© Libro N° 9885. Donde Suben Y Bajan Las Mareas. Dunsany, Lord. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
Título
original: ©
Where The Tides Ebb And Flow, Lord
Dunsany (1878-1957)
Versión Original: © Donde Suben Y Bajan Las Mareas. Lord
Dunsany
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DONDE SUBEN Y BAJAN LAS MAREAS
Lord Dunsany
Donde
Suben Y Bajan Las Mareas
Lord
Dunsany
Soñé que había hecho algo horrible, tan horrible, que se me negó
sepultura en tierra y en mar, y ni siquiera había infierno para mí. Esperé
algunas horas con esta certidumbre. Entonces vinieron por mí mis amigos, y
secretamente me asesinaron, y con antiguo rito y entre grandes hachones
encendidos, me sacaron.
Esto acontecía en Londres, y furtivamente, en el silencio de la noche,
me llevaron a lo largo de calles grises y por entre míseras casas hasta el río.
Y el río y el flujo del mar pugnaban entre bancos de cieno, y ambos estaban
negros y llenos de los reflejos de las luces. Una súbita sorpresa asomó a sus
ojos cuando se les acercaron mis amigos con sus hachas fulgurantes. Y yo lo
veía, muerto y rígido, porque mi alma aún estaba entre mis huesos, porque no
había infierno para ella, porque se me había negado sepultura cristiana.
Me bajaron por una escalera cubierta de musgo y viscosidades, y así
descendí poco a poco al terrible fango. Allí, en el territorio de las cosas
abandonadas, excavaron una fosa. Después me depositaron en la tumba, y de
repente arrojaron las antorchas al río. Y cuando el agua extinguió el fulgor de
las teas, se vieron, pálidas y pequeñas, nadar en la marea; y al punto se
desvaneció el resplandor de la calamidad, y advertí que se aproximaba la enorme
aurora; mis amigos se taparon los rostros con sus capas, y la solemne procesión
se dispersó, y mis amigos fugitivos desaparecieron calladamente.
Entonces volvió el fango cansadamente y lo cubrió todo, menos mi cara.
Allí yacía solo, con las cosas olvidadas, con las cosas amontonadas que las
mareas no llevarán más adelante, con las cosas inútiles y perdidas, con los
ladrillos horribles que no son tierra ni piedra. Nada sentía, porque me habían
asesinado; mas la percepción y el pensamiento estaban en mi alma desdichada. La
aurora se abría, y vi las desoladas viviendas amontonadas en la margen del río,
y en mis ojos muertos penetraban sus ventanas muertas, tras de las cuales había
fardos en vez de ojos humanos.
Y tanto hastío sentí al mirar aquellas cosas abandonadas, que quise
llorar, mas no pude porque estaba muerto. Supe entonces lo que jamás había
sabido: que durante muchos años aquel rebaño de casas desoladas había querido
llorar también, mas, por estar muertas, estaban mudas. Y supe que también las
cosas olvidadas hubiesen llorado, pero no tenían ojos ni vida. Y yo también
intenté llorar, pero no había lágrimas en mis ojos muertos. Y supe que el río
podía habernos cuidado, podía habernos acariciado, podía habernos cantado, mas
él seguía corriendo sin pensar más que en los barcos maravillosos.
Por fin, la marea hizo lo que no hizo el río, y vino y me cubrió, y mi
alma halló reposo en el agua verde, y se regocijó, e imaginó que tenía la
sepultura del mar. Mas con el reflujo descendió el agua otra vez, y otra vez me
dejó solo con el fango insensible, con las cosas olvidadas, ahora dispersas, y
con el paisaje de las desoladas casas, y con la certidumbre de que todos
estábamos muertos.
En el negro muro que tenía detrás, tapizado de verdes algas, despojo del
mar, aparecieron oscuros túneles y secretas galerías tortuosas que estaban
dormidas y obstruidas. De ellas bajaron al cabo furtivas ratas a roerme, y mi
alma se regocijó creyendo que al fin se vería libre de los malditos huesos a
los que se había negado entierro.
Pero pronto se apartaron las ratas y murmuraron entre sí. No volvieron
más. Cuando descubrí que hasta las ratas me execraban, intenté llorar de nuevo.
Entonces, la marea vino retirándose, y cubrió el espantoso fango, y ocultó las
desoladas casas, y acarició las cosas olvidadas, y mi alma reposó por un
momento en la sepultura del mar. Luego me abandonó otra vez la marea. Y sobre
mí pasó durante muchos años arriba y abajo. Un día me encontró el Consejo del
Condado y me dio sepultura decorosa. Era la primera tumba en que dormía. Pero
aquella misma noche mis amigos vinieron por mi, y me exhumaron, y me llevaron
de nuevo al hoyo somero del fango.
Una y otra vez hallaron mis huesos sepultura a través de los años, pero
siempre al fin del funeral acechaba uno de aquellos hombres terribles, quienes,
no bien caía la noche, venían, me sacaban y me volvían nuevamente al hoyo del
fango. Por fin, un día murió el último de aquellos hombres que hicieron un
tiempo la terrible ceremonia conmigo. Oí pasar su alma por el río al ponerse el
sol. Y esperé de nuevo.
Pocas semanas después me encontraron otra vez, y de nuevo me sacaron de
aquel lugar en que no hallaba reposo, y me dieron profunda sepultura en
sagrado, donde mi alma esperaba descanso. Y al punto vinieron hombres embozados
en capas y con hachones encendidos para volverme al fango, porque la ceremonia
había llegado a ser tradicional y de rito. Y todas las cosas abandonadas se
mofaron de mí en sus mudos corazones cuando me vieron volver, porque estaban
celosas de que hubiese dejado el fango. Debe recordarse que yo no podía llorar.
Y corrían los años hacia el mar adonde van las negras barcas, y las
grandes centurias abandonadas se perdían en el mar, y allí permanecía yo sin
motivo de esperanza y sin atreverme a esperar sin motivo por miedo a la
terrible envidia y a la cólera de las cosas que ya no podían navegar.
Una vez se desató una gran borrasca que llegó hasta Londres y que venía
del mar del Sur; y vino retorciéndose río arriba empujada por el viento furioso
del Este. Y era más poderosa que las espantosas mareas, y pasó a grandes saltos
sobre el fango movedizo. Y todas las tristes cosas olvidadas se regocijaron y
mezcláronse con cosas que estaban más altas que ellas, y pulularon otra vez
entre los señoriles barcos que se balanceaban arriba y abajo. Y sacó mis huesos
de su horrible morada para no volver nunca más, esperaba yo, a sufrir la
injuria de las mareas. Y con la bajamar cabalgó río abajo, y dobló hacia el
Sur, y tornóse a su morada. Y repartió mis huesos por las islas y por las
costas de felices y extraños continentes. Y por un momento, mientras estuvieron
separados, mi alma se creyó casi libre.
Luego se levantó, al mandato de la Luna, el asiduo flujo de la marea, y
deshizo en un punto el trabajo del reflujo, y recogió mis huesos de las riberas
de las islas de sol, y los rebuscó por las costas de los continentes, y fluyó
hacia el Norte hasta que llegó a la boca del Támesis, y subió por el río y
encontró el hoyo en el fango, y en él dejó caer mis huesos; y el fango cubrió
algunos y dejó otros al descubierto, porque el fango no cuida de las cosas
abandonadas.
Llegó el reflujo, y vi los ojos muertos de las cosas y la envidia de las
otras cosas olvidadas que no había removido la tempestad. Y transcurrieron
algunas centurias más sobre el flujo y el reflujo y sobre la soledad de las
cosas olvidadas. Y allí permanecía, en la indiferente prisión del fango, jamás
cubierto por completo ni jamás libre, y ansiaba la gran caricia cálida de la
tierra o el dulce regazo del mar.
A veces encontraban los hombres mis huesos y los enterraban, pero nunca
moría la tradición, y siempre me volvían al fango los sucesores de mis amigos.
Al fin dejaron de pasar los barcos y fueron apagándose las luces; ya no
flotaron más río abajo las tablas de madera, y en cambio llegaron viejos
árboles descuajados por el viento, en su natural simplicidad.
Al cabo percibí que dondequiera a mi lado se movía una brizna de hierba
y el musgo crecía en los muros de las casas muertas. Un día, una rama de cardo
silvestre pasó río abajo. Por algunos años espié atentamente aquéllas señales,
hasta que me cercioré de que Londres desaparecía. Entonces perdí una vez más la
esperanza, y en toda la orilla del río reinaba la ira entre las cosas perdidas,
pues nada se atrevía a esperar en el fango abandonado. Poco a poco se
desmoronaron las horribles casas, hasta que las pobres cosas muertas que jamás
tuvieron vida encontraron sepultura decorosa entre las plantas y el musgo. Al
fin apareció la flor del espino y la clemátide. Y sobre los diques que habían
sido muelles y almacenes se irguió al fin la rosa silvestre. Entonces supe que
la causa de la Naturaleza había triunfado y que Londres había desaparecido.
El último hombre de Londres vino al muro del río, embozado en una
antigua capa, que era una de aquellas que un tiempo usaron mis amigos, y se
asomó al pretil para asegurarse de que yo estaba quieto allí; se marchó y no le
volví a ver: había desaparecido a la par que Londres.
Pocos días después de haberse ido el último hombre entraron las aves en
Londres, todas las aves que cantan. Cuando me vieron, me miraron con recelo, se
apartaron un poco y hablaron entre sí.
Sólo pecó contra el Hombre —dijeron—. No es cuestión nuestra.
Seamos buenas con él. —dijeron.
Entonces se me acercaron y empezaron a cantar. Era la hora del amanecer,
y en las dos orillas del río, y en el cielo, y en las espesuras que un tiempo
fueron calles, cantaban centenares de pájaros. A medida que el día adelantaba,
arreciaban en su canto los pájaros; sus bandadas espesábanse en el aire, sobre
mi cabeza, hasta que se reunieron miles de ellos cantando, y después millones,
y por último no pude ver sino un ejército de alas batientes, con la luz del sol
sobre ellas, y breves claros de cielo. Entonces, cuando nada se oía en Londres
más que las miríadas de notas del canto alborozado, mi alma se desprendió de
mis huesos en el hoyo del fango y comenzó a trepar sobre el canto hacia el
cielo. Y pareció que se abría entre las alas de los pájaros un sendero que
subía y subía, y a su término se entreabría una estrecha puerta del Paraíso. Y
entonces conocí por una señal que el fango no había de recibirme más, porque de
repente me encontré que podía llorar.
En este instante abrí los ojos en la cama de una casa de Londres, y
fuera, a la luz radiante de la mañana, trínaban unos gorriones sobre un árbol;
y aún había lágrimas en mi rostro, pues la represión propia se debilita en el
sueño. Me levanté y abrí de par en par la ventana, y extendiendo mis manos
sobre el jardincillo, bendije a los pájaros cuyos cantos me habían arrancado a
los turbulentos y espantosos siglos de mi sueño.
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Lord Dunsany (1875-1957)

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