© Libro N° 9890. Dux Y Dugaresa. Hoffmann, E.T.A.. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
Título
original: ©
Doge Und Dogaresse, E.T.A. Hoffmann
(1776-1822)
Versión Original: © Dux Y Dugaresa. E.T.A. Hoffmann
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2010/05/dux-y-dugaresa-eta-hoffmann.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/fondo-formas-hexagono-abstracto-degradado_23-2149120168.jpg?t=st=1651180656~exp=1651181256~hmac=f9230295c6cb9b5c36b02c1c2348abc274d667a36f7895e7a263b5d847a9cc22&w=740
Portada E.O. de Imagen original:
https://2.bp.blogspot.com/-RpyUggwUXbM/XF1m2hI6VbI/AAAAAAAAtjQ/ammmjFgKRWELHPWkoBnBwW7Mf-w5vhhnwCLcBGAs/s640/dux_dugaressa_hoffmann.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
E.T.A. Hoffmann
Dux Y
Dugaresa
E.T.A.
Hoffmann
Con este nombre aparecía, en el catálogo de las obras de arte expuestas
en septiembre de 1816 por la Academia de Berlín, un cuadro pintado por el
esforzado y gallardo C. Kolbe, miembro de dicha academia, y que atraía a los
observadores con un encanto especial, de manera que casi siempre había alguien
parado delante de él. Un dux con vestidos ricos y suntuosos avanza a lo largo
de una balaustrada y a su lado va la dogaresa, vestida con igual boato. El, un
viejo de barba gris, rasgos de una extraña ambigüedad, que denotan vigor y
debilidad, orgullo, arrogancia y mansedumbre en el rostro rojizo; ella, una
mujer joven, con una tristeza nostálgica, un anhelo soñador en la mirada y en
toda su estampa.
Detrás de ellos, una mujer entrada en años y un hombre que sostiene una
sombrilla abierta. A un lado, junto a la balaustrada, un muchacho hace sonar un
cuerno en forma de caracol. En el mar, una góndola ricamente engalanada, con la
bandera veneciana, y dos gondoleros en ella. Hacia el fondo se extiende el mar
cubierto de cientos de velas y a lo lejos se divisan las torres y palacios de
la magnifica ciudad de Venecia que surge de las aguas. Hacia la izquierda puede
verse San Marcos; más en primer plano, San Giorgio Maggiore. Sobre el marco
dorado del cuadro están grabadas estas palabras:
¡Ah! Senza amare
Andare sul more
Col sposo del mare
Non puol consolare.
(¡Ay! Sin amar
Andar sobre el mar.
Con el esposo del mar
No me puede consolar.)
Ante este cuadro se suscitó un día una discusión estéril sobre si el
artista había querido representar allí sólo una imagen en la que apareciera la
situación precisa a que aluden los versos: la de un viejo caduco que no puede
satisfacer con el lujo y el esplendor los deseos de un corazón anhelante, o si
en realidad había querido representar un hecho auténticamente histórico.
Cansados de la charla, los visitantes fueron abandonando uno tras otro el
lugar, de modo que finalmente sólo quedaron dos amigos amantes del noble arte
de la pintura.
—Yo no sé —comenzó a decir uno de ellos—, cómo alguien puede estropear
todo el goce de la contemplación con tantas interpretaciones y sutilezas. Pero,
aunque creo presentir acertadamente cuál es la situación de ese dux y esa
dogaresa, lo que me atrapa de manera extraña es el brillo de la riqueza y del
poder que resplandecen en todo el cuadro. Mira ese estandarte con el león
alado, que flamea al viento como reinando sobre el mundo. ¡Oh, magnífica
Venecia!
Y comenzó entonces a recitar el acertijo de Turandot sobre el león
adriático: Dimmi qual sia quella terribil fera, etc., etc. Apenas había
terminado cuando terció una melodiosa voz varonil recitando la solución de
Kalaf: Tu quadrupe fera, etc. Un caballero de aspecto noble y distinguido, con
una capa gris sobre los hombros, se había colocado detrás de los dos amigos sin
que ellos lo advirtieran, y observaba el cuadro con ojos centelleantes.
Iniciaron un diálogo y el extraño dijo entonces con voz casi solemne:
—Es realmente un misterio: muchas veces se revela en el alma del artista
un cuadro cuyos personajes; antes incorpóreos, ignotos, como niebla que se
desliza por el espacio vacío, parecen cobrar vida precisamente en el alma del
artista y encontrar allí su hogar. Y de pronto, el cuadro adquiere una relación
con el pasado, o quizá también con el futuro y representa lo que realmente
sucedió o ha de suceder. Es posible que el mismo Kolbe no sepa que pintó
precisamente al dux Marino Falieri y a su esposa Annunziata en este cuadro.
El desconocido hizo silencio, pero los dos amigos lo acosaron para que
les revelara ese enigma, así como antes había recitado la respuesta al acertijo
del león adriático.
—Si tienen paciencia, señores curiosos —dijo entonces el desconocido—,
les contaré de inmediato la historia de Falieri y así sabrán lo que este cuadro
representa. Pero, ¿tendrán paciencia? Seré muy detallado, porque sólo así me
agrada hablar de cosas que aparecen vívidas ante mis ojos como si yo mismo
hubiese sido testigo de ellas. Pero bien podría ser ése el caso, porque todo
historiador —y yo soy uno ahora— es una especie de espectro parlante del
pasado.
Los dos amigos se dirigieron con el desconocido a una habitación
apartada, donde éste inició sin más su relato de la siguiente manera. Hace
mucho tiempo (si no me equivoco fue en el mes de agosto de 1354), el valiente
general genovés Paganino Doria, luego de derrotar a los venecianos, había
tomado por asalto la ciudad de Parenzo. Sus galeras bien tripuladas cruzaban
pues el golfo de Venecia como aves de rapiña hambrientas que van de un lado a
otro con inquieta voracidad, mientras acechan la presa que esperan capturar con
un golpe certero; y un pavor mortal se apoderó del pueblo y de la Signoria de
Venecia. Todos los hombres aptos tomaron las armas o los remos.
En el puerto de San Nicolo, comenzaron a congregarse los contingentes.
Se echaron árboles al agua, se hundieron barcos y se tendieron cadenas para
impedir el paso del enemigo. Mientras que allí resonaban con estrépito las
armas y las cargas que se arrojaban al mar caían produciendo un ruido
atronador, se veía en el Rialto a los agentes de la Signoria que secándose el
helado sudor de la frente pálida, ofrecían intereses cada vez más altos por el
dinero contante y sonante que por entonces también escaseaba en la república
amenazada. Pero los cielos eternos e inescrutables determinaron que en el
momento de máxima preocupación y penuria el hogar asediado perdiera a su fiel
pastor. Agobiado por el peso del infortunio falleció el dux Andrea Dandulo, a
quien el pueblo llamaba su querido condecito (il caro contino) porque siempre
había sido amable y piadoso y nunca había cruzado la Plaza de San Marcos sin
llevar dinero y buen consejo para quien necesitara lo uno o lo otro.
Suele suceder que aquel a quien agobia alguna desgracia siente cada
golpe que se le asesta, y que en otras circunstancias casi no habría percibido,
con doble intensidad. Así también, cuando las campanas de San Marcos anunciaron
con tañidos lúgubres y sombríos la muerte del condecito, el pueblo perdió todo
dominio y se dejó arrastrar por la desesperación y la pesadumbre. Había muerto
el apoyo, la esperanza; ahora tendrían que someterse al yugo de Génova: así se
oía gritar, aunque en realidad la muerte de Dandulo no era tan desastrosa en lo
que respecta a los operativos militares que debían llevarse a cabo en aquellos
momentos. Al buen condecito le gustaba la vida tranquila y pacífica; prefería
seguir el curso de los astros antes que los retorcidos laberintos de la razón y
la astucia del Estado; le gustaba más organizar la procesión para las
celebraciones de Pascua que conducir una guerra. Ahora pues había que elegir un
dux que dotado de un notable sentido de estratega y de una inteligente astucia
política rescatara a Venecia, sacudida en sus mismos cimientos, del peligro
amenazador de un adversario que había sido siempre más audaz.
Con este fin se reunieran los senadores, pero entre ellos no había sino
semblantes sombríos, miradas aterradas, cabezas inclinadas al suelo y hundidas
entre las manos. ¿Dónde encontrar a un hombre que pudiera tomar el timón sin
guía y manejarlo con mano firme? El más antiguo de los consejeros, Marino
Bodoeri, hizo oír finalmente su voz:
—Aquí, entre nosotros —dijo—, no lo van a encontrar. Pero vuelvan sus
miradas a Avignon, a Marino Falieri, a quien enviamos con nuestro mensaje de
felicitación para el Papa Inocencio en el momento de su asunción. El puede
hacer algo ahora, él si puede. Elijámoslo dux, para que acabe de una vez con
todas nuestras desgracias. Me dirán quizá que Marino Falieri tiene ya ochenta
años, que su cabello y su barba se han vuelto canosos, que su aspecto
despejado, su mirada ardiente, el brillo rojizo de su nariz y sus mejillas se
deben más bien al buen vino de Chipre que a su fuerza interior, como quieren
sus detractores; pero no los escuchen. Recuerden el coraje de que hizo gala
Marino Falieri como Proveditore de la flota en el Mar Negro; tengan en cuenta
cuáles pueden haber sido los méritos que movieron a los procuradores de San
Marcos a entregarle como feudo el rico condado de Valdemarino.
Así recalcó valientemente Bodoeri los méritos de Falieri y supo prevenir
cualquier objeción hasta que por fin todas las voces se aunaron para proclamar
a Falieri nuevo dux de Venecia. Muchos siguieron hablando durante un buen rato
acerca del carácter irascible y colérico de Falieri, de su ambición de mando,
de su voluntad arbitraria, pero entonces se les respondía:
—Justamente porque todo eso ya es cosa del pasado, es que elegimos al
viejo Falieri, y no al joven que fue.
Pero esas mismas críticas cesaron completamente cuando se dio a conocer
al pueblo la elección del nuevo dux, que estalló en gritos de júbilo desatado.
¿No es acaso sabido que en un momento de tanto peligro, de tantas agitaciones y
tensiones, toda decisión, si bien no es más que eso, aparece como una
inspiración celestial?
Así sucedió pues que el buen condecito, con toda su piedad y
mansedumbre, cayó inmediatamente en el olvido, y todos exclamaban: ¡Por San
Marcos! Este Marino tendría que haber sido desde hace tiempo nuestro dux;
entonces no. estaría ese arrogante Doria molestándonos a cada rato. Y los
soldados mutilados levantaban con dificultad sus brazos tullidos y exclamaban:
¡Ese es Falieri, el que derrotó a Morbassan; el valiente general cuyas banderas
victoriosas flamearon en el Mar Negro! Y allí donde el pueblo se congregaba,
siempre había quien hablara de las hazañas del viejo Falieri, y resonaban
gritos de júbilo por los aires como si Doria ya hubiese sido vencido.
A esto se sumó que Nicolo Pisan¡, sabrá Dios por qué, en lugar de venir
al encuentro de Doria habla seguido navegando tranquilamente con su flota hacia
Cerdeña y decidió por fin regresar. Doria salió del golfo para recibirlo, y lo
que en realidad fue consecuencia del acercamiento de la flota de Pisan¡, fue
considerado por los venecianos un nuevo efecto de la terrible fama de Marino
Falieri. Una especie de efusión fanática se apoderó entonces del pueblo y de la
Signoria85 respecto de la afortunada elección, y se decidió, para que todo
fuera extraordinario, recibir al flamante dux como a un enviado del cielo,
portador de gloria, de triunfos y de riquezas. La Signoria había enviado a doce
nobles con un numeroso séquito hasta Verona, donde los enviados de la República
volverían a manifestarle solemnemente a Falieri que había sido elegido jefe del
estado de Venecia.
Quince embarcaciones ricamente engalanadas, equipadas por el Podestá de
Chioggia y puestas a las órdenes de su propio hijo, Taddeo Giustiniani,
recibieron a continuación en Chiozza al dux con toda su comitiva, quien marchó
luego como el más poderoso y victorioso de los monarcas hacia San Clemente
donde lo aguardaba la Bucentoro. Justamente cuando Marino Falieri estaba por
ascender a la Bucentoro -el tres de octubre al atardecer, cuando el sol ya
empezaba a ocultarse- un hombre pobre y de aspecto miserable yacía sobre el
duro piso de mármol reclinado contra las columnas de la Dogana. Algunos harapos
de lienzo a rayas de color irreconocible, que parecían haber pertenecido al
uniforme de marinero que usan los estibadores y remeros más comunes, le cubrían
el cuerpo enjuto. No tenía más camisa que su piel, visible por todas partes;
pero era tan blanca y tersa que ni la persona más noble podría haberse
avergonzado si hubiese sido su propia piel.
Así también la delgadez de su cuerpo sólo permitía apreciar mejor las
perfectas proporciones de sus bien formados miembros. Y si finalmente se
miraban aquellos rizos castaños desgreñados que ensombrecían la hermosa frente,
los ojos azules sólo oscurecidos por su sufrimiento sin consuelo, la nariz
aguileña, la delicada forma de los labios de aquel joven que no parecía tener
más de veinte años, entonces se tenía la certeza de que algún destino adverso
había arrojado a aquel extraño de buena cuna al estado más miserable.
Como ya se ha dicho, el joven yacía apoyado contra las columnas de la
Dogana, y con la cabeza sobre el brazo derecho miraba fijamente y como sin ver
hacia el mar. Podría suponerse que la vida lo había abandonado y que la lucha
con la muerte lo había convertido en piedra adhiriéndolo a la columna, si de
vez en cuando no hubiera suspirado profundamente, tomó poseído por un dolor
inefable. Era el dolor del brazo izquierdo, que extendido sobre el piso de
piedra y envuelto en harapos manchados de sangre, parecía gravemente lastimado.
Todo estaba inmóvil y silencioso, incluso el estrépito de las fábricas; toda
Venecia se había volcado al mar en mil góndolas y barcos para salir al
encuentro del célebre Falieri. Y así pues aquel pobre joven estaba solo y nadie
lo ayudaba a calmar su dolor.
Pero cuando su cabeza extenuada caía sobre las frías piedras y estaba a
punto de perder el sentido, una voz ronca llamó varias veces seguidas, con tono
quejumbroso: ¡Antonio, mi pequeño Antonio!
Antonio se incorporó entonces a medias y al volver la cabeza hacia las
columnas de la Dogana, de donde parecía provenir la voz, dijo agotado, en tono
casi imperceptible:
—¿Quién me llama? ¿Quién viene a arrojar mi cadáver al mar? Porque
pronto estaré muerto.
Una vieja chiquita y decrépita se acercó entonces apoyándose en un
bastón, tosiendo y jadeando, hasta el muchacho herido, y al inclinarse a su
lado dejó escapar una risita repugnante.
—Criatura tonta —murmuró entonces la vieja—, ¿quieres morirte aquí?
¿Quieres morirte porque la dorada dicha se te escapa? Mira hacia allá; las
llamas que arden en el anochecer son señales para ti. Pero tienes que comer,
querido Antonio, comer y beber, porque es el hambre, nada más, el que te ha
tumbado aquí, sobre las piedras frías. El brazo ya está sano y curado.
En aquella viejecita reconoció Antonio a la extraña mendiga que solía
pedir limosna en las escalinatas de la iglesia franciscana, riéndose siempre
con una risita ronca, y a la que él mismo, llevado por un impulso inexplicable,
le había arrojado más de una vez algún quattrino ganado con sacrificio.
—¡Déjame en paz! —dijo—, ¡déjame tranquilo, vieja loca! Ya sé que es el
hambre, más que la herida, lo que me ha debilitado tanto y me hace sufrir. Hace
tres días que no gano ni un solo quattrino. Quería llegar hasta el convento
para que me dieran dos cucharadas, de la sopa de los enfermos, pero todos se
han ido y nadie hay que se apiade de mí y me lleve en su barca. Por eso estoy
aquí y ya nunca podré levantarme.
—Ji, ji —se reía la vieja—, ¿por qué desesperar enseguida?, ¿por qué
renunciar? Tienes sed, tienes hambre. Yo tengo un remedio para eso. Aquí hay
unos lindos pescaditos secos comprados hoy mismo en la Zecca, y limonada, y un
lindo pancito blanco. Come y bebe, hijito, y después veremos el brazo
lastimado.
Entretanto, la vieja había ido sacando pescados, pan y limonada de la
bolsa que llevaba colgada a la espalda como una capucha detrás de la cabeza
inclinada. No bien Antonio mojó sus labios ardientes y resecos con la bebida
fresca, el hambre se le despertó con redoblada intensidad, y se comió
vorazmente los pescaditos y el pan. Mientras tanto, la vieja le fue sacando los
trapos con que tenía vendado el brazo herido, comprobando que estaba realmente
muy golpeado, pero que la herida se cicatrizaba muy bien.
—Pero, ¿quién te ha golpeado de ese modo, hijito? —le preguntó la vieja
mientras le ponía un menjunje que sacaba de un frasquito y entibiaba con su
propio aliento. Antonio, recuperado ya y animado otra vez por el fuego de la
vida, se había sentado. Con ojos centelleantes y levantando el puño derecho
exclamó—: ¡Ah! ¡Nicoló, ese pillo! Quería dejarme tullido, me envidia por cada
miserable quattrino que me arroja alguna mano bondadosa. Tú sabes, vieja, que
me gano la vida penosamente, ayudando a llevar las cargas desde los barcos
hasta el almacén de los alemanes en el Fontego, seguramente conoces ese
edificio.
Cuando Antonio pronunció la palabra Fontego, la vieja empezó a reírse
con su risita repulsiva y siguió mascullando: Fontego.. Fontego... Fontego...
—¡Deja de reírte como una loca, vieja, si quieres que té cuente!
—exclamó Antonio rabioso. La vieja se calló enseguida, y Antonio continuó—: Con
algunos quattrinos que me había ganado, me compré un jubón nuevo. Realmente
tenía un aspecto gallardo, y me aceptaron tomó gondolero. Como estaba siempre
contento, trabajaba con ganas y me sabía algunas lindas canciones, de modo que
solía ganarme algún quattrino más que los otros. Pero entonces mis compañeros
empezaron a envidiarme; me denigraron ante mi patrón que terminó por echarme, y
a todas partes donde iba me gritaban: ¡Perro alemán! ¡Maldito hereje! Y hace
tres días, cuando estaba ayudando a amarrar una embarcación en San Sebastián90
me atacaron a golpes y pedradas. Me resistía muy bien, pero en un momento el
malvado Nicoló me pegó con un remo en la cabeza y en el brazo y me tiró al
suelo. Bueno vieja, ya no tengo más hambre gracias a ti, y siento que tu
maravilloso menjunje me hace muy bien. Mira, ya puedo mover el brazo. ¡Ahora
podré remar como antes!
Antonio se había puesto de pie y movía con ímpetu su brazo herido. Pero
entonces la vieja volvió a reírse, y saltando a su alrededor como si estuviera
bailando, le dijo:
—¡Hijito, hijito mío! ¡Rema con valor! ¡Con valor! ¡El viene! ¡Ya viene!
El oro brilla con llamas claras. ¡Rema con valor! ¡Rema con valor! Pero sólo
una vez más. ¡Una sola vez! ¡Después nunca más!
Antonio no prestaba atención a lo que hacía la vieja, porque contemplaba
absorto el maravilloso espectáculo que se desplegaba ante sus ojos. Desde San
Clemente venía navegando la Bucentoro con el león adriático en la bandera que
flameaba al viento; y al golpear el agua resonaban los remos como el aleteo de
un inmenso cisne dorado. Erguida su intrépida figura principesca, rodeado de
mil góndolas y barcas, parecía dirigir un ejército jubiloso que hubiera
levantado mil cabezas relucientes desde el fondo del mar. El sol del atardecer
proyectaba sobre Venecia sus rayos ardientes y todo parecía estar en llamas.
Pero mientras Antonio, que había olvidado todo su dolor, contemplaba extasiado
el espectáculo, la luz fue adquiriendo lentamente un color sangriento. Un sordo
zumbido cruzó los aires y resonó como un eco pavoroso desde las profundidades
del mar. La tormenta llegó rauda sobre las nubes negras y ocultó de pronto todo
aquello en una densa penumbra mientras en el mar rumoroso las olas se hacían
más y más grandes, semejantes a monstruos de espuma que silbaban y amenazaban
con devorarlo todo. Como aves desbandadas iban las góndolas y barcas a la
deriva.
La Bucentoro, incapaz de hacer frente a la tormenta con su fondo plano,
se tambaleaba de un lado a otro. En lugar del júbilo feliz de los clarines y
las trompetas se oían entre la tormenta los gritos de pánico de los hombres en
peligro. Antonio estaba como petrificado contemplando el espectáculo. Muy cerca
de él se oyó un ruido de cadenas; bajó la mirada: una pequeña canoa sujeta al
muro se balanceaba sobre las olas. Una idea se le cruzó por la mente como un
rayo. Saltó a la canoa, la desató, tomó el remo que estaba en su interior y
salió al mar remando con valor en dirección a la Bucentoro. Cuanto más se
acercaba tanto más claramente escuchaba los gritos de auxilio lanzados desde la
nave:
—¡Aquí, aquí! ¡Salven al dux!
Es sabido que las pequeñas canoas de los pescadores son justamente las
más seguras y las más fáciles de maniobrar en el golfo cuando hay tormenta; así
sucedió que de todas partes acudieron canoas para salvar al honorable dux
Marino Falieri.
Pero en la vida sucede siempre que Dios asigna el éxito de alguna
empresa arriesgada solamente a uno, de manera que todos los demás se esfuerzan
inútilmente por alcanzarlo. Y esta vez le había sido asignado al pobre Antonio
salvar al dux recientemente electo, de modo que sólo él consiguió llegar con su
pequeña canoa de pescador hasta la Bucentoro. El viejo Marino Falieri, que
conocía bien los peligros del mar, saltó sin pensarlo un instante desde la
lujosa pero traicionera Bucentoro a la pequeña canoa del pobre Antonio, que
deslizándose ligera como un delfín sobre las mudas olas lo depositó en pocos
minutos en la Plaza de San Marcos. Con los vestidos empapados y el agua que le
chorreaba por la barba gris fue conducido el viejo hasta la iglesia, donde la
nobleza terminó con semblantes desencajados la ceremonia de la entrada
triunfal.
Tan alterado como la Signoria por los accidentes de aquel momento, a los
que había que agregar además el hecho de que en el apuro y la confusión se hizo
pasar al dux por entre las dos columnas donde generalmente se decapitaba a los
delincuentes el pueblo enmudeció en medio de la alegría y el júbilo, y el día
que había comenzado como una fiesta terminó lúgubre y sombrío. Nadie parecía
acordarse del joven que había salvado al dux, y ni siquiera el mismo Antonio
pensaba en eso, sino que agotado y semidesvanecido por el dolor que le causaba
la herida reabierta, se había dejado caer contra las columnas del palacio
ducal. Por eso se sorprendió realmente cuando ya casi de noche un alabardero
del dux lo tomó de los hombros diciéndole: Ven conmigo, amigo, lo llevó al
palacio y lo introdujo en los salones del dux.
El viejo lo recibió afectuosamente y señalándole un par de bolsas que
estaban sobre la mesa le dijo: ¡Te has portado valientemente, muchacho! Toma
estos tres mil cequines. Si quieres más, dímelo, ¡pero haz el favor de no
dejarte ver nunca más ante mis ojos!
Al decir estas últimas palabras los ojos del viejo centellearon y la
punta de la nariz se le puso más roja. Antonio no comprendió lo que el viejo
pretendía pero no dejó que eso lo afectara y cargó como pudo las bolsas que
creía haberse ganado con todo derecho. Radiante en el esplendor del mando que
acababa de alcanzar, observaba el viejo Falieri a la mañana siguiente por una
de las ventanas ojivales del palacio al pueblo que se entretenía con toda clase
de ejercicios militares. En ese momento entró a la habitación Bodoeri, fiel
amigo del dux desde la juventud. Como éste, ensimismado y concentrado en su
majestad, parecía no advertir su presencia, Bodoeri golpeó las manos y exclamó
riendo en voz alta: ¡Eh, Falieri!, ¿qué sublimes ideas están incubándose y germinando
en tu cabeza desde que se ha asentado sobre ella el birrete ducal?
Como despertando de un sueño saludó Falieri al viejo con forzada
amabilidad. Sentía que después de todo era a Bodoeri a quien le debía aquel
birrete, y esa conversación parecía recordárselo. Y como cualquier compromiso
pesaba como una carga sobre su ánimo orgulloso y dominante, y no podía
despachar al consejero más antiguo y al amigo de siempre como había hecho con
el pobre Antonio, murmuró algunas palabras forzadas de agradecimiento y
enseguida empezó a hablar de las medidas que había que adoptar contra los
enemigos que se agitaban por todas partes.
—Eso y todo lo demás que el Estado exige de ti —lo interrumpió Bodoeri
con una sonrisa astuta—, lo estudiaremos dentro de un par de horas en una
reunión del Gran Consejo. No he venido tan temprano para lucubrar contigo la
manera de acabar con las osadías de Doria ni el modo de hacer entrar en razones
al húngaro Luis, que codicia nuevamente nuestras ciudades marítimas de
Dalmacia. No, Marino, pensaba solamente en ti, y particularmente en algo que no
podrías adivinar: en tu boda.
—¡Cómo se te ocurre pensar en eso! —le replicó el dux, levantándose
sumamente disgustado y mirando por la ventana de espaldas a Bodoeri—. Faltan
varios meses para el Día de la Ascensión. Creo que para entonces habremos
vencido ya al enemigo y obtenido victorias, honores, riquezas y un poderío
deslumbrante para el león adriático del mar. La prometida inmaculada tendrá un
digno esposo.
—¡Ah! —lo interrumpió Bodoeri con impaciencia—, ¡te refieres a la
extraña celebración del Día de la Ascensión, cuando arrojando a las aguas desde
la Bucentoro el anillo dorado desposarás a las aguas del Adriático! Pero
Marino, tú que conoces tan bien el mar, ¿no piensas acaso en otra prometida que
no sea el agua fría y traicionera que imaginas dominar y que ayer mismo se
levantó amenazadora contra ti? ¡Ah! ¡Cómo puedes querer descansar en los brazos
de una novia que caprichosa y desenfrenada se enfureció no bien le acariciaste
las heladas mejillas azules al deslizarte en la Bucentoro! ¿Alcanza acaso un
Vesubio en llamas para entibiar el pecho helado de una mujer falsa, siempre
traidora, que se desposa una y otra vez y no acepta los anillos como cara
prenda de amor; sino que arrastra y devora el tributo de sus esclavos ? ¡N¿
Marino! Yo pensaba que debías casarte con la criatura más hermosa de todo el
mundo.
—Deliras —murmuró Falieri sin moverse de la ventana—. Yo, un viejo de
ochenta años, agobiado de problemas y trabajo, que vivió soltero toda la vida y
que ya casi no es capaz de amar...
—¡Un momento! —exclamó Bodoeri—. No te difames tú mismo! ¿Acaso el
invierno más rudo y más frío no extiende anhelante sus brazos hacia la
encantadora diosa que lo atrae con las tibias brisas del este? Y cuándo la
estrecha contra su pecho entumecido, cuando una pasión tierna corre por sus
venas, ¿qué queda del hielo y de la nieve? Dices que tienes ochenta años; es
verdad, ¿pero acaso la vejez se mide por los años? ¿No tienes tan erguida tu
cabeza y caminas con pasos tan firmes como hace cuarenta años? ¿O sientes que
tu vigor ha disminuido, que tienes que usar una espada más pequeña, que te
cansas cuando corres, que apenas puedes subir jadeando las escalinatas del
palacio ducal?
—¡No, por todos los cielos! —lo interrumpió Falieri apartándose
violentamente de la ventana y dirigiéndose hacia su amigo—. ¡No siento nada de
eso!
—Entonces —continuó Bodoeri—, goza plenamente en la vejez de toda la
felicidad terrena que aún te está reservada. Convierte en dogaresa a la mujer
que he elegido para ti, y todas las mujeres de Venecia la venerarán como a las
más bella y a la más virtuosa, así como los venecianos respetan en ti a su
jefe, por tu valor, tu espíritu y tu fuerza.
Bodoeri comenzó entonces a pintarle la imagen de una mujer y supo
combinar tan hábilmente los colores más vivos que al viejo Falieri empezaron a
brillarle los ojos y todo su rostro fue adquiriendo un tono rojo subido,
mientras el viejo aguzaba los labios como saboreando un vasito tras otro del
ardiente vino de Siracusa.
—¡Ay! —dijo por fin con una sonrisa de satisfacción—, ¡qué encanto de
criatura es ésa de la que hablas? No estoy pensando sino en mi adorable
sobrinita —le replicó Bodoeri.
—¿Cómo? —lo interrumpió el dux—. ¿Tu sobrina? Si cuando yo era Podestá
de Treviso ella se casó con Bertucio Nenolo.
—¡Ah! —continuó entonces Bodoeri—. Tú estás pensando en mi sobrina
Francesca, y yo en su hijita. Sabes que la guerra atrajo al mar al salvaje y
huraño Nenolo. Agobiada por el dolor y la pesadumbre, Francesca se encerró en
un convento romano y entonces yo me hice cargo de la pequeña Annunziata, a la
que crié en total aislamiento en mi villa de Treviso.
—¡¿Qué?! —volvió a interrumpirlo Falieri con impaciencia—. ¿Que me case
yo con la hija de tu sobrina? ¿Cuánto hace que se casó Nenolo? Annunziata debe
ser una criatura de no más de diez años. Cuando yo pasé a ser Podestá de
Treviso ni se pensaba en la boda de Nenolo, y de eso han pasado...
—Veinticinco años —lo interrumpió sonriendo Bodoeri—. ¡Ay! ¡Qué rápido
se te debe haber pasado este tiempo para que te equivoques así! Annunziata es
una muchacha de diecinueve años, hermosa como la luz del sol, virtuosa,
humilde; no sabe nada del amor porque casi nunca ha visto a un hombre. Te
seguirá con un amor infantil y sumiso, sin condiciones.
—¡Quiero verla, quiero verla! —exclamó el dux imaginando otra vez a la
bella Annunziata que le había pintado Bodoeri.
Ese mismo día fue satisfecho su deseo; porque apenas había retornado el
dux a sus aposentos tras la reunión en el Senado, el astuto Bodoeri, que tenía
sus buenas razones para querer que su sobrina se convirtiera en dogaresa, le
llevó al viejo dux la encantadora Annunziata con el mayor sigilo. Cuando el
viejo Falieri vio a la angelical criatura se sintió tan turbado ante el milagro
de tanta belleza que apenas pudo murmurar algunas palabras casi ininteligibles
para pedirle que fuera su esposa. Annunziata, enterada ya por Bodoeri, se
arrodilló tímidamente, ruborizada ante el principesco anciano. Tomó la mano del
dux, la apretó contra sus labios y susurró: ¡Oh, señor! ¿Me concederá usted el
honor de sentarme a su lado, en el trono ducal? Yo prometo respetarlo desde lo
más hondo de mi alma y seré su esclava fiel hasta la muerte.
El viejo Falieri estaba extasiado; era tanto su gozo que no podía
dominarse. Cuando Annunziata le tomó la mano sintió un estremecimiento en todos
los miembros y luego comenzó a temblarle la cabeza y después todo el cuerpo, de
modo que tuvo que sentarse rápidamente en el inmenso sillón. Parecía que el
optimismo de Bodoeri sobre la vigorosa vejez del octogenario estaba a punto de
ser desmentido. Bodoeri, claro está, no pudo evitar que una extraña sonrisa
contrajera sus labios. La inocente y cándida Annunziata no se dio cuenta de
nada y por suerte no había nadie más en la habitación. Quizá porque el viejo
Falieri, al pensar en presentarse ante él pueblo como prometido de una muchacha
de diecinueve años, sentía lo incómodo de esa situación, o porque creía que no
era conveniente incitar de esa manera a los venecianos, ya de por sí de
espíritu burlón, y que seria mejor ocultar absolutamente su situación de
prometido de la bella Annunziata, decidió, con la conformidad de Bodoeri, que
la, boda se efectuara en el mayor secreto, y que algunos días después la
dogaresa fuera presentada a la Signoria y al pueblo como la esposa del dux,
llegada recientemente de Treviso, donde había permanecido durante la misión de
Falieri en Avignon.
Dirijamos ahora nuestros ojos hacia aquel joven gallardo, pulcramente
vestido, que con una bolsa de cequines en la mano va de un lado a otro por el
Rialto, habla con judíos, con turcos, armenios y griegos, aparta luego su
frente ensombrecida, sigue caminando, se detiene, se da vuelta y finalmente se
hace llevar en góndola hasta la Plaza de San Marcos, donde comienza a caminar
sin rumbo, con paso incierto y vacilante, los brazos cruzados, la mirada
clavada en el suelo, sin darse cuenta, sin intuir que algunos murmullos, alguna
ligera tosecilla que proviene de esta ventana o de aquella, de uno que otro
balcón ricamente engalanado, son señales de amor que le están dirigidas. ¡Quién
podría reconocer a primera vista en ese joven al Antonio que pocos días antes yacía
en harapos sobre el piso de mármol de la Dogana!
—¡Hijito, mi hijito adorado, Antonio! ¡Buenos días, buenos días!
Así lo llamó la vieja mendiga que estaba sentada en uno de los escalones
de la catedral de San Marcos, y a la que Antonio no había visto. No bien la
oyó, se dio vuelta instantáneamente, metió la mano en la bolsa y sacó un puñado
de cequines para ella.
—¡Oh, guárdate eso! —chilló la vieja sin dejar de reírse—. ¿De qué me
sirve a mí tu oro? ¿Acaso no tengo todas las riquezas? Pero si quieres hacer
algo por mí, cómprame una caperuza nueva, porque la que tengo ya no me protege
contra el viento y el mal tiempo. ¡Sí, sí, hazlo, hijito mío, mi hijito
adorado! Pero no te acerques al Fontego, al Fontego.
Antonio se había quedado con la mirada fija en la cara amarillenta y
demacrada de la vieja, en la que profundas arrugas se contraían de un modo
extraño y siniestro; y cuando comenzó a aplaudir con las manos huesudas y
arrugadas y a chillar con una tosecita quejumbrosa y esa risita repugnante,
repitiendo:
—No te acerques al Fontego —Antonio le gritó—: ¿No puedes dejar de
portarte como una loca, vieja bruja?
Apenas pronunciada esta palabra la vieja rodó escaleras abajo como
tocada por un rayo. Antonio corrió hasta ella, la sujetó con ambas manos y
evitó el golpe.
—¡Oh, hijito mío! —se lamentó entonces la vieja en voz baja y
quejumbrosa—. Hijito, qué palabra espantosa has pronunciado! Prefiero que me
mates antes que oírte repetir una sola vez más esa palabra! ¡Ay, no te imaginas
cómo me has lastimado! ¡A mí, que te llevo tan hondo en mi corazón! ¡Ay, no te
lo imaginas!
La vieja se calló de repente, se tapó la cabeza con el pañuelo marrón
oscuro que le colgaba sobre los hombros como una capa cortita, y empezó a
sollozar con un dolor sin consuelo. Antonio se sintió extrañamente conmovido,
tomó a la vieja del brazo y la llevó hacia arriba, al portal de la basílica de
San Marcos, y allí la sentó en un banco de mármol.
—Me ayudaste mucho, vieja —comenzó a decirle sacándole el trapo de la
cabeza—. A ti tengo que agradecerte en realidad mi buena fortuna, porque si no
me hubieras ayudado cuando estaba a punto de morirme, hace rato que estaría ya
en el fondo del mar; no habría salvado-al viejo dux y no tendría tampoco estos
lindos cequines. Pero aunque no hubiese sido así, siento que de todas maneras
hay algo muy especial que me atrae hacia ti con todo mi ser, a pesar de que
muchas veces me espantas cuando te portas como una loca y te ríes con esa
risita horrible. Y cuando me ganaba la vida como estibador o remero, sentía que
tenía que trabajar más para poder darte un par de quattrinos.
—¡Oh, hijito de mi corazón, mi Tonino! —exclamó la vieja levantando sus
brazos arrugados de manera que se cayó el bastón ruidosamente y rodó lejos por
el piso de mármol—. ¡Oh mi Tonino! Yo sé bien, sé bien que hagas lo que hagas
siempre estarás pendiente de mí con toda tu alma porque... pero silencio,
silencio, silencio... —La vieja se agachó con dificultad para recuperar su
bastón; Antonio lo levantó y se lo alcanzó—. Dime hijito —le dijo entonces la
vieja con la barbilla puntiaguda apoyada en el bastón y la mirada fija en el
suelo—. ¿No te acuerdas para nada de otros tiempos?, ¿de cómo vivías antes de
que tuvieras que ganarte la vida como un pobre hombre?
¡Ay, madrecita! Demasiado bien sé que pertenezco a una familia que vivía
en buena posición; pero quiénes eran mis padres, cómo llegué a separarme de
ellos, de eso no. tengo la menor idea. Recuerdo muy bien a un hombre grande,
apuesto, que a menudo me tomaba en brazos, me besaba y me daba algún dulce.
También me acuerdo de una mujer afectuosa y bonita que me vestía y me
desvestía, me acostaba cada noche en una camita blanda y con la que me llevaba
muy bien. Los dos me hablaban en una lengua extraña y melodiosa y yo mismo
balbuceaba alguna que otra palabra en esa lengua. Cuando remaba, mis
compañeros, que no me querían, solían decirme que yo debía ser de origen
alemán, por mi pelo, mis ojos y todo mi aspecto. Yo también lo creo.
El idioma que hablaban aquel hombre y aquella mujer —el hombre era mi
padre, estoy seguro— ese idioma era el alemán. El recuerdo más vívido de
aquellos tiempos es la terrible imagen de una noche, cuando un grito espantoso
me despertó de un profundo sueño. La gente corría por la casa, las puertas se
abrían y cerraban con furia; tuve mucho miedo y empecé a llorar a gritos.
Entonces entró precipitadamente al cuarto la mujer que me cuidaba, me arrancó
de la cama, me tapó la boca, me envolvió con algunas mantas y salió corriendo
conmigo en brazos. A partir de ese momento no recuerdo nada hasta que luego
vuelvo a encontrarme en una casa lujosa ubicada en un barrio muy elegante. Se
me aparece la imagen de un hombre (al que llamo padre) gallardo, de aspecto
noble y bondadoso. Tanto él como todos los de la casa hablaban en italiano.
Durante varias semanas dejé de ver a ese señor, y un buen día invadió la
casa gente extraña, de aspecto desagradable; hicieron mucho escándalo y
pusieron todo patas arriba. Cuando me vieron preguntaron quién era yo y qué
hacia allí. Soy Antonio, el hijo del dueño de casa, les dije; se me rieron en
la cara, me arrancaron la ropa y me arrojaron de la casa amenazándome con que
me sacarían a golpes si me atrevía a volver por allí. Me fui llorando. A unos
cien metros de la casa me salió al encuentro un hombre anciano que había sido
sirviente de mi padre adoptivo. Antonio, ven, me dijo tomándome de la mano.
Para nosotros dos esa casa siempre estará cerrada. Tendremos que ver dónde nos
ganaremos un pedazo de pan.
El viejo me trajo aquí. No era tan pobre como parecía por su ropa
andrajosa. Apenas llegado vi cómo sacaba dinero de su jubón descosido y andando
de un lado a otro por el Rialto durante todo el día hacía a veces de mediador y
otras de comerciante. Yo tenía que seguirlo constantemente y cuando hacía un
negocio siempre pedía además alguna cosita vara el figliuolo Todo aquel a quien
yo miraba a los ojos con verdadero descaro sacaba todavía gustoso algunos
quattrinos que él guardaba con visible placer, asegurando, mientras me
acariciaba las mejillas, que estaba ahorrando para comprarme un nuevo jubón. Yo
me sentía a gusto con el viejo, al que no sé por qué la gente llamaba papá
Blaunas. Pero eso no duró mucho tiempo.
Recuerdas aquella época de pánico, cuando un buen día empezó a temblar
la tierra y las torres y palacios vacilaron en sus cimientos, y las campanas
empezaron a sonar como batidas por los brazos de gigantes invisibles? Sólo han
pasado siete años. Afortunadamente el viejo y yo nos salvamos. La casa donde
estábamos se derrumbó al salir nosotros y quedó convertida en escombros. En el
Rialto todo estaba como muerto. Pero este suceso terrible sólo anunciaba la
llegada de otro monstruo que al poco tiempo empezó a exhalar su aliento
venenoso sobre la ciudad y el campo. Se sabía que la peste, llevada primero del
Levante a Sicilia, ya estaba causando estragos en Toscana. Hasta ese momento,
Venecia se había librado de ella. Un día papá Blaunas estaba tratando con un armenio
en el Rialto. Se pusieron de acuerdo y se estrecharon las manos. Papá Blaunas
le había vendido algunas mercancías a buen precio y ahora le pedía, como
siempre, alguna pequeñez para el figliuolo.
El armenio, un hombre grande y robusto, de espesa barba rizada —todavía
lo estoy viendo— me miró fijamente, me besó y me puso un par de cequines en la
mano, que yo guardé apresuradamente. Fuimos en góndola hasta San Marcos. En el
trayecto papá Blaunas me pidió los cequines, yo no sé por qué se me ocurrió
decirle que tenía que guardármelos yo mismo, porque eso era lo que el armenio
había querido. El viejo se enojó, pero mientras peleaba conmigo observé que su
rostro, mientras decía toda clase de cosas sin sentido, iba tomando una
repulsiva tonalidad amarillenta. Cuando llegamos a la plaza empezó a
tambalearse como un borracho hasta que cayó muerto junto al palacio ducal. Con
un grito de espanto me arrojé sobre el cadáver. La gente se iba amontonando
pero no bien se oyó un grito aterrador: ¡La peste, la peste!, todos se
dispersaron despavoridos. En ese momento la cabeza empezó a darme vueltas y
perdí el sentido.
Cuando me desperté estaba en una habitación grande, sobre un pequeño
colchón tapado con un trapo de lana. A mi alrededor había unos veinte o treinta
cuerpos miserables y pálidos sobre colchones iguales. Según supe más tarde,
unos monjes que salían en aquel momento de la basílica de San Marcos se
apiadaron de mí y viendo que todavía estaba vivo me metieron en una góndola y
me hicieron llevar hasta la Giudecca, al convento de San Giorgio Maggiore,
donde los benedictinos habían montado un hospital. ¡Cómo podría describirte el
instante en que me desperté! La violencia de la enfermedad había borrado en mí
todo recuerdo del pasado. Como si una chispa de vida se hubiera introducido de
repente en una estatua inmóvil, muerta, así, del mismo modo, mi existencia se me
antojaba momentánea y desvinculada de todo. Puedes imaginarte qué dolor, qué
desconsuelo me provocaba esa vida, que no era más que una conciencia meciéndose
sin apoyo en el vacío. Los monjes sólo pudieron decirme que me habían
encontrado junto a papá Blaunas, que todos suponían que era mi padre. Poco a
poco mi memoria fue concentrándose y así conseguí recordar algo de mi vida
anterior, pero lo que te he contado, vieja, es todo lo que sé, y no son más que
imágenes sueltas, ¡Ay! Esta soledad absoluta y sin consuelo no me deja
disfrutar ninguna alegría.
Tonino, mi querido Tonino, le dijo la vieja, conténtate con lo que te
brinda el presente luminoso.
Espera, vieja, todavía hay algo más que me acosa sin pausa, que tarde o
temprano va a terminar conmigo y de lo que no puedo librarme. Un anhelo
indescriptible, una nostalgia que me destroza por dentro, un deseo de algo que
no sé qué es, que ni siquiera puedo imaginar, se ha apoderado de todo mi ser
desde que recobré la vida en el hospital. Cuando era pobre .y me acostaba de
noche a dormir en algún sitio duro, agotado por el trabajo penoso, entonces
llegaba el sueño y refrescando mi frente afiebrada con un suave susurro
derramaba en mi interior toda la felicidad de algún momento dichoso. Ahora
duermo sobre almohadas blandas y no me agota ningún trabajo, pero cuando
despierto de un sueño o cuando en la vigilia se apodera de mí la conciencia de
aquel instante, siento que mi pobre existencia solitaria sigue siendo igual una
carga agobiante de la que quisiera desprenderme. Todo intento por recordar, por
profundizar, es inútil; no puedo llegar a saber qué cosa maravillosa sucedió
antes en mi vida, cuyas resonancias oscuras y ¡ay! indescifrables me colman de
un placer tan intenso. Pero ¿no se convierte acaso esa felicidad en el dolor
más vivo que me tortura hasta matarme cuando tengo que aceptar que he perdido
toda esperanza de volver a encontrar o incluso a buscar aquel Edén? ¿Hay acaso
huellas de lo que ha desaparecido sin dejar huellas?
Antonio hizo silencio y suspiró profundamente. Durante todo el relato la
vieja, arrastrada por el sufrimiento de Antonio, había ido repitiendo, como un
espejo, todos los gestos que en el joven suscitaba el dolor.
Tonino, comenzó a decirle entonces con voz quejumbrosa, mi querido
Tonino, ¿acaso vas a desesperar porque no puedes recordar algo maravilloso que
sucedió en tu vida? ¡Niño tonto, tonto, presta atención. ¡Ji, ji, ji!
La vieja empezó a reír con su risita repulsiva y a saltar sobre el piso
de mármol. Pasaron algunas personas. La vieja se agachó y le arrojaron
limosnas.
Antonio, Antonio, ¡llévame hasta el mar! Así chillaba la vieja. Y
Antonio, sin saber cómo, casi involuntariamente, tomó a la vieja del brazo y se
la llevó cruzando lentamente la Plaza de San Marcos. Mientras iba caminando la
vieja murmuró en voz baja y tono solemne: Antonio, ¿ves las oscuras manchas de
sangre en el suelo?, pero de la sangre brotan rosas, rosas para la corona —para
ti y tu pequeña amada—. ¡Oh, Señor de la vida! ¿Qué ángel delicioso de luz es
aquel que se acerca a ti sonriendo con tanta gracia, con un brillo de
estrellas? Los brazos blancos como azucenas se abren para abrazarte. ¡Oh,
Antonio! ¡Criatura dichosa!, ¡sé valiente, sé valiente y cortarás los mirtos
para la novia, para la viuda virgen en el dulce ocaso! ¡Ji, ji, ji! Mirtos
cortados al anochecer, recién a medianoche florecerán. ¿Oyes acaso el susurro
del viento nocturno? ¿El murmullo nostálgico y lastimero del mar? Rema con
valor, mi hábil barquero. ¡Rema con valor!
Antonio se sintió estremecido por un hondo pavor al escuchar las
misteriosas palabras que la vieja mascullaba con una voz extraña, riéndose
siempre con aquella risita.
Habían llegado a la columna del león adriático. La vieja quería seguir
más adelante, siempre mascullando palabras indescifrables, pero Antonio,
mortificado por el comportamiento de la vieja y porque los paseantes lo
miraban, sorprendidos ante aquella mujer, se detuvo y le dijo en un tono rudo:
¡Aquí, en este escalón te vas a sentar, y déjate de decir tantas cosas, que vas
a terminar por volverme loco! Es cierto que viste mis cequines en las imágenes
llameantes de las nubes, pero justamente por eso, ¿qué es lo que decías de
ángeles de la luz, prometida, viuda virgen, rosas y mirtos? ¿Quieres
trastornarme y que algún impulso enloquecido me arrastre al abismo? Tendrás tu
caperuza nueva, y pan, y cequines, todo lo que quieras, pero; déjame en paz!
Antonio quería irse rápido pero la vieja lo sujetó de la capa y gritó
con voz aguda:
¡Tonino, mi Tonino! ¿Mírame aunque sea una vez! Si no, me iré hasta el
borde de la plaza y me arrojaré sin consuelo al mar —Para no atraer todavía más
miradas sobre su persona, Antonio se quedó realmente quieto—. Tonino, siguió
diciendo la vieja, siéntate a mi lado. Esto me oprime al corazón; tengo que
decírtelo. Siéntate a mi lado, por favor.
Antonio se sentó en un escalón de espaldas a la vieja y sacó su libro de
cuentas, cuyas páginas blancas testimoniaban el fervor con que llevaba sus
negocios en el Rialto.
Tonino, empezó a murmurar la vieja, cuando miras mi cara arrugada, ¿no
brilla en tu alma alguna lejana intuición de que pudieras haberme conocido”
hace mucho, mucho tiempo?
—Ya te he dicho que hay algo que inexplicablemente me atrae hacia ti —le
respondió Antonio, también en voz baja y sin darse vuelta—, pero no es tu cara
fea y arrugada. Cuando miro tus extraños ojos oscuros y brillantes, tu nariz
puntiaguda, tus labios azules, tu barbilla en punta, tu pelo gris y revuelto, y
cuando oigo tu risita repugnante, tus palabras confusas, ¡ay!, entonces querría
apartarme de ti con horror; y estoy por creer que utilizas medios diabólicos
para retenerme así a tu lado.
—¡Oh, Señor de los cielos! —gimió la vieja dolorosamente—, ¿Qué espíritu
infernal te habrá metido esas ideas espantosas en la cabeza? ¡Oh Tonino, mi
dulce Tonino! La mujer que te cuidaba con tanta ternura cuando eras pequeñito y
que aquella noche pavorosa te salvó de morir, sí, aquella mujer era yo.
Antonio se dio vuelta de repente, sorprendido por estas palabras, pero
al ver la cara espantosa de la vieja gritó enfurecido: ¿Crees que vas a
confundirme así, vieja maldita? Las pocas imágenes que me han quedado de mi
infancia son vívidas y frescas. Aquella bondadosa señora que me cuidaba, ¡oh!,
la tengo vivamente ante mis ojos. Tenía un rostro ovalado, de frescos colores,
ojos de mirada tierna, cabello castaño oscuro, muy hermoso, manos delicadas, no
debía tener más de treinta años. Y tú eres una viejita de noventa.
—¡Oh, por todos los santos! —sollozó la vieja—. ¿Cómo podré hacer que mi
Tonino crea en mí, en su fiel Margareta!
—¿Margareta? —murmuró Antonio—. El nombre suena en mis oídos como una
música lejana y olvidada. ¡Pero no es posible, no es posible!
—Aquel hombre grande y apuesto —continuó la vieja más calmada, con la
mirada baja y haciendo dibujitos en el suelo con el bastón—, aquel hombre que
te llevaba en brazos, que te besaba y te ponía algún dulce en la boca, era
realmente tu padre, Tonino. Y el idioma melodioso que hablábamos, tienes razón,
era el alemán. Tu padre era un rico y afamado comerciante de Augsburgo. Su
bella esposa murió cuando tú naciste. Entonces él se marchó a Venecia porque no
soportaba vivir donde estaba enterrada tu madre, y me trajo a mí consigo, que
era tu nodriza. Aquella noche espantosa tu padre murió, víctima de un halo
nefasto que también a ti te amenazaba. Conseguí salvarte y te adoptó un noble
veneciano. Como yo no tenía ningún recurso tuve que quedarme en Venecia. Desde
mi infancia mi padre, un cirujano de quien se decía que practicaba también
ciencias ocultas, me hizo conocer todos los misteriosos poderes salvíficos de
la naturaleza. Andando por bosques y praderas aprendí a distinguir algunas
hierbas curativas, algunos musgos insignificantes que había que cortar a horas
determinadas, y también aprendí a mezclar la savia de distintas plantas.
Pero a estos conocimientos se unía una disposición particular que me
había otorgado el cielo con intención inescrutable. Como en un opaco espejo
lejano, puedo ver muchas veces cosas que van a suceder, y una fuerza
desconocida que no puedo resistir me obliga entonces a expresar frecuentemente
de manera involuntaria y con palabras que a mí misma me resultan
incomprensibles, aquellas cosas que veo. Al quedar sola en Venecia, sin ninguna
ayuda, pensé ganarme la vida con aquellas artes. Curaba en poco tiempo los
males más peligrosos. A ello se sumaba que mi presencia actuaba favorablemente
sobre los enfermos, y muchas veces la caricia de mi mano aliviaba el dolor en
pocos instantes. Mi fama se difundió pues rápidamente por toda la ciudad y me
procuró así no poco dinero. Esto despertó la envidia de los médicos, los
ciarlatani que venden sus pastillas y esencias en la plaza de San Marcos, en el
Rialto, en la Zecca, y que envenenan a los enfermos en lugar de curarlos.
Difundieron el rumor de que yo había hecho un pacto con el mismo Satanás
y encontraron eco en el pueblo supersticioso. Al poco tiempo fui detenida y
llevada ante el tribunal eclesiástico. ¡Oh, mi Tonino! ¡Con qué espantosas
torturas procuraron arrancarme la confesión de aquel terrible pacto! Pero yo no
cedí. Mis cabellos se pusieron blancos, mi cuerpo se arrugó como el de una
momia; los pies y las manos me quedaron tullidas. Pero la tortura más horrible,
la más ingeniosa y diabólica todavía no había llegado, y fue ésa la que me
arrancó por fin una confesión que todavía hoy me hace estremecer. Me condenaron
a morir en la hoguera, pero cuando el terremoto sacudió los cimientos de los
palacios y los de la inmensa prisión, las puertas de la cárcel subterránea donde
yo estaba encerrada se abrieron por sí solas y yo salí de allí casi sin fuerzas
para caminar, como de una profunda tumba, entre ruinas y escombros. ¡Ay,
Tonino! Dijiste que yo era una viejita de noventa años, pero apenas he pasado
los cincuenta.
Este cuerpo demacrado y huesudo, esta cara deforme, este pelo blanco,
estos pies tullidos, no son el resultado de los años sino de las torturas
indescriptibles que en pocos meses transformaron a la mujer saludable en un
verdadero monstruo. Y esta risita repulsiva me la provocó la última tortura
-¡ay, cuando me acuerdo se me ponen los pelos de punta y todo mi ser se
inflama, como encerrado dentro de una coraza ardiente-, y desde entonces me
asalta como una convulsión que no puedo dominar. No te espantes más de mi,
Tonino! ¡Ay!, tu corazón te lo dijo: cuando eras niño dormías sobre mi
pecho."
—Mujer —dijo Antonio con voz queda, un poco atribulado—, siento que debo
creerte. Pero ¿quién era mi padre?, ¿cómo se llamaba?, ¿a qué destino tremendo
sucumbió aquella espantosa noche? ¿Quién fue el que se hizo cargo de mí?, ¿y
qué sucedió en mi vida, que aún ahora domina todo mi ser sin que pueda
evitarlo, como el hechizo de un mundo extraño y desconocido, en el que todos
mis pensamientos se pierden como en un tembloroso mar nocturno? ¡Todo eso
tendrás que decírmelo, mujer misteriosa, y entonces voy a creerte!
—Tonino —le respondió suspirando la vieja—, es por tu bien que debo
callar; pero pronto, pronto será el momento. El Fontego... el Fontego... no te
acerques al Fontego!
—¡Oh! —exclamó Antonio furioso—. Tus oscuras palabras ya no me podrán
retener con artes perversas. Estoy destrozado, tienes que hablar.
—¡Espera! —lo interrumpió la vieja—. No me amenaces, ¿acaso no soy tu
nodriza fiel, tu protectora? —Pero sin esperar a oír lo que la vieja quería
decirle, Antonio se levantó y salió corriendo. De lejos todavía le gritó:
¡Tendrás tu caperuza nueva, y también todos los cequines que quieras!
Constituía realmente un curioso espectáculo ver al viejo Marino Falieri
con su joven esposa, él, fuerte y robusto, sí, pero de barba blanca, el rostro
rojizo lleno de arrugas, la cabeza dificultosamente erguida y un andar
patético; ella, la gracia en persona: piadosa ternura de ángel en un rostro de
belleza celestial, un hechizo irresistible en la nostálgica mirada, nobleza y
dignidad en la frente amplia y despejada, blanca como las azucenas y rodeada de
oscuros rizos; una sonrisa dulce volaba de las mejillas a los labios mientras
la cabecita se inclinaba en actitud de deliciosa humildad y su cuerpo delgado y
esbelto, como flotando, se movía con agilidad: la imagen divina de una mujer de
otro mundo. Bueno, seguramente conocen ustedes esas imágenes angelicales que
tan bien supieron pintar los antiguos maestros. Así era Annunziata. ¿Podía
evitarse acaso que todo aquel que la viera quedara extasiado, y todos los
jóvenes ardientes de la Signoria se inflamaran de amor por ella, y mirando
burlonamente al viejo juraran en lo más hondo de sus corazones convertirse a
cualquier precio en un Marte para aquel volcán?
Annunziata se vio muy pronto rodeada de adoradores cuyas palabras
lisonjeras escuchaba silenciosa y amable sin que se cruzara por su mente ningún
mal pensamiento. Su alma pura y angelical no había concebido su relación con el
viejo dux sino en el sentido de obedecer y respetar a su señor con la fidelidad
incondicional de una esclava sumisa. Él era bueno con ella, tierno incluso; la
abrazaba contra su pecho helado, la llamaba su amorcito, le hacia los regalos
más costosos; ¿qué otra cosa podía desear? ¿qué otros derechos podía tener
sobre él? Por esa razón no podía abrigar ella la idea de que fuese posible
engañar al viejo. Todo lo que quedaba fuera del limitado círculo de aquella
relación, era un mundo extraño cuyos prohibidos limites estaban perdidos en una
oscura bruma, invisibles, insospechados para la ingenua criatura. Por eso
fracasaban todos los intentos. Pero a ninguno le quemaba tanto el amoroso fuego
como a Michaele Steno.
A pesar de su extremada juventud, ocupaba un puesto importante en el
Consejo de los Cuarenta. Por eso y por su aspecto gallardo, Michaele Steno
estaba seguro de la victoria. No le tenía miedo al viejo Falieri, que después
de su casamiento pareció haber renunciado totalmente a aquellos bruscos
arranques coléricos y a su salvajismo rudo e indomable. Se sentaba junto a la
bella Annunziata, acicalado y adornado con los más suntuosos vestidos,
sonriendo satisfecho y con una mirada bonachona en sus ojos grises, de los que
de cuando en cuando se escapaba alguna lagrimita y desafiaba a que alguien
pudiera preciarse de tener una esposa como la suya. En lugar de aquel tono
despótico con que solía hablar a todo el mundo, balbuceaba ahora casi sin mover
los labios, les decía a todos querido y aceptaba la más absurdas solicitudes.
¡Quién habría podido reconocer en este viejo reblandecido y enamorado al
Falieri que en Treviso abofeteó al obispo en persona durante la fiesta de
Corpus, en un arrebato de cólera!, ¡o al general que derrotó al valiente
Morbassan! Esta creciente debilidad impulsó a Michaele Steno a acometer las
empresas más descabelladas. Annunziata no podía comprender lo que Michaele
quería de ella, persiguiéndola constantemente con palabras y miradas. Ella
seguía mostrándose serena y afectuosa, y era eso justa mente, esa desesperanza
que emanaba de aquella criatura cándida, reposada, lo que lo llevaba a la
desesperación. Apeló a medios perversos. Consiguió enamorar a la doncellita de
más confianza de Annunziata, la que finalmente le concedió visitas nocturnas.
Así creyó tener abierto el camino a la habitación no profanada de Annunziata,
pero el eterno poder de les cielos quiso que esa maldad astuta recayera sobre
la cabeza de su malvado autor.
Sucedió que una noche el dux, que acababa de recibir la mala nueva de la
derrota que Nicoló Pisani96 había sufrido contra las fuerzas de Doria, recorría
insomne las galerías del palacio ducal, sumido en profunda preocupación.
Percibió entonces una sombra que pareció salir de las habitaciones de
Annunziata y se deslizaba sigilosamente hacia las escaleras. Rápido corrió
detrás: era Michaele Steno, que venía de ver a su enamorada. Una espantosa idea
cruzó por la mente de Falieri, que gritando ¡Annunziata!, se precipitó sobre
Steno con el puñal en la mano. Pero Steno, más fuerte y ágil que el viejo, lo
esquivó y derribó con un certero golpe y bajó las escaleras gritando entre
risas: ¡Annunziata, Annunziata! El viejo se levantó y se dirigió a las
habitaciones de Annunziata con el corazón desgarrado por todos los tormentos
del infierno. Todo estaba tranquilo, silencioso como una tumba. Llamó a la
puerta; le abrió una doncella extraña; no la que acostumbraba dormir junto al
cuarto de Annunziata.
¿Qué desea mi señor a estas horas?, preguntó con voz tranquila y
angelical Annunziata, que entretanto se había puesto una bata y salía de su
cuarto. El viejo la miró fijamente, después levantó los brazos y exclamó: ¡No,
no es posible!
¿Qué no es posible, señor?, le preguntó Annunziata, turbada por el tono
solemne y sombrío del viejo. Pero Falieri, sin responderle, se volvió a la
doncella: ¿Por qué estás tú aquí y no Luigia, como siempre?
¡Ah!, le replicó la pequeña. Luigia quería a toda costa cambiar esta
noche su puesto conmigo; está durmiendo en la antecámara, junto a la escalera.
¿Junto a la escalera?, exclamó Falieri con alegría, y se dirigió
rápidamente hacia allí. Ante los insistentes golpes Luigia abrió la puerta y al
ver el semblante furibundo y los ojos centelleantes de su señor cayó ante él de
rodillas y reconoció su delito, del que no dejaban duda alguna un par de
delicados guantes de hombre que habían quedado sobre la silla y cuyo perfume
delataba a su elegante dueño.
Furioso ante la desfachatez inaudita de Steno, el dux le prohibió a la
mañana siguiente que volviera a pisar el palacio ducal, so pena de ser
desterrado de la ciudad, y también que se acercara de cualquier modo a él o a
la dogaresa. Micha ele Steno estaba rabioso por el fracaso de su bien concebido
plan, y por la vergüenza de aquella proscripción que le impedía acercarse a su
ídolo. Al ver ahora de lejos a la dogaresa que conversaba tierna y amable
—porque ella era así— con otros jóvenes de la Signoria, la envidia y la
violencia de su dolor le hicieron concebir la idea maliciosa de que la
dogaresa, sólo lo había despreciado a él porque algún otro con más suerte le
había ganado de mano, y tuvo la osadía de expresar públicamente sus
pensamientos.
Tal vez llegaron esos desvergonzados rumores a oídos del viejo Falieri o
quizá consideró el suceso de aquella noche como una advertencia del destino, o
tal vez él mismo veía claramente el riesgo de aquella relación desigual con su
esposa, a pesar de su serenidad, de su alegría y de la absoluta confianza en la
inocencia de su mujer; el hecho es que su carácter se tornó huraño y
atormentado por el demonio de los celos encerró a Annunziata en las
habitaciones interiores del palacio ducal, y ya ningún hombre pudo verla.
Bodoeri intercedió en favor de su sobrina nieta y se opuso con audacia al viejo
Falieri; sin embargo, éste se rehusó a cambiar de actitud. Todo esto sucedió
poco antes del Giovedi Grasso. Es costumbre que en las fiestas populares que
tienen lugar ese día en la Plaza de San Marcos, la dogaresa ocupe su sitio
junto al dux bajo el dosel que se arma en una galería frente a la pequeña
plaza. Bodoeri se lo recordó y le dijo que sería absurdo que, oponiéndose a
toda tradición y costumbre, excluyera a Annunziata de esa celebración; además,
agregó, el pueblo y la Signoria iban a burlarse de él y de sus celos sin
motivo.
¿Acaso crees?, le respondió el viejo Falieri que se sintió
repentinamente herido en su amor propio, que yo soy un viejo tonto que tiene
miedo de mostrar su joya más valiosa temiendo que pudieran robársela manos
ladronas a las que no podría contener con su espada? No,. viejo, te equivocas;
mañana mismo voy a pasearme por la Plaza de San Marcos con Annunziata rodeada
de un séquito majestuoso para que el pueblo vea a su dogaresa y el Giovedi
Grasso recibirá el ramo de flores de manos del barquero más valiente que llegue
hasta ella desde el aire.
Aludía aquí el dux a una costumbre antiquísima según la cual durante el
Giovedi Grasso, un hombre ágil y valiente del pueblo sube por cuerdas tendidas
desde el mar hasta la punta de la torre de San Marcos en un artefacto que
parece un pequeño barquito; luego se arroja desde allí con la rapidez de un
rayo hasta donde están sentados el dux y la dogaresa y le entrega a ella un
ramo de flores que tendría que recibir el dux en caso de estar solo. Al día
siguiente hizo el dux lo que había manifestado. Annunziata lució los vestidos
más suntuosos y Falieri se paseó con ella por la plaza de San Marcos, atestada
de gente, rodeado de la Signoria, de pajes y de alabarderos. El pueblo se
atropellaba para ver de cerca a la bella dogaresa y el que lo conseguía creía
haber visto el mismísimo paraíso, y en él a la más hermosa criatura angelical
en todo su esplendor. Los venecianos son muy particulares y así, pues, entre
las aclamaciones más desmesuradas de delirante entusiasmo, se oían también todo
tipo de burlas y estribillos bastante groseros referidos al viejo Falieri y a
su joven esposa.
Pero Falieri parecía no darse cuenta de nada y caminaba solemnemente al
lado de Annunziata, sonriendo de oreja a oreja y sin que parecieran importarle
las ardientes miradas dirigidas a su bella esposa. Con gran esfuerzo habían
conseguido los alabarderos despejar la entrada principal del palacio, de manera
que cuando el dux llegó hasta allí con su esposa sólo había algunos grupitos de
ciudadanos bien vestidos a los que no se podía prohibir el ingreso al palacio.
Sucedió entonces que mientras hacía su entrada la dogaresa, un hombre joven que
estaba en un grupo pequeño junto a las columnas cayó desvanecido sobre el piso
de mármol, exclamando: ¡Oh, Dios mío!
Inmediatamente todos se precipitaron sobre el muerto, de modo que la
dogaresa no pudo verlo, pero al oír el grito una puñalada ardiente atravesó
como un rayo su pecho, se puso pálida, vaciló y sólo las esencias aromáticas de
las damas que se acercaron presurosas pudieron evitar que se desmayara. El
viejo Falieri, perturbado por el accidente, mandó al joven y a su ataque al
demonio y consiguió fatigosamente subir las escaleras con Annunziata —cuya
cabecita estaba inclinada sobre el pecho con los ojos cerrados, como una
palomita enferma— y llevarla hasta las habitaciones.
El pueblo, que se había ido introduciendo en el recinto del palacio,
presenciaba entrentanto un curioso espectáculo. Algunos quisieron levantar y
sacar de allí al hombre joven, a quien se daba por muerto, pero en ese momento
se acercó rengueando una vieja mendiga fea y harapienta que se abrió paso con
sus codos puntiagudos entre la densa muchedumbre, y cuando por fin estuvo junto
al joven desvanecido, exclamó: ¡Déjenlo acostado, tontos, gente estúpida! ¡No
está muerto!
Entonces se agachó, apoyó la cabeza del joven sobre su regazo y empezó a
hablarle con las palabras más dulces mientras le acariciaba tiernamente la
frente. Y al mirar la cara grotesca y repulsiva de la vieja inclinada sobre el
rostro hermoso del muchacho, al observar el contraste de los rasgos delicados,
inmovilizados en una palidez mortal, con el juego repugnante de los músculos
que animaba las facciones de la vieja; al comprobar cómo volaban los sucios
harapos sobre los ricos vestidos del joven y cómo los brazos negros, pardos y
las manos huesudas temblaban sobre la frente, sobre el pecho del muchacho,
nadie podía evitarse un íntimo estremecimiento. ¿No parecía acaso como si la
imagen misma de la muerte tuviera al joven en sus brazos? Esa fue la causa de
que la gente fuera alejándose paulatinamente y sólo quedaron unos pocos cuando
él abrió los ojos suspirando profundamente. Lo levantaron y lo condujeron, a
pedido de la vieja, hasta el gran canal, donde una góndola los llevó hasta la
casa que la vieja había indicado como la del joven. ¿Es acaso necesario decir
que el joven era Antonio y la vieja la mendiga de la iglesia franciscana que
decía ser su nodriza?
Cuando Antonio recuperó totalmente el conocimiento y vio junto a su cama
a la vieja que acababa de suministrarle un brebaje fortificante, le dijo con
voz apagada, mirándola larga y fijamente con ojos melancólicos y tristes:
¡Margareta, estás conmigo! ¡Qué bien! ¡Dónde podría encontrar una
protectora más fiel que tú! ¡Ay, perdóname madrecita mía! Soy un niño tonto.
¿Cómo pude dudar un solo instante de tus palabras? Sí, tú eres aquella
Margareta que me daba de comer, que me cuidaba y me mimaba. Siempre lo supe,
pero los malos espíritus perturbaron mi mente. La he visto, es ella, es ella.
¿No te había dicho que algún oscuro hechizo duerme dentro de mí y domina mi ser
sin que yo pueda evitarlo? Se ha encendido ahora en la oscuridad para
destrozarme un éxtasis inefable! ¡Ahora lo sé todo, todo! ¿No era acaso
Bertuccio Nenolo mi padre adoptivo, el que me crió en una villa cerca de
Treviso?
¡Ay, sí!, le respondió la vieja. Claro que era Bertuccio Nenolo, el gran
navegante a quien el mar devoró cuando se creía a punto de lucir sobre su
cabeza una corona de laureles.
¡No me interrumpas!, continuó Antonio. Escúchame con paciencia.
Bertuccio Nenolo me trataba bien. Yo tenía buena ropa, siempre estaba puesta la
mesa si tenía hambre y podía vagar por bosques y praderas a mi antojo después
de decir mis tres oraciones. Muy cerca de la villa había un oscuro bosquecito
de pinos, fresco, lleno de aromas y de melodías. Cansado de saltar y de correr,
una tardecita, cuando el sol ya empezaba a ocultarse, me acosté debajo de un
árbol grande y me puse a mirar el cielo azul. Quizá fue el aroma de las hierbas
el que me . adormeció; mis ojos se fueron cerrando sin que me diera cuenta y
caí en un sueño leve del que me despertó un ruido, como de un golpe, a mi lado.
Me levanté de repente; una criatura de rostro celestial, un ángel, me sonreía
con dulzura y me dijo con suave voz: Ay, querido niño, qué lindo dormías y qué
tranquilo, y sin embargo estaba tan cerca de ti la muerte, la maligna muerte.
Junto a mi pecho vi entonces una pequeña serpiente negra con la cabeza
destrozada; la niña la había matado con una rama de nogal cuando estaba a punto
de atacarme. Me estremecí entonces con un dulce temblor —bien sabia yo que
muchas veces descienden del cielo los ángeles para salvar al hombre de la
amenaza de algún enemigo maligno—.
Caí de rodillas y levanté mis manos en ademán de plegaria. ¡Ah, eres un
ángel luminoso que ha enviado el Señor para salvarme de la muerte! Así dije,
pero la dulce criatura me tendió sus brazos y murmuró, mientras un ligero rubor
se deslizaba por sus mejillas: ¡Ay, querido niño!, yo no soy ningún ángel,
solamente una niña, una criatura como tú. Entonces el temblor se convirtió en
un éxtasis inefable que me colmaba como una suave luz. Me levanté, nos
abrazamos y juntamos nuestros labios, sin hablar, llorando, sollozando con un
dulce dolor indescriptible. Entonces una voz clara llamó por el bosque:
¡Annunziata, Annunziata! Ahora debo irme, querido niño, me llama mi madre, dijo
la niña, y un dolor sin palabras atravesó mi pecho. ¡Te quiero tanto!, sollocé,
y las lágrimas ardientes que ella derramaba cayeron quemándome las mejillas. Te
quiero con toda mi alma, exclamó ella y besó mis labios por última vez.
¡Annunziata!, volvió a oírse, y la niña desapareció entre los arbustos.
¿Ves Margareta?, ése fue el momento en que penetró en mi- alma la- intensa
chispa del. amor, que seguirá ardiendo dentro de mí y encenderá llamas siempre
nuevas. Al cabo de unos pocos días me echaron de aquella casa. Como yo no
cesaba de hablar de la criatura angelical que se me había aparecido en el
bosque y cuya dulce voz creía oír en el susurro de los árboles, en el murmullo
de las fuentes, en el rumor profundo del mar, papá Blaunas me dijo que la niña
no podía ser sino la hija de Bertuccio Nenolo, Annunziata, que había venido á
la casa de campo con su madre, Francesca, pero que se había marchado al día
siguiente. ¡Oh Margareta! Aquella Annunziata... es la dogaresa!
Y al decir estas palabras se escondió Antonio entre los almohadones
llorando con un dolor sin nombre. ¡Mi querido Tonino!, le dijo entonces la
vieja. Sé valiente! Vence ese dolor sin sentido. ¡Quién no desespera por amor!
Pero sólo para el enamorado florece también la dorada florecilla de la
esperanza! No se sabe por la noche lo que traerá la mañana; lo que se vislumbra
en el sueño se convierte luego en realidad en la vida. El castillo perdido
entre las nubes brilla de pronto magnífico sobre la tierra. Mira, Tonino, tú no
crees en mis palabras, pero mi dedo meñique -y no sólo él- me dice que la
bandera luminosa del amor te saluda desde el mar flameando con alegría.
¡Paciencia, Tonino, paciencia!
Así procuraba la vieja tranquilizar al pobre Tonino, y realmente sus
palabras sonaban como amorosa música. Él no la dejó irse. La mendiga de la
iglesia franciscana había desaparecido y en su lugar veíase a la ama de casa
del señor Antonio, que cruzaba la plaza de San Marcos correctamente vestida
para ir a hacer las compras. Y llegó el Giovedi Grasso. Sería celebrado con las
fiestas más brillantes. En el centro de la plaza pequeña de San Marcos se
construyó un tablado alto para unos fuegos de artificio especiales que iba a
encender un griego conocedor de aquellos secretos. Al atardecer, el viejo
Falieri se ubicó con su bella esposa en la galería, radiante en el resplandor
de su gloria y vigilando todo a su alrededor con mirada majestuosa para que la
fiesta despertara el asombro y la admiración generales. Pero cuando iba a tomar
asiento en el trono divisó a Michaele Steno, que estaba en la misma galería .y
se había ubicado de tal modo que podía mirar constantemente a la dogaresa, la
que inevitablemente habría de verlo.
Furioso, con un fervor desmedido, ordenó Falieri en tono categórico e
imperativo que Steno fuera alejado inmediatamente de la galería. Michaele Steno
alzó-su puño amenazador contra el dux y en ese mismo instante entraron los
alabarderos y lo obligaron a abandonar la galería mientras él, enfurecido y
profiriendo las más horribles maldiciones, juraba vengarse. Entretanto Antonio,
que había perdido todo dominio de sí al ver a su amada Annunziata, atormentado
por una pena indescriptible que le destrozaba el corazón, caminaba solo en la
noche oscura por la orilla del mar. Pensaba que era preferible apagar. aquel
fuego ardiente en las olas heladas antes que morir lentamente torturado por un
dolor sin consuelo. Estaba ya en el último escalón y se iba a arrojar al mar,
cuando una voz le gritó desde una pequeña barca:
¡Eh! Buenas noches, señor Antonio. A la luz de los faroles de la plaza
reconoció Antonio al alegre Pietro, uno de los camaradas de tiempos pasados,
que lucía un deslumbrante sombrero con plumas y oropeles, chaleco nuevo a rayas
de muchos colores y llevaba en la mano un hermoso ramo de flores perfumadas.
¡Buenas noches, Pietro!, le replicó Antonio. ¿A qué alta personalidad llevarás
esta noche, que te has engalanado de esa manera. ¡Ah!, le respondió Pietro con
un salto que hizo vacilar la barca. Señor Antonio, esta noche me voy a ganar
tres cequines. Subiré hasta la torre de San Marcos y después bajaré como un
rayo y le daré este ramo de flores a la bella dogaresa. ¿No es demasiado
arriesgado?, le preguntó Antonio. "Bueno, uno puede romperse la crisma y
además hay que pasar entre los fuegos artificiales. El griego dijo que estaba
todo calculado y que nadie se quemaría un solo pelo, pero... Pietro se
estremeció. Antonio había bajado a la barca y recién ahora veía que Pietro
estaba muy cerca de la máquina, junto a una cuerda que ascendía desde el mar.
Otras cuerdas que servirían para alzar el artefacto se perdían en la noche.
Escucha, Pietro, le dijo Antonio tras una pausa, si pudieras ganarte hoy
diez cequines sin poner en peligro tu vida, ¿lo harías?
¡Claro que sí!, le dijo Pietro con una carcajada.
Bueno, continuó Antonio, toma entonces estos diez cequines, cambia
conmigo tus vestidos y déjame tu puesto. Yo voy a subir en tu lugar. ¡Por
favor, mi buen amigo Pietro!
Pietro movió pensativo la cabeza y dijo, con el dinero en la mano: Es
usted muy bueno, señor Antonio, por considerarme su amigo, a mí, un pobre
diablo. Y además es usted muy generoso. Realmente el dinero me hace falta,
aunque bien vale la pena arriesgar la vida y darle yo mismo el ramo de flores a
la bella dogaresa y escuchar su dulce vocecita. Mas por tratarse de usted,
señor Antonio, ¡sea!
Ambos se cambiaron rápidamente la ropa. Antonio apenas había terminado
de arreglarse cuando Pietro exclamó: ¡Rápido, a la máquina, ya dieron la señal!
En ese mismo instante el mar resplandeció como iluminado por mil
relámpagos deslumbrantes y el aire y el tablado retumbaron con truenos broncos
y vertiginosos. Antonio ascendió en medio de las llamas crepitantes con la
velocidad de un rayo, bajó caro y salvo hasta la galería y se posó ante la
dogaresa. Ella se había puesto de pie y se acercó hasta él. Antonio sentía su
respiración sobre las mejillas cuando le alcanzó el ramo de flores; pero en ese
instante de éxtasis sin palabras, el dolor de aquella pasión desesperada lo
capturó con sus brazos ardientes. Incapaz de pensar, enloquecido de dolor, de
ansias, de placer, tomó la manó de la dogaresa, la besó con vehemencia y
exclamó, sin poder ocultar aquel intenso sufrimiento sin consuelo: ¡Annunziata!
En ese preciso instante la máquina, como un instrumento ciego del destino,
volvió a arrebatarlo del lado de su amada y lo llevó hasta el mar, donde
completamente aturdido cayó en brazos de Pietro, que lo aguardaba en la barca.
Entretanto, en la galería del dux todo era inquietud y confusión. Se había
encontrado, adherido al trono de Falieri, un papelito en el que estaban
escritos estos versos en dialecto veneciano:
Il Dose Falier della bella mujer
I altri la gode e lui la mantien.
El dux Falieri una bella mujer tiene,
Los otros la gozan y él la mantiene.
El viejo Falieri se levantó furibundo y exclamó que el perverso que
había osado ultrajar de esa manera a la autoridad sufriría la pena máxima. Al
decir esto, miró a todos a “su alrededor y sus ojos cayeron sobre Michaele
Steno que estaba en la plaza, debajo de la galería, a la luz de los faroles.
Ordenó inmediatamente a los alabarderos que lo detuvieran como autor de aquella
ofensa. La orden del dux, que entregado a una ira sin freno ultrajaba los
derechos de la Signoria y le arruinaba al pueblo la alegría de la fiesta,
suscitó una exclamación de la concurrencia. La Signoria abandonó sus lugares y
sólo se veía al viejo Bodoeri que se mezclaba entre la gente y hablaba con
profunda indignación de la grave ofensa que se había cometido contra el jefe
del estado, procurando orientar el odio hacia la persona de Michaele Steno.
Falieri no se había equivocado. Michaele Steno, arrojado por la fuerza de la
galería del dux, había corrido hasta su casa y había escrito aquellas palabras
maliciosas en un papel que puso luego en el asiento del dux cuando todas las
miradas estaban dirigidas hacia los fuegos artificiales, de modo que nadie lo
había visto.
Había pensado asestar así con astucia un duro golpe que debía herir
certeramente tanto al dux como a la dogaresa. Michaele Steno confesó
abiertamente su fechoría y culpó de todo ello al dux, que había sido el primero
en ofenderlo. La Signoria estaba desde hacía tiempo descontenta con un jefe que
en lugar de satisfacer las aspiraciones del estado, probaba diariamente que
aquel ánimo bélico y airado del que hacía gala el corazón helado del viejo, era
como los fuegos de artificio, que se encienden violentamente, pero que luego se
deshacen y desaparecen dejando sólo una oscura estela. A esto había que sumarle
que la unión con su joven y bella mujer (se sabía ya que se había efectuado
cuando él ya era dux) y los celos que manifestaba, hacían aparecer al viejo Falieri
como un vecchio Pantalone, y no como el héroe de tantas hazañas.
Era pues inevitable que la Signoria, alimentando en su interior un
fermento venenoso, prefiriera dar la razón a Michaele Steno y no al dux
gravemente ultrajado. El Consejo de los Diez dejó el asunto en manos de los
Quarantie, institución a la que pertenecía Michaele Steno. Se resolvió
finalmente que el acusado había sufrido bastante y que una proscripción de un
mes era castigo suficiente para su contravención. Esto indispuso aún más al
viejo Falieri contra la Signoria, que en lugar de defender su autoridad se
rebajaba a castigar las ofensas que se le habían inferido como si fueran
simples contravenciones.
Así como suele suceder con el enamorado que tocado por un rayo de
felicidad pasa días, semanas y meses bañado por aquel dulce resplandor y
envuelto en ensoñaciones celestiales, también Antonio vivía aún de aquel
momento de éxtasis y apenas si podía respirar, embargado por una nostalgia
dulce y dolorosa. La vieja lo había reprendido bastante y no cesaba de murmurar
y rezongar por aquella empresa arriesgada e innecesaria. Pero un día llegó a
casa saltando de aquella manera misteriosa, como solía hacerlo cuando parecía
sometida a algún fantástico hechizo. Reía sin prestar atención a lo que Antonio
le decía o le preguntaba. Atizó el fuego en el hogar, puso encima un pequeño
caldero, preparó un ungüento con ingredientes que extrajo de frasquitos de todo
tipo y color, lo metió en un potecito y salió de la casa sin dejar de reír.
Volvió tarde por la noche, se sentó en la mecedora tosiendo y jadeando y
finalmente, como superando un profundo agotamiento, le dijo a Antonio: Tonino,
hijito mío, mi Tonino, ¿sabes de dónde vengo?, ¿a quién acabo de ver?
Antonio la miraba con extraños presentimientos.
Bueno, le dijo la vieja con su risita, acabo de verla a ella, a la
querida palomita, a la dulce Annunziata.
¡No me vuelvas loco, vieja!, gritó Antonio.
¿Qué dices?, siguió ella. Siempre estoy pensando en ti. Esta mañana,
mientras compraba fruta en las galerías del palacio, escuché que la gente
hablaba de la desgracia que le había sucedido a la linda dogaresa. Entonces
empiezo a preguntar, y un tipo grande, pelirrojo y tosco, que bostezaba apoyado
contra una de las columnas masticando un limón me dice: ¡Ay! En el dedito
meñique de su manito izquierda clavó sus dientecitos un pequeño escorpión, y
parece que le llegó a la sangre, ¡y ahora mi patrón, el dottore Giovanni
Bassegio está allá arriba y seguro que ya le cortó la manito con el dedito!,
Apenas el tipo terminó de decir esto, se escucha un alboroto en la escalinata
grande, y un hombrecito muy, pero muy chiquito baja las escaleras rodando,
empujado por los alabarderos como una pelota, y cae entre gritos y gemidos a
nuestros pies. La gente se amontona a su alrededor riéndose a carcajadas; el
hombrecito trata de levantarse, pero no lo consigue; entonces se acerca el tipo
pelirrojo, recoge a su dottorcito que sigue gritando hasta desgañitarse, y sale
corriendo con él a toda carrera en dirección al gran canal, donde lo mete en
una góndola y se aleja remando. Me imaginé que no bien el Signor Basseggio
quiso poner el cuchillo en la linda manito, el dux lo hizo sacar a empujones.
Pero seguí pensando. ¡Rápido, muy rápido! Ir a casa, preparar el ungüento,
levarlo al palacio ducal.
Llegué a la gran escalinata, y me quedé parada allí con el frasquito en
la mano. El viejo Falieri bajaba justamente en ese momento, me clavó la mirada
y resopló: ¿Qué es lo que hace aquí esta vieja? Entonces yo le hice una
reverencia grande hasta el suelo, lo mejor que pude, y le dije que tenía un
remedio para curar muy pronto a la linda dogaresa. No bien escuchó esto, el
viejo me lanzó una mirada realmente pavorosa, se mesó la barba gris, me tomó de
los hombros, me llevó hasta arriba y me metió en la habitación con tal ímpetu
que estuve a punto de irme al suelo de narices. ¡Ay, Tonino! Allí estaba la
dulce niña, acostada sobre almohadones y pálida como una muerta, sollozando y
suspirando de dolor, y gimiendo en voz muy baja ¡Ay, estoy envenenada! Yo me acerqué
enseguida y le saqué ese tonto vendaje que le había puesto aquel doctorcito.
¡Oh, Señor de los Cielos! ¡La delicada manito... enrojecida, hinchada! Pero mi
ungüento la refrescó, la alivió. ¡Esto sí que me hace bien, muy bien!, murmuró
la palomita enferma. Entonces Falieri exclamó encantado: ¡Si me salvas a la
dogaresa, vieja, te voy a dar mil cequines!, y salió del cuarto.
Durante tres horas estuve allí sentada, teniendo su manito entre mis
manos, acariciándola y cuidándola. Hasta que por fin despertó la dulce
mujercita del ligero sueño en que había caído, ya sin ningún dolor. Después que
le vendé de nuevo la mano, me miró con una expresión de alegría en sus claros
ojitos. Entonces le dije yo: ¡Ay, mi señora dogaresa! También usted salvó una
vez a un niño, al matar a la víbora que iba a morderlo mientras dormía,
¡Tonino. tendrías que haber visto cómo se coloreó de repente su semblante
pálido! Fue como si una luz crepuscular lo iluminara. ¡Cómo se encendieron sus
ojitos! ¡Ay, si, señora!, dijo, ¡sí! Yo era una niña, fue en la casa de campo
de mi padre... ¡Ah! El era un niñito dulce y bueno. ¡Cómo lo recuerdo todavía,
desde aquel entonces nunca volví a ser feliz!
Entonces yo le hablé de ti, le dije que estabas en Venecia, que aún
guardabas en tu corazón todo el amor y las delicias de aquel momento, que sólo
por ver una vez más sus ojos celestes te habías arriesgado a efectuar aquel
viaje peligroso por los aires, que fuiste tú el que le dio el ramo de flores el
Giovedi Grasso. ¡Tonino, Tonino! Entonces exclamó como arrobada: ¡Lo sabía! Lo
sentí cuando apretó mi mano sobre sus labios, cuando dijo mi nombre. ¡Ah! yo no
sabía qué sensación me oprimía el alma de manera tan extraña. Era placer, sí,
pero al mismo tiempo era dolor. ¡Tráemelo! ¡Tráeme al dulce niño!
Cuando la vieja dijo eso, Antonio cayó de rodillas y exclamó
enloquecido: "¡Señor dé los cielos! No permitas que ahora, justo ahora,
algún destino monstruoso se abata sobre mí. ¡No, no hasta que la haya vuelto a
ver, hasta que la haya estrechado contra mi . pecho!" Quiso que la vieja
lo llevara en seguida, al día siguiente, a lo que ella se negó rotundamente,
porque el viejo Falieri entraba a toda hora a ver a su esposa enferma.
Transcurrieron varios días; la dogaresa se había restablecido completamente gracias
a la vieja, pero seguía siendo imposible llevar a Antonio. Ella consolaba al
impaciente muchacho como podía, repitiéndole lo que hablaba de él con la dulce
Annunziata que lo había salvado y a quien él amaba tan apasionadamente.
Acosado por todos los sufrimientos de la nostalgia y del deseo, Antonio
salía a remar o vagaba por las plazas. Sus pasos lo llevaban siempre, sin que
él se diera cuenta, hacia el palacio ducal. En el puente, en los fondos del
palacio frente a la prisión, se hallaba Pietro apoyado contra un remo de
colores. En el canal, sujeta a una columna, se mecía una góndola pequeña, pero
suntuosamente engalanada, sobre la que flameaba la bandera veneciana, y que se
parecía notablemente a la Bucentoro. No bien vio Pietro a su amigo de otros
tiempos, lo llamó: "¡Eh, signor Antonio! Se lo saluda. ¡Sus cequines me
trajeron buena suerte!" Antonio le preguntó de que buena suerte hablaba, y
se enteró así de que Pietro conducía al anochecer nada menos que al dux y a la
dogaresa a la Giudecca, donde el dux tenía una residencia, no lejos de San
Giorgio Maggiore. Antonio se quedó mirando a su amigo, y después le dijo de
golpe: "¡Camarada, puedes ganarte otros diez cequines, y más también si
quieres! ¡Déjame reemplazarte! Yo llevaré al dux".
Pietro le dijo que eso no iba a ser posible, porque el dux lo conocía
bien y sólo confiaba en él. Por fin, cuando Antonio lo acosó con una furia que
brotaba de su alma herida por mil penas de amor, cuando le juró enfurecido que
saltaría a la góndola y lo arrojaría al mar, entonces Pietro exclamó sonriendo:
"¡Ay, signor Antonio!, ¡signo r Antonio! ¡Cómo lo han trastornado los
bellos ojos de la dogaresa!", y aceptó que Antonio lo acompañara como
ayudante; le diría al dux, a quien aquellos viajes siempre le parecían
demasiado lentos, que la embarcación era pesada y que él se sentía muy débil.
Antonio se fue corriendo y apenas había llegado de vuelta al puente vestido con
ropas gastadas de marinero, la cara tiznada y un gran bigote sobre los labios,
cuando bajó el dux con la dogaresa, ambos con suntuosos vestidos de colores.
"¿Quién es ése?", preguntó el dux airado, y sólo las afirmaciones
denodadas y los juramentos de Pietro, que insistía en que necesitaba por esa
vez un ayudante, pudieron mover por fin al viejo a aceptar que también Antonio
remara esa noche.
Suele suceder que, precisamente en el colmo de todo placer, de toda
alegría, el. alma, acaso fortalecida por la intensidad del combate, consigue
dominarse y contener las llamas que pugnan por surgir de su interior. Así
Antonio, muy cerca de la dulce Annunziata, y sintiendo el roce de su vestido,
logró ocultar su pasión manejando el remo con mano segura, y temiendo
arriesgarse a más, apenas de vez en cuando miraba furtivamente a la amada. El
viejo Falieri sonreía con satisfacción mientras besaba y acariciaba las
pequeñas manitos de Annunziata y pasaba su brazo por la delgada cintura. En
medio del mar, con la plaza de San Marcos al fondo y toda Venecia con sus
torres soberbias y sus palacios desplegada ante los navegantes, levantó el
viejo la cabeza y dijo, mirando en torno con ojos orgullosos:
"¡Ay, amorcito! No es hermoso navegar sobre el mar con el señor del
mar? Sí, mi amorcito, no tengas celos de la esposa que nos lleva sumisa sobre
sus hombros. Oye el dulce rumor de las olas, ¿no son acaso palabras de amor que
murmura al esposo que la somete? Sí, si, amorcito, tú llevas mi anillo en tu
mano, pero ella, allá abajo, guarda en lo más hondo de su seno el anillo de
bodas que yo le arrojé". "¡Ay, mi señor!% empezó a decir Annunziata.
"¿Cómo podría ser esta agua fría y maligna tú esposa? Me estremezco sólo
al pensar que te has desposado con el orgulloso y dominante mar. " El
viejo Falieri se reía y le temblaba la barba: "No te asustes
palomita", le dijo entonces, "se descansa mucho, mejor en tus blandos
brazos tibios que en el helado regazo de aquella esposa; pero es lindo navegar
sobre el mar con el señor del mar".
En ese instante, comenzó a oírse una música lejana. Deslizándose sobre
las olas del mar se acercaban más y más las melodías entonadas por una suave
voz masculina que cantaba:
"¡Ah! senza amare
Andare sul orare
Col sposo del mare
Non puó consolare."
Otras voces se unieron y en un constante canto alternado repetían una y
otra vez aquellas palabras, hasta que la canción murió entre el susurro del
viento. El viejo Falieri parecía no oír nada y continuaba explicándole
detalladamente a la dogaresa en qué consistía la celebración que se llevaba a
cabo el Día de la Ascensión, en que el dux, arrojando un anillo desde la
Bucentoro, se desposaba con el mar. Le habló de las victorias de la República
por las que en tiempos pasados se había ganado Istria y Dalmacia bajo el
gobierno de Pietro II Urseolus y le explicó que esa celebración había tenido su
origen en aquella conquista. Así como el viejo Falieri no prestaba atención a
la melodía, la dogaresa tampoco oía nada de lo que el dux le contaba. Estaba
allí sentada, y con todo su ser escuchaba las dulces voces que se deslizaban
sobre el mar.
Cuando, la canción terminó, se quedó con la mirada perdida, como alguien
que al despertar de un profundo sueño intenta desentrañar las imágenes que lo
seducían: "Senza amare -senza amare- non pub consolare", susurraba en
voz muy baja, y en sus ojos celestiales brillaban lágrimas como perlas, y
profundos suspiros se desprendían de su pecho que palpitaba con íntima
angustia. Siguiendo con su relato y riendo satisfecho, el viejo cruzó con la
dogaresa a su lado la balaustrada de su casa cerca de San Giorgio Maggiore, sin
darse cuenta de que Annunziata, conmovida por extraños y confusos sentimientos,
permanecía silenciosa a su lado con los ojos llenos de lágrimas vueltos hacia
un lejano país. Un hombre joven, vestido de marinero, sopló un cuerno en forma
de caracol, y el sonido resonó a lo lejos en el mar. Ante esta señal se
aproximó otra góndola.
Entretanto se habían acercado un hombre con una sombrilla y una mujer, y
con esa compañía se dirigieron al palacio el dux y la dogaresa. Aquella góndola
llegó a la costa y de ella descendió Marino Bodoeri, acompañado de muchas otras
personas, entre ellas comerciantes, artistas y también personas de las clases
más bajas del pueblo, y todos siguieron al dux. Antonio apenas pudo esperar
hasta la noche siguiente; estaba seguro de, recibir un mensaje feliz de su
amada Annunziata. Por fin volvió la vieja, se sentó tosiendo y jadeando en su
sillón, golpeó las manos huesudas y arrugadas y exclamó: "¡Tonino, Tonino!
¡Qué ha pasado con nuestra palomita! Hoy, apenas entro, la veo acostada sobre
su camita con los ojos cerrados, la cabecita apoyada sobre el brazo; no duerme
ni está despierta; no está enferma ni está sana.
Me acerco a ella: `¡Ay querida señora dogaresa!”, le digo, `¿qué cosa
mala le ha sucedido? ¿Le duele quizá la herida recién cerrada?” Pero entonces
me mira con unos ojos, Tonio, con unos ojos que yo nunca antes había visto;
pero enseguida aquellos húmedos rayos de luna se ocultan tras las sedosas
pestañas, como tras una nube oscura. Entonces solloza desde lo más hondo de su
pecho y vuelve el dulce rostro pálido hacia la pared diciendo leve, levemente,
pero con mucho dolor: `¡Amare, amare, ah senza amare!" Acerco una silla,
me siento a su lado, empiezo a hablarle de ti. Ella se esconde entre las
almohadas; respira cada vez más agitada hasta que se pone a llorar. Le digo que
estuviste con ella en la góndola, que te llevaría a su lado enseguida, a ti,
que te consumes de amor y de anhelo por ella. Entonces se levanta de repente, y
llorando grita con violencia:
“¡No, no, por Cristo y todos los santos, no puedo verlo! ¡No puedo! Te
suplico que le digas que nunca, nunca más se acerque a mí. Nunca. Dile esto,
dile que se vaya de Venecia, ¡que se vaya pronto!” `Pero entonces”, la
interrumpo, `entonces mi pobre Tonino se va a morir.” Ella se hunde en el lecho
como acometida por un dolor que no puede soportar y dice con la voz ahogada por
las lágrimas: `¿Acaso no estoy muriendo yo también de la muerte más amarga?” En
ese momento entró el viejo Falieri a la habitación y me indicó que me
retirara".
"Me ha rechazado, me arroja al mar", gritó Antonio con
desesperación. Entonces la vieja empezó a reír con su risita acostumbrada y le
dijo: "¡Niño ingenuo, niño ingenuo! ¿Acaso no te ama la dulce Annunziata
con toda la pasión, con todo el dolor que jamás ha acometido el corazón de una
mujer? ¡Niñito tonto! Mañana, tarde en la noche, deslízate hasta el palacio
ducal. Me encontrarás en la segunda galería, a la derecha de la escalinata
grande, y entonces veremos qué es lo que sucede".
Cuando a la noche siguiente Antonio ascendía tembloroso y anhelante la
gran escalinata del palacio ducal, sintió como si fuera a cometer algún atroz
delito. Y estaba tan aturdido que apenas si consiguió subir vacilando las
escaleras. Necesitó apoyarse contra una columna, cerca de la galería que la
vieja le había señalado. De repente se vio rodeado por un claro resplandor de
antorchas, y antes de que pudiera abandonar su sitio estaba a su lado el viejo
Bodoeri acompañado de algunos sirvientes con antorchas. Bodoeri miró fijamente
al joven y luego dijo: "¡Ah! Eres Antonio, se te ha mandado llamar, ya lo
sabía. Sígueme".
Antonio, convencido de que se había descubierto y frustrado el encuentro
con la dogaresa, lo siguió no sin titubear. Pero su sorpresa fue mayúscula
cuando ya en una habitación apartada, Bodoeri lo abrazó y comenzó a hablarle
del importante papel que se le había confiado y que esa misma noche debía
desempeñar con valor y decisión. Su asombro se convirtió sin embargo en
estupor, al enterarse de que hacia ya largo tiempo se estaba planeando una
conjuración contra la Signoria, encabezada por el mismo dux. Supo que, de
acuerdo a lo decidido en la casa de Falieri en la Giudecca, esa misma noche
debía caer la Signoria y el viejo Marino Falieri habría de ser proclamado
soberano dux de Venecia. Antonio miraba a Bodoeri sin decir palabra. Este
interpretó su silencio como una negativa a colaborar con aquella tremenda
conjura y exclamó enfurecido: "¡Tonto cobarde! ¡No saldrás del palacio! ¡O
tomas las armas con nosotros o mueres! Pero primero habla con este
hombre".
Del fondo oscuro del cuarto surgió una persona alta, de aspecto
distinguido. Apenas vio Antonio el rostro de aquel hombre al que sólo iluminaba
la luz de las velas, cayó al suelo de rodillas y exclamó pasmado ante quien se
le aparecía superando todo lo que el pobre Antonio pudiera haber imaginado:
"¡Oh, santo Dios! ¡Mi padre Bertuccio Nenolo! Mi fiel protector".
Nenolo levantó al muchacho, lo estrechó en sus brazos y le dijo con voz
suave: "Sí, soy yo, Bertuccio Nenolo, a quien tal vez creías en el fondo
del mar. Hace poco tiempo pude huir de las prisiones del salvaje Morbassan. Soy
yo, Bertuccio Nenolo, el que te adoptó en otro tiempo, y que no podía intuir
que los imprudentes servidores que envió Bodoeri a tomar posesión de la casa de
campo que había comprado, iban a echarte de allí. ¡Estás sorprendido! Claro.
¿Aceptarás tomar las armas contra una casta despótica cuya crueldad fue causa
de la muerte de tu padre? ¿Sí? Ve al recinto del Fotengo: es la sangre de tu
padre la que todavía puede verse en las piedras del piso. Cuando la Signoria
transfirió a los comerciantes alemanes el local que conoces con el nombre de
Fotengo, se prohibió a todo aquel a quien se le habían concedido almacenes, que
retuviera las llaves al partir; tenía que dejárselas al Fontegaro. Tu padre no
había respetado esa ley, y eso ya lo hacía pasible de un severo castigo.
Pero cuando abrieron sus almacenes, al regresar él, encontraron un cajón
de monedas venecianas falsas entre sus mercaderías. En vano dijo que era
inocente; seguro que algún demonio maligno, quizás el Fontegaro - mismo, había
introducido allí la caja para que culparan a tú padre. Los jueces implacables,
satisfechos con la prueba de que el cajón había sido hallado en los almacenes
de tu padre, lo condenaron a muerte. Fue ejecutado en el patio del Fontego. Y
tampoco tú existirías ahora si no te hubiese salvado la fiel Margareta. Yo era
el mejor amigo de tu padre y te adopté; y para que no te delataras ingenuamente
a la Signoria, nunca te dijimos su nombre. Pero ahora, ahora, Anton Dalbirger,
ahora es el momento. ¡Toma las armas y venga la infamante muerte de tu padre en
las cabezas de la Signoria!"
Poseído por el espíritu de la venganza, Antonio prometió fidelidad a los
conjurados. Es sabido que la afrenta que Bertuccio Nenolo había sufrido por
parte de Dandulo, encargado de los armamentos navales, lo llevó a conjurarse
con el ambicioso hijo político contra la Signoria. Ambos, Bertuccio y Bodoeri,
bregaban para que se concediera a Falieri la dignidad ducal. De ese modo, ellos
ascenderían. Se pensaba (ése era el plan de los conjurados) difundir la noticia
de que la flota genovesa estaba frente a las lagunas. Por la noche se haría
sonar la enorme campana de San Marcos, y se convocaría a la ciudad para una
defensa simulada. Ante esa señal, los conjurados, que eran muchos y estaban
distribuidos por toda la ciudad, ocuparían la plaza de San Marcos y proclamarían
al dux como único soberano de Venecia después de ajusticiar a los jefes de la
Signoria. Pero el cielo no quiso que este ataque criminal triunfara y que la
organización básica del estado en peligro fuese destruida por el orgulloso y
arrogante Falieri.
Las reuniones en casa de Falieri en la Giudecca no habían pasado
inadvertidas para el Consejo de los Diez, pero había sido imposible obtener
algún dato concreto. A uno de los conjurados, de nombre Bentian, comerciante de
pieles de Pisa, le remordió la conciencia y quiso salvar de la muerte a su
amigo y compadre, Nicoló Leoni, que formaba parte del Consejo de los Diez. Al
anochecer se dirigió a verlo y le suplicó que no abandonara su casa por nada
del mundo. Leoni, que tenía sus sospechas, no dejó escapar al comerciante de
pieles y lo forzó a revelar todo el plan. Junto con Giovanni Gradenigo y Marco
Cornaro, convocó entonces al Consejo de los diez103 a una reunión en San
Salvatore, y allí, en menos de tres horas, se tomaron las medidas necesarias
para hacer fracasar ,la empresa de los conjurados. A Antonio se le había
encomendado dirigirse con una tropa a la torre de San Marcos para tocar las
campanas.
Al llegar, comprobó que la torre estaba ocupada por tropas del Arsenal
que lo atacaron con alabardas cuando trató de acercarse. Asaltados por un
terror repentino, los hombres de su contingente se desbandaron, y él mismo
desapareció en la oscuridad de la noche. Oyó los pasos de un hombre que lo
seguía muy de cerca, sintió que lo agarraban, y ya estaba por derribar a su
perseguidor cuando a la luz de un repentino resplandor reconoció a Pietro.
"¡Sálvate!", le dijo éste. "¡Sálvate en mi góndola, Antonio! La
conjura ha sido descubierta. Bodoeri y Nenolo están en poder de la Signoria.
Los portones del palacio ducal están cerrados, el dux custodiado en sus
habitaciones, vigilado como un delincuente por sus propios alabarderos
desleales. ¡Vete, vete!"
Casi irreflexivamente” se dejó introducir Antonio en la góndola. Voces
sordas, ruido de armas, gritos aislados. Luego, con la tiniebla de la noche,
todo quedó envuelto en un silencio angustiante.
A la mañana siguiente, el pueblo presenció anonadado un espectáculo que
hizo helar la sangre en todas las venas. El Consejo de los Diez había dictado
sentencia esa misma noche contra los jefes de la conspiración que habían sido
capturados. Fueron ahorcados y sus cuerpos arrojados a la pequeña plaza junto
al palacio desde aquella galería donde en otros tiempos el dux solía contemplar
las fiestas populares; ¡ay!, donde Antonio había llegado volando hasta la dulce
Annunziata; donde ella había recibido de sus manos aquel ramo de flores. Entre
los cadáveres se encontraban el de Marino Bodoeri y el de Bertuccio Nenolo. Dos
días más tarde, el viejo Marino Falieri fue juzgado por el Consejo de los Diez
y ejecutado frente a la escalinata de los gigantes en el palacio ducal. Antonio
andaba por ahí como un sonámbulo; nadie lo detenía, porque nadie lo había
reconocido como uno de los conjurados.
Cuando vio caer la cabeza cana del viejo Falieri, se estremeció como si
emergiera de una profunda pesadilla. Con una exclamación de horror desmesurado
y gritando "¡Annunziata!" penetró en el palacio y se precipitó por
las galerías. Nadie lo detuvo; los alabarderos se quedaron mirándolo, aturdidos
todavía por lo terrible que acababa de suceder. La vieja le salió al encuentro,
lo tomó de la mano y al momento entraron en el cuarto de Annunziata. La pobre
yacía desvanecida en su lecho; Antonio se precipitó hacia ella, cubrió sus
manos con besos ardientes y la llamó con los nombres más dulces y tierno:. Ella
abrió entonces lentamente los ojos celestiales y vio a Antonio. Al principio
fue como si tuviera que hacer memoria para acordarse, pero de repente se levantó,
lo rodeó con ambos brazos y lo estrechó contra su corazón, lo cubrió con sus
lágrimas ardientes y besó sus mejillas, sus labios. "¡Antonio, mi Antonio!
Te quiero no sabes cuánto. ¡Si, aún existe el cielo en la tierra! ¡Qué
significan la muerte de mi padre, de mi tío, de mi esposo, frente a la dicha de
tu amor! ¡Huyamos de este horrendo lugar de crímenes!” Así le hablaba
Annunziata, desgarrada por el dolor más amargo y el amor más ardiente. Entre
mil lágrimas y besos se juraron los amantes eterna fidelidad y olvidaron los
horribles sucesos de aquellos días espantosos. Apartando los ojos de la tierra,
miraban ahora el cielo que el espíritu del amor les había develado.
La vieja dijo que lo más conveniente era huir a Chiossa. Antonio quería
ir luego por tierra, y marchar en dirección opuesta hacia el norte, a su país.
El amigo Pietro les consiguió una barca pequeña que los esperó en los fondos
del palacio. Oculta tras un oscuro velo bajó Annunziata las escaleras al
anochecer, acompañada de su amado y la vieja Margareta que había guardado
valiosas joyas en su caperuza. Llegaron al puente sin ser vistos y se
introdujeron en la embarcación. Antonio tomó los remos y salieron velozmente
hacia el mar.
El resplandor de la luna se mecía ante ellos sobre las olas como un
feliz mensajero del amor. “Estaban en alta mar”.
Entonces comenzó a oírse un extraño silbido que cruzaba los aires;
sombras oscuras venían a colgarse como negros velos sobre el rostro brillante
de la luna. El resplandor danzante, el dichoso mensajero del amor, se hundió en
las negras profundidades con un lejano rumor de truenos. Se desató la tormenta
y azuzó con furiosa violencia las nubes oscuras y densas. La barca se
tambaleaba sobre las olas. "¡Oh, ayúdanos, Señor! -exclamó la vieja.
Antonio, sin poder ya dominar los remos, abrazó a la dulce Annunziata que
despertada por sus besos ardientes lo estrechó contra su corazón con toda la
pasión del amor más intenso. "¡Oh, Antonio mío!” "¡Oh, mi
Annunziata!", se decían sin importarles la tormenta que a cada instante
era más intensa y terrible.
Y entonces el mar, la viuda celosa del decapitado Falieri, alzó sus olas
de espuma como brazos gigantescos, arrebató a los amantes y los arrastró junto
con la vieja hacia el abismo sin fondo. Cuando el hombre de la capa terminó su
relato, se levantó repentinamente y abandonó el cuarto con pasos rápidos y
firmes. Los amigos lo siguieron con la mirada, maravillados y en silencio.
Después volvieron a pararse ante el cuadro. El viejo dux les sonreía nuevamente
con presunción necia y vana fatuidad; pero cuando miraron a la dogaresa,
entonces vieron que las sombras de un dolor desconocido se deslizaban como un
presentimiento por su frente de azucenas, y sueños nostálgicos de amor
brillaban bajo sus pestañas oscuras y se posaban sobre sus dulces labios. Desde
el mar lejano, desde las vaporosas nubes de velaban San Marcos, un poder
enemigo parecía aumentar con muerte y destrucción.
Comprendieron claramente el significado profundo de aquel delicioso
cuadro, pero cada vez que lo miraban volvían a sentir el inmenso dolor de la
historia de Antonio y Annunziata, y sus almas se estremecían con un dulce
temblor.
____________________
E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

No hay comentarios:
Publicar un comentario