© Libro N° 9888. Dos Médicos. James, M.R.. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
Título
original: ©
Two Doctors, M.R. James (1862-1936)
Versión Original: © Dos Médicos. M.R. James
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M.R. James
Dos
Médicos
M.R.
James
Tengo comprobado que es muy corriente encontrar papeles metidos dentro
de libros viejos, aunque es muy raro tropezar con alguno de interés. Pero
ocurre, así que nunca hay que tirarlos sin antes haberles echado una ojeada.
Pues bien, antes de la guerra yo solía comprar a veces libros de contabilidad
usados por el buen papel y la gran cantidad de hojas en blanco que tenían, para
quitársela y aprovecharlas para mis notas y escritos. En 1911 compré uno por
poco dinero. Estaba muy bien cosido y tenía combadas las tapas por haber
guardado durante años un montón de hojas extrañas.
Las tres cuartas partes de este material añadido había perdido por
completo cualquier interés que hubiera podido tener para nadie; pero había un
puñado de hojas que no: es evidente que pertenecieron a un abogado, porque
llevan la siguiente rúbrica: El caso más extraño que he tenido hasta hoy, con
unas iniciales y la dirección de Gray's Inn. Son sólo material para un caso y
consisten en declaraciones de posibles testigos. Por lo visto, no apareció el
que debía haber sido el acusado o demandado. El expediente no está completo;
pero aun así proporciona un enigma en el que interviene lo preternatural. A
vosotros os corresponde decidir.
Lo que sigue es el marco y la historia según los he podido elucidar: La
escena se sitúa en Islington en 1718 y la época en el mes de junio: por tanto,
un pueblo rural y una estación agradable. Una tarde, el doctor Abell deambulaba
por su jardín esperando a que le trajesen el caballo para iniciar el recorrido
de sus visitas del día. Se le acercó su criado de confianza, Luke Jennett, que
llevaba veinte años a su servicio:
Le dije que quería hablar con él, y que lo que tenía que decirle nos
entretendría como un cuarto de hora. Así que me mandó a su despacho, pieza que
da al paseo de arriates donde se encontraba; llegó después él y se sentó.
Le dije que, muy contra mi voluntad, debía buscarme otro puesto de
trabajo. Me preguntó por qué motivo, llevando el tiempo que llevaba con él. Le
dije que me haría un gran favor si me excusaba de responder, porque (al parecer
esta fórmula era corriente ya en 1718) soy de los que prefieren que haya
armonía a su alrededor. Según recuerdo, dijo que ése era su caso también, pero
que quería saber por qué había decidido cambiar de casa después de tantos años;
y dijo:
Sabes que si dejas mi servicio ahora no me acordaré de ti en mi
testamento.
Le dije que ya contaba con ello.
—Entonces —dice—, deberías decirme cuál es la queja; y si puedo
arreglarlo, lo haré con mucho gusto.
Así que, viendo que no era posible seguir callado, le conté el asunto de
mi anterior declaración y lo de la cama de la consulta, y le dije que una casa
en la que ocurrían esas cosas no era lugar para mí. A todo lo cual, aunque me
miraba congestionado, no replicó, sino que me llamó estúpido, y dijo que me
pagaría lo que me debía por la mañana. Seguidamente, como tenía el caballo
esperando, dio media vuelta y se marchó. Así que esa noche me fui a dormir a
casa de mi hermana y su marido, cerca de Battle Bridge, y por la mañana, a
primera hora, fui a ver al que ya no era mi señor, el cual me reconvino por no
haberme quedado en su casa, y me descontó una corona del salario que me debía.
Después serví aquí y allá, nunca por mucho tiempo, y no volví a verle
hasta que entré en la casa del doctor Quinn, Dodds Hall, en Islington.
En esta exposición hay una parte oscura: la referencia a una declaración
jurada anterior y el asunto de la cama de la consulta. En los mencionados
papeles no se encuentra esa declaración jurada anterior. Me temo que la sacaron
para leerla, dada su especial singularidad, y no la devolvieron a su sitio.
Puede que con el tiempo se aclare de qué se trataba, pero hasta hoy no ha
llegado a nuestras manos ninguna pista.
A continuación es el rector de Islington, Jonathan Pratt, el que presta
declaración: aporta detalles sobre la posición y reputación del doctor Abelly
el doctor Quinn, que vivían y ejercían en su parroquia.
Un médico —dice— no tiene por qué ser asiduo de los rezos matinales y
vespertinos o del sermón de los miércoles; pero en términos generales, yo diría
que estas dos personas cumplían como fieles miembros de la Iglesia de
Inglaterra. Con todo (ya que me pide mi opinión personal), debo hacer lo que en
lenguaje académico se denomina un distingo: mientras que el doctor A. era para
mí motivo constante de perplejidad, el doctor Q. era a mis ojos un honesto y
sencillo creyente que no inquiría sobre cosas que pertenecen al campo de la fe,
sino que conformaba su práctica a la luz de su propia razón.
El doctor A. en cambio se interesaba por cuestiones para las que la
Providencia ha decretado que no tengamos respuesta en nuestro estado actual.
Por ejemplo, una vez me preguntó qué lugar creía yo que ocupan ahora en el plan
de la creación los seres que según algunos ni se mantuvieron leales cuando
cayeron los ángeles rebeldes ni se unieron a ellos decididamente en su
rebelión.
Mi inmediata respuesta, como no podía ser menos, fue preguntarle a mi
vez qué garantía tenía de que existieran tales seres. Porque desde luego no
aparecían en las Escrituras, que él conocía bien. Por lo visto (porque ya que
he entrado en este tema conviene que lo cuente todo) se basaba en pasajes como
el del sátiro que Jerónimo nos cuenta que conversó con Antonio; aunque pensaba
que podían aducirse también ciertas partes de las Sagradas Escrituras.
Además —dijo—, usted sabe que ésa es la creencia universal entre los que
pasan los días y las noches fuera de casa; y me atrevo a añadir que si su
trabajo le obligase a andar de noche por parajes despoblados como tengo que
hacer yo, quizá no le sorprendería tanto mi sugerencia como veo que le
sorprende.
—Entonces es usted de la opinión de John Milton, y sostiene que Millones
de seres espirituales andan por la tierra Invisibles, ya estemos nosotros
dormidos o despiertos.
—No sé por qué Milton quiere calificarlos de invisibles —dijo—; aunque
desde luego estaba ciego cuando escribió eso. En lo demás, sí: creo que tiene
razón.
—Bueno —dije—; aunque no tan a menudo como usted, no son pocas las veces
que me toca salir a horas avanzadas. Pero no recuerdo haber topado con ningún
sátiro en nuestros caminos de Islington en todos los años que llevo aquí. Si ha
tenido usted más suerte, estoy convencido de que a la Royal Society le
encantaría saberlo.
Recuerdo estas frivolidades porque el doctor A. las tomó muy a mal y
abandonó la habitación con un portazo, gruñendo algo sobre esos sacerdotes
secos y engreídos que sólo tenían ojos para el devocionario y la pinta de vino.
Pero no fue ésta la única vez que nuestra conversación tomó este extraordinario
derrotero. Una noche vino aparentemente contento y animado; pero al cabo de un
rato, fumando junto al fuego, se quedó embebido en sus pensamientos.
Para sacarle de su ensimismamiento le dije en broma si no había tenido
ninguna reunión últimamente con sus extraños amigos. La pregunta, en efecto, le
hizo reaccionar; porque me miró con expresión aturdida, como asustado, y dijo:
—¿Ha estado usted allí? No le he visto. ¿Quién le ha llevado? —y a
continuación, en tono más sosegado—: ¿Qué quiere decir con eso de reunión? Creo
que me he dormido.
Le contesté que me refería a los faunos y centauros de los caminos a
oscuras, no a los aquelarres. Pero él pareció tomarlo de manera diferente.
—Bueno —dijo—, no puedo afirmar que haya tenido ninguna de esas dos
experiencias, pero le encuentro más escéptico de lo que conviene a su ropa. Si
desea saber algo sobre el callejón oscuro puede preguntar a mi ama de llaves
que vivió al otro extremo cuando era niña.
—Sí —dije—, y a las viejas del asilo y a los niños del arroyo. Yo en su
lugar pediría a su colega Quinn una píldora que me despejara el cerebro.
—Al diablo Quinn —dice—; no me hable de él. Me ha quitado cuatro de mis
mejores pacientes este mes; creo que toda la culpa la tiene ese maldito criado
suyo, Jennett, que estaba antes conmigo: no sabe tener la lengua quieta ni un
momento. Deberían clavarlo en el rollo y darle su merecido.
Ésa fue la única vez que manifestó ante mí algún resentimiento contra el
doctor Quinn y Jennett; y como era mi obligación, intenté en lo posible
convencerle de que se equivocaba con los dos. Sin embargo, era innegable que
algunas familias respetables de los alrededores le habían vuelto la espalda sin
alegar ningún motivo. Al final dijo que no lo había hecho tan mal en Islington,
pero que podía vivir cómodamente en otra parte cuando quisiera, y que en
realidad no guardaba ningún rencor al doctor Quinn. Ahora recuerdo qué
comentario mío hizo que sus pensamientos tomaran el curso que tomaron a
continuación. Fue, creo, sobre ciertos trucos que mi hermano había presenciado
en las Indias Orientales, en la corte del rajá de Mysore.
Sería bastante práctico —me dijo el doctor Abell—, mediante algún
acuerdo, conseguir el poder de comunicar movimiento y energía a objetos
inanimados.
—¿Como mover el hacha contra el que la levanta? ¿Algo así?
—Bueno, no estaba pensando exactamente en eso; sino en poder hacer que
un libro venga de la estantería, o incluso mandar que se abra por determinada
página.
Estaba sentado junto a la chimenea (era una noche fría); y extendió la
mano así, y entonces los hierros de la chimenea, o al menos el atizador,
cayeron en dirección a él con gran estrépito, y no pude oír qué más dijo. Pero
le dije que no podía imaginar qué clase de acuerdo podía ser ése, como él lo
llamaba, como no fuera el de contraer una deuda más grave que la que podía
pagar ningún cristiano; cosa a lo que asintió.
—Estoy convencido —dijo— de que esas transacciones son muy tentadoras,
muy persuasivas. Pero seguro que usted no las apoyaría, ¿verdad, doctor? No,
supongo que no.
Eso es todo lo que sé sobre las ideas del doctor Allen, y sobre los
sentimientos entre él y el doctor Quinn. Éste, como digo, era una persona
honesta y sencilla, un hombre al que yo habría acudido (y he acudido de hecho)
en busca de consejo sobre todo esto. Sin embargo, no dejaba de tener de cuando
en cuando, sobre todo hacia el final, quimeras turbadoras. Llegó un momento en
que se sintió tan agobiado por esos sueños que no fue capaz de guardárselos
para sí, y se los contaba a los amigos, entre ellos a mí: un día en que me
había quedado a cenar en su casa, no parecía él deseoso de dejarme marchar a mi
hora habitual.
—Si se va —dijo—, no tendré más remedio que acostarme a soñar con la
crisálida »—Podría ser peor —dije.
—No lo creo —dijo él, y se estremeció como la persona a la que le
desagrada el cariz de sus propios pensamientos.
—Me refiero —dije— a que una crisálida es un ser inocente.
—Ésta no —dijo él—; y no me hace ninguna gracia pensar en ella.
Sin embargo, con tal de no perder mi compañía, se puso a contarme
(porque le insistí) que era un sueño que había tenido varias veces últimamente;
incluso se había repetido más de una vez en una misma noche. Consistía en lo
siguiente: le parecía que le despertaba un impulso irresistible a levantarse y
salir de casa; de modo que se vestía y bajaba a la puerta que daba al jardín.
Junto a la puerta había una pala; la cogía y salía al jardín; y en un lugar
despejado entre los arbustos que la luna iluminaba (porque en el sueño siempre
había luna llena), se sentía forzado a cavar.
Al cabo de un rato, la pala descubría algo de color claro, un envoltorio
de lana o de lino, que él limpiaba de tierra con las manos. Era siempre el
mismo: del tamaño de una persona, y en forma de una crisálida de mariposa
nocturna, con los pliegues insinuando la futura abertura en un extremo.
Le era imposible decir con qué ganas habría abandonado el lugar en ese
instante y habría regresado corriendo a casa; pero no debía escapar tan
fácilmente. Así que, sin parar de gemir, y sabiendo muy bien lo que le
esperaba, separaba los pliegues de ese tejido, o membrana (como a veces le
parecía) y destapaba una cabeza recubierta por una suave piel sonrosada que se
desgarraba al agitarse la criatura, revelándole su propia cara muerta. Contar
todo esto le alteró de tal modo que, por mera compasión, me vi obligado a
hacerle compañía casi toda la noche, hablándole de cosas intrascendentes.
Dijo que cada vez que tenía este sueño se despertaba con la respiración
agitada, por así decir.
A partir de este punto arranca otro extracto de la larga declaración de
Luke Jennett:
Jamás he contado chismes sobre mi señor, el doctor Abell, a nadie de la
vecindad. Sirviendo en otra casa, recuerdo que hablé a mis compañeros del
asunto de la cama; aunque desde luego sin decir que tuviéramos nada que ver él
o yo. Le dieron tan poco crédito que me ofendí, y pensé que era mejor callarme.
Y cuando volví a Islington y me encontré con que todavía estaba allí el doctor
Abell, aunque me habían dicho que se había ido del municipio, comprendí que
debía conducirme con la mayor discreción. Porque la verdad es que le tenía
miedo, y no estaba por propagar nada que fuese en perjuicio de su reputación.
Mi señor, el doctor Quinn, era un hombre justo y honrado, y enemigo de causar
daño a nadie.
Estoy seguro de que jamás movió un dedo ni dijo una palabra para inducir
a nadie a que dejase la consulta del doctor Abell y acudiese a la suya; es más,
cuando ocurría esto, no se decidía a atenderles hasta que no se convencía de
que si no lo hacía mandarían llamar a un médico de la capital antes que volver
a avisar al doctor Abell.
Creo que puede probarse que el doctor Abell vino a casa de mi señor más
de una vez. Una doncella nueva de Hertfordshire que teníamos me preguntó quién
era el caballero que había venido a buscar al señor, o sea al doctor Quinn, y
se había quedado muy frustrado al comprobar que había salido. Dijo que
quienquiera que fuese conocía bien la casa, ya que había entrado sin titubear
en el despacho y después en la consulta, y finalmente en el dormitorio. Le pedí
que me lo describiese, y lo que me dijo encajaba sobradamente con el doctor
Abell. Pero además me dijo que vio a este mismo hombre en la iglesia, y alguien
le había dicho que era el doctor.
Precisamente a partir de entonces empezó mi señor a tener malas noches,
y a quejarse a mí y a otros de lo incómodas que encontraba la almohada y las
sábanas en particular. Decía que tenía que comprar otras más de su gusto, y que
él mismo se encargaría de traerlas. Y efectivamente, trajo un paquete, diciendo
que eran de la calidad que necesitaba, aunque no supimos dónde las había
comprado; sólo que venían marcadas en hilo con una corona y un pájaro. Las
criadas dijeron que eran poco corrientes, y muy finas, y el señor dijo que eran
las más cómodas que había usado. Y ahora dormía de un tirón. También las
almohadas de pluma eran de la mejor calidad, y hundía la cabeza en ellas como
si fuesen una nube, cosa que yo mismo comenté varias veces al entrar a despertarle
por la mañana, y verle con el rostro casi sepultado por la almohada que se
cerraba por arriba.
Yo no había vuelto a hablar con el doctor Abell después de regresar a
Islington; pero un día, al cruzarnos en la calle, me preguntó si no estaba
buscando otro puesto, a lo que le contesté que me encontraba muy a gusto donde
estaba ahora. Pero él replicó que yo era de los que no echan raíces en ninguna
parte, y que estaba seguro de que no tardaría en andar rodando por ahí, cosa
que efectivamente resultó ser cierta.
A partir de aquí continúa el reverendo Jonathan Pratt:
El 16 me sacaron de la cama nada más romper el día (o sea alrededor de
las cinco), con el recado de que el doctor Quinn había muerto o se estaba
muriendo. Al llegar a su casa me encontré con que así era. Todas las personas
de la casa salvo la que me había abierto estaban ya en su aposento, de pie
alrededor de la cama, aunque ninguna había osado tocarle. Estaba tendido en el
centro de la cama, boca arriba, en actitud recogida, y con todo el aspecto del
cuerpo preparado para el sepelio. Creo que tenía las manos cruzadas sobre el
pecho.
Lo único fuera de lo normal era que no se le veía la cara porque los
extremos de la almohada parecía que se juntaban por encima. Los retiré
inmediatamente, al tiempo que amonestaba a los presentes, y en particular al
mayordomo, por no tratar de ayudar sin pérdida de tiempo a su señor. El
mayordomo, no obstante, me miró y meneó la cabeza. Evidentemente, tenía tan
pocas esperanzas como yo de que nos encontráramos ante otra cosa que un
cadáver.
En efecto, para cualquiera con un mínimo de experiencia saltaba a la
vista que no sólo estaba muerto, sino que la causa de la muerte había sido la
asfixia. Pero no era concebible que su muerte hubiese sido ocasionada
accidentalmente por la almohada al doblarse sobre su cara. ¿Cómo al sentir la
opresión no habría levantado la mano para apartarla? En cambio la sábana que le
cubría y silueteaba su cuerpo, según observé ahora, no tenía un solo pliegue en
desorden. Lo urgente ahora era llamar a un médico. Ya se me había ocurrido al
salir y había mandado al que me había traído el aviso que buscase al doctor
Abell; pero volvió diciendo que no estaba en casa, así que llamamos al médico
más cercano, quien, no obstante, no pudo hacer otra cosa —al menos sin abrir el
cuerpo— que anunciar lo que nosotros ya sabíamos.
En cuanto a que entrase alguien con malvados propósitos en la habitación
(que era la siguiente incógnita que había que despejar), a la vista estaban los
cerrojos de la puerta saltados de los travesaños, y los travesaños arrancados
del larguero a viva fuerza; y había testigos suficientes, entre ellos el
herrero, para confirmar que esto se había hecho minutos antes de que llegase
yo. Además, la habitación estaba situada en lo alto de la casa, de modo que la
ventana no era de fácil acceso, ni mostraba signo alguno de que nadie hubiese
salido por ella: no había ni señales en el alféizar ni huellas abajo en el
suelo blando.
Naturalmente, el testimonio del cirujano forma parte del informe de la
investigación, pero dado que no contiene más que observaciones sobre el estado
de los órganos vitales y la coagulación de la sangre en diversas regiones del
cuerpo, no tiene sentido reproducirlo. El veredicto fue «muerte natural.
Junto a estos papeles hay uno que al principio pensé que había venido a
parar aquí por equivocación. Pero pensándolo bien, creo que adivino el porqué
de su presencia. Describe la expoliación de un mausoleo (hoy desparecido) que
se alzaba en un parque de Middlesex, propiedad de cierta familia noble que me
excuso de nombrar. El pillaje no fue perpetrado por un vulgar ladrón de
cadáveres. Al parecer, el propósito fue el robo de objetos. El relato es
descarnado y terrible. No está bien que lo transcriba: un comerciante del norte
de Londres fue sancionado con una multa cuantiosa por encubrir artículos
robados relacionados con el caso.
__________________
M.R. James (1862-1936)

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