© Libro N° 10945. Amor. Casey, Calvert. Emancipación. Febrero 25 de 2023
Título original: © Amor.
Calvert Casey
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Calvert Casey
Amor
Calvert Casey
AMOR
Calvert Casey
Todo el furor, la sorda ira contra mí y contra ella, se apagaron mucho
antes de que el ómnibus llegara al puente, donde me esperaba, incluso mucho
antes de que los primeros edificios de La Habana dejaran ver su monótono perfil
brillando bajo ese sol terrible que no nos abandona nunca.
Recuerdo mal en qué momento se produjo el incidente. Ojalá se repitiera.
Ojalá se repitiera muchas veces. Vi desaparecer la dureza en los rostros de los
pocos que presenciamos la escena, cambiarse el letargo de los largos viajes por
una inquietud molesta, una zozobra que los hizo mirar, mudar de posición en sus
asientos, sonreír alterados, quizás avergonzados.
Yo iba de pie en la plataforma, oí voces, miré y vi a la anciana besar y
acariciar, sacudida por el llanto, la mano de un hombre que le ofrecía un
cigarro. No pude saber si el hombre le ofreció el cigarro para calmarla, o si
ella le pidió el cigarro y rompió en un llanto convulso y contenido, con
grandes suspiros, agarrándole la mano y besándosela. El hombre no sabía hacía
dónde mirar, se reía turbado, pero al mismo tiempo se le veía conmovido por lo
que pasaba. La anciana sostenía el cigarro y lloraba silenciosa sobre el puño
del hombre.
–¡Qué bueno, qué bueno!– decía con voz ronca cuando la dejaba el llanto,
al parecer inagotable.
El hombre le tocó un hombro, torpemente.
–Cálmese...
Debió acordarse de que llevaba un encendedor en el bolsillo y logró
extraerlo y encenderlo con la mano que ella le dejaba libre.
La anciana se calmó, se llevó el cigarro a los labios y lo encendió sin
soltar el puño del hombre. Le temblaban la mano y los hombros. Vi que a pesar
del aire que entraba con violencia por las ventanillas, encendió el cigarro con
mucha destreza, inclinando la cabeza instintivamente hasta situar la punta
frente a la llama que amenazaba apagarse, y aspirando profundamente. Entre una
y otra pequeña convulsión de los hombros arrojó una larga bocanada de humo
antes de que el viento apagara la mecha.
Esto pareció sosegarla. Sollozó en silencio una vez más y luego soltó
lentamente el puño del hombre. Su mano resbaló por los dedos, como
acariciándolos. Él la tocó de nuevo en el hombro y luego se enderezó aliviado.
La anciana vestía con suma pulcritud. Tenía la boca atrozmente sumida,
sin dientes. Sostenía el cigarro uniendo los labios y eso le reducía más aún el
tamaño de la cara. Se secaba el resto de las lágrimas con un pañuelo ya muy
mojado, pero muy limpio. Un anillo barato le brillaba débilmente en un dedo.
Todo en su persona, la blusa almidonada, el cabello blanco bien recogido,
respiraba limpieza. Era más bien gorda. Los ojos sin brillo paseaban de vez en
cuando una mirada indiferente.
Volví a preguntarme si se conocían y si una conversación previa al
momento en que yo subí al ómnibus había provocado el llanto ahogado e
inconsolable, o si el hombre le había ofrecido el cigarro para calmarla,
iniciada ya la crisis cuyos primeros momentos yo no había visto. Absorto en una
idea fija, no había reparado en nada hasta que oí los primeros quejidos.
El ómnibus se vació un poco en una parada y pude sentarme varios
asientos delante de ellos, casi detrás del chofer.
Era difícil saber qué efecto había causado la escena entre los demás
pasajeros. El ronquido del motor y la velocidad a que iba impulsado el ómnibus,
y quizás el calor sofocante, comunicaba a cada rostro un extraño
ensimismamiento. Todos miraban hacia fuera, como si quisieran evitar mirar a
los demás, o como si esperaran algo.
Me oí respirar con dificultad, con la respiración acortada del que trata
de impedir las lágrimas, perturbado pero extrañamente aliviado. Una sombría
determinación me había hecho subir al ómnibus, ir a su encuentro. Habrá que
impedir el asunto a toda costa. Tiene que tomar algo. Ya se lo dije. Buscar un
medio, debe haberlo. Es monstruoso condenar a alguien a vivir, arrojarlo al
mundo o desaparecer donde nunca me encuentre. O quitarnos la vida. Pero hay
medios, tiene que haberlos, tiene que tomar algo. Me prometió hacerlo. Pienso
siempre en el choque del cuerpo contra el pavimento, el desorden y la suciedad;
en el cuerpo que cuelga del balcón, qué extraño, una horca en medio de la
ciudad, a la vista de todos, como una horca en medio del campo, para escarmiento,
como en las edades antiguas.
Pero todo eso se borró bruscamente. Logré serenarme. Cuando el ómnibus
se acercó a la parada, la vi ya un poco lejos de donde nos habíamos dado cita,
casi al comienzo del puente. Me pareció increíblemente frágil y fea, con el
cabello largo y ralo, en una tentativa frustrada de peinado, las uñas comidas,
las medias rodadas, el vestido como siempre, maltrecho. La miré como si la
viera por primera vez. Allí estaba, mirando los árboles, con una expresión que
pretendía ser meditativa. Más allá de los árboles corría el río, muy abajo,
hediondo ya de mosto cuando llega al puente, sucio, cargado de una nata verde
que el sol pudre y que como nunca llueve jamás se diluye. Me había dado cita
allí, para ella el más romántico de los lugares. Pensaría seguramente algo apropiado
al encuentro, que sería de una cursilería de la que sólo ella era capaz, y que
yo conocía tan bien, aprendida en las novelitas grasientas manoseadas por miles
de manos en las librerías de Reina, y que en ciertos momentos era capaz de
provocar la náusea.
–Llegaste– me dijo.
La abracé fuertemente por la cintura y ella me miró con ojos furtivos.
Comenzamos a atravesar el puente. Más allá del parque, entre los árboles, se
veía negrear el río, casi detenido e infecto, despidiendo un vaho húmedo de
calor y mal olor.
Hacía un calor aplastante. El tráfico de autos, ómnibus y camiones que
se precipitaban con violencia hacia la ciudad, o salían de ella como impelidos
por la furia, levantaba ráfagas súbitas de aire caliente y arrojaban polvo
sobre nosotros. Por unos instantes el ruido nos impidió oírnos. Detrás de las
nubes, el sol enviaba un resplandor exasperante.
Nos detuvimos al llegar a mitad del puente. Debajo de nosotros estaba el
parque verde e inmóvil. Los árboles impedían ver el suelo. Pensé que cualquiera
que cayera desde el puente quedaría preso entre las ramas, gimiendo quién sabe
cuántas horas o cuántos días, con sus gritos ahogados por el ruido, como los
moribundos en las cercas de alambre de la primera guerra.
Le pasé el brazo por los hombros y la estreché con fuerza hasta hacer
que se volviera hacia mí, pero sin mirarla. Alguien que pasaba a toda velocidad
hizo sonar un claxon y gritó.
–Todo el mundo nos ve.
–Que nos vean.
El tránsito sobre el puente pareció duplicarse. Ahora era ensordecedor.
–Deja vivir al niño.
No debió oírme porque hizo un gesto como de quien no ha comprendido.
Tuve que repetírselo.
Comenzó a golpearme de pronto, con una violencia histérica, primero con
los puños y luego con la cabeza y la cartera, que se abrió. Todo se desparramó
por el suelo. Sus movimientos eran tan ridículos que tuve que reírme mientras
luchaba por recoger sus cosas –un pañuelo anudado, un creyón gastado, medias
rotas– y agarrarla por los puños. Sentí el golpe duro de un zapato cerca de la
oreja. Cerré los ojos un instante en que todo me pareció negro. Cuando logré
recoger la cartera me abalancé hacia ella para dominarla, abrazándola. Sentí de
nuevo la oleada de ternura arrastrarme. Quizá si era lo bastante poderosa nos
arrastraría a los dos hasta el río.
–¡Cálmate, cálmate!
Los curiosos demoraban la circulación por el puente. Oí una tempestad de
cláxones y de gritos. Desde un auto un hombre nos miraba, sonriendo y avanzando
con lentitud como una fiera satisfecha. El tráfico que huía de la ciudad se
precipitaba incontenible por la otra banda.
Pero por el lado donde estábamos se paralizó por completo. El auto del
hombre se apagó. Sin dejar de mirarnos fijamente, trataba de arrancar de nuevo,
con calma. Oí exclamaciones de estupor, risotadas. De un vehículo algo distante
bajaron varios hombres jóvenes y nos rodearon, mirándonos con expresión de
regocijo. Uno de los hombres recogió un zapato del suelo y lo sostuvo,
sonriendo. Logró desprenderse de mis brazos, y antes de dominarla de nuevo pude
ver los dedos de un pie saliéndosele por la media destrozada.
El hombre logró arrancar el auto y bruscamente la fila comenzó a
avanzar. Un taxi viejo, casi destruido, se detuvo. Se abrió una puerta. Sin
separarme de ella la arrastré por los puños y la hice subir con violencia. Para
que entrara tuve que golpearla en la boca. Vi que el chofer era un hombre muy
negro y muy flaco. Sin mirar hacia atrás, se aseguró con la mano de que la
puerta había quedado cerrada y arrancó.
–¡Qué calor!
Mientras ella se debatía contra mí entre la furia y los primeros
síntomas del aborto, mordiéndome el pecho, comencé a besarle frenéticamente el
cuello empapado en sudor, el triste cabello sucio y ahora deshecho, mezclando
mis sollozos y el polvo, súbitamente vivos los recuerdos de las torpes primeras
tardes de sudor y semen.
Antes de que el auto dejara atrás el puente, sentí otra ráfaga de aire
sofocante. Sobre los estremecimientos del viejo taxi, las manos del hombre
temblaban.
*****
Calvert Casey
Calvert Casey
Calvert Casey Fernández
1924-1969
Escritor cubano de origen norteamericano, formó parte del grupo de
intelectuales nucleados en torno a Lunes de Revolución.
De madre cubana y padre norteamericano, nació en Baltimore, EE.UU., en
1924, pero pasó gran parte de su infancia y adolescencia en La Habana. Aún
residiendo en Nueva York, ya enviaba colaboraciones a la revista Ciclón, de
José Rodríguez Feo.
Tras el triunfo de la revolución cubana, viajó a La Habana y desarrolló
una intensa labor periodística, especialmente en el suplemento cultural Lunes
de Revolución, y escribiendo crítica teatral, reseñas de libros y
traducciones para revistas como La calle, La Gaceta de Cuba y Casa
de las Américas.
En esta época, se relacionó con figuras literarias como Antón
Arrufat, Virgilio Piñera, Guillermo Cabrera Infante, Humberto Arenal
y Miguel Barnet.
En 1963, se publicó el volumen de cuentos El regreso (reeditado
en Barcelona, en 1967, bajo el título El regreso y otros relatos);
aquí reunió Casey tres narraciones: “En el Potosí” (1955), “El regreso” (1957)
y “En San Isidro” (1957) –esta última no había aparecido en la primera edición
del libro en 1962. Inmediatamente se hizo palpable su vocación por las
situaciones límites, el nexo con el existencialismo, el cuidado en el
tratamiento estilístico. En Memorias de una isla (1964),
recogió sus colaboraciones periodísticas, a través de las cuales es posible
descubrir sus gustos literarios (Franz Kafka, Henry Miller, D. H.
Lawrence, José Martí, entre otros escritores), además de descripciones
sobre la Isla de la Juventud (Isla de Pinos), donde se mezcla la realidad con
la ficción: “La comprensión del pasado ha sido para mí una especie de obsesión.
(...) Recuerdo a la Isla de Pinos de mi adolescencia como un lugar vago, sin
límites, de cabalgatas interminables y generosa lluvia.”
En 1965, publicó su poema “A un viandante de 2778”. Salió de Cuba y se
instaló en Roma, donde conoció a Giovanni Losito, por quien sintió un gran amor
y a quien dedicó su libro Notas de un simulador (Barcelona,
1969). De su novela Gianni, Gianni, escrita en inglés y que él
mismo decidiera destruir, sólo se conservan fragmentos, en particular, el
capítulo titulado “Piazza Morgana”. El 16 de mayo de 1969 Calvert Casey se
suicidó con una sobredosis de somníferos en su apartamento romano.
Veintiocho años después (1997), fue publicada en Barcelona una nueva
edición de sus textos, bajo el título Notas de un simulador,
realizada por Mario Merlino. Ya para entonces, se había convertido en escritor
de culto por la fuerza con la que expresó en sus obras su afirmación del
derecho a una vida propia, fuera de los modelos sociales estereotipados.
Bibliografía activa
El regreso (cuentos), La Habana, 1962.
El regreso y otros relatos, Seix Barral,
Barcelona, 1967.
Memorias de una isla (escritos periodísticos), 1964.
Notas de un simulador, 1969.
“A un viandante de 2778” (poema), La Gaceta de Cuba,
1965.
“Piazza Morgana”, único capítulo (escrito originalmente en inglés) que
se conserva de la novela “Gianni, Gianni”, que el mismo autor decidió destruir.
“Carrión o la desnudez”, Memorias de una isla, Ed. R, La Habana, 1964,
p. 52.
Bibliografía pasiva
Garrandés, Alberto: Capricho habanero, Editorial Letras
Cubanas, La Habana, 1997, p. 106.
Marré, Luis: “Nada menos que todo un amigo”, en Unión, 16:
45, La Habana, 1993.
Martínez, Raúl: Yo, Publio, Editorial Letras Cubanas, La
Habana, 2009, p. 412.
Mirabal, Elízabeth: “Calvert: Cuba sin ti, ahora en su edad madura tiene
doce millones de dudas” (entrevista a Antón Arrufat), en La Gaceta de
Cuba, 3: 3-6, La Habana, mayo-junio, 2009.
______________: “La simulada despedida de Calvert Casey”, en La
Siempreviva, 5: 65-69, La Habana, 2009.
Ríos, Jamila M.: “Diseminaciones de Calvert Casey”, en La Gaceta
de Cuba, 3: 9-13, La Habana, mayo-junio, 2009.
____________: “De Laponia a Polonia: Calvert Casey asomado a los soles
de la media noche”, en La Siempreviva, 5: 72-79, La Habana, 2009.
Tinacos, Natasha: “Sísifo en La Habana: el héroe absurdo en «El
regreso»”, en La Gaceta de Cuba, 3: 7-8, La Habana, mayo-junio,
2009.
_________
Fuente:
http://eltriunfodearciniegas.blogspot.com/2018/06/calvert-casey.html

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