© Libro N° 9881. El Químico Escéptico. Boyle, Robert. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
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El Químico Escéptico. Robert Boyle
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Robert Boyle
El
Químico Escéptico
Robert
Boyle
CONTENIDO
Nota preliminar
Introducción
Prefacio introductorio a este tratado
Consideraciones fisiológicas
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Cuarta parte
Quinta parte
Sexta parte
Conclusión
Nota preliminar
Publicado en 1661, The Sceptical Chymist (El químico escéptico),
de Robert Boyle (1627-1691), es uno de los grandes libros de la Revolución
Científica, el periodo de los siglos XVI y XVII en el que se sentaron las bases
de la ciencia moderna. Más concretamente, se trata de una de las obras que
prepararon el camino que terminaría produciendo, aproximadamente un siglo
después y gracias a Lavoisier, una química provista de un sólido andamiaje
teórico, una química científica, alejada ya de la alquimia que había dominado
el panorama químico durante siglos.
Escrito en forma de diálogo al estilo de los que habían dado fama y
persecución a Galileo, en El químico escéptico Boyle combatió
especialmente las ideas de Aristóteles y Paracelso, siguiendo con firmeza las
enseñanzas del estadista inglés Francis Bacon, quien en obras como Advancement
of Science (1605) y Novum Organum (1620) defendió un
método inductivo, guiado por el experimento y la observación, como el mejor
instrumento para que la filosofía natural (esto es, la ciencia) progresase.
Entre los valores que atesora El químico escéptico, no es el
menor el que aun siendo uno de los textos clásicos de la historia de la
química, los físicos también pueden reconocerlo como suyo. Y ello no sólo
porque nos muestra el uso que Boyle hizo de técnicas físicas en sus
investigaciones químicas, sino también por sus contenidos. Uno de estos es
particularmente querido tanto por los químicos como por los físicos: el de la
estructura de la materia. Me estoy refiriendo a la teoría atómica; a la idea de
que la materia está formada por átomos y conjuntos de átomos en movimiento y
que cualquier fenómeno es el resultado de colisiones entre ellos. «Para evitar
equivocaciones», escribía Boyle, «debo advertirle que ahora quiero decir por
Elemento, ciertos cuerpos Primitivos y Simples, o perfectamente no mezclados;
que no formados por ningún otro cuerpo, son los ingredientes de los que están
compuestos todos aquellos denominados Cuerpos perfectamente mixtos, y en los
que se disuelven en última instancia».
Constituye un honor para la presente colección, «Clásicos de la Ciencia
y la Tecnología», publicar por primera vez en español El químico
escéptico, un libro que permite acceder de primera mano a los escritos de
uno de los protagonistas —aunque no sea tan conocido como otros— de la
Revolución Científica: Robert Boyle.
José Manuel Sánchez Ron
Introducción
§ 1. Sumario de un contexto
Lo que hoy conocemos como Reino Unido de Gran Bretaña fue en tiempos un
conjunto de reinos no tan unidos, a veces, enemistados y, otras, reunidos en
alianzas circunstanciales tan frágiles como los matrimonios de conveniencia.
Nada especial, si su historia se compara con la de otros reinos continentales
europeos. Sin embargo, se puede encontrar una característica específica en esos
reinos insulares: la gran influencia que ejercieron en ellos ciertos periodos
en los que estuvieron regidos por mujeres que dieron el mejor lustre a su
historia. El primero de ellos, aunque no el más dilatado, fue el de Isabel I
(1533-1603), quien reinó durante 44 años como última representante de la
dinastía Tudor. El primer periodo isabelino en la historia de Inglaterra tuvo
una importancia decisiva en la historia cultural de todo el mundo británico ya
que este pasó de ser un lugar remoto e isleño a ojos de los europeos, a brillar
con una cultura nueva que terminó influyendo en el continente. Tal vez, el
representante más notable de la cultura de ese tiempo fuera William
Shakespeare, aunque no conviene olvidar que, tanto en las artes como en las
ciencias, los nuevos saberes renacentistas que pujaban por doquier en todo el
continente tuvieron su eco o su voz en el mundo británico. Pese a que no todas
las nuevas ciencias se difundieron con la misma intensidad, lo cierto es que
las ideas copernicanas se propagaron en Londres a través del astrónomo Thomas
Digges[1], quien
estuvo al tanto de los acontecimientos celestes de la época, intentó calcular
la paralaje de la supernova de 1572 y se convirtió en el primer divulgador de
las nuevas ideas copernicanas al publicar un texto donde se representaba el
mundo heliocéntrico para el público británico. En ese contexto, la Inglaterra
isabelina permitió a heterodoxos como Giordano Bruno difundir sus
controvertidas ideas en la Universidad de Oxford. Con todo, uno de los más
señeros representantes de la nueva ciencia británica fue William Gilbert,
médico y filósofo natural, quien realizó experimentos de electricidad y
magnetismo, estudió la creación de magnetismo por influencia y escribió el
tratado De Magnete, Magneticisque Corporibus, et de Magno Magnete
Tellure; Physiologia noua, plurimis & argumentis, & experimentis
demostrata [2],
conocido en su época con el nombre abreviado de De Magnete,
publicado en 1600. El tratado gozó del éxito de ver varias ediciones durante el
siglo XVII, por más que la mayor parte de los escritos científicos de Gilbert
no se conocieran hasta años después de su muerte. El libro mencionado trataba
de explicar la naturaleza de la piedra imán para explicar los movimientos
conectados con los fenómenos magnéticos. El tratado de Gilbert ofrecía una
propuesta no aristotélica al problema de la gravedad de los cuerpos, al sugerir
que el ya planeta Tierra podía ser considerado como un gigantesco imán; en la
primera parte de este escrito, Gilbert repasaba los principales efectos del
imán conocidos en su época. Esta historia natural del imán contenía las propias
observaciones del autor que no respetaban la tradición antigua de los cuatro
elementos, ya que, a su juicio, la tierra elemental nunca se había encontrado
en las investigaciones de los naturalistas. En una época donde las navegaciones
por los océanos Atlántico y Pacífico requerían refinar las técnicas de
orientación, se acogían con interés los tratados que explicaran el magnetismo,
la base del funcionamiento de la brújula. El libro de Gilbert tenía interés
además por sus reflexiones de filosofía natural, ya que profundizaba sobre las
causas del magnetismo y al explicarlo por medio de efluvios que podían
interpretarse con los patrones mecánicos que iban a ganar interés a lo largo
del siglo. El carácter experimental de las presentaciones de los fenómenos
magnéticos realizadas por Gilbert permitió asimismo que los sabios posteriores
lo trataran como el primer exponente de un nuevo mundo científico que nacía en
la Inglaterra isabelina.
Sin embargo, el imaginario del siglo XVII estuvo dominado por sir
Francis Bacon (1561-1626), considerado por muchos filósofos de la centuria como
el precedente por antonomasia de todo lo que de bueno pudiera haber ocurrido en
aquel reino de Inglaterra y en muchos otros. En la historia de la Royal Society
de Sprat de 1667, Bacon figura en el frontispicio de la edición a la derecha
del busto del nuevo rey Carlos II, con el descriptor de renovador de las artes.
En dicho frontispicio, Bacon apunta con su mano izquierda instrumentos de
matemáticas y artillería, mientras que en la parte de atrás se pueden ver
instrumentos de la nueva filosofía natural, incluyendo la bomba de vacío. A la
izquierda del busto del monarca figura el presidente de la Royal Society. El
grabado expresa bien la reverencia que Bacon producía entre los miembros de
aquella nueva sociedad de caballeros letrados. Sea exageración o no, Bacon tuvo
un real interés en la reorganización de los saberes de la época, tanto desde el
punto de vista de la metodología, con La gran Restauración (Novum
Organum), como en lo concerniente a la organización institucional, Sylva
Sylvarum y New Atlantis[3]. No
obstante, no estuvo demasiado interesado en conocer directamente los trabajos
de los científicos de su época y tuvo noticia de esos quehaceres a través de
los textos que daban cuenta de ellos, pero, en todo caso, sus análisis de los
problemas asociados con el conocimiento científico revelan su interés por la
transformación que sufrieron los saberes durante el Renacimiento tardío. Estas
preocupaciones teóricas de Bacon fueron contemporáneas de los esfuerzos
realizados por los albaceas de Thomas Gresham, empresario y banquero inglés
fallecido en 1579, para encarnar su voluntad testamentaria creando un college que
recogiera el espíritu de los nuevos saberes con el objeto de difundirlos.
Finalmente, fundaron el Gresham College, que abrió sus puertas en Londres
durante el año 1597.
El largo periodo isabelino donde se enmarcan las vidas de todos estos
personajes no fue un tiempo de paz y sosiego; el reino de Inglaterra luchaba
por asentar su primacía política y su influencia en las islas británicas. Las
disputas entre católicos y reformados eran constantes. La línea Tudor se
extinguió con Isabel I, y comenzó a regir la línea Estuardo. Las turbulencias
no se resolvieron en aquel tiempo y la inquietud política llegó al clímax en la
primera mitad del siglo XVII, con la ejecución del rey Carlos I en 1649.
El honorable Robert Boyle nació en el milieu intelectual
y político postisabelino, pocos meses después del fallecimiento de Bacon. Vio
la luz tenue de Irlanda en 1627 en el seno de una familia aristocrática,
adinerada e influyente con residencia en el Lismore Castle. Su educación fue la
clásica de un aristócrata británico de la época. En parte recibió la primera
educación en el castillo familiar, pero asistió al colegio más famoso de
Inglaterra, Eton, y completó su formación viajando por los lugares de cultura
más refinada del continente europeo, en especial, Francia, Italia y Suiza. Si
hemos de creer lo que cuenta en su autobiografía, durante aquellos viajes
sufrió una profunda transformación interior y gran parte de su manera de vivir
su religiosidad, así como su relación con el conocimiento, se fraguó a lo largo
de esos periplos, en el transcurso de los cuales, Boyle además tuvo ocasión de
leer las obras de muchos filósofos experimentales y mecánicos publicadas en
Francia, en el norte de Italia y en Holanda.
Cuando regresó a Inglaterra en 1644, se confinó en su propiedad de
Stalbridge, en Dorset, herencia de su padre, y durante sus primeros años de
retiro se dedicó a estudiar con gran afán problemas de moralidad y virtud que
recogió en escritos sobre el amor seráfico que le producía la consideración de
Dios. Al lado de ese interés por lo divino y por el cultivo de la virtud, Boyle
vio nacer otro tipo de preocupaciones, las que se referían al conocimiento de
la naturaleza, tal y como se le ofrecía al filósofo que desea conocer la
herencia que el hombre había recibido en el momento de perder el paraíso del
que había sido expulsado como consecuencia del pecado de los primeros padres.
Ese conocimiento de la naturaleza requería métodos muy determinados para
abrirse camino con fatiga a través de la selva de fenómenos, entre los que no
parecía haber ningún criterio de relevancia, ninguna guía fiable, en los que
las palabras solo servían parcialmente para entender los procesos que
observábamos. Tal vez por eso en 1649 montó su primer laboratorio en su
propiedad de Stalbridge sumándose así a la corriente de pensamiento
experimental que había nacido con fuerza en toda Europa. El lenguaje de los
experimentos también necesitaba el uso de la virtud: quien los llevara a cabo debía
ser veraz, no debía engañar ni engañarse, había de ser cauteloso, intentar
aclarar la confusión de la naturaleza y no dejarse seducir por la charlatanería
ajena. El filósofo debía poseer, pues, las virtudes del caballero, y los
filósofos en su conjunto debían comportarse como caballeros en el intercambio
de sus opiniones. Con ese espíritu se introdujo Boyle en las investigaciones
que denominó químicas o alquímicas a partir de los años 1649 y 1650. Fuera de
su propiedad Inglaterra pasaba por un periodo de turbulencia, el rey Carlos I
perecía ejecutado y Cronwell ocupaba el poder como Lord Protector, un intento
efímero de instaurar una nueva dinastía que terminaría en 1659 con la
restauración de la casa de los Estuardo en la figura de Carlos II.
Mientras tanto Boyle se afanaba en estudiar esa nueva forma de tratar
con la naturaleza, leía a autores que aparecen mencionados en sus escritos de
esa época y posteriores, entre los que se cuentan Paracelso, Bernardino
Telesio, Francis Bacon, Tommaso Campanella, y Jean Baptiste van Helmont,
coleccionaba datos acerca de los efluvios, y se adentraba con ánimos renovados
en el estudio de la filosofía mecánica y del atomismo ya conocidos desde la
juventud. Leer y experimentar, comprobar por medio de los nuevos instrumentos,
como los primeros y rudimentarios microscopios, los entresijos de las
pequeñeces de la naturaleza ínfima, construir hornos para dominar las
transformaciones de las que habla la literatura alquímica, atribuyendo al calor
la propiedad eterna de transformar el mundo que los rodea. En esta primera
etapa parece que ya se perfilan las dos tradiciones intelectuales que dominarán
toda su vida, la filosofía mecánica, el interés por el corpuscularismo, y la
pasión por desentrañar la noción de elemento para quitarle el sentido y la
importancia que le atribuía la tradición tanto aristotélica como paracelsiana.
El periodo comprendido entre 1655 y 1668 se conoce como los años
oxonienses de Boyle. La Universidad de Oxford fue el centro de reunión de
muchos baconianos influidos por el Gresham College donde el matemático John
Wallis ocupó la cátedra saviliana de la universidad durante medio siglo. Muchos
de los filósofos naturales reunidos allí formaron los primeros contingentes de
la Royal Society, fundada en Londres en 1660. En los filósofos naturales
oxonienses Boyle encontró nuevos estímulos para leer filosofía del continente,
especialmente la cartesiana; según su testimonio, Robert Hook le introdujo en
la lectura de los textos de Descartes, y fue con él con quien intentó estudiar
las propiedades del aire. La neumática se había convertido en una ciencia muy
activa en Italia y Francia, en manos de filósofos naturales como Torricelli y
Pascal, entre otros. El aire mostraba propiedades singulares de compresibilidad
y peso. Para estudiar esas propiedades, Boyle construyó una cámara para
examinar la rarefacción del aire con ayuda de Robert Hook, según las
indicaciones que se exponen en su escrito New Experiments
Physico-Mechanical, Touching the Spring of Air and its Effects (1660).
El aparato se convirtió en el instrumento filosófico más importante de la
generación. Además, Boyle aprovechó los años de Oxford para realizar
experimentos y redactar escritos para describirlos. Entre sus textos más
famosos se encuentran los que formaron parte de El químico escéptico,
objeto de la presente edición [4].
Los años de Oxford le hicieron ganar reputación y crédito entre sus
contemporáneos. Según el historiador contemporáneo Shapin, la credibilidad de
Boyle, no solo se basaba en el respeto e interés que producía la excelencia del
método experimental, sino en su fama de caballero virtuoso y veraz. Los otros
filósofos de la comunidad creían que las descripciones de sus experimentos no
escondían engaños y los lectores tenían la seguridad de que ni se ocultaban los
resultados ni se exageraban los procesos. La verdad científica incluía la
veracidad de lo que contaban los protagonistas.
La difusión de las ideas fundamentales de Boyle se realizó a través de
la revista fundada en 1665 por Oldenburg, el primer secretario de la Royal
Society, y denominada Philosophical Transactions of the Royal Society.
Pero las ideas del químico mecanicista no solo tuvieron una herramienta tan
prestigiosa. El clérigo Joseph Glanvill lo ensalzó hasta en delirio espiritual
en su Plus ultra. Algunos de los textos mejor conocidos de Boyle
fueron traducidos al latín, lengua franca entre los letrados de la época, en
virtud de lo cual se convirtió en el filósofo experimental inglés por
excelencia y, por lo tanto, en perfecta diana para las querellas y
discrepancias con algunos de sus contemporáneos. Además de sus problemas con
los jesuitas, a los que prestó la justa atención, mantuvo la polémica más
activa con Thomas Hobbes cuya actualidad ha reverdecido al amparo de los
trabajos de investigación llevados a cabo por Shapin y Shaffer en la década de
los ochenta[5] donde
se analiza el debate bajo la perspectiva de las formas de producción de
conocimiento durante este periodo de la ciencia barroca.
A partir de 1668 Boyle residió en Londres hasta su muerte, ocurrida el
31 de diciembre de 1691. Trabajó con intensidad todo este periodo de su vida, y
hasta 1680 se centró en la labor experimental y en las consideraciones teóricas
que siempre acompañaron a sus trabajos científicos. Tal vez la obra más
representativa de este periodo sea Experiments, Notes, &, about the
Mechanical Origin or Production of Divers Particular Qualities (1675),
y varios añadidos a los New Experiments de 1660. Su labor de
experimentar y pensar se extendió a muchos ámbitos del conocimiento
relacionados con el de la química, como la medicina, mostrando que
aquellos fellows ingleses no tenían marcados los patrones
disciplinares que después reorganizaron el saber el siglo XVIII. A partir de
1680 la salud de Boyle se quebró, asistió con menos frecuencia a las reuniones
de la Royal Society y, de hecho, no aceptó la presidencia de la institución,
que recayó sobre Wren. Los últimos diez años de su vida se replegó hacia las
reflexiones teológicas y morales, a las que dedicó mucho tiempo y
esfuerzo [6].
§ 2. Boyle y la crisopoeia
Crisopoeia.
Transmutación del oro. Neologismo producto de la unión de los vocablos
griegos khrusōn («oro») y poiēin («fabricar»,
«construir», «crear»).
Antes de proceder al análisis, nunca mejor dicho, de este clásico,
resulta indispensable detenerse a contemplar un territorio que hasta hace
relativamente poco no había sido hollado por los historiadores, si acaso,
transitado presurosamente y con báculos que, a modo de testigo, los
interpretadores del momento entregaban y recogían maquinalmente de una
generación a otra. Se trata del territorio de lo poliédrico, de lo
complementario que no se ajusta a las loas al perfecto y acabado paisaje que
George Sarton canta cuando define a Boyle como uno de los mejores prototipos
del hombre de ciencia moderno, sin engarce alguno con esa extravagante y
esotérica actividad llamada alquimia, que él y la mayoría de los historiadores
de los sesenta y ochenta habían colocado con demasiada premura en la rúbrica de
pseudociencia. Las razones para tal desidia o falta de interés son múltiples, y
trazar una genealogía precisa de los retratos parciales o tendenciosos que de
Robert Boyle han ido componiendo estos cronistas e intérpretes requeriría un
espacio del que no disponemos aquí. Se intentará, sin embargo, ofrecer un breve
repaso de los olvidos y las simplificaciones que han dado con ciertas ideas
preestablecidas que se repiten con ligereza sobre este gigante del firmamento
de la ciencia que, hasta no hace mucho, ha permanecido más borrosa de lo que
hubiera sido justo por su monumental trabajo y la ingente cantidad de papeles
que legó a la posteridad.
La primera razón que salta a la vista es la larga sombra que el longevo
Newton proyectó, tanto sobre sus predecesores como sobre sus contemporáneos e
inmediatos antecesores, aunque solo tuvieran quince años más, como es el caso
de Boyle. A partir del modelo mecanicista newtoniano, nada escapó a las garras
de una interpretación mediatizada de uno u otro modo por ese esquema. El propio
Leibniz, al poco de morir Boyle, mencionaba en su correspondencia a Samuel
Clarke que en los tiempos del Sr. Boyle nadie se hubiera atrevido a usar esas
nociones quiméricas como la acción a distancia porque uno de los máximos
denuedos del gran Boyle había sido probar que «cada cosa ha sido hecha
mecánicamente [7]». Así,
ya desde muy pronto Boyle fue visto conforme a los intereses de cada quien. El
siglo XVIII estableció triunfante el arquetipo de Boyle como uno los padres de
la ciencia moderna apoyado sobre los estribos del caballo del corpuscularismo
mecanicista tomado de Gassendi (1592-1655) y Descartes (1596-1650), inserto en
un experimentalismo de corte baconiano. En efecto, Boyle era un experimentador,
tal vez por encima de todo, en un momento en que la experimentación adquiría un
papel fundamental y fundacional de la ciencia moderna, pero muchas veces bregó
entre los fuegos, como él mismo reconoce, guiado por motivos espirituales,
irracionales, intuitivos o meramente retozadores, muy alejados de un
experimentalismo simple. Ya desde muy pronto sus escritos fueron expurgados de
subproductos molestos, peculiaridades y nociones incómodas como principios
seminales, poderes plásticos o virtudes que no
encajaban con tal modelo. Richard Boulton (1697-1724), autor de numerosos
tratados sobre medicina, por ejemplo, en la compilación que hizo de sus
trabajos, The Works of the Honorable Robert Boyle, publicada en 4
volúmenes en Londres en 1699-1700 [8], cercenó
el apéndice que acompañaba a la segunda edición de El químico escéptico,
titulado Producibleness of Chemical Principles, donde se defendían
ideas fundamentales de la crisopoeia.
Pero antes de adentrarnos en el terreno de los afectos boyleanos por lacrisopoeia de
la mano del profesor Lawrence M. Principe, cuyo libro The Aspiring
Adept se suma a los recientes trabajos de Antonio Clericuzio, Michael
Hunter, William Newman o Hiro Hirai y Hideyuki Yoshimoto[9], que han
contribuido a ampliar la visión académica tradicional sobre la intensísima
actividad intelectual de Robert Boyle restaurando la alquimia, un término
muchas veces homologable al de química en el XVII, entre los quehaceres
fundamentales de la época en Inglaterra y el continente, concluiremos el breve
repaso al esculpido del arquetipo Boyle. El siglo XVIII racionalizó a Boyle
asimilándolo a Lavoisier. El padre de la química moderna quedó despojado de la
tiniebla oscurantista de la química hermética: se suponía que la razón
mecanicista lo había guiado para llevar la luz a los fundadores del método
científico; la química, mirándose en el espejo de la mecánica, nacía limpia,
sin restos del cuajo del error esotérico. Boyle era poco menos que un puro precedente
de Lavoisier que incluso ya había establecido la noción de elemento. De hecho,
en 1734 Thomas Birch, autor de la primera gran biografía de Boyle, escribió una
entrada para el Diccionario General de Pierre Bayle en la que
mencionaba claramente los intereses y trabajos de Boyle relativos a la
transmutación y, curiosamente, diez años después, cuando escribió los hechos de
su vida, apenas mencionó la palabra alquimia. Tampoco se debe olvidar el papel
que desempeñó el químico y editor de los papeles de Boyle, Peter Shaw [10], quien
en la introducción al compendio que de ellos realizara se vio en la necesidad
de escribir una apasionada defensa preventiva para paliar las posibles
acusaciones que se pudieran hacer a Boyle de ser en exceso crédulo y prestar
oídos a experimentos dudosos y hechos extraordinarios. Shaw, en todo caso, no
solo se ocupó de dar brillo a la terminología boyleana limpiándola de trazas
alquímicas, en definitiva, newtonianizando y enmarcando sus intereses bajo los
rubros de la neumática y la física [11], sino
que sistematizó y reordenó sus trabajos a su gusto en un compendio que, en
adelante, fue usado con frecuencia como fuente primaria.
Comenzó así la «invención» historicista de la lucha entre la alquimia y
la verdadera ciencia, con Boyle como gran adelantado de la segunda, lo que
contemporáneamente se ha dado en llamar la «sobremodernización» de Boyle que
contempla los resultados del siglo XVII a la luz del siglo XVIII. En verdad, a
lo largo del XIX y el XX, muchos estudiosos que se han sumergido en los papeles
de Boyle no han podido sino toparse con múltiples evidencias de sus intereses
alquímicos y de la importancia de las bases empírica y teórica que esta
actividad suministró al pensamiento boyleano; el problema es que probablemente
no comprendían lo que tenían delante, a saber, las metáforas y códigos de un
modo deliberadamente oscuro de verter sobre el papel los quehaceres de una actividad
que, muchas veces, estaba minusvalorada y proscrita. Cuando Boyle escribía
«Júpiter», quería decir simplemente, estaño, y cuando escribía «tómese extracto
de Nigerus a partir de Banasis y Dakilla», quería decir extracto de mercurio a
partir de antimonio y cobre. Así, en la estela del internalismo de la historia
vista como mero progreso o progresión, Mary Boas Hall, fallecida en el año
2009, una pionera en los estudios sobre «La Revolución científica» del periodo
de posguerra y muy reputada por sus investigaciones de los papeles de la Royal
Society, de la faceta química de Robert Boyle, así como de la correspondencia
de Henry Oldenburg, fue una de quienes más contribuyeron a afianzar la imagen
de Boyle como el encorsetador de la filosofía natural, en este caso, de la
química, dentro de la filosofía mecánica (física) vista como el paradigma
de la ciencia. Los aspectos que consideró necesario destacar eran aquellos que
lo asemejaban a Lavoisier y lo situaban como un precursor de la revolución
química racionalista. Así, por ejemplo, la creencia de Boyle en la
transmutación de los metales no era para ella sino una consecuencia lógica de
las hipótesis corpuscularistas.
En estos últimos años el interés en Boyle ha reverdecido de la mano de
los autores más arriba mencionados. El sobresaliente ensayo biográfico del
profesor M. Hunter, Boyle: Between God and Science, da idea de
hasta qué punto ha habido un giro en la contextualización de Robert Boyle en su
tiempo desde que R. E. W. Maddison escribiera The Life of the
Honourable Robert Boyle en 1969. Según Hunter, para Boyle «la ciencia
y la teología eran verdaderamente complementarias [12]» y la
religión era un aspecto intrínseco a su aproximación a la filosofía natural
donde su corpuscularismo se fundaba en los esfuerzos por
reconciliar un modelo mecánico del universo que dejara lugar a la realidad
espiritual que, para Boyle, se revelaba en los fenómenos del universo. Boyle
poseía un carácter profundamente religioso, una preocupación genuina propia de
un hombre del siglo XVII por la creación entendida como expresión del poder
divino y creía que la omnisciencia de Dios superaba las posibilidades
racionales del hombre y solo era susceptible de ser atisbada merced al
espíritu. Negó el materialismo de Hobbes (1588-1679), nunca se casó, murió
virgen y, gracias a su sólida posición, dedicó una vida de austeridad algo
displicente por entero a la ciencia. Así, algunos estudiosos de la obra de
Boyle consideran que su interés por la crisopoeia o la alta
alquimia se debe a que para él constituía un puente, una conexión entre el
mundo espiritual o sobrenatural y el mundo de los fenómenos, un lazo entre Dios
y la naturaleza.
En este contexto, la crisopoeia o la forma más elevada
de la actividad alquímica fue una inclinación prematura pero constante a lo
largo de la vida de Boyle, aunque, para hablar de ella, tal vez sea útil
especular primero brevemente sobre lo que albergaba su biblioteca. Los libros
que alguien posee revelan casi tanto de sus afanes como sus obras. La
biblioteca de Boyle se dispersó tras su muerte y, al contrario de lo que sucede
con la de Newton, no existe un catálogo fiable para averiguar cuál era la
proporción de tratados alquímicos. No obstante, según un relato de su albacea,
Robert Hooke (1635-1703), en marzo de 1963 vio «no menos de 100 de aquellos
libros de alta química alemanes expuestos en Moorfields sobre anaqueles[13]». Este
comentario da una pista a modo de muestra estadística, ya que, en aquel
entonces, las publicaciones alemanas y holandesas sobre química en su mayoría
eran tratados de alquimia tradicional. Por otra parte, en 1994 se encontraron
en la biblioteca de la Royal Society siete volúmenes de manuscritos que habían
pasado inadvertidos entre los papeles de Boyle. Entre ellos estaba el Clangor
buccinae[14], el
libro de notas de laboratorio de George Starkey [15] (1628-1665)
y otros manuscritos alquímicos. Pero si los libros que se leen son esenciales,
también lo son los que se escriben. Si El químico escéptico ha
pasado a la historia como un libro fundacional de la química moderna, Boyle
escribió otras obras relacionadas con estos intereses además de cuadernos con
anotaciones de laboratorio, correspondencia, aportaciones en las Philosophical
Transactions, etc. De entre los cuarenta libros que publicó, cabe citar
algunos que no se circunscriben estrictamente a la neumática y la
mecánica: Physico-Chymicall Essay, Containing an Experiment with some
Considerations touching the differing Parts and Redintegration of
Salt-Peter (1660), Usefulness of Natural Philosophy, I y
II (1663),Experiments touching Colours (1664),New Experiments
and Observations touching Cold (1665), The Origin of forms and
Qualities (1666), Dialogue on the Transmutation and
melioration of Metals, Degradation of Gold (1678), Anti-Elixir (1678),Memoirs
for the Natural History of Human Blood (1684), Medicinal
Experiments (1692-1694), Of the Reconcileableness of Specifick
Medicines to the Corpuscular Philosophy (1685).
En el siglo XVII no se puede hablar del término «química» tal y como lo
entendemos hoy, ni siquiera de la química que se establece en el XVIII. Para
encuadrar cabalmente a El químico escéptico es preciso tener
en cuenta que la distinción entre química y alquimia no era tan radical y que
estos términos para Boyle eran prácticamente homologables, aunque sí resulta
preciso detallar lo que albergaban. La alquimia, término que procede de la vieja crisopoeia,
englobaba distintas aproximaciones filosóficas y distintos tipos de
practicantes. Lo más común, ya desde tiempos de Boyle y posteriormente, fue
confundir alquimia con Paracelso y las escuelas paracelsianas, siempre rodeadas
de un halo de extravagancia oscurantista y charlatanería filosófica. Es cierto,
Paracelso, el miembro más prominente de la actividad espagirista del siglo XVI,
estableció los famosos tres principios de los que, según él, se componían todos
y cada uno de los cuerpos, Sal, Azufre y Mercurio, como teoría sustituta de los
cuatro elementos aristotélicos que se extendió como filosofía predominante
durante las décadas siguientes. La espagiria paracelsiana, en un principio
interesada en las aplicaciones médicas de la manipulación de plantas y
productos de origen animales para hacer preparados en laboratorios y boticas,
lo que comúnmente se conoce por «espagiria», se interesó más tarde por la
iaotroquímica, que incluía el reino de los minerales. Ambas tendencias,
herederas de la tradición helenística y árabe, se daban junto a lo que se
podría llamar crisopoeia o «alta alquimia», más interesada en
la transmutación de los metales, en la obtención de oro, en el Mercurio
filosófico y, por supuesto, en la piedra filosofal. Así mismo, en el seno de
la crisopoeia, heredera a su vez tanto de la tradición medieval
como de la ciencia árabe, había distintas escuelas de aspirantes, adeptos,
filósofos y, por supuesto, también de charlatanes. El tratado que aquí se
presenta está plagado de términos y conceptos heredados de las prácticas
alquímicas tradicionales y de las espagiristas, como son volatilidad, fijeza,
sales ácidas, álcalis, espíritus, flemas, vapores, coagulación,
menstruos, caput mortuum, separación, reducción, reverberación,
digestión, magisterios, sublimación, animadversión, etc., los cuales, además de
una dimensión teórica o explicativa, tenían una raigambre indudablemente
experimental, cosa de la que carecía la tradición escolástica peripatética que
propugnaba los cuatro elementos. Pero, además de estas tendencias, Boyle
distinguía entre los practicantes o artistas de la «alta química» o «arte
elevado» y los químicos vulgares. A su vez, dentro de la primera categoría,
Boyle aceptaba que había algunos paracelsianos eminentes e incluso algún alma
perspicaz inspirada por la filosofía peripatética. En la categoría de químicos
vulgares incluía a los divulgadores y sistematizadores de Paracelso que
suscribían acríticamente los tres principios, a los alquimistas con
pretensiones y a los simples laborantes: boticarios, médicos, tintoreros,
refinadores, destiladores, orfebres, metalúrgicos, fabricantes de vidrio, etc.
Ni que decir tiene que a lo largo de todo el tratado siempre reivindica la alta
química frente a la vulgar.
En la década que comenzaba en 1650 se constituyó el famoso círculo de
Samuel Hartlib, un reformista protestante prusiano que se había instalado en
Londres huyendo de las persecuciones religiosas, que propugnaba la reforma del
saber y la aplicación de las ciencias a proyectos de utilidad pública, así como
la promoción utilitarista de las empresas del ingenio científico. Tras haber
probado las mieles de la experimentación en el laboratorio que logró establecer
en su hogar de Saldbridge, Boyle, que había entrado en contacto con Hartlib a
través de su hermana Katherine [16], por vez
primera en 1647, año al que se remonta la primera de las numerosas cartas que
los dos se intercambiaron hasta 1659, comenzó a desplegar sus propias
investigaciones; hay constancia de que ya entonces usaba el microscopio para
observar la estructura diminuta de los seres vivos. La química, o la alquimia,
como se prefiera, ocupó un lugar destacado en las actividades de este grupo,
entre cuyos miembros se contaban Frederick Clodius, sir Kenelm Digby, Boyle,
Richard Farrar y Benjamin Worsley. Hay quien afirma que estaban estrechamente
unidos en una comunidad de intereses donde el avance del saber era lo
prioritario y que compartían sus hallazgos y procedimientos. No obstante,
estudios recientes como los de W. R. Newman [17], a la
luz de la abundante correspondencia, de las citas textuales que unos autores
hacían de los textos de otros o de las propias descripciones que aparecen en
sus escritos, consideran que entre ellos había secretismo, que estaban
divididos en facciones y que existían rencillas fundamentalmente relacionadas
con los trabajos y la persona del americano George Starkey, a quien se le
atribuía estar en posesión de grandes secretos sobre el Mercurio filosófico y
de cuyo maestro, un adepto de Nueva Inglaterra, se decía había logrado preparar
la piedra filosofal. Parece que todos se disputaban la paternidad del primer
alcahesto [18] de
Starkey. En este contexto se desarrolló la temprana pasión de Boyle por la
química que le llevó a estudiar a Alexander von Suchten, a Jean Baptiste van
Helmont [19] y a
muchos otros paracelsianos, y a emprender experimentos junto con Starkey sobre
las sales volátiles y el Mercurio filosófico. El Mercurio, que no se debe
confundir con el simple metal (Hg), era el más problemático de los principios
de Paracelso; para Boyle no era lo mismo el mercurio rodante que se podía
obtener de los metales, en su opinión incluso los mercurios metálicos diferían
unos de otros, que el mercurio extraído por destilación de vegetales y animales
y, por tanto, resultaba dudoso que se tratara del mismo principio que se
hallaba en todos y cada uno de los cuerpos. Jean Beguin (c. 1550-c.
1620), a quien Boyle critica la descripción del Mercurio que hace en su Tyrocinium,
lo describía así: «el mercurio es aquel líquido ácido, permeable, penetrable,
etéreo y purísimo, por el que todo es nutrición, sentido, movimiento, todo el
vigor, el color y el retardo de la vejez prematura [20]». De la
mano de Starkey, Boyle se interesó pues desde muy pronto por el mercurio que,
convenientemente purificado, se volvía supuestamente más activo y penetrante,
de modo que servía para la disolución radical del oro. La mezcla de ambos, tras
diversas operaciones, se suponía daba lugar a la piedra filosofal.
De hecho, en el primer periodo de sus publicaciones correspondiente a la
década de 1660, al comentar sus escritos, muchos contemporáneos lo toman por un
helmontiano. En The Origine of Formes and Qualities (1666)
Boyle describe la preparación de un menstruo llamado menstruum
peracutum, un disolvente muy corrosivo que preparaba destilando agua fuerte
(ácido nítrico) y manteca de antimonio (tricloruro de antimonio), y afirma que
cuando vertía ese menstruo sobre oro, este se disolvía despacio dejando un
polvo blanco, y que, cuando mezclaba ese polvo con bórax (borato de sodio),
formaba unos pequeños glóbulos que según él eran plata. De ahí deducía la
transmutación metálica en la que creyó hasta el final de su vida. Este interés
por lo que se ha dado en llamar lacrisopoeia mercurialista [21] persistió
a lo largo de toda su vida. En 1675 Boyle hizo una peculiar contribución
en Philosophical Transactions, of Incalescence of Quicksilver and Gold,
en la que describe un mercurio de preparación especial que se amalgamaba muy
fácilmente con el oro despidiendo calor. Asimismo, en el apéndice a la segunda
edición de 1680 de El químico escéptico ya mencionado,The
Producibleness of Chemical Principles, donde « Producibleness»
ha de entenderse como naturaleza no elemental, se posicionaba explícitamente a favor
de los adeptos, esto es, de los iniciados en los secretos de la «alta
alquimia», y dedicaba una sección al mercurio incalescente o
filosófico llena de alusiones, términos y explicaciones propios de las teorías
de la crisopoeia de la escuela mercurialista.
Pero estos intereses de Boyle no estaban reñidos con su aceptación de
las teorías corpuscularistas de la materia ni con su dimensión de
experimentalista crítico. De hecho, existían escuelas de crisopoeia que
aceptaban desde antiguo nociones atomistas y corpuscularistas de la materia.
«Para Boyle, el movimiento tiene su origen en Dios, Dios lo mantiene y lo
dirige en todo el universo. A efectos del movimiento, la materia fue dividida
en partículas imperceptibles, cuyos atributos únicos son la forma (shape)
y el tamaño (bulk). Las partículas de materia que constituyen las
unidades últimas de las que están compuestos todos los cuerpos pueden
descomponerse por la intervención de Dios, pero, a causa de su compacidad,
permanecen inmutables en la naturaleza. De estos corpúsculos, que Boyle
llama prima naturalia, se forman los primeros agregados de
corpúsculos, concreciones primarias que, a diferencia de los corpúsculos
simples, se descomponen en la naturaleza, si bien ello sucede raramente. Se
trata de corpúsculos compuestos, análogos a las moleculae de
Gassendi, que se mantienen íntegros en un gran número de reacciones químicas y
que se pueden recuperar. A los agregados a que dan lugar los corpúsculos
compuestos Boyle los llama textures[22]. En la
explicación de los fenómenos naturales Boyle hace muy escasa mención de la
forma y el tamaño de las partículas simples de materia y prefiere adoptar el
concepto de texture. La texture de los cuerpos no
es algo estable e inmutable, sino que se ve modificada por la adición o
sustracción de corpúsculos o por el cambio de posición recíproca de los
corpúsculos que la forman. «Todo cuerpo está —según Boyle— permanentemente
expuesto a la acción de corpúsculos que, hallándose en constante movimiento,
modifican sus propiedades físico-químicas [23]» En
opinión de algunos historiadores como Clericuzio, esta concepción daba por
supuesto que los corpúsculos estaban dotados con propiedades químicas y no solo
con propiedades estrictamente mecánicas; muchas de las explicaciones que Boyle
aducía invocaban las causas intermedias como el peso y la elasticidad del aire
o la impenetrabilidad. Se trataba pues de un corpuscularismo ecléctico que
manejaba conceptos como la densidad, las heces o
las cualidades cósmicas que trascendían las leyes mecánicas
que no casaban con una interpretación estricta de la filosofía mecánica [24]. Por
supuesto, también hay historiadores de los recientes estudios boyleanos que, en
la línea de M. Boas, reivindican la filosofía mecánica como herramienta
heurística fundamental de su programa experimental [25].
El honorable Boyle siempre se mantuvo al tanto de cuanto estaba por
escrito sobre sus intereses por la filosofía natural en su faceta alquímica.
Mantuvo una nutrida red de informantes y se carteó con personajes que, como él,
estaban interesados en la materia: G. Starkey, F. Clodius, J. Becher, O.
Borrichius, J. Locke o I. Newton. Así, menos de un mes después de su muerte, el
Sr. Isaac Newton envió una carta interesándose por cierta tierra roja a J.
Locke en la que decía lo siguiente: «Entiendo que el Sr. Boyle nos hizo
partícipes tanto a mí mismo como a usted de su proceso respecto a la tierra
roja y el mercurio, y que, antes de morir, procuró tierra roja a alguno de sus
amigos[26]».
Curiosa indagación que, pese a que Newton no quería dar la impresión de que
estaba ansioso por poseer esa tierra y desdeñaba las propiedades de tal
mercurio, al parecer estaba motivada por el gran interés que tenía desde largo
en los quehaceres alquímicos de Boyle que no había compartido con él en vida.
§ 3. Cartografía de un clásico
En 1670 Boyle sufrió lo que por aquel entonces se daba en llamar
un paralytical distemper, que ahora definiríamos como un ictus
cerebral, y que, eventualmente, le dañó la visión y la movilidad de las manos.
¿Quién sabe si a partir de entonces los amanuenses y secretarios que empleó
para dictar sus papeles añadieron más erratas a los diversos errores de
transcripción de citas, lugares y palabras que ya contenía la primera edición
impresa de El químico escéptico en 1661 por J. Cadwell para J.
Crooke? Sea como fuere, lo que sí parece claro es que este tratado,
colectivamente celebrado como un hito y catalogado como un clásico fundacional
de la química moderna que se independizaba de la vieja alquimia al establecer,
según se afirmaba, incluso la noción de elemento, ha sido muy escasamente leído
y permanece sin ser correctamente contextualizado e interpretado.
Indudablemente fue importante, pero tal vez no por las razones que suelen
aducirse. Lo que Boyle pretendía al escribirlo era convencer a sus lectores de
la necesidad de conferir un estatus más noble al quehacer químico y liberarlo
de la servidumbre de la medicina y de su dimensión meramente artesanal y
comercial para elevarlo a la categoría de un ámbito de la filosofía natural,
tan merecedor de reflexiones e investigaciones guiadas por la práctica
experimental como el resto de los saberes. Para ello necesitaba desmontar las
prácticas y los hábitos teóricos de los que Boyle denominaba «químicos
vulgares». Fruto de ese empeño son las nociones, actitudes y nuevos modos de
pensar y operar que se vierten en este texto gracias a los cuales Boyle fue
catalogado como el «padre de la química moderna».
Lo primero que es preciso señalar sobre este libro es que no resulta en
absoluto de lectura fácil, menos aún para un lector contemporáneo. Su lenguaje
es verboso, cultista y alambicado, y la estructura de las argumentaciones es
muy compleja, generalmente desplegada en largas concatenaciones de subordinadas
que, inopinadamente, matizan sutilmente e incluso desmienten el razonamiento
que se está exponiendo. Por otro lado, dado que El químico escéptico es
un texto elaborado de retazos resultado de la unión de varios papeles que Boyle
ya tenía escritos en torno al tema y trozos de, al menos, dos manuscritos
diferentes, como él mismo reconoce en la primera página de la introducción:
«resulta mutilado e imperfecto». Quizá incluso se podría decir que abstruso, repetitivo
y, en ciertas ocasiones, inconsistente. Es por ello que en esta edición se han
introducido rayas ortográficas o guiones largos que, por supuesto, no se hallan
en el original, con el objeto de indicar los parlamentos de los personajes y
facilitar así la lectura. En 1954 la profesora Boas Hall rescató y publicó una
versión temprana de El químico escéptico titulada Reflexions
on the Experiments vulgarly alleged to evince the 4 Peripatetique Elements, or
ye 3 Chymicall Principles of mixt Bodies [27] que,
según ella, Boyle no pudo escribir más tarde de 1657, y que muchas veces ha
servido a los historiadores para su trabajo, habida cuenta de que la exposición
es más clara y simplificada.
Pero continuando con la descripción del tratado en cuestión, se trata de
un texto presentado en forma de diálogo dividido en seis partes. La primera
incluye un prefacio y unas consideraciones que Boyle califica de fisiológicas.
En el prefacio explica los motivos que le han llevado a entregar el texto a su
editor y presenta a Carnéades, el personaje principal que conducirá todo el
diálogo.Las consideraciones fisiológicas contienen lo que Boyle
titula como Fragmento del primer diálogo, donde pone en situación
al lector relatando cómo, cierto día de verano, un personaje llamado Eleuterio
invita al relator de la historia —a quien Boyle no pone nombre y nunca deja
claro si se trata de sí mismo o de un mero recurso expositivo— a acudir al
jardín de su amigo Carnéades, que se halla reunido con otros amigos discutiendo
en torno a diversas cuestiones. Así, y pese a que en el prefacio ya haya
introducido al escéptico Carnéades, Boyle aprovecha para presentar al resto de
personajes que, teóricamente, tomarán parte en el diálogo. La elección de éstos
no es arbitraria. El personaje de Eleuterio es un viejo conocido que ya aparece
en otros diálogos de Boyle. Si se atiende al significado de su nombre en
griego, se aprecia que remite a los adjetivos «libre» e «independiente» y, en
efecto, ese es su rol a lo largo del diálogo, el de quien no toma partido,
escucha y se mantiene como moderador que da pie a nuevas consideraciones con
sus preguntas. El personaje de Filopono («amante del trabajo») hace las veces
de seguidor de Paracelso. En cuanto a Temistio, parece que Boyle eligió este
nombre inspirándose en el filósofo homónimo, un exégeta y comentarista de las
obras de Platón y Aristóteles nacido en Paflagonia en torno al 317 de la era
cristiana. Seguía la doctrina de los cuatro elementos y, según se dice,
prefería las argumentaciones deducidas de la lógica que las evidencias
experimentales. Finalmente, Carnéades lleva la voz cantante a lo largo de toda
la obra y representa la figura del escéptico. El relator o amigo a quien Eleuterio
lleva al jardín de Carnéades aparece en un par de ocasiones meramente como
aludido, pero nunca expone ninguna opinión.
A este respecto, conviene hacer notar al lector que, pese a que
teóricamente Boyle, igual que hiciera en otras ocasiones, eligió la forma de un
diálogo para contraponer las distintas opiniones, en este caso referidas a la
composición de los cuerpos o a «la estructura de la materia», como diríamos
hoy, paradójicamente solo permite que Temistio y Filopono, representantes de
aristotélicos y paracelsianos respectivamente, hablen muy brevemente al
principio del libro, Temistio enLas consideraciones fisiológicas y
Filopono en el Fragmento del primer diálogo. De hecho, a partir de
ese momento Carnéades conversará únicamente con Eleuterio y no resulta posible
averiguar por el contexto si los demás amigos están presentes hasta que, en el
primer párrafo de la sexta parte, en la página 186, repentinamente, se alude al
hecho de que Eleuterio y Carnéades se habían alejado del resto de la compañía.
Como ya se ha mencionado, esto probablemente se deba a que se trata de un texto
un tanto frankesteniano y a que el personaje que a Boyle más
le interesaba era el de Carnéades. Se puede considerar que Boyle se identifica
casi completamente con él, pero solo casi porque, a lo largo del texto, el
propio Carnéades se refiere con cierta ironía a un tal Sr. Boyle como autoridad
suprema. Es más, cuando Carnéades no quiere profundizar en ciertos temas, da la
impresión de que Boyle quisiera conservar algún espacio privado al margen de lo
que vertía sobre el papel por boca de ese personaje.
¿Qué nos revelan el adjetivo de «escéptico» que Boyle otorga a Carnéades
y la estructura de diálogo en que decide verter sus opiniones? Boyle eligió el
nombre de este personaje inspirándose en el filósofo escéptico Carnéades (c.
231 d. n. e.), fundador de la nueva Academia de Atenas. Este dirigía sus
ataques contra los estoicos y afirmaba que no existía medio alguno para
distinguir lo verdadero de lo falso, que el saber seguro era imposible y que
ninguna afirmación era indudable, aunque reconocía que el sabio no podía
suspender el juicio y, por ende, desarrolló su doctrina del conocimiento
probable. Muy pronto, en el prefacio, una alusión a De Natura Deorum nos
pone sobre la pista de uno de los posibles modelos que Boyle siguió para
componer El químico escéptico. En este diálogo de Cicerón, en el
que tres personajes discuten acerca de la naturaleza de los dioses, Cotta, el
escéptico de la Academia, refuta a Veleyo, el epicúreo, y al estoico Balbo.
Obviamente, Carnéades se asemeja a Cotta, y Boyle, como Cicerón, simpatiza con
él más que con el resto de ponentes, pero sin suscribir por entero sus
posiciones. Boyle-Carnéades justifica la necesidad de mantener una posición de
escepticismo como herramienta de análisis en la filosofía natural, que sustenta
en la integridad intelectual: «reparo en que a muchos de mis amigos les resulta
muy extraño escucharme hablar de modo más irresoluto de lo que es habitual en
mí en lo concerniente a esas cosas que muchos toman por elementos y otros por
los principios de los cuerpos mixtos. Mas no me sonrojo al reconocer que tengo
muchos menos reparos en confesar que dudo cuando efectivamente lo hago, que en
declarar que sé cuando ignoro [28]», que de
algún modo recuerda a la profesión de ignorancia de Sócrates.
Carnéades, pues, conduce directamente al hecho de que la pregunta más
inmediata ante el título del libro de Boyle no se refiere al sustantivo
de químico, sino al adjetivo de escéptico. Bien mirada,
la biografía de Boyle nos ofrece el perfil de un individuo con una personalidad
proclive a los encantamientos espiritualistas, a considerar la moral de las
costumbres de los sabios que deseaban indagar la naturaleza con toda la
honradez que se le supone a un caballero, rasgos que no parecen convenir a
primera vista con la idea de un defensor del escepticismo. Y sin embargo, así
es. Parte del interés del texto radica en esa palabra, «escéptico». Boyle no
fue ningún revolucionario en los términos que después se usaron para
reivindicar cambios políticos o científicos. No parece conveniente imaginar a
un revolucionario inflamado de escepticismo, porque el escepticismo no inflama,
sino que pone sordina a los entusiasmos ajenos. ¿Cuáles fueron los ardores
emocionales que deseaba rebajar Boyle? Tal vez no fueran ardores emocionales
muy determinados y únicamente se tratara de convicciones antiguas largamente
mantenidas. Muchos de los antiguos que sumariamente se conocen como
aristotélicos, con permiso y perdón del Aristóteles histórico, y bastantes de
los seguidores renacentistas de Paracelso buscaban, unos con ardores
intelectuales y otros con fuegos alquímicos, demostrar que la naturaleza de
este mísero mundo que llegó a extenderse hasta las estrellas se podía entender
usando tres o cuatro elementos. Tales elementos eran los sillares de toda la
realidad material, y hasta cierto punto residían en la amalgama de cualquier
sustancia en mayor o menor medida.
Boyle era escéptico en ese punto, tal vez porque tenía una convicción un
tanto dual: por una parte pensaba que la urdimbre del mundo estaba constituida
de un tejido corpuscular que era lo único que podía formar parte de todos los
cuerpos de la naturaleza. Esto le alejaba de cualquier teoría de los elementos
entendidos como sustancias elementales. Pero por otra, sentía la fascinación de
la búsqueda en su laboratorio, la búsqueda de las transformaciones de la
materia, la producción de sustancias nuevas que tal vez no tuvieran que ver con
las anteriores, de forma que ningún elemento de los clásicos permanecía en el
proceso. Así, el laboratorio era el tribunal y el experimento el dictamen del
juicio. La prueba científica estaría ligada a la buena práctica en producción
de ese conocimiento experimental. Nadie hasta él lo hizo de una forma tan
reiterada, intentando proporcionar estrategias para la realización de nuevos
experimentos. Los elementos de Boyle no tienen que ver con los antiguos, porque
ya no son principios universales de explicación de todos los cuerpos que
pueblan el mundo. Incluso los elementos que aparecen más estables, como son los
metales nobles, podrían considerarse elementos si y solo si pudieran resistirse
a cualquier descomposición experimental y no porque se decrete que son
principios.
En tiempos de Boyle, el temprano y moderno escepticismo de Gassendi y la
duda metódica de Descartes desempeñaron un papel esencial para abonar el
terreno en el que germinaría la «nueva ciencia». La tradición escéptica de la
que bebe Carnéades se rastrea pues, en diversas constantes que se repiten a lo
largo del diálogo y se refiere más bien al modo de operar intelectualmente que
a, como muchas veces se ha interpretado, un prejuicio o duda metodológica sin
más contra la alquimia entendida groseramente. En primer lugar, se aprecia en
la búsqueda racional de contradicciones o inconsistencias en las afirmaciones
dogmáticas de sus adversarios. Recordemos que con este libro Boyle pretende
elevar el estatus de la química desmontando las teorías vigentes sobre la composición
de los cuerpos, esto es, la doctrina aristotélica, que propugnaba que todos los
cuerpos estaban compuestos de los cuatro elementos —Fuego, Aire, Tierra y
Agua—, y la doctrina espagirista o de los químicos vulgares, que afirmaba que
estaban compuestos por los tres principios hipostáticos —Azufre, Mercurio y
Sal—, a la que, luego, algunos de sus seguidores añadieron los principios de la
Tierra y el Agua. Estas inconsistencias las desmonta, bien ofreciendo pruebas
experimentales, bien usando estrategias pirrónicas que no ponen en duda los
fenómenos mismos, sino el modo en como son vistos, bien contraponiendo las
experiencias contradictorias que aducen otros autores. A lo largo del tratado,
en numerosas ocasiones Carnéades se ocupa de recordar a Eleuterio y al lector
que su tarea no consiste en ofrecer hipótesis consistentes, sino en desmontar
la inconsistencia de las que está poniendo en cuestión.
Finalmente, otro aspecto destacable en este personaje del escéptico que
lo distingue de la arrogancia del dogmático es la reivindicación reiterada de
la civilidad, la corrección y las buenas maneras que debían mantenerse en la
exposición de los argumentos. En efecto, este requerimiento de Carnéades nos
trae a la memoria los modos de la Royal Society, una sociedad al cabo para la
exposición, la consideración y la conversación de las diversas propuestas en la
que sus miembros debían regirse por las normas de la civilidad y ninguna
concepción de la verdad debía ser mantenida poniéndola en riesgo; perfecto
ejemplo de ello es esa afirmación que se hace en el prefacio: «lo que es más,
no lamento en absoluto disponer de esta oportunidad para mostrar cómo pueden manejarse
este tipo de disputas con civilidad, lo que quizá sirva de ayuda a algún lector
para poder discernir la diferencia entre la falta de mordiente de un discurso y
la fuerza de la razón, y le lleve a darse cuenta de que un hombre puede ser un
campeón de la verdad sin ser un enemigo de la cortesía, y de que una opinión se
puede refutar sin necesidad de ser áspero con quienes la sostienen». Se podría
afirmar incluso que Boyle, en su modo discursivo de la distancia escéptica, tal
vez a causa de su renuencia a atarse a afirmaciones tajantes o porque algún
obstáculo que no deseaba revelar se lo impedía, tampoco muestra un completo
asentimiento a la teoría corpuscularista, de la que en numerosas ocasiones
afirma es una hipótesis; algo que se pone de manifiesto en este párrafo: «si
pudiera aclararles a ustedes cabalmente mis aprensiones relativas a esta
materia, seguramente estaría obligado a familiarizarles con las diferentes
conjeturas que me formulo, si bien no debería continuar llamándolas así,
relativas a los principios de las cosas puramente corpóreas, pues desde el
momento en que no me muestro satisfecho con las doctrinas vulgares, ni de
peripatéticos ni de las escuelas paracelsianas, muchos de cuyos miembros que me
conocen piensan que estoy casado con las hipótesis de Epicuro, mientras que
otros me toman por un helmontiano; aunque si ustedes supieran lo poco
familiarizado que estoy con los autores epicúreos y qué poca curiosidad he
tenido en leer la mayor parte de los escritos de Lucrecio, cambiarían por ventura
de opinión, mucho más si me detuviera en las nociones que tenía previamente
sobre los principios de las cosas y no en mis ideas actuales [29]». Aun
así, no debería concluirse que este escepticismo que Boyle utiliza como
herramienta hermenéutica fuera un escepticismo de raigambre puramente
mecanicista antirreligioso que excluyera la noción de lo divino.
Respecto al contenido del texto, como ya se ha mencionado, Boyle
básicamente se ocupa de lo que Boas Hall llamaría «teoría de los elementos», a
saber, de si los cuerpos están o no compuestos de los cuatro elementos
aristotélicos o de los tres principios químicos (de Paracelso). Ni académico en
un sentido escolástico ni artesano, Boyle pertenecía a una nueva especie
híbrida: era un hombre cultivado que podía leer latín, griego, francés, hebreo
y siríaco, y que, a un tiempo, trabajaba en el taller-laboratorio que tenía en
su propia casa. En su época la actividad química se tenía en muy baja estima,
se consideraba una práctica sucia, maloliente y trabajosa que,
fundamentalmente, estaba destinada a la producción de medicamentos, si no a
cosas peores, como la tintorería, el destilado o el fundido de metales o la
fabricación de vidrio. La palabra «químico» en inglés remitía a farmacéutico o
droguista, todavía lo sigue haciendo, y la mayoría de los libros relacionados
con ella eran recetarios de preparados farmacéuticos y compendios de productos.
La mayor parte de estos libros, según Boyle, además, daban por supuestas ideas
infundadas; él mismo lo explica perfectamente al principio de El
químico escéptico: «una hipótesis tan madura y cuidadosamente establecida
como la suya no había sido puesta en cuestión hasta que el siglo pasado
Paracelso y algunos otros empíricos tiznados de carbonilla, que no filósofos
como ellos gustan de llamarse, que habían acabado con los ojos y los cerebros
enturbiados por el hollín de sus hornos, comenzaron a poner el grito en el
cielo contra la doctrina peripatética profiriendo al mundo de los crédulos que
no había sino tres ingredientes en los cuerpos mixtos, y para ganarse la reputación
de inventores, se esforzaron en camuflarlos poniéndoles los nombres de Sal,
Azufre y Mercurio en lugar de vapor, tierra y aire y otorgándoles el hipócrita
título de principios hipostáticos».
Boyle argumentaba que esos tres principios no podían ser aislados de
todos y cada uno de los cuerpos y que, más que separarse gracias al uso del
fuego (destilación), se producían precisamente por su causa. Curiosamente, para
apoyar sus argumentaciones, Boyle acude a sus propios experimentos que, a su
vez, se apoyan en una larga tradición de ensayos químicos y alquimistas cuyo
máximo exponente una generación anterior a él fue Jean Baptiste van Helmont, un
renovador de la aproximación empírica de Paracelso. Así, en el libro que se
presenta, Boyle cita numerosos textos alquímicos y teorías para criticar a los
químicos vulgares y, pese a que en numerosas ocasiones expresa su repulsa y
disgusto con el lenguaje oscuro y secretista de ciertos autores alquimistas, en
general los considera más diestros y poseedores de conocimientos mucho más
elevados que los simples laborantes que practican las operaciones de la química
sin ningún conocimiento filosófico.
Jean Baptista Helmont, como ya se ha mencionado, uno de los químicos más
influyentes del siglo XVII, ya expresaba cierto escepticismo respecto a los
tres principios de Paracelso y el análisis de los cuerpos por medio del fuego.
De hecho, proponía que todas las sustancias se producían por la modificación de
un principio único, el Agua, que variaba de formas merced a un principio
seminal o espiritual contenido en los semina rerum. Esto lo fundaba
en el famoso experimento del sauce llorón que Boyle analiza en varias ocasiones
en su El químico escéptico: según cuenta, Helmont había plantado un
sauce que, regado regularmente durante tres años, había aumentado 164 libras,
en tanto que la tierra en la que estaba arraigado solo había incrementado dos
onzas, lo que significaba que a partir de simple agua se generaban cuerpos
compuestos de más sustancias. A Boyle este experimento le resultaba
extraordinariamente interesante y lo repitió con otras plantas (calabazas,
menta, etc.) para concluir que no era posible que el Agua fuera el principio
universal basándose en dos consideraciones: una, que Helmont había asegurado
que disponía de un disolvente universal, al que llamaba alcahesto, capaz de
reducir todos los cuerpos a agua y, sin embargo, jamás había proporcionado la
fórmula de tal disolvente universal y nadie, incluido el propio Boyle, lo había
podido producir; y la otra, que el Agua, según Boyle, no era una sustancia pura
y homogénea, sino que estaba compuesta de una gran variedad de corpúsculos de
diversa naturaleza y, por ende, no podía ser un principio químico simple.
Boyle, de modo similar a Helmont, atribuía todas las cosas a una materia única
que llamaba «materia universal», en la que las diferencias de forma, tamaño y
movimiento de las partículas diminutas que la componían daban lugar a las
diferentes sustancias. Usando procedimientos químicos, esas características
podían cambiarse transformando unos productos o cuerpos hechos de varias
sustancias en otros.
De este modo, para poner en cuestión la existencia de los cuatro
elementos o los tres principios, más aún, para cuestionar si teóricamente era
necesario que hubiera elementos, Boyle dedica la primera parte del libro a
argumentar que el fuego no es el agente universal para analizar o descomponer
los cuerpos; en la segunda argumenta que no todo lo que se separa de un cuerpo
tiene por qué ser necesariamente preexistente en él; en la tercera expone que
no todos y cada uno de los cuerpos pueden descomponerse en tres y precisamente
tres principios o elementos; en la cuarta afirma que las sustancias en que los
cuerpos se descomponen merced al fuego no son siempre elementales; en la quinta
explica por qué cree que la doctrina de los elementos químicos (entiéndase espagiristas)
es una base inadecuada para fundamentar una teoría general; y en la sexta y
última parte niega la validez de ninguna teoría que proclame la existencia de
elementos o principios verdaderos e inmutables. Así, en este texto, más que
definir qué son los elementos químicos, Boyle llega a poner en duda que hubiera
elementos en absoluto. En ningún momento, como se ha llegado a afirmar y se ha
convertido en un lugar común, Boyle establece la moderna noción de elemento. En
el laboratorio los experimentos proporcionan hechos, fabrican hechos, que los
restantes sabios acreditan porque los ven y los entienden, y no necesita los
antiguos elementos, como le ocurrirá a Locke o a Newton, con quienes compartirá
la fascinación por la nueva ciencia de la transformación de los elementos.
Boyle usó su escepticismo para abrir un espacio donde construir una ciencia
experimental y dotar a la química o la alquimia, tanto da, de una forma pública
de proceder.
§ 4. Bibliografía comentada
G. Sarton, con su artículo «Boyle and Bayle, the Sceptical Chemist and
the Sceptical Historian» (1950), T. S. Kuhn con el suyo, titulado «Robert Boyle
and structural Chemistry in the seventeenth Century» (1942), y Mary Boas Hall
con trabajos como Robert Boyle and Seventeenth-Century Chemistry (Cambridge
University Press, 1958) o Robert Boyle on Natural Philosophy: An Essay
with Selections from his Writings (Indiana University Press, 1965)
ejemplifican la culminación de una forma de entender a Boyle que predominó
hasta la década de 1980. Se trata de una visión de Boyle como un gigante,
parangón de la civilidad y la moderación, con una estrategia perfectamente
clara para reivindicar la filosofía mecánica de la naturaleza basada en un
concienzudo programa experimental y viceversa, un programa experimental basado
en una concepción corpuscular mecanicista pura. Esta retórica probablemente era
superviviente de la tradición victoriana de los «héroes científicos». Pese a
que muchos investigadores actuales están en desacuerdo con las conclusiones y
opiniones de Boas, es necesario reivindicar su trabajo excepcional a la hora de
intentar contextualizar a Boyle en el marco de la química del siglo XVII; su
trabajo fue pionero en los estudios de la posguerra sobre la revolución
científica y además sirvió para abrir otros campos para las investigaciones. En
esta línea, si acudimos a la bibliografía en español, únicamente se puede
encontrar el libro compilatorio realizado por Carlos Solís, Robert
Boyle, física, química y filosofía mecánica, Madrid, Alianza Editorial,
1985, una excelente edición que traduce fragmentos comentados de varias obras
de Boyle, entre las cuales se encuentra El químico escéptico.
También cabe citar un clásico de la década de 1970, Robert Boyle
and the English Revolution, de J. R. Jacob, en el que se trata de situar
todas las ideas de Boyle en el marco de una estricta cronología que, para
entender a Boyle, tomaba en consideración básicamente el paisaje social,
político y religioso de la Inglaterra del siglo XVII.
El año de 1986 fue un Rubicón. Como comenta J. Goldberg en Robert
Boyle: The Man Who Changed the History of Science and The History of Science
that Changed the Man , por aquel entonces, cualquier historiador
pesimista consideraba que el archivo Boyle, compuesto de un atado de setenta
volúmenes con cerca de 20.000 folios sin catalogar, custodiado por la Royal
Society, era, no solo impenetrable, sino también incatalogable. Cuadernos de
notas, manuscritos, cartas… que no habían sido desempolvados ni usados porque,
hasta entonces, se consideraba que el compendio que hiciera Birch en 1744
— Works of the Honourable Robert Boyle— era adecuado y
suficientemente completo, y porque el desorden era tal que no resultaba nada
fácil poner en uso esa cantidad de material. En 1986, sin embargo, Michael
Hunter, profesor de historia de la ciencia en el Birkbeck College de Londres,
emprendió la tarea de catalogar e indexar el archivo. Como resultado, comenzó a
estar disponible una cantidad fenomenal de materiales nuevos que auspiciaron
nuevas preguntas y aproximaciones al personaje. El propio Hunter, miembro de la
Royal Society, que comenzó estudiando la historia de esta institución y se ha
ocupado de Robert Boyle durante los últimos veinte años, ha sido uno de los
promotores del asombroso reverdecimiento de los estudios boyleanos. A él se
debe la última edición de las obras completas — Works of Robert Boyle (14
vols.), Pickering & Chatto, 2000—, en este momento obra de referencia, así
como de la correspondencia —Hunter, M., Clericuzio, A. y Principe, L. M.
(eds.), The Correspondence of Robert Boyle, 6 vols., Pickering
& Chatto, 2001— y de los diarios de trabajo —M. Hunter y C. Littleton, «The
Work-diaries of Robert Boyle: A Newly Discovered Source and its Internet
Publication», Notes and Records of the Royal Society, 55, 2000.
Pero, tal vez, el hito más importante de este reverdecimiento se dio en
1994, cuando apareció un volumen, a cuya cabeza estaba el propio Hunter,
titulado Robert Boyle Reconsidered, Cambridge University Press, en
el que se reunían varios ensayos que reexaminaban al científico británico a la
luz del nuevo material partiendo de un prólogo que establecía el estado de la
cuestión. Estos textos analizaban aspectos como la extrema importancia de
religiosidad de Boyle inserta en el contexto político e institucional, las
herencias que configuraron el paisaje de la química del siglo XVII, un estudio
del significado y las repercusiones de El químico escéptico, las
relaciones de Boyle con la alquimia, las deudas de Boyle con las distintas
teorías corpuscularistas, etc. En 1994, Hunter también publicó Robert
Boyle by Himself and by His Friends, un compendio de notas biográficas
sobre el honorable personaje escritas en los años inmediatamente posteriores a
su muerte que ayudan mucho en su contextualización, y recientemente una
biografía, Boyle: Between God and Science, en la que se concede un
espacio fundamental a su dimensión profundamente religiosa y espiritual.
Entre las aportaciones al estudio de la teoría de la materia de Boyle y
la filosofía mecánica del siglo XVII, ya en 1987, John Henry rechazó la idea de
Boyle como estricto mecanicista, al señalar que en sus obras pueden encontrarse
diversas referencias a principios activos. Otro historiador que se ha ocupado
profusamente del honorable Boyle es el profesor Antonio Clericuzio, quien,
además de colaborar con M. Hunter en la edición de la correspondencia, ha
escrito numerosos artículos y libros acerca de la filosofía corpuscular y de la
relación de Boyle con la química. Como él mismo afirma, «Los estudios más
recientes nos han hecho cobrar conciencia de la gran variedad de tipos de
mecanicismo, asumiendo todos ellos que los dos principios universales eran la materia
y el movimiento, pero divergiendo a menudo en temas cruciales como el origen
del movimiento y el modo de transmitirse, la existencia del vacío o la relación
entre el ámbito material y el espiritual [30]». Entre
las contribuciones de Clericuzio se pueden mencionar: Elements,
principles and corpuscles: a study of atomism and chemistry in the Seventeenth
Century , Kluwer Academic Publishers, 2000; «Carneades and the
Chemists: A Study of The Sceptical», en Robert Boyle
reconsidereded; A Redefinition of Boyle’s Chemistry and Corpuscular Philosophy,
Annals of Science , 47 (1990); «Les débuts de la carrière de Boyle,
iatrochimie helmontienne et le cercle de Hartlib», en Myriam Dennehy and
Charles Ramond (eds), La philosophie naturelle de Robert Boyle,
Vrin, 2009. También A. Chalmers, «The Lack of Excellency of Boyle’s Mechanical
Philosophy» en Studies in the History and Philosophy of Science, 24
(1993) adoptó una posición revisionista respecto a la filosofía mecánica de
Boyle, y arguyó que, lejos de haber un vínculo íntimo y productivo entre la
filosofía mecánica de Boyle y su ciencia, sus éxitos científicos los alcanzó a
pesar de, no gracias a, su fidelidad a esa filosofía.
Por otra parte, el profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad
Johns Hopkins L. Principe en su The Aspiring Adept: Robert Boyle and
his Alchemical Quest, Princeton University Press, 1998, afirma que «la
alquimia crisopoética en versión de Boyle constituye una interfaz entre el
reino de lo natural y mecánico y el reino de lo milagroso y sobrenatural. Como
tal, podía actuar como mediador entre sus dos potencialmente conflictivas
obediencias a la filosofía mecánica y a la religión cristiana». Principe apoya
su argumento en un diálogo manuscrito autógrafo de Boyle sobre la piedra
filosofal y los ángeles, que aparece publicado como el tercer apéndice de su
libro. Asimismo, argumenta también que el retrato de Boyle como un químico en
el sentido moderno de la palabra ha «sobremodernizado» sus contribuciones.
Respecto a esta línea de investigación también conviene citar la obra de
Newman, William R., y Principe, L. M., Alchemy Tried in the Fire:
Starkey, Boyle and the Fate of Helmontian Chymistry , Chicago: University
of Chicago Press, 2002, un libro que analiza las influencias químico-alquímicas
de Boyle. Finalmente, es preciso hacer mención del inestimable trabajo del
profesor John S. Davidson de la universidad de Glasgow, cuyas anotaciones a
este clásico de Boyle han resultado muy útiles a la hora de ofrecer una
interpretación contemporánea de los procesos y compuestos químicos que usaba
Boyle en la notas a pie de página elaboradas para esta edición. Asimismo cabe
destacar la gran cantidad y valiosísima información contenida en la Robert Boyle web site . Merece nuestro agradecimiento José Ramón Urízar Salinas, traductor de
los textos en latín que salpican este texto.
Prefacio introductorio a este tratado
Para dar cuenta al lector de por qué este tratado sale a la luz tan
mutilado e imperfecto, debo informarle de que hace largo tiempo, con el afán de
complacer a un ingenioso caballero, establecí algunas de las razones que me
impedían una total aquiescencia en lo tocante a los cuerpos mixtos, tanto en lo
que se refiere a la doctrina peripatética, como a la química. Años después de
que esta disertación tuviera la buena fortuna de caer en manos de ciertos
hombres doctos que le dispensaron una acogida muy favorable hablando de ella
con aprobación y encareciéndome a publicarla, he considerado adecuado revisarla
a fin de omitir ciertas cosas que no resulta apropiado sostener ante cualquier
tipo de lector, y sustituirlas por otras que me han surgido en el curso de los
ensayos y observaciones que desde entonces he venido realizando. Inspeccionando
mis papeles veo que en alguna otra parte menciono en un prefacio el asunto de
mi disconformidad, pero he encontrado muchas otras hojas relativas a los temas
acerca de los que deseo disertar, posteriores al momento en que lo escribí. En
consecuencia, viendo que ya tengo en mis manos una parte sustancial del diálogo
que se requiere para presentar el caso que sirve como introducción, tanto para
la plática entre Carnéades[31] y
Eleuterio[32], como
para otros diálogos que por diversas razones no se publican aquí, he decidido
disponer de la mejor manera en que he sido capaz los contenidos de un trabajo
perteneciente al segundo de los discursos que no he podido recuperar de ningún
modo aunque se tratara del más importante. Así, habiendo recabado una vez más
la opinión de los amigos sobre este trabajo imperfecto, no por cierto los
mismos que la vez anterior, encontré que en conformidad con sus deseos, no solo
debía ser publicado, sino que debía hacerse a la mayor brevedad posible.
Ciertamente, a lo largo de estos diálogos he hablado de mi persona como
de una tercera persona[33] porque
contienen disertaciones que ya se encontraban en los primeros tratados sobre
materias filosóficas en los que me aventuré hace ya largo tiempo y que, como el
pintor, tenía razones para desearlatere pone tabulam[34] y
escuchar lo que los hombres tuvieran que decir de ellas antes de arrogarme su
autoría. Pero ahora me encuentro con que para más de uno su autor no es un
desconocido, por lo que me atrevo a creer que no sería imprudente que además
supieran que proceden de una persona enteramente ajena a los asuntos de la
química. No he tenido el menor escrúpulo en permitir que estos diálogos salgan
a la luz incompletos, en parte porque mis ocupaciones y mis compromisos previos
para publicar otros tratados me dejaban pocas esperanzas en mi disponibilidad
para completarlos sino en mucho tiempo y, en parte, porque no sería incorrecto
afirmar que aparecen oportunamente, si no para la reputación del autor, sí para
otros propósitos. Por lo que observo últimamente, la química comienza a ser
cultivada, como sin duda merece, por hombres doctos que antes la desdeñaban y a
ser cortejada por muchos que nunca la han cultivado y pese a ello no la
ignoran. En consecuencia, sucede que se usan y se dan por sentadas diversas
nociones químicas sobre materias filosóficas que han sido adoptadas por autores
eminentes, sean estos filósofos naturales o médicos. Y temo que esto pueda ser
un tanto perjudicial para el avance de una filosofía sólida, ya que aunque soy
un gran amante de los experimentos químicos y pese a que tengo en no poca
estima varios remedios químicos, creo que hay que distinguirlos de las ideas
sobre las causas de las que proceden y el modo en como se generan. Hasta donde
alcanzo a discernir en este momento, hay miles de fenómenos en la naturaleza y
multitud de accidentes relativos al cuerpo humano que han sido escasamente
aclarados de modo satisfactorio y nítido por aquellos que se limitan a
deducirlo todo de la Sal, el Azufre y el Mercurio [35] y
de otras nociones propias de químicos[36] acostumbrados
a tener en escasa consideración los movimientos y las formas de las partes
diminutas de la materia, así como otras predisposiciones más productivas y
universales de los cuerpos. Por todo ello, no parece improcedente permitir que
nuestro Carnéades les advierta para que no suscriban la magna doctrina de los
químicos en lo que concierne a los tres principios hipostáticos[37] hasta
que la hayan examinado y hayan considerado cómo despejar las objeciones que él
proponga; probablemente distintas a las que los químicos se hayan planteado
nunca, puesto que un químico raramente lo haría y solamente un químico podría
proponerlas. Espero que para ciertas personas de ingenio renuentes a terciar en
una controversia importante sin haber considerado previamente lo que se
argumenta de cada lado y que tienen más deseos de comprender los asuntos de la
química que oportunidades de aprenderlos, no sea algo inaceptable encontrarse
aquí con distintos experimentos que he realizado específicamente para ilustrar
la doctrina de los elementos, junto con otros con los que sería difícil
tropezarse dado que se hallan desperdigados en diversos tratados de química.
También confío en que encuentren estos experimentos lo suficientemente acabados
como para que un lector ordinario que esté algo familiarizado con los términos
usuales de la química pueda entenderlos con facilidad y que, incluso el hombre
más precavido, pueda confiar en ellos. Añado todo esto porque cualquiera que
esté algo versado en los escritos de los químicos, a causa de su oscuridad, su
ambigüedad y el enigmático modo que tienen de expresarse, no puede sino
concluir que no quieren se entienda en absoluto lo que se supone pretenden
explicar sino por los hijos del arte[38], como
ellos los llaman, e incluso tampoco por ellos si antes no han pasado peligrosas
pruebas y dificultades. Hasta tal punto es así, que algunos de ellos casi nunca
hablan tan sinceramente como cuando hacen uso de esa expresión típica de la
química: Ubi palam locuti fumus, ibi nihil diximus[39]. Y
puesto que la oscuridad de muchos escritores hace imposible comprenderlos, así
como la deshonestidad de otros no permite que se pueda uno fiar de ellos,
aunque reluctante, en honor a la verdad y al lector me veo obligado a
advertirle de que no debe apresurarse a creer en los experimentos cuando estos
únicamente se le presenten en forma de prescripciones y no de explicaciones;
esto es, a menos que quien los haga mencione que los realiza guiado por sus
propios conocimientos o apoyándose en las descripciones de alguna persona con
credibilidad que aduzca su propia experiencia. Puesto que estoy preocupado,
debo hacer notar que incluso autores eminentes, tanto médicos como filósofos
naturales, a los que podría nombrar si ello me fuera requerido, últimamente han
llegado a perjudicarse a sí mismos al publicar libros erigidos sobre
experimentos químicos que indiscutiblemente jamás han llevado a cabo, pues si
los hubieran realizado, habrían encontrado como yo que no eran ciertos. Sería
en verdad deseable que aquellos que comienzan a referir experimentos químicos
sin estar familiarizados con las operaciones de la química, abandonasen esa
forma vaga de dar garantías que consiste en decir «los químicos dicen esto, los
químicos afirman lo otro» y citasen el nombre del autor o autores de cada
experimento concreto. Así evitarían las sospechas de falsedad a las que les
conduce la otra manera de proceder dejando al lector la tarea de juzgar qué le
parece adecuado creer sobre aquello que se le presenta; entretanto habrían dejado
de usar sus insignes nombres para dar crédito a crónicas dudosas y harían
justicia, tanto a los editores e inventores de los verdaderos experimentos,
como a los intrusos y falsarios. Por el contrario, a causa del modo habitual en
que se cita a los químicos, el autor honrado ve defraudadas sus expectativas de
cualquier posible alabanza y el impostor escapa a la deshonra.
Lo que resta de este prefacio debo emplearlo en decir algo a propósito
de Carnéades y de mí mismo.
En primera instancia, Carnéades espera que se le tenga por alguien que
discute con la necesaria modestia y cortesía pese a haberle correspondido jugar
el papel del antagonista escéptico. Si en algún momento pudiera parecer que
desaira los principios y argumentos de sus adversarios, desearía que ello fuera
considerado como algo a lo que se ha visto inducido, no tanto por la opinión
que sus adversarios le merecen, como es el caso de Temistio[40] y
Filopono[41], sino
porque se trata de las usanzas propias de esta clase de disputas.
Por otra parte, en caso de que alguno de sus argumentos no fuera
considerado absolutamente convincente, le gustaría que se pensara que no es
obligado esperar que necesariamente tuviera que serlo. Dado que la tarea
fundamental de Carnéades es la de proponer dudas y reparos, ya estaría haciendo
bastante si mostrase que los argumentos de sus adversarios no son lo
suficientemente concluyentes aunque los suyos propios tampoco lo sean. Y si
apareciese algún desacuerdo entre las cosas que plantea en los distintos pasajes,
desearía que se tomara en cuenta que no todo lo que un escéptico propone tiene
por qué estar en consonancia. Desde el momento en que su tarea consiste en
plantear dudas sobre las opiniones que cuestiona, resulta permisible que
formule dos o más hipótesis sobre la misma cuestión y que afirme que podría ser
vista bajo esta o aquella otra perspectiva pese a que ambas sean inconsistentes
entre sí, ya que para él es suficiente con que sus hipótesis sean al menos
igual de probables que la que pone en tela de juicio. Lo que es más, si
propusiera varias hipótesis, todas igual de probables, no haría sino ratificar
sus dudas al hacer que parezca todavía más difícil estar seguro de que una de
las explicaciones de la que difieren todas las demás sea la verdadera. Al
arrogarse el papel de negador, nuestro Carnéades tiene la ventaja de que si
alguno de entre todos los ejemplos que traiga a colación para invalidar la
doctrina común de aquellos con quienes disputa fuera irrefutable, bastaría por
sí solo para derrumbar una doctrina que afirma universalmente lo que él niega.
Puesto que no puede ser cierto que todos los cuerpos que se contabilizan entre
los cuerpos perfectamente mixtos[42] estén
compuestos de un número determinado de tales o cuales ingredientes, si se diera
el caso de que alguno de esos cuerpos pudiera ser producido, no se trataría de
un cuerpo así compuesto. Carnéades también desearía que la precisión fuera lo
último que se esperase de él ya que su empresa le obliga a sostener opiniones
sobre química con argumentos contrarios a los principios que mantienen los
químicos, de cuyos tratados tampoco puede esperar mucha ayuda exceptuando
algunos pasajes del ingenioso y audaz Helmont [43], con
quien, sin embargo, está en desacuerdo en muchas cosas que lo confinan a
explicar diversos fenómenos químicos de acuerdo con otros presupuestos, amén de
que sus razonamientos resultan extravagantes en exceso y ni mucho menos tan
relevantes como sus experimentos. Y pese a que sea cierto que algunos
aristotélicos han escrito ocasionalmente en contra de la doctrina a la que él
también se opone, lo han hecho conforme a sus propios principios y, por tanto,
nuestro Carnéades además de enfrentarse a sus hipótesis debe oponerse a las de
los espagiristas [44], por lo
que luchará de buena gana contra sus adversarios con sus propias armas;
aquellas que los peripatéticos considerarían impropias, si no dañinas, para una
persona con sus ideas. Por añadidura, los susodichos aristotélicos que han
escrito contra los químicos, al menos con los que se ha encontrado, muestran
tener muy poco conocimiento experimental y se han expuesto a la mofa de sus
adversarios con sus frecuentes errores y falta de talento a la hora de formular
sus impugnaciones escribiendo con excesiva seguridad sobre lo que parecen
entender tan poco.
Por último, Carnéades espera poder rendir algún servicio al sacar a
plena luz la doctrina de los químicos desde sus oscuros, ahumados laboratorios
y al señalar la debilidad de las pruebas a las que hasta la fecha nos tenían
acostumbrados. En lo sucesivo, a cualquier hombre juicioso le estará permitido
tranquilamente en función de la información no creer en ellas, y esos avezados
químicos tan devotos de su reputación se verán obligados a hablar más
claramente que hasta ahora y a sostener mejores experimentos y argumentos que
los que examine Cárneades. Así mismo desea que los curiosos puedan extraer de
uno u otro modo, bien satisfacción, bien alguna enseñanza de sus esfuerzos. Y
puesto que está listo para hacer buena la declaración que formulará al cierre
de su discurso de que está dispuesto a informarse mejor, espera ser realmente
informado o, en caso contrario, que se le deje en paz y tranquilidad. Si
existiera algún auténtico conocedor de la química que creyera puede encajar en
un modo racional y cortés de mostrarle alguna verdad en lo tocante a la materia
en discusión que él todavía no haya sido capaz de discernir, Carnéades no
rechazará admitirla. Con todo, si alguna persona impertinente, sea para darse
importancia, sea para cualquier otro fin, a propósito o por negligencia,
confundiera el estado de la controversia o el sentido de sus argumentaciones
—como han hecho últimamente por escrito algunos químicos— o escribiera en
contra de ellos de modo hipócrita, esto es, en términos oscuros y ambiguos, o
argumentara aduciendo experimentos que no se presentan de modo inteligible,
Carnéades declara que estima en mucho su tiempo como para pensar que merezca la
pena perderlo en responder tales nimiedades.
Y a continuación, habiendo dicho mucho acerca de Carnéades, espero que
el lector me permitirá decir alguna cosa sobre mí mismo.
En primer lugar, si algún lector taciturno encontrara errónea mi
elección de unos interlocutores que se complementan entre sí, así como el hecho
de que estos diálogos hayan sido escritos con un estilo más moderno que el que
acostumbran los académicos, espero que sopese que para mantener el debido
decoro en las disertaciones contenidas en un libro escrito por un caballero y
en el que solo se concede la palabra a caballeros, era lógico pensar que el
lenguaje habría de ser más sutil y con expresiones más moderadas de lo habitual
en el modo de escribir escolástico. Lo que es más, no lamento en absoluto
disponer de esta oportunidad para mostrar cómo pueden manejarse este tipo de
disputas con civilidad, lo que quizá sirva de ayuda a algún lector para poder
discernir la diferencia entre la falta de mordiente de un discurso y la fuerza
de la razón, y le lleve a darse cuenta de que un hombre puede ser un campeón de
la verdad sin ser un enemigo de la cortesía, y de que una opinión se puede
refutar sin necesidad de ser áspero con quienes la sostienen. Si lo que se
desea es convencer y no provocar, la cortesía habría de servir para rectificar
la severidad con que tratamos lo que creemos son errores ajenos y para evitar
en lo posible decir cosas que puedan desagradarles cuando se los hacemos notar.
Pero quizá habrá otros lectores que sean más laxos que los químicos a la
hora de reprochar falta de civilidad a mis disputantes y no acusen a Carnéades
de aspereza. Aunque, si en alguna ocasión he hecho que Carnéades hable con
altanería sobre las opiniones a las que se opone, espero que piensen que no he
hecho más que convertirme en el personaje que le ha tocado representar,
especialmente si se compara lo que he puesto en su boca con lo que el príncipe
de los oradores romanos [45] hacía
decir a sus amigos y a otros grandes personajes en los excelsos diálogos de suDeNaturaDeorum.
En este caso no puedo ser sospechoso de parcialidad para quienes se percaten de
que se da mucha más liberalidad a la hora de menospreciar las creencias de los
oponentes, por no decir un abuso, en los alegatos de aquellos contra los que
Carnéades disputa. Tampoco me ha guiado otra necesidad que la de dejar que los
interlocutores se expresen libremente a lo largo de estos diálogos en los que
queda suficientemente claro que no deseaba manifestar más opinión acerca de los
argumentos que se proponen, y mucho menos en lo que respecta a la controversia
misma, que la que un lector avisado pueda deducir de la lectura de algunos
pasajes de Carnéades —digo algunos porque no suscribo todo lo que dice y,
menos, al calor de la discusión— que se encuentran, en parte, en este diálogo
y, en parte, en otros diálogos [46] mantenidos
entre los mismos interlocutores aunque no tratan directamente de los elementos
y que guardaba desde hace tiempo a la espera de las consideraciones que merezca
el presente discurso. Sin duda se me malinterpretaría mucho si de lo que ahora
publico se dedujera que estoy desafiando a la química o que pretendo que mis
lectores lo hagan.
Espero que los Specimina[47] que
he publicado últimamente en un intento de mostrar la utilidad de los
experimentos químicos para los filósofos contemplativos sirvan para que quienes
los lean tengan otra opinión de mí. También tenía el propósito, a la espera del
momento oportuno, de publicar junto con estos escritos un ensayo que conservaba
conmigo, en su mayor parte una apología de cierto tipo de químicos. Así mismo,
desearía que las penalidades que he pasado con el fuego[48] convencieran,
al menos a quienes me conocen, de que estoy lejos de ser un enemigo del arte de
la química pese a que no soy amigo de muchos que al profesarla la malogran y
que les persuadieran de creerme cuando digo que distingo entre aquellos químicos
que son tramposos aunque laborantes [49] y
los verdaderos adeptos, con cuya conversación disfruto; me sería muy grato
instruirles a ambos, especialmente en lo tocante a la naturaleza de la
generación de los metales. Posiblemente, a aquellos que sepan cuán poco he
desistido de mi vieja afición a hacer experimentos les resulte más fácil creer
que uno de los principales objetivos de este discurso es, no tanto desacreditar
a la química, como ofrecer la oportunidad a los más sabios maestros —e incluso
generarles la necesidad— de que dejen de lado sus enormes reservas y que
expliquen la teoría química mejor de lo que lo han hecho los químicos
ordinarios, o incluso que nos enriquezcan con alguno de sus más nobles secretos
para mostrar que sus artes son capaces de enmendar las deficiencias de sus
teorías. De este modo, me arriesgaré a añadir que no tendríamos en mucha estima
a la química si pensáramos que no puede enseñarnos cosas más útiles, tanto para
la física como para la filosofía, que aquellas que hasta la fecha nos han
enseñado los químicos vulgares. E incluso me parece que sería una lástima que
los espagiristas de menor rango, cuya labor les ha hecho merecedores del bien
común del aprendizaje, se perdieran para siempre la verdad que tan afanosamente
han buscado. Porque, aunque no soy un admirador de la faceta teórica de sus
artes, mis conjeturas se verían muy contrariadas si, a partir de ahora, su
faceta práctica no fuera mucho más cultivada de lo que lo ha sido hasta el
momento; ello sin emplear a la filosofía y a los filósofos. Pero ahora que me
he distraído con otros estudios y asuntos, tampoco quiero que se piense de mí
que pretendo pasar por un agudo espagirista a fuerza de encontrar errores en la
doctrina que la mayoría de los químicos no tiene reparos en admitir, dado que
generalmente resulta mucho más fácil formular objeciones a hipótesis que ya han
sido propuestas que proponer hipótesis que no estén sujetas a posibles
objeciones. A lo dicho añado que entretanto se imbuye de inmediato en la teoría
y las operaciones de la química a los neófitos que comienzan en ella, no es
nada extraordinario que yo, que he tenido la fortuna de aprenderla de iletrados
sobre cuyo crédito no estoy en absoluto tentado de discutir con nadie,
considere las cosas con ojos distintos a los de la mayoría de los aprendices y
esté más dispuesto a acomodar los fenómenos que se me presentan a nociones
diferentes a las de los espagiristas. Al haber albergado desde un primer
momento la sospecha de que los principios de uso común eran menos generales y
comprensivos de lo que se creía, así como escasamente deducibles de las
operaciones químicas, no me resultó complicado reparar en fenómenos ignorados
por personas prejuiciosas que parecían no casar bien con la doctrina hermética
e idear algunos experimentos para proveerme de objeciones en su contra
desconocidas para muchos de los que, habiendo practicado la química
probablemente desde hace mucho más tiempo que yo, deberían de tener más
experiencia sobre determinados procesos.
Para concluir, deseo dejar al parecer de otros si las ideas que he
expuesto y los experimentos que he planteado son dignos o no de consideración.
Únicamente añadiré que me he esforzado en poner los hechos sobre el tapete con
una exactitud tal que, además de asistir a los lectores menos dotados en el
examen de las hipótesis químicas, incite a los filósofos espagiristas a
ilustrarlas. Si efectuaran tal cosa y con ello hicieran inteligible cualquier
opinión química, bien sea peripatética, bien una teoría distinta a la de los
elementos por la que yo más me inclino, y ello me fuera probado, lo que hasta
aquí he expuesto no será óbice para hacer un prosélito de alguien que ama la
fluctuación del juicio lo bastante como para estar deseoso de ser liberado de
ellas por cualquier cosa que no sea el error.
Consideraciones fisiológicas sobre los experimentos que usualmente se
emplean para probar, tanto los cuatro elementos peripatéticos, como los tres
principios de los cuerpos mixtos
§. Fragmento del primer diálogo
Reparo en que a muchos de mis amigos les resulta muy extraño escucharme
hablar de modo más irresoluto de lo que es habitual en mí en lo que concierne a
esas cosas que muchos toman por elementos y otros por los principios de los
cuerpos mixtos. Mas no me sonrojo al reconocer que tengo mucho menos reparos en
confesar que dudo cuando efectivamente lo hago, que en declarar que sé cuando
ignoro. Podría tener más esperanzas de las que no obstante albergo en ver la
filosofía sólidamente establecida si los hombres fueran capaces de distinguir
con más cuidado las cosas que saben de las que ignoran o, al menos, si pensaran
sobre ellas de modo que pudieran explicar las cosas que creen entender y que
reconocieran con inteligencia lo que ignoran, y que proclamaran sus dudas con
sinceridad para que, de esa forma, se pusiera en marcha la industria de las
personas inteligentes para llevar a cabo ulteriores indagaciones y así no se
impusiera la credulidad de los menos perspicaces. Pero como probablemente se
espere un inventario más exhaustivo de mi insatisfacción con la doctrina de los
peripatéticos y con la doctrina química sobre los ingredientes primigenios de
los cuerpos, tal vez sea útil examinar la crónica de lo que sucedió en una
reunión, cuyo emplazamiento no es necesario mencionar aquí, entre personas con
opiniones muy diversas en la que el asunto del que venimos hablando fue
discutido amplia y largamente para ser excusado por mi descontento.
El día en que el inquisitivo Eleuterio me invitó a realizar una visita a
su amigo Carnéades fue uno de los más hermosos del verano. Yo acepté presto tal
ocupación diciéndole que primero debía pasar a disculpar mi ausencia por un
lugar cercano donde al cabo de una hora tenía una cita puesto que no se trataba
de un asunto que pudiera resolverse en un momento pero tampoco que no pudiera
retrasarse. Y haría dicha visita porque sabiendo de la calidez y naturalidad de
la conversación de Carnéades, de su poco apego a las opiniones comunes,
probablemente, gracias a alguna paradoja ingeniosa o a cualquier otro medio,
regalaría nuestras mentes con un ejercicio placentero y quizá con alguna
enseñanza sólida. Eleuterio me acompañó pues a presentar mis excusas y luego fuimos
al alojamiento de Carnéades. Cuando llegamos, los sirvientes nos comunicaron
que este se había retirado con un par de amigos, cuyos nombres también nos
fueron revelados, a uno de los arboretos de su jardín para disfrutar de la
protectora sombra contra un sol en verdad dañino.
Pese a mi reluctancia ante lo que podía ser visto como una intromisión
en la intimidad de Carnéades, Eleuterio, quien estaba perfectamente
familiarizado con el jardín, me llevó directamente hacia allí con la confianza
de quien tiene un trato de familiaridad largamente cultivado y me introdujo de
la mano abruptamente en el arboreto, donde nos encontramos a Carnéades, a
Filopono y a Temistio sentados bastante juntos en torno a una pequeña mesa
redonda sobre la que, además de papel, tinta y pluma, había dos o tres libros
abiertos. Carnéades no pareció turbarse en absoluto con la sorpresa y se
levantó de la mesa para recibir a su amigo con los brazos abiertos y darme la
bienvenida a mí también con su habitual cortesía. Nos invitó a sentarnos, cosa
que hicimos tan pronto como intercambiamos los acostumbrados saludos de
cortesía propios de tales circunstancias con los otros dos amigos, que lo eran
también nuestros. Después de que nos hubiéramos sentado, Carnéades cerró
inmediatamente los libros que permanecían abiertos sobre la mesa y volviéndose
a nosotros con una sonrisa contenida, pareció disponerse a iniciar una
conversación irrelevante como se suele hacer en esas circunstancias y a
desperdiciar su tiempo con tan inopinadas compañías.
Pero Eleuterio, imaginando lo que pretendía, se adelantó y le previno
diciéndole:
—Por los libros que veo sobre la mesa y que acaba usted de cerrar, pero
más todavía por los ademanes que adoptaban personas tan cualificadas y tan
acostumbradas a discutir sobre asuntos serios, me he percatado de que antes de
nuestra llegada estaban ustedes enfrascados en alguna discusión filosófica que
espero prosigan consintiendo que tomemos parte en ella en recompensa por
haberles sorprendido, o bien que nos sea permitido reparar el perjuicio que en
todo caso le hemos ocasionado al interrumpirle dejándole a su albedrío y
castigándonos a nosotros mismos por nuestro atrevimiento a privarnos de su
compañía.
En el momento en que Eleuterio pronunciaba las últimas palabras, ambos
nos levantamos como si estuviéramos dispuestos a partir, pero Carnéades le
agarró rápidamente por el brazo para detenerlo y le dijo sonriendo:
—No estamos tan dispuestos a perder una buena compañía como parece usted
imaginar, especialmente por cuanto parece complacerle presenciar lo que vamos a
decir sobre el asunto que nos han encontrado examinando. Tratándose de una
indagación cuya verdad es de tal importancia y dificultad, a saber, cuál es el
número de elementos, principios, o ingredientes materiales de los cuerpos,
requiere y merece el concurso de inquisidores de la naturaleza tan dotados como
ustedes. Por ello mismo habíamos mandado invitar al audaz y agudo Leucipo para
que arrojara alguna luz con su paradoja atomista, de la que esperábamos
indicios significativos, pero después de no poca cantidad de dificultades nos
acababa de llegar la noticia de que no le podían encontrar. Igualmente habíamos
solicitado el concurso de su presencia y de sus pensamientos, Eleuterio, pero
el mensajero que empleamos para buscar a Leucipo no nos había informado de que,
al tiempo que iba en su busca, les habían visto pasar hacia otra parte de la
ciudad. Y puesto que Leucipo ha frustrado nuestras expectativas de contar con
su compañía pese a que la pasada noche me había dicho que hoy estaba dispuesto
a encontrarse conmigo cuando yo quisiera; y puesto que ya hemos postergado
demasiado nuestra discusión sobre el mencionado tema y que la acabábamos de
retomar hacía escasos minutos, no será apenas necesario repetir nada para
ponerles al corriente de lo sucedido entre nosotros antes de su llegada. De
modo que no puedo por menos que considerar un afortunado accidente que hayan
aparecido tan oportunamente y que no solo sean ustedes oyentes sino también
interlocutores en esta discusión. Así, no solo permitimos su presencia, sino
que deseamos su auxilio. A ello añado que aunque estos doctos caballeros —dijo
volviéndose hacia sus amigos— no tengan por qué temer disertar frente a un
auditorio provisto de inteligencia suficiente para comprenderles, yo por mi
parte —continuó esbozando una sonrisa— no me atreveré a aventar pensamientos
poco meditados ante tamaña pareja de críticos a menos que se respete el turno
de palabra y durante el mío me permitan discutir lo que se haya formulado.
Carnéades y sus amigos añadieron diversas cosas para convencernos de que
estaban deseosos de que los escucháramos a condición de que ellos también
pudieran escucharnos a nosotros. Eleuterio, al cabo de un rato de haberse
esforzado con fruición para que le dejasen permanecer en silencio, y una vez
acordado que le sería permitido alinearse con cualquiera de ellos en el
desarrollo de una argumentación de acuerdo con sus inclinaciones y principios,
y que si veía causa, podría hacerlo con su antagonista en la persecución de
otra sin quedar confinado a permanecer de ningún lado, prometió que no se
quedaría siempre callado. Por mi parte, consciente de mi falta de habilidades,
les comuniqué muy resueltamente que me resultaba mucho más conveniente y que,
de hecho, prefería permanecer como oyente entre tan sabios oradores frente a
tan abstrusa materia. Así, les imploré que me permitieran ser un espectador
silencioso sin necesidad de poner en evidencia mis debilidades y que me
consintieran presenciar aquello a lo que no podría presentar pleito alguno a
excepción de lo que su magisterio pudiera operar en mí para convertirme en un
admirador más inteligente. A ello añadí que, puesto que no deseaba haraganear
mientras ellos permanecían ocupados, si ello les complacía, podría ocuparme de
poner por escrito lo que allí se vertiera y preservar así unas pláticas que
consideraba lo merecían. En un principio Carnéades y sus amigos rechazaron mi
propuesta de plano, y todo lo que pude conseguir con mi resolución de usar
únicamente los oídos y no la lengua fue que aceptaran la propuesta de Eleuterio
—quien se sentía concernido por haberme llevado allí y deseaba prestarme alguna
asistencia— de que sería oportuno que registrara sus argumentaciones porque,
una vez concluido el debate, eso me permitiría ofrecerles mi conclusión sobre
el tema, cosa que prometió yo haría al final de la conversación si el tiempo lo
permitía y, de no ser así, en nuestro próximo encuentro. Y puesto que Eleuterio
hiciera semejante oferta en mi nombre, aunque sin mi consentimiento, los
invitados no aceptaron de ninguna manera mis protestas y con un silencio
unánime fijaron sus miradas en Carnéades todos al mismo tiempo invitándole a
abrir la discusión, lo que tras una breve pausa, durante la que se volvió hacia
Eleuterio y hacia mí, hizo del siguiente modo:
—Debo de tener una naturaleza muy particular e insensible porque, sin
haber opuesto ninguna resistencia a las sutiles argumentaciones con las que me
he topado en los libros de los peripatéticos ni a los maravillosos experimentos
que he presenciado en los laboratorios de los químicos, pienso que en caso de
que ni los unos ni los otros sean capaces de ofrecer argumentaciones más
relevantes a la hora de mostrar la verdad de las afirmaciones que acostumbran a
realizar, cualquier persona desde una mínima racionalidad podría albergar dudas
respecto al verdadero número de aquellos ingredientes materiales de los cuerpos
mixtos que algunos denominan elementos y otros principios. Si se considera que
las doctrinas concernientes a los elementos son tan importantes con respecto a
las demás doctrinas de la filosofía natural, como los propios elementos
respecto a los cuerpos del universo, sería lógico que tales opiniones, que son
la superestructura de otras muchas, estuvieran sólidamente establecidas. Pero
cuando me tomo la molestia de examinar imparcialmente los cuerpos de los que se
afirma están compuestos de una mezcla de elementos y los torturo para
obligarles a confesar de qué principios están constituidos, rápidamente me
inducen a pensar que el número de elementos ha sido atribuido con más ardor que
éxito. Esta insatisfacción mía ha provocado el asombro de esta pareja de
caballeros —al tiempo que decía esto, Carnéades señalaba a Temistio y
Filopono—, quienes, a pesar de que sus opiniones difieren entre sí más de lo que
difiere la mía de las suyas, están completamente de acuerdo en que hay un
número perfectamente determinado de tales ingredientes a los que me acabo de
referir que se suele demostrar claramente por la razón y la experiencia; no
digo cuál sea ese número y no descarto que exista, aunque no como ellos
pretenden. Esto es lo que ha causado la presente discusión y nuestro debate de
esta tarde, y habiendo saltado de un tema a otro, eventualmente este ha
terminado por instalarse en un punto donde cada uno de ellos se ha propuesto
demostrarme la verdad de sus opiniones respectivas respecto a los temas que
acabo de mencionar. Pero, en este momento, declinamos insistir en ello temiendo
que no haya tiempo suficiente para desentrañar las razones y realizar los
experimentos pertinentes antes de la cena porque unánimemente pensamos que es
necesario examinarlos con toda seriedad. Me acucia pues el deseo, caballeros
—continuó Carnéades— de que reparen en que mi presente tarea no me obliga a
expresar mi opinión sobre el tema en cuestión, sino a afirmar o a negar la
verdad, tanto de la doctrina peripatética, como de la química, en lo que
concierne al número de elementos con el único objeto de mostrarles que ninguna
de ellas ha sido probada satisfactoriamente con los argumentos que usualmente
se alegan en su favor. De modo que si realmente juzgo bien, como tal vez creo
que lo hago, y es posible realizar un escrutinio más racional que de ordinario
de las mencionadas opiniones, me libero a mí mismo de hacer aseveraciones sobre
el particular, no obstante mi presente compromiso, porque todos podríamos
coincidir en que es una obviedad el hecho de que se pueden sostener verdades
sólidas con argumentaciones deficientes. Espero que no sea necesario añadir a
esta declaración que mi tarea no me obliga a responder a las argumentaciones de
Temistio y Filopono que se deriven de sus opiniones respecto al tema de la
razón como algo opuesto a los experimentos, puesto que yo únicamente me ocupo
de examinar estos últimos; aunque si lo creo adecuado, insistiré en algunos de
tales argumentos dado que se suelen utilizar para probar que los cuerpos
compuestos constan, bien de los cuatro elementos peripatéticos, bien de los
tres principios químicos. Me veo obligado a establecer estas premisas —añadió
Carnéades apuntando hacia Temistio y Filopono al tiempo que les sonreía— en
parte para prevenir que se pueda ofender a estos caballeros si sus
intervenciones se valoran por las argumentaciones que están prestos a plantear
—las leyes de nuestra conversación les confinan a hacer uso únicamente de
aquello que los filósofos vulgares han puesto en su manos— y en parte, para que
no se me tilde de presuntuoso por discutir con personas sobre las que tal vez
se pudiera pensar tengo alguna ventaja derivada de la naturaleza de las reglas
de nuestra controversia, a saber, en la que no tengo sino que defender mis
recusaciones y en la que, de cuando en cuando, contaré con la ayuda de alguno
de mis adversarios dado que en ciertas ocasiones este se enfrentará con el
otro.
Presurosos, Filopono y Temistio devolvieron los cumplidos con cortesías
similares, mientras Eleuterio, percibiendo que se demoraban en ello en demasía
y para prevenir la consiguiente pérdida de tiempo que parecían no tener ninguna
intención de ahorrar, les recordó que la tarea que tenían entre manos no era la
de intercambiar cumplidos sino argumentos y, acto seguido, brindó su
intervención a Carnéades:
—No estimo en poco la felicidad de haber acudido aquí esta afortunada
tarde, pues llevaba desde largo perturbado con dudas relativas al preciso tema
que ahora os disponéis a discutir. Y desde el momento que un asunto de tal
importancia va a ser examinado por personas que mantienen tal variedad de
opiniones, que son tan competentes a la hora de perseguir la verdad y que están
tan prestos a abrazarla venga de quien venga y sea cual sea el modo en que se
les presente, no puedo sino presumir que seguro que antes de partir habré
perdido o las dudas o las esperanzas de resolverlas nunca.
Eleuterio, para evitar respuestas, no se detuvo en ese momento y añadió
sin apenas tomar aire:
—Y tampoco estoy menos encantado de que, en el caso que nos ocupa, estén
ustedes resueltos a insistir más en los experimentos que en los silogismos,
dado que yo, y no tengo duda de que ustedes también, he observado que las
sutilezas dialécticas de las que se sirven los escolásticos para hablar de los
misterios fisiológicos se emplean más para mostrar la agudeza de quienes las
usan que para incrementar el conocimiento o eliminar las dudas de los amantes
discretos de la verdad. Estas sutilezas capciosas, de hecho, muchas veces
confunden y someten al silencio a las personas, aunque raramente las
satisfacen. Son como los trucos que usan los prestidigitadores, ante los que
uno no duda que está siendo engañado pese a que a menudo no sea posible decir
con qué clase de ardid. Por tanto, creo muy sabio de vuestra parte haber hecho
vuestra la intención de considerar los fenómenos relativos a la presente
cuestión como algo que obtenido por medio de experimentos y, especialmente,
cuando resultaría ofensivo para nuestros sentidos, por cuya mediación
adquirimos el conocimiento que tenemos de las cosas corporales, recurrir a los
más improbables y abstractos raciocinios para conocer los ingredientes de las
cosas sensibles que vemos y con las que tratamos cotidianamente, y que
teóricamente tienen la libertad de desenredarse, si puedo decirlo así, en los
cuerpos primitivos de que consisten.
Eleuterio añadió que si era el caso de que no hubieran olvidado nada
relativo a los preliminares del debate, como en efecto temía, deseaba que no se
retrasara más su satisfacción y que habría de especificarse cómo debían ser
entendidas en adelante por todos las palabras «principio» o «elemento».
Carnéades le agradeció su exhortación pero le dijo que no habían desatendido
cosa tan esencial y que, dado que eran caballeros muy poco propensos a humores
litigiosos y amantes de pleitear por palabras, términos o nociones tan vacías,
habían acordado antes de su llegada usar indiscriminadamente cuando fuera
requerido elementos y principios como
términos equivalentes y entender el uno por el otro y viceversa; esto es, lo
que se entiende por cuerpos primigenios y simples de los que se dice están
compuestos los cuerpos mixtos y en los que en última instancia se descomponen.
Agregó a esto que habían acordado tomar esa decisión para discutir las
distintas opiniones porque habían encontrado que la mayoría de los partidarios
de la doctrina de los cuatro elementos y los seguidores de los tres principios
usaban los términos de esa forma sin haberse detenido a investigar cómo los
formulaban o definían Aristóteles y Paracelso, o tal o cual intérprete o
seguidor de tan insignes personajes; y que, además, no tenían por designio
examinar qué pensaban o enseñaban esos autores, sino las opiniones más
generales y manifiestas de aquellos que se cuentan entre los adeptos de
peripatéticos o químicos en lo que se refiere al susodicho tema.
—Si están de acuerdo en cuál de los dos amigables adversarios debe ser
escuchado primero —dijo Eleuterio— no veo por qué no comienzan a argüir de
inmediato.
De ese modo se resolvió rápidamente que sería Temistio quien hablara en
primer lugar y propusiera las pruebas para sostener su opinión puesto que era
la más veterana y de carácter más general, y porque al principio se había
precipitado a presentarse a sí mismo a Eleuterio como la persona menos
interesada en la disputa.
—Si han tomado nota de la última confesión de Carnéades, la que, pese a
estar arropada entre corteses cumplidos, le ha sido arrancada por su propio
sentido de la justicia, se habrán percatado de que yo me entregué a esta
polémica con grandes y peculiares desventajas además de las que el talento de
Carnéades y mi propia incompetencia me podrían acarrear durante cualquier causa
que mantuviera en su contra. Y aunque no es más diestro que yo con la lengua,
ha hecho justamente de la aprehensión de la fuerza de la verdad la condición
principal de nuestro duelo, de modo que me veo obligado a dejar a un lado las
armas con las que cuento y que mejor manejo. Mientras que si se me diera la
libertad de emplear los argumentos que me dicta la razón a la hora de apelar a
la doctrina de los cuatro elementos, no albergo apenas ninguna duda de que les
haría prosélitos de los cabales padres que son la Verdad y Aristóteles, como
tampoco albergo dudas de la honestidad y buen juicio de ustedes. Confío, no
obstante, en que usted tome en consideración que un intérprete tan aventajado
de la naturaleza quien, como muestra su Organon[50], fue el
más favorecido maestro de la Lógica que jamás haya existido, repudió el camino
emprendido por algunos pequeños filósofos, antiguos y modernos, que no atienden
a la coherencia y a las consecuencias de sus opiniones porque únicamente se
afanan en hacer plausible cualquier opinión por encima del resto de
consideraciones que tendrían que encuadrarla y que no solo deberían ser
consistentes entre sí, sino respaldarse unas a otras. Este gran hombre, con su
vasto y comprensivo intelecto, ha enmarcado cada uno de sus principios de modo
que se adaptan de forma tan precisa a un sistema que no necesitan otra defensa
que la que les otorga su mutua coherencia; lo mismo que sucede en un arco,
donde si cada pequeña piedra fuera separada del resto, quedaría indefensa,
hallándose, por el contrario, aseguradas por la solidez y entereza del conjunto
de la fábrica del que forman parte. Podría mostrarles fácilmente con qué
pertinencia puede aplicarse esto al presente caso si me fuera permitido
manifestarles la armonía que presenta la doctrina aristotélica de los cuatro
elementos con el resto de los principios de la filosofía y de qué modo tan
racional Aristóteles ha deducido este número del de combinaciones de las cuatro
cualidades primarias que presentan las clases de movimientos simples de los
cuerpos simples; y no puedo decir cuántos otros principios y fenómenos de la
naturaleza interactúan con su doctrina de los cuatro elementos reforzándose así
mutuamente. Pero como me está prohibido insistir en reflexiones de esta naturaleza,
debo proceder a declarar que, pese a que los que apelan a los cuatro elementos
valoran la razón por encima de todo y están provistos de argumentos suficientes
extraídos de ella para estar convencidos de que es necesario que haya cuatro
elementos aunque nunca nadie haya hecho ninguna prueba sensible para descubrir
su número, no carecen de experiencia para dar satisfacción a quienes están más
habituados a doblegarse a sus sentidos que a la razón. Procederé, por tanto, a
considerar el testimonio de la experiencia cuando lo primero que tendría que
haberles advertido es que, si los hombres fueran tan perfectamente racionales
como se esperara de ellos, este método de demostración sensible sería tan
innecesario como, de hecho, es imperfecto, puesto que parece mucho más elevado
y filosófico descubrir las cosas a priori que a
posteriori. Por eso los peripatéticos no han sido muy proclives a
coleccionar experimentos para probar sus doctrinas contentándose con unos pocos
para satisfacer a los que no son capaces de convicciones más nobles. De hecho,
emplean los experimentos para ilustrar más que para demostrar; lo mismo que los
astrónomos usan las esferas en la carta planetaria para ponerse a la altura de
las capacidades de los que han de aprender usando los sentidos para llegar a
aprehender con claridad las nociones y verdades matemáticas puras. Hablo así,
Eleuterio, solo para hacerle justicia a la razón y no porque sea timorato con
la prueba experimental que voy a aducir. Y pese a que elegiré solo una, frente
a ella ya no será necesaria ninguna otra. Si ustedes imaginan un trozo de
madera verde ardiendo en la chimenea, sin duda verán los cuatro elementos de
los que decimos se componen los cuerpos mixtos en las partes disgregadas en que
acaba convertida. El Fuego se descubre a sí mismo en la llama por su luz; el
humo, al ascender a lo alto de la chimenea y desvanecerse rápidamente en el
Aire, como un río que se pierde en el mar, manifiesta claramente a qué elemento
pertenece y, por tanto, retorna; el Agua, a su manera, rechifla y hierve en los
tocones de los troncos ardientes y, de ese modo, se revela a más de uno de
nuestros sentidos; y las cenizas carbonizadas, en virtud de su peso y su
sequedad, delatan sin ningún genero de duda que pertenecen al elemento Tierra.
Si me dirigiera a personas menos doctas —continuó Temistio— posiblemente me
disculparía por utilizar un ejemplo tan obvio y un análisis tan simple, pero
temo sería una ofensa ofrecérsela a ustedes, que son tan juiciosos y no creen
que los experimentos destinados a probar cosas obvias deban ser rebuscados y
que no se admiran de que tantos cuerpos mixtos estén compuestos de los cuatro
elementos ni de que muchos de ellos, ante un análisis somero, revelen de modo
notorio los ingredientes de que están compuestos. Particularmente desde el
momento en que resulta tan grato a la diosa naturaleza revelar, incluso en el
curso de los experimentos más obvios que llevan a cabo los hombres, una verdad
tan importante y necesaria de tomarse en cuenta. Además, cuanto más obvios sean
nuestros análisis, más adecuados serán a la naturaleza de esta doctrina que
deseo probar, pues siendo tan clara e inteligible al entendimiento como obvia a
los sentidos, no resulta sorprendente que el sector instruido de la humanidad
la haya abrazado desde hace tanto tiempo y de modo tan general. Esta doctrina
es muy diferente de las extravagancias de los químicos y otros innovadores
modernos, cuyas hipótesis podríamos observar igual que los filósofos naturales
contemplan a los animales menos perfectos, condenados a una vida breve porque
se formaron precipitadamente, ya que muy a menudo tales hipótesis se proyectan
en una semana. Parece lícito pues reírse de ellas a la semana siguiente, ya que
posiblemente se han edificado a partir de uno o dos experimentos, y el tercero
y cuarto no hacen sino echarlas por tierra. Por el contrario, Aristóteles fue
merecedor de que las gentes instruidas abrazaran su doctrina, tras haber
realizado detenidas reflexiones sobre las teorías de los filósofos que le antecedieron
relativas a los elementos —las que, por cierto, hoy se reviven con tanto
aplauso como si se acabaran de descubrir— y tras haber detectado y modificado
certeramente sus errores y defectos. Empero, como así lo han acordado quienes
le sucedieron, todos los filósofos que le precedieron contribuyeron a completar
esa doctrina a lo largo de los siglos. Una hipótesis tan madura y
cuidadosamente establecida como la suya no había sido puesta en cuestión hasta
que el siglo pasado Paracelso y algunos otros empíricos tiznados de carbonilla,
que no filósofos como ellos gustan de llamarse, que habían acabado con los ojos
y los cerebros enturbiados por el hollín de sus hornos, comenzaron a poner el
grito en el cielo contra la doctrina peripatética profiriendo al mundo de los
crédulos que no había sino tres ingredientes en los cuerpos mixtos, y para
ganarse la reputación de inventores, se esforzaron en camuflarlos poniéndoles
los nombres de Sal, Azufre y Mercurio en lugar de vapor, tierra y aire y
otorgándoles el hipócrita título de principios hipostáticos [51]. Mas
cuando se propusieron describirlos, mostraron lo poco que entendían de lo que
ellos mismos pretendían decir al manifestar mayor desacuerdo entre ellos mismos
que frente a la verdad a la que se oponían, y al plantear sus hipótesis de
forma igualmente oscura que los procesos que les habían llevado hasta ella, de
modo que a cualquier hombre riguroso le resulta imposible hallar su
significado, o al menos tan imposible como a ellos encontrar su elixir. En
verdad nada ha difundido tanto su filosofía como sus jactancias y empresas
—dijo Temistio sonriendo— y apenas puedo mencionar ningún logro suyo del que
merezca la pena admirarse a excepción del hecho de haber arrastrado a Filopono
a su partido comprometiéndole en la defensa de hipótesis ininteligibles; él que
sabe perfectamente que los principios deben ser como los diamantes, claros pero
absolutamente sólidos.
Tras estas últimas palabras, el silencio de Temistio hizo patente que
había terminado su alocución. Y al igual que hiciera antes Temistio, Carnéades
se dirigió a Eleuterio para dirigirle su respuesta.
—Esperaba una demostración, pero veo que Temistio quería quitárseme de
encima con una arenga que no me ha inducido a tener una gran opinión de sus
talentos y, tratándose de un hombre de su sabiduría, más bien ha acrecentado mi
desconfianza en hipótesis incapaces de brindar mejores argumentos. Aunque no es
un asunto menor, no me pronunciaré sobre el aspecto retórico de su discurso y
me concentraré en el aspecto argumentativo dejando a Filopono contestar los
pasajes referidos a Paracelso y a los químicos. Les haré notar que a lo largo
de todo lo que ha expuesto fundamentalmente se aplica a hacer dos cosas: a
proponer y elaborar un experimento con el que demostrar la común opinión sobre
los cuatro elementos, y a insinuar diversas cosas sobre la experiencia con las
que cree enmienda la debilidad de sus argumentos y da mayor crédito a la
vulnerable teoría que mantiene. Para comenzar con su experimento de la madera
ardiendo, resulta no poco odioso a una considerable cantidad de excepciones. Si
tuviera que comenzar a tratar con dureza a mi adversario, en primer lugar,
tendría que cuestionar gravemente y sin escrúpulo alguno el método probatorio
que él y muchos otros emplean a la hora de mostrar que los cuerpos usualmente
llamados mixtos están formados de Aire, Agua, Fuego y Tierra, a los que les
complace llamar elementos; a saber, que cuando se analizan[52] merced
al fuego, este hace emerger de dichos cuerpos otros que se asemejan a aquellos
que ellos toman por los cuatro elementos. No quiero anticipar ahora todo lo que
conjeturo, ya tendré ocasión para insistir en ello, y solo diré que cuando
comencé a discutir con Filopono en lo tocante a si era correcto considerar el
fuego como el instrumento más adecuado y universal para analizar los cuerpos
mixtos, para no anticiparlo, repito, diré que si estuviera dispuesto a porfiar,
alegaría que en su experimento Temistio hace que lo que él llama elementos
parezcan estar formados por lo que él llama cuerpos mixtos en lugar de que los
cuerpos mixtos estén formados por elementos. En la madera que analiza y en
otros cuerpos disipados y alterados por el fuego da la impresión, y él mismo
así lo manifiesta, de que lo que toma como Fuego y Agua elementales han salido
del concreto[53], pero no
parece que el concreto esté hecho de Agua y Fuego, como
tampoco que ni él, ni ninguna otra persona, hayan sido capaces de demostrar
todavía que sea imposible obtener algo de un cuerpo por medio del fuego que no
preexistiera en él.
Ante esta objeción inesperada Temistio y el resto de los allí reunidos
quedaron no poco sorprendidos, pero tras unos momentos durante los que Filopono
estuvo dándole vueltas al asunto, así como a las opiniones de Aristóteles
relativas a la citada objeción, habló de este modo a Carnéades:
—No puede usted plantear este escollo, por no llamarlo irrelevancia, más
que como un ejercicio de agudeza que no le concede ningún peso. Porque, ¿cómo
puede algo separarse de una cosa si no existía antes en ella? Por ejemplo,
cuando se mezclan oro y plomo y la retorta donde está la mezcla se expone a la
vehemencia del fuego, este hace que se separe el oro puro y refulgente por un
lado y, por otra, el plomo, al que cuando queda limpio de la escoria del oro se
le suele llamar Lithargyrium auri[54]. ¿Podría
alguien dudar de que ve estas dos sustancias separadas de la masa previa?, ¿de
que existían antes de que fuera puesta al fuego?
—Podría permitir que su argumentación probara algo —replicó Carnéades—
si hubiéramos visto antes a los refinadores tomar el oro y el plomo para hacer
la mezcla de la que habla, y si también hubiéramos podido presenciar cómo la
naturaleza arrastra una porción del elemento Fuego, que se supone coloca no sé
a cuántas miles de leguas junto a la órbita de la Luna, para mezclarlo con una
cierta cantidad de los otros tres elementos y así componer cada uno de los
cuerpos mixtos que el fuego luego descompone presentándolos como Fuego, Tierra
y el resto. Y déjeme añadir, Filopono, que para hacer que su argumento sea
convincente primero debería ser probado que el fuego separa los ingredientes
elementales sin alterarlos, ya que resulta obvio que los cuerpos pueden producir
sustancias que no existían previamente en ellos. Los cuerpos producen gusanos y
el queso viejo ácaros, e imagino no afirmará que eran ingredientes previos.
Visto pues que el fuego no siempre simplemente separa las partes elementales
sino que, cuando menos, en ocasiones altera los ingredientes de los cuerpos, si
antes no hubiera tenido mejor ocasión de probarlo, lo hago ahora tomando su
ejemplo en el que no se separa nada que sea elemental merced a la enorme
violencia del fuego refinador: tenemos el oro y el plomo, los ingredientes que
se separan por medio del análisis todavía manifiestamente cuerpos mixtos
perfectos, y el litargirio, que es plomo al cabo, pero con una consistencia
diferente de la que tenía antes. A esto he de añadir que a veces he visto, y
seguramente usted con mucha más frecuencia que yo, trozos de cristal que se
adhieren a la retorta. Pues bien, estoy convencido de que usted no se
permitiría pensar que ese cristal que emerge gracias a su análisis, al igual
que lo hacen el oro o el litargirio, es un tercer ingrediente de la masa de la
que lo ha extraído el fuego.
Filopono y Temistio estaban a punto de replicar, cuando Eleuterio,
dándose cuenta de que la consecución de la disputa tomaría un tiempo que podía
ser mejor empleado, habló así a Carnéades:
—Cuando propuso esta objeción, se medio comprometió a que no insistiría,
o no al menos ahora, en ese punto. Y en verdad no parece absolutamente
necesario que lo haga en beneficio de su causa, puesto que si usted pudiera
garantizar que hay elementos, de ahí no se sigue que tuvieran que ser
precisamente cuatro. En consecuencia, espero que usted proceda a
familiarizarnos con objeciones más serias contra la opinión de Temistio;
especialmente desde el momento en que se da una desproporción tan grande
respecto al volumen entre Tierra, Agua y Aire, por una parte, y esos pequeños
trozos de sustancias que el Fuego separa de los concretos, por
otra. Eso me hace pensar en que usted no puede hablar en serio cuando pierde su
ventaja frente a su adversario al negar que es racional concluir que esos
grandes cuerpos simples son elementos y no productos de otros compuestos.
—Lo que usted alega acerca de la vastedad del Agua y la Tierra —replicó
Carnéades— desde hace mucho tiempo me ha hecho admitir que son las más
fundamentales masas de materia con las que nos podemos encontrar aquí debajo[55], pero
creo que sería capaz de mostrarle que esto solo prueba que los elementos, como
usted los llama, son los cuerpos principales que constituyen la parte del mundo
que nos rodea, pero no que sean los ingredientes que deben constituir todos los
cuerpos mixtos. Aunque ya que me reta usted con algo semejante a una promesa,
por lo demás hecha a medias, la llevaré a cabo. En efecto, cuando al principio
formulé esa objeción no tenía intención de insistir en ella en ese momento
contra Temistio, deseando hacerles ver únicamente que era consciente de mis
ventajas y que prefería prescindir de algunas de ellas antes que aparecer como
un adversario inflexible de una causa tan débil que me permitía combatirla
desde la seguridad que este hecho me otorgaba. Debo manifestar en este momento
y hacerles notar a ustedes que si ahora paso a otro argumento no es porque
considere que el primero era inválido, ya que en el curso de nuestra discusión
se darán cuenta de que alguna razón tenía en lo que se refiere al método probatorio
que emplean tanto los peripatéticos como los químicos para demostrar la
existencia y el número de los elementos. Ambos dan por hecho que estos existen
y que se separan mediante el análisis llevado a cabo a través del fuego, pero
ninguno, al menos que yo sepa, ha intentado probar ninguna de las dos cosas.
Albergo la esperanza, pues, de que cuando lleguemos al punto del debate donde
hayan de hacerse consideraciones a este respecto, ustedes recordarán lo que
acabo de decir y lo que, por unos momentos, he querido suponer garantiza por
completo la verdad de lo que estoy poniendo en cuestión.
Eleuterio prometió enseguida que cuando llegara el momento no se haría
el olvidadizo.
—Me ocuparé pues a continuación —dijo Carnéades— de algo que Temistio no
se ha apresurado a probar, a saber, que hay diversos cuerpos de los que merced
al fuego no se pueden extraer tantos como cuatro elementos. Y por ventura le
incomodaré si le pregunto qué peripatético podría mostrarnos, no voy a decir ya
los cuatro elementos, lo que sería plantear una pregunta demasiado rígida, sino
alguno de ellos que haya sido extraído del oro por medio del fuego. Pero el oro
no es el único cuerpo en la naturaleza que podría confundir a un aristotélico a
la hora de analizarlo por medio del fuego; he observado que la plata, el talco
de Venecia calcinado[56] y
otros concretos que no vamos a nombrar ahora aparecen tan
fijados que se ha comprobado que, por el momento, es una tarea extremadamente
dura descomponerlos en cuatro sustancias heterogéneas, y no solo para los
discípulos de Aristóteles, sino también para los de Vulcano [57], quienes
solo han probado a analizarlos merced al fuego. El siguiente argumento que
convocaré frente a Temistio —continuó Carnéades— será el que sigue: que hay
diversos cuerpos que al ser analizados por medio del fuego no quedan
descompuestos en cuatro sustancias o ingredientes diferentes y que existen
otros muchos que pueden descomponerse en más de cuatro; por ejemplo, la sangre
y otras partes de los hombres y los animales que al ser analizadas, arrojan
cinco sustancias distintas, flema[58],
espíritu [59], aceite,
sal y tierra, algo que ha quedado demostrado en la destilación de sangre
humana, asta de ciervo[60] y
otra clase de cuerpos que, aun perteneciendo al reino animal, abundan en sal;
por cierto, de muy complicada extracción.
Primera parte
—Pese a que hace un momento estuviera resuelto a llevar adelante el
papel de escéptico que me había arrogado frente al resto de los aquí reunidos,
tengo tan pocas intenciones de contradecir a Eleuterio, que dejaría gustoso de
lado el rol de adversario de peripatéticos y químicos. Antes de disponerme a
familiarizarles con mis objeciones a sus opiniones, les haré saber qué resulta,
permisible, verdadero o no, añadir en favor de cierto número de principios
sobre los cuerpos mixtos en lo tocante al célebre y bien conocido argumento del
análisis de los cuerpos compuestos que tal vez a continuación sea capaz de
refutar. Y para que ustedes puedan examinar con más facilidad y mejor juicio lo
que tengo que decir, lo distribuiré en un moderado número de proposiciones
concretas sobre las que no formularé premisa alguna ya que doy por sentado que
no es necesario que les advierta de que gran parte de lo que expondré, tanto a
favor, como en contra de la existencia de un número determinado de elementos de
los cuerpos mixtos, puede ser aplicado indistintamente a los cuatro elementos
peripatéticos y a los tres principios químicos. No obstante, habrá alguna
objeción más específicamente dirigida a estos últimos puesto que, en
apariencia, las hipótesis químicas se apoyan más en la experiencia que los
elementos de los peripatéticos. Será conveniente, por tanto, insistir
principalmente en refutar esto último, más en la medida en que la mayor parte
de los argumentos, con contadas excepciones, se utilizan para refutar la que en
principio parece menos plausible doctrina aristotélica.
Comenzaré pues con la siguiente proposición:
Proposición I
No parece absurdo concebir que, en la primera generación de cuerpos
mixtos, la materia universal de que, entre otros componentes, consta el
universo se dividió de facto en pequeñas partículas de diverso tamaño y forma
con distintos movimientos.
—Creo que esto lo concederán con facilidad —dijo Carnéades— porque a
través de los microscopios que nos permiten apreciar lo extremadamente pequeño,
incluso las partes apenas sensibles de los concretos, y gracias a
las descomposiciones químicas de los cuerpos mixtos y otras operaciones que se
realizan merced a los fuegos espagíricos, podemos ver que en la generación, la
corrupción, la nutrición y la degeneración de los cuerpos se manifiesta que
estos consisten en partes diminutas que varían en número. También parece
difícil negar que intervienen diversos movimientos locales de esos pequeños
cuerpos, ya sea que adscribamos su origen o concreción a Epicuro o a Moisés[61]. En
primer lugar, como saben ustedes bien, Epicuro supone que no solo los cuerpos
mixtos, sino todos los demás, se originan a causa de las diversas colisiones
casuales entre átomos que se mueven por sí mismos aquí y allá en virtud de un
principio interno en la inmensidad del vacío infinito. Y puesto que el
inspirado historiador nos ha informado de que el gran y sabio Autor de las
cosas no creó inmediatamente las plantas, las bestias, los pájaros, etc., sino
que los formó a partir de aquellas porciones de materia preexistente, aunque
creada, que él llama Agua y Tierra, nos invita a imaginar que las partículas en
que estos nuevos concretos consisten se movieron de distintos
modos con la intención de conectarse en los cuerpos en los que devendrían en
virtud de sus diferentes estructuras y combinaciones. Pero —continuó Carnéades—
presumiendo que no es necesario insistir en la primera proposición, pasaré a la
segunda y afirmaré lo que sigue:
Proposición II
Tampoco es imposible que, de entre esas partículas diminutas, algunas de
las más pequeñas que les rodean se hayan asociado aquí y allá en pequeñas masas
o grupos y por medio de tales uniones formen una gran cantidad de tales
concreciones (concretos) o masas primigenias que, una vez compuestas, no se
disipan fácilmente en las partículas previas.
—Respecto a lo que puede deducirse de la naturaleza de la cosa misma en
favor de esta aseveración, añadiré algo extraído de la experiencia que, aunque
hasta donde yo sé no se ha utilizado hasta la fecha para tal fin, me parece más
adecuado que otros experimentos cuestionables llevados a cabo por los
peripatéticos y los químicos para mostrar que puede haber cuerpos elementales;
a saber, que el oro no solo puede ser mezclado y amalgamado con plata, cobre,
estaño y plomo, sino también con antimonio, regulus martis[62] y
muchos otros minerales con los que forma cuerpos muy diferentes, tanto del oro
como del resto de ingredientes de los concretos resultantes.
El propio oro, por medio del aqua regis[63] corriente
—hablo por experiencia— y de otros disolventes [64] puede
reducirse a una suerte de fluido, a tal grado que los corpúsculos de oro junto
con los del disolvente son capaces de atravesar un papel grueso y de coagularse
con ellos en una sal cristalina. Aunque he ido más lejos y también he intentado
sublimar oro usando una cantidad de cierta sustancia salina que yo mismo
preparo y con la que he obtenido unos cristales rojos de una longitud
considerable. Hay otras muchas maneras de enmascarar el oro y de ayudarle a
formar cuerpos con naturalezas muy distintas entre sí y a la del propio oro,
aunque después siempre es posible volver a reducirlo al mismo oro amarillo,
estable, pesado y maleable que era antes de que lo mezclásemos. El mercurio es
también muy adecuado para emplearlo en favor de mi proposición ya que es no
solo el más fijo de los metales, sino también el más fugitivo. Este forma una
amalgama con otros metales que, usando ciertos menstruos, parece transformarse
en un líquido al que, si se le añade aqua fortis[65], se
convierte en un polvo o precipitado de color rojo o blanco [66]; si se
le añade aceite de vitriolo[67], en un
polvo amarillo pálido[68]; si
azufre, en cinabrio volátil de color rojo sangre; si se le añaden algunos
cuerpos salinos, asciende en forma de sal susceptible de disolverse en agua;
con régulo de antimonio y plata, se sublima en una clase de cristales; con otro
tipo de mezclas, lo he reducido a un cuerpo maleable, y con otro distinto, a
una sustancia quebradiza; incluso hay quienes afirman que con los aditamentos
adecuados el mercurio puede reducirse a aceite o, lo que es más, a cristal, por
no mencionar más cosas. Pero, aun después de haberlo reducido a todos esos
compuestos exóticos, podemos recobrar el mismo mercurio resbaloso y
rodante [69] que
era su ingrediente principal y quedaba enmascarado en ellos. La razón por la
que he traído ahora a colación tales cosas sobre el oro y el mercurio
—prosiguió Carnéades— es porque, desde el momento en que los corpúsculos de oro
y mercurio, aunque no sean concreciones primigenias de las partículas más
diminutas de la materia sino declaradamente cuerpos mixtos, son capaces de
concurrir plenamente en la composición de otros muchos cuerpos sin perder su
propia naturaleza y estructura, y sin que su cohesión sea vulnerada por el
divorcio de sus partes asociadas o sus ingredientes, no resulta absurdo
imaginar que esas pequeñas masas primigenias o aglomerados que menciona nuestra
proposición puedan permanecer sin disolverse pese a que concurran en la
composición de diversos concretos.
—Deme la oportunidad de añadir con la misma seguridad con la que algunos
químicos y otros modernos innovadores de la filosofía acostumbran a objetar a
los peripatéticos que solo es posible deducir una escasa variedad de cuerpos
mixtos de los cuatro elementos —dijo Eleuterio— que si los aristotélicos fueran
solo la mitad de versados en los trabajos de la naturaleza de lo que muestran
ser en los escritos de su maestro, la objeción propuesta no triunfaría con
tanta tranquilidad como sucede habida cuenta de la carestía de experimentos de
los que disponen. Si asignamos a los corpúsculos de los que cada elemento
consiste una forma y tamaño determinados, estos corpúsculos así diferenciados
pueden mezclarse en diversas proporciones y conectarse de tal diversidad de
maneras que, a partir de ellas, son susceptibles de conformar una increíble
cantidad y diversidad de cuerpos; especialmente desde el momento en que los
corpúsculos de un elemento, en virtud de la unión que se da entre ellos mismos,
son capaces de formar masas de tamaño y forma distintos de las que presentaban
sus partes constituyentes, y desde el momento en que para que se produzca esa
íntima unión de tales cuerpos diminutos no parece ser necesario otro requisito
que el mero contacto de gran parte de sus superficies. Esa enorme variedad de
fenómenos que se nos ofrecen a partir de la misma materia dispuesta en unas
determinadas formas sin necesidad de que se le añada ningún otro ingrediente,
puede aparecer en mucha medida gracias a la multitud de instrumentos que el
ingenio de hábiles artesanos mecánicos y la pericia de expertos menestrales
sacan de algo como el simple hierro. Pero en el caso que nos ocupa, el de los
cuerpos compuestos por cuatro tipos de materia, quien tenga en cuenta lo que
acaba de observar en lo concerniente a los nuevos concretos resultado
de la mezcla que consiste en incorporar minerales, apenas dudará que los cuatro
elementos pueden formar multitud de compuestos distintos merced a la pericia de
la naturaleza.
—Estoy muy lejos de su opinión —dijo Carnéades— de que los aristotélicos
puedan deducir una mayor cantidad de cuerpos compuestos a partir de la mezcla
de sus cuatro elementos de lo que de facto son capaces a partir de sus
hipótesis actuales. En lugar de intentar deducir en vano la variedad de todos
los cuerpos mixtos con sus distintas propiedades de las combinaciones y
temperamentos de los cuatro elementos dotados con las cuatro cualidades
primarias, se deberían haber esforzado en hacerlo tomando en cuenta el tamaño y
número de las partes más pequeñas de esos supuestos elementos, dado que esos
accidentes universales y productivos de la materia elemental pueden hacer
brotar una gran variedad de estructuras en virtud de las que multitud de
cuerpos compuestos difieren grandemente entre sí. Y lo que ahora señalo en lo
tocante a los cuatro elementos peripatéticos, también puede aplicarse mutatis
mutandis, como dicen ustedes, a los principios químicos. Pero, dicho sea de
paso, temo que, tanto los unos como los otros, se verán obligados a llamar en
su auxilio alguna cosa que no sea elemental para que colabore en la regulación
del movimiento de las partes de la materia y a disponerlas del modo preciso en
que puedan formar concretos. De otra manera, no nos rendirían
cuenta sino de modo imperfecto del origen de la gran variedad de cuerpos
mixtos. No creo pues que sea tarea ardua convencerles de que no perdamos el
tiempo en digresiones para examinar lo que alegan habitualmente sobre el origen
de las estructuras y cualidades de los cuerpos mixtos procedentes de una cierta
forma sustancial cuyo origen dejan en una oscuridad más grande de lo que
presuntamente aclaran.
Pero procedamos con una nueva proposición.
Proposición III
No negaré de un modo perentorio que en el caso de la mayoría de los
cuerpos compuestos que participan de la naturaleza animal o vegetal con la
ayuda del fuego puede obtenerse a partir de ellos un determinado número de
sustancias (sean estas tres, cuatro o cinco, menos o más) acreedoras de nombres
discrepantes.
—Respecto a los experimentos que me inducen a hacer esta concesión,
tendré ocasiones de sobra para mencionar varios de ellos a medida que avance en
mi discurso sin necesidad de importunarles a ustedes y a mí mismo con
repeticiones redundantes. Únicamente desearía que tomaran nota de ellos cuando
sean mencionados y que los tuvieran aquende sus pensamientos.
A estas tres consideraciones, he de añadir una cuarta:
PROPOSICIÓN IV
De igual forma puede concederse que, a esas sustancias heterogéneas de
las que resultan los concretos o de las que estos están compuestos, se las
puede llamar sin mayores problemas elementos o principios de estos.
—Cuando he dicho «sin mayores problemas» tenía en mente una mesurada
admonición de Galeno[70]: «Cum
dere constat, de verbis non est litigandum[71]». Por
eso no tengo escrúpulos a la hora de decir ya «elementos», ya «principios»; lo
que por una parte se debe a que los químicos acostumbran a llamar a los
ingredientes de los cuerpos mixtos «principios» y los aristotélicos
«elementos», y yo no deseo excluir a ninguno y, por otra parte, porque parece
indudable que los mismos ingredientes pueden ser llamados «principios», en la
medida en que no están compuestos por ningún compuesto primigenio más, y
«elementos», en vista de que todos los cuerpos mixtos se componen de ellos.
Pero creo que resulta necesario limitar mi concesión y por ello he colocado la
palabra «mayores» como premisa de la palabra «problemas». A pesar de que los
inconvenientes de usar «elementos» o «principios» para llamar a las sustancias heterogéneas
no son excesivos, ustedes tal vez puedan pensar conmigo que hablar así
constituye una falta de propiedad y que en una materia de tal importancia eso
no puede pasarse por alto fácilmente, menos, cuando hayan escuchado lo que
sigue de mi discurso. Se habrán hecho cargo pues de la interpretación sobre la
que juzgar las proposiciones anteriores, de cómo deben ser consideradas en lo
tocante a las cosas que yo he tomado por ciertas, etc., y de si deberíamos o no
tomar en cuenta cosas que únicamente tienen la apariencia de verdades. Ahora,
Eleuterio —continuó Carnéades— debo retomar mi papel de escéptico y, como tal,
exponer algunas cosas sobre las hipótesis de los químicos que pueden
disgustarnos o, cuando menos, provocarnos dudas. Espero no tener que solicitar
a una persona que me conoce tan bien como usted que contemple el hecho de que
me tome más libertades de lo que suelo por temperamento o costumbre a la hora
de examinar estas hipótesis como algo mucho más adecuado al propósito al que la
compañía me había condenado en este encuentro.
Pese a que procederé a presentarles muchas cosas contra la creencia
común de los químicos en los tres principios y los experimentos que tienen por
costumbre alegar a favor de ella, las que ahora les ofreceré pueden acomodarse
mejor a cuatro consideraciones principales con relación a las cuales les haré
la siguiente observación general: dado que no es mi tarea primordial aquí
proponer mis propias hipótesis sino dar cuenta de mis sospechas respecto a la
veracidad de las de los químicos, no debería esperarse que todas mis objeciones
sean absolutamente sólidas; para poner en duda una opinión es razón suficiente
el que no se tengan razones convincentes para sostenerla.
Vayamos pues a las objeciones. En primer lugar considero que, a pesar de
lo que los químicos comunes hayan probado o enseñado, puede dudarse
razonablemente hasta dónde y en qué sentido el fuego debe considerarse como el
instrumento genuino y universal para analizar los cuerpos mixtos.
Tal vez recuerden que, aunque pasajeramente, esta duda ya ha sido
mencionada con anterioridad. Parece oportuno sin embargo insistir en ella y
manifestar que no ha sido traída a colación de un modo tan irreflexivo como
imaginan nuestros adversarios. Aunque, antes de adentrarme más allá, no puedo
dejar de señalar que hubiera sido deseable que los químicos nos hubieran
informado claramente sobre qué tipo de división de los cuerpos merced al fuego
debe ser la que determine el número de elementos, puesto que no es ni de lejos
tan fácil como muchos puedan pensar determinar con claridad los efectos del
calor. Es algo que podría mostrarles si dispusiera de tiempo para enseñarles
cuán distintas pueden ser las operaciones realizadas con fuego según las
circunstancias. Pero para no pasar de largo por un asunto de tal importancia,
les haré reparar en primer lugar en que, por ejemplo, cuando se quema
guayacán [72] en
la chimenea en un fuego descubierto este se separa en cenizas y hollín,
mientras que si destilamos la misma madera en una retorta [73] producirá
muchas más heterogeneidades —para usar la expresión Helmontiana— y se
descompondrá en aceite, espíritu[74],
vinagre, agua y carbón; aunque para reducir a cenizas el carbón es necesario
calcinarlo mucho más de lo que es posible en un matraz cerrado. Otro ejemplo:
cuando se calienta ámbar poniéndolo en una cuchara de plata o cualquier otro
utensilio cóncavo y liso sobre la llama, el humo que se genera, al condensarse,
resulta ser un hollín muy distinto de cualquier otra cosa procedente del vapor
que se produce destilando el ámbar per se en un recipiente
cerrado. Así, por mor de experimentar, si también observamos el alcanfor [75] mientras
lo calentamos, vemos que el copioso humo que genera se condensa en un hollín
untuoso del que no se podría sospechar que procede del alcanfor ni por su olor,
ni por otras de sus propiedades. Mientras que cuando una cierta cantidad de
este concreto fugitivo se expone a un fuego suave dentro de un
matraz cerrado, se sublima sin perder nada de su blancura ni de su naturaleza
y, si se aviva el fuego para llevarlo al punto de fusión, también retiene ambas
cosas. Además del alcanfor, hay diversos cuerpos que menciono en otros lugares
que sometidos al calor en recipientes cerrados, en lugar de descomponerse en
heterogeneidades, se pulverizan en partes, de entre las cuales, las que son
homogéneas con otras suben primero aunque subdivididas en partes menores; de
ahí que las sublimaciones tomaran el nombre de «el mortero de los químicos».
Por no mencionar lo que ya señalo en alguna otra parte respecto al
alcrebite [76], que,
sublimado dos o tres veces a fuego moderado en un recipiente de sublimación, se
sublima en unas flores[77] secas
y casi insípidas; mientras que urgido por un fuego descubierto produce una
cantidad apreciable de un fluido salino y ácido. Pero si voy más lejos, he se
señalar lo importante que resulta para el análisis de los cuerpos mixtos merced
al fuego, si estos están expuestos al aire o si se encuentran en matraces
cerrados y, del mismo modo, tiene no poca importancia cuál es el grado de fuego
con que se lleva a cabo el análisis. Por ejemplo, mediante un leve balneum[78], la
sangre no fermentada se descompondrá en flema y caput mortuum[79], siendo
esto último, que a veces he obtenido, duro, quebradizo y de diversos colores
casi tan transparentes como la concha de una tortuga. Si se lo somete a un buen
fuego en una retorta, produce un espíritu, un aceite o dos, una sal volátil y
otro caput mortuum. También parece pertinente a nuestros presentes
designios recordar lo que sucede cuando se hace y se destila jabón: si se
hierven juntos por medio de un cierto grado de fuego, el agua, la sal y el
aceite o grasa de los que este concreto está formado se
entremezclan con mucha facilidad para formar una masa, pero, al aplicar un
grado más de calor, la masa puede dividirse de nuevo en una parte oleaginosa,
otra acuosa, y otras salina y térrea. Igualmente podemos observar cómo al
exponer a un fuego moderado una mezcla de plata y plomo, estos se coligan en
una masa y se mezclan per minima[80], como se
suele decir; mientras que si se usa un fuego más vehemente, este le arrebatará
los metales a la plata, me refiero al plomo, al cobre y otras mezclas, aunque,
pese a las apariencias, no se separan los unos de los otros. Además, como los
químicos nos enseñan, cuando un vegetal abundante en sal fija [81] se
analiza merced a un fuego descubierto[82], queda
reducido a cenizas que, sometidas a un fuego todavía más vivo, se petrifican
convirtiéndose en cristal. No me detendré a examinar hasta qué punto, ante esta
situación, un químico podría cuestionar la legitimidad de que un aristotélico
haga pasar estas cenizas, que suele confundir con mera Tierra, por un elemento,
dado que el químico, en razón del mismo principio, podría argumentar que el
vidrio también es uno de los elementos de muchos cuerpos dado que puede
obtenerse de ellos simplemente usando fuego. Como digo, no perderé el tiempo
examinando esto, pero sí apuntaré que mediante el procedimiento de aplicar
fuego, de un mismo concreto, pueden obtenerse cuerpos muy similares
entre sí que los químicos son incapaces de separar ni poniéndolos a fuego
descubierto, ni destilándolos en matraces cerrados. Para mí es algo digno de
consideración el que se haya reparado tan poco en este hecho. Me asombra no
haber visto jamás ninguna separación de la susodicha sal volátil mediante
ninguno de los procedimientos usuales de destilación en recipientes cerrados,
al contrario de lo que sucede con la que nos proporciona la madera cuando,
merced a un fuego descubierto, se separa en cenizas y hollín, el que, cuando
más tarde es expuesto a fuego vivo dentro de una retorta, se separa en aceite y
sal. Empero lo dicho, no negaré de modo absoluto que en el guayacán y otras
maderas destiladas del modo usual en retortas no pueda haber partes salinas
que, en razón de la analogía, demandarían el nombre de algún tipo de sal volátil
pese a que, sin duda alguna, hay una gran disparidad entre esas sales y las que
en ocasiones se obtienen de la primera destilación del hollín, aunque en su
mayor parte no se han separado hasta la segunda rectificación y a veces hasta
la tercera. Nunca hasta la fecha hemos podido ver sal volátil en su forma seca
y salina obtenida de madera analizada con fuego en matraces cerrados igual que
la que se obtiene de las escorias u hollín [83], que se
presentan en cristales de formas geométricas. Y mientras que las partes salinas
de los espíritus del guayacán, etc., parecen bastante pesadas, la sal del
hollín muestra ser uno de los cuerpos más volátiles de toda la naturaleza, y si
se hace bien, con el calor suave de un horno calentado únicamente con la llama
de una vela, ascenderá rápidamente hasta lo más alto de los matraces de cristal
que se utilizan normalmente para la destilación. Además de todo lo dicho, el
sabor y el aroma de la sal de hollín difieren de los de los espíritus del
guayacán, etc., que huelen y saben mucho menos a una sal vegetal y se parecen
más a las sales hechas de asta de ciervo[84] y
otros concretos animales; aunque, en lo que respecta a otras
propiedades, parece pertenecer más a la clase procedente de la familia animal
que a las que lo hacen de la vegetal como, Dios mediante, ya tendré ocasión de
explicar más detalladamente. Así mismo, deseo manifestar por medio de otros
ejemplos que los químicos, para jugar con honestidad, deberían explicitar y
aclarar qué intensidad de fuego y de qué modo hay que aplicarlo, para tenerlo
en cuenta a la hora de juzgar una descomposición realizada a través de él y
poder decidir así si se trata de un análisis adecuado que nos ha conducido a
los verdaderos principios y si estos merecen el nombre de elementos. Pero ha
llegado el momento de hacer referencia a las razones que me han inclinado a
preguntarme si el fuego es el medio de análisis verdadero y universal de los
cuerpos mixtos y cuántas de las razones que ya se han objetado pueden pasar por
una sola.
A continuación, afirmo que hay algunos cuerpos mixtos a los que tras
aplicarles fuego, independientemente de con qué intensidad, no se descomponen
ni en Sal, ni en Azufre, ni en Mercurio y, mucho menos, en los tres. El ejemplo
más obvio de esto último es el oro, un cuerpo tan fijo y con unos ingredientes
elementales tan firmemente unidos entre sí, si es que los tiene, que por medio
de las operaciones en las que es expuesto al fuego, con independencia de lo
violento que este sea, no hallamos que pierda visiblemente su fijeza ni su
peso, ni que se disipe en esos principios de los que parece escapar y que hacen
exclamar al poeta espagirista aquello de:
«Cuncta adeo miris compagibus hoerent[85]».
Pero en este caso, Eleuterio, no debo omitir un experimento memorable
que recuerdo haber leído en los escritos de Gasto Claveus [86], quien
pese a ser leguleyo de profesión tenía no poca curiosidad y experiencia en los
asuntos de la química. Él relataba cómo al poner una onza de oro en un
recipiente de barro y una onza de plata pura en otro, y colocar después ambos
en carquesas[87] donde
los artesanos mantienen el metal caliente, como ellos llaman al vidrio
derretido, y tras mantener durante dos meses ambos metales en una fusión
constante, al sacar ambos recipientes del horno y pesarlos, encontró que la
plata había perdido alrededor de la doceava parte de su peso, mientras que el
oro no había perdido nada. Y a pesar de que nuestro autor se esforzaba en dar
una razón escolástica para tales resultados, su lectura no me satisfizo, como
imagino que a usted le pasaría; respecto al propio hecho, él nos aseguraba que,
aunque extraño, la experiencia le había enseñado que era verdad.
Y a pesar de que posiblemente no pueda encontrarse otro cuerpo tan
estable como el oro, hay algunos otros que son igual de fijos o que, al menos,
están compuestos por partes unidas entre sí mediante una fuerza similar y a los
que hasta la fecha no he observado se descompongan en ninguno de los principios
de los químicos. No necesito mencionar las lamentaciones del químico más
sincero y juicioso acostumbrado a fanfarronear pretendiendo haber extraído Sal,
o Azufre o Mercurio, cuando lo que ha hecho es encubrirlos con aditamentos que
los llevan a asemejarse a los mencionados concretos, pero que si se
examinan con rigor y minuciosidad queda al descubierto qué disfraces utiliza,
apareciendo de nuevo prístino el mercurio rodante. La Sal y el Azufre no son ni
de lejos partes elementales extraíbles del cuerpo del Mercurio, sino más bien cuerpos
descompuestos, tomo el término prestado de los gramáticos, cuya base es todo el
metal, el disolvente y otros aditamentos que se emplean para enmascararlos. Y
lo mismo sucede en el caso de la plata, ya que nunca he podido ver que se
extraiga de ella ninguno de los tres principios por medio del fuego, pese a que
el experimento de Claveus que he mencionado antes pueda despertar dudas sobre
si la plata, en efecto, pudiera ser disipada en alguna medida por medio del
fuego. Sin embargo, del hecho de que merced al fuego pierda parte de su peso no
se sigue que se pueda disipar en los tres principios. Respecto a esto último
alegaré que he visto pequeños granos de plata, que tal vez cristalizaron a
causa de un calor vitrificante, ocultos en las diminutas cavidades de los
crisoles donde esta ha permanecido largo tiempo fundiéndose; conozco a algunos
orfebres que hacen un buen negocio moliendo esos crisoles hasta reducirlos a
polvo para recuperar las partículas de plata. Así pues, argüiré que quizá
Claveus estuviera equivocado al pensar que el fuego se llevaba la plata, la
cual, en realidad, se alojaba en partes diminutas en los crisoles, porosos al
punto de poder albergarlas haciendo que un cuerpo tan pesado se perdiera a su
vista. En segundo lugar, admitiendo que algunas partes de plata fueran
arrastradas por la violencia del fuego, ¿no probaría esto que lo que permanece
es la Sal, el Azufre o el Mercurio del metal y no una parte homogénea de plata?
Porque además, la plata que queda no parece estar sensiblemente alterada, lo
que con probabilidad tendría que haber sucedido, y además no parece tener gran
cantidad de ninguno de estos principios separados de ella como sucede con otros
cuerpos minerales de una naturaleza menos permanente que la plata y que, merced
al fuego, se pueden dividir fácilmente sin destruir en absoluto su naturaleza.
De este modo, vemos que en el refino de la plata, si se deja mucho tiempo en el
crisol de la prueba únicamente al plomo que se suele mezclar con ella para
eliminar las impurezas de cobre o de otros metales innobles que contiene, este
se evaporará, pero si, como sucede a menudo con aquellos que refinan grandes
cantidades de metales de una vez, el plomo es soplado fuera de la plata por
medio de fuelles, se puede separar también en la forma de vapores
imperceptibles y, en su mayor parte, puede recolectarse no lejos de la plata en
forma de polvo oscuro o cal que, al haber sido soplado de la plata, recibe el
nombre de litargirio de plata[88]. Por
ello Agricola [89] nos
informa en diversos lugares de que, cuando el cobre o su mena [90] se
funden con cadmio por medio de un fuego violento, la multitud de chispas que
salen hacia arriba muchas veces se pegan al techo de los hornos en forma de
pequeñas burbujas que nuestros droguistas, tomando la palabra de los griegos,
llaman pompholyx[91]. Otras
más pesadas se adhieren a las paredes de los hornos y a veces caen al suelo y
debido a su color ceniciento y a su pesantez fueron llamadas σποδὀς que, seguro
no es necesario les diga, significa «cenizas». También podría añadir que no he
hallado que merced al fuego se pueda extraer del talco de Venecia, escojo este
porque hay otras clases de talco más ligero, dellapis ossifragus, al que
los comerciantes llaman ostiocolla[92], de la
mica moscovita, de la arena pura y fundible, por no mencionar ahora otros concretos con
los que he experimentado, ninguno de los principios hipostáticos.
Es algo que no tendrán ustedes escrúpulos en creer si consideran que el cristal
común puede ser hecho por la mera licuefacción de la sal y la tierra que quedan
en las cenizas de una planta quemada y que, una vez hecho, resiste tan bien la
violencia del fuego que muchos químicos piensan que es tan indestructible como
el oro. Si los artífices pueden unir tan firmemente partículas relativamente
gruesas de tierra y sal que constituyen las cenizas en un cuerpo indisoluble
merced al fuego ¿por qué no podría ser que la naturaleza haya coligado en
diversos cuerpos a los más mínimos corpúsculos elementales que tiene a mano tan
firmemente que no sean separables a través del fuego?
Esta vez, Eleuterio, permítame mencionarle dos o tres experimentos que
espero encontrará más pertinentes para nuestra presente disertación de lo que
quizá le haya parecido el anterior.
El primero es como sigue: habiendo puesto, por mor de ensayar, una
cantidad de ese concreto fugitivo que es el alcanfor en una
redoma de vidrio y, tras colocar esta sobre un fuego suave, encontré que se
sublimaba en la parte superior de la redoma en forma de flores cuya blancura,
olor, etc., no parecían diferir de las del propio alcanfor sin haber dejado
tras de sí apenas un solo grano. Otro experimento es de Helmont, quien en
muchos lugares afirma que, si se mantiene un trozo de carbón en un recipiente
de cristal perfectamente cerrado, nunca se calcina en cenizas. Para sancionarlo
he de relatarles mi propia versión de la prueba: al destilar en diversas
ocasiones distintas maderas como el Boj, mientras que sus caput mortuum permanecieran
en el recipiente, no perdían su color negro como el carbón pese a que la
retorta de barro se pusiera al rojo vivo a causa de la vehemencia del fuego,
pero tan pronto como se retiraba del fuego candente y se abría, los carbones
ardientes degeneraban o se rompían en trozos hasta convertirse en cenizas
blancas sin necesidad de continuar usando ningún otro proceso de calcinación. A
estos dos ejemplos añadiré la observación más obvia y bien conocida de que el
azufre común, si está purificado de su vinagre, al ser sublimado despacio en
recipientes cerrados, toma la forma de flores secas que pueden mezclarse con un
cuerpo de la misma naturaleza del que las hemos conseguido. Así, si el azufre
se quema al aire libre, produce un humo penetrante que en una campana de vidrio
se condensa en ese líquido ácido llamado aceite de azufre per campanam[93]. La
interpretación que podría hacer de esos experimentos, cotejados con el que he
mencionado antes de Agricola, es que incluso los cuerpos que no son fijos
presentan unas estructuras que hacen difícil lograr descomponerlos en
sustancias elementales merced al fuego en el modo en que los químicos suelen
emplearlo. Algunos cuerpos presentan estructuras tales que es más fácil para el
fuego enviarlos hacia la zona más fría y menos recalentada del recipiente y, en
caso de ser necesario, moverlos de un sitio a otro obligándolos a escabullirse
del enorme calor, que separar sus elementos; especialmente cuando no concurre
la ayuda del aire. Vemos así que nuestros químicos no pueden analizarlos en
recipientes cerrados pero que tampoco pueden separar los elementos de otros
cuerpos en fuegos descubiertos. Porque ¿qué puede hacer el fuego desnudo a la
hora de analizar un cuerpo mixto si los principios que lo componen son tan
minúsculos y están tan estrechamente unidos entre sí, que hace falta menos
calor para elevarlos que para dividir el cuerpo en sus principios? Por tanto,
el fuego no sirve en absoluto para el análisis en recipientes cerrados,
mientras que al aire libre muchos de ellos se elevarán en forma de flores o de
líquidos mucho antes de que el fuego haya sido capaz de dividirlos en sus
principios. Esto puede mantenerse en el caso de concretos cuyas
diversas partes similares se combinan, sea por naturaleza o merced a algún
artificio, por ejemplo, en el de la sal amoniacal, donde la sal común y la sal
de orina se encuentran tan bien mezcladas que, tanto a fuego descubierto, como
en recipientes de sublimación, se elevan para formar una sola sal; podría
mostrarles cómo la sal amoniacal continúa reteniendo su naturaleza compuesta
tras la novena sublimación. No conozco apenas ningún mineral del que solo
merced al fuego los químicos sean capaces de extraer una sustancia lo
suficientemente simple como para merecer el nombre de elemento o principio. Del
cinabrio natural destilan mercurio, y de muchas de las piedras que los antiguos
llamaban piritas subliman piedras de azufre; ambos tipos de mercurio y de
azufre se venden muy a menudo junto a otros minerales en los negocios bajo los
nombres de los respectivos minerales. Y así, Eleuterio, el segundo argumento
pertenece a mi primera consideración; no insistiré tanto en lo demás porque ya
he hablado largamente sobre ello.
Procedamos en siguiente lugar, por tanto, a considerar que hay
separaciones que pueden hacerse por medios distintos al fuego que en absoluto
pueden realizarse con este o solo de manera defectuosa. Cuando alguien se
dispone a mezclar oro y plata en una sola masa, sería de agradecer que los
orfebres y refinadores le enseñaran cómo separarlos después por medio del
fuego, sin el esfuerzo que supone hacerlo en estos momentos; de hecho, sería
muy fácil descomponerlos simplemente vertiendo espíritu de nitro o aqua
Fortis, a la que los franceses llamaron más tarde eau de départ.[94].De la
misma manera, la parte metálica de vitriolo no podrá ser tan adecuada y
fácilmente separada de la parte salina, incluso usando un fuego muy violento,
como si se vierten ciertas sales alcalinas [95] sobre
la solución de vitriolo hecha con agua común. Así, la sal ácida del vitriolo
permite que el cobre que ha corroído se una con las sales añadidas y que la
parte metálica se precipite hacia el fondo casi como si fuera cieno. Mas no
solo daré ejemplos de cuerpos descompuestos, también les ofreceré uno
ciertamente útil de otra clase. Los químicos no han sido capaces de separar
azufre verdadero del antimonio, a pesar de que pueden ustedes encontrar es sus
libros muchos procesos plausibles de cómo extraerlo, aunque aquel que haga
intentos igual de infructuosos siguiendo sus procedimientos como los que yo he
llevado a cabo se persuadirá rápidamente de que los productos derivados de
ellos son sulfuros de antimonio más por su nombre que por su naturaleza. Pero,
pese a que el antimonio sublimado por sí mismo se reduce en un polvo volátil o
en flores de naturaleza compuesta igual a la del mineral del que proceden,
recuerdo que hace algunos años conseguí sublimar sulfuro a partir del antimonio
en la mayor cantidad que jamás he visto obtener a partir de ese mineral por
medio de un método que luego les relataré; porque los químicos parecen no haber
reparado en la importancia que pueden tener esos experimentos en la indagación
de la naturaleza y, especialmente, en lo que se refiere al número de elementos.
Se disponen separadamente ocho onzas de antimonio de buena calidad bien
triturado con doce onzas de aceite de vitriolo en un recipiente de cristal bien
tapado durante seis o siete semanas. Después, se destila la masa, que se ha
vuelto dura y quebradiza, en una retorta colocada sobre arena [96] con
un fuego fuerte. Encontraremos que el antimonio se ha abierto y se ha alterado
a causa delmenstruum con el que se lo ha digerido [97]. Así,
mientras que el antimonio crudo tratado sin más con fuego asciende en forma de
flores, nuestro antimonio, tratado como hemos dicho, produce alrededor de una
onza de sulfuro amarillo y quebradizo como la piedra de azufre común que se
aloja, en parte en el vaso receptor y en parte en el cuello y en la zona
superior de la retorta; además, desde la boca de la vasija emana un aroma
sulfuroso que impregna toda la estancia con una peste apenas soportable. Este
azufre, además del color y el olor, presenta la perfecta inflamabilidad de la
piedra de azufre común y puede arder inmediatamente si se pone sobre la vela
generando una llama igualmente azul. Aunque parece que la larga digestión de
nuestro antimonio y nuestro menstruum contribuye a una mejor
apertura del mineral, y si no se tuviera tiempo suficiente para una digestión
tan larga, se puede poner inmediatamente a destilar una mezcla de polvo de
antimonio y una cierta cantidad de aceite de vitriolo para obtener un poco de
azufre común que, tal vez, tiene aún más capacidad de combustión; he observado
que una vez prendida, la llama se apaga por sí misma demasiado pronto, pero si
se vuelve a poner el terrón de azufre sobre la llama de la vela, prende de
nuevo y arde durante un buen rato, y no solo tras la segunda, sino después de
prenderlo una tercera y una cuarta vez. Tal vez usted, Eleuterio, a quien creo
haberle mostrado algo sobre mi descubrimiento del sulfuro y el aceite de
vitriolo pueda por ventura sospechar, bien que esa sustancia sea algún tipo de
azufre venéreo que se halla escondido en el fluido y que se manifiesta y toma
cuerpo a través de esta operación, bien que se trata de un componente de las
partes untuosas del antimonio y de las partes salinas del vitriolo, en vista de
que, como nos dice Ghunter [98], muchos
hombres doctos afirman que el azufre no es sino una mezcla cocinada en los
intestinos de la tierra con espíritus vitriolados y cierta sustancia
combustible. Pero la cantidad de azufre que obtenemos a través de la digestión
es demasiada como para que sea algo que se halla en estado latente en el aceite
de vitriolo. Además, los espíritus vitriolados no son necesarios para fabricar
nuestro azufre como así lo ponen de manifiesto las diferentes formas en que yo
lo he llegado a obtener con un color y una combustibilidad similar a los del
azufre común, aunque sea en menor cantidad que cuando procede del antimonio.
Como no tengo la intención de desvelárselas ahora, diré para satisfacción de
algunos hombres astutos que los espíritus vitriolados no son necesarios para
obtener azufre como hemos explicado: solo con la mera destilación de espíritu
de nitro sobre una cantidad de antimonio crudo que pese lo mismo he obtenido en
muy poco tiempo un azufre amarillo y muy inflamable que, hasta donde yo sé,
merece el nombre de «elemento» más que cualquier otra cosa que los químicos son
capaces de separar de cualquier mineral gracias al fuego. Podría tal vez
explicarles otras operaciones con las que se pueden extraer cosas del antimonio
sin necesidad de forzarlo con fuego, pero las reservaré para mejor ocasión y
únicamente ofreceré ahora un experimento trivial, que no impertinente. Como les
he mencionado con anterioridad, no es posible separar la sal de orina y la sal
común de que se compone la sal amoniacal ni aun con varias sublimaciones
sucesivas, pero resulta muy fácil hacerlo sin usar fuego si vertimos sobre elconcreto finamente
espolvoreado una solución de sal tártaro [99] o
de sal de cenizas de madera, algo que hará que un penetrante olor a orina suba
rápidamente hasta sus narices y que tal vez haga llorar sus ojos. Ambos efectos
son consecuencia de que la sal alcalina mortifica a la sal marina de que se
compone la sal amoniacal fijándola todavía más, de modo que se produce la
separación entre esta y la más volátil sal de orina, que, al verse liberada y
ponerse en movimiento, comienza a elevarse y a abrir las fosas nasales y los
ojos que encuentra a su paso. Si se fomenta esta operación usando los
recipientes adecuados y calor como, por ejemplo, el de un baño, los vapores
ascendentes pueden capturarse y reducirse hasta que se convierten en un
espíritu penetrante que abunda en sal y que, como yo mismo he hallado, puede
separarse en cristales. A estos ejemplos añadiré que lo mismo que puede
llevarse a cabo un sublimado —el conocido preparado de sales y mercurio que se
mezclan y se ponen al fuego, aunque ignoro cuán a menudo ni con qué intensidad
de fuego— sin que se separen los cuerpos que lo componen, el mercurio puede
separarse igual de fácilmente de las sales adheridas si el sublimado se destila
de la sal tártaro, cal viva o ese tipo de cuerpos alcalinos. Pero también les
haré notar que ciertos hombres de ingenio creen extraño que con ese aditamento,
que en apariencia nada más sirve para fomentar la separación, se pueda obtener
fácilmente de un concreto —que merced al fuego puede ser
dividido en todos los elementos en los que se supone consisten los vegetales—
una sustancia similar aunque diferente en muchos aspectos de estos últimos y a
la que, por lo mismo, muchos químicos inteligentes le niegan la posibilidad de
residir en los cuerpos mixtos. Conozco un modo que he puesto en práctica
mediante el que el tártaro común, si no se le añade nada que no sea
perfectamente mineral, cuando lo destilamos en una retorta de barro, resulta en
una sal muy soluble en agua que no es ni ácida ni presenta el olor del tártaro
y casi tan volátil como el espíritu del vino, pero que posee una naturaleza tan
distinta a todo que suele separarse del tártaro con fuego. Muchos hombres
sabios con los que discutí sobre esta sal extraída del tártaro apenas podían
creer lo fugitiva que era hasta que se lo aseguré recurriendo a todos mis
conocimientos. Y si les creyera capaces de sospechar que soy o tan retrógrado o
tan avanzado como para dar crédito a cosas improbables, podría convencerles de
ello con todo lo que todavía me he guardado para mí sobre esta sal anómala.
La cuarta cosa que alegaré para sancionar mi primera consideración es
que el fuego, incluso cuando divide un cuerpo en sustancias de distintas
consistencias, no suele analizarlo en los tres principios hipostáticos, sino
que únicamente dispone sus partes en otras estructuras y produce concretos de
una naturaleza nueva aunque compuesta. Necesitaré desarrollar este argumento
plenamente en adelante, tanto es así, que espero que más tarde confiesen que no
estaba posponiendo la exposición de mis pruebas —cosa que haré cuando el
desarrollo de mi discurso alcance el momento más adecuado y razonable— porque
carecía de ellas.
Más tarde podrá alegarse en favor de mi primera consideración que
algunas de dichas sustancias pueden obtenerse de algunos concretos sin
usar fuego y que no merecen menos el nombre de sustancias elementales que
muchas otras que los químicos sacan por la fuerza merced a la violencia del
fuego.
Vemos que el espíritu inflamable o, como prefieren llamarlo los
químicos, el sulfuro de vino[100], puede
separarse de él sencillamente no solamente por medio del calor procedente de un
baño templado, sino que también se puede destilar con la simple ayuda de los
rayos del sol o incluso de estiércol y, verdaderamente, es de una naturaleza
tan fugitiva que no resulta fácil evitar que se esparza por el aire incluso
cuando no se le aplica ninguna fuente externa de calor. Así mismo, he hecho la
siguiente observación: si se pone un recipiente con orina sobre un montón de
estiércol, al cabo de algunas semanas, la putrefacción hace que el cuerpo se
abra de tal forma que el espíritu salino se desparrama [101] de
sus partes, y si el recipiente no se tapa a tiempo, al cabo de bien poco se
volatiliza por sí mismo. Hasta tal punto es así que no he sido capaz de
destilar de la orina otra cosa que una nauseabunda flema en lugar de la sal
activa y penetrante y el espíritu que debería haber dado si se hubiera expuesto
primero al fuego y el recipiente se hubiera tapado.
Todo ello me lleva a considerar, en quinto lugar, que será muy difícil
probar que existe alguna otra sustancia o método que sirva para dividir los
cuerpos en diversas sustancias homogéneas que puedan ser llamadas elementos o
principios de modo tan efectivo como el fuego. Ya hemos visto que la naturaleza
puede emplear con éxito otros instrumentos además del fuego para separar las
sustancias de los cuerpos mixtos, pero ¿cómo podría fabricarse artificialmente
igual que hace la naturaleza una sustancia que fuera un instrumento adecuado
para analizar los cuerpos mixtos?, ¿cómo podría la humanidad a través de su
ingenio o de la suerte hallar ese procedimiento con el que descomponer los
cuerpos mixtos en otras sustancias del mismo modo que sucede con el fuego? No
será fácil mostrar por qué los productos resultantes de tal análisis no pueden
ser llamados en rigor los principios componentes de los cuerpos, especialmente,
desde el momento en que más tarde evidenciaré que las sustancias que los
químicos acostumbran a llamar Sales, Azufres y Mercurios de los cuerpos no son
ni tan puras ni tan elementales como ellos suponen y así lo requieren sus
hipótesis. Por tanto, se les puede argumentar esto abiertamente a los químicos,
ya que ni los seguidores de Paracelso ni los de Helmont pueden negarlo sin
agraviar a sus respectivos maestros, puesto que Helmont informa a sus lectores
en repetidas ocasiones de que Paracelso y él mismo poseían el famoso líquido
alcahesto[102] que
tenía el poder de descomponer los cuerpos irreductibles por medio de los fuegos
comunes y al que, en algunas ocasiones, denominaba Ignis Gehennae.
Helmont atribuye a ese líquido tales maravillas, parece que a partir de sus
propias experiencias, que si las creyésemos yo sería mucho más amigo del
conocimiento que de las riquezas, puesto que creo que el alcahesto es un
secreto mucho más noble y codiciable que la misma piedra filosofal. Él cuenta
que cuando puso un trozo de carbón de roble para que este disolvente universal
lo digiriera, se redujo completamente en dos líquidos nuevos que se distinguían
por su color y su situación y que ambos eran separables del inmortal disolvente
que permanecía en un estado perfectamente útil para posteriores operaciones. Lo
que es más, en diversos pasajes de sus escritos relata que a través de su
poderoso e incansable agente puede disolver en sus diversas sustancias
homogéneas sin ningún tipo de resistencia o caput mortuum[103] metales,
marcasitas[104],
piedras, vegetales y cuerpos de animales de todo tipo, incluso vidrio
previamente reducido a polvo, en una palabra, todos los tipos de cuerpos mixtos
que existen en el mundo. Y finalmente, a partir de sus informaciones, también
podemos deducir que las sustancias homogéneas que pueden obtenerse de los
cuerpos mixtos por medio de este líquido penetrante con frecuencia son muy
distintas, tanto en número como en naturaleza, de aquellas que se suelen
obtener cuando se aplica fuego. A este respecto, no haría falta traer a
colación otras pruebas que la que obtenemos cuando tras un análisis ordinario
de un cuerpo mixto observamos que lo que queda es una sustancia térrea y muy
fija muchas veces asociada a una sal igual de fija, cuando, por el contrario,
Helmont afirma que con su disolvente puede destilar cualquier concreto sin
que quede ningún caput mortuum, esto es, que puede conseguir que se
volatilicen las partes del concreto que merced a nuestro
análisis permanecerían fijas. Así, si nuestros químicos no rechazan el
testimonio solemne y reiterado de una persona a la que no pueden considerar
sino como uno de los más grandes espagiristas de los que pueden preciarse, no
podrán negar que es posible encontrar en la naturaleza otro agente capaz de
analizar los cuerpos compuestos de modo menos violento, más genuino y más
universal que el que procura el fuego. Y por mi parte, pese a que en esta
ocasión no puedo decir lo que ustedes ya saben, nuestro amigo el Sr. Boyle
acostumbra a formular cuando se le requiere su opinión sobre un experimento
extraño: «que si lo ha visto, tiene más razones para creerlo que si no lo ha
visto», encuentro a Helmont un autor tan fiable, incluso cuando habla de sus
experimentos más improbables —siempre he exceptuado ese extravagante tratado De
Magnetica Vulnerum Curatione sobre el que algunos de sus amigos dicen
fue publicado por sus enemigos— que encuentro ciertamente severo tacharle de
mentiroso, especialmente en lo que se refiere a las cosas que ha experimentado
por sí mismo. He escuchado algunas cosas de boca de testigos con gran
credibilidad y he hecho algunas otras por mí mismo que hablan enérgicamente a
favor del hecho de que una sal varias veces destilada o un disolvente [105], al
menos eso es lo que debería ser, al ser sustraído de los cuerpos compuestos,
sean estos minerales, animales o vegetales, los deja más abiertos de lo que
cualquier filósofo natural prudente podría imaginar. Bajo tales circunstancias,
no me atreveré a medir el poder natural o artificial de los disolventes u otros
instrumentos que los químicos eminentes acostumbran a usar para analizar los
cuerpos. Tampoco me atreveré a negar que a través de un menstruo se puedan
obtener de tal o cual concreto particular algunas sustancias
en apariencia similares y a un tiempo distintas de las que se obtienen por su
análisis merced al fuego. Así mismo, soy renuente a negar de modo perentorio
que hay diversas sustancias que abren los cuerpos compuestos, puesto que entre
los experimentos que he realizado y que me han llevado a hablar con esta
precaución, no faltan algunos en los que no parecía que una de las sustancias
inseparables por medio de los fuegos usuales y los disolventes comunes pudiera
retener nada de la sal disolvente con la que la separación fue realizada.
Y aquí, Eleuterio —dijo Carnéades— debo concluir que gran parte de mi
discurso pertenece a la primera consideración, pero puedo prever que lo que
acabo de exponer podría correr el riesgo de toparse con dos objeciones falaces
contra las que no puedo proceder hasta haberlas examinado.
En primer lugar, cierto tipo de oponente se inclinará a asegurarme que
no pretende separar los principios hipostáticos de todos los
cuerpos únicamente por medio del fuego porque este sirve para realizar una
primera división a la que después se añade el uso de otros cuerpos con los que
se obtienen las partes similares de los compuestos; es bien sabido que, aunque
usan agua para separar las partes salinas mezcladas con las partes terrosas de
las cenizas, los cuerpos solo se pueden incinerar y ser reducidos a la sal y la
tierra de la que están hechas las cenizas por medio del fuego. Debo confesar
que esta no es una objeción menor, y es cierto que la toleraría, aunque sin
consentir que se usara contra mí, si pudiera contentarme con responder que no
es en contra de aquellos que me la hacen contra quienes estoy argumentando,
sino contra los químicos corrientes que creen, y pretenden hacer creer a otros,
que el fuego no solo es un instrumento universal, sino perfectamente adecuado y
suficiente para analizar los cuerpos mixtos. Parece obvio oponerse a esta
práctica de remojar las cenizas con agua para extraer la sal a ellas fijada
alegando que el agua solo concentra la sal que previamente el fuego ya había
extraído de la parte térrea; lo mismo que un cernedor no rompe más el maíz,
sino que separa el salvado de la harina, cuyos corpúsculos antes se hallaban
mezclados, en dos montones. Podría alegar eso entonces y evitar así entrar en
posteriores disquisiciones en lo tocante a esta objeción, aunque para no perder
el impulso me permitiré ilustrar brevemente el asunto que se halla bajo nuestra
consideración en la medida en lo que mi actual disquisición pueda tener que ver
con él.
Para no repetir pues lo que ya se ha dicho, añadiré que, dado que soy un
adversario civilizado, permitiré a los químicos usar agua para hacer sus
extracciones después de que el fuego haya hecho todo su trabajo, incluso en los
casos en los que el agua no coopere con el fuego para hacer el análisis, esto
lo concedo bajo la suposición de que el agua solo lava las partículas salinas
que el fuego previamente había desenmarañado. Pero no sería razonable extender
esta concesión a otros líquidos que se puedan añadir ni tampoco a los que se
han mencionado recientemente; limitación que me gustaría tuvieran en mente
hasta que dentro de poco tenga ocasión de usarla. Bajo estas premisas procedo a
hacer las siguientes observaciones:
En primer lugar, que muchos de los ejemplos que he presentado en el
discurso precedente son de una naturaleza que la objeción que estamos
considerando no puede alcanzarlos. El fuego no puede, ni con la ayuda del agua
ni sin ella, separar ninguno de los tres principios ni del oro, ni de la plata,
ni del mercurio, ni de algunos otros concretos que se han ido
mencionando.
De aquí se pude inferir que el fuego no es un analizador universal de
todos los cuerpos mixtos puesto que hay metales y minerales con los que los
químicos no han experimentado que no parecen susceptibles de ser analizados a
través suyo, como tampoco que se pueda separar incuestionablemente alguno de
los principios hipostáticos; lo que parece ser no poco menoscabo, tanto para
sus hipótesis, como para sus pretensiones.
También parece ser cierto, no obstante esta objeción, que pueden existir
otros modos distintos al usual análisis por el fuego de separar con
homogeneidad suficiente sustancias de un cuerpo compuesto que los escrúpulos de
los químicos no les permiten reconocer como tria prima, como muchos
de ellos por cuestiones de brevedad llaman a los tres principios.
Parece que con los aditamentos adecuados dichas sustancias pueden ser
separadas con la ayuda del fuego, aunque como así lo atestigua el azufre de
antimonio no únicamente a través de él.
Finalmente, desde el momento en que el fuego parece ser uno de los
instrumentos que han de emplearse en la descomposición de los cuerpos, podemos
razonablemente tomarnos la libertad de hacer dos cosas a la hora de usar el
disolvente o el aditamento de que se trate junto con el fuego para obtener de
un cuerpo Azufre o Sal: podemos detenernos a examinar si ese disolvente
contribuye o no a separar el principio, o ver si lo que en efecto sucede es que
interviene una coalición de partes del cuerpo forjado con aquellas otras que
componen el disolvente de manera que el concreto que se
produce es un resultado de esta unión. Así, es posible ir más allá y
preguntarse hasta dónde una sustancia separada con la ayuda de tales
aditamentos debe pasar por ser una de las tria prima si se
considera que cierta manera de manipular el cuerpo mixto puede, de acuerdo con
la naturaleza de los aditamentos y del procedimiento usado, producir sustancias
distintas de aquellas que se obtendrían usando otros aditamentos y otros
procedimientos.
Y habiendo dicho esto sobre la objeción que presumiblemente opondrán
algunos químicos —dijo Carnéades— examinaré ahora lo que preveo será
argumentado con toda confianza por diversos peripatéticos, quienes para probar
que el fuego es el auténtico analizador de los cuerpos, alegarán la definición
generalmente admitida que dio Aristóteles sobre el calor, « congregare
homogenea et heterogenea disgregare», el que une las cosas semejantes y
disgrega las disímiles. A lo que yo respondo que tal efecto está muy lejos de
ser algo esencial en el calor, ya que, por lo que parece, la verdadera y
genuina propiedad del calor es provocar el movimiento y, por tanto, disociar
las partes de los cuerpos y subdividirlas en partículas diminutas con
independencia de si estas son homogéneas o heterogéneas, algo que puede
apreciarse al hervir agua, al destilar mercurio o al exponer los cuerpos a la
acción del calor cuyas partes no sean disímiles. En tales casos, todo lo que el
fuego es capaz de hacer es dividir los cuerpos en partes diminutas que
comparten la misma naturaleza entre sí y con el totum como
evidencia su reducción por condensación. Incluso cuando parece que el
fuego congregare homogenea et heterogenea disgregare en mayor
grado, este efecto se produce solo por accidente, dado que el fuego disuelve el
cemento o desbarata la estructura o marco que mantiene unidas las partes
heterogéneas de los cuerpos. Bajo esta acción disolvente, las partículas
componentes de los cuerpos mixtos se ven liberadas y de modo natural, muchas
veces incluso sin la intervención del fuego, se asocian con sus semejantes u
ocupan los lugares que sus diversos grados de pesantez o levedad, fijeza o
volatilidad, les asignan, bien sea de modo natural, o a causa del impacto del
fuego. Así, por ejemplo, en el caso de la destilación de la sangre humana, el
fuego primero comienza a disolver el cemento del cuerpo y después hace que el
agua, más volátil y fácil de extraer a causa de sus átomos ígneos o de la
agitación a las que se ven sometidos por su acción, se eleve hacia el
recipiente recibidor. Y todo esto sucede mientras que los otros principios
del concreto permanecen unidos y resulta necesario un grado
mayor de calor para separar sus elementos más fijos; de modo que hay que
incrementar el fuego para que se eleven la Sal volátil y el espíritu, los
cuales son igualmente volátiles pese a ser considerados principios diferentes y
presentar distinta consistencia. Después, viene el aceite, menos fugitivo,
dejando atrás a la tierra y al álcali [106], que son
de la misma fijeza pese a que según la definición de la Escuela del Fuego no se
separan. Cuando la materia que va a ser destilada se pone en una retorta de
barro o de hierro al rojo vivo, se puede observar, como yo mismo he hecho en
diversas ocasiones, que el fuego predominante sublima todos los elementos
volátiles confundidos en una única emanación y que, después, estos se van
disponiendo en los distintos lugares que les corresponden del recibidor de
acuerdo con su grado de volatilidad o a las exigencias de sus respectivas
estructuras: la sal se adhiere en su mayor parte en las paredes y en la parte
superior, la flema se liga a sí misma en grandes gotas, el aceite y el espíritu
se sitúan uno encima o debajo del otro, según su gravidez les haga flotar o
hundirse. A este respecto se puede observar que, aunque el aceite o azufre
líquido es uno de los elementos que se separan por medio de este agresivo
análisis, el calor también ha unido accidentalmente las partículas de los otros
principios volátiles y, dado que se trataba de otros cuerpos, ha producido dos
aceites, uno que se sitúa en la parte de abajo del espíritu, y el otro, que lo
hace por encima; les puedo mostrar varios aceites procedentes de sangre de los
mismos venados que todavía conservo y también dos que provienen de la misma
partida de sangre humana y que no solo difieren extremadamente en su
coloración, sino que se sitúan uno sobre el otro sin mezclarse nunca y si se
los agita se mezclan para volver a separarse inmediatamente.
El fuego muchas veces divide los cuerpos bajo la premisa de que algunas
de sus partes son más fijas y algunas más volátiles, pero en qué medida
cualquiera de ellas pueda proceder de una naturaleza elemental pura resulta
bastante obvio si se le presta atención a la quema de madera, donde el fuego la
disipa en humo y cenizas. Las cenizas, no solo están compuestas de dos cuerpos
tan distintos como tierra y sal, sino que el humo se condensa en hollín que se
adhiere a nuestras chimeneas y podemos ver que contiene sal y aceite, espíritu
y tierra (también alguna porción de flema, que son todos igualmente volátiles
ante ese particular grado de fuego que los fuerza a ir hacia arriba, la
naturaleza más volátil de algunas partes tal vez colabora con el fuego para elevar
a las más fijas, algo que he comprobado con el cólcotar dulcificado [107] que
se sublima cuando se mezcla con sal amoniacal), pero después pueden volver a
separarse usando otras intensidades de fuego que permiten que se manifiesten
sus distintos grados de volatilidad. Además, si cuerpos distintos unidos en una
sola masa están lo bastante fijados, el fuego, al no hallar partes lo
suficientemente volátiles que ser expelidas hacia arriba, no consigue llevar a
cabo ninguna descomposición como, por ejemplo, sucede con la amalgama de oro y
plata, cuyos componentes sin embargo se separan fácilmente con aqua
fortis o agua regia, dependiendo de qué predomine, si la plata o el
oro. Por muy vehemente que sea el fuego, en este caso, los metales no se
separan y el cuerpo únicamente se divide en partes más pequeñas cuyo tamaño
diminuto se desarrolla a partir de su estado fluido que, ya sea en virtud de la
ligereza de los pequeños átomos del fuego, ya de sus vivaces e innumerables
choques contra los recipientes, no pueden permanecer en paz y concomitancia sin
ninguna merma de sus principios elementales. Lo que es más, en ocasiones el
fuego no separa sino que une cuerpos de distinta naturaleza en virtud de que
estos poseen una fijeza casi similar o de que su forma y componentes los hacen
aptos para amalgamarse; lo que puede observarse en muchas argamasas, ungüentos,
etc., y también en las mezclas metálicas como las resultantes de mezclar dos
partes de latón con una de cobre puro y que muchos artesanos utilizan para
hacer moldes muy curiosos para los trabajos de orfebrería con oro y plata que
yo mismo he tenido el placer de contemplar. En muchas ocasiones, los cuerpos
mezclados en virtud del fuego son bastante diferentes en lo que concierne a
fijeza y volatilidad, y al ser expuestos a él la primera vez, quedan tan
amalgamados que apenas pueden separarse después y nada más pueden ser
pulverizados; ejemplo de ello es la preparación habitual demercurius dulcis[108], donde
las partículas salinas del vitriolo, sal marina y a veces de nitro que se usan
para hacer el sublimado, se unen de tal forma con las partículas mercuriales
que se utilizan al principio para hacer el sublimado y después para
dulcificarlo, que en los sublimados sucesivos las partes salinas y metálicas
brotan como si fueran un solo cuerpo. Algunas veces el fuego no solo es incapaz
de separar los elementos de un cuerpo, sino que llega a unirlos de tal forma
que la misma naturaleza raramente es capaz, si es que lo es, de generar tales
uniones. Hay casos en que el fuego une algunos cuerpos de especial y casi
idéntica fijeza de tal modo que no puede volver a separarlos; por ejemplo
cuando se mezcla la sal alcalina y el residuo terroso de las cenizas con arena
pura y a través de la verificación se transforman en un cuerpo estable, me
refiero al vidrio vasto de color verde, que se mofa del fuego más violento que
ha sido capaz de maridar los ingredientes de que está hecho pero no de
divorciarlos. Les puedo mostrar algunos trozos de cristal que he visto salir de
un crisol que contenía plata y que había sido expuesto a propósito durante un
buen rato a un fuego muy vehemente. Aquellos que laboran mucho fundiendo
metales me dicen que el hecho de que se derrita un crisol en sus hornos no es
un hecho extraordinario. Recuerdo haber visto en la fundición de grandes
cantidades de mena de hierro hecha con la ayuda de muchos suplementos de carbón
—dicen que el carbón marino no consigue una llama lo suficientemente poderosa—
que parte del mineral, gracias al fuego colosal excitado por los bramidos de
las grandes ruedas que hace girar el agua, en lugar de analizarse, se
fluidifica y se vuelve un cristal oscuro sólido y muy pesado que surge en tales
cantidades que en algunos lugares cercanos a las fundiciones, los caminos están
llenos de esos cristales en lugar de grava o piedras. También he visto que en
algunas clases de pedernal [109]colocadas
en hornos expuestos a fuegos muy fuertes y duraderos, sus partes alcanzan un
grado de fijeza tal que quedan totalmente vitrificadas de las que, al
forzarlas, he extraído largos, perfectos y transparentes trozos de cristal.
Tal vez usted pueda pensar, Eleuterio, que la definición de calor debe
ser demostrada ateniéndonos a la definición acostumbrada y comúnmente aceptada
que establece por medio de su cualidad contraria, el frío, cuyo rasgo, según se
nos instruye es tam homogenea, quam heterogenea congregare[110] Permítame
decirle que esta definición no es incuestionable, por no mencionar todas las
excepciones que un lógico cabal podría encontrar. Considero que la unión de
cuerpos heterogéneos que se supone produce el frío, en puridad, no tiene lugar
con cualquier grado de frío. Podemos ver, por ejemplo, que el frío separa la
orina de un hombre sano cuando lleva un rato de pie en una parte más fina y
otra más gruesa, haciendo que esta última caiga al suelo, donde se vuelve
opaca; mientras que si la orina se mantiene caliente, esas partes se mezclan
rápidamente de nuevo y el líquido recobra su transparencia. Así mismo, cuando
se hiela la madera, el agua, el polvo, la paja, etc., se supone que se
convierten en un único aglomerado de hielo, pero el hielo no provoca una unión
real de los cuerpos, sino que solo endurece sus partes acuosas y el resto de
las partes presentes de forma accidental también se congelan pero, de hecho, no
se unen. Si exponemos un montón de monedas de oro, plata y cobre u otros
cuerpos de distintas naturalezas a los que se les haya quitado todo resto de
humedad susceptible de congelarse, vemos que por muy intenso que sea el frío
esos variados tipos de cuerpos no quedan compactados, ni mucho menos, unidos
entre sí. Incluso en ocasiones nos topamos con fenómenos que se dan en los
líquidos que nos inducen a poner en cuestión esta definición. Si la autoridad
de Paracelso tuviera que ser tomada como prueba suficiente respecto a estas
materias, yo me detendría a analizar el procedimiento a través del cual enseña
que la esencia del vino se debe separar de la flema y las partes innobles
ayudándose de la congelación. Dado que no solo Paracelso, sino muchos otros
autores, aunque no parecen haberlo ensayado ellos mismos, le han otorgado mucha
importancia a este proceso, les citaré el pasaje entero en palabras de su autor
como las hallé en el libro sexto de su Archidoxia que reza
como sigue: « De Vino sciendum est, fæcem phlegmaque ejus esse Mineram,
Vini substantiam esse corpus in quo conservatur Essentia, prout auri in auro
latet Essentia. Juxta quod Practicam nobis ad Memoriam ponimus, ut non
obliviscamur, ad hunc modum: Recipe Vinum vetustissimum optimum quod habere
poteris, calore saporeque ad placitum, hoc in vas vitreum infundas ut tertiam
ejus partem impleat, sigillo Hermetis occlusum in equino ventre mensibus
quatuor, in continuato calore teneatur qui non deficiat. Quo peracto, Hyeme cum
frigus gelu maxime sæviunt, his per mensem exponatur ut congeletur. Ad hunc
modum frigus vini spiritum una cum ejus substantia protrudit in vini centrum,
ac separat a phlegmate: Congelatum abjice, quod vero congelatum non est, id
Spiritum cum substantia esse judicato. Hunc in Pelicanum positum in arenæ
digestione non adeo calida per aliquod tempus manere finito; Postmodum eximito
vini Magisterium, de quo locuti sumus [111].
Aunque yo no le concedería demasiada relevancia a este proceso,
Eleuterio, porque, de ser cierto, no sería posible ponerlo en práctica sino
rara vez en este país incluso con el mejor vino; este invierno ha hecho un frío
extremadamente intenso, con hielos como cuchillos y nevadas incesantes, y no
hubiera sido posible de ninguna manera congelar ni una pequeña ampolla con vino
de malvasía; incluso ni con nieve y sal se hubiera podido congelar más que
superficialmente. Sospecho, Eleuterio, que no cualquier grado de frío capaz de
congelar los líquidos puede analizarlos (si se puede usar este término)
separando sus partes acuosas de sus espíritus. He congelado varias veces
diversos vinos rojos, orina y leche sin observar la esperada división. Los
holandeses [112] que
se vieron forzados a transitar en invierno por los territorios del círculo
Ártico, en concreto por Nova Zembla, decían que a mediados de noviembre se
producía una separación de las partes que componían la cerveza cuando esta se
helaba y hacían el siguiente relato de lo que ocurría con el vino al mes
siguiente: «sí, y nuestro vino que estaba tan caliente, se helaba tan
terriblemente que, si queríamos repartir su ración a cada hombre, nos veíamos
obligados a calentarlo en el fuego; media pinta cada dos días nos servía para
aguantar en pie». En estas palabras no está implícito que el hielo dividiera el
vino en sustancias distintas como había ocurrido con la cerveza. Todo ello
supone que algunas veces, Eleuterio, incluso el frío congrega lo homogéneo y segrega
lo heterogéneo. Para mostrárselo le contaré que en cierta ocasión realicé la
decocción en simple agua de una planta abundante en partes sulfurosas y
espirituosas y que, una vez la hube expuesto al viento helador del noroeste en
una noche de invierno, observé que al día siguiente las partes más acuosas se
habían convertido en hielo y que, como yo había conjeturado, las partes más
ágiles y espirituosas, para huir de este enemigo, se habían retirado hacia el
interior preservándose a sí mismas del hielo al adoptar la forma de un líquido
de viva coloración; las partes acuosas y espirituosas se habían mezclado (más
que unido) sutilmente en la decocción resultaban muy fácilmente separables por
medio de un cierto grado de frío y algo que no sucede ni con las partes del
vino ni con las de la orina, dado que experimentando con ellas he observado que
tras su fermentación o digestión acostumbran a ligarse entre sí más todavía.
Pero le confío, Eleuterio, que no voy a insistir más en este experimento, no
solo porque lo he llevado a cabo nada más una vez y tal vez pudiera cometer
algún error, sino también y principalmente porque a continuación le ofreceré la
crónica de ese relevante experimento sobre las virtudes separadoras del frío
que llevaron a cabo los holandeses contra su voluntad en Nova Zembla extraído
del libro que relata ese viaje en inglés: «Gerard de Veer, John Cornelyson y
otros partieron de Ámsterdam el 13 de octubre del año 1596 viéndose forzados
por el terrible tiempo a pasar el invierno en Nova Zembla, cerca de Ice-Haven.
Tres de nosotros fuimos un día a cubierta y cargamos un trineo con cerveza
pero, así que lo hubimos hecho, se levantó repentinamente un viento tan fuerte
y una tormenta helada tan terrible, que nos vimos obligados a volver dentro del
barco no pudiendo llevarnos la cerveza con nosotros y debiendo dejarla en el
trineo. El día 14, al regresar adonde estaba el trineo, encontramos que el
barril seguía allí, pero estaba casi congelado y, a causa del frío, la cerveza
se había escapado por uno de los bordes helándose por fuera del barril como si
se hubiera pegado a él. Cuando lo llevamos a la casa para beberlo, tuvimos que
derretir la cerveza primero porque no quedaba casi nada de ella sin congelar;
toda la fuerza de la cerveza reside en esa espesa capa de levadura que no se
había llegado a congelar, pero era demasiado fuerte para bebérsela sola,
mientras que todo lo que se había congelado sabía a aguachirle. Una vez la
hubimos derretido, mezclamos las dos partes y las bebimos, aunque nunca supo igual
ni tuvo la misma fuerza».
A propósito de todo ello, también me acuerdo de que este último invierno
tan extremadamente frío me dispuse a congelar, entre otros líquidos, una
cerveza moderadamente fuerte en recipientes de cristal con sal y nieve, y pude
observar que salía del cuello de los recipientes una sustancia espesa, que por
su color y consistencia parecía levadura, que parecía bastante más capaz de
resistir el frío que el resto del líquido que se había congelado por completo;
quedé maravillado ante ella porque no fui capaz de discernir ni por su sabor ni
de otro modo que resultase demasiado joven como para ser bebida. Además puedo
confirmar la crónica del holandés por lo que sucedió a un amigo cercano que se
quejaba de que tras haber hecho cerveza para su consumo propio en Holanda,
lugar donde residía, el frío severo del último invierno congeló la cerveza
reduciéndola a hielo y una pequeña proporción de un líquido muy fuerte y
espirituoso.
No le entretendré más en lo que se refiere al frío para que no piense
que estoy perdiendo el hilo al internarme en un tema que no tiene relación con
mi presente cometido y porque ya me he alargado demasiado con la primera
consideración que propuse porque parecía requerir que dijera todo esto para
evitar que se tuviera por una mera extravagancia el hecho de poner en cuestión
lo que nuestros químicos y aristotélicos. Espero haber logrado la tarea que me
propuse y poder así continuar con las siguientes consideraciones, con las que
espero ser menos insistente que hasta ahora.
Segunda parte
—La segunda consideración a la que desearía prestaran oídos es la
siguiente: no es en absoluto algo seguro que, como acostumbran a pensar
químicos y los aristotélicos, toda sustancia susceptible de ser separada de un
cuerpo merced al fuego, ya sea ostensiblemente semejante o distinta de él, sea
un principio o elemento preexistente en dicho cuerpo. Mas como no deseo ahondar
innecesariamente en esta paradoja, explicaré brevemente lo que significa esta
proposición antes de comenzar a argumentar en su favor.
Imagino que les será fácil comprender que con esta afirmación no
pretendo mantener que todo aquello susceptible de ser separado por medio del
fuego no sea materialmente preexistente en él, ya que producir un solo nuevo
átomo de materia es algo que excede con mucho los poderes de los agentes
naturales, y por ende, del fuego, que únicamente puede modificar y alterar,
pero no crear. Esta es una verdad tan evidente que casi todas las sectas
filosóficas han negado la capacidad de producir materia a las causas segundas[113] e
incluso los epicúreos y algunos otros en lo que se refiere a sus dioses son de
esa misma opinión.
Dado que hay concretos que incluso antes de ser
expuestos a la acción del fuego ya nos ofrecen muchas pistas de su abundancia
en sales o azufres, mi proposición tampoco niega taxativamente que algunas de
las cosas que se obtienen de un cuerpo mixto por medio del fuego puedan ser
manifiestamente preexistentes en él. Pero si sucediera que algunas de las cosas
que se obtienen de un cuerpo por medio del fuego no fueran los ingredientes que
estaban previamente en él, sería un acto perfectamente racional sospechar que
los químicos se engañan a sí mismos y a los demás al concluir tan resuelta y
universalmente que esas sustancias separadas de los cuerpos únicamente por
medio del fuego son los ingredientes elementales; se puede poner en duda que
efectivamente lo sean, al menos, hasta que se exponga otro argumento para
resolver la duda similar al que se deriva del análisis.
Lo que deseo explicar sobre esta proposición es que no es absurdo
preguntarse si las diversas sustancias disipadas de un concreto por
medio del fuego existían en él en la forma, aunque fuera en partes diminutas,
en que las hallamos una vez finalizado el análisis, puesto que el fuego solo ha
desunido y desenmarañado los corpúsculos de un principio de los de los demás
principios con los que estaba mezclado.
Una vez dicho esto, me esforzaré en probarlo de dos modos. En primer
lugar, demostraré que las sustancias que los químicos denominan principios
pueden ser producidas de novo[114] como
dicen ellos. En segundo lugar, probaré que es posible obtener de algunos
cuerpos mixtos a través del fuego sustancias que no existían previamente en el
mismo sentido o del mismo modo.
Para comenzar con lo primero, considero que si fuera tan verdadero, como
de hecho parece muy probable, que los cuerpos compuestos solo difieran los unos
de los otros en las distintas estructuras resultantes de los tamaños, formas,
movimiento y disposición de sus pequeñas partes, no sería disparatado pensar
que una y la misma parte [115]de la
materia universal, en virtud de distintas alteraciones, puede llegar a recibir
los nombres según las ocasiones de cuerpo sulfúreo, térreo o acuoso. Podría
explicarles esto más pormenorizadamente si nuestro amigo el Sr. Boyle [116]nos
hubiera contado lo que prometió respecto a este asunto que, no tengo la menor
duda, ha investigado con esmero; les avanzaré, sin embargo, que todo lo que he
afirmado hasta el momento procede de experimentos que llevo realizando desde
hace años. El primero que referiré debió haber sido de mayor envergadura pero,
a causa de una serie de incidentes, fue necesario perder el mejor periodo del
año para realizarlo como lo había diseñado y no fue hasta mediados de mayo en
que pude comenzar un experimento que debería haber durado dos meses. De todos
modos, se lo relataré: «en mayo solicité a mi jardinero que cavara y recogiera
una buena cantidad de tierra, que la secara en el horno, que la pesara, que la
pusiera en un recipiente de barro que apenas levantara del suelo, que plantara
en ella unas semillas que le había dado de zapallo [117] una
clase de calabaza india que crece muy deprisa, y que dejara que se regaran
únicamente con agua de lluvia o de pozo. Cuando mis ocupaciones me lo
permitían, me resultaba delicioso acercarme a contemplar cuán veloces crecían
pese a que habían sido sembradas fuera de estación. Un invierno temprano
impidió que alcanzaran a producir ni de cerca frutos de la magnitud
acostumbrada —ese mismo otoño había encontrado en mi jardín algunas de esas
plantas que me llegaban a medio cuerpo— y le ordené que las desenterrara, lo
que hizo a mediados de octubre. Tras hacerlo me relató lo siguiente: «he pesado
la calabaza con tronco y hojas que hacían tres libras menos un cuarto; después
tomé la tierra, la horneé como la primera vez y encontré que era casi la misma
que antes, lo que me hizo pensar que no la había secado suficiente, y la horneé
dos veces más hasta que incluso el pan se hubo secado, pero encontré que no
había menguado nada o muy poco».
Para ser franco con usted, Eleuterio, no puedo ocultarle un segundo
experimento de la misma naturaleza realizado este verano que mi jardinero
recién me ha relatado y en el que pareció haber más pérdida de tierra: «para
darle cuenta del progreso de sus pepinos, le diré que he recogido dos bastante
hermosos cuyo peso es de diez libras y media, el peso de hojas y raíces es de
cuatro libras menos dos onzas. Una vez hecho esto, les he raspado la tierra y
la he puesto en distintos recipientes pequeños de barro en el horno como
anteriormente. Cuando la he pesado, he hallado que pesaba una libra y media
menos que antes, pero como todavía no estaba satisfecho, la puse en el horno
una segunda vez y, tras sacarla y pesarla de nuevo, encontré que el peso no
había variado. Supuse que no quedaba nada de humedad en la tierra, pero no
pensé que la libra y media que faltaba había sido consumida por los pepinos
sino que se había convertido en polvo durante toda la preparación». En este
experimento parece, Eleuterio, que pese a que algo de la tierra o de la sal
disuelta en ella se haya perdido, la mayor parte de la planta consiste en agua
transmutada. También podría añadir que el año pasado repetí el experimento con
las calabazas [118] que
antes he mencionado varias veces con tanto éxito que, si la memoria no me
falla, sobrepasaron con mucho otros de los que he llevado a cabo, pero, aunque
les resulte extraño, les suplico no tener que insistir en ello, dado que
desafortunadamente he perdido el relato que mi jardinero me escribió acerca de
las circunstancias concretas de cómo se llevó a cabo. El citado experimento
puede efectuarse con las semillas de cualquier planta de crecimiento rápido y
que alcance gran envergadura. Si en estos climas fríos creciera tabaco no sería
una pérdida de tiempo experimentar con él; es una planta anual que alcanza el
tamaño de un hombre allí donde prospera que da hojas de un pie de largo y medio
de ancho, pero la próxima vez intentaré este experimento con semillas de la
misma clase puestas en el mismo terrario para que sea más llamativo. Pero como
nadie tiene ni tiempo ni disponibilidad para hacerlo, he hecho pruebas más
breves y expeditivas en mi recámara. Tomé, por ejemplo, un tallo de hierbabuena
como de una pulgada y lo puse en una ampolla llena de agua de modo que el tallo
asomara por el borde y las raíces quedaran sumergidas en el agua; en poco
tiempo había multiplicado sus raíces y sus hojas, que olían a menta, pero
imagino que el calor de mis habitaciones mató la planta cuando tenía un tallo
bastante grueso y las raíces se habían ramificado en el agua como si fuera
tierra y ofrecían un espectáculo digno de contemplarse. El que intenté con
mejorana dulce, aunque también prosperó, fue más lento. También lo hice con
melisa y menta poleo, por no mencionar otras plantas. Además, realicé un
destilado en una pequeña retorta con una de esas plantas que alcanzó un gran
tamaño solo a base de agua, por medio del cual obtuve una flema, un poco de
espíritu empireumático [119] una
pequeña cantidad de aceite y caput mortuum[120]que, como
se asemejaba al carbón, pensé estaba formado de tierra y sales, pero era tan
poco que me abstuve de calcinarlo. El agua que usé para alimentar a la planta
no fue ni renovada ni alterada, y preferí que fuera de pozo a que fuera de
lluvia; esta última es más claramente un tipo de πανσπερμια [121] y,
aunque pudiera ser liberada de sus mezclas más sobresalientes, todavía
contendría, además de los vapores de muchos cuerpos que están en el aire y que
se supone lo impregnan, una cierta sustancia espirituosa que puede ser extraída
de ella y que muchos confunden con el espíritu del mundo encarnado sobre el
que, por ventura, platicaré con usted aunque no ahora.
Aunque tal vez debería haberme ahorrado una gran parte del trabajo,
puesto que he hallado que Helmont, un autor más reputado por sus experimentos
de lo que muchos otros gustan pensar de sí mismos, tuvo la oportunidad de
desarrollar a lo largo de cinco años un experimento de naturaleza bastante
similar al que yo estoy relatando, por medio del que obtuvo una gran cantidad
de agua transmutada, que encuentro poco oportuno mencionar al mismo tiempo que
el mío, en parte, porque podría distraer la curiosidad de algunos o exceder el
tiempo disponible de otros y, en parte, porque resulta una verdad chocante que
ciertos experimentos deben ser confirmados por más de un testigo habida cuenta
de que las extravagancias y falsedades del tratado de van Helmont, La
cura magnética de las heridas[122] hacen
sospechosos otros de sus escritos. El experimento del que les hablo lo realizó
de esta guisa: tomó 100 libras de tierra secada en un horno y después la
dispuso en un recipiente de barro que humedeció con agua de lluvia. Después
plantó en él un sauce llorón que pesaba cinco libras y que regaba cuando era
necesario hacerlo, bien con agua de lluvia, bien con agua destilada. Para
evitar que la tierra de alrededor se introdujera en el recipiente, colocó por
encima de él una plancha de hierro con muchos agujeros. Transcurridos cinco
años, arrancó el árbol con su cepellón y lo pesó, y añadiendo el cómputo de las
hojas que habían caído durante cuatro inviernos, encontró que pesaba 169 libras
y cerca de tres onzas. Secó de nuevo la tierra en la que había crecido y halló
que pesaba cerca de las mismas 200 libras del principio menos, quizá, un par de
onzas y que, por tanto, las 164 libras de raíces, madera y corteza que
conformaban el árbol parecían proceder del agua[123] No
parece que Helmont tuviera curiosidad en analizar esa planta, aunque yo sí hice
lo propio con un vegetal que alimenté únicamente con agua porque supuse que
estarían ustedes preguntándose si Helmont, de haber destilado el árbol, hubiera
obtenido las mismas sustancias que se obtienen con cualquier vegetal del mismo
tipo. No necesito agregar que también me ha venido al pensamiento qué ocurriría
con otros cuerpos que no sean vegetales si se les sometiera a los mismos
experimentos que les vengo describiendo; inoportunas distracciones me han
impedido poner mis designios en práctica aunque podría conjeturarlo. Aun así,
los experimentos que ya se han llevado a cabo bastan y no necesitamos la
asistencia de otros nuevos para verificar lo concerniente a mi presente tarea.
—A partir de todo lo que ha estado diciendo —dijo Eleuterio tras su
prolongado silencio— uno podría sospechar que no se encuentra usted muy alejado
de la opinión de Helmont respecto al origen de los cuerpos compuestos y que,
muy posiblemente, no le desagrada el argumento que utiliza para probarlo.
—¿A qué opinión helmontiana y a qué argumentos se refiere? —preguntó
Carnéades.
—Sus recientes palabras —replicó Eleuterio— nos informan de que usted no
puede sino saber que ese intrépido y perspicaz espagirista no duda en afirmar
que todos los cuerpos mixtos brotan de un solo elemento; que los vegetales, los
animales, las marcasitas, piedras, metales, etc., son pura Agua dispuesta en
diversas formas merced a la capacidad plástica o formativa de sus semillas.
Encontrará usted los diversos argumentos a este respecto dispersos aquí y allá
en sus escritos, aunque los tres más representativos son la resolución última
de los cuerpos mixtos en agua insípida, las vicisitudes de esos supuestos
elementos y su producción a partir de simple agua. En primer lugar, afirma que
lasal circulatus Paracels[124] o
alcahesto descompone adecuadamente plantas, animales y minerales en un líquido
o más dependiendo de la disparidad de sus partes internas, sin caput
mortuum o la destrucción de sus virtudes seminales, y que una vez
extraído el alcahesto de los líquidos con el mismo peso y con las mismas
propiedades con que los disolvió, si se los somete a frecuentes cohobaciones[125]con yeso
u otra materia idónea, pueden ser despojados de todas sus cualidades seminales
y ser devueltos a su materia primigenia, agua insípida. También propone aquí y
allá otras maneras de privar a ciertos cuerpos de sus formas prestadas y
obligarlos a migrar de nuevo a su primitiva simplicidad. El segundo tópico
sobre el que Helmont formula sus argumentos para probar que el Agua es la causa
material de los cuerpos mixtos es que el resto de supuestos elementos se
transmutan los unos en los otros. No obstante, los experimentos que propone en
diversos lugares relativos a ello son tan incómodos de realizar y de sopesar,
por no mencionar que no hay garantías de que sean verdad o de que él mismo no
haya interferido en los resultados, que solo les diré que, al igual que sucede
con su primer argumento, nuestro paradójico autor se esfuerza en probar que el
Agua es el único elemento de los cuerpos mixtos y que puede reducirlos a ella
por medio de su alcahesto o algún otro agente que despoja a las semillas del
disfraz con el que se enmascaran, así como que, debido al transcurso del
tiempo, las semillas se cansan, quedan exhaustas y son incapaces de seguir
representando su papel en el escenario del universo. En su tercer argumento,
trata de evidenciar lo mismo afirmando que los cuerpos se constituyen en virtud
de los poderes seminales del Agua y únicamente de ella. A ese respecto, también
ofrece varios ejemplos de plantas y animales, empero también son muy
complicados de comprender o de poner en práctica, por lo que, de entre los que
no resultan por completo irritantes, creo que el más relevante y el menos
discutible es el que usted ya había seleccionado del sauce. Habiendo respondido
así a su pregunta —continuó Eleuterio— y habiendo expuesto un resumen sumario
de lo que usted sin duda conoce mejor que yo, me complacerá mucho escuchar su
opinión si el hecho de ofrecérmela no le distrajera en demasía a la hora de
proseguir con su discurso.
—No es necesario añadir —replicó Carnéades— que examinar cabalmente tal
hipótesis y tales argumentos requeriría muchas consideraciones y, por ende,
mucho tiempo, de modo que ahora no debería recrearme en perfeccionar tal
digresión y mucho menos apurarme a concluir mi discurso principal. Lo que sí
podré decirle en este momento es que no debe temer que rechace su opinión por
su novedad, aunque los helmontianos para adular a su maestro pretendan hacerla
pasar por una novedad. En su mayor parte, los argumentos para sostenerla son de
Helmont, pero la hipótesis es muy antigua. Ya Diógenes Laercio[126]y otros
autores atribuyeron a Tales [127] haber
sido el primero entre los griegos en ocuparse de la Naturaleza. Recuerdo que
Tulio nos informa de que Tales pensaba que todo estaba hecho de agua, y parece
que Plutarco y Justino Mártir mantenían que esta creencia era anterior a Tales
porque, según ellos, Homero ya daba testimonio de ella. Otro autor griego,
apoyándose en estas palabras de los Escolios de Apolonio:
Εξ ιλιου εβλαςησε χθων αυτη
La Tierra con barro fue hecha
afirma, siguiendo a Zenón, que el caos del que todas las cosas proceden
era, de acuerdo con Hesíodo, agua; que al organizarse por vez primera se
convirtió en barro y más tarde se condensó en tierra sólida. También
Orfeo [128] parece
mantener la misma opinión y ofrece entre sus testimonios citas de los antiguos:
Εκ του ύδατος ιλυι κατιςη
El barro fue hecho del agua
En los escritos de Estrabón [129] tomados
de otro autor que hablaba de los hindúes y que, según decía, sostenían que
todas las cosas tienen distintos comienzos aunque el mundo estaba hecho de
agua, también aparece. Hay quien adscribe esta hipótesis a los fenicios, de los
que Tales mismo la habría tomado prestada y, probablemente así, los griegos,
como me inclino a pensar, tomaron de ella gran parte de su teología y de su
filosofía, lo que también ocurrió con las hipótesis atomistas atribuidas a
Leucipo y a su discípulo Demócrito, que según ciertos hombres ilustrados
proceden del fenicio Mokus [130].
Probablemente sea incluso más antigua, puesto que los fenicios tomaron
prestados sus conocimientos de los hebreos y, entre los que conocen los Libros
de Moisés, habrá quienes se inclinen a pensar que el agua era la materia
primigenia y universal por medio de la cual interpretar el comienzo del
Génesis. En ellos se mencionan las aguas como la causa material, no solo de los
cuerpos sublunares, sino de todos los que habitan el universo, cuyas partes
componentes fueron emergiendo ordenadamente fuera del vasto abismo, por decirlo
así, en virtud de la acción del espíritu divino[131] del
que se dice se mueve a sí mismo como hacen las hembras al empollar, lo mismo
que el meraephet —del que se pueden encontrar referencias en
un par de lugares aunque yo únicamente la he hallado en la Biblia hebrea— que
sobrevuela la faz de las aguas; que al hallarse, como podemos suponer,
divinamente impregnadas con las semillas de todas las cosas, estaban
cualificadas para, merced de esa productiva incubación, fructificar en ellas.
Aunque sospecho que ustedes esperan de mí que discuta estos asuntos como un
filósofo natural y no como un filósofo y, en consecuencia, añadiré para
sancionar a Helmont que mientras, según puedo recordar, él no ofrece ningún
ejemplo de un cuerpo mineral ni apenas de ningún animal que esté generado a
partir del agua, un químico francés, señor De Rochas [132], sí ha
presentado a sus lectores un experimento que de ser exactamente tal y como lo
plantea, resulta ciertamente notable. En sus disquisiciones a propósito de
ciertas nociones químicas y metafóricas, que confieso no me resultan
ininteligibles, plantea, entre otras especulaciones que no vienen al caso, la
siguiente narración que trataré de verter al inglés sin cambiar nada de su
sentido literal en francés en la medida en que me asista la memoria: «por medio
de las operaciones con agua he visto grandes maravillas y ahora sé lo que puede
hacerse artificialmente con ella imitando a la naturaleza. Tomé agua de la que
sabía no estaba compuesta y que no estaba mezclada con ninguna otra cosa que
espíritu vital y, calentándola con un calor continuo y proporcionado, la
preparé y la dispuse conforme a las medidas de coagulación, congelación y
fijación que he mencionado más arriba hasta que se convirtió en tierra; la cual
produce animales, vegetales y minerales. Me reservaré para mejor ocasión la
explicación de esto último, aunque no obstante diré que tras haber realizado
análisis rigurosos he hallado que están compuestos de mucha cantidad de Azufre,
poco Mercurio y todavía menos Sal. Los minerales, por su parte, comienzan a
aumentar y a crecer hasta alcanzar su propia naturaleza sólida y pesada al
transformar parte de la tierra dispuesta para ello. Y a través de esta
verdadera ciencia demostrativa llamada química, he encontrado que están
compuestos de mucha Sal, poco Azufre y menos Mercurio».
Sin embargo, albergo ciertas sospechas relativas a esta extraña relación
que me impiden ofrecer una opinión a menos que ciertas circunstancias
materiales que nuestro autor ha olvidado mencionar fueran satisfechas. Respecto
a la generación de las criaturas vivientes, tanto vegetales como sensibles[133], el
relato no resulta tan increíble si nos fijamos en que cuando remansamos en
algún lugar agua corriente, la que por cierto está impregnada de una gran
variedad de rudimentos y principios seminales, hallamos que se putrefacta y
apesta y que, muchas veces, produce moho y pequeños gusanos o insectos
dependiendo de la naturaleza de las semillas que en ella acechen. Desearía que
ustedes tomaran nota de que Helmont no nos ofrece ningún ejemplo de la
producción de minerales a partir del agua, ya que el principal argumento que
utiliza para probar que algunos cuerpos se resuelven en agua reside en sus
operaciones con su alcahesto y, por ende, ni ustedes ni yo podemos examinarlo.
—Ciertamente —dijo Eleuterio— no puede usted sino admirarse al observar
el poder de una cierta porción de agua a la hora de generar distintos cuerpos
cuyas apariencias son tan distintas. Al destilar anguilas, he obtenido un poco
de aceite, espíritu y sal volátil, además del caput mortuum, pero
en una cantidad que no guarda proporción con la enorme cantidad de flema[134] que
se extrae de ellas —y en la que al principio se cocían como si fuera agua— que
pareciera que no son sino flema coagulada. Lo mismo sucede con las víboras, por
más que necesiten del calor para su actividad y que, si el ambiente es
propicio, puedan sobrevivir varios días a la pérdida de cabeza y corazón, tal
es la pujanza de su vivacidad. La misma sangre humana, un líquido reputado por
lo espirituoso y elaborado, abunda tanto en flema, que el otro día,
experimentando, destilé alrededor de siete onzas y media de sangre pura y,
antes de que comenzara a asomar ninguno de sus principios más activos, obtuve
alrededor de seis onzas de flema, por lo que necesité cambiar el recibidor[135]. A fin
de reafirmarme en la opinión de que algunas de esas flemas animales no tienen
suficiente espíritu como para merecer ese nombre, decidí no solo degustarlas,
sino verter sobre ellas una solución ácida que no surtió efecto alguno para ver
si contenía alguna sal o espíritu volátil; de haber habido alguno, seguramente
se habría manifestado en el momento de verter el ácido por medio de una
efervescencia. Y ahora que menciono los espíritus corrosivos, deseo informarles
de que, si bien no parecen otra cosa que sales líquidas, abundan en agua, como
puede observarse, bien al hacer que corroan algún cuerpo idóneo y fijar de ese
modo sus partes salinas, o bien al mortificarlos con una sal de cualidad
contraria, algo que he observado de modo más claro al hacer una medicina
similar al balsamus samech[136] de
Helmont con vinagre destilado en lugar de con espíritu de vino. Apenas dará
usted crédito a lo que he observado: que la sal tártaro con que se destila ese
espíritu ácido, al mortificar y retener la sal ácida, lo convierte en una
cantidad veinte veces mayor de flema inútil antes de que quede tan impregnada
que ya no pueda tomar más vinagre. Parece que el espíritu de vino rectificado[137] es
el que está más libre de agua de todos los licores y llega a ser tan ígneo que
puede arder por completo en una cuchara; pero aun así, Helmont incluso afirma
que este líquido ardiente es materialmente agua bajo una apariencia sulfurosa.
De acuerdo con su descripción de la fabricación de esa excelente medicina, el
bálsamo de samech, que no es otra cosa que sal tártaro dulcificada a fuerza de
destilar de ella espíritu de vino hasta que la sal queda completamente saturada
de sulfuro y hasta que ha privado al espíritu de vino de todas su partes
sulfurosas, y el resto, que es la mayor parte del líquido, se torna en flema,
en caso de ser cierto lo que él afirma. Añado esto porque yo mismo no lo he
ensayado suficientemente y porque, como les sucede a otros químicos, algo en
este experimento me deja pensativo, ya que con sal tártaro corriente mis
intentos, como los de ellos, han sido en vano. De otra parte, Helmont lo
menciona a menudo y saca conclusiones de él, así que pregunté a un individuo
célebre por su rigor y destreza en las preparaciones espagiristas si es que
acaso el experimento no funcionaba por haber sido preparado de acuerdo con
proporciones y procedimientos inadecuados respecto a la sal y el espíritu, pero
me aseguró que él lo había llevado a cabo según la receta de Helmont con pleno
éxito sin necesidad de añadir nada a la sal ni al espíritu y añadió que, de
todos modos, el procedimiento no era ni sencillo ni breve.
—Más de una vez me he maravillado al ver cuánta flema se puede obtener
de los cuerpos con el fuego —dijo Carnéades— pero más tarde tendremos
oportunidad de volver sobre el asunto de la flema. Retomando pues las opiniones
de Tales y Helmont, considero que suponiendo que el alcahesto pudiera reducir
todos los cuerpos a Agua, puesto que esta es insípida, no cabría dudar de que
es elemental; a propósito de ello recuerdo al elocuente y sincero Petrus
Laurenbergius [138], quien
en sus notas sobre los aforismos de Sala [139] afirma
que vio un menstruo insípido[140] tan
poderoso que era capaz de disolver el oro. El agua que puede obtenerse del
mercurio sin adiciones, pese a que es casi insípida, difiere en su naturaleza
de la simple agua. Y estas consideraciones pueden llevarse más lejos puesto que
no hay ninguna necesidad de concebir que el agua que se menciona como la
materia universal en el principio del Génesis sea simplemente Agua elemental,
sino que deberíamos inclinarnos más bien a pensar que habría sido resultado de
agitar un montón o agregado de gran variedad de principios seminales y
rudimentos, además de otros corpúsculos aptos para ser sometidos y modelados
por estos, que en caso de que su creador los hubiera hecho lo bastante pequeños
y los hubiera dotado de un movimiento que les permitiera deslizarse los unos a
lo largo de los otros, sería un cuerpo fluido como el agua. Del mismo modo,
podemos decir que el mar consiste en agua y que, con independencia de que se
mezclen con ella cuerpos salinos, térreos y de otros tipos, a tal líquido bien
se le puede llamar agua dado que es el cuerpo más inmenso que conocemos
constituido de aquello que tenemos por agua. Puede, por tanto, ser lo bastante
fluido como para asemejarse a un líquido y, a un mismo tiempo, contener
corpúsculos de naturaleza muy distinta como comprobaréis fácilmente si exponéis
a un fuego vivo una buena cantidad de vitriolo [141] en
un recipiente resistente. Así hallaréis que, pese a contener corpúsculos
acuosos, metálicos, térreos, salinos y sulfúreos, la masa al principio es un
fluido parecido al agua hirviente en un caldero.
Podría entretenerme más todavía en estas disquisiciones, mas ahora me
veo obligado a proseguir con mis juicios sobre las hipótesis de Tales y
Helmont.
Con independencia de lo que finalmente concluyamos sobre si todas las
cosas fueron generadas primigeniamente a partir del agua, de los ensayos que he
realizado concernientes al crecimiento de los vegetales nutridos con agua puedo
decir que la sal, el espíritu, la tierra e incluso el aceite pueden producirse
a partir del agua y, por lo tanto, un principio químico, así como un elemento
peripatético, puede, en ciertos casos, generarse de nuevo u obtenerse de cierta
cantidad de materia que previamente no estaba dotada con la forma de tal
principio o elemento.
Y habiendo puesto en evidencia que es posible que esas sustancias que
los químicos acostumbran a llamar tria prima pueden ser
generados ex novo. Debo pues esforzarme a continuación en probar
que las operaciones realizadas por medio del fuego, en ocasiones, de hecho no
solo dividen los cuerpos compuestos en pequeñas partes, sino que las recomponen
de un modo nuevo, en virtud del cual y hasta donde sabemos, pueden emerger,
tanto sustancias salinas y sulfurosas, como cuerpos con otras estructuras. Tal
vez para reflexionar sobre ello nos sea de ayuda detenernos a considerar lo que
sucede con esas mezclas que el ingenio del hombre produce de modo artificial y
de las que también conocemos su composición. Por ejemplo, la masa de jabón que
se hace en los calderos de jabón con grasa o aceite, sal y agua certeramente
combinadas, si se expone a un fuego gradual en una retorta, no se separa en las
mismas sustancias en las que fue unido, sino en otras que se encuentran muy
lejos de presentar una naturaleza elemental; concretamente en un aceite muy
fuerte y fétido de una cualidad muy distinta del que se empleó al principio. Si
se mezcla sal amoniacal con cal[142] y
se destila con diversos grados de fuego, pese a que una sea una sustancia
volátil y la otra fija, lo que ascenderá será un espíritu mucho más volátil,
fugitivo, penetrante y maloliente que la sal amoniacal; y lo que permanecerá
con la cal será algo muy próximo a la sal marina de la que se compone la sal
amoniacal; he de subrayar que la cal y la sal amoniacal estaban perfectamente
amalgamadas en una sola masa porque las puse en una retorta a fuego muy
vehemente y ese tipo de masas se ablandan si se exponen al aire con humedad. Si
me fuera objetado que esos cuerpos artificiales que pongo como ejemplo son más
compuestos que si los produjera la propia naturaleza, replicaría que además de
haberlos traído a colación más para ilustrar que para probar lo que he
propuesto, sería difícil demostrar que la naturaleza no produce cuerpos
descompuestos, esto es, que no entremezcla esos cuerpos mixtos previamente
compuestos de lo elemental o de cosas más simples. Por ejemplo, el vitriolo,
que he obtenido muchas veces de tierras minerales en las que la naturaleza sin
la ayuda de ningún artificio lo había preparado para mí, pese a que los
químicos se complazcan en incluirlo entre las sales, es un cuerpo descompuesto
consistente en sustancia térrea, metal y, al menos, un cuerpo salino de una
naturaleza peculiar y en absoluto elemental. Igualmente podemos observar que la
sangre de los animales está compuesta de diversos cuerpos mixtos, o que ciertas
aves marinas saben al olor rancio de la clase de peces que les sirven de alimento.
El propio Hipócrates afirma que un niño puede ser purgado con la leche de las
nodrizas si han tomado elaterium[143] aduciendo
que los corpúsculos purgantes concurrían en la leche de la matrona, un líquido
que los médicos generalmente tienen por sangre pálida y alterada. También
recuerdo haber observado no lejos de los Alpes que en ciertos periodos del año
la mantequilla del lugar era perjudicial para los foráneos debido a que las
vacas tenían por costumbre comer una hierba de gusto rancio.
Pero con el fin de ofrecerles otro tipo de ejemplos para ver cómo pueden
obtenerse cosas de los cuerpos mixtos que no eran preexistentes en ellos a
través del fuego, permítanme recordarles cómo de algunos vegetales puede
obtenerse vidrio, del que presumo no pensarán era preexistente en ellos sino
que es algo obtenido merced el fuego. Añadiré otro ejemplo más: se trata de
cierto modo de obtener mercurio artificialmente por medio del que, sin realizar
ninguna adición, se obtiene al menos la cuarta o la quinta parte de líquido[144], que
para un peripatético ordinario pasaría por agua y al que un químico no tendría
el menor reparo en llamar flema, y que por lo que tengo entendido no puede
volverse a transformar en mercurio y, por ende, no puede ser cosa sino uno de
los disfraces que adopta. Con independencia de que los químicos se nieguen a
aceptar que el mercurio pueda tener ningún ingrediente innoble, ni agua, ni
tierra, yo creo que su gran pesantez hace muy difícil que pueda albergar tanta
agua como la que se obtiene de él, habida cuenta de que se trata de 12 o 14
veces más del peso de una medida de mercurio. Para ulterior confirmación de
este argumento añadiré que dos amigos míos, un médico y un matemático de
reputación intachable, me aseguraron solemnemente que tras numerosos intentos
de reducir mercurio a agua para proceder con un trabajo filosófico sobre el oro
—yo lo probé infructuosamente— en una ocasión consiguieron gracias a varias
cohobaciones reducir una libra de mercurio a una libra de agua por el solo
medio de exprimir el mercurio con un fuego diestramente manejado en recipientes
fabricados al efecto, y ello sin añadir ninguna otra sustancia. Pero de estos
experimentos, querido amigo —dijo Carnéades señalando a quien hacía de notario
de la reunión—, tal vez le proporcione a usted más rendida cuenta de lo
necesario, puesto que ya creo haber demostrado suficientemente que el fuego,
además de alterar los cuerpos al dividirlos, puede producir cosas no
preexistentes en ellos. ¿Cómo podemos estar seguros de que en ningún otro cuerpo
lo que llamamos flema no se separa sino que se produce por la acción del fuego
si muchos otros cuerpos mixtos poseen una naturaleza mucho menos constante y
mucho más alterable que la del mercurio? No insistiré más en este argumento
salvo para recordarles que si no desean descreer en las crónicas de Helmont
deben confesar que los tria prima no son ni innegables ni
sustancias incorruptibles desde el mismo momento en que con su alcahesto pueden
producirse cuerpos que antes recibían otro nombre y que, gracias a su poder,
todos pueden ser reducidos a agua.
En ese momento Carnéades se hallaba al borde de pasar a su tercera
consideración, pero Eleuterio, deseoso de escuchar lo que pudiera aducir para
aclarar la segunda consideración en lo que pudiera tener de inconsistente con
lo que sostenía como teoría verdadera de la misción[145], se
adelantó diciendo:
—Me pregunto si usted, a quien no satisfacen muchos puntos relativos a
los elementos de los cuerpos compuestos, también muestra aversión a la noción
de misción en la que la mayoría de los químicos coinciden con
los filósofos antiguos que precedieron a Aristóteles y que por razones de peso
los modernos filósofos naturales y médicos, en otras cosas contrarios a los
espagiristas, en este caso se alinean con ellos contra la doctrina común de los
escolásticos. Si usted me inquiriera al respecto, siguiendo a Sennertus [146] y a
otros hombres doctos, amén de mis propias ideas, podría proveerle con mucho más
sobre lo que insistir de lo que sería sensato en este momento. Por ello,
únicamente aludiré a tres o cuatro cosas más. De ellas, en primer lugar me
referiré al estado de la cuestión y al genuino significado de misción que,
pese a lo intrincado que resulta en los escolásticos, resumiré como sigue:
Aristóteles, o al menos del modo en que ha sido expuesto por sus exégetas,
disiente de los antiguos y afirma que la misción es una
penetración mutua y perfecta unión de los elementos entremezclados y que no
existe una sola porción, por pequeña que sea, de un cuerpo mixto que no los
contenga a todos y cada uno de los cuatro. Me viene a la mente cómo rechazaba
la misción al modo en que la entendían los antiguos tildándola
de superficial y roma, porque si a primera vista los cuerpos se mezclaban de
acuerdo con las hipótesis de los antiguos, no era así a los perspicaces ojos de
un lince capaz de comprender mejor los elementos, los que a sus ojos, muy al
contrario de lo que ellos suponían, estaban unidos y no mezclados. Pese a que
los antiguos no se ponían de acuerdo sobre qué tipo de cuerpos mixtos estaban
mezclados, sí sostenían unánimemente que en los cuerpos mixtos, gracias a los miscibilia[147], bien
los elementos, bien los principios o como quiera que les complaciera llamarlos,
se asociaban en partes tan pequeñas y con tal exactitud que no había ninguna
parte de la masa que no fuera de la misma naturaleza que la del resto de partes
y que la del todo, puesto que cada uno de los átomos u otras porciones
sensibles de materia de las que se componen los miscibilia retiene
su naturaleza y se junta con el resto para formar el cuerpo por yuxtaposición o
agregado. Así, pese a que en virtud de este modo de componerse, el cuerpo mixto
puede eventualmente adquirir nuevas cualidades, los ingredientes que los
componen y que continúan reteniendo su propia naturaleza pueden, en virtud de
la destrucción del compositum, ser separados unos de otros, y que
las partes diminutas se desenganchen de otras de distinta naturaleza y se
asocien con aquellas de su mismo tipo volviendo a ser otra vez los mismos
Fuego, Tierra, Aire o Agua que eran antes de ser ingredientes del compositum.
Esto puede explicarse —continuó Eleuterio— tomando un trozo de paño
hecho de fibras blancas y negras entremezcladas de modo que en conjunto no
parece predominar ni el blanco ni el negro, sino el gris, pese a que las fibras
que lo componen continúan siendo como antes, blancas y negras. Así está, según
yo lo veo, el estado de la controversia. Los aristotélicos, siguiendo a su
maestro, definen comúnmente la misción como miscibilum
alteratorio unio, lo que parece armonizar más con la opinión de los
químicos que con la de sus adversarios, ya que como pone de manifiesto el
ejemplo recién mencionado, se da una yuxtaposición de corpúsculos separables
que han retenido cada uno su propia naturaleza; mientras que, de acuerdo con
los aristotélicos, un cuerpo mixto resulta del concurso de los elementos y la
mezcla no se puede decir propiamente que sea una alteración, sino más bien una
destrucción desde el momento en que, una vez formado, ninguna parte del cuerpo
mixto, por muy pequeña que sea, puede ser llamada en rigor Fuego, Tierra, Aire
y Agua.
No sé de qué otras maneras aparte de las que he mencionado puedan
mezclarse los cuerpos. Aristóteles nos dice que al poner una gota de vino en
diez mil medidas de agua el vino se ve avasallado por una cantidad tan vasta de
agua, que acaba por convertirse en ella, algo que en lo que yo alcanzo a
entender me resulta muy improbable, ya que si a esa cantidad de agua le
añadiéramos tantas gotas de vino como para que la excedieran mil veces, por esa
regla de tres, el líquido no sería un crama, esto es, una mezcla de
agua y vino en la que el vino predominaría, sino agua nada más. Y esto sucede
porque, siguiendo a Aristóteles, las gotas de vino, al ser vertidas de una en
una cada vez, continúan cayendo en una enorme vastedad de agua y, por tanto, se
convierten en ella. Esto sucedería también con los metales; no era un secreto
entre los refinadores y los orfebres del oro que, al derretir una cantidad de
oro con plata y al fundir después en ella un grano tras otro grano de
antimonio, podían en un tiempo razonable transformar a placer cualquier
cantidad de metales innobles en metales nobles. Lo que es más, una pinta[148] de
agua que se añade a un cuarto de licor dan la impresión de no acabar de
penetrarse del todo mutuamente, sino que parecen retener cada uno sus propias
dimensiones y, en consecuencia, cuando se mezclan solo se dividen en cuerpos
diminutos que solo se rozan superficialmente igual que hacen los granos de
trigo, centeno, cebada, etc., cuando están en un montón de muchas variedades de
grano. A menos que digamos que en una medida de trigo mezclada con cien medidas
de cebada solo tiene lugar una yuxtaposición y un contacto superficial entre
los granos de trigo y todos los de cebada; o igualmente, que cuando una gota de
vino se mezcla con una gran cantidad de agua no se da otra cosa que una
aposición de muchos corpúsculos de vino con el correspondiente número de
corpúsculos acuosos. Y como digo, a menos que digamos eso, no veo cómo pueda
evitarse esa absurdidad a la que estaba sujeta la doctrina estoica de la misción,
conocida como συνχυσις o confusión de acuerdo con la que el cuerpo más pequeño
se coextiende [149] con
el más grande. Así, por poner un ejemplo, en un cuerpo mixto que consistiera en
una libra de agua por diez mil de tierra, de acuerdo con los estoicos, el agua
no tendría que ser la parte más pequeña.
Tal vez esté extendiéndome demasiado en las pruebas sobre la naturaleza
de la misción, y por tanto, solo me ocuparé de otros dos o tres
argumentos. El primero de ellos, de acuerdo con Aristóteles, apunta la idea de
que un cuerpo mixto se inclina a la naturaleza de su elemento predominante y,
por ejemplo, aquellos en que la Tierra prevalece, tienden al centro de los
cuerpos pesados, el planeta Tierra. En vista de que muchas cosas ponen de
manifiesto que en los diversos cuerpos mixtos las cualidades elementales son
activas, aunque no tanto como en los elementos mismos, no parece descabellado
negar la existencia de elementos en los citados cuerpos.
A ello añadiré que la experiencia pone de manifiesto lo que Aristóteles
afirma: que los miscibilia pueden separarse de nuevo de un
cuerpo mixto, como es evidente en las resoluciones químicas de plantas y
animales, las cuales no podrían ser a menos que retuvieran sus formas. De
acuerdo con Aristóteles y creo que con la verdad, no hay más que una masa común
de todas las cosas que a él le complacía llamar materia prima; y
puesto que no es la materia, sino la forma, la que constituye y discrimina las
cosas, decir que los elementos no permanecen en un cuerpo mixto de acuerdo con
su forma sino con su materia no es en absoluto decir que permanezcan allí. Dado
que todas esas porciones de materia antes de concurrir en un cuerpo eran Agua,
Tierra, etc., una vez constituido también es posible decir de él que es tan
simple como cualquiera de los elementos; la materia es declaradamente de la
misma naturaleza en todos los cuerpos y, según esta hipótesis, las formas
elementales se echan a perder y quedan abolidas.
Finalmente, si consultamos los experimentos químicos, no encontraremos
ventajas palpables de la doctrina química sobre la de los peripatéticos. En la
operación llamada incuartación [150] que
se emplea para purificar oro, se mezclan tres partes de plata con una de oro,
de modo que la masa resultante adquiere nuevas cualidades sin que ninguna parte
de ella deje de estar formada por ambos metales; pero si la mezcla se funde
con aqua fortis, la plata se disuelve en el menstruo, y el oro en
forma de un polvo oscuro o negro se decanta hacia el fondo, de modo que cada
cuerpo vuelve a reducirse al metal que era previamente, lo que muestra que
retienen su naturaleza aunque previamente se hubieran mezclado con el
otro per minima. Así mismo, vemos que si se mezcla una parte de
plata con ocho o diez partes de plomo y después se expone la mezcla al fuego de
la copela[151], estas
se separan fácil y perfectamente. Y me gustaría que a este respecto usted
considerara que con los análisis químicos no se da únicamente una separación de
los ingredientes elementales de los cuerpos mixtos, sino que también se obtiene
mayor cantidad de un elemento o principio que de otros, algo que se observa en
la trementina y el ámbar, que producen mucha más cantidad de aceite y azufre
que de agua. Por su parte, el vino, que se suele tener por un cuerpo
perfectamente mixto, nos da muy poco espíritu inflamable o azufroso y no mucha
más tierra, pero sin embargo proporciona una gran cantidad de flema o agua, lo
que no podría ser si, como suponen los peripatéticos, cada minúscula partícula
fuera de la misma naturaleza que el todo y, en consecuencia, contuviera tanto
tierra y agua, como fuego y aire. Por esta razón, como objeta básicamente
Aristóteles, a menos que se esté de acuerdo con su opinión, no habría verdadera
y perfecta misción sino únicamente agregados de montoncillos
de corpúsculos contiguos que el ojo del hombre no podría distinguir, aunque sí
por cierto, los ojos de ese lince, capaces de percibir su naturaleza
heterogénea, entre sí y respecto al totum, como exige la naturaleza
de la misción. Para apoyar su objeción de que esto supone un gran
inconveniente, aunque yo no lo pueda tomar por tal, aporta tantos argumentos
como yo para probar lo contrario, a saber, para demostrar que la naturaleza
lleva a cabo otras mezclas distintas a las que yo he mencionado donde los miscibilia se
reducen a partes diminutas, tratándose de uniones que van más allá de lo que
los sentidos pueden captar. Si esto no le pareciera a usted suficiente para una
auténtica misción, cabría decir que seguramente Aristóteles mantuvo
tantos dimes y diretes con la propia Naturaleza como con sus adversarios. Así
—prosiguió Eleuterio— no podría sino maravillarme de que Carnéades pudiera
oponerse a la doctrina de los químicos que tan bien concuerda con su vieja
amante, la Naturaleza, como disiente de su viejo adversario, Aristóteles.
—No debo embarcarme en este momento —replicó Carnéades— en examinar
cumplidamente las controversias en torno a la misción. Si no
existiera una tercera vía y me viera reducido a abrazar de modo absoluto y sin
reservas, ya fuera la opinión de Aristóteles, ya las de los filósofos que le
precedieron, me volvería hacia estos últimos, cuyas opiniones han sido
adoptadas por los químicos como las más defendibles. Pero creo que puedo
permitirme tomar el camino de en medio, ya que difiero de ambas opiniones en lo
tocante a los elementos y estoy en disposición de ofrecerle una argumentación
que no está ni plenamente de acuerdo ni totalmente en desacuerdo con ninguna de
las mencionadas. Así pues, no afirmaré taxativamente que no puedan existir
casos en los que ciertos fenómenos de misción parezcan
inclinarse a favor de lo que los patrones de los químicos tomaron prestado de
los antiguos y únicamente me esforzaré en mostrarles que hay algunos casos que
nos despiertan dudas y que pudieran llevar a que mi segunda consideración
general pareciera poco cabal.
Le participaré ahora, Eleuterio, que no estoy plenamente satisfecho con
la doctrina que se le adscribe a Aristóteles en lo tocante a la misción,
especialmente, la que enseña que los cuatro elementos pueden ser separados de
nuevo del cuerpo mixto puesto que, si no continúan estando allí una vez
formado, no sería propiamente una separación sino una producción. Creo que los
antiguos filósofos que precedieron a Aristóteles y los químicos receptores de
sus opiniones hablan de este asunto de modo más inteligible, que no más
factible, que los peripatéticos. Pero pese a que hablen de un modo congruente
en cuanto a su creencia de que hay un cierto número de cuerpos primigenios que
concurren para generar todos aquellos cuerpos que llamamos mixtos y en cuya
destrucción se separan y se desprenden unos de los otros hasta quedar como
estaban antes, debo decir que yo, que rara vez he encontrado una opinión con la
que esté enteramente de acuerdo, debo confesar que me inclino a disentir tanto
de Aristóteles como de los viejos filósofos y los químicos respecto a la
naturaleza de la misción y, si ustedes me lo permiten, les
propondré mis ideas que deberían tomar no tanto como afirmaciones sino como
hipótesis. Les mostraré que no es improbable que en alguna ocasión las
sustancias mezcladas estén unidas de modo tan férreo que apenas se manifiestan
por medio de las operaciones con fuego que los químicos llevan a cabo
usualmente para analizarlas. En esos cuerpos los miscibilia retienen
su naturaleza y, gracias a los fuegos espagiristas, se pueden desenmarañar y
recuperar fácilmente, mientras que no suelen alterarse, ni ninguna parte de un
mismo ingrediente suele cambiar su estructura o asociarse con otras partes de
este o aquel miscible más rígido. —Con estas palabras Eleuterio obtuvo lo que
se había propuesto de Carnéades.
Considero pues que huelga mencionar a esos tipos de misción impropios
en los que se mezclan cuerpos homogéneos, como por ejemplo cuando
se mezcla agua con agua, o se mezclan dos vasos con el mismo tipo de vino, en
la misción a la que me referiré y a la que, por lo general, se
considera una unión per minima, o sea, de dos cuerpos con dos
denominaciones, como cuando se derriten arena y cenizas para hacer vidrio, o
antimonio y hierro para hacer régulo marcial, o vino, agua y azúcar, no se ve
tan claramente que las pequeñas partes de los miscibilia o
ingredientes retengan su naturaleza y continúen siendo discretos y distintos en
el compuesto. No negaré que en ciertas mezclas de algunos cuerpos estables se
pueden recobrar los ingredientes, pero no estoy en absoluto seguro de que pueda
hacerse en la mayoría de los casos, ni que esto se deduzca de los experimentos
químicos ni del auténtico concepto de misción. Para explicar
esto un poco más, adoptaré la premisa de que cuerpos que no son elementales y
que no se han resuelto en elementos o principios pueden mezclarse de forma
duradera, como sucede en el caso del régulo de antimonio derretido con hierro
que acabo de mencionar y en las monedas de oro que perduran a lo largo de los
siglos; la aleación de oro siempre tiene una cantidad mayor o menor —creo que
suele ser un doceavo— de plata, cobre o ambas. A continuación consideraré que
dado que no hay más que una materia universal de las cosas denominada por los
aristotélicos materia prima, sobre la que en todo caso no comparto
todas sus opiniones, sus porciones parecen diferir las unas de las otras, más o
menos, en ciertas cualidades y accidentes por cuya causa la sustancia corpórea
recibe su denominación y es llamada de esta u otra manera según el cuerpo del
que se trate, de modo que si se viera privada de esas cualidades, sin dejar de
ser un cuerpo, sí dejaría de ser ese cuerpo en particular, ya fuera este
planta, animal, verde, rojo, dulce o agrio. Creo que muy a menudo sucede que
las pequeñas partes de los cuerpos se aglutinan por contacto inmediato y se
asientan aunque, sin embargo, hay muy pocos cuerpos cuyas pequeñas partes
permanezcan unidas entre sí con una fuerza extraordinaria, sea cual sea la
causa de su unión. Mas resulta posible toparse con cuerpos de un tercer tipo
cuyas pequeñas partes tienen la aptitud de interponerse entre las partes de los
últimos y desunirlas, así como también aglutinarlas más firmemente con otras de
un cierto tipo, al punto de que no pueden ser separadas, ni con fuego ni con
otros instrumentos de análisis de los químicos. Tampoco negaré de modo rotundo
que pueda haber agregados de partículas en los que estas sean tan diminutas y
tengan una consistencia tan firme que, cuando se mezclan cuerpos con distintos
nombres formados por ese tipo de agregados estables, el cuerpo compuesto que
surge pueda ser muy diferente de cualquiera de sus ingredientes, puesto que
cada una de las pequeñas masas o agregados retuvieron su naturaleza, lo que las
habilitó para poder ser separadas de nuevo en su ser anterior como sucede, por
ejemplo, en el caso de la mezcla del oro y la plata. Cuando estos se mezclan
con agua fuerte en la debida proporción (los refinadores advierten de que no
sirve cualquier proporción), esta disuelve la plata y deja incólume al oro de modo
que, como pueden observar, es posible volver a recuperar ambos metales.
Pero hay otros agregados en los que las partículas se adhieren con menos
fuerza y son susceptibles de encontrarse con corpúsculos de otro grupo
dispuestos a unirse con ellas de un modo más estrecho de lo que estas lo hacían
entre sí. En tal caso, dos de esos corpúsculos que se combinan pierden la
forma, el tamaño, el movimiento u otro accidente por cuya causa están dotados
de una determinada cualidad o naturaleza de modo que dejan de pertenecer a la
denominación a la que antes pertenecían. Así, de esta unión puede emerger un
cuerpo único dotado de nuevas cualidades y cuyos corpúsculos no pueden ser
divididos de nuevo, ni por medio del fuego ni de cualquier otro proceso
conocido de análisis tal y como eran antes de unirse.
—Pero —dijo Eleuterio, tratando de contribuir a hacer el asunto más
inteligible con ejemplos concretos—. Si se disuelve cobre en agua fuerte [152] o
espíritu de nitro —no recuerdo ni qué usé ni en qué cantidad— al cristalizar la
disolución, se obtiene vitriolo[153], que una
vez descompuesto presenta diversas cualidades que no se hallan en ninguno de
sus ingredientes primitivos; aunque, por lo que parece, los espíritus nitrosos,
o al menos muchos de ellos, sí retienen su anterior naturaleza. Continuando con
los ensayos, destilé el espíritu de vitriolo [154] de
modo que cuando subieron los gases rojos acumulados, su color, su hedor
peculiar y su agrura manifestaron ser espíritus de nitro, mientras que la cal
que quedaba continuaba siendo cobre. Si se disuelve minio [155], que no
es otra cosa que plomo potenciado con fuego, en un buen espíritu de vinagre y
se cristaliza la solución, se obtendrá una sal dulce muy distinta a estos dos
ingredientes; la unión de algunas partes del menstruo con algunas de las del
metal resulta tan estrecha que el espíritu de vinagre parece quedar destruido
al perder los corpúsculos salinos parte de la acidez que otorga su nombre al
espíritu del vinagre. Las partes ácidas que se añadieron al minio no pueden
separarse de ningún modo conocido del c oncreto resultante de
la unión, saccharum saturni[156], el
cual, además de no presentar acidez, es de una dulzura admirable al gusto. Pero
no solo no hallé que el espíritu de vino [157], que
tendría que chiflar inmediatamente si fuera mezclado con espíritu fuerte de
vinagre [158],
chiflara al ser vertido sobre el saccharum saturni, donde la sal
ácida del vinagre parecía quedar concentrada, sino que al destilar elsaccharum
saturni[159],
aparecía un líquido penetrante que no era en absoluto ácido y que difería en
olor, sabor y otras cualidades con el espíritu de vinagre; e igual que antes
parecía haber unido algunas de sus partes firmemente al caput mortuum y
a causa de su naturaleza plúmbea difería mucho del minio en color, sabor, etc.
Esto me hizo pensar que, pese a que dos polvos, uno azul y otro amarillo,
pudieran formar una mezcla verdosa sin perder cada uno su propio color como así
he podido comprobar con un buen microscopio, si nos fijamos en el caso de la
mezcla de minio y sal amoniacal, se observa que cuando la exponemos en las
proporciones idóneas en un recipiente al fuego, la masa se vuelve blanca y los
corpúsculos rojos se destruyen, ya que el plomo calcinado se puede separar de
la sal aunque no en forma de polvo rojo que tenía cuando era minio. Dejo
también a su consideración si en la sangre y otros cuerpos pudiera ser que cada
uno de los corpúsculos que concurren en su formación retengan —sin contar los
casos en los que efectivamente así ocurre— su naturaleza de manera que los
químicos puedan separar los de una determinada clase del resto.
Sé que hay una distinción entre la materia inmanente, cuando las partes
materiales permanecen y retienen su propia naturaleza en las cosas que se
materializan, como dirían algunos escolásticos —en ese sentido, las piedras, la
madera y la cal son la materia de una casa—, y la materia trascendente, en la
que la cosa materializada queda tan alterada que recibe una forma nueva sin
poder readmitir nunca más la antigua. A este respecto, los afectos a esta
distinción dicen que el quilo es la materia de la sangre, y la sangre, la del
cuerpo humano de cuyas partes se presume es el alimento. También sé que se
afirma que algunos principios materiales son comunes a todos los cuerpos
mixtos, como en el caso de Aristóteles lo serían los elementos o en el de los
químicos los tria prima, y que otros son peculiares en la medida en
que pertenecen a tal o cual cuerpo; igual que se dice que la mantequilla y un
cierto tipo de suero son los principios característicos de una crema. No
disiento de que tales distinciones puedan resultar provechosas, pero en parte
por lo que acabo de decir y, en parte, por lo que voy a decir, sin mucho
esfuerzo podrán ustedes hacerse una composición de en qué sentido los admito y
de qué modo pudieran ilustrar algunas de mis opiniones o al menos no servir
para desmantelarlas por completo.
Para proseguir con lo que estaba diciendo, añadiré que puesto que el
mayor crédito de los químicos que se hacen llamar filósofos procede de su
piedra [160], puedo
explicarles que al mezclar oro común y plomo, el plomo puede ser separado
nuevamente del oro sin que sufra apenas ninguna alteración; pero si en lugar de
oro, mezclamos con el plomo una insignificancia de elixir rojo [161], su
unión será tan indisoluble en el oro perfecto [162] que
no hay manera conocida de separar el elixir difuso del plomo fijado y ambos
constituyen un cuerpo de lo más estable. Mientras que el saturno parece haber
perdido prácticamente todas sus propiedades y haberse transmutado más que unido
al elixir. Así parece que no siempre se cumple que los cuerpos que se ponen
juntos per minima retengan siempre cada uno su naturaleza como
cuando la masa, al ser disipada por el fuego, está más dispuesta a reaparecer
en su forma prístina que en una nueva causada por una asociación más estrecha
de sus partes con otros ingredientes del compuesto.
Si no admiten las hipótesis que he propuesto, al menos en los casos que
he expuesto, y objetaran que no se da una unión sino una destrucción de cuerpos
mezclados, en cuyo caso podría decirse que no se da misción en
absoluto, respondería que pese a que las sustancias que se han mezclado
permanecen, solo quedan destruidos sus accidentes y, por tanto, sin faltar a
una mínima coherencia podemos llamarlos miscibilia, ya que son
cuerpos distintos antes de que los pongamos juntos aunque después se confundan
de tal modo que deba llamarlos concreciones o cuerpos resultantes mejor que
cuerpos mixtos. Y a pesar de que tal vez se pueda ofrecer un escrutinio
distinto y mejor que nos permitiera continuar usando el término misción,
si lo que he dicho da razón suficiente, no porfiaré por la terminología puesto
que creo que es mejor alterar una palabra de una disciplina que rechazar una
nueva verdad porque no se adecua a él.
Si se objetara que esta idea mía de la misción puede
resultar aceptable en lo tocante a los cuerpos ya compuestos que se juntan con
otros, pero no es aplicable a los que están hechos más que de puros elementos o
los principios mismos, respondería en primer lugar que considero aquí la
naturaleza de la misción de modo algo más general que los
químicos; quienes en todo caso no pueden negar que en ocasiones hay algunas
mezclas, y a menudo muy duraderas, que están hechas de cuerpos que no son
elementales. En segundo lugar, que parece bastante probable que en esas mezclas
que están hechas directamente con esos cuerpos llamados elementos o principios,
los ingredientes mezclados son susceptibles de retener su naturaleza mejor que
aquellas mezclas de cuerpos ya compuestos. Además, si puede dudarse de la
existencia de alguno de esos cuerpos primarios, no veo por qué no podría
aplicarse algunas veces a la Sal, el Azufre o el Mercurio la razón que he
alegado de la destructibilidad de los ingredientes de los cuerpos en general. Y
si tienen la bondad de recordar el propósito para el que deseaba hablar de
la misción en ese punto, podrán ustedes tal vez permitir que
lo que he argumentado traiga luz en lo tocante a su naturaleza general, más
cuando tenga oportunidad de compartirles íntegramente mis pensamientos en esta
materia, y sea de utilidad en la parte siguiente de mi disertación.
Volviendo la vista atrás, hacia el momento del discurso en el que
la misción nos entretuvo tanto, cuando estábamos observando
que una planta nutrida solo con agua se reducía en diversas sustancias y que la
naturaleza no hacía siempre necesario que determinados cuerpos se formaran de
los compuestos que después surgen cuando se analizan por medio del fuego, pues
bien, en esos experimentos todavía hay más de lo que hablar. De ellos puede
deducirse algo que subvierte otro fundamento de la doctrina química. Como hemos
visto, de simple agua se puede producir espíritu, aceite, sal y tierra, y de
ahí se sigue que la sal y el azufre no son cuerpos primigenios o principios, ya
que todos los días los está fabricando el agua simple en virtud de la
estructura que el principio seminal de las plantas inscribe en ella. Esto tal
vez no resultaría tan extraño si, como acostumbran, el orgullo o la negligencia
no nos llevaran a pasar por alto los trabajos más evidentes y habituales de la
naturaleza. Ya que si consideramos qué cualidades tan insignificantes son las
que nos inducen a considerar como tal a alguno de los tria prima,
encontraremos que con frecuencia la naturaleza se toma gran trabajo de hacer
diversas alteraciones en ciertas partes de materia como así lo atestigua el
hecho de que para que un cuerpo sea soluble en agua le es suficiente con
convertirlo en una sal. Tampoco veo por qué tendría que resultarle más difícil
a la naturaleza, a partir de una porción de agua, hacer un cuerpo soluble de
uno que antes no lo era, gracias a una nueva y azarosa disposición de las
partículas que lo componen, que a la gallina empolladora producir de la clara
de un huevo que se mezcla muy fácilmente con el agua, plumas, tendones y otras
partes que no son solubles en ella, gracias a su mero calor. Tampoco le resulta
penoso a la naturaleza alojar en ese cuerpo tan obediente que es el agua la
dureza o la fragilidad de la sal, ni le supone demasiado esfuerzo hacer los
huesos de un pollo de los suaves líquidos del huevo.
Pero en lugar de proseguir con estas reflexiones que tan fácilmente me
salen al paso, seguiré adelante con mi discurso tan pronto como les haya
señalado una objeción que acecha en mi camino; porque adivino que se me
reprochará que todos los ejemplos están tomados de plantas y animales en los
que la materia está modelada por la plasticidad de las semillas o alguna cosa
análoga. Ante eso, en este momento responderé algo muy sencillo: ya sea un
principio seminal o cualquier otro el que modele la materia de diversas
maneras, es evidente que sea a través de un principio plástico, de este unido
al calor, o merced a cualquier otra causa capaz de condicionar la materia,
resulta posible que se produzca nueva materia en dichos cuerpos. Y únicamente
me hallo contendiendo aquí por la causa de esa posibilidad.
Tercera parte
—Presumo, Eleuterio, que todo lo expuesto hasta el momento le habrá
mostrado que cualquier persona avisada bien podría poner en duda la verdad de
aquello que químicos y peripatéticos dan por sentado sin haberlo demostrado, y
de lo que depende la validez de las inferencias que realizan de sus
experimentos. Una vez cumplido esto, encaro la parte más importante y también
la más difícil de mi tarea, a saber, examinar los experimentos con los que los
químicos han logrado el triunfo y la gloria. Y estimo que merecerán un examen
detallado porque quienes los reivindican, lo han hecho con tal seguridad y
ostentación que hasta la fecha han conseguido imponer sus opiniones a casi todo
el mundo, incluyendo a los filósofos y a los médicos que leen sus libros o les
prestan oídos. Ciertos hombres doctos prefieren contentarse con sus audaces
afirmaciones que llenarse de tribulaciones cavilando en torno a si son o no
ciertas. Otros que han tenido la curiosidad suficiente como para examinar la
verdad de tales asertos solo buscan la oportunidad y los medios para realizar
sus deseos. Y la mayoría, incluso entre los hombres letrados, al ver que los
químicos, como si no les bastase con los escolásticos para divertir al mundo
con palabras vacías, se dedican a hacer cosas extrañas, entre ellas, a resolver
los cuerpos compuestos en diversas sustancias desconocidas para los filósofos
precedentes. Los hombres, como digo, al contemplar tales cosas y al escuchar a
los químicos afirmar con ese aplomo que las sustancias que obtienen de los cuerpos
por medio del fuego son los auténticos elementos o, como ellos dicen, sus
principios hipostáticos, no pueden por menos que pensar, de acuerdo con su
modestia natural y a las reglas de la lógica, que las credenciales de estos
consumados artesanos en lo que a su arte se refiere deben estar justificadas y,
especialmente, desde el momento en que no son los únicos capaces de fabricar
las cosas que se arrogan el derecho de explicar a otros, puesto que también hay
más personas capaces de hacerlas.
Pero los químicos son capaces de provocar regocijo, de divertir e
incluso embrujar con algunas de las cosas de las que hemos ido mencionando
incluso a hombres doctos como usted y como yo; pero dado que nosotros no somos
nuevos en la plaza, no deberemos acostumbrarnos a hacer afirmaciones audaces ni
a adoptar nombres imponentes, como tampoco dejarnos obnubilar por luz que
tendría que asistirnos en la tarea de discernir con mayor claridad. Una cosa es
ser capaz de ayudar a la naturaleza a fabricar cosas y otra entender la
naturaleza de lo fabricado. Vemos cada día que muchas personas son capaces de
engendrar niños, pero ignoran el número y la naturaleza de las partes
constituyentes de los bebés, más todavía de las que se hallan en su interior.
No albergo ninguna duda de que me excusarán si muestro mi agradecimiento a los
químicos por las cosas que sus análisis me han revelado y me tomo la libertad
de considerar cuántas y cuáles son sin quedarme asombrado ante ellos; como si
quienquiera que sea que posea habilidades suficientes para mostrar a los
hombres nuevas cosas de su propia actividad, tuviera el derecho de hacerles
creer cualquier cosa que a ese respecto tuviera a bien decirles.
En consecuencia, en lo que sigue procederé con mi tercera consideración
general que reza así: no parece que sea precisa y universalmente tres el
número de las distintas sustancias o elementos en los que se descomponen los
cuerpos mixtos por medio del fuego; quiero decir con esto que los químicos no
han demostrado que cada uno de los cuerpos que dan por sentado son
perfectamente mixtos sean divisibles a través de sus análisis químicos
exactamente en tres sustancias, ni más ni menos, y que ellos suelen considerar
elementales o que tienen la reputación de serlo. Con esta última apreciación
busco prevenir la posible objeción de que algunas sustancias que luego tendré
ocasión de mencionar no son perfectamente homogéneas y, por tanto, no merecen
el nombre de principios. De este modo pasaré ahora a considerar en cuántas
sustancias distintas que puedan pasar plausiblemente por ingredientes
elementales se descompone un cuerpo mixto si es analizado por medio del fuego;
aunque el escrutinio sobre si alguna de ellas es o no compuesta me lo reservaré
para el momento en que alcancemos la siguiente consideración general, donde
espero poder demostrar que las sustancias que los químicos afirman ser los
principios componentes de los cuerpos no suelen ser simples.
Hay dos clases de argumentos que pueden contribuir a que mi tercera
consideración sea vista como algo probable: unos de naturaleza más especulativa
y otros derivados de la experiencia. Comenzaremos pues con los primeros.
—Si usted no tiene reparos, me atrevería a afirmar que, en su caso, el
dicho «los hombres de ingenio tienen mala memoria» resulta sensato y apropiado
—interrumpió Eleuterio exhibiendo una sonrisa contenida cuando Carnéades iba
proseguir—. No debe olvidar que se halla en el capítulo de las consideraciones
especulativas referidas al número de elementos sobre las cuales, no ha mucho,
usted nos ha expuesto algunas reflexiones a favor de la doctrina de los
químicos, lo que sin menoscabo a su persona considero bastante incómodo de
sostener incluso para alguien como Carnéades.
—No he olvidado las concesiones que hice y espero que usted tampoco haya
olvidado las cautelas con las que fueron hechas cuando todavía no había asumido
el papel que ahora represento [163]. No
obstante le satisfaré, puesto que en el curso de mi disertación sobre la
tercera consideración podrá comprobar que no olvido las cosas que gusta usted
de recordarme.
Para hablar de acuerdo con esos principios de los que ya he hecho uso
diré que si es sensato presuponer, como antes he hecho, que los elementos
consisten primordialmente en ciertas coaliciones muy pequeñas de partículas de
materia diminutas que se unen en numerosos corpúsculos muy semejantes los unos
a los otros, de modo que esos agregados no puedan ser más de tres o cinco, es
necesario suponer en consecuencia que cada uno de los cuerpos compuestos que
estamos examinando deberían presentar tres clases de tales coaliciones
primitivas.
Si de acuerdo a esta idea aceptamos la posibilidad de que exista un
número apreciable de elementos distintos, añadiré que parece muy plausible que
en la constitución de una sola clase de cuerpo mixto sean suficientes dos
clases de cuerpos elementales, como he explicado antes para el caso del vidrio,
y que otros tipos de cuerpos puedan estar compuestos de tres elementos, otros
de cuatro, otros de cinco y otros quizá de muchos más. De modo que, de acuerdo
con esta idea, puede no existir un número determinado, como el que se asigna a
los elementos, para todas las clases de cuerpos compuestos, así como resultar
muy probable que algunos compuestos consistan en menos y algunos en más
elementos. De acuerdo con esos principios, tampoco es imposible que puedan existir
dos clases de cuerpos mixtos y que los de una clase no consten de ningún
elemento igual al de los que forman la otra, como ocurre a menudo cuando vemos
dos palabras y ninguna contiene una sola letra que se repita en la otra, o como
sucede con los diversos electuarios[164] con
los que nos topamos, en los que, si exceptuamos el azúcar, no hay un solo
ingrediente común. No debatiré aquí si es posible que exista una multitud de
esos corpúsculos que en razón de ser primarios y simples puedan ser llamados
elementales y que, cuando distintas clases de ellos se reúnen para componer
algún cuerpo, continúan siendo libres sin permanecer ligados y enmarañados con
corpúsculos primarios de otra clase, permaneciendo en disposición de ser
doblegados y modelados por principios seminales o por el poderoso agente
transmutador que los hace estar tan conectados entre sí o que los une con las
partes de algún cuerpo, de modo que pueden formar un cuerpo compuesto cuyos
ingredientes sean susceptibles de descomponerse en más elementos de los que los
químicos han reparado hasta ahora.
A lo dicho agregaré que si tenemos en cuenta lo que ya he mencionado
sobre la estabilidad del oro y la plata, hasta los corpúsculos que no son de
naturaleza elemental sino compuesta pueden presentar una estructura tan
duradera que no puede ser desintegrada por el análisis ordinario que los
químicos hacen por medio del fuego. Así no es imposible que, incluso aunque
haya nada más que tres elementos, pueda haber un gran número de cuerpos que los
modos habituales de escrutinio son incapaces de descubrir que no se trata de
cuerpos elementales.
Pero tras haber conjeturado sobre el número de elementos, ha llegado el
momento de considerar, no cuántos posibles elementos puede usar la naturaleza
para componer los cuerpos mixtos, sino cuántos usa de facto, al menos en lo que
nos informan los experimentos de los químicos. Así, ahora afirmo que para mí no
se sigue con suficiente claridad de esos experimentos que haya una cantidad
exacta de elementos que se hallen siempre en todos los tipos de cuerpos que se
denominan perfectamente mixtos.
Como prueba más evidente de la proposición anterior, en primer lugar
alegaré que existen diversos cuerpos que resulta imposible ver divididos en las
tres sustancias elementales merced al fuego. Como le he mencionado con
anterioridad a Filopono, me solazaría grandemente ver cómo alguien separa ese
noble y fijo metal que es el oro en Sal, Azufre y Mercurio. Si lo lograra, por
supuesto correría con los gastos de semejante experimento encantado, pero en
caso de que fallara, le confiscaría el oro. Tras haberlo intentado yo mismo, no
me atrevo a negar rotundamente que se pueda extraer del oro cierta sustancia
que no puedo impedir que los químicos denominen su tintura o azufre y que deja
al cuerpo despojado de su acostumbrado color. Tampoco estoy seguro de que no
pueda extraerse de él auténtico Mercurio rodante. Pero respecto a la sal del
oro, nunca he podido verla ni dar por bueno el relato de ningún testigo fiable
diciendo que haya sido capaz de separar tal cosa in rerum natura[165]. Lo que
es más, los procesos que prometen tal efecto requieren materiales tan preciosos
y costosos para forjarlo que no merece la pena desperdiciarlos en aventuras tan
infundadas y de las que no solo es incierto el resultado, sino la mera
posibilidad de su demostración. Aunque lo que me disuade de tales ensayos no es
lo gravoso sino lo insatisfactorio, puesto que para la extracción de esta sal
del oro los químicos prescriben procesos efectuados por medio de menstruos
corrosivos o la intervención de otros cuerpos salinos, y cualquier persona
cautelosa dudaría de si, en caso de que efectivamente emergiera sal, lo hiciera
del propio oro y no de los otros cuerpos salinos y espíritus que fueron usados
en el preparado; los disfraces de los metales a menudo se imponen sobre sus
sastres. Del mismo modo, vería de muy buena gana cómo se separan los tres
principios de la clase más pura de arena virgen, de la osteocalla [166], de la
plata refinada, del mercurio libre de su azufre ocasional o del talco de
Venecia, que en virtud de una larga detención por una reverberación [167] extrema
no puede sino dividirse en partículas más pequeñas, que no en los principios
constituyentes. De hecho, cuando lo he mantenido, no sé por cuánto tiempo en
una carquesa, salía con la misma forma que tenían previamente los terrones,
pero con una coloración muy alterada parecida a la de la amatista; y lo mismo
sucede con muchos otros cuerpos que no resulta necesario enumerar. Si bien no
negaré taxativamente que sea posible analizar esos cuerpos en sus tria
prima, pese a que ni mis propios experimentos ni ningún testimonio
competente me haya enseñado hasta la fecha cómo pueda ser realizado tal
análisis o me haya convencido de que efectivamente alguien lo haya realizado.
Debo pues abstenerme de creerlo hasta que los químicos lo demuestren o nos
ofrezcan un proceso inteligible y susceptible de ser puesto en práctica para
conseguirlo. Mientras gusten de esa oscuridad enigmática con la que acostumbran
a desconcertar a los lectores sobre los procesos que divulgan en lo relativo a
la preparación del oro o del mercurio, dejarán descontentos a los espíritus
cautelosos con independencia de que las distintas sustancias que prometen
producir sean los auténticos principios hipostáticos o únicamente mezclas de
los cuerpos divididos con aquellos que se emplearon en las operaciones, como
así sucede en los aparentes cristales de plata y de mercurio, que de modo
irreflexivo califican como sales de esos metales y, sin embargo, no son otra
cosa que mezclas de los cuerpos metálicos con las partes salinas del agua
fuerte u otros líquidos corrosivos; lo que resulta evidente merced a que se
pueden volver a reducir a plata o a mercurio de nuevo.
—Debo confesar —dijo Eleuterio— que si bien los químicos afirman ser
capaces de separar los tria prima de vegetales y animales
sobre fundamentos probables, a menudo me admiro de que muestren tanta seguridad
en su pretendida capacidad de descomponer todos los minerales metálicos y de
otras clases en Sal, Mercurio y Azufre. Es un dicho proverbial de los químicos
que se cuentan entre los filósofos, en especial de nuestro famoso compatriota
Roger Bacon, que « facilibus est aurum facere, quam destruere[168]».
Comparto su sospecha de que el oro no es el único mineral que los químicos
tratan de separar en vano en sus tres principios. De hecho, el sabio Sennertus,
incluso en aquel libro donde no adopta el papel de abogado de los químicos,
sino que arbitra entre ellos y los peripatéticos, se expresa así de
categóricamente: « Salem omnibus inesse (mixtis scilicet) et ex iis
fieri posse omnibus in resolutionibus chymicis versatis notissimum est[169]». Y en
la página siguiente dice: « Quod de sale dixit, idem de sulphurre dici
potest». Aunque yo exijo ver pruebas antes de creer en esas afirmaciones
generales, no importa lo atrevidas que estas sean, y si Sennertus desea
convencerme de su verdad, primero debería mostrarme algún modo efectivo y con
posibilidad cierta de ser puesto en práctica de separar la Sal del Azufre de la
plata, el oro y el resto de piedras que un fuego impetuoso ni siquiera lleva a
la calcinación sino solo a la fusión. Y no soy el único en no haber visto tales
cuerpos descomponerse así, tampoco Helmont, mucho más versado que yo o que
Sennertus en el escrutinio químico de los cuerpos, quien en algún lugar ha
dejado escrito este pasaje tan resolutivo: « Scio es arena, silicibus
et saxis, non calcariis, numquam sulphur aut mercurium trahi posse[170] ».
Más, el propio Quercetanus, el gran rigorista de los tria prima,
hace esta confesión sobre la irresolubilidad de los diamantes: « Adamas
omnium factus lapidum solidissimus ac durissimus ex arctissima videlicet trium
principiorum unione ac cohaerentia, quae nulla arte separationis in solutionem
principiorum suorum spiritualium disjungi potest [171]». Y no
solo me alegró, sino que en alguna medida me sorprendió encontrarme con que
usted se inclinaba a admitir que se pueden extraer Mercurio y Azufre del oro; a
menos que, como así lo sugiere su modo de expresarse, entendamos la palabra
azufre de modo laxo, no tengo más remedio que dudar de que los químicos sean
capaces de separar Azufre del oro. Cuando le vi realizar el experimento que ha
mencionado, no me pareció que esa tintura dorada fuera el verdadero principio
del Azufre extraído del cuerpo, sino un agregado de las partes más vivamente
coloreadas de este al que los químicos llamarían azufre incombustibile y
que, en román paladino, no parece ser otra cosa que Azufre o ausencia de
Azufre.
Los mercurios metálicos no me han provocado tanto asombro porque ha
hablado usted de ellos de modo mucho más riguroso. Recuerdo cierta ocasión en
la que me encontré con un gran virtuoso de reputada honestidad que había
trabajado muchos años, y continúa haciéndolo, como químico en la corte de un
monarca, que me animó a preguntarle si, efectivamente, alguna vez había
conseguido extraer auténtico mercurio rodante de los metales, a lo que me
respondió con llaneza que jamás había separado auténtico mercurio de ningún
metal y que jamás se lo había visto hacer a ningún otro hombre. Y aunque el oro
sea el metal con el que los químicos se han esforzado más para extraerle su
mercurio, jactándose en igual medida de haberlo conseguido, el experimentado
Angelus Sala, en su relato de rúbrica espagirista sobre los siete planetas
terrestres [172] —cada
uno adscrito a un metal— nos ofrece este testimonio memorable: « Quanquam
etc. experientia tamen (quam stultorum Magistrum vocamus) certe Comprobavit,
Mercurium auri adeo fixum, maturum, et arcte cum reliquis ejusdem corporis
substantiis conjungi, ut nullo modo retrogredi possit[173] ».
A lo que añade que él mismo ha invertido mucho tiempo en tales designios sin
poder nunca producir mercurio de ese modo, por lo que no me resulta nada
difícil creer lo que relata a continuación respecto a los numerosos trucos e
imposturas de los alquimistas tramposos. La mayoría de quienes sienten apego
por esos charlatanes, siendo torpes y crédulos, o ambas cosas, son muy fáciles
de embaucar por aquellos que tienen alguna destreza, y más fuerza y audacia que
conciencia. Por ello, por mucho que muchos alquimistas profesos y algunas otras
personas cualificadas me hayan dicho que han extraído o visto extraer mercurio
del oro u otros metales, yo continúo temiéndome que tienen por designio
embaucar a otros o que carecen de la necesaria competencia y circunspección
como para no ser engañados.
—Me trae usted a las mientes —dijo Carnéades— cierto experimento que
ideé de modo inocente con el fin de engañar a algunas personas y hacerles ver
lo poco que puede erigirse sobre las afirmaciones de esos torpes e incautos que
aseguran haber visto a los alquimistas hacer mercurio de tal o cual metal. Para
ponerles en evidencia, realicé como digo un experimento de lo más
insignificante, breve y sencillo, por supuesto mucho más que los habituales
procedimientos que usan los químicos para extraer sus mercurios metálicos, que
son tan elaborados e intrincados, y demoran tanto, que dan pie a cualquier
posible fraude y se hacen muy irritantes a los ojos de los espectadores. Por
ello me esforcé en que mi experimento tuviera la apariencia de un auténtico
análisis en el que se pretendía no solo extraer mercurio del metal, sino
obtener una gran cantidad de azufre inflamable. Tomé pues limaduras de cobre,
alrededor de una dracma [174] o
dos, la misma cantidad de sublimado común en polvo y más o menos la misma
cantidad de sal amoniacal, los mezclé bien y los puse en un vial de cuello
largo o, en lo que encuentro mucho más apropiado, un orinal de vidrio, al que
taponé con algodón para evitar que emanaran los vapores nocivos. Después lo
acerqué a un fuego alimentado con carbones —que en apariencia es mejor pero,
sin embargo, es peligroso para el vidrio—, aunque también se puede colocar
sobre la llama de una vela y después de un rato, poco más o menos un cuarto de
hora, o por ventura en la mitad de ese tiempo, se percibía en el fondo del vial
algo de mercurio rodante. Si se retiraba el recipiente y se rompía, se hallaba
una cierta cantidad de mercurio, tal vez en forma compacta, o quizá en partes
ubicadas en los poros de la masa sólida que se había formado. Era también
posible advertir que, al aproximar de nuevo el aglomerado que quedaba a la
llama de una vela, ardía rápidamente con una flama verdosa y, tras unos
instantes, formaba una exhalación verde que se desvanecía en el aire; el verde
es el color que se adscribe al cobre cuando se abre y por eso resulta sencillo
persuadir a las personas de que están ante el auténtico azufre de Venus [175], además
de que las sales se habían volatilizado o se habían sublimado en la parte
superior del recipiente de vidrio que adquiría una coloración blanquecina y
porque el cobre, bastante destruido, perdía su forma metálica y presentaba una
apariencia de pasta resinosa. Lo que ocurre en realidad es sencillamente que la
sal amoniacal y las partes salinas del sublimado, excitadas por el fuego, se
posan sobre el cobre, un metal que pueden corroer con mucha más facilidad que
la plata, de modo que las pequeñas partes de mercurio liberadas de las partes
salinas que lo mantienen ligado, revueltas a causa del fuego que las hace
moverse de aquí para allá, concurren para formar una masa líquida; mientras que
las sales que no se han sublimado, al caer sobre el cobre, lo corroen y se unen
a él alterándolo, desposeyéndolo de su forma metálica y haciendo de él un nuevo
tipo de concreto inflamable como el azufre a propósito del
cual no diré nada y únicamente les referiré las precisas observaciones
relativas a esa rara clase de verdigris [176] realizadas
por el Sr. Boyle. Aunque, ¿saben ustedes? —prosiguió Carneádes sonriendo— no me
hicieron con trazas de charlatán y por ello me apuraré en reanudar mi discurso
donde lo abandoné antes de que me distrajeran [177].
En siguiente lugar consideraré que, aunque hay muchos cuerpos que nos
procuran tres principios, existen muchos otros cuya descomposición da como
resultado más de tres y, por lo tanto, la tríada no es la cifra adecuada ni
universal de principios de los cuerpos. Si volvemos a la exposición que recién
les he ofrecido relativa a la asociación de las pequeñas partículas de materia,
no les resultará tan improbable que tales corpúsculos elementales sean de más
clases que tres, cuatro o cinco. Y si ustedes aseguran —lo que no podrá ser
negado con facilidad— que los corpúsculos de naturaleza compuesta pudieran
pasar por corpúsculos de naturaleza elemental en muchos de los experimentos
habituales de los químicos, no veo por qué debiera parecerles imposible que el
agua fuerte o el agua regia pudiera hacer la separación de la plata amalgamada
con oro que el fuego es incapaz de lograr. Así deberíamos averiguar qué agente
tan sutil y poderoso, al menos en lo que respecta a esos corpúsculos compuestos
en concreto, es capaz de descomponerlos en aquellos más simples de los que
están formados y, en consecuencia, de lograr un incremento en el número de
sustancias susceptibles de ser descompuestas de un cuerpo mixto. De ser cierto
todo lo que les he relatado respecto a las operaciones de Helmont con el
alcahesto que divide los cuerpos en distintas sustancias lo mismo que hace el
fuego, tanto en número como en naturaleza, mis conjeturas se verán con buenos
ojos. Pero ciñéndonos a los modos de analizar los cuerpos que ya no son desconocidos
para los químicos, podríamos cuestionarnos si además de esos elementos más
gruesos de los cuerpos, que denominan Sal, Mercurio y Azufre, no podrían
existir otros ingredientes de naturaleza más sutil, que al ser extremadamente
pequeños y no visibles podrían escapar a la atención de los químicos ocultos
entre las junturas de los recipientes de destilación que nunca están lo
suficientemente bien sellados. Permítanme hacerles reparar en una noción que
resulta útil para un naturalista en diversas circunstancias. Podemos sospechar
que hay muchas clases de cuerpos que no se muestran directamente a nuestros
sentidos como, por ejemplo, esos pequeños corpúsculos que emite la piedra imán
y obran las maravillas por las que es tan admirada [178], o el
efluvio del ámbar, el azabache u otros concretos eléctricos,
bajo cuyos efectos sobre otros cuerpos específicamente preparados para recibir
su acción parecen adquirir conciencia de que los observamos, aunque no afectan
directamente a ninguno de nuestros sentidos como lo hacen cuerpos, pequeños o grandes,
que vemos, tocamos y paladeamos. Pero dado que ustedes esperan que, como los
químicos, únicamente debería tomar en consideración los ingredientes sensibles
de los cuerpos mixtos, veamos lo que las experiencia tenga que sugerirnos a
propósito de ellos.
No cabe duda de que de las uvas procesadas en modos diversos pueden
extraerse por medio del fuego mayor número de sustancias distintas que de
cualquier otro cuerpo mixto, puesto que si las uvas se dejan secar sin más y
las pasas luego se destilan, además de álcali, flema y tierra, producen una
cantidad considerable de aceite empireumático [179] y
espíritus de naturaleza muy diversa a la del espíritu de vino. El zumo de las
uvas, tras ser fermentado, produce spiritus ardens, que si se
rectifica con competencia, puede arder por completo sin dejar ningún residuo.
El mismo zumo fermentado degenerado en vinagre produce un ácido y un espíritu
corrosivo. El mismo zumo almacenado en toneles se provee a sí mismo con
tártaro, del que es posible separar, como sucede con otros cuerpos, flema,
espíritu, aceite, sal y tierra sin contar las sustancias que pueden separarse
del propio vino y que probablemente son diferentes de aquellas que se separan
del tártaro, que es un cuerpo en sí mismo, al que se asemejan pocos cuerpos del
mundo. Con este ejemplo considero se verán forzados a admitir que hay algunos
cuerpos que producen más elementos que otros y que a duras penas puede negarse
que la mayoría de los cuerpos producen más de tres elementos. Además de los que
los químicos gustan en llamar hipostáticos, los cuerpos contienen dos elementos
más, flema y tierra, que concurren tanto como los otros en la constitución de
las mezclas y por lo general aparecen al realizar el análisis, incluso junto a
otros más, y no veo razón suficiente para excluirlos del número de elementos.
Tampoco parece bastar la objeción de que los tria prima son
los elementos más útiles y que la tierra y el agua, como dicen los
paracelsianos, carecen de valor y son inactivos, ya que los elementos deberían
denominarse así en virtud de ser ingredientes y no por sus usos; respecto a la
pretendida inutilidad del agua y la tierra o el deseo de ella, deberíamos
considerarla con relación a nosotros y, por lo tanto, su ausencia o presencia
no altera la naturaleza intrínseca de la cosa. Los dañinos colmillos de la
víbora no sé para qué puedan servirnos, pero no por ello se les deja de
considerar partes de su cuerpo, como tampoco parecen de gran utilidad la tierra
y la sal de los astros apenas discernibles que nuestros telescopios nos
descubren en numerosas pálidas regiones del firmamento, y no por ello dejamos de
pensar que constituyen parte del universo. Con independencia de que la tierra y
la flema nos sean o no inmediatamente útiles, son necesarias para formar el
cuerpo del que se separan y, en consecuencia, si el cuerpo no nos resulta
inútil, los ingredientes con los que se forma tampoco. Aunque la tierra y el
agua no sean tan llamativamente operativos tras el análisis como los otros tres
principios, más activos, no resultará vano recordar la afortunada fábula de
Agripa Menenio Lanato sobre la peligrosa sedición de los brazos, las piernas y
otras inquietas partes del cuerpo contra el estómago. «Y si la oreja dijera:
“Como no soy ojo, no soy del cuerpo” ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo?
Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿con qué oiríamos? Y si todo el cuerpo fuera oído,
¿con qué oleríamos?» [180]. En una
palabra, desde el momento en que aparecen agua y tierra de forma igualmente
manifiesta y clara como ingredientes junto a los otros principios en la
descomposición de los cuerpos, si son útiles para los cuerpos de los que son
parte constituyente, aunque no tal vez de modo inmediato para nosotros o para
los médicos, también lo serán para nosotros aunque sea de una manera remota;
excluirlos, por tanto, del número de los elementos, significa no imitar a la
naturaleza.
El gran argumento que acostumbran a esgrimir los químicos para envilecer
a la tierra y al agua y hacerlos aparecer como inútiles y carentes de valor,
para no computarlos entre los principios de los cuerpos mixtos, es que no están
dotados de propiedades específicas y solo poseen cualidades elementales de las
que suelen hablar despectivamente como de cualidades contemplativas e
inactivas. Pues bien, no veo razón para esta actitud de los químicos, dado que
es algo comúnmente reconocido que el fuego es una cualidad elemental, que
innumerables asociaciones de cosas se logran por su mediación y que resulta
evidente que es el actor principal en muchos fenómenos en los que
interviene [181]; una
verdad de la que los químicos tendrían que ser los últimos en desconfiar,
puesto que casi todas las operaciones y producciones de su arte se logran
principalmente gracias a él. Si atendemos al frío, en cuyo nombre también
suelen despreciar al agua y a la tierra, si hicieran el favor de leer los
relatos de los viajes de nuestros navegantes ingleses y holandeses por Nova
Zembla[182] y
otras regiones norteñas sobre las cosas estupendas que provoca el frío, no lo
despreciarían tanto. Por no repetir lo que ya he mencionado a propósito del
propio Paracelso, quien ayudándose de un frío intenso nos enseña cómo separar
la quintaesencia del vino. Únicamente les haré notar que la conservación de la
estructura de muchos cuerpos inanimados y animados depende en mucha medida del
ambiente donde se hallen: aire, agua, etc.; podemos ver que una cantidad
inmoderada de frío en el aire, y más cuando los cuerpos están sobrecalentados,
normalmente desbarata la eficiencia, no solo de los cuerpos humanos, a los que
acarrea muchas enfermedades, sino también, por ejemplo, del hierro, tan sólido
y estable, del que cabría esperar que el frío no lo alterara en demasía. Pues
bien, lo altera tanto que, si se toma un filamento u otro trozo delgado de
acero recién sacado del fuego blanco y se pone a enfriar lentamente al aire,
cuando está frío vuelve a tener la misma dureza de antes, pero si al apartarlo
del fuego se lo introduce en agua fría, el súbito enfriamiento hace que
adquiera una dureza mucho mayor, lo que es más, se volverá manifiestamente
quebradizo. Pero este efecto no le puede ser imputado a ninguna cualidad
peculiar del agua o de otro líquido o materia untuosa donde quiera que haya de
ser sumergido para atemperarlo; conozco a un tratante muy ingenioso que muchas
veces endurece el acero enfriándolo en un cuerpo que ni es líquido ni presenta
humedad. Y sin embargo la operación que el agua obra sobre el acero en ella
sumergido, ya sea en virtud de su frialdad y humedad, sea merced a alguna otra
de sus cualidades, nos hace pensar que no siempre es un cuerpo tan ineficaz y
contemplativo como nuestros químicos pretenden. Así, lo que he dicho a
propósito del calor y el frío puede llevarse más lejos de la mano de otras
consideraciones y experimentos que no han sido mencionados únicamente a causa
del cómo, aunque no insistiré en ello y procederé con otro tema.
Me parece evidente que la tierra y la flema han de computarse entre los
elementos de la mayoría de cuerpos vegetales y animales, pero no creo que
diversos cuerpos se puedan descomponer en más de tres sustancias únicamente a
causa de ellos. Hay dos experimentos que he llevado a cabo alguna vez para
mostrar que algunos mixtos pueden dividirse en más de cinco sustancias. En
cuanto a uno de ellos, me resultaría más adecuado exponerlo en todo detalle más
tarde; no obstante, ahora les contaré gran parte: de dos líquidos destilados
que pasan por ser elementos de los cuerpos de los que han sido extraídos puedo
hacer auténtico azufre amarillo e inflamable sin añadir nada, y ni que decir
tiene que los dos líquidos después se vuelven distintos. Respecto al otro, les comentaré
en este momento lo que sigue: he observado desde hace mucho tiempo que el
copioso espíritu que asciende en la destilación de distintas maderas, tanto en
recipientes ordinarios como en crisoles poco usuales, presenta además de ese
sabor fuerte de la mayoría de los espíritus empireumáticos una acidez similar a
la del vinagre, lo que me hizo sospechar que el líquido avinagrado resultado de
la destilación, por ejemplo, de la madera de boj, y que es visto por los
químicos como mero espíritu de dicha madera y, por tanto, como un único
elemento o principio, realmente consiste en dos sustancias diferentes que
pueden ser separadas. Así, me quedé pensando en cómo separar esos dos espíritus
de las maderas y cuerpos mixtos que abundan en tal clase de vinagre y de los
que se decía consistían en un solo elemento o principio —de hecho son muchos
más de los que los químicos suponían— y me di cuenta de que había varias formas
de hacerlo. La que les relataré es así: habiendo destilado una cantidad de
madera de boj per se[183], y tras
haber rectificado[184] después
lentamente el espíritu vinagroso obtenido para liberarlo de flema y aceite,
añadí polvo de coral esperando que la parte ácida del líquido corroyera el
coral y al asociarse con él quedara fijada, y que la otra parte del líquido que
no era de naturaleza ácida y, por tanto, no se fijaba al coral, pudiera
ascender[185]. No
quedé decepcionado ya que, en efecto, una vez quedó atrapado por el coral uno
de los líquidos, ascendió un espíritu de olor fuerte y de sabor muy penetrante,
aunque carente de acidez, que era manifiestamente distinto del espíritu de
vinagre y del espíritu producto de la destilación de la madera que guardé para
mí. Y para que queden completamente convencidos de que esas sustancias son de
naturaleza totalmente distinta, puedo proporcionarles información sobre los
numerosos ensayos que hice, aunque no convendría que mencionara algunos de
ellos porque podrían traernos algunos descubrimientos inoportunos. Añadiré no
obstante que el espíritu avinagrado de la madera de boj puede, como ya les he
relatado, no solo disolver coral que otros espíritus son incapaces de fijar,
sino que si se le espolvorea sal de tártaro, inmediatamente chifla y burbujea,
cosa que tampoco ocurre con los otros. El espíritu ácido que se vierte sobe el
minio produce azúcar de plomo[186], algo
que no he logrado con otros espíritus. Algunas gotas de este espíritu
penetrante mezcladas con el sirope azul de las violetas [187] parecen
diluir el color más que alterarlo, mientras que el espíritu ácido vuelve el
sirope de color rojizo y, probablemente, lo tornaría de color rojo puro, como
suele ocurrir cuando se usan otras sales ácidas, de no ser obstruida la
operación por la mezcla con el otro espíritu. Unas cuantas gotas de este
espíritu compuesto vertidas sobre lignum nephriticum[188] destruyen
toda su coloración azulada, algo que no ocurre si se vierten otros espíritus.
A todo esto puedo añadir que si se vierte agua sobre los corales que
quedan al fondo del crisol tras la rectificación del espíritu compuesto, si es
que se le puede llamar así, procedente de la destilación del boj que se han
coagulado con el espíritu ácido, esta se torna roja y, al evaporarse, queda una
sal de coral normal, que los químicos gustan en llamar magisterio de corales[189], que
fabrican disolviendo corales en espíritu de vinagre común y extrayendo el menstruum
ad siccitatem[190].
No sé si debería añadir que el simple espíritu de boj, al que los
químicos toman por salino debido a su gusto tan fuerte, nos provee con una
nueva clase de cuerpos salinos a añadir a las que hasta ahora se han tomado en
cuenta. De las tres clases principales de sales, la ácida, la alcalina y la
sulfurosa, no hay ninguna que parezca avenirse con las otras dos, como tendré
probada ocasión de mostrarles, y sin embargo encuentro que el simple espíritu
de boj se compenetra muy bien, al menos en lo que yo he tenido ocasión de
comprobar, tanto con las sales ácidas como con las otras. De hecho, permanece
muy tranquilo con la sal de tártaro, el espíritu de orina y otros cuerpos cuyas
sales son alcalinas o de naturaleza fugitiva. La mezcla con aceite de vitriolo
tampoco provoca ninguna efervescencia ni lo hace chiflar, algo que, como saben,
sucede con la afusión del líquido ácido sobre cualquiera de los cuerpos
recientemente mencionados.
—Le estoy muy agradecido por este experimento —dijo Eleuterio—, no solo
porque vislumbro que a usted le resultará de ayuda en la indagación que ahora
le ocupa, sino porque, como se deduce esperanzadamente de la coloración roja de
la solución hecha con el espíritu avinagrado y los corales, nos ha enseñado un
método con el que podremos preparar muchas nuevas clases de espíritus, más
simples que muchos de los que se tenían por elementales, dotados con peculiares
y poderosas cualidades, algunas de las cuales, solas o asociadas con otras
cosas, serán de mucha utilidad en la física[191]. Y
suponga que usted no tenga que ceñirse solo al coral para poder realizar esa
separación de las partes de ese espíritu compuesto, sino que también pueda usar
cualquier sal alcalina, de perlas, de ojos de cangrejo o de cualquier otro
cuerpo, sobre los que tan bien actúa el espíritu de vinagre común y, como diría
Helmont, llevarlos a la exhaución [192].
—No he investigado todavía qué usos pudieran dársele a los mencionados
líquidos en la física, ya sea como medicamentos o como menstruos, aunque podría
mencionarles distintos ensayos que he hecho para mi propia satisfacción en
relación con la diferencia que existe entre estos dos líquidos. Y dado que
usted me ha participado sus ideas respecto a los corales, permítame que deduzca
un pequeño corolario de lo ya dicho: existen diversos cuerpos compuestos que
pueden descomponerse en cuatro sustancias diferentes merecedoras también del
nombre de principios. Puesto que los químicos no tienen reparos en computar lo
que yo llamo el espíritu compuesto del boj como el espíritu, o como otros lo
llamarían, el mercurio de esa madera, no veo por qué el líquido ácido y el otro
no podrían ser igual de merecedores del nombre de principios elementales,
especialmente este último, dado que tiene que ser de naturaleza más simple que
la del líquido ácido. Podemos ir más allá y usar este experimento
intencionadamente, puesto que nos lleva a sospechar que, desde el momento en
que este espíritu con reputación de ser homogéneo fuera de toda duda entre los
químicos, es divisible en dos ingredientes más simples por medio de un sencillo
método, es posible que algún experimentador más diestro o bienaventurado
pudiera llegar a dividir alguno de ambos en otros y, así mismo, dividir
cualquier otro ingrediente extraído de los cuerpos mixtos que antes pasaban por
elementos o principios a los ojos de los químicos.
Cuarta parte
—Nada más puede decirse sobre el número de las
distintas sustancias separables de los cuerpos mixtos por medio del fuego —dijo
Carnéades— y por consiguiente procederé ahora a reflexionar sobre su naturaleza y
a mostrarles que aunque aparentan ser cuerpos homogéneos [193], no
poseen ni la pureza ni la simplicidad que requieren los elementos. Y debería
ponerme a la tarea de inmediato, pero en vista de la seguridad con la que
hablan los químicos de cada una de estas sustancias llamándolas, bien Azufre,
bien Mercurio o principios hipostáticos, y la ambigüedad intolerable que se
permiten en sus escritos y sus expresiones, con el fin de que no me
malinterpreten o piensen que aporto confusión a esta controversia, me veo
obligado a señalarles la irrazonable liberalidad con la que juegan con los
nombres a su conveniencia. Si a lo largo de la disputa me viera forzado a tomar
en consideración la fraseología particular de cada químico, como para no poder
escribir nada sobre lo que este o aquel autor habían pretendido decir para no
contradecir así el sentido de sus ambiguas expresiones, no veo cómo podría
disputar ni el modo de enmendarme a mí mismo. Encuentro que incluso escritores
eminentes como Ramon Llull [194],
Paracelso y otros hacen un uso tan abusivo de los términos que emplean, que
estos pueden significar cosas diversas. Muy a menudo le dan muchos nombres a
una cosa y algunos de ellos podrían ser más adecuados para designar a otro
cuerpo distinto que el que designan. Tampoco es mejor el uso que hacen de
palabras técnicas o de los términos propios de sus artes, ya que no refrenan su
vocación por la confusión; como digo, a una sustancia a veces la llaman Azufre
y en otras ocasiones dicen que es el Mercurio de un cuerpo. Y ahora que hablo
del Mercurio, no puedo dejar de señalar que las descripciones que nos
proporcionan de este principio o ingrediente de los cuerpos mixtos son tan
intrincadas que incluso los que se han esforzado en pulir e ilustrar las
nociones de los químicos se hallan prestos a confesar que no saben qué hacer
con esas descripciones ininteligibles o declaraciones cándidas.
—Debo confesar —dijo Eleuterio— que he tenido problemas leyendo a
Paracelso y a otros autores cuando me he topado con esas arduas palabras y
expresiones equívocas de las que se queja usted, incluso cuando tratan de los
principios están llenos de artificiosidad y afectación, quizá con la intención
de ser más admirados por sus lectores y de que sus artes parezcan más
misteriosas y sean más veneradas o, quizá, como nos quieren hacer pensar, para
ocultar conocimientos que juzgan inestimables.
—Pero sea lo que sea que esos autores se prometan a sí mismos con ese
modo hipócrita de exponer sus principios de la naturaleza —dijo Carnéades—
encontrarán a la mayoría de los hombres sabios tan banales como cuando no
entienden lo que leen y consideran que es descuido de los escritores y no
carencia propia. Los hay que ambicionan con tal ahínco ser admirados por la
gente vulgar que, en lugar de prescindir de la admiración de los ignorantes, se
exponen al desdén de los sabios; en lo que a mí respecta, tienen mi
consentimiento para disfrutar de su elección. Respecto a los escritores
místicos con reparos para comunicar sus conocimientos, con el fin de no
desacreditarse y de no causar quebrantos a sus lectores, deberían ocultarlos no
escribiendo libros en lugar de escribir libros malos. Si Temistio estuviera
aquí [195] no
tendría el menor problema en adherirse a la afirmación de que los químicos
escriben así de oscuro, no porque crean que sus ideas son demasiado preciosas
como para ser explicadas, sino porque temen que si las explican la gente se
daría cuenta de que están muy lejos de ser preciosas. Es más, creo que la razón
principal por la que los químicos escriben de modo tan impenetrable sobre sus
principios es porque, al no tener ideas claras y distintas sobre ellos, no
pueden sino expresar confusamente lo que de modo confuso han aprehendido; por
no decir que algunos de ellos, conscientes de la invalidez de su doctrina,
apenas pueden evitar ser refutados si no logran mantenerse a sí mismos
resguardados en la ambigüedad.
Empero, aunque mucho puede alegarse para excusar a los químicos cuando
escriben de modo tan enigmático sobre la preparación de su elixir y otros
grandes arcanos cuya divulgación estiman inoportuna basándose en motivos
plausibles, cuando pretenden enseñar los principios generales de los filósofos
naturales su equívoca manera de escribir no resiste tales indagaciones
especulativas donde el conocimiento desnudo de la verdad es el anhelo
fundamental; les agradeceré sus enseñanzas solo si logran hacerme inteligibles
sus ideas y no utilizan terminología mística y frases ambiguas que en lugar de
aclarar añaden el estorbo de preguntarse por el sentido de lo que se expresa
tan equívocamente. Y que el tema de la piedra filosofal y la manera de
prepararla sea tan misterioso como hacen creer a todo el mundo, no es óbice
para que escriban inteligible y claramente sobre los principios de los cuerpos
mixtos sin necesidad de revelar lo que ellos llaman la gran obra. Pero este
rapto de indignación ante la susodicha manera antifilosófica de enseñar los
principios tiene por objeto excusarme de antemano si, en adelante, opongo algún
argumento u opinión que algún seguidor de Paracelso u otro ingenioso
practicante de estas artes pretendiera que no pertenece a sus maestros. Como ya
les he dicho antes, no estoy obligado a examinar los escritos privados de las
personas —lo que sería un trabajo ímprobo y de escaso provecho— sino únicamente
las opiniones sobre los tria prima en las que la mayoría de
los químicos con los que me he encontrado coinciden, aunque no dudo de que mis
argumentos en contra de su doctrina serán fácilmente aplicables en su mayor
parte a sus opiniones privadas, pese a que no sean el objetivo directo de mi
enfrentamiento. Y ciertamente, en lo que respecta a las reflexiones en las que
ahora estoy entrando sobre las cosas mismas en las que los espagiristas
descomponen los cuerpos mixtos por medio del fuego, si puedo demostrar que no
son de naturaleza elemental, no tiene gran importancia si los nombres coinciden
con los que los químicos gustan de concederles. No pongo en duda que para un
hombre sabio y, en consecuencia, para Eleuterio, es menos digno de
consideración el hecho de saber lo que los hombres han pensado sobre las cosas
que lo que debieran haber pensado.
Así pues, en cuarto lugar, reflexionaré sobre que a pesar de que la
generalidad de los químicos acostumbran a apelar a la experiencia y a usar como
ejemplo, muy seguros de sí mismos, las distintas sustancias separadas de los
cuerpos mixtos mediante el fuego como prueba suficiente de que son los
elementos que los componen, yo digo que hay muchas de tales sustancias que se
hallan muy lejos de la simplicidad elemental y pueden verse como cuerpos mixtos
que retienen al menos algo, aunque no sea demasiado, de la naturaleza de
aquellos concretos de los que fueron extraídos.
—Me alegro de ver así descubiertas y enmendadas la vanidad y la envidia
de esos químicos hipócritas —dijo Eleuterio—, y me atrevería a desear que los
hombres sabios conspirasen para convencer a esos embaucadores de que no pueden
esperar continuar abusando del mundo impunemente. Mientras les esté permitido
publicar tranquilamente libros con títulos prometedores en los que afirman lo
que les place y contradicen a otros e incluso a sí mismos si ello les parece
con escaso peligro de ser refutados o comprendidos, se les anima a hacerse un
nombre a costa de los lectores. Así, es preciso encontrar hombres inteligentes
que prescindan de sus libros y les dejen solos, puesto que los ignorantes o los
crédulos, cuyo número continúa siendo mayor que el de los inteligentes, son
proclives a admirar aquello que no pueden comprender. Si, como digo, hombres
juiciosos y competentes en los asuntos de la química acordaran alguna vez
escribir de modo sencillo y claro, y de esa forma evitaran que las personas se
quedaran pasmadas ante las palabras oscuras y vacías, sería de esperar que los
autores de los que venimos hablando se encontraran con que ya no pueden
escribir de modo insensato y absurdo sin que se rían de ellos o quedar
reducidos al silencio o a escribir libros que nos enseñaran algo en lugar de
robarnos nuestro valiosísimo tiempo. Cesarían así de importunar al mundo con
acertijos o despropósitos y con sus libros recibiríamos algún beneficio, y con
su silencio escaparíamos a algunas molestias.
Pero con todo lo dicho, se puede alegar a favor de los químicos que,
desde cierto punto de vista, la libertad que se toman a la hora de usar los
nombres, de ser excusable en alguna circunstancia, lo sería cuando hablan de
las sustancias resultado del análisis de los cuerpos mixtos, ya que como padres
tienen el derecho de bautizar a sus criaturas, algo que se les ha permitido
siempre a los autores de invenciones. Por lo tanto, los asuntos de los que
tratamos, al referirse a los productos de las artes de la química y que,
además, no pueden obtenerse de ninguna otra manera, tienen derecho a recibir
los nombres que a sus artistas les plazcan; mucho más si tenemos en cuenta que
nadie mejor ni más adecuado que las personas a quienes les debemos tales
cuerpos para enseñarnos lo que son.
—Ya le he explicado antes que hay una gran diferencia entre ser capaz de
realizar experimentos y poder hacer un recuento filosófico de ellos —dijo
Carnéades—, por no añadir que la mayoría de los mineros pueden toparse con una
gema mientras trabajan y no tener la menor idea de qué hacer con ella, puesto
que solo un joyero o un mineralogista les podría decir que lo es. Pero de lo
que se trata aquí es de que los químicos han renunciado a la libertad a la que
usted les ha emplazado de usar nombres a placer y se han constreñido a sí
mismos con las descripciones que hacen de sus principios y, en lugar de haber
puesto nombres libremente a las cosas que, según sus análisis, hubieran
resultado ser ya azufre, ya mercurio, ya gas, ya vapor u otras cosas, me dicen
que, por ejemplo, el azufre es un cuerpo oloroso e inflamable, simple y
primigenio. Esto me obliga a descreer de ellos, puesto que después afirman que
determinado cuerpo que sea bien inflamable, bien compuesto, ha de ser azufre
necesariamente, y nos enseñan que el oro y otros minerales abundan en azufre
incombustible, un nombre tan apropiado como noche de sol radiante o hielo
fluido.
Pero antes de sumergirme en la mención de las particularidades
correspondientes a mi cuarta consideración, creo conveniente establecer
premisas generales, algunas de las cuales ya se han mencionado con
anterioridad.
Así, en primer lugar debo invitarles a fijar su atención en un pasaje de
Helmont[196] en
el que según he podido observar sus lectores no se han detenido y que él mismo
califica como algo notable, y yo tomo por algo digno de estima. Según Helmont,
el aceite de oliva destilado, pese a haber sido extraído per se,
presenta una cualidad muy incisiva y escoriada y un gusto sumamente
desagradable, mientras que el aceite digerido con la sal
circulatum [197] se
reduce a partes disímiles y produce un aceite dulce muy distinto al destilado
de aceite para aderezo. Lo mismo sucede con el vino, del que puede separarse un
espíritu muy dulce y suave con el que comparte una cualidad mucho más noble y
muy alejada de la acrimonia del aqua vitae desflemada que se
obtiene si se realiza una mera destilación. Pero al analizar los cuerpos,
la sal circulatum logra separar tales anatomías [198] con
el mismo peso y cualidades que tenían antes. Si admitimos que esta afirmación
de Helmont sea cierta, deberemos reconocer que puede haber una gran disparidad
entre cuerpos con la misma denominación —muchos espíritus y muchos aceites— que
pueden separarse de los cuerpos compuestos. Además de las muchas diferencias en
las que no me detendré ahora entre los aceites destilados que son comúnmente
conocidos entre los químicos, de esos mismos cuerpos, merced a la sal
circulatum, se puede obtener otra nueva clase de aceites. Y quién sabe si
no habrá otros agentes en la naturaleza con cuya ayuda sea posible la
transmutación o la obtención de aceites distintos a aquellos así denominados
usualmente u otras sustancias diferentes a las que conocen los químicos y el
propio Helmont a partir de los cuerpos mixtos. No obstante, por temor a que me
dijeran que esto no es más que una conjetura basada en la crónica de otro
hombre cuya verdad no tenemos forma de saber sin poner en práctica el
experimento, no insistiré en ello y dejaré que lo consideren con calma.
En segundo lugar, de ser cierta la opinión de Leucipo, Demócrito y
aquellos primeros atomistas de la Antigüedad que en nuestros días ha sido
resucitada por filósofos no precisamente mediocres de que nuestro fuego para
cocinar, el mismo que utilizan los químicos, consiste en un enjambre de
pequeños cuerpos que se mueven velozmente que, merced a su pequeñez y su
movimiento, son capaces de permear los cuerpos más sólidos y compactos, incluso
el vidrio mismo. Bien, pues de ser esto cierto, puesto que en el pedernal y en
otros concretos la parte más violenta se incorpora a la más
gruesa, no sería irracional conjeturar que multitud de esos cuerpos violentos
que penetran los poros del vidrio pudieran asociarse con partes del cuerpo
mixto sobre el que operan y que así constituyeran con él nuevas clases de
cuerpos mixtos de acuerdo a la forma, tamaño y otras afecciones de las partes
en el modo como las ha dispuesto el cuerpo disipado en multitud de posibles
combinaciones. Si damos pues por sentado que los corpúsculos del fuego, que se
mueven a gran velocidad y son diminutos, no son del mismo tamaño ni existen las
mismas cantidades de cada tipo, y si no hubiera otras reflexiones de más peso
sobre las que discutir, con el fin de que aprobaran lo que acabo de decir, les
presentaría una serie de experimentos que me han llevado a deducir que las
partículas de un fuego descubierto, al operar sobre algunos cuerpos entre los
que incluyo el vidrio, se asocian con ellos y añaden cantidad. Pero como no
estoy seguro que cuando el fuego actúa sobre cuerpos como el vidrio lo haga por
una auténtica transposición de los corpúsculos violentos que lo penetran,
procederé a continuar con lo siguiente.
—Podría colaborar con usted presentando algunas pruebas mediante las
cuales podrá ser demostrado que cuando un fuego opera de modo directo sobre un
cuerpo, algunos de sus corpúsculos se adhieren a aquellos del cuerpo que se
quema, como parece ocurrir con la cal viva, pero en mayor número y de modo más
permanente —dijo Eleuterio—, sin embargo, como temo entorpecer nuestro
progreso, les solicito que difiramos esta investigación para mejor ocasión y
continuemos con lo que usted pretendía.
—Puede usted observar a continuación —dijo Carnéades —que no solo hay
algunos cuerpos como el oro y la plata que merced los habituales exámenes a los
que se someten con fuego no manifiestan ser compuestos, sino que, como ya hemos
explicado, existen cuerpos que una vez descompuestos pueden disiparse en
diversas sustancias que no son elementales ni iguales a las que lo componían al
principio, sino que forman nuevas clases de cuerpos mixtos. Le he dado ejemplos
como el jabón, el azúcar de plomo, el vitriolo. Si ahora pensamos en que hay
algunos cuerpos manifiestamente descompuestos, tanto naturales, como
artificiales, extrañas mezclas que a veces vemos producen los intestinos de la
Tierra, y en que los animales se alimentan de otros animales y de plantas, y que
ellos a su vez obtienen sus nutrientes y crecen en virtud de cierto zumo
nitroso que albergan los poros de la tierra, o de excrementos de animales, de
cuerpos putrefactos, o de otras criaturas vivientes y otras sustancias
compuestas de la naturaleza; si como digo, pensamos en ello, parece muy
probable que entre las obras de la naturaleza —por no mencionar las de las
artes— exista un gran número de cuerpos descompuestos que, aun habiendo sido
objeto del estudio de los hombres, no les han revelado o ellos no han reparado
en que no toda mezcla está necesariamente compuesta de cuerpos elementales.
Pero parece más probable que haya muchos tipos de cuerpos compuestos, ya sea en
lo que se refiere a uno o a todos sus ingredientes, que lo eran con
anterioridad al momento en que se mezclaron. Porque aunque algunos parecen
haberse formado por la coalición directa de elementos o principios y, por
tanto, debieran denominarse prima mista [199] o mista
primaria, también parece que algunos otros están mezclados, por así
decirlo, de segunda mano, ya que sus ingredientes inmediatos no son elementales
sino esas mezclas primeras que acabo de mencionar que, a su vez, forman mezclas
secundarias; de modo que cuando se mezclan diversas de esas mezclas
secundarias, el resultado puede ser un compuesto de una tercera clase y así
sucesivamente. Tampoco parece improbable que algunos cuerpos estén formados de
cuerpos mixtos que nos sean del mismo orden sino de varios, por ejemplo,
un concreto puede consistir en ingredientes de los cuales uno
sea primario y otro un cuerpo mixto secundario. Con mi procedimiento para
descomponer el cinabrio natural, encuentro una parte más tosca que se parece
más a la mena y un azufre combustible, y mercurio rodante. También pueden
existir cuerpos compuestos que carezcan de ingredientes de la segunda clase y
estén formados por ingredientes de la primera y de la tercera clases; lo que
puede ilustrarse si atendemos a las preparaciones químicas de esas medicinas
llamadas bezoares[200] en
las que se tomaba, primero antimonio y hierro, que pueden considerarse entre
las prima mista, y con ellos hacían régulo estrellado [201] al
que le añadían, según sus objetivos, oro o plata, que lo convertía en otro
compuesto; a este último le añadían sublimado, que es en sí mismo un cuerpo
descompuesto que consiste en mercurio y distintas sales que se han unido en
virtud de la sublimación en una sustancia cristalina y, gracias a este
sublimado y a otras mezclas metálicas, extraen un líquido que es de una
naturaleza todavía mucho más compuesta. Según afirman los químicos, gracias a
sus artes, el oro y la plata mezclados con régulo pueden volatilizarse por
encima del recipiente merced el sublimado [202], algo
que no tiene por qué contradecirse con las quejas que hace algún tiempo me
transmitiera cierta persona rigurosa y versada sobre un común amigo, también
muy experimentado, quien protestaba de que al usar este método había obtenido
una cierta cantidad de oro y por ello albergó esperanzas de lograr mayores
beneficios aunque, finalmente, no fue capaz de recuperar el oro volatilizado de
la manteca de antimonio con la que había quedado unido tan estrechamente.
Así pues, si un cuerpo compuesto consiste en ingredientes que no son
meramente elementales, no es difícil imaginar que las sustancias en las que lo
separa el fuego, aunque aparentemente homogéneas, pudieran ser de naturaleza
compuesta, donde las partes de tipo similar de cada cuerpo se asocian para
formar un nuevo tipo de compuesto, como así ha sucedido, por ejemplo, cuando he
mezclado vitriolo, sal amoniacal y salitre [203] y
los he destilado. El líquido resultante no era ni espíritu de nitro, ni sal
amoniacal, ni vitriolo. Mientras que ninguno de los tres podría disolver oro
crudo, este líquido resultante sí, y rápidamente, algo que pone de manifiesto
que se trata de un nuevo compuesto consistente, al menos, en espíritu de nitro
y sal amoniacal —esta, disuelta en el primero, actúa sobre el oro— que están
completamente unidos sin que haya forma conocida de separarlos, y en
consecuencia, teóricamente no podría pasar por ser un cuerpo compuesto si no se
supiera que para obtenerlo hemos puesto juntos diversos concretos y
los hemos destilado.
Pero ha llegado el momento oportuno de exponerles un experimento del que
les había prometido hablar: sospechando que el aceite de vitriolo no era en
absoluto ese líquido simple que creen los químicos, lo mezclé con una cantidad
igual o doble —lo he intentado varias veces— de aceite de trementina, ambos
comprados al mismo droguista, y destilé cuidadosamente la mezcla en una retorta
de vidrio pequeña —este experimento resulta muy agradable aunque algo
peligroso— y, de acuerdo con mis expectativas, obtuve, además de los dos
líquidos que había usado, una buena cantidad de cierta sustancia que se adhería
al cuello de la retorta y que se manifestaba como azufre por su olor
penetrante, su color igual que el de la piedra de azufre, y porque nada más lo
hube puesto sobre unas brasas, ardió inmediatamente como el azufre. Todavía
conservo algunos pequeños trozos de esa sustancia que, si lo desean, pueden
ordenar nos sean traídos para examinarlos a su antojo. De este experimento
deduzco bien una o bien dos proposiciones: la primera, que el auténtico azufre
puede hacerse por la unión de esas dos sustancias que los químicos toman por
elementales y que ninguna de ambas tomadas una a una parecen contener azufre;
la segunda, que el aceite de vitriolo, pese a ser un líquido destilado del que
se presupone es parte del principio salino del concreto que lo
produce, puede ser un cuerpo todavía más compuesto y contener, además de la
parte salina, azufre como el de la piedra de azufre común y, por lo tanto, no
ser en sí mismo un cuerpo simple.
Me permito recordarles que con anterioridad he planteado la posibilidad
de que pueda haber más de cinco o seis elementos, ya que los elementos de un
cuerpo pueden diferir de los de otro, y que de ello se deduce que la
descomposición de los cuerpos mixtos puede dar como resultado mixtos de una
clase completamente nueva por la asociación de elementos que jamás se habían
unido antes. Desearía añadir más cosas sobre esta segunda consideración y
escuchar sus opiniones al respecto, pero temo que el tiempo nos falte y las
omitiré de buena gana para saltar a una tercera consideración que reza como
sigue: el fuego no siempre resuelve o descompone completamente, sino que mezcla
y compone de un modo nuevo las partes —sean elementales o no— del cuerpo que
resulta disipado por su causa.
Esto es tan evidente en algunos ejemplos que no puedo sino maravillarme
de la indolencia de quienes no han reparado en ellos. Cuando quemamos leña en
la chimenea, el fuego la disipa en humo y cenizas. El humo forma hollín, y este
está muy lejos de ser ninguno de los principios de la madera, la cual, como ya
he señalado antes, si es sometida a un análisis más exhaustivo, puede separarse
en cinco o seis sustancias diferentes. Respecto a las cenizas que quedan, los
propios químicos nos enseñan que si se usa un fuego más intenso quedan
indisolublemente unidas formando vidrio. Si bien es cierto que el fuego que
utilizan los químicos para realizar sus análisis normalmente no es fuego
descubierto sino que lo aplican a recipientes cerrados y que esto tal vez les invite
a sospechar con perspicacia y alegar que el calor puede lo mismo componer que
disipar las partes de los cuerpos mixtos, les diré que he visto una
vitrificación que tenía lugar en un recipiente cerrado, les recordaré que las
flores de antimonio y de azufre, que son cuerpos compuestos, también se forman
en recipientes cerrados y que el cuerpo del alcanfor se obtiene en recipientes
taponados. También podrían alegar que todos estos ejemplos son cuerpos
circunscritos a configuración seca y no líquida —lo mismo que ocurre con los
líquidos que se obtienen por destilación—, a lo que les respondería que es
posible hacer que un cuerpo pase de ser consistente a ser fluido o a la inversa
sin necesidad de alterarlo en demasía. Así sucede cuando en invierno, sin que se
añadan o resten ingredientes, una misma sustancia se endurece con toda
facilidad y se convierte en hielo quebradizo, para después pasar a derretirse y
a ser de nuevo fluida. Además añadiría que debería tenerse en cuenta que el
mercurio común, que los químicos más eminentes confiesan es un cuerpo mixto,
puede volatilizarse fuera del matraz en su forma más prístina y pura de
mercurio, o sea, en forma líquida. Y ciertamente es posible que algunos cuerpos
verdaderamente compuestos concurran para formar líquidos, por no mencionar mis
propios experimentos hechos con un menstruo [204] con
el que destilo oro en una retorta incluso usando un fuego suave. Pero
permítanme detenerme en lo que sucede con la manteca de antimonio: cuando se
rectifica con cuidado puede reducirse a un líquido muy claro, sobre el que si
se vierte un poco de agua pura rápidamente se precipitará en forma de una cal
pesada que se usa como vomitivo [205], que
antes era el componente de una gran parte del líquido y que después resulta en
un cuerpo antimonial extraído y disuelto por las sales del sublimado y, en
consecuencia, un cuerpo mixto, algo que podrán comprobar si examinan este polvo
blanquecino por medio de una cuidadosa reducción. Así mismo, siguiendo la
opinión de algunos químicos que se pretenden no poca cosa de que no se puede
hacer subir ningún cuerpo mixto del recipiente sino usando sales corrosivas,
pensarán que no se pueden usar cuerpos compuestos como las flores de azufre
para hacer líquidos destilados; como tampoco imaginarán que yo soy capaz de
hacer líquidos volátiles con flores de azufre que luego presentan no solo un
color, sino un olor, lo que es una característica mucho más definitiva, que
revela que están compuestos de azufre sin emplear otra cosa que cuerpos
oleaginosos, ni que hay ciertas operaciones mediante las cuales se pone de
manifiesto que el azufre forma parte del líquido; también he logrado lo mismo
con otros azufres minerales.
Una cosa que también resulta pertinente a mi presente empeño y que ahora
no puedo dejar de señalar, Eleuterio, es que las cualidades o accidentes en los
que los químicos suelen basarse para incluir a una porción de materia bajo la
denominación de Mercurio o de cualquier otro de sus principios, no son tales
sino que pueden ser causadas en gran medida por los cambios y alteraciones que
el fuego provoca en la estructura de las partes diminutas de un cuerpo. Cuando
discutíamos la segunda consideración general ya demostré con los ejemplos de lo
que sucede en las plantas que se nutren únicamente de agua o en los huevos que
se convierten en pollos gracias al incubado que, al cambiar la disposición de
las partes constituyentes de un cuerpo, la naturaleza es capaz de efectuar
grandes transformaciones en porciones de materia que se tienen por lo
suficientemente homogéneas como para ser incluidas entre las tria prima.
Y pese a que Helmont se refiera con gran tino al fuego como el destructor y la
muerte artificial de las cosas y a que, basándose en él, otro químico y médico
eminente se complazca en decir que el fuego nunca podrá generar nada sino
fuego, no dudo que ustedes podrán mantener otra opinión si reflexionan sobre
los nuevos tipos de cuerpos mixtos que los propios químicos han producido
merced al fuego vivo y que, hasta donde sabemos, nunca se han podido producir
de otra manera. Que cualquier tipo de cuerpo de una denominación concreta tenga
que haber sido producido en virtud de algún poder seminal, también parece ser
otra afirmación inconsistente de algunos helmontianos. Tampoco debería
conmovernos en exceso que haya quien considere que cualquier cosa producida por
el fuego es un cuerpo artificial y no natural; aunque hay mucha menos
diferencia de lo que algunos piensan entre los unos y los otros y no es tan
fácil decidir qué sea lo que los discrimina de forma constante, adecuada y
suficiente. No me enredaré en esta agradable disquisición y me bastará hacerles
notar que una cosa generalmente se considera como artificial cuando está
constituida por materiales salidos de las manos y las herramientas de los
artesanos, quienes le han dado la forma y la estructura que habían concebido
previamente en sus mentes, mientras que en el caso de las producciones de la
química, los efectos se producen con independencia de la voluntad del artífice
que, en muchas ocasiones, era muy otra del resultado final. Muchas veces, tales
producciones tampoco dependen de los instrumentos fabricados por los
comerciantes para tal o cual trabajo concreto, sino que son resultado de
agentes naturales cuyos poderes operacionales residen en su propia naturaleza o
estructura. En verdad, el fuego es un agente tan natural como la simiente, y
los químicos que lo emplean están utilizando agentes y pacientes naturales que
cuando se juntan y actúan de acuerdo con sus respectivas naturalezas operan por
sí mismos, como sucede con las manzanas, las ciruelas u otras frutas, que son
productos naturales aunque sea el jardín quien junte los vástagos y el acopio
con el agua, y con ello contribuya a hacerlas madurar.
Pero para continuar con lo que iba a decir, convendrá usted conmigo,
Eleuterio, en que, como ya he dicho en ocasiones anteriores, cualidades
ciertamente engañosas pueden servir para definir un principio químico, ya que
cuando se escruta un cuerpo compuesto por medio del fuego, si este produce una
sustancia inflamable y no se mezcla con agua, se le llamará Azufre; si es
sápida y se disuelve en agua, se le llamará Sal; y si es fija e indisoluble en
agua, Tierra; por último, cualquier sustancia volátil con la que los químicos
no sepan qué hacer, la llamarán Mercurio. Pero tales cualidades, sean producto
de los llamados agentes seminales, o pertenezcan a los cuerpos de naturaleza
compuesta, también pueden verse en ejemplos como el vidrio, que está hecho a
partir de cenizas, donde el excedente de la sal alcalina de fortísimo sabor se
une con la tierra y se vuelve insípida constituyendo el cuerpo conocido como
vidrio, que es seco, fijo e indisoluble en agua y, no obstante, obviamente
compuesto; lo que es más, este cuerpo solo puede fabricarse merced al fuego.
Recuerdo que, entre las medicinas que Helmont encomiaba, había una cuyas
directrices de prescripción me resultan muy enigmáticas, por lo que no puedo
afirmar nada a favor o en contra de sus virtudes, que se hacía mediante un
breve proceso del que, sin embargo, tengo alguna buena razón para no dudar y
que Helmont describía así: « Quando oleum cinnamomi etc. suo sali
alkali miscetur absque omni aqua, trium mensium artificiosa occultaque
circulatione, totum in salem volatilem commutatum est, vere essentiam sui
simplicis in nobis exprimit, et usque in prima nostri constitutivasese
ingerit [206] ».
Un proceso no muy distinto del que explica en otro lugar ante el que, si
suponemos que dice la verdad, podría argüir que desde el momento en que se
pueden producir con el fuego sustancias que sean a la vez salinas y volátiles,
como ocurre con la sal de asta de ciervo [207], la
sangre, etc. —que pasan por ser elementales—, y que dichas sales volátiles en
realidad están compuestas de un aceite químico y una sal fija, la una hecha
volátil merced al otro, y que ambos se han asociado en virtud del fuego,
podemos barruntar que hay otras sustancias que emergen de la disipación de los
cuerpos por medio del fuego que pudieran ser nuevos tipos de mixtos
consistentes en sustancias de distintas naturalezas. Y lo he pensado
especialmente al observar las sales volátiles de la sangre, del asta de ciervo,
etc., porque su carácter fugitivo y su olor en exceso penetrante hacen que los
químicos las adscriban erróneamente a los azufres o que piensen que las partes
aceitosas están perfectamente incorporadas con la salinas. También he
conjeturado lo mismo con relación al espíritu de vinagre, que los químicos
toman por un espíritu ácido, y que parece pertenecer mucho menos a la categoría
de las sales volátiles como creen ellos, que a la de los azufres; por no hablar
de su olor penetrante que nos lleva a preguntarnos dónde reside la congruencia
de los químicos. Me maravilla que no hayan reparado en lo que su propio Tyrocinium
Chymicum [208] nos
enseña a propósito del azúcar de Saturno [209]. En él,
Beguini afirma que destilándolo, además de un espíritu fino, obtiene no menos
de dos aceites, uno pesado y de color rojo sangre, y el otro, de color amarillo
que se sitúa por encima del espíritu, algo que no contradice mis propios
experimentos, en los que sin añadir cosa alguna obtuve un poco de aceite,
aunque no recuerdo si eran dos. Los químicos estarán dispuestos a afirmar que
esos aceites no son otra cosa que azufre de plomo volatilizado, y es posible
que lo digan basándose en el relato de Beguini, quien afirma que cuando la
destilación llega a su fin se puede hallar un caput mortuum extremadamente
negro que califica de nullius momenti [210], como si
el cuerpo, o al menos la mayor parte del metal, se hubiera volatilizado por
encima del recipiente. Ustedes saben tan bien como yo que el saccharum
saturni es un tipo de magisterio hecho únicamente por la calcinación
de plomo per se, disolviéndolo en vinagre destilada y cristalizando
la solución, pero si me permitieran contarles qué cosa tan distinta logré hacer
examinado el caput mortuum tan despreciable para Beguini, creo
que la conjetura de los químicos les resultaría menos probable que estas otras
tres: bien que ese aceite concurría desde el principio a formar parte del
espíritu de vinagre y que, por tanto, lo que pasa por ser un principio puede
descomponerse luego en distintas sustancias; bien que algunas partes del
espíritu se unen con algunas partes del plomo para constituir aceite químico
que, aunque pasa por ser homogéneo, puede ser un cuerpo perfectamente
compuesto; bien que por las acciones del vinagre destilado sobre la cal
saturnina [211] y
viceversa parte del líquido quede tan alterada que un espíritu ácido se
transmute en un aceite. Pese a que las dos primeras conjeturas hacen que este
experimento parezca más pertinente en lo que respecta a mi presente argumento,
la tercera es de suma utilidad para confirmar otros extremos de mi discurso.
Volviendo pues a lo que estaba diciendo justo antes de mencionar el
experimento de Helmont, añadiré que los químicos deberían confesar que en el
espíritu de vino desflemado y otros líquidos fermentados, lo que ellos
denominan el Azufre del concreto, con la fermentación pierde la
propiedad aceitosa —que ellos toman por el auténtico Azufre de la mezcla— de no
poderse mezclar con agua. Si damos crédito a Helmont, una libra del espíritu de
vino más fino, con la ayuda de sal de tártaro pura, se resuelve o se transmuta
en apenas la mitad de sal y la misma cantidad del Agua elemental antes
mencionada. Pues bien, podemos preguntarnos si la sal alcalina fija, el
principio que según acuerdo mayoritario es el principio salino de los cuerpos
incinerados, no debe su alcalinidad a un efecto que se produce por la acción
del fuego [212]. El
sabor del tártaro, por ejemplo, antes de ser quemado es muy ácido, pero tras su
calcinación la sal lixiviada [213] sabe
muy distinta. Y aunque en justicia a los químicos no se les puede reprochar que
obtengan todas las sales reduciendo los cuerpos a cenizas por medio de fuegos
vivos, el asta de ciervo, el ámbar [214], la
sangre y otros mixtos procuran gran cantidad de sal antes de ser reducidos a
cenizas, aunque se trata de sales volátiles que, como veremos después, difieren
mucho de la sal alcalina de la que he venido hablando, la cual no puede
producirse de otro modo que no sea la incineración. A los químicos tampoco les
resulta desconocido que sin adición ninguna el mercurio puede precipitarse en
un polvo seco que permanece así en el agua. Y otros insignes espagiristas,
incluso el mismo Ramon Llull, enseñan que por el mero fuego, si se usan los
recipientes adecuados, el mercurio se puede reducir, al menos en su mayor
parte, a un líquido similar al agua y que es posible mezclarlo con ella; o sea,
que por la simple acción del fuego es posible que las partes de un cuerpo mixto
se dispongan de distinta manera de modo que, unas veces, presente una
consistencia y, otras, otra, y que en un determinado estado pueda mezclarse con
agua, y en otro, no. También podría mostrarles cómo cuerpos de los que los
químicos son incapaces de obtener nada que sea combustible, cuando se asocian y
merced al fuego, son susceptibles de producir una sustancia inflamable y lo
contrario, cómo de un cuerpo inflamable, se puede separar el principio o
ingrediente inflamable. Por lo tanto, desde el momento en que los principios de
los químicos reciben sus nombres de cualidades que es posible producir por las
artes de la química o por el simple fuego, y desde el momento en que tales
cualidades pueden encontrarse en cuerpos que difieren los unos de los otros tan
grandemente en lo que respecta a otras cualidades, que no tienen por qué
coincidir en esa naturaleza simple y pura que han de tener los principios para
ser tales, tenemos derecho a sospechar que muchos productos obtenidos por medio
del fuego que los químicos nos señalan como principios son sencillamente nuevas
clases de mixtos. Y a estos argumentos tomados de la naturaleza de la cosa se
puede agregar aquel que los lógicos llaman ad hominem [215] ;
en este caso, hemos de fijarnos en que Paracelso y otros que están tan
confundidos como él se aventuran a enseñar que no solo los cuerpos que se
encuentran aquí abajo, sino los elementos mismos y el resto de partes del
universo, están compuestos de Sal, Azufre y Mercurio. El docto Sennertus y los
demás químicos cautelosos han rechazado tal jactancia y muchos confiesan que
cada uno de los tria prima está hecho de los cuatro elementos,
mientras que otros añaden el Agua y la Tierra a la Sal, el Azufre y el Mercurio,
de manera que una suerte de espagiristas, no obstante los falaces títulos que
otorgan a los productos del fuego, de hecho, dan por sentado lo que yo
defiendo. Y respecto a la otra suerte de ellos, yo les preguntaría en qué
categoría de cuerpos debemos incluir a la flema y la tierra muerta con las que
nos topamos en las descomposiciones químicas, puesto que, de acuerdo con
Paracelso, pero en contra de sus propias concesiones y en contra de la
experiencia, tendrían que decir que estos también están compuestos de los tria
prima y, en consecuencia, esos tres no son los ingredientes
universales y adecuados ni de los cuerpos sublunares ni del resto de cuerpos
mixtos.
Sé que el líder de esos químicos defiende que pese a que las distintas
sustancias en las que dividen los cuerpos mixtos merced al fuego no son puras y
homogéneas, desde el momento en que los cuatro elementos aristotélicos en que
el fuego divide los cuerpos tampoco son simples resulta permisible que los
químicos les llamen principios lo mismo que los peripatéticos los llaman
elementos, puesto que en ambos casos la imposición del nombre se funda
únicamente en el elemento predominante. No afirmaré que este es un argumento
precisamente débil en contra de los aristotélicos, pero yo estoy en contra,
tanto de los principios de los químicos, como de los elementos aristotélicos, y
a favor de que ningún cuerpo sea visto como un auténtico principio o elemento,
sino como un compuesto no perfectamente homogéneo y que siempre se podrá
descomponer en un cierto número de sustancias distintas sean estas lo pequeñas
que sean. Respecto a los químicos que llaman a un cuerpo Sal, Azufre o Mercurio
basándose en que se trata del principio dominante, es en sí mismo un
reconocimiento de lo que yo defiendo, esto es, que los productos obtenidos
gracias al fuego aún son cuerpos compuestos. Se afirma, se da por supuesto,
pero no se ha demostrado que un determinado cuerpo al que se le dé el nombre de
Sal, Azufre o Mercurio consista principalmente en el elemento por el cual lo
recibe.
Pero ¿cómo hacen los químicos para que se crea que hay tales cuerpos
simples y primigenios en los otros de los que venimos hablando, los cuerpos
compuestos, si cuando se interroga a la materia confiesa que no es así? Y si
pretendieran probar con la razón la afirmación derivada de su jactancia de que
el químico, a quien siguiendo a Beguini se le llama philosophus o opifex
sensatus [216], es
capaz de convencer a nuestros ojos mostrando de manera palmaria que en todo
cuerpo mixto hay esas sustancias simples que la razón les dicta que son
compuestas. Y si, en efecto, los químicos recurrieran a pruebas que no sean las
de la experiencia, como la de blandir el grandioso argumento que han estado
esgrimiendo todo este tiempo a falta de uno demostrativo, entonces me siento
liberado de la obligación de proseguir con un pleito en el que no considero que
esté comprometido a defender otra cosa que no sean pruebas experimentales. Sé
que es posible alegar en favor de los químicos de modo plausible que siendo
evidente que la mayor parte de aquello que ellos llaman Sal o Azufre o Mercurio
efectivamente es tal cosa, el hecho de negarles a esas sustancias los nombres
que les son adscritos solo porque estén mezcladas con una minucia de otro
cuerpo, sería mantener una actitud muy rígida. Más desde el momento en que los
peripatéticos afirman que hay partes concretas de materia que son elementales a
pesar de que saben que los elementos no se encuentran en forma pura en ninguna
parte; al menos por aquí abajo, y especialmente desde el momento en que los
cuerpos obtenidos por los análisis de laboratorio muestran una analogía
ostensible y los principios cuyos nombres toman. Como digo, creo que podemos
tener todo esto en cuenta, pero aun así, como ya les he mencionado, lo que se
deriva de las usanzas peripatéticas no puede utilizarse en mi contra, puesto
que no acepto que haya elementos que no sean perfectamente homogéneos. Y a la
reivindicación de que el principio predominante debe dar nombre a la sustancia
donde abunda, yo respondo que eso sería razonable decirlo si viéramos que la
naturaleza toma Sal pura, Azufre puro y Mercurio puro y compone todas las
clases de cuerpos mixtos. Pero dado que apelan a la experiencia, no debemos dar
por sentado que el aceite destilado de una planta, por tomar un ejemplo, esté
compuesto fundamentalmente de Azufre hasta que no nos sea dada una prueba
ocular de que existe esa clase de plantas compuestas homogéneamente de Azufre.
Respecto al argumento falaz que se deriva de la semejanza entre los productos
del fuego y los elementos aristotélicos o los principios de los químicos de los
que toman sus nombres, resultará que nada más plausible y que en absoluto es
convincente si recapitulamos y examinamos el estado de la controversia, donde
lo relevante no es si se pueden obtener sustancias que por su apariencia, sus
cualidades o cantidad parezcan ser Mercurio, o Azufre, sino si se pueden resolver
y descomponer en un determinado número de cuerpos no mixtos primigenios. Porque
si ustedes fijan la vista en el estado de la cuestión, discernirán rápidamente
que mucho de lo que debería ser demostrado por los químicos, permanece sin ser
probado en esos experimentos que estamos examinando.
Les haré reparar en un ejemplo: no porque un producto del fuego tenga
algún tipo de afinidad con alguna de las grandes masas de materia que se
encuentran acá abajo, ambos son necesariamente de la misma naturaleza y merecen
el mismo nombre; a los químicos no les agrada que una llama sea vista como una
porción del elemento Fuego porque sea caliente, seca y activa, puesto que
carece de otras cualidades propias del fuego elemental. Tampoco permitirían que
los peripatéticos llamaran a las cenizas o a la cal viva Tierra no obstante la
gran cantidad de semejanzas que presentan, puesto que carecen de la insipidez
de la Tierra elemental. Pero si ustedes me preguntan ¿qué es entonces lo que
demuestran los análisis químicos si no prueban que los cuerpos consisten en los
tres principios en que pueden descomponerse a través del fuego?, yo contesto
que tales análisis prueban que muchos cuerpos —no todos—, cuando se introducen
en recipientes cerrados y se ponen al fuego, se disuelven en distintas
sustancias que difieren en sus cualidades pero principalmente en su
consistencia. De la mayor parte de ellos se obtiene una sustancia fija, en
parte salina, en parte insípida, un líquido untuoso y otro tipo de líquido que
no es untuoso y que presenta un sabor intenso. Si los químicos se empeñan en
llamar a la sustancia seca y sápida, sal, al líquido untuoso, azufre y, al
otro, mercurio, no tengo gran cosa que objetar; pero si me dicen que esa sal,
azufre y mercurio son cuerpos primigenios y simples de los que se componen
todos y cada uno de los cuerpos mixtos, y que esto sucede con anterioridad a
que sean sometidos a la acción del fuego, no tengo más remedio que poner en
duda que sus experimentos —con independencia de otros argumentos que puedan
esgrimir— sean capaces de probar tal cosa. Y si insisten en decirme que las
sustancias que sus análisis habitualmente producen son puras y similares de una
vez a otra, como deben serlo los principios, tendrán que permitirme que crea en
lo que me dictan los sentidos y en lo que sus experimentos confiesan, antes que
en sus meras afirmaciones. No debe usted, Eleuterio, pensar que soy muy
estricto con ellos porque tengo reparos en tomar esos productos del fuego por
lo que los químicos deciden basándose solo en las afinidades que presentan, ya
que si reflexiona usted conmigo, verá que, si consideramos que un principio o
elemento debe ser perfectamente similar y homogéneo, no hay razón para darle a
un cuerpo el nombre de tal elemento o cual principio por el mero hecho de que
presente alguna semejanza con alguna de las cualidades más notorias de estos,
en lugar de no denominarlos así basándonos en lo diferentes que son otras
cualidades que también presentan. Y si piensa en lo triviales y fáciles de
producir que son las cualidades, muchas de las cuales ya he mencionado en
diversas ocasiones, que les bastan para denominar un principio químico o un
elemento, espero que no considere mis cautelas desprovistas ni de ejemplos ni
de razones.
Vemos que los químicos no permitirían que los aristotélicos llamaran a
la Sal que hay en las cenizas Tierra, pese a que el peso, la sequedad, la
fijeza y la fusibilidad de las partes salinas y térreas son rasgos de la Tierra
únicamente porque una parte es sápida y soluble en agua y la otra no. Además,
si pensamos en que los químicos habitualmente llaman a la cualidad sápida y
volátil, Mercurio o espíritu, ¿cuántos cuerpos de muy distinta naturaleza cree
usted coincidirían con esas cualidades y, a un tiempo, en cuántas otras
cualidades diferirían? Pongamos por caso el espíritu de nitro o agua fuerte, el
espíritu de sal, el espíritu de aceite de vitriolo, el espíritu de alumbre, el
espíritu de vinagre [217] y
todos los líquidos salinos producto de la destilación de cuerpos animales, así
como los espíritus acetosos de las maderas liberados de su vinagre; todos, como
digo, según los químicos, deberían pertenecer al principio del Mercurio. Pero
tampoco se sabe por qué no lo hacen algunos de los que caen bajo la
denominación de azufre, lo mismo que ocurre con el aceite, puesto que los
aceites destilados, al ser fluidos, volátiles y con sabor, serían como el
Mercurio. Y desde el momento en que se refieren al espíritu de vino como Azufre
a pesar de que no es untuoso y se mezcla perfectamente con agua, tampoco parece
obligatorio que el Azufre de los químicos tenga que ser untuoso o soluble en
agua, lo que nos lleva a concluir que la mera inflamabilidad debería constituir
el principio químico del Azufre, puesto que la carencia de esta cualidad y
algún tipo de sapidez bastan para conceder a cualquier líquido destilado el
título de Mercurio. Puedo proseguir haciéndoles notar que si ponemos juntos el
espíritu de nitro y el espíritu de asta de ciervo [218] comenzarán
a borbollar, a chiflar y a elevarse hacia el aire, lo que para los químicos es
signo de que entre ellos se da una gran hostilidad —de hecho, esos espíritus
difieren mucho en sabor, olor y capacidad operativa—, como también sucede, por
ejemplo, con los dos tipos de aceite que no se mezclan entre sí y como ya les
he relatado con anterioridad he obtenido de la misma sangre humana. A estos se
podrían añadir diversidad de ejemplos en los que se aprecia la animadversión
que se da entre cuerpos que, de acuerdo con los químicos, deberían apiñarse
todos juntos bajo una denominación. Les dejaré juzgar por sí mismos si esa
multitud de sustancias que coinciden en cualidades tan irrelevantes pero que
divergen en otras más importantes son más merecedoras del nombre de un
principio, que debería ser puro y homogéneo, que de otros apelativos que
pudiéramos darles y que además los distinguiera también por su nombre de los
cuerpos de los que tanto difieren. Y por esa razón pueden entender que no es
insensato desconfiar del modo de argumentar de los químicos cuando es incapaz
de demostrarnos, por ejemplo, que determinado líquido es puramente salino, y
nada más es capaz de mostrar que la sal predomina porque el mencionado líquido
tiene un sabor fuerte y todo sabor procede de la Sal; espíritus como el de
tártaro, el de asta de ciervo u otros semejantes que se cuentan entre los
mercurios de los cuerpos que los producen, de hecho, presentan un sabor
marcadamente fuerte y penetrante, lo mismo que el espíritu de boj, etc., incluso
cuando ya hemos separado de él el líquido ácido del que está compuesto. Si la
sapidez no pertenece pues al espíritu o principio mercurial de los vegetales y
los animales, entonces no soy capaz de ver cómo podríamos discriminarlo de su
flema, ya que por el hecho de carecer de inflamabilidad tendría que
distinguirse del Azufre, lo que me lleva a otro ejemplo para probar la
inexactitud de la doctrina química en nuestro presente caso. Además de los
espíritus de los vegetales y animales, también sus aceites presentan un sabor
muy fuerte, como notará rápidamente aquel que moje la punta de su lengua con
aceite de canela, clavo o incluso de trementina. Yo, por mi parte, nunca he
probado aceites químicos que presenten un sabor débil o apenas perceptible, lo que
es más, conozco a cierta persona experimentada cuyo oficio consiste en realizar
operaciones para depurar aceites químicos y reducirlos a la simplicidad más
elemental que me ha informado de que jamás ha logrado despojarlos completamente
de sabor. De ello infiero que las pruebas que los químicos ofrecen tan ufanos
para demostrar que los cuerpos son salinos, no solo están muy lejos de hacerlo,
sino que ni siquiera muestran que alberguen un principio salino. No necesito
recordarles que la sal volátil de asta de ciervo, el ámbar, la sangre, etc.,
desprenden un aroma muy intenso con independencia de que los químicos atribuyan
la cualidad de oler fuerte al Azufre y basándose en ello establezcan la
predominancia de este principio en los cuerpos que huelen mucho. Dicho esto, no
creo que sea en absoluto necesario añadir más ejemplos, y puesto que me he
demorado tanto en las generalidades concernientes a mi cuarta proposición es
hora de pasar a las particularidades.
Habiendo establecido como premisas tales generalidades, sería mejor
examinar las heterogeneidades que un observador atento y desprejuiciado es
capaz de apreciar en cada una de las clases de cuerpos que los químicos
acostumbran a llamar las sales, los azufres y los mercurios de los concretos como
si todos fueran simples y tuvieran una naturaleza homogénea. Si todas las sales
fueran elementales, no deberían diferir entre sí más de lo que lo hacen las
gotas de agua pura y simple. Es algo conocido que los químicos y los médicos
adscriben a las sales fijas de los cuerpos calcinados las virtudes de los concretos de
los que proceden y, por ende, diverso tipo de virtudes operativas. Así nos
encontramos con que el álcali del ajenjo se recomienda para los desarreglos
estomacales; el aceite de eufrasia[219], para
quienes tienen débil la vista, y el guayacán —del que una enorme cantidad no
produce más que una pequeña porción de sal—, para las enfermedades venéreas,
poseyendo también virtudes purgativas que no he tenido ocasión de comprobar.
Confieso que he pensado durante mucho tiempo que en su mayoría esas
sales alcalinas están estrechamente emparentadas y que retienen muy pocas
propiedades de los concretos de los que proceden una vez
separadas de ellos. Me propuse pues estudiar cuidadosamente si podía encontrar
alguna excepción a esta observación general, y estando en una manufactura de
vidrio[220] pude
ver que en ocasiones el metal —como lo llaman los artesanos— o la masa de
ingredientes amalgamados que soplan para moldear vasijas de diversas formas en
ocasiones presentaban colores muy distintos [221] y
también una estructura algo diferente de lo habitual. Me pregunté si tales
características no estarían causadas por la naturaleza peculiar de la sal fija
que se emplea para fundir la arena y me encontré con que los maestros vidrieros
las imputaban a las cenizas de determinado tipo de maderas y procuraban no
usarlas para evitar fabricar ese vidrio innoble que les he mencionado. Recuerdo
también que un hombre industrioso, conocido mío, compró una enorme cantidad de
tallos de plantas de tabaco para producir sal fija. Yo tenía gran curiosidad en
saber cómo podía obtener esa clase peculiar de álcali de esa planta exótica tan
abundante en sal volátil, y quedé encantado de hallar que en su
lixiviación [222] no
era necesario como de costumbre evaporar todo el líquido para obtener una cal
salina que no consistía en un montón de corpúsculos diminutos de distintas
formas de cal viva que se sofocan en el aire, sino que se cristalizó como suele
ocurrir con el nitro, la sal amoniacal y otras sales no calcinadas. Y recuerdo
todavía más cosas que he observado, por ejemplo, en la sal fija de la orina,
que tras su depuración se vuelve muy blanca y presenta un sabor no muy distinto
de la sal común pero sí muy diferente del acostumbrado sabor cáustico de la
lixiviación de otras sales hechas por incineración. Pero dado que he ofrecido
pocos ejemplos de la diferencia entre las sales alcalinas, me inclino a creer
que la mayoría de químicos y bastantes médicos seguirán adscribiendo a las
sales obtenidas por calcinación las virtudes de los concretos de
los que las extraen. A fin de mostrar mejor la disparidad entre las sales,
mencionaré en primer lugar la diferencia que se da entre las sales vegetales
fijas y las sales animales volátiles, como por ejemplo, entre la sal tártaro y
la sal de asta de ciervo[223]:
mientras que la última es tan fija que resiste el fuego violento y puede
permanecer fundiéndose como un metal, la otra, distinta en sabor y olor, no es
en absoluto fija y le basta un calor suave para volatilizarse como el espíritu
del vino. A ello añadiré que incluso entre las propias sales volátiles hay una
considerable diferencia, tal y como se muestra si atendemos a las diferentes
propiedades de la sal de ámbar, la sal de orina, las sales de cráneo humano
—tan ensalzadas contra la epilepsia— y otras muchas que no escapan al
escrutinio de un observador avezado. Estas diferencias son perfectamente
discernibles a simple vista por sus figuras: la sal de asta de ciervo se
adhiere a la campana en forma casi de paralelelípedo, la sal de sangre humana
—largamente digerida con espíritu de vino— adopta la forma de numerosos granos
romboidales, aunque no me atreveré a sostener que las figuras de los cristales
de tales o aquellas sales siempre sean los mismos con independencia del grado
de fuego empleado para empujarlas hacia arriba o de la rapidez con que se hayan
concentrado en los líquidos o espíritus en cuyo fondo he visto normalmente que
cristalizan después de un rato. Y como ya les he mencionado, el hecho de no
haber encontrado sino rara vez diferencias apreciables en lo que se refiere a
las virtudes médicas de las sales fijas de diversos vegetales, me hace
sospechar que la mayoría de las sales volátiles, al presentar tanta semejanza
en cuanto a olor, tacto y carácter fugitivo, tampoco diferirán mucho en lo relativo
a sus propiedades medicinales; de hecho, he encontrado que coinciden en varias,
como su carácter diaforético[224] y
desopilativo[225], a
propósito de lo cual recuerdo que Helmont menciona en alguna parte que, sin
embargo, existe una diferencia entre el espíritu salino de la orina y el de la
sangre humana, hasta el punto de que la primera no puede curar la epilepsia
mientras que la última sí. En cuanto a la eficacia de la sal de ámbar común
contra la misma enfermedad en niños, ya que en los adultos no actúa
específicamente, tendré ocasión de distraerles con ello más adelante. Cuando
reflexiono que para obtener esas sales volátiles no es necesaria la violencia
del fuego, como sucede con las sales que se obtienen por incineración, me
inclino profundamente a concluir que pueden diferir las unas de las otras y,
por lo tanto, hay una merma de su simplicidad elemental.
Si pudiera mostrarles ahora lo que el Sr. Boyle ha observado en lo
tocante a las distinciones químicas de las sales, podrían percatarse
rápidamente de que los químicos no solo se conceden a sí mismos extrañas
libertades en llamar a los concretos sales, sino que entre
esas sales producidas por el análisis de determinados cuerpos que parecen
elementales se da una gran disparidad, por no decir, usando el lenguaje vulgar,
una enorme animadversión o antipatía como evidencia el borbolleo y el chiflar
cuando, por ejemplo, vertemos ácido de vitriolo sobre cenizas calientes o sal
tártaro. Y ruego a este caballero [226] —añadió
Cernéades clavando sus ojos sobre mí— me permita señalarles algo extraído de
sus papeles, concretamente de aquellos en los que trata de algunos preparados
con orina en los que se muestra que de un mismo cuerpo se pueden obtener, no ya
dos sales de naturaleza contraria como ejemplifica con el espíritu y el álcali
del nitro, sino tres sales distintas [227] y
visibles sin realizar adición alguna, ya que según nos relata ha observado en
la orina sal volátil y cristalina, sal fija y una suerte de sal amoniacal que
puede sublimarse y, por lo tanto, no es fija, aunque tampoco es tan fugitiva
como la sal volátil. De hecho, presumo que puede ser llamada con propiedad sal
amoniacal, dado que está formada de la sal volátil y de la sal fija de la
orina, que he percibido no es muy distinta de la sal marina, aunque por sí
misma pone de manifiesto las diferencias ostensibles que se dan entre las
sales, ya que la sal volátil no acostumbra a unirse así con un álcali
ordinario, sino que se volatiliza con el calor. Con el fin de probar ante
alguno de mis amigos las diferencias entre las sales, también ideé el
experimento siguiente: tomé sublimado veneciano común [228] y
disolví la mayor cantidad que pude en agua pura, después tomé cenizas y las
vertí en este preparado templado para que la sal de estas se disolviera; tan
pronto como encontré que el lixivio estaba lo suficientemente ácido al
paladearlo, lo guardé para usarlo. Después, en una parte de la primera solución
de sublimado hice gotear un poco de la sal fija de madera disuelta en él y el
líquido se volvió rojo; pero con la otra parte de la solución clara de
sublimado, poniendo algo de sal volátil, que abunda en el espíritu de hollín,
el líquido se volvía blanco de inmediato, casi lechoso y, tras un rato, se
posaba un sedimento blanco, distinto del color amarillo que presentaba el
sedimento del otro líquido. A todo lo dicho concerniente a las diferencias que
se dan entre las sales, debo añadir lo que ya les he mencionado relativo al
espíritu de boj y maderas similares, que difiere mucho de las sales mencionadas
hasta ahora y que, en todo caso, podría pertenecer al principio salino solo si
los químicos tienen razón y todos los sabores proceden de él.
Además de lo ya mencionado sobre los cuerpos de los que se ocupa
Helmont, agregaré que pese a estar compuestos en gran parte de aceites
químicos, más bien parecen sales volátiles. La disparidad que presentan las
sales también es muy prominente en los azufres y en los aceites que se extraen
de las cosas, dado que retienen gran cantidad del aroma, del sabor y de las
virtudes de los cuerpos de los que han sido extraídos, que no parecen otra cosa
que las crasis, por así decirlo, materiales de sus concretos. Así,
los aceites de canela, de clavo, nuez moscada y otras especias parecen ser una
reunión de las partes aromáticas que ennoblecían tales cuerpos, y es cosa
conocida que el aceite de canela, el de clavo y los de otras maderas se hunden
hacia el fondo del agua si se mezclan con ella, mientras que los de la nuez
moscada y otros vegetales flotan en ella[229]. El
aceite, abusivamente llamado espíritu de rosas, flota en la superficie del agua
en forma de manteca blanca; cosa que no recuerdo haber visto en ningún otro
aceite extraído con un alambique. En todo caso, hay un procedimiento —que no
explicaré aquí— merced al cual he podido ver cómo este ascendía en forma de
otros aceites aromáticos para deleite y asombro de quienes lo contemplaban.
También observé cómo, si se dejaba en un lugar fresco, todo el cuerpo del
aceite de las semillas de anís obtenido con o sin fermentación espesaba
adquiriendo la consistencia y la apariencia de una manteca blanca, que en
virtud de un mínimo calor regresaba a su liquidez primitiva. Así mismo he visto
más de una vez al aceite de oliva obtenido en una retorta coagularse espontáneamente
en el recibidor [230];
conservo todavía un poco congelado, y presenta un olor tan extrañamente
penetrante, que pareciera perforarte la nariz así que lo aproximas. También he
observado ese mismo olor acre en el líquido que se obtiene al destilar jabón
común, y más cuando lo forzamos con un poco de minio, porque entonces produce
un aceite admirablemente penetrante [231]. Habría
que ser completamente ajeno a las recetas y las preparaciones de los químicos
para no saber que los aceites destilados de los vegetales y los animales
presentan considerables y obvias diferencias. Lo que es más, me aventuraré a
añadir, Eleuterio, aunque tal vez piense que se trata de una suerte de
paradoja, que en distintas ocasiones se pueden extraer del mismo animal o
vegetal aceites manifiestamente distintos. No insistiré en los aceites que se
hunden y los que flotan, como ya he comentado anteriormente, por encima o por
debajo del espíritu guayacán, ni tampoco en lo que también he señalado ya en
alguna parte sobre los distintos aceites que podemos obtener de la sangre
largamente fermentada y digerida con espíritu de vino que difieren principalmente
en consistencia y peso, todos los cuales presentan, un color intenso, como
caramelizado. Sí expondré el experimento que diseñé para mostrar la diferencia
entre dos aceites del mismo vegetal, como se dice, ad ocolum[232] :
tomé una libra de semillas de anís y tras machacarlas en un mortero las
introduje en una gran retorta de vidrio llena de agua pura que puse en un horno
de arena[233] y
le administré un fuego suave durante un día entero y gran parte del siguiente
hasta extraer prácticamente toda el agua, que se llevó consigo la mayor parte
del aceite aromático y volátil de las semillas. Después, incrementé la fuerza
del fuego y cambié de recibidor, y así obtuve, además de un espíritu
empireumático, una cierta cantidad de aceite quemado del que un poco flotaba
sobre el espíritu y el resto, más pesado, no podía separarse fácilmente de él.
Mientras que esos aceites eran muy oscuros y olían muy fuerte, como a quemado,
aunque sin delatar por ello de qué vegetales habían sido extraídos, el otro
aceite aromático estaba enriquecido con el aroma y el sabor genuinos del concreto y
se coagulaba espontáneamente formando una manteca blanca revelando así que era
el auténtico aceite esencial de las semillas de anís. Respecto al concreto que
usé para realizar el experimento he de decir que, tal vez, la diferencia entre
los aceites hubiera sido más conspicua si hubiera destilado otro vegetal.
Casi olvido mencionar que existe otra clase de cuerpos que no se
obtienen por medio de la destilación de ciertos concretos y
que los químicos suelen llamar su Azufre porque son sustancias que acostumbran
a presentar un color intenso, como ocurre normalmente con los azufres disueltos
—de ahí que también se les llame, tal vez más apropiadamente, tinturas— y
porque en su mayoría se extraen y se separan del resto de la masa merced al
espíritu de vino; un líquido que ellos suponen sulfuroso y por eso creen que, cuando
opera sobre ellos, lo que produce también habrá de ser azufre. Bajo este
supuesto concluyen que pueden separar el azufre incluso de los minerales y los
metales, lo que no puede hacerse solo por medio del fuego. A todo esto yo les
respondería que si esas sustancias separadas fueran en realidad los azufres de
los cuerpos de los que han sido extraídas, existiría igualmente una gran
disparidad entre estos azufres químicos, obtenidos gracias al espíritu de vino,
y los que se obtienen por destilación en forma de aceites. De aquí se sigue de
modo evidente que las distintas tinturas minerales a las que ellos adscriben
distintas virtudes, ensalzando la tintura de oro para combatir tal y tal
enfermedad, la de antimonio y la de cristal para combatir otras, o la tintura
de esmeralda contra algunas otras son distintas que los extractos vegetales, ya
que si se destila el espíritu de vino superfluo de las tinturas que se extraen
de los vegetales, se queda en el fondo una sustancia más densa que los químicos
suelen llamar los extractos de los vegetales y que, según confiesan
abiertamente médicos y químicos, están dotados con distintas cualidades según
la naturaleza particular de los cuerpos de los que se han extraído —aunque temo
que no posean sino rara vez las virtudes que se les atribuye—. Sin embargo,
Eleuterio, debemos hacer notar aquí que los químicos, tanto en este caso como
en muchos otros, se toman la licencia de abusar de las palabras, por no
discutir de nuevo sobre las diferentes propiedades de las tinturas que no son
precisamente azufres puros y elementales y no parecerían azufres a no ser que
considerásemos que los aceites de los químicos merecen tal nombre. Aunque
existan algunas tinturas procedentes de minerales cuya fijeza natural no los
hagan fácilmente reducibles a diversas sustancias, en muchas de las tinturas
extraídas de los vegetales se manifiesta inmediatamente que el espíritu de vino
no ha separado el ingrediente azufroso de los mercuriales y salinos, sino que
ha disuelto las partes más finas del concreto, no detallamos ahora
si este es perfectamente azufroso o no, uniéndose con ellas en un magisterio
que en consecuencia contiene partes de distintas clases. Vemos, por ejemplo,
que cuando la lluvia moja las piedras que contienen vitriolo, pese a que este se
disuelve muy rápidamente en agua, no es una sal sino un cuerpo que se
descompone en muchas partes, una de las cuales es metálica [234] y
que, en consecuencia, no es de naturaleza elemental. También pueden observar
cómo el azufre común se disuelve rápidamente en aceite de trementina, que pese
a tener tal nombre es casi tan abundante en sal como el auténtico azufre; vean
si no la gran cantidad de líquido salino que produce cuando se lo pone al fuego
en una campana de cristal. Y algo que tal vez les extrañe, con el aceite de
trementina también he disuelto polvo fino de antimonio crudo hasta obtener un
bálsamo rojo con el que tal vez se alcancen grandes logros en cirugía. Si fuera
necesario, también les podría relatar de otros cuerpos insospechados con los
que he podido operar por medio de ciertos aceites químicos, aunque, para no
continuar con digresiones, usaré un ejemplo que ya he mencionado. No es
imposible que el espíritu de vino, cuyo sabor penetrante y otras cualidades
como la posibilidad de ser reducido a un álcali y agua (según dice Helmont) lo
hacen parecer tanto de naturaleza salina como azufrosa, sea susceptible de
disolver sustancias que no son meramente azufres elementales aunque abunden en
partes de esa clase. Encuentro que el espíritu de vino disuelve goma laca[235],
benzoína [236], y las
partes resinosas de la jalapa [237] e
incluso del guayacán; de lo que deduzco que de especias, hierbas y vegetales
poco compactos pueden extraerse sustancias que no son azufres perfectos sino
cuerpos mixtos. Y existen muchos extractos vulgares extraídos por medio del
espíritu de vino que puestos a destilar producen distintas sustancias que
proclaman que se trataba de un cuerpo compuesto. Esto nos conduce a intuir que
no siempre se sigue, incluso si hablamos de tinturas minerales, que porque se
use espíritu de vino y se extraiga una sustancia roja del concreto, esta tenga
que ser auténtico Azufre elemental. Y puesto que algunos de estos extractos en
ocasiones son inflamables, con independencia de que otros no lo sean y de que
estos hayan sido reducidos a partes tan minúsculas que toman el fuego con mucha
más presteza, como digo, con independencia de ello, vemos que el azufre común,
el aceite común, la goma laca y otros cuerpos untuosos y resinosos arden con
facilidad, lo que delata su naturaleza compuesta. De hecho, viajeros de
inmaculada reputación nos aseguran como cosa sabida que en algunos países
norteños donde abundan los pinos y los abetos sus pobres gentes usan para
iluminarse su resina en lugar de velas. Respecto a la coloración roja de dichas
soluciones me resultaría muy sencillo mostrarles que no procede del azufre
del concreto disuelto en espíritu de vino si me permitieran
insistir de nuevo en cómo los químicos se engañan a sí mismos y a los demás al
ignorar esas otras causas que explican por qué el espíritu de vino y otros
disolventes pueden adquirir una coloración roja u otra coloración intensa.
Volviendo a nuestros aceites, suponiendo que sean perfectamente puros,
yo no podría esperar, lo mismo que ocurre con el mejor espíritu de vino, sino
que fueran inflamables y deflagraran. Por tanto, puesto que un aceite merced al
fuego puede transformarse instantáneamente en una llama que es de muy distinta
naturaleza a él, me pregunto cómo es posible que este aceite sea un cuerpo
primigenio e incorruptible como la mayor parte de los químicos dicen que son
sus principios. Desde el momento en que puede resolverse en una llama, sea esta
o no una porción del elemento Fuego como diría un aristotélico, y puesto que
arde, brilla, y propende hacia arriba con ligereza, es evidente que se trata de
algo de naturaleza muy diferente al Aceite químico que no hace nada de esto
mientras es aceite. Si se objetara que las partes disipadas de ese aceite
flameante pueden capturarse y recolectarse de nuevo para formar Aceite o
Azufre, yo preguntaría si los químicos han sido capaces de hacerlo alguna vez,
y sin detenerme en la consideración de si se podría decir con la misma
propiedad que el Azufre es Fuego compacto o que el Fuego es Azufre disuelto,
dejo a su juicio si no se podría argumentar que ni el Azufre ni el Fuego son
cuerpos indestructibles y primigenios. Les haré observar sin embargo que por
consiguiente al menos parece que una porción de materia, sin necesidad de estar
compuesta con nuevos ingredientes, merced al cambio del movimiento y estructura
de sus pequeñas partes operadas por el fuego, puede fácilmente adquirir nuevas
cualidades, distintas a las que presentaba antes y que a los químicos les
bastaban para discriminarlas como principios de un tipo u otro.
Nos hallamos cerca de comenzar a reflexionar sobre si, cuando se
analizan los cuerpos mixtos, su parte mercurial, como la llaman, es o no
simple. A decir verdad, pese a que los químicos afirman unánimemente que en sus
descomposiciones hallan un principio que denominan Mercurio, yo encuentro que
sus descripciones divergen tanto las unas de las otras y resultan tan
enigmáticas que no me avergüenza confesar que no se qué hacer con lo que carece
de sentido. El mismo Paracelso y, como pueden imaginar, muchos de sus
seguidores, llaman Mercurio a lo que asciende en la quema de la madera, lo
mismo que los peripatéticos, que llaman al humo que, de hecho, consiste en una
parte flemática y otra de corpúsculos térreos, Aire; una noción que no debemos
admitir como creo tampoco lo hacen los químicos más estrictos. Aunque para
mostrarles que poca claridad se puede esperar en las explicaciones de los
espagiristas, incluso los más tardíos, como Beguin, quien cuando en su
tratado Tyrocinium Chymicum, escrito para instruir a los novicios,
nos explica qué debemos entender por los tria prima, nos da la
siguiente descripción del mercurio: « Mercuriusest liquor ille acidus,
permeabilis, penetrabilis, æthereus, ac purissimus, a quo omnis Nutricatio,
Sensus, Motus, Vires, Colores, Senectutisque Præproperæ retardatio [238] ».
Estas palabras no son tanto una definición como un encomio. Quercetanus [239], por su
parte, añade algunos otros epítetos en su descripción del mismo principio.
Ambos —obviando los errores que hay en sus descripciones metafóricas— hablan de
modo incongruente con respecto a los propios principios químicos: si el
Mercurio fuera un líquido ácido, o bien la filosofía hermética se equivoca al
adscribir todos los sabores a la Sal, o bien el Mercurio no puede ser un
principio sino un cuerpo compuesto de un ingrediente salino y alguna otra cosa.
Livabius[240] también
encuentra que es un grave error la oscuridad con la que los químicos escriben
acerca de su principio mercurial y nos da una descripción tan negativa de él
que Sennertus, tan favorable a los tria prima, no está satisfecho
con ella. Sennertus, el campeón más docto de los principios hipostáticos, se
queja con frecuencia de lo insatisfactorio que es lo que los químicos nos
enseñan en lo relativo al Mercurio; él mismo —con su modestia habitual— ofrece,
en lugar de la explicación de Livabius, otra con la que muchos lectores,
especialmente si no son peripatéticos, no sabrán qué hacer. No nos dice mucho
más que en todos los cuerpos se encuentran, además de la Sal, el Azufre y los
elementos, como él los llama, Flema y Tierra muerta, este espíritu que en la
lengua de Aristóteles se le llama ουσιαν αναλογον τω των αςρων ςοιχαιω [241]; algo
con lo que yo no estoy completamente de acuerdo porque no suelo dar mi
aquiescencia a las doctrinas místicas que se supone debo entender de ningún
hombre.
—Me atrevo a presumir que usted piensa que todo eso debería estar claro
para mí y para aquellos que sienten apego por esas expresiones brumosas que
acaba usted de censurar con justicia de los usos de los químicos —dijo
Eleuterio—. Tendría pues que aventurarme e invitarles a reflexionar sobre si es
pertinente o no llamar Mercurio al principio mercurial que emerge en la
destilación, y del que unánimemente se afirma que es distinto de la Sal y del
Azufre del mismo concreto, puesto que al ascender durante la destilación,
lo mismo que sucede con la Flema y el Azufre, no es ni insípido como el
primero, ni inflamable como el último. Yo sustituiría el abusivo nombre de
Mercurio por el nombre más claro y conocido de espíritu del
que ahora se hace tanto uso, y que incluso utilizan los químicos de nuestros
tiempos aunque no nos ofrezcan explicaciones muy claras de lo que quieren decir
con espíritu de un cuerpo mixto.
—No porfiaré en demasía por sus nociones sobre el Mercurio —dijo
Carnéades— pero sí con lo que los químicos quieren decir, siendo congruentes
con sus principios, en lo que concierne a los mercurios de los animales y los
vegetales, ya que no parece nada sencillo averiguarlo. Ellos adscriben gusto
únicamente al principio salino y, por tanto, se pone mucho empeño en saber qué
es el líquido en la descomposición de los cuerpos, puesto que al no ser
insípido le llaman Flema, aunque al no ser inflamable como el aceite y el
azufre, ni tampoco tener gusto, tendría que proceder de una mezcla que al menos
contuviera sal. Si tomamos el espíritu en el sentido que le dan a la palabra
los químicos y médicos modernos, para quienes ningún líquido destilado es ni
flema ni aceite, resulta bastante ambiguo. Lo primero que asciende en la
destilación del vino y los líquidos fermentados es generalmente considerado por
los químicos como espíritu. Así, de acuerdo con sus doctrinas, el espíritu puro
de vino, al ser completamente inflamable, debería ser considerado como el
principio del Azufre y no del Mercurio. Entre los demás líquidos que caen bajo
la denominación de espíritus existen varios que parecen pertenecer a la familia
de las sales, como el espíritu de nitro, el vitriolo, la sal marina e incluso
el espíritu de asta de ciervo que, pese a no poder reducirse completamente a
sal y flema, cabe sospechar que es una sal volátil disfrazada en la flema con
la que se mezcla en forma de líquido. Con todo, de ser un espíritu, difiere mucho
del espíritu de vinagre; siendo el gusto de uno muy ácido, la otra sal, que en
ocasiones se mezcla porque es demasiado pura, produce una efervescencia como la
de esos líquidos que los químicos dicen manifiestan animadversión entre sí.
También parece darse una gran disparidad entre líquidos con títulos más dignos
que los anteriores; el espíritu de roble, por ejemplo, difiere del espíritu de
tártaro, y este, a su vez, del de boj o del de guayacán. En suma, estos
espíritus, lo mismo que otros líquidos destilados, manifiestan una gran
disparidad tanto en sus efectos sobre nuestros sentidos como en sus capacidades
operativas.
Además de esta disparidad que hallamos entre los líquidos que los
modernos llaman espíritus y toma por cuerpos semejantes, lo que ya les he
explicado sobre el espíritu de boj puede hacerles ver que algunos de ellos no
solamente tienen cualidades distintas de los otros sino que pueden ser
descompuestos en sustancias que son distintas entre sí.
Puesto que los químicos modernos y los naturalistas se complacen en
tomar el espíritu mercurial de los cuerpos por el mismo principio con distintos
nombres, debo invitarles a fijarse conmigo en la conspicua diferencia que hay
entre los espíritus vegetales y los animales y el mercurio rodante; y no hablo
de ese que venden de ordinario en las tiendas y que ellos mismos confunden con
un cuerpo mixto, sino del que ha sido separado de los metales y que algunos
químicos que, como Claveus [242], más
parecen filósofos y por distinguirse lo llaman mercurius corporum [243]. Este
líquido metálico que, según los espagiristas, es uno de los tres principios del
que se componen los cuerpos minerales y puede ser separado de ellos, presenta
muchas y notables diferencias con los mercurios, como ellos los llaman, de los
animales y los vegetales, lo que me lleva a inferir que los minerales y los
otros dos tipos de cuerpos mencionados no consisten de los mismos elementos, o
que esos principios en los que los cuerpos se descomponen en primera instancia
y que los químicos denominan con gran ostentación los verdaderos principios no
son sino principios secundarios que, a su vez, deberían ser descompuestos para
poder llegar a ser de la misma clase.
Pero esto no es todo. Ya les he mencionado que los procedimientos por
medio de los que los químicos extraen los mercurios de los metales merecen
escaso crédito. A lo que añado que, suponiendo que el más juicioso de ellos
afirmase con convicción que realmente ha extraído auténtico mercurio rodante de
diversos metales —me encantaría que me dijeran cómo—, seguiría siendo motivo de
duda si esos mercurios no serían también distintos del mercurio común además de
serlo de los que proceden de los vegetales y los animales. Cuando Claveus en
su Apologia habla de algunos experimentos en los que los
mercurios metálicos se fijan en metales más nobles, especifica que se trata de
los mercurios extraídos de los metales porque el mercurio común, a causa de su
excesiva frialdad y humedad, no es apto para ese tipo de operaciones, para las
que recomienda el mercurio extraído de la plata. En alguna parte del mismo
libro nos relata que, como él mismo intentó, la mera cocción de mercurio de
estaño o de peltre (Argentum vivum ex stanno prolictum) [244] puede,
merced a una causa eficiente —como él dice— transformarse en oro puro. Y el
experimentado Alexander van Suchten nos dice que con un procedimiento que calla
para sí puede hacerse mercurio de cobre que no tiene el color plateado del
resto de mercurios sino que es verde, a lo que yo añado que un hombre eminente,
a quien sus viajes y sabios escritos le han reportado gran fama, recientemente
me aseguró haber visto más de una vez mercurio de plomo —que, pese a lo que
prometen muchos autores, es muy difícil de hacer, al menos en una cantidad
apreciable— fijarse en oro perfecto. Y a mi pregunta de si algún otro mercurio
podía haberse transformado en virtud de las mismas operaciones, respondió
negativamente.
Dado que estoy inmerso en la exposición sobre los mercurios de los
metales, tal vez esperara usted, Eleuterio, que dijera algo sobre los otros dos
principios, pero debo confesarle que sea cual sea la disparidad que se da entre
las sales, los azufres y mercurios de los metales u otros minerales, no tengo
tanta experiencia en su examen y análisis como para aventurarme a determinarla.
Respecto a las sales de los metales, ya he declarado que podemos sospechar si
no carecerán de ellas en absoluto. Y respecto a los procedimientos de
separación, encuentro que si lo que dicen los autores fuera susceptible de
ponerse en práctica, tendría que ser con la ayuda de otros cuerpos tan
difíciles de ser separados de ellos que resultaría prácticamente imposible
dotar a los principios de todas sus necesarias propiedades. Mas el azufre de
antimonio [245],
vehementemente vomitivo, y el de vitriolo, de olor muy intenso, me inclinan a
pensar que no solo difieren los azufres minerales de los vegetales, sino que
también lo hacen entre sí, reteniendo gran parte de la naturaleza de los concretos de
los que proceden. En cuanto a las sales de los metales y de ciertas clases de
minerales, las dudas que les he transmitido antes respecto a si los metales
carecen totalmente de sales o no, les llevarán a sospechar sin ningún esfuerzo
que no he tenido la dicha de verlas y no a la sazón por falta de curiosidad. Si
Paracelso escribiera siempre de modo consistente a lo largo de todos sus
escritos, les diría sin riesgo alguno que sancionaría la generalidad de lo que
he expuesto sobre mi cuarta proposición y las particularidades que justifican
mis sospechas de que existe una disparidad entre las sales metálicas y las
minerales, y las de los otros cuerpos. Según él afirma: « Sulphur aliud
in auro, aliud in argento, aliud in ferro, aliud in plumbo, stanno, etc. sic
aliud in Saphiro, aliud in Smaragdo, aliud in rubino, chrysolito, amethisto,
magnete, etc. Item aliud in lapidibus, silice, salibus, fontibus, etc. nec vero
tot sulphura tantum, sed et totidem salia; sal aliud in metallis, aliud in
gemmis, aliud in lapidibus, aliud in salibus, aliud in vitriolo, aliud in
alumine: similis etiam Mercurii est ratio. Alius in Metallis, alius in Gemmis,
etc. Ita ut unicuique speciei suus peculiaris Mercurius sit. Et tamen res
saltem tres sunt; una essentia est sulphur; una est sal; una est Mercurius.
Addo quod et specialius adhuc singula dividantur; aurum enim non unum, sed
multiplex, ut et non unum pyrum, pomum, sed idem multiplex; totidem etiam
sulphura auri, salia auri, mercurii auri; idem competit etiam metallis et
gemmis; ut quot saphyri præstantiores, lævioris, etc. tot etiam saphyrica
sulphura, saphyrica salia, saphyrici Mercurii, etc. Idem verum etiam est de
turconibus et gemmis aliis universis[246] ».
Imagino que pensará usted, Eleuterio, que de este pasaje puedo concluir sin
pecar de imprudencia que mis opiniones se ven favorecidas por las de Paracelso,
o que las opiniones de Paracelso no siempre son las mismas. Ya que en otras
partes de sus escritos parece juzgar de otro modo los tres principios y los
cuatro elementos, me contentaré con deducir de este pasaje que si su doctrina
no es consistente con la mía en lo relativo a estos asuntos, me resulta muy
difícil averiguar qué opina respecto a la Sal, el Azufre y el Mercurio y que
teníamos razón desde el principio de nuestra charla en rehusar asumir sus
opiniones ni para examinarlas ni para rechazarlas.
Vacilo sobre si en este momento debería añadir que estos cuerpos
específicos que los químicos llaman Flema y Tierra distan aún más de ser
elementales. Así sucede con la tierra y el agua vulgares, algo que, no obstante
opiniones contrarias, no es rechazado por los más cautelosos peripatéticos
modernos. Ciertamente, la mayoría de las tierras son cuerpos mucho menos
simples de lo que habitualmente se imagina, incluso los propios químicos no
suelen prescribir ni emplear tierras indiscriminadamente en aquellas destilaciones
que necesitan de la mezcla de algún caput mortuum, con el objeto de
evitar que la materia se mezcle en el fluido y para retener sus partes más
grandes. Yo mismo he hallado que algunas tierras merced a la destilación
producen un líquido en absoluto inodoro e insípido; y también es cosa sabida
que la mayoría de tipos de tierras grasas que se mantienen a salvo de la lluvia
y evitan desgastarse sirviendo de alimento a los vegetales, con el tiempo,
acaban impregnadas de salitre.
He de recordarles que el agua y las tierras de las que ahora resulta
necesario hablar, y a las que me restringiré, son las que pueden separarse
gracias al fuego. Les comentaré que la flema de vitriolo, por ejemplo, es un
remedio muy efectivo contra las quemaduras; conozco a un médico muy famoso y
hábil cuyo insospechado secreto —según me confesó el mismo— era usarla contra
tumores duros y contumaces. He ensayado con la flema de vinagre, y aunque se
toma su tiempo en el horno de digestión, a veces es capaz de extraer del plomo
azúcar, y, por lo que recuerdo, merced a una digestión larga, también he
disuelto corales. Se dice que el azúcar de saturno[247] tiene
propiedades muy peculiares. Distintos químicos eminentes enseñan que disuelve
perlas que, una vez precipitadas por medio del espíritu del mismo concreto,
se vuelven volátiles, algo que también me confirmó haber observado otra persona
que tengo por veraz. La flema de vino como, de hecho, otros líquidos que
indiscriminadamente han sido desestimados como flema, están dotados de
cualidades que los hacen diferir de la simple agua así como unos de otros.
Mientras que los químicos gustan de llamar al caput mortuum de
lo que han destilado —una vez extraída su sal por afusión de agua— terra
damnata [248] o
tierra, nosotros podemos preguntarnos si tales tierras son todas perfectamente
similares, y apenas nos cabe duda de que algunas de ellas todavía no han
quedado reducidas a una naturaleza elemental. Las cenizas de madera despojadas
de toda su sal y las cenizas de huesos, o el asta de ciervo calcinada, que los
refinadores usan como patrón de comprobación debido a que es la que se halla
más libre de sal, parecen diferir, y quien compare cualquiera de esas sales
insípidas con la cal viva, o mejor, con talco calcinado, aunque esté
exquisitamente dulcificado por la afusión de agua, tal vez halle razones que le
inclinen a pensar que son cosas de naturaleza hasta cierto punto distinta. En
la exacta calcinación del cólcotar seguida de una dulcificación exquisita,
resulta evidente que los restos no siempre se reducen a una tierra elemental,
pues después de que se ha extraído la sal de vitriolo, si ha sido una
calcinación débil, del cólcotar, el residuo no es tierra sino un cuerpo mixto
abundante en virtudes medicinales, como sé por experiencia, del que Angelus
Sala afirma puede reducirse en parte a cobre maleable, lo que juzgo bastante
probable, ya que cuando hice experimentos con cólcotar carecía de un horno que
produjera un calor lo bastante intenso para llevar el cólcotar calcinado a la
fusión; aunque conjeturé que si el cólcotar abundaba en ese metal, sería
posible separarlo con agua fuerte, por lo que puse algo de cólcotar dulcificado57 en
el mencionado menstruo y hallé, de acuerdo con mis expectativas, un líquido
intensamente coloreado igual al de una solución de cobre ordinaria.
Quinta parte
—No negaré —dijo Eleuterio aprovechando la pausa que había hecho
Carnéades—, que estimo suficientemente probado que las distintas sustancias que
los químicos acostumbran a extraer de los cuerpos mixtos merced a sus
destilaciones ordinarias no son lo bastante simples ni puras como para merecer
el nombre, hablando en rigor, de elementos o principios. Pero imagino que habrá
escuchado usted que algunos espagiristas modernos afirman que son capaces de
reducir a una simplicidad elemental dichos ingredientes previamente separados
de los cuerpos mixtos sometiéndolos a purificaciones posteriores más
escrupulosas y que, por ejemplo, cuando a los aceites se les extraen todos sus
mixtos, resultan ser idénticos entre sí, igual que gotas de agua.
—Si recuerda usted bien —replicó Carnéades—, al principio de nuestra
charla le comenté a Filopono [249] en
presencia de todos ustedes que no me comprometería a hacer otra cosa que
examinar las pruebas usualmente alegadas por los químicos para establecer su
doctrina común de los tres principios hipostáticos, por lo que comprenderá que
no estoy obligado a responder lo que acaba de proponer, lo que, por otra parte,
más que desautorizar, ratifica todo lo que he estado afirmando. Al pretender
que pueden hacer cambios tan notorios en los famosos principios que los
espagiristas vulgares obtienen merced a la destilación, parece claro que esos
otros artistas presuponen que, antes de realizar tales depuraciones
artificiales, las sustancias que habían de simplificarse no eran simples y, por
tanto, no eran elementales. De ahí que aunque pudieran llevar a cabo lo que afirman,
no me avergüence haber cuestionado la opinión vulgar en lo tocante a los tria
prima. Y respecto a la cosa misma, le diré con entera confianza que no me
agrada ser presuntuoso a la hora de afirmar que las cosas son imposibles hasta
no conocer y haber reflexionado sobre los medios gracias a los que se producen.
Por lo tanto, no voy a negar de modo taxativo que las promesas de los
susodichos artistas sean posibles, ni voy a dejar de asentir a una inferencia
cabal de sus desempeños, por muy destructiva que sea para mis suposiciones.
Pero deme la venia para decirle que, con todo, debido a que los químicos
acostumbran a hacer tales promesas más fácilmente que a hacerlas en efecto
buenas, debo retener mi opinión sobre sus afirmaciones hasta que sus experimentos
la requieran, porque no debo ser tan cómodo como para esperar de antemano una
cosa distinta sin inducciones más sólidas que las que se me han ofrecido.
Además, todavía no he oído a esos artistas asegurar que, además de ser capaces
de obtener una exquisita simplicidad de las sustancias divididas de los c oncretos merced
al fuego, puedan dividir todos los concretos minerales y de
otras clases por medio del fuego en el mismo número de sustancias heterogéneas.
Entretanto debo considerar improbable que sean verdaderamente capaces de
separar muchos cuerpos distintos, por ejemplo, del oro o de la ostiocolla como
podemos hacerlo del vino o del vitriolo, o que el mercurio de oro o el de
saturno sean exactamente de la misma naturaleza que el del asta de ciervo, o
que el azufre de antimonio no difiera sino de modo inapreciable de la manteca o
aceite destilado de rosas.
—Pero suponga —dijo Eleuterio— que hubiera químicos que aceptaran
incluir el Agua y la Tierra entre los principios de los cuerpos mixtos y que
además accedieran a cambiar el ambiguo término de Mercurio por el más
inteligible de espíritu[250] considerando
así que los principios de los cuerpos compuestos son cinco, ¿no le resultaría a
usted ciertamente difícil negar una opinión tan plausible solo porque las cinco
sustancias en las que el fuego divide los cuerpos mixtos no sean perfectamente
puras y homogéneas? Yo, por mi parte, en caso de que esa opinión no fuera
cierta, no puedo dejar de encontrar un tanto extraño el feliz hecho de que, al
ser analizados merced al fuego, tamaña variedad de cuerpos se descompongan
precisamente en cinco sustancias que difieren muy escasamente de los cuerpos
que portan esos nombres de modo que resulte admisible llamarlas aceite,
espíritu, sal, agua y tierra.
—No me veo obligado a debatir ahora la opinión que acaba de exponer
—dijo Carnéades—, puesto que no tiene nada que ver con lo que yo me había
comprometido a examinar y por ello únicamente le diré en términos generales
que, pese a que considero sus opiniones más defendibles en algunos aspectos que
las de los químicos vulgares, todo lo que llevo discurrido le debería haber
bastado para comprender qué debemos pensar, ya que todas las objeciones
realizadas a la doctrina vulgar de los químicos también se las podemos formular
a las hipótesis que menciona. Tanto la una como las otras dan por sentado que
el fuego es el verdadero y adecuado analizador de los cuerpos —lo que no es
sencillo de demostrar— y que todas las diferentes sustancias que se obtienen de
un cuerpo mixto merced al fuego eran preexistentes en él, así como que el
análisis desenmaraña las unas de las otras. Además, esta opinión adscribe a
tales sustancias así obtenidas una simplicidad elemental que ya les he mostrado
no poseen. Además de todo ello, esa doctrina está sujeta a otras dificultades
en lo que incumbe a lostria prima. Como digo, además de todo ello,
ese número quinario [251] de
elementos, si me perdonan la expresión, al menos debería circunscribirse al
común de los cuerpos animales y vegetales, ya que entre ellos no solo hay
algunos que, como ya he demostrado, se nos ha revelado consisten en más o en
menos que cinco sustancias homogéneas, sino que en el reino mineral apenas
existe algún concreto que pueda ser dividido de modo adecuado
en esos cinco principios o elementos y ni siquiera en más o en menos como
preconiza la referida doctrina.
Esto debe servir para amortiguar su asombro de que sean precisamente
cinco los cuerpos con los deberíamos toparnos tras el análisis. Puesto que el
fuego no puede analizar los metales y otros cuerpos en cinco elementos, nos
resta considerar si se pueden obtener de los cuerpos animales y vegetales, que
pueden ser destilados probablemente a causa de su contextura más endeble.
Respecto a tales cuerpos, con independencia de que supongamos bien que haya,
bien que no haya precisamente cinco elementos, las partes disipadas deberían
desplegarse en cinco urdimbres estructurales distintas, si puedo hablar así, ya
que las partes no permanecen todas fijas como ocurre en el oro, en el talco
calcinado, etc., ni todas se subliman como sucede con la piedra de azufre o con
el alcanfor; y hay casos en los que, después de disiparse, se asocian entre sí
formando nuevas urdimbres de materia. Suele ser común que merced al fuego se
separen en fijo y volátil; me refiero a que esto depende del distinto grado de
fuego con el que se hayan destilado. En su mayoría las partes volátiles
ascienden en forma seca, a las que los químicos les place llamar flores, si
resultan insípidas y, si son sápidas, sales volátiles, o en forma de líquido.
El líquido puede ser inflamable, y por eso pasa por ser aceite, o no
inflamable, pero sutil y mordiente, y por eso se le llama espíritu. También
puede ser débil o insípido, en cuyo caso se llama flema o agua. Respecto a las
partes fijas o caput mortuum es habitual que este consista en
corpúsculos, en parte solubles en agua o sápidos —especialmente si las partes
salinas no eran demasiado volátiles como para haber ascendido previamente— y
que constituye la sal fija, y en parte, insolubles e insípidas, y entonces se
llaman Tierra. Pero aunque sobre esta base uno haya podido pronosticar con
facilidad que las distintas sustancias que se obtienen de los cuerpos mixtos
por medio del fuego en su mayor parte podrían reducirse a los cinco estados de
la materia recientemente aludidos, de ahí no se sigue que esas cinco sustancias
distintas sean cuerpos simples y primigenios preexistentes como tales en
los concretos y que el fuego simplemente separa. Además de
eso, tampoco parece que todos los cuerpos mixtos —obsérvese el oro, la plata,
el mercurio, etc.— ni quizá todos los vegetales, si atendemos a lo que hemos
dicho antes sobre el alcanfor y la trementina, puedan descomponerse por el
fuego en esas precisas urdimbres materiales. Los experimentos expuestos con
anterioridad tampoco nos permiten mirar a esas sustancias separadas como
elementales y simples. Y el hecho de que sean análogos en el grado de
consistencia, en su volatilidad, en su fijeza o en alguna otra cualidad obvia
con los supuestos principios cuyos nombres se les adscriben, no sería un
argumento suficiente para darles los nombres que los químicos gustan de darles.
Así pues, dado que, como ya he dicho, no obstante esas semejanzas en alguna
cualidad existe tal disparidad en otras, más valdría darles distintos nombres
que uno solo y el mismo. Verdaderamente resulta una manera algo grosera de
juzgar la naturaleza de los cuerpos concluir sin ningún reparo que aquellos que
coinciden en alguna cualidad como la fluidez, la sequedad, la volatilidad,
etc., han de poseer la misma naturaleza; y así lo muestra el hecho de que esas
cualidades o estados de la materia abarcan gran variedad de cuerpos cuya
naturaleza a un tiempo difiere grandemente, algo que puede observarse cuando
comparamos los calcinados de oro, de vitriolo o de talco de Venecia con las
cenizas comunes y vemos que estas últimas son tan secas y tan fijas debido a la
vehemencia del fuego como los primeros. Lo mismo puede apreciarse en lo que ya
he señalado relativo al espíritu de madera de boj, que a pesar de ser un
líquido volátil, sápido y no inflamable —lo mismo que el espíritu de asta de
ciervo o el de sangre y otros— y se le denomine espíritu y se lo tenga por uno
de los principios que la madera produce, puede dividirse a su vez en dos
líquidos muy distintos entre sí, siendo uno de ellos, al menos, también muy diferente
de la generalidad de los espíritus químicos.
Pero si le place, en lo que sigue del discurso, usted mismo puede
acomodar cualquier otra particularidad que estime aplicable a las hipótesis que
ha propuesto. Yo me siento libre para elegir el momento en que manifestarme
sobre ello, dado que considero inoportuno entrometerme ahora en una ulterior
controversia que en este momento no me resulta pertinente. —Percibiendo que
Carnéades no estaba demasiado dispuesto a desperdiciar más tiempo debatiendo
eso y albergando la idea de que tal vez conseguiría hacerle discutirla en mayor
profundidad en otro momento, Eleuterio decidió no mencionar más esas opiniones,
aunque no obstante le dijo:
—Sospecho que no necesito recordarle que los patronos de la terna de
principios y los que promulgan los cinco elementos se esfuerzan en respaldar
sus experimentos con un par de razonamientos falaces, en especial estos
últimos, a los que he hallado muy doctos cuando he tenido oportunidad de
conversar con ellos, que para justificar la necesidad de cinco elementos
distintos arguyen que, de lo contrario, los cuerpos mixtos no podrían estar así
compuestos y atemperados ni lograr la apropiada consistencia y estabilidad. La
sal, dicen, es el fundamento de la solidez y la estabilidad y que, sin ella,
los otros cuatro elementos se mezclarían deslavazadamente permaneciendo
incompletos. Como la sal se disuelve en partes diminutas y es transferida a las
otras sustancias para que se compacten a través de ella, el agua resulta
necesaria. También dicen que para que una mezcla no sea demasiado dura y
quebradiza, se necesita además un principio sulfuroso o aceitoso que contribuya
a hacer la masa más correosa. Si a ello se añade un principio mercurial, en
virtud de su actividad, este puede permear y fermentar la masa provocando la
más delicada incorporación y mezcla de los ingredientes. Finalmente, a todo eso
debe añadirse tierra que, merced a su sequedad y porosidad, puede absorber
parte del agua en la que se había disuelto la sal y concurrir con el resto de
ingredientes a dar la necesaria consistencia al cuerpo.
—Advierto —dijo Carnéades sonriendo— que de ser cierto el proverbio que
he citado antes, «los hombres de ingenio tienen mala memoria», sin duda usted
posee tal distinción y compite por un puesto entre los grandes del ingenio, ya
que más de una vez ha olvidado lo que ya he mencionado respecto a que en este
discurso únicamente examinaré los experimentos de mis adversarios y nunca sus
razonamientos especulativos. Pero no es porque tema enredarme con el argumento
que me ha propuesto por lo que declino examinarlo, ya que, cuando dispongamos
de más tiempo, si usted tiene a bien considerarlo conmigo, confío en que no lo
hallaremos insoluble. Entretanto, podemos observar que, a lo que parece, tal
modo de argumentar se acomoda falazmente a distintas hipótesis, ya que, a mi
ver, Beguinus y otros adeptos de los tria prima pretenden
explicar de ese modo la necesidad de Sal, Azufre y Mercurio para constituir los
cuerpos mixtos sin reparar en la necesidad de añadir Tierra y Agua.
De hecho, ninguna categoría de químicos parece haber considerado
debidamente qué variedad de estructuras y consistencias presentan los cuerpos
compuestos ni la poca estabilidad y consistencia que presentan muchos de ellos
para acomodarse y poder ser explicados por las ideas que usted ha expuesto. Por
no mencionar esas sustancias casi incorruptibles que pueden obtenerse merced al
fuego de las que los químicos aseguran con toda premura que no son cuerpos
mixtos perfectos y que yo ya he demostrado son de alguna manera compuestas. Si
refresca en su memoria algunos de esos experimentos a través de los que le he
mostrado cómo a partir de simple agua se producen muchos cuerpos de diversa
consistencia que, si se analizan por medio del fuego, se descomponen en los mismos
principios que los cuerpos que presuntamente son perfectamente compuestos; si
los recuerda, como digo, imagino que no recelará en creer que la naturaleza,
merced a una disposición conveniente de las partes diminutas de una determinada
porción de materia, puede fraguar cuerpos lo bastante estables y dotarlos de
tal o cual consistencia sin necesidad de hacer uso de determinada cantidad de
cada uno de los cinco elementos o de los tres principios. Me asombra un tanto
que los químicos no hayan reflexionado sobre que apenas hay ningún cuerpo en la
naturaleza tan estable e indisoluble como el vidrio, pese a que a un tiempo nos
enseñen que se fabrica con cenizas llevadas al punto de fusión merced a un
fuego intenso. Puesto que suponen que las cenizas están compuestas de Sal pura
y Tierra simple separadas de toda traza de los otros principios o elementos,
deberían concluir que por el arte [252] es
posible componer un cuerpo más duradero que ningún otro que exista en el mundo
con solo dos elementos o, si se prefiere, de un elemento y un principio, lo que
siendo innegable prueba que la naturaleza no compone cuerpos mixtos, incluso
los más estables, de los cinco elementos o principios materiales.
Pero para no insistir mucho más en esta disquisición ocasional sobre la
opinión que ha traído a colación que establece que hay cinco elementos, debo
volver a recordar que el debate de este asunto no es parte de la empresa que me
propuse y, en consecuencia, creo haber consumido ya suficiente tiempo en lo que
podría calificar como una digresión o, mejor, un excurso.
Así, Eleuterio, habiéndonos internado en profundidad en la exposición de
las cuatro consideraciones propuestas a discusión y temiendo que al haberme
alargado tanto en cada una hayan perdido ustedes el hilo de la secuencia, hallo
que no sería contraproducente hacer una breve recapitulación de ellas como
sigue:
En primer lugar, que puede ponerse en duda con justicia que el fuego,
como suponen los químicos, sea el procedimiento auténtico y universal para
analizar los cuerpos.
En siguiente lugar, que se puede poner en cuestión si las distintas
sustancias que extraídas de un cuerpo mixto merced al fuego eran preexistentes
en él en las formas en que fueron separadas de él.
Que, además, aunque sostengamos que las sustancias separables de los
cuerpos mixtos por medio del fuego son sus ingredientes componentes, el número
de tales sustancias no parece ser el mismo en todos los cuerpos mixtos siendo
algunos de ellos reducibles a más de tres sustancias.
Que, en último lugar, esas sustancias en que hemos descompuesto los
cuerpos en su mayor parte no son cuerpos puros y elementales, sino nuevas
clases de mixtos.
Y que, dado que las cosas son así, espero me permitan inferir que los
experimentos vulgares —eventualmente, quizá también haya aludido a los
argumentos— que suelen alegar los químicos para probar que sus tres principios
hipostáticos son los que más adecuadamente componen los cuerpos, no son lo
bastante demostrativos para que una persona cautelosa adopte esta doctrina cuya
desconcertante oscuridad puede llevar a confundir más que a satisfacer a un
hombre reflexivo si no se prueba de mejor modo.
De lo que hasta el momento se ha deducido, podemos aprender cómo juzgar
las prácticas habituales de esos químicos, quienes en razón de haber encontrado
que diferentes cuerpos compuestos pueden descomponerse, mejor, pueden ser
obligados a producir dos o tres sustancias distintas al hollín y las cenizas en
las que normalmente las descompone fuego descubierto de nuestras chimeneas,
alborotan mucho atribuyendo a su secta la invención de una nueva filosofía y
algunos de ellos como Helmont, etc., se intitulan a sí mismos como filósofos
por el fuego, y la mayor parte no solo suscriben sino que monopolizan para los
de su secta el título de FILÓSOFOS [253].
Pero ¡oh!, ¡qué angosta es esta filosofía que nada más alcanza a algunos
cuerpos compuestos que se hallan en la corteza, o fuera, o por encima del globo
terráqueo, que no es sino un punto en comparación con el vasto y extenso
universo de cuyas partes más lejanas y grandes no dan cuenta los tria
prima! Porque ¿qué nos enseña de la naturaleza del Sol, del que los
astrónomos afirman es ciento sesenta veces y pico más grande que la Tierra? ¿O
de las numerosas estrellas fijas que, por lo que sabemos, hay muy pocas de
ellas, si es que hay alguna, que sean menores y brillen menos que el Sol si las
pudiéramos comparar con él porque estuvieran a su misma distancia? ¿Qué
información nos procura el hecho de saber que la Sal, el Azufre y el Mercurio
son los principios de los cuerpos mixtos sobre esa sustancia vasta, fluida y
etérea que parece conformar lo interestelar y, por tanto, la mayor parte del
universo? En lo que respecta a la opinión que usualmente se adscribe a
Paracelso de hacer consistir, no sólo a los cuatro elementos peripatéticos,
sino a las partes celestiales del universo, de sus tres principios, lo mismo
que los propios químicos no la consideran una vanidad carente de fundamento y
les parece digna de admitirse, yo no la encuentro digna de ser refutada.
Por ventura perdonaría la hipótesis que he estado examinando todo este
tiempo si, pese a que alcanza a una parte tan pequeña del universo, al menos
nos diera una explicación satisfactoria de las cosas que supuestamente abarca.
Pero encuentro que no nos ofrece sino una información imperfecta incluso de los
propios cuerpos mixtos. Porque ¿cómo va a descubrirnos el conocimiento de
los tria prima la razón de por qué la piedra imán atrae a una
aguja y la orienta respecto a los polos y, aun así, rara vez apunta hacia
ellos? ¿Cómo nos va a enseñar esta hipótesis el modo en que se forma un pollo
en el huevo o cómo el principio seminal de la menta, de las calabazas y otros
vegetales que ya les he mencionado puede formar del agua diversas plantas, cada
una de ellas dotada con una forma particular y determinada, y con unas
cualidades específicas y distintas? ¿Cómo nos muestran estás hipótesis cuánta
Sal, cuánto Azufre y cuánto Mercurio son necesarios para hacer un pollo o una
calabaza? Y si supiéramos eso, ¿cuál es el principio que administra tales
ingredientes y fragua, por ejemplo, los líquidos amarillo y blanco de un huevo
o esa variedad de contexturas que requiere la constitución de los huesos, las
venas, las arterias, los nervios, los tendones, las plumas, la sangre y otras
partes del pollo, y que no solo modelan cada miembro, sino que los conectan de
la manera más congruente para la perfección del animal del que forman parte?
Porque decir que una parte más sutil de uno o de todos los principios
hipostáticos es el arquitecto de tan elaboradas estructuras y director de todo
este montaje es brindarnos la ocasión para preguntar de nuevo en qué proporción
y en qué modo han de mezclarse los tria prima para producir
este espíritu arquitectónico, y qué clase de agente es capaz de tan feliz y
lograda mezcla. La respuesta a esta pregunta, si los químicos todavía persisten
en sus tres principios, estará sujeta a las mismas inconveniencias que la respuesta
a la anterior. Si ello no fuera entrometerse en las tesis de un amigo nuestro
aquí presente, podría encausar sin mucho esfuerzo a las imperfecciones de la
filosofía de los químicos vulgares y demostrarles cómo cuando se comprometen a
explicar por medio de sus tres principios, no digo ya todas las propiedades
abstrusas de los cuerpos mixtos, sino las más obvias y conocidas como la
fluidez, la firmeza, el color y las formas de las piedras, los minerales y de
otros cuerpos compuestos, la nutrición de las plantas y los animales, la
pesantez del oro y de la plata en comparación con la del vino o la del espíritu
de vino, cuando intentan, como digo, dar razón de todo ello —omito otros miles
de ejemplos de los que es difícil dar cuenta— a partir de la idea de una
proporción de esos tres ingredientes simples, se desacreditan a sí mismos y a
sus hipótesis más que satisfacen a los inquisidores perspicaces de la verdad.
—Pero lo que dice no parece una réplica solo a los cuatro elementos
peripatéticos —intervino Eleuterio— sino en verdad una objeción a cualquier
otra hipótesis que pretenda dar razón de los fenómenos de la naturaleza en
virtud de cualquier número determinado de ingredientes materiales. Respecto al
uso de la doctrina química de los tres principios, imagino que no necesita que
le diga que su gran paladín, el docto Sennertus, establece que el noble uso de
los tria prima consiste en que, a partir de ellos, puesto que
son los principios más precisos y satisfactorios, es posible deducir y
demostrar las propiedades de los cuerpos mixtos que, según él, no pueden ser
deducidas de los elementos. Esto, según afirma, resulta muy claro cuando se
investigan las propiedades y virtudes de las medicinas. Sé que el papel de
oponente a la doctrina hermética que usted ha adoptado no prevalecerá por
encima de su natural y acostumbrada equidad y no le impedirá reconocer que las
ideas y descubrimientos de los químicos tienen más que agradecerle a esa
filosofía.
—Si los químicos de los que habla hubieran sido tan modestos o tan
discretos —replicó Carnéades— como para plantear su opinión sobre los tria
prima como una idea más entre otras igualmente útiles que sirven para
aumentar el conocimiento humano, hubieran merecido más nuestro agradecimiento y
menos nuestra oposición. Pero, desde el momento en que no pretenden contribuir
al desarrollo de la filosofía haciendo que sus ideas concurran y asistan a
otras menos estimables, sino que quieren hacerlas pasar por una nueva
filosofía; y desde el momento en que se jactan de esa fantasía suya que hace al
mismo Quercetanus no tener reparos en escribir cosas como que si la acertada
doctrina de los tres principios se aprendiera más, se estudiara más y se
cultivara más, disiparía rauda toda la oscuridad que envuelve nuestras mentes
trayéndonos la luz que remueve todos los obstáculos: esta escuela nos
proporciona teoremas y axiomas irrefutables admitidos sin discusión por jueces
imparciales que, con todo, son tan útiles como para eximirnos de la necesidad
de recurrir, dada la carencia del conocimiento de las causas, a esas cualidades
ocultas santuario de los ignorantes. Y como digo, desde el momento en que los
químicos sobrevaloran esas ideas suyas tan domésticas, no creo que fuera
incorrecto apercibirlos de su error y amonestarlos para que procuren entender
sus principios en un modo más fructífero y comprensivo si lo que desean es
rendir cuenta de los fenómenos de la naturaleza y no confinarse a sí mismos y a
los demás que se lo permitan a principios tan estrechos que, temo, apenas les
permiten explicar de modo inteligible ni la décima parte de los fenómenos de la
naturaleza que podrían ser explicados de modo más plausible incluso por medio
de los principios de Leucipo y de otras clases de principios. Aunque no soy
renuente a aceptar que la incompetencia que achaco a la hipótesis de los
químicos es la misma que la que puede achacarse a los cuatro elementos
peripatéticos y a otras doctrinas que mantienen ciertos sabios, solo circunscribo
mi examen a las hipótesis químicas, ya que no veo por qué tendría que tener
reparos ni dejar de imputarles ser ciertamente ineficaces por el mero hecho de
que haya otras teorías merecedoras de los mismos reproches. Una verdad no es
menos verdad porque sea útil para derrocar una gran variedad de errores.
Me sentiría obligado con usted por la opinión favorable que sobre mi
equidad ha tenido la merced de manifestar, si no ocultara algún designio. Mas
no necesito dejarme tentar por tales artimañas ni dejarme seducir por un
cumplido para reconocer el gran servicio que la labor de los químicos ha
reportado a los amantes del conocimiento útil; a este respecto, ni siquiera su
arrogancia puede impedir mi gratitud. Pero ya que además estamos examinando la
verdad de su doctrina y el mérito de sus quehaceres, debo continuar replicando
que, a fin de hacerlo —para hablar desde el papel que he asumido— he de
decirles que cuando reconozco la utilidad de los quehaceres de los espagiristas
para la filosofía natural lo hago fundándome en sus experimentos y no en sus
especulaciones, ya que me parece que sus escritos y sus hornos nos procuran
tanto humo como luz y oscurecen algunas materias tanto como ilustran otras. No
me inclinaré a negar que resulta difícil ser un consumado filosofo natural
siendo ajeno a los asuntos de la química, pero si observo los procedimientos y
prácticas de los químicos sucede como con las letras del alfabeto, que resulta
muy difícil convertirse en filósofo sin ellas pero con ellas no basta.
Empero para considerar de un modo algo más concreto lo que usted alega a
favor de la doctrina química de los tria prima, pese a que ya he
declarado que no es inútil y que sus seguidores y adeptos han rendido algún
servicio al bien común del conocimiento ayudando a destruir la excesiva estima,
o incluso veneración, con la que la doctrina de los cuatro elementos ha sido casi
totalmente e inmerecidamente celebrada, creo que está sujeta a dificultades
nada despreciables.
En primer lugar, en lo que concierne al método probatorio que emplean
los más doctos y esforzados paladines de la causa química para demostrar sus
principios en los cuerpos mixtos, he de decir que me parecen muy lejos de ser
convincentes. El gran y principal argumento al que su apreciado Sennertus
otorga tanta preponderancia y que, según dice, es empleado como forma de
razonar por los más doctos filósofos para probar las cosas más importantes,
reza como sigue: « Ubicunque pluribus eædem affectiones et qualitates
insunt, per commune quoddam Principium insint necesse est, sicut omnia sunt
Gravia propter terram, calida propter Ignem. At Colores, Odores, Sapores,
esse φλογιςον et similia alia, mineralibus, Metallis, Gemmis,
Lapidibus, Plantis, Animalibus insunt. Ergo per commune aliquod principium, et
subiectum, insunt. At tale principium non sunt Elementa. Nullam enim habent ad
tales qualitates producendas potentiam. Ergo alia principia, unde fluant,
inquirenda sunt [254] ».
Durante la lectura de su argumento consideré adecuado tratar de retener
el lenguaje que el autor utilizaba y, por ende, la propiedad de algunos
términos latinos de los que no me viene fácilmente al recuerdo ningún
equivalente en inglés. En lo que atañe al argumento en sí, está construido
sobre una suposición precaria que me parece indemostrable e incierta porque,
¿cómo es que cuando la misma cualidad se encuentra en muchos cuerpos ello se
deba a que les pertenece porque todos comparten algún cuerpo? Puesto que el
argumento más importante que alega nuestro autor sobre los ingredientes
materiales de los cuerpos se explica con los ejemplos que ofrece de la Tierra y
el Fuego, empecemos con ellos. ¿Cómo puede probar que la pesantez de todos los
cuerpos procede de que todos participan del elemento Tierra, si podemos ver que
no solo el agua común sino también el agua destilada de la lluvia más pura son
igualmente pesadas y que el propio mercurio es mucho más pesado que la Tierra,
aunque ninguno de mis adversarios haya sido capaz de probar que contenga
Tierra? He hecho uso del ejemplo del mercurio porque no veo de qué modo los
defensores de los elementos puedan dar mejor razón de esto que los químicos. Si
se les pregunta cómo se vuelve fluido, contestarán que participa mucho de la
naturaleza del Agua. De hecho, de acuerdo con ellos, el Agua es el elemento
predominante en él porque vemos distintos cuerpos que en virtud de la
destilación producen líquidos que pesan más que su caput mortuum,
pero que no consisten aún en la cantidad suficiente de líquido como para ser
fluidos. Si se les pregunta cómo es que el mercurio es tan pesado, responderán
que a causa de que en él abunda la Tierra; pero, de acuerdo con ellos, también
tendría que consistir en Aire y, en parte, en Fuego, los que, según dicen, son
elementos ligeros. ¿Y cómo es posible entonces que debiera pesar más que la
misma cantidad de Tierra si es capaz de colmar todas las porosidades y
cavidades al hacerse una masa o una pasta con el Agua que ellos consienten en
considerar un elemento pesado?
Pero volviendo a nuestros espagiristas, vemos que los aceites químicos y
las sales fijas cuidadosamente purificadas y liberadas de sus partes térreas
continúan siendo relativamente pesadas. La experiencia me ha informado de que
una libra de una madera muy pesada como el guayacán, que se hunde en el agua,
si se reduce a cenizas, estas presentan un peso mucho menor que el de los
vegetales más ligeros, y el carbón que obtenemos de ella no se hunde en el
agua, lo que respalda la idea de que el distinto peso de los cuerpos
fundamentalmente procede de sus contexturas particulares, como se pone de
manifiesto en el oro, el más comprimido y compacto de los cuerpos, muchas veces
más pesado que la misma cantidad de tierra. No examinaré lo que puede aducirse
en lo tocante a cualidades análogas como la gravedad de los cuerpos celestes a
partir del movimiento de las manchas del Sol y a partir de la aparente
semejanza de los supuestos mares de la Luna[255], ni lo
escasamente que tales fenómenos coinciden con lo que supone Sennertus en lo que
concierne a la gravedad. Pero para invalidar más aún sus suposiciones
preguntaré: ¿de qué principio químico depende la fluidez? La fluidez es la
cualidad, exceptuando dos o tres, más generalizada del universo, mucho más que
cualquiera de las que podemos encontrar en ninguno de los principios químicos o
de los elementos aristotélicos, ya que no solo el aire, sino esa vastedad a la
que que llamamos firmamento, en comparación con la cual nuestro globo terráqueo
es solo un punto —suponiendo que sea completamente sólido— y tal vez también el
Sol y las estrellas fijas, sean cuerpos fluidos. Me pregunto así mismo de qué
principio químico procede el movimiento, que es una afección de la materia
mucho más general que ninguna que se deduzca de cualquiera de los tres
principios químicos. Igualmente pregunto sobre la luz, que no se halla
únicamente en el azufre ardiente de los cuerpos mixtos, sino también en los
bosques en putrefacción o en el pescado corrompido que brillan en la oscuridad,
o en las colas de las luciérnagas, o en los grandes cuerpos como el Sol y la
Luna. También me agradaría mucho saber en cuál de los tres principios reside la
cualidad que llamamos sonido; puesto que el aceite, al caer sobre el aceite, o
el espíritu, al caer sobre el espíritu, o la sal sobre la sal en grandes
cantidades desde una altura considerable, hacen ruido, o si lo prefiere,
generan un sonido; y si se desea extender el razonamiento a los aristotélicos,
lo mismo sucede con el agua cayendo sobre agua o la tierra sobre la tierra.
Podría nombrar todavía más cualidades que encontramos en los diversos cuerpos y
de las que presumo mis adversarios no se apresurarán a asignarles ningún sujeto
sobre el que fundamentar necesariamente que esa cualidad pertenezca al resto de
los cuerpos.
Antes de que siga adelante, debo invitarles a comparar la suposición que
estamos examinando con alguna otra de las afirmaciones químicas. En primer
lugar, los químicos enseñan que a un mismo principio puede pertenecer, y
deducirse de él, más de una cualidad. Así, en efecto, adscriben a las sales el
sabor y el poder de coagulación; al azufre, el olor y la inflamabilidad; al
mercurio algunos le adscriben el color, y todos, la capacidad de volatilizarse
o evaporarse formando gases o vapores. De otra parte, es evidente que la
volatilidad es común a los tres principios y también al agua. Es un hecho
palmario que los aceites químicos son volátiles, como también lo son diversas
sales que emergen merced a la destilación de muchos concretos, algo
que se ve claramente en la sal que asciende cuando se destila asta de ciervo o
carne. Qué sencillo resulta, a su vez, hacer ascender el agua en vapores que
casi todo el mundo ha visto. Y en lo que respecta a lo que ellos denominan
principio mercurial de los cuerpos, también es tan apto para elevarse en forma
de vapor que Paracelso y otros lo definen precisamente por esta aptitud de
volatilizarse; no parece así que los químicos hayan sido muy exactos en su
doctrina de las cualidades, ya que derivan diversas cualidades del mismo
principio y, por tanto, se ven obligados a adscribir la misma cualidad a casi
todos sus principios y a casi todos los cuerpos. El propio Sennertus da por
sentada esta primera suposición sin pruebas suficientes. Y añadiré que respecto
al cómo podemos aprender de qué manera juzgar el modo de argumentar que emplea
ese fiero paladín de los aristotélicos que combate a los químicos, Anthonius
Gunther Billichius[256], para
probar en contra de Beguinus que no solo los cuatro elementos concurren para
constituir todos los cuerpos mixtos estando todos presentes a un tiempo en
ellos y siendo susceptibles de obtenerse por el análisis, sino que, además, los
propios tria prima en los que los químicos acostumbran a
descomponer los cuerpos también consisten en los cuatro elementos. Hace unos
días transcribí el razonamiento a este papel que les muestro porque me resultó
un tanto inusual: « Ordiamur, cum Beguino, a ligno viridi, quod si
concremetur, videbis in sudore Aquam, in fumo Aerem, in flamma et Prunis Ignem,
Terram in cineribus: Quod si Beguino placuerit ex eo colligere humidum aquosum,
cohibere humidum oleaginosum, extrahere ex cineribus salem; Ego ipsi in
unoquoque horum seorsim quatuor Elementa ad oculum demonstrabo, eodem artificio
quo in ligno viridi ea demonstravi. Humorem aquosum admovebo Igni. Ipse Aquam
Ebullire videbit, in Vapore Aerem conspiciet, Ignem sentiet in æstu, plus minus
Terræ in sedimento apparebit. Humor porro Oleaginosus aquam humiditate et
fluiditate per se, accensus vero Ignem flamma prodit, fumo Aerem, fuligine,
nidore et amurca terram. Salem denique ipse Beguinus siccum vocat et
Terrestrem, qui tamen nec fusus Aquam, nec caustica vi ignem celare potest;
ignis vero Violentia in halitus versus nec ab Aere se alienum esse demonstrat;
Idem de Lacte, de Ovis, de semine Lini, de Caryophyllis, de Nitro, de sale
Marino, denique de Antimonio, quod fuit de Ligno viridi Judicium; eadem de
illorum partibus, quas Beguinus adducit, sententia, quæ de viridis ligni humore
aquoso, quæ de liquore ejusdem oleoso, quæ de sale fuit [257] ».
No encontraría muy complicado refutar este discurso tan osado, si sus
argumentos fueran tan importantes como nuestro tiempo, que con seguridad será
en exceso corto para poder llevar a término la parte restante y más necesaria
de mi discurso. Así, responderé a lo que dice Billichius sobre las partes
disipadas de los leños verdes al quemarse lo que ya le dije a Temistio en
ocasión parecida, y les mostraré con qué ligereza y superficialidad habla de
dividir la llama de los troncos verdes en sus cuatro elementos. Cuando dice que
el vapor es Aire que puede recogerse en recipientes de cristal y condensarse,
lo que en realidad se pone de manifiesto es que se trata de un agregado de
innumerables gotas diminutas de líquido; y cuando pretende probar que la flema
está compuesta de Fuego que, merced al calor, es adventicio al líquido y, en
consecuencia, cesa con la ausencia de lo que lo produce —sea ello la agitación
producto del movimiento del fuego externo, sea la presencia de multitud de
átomos ígneos que permean los poros del recipiente y penetran ágilmente todo el
cuerpo del agua—, yo señalo que estas son debilidades de su discurso. Pero
incidiré en algo de mayor pertinencia con ocasión de esta digresión, a saber,
que el hecho de dar por sentado que la fluidez, que parece confundir con la
humedad, ha de proceder del elemento Agua, significaría que el aceite químico
tendría que consistir en dicho líquido elemental; lo que es más, en sus
palabras posteriores afirma que este también consiste en Fuego debido a su inflamabilidad,
sin recordar que el espíritu de vino más exquisitamente puro es más fluido que
la propia agua, que arde en una llama sin dejar el menor rastro de humedad tras
de sí y que no contiene esa amurca[258] y
hollín de los que deduce la presencia de Tierra. Así, en conformidad con su
doctrina, se debe concluir que el mismo líquido, en virtud de su gran fluidez,
es Agua, y en virtud de su inflamabilidad, Fuego. Y por el mismo procedimiento
probatorio, nuestro autor muestra que la sal fija de la madera está compuesta
de los cuatro elementos; según afirma, merced a la violencia del fuego, se
torna exhalación vaporosa y muestra así ser una clase de Aire. Me pregunto si
alguna vez habrá visto auténtica sal fija —para poder llegar a serlo esta ya ha
tenido que resistir a la violencia de un fuego incinerador— ascender sola en
forma de exhalaciones por la acción del fuego. No dudo de que si la hubiera
visto y hubiera recogido dichas exhalaciones vaporosas en los recipientes
adecuados, hubiera encontrado que eran vapores de sal común, etc., procedentes
de un principio salino que no aéreo. Así, aunque nuestro autor dé por supuesto
que la fusibilidad de la sal se deduce del Agua, ello más bien se debe al
efecto del calor que agita de modo diverso las partículas diminutas del cuerpo.
Sin que tenga relación alguna con el Agua, el oro, por ejemplo, siendo el
cuerpo más fijo y pesado, debería ser el más térreo y, no obstante, puede
llevarse a la fusión merced a un fuego intenso que seguro elimina más que
incrementa su componente acuoso, si es que poseyera alguno. De otra parte, a
ello cabe añadir que el hielo es sólido y no fluido porque sus partes más
pequeñas no se encuentran en estado de suficiente agitación. Billichius también
presupone que los cuerpos de cualidad mordaz han de proceder de un ingrediente
fogoso; huelga decir que la luz y las partes inflamables más plausibles de
pertenecer al elemento Fuego probablemente son extraídas por la violencia del
fuego que reduce el cuerpo a cenizas; y huelga decir esto, como también que el
aceite de vitriolo sofoca el fuego y, al mismo tiempo, quema la lengua y la
carne de aquellos que lo prueban o se lo aplican inadvertidamente, como sucede
con los cáusticos. Pero probar la presencia del Fuego en las sales fijas por el
hecho de que manifiesten poder cáustico, resultaría bastante precario a menos
que primero se mostrara que todas las cualidades que se adscriben a las sales
deben deducirse de las de los elementos; algo que no me resultaría tarea en
absoluto sencilla de demostrar si tuviera tiempo para ello. Por no mencionar
que nuestro autor hace que este cuerpo, tan homogéneo que pareciera estar
producido por lo elemental, pertenezca tanto al Fuego como al Agua, aunque sin
ser ni insípido ni fluido como el Agua, ni ligero y volátil como el Fuego;
aunque en este análisis parece omitir el elemento Tierra, excepto por su
indicación de que la Sal podría pasar por Tierra, en una líneas anteriores,
donde toma las cenizas por Tierra. No veo cómo podría evitar las
inconsistencias de ciertas partes de su discurso entre sí, y entre algunos,
pasajes de su discurso con su doctrina general. Puesto que hay una diferencia
ostensible entre las partes salinas y las insípidas de las cenizas, no veo cómo
estas sustancias que difieren en cualidades tan notables puedan ser porciones
de un mismo elemento cuya naturaleza requeriría que fuesen homogéneas,
especialmente en este caso, donde el análisis merced al fuego se supone ha
separado esas partes de otros elementos que, según la mayoría de los
aristotélicos, se encuentran en la tierra común y la hacen impura. Si además de
considerar, como ya hemos hecho, por qué disparidades tan nimias los
aristotélicos consideran que el Aire y el Fuego son dos elementos distintos,
nos detenemos a observar que la parte salina de las cenizas presenta un gusto
muy fuerte y se disuelve en agua con facilidad, mientras que la otra parte de
esas mismas cenizas es insípida y no se disuelve en agua, además de que una de
las sustancias es opaca y la otra relativamente diáfana, y que también difieren
en algunas otras particularidades; si consideramos estas cosas, apenas si
podremos pensar que ambas son Tierra elemental. Y si como suele hacerse, se
argumentara, como ya hiciera Temistio en algún momento [259], que ese
sabor salino es un efecto de la incineración y la desecación, replicaría
igualmente que, con independencia de su insipidez, la Tierra puede tornarse
salina merced a distintos aditamentos y no solo por medio del fuego. Esto lo
vemos al refinar oro y plata, donde se utiliza un fuego muy intenso para que no
quede el menor resto de salinidad. Creo que Filopono [260] ha
observado con acierto que las cenizas de ciertos concretos contienen
muy poca sal, si acaso contuvieran algo. Los refinadores creen que las cenizas
de los huesos[261] están
libres de sal y por eso hacen uso de ella para las pruebas y copelas [262], ya que
la violencia del fuego llevaría la sal a vitrificarse. En cierta ocasión probé,
eso sí, obrando con cautela, una copela hecha de cenizas de huesos y agua
simple que había estado expuesta a un fuego intensificado por la acción de un
par de grandes fuelles, y no pude percibir que la fuerza del fuego la hubiera
dotado de ninguna salinidad ni que la hubiera hecho menos insípida.
Pero dado que a ninguno de ustedes les agradan las repeticiones, no
relataré ahora el resto de alegaciones contra Temistio, sino que mejor les
invitaré a reparar conmigo en que cuando nuestro autor, pese a ser un hombre
instruido y con destrezas suficientes en los quehaceres de la química como para
poder reformar todas sus artes, hace buena su confiada tarea de ofrecernos
demostraciones oculares de la presencia de los cuatro elementos en la
descomposición de la madera verde se aventura a decir cosas que se contradicen
entre sí. Casi al principio del pasaje que les acabo de leer, hace el
escurrido [263], como él
lo llama, del leño verde en agua, humo aéreo, la brillante materia fogosa, y
las cenizas térreas, mientras que unas líneas más adelante nos muestra que hay
cuatro elementos, no en una parte determinada de las cenizas, sino en todas y
cada una de sus partes, de manera que este análisis se muestra incompetente
para demostrar tal número de elementos porque, cuando se quema el concreto,
este no queda reducido a cuerpos elementales sino a cuerpos a su vez compuestos
de los cuatro elementos, o bien a esas cualidades de las que se empeña en
deducir la presencia de todos los elementos en la sal fija y en cada una de las
sustancias en que queda descompuesto. Un modo probatorio bastante precario,
especialmente si consideramos que el álcali [264] extraído
de la madera es un cuerpo, al menos por lo que aparenta, tan similar a
cualquiera de los que nos puedan mostrar los peripatéticos y cuyas distintas
cualidades, según ellos, denotan la presencia de los distintos elementos. Así,
resulta prácticamente imposible para ellos, no importa la manera en que usen el
fuego, demostrar que cualquier cuerpo es una porción de un verdadero elemento.
Esto me trae a la mente que me hallaba inmerso en este excurso con el único
ánimo de mostrarles que los peripatéticos, igual que los químicos, en nuestra
presente controversia dan por sentado algo que estarían obligados a demostrar.
Retornaré a mis excepciones en el punto en que terminé con la primera,
esto es, cuando mencioné a Sennertus, cuyas argumentaciones exhiben la misma
precariedad puesto que infiere que las cualidades como el color, el olor, etc.,
no pertenecen a los elementos y, por tanto, han de pertenecer a los principios
químicos, algo que da por supuesto aunque no pueda probarse con presteza como,
por ventura, les mostraré en mejor oportunidad. Así, baste por ahora con lo ya
discutido sobre la suposición de que casi cada cualidad debe tener algún
δεκτικον πρωτον, como ellos dicen, esto es, algún receptáculo natural en el que
ella reside de forma peculiar, como en su propio sujeto de atribución, y en
virtud del cual esa cualidad pertenece a todos los demás cuerpos en los que
podamos encontrarla. Una vez destruida esta suposición, cualquier cosa
edificada sobre ella se derrumbará por sí misma.
Pero puedo ir más allá y afirmar que los químicos se hallan muy lejos de
ser capaces de explicar por ninguno de sus tria prima esas
cualidades que según dicen pertenecen a los principios en primera instancia y
que en los cuerpos mixtos se deducen de ellos. Es cierto, en efecto, que tales
cualidades no se pueden explicar por los cuatro elementos, pero de ahí no se
sigue que pueda hacerse por los tres principios herméticos, algo que parece
haber confundido a los químicos y que, de hecho, es un error muy frecuente
entre otros disputantes que argumentan como si no hubiera más que dos opiniones
en lo relativo a esta dificultad sobre la que disputan, y por ello infieren que
si la opinión de sus adversarios es errónea, la suya tiene que ser cierta.
Mientras que muchas preguntas, especialmente en lo que concierne a los asuntos
de la fisiología, admiten muchas hipótesis distintas, concluir —excepto en los
casos de contradicción flagrante— la verdad de una por la falsedad de otra
mostraría una gran falta de atención y resultaría muy falaz. En este caso
particular no es necesario en ningún modo que las propiedades de los cuerpos
mixtos deban ser explicadas, bien por las hipótesis herméticas, bien por las
aristotélicas, ya que hay otras formas plausibles de explicarlas; especialmente
por aquella que deduce las cualidades del movimiento, la forma y la disposición
de las pequeñas partes de los cuerpos, como creo que podrá mostrarse más
adelante si ello resulta tan oportuno como, según temo, tedioso.
Dejemos pues que los químicos acusen no sin motivo a la doctrina de los
cuatro elementos de incompetencia para explicar las propiedades de los cuerpos
compuestos. Y por su rechazo de un error común, no les negaremos las alabanzas
que merecen por haber roto en pedazos una doctrina cuyas imperfecciones son tan
conspicuas que se pueden descubrir con los ojos cerrados.
Pero me equivocaría mucho si nuestros filósofos herméticos y
peripatéticos no necesitaran recurrir a principios más fructíferos y
comprensivos que los tria prima para explicar las propiedades
de las que hablan. Con el objeto de no acumular demasiados ejemplos —habrá
ocasión más adecuada para proceder con este asunto—, permítanme únicamente
señalar el color, ya que por lo que dicen de tan conocida y obvia cualidad
podrán ustedes hacerse una idea de lo escasamente instructivos que son
los tria prima a la hora de explicar cualidades más abstrusas
que mantienen ocultas, al igual que hacen los aristotélicos. Respecto a los
colores, ni encuentro que se pongan de acuerdo los unos con los otros, ni me he
topado con ninguno que los explique inteligiblemente merced a alguno de los
tres principios. Los químicos vulgares acostumbran a adscribir los colores al
Mercurio, Paracelso los atribuye en distintos lugares a la Sal, y Sennertus,
quien mantiene diversas opiniones, difiere de ambos y relaciona el color con el
Azufre. Pero creo que ustedes pensarán que ninguno de ellos explica
inteligiblemente cómo los colores surgen de cada uno de esos principios. Si el
Sr. Boyle me permitiera mostrarles los experimentos que ha ido runiendo sobre
los colores, estoy seguro de que ustedes confesarían que los cuerpos
manifiestan coloración, no porque en ellos predomine tal o cual principio, sino
a causa de su estructura, en particular, de la distribución de sus partes
superficiales, que hacen que la luz rebote hacia el ojo considerablemente
modificada provocando distintas improntas que afectan de modo diverso los
órganos de la visión. Desearía que reparasen aquí en la atractiva variedad de
colores que podemos ver a través de un prisma, como se le suele llamar, y que
se preguntaran qué incremento o disminución de Sal, Azufre o Mercurio le
sobreviene a este cuerpo por el hecho de tener forma de prisma cuando lo que
sabemos con certeza es que sin esa forma no produciría colores. Aunque en vista
de que se podría objetar que esos colores no son reales sino aparentes y de que
no voy a perder tiempo en examinar la diferencia, alegaré un par de ejemplos de
colores reales y permanentes de los cuerpos metálicos contra los químicos. El
mercurio puesto al fuego en recipientes de cristal y sin la adición de ningún
cuerpo extraño puede despojarse de su color plateado y convertirse en un cuerpo
rojo; y de ese cuerpo rojo sin adición alguna puede volver a obtenerse mercurio
tan brillante y especular como antes. Eso significa que tenemos un color que
hemos generado y destruido sin añadir ni quitar cantidad alguna de Mercurio,
Sal o Azufre. Si se toma un trozo delgado de acero endurecido y se le aplica la
llama de una vela a corta distancia de la punta, percibimos distintos colores
—amarillo, rojo, azul— que aparecen en la superficie del metal que parecen
correr los unos detrás del otro hacia ese punto. Así, en lo que dura un minuto
poco más o menos, el mismo cuerpo, en una y la misma parte, puede presentar no
solo un nuevo color sino varios, y cuando se aparta el acero del fuego,
cualquiera de esos colores puede volverse permanente y durar muchos años; no es
razonable suponer que la producción de tal variedad de colores sea resultado de
que alguno de los tres principios a los que los químicos gustan de adscribirlos
se haya adherido al acero; más si consideramos que, cuando enfriamos de forma
repentina el acero que hemos llevado previamente a un rojo vivo, volverá a
endurecerse y a perder el color. Esto sucederá no solo con el calor de la llama
de una vela sino con cualquier fuente de calor equivalente que se aplique.
Pero, aunque a mí no me resultaría tan difícil como temo les resultaría a los
químicos dar cuenta merced a sus principios de las otras cualidades mejor de lo
que lo hacen del color, no debo proseguir con este argumento incidental. Temo
que el propio Sennertus, pese a que lo tengo en gran estima, se mostraría muy
desconcertado a la hora de analizar mediante los tria prima ni
la mitad del catálogo de problemas con los que reta a los peripatéticos y sus cuatro
elementos. Y suponiendo que fuera cierto que la Sal o el Azufre sean los
principios a los que referir esta o aquella cualidad y que Sennertus nos
enseñara algo concerniente a esas cualidades, en realidad, no nos enseña nada
porque, de facto, no nos enseña nada que pudiera satisfacer de algún modo
admisible a un explorador inquisitivo de la verdad. Porque ¿qué significa saber
que una cualidad reside en tal principio o elemento si ignoro la causa de tal
cualidad y la manera en que se ha producido y en la que opera? ¿Cuánto más
conozco sobre la gravedad que cualquier hombre ordinario si solo sé que la
pesantez de los cuerpos procede de la Tierra que contienen e ignoro la razón
por la que la Tierra pesa? ¿Y cuánto le enseña sobre la purgación el químico al
filósofo de la naturaleza si solo dice que la virtud purgativa de una medicina
reside en su sal y si, además, esto tampoco puede concedérsele completamente
puesto que las partes purgantes de muchos vegetales que son extraídas junto con
el agua en la que están embebidas son sales compuestas, esto es, mezcladas con
el aceite, el espíritu, la tierra y el tártaro que los cuerpos del reino
vegetal producen?, ¿cuánto si el mercurio, bien con oro, bien sin adiciones, se
precipita en un polvo que es fuertemente catártico pese a que los químicos aún
no hayan probado que el oro o el mercurio contengan sal en absoluto, y menos
que sea purgativa? Y además de eso, añado: ¿qué significa para mí saber que la
sal del ruibarbo [265] es
purgante si descubro que no lo es en razón de ser una sal, porque ninguna sal
elemental es catártica en pequeñas cantidades, y si desconozco cómo cursa lo
purgante en general en el cuerpo humano? En una palabra, una cosa es conocer la
residencia de un hombre, y otra muy distinta, estar familiarizado con él, de la
misma manera que una cosa es conocer el sujeto donde reside una cualidad
relevante, y otra, la cualidad misma. Una vez expuestas las razones por las que
considero que la doctrina química es deficiente, alego las mismas para tildar
de incompetentes a la aristotélica y demás teorías a la hora de explicar el
origen de las cualidades. Estoy cualificado para creer que los hombres nunca
llegarán a explicar los fenómenos de la naturaleza si se limitan a deducirlos
de la presencia y de la proporción de tales ingredientes materiales y los
consideran como cuerpos en un estado de reposo, comoquiera que la mayor parte
de las afecciones de la materia y, en consecuencia, de los fenómenos de la
naturaleza parecen depender del movimiento y la disposición de las pequeñas
partes de los cuerpos. Es en virtud del movimiento como una parte de la materia
actúa sobre otra y, básicamente, es contra la estructura contra lo que luchan
las partes móviles, modificando el movimiento o la impronta y concurriendo con
él para producir los efectos que componen la parte principal del tema que ocupa
a los filósofos naturales.
—Pero me parece que ha dejado sin respuesta parte de lo que yo alegaba
en favor de los tres principios —dijo Eleuterio—, ya que todo lo que ha dicho
no es óbice para que sea útil saber que ciertas virtudes medicinales residen en
la sal de un concreto, en el Azufre de otro y el Mercurio de un
tercero y que, por ello, deben ser separados del resto con el objeto de aislar
la facultad deseada.
—Nunca he negado —dijo Carnéades— que la teoría de los tria
prima pueda ser de alguna utilidad, pero —prosiguió riendo— lo que
usted alega ahora podría confundirse con que les resulta más útil a los
farmacéuticos que a los filósofos. El hecho de conseguir que las cosas sean
operativas puede bastarles a los primeros, pero los segundos buscan conocer las
causas por las que estas operan, y permítame decirle, Eleuterio, que incluso
esto debe ser contemplado con precaución.
En primer lugar, no se sigue automáticamente que porque de un simple,
merced al agua o el espíritu de vino, se pueda extraer fácilmente la virtud
purgante o de otra especie, esta resida en la Sal o el Azufre del concreto.
Ya que, a menos que el cuerpo se haya analizado por medio del fuego o algún
otro agente poderoso con anterioridad, los líquidos que antes he mencionado
contienen sus partes compuestas más refinadas y no sus partes elementales. Como
señalaba antes, el agua no solo disuelve sales puras, sino también cristales de
tártaro, goma arábiga, mirra y otros cuerpos compuestos. Así como el espíritu
de vino disuelve no solo el Azufre de los concretos, sino la
totalidad de la sustancia que forma los cuerpos resinosos como la benzoína, las
partes gomosas de la jalapa, la goma laca y otros cuerpos que se cuentan entre
los perfectamente mixtos. También podemos ver que los extractos hechos con agua
o con espíritu de vino no son de una naturaleza simple y elemental, sino masas
consistentes en corpúsculos gruesos y en las partes más finas de los concretos de
los que han sido extraídos, puesto que destilándolos se pueden dividir todavía
en sustancias más elementales.
En segundo lugar, deberíamos tener en cuenta que, incluso cuando
interviene el fuego a la hora de realizar un análisis químico, es muy
infrecuente que la facultad deseada del concreto resida en el
principio salino o azufroso que se obtiene, y donde los químicos suponen que
reside, ya que se trata de cuerpos mixtos aunque en ellos predomine una
naturaleza salina o sulfurosa. Si en los análisis químicos las sustancias
separadas fueran cuerpos simples y puros de una naturaleza elemental, ninguno
podría estar provisto de virtudes más específicas que otro y sus cualidades
diferirían tan poco como difieren las del agua. Permítanme añadir a esto algo
sobre el método: incluso los químicos más eminentes han soportado que los
reprenda por su excesiva diligencia a la hora de purificar ciertas cosas que
obtienen de los cuerpos merced al fuego, ya que si estos ingredientes purísimos
pueden por ventura resultar más satisfactorios para nuestro entendimiento, los
otros son más útiles para nuestra existencia. La eficacia de estos productos
químicos depende en gran medida de lo que retienen de los cuerpos de los que
fueron separados o de lo que ganan por nuevas asociaciones entre las partes de
lo que se disipa; cuando son meramente elementales, su eficacia es
comparativamente mucho menor y, así, las virtudes de los azufres, las sales y
demás sustancias de una sola denominación son exactamente iguales.
Y por cierto, Eleuterio, apoyándome en estas razones, me inclino a
pensar que la descomposición artificial de los cuerpos compuestos merced al
fuego, que se supone los divide en sus principios, no enriquece tanto a la
humanidad como la elaboración de nuevos compuestos por combinación de las
partes disipadas de los cuerpos compuestos; muchos de ellos están dotados de
cualidades beneficiosas que, en multitud de ocasiones, no proceden del cuerpo
del que se separaron sino de su recientemente adquirida estructura.
En tercer lugar, lo más significativo es que hay diversos concretos cuyas
facultades residen en una u otra de esas sustancias que los químicos llaman sus
azufres, sus sales y sus mercurios y, por ende, resulta más adecuado obtenerlos
analizando el concreto del que se pueden separar, pero también
existen otros donde las propiedades más nobles no se alojan en la Sal, el
Azufre y el Mercurio, sino que dependen directamente de la forma, esto es, son
resultado de la estructura del concreto como un todo y, por tanto,
quienes se apresuran a extraerlas usando la vehemencia del fuego yerran
gravemente, ya que toman el camino de destruir lo que pretenden obtener.
Recuerdo que en alguna parte el propio Helmont confesaba que el fuego
mejora e incrementa las virtudes de algunas cosas y estropea y degenera otras.
También afirma con buen juicio que muchas veces hay más virtud en un simple,
tal y como la naturaleza lo forjó, que en cualquier otra cosa que haya sido
obtenida por el fuego. Y por si dudaran de que con virtudes de las cosas se
refiere a las bondades médicas, les recuerdo esta sincera confesión que
escribió en algún lugar: « Credo simplicia in sua simplicitate esse
sufficientia pro sanatione omnium morborum [266] ».
Lo que es más, Barth [267], en un
comentario sobre Beguinus no tenía reparos en escribir lo que sigue: « Valde
absurdum est ex omnibus rebus extracta facere, salia, quintas essentias;
præsertim ex substantiis per se plane vel subtilibus vel homogeneis, quales
sunt uniones, Corallia, Moscus, Ambra, etc [268] »..
En consonancia con ello también dice —reafirmando de paso a Platerus [269] por
haber hecho la misma advertencia a su audiencia— que algunas cosas poseen
grandes virtudes y se acomodan mejor a nuestra humana naturaleza cuando no han
sido elaboradas que cuando han pasado por los fuegos químicos, como se puede
ver en el caso de la pimienta, ya que, según dice, la ingestión de unos granos
hace más por un estómago mal temperado que una gran cantidad de aceite de esta
misma especia.
Y como nuestro amigo aquí presente ha señalado respecto al salitre,
ninguna de las sustancias en las que puede dividirse merced al fuego retiene el
gusto ni la virtud para enfriar ni ninguna otra propiedad del concreto,
aunque sí pueden adquirir nuevas propiedades que no se hallaban en el propio
salitre. El brillo de las colas de las luciérnagas solo dura el tiempo
necesario para que el pequeño animal logre hacerse conspicuo, lo que lleva a
algún individuo inquisitivo a no mostrar ningún reparo en ridiculizar a
Baptista Porta [270] y
algunos otros que, engañados por ciertas suposiciones químicas, se han
aventurado a prescribir la destilación del agua de las colas de las luciérnagas
como procedimiento seguro para obtener un líquido que brilla en la oscuridad. A
ello añadiré el ejemplo que nos aporta el ámbar, que cuando es un cuerpo
homogéneo exhibe la facultad eléctrica de atraer a las plumas, a la paja y a
cuerpos de ese tipo, lo que jamás he observado en su sal, ni en su espíritu o
su aceite, ni tampoco en el cuerpo que fabriqué en una ocasión reuniendo de
nuevo sus elementos previamente divididos, ninguno de los cuales presentaba la
misma estructura que la del concreto original. Pese a que los
químicos deduzcan con ligereza tal o cual propiedad de esta o aquella
proporción de sus principios componentes, no siempre sucede que la presencia de
tal o cual ingrediente que abunda en determinados concretos sea
lo que los cualifica para operar tales o cuales efectos, sino más bien esto es
resultado de la particular contextura de uno o del resto de los ingredientes
que se asocian de un modo determinado en un concreto; aunque
posiblemente sea más adecuada una proporción determinada de un cierto
ingrediente que otra para constituirlo. Es lo mismo que sucede en un reloj,
donde la manecilla se mueve sobre la esfera, la campana golpea y el resto de
acciones propias del mecanismo se ejecutan, no porque los engranajes sean de
bronce o de hierro, o porque unos sean de un metal y otros de otro, o porque
los pesos sean de plomo, sino en virtud de su tamaño, su forma y la adaptación
relativa entre sus diversas partes que funcionan igual con independencia de que
los engranajes sean de plata, de plomo o madera y de que los pesos sean de
piedra o de cerámica, aunque no vamos a negar que el bronce y el acero son
materiales más adecuados para fabricar los engranajes que la madera o el plomo.
Y para que usted pueda ver, Eleuterio, que el hecho de que un cuerpo pueda
perder algunas de sus cualidades y adquirir otras que llegan a considerarse
radicalmente inherentes a aquellos cuerpos en los que residen no siempre se
debe a la presencia, el incremento o la disminución de alguno de los
principios, sino que sucede gracias a la estructura de sus pequeñas partes,
traeré a colación un ejemplo destacable anteriormente referido que ahora casa
bien a nuestro propósito: el plomo, sin necesidad de usar ningún aditamento y
únicamente exponiéndolo al fuego varias veces, pierde su color adquiriendo una
tonalidad a veces gris, a veces amarillenta, roja, o violácea amatista, y tras
haber adquirido estos tonos, e incluso otros distintos, vuelve a recobrar su
coloración original. Además, este metal tan flexible puede convertirse en algo
tan quebradizo como el cristal para después volver a hacerse igual de maleable
y flexible como antes. He observado el plomo muchas veces a través del
microscopio encontrando que es uno de los cuerpos más opacos que existen en el
mundo. Pues bien, este mismo plomo puede ser convertido en el más fino cristal
transparente y ser devuelto de nuevo a su primitiva opacidad; y todo ello, como
digo, por su mera exposición al fuego sin la adición de ningún cuerpo extraño.
Pero habiéndole confrontado con un problema tan prolijo, Eleuterio, es
tiempo de que le alivie a usted con la promesa de fijar rápidamente un plazo
para su conclusión. Y para hacer buena mi promesa, de todo lo discutido con
usted hasta el momento, deduciré un corolario: Aún se puede poner en
duda que exista un número determinado de elementos, o si lo prefieren, que
todos los cuerpos compuestos consistan en el mismo número de ingredientes
elementales o de principios materiales.
Siendo esta una inferencia del discurso precedente, no parece necesario
insistir en las pruebas en general, sino mejor fijarse únicamente en la prueba
principal refiriéndonos a lo que ya hemos expuesto cuando sea el caso de que se
examinen particularidades.
En primer lugar, pues, de lo ya tan ampliamente discutido podemos decir
que, según parece, los experimentos usuales que alegan peripatéticos y químicos
vulgares para demostrar que todos los cuerpos mixtos están hechos precisamente
de los cuatro elementos o de los tres principios hipostáticos no demuestran
aquello que pretenden probar. Respecto al resto de argumentos habituales, más
en lo que concierne a las hipótesis aristotélicas supuestamente extraídas de la
razón, puesto que los químicos acostumbran a apoyarse más en sus experimentos,
se suelen basar en suposiciones tan precarias e irracionales que a cualquier
persona le resulta tan sencillo y justo rechazarlas, como a los que las dan por
supuestas aceptarlas, y de hecho todas ellas son tan indemostrables como las
conclusiones que de ellas se extraen. Algunas son tan manifiestamente débiles
que habría que ser un adversario muy cortés para estar dispuesto a aceptarlas,
y uno muy torpe como para verse forzado a hacerlo.
En segundo lugar, hemos de examinar que si lo que en ocasiones exponen
los patriarcas de los espagiristas, Paracelso y Helmont, es cierto —nos
referimos a que el alcahesto es susceptible de descomponer mejor que el fuego
todos los cuerpos en otros principios—, hemos de decidir cuál de los dos tipos
de descomposición, si la que se hace merced al fuego o la que se hace por medio
del alcahesto, puede determinar el número de elementos antes de que estemos
seguros de cuántos hay.
Entretanto, en último lugar debemos fijarnos en sus afirmaciones
relativas a que las diversas sustancias en las que el alcahesto divide los
cuerpos son de distinta naturaleza que las que se obtienen merced al fuego y
que se pueden obtener en mayor número de unos cuerpos que de otros, cuando
afirman que cualquier clase de piedra puede reducirse completamente a sal y al
mismo tiempo que del carbón se pueden obtener dos líquidos distintos. Así, pese
a que pudiéramos aceptar las resoluciones hechas merced al fuego, hallamos que
no todos los cuerpos se dividen en el mismo número de elementos y principios, y
algunos nos proporcionan concretos más que otros; lo que es
más, algunas veces tal o cual cuerpo produce un mayor número de sustancias
distintas mediante un procedimiento que por medio del otro. Del oro, el
mercurio o la mica moscovita pueden extraerse tantas sustancias distintas como
las que se pueden separar del vitriolo o del zumo de uvas preparados de diverso
modo. Así, no parece ser muy congruente con esa gran variedad que contribuye a
la perfección del universo el hecho de que todos los cuerpos estuvieran
compuestos por el mismo número de elementos lo mismo que si en una lengua todas
las palabras constaran de las mismas letras.
Sexta parte
Un apéndice paradójico al anterior tratado
En ese momento, habiéndose despachado con lo que consideró oportuno
exponer para oponerse a las alegaciones habitualmente esgrimidas por los
químicos para demostrar sus tres principios, Carnéades hizo una breve pausa y
miró a Eleuterio con la intención de averiguar si había llegado el momento de
reencontrarse con sus amigos [271], pero
Eleuterio, sin percibir nada que le impidiese proseguir un poco más con su
plática, dijo:
—Esperaba que después de haber declarado sin ambages sus dudas respecto
a si existe un número determinado de elementos, continuaría preguntándose si
acaso no haya elementos en absoluto. Confieso que me sentiría muy afligido si
defraudara mis expectativas, especialmente si toma en cuenta el detenimiento
con que nos hemos conducido hasta el momento, gracias al cual ha deducido
muchas cosas pertinentes que probablemente basten para examinar esta paradoja y
únicamente restaría aclarar cómo las aplica para llevar a cabo sus inferencias.
Habiéndose hecho la vana representación de que no disponían sino de
corto tiempo, de que ya habían parlamentado largamente y de que no estaba
preparado para batallar con una paradoja tan vasta y vidriosa, Carnéades
respondió a su amigo:
—Eleuterio, puesto que desea usted que discuta ex tempore la
paradoja que trae a colación, me complace decirle, expresando más mi docilidad
que mi opinión, que por extravagantes que puedan parecer, si suponemos que los
experimentos —si se les puede llamar así— con el alcahesto de Helmont y
Paracelso son ciertos, no resulta absurdo poner en cuestión la necesidad de
admitir elemento o principio hipostático alguno.
Lo mismo que antes, ahora, con el objeto de evitar el innecesario
problema de disputar a un tiempo con aristotélicos y químicos, me referiré a
los segundos porque los modernos aplauden más su doctrina de los elementos
apoyándose en la suposición de que está ampliamente fundada en la experiencia.
Y para tratar con ellos de un modo no solo justo sino favorable, les permitiré
incluir también la Tierra y el Agua junto a sus otros principios. A primera
vista pudiera parecer que mi discurso coincide mejor con las doctrinas de los
aristotélicos, quienes probablemente no apelarán más que a esos dos elementos,
puesto que, generalmente, hombres muy juiciosos consideran cosa imaginaria que
el Fuego se sitúe por encima del Aire. Lo que es más, el aire no concurre en la
composición de los cuerpos mixtos como uno de sus elementos, sino que solo
ocupa sus poros, o mejor, en virtud de su peso y fluidez, rellena todas
aquellas cavidades de los cuerpos sublunares lo suficientemente grandes como
para albergarlo y que además no estén llenos de ninguna otra sustancia mayor,
sean o no cuerpos compuestos.
Y para prevenir errores, debo advertirle que aquí entiendo por elementos
lo mismo que entienden los químicos que tan llanamente hablan por sus
principios, esto es, ciertos cuerpos sin mezcla, primitivos y simples, que no
están hechos de ningún otro cuerpo, ni los unos de los otros, y que constituyen
los ingredientes de los que los llamados cuerpos perfectamente mixtos están
inmediatamente formados. Lo que cuestiono entonces es si existe algún cuerpo
semejante que podamos hallar siempre en todos y cada uno de los cuerpos a los
que se denomina elementales.
En este punto de la controversia sospecho que usted pensará que yo no
debería ser tan absurdo como para negar que hay cuerpos tales como Tierra,
Agua, Mercurio y Azufre. Pero yo considero la tierra y el agua como partes
constituyentes del universo o, mejor, del globo terráqueo y no de todos los
cuerpos mixtos. Tampoco negaré de modo tajante que en ocasiones se puede
obtener mercurio rodante o una sustancia combustible de un mineral e incluso de
un metal, pero esto no me lleva a conceder que sean elementos en el sentido que
he explicado antes, como tendré por cierto ocasión de mostrar.
Para ofrecerle, pues, un breve recuento de los fundamentos sobre los que
procederé, debo decirle que en materias filosóficas me parece razón suficiente
para dudar de una conocida e importante proposición el mero hecho de que no se
haya aportado ninguna prueba competente y, congruentemente, si demuestro que
las razones que persuaden a las personas para creer que hay elementos no son
suficientemente satisfactorias, mis dudas serán vistas como algo racional.
Así, las consideraciones que inducen a las personas a pensar que hay
elementos deben ser cuidadosamente adscritas a dos ideas directrices: una, que
es necesario que la naturaleza utilice elementos para constituir los cuerpos
mixtos, y la otra, que la descomposición de tales cuerpos manifiesta que la
naturaleza los ha compuesto de aquellos que son elementales.
En lo que se refiere a la primera de ellas, hay dos o tres cosas que
debo exponer. Comenzaré por recordarles los experimentos referentes al
crecimiento de las calabazas, la menta y otros vegetales del agua pura y
simple. A través de ellos parece evidente que el agua puede transmutarse en el
resto de los elementos, y de ello puede inferirse que, por un lado, no todo lo
que los químicos llaman sal, azufre o espíritu tiene por qué ser un cuerpo
primordial e ingenerable, y por otro, que la naturaleza puede constituir una
planta que sea un cuerpo perfectamente mixto sin haber contado previamente con
todos los elementos. Si, de otro lado, concedemos que el relato del señor De
Rochas que antes he mencionado es cierto, no solo pueden generarse plantas a
partir del agua, sino también animales y minerales. Sin embargo, no podemos
poner en duda que las plantas que he conseguido gracias a mis experimentos sean
semejantes al resto de vegetales del mismo nombre, ya que, cuando se reducen a
la putrefacción, producen los mismos gusanos e insectos, de manera que en
virtud de diversos principios seminales el agua se transmuta sucesivamente en
vegetales y animales. Si además consideramos que no solo los hombres, sino
también los niños de pecho, con frecuencia se ven atormentados por piedras
sólidas —aunque Helmont piense en sentido opuesto contrariamente a la
experiencia—, y que piedras pesadas de considerable tamaño también incomodan
los riñones y vejigas de diversas clases de bestias, pese a alimentarse de
hierba y otros vegetales que no son sino agua enmascarada, no parece improbable
que incluso algunos concretos de naturaleza mineral puedan
estar igualmente formados por agua.
Podemos continuar fijando nuestra atención en que, lo mismo que una
planta ha de nutrirse y, en consecuencia, consistir en simple agua, ambos,
plantas y animales, quizá incluso desde sus rudimentos seminales, pueden
consistir en cuerpos compuestos sin tener nada de lo meramente elemental que
por naturaleza habría de conformar tales compuestos. Esto resulta evidente en
el hombre, a quien mientras es infante solo se le alimenta con leche y quien,
más tarde, vive enteramente de carne, pescado, vino y otros cuerpos
perfectamente mixtos. También puede verse en las ovejas, que engordan mucho a
fuerza de comer la hierba de algunas de nuestras colinas y prados ingleses sin
beber prácticamente nada; y se aprecia de forma palmaria en los gusanos, que
procrean y prosperan en el seno de la pulpa de las manzanas, peras y frutas
similares. También vemos cómo la bosta que abunda en sal mixta procura un
crecimiento mucho más rápido al maíz y a otros vegetales de lo que lo haría el
agua sin más. Un hombre con mucha experiencia en estos asuntos me ha asegurado
que, algunas veces, cuando se desea que las plantas despunten rápidamente, se
enriquece con bosta el mantillo sobre el que se siembran, de forma que las
plantas terminan sabiendo a estiércol. Permítanme que también señale que cuando
se injerta un esqueje de cierta clase de frutal en las ramas altas de otra
clase de árbol, por ejemplo, un vástago de peral injertado en un majuelo, la
savia que asciende ya se encuentra alterada, bien por causa de la raíz, bien
por causa de la corteza durante su ascenso, o bien por ambas cosas, habiéndose
transformado así en un nuevo cuerpo mixto. Esto es algo que puede apreciarse en
las distintas cualidades de las resinas de muchos árboles, particularmente en
el agua de abedul [272], que
posee muchas virtudes y yo he bebido gracias a la magnifica recomendación de
Helmont. Cuando el injerto se fija al tronco cortado, este necesariamente se ha
de nutrir a sí mismo para producir su fruto merced únicamente al zumo compuesto
que le aporta el tronco sin poder recurrir a ningún otro alimento. Si pensamos
en cuánto de un vegetal con el que se alimenta un animal permanece en él,
resulta sencillo suponer que su sangre así alimentada, pese a ser un líquido
denso y contener todo tipo de corpúsculos, se organiza en virtud de una forma
que la gobierna siendo un cuerpo extrañamente susceptible de descomponerse,
muchas de cuyas partes, a su vez, son cuerpos descompuestos. Sorprende la poca
cantidad de elementos puros que la naturaleza necesita para fabricar sus
mezclas en los cuerpos vegetales y animales, aunque alguno debería tener a mano
para hacer sus composiciones.
Una vez dicho esto en lo tocante a la constitución de plantas y
animales, podría afirmar lo mismo de los minerales, e incluso de los metales,
si fuera igual de sencillo hacer experimentos para producirlos. Pero hacer
crecer a los minerales es una tarea que requiere gran cantidad de tiempo y que,
en su mayor parte, tiene lugar en los intestinos de la Tierra, lejos de nuestra
vista, por lo que en esta ocasión haré uso de observaciones en lugar de
experimentos.
Las rocas no se hicieron todas a la vez y hoy en día todavía continúan
generándose piedras nuevas; un hecho que algunos niegan pero que puede probarse
con numerosos ejemplos de entre los que aquí elegiré un lugar famoso de Francia
llamado Les Caves Gouttières [273]. Allí,
el agua cae desde las zonas superiores de las cuevas hacia el suelo
condensándose en pequeñas piedras que adoptan las formas que les confieren las
gotas al ir cayendo, varias al tiempo o sucesivamente unas sobre otras, y
coagularse en piedra. Algunos amigos nuestros que fueron a visitar ese
emplazamiento me hicieron el favor de traerme desde allá algunas de ellas.
Recuerdo que Van Linschoten[274], ese
insigne autor y admirable cronista de sus viajes, relata que en las minas de
diamantes, como él las llama, de las Indias Orientales no es necesario excavar
mucho para poder extraer diamantes y que, al cabo de pocos años, se encuentran
nuevos diamantes producidos en los mismos lugares de donde se habían sacado
previamente. Ambos ejemplos, especialmente el primero, nos conducen a
considerar como un hecho probable que la naturaleza no siempre emplea distintos
cuerpos elementales cuando se dispone a conformar las rocas. Lo mismo ocurre
con los metales, de los que reputados autores nos aseguran que no se produjeron
todos al mismo tiempo originariamente y afirma haberlos visto desarrollarse de
modo que lo que al principio no era ni mineral ni metal después se transformaba
en alguno de ambos [275]. A este
respecto, podría traer a colación diversos testimonios de químicos
experimentados, pero aunque ellos puedan tener la máxima autoridad, les citaré
algo que he tomado prestado de un autor tan insospechado como Fallopius [276]: « Sulphuris
Mineram quæ nutrix est caloris subterranei fabri seu Archæi fontium et
mineralium, Infra terram citissime renasci testantur Historiæ Metallicæ. Sunt
enim loca e quibus si hoc anno sulphur effossum fuerit; intermissa fossione per
quadriennium redeunt fossores et omnia sulphure, ut autea, rursus inveniunt
plena ». Y Plinio cuenta: «In Italiæ Insula Ilva, gigni ferri
metallum. Strabo multo expressius; effossum ibi metallum semper
regenerari. Nam si effossio spatio centum annorum intermittebatur, et iterum
illuc revertebantur, fossores reperisse maximam copiam ferri regeneratam [277] ».
Una historia que no ratifica únicamente Fallopius al hacerse eco de las remesas
de mineral de hierro que dicha isla proporcionaba al duque de Florencia, sino
que también es mencionada por el docto Cesalpinus, y de modo extenso, por lo
que se ajusta más a nuestros propósitos: « Vena ferri copiosissima est
in Italia; ob eam nobilitata Ilva Tirrheni maris Insula incredibili copia,
etiam nostris temporibus eam gignens: Nam terra quæ eruitur dum vena effoditur
tota, procedente tempore in venam convertitur [278] ».
Esto último es importante porque de ahí podemos deducir que la Tierra, merced a
un principio metálico plástico latente en ella, con el devenir del tiempo puede
transformarse en metales. El propio Agricola [279], del que
los químicos se quejan tomándolo por un adversario, acepta mucho más que eso al
afirmar que en una ciudad alemana llamada Saga sacan hierro a la superficie de
los campos abriendo zanjas de solo dos pies de profundidad y que, al cabo de
diez años, vuelven a excavar las zanjas para obtener el hierro que se ha
producido durante ese lapso de tiempo, lo mismo que ocurre en Ilva [280]. Excuso
mencionar el plomo, respecto al cual incluso Galeno cuenta que recolectaba las
piezas de plomo empleadas para mantener sujetas las partes de las viejas
estatuas que se habían dilatado porque si se lo guarda durante largo tiempo en
bodegas donde el aire es denso y pesado, aumenta de tamaño y cantidad. Por
continuar con el plomo, como digo, también he hallado este párrafo de Boccacius
Certaldus citado por un autor diligente referido a este metal: « Fessularum
mons in Hetruria, Florentiæ civitati imminens, lapides plumbarios habet; qui si
excidantur, brevi temporis spatio, novis incrementis instaurantur » (y
según cita este autor) « ut tradit Boccacius Certaldus, qui id
compotissimum esse scribit. Nihil hoc novi est; sed de eadem Plinius, lib. 34.
Hist. Natur. cap. 17. dudum prodidit, Inquiens, mirum in his solis plumbi
metallis, quod derelicta fertilius reviviscunt. In plumbariis secundo Lapide ab
Amberga dictis ad Asylum recrementa congesta in cumulos, exposita solibus
pluviisque paucis annis, redunt suum metallum cum fenore [281] ».
A todo esto podría añadir muchas otras cosas con las que me he topado respecto
a la generación del oro y la plata, pero por temor a que el tiempo no nos
alcance, únicamente les referiré dos o tres citas. La primera, registrada por
el profesor de medicina Gehardus [282]: « In
valle Joachimaca argentum gramini modo et more e Lapidibus mineræ velut e
radice excrevisse digiti Longitudine, testis est Dr. Schreterus, qui ejusmodi
venas aspectu jucundas et admirabiles Domi sua aliis sæpe monstravit et
Donavit. Item Aqua cærulea Inventa est Annebergæ, ubi argentum erat adhuc in
primo ente, quæ coagulata redacta est in calcem fixi et boni argenti [283] ».
Las otras dos crónicas no las he hallado en autores latinos pero ambas
son de suyo eminentes y muy pertinentes a nuestro propósito.
La primera la hallé en el comentario de Johannes Valehius[284] sobre
el Kleine Baur en el que el industrioso químico relata con
muchos pormenores que en la ciudad minera, si se me permite hacer un anglicismo
con la palabra alemana Bergstat llamada Mariakirch, situada a
ocho millas o leguas de Estrasburgo, un hombre se llegó hasta un capataz en
busca de empleo y este le respondió que en ese momento no tenía de los de la
mejor categoría, pero que mientras tanto, para paliar la miseria, podía
trabajar en el bosque o en el pozo de una mina cercana que no tenía muy buena reputación.
Tras varias semanas trabajando, cierto día, después de golpear una pared de
roca, se le apareció una grieta que invitaba a continuar por allí; tan pronto
como la traspuso, sus ojos fueron saludados por un imponente conglomerado que
se alzaba en medio de la hendidura con la apariencia de un hombre provisto de
una armadura hecha de fina y pura plata sin vena, aditamento o ganga de otro
mineral alguno y que únicamente parecía tener debajo de sus pies una suerte de
materia quemada. El peso de este conglomerado pesaba más de 1.000 marcos que,
de acuerdo con los recuentos holandeses, equivalía a 500 libras de plata fina.
Por esta y otras circunstancias, nuestro autor concluía que merced al calor del
lugar los espíritus metálicos nobles, sulfurosos y mercuriales, eran
transportados desde las galerías y cavidades cercanas a través de las grietas y
hendiduras más pequeñas hasta esa precisa cavidad, y allí, atrapados en dicha
cámara o sótano cerrado adonde habían sido conducidos, con el paso del tiempo, conformaron
la preciosa masa de metal antes mencionada.
El otro relato alemán procede del gran viajero e industrioso químico
Johannes (no Georgius) Agricola [285], quien
en sus anotaciones sobre lo que Poppius [286] escribió
a propósito del antimonio cuenta que, cuando se encontraba entre las minas
húngaras situadas en la espesura de los bosques, observó que a menudo emergía
en ellas vapor caliente que se pegaba a las paredes, aunque no era del tipo
maligno al que los alemanes denominan Shwadt y que según él es
un simple veneno que suele asfixiar a los mineros. Cuando al cabo de un par de
días regresó para inspeccionar de nuevo, observó que estas emanaciones eran muy
rápidas y brillantes. Una vez hubo recolectado un poco de este vapor,
destilándolo per retortam [287], obtuvo
un espíritu fino. A esto añadía que los mineros le habían informado de que ese
vapor o emanación podía convertirse en oro o plata.
En otra ocasión referiré el uso que puede hacerse de las citadas
crónicas en lo que respecta a la explicación de la naturaleza de los metales:
su fijeza, maleabilidad y otras de sus características más llamativas. Mientras
tanto, me limitaré a deducir de ellas que no parece muy probable que
cuandoquiera que se genere un mineral o incluso un metal en los intestinos de
la Tierra, la naturaleza tenga necesariamente que tener a mano Sal, Azufre y
Mercurio para componerlos. Por no decir que los dos últimos relatos parecen
favorecer todavía menos a los químicos que a Aristóteles, quien consideraba que
los metales son generados por un cierto halitus[288] o
emanaciones, y por ende, parece más probable que las tierras minerales o las
emanaciones metálicas de las que probablemente dichas tierras estén muy
imbuidas, contengan algún rudimento seminal o equivalente cuyo poder plástico
hace que el resto de la materia, pese a ser térrea y pesada, con el devenir del
tiempo resulte modelada en tal o cual clase de mena igual que ocurre con el
agua simple que, como he señalado ya, merced a distintos principios seminales,
se transforma en calabazas, menta u otros vegetales. El hecho de que se
produzcan tales alteraciones de la materia térrea no es imposible si atendemos
a los trabajos de los caldereros del salitre, quienes de forma unánime, tanto
aquí en Inglaterra como en otros países, dicen observar que, si se despoja a la
tierra nitrosa [289] de
toda su sal soluble por afusión de agua, dará salitre de nuevo transcurridos
algunos años, razón por la cual algunos de los más diestros y experimentados de
ellos la mantienen en montones a modo de minas perpetuas de salitre. De ahí se
desprende que el principio seminal del nitro latente en la tierra opera en
distinto grado para transformar la materia circundante en un cuerpo nitroso, y
por ello niego que el nitro volátil sea atraído desde el aire, como se suele
decir, por esa clase de terrenos, puesto que el interior de esos montones está
tan alejado del aire que no es probable que pueda tomar prestada la gran
cantidad de nitro que contienen; además de esta, hay otras razones en las que
ahora no tengo tiempo de detenerme.
Recuerdo que un individuo reputado y sumamente familiarizado con los
distintos procedimientos para hacer vitriolo me aseguró que había observado que
si cierta clase de mineral que abunda en sal se mantenía a resguardo, sin
exponerlo al aire libre y a las lluvias, en breve plazo se transforma por sí
mismo en vitriolo, y no solo superficialmente, sino también en sus partes
interiores.
También me viene a la memoria que, en cierta ocasión, me encontré con un
tipo de marcasita que se presenta en grandes cantidades bajo tierra y que,
incluso en mis propios aposentos, se transforma por sí misma en pocas horas en
vitriolo, por lo que me lleva a creer en el testimonio que acabo de narrarles.
Pero volviendo a lo que decía sobre el nitro, en la medida en que la naturaleza
fabrica este salitre de lo que era tierra casi inodora en la que no se halla ni
líquido ácido corrosivo de olor penetrante, ni sal alcalina incisiva pese a que
estos sean los cuerpos en los que el fuego la descompone, no parece necesario
que la naturaleza tenga que hacer todos los metales y los otros minerales de
Sal, Azufre y Mercurio preexistentes aunque después puedan obtenerse estos
cuerpos merced al fuego. La siguiente consideración convenientemente sopesada
es de gran relevancia a la presente controversia y con ella coinciden las
descripciones de nuestros dos químicos alemanes: además de que no puede ser
convincentemente probado, no parece posible que un calor tan lánguido y
moderado como el que se da en el interior de las minas pueda transportar hasta
tan arriba, aunque sea en forma de emanaciones, la Sal, el Azufre y el Mercurio
como sucede en las destilaciones, que requieren de un fuego muy intenso para
elevar a un pie de altura dentro de recipientes cerrados no solo la Sal, sino
incluso el volátil Mercurio. Y si, en razón del hedor que se percibe a veces
cuando caen relámpagos por aquí abajo, se objetara que los vapores sulfurosos
no necesitan un grado muy violento de calor para ascender, entre otras cosas
respondería que, según los químicos, el azufre de la plata es un azufre fijo
pero no tan completamente y perfectamente digerido como el del oro.
Pero si esto no les ha procurado alguna pista en lo relativo al origen
de los metales, no hubiera hecho falta deducir nada de esas observaciones, ya
que no es imprescindible para la validez de mi argumento que las deducciones
que he realizado a partir de estas observaciones sean irrefutables, puesto que
mis adversarios, los aristotélicos y los químicos vulgares, no conocen a priori
mucho mejor que yo de qué ingredientes forma la naturaleza a los minerales y
los metales, ya que sus argumentos para probar que tales cuerpos están hechos
de sus principios se deducen a posteriori, es decir, se apoyan en el análisis
de los cuerpos para afirmar que están compuestos de las susodichas sustancias.
Permítanme, pues, examinar ese argumento procediendo a considerar lo que se
alega a favor de los elementos a partir de las descomposiciones de los cuerpos
merced al fuego que, como ustedes recordarán, era el segundo tema sobre el que
les expuse argumentos de los que mis adversarios están desprovistos.
Una vez despachado lo que tenía que decir en lo tocante a los minerales,
empezaré lo que resta de mi discurso considerando cómo los descompone el fuego.
En primer lugar, lo acabo de esbozar, decir que pese a que los químicos
pretenden que de algunos minerales extraen sal y, de otros, azufre, todavía no
nos han enseñado ningún procedimiento para separar uno cualquiera de los
principios, sea Sal, Azufre o Mercurio, de todos y cada uno de los minerales
sin excepción. Por tanto, me siento autorizado a concluir que no hay ninguno de
los elementos que sea un ingrediente de todos los cuerpos, puesto que existen
algunos cuerpos en los que no pueden hallarse.
En siguiente lugar, suponiendo que ya el Azufre, ya el Mercurio, puedan
obtenerse de todas las clases de minerales, estos seguirían siendo cuerpos
compuestos y no elementales, como ya les he explicado con anterioridad. En
verdad, quien preste atención a las maravillosas operaciones que se efectúan
con mercurio, sea mercurio común o descompuesto a partir de otros cuerpos
minerales, no puede ser tan ingenuo como para pensar que este posee la misma
naturaleza que esa sustancia fugitiva e inmadura de los vegetales y animales
que a los químicos les place denominar Mercurio. Así, cuando a partir de otro
cuerpo metálico u otro mineral se obtiene mercurio con ayuda del fuego, si no
presuponemos que es preexistente en él, sino que se produce en virtud de la
acción del fuego sobre el concreto del que se trate, al menos
podemos suponer que este mercurio era un cuerpo perfecto de su propia clase,
quizá menos heterogéneo que otros cuerpos mixtos más secundarios, que se
mezcló per minima y se coaguló con otras sustancias para
formar el metal o el mineral. Buen ejemplo de esto es el bermellón natural,
donde el mercurio y el azufre se mezclan tan exquisitamente que la nueva clase
de mineral que los alberga, sea lo que este sea, conforma un cuerpo rojo
distinto de ambos del que puede obtenerse luego fácilmente parte del mercurio y
parte del azufre. También sirve el ejemplo de esas minas donde la naturaleza ha
incorporado de modo tan curioso plata con plomo que resulta extremadamente
difícil, aunque posible, separarlos, o el ejemplo del vitriolo natural, del que
con mucha destreza pueden separarse los corpúsculos metálicos de los salinos,
aunque estén tan amalgamados que este concreto se contabilice
entre las sales.
A este respecto agrego que nunca he podido observar que sea posible
separar del oro o la plata, por no mencionar aquí otros cuerpos metálicos, Agua
o Tierra propiamente dichas, y así, retorciendo el argumento, concluiré que
desde el momento que existen algunos cuerpos en los que no hay ni Agua ni
Tierra, debo concluir que ninguna de ellas son ingredientes universales de
todos los cuerpos que se cuentan entre los mixtos, algo que, no obstante, me
gustaría que más adelante recuerden.
De hecho, podría objetarse que la razón por la que no puede extraerse
humedad alguna del oro y la plata es que, cuando son derretidos para separar la
ganga, la vehemencia del fuego que se requiere para ello elimina toda humedad
acuosa y fugitiva, lo mismo que sucede con los materiales del vidrio. A ello
debo responder que no ha mucho recuerdo haber leído al docto Josephus Acosta[290], quien
vivió largo tiempo en América, la afirmación de que había observado un tipo de
plata que los indios llaman papas y que a veces encuentran en
pequeños trozos con forma de pequeñas raíces redondeadas, lo que es infrecuente
en este metal pero usual en el oro. Pues bien, Acosta dice que además de este
metal encuentran lo que ellos llaman oro en grano, que, según dice, son
pequeños pedazos que no están mezclados con ningún otro metal, de modo que no
es en absoluto necesario derretirlo ni refinarlo.
También me viene a la memoria que cierta persona avezada y digna de
crédito me aseguró que mientras se encontraba en las minas húngaras tuvo la
buena fortuna de ver cómo extraían un mineral: se trataba de piezas de oro del
tamaño de un dedo humano que crecían en la ganga como si fueran las partes y
ramas de un árbol.
Yo mismo he visto un trozo de mineral opaco que le fue llevado a un
príncipe sabio por su singularidad, semejante a una barra de piedra en la que
crecen aquí y allá pequeños trocitos de oro fino, o así lo demuestran los
ensayos a los que se sometió, que en ocasiones alcanzan el tamaño de un
guisante.
Pero esto no es nada comparado con lo que nuestro Acosta añade, algo por
ventura memorable, sobre los pedazos de oro puro, de los que asegura haber
visto antes y ahora algunos que pesaban varias libras; yo mismo he visto no ha
mucho tiempo extraer una ganga en cuya parte pétrea crecían, casi como si
fueran árboles, distintos trozos tan grandes como mi dedo, si no mayores,
aunque no de oro, sino de otro mineral muy puro y sin mezcla de otras
heterogeneidades.
No obstante, aunque ciertamente podría, no me demoraré por más tiempo en
observaciones como esta para así continuar con la reflexión sobre el análisis
de los vegetales. Pese a que mis ensayos no me hayan aportado ningún motivo
para dudar de que de la mayoría de ellos se pueden obtener cinco sustancias
distintas merced al fuego, creo que no resulta sencillo demostrar que tales
sustancias merezcan ser llamadas elementos en el sentido anteriormente
explicado.
Por tanto, descenderé a lo concreto repitiendo y volviendo a tomar como
premisa la consideración general de que esas sustancias distintas a las que se
denomina elementos o principios no difieren las unas de las otras como los
metales, los animales y las plantas o como las criaturas que son inmediatamente
producidas en virtud cada una de su semilla peculiar constituyendo las
distintas clases de criaturas que se propagan en el universo, sino que
simplemente se trata de distintas urdimbres materiales o sustancias que
difieren las unas de las otras en consistencia —como el mercurio en su estado
rodante del que ha coagulado a causa del vapor de plomo— y en otros pocos
accidentes como el sabor, la inflamabilidad o su carencia. Así, gracias a un
cambio de estructura que es imposible que se produzca merced a la acción del
fuego y otros agentes capaces de disociar los cuerpos en pequeñas partes así
como de reconectarlos después en distinto modo, la misma porción de materia
puede adquirir o perder accidentes que bastan para llamarla Sal, Azufre o
Tierra. Si pudiera aclararles a ustedes cabalmente mis aprehensiones relativas
a esta materia, seguramente estaría obligado a familiarizarles con las
diferentes conjeturas que me he formulado, si bien no debería continuar llamándolas
así, relativas a los principios de las cosas puramente corpóreas. Como no me
muestro satisfecho con las doctrinas vulgares ni de peripatéticos ni de las
escuelas paracelsianas, muchos de cuyos miembros que me conocen piensan que
estoy casado con las hipótesis de Epicuro, mientras que otros me toman por un
helmontiano, aunque si ustedes supieran lo poco familiarizado que estoy con los
autores epicúreos y qué poca curiosidad he tenido en leer la mayor parte de los
escritos de Lucrecio, cambiarían por ventura de opinión, mucho más, si me
detuviera en las nociones que tenía previamente sobre los principios de las
cosas y no en mis ideas actuales. Pero como he dicho antes, aclarar por entero
mis aprehensiones requeriría una disertación mucho más extensa para la que
carecemos de tiempo.
Por tanto debo decirles que, considerando la gran masa de materia tal y
como era en el momento en que se formó el universo, no encuentro disparatado
añadir a los principios que se asignan a las cosas, del modo en que ahora
constituyen el universo, un principio al que se podría denominar con
pertinencia poder o principio arquitectónico. Por este
entiendo esas diversas determinaciones y esa habilidosa dirección de los
movimientos de las pequeñas partes de la materia universal llevadas a cabo por
el más sabio Autor de las cosas y que en el principio fueron necesarias para
transformar la confusión del caos en este bello y ordenado mundo; y en
particular, para fabricar los cuerpos de los animales y las plantas, y las
semillas de aquellas cosas cuyas clases [291] habían
de propagarse. Tengo que confesar que no soy capaz de concebir cómo a partir de
la materia apenas puesta en movimiento pudieron emerger esos curiosos
entramados que son los cuerpos perfectos de los hombres y los animales o los
todavía más admirables fragmentos de materia que son las semillas de las
criaturas vivientes.
De la misma manera debería participarles sobre qué razones y en qué
sentido sospeché que los principios del universo, en la forma en que ahora está
constituido, son tres: materia, movimiento y reposo. Digo en la forma
en que ahora está constituido porque la presente urdimbre del
universo, en particular las semillas de las cosas junto con el derrotero fijado
para la naturaleza, son requisito o condición para que nuestros tres principios
produzcan la diversidad de cosas, algo que de otro modo sería muy difícil de
explicar, si ello fuera posible.
Así mismo, debería exponer de modo general, no pretendo poder hacerlo de
otra manera, no solo por qué concibo que los colores, olores, sabores, la
fluidez o la solidez y el resto de cualidades que diversifican y dan nombre a
los cuerpos se pueden deducir de modo inteligible de esos tres principios, sino
además cómo dos o tres principios epicúreos —no necesito
decirles que son magnitud, figura y peso— son también deducibles de la materia
y el movimiento, puesto que cuando se agita la materia y, por ende, se perturba
el movimiento, esta necesita disgregarse en sus partes, las que de hecho se
separan habiendo de ser de algún tamaño y habiendo de obtener una u otra forma.
No añado a nuestros principios el principio aristotélico de la privación,
en parte por razones en las que no voy a detenerme ahora y, en parte, porque
más bien parece un antecedente o terminus à quo [292] que
un auténtico principio, lo mismo que el puesto de salida no es ninguna de las
patas o extremidades del caballo.
También debería explicar el porqué y el cómo de no incluir el reposo
entre los principios de las cosas como hago con el movimiento pese a que es un
principio de ellas. Hago esto, de un lado, porque por lo que sabemos al menos
es tan antiguo como el movimiento y no depende de él ni de ninguna otra
cualidad de la materia y, de otro, porque le permite al cuerpo en que se da
tanto continuar en el estado de reposo hasta que alguna fuerza externa lo saque
de él, como concurrir en la producción de los diversos cambios de los cuerpos
que colisionan contra él, ya sea deteniendo o reduciendo el movimiento
—entretanto ese cuerpo, antes en reposo, lo recibe en su seno, bien sea todo o
en parte—, ya sea dotando de una nueva tendencia o alguna otra modificación al
movimiento, que es el gran y primordial instrumento merced al cual la
naturaleza produce todos los cambios y cualidades que podemos encontrar en el
mundo.
Después de todo esto, de igual manera debería explicarles cómo pese a
que la materia, el movimiento y el reposo me parecen los principios universales
del universo, se me antoja que los principios de los cuerpos particulares
pueden reducirse cómodamente a dos: la materia y lo que
comprende a los otros dos y sus efectos, esto es, el resultado, o agregado, o
reunión de dichos accidentes —aunque en algunos cuerpos no se encuentren
presentes reposo y movimiento— que son el tamaño, la figura y la contextura. De
ahí las cualidades resultantes de las pequeñas partes que son necesarias para
denominar al cuerpo de una manera o de otra y discriminarlo de otros
adscribiéndolo a una determinada clase de cosas; así como por ejemplo la
amarillez, la fijeza, cierta pesantez y la ductilidad hacen que una porción de
materia se contabilice entre los metales perfectos y se le otorgue el nombre de
oro. A este resultado o agregado de accidentes, si ustedes gustan, pueden
llamarlo tanto estructura como contextura —aunque en puridad
en el caso particular de los líquidos no comprenda el movimiento de las partes
constituyentes— o con cualquier otra denominación que parezca más expresiva, o
si se prefiere, puede conservarse el término vulgar y llamarlo la forma de
la cosa que denota ; algo a lo que no me opondré con mucha vehemencia. Elegida
la palabra, deberá ser interpretada con el significado de lo que he expuesto y
no a la manera escolástica de forma sustancial de la que
tantos hombres inteligentes dicen les resulta ininteligible.
Pero si recuerdan que quien les habla es un escéptico y que mi presente
tarea no consiste en hacer afirmaciones sino más bien en despertar dudas,
espero que vean lo que he propuesto más como una narración de mis antiguas
conjeturas en lo tocante a los principios de las cosas que como una declaración
resuelta de mis actuales opiniones; en particular, en la medida que no pueden
parecer sino en desventaja si se considera que han sido propuestas desprovistas
de aquellas razones y explicaciones que tal vez las hicieran aparecer menos
extravagantes. Me gustaría, no obstante, disponer de tiempo para ofrecerles las
alegaciones que pueden hacerse para aclarar y sancionar esas ideas, ya que mi
objetivo al mencionárselas era, por una parte, arrojar alguna luz y reafirmar
ciertos pasajes de mi disertación y, por otra, mostrarles que yo, como ustedes
parecían suponer, no abrazo todos los principios de Epicuro, sino que disiento
de él en cuestiones importantes, lo mismo que de Aristóteles, de los químicos y
de otros, y en parte también, o quizá y fundamentalmente, para hacerles
partícipes de las razones por las que igualmente disiento de Helmont en que
mientras que él adscribe todas las cosas, incluso las enfermedades, cada una a
su particular semilla, yo soy de la opinión de que, además de la urdimbre
particular de los cuerpos de los animales, los vegetales, y quizá también de
algunos minerales y metales, que tomo por efectos de principios seminales,
existen muchos otros cuerpos en la naturaleza merecedores de nombres más apropiados
que resultan de que esas estructuras de la materia de las que están compuestos,
sin la intervención de semillas concretas, se ven afectadas por el calor, el
frío, las mezclas y compuestos artificiales, así como otras causas, que en
ocasiones emplea la naturaleza a su criterio igual que a menudo el hombre usa
su poder y sus aptitudes para moldear la materia de acuerdo con sus
intenciones. Esto puede ejemplificarse tanto con las producciones de la
naturaleza como con las del artificio. Podría mencionar multitud de la primera
clase para mostrar cómo unas leves variaciones de estructura pueden procurarle
a una porción de materia distintos nombres y hacerla parecer cosas diferentes
sin añadir nuevos ingredientes.
Les invitaré a observar conmigo que las nubes, la lluvia, la nieve, la
escarcha y el hielo no son sino agua cuyas partes han variado en tamaño y
distancia unas respecto de las otras, lo mismo que su movimiento y reposo.
Entre las producciones artificiales podemos fijarnos, obviando los cristales de
tártaro, en el cristal de régulo marcial estrellado [293] y,
particularmente, en el azúcar de plomo [294] que
pese a estar hecho de ese metal insípido y de sal ácida de vinagre, su dulzor
sobrepasa al del azúcar común. Además presenta otras cualidades que no se
hallan ni en los dos ingredientes que lo conforman y, por tanto, debe decirse
que pertenecen a la estructura del concreto mismo.
Espero que este ejemplo les persuadirá más fácilmente de que el fuego
también puede ser el causante de una nueva estructura en una porción de materia
al destruir la anterior.
Por ende, en la esperanza de que no habrán olvidado los argumentos que
he empleado con anterioridad en contra de la doctrina de los tria
prima, esto es, que la Sal, el Azufre y el Mercurio en los que se
supone el fuego descompone los cuerpos vegetales y animales son, a su vez,
compuestos y no sustancias simples y elementales, y que los tria prima,
como vimos en el experimento con las calabazas, pueden hacerse a partir de
agua; en la esperanza, como digo, de que recuerden esas y otras cosas que he
ido exponiendo con la misma intención, ahora solo añadiré que si no dudamos de
ciertos informes de Helmont, no podemos poner en duda que dichas
heterogeneidades sean, no digo ya preexistentes como para que se aglutinen a la
hora de que una planta o un animal se constituyan, sino inexistentes en
el concreto del que se obtienen cuando los químicos llevan a
cabo su primer análisis. No he de insistir en el espíritu inflamable de
esos concretos que pretenden es una mezcla de flema y sal, o
en el aceite de azufre de los vegetales y los animales que según Helmont con la
ayuda de sales lixiviadas puede reducirse a jabón y este, por destilaciones
sucesivas de caput mortuum de cal, en agua insípida. Respecto
a la sustancia salina separable de los cuerpos mixtos los mismos experimentos
de Helmont nos conducen a pensar que el fuego, transportando y alterando de
distinto modo a las partículas de la materia, las muda en una naturaleza
salina.
Él afirma conocer un procedimiento para reducir todas las piedras a pura
Sal de igual peso que la piedra de la que se ha obtenido, y esto sin la mínima
cantidad de Azufre y Mercurio. Tal vez esta aseveración les pareciera menos
increíble si me arriesgara a familiarizarles con todo lo que sé sobre este
tema. Así pues, y de paso, también podrán concluir que el Azufre y el Mercurio,
como lo llaman, que los químicos suelen obtener de los cuerpos compuestos
merced al fuego, en ocasiones pueden ser producciones de este, puesto que si
los mismos cuerpos fueran hechos merced a los mismos agentes empleados por
Helmont, no producirían ni Azufre ni Mercurio; gracias al método de Helmont,
esas porciones que el fuego nos hubiera presentado en forma de cuerpos
sulfurosos o mercuriales, se nos aparecerían en forma de Sal.
—Pero, pese a que usted ha alegado argumentos muy plausibles en contra
de los tria prima —dijo Eleuterio—, no veo cómo puede
resultarle posible evitar reconocer que la Tierra y el Agua son también
ingredientes elementales, si no de los concretos minerales, sí
de los cuerpos vegetales y animales, ya que si se los destila se separa de
ellos, continua y regularmente, flema o una parte acuosa y caput
mortuum o tierra.
—Reconozco de buena gana —replicó Carnéades— que no resulta tan sencillo
negar que el Agua y la Tierra, especialmente esta última, son elementos de los
cuerpos mixtos como son los tria prima. Pero que sea difícil
no significa que sea imposible.
En lo que se refiere al agua, considero que las cualidades que hacen que
a cualquier sustancia visible se le dé ese nombre son que sea líquida o fluida,
insípida e inodora. Respecto al gusto que dichas cualidades presentan, creo que
ustedes no habrán visto jamás a ninguna de esas sustancias separadas que los
químicos denominan flema enteramente desprovista de gusto y olor. Y si ustedes
objetaran que, puesto que el cuerpo entero es líquido, es razonable suponer que
su masa no puede ser sino agua elemental débilmente imbuida de algunas de las
partículas salinas o sulfurosas del mismo concreto que
permanecen tras la separación de los otros ingredientes, yo esgrimiría que esta
objeción no sería tan sólida como parece si los químicos se hicieran cargo de
la naturaleza de la fluidez y de lo compacto. También, como ya he mencionado,
que para que los cuerpos sean fluidos basta con que se dividan en partes lo
suficientemente pequeñas y que sean puestas en una clase de movimiento que las
haga deslizarse hacia aquí o hacia allá, unas sobre las superficies de las
otras. Así, si un concreto no estuviera completamente seco ni
careciera absolutamente de agua u otro líquido, sería posible realizar una
cierta pulverización de sus partes merced al fuego u otros agentes, de manera
que una gran parte de él se transformara en agua. Les ofreceré un ejemplo de
esta verdad que emplea nuestro amigo aquí presente como uno de los experimentos
más efectivos para ilustrar la naturaleza de las sales. Si se toma sal marina y
se derrite al fuego para liberarla de sus partes acuosas y después se destila
con un fuego vehemente con barro cocido o cualquier otro caput mortuum tan
seco como ese, una buena parte de la sal se elevará, como confiesan los propios
químicos, en forma de líquido. Con el afán de satisfacer a ciertos hombres
perspicaces de que gran parte de ese líquido continúa siendo auténtica sal que,
merced a las operaciones con el fuego se ve forzada a adoptar la forma de
corpúsculos muy pequeños, que posiblemente estén modelados de modo tan
favorable como para ser susceptibles de formar un cuerpo fluido, él vertió en
mi presencia una proporción considerable del espíritu —o sal y flema— de
orina [295] sobre
las sales espirituosas por medio de la cual evaporó la humedad superflua,
obteniendo así rápidamente otro concreto que sabía y olía y se
sublimaba tan fácilmente como la sal amoniacal que, como ustedes saben, se hace
con sal gorda marina sin destilar y sales de orina y de hollín, ambas
emparentadas. Y lo que es más, para evidenciar que los corpúsculos de sal marina
y los de la sal de orina retienen sus diferentes naturalezas en este concreto, lo
mezcló con una conveniente cantidad de sal tártaro y lo destiló, una vez hecho
lo cual, el espíritu de orina reconquistó con prontitud su forma líquida por sí
mismo, dejando tras de sí la sal marina y la sal tártaro. En consecuencia, es
muy posible que los cuerpos secos puedan reducirse a líquidos merced al fuego
sin que se dé ninguna separación de sus elementos, sino una cierta clase de
disipación y pulverización de la materia en virtud de la cual sus partes son
llevadas a un nuevo estado. Y si todavía se objetara que la flema de los
cuerpos compuestos ha de ser Agua porque, para transmitirse, un sabor tan débil
precisa de muy poca parte salina, se podría replicar que la sal y algunos otros
cuerpos, al ser destilados en recipientes especialmente secos y cerrados, darán
una moderada cantidad de líquido en el que, pese a que abundan los corpúsculos
salinos, hay empero una gran cantidad de flema que podemos poner al descubierto
si coagulamos los corpúsculos salinos por medio de algún cuerpo adecuado. Como
ya les he mencionado, nuestro amigo coaguló parte del espíritu de sal con
espíritu de orina y yo mismo he separado sal del aceite de vitriolo en varias
ocasiones hirviéndolo con una cantidad precisa de mercurio y lavando después la
sal del precipitado nuevamente coagulada con simple agua. ¿Y a qué podemos
atribuir con mayor probabilidad esta sustancia acuosa que obtenemos destilando
tal clase de cuerpos sino a que, merced a las diversas acciones que el fuego
opera sobre la materia de un concreto, distintas de sus partículas,
quedan reducidas al tamaño y la forma que el líquido, como llaman los químicos
a la flema y al agua, requiere para formarse? Excuso decir que para explicarles
cómo conjeturo se opera ese cambio, necesitaría disertar mucho más tiempo de lo
razonable. Sin embargo, desearía que reflexionaran conmigo sobre lo que les he
mencionado con anterioridad relativo a la transformación del Mercurio en Agua.
Puesto que la citada agua tiene un sabor tan tenue, si acaso una pizca más que
cualquiera de las flemas a las que los químicos se refieren, el experimento al
que aludo evidencia que incluso un cuerpo metálico, mucho más los animales o
los vegetales, puede transformarse en gran parte en agua gracias a una simple
operación con fuego. Y puesto que aquellos con quienes disputo todavía no han
sido capaces de separar nada parecido al agua del oro, la plata y algunos
otros concretos, espero me permitan concluir en su contra que el
agua misma no es un ingrediente universal y preexistente de los cuerpos mixtos.
Empero los químicos que, al igual que yo, toman por verdaderos los
maravillosos efectos del alcahesto de Helmont, tienen derecho a presionarme con
su autoridad y aducir que este puede transmutar todos los cuerpos catalogados
como mixtos en agua pura e insípida. A esto objetaré que sus afirmaciones
llevan a conclusiones decididamente contrarias a los químicos vulgares, contra
quienes no tengo el menor escrúpulo en emplearlas, ya que ponen de manifiesto
que lo que ellos comúnmente toman por principios o ingredientes de las cosas no
son indelebles ni indestructibles desde el momento en que, ulteriormente,
siempre pueden reducirse a flema insípida. Aun así, debería permitírsenos
examinar ese líquido puesto que no me parece descabellado poner en duda que sea
simple agua. No encuentro que Helmont ofrezca ninguna otra razón salvo el hecho
de su insipidez. Y dado que el sabor es un accidente o afección de la materia
relacionado con nuestra lengua, paladar y otros órganos del gusto, es muy
plausible que las pequeñas partes de un cuerpo presenten un tamaño y forma
tales, ya sea por su extrema pequeñez, por su delgadez o su forma, que las
imposibiliten para penetrar y efectuar una impresión perceptible en los
miembros y partes membranosas de los órganos del gusto, aunque, sin embargo, sí
sean capaces de operar de otro modo sobre otros cuerpos como no puede hacer el
agua y, en consecuencia, se revela de una naturaleza muy alejada de lo
elemental. Aunque de un solo golpe de vista el color sea muy llamativo, en la
seda teñida de rojo u otro color son necesarias muchas hebras contiguas para
formar un entramado de tela. Si lo observamos más detenidamente, el color
parecerá mucho más tenue, pero si tomamos un solo hilo, apenas será posible
discernirlo, puesto que un cuerpo tan sutil carece de la fuerza necesaria para
impresionar lo bastante el nervio óptico de manera que lo perciba. También es
una observación común que el aceite de oliva de la mejor categoría apenas tiene
sabor; no necesito decirles lo distantes que se encuentran las naturalezas del
aceite y del agua. El líquido que antes hemos mencionado cuando recordábamos la
narración de Llull [296] sobre
que fue testigo de cómo se transmutaba el Mercurio presenta un sabor muy débil
o ninguno en absoluto, mientras que sus efectos sobre ciertos cuerpos minerales
son muy peculiares. El mismo mercurio rodante, cuyos corpúsculos son tan
pequeños que pueden colarse en los poros de los cuerpos más sellados y
compactos, también es enteramente insaboro. Helmont nos asegura en muchas
ocasiones que cuando se deja durante algún tiempo en agua simple una
pequeñísima cantidad de mercurio, esta no adquiere ni gusto ni ninguna cualidad
del segundo, aunque sí presenta el poder de destruir los gusanos del cuerpo
humano, algo que, no sin causa, alaba sobremanera. Recuerdo que una gran dama
que brillaba por su belleza en las diversas cortes me confesó que ese líquido insípido
era lo mejor que había encontrado nunca para lavar su rostro.
Permítanme concluir aquí mi discurso en lo concerniente a esas aguas o
líquidos que venimos examinando con dos consideraciones. La primera es que,
debido a que estamos acostumbrados a no beber otra cosa que vino, cerveza,
sidra y otros líquidos de sabor intenso, hacemos caso omiso de, o tal vez no
percibimos, los distintos y peculiares sabores de aquellos líquidos que
acostumbran a pasar por flema insípida; huelga mencionar la afirmación de los
filósofos naturales de que los monos poseen un paladar más exquisito que el de
los hombres, lo que tal vez sea cierto en otros animales. Las personas que solo
beben agua pueden distinguir, como yo mismo he probado a hacer, de forma muy
sutil una gran diferencia de sabor en las distintas aguas consideradas como
insípidas por quienes no están acostumbrados a beberla. La segunda
consideración es que no parece imposible que los corpúsculos en los que el
fuego disipa un cuerpo puedan, merced al mismo fuego, ver sus formas tan
alteradas o asociarse unos con otros como para conformar pequeñas masas de una
forma y tamaño tales que sean incapaces de ejercer ninguna impronta en la
lengua. Y para ustedes no piensen que tales alteraciones son imposibles,
háganme el favor de reflexionar conmigo sobre el hecho de que, una vez que el
espíritu de vinagre más ácido ha disuelto la mayor cantidad posible de coral,
se coagula con él en una sustancia que, aunque soluble en agua, es una sal de
sabor incomparablemente menos fuerte que el del vinagre, pero lo que es más
relevante, sobre el hecho de que las sales que se elevan merced al mercurio en
la preparación del sublimado común son tan ácidas, que si se humedecen con agua
corroen los metales, pero si este sublimado se sublima dos o tres veces más con
una proporción colmada de mercurio insípido, como saben ustedes, constituye
un concreto que los químicos llaman mercurius
dulcis [297], no
porque sea dulce, sino porque al combinarse con los corpúsculos de mercurio,
las sales pierden su acidez de forma que, una vez preparada, toda la mezcla se
califica como insípida.
Así, habiéndoles proporcionado algunas razones por las que rechazo
admitir que el Agua elemental es un ingrediente constante de los cuerpos
mixtos, me será fácil explicarles por qué también rechazo que lo sea la Tierra.
En primer lugar, resulta sencillo suponer que muchas sustancias que los
químicos catalogan bajo el nombre de Tierra, porque al igual que ella son
secas, pesadas y fijas, están muy lejos de poseer una naturaleza elemental.
Algo que no juzgarán improbable si traen a la memoria lo que antes les relaté
sobre lo que los químicos llaman tierra muerta de las cosas, especialmente
sobre el cobre que se obtiene del caput mortuum de vitriolo[298] y
si, además, me permiten que les relate un experimento memorable de Johannes
Agricola con la terra damnata [299] de
la piedra de azufre. En sus notas sobre Poppius, nuestro autor cuenta que en el
año 1621 hizo un aceite de azufre cuyos residuos puso a reverberar a fuego
moderado durante catorce días y que después los puso en un recipiente bien
sellado en un horno de viento [300] a
un fuego intenso durante seis horas con el propósito de calcinarlos hasta que
quedaran perfectamente blancos, pero al romper el recipiente encontró que
arriba había unos residuos minúsculos de color verde y no blanco, y que debajo
quedaba un régulo rojo con el que no supo qué hacer y le llenó de asombro
porque estaba seguro de que no había entrado nada en el recipiente, aparte de
los restos del aceite de azufre que se habían disuelto en aceite de linaza[301]. Este
régulo era casi tan maleable y pesado como el plomo, y consiguió que un orfebre
le hiciera un torzal que resultó ser de un cobre tan puro y con una coloración
tan bella que un judío de Praga le ofreció una gran suma por él. Afirmaba que
obtenía 12 loth o seis onzas de este metal de una libra de
cenizas o residuos del aceite de azufre. Esta historia bien puede inclinarnos a
sospechar que puesto que el caput mortuum se mantuvo tanto
tiempo en el fuego antes de que se averiguara que era algo más que terra
damnata, es posible que en los cuerpos residan otras cosas que se confunden
con deshechos térreos y por eso se tiran tan pronto como acaba la destilación o
la calcinación del cuerpo que los ha producido, pero que si son hábil y
largamente examinadas merced al fuego resultan ser algo distinto que Tierra
elemental. Me he percatado de la injustificable osadía de los químicos comunes
al llamar a las cosas deshechos inservibles cuando los escucho desestimar
el caput mortuum del cardenillo [302] que,
de hecho, está muy lejos de merecer tal nombre, ya que no solo puede reducirse
mediante fuegos intensos y los aditamentos adecuados en algunas horas a cobre,
sino que con cierto polvo fundente que hago a veces para recrearme obtengo ese
metal en dos o tres minutos. A ello añadiré que, a veces, ensayando, he puesto
talco veneciano a un calor tan vivo como el que se usa en los hornos para
fabricar vidrio y he hallado que tras semejante embate del fuego el cuerpo ha
resistido, y aunque habiendo perdido color y habiéndose tornado quebradizo, no
obstante ha conservado su antiguo peso resultando más próximo a la clase de los
talcos que a la mera tierra.
También recuerdo que un honesto minerálogo, famoso por sus destrezas en
el tratamiento de las menas, un día me solicitó que le procurara cierta tierra
mineral americana propiedad de un virtuoso de quien pensaba no me la negaría.
Le inquirí por qué la codiciaba tanto y me contó que el citado caballero había
llevado la tierra a los maestros ensayadores y aquilatadores[303], quienes
no fueron capaces de fundirla ni de volatilizarla por ningún medio, pero que él
había tomado un poco y había conseguido, usando un fundente peculiar, separar
de ella una tercera parte de oro; lo que indica cuán craso error es
precipitarse a tomar las cosas por tierra inservible.
En segundo lugar, también podemos suponer que en la descomposición de
los cuerpos merced al fuego algunas de sus partes disipadas colisionan entre sí
de diverso modo, a causa de lo cual se pegan con tal vigor, que forman
corpúsculos pesados en exceso como para que el fuego se los lleve; a esos
agregados de partículas se los suele denominar cenizas o tierra. Existen, sin
embargo, otros agentes que descomponen los cuerpos de un modo tan diferente que
no se produce ningún caput mortuum o cuerpo pesado y seco. Como
ustedes recordarán, Helmont nos informa de que con su poderoso disolvente
dividía el carbón en dos cuerpos líquidos volátiles cuyos pesos sumados eran
equivalentes al del carbón y en los que no residía sustancia seca o fija.
En efecto, no veo por qué debería ser necesario que todos los agentes
que analizan los cuerpos en porciones de materia con distintas cualidades
tengan que operar del mismo modo en que lo hace el fuego y dividirlos en el
mismo número de partes con la misma naturaleza. Desde el momento en que el
tamaño y la forma de las pequeñas partes de los cuerpos, junto con su
disposición o resistencia para ser puestas en movimiento, hace que los líquidos
y otras sustancias que componen dichas partículas difieran las unas de las
otras tanto como lo hacen los principios químicos, ¿por qué no podría ser que
sucediera algo parecido a lo que ocurre cuando se realizan divisiones más
groseras de los cuerpos por medio de instrumentos mecánicos? Esto lo podemos
observar, por ejemplo, cuando se divide la madera en partes de distinto tamaño,
forma y otras cualidades con las hachuelas y las cuñas, de manera que algunas
partes son más delgadas y alargadas, como las astillas, otras más gruesas e
irregulares, como los tacos, y otras flexibles y delgadas, aunque todas
presenten un tamaño considerable; mientras que con los serruchos y las limas la
madera se reduce a polvo cuyas partes son igualmente sólidas. Las raspaduras
que se obtienen con el cepillo de carpintero son diferentes de las limaduras
finas y flexibles que se hacen con la gubia y de otras que se obtienen con
otros instrumentos. A este respecto ya les he ofrecido algunos ejemplos
químicos, pero a ellos añadiré que, mientras que la acción del espíritu de vino
con el que se digiere una mezcla de azufre y sal de tártaro bien derretida y
amalgamada, consiste en separar las partes sulfurosas de las alcalinas
disolviendo las primeras y respetando a las segundas, la acción del vino a
secas sobre la misma mezcla consiste en dividirla en corpúsculos formados por
partes alcalinas y sulfurosas que se encuentran unidas. Si a ello se objetara
que se trata de un concreto artificial, respondería que este
ejemplo contribuye a ilustrar lo que he propuesto si no a demostrarlo, y que la
naturaleza misma hace cuerpos descompuestos en el seno de sus intestinos como
vemos con el cinabrio, el vitriolo e incluso el propio azufre. No voy a
insistir en que el fuego divide la leche recién ordeñada en cinco sustancias
distintas, pero remarcaré que el cuajo y los líquidos ácidos la separan en una
materia coagulada y suero, del mismo modo que, si se bate, se divide en
mantequilla y crema, las que a su vez pueden reducirse a otras sustancias
distintas de ellas. No insistiré, como digo, ni en este ni en otros ejemplos de
este tipo, porque no puedo responder en pocas palabras a la objeción de que
tales concretos analizados sin el concurso del fuego después
pueden dividirse por medio de él en los principios hipostáticos. Me detendré
mejor en el caso del espíritu de vino que disocia las partes del alcanfor
convirtiéndolas en un líquido que se suma al propio espíritu. El aqua
fortis también disgrega las partes del alcanfor poniéndolas en
movimiento, empero para unir y alterar sus estructuras conformando una nueva
contextura en la forma de un aceite. También sé de un líquido no compuesto, del
que cualquier químico extraordinario no diría que es otra cosa que salino, con
el que no solo se puede obtener un tinte noble, sin necesidad de usar nitro ni
ninguna otra sal, de un coral tan fijo como muchos autores juiciosos afirman
debe ser el coral, sino que el tinte será arrastrado hacia arriba por
destilación. No parecerá pues increíble que existan agentes o modos de operar,
merced a los cuales, tal o cual concreto, aunque no todos los
cuerpos rígidos, puedan descomponerse en partes lo bastante diminutas y aptas
como para adherirse unas a otras de modo que ninguna de ellas esté lo
suficientemente fija para permanecer incólume a la acción de un fuego intenso y
no pueda ser destilada, y en consecuencia, ser catalogada como tierra.
Pero volviendo a Helmont, él mismo me provee con otro argumento contra
la idea que sostienen mis adversarios de que la tierra es otro elemento. En
alguna parte afirma que todas las partes térreas de los cuerpos mixtos pueden
reducirse a agua insípida, y de ahí cabe argüir que la Tierra no es uno de los
elementos, ni siquiera ateniéndonos a la noción de elementos del propio
Aristóteles que Filopono expuso cuando discutió con Temistio. Podemos
considerar entonces que ya que los cuerpos a los que el fuego ha arrancado sus
partes más ligeras se suelen considerar tierra en razón de características como
la insipidez y la fijeza —entre los químicos la sal de tártaro no pasa por ser
tierra pese a su fijeza porque es muy sápida—, si los agentes naturales
tuvieran el poder de desposeer al caput mortuum de un cuerpo
de las citadas cualidades u otorgárselas a un cuerpo que antes no las poseía,
los químicos no podrían decidir fácilmente qué parte de un concreto analizado
es tierra ni afirmar que la Tierra es un cuerpo primigenio, simple e
indestructible. Hay algunos casos en que los químicos vulgares más diestros
dicen ser capaces de hacer que las partes destiladas de un concreto por
medio de cohobaciones [304] sucesivas
eleven su propio caput mortuum hacia lo alto del recipiente en
forma de líquido cuyo estado es a un tiempo fluido y volátil; espero que no
creerán por tanto que se trata de tierra. De hecho, merced a un procedimiento
habilidoso, que no vulgar, para manejar algunos concretos, se puede
lograr lo mismo de ellos más fácilmente de lo que ustedes imaginan. De otra
parte, y de ser ciertas las cosas que Helmont dice haber hecho y menciona en
algunos lugares, parece posible tanto generar tierra, como alterar cuerpos que
no parecían ser enteramente térreos hasta hacerlos pasar por ella; en
particular, si aceptamos el procedimiento por el que, según él, una vez
disuelto, el azufre se fija en un polvo térreo y todo el cuerpo del salitre se
transforma en tierra. En alguna otra parte menciona otra forma de hacer esto de
la que no puedo darles fe, porque desafortunadamente un sirviente confundió los
materiales que había preparado para realizar el ensayo y se deshizo de ellos.
Estos últimos argumentos pueden ser confirmados con el experimento de la
menta producida a partir de agua que ya les he mencionado en diversas
ocasiones. También con las observaciones de Rondeletius [305] concernientes
al crecimiento de los animales que solo se alimentan de agua y que olvidé
mencionar cuando hablábamos sobre la producción de cosas a partir de agua. Este
diligente autor afirma en un libro sumamente instructivo sobre los peces, que
su esposa mantuvo a un pez en un recipiente con agua durante tres años sin
darle ninguna otra cosa, esto lo hizo aumentando el tamaño del recipiente hasta
que ya no cupo en su ubicación porque el pez acabó por adquirir excesiva
envergadura incluso para ese recipiente tan grande. En consecuencia, no parece
haber razón para dudar de que si destiláramos el pez obtendríamos las mismas
sustancias distintas que cuando lo hacemos con otros animales, igual que cuando
yo destilé la menta hecha a partir de agua obtuve una cierta cantidad de carbón
vegetal. De aquí creo poder inferir que la propia tierra puede producirse a
partir de agua o, si lo prefieren, que el agua puede ser transmutada en tierra.
Por ello, aunque se pueda demostrar que la tierra es un ingrediente que no existe
de facto en los cuerpos vegetales y animales pese a que se pueda obtener merced
al fuego, de ahí no se sigue necesariamente que la Tierra concurra con otros
principios como elemento preexistente en la formación de esos cuerpos de los
que en apariencia se ha separado.
—Después de todo lo expuesto —dijo Eleuterio— todavía tengo algo que
objetar que no puedo sino creer que es algo relevante; también Carnéades lo
toma por tal, por lo que me arriesgaré en la tentativa de que usted responda a
sus propios argumentos como lo hace con los de sus antagonistas; con esto
quiero decir que en algunas de las concesiones que hizo a sus oponentes, les
proveyó con un ejemplo para demostrar que había cuerpos elementales. Se trata
del oro, que aun siendo un ingrediente posible de multitud de mezclas, conserva
su naturaleza con independencia de todo lo que intenten para destruirlo los
químicos con sus fuegos y sus aguas corrosivas.
—En ese momento ya le expliqué que proponía ese ejemplo fundamentalmente
para mostrar cómo podíamos concebir que la naturaleza había hecho elementos, no
para probar que de facto los hubiera hecho. Y usted sabe que a posse ad
esse [306] la
inferencia no se sostiene. Pero para contestar más directamente a su objeción,
debo decirle que a pesar de que no ignoro que los químicos de categoría se
quejan de que los químicos vulgares charlatanes y trapaceros se vanaglorian de
haber destruido el oro, sé de un cierto menstruum, fabricado por
nuestro amigo y que en breve pretende compartirlo con los hombres de ingenio,
que es tan penetrante y poderoso, claro está, usado con cuidado y habilidad,
que no me defraudó y, gracias a él, fui capaz de destruir el oro y
transformarlo en un cuerpo metalino de distinto color y naturaleza en distintos
ensayos que realicé específicamente para ello. Y si otras consideraciones no lo
impidieran, podría por ventura mostrarles aquí con un par de experimentos que
ya he intentado que tales menstruums pueden hacerse para
extraer o hacer que se conserven las distintas partes de los cuerpos que hasta
los más juiciosos y experimentados espagiristas califican de irresolubles
merced al fuego. Me gustaría que se fijaran en que, en ninguno de los ejemplos
mencionados, ni el oro, ni las piedras preciosas se descomponen en los tria
prima, sino que lo hacen en nuevos concretos. De hecho, existe
una gran disparidad en las operaciones que efectúan los distintos agentes por
medio de los cuales se disipan los cuerpos. Por ejemplo, si se disuelve la
clase más pura de vitriolo en agua común, el líquido engullirá al mineral y
disociará sus corpúsculos de tal modo que parecerán componer un solo cuerpo
junto con los corpúsculos del agua y, aun así, cada uno retendrá su naturaleza
y su estructura y continuarán siendo vitriolados y compuestos. Pero si
exponemos el mismo vitriolo al fuego, no solo se dividirá en pequeñas partes
como en el ejemplo anterior, sino que lo hará en sustancias heterogéneas de
modo que cada uno de los corpúsculos vitriolados que antes permanecían en el
agua, ahora, a causa de la destrucción de su antigua estructura, se dividen y
se disipan en nuevas partículas con cualidades distintas. Aunque ya les he
ofrecido ejemplos más adecuados a este fin.
Volviendo pues a lo que les he dicho a propósito de la destrucción del
oro, el experimento me incita a decirles que, a pesar de que existen porciones
de materia, ya sean sulfúreas, salinas o térreas, cuyas partes son tan pequeñas
y están tan estrechamente unidas, o que poseen una forma que las adecua para
permanecer muy cohesionadas —como podemos ver cuando el mercurio se rompe en
gotas, que enseguida vuelven a reunirse— que ni el fuego ni los agentes
habituales que emplean los químicos pueden dividir en pequeñas partes y
destruir así sus estructuras, esto no significa que tales cuerpos estables sean
elementales. Resulta posible encontrar en la naturaleza agentes, algunas de
cuyas partes puedan ser de un tamaño y forma tales que les resulte más fácil
agarrarse de algunas partes de esos corpúsculos en apariencia elementales y
arrastrarlos con ellas disolviendo así la estructura de los corpúsculos a causa
de haberlos separado. Si se me dijera que de este modo al menos podemos
descubrir los ingredientes elementales de las cosas, esto es, observando las
sustancias en que estos corpúsculos que pasan por elementales se dividen,
respondería que esto no necesariamente puede ponerse en práctica. Las
partículas del disolvente que arraigan en aquellas del cuerpo disuelto
constituyen con ellas nuevos cuerpos al tiempo que destruyen los antiguos. De
acuerdo con esta hipótesis, podemos suponer que se da una unión estrechísima
entre las partes del cuerpo emergente que nos lleva a esperar que no se
separarán fácilmente sino por causa de pequeñas partes de materia que para
dividirlas se asocian y se adhieren muy estrechamente con aquellas que se han
separado de sus antiguas adherencias; además de esto, no parece imposible que
un corpúsculo supuestamente elemental pueda sufrir un cambio en su naturaleza
merced a un cambio en su estructura efectuado por algún agente poderoso sin
necesidad de que sus partes se separen. Como ya les he mencionado, la misma
porción de materia mediante el fuego puede transformarse a voluntad en una forma
transparente y quebradiza o en un cuerpo opaco y maleable.
Ciertamente, si considera cuán lejos pueden llegar los simples cambios
de estructura, bien merced al arte, bien a la naturaleza, con o sin la ayuda
del hombre, en la producción de nuevas cualidades en el mismo trozo de materia,
y cómo muchos cuerpos inanimados que conocemos —como son todos los productos
químicos hechos con fuego— se denominan y se distinguen no tanto por una forma
sustancial hipotética, sino por el agregado de esas cualidades; si se
consideran esas cosas, como digo, junto a que la variación de la forma, el
tamaño, el movimiento, la situación o la conexión entre los corpúsculos de que
los cuerpos se componen puede alterar su urdimbre, seguramente podrán ustedes
sospechar conmigo que no hay una gran necesidad de que la naturaleza tenga
siempre de antemano elementos para fabricar esos cuerpos que llamamos mixtos.
Tampoco es tan sencillo como imaginan los químicos distinguir entre las muchas
sustancias diferentes que pueden obtenerse de la misma porción de materia sin
necesidad de poseer habilidades extraordinarias, aquellas que han de ser
estimadas exclusivamente por sus ingredientes elementales inexistentes, mucho
menos, determinar qué cuerpos primigenios y simples concurren para componerlos.
Para ilustrar esto usaré un ejemplo que ya he expuesto en muchas ocasiones.
Recordará usted, Eleuterio, que anteriormente ya le hecho partícipe de
que además de menta y calabazas he producido otros muchos vegetales de
naturalezas muy distintas a partir del agua. Por tanto, presumo que no le
parecerá incongruente suponer que, cuando se planta un fino sarmiento de vid y
este agarra, recibe igualmente sus nutrientes del agua que extrae de la tierra
gracias a sus raíces, o que se ve impelida por el calor del sol, o por la
presión del aire en los poros de estas. Esto es algo que creería más fácilmente
si alguna vez hubiera observado qué sorprendente cantidad de agua brota del
tronco de la vid si se le practica una incisión en un punto preciso en el
momento adecuado de la primavera, y lo poco que esta aqua vitis [307], como la
llaman los médicos, sabe y huele con independencia de los añadidos que
incorpore o las alteraciones que haya sufrido a su paso por la cepa y que la
distinguen del agua común. Suponiendo pues que el líquido que entra al
principio por las raíces de la vid sea agua común, permítanme considerar
cuántas sustancias distintas pueden obtenerse de él. Y para hacerlo, he de
reiterar cosas que de algún modo ya he tocado. En primer lugar, que cuando la
planta digiere este líquido y sus distintas partes lo asimilan, se transforma
en la madera, corteza, pulpa, hojas, etc., de la vid. Posteriormente, este
mismo líquido se endurece y se moldea en yemas que, algún tiempo después, se
transforman en uvas ácidas de las que se exprime un zumo verde, un líquido muy
distinto, tanto del vino, como de otros líquidos que se obtienen de este.
Merced al calor del sol, las uvas ácidas se hacen y maduran transformándose en
frutos sabrosos que, si se secan al sol y se destilan, producen un aceite
fétido y un espíritu empireumático penetrante que no es un espíritu vinolento.
Estas uvas pasas, cocidas en la proporción de agua apropiada, dan un líquido
dulce que, si se destila al alba, resulta en un aceite y un espíritu más
parecidos a las propias pasas. Si el zumo de las uvas se exprime y se pone a
fermentar, primero se convierte en un líquido dulce y turbio, pero después
pierde su dulzor y se aclara para, merced a destilaciones normales, originar un
espíritu que, aunque inflamable como el aceite, difiere mucho de él, ya que no
es graso y se mezcla fácilmente con agua. De la misma manera, sin adición
alguna, con un poco de tiempo y usando un procedimiento sencillo que estoy
dispuesto a mostrarles ahora mismo, he obtenido de la clase más noble de vino
una buena cantidad de cristales de sal con una forma muy curiosa junto a una
moderada proporción de líquido casi tan dulce como la miel; y no estoy hablando
de mosto [308] sino
de un vino vivaz. El zumo fermentado de las uvas, además de en ese líquido
vinoso antes mencionado, se transforma, parte en heces o lías líquidas y parte
en una costra o masa sedimentada llamada tártaro [309]. Este
tártaro, merced al fuego, puede dividirse fácilmente en cinco sustancias
distintas, de las cuales cuatro no son ácidas y la otra no tan manifiestamente
ácida como el propio tártaro. Este mismo zumo de vino, si no se mantiene
cuidadosamente aislado, degenera en un líquido muy ácido llamado vinagre del
que puede obtenerse merced al fuego un espíritu y una sal cristalina bastante
distintos del espíritu y la sal lixiviada de tártaro. Si se vierte el espíritu
desflemado de vinagre sobre la sal de tártaro se producirá una desavenencia o
ebullición, como si se tratara los cuerpos más opuestos de la naturaleza[310]. A veces
se puede observar en este vinagre que parte de la materia se convierte en un
conjunto de innumerables animales nadando que nuestro amigo en uno de sus
innumerables escritos nos enseñó a observar sin la ayuda del microscopio[311].
En todas estas diversas urdimbres de la materia o cuerpos con distintas
cualidades, además de otros que me abstengo de mencionar a propósito, el agua
que absorben las raíces de la vid se transforma, en parte por el poder
formativo de la planta y, en parte, por agentes o causas sobrevenidas, sin que
concurra ningún otro ingrediente de modo visible. Pero si añadimos a estos
productos del agua transmutada algunas otras sustancias, se incrementará
notablemente la variedad de tales cuerpos, aunque en este segundo tipo de
productos, las partes vinosas apenas retienen nada de los cuerpos más fijos con
los que se mezclan y solo adquieren una cierta disposición, que hace que las
cavidades ocasionadas por el fuego alteren su forma, su tamaño o ambas cosas y
se asocien de otro modo. Así, como he dicho antes, añadiendo caput
mortuum de antimonio y algunos otros cuerpos poco aptos para la
destilación, obtuve del crémor de tártaro cierta cantidad de una sal cristalina
y muy volátil muy diferente en olor y demás cualidades a las habituales sales
de tártaro.
—Pero —dijo Eleuterio interrumpiéndole— si no tiene usted ningún
impedimento, antes de que fuera más lejos, estaría encantado de que me
informara más detalladamente de cómo hace esa sal volátil porque, como sabe,
hay multitud de químicos que han intentado en vano, con una inimaginable
variedad de procedimientos, volatilizar la sal de tártaro, y muchos
espagiristas aseguran que es imposible hacer nada que sea volátil en una forma
salina a partir del tártaro o, como algunos lo expresan, in forma
sicca [312].
—Disto mucho de pensar que la sal que he mencionado sea aquella a la que
se refieren Paracelso y Helmont cuando hablan de sal tartari volatil atribuyéndole
tan grandes cosas —respondió Carnéades—. Sucede que la sal de la que hablo es
extremadamente pobre en tales virtudes y no parece diferir en cualidades obvias
como el gusto o el aroma de la sal de asta de ciervo u otras sales volátiles
destiladas de partes de animales. Tampoco he hecho los suficientes ensayos como
para estar seguro de que sea una sal pura de tártaro sin contenido alguno de
nitro o antimonio. Pero, como parece más probable que proceda del tártaro a que
lo haga de otros ingredientes y como el experimento en sí mismo no es lo
bastante innoble ni luciferino, se trata de mostrar un nuevo procedimiento para
producir sal volátil opuesta a las sales ácidas de cuerpos en los que no se ha
observado que produzcan de otra manera tal líquido sino principal o
exclusivamente ácidos, le satisfaré antes que a cualquiera de mis otros
amigos [313] mostrándole
cómo acostumbro a hacerlo.
Tómese pues antimonio, salitre y tártaro en igual peso y la mitad de cal
viva y, una vez pulverizados, mézclense bien. Hecho esto, se debe tener listo
un cuello largo o retorta de barro que ha de colocarse a fuego descubierto.
Esta debe tener en su parte superior una boca de la dimensión precisa por la
que arrojar la mezcla y poder taparla rápidamente acto seguido; la vasija ha de
estar provista además de un gran recibidor. Una vez puesta al fuego, hay que
esperar a que los lados de la base del recipiente estén al rojo vivo para, a
continuación, ir echando la citada mezcla, media cuchara cada vez, por la boca
que se va tapando inmediatamente. Los humos irán pasando al recibidor y
condensándose en un líquido que, una vez rectificado, será de un color oro puro
que portará a gran altura. Como les he dicho, ese espíritu abunda en sal que
resulta sencillo separar, en parte, con el procedimiento que suelo emplear en
tales casos y que consiste en poner el líquido en una redoma de cuello
largo [314] y
estrecho que se coloca levemente inclinada sobre arena caliente. Así, se
sublimará en una sal fina que, como les comento, creo que más bien pertenece a
la clase de las sales volátiles de los animales porque, igual que ellas, es una
sal salada que no ácida, chifla si se vierte sobre ella espíritu de nitro o
aceite de vitriolo, precipita los corales disueltos en espíritu de vinagre,
vuelve el sirope azul de violetas de color verde inmediatamente, hace que la
solución de sublimado se vuelva rápidamente de una blancura lechosa y, en suma,
opera diversas cosas como estas que he señalado. Es tan volátil que por
distinguirla la he llamado sal tartari fugitivus [315]. No he
tenido todavía oportunidad de averiguar las virtudes que pueda tener en
medicina, pero me inclino a pensar que no serán despreciables. Además de esto,
un sagaz amigo mío me ha informado de que ha hecho grandes cosas contra las
piedras [316] con
un preparado no muy distinto del nuestro. Un químico alemán de gran
experiencia, al enterarse de que yo conocía procedimientos para fabricar esta
sal, me reveló que en una gran ciudad de su país un químico muy prominente la
apreciaba de tal manera que hacía algún tiempo se había procurado de los
magistrados el privilegio de que nadie salvo él o bajo su licencia pudiera
vender aquel líquido hecho casi con el mismo procedimiento que el mío, si se
exceptúa que él no usaba uno de mis ingredientes, el mercurio. Pero, prosigamos
con mi discurso donde lo interrumpió su curiosidad:
En Francia, es práctica común sumergir chapas delgadas de cobre en marc[317], como lo
llaman los franceses, o los orujos de la uva que resultan una vez se ha
exprimido su zumo en las prensas. Con este procedimiento, las partes más
salinas del orujo al operar poco a poco sobre el cobre se coagulan con él para
formar esa sustancia verdigris que en inglés llamamos cardenillo [318] y
en la que reparé porque cuando lo destilé a fuego descubierto hallé, tal y como
esperaba, que merced a la asociación de las partes salinas con las metálicas se
había alterado tanto que el líquido destilado, incluso sin haber sido
rectificado, olía y sabía de modo tan intenso como el aqua fortis y
superaba de lejos al espíritu de vinagre más puro que jamás haya hecho [319].
Atribuyo este espíritu a la sal de los orujos alterada por la mezcla con el
cobre, que el paso por el fuego divorcia y transmuta, ya que más tarde encontré
cobre en el fondo de la retorta en forma de crocus[320] o
polvo rojizo, debido a que es de una naturaleza muy perezosa como para ser
forzado a subir en recipientes cerrados si se usa un fuego no demasiado
intenso. También cabe destacar que en la destilación de cardenillo de buena
calidad, o al menos en la clase que yo utilicé, nunca he podido observar que
este produjera ningún tipo de aceite, a menos que un pequeño limo negro que se
separa en la rectificación pase por ser aceite, y sin embargo sí se obtiene del
tártaro y el vinagre, en particular del último. Así mismo, si se vierte
espíritu de vinagre sobre plomo calcinado, la sal ácida del líquido, al
mezclarse con las partes metálicas, aunque sean insípidas, adquiere en pocas
horas un sabor dulce. Y si se destilan las partes salinas del plomo del que se
han imbuido con un fuego vehemente, dejan tras de sí algunas cualidades del
metal alteradas respecto a como era antes y ascienden, parte en forma de un
cuerpo untuoso o aceite, parte en forma de flema, y parte en forma de un
espíritu sutil dotado de diversas cualidades nuevas. Así, de acuerdo con esto,
en la medida en que las pequeñas partes de materia derivan unas de otras, u
operan unas sobre otras, o se conectan de una u otra manera, se produce un
cuerpo denominado de esta o aquella forma, mientras que, por lo mismo, otro se
altera o se destruye.
Toda vez que aquellas cosas que producen los químicos con la ayuda del
fuego son cuerpos inanimados; toda vez que tales frutos del arte químico
difieren los unos de los otros en tan pocas cualidades que, simplemente gracias
al fuego y a otros agentes, pueden operarse las alteraciones necesarias para
que un producto químico se transforme en otro; toda vez que la misma porción de
materia, sin necesidad de estar compuesta de algún cuerpo extraño o cantidad
minúscula de otro elemento, puede ser dotada de distintas formas y, en
consecuencia, ser transformada en diversos cuerpos; y toda vez que la materia,
originalmente agua, se ha vestido de tan distintas formas y a lo largo de
tantas transformaciones nunca se ha visto reducida a aquellas sustancias
consideradas como los principios o elementos de los cuerpos mixtos, sino a
sustancias compuestas; toda vez, como digo, que las cosas son de esta manera,
no veo por qué necesitamos creer que exista ningún cuerpo primigenio y simple
de los que, como cuerpos preexistentes, la naturaleza estuviera obligada a
componer los demás cuerpos.
Tampoco veo por qué no podemos concebir que los cuerpos que se tienen
por mixtos se pueden producir unos de otros alterando y fraguando sus partes
diminutas sin necesidad de descomponer la materia en sustancias simples u
homogéneas. Para concluir, tampoco veo por qué ha de tomarse por absurdo el
pensar que cuando un cuerpo es analizado merced al fuego en sus supuestos
ingredientes simples, estas sustancias no son propia y auténticamente
elementos, sino que se forman accidentalmente a causa del fuego que disipa los
cuerpos en partes diminutas, que si se mantienen confinadas en recipientes
cerrados, en su mayoría, necesariamente se asocian de una manera distinta a la
estructura en como estaban dispuestas previamente formando cuerpos de distinta
consistencia que esas partículas en desbandada son susceptibles de constituir
en virtud de las nuevas circunstancias que confluyen. Como nos muestra la
experiencia y yo ya he señalado y demostrado, hay algunos concretos cuyas
partes, cuando son disipadas merced al fuego, quedan listas para disponerse en
urdimbres de materia a las que llamamos aceite, sal y espíritu, mientras que la
mayor parte de los minerales, al poseer corpúsculos de otro tamaño y forma o
que quizá se han dispuesto de otra forma, no producen cuerpos de la misma
consistencia si se los expone al fuego, sino otros de muy distinta contextura.
Huelga decir que no es posible ver que el fuego separe en absoluto ninguna
sustancia distinta del oro y de algunos otros cuerpos; ni siquiera, que
aquellas partes homogéneas que los químicos obtienen de los cuerpos gracias al
fuego sean los elementos cuyo nombre portan, sino cuerpos compuestos a los que,
a causa de su semejanza en consistencia u otras cualidades obvias, los químicos
obsequian con tales apelativos.
Conclusión
Estas últimas palabras de Carnéades fueron inmediatamente seguidas de un
ruido que parecía proceder del lugar donde se hallaba el resto de la compañía[321] y
que tomó como una advertencia de que había llegado la hora de concluir con su
discurso, por lo que dijo a su amigo:
—Espero que a estas alturas, Eleuterio, vea usted que, de ser ciertos
los experimentos de Helmont, no resulta absurdo poner en tela de juicio si se
trata de una doctrina que no afirma la existencia de elementos en el sentido
anteriormente expuesto. Pero, dado que varios de mis argumentos dan por
supuesto el fantástico poder que se le atribuye al alcahesto para
analizar los cuerpos, así como los efectos magníficos y sin parangón que se le
atribuyen, pese a que no estoy seguro de que tal agente exista, con todo,
parece ser necesario poco menos que una αυτοψια [322] para
hacer que cualquier persona tenga la certeza de que existe. En consecuencia, le
dejaré a usted la tarea de juzgar cuán debilitados se ven por esos líquidos
incomparables los argumentos que he construido a partir de las operaciones
con alcahesto y, por tanto, deseo que no piense que propongo
la paradoja de rechazar todos los elementos como una opinión igual de probable
que la primera parte de mi discurso. Y espero que ello le convenza de que los
argumentos usualmente empleados por los químicos para probar que todos los
cuerpos consisten, bien en los tres principios, bien en cinco, están muy lejos
de ser tan fuertes como los que yo he empleado para probar que no hay un número
determinado ni cierto de tales principios o elementos que se encuentran universalmente
en todos los cuerpos mixtos. Supongo que no necesito decirle que podía haber
manejado más esas paradojas antiquímicas en su beneficio, pero como mi
curiosidad no se circunscribe a los experimentos químicos, yo, que soy un
hombre joven y un químico más bisoño todavía, no estoy sino ligeramente
pertrechado con ellas en lo que concierne a la enorme y difícil tarea que
ustedes me han encomendado. Además de ello, a decir verdad, no me aventuraré a
emplear algunos de los mejores experimentos que conozco, porque no debo
revelarlos aún, aunque, sin embargo, puedo suponer que lo expuesto hasta ahora
les inducirá a pensar que los químicos han sido mucho más afortunados a la hora
de hallar experimentos que a la de encontrar sus causas o de establecer los principios
por los que pueden ser mejor explicados. En efecto, cuando en los escritos de
Paracelso me topo con esas disquisiciones fantásticas e ininteligibles con las
que a menudo cansa y desconcierta a sus lectores, engendradas en excelentes
experimentos que rara vez explica con claridad, a menudo pienso que sabía;
tengo la impresión de que, en su búsqueda de la verdad, los químicos se
asemejan a los navegantes de la flota de Tarsis [323] de
Salomón, quien tras sus largos y tediosos viajes, traía a casa, además de oro,
plata y marfil, monos y pavos reales, pues en sus escritos, muchos de vuestros
filósofos herméticos, junto con experimentos sustanciales y de noble categoría,
nos presentan teorías que son como las plumas de los pavos reales, vistosas
aunque frágiles e inútiles, o como los monos, que aparentan poseer algo de
racionalidad, si bien deslucida por algún que otro sinsentido, que cuando se
considera atentamente los hace parecer ridículos.
Una vez finalizado el discurso de Carnéades en contra de las doctrinas
de los elementos recibidas de los químicos, Eleuterio, estimando que no tenía
tiempo para explayarse demasiado antes de su separación, se apresuró a decirle:
—Confieso, Carnéades, que ha disertado más de lo que esperaba a favor de
sus paradojas. Aunque varios de los experimentos que ha mencionado no son
ningún secreto y no me eran desconocidos, los que ha añadido de su propia
cosecha los ha expuesto de un modo, aplicándolos a unos propósitos y llevando a
cabo unas deducciones con las que hasta la fecha no me había topado nunca. Pero
pese a que me inclino a pensar que Filopono, de haberle escuchado, apenas
hubiera sido capaz de defender las hipótesis químicas frente a sus argumentos,
me parece que con independencia de que sus objeciones evidencian la mayor parte
de lo que pretenden poner de manifiesto, no lo hacen por completo, y hay
numerosos experimentos hechos por aquellos a quienes usted llama químicos vulgares
que también prueban algunas cosas. Por ello, si se concediera que usted ha
logrado que parezca probable:
Primero, que las sustancias heterogéneas en las que los cuerpos mixtos
acostumbran a dividirse merced al fuego no son de una naturaleza pura y
elemental y continúan reteniendo gran parte de la naturaleza del concreto que
los produjo, de manera que son en cierta medida compuestos y con frecuencia
difieren en un concreto de los principios del mismo nombre en
otro.
Segundo, que el número de esas sustancias no es exacta y precisamente
tres porque entre los ingredientes de la mayoría de los cuerpos vegetales y
animales también se encuentran flema y tierra. Tampoco hay un número
determinado de ingredientes en los que el fuego, en el modo en como suele
emplearse, descomponga universal y exactamente todos los cuerpos compuestos así
como los minerales y aquellos que se tienen por perfectamente mixtos.
Tercero, que hay diversas cualidades que no pueden ser adjudicadas a
ninguna de esas sustancias como si residieran en ellas y les pertenecieran
originalmente, y que otras cualidades, pese a que en apariencia residan de modo
principal y habitual en alguno de los principios o elementos de los cuerpos
mixtos, no son sin embargo deducibles de ellos y hay que acudir a principios
más generales para explicarlas.
Si, como digo, los químicos son tan espléndidos como para consentir en
esas tres concesiones, espero que usted, por su parte, sea tan considerado y
equitativo como para admitir estas tres proposiciones, esto es:
Primero, que diversos cuerpos minerales y, por tanto, posiblemente todos
los demás, pueden descomponerse en una parte sulfurosa, una mercurial y otra
salina; y que la mayoría de los concretos animales y vegetales
pueden dividirse, si no únicamente por el propio fuego, sí merced a las
habilidades de un maestro de las artes químicas que lo use como su principal
instrumento, en cinco sustancias diferentes, sal, espíritu, aceite, flema y tierra,
de las cuales, las tres primeras, en razón de que son mucho más operativas que
las otras dos, merecen ser consideradas como los tres principios de los cuerpos
mixtos.
Segundo, que pese a que estos principios no puedan ser totalmente
desprovistos de toda heterogeneidad, no hay ningún inconveniente en designarlos
como los elementos de los cuerpos mixtos y en que porten los nombres de esas
sustancias a las que más se asemejan y que de modo manifiesto predominan en
ellos; y que, concretamente por esta razón, ninguno de esos elementos puede
dividirse merced al fuego en cuatro o cinco sustancias distintas como sucede
con el concreto del que han sido separados.
Tercero, que algunas de las cualidades de un cuerpo mixto y, en
especial, sus virtudes medicinales, se alojan fundamentalmente en uno u otro de
sus principios y, por tanto, es legitimo buscar separar ese principio de los
otros por puro provecho.
También considero que, tanto usted como los químicos, pueden coincidir
fácilmente en que el proceder más seguro consiste en aprender por medio de
experimentos particulares de qué partes heterogéneas constan los cuerpos
particulares y por qué medios, ya se trate de fuego actual o de fuego
potencial, pueden separarse del modo mejor y más adecuado sin confiar su
descomposición absolutamente al uso del fuego, sin pugnar estérilmente por
forzar a los cuerpos a más elementos que aquellos con que la naturaleza los
hizo y sin despojar a los principios ya separados, desnudándolos a tal punto,
que haciéndolos tan exquisitamente elementales se tornen inútiles.
Propongo estas cosas sin desesperar por que usted las admita, y no
únicamente porque sé que usted prefiere con mucho la fama de franco a la de
sutil y que, una vez se le ha expuesto una verdad, nada le impedirá abrazarla
si se le presenta con claridad, sino también porque, en la presente ocasión, no
supondrá un descrédito para usted desistir de algunas de sus paradojas, habida
cuenta de que la naturaleza y la oportunidad de su precedente discurso no le
obliga a manifestar sus opiniones sino nada más a asumir el cometido de
antagonista de los químicos. Así puede usted, si admite lo que propongo, añadir
a su persona la fama de sincero amante de la verdad a la reputación de oponerse
a ella de forma sutil.
Carnéades se apresuró a prohibirse a sí mismo responder a esa poderosa
pieza de oratoria diciendo:
—Hasta que no tenga la oportunidad de familiarizarle con mis propias
opiniones sobre las controversias de las que hemos estado discutiendo, confío
en que no esperará que le haga partícipe del significado de la argumentación
que he empleado. De suerte que únicamente le diré que no solo un filósofo
natural penetrante es capaz de encontrar excepciones plausibles, sino incluso
yo mismo; más aún, que algunas de ellas son tales que quizá no puedan ser
respondidas con facilidad y forzarán a mis adversarios, cuando menos, a
modificar y reformar sus hipótesis. Sé que no necesito recordarle que las
objeciones que he planteado en contra del cuarteto de elementos y de la terna
de principios no se oponían necesariamente a las doctrinas en sí mismas —ambas,
y especialmente la última, pueden sostenerse con más verosimilitud de lo que
hasta ahora algunos autores con los que me he topado parecen haber hecho—, sino
más bien a la inexactitud y a lo escasamente concluyentes que se muestran los
experimentos analíticos en los que se confía para demostrarlas.
Por consiguiente, es muy cortés de su parte, mas no irracional, esperar
que yo no esté tan enamorado de mis perturbadoras dudas como para no desear
cambiarlas por verdades indudables, si se me demuestran de forma clara
cualquiera de las dos opiniones aquí examinadas u alguna otra teoría de los
elementos a partir de argumentos racionales y experimentales. No supondría un
gran descrédito para un escéptico confesarle que, aun estando tan insatisfecho
con las doctrinas de peripatéticos y químicos sobre elementos y principios como
mi discurso precedente le haya inducido a creer, todavía puedo encontrar algo
con lo que coincidir: que, por ventura, las indagatorias de otros me han
resultado apenas más insatisfactorias que las mías propias.
Notas:
[1] Thomas
Digges escribió en 1576 un pequeño opúsculo titulado A Perfit
Description of the Caelestiall Orbes according to the most aunciente doctrine
of the Pythagoreans, latelye revived by Copernicus and by Geometricall
Demonstrations approved , que contenía reflexiones que popularizaron
las ideas copernicanas. La edición en español: Copérnico, N., Digges, T.,
Galilei, G., Opúsculos sobre el movimiento de la Tierra (ed.
de Alberto Elena), Madrid, 1983.
[2] Gilbert,
W., De Magnete, Nueva York, Dover, 1991.
[3] Bacon,
F., La Gran Restauración (Novum Organum) (ed. de Miguel Ángel
Granada), Madrid, Tecnos, 2011, y Bacon, F. La nueva Atlántida (ed.
y trad., Emilio García Estébanez), Madrid, Akal, 2006.
[4] Entre
los escritos de este periodo se encuentran los siguientes, cuyos títulos
originales fueron: New Experiments Physico-Mechanical, Touching the
Spring of Air and its Effects (1660), Certain Physiological
Essays (1661), The Sceptical Chymist (1661), Some
Considerations touching the Usefulness of Experimental Natural Philosophy (1663,
1671),Experiments and Considerations touching Colours (1664),New
Experiments and Observations touching Cold (1665),Hydrostatical
Paradoxes (1666) y The Origin of Forms and Qualities (1666).
[5] Leviathan
and the Air-Pump: Hobbes, Boyle and the Experimental Life (1985).
[6] Discourse
of Things above Reason (1681), su Disquisition about the Final
Causes of Natural Things (1688) y The Christian Virtuoso (1690).
[7] Correspondence
Leibniz-Clarke, Manchester University Press, Nueva York, 1956, p. 92.
(Existe ed. en castellano: G. H. Leibniz, La polémica Leibniz-Clarke,
Madrid, Taurus, 1980).
[8] Works
of the Honourable Robert Boyle, Esq. Epitomised, por Richard Boulton, en 4
vols., J. Phillips, Londres, 1699, 1.ª ed. 1699-1700.
[9] Clericuzio,
Antonio, «Alchimie et théories de la matière au XVIIe siècle», en F. Greiner
(ed.), Aspects de la tradition alchimique au XVIIe siècle (París-Milán,
1998), pp. 185-191; Clericuzio, A., «The Internal Laboratory: the Chemical
Reinterpretation of Medical Spirits in England (1650-1680)», en Rattansi, P., y
Clericuzio, A. (eds.), Alchemy and Chemistry in the Sixteenth and
Seventeenth Centuries, Dordrecht: Kluwer, 1994; Hirai, Hiro, y
Yoshimoto, Hideyuki, «Anatomizing the Sceptical Chymist: Robert Boyle and the
Secret of his Early Sources on the Growth of Metals», Early Science and
Medicine, 10 (2005), pp. 453-477; Newman, William R., «The Alchemical
Sources of Robert Boyle’s Corpuscular Philosophy», Annals of Science,
53 (1996), pp. 567-585.
[10] Shaw,
Peter, The Philosophical Works of the Honorable Robert Boyle,
Londres, 1725.
[11] Cit.
en Solis, C., Robert Boyle, física, química y filosofía mecánica,
Madrid, Alianza Editorial, 1985, p. 112, a su vez cit. en Boas, M., «The
establishment of the mechanical philosophy», Osiris, 10 (1952), pp.
412-541. Sin embargo, parecería más adecuado en ese contexto usar la palabra
mecánica que la de física, puesto que esta última no pertenece a este contexto
histórico.
[12] Página
254.
[13] The
Aspiring Adept (p. 140 y ss.). Moorfields era una zona a las afueras
de Londres de dudosa reputación, con comercio legal e ilegal de diversa clase.
A Hooke le complacía vagabundear por sus tabucos ojeando libros, ya que se
podían encontrar rarezas, había impresores ilegales, etc. Muy poco después de
la muerte de Boyle, un día, paseando por allí, Hooke quedó muy sorprendido al
ver los libros de aquel.
[14] Clangor
buccinae propheticae de novissimis temporibus, oder, der Thon der
Schalmeyen (1620).
[15] George
Starkey, nacido y educado en Nueva Inglaterra, fue un miembro del círculo de
Hartlib, del que formaban parte filósofos naturales, políticos, educadores,
etc., reunidos en torno a la figura del utopista emigrado de origen alemán
Samuel Hartlib. Starkey, alias Philalethes, nombre con el que
firmaba sus tratados y escritos sobre alquimia, y de quien se creía poseía
muchos manuscritos alquímicos, que había sido testigo de la preparación de la
piedra filosofal y de numerosas transmutaciones, inició varios proyectos de
experimentación y mantuvo una nutrida correspondencia con Boyle.
[16] Robert
Boyle tuvo una estrechísima relación y muchos intereses intelectuales comunes
con su hermana Katherine. Es un hecho conocido que trabajó en aspectos
relacionados con el preparado de hierbas medicinales y que solía compartir
opiniones con Robert sobre asuntos científicos, políticos, teológicos, etc. Por
ejemplo, en una carta fechada el 6 de marzo en 1647, Robert le escribe sobre
que uno de sus hornos se ha estropeado, lo cual suponía un desastre para sus
experimentos. A este respecto resulta interesante leer Maddison, R. E. W.,
«Studies in the life of Robert Boyle, 6: the Stalbridge period, 1645-55, and
the invisible college», Notes and Records of the Royal Society, 18
(1963), pp. 104-124.
[17] William
R. Newman en Alchemy Tried in the Fire: Starkey, Boyle, and the Fate of
Helmontian Chymistry (p. 268) cita a Dobbs, Foundations of
Newton’s Alchemy (pp. 62-80).
[18] Alcahest en
inglés, deriva de la palabra árabe álcali (Al-Qaly). El alcahesto era un
concepto desarrollado a partir de la sal circulatum de
Paracelso por A. van Helmont; se trataba de un disolvente universal (pudiera
ser el aqua regia) que podía reducir todos los cuerpos a su
sustancia primigenia. Helmont afirmaba que este disolvente podía reducir las
sustancias, primero, en sus principios constituyentes, y después, en el agua
primordial de la que todo se componía. Van Helmont también lo llamaba alcahest
Ignis Gehennae (fuego del infierno).
[19] Johann
Baptista van Helmont (1577-1644) nació en Bruselas y estudió en Lovaina. Fue
uno de los grandes experimentalistas e investigadores en los comienzos de la
química, en el siglo XVII. Boyle estuvo muy influido por él y en esta obra, en
la que lo cita profusamente, recurre a su autoridad aunque sea para criticarle.
Helmont fue, por ejemplo, uno de los primeros en apreciar la importancia de la
producción de gases en los procesos químicos. Estaba convencido de la
indestructibilidad de la materia.
[20] Cit.
en R. Boyle, El químico escéptico, parte IV, nota 45.
[21] L.
M. Principe, The Aspiring Adept (pp. 153-180).
[22] Urdimbres,
contexturas o estructuras.
[23] Clericuzio,
A., Robert Boyle y la experimentación, Universidad de Cassino,
trad. de J. G. Calderón, Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia.
[24] Chalmers,
A., «The Lack of Excellency of Boyle’s Mechanical Philosophy», en Studies
in the History and Philosophy of Science, 24 (1993), pp. 541-564. En este
artículo Chalmers argumenta que Boyle desarrolló tanto su filosofía como sus
mayores logros científicos con independencia de la filosofía mecánica. Aquellos
que estén familiarizados con la obra boyleana habrán reparado en que el título
de este artículo alude irónicamente al tratado de Boyle About the
Excellency and Grounds of the Mechanical Hypothesis.
[25] Anstey,
P. R., «Robert Boyle and the heuristic value of mechanism», Stud. Hist.
Phil. Sci., 33, 2002 (pp. 161-174).
[26] Principe,
L. M., The Aspiring Adept (p. 11).
[27] Boas
Hall, M., «An Early version of Boyle’s Sceptical Chymist», Isis, 45
(1954).
[28] R.
B., El químico escéptico, p. 41.
[29] R.
B., El químico escéptico, p. 217.
[30] Clericuzio,
A., «El relojero ajetreado: dios y el mundo natural en el pensamiento de
Boyle», en Montesinos, J. y Toledo, S., Ciencia y religión, de Descartes a la
Revolución Francesa, Fundación Orotawa, 2007.
[31] Boyle
elige el nombre de este personaje que asumirá la posición de escéptico y le
servirá como voz cantante en la exposición de sus tesis en forma de diálogo,
inspirándose en el filósofo escéptico Carnéades (c. 231 de n. e.), quien
fundó la nueva Academia de Atenas. Este dirigía sus ataques contra los estoicos
y afirmaba que no existía medio alguno para distinguir lo verdadero de lo
falso, que el saber seguro era imposible y que ninguna afirmación era indudable,
aunque reconocía que al sabio le era imposible suspender el juicio y por tano
desarrolló su doctrina de la probabilidad. Su función en la discusión boyleana
es mostrar la incorrección de las premisas aristotélicas de los cuatro
elementos y de los principios de Paracelso.
[32] Eleuterio
es el personaje que le servirá de sparring al de
Boyle-Carnéades a lo largo de la exposición de sus argumentos. El término
ἑλεὐθερος en griego significa «libre» o «independiente», y en acusativo, es un
epíteto de Zeus. El rol de Eleuterio en este diálogo es el de no tomar partido
y mantenerse como moderador que da pie a nuevas consideraciones con sus
preguntas.
[33] En
efecto, a lo largo de este tratado o diálogo expositivo, Boyle, cuyo alter
ego es Carnéades casi al cien por cien, en ocasiones, se introduce a
si mismo en tercera persona como alguien a quien se refiere alguno de los
personajes del diálogo y que no está presente. Esto resulta algo confuso, pero
es posible que Boyle pretendiera marcar alguna distancia con las posiciones de
Carnéades o hacer algún guiño con el objeto de reservarse un espacio donde
poder colocar todas las cosas que no deseaba decir por boca de Carnéades y sin
embargo sí deseaba insinuar.
[34] Esconderse
tras el lienzo (lit. tras la tabla).
[35] Azufre,
Sal y Mercurio son los tres principios (tria prima) de las
doctrinas espagiristas o iatroquímicas, esto es, de los seguidores,
sistematizadores, escritores y laborantes que seguían las enseñanzas de
Paracelso y a los que Boyle calificaba como los «químicos vulgares o comunes».
Esta concepción de los tres principios, en realidad, toma sus fundamentos de la
teoría aristotélica de que el origen de los minerales se debe a dos
exhalaciones desde el centro de la Tierra, una seca y otra húmeda. Esta concepción
al pasar por el procesado de la alquimia árabe, afirmaba que la exhalación
húmeda y la seca se condensaban bajo tierra en dos sustancias intermediarias,
el Azufre y el Mercurio. Paracelso popularizó la idea de la existencia de un
tercer principio, la Sal, que se añadía al Mercurio (combustibilidad) y al
Azufre (volatilidad) de la tradición alquimista árabe, como responsable de la
unión de los componentes en un sistema complejo impidiendo la descomposición y
otorgando solidez e incombustibilidad. Para no confundir estos principios, que
en la tradición alquímica hasta el XVII tienen además otras muchas resonancias
filosóficas, se usan mayúsculas, mientras que los nombres de las mismas
sustancias comunes van en minúscula.
[36] En
el momento en que Boyle escribe, las artes y asuntos relacionados con lo que
podemos entender grosso modo por química caían bajo grupos a los que
pertenecían los químicos vulgares, los espagiristas y iatroquímicos, y los que
se dedicaban a la crisopoeia, un neologismo producto de la unión de dos
vocablos griegos, khrusōn («oro») y poiēin («fabricar»,
«construir», «crear»), que significa transmutación en oro y que derivó en el
término alquimia (alquimista). Entre los primeros, además de artesanos diversos
como refinadores o tintoreros, se contaban los seguidores de las teorías paracelsianas
que pertenecían al ámbito de la medicina, la farmacopea y, en ocasiones, a la
mineralogía. Entre los segundos, Boyle distinguía entre los charlatanes y los
que pertenecían a una categoría superior, la de filósofos químicos o adeptos.
[37] Hipostático:
cada una de las tres personas que componen la Santísima Trinidad.
[38] Los
hijos del arte es una expresión para referirse a los iniciados. En este caso en
las artes de la escuela paracelsiana, aunque también puede tratarse de versados
en las tradiciones alquimistas. Boyle utiliza el término alquimista junto a
adjetivos en ocasiones laudatorios y en ocasiones peyorativos.
[39] «Cuando
el humo ha hablado abiertamente, callamos nosotros».
[40] Al
parecer Boyle eligió este nombre inspirándose en el filósofo Temistio, nacido
en Paflagonia, c. 317 de n. e. Temistio fue un exégeta y
comentarista de las obras de Platón y Aristóteles y vivió en Constantinopla.
Seguía la doctrina de los cuatro elementos y, se dice, prefería las
argumentaciones deducidas de la lógica a las evidencias experimentales.
[41] Filopono
aquí es un seguidor de Paracelso. El personaje tal vez se inspire en Juan
Filopón, a quien se suele presentar como el fundador del aristotelismo
cristiano, aunque mantuvo una posición crítica tanto frente a Platón como a
Aristóteles. Además de por temas teológicos y filosóficos, se interesó también
por los temas científicos y debatió sobre la física de Aristóteles con el
neoplatónico Simplicio.
[42] En
la filosofía escolástica los cuerpos mixtos son los que resultan de la mezcla
de dos o más cuerpos elementales. Los cuerpos mixtos podían ser mixtos
perfectos e imperfectos, que recibían también los nombres de combinaciones o de
mezclas propiamente dichas, y así hay mixtos químicos y mixtos físicos. En
época de Boyle, se pensaba que todos los cuerpos naturales eran cuerpos mixtos
compuestos por elementos o principios en distinta proporción.
[43] Johann
Baptista van Helmont (1577-1644) nació en Bruselas y estudió en Lovaina. Fue
uno de los grandes experimentalistas e investigadores en los comienzos de la
química, en el XVII. Boyle estuvo muy influido por él y en esta obra le cita
profusamente recurriendo a su autoridad aunque sea para criticarle. Helmont
fue, por ejemplo, uno de los primeros en apreciar la importancia de la
producción de gases en los procesos químicos. Estaba convencido de la
indestructibilidad de la materia.
[44] La
espagiria de Paracelso y sus seguidores era la disciplina que estudiaba la
influencia que tienen los cuerpos celestes sobre el organismo humano para
canalizarla y convertirla en una forma de medicina o terapia. La práctica
espagirista habitual consistía en la preparación artesanal de remedios y
preparados, normalmente a partir de plantas por procesos de destilación,
fermentación, etc. El término «espagiria» se forma por los vocablos
griegos spao («separar») y ageirein («reunir»)
que remiten al paradigma de todas las ciencias herméticas: solve et
coagula, esto es: «disuelve y cuaja», que definen a los dos estados polares
de la materia: sulfuroso y mercurial. Paracelso además fundó la iatroquímica,
que introducía en la medicina remedios de origen mineral, triacas, arcanos y
magisterios, fundamentalmente preparados con mercurio, para tratar enfermedades
como, por ejemplo, la sífilis.
[45] Cicerón
escribió Sobre la naturaleza de los dioses en el año 77 de n.
e. En esta obra hay un pasaje en el que Cicerón narra la historia ficticia de
su visita al cónsul Lucio Aurelio Cotta, a quien encontró debatiendo con Cayo
Veleio y Cornelio Balbo sobre el epicureísmo. En él se produce el siguiente
diálogo: «—Así lo haré, a pesar de que no soy yo sino tú quien ha recibido
refuerzos… —Qué es lo que hayamos podido aprender —repuse yo— Cotta lo verá;
pero te ruego que no creas que he venido a actuar como un aliado, sino en
calidad de oyente, y oyente imparcial, sin ningún prejuicio, bajo ninguna clase
de atadura o coacción que me fuerce, quiera o no, a defender alguna sentencia
determinada». ( De la naturaleza de los dioses, Cicerón 7.17.). Se
da una cierta analogía entre Boyle y Cicerón, ya que la relación de Boyle con
Carnéades recuerda a la de Cicerón con Cotta, quien simpatiza con su personaje
sin suscribir completamente su escepticismo.
[46] Nota
del autor. Los diálogos a los que aquí se alude son aquellos que versan sobre
el calor, el fuego y la llama, etc.
[47] Specimina
quaedam historiae naturalis et experimentalis aquarum mineralium .
[48] Se
refiere a sus propias fatigas usando el fuego y los hornos para llevar a cabo
sus experimentos.
[49] Laborantes,
artesanos, refinadores que trabajaban en los laboratorios, boticas,
metalurgias, etc.
[50] El Organon (método,
instrumento) aristotélico, es una colección de obras sobre lógica y metodología
compiladas por Andrónico de Rodas. El primer libro se denomina Categorías, donde
el autor reduce a diez el número de predicados posibles más generales de un
sujeto. El segundo libro recibe el nombre de Sobre la interpretación, donde
trata las diferentes formas y propiedades de la proposición. El tercero,
denominado Primeros analíticos, estudia las distintas formas de
argumentación, mientras que en libro cuarto, denominado Segundos
analíticos, más bien se refiere a los principios de la demostración. En el
quinto libro, Tópicos, se trata del arte de la disputa o discusión
y, finalmente, el sexto se dedica a tratar los sofismas y recibe el nombre
de Refutaciones sofísticas.
[51] Véase
nota 7.
[52] El
fuego es aquí un instrumento para el análisis. Análisis puede entenderse como
«descomposición», «disgregación», «separación» y opuesto a las «síntesis» de la
química analítica.
[53] Para
respetar el espíritu del autor, la palabra concrete que
aparece en el original será traducida en adelante por concreto. No
obstante, conviene hacer notar que Boyle se refiere con ella a «entidad
material», a «conglomerado» y, a su manera, a «cuerpos».
[54] Cuando
se pone al fuego, el oro no sufre ningún cambio, pero el plomo se oxida y pasa
a ser litargirio (PbO) u óxido de plomo.
[55] Se
refiere al mundo de lo terrestre.
[56] Silicato
de magnesio hidratado o talco. Es un mineral que se toma como patrón de la
menor dureza. Raramente se da en la naturaleza en forma pura; los depósitos de
este mineral suelen estar asociados con otros minerales como la tremolita, la
serpentina, la antofilita o la actinolita. El talco más puro se deriva de las
rocas sedimentarias de carbonato de magnesio. En su forma de cristal, puede
presentarse foliado, laminar, fibroso y macizo.
[57] Dios
del fuego y los metales en la mitología romana. Se creía que su fragua se
encontraba en las entrañas del monte Etna. Los saberes de la metalurgia siempre
se han asociado con él.
[58] La
flema era un líquido relativamente transparente e insípido que según Boyle, en
ocasiones, presentaba determinadas propiedades en función de donde se hubiera
extraído. Muchas veces también se utilizaba el término «flema» indistintamente
por el de «agua».
[59] En
tiempos de Boyle todo lo que era volátil se solía llamar espíritu. En palabras
de Isaac Asimov: «Hasta la época de van Helmont, la única sustancia aérea
conocida y estudiada era el aire mismo, que parecía lo suficientemente distinto
de las otras sustancias como para servir de elemento a los griegos. En
realidad, los alquimistas habían obtenido con frecuencia aires y vapores en
sus experimentos, pero eran sustancias escurridizas, pesadas de estudiar y
observar y fáciles de ignorar. El misterio de estos vapores estaba implícito en
el nombre que se dio a los líquidos fácilmente vaporizables: espíritus,
una palabra que originalmente significaba “suspiro” o “aire”, pero que también
tenía un sentido evidente de algo misterioso y hasta sobrenatural. Todavía
hablamos de espíritus para ciertos alcoholes o para la
trementina. El alcohol es, con mucho, el más antiguo y mejor conocido de los
líquidos volátiles». Así, hoy seguimos llamando espirituosos a los alcoholes.
[60] El
asta de ciervo (amoniaco) se usaba mucho en farmacia. Su análisis producía,
entre otras cosas, un líquido impregnado de una sal volátil llamada espíritu de
asta de ciervo que se usaba para tratar los desmayos.
[61] Boyle
se refiere al Génesis. En la tradición literaria alquimista a menudo se decía
que el autor de los escritos alquímicos era el propio Moisés u otros personajes
bíblicos.
[62] Régulo
marcial o régulo estrellado de antimonio. El antimonio (Sb) o estibina fue muy
importante para el círculo de Hartlib. Robert Boyle entró en contacto con
Samuel Hartlib en 1647 y mantendría una estrecha relación con el grupo de
filósofos naturales, entre los que podemos contar a Newton, y de reformadores
sociales reunidos en torno a su figura hasta 1659. En el siglo XV el alquimista
Basilio Valentín (c. 1394-¿) en su obra El Carro Triunfal del
Antimonio describía las propiedades de este semimetal, su preparación
y sus aleaciones. El antimonio tiene la característica de liberar al oro de sus
impurezas. La preparación del antimonio o estibina se hacía mezclándolo con
hierro y poniendo a calentar la mezcla con sal de boro o salitre como fundente
(el producto que se usa para disminuir el punto de ebullición de un mineral, o
sea, para facilitar su fusión). El hierro se combinaba con el sulfuro de la
estibina y subía a la superficie, mientras que el antimonio caía en el fondo de
la cuba de fusión. Cuando estaba frío, lo obtenido recibía el nombre de régulo
(el metal purificado), que volvía a purificarse con salitre. Durante el
subsiguiente enfriamiento, aparecían unas ramificaciones con dibujos con forma
de una estrella plateada en el centro de los cristales largos y delgados que se
formaban. B. J. Dobbs en su The Foundations of Newton’s Alchemy afirma
que el nombre que se dio a este «corazón de antimonio» está tomado de Regulus,
la brillante estrella doble cercana al corazón de la constelación de Leo. El
refino de oro era muy frecuente en el siglo XVII por lo que también hay quien
sugiere que el nombre se debe a la denominación real del régulo de oro que se
obtenía por medio del antimonio metálico. Boyle experimentó mucho con los
régulos de antimonio, de hierro, etc.
[63] Agua
regia. Una mezcla altamente corrosiva capaz de disolver los metales regios como
el oro y el platino de ácido nítrico y ácido clorhídrico.
[64] En
el original menstruum, disolvente o menstruo. En adelante se usan
indistintamente ambos términos.
[65] Agua
pesada y ácido nítrico.
[66] El
polvo rojo formado por mercurio y ácido nítrico podría ser óxido de mercurio, y
el blanco, la base nitrato de mercurio.
[67] Ácido
sulfúrico.
[68] El
sulfato de mercurio básico (HgSO4, 2HgO) tiene esa coloración.
[69] Cuando
Boyle se refiere al elemento químico número 80, un metal plateado líquido e
inodoro a temperatura ambiente, escriberunning Mercury (Hg) que, en
adelante, se traducirá por mercurio rodante. Por el contrario,
cuando hable del principio espagirista, Mercurio, éste irá siempre en
mayúscula.
[70] Claudius
Galenus o Galeno (130-199) nació en Pérgamo, donde comenzó sus estudios de
medicina. Más tarde se trasladó a estudiar a Esmirna, a Corinto y a Alejandría.
Galeno era seguidor de la concepción hipocrática de los cuatro humores (húmedo,
seco, calor, frío) correspondientes al equilibrio en el cuerpo de la bilis, la
bilis negra, la sangre y la flema basada en la doctrina de los cuatro
elementos, Agua, Fuego, Tierra, Aire; la enfermedad era un desequilibrio entre
ellos. Su conocimiento de los fármacos elementales derivaba principalmente de
Dioscórides y se dedicó a vincular de modo «racional» la organización del
contenido de Materia médica con la estructura básica de la
patología humoral. Galeno fue uno de los médicos más famosos y reconocidos,
atendió a los emperadores Marco Aurelio y L. Vero y escribió numerosos trabajos
sobre medicina y temas filosóficos.
[71] «Cuando
la cosas están claras, no hace falta discutir sobre las palabras».
[72] Esta
madera del nuevo mundo (Guaiacum officinale), del nuevo mundo tuvo
muchos nombres, madera de guayacán, palosanto o Lignum vitae, flor
de Jamaica. La resina que se obtenía de esta familia de árboles tenía diversas
virtudes terapéuticas, por ejemplo para las enfermedades nefríticas.
[73] La
retorta es una vasija esférica con un «cuello» muy largo e inclinado hacia
abajo que actúa como condensador permitiendo que los vapores se condensen y
fluyan a través del cuello para ser recogidos en un vaso receptor que se pone
al final del mismo, llamado en ocasiones recibidor. En la batería de
recipientes de los laboratorios del XVI y XVIII había una gran variedad de
retortas, matraces, cucúrbitas, pelícanos, alambiques, crisoles,
dioptras, excipulum o recibidores, frascos, redomas, vasos de
metal, etc.
[74] Véase
nota 10 de Las consideraciones fisiológicas.
[75] El
alcanfor (C10H16 O) es una sustancia semisólida y
cerosa de olor muy penetrante que se obtenía también del árbol
alcanforero, Cinnamomum camphora, originario de Borneo.
[76] Sulfuro,
azufre vivo, piedra de azufre.
[77] «Las
flores son un polvo finísimo producido por condensación o sublimación que queda
adherido a la parte superior del alambique» (Solís, C., Robert Boyle,
Física, química y filosofía mecánic a, Alianza Ed., 1985).
[78] En
latín, baño. El material del que se tratara se solía colocar en un recipiente
que, a su vez, se introducía bien en agua caliente, como sucede en el baño
María, bien en arena, que también se calentaba.
[79] Un
residuo sólido que queda tras la destilación. En adelante este término siempre
se dejará en latín como aparece en el texto original.
[80] Por
su parte más pequeña.
[81] La
sal se consideraba que tenía una consistencia o fijeza intermedia entre la
Tierra y el Agua. En la visión espagirista la sal era susceptible de unirse
unas veces con el principio volátil y otras con el fijo, de
ahí, la sal volátil y la sal fija. Las sales volátiles diferían de las fijas en
que albergaban esencias o sustancias espirituosas vitales que las hacían
ligeras, sutiles y las tornaban volátiles. Además del procedimiento que
describe Boyle en este punto, los químicos y boticarios ponían a secar plantas
y, cuando estaban perfectamente secas, las quemaban con el fin de reducirlas a
cenizas que resultaban ser muy blanquecinas. Después, usando una cantidad de
agua que mezclaban con las cenizas, por decantaciones y destilaciones
sucesivas, se extraía la sal. Esta era la sal de las sustancias orgánicas
nitrogenadas que se compone de ácido clorhídrico y amoniaco.
[82] Fuego
desnudo o inmediato. Se suele colocar el recipiente directamente sobre la
fuente de fuego y el calor es más fuerte.
[83] Según
la RAE, la sal amoniacal es aquella que se prepara con algunos de los productos
volátiles de la destilación seca de las sustancias orgánicas nitrogenadas, y
que se compone de ácido clorhídrico y amoniaco. Los egipcios ya destilaban
hollín con excrementos y sal marina, sal de Amón, que los romanos llamaban sal
amoniacal, de donde se deriva el actual cloruro de amonio. En la Antigüedad, y
siguiendo los relatos de Plinio y Dioscórides, la mejor sal amoniacal se
obtenía de los excrementos de las bestias (abundantes en nitrógeno) que
reposaban en las posadas donde paraban quienes peregrinaban al templo de Amón.
[84] La
sal obtenida de asta de ciervo tenía sabor a amoniaco. (Véase nota 23,
Introducción).
[85] Todas
se unen con muy admirables junturas».
[86] Nota
del autor. Gasto Claveus, Apolog. Argur. and Chryfopera. Nota del traductor:
Gaston Duclo, latinizado como Claveus, nació en Nivernais (c. 1530).
Estudió leyes en Nevers, pero, al parecer, desde temprana edad se interesó por
la química. Cuando leyó el ataque de Erastus a Paracelso, escribió su Apologia
Chrysopæia & Argyropoeiæ adversus Thomam Erastum , 1590.
[87] Hornos
para templar objetos de vidrio. En las fábricas de vidrio se denominaba hornos
de vidrio (Glass House Furnaces) a los recipientes donde los materiales
en bruto que se derretían estaban situados en una cámara extremadamente
caliente que se llamaba horno de vidrio. Según Percival Marson en Glass
and Manufacture, en los hornos ingleses normalmente había 6 o 12
recipientes colocados en círculo.
[88] Óxido
de plomo que contiene plata bastante para ser beneficiada.
[89] Georg
Bauer (1494-1555), más conocido por su nombre latino, Agricola, que quiere
decir («campesino») (Bauer en alemán), se interesó en la
mineralogía por su posible conexión con la elaboración de fármacos, dado que
había estudiado medicina. De hecho, la conexión entre la medicina, la
farmacopea y la mineralogía fue algo determinante en el desarrollo de la
química durante los dos siglos y medio siguientes. El libro de Agricola De
Re Metallica (S obre la metalurgia) se publicó en 1556. En
él, Agricola reunió todos los conocimientos prácticos recogidos de los mineros
de la época y compuso el tratado más importante sobre tecnología química
anterior a 1700, estableciendo la mineralogía como «ciencia».
[90] En
el original ore minerals. Son minerales metálicos donde se
diferencia «la ganga» de la «mena». La mena (ore mineral) es el mineral
que buscamos extraer, y la ganga, lo que extraemos pero que no nos interesa
económicamente.
[91] Del
latín, depósito de humo. Óxido de zinc crudo.
[92] Según
la Enciclopedia Británica (1768-1771) la piedra osteocola (cola de huesos) «es
un espato adulterado con tierra y por tanto no transparente» (Solis, C., Robert
Boyle, Física, química y filosofía mecánica, 1985). Se trata de
depósitos o rocas de carbonato de calcio (principal componente de conchas y
esqueletos) que forma incrustaciones en las raíces y tallos de las plantas y
que se encuentra en terrenos umbríos.
[93] El
carbón o el azufre no arden sin oxígeno. En el aire el azufre arde hasta formar
dióxido de azufre y trióxido de azufre. El aceite de azufre per
campanam era ácido sulfúrico diluido que se obtenía en un recipiente
de cristal con forma de campana.
[94] El
espíritu de nitro, el agua fuerte y el eau dé depart son todos
nombres para el ácido nítrico.
[95] Se
supone que se refiere a sales básicas.
[96] Aquí
se usa un horno de arena
[97] La
digestión en la alquimia o la química del XVIII es la cocción a baja
temperatura, sin producirse ebullición del líquido (esta definición aparece en
el libro de Lemery Course de Chymie). En adelante se traducirá el
término inglés digestion por «digestión».
[98] Anton
Gunther Billichius nació en la provincia de Friesland (hoy Holanda) en la
última mitad del siglo XVI. Estudió medicina con Arnissaeus en Helmstadt,
Baviera, y fue médico privado en la corte de Oldenburg. Fue un químico con
notable capacidad para la divulgación y escribió libros como Thessalus
in Chymicus Redivivis (1640).
[99] Entre
las sales tartáricas, la más común es el tártrato ácido de potasio que se
encuentra en la naturaleza en el zumo de uva. El sublimado de sal tártaro,
cenizas de madera, K2 CO3 + 2NH4 Cl
= 2KCl + (NH4) 2CO 3 es HgCl2
[100] Etanol,
alcohol etílico.
[101] Se
volatiliza amoniaco de la orina.
[102]Alcahest en el original, deriva de la palabra árabe álcali (Al-Qaly).
El alcahesto era un concepto desarrollado a partir de la sal circulatum de
Paracelso por Helmont; se trataba de un disolvente universal (pudiera ser
el aqua regia) que podía reducir todos los cuerpos a su sustancia
primigenia. Helmont afirmaba que este disolvente podía reducir las sustancias
primero en sus principios constituyentes, y después, en el agua primordial. Van
Helmont también llamaba a este alcahesto, Ignis Gehennae (fuego
del infierno).
[103] Véase
nota anterior, 16.
[104] Mineral
del grupo de los sulfuros semejante a la pirita.
[105] En
el original se dice disolvente o circulated salt. Este término
referido al disolvente universal o sal circulatum puede
encontrarse en el texto de Helmont The Secret of the Liquour Alcahest,
Collectania Chemica, ed. por A. E. Waite, 1893. En él el autor afirma lo
siguiente: «El disolvente universal es una sal circulatus noble
preparada mediante un arte maravilloso, aunque no es una sal corpórea, sino un
espíritu salino que el calor no puede coagular al evaporar su humedad, ya que
es de una sustancia espirituosa homogénea, que se volatiliza con un calor suave
sin dejar nada tras de sí; aunque sin embargo no es un espíritu ni ácido, ni
alcalino, sino que es sal». También se le llamaba líquido alcahesto y tal vez
se tratara de ácido nítrico.
[106] Compuestos
químicos de carácter básico (óxidos, hidróxidos y carbonatos de los metales
alcalinos).
[107] El
cólcotar es óxido de hierro (Fe2O3) pulverizado de color
rojo que se obtiene al calentar sulfato de hierro II. Cuando se calienta junto
con sal amoniacal (NH 4 Cl) se sublima en hierro
clorhídrico III, que después vuelve a convertirse en óxido con amoniaco y
humedad.
[108] El
mercurio dulce es calomel o cloruro de mercurio (Hg2Cl 2).
vitriolo (FeSO4), sal marina (NaCl) y nitro (KNO3)
calentados con mercurio producen cloruro de mercurio que, calentado a su vez
con más mercurio, produce calomel, un álcali que mezclado con arena da como
resultado un silicato fundente (vidrio)
[109] Piedra
de encender lumbre, pirita, sílex.
[110] Aúna
tanto lo homogéneo como lo heterogéneo.
[111] « Respecto
al vino se ha de saber que sus heces y flemas son minerales y que la sustancia
del vino es el cuerpo en el que se conserva su esencia, así como en el oro está
latente la esencia del oro. Ante esto proponemos para la memoria, para que no
nos olvidemos, un experimento como el que sigue: toma un vino, el mejor y más
añejo que puedas tener, con temperatura y sabor gustosos. Viértelo en un
recipiente de vidrio hasta que llene un tercio y manténlo cerrado con el sello
de Hermes en el vientre de un caballo durante cuatro meses, con una temperatura
estable que no disminuya. Hecho esto, cuando en invierno con la escarcha el
frío esté en su grado más alto, expóngase a éste durante un mes para que se
congele. De esta manera, el frío desplaza hacia la parte central del vino su
espíritu junto a su sustancia, y lo separa de la flema. Retira la parte
congelada y considera que lo que no está del todo congelado es el espíritu con
la sustancia. En último lugar, haz que metido en un pelícano permanezca durante
algún tiempo en una extensión de arena no demasiado caliente. Al cabo de un
tiempo retira la maestría del vino, del que hemos estado hablando ».
(Sexto libro Archidoxia, Paracelso p. 93, ed. J. J. Oxon, Londres,
1661). El pelícano, circulatorio o vaso de Hermes es un recipiente de vidrio en
el cual los vapores de los líquidos introducidos ascendían y descendían en un
movimiento casi circular. Según descripción de Livavio (1606), los pelícanos
podían tener, o recordaban a, las siguientes formas, de las que, a veces,
tomaban el nombre: pelícano con forma de ave con el cuello doblado, pelícano
con tubo en la parte superior, circulatorio con brazos, Iubilans vocari
potest o «el alegre», de bailarines o danzantes, crumena, águilas o
buitres.
[112] La
exploración holandesa iniciada en 1565 que navegó por el océano Ártico, al
norte de Rusia, en un intento de descubrir el paso del noroeste a China. Una de
las islas que se descubrieron fue Novaya Zemlya.
[113] Si
Dios es la causa primera, todo lo demás son segundas causas. Las
clasificaciones escolásticas de segundas causas son muy abundantes.
[114] En
latín, nuevamente, de nuevo. En ocasiones se usa como sinónimo de ex
novo.
[115] En
el original parcel. Puede ser entendido como parte discreta o
porción.
[116] En
el prefacio se presenta a los cuatro amigos, Carnéades, Eleuterio, Temistio y
Filopono y se alude a un quinto ausente, Leucipo. Pero como ya se ha mencionado
en la nota 3 del prefacio, a lo largo del libro Boyle en ocasiones se refiere
al invitado que actúa de narrador y notario como a sí mismo, y otras veces se
introduce en la forma de Mr. Boyle como un personaje ausente, lo que contribuye
a crear confusión. Por supuesto, los experimentos de Carnéades son los de
Boyle.
[117] Planta
de la familia de las cucurbitáceas cuyas semillas son comestibles, pueden ser
calabazas, calabacines.
[118] Aunque
explicado de modo algo más confuso, parece que alude al experimento de Van
Helmont sobre la fisiología de las plantas. En torno a 1630 puso 200 libras de
tierra previamente secada en un recipiente y plantó en ella un vástago de sauce
que pesaba 5 libras. Durante 5 años añadió agua de lluvia a la tierra a
intervalos regulares pero nunca añadió tierra. Tras ese tiempo, sacó el sauce
ya grande, raspó la tierra de las raíces y la devolvió al recipiente, extrajo
toda el agua del sauce secándolo, y pesó el árbol cuidadosamente. A
continuación, secó la tierra restante a fondo y la pesó. Encontró que el sauce
pesaba 169 libras y 3 onzas, o sea, una ganancia de aproximadamente 164 libras
durante el intervalo de 5 años, y que la tierra pesaba 199 libras y 14 onzas,
lo que indicaba únicamente una pérdida de 2 onzas durante el mismo periodo. Van
Helmont extrajo la conclusión de que el sauce formaba su sustancia únicamente a
partir del agua.
[119] RAE:
del lat. empyreuma, y este del gr. ἐμπὐρευμ, brasa conservada bajo
la ceniza. 1. m. Olor y sabor particulares, que toman las sustancias animales y
algunas vegetales sometidas a fuego violento.
[120] Véase
nota 16, parte I.
[121] Del
griego, las semillas de todas las cosas.
[122] De
magnetica vulnerum curatione. Disputatio, contra opinionem d. Ioan. Roberti (…)
in brevi sua anatome sub censurae specie exaratam . 1621. Publicado en
París.
[123] Véase
nota 6ta nota de Parte Segunda.
[124] Sal
circulatum de Paracelso (véase notas 35 y 37 de la parte I).
[125] La
cohobación es la destilación repetida de una misma sustancia. A diferencia del
proceso alquímico de la circulación, la sustancia se extrae del recipiente y es
devuelta a él. Aquí habla de calcita (CaCO3) o carbonato de calcio.
[126] Diógenes
Laercio probablemente vivió en el siglo II y escribió Las vidas de los
filósofos
[127] Tales
de Mileto (c. 636-546 a. n. e.) fue uno de los fundadores del estudio de
las matemáticas y la filosofía en Grecia. Alcanzó mucha fama cuando predijo el
eclipse de sol de 28 de mayo de 585 a. n. e. Tales sostenía que el agua era el
origen de todas las cosas en el sentido de que todo procedía del agua y todo se
resolvía (descomponía) en agua.
[128] Personaje
mitológico que los griegos admiraban como el más grande poeta anterior a
Homero.
[129] Estrabón
(Amasia, Ponto, 64. a. n. e.- 24 d. n. e.) escribió un tratado de
historia, Memorias históricas, en 43 libros que se ha perdido.
Su Geografía en 17 volúmenes nos ofrece una descripción
detallada del mundo conocido, no solamente cartográfica o astronómica, sino
también física.
[130] Mokus
de Sidón o Mosco de Sidón, que al parecer vivió en la época de la guerra de
Troya, es un candidato teórico anterior al que se le atribuye haber mantenido
teorías atomistas y que haría las veces de puente entre la teología de Moisés y
la cultura griega.
[131] «El
espíritu de Dios sobrevolaba la superficie de las aguas del Caos» (Gn 1, 2) El
término hebreo para designar el movimiento creador del espíritu es meraephet.
Tiene resonancias ornitológicas y remite al círculo mitológico, esto es, el
vuelo circular del ave sobre el nido que protege. En el Deuteronomio XXXII, 11,
se trata de un águila: «como un águila incita a su nidada,/revolotea sobre sus
polluelos,/así él despliega sus alas, lo toma/ y lo lleva sobre su plumaje».
[132] Henry
de Rochas, señor de Ayrglun, era hijo de un hombre a quien el rey Enrique IV
hizo general de las minas de Provenza. Vivió a principios del XVII en París y
fue médico del rey. Escribió varios libros sobre medicina y aguas minerales.
[133] Categoría
de la época para designar a los seres animales.
[134] Véase
nota 9, de Las consideraciones fisiológicas.
[135] Véase
nota 13, parte I
[136] Un
preparado farmacéutico que hacían Paracelso y Helmont que se obtenía de tratar
sal de tártaro con espíritu de vino (etanol). Se trataba de dulcificar la sal
tartari o la sal tártaro (carbonato potásico obtenido de calcinar
aceite de tártaro), una sal cáustica, con alcohol. Parece que esta sal retiene
el anhídrido sulfuroso (en el texto sal ácida) del vino y lo convierte en agua
(en el texto flema).
[137] La
rectificación era una purificación por destilaciones sucesivas.
[138] Peter
Lauremberg (c. 1575-1639) poeta, médico y filósofo natural alemán autor
de varios libros de texto. En 1635, fue elegido rector de la Universidad de
Rostock, cargo que ejerció hasta su muerte.
[139] Entre
1617 y 1618 Angelo de Sala publicó una serie de trabajos experimentales donde
demostraba que los compuestos químicos estaban formados por otras sustancias
que continuaban existiendo en los productos finales.
[140] El
disolvente insípido podría tratarse de aqua regia, una mezcla de
ácido nítrico y ácidos hidroclóricos.
[141] En
la alquimia se denominaba vitriolo a diversos tipos de sulfatos cristalizados
(de amonio, de plomo, de hierro, de cobalto). El vitriolo blanco presenta forma
anhidra (cristalizada) o hidratada (soluble en agua) y procedía del sulfato de
zinc. Se podía obtener calentando disoluciones de sulfato de hierro II o
sulfato de cobre a las que se añadía zinc.
[142] La
sal amoniacal reacciona con la cal para formar amoniaco (2NH 4 Cl
+ CaO = CaCl2 + 2NH3).
[143] Un
purgativo potente preparado con el zumo que se obtiene al escurrir pepinillo
del diablo o cohombrillo amargo ( Ecballium elaterium) oriundo del
Mediterráneo.
[144] La
afirmación de haber obtenido agua del mercurio ha de ser errónea.
[145] De
la mezcla. Del latín miscere, «mezclar». La miscibilidad es la
propiedad de los líquidos para mezclarse. La teoría de la misción puede
entenderse como las hipótesis sobre las mezclas, composición o conformación de
los cuerpos mixtos o mezclas.
[146] Daniel
Senner [Breslau (Wroclaw), 1572] se graduó en Wittenberg y ejerció de profesor
de medicina en la universidad. Fue el primero en introducir la química como
materia en el currículum de los estudios de medicina e intentó sin éxito
armonizar las visiones de los químicos con las de peripatéticos y galenistas.
[147] Según
los casos, los ingredientes, lo susceptible de mezclarse, lo que concurre para
la mezcla.
[148] Medida
cuya versión imperial usada en el Reino Unido es de 20 onzas líquidas
equivalentes a 568,26125 ml.
[149] Según
el profesor S. del Cura Elena, «en la física estoica se hablaba de un tipo de
mezcla (krasis) entre cuerpos distintos que conservan no obstante sus
propiedades peculiares, de una coextensión (antiparektasis) entre un
cuerpo y otro (el caso, por ejemplo, de una gota de vino derramada sobre un
recipiente de agua). Este concepto sirvió a los estoicos para comprender la
relación entre cuerpo y alma: el alma, considerada también de naturaleza
corporal, abarca por completo y traspasa todas las partes del cuerpo (animadas por
el alma) y, a la inversa, no hay parte del alma que no quede traspasada ( corporeizada)
por el cuerpo».
[150] Quartation en
el original. Del latín quartus (cuatro), «cuartear». Se puede
traducir también por «partición». Se trataba de la partición del oro con plata
que se utilizaba para aquilatarlo en el proceso llamado copelación del oro.
Para conocer con precisión la ley del oro, no basta copelarlo simplemente con
plomo, como se hace respecto de la plata, pues costaría mucho separar los
metales extraños ligados, y particularmente el cobre que se haya tan
fuertemente unido con el oro, que no puede oxidarse ni vitrificarse, sino muy
difícilmente con el óxido de plomo. Así pues, en lugar de poner simplemente oro
en la copela, se pone tambien plata en cantidad proporcionada a la ley
presumida del oro. Cuando el oro es fino, es decir, cuando contiene 997, 998,
999 partes de fino sobre 1.000, o lo que es lo mismo, cuando para tener los 24
quilates solo le falta un 1/24 de quilate, poco más o menos, la cantidad de
plata que debe añadirse es de tres partes, y esto es lo que se llama
incuartación.
[151] Según
la RAE, el horno de copela es un horno de reverbero de bóveda o plaza movibles
en el cual se benefician los minerales de plata. Las copelas se usaban para
determinar la pureza de los metales. Se introducían con la aleación en el horno
con «atmósfera oxidante» para que los metales se oxidaran, y en el XVII los
hornos de copelación servían para recuperar la plata contenida en el plomo.
[152] El
agua fuerte era ácido nítrico diluido en agua.
[153] Véase
nota 28 de esta misma parte.
[154] El
cobre disuelto en el ácido nítrico forma nitrato de cobre II, una cantidad
considerable de vitriolo (3Cu + 8HNO3 = 3Cu(NO3) 2 +
2NO + 4H2 O). Al calentar el nitrato de cobre hidratado pierde
el agua y el dióxido de nitrógeno, dejando el óxido de cobre Cu(NO3)
2 = CuO + 2NO2 + 1/2O2
[155] Monóxido
de plomo de color rojizo anaranjado también conocido como albayalde o
litargirio
[156] Del
óxido de plomo disuelto en vinagre (ácido acético) produce acetato de plomo,
plomo refinado o azúcar de plomo, al que se llamaba saccharum saturni o
saturno a secas. Los alquimistas asociaban los metales conocidos con el Sol, la
Luna y los planetas cuyos símbolos aparecen en el escudo de armas de la Real
Sociedad de Química (Royal Society of Chemistry). En su Canon’s
Yeoman’s Tale Chaucer escribió: «Os lo repetiré tal y como me lo
enseñaron: los cuatro espíritus y los siete cuerpos, por su orden. Así se los
he oído nombrar a mi dueño: el primer espíritu se llama plata viva (o azogue);
el segundo, oro; el tercero, sal amoniaco, y el cuarto, azufre. Aquí tenemos
ahora a los siete cuerpos: el oro, que corresponde al Sol; la plata, a la Luna;
el hierro, a Marte; la plata viva, a Mercurio; el plomo, a Saturno; el estaño,
a Júpiter, y el cobre, a Venus. ¡Como que soy hijo de mi padre!» ( Cuentos
de Canterbury, El cuento del criado del canónigo, Chaucer, Geoffrey).
[157] Alcohol.
[158] Ácido
acético.
[159] El saccharum
saturni o acetato de plomo, al ser calentado, produce acetona
propanona): Pb(CH3 CO2) 2 = PbO + CH3 COCH3 +
CO2. Algo del óxido de plomo oxida algo de la acetona y se reduce en
plomo. Esta reacción fue descrita en 1612 por Jean Benguin, quien llamó al
producto resultante spiritus ardens de Saturno.
[160] Piedra
filosofal.
[161] La
química de la época albergaba en su seno distintas aproximaciones, la
espagiria, la iatroquímica y la crisopeia (de Chrysó, en griego,
oro). Los que se dedicaban a la última, los filósofos alquimistas, como los
denomina Boyle, creían que el elixir rojo transmutaba el plomo en oro. A la
piedra filosofal se le llamaba el elixir rojo, aunque este es un término que
resulta bastante oscuro y con muchas atribuciones. En este caso tal vez pueda
leerse como mercurio. En su Espejo de la alquimia Roger Bacon
decía así: «El oro es un cuerpo perfecto y macho sin superfluidad ni pobreza.
Si perfeccionase a los metales imperfectos fundidos con él, seria el elixir
rojo […] Y a causa de que el oro es un cuerpo perfecto compuesto de un Mercurio
rojo y brillante y de un Azufre semejante, no lo tomaremos como materia de la
Piedra para el elixir rojo; porque es demasiado simplemente perfecto, sin
perfección sutil; es demasiado bien cocido y digerido naturalmente, y apenas si
podemos trabajarlo con nuestro fuego artificial: lo mismo sucede con la plata»
[162] El
oro perfecto, el oro filosófico, diferente del oro real, todavía imperfecto y
sin las propiedades que atribuían al oro de los filósofos.
[163]] Aquí el propio Boyle habla por boca de Carnéades, que encarna el
papel de escéptico, como si hasta el momento no hubiera sido así. Nos
encontramos aquí con algunas incoherencias que salpican un manuscrito donde se
pueden encontrar reiteraciones, alusiones a argumentos que se supone están
siendo utilizados aunque de facto no se han mencionado o que algunos de los
personajes que supuestamente participan en la discusión no vuelven a aparecer
hasta el final. Boyle confeccionó su Químico escéptico con
trozos que proceden de al menos dos manuscritos y no eliminó muchas
repeticiones, incoherencias ni algunos pasajes contradictorios o confusos.
[164] (Del
latín, eligere, «escoger»). Preparación farmacéutica de
consistencia blanda, formada de polvos mezclados con jarabe, miel o incluso
pulpas vegetales adicionadas con azúcar.
[165] En
la naturaleza, en lo existente.
[166] Véase
nota 30, parte I.
[167] La
reverberación era la calcinación (reducir un cuerpo a un polvo finísimo) de un
cuerpo con fuego que se hacía con los hornos de reverbero, cuya bóveda superior
está hecha de un material sumamente refractario y con chimenea que reverbera el
calor en otro sitio distinto a donde se hace el fuego.
[168] Roger
Bacon (c. 1214-1292), «Es más fácil hacer oro que destruirlo». Filósofo
natural inglés que escribió varios tratados de alquimia. Fue uno de los grandes
hombres de la ciencia de su tiempo; fue inventor de un método inductivo basado
en la observación y la experimentación. Su Opus Maius de 840
páginas sobre ciencias naturales, gramática, física, lógica y filosofía fue una
auténtica «enciclopedia» de los saberes del siglo XIII.
[169] «La
sal está presente en todas las cosas (evidentemente mezclado) y puede hacerse a
partir de todas ellas mediante la separación química… Lo que digo de la sal, se
puede afirmar del azufre». (Sennert, liber de cons. et dissens, p. 147).
[170] «Sé
que de las arenas, pedernales y rocas que no son calcáreos, nunca pueden
extraerse ni Mercurio ni Azufre.» (Helmont, Obra Completa, Londres,
1664, p. 411).
[171] «El
diamante es la más densa y dura de todas las rocas conocidas, lo que da cuenta
de la estrecha consolidación y cohesión de los tres principios, que no pueden
separarse por medio de ningún arte».
[172] Véase
nota 43, parte II.
[173] «Sin
embargo, la experiencia, a la que podemos llamar la maestra de los idiotas, ha
demostrado que el mercurio del oro está tan fijo y estrechamente unido al resto
del cuerpo que no puede ser recobrado de ningún modo».
[174] Las
medidas más habituales de los preparados de la farmacopea eran: libra, gramma,
dracma y la onza. Una cucharita pequeña contenía más o menos 1 dracma.
[175] El
amoniaco de la sal amoniacal puede unirse al ion cúprico (HgCl 2 +
Cu = CuCl2 + Hg). Venus es el planeta al que se adscribía el
azufre.
[176] El
cobre sufre un proceso de corrosión u oxidación que forma la famosa pátina. Hay
diversos tipos de pátinas estables que presentan distintas coloraciones que van
del marrón oscuro a los tonos verdosos (óxido cuproso, óxido cúprico, sulfato
de cobre, carbonatos de cobre…). El cardenillo al que se refiere el texto
(acetato de cobre) es de color verde y resulta venenoso.
[177] Como
puede apreciarse, tras haber aludido al Sr. Boyle hablando de sí en tercera
persona, en este punto Carnéades-Boyle no prosigue con la explicación y la
corta de un modo abrupto.
[178] Aquí
Boyle asume que las fuerzas eléctricas y magnéticas se debían a la acción de
corpúsculos y cabe interpretar que la acción de la piedra imán se debe a la
emisión de corpúsculos que tienen efecto sobre otros.
[179] Véase
nota 7, parte II.
[180] De
la epístola de san Pablo a los Corintios.
[181] El
calor y la luz aparecían los elementos de Lavoisier en 1789 junto con la
electricidad y el magnetismo. Fueron vistos como parte de la química más que de
la física hasta los trabajos de Joule sobre el equivalente mecánico del calor a
mediados del XIX.
[182] Véase
nota 50, parte I. Novaya Zembla es una isla en el Ártico (70-77° N, 52-69° E).
[183] Por
sí misma. Sin otros aditamentos.
[184] Rectificar
es purificar por destilaciones sucesivas.
[185] El
«espíritu avinagrado» producto de la destilación de la madera de boj (ácido
piroleñoso, también llamado vinagre de madera) contiene ácido acético
(etanoico), metanol, acetona (propanona) y agua. El ácido acético reacciona con
el coral (carbonato de calcio) y produce acetato de calcio CaCO3+
2CH3 CO 2= Ca(CH3 CO2)
2 + CO2 + H2 O
[186] Plomo
refinado (véase nota 43, parte II).
[187] «El
sirope azul de violeta». Las violetas obtienen su coloración azul de las
antocianinas, del grupo de los flavonoides (pigmentos hidrosolubles que también
incluyen a los rojos y violetas), que se vuelven rojos en virtud de una
solución ácida.
[188] Véase
nota 11, parte I. Nicolás Monardes (c. Sevilla 1493-1588), tras realizar
una infusión con un trozo de madera de lignum nephriticum (Guaiacum
officinale) o guayacán descubrió que ésta emitía una peculiar
coloración azul. Esta extraña tonalidad azulada y la madera de la cual procedía
fue investigada por Boyle, Newton y otros científicos, que no pudieron dar con
la clave de tan desconcertante fenómeno. A mediados del s. XIX sir George
Gabriel Stockes, físico y profesor en Cambridge, acuñó el termino «fluorescencia»
para designarlo. Una infusión de lignum nephriticum contiene
7-hydroxi 2’,4’,5’ trimetoxi isoflavona, que actúa como indicador fluorescente.
Boyle observó que esta infusión aparecía naranja bajo la luz directa, pero
aparecía azul con luz reflejada. Cuando se añadía espíritu de sal (HCL, ácido
clorhídrico) sólo se observaba el color naranja. [Véase la edición de Birch de
1744, Boyle’s Works, vol. 5, p. 85, R. Boyle (1684/5) Short
memoirs for the Natural History of Mineral Waters, pp. 85-86, y R. Boyle
(1664), Experiments and considerations Touching Colours, pp.
119-207, 213-216].
[189] Acetato
de calcio. Un magisterio alquímico es un nuevo cuerpo producido a partir de
algún otro cuerpo sin que se produzca ninguna separación de partes; como por
ejemplo, cuando por medio de un disolvente el hierro o el cobre se transforman
en vitriolo de Marte o de Venus. La definición de magisterio que Boyle toma
prestada de Paracelso es que se trata de sustancias que se forman en un estado
intermedio durante el proceso de transmutación. Los magisterios se solían
obtener de minerales por disolución, mientras que las flores o polvos se
obtenían por sublimación.
[190] Reducción
hasta la completa sequedad.
[191] La
palabra physick en el original era el término que se usaba en
la época para referirse a la medicina. En el diccionario Merriam Webster
aparece como sigue: Inglés medio: phisiken, derivada de phisik,
fisike: ciencia medica. 1. Tratamiento con medicinas. 2. Purgar, sanar,
curar, aliviar. La palabra física proviene de dos vocablos griegos: φυσις
(fisis), que significa naturaleza, y el sufijo –ica, que alude a
ciencia.
[192] En
el original, exanlate: extraer el líquido, drenar, vaciar con una
bomba.
[193] Homogeneidades.
[194] Raimundo
Lulio (Mallorca, c. 1232-1315), próximo a la orden franciscana,
teólogo, filósofo, poeta, cabalista y divulgador científico. Escribió numerosos
tratados, pero probablemente algunos de química que se le atribuyeron no los
escribió él.
[195] Aquí
Boyle incurre en una de sus incongruencias puesto que, desde que al principio
introdujera a Temistio como integrante del grupo que discute en el jardín, no
ha hecho ninguna mención de que se hubiera marchado.
[196] Nota
del autor. Helmont, Aura vitalis (p. 725). [Según el Diccionario
de Filosofía de Nicolás Abbagnano, Fondo de Cultura Económica, 1963,
«Este es un término adoptado por Jean Baptista Helmont (1577-1644) para indicar
cierta fuerza que mueve, anima y ordena los elementos corpóreos». Las ideas y
experimentos de Helmont que cita Boyle —lo hace en más de tres decenas de
ocasiones—, pertenecen a los 120 tratados que forman el Ortus
mediciane, como se llamó la reunión póstuma de sus escritos, y en su
mayor parte corresponden a Elementa, Terra, Progymnasma Meteori, Blas
Humanum, Espiritus vitae, Aura vitalis, Sextuplex digestio alimenti
humani y De flatibus, y a Opuscula medica inaudita].
La sal circulatum es homologable al alcaesto.
[197] Véase
nota 38, parte I.
[198] Estructuras
físicas, cuerpos materiales.
[199] Mezcla
primera o primigenia.
[200] Bezoardicum’s en
el original, que significa «bezoar de». Los bezoares son conglomerados o
cálculos de distintas materias que se han ingerido y que se van acumulando en
el estómago o en los intestinos. Son cuerpos poco comunes compuestos de pelo,
fibras vegetales, determinados minerales, gomas o materiales resinosos,
conglomerados de leche… El término parece proceder del persa y hacía referencia
al antídoto puesto que se creía que estos cálculos podían contrarrestar los
efectos de los venenos. En época de Boyle, médicos, farmacéuticos y químicos
preparaban diversos bezoares farmacéuticos.
[201] Véase
nota 2, parte I.
[202] El
sublimado es (HgCl2), que reaccionaría con el régulo estrellado (Sb)
y formaría manteca de antimonio (SbCl3, cloruro de antimonio, que se
emplea en la obtención de otros compuestos, como catalizador). En esta
operación puede formarse y sublimarse algo de cloruro de oro (AuCl3).
Las sales tenían nombres en función de su apariencia, como por ejemplo las
«mantecas», que no eran otra cosa que cloruros. A mediados del siglo XVII se
conocía la manteca de arsénico (AsCl3), la manteca de antimonio
(SbCl3), sin embargo el actual cloruro de mercurio (II) era el
sublimado corrosivo, el cloruro de mercurio (I) era sublimado dulce de
mercurio,mercurius dulcis, mientras que el cloruro de plata, era luna
córnea, en referencia a la plata. La manteca de antimonio es un cáustico
enérgico que se empleaba en el tratamiento de las llagas virulentas, rabia,
muermo, etc.
[203] Salitre,
del latín sal niter, sal de nitro. La destilación de vitriolo (FeSO4.
7H2 O), sal amoniacal (NH 4 Cl) y sal de
nitro da como resultado aqua regia (HCl+HNO3).
[204] Se
trata de agua regia que produce cloruro de oro que puede ser sublimado.
[205] La
manteca de antimonio (SbCl3) se hidroliza en la sal básica o
precipitado de color blanco que es cloruro de antimonio (SbOCl). Recordemos que
la manteca de antimonio es sublimado (HgCl 2) + régulo (Sb,
antimonio).
[206] «Cuando
el aceite de cinamomo, etc., se mezcla con su sal alcalina sin agua alguna en
un reflujo artificial y oculto de tres meses se vuelve una sal volátil. En
verdad manifiesta en nosotros la auténtica esencia de su pureza y hasta se
ofrece como principio constitutivo». La sal volátil del aceite de canela podría
ser ácido cinámico, un ácido aromático que se encuentra en la canela y el
estoraque.
[207] Cloruro
de amonio, sal amoniacal.
[208] Tyrocinium
Chymicum, Commentario Illustratum a Gerardio Blasio, Joannes Buguini (Jean Beguin), 1643 (edición veneciana).
[209] Azúcar
de plomo, acetato de plomo [Pb(CH3 COO) 2].
El saccharum saturni de Beguin debía de ser impuro. Los
modernos acetatos de plomo dan cierta acetona húmeda, un poco de butanona y un
producto aceitoso de color amarillo. (Véase también la nota 42, parte II).
[210] Inmaterial,
irrelevante según Burton’s Legal Thesaurus (1980).
[211] Cal
saturnina u óxido de plomo.
[212] La
sal de tártaro (potasio hidrógeno tartrato) es débilmente ácido. Cuando se lo
calienta con un fuego vivo, produce carbonato de potasio (alcalino).
[213] RAE:
1. tr. Quím. Tratar una sustancia compleja, como un mineral, con un
disolvente adecuado para separar sus partes solubles de las insolubles.
[214] La
destilación del ámbar produce cierta cantidad de ácido succínico (ácido
butanodioico).
[215] Philosophus o opifex
sensatus, filósofo o laborante sensato. La palabra opifex procede
del latín, opus (obra) y se refiere al artesano manufacturero
que ha creado o fabricado algo. «En diciembre del mismo año en que salió a la
luz El químico escéptico, Nicaise Le Febvre fue elegido
miembro de la Royal Society y después miembro de la comisión de química de esta
institución junto a Boyle, lo que hizo de él el primer francés en ser miembro
de una academia científica nacional. Como químico farmacéutico y autor de un
curso de química de inspiración paracelsiana y helmontiana, parecía pertenecer
a la categoría de químicos de la que habla el texto de Boyle. En tanto que Le
Febvre se describía a sí mismo como filósofo sensé (sensible o
sensual) reivindicando una filosofía química autorizada por el paso por el
laboratorio, la expresión está recogida explícitamente por Boyle en su
calificativo de la «jactancia» de aquellos que se atribuyen el término de
filósofos sensatos (jugando con sensé y
sensual)». [ La chimie du XVIIe siècle: une question de
principes , Rémi Franckowiak, en Chimie et mécanisme à l’âge
classique, Methodos, Savoirs et textes, 2008].
[216] Espíritu
de nitro, aqua fortis— ácido nítrico—, espíritu de sal —ácido
clorhídrico—, espíritu de alumbre —sulfito ácido de potasio—, espíritu de
aceite de vitriolo —ácido sulfúrico—, espíritu de vinagre —ácido acético
(etanol)—, espíritu de vino —etanol.
[217] El
amoniaco (que se obtiene de la calcinación del asta de ciervo-sal amoniacal)
reacciona con el ácido nítrico para formar nitrato de amonio (NH4 NO3),
una sal incolora altamente soluble en agua.
[218] Euphrasia
officinalis. Proviene del término griego Euphrosyne, que
significa «alegría». Matthaeus Sylvaticus, un médico residente en Mantua y que
vivió alrededor de 1329, ya recomendaba esta planta para paliar las
enfermedades oculares, como conjuntivitis, lagrimeo, irritación, etc.
[219] El
químico y farmacólogo alemán R. Glauber (1604-1607), contemporáneo de R. Boyle,
mostró gran interés por las sales y observó que estaban formadas por una parte
que procedía del ácido y por otra que procedía de un metal o de su tierra (el
óxido); esto le permitió preparar numerosas sales, entre ellas, el sulfato de
sodio decahidratado, o sal de Glauber. Además tenía una faceta de químico
práctico o industrial que le llevó a realizar numerosas aportaciones y mejoras
técnicas de los procesos. Boyle conocía y citó su famoso tratado Nuevos
hornos filosóficos (1646-1647). Las manufacturas de cristal (Glass
House) eran lugares interesantes para los químicos y Glauber trabajó en la
de Rozengracht en Ámsterdam introduciendo mejoras en los hornos que consistían
en chimeneas laterales para regular las temperaturas y las salidas de los
gases. A finales del s. XVII en Londres había varias manufacturas de vidrio,
normalmente ubicadas junto a bosques o aprovisionamientos de carbón.
[220] Pequeñas
cantidades de metales pesados en las cenizas pueden colorear el vidrio.
[221] Véase
nota 19.
[222] El
álcali vegetal es carbonato de potasio y la sal de asta de ciervo y otros
álcalis animales es el carbonato de amonio.
[223] Sudorífico.
[224] Purgante.
[225] Aquí
Boyle, que viene de citarse a sí mismo en boca de Carnéades, introduce tras
muchas páginas al notario que se supone está registrando todo el diálogo por
escrito y de quien nunca ha dado el nombre, que bien pudiera ser otro avatar
del propio Boyle.
[226] De
la orina podían obtenerse muchas sales, en especial, si la orina estaba rancia,
se hidroliza en amoniaco y ácido carbónico. Las sales volátiles podrían ser
carbonato amónico o clorhídrico. Otras sales son cloruro de sodio y fosfatos
como la sal microcósmica (fosfato ácido sódico amónico), llamada así porque
procedía del microcosmos. El alquimista alemán Henning Brand
fue el primero en obtener fósforo de la sal microcósmica al destilar una mezcla
de orina y arena en 1674. Al evaporar la urea, obtuvo un material blanco que
brillaba en la oscuridad y ardía como una llama brillante. Boyle en dos de sus
tratados, The Aerial Noctiluca, 1680, y The Icy Noctiluca,
1682, también describe experimentos tempranos con el fósforo.
[227] El
sublimado de Venecia (HgCl2) reacciona con una solución de cenizas
(K2 CO3) para formar carbonato básico de mercurio
(HgO, HgCO3).
[228] Los
aceites esenciales de clavo, canela, etc., son en su mayoría más densos que el
agua, mientras que los aceites vegetales son grasas y son menos densas que el
agua.
[229] Véase
nota 13, parte I.
[230] El
líquido destilado del jabón común es glicerol, que si se destila con minio
(PbO) produce acroleína; ésta se solía usar como gas lacrimógeno.
[231] A
ojo, a simple vista.
[232] Los
hornos de arena (Furnus sabuli) contaban con una superficie llena de
arena que se calentaba sobre la que se colocaban los recipientes, que recibían
así un calor más suave.
[233] La
pirita (FeS2) y la escoria de hierro expuestas a la lluvia y al
viento. La caparrosa (sulfatos de cobre hierro, zinc, etc.) o vitriolo verde
(FeSO4. 7H2 O) se obtenía por evaporación de la
solución que aparecía en el drenado de las minas.
[234] La
goma laca se obtenía de los insectos Coccus lacca que plagaban
los árboles de las Indias Orientales. Disuelta en alcohol se usaba como barniz.
[235] La
solución de azufre en trementina arde formando ácido sulfuroso benzoico. La
benzoína es una resina balsámica que se obtiene sangrando los árboles Styrax
benzoin nativos de la islas de Sumatra. El ácido benzoico fue obtenido
de esta resina por Nostradamus en 1556.
[236] La
jalapa oriunda de México (Exogonium purga o Ipomaea purga)
es una planta trepadora, de tallo herbáceo, cuyas raíces de color marrón o
naranja de tamaño variable y muy rugosas se utilizan para fines purgantes. De
ellas se extrae una resina con un ligero olor ahumado y un sabor desagradable
que deja una sensación acre.
[237] «El
mercurio es aquel líquido ácido, permeable, penetrable, etéreo y purísimo, por
el que todo es nutrición, sentido, movimiento, todo el vigor, el color y el
retardo de la vejez prematura».
[238] Nombre
latinizado de Joseph Duchesne (c. 1544-1609). Se graduó en Basilea en
1593, después fue a París y se convirtió en el médico habitual de Enrique IV.
Los médicos galenistas de París no lo aceptaban. A los tres principios
químicos, Duchesne añadió el Agua y la Tierra.
[239] Andreas
Libavius (Halle, 1540-1616) fue un médico y químico alemán. Se graduó como
doctor en medicine y en 1588 fue nombrado profesor de historia y poesía en
Jena. En 1591 fue profesor en Rothenburg-ob-der-Tauber y, en 1607, pasó a
dirigir el gymnasium de Colberg, lugar donde falleció. Fue un
químico entusiasta pero no un seguidor ciego de Paracelso y mantuvo polémicas,
tanto con éstos, como con los galenistas. Realizó numerosas aportaciones a la
química como, por ejemplo, el descubrimiento de la propiedad del óxido de oro
de dar color rojo al vidrio o el del cloruro de estaño (SnCl4), que luego se
conoció con el nombre de «licor de Libavius». Fue de los primeros en describir
los hechos de la química en un lenguaje llano y su Alchymia (1597)
se suele ver como el primer libro de texto de química. Beguin usó algunas
partes de éste en su Tyrocinium Chymicum.
[240] Posiblemente
mal copiado del manuscrito de Boyle, esta expresión contiene erratas.
[241] Véase
nota 25, parte I.
[242] El
mercurio de los cuerpos.
[243] Mercurio
extraído del estaño. « Dixi autem de argento vivo a metallis prolicito,
quod vulgare ob nimiam frigiditatem et humiditatem nimium concoctioni est
contumax, nec ab auro solum alterato coerceri potest ». (Gast. Clave.
in Apol)
[244] En
la naturaleza el antimonio o estibina, al que los alquimistas llamaban régulo
(metal de antimonio refinado) suele darse mezclado con azufre y forma el
sulfuro de antimonio. El sulfuro de antimonio se reduce fácilmente a un polvo
pardo negruzco, muy cómodo de extender y que deja una sombra característica.
(Véase también nota 2, parte I.)
[245] «El
azufre es diferente en oro, diferente en plata, diferente en hierro, diferente
en estaño, etc. También es diferente en zafiro, diferente en rubí, en
crisolita, en amatista, en piedra imán, etc. También es diferente en rocas,
piritas, sales, en yacimiento y, de hecho, hay un gran número, no sólo de
azufres sino de sales. La sal es diferente en los metales, en las piedras
preciosas, en las rocas, en las sales, en los vitriolos, en el alumbre. Lo
mismo es cierto en el mercurio, que es diferente en los metales, en las piedras
preciosas, etc., de tal modo, que cada especie particular posee su propio
mercurio. Y aun así, hay tres sustancias: un elemento es azufre, otro es sal y
otro mercurio. Añado el hecho de que estas tres sustancias distintas pueden
dividirse de modo más particular. Puesto que el oro no es una sola cosa sino
múltiple, lo mismo que una pera o una manzana no son una sino múltiples, hay
muchos azufres de oro, sales de oro y mercurios de oro. Y con los metales y las
piedras preciosas sucede lo equivalente, ya que hay varios azufres de zafiro,
sales de zafiro, mercurios de zafiro, dependiendo de que sean zafiros
espléndidos o mediocres, y lo mismo ocurre con las turquesas y otras piedras
preciosas» (Paracel. de Mineral. Tract. 1. p. 141).
[246] Plomo
refinado. (Véase nota 43, parte II.)
[247] Tierra
condenada.
[248] El
cólcotar es un vitriolo verde calcinado a un fuego violento por mucho tiempo
hasta que se pone color rojo encarnado. Boyle denominaba cólcotar a los
vitriolos de hierro y a los de cobre (caparrosa).
[249] De
nuevo aquí, Carnéades habla de Filopono como si éste no estuviera presente.
[250] Para
el propio Boyle muchas veces Mercurio y Espíritu son la misma cosa.
[251] Del
lat. quinarius. Compuesto de cinco unidades o elementos; lo que
tiene por base el número cinco. Antigua moneda romana de plata, equivalente a
cinco ases o medio denario.
[252] La
praxis, la técnica, el oficio.
[253] En
mayúsculas en la edición originalmente publicada en 1911 por J. M. Dent and
Sons, Ltd., Londres, reproducción del facsímil del original publicado por Boyle
en 1661.
[254] « Aunque
las mismas inclinaciones y cualidades estén en muchas cosas, se encuentran ahí
necesariamente por un principio común, así como lo pesado lo es por la Tierra y
lo cálido por el Fuego. Pero los colores, olores y sabores, que son
inflamables, y otras cualidades similares se encuentran en minerales, metales,
gemas, piedras, plantas y animales. Por tanto, se encuentran en ellos por algún
principio y sujeto común. Sin embargo, tal principio no son los elementos, pues
no tienen capacidad alguna de producir dichas cualidades. Hay que buscar, por
tanto, otros principios de donde fluyan ».
[255] Se
refiere aquí a la posible semejanza entre los mares de la Luna y los de la
Tierra.
[256] En
el original el nombre está latinizado. Anton Gunther Billich era natural de
Ostfriesland, Alemania, y vivió en la segunda mitad del siglo XVI. Estudió
medicina con Hening Arnissaeus, que era profesor en Helmstadt, practicó en
Jevern y fue médico privado del conde de Oldenburg. Era yerno de Angelus Sala,
al que defendió de los ataques que se le hacían, y mantuvo una polémica con
Peter Laureberg. Era un químico notable y un expositor claro de los hechos y
principios que exponía en su Thessalus in Chymicus Redivivis,
editados en 1639 y 1643 (Información extraída de: Ferguson, J., 2002, Bibliotheca
Chemica, p. 107 [Parte 18.º Pp. [16] 318].
[257] « Comencemos
con Beguino: de un leño verde, si se quema, verás en su sudor agua, aire en su
humo, fuego en su llama y ascuas y tierra en sus cenizas. Y si le pareció bien
a Beguino a partir de él articular lo húmedo con lo acuoso, reunir lo húmedo
con lo oleoso y extraer de las cenizas la sal, yo personalmente en cada uno de
ellos le haré ver por separado los cuatro elementos, valiéndome del experimento
con el que los presenté en el leño verde. Acercaré el humor acuoso al fuego: él
mismo podrá ver el Agua bullir, observará el Aire en el vapor, apreciará el
Fuego en el calor, se dejará ver un poco de Tierra en el sedimento. A
continuación el humor oleoso, por sí mismo Agua, dada su humedad y fluidez, una
vez encendido producirá Fuego en la llama, Aire en el humo y Tierra en el
hollín, en la hez y en la neblina. Por último, el mismo Beguino llama a la sal
seca y terrestre, la que, sin embargo, no puede, al verterse, ocultar con su
fuerza cáustica ni el Agua ni el Fuego y, puesto que con la fuerza del fuego se
vuelve vapor, tampoco demuestra ser distinta del Aire. El mismo parecer que el
que hubo respecto al leño verde aplíquese a la leche, a los huevos, a la
semilla de lino, al clavo, al nitro, a la sal marina y también al antimonio y,
respecto a las partes que de aquéllos refiere Beguino, una misma opinión, la
referida al humor acuoso del leño verde, a su líquido oleoso y a la sal ».
(En Dissertatio Thessalo in Chimicis redivivo…)
[258] El
líquido amargo que se produce por el prensado de la aceituna en el proceso de
extracción del aceite de oliva.
[259] En
efecto Temistio interviene en primer lugar, aunque no vuelve a hacerlo desde
ese momento.
[260] Igualmente,
Filopono no ha hablado desde su única intervención al principio, en Las
consideraciones fisiológicas.
[261] Las
cenizas de huesos en su mayoría son fosfato de calcio.
[262] El
oro copelado normalmente se mezclaba con plomo y a veces con una pequeña
cantidad de plata (véanse notas 37 y 38, parte II).
[263] En
el original sweat. Extracción por calor, escurrido, hacer exudar,
exprimir. En definitiva, el análisis o descomposición por la acción del calor.
[264] El
álcali de la madera es carbonato de potasio.
[265] Planta
herbácea, vivaz, de la familia de las poligonáceas, que mide de uno a dos
metros de altura, tiene fruto seco, de una sola semilla triangular, y rizoma
pardo por fuera, rojizo con puntos blancos en el interior, compacto y de sabor
amargo. Vive en Asia Central y la raíz se usa mucho en medicina como purgante.
Los rizomas contienen algunos derivados de la antraquinona que tiene efectos
purgantes y laxantes.
[266] «Creo
que lo simple en su simplicidad es suficiente para sanar toda enfermedad».
[267] Jeremias
Barth fue el pupilo a cuyas instancias Beguin escribió suTyrocinium Chymicum.
En 1618 Barth publicó una edición del Tyrocinium con el título
de Secreta Spagyrica.
[268] «Es
absurdo hacer un extracto de cada cosa, o sales o quintas esencias;
especialmente de las sustancias que por sí mismas ya son simples u homogéneas
como las perlas, el coral, el ámbar, el almizcle, etc.»
[269] Félix
Plater (1536-1614) era hijo de Thomas Plater (el Viejo), que era maestro de
escuela en Basilea. Estudió medicina en Montpellier y después regresó a
Basilea, donde se convirtió en un médico destacado, gran anatomista y
reconocido por su clasificación de las enfermedades psiquiátricas, profesor y
rector de su universidad. Existe una traducción inglesa de su periódico Amado
Hijo Félix ( Beloved Son Felix, Londres, 1961).
[270] Giambattista
Della Porta (1535-1615). Este napolitano logró gran reputación con su Magia
Naturalis. Fue un hombre muy dotado que manifestó sus diversos talentos en
campos como la óptica, la hidráulica, las matemáticas, la astronomía, la
fisiognomía, la agricultura, la criptografía, la mnemotécnica, la quiromancia,
la meteorología y el teatro.
[271] De
nuevo Boyle incurre en una de sus inconsistencias y escribe como si Carnéades y
Eleuterio hubieran estado conversando a solas sin la presencia de sus amigos.
De hecho, tras situarlos al principio a todos juntos en torno a la mesa, en las
siguientes doscientas páginas sólo intervienen Carnéades y Eleuterio. Para no
confundir al lector, se ha optado aquí por que Carnéades use el plural con
frecuencia, como si toda la compañía estuviera presente.
[272] El
té de abedul y el agua de abedul eran infusiones que se realizaban con las
hojas y la corteza del Betula alba que poseían distintas
virtudes medicinales, como la prevención del reumatismo y la gota. La resina o
«savia del abedul», que se extraía al final del invierno haciendo una incisión
en el tronco del árbol, se usaba fresca como tónico, para el tratamiento de los
cálculos renales y la arenilla de los riñones. Al fermentarla, también se
elaboraba cerveza o vino de abedul, que eran diuréticos y antireumáticos.
[273] Les
Caves Gouttières de Savonnières son unas grutas naturales que se encuentran
sobre el borde meridional del río Cher, a escasos kilómetros de Tours, en el
departamento de Indre-et-Loire, en el centro de Francia. El agua que escurre en
forma de arroyos de las bóvedas de las cuevas formando depósitos o estalactitas
de carbonatos cálcicos blancos.
[274] Jan
Huyghen van Linschoten (1563, Haarlem-1611, Enkhuizen) marino, viajero,
mercader e historiador protestante holandés.
[275] Boyle
afirma que el objeto de esta parte de su disertación no es decidir si los
metales crecen en los intestinos de la Tierra como si fueran plantas
subterráneas, una cuestión tradicionalmente discutida por los alquimistas, sino
mostrar que los metales que emergían y quedaban expuestos al aire incrementaban
su peso o volumen y que sustancias que previamente no eran metales se
convertían en ellos.
[276] Gabriello
Fallopio (1523-1562), anatomista italiano nacido en Módena. Realizó
innumerables disecciones de cadáveres humanos y efectuó importantes hallazgos
que publicó en la obra Observationes anatomicae (1561), uno de
los tratados de anatomía más influyentes del siglo XVI.
[277] « Las
historias metálicas testimonian que el mineral de azufre, que es alimento del
calor subterráneo, artesano y origen de fuentes y minerales, se regenera con
mucha rapidez bajo tierra. En efecto, hay algunos lugares donde, habiéndose
excavado su azufre durante un año, si al dejar de excavar durante otros cuatro
años volvieran los canteros, los encontrarían, como antes, repletos de azufre.
Plinio cuenta: en la isla italiana de Elba se genera metal de hierro. Estrabón
más explícitamente dice que el metal excavado allí se regenera constantemente,
pues si se interrumpiera la excavación durante un espacio de cien años y de
nuevo se volviera al lugar, los canteros se encontrarían con que la completa
cantidad de hierro se habría regenerado ». Por historias metálicas (historiae
metallicae) cabe entender que se trata de los tratados sobre mineralogía,
metalurgia, etc.
[278] « La
mena de hierro es muy abundante en Italia. De ella la fama de Elba, isla del
mar Tirreno, dada su increíble abundancia. También en nuestros tiempos la
produce, pues la tierra que se extrae según se va excavando la mena con el
tiempo se convierte a su vez en mena ».
[279] Véase
nota 27, parte I.
[280] Antiguo
nombre de la isla volcánica Elba, también conocida como Aethalia, perteneciente
a la provincia de Livorno, en Italia.
[281] « El
monte de Fiesole en Etruria, próxima a la ciudad de Florencia, tiene piedras de
plomo, las cuales, si se excavan, se recuperan en un breve espacio de tiempo
con nuevos brotes, según nos lo transmite Boccaccio Certaldo, que dice por
escrito que esto es muy posible. Esto no es nada nuevo, pues Plinio, en el
libro 34 de su Historia Natural, en el capítulo 17, ya antes dio cuenta de
ello, diciendo que resulta sorprendente que en estos suelos lo que se deja de
metal de plomo renazca copiosamente. En los depósitos de plomo que dijimos que
estaban una milla más allá de Amberg, junto al templo, los restos llevados a
cúmulos y expuestos al sol y a la lluvia durante unos años renuevan su metal
con beneficio ». El diligente autor de esta cita, que también se
encuentra redactada de forma muy similar en De ortu et causis
subterraneorum (Basilea, 1546) de J. Agricola, es Johann Conrad
Gerhard, nombre que Boyle desvela en la cita siguiente.
[282] Johann
Conrad Gerhard (1598/1599-1657) fue profesor de medicina práctica y varias
veces rector en la universidad protestante de Tubinga. La cita de Gerhard
referida a las minas de Fiesole que Boyle transcribe con algún cambio es como
sigue: « Fessularum mons in Hetruria, Florentiae civitati imminens,
lapides plumbarios habet, qui si excidantur, brevi temporis spatio, novis
incrementis instaurantur, ut tradit Boccatius Certaldus, qui id compertissimum
esse scribit ». (Gerhard , ecas quaestionum physico-chymicarum
selectiorum et graviorum, omnibus tam Hermeticae quam Peripateticae
philosophiae studiosis scitu necessariarum, Lectu jucundarum atque utilium de
metallis. Tübingen, Philibert Brunn, 1643).
[283] « En
el valle de Joachimstahl de las piedras de mineral, como si de una raíz se
tratase, la plata crecía un dedo de longitud como lo hace la hierba. De esto es
testigo el Doctor Schretero, quien a menudo en su casa mostraba y regalaba a
otras personas las menas, agradables y admiradas por su aspecto. Igualmente se
ha encontrado agua cerúlea en Annaberg, donde la plata todavía estaba en su
primera esencia, la que al coagularse se ha transformado en piedra de plata
fija y de buena calidad ». Las minas de valle de Joachimsthal se
encuentran en la frontera de la República Checa y Alemania, entre las regiones
de Sajonia y Bohemia.
[284] Johannes
Walch o Walchius de Schorndorff escribió un comentario al tratado anónimo Der
Kleine Bauer que se suele adscribir a Johann Grasshoff o Johann Grasse
(c. 1560-1618). Walch podría ser un seudónimo de Grasshoff, natural de
Pomerania, doctor en leyes, y síndico de la ciudad-puesto de Stralsund, y más
tarde médico consejero de Ernesto de Baviera, consejero del arzobispo elector
de Colonia en 1623.
[285] Johannes
Agricola (c. 1590), notable cirujano y médico natural del Palatinado que
practicó en Leipzig y fue un vehemente seguidor de Paracelso y los remedios
químicos.
[286] Johann
Poppius (1577-?), médico y químico alemán.
[287] En
una retorta.
[288] Hálito.
[289] El
nitro se forma por la descomposición de los restos de materia orgánica. El
salitre es un mineral blanco, translúcido y brillante. Químicamente está
compuesto de nitrato de sodio (NaNO3) y de nitrato de potasio (KNO3)
y forma costras delgadas en las superficies de las rocas y en las paredes de
piedra. Se encuentra naturalmente en vastas extensiones de Sudamérica y también
es componente de los suelos en Irán, Egipto, España e India.
[290] José
de Acosta (Medina del campo, c. 1540-Valladolid, 1600) fue un
jesuita a quien se califica como fundador de la biogeografía que llevó a cabo
importantes misiones en Perú. El 8 de junio de 1571 se embarcó en la armada de
don Pedro Menéndez de Avilés hacia América. El resultado de su estancia de
varios años en el virreinato de Perú fue su Historia natural y moral de
las Indias (Sevilla, 1590), que fue traducida a las principales
lenguas europeas (la edición inglesa apareció en 1604). En esta obra,
profusamente comentada por los investigadores, Acosta no pretendió realizar una
revisión exhaustiva de todos los seres vivos, fenómenos de la naturaleza, etc.,
de América, sino razonar sobre su posible significado basándose en una
selección. Respecto al origen de los primeros humanos en América, escribe:
« porque no se trata qué es lo que pudo hacer Dios, sino qué es
conforme a razón y al orden y estilo de las cosas humanas ». Y tras
examinar la cuestión concluye que « es más conforme a buena razón
pensar que vinieron por tierra los primeros pobladores de las Indias »
(J. de Acosta, Historia nat. y moral, Libro I, capítulo XX).
[291] El
término clase hoy lo entendemos mejor como especie,
si nos referimos al reino de los seres vivos.
[292] El
punto de origen, el principio.
[293] Véase
nota 2, parte I.
[294] Véase
nota 43, parte II.
[295] La
arcilla o barro calentados junto a la sal producirán cloruro de hidrógeno que,
a su vez, reaccionará con el espíritu de orina (amonio) para formar cloruro de
amonio.
[296] R.
Llull.
[297] Véase
nota 8, parte IV.
[298] Si
el vitriolo azul (sulfato de cobre) se calienta, primero pierde el agua de
cristalización y produce anhidro blanco, que, al ser a su vez calentado a alta
temperatura, pierde el trióxido de sulfuro. Su residuo o caput mortuum será
óxido de cobre negro.
[299] La terra
damnata ya aparece en la parte IV. Los químicos, como explica Boyle,
solían denominar al caput mortuum de lo que ya habían
destilado, una le habían extraído la sal vertiendo agua, terra damnata o
tierra a secas.
[300] El
horno de viento, wind furace o wind oven en
el original, es citado por el propio Newton en su diccionario de terminología
química escrito sobre 1667-1668, un manuscrito que fue separado del resto de
sus papeles en 1936, cuando R. V. Sowers los compró, y que nunca se estudió
dentro de la colección Keynes que demuestra que era un químico avezado antes de
que se despertara su pasión por la alquimia. En él dice que «se usaba para la
calcinación, cementación y fusión y ardía atrayendo el aire por una estrecha
abertura» (MS Don b. 15 f. 3r 4. n. 77). Normalmente eran hornos que
funcionaban con corrientes de aire naturales y no inducidas por fuelles, y se
distinguían de los hornos de destilación, de reverberación, de los hornos de
arena, del atanor u horno filosófico (Furness acediae) y del horno
mediante el horno calentado mediante una lámpara (de aceite, cera, etc.).
[301] Al
describir el experimento, Boyle utiliza el adjetivo luted para
referirse al sellado. En efecto, lute procede de la palabra
latina lutum, que significa barro o lodo. En inglés el término
significa sustancia, argamasa o betún que se usaba para sellar o
impermeabilizar recipientes o las junturas entre los recipientes y los
recibidores, y prevenir así que escaparan los vapores. En el caso de los
vapores ácidos, se usaba una sustancia más gruesa llamada fat lute que
se hacía con aceite de linaza y arcilla. Pues bien, si Poppius hizo su aceite
de azufre con vitriolo azul, al calentar su residuo, el aceite de linaza podía
causar que se redujera a cobre, que es de color verde. También cabe interpretar
que Poppius hubiera usado aceite de linaza para hacer su aceite de azufre.
[302] RAE:
m. Quím. Capa venenosa, verde o azulada, que se forma en los
objetos de cobre.
[303] Los
ensayadores eran los responsables de comprobar la ley o contenido intrínseco de
las barras de plata o tejos de oro que llevaban los mineros o comerciantes a
las cajas reales, anexas por lo común a cada real de minas, para pagar los
debidos derechos fiscales en España y en el Nuevo Mundo. El ensayador realizaba
las operaciones y cálculos, y marcaba con un punzón el peso y la ley de cada
una. También comprobaba la ley de monedas y lingotes. El manual más antiguo
sobre este arte fue el de Juan de Arfe, platero y ensayador de la ceca
segoviana, El quilatador de oro y plata (Valladolid, 1572).
Posteriormente aparecieron el Tratado de ensayadores (1623),
de Juan Fernández del Castillo, y El arte de ensayar oro y plata (1755),
de Bernardo Muñoz de Amador, en el que también se explica el oficio de
ensayador y marcador mayor de los reinos.
[304] Proceso
de destilaciones sucesivas.
[305] Guillaume
Rondelet de Montpellier (1507-1566), médico y naturalista francés que detentó
la cátedra de medicina en Montpellier y trabajó sobre los peces. De entre sus
obras, cabe citar el Libri de Piscibus Marinis, Histoire des poissons
(Historia de los peces) , en el que describía más de 200 especies de
peces mediterráneos.
[306]De poder
a ser (Aristóteles). De
la posibilidad a la realidad.
[307]Aqua
vitis en latín es agua de
la vid y Aqua vitae, agua de vida, como se conocía al alcohol.
[308] Normalmente
en castellano se denomina mosto al zumo fresco de uva que no ha iniciado su
fermentación. En algunos lugares, como Jerez o las islas Canarias, los mostos
son vinos ya fermentados. Sin duda Boyle conocía estos vinos españoles.
[309] En
este punto, al describir el proceso de fabricación del vino, cuando Boyle usa
los términos lees, que se traduce por lías, y dregs,
que se traduce por heces, los califica de líquido, pero en rigor
habría que entender por lías y heces del vino residuos sólidos que se acumulan
tras la fermentación. Este término también se refiere a los olores y sabores
contraídos por el vino cuando está en contacto durante mucho tiempo con sus
sólidos decantados; si se descomponen en anaerobiosis dan lugar al más
desagradable olor a heces. En la Edad Media se llamaba crémor tártaro al
tartrato ácido potásico, una sustancia contenida en la uva que pasa al mosto y
después al vino. Así, el bitartrato de potasio se cristalizaba en las barricas
durante la fermentación del zumo de la uva. Esta forma cruda (conocida también
como capa de tártaro) se almacenaba y purificaba para producir el
polvo blanco e inodoro utilizado en la cocina.
[310] El
vinagre se forma por la oxidación del alcohol del vino por la Acetobacter.
Contiene aproximadamente un 3% de ácido acético que reacciona con la sal de
tártaro (carbonato de potasio).
[311] Los Turbatrix
aceti son nemátodos multicelulares, llamados anguilas o gusanos del
vinagre, que a veces se encuentran en el vinagre ya que se alimentan de los
hongos que hay en los recipientes que lo contienen.
[312] En
forma seca.
[313] Aquí,
de nuevo, el protagonista habla como si estuvieran a solas él y Eleuterio.
[314] Bolthead,
término usado aquí por Boyle en el texto, era una botella o recipiente de
cristal esférico con un cuello cilíndrico largo a la que Boyle llamaba glass
egg.
[315] La sal
tartari fugitavus podría ser carbonato de amonio formado a partir de
las impurezas de los químicos de Boyle.
[316] Se
supone que se refiere a cálculos renales o de vejiga.
[317] Se
refiere al marc de champagne u algún otro orujo o aguardiente
de alta graduación, que se hace mediante la destilación de los hollejos y
orujos que quedan una vez prensada la uva.
[318] Obviamente
en inglés no se llama cardenillo. La palabra que usa Boyle es verdigrease,
en castellano verdigris, un término que también denota cardenillo,
verdín u orín.
[319] Al
calentar verdigris (acetato de cobre) se obtiene ácido acético glacial (2Cu(CH3 CO2)2
= 2Cu+3CH3 CO2 H+CO2+C), ácido
acético en estado anhidro, sólido y en forma de cristales parecidos al hielo.
[320] Rojo
púrpura, rojo de los joyeros. Al cólcotar, u óxido de hierro, también se lo
conocía como crocus.
[321] Como
ya se ha mencionado en la introducción y en otras notas, en esta página
correspondiente a la número 226 de la edición de J. M. Dent & Sons Ltd. de
1911, basada en el facsímil original, Boyle alude directamente a que Eluterio y
Carnéades supuestamente se habían alejado del resto de los amigos reunidos en
torno a la mesa. Puesto que nunca lo menciona hasta ahora, se ha optado por que
a lo largo del texto Carnéades siempre, salvo cuando menciona directamente a
Eleuterio, se dirija a los allí reunidos en plural, puesto que no condiciona en
absoluto la comprensión, tampoco altera su significado y sí aporta coherencia.
[322] αυτοψια
en griego significa «inspección ocular, escudriñar, evaluar, examinar, hacer
balance». La palabra autopsia deriva del griego αυτοψια y
significa «ver por uno mismo».
[323] En
la Biblia, en el Libro de los Reyes 10, 22, podemos leer: «[…]
En efecto, el Rey (Salomón) tenía en el mar una flota de
Tarsis, junto con la flota de Irma; y una vez cada 3 años, llegaba la flota de
Tarsis, trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales ».

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