© Libro N° 10944. Jam Session. Alemán, Gabriela. Emancipación. Febrero 25 de 2023
Título original: © Jam
Session. Gabriela Alemán
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
JAM SESSION
Gabriela Alemán
Jam Session
Gabriela Alemán
Tal vez no fue la mejor decisión que pudo tomar,
pero fue la que tomó. Se quedó en la ciudad a pesar de la orden de evacuación
obligatoria. Fue ver al alcalde balbucear cuatro incongruencias cuando a
Katrina le faltaban menos de veinte horas para tocar tierra y desenchufar la
televisión. ¿No había vivido sesenta años en la ciudad? Sabía que para
sobrevivir había que desentenderse de las autoridades y cuidar de uno mismo.
—Todos los
políticos son unos animales... —masculló mientras jalaba el cordón del enchufe— le hacen a
uno dudar de los méritos de que no se hundiera el arca de Noé.
Llenó la bañera y con eso dio por terminados los
preparativos para la llegada del huracán. Se sentó frente a la ventana de la
habitación, en el segundo piso de su casa de madera, y miró hacia afuera.
Arriba, la calle Clairborne, que no había cruzado en quince años ni una sola
vez, y que consideraba el límite entre él y el tercer mundo; al oeste
Carrolton, por donde cruzaban los rieles del tranvía y las ramas de los robles
caían sobre la calle formando un gran arco de sombra sobre el camino ahora
vacío, y, frente a él, las aceras de Sycamore. Se quedó dormido. Cuando despertó, el sol era una
gran bola incandescente y fucsia que encendía el cielo de finales de agosto.
Pasó una mano por su rostro y, al hacerlo, logró distribuir las lagañas que
cruzaban el interior de sus ojos por toda su cara; en ese lapso cayó la noche.
Ocurrió sin prisa, como si un pañuelo descendiera, atrapado entre corrientes de
aire, precipitando la desaparición de todo lo que encontraba a su paso. Se paró
y sus macilentas piernas temblaron cuando caminó hacia el interruptor. Por la
gran puta, rezongó. Siguió camino al sótano, donde guardaba sus rifles; tomó
dos que colgaban de la pared y tres cajas de balas. Volvió a subir. No apagó la
luz, nadie sería tan idiota como para meterse a una casa habitada. Pero, cuando
fallaran las centrales (¿no habían ordenado la evacuación de los técnicos
también?), él estaría preparado. Tenía agua y armas. Decidió tomar una pastilla
para dormir, esa noche recuperaría fuerzas; las necesitaría para los días siguientes.
Una enfermera amiga suya le había dado una caja de Versed —el sedante
más fuerte que tenía en existencias el Memorial Medical Center de Napoleon, en el distrito de Broadmoor—, la semana anterior, cuando fue a retirar su insulina en el centro médico
y le contó que no iba a irse de la ciudad.
Al día siguiente se levantó con sed y ganas de
orinar pero apenas pudo incorporarse. Desde la cama vio ramas de árboles
estrellándose como látigos encontrados y escuchó el rugido del viento
atravesando las calles desiertas. Se sentó un momento en el filo de la cama y
agarró su cabeza. Le tomó algo de tiempo darse cuenta de lo que pasaba.
Mientras se orientaba recordó lo que solía decir su tía Augusta: «A veces una
gallina hace más ruido poniendo un huevo que el que haría un asteroide si se
estrellara contra la Tierra».
Llegó hasta al baño y dio vuelta al caño del agua y
metió la cabeza bajo el chorro fresco, luego tomó su dentadura y sólo
entonces —con su cara aún mojada— intentó orinar. Estuvo parado frente a la taza,
sabiendo lo que quería hacer pero sin que nada ocurriera, hasta que desistió,
más por aburrimiento que por otra cosa, y luego fue hacia la ventana. Había
visto peores tormentas. Caminó hasta su cama pero no se recostó, siguió en
dirección de las gradas y una vez abajo entró a la cocina donde abrió la puerta
del refrigerador. Tomó la jeringuilla que guardaba en el compartimiento de la
mantequilla y llenó treinta unidades de Lantus; se levantó el bividí e inyectó
el contenido en su amoratado estómago. Luego tomó un trozo de queso y un yogur;
los comió sentado en la mesa del comedor. Volvió a subir y se recostó a
aguardar algo, no sabía bien qué. Cuando abrió los ojos, ya había desaparecido
el amortiguamiento con el que había despertado pero sintió al aire pegajoso y
caliente, el aire acondicionado había dejado de funcionar. Todavía había luz
natural en la habitación y fue a la ventana, la abrió y sacó fuera la mitad del
cuerpo. Pudo ver árboles caídos y algunos basureros y cajas de reciclaje en la
mitad de la calle. El viento había desaparecido. Pensó que para tanta alharaca
había pocas nueces y volvió a meter la cabeza. La sensación de espera ya había
cedido y caminó hacia la televisión; desistió a medio camino: si no había luz
no habría noticias. Se le ocurrió que tenía un radio a pilas y luego recordó
que no las había comprado, al igual que no había comprado velas. Le dio hambre
y bajó a la cocina, en la alacena encontró una lata de ravioles en salsa de
tomate. La abrió al tanteo en la habitación oscura con un abrelatas
herrumbrado. Cuando vació el contenido en un plato notó que se había cortado el
dedo y que su sangre condimentaba parte de la pasta. Fue hacia el lavabo y
abrió la llave, no salió nada.
—Mierda —dijo.
Se limpió con un trapo y con el mismo paño se
envolvió el dedo; maldijo nunca haber roto la pared para hacer una ventana en
la cocina. Fue al comedor donde comió la mitad del plato mientras pensaba cuál
sería la mejor manera de proteger la casa. Podría esperar frente a la puerta de
entrada, desde allí tendría el mejor ángulo para disparar pero eso sólo sería
si entraban por la puerta, porque también podrían hacerlo por las ventanas,
pensó. Mientras ponderaba sus opciones, notó que el trapo que había utilizado
para envolverse el dedo se había teñido de rojo. Afuera, a un atardecer
magnífico lo coronaba un silencio extraño, el cielo parecía una copa de
gelatina de sabores color turquesa, naranja y oro. Mientras miraba el cielo y
envolvía su dedo con un trapo limpio, escuchó el primer disparo; no se
sobresaltó, lo estaba esperando. Subió a su cuarto y arrastró un asiento hacia
la ventana, luego apoyó sus rifles contra la pared, dejó las municiones en el
suelo. Se sentó y limpió las armas antes de cargarlas. Cuando terminó ya había
oscurecido. Dormitó la noche en el asiento, disparando a la oscuridad cada vez
que se levantaba de su duermevela. No esperaba hacer eso una noche más, las
autoridades ya debían estar coordinando el regreso pues, una vez más, como tantas
veces, el huracán se había desviado antes de llegar a la ciudad. Como George, como Mitch, la última vez. Cuando despertó, el sol marcaba su
rostro con el diseño de una rejilla. Levantó la malla contra mosquitos que
había bajado en algún momento de la madrugada y sintió una repentina
fragilidad. Donde antes estaba su barrio ahora había una enorme laguna que se
había tragado aceras, automóviles y los pocos desechos de la tormenta. El agua
brillaba, con el reflejo del sol de la mañana, como un gran espejo dorado.
Salió hacia el corredor y vio que el agua cubría la puerta de entrada. Cuando
bajó, el agua le llegó hasta las rodillas. Vadeó por los distintos cuartos, las
sobras del día anterior que había dejado sobre la mesa del comedor estaban
cubiertas de moscas. Con cierto esfuerzo abrió la puerta del refrigerador, de
inmediato le asaltó el olor a cosas descompuestas. Tomó el frasco de la
insulina y vio que el líquido, antes transparente, estaba opaco. Quiso estampar
el piso con su pie, pero el agua sólo dejó que bajara torpemente en dirección
al suelo. Caminó hasta el teléfono, la línea estaba muerta. Mierda, mierda y
nuevamente más mierda.
Una vez arriba abrió el cajón de su cómoda y tomó
el frasco de Versed; partió cada pastilla en cuatro. En el trayecto de
subida había calculado que si su metabolismo funcionaba en el equivalente a
neutro, necesitaría menos insulina y tendría más posibilidades de sobrevivir.
No estaba loco, no quería morir. Ya que no se había ido y ni siquiera había
considerado esa posibilidad, le tocaría esperar a que llegara ayuda. Su carro,
un Buick Skylark del 76, estaba parqueado afuera, pero no lo había manejado
en veintiséis años. Aunque hubiera intentado hacerlo, con la poca vista que le
quedaba, ¿a dónde hubiera ido? No había nadie que conociera que siguiera vivo.
Además, con una sola ruta de salida de la ciudad que conducía a Texas, ni
siquiera se lo planteó como una opción. Había prometido, hace muchos años,
nunca volver a ese estado maldito y nada lo podría disuadir. La última vez que
había ido fue para recoger los cuerpos de sus dos únicos hijos y había estado
pateándose el trasero durante treinta años por no hacerle caso a su amigo
Domingo Mudo, que le había dicho en repetidas ocasiones que la única regla
inamovible del Señor era que nada bueno ocurría jamás en Texas. Y eso que
Domingo era tejano, de Galveston; como él. Debió oponerse al viaje de
Marvelina, Beaux y Patricia a la casa de la hermana de su esposa
en Tarpon Rodeo. Pero ¿a quién, en su sano juicio, se le hubiera ocurrido que sus
hijos podrían morir ahogados en la mitad del desierto? Desde que eso ocurrió,
Marvelina, la esposa de Chef, había buscado todo tipo de explicaciones místicas a
lo sucedido. Chef no se había opuesto a ello, si Marvelina encontraba
paz, él la apoyaba. La quería y hubiera hecho cualquier cosa para que volviera
a dormir y a sonreír. Pero debía reconocer que la fe no había mejorado las
cosas para ninguno de los dos. Chef estaba convencido de que la gente en su conjunto
siempre estaba equivocada, por eso no creía en la religión organizada. Creía
más en el alivio que procuraba blasfemar que orar. No así Marvelina, que nunca
desistió en su intento por convertir a Chef. La única condición no declarada que se auto impuso
fue dejar la muerte de sus hijos fuera de la discusión y por eso, cuando su
esposa quiso persuadirlo de que ellos fueron escogidos por Jesús para un
propósito mayor, comenzó a beber. A media mañana, sus hijos, de quince y
dieciséis años, habían salido con su madre a una laguna cercana; y, una vez
en Dark Moon Creek, la habían convencido para que los acompañara en el bote de su tío aunque
ella no supiera nadar. Hacía calor y Beaux se había lanzado al agua y, como tardaba en salir,
Patricia saltó dentro para ver qué ocurría. Ninguno volvió a salir. Marvelina
permaneció sola en el bote —quién sabe haciendo qué, nunca lo contó— por más de
cinco horas. Cuando su hermana se preocupó porque no regresaban, llamó a su
esposo para que fuera a buscarlos. Fue él quien la encontró con insolación y
desvariando en la mitad del lago. La policía del condado fue la encargada de la
búsqueda y el forense el que habló, al hacer el reporte, de los calambres. Lo
siguiente fue puro Marvelina.
—Fue el
destino, ¿cómo pudo Patricia tener un calambre en el mismo exacto lugar que Beaux?
En algo también debió influenciar el sermón del
reverendo que ofició las exequias y su mención a los tortuosos y misteriosos
caminos del Señor. La suya, de persuasión presbiteriana, fue la primera
congregación a la que se unió Marvelina: El Sendero de los Verdaderos
Creyentes. Luego le seguirían siete más; la última que recordaba Chef, de
tendencia anabaptista, era Los Soldados del Ejército del Señor.
Debió quedarse dormido mientras partía las
pastillas porque se levantó sobresaltado, sudando y con escalofrío. No
recordaba si se la había tragado y tomó uno de los pedazos regados a su
alrededor, en caso de que no lo hubiera hecho ya, y se lo metió a la boca. La
pastilla se quedó pegada a su garganta y cuando quiso pararse para buscar agua,
le faltó energía. «Coño, seguro que ya me había tomado una», pensó con la pastilla pegada a su paladar. Trató de formar saliva para que pasara, si no
se atragantaría y no iba a dejar que eso ocurriera. Otra muerte insólita en la
familia sería aceptar el destino del que tanto hablaba Marvelina y no estaba
dispuesto a hacer eso. No creía en el destino; sólo en la suerte, en ella sí.
Y, aunque había aprendido tarde, sabía cortejarla. Sabía que a la suerte le iba
bien un rifle cargado al lado. Luego de toser y que pasara la pastilla, se
paró; logró llegar hasta el asiento junto a la ventana. Se desplomó dentro de
él, mientras se recuperaba, cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir vio, del
otro lado de Carrolton, a un grupo de muchachos que intentaban atravesar el
agua con varios televisores y equipos eléctricos a cuestas. No supo si era una
visión o si realmente alguien sería tan estúpido como para estar haciendo lo
que hacían. Cerró los ojos nuevamente y, cuando despertó, la luz había bajado
en intensidad, debía ser media tarde, y en vez de un grupo vadeando dentro de
la recién formada laguna vio un cuerpo, inflado como un globo descolorido,
descendiendo boca abajo hacia el Mississippi.
—Sólo falta un caimán para completar
la escena —pensó, sin un mínimo de ironía.
Tal vez las dementes historias de Marvelina y las de sus distintas
congregaciones no estuvieran tan erradas. Armagedón estaba cercano. Tal vez ya
estaba allí.
Cuando se volvió a parar, ya oscurecía; no había comido nada en todo el
día y comenzaba a nublarse su vista. Pensó que debía, por lo menos, beber algo.
Caminó al baño y logró tomar un vaso de agua, a su regreso a la habitación se
derrumbó sobre la cama. Sentía como si llevara un animal muerto encima, se
quitó su percudida ropa y se cubrió con una sábana traspasada de transpiración.
Maldijo no haberla cambiado la semana anterior. Olvidó los rifles junto a la
ventana, se olvidó de todo y durmió tranquilamente, pues, dentro de su cabeza,
Marvelina le sonrió toda la noche desde el techo de su cuarto. Pero su paz
terminó al amanecer cuando un ruido lo despertó; el sonido venía del piso de
arriba y era vagamente familiar: eran las ratas del ático. Por lo menos no era
un ladrón.
—Cabronas sarnosas, ni hoy me podían
dejar en paz —profirió con una voz apenas audible.
No entendía cómo podían seguir vivas allá arriba: no había ventilación,
ni agua y, bajo el techo, la temperatura debía rondar los cincuenta grados.
Tenía varias hipótesis pero la que más le atraía era que el calor más su
alimentación (compuesta por toda la basura que había acumulado durante cuarenta
años) habían logrado reconfigurar el ADN de los roedores. Arrojó las sábanas a
un costado y dejó al descubierto su desgastado cuerpo de ochenta años. Estiró
el brazo y tanteó, con su mano, la mesa de noche. El cuarto estaba
completamente a oscuras. Tomó un cigarro apestoso que había estado acariciando
entre sus encías en los días anteriores al huracán y lo llevó a su nariz. El
tabaco barato, comprado en el Rite Aide de Carrolton hace
una semana, era realmente malo. No hubiera dado ni dos centavos por él hace
veinte años pero, por el momento, era lo único que tenía. Mordió la punta y
escupió el maloliente talón a un costado; encontró una cerilla y lo prendió. Ni
él mismo entendía cómo podía saborear algo tan nefasto para los sentidos, sus
niveles de exigencias debían encontrarse por los suelos. Le sobrevino un ataque
de tos, que despertó toda la flema que se había acumulado en sus pulmones en
los últimos días, y formó un pegote con la mucosidad que escupió en la misma
dirección en la que arrojó la punta del cigarro. Esta vez con menos fortuna. El
escupitajo aterrizó en su antebrazo, lo que no le molestó demasiado. No se dio
por vencido y acercó el cigarro a sus labios e introdujo el taco de hojas secas
en su boca. Inhaló. Al exhalar con gran dificultad, evaluó su situación. No
estaba en mejores condiciones que las ratas, sólo que ellas tenían más
posibilidades de sobrevivir que él. Pensar en salir de ésa era casi como tratar
de imaginar que se podría hacer una gallina uniendo un montón de plumas. Siguió
fumando y hasta logró olvidar el sabor del tabaco.
Él y las ratas eran lo único que quedaba vivo en esa casa. Él y sus
recuerdos y las ratas devorándolos. ¿Cuánto habrían logrado destrozar? La
última vez que había estado arriba fue cuando subió las pertenencias de su
esposa al ático, varias semanas después de su muerte. No quiso entregarlas al
Ejército de Salvación para que las pusieran a la venta. El recuerdo de
Marvelina no era material de tienda de segunda mano; aunque ella, de eso estaba seguro, hubiera querido que
él donara sus cosas a la caridad. A fin de cuentas, Marvelina era un soldado en
el ejército del Señor; pero él no estaba enlistado en esa legión. No, él no; él
había decidido formar su propia milicia. La inició yendo a una tienda de armas
y comprando varios rifles que había utilizado por primera vez en esa excursión
al ático, donde había descubierto que sus cosas y las de sus hijos formaban,
quién sabe desde cuándo, un paté hediondo lleno de hongos mezclados con polvo
de estrellas. Eso decía Marvelina de la tierra, que era sólo el remanente de un
largo viaje intergaláctico. Polvo de estrellas. Exasperado con su
descubrimiento, pateó una de las cajas y, al hacerlo, ésta se partió y de ella
salió un desaforado chorro de ratas que inmediatamente se regó por el cuarto.
Fue su primer encuentro con los roedores que habían canjeado el aire libre por
esa habitación llena de papilla ilimitada. Chef bajó, abrió el armario, tomó
varias cajas de municiones y los rifles, y, durante buena parte de la tarde,
disparó hasta agotar todos sus cartuchos. Cuando llegó la policía, alertada por
los vecinos, abrió la puerta de la casa con una gran sonrisa en los labios.
—Estuve cuidando de un asunto personal —les
respondió cuando indagaron sobre los disparos.
Cuando subieron encontraron, dispersos por el
cuarto, los cuerpos de los roedores, sus cerebros y entrañas decorando las
paredes del ático.
El cigarro se iba consumiendo irregularmente y la
temperatura comenzaba a trepar en la habitación, lo que distrajo a Chef y lo
llevó a reflexionar sobre la posibilidad de abrir la ventana del cuarto. Con el
agua estancada alrededor de la casa y el calor en aumento, los mosquitos debían
estar prosperando. Ninguna brisa soplaba afuera que pudiera refrescarlo
adentro, de eso estaba seguro: nunca había brisa en agosto. Y ya comenzaba a
filtrarse, por las diferentes rendijas de la casa, el hedor a podrido de afuera.
No intentó pararse y se despreocupó de las ratas. El tiempo pasó. El agua
sonaba agitada abajo, alguien debía estar atravesándola. Intentó pararse y lo
logró con gran dificultad, se arrastró hasta la ventana, quiso abrirla para ver
quién merodeaba afuera, pero no pudo. El piso era como una pista de patinaje.
Su garganta estaba seca; apoyándose en la pared se dirigió al baño. Se sentó en
la taza, intentó recoger el vaso que estaba en el suelo y —en algún momento—
exhausto, desistió. Levantó con gran dificultad una pierna y luego la otra y
entró dentro de la tina. Se agarró de los filos y se dejó caer torpemente; una
vez dentro abrió la boca y bebió, lo hizo con los ojos cerrados: el agua le
sabía a aceite de ricino tibio aunque le procuró cierto alivio. Recordó una
época en que la única agua que bebía era de color ámbar y sabía a bourbon. Ese
recuerdo, quizá, le hizo relajarse. Tomó una larga y prolongada meada dentro de
la bañera de patas de felino. A pesar de su próstata delictuosa, que le
escatimaba uno de los pocos placeres que aún le eran permitidos, sintió el
placer de una vejiga completamente vacía y sonrió.
—Por la gran puta, mira lo que fui a hacer, me meé
dentro del agua de beber —pensó, riéndose de sí mismo.
Se estaba bien ahí. Si así terminaba sus días, no
le parecía mal. ¿Qué sabía él? A lo mejor bastaba con eso para estar en paz.
Una buena meada y la conciencia tranquila. Pensó que a Marvelina le habían
escatimado hasta eso porque ese día, de eso estaba seguro, la suerte tomaba
un shot de tequila en la esquina, sin que Marvelina le
importara un bledo. Si no las cosas hubieran ocurrido de otra manera: Newton
Bentley, de diecisiete años, no habría caminado con una pistola semiautomática
en sus manos, ocho paquetes de heroína envueltos en papel aluminio y un número
indeterminado de pastillas ilegales en sus bolsillos y en su torrente
sanguíneo, mientras ella cambiaba una llanta pinchada en la misma calle por la
que él bajaba.
Sacó sus brazos de la tina, cayeron como fideos
sobre-cocinados a sus costados; su dedo cortado parecía una ciruela pasa
descompuesta. Cerró los ojos e intentó levantar una pierna para salir de la
bañera, cuando los volvió a abrir pensó que se había equivocado, era de noche y
la oscuridad se lo había tragado, como el agua a la ciudad. La turba de ratas
se oía más cerca, faltaba poco para que acabaran con la división que separaba
el piso de arriba del suyo. Le pareció que refrescaba, tal vez había vuelto la luz
y el aire volvía a funcionar; flexionó las piernas para bajar su torso y poder
beber del agua viciada. Oyó pisadas abajo, tal vez había vuelto Marvelina.
Intentó incorporarse y luego recordó que eso era imposible.
Antes de hundir su cabeza totalmente dentro del
agua pensó que nunca había hecho algo para evitar que cayera la noche.

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