© Libro N° 10943. Bajo Otros Escombros. Monterroso, Augusto. Emancipación. Febrero 25 de 2023
Título original: © Bajo
Otros Escombros. Augusto Monterroso
Versión Original: © Bajo Otros Escombros.
Augusto Monterroso
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://sinaloalee.blogspot.com/2011/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
https://3.bp.blogspot.com/-vYdQew_o9Ng/TvnwC3D-8qI/AAAAAAAAAxc/l58byiL1Nfg/s1600/primary_depression.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Augusto Monterroso
Bajo Otros Escombros
Augusto Monterroso
Augusto Monterroso
(Tegucigalpa, Honduras, 1921 - Ciudad de México, 2003) Escritor
guatemalteco, uno de los autores latinoamericanos más reconocidos a nivel
internacional. Aunque nacido en Honduras, Augusto Monterroso era hijo de padre
guatemalteco y optó por esta nacionalidad al llegar a su mayoría de edad.
Participó en la lucha popular que derrocó a la dictadura de Jorge
Ubico y posteriormente hubo de exiliarse. Con un
paréntesis en Guatemala y algún destino diplomático, vivió desde 1944 en
México, donde trabajó en la UNAM y, como traductor, en el Fondo de Cultura
Económica.
Augusto Monterroso
De formación autodidacta, desde muy joven alternó la lectura de los
clásicos de las lenguas española e inglesa con trabajos que le servían para
contribuir al sostenimiento de su familia. Fue cofundador de la revista
literaria Acento y se le ubica como integrante de la
Generación del 40. Escritor de fama internacional, mereció importantes
galardones y reconocimientos, como el premio nacional de cuento Saker-Ti
(Guatemala, 1952), el premio de literatura Magda Donato (México, 1970), el
Xavier Villaurrutia (México, 1975), la Orden del Águila Azteca (México, 1988),
el premio literario del Instituto Ítalo-Latinoamericano (Roma, 1993), el Premio
Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1997), el Príncipe de
Asturias (España, 2000) y el Juan Rulfo (México, 2000).
Su producción narrativa incide fundamentalmente en el análisis de la
naturaleza humana desde una óptica irónica. La literatura de Augusto
Monterroso, sin embargo, es difícilmente clasificable: textos breves en
general, de género impreciso, en la frontera del relato y la fábula, del ensayo
y el aforismo, escritos con sentido del humor y de la sorpresa. Innovador y
renovador de los géneros tradicionales, específicamente de la fábula, se
reconoce su importancia por el cambio que introduce en la literatura guatemalteca
del siglo XX: brevedad e ironía. Sus relatos denotan una brillante imaginación
resuelta en sutilezas. La paradoja y el humor fino, apoyados en una enorme
capacidad de observación y plasmados en una prosa de singular precisión,
denotan una fantasía exuberante y una extraordinaria concisión.
Una gran variedad de temas se aúnan bajo una misma visión de la vida:
irónica, amarga y tierna al mismo tiempo. Sus libros breves, escuetos y casi
perfectos, dan un ejemplo singular de coherencia vocacional que es, como el
propio autor, difícil y huidiza, crítica y autocrítica, tímida y osada, ya que
los caracteriza una manera muy especial de observar y transmitir la realidad.
Traducida a varios idiomas, la obra de Augusto Monterroso incluye títulos
como El concierto y el eclipse (1947), Uno de cada
tres y El centenario (1952), Obras completas y otros cuentos (1959), La
oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1969), Animales
y hombres (1971), Antología personal (1975), Lo
demás es silencio (1978), Las ilusiones perdidas (1985), Esa
fauna (1992) o La vaca (1998).
Una aproximación directa a su persona ofrece la colección de
entrevistas Viaje al centro de la fábula (1981); en 1993
publicó Los buscadores de oro, libro de memorias. En algunos de sus
últimos libros se acrecienta el carácter misceláneo de su obra: La
palabra mágica (1983) y La letra e (1986). Monterroso
es uno de los máximos escritores hispanoamericanos y uno de los grandes
maestros del relato corto de la época contemporánea. Gabriel
García Márquez, refiriéndose a La oveja
negra y demás fábulas, escribió: "Este libro hay que leerlo manos
arriba: su peligrosidad se funda en la sabiduría solapada y la belleza
mortífera de la falta de seriedad".
Cómo citar este artículo:
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Augusto Monterroso». En Biografías
y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona,
España, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/monterroso.htm [fecha de acceso: 20 de febrero de 2023].
BAJO OTROS ESCOMBROS
Augusto Monterroso
Vemos a ese hombre que se pasea agitado ante la puerta del hotel de paso
en la calle París de Santiago de Chile, y que vigila. Sospecha. Durante los
últimos días no ha hecho otra cosa que sospechar. Lo ha visto a los ojos ha
sospechado. Ha notado que su mujer le sonríe en forma demasiado natural, que
todo le parece correcto o no, y que ya no le discute tanto como antes, y ha
sospechado. Cualquiera lo haría. Estas situaciones son así. De pronto sientes
en la atmósfera algo raro, y sospechas. Los pañuelos que regalaste empiezan a
ser importantes, y siempre falta uno y nadie sabe en dónde está. Entonces este
caballero, armándose de valor ha ido al hotel. Al fin se ha decidido a acabar
con sus dudas, a ser lo bastante hombrecito para aguardar a verlos salir y atraparlos,
furtivos y seguramente practicando ese gesto de despreocupación que adopta el
temor a ser sorprendido. Y ahora, mientras espera, ha cruzado quién sabe
cuántas veces el amplio portón abierto, para aquí, para allá, le molesta saber
que a ratos ya casi sin rencor, mecánicamente.
Bueno, quizá ustedes hayan pasado algún día por esto y yo esté
cometiendo una indiscreción al recordárselo, o al traerles a la memoria una
cosa ya suficientemente enterrada bajo otros escombros, bajo otras ilusiones,
otras películas, otros hechos, mejores o peores, que han ido borrando aquello
que en un momento dado les pareció como el fin del mundo y que hoy, lo saben
bien, recuerdan hasta con una sonrisa. O se ha apoyado en la pared azul
opuesta.
Este individuo era un hombre alto, medio canoso, bien parecido, de unos
cuarenta años, no importa. Estábamos en verano, iba vestido de lino y
transpiraba. Nosotros lo observábamos desde la ventana de un segundo piso de la
casa de enfrente. Resultaba divertido fisgar desde allí la llegada de las
parejas. Señores viejos con jovencitas. Jovencitos con señoras viejas.
Jovencitos con jovencitas. Nunca señores viejos con señoras viejas, por qué
será. Hombres maduros con mujeres maduras, tranquilos. Hombres experimentados
con especies de criaditas francamente asustadas. Hombres liberados con mujeres
liberadas que entraban riéndose abiertamente, felices, qué envidia. A veces nos
pasábamos toda una tarde de domingo Enrique, Roberto, Antonio y yo, viéndolos
acercarse desde las calles laterales y entrar. O no entrar. Apostábamos. Éstos
entran. Éstos no entran. Uno perdía, o ganaba, pues los que parecía que iban a
entrar, y a los cuales uno les apostaba, pasaban de largo, para regresar y
entrar después de diez pasos en que se suponía que la virtud iba a obtener una
de sus más sensacionales victorias, y era felizmente derrotada.
Pero volviendo a este hombre, cómo nos apenó. Este hombre sufría.
Atisbaba nerviosa la salida falsamente confiada de cada pareja, temeroso de que
fuera la que él esperaba y de que en un descuido se le escaparan, confundí dos
con las primeras sombras, como se decía antes, del crepúsculo. Véanlo ahora
cómo estira el cuello, cómo se empina, cómo se inquieta cuando alguien sale y
cómo se agita cuando alguien se atraviesa en el momento en que alguien sale. Va
a esta esquina, a la otra, para volver rápidamente, excitado. Quizá crea que en
ese segundo ellos han logrado escapar. Es una cosa tremenda. El hombre nos
comienza a dar lástima.
Si esto no hubiera sido nuestro acostumbrado juego no habríamos tenido
la paciencia de seguirlo desde esa cómoda ventana durante más de dos horas
(porque ya son las siete) sin ningún interés real en lo que sucedía adentro.
Pero a él sí le interesa lo que sucede adentro e imagina y sufre y se tortura y
se propone sangrientos actos de venganza ante la idea de los cuales se detiene
y tiembla sin que él mismo pueda decir si de coraje o de miedo, aunque en el
fondo sepa que es de coraje.
Y tú con tus amigos desde tu confortable mirador acechas y sufres y no
estás seguro de lo que en este instante esté pasando con tu propia mujer y
quizá por esto te inquiete tanto ese hombre que podría ser tú y podría ser
ustedes, mientras el crepúsculo que apareció más arriba se vuelve decididamente
noche y los empleados que anhelan regresar, nadie sabe por qué a sus casas,
aumentan y corren laboriosos tras los autobuses y los tranvías que pasan allí
cerca repletos hasta que por fin, de pronto, descubren en él una agitación
mucho más intensa, un nerviosismo, una angustia y comprenden que el esperado
momento supremo ha llegado y vuelven rápidamente la mirada a la puerta del
hotel y ven que los amantes salen y que se han dado cuenta de lo que ocurre, es
decir, de que él está allí, y que simulando calma aprietan el paso mirando para
atrás con la imaginación, y apresurándose. Y agarrados del brazo dan vuelta en
la esquina de San Francisco y ustedes bajan rápido de su mirador para no
perderse lo que suceda y todavía encuentran al hombre en la avenida O'Higgins y
lo hallan demudado, mirando para un lado y para otro, apartando bruscamente a
la gente, dándose vuelta, girando sobre su eje, buscando, viendo para acá, para
allá, ansioso, desconcertado; pero ahora sí seguro de que mañana, o el próximo
sábado, o el lunes, o cuando sea, tendrá oportunidad de vigilar de manera menos
distraída, menos torpe que esta tarde en que a lo mejor no eran ellos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario