, con
oca-sión del 1 de Mayo del año siguiente, el Directorio prohibió las
manifestaciones en la vía pública y se aseguró, mediante la coacción, que los
trabajadores acudiesen a sus ocupaciones. Asimismo se señaló que la jornada no
tenía carácter festivo y que, por lo tanto, era obligatorio acudir al trabajo.
De este modo, bajo el régimen de Primo de Rivera, sólo estuvieron permitidos
legalmente los actos en locales cerrados y la entrega de peticiones a las
autoridades por comisiones restringidas de representantes de los trabajadores.
A lo largo de estas tres décadas el 1 de Mayo se preparaba
minuciosamente por las organizaciones obreras, especialmente por el Partido
Socialista y la UGT. Por lo común, las direcciones de ambas organizaciones
solían reunirse en el mes de abril para fijar el programa de la jornada. En las
vísperas del 1 de Mayo di-fundían un manifiesto en el que se recogían las
reivindicaciones que habrían de presentarse a los poderes públicos a la vez que
llamaban a la participación. En los años en que se convocaba manifestación –es
decir, hasta la llegada de Primo de Rivera–, la comisión organizadora se
encargaba de solicitar los permisos pertinentes y en el propio manifiesto
difundido en las vísperas se señalaba el lugar que cada sindicato y oficio
debía ocupar en el cortejo de la manifestación.
La manifestación era, sin duda, la actividad más carac-terística de la
jornada. Solía celebrarse por la mañana, tras el mitin en el que se planteaban
las reivindicaciones obreras. Por lo común comparecían bandas de música que
amenizaban el trayecto y acompañaban los himnos obreros que entonaban los
manifestantes. Sólo durante la Primera Guerra Mundial se sus-pendió la música
en las manifestaciones y las banderas rojas lu-cieron crespones negros, en
señal de duelo por los trabajadores caídos en los campos de batalla europeos.
Las manifestaciones concluían con la entrega del pliego de reivindicaciones en
el ayuntamiento o en el gobierno civil y, en el caso de Madrid, al presidente
del gobierno. Los socialistas consideraban la manifestación como un acto contra
la patronal, en el que se proclamaba la solidaridad de los trabajadores frente
al capital y el anhelo de lograr una sociedad más justa. Es decir, la
ma-nifestación del 1 de Mayo tenía el doble propósito de expresar, por un lado,
la demanda de una serie de derechos y, por otro, manifestar y fortalecer el
espíritu de solidaridad y fraternidad entre los trabajadores. El
fortalecimiento de lazos no era sólo entre los trabajadores, entendidos como
los varones cabezas de familia (los bread winners), sino que se involucraban
las propias familias en su conjunto, incluyendo a las mujeres y los niños,
dándole a la conmemoración un fuerte sentido comunitario. Además, a partir de
1910 se sumaron a las manifestaciones en diversos años los republicanos, toda
vez que se había producido una coalición electoral entre ellos y los socialistas.
En 1913 y 1914 tuvieron un protagonismo especial en la manifestación las
mujeres. El primero de esos dos años, la encabezaron los niños de las escuelas
laicas y las damas ro-jas, que entonaban la Internacional, la Marsellesa y
otros him-nos. En 1914 Clara Zetkin, responsable de las mujeres en la
Internacional Socialista, efectuó un llamamiento especial para que participaran
a lo largo y ancho del mundo en los desfiles del 1 de Mayo. En 1915 tuvo lugar
una nueva iniciativa, desti-nada a recaudar fondos para el periódico del
Partido Socialista. Se trataba de la Fiesta de la Flor Roja; es decir, se
vendieron ro-sas y claveles de ese color a lo largo de la manifestación con el
propósito de recaudar dinero.
Todavía teniendo en cuenta el aspecto de las manifesta-ciones, conviene
recordar aquí la del 1 de Mayo de 1921, por dos razones. En primer lugar,
porque en ella expresaron los tra-bajadores la exigencia de responsabilidades
ante los desastres ocurridos en la aventura colonial en Marruecos. Estos
desastres afectaban particularmente a los propios trabajadores, pues a ellos
eran a los que reclutaban para combatir, mientras que las clases poderosas
podían evadirse del servicio militar median-te el pago de determinadas sumas de
dinero al erario público. Para colmo, la corona estaba directamente implicada
en la gue-rra del norte de África. En segundo lugar, las manifestaciones de
1921 se caracterizaron porque tuvieron lugar diversos in-cidentes, como
resultado de la reciente escisión comunista en el PSOE. Los enfrentamientos y
la desunión entre socialistas y comunistas volvieron a repetirse en las
manifestaciones de Mayo de 1922 y 1923. Al año siguiente y hasta 1930 no
volve-rían a repetirse las manifestaciones callejeras, tal y como hemos
señalado más arriba.
Muy ligados a las manifestaciones estuvieron los mítines políticos de la
jornada. Hasta la suspensión de aquellas, los mí-tines las precedieron. Aunque
en los primeros años, en el caso de Madrid, el parque del Retiro fue el
escenario elegido para la celebración del acto, con posterioridad solieron
desarrollarse en lugares cerrados como el salón de actos de la Casa del Pueblo.
A partir del final de la Primera Guerra Mundial y a lo largo de la dictadura de
Primo de Rivera, en lugar del mitin central en la capital se celebraban diveros
mítines en las diferentes barriadas madrileñas. En el mitin, los dirigentes
exponían al auditorio obrero las reivindicaciones del momento, que tras la
posterior manifestación, entregaban a las autoridades.
Pero, ¿cuáles fueron esas reivindicaciones? Dado que el 1 de Mayo tenía
un carácter eminentemente internacionalis-ta, las reivindicaciones redactadas
por el PSOE y la UGT –los anarquistas no elaboraban tablas reivindicativas para
presentar a las autoridades, como veremos un poco más adelante–, esca-paban un
tanto a la coyuntura española, mientras que expresa-ban la posición que tanto
el partido como el sindicato de Pablo Iglesias ocupaban en el contexto de la
Internacional Socialista. Los socialistas, con su conjunto de consignas del 1
de Mayo pretendían movilizar, concienciar y armar políticamente a los
trabajadores. Durante la primera década y media del siglo XX, esas consignas se
centraban en exigir al Gobierno el cumpli-miento de la legislación laboral
propuesta por el congreso de la Internacional Socialista celebrado en París en
1889, añadiendo paulatinamente nuevas exigencias.
Se trataba de una serie de reivindicaciones de carác-ter inmediato y al
mismo tiempo eran bastante moderadas. Pretendían mejorar la situación de los
trabajadores: reducción de la jornada de trabajo de manera legal; abolición del
trabajo nocturno e infantil; supresión de los destajos, de las agencias de
colocación y del pago en especies; descanso semanal ininte-rrumpido de 36 horas
semanales; vigilancia de los talleres, de los establecimientos industriales y
de la manufactura a domi-cilio a cargo de inspectores pagados por la
Administración...
Sobre este conjunto se fueron añadiendo una serie de reivindi-caciones.
Así, en mayo de 1903 se expresó la solidaridad con los trabajadores de la
República Argentina. Allí el gobierno había dictado una norma de expulsión de
los extranjeros y los obre-ros reclamaban su derogación con el fin de poder
continuar trabajando y residiendo en aquél país. Al año siguiente, las
or-ganizaciones socialistas, añadieron a las consignas de carácter
internacional la petición de la supresión de los consumos, unos impuestos indirectos
que gravaban los artículos de primera ne-cesidad y al Ayuntamiento de Madrid le
exigieron medidas de higiene urbana y alimentaria para mejorar el entorno
habita-cional y urbano de los trabajadores. En 1905, a la plataforma de tinte
internacional se añadieron reivindicaciones centradas en la resolución del
desempleo y de la carestía de la vida.
Paulatinamente a las reivindicaciones de reforma y de pro-tección social
se sumaron consignas de significado más políti-co. Así, por ejemplo, el 1 de
Mayo de 1911 se reclamó la revisión de los procesos de los condenados a muerte
con motivo de la Semana Trágica de Barcelona, de julio de 1909. Aquellos
suce-sos tuvieron su origen en la protesta por el envío de tropas a Marruecos y
en una serie de huelgas. También se pidió en 1911 la reforma del Código de
Justicia Militar y la Derogación de la Ley de Jurisdicciones. En cuanto a la
jornada de ocho horas apareció en las plataformas del 1 de Mayo de manera
invariable hasta 1919, que es la fecha en que se consiguió su estableci-miento
legal.
Sintetizando, puede decirse que hasta 1915, en lo que con-cierne a las
reivindicaciones, las aprobadas en el congreso socia-lista internacional de
1889 en París dominaron las plataformas socialistas del 1 de Mayo, con la
incorporación paulatina de una serie de consignas variadas entre las que se
incluían las de orden político, las relacionadas con el aumento de los precios,
con el Ejército –en tanto que las levas tenían un abierto carácter cla-sista– o
con la guerra colonial en Marruecos.
Entre 1915 y 1920 se va a insistir más en reivindicaciones obreras
relativas a la accidentalidad laboral y a la jornada en los diversos sectores
de actividad, como la minería o el transpor-te marítimo. La solución del
problema del paro, el cese de la represión de las sociedades obreras y el
rechazo al carácter del Ejército, además de a la presencia militar en Marruecos
com-pletaron la agenda del 1 de Mayo durante esos años.
A partir de 1921 se observa un giro en las reivindicaciones socialistas
del 1 de Mayo. Este giro tiene lugar debido, al me-nos parcialmente, a la
culminación de la legislación protectora por parte del Estado. Culminación
normativa que no necesa-riamente aseguraba su cumplimiento cotidiano. Por lo
tanto, el cumplimiento y extensión a sectores más amplios, como los
trabajadores del campo, de la legislación social, van a formar una parte
importante de la agenda. Además, como persistían dos problemas para los trabajadores
muy ligados entre sí, como eran el Ejército y Marruecos, también se incluyeron
peticiones relativas a tales asuntos. En cuanto a las nuevas consignas, ha-cían
hincapié en la reclamación de un lugar central en la so-ciedad por parte de los
trabajadores. Así cobraban sentido las demandas de socialización de los bienes
de producción y de control sindical del gobierno de las empresas. Se trataba,
por supuesto, de reivindicaciones de tipo propagandístico, reserva-das para las
grandes ocasiones en el calendario del movimiento obrero, de las que el 1 de
Mayo era seguramente la principal.
Después del golpe de estado de septiembre de 1923, el PSOE y la UGT
insistieron en los sucesivos 1 de Mayo bajo la dictadura primorriverista en
aspectos ya citados: cumplimien-to de la legislación social y respeto a la
jornada de ocho horas; soluciones al desempleo y al creciente coste de la vida;
instau-ración de los seguros de paro involuntario, vejez y enfermedad; fin de
la guerra en Marruecos; etcétera. No obstante, dada la excepcional situación
política a que dio lugar la dictadura, tam-bién pidieron la vuelta a la
normalidad constitucional.
Por lo que concierne a los anarquistas, si bien rechazaban presentar
plataformas reivindicativas al gobierno y al resto de autoridades, solían
igualmente aprobar una serie de demandas con ocasión del 1 de Mayo que
pretendían conquistar direc-tamente frente a los patronos, sin la
intermediación guberna-mental. Así, por ejemplo, en 1906, diversas sociedades
liber-tarias madrileñas aprobaron una plataforma de seis puntos: jornada de
ocho horas; doble valor de las horas extraordina-rias; consideración como horas
extraordinarias las trabajadas en domingo, dado que se trata de un día de
descanso; consi-deración como laborables todos los días del año, salvo los
do-mingos; cumplimiento de la legislación vigente sobre el trabajo de mujeres y
niños en talleres y fábricas; que cada trabajador atienda una sola máquina, con
el fin de absorber más empleo y reducir el paro. Era una plataforma, además de
breve, estricta-mente sindical. Sin embargo los anarquistas, al igual que los
so-cialistas, fueron ampliando progresivamente sus plataformas. Así, la
petición de amnistía para sus camaradas presos resultó una cuestión recurrente,
dado que los grupos anarquistas co-nocieron un continuo hostigamiento policial.
Por otra parte, según avanzaba la primera década del siglo XX, los paros
se fueron extendiendo por la geografía española durante la jornada del 1 de
Mayo. Así, por ejemplo, en 1908 ha-biendo aumentado las huelgas en toda España,
en Madrid para-ron unos cuarenta mil trabajadores, mientras que en Barcelona,
las fábricas y talleres de los pueblos industriales de la periferia
permanecieron cerrados. Cuando llegó la dictadura de Primo de Rivera, tras el
golpe de septiembre de 1923, a pesar de las prohibiciones y coacciones
gubernamentales, la tónica domi-nante de la jornada fue el paro. De este modo,
solía suspenderse para la ocasión el tráfico rodado. También el comercio solía
ce-rrar de manera muy notable.
Sin embargo, por lo que concierne a los socialistas, el 1 de Mayo
adquirió muy pronto una dimensión festiva, tal y como ocurría en las
conmemoraciones organizadas por los partidos de la Segunda Internacional. En
efecto, si durante la mañana, además de iniciarse los paros, se celebraba un
mitin y luego se sucedía la manifestación, por la tarde solía tener lugar una
con-centración campestre. En algún prado o campa, próximo a la ciudad, como el
valle de Loyola en San Sebastián, Vallvidriera en Barcelona o la Dehesa de la
Villa, en Madrid, se reunían los tra-bajadores y sus familias. Allí merendaban
y participaban en ac-tividades de recreo y esparcimiento que servían asimismo
para fortalecer los lazos entre la comunidad obrera. De este modo, tenían lugar
concursos y festivales de todo tipo (de música o bailes populares, por
ejemplo). La concentración campestre se suspendió en 1910, porque los
socialistas se hallaban en plena campaña electoral junto a los republicanos.
También se suspen-dió durante los años de la Primera Guerra Mundial, en señal
de duelo por los trabajadores víctimas del conflicto europeo. En 1930 las
concentraciones campestres tuvieron lugar en diversos espacios de
esparcimiento, como la Dehesa de la Villa, la Puerta de Hierro, Moncloa, la
Fuente de la Teja, etcétera.
Tras la excursión campestre de por la tarde, no faltaron años en los que
la jornada concluyó con una función de teatro en la Casa del Pueblo, en el caso
de Madrid y en los centros y ateneos obreros de provincias. En general, se
trataba de teatro aficionado, representado por grupos de trabajadores adscritos
a los centros obreros. En la elección de las obras que se repre-sentaban, se
tenía muy en cuenta su dimensión didáctica o pe-dagógica hacia los
trabajadores, de manera que sirviera para reafirmar sus conciencias. Es decir,
se prefería un repertorio de teatro social. En ese sentido, autores como Galdós
o Dicenta eran muy populares.
Otras actividades completaban el programa habitual del 1 de Mayo al que
nos acabamos de referir. Así, por ejemplo, eran frecuentes las colectas para
trabajadores en huelga o pre-sos. Otras veces, acudían delegaciones de las
organizaciones a depositar flores en las tumbas de compañeros fallecidos. Tras
la muerte de Pablo Iglesias, no fue raro que el 1 de Mayo se inau-gurara una
calle en su honor a lo largo y ancho de la geografía española.
Durante cuatro décadas este programa de actividades había cristalizado
en un ritual. Un ritual organizado funda-mentalmente por las organizaciones
política y sindical de los socialistas. Los anarquistas aunque compartían los
ideales de emancipación con los socialistas, para ellos se trataba sobre todo
de una jornada de combate. Por ello, criticaban los aspec-tos festivos y
rituales de la conmemoración del 1 de Mayo. Algo parecido llegarían a plantear
los comunistas, en el sentido de concebir la jornada como una fecha para la
lucha y la unidad de los trabajadores, despreciando los aspectos rituales. Los
co-munistas solían sumarse a las manifestaciones organizadas por los
socialistas, si bien criticándoles, lo que solía generar enfren-tamientos.
Además, allí donde tenían una mínima presencia, como Madrid, Vizcaya o
Asturias, trataban de organizar míti-nes. Sin embargo, a pesar de las críticas
anarquista y comunista, es preciso señalar que el ritual también servía para
fortalecer los lazos entre los trabajadores y reafirmar su identidad militante.
Así las cosas, los anarquistas, en primer lugar, situaban el origen del
1 de Mayo en los incidentes de Chicago de 1886 y no en el llamamiento de la
Internacional Socialista de 1889. Además, mientras los socialistas convocaban
paros durante la jornada, los anarquistas pretendían prolongar la huelga
de-clarada ese día hasta conquistar las ocho horas, dentro de una perspectiva
de huelga general, al menos a nivel local. Así, por ejemplo, en 1906 se unieron
al llamamiento de la CGT francesa, de huelga general. Aunque a lo largo de los
años comprendidos entre 1890 y 1930, en algunas localidades las organizaciones
li-bertarias convocaron manifestaciones, sobre este punto no había unanimidad
en el interior del movimiento anarquista. Sí la había respecto de la negativa a
entregar pliegos de reivindica-ciones a las autoridades, acto que ritualmente
ejecutaban los socialistas año tras año y que los ácratas, como hemos señalado,
rechazaban en la medida en que consideraban que las reivindi-caciones obreras
debían obtenerse de manera directa frente a los patronos sin la intermediación
de unas autoridades en las que no confiaban en absoluto.
Los anarquistas solían celebrar mítines propios en los que difundían sus
ideas y trataban de llevar a cabo una labor de pedagogía revolucionaria ante el
auditorio obrero. La crítica a los socialistas así como a su manera de celebrar
el 1 de Mayo constituía un punto fijo en el orden del día de estos mítines que
en Madrid se llegaron a celebrar en lugares como el Teatro Barbieri (en 1900) o
el Frontón Central (en 1901). Hasta 1923 los anarquistas organizaron mítines en
aquellas ciudades en las que tenían una presencia militante significativa. Sin
embargo, el golpe militar de Primo de Rivera dio como resultado la
desar-ticulación de la CNT, que a partir de entonces trató de reorga-nizarse en
un contexto de grandes dificultades. De este modo, hasta 1930 no vuelve a haber
noticias de mítines anarquistas en lugares como Madrid.
Aunque los anarquistas criticaban las fiestas campestres y las comilonas
organizadas por los socialistas porque decían que representaban un escarnio
para el 1 de Mayo, lo cierto es que también ellos celebraron meriendas en el
campo, como ocurrió en 1901 en Barcelona, cuando sus seguidores pasaron la
tarde en el Tibidabo. Igualmente preparaban veladas culturales y lite-rarias en
sus centros y ateneos, siempre con propósitos educati-vos y de creación de
conciencia social.
En conjunto, la conmemoración del 1 de Mayo fue pro-gresando en
intensidad según avanzaba el siglo. Este avance se producía de manera
correlativa al desarrollo del movimiento obrero. En efecto, pues hasta el golpe
militar de 1923, tanto la UGT como la CNT ampliaron sus efectivos. Con el
régimen de Primo de Rivera la UGT y el Partido Socialista mantuvieron sus
fuerzas; sin embargo, tal y como hemos señalado, la CNT y con ella el
anarcosindicalismo quedaron desarticulados.
Más allá de la represión del anarquismo que acabamos de señalar o de las
prohibiciones de manifestación, tanto en los pri-meros años de celebración como
durante el periodo de Primo de Rivera, ¿cuál fue la reacción de las
autoriadades ante el 1 de Mayo?; ¿más específicamente, cómo afrontaron las
reivindica-ciones que se expresaban en esa jornada obrera? En este senti-do
cabe señalar que, en general, el jefe de gobierno recibía a la comisión
socialista encargada de presentarle las peticiones de manera amable y con
buenas palabras. Ahora bien, procuraba al mismo tiempo no adquirir compromisos
firmes y se limitaba a formular promesas muy generales sin elemento alguno de
con-creción. Pero al mismo tiempo, si no de una manera directa, el avance de la
legislación social durante las tres primeras décadas del siglo XX respondía
hasta cierto punto a la presión obrera que se concretaba de manera especial en
la conmemoración del 1 de Mayo. Debe entenderse igualmente que esa legislación
no satisfacía por completo al movimiento obrero, según solía ex-presarse con
ocasión de la fiesta del trabajo. Además, la patronal solía resistirse a su
cumplimiento.
La patronal y la burguesía en general, por su parte, recibie-ron con
auténtico pánico el primer 1 de Mayo de 1890. Pensaban que con él llegaba la
revolución social. Muchos de ellos hicieron acopio de víveres y se encerraron
en sus casas aquél día. Como al día siguiente comprobaron que el mundo sobre el
que pisa-ban no se había resquebrajado, comenzaron a contemplar las
manifestaciones del 1 de Mayo con curiosidad e indiferencia. Cuestión diferente
era el asunto de la huelga con ocasión de esa jornada conmemorativa. En este
punto, los empresarios se re-sistieron, despidiendo a los huelguistas y
tratando de presionar a los obreros para que acudieran ese día a trabajar con
normalidad. Sin embargo, el empuje de la celebración se hizo notar también en
este punto, de manera que con el tiempo fueron apareciendo acuerdos y pactos
colectivos que contemplaban el estatuto especial que representaba el 1 de Mayo.
Naturalmente eso fue posible en la medida en que los patronos se fueron
or-ganizando corporativamente y ejercieron de contraparte ante las
organizaciones obreras. Este aspecto pudo ya observarse a partir de 1918 y
1919.
En la Segunda República y la Guerra Civil española
Poco más de un par de semanas después de proclamarse la Segunda
República, tuvo lugar el 1 de Mayo de 1931. El Partido Socialista y la UGT
hicieron un llamamiento común, publica-do en el Boletín de la UGT de España,
del que entresacamos los siguientes párrafos:
El proletariado español (...) está viviendo ahora días de fies-ta. Ha
pasado la frontera, para no volver nunca, el último Borbón.
(...) El Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores han
contribuido considerablemente a la obra revolucionaria que tan espléndido fruto
rindió el 14 de abril. Esta República española que ahora empieza, y de la cual
hemos de ser nosotros guardianes vigilantes, es algo esencialmente nuestro,
porque a nuestro calor ha nacido y a nuestro calor ha de afirmarse y
per-feccionarse en el futuro.
(...)
En todas las ciudades y pueblos de España deben organizarse el Primero
de Mayo actos de propaganda y manifestaciones públicas, veladas y jiras, en las
que se evidencien nuestro entu-siasmo y nuestra fuerza. De todos ellos debe
enviarse noticia telegráfica al gobierno provisional de la República y a
nuestros organismos nacionales.
Como se ve, hay un gran entusiasmo por la llegada del nuevo régimen
republicano que se considera como propio, en este documento en el que no se
olvida llamar a la participación.
De hecho, aquella jornada fue una gran jornada festiva, pues el gobierno
provisional decretó día no laborable. Resultó asimis-mo una conmemoración con
manifestaciones masivas en toda España, tal y como reclamaron el Partido
Socialista y la UGT.
De la manifestación de la capital ha quedado la imagen de la cabecera de
la misma, en la que junto a los dirigentes socia-listas Indalecio Prieto y
Largo Caballero, aparecen el alcalde de Madrid, Pedro Rico y Miguel de Unamuno.
También en esta ocasión se presentaron las tradicionales peticiones a las
auto-ridades. Sin embargo, la novedad residía en que en la cabecera del cortejo
también desfilan las autoridades, pues tres dirigen-tes socialistas formaban
parte del nuevo gobierno. El programa presentado al gobierno incluía los
siguientes diez puntos:
1) Derecho al voto a los 21
años; 2) ratificación de la jor-nada de ocho horas y garantías para su
cumplimiento; 3) me-didas contra el paro y la carestía de la vida; 4)
construcción de casas baratas; 5) implantación de seguros sociales; 6) creación
de escuelas; 7) creación de una ley que estimule el cooperati-vismo; 8)
legislación agraria; 9) repoblación forestal; 10) ley de control sindical de
las industrias.
Se trataba de una plataforma de reforma social moderada al que se añadía
la generalización del derecho de voto. Por lo demás, en Madrid la jornada se
completó con la salida masiva de los trabajadores y de sus familias a la Casa
de Campo y a la Dehesa de la Villa, a pasar la tarde merendando entre la
natura-leza. Como la Casa de Campo había sido parque de la Corona, la
concentración vespertina en el primer 1 de Mayo republica-no cobraba, además,
un indudable valor simbólico.
La participación masiva y la normalidad en las manifesta-ciones fueron
la tónica del 1 de Mayo también en 1932 y 1933. Si acaso, puede reseñarse que
los comunistas trataron de or-ganizar manifestaciones propias, al margen de las
convocadas por el socialismo. Ese fue el caso de Madrid, donde fueron
dis-persados por la policía, dando lugar a enfrentamientos entre la fuerza
pública y los militantes del PCE. También tuvieron lugar las excursiones
campestres, de manera que en la capital fueron la Casa de Campo y la Dehesa de
la Villa los lugares más elegidos para el esparcimiento –hasta trescientas mil
personas acudieron a la Casa de Campo– tras la manifestación. En 1933 la
jornada campestre acabó un tanto deslucida, debido a la llu-via que hizo acto
de presencia al caer la tarde.
El cambio de signo político, tras las elecciones de 1933 y la salida de
los republicanos y socialistas del gobierno de la na-ción iba a incidir en el 1
de Mayo de 1934. En primer lugar, aunque el nuevo gobierno mantuvo la
festividad de la jornada, prohibió las manifestaciones y los mítines públicos
para esa fe-cha. Las organizaciones socialistas, a su vez, habían cambiado su
euforia de hacía tres años por un mensaje mucho más radi-cal. De este modo, en
el manifiesto difundido para la ocasión, el Partido Socialista y la UGT,
saludaron en primer lugar a los militantes obreros que resistían, desde la
clandestinidad, al fas-cismo en Austria, Italia y Alemania. A continuación
señalaban que Pronto se echa de ver que este Primero de Mayo recobra (...) el
viejo sabor de protesta y pelea. Y más adelante, declaraban de manera
premonitoria:
No se entienda que la movilización pacífica y unánime del Primero de
Mayo es renuncia de nuestros cuadros políticos y sindicales a la violencia,
pues mantenemos nuestro derecho, tan fuerte como el de gobernar, a oponer el
alzamiento revolu-cionario a la más tenue perspectiva de ludibrio fascista.
Estas consideraciones sobre la violencia eran ajenas a la tradición de
los socialistas españoles en relación con el 1 de Mayo. Sin embargo indicaba la
radicalización ante el ascenso del fascismo en Europa y de la derecha en
España. De hecho, nos encontramos unos meses antes del movimiento
insurrec-cional de octubre de 1934 en Asturias. A la comuna asturia-na de 1934
le siguió una represión severa, con fusilamientos, encarcelamientos masivos y
despidos de militantes obreros en toda España. Las manifestaciones callejeras
estuvieron de nuevo prohibidas el 1 de Mayo de 1935, fecha en la que, a pesar
de todo, se organizaron actos y reuniones obreras en un contexto de esperanza
de unidad de los trabajadores. Y efectivamente, las elecciones de febrero de
1936 dieron la victoria al Frente Popular y un nuevo cambio de signo político
en el gobierno tuvo lugar.
Aunque ya hemos mencionado, en el contexto de los fren-tes populares, el
1 de Mayo de 1936, vamos a detenernos ahora en él con algo más de detalle. La
victoria del Frente Popular en febrero había desatado la euforia popular. Hasta
tal punto fue así, que antes de que se dictara un decreto de amnistía, los
trabajadores entraron en las prisiones para liberar a sus ca-maradas presos
desde octubre de 1934. Del mismo modo, los campesinos sin tierra comenzaron a
ocupar parcelas sin esperar a reforma agraria alguna. Ambos datos ponían de
manifiesto la radicalización popular, en el contexto de una polarización social
que se agudizaba de manera muy rápida. Tal fue el esce-nario del 1 de Mayo de
1936 en el que se celebraron manifes-taciones multitudinarias en toda España.
Por su significación vamos a ver algunos datos de la que tuvo lugar en la
capital. Allí el recorrido del desfile iba desde Atocha hasta la plaza de
Castelar, en la Castellana, después de recorrer el Paseo del Prado y la plaza
de Colón. La prensa madrileña calculó una participa-ción de trescientas mil
personas. En la cabecera marcharon los dirigentes de la UGT, el Partido
Socialista y la Casa del Pueblo. Sin embargo, la novedad residía en que los
dirigentes del PC marcharon codo con codo con los anteriores. En la cabecera
también estaban los representantes del Comité de Unificación Juvenil, pues las
Juventudes Socialistas y Comunistas estaban en pleno proceso de unificación en
la JSU.
Destacó también la prensa la presencia de jóvenes y mu-jeres uniformados
en el cortejo, así como de milicias armadas pertenecientes a las organizaciones
obreras. Tal y como mar-caba una tradición de cuatro décadas, se presentó al
gobierno el correspondiente pliego de peticiones. Esta vez, se daban cita por
igual exigencias políticas y de protección social, todas ellas marcadas por la
huella de octubre de 1934:
a) Cumplimiento de lo pactado
por las organizaciones del Frente Popular como programa; b) resolución del paro
obrero mediante un plan de obras públicas y asignación, entre tanto, de
subsidios de desempleo; c) semana laboral de 40 horas; d) anulación del crédito
acordado por el anterior gobierno para acudir a las Olimpiadas de Berlín
–organizadas por el nazis-mo– que debería dedicarse al deporte popular; e)
depuración de responsabilidades por la represión de octubre de 1934; f)
disolución de los grupos armados de carácter fascista y monár-quico, a los que
se debían confiscar sus bienes; g) créditos para el auxilio público de
mutilados y otras víctimas de la represión de octubre de 1934; h) ampliación de
la amnistía e indulto para los presos comunes; i) contra la guerra imperialista
y en defen-sa de la Unión Soviética.
Una vez entregado el pliego de peticiones se dio por con-cluida la
manifestación, dirigiéndose los manifestantes a pasar el resto del día a la
Casa de Campo y a la Dehesa de la Villa. En el primer bosque se llegaron a
reunir cuatrocientas mil per-sonas y en la Dehesa de la Villa otras cien mil,
lo que indica que la excursión campestre de ese día se hallaba arraigada en los
madrileños incluso más que la manifestación de la mañana. De hecho, muchas
familias partían directamente a la Casa de Campo sin pasar por el desfile
obrero.
La Guerra Civil daría otro giro al 1 de Mayo. En el terri-torio ocupado
por los militares rebeldes simplemente será eli-minada, por Decreto de 13 de
abril de 1937. Entre tanto, en el bando republicano, en 1937 y 1938 se prohíben
las manifesta-ciones, si bien las organizaciones obreras publicarán
manifies-tos para la ocasión y se celebrarán todavía mítines y actos en
recintos cerrados. Así ocurrió en 1937, cuando, por ejemplo, la CNT y la UGT
organizaron un mitin unitario en el teatro principal de la capital republicana:
Valencia. Entre tanto tam-bién la Agrupación Socialista Madrileña, por citar un
segundo caso, convocó un acto en recinto cerrado. La propaganda de las
organizaciones sindicales y políticas de la clase obrera insistía mientras
tanto en el esfuerzo bélico contra el fascismo y en la unidad, la disciplina y
el sacrificio de los trabajadores. Así, por ejemplo, la FAI publicó un número
extraordinario de Tierra y Libertad el 1 de Mayo de 1937 en el que se podía
leer: que sea más potente nuestro ejército revolucionario; haga prodigios el
tra-bajo proletario; que hoy es 1º de mayo... Y un titular reclamaba: en
España: revolución; en el mundo: solidaridad. El año siguien-te, El Trabajo,
mensual del sindicato de albañiles de la UGT ma-drileña invocaba en su número
de mayo a la disciplina y a la unidad obreras, haciendo alusión al acuerdo
sindical unitario que había tenido lugar a comienzos de ese mismo año y por el
cual se incorporaban las dos grandes confederaciones formal-mente al Frente
Popular. El 1 de Mayo de 1939 las organizacio-nes obreras ya no tuvieron
ocasión de difundir su prensa ni de realizar actos conmemorativos en suelo
español, tras la retirada en desbandada de febrero y marzo y la victoria
franquista pro-clamada el 1 de abril.
Después de la Segunda Guerra Mundial
El fascismo y la guerra interrumpieron la celebración del 1 de Mayo en
Europa por parte de las organizaciones obreras, des-articuladas en gran parte.
Mientras tanto, las fuerzas del eje (Hitler y Mussolini) y sus aliados (como el
régimen de Vichy en Francia) se apropiaron de la fecha y organizaron rituales
propios, tal y como hemos visto en el caso del nazismo alemán. En realidad con
ello no hicieron sino reconocer el arraigo del 1 de Mayo entre las masas
trabajadoras. En 1945, el 28 de abril fueron colgados Mussolini y su amante.
Dos días después des-aparecía Hitler. Mientras tanto, el gobierno provisional
había sido ya instaurado en Francia desde hacía ocho meses. En estas
condiciones se aproximaba la resurrección del 1 de Mayo, bajo el signo de la
paz y de la derrota del fascismo. En Francia el 1 de mayo de 1945, por reacción
frente al régimen de Vichy, no fue oficialmente día festivo. Volvió a recuperar
el aire de jornada de protesta y de paros voluntarios protagonizados por los
tra-bajadores. En la capital, la manifestación contó no sólo con la presencia
de las organizaciones habituales de la clase obrera, de sus partidos y
sindicatos. Además se sumaron las fuerzas de la Resistencia. De ese modo,
desfilaron estructurados en bloques, los supervivientes de los distintos campos
de exterminio nazis. Fue el 1 de Mayo de la Liberación.
Quedaba todavía la rendición de los ejércitos alemanes, que tuvo lugar
el 7 de mayo de 1945. Luego, el 14 de agosto siguiente capituló el Japón
imperial. Fue, por lo tanto, el 1 de Mayo de 1946 el que se conmemoraría en el
conjunto de los países aliados como el 1º de Mayo de la victoria y el 1º de
Mayo de la paz. Al año siguiente, la jornada se celebró en lugares tan diversos
geográfica y culturalmente como Teherán (por prime-ra vez en su historia),
Varsovia, Roma, Berlín Este, Jerusalén, Praga, Bucarest o Shangai. En Palermo,
en Italia, estallaron una serie de bombas causando heridos y víctimas mortales.
La CGIL convocó media jornada de paro en señal de duelo y protesta.
A partir de 1948, tras la ruptura de los gabinetes de uni-dad nacional
en Europa Oriental y la expulsión de los comu-nistas de los gobiernos de Europa
Occidental en los que esta-ban presentes, el 1 de Mayo se vio afectado por la
Guerra Fría. La unidad que habían representado los frentes populares, la lucha
antifascista y los gobiernos de concentración nacional, surgidos al final de la
contienda, se resquebrajó. En Europa Occidental se sucedieron los desfiles
rituales, con la impronta de la división. En la Unión Soviética y en los países
satélites, la conmemoración resultaba una mezcla de manifestación orga-nizada
por el PC y de desfile militar. Esta mezcla se sazonaba con grandes retratos
indicadores del culto a la personalidad, que se atemperó durante el mandato de
Kruchev. Por otra parte, el desfile militar representaba una ocasión para
mostrar parte de un arsenal, dentro de la lógica de la carrera de arma-mentos.
En el mismo contexto de la Guerra Fría, la Iglesia católica va a tratar
de apropiarse también del 1 de Mayo. Con anterio-ridad, tras la encíclica Rerum
Novarum de 1891, en torno a los comienzos del siglo XX en países de fuerte
tradición católica, como España o Italia, algunas organizaciones confesionales
–singularmente, sindicatos– habían conmemorado la jornada con la celebración de
una misa o con actos en los que partici-paba el clero. Pero en 1955 el Vaticano
dio un paso más y Pío XII introdujo en el calendario la festividad de San José
Artesano o San José Obrero –ambas acepciones se utilizarían indistinta-mente–
el 1 de Mayo. Sería, pues, el patrón de los trabajadores. De ese modo,
explícitamente se otorgaba un sentido cristiano a la fecha, de manera
alternativa a la tradición marxista que repre-sentaba. Se canonizaba así el
trabajo y se atribuía al 1 de Mayo el carácter de celebración sagrada.
En 1956, el cardenal Montini –que sería posteriormente papa, bajo el
nombre de Pablo VI– organizó el 1 de Mayo en la plaza del Duomo de Milán una
gran concentración de obreros católicos. A la plaza acudían los trabajadores
llevando estandar-tes y banderas de diferentes países con el propósito de
conme-morar una nueva fiesta sagrada de redención del proletariado. En la
tribuna se hallaban autoridades religiosas y políticas –re-presentantes de la
Democracia Cristiana gobernante–, incluido el jefe del gobierno italiano. El
lema de la concentración fue: Obreros de todo el mundo, unámonos en Jesucristo.
Se trataba de un ritual enfrentado expresamente al del movimiento obrero,
rechazando de manera explícita el materialismo histórico y la lucha de clases.
El mismo papa dirigió un mensaje radiofónico a los concentrados en Milán y como
coronación de la celebración un helicóptero despegó transportando una figura de
Cristo, que era un obsequio de los trabajadores católicos al pontífice. El
Cristo fue transportado a Roma y ubicado en una nueva iglesia consagrada a
Cristo Obrero. La Iglesia, en fin, diseñaría un rito específico para la misa de
San José Obrero.
Del período de la Guerra Fría data también la proclama-ción del Día de
la Lealtad en Estados Unidos que, no por casua-lidad iba a ser el 1 de Mayo.
Fue en 1958 cuando el presidente Eisenhower decidió elevarla a la categoría de
fiesta nacional. Con anterioridad, en 1949, se había proclamado su observancia
en cuarenta y nueve estados. Si lo citamos es porque, en reali-dad, la idea del
Día de la Lealtad –cuyos orígenes se sitúan en los años treinta del siglo XX–
no es sino un intento de oponer una jornada patriótica al 1 de Mayo de los
trabajadores. El Día de la Lealtad se conmemora a base de desfiles de veteranos
de guerra, resaltando el patriotismo frente al internacionalismo y el
militarismo frente al pacifismo de la fiesta de los trabajado-res. Es un ritual
estrictamente anticomunista y antiobrero, pero que indica hasta qué punto el 1
de Mayo se ha convertido en un símbolo históricamente disputado.
En Europa Occidental el ritual obrero del 1 de Mayo se vio sacudido por
el incremento drástico de las protestas obreras a finales de los años sesenta y
principios de la década siguiente. Se trata del periodo comprendido entre la
huelga general de mayo de 1968 en Francia y la revolución portuguesa y la
transición en España en 1974/1976. No cabe duda que ese periodo de
eferves-cencia política y social introdujo en la agenda del 1 de Mayo eu-ropeo
occidental nuevos aspectos. Se hizo evidente, por ejem-plo, la crítica al
autoritarismo y al stalinismo, algo que durante los años cincuenta resultaba
impensable entre el movimiento obrero europeo. En este punto, la aparición de
la extrema iz-quierda en torno a 1968 jugo un papel indiscutible. También es la
época del surgimiento de los nuevos movimientos sociales, como el nuevo
feminismo, el pacifismo o el ecologismo, a los que el movimiento obrero no
puede ignorar y cuyas demandas trata de reelaborar e incorporar a sus
programas. Todo ello co-menzó a visualizarse en las manifestaciones del 1 de
Mayo en París, Londres, Roma o Berlín Occidental. A su manera, 1968 tuvo
también su impacto en la Unión Soviética. En efecto, pues desde la invasión de
Checoslovaquia hasta 1979 no desfiló el ejército rojo en Moscú en el 1 de Mayo.
Se mantuvo, eso si, el culto a la personalidad, con grandes retratos de Breznev
a lo largo del recorrido.
Pero la efervescencia social y política de 1968 tuvo sus lí-mites y se
diluyó relativamente pronto. Además, como coro-lario del golpe de timón
político apareció la crisis económica, ligada al shock del petróleo de 1973. Si
buscamos un aconte-cimiento que en Europa Occidental pueda simbolizar el cambio
de rumbo para los trabajadores y sus organizaciones, tal vez podamos
encontrarlo en la huelga minera de 1984 en Gran Bretaña. Después de un año de
conflicto, la primera ministra conservadora, Margaret Thatcher, cosechó un
triunfo indiscuti-ble y los trabajadores y sus sindicatos una derrota sin
paliativos. Después, durante la segunda mitad de los años ochenta del siglo XX,
tuvo lugar el derrumbamiento de la Unión Soviética y de los regímenes
satélites. Es evidente que con el muro de Berlín se derrumbó también un cierto
dique de contención a la política exterior norteamericana. Pero también lo es
que la desastrosa experiencia de la Unión Soviética ha causado un daño
irrepara-ble a la causa de los trabajadores y del socialismo. Su fracaso ha
dado lugar al encumbramiento del mercado en la economía y al liberalismo
conservador en la política. En ese contexto ha de desenvolverse el movimiento
obrero y ha de celebrarse el 1 de Mayo en el mundo.
Bajo el franquismo
Como ya hemos señalado, durante la guerra civil Franco su-primió la
festividad del 1 de Mayo, por Decreto de 13 de abril de 1937. Concluida la
contienda, una Orden de 9 de marzo de 1940 ratificó la suspensión, en la medida
en que se prohibían las conmemoraciones consideradas como subversivas –es
de-cir, las propias del bando de los vencidos– y se establecen las festividades
religiosas y apologéticas del régimen franquista triunfante. A diferencia de
Hitler que, tal y como hemos visto, se apropió del 1 de Mayo transformándolo en
Día Nacional del Trabajo, dentro de la ritualidad nazi, Franco optó por
abolir-lo al igual que Mussolini. De ese modo se eliminaba cualquier vestigio
del periodo republicano. En su lugar, trató de dotar al 18 de julio del
carácter de fiesta de Exaltación del Trabajo Nacional. Así, el Día del Trabajo
quedaba vinculado a la fecha del Alzamiento; es decir, de la rebelión militar
de 1936.
La glorificación franquista del trabajo guardaba coheren-cia con los
principios del Fuero del Trabajo dictado en 1938 que, a su vez, se había
inspirado de forma directa en la Carta del Lavoro del fascismo italiano. El
Fuero del Trabajo, concebía el trabajo no como un derecho, sino como una
obligación frente al Estado. Esa naturaleza coercitiva del trabajo se inspiraba
por un lado en el autoritarismo fascista y por otro en la idea bíblica de
castigo, pues el régimen de Franco en sus primeros años de andadura mezclaba
elementos del fascismo y de un catolicismo reaccionario que pervivió hasta el
final. El Fuero del Trabajo, además, no reconocía la autonomía de las partes.
Por eso la nue-va conmemoración amalgamaba a empresarios y trabajadores y los
hermanaba en la producción nacional. Frente al internacio-nalismo se alzaba de
manera muy previsible el nacionalsindica-lismo y frente al carácter
reivindicativo y de lucha del 1 de Mayo, emergía la armonía de intereses dentro
del cuerpo social.
La organización del nuevo ritual correrá a cargo de la pro-pia
Administración con el concurso de la Falange, el Ejército y la Iglesia. De este
modo, la población asistirá a espectáculos como el desfile militar, actos del
partido único y misas de campaña. También se celebrarán recepciones de carácter
más restringido. En las concentraciones que se organizan a lo largo y ancho del
territorio español se difunden consignas nacionalistas, de exal-tación del
interés nacional y de adhesión a la figura del caudillo Franco. En el 18 de
julio se renueva cada año la fidelidad a los principios del Alzamiento Nacional
y se hace propaganda de los supuestos logros del régimen. La retórica hace
alusión a la armonía de intereses entre las clases sociales, al carácter pater-nalista
del Estado, así como a la naturaleza militar de los oríge-nes del sistema.
Sin embargo, a la concentración del primero de mayo de 1956 en Milán,
que había organizado la Iglesia de Roma, acudieron representantes de las
organizaciones españolas de la Acción Católica –la HOAC y la JOC–, así como una
delegación de la Organización Sindical Española –los sindicatos vertica-les–,
encabezada por su delegado nacional, José Solís. Éste le trasmitió al
representante del Vaticano la adhesión entusiasta de los sindicatos verticales
españoles a la celebración de San José Obrero, que sería fiesta nacional en
España desde ese año. En efecto, pues una Orden del Ministerio de Trabajo de 27
de abril de ese año declara:
fiesta laboral abonable y no recuperable la fiesta de San José Artesano,
que por solidaridad con la disposición de la Santa Sede, se celebrará el 1 de
mayo de cada año, pero manteniendo el valor, significación y solemnidad de la
Fiesta de Exaltación del Trabajo Nacional que se sigue celebrando el 18 de
julio.
La nueva conmemoración tiene lugar dentro de los pa-rámetros ideológicos
del nacionalcatolicismo, la ideología ofi-cial del Régimen. Serán, por lo
tanto, la Iglesia y el Movimiento quienes organicen las primeras ediciones de
la nueva festivi-dad. Sin embargo la idea que de la Fiesta del Trabajo tiene la
jerarquía católica no va a ser la misma que la de las organiza-ciones de la
Acción Católica y sus militantes, imbuidos por la llamada doctrina social de la
Iglesia. La jerarquía, por su parte, proporciona a la celebración oficial un
sentido religioso y junto a los sindicatos verticales, festeja la superación
del movimiento obrero y de la lucha de clases.
Así pues, de manera paralela, las organizaciones de la Acción Católica
inician un despertar crítico. Sus militantes, en el marco de lo que denominaban
compromiso temporal, ade-más de participar en los sindicatos verticales
acumularán expe-riencias en las empresas. Comenzarán a proclamar la defensa de
la dignidad obrera, la necesidad de que los sindicatos de-fiendan a los
trabajadores de manera independiente del poder político e invocarán los
derechos colectivos de los trabajadores. La divergencia entre el Movimiento y
las organizaciones de la Acción Católica se expresará mediante episodios como
el se-cuestro de números de las publicaciones de la HOAC –Noticias Obreras– y
de la JOC –Juventud Obrera–. Desde Pueblo, diario de los sindicatos verticales,
su director lanzará virulentos ata-ques a las organizaciones de la Acción
Católica obrera repro-chándole que sus militantes se inmiscuyesen en un terreno
que supuestamente les era ajeno y que correspondía en exclusiva a los
sindicatos verticales. Y es que en 1960 los representantes de la Acción
Católica remitieron un carta de protesta a la jerarquía de la Organización
Sindical con motivo de las elecciones sin-dicales. En la misiva criticaban las
excesivas atribuciones de la Junta Nacional de Elecciones así como el
incumplimiento del reglamento electoral en lo que afectaba a la información a
los trabajadores. En tales condiciones reaclamaban la anulación de los comicios
sindicales. Al año siguiente, la policía interceptó un documento de estas
organizaciones elaborado con ocasión del 1 de Mayo. En fin, como es conocido,
una parte significativa de los militantes de la Acción Católica obrera pasará a
colaborar con los militantes del movimiento obrero clandestino, a orga-nizar
protestas en común y a tratar de vertebrar la celebración del 1 de Mayo de
manera alternativa al régimen, recuperando su significado original.
Sin embargo, antes de entrar en este último aspecto, va-mos a detenernos
brevemente en el ritual franquista de San José Artesano. En sus primeras
ediciones se trata de un ceremonial bastante simple. El Ministerio de Trabajo,
los sindicatos verti-cales y la Iglesia, además de ayuntamientos y gobiernos
civiles, organizan ese día una misa y distintos actos oficiales de carácter
sindical. En Madrid, la misa tiene lugar en la iglesia de Jesús de Medinaceli
–próxima al edificio de los sindicatos verticales del Paseo del Prado–.
Después, el Ministro de Trabajo se reúne con una selección de trabajadores en
el salón de actos de la Escuela de Capacitación Social del propio Ministerio de
Trabajo. Allí, el subsecretario pronunciará un discurso. Luego, los aprendices
del Frente de Juventudes visitan a Franco que les entrega una serie de trofeos
relativos al Concurso Nacional de Formación Profesional Obrera. En los
discursos oficiales y homilías se re-saltan como ejemplares las supuestas
cualidades de San José: trabajador, humilde, amante del orden, buen padre de
familia, etcétera. El ritual, en su conjunto, recuerda la victoria sobre el
movimiento obrero y la abolición de la lucha de clases.
Año tras año, los sindicatos verticales irán relegando a un segundo
plano la figura de San José Obrero en el ritual, diluyen-do los aspectos más
fuertemente religiosos. En su lugar, se car-garán las tintas en ritos
sindicales de agradecimiento al caudillo y de exaltación del régimen y de sus
logros. La conmemoración adquirirá una evidente dimensión nacional, en la
medida en que será presidida por el propio Franco, que se hallará al frente de
la Demostración Sindical. En los días previos a la jornada, el mismo Franco,
acompañado por el Ministro de Trabajo o el delegado nacional de sindicatos
realizan giras para inaugurar viviendas o centros sociales, institutos de
formación profesio-nal, etcétera. Es decir, según se aproxima la fecha, la
cúpula del régimen emprende una serie de actos propagandísticos tratan-do de
resaltar su carácter social. Al mismo tiempo, se pretende trasladar a la
población la idea de que la obra del caudillo se plasma en una paz y un
progreso constantes.
En la misma jornada, las autoridades laborales y sindicales harán
entrega de las medallas al mérito del trabajo. La propa-ganda de los sindicatos
verticales presenta la festividad como un homenaje a los trabajadores que con
su esfuerzo están po-niendo los cimientos para una España mejor. A su vez, la
Obra Sindical de Educación y Descanso, que dentro de los propios sindicatos
verticales se ocupa de la organización del tiempo li-bre de los trabajadores,
prepara la movilización.
Al margen del ritual oficial, presidido por Franco, las úni-cas
actividades permitidas con ocasión del 1 de Mayo serán las misas de San José
Obrero o las reuniones de militantes de la Acción Católica Obrera en locales de
la Iglesia en las que, bajo la cobertura de la doctrina social de la Iglesia,
cristalizará un discurso crítico con el régimen franquista, tal y como hemos
señalado.
A partir de 1958, año en el que la dictadura aprobó la Ley de Convenios
Colectivos Sindicales, se inaugurarán las grandes exhibiciones sindicales, con
carácter anual, en el estadio Santiago Bernabeu, en Madrid. Manteniendo el
esquema ritual, se alter-narán actuaciones deportivas, folclóricas –a cargo de
los coros y danzas de la Sección Femenina– y culturales. Será, nuevamen-te, la
Obra Sindical de Educación y Descanso la encargada de organizar los actos cada
primero de mayo en el citado estadio. Aunque en cada edición se pretende
sorprender con el progra-ma, dominarán sin excepción las actuaciones con
colorido y brillantez, al objeto de crear una atmósfera de entusiasmo y de
adhesión al caudillo. Los espectáculos sobre el césped se ajusta-rán a una
estética en la que predominan las simetrías, tratando de simbolizar el orden,
la disciplina, la virilidad, la abnegación, la unidad, la grandeza... En fin,
una serie de valores con los que se daba por supuesto que debía identificarse
el pueblo español.
Por otra parte, la secuencia ritual se repite anualmente: en-trada
triunfal de Franco en la tribuna del estadio, acompañado de su esposa, varios
ministros –incluido el secretario general de los sindicatos verticales–, cuerpo
diplomático, prensa y repre-sentantes provinciales y de casas regionales.
Inmediatamente después de ocupar la tribuna de honor, se hace silencio y suena
el himno nacional. A continuación, de manera ordenada y cro-nometrada se inicia
el desfile de los grupos deportivos o fol-clóricos, que lucen sus banderas y
estandartes. En ocasiones, desfilan con antorchas a la manera
nacionalsocialista, rindien-do homenaje a Franco. Tras los desfiles, se produce
un nuevo silencio, después del cual vuelven a interpretarse los himnos de los
sindicatos verticales y nacional. A su conclusión, tiene lugar una gran ovación
de agradecimiento al caudillo Franco.
Las demostraciones del primero de mayo en el estadio Santiago Bernabeu
pretenden insuflar en la población los va-lores de la dictadura mediante la
grandilocuencia y la emoción propias del ritual. También se pretende enviar un
mensaje pro-pagandístico al exterior, en el sentido de insistir en los avances
sociales del régimen. En los días siguientes, la prensa oficial co-menta el
acto, incidiendo en los aplausos recibidos por el gene-ral Franco, en señal de
gratitud popular como arquitecto de la obra social de la dictadura. Los
periódicos de circulación legal alababan los actos como símbolos de disciplina
y lealtad al régi-men. Paralelamente, los festejos del estadio Santiago
Bernabeu se retrasmiten por televisión y se difunden a través del NO–DO. Se
elaborarán de esa manera reportajes de emisión obligatoria, recordémoslo, en
todos los cines del país. Así se aseguraba la dictadura la difusión masiva y
propagandística de las conme-moraciones.
Claro que, a pesar de los esfuerzos de propaganda de los sindicatos
verticales y del aparato de la dictadura, según se van celebrando nuevas
ediciones oficiales de San José Obrero, de manera paralela crecerá la
conflictividad laboral en España. Y con ello progresarán año tras año, los
esfuerzos del movimiento obrero por recuperar el genuino significado del 1 de
Mayo. En ese contexto, los festejos del Estadio Santiago Bernabeu y otra serie
de ritos oficiales no lograrán captar la adhesión de las ma-sas. Consciente de
ello, el régimen retrasmitirá por televisión cada año el treinta de abril y el
uno de mayo los dos espectácu-los de masas más populares de la época: una
corrida de toros y un partido de fútbol. Se pretendía, en el primer caso, que
fuese un cartel con matadores situados en la cima del escalafón y en el
segundo, que lidiasen los grandes equipos del campeonato de liga. El objetivo
era retener a los trabajadores en casa durante esas fechas y evitar que se
sumaran a los actos ilegales convoca-dos por el movimiento obrero y la
oposición clandestina.
El mantenimiento de la llama del 1 de Mayo en cuanto a su significación
genuina y la recuperación de su celebración en la calle durante el franquismo
constituyen una historia paralela y alternativa a la de San José Artesano. El
final de la Guerra Civil representó una severa derrota del movimiento obrero en
España: sus organizaciones quedaron estrictamente prohibi-das; sus dirigentes y
militantes, en la cárcel, el exilio o ante los paredones de ejecución y las
cunetas; sus locales y bienes incau-tados. Los derechos colectivos de los
trabajadores, como el de huelga, reunión y expresión, fueron radicalmente
eliminados.
Como ya hemos indicado, la festividad del 1 de Mayo que-dó suprimida y
el ejercicio de la huelga hasta la reforma del Código Penal de 1962 estuvo
tipificado como delito de rebelión militar, juzgado por tribunales militares.
Además, el hambre y las enfermedades ligadas a la pobreza completaban el
horizonte de la posguerra para la clase trabajadora. En esas condiciones
resultaba muy difícil organizar paros y manifestaciones, fuese o no con ocasión
del 1 de Mayo. Por supuesto, las organiza-ciones del exilio redactaban
manifiestos conmemorativos que se distribuían entre la emigración política y
que trataban de introducirse clandestinamente en el país. En 1946 y 1947
tu-vieron lugar una serie de huelgas en Cataluña y sobre todo en Vizcaya en
mayo de 1947 contra la carestía de la vida y los bajos salarios, en repudio del
nuevo régimen. Estuvieron vertebradas por las organizaciones clásicas del
movimiento obrero, la UGT y la CNT y representaban el final de un ciclo de
conflicto.
En la década siguiente, tras el boicot a los transportes de Barcelona,
en marzo de 1951, se registraron dos nuevos fenóme-nos. Por un lado, el
surgimiento de nuevos activistas obreros y en segundo lugar nuevas formas de
conflicto centradas en reivindica-ciones inmediatas de la clase trabajadora.
Estos nuevos conflictos tenían lugar de manera generalmente aislada en las
empresas. No hubo todavía en ese contexto un resurgir del 1 de Mayo. Habría que
esperar a la siguiente década, cuando las elecciones sindica-les y la
negociación colectiva en el marco del sindicato vertical, a partir de la Ley de
1958, generaron nuevas oportunidades para la recomposición del movimiento
obrero. Esa recomposición tuvo lugar a través de las Comisiones Obreras, donde
se encontraron los militantes comunistas y de la Acción Católica. A finales de
los años cincuenta y principios de los sesenta el Partido Comunista llamaba a
manifestarse en la calle el 1 de Mayo mediante el lan-zamiento de octavillas.
La respuesta a tales llamamientos no era una manifestación, tal y como hoy se
conoce. Se trataba más bien de concentrarse en las aceras en un punto
determinado y a una hora concreta. En Madrid, por ejemplo, esa concentración se
efectuaba en las aceras de la Gran Vía –que entonces se llamaba avenida de José
Antonio– en torno a los locales de los sindicatos provinciales oficiales.
Aunque no se cortaba el tráfico, se trataba de crear aglomeraciones en la
acera.
A partir de las huelgas mineras de la primavera de 1962 la
conflictividad laboral en España dibujó una curva ascendente hasta 1976. En el
mismo 1962, se eliminó del Código Penal la huelga como delito de sedición.
Además, en 1963 fue creado el Tribunal de Orden Público (TOP) que sustituiría a
los tribuna-les militares para juzgar los delitos de asociación, tenencia de
propaganda o manifestación. A mediados de la década se ha-bía constituido ya
Comisiones Obreras con carácter estable en las principales ciudades
industriales del país, como Barcelona, Madrid o Sevilla. Se inciaba, por lo
tanto, un nuevo período más favorable para la revitalización del 1 de Mayo. En
1967, por ejemplo, en Madrid miles de trabajadores se dieron cita en la Gran
Vía, recorriendo de arriba hacia abajo y al revés la acera.
A finales de los años sesenta y durante la primera mitad de la década
siguiente, las Comisiones Obreras y otras orga-nizaciones clandestinas del
movimiento obrero preparaban la conmemoración del 1 de Mayo no sin
dificultades. Por lo co-mún el día treinta se intentaba que fuera una jornada
de lucha con formas diversificadas de acción que permitiesen la mayor
participación posible de los trabajadores con el menor coste en términos
represivos. No se solía convocar huelga, por lo tanto, sino más bien paros cortos
o boicot al transporte colectivo de las empresas o minutos de silencio en los
comedores de las fá-bricas a la hora del bocadillo.
El día 1 se convocaban concentraciones en torno a los lo-cales del
sindicato vertical, tal y como hemos señalado un poco más arriba. Ahora bien, a
partir de la sentencia judicial que de-jaba en la ilegalidad a las Comisiones
Obreras, así como de las detenciones masivas de sus cuadros y militantes, las
concen-traciones ante el vertical se hicieron más difíciles, debido a la
presión policial. Entonces, durante la mañana del 1 de Mayo solían sucederse
los saltos en distintos puntos del centro de la ciudad; es decir, grupos
relativamente pequeños que iban desde algunas decenas hasta varios centenares
de manifestantes. En un momento dado, interrumpían el tráfico y gritaban
consig-nas contra la dictadura y por las libertades hasta que aparecía la
policía antidisturbios y se dispersaban, arriesgándose ante la posibilidad de
una detención policial. Pasado un tiempo vol-vía a repetirse la misma operación
en otro lugar de la ciudad relativamente próximo. En ese contexto, entre los
grupos de militantes más jóvenes –ya fuesen trabajadores o estudiantes de
izquierda– también se organizaban comandos que era una variante más
estructurada y que solía incluir en el ritual algu-nas dosis de violencia
contra las cosas, como el lanzamiento de cócteles molotov contra oficinas bancarias
o la colocación de automóviles en la calzada a guisa de barricada. Además de
estas acciones en la calle, también se organizaban diversos actos bajo la
cobertura de parroquias de los barrios obreros de la periferia de Madrid o
Barcelona, a la cabeza de las cuales se hallaban curas obreros. Se trataba de
algunas homilías militantes o de pequeñas asambleas en los locales
parroquiales.
Al hilo de estas acciones del 1 de Mayo, cabe recordar que fue bastante
usual que la policía detuviese durante las setenta y dos horas previas a la
Jornada del Trabajo a los militantes que estaban fichados. El objetivo no era
otro que hacer fracasar las movilizaciones previstas para el día 30 de abril y
el primero de mayo. Así las cosas, muchos de estos militantes objeto de
persecución solían pernoctar fuera de sus domicilios, según se aproximaban esas
fechas, para evitarse una detención segura.
En 1975 y 1976, en un contexto de incremento sin prece-dentes de la
conflictividad laboral en España los trabajadores desafiaron en la calle a las
autoridades el 1 de Mayo de manera masiva. En Madrid, además de los repetidos y
masivos saltos de la mañana hubo convocatoria vespertina en la Casa de Campo,
donde intervino la policía armada a caballo para dispersar a los que trataban
de concentrarse y recuperar una parte del ritual que se remontaba a los años de
la Segunda República.
Desde la restauración de la democracia en España hasta hoy
Las organizaciones sindicales quedaron finalmente legaliza-das en España
en abril de 1977. Por entonces ya habían sido igualmente legalizados el PSOE y
el PCE (éste último durante la Semana Santa). A pesar de ello, el gobierno de
Adolfo Suárez prohibió las manifestaciones convocadas por los sindicatos de
manera unitaria a lo largo y ancho de la geografía española. Excepcionalmente
fueron autorizados algunos mítines en re-cintos cerrados o controlados por la
policía, como en el caso de Oviedo, Vitoria y Pamplona. La intervención
policial se saldó con tres heridos graves, doscientos heridos de diversa
consi-deración y centenares de detenidos, la mayoría de los cuales fueron
puestos a disposición judicial. Varios periodistas fueron a su vez golpeados
por la policía, lo que motivó la protesta de la Asociación de Corresponsales de
Prensa Extranjera.
En Madrid, CCOO, UGT y USO habían convocado un mi-tin en los alrededores
del estadio de fútbol del Rayo Vallecano, en la popular barriada de Vallecas.
La policía dispersó con ma-terial antidisturbios a todos aquellos grupos de
trabajadores que intentaron concentrarse a lo largo de la mañana, de manera que
no hubo mitin alguno. Por la tarde, CCOO y USO organi-zaron una fiesta
campestre en el Pinar de las Siete Hermanas, en la Casa de Campo. Tuvo un
carácter pacífico hasta que al final de la velada intervino la policía. La UGT,
a su vez, se con-centró ante la tumba de Pablo Iglesias para depositar una
corona de flores, tal y como solían hacer un puñado de militantes socialistas
con ocasión del 1 de Mayo durante el franquismo. Evidentemente, la convocatoria
en la Casa de Campo significa-ba recuperar, ya en democracia, un ingrediente
importante del ritual que el 1 de Mayo madrileño había tenido históricamente.
De hecho, CCOO mantendría en la capital esta convocatoria de fiesta vespertina
en la Casa de Campo hasta 2003. El año siguiente no tendría lugar, en señal de
duelo por el atentado del 11 de marzo de ese mismo año en los trenes de
cercanías de la capital.
En Barcelona, aquel 1 de Mayo de 1977 la fuerza pública impidió la
concentración de trabajadores con botes de humo y bolas de goma. Al igual que
en Madrid se produjo un herido grave y la mañana se saldó en enfrentamientos
entre manifes-tantes y la policía. En Valencia la confrontación tuvo lugar en
torno a la plaza del Caudillo donde se lanzaron media doce-na de cócteles
molotov. En Bilbao, la manifestación encabeza-da por Nicolás Redondo,
secretario general de UGT y Tomás Tueros, secretario de CCOO de Euskadi, fue
disuelta con gran dureza policial. Las prohibiciones y los incidentes se
repitieron en diversas ciudades.
Fue el 1 de Mayo de 1978, por lo tanto, el primero que, tras la vuelta
de la democracia, se celebró con autorización guberna-mental. La prensa
española destacó al día siguiente el orden y la normalidad ciudadana con la que
trascurrió la conmemoración, en la que participaron centenares de miles de
trabajadores. Sólo se produjeron incidentes aislados, al margen de las
organizacio-nes mayoritarias convocantes, en Pamplona, Bilbao, Valladolid y
Valencia. La manifestación central se celebró en Madrid bajo una constante
lluvia. A pesar de ello acudieron alrededor de trescien-tos mil trabajadores
que desfilaron desde el Paseo de las Delicias hasta la Puerta de Alcalá,
escoltados por un servicio de orden de diez mil militantes de las
organizaciones que convocaban la manifestación. Un ambiente general de
entusiasmo recorrió el cortejo. A lo largo del trayecto, se corearon consignas
contra el paro, por la unidad sindical y por la devolución del patrimonio
sindical, entre otras. El desfile se inició a las once y media de la mañana y
concluyó pasadas las dos y media de la tarde, toda vez que habían tenido lugar
las alocuciones previstas en la tribuna dispuesta en la Puerta de Alcalá. Allí,
efectivamente, se dirigieron a los congregados los secretarios generales de
CCOO y UGT y los del PSOE y el PCE. Fueron los secretarios de los partidos
políti-cos, en lugar de los dirigentes sindicales, los que cerraron el acto con
sus intervenciones, antes de que la concurrencia cantara, puño en alto, la
Internacional y se dispersara. Otras dos manifes-taciones minoritarias
discurrieron por las calles de Madrid, orga-nizadas respectivamente por la CNT
y el recién creado Sindicato Unitario, escindido de CCOO. En Cataluña, País
Vasco, Galicia, Andalucía y Asturias, entre otras, discurrieron manifestaciones
multitudinarias convocadas por CCOO y UGT.
También el 1 de Mayo de 1979 tuvo un carácter unitario. Además, estuvo
marcado por la reciente victoria electoral de la izquierda en las elecciones
municipales, que le daría el gobier-no de la mayoría de los ayuntamientos,
previo pacto municipal entre PSOE y PCE. Ello incidió en el aire festivo de las
mani-festaciones. Sin embargo, como contrapunto, también debe señalarse que en
esta ocasión el 1 de Mayo acusó la violencia de la extrema derecha, presente en
el ambiente político de la Transición a la democracia en España. De este modo,
el 29 de abril había sido asesinado en Madrid Andrés García, un mili-tante de
la Juventud Comunista de la organización del barrio de Retiro. Luego, el mismo
primero de mayo, otros dos jóvenes fueron apuñalados en la capital por matones
de la extrema de-recha.
No obstante, la nota dominante del 1 de Mayo de 1979 fue la
participación masiva y pacífica de centenares de miles de trabajadores en las
casi cuatrocientas manifestaciones con-vocadas ese día en España. En Madrid,
donde acudieron alre dedor de trescientas mil personas, la manifestación
repitió el trayecto del año anterior. A lo largo de su recorrido el rechazo a
la violencia y al terrorismo, además del júbilo por la ya citada victoria
electoral de la izquierda, fueron algunos de los motivos de las consignas que
pudieron escucharse. Al concluir el reco-rrido, en la Puerta de Alcalá, la
tribuna de oradores estuvo muy nutrida. Abrió el turno Ernesto Cardenal, en
nombre del FSLN nicaragüense, pues dos meses y medio después tendría lugar el
derrocamiento de Somoza y la victoria de la revolución sandi-nista. Le sucedió
Enrique Tierno, primer alcalde democrático en Madrid desde la Segunda
República. Luego intervinieron los secretarios de las organizaciones sindicales
de Madrid. Les siguieron los secretarios generales del PCE y el PSOE y esta vez
cerraron el acto los líderes sindicales de UGT y CCOO, Nicolás Redondo y
Marcelino Camacho.
Bastantes de los ingredientes de 1979 se repitieron el 1 de Mayo del año
siguiente: llamamientos unitarios de UGT y CCOO en más de doscientas
manifestaciones en las ciudades y pueblos de España; nueva aparición de la
violencia de ex-trema derecha, que se cobró una víctima mortal al final de la
manifestación en Madrid; participación de los dirigentes de los partidos
políticos de izquierda y del alcalde de Madrid en la manifestación central y en
las alocuciones desde la tribuna de la Puerta de Alcalá, etcétera. El
desempleo, cada vez más grave, fue el tema de mayor preocupación de los
dirigentes sindicales en sus discursos. De hecho, el eslogan de la pancarta que
abrió la manifestación de la capital no era otro que contra el paro. Pese a
todo, en marzo había sido publicado en el BOE, tras aproba-ción parlamentaria,
el Estatuto de los Trabajadores al que UGT y el Partido Socialista habían dado
su apoyo; mientras, CCOO se había opuesto a él de manera muy militante. Además,
ese mismo año se celebrarían elecciones sindicales, de manera que a pesar del
carácter unitario del 1 de Mayo, estaba larvándose la disensión sindical.
Sin embargo, el intento de golpe de estado del 23 de febre-ro de 1981 y
el agravamiento de la crisis económica hicieron reaccionar a los dos grandes
sindicatos que, en una convoca-toria común, el 1 de Mayo de ese mismo año se
manifestaron tras una pancarta unitaria en la que podía leerse contra el paro y
por la libertad. La jornada estuvo, por lo tanto, marcada por la defensa
sindical de la Constitución de 1978 y de las liber-tades democráticas, así como
por las negociaciones ya inicia-das que cristalizarían el 9 de junio en el
Acuerdo Nacional de Empleo. En la manifestación de Madrid, que volvió a
finalizar en la Puerta de Alcalá, al observar la fotografía de la tribuna de
oradores, nos damos cuenta de que los dirigentes políticos habían pasado ya a
un muy segundo plano, tanto en la mani-festación como en el mitin final. En
1982, el contexto de crisis y desempleo, por un lado, y de amenazas del
terrorismo y del golpismo, por otro, volvieron a marcar las consignas de un 1
de Mayo nuevamente unitario.
El deterioro de las relaciones entre CCOO y UGT se hizo patente con
ocasión del 1 de Mayo de 1983, fecha en que el PSOE ya había accedido al
gobierno de la nación, tras la vic-toria electoral de octubre del año anterior.
Por primera vez desde la Transición Política, las Ejecutivas Confederales de
los sindicatos mayoritarios no emitieron un manifiesto común ni un llamamiento
conjunto convocando a manifestaciones uni-tarias. Esta situación se repetiría
sucesivamente, en el contexto del apoyo de UGT a la política del gobierno
socialista.
La lucha por el empleo galvanizó las conmemoraciones por separado de
ambos sindicatos del 1 de Mayo de 1985. En efecto, mientras que la UGT recurrió
al eslogan todos contra el paro, CCOO utilizó una consigna más amplia: por la
paz, el tra-bajo y la Seguridad Social. La cuestión de la paz, una idea fuerza
en la historia del 1 de Mayo, estuvo presente en las manifesta-ciones de esa
jornada de 1985 y 1986, convocadas por CCOO y expresaban el rechazo del
sindicato a la entrada de España en la OTAN que por entonces se produjo, tras
el referéndum or-ganizado por el gobierno socialista. En 1986 ambos sindicatos
hicieron referencia al primer centenario del 1 de Mayo. Así, la UGT eligió el
lema 100 años de lucha sindical para presidir sus actos y CCOO, por su parte,
organizó en las fechas previas una serie de coloquios en los que participaron
diversos historiado-res junto a dirigentes sindicales.
Hasta el 1 de Mayo de 1989 no volvería a aparecer un nue-vo llamamiento
unitario en el plano confederal de cara a la Fiesta de los Trabajadores. El
camino hacia esa vuelta a la uni-dad estuvo jalonado por diversos episodios que
conviene traer a colación. En primer lugar, si bien en junio de 1985 CCOO
convocó una huelga general contra el criterio de la UGT para protestar contra
la reforma gubernamental de la regulación del acceso a las pensiones, lo cierto
es que el sindicato socialista disintió de esa reforma –en los días previos a
la huelga la UGT salió en manifestación a la calle, junto a CCOO, protestando
contra la citada reforma–. Luego, en las elecciones sindicales de 1986, la
derrota de UGT en algunas grandes empresas de carác-ter emblemático convenció a
este sindicato para replantearse su apoyo al gobierno socialista y acelerar su
aproximación hacia CCOO.
El 1 de Mayo de 1988 ambas confederaciones sindicales organizaron sus
propios actos por separado. Sin embargo, en algunas localidades ya hubo
manifestaciones unitarias, tal y como sucedió en Zaragoza, Salamanca,
Valladolid, Ávila, Vigo, Lugo, Ferrol o Gerona. Pocos meses después, ambos
sindicatos sellaron su reencuentro en la huelga general del 14 de diciem-bre de
1988. La vuelta a la unidad tuvo lugar sobre la base de la exigencia al
gobierno de Felipe González del pago de la deuda social; es decir, reclamaban,
ahora que la economía había to-mado un curso ascendente, una redistribución que
redundase en la mejora de las condiciones de vida y trabajo. Los sindica-tos
creían estar en lo justo, pues cuando las cosas habían ido mal, desde el punto
de vista económico, los trabajadores habían arrimado el hombro y se habían
ajustado el cinturón para salir de la crisis. Aunque formalmente fue una
propuesta guberna-mental de nuevo contrato de aprendizaje para los jóvenes el
motivo de la huelga general del 14 de diciembre de 1988, tal fue el trasfondo.
Como se sabe, la huelga resultó un éxito inapela-ble y representó la
cristalización del rencuentro de los dos sin-dicatos mayoritarios.
Tras la huelga general del 14 de diciembre de 1988, final-mente, el 1 de
Mayo del año siguiente CCOO y UGT volvie-ron a organizar conjuntamente en todo
el país las conmemo-raciones de esta jornada. A los actos unitarios se sumó
tam-bién la CGT, la organización escindida del sindicato anarco-sindicalista,
la CNT, a principios de los años ochenta del siglo XX. La consigna elegida para presidir las manifestaciones y
mítines fue: Porque ya está bien. Juntos podemos. La ma-nifestación central,
que como de costumbre transcurrió en Madrid, concluyó en la Puerta del Sol en
lugar de en la Puerta de Alcalá. Al concluir, intervinieron los secretarios
generales de Madrid de CCOO y de UGT, cerrando el acto los secreta-rios
generales de ambas confederaciones, Nicolás Redondo y Antonio Gutiérrez, que
había sustituido a Camacho en el congreso que CCOO había celebrado un par de
años antes. La unidad sindical fue uno de los ejes de los discursos de los
dirigentes sindicales. En la tribuna ya no estaban los secreta-rios del PSOE y
el PCE.
Por otra parte, el 1 de Mayo de 1989 representó un in-cremento de la
participación. Hay que tener en cuenta que la propia prensa sindical había dado
datos en este sentido a lo largo de los años ochenta referidos al conjunto del
país. Así, calculó ochocientos mil manifestantes en 1986 y seiscientos mil dos
años después. Es decir, cifras por debajo del millón de ma-nifestantes que esa
misma prensa había ofrecido para referirse a los primeros 1 de Mayo de la
Transición política. Entre tanto, el hecho de que el dos de mayo haya
constituido en Madrid un puente con buen tiempo no ha favorecido la
participación en la manifestación de la capital.
El carácter unitario del 1 de Mayo se ha mantenido duran-te la última
década del siglo XX y la primera mitad del primer decenio del siglo XXI.
Durante los años noventa el empleo ha formado parte del núcleo duro de las
reivindicaciones del Día del Trabajo. En ocasiones ha sido para demandar más
empleos, justamente. Otras veces, la calidad del mismo ha centrado las
preocupaciones sindicales; es decir, han exigido mayor estabili-dad del mismo y
más derechos derivados. Esto puede verse en los lemas que han presidido las
manifestaciones y los actos uni-tarios. Así, por ejemplo, el 1 de Mayo de 1991
en la pancarta de la cabecera de la manifestación de Madrid podía leerse Por el
empleo y el progreso social. En 1993, esa misma pancarta decía: Sin empleo no
hay futuro. Por fin y para citar un último ejemplo, en 1997 la consigna central
fue Ahora empleo estable. Mientras que en 1992 y 1994 los sindicatos habían
organizado dos nuevas huelgas generales, en abril de 1997 –es decir, muy poco
tiempo antes del 1 de Mayo de ese año– ambas confederaciones firma-ron un
acuerdo con la patronal para tratar de ampliar el empleo estable en el mercado
de trabajo. Por entonces, un nuevo gobier-no del Partido Popular había
sustituido al del PSOE. Aquel 1 de Mayo las organizaciones sindicales
criticaron la política del nue-vo gobierno en materia de sanidad, educación y
privatizaciones de empresas públicas.
Puesto que el 1 de Mayo refleja las preocupaciones coyun-turales de las
organizaciones obreras, una serie de preocupacio-nes, además del empleo,
estuvieron presentes en los discursos de los dirigentes sindicales –en 1994
Cándido Méndez, nuevo secretario de UGT intervino en la tribuna de la Puerta
del Sol de Madrid, junto a Antonio Gutiérrez, de CCOO–, en los ma-nifiestos
unitarios y en los lemas de la jornada. En este sentido, podemos citar una
serie de elementos que permiten vislumbrar la continuidad de los discursos
pacifista e internacionalista en el sindicalismo. En efecto, la solidaridad con
el movimiento an-tisegregacionista en Sudáfrica, con los palestinos o el pueblo
salvadoreño, víctima de la dictadura, fue invocada, por ejemplo en 1990. Al año
siguiente desde la tribuna de la Puerta del Sol se condenó la primera Guerra de
Irak, mientras que en 1999 fueron objeto de repudio la limpieza étnica y la
guerra en la ex–Yugoslavia.
Por otro lado, por lo que a los niveles de participación res-pecta, la
prensa sindical puede servir, una vez más, de fuente de información. Así, por
ejemplo, Gaceta Sindical se refería en mayo de 1991 a centenares de miles de
trabajadores manifes-tándose en toda España. Al final de la década, en 1999,
esa mis-ma revista hacía referencia a decenas de miles de participantes. Es
decir, si bien no se han construido estadísticas sistemáticas de participación,
la impresión que ofrecen los datos periodísti-cos o las propias imágenes de
prensa y televisiones es que, con algunos altibajos muy relacionados con la
coyuntura sociola-boral de cada año, el 1 de Mayo ha entrado en una cierta
atonía a lo largo de los años noventa del siglo XX. En realidad, se trata de
una situación bastante similar a la de los países del entorno europeo en el que
se sitúa España.
Con el nuevo siglo, cuando en CCOO accede a la secre-taría general José
María Fidalgo, los sindicatos han mantenido su preocupación por el empleo, la
calidad del mismo y los de-rechos a él asociados, dentro de un contexto de
altas tasas de temporalidad que se sitúan en torno al treinta por ciento. Esa
preocupación ha venido hilvanando los 1 de Mayo, uno tras otro. Así, por
ejemplo, en 2001 el lema unitario escogido fue Por el empleo estable, seguro y
con derechos. En 2004, se reclama-ba en el manifiesto unitario el pleno empleo
y el bienestar. Ahora bien, si el empleo se ha situado en el núcleo de las
reivindica-ciones de los 1 de Mayos más recientes en España, debe consig-narse
que junto a esta cuestión, elementos muy importantes de la coyuntura han
presidido las manifestaciones y actos de ese día. Así por ejemplo, en 2002 se
reclamó la mejora de la presta-ción por desempleo, ante las amenazas de recorte
por parte del gobierno del PP que serían respondidas por los sindicatos con una
huelga general en junio. El año siguiente, tras la invasión anglonorteamericana
de Irak, apoyada por el gobierno del PP, fue el rechazo sindical a la guerra el
asunto que apareció en primer plano. Luego, en 2004, CCOO y UGT se pronunciaron
el 1 de Mayo en contra del terrorismo –tras el atentado del 11 de marzo en
Madrid– y a favor del proyecto de Constitución Europea al que los españoles
darían su aprobación mediante referéndum.
Es casi una obviedad decir que el futuro del 1 de Mayo se halla
indisolublemente ligado al futuro del movimiento obrero pues, tal y como hemos
visto, no deja de ser año tras año un indicador de las preocupaciones y los
objetivos de las organizaciones de la clase trabajadora. Para éstas, el
escenario se ha modificado sustancialmente en las últimas tres décadas:
reestructuración del estado de bienestar; privatizaciones; des-localización de
empresas, cambios tecnológicos, etcétera. En general, este conjunto de procesos
ha debilitado a los sindicatos en el mundo occidental, en la medida en que la
precariedad ha ido ganando terreno entre los trabajadores. Y sin embargo, en el
marco de la globalización y de las nuevas migraciones de trabajadores, el viejo
internacionalismo que representa el 1 de Mayo no sólo resulta actual, sino
imprescindible en términos de supervivencia y desarrollo del movimiento obrero.
Al mismo tiempo, el impulso de las economías emergentes como China o la India
redundará tarde o temprano en el fortalecimiento de la clase obrera y de sus
organizaciones independientes en esos países. Los trabajadores, sus sindicatos
y el 1 de Mayo tienen por delante numerosos desafíos en este siglo que recién
ha co-menzado.
Breve nota sobre una bibliografía sucinta
El autor ha tomado como referencia una bibliografía a la que el lector
podrá acudir para ampliar sus conocimientos. Así, para la evolución
internacional del 1 de Mayo sigue siendo útil un clásico como Maurice
DOMMANGET, Historia del 1º de Mayo, Barcelona, Laia, 1976. Aunque ofrece una
visión general, con-centra la atención especialmente en Francia. Como se trata
de un libro que tiene ya algunos años –la edición original es de 1953 y la
traducción al castellano que hemos citado y utilizado para este estudio data de
1976– tiene el inconveniente de no abordar la segunda mitad del siglo XX.
Para la historia del 1 de Mayo en España desde sus orí-genes hasta 1930,
nos ha resultado imprescindible la obra de LUCÍA RIVAS, Historia del 1º de Mayo
en España. Desde 1900 hasta la Segunda República, Madrid, UNED, 1987. A su vez,
para el período franquista hemos contado con el artículo de María Dolores DE LA
CALLE, “El 1 de Mayo y su transforma-ción en San José Artesano”, en Ayer, nº51,
2003, pp. 87–113. Nos ha ayudado a comprender el significado del 1 de Mayo y su
dimensión ritual el penetrante análisis de Eric HOBSBAWM, “La transformación de
los rituales obreros”, en El mundo del trabajo. Estudios históricos sobre la
formación y evolución de la clase obrera, Barcelona, Crítica, 1987.
Existen, sin embargo, importantes lagunas desde el punto de vista
bibliográfico. No hay, por ejemplo, un estudio en caste-llano sobre el 1 de
Mayo durante la segunda mitad del siglo XX desde un punto de vista general.
Para el caso de España falta una monografía consagrada al período de la Segunda
República y la Guerra Civil. Por fin, el único medio de conocer el discurrir
del 1 de Mayo desde la Transición a la democracia hasta hoy, sigue siendo la
prensa, bien la de tipo general o la de carácter sindical.
El autor, como se acaba de sugerir, ha utilizado la biblio-grafía citada
hasta ahora para la elaboración del presente tra-bajo. Los vacíos
bibliográficos han sido suplidos con la consulta de prensa de distintas épocas
y diversos orígenes. No obstante, para ser rigurosos, deben citarse aquí
algunos estudios más que ayudarán al lector a ampliar sus conocimientos sobre
el 1 de Mayo. Todos ellos se refieren a aspectos concretos o bien a pe-riodos y
espacios específicos. Así, por ejemplo, resulta de interés el monográfico sobre
el centenario del 1 de Mayo que publicó la revista Estudios de Historia Social
(núm 38–39, 1986), con ar-tículos de Juan Luis GUEREÑA –sobre el
internacionalismo y el origen del 1 de Mayo en España–, Carlos SERRANO –sobre
El Socialista y el 1 de Mayo–, Begoña BALADRÓN –sobre los primeros 1 de Mayo en
España– y Lucía RIVAS –sobre el mis-mo tema que la monografía citada arriba–.
Sobre los orígenes y el primer 1 de Mayo, puede consultarse el artículo de
Manuel PÉREZ LEDESMA, “Las acciones de masas: el primer Primero de Mayo”, en El
Obrero Consciente. Dirigentes, partidos y sindica-tos en la Segunda
Internacional, Madrid, Alianza Editorial, 1987,
pp. 126–141. Finalmente, a
aspectos rituales e iconográficos del
1 de Mayo se ha referido Luis MARTÍN, “Iconografía obrera: imágenes y
símbolos visuales del 1º de Mayo en El Socialista (1893–1936)”, en Cincuenta
años de cultura obrera en España (1890–1940), Madrid, Fundación P. Iglesias,
1994, pp. 35–84.
Si el lector recurre a un buscador de Internet, encontrará abundantes
páginas dedicadas a los orígenes de la conmemo-ración; es decir, a los mártires
de Chicago y a los congresos de París de 1889. Igualmente hallará referencias a
los orígenes del Día del Trabajo en los Estados Unidos que, como hemos vis-to,
se celebra el primer lunes de septiembre. Ocasionalmente, también localizará
páginas sindicales y de organizaciones de izquierda consagradas a alguna
edición reciente del 1 de Mayo en diversos países.

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