© Libro N° 9889. El Duque De Portland. De l'Isle-Adam, Villiers. Emancipación. Mayo 7 de
2022.
Título
original: ©
Duke Of Portland, Villiers De
l'Isle-Adam (1838-1889)
Versión Original: © El Duque De Portland. Villiers De
l'Isle-Adam
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Villiers De l'Isle-Adam
El Duque
De Portland
Villiers
De l'Isle-Adam
Al señor Henry La Luberne.
Gentlemen, you are welcome to Elsinore.
(Shakespeare, Hamlet)
Espérame allí: no tengas duda de que me
reuniré contigo en ese profundo valle.
(Obispo Hall)
En estos últimos años, a su vuelta de levante, Ricardo, duque de
Portland, el joven lord célebre antaño en toda Inglaterra por sus fiestas
nocturnas, sus victoriosos purasangre, su ciencia de boxeador, sus cacerías de
zorros, sus castillos, su fabulosa fortuna, sus viajes de aventuras y sus
amores, no se había dejado ver. Una sola vez, al oscurecer, se había visto su
secular carroza dorada atravesando Hyde-Park con las cortinillas cerradas, a
plena carrera y rodeada de jinetes portando antorchas.
Después ―reclusión tan brusca como extraña―, el Duque se había retirado
a su casa solariega, haciéndose habitante solitario de aquel macizo castillo
construido en viejas edades, en medio de sombríos jardines y campos con
árboles, y situado en el cabo de Portland. Por toda vecindad, un rojo fulgor
que iluminaba día y noche, a través de la bruma, los pesados barcos que
cabeceaban a lo lejos, cruzando sus penachos de humo en el horizonte. Una
especie de sendero en pendiente hacia el mar, una sinuosa galería excavada en
las rocas y bordeada de pinos salvajes, que abre sus pesadas verjas doradas
sobre la misma arena de la playa, sumergida a las horas de la marea alta. Bajo
el reinado de Enrique VI se forjaron leyendas de este castillo fortaleza, cuyo
interior resplandecía de riquezas feudales.
En la plataforma que une las siete torres veían aún, esculpidos en
piedra, entre las almenas, un grupo de arqueros y algunos caballeros del tiempo
de las Cruzadas; todos en actitudes de combate. En la noche, estas estatuas
―cuyas figuras aparecen ahora borradas por las lluvias tempestuosas y los
hielos de varios centenares de inviernos y las expresiones de sus rostros
muchas veces cambiadas por los retoques del rayo―, ofrecen un vago aspecto que
se presta a las más supersticiosas visiones.
Y cuando, levantadas en masas multiformes por una tempestad, se
estrellan las olas, en la oscuridad, contra el promontorio de Portland, a la
imaginación del paseante perdido ―ayudada por la iluminación de la luna entre
las sombras graníticas―, se puede presentar, frente al castillo, algún antiguo
asalto sostenido por una heroica guarnición de soldados fantasmas contra una
legión de malos espíritus.
¿Qué significaba este aislamiento del despreocupado señor inglés?
¿Padecía alguna crisis? ¡Un corazón tan naturalmente alegre!... ¡Imposible!
¿Alguna mística influencia sufrida en su viaje por Oriente? Quizás. En la Corte
se inquietaban por esta desaparición. Un mensaje de Westminster, de la propia
Reina, había sido dirigido al lord invisible. Acodada cerca de un candelabro,
la reina Victoria estaba atareada aquella tarde de audiencia extraordinaria. A
su lado, sentada en un taburete de marfil, una joven lectora, miss Elena H.
Llegó la respuesta, sellada en negro, de lord Portland. La muchacha,
habiendo abierto el pliego ducal, recorrió con sus ojos azules ―sonrientes
pedazos de cielo― las pocas líneas que contenía. Bruscamente, sin una palabra,
con los ojos cerrados, la presentó a Su Majestad. También la Reina leyó en
silencio. A las primeras palabras, su rostro, generalmente impasible, pareció
ensombrecerse con extraña tristeza. Incluso se estremeció. Después, en
silencio, aproximó el papel a las bujías encendidas. Inmediatamente dejó caer
sobre las losas la carta que se consumía.
―Milords ―dijo a los pares, agrupados a escasa distancia―, no volverán a
ver a nuestro querido duque de Portland. Ya no acudirá más al Parlamento. Lo
dispensaremos de ello mediante un privilegio. Su secreto debe ser respetado. No
se preocupen más por él y que ninguno de sus huéspedes intente jamás dirigirle
la palabra.
Después, despidiendo con un gesto al viejo correo del castillo:
―Le dirás al duque de Portland lo que acabas de ver y de oír ―agregó
lanzando una mirada a las cenizas negras de la carta.
Tras estas palabras misteriosas, la Reina se había levantado para
retirarse a sus habitaciones. Sin embargo, al ver a su lectora que se había
quedado inmóvil y como dormida, con la mejilla apoyada en su brazo joven y
blanco, sobre el muaré purpúreo de la mesa, la Reina, sorprendida aún, murmuró
dulcemente:
―¿Me sigues, Elena?
Como la muchacha persistiera en su actitud, todos los presentes
corrieron hacia ella. Sin que palidez alguna revelara su emoción ―¿cómo iba a
palidecer una flor de lis? ―, se había desvanecido.
Un año después de las palabras pronunciadas por Su Majestad ―durante una
tormentosa noche de otoño― los navíos que pasaban a algunas leguas del cabo
Portland vieron el castillo iluminado. ¡Oh, no era la primera de las fiestas
nocturnas ofrecidas a comienzos de cada estación del año por el lord ausente! Y
daban que hablar, pues su sombría excentricidad alcanzaban lo fantástico y el
Duque no asistía jamás a ellas. No era en las habitaciones del castillo donde
se daban las fiestas.
Nadie había vuelto a entrar allí; el mismo lord Ricardo, que habitaba un
solitario un torreón, parecía haberlas olvidado. Desde su vuelta, había mandado
cubrir, con inmensos espejos de Venecia, los muros y las bóvedas de los vastos
subterráneos de su mansión. El suelo estaba ahora enlosado de mármoles y de
brillantes mosaicos. Cortinas de trama vertical, entreabiertas por franjas de
cadeneta, separaban una serie de salas maravillosas, donde bajo magníficas
balaustradas de oro iluminadas, aparecía un conjunto de muebles orientales con
arabescos preciosos, en medio de vegetaciones tropicales fuentes de agua
perfumada sobre pórfido y hermosas estatuas.
Allí, con la amable invitación del castellano de Portland, que
"lamentaba estar siempre ausente", se reunía una multitud elegante,
lo más escogido de la joven aristocracia inglesa, los más seductores artistas y
las más bellas despreocupadas de la gentry. Lord Ricardo estaba representado
por uno de sus amigos de antes. Y comenzaba entonces una noche principescamente
libre. Sólo, en el sitio de honor del festín, el sillón del joven lord quedaba
vacío, y el escudo ducal del respaldo siempre aparecía velado por un amplio
crespón de duelo. Las miradas, muy pronto encendidas por la embriaguez, se
volvían gustosamente a presencias más encantadoras.
¡Así, a medianoche, se ahogaban bajo tierra, en Portland, en
maravillosas salas, entre aromas de flores exóticas, las risas, el tintineo de
las copas, las canciones ebrias y la música! Pero si a aquella hora se hubiera
levantado de la mesa alguno de los convidados y, para respirar el aire del mar,
se hubiese aventurado al exterior, en la oscuridad, por la playa, entre las
ráfagas de desolados vientos, quizás hubiera percibido un espectáculo capaz de
turbar su humor optimista, al menos para el resto de la noche. En efecto,
frecuentemente y a aquella misma hora, por las vueltas del sendero que conducía
hacia el mar, un caballero envuelto en amplia capa, cubierto el rostro por una
máscara de seda negra a la que estaba adaptada una capucha circular que ocultaba
toda la cabeza, se encaminaba, la lumbre de un cigarro en la mano enguantada,
hacia la playa.
Como en fantasmagoría de gusto anticuado, le precedían dos servidores de
cabellos blancos; a algunos pasos, le seguían otros dos con humeantes antorchas
rojizas. Delante de ellos caminaba un niño, también con librea de duelo, y este
paje agitaba una vez por minuto el corto batir de una campana, para advertir a
lo lejos que se apartaran del camino del paseante. Y el aspecto de este pequeño
grupo producía una impresión tan glacial como si fuera el cortejo de un
condenado.
Se abría ante ese hombre la verja de la ribera; la escolta lo dejaba
solo y avanzaba entonces hacia el borde del agua. Allí, como perdido en una
pensativa desesperación, embriagándose en la desolación del espacio, permanecía
taciturno, semejante a los espectros de piedra de la plataforma, bajo el
viento, la lluvia y los relámpagos, ante el mugir del océano. Tras una hora de
meditación, el tétrico personaje, acompañado siempre de las antorchas y
precedido del sonar de la campana, volvía por el sendero hacia la torre. Y,
frecuentemente, vacilando, se agarraba a las asperezas de las rocas. La mañana
que había precedido a esta fiesta, la joven lectora de la Reina, siempre en
gran duelo desde el primer mensaje, rezaba en el oratorio de Su Majestad cuando
le fue entregado un billete escrito por uno de los secretarios del Duque.
Sólo contenía estas dos palabras, que leyó con un estremecimiento:
"Esta noche". Esta fue la de su arribada a Portland en una de las
embarcaciones reales. Una forma juvenil y femenina, con sombrío manto,
descendió sola. La visión, tras de orientarse por la playa nocturna, se
apresuró corriendo hacia las antorchas, hasta el sonido de campana que traía el
viento. En la arena, apoyado en una piedra y agitado a cada momento por un
temblor mortal, el hombre de la máscara misteriosa estaba tendido sobre su
capa.
―¡Desgraciado! ―exclamó en un sollozo, y ocultando el rostro con las
manos, la joven aparición, cuando llegó a su lado.
―¡Adiós! ―respondió él.
Se escuchaban a lo lejos canciones y risas, procedentes de los
subterráneos de la mansión feudal, cuya iluminación se reflejaba ondulada en el
agua.
―Eres libre ―agregó él, dejando caer su cabeza en la piedra.
―¡Y tú estás liberado! ―respondió la blanca aparición, elevando una
pequeña cruz de oro hacia los cielos plenos de estrellas, ante la mirada del
hombre silencioso.
Después de un gran silencio, y como ella permaneciera así ante él,
inmóvil, con los ojos cerrados:
―¡Hasta luego, Elena! ―murmuró. Cuando, tras una hora de espera, se
aproximaron los servidores, vieron a la muchacha de rodillas sobre la arena y
rezando, cerca de su dueño.
―El duque de Portland ha muerto ―les dijo.
Y, apoyándose en el hombro de uno de los viejos, volvió a la embarcación
que la había traído. Tres días después se leía esta noticia en el Diario de la
Corte: "Miss Elena H..., la prometida del duque de Portland, convertida a
la religión ortodoxa, ha tomado ayer el hábito de las Carmelitas de L..."
¿Cuál era el secreto por el cual el potente lord acababa de morir? Un día, en
sus lejanos viajes por Oriente, habiéndose alejado de su caravana por los
alrededores de Antioquía, el joven Duque, charlando con los guías del país, oyó
hablar de un mendigo ante el cual todo el mundo se alejaba con horror y que
vivía solo, en medio de unas ruinas.
Se le ocurrió la idea de visitar a este hombre, pues nadie escapa a su
destino. Ahora bien; ese Lázaro fúnebre era el último depositario de la gran
lepra, de la lepra seca y sin remedio, del mal inexorable del cual sólo Dios
podía resucitar. Solo, pues, Portland, a pesar de los ruegos de sus aterrados
guías, se atrevió a desafiar el contagio en la especie de caverna donde
respiraba aquel paria de la Humanidad. Y allí, por una fanfarronada de gran
gentilhombre, intrépido hasta la locura, dándole un puñado de oro a ese
agonizante miserable, el pálido señor le había dado la mano. En el mismo
instante pasó una nube por sus ojos.
Al oscurecer, sintiéndose perdido, abandonó la ciudad y las tierras del
interior, para ganar el mar e intentar una curación en su castillo o morir en
él. Pero, ante los terribles progresos que se declararon durante la travesía,
el Duque comprendió que no podía conservar otra esperanza que la de una rápida
muerte.
¡Todo había terminado! ¡Adiós, juventud, brillo de un nombre ilustre,
prometida amada, posteridad de la raza! ¡Adiós, fuerzas, alegrías, fortuna
incalculable, belleza, porvenir! Todas las esperanzas se habían sepultado en el
hueco de aquella mano terrible.
El lord había heredado del mendigo. Un segundo de arrogancia ―un momento
demasiado noble, más bien― había arrebatado esta existencia luminosa y llevado
al secreto de una muerte desesperada...
Así pereció el duque Ricardo de Portland, el último leproso del mundo.
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Villiers de l'Isle-Adam (1838-1889)

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