© Libro N° 9886. Dos bagatelas. Onions, Oliver. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
Título
original: ©
Two Trifles, Oliver Onions (1873-1961)
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Oliver Onions
Dos
Bagatelas
Oliver
Onions
Los piratas del éter:
Con un pie apoyado en un rincón para defenderse del movimiento del
barco, los auriculares puestos y una mano en el transmisor mientras la otra
revoloteaba sobre botones y clavijas, el joven operador de T. S. H. intentaba
establecer comunicación. Ya la tuvo establecida antes, pero o la había perdido
o algo le había pasado al barco desconocido después de que emitió aquella
urgente y solitaria llamada de socorro. La bombilla, en forma de pera, arrojaba
sombras cavernosas bajo bajo sus cejas anhelantemente fruncidas, e iluminaba
severamente cuadros de instrumentos y esferas graduadas, timbres y alambres,
clavijas y tubos, mientras toda la habitación, pintada de blanco, se inclinaba
lentamente hacia un lado para luego encabritarse violentamente hacia el otro, cuando
el barco giraba en la tormenta.
El operador parecía capaz de comunicar con cualquier barco excepto con
el que quería. Igual que una tensa cuerda de violín que variase al ser afinada,
o como si una caracola puesta en su oído le cantase, no la Canción del Mar,
sino mil canciones distintas, así fluctuaba él de onda en onda por el diapasón
de mensajes que iba sucesivamente captando el aparato. Habrían resultado
cómicamente variados si el operador no hubiera tenido la cara tan lívida,
ansiosa y rígida: «Felices Pascuas… compre Erie Railroads… buenas noches… el
precio del cobre… Felices Pascuas…». La noche susurraba mensajes igual que en
un teléfono se intercambian murmullos; y, muy por encima de la cubierta del
barco sucia de huellas de pies, la antena dibujaba amplias curvas en el cielo
invernal, que de cuando en cuando hablaba, con un rugido que rasgaba la noche.
Pero, a pesar de la multitud de interferencias que le rodeaba, lo que a
continuación se relata es una conferencia que precisamente no oyó el joven
telegrafista.
Los Espiritus del Comité Especial de Tráfico Etéreo y Derecho de Paso
estaban celebrando una Junta General Extraordinaria. Lo hacían porque
últimamente las molestias habían llegado a ser intolerables. Los mensajes de
los mortales rasgaban con tanta frecuencia el espacio, y con tan descuidada
inobservancia de las Normas de Regulación Etérea, que ningún fantasma de entre
ellos se había librado de sus nefastas consecuencias. Un espectro está
encantando pacíficamente el lugar que le ha correspondido en suerte; surge de
pronto una de esas ráfagas radiotelegráficas; y he aquí que su ser queda
reducido a fragmentos que sólo pueden ser reunidos de nuevo una vez que ha
pasado la horrible confusión.
Y cuando decían «encantar», querían decir no simplemente aquella forma
de aterrorizar, ya pasada de moda, a base de sábanas blancas y ruidos de
grilletes, ni tampoco las más modernas formas de intimidación, que son
independientes del toque de la media noche y del canto del primer gallo, sino
también – y especialmente- las más benignas sugestiones, sus gentiles
insinuaciones a los poetas del mundo, la inspiración que cuchichean a los
pintores, sus desvelos en pro de las bellas letras, su inclinación a la benevolencia,
su afición a la teatralidad y, en pocas palabras, cualquier otra noble
ocupación conocida sólo por aquellos inquilinos de la tierra, que prestan su
fuerza y su trabajo a cosas de las que no van a sacar provecho alguno y en las
que creen sin haberlas visto nunca.
Habló un venerable espíritu que aún conservaba adherido un tenue halo de
barba plateada.
—Creo que todos estamos de acuerdo en que tenemos que hacer algo —dijo—.
Precisamente ahora, uno de los espectros jóvenes más agradables que conozco,
que llegaba con un «» «motivo» a un pobre músico sin inspiración, acaba de ser
alcanzado por una ráfaga de radio y sus fragmentos han sido dispersados, de
modo que, aunque su esencia no haya sido dañada permanentemente, su inspiración
le abandonó por completo y jamás podrá recobrarla.
—En efecto —añadió otro testigo—. Acertaba yo a proyectarme cerca de
allí y pude ver todo lo ocurrido. Pobre muchacho, no tuvo ni tiempo de huir. Se
trataba de uno de esos mensajes «directos», así los llaman ellos, y ningún
fantasma de su categoría habría podido resistirlo en pie ni un instante.
—Sin embargo, los peores de todos son esos que llaman mensajes
universales, que lanzan en todas direcciones por igual. Estos son nuestra mayor
amenaza.
—Completamente cierto. Con los «urgentes» siempre nos queda una
posibilidad de hurtarnos a su camino; pero con los «universales» no tenemos
escapatoria.
—¡Atención! ¡Ahí viene uno! —exclamó otro espíritu, y señaló con
rapidez-; por fortuna aún está bastante lejos.
Se elevó un clamor de indignación.
—¡Vándalos!
—¡Hunos!
—¡Salvajes!
—¡Sinvergüenzas!
Habló un fantasma femenino. Era sabido que debía su condición actual a
un accidente de automóvil.
—Recuerdo —dijo— un nombre que usaba la gente grosera para denominar a
los que se excedían en velocidad guiando sus automóviles por las carreteras.
Los llamaban «Los Piratas de la carretera». De la misma manera, nosotros
deberíamos llamar «Piratas del éter» a los causantes de tan molestos
inconvenientes.
Esta propuesta fue acogida con grandes aplausos, que el joven
telegrafista, que todavía seguía buscando su onda, tomó erróneamente por una
radioconmoción general que se le venía encima.
—Sí —prosiguió el fantasma femenino (siempre era un poco charlatana
cuando se sabía escuchada)—; yo era sorda, y por ese motivo tenía que pagar un
suplemento extra en esa horrible cosa que llaman póliza de seguros. ¡Oh,
queridos, la de veces que se me habrá subido el corazón a la boca cuando oía el
estruendo de sus automóviles!
En ese momento, dos espíritus que había allí al efecto -era su oficio-,
la hicieron «apagarse» amable pero firmemente; es decir, se mezclaron con ella
y ratificaron su coherencia astral; todos habían oído ya aquella historia
muchísimas veces. Continuaron las deliberaciones. Se decidió que tenían que
adoptar sanciones y medidas. Con este motivo se suscitó una nueva cuestión:
¿Sobre quién recaería el primer castigo ejemplar?
—Echa una ojeada —dijo el espíritu del halo de plata en la barba; y
partió un mensajero, que regresó inmediatamente con la noticia de que en ese
mismo momento un joven operador de T. S. H., provisto de una condición nerviosa
extremadamente sensible, estaba intentando provocar un nuevo atropello.
—¡Dios mío! —exclamó el venerable, despidiendo de nuevo a su esbirro—.
Tenemos que decidir ahora mismo quién será el encargado de visitarle. La
Presidencia les invita a hacer sugerencias.
Ahora bien, la elección de un visitador es siempre asunto delicado que
debe tratarse con suma moderación. No todo fantasma puede visitar a todo el
mundo. Por supuesto, los más fluidos encuentran con frecuencia muchas
dificultades para manifestarse por completo, de tal modo que, en la práctica,
el delegado suele ser uno de los espíritus más materializados. Así, pues, ésta
es la causa de que aquí en la tierra sólo conozcamos a los menos fantasmales de
los fantasmas, es decir, a aquellos casi tan recién destetados del pecho de la
madre tierra; y éste es precisamente el punto flaco de las visitas desde el
punto de vista de los fantasmas. El mensaje perfecto debe ir a través del
camino imperfecto. Los grandes fantasmas planean, pero son los más toscos los
que ejecutan.
Pero como esto tampoco se desconoce en la tierra, no hace falta que nos
extendamos demasiado en ello.
De momento, no disponía el Comité de ningún embajador menor que el
espíritu de cierto maquinista escocés que había sufrido su cambio de estado ya
en los días de la navegación a vapor. Cierto era que tenían que tener mucho
cuidado con él, pues era espíritu sospechoso de excesivas inquietudes y deseos;
pero esto, que en cierto sentido era un defecto, aumentaba su eficacia en otro,
y nada menos que un espíritu de la categoría del propio Vanderdecken le había
recomendado para toda clase de comisiones marítimas. Se le izo comparecer y se
le explicó su misión.
—Comprenda —le dijeron, un tanto severamente, después—, sus
instrucciones son precisas, recuérdelo; no tiene por qué excederse de ellas.
—Ay, ay, —dijo el torpe espíritu—; conozco los barcos de vela y de vapor
y he trabajado mucho tiempo en una barcaza. No pueden hacer nada mejor que
encargarme a mí el asunto.
Había, pese a todo, un acento tan sincero y bien intencionado en sus
palabras, que quedaron sumamente satisfechos.
—Muy bien —dijo el espíritu presidente—. Ya sabe usted dónde
encontrarle. Váyase.
—Ay, ay, señor, no se preocupe. ¡Menuda sacudida voy a dar al muchacho!
Pero en aquel momento una terrorífica ráfaga, procedente de la Estación
de Cape Cod, dispersó la asamblea como si la hubiera arrojado por la boca de
una escopeta. Y tengan ustedes en cuenta que toda la escena anterior no había
durado absolutamente nada de tiempo, al menos de lo que se considera tiempo en
la tierra.
II.
—¡Oh, quítese de mi camino, estúpido! Necesito comunicar con un barco
que me llamó hace cinco minutos… el Bainbridge. ¿Ha captado usted también su
llamada?… ¡Oh, señor, he aquí otro lunático…! ¡Quiere saber quién ha ganado el
match de boxeo! ¿Es ahí el Bainbridge? ¡Entonces, corte! ¡Largo!… ¡Eh, ahí!
¿Han recibido ustedes una llamada del Bainbridge? Sí, hace cinco minutos. Creo
que dijo que tenían fuego a bordo, pero no estoy seguro y no consigo volver a
comunicar con él. Inténtelo usted… elimine ese estúpido «Felices Pascuas»… Sí,
Bainbridge…B-a-i-n… No, pero creo… digo que cre… eso dijo… quizá ya no pueda
transmitir…
Punto, raya, punto, raya, punto, raya…
De nuevo recorría de arriba abajo la gama musical, en busca del barco
que emitió aquel mensaje vago e incierto y después quedó en silencio.
Un barco incendiado… en algún sitio…
Estaba casi seguro de que le dijeron que había fuego a bordo…
Quizá no habían podido seguir transmitiendo…
De todos modos, existían ya media docena de barco intentando dar con él.
Fue en aquel preciso instante en que toda la borrascosa noche vibraba de
llamamientos dirigidos al Bainbridge, cuando el fantasma llegó a su destino
para convertir al joven telgrafista en ejemplo que sirviese de aviso a los
Transgresores Etéreos en general. Realmente entre todos los barcos estaban
armando una barahúnda abominable. Desde las antenas el morse rasgaba el vacío y
si un espectro errante conseguía evitar una aniquiladora longitud de onda, era
sólo para encontrarse con otra quizá peor. Se encolerizaban. ¿Dónde estaba la
ventaja de ser la Gran Mayoría, si podían ser intimados en sus propios dominios
por una minoría humana gracias a esos devastadores inventos?
Incluso aquel espectral vengador que se cernía, pronto a la acción,
sobre la oscilante cabina de radio, sentía que era desgarrado por
estremecimientos desintegradores. Los dedos del joven operador accionaban de
nuevo en el manipulador del aparato.
—¿Consigue comunicar con el Bainbridge? ¡Oh, inténtelo otra vez, por
amor de Dios!… ¿Está ustéd ahí? ¿Nada todavía?… Doric, ¿no puede comunicar…?
Bandazos para un lado, bandazos para otro; en la cresta y en lo hondo de
las olas; un viraje hacia puerto, un ángul,o de cuarenta y cinco grados a
estribor; en los movimiento del barco, la antena giraba allá arriba,
describiendo círculos vertiginosos y amatrallando la noche con su morse.
Punto, raua, punto, raya, punto, raya…
Pero, ya, a punto mismo de manifestarse, vaciló aquel viejo fantasma que
en su día había conocido veleros y vapores y servido en una barcaza. Sabía que
no era más que un fatasma de ínfimo grado al que se había encomendado, más que
confiado, una misión; y la confianza, evidentemente escasa, que en él se tenía
no era lo más adecuado para fortalecer su lealtad hacia sus superiores. Empezó
a añorar sus huesos y su sangre y sintió revivir su antigua pasión terrenal por
los trabajo del mar. Había sido un buen maquinista en sus tiempos, al tanto
siempre de los últimos adelantos de aquella época, y lo que ahora veía le
intrigaba extraordinariamente. En virtud de su instantaneidead y ubicuidad,
nada más llegar ya había echado una completa ojeada general por todo el barco.
Mucho de lo que había visto era nuevo para él; la mayor parte, sin embargo, no.
Las máquinas eran más poderosas, pero iguales en esencia. En la sala de
máquinas, al fondo de interminables escaleras, lñas cosas seguían igual que
antaño. Como había presenciado los primeros balbucéos de la luz eléctrica, las
relucientes bombillas no constituían para él ningún motivo de asombro; y había
prestado poca atención a las frivolidades del barco, salones dorados,
gimnasios, pintados camarotes y cómodos cuartos de baño. Sin embargo, al ir
concentrándose para hacerse visible, vaciló. Intentó justificarse ante sí
mismo. Se dijo que probablemente le asustaría mucho más eficazmente si, tras
alejarse durante un rato, estudiase y hallase el punto débil por donde sería más
fácilmente vulnerable. Se dijo que sus superiores (siempre un poco
condescendientes y despectivos con él) habían dejado a su arbitrio y discreción
gran parte del asunto (el cual, de paso, quizá excediese sus posibilidades). Se
dijo que, de regresar sin haber llevado felizmente a cabo su misión, no podrían
portarse peor con él, después de todo, de como se habían portado ya.
En una palabra, se dijo todo lo que nosotros, meros mortales, nos
solemos decir cuando queremos persuadirnos de que nuestros deseos y deberes
coinciden, punto por punto, exactamente. Mientras tanto, se dedicaba a atisbar
y fisgar en torno a un pequeño y movible haz de alambres que se enrollaba en
dos poleas de madera engranadas con una especie de reloj provisto de ciertas
espirales de alambre y una pareja de imanes de herradura, todo lo cual iba
conectado con los auriculares ceñidos a la cabeza del joven pirata del éter. Le
picaba la curiosidad de saber para qué serviría todo aquello.
Era, naturalmente, el receptor acústico, el oído esencial del
instrumento. Entonces, el dedo del joven comenzó de nuevo a golpear en la llave
del transmisor.
-Doric…¿nada todavía?… ¿Es ahí el Imperator?… ¿Está usted también
intentando comunicar con el Bainbridge?
Ahora bien, el fantasma, a pesar de no saber nada acerca del receptor,
conocía perfectamente el morse; y, aunque no se le había ocurrido aún
comprimirse y quedarse entre los oídos del operador y el receptor telefónico,
leyó fácilmente el mensaje transmitido. Tampoco dejó de observarse que el joven
tenía la cara contraída y sudorosa. Parecía necesitar cierto barco, un tal
Bainbridge, y, a juzgar por el fruncimiento de sus cejas, que las convertía en
un verdadero enrejado a la luz de la bombilla, y por la vidriosidad de sus
ojos, lo necesitaba con urgencia. Y al parecer, lo mismo les sucedía a aquellos
otros buques cuyos misteriosos aparatos rasgaban el éter con sus puntos y sus
rayas…
Además, al verse de nuevo a bordo, aquel viejo fantasma pensativo empezó
a sentirse como en su propia casa, o, mejor dicho, se habría sentido así de
poder comprender el significado de aquel inquieto manipulador, de aquel alambre
que vibraba y oscilaba en el aire y de aquella correa sin fin, de alambre
también, que se movía lentamente y pasaba por los imanes y estaba conectada
finalmente con los auriculares que ceñían la frente del joven pirata del éter.
Pensasen lo que pensasen de él quienes lo habían enviado, había sido persona de
no poca importancia en la tierra y un mecánico altamente experto en la materia.
De repente se dio cuenta de que era presa de la tentación. No tenía por qué
asustar a este joven. De hacerlo podía pasarle algo a aquel desconocido instrumento
y encontes quizá no pudiesen ya comunicar con aquel barco que intentaba
localizar a través de la noche.
¡Ah, si pudiese averiguar por qué le buscaban tan urgentemente!
Encontrarle sería la cosa más fácil del mundo para un fantasma. Y entonces, por
fin, mientras husmeaba en torno al detector, se le ocurrió interponer una
porción de su imponderable estructura entre el auricular y la oreja del joven.
Un momento después se había vuelto a retirar felinamente, como un polo de la
brújula repelido por otro del mismo nombre. ¡Estaba temblando como jamás le
había hecho temblar radiomensaje alguno!
¡Fuego! ¡Un barco ardiendo!
¡Esa era la razón de que aquellos simpáticos y jóvenes operadores se
afanasen en acribillar a fantasmas inocentes hasta reducirlos a añicos!…
¡El Bainbridge!¡Ardiendo!…
¿Qué les importaba a todos los fantasmas del universo que ardiera un
barco? Pero aquel infiel emisario no dudó ni un instante. Que el fantasmal
Concilio le arrojara de su seno si así lo quería. No le preocupaba. ¡Que fueran
perseguidos y acribillados hasta el día del Juicio Final si había de haber un
solo barco ardiendo en los mares del mundo! ¿Un barco ardiendo? En cierta
ocasión había visto arder un barco y no le quedaron ganas de volver a ver otro,
ni siquiera en su estado fantasma.
En lo que ha tardado usted en leer esto ya se había marchado él en busca
del Bainbridge.
Por supuesto, no tuvo que ir de un lado a otro para encontrarlo. No
obstante ser un fantasma de mala calidad y baja condición poseía el don de la
ubicuidad. Un doble cambio instantáneo de tensión, y al mismo tiempo ya estaba
allí y ya había regresado con los datos de la situación del Bainbridge, la ruta
que seguía y la certidumbre de que aún no era demasiado tarde. El operador
continuaba escuchando, angustiado, por los auriculares. El fantasma se sintió
agradecido por no haber olvidado el morse que aprendió estando en la barcaza.
Velozmente se precipitó sobre el manipulador y empezó a manejarlo.
Punto, raya, punto, raya, punto, raya…
El operador oyó. Se puso en pie como si se hubiera autoacribillado a
ondas. Los ojos, desorbitados; la boca, horriblemente abierta. ¿Qué pasaba con
su aparato?
Punto, raya, punto, raya, punto, raya…
No era el teléfono, por supuesto. La mirada del joven cayó al fin sobre
el transmisor. El manipulador se movía rápidamente de arriba abajo. Leyó
Bainbridge y una situación: era su aparato el que transmitía a los otros.
Se lanzó febrilmente al teléfono.
El Doric estaba ya acusando recibo. Lo mismo hacía el Imperator. Y él no
había enviado mensaje alguno…
Sin embargo, aunque le perturbara pensar en ello, no le concedió mucha
importancia. Si un barco se volvía loco, ya cualquier cosa podía volverse loca.
De todas formas, lo importante era que no se le había ocurrido dudar de aquella
primera llamada, de aquella primera llamada espeluznante: «¡Bainbridge…
fuego!».
Se lanzó sobre el tubo y llamó al puente.
Mediada la mañana del día de Navidad encontraron los botes del
Bainbridge. En cuanto a aquél impenitente y viejo espectro marinero, al
regresar al lugar de donde había venido, produjo escasa satisfacción a sus
superiores. Por su parte, se mantuvo inalterable frente a todas sus indignadas
amenazas, limitándose a repetir obstinadamente una y otra vez:
—¡Vaya nervios de acero que tenía el muchacho! ¡Repetidamente me
manifesté a él, pero no le causé más impresión que si hubiera intentado asustar
a Saturno o a su anillo! En mi opinión, un fantasma no es ya lo que fue. Hay
demasiados adelantos modernos en estos días.
Pero su espectral corazón se sentía secretamente pesaroso por no haber
sido capaz de comprender absolutamente nada tocante al receptor.
El mortal.
-Oh, Egbert —imploró la Dama Blanca—, permitid que os poda que
abandonéis esa absurda y loca idea!
Sir Egbert «El impávido», que en aquel momento trataba de atravesar la
pared de la galería norte, se volvió, quedando una mitad suya a este lado del
panel y la otra en la Cueva del Moro, que se hallaba en el espesor del muro.
—No, Rowena —replicó firmemente—. Juzgasteis conveniente dudar de mi
valentía delante de todos los antepasados de la familia, y ahora voy a intentar
hacerlo. Si algo me sucede, que caiga mi ectoplasma sobre vuestra cabeza.
Lady Rowena sollozó. En su agitación se retorció las manos de tal modo
que ambas se intrapenetraron.
—¡No, Egbert, fue solamente una broma! En la tierra fuisteis conocido
por «El impávido»; nuestros descendientes se encuentran orgullosos de vos. ¿No
podéis olvidar mis estúpidas palabras?
—No — replicó Sir Egbert severamente—. ¡Aunque me cueste mi no
existencia, pasaré la noche en una Cámara Humana!
—¡Egbert…! ¡Egbert…! Conteneos… ¡eso no!… ¡La del Clérigo, no! Pensad…
¿y si os exorciza?
—Demasiado tarde; ¡ya he hablado! —dijo Sir Egbert con un brusco
movimiento de la mano. Se desvaneció en la quinta dimensión. No bien había
terminado de hacerlo cuando se escuchó una lamentanción general.
—¡Oh, lo será, lo será, sé que lo será! —sollozó la Dama Blanca.
Volver a ser confinado en los límites de la materia, de tal modo que no
se pueda hablar sino sirviéndose de una lengua, ni moverse sino accionando
piernas; tornar a ser aprisionado en las tres dimensiones de la grosera vida
material, he ahí la máxima amenaza que se cierne sobre la condición de los
espectros.
—Pobre chico… incluso ya me pareció ver a su alrededor unas ciertas
trazas de visibilidad —murmuró el fúnebre Sir Hugo.
—¡Oh, esto ya es jugar con la carne! —gritó otro, con un
estremecimiento.
—¡Un disparate casi humano!
—Su modo de deslizarse ya noes como fue —suspiró melancólica Lady
Aunice, que, en la tierra, había sido célebre por su asiduidad a los funerales.
—Nunca más volveré a ver su querida Aura —gimió la Dama Blanca, que se
había vuelto ya casi totalmente opaca—. ¡Esto me va a costar la no existencia!
—Si almenos no se le hubiese metido en la cabeza ir a la cámara de un
clérigo precisamente —dijo Lady Aunice con acento melancólico.
—¡Eh! ¡Aprisa, cogedla! ¡Se está solidificando! —gritaron, de pronto,
media docena de ellos.
Sólo tras muchas dificultades consiguieron torntar a la Daba Blanca a un
estado que, pese a todo, no era de total evaporación.
Era medianoche y el Clérigo roncaba. Se volvió, intranquilo en su sueño.
Quizá advertía la presencia de Sir Egbert. El mismo Sir Egbert temía acercarse
al Lecho Mortal situado más allá de la celosía. El miedo le daba el aspecto de
un finísimo entramado rojo, peligroso síntoma premonitorio de la aparición de
venas y sangre; y sabía que, aunque tenuemente, se dibujaba sobre él la
entrecruzada sombra de la celosía. Para salvar su nonentidad, ni siquiera
podría ya deslizarse hacia arriba por el dardo de luz de la luna que se
derramaba a través de la ventana.
De repente, una violenta Onda Hertziana atravesó el éter de Sir Egbert.
Saltó hasta casi salirse de su dimensión. El Clérigo había abierto los ojos.
¿Ser o no Ser? ¿Le había visto?
Le había visto, sí. Sus horribles ojos materiales estaban clavados en el
pobre espectro inocente. Los dos se miraron fijamente; el uno, acobardado a la
luz de la luna; el otro, envuelto en todo el horror de la solidez, medio
incorporado en su lecho. Entonces, el Mortal empezó a llevar a cabo sus
amedrentadoras prácticas.
Primero lanzó ese grito ronco que tanto temen todos los fantasmas, y Sir
Egbert sintió de repente que su peso había aumentado en más de una libra. Pero
recordó su apodo: «El impávido». No cejaría.
Entonces los dientes del Clérigo empezaron a entrechocar. Sus labios
bisbisearon algo, y Sir Egbert se preguntó si no sería el principio del
Exorcismo. Si lo era, nunca más volvería a ver la feliz y vieja galería
ancestral, nunca volvería a estrechar a su querida Rowena en perfecta
intrapenetración… nunca volvería a atravesar un sólido… nunca volvería a
experimentar el antiguo y voluptuoso placer de estar aquí e inmediatamente
hallarse allá, en cualquier otro sitio.
—¡Misericordia, misericordia! —intentó gritar; y su voz, ciertamente,
llegó a agitar el aire palpable.
Pero no había misericordia en aquél horrible Clérigo. Su única propuesta
consistió en erizar fuertemente el cabello de la cabeza.
Después desorbitó los ojos. Luego contrajo la cara. Y más tarde empezó a
hablar, por así decirlo, como los sordomudos, con los dedos.
La semisustancia de Sir Egbert era ya como un polvillo rojo y
cristalino; era el principio de la agonía. Se dio cuenta de lo cerca que se
hallaba ya de la Precipitación en lo Mortal, cuando súbitamente se sorprendió a
sí mismo pensando casi con miedo en su adorada Dama Blanca ¡Ella era un
fantasma!
Entonces el Mortal, empezó a farfullar palabras. Era el exorcismo. ¡Oh!
¿Por qué, por qué, por qué no se le habría ocurrido a Sir Egbert ir a visitar a
un Abogado?
El parloteo continuó. Color… calor… peso… se fueron asentando en Sir
Egbert, «El impávido». Ya casi era.
Y mientras seguía haciéndose irremisiblemente, las palabras del Clérigo
aumentaron su velocidad. Los pies de Sir Egbert sintieron el suelo; gritó, y se
dejó oír un tenue quejido en el espacio. El Clérigo levantó un pie por encima
de la cama y lanzó una almohada al aire.
¿No tenía, pues, salvación Sir Egbert?
Ah, sí. Aquellos que lleven una No-existencia humilde y recta nunca
serán arrojados a los errores de lo sólido y conocido. De algún lugar más allá
del rayo de luna vino un agudo sonido.
Era el canto de un gallo.
El Clérigo se cubrió la cara con la almohada, cuando se la quitó, y
volvió a mirar, ya no había nadie.
Sir Egbert, de regreso en su confortable Cuarta Dimensión, descansaba de
nuevo junto a la querida e indivisible textura de su amada Dama Blanca.
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Oliver Onions (1873-1961)

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