© Libro N° 9880. Física, Química Y Filosofía Mecánica. Boyle, Robert. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
Título
original: ©
Física, Química Y Filosofía Mecánica. Robert
Boyle
Versión Original: © Física, Química Y Filosofía
Mecánica. Robert Boyle
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/fisicaquimicayfilosofiamecanica/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/fondo-formas-hexagono-abstracto-degradado_23-2149120168.jpg?t=st=1651180656~exp=1651181256~hmac=f9230295c6cb9b5c36b02c1c2348abc274d667a36f7895e7a263b5d847a9cc22&w=740
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/fisicaquimicayfilosofiamecanica/imagenes/portada.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
FÍSICA, QUÍMICA Y FILOSOFÍA
MECÁNICA
Robert Boyle
Física,
Química Y Filosofía Mecánica
Robert
Boyle
CONTENIDO
La filosofía experimental
1. La Pneumática
2. La Química mecanicista
3. La Filosofía mecánico-corpuscular
El honorable Sir Robert Boyle
La filosofía experimental
Carlos Solís
Robert Boyle nació en 1627, a los nueve meses de la muerte de Francis
Bacon, y murió al final de 1691, en la época en que se extingue la actividad
creadora de Isaac Newton. Su vida llena la etapa de ascenso más espectacular de
la ciencia inglesa; ascenso que, en los cien años que van de mediados del
dieciséis a mediados del diecisiete, coloca a una nación científicamente
inexistente en la cumbre del avance del conocimiento.
La contribución de Robert Boyle a este proceso no fue unánimemente
evaluada. El juicio sobre su contribución dividió a sus contemporáneos, y aún
en nuestros días pueden leerse valoraciones encontradas sobre sus méritos. La
razón por la que fue alabado hasta el delirio por algunos de sus contemporáneos
y desestimado por otros como un premioso y prolijo investigador sin talento es
algo que puede escapar el lector actual, para quien Boyle es en cierta medida
un desconocido. A pesar de que sus obras publicadas contienen más de cuatro
millones de palabras (6 volúmenes in folio de unas ochocientas
páginas cada uno), casi no se conoce de él más que la famosa ley llamada de
Boyle-Mariotte y que apenas ocupa 15 páginas (que se pueden leer en el apartado
2). Detengámonos brevemente en algunos de esos juicios encontrados acerca de
sus méritos.
John Evelyn, miembro de la Sociedad Real de Londres, arboricultor y
horticultor, así como activo promotor de la organización de sociedades
científicas, decía de Boyle: «es él solo una sociedad de todo lo deseable para
una consumada felicidad», mientras que el filósofo Joseph Glanville, también-de
la Sociedad Real de Londres, apunta en defensa de la misma los logros de Boyle,
de quien dice: «él solo ha hecho bastante para merecer el reconocimiento de
toda-la humanidad y exigir un monumento eterno a su memoria». También es
conocido el juicio de su editor Peter Shaw, quien lo tilda de «el introductor o
al menos el gran restaurador entre nosotros de la filosofía mecánica», juicio
en el que conviene Richard Bentley [1].
Frente a estos elogios de sus compatriotas, los más insignes
contemporáneos continentales, Huygens y Leibniz, se hacían de él una opinión un
tanto desfavorable. Leibniz escribía a Huygens una semana después de morir
Boyle, el 8 de Enero de 1692:
«Me extraña que el Sr. Boyle, quien tantas bellas experiencias tiene, no
haya llegado a alguna teoría (...). Por el contrario, en sus libros y por toda
consecuencia de sus observaciones sólo concluye lo que todos sabemos saber, que
todo se hace mecánicamente».
El 4 de febrero del mismo año, Huygens contesta a Leibniz:
«Parece bastante extraño que (Boyle) no haya construido nada sobre
tantas experiencias de las que rebosan sus libros. Ahora bien, es esa una
empresa difícil y yo nunca lo he creído capaz de una aplicación tan grande como
la que se necesita para establecer principios verosímiles».
Efectivamente, Leibniz está de acuerdo, Boyle no era « capaz de
una aplicación lo bastante grande como para sacar las consecuencias como es
debido »[2].
Estos juicios concuerdan con la actitud de los racionalistas los cuales,
como B. Espinosa, consideraban inútil e incluso imposible demostrar
experimentalmente lo que sabemos cierto a priori por obra de
la razón, cual es que todo se hace mecánicamente en la naturaleza [3], de modo
que tantos experimentos se les antojaban enojosos detalles tan precisos como
ciegos al no ejemplificar una teoría concreta. Para los experimentalistas de
inspiración baconiana, sin embargo, era precisamente ese el mérito de lo que
los otros consideraban farragoso y poco teórico: «Los autores de hipótesis en
Filosofía Natural se refutarán unos a otros durante mucho tiempo, antes de que
el mundo se ponga de acuerdo, si es que llega a ponerse. Por el contrario,
vuestras (de Boyle) historias naturales son irrefutables y suministrarán los
mejores cimientos sobre los que construir hipótesis» [4].
Que se expresen dos clases de juicios, tan uniformes dentro de cada tipo
y tan diversos de una clase a otra, se explica porque quienes los emiten
pertenecen a dos tradiciones con distintos intereses, presupuestos y objetivos.
Los continentales que menosprecian el trabajo de Boyle son competentes
matemáticos y notables contribuyentes a la construcción de la física matemática
moderna. Pertenecen a una vieja y noble tradición en la que se encuentran los
geómetras griegos, Euclides, Arquímedes o Ptolomeo, y en la que encajan Galileo
y Newton, donde el problema no era hallar nuevos datos, realizar nuevos
descubrimientos o registrar minucias y curiosidades de la naturaleza, sino
inventar constructos matemáticos aplicables a tal o cual sistema físico cuyo
funcionamiento resultaba básicamente conocido, como puedan ser las mareas o los
movimientos de la Luna [5]. Para
resolver estas tareas, lo que se precisaba era una teoría y no masas amorfas de
observaciones casi aleatorias. No es de extrañar, pues, que los participantes
de esta tradición estimasen que Boyle no había contribuido con casi nada a la
ciencia, excepción hecha de una aislada ley sobre la relación funcional entre
la densidad y la elasticidad del aire [6], perdida
en un tedioso y prolijo centón de curiosidades peregrinas sobre temas tales
como las virtudes de las gemas, el brillo de la carne de pollo, la transfusión
de sangre, el calentamiento de líquidos fríos mediante hielo, la promoción de
una traducción de los Evangelios al malayo, un método para potabilizar el agua
marina, el estudio del peso de los corpúsculos de fuego, un procedimiento
adorable para borrar el texto de un documento excepto la firma, a fin de
anteponerle otro más conveniente, el crecimiento de los metales en las entrañas
de la tierra, las inyecciones intravenosas de sustancias varías, la posibilidad
de la resurrección, el parto de un potro con una cabeza monstruosa, recetas
diversas, la transmisión del sonido en el vacío, la conservación o destrucción
de las propiedades de los vegetales por congelación, el análisis de las aguas
minerales... y miles de curiosidades más de cuya variedad esta lista sólo
proporciona un pálido remedo.
Para nosotros, en una época en que la física matemática se ha convertido
en el modelo mismo de cómo han de ser las teorías científicas, el juicio de los
continentales puede parecer muy justo. Sin embargo, hay que recordar que hasta
mucho después de la muerte de Boyle, hasta un siglo después de la difusión de
los Principia de Newton con su modelo de cómo matematizar un
campo de estudio, no comenzaron a cristalizar las primeras teorías «serias»
sobre el calor, la electricidad, el magnetismo o los procesos químicos. En la
época que nos ocupa no estaba claro cómo podrían beneficiarse muchas áreas de
la filosofía natural de la aplicación de la geometría, siendo esa quizá la
razón de que Bacon prestase escaso crédito a las matemáticas. (Esa es en
cualquier caso la razón de que lo hiciera Boyle.) No estaba claro qué beneficio
podría sacarse de la aplicación de las matemáticas, entre otras razones, porque
ni siquiera existían como tales los presuntos campos de su aplicación; porque
antes de plantearse el problema de cómo elaborar un constructo matemático capaz
de sintetizara o sistematizar deductivamente un conjunto de hechos físicos (a
la manera en que hizo el Libro I de los Principia de Newton
con sistemas en principio diversos como las maneas, los satélites, los
péndulos, los proyectiles, los graves, los cometas o los planetas), es
necesario disponer de una colección relativamente amplia de fenómenos
estudiados, conceptualiza- dos y organizados en alguna que otra generalización
legaliforme. Y eso no existía en el área de la química, ni en la recientemente
inventada pneumática o estudio del aire (pues los gases aún se
desconocían), ni en las áreas del magnetismo, la electricidad o el calor, dicho
sea por citar ejemplos de algunos de los campos en los que se podrían encajar
las investigaciones de Boyle, reunidas en la época bajo la designación común de
filosofía natural (en Inglaterra) o física experimental (en Francia).
Cuando Boyle comienza a escribir en la década de 1650, los campos que
habían accedido a la madurez teórica mediante el uso de las matemáticas eran
los viejos dominios de las ciencias geométricas clásicas: la astronomía, la
mecánica, la estática e hidrostática, la óptica geométrica y la música o
armonía, junto con las recientes dos nuevas ciencias de Galileo, especialmente
la del movimiento de los graves y proyectiles, a las que muy pronto Newton
sumará la óptica física. Frente a este núcleo reducido y selecto de
aplicaciones de las matemáticas, enormes porciones de actividades prácticas
importantes para la vida y el comercio permanecían en manos de artesanos
ingeniosos aunque mal equipados teóricamente. Las artes del teñido y el tejido,
las artes asociadas al beneficio de los metales, los secretos del frío y las
operaciones del calor, agente fundamental en tantas técnicas, el cultivo de las
plantas y la cría de los animales, tan importantes para el bienestar humano no
menos que para desentrañar las más secretas y recónditas operaciones de la
naturaleza (la «clave química» de la ciencia experimental), caían fuera de la
ciencia clásica establecida. Y no es que no hubiese doctrinas generales al
respecto, sino que ni siquiera se sabía bien qué ocurría en esos dominios,
siendo esa la razón de ser de la insistencia de tantos renacentistas en la
importancia de atender a la tradición artesanal. En esa tradición vemos
indagando a Galileo al comienzo de los Discorsi, en busca de
conocimientos valiosos (aunque ciegos) acumulados. Esa es la tradición que
Bacon reverencia en la personalidad de Bernard Palissy, famoso ceramista
francés que, comenzando como aprendiz de vidriero, se dedicó a investigar
sistemáticamente sobre estas artes del fuego ajenas a la tradición erudita y
culta de las universidades.
Son estas áreas las que la filosofía baconiana trata de promover, siendo
las demasiado fácilmente denostadas «historias naturales» o colecciones de
fenómenos las condiciones previas a cualquier intento de formulación de teorías
matemáticas sólidas. De ahí que Bacon volviese la espalda a la astronomía y a
las ciencias matemáticas existentes, promoviendo en su lugar el estudio de
otros campos más urgente y directamente importantes para el bienestar humano, e
incitando a la construcción de las más diversas historias naturales sobre el
clima, el calor o el frío (como se sabe, su muerte de pulmonía está
directamente conectada con un experimento criológico sobre la conservación de
pollos muertos), antes de pretender encontrar teorías generales. Que el método
que él elaboró para ello no fuese excesivamente brillante no es muy importante
ahora. [7]
Tal vez Bacon no seas una figura central de la historia de la filosofía;
pero sin duda es crucial para la historia de la ciencia como promotor y
propagandista de un nuevo tipo de actividades científicas que llenan buena
parte de los siglos XVII y XVIII. Mas lo que él promovió sin llevar a cabo,
pues no era un científico, Boyle lo encarnó de la manera más cabal y cumplida.
Sin la actividad exploratoria de la naturaleza que Boyle inició de acuerdo con
las consignas baconianas, prosegida luego en las sociedades científicas
nacionales de Londres y París, no hubiera sido posible ni la química de
Lavoisier, ni la termodinámica de Carnot, ni los descubrimientos sobre
electricidad y magnetismo de Coulomb u Oersted. Hoy día el baconianismo se nos
aparece como una filosofía ciega y estéril, como un método impracticable, dada
su desconfianza hacia las teorías y su insistencia en los hechos brutos capaces
de llevamos a la verdad por un proceso natural o animal de inducción. Con todo,
en el siglo diecisiete constituía la filosofía adecuada para dar los primeros
pasos hacia las nuevas ciencias no dirigidas ni organizadas por las
matemáticas. En aquel momento, dejar vía libre a la teorización era abrir la
puerta a la invención gratuita de novelas filosóficas al estilo de la tradición
cartesiana; esto es, al dogmatismo y a la reconstrucción apriorística de la
naturaleza de acuerdo con la metafísica que se abrazase (recuérdese que los
continentales criticaban a Boyle por ponerse a demostrar experimentalmente la
visión mecanicista del mundo, que según ellos era verdadera a priori). En
esa época y en tales áreas baconianas, un poco de exploración y experimentación
venían mejor que un exceso de teoría, siquiera sea porque conviene saber cuáles
son los hechos para poder teorizar sobre ellos. Que a Bacon se le fuese la
mano, como suele ocurrir en toda campaña propagandística, en su recomendación
de la observación y escepticismo frente a los dogmas teóricos es algo
relativamente secundario.
Por otro lado, mientras que los practicantes de las consagradas ciencias
matemáticas gozan de un cierto consenso social amplio y, a lo largo del
siglo-diecisiete, ven aumentar el número de sus cátedras en las universidades,
los adictos a las nuevas áreas baconianas de exploración se ven
institucionalmente desasistidos, refugiándose en las recientemente fundadas
sociedades nacionales que, como la Sociedad Real de Londres o la Academia de
Ciencias de París, los acogían (aunque esta última en puestos secundarios). De
ahí que muchos de ellos sean médicos, disponiendo así de recursos
independientes y de una cierta afinidad profesional por las áreas «químicas» de
la nueva clave del estudio de la naturaleza [8].
La expansión durante el siglo XVI de una Inglaterra que a finales del XV
era una nación-subdesarrollada para la época, exigió una cierta extensión de la
alfabetización y de la tecnología en el área minera, de la fundición y de la
navegación, lo que se vio muy favorecido casualmente, a partir de mediados del
siglo XVI, por la inmigración de artesanos y mercaderes provenientes de las
zonas más desarrolladas de Europa, inmigración provocada por las persecuciones
político-religiosas. Así ocurre con muchos burgueses de los Países Bajos
meridionales asolados por España o con los hugonotes huidos de Francia, todos
los cuales inyectan en una Inglaterra receptiva no sólo las nuevas técnicas y
el nuevo espíritu empresarial, sino también una nueva filosofía procientífica y
progresista concomitante. (Estos emigrantes radicales, puritanos en su mayoría,
formarán parte del medio intelectual, del Colegio Invisible, en que se mueve
Boyle, promoviendo el movimiento de transformación que culmina en la fundación
de la Sociedad Real de Londres. Son nombres tan cruciales en la ciencia inglesa
como los de Samuel Hartlib, Theodore Haak o Henry Oldenburg.)
En un momento en que Oxford y Cambridge eran universidades entregadas a
la fabricación de clérigos y al barnizado cultural de los hijos de la nobleza,
la sede de la nueva actividad científico-empresarial, esa mezcla de
conocimientos, práctica, comercio, industria y promoción del bienestar social,
es Londres. Y sus practicantes y receptores no son los dómines ni la nobleza,
las tradicionales clases cultivadas, sino los comerciantes, artesanos y
navegantes. En estos momentos conoce un gran auge la publicación de obras de
divulgación científica en lengua vernácula. «Entre los autores de aquellos
libros de texto», escribe J. E. C. Hill [9], «se
contaban los científicos más capaces del momento, muchos de ellos autodidactas
que nunca habían estudiado en la universidad o no habían ocupado en ella
cargo-académico alguno», como es el caso de Robert Recordé, John Dee, Thomas
Digges o William Gilbert. Su institución paradigmática es el Gresham College,
fundado en 1598 por el testamento del comerciante* Thomas Gresham (1518-1579),
y dedicado a enseñar a navegantes y comerciantes el uso de la geometría, los
logaritmos, la cartografía y demás conocimientos útiles para sus oficios.
(Dicho sea de paso, Thomas Gresham estaba emparentado políticamente con el
padre y el hermanastro de Francis Bacon.)
Bacon vive en el período isabelino en medio de este ambiente social, y
si bien no interviene activamente ni en el Gresham College (que era una
institución de enseñanza y no de investigación), se convierte en el resonador
filosófico de la ideología, valores y aspiraciones de estos
científicos-artesanos-comerciantes, sintetizándolas y propagándolas en estilo
culto, dotándolas así de una elaboración intelectual presentable. Como el
propio Bacon reconoce, las suyas no eran ideas emanadas del talento personal,
sino que eran las ideas del tiempo en que vive y a las que
sirve, consolidando en un conglomerado único las empresas comerciales, los
descubrimientos, la navegación y el saber, dotándolos de una pertinencia y
relevancia social, el beneficio y mejora de las condiciones de vida, y otorgándoles
un valor religioso y noble. Frente al catolicismo medieval que denuncia como
vano todo saber que no sea el de la salvación, frente al desprecio arcaico y
aristocrático por las artes banáusicas, se subrayan los valores puritanos sobre
el trabajo firme, sistemático y metódico de carácter mundano, haciendo hincapié
en los poderes de la industria humana para conseguir lo que de otro modo sólo
se podría obtener con la magia negra o la oración. Mas que un pensador
original, Bacon es el espíritu de una época y una clase que sabe expresar
cuanto había de progresivo en Inglaterra: las matemáticas de los mercaderes del
Gresham College, la alquimia de los espagíricos utilitarios, antiautoritarios y
faústicos, el puritanismo religioso y el radicalismo político de los
parlamentarios. No es de extrañar que su fama crezca a partir del triunfo de la
revolución inglesa en los años cuarenta, época en la que los radicales proponen
con toda seriedad convertir los sermones en clases populares de geometría al
estilo del Gresham College, así como realizar experimentos, por ejemplo, sobre
la inmortalidad del alma.
Boyle, quien en 1641, a los catorce años, había salido de viaje por el
continente, vuelve a los diecisiete, en 1644, a una Inglaterra dominada
política y espiritualmente por este ambiente. Con la expulsión de los
monárquicos de Oxford, la universidad cae en manos de estos baconianos y
radicales relacionados con en Gresham College, como John Wallis, John Wilkins y
Jonathan Gorddara. Allí se trasladará Robert Boyle en 1654, tras pasar cerca de
siete años en su quinta de Stalbridge (Dorsetshire) y un par de ellos más en
sus propiedades de Irlanda, dedicado al estudio de la filosofía natural y de la
química, así como a la reluctante lectura de Bacon, Descartes, Sennert,
Gassendi y van Helmont; reluctante porque, de acuerdo con la filosofía de los
nuevos tiempos, el saber está en las obras de la naturaleza y no en las obras
literarias, en los libros que sólo sirven para llenar de dogmas y prejuicios o
anticipaciones de la naturaleza al entendimiento puro c incontaminado. A partir
del año 1646, hace ya mención en su correspondencia de pertenecer al Colegio
Invisible o Filosófico, inspirado por Samuel Hartlib,
reformador radical con quien había entrado en contacto a través de su hermana,
Lady Ranelagh, de la facción parlamentaria. Este grupo es semejante, si no
idéntico, al grupo de científicos que se reunían en Londres y en Oxford, en
torno al Gresham College, v que andando el tiempo daría lugar a la fundación de
la Sociedad Real de Londres [10].
Bajo el patrocinio de aquellos filósofos y de estos compañeros, Boyle se
aplicará a la «filosofía natural, la mecánica y la agricultura, según los
principios de nuestro nuevo colegio filosófico que no valora más conocimiento
que el que se puede usar» [11]. Sin
embargo, procurarse los implementos de laboratorio necesarios para los
experimentos era toda una aventura. Así, el 6 de Marzo de 1647, escribe a su
hermana sobre el desastroso estado en que recibió el homo alquímico de barro
que ella le enviaba, el cual «llegó a mis manos disperso en tantos trozos como
nosotros en sectas» [12]. A
principios de 1654, escribe desesperado al cuñado de S. Hartlib, Clodius,
señalando:
«Vivo aquí en un país bárbaro (Irlanda) en el que los espíritus químicos
se conocen tan mal y los instrumentos son tan difíciles de conseguir que en él
es difícil tener pensamientos herméticos»[13]
Afortunadamente para él, William Petty, activo miembro del grupo de
Oxford, había sido destacado a Irlanda como médico general del ejército
parlamentario. Gracias a Hartlib, entró en contacto con Boyle quien,
incapacitado para proseguir allí su formación química, se inició con él en el
estudio de la medicina, en las disecciones anatómicas, «la circulación de la
sangre, el (recientemente descubierto y tan difícil de descubrir)receptaculum
chyli realizado por la confluencia de las venae lacteae; y
habiendo visto (especialmente diseccionando peces) más de la diversidad y
expedientes de la naturaleza, así como de la majestad y sabiduría de su autor,
que las ideas convincentes sobre el tema que pudieran darme cuantos libros haya
leído en mi vida» [14].
Fue entonces cuando «decidió no aceptar las hipótesis de nadie y no
sacar conclusiones de premisas en asuntos naturales que no pudiese verificar de
hecho él mismo. Así, durante muchos años no releyó los Principios de
Descartes, no fuese que quedase sesgado por el ingenio y autoridad de
dicho filósofo» [15]. Se
trata de una conducta propia de un aplicado discípulo de Bacon. No es de
extrañar que, siguiendo las directrices de trabajar en equipo, decidiese
trasladarse a Oxford donde residiría desde 1654 hasta 1668, momento en que se
marcha a Londres a vivir en casa de su hermana, Lady Ranelagh, en Pall Mall,
siguiendo así el éxodo de Oxford de los greshamianos después de la restauración
monárquica. Hasta que tal cosa ocurriese, en Oxford pudo encontrarse con
aquellas personas que mantenían frecuentes reuniones para «tratar
fundamentalmente de temas filosóficos; y hallándose convencidos de que no había
modo cierto de alcanzar ningún conocimiento adecuado a menos que realizasen una
diversidad de experimentos sobre cuerpos naturales a fin de descubrir qué
fenómenos producirían, seguían ese método por sí mismos con gran determinación,
comunicándose luego entre sí sus descubrimientos» [16].
El modo de concebir el carácter y función de los experimentos separa con
claridad las dos tradiciones, la matemática y la baconiana. Para empezar, los
experimentos de los científicos baconianos suelen ser claros y detallados, de
modo que no resulta difícil repetirlos y no cabe duda alguna acerca de su
efectiva realización; por el contrario, resulta incierta la de muchos de los
experimentos que aparecen en las obras de los practicantes de las ciencias
matemáticas. Así, hubo y hay aún discusiones acerca de si tal o cual
experimento de Galileo es un experimento realmente hecho o si es meramente
imaginado. Además, muchos de los «experimentos» galileanos son «experimentos
mentales», un género impensable en las obras de un baconiano. La razón de esta
diferencia estriba en la posesión o no de teorías precisas capaces de sugerir
el resultado de una experiencia. En el primer caso, y dada la concepción de la
ciencia derivada de los Segundos Analíticos de Aristóteles
como saber necesario, concepción fortalecida por la presentación axiomática de
las teorías al modo euclídeo-arquimediano, no es de extrañar que los
experimentos sean algo secundario llamado a ejemplificar y explicar los
teoremas de la teoría. Esta es la función que desempeña la mayoría de los
experimentos publicados por Galileo en sus libros (sin entrar ahora en lo que
ocurría en el proceso de descubrimiento). Otra función desarrollada
frecuentemente por los experimentos de esta tradición es la de resolver un
problema preciso planteado por la teoría, como es el caso de las
determinaciones astronómicas de oposiciones, eclipses y otros detalles
técnicos.
En el caso de las áreas baconianas, la ausencia de teorías precisas hace
que la investigación se vea presidida por marcos conceptuales filosóficos muy
vagos y generales (el cartesianismo, el atomismo, el mecanicismo, el
hermetismo), incapaces de establecer un nexo firme con los fenómenos para
predecir o prohibir tajantemente situaciones de hecho bien especificadas. En
estas áreas, los experimentos no cumplen una función de construcción teórica o
de ejemplificación pedagógica de leyes, sino que, al modo expuesto por Bacon
para las historias naturales, constituyen genuinos experimentos de exploración
de una naturaleza cuyo comportamiento resulta impredectible: son experimentos
heurísticos, genuinas preguntas planteadas a la naturaleza cuyas respuestas se
arrancan a veces con violencia, obligándola a ponerse en tesituras en las que
ella normalmente no se sitúa. El descubrimiento de la bomba de vacío produjo
justamente ese tipo de preguntas violentas a la naturaleza, induciendo una gran
cantidad de experimentos exploratorios llamados a averiguar simplemente qué
pasa en esas condiciones. Consiguientemente, las actas de las academias están
llenas de experimentos consagrados a repetir dentro de la campana de la bomba
de vacío las cosas que ocurrían fuera; a meter allí dentro las cosas más
peregrinas para ver qué pasa: ora irnos ratoncillos o avecillas, ora una vela o
una muestra de pólvora que se encendía desde fuera con una lupa, etc., etc.
La agonía de un ratón en la campana de la bomba de vacío.
Especialmente chuscas fueron las actividades exploratorias realizadas en
la Academia de Ciencias de París en áreas baconianas como la química, donde se
dieron a destilar todo lo que caía en sus manos, desde una libra del mejor café
o un melón, hasta una alegre tropa de cuarenta sapos. Lo único que querían era
ver qué pasaba. La idea era que sólo después de coleccionar un buen número de
experiencias relativas a un dominio dado tiene sentido formular explicaciones o
«interpretaciones». Comienzan enseguida a multiplicarse los laboratorios que se
pueblan de aparatos exploratorios. Así por ejemplo, las reuniones del grupo de
Oxford a comienzos de los años cincuenta se celebraban en las habitaciones de
William Petty quien, viviendo en casa del boticario, ofrecía las ventajas del
laboratorio.
Pues bien, perteneciendo a esta tradición, ni que decir tiene que los
experimentos de Boyle han sido todos ellos minuciosamente realizados y
expuestos por su autor. Puesto que no hay teorías precisas que digan nada sobre
los campos investigados, son los experimentos los únicos que pueden hablar. Y
dado que las doctrinas son en estos casos precarias y dogmáticas (carentes de
apoyo empírico), no es de extrañar que, haciendo de la necesidad virtud, se
proclame con Bacon la inanidad de las teorías, se den preceptos para evitar su
perniciosa y corruptora influencia sobre el intelecto puro y se recomiende con
tonos religiosos atenerse estrictamente a los hechos. De ahí la irritación de
Boyle con Pascal, un matemático de la tradición clásica, al ver en el capítulo
6 de sus Tratados sobre el equilibrio de los líquidos y sobre el peso
del aire [17] el
dibujo de un ciudadano negligentemente recostado en una roca de las
profundidades de un estanque «sosteniendo en el muslo un tubo de vidrio de
veinte pies». Boyle acepta de grado las conclusiones teóricas de Pascal,
«concordantes con los principios de la hidrostática», pero protesta por las
pruebas experimentales ofrecidas que, aunque tal vez aceptables para un
matemático, ofenden la sensibilidad de un experimentalista baconiano: «Primero
porque, aunque los experimentos que menciona se exponen del modo acostumbrado
al hablar de cuestiones de hecho, con todo no recuerdo que diga expresamente
que los haya realizado efectivamente, por lo que puede ocurrir que los haya
planteado como algo que ha de ocurrir, basándose en la justa
confianza de no errar en sus raciocinios (...)»
El hombre abisal pascaliano.
En segundo lugar, haya hecho o no personalmente esos experimentos el
Sr. Pascal, no parece haber tenido un gran deseo de que otros
los hagan siguiéndolo a él, pues supone que los fenómenos sobre los que se basa
se producen 15 ó 20 pies bajo el agua; exigiendo uno de ellos que un hombre se
siente allí con el extremo de un tubo apoyado contra el muslo. Pero no nos dice
ni cómo podría permanecer el hombre bajo el agua ni cómo podría discernir las
alteraciones que sufre el mercurio y otros cuerpos del fondo, hallándose en una
cisterna de 20 pies de profundidad llena de agua. En tercer lugar, estos
experimentos no sólo precisan tubos de 20 pies de largo y un gran recipiente de
al menos esos pies de profundidad, cosa nada fácil de conseguir en este país,
sino que además precisan cilindros de bronce o espitas fabricadas con una
precisión que, aunque sea fácil de suponer para un matemático, difícilmente
se podrán obtener de un comerciante» [18].
Está claro que para un «matemático» como Pascal, lo importante es la
teoría, la extensión de la hidrostática a la pneumática, sirviendo los
experimentos para indicar los puntos de anclaje (después de todo también
Arquímedes hacía experimentos para tener una idea de qué es lo que tenía que
demostrar geométricamente). Por el contrario, para un baconiano como Boyle, los
hechos son sagrados y no se puede jugar con ellos: deben describirse fiel y
exactamente para que todo el mundo pueda repetirlos. Las teorías vienen después
y son siempre opinables.
Así pues, Boyle, junto con su joven ayudante Robert Hooke, fue el primer
científico que asumió y llevó a cabo las directrices del Lord Canciller. La
continuidad de planes y enfoques entre Bacon y Boyle es clara si atendemos a
los objetivos de ambos: investigar el origen de las cualidades. Asimismo Boyle
pretende continuar la Sylva sylvarum de Bacon en sus Physiological
Essays [19]. Los
contemporáneos e inmediatos seguidores eran conscientes de la continuidad entre
los planes de Bacon y las realizaciones de Boyle. Así, H. Boerhaave, en
su Methodus discendi medicinam, tilda a Bacon de padre de la
filosofía experimental y dice que su sucesor es Boyle, «ornato de su tiempo y
de su país»; John Hughes señala (Spectator, n.° 54, Vol. VII) que Boyle
«era una persona que parece haber sido designada por la naturaleza para suceder
a los trabajos e investigaciones de ese extraordinario genio (Bacon)»; P. Shaw
(en el Apéndice a Boerhaave, Nuevo método de la Química, Ensayo
I, Vol. II, pág. 349), tras alabar el grado de desarrollo a que Bacon llevara a
la Química, señala: «Como si el fiat experimentum fuese
dirigido al Sr. Boyle, este filósofo tomó la Química donde Lord Bacon la había
dejado, siendo su estado actual testigo del extremo hasta el que la
llevó» [20].
Esta conexión con la filosofía de Lord Verulamio nada tiene de extraño
considerando los círculos en que se movía el joven Boyle, correspondiendo
primero con Hartlib y otros miembros del Colegio Invisible, estudiando piedras
y diseccionando animales con William Petty e integrándose luego en el grupo de
Oxford, que daría lugar más adelante, en 1660, a la Sociedad Real de Londres,
constituida sobre el modelo de la Casa de Salomón de La Nueva Atlántida de
Bacon, siendo Boyle uno de los fundadores.
Aparte de sus contribuciones a la ciencia dentro del marco baconiano,
Boyle se nos presenta como un activo propagandista y promotor de la exploración
colectiva de la naturaleza. Así, pondrá a todo el mundo a trabajar en esta
empresa común, orientada a hacemos mejores cristianos y más útiles al bienestar
humano. Recomienda a Evelyn trabajar en una Historia de los oficios y pone al
pobre Locke a medir la temperatura, la presión, los vientos y las lluvias de
Oxford durante diecisiete años casi ininterrumpidos, desde el 24 de Junio de
1666 al 30 de Junio de 1683, para su Historia general del aire[21]. Asimismo intercambia recetas de todo tipo con sus contemporáneos,
hace consultas a los marinos de los barcos de su Majestad que viajan a parajes
remotos, y el editor de sus Nuevos experimentos y observaciones
relativos al frío señala que Lord Verulamio había considerado
deleznable el estado del estudio del frío y que por fin Boyle «se hizo un
aventurero», entrando en contacto con la Compañía de la Bahía de Hudson[22], con lo que la afinidad entre el explorador del Gran Norte de los
cuentos de Jack London y el explorador de la naturaleza de Francis Bacon se
hace aún más notoria. Asimismo, el ya citado editor Peter Shaw [23] ensalza
la utilidad de sus trabajos para las artes y las técnicas, por lo que «el mundo
ha contraído sólo con este hombre una deuda mayor que con un centenar de
filósofos vulgares juntos. El mecánico, el comerciante, el estudioso, el
caballero, todos ellos sacan provecho del Sr. Boyle. Nos muestra los oficios
bajo una nueva luz, tomándolos en lo que realmente son, una parte de la
filosofía natural». A esto sigue una larga lista de artesanos y de lo que deben
a Boyle. Esta recuperación de las técnicas para la filosofía natural era una de
las obsesiones de Bacon, tal y como se puede ver en la serie de oficios
convertidos en áreas de estudio (en ciencias «baconianas») que aparece en el
Catálogo de Historias con que termina el Parascevo, al final de la Instrauratio
Magna, especialmente en la sección de Historias del Hombre.
Finalmente, en el plano epistemológico, Boyle sigue a Bacon por lo que
atañe al escepticismo. Al igual que Tilomas Sprat en suHistoria de la
Sociedad Real (1667) o que Joseph Glanville en su Vanidad del
dogmatismo (1661), Boyle toma de Bacon esa especie de escepticismo
mitigado a los productos teóricos que ya aparece en el Proemio de la Instauratio
Magna (1620); escepticismo que se sitúa a medio camino entre el
dogmatismo que-consiste en proclamar como verdaderas teorías que son tan sólo
conjeturales, y el escepticismo absoluto (asimismo dogmático e injustificado)
consistente en dudar de todo. Para Bacon, se deben eliminar las ideas
preconcebidas, las anticipaciones de la naturaleza o los ídolos del teatro,
categoría en que caen las teorías generales, para atender tan sólo a las obras
o hechos de la naturaleza, cuya verdad es comparable a la revelación.
Consiguientemente, el círculo de la Sociedad Real adoptará el escepticismo
mitigado de Bacon, aplicable tan sólo a las doctrinas y no a
las obras de la naturaleza. De ahí la necesidad de construir
historias naturales compuestas por hechos firmes, antes de que el intelecto se
lance a la cosecha de las causas, pues una vez que se dispone de la historia
natural, si se libera la mente de las anticipaciones o juicios previos acerca
de la naturaleza, entonces «mediante la original y genuina fuerza de la mente»,
se podrá llegar automáticamente a la teoría correcta, puesto que esa
interpretación «es la verdadera y natural de la mente cuando ésta se halla
libre de impedimentos» [24]. Podemos
ver cómo Boyle sostiene ideas similares, y lo oímos expresar frecuentemente su
disgusto por los sistemas e hipótesis generales, considerados como plausibles,
evitando el dogmatismo consistente sea en rechazarlos sin más, sea en
aceptarlos, a la vez que critica el escepticismo radical. [25] De
ahí también su prudencia y eclecticismo a la hora de formular su teoría
corpuscular de la materia [26], su
deseo de disociarla de cualquier sistema vigente, sea el cartesiano o el de
Gassendi; y su eclecticismo a la hora de proponer modelos explicativos, por
ejemplo, de la elasticidad del aire [27].
He aquí pues, noble lector, ft este discípulo de la
filosofía de Bacon, de quien comenta Hermann Boerhaave como si respondiese a
las angustiosas preguntas de quien ha de seleccionar lo más representativo de
sus escritos [28]:
«El Sr. Boyle, ornato de su época y de su país, sucedió al genio e
investigaciones del gran Canciller Verulamio. ¿Qué escritos de Boyle habré de
recomendar? Todos. A él debemos los secretos del fuego, del aire, del agua, de
los animales, los vegetales y los fósiles; de manera que de sus obras se puede
deducir todo el sistema del conocimiento natural».
Ya que la tentación de seguir el consejo de Boerhaave y publicar
aquí todos los escritos de Robert Boyle pondría a los
responsables de esta amable casa editorial al borde del fracaso cardiaco,
espero que la breve selección hecha (algo así como el 1% del total) pueda dar
una idea aproximada de los mejores logros del autor. Ni que decir tiene que la
triple división en que hemos agrupado los escritos seleccionados tiene más que
ver con nuestras categorías que con las de Boyle, para quien todos sus trabajos
caían bajo la denominación común de Filosofía Natural.
Agradezco la ayuda bibliográfica indispensable que me prestó Ana Rioja,
no menos que la de Jesús Hernández. También me he aprovechado de la erudita
conversación de José María Lucas cada vez que tenía problemas con los antiguos.
Finalmente, la Profesora Soto me obsequió con sus comentarios tan desfavorables
como justificados.
Carlos Solís Santos
Capítulo 1
La pneumática
Introducción
Carlos Solís
La pneumática, un campo de estudio iniciado en el período helenístico,
fragua como ciencia en la segunda mitad del siglo diecisiete, tratando de la
naturaleza, peso y presión del aire, junto con los efectos que producen.
Inicialmente se organiza en torno a dos innovaciones instrumentales, el tubo de
Torricelli (un baroscopio) y la
Pronto desborda sus límites y, hacia mediados del dieciocho, entran bajo
esta denominación el estudio del termómetro y los fenómenos térmicos y
meteorológicos, el estudio de la naturaleza y propiedades del sonido, los
aspectos biológicos conectados con la función del aire para el mantenimiento de
la vida y, por qué no, los tipos y características de los vientos que, después
de todo, no son más que movimientos de aire. Si se tiene en cuenta además que
en estos momentos el aire es el único «gas» conocido (el nombre había sido
inventado por van Helmont hacia 1630), considerándose de hecho un cuerpo
elemental, el desarrollo durante el siglo dieciocho de la química pneumática, o
la química de los diversos tipos de «aires», puede tenerse por un capítulo de
este amplio campo de investigación.
Originalmente, como veremos, la pneumática arranca de un problema
artesanal subrayado por Galileo, y rápidamente se plantea dentro del marco de
la hidrostática clásica gracias a una idea de Torricelli. La identificación del
tubo de Torricelli como un baroscopio, junto con la invención de la bomba de
vacío, permiten fácilmente la cristalización de esta ciencia [29]. Pero
como subproducto de estos desarrollos instrumentales, inicialmente motivados
por problemas de carácter clásico o matemático [30], surgió
también rápidamente una rama más baconiana que matemática de investigación,
consistente en utilizar los nuevos medios instrumentales para explorar la
naturaleza en aquellas condiciones en las que ella normalmente no se
sitúa [31]. Boyle
reina como dueño y señor indiscutido tanto de este aspecto baconiano de la
pneumática como del matemático, siendo capaz de hacer una contribución duradera
e importante (aunque aislada) a la física [32],
aportando el caso, entonces extraordinario, de una ley funcional cuantitativa
experimentalmente descubierta y demostrada.
Mas, antes de que Torricelli conectase la pneumática con la
hidrostática, explicando el fenómeno del baroscopio mediante la idea de que nos
hallamos en el fondo de un mar de aire, existía una tradición de experiencias
pneumáticas. En la Pneumática de Herón de Alejandría (siglo I
a.C.) se exponen fenómenos sobre el aire y el vacío en tubos.
Su obra se tradujo al latín en Sicilia ya en el siglo XIII, conociendo
dos impresiones en el siglo XVI. Tanto él como Filón de Bizancio (s. II, a.C.)
combinaban el atomismo con la creencia en el vacío para explicar la
corporalidad del aire, su comprensibilidad, así como la «repugnancia» del agua
a descender en un tubo sin entrada de aire por la parte superior.
Por otro lado, la influencia de la estática y la hidrostática de
Arquímedes (Del equilibrio de los planos, Sobre los cuerpos flotantes) da
pie a que en el siglo XVII, gracias a S. Stevin, se disponga ya de los
conceptos de presión y equilibrio de fluidos, y de teoremas
como el de que la presión en un líquido es como la altura, independientemente
del volumen o la forma, o como el de que en un punto en el interior de un
líquido la presión es igual en todas las direcciones. De este modo, existía un
cuerpo de doctrina inmediatamente aplicable al aire tan pronto como éste se
concibiese como un fluido. Y eso es lo que hizo Torricelli.
Como indicábamos, el origen de todo ello está en el problema artesanal
señalado por Galileo [33] de
que las bombas de agua no funcionan por encima de los 18 codos (unos 10,5 m.).
Galileo explica el fenómeno suponiendo no tanto que la naturaleza aborrezca
absolutamente el vacío, como quería Aristóteles, cuanto que su repugnancia a
permitirlo tiene un límite, medido justamente por el peso de esa columna de
agua de 18 codos. Esta repugnancia hace que la bomba chupe y eleve el agua, mas
cuando el agua ascendente tiene un peso por encima de ese límite de la
resistencia al vacío, la columna se rompe bajo su propio peso. Galileo no sólo
planteó al mundo culto un viejo problema artesanal, sino que además con sus
experimentos (reales o imaginados) sobre el peso del aire [34] disponía
de algunos elementos clave para explicar el fenómeno.
Sin embargo, considerando que un elemento no pesa dentro de ese
elemento, rechaza la sugerencia de Baliani (hacia 1630) de que el fenómeno de
las bombas pueda deberse al peso del aire.
Fue el discípulo de Galileo, Evangelista Torricelli, en 1644, tal vez
familiarizado con la idea de J. B. Baliani, plantea la teoría de que vivimos
inmersos en un mar de aire de unas cincuenta millas de altura (o profundidad),
que ejerce sobre el suelo un peso igual al de 18 codos de agua [35].
Ilustración del Experimento XV: «Sobre la mayor altura a la que se puede
elevar el agua por atracción de bombas aspirantes». (Del libro de Boyle Una
continuación de los nuevos experimentos físico-mecánicos.)
De este modo el problema es geometrizable, convirtiéndose en un caso de
equilibrio estático entre dos pesos, el de una columna de aire y el de una de
agua, que gravitan sobre la superficie del agua del pozo; si el de aquélla es
mayor que el de ésta, el agua asciende hasta que se establezca una igualdad, y
en caso contrario desciende hasta que se de el equilibrio. Una vez formulada
esta idea básica, no fue difícil realizar una mejora instrumental considerable,
cual es la sustitución de la engorrosa columna de agua de más de 10 m por otra
equivalente catorce veces más corta, formada por un cuerpo catorce veces más
denso: el mercurio. El tubo de Torricelli, de menos de un metro, pues los 10,5
m de agua equivalen a 75 cm de mercurio, se convirtió en un instrumento de
laboratorio manejable y al alcance de todas las fortunas.
Las noticias llegaron enseguida a Francia siguiendo la vía obligada del
P. M. Mersenne, aunque los experimentos no se repitieron hasta 1646. El primero
en hacerlo fue P. Petit, ante la presencia de Étienne y Blaise Pascal en Rouen.
Al año siguiente, el joven Pascal, beneficiándose de la existencia en la ciudad
de las más avanzadas técnicas de soplado de vidrio, pudo disponer de tubos de
hasta 15 m con una perforación uniforme, a fin de llevar a cabo experimentos no
sólo con mercurio, sino también con agua y vino, mostrando dramáticamente en
público cómo la altura alcanzada por la columna líquida era tanto mayor cuanto
menor fuese la densidad de la substancia empleada [36].
Tubos de Torricelli de distinta forma que muestran cómo la altura del
mercurio depende de una causa externa y no de algo interno al tubo.
Por una u otra razón, tal vez por la inevitable presencia en Francia de
un genio del plenismo como era R. Descartes, en ese país las investigaciones y
polémicas se centraron sobre el problema del vacío, mientras que en Inglaterra,
menos dada por mor de baconianismo a acalorarse por discusiones en torno a
cuestiones doctrinales metafísicas, se ocuparon más bien de la elasticidad o
fuerza del aire comprimido o rarificado.
De sus primeras experiencias, Pascal extrae diversas reglas [37] en
las que, aceptando la existencia del horror al vacío, señala con todo que dicho
horror no es omnipotente, sino que tiene un límite equivalente a la fuerza con
que tienden a descender 32 pies de agua. Pascal defendía que sus experimentos
demostraban la existencia del vacío coacervado (o vacío
macroscópico, aparte del diseminado entre los átomos). Luego
hizo hincapié en que el barómetro se comportaba como un caso de equilibrio
mecánico simple entre dos cuerpos pesados. Sin embargo, dado que uno de los pesos
(el del aire) es fijo, la hipótesis torricelliana del equilibrio entre columnas
de fluidos de diversa densidad sólo se había podido contrastar parcialmente
variando las substancias del tubo. No cabe duda de que la hipótesis podría
establecerse mejor variando la causa (el peso del aire) y observando qué ocurre
con el contrapeso (la altura del mercurio). Parece ser que en Septiembre de
1647 Pascal se entrevistó con Descartes, quien le habría sugerido la idea de
realizar el experimento a diferentes alturas, a fin de cambiar a placer la
altura de la columna de aire atmosférico [38]. £1
experimento fue diseñado por Pascal y realizado por su cuñado Periér en el
Puy-de-Dóme, el 19 de Septiembre de 1648, con un éxito demasiado perfecto, pues
la columna de mercurio disminuía con la ascensión y aumentaba con el descenso,
exhibiendo una precisión más propia de los experimentos ideales que de los
reales [39].
El experimento del vacío en el vacío.
No menos interesante es el experimento de Pascal del vacío en el vacío,
que inspira el de Boyle (véase el apartado 1 mas abajo) realizado con la bomba
de vacío. Como se ve en el diagrama de la página anterior, se procede con el
aparato como si fuese un tubo normal de Torricelli, con lo que el
ensanchamiento y la rama superior del tubo se encuentran en el vacío
torricelliano. Al no existir aire gravitando sobre la parte A, la columna de
mercurio superior se halla al mismo nivel. Si se abre ahora una espita C, el
tubo inferior deja de ser un barómetro y el aire presiona sobre A obligando a
ascender al mercurio.
Experimento de Roberval: una vejiga prácticamente sin aire se hincha en el
vacío torricelliano.
Se hicieron otros experimentos ingeniosos en el vacío, como el de la
vejiga de carpa de Roberval, que mostraba la gran capacidad de Tarificación del
aire o, lo que viene a ser lo mismo, que el aire atmosférico en que vivimos se
halla notablemente condensado por el peso de las capas superiores.
Pero el paso más importante se dio con la bomba de vacío o máquina
pneumática, inventada por O. Von Guericke y notablemente perfeccionada por el
ayudante de Boyle, Robert Hooke. Con ella, por primera vez, se podía controlar
en el laboratorio la presión ejercida por el aire y, lo que es
más importante, liberar al experimento torricelliano del peso de
la atmósfera como variable independiente. Cuando se mete ahora un barómetro en
la campana de la bomba de aire, no se obtiene ya un equilibrio de pesos, sino
un equilibrio entre la fuerza de la gravedad del mercurio y la elasticidad del
aire encerrado, capaz de ejercer una presión medida justamente por la altura de
la columna de mercurio que soporta. Asimismo, el experimento de la vejiga podía
realizarse controlando a voluntad la extracción del aire de la campana
(rarificándolo y haciendo disminuir su elasticidad o resorte), dando así paso a
la idea de estudiar y registrar las variaciones de una magnitud en función de
las variaciones controladas de la otra.
Finalmente, antes de dejar de hablar al propio Boyle, hay que mencionar
que Henry Power y Richar Towneley, reanudando sus experimentos sobre
elasticidad de 1653, midieron en Abril de 1661 el cambio de la presión del
aire, tabulándola convenientemente. Se sirvieron para ello de un tubo de
Torricelli lleno de volúmenes iguales de mercurio y aire, cuyo comportamiento
se registraba a diversas alturas. De sus datos deducían que el volumen es
inversamente proporcional a la presión externa [40]. Más
tarde, en Septiembre de 1661, Boyle emprende con Croune el experimento del
sifón (vide infra, págs. 34,35), confeccionando la primera
tabla de la proporcionalidad directa entre el resorte y la densidad del aire.
Finalmente, hacia Diciembre de 1661, Boyle adapta un aparato de Roberval al
estudio de la elasticidad del aire rarificado [41],
obteniendo datos en los que no acierta a ver una ley funcional hasta que
Towneley le sugiere la relación inversa entre presión y expansión del aire. A
partir de entonces, Hooke repite y confirma ampliamente estos resultados,
quedando definitivamente asentada la ley. Esta había sido entrevista por
muchos virtuosi, como Pascal, Roberval, Power y Towneley; pero
nadie fue capaz de examinarla, exponerla y publicarla con el detalle y
exactitud experimental de Boyle, quien pasa debidamente a constituirse en el más
grande de los «pneumáticos». Gracias a la precisión, amplitud y alcance
de sus experimentos, eclipsó a sus predecesores, examinó el resorte del aire de
manera más extensa y concienzuda, estableció más claramente la ley cuantitativa
que lleva su nombre y, sobre todo, publicó sus trabajos en 1661-2, antes que
Pascal, Power, Hooke e incluso Torricelli [42].
* * * *
El primero de los escritos que incluimos a continuación contiene el
Experimento XVII del libro Nuevos Experimentos físico-mecánicos
relativos al resorte del aire y sus efectos, realizados en mayor parte en una
nueva máquina pneumática, Oxford, 1660; Works, I:
33-39. Se trata de una nueva versión del experimento del vacío en el vacío;
esto es, de ensayar el experimento de Torricelli fuera del mar
de aire, comprobando que es la presión atmosférica la que causa la elevación de
la columna de mercurio. Pero la gran novedad de esta repetición de Boyle es su
realización con la bomba de vacío, pues con ella se elimina la estricta
dicotomía atmósfera 1 o atmósfera 0, pudiendo observarse el comportamiento de
la columna de mercurio para cualesquiera valores entre esos extremos. La propia
disposición instrumental invita a comparar los grados de vacío con la
disminución de la altura de mercurio. Por otro lado, el peso del aire deja de
entrar en consideración; no es la atmósfera la que actúa en el experimento,
sino el aire encerrado en la campana. Aunque inicialmente tenga una compresión
provocada por la atmósfera, tal compresión se puede variar a voluntad,
convirtiéndose así la densidad del aire en la magnitud de la
que depende el resorte del aire, medible por la altura de mercurio.
No obstante, las dificultades para medir los grados de densidad del aire
en esta disposición experimental impedirán hallar la ley sobre «la proporción
de la fuerza entre la presión del aire (según sus estados diversos relativos a
la densidad y rarefacción) y la gravedad del mercurio», por lo que habrá que
esperar al experimento del escrito siguiente. Finalmente, sugerimos que se
repare en la riqueza y variedad de detalles de la descripción que hace Boyle
del experimento, lo que deja fuera de toda duda su efectiva realización, frente
a lo que ocurre con los de Pascal.
El segundo escrito seleccionado constituye el Capítulo V de la Parte II
de Una defensa de la doctrina relativa al resorte y peso del aire, incluida
como apéndice de la segunda edición de los Nuevos experimentos
físico-mecánicos, Oxford, 1662; en Works, I: 156-163.
Se describen en él los dos experimentos con los que se establece la ley de
Boyle (o las dos leyes de Boyle para la condensación y la rarefacción). El
primer experimento realizado con el «sifón» invertido se basa en las
demostraciones del corresponsal de H. Power, W. Croune, realizadas en
Septiembre de 1661 en las sesiones de la Sociedad Real de Londres, la cual
llevaba desde Enero examinando el experimento de Torricelli. Boyle, que ya
había empleado sifones invertidos para estimar las densidades relativas de agua
y mercurio (comparando sus alturas cuando se hallaban en equilibrio) vio el
método para medir directamente a la vez el volumen (densidad)
y la presión del aire, mediante la altura de los cilindros de
aire y mercurio, frente a los cálculos imposibles del experimento anterior.
Así, se establece que el resorte del aire (su resistencia a la
compresión) es proporcional a su densidad (digan lo que digan
las versiones actuales). La otra parte de la ley, para el caso en que el aire,
en virtud de su dilatación, pierde su fuerza elástica, se
estableció en el otoño de 1661 mediante un dispositivo experimental similar al
utilizado ya por G. P. de Roberval, no menos que por Power y Towneley en 1653
y, más recientemente, en Abril de 1661. Aun cuando Boyle sabía ya desde
Septiembre que existía una proporción directa entre el resorte o resistencia a
la compresión y la densidad, no parece constatar que la diferencia entre
condensación y rarefacción no es algo cualitativo como querían los
escolásticos, sino algo meramente cuantitativo. Por ello no concluye
directamente de la primera forma de la ley que exista una proporcionalidad
inversa entre la presión ejercida sobre el aire y su expansión; y de ahí que
ensaye independientemente qué pasa con el resorte del aire expandido. Mas no lo
hace simplemente para contrastar la ley para otros valores de la densidad del
aire, pues aquélla no le sirve de guía y precisa la ayuda de Towneley, quien le
hace ver que en este caso el resorte vendría dado por la diferencia entre
la presión atmosférica y la columna de mercurio.
Por último, el tercer escrito constituye el final de la Parte III
de Una defensa; en Works, I: 178-182.
Contiene una presentación de las principales hipótesis (la vacuista y la
plenista, ambas en cualquier caso mecánicas) acerca de cómo se produciría la
condensación y rarefacción del aire. El hecho de que Boyle recurra
intercambiablemente a explicaciones en términos sea un modelo a base de éter
cartesiano sin vacío, sea de un modelo dinámico atomista que lo exige,
constituye un rasgo peculiar de su baconianismo prudente en cuestiones
doctrinales. Mientras que los franceses realizaron experimentos torricellianos
disputando encendidamente acerca del vacío y de las filosofías que los exigían
o prohibían (de ahí la importancia y alcance del tema), los ingleses, incluso
los cartesianos, se dedican preferentemente a medir las propiedades del aire.
Entre ellos Boyle, «morando pura y constantemente entre los hechos de la
naturaleza» no se aleja de ellos más allá de lo estrictamente necesario [43]; esto
es, para evitar el. dogmatismo de suscribir teorías no exigidas por los hechos,
razón por la cual son meramente más o menos plausibles, atiende preferentemente
a los hechos, tomando las diversas explicaciones como ideas interesantes por
las que no hay que acalorarse. Esta actitud será objeto de una norma explícita
de la Sociedad Real de Londres [44], de tal
modo que se recomienda a los científicos huir de toda postura tajante respecto
a las doctrinas, tanto del escepticismo radical que niega las teorías y los
hechos, como del dogmatismo consistente en abrazar teorías que los hechos no
garantizan. Un elogio que Sprat hace de los académicos resulta revelador: si
bien «han omitido completamente las doctrinas, con todo han sido muy positivos
y afirmativos en sus obras». Si esto no lo dictó el propio Boyle (Sprat
escribía lo que se le indicaba), era en él en quien Sprat estaba pensando.
§ 1. Experimento XVII
Procedamos ahora a mencionar ese experimento cuya satisfactoria
realización constituía el principal fruto que esperaba de nuestra máquina,
siendo de sobra conocido que, en el experimento de vacuo, el
mercurio del tubo ha de permanecer elevado unos 27 dedos (unos 75 cm) sobre la
superficie de aquél sobre el que descansa. Consideraba que si la verdadera y
única razón por la cual el mercurio no cae más abajo fuese que a esa altitud el
cilindro de mercurio del tubo se halla en equilibrio con el cilindro de aire
que se supone va del mercurio adyacente a la parte superior de la atmósfera, el
mercurio del tubo habría de caer hasta el mismo nivel que el del recipiente,
dado que en tal caso no habría ninguna presión sobre el mercurio subyacente
capaz de resistir al peso del situado encima. De ahí que infiriese (como
fácilmente se podría hacer) que si el experimento se pudiese realizar en
nuestra máquina, el mercurio descendería por debajo de los 27 dedos en
proporción a la extracción de aire practicada en la campana. En efecto, del
mismo modo que cuando el aire está encerrado en la campana debe mantenerse ahí
(según lo que se ha enseñado más arriba) tan fuertemente comprimido como lo
estaba mientras todo el cilindro de la atmósfera que se halla encima descansaba
inmediatamente sobre él, dado que el frasco en que se halla recluido le impide
liberarse, mediante una expansión de sus partes, de la presión con la que se le
encerró, de la misma manera, si pudiésemos extraer perfectamente el aire de la
campana, ello convendría a nuestro propósito igual que si pudiésemos realizar
el experimento fuera de la atmósfera.
Consiguientemente (tras haber superado algunas pequeñas dificultades que
se presentaron al principio) se hizo el experimento del siguiente modo: tomamos
un cilindro de vidrio estrecho y hábilmente soplado de casi tres pies de
longitud (91,5 cm), cuyo agujero tenía un diámetro de un cuarto de pulgada
(0,63 cm) menos la anchura de un cabello. Habiendo sellado herméticamente un
extremo de dicho tubo, se lleno por el otro de mercurio, procurando al hacerlo
que quedasen en el mercurio las menos burbujas posibles [45].
Habiendo tapado luego el tubo con el dedo, se invirtió y se abrió, según se usa
hacer en el experimento, en una caja cilíndrica un tanto alargada y estrecha
(en lugar de la cual pretendemos utilizar ahora un vaso de la misma forma)
llena de mercurio hasta la mitad. Así, habiendo dejado que descendiese el metal
líquido, y tras haber pegado un trozo de papel al nivel de la superficie
superior, la caja y el tubo y demás se introdujeron cuidadosamente mediante
cuerdas en la campana.
La primera máquina pneumática de Hooke y Boyle.
A continuación, gracias al agujero anteriormente mencionado de la
tapadera, ésta se deslizó a lo largo de toda la porción del tubo que sobresalía
por la parte superior de la campana, y el intervalo que quedaba entre los
bordes del agujero y el tubo se llenó muy cuidadosamente con diaquilón [46] fundido
(aunque no excesivamente caliente), y la grieta circular entre la tapadera y la
campana se selló asimismo con todo cuidado.
Diagrama del dispositivo experimental de la experiencia de Boyle del vacío
en el vacío.
Tras dicho sellado no apareció cambio alguno en la altura del cilindro
de mercurio, tal como si el recipiente de vidrio interpuesto no interrumpiese
la presión inmediata de la atmósfera ambiente sobre el aire encerrado, por lo
que éste parece operar sobre el mercurio más bien en virtud de su resorte que
por su peso [47], dado
que no se puede pensar que éste alcance más allá de dos o tres onzas (unos 57 u
85 g), lo que resulta despreciable en comparación con ese cilindro de mercurio
al que impediría descender.
Estando así dispuestas todas las cosas, se hizo descender el émbolo e
inmediatamente, tras la salida de un cilindro de aire fuera de la campana, el
mercurio del tubo descendió como era de esperar.
Modelo perfeccionado de la bomba de vacío.
Y habiendo anotado cuidadosamente (mediante una marca adherida al
exterior) el lugar donde se había detenido, hicimos que quien operaba la bomba
la accionase de nuevo, marcando hasta dónde había caído el mercurio con la
segunda extracción. Mas al proseguir esta tarea, pronto nos vimos
imposibilitados para señalar con precisión los niveles alcanzados por el
mercurio en su caída, puesto que enseguida descendió por debajo de la parte
superior de la campana, con lo que a partir de ese momento sólo podíamos marcarlos
a ojo.
Continuando de este modo con el bombeo durante aproximadamente un cuarto
de hora, nos encontramos con la imposibilidad de hacer que el mercurio del tubo
descendiese del todo, pues cuando la campana se hallaba considerablemente vacía
de su aire, por lo que la pequeña cantidad que restaba era incapaz de resistir
la irrupción del exterior, ese aire (a pesar de todo lo que hiciéramos) habría
de presionar de uno u otro modo exiguo. Y por más que no pudiera entrar mucho,
ese poco era suficiente para equilibrar la presión de un cilindro de mercurio
tan pequeño como el que quedaba en el tubo.
Entonces (para asegurarnos aún más de que la caída del mercurio en el
tubo hasta una altura determinada procedía del equilibrio en que se halla a esa
altura con el aire exterior, el uno gravitando y el otro presionando con igual
fuerza sobre el mercurio subyacente) giramos la llave dejando entrar algo de
aire nuevo, tras lo cual el mercurio comenzó inmediatamente a ascender por el
tubo (o más bien a verse empujado hacia arriba), continuando con el ascenso
hasta que, al girar la llave, se detuvo inmediatamente a la altura que entonces
había alcanzado. Así, abriendo y cerrando la llave, lo impulsamos hacia arriba
a voluntad varias veces, registrando su ascenso. Finalmente, habiendo dado vía
libre a la válvula para que entrara todo el aire del exterior que pudiese, el
mercurio se vio impulsado hacia arriba casi hasta su altura primitiva. Y digo
casi porque se detuvo cerca de un cuarto de pulgada (6,3 mm) por debajo de la
marca de papel arriba mencionada; cosa que atribuimos a esto, a que había (como
es usual en este experimento) algunas pequeñas partículas de aire atrapadas
entre las de mercurio, las cuides partículas, con el descenso del mercurio,
ascendían visiblemente en forma de burbujas hacia la parte superior del tubo y,
mediante su presión, así como mediante la disminución del cilindro en tanto
espacio cuanto anteriormente ocupaban en él, impedían que el mercurio alcanzase
de nuevo su prístina altura.
Este experimento se repitió algunos días más tarde en presencia de esos
excelentes y merecidamente famosos Profesores de Matemáticas, el Dr. Wallis, el
Dr. Ward y
Mr. Wren [48], quienes
tuvieron a bien honrarlo con su presencia; y a los que nombró tanto por
considerar un honor que sea conocido por ellos, como por sentirme encantado con
tan juiciosos e ilustres testigos de nuestro experimento. Y gracias a una
sugerencia suya determinamos que la parte superior del mercurio del tubo
llegaba casi hasta una pulgada (2,54 cm) de la superficie del que se hallaba en
el recipiente.
En este punto, y a fin de ilustrar el experimento precedente, no estará
de más mencionar algunos otros detalles relativos al mismo.
En primer lugar, pues, cuando tratábamos de realizar el experimento con
el tubo cerrado por un extremo con diaquilón en lugar de utilizar un sellado
hermético, observamos que tras extraer parte del aire del recipiente, el
mercurio comenzaba efectivamente a caer, si bien continuaba luego bajando
aunque no siguiésemos con el bombeo. Parecía entonces que si bien el diaquilón
que taponaba el extremo del tubo era lo bastante espeso y fuerte como para que
el aire exterior no pudiese empujarlo (tal y como la experiencia nos enseña que
habría ocurrido si sólo hubiese una pequeña cantidad del producto), con todo
las partes más sutiles (del aire) eran capaces de insinuarse (aunque
lentamente) a través del cuerpo mismo del emplasto que, al parecer, no tenía
una textura tan espesa como aquél que, según dijimos [49],
habíamos utilizado con éxito hace algunos años en el experimento de
vacuo. De manera que empezamos ahora a sospechar que quizá una de las
razones por las que no podemos bombear perfectamente el aire pueda ser que
cuando el recipiente se halla casi vacío, algunas de las partes más sutiles del
aire exterior puedan verse forzadas por la presión atmosférica a pasar a la
campana a través del cuerpo mismo del diaquilón. Pero esto no es más que una
conjetura.
Otra circunstancia de nuestro experimento fue la siguiente, que (una vez
que el mercurio del tubo hubiera caído hasta abajo) si en la abertura de la
válvula se permitiese bruscamente una excesiva entrada al aire exterior, éste
se precipitaría al interior con tal violencia y presionando con tanta fuerza
sobre la superficie del mercurio subyacente, que habría de impulsarlo hacia el
tubo con rudeza bastante para amenazar con romper el vidrio.
Ya mencionamos anteriormente que, tras las dos o tres primeras
extracciones de aire, el mercurio descendente no caía en cada ocasión lo mismo
que anteriormente, pues habiendo marcado en el tubo sus diversos niveles,
hallamos que con la primera succión descendía una pulgada y 3/8 (3,5 cm) y con
la segunda, una pulgada y 3/8, mientras que cuando el recipiente se hallaba
casi vaciado, difícilmente se le podía hacer descender con una succión más allá
del grueso de un grano de cebada. Ciertamente hallamos muy difícil medir qué
proporción seguían esos decrementos del cilindro mercurial; en parte porque
(como ya hemos apuntado) pronto bajó el mercurio por debajo de la parte
superior de la campana, y en parte porque tras su descenso en cada succión
volvía a ascender un poco inmediatamente, sea por razón de que el recipiente
perdía por algún agujero imperceptible, o por razón del movimiento de
restitución del aire que, viéndose un tanto comprimido tanto por la caída como
por el peso del mercurio, lo repelía un poco hacia arriba, haciéndolo oscilar
un poco arriba y abajo, antes de que ambos se redujesen mutuamente a un
equilibrio en el que los dos pudiesen reposar.
Mas aunque hasta ahora no hayamos podido realizar observaciones sobre
las medidas del descenso del mercurio lo bastante precisas como para formar una
hipótesis, no hemos de dejar de intentarlo, pues si se pudiese convertir en
certeza, es probable que el descubrimiento no fuese inútil [50].
Y a fin de ilustrar la cuestión algo más, añadiremos que procedimos a
realizar el experimento en una de nuestras pequeñas campanas ya mencionadas que
no llegaba a un cuarto (1,136 l); ahora bien (de acuerdo con lo anteriormente
observado) encontramos tanta dificultad en hacer que ésta estuviese totalmente
vacía como en evacuar la mayor. La menor cantidad de aire exterior que pudiese
penetrar en tan pequeño recipiente (y no teníamos posibilidad de mantenerlo
fuera) bastaba para ejercer una considerable presión sobre la superficie del
mercurio, impidiendo así que el que se hallaba en el tubo cayese hasta el mismo
nivel. Pero es notable que habiendo ensayado el experimento dos o tres veces en
un recipiente pequeño, nada más extraer de la campana el primer cilindro de
aire, el mercurio cayese en el tubo 18 pulgadas y media (49,5 cm).
Mas en esta ocasión no considero improcedente comunicar a su
Señoría [51] que,
por medio del descenso del mercurio en el tubo tras la primera succión,
esperaba obtener la siguiente ventaja, cual es poder hacer una estimación,
mejor que la hasta ahora conseguida, de la proporción de la fuerza entre la
presión del aire (según sus diversos estados relativos a la densidad y
rarefacción) y la gravedad del mercurio, pues en nuestro experimento están
dadas varias cosas que se pueden aprovechar para tal descubrimiento. En efecto,
en primer fugar podemos saber cuál es la capacidad del recipiente en el que se
realiza el experimento, pues llenándolo de agua podemos fácilmente computar
cuántos cuartos o medidas de cualquiera otra denominación contiene de aire; el
cual aire, cuando se encierre en el recipiente, se puede suponer que posee una
presión igual a la de la atmósfera, dado que es capaz de impedir que el
mercurio del tubo caiga más abajo que cuando estaba en el aire libre y abierto.
A continuación conocemos la capacidad del cilindro de bronce vaciado al hacer
descender el émbolo (habiendo sido mencionado su calibre y altura en la
descripción de la bomba [52] ),
por lo que podemos averiguar qué cantidad del aire contenido en el recipiente
se extrae en la primera succión. Y también podemos determinar con facilidad,
sea en peso o en medidas cúbicas, el cilindro de mercurio que responde al
cilindro de aire últimamente mencionado (siendo ese cilindro de mercurio
calculable en nuestra máquina restando de la altura total de dicho cilindro de
mercurio, la altura a que queda tras la primera succión). Ahora bien, si este
experimento se realizase con muchísimo cuidado en recipientes de diversos
tamaños, comparando entre sí los diversos descensos del mercurio, no es
improbable que pudiesen descubrirse así algunas de esas cosas que buscamos. Con
todo, no sólo se debe restar de la capacidad de la campana los contenidos sólidos
de la parte del tubo de vidrio que queda dentro de la superficie cóncava de la
campana y (lo que resulta más difícil) las variables cantidades del vaso que
contiene el mercurio, no menos que la parte del propio mercurio que no se halla
en el tubo, sino que además hay que tener en cuenta lo siguiente, que el
cilindro que se vacía al tirar hacia abajo del émbolo y que se llena cuando se
permite que el aire salga de la campana y pase a él, no está lleno e aire como
lo estaba primitivamente la campana, pues de la campana al cilindro no pasa más
aire del necesario para reducir al aire de la cavidad del cilindro y al de la
campana a la misma medida de dilatación. Debido a éstas (digo) y algunas otras
dificultades que exigen más habilidad matemática que la que yo tengo, así como
mucho más tiempo del de que mis presentes circunstancias me permitirían
disponer, desearía transferir la más sutil consideración del problema a algunos
de nuestros doctos y exactos matemáticos, considerando suficiente para mí haber
dado la pista ya sugerida [53].
Para ulterior confirmación de lo que hemos señalado, ensayamos asimismo
el experimento en un tubo de menos de dos pies (60,9 cm) de largo, y cuando se
había extraído tanto aire del recipiente que el aire restante no era capaz de
equilibrar el cilindro de mercurio, el mercurio del tubo descendió tan
visiblemente que (habiéndose realizado el experimento en el pequeño recipiente
últimamente mencionado) a la primera succión cayó más de un palmo (unos 23 cm),
bajando a continuación más y más durante algún tiempo. Y habiendo permitido que
el aire exterior penetrase y cayese sobre él, lo impelió de nuevo casi hasta la
parte superior del tubo: poco importa cuán pesado o ligero sea el cilindro de
mercurio que desciende, con tal de que su gravedad supere la presión de tanto
aire exterior cuanto opera sobre la superficie de ese mercurio al cual ha de
caer.
Finalmente también observamos que si (cuando el mercurio del tubo se ha
hecho caer, haciéndolo subir luego hasta su altura primitiva al permitir el
ingreso del aire exterior) se introdujese más aire en la campana con ayuda de
la bomba, el mercurio del tubo ascendería muy por encima de la altura
acostumbrada de 27 dedos, cayendo de nuevo a la altura a la que antes
descansaba tan pronto como se dejaba escapar ese aire.
Su Señoría quizá espere en este punto que, del mismo modo que aquellos
que han tratado sobre el experimento de Torricelli han mantenido en su mayoría
la afirmativa o negativa de esa famosa pregunta, si de ese noble experimento se
infiere o no un vacío, así yo debiera en esta ocasión ofrecer mi opinión sobre
esta controversia, o declarar al menos si en nuestra máquina la succión del
aire prueba o no que el lugar abandonado por el aire succionado se halla
verdaderamente vacío, esto es, privado de toda substancia corpórea. Mas aparte
de que no tengo ni el tiempo ni la capacidad de entrar en un debate formal de
tema tan grato, su Señoría, si lo estima oportuno, podrá hallar representados
en los Diálogos [54] no
ha mucho aludidos las dificultades de ambas partes, las cuales no me han hecho
conceder más que un muy inseguro asentimiento a cualquiera de las dos facciones
que contienden acerca de la cuestión, y no osaré aún tomar sobre mí la
determinación de una controversia tan difícil.
En efecto, por un lado parece que a pesar de la succión del aire nuestra
campana puede no hallarse destituida de todo cuerpo, ya que todo cuanto en ella
se pone, allí se puede ver, lo que no ocurriría si no estuviese abierta a esos
haces de luz que, al rebotar del objeto visto hasta nuestros ojos, nos afectan
con su sensación. Y o bien que esos haces sean emanaciones corpóreas de algún
cuerpo luminoso o bien al menos que la luz que suministran resulte del
movimiento rápido de cierta materia sutil, es algo que, si no me equivoco,
podría probar suficientemente a partir de los Diálogos arriba mencionados si
considerase que su Señoría pudiera imaginar seriamente que la luz pudiese
transmitirse sin tener (por así decir) al menos un cuerpo por vehículo suyo.
Por el experimento dieciséis se ve también que la estanquidad de nuestra
campana no le impide admitir los efluvios de la piedra imán, lo que hace muy
probable que también admita libremente las exhalaciones magnéticas de la
tierra, respecto a las cuales ya en otro tratado hemos intentado manifestar que
muchas de ellas atraviesan siempre nuestro aire.
Mas, por otra parte, puede decirse que, por lo que respecta a la materia
sutil que toma visibles los objetos introducidos en nuestra campana evacuada y
por lo que atañe a los efluvios, magnéticos de la tierra que podemos suponer
que la atraviesan, si bien deberemos conceder que nuestro recipiente no se
halla completamente vacío de ellos, con todo no nos es dado afirmar
razonablemente que esté lleno de ellos, ya que podemos suponer que si se
reuniesen en un espacio sin dejar intervalos entre sí, no llenarían más que una
pequeña parte de toda la campana. Así, en el experimento décimo tercero, un
trozo de mecha presentaba un volumen despreciable cuando sus partes se
encontraban estrechamente unidas, si bien luego (una vez que el fuego las hubo
dispersado en humo) parecían llenar todo el recipiente. En efecto (como han
demostrado en otro lugar nuestros experimentos) tanto la luz como los efluvios
de la piedra imán pueden penetrar fácilmente en un recipiente de vidrio
herméticamente sellado, por más que antes de que entrasen se hallase tan lleno
de aire como lo están los cuerpos huecos de aquí abajo, de manera que tras la
extracción del aire, el gran espacio abandonado por éste ha de permanecer vacío
a pesar de la presencia de esos corpúsculos sutiles mediante los que producen
sus efectos los cuerpos lúcidos y magnéticos.
Y por lo que respecta a las alegaciones arriba mencionadas, sólo parecen
probar la posibilidad de que la campana vacía de aire esté llena de cierta
materia etérea, tal y como enseñan algunos naturalistas modernos [55], y no
que sea así realmente. En verdad, por lo que atañe a esos espacios que los
vacuistas considerarían vacíos, ya que se encuentran manifiestamente privados
de aire y todo tipo de cuerpos crasos, a mí me parece que los plenistas (si se
les puede llamar así) no demuestran que tales espacios estén llenos de esa
materia sutil de la que hablan, basándose para ello en algunas de sus
operaciones o efectos sensibles (ninguno de los cuales me han mostrado diversos
nuevos ensayos hechos con esa finalidad), sino que se limitan a concluir que
debe existir semejante cuerpo puesto que no puede haber un vacío. Y la razón
por la cual no puede existir el vacío no la toman de un experimento o fenómeno
alguno de la naturaleza que demuestre clara y específicamente su hipótesis,
sino que la sacan de su noción de cuerpo, cuya naturaleza, al consistir tan
sólo según ellos en la extensión (que ciertamente parece su propiedad más
esencial, dado que es inseparable de un cuerpo), afirmar que hay un espacio
vacío de cuerpo es, para decirlo con una expresión escolástica, una
contradicción in adjecto. Afirmo por tanto que aceptar esta
razón parece convertir la controversia acerca del vacío en una cuestión más
metafísica que fisiológica [56]. Por
consiguiente, nos abstendremos de discutirla aquí, hallando muy difícil sea dar
satisfacción a los naturalistas con esa noción cartesiana de cuerpo, sea poner
de manifiesto en qué yerra, proponiendo en su lugar otra mejor.
Mas, si bien no estamos dispuestos a seguir examinando las inferencias
que se puedan extraer del experimento torricelliano, con todo no consideramos
improcedente presentar a su Señoría un par de advertencias relativas al caso.
En primer lugar, pues, si al ensayar el experimento aquí o en otro
lugar, recurrís a las medidas inglesas que usan emplear matemáticos y
comerciantes, a menos que estéis sobre aviso, sospecharéis que quienes han
escrito acerca «leí experimento se han equivocado. En efecto, si bien la gente
habla en general de que el mercurio se mantiene suspendido en el tubo a una
altura entre seis o siete y veinte pulgadas, nosotros hemos observado
normalmente, desde la primera vez en que hace ya varios años nos interesamos
por este experimento, que el mercurio del tubo se mantenía a unas 29 pulgadas y
media (75 cm) sobre la superficie del mercurio contenido en el recipiente, cosa
que en un principio nos sorprendió y nos dejó perplejos, pues aunque no temamos
por cosa poco probable que la diferencia entre el aire más craso de Inglaterra
y el de Italia o Francia pudiese impedir que el mercurio cayese en este clima
tan frío tan abajo como en esos otros más cálidos, con todo no podíamos creer
que sólo esa diferencia del aire fuese capaz de producir una tan grande en las
alturas de los cilindros de mercurio. Consiguientemente, tras investigar la
cuestión, hallamos que por más que en este experimento no hayan de desestimarse
las diversas densidades del aire, con todo la razón fundamental por la que
hallamos que el cilindro de mercurio constaba de tantas pulgadas era la
siguiente, que nuestras pulgadas inglesas son un tanto inferiores en longitud a
los dedos utilizados en otras regiones extranjeras por quienes escriben acerca
del experimento [57].
La otra cosa que deseo que tenga en cuenta su Señoría es que la altura
del cilindro mercurial no puede resultar tan grande como debería realmente ser,
debido a la negligencia o inadvertencia de la mayoría de quienes realizan el
experimento. En efecto, muy a menudo, al destapar el tubo invertido en el
mercurio envasado, se puede observar cómo asciende una burbuja de aire desde el
fondo del tubo hasta la parte superior, atravesando el mercurio que desciende.
Y si se mira con atención, casi siempre se puede constatar la existencia de una
multitud de pequeñas burbujas todo a lo largo del interior del tubo entre el
mercurio y el cristal (y eso sin hablar de las partículas de aire que se hallan
ocultas en el cuerpo mismo del mercurio), muchas de las cuales, una vez que el
mercurio ha abandonado la parte superior del tubo, irrumpen en el espacio
abandonado donde poca o ninguna resistencia encuentran a su propia expansión.
Si es esta la razón por la que, cuando se aplican cuerpos calientes a la parte
vacía del tubo, el mercurio subyacente desciende un poco más abajo, es algo que
no determinaremos, si bien parece muy probable, especialmente dado que hallamos
que tras la aplicación de paños de lienzo empapados en agua a esa misma parte
del tubo, el mercurio ascendía un tanto, como si el frío hubiese condensado el
aire aprisionado (que presiona sobre él), reduciéndolo a un espacio menor.
Ahora bien, diversas circunstancias nos indujeron a pensar que el espacio
abandonado no ha de estar totalmente vacío de aire: como cuando después de que
un eminente matemático y excelente experimentador se hubiese tomado grandes
molestias, empleando mucho tiempo en llenar cuidadosamente el tubo de mercurio,
al invertir el tubo dejando que el mercurio cayese a la altura acostumbrada,
descubrimos que aún quedaba cierta cantidad de burbujas inconspicuas; y también
como cuando aplicamos (gradualmente) un hierro al rojo vivo a la parte exterior
del tubo, sobre la parte superior del cilindro mercurial (con lo que las
burbujitas desapercibidas, expandiéndose poderosamente, ascendieron en tal
cantidad y tan rápidamente hacia el espacio desalojado que, para nuestro
asombro, la parte superior del mercurio parecía hervir). Observamos además que
en los ensayos del experimento torricelliano que hemos visto realizados por
otros, así como en todos los nuestros (excepto uno), nunca hallamos que, al
inclinar el tubo, el mercurio llegase del todo hasta la parte superior del
extremo sellado, lo que habla a favor de la existencia de alguna cantidad de
aire que se habría retirado allí, manteniendo al mercurio fueras del espacio no
llenado.
Si su Señoría preguntase cuáles son los mejores recursos para impedir la
intrusión del aire en este experimento, hemos de responder que de todos
aquéllos que de acuerdo con nuestros propios ensayos son fácilmente
inteligibles sin demostración ocular, no podemos sugerir otros mejores que
estos. Primero, en el extremo abierto del tubo, el vidrio no sólo debe tener
los bordes lo más lisos posible, sino que es muy conveniente (en especial si el
tubo es ancho) que la parte inferior esté por todas partes doblada hacia
adentro, de modo que el orificio, al no exceder en mucho un cuarto de pulgada
(0,63 cm) de diámetro, pueda taparse de la manera más fácil y exacta con el
dedo del experimentador; y para que entre éste y el mercurio no se interponga
nada de aire (como muy a menudo ocurre), es preciso llenar el tubo todo lo
posible, a fin de que el dedo que ha de taponarlo, presionando sobre el
mercurio protuberante y acumulado, pueda más bien derramar algo antes que no
encontrar el suficiente para mantener el aire fuera. También resulta útil y
expeditivo no llenar al principio el tubo totalmente de mercurio, dejándolo
vacío por la parte superior cosa de un cuarto de pulgada, pues si se tapona
entonces con el dedo el extremo abierto y se invierte el tubo, ese cuarto de
pulgada de aire ascenderá como una gran burbuja a la parte superior y de pasada
recogerá todas las pequeñas burbujas uniéndolas consigo en una grande. De este
modo, invirtiendo de nuevo el tubo, se deja que dicha burbuja vuelva otra vez
al extremo abierto, con lo que se tendrá un cilindro mercurial mucho más denso
que antes, precisándose tan sólo añadir un poco más de mercurio para llenar
totalmente el tubo. Finalmente, por lo que respecta a esas porciones de aire
menores e inconspicuas, imposibles de recoger de esta manera, se puede intentar
liberar de ellas al mercurio antes de invertir el tubo, sacudiéndolo y
golpeándolo suavemente por su parte exterior tras verter en él cada pequeña
dosis de mercurio, amén de forzar a esas pequeñas burbujas ocultas a mostrarse
y romperse mediante el uso de un hierro caliente, a la manera últimamente
mencionada. Recuerdo que al llenar cuidadosamente el tubo, por más que no
estuviese aún completamente libre de aire, hicimos que el cilindro mercurial
alcanzase 30 pulgadas (76,2 cm) y más de altura, y eso en un tubo muy corto,
extremo que mencionamos porque hemos descubierto que en los tubos cortos un
poco de aire resulta más perjudicial para el experimento que en los largos, en
los que el aire, disponiendo de más espacio para expandirse, presiona con menos
fuerza sobre el mercurio subyacente.
Y ya que hemos venido a dar en la consideración de la altitud del
cilindro mercurial, no he de ocultar a su Señoría un experimento al caso que
quizá os dé qué pensar a vos y a muchos de vuestros amigos los virtuosi[58] y,
desvelando algunas cosas relativas al aire de la atmósfera que hasta ahora rara
vez se han tomado en cuenta, podrá daros algunas pistas conducentes a
ulteriores descubrimientos del tema de esta epístola [59].
§ 2. Dos nuevos experimentos relativos a la medida de la fuerza del
resorte del aire comprimido y dilatado
La otra cosa que habría de señalar por lo que atañe a la hipótesis de
nuestro adversario [60] es
que resulta innecesaria. En efecto, puesto que no niega que el aire tenga
cierto peso y resorte, sino que afirma que ello resulta muy insuficiente para
llevar a cabo asuntos tan importantes como contrapesar un cilindro de mercurio
de 29 pulgadas (73,6 cm), cosa que nosotros afirmamos que hace, habremos de
esforzamos ahora por poner de manifiesto, mediante experimentos hechos
expresamente al efecto, que el resorte del aire es capaz de hacer mucho más de
lo que precisamos atribuirle para resolver los fenómenos del experimento de
Torricelli [61].
Tomamos pues un largo tubo de vidrio que con habilidad y la ayuda de una
lámpara se curvó de tal modo por abajo, que la parte doblada hacia arriba
resultaba casi paralela al resto del tubo. Y una vez sellado herméticamente el
orificio de este brazo más corto del sifón (si se me permite llamar así al
instrumento en su conjunto), su longitud se dividió en pulgadas (cada una de
las cuales se subdividía en ocho partes) mediante una tira de papel con dichas
divisiones que se había pegado cuidadosamente a lo largo de él. A continuación,
echando el mercurio necesario para llenar el arco o parte doblada del sifón, de
modo que el mercurio estuviese a nivel, alcanzando en un brazo hasta la parte
inferior del papel con las divisiones y exactamente hasta la misma altura
o
No pudimos proseguir en esta ocasión los ensayos debido a la ruptura
accidental del tubo. Mas, dado que un experimento preciso de esta naturaleza
sería de gran importancia para la doctrina del resorte del aire, no habiendo
sido aún realizado (que yo sepa) por persona alguna, y dado además que resulta
más difícil de llevar a cabo de lo que cabría pensar por la dificultad tanto de
hacerse con tubos doblados adecuados a esta finalidad, como de realizar una
estimación precisa del verdadero lugar ocupado por la protuberante superficie
del mercurio, supongo que no le vendrá mal al lector informarse de que, tras
algunos otros ensayos, realizado uno de ellos con un tubo cuyo brazo menor era
perpendicular y el otro, que contenía el aire, paralelo al horizonte, nos procuramos
finalmente un tubo con la forma que se muestra en la figura, el cual tubo,
aunque de buen tamaño, era tan largo que el cilindro que formaba el brazo más
corto admitía una tira de papel que había sido previamente dividida en 12
pulgadas (30,5 cm) y sus cuartos, mientras que el más largo admitía otra tira
de papel con una longitud de diversos pies, dividida del mismo modo. Una vez
vertido el mercurio para llenar la parte curva del recipiente, de modo que su
superficie se mantuviese en ambos brazos en la misma línea horizontal, como
hemos señalado más arriba, se echó más y más mercurio en el tubo más largo. Y
tomando nota cuidadosamente de hasta dónde subía el mercurio en el tubo más
largo cuando parecía haber ascendido hasta cualquiera de las divisiones del más
corto, las diversas observaciones que se realizaron sucesivamente de este modo,
tal y como se establecieron, nos suministraron el siguiente cuadro:
AA. El número de espacios iguales del brazo más corto que
contenía la misma cantidad de aire diversamente extendido [65]. B. La altura del cilindro de mercurio del brazo más largo que
comprimía el aire a esas dimensiones. C. La altura del
cilindro de mercurio que equilibraba la presión de la atmósfera [66]. D.La
suma de las dos últimas columnas, B y C,que
muestra la presión soportada por el aire encerrado. E. Cuál
habría de ser esa presión según la hipótesis que suporte que las presiones y
expansiones son inversamente proporcionales. [67]
Para mejor comprensión de este experimento, quizá no esté de más tener
en cuenta los siguientes detalles:
1.
Que al
ser el tubo tan alto que no podíamos utilizarlo convenientemente en una
habitación, tuvimos a bien usarlo sobre un par de escaleras, aunque muy
ligeras, hallándose el tubo, por razones de seguridad, suspendido mediante
cuerdas de tal modo que a penas tocaba la caja de la que vamos a hablar
inmediatamente.
2.
La parte
inferior doblada del tubo estaba situada en una caja cuadrada de madera de buen
tamaño y profundidad para no perder el mercurio que se pudiese derramar en el
transvase del recipiente al tubo, así como para recoger todo el mercurio en
caso de que se rompiese el tubo.
3.
Que
éramos dos los que realizábamos conjuntamente las observaciones, uno tomando
nota en la parte inferior de cómo subía el mercurio en el cilindro más corto, y
el otro vertiéndolo por el extremo superior del más largo, siendo sumamente
difícil y molesto para una persona sola hacer ambas cosas con precisión.
4.
Que el
mercurio sólo se vertía poco a poco, siguiendo las instrucciones del que
observaba abajo, pues era mucho más fácil añadir que quitar en el caso de que
se hubiese vertido demasiado de una vez.
5.
Que al
comienzo de la operación, a fin de poder discernir con más precisión dónde se
detenía el mercurio en uno u otro momento, utilizamos un pequeño espejo
sostenido en una posición conveniente para que reflejase hacia el ojo lo que
queríamos observar.
6.
Que una
vez que el aire se hubo comprimido de manera que se apretase en menos de un
cuarto del espacio que antes ocupaba, probamos a ver si el frío de un paño e
lino empapado en agua podría entonces condensarlo. Y en ocasiones parecía
encogerse un poco, aunque no tan claramente como para que osemos basar algo en
ello. Asimismo probamos luego si el calor pudiera dilatarlo a pesar de una
compresión tan enérgica, y al acercar la llama de una vela a aquella parte en
la que el aire se hallaba recluido, el calor tubo un efecto más sensible que el
que antes había tenido el frío, por lo que apenas nos cabe duda de que la
expansión del aire hubiera resultado conspicua a pesar del peso que lo oprimía,
si no fuese porque el miedo a romper estúpidamente el vidrio nos impidió
aumentar el calor.
Ahora bien, aunque no negamos que en nuestro cuadro algunos detalles no
respondan exactamente a lo que nuestra hipótesis anteriormente mencionada
podría quizá invitar al lector a esperar, con todo las discrepancias no son tan
considerables, pudiéndose atribuir con bastante probabilidad a esa falta de
exactitud difícilmente evitable en estos experimentos delicados. Por otro lado,
y hasta tanto ulteriores ensayos me informen con más claridad, no me aventuraré
a determinar si la teoría expuesta regirá o no universal y exactamente, sea en
la condensación o en la rarefacción del aire [68].
En lo único en que ahora insistiré es en que, con todo, la prueba ya
realizada demuestra suficientemente la cuestión fundamental para la cual la
aduzco aquí, pues gracias a ella es evidente que el aire común, cuando se
reduce a la mitad de su extensión habitual, adquiere un resorte algo así como
cerca del doble más potente que el que tenía antes; de manera que al embutir de
nuevo este aire así comprimido en la mitad de este estrecho espacio, adquiere
con ello otra vez un resorte tan fuerte como el que antes tenía, siendo por
consiguiente cuatro veces más fuerte que el del aire común. Y no hay razón
alguna para dudar de que si hubiéramos dispuesto de una mayor cantidad de
mercurio y de un tubo muy fuerte, merced a una ulterior compresión del aire
encerrado hubiéramos podido haberlo hecho equilibrar la presión de un cilindro
de mercurio mucho más alto y pesado, pues quizá nadie sepa aún cuánto pueda
aproximarse el aire a una compresión infinita si la fuerza compresora se
aumenta adecuadamente. De este modo, nuestro adversario puede ver aquí con
claridad que el resorte del aire que a él se le antoja tan ligero, puede ser
capaz de resistir no sólo el peso de 29 pulgadas (73 2/3 cm), sino en ocasiones
el de más de cien pulgadas (254 cm) de mercurio [69], y eso
sin la ayuda de su Funiculus que en nuestro caso presente nada tiene que hacer.
Y para que veáis que no hemos mencionado sin intención (como hicimos un poco
más arriba) el peso del cilindro atmosférico, que descansa sobre el mercurio,
como parte del peso resistido por el aire aprisionado, añadiremos aquí que
cuando el cilindro mercurial del brazo más largo del tubo tañía una altura de
unas cien pulgadas, tuvimos buen cuidado de que uno de nosotros succionase por
el orificio abierto, con lo que (como esperábamos) el mercurio del tubo
ascendió notablemente. Este importante fenómeno no puede atribuirse al
Funiculus de nuestro crítico, ya que, según confesión propia, éste no puede
tirar hacia arriba del mercurio si el cilindro mercurial está por encima de las
29 ó 30 pulgadas (73,6-76,2 cm) de mercurio. Por consiguiente, daremos la
siguiente razón de ello, cual es que la presión del aire que descansa encima,
al verse en parte eliminada por su expansión en el pecho dilatado del que
succiona, permite al aire aprisionado dilatarse manifiestamente, repeliendo al
mercurio que lo comprimía hasta que se de una igualdad de fuerza entre, por un
lado, el resorte de ese aire comprimido y, por el otro, el alto cilindro
mercurial junto con el aire dilatado contiguo.
Si a lo que hemos señalado hasta aquí sobre la compresión del aire
añadimos ahora algunas observaciones relativas a su expansión espontánea, se
verá mejor hasta qué punto los fenómenos de estos experimentos mercuriales
dependen de las diferentes medidas de la fuerza a contrarrestar con el resorte
del aire según sus diversos grados de compresión o laxitud. Mas, antes de
entrar en este tema, reconoceré de buena gana que aún no había transformado en
una hipótesis cierta estos ensayos míos relativos a la medida de la expansión
del aire, cuando ese ingenioso caballero, el Sr. Richard Towneley [70], tuvo a
bien informarme que, habiéndose convencido por la atenta lectura de mis
experimentos físico mecánicos de que el resorte del aire era la causa de ello,
intentó (y deseo que otras personas ingeniosas sigan su ejemplo en tales
intentos) aportar lo que yo había omitido en cuanto a someter a estimación
exacta de qué manera el aire dilatado por sí mismo pierde su fuerza elástica
según la medida de la dilatación [71]. Añadió
que había comenzado a redactar lo que se le ocurría sobre esta cuestión en un
breve discurso del que posteriormente me hizo el favor de mostrarme el
comienzo, lo que me produce una justa curiosidad de verlo terminado. Pero,
puesto que ni sé ni (debido a la gran distancia que separa nuestros lugares de
residencia) tengo ahora la oportunidad de averiguar si tendrá a bien adjuntar
su discurso a nuestro apéndice, publicarlo por sí mismo o no publicarlo, y
puesto que aún no ha dado que yo sepa con instrumentos de vidrio adecuados para
confeccionar un cuadro preciso del decremento de la fuerza del aire dilatado,
nuestro actual proyecto nos invita a presentar al lector lo que sigue, para lo
que conté con la asistencia de la misma persona de quien señalaba en el
capitulo anterior que había escrito algo sobre la rarefacción [72], y a
quien debo mencionar en esta ocasión, pues tan pronto como me oyó hablar de las
suposiciones del Sr. Towneley acerca de la proporción en que
el aire pierde su resorte con la dilatación me dijo que el año anterior (y no
mucho después de la publicación de mi tratado penumático) había realizado
observaciones con el mismo fin, las cuales, reconocía, concordaban bastante
bien con la teoría del Sr. Towneley. Asimismo, hacia la misma
época, realizó algunos ensayos (como tuvo a bien comunicármelo su autor) ese
noble virtuoso y eminente matemático, Lord Brouncker, de cuyas
ulteriores investigaciones sobre el tema, si sus ocupaciones le permiten
realizarlas, las personas inquisitivas pueden perfectamente esperar algo muy
preciso.
Para hacer más claro el experimento de la fuerza debilitada del aire
expandido, no estará de más señalar algunos detalles relativos especialmente al
modo de realizar el ensayo, el cual (por las razones últimamente mencionadas)
hicimos sobre un par de escaleras ligeras y con una caja forrada de papel para
recoger el mercurio que pudiera derramarse.
A. El número de espacios iguales en la parte superior del tubo
que contenían la misma porción de aire. B. La altura del cilindro
mercurial que, junto con el resorte del aire encerrado, equilibraba la presión
de la atmósfera. C. La presión de la atmósfera. D. El
complemento de B a C, que muestra la presión sostenida por el aire
encerrado [73]. E.
Cuál habría de ser esa presión según la hipótesis.
Y a la vista de que el uso de recipientes del tipo acostumbrado en el
experimento de Torricelli exigiría una vasta cantidad de mercurio, sólo
disponible en pocos lugares, empleamos un tubo
En segundo lugar, dispusimos también de un tubo delgado de vidrio,
aproximadamente del tamaño de una pluma de cisne, abierto por ambos extremos, a
lo largo de todo el cual se pegó una estrecha tira de papel dividida en
pulgadas y medios cuartos.
En tercer lugar, habiendo introducido este tubo delgado en el mayor casi
lleno de mercurio, el vidrio hizo que éste subiese hasta la parte superior del
tubo mayor, y penetrando por el orificio inferior del tubo, lo llenó hasta que
el mercurio de dentro estuvo aproximadamente al mismo nivel que la superficie
del mercurio exterior del tubo mayor.
En cuarto lugar, quedando según nuestras mejores estimaciones un poco
más de una pulgada (2,54 cm) del tubo delgado por encima de la superficie del
mercurio envasado, y por consiguiente no estando lleno de mercurio, el orificio
que sobresalía se cerró cuidadosamente con lacre fundido, tras de lo cual
dejamos al tubo solo un rato a fin de que el aire un tanto dilatado por el
calor del lacre pudiese reducirse tras la refrigeración a su densidad usual.
Luego, merced a la mencionada tira de papel, observamos si habíamos metido algo
más o algo menos de una pulgada de aire. En cualquiera de ambos casos, nos
complacíamos en rectificar el error mediante un pequeño agujero practicado (con
un alfiler caliente) en el lacre, cerrándolo luego de nuevo.
En quinto lugar, habiendo metido así exactamente una pulgada de aire,
levantamos gradualmente el tubo delgado hasta que el aire se dilatase hasta una
pulgada, una pulgada y media, dos pulgadas, etc., observando en pulgadas y
octavos la longitud del cilindro mercurial que a cada grado de la expansión del
aire se veía impelido por sobre la superficie del mercurio envasado en el tubo.
En sexto lugar, habiendo finalizado las observaciones, realizamos
rápidamente el experimento de Torricelli con el tubo grande de seis pies de
largo arriba mencionado, a fin de averiguar la altura del cilindro de mercurio
ese día y hora concretos, altura que encontramos de 29 3/4 pulgadas (75,5 cm).
En séptimo lugar, nuestras observaciones realizadas de esta manera nos
suministraron el cuadro precedente, en el que probablemente no se hubiera
hallado la diferencia aquí expuesta entre la fuerza del aire cuando se expande
al doble de sus dimensiones primitivas y lo que esa fuerza habría de ser
exactamente según la teoría, de no ser porque la pulgada de aire encerrado
aumentaba un poco durante el ensayo. En efecto, haciéndonos sospechar esta
diferencia recién mencionada, hallamos al volver a hundir el tubo en el
mercurio que el aire encerrado había ganado cosa de medio octavo, lo que
conjeturamos que derivaba de algunas pequeñas burbujas de aire del mercurio
contenido en el tubo (tan fácil es en estos delicados experimentos no alcanzar
la exactitud). Lo ensayamos también con 12 pulgadas (30,5 cm) de aire encerrado
para dilatar; mas viéndose entonces impedida la prosecución de dichos
experimentos por ciertos inoportunos imprevistos, estableceremos en otro lugar
algunos otros cuadros precisos sobre este tema a partir de otras notas y
ensayos (si Dios nos lo permite). Mediante ellos, quizá podamos resolver si la
atmósfera debería considerarse (como ocurre usualmente) como una porción
limitada y acotada del aire o si deberíamos, en un sentido más estricto que como
hicimos antes, usar la atmósfera y la parte aérea del mundo como términos casi
equivalentes, o también si debiéramos asignar a la palabra atmósfera otra idea
relativa a su extensión y límites (pues, por lo que atañe a su resorte y peso,
estos experimentos no los cuestionan, sino que los ponen de manifiesto). Mas,
como hemos dicho, deseamos dejar estos temas para nuestro Apéndice, manteniendo
hasta entonces nuestro modo usual de hablar del aire y la atmósfera. Entre
tanto (volviendo a nuestros experimentos últimamente mencionados), al margen de
que una discrepancia tan pequeña pueda atribuirse en gran parte a la dificultad
de realizar con precisión experimentos de esta naturaleza, y tal vez la mayor
parte a cierta desigualdad en la cavidad del tubo o incluso al grosor del
cristal, aparte de eso, digo, la proporción entre las diversas presiones del
aire encerrado sin dilatar y expandido, especialmente cuando la dilatación era
grande (pues cuando el aire sólo aumentaba cuatro veces su primitiva extensión,
el cilindro mercurial, aunque era casi de 23 pulgadas (58,4 cm), no difería en
un cuarto de pulgada de lo que habría de tener según la exactitud matemática),
la proporción, digo, era lo bastante aceptable según lo que sería de esperar
como para permitimos hacer la siguiente reflexión, tomando todo esto en cuenta.
Rija o no exactamente la teoría expuesta (pues acerca de ello, como dije más
arriba, no oso determinar nada con firmeza hasta haber examinado más la
cuestión), puesto que cuando se aisló originalmente la pulgada de aire no se
cerró con otra presión que aquélla que poseía por el peso del aire que
descansaba sobre ella, no estando más comprimida que el resto del aire que
respiramos y en que nos movemos, y puesto que además esta pulgada de aire, una
vez expandida al doble de sus primitivas dimensiones, era capaz de equilibrar
el peso de la atmósfera con la ayuda de un cilindro mercurial de unas 15
pulgadas (38,1 cm), cilindro que el peso exterior del aire externo gravitando
sobre el mercurio almacenado era capaz de hacer subir en el tubo,
sosteniéndolo, cuando el aire interno, merced a su gran expansión, tenía su
resorte demasiado debilitado como para ofrecer ninguna resistencia considerable
(digo considerable porque aún no estaba tan dilatado como para no ofrecer
ninguna), puesto que, digo, estas cosas son así, el aire libre de aquí abajo
parece estar casi tan fuertemente comprimido por el peso del aire que descansa
sobre él como lo estaría por el peso de un cilindro mercurial de veintiocho o
treinta pulgadas (71,12 ó 72,6 cm), y en consecuencia no se halla en tal estado
de laxitud y libertad como el que la gente se imagina, actuando como un agente
mecánico, el decrecimiento de cuya fuerza mantiene con el aumento de dimensión
una proporción más estricta de lo que hasta ahora se sabía.
No he de pararme ahora a proponer las diversas reflexiones que se pueden
hacer sobre las anteriores observaciones relativas a la compresión y expansión
del aire; en parte porque mal podríamos evitar hacer un tanto prolija la parte
histórica [74], y en
parte porque supongo que ya hemos dicho bastante para mostrar lo que se
pretendía; a saber, que para resolver los fenómenos, en nada precisamos de la
hipótesis de nuestro adversario, y mostrarlo aparecerá como algo de no poca
importancia en nuestra actual controversia a quien considere que las dos cosas
principales que indujeron a nuestro crítico a rechazar nuestras hipótesis son
que la naturaleza aborrece el vacío y que, aunque el aire posea cierto peso y
elasticidad, con todo éstos son insuficientes para producir los fenómenos
conocidos, teniendo por tanto que recurrir para ello a su Funiculus. Ahora
bien, como hemos visto anteriormente, no ha refutado satisfactoriamente el
vacío, sino que lo ha rechazado, mientras que nosotros hemos puesto ahora de
manifiesto que la elasticidad del aire puede bastar para realizar cosas mayores
que las que nuestra explicación de los experimentos torricellianos y los de
nuestra máquina nos obligan a atribuirle. Por tanto, dado que además de las
diversas dificultades que asedian a la hipótesis que atacamos, en especial el
ser escasamente inteligible, si es que es inteligible, podemos añadir que
resulta innecesaria, nos atrevemos a esperar que aquellos lectores que no se
hallen llenos de prejuicios por su reverencia hacia Aristóteles o
las escuelas peripatéticas, difícilmente rechazarán una hipótesis (que aparte
de resultar muy inteligible se ha demostrado ahora que es suficiente) tan sólo
por abrazar una doctrina que supone una rarefacción y condensación como la que
muchos famosos naturalistas rechazaron por no ser comprensible, aun cuando no
conocían otra manera (probable) de resolver los fenómenos a explicar con ella.
§ 3. Una explicación de la rarefacción
Los principales argumentos del autor de un cierto tratado,De corporum
inseparabilitate, [75] con
los que trata de invalidar la hipótesis del peso y resorte del aire,
proponiendo y estableciendo en su lugar una hipótesis ininteligible de
atracción realizada por no se qué extraño Funiculus imaginario, son tan sólo
cinco: dos contra la primera y tres a favor de la segunda. El primero de ellos
es que el peso y resorte del aire no bastan para producir los efectos que se le
atribuyen; el segundo, que aun cuando pudieran ser producidos por esa
hipótesis, concediendo que fuese verdadera, con todo el modo de operar de ese
extraño resorte ni es explicable ni lo explican inteligiblemente sus
defensores. Ahora bien, siendo el primero de ellos poco más que una mera
afirmación, ofreciendo el segundo cierto aspecto externo de demostración,
trataré de examinarlo tal y como lo hallo expuesto en sus capítulos 20, 21, 22,
23 y 24, a los cuales (especialmente al 23) remite muy a menudo a los lectores
en su libro a modo de justificación, pretendiendo mostrar allí que la
rarefacción no se puede producir de otro modo que suponiendo que un cuerpo se
encuentre en 2, 3,4, 10,100, 1000, 1000000 lugares en el mismo instante,
llenando adecuadamente todos y cada uno de ellos.
Primero, pues, examinaremos sus argumentos negativos a favor de su
extraña hipótesis, dejando para luego los afirmativos.
Hallo los argumentos en el capítulo 20, donde trata de refutar las dos
maneras de explicar la rarefacción y resorte del aire; a saber, la de los
vacuistas y la de los plenistas.
Por lo que respecta a la primera de ellas, vérnoslo concluyendo su
imposibilidad, antes que nada por haber probado anteriormente que no puede
existir un vacío, cosa que, haciéndose circularmente (a saber, no hay vacío en
el tubo porque la naturaleza aborrece el vacío, y vemos que la naturaleza
aborrece el vacío porque no tolerará que haya vacío en el tubo por encima del
mercurio, sino que para evitarlo hará girar continuamente al mercurio en
superficies sin disminuir nunca su cuerpo), se me permitirá que pase al
siguiente punto, que es que este modo de operar es falso porque en el
experimento de la vejiga de carpa [76] el
aire se rarifica tomándose 1000 veces mayor; y no sólo eso, sino que además,
por respecto al cuerpo del oro, tiene 1000000 de veces menos materia en iguales
espacios. Lo cual, señala, constituye un fenómeno que resulta imposible de
realizar mediante vacíos intercalados [77]. Puesto
que no se puede obligar a los vacuistas a abandonar consiguientemente sus
principios con una afirmación tan audaz como ésta, quizá pueda ver la luz
mediante las siguientes soluciones que daré a todos los fenómenos que aduce y
que se siguen con naturalidad de una hipótesis que aceptaré por el
momento [78].
La figura A de Boyle.
Supongamos, pues, que las partículas de los cuerpos, al menos las del
aire, tengan la forma de una cinta; esto es, que sean unas laminae muy
largas, estrechas, finas y flexibles, enroscadas o enrolladas como lo está un
cable, una cinta, un resorte de reloj, un aro o similares. Supondremos que
todas ellas tienen la misma longitud, si bien unas poseen un resorte más fuerte
y otras, más débil. Supondremos además que cada una de tales partículas así
enrolladas posee un movimiento circular innato, de manera que pueda describir
una esfera de diámetro igual al suyo, al modo en que un meridiano que gire en
torno a los polos de un globo describirá en el aire con su revolución una
esfera del mismo diámetro que el suyo. Mediante este movimiento circular, las
partes de las laminae que tratan de alejarse del centro o eje
de su movimiento adquieren un impulso hacia afuera como el del resorte de un
reloj, habiendo de desenrollarse hasta desplegarse en toda su longitud. Mas,
hallándose rodeadas por todas partes por otras similares, no pueden hacer tal
cosa sin apartarlas, pues carecen de espacio bastante para tal movimiento. Y
cuanto más rápido es este movimiento, más tienden las partes a alejarse del eje
y por ende más fuerte es su resorte o tendencia hacia afuera. Estos cuerpos con
resorte, dotados de esta forma y este movimiento, se bastan para producir todos
los fenómenos que él cita como imposibles de explicar. En primer lugar, por lo
que respecta al tema de la expansión, se explicará muy naturalmente con ello.
En efecto, supongamos por ejemplo que el diámetro de estas pequeñas partículas
de aire enroscadas, que al estar próximas a la tierra se ven presionadas por
todas esas numerosas partículas de encima que constituyen la atmósfera, estando
por tanto tan apretujadas que sólo se pueden desenrollar muy poco, supongamos,
digo, que el diámetro de esas partículas sea de 1/1000.000.000.000 pulgadas.
Supóngase también que tengan en gran medida la forma de las representadas en la
4a figura por ABCD y que, cuando se elimine una considerable
cantidad de la presión del aire ambiente, se desenrosquen en una espira o banda
de un diámetro diez veces mayor que antes; esto es, tendrán ahora de diámetro
10/1000.000.000.000 pulgadas, apareciendo con la forma de las que se
representan en la figura por EFGH. Estas bandas, al girar en redondo como las
anteriores, describirán una esfera de volumen 1000 veces mayor, cercando así un
espacio en el que no podrá entrar ninguna de las otras bandas similares. Ello
sería así, suponiendo que esas esferas se tocasen siempre inmediatamente unas a
otras; mas, debido a su movimiento circular, siempre que se encuentran han de
golpearse necesariamente, rebotando una de otra y precisando así un espacio aún
mayor para realizar sus movimientos. Supuesto esto, no hay fenómeno alguno de
rarefacción (lo que basta ahora para responder a su crítica) del que no se
pueda dar cuenta natural e inteligiblemente. En primer lugar, por lo que
respecta a la vejiga de una carpa, si suponemos que algunas pequeñas cantidades
de aquellas laminae comprimidas se hallan ocultas entre sus
pliegues, estando muy enrolladas como para no ocupar ningún espacio sensible,
en el aire esta vejiga parecerá tener muy poco o nada en su interior. Por el
contrario, cuando la presión del aire se elimina en gran parte del exterior,
entonces esas partículas anteriormente ocultas se muestran, desenroscándose en
bandas mucho mayores, hasta el punto de poder quizá impedir que entren en un
espacio mil veces mayor sus semejantes o cualesquiera otras partículas gruesas,
como las de la vejiga. Ahora, dado que los poros de una vejiga son tales que no
resultan fácilmente permeables por las partículas de aire, estas partículas
emboscadas, al expandirse de este modo, han de inflar necesariamente los
costados de la vejiga, manteniéndola así turgente hasta que la presión del aire
que inicialmente las enrollaba sea readmitida para hacerles de nuevo lo mismo.
Luego, por lo que respecta a la rarefacción por el calor, se seguirá de
esta hipótesis con tanta naturalidad como lo anterior. En efecto, los átomos de
fuego que fluyen en gran número, pasando entre ellas con movimiento muy rápido,
han de acelerar el movimiento de dichas partículas y mediante esta aceleración
su resorte o conato hacia afuera aumentará; esto es, esas bandas poseerán tina
más fuerte tendencia a desenrollarse del todo (pues sabemos que cuanto más
rápido se mueve un cuerpo circularmente, tanto más tratan sus partes de
alejarse del centro de dicho movimiento), de donde, si hay sitio, se seguirá
una rarefacción. Por lo que respecta al transporte de luz, realizándose
según Epicuro por el movimiento local de átomos
peculiares [79], sus
movimientos aquí y allá a través de este medio se verán menos estorbados por el
aire rarificado que por el condensado, como por cierto hallaremos realmente con
experimentos.
Por lo que atañe a su tercera objeción, sacada de la supuesta virtud
atractiva del aire así rarificado, es algo a lo que se puede responder
rápidamente negándole que tenga en absoluto poder alguno de atracción, así como
mostrando (cosa que ya hemos hecho) que cualesquiera efectos que hubieran de
ser realizados según él por la atracción del aire encerrado, son realizados en
realidad por la presión del aire circundante.
Y, finalmente, los fenómenos del experimento de mi Lord Bacon son
lo bastante obvios y fáciles de deducir [80].
Así pues, concediendo a Epicuro sus principios de que
los átomos o panículas de los cuerpos poseen un movimiento innato y concediendo
nuestra suposición sobre la figura y movimiento determinados de las partículas
aéreas, todos los fenómenos de la rarefacción y la condensación, de la luz, el
calor, etc. se seguirán natural y necesariamente, y las objeciones del autor
contra este primer modo de rarefacción significarán muy poco.
Por lo que respecta al segundo modo de rarefacción por intrusión o
intervención de cierta materia sutil o éter en los espacios abandonados por las
partículas que se rarifican, que es lo que se proponen los defensores de
un Plenum, es algo que también condena el autor, tildándolo de
imposibilidad. ¿Y por qué? Primero, porque es (dice) imposible que los
mencionados fenómenos de la vejiga de carpa se puedan explicar de dicho modo.
Segundo, porque así es imposible dar razón del impetuoso ascenso del agua a la
que se deja entrar en una campana vacía. Y tercero, porque es imposible
explicar los fenómenos de la pólvora. Pasaré por alto sus razones para
confirmar estas tres imposibilidades, dado que las extrae del mero error o
ignorancia de aquellas hipótesis que han inventado los defensores de dicha
opinión, y me conformaré con explicar un modo según el cual estas
imposibilidades se pueden tornar en posibilidades cuando no en probabilidades.
Y el modo que adoptaré será el del más agudo filósofo moderno, MonsieurDes
Curtes, publicado en sus Obras Filosóficas [81], que es
éste: que el aire es un cuerpo que consta de partículas largas, delgadas y
flexibles, agitadas o girando por el movimiento rápido de los globuli
coelestes y la materia sutil de su primer elemento, con el que cada
uno de ellos es capaz de echar o expulsar de su vórtice a todas las demás
partículas agitadas. Ahora bien, cuanto más rápidamente se hacen girar estos
cuerpos, tanto más desenroscan y estiran sus partes flexibles y más
poderosamente resisten el ingreso en su vórtice de cualesquiera otras partículas
así agitadas; y consiguientemente, cuanto más lento sea su movimiento, menor
será su resistencia. Y dado que hay un vasto número de estas partículas que
giran dispuestas unas sobre otras y cada una de ellas con su gravedad peculiar,
se seguirá necesariamente que las de más abajo (que para mantener su vórtice
han de resistir una presión tan grande) han de encontrar una considerable
dificultad para expandirse como lo habrían de hacer, por otro lado, si no
existiese ninguna de esas partículas agitadas que las rodean y se interponen en
su camino; y que eliminadas éstas por algún medio o girando ellas mismas más
rápida y fuertemente gracias a un movimiento más rápido de las partículas de
sus vehículos, el primer y segundo elemento (que es según esa hipótesis un
efecto del calor), comenzarán ahora a expandirse manteniendo un vórtice mayor
que antes. Ahora bien, para realizar lo que acabo de prometer, trataré de dar
una causa posible, si no probable, de los fenómenos objetados. Y, primero, por
lo que respecta a la vejiga de carpa, donde el aire se rarifica (dice el autor)
1000 veces, esto se explicará fácilmente suponiendo esas escasas partículas de
aire que (mientras soportan la presión de toda la atmósfera que descansan sobre
ellas) se ocultan invisibles dentro de la vejiga (no siendo cada una de ellas
capaz de mantener más que un vórtice diminuto), para liberarse de la presión
del aire una vez que descienda el mercurio en el experimento de Torricelli, y
prosiguiendo igual su movimiento (por razón de que el paso de sus vehículos no
se ve en absoluto o muy poco impedido sea por el vidrio sea por la vejiga), al
tener sus partes espacio para expandirse, se desplegarán por extensiones tales
que quizá formen un vórtice 1000 veces mayor en volumen que aquél que justo
antes no podían exceder. De ahí que las partículas de aire (siendo tan gruesas
que no pueden atravesar fácilmente los poros de la vejiga) hayan necesariamente
de empujar hacia afuera los costados de la vejiga hasta la máxima extensión,
sirviendo para llenar la campana en el experimento magdebúrgico [82]. Ahora
bien, considerando que estas partículas se reducirán en virtud de la misma
presión del aire al mismo estado en que se hallaban al comienzo, esto es, a
verse apiñadas en muy poco espacio, manteniendo un vórtice muy pequeño, la
entrada del aire en el experimento dé Torricelli reduce el aire de la vejiga a
su primitiva imperceptibilidad, de la misma manera que la entrada de agua en el
experimento de Magdeburgo [83] reduce
esa campana llena de aire rarificado al tamaño de una avellana. Ahora bien, el
agua en este último experimento entra con gran impetuosidad, pues está
impulsada por toda la presión de la atmósfera y se encuentra tan sólo con la
resistencia de la pequeña fuerza de un aire tan rarificado.
Por lo que respecta a la objeción del autor contra ese modo de
rarificación, tomada de los fenómenos de la pólvora, trataré de responder a
ella mostrando que pueden explicarse mediante una hipótesis cartesiana. En
efecto, suponiendo que esas partes terrestres de la pólvora se hallen primero
en reposo, viéndose luego agitadas por el movimiento rápido de su primer
elemento [84], se dará
la suficiente diferencia entre el primero y el último estado por lo que atañe a
la extensión. Y si suponemos que la particular constitución de la pólvora
(debida en parte a las formas específicas de las partículas de sus
ingredientes, salitre, azufre y carbón, y en parte a su proporcionada, mezcla)
es tal que ceda fácilmente al movimiento de su materia subtilis tan
pronto como se le permita una entrada por la conflagración de una pequeña parte
de ella, entonces la expansión se producirá con la suficiente rapidez.
Así pues, supongamos que en una habitación cerrada tenemos un barril de
pólvora a algunos granos de la cual supondremos que se íes aplica un fuego
actual mediante el que (siendo cual es la textura de la pólvora) dichos granos
se incendian repentinamente; esto es, muchos millones de partes que
anteriormente permanecían quietas y en reposo, estallan como si dijéramos por
la acción de los carbones ardientes, adoptando una posición adecuada para ser
agitadas por el movimiento rápido de la materia subtilis que tan
pronto como se colocan en tal posición las agita y hace girar suficientemente.
De ahí se sigue una vasta expansión de esa parte de la pólvora así incendiada,
pues cada una de sus partes, viéndose así aceleradas y giradas, expelen y
expulsan con gran violencia a todas las partículas contiguas, de modo que cada
una de ellas ocupa ahora 1000 veces más campo de maniobra (si se me permite
hablar así) que el que antes convenía a su condición. Consiguientemente, las
que están más hacia afuera abandonan directamente todas ellas la parcela o
lugar en el que permanecían en reposo, viéndose apremiadas por la repentina
expansión de las partículas que se hallan contiguas a ellas por la parte
interior, de modo que todo grano o porción de pólvora con el que al acaso se
encuentren antes de perder su movimiento será dispersado, comunicándole tal
movimiento que lo toman apto para recibir la acción de la materia
subtilis. La cual materia sutil, estando presente en todas partes y no
siendo nada lenta en la realización de sus operaciones, inmediatamente los
agita como a los anteriores, de modo que en un tris las partículas de todo el
barril de pólvora se hallan de tal modo desordenadas, precisando precipitarse
con tan gran ímpetu hacia todas partes por el movimiento de la materia
subtilis, que destrozan no ya su ligera prisión de madera, desplazando
las partículas más ligeras del aire ambiente, sino también inmensas vigas,
vastas masas acumuladas de las más compactas estructuras de piedra, e incluso
sacuden la propia tierra o cualquier cosa que se cruce en su camino cuya
textura sea tan firme como para no dejar a las partículas paso libre a través
de sus poros. Entendido esto, no veo, primero, qué significan los tres
argumentos que aduce el autor para probar su objeción, pues antes de que
explote la pólvora no hay en la habitación más corpúsculos que después, ni hay
más materia o substancia antes de que cedan las paredes de la habitación y
dejen sitio a los cuerpos fluidos externos, siendo éste el único cambio: que
los globuli secundi elementi (como los llama) son expulsados
fuera de la habitación y la materia primi elementi ocupa su
sitio. Tampoco veo, en segundo lugar, qué poderosa razón tiene para su gran
conclusión. Haec abunde demonstrant, rarefactionem per hujusmodi
corpuscula nullatenus posse explicari. [85]
Habiendo examinado así los primeros argumentos del autor de que la
rarefacción no se puede producir de otro modo que del suyo, hallaremos que es
en gran medida del mismo jaez este otro que aduce para establecer su propia
hipótesis.
La rota aristotélica
Pues, en primer lugar, por lo que respecta a que su modo de concebir la
rarefacción no entraña contradicción, no sé qué otra cosa va a ser sino una
contradicción afirmar que un cuerpo está real y totalmente en este lugar y al
mismo tiempo que está real y totalmente en otro; es decir, que está y no está
en este lugar. Luego, que algunos doctos escolásticos así lo han creído; a lo
que respondo que personas más doctas han pensado de otro modo. Y finalmente que
hay muy palmarios ejemplos de similar naturaleza que se pueden encontrar en
otras cosas, de los que sólo aporta uno, a saber, el de la Rota
Aristotelica [86] que,
tras un examen, hallaremos que hace tan poco al caso como cualquier otro.
Capítulo 2
La química mecanicista
Introducción
Carlos Solís
Suele considerarse a Boyle como el «padre» de la química, con toda la
vaguedad que estas declaraciones conllevan. También podría tildársele de
«parricida». Juicios tan contrarios pueden tener ambos una cierta justificación
según atendamos a sus doctrinas o a lo que en la práctica hacía.
La química moderna se asienta sobre el reconocimiento de diferentes
especies de cuerpos elementales (definibles mediante operaciones de
laboratorio) que se asocian y disocian según leyes cuantitativas. Ahora bien,
el atomismo mecanicista del siglo XVII no contribuyó en absoluto, sino todo lo
contrario, a promover este marco teórico identificado con la revolución de
Lavoisier. La filosofía mecanicista en general, y la de Boyle en particular,
representaba la negación del nivel químico, que quedaba reducido a procesos
puramente físico-mecánicos subyacentes.
En realidad, el objetivo de Boyle coincide con el de los químicos
aristotélicos y paracelsianos a los que critica, cual es el de explicar las
causas de las cualidades [87]. La
novedad de Boyle es que trata de hacerlo eliminando las formas substanciales,
los principios paracelsianos y otras quimeras ocultas (aunque específicamente
químicas) en favor de los principios claros y diáfanos de la filosofía mecánico
corpuscular: materia y movimiento.
En la medida en que este programa se acepta, se elimina la química,
reduciéndola a una parte de la física o «filosofía natural». De este modo,
Boyle consigue conferir a los estudios químicos la respetabilidad que los virtuosi negaban
a un campo de estudio en manos de fanáticos radicales, obscuros e
impresentables; pero lo hace a costa de arrebatarle su especificidad.
Como veremos, la concepción de los elementos y los compuestos derivada
de esta química-física implicaba negar la existencia de familias naturales de
corpúsculos permanentes a través de las combinaciones y que serían la base del
análisis y síntesis químicos. Esta temprana reducción con eliminación del nivel
químico al físico resultó estéril, de manera que la influencia de Boyle y sus
seguidores, como Newton, significó si no un retraso, sí una desviación respecto
a la revolución química moderna. Las líneas que llevaron a tal revolución se
desarrollaron al margen del atomismo dinámico reduccionista de Boyle. Este
atomismo reduccionista poseía un origen epicureísta según el cual el mundo está
hecho a base de trozos de una materia uniforme cuyas variedades se explican por
los diversos movimientos de que se halla afectada. El corpuscularismo que
produce frutos en la química se encuentra desconectado de este mecanicismo de
materia y movimiento, procediendo de un corpuscularismo de corte herónico o
galénico (presente en la alquimia medieval, anteriormente al renacimiento del
atomismo epicureísta) que no hace ascos a la asociación con doctrinas
aristotélicas acerca de los elementos. De este modo no se duda en atribuir a
las partículas cualidades específicamente químicas, materializando los
principios peripatéticos y «químicos». Cuando Boyle se inicia en la química,
estas doctrinas estaban siendo propuestas en las Disputationes (1642)
de Joachim Jungius, no menos que en la obra de Daniel Sennert y la de Etienne
de Clave. Fueron estos los que, más acordes con los preceptos baconianos,
clasificaron las substancias y tabularon sus propiedades y preferencias
asociativas a fin de permitir la cosecha de Lavoisier. Sólo después, mucho
después, de que la química fuese una teoría bien desarrollada pudo tener
sentido preguntarse por los posibles fundamentos físicos de las propiedades
químicas de los elementos y de sus valores de asociación. Hacerlo antes,
iniciar un programa de reducción física eliminadora de propiedades y fenómenos
químicos antes de conocerlos, significó sencillamente un falso comienzo.
Cuando Boyle inició sus estudios químicos en su casa de Stalbridge, los
conocimientos químicos se hallaban dispersos en diversas partes. En primer
lugar, existía una gran cantidad de informaciones prácticas más que teóricas,
recogidas en diversas tradiciones artesanales; especialmente en las artes
relacionadas con el fuego (el agente de análisis fundamental) y sobre todo en
la artesanía espagírica, como la metalurgia alemana existente desde el siglo
XV. Allí se acumulaban importantes conocimientos ajenos al debate culto. En
segundo lugar, el estudio de la estructura de la materia se dividía entre la
tradición alquímica peripatética y la iatroquímica paracelsiana. La primera de
ellas, basada en los cuatro elementos clásicos, agua, aire, tierra y fuego,
había abandonado implícitamente la concepción aristotélica de la combinación
como algo uniforme [88] en
favor de unos corpúsculos que subsisten independientemente en los compuestos.
La segunda se basaba en los tres principios paracelsianos (sal, azufre y
mercurio), poseyendo en la práctica un carácter similar a la anterior. En
tercer lugar, estaba la cosmología mecanicista inducida por el epicureismo,
presente no sólo en los atomistas, sino también en Descartes. En este sentido,
tanto los plenistas cartesianos como los atomistas que aceptaban el vacío
constituían variedades de la misma especie [89]. Todo
buen mecanicista considera oculta y obscurantista cualquier doctrina química
que respete el carácter último de elementos y propiedades químicas,
proponiéndose reducir esas apariencias secundarias a la esencial operación
mecánica de corpúsculos físicos de los que lo único que se puede decir es que
tienen forma, tamaño y movimiento. El objetivo de Boyle es destruir aquellas
doctrinas genuinamente químicas de la materia en favor de explicaciones
mecánicas de este tipo. Para ello atacará las teorías de los elementos o
principios químicos y el análisis por el fuego que presuntamente los exhibe, a
base de experimentos dirigidos e inspirados por la filosofía
mecánico-corpuscular.
Las doctrinas «químicas» de mediados del siglo XVIII recurrían a un
número pequeño de principios hipostáticos (generalmente 3 ó 4), todos los
cuales entran en la composición de todos los cuerpos naturales
en diversas proporciones; esto es, todos los cuerpos naturales son cuerpos
mixtos compuestos por todos esos elementos (más bien teóricos que empíricos) en
diversas proporciones. La infinita variedad de esas proporciones da cuenta de
la desconcertante diversidad de substancias existentes, cuya organización en
clases se ve mitigada además por las impurezas y el desconocimiento de la
verdadera composición. El análisis químico se realiza básicamente por medio del
fuego, si bien éste no separa realmente los principios puros, sino otros
cuerpos mixtos que revelan el predominio de tal o cual principio, como pueda
ser un aceite (predominio del fuego), una flema (predominio del agua), etc.
El carácter subsidiario de la iatroquímica al servicio de la medicina,
unido al descrédito del naturalismo renacentista cualitativo y metafísico,
hacían de la química algo muy poco presentable en los círculos mecánicos, hasta
el punto de que Descartes apenas se ocupa de ella. En Inglaterra, aunque
formaba parte del conglomerado baconiano, pertenecía a un grupo propio. Por un
lado estaban las ciencias y artes mecánicas clásicas y prestigiosas ligadas a
la geometría; eran las ciencias y técnicas de los navegantes y comerciantes
londinenses ligados al Gresham College, entonces en pleno ascenso. Pero por
otro lado estaba la vía química de los artesanos del fuego, de los radicales y
reformistas religiosos, unida a una ideología revulsiva, obscura y mal vista, alejada
del Gresham y de Oxford. Tanto es así, que Boyle tiene que comenzar
justificando sus estudios químicos ante los de su círculo en el Prefacio
a Algunos especímenes de un intento de tornar los experimentos químicos
útiles para ilustrar las nociones de la Filosofía Corpuscular [90]. El argumento fundamental no es tanto la utilidad y beneficio en medicina
y otros oficios, cuanto su contribución al establecimiento de la filosofía
especulativa, al conocimiento de la naturaleza; esto es, a la filosofía
mecánico-corpuscular. En una palabra, lo que hace a la química algo libre de
toda sospecha es declararla un capítulo de lo que llamaríamos física, de la
filosofía natural. En efecto, aunque Boyle hizo la mayor parte de su trabajo en
el campo de lo que hoy llamaríamos química, tanto él mismo como sus
contemporáneos lo consideraban como un físico o filosofo natural. Al final de
su vida, hacia el verano de 1689, decía: «He de confesaros, pues, que cuando,
entre otros estudios, me apliqué al cultivo de la filosofía natural, pronto me
di cuenta de que cierta comprensión de las operaciones químicas, aunque no
absolutamente necesaria, era con todo altamente conducente al conocimiento de
la naturaleza, especialmente a la indagación de varios de sus más recónditos
misterios» [91].
Asimismo, su editor P. Shaw consideraba que sus trabajos caían más bajo el
título de Pneumática y Física que bajo el de Química, ya que sus intereses
residían en el descubrimiento y explicación de las propiedades de los
cuerpos [92]. En
resumidas cuentas, si Boyle se interesó por los estudios químicos, ello se
debía a intereses físicos; se debía a que la química era la calve natural para
conocer la estructura microfísica del mundo. Si perdió el tiempo
escribiendo El químico escéptico fue por el interés que esas
investigaciones tenían para la Filosofía Natural: «Consideré que escasamente
perdería el tiempo que empleaba en los estudios químicos si lo dedicaba en
parte al examen de la doctrina sobre los principios de los cuerpos naturales.
Por esta razón, en el año 1661 di a luz mi El químico escéptico para
familiarizar a los espíritus inquisitivos con mis dudas, induciéndolos a una
más concienzuda disquisición de un tema importante tanto para la filosofía
natural como para la física». [93] Fontenelle
señala muy justamente la diferencia entre el trabajo del químico y el del
físico [94]:
mientras que el químico reduce los cuerpos a principios palpables (sales,
vitriolos, etc.) mediante operaciones de laboratorio, el físico
reduce los cuerpos a entidades teóricas (átomos, texturas y
movimientos microscópicos) mediante especulaciones. Este
último es el caso de Boyle. Dicho en una palabra, para Boyle la química no es
más que la física del reino microscópico, o la llave para ese dominio, pues es
a partir de las cualidades fenoménicas de la química como se remonta a sus
orígenes inobservables de naturaleza microfísica. Como sus enemigos
peripatéticos, su objetivo es explicar las causas de las cualidades; pero
mientras que los atomistas cualitativos y estáticos lo hacen en términos de la
naturaleza química de las partículas componentes últimas (los elementos), Boyle
lo hace por recurso al atomismo dinámico epicureísta para el que no hay más que
el movimientos y disposición espacial de partículas sin cualidades, sin formas
substanciales; mientras que para los químicos corpuscularistas los átomos poseen
cualidades y formas substanciales, para los físicos corpusculares los átomos
son neutros y no poseen más que propiedades geométricas y movimiento. En el
fondo, y a pesar de su gran número de experimentos y investigaciones químicas,
a Boyle no le interesan tanto los fenómenos y las leyes de la química cuanto la
postulación imaginaria de mecanismos que produzcan las propiedades observables;
no le interesa tanto construir teorías químicas cuanto eliminar la posibilidad
de formularlas, mostrando que cada problema a explicar, cada propiedad química,
pertenece en realidad al dominio de la filosofía mecánica. En este sentido,
Boyle no es en absoluto el padre de la Química.
Prueba de esta eliminación de la química es la concepción que tiene de
los elementos. Marie Boas ha sido la primera en denunciar [95] el
frecuente mito según el cual Boyle sería el formulador del moderno concepto de
elemento. En realidad, lo que hace es explicitar el viejo concepto «químico»
para rechazarlo a continuación: «Para evitar errores, he de advertir que
entiendo aquí por elementos lo mismo que entienden por sus principios los
químicos que se expresan con mayor claridad, ciertos cuerpos primitivos y
simples o perfectamente sin mezcla que, al no estar hechos de cualesquiera
otros cuerpos o unos de otros, son los ingredientes de los que se componen
inmediatamente todos los cuerpos denominados perfectamente mixtos, y en los que
últimamente se resuelven.
«Ahora bien, lo que ahora pongo en tela de juicio es que haya tales
cuerpos que se encuentren constantemente en todos y cada uno de aquellos que se
consideran cuerpos compuestos de elementos».[96]
La razón de ello debe encontrarse en su concepción filosófica general,
como se verá en la tercera parte. Siendo las cualidades secundarias reductibles
a materia y movimiento, a esas disposiciones geométricas que constituyen las
verdaderas y genuinas u originales cualidades primarias, no pueden existir
familias naturales de substancias; siendo la forma, el tamaño y el movimiento
de los átomos (así como la configuración espacial de sus conglomerados y el
tamaño de los poros interpuestos entre ellos) algo sujeto a una variación
continua en su magnitud, habrá infinitas variedades posibles de substancias con
infinitas gradaciones intermedias. Las cualidades primarias de la materia,
frente a las formas substanciales peripatéticas, no forman familias. Los
elementos o familias naturales de substancias son absurdos para Boyle: «los
hombres distinguieron especies de cuerpos por algo así como un acuerdo tácito»,
mas esas distinciones son «más arbitrarias de lo que se cree», siendo las
especies una ilusión creada por la existencia de un nombre, pudiendo ser dos
especímenes de distinto género más semejantes que otros dos del mismo: ¿por qué
el agua y el hielo, se pregunta, son una misma especie de cuerpo y el huevo y
el pollo dos? Toda clasificación de los cuerpos es arbitraría y no
natural [97]. Un
inmediato corolario de esta concepción continuista y física de las substancias
es la creencia en las transmutaciones de los cuerpos. (En 1689 consigue la
abolición del estatuto de Enrique IV contra los «multiplicadores de oro».) Las
transmutaciones de los alquimistas, reducidas al género de los metales,
palidecen ante la posibilidad teórica de transmutaciones continuas de cualquier
cosa en cualquier otra por alteración de la estructura y movimiento de la
materia, en virtud de medios puramente físicos: «Tampoco veo por qué no podamos
concebir que ella (la naturaleza) sea capaz de producir los cuerpos
supuestamente mixtos unos a partir de otros, alterando y disponiendo de
diversos modos sus partes diminutas, sin resolver la materia en esas
pretendidas substancias simples u homogéneas. Ni veo, ya puestos, por qué
habría de tenerse por absurdo pensar que cuando un cuerpo se resuelve mediante
el fuego en sus ingredientes supuestamente simples, esas substancias no son
elementos verdaderos y propios, sino que más bien han sido producidos
accidentalmente por así decir por obra del fuego, que al disipar un cuerpo en
partes diminutas (...) los hace asociarse de manera distinta que antes
(...)» [98].
Así pues, no existen elementos ni compuestos ni familias de substancias,
por lo que tampoco pueden existir el análisis y la síntesis químicas. Estas
consecuencias teóricas tan radicales se ven con todo mitigadas en la práctica,
cuya lógica interna lleva a que determinadas concreciones secundarias funcionen
de hecho casi siempre como bloques estables en el análisis y composición
químicas, como puedan ser el oro, el mercurio, el agua, el nitro o el
tártaro [99].
Así es como de hecho procede la química en el siglo dieciocho, en gran
medida siguiendo el ejemplo experimental y crítico de Boyle, por más que ello
estuviese reñido con su filosofía mecanicista y continuista de los procesos
químicos. Asimismo, el desarrollo por su parte de técnicas de identificación de
clases de cuerpos (ácidos y álcalis, por ejemplo) nos lo muestran operando en
la práctica de maneja más baconiana y «química» de lo que su marco conceptual
sancionaba, utilizando clases de cuerpos definidos por conjuntos de cualidades
observables. La gran cantidad de testes químicos desarrollados por Boyle
(disolver el coral, hervir con sal de tártaro, cambiar el color del jarabe de
violetas o de la tintura del Brasil, precipitación o disolución de metales,
etc., etc.) muestra que la práctica de la química tiene razones y exigencias
que se imponen por encima de los dogmas teóricos. Pues bien, en este sentido
práctico Boyle, si no el padre de la química, sí es al menos el de la
experimentación sistemática y precisa en los estudios químicos.
El influjo de Boyle a través de Locke y Newton llevó a la teoría química
por un camino estéril distinto del que condujo a la revolución de Lavoisier,
camino que fue andado por aquellos atomistas estáticos que asociaron los
principios químicos con corpúsculos, formando así los bloques fijos de la
composición y descomposición [100]. Es tos
químicos, alejándose por igual de la innecesaria multiplicación de antes y de
la excesiva parsimonia mecanicista de un solo tipo de materia, se dedicaron a
identificar como elementos aquellas substancias inanalizables e indestructibles
mediante manipulación en el laboratorio químico.
El primer escrito seleccionado es un manuscrito redactado muy
probablemente entre 1651 y 1657 (quizá antes de 1654). No figura en The
Works, habiendo sido publicado por Marie Boas en «An early Versión of
Boyle’s Sceptical Chymist», Isis, Vol. 45. (1945): 158-68.
Constituye una versión substancialmente idéntica, aunque infinitamente menos
premiosa, de las cuatro primeras partes de El químico escéptico, 1661,
diferenciándose tan sólo por ser mucho más empirista y escéptica, sin adornarse
aún con la aceptación y defensa de la filosofía corpuscular. Hemos impuesto una
división en párrafos y hemos corregido sin señalarlo los abundantes errores
ortográficos del copista.
El segundo escrito ilustra el giro dado por los estudios de química de
Boyle al adoptar el programa de la filosofía corpuscular. Se trata del apartado
6, «De las imperfecciones de la doctrina del químico sobre
las cualidades», de los Experimentos, notas, etc.
sobre el origen o producción mecánica de diversas cualidades particulares;
entre lo que se inserta un discurso de la imperfección de la doctrina del
químico sobre las cualidades, junto con algunas reflexiones acerca de la hipótesis
de álcali y ácido (1675); Works, Vol. IV, págs. 273,
277-284. Hemos omitido los capítulos I-IV porque contienen básicamente las
mismas críticas que se exponen en el escrito anterior. El resto contiene una
crítica claramente inspirada en la filosofía mecánica, capaz de desentrañar más
profundamente el origen de las cualidades en mecanismos corpusculares. Así, por
ejemplo, se rechaza como superficial toda explicación de una cualidad basada en
la presencia de una substancia que la provoque, pues el hecho de que se dé en
dicha substancia exige a su vez una explicación, con lo que en el mejor de los
casos se trata de una explicación que no va a las fuentes. La intención,
evidentemente, es atacar las explicaciones mediante elementos en favor de la
desarrollada en términos de la textura atómica. Especial relieve presentan, por
tanto, los cambios de cualidades producidos sin la adición de substancias, pues
entonces el cambio ha de deberse exclusivamente a la reorganización atómica
(física) de los corpúsculos.
El tercer escrito seleccionado ejemplifica en concreto la reducción
mecanicista de una cualidad química tan importante como la fijeza (opuesta a la
volatilidad). Procede del apartado 9 de los Experimentos, notas, etc.
sobre el origen o producción mecánica de diversas cualidades
particulares, etc., titulado «Notas experimentales sobre la producción
u origen mecánico de la Fijeza»; Works, IV:
307-311. Tras el plan general de reducción esbozado en el escrito anterior,
observamos aquí cómo este tipo de explicaciones mecánicas profundas son más
programáticas que efectivas; más imaginadas que explicativas. Su generalidad y
su inevitable vaguedad no suele llevar al desarrollo de conceptos o hipótesis
independientemente contrastables, al existir un bache excesivamente grande
entre el mundo teórico y el de los fenómenos. Sin embargo, constituyen esquemas
heurísticos que ayudan a sugerir experimentos y a sistematizar observaciones y
experiencias más bien dispersas.
§ 4. Reflexiones sobre los experimentos vulgarmente propuestos para
probar los 4 elementos peripatéticos o los 3 principios químicos de los cuerpos
mixtos[101]
Los cuatro elementos aristotélicos
El experimento comúnmente propuesto en favor de la opinión ordinaria de
los 4 elementos es que, si se quema una rama verde en un fuego al aire libre,
se desprenderá primero un humo, que indica aire, y luego hervirá en los
extremos un cierto líquido, que se supone que es agua; el fuego se pone de
manifiesto por su propia luz, mientras que la parte incombustible que queda al
final no es otra cosa que el elemento tierra.
Para examinar este experimento, sentaré de entrada que entiendo aquí por
elementos esos cuerpos simples de los que se componen los mixtos y en los que
se resuelven en última instancia [102]. Afirmó,
pues, que no se pueden extraer 4 elementos de algunos cuerpos, como ocurre con
el oro, del que hasta ahora no se ha obtenido ni uno siguiera de ellos. Lo
mismo se puede decir de la plata, del talco calcinado [103] y
de otros cuerpos fijos, cuya reducción a 4 substancias heterogéneas constituye
una tarea que hasta ahora ha demostrado ser demasiado difícil para Vulcano.
Otros cuerpos hay que pueden reducirse a más de cuatro, como la sangre humana y
la de otros animales que cuando se analiza suministra flema, espíritu, aceite,
sal y tierra [104], como
atestiguan nuestros experimentos de la destilación de la sangre humana, así
como del asta de ciervo [105]. Por lo
que respecta a la rama verde, el fuego no la descompone en elementos, sino en
cuerpos mixtos disfrazados bajo otras formas: la llama no parecer ser sino la
parte sulfurosa del cuerpo encendido; el agua que hierve en los extremos dista
de ser agua elemental, conteniendo gran parte de la sal y virtud del compuesto,
razón por la cual los médicos han descubierto que resulta efectivo contra
diferentes dolencias el jugo ebullente de diversas plantas, en el que el agua
simple no se encuentra en absoluto. El humo dista tanto de ser aire, siendo por
el contrario un cuerpo mixto, que por destilación da un aceite que deja una
tierra tras de sí; que abunda asimismo en sal se puede ver por su aptitud para
fertilizar el suelo y por su amargor, así como para hacer llorar a los ojos
(cosa que no hace el humo del agua común), y más allá de toda disputa, por la
sal pura que fácilmente se puede extraer de él, de la que he preparado
últimamente cierta cantidad, extremadamente blanca, volátil y penetrante.
Habría que considerar además qué tipo de análisis por fuego ha de
determinar el número de elementos, pues el guayacán [106] (v.
g.) quemado en un fuego descubierto y en una chimenea se reduce a cenizas y
hollín, mientras que esa misma madera destilada en una retorta se despliega en
aceite, espíritu, vinagre, agua y carbón; el último de los cuales, para
reducirse a cenizas, precisa una calcinación mayor de la que es posible en un
recipiente reducido. He observado con placer en la destilación de algunas
maderas, como el boj, que si bien mientras permanecían en la retorta se
mantenían negras como el carbón, tan pronto como se sacaban de la retorta al
aire libre, se consumían inmediatamente en cenizas de un blanco puro sin la
asistencia de una nueva calcinación. Así, el azufre quemado al aire libre
produce un humo penetrante que en una campana de vidrio se condensa en ese
líquido ácido llamado aceite de azufre per campanam, mientras
que urgido por el fuego en recipientes de sublimar, asciende en flores
secas [107]. Y,
aparte de estas flores, hay otros diversos cuerpos, el mercurio, la sal volátil
de orina fermentada, las flores de benzoina [108] y
de sal de amoniaco, en los que el calor en recipientes reducidos no produce
ninguna separación de heterogeneidades, sino tan sólo una fragmentación de las
partes, siendo aquéllas que suben primero homogéneas con las otras, aunque
divididas en partículas menores; de ahí que las sublimaciones se hayan
denominado el majador de los químicos. Y así como en el análisis de los cuerpos
mixtos hay que tener en cuenta si el fuego actúa sobre ellos hallándose al aire
libre o encerrados en estrechos recipientes, del mismo modo tiene no poca
importancia el grado del fuego con el que se practica el análisis. En efecto,
un balneum [109] templado
no se separará (v. g.) de la sangre sin fermentar más que flema y caput
mortuum [110] ;
la última de las cuales (que he obtenido a veces dura, quebradiza y de diversos
colores, transparente casi como un caparazón de tortuga), bajo la presión de un
buen fuego en una retorta, produce un espíritu, un aceite o dos y una sal
volátil, a parte de una caput mortuum. Asimismo, el plomo con
un grado de fuego se tomará en minio y, con otro, se vitrificará, no sufriendo
con ninguno de ellos separación alguna de elementos. Y si se le permite a un
aristotélico hacer que las cenizas (que él confunde con tierra) pasen por un
elemento, ¿por qué no habría de poder un químico, por el mismo principio,
defender que el vidrio es uno de los elementos de muchos cuerpos, dado que tan
sólo con un grado más de calor sus cenizas se pueden vitrificar?
Los tres elementos de Paracelso
Por lo que respecta a los filósofos por el fuego [111], quienes
sirviéndose del fuego demuestran que los ingredientes adecuados de los cuerpos- mixtos
son sus tres principios hipostáticos, sal, azufre y mercurio, o bien un
principio mercurial o espirituoso, uno sulfuroso o urinoso y otro salino: 1. no
es totalmente incuestionable que si se separan tres principios de los cuerpos
sea porque preexistían en ellos, pues tal vez cuando el fuego separa las partes
de los cuerpos, los átomos ígneos [112] se
asocien de diversos modos con las partículas desmembradas del cuerpo disuelto o
quizá también produzca diversas combinaciones entre sí de los principios
liberados del mismo cuerpo, de manera que de esa unión o al menos cohesión
puedan resultar mixtos de un tipo nuevo. En efecto, vemos claramente que según
que el cuerpo a analizar se exponga a una mayor o menor violencia del fuego,
participa más o menos de sus átomos, cuya impresión, cuando resulta prominente,
se denomina por consiguiente eμπύρeνμα [113]. Es algo
que en cierta ocasión ensayé a propósito con aceite de anís que, preparado con
agua en un alambique, poseía el vigoroso y genuino carácter del producto, si
bien habiendo destilado esas semillas en una de las retortas abiertas de
Glauber, descrita en su segundo horno filosófico [114], produjo
un aceite tan empireumático que quienes lo olieron no podían conjeturar de qué
substancia se había extraído. No se entendería fácilmente (sin conceder que el
fuego no sólo separa, sino que altera los ingredientes de los mixtos) cómo es
que la miel y el azúcar que son tan dulces y agradables al gusto, habrían de
dar por destilación (como yo he experimentado) espíritus de características tan
ásperas, penetrantes y desagradables como los que producen; y el aceite, que es
tan suave y untuoso como para proteger a otros cuerpos de la corrosión, sin
embargo por destilación produce gran cantidad de un líquido bastante corrosivo.
Por más que para probar que el fuego es el verdadero analizador de los cuerpos
se aduzca que constituye la definición misma del calor dada por Aristóteles (:
congregar lo homogéneo y separar lo heterogéneo), yo respondo que este efecto
dista de ser esencial al calor. En efecto, considero que la genuina propiedad
del calor es disociar las partes de los cuerpos [115],
subdividiéndolas en pequeñas partículas sin reparar en que sean homogéneas o
heterogéneas, tal y como se muestra al hervir agua, mercurio o cualquier otro
cuerpo cuyas partes no sean desemejantes [116], en los
que lo único que puede hacer el fuego es dividir al cuerpo en numerosísimas
partes que son de la misma naturaleza unas respecto a otras, así como respecto
a su todo, tal y como pone de manifiesto su reducción por condensación. Incluso
cuanto más parece congregar el fuego lo homogéneo y disgregar lo heterogéneo,
no produce dicho efecto más que por accidente, pues lo único que hace el fuego
es disolver el cemento o contextura que mantiene juntas las partes heterogéneas
de los cuerpos bajo una forma común. Tras dicha disolución, las partículas
componentes del mixto, soltándose y liberándose, se asocian cada una con sus
semejantes de manera natural y no por operación alguna del fuego, o más bien
ocupan aquellos lugares que les asignan sus diversos grados de gravedad y
ligereza, fijeza o volatilidad (sea natural o adventicia por los átomos del
fuego). Así, en la destilación (v. g.) de la sangre humana, el fuego empieza
primero a disolver el nexo del cuerpo y luego, siendo el agua lo más volátil y
fácil de extraer, es elevada en primer lugar por los átomos ígneos hasta que,
abandonada por ellos, su peso la hunde en la campana. Entretanto, las otras
partes del compuesto permanecen sin separarse, exigiendo un grado de calor más
fuerte la separación de sus elementos más fijos, por lo que el fuego ha de
incrementarse, arrastrando consigo la sal volátil y el espíritu, ya que aunque
sean distintos principios y de diversa consistencia, con todo poseen una
volatilidad casi igual. Tras ellos, como menos fugitivo, viene el aceite,
dejando detrás la tierra y el álcali que, siendo de igual fijeza, no los separa
el fuego a pesar de todas las definiciones de las escuelas. Si en una retorta
de cerámica o hierro al rojo se vierte la materia a destilar, veréis que el
fuego predominante eleva todos los elementos volátiles mezclados en un humo,
para ocupar luego sus lugares en la campana según el grado de su volatilidad,
adhiriéndose la sal en su mayor parte a las paredes y a la parte superior y
pegándose la flema también allí en goterones. El aceite y el espíritu se
situarán debajo o encima uno de otro según que su peso los haga hundirse o
sobrenadar. En efecto, se puede observar que por más que el aceite o líquido de
azufre sea uno de los elementos separables mediante este análisis ígneo, con
todo el calor que une accidentalmente las partículas de otros principios
volátiles no realiza siempre la misma operación, habiendo varios cuerpos que
suministran 2 aceites, uno de los cuales se hunde hasta el fondo de ese
espíritu sobre el que el otro sobrenada, como puedo mostrar en algunos aceites
de la misma sangre de ciervo; es más, puedo mostraros dos aceites de la misma
sangre humana que no sólo difieren extremadamente en color, sino que nadan uno
sobre el otro sin mezcla y, si se confunden por agitación, se divorciarán de
nuevo por sí mismos.
Mas, a decir verdad, no disponemos de suficientes experimentos para
poder definir las operaciones del calor, pues aunque hayamos podido mostrar que
su efecto adecuado no es dividir los cuerpos en sus heterogeneidades
elementales, a la hora de pasar a la parte positiva de la doctrina sobre los
efectos del calor, hallaremos difícil determinarlos distintamente, siendo las
operaciones del fuego muy diversas según los distintos grados de su intensidad
y modo de aplicación, y según las diversas condiciones del cuerpo o cuerpos
sobre los que opera. En efecto, en ocasiones parece dividir tan sólo el cuerpo
en partículas menores sin separación de principios elementales, y eso o bien
transitoriamente tan sólo, esto es, mientras que los átomos ígneos están de
hecho presentes, impidiendo con sus ágiles movimientos la unión de las
partículas componentes, tal y como vemos en la fusión de plata y oro que,
abandonados por el calor que mantiene sus partes separadas, retornan a su
compactibilidad primitiva; o bien de modo más duradero, tal y como vemos en el
plomo reducido a minio, en el mercurio precipitado per se [117] en
un polvo rojo y en el talco calcinado per se mediante un fuego
fuerte y prolongado, todos los cuales retienen su recientemente adquirida
discontinuidad y disfraz aunque los abandone el fuego que así los ha alterado.
A veces el fuego separa de los cuerpos heterogeneidades que parecen y se consideran
sus ingredientes elementales, como cuando extraemos del asta de ciervo una
flema o agua, un espíritu y una sal volátil, un aceite y una aparente tierra
insípida. En ocasiones, divide sus partes más fijas y volátiles, por más que
ambas disten bastante de ser elementales, como cuando al quemar madera el fuego
la reduce a humo y cenizas, si bien estas últimas se componen de tierra y sal
y, al condensarse el primero en hollín, muestra contener tanto sal como aceite
y espíritu y tierra (y quizá también flema) que, siendo casi igualmente
volátiles con ese grado de calor que los obliga a ascender (contribuyendo quizá
las partes más volátiles tanto como el impulso del fuego a elevar las más
fijas, tal y como vemos en el colcótar [118] dulcificado,
sublimado por la sal de amoniaco mezclada con él), se elevan juntos, aunque se
pueden separar luego mediante otros grados de fuego, cuya ordenada gradación
permite que se ponga de manifiesto la disparidad de sus volatilidades. Otras veces,
el fuego más que separar une los cuerpos de diversa naturaleza, con tal de que
sean de una fijeza casi semejante, poseyendo las formas de sus partes una
aptitud para la coalición, tal y como observamos en la confección de muchos
emplastos, ungüentos, etc. y en la mezcla por fusión de latón y peltre, con la
que los artesanos hacen una soldadura de buen uso. Asimismo se observa muy bien
en la manufactura del jabón, en la que la sal, agua y aceite o grasa, que sin
la intervención del calor no podrían mezclarse, se hierven e incorporan en una
masa que posteriormente el calor no dividirán en aquellos cuerpos de cuya unión
resultó. A veces, al encontrarse el fuego con cuerpos extremada y casi
igualmente fijos, en lugar de producir una separación, realiza una unión tan
estricta que él solo es incapaz de disolverla, tal y como vemos cuando una sal
alcalizada, el residuo térreo de las cenizas y la arena se tornan por
vitrificación en un cuerpo permanente que desafía la mayor violencia del fuego,
el cual por más que sea capaz de casar sus partes, no puede divorciarlas. En
ocasiones, el fuego templa cuerpos tan diversos como los fijos y volátiles, de
tal forma que él mismo no puede luego separarlos, sino tan sólo pulverizarlos,
como vemos en las flores de sal de amoniaco [119], donde
la sal marina se encuentra tan unida a las dos sales volátiles predominantes
(de jabón y orina) que todas tres, como si fuesen una, se subliman juntas y en
los recipientes normalmente usados con ellas su unión parece indisoluble por el
fuego (pues puedo mostraros sal de amoníaco que tras la novena sublimación aun
mantiene su naturaleza compuesta).
Mas, por otro lado, es muy posible, como me ha enseñado la experiencia,
realizar cierta separación de las partes de esa composición fugitiva, y así
vemos que el colcótar dulcificado, aunque sea un cuerpo muy fijo, subirá con
sal de amoniaco para sublimarse luego con ella (si trabajáis bien), como si
ambos no formasen sino un cuerpo. He de añadir que el grado y modo de
aplicación del fuego concurre eminentemente a variar sus efectos, como en el
jabón, donde el fuego realiza una unión de cuerpos de diversa naturaleza;
aunque si exponéis el cuerpo así fabricado a un grado más fuerte de fuego en
una retorta, practicareis entonces una separación, aunque no de las substancias
unidas, sino de otras más próximas a un carácter elemental, especialmente un
aceite de una calidad muy distinta de aquél que se utilizó para fabricar el
jabón. De este modo, diversos cuerpos que el calor eleva primero por la sal de
amoniaco, uniéndolos con ella por sucesivas sublimaciones (retornando lo que
asciende a lo que queda), pueden separarse de nuevo de ese cuerpo más fugitivo,
y así hallamos que el antimonio expuesto a un calor moderado expulsará numos
que pueden recogerse en flores de aproximadamente casi la misma naturaleza
(aunque de una cualidad un tanto más operativa) que el cuerpo del que proceden,
mientras que lo que resta puede convertirse con un grado de fuego en un vidrio
transparente. Y he visto que mediante otro grado de fuego ese vidrio se
convierte en un régulo [120] que,
por lo que sé, era susceptible de vitrificarse de nuevo.
Pero, en siguiente lugar, nunca he podido ver que el fuego dividiese el
oro en nada menos que tres heterogeneidades elementales, sal, azufre y
mercurio. No quiere esto decir que se ose negar perentoriamente que se pueda
extraer del oro un tipo de azufre, dejando el resto del cuerpo privado de su
color usual [121], ni que
no se extraiga del oro un mercurio real (habiéndome comunicado Sir K.
Digby [122] que
había hecho esto último); mas por lo que atañe a la sal de oro, nunca se me
convencerá de que se haya separado nunca in rerum natura [123],
mediante la comunicación de algún testigo fiable. Además, en caso de que silo
grase con esos costosos materiales de que hablan, al producirse la extracción
de esa sal dorada mediante la utilización de menstruos [124] corrosivos,
o la intervención de otros cuerpos salinos, permanecerá en la duda si la sal
emergente es la del propio oro o la de los cuerpos o espíritus salinos
empleados para prepararla. También vería con gusto cómo se separan estos 3
principios del tipo más puro de arena virgen, de la lapis
osteocolla [125], de la
plata refinada, del mercurio liberado de su azufre adventicio o del talco que,
merced a una prolongadísima detención en una reverberación [126] extrema,
no puede más que dividirse en partículas menores (y no en principios
constituyentes). Si bien no negaré de manera tajante la posibilidad de analizar
estos cuerpos en su tria prima [127], con todo debo suspender el juicio hasta que me convenza o la experiencia
o un testimonio competente. Los procesos de los químicos relativos a las
preparaciones analíticas de oro o mercurio dejan a las personas cautas dudando
de si las heterogeneidades producidas son o no verdaderamente los principios
hipostáticos o tan sólo algunas mezclas de los cuerpos separados con aquéllos
empleados para operar sobre ellos, como es evidente en los aparentes y
supuestos cristales de plata y en los de mercurio [128].
Hay luego otros cuerpos que en su resolución dan más de 3 principios.
Así, el guayacán, en virtud de una cuidadosa destilación y sin ninguna adición
extraña, suministra (además de aceite, sal y espíritu) un vinagre fuerte que
muchos otros cuerpos no darán. De las uvas diversamente procesadas se pueden
extraer más heterogeneidades que de la mayor parte de los demás cuerpos mixtos,
pues las propias uvas, secadas en forma de pasas y destiladas, suministrarán
una considerable cantidad de un aceite empireumático y un espíritu del vino. El
zumo fermentado de uvas suministrará un spiritus ardens que si
se rectifica [129] adecuadamente,
arderá completamente sin dejar ningún residuo. Ese mismo zumo fermentado, al
degradarse en vinagre, produce un ácido y espíritu corrosivo. El mismo zumo
preparado se arma con tártaro del que se puede separar nema, espíritu, aceite,
sal y tierra, sin contar las substancias que se pueden sacar del propio vino,
probablemente diferentes de aquéllas que se separan del tártaro, que es un
cuerpo por sí mismo que se parece a pocos de los existentes en el mundo, si es
que se asemeja a alguno.
Una vez más, hallándose contenidas la flema y la tierra en la mayor
parte de los cuerpos, además de esos 3 elementos hipostáticos, ¿por qué habrían
de excluirse del número de los elementos, denominándose éstos así en razón de
que constituyen los cuerpos mixtos? Y si el cuerpo mixto no nos resulta inútil,
esas partes constituyentes sin las que no serían tal cuerpo mixto no pueden
considerarse inútiles para nosotros.
Asimismo, esas substancias heterogéneas que los químicos consideran
elementos componentes de los cuerpos distan bastante de tener una simplicidad
elemental, pudiendo considerarse como cuerpos mixtos que retienen algo de la
naturaleza de aquellas concreciones de que se extrajeron. Así, vemos que el
espíritu de tártaro difiere del de asta de ciervo y éste a su vez del espíritu
de vinagre. En química es manifiesto no sólo que los spiritus ardientes de
vegetales fermentados difieren unos de otros, sino también que los espíritus de
cuerpos sin fermentar manifiestan una gran disparidad, sea a nuestros sentidos,
sea en sus operaciones. También las sales, si fuesen todas elementales,
diferirían tan poco como las gotas de agua pura y simple. Los químicos y
médicos adscriben a las sales fijas de cuerpos calcinados las virtudes de sus
concreciones y, por ende, operaciones muy diversas. Así hallamos que el álcali
de ajenjo [130] es
muy recomendado en los desarreglos estomacales, el de eufrasia [131] para
la vista débil y el de guayacán (una gran cantidad del cual no produce más que
un poco de sal) para las enfermedades venéreas, poseyendo además un poder
purgativo, si bien no he tenido aún ocasión de probarlo.
Pero, a fin de mostrar aún más la disparidad de las sales, mencionaré en
primer lugar la visible diferencia que se da entre las sales vegetales fijas y
las animales volátiles; y añadiré que incluso entre las propias sales volátiles
hay una considerable diferencia, tal y como se muestra por las diferentes
propiedades de la sal de ámbar, la sal de orina, las sales de cráneo humano
(tan alabadas contra la epilepsia) y otras muchas; y esta diversidad es tan
discernible al ojo por sus figuras, que la de asta de ciervo se adhiere a la
campana en forma casi de un paralelepípedo, y la de la sangre humana
(largamente digerida [132] con
espíritu de vino) posee una buena cantidad de granos con a figura de un rombo,
y quien compare esa sal volátil de olor ofensivo con la inodora sal fija de
tártaro concluirá fácilmente que difieren tanto entre sí como de la simplicidad
elemental. Esta disparidad es también prominente en el azufre o aceites
químicos extraídos de las cosas, puesto que retienen tanto el olor, sabor y
virtudes de los cuerpos de los que se han extraído, que no parecen sino las
crasis materiales de sus compuestos. Así, los aceites de canela, clavos, nueces
moscadas, etc. no parecen sino ser las partes aromáticas unidas que ennoblecían
esos cuerpos, y es cosa conocida que el aceite de canela y el de clavos (lo que
he observado también en los aceites de diferentes maderas) se hunde hasta el
fondo del agua, mientras que los de nueces moscadas y otros diversos vegetales
flotan en ella. El aceite abusivamente denominado espíritu de rosas flota en la
superficie del agua en forma de una manteca blanca, cosa que no recuerdo haber
observado en ningún otro aceite extraído en un alambique; con todo, existe un
procedimiento (que no voy a exponer aquí) mediante el que he visto que sale en
forma de otros aceites aromáticos para delicia y admiración de quienes lo
contemplan. En el aceite de semillas de anís, que he extraído con y sin
fermentación, observé que todo el cuerpo del aceite se espesaba en un lugar
frío, adquiriendo la consistencia y apariencia de una mantequilla blanca que
sin el menor calor adquiría de nuevo su primitiva liquidez. Asimismo, en el
aceite de oliva obtenido en una retorta, he visto esa coagulación espontánea en
la campana, y poseo una dosis de él congelada que presenta un olor tan
extrañamente penetrante que parece como si fuese a perforar las narices de
quienes se le aproximan. De este modo, la diferencia en los aceites destilados
de vegetales y animales resulta considerable y obvia. No me considero lo
bastante experimentado como para aventurarme a determinar qué disparidad pueda
darse entre las sales, azufres y mercurios de los minerales. Mas el azufre de
antimonio [133] que
es vehementemente vomitivo y el de vitriolo [134] me
inclinan a pensar que no sólo difieren los azufres minerales de los vegetales,
sino que también difieren entre sí, reteniendo gran parte de la naturaleza de
sus compuestos. Así, Sir K. Digby me aseguró que había visto varias veces que
el mercurio de plomo [135] (que
a pesar de las promesas de los autores hallareis muy difícil de preparar en
cantidad considerable) se fijaba en oro perfecto, y habiéndole preguntado yo si
cualquier otro mercurio podría o no haberse transformado mediante las mismas
operaciones, me aseguró que no, lo que habla a favor de la existencia también
de una diferencia en los mercurios metálicos. Añadiré que esos mismos cuerpos
que los químicos llaman flema y tierra distan también de la simplicidad
elemental. En efecto, vemos que la flema [136] de
vitriolo es un remedio muy efectivo contra las quemaduras; la flema de saturno
dícese que posee propiedades muy peculiares [137], y la
flema o espíritu de vino, así como otros diversos líquidos que se ven
indiscriminadamente desestimados como flema, están dotados de cualidades que
los hacen diferir del agua así como irnos de otros. Mientras que los químicos
usan llamar al caput mortuum de lo que han destilado (una vez
extraído por afusión de agua su sal) térra damnata o tierra,
se puede poner en duda que esas tierras sean todas ellas perfectamente
similares, y difícilmente se puede dudar de que haya algunas de ellas que
permanecen aún sin reducir a una naturaleza elemental. Las cenizas de madera,
privadas de la sal, y las cenizas de hueso o asta de ciervo calcinada (que los
refinadores utilizan como comprobante, al ser lo que se halla más libre de sal)
parecen diversas, y quien compare cualquiera de esas cenizas insípidas con cal
viva (y más aún con talco calcinado, aunque esté exquisitamente dulcificado por
afusión de agua) [138] tal
vez encuentre razones para considerarlas cosas de naturaleza un tanto diversa.
Es evidente en el colcótar que la más exacta calcinación seguida de una
exquisita dulcificación no siempre reduce el cuerpo que resta a una tierra
elemental, pues una vez que la sal (o vitriolo, si la calcinación ha sido
demasiado débil) se ha extraído del colcótar [139], el
residuo no es tierra, sino un cuerpo mixto rico en virtudes médicas (como nos
ha enseñado la experiencia) y que Angelus Sala afirma que es en parte
reductible a cobre maleable.
De lo que se ha dicho no se puede sino inferir tanto que mediante el
análisis común del fuego no se resuelven adecuadamente todos los cuerpos en el
mismo número de substancias componentes, como que las heterogeneidades
separadas de ellos por el fuego no son lo suficientemente simples para ser sus
ingredientes o principios elementales, débase ese carácter compuesto bien a la
mezcla de los átomos de fuego con las partículas de los cuerpos separadas por
él, bien a que las diversas substancias se combinan tan intrincadamente por la
primitiva violencia del fuego que.después, sin una larga digestión o algún otro
procedimiento diestro y tedioso (rara vez practicado en el análisis vulgar de
los cuerpos), no se pueden separar, como vemos en diversas cosas sublimadas con
sal de amoniaco, así como en la sublimación de sales y azogue cuando
preparamos Mercurii dulcís [140] ; o
bien a que las propiedades seminales del compuesto se difunden, siendo lo
bastante obstinadas como para evitar verse destruidas por la operación del
fuego, tal y como vemos que las partículas purgativas de algunos médiums pasan
sin ser destruidas por todas las diversas y elaboradas digestiones del cuerpo
de la nodriza, sobreviviendo bastante vigorosamente en la leche para purgar al
niño de pecho. Y por más que algunos químicos pretendan que mediante ulteriores
purificaciones pueden reducir los ingredientes separados de los cuerpos mixtos
a una simplicidad elemental, de tal modo que los aceites (v. g.) extraídos de
todos los mixtos se asemejen tan perfectamente unos a otros como las gotas de
agua, yo he negarme a creer en sus afirmaciones hasta tanto sus experimentos lo
exijan; y entretanto, considero un tanto improbable que puedan separar
verdaderamente tantas substancias distintas del oro (por ejemplo) o de la
osteocola, cuantas podemos extraer del vino o del vitriolo, así como que el
mercurio (por ejemplo) de oro o saturno [141] sea
perfectamente de la misma naturaleza que el de asta de ciervo, y que el azufre
de antimonio no sea más que numéricamente distinto de la manteca o aceite de
rosas.
Un solo elemento
Mas ahora quizá penséis que deba decir algo de la opinión de
Helmont [142]. Este
agudo y audaz artista afirma que todos los cuerpos mixtos derivan de un
elemento y que vegetales, animales, marcasitas [143],
piedras, metales, etc. no son materialmente más que simple agua disfrazada bajo
estas diversas formas por la virtud formativa de sus semillas.
Que el agua es la materia primitiva y universal es algo que han creído
otros, y en Génesis, I, parecen mencionarse las aguas como causa
material de todo cuanto constituye el universo [144], cuyas
partes componentes emergieron ordenadamente, por así decir, del abismo merced a
la operación del espíritu divino, del que se dice que ha estado moviéndose a sí
mismo, a la manera de las hembras criando, sobre la superficie del agua; la
cual, hallándose divinamente impregnada con las semillas de todas las cosas,
estaba cualificada por esta incubación productiva para engendrarlas. Mas aunque
el relato sea en cierto sentido mucho más antiguo que Helmont, con todo él
trata de sostenerlo con argumentos propios, pareciendo ser tres los más dignos
de consideración: la reducción última de los cuerpos mixtos a agua insípida,
las vicisitudes de los supuestos elementos y la producción de cuerpos
perfectamente mixtos a partir de agua simple. En primer lugar, dice, la sal
árculatus de Paracelso o líquido alcahesto [145] resuelve
adecuadamente las plantas, animales y minerales en un líquido o más según sus
diversas e internas disparidades de partes (sin caput mortuum o
la destrucción de sus virtudes seminales) y siendo extraído el alcahesto de
esos líquidos con el mismo peso y virtud con que los disolvió, los líquidos
pueden ser desprovistos totalmente de sus dotes seminales mediante frecuentes
cohabitaciones con yeso o alguna otra materia idónea, retomando al fin a su
materia primera, agua insípida. Sería temerario decir algo de este argumento
sin conocer la preparación y sin poder examinar el modo de operar de esos
prodigiosos menstruos, pues si bien por una parte Helmont puede haberse
equivocado al tomar por agua elemental algo que no lo era, basándose en que
resultaba insípido (ya que yo mismo conozco un menstruo extrañamente disolvente
que es insípido), por otra parte no oso negar que se pueda dar con un líquido
que supere con mucho todos nuestros menstruos corrosivos. Entretanto, no sin
cierta sorpresa, he observado en el análisis de los cuerpos cuán grande
proporción de agua entra en la composición de diversos de ellos, cuyo aspecto
no hacía esperar nada ni de lejos semejante. Algunas maderas duras y sólidas
producen más de agua sola que de todos los demás elementos. La destilación de
anguilas, aunque nos proporcionó algo de aceite, espíritu y sal volátil, aparte
del caput mortuum, eran todos éstos tan desproporcionados con
respecto al agua que se extraía de ellas (y en la que al principio hervían como
en una cazuela) que no parecían haber sido más que flema coagulada; lo que
abunda asimismo en las víboras, por más que sean tenidas por muy calientes en
su modo de operar y, en un aire conveniente, habrían de sobrevivir algunos días
a la pérdida de sus cabezas y corazones, tan vigorosa es su vivacidad. La
propia sangre humana, aun cuando se tenga por un líquido espirituoso y
elaborado, abunda tanto en flema, que el otro día, de unas 7 1/2 onzas de
sangre pura, extrajimos casi 6 onzas de flema antes de que comenzase a subir alguno
de los principios más operativos, invitándonos a cambiar el recipiente. A fin
de asegurarme de que algunas de estas flemas animales se hallaban lo
suficientemente desprovistas de espíritu como para merecer tal nombre, no me
contenté con probarlas, sino que vertí sobre ellas sin éxito líquidos ácidos
para ver si contenían alguna sal o espíritu volátil que (de haber alguno en
ellas) probablemente se habría puesto de manifiesto por su enemistad con el
líquido derramado sobre ellas. Y ahora que hablo de espíritus corrosivos, debo
advertiros que si bien no parecen ser otra cosa que sales líquidas, con todo
abundan en agua, como podéis observar, bien si trabáis su parte salina
haciéndolos corroer algún cuerpo adecuado, fijándola de ese modo (como hemos visto
con el aceite de vitriolo [146] mezclado
con la debida proporción de agua que, al disolver el azogue, ligaba de tal modo
sus partículas de sal en el cuerpo disuelto, que la mayor parte se tornaba
flema), o bien si los mortificáis con una sal contraria, como observamos cuando
el aceite de vitriolo, mediante la afusión de aceite de tártaro per
deliquium [147], ve sus
partes salinas precipitadas al fondo, flotando sobre éste una copiosa flema. Es
algo que he observado mucho más claramente en la preparación del bálsamo
Samech [148] con
vinagre destilado (en lugar de espíritu de vino), siendo difícil de creer
cuánta cantidad de este espíritu ácido convertirá en flema la pequeña cantidad
de sal de tártaro con que se destila, gracias a la mortificación y retención de
la sal ácida, antes de que esté tan plenamente impregnada como para no robar
más. Y si bien el espíritu de vino parece el más libre de agua de todos los
líquidos por ser tan ígneo como para arder completamente en una cuchara, con
todo Helmont afirma incluso que este líquido ardiente es con toda probabilidad
materialmente agua bajo una apariencia sulfurosa. En efecto, en la fabricación
de esa excelente medicina, el bálsamo Samech de Paracelso (que no es más que
sal de tártaro dulcificada destilando de ella espíritu puro de vino), la sal de
tártaro de la que se destila, habiendo retenido o habiendo privado al espíritu
de vino de sus partes sulfurosas, el resto, que constituye con mucho la mayor
parte del líquido, retomará a flema. Del mismo modo que en el argumento
anterior Helmont trataba de probar que el agua es el único elemento por su
resolución última, una vez que mediante su alcahesto o algún otro agente
conquistador se han destruido las semillas que la enmascaraban o cuando en
virtud del tiempo se gastaban y agotaban, siendo incapaces ya de representar
sus papeles en el escenario del universo, así en este otro argumento trata de
demostrar la misma conclusión sirviéndose de la constitución de los cuerpos,
que afirma no ser otra cosa que agua dominada por virtudes seminales. De los
diversos ejemplos que pone de plantas y animales (pues no recuerdo que ponga
ninguno de minerales) elegiré este notable experimento. (Helm., pág. 190 [149] ).
Tomó 200 libras (90,8 kg) de tierra secada en un horno y, poniéndola en un
tiesto y humedeciéndola con agua de lluvia, plantó en ella el tronco de un
sauce (dicho sea de paso, he visto cómo los vástagos de 1/2 yarda (45 cm) de
dicho árbol crecen maravillosamente con sólo clavarlos en el suelo; y
últimamente he visto un tipo de sauce uno de cuyos retoños de un año era más
largo de lo que yo podía alcanzar con una espada y un brazo estirados) de un
peso de 5 libras (irnos 2 1/4 kg). Lo regó según sus necesidades con agua de
lluvia o destilada y, a fin de evitar que la tierra vecina entrase en el
recipiente, utilizó una chapa de hierro estañada (de esa materia, supongo, que
los franceses llaman fer blanc) y perforada con muchos
agujeros. Después de transcurridos 5 años, sacó el árbol y lo pesó y (sin
contar las hojas que habían caído 4 otoños) halló su peso de 169 libras y unas
3 onzas (unos 77 1/2 kg), y habiendo secado de nuevo la tierra en que había
crecido, halló que de su primitivo peso de 200 libras sólo faltaba un par de
onzas (56,7 g), de donde concluyó que 164 libras (74 1/2 kg) de las raíces,
madera y corteza que formaban el árbol procedían únicamente del agua. Traté de
realizar el mismo ensayo de manera menos tediosa el verano pasado, mas debido a
algunos accidentes hube.de perder la mejor estación del año para tal propósito,
hallándome a mediados de Mayo antes de poder iniciar el experimento que hubiera
de haber tenido ya 2 meses. Mas os lo comunico tal y como pasó. En la época
mencionada, hice que mi jardinero cavase una cantidad conveniente de buena
tierra a fin de secarla bien en un homo, pesarla y ponerla en un tiesto de
barro casi al mismo nivel que la superficie del suelo, poniendo en ella una
semilla seleccionada de chayóte, que es una variedad india [150] de
calabaza. Le mandé que regase esta semilla sólo con agua de lluvia o de fuente.
Observé con deleite cuán rápido crecía aunque se hubiera plantado fuera de
estación, si bien la llegada del invierno le impidió alcanzar su magnitud
debida y usual, lo que me obligó a recogerla sobre mediados de
octubre, cosa que hizo mi jardinero, quien me envió este informe: he pesado la
calabaza con el tallo y las hojas, todo lo cual pesaba 3 libras menos un cuarto
(1 1/4 kg); tomé luego la tierra, la horneé como anteriormente y hallé tanta
como la primera vez, lo que me hizo pensar que no la había secado lo
suficiente. La puse entonces dos veces más en el homo después de sacar el pan y
la pesé de nuevo, hallando que muy poco o nada había mermado. El mismo
experimento se puede realizar de manera igualmente conveniente con las semillas
de cualquier planta cuyo crecimiento sea rápido y su tamaño voluminoso; si el
tabaco creciera bien en estos climas más fríos en tierra sin abonar, no estaría
de más hacer pruebas con él, pues aunque sea una planta anual en los lugares
donde prospera, crece en ocasiones Unto como un hombre alto, y en mi jardín he
tenido hojas suyas de cerca de 1 1/2 pies (45 cm) de anchura. Mas la próxima
vez que realice este experimento lo haré con varias semillas del mismo tipo y
en el mismo tiesto de barro, a fin de que el fenómeno sea más palpable. Pero he
realizado también en mi habitación otros ensayos expeditivos. Cogí una punta de
menta de algo así como una pulgada de larga (2.5 cm y la puse en una buena redoma
llena de agua pura de fuente de manera que la parte superior de la menta
estuviese por encima del cuello del vaso y la inferior, inmersa en el agua. Al
cabo de unos pocos días, esta menú comenzó a echar raíces en el agua y- a
mostrar sus hojas y a tirar para arriba, teniendo en breve tiempo numerosas
raíces y hojas, siendo estas muy fuertes y fragantes, con el olor de la menta.
Pero el calor de mi habitación, creo yo, mató la planta cuando hubo crecido
hasta tener un tallo bastante grueso, el cual, junto con las diversas y
ramificadas raíces que echó en el agua, como si de la tierra se tratara,
presentaba en su tiesto transparente un espectáculo nada desagradable de
contemplar. Ensayé esto mismo con mejorana dulce, y el experimento saldrá
también aunque un tanto más lentamente con melisa o poleo y, por lo que se, con
otras plantas. El agua usada por mí no se renovaba ni cambiaba y elegí agua de
fuente más bien que de lluvia porque esta última es más claramente una especie
de πανσπeρμια [151] que
contiene en sí (además de los influjos celestes o exhalaciones de los cuerpos
celestes que se supone que la impregnan) una notable y fertilizante tierra y
sal que se puede extraer de ella y que algunos toman erróneamente por el
espíritu del mundo corporificado. He tenido en mente la idea de realizar
algunos ensayos acerca de cómo habrían de resultar los experimentos del
carácter de los helmontianos en otras cosas que no fuesen vegetales, mas hasta
ahora no he tenido ocasión de hacerlo [152]. Sin
embargo he de admirar el extraño poder de la virtud formativa de las semillas
de las cosas que no sólo dan forma a la servil materia según la exigencia de
sus propias naturalezas, así como a las partes sobre las que actúan, sino que
además disponen y cambian de tal modo la materia que someten, que le confieren
una consistencia que parecía incapaz de adoptar. O bien podemos observar en los
huevos, donde las partículas seminales, aunque al principio sean escasamente
discernibles a la vista, hallándose escondidas por así decir entre las capas de
la yema y la clara, no sólo disponen la materia en esa gran variedad de
contexturas y consistencias precisa para la producción de vena, fibra, arteria,
tendón, carne, membrana, cartílago, los humores acuosos, vítreos y cristalinos
del ojo y Tas otras partes diferentes del cuerpo, sino que además producen a
partir de la misma materia los huesos, hasta tal punto más duros que esa
substancia líquida y blanda de la que están hechos, que se tendría por
imposible fraguar las partículas de dicho cuerpo fluido en tales cosas sólidas.
Algo semejante se puede observar en la savia de los árboles, ya que la virtud
seminal difundida en la rama de un melocotón o albaricoque injertado es parte
suya, endurecida en esa substancia resistente que llamamos pepitas. Este
endurecimiento de la savia de los árboles es algo que he observado mejor aún en
las nueces de cacao indio [153], que en
la parte central de la nuez contiene un líquido bastante abundante y de aspecto
semejante al del agua de fuente (que no obstante he visto espesarse en una
especie de leche), si bien su cáscara es de tal dureza y resistencia que
aguanta la pulimentación que usualmente se les aplica antes de montarlas en
armazones para utilizarlas como copas. Podría añadir que observamos en diversas
cavernas subterráneas que el agua que se halla a punto de caer al suelo se ve
detenida en esa posición y, en virtud de la semilla o espíritu petrífico, esa
substancia líquida se toma sólida a veue d’oeil[154] y
en arroyos y fuentes lapidescentes [155] es
muy obvio que el espíritu gorgónico [156] puede
endurecer y coagular su propia materia en piedra, incluso en medio de cursos de
agua; mas baste esto por el momento. Así pues, la opinión de Helmont es digna
de consideración, aunque aún no de ser creída, hasta tanto no aporte también
experimentos sobre la producción de un metal o mineral a partir de agua, cosa
que según recuerdo no hace. Y suponiendo que su alcahesto pudiese reducir todas
las cosas a agua, con todo, que esa agua por ser insípida haya de ser
elemental, es algo que no se puede dudar sin fundamento. Entre tanto, de lo
hasta aquí expuesto inferiré estos corolarios:
Conclusiones
1.
Que
pretender mostrar sólo con fuego que todos los cuerpos formados por elementos
están compuestos del mismo número de elementos es poco menos precipitado que
afirmar que todas las palabras constan de las mismas letras, y quien extraiga
del oro o la plata tantas- substancias distintas como las que yo separe del
vitriolo o del guayacán me enseñará algo que habré de aprender de muy buen
grado.
2.
Que la
división vulgar que establecen los químicos en los cuerpos mixtos no es sino un
análisis impreciso y tosco, pues las heterogeneidades así separadas (hasta
tanto sean más estrictamente desprovistas de lo que en ellas subsiste de sus
propiedades seminales, siendo reducidas a una pureza y simplicidad más
absoluta) mantienen demasiado del compuesto, del fuego o de ambos como para
pasar por los ingredientes elementales de las cosas. Yo no niego que sea
posible esta exquisita depuración de las heterogeneidades separadas, aunque
usualmente no la hallo. Ciertamente, aunque esa completa pureza de los
elementos pueda hacerlos más satisfactorios para nuestro entendimiento, con
todo los otros son más útiles para nuestras vidas, al depender su eficacia de
lo que retienen de los cuerpos de los que se separan, siendo así que los nuevos
elementos son inactivos por lo que respecta a sus usos inmediatos.
3.
Que
siendo el fuego el más activo y universal de todos los resolutores aislados de
los cuerpos, con todo hay algunos cuerpos en los que otros cuerpos realizarán
aquellas operaciones que no puede llevar a cabo el fuego solo, a la manera en
que el aqua fortis separa la plata del oro (de donde los
franceses la denominan eau de départ) [157] disolviendo
la primera y dejando caer a éste, siendo así que la fusión no nacía sino
mezclarlos; y el aceite de tártaro per deliquium separa casi
en un minuto (precipitándolo consigo) el azufre del vitriolo, mientras que esos
fuegos extremos que estamos dispuestos a proveer en la destilación de su aceite
no son sin embargo capaces de separarnos el azufre deseado; así, en la preparación
de mercurius vitae [158], el
régulo de antimonio (pues es difícil demostrar que contiene alguna otra
substancia mineral) y los espíritus corrosivos que lo ocultan pasarán a través
de la cabeza [159] sin
separarse bajo la forma de un líquido claro y transparente, aunque se
rectifique, como he comprobado muy a menudo; y sin embargo, esas partes que el
fuego no podría separar, lo son gracias al agua, la afusión de la cual
precipita el mercurius vitae de ese líquido que, al perderlo,
adquiere el nombre de acetum philosophorum. Hay también
algunos cuerpos cuyas partes constituyentes no se pueden separar con fuego sólo
ni sin él, pues es preciso abrirlos mediante algún menstruo adecuado, tras cuya
operación el fuego pueda separar esas heterogeneidades que antes no había
podido. Sir K. Digby me aseguró que digiriendo prolongadamente talco con un
cierto menstruo que conozco y que contribuye al efecto deseado abriendo y
preparando el cuerpo y soltando sus partes, extrajo un doble aceite de talco
verdadero y real, y que se extrajo del propio talco y no del menstruo empleado
para separarlo; uno de cuyos aceites probó en el rostro de una princesa, quien
lo usó con tan extraño éxito que el poder del aceite es casi tan admirado como
la belleza que conservó.
4.
Que el
proceder más seguro consiste en aprender mediante experimentos particulares de
qué partes heterogéneas constan los cuerpos particulares, y por qué medios, sea
el fuego actual o potencial, se pueden separar de la manera mejor y más
conveniente, sin pugnar infructuosamente por forzar a los cuerpos a más
elementos de aquéllos con que la naturaleza los conformó o sin despojar a los
principios separados, dejándolos tan desnudos que, haciéndolos exquisitamente
elementales, se tomen laboriosamente inútiles.
§ 5. De la imperfección de la doctrina del químico sobre las cualidades
Capítulo I
Dado que una gran parte de esas personas doctas, especialmente médicos,
que han visto los defectos de la filosofía vulgar sin alcanzar aún a comprender
y apreciar la corpuscular se han inclinado hacia la doctrina de los
químicos [160], y dado
que los espagíricos acostumbran a pretender construir todas las cualidades de
los cuerpos a partir del predominio de alguno de sus tres principios
hipostáticos, supongo que podré no sólo conseguir que mi opinión no parezca
demasiado pretenciosa, sino también (lo que es mucho más importante) promover
la más feliz recepción de la hipótesis mecánica sobre las cualidades,
exponiendo aquí (si bien de manera breve y en general) algunos de aquellos
defectos que he observado en la explicación química de las propiedades [161].
Capítulo V
He aquí la primera consideración en la que observo que la teoría química
no llega lo bastante lejos. Mas hay otra rama en su deficiencia, pues incluso
cuando las explicaciones parecen alcanzar los fenómenos, no son primarias y por
así decir lo suficientemente fontales. Para explicarlo no recurriré en este
momento más que a estas dos consideraciones. La primera de ellas es que esas
mismas substancias que los químicos consideran sus principios están todas ellas
dotadas de diversas cualidades [162]. Así, la
sal no es un cuerpo fluido, sino consistente, posee su peso y es soluble en
agua, es diáfana u opaca, fija o volátil, con sabor o insípida. (Me expreso
así, mediante disyunciones, porque no todos los químicos concuerdan en estas
cosas y no afecta a mi argumentación que se decida acerca de una u otra de
estas cualidades en discusión.) Además, según ellos, el azufre es un cuerpo
fusible, inflamable, etc. y, según la experiencia, es consistente, pesado, etc.
Por tanto, hemos de recurrir a principios más primarios y generales para
explicar algunas de esas cualidades, puesto que dándose en los cuerpos que se
suponen perfectamente similares u homogéneos, no se puede pretender que las que
se hallan en uno de ellos se deriven de otro. Y aunque podría responder muchas
cosas a la afirmación de que pertenece a la naturaleza de un principio poseer
esta o aquella cualidad, como por ejemplo a la del azufre ser fusible, por lo
que no hemos de pedir cuentas de por qué sea así, me limitaré ahora a señalar
que este argumento sólo se basa en una suposición y no tendrá ninguna fuerza si
de las afecciones primarias [163] de
los cuerpos se puede deducir una buena explicación mecánica de la fusibilidad
en general, sin necesidad de suponer un azufre primigenio como el que imaginan
los químicos, o sin derivarlo de él en otros cuerpos. Ciertamente, dado que no
sólo el salitre, la sal marina, el vitriolo y el alumbre, sino también la sal
de tártaro y la sal volátil de orina son todas ellas fusibles, no veo bien cómo
pueden los químicos derivar la fusibilidad ni siquiera de las sales obtenidas
de su propio análisis, como la sal de tártaro y la de orina, de la
participación en el ingrediente sulfúreo; especialmente dado que, si se
intentase tal cosa, se echaría por tierra la hipótesis de los tres cuerpos
simples con los que querrían componer todos los mixtos. Y aun así quedaría por
explicar en razón de qué el principio que se supone que dota a otro de tal
cualidad resulta estar dotado a su vez de ella, pues es patente que una masa de
azufre no es un cuerpo atómico o diamantino, sino que consta de una multitud de
corpúsculos de determinadas formas conectados de determinado modo, por lo que
se puede preguntar razonablemente por qué tal reunión de partículas, y no otras
muchas, constituye un cuerpo fusible.
Capítulo VI
Me lleva esto a una ulterior consideración que me hace ver que las
explicaciones del químico no son lo bastante profundas y radicales, y es la
siguiente, que cuando nos dice, por ejemplo, que la fusibilidad de los cuerpos
proviene del azufre, en caso de que lo que dice sea cierto, no hace sino
comunicarnos qué ingrediente material es aquél que, mezclado y disperso a
través de las otras partes de un cuerpo, lo hacen apto para fundirse. Mas ello
no señala inteligiblemente qué es lo que hace fusible una porción de materia y
cómo introduce el ingrediente sulfúreo dicha disposición en el resto de la masa
con la que se combina o une. Sin embargo, son tales explicaciones las que busca
principalmente un naturalista inquisitivo, por lo que las llamaré filosóficas. Y
a fin de mostrar que puede haber explicaciones más fontales, me limitaré a
observar que, para no alejamos de nuestro ejemplo, el pro pió azufre es
fusible. Por consiguiente, como he señalado hace poco, la fusibilidad, que no
es la propiedad de un átomo o partícula, sino la de un agregado de partículas,
debería ella misma explicarse en dicho principio antes de derivar de él la
fusibilidad de todos los demás cuerpos. En las notas que siguen [164] se
verá que en el propio azufre esa cualidad probablemente se pueda deducir de la
reunión de corpúsculos de determinadas formas y tamaños, entretejidos y
conectados de modo conveniente. Y si la naturaleza o el arte o el azar uniese
partículas dotadas de semejantes afecciones mecánicas, asociándolas de igual
manera, el cuerpo resultante sería fusible aun cuando las partículas
componentes nunca hubiesen formado parte del azufre primordial del químico, y
quizá tales partículas así unidas podrían haber compuesto el propio azufre
aunque antes no existiese tal cuerpo en el mundo. Y lo que les digo a esos
químicos que hacen del ingrediente sulfúreo la causa de la fusibilidad se puede
aplicar mutatis mutandis a la hipótesis que atribuye más bien
dicha cualidad al principio mercurial o salino, con lo que consiguientemente no
pueden dar una explicación racional de la fusibilidad del azufre. Por tanto,
aunque concedo de buen grado (como tendré ocasión de probar más adelante) que
el azufre u otro de los miembros de la tria prima puede
hallarse abundando incluso en diversos cuerpos dotados de la cualidad que se
atribuye a su participación en ese principio, con todo quizá el siguiente
ejemplo os ayude a ver que ello puede no ser un signo seguro de que la cualidad
poseída emane de ese ingrediente. Si el estaño se mezcla debidamente con cobre
u oro o, como he probado, con plata o hierro, los tomará muy frágiles. Es
también uno de los ingredientes de otros diversos cuerpos que son igualmente
frágiles, como los esmaltes azul, verde, blanco y de otros colores que se
fabrican ordinariamente con estaño calcinado (que los comerciantes llaman
mástique) fundido con los ingredientes del vidrio-cristal [165] y
una pequeña porción de pigmento mineral. Mas aunque el estaño sea un
ingrediente importante de todos esos cuerpos frágiles mencionados, sería muy
precipitado afirmar que la fragilidad en general procede del estaño, pues
suponiendo que las partes sólidas de los cuerpos consistentes sólo se toquen
unas a otras en pequeñas porciones de sus superficies sin trabarse por su
contextura, el compuesto metálico u otro cualquiera puede ser frágil aunque no
contenga estaño. Ciertamente, al fundir los materiales del vidrio, formarán un
cuerpo frágil tanto si se licúa masilla con ellos como si no. El plomo
calcinado se puede fundir por la acción del fuego para formar una masa frágil e
incluso un vidrio transparente sin la ayuda del estaño o cualquier otro
aditivo. No es preciso añadir que existe una multitud de otros cuerpos de los
que no se puede pretender que su fragilidad se deba a participación alguna del
estaño, del que no precisan, siempre y cuando la materia de que constan no
carezca de las disposiciones mecánicas requeridas.
He de aventurarme a añadir aquí que el modo que utilizan los químicos,
no menos que los peripatéticos, para explicar las cosas mediante los
ingredientes, sean elementos, principios u otros cuerpos de los que supone que
constan, frustrará a menudo las expectativas del naturalista relativas a los
acontecimientos, pues con frecuencia demostrarán ser distintos de lo que él
mismo se prometía a partir de la consideración de las cualidades de cada uno de
los ingredientes. En efecto, las notas que siguen contienen diversos casos en
los que emerge una nueva cualidad distinta y aun contraria a cualquiera de las
visibles en los ingredientes, pues dos cuerpos transparentes pueden formar una
combinación opaca; un cuerpo amarillo [166] y
uno azul, otro verde; dos cuerpos maleables, uno frágil; dos cuerpos
actualmente fríos, uno caliente; dos cuerpos fluidos, uno consistente, etc. Del
mismo modo que esta manera de juzgar mediante principios materiales impide que
sea cierto el conocimiento anticipado de los acontecimientos, impide en mayor
medida que sea satisfactoria la asignación de causas. De esta manera, quizá
algunos no consideren muy temerario decir que quienes juzgan acerca de todos
los cuerpos mixtos, como los boticarios de las medicinas, solamente por las
cualidades y proporciones de los ingredientes (como los cuatro elementos, en el
caso de los aristotélicos, y la tria prima, en el de los químicos),
hacen como quienes pretendiesen explicar los fenómenos y funcionamiento de
péndolas y relojes y sus variedades recurriendo a lo siguiente, a que algunos
están hechos de ruedas de bronce, otros de hierro, otros presentan ruedas sencillas
sin dorar, otros ruedas chapadas en oro, algunos están dotados de cuerdas de
tripa, otros de cadenitas, etc., como si las cualidades y predominio de dichos
metales que constituyen las piezas del reloj debieran de conferirles lo que de
hecho deriva de su coordinación y diseño.
Capítulo VII
El último defecto que observo en la doctrina química de las cualidades
es que en muchos casos no concuerda bien con los fenómenos de la naturaleza, y
eso por alguna o ambas de las siguientes razones. Primero, se dan diversos
cambios de cualidades en los que uno esperaría perfectamente que hubiera de
tener gran efecto un principio químico, si bien no parece en absoluto ser así.
Quien considere cuán grandes operaciones atribuyen los herméticos [167] a
este o aquel principio hipostático, y cuántas cualidades han de derivarse según
ellos de él, no podrá menos de esperar que la aparición de un gran cambio
relativo a esas cualidades en un cuerpo mixto habrá de verse acompañado por
alguna acción notable o alteración en el principio. Sin embargo, me he topado
con muchos casos en los que se producen o anulan o alteran muchísimo las
cualidades sin ninguna introducción, expulsión o cambio notable manifiesto del
principio del que se dice depender tal cualidad o quizá de alguno de los otros
dos. Tal ocurre cuando un trozo de fina plata que, tras haber sido templada al
fuego, permitiéndole enfriarse lentamente, es muy flexible, se torna rígida y
difícil de doblar tan sólo mediante unos pocos martillazos. Asimismo, una
cuerda de laúd adquiere o pierde una simpatía, como la llaman, con otra cuerda
del mismo o de otro instrumento tan sólo tensándola para ponerla al unísono con
ella, o bien apretándola o aflojándola más allá o más acá de ese grado de
tensión.
Multiplicar los ejemplos de este tipo sería anticipar aquéllos que
encontrareis más adelante en sus debidos lugares. Por consiguiente, pasaré del
primer tipo de fenómenos, los que no favorecen a la hipótesis química acerca de
las cualidades, al otro que consta de aquéllos en los que o bien no ocurre lo
que según su hipótesis debiera ocurrir, o bien ocurre lo contrario de lo que
según su hipótesis debería justamente esperarse. Os encontraréis más adelante
con ejemplos de ello, si bien ahora sólo os molestaré con uno, el mejor para
dejar claro lo que quiero decir. No les resulta desconocido a esos químicos que
trabajan mucho con plata y cobre que la primera soportará las llamas,
poniéndose al rojo vivo en el fuego antes de fundirse, siendo este último mucho
más difícil de fundir que la otra [168]. Sin
embargo, si se disuelven separadamente estos dos metales en agua fuerte,
reduciéndolos a cristales por evaporación, éstos se fundirán en poquísimo
tiempo y con un calor muy moderado sin romper los recipientes que los
contienen. Si preguntáis a un químico vulgar por la causa de esta facilidad de
fusión, probablemente os dirá sin escrúpulos que deriva de las partes salinas
del agua fuerte que, incorporándose a los metales y siendo de naturaleza muy
fusible, imparte esa facilidad de fusión a los metales con que se halla
mezclada. Según semejante explicación plausible, sería de esperar que si se
mezclasen exquisitamente los corpúsculos salinos con el estaño, lo tornarían
mucho más fusible de lo que lo es de por sí. Mas con todo, como he señalado en
otro lugar [169], cuando
pongo estaño en una cantidad adecuada de agua fuerte, el metal, al corroerse,
se hunde como es usual en forma de claras de huevo y, una vez bien secas, el
estaño dista tanto de tomarse más fusible mediante la adición de las partículas
salinas del menstruo, que si bien se sabe que el estaño simple se fundirá mucho
antes de ponerse al rojo vivo, este estaño preparado habría de soportar durante
un buen rato no sólo una ignición plena, sino también el soplo de un doble par
de fuelles (que utilizábamos normalmente para fundir la plata y el propio
cobre), sin ponerse en absoluto en estado de fusión. Por lo que respecta a esos
espagíricos que admiten, como la mayoría de ellos se supone que hacen, que
todos los tipos de metales pueden convertirse en oro mediante una pequeñísima
porción de lo que denominan el elixir de los filósofos [170], creo
que se les puede mostrar a partir de sus propios presupuestos que se pueden
cambiar diversas cualidades, incluso en cuerpos constantes como los metales,
sin la adición de ninguna porción considerable de los ingredientes simples a
los que usan atribuir dichas cualidades, siempre y cuando el agente (como causa
eficiente más bien que material) sea capaz de realizar un gran cambio en las
afecciones mecánicas de las partes de que está hecho el metal sobre el que
actúa. Así, si suponemos que se transmuta en oro una libra de plata, una libra
de plomo y una libra de hierro, cada una de ellas mediante un grano (0,065 g)
del polvo de proyección [171], este
polvo tintorio, en cuanto causa material, es despreciable por razón de la
pequeñez de su masa, y como causa eficiente opera efectos distintos y aun
contrarios según la disposición en que encuentra al metal a transmutar y los
cambios que opera en su textura constituyente. Así, hace que el azogue se fije,
estado en que no se hallaba antes, privándolo de su fluidez primitiva; hace que
la plata sea indisoluble en el agua fuerte que antes la disolvía fácilmente y
soluble en agua regia que anteriormente no la afectaba; y, lo que es muy
importante para lo que ahora traemos entre manos, mientras que hace.que el
hierro sea mucho más fusible que Marte, toma al plomo mucho
menos fusible que cuando mantenía su forma prístina, ya que Saturno se
funde antes de alcanzar la ignición exigida por el oro para ponerse en estado
de fusión. Mas todo esto sólo se propone como argumento ad hominem hasta
tanto se demuestre suficientemente la verdad de la transmutación de los metales
en oro por medio de la proyección, explicándose detalladamente sus
circunstancias y fenómenos.
No he de olvidar tomar en consideración que algunos doctos químicos
modernos explicarían diversos cambios operados en los cuerpos en punto a los
olores, colores, etc. diciendo que, en tales alteraciones, el azufre u otro
principio hipostático se intravierte, se extravierte o, como dicen otros, se
invierte. Pero confieso que estas cosas me parecen más bien meros términos que
explicaciones reales, pues dejando de lado diversos argumentos mencionados en
el presente tratado y que se podrían aplicar a este modo de resolver los
fenómenos de las cualidades, se puede objetar con toda justicia que la supuesta
extraversión o intraversión de azufre no puede en absoluto llegar a explicar
una variedad de olores, colores y otras cualidades tan grande como la que se
puede hallar en las mudadas porciones de materia de que hablamos. Y lo que es
más, lo que designamos con estos nombres y otros similares no se puede realizar
sin un movimiento local que transforme las partículas de la materia,
produciendo consiguientemente en ella un cambio de textura, que es precisamente
lo que nosotros inferiríamos; y, una vez supuesto esto, podemos conceder que el
azufre esté a menudo presente de hecho en los cuerpos alterados sin aceptar que
sea siempre necesario para producir en ellos las alteraciones, dado que los
corpúsculos así acondicionados y dispuestos entre sí realizarían dichos efectos
haya constituido o no el azufre como tal la materia del cambio.
Concluiré ahora recapitulando en parte lo que se ha dicho en éste y en
los dos capítulos precedente con esta consideración sumaria; que la sal, azufre
y mercurio de los químicos no son ellos mismos los primeros y más simples
principios de los cuerpos, sino más bien concreciones primarias de corpúsculos
o partículas más simples que ellos, hallándose dotadas tan sólo de las primeras
o más radicales (por así decir) y más católicas [172] afecciones
de los cuerpos simples; a saber, tamaño, forma y movimiento o reposo, mediante
las diversas uniones o coaliciones de las cuales porciones más pequeñas de la
materia se hacen esas diferentes concreciones que los químicos denominan sal,
mercurio y azufre. Con esta doctrina concuerda el hecho de que diversos efectos
de éste o aquel principio espagírico no precisen derivarse de la sal, por
ejemplo, o del azufre como tal, sino que pueden explicarse con ayuda de algunos
de esos corpúsculos que acabo de denominar más simples y radicales, y siendo
tales explicaciones más simples y mecánicas, habrán de tenerse por ese motivo
como más fundamentales y satisfactorias.
Capítulo VIII
Sé que se puede objetar en favor de los químicos que así como sus
principios hipostáticos, sal, azufre y mercurio, no son más que tres, los
principios corpusculares no son más que unos pocos, no siendo tampoco más que
tres los principales de ellos, la magnitud, el tamaño [173] y
el movimiento, razón por la cual no se ve por qué los principios químicos
habrían de ser más estériles que los mecánicos. A tal alegación respondo que,
aparte de que estos principios nombrados en último lugar son más numeroso, ya
que incluyen la posición, el orden, la situación, el reposo y sobre todo las
casi infinitamente diversificables contexturas de las pequeñas partes y las
estructuras que de ellas derivan de los cuerpos particulares y la trama del
mundo; aparte de eso, digo, cada uno de los tres principios mecánicos
especificados en la objeción, aunque no sean sino uno en el nombre, equivalen a
muchos en la práctica, dado que la figura, por ejemplo, comprende no sólo
triángulos, cuadrados, romboides, trapecios y una multitud de polígonos, sean
ordenados o irregulares, sino además, cubos, prismas, conos, esferas,
cilindros, pirámides y otros sólidos de nombres conocidos, y una difícilmente
numerable multitud de otros ganchudos, ramificados, con forma de anguila, de
tornillo y otros cuerpos irregulares, de los cuales si bien éstos y algunos
otros poseen distintas denominaciones, con todo la mayoría carecen de nombre.
De modo y manera que no hay por qué asombrarse de que yo considere a los
principios mecánicos tanto más fértiles, esto es, aplicables a la producción y
explicación de un número de fenómenos mucho mayor que los químicos, los cuales,
considerándose como cuerpos similares que son ingredientes de los, mixtos y
compuestos, fundamentalmente sólo varían por la mayor o menor cantidad que
emplea la naturaleza o el arte en la formación de los cuerpos mixtos. Los
pintores observan que el blanco y el negro, por más que se mezclen en
diferentes proporciones, no harán más que formar grises más claros y más
obscuros. Y si se dice que estos ingredientes, merced a la textura resultante
de sus mezclas, pueden adquirir cualidades que ninguno de ellos poseía antes,
responderé que aducir tal cosa equivale en efecto a confesar que hay que
admitir los principios mecánicos (pues a ellos rómpete la textura o estructura
de los cuerpos) en ayuda de los químicos. Y en esta ocasión, tomando prestada
una ilustración de nuestro diálogo no publicado sobre los requisitos de una
buena hipótesis [174], añadiré
que el químico que pretenda que por el hecho de que sus principios sean tantos
como los de los corpuscularistas son tan suficientes como éstos para dar cuenta
del libro de la naturaleza, pienso, digo yo, que haría como el hombre que
pretendiese que con veinticuatro palabras construiría un lenguaje como el que
otros construirían con las veinticuatro le tras del alfabeto, dado que tendría
tantas palabras ya formadas cuantas eran las simples letras del otro, sin
pararse a considerar que en vez del pequeño número de variaciones que se pueden
hacer con sus palabras mediante preposiciones y terminaciones, las letras del
alfabeto, diversamente combinadas, situadas y reiteradas, pueden formar con
facilidad no sólo sus veinticuatro palabras con sus variaciones, sino tantas
cuantas contiene todo un leguaje.
Capítulo IX
A pesar de todo cuanto me he visto obligado a decir en contra de los
principios químicos por lo que respecta a la explicación de las cualidades, no
debería pensarse que conceda que los peripatéticos tienen razones para
triunfar, como si sus cuatro elementos suministrasen una mejor teoría de las
cualidades. En efecto, si yo tuviese, junto con el tiempo suficiente para
realizar semejante tarea, alguna obligación de emprenderla, presumo que no
sería difícil mostrar que la doctrina aristotélica acerca de las cualidades
particulares incurre en algunas de las mismas objeciones que la química, así
como en otras no menos notables; y que derivar todos los fenómenos que su
doctrina debería resolver de las formas substanciales y cualidades reales
elementales equivale a imponernos una teoría más estéril y precaria que la de
los espagíricos.
Que derivar las cualidades particulares de los cuerpos de esas formas
substanciales de las que pretenderían derivarlas las escuelas constituye un
modo insuficiente e inadecuado de explicarlas, se puede ver por lo que sigue:
que las propias formas substanciales son cosas cuya existencia niegan muchos
doctos filósofos y cuya teoría muchos de ellos juzgan incomprensible,
confesando los más sinceros y juiciosos de los propios peripatéticos que es muy
abstrusa. De esta manera, difícilmente podemos esperar de tan dudosos y
abstrusos principios explicaciones claras de la naturaleza y fenómenos de las
cualidades, por no insistir en que las definiciones aristotélicas, tanto de las
cualidades en general como de muchas de las cualidades más familiares en
particular, como el calor, la humedad, la transparencia, etc., distan mucho de
ser claras y estar bien construidas, como tenemos ocasión de mostrar en otro
lugar.
Otra cosa que hace insatisfactoria la doctrina escolástica de las
cualidades es que frecuentemente ni siquiera trata de enseñar el modo en que se
producen las propias cualidades y sus efectos u operaciones. En otro
lugar [175] hallaréis
un ejemplo de esto, expuesto con ocasión de la cualidad que acostumbra ser la
primera de la lista, a saber, la del calor, la cual si bien puede explicarse
inteligible y plausiblemente con la hipótesis corpuscular, con todo la
explicación peripatética que de ella se propone es demasiado cuestionable y
demasiado superficial como para dar mucha satisfacción a un investigador
racional. Ciertamente, decir que una forma substancial (como la del fuego)
actúa mediante una cualidad (llamada calor) cuya naturaleza es producir tal
efecto (como ablandar la cera o endurecer el barro), en substancia no parece
ser otra cosa que decir que produce tal efecto mediante alguna virtud que tiene
de producirlo. Más qué sea esa virtud y cómo opere es algo que, aunque sea lo
que más deseamos saber, nos queda por descubrir. Pero proseguir con las
imperfecciones de la hipótesis peripatética sería enzarzarse en otro discurso
en el que se desplegarían más plenamente. Por tanto me limitaré ahora a echar
una ligera ojeada sobre un par de objeciones que se relacionan más
particularmente con la doctrina de las cualidades.
En primer lugar, no considero que sea convincente el argumento que usan
emplear los aristotélicos en favor de sus elementos, así como los químicos a
favor de sus principios, de que, dado que se encuentra esta o aquella otra
cualidad que atribuyen a un elemento o principio en este o aquel cuerpo que
llaman mixto, ha de deber esa cualidad a la participación de ese principio o
elemento. En efecto, la misma textura de las partes u otra modificación de la
materia puede producir semejante cualidad en el cuerpo más simple y en el más
compuesto, y ambos de ellos pueden derivarla cada uno por su lado de la misma
causa y no uno de la participación del otro. Así, el agua, la tierra, los
metales y las piedras, etc. son pesados por razón de la misma causa de la
gravedad y no porque los demás participen de la tierra, tal y como se ve en el
agua elemental que es un cuerpo tan simple como ella, siendo con todo pesada.
Así, el agua y el aceite, el espíritu de vino exactamente desprovisto de flema,
el mercurio, así como los metales y el vidrio de antimonio [176], no
menos que el minio o plomo calcinado, son todos ellos fluidos mientras se
hallan en fusión, tornándose tales por los movimientos diversamente
determinados de sus partes diminutas y otras causas de la fluidez, y no por la
participación en el agua, ya que no es probable que las áridas cales de plomo y
antimonio hayan retenido en el fuego un líquido tan volátil como el agua.
Asimismo la fluidez es una cualidad de que goza el mercurio de modo más
duradero que la propia agua, ya que ese líquido metálico, así como el espíritu
de vino bien rectificado [177], no se
congelará con el máximo grado de frío de nuestros inviernos más agudos, siendo
así que un grado de frío mucho menor haría que el agua dejase de ser fluida,
convirtiéndose en hielo.
A esto añadiré tan sólo, en segundo lugar, que no deja de ser grato
contemplar cuán arbitrariamente derivan los peripatéticos las cualidades de los
cuerpos a partir de sus cuatro elementos, como cuando (por poner un ejemplo de
la cualidad que acabamos de mencionar, la liquidez) al mostrarles espíritu de
vino perfectamente desprovisto de flema y preguntarles de dónde proviene su
gran fluidez, contestasen que del agua, que es sin embargo mucho menos fluida
que él; y este espíritu de vino es a su vez mucho menos fluido que la llama en
la que el espíritu de vino es fácilmente resoluble. Mas si preguntáis de dónde
proviene que sea totalmente inflamable, habrán de deciros que del fuego, y sin
embargo todo su cuerpo, al menos en la medida en que los sentidos pueden
percibirlo, es fluido y todo él se torna en llama (y por ende en lo más fluido
de todo), de manera que el fuego y el agua, tan contrarios como ellos los
hacen, han de predominar ambos con gran contradicción en el mismo cuerpo.
Asimismo, este espíritu de vino, siendo un líquido cuyas partes sensibles
menores son de hecho pesadas, formando un líquido que es setecientas u
ochocientas veces más pesado que el mismo volumen de aire (el cual, sin
embargo, la experiencia muestra que no carece de peso), ha de suponerse que
abunda en partículas térreas; y sin embargo, este líquido espirituoso puede
convertirse instantáneamente en llamas que ellos consideran el cuerpo más
ligero del mundo.
Mas alargarse en este tema sería olvidar que el propósito de este
escrito no me obliga a tratar de la escuela peripatética, sino de la
espagírica, sobre la que vuelvo por tanto haciéndoos esta advertencia sobre
ella, cual es que cuanto hasta ahora he objetado se orienta en contra de la más
común y aceptada doctrina sobre los principios materiales de los cuerpos
considerados mixtos, tal y como los químicos vulgares la acostumbran a aplicar
a la explicación de las cualidades de las substancias corpóreas. Por consiguiente,
no pretendo que las objeciones anteriores concluyan en contra de otras teorías
químicas distintas de aquellas que me proponía poner en tela de juicio. Y si
los filósofos adeptos [178] (suponiendo
que los haya), o algún otro espagírico más inteligente de lo común, poseen
alguna hipótesis particular distinta de esas que he puesto en tela de juicio,
dado que aún no conozco sus doctrina y razones, no pretendo que los argumentos
anteriores sean concluyentes en contra de ellos, estando dispuesto a pensar que
las personas que se aprovechan de tan peculiares oportunidades de bucear en los
misterios de la naturaleza serán capaces de suministramos, si lo tienen a bien,
una explicación de las cualidades de los cuerpos mucho mejor que la que usa
proponer la generalidad de los químicos.
Así, querido Pirófilo [179], he
puesto ante tí algunas de las principales imperfecciones que he observado en la
doctrina química vulgar acerca de las cualidades, dándoos consiguientemente
algunas de las razones principales que me impiden prestarle asentimiento. Y
dado que mis objeciones no están tomadas de sutilizas escolásticas ni de las
dudosas especulaciones de los peripatéticos u otros adversarios de la filosofía
hermética, sino de la naturaleza de las cosas y de los propios experimentos
químicos, así, espero, si alguno de vuestros amigos espagíricos tienen
intención de convencerme, deberá tratar de hacerlo de la manera más adecuada,
cual es dándonos de hecho explicaciones claras y concretas al menos de los
grandes fenómenos de las cualidades. Si hace tal cosa, me hallará muy dispuesto
a asentir a una verdad que viene introducida y encarecida por algo tan
aceptable y útil cual es una teoría filosófica de las cualidades.
§. 6. Notas experimentales sobre la producción u origen mecánico de la
fijeza
Capítulo II[180]
En primer lugar, en algunos casos puede llevar a la fijación el que las
partes de un cuerpo, ora mediante un aditivo, ora por obra del fuego, se vean
llevadas a tocarse unas a otras en grandes porciones de sus superficies. En
efecto, que de tal contacto se siga tal cohesión mutua que termine por
indisponer a los corpúsculos que se tocan para sufrir una total separación, es
algo que puede parecer probable por lo que últimamente hemos señalado de la
cohesión de las piezas de mármol y vidrio [181], así
como de algunos de otros fenómenos pertenecientes a la historia de la
firmeza [182], de
donde podemos con toda propiedad tomar algunos ejemplos, al menos como
ilustración de la doctrina de la fijeza, por lo que respecta a que usualmente,
aunque no siempre, las mismas cosas que nacen firme a un cuerpo le confieren
cierto grado de fijeza, impidiéndole disiparse con los usuales grados de calor
y la agitación con que se topa en el aire. Mas, volviendo al contacto de que
hablábamos, no considero imposible (aunque quizá podáis considerarlo extraño)
que la mera operación del fuego pueda en algunos casos procurar una cohesión
entre las partículas (haciéndolas consiguientemente más fijas), del mismo modo
que en otros las desune, tornándolas así más volátiles. En efecto, así como en
algunos cuerpos las figuras y tamaños de los corpúsculos pueden ser tales que
la acción del fuego pueda raspar o desgarrar las pequeñas lengüetas o garfios u
otras partículas que los traban, haciendo de este modo que a los corpúsculos
les resulte más difícil desenredarse y escapar hacia arriba, así también, en
otros cuerpos, el tamaño y forma de los corpúsculos pueden ser tales que la
agitación provocada por el fuego pueda frotarlos unos contra otros de modo que
por el mutuo roce pulan, por así decir, sus superficies, haciéndolas amplias y
suaves, cuando no tan planas que el contacto de los corpúsculos llegue a
realizarse según una gran porción de sus superficies, de donde se deriva
naturalmente una firme cohesión. Es algo que ilustraré con lo que podemos
observar entre quienes pulimentan lentes para telescopios y microscopios. En
efecto, estos artífices, mediante un prolongado frotamiento de un trozo de
vidrio contra un plato o vasija cóncava de metal, acaban consiguiendo con dicho
rozamiento que ambos cuerpos se toquen entre sí en tantas partes de sus
superficies congruentes que se pegarán firmemente el uno al otro, de modo que
en ocasiones obligan al artesano a emplear la violencia para separarlos. Y este
ejemplo (que no es el único que podría esgrimir) puede bastar para mostrar cómo
la cohesión de los corpúsculos se puede producir por la adaptación mutua de sus
superficies congruentes. Y si dos corpúsculos más grandes o un gran número de
otros menores se ven así llevados a pegarse unos a otros, fácilmente creeréis
que su agregación demostrará ser demasiado pesada o inmanejable para la
volatilidad. A fin de mostrar que el fuego puede efectuar una pulimentación en
las superficies de algunos corpúsculos, en ocasiones he hecho que el minio y
algunas otras sales que estimé convenientes se fundiesen durante un tiempo
adecuado en un fuego vehemente convenientemente administrado. Gracias a ello, y
como era de esperar, lo que antes era un polvo inerte e incoherente se redujo a
corpúsculos mucho mayores, muchísimos de cuyos granos aparecían suaves,
brillantes y casi especulares como los del litargirio de oro [183] fino.
Las masas compuestas por estos granos eran usualmente bastante sólidas y de
difícil fusión. Cuando hacemos vidrio de plomo per se (que en
otro lugar os enseño a fabricar [184] ),
es claro que las partículas de plomo se reducen a una gran lisura, ya que por
cualquier parte que se rompa el vidrio, las superficies producidas por la
fractura no serán dentadas, sino lisas y considerablemente especulares. Tampoco
tengo por imposible que, aunque el fuego no produzca un gran rozamiento de los
corpúsculos del cuerpo a fijar, pueda sin embargo hacer que se adhieran unos a
otros, pues al voltearlos mucho arriba y abajo de diversas maneras puede, tras
multitud de revoluciones y diferentes choques, acabar uniendo aquéllas de sus
superficies que por su anchura, suavidad o congruencia de formas resulten
adecuadas para la adhesión mutua. Una vez que han llegado a adherirse, ya no es
preciso que aquellas mismas causas, que eran susceptibles de hacerlos
desprenderse unos de otros cuando su contacto no se operaba más que según una
parte despreciable de sus superficies, hayan de tener el mismo efecto ahora que
su contacto es pleno; si bien pudiera ocurrir que si se aumentase mucho el
grado de calor, entonces la vehemente agitación superase esa adhesión,
disipando de nuevo los aglomerados de corpúsculos unidos.
Tal vez parezcan menos extravagantes estas conjeturas si consideráis lo
que ocurre en la preparación del azogue precipitado per se [185], en la
que, poniendo el mercurio fluido en un recipiente de forma adecuada, se expone
a un fuego moderado durante un tiempo considerable (pues en ocasiones he
comprobado que seis o siete semanas era demasiado poco). Con este grado de
fuego, las partes se voltean de diversas maneras, haciendo que muchas de ellas
asciendan hasta que, reuniéndose en forma de gotas en las paredes del
recipiente, su peso las hace retomar abajo. Mas, a la larga, tras muchos
choques mutuos, si no también frotamientos, algunas de las partes comienzan a
pegarse formando un polvo rojo al que se adhieren luego más y más partículas
mercuriales, hasta que al fin todo el mercurio o su mayor parte se reduce a
semejante precipitado que, tornándose más fijo merced a la cohesión de las partes,
mediante el mismo grado de calor no será posible obligarlo a ascender y
circular como hacía antes el mercurio. Con todo, como señalo en otro lugar, he
hallado por ensayo que con un grado de calor mayor y apropiado, este
precipitado per se se reducirá de nuevo fácilmente a mercurio
líquido, sin ayuda de ningún aditamento volatilizador. Acaso los químicos y
médicos que están de acuerdo en suponer que este precipitado se hace sin ningún
aditivo tendrán dificultades para ofrecer una explicación más plausible de la
consistencia y grado de fijeza que se obtiene en el mercurio, en el que, ya que
no se le añade ningún cuerpo, no parece obrarse ningún cambio que no sea
mecánico. Y si bien he de confesar que no he dejado de sospechar que, en rigor
filosófico, este precipitado pueda no haberse hecho per se, sino
que puedan haberse asociado con los corpúsculos mercuriales algunas partículas
ígneas penetrantes, especialmente salinas, con todo, incluso suponiendo tal
cosa, puede decirse que tales partículas no contribuyen al efecto producido más
que facilitando o procurando por su oportuna interposición la cohesión mutua de
los corpúsculos que de otro modo no se hubieran adherido los unos a los otros.
Quizá no sea del todo improcedente añadir en este contexto que la
generalidad de los químicos, no menos que otros, como los helmontianos, quienes
sostienen la transmutación de todos los metales en oro mediante la piedra
filosofal, considerarán probable, creo yo, que una nueva y adecuada textura de
las partes de un cuerpo volátil, al procurar en especial un contacto pleno
entre ellas, pueda contribuir notablemente a hacerlo altamente fijo [186]. En
efecto, pasando por alto lo que cuentan los autores menos creíbles, Helmont,
quien no fingía disponer del elixir, basándose en sus propios ensayos, cuenta
que un grano (0,065 g) del polvo que le dieron transmutó una libra (454 g) (si
no recuerdo mal) de mercurio fluido. La proporción del elixir al mercurio era
tan despreciable que no se puede suponer razonablemente que cada corpúsculo del
mercurio que antes era volátil se tornara extremadamente fijo tan sólo por su
coalición con una partícula del polvo, dado que para que un grano baste a tal
coalición, las partes en que ha de dividirse deben ser de una pequeñez apenas
concebible, por lo que cada una de esas partes no es plausible que sea ella
misma fija, o al menos es más probable que sea arrebatada por el mercurio
vehementemente agitado que el que se abstenga de volatilizarse. Por el
contrario, si suponemos que el elixir ha producido tal conmoción entre los
corpúsculos del mercurio (habiéndoles hecho cambiar un tanto tal vez su figura,
expulsando algunas partículas inconvenientes), haciéndolos adherirse unos a
otros según muy grandes porciones de sus superficies, trabándose unos con
otros, entonces no resultará repugnante a la doctrina mecánica de la fijeza que
el mercurio soporte el fuego tan bien como el oro en virtud de su nueva textura
la cual, suponiendo que la historia sea verdadera, parece haberse introducido
mediante el nuevo color, gravedad específica, indisolubilidad en agua fuerte y
otras cualidades por las que el oro difiere del mercurio, en especial la
maleabilidad que, según nuestras notas sobre dicha cualidad, exige que las
partes de cuya unión resulta sean o ganchudas o ramificadas o de algún otro
modo aptas y adecuadas para que se sujeten unas a otras rápidamente o para que
se enganchen estrechamente entre sí. Dado que en toda la masa de oro
artificial, excepto un grano, todo debe ser materialmente el mismo cuerpo que
antes de que se realizase la proyección era mercurio, podemos ver cuán gran
cantidad de materia volátil puede adquirir, merced a una cantidad despreciable
de aditivo fijador, esa nueva disposición de sus partes que la toman
máximamente fija. Y sin embargo, este ejemplo concordará mucho mejor con la
doctrina mecánica acerca de la fijeza que con esa opinión vulgar de los químicos
(con la que no se conformará en absoluto), según la cual si en una mezcla la
parte volátil excede con mucho a la fija, entonces arrebatará consigo a ésta o,
al menos, una buena porción de ella, y lo contrario. Mas, aunque esta regla
valga en muchos casos en los que no se da una peculiar indisposición al efecto
al que se orienta, con todo, si las afecciones mecánicas de los cuerpos están
mal dispuestas a semejante finalidad, nuestro experimento filosófico demuestra
manifiestamente que la regla no se habrá de aplicar, ya que una tan grande
multitud de granos de mercurio, en lugar de arrebatar consigo un grano de
elixir, se ve detenida por él en el fuego más fuerte. Todo esto por lo que
respecta al primer modo de fijar los cuerpos volátiles.
Capítulo III
La segunda manera de producir la fijeza es expulsando, rompiendo o
neutralizando de algún otro modo esos corpúsculos volátiles que están demasiado
indispuestos a fijarse ellos mismos o son adecuados para arrebatar consigo esas
partículas que sin su ayuda no ascenderían. Supongo que no me pediréis
solícitamente que demuestre que la expulsión de dichas partes sea un medio
adecuado para agregar aquéllas que permanecen más fijas. Tenemos un claro
ejemplo de ello en el hollín, en el que, si bien las partes más volátiles
arrebatan consigo muchas partes activas mediante la violencia del fuego y la
corriente de aire, con todo, cuando el hollín se destila bien en una retorta,
concediendo el tiempo suficiente para la liberación y volatilización de las
otras partes, quedará en el fondo una substancia que no volará como antes.
Permítaseme observar aquí que el receso de los corpúsculos fugitivos puede
contribuir a la fijación del cuerpo no meramente porque la materia restante se
vea libre de tantas partes fijas, cuando no volatilizantes, sino que, como
frecuentemente ocurre, tras su alejamiento, los poros e intervalos que dejan
tras de sí se llenan de materia más sólida o pesada y al tornarse el cuerpo más
homogéneo se hace también más cerrado y compacto. Si bien es verdad que
señalaba que, además de por la expulsión de los corpúsculos inadecuados, éstos
pueden verse neutralizados de otro modo en su acción de impedir la fijación de
la masa a la que pertenecen, lo hice porque parece muy posible que en algunos
casos puedan romperse de tal modo por la acción del fuego que llenen con sus
fragmentos los poros o intervalos del cuerpo a que pertenecían; o bien pueden
realizar tales coaliciones con fas partículas de un aditivo conveniente, de
manera que no puedan impedir la fijeza de toda la masa-aunque permanezcan en
ella. Es algo que tal vez consideréis que puede muy bien ocurrir cuando hayáis
repasado los ejemplos adjuntados al cuarto modo de fijar los cuerpos.
El tercer medio de fijar o atemperar los cuerpos volátiles consiste en
preservar el reposo entre las partes, cuyo contrario es preciso para su
volatilización. Eso se puede conseguir evitando o refrenando ese calor u otro
movimiento que los agentes externos tratan de introducir en las partes del
cuerpo en cuestión. Pero no insistiré más sobre este medio que tiende a
estorbar la volatilización actual de una porción de materia o a lo sumo a
procurar un abatimiento temporal de su volatilidad más bien que a conferirle
una fijeza estable.
La cuarta manera de producir fijeza en un cuerpo es echando en él un
aditivo apropiado, sea fijo o volátil, tal que los corpúsculos del cuerpo
puedan ponerse entre sí o con dicho aditivo en un estado de complejidad o
textura embrollada. Siendo esta la manera usual y principal de producir la
fijeza, nos demoraremos un poco más en ella, poniendo ejemplos de diversos
grados de fijación, pues aunque no produzcan esa cualidad en la más estricta
acepción de la palabra fijeza, con todo, en la investigación que nos ocupa,
resulta útil tomar nota de por qué medios la volatilidad llega a mitigarse
gradualmente, puesto que ello puede facilitar nuestra comprensión de cómo la
volatilidad de un cuerpo llega a mitigarse totalmente, fijándose consiguiente
el cuerpo.
Capítulo IV
En quinto lugar, hallamos que un aditivo fijo, si sus partes tienen la
forma conveniente, puede conferir fácilmente un grado de fijeza a un cuerpo muy
volátil. Así, el espíritu de nitro [187], que por
sí mismo volará bastante fácilmente por el aire, al ver sus partículas salinas
asociadas con las del nitro fijo o sal de tártaro [188],
compondrá con el álcali una sal de naturaleza nitrosa que soportará ser fundida
en un crisol sin perder ni siquiera sus espíritus. He hallado que los espíritus
de nitro que abundan en el agua fuerte se coagulan con la plata que corroen,
aunque uno no esperaría que corpúsculos tan sutiles se adhiriesen firmemente a
un cuerpo tan compacto y sólido como la plata, y al poner en una retorta los
cristales producidos por su coalición, pueden mantenerse un buen rato fundidos
antes de que el metal deje escapar los espíritus nitrosos. Cuando vertimos
aceite de vitriolo sobre cal de vitriolo [189], si bien
muchas partículas flemáticas y sulfúreas se vieron expulsadas por el calor
excitado, con todo las partes salinas que se combinaban con las fijas del
colcótar se unían con bastante firmeza a ellas, de manera que no resultaban
fáciles de expulsar. Y si se vierte aceite de vitriolo en la debida proporción
sobre la sal de tártaro, resulta de ello un tartarum vitinolatum en
el que las partes ácidas y alcalinas se unen con tal fuerza que no podrá
desunirlas un grado ordinario de fuego; hasta tal punto es así, que diversos
químicos han considerado (aunque muy erróneamente) que esta sal compuesta era
indestructible. Pero un líquido menos pesado que el ponderoso aceite de
vitriolo se puede detener con un álcali con más fuerza que ese mismo aceite,
habiéndome confirmado la experiencia que al echar espíritu de sal hasta la
saciedad sobre un álcali fijo (empleé el de nitro o el de tártaro), se
produciría una unión tan estricta que, habiendo destilado sin aditivos la sal
resultante con un fuego fuerte y prolongado, no parecía haber sido en absoluto
afectada, sin fundirse siquiera.
Pero la nueva mixtura o conmixtión de partículas volátiles con fijas
(aun cuando las primeras predominen en cantidad) no bastaría para elevar a las
últimas, pues a menos que la forma de éstas sea congruente y adecuada para
adherirse a las otras, las partes volátiles escaparán en el calor, dejando al
resto tan fijo como antes; así, cuando la arena o las cenizas se mojan o
empapan de agua, se van rápidamente con ese agua sin abandonar ningún grado de
su fijeza. Mas, por otra parte, no es siempre necesario que el cuerpo adecuado
para destruir o eliminar en gran medida la volatilidad de otra substancia haya
de ser a su vez fijo. En efecto, si se diese una habilidosa o feliz
coadaptación de las formas de las partículas de ambos cuerpos, dichas
partículas podrían engarzarse de tal manera que compusiesen corpúsculos que ni
dividiría el calor por su estricta unión, ni por su tamaño resultante serían
elevados ni siquiera por un fuego fuerte o al menos por un grado de calor que
hubiera bastando para elevar cuerpos más indispuestos que cualesquiera de los
distintos ingredientes de la mistura. Esta observación, de realizarse
debidamente,' favorece hasta tal punto nuestra doctrina acerca del origen
mecánico de la fijación y puede resultar tan útil no sólo para los químicos en
algunas de sus operaciones, sino también para los filósofos al determinar las
causas de diversos fenómenos de la naturaleza, que puede merecer la pena
ejemplificarla con algunos casos.
El primero de ellos lo tomaré de una práctica usual de los propios
químicos, cosa que hago preferentemente para haceros ver que tales experimentos
conocidos son con demasiada frecuencia pasados por alto por quienes los
realizan, si bien pueden sugerir o confirmar teorías a quienes reflexionen
sobre ellos. El caso de que aquí hablo es el que aporta la preparación vulgar
del mineral benzoárdico [190]. En
efecto, por más que el aceite o mantequilla rectificada de antimonio y el
espíritu de nitro que se unen para producir este precipitado blanco sean ambos
líquidos destilados, con todo el copioso polvo que resulta de su unión se fija
hasta tal punto por la unión de partes volátiles, que después de haberlo
edulcorado con agua, prescriben su calcinación en un crisol durante cinco o
seis horas, operación que no habría de soportar de no haber alcanzadlo una
considerable fijación. [191]
Capítulo 3
La filosofía mecánico-corpuscular
Introducción
Carlos Solís
Ya señalamos al comienzo el carácter baconiano de la actividad
científica de Boyle. La mayoría de sus escritos, siguiendo sus propias
recomendaciones, no son largos tratados, sino conjuntos de artículos que
contienen diversas investigaciones o historias naturales. En ellas, huyendo de
la filosofía libresca que criticaba en Hobbes, se entrega a los experimentos.
Siguiendo a Bacon, pensaba que la seguridad de los hechos u obras de la
naturaleza debía protegerse de la tergiversación de las doctrinas, dominio en
el que toda opinión tajante, favorable o contraría, es dogmática. Lo adecuado
es tomar a todas las doctrinas como meras conjeturas probables, actitud que se
muestra claramente en la amable consideración de las filosofías opuestas de
atomistas y cartesianos, patente en el primer escrito seleccionado en esta
parte. Sin embargo, hay una filosofía que Boyle nunca pone en tela de juicio y
que parece abrazar sin dudas. Se trata de la filosofía mecánico-corpuscular que
preside y orienta todo su trabajo.
El segundo de los escritos seleccionados constituye una larga exposición
de dicha filosofía básica.
En la segunda parte vimos que la teoría de la materia de Boyle produjo
un programa reduccionista en la química excesivamente prematuro, formulado aún
antes de que se supiese qué fenómenos y leyes habría que reducir. El resultado
de ello es que, en general, Boyle aporta muy poco al acervo substantivo de la
ciencia, a pesar de sus múltiples anticipaciones e intuiciones justas,
debiéndose colocar el peso de su contribución en el fomento de la filosofía
experimentalista presidida por el programa mecanicista expuesto en el segundo
escrito que viene a continuación.
Esta filosofía mecánico-corpuscular, íntimamente asociada a la
distinción entre cualidades primarias y secundarias, según la terminología que
Boyle es el primero en usar, deriva del atomismo dinámico (: átomos
cualitativamente neutros que actúan por el movimiento) reavivado en ese siglo,
procedente de la tradición epicureista. El origen de la distinción de dos
niveles de cualidades, uno real y otro apariencial que hay que reducir a aquél,
proviene ya de Leucipo y Demócrito con su distinción entre el conocimiento
legítimo de los átomos y el vacío, fuera del dominio sensorial, y el
conocimiento ilegítimo de lo que vemos y que hay que reducir a lo otro: «Por
convención lo frío, por convención lo caliente; en realidad sólo átomos y
vacío» (Fr. 9).
Esta distinción se replantea en el siglo diecisiete en un marco
matemático, gracias a Galileo y Descartes. Para el primero existe una
separación entre lo esencial de la naturaleza (el mundo objetivo de la
geometría: triángulos, círculos, números, proporciones) y lo subjetivo e
inanalizable que, dependiendo no de las cosas, sino de los sentidos, no es
objeto de estudio científico [192]. Para
Descartes se trata asimismo de una distinción entre lo que se conoce por
inspección mental de modo claro y distinto, al modo matemático, frente a lo que
se conoce por los inciertos sentidos.
La doctrina clásica de Boyle (1666), luego refundida por Locke en
su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690) [193],
distingue con la mayor perspicuidad conocida hasta el momento las cualidades
primarias de las secundarias. Esta distinción deriva de la generalidad con que
se concibe la materia entre los atomistas, como una materia universal. Si no
hay en el fondo más que ese material común, toda diversificación ha de proceder
del modo en que se divide y se mueve esa materia prima, de manera que, en
última instancia, toda explicación de un fenómeno, natural ha de hacerse en
términos del movimiento de esa materia. Toda cualidad, color, sabor, sonido;
toda cualidad disposicional de los cuerpos, toda propiedad química, no es en
realidad más que el movimiento o la organización espacial a él debido de la
materia católica. Tres son los aspectos principales y últimos de toda explicación:
la forma, el tamaño y el movimiento de las partículas últimas de materia que,
uniéndose y combinándose en distintas estructuras o texturas, lo
explican todo. Estas son las cualidades primarias de la materia, en cuyos
términos debe formularse finalmente toda ciencia.
Frente a esta tesis básica de-la filosofía mecánico-corpuscular, resulta
secundario el detalle de si la divisibilidad de la materia es en principio
indefinida (en la práctica la división tiene un término hasta para Descartes);
o el de si hay o no espacios absolutamente vacíos de corpúsculos, o tan sólo
relativamente a los de un determinado nivel «ordinario». Como se ve en la
sección 7, tanto para los atomistas como para los cartesianos rige el mismo
método filosófico mecánico.
Inicialmente, antes de 1664, Boyle se oponía, por mor de un
córpuscularismo de corte baconiano, tanto al epicureismo como al cartesianismo.
Por razones religiosas ataca la concepción epicureísta del movimiento como algo
innato a los átomos, lo que haría al mundo autosuficiente al eliminar la
necesidad de recurrir cada poco a Dios. Esa concepción abría la puerta al
ateísmo. Por la misma razón, Boyle critica incluso a Gassendi por conformarse
con afirmar meramente que Dios creó el mundo en el principio, sin acompañar
luego a su obra mediante una providencia continua. Iniciase así una tradición
que exacerbará Newton, consistente en afirmar que el movimiento es
ajeno a la materia e independiente de ella, a fin de dar
cabida a la acción continua de Dios en el mundo y no sólo en el momento inicial
de creación. De ahí el desarrollo del mito de Moschus el fenicio, tan común en
esta época [194]. Frente
a Descartes, defiende cierta estabilidad práctica de las partículas y cierto
vacío compatible con un elevado grado de tarificación. Lo que trata de hacer es
corregir mediante experimentos el dogmatismo cartesiano, dejando fuera por el
momento la discusión de te mas filosóficos o metafísicos generales así como
todo cuanto no sea decidible mediante experimentos.
Dispositivos sensibles para captar la presencia de la materia sutil
cartesiana en la campana de vacío.
En con secuencia, lo vemos buscar experimentalmente y sin éxito la materia
subtilis cartesiana [195].
Finalmente, en 1666, Boyle desarrolla su propia concepción corpuscular a
base de una prudente y ecléctica mezcla de epicureismo y cartesianismo, huyendo
tanto del ateísmo del primero como del dogmatismo y atrevimiento doctrinal del
segundo; combinando explicaciones estáticas y dinámicas de unos y otros, y
añadiendo su contribución fundamental al subrayar el papel preponderante
del movimiento sobre la materia.
Sin embargo, las explicaciones efectivas en términos
mecánico-corpusculares nunca llegaron muy lejos, sobrepasando un nivel
programático y plausible. Ya en la sección 3, vimos cómo explicaba
conjeturalmente la elasticidad del aire y cómo se las apañaba en la sección 6,
con la fijeza. Los ejemplos podrían multiplicarse sin por ello asistir a una
conexión más estricta entre principios mecánicos y fenómenos a explicar. Así,
en el caso del fuego, se duda entre conferirle unas partículas específicas o
considerarlo como las propias partículas del combustible; el calor, aunque se
concibe con claridad como un tipo de movimiento, se ve afectado por
dificultades de conceptualización escolásticas, similares a las encontradas en
la distinción cualitativa entre condensación y expansión, como si el calor y el
frío fuesen cualidades diferentes, o el movimiento lento y rápido especies
distintas [196]. No
menos dudoso es el caso de la cohesión, explicada con una mezcla de
cartesianismo y atomismo ad hoc (reposo relativo de las partes
o átomos con ganchos); etc., etc. Así pues, en la práctica científica, las
explicaciones mecánicas no son efectivas, sino que guardan una conexión laxa
con los fenómenos a explicar. Por ese motivo, Boyle desarrolla unas piezas
intermedias entre los mínima o prima naturalia de la filosofía
corpuscular y los cuerpos de la experiencia. Serían unos principios inmediatos
o prima mixta, formados por la agregación de los corpúsculos
primitivos y que incluso actúan como unidades indivisibles en muchas reacciones
químicas [197], de modo
que «los mínima nunca se ejemplifican directamente en la
naturaleza. Los prima mixta desempeñan la función de átomos
elementales o moléculas de los diversos cuerpos que se dan en la naturaleza
(oro, plata, mercurio, azufre, etc.) [198] ».
De esta manera, aunque en teoría no haya especies o elementos
y todo se resuelva en los cambios físicos continuos que están a la base de las
transmutaciones, de hecho, en el con texto de un problema de
laboratorio, Boyle opera con bloques estables (los elementos en sentido moderno
que él nunca llegó a definir), que se mantienen inalterados en las
combinaciones, pudiendo ser recuperados por análisis a pesar de los cambios de
cualidades observados en los cuerpos resultantes. Para esos efectos, los prima
mixta operan como substancias simples e inanalizables con esas
peculiares operaciones de laboratorio. Sin embargo, no fue Boyle el que acotó
para la química ese nivel de análisis, tal y como veíamos en La química
mecanicista (págs. 107 y sigs.)
El primer escrito es una breve parte del Prefacio a
Algunos especímenes de un intento de hacer los experimentos químicos
útiles para ilustrar las nociones de la filosofía corpuscular, que constituye
el cuarto escrito de Ciertos ensayos fisiológicos y otros opúsculos escritos en
épocas distantes y en diversas ocasiones (1661); en Works, I: 355-6.
El segundo está formado por las tres primeras secciones completas del
Origen de las formas y cualidades según la filosofía corpuscular,
ilustrado mediante consideraciones y experimentos, escritos inicialmente a modo
de notas sobre un ensayo acerca del nitro, Oxford, 1666; Works, III; 14-37.
§ 7. La filosofía corpuscular: coincidencia entre la filosofía atomista
y la cartesiana
Falta una página [...]
... ciertas formas substanciales, que los más ingeniosos de ellos
confiesan que son incomprensibles, y de-ciertas cualidades reales que personas
doctas de otras convicciones consideran igualmente ininteligibles, tanto los
cartesianos como los atomistas explican los mismos fenómenos mediante cuerpos
pequeños con diversas figuras y movimientos. Sé que ambas sectas de
naturalistas modernos discrepan acerca de la noción de cuerpo en general y
consiguientemente acerca de la posibilidad de un verdadero vacío, así como
acerca de del origen del movimiento, la indefinida divisibilidad de la materia
y algunos otros puntos de menor importancia que éstos [200]. Mas, a
la vista de que algunos de éstos parecen constituir ideas más bien metafísicas
que fisiológicas [201], así
como de que otros parecen requerirse para explicar el primer origen del
universo más bien que sus fenómenos en el estado en que los hallamos ahora, a
la vista de ello, digo, y de algunas otras consideraciones, en especial por la
razón de que ambas partes concuerdan en deducir todos los fenómenos de la
naturaleza de la materia y el movimiento local, consideré que, a pesar de esas
cosas en que discrepan los atomistas y los cartesianos, podría considerarse que
coinciden en lo principal, pudiendo una persona de talante conciliador tomar
sus hipótesis al respecto como una sola filosofía. La cual, dado que explica
las cosas mediante corpúsculos o cuerpos diminutos, puede denominarse (sin gran
error) corpuscular, por más que yo la denomine la filosofía fenicia, dado que
algunos escritores antiguos nos informan que no sólo antes de Epicuro y Demócrito, sino
incluso antes de que Leuápo enseñase en Grecia, un naturalista
fenicio [202] usaba
explicar los fenómenos de la naturaleza mediante el movimiento y otras
afecciones de las partículas diminutas de la materia. Y puesto que son obvias y
poderosísimas en los ingenios mecánicos, en ocasiones la llamo también la
filosofía o hipótesis mecánica.
§. Consideraciones y experimentos sobre el origen de las formas y
cualidades.
Parte teórica
A fin de poder suministrarte, Pirófilo [203], antes
de descender a los detalles, una idea general de la doctrina (o quizá
hipótesis) que ha de cotejarse, siendo confirmada o refutada, con las verdades
históricas [204] que
se expondrán relativas a cualidades (y formas) particulares, adoptaré el papel
de un corpuscularista y de entrada te daré (de una manera general) una breve
explicación de la propia hipótesis tal y como afecta al origen de las
cualidades (y formas); y en aras de la claridad, la resumiré en los ocho puntos
siguientes los cuales, a fin de que el esquema en su conjunto se pueda
comprender mejor, abarcándose por así decir de una ojeada, no haré más que
limitarme a exponerlos, de modo que o bien parezcan lo bastante evidentes por
su propia luz, o bien puedan sin prejuicio ver postpuestas sus pruebas a los
lugares adecuados de la siguiente parte del tratado [205]. Y
aunque haya algunos otros extremos a los que la importancia de los temas y la
magnitud de los prejuicios (casi universales) que se levantan contra ellos me
obliguen a adjuntar inmediatamente algunas anotaciones (para la oportuna
exoneración y justificación de los mismos), con todo, a fin de empañar lo menos
posible la coherencia del conjunto del discurso, se incluirá entre corchetes
todo cuanto buenamente se pueda [206].
I. Convengo con la
generalidad de los filósofos hasta el punto de aceptar que hay una materia
católica [207] y
universal común a todos los cuerpos, y por ella entiendo una substancia
extensa, divisible e impenetrable.
II. Pero, dado que esta
materia no es más que una en su naturaleza propia, la diversidad que
contemplamos en los cuerpos ha de derivar necesariamente de alguna otra cosa
distinta de la materia de que constan. Y puesto que no vemos cómo podría haber
algún cambio en la materia si todas sus partes (actuales o designables) se
hallasen perpetuamente en reposo entre sí, se seguirá que para diversificar la
materia católica en una variedad de cuerpos naturales, habrá de poseer
movimiento en algunas o en todas sus partes designables; y dicho movimiento ha
de poseer diversas tendencias, el de esta parte de la materia tendiendo en una
dirección y el de aquélla otra, en otra distinta. Como claramente vemos en el
universo o masa general de la materia, hay realmente una gran cantidad de
movimiento diversamente diseminado, hallándose con todo en reposo diferentes
porciones de la materia.
Que hay movimiento local en muchas partes de la materia es manifiesto a
los sentidos, si bien desde antiguo es objeto de encendida disputa cómo se hizo
la materia con ese movimiento. En efecto, los antiguos filósofos corpusculares
(doctrina a la que más nos inclinamos en la mayoría de los demás puntos, aunque
no en todos), al no reconocer un Autor del universo, se vieron por elle
reducidos a hacer el movimiento congénito a la materia y consiguientemente
contemporáneo suyo. Mas, puesto que el movimiento local o la tendencia a él no
se incluye en la naturaleza de la materia, que tan materia es cuando reposa
como cuando se mueve, y puesto que vemos que la misma porción de materia puede
reducirse del movimiento al reposo, y tras haber permanecido en reposo en tanto
en cuanto otros cuerpos no la saquen de dicho estado, puede ponerse de nuevo en
movimiento en virtud de agentes externos, yo que no acostumbro a considerar
como el peor de los naturalistas a quien no sea ateo, no tendré el menor
escrúpulo en decir, siguiendo en ello a un eminente filósofo de la antigüedad,
quien propuso entre los griegos (en términos generales) esa opinión que el
excelente Des Curtes ha revivido entre nosotros, que Dios es
el origen del movimiento de la materia. Y no sólo eso, sino que, considerando
muy impropio creer que la materia simplemente puesta en movimiento y dejada
luego a su merced pueda formar por casualidad este bello y ordenado mundo,
pienso también que el sabio Autor de las cosas, estableciendo las leyes del
movimiento entre los cuerpos y guiando los primeros movimientos de las pequeñas
partes de la materia, las hizo reunirse según el modo requerido para componer
esas curiosas y elaboradas máquinas, los cuerpos de las criaturas vivas,
dotando a la mayoría de ellas del poder de propagar la especie. Mas aunque
estoy convencido de estas cosas, dado que no es necesario suponerlas aquí,
donde no pretendo ofrecer un discurso completo de los principios de la
filosofía natural, sino tan sólo mencionar aquellas nociones precisas para explicar
el origen de las cualidades y las formas, pasaré a lo que resta tan pronto como
advierta de que el movimiento local parece ser sin duda la principal de las
causas segundas [208] y
el gran agente de todo cuanto ocurre en la naturaleza. Si bien el tamaño,
forma, reposo, situación y textura concurren en los fenómenos de la naturaleza,
con todo, en comparación con el movimiento, parecen en muchos casos ser efectos
y, en muchos otros, poco más que condiciones o requisitos o causas sine
quipus non que modifican la operación que una parte efe la materia
ejerce sobre otra en virtud de su movimiento. Así, en un reloj, el número,
figura y coordinación de las ruedas y demás partes es necesario para marcar las
horas y realizar las demás cosas que puede hacer un reloj; mas hasta que estas
partes no se pongan de hecho en movimiento, todas sus demás afecciones serán
ineficaces. Asimismo, en el caso de una llave, si bien el que sea demasiado grande
o demasiado pequeña, o que su forma sea incongruente con la de la cavidad de la
cerradura, la tornaría inútil para usarla como llave aunque se pusiese en
movimiento, por más que su tamaño y forma fuesen los adecuados, nunca cerraría
ni abriría nada si de hecho no interviniese el movimiento; del mismo modo que
sin un movimiento actual similar ni un cuchillo ni una navaja cortarían de
hecho por más que su forma y otras cualidades pudiesen hacerlos adecuados a tal
fin. El azufre, por más que tenga una disposición de sus partes para
convertirse en llama, nunca se encenderá a menos que algún fuego actual u otra
porción de materia vehemente y diversamente agitada ponga a los corpúsculos
sulfurosos en un movimiento muy vivo.
III. Así establecidos
estos dos grandes y más católicos principios de los cuerpos, la materia y el
movimiento, seguirase no sólo que la materia ha de hallarse de hecho dividida
en partes, siendo eso efecto genuino del movimiento diversamente determinado,
sino también que cada uno de los fragmentos primitivos u otras masas de materia
distintas y enteras han de poseer dos atributos, su propia magnitud o más bien
tamaño y su propia figura o forma. Y puesto que la experiencia nos muestra
(especialmente la suministrada por las operaciones químicas, en muchas de las
cuales la materia se divide en partes demasiado pequeñas como para que se pueda
percibir cada una de ellas) que esta división de la materia se realiza
frecuentemente en corpúsculos o partículas imperceptibles, podemos concluir que
tanto los más diminutos fragmentos como las mayores masas de la materia
universal se hallan dotados por igual cada uno de ellos de su peculiar tamaño y
forma. En efecto, al ser un cuerpo finito, sus dimensiones han de ser determinadas
y medibles, y por más que pueda cambiar de figura, por la misma razón ha de
tener necesariamente una u otra figura. Así pues, ahora hemos hallado y hemos
de admitir tres propiedades esenciales de cada parte de materia entera o
indivisa, aunque imperceptible; a saber, la magnitud (por la que entiendo no la
cantidad en general, sino una cantidad determinada que a menudo llamamos
en inglés el tamaño de un cuerpo), la forma y sea el
movimiento o el reposo (pues entre ambos no se da intermedio). A las dos
primeras de ellas podemos denominarlas accidentes inseparables de cada parte
distinta de materia; inseparables porque, siendo extensas aunque finitas,
resulta físicamente imposible que se hallen desprovistas de uno u otro tamaño y
de una u otra forma; y sin embargo, accidentes, pues aunque la forma pueda o no
alterarse o subdividirse el cuerpo mediante agentes físicos, con todo
mentalmente puede hacerse lo uno o lo otro, permaneciendo intacta la plena
esencia de la materia.
No me detendré ahora a considerar si estos accidentes se pueden
denominar de manera lo bastante apropiada los modos o afecciones primarias de
los cuerpos, para distinguirlas de esas cualidades menos simples (como los
colores, sabores y olores) que pertenecen a los cuerpos debido a ellas; ni si,
con los epicureístas, no podrían denominarse los agregados de
las menores partes de la materia. Mas hay una cosa que las modernas escuelas
usan enseñar sobre los accidentes que repugna demasiado a nuestra presente doctrina
como para que la silenciemos aquí; a saber, que en los cuerpos naturales hay un
acopio de cualidades reales y otros accidentes reales que no sólo no son modos
de la materia, sino que son entidades reales distintas de ella y, según la
doctrina de muchos escolásticos modernos, pueden existir separadamente de toda
materia cualquiera que sea. Para aclarar un poco este punto, hemos de tomar en
cuenta que accidente se usa entre lógicos y filósofos en dos sentidos
distintos, pues en ocasiones se opone al cuarto predicable (propiedad),
definiéndose entonces como aquello que puede estar presente o ausente sin
destrucción del sujeto, a la manera en que un hombre puede estar enfermo o sano
y una pared ser blanca o no, siendo con todo el uno un hombre y la otra una
pared. Este se denomina en las escuelas accidem praedicabile para
distinguirlo de lo que llaman accidem praedicamentale que se
opone a la substancia, pues cuando los lógicos dividen las cosas en diez
predicamentos o géneros superiores de cosas, siendo la substancia uno de ellos,
todos los otros nueve son de accidentes. Y así como una substancia se define
por lo común como una cosa que subsiste por sí misma, siendo el sujeto de los
accidentes (o más sencillamente, una entidad o cosa real que no precisa de
ningún ser (creado) para poder existir), así se dice ordinariamente que un
accidente es id cujus esse est in esse [209] ; y así, Aristóteles, quien usualmente llama a las substancias simplemente
öντα, entidades, por lo común llama a los accidentes öντοφ öντα, entidades de
entidades, precisando éstos la existencia de una u otra substancia en la que
puedan ser como en su sujeto de inhesión. Y puesto que los lógicos convierten
en la nota que discrimina entre substancia y accidente el que la primera es una
cosa que no puede ser en otra como en su sujeto de inhesión, es necesario saber
que según ellos se dice que está en un sujeto aquello que posee estas tres
condiciones: que aunque (1) esté en otra cosa, (2) no está en ella como una
parte y (3) no puede existir separadamente de la cosa o sujeto en que está;
así, una pared blanca es el sujeto de inhesión de la blancura que vemos en
ella, la cual blancura, aunque no esté en la pared como parte suya, según
nuestros lógicos, no puede existir la mismísima blancura en parte alguna fuera
de la pared, aunque muchos otros cuerpos puedan tener el grado semejante de
blancura. Suponiendo esto, no será difícil descubrir la falsedad de la
recientemente mencionada opinión escolástica relativa a las cualidades y
accidentes reales, cuya doctrina sobre ellos me parece, he de confesarlo, o
ininteligible o manifiestamente contradictoria. En efecto, hablando en sentido
físico, si no conceden que esos accidentes sean modos de la materia, sino que
han de ser entidades realmente distintas de ella y en algunos casos separables
de toda materia, los hacen ciertamente accidentes de nombre, si bien los representan
bajo una idea tal que pertenece exclusivamente a las substancias, consistiendo
la naturaleza de una substancia en esto, en que puede subsistir por sí misma
sin estar en nada más como en un sujeto de inhesión. De manera que decimos que
una cualidad u otro accidente puede subsistir sin un sujeto es sin duda,
llámenlo como quieran llamarlo, concederle la verdadera naturaleza de la
substancia. Sus distinciones sin fundamento no habrán de conseguir otra cosa
que impedir que parezcan contradecirse con las palabras, siendo así que las
personas no partidistas ven que de hecho lo hacen. Tampoco podría hallar nunca
inteligiblemente explicado qué puedan ser estas cualidades reales a las que
niegan ser bien materia o modos de la materia, bien substancias inmateriales.
Cuando una bola rueda o está quieta, ese movimiento o reposo, o la figura
globular de la bola, es algo y, sin embargo, no es una parte de la bola cuya
substancia toda permanecería aunque le faltase lo que queráis de esos
accidentes. Hacer de ellas entidades físicas y reales (pues no tenemos que
habérnoslas aquí con las lógicas ni con las metafísicas) es como si porque
podamos considerar al mismo hombre sentado, de pie, corriendo, sediento,
hambriento, cansado, etc., hubiéramos de hacer de cada una de éstas una entidad
distinta, puesto que les damos a algunas de ellas nombres distintos (como
hambre, cansancio, etc.). Por el contrario, el sujeto de todas estas cualidades
no es más que el mismo hombre, considerado en circunstancias que lo hacen
aparecer en un marco diferente de lo que aparece en otros, pudiendo resultar
muy útil para nuestro propósito presente observar que no sólo la diversidad de
nombres, sino incluso la diversidad de definiciones, no siempre da lugar a una
diversidad de entidades físicas en el sujeto al que se atribuyen, tal y como
ocurre en muchos de los atributos físicos de un cuerpo, al igual que en esos
otros casos en que un hombre que es un padre, un marido, un amo, un príncipe,
etc., puede tener una definición peculiar (como la que permita la naturaleza de
la cosa) perteneciéndole en cada una de esas condiciones, si bien el hombre en
sí mismo considerado no es sino el mismo hombre que respecto a distintas
condiciones o relaciones con otras cosas se denomina con distintos nombres, describiéndose
mediante varias definiciones que sin embargo (como estaba diciendo) no implican
tantas entidades reales y distintas en la persona tan variadamente denominada.
Una excursión acerca de la naturaleza relativa de las cualidades
físicas.[210]
Ahora bien, puesto que considero que esta idea tiene una importancia no
pequeña para evitar el gran error que hasta ahora se ha producido acerca de la
naturaleza de las cualidades, merecerá la pena ilustrarla un poco más. Podemos
considerar que cuando Tubal-Cain, o quien haya sido el herrero
que inventó las cerraduras y las llaves, hizo su primera cerradura (pues
podemos suponer razonablemente que la fabricó antes que la llave, por más que
sea posible recurrir a la comparación sin suponer tal cosa), ésta no era más
que un trozo de hierro dispuesto de esa forma. Cuando luego fabricó la llave
para dicha cerradura, podemos considerar también que en sí misma no era más que
un trozo de hierro con esa forma determinada; pero a la vista de que estos dos
trozos de hierro podían ahora aplicarse el uno al otro de determinada manera,
existiendo una congruencia entre las muescas de la cerradura y las de la llave,
la cerradura y la llave adquirieron ahora cada una de ellas una nueva
capacidad, tornándose en parte fundamental de la noción y descripción de la
cerradura el ser susceptible de cerrarse o abrirse mediante ese trozo de hierro
que llamamos llave, teniéndose por una facultad o virtud peculiar de la llave
el ser adecuada para abrir y cerrar la cerradura. Sin embargo, con estos nuevos
atributos no se añadía ninguna entidad real o física ni a la cerradura ni a la
llave, y cada una de ellas no era ciertamente más que la misma pieza de hierro
con la misma forma que antes. Así, cuando nuestro herrero hizo otras llaves de diferentes
tamaños o con otras muescas, aunque la primera cerradura no se pudiese abrir
con ninguna de estas llaves, tal indisposición, aunque se pudiese considerar
como una virtud peculiar de resistir a esta o aquella llave, pudiendo servir
para distinguirla suficientemente de las cerraduras a las que pertenecían
aquellas llaves, no era en la cerradura nada nuevo o distinto de la figura que
poseía antes de que se fabricasen las llaves. Llevando la comparación un poco
más lejos, permítaseme añadir que aunque quien hubiese definido la primera
cerradura y la primera llave les hubiera dado distintas definiciones, no
obstante (como decía) al no darse estas definiciones más que por respecto a
ciertas relaciones que los cuerpos definidos mantenían entre sí, ello no
implicaría que ambos instrumentos de hierro difiriesen físicamente más que en
figura, tamaño o disposición del hierro en que ambas consistían. Y
consiguientemente, por lo que respecta a esas cualidades (por ejemplo) que
llamamos sensibles, no veo por qué no podemos pensar que, aunque en virtud de
cierta congruencia o incongruencia de la figura (o textura u otros atributos
mecánicos) con nuestros sentidos las porciones de materia que modifican puedan
producir varios efectos en razón de lo cual hacemos que los cuerpos estén
dotados de cualidades, no obstante no hay en los cuerpos que están dotados de
ellas ninguna entidad real distinta o diferente de la propia materia dotada de
dicho determinado tamaño, figura u otras modificaciones mecánicas. Así, aunque
los modernos orfebres y refinadores cuenten entre las mis distinguidas
cualidades del oro, mediante las cuales las personas pueden asegurarse de que
se trata del verdadero y no del falsificado, que sea fácilmente soluble en agua
regia y que el agua fuerte no opere sobre él, no obstante esos atributos no son
en el oro nada distinto de su peculiar textura, ni es el oro de que ahora
disponemos de ninguna naturaleza distinta de la que tenía en época de Plinio [211], cuando
el agua fuerte y el agua regia aún no se habían descubierto (al menos en estas
partes del mundo), siendo completamente desconocidas por los orfebres romanos. He
escogido más bien este ejemplo porque me da oportunidad de señalar que, a menos
que admitamos la doctrina que he propuesto, hemos de aceptar que un cuerpo
puede poseer un número casi infinito de nuevas entidades reales acumulándose en
él sin la intervención de ningún cambio físico en el propio cuerpo. Por
ejemplo, inmediatamente antes de que se prepararan por vez primera el agua
regia y el agua fuerte, el oro era el mismo cuerpo natural que inmediatamente
después, por más que ahora se considere una de sus principales propiedades ser
disoluble por el primero de estos dos menstruos, no siendo como otros metales
soluble o corrosible por el último. Y si se inventase otro menstruo (como
posiblemente yo pueda pensar que domino uno de tal carácter [212] )
que disuelva en parte el oro puro, cambiando una parte de él en otro cuerpo
metálico, surgiría entonces otra nueva propiedad con la que distinguirlo de
otros metales, y sin embargo el oro no es un ápice distinto ahora de lo que era
antes de que se fabricase este último menstruo. Hay algunos cuerpos que no son
purgantes ni sudoríficos, algunos de los cuales, al unirse al oro, adquieren
una virtud purgativa, mientras que el oro confiere a otros la propiedad
sudorífica. En una palabra, la propia naturaleza produce, en ocasiones por azar
y en ocasiones no, muchas cosas que establecen nuevas relaciones con otras. El
arte, especialmente asistido por la química, al disipar de diversos modos los
cuerpos naturales o al componerlos sea a ellos o a sus partes constituyentes
entre sí, puede producir tan innumerable compañía de nuevos productos, cada uno
de los cuales ejercerá nuevas operaciones o inmediatamente sobre nuestros
sentidos o sobre otros cuerpos cuyos cambios podamos percibir, que nadie es
capaz de conocer la multitud de cualidades insoñables que pueden presentar los
cuerpos más familiares. Ninguna persona reflexiva podrá imaginar que tan
numerosa multitud de entidades físicas reales pueda desarrollarse en un cuerpo,
cuando a juicio de todos nuestros sentidos permanece inalterado y el mismo que
era antes.
Para aclarar esto un poco más, podemos añadir que comúnmente se incluye
el cristal molido entre los venenos y recuerdo (dejando de lado lo que
menciona Sanctorio [213] de
la disentería producida por sus fragmentos) que Cardarlo [214] cuenta
una historia según la cual en un convento en el que tenía una paciente a punto
de morir de dolores en el estómago, ya habían muerto otras dos monjas por culpa
de una loca que, habiéndose al acaso escapado, mezclara vidrio molido con unos
guisantes que comieron esas tres y algunas otras hermanas (quienes, sin
embargo, salieron bien paradas). Ahora bien, aunque los poderes de los venenos
no sólo se consideren como cualidades reales, sino incluso como las más
abstrusas, no obstante esta facultad deletérea que supuestamente es una entidad
peculiar y sobreañadida al vidrio molido, en realidad no es nada distinto del
propio vidrio (que, aunque sea un compuesto formado por ingredientes tan
inocentes como sal y cenizas, es con todo un cuerpo duro y rígido) dotado de
ese determinado tamaño y forma de las partes adquirido por trituración. En
efecto, esos fragmentos de vidrio, siendo muchos, rígidos y un tanto pequeños
(aunque sin ser tan pequeños como el polvo), dotados además de puntas agudas y
aristas cortantes, son capaces mediante esas afecciones mecánicas de horadar y
herir las tiernas membranas del estómago y los intestinos, cortando los sutiles
vasos con los que allí topan. De ahí, naturalmente, los grandes cólicos y
contorsiones de las partes dañadas y frecuentemente las hemorragias provocadas
por la perforación de las arterias capilares y la gran irritación de la
facultad excretora y en ocasiones también no sólo horridas convulsiones debidas
a la concordancia del cerebro y cerebelo con algunas de las partes nerviosas o
membranosas que resulten heridas, sino también hidropesías provocadas por la
gran pérdida de sangre de la que hablábamos. Con esta conjetura concuerda muy
bien el hecho de que se haya observado muchas veces que el cristal molido no ha
provocado daño alguno a los animales que lo han tragado, pues no hay razón
alguna para que así sea en caso de que los corpúsculos del polvo resulten tan
pequeños como para no ser susceptibles de dañar los intestinos que usualmente
están recubiertos por una substancia viscosa con la que los polvos muy
diminutos pueden forrarse por así decir, viéndose de ese modo imposibilitados
para herir los intestinos (a la manera en que se ha observado que un fragmento
de vidrio con tres aristas muy afiladas permaneció sin daños durante más de
dieciocho meses incluso en una parte nerviosa y muy sensible del cuerpo [215] ),
de los que se pueden expulsar sin daño con los más gruesos excrementos del bajo
vientre, especialmente en el caso de algunos individuos cuyos intestinos y
también el estómago pueden presentar una contextura mucho más fuerte,
hallándose mejor recubiertos o embutidos con materia crasa y viscosa que los de
otras personas. De acuerdo con ello, vemos que los médicos usan fragmentos de
zafiros, cristales y aun rubíes que son mucho más duros que el vidrio de manera
inocua aunque quizá no muy eficaz (muchas veces los he tomado sin
inconveniente) en compuestos cordiales, dado que al molerlos se reducen a un
polvo demasiado sutil para excoriar o raspar el estómago o los intestinos.
Quizá se deba a ello el suceso relatado por Cardano en el
mismo lugar, cual es que si bien las tres monjas de que hablábamos se
envenenaron con el vidrio, con todo muchas otras que comieron las demás
raciones de los mismos guisantes mezclados no recibieron por ello daño alguno.
(Pero sobre este tema hablaremos más en otro lugar. [216] )
Esto me lleva a añadir que la multiplicidad de las cualidades que se
encuentra a veces en los mismos cuerpos naturales no tiene por qué hacer que
las personas rechacen la opinión que hemos estado proponiendo, persuadiéndolas
de que tantos atributos distintos como los quise pueden encontrar en ocasiones
en uno y en el mismo cuerpo natural no pueden proceder de la mera textura y
otras afecciones mecánicas de su materia. En efecto, no hemos de considerar a
cada cuerpo aisladamente tal y como es en sí mismo, una porción distinta y
completa de materia, sino que hemos de considerarlo en cuanto parte del
universo, situado por tanto entre un gran número y variedad de otros cuerpos
sobre los que puede actuar y que pueden actuar sobre él de diferentes maneras
(o bajo muchos respectos), cada una de las cuales los hombres usan concebir
como una cualidad o virtud distinta del cuerpo mediante el que se producen esas
acciones o en el que se producen esas pasiones. Si consideramos así las cosas,
no nos asombrará demasiado que una porción de materia, ciertamente dotada de
muy pocas afecciones mecánicas, como tal textura y movimiento determinado,
aunque situada entre una multitud de otros cuerpos que difieren de ella y entre
sí en esos atributos, sea capaz de presentar un gran número y variedad de
relaciones con esos otros cuerpos, viéndose por tanto obligados a pensar que
tiene muchas cualidades inherentes distintas aquéllos que consideren esas
diversas relaciones o respectos que pueda tener con cuerpos fuera de ella como
entidades reales y distintas implantadas en el cuerpo mismo. Cuando un reloj
ingenioso se encuentra en marcha, por más que el resorte sea el que pone en
movimiento todas las partes, no imaginamos (cosa que quizá haría un indio o
un chino) que en ese resorte haya una facultad de mover la
aguja uniformemente en torno a la esfera, otra de dar la hora y quizá una
tercera de hacer sonar el despertador, indicar las fases de la Lima o las
mareas, pues la única acción del resorte (que no es más que una pieza flexible
de acero enrollada a la fuerza) no consiste más que en tratar de dilatarse o
desenrollarse, realizándose el resto gracias a las diversas relaciones que
mantiene con los diferentes cuerpos (que componen el reloj) entre los que se
halla y a las que éstos mantienen entre sí. Todos sabemos que el Sol posee la
virtud de endurecer el barro, ¡ablandar la cera, derretir la mantequilla,
fundir el hielo, convertir el agua en vapores y hacer que el aire se expanda en
un tubo del tiempo [217],
contribuyendo a blanquear la ropa, a poner morena la piel blanca de la cara,
amarilla la hierba cortada, a madurar el fruto, a incubar los huevos de los
gusanos de seda, orugas e insectos similares y a realizar no sé cuántas otras
cosas distintas, muchas de las cuales parecen efectos contrarios. Sin embargo,
no se trata de distintas virtudes o facultades del Sol, sino tan solo de
productos de su calor (que no es a su vez sino el movimiento local vivo y
confuso de las diminutas partes de un cuerpo) diversificado por las diferentes
texturas del cuerpo en el que le toca operar y la situación de los otros
cuerpos implicados en la operación. Por tanto, aunque el Sol tenga un influjo
distinto de su luz y calor, vemos que todos esos fenómenos que hemos tenido a
bien nombrar son producibles por el calor del fuego ordinario de la cocina
debidamente aplicado y regulado. Y para poner un ejemplo de otro tipo, cuando
hace algunos años, para ensayar algunos experimentos sobre la propagación del
movimiento con cuerpos menos susceptibles de abollarse unos a otros que
aquéllos que se habían utilizado anteriormente, hice fabricar especialmente
unas bolas macizas de hierro habilidosamente endurecidas y exquisitamente
conformadas y vidriadas, cada una de esas bolas pulimentadas constituía un
espejo esférico que, situado en el centro de una habitación, mostraba las
imágenes de los objetos entorno con una perspectiva muy regular y grata.
Contraía la imagen de quien la miraba, curvándola, y mostraba dicha imagen como
si se hallase detrás de la superficie y en el interior de la substancia sólida
de la esfera; en suma, poseía todas esas propiedades claras, y algunas de ellas
maravillosas, que tanto los autores antiguos como los modernos sobre
catóptrica [218] han
demostrado que corresponden a los espejos esféricos como tales. Sin embargo, el
globo dotado de todas estas propiedades y afecciones no era más que el propio
hierro reducido por el artífice a una figura esférica (pues el vidrio que lo
tornaba especular no era distinto de las partes superficiales del hierro,
reducidas todas ellas a una distancia físicamente igual al centro). En un tris
se puede hacer gran cantidad de espejos lo bastante esféricos a los sentidos,
rompiendo una gota grande de mercurio en varias pequeñas, cada una de las
cuales servirá para objetos situados muy cerca de ella, y la menor (que es la
menos hundida en el medio por su propio peso, siendo por consiguiente más
perfectamente globular) puede proporcionar, con un buen microscopio situado en
una ventana, una visión nada desagradable de los objetos vecinos. Pues bien,
para reducir una porción del mercurio contenido en el recipiente, que emulará
en gran medida a un espejo plano, a muchos de esos pequeños espejos esféricos
cuyas propiedades son tan distintas de las de los planos, no hace falta más que
la intervención de un ligero movimiento local que, en un abrir y cerrar de
ojos, cambie la forma de la mismísima materia.
Todo cuanto he dicho, Pirófilo, está orientado a
eliminar el error de que todo cuanto la gente usa llamar una cualidad ha de ser
necesariamente una entidad real y física, pues el tema es importante. No
obstante, he omitido algunas cosas que podrían haberse añadido oportunamente, en
parte porque puedo tener en adelante ocasión de incorporarlas, y en parte por
no alargar más esta digresión que, no obstante, no he de concluir hasta haber
añadido esta breve advertencia.
He decidido explicar lo que entiendo por cualidades sirviéndome más bien
de ejemplos que de definiciones, en parte porque siendo inmediata o
reductivamente los objetos de la sensación, las personas comprenden bastante
bien qué se quiere decir cuando se les habla de ellas, a la manera en que decir
que el sabor de tal cosa es salado o agrio, o que tal sonido es melodioso,
estridente o chirriante (especialmente si cuando hablamos de cualidades
sensibles añadimos alguna enumeración de objetos particulares en los que
residen de manera más prominente) hará que se entienda lo que alguien dice
mejor que si se dedicase a dar definiciones lógicas de dichas cualidades; y en
parte porque las nociones de las cosas aún no están tan bien establecidas y
convenidas, siendo muchas veces difícil asignarles su verdadero género. El
propio Aristóteles no sólo define los accidentes sin
establecer su género, sino que además, cuando llega a la definición de las
cualidades, nos dice que la cualidad es aquello por lo que se dice que una cosa
es qualis; de donde te llamaría la atención tanto sobre el
hecho de que en esta definición omite el género, cuanto sobre que no resulta
tan fácil dar una muy buena definición de las cualidades, dado que el que se
tiene por el gran maestro de la lógica, cuando pretende damos una, a este
respecto define la cosa mediante la misma cosa, ya que supuestamente tanto se
ignora lo que es qualis como lo que es qualitas. Pienso
que hace lo mismo que si yo definiese la blancura como aquello por lo cual una
cosa se dice blanca, o la virtud como aquello por lo que se dice que una
persona es virtuosa [219].
Aparte de eso, mucho dudo que esa definición no sea falsa a la par que
obscura, pues a la pregunta Qualis res es ti se puede
responder a base de algunos, si no todos, de los otros predicamentos de
accidentes, y siendo conscientes de ello, algunos de los lógicos modernos, han
tratado de salvar el problema con ciertas advertencias y limitaciones que por
más que muestren el ingenio de sus inventores, nos siguen dejando, que yo sepa,
sin una definición correcta e inteligible de la cualidad en general, por más que
dar con ella quizá sea una tarea mucho más fácil que definir muchas cualidades
que pueden nombrarse en particular, como lo salado, lo agrio, verde, azul y
muchas otras tales que todo el mundo sabe qué se entiende por ellas cuando las
oye nombrar, aunque nadie (que yo sepa) haya sido capaz de dar definiciones
adecuadas de ellas.
IV. Si concibiésemos que
todo el resto del universo fuese aniquilado, excepción hecha de uno de estos
corpúsculos enteros e indivisos (de que hablábamos en el tercer punto
anterior), es difícil decir qué se le podría atribuir aparte de materia,
movimiento (o reposo), tamaño y forma. De donde, dicho sea de paso, se puede
colegir que el tamaño, aunque usualmente se tome en sentido comparativo, en
nuestra acepción es una cosa absoluta, pues un cuerpo habría de tenerlo aunque
no hubiese otro en el mundo. Ahora bien, habiendo de hecho en el universo
grandes multitudes de corpúsculos entremezclados, en cualquier porción distinta
de materia que componga un cierto número de ellos surgen dos nuevos accidente o
eventos: el uno hace más bien referencia a cada corpúsculo particular con
relación a los (real o supuestamente) cuerpos estables en torno, a saber, su
postura (sea erecta, inclinada u horizontal); y cuando dos o más de dichos
cuerpos se colocan juntos, el modo de colocarse, como el uno al lado del otro o
uno detrás de otro, se puede denominar su orden. Según recuerdo, Aristóteles en
su Metafísica, lib. I, cap. 4, recita este ejemplo tomado de los antiguos
corpuscularistas, que A y N difieren en figura y AN y NA en orden, mientras que
Z y N lo hacen en situación, y ciertamente la postura y el orden parece ser
ambos reductibles a la situación. Cuando muchos corpúsculos se reúnen así para
componer un cuerpo distinto, como una piedra o un metal, entonces de sus otros
accidentes (o modos) y de estos dos últimamente mencionados emerge una cierta
disposición u organización de las partes en el todo que podemos llamar su
textura.
V. Y si imaginásemos que
todo el resto del universo se aniquilara salvo uno de esos cuerpos, pongamos
por caso un metal o una piedra, sería difícil mostrar que haya físicamente en
él algo más que materia y los accidentes que acabamos de nombrar. Mas hemos de
considerar ahora que de facto hay en el mundo ciertos seres
sensibles y racionales que llamamos hombres; y al poseer el cuerpo del hombre
diversas partes externas, como el ojo, el oído, etc., cada una de distinta y
peculiar textura, con las que es capaz de recibir impresiones de los cuerpos
entorno a él, razón por la que se denominan órganos de los sentidos, hemos de
considerar, digo, que sobre estos sentidos puede operar la figura, forma,
movimiento y textura de los cuerpos externos a ellos según diversos modos,
siendo algunos de esos cuerpos externos adecuados para afectar al ojo, otros al
oído, otros al olfato, etc. Dado que también cada uno de los órganos de los
sentidos, como el ojo o el paladar, puede a su vez ser diversamente afectado
por los objetos externos, asimismo el intelecto da a los objetos del mismo
sentido distintas apelaciones, llamando verde a un color, azul a otro, y a un
sabor dulce, a otro amargo, etc. De donde los hombres se han visto inducidos a
tramar un largo catálogo de tales cosas que, al relacionarse con nuestros
sentidos, llamamos cualidades sensibles. Y dado que nos hemos familiarizado con
ellas antes de alcanzar el uso de razón, y el intelecto humano es proclive a
concebir casi cualquier cosa (incluso privaciones, como la ceguera, la muerte,
etc.,) bajo la idea de una verdadera entidad o substancia como él mismo es,
desde nuestra infancia hemos estado dispuestos a imaginar que estas cualidades
sensibles son seres reales en los objetos que denominan, teniendo la facultad o
virtud de obrar tales y cuales cosas, a la manera en que la gravedad tiene la
virtud de detener el movimiento de una bala disparada hacia arriba, llevando a
ese globo sólido de materia hacia el centro de la tierra, siendo así que en
realidad (según lo que hemos mostrado por extenso más arriba) nada hay en el
cuerpo al que se atribuyen estas cualidades sensibles que sea real y físico, a
excepción del tamaño, forma y movimiento o reposo de sus partículas
componentes, junto con esa textura del todo que deriva de hallarse dispuestas
como lo están. Tampoco es preciso que tengan en ellos algo más, como las ideas
que provocan en nosotros, siendo dichas ideas o bien el efecto de nuestros
prejuicios o inadvertencias, o bien alcanzándose por la relación que resulta darse
entre esos accidentes primarios del objeto sensible y la peculiar textura del
órgano que afecta; así, cuando un alfiler se clava en mi dedo provocando dolor,
no hay una cualidad distinta en el alfiler que responda a lo que yo pueda
concebir que sea el dolor, sino que el alfiler en sí mismo es tan sólo
alargado, rígido y agudo, provocando mediante esas cualidades una solución de
continuidad en mi órgano del tacto, con lo que, por razón de la estructura del
cuerpo y la unión íntima del alma con él, surge ese tipo molesto de percepción
que llamamos dolor, y mostraré inmediatamente más en concreto en qué medida eso
depende de la peculiar estructura del cuerpo.
VI. Mas preveo aquí una
dificultad que, siendo tal vez la principal de aquéllas con las que habremos de
topamos en contra de la hipótesis corpuscular, merece la pena que demos cuenta
de ella antes de seguir adelante. Es la siguiente, que mientras que explicamos
los colores, olores y cualidades sensibles semejantes por relación con nuestros
sentidos, parece evidente que poseen un ser absoluto sin relación con nosotros.
Así la nieve (por ejemplo) sería blanca y un carbón encendido estaría caliente
aun cuando no hubiera ningún hombre u otro animal en el mundo, siendo patente
que los cuerpos no sólo operan mediante sus cualidades sobre nuestros sentidos,
sino también sobre otros cuerpos esta vez inanimados. Así el carbón no solo
calentará y quemará la mano un hombre que lo toque, sino que asimismo calentará
la cera (hasta el punto de derretirla haciéndola fluir) y fundirá el hielo en
agua aun cuando todos los hombre y los seres sensibles del mundo se hubiesen
aniquilado. Para eliminar esta dificultad tengo varias cosas que ofrecer; a
saber:
1.
No digo
que no haya otros accidentes en los cuerpos a parte de los colores, olores y
similares, pues ya he enseñado que hay afecciones más simples y primitivas de
la materia de las que dependen estas cualidades secundarias, si se las puede
llamar así; y que las operaciones de los cuerpos los unos sobre los otros
surgen de ellas es algo que veremos más adelante.
2.
Tampoco
digo que todas las cualidades de los cuerpos sean directamente sensibles, sino
que observo que cuando un cuerpo opera sobre otro, el conocimiento que tenemos
de su operación procede sea de alguna cualidad sensible, sea de alguna afección
más católica de la materia, como el movimiento, el reposo o la textura generada
o destruida en uno de ellos, pues de otro modo es difícil concebir cómo podemos
llegar a descubrir que pasa entre ellos.
3.
No hemos
de considerar a todo cuerpo distinto que opere sobre nuestros sentidos como un
mero montón de materia del tamaño y forma externa con que aparece, teniendo
muchos de ellos sus partes curiosamente dispuestas y quizá también la mayoría
de ellas en movimiento. Tampoco hemos de considerar al universo que nos rodea
como un montón de materia inmóvil e indistinto, sino como una gran máquina que,
al no presentar un vacío entre sus partes o no presentándolo considerable (que
sepamos), las acciones de los cuerpos particulares unos sobre otros no han de
considerarse meramente como si dos porciones de materia de su tamaño y figura
estuviesen situadas en algún lugar imaginario más allá del mundo, sino como
situadas en el punto tal y como es ahora, poseyendo consiguientemente la
posibilidad de que su acción de una sobre otra sea promovida, estorba- a o
modificada por la acción de otros cuerpos además de ellos; a la manera en que,
en un reloj, una pequeña fuerza aplicada a mover la aguja hasta el número XII,
hará que el martillo golpee frecuente y enérgicamente contra la campana,
provocando una conmoción entre las ruedas y pesos mucho mayor de la que
ejercería una fuerza mucho mayor en caso de que la textura y disposición del
reloj no contribuyese poderosamente a la producción de tan notable efecto.
Asimismo, cuando se agita el agua produciendo espuma, la blancura nunca se
produciría mediante ese movimiento si no fuera porque el Sol u otro cuerpo
luminoso brillase sobre ese agregado de pequeñas burbujas, permitiéndoles
reflejar confusamente al ojo una gran cantidad de imágenes pequeñas y por así
decir contiguas. Igualmente, dar a un gran espejo metálico una figura cóncava
nunca le permitiría prender fuego a la madera, fundiendo incluso los metales
con rapidez, si los rayos del Sol que llenan sensiblemente el aire en los días
despejados no fuesen lanzados juntos a un punto mediante la concavidad. A fin
de mostraros con un ejemplo notable cuán variados y cuán distintos efectos
puede producir la misma acción de un agente natural en las diversas
disposiciones de los cuerpos sobre los que opera, basta con que consideréis que
en dos huevos, el uno fecundado y el otro estéril, antes de la incubación los
sentidos no pueden tal vez distinguir diferencia alguna, y con todo estos dos
cuerpos externamente tan semejantes difieren en la disposición interna de sus
partes, de modo que si ambos se exponen al mismo grado de calor (sea de la
gallina o de un horno artificial), ese calor convertirá a uno de ellos en una
substancia pútrida y hedionda y al otro en un pollo dotado de una gran variedad
de partes orgánicas de muy distintas consistencias y texturas tan curiosas como
diversas.
4.
No niego
que se pueda decir en un sentido muy generoso que los cuerpos poseen esas
cualidades que denominamos sensibles aun cuando no hubiera animales en el
mundo. En efecto, en tal caso un cuerpo puede diferir de aquellos cuerpos que
ahora se hallan totalmente desprovistos de cualidad por poseer una disposición
de sus corpúsculos constituyentes tal que, en caso de que se aplicase
debidamente a los sentidos de un animal, produciría esa cualidad sensible que
no habría de producir un cuerpo con otra textura. Si bien en caso de no existir
anima- es no habría dolor, con todo, debido a su forma, un alfiler podría ser
adecuado para provocar dolor en caso de que se moviese contra el dedo de una
persona, siendo así que una bala u otro cuerpo romo movido contra ese dedo con
fuerza no superior, no habría de provocar semejante percepción de dolor.
Asimismo, la nieve, aunque en caso de no haber en el mundo ningún cuerpo
luminoso ni órgano de los sentidos, no habría de exhibir color alguno (pues yo
no podría hallar que poseyese alguno en lugares completamente obscuro^), con
todo poseería una disposición mayor que el carbón o el hollín para reflejar
hacia afuera gran cantidad de luz cuando el Sol brillara sobretodos tres. Y así
decimos que un laúd está afinado, tóquese o no, cuando sus cuerdas se hallan
todas ellas tensadas de tal modo que pareciese estar afinado en caso dique se
tocase. Ahora bien, si se clavase un alfiler en el dedo de una persona un poco
antes y un poco después de su muerte, por más que el alfiler sea tan agudo en
un caso como en otro, produciendo igualmente en ambos casos una solución de
continuidad, con todo, la acción del alfiler producirá dolor en el primero de
los casos y no en el último, pues en este caso el cuerpo pinchado carece de
alma y, por ende, de facultad perceptiva. De este modo, si no hubiese cuerpos
sensibles, esos cuerpos que ahora son los objetos de nuestros sentidos no
estarían dotados más que dispositivamente, por así decir, de colores, sabores y
similares, no poseyendo de hecho más que esas afecciones más católicas de los
cuerpos, figura, movimiento, textura, etc. A fin de ejemplificar esto un poco
más aún, supongamos que una persona golpea un tambor a cierta distancia de la
boca de una cueva convenientemente situada para devolver el ruido que produce.
Pues bien, aunque la gente concluya de hecho que la cueva tiene eco, siendo
proclive por ello a imaginar alguna propiedad real en el lugar en el que se
dice que hay eco, y aunque ciertamente el mismo ruido producido en muchos otros
de los lugares vecinos no se refleje hasta el oído, con lo que esos Tugares
mostrarán no tener eco, con todo, hablando físicamente de las cosas, esta
propiedad o cualidad peculiar que imaginamos en la cueva no es en ella otra
cosa que la concavidad de su forma, mediante la que se halla de este modo
dispuesta, como cuando el aire golpea contra ella, a reflejar el movimiento
hacia el lugar desde el que comenzó dicho movimiento. Lo que ocurrió en esta
ocasión no es ciertamente más que esto, que las baquetas que caen sobre el
tambor percuten el aire poniendo a este cuerpo fluido en un movimiento
ondulatorio y las ondas del aire, empujándose unas a otras hasta llegar a la
superficie cóncava de la cueva, debido a su resistencia y figura, ven su
movimiento dirigido en sentido contrario; es decir, hacia atrás, hacia aquel
lugar en que se hallaba el tambor cuando fue golpeado. Así pues, en lo que aquí
ocurre no interviene más que la figura de un cuerpo y el movimiento de otro,
por más que si el oído de una persona viene a estar en el camino de estos
movimientos del aire hacia adelante y hacia atrás, le suministran su
percepción, que llama sonido. Dado que estas percepciones que se supone
proceden de la misma percusión del tambor, y por ende del aire, se realizan en
distintos momentos, una después de la otra, se imagina que ese cuerpo hueco,
del que se piensa que sale al aire el último sonido, posee una facultad
peculiar, motivo por el cual la gente tiende a decir que tal lugar tiene eco.
5.
Si bien
un cuerpo parece a menudo producir en otro diversas cualidades de esas que
llamamos sensibles, las cuales por consiguiente no parecen precisar referencia
alguna a nuestros sentidos, con todo yo considero que cuando un cuerpo
inanimado opera sobre otro, el agente no produce realmente nada en el paciente
salvo cierto movimiento local de sus partes o cierto cambio en la textura
consiguiente a dicho movimiento. Así, si el paciente llega a poseer alguna
cualidad sensible que antes no tenía, la adquiere por la misma razón por la que
la poseen otros cuerpos, no siendo más que una consecuencia de este cambio
mecánico de textura el que, por medio de sus efectos sobre nuestros órganos de
los sentidos, nos veamos inducidos a atribuirle esta o aquella cualidad
sensible. En caso de que ocurra que un alfiler se vea llevado por algún cuerpo
inanimado contra el dedo de una persona, lo único que hace el agente es poner
un cuerpo agudo y fino en tal clase de movimiento; y lo que hace el alfiler es
introducirse en un cuerpo con el que topa que no es lo bastante duro como para
resistir a su movimiento. El que de ello se siga una cosa como el dolor no es
más que una consecuencia que nada añade de real al alfiler que ocasiona el
dolor. Así, si merced a la caída de un cuerpo pesado y duro sobre un trozo de
hielo transparente, éste se rompe en un polvo grueso que parece blanquecino, el
cuerpo que cae no hace al hielo más que romperlo en pequeñísimos fragmentos que
yacen confusamente unos sobre otros, por más que, debido a la estructura del
mundo y de nuestros ojos, se siguiese durante el día y gracias a dicha
trituración ese tipo de copiosa reflexión de la luz incidente hacia nuestros
ojos que denominamos blancura. Y cuando el Sol, fundiendo este hielo roto,
destruye la blancura de esa porción de materia haciendo que se torne diáfana,
cosa que antes no era, no hace más que alterar la textura de las partes
componentes poniéndolas en movimiento y por ende en un nuevo orden con el que,
debido a la disposición de los poros interpuestos entre ellas, no reflejan más
que unos pocos de los haces incidentes de luz, transmitiendo la mayoría de
ellos. Así, cuando con un pulidor se bruñe un trozo rugoso de plata, lo único
que se produce en realidad es la depresión de las pequeñas partes protuberantes,
poniéndolas al mismo nivel que el resto de la superficie. Sin embargo, debido a
este cambio mecánico de la textura de las partes superficiales, las personas
decimos que ha perdido la cualidad de la rugosidad, adquiriendo la de la
lisura, ya que mientras que anteriormente las pequeñas protuberancias resistían
un tanto con su forma al movimiento de nuestros dedos, raspándolos un poco,
ahora éstos no se encuentran con dicha resistencia desagradable. Es cierto que
el fuego funde el hielo y hace también fluida la cera, permitiéndole quemar la
mano de una persona; sin embargo, ello no muestra necesariamente que haya en él
una cualidad inherente de calor distinta de la virtud que posee de poner las
pequeñas partes de la cera en un movimiento tal que su agitación vence a su
cohesión. Dicho movimiento, junto con su gravedad, es suficiente para
hacerlas pro tempore formar un cuerpo fluido. Asimismo, el
agua fuerte sin ningún calor (sensible) hará que el alcanfor arrojado a ella
adopte la forma de un líquido distinto de ella, y he experimentado que un fuego
fuerte hará también fluido al alcanfor, por no añadir que conozco un líquido
que, al poner en él algunos cuerpos, estando él (tanto como ellos) de hecho
frío (con lo que no se sospecharía que tuviese un calor inherente actual), no
sólo disipará rápidamente en humo muchas de sus partes, sino que además dejará
el resto negro y quemado casi como un carbón. Así pues, aunque supongamos que
el fuego no hace más que agitar diversa y bruscamente las partes imperceptibles
de la cera, ello puede bastar para nacernos pensar que la cera se halla dotada
de una cualidad de calor, puesto que si tal agitación es mayor que la del
espíritu y otras partes de nuestros órganos del tacto, ello asta para producir
en nosotros esa sensación que llamamos calor, la cual es hasta tal punto
relativa a los sentidos que la aprehenden, que vemos que la misma agua tibia,
esto es, aquélla cuyos corpúsculos están moderadamente agitados por el fuego,
parecerá caliente a una mano de una persona si está muy fría, y fría a la otra
en caso de que se halle muy caliente, por más que ambas sean las manos de la
misma persona. Dicho sea brevemente, si imaginamos que un par cualquiera de los
cuerpos que hay entorno nuestro, como una piedra, un metal, etc., nada tiene
que ver en absoluto con cualquier otro cuerpo del universo, no es fácil
concebir ni que uno pueda actuar sobre el otro si no es mediante el movimiento
local (de todo el cuerpo o de sus efluvios corpóreos) ni que mediante el
movimiento pueda hacer algo más que poner también en movimiento las partes de
otro cuerpo, produciendo de ese modo en ellas un cambio de situación y textura
o de alguna otra de sus afecciones mecánicas. Ahora bien, si este cuerpo
(pasivo) se coloca entre otros cuerpos en un mundo constituido como lo está
ahora el nuestro, viéndose llevado a actuar sobre los curiosísimamente ideados
sentidos de los animales, puede por ambas razones exhibir muchos fenómenos
sensibles diversos, los cuales, aunque los consideremos como cualidades
distintas, no son por consiguiente más que los efectos de las a menudo
mencionadas afecciones católicas de la materia, deducibles del tamaño, forma,
movimiento (o reposo), postura, orden y la resultante textura de las partes
insensibles de los cuerpos. Por consiguiente, si bien en aras de la brevedad no
tendré ningún escrúpulo a la hora de usar la palabra cualidades, dado que ya
goza de tan general aceptación, no obstante habrá de entenderse que la uso en
un sentido conforme a la doctrina arriba expuesta. Como si al decir que la
rugosidad puede rozar y dañar la piel quisiese dar a entender que una lima u
otro cuerpo, al tener en su superficie una multitud de partes sobresalientes
pequeñas y duras, con una figura angular aguda, se halla cualificada para operar
el efecto mencionado; así, si dijese que el calor funde los metales, querría
decir que esta fusión la realiza el fuego o algún otro cuerpo que, por el
diverso y vehemente movimientos de sus partes insensibles, nos parece caliente.
Y de ahí (dicho sea de paso) supongo que fácilmente colegiréis qué pienso yo de
la controversia con tanto calor disputada últimamente por dos facciones de
sabios, en la que una de ellas haría que todos los accidentes operasen tan sólo
en virtud de la materia en que residen, haciendo la otra que la materia actuase
tan sólo en virtud de sus accidentes; en efecto, considerando que por un lado
las cualidades de las que aquí hablamos dependen de tal modo de la materia que
sólo pueden tener el ser en y por ella, y considerando por otro lado que no se
puede concebir cómo podría operar en absoluto la materia si toda ella se
hallase completamente desprovista de movimiento (por no hablar ahora de otros
accidentes), considero más seguro concluir que no es ni la materia ni las
cualidades separadas, sino ambas conjuntamente, las que realizan lo que vemos
que los cuerpos se hacen unos a otros, según la doctrina de las cualidades que
ahora acabamos de exponer.
VII.Sobre la naturaleza de una
Forma: Podemos avanzar un
poco más y considerar que los hombres, habiendo constatado que ciertos
accidentes conspicuos se hallarían asociados en algunos cuerpos y otras
colecciones de accidentes en otros, por comodidad y para expresar más
expeditivamente sus ideas, acordaron separarlos en diversas categorías que
denominan géneros o especies, según que los dirijan hacia arriba, hacia una
clase de cuerpos más comprensiva, o hacia abajo, hacia una especie más
restringida o hacia los individuos. Así, al observar que muchos cuerpos
concordaban en ser fusibles, maleables, pesados y similares, dieron a este tipo
de cuerpo el nombre de metal, que constituye un género por respecto al oro, la
plata, el plomo, aunque es tan sólo una especie por respecto a ese tipo de
cuerpos mixtos que denominan fossilia [220],
comprendiendo este género superior tanto a los metales como a las piedras y
otras diversas concreciones, por más que no sea a su vez más que una especie
respecto a los cuerpos mixtos. Ahora bien, cuando un cuerpo cualquiera se
remite a una especie particular (como metal, piedra o similares) debido a que
los hombres han decidido por conveniencia designar con un nombre todos los
aspectos esenciales requeridos para constituir dicho cuerpo, la mayoría de los
autores de física han tendido a pensar que, además de la materia común de todos
los cuerpos, hay una sola cosa que distingue esa clase de otras, naciéndola lo
que es, cosa que en aras de la brevedad llaman una Forma. Y dado que todas las
cualidades y demás accidentes del cuerpo han de depender de ella, imaginan
también que es una genuina substancia e incluso una especie de alma que, unida
a la materia bruta, forma con ella un cuerpo natural y actúa en ella mediante
las diversas cualidades que allí se encuentran y que la gente usa atribuir a la
criatura así compuesta. Mas a este respecto he de observar que si (por ejemplo)
se le pregunta a una persona qué es el oro, si no puede mostraros un trozo de
oro y deciros que esto es oro, os lo describirá como un cuerpo extremadamente
pesado, muy maleable y dúctil, fusible y sin embargo fijo en el fuego y de
color amarillento; y si ofrecéis cambiarle un trozo de bronce por uno de oro,
de inmediato rehusará hacerlo y (si entiende de metales) os dirá que aunque
vuestro bronce tenga el mismo color, no es tan pesado ni tan maleable ni
resistirá como el oro el máximo fragor del fuego o el agua fuerte. Y si se
pregunta a la gente qué entiende por carbúnculo, nitro o perla, seguirá dando
respuestas tales que claramente se podrá percibir que por más que las personas
hablen en teoría de Formas substanciales, con todo aquello en lo que se-basan
para distinguir realmente un cuerpo de otros, remitiéndolo a esta o aquella
especie de cuerpos, no es otra cosa que un agregado o reunión de aquellos
accidentes que la mayoría de las personas consideran necesarios y suficientes
merced a una especie de acuerdo (pues el asunto es más arbitrario de lo que
somos conscientes) para hacer que una porción de la materia universal
pertenezca a este o aquel determinado género o especie de cuerpos naturales.
Por tanto, no sólo la generalidad de los químicos, sino diversos filósofos y,
lo que es más, incluso algunos de los escolásticos, mantienen la posibilidad de
transmutar los metales más innobles en oro, lo que habla a favor de que si
alguien pudiese hacer que una porción de materia fuese amarilla, maleable,
pesada, fija en el fuego, indisoluble en la prueba del agua fuerte, poseyendo
en suma la reunión de todos esos accidentes mediante los que la gente distingue
el oro verdadero del falso, la tomarían sin escrúpulos por verdadero oro. En
tal caso, la generalidad del género humano dejaría a los doctores de la escuela
la discusión de si, siendo un cuerpo artificial (al ser producido por el arte
del químico), posee la forma substancial del oro y, teniendo en cuenta la
concurrencia de los recientemente mencionados accidentes, le permitirían
circular libremente entre sí, a pesar de que la mayoría de los hombres procuran
no verse engañados en asunto de tal naturaleza, poniendo en ello mayor cuidado
que en ningún otro. Ciertamente, puesto que a cada especie determinada de
cuerpos pertenece más de una cualidad y, en la mayor parte, la concurrencia de
muchos es tan esencial para ese tipo de cuerpos que la falta de una cualquiera
de ellas basta para excluirlo de la pertenencia a dicha especie, nada más se
precisa para discriminar suficientemente cualquier tipo de cuerpos de todos los
demás cuerpos del mundo que no son de esa clase. Así, la luna
fixa [221] de
los químicos, a la que, según nos dicen, no le falta ni el peso ni la
maleabilidad ni la fijeza ni cualquier otra propiedad del oro, excepto el
carácter amarillo (lo que les hace denominarla oro blanco), en virtud de la
falta de color se distinguirá fácilmente del oro verdadero. Y no resultará esto
asombroso si se repara en que, aunque esferas y paralelepípedos no difieran más
que en la forma, con todo esa sola diferencia es la base de tantas otras
que Euclides y otros geómetras han demostrado no sé cuántas
propiedades de la una que en absoluto pertenecen a la otra. El propio Aristóteles dice
en alguna parte [222] que
una esfera se compone de bronce y redondez. Supongo que se consideraría culpa
de la propia persona que ésta no pudiese distinguir una aguja de una lima o una
llave de unas tijeras, aunque estando todas ellas hechas de hierro y no
difiriendo más que en tamaño y forma, son menos notablemente distintas que los
cuerpos naturales, la mayoría de los cuales difieren entre sí en muchos más de
dos accidentes. Tampoco tenemos por qué pensar que, al no ser las cualidades
más que accidentes, no puedan ser esenciales para un cuerpo natural, pues el
accidente, como señalé más arriba, se opone a veces a substancia y a veces a
esencia. Y aunque un accidente no pueda menos de ser accidental para la materia
que es algo substancial, con todo puede ser esencial para este o aquel cuerpo
particular. Así, en el recientemente mencionado ejemplo de Aristóteles, aunque
la redondez no sea más que accidental para el bronce, con todo es esencial para
una esfera de bronce, pues aunque el bronce estuviese privado de redondez (como
ocurriría si fuese cúbico o de cualquier otra figura) seguiría siendo una
substancia corpórea, pero sin dicha redondez no podría ser una esfera. Por
tanto, dado que un agregado o reunión de cualidades basta para hacer que la
porción de materia en que se halla sea lo que es, denominándola una de estas o
aquellas clases de cuerpos, y dado que esas cualidades que ya hemos visto
proceden a su vez de esas afecciones de la materia más primarias y católicas,
tamaño, figura, movimiento o reposo y la textura que de ahí resulta, por qué no
podríamos decir que la Forma de un cuerpo compuesto de esas cualidades unidas
en un sujeto consiste asimismo en la reunión de esas recientemente mencionadas
afecciones mecánicas de la materia, necesaria para constituir un cuerpo de esa
clase determinada. Así, aunque en aras de la brevedad conserve la palabra
Forma, con todo se entenderá que con ella me refiero no a una substancia real
distinta e la materia, sino tan sólo a la propia materia de un cuerpo natural
considerado con su modo peculiar de existencia, que creo que se puede llamar
sin inconveniente su estado específico o denominativo, o su modificación
esencial, o si se prefiere que lo exprese con una palabra, su sello. En efecto,
tal reunión de accidentes es suficiente para realizar los oficios que
necesariamente se requieren de lo que la gente llama una Forma, puesto que hace
al cuerpo tal como es, haciéndolo pertenecer a esta o aquella especie
determinada de cuerpos, distinguiéndolo de todas las demás especies
cualesquiera de cuerpos. Así, por ejemplo, el peso, la ductilidad, la fijeza,
el carácter amarillo y algunas otras cualidades que concurren en una porción de
materia constituyen con ella el oro, haciéndolo pertenecer a esa especie que
llamamos metales y a ese tipo de metales que llamamos oro, dándole a la vez el
nombre y distinguiéndolo de las piedras, sales, marcasitas [223] y
todos los demás tipos de cuerpos que no son metales, y de la plata, bronce,
cobre y todos los metales excepto el oro. Y mientras que hay quienes dicen que
la Forma de un cuerpo también debería ser el principio de su operar, más
adelante consideraremos en qué sentido tal cosa ha de admitirse o rechazarse;
entretanto puede bastamos que incluso en la filosofía vulgar se reconoce que
las cosas naturales operan en su mayor parte por sus cualidades, a la manera en
que la nieve ofusca los ojos con su blancura y el agua dispersada en gotas de
lluvia cae desde las nubes debido a su gravedad. A lo cual añadiré que cuán
grande pueda ser el poder que es susceptible de ejercer un cuerpo en virtud de
una única cualidad es algo que puede verse por los diversos y a menudo
prodigiosos efectos que el niego produce merced a su calor, cuando con él funde
los metales, calcina las piedras, destruye ciudades y bosques enteros, etc. Y
si varias cualidades activas convienen en un cuerpo (puesto que lo que en
nuestra hipótesis se entiende por Forma comprende usualmente varias de ellas),
cuán grandes cosas pueden realizarse mediante ellas es algo que puede
columbrarse un tanto por las extrañas cosas que vemos hacer a algunas máquinas
que estando en cuanto máquinas sin duda desprovistas de Formas substanciales,
han de realizar esas cosas extrañas por las que se las admira en virtud de esos
accidentes: figura, tamaño, movimiento y disposición de sus partes. Y eso sin
mencionar el hecho de que, en nuestra hipótesis, aparte de esas operaciones que
proceden de la modificación esencial de la materia, puesto que el cuerpo
(compuesto de materia y accidentes necesarios) se considera per modum
unius como un agente corpóreo completo, en diversos casos puede poseer
otras operaciones por mor de esos corpúsculos particulares que, por más que
concurran en su composición, y respecto al todo no se consideren más que como
sus partes, pueden no obstante retener su propia naturaleza particular y varias
de las cualidades pealares. Así, un reloj, aparte de esas cosas que el reloj
realiza en cuanto tal, las diversas partes de que consta, como el resorte, las
ruedas, la cuerda, las claves, etc. pueden poseer cada una de ellas su peculiar
tamaño, figura y otros atributos, merced a uno o más de los cuales la rueda o
el resorte, etc. pueden hacer otras cosas además de las que hacen como meras
partes constituyentes del reloj. Así, en la leche de una nodriza que haya
tomado unas horas antes una poción, por más que los corpúsculos de la medicina
purgante no aparezcan a los sentidos distintos de otras partes de la leche que
en muchísimo mayor número concurren con ellos en la constitución de ese líquido
blanco, no obstante, esas partículas purgantes que no parecen ser más que una
parte de la materia de que consta la leche retienen sin embargo su propia
naturaleza y cualidades hasta tal punto que, al mamarlas el infante con el
resto, rápidamente se discriminan y ponen de manifiesto purgándolo. Pero de
estas cosas ya hablaremos más adelante.
VIII.De la generación,
corrupción y alteración: Resta
ahora que declaremos qué es lo que, según el tenor de nuestra hipótesis, ha de
entenderse por generación, corrupción y alteración (tres nombres que han
ofuscado y dividido muchísimo a los filósofos). En orden a ello, podemos
considerar.
1.
Que hay
en el mundo una gran cantidad de partículas de materia, cada una de las cuales
es demasiado pequeña como para ser sensible hallándose aislada; y siendo entera
o indivisa, no sólo ha de tener su forma determinada, sino que ha de ser muy
sólida. Hasta tal punto es así, que aunque sea divisible mentalmente y por la
divina omnipotencia, no obstante, por razón de su pequeñez y solidez, la
naturaleza casi nunca la divide de hecho; y en ese sentido pueden
denominarse mínima o prima naturalia.
2.
Que hay
también multitud de corpúsculos formados por la unión de varios de esos mínima
naturalia previos, cuyo tamaño es tan pequeño y su adherencia tan
firme y estricta que aisladamente cada una de estas pequeñas concreciones o
cúmulos primitivos (si se me permite llamarlos así) de partículas se hallan por
debajo del alcance de los sentidos; y aunque no sean absolutamente indivisibles
por la naturaleza en los prima naturalia que los componen o
quizá en otros pequeños fragmentos, con todo, por las razones recientemente
apuntadas, muy rara vez resultan disolverse o romperse de hecho, permaneciendo
por el contrario íntegros en una gran variedad de cuerpos sensibles bajo
diversas formas y disfraces. De esa manera, para no repetir lo que acabamos de
decir de los corpúsculos purgantes de la leche no destruidos, vemos que
corpúsculos aún mayores y más compuestos pueden poseer semejante textura
permanente, pues el mercurio, por ejemplo, puede convertirse en un polvo rojo a
partir de un cuerpo maleable y fusible, o en un humo fugitivo, disfrazándose de
no sé cuántas maneras más, a pesar de lo cual sigue siendo mercurio verdadero
recuperable. Y estas son, por así decir, las semillas o principios inmediatos
de muchos tipos de cuerpos naturales, como tierra, agua, sal, etc.; y esos,
aisladamente imperceptibles, cuando se unen, se tornan capaces de afectar a los
sentidos. Como he comprobado, si un buen alcanfor se mantiene un rato en
espíritu de vino puro, se reducirá a partes tan pequeñas que desaparecerá
completamente en el líquido sin hacerlo aparecer menos claro que el agua
cristalina; y sin embargo, si se vierte en esta mezcla una adecuada cantidad de
agua, en un momento los corpúsculos dispersos del alcanfor, reuniéndose, se
tornarán blancos y por ende visibles como antes de su dispersión.
3.
Que tanto
cada uno de los mínima naturalia como cada uno de los
aglomerados primarios arriba mencionados, poseyendo su propio tamaño y forma
determinados, cuando estos se adhieren unos a otros ha de ocurrir siempre que
cambie el tamaño y a menudo la figura del corpúsculo compuesto por su yuxtaposición
y cohesión. Además, no es infrecuente que el movimiento de uno u otro o de
ambos reciba una nueva tendencia o se altere en lo que atañe a su velocidad o a
otro aspecto. Lo mismo ocurrirá cuando los corpúsculos que componen un
conglomerado de partículas se disocian o se desgaja algo de la pequeña masa. Y
si se añade o quita algo de materia a un corpúsculo, en ambos casos (como
acabamos de señalar) su tamaño debe alterarse necesariamente y en su mayor
parte también la figura, con lo que adquirirá una congruencia con los poros de
ciertos cuerpos (y quizá de algunos de nuestros sentidos) y se hará
incongruente con los de otros. Consiguientemente, como mostraré después más
detalladamente, se hallará cualificado para operar en diversos casos de manera
muy distinta de o que podía hacerlo anteriormente.
4.
Que
cuando muchos de estos corpúsculos insensibles llegan a asociarse en un cuerpo
visible, si muchos o la mayoría de ellos se ponen en movimiento, eso mismo
puede producir grandes cambios y nuevas cualidades en el cuerpo que componen.
En efecto, no sólo el movimiento puede realizar muchas cosas, incluso cuando no
produce ninguna alteración visible en él, a la manera en que el aire puesto en
movimiento rápido (como cuando se sopla con fuelles) adquiere un nuevo nombre,
llamándose viento, y se muestra al tacto mucho más frío que el mismo aire
cuando no forma corriente, o a la manera en que el hierro al frotarse
rápidamente contra la madera o contra otro hierro ve sus pequeñas partes tan
agitadas como para aparecer caliente a nuestros sentidos; sino que además este
movimiento a menudo produce alteraciones visibles en la textura del cuerpo que
lo recibe, pues las partes movidas siempre tratan de comunicar su movimiento o
cierto grado de él a algunas otras partes que antes se hallaban o en reposo o
con otro movimiento, y a menudo las mismas partes movidas por ese motivo
desunen o rompen algunos de los corpúsculos contra los que chocan, cambiando
con ello su tamaño o forma, o ambas cosas, y o bien arrastran algunos de ellos
totalmente fuera del cuerpo alojándose quizá en sus lugares, o bien los asocian
de nuevo con otros. De donde se sigue usualmente que la textura, a menos que
sea muy estable y definitivamente permanente, se ve muy alterada al menos por
un momento, especialmente por cuanto que los poros o pequeños intervalos
interceptados entre las partículas componentes cambiarán de tamaño y figura o
ambas cosas, dejando así de ser conmensurables con los corpúsculos adecuados a
ellos con anterioridad, tornándose conmensurables con aquellos corpúsculos de
otros tamaños y formas que hasta entonces eran incongruentes con ellos. Vemos
así que el agua, al perder la necesaria agitación de sus partes, puede adquirir
la firmeza y fragilidad que hallamos en el hielo, perdiendo gran parte de la
transparencia que tenía cuando era un líquido. Asimismo, al frotar con mucha
fuerza dos trozos de madera resinosa uno contra otro, podemos hacer que emitan
varias de sus partes más sueltas, formando exhalaciones y humo visible; y si el
frotamiento se prosigue debidamente, puede provocar que la conmoción de las
partes cambie de tal modo la textura del todo que luego las partes de la
superficie se transformen en una especie de carbón. Así la leche, especialmente
en tiempo caluroso, merced al movimiento intestino aunque lánguido de sus partes,
se convertirá en poco tiempo en un tipo de líquido más tenue que la leche y en
nata, y ésta (últimamente mencionada) con sólo agitarla en una mantequera, se
convertirá en breve tiempo en ese cuerpo untuoso y consistente que llamamos
mantequilla y en el suero tenue, fluido y agrio. Así (para terminar) cuando se
magulla la fruta, ordinariamente cambia hasta tal punto su textura que, como
vemos especialmente en las manzanas, la parte machacada se torna pronto de otra
naturaleza que la parte sana, distinguiéndose la una de la otra tanto en color
como en sabor, olor y consistencia. De este modo (como ya hemos insistido) de
todas las afecciones de la materia, el movimiento local posee el mayor interés
para su alteración y modificación, ya que de entre las causas segundas no sólo
es el gran agente o eficiente, sino que en ocasiones es además una de las
principales cosas que constituyen la Forma de los cuerpos. Así, cuando dos
palos se incendian mediante una prolongada y vehemente agitación, el movimiento
local es no sólo lo que enciende la madera, produciendo así como eficiente el
fuego, sino que es lo que principalmente contribuye a dar a la corriente
producida de materia brillante el nombre y la naturaleza de llama, concurriendo
así también a la constitución de todos los cuerpos fluidos.
5.
Y que
puesto que ya hemos visto que el color, olor, sabor y demás cualidades de los
cuerpos han de derivarse del tamaño, forma y movimiento de las pequeñas partes
de la materia, así como de la textura que resulta del modo en que se ordenan en
cada uno de esos cuerpos, nos será fácil recordar que dichos cambios, si se dan
en una porción de materia, varían hasta tal punto su naturaleza, que no hemos
de burlamos de los antiguos atomistas por tratar de deducir la generación y
corrupción de los cuerpos de las famosas σύγχρισιζ χαι διαχρισιζ, la reunión
y disolución, y las alteraciones a partir de la transposición de sus
(supuestos) átomos. En efecto, aunque ciertamente la naturaleza usa implicar
los tres modos [224] en
los cambios que introduce en las cosas corpóreas, tanto en las alteraciones
como en las generaciones y corrupciones, con todo si sólo querían decir, como
bastante probablemente ocurría, que de los tres modos propuestos el primero
usaba ser el principal en la generación e los cuerpos, el segundo en la
corrupción y el tercero en las alteraciones, entonces no me opondré mucho a su
doctrina, si bien considero que el movimiento local o transposición de las
partes en la misma porción de materia tiene una gran importancia tanto para la
generación y corrupción como para la alteración, tal y como vemos cuando la
leche, la carne o la fruta, sin ninguna notable adición o pérdida de partes, se
convierte en cresas u otros insectos; o como podemos observar más conspicuamente
en la precipitación del mercurio sin adición, en la vitrificación de los
metales y en otros experimentos químicos que mencionaremos posteriormente.
6.
Dadas
estas cosas, no será difícil en pocas palabras incluir tal doctrina relativa a
la generación, corrupción y alteración de los cuerpos como concorde con nuestra
hipótesis y el discurso anterior. En efecto, si en una porción de materia viene
a producirse (no importa mucho cómo) una reunión de todos esos accidentes (sean
sólo esos o más) que los hombres por tácito acuerdo han considerado necesarios
y suficientes para constituir alguna de las especies determinadas de cosas
corpóreas, entonces diremos que se produce de novo un cuerpo
perteneciente a esa especie, como pueda ser una piedra o un metal. No es que
realmente se produzca algo substancial, sino que esas partes de la materia que
preexistían ciertamente con anterioridad, si bien se hallaban dispersas o
compartidas entre otros cuerpos, o al menos dispuestas de otro modo, se unen
ahora y se ordenan de modo preciso para conceder al cuerpo de ellas resultante
una nueva denominación, haciéndolo pertenecer a tal especie determinada de
cuerpos naturales; de modo y manera que no se produce o genera ninguna
substancia nueva, sino que tan sólo adquiere una nueva modificación o modo de
existencia aquello que preexistía. Así, cuando el resorte, las ruedas, la
cuerda, el volante, las agujas, etc. precisos para un reloj y que se hallaban
en un principio dispersos, unos en un lugar de la tienda del artesano y otros
en otro, se montan por vez primera en el orden requerido para formar esa
máquina capaz de mostrar cómo pasa el tiempo, se dice que se ha hecho un reloj;
no es que ninguna de las partes materiales mencionadas se haya producido de
novo, sino que hasta entonces la materia separada no se encontraba
montada y dispuesta del modo exigido para constituir una cosa de esas que
denominamos reloj. Asimismo, cuando la arena y cenizas se funden bien juntas, y
se dejan enfriar, mediante la licuefacción se genera ese tipo de concreción que
denominamos vidrio, por más que sea evidente que sus ingredientes no sólo
preexistían, sino que tan sólo por su asociación adquieren un nuevo modo e
coexistencia. Así, cuando al batir la nata se genera mantequilla y suero, no
encontramos que en ninguno de ellos se haya producido nada substancial de
novo, sino tan sólo que el suero y los corpúsculos grasos, al ponerse
en movimiento local, por sus frecuentes colisiones se desembarazan unos de
otros, asociándose de una nueva manera precisa para constituir los cuerpos
cuyos nombres reciben.
Del mismo modo que se dice que un cuerpo ha sido generado cuando aparece
por vez primera revestido con todas aquellas cualidades en función de las
cuales la gente ha tenido a bien llamar piedras a algunos cuerpos, metales a
otros, a otros sales, etc., así cuando un cuerpo viene a perder todos o algunos
de esos accidentes esenciales y necesarios para la constitución de dicho
cuerpo, dícese entonces que se ha corrompido o destruido, no siendo ya un
cuerpo de esa clase, perdiendo el título a su primitiva denominación. No es que
con este cambio perezca nada corpóreo o substancial, sino tan sólo que se
destruye la modificación esencial de la materia; y por más que el cuerpo siga
siendo un cuerpo (no siendo capaz de aniquilar la materia ningún agente
natural), con todo ya no es el cuerpo que era antes, sino que ha perecido en
cuanto cuerpo de ese tipo. Así, si una piedra cae sobre un reloj y lo rompe en
pedazos, del mismo modo que cuando se construyó el reloj no se produjo ninguna
substancia nueva, al preexistir todas las partes materiales (como el acero, el
bronce, la cuerda, etc.) en algún lado (como en las minas de hierro y cobre, en
las entrañas de esos animales con cuyas tripas acostumbran los hombres a
fabricar cuerdas), de ese mismo modo no se pierde ni la mínima parte de la
substancia del reloj, sino que tan sólo se desplaza y dispersa, si bien esa
porción de materia deja de ser un reloj como lo era antes. De este modo
(resumiendo nuestro último ejemplo), cuando al batir la nata se convierte en
mantequilla y en un líquido seroso, las partes de la leche permanecen asociadas
en esos cuerpos nuevos, si bien el líquido blanco perece en cuanto leche.
Asimismo, cuando el hielo se funde en recipientes herméticamente cerrados, si
bien la corrupción se produce tan sólo (al parecer) por la introducción de un
nuevo movimiento y disposición en las partes del agua helada [225], con
todo deja por ello de ser hielo, por más que sea tan agua y por ende tan cuerpo
como antes de helarse o fundirse. Estos y similares ejemplos pueden enseñarnos
a comprender adecuadamente ese común axioma de los naturalistas, Corruptio
unius est generatio alterius; & e contra [226] ; pues ya que todos reconocen que la materia no se puede aniquilar, y ya
que, por lo que hemos dicho más arriba, parece que hay algunas propiedades como
el tamaño, la forma y el movimiento (o, en su ausencia, el reposo) que son
inseparables de las partes actuales de la materia, y dado que también la
coalición de cualquier número adecuado de estas partes basta para constituir un
cuerpo natural dotado de diversas cualidades sensibles, no puede menos de
ocurrir que los mismos agentes que destrozan la trama o destruyen la textura de
un cuerpo, al barajar las partes y disponerlas de una manera nueva, las harán
formar un nuevo tipo de cuerpos, a la manera en que la combustión que destruye
la madera la convierte en llama, hollín y cenizas. Tan sólo dudo de que sea
verdadero en general el axioma, si se entiende en el sentido de que toda
composición haya de terminar en la generación de un cuerpo perteneciente a
alguna especie particular.de cosas; a no ser que tomemos los polvos y cuerpos
fluidos indefinidamente por especies de cuerpos naturales, ya que es obvio que
existen multitudes de vegetales y otras concreciones que, al pudrirse, no se
convierten como otros en gusanos, sino que lo hacen más bien en cierta
substancia legamosa o acuosa, o bien (que es lo más corriente) se deshacen en
una especie de polvo o tamo que, aunque se considere como la tierra en la que
se resuelven en última instancia los cuerpos podridos, dista de poseer una
naturaleza elemental, siendo aún un cuerpo compuesto que conserva algunas cualidades,
aunque no muchas, que a menudo hacen que el polvo de un tipo de planta o animal
difiera mucho del de otro. Esto me suministra el siguiente argumento ad
hominem; a saber, que en esas corrupciones violentas de los cuerpos
producidas por agentes externos que los hacen añicos, puesto que si el axioma
es verdadero resulta que los nuevos cuerpos que emergen con la disolución del
primero han de ser realmente cuerpos naturales (como ciertamente muchos de los
modernos sostienen que son), generados según el curso de la naturaleza, como
cuando la madera se destruye por obra del fuego convirtiéndose parte en llama,
parte en hollín, parte en carbones y parte en cenizas, entonces espero que se
nos permita concluir que esas producciones químicas que tantos tendrían por
cuerpos artificiales son cuerpos naturales regularmente generados. En efecto,
al ser el mismo agente, el fuego, el que opera sobre los cuerpos, expóngase a
él en recipientes cerrados o en chimeneas, no veo razón suficiente por la que
los aceites químicos, las sales volátiles y las otras cosas que obtienen los
espagíricos de los cuerpos mixtos no hayan de tenerse por cuerpos tan naturales
como el hollín, las cenizas y el carbón que se obtienen mediante el mismo fuego
de la madera prendida.
Mas antes de que dejemos el tema de la corrupción de los cuerpos, he de
prestar atención a lo que se llama su putrefacción. Esta no es más que un tipo
particular de corrupción que opera en los cuerpos lentamente (por lo que se
puede distinguir de la destrucción por el fuego y otros agentes rápidos). En la
mayoría de los casos, le sobreviene por medio del aire o algún otro fluido
ambiente que, al penetrar en los poros del cuerpo y agitarse en ellos,
normalmente arrastra algunas de las partes del cuerpo más ágiles y menos
trabadas, desligando y dislocando casi siempre las partes en general, cambiando
así la textura y tal vez también la figura de los corpúsculos que lo componen,
de manera que el cuerpo así transformado adquiere cualidades inadecuadas para
su anterior naturaleza, siendo en su mayor parte desagradable a los sentidos,
especialmente el olfato y el gusto. Añado esta última cláusula no sólo porque
el vulgo no considera como corrupción, sino como perfección, el cambio de un
huevo en pollo, sino además porque no considero improbable que si, mediante
esos cambios lentos de los cuerpos que los hacen perder su primitiva naturaleza
(y que por lo demás podrían pasar por putrefacción), muchos cuerpos adquiriesen
mejores olores y sabores que antes, o si la naturaleza, el hábito o cualquier
otra causa alterase mucho la textura de nuestros órganos del gusto y del
olfato, quizá no hubiese un acuerdo tan general acerca de qué habría de
considerarse putrefacción, puesto que ello implica una alteración perjudicial,
sino que la gente hallaría un concepto favorable para tales cambios. En efecto,
observo que aunque los nísperos adquieran con el tiempo el color y blandura de
las manzanas podres y otros frutos putrefactos, con todo, puesto que su sabor
no es entonces tan áspero como antes, llamamos en ellos sazón a lo que de lo
contrario llamaríamos putrefacción. Si bien cuando muere un cuadrúpedo
generalmente llamamos putrefacción al cambio que se opera en la sangre o la
carne, no obstante nos hacemos un juicio más favorable de lo que ocurre a la
carne y otras partes más blandas del animal (sea un tipo de conejo grande o un
ciervo muy pequeño y sin cuernos) con el que se hace almizcle en China y en el
Oriente, pues merced al cambio que sigue a la muerte del animal, la carne no
adquiere un olor odioso sino grato. Y vemos que algunas personas, cuyo apetito
se gratifica con queso podrido, no consideran que haya degenerado, sino que
piensan que ha alcanzado su óptimo estado cuando, tras perder su primitivo
color, olor y sabor, y aún más, habiéndose convertido en gran parte en esos
insectos llamados ácaros [227], se
halla no sólo corrompido en sentido filosófico, sino también pútrido en
estimación de la generalidad de las personas.
Mas dado que muy rara vez ocurre que un cuerpo no adquiera por
generación más cualidades que precisamente aquéllas que son absolutamente
necesarias para hacer que pertenezca a la especie que le da nombre,
consiguientemente en la mayoría de los cuerpos hay otras diversas cualidades
que pueden estar o faltar sin cambiar esencialmente al sujeto. Así, el agua
puede estar clara o revuelta, olorosa o hedionda, sin dejar por ello de ser
agua; igualmente, la mantequilla, sin dejar de ser mantequilla, puede ser amarilla
o blanca, dulce o rancia, consistente o fundida. Por tanto, siempre que un
trozo de materia adquiera o pierda una cualidad que no es esencial para ella,
esa adquisición o pérdida se denomina expresamente alteración (otros la llaman
mutación). La adquisición tan sólo de las cualidades que son absolutamente
necesarias para constituir su diferencia esencial o específica, o la pérdida de
alguna de esas cualidades, constituye uno de esos cambios que no han de
denominarse mera alteración, teniendo el nombre particular de generación o
corrupción; las cuales, según esta doctrina, no parecen ser más que diversos
tipos de alteración tomadas en sentido lato, por más que se distingan de ella
en una acepción más estricta y limitada del término.
He aquí una buena ocasión de percatarse de la fecundidad y alcance de
nuestra hipótesis mecánica, pues dado que, según nuestra doctrina, el mundo en
que vivimos no es una masa de materia inmóvil o desordenada sino un αυόματον
o máquina semoviente, en la que la mayor parte de la materia común
de todos los cuerpos se halla siempre (aunque no las mismas partes) en
movimiento, y en la que los cuerpos están tan próximos unos a otros que
(excepto en algunos escasísimos y extraordinarios casos, por así decir preternaturales [228] ) o
bien no presentan vacíos entre ellos o bien tan sólo los hay aquí y allá
intercalados y muy pequeños; y dado también que, según nosotros los diversos
modos de coalición de diversos corpúsculos en un cuerpo visible bastan para
conferirles una textura peculiar, haciéndolos así aptos para mostrar diversas
cualidades sensibles, tomándose en un cuerpo ora de una denominación ora de
otra, se seguirá muy naturalmente que de las diversas colisiones de esas
innumerables catervas de pequeños cuerpos que se mueven aquí y allí en el
mundo, habrá muchos aptos para unirse los unos a los otros componiendo
concreciones; otros muchos (aunque no en los mismísimos lugares) se separarán
entre sí y se agitarán, y habrá también multitudes que se verán llevadas a
asociarse ahora con un cuerpo y ahora con otro. Si consideramos también, por un
lado, que los tamaños de las pequeñas partículas de la materia pueden ser muy
diversos y sus figuras casi innumerables, y que si una parte de la materia se
adhiere a un cuerpo puede quizá conferirle una nueva cualidad, mientras que si
se adhiere a otro o choca contra alguna de sus partes puede constituir un
cuerpo de otro tipo, o que si una porción de materia se desgaja de otra puede
tan sólo por eso dejarla y tornarse de otra naturaleza distinta de la anterior;
si, digo, consideramos estas cosas por un lado y, por el otro, que (para usar
la comparación de Lucrecio [229] )
toda esa ¡numerable multitud de palabras contenidas en todos los lenguajes del
mundo está formada por las diversas combinaciones de algunas de las
veinticuatro letras del alfabeto, no será difícil imaginar que pueda haber una
inabarcable variedad de asociaciones y texturas de las diminutas partes de los
cuerpos y, por consiguiente, una vasta multitud de porciones de materia dotadas
de la suficiente cantidad de diferentes cualidades como para merecer distintas
denominaciones, por más que por descuido y falta de palabras adecuadas los
hombres aún no se hayan dado mucha cuenta de sus menos obvias variedades como
para clasificarlas como se merecen, otorgándoles nombres propios y distintos.
Así, aunque yo no diría que una cosa cualquiera pueda hacerse inmediatamente de
cualquier cosa, como un anillo de oro de un lingote de oro, o aceite o fuego de
agua, sin embargo, puesto que los cuerpos, que sólo tienen una materia común,
se pueden distinguir tan sólo mediante los accidentes, todos los cuales parecen
ser efectos y consecuencias del movimiento local, no veo por qué habría de ser
absurdo pensar que (al menos entre cuerpos inanimados), mediante la
intervención de cierta adición o substracción diminuta de materia (que, sin
embargo, en la mayoría de los casos apenas será necesaria) y mediante una serie
ordenada de alteraciones que dispongan gradualmente la materia a transmutar,
casi cualquier cosa puede convertirse a la larga en cualquier cosa [230], a la
manera en que, aunque no se pueda hacer inmediatamente un anillo de un lingote
de oro, con todo es algo que se puede hacer fácilmente sea tirando gradualmente
ese lingote para hacer alambre, sea fundiéndolo y vertiendo un poco en un
molde. Asimismo, aunque el agua no se pueda transmutar inmediatamente en
aceite, y mucho menos en fuego, sin embargo, si se alimentan ciertas plantas
con agua sola (como yo he hecho) hasta que hayan asimilado una gran cantidad de
ella en su propia naturaleza, es posible, entregando a la destilación en
recipientes adecuados este agua transmutada (que se puede distinguir y separar
de esa parte del vegetal originalmente introducido en ella), obtener entre
otras cosas un verdadero aceite y un carbón negro combustible (y por tanto,
fuego), pudiendo ser ambos tan copiosos como para no dejar ninguna causa
justificada para sospechar que puedan ser ni lejanamente algo suministrado por
algunas pequeñas partes espirituosas que pueda suponerse que esa parte del
vegetal que se puso originalmente en el agua haya aportado a esa parte mucho
mayor entregada a la destilación.
Ahora bien, Pirófilo, veo que la dificultad y fecundidad del tema me ha
hecho hasta tal punto más prolijo de lo que pensaba, que no estará ahora de más
abreviar el resumen de nuestra hipótesis, ofreciéndoos en pocas palabras sus
puntos fundamentales con pocos o ningún ejemplo y sin pruebas particulares.
Así pues, enseñamos (aunque sin afirmarlo perentoriamente):
1.
Que la
materia de todos los cuerpos, naturales es la misma; a saber, una substancia
extensa e impenetrable.
2.
Que
concordando así todos los cuerpos en la misma materia común, su distinción ha
de provenir de esos accidentes que la diversifican.
3.
Que el
movimiento, al no pertenecer a la esencia de la materia (que conserva su plena
naturaleza cuando se halla en reposo) y no siendo originalmente producible por
otros accidentes como ellos lo son a partir de él, puede tenerse por el modo o
afección primero y principal de la materia.
4.
Que el
movimiento diversamente determinado divide naturalmente la materia a que
pertenece en fragmentos o partes actuales, y la obvia experiencia (sobre todo
las operaciones químicas) manifiesta que esta división se ha realizado en
partes en extremo diminutas y muy a menudo demasiado diminutas como para ser
aisladamente perceptibles por nuestros sentidos.
5.
De ahí ha
de seguirse necesariamente que cada una de esas partes diminutas o mínima
naturalia (así como cualquier cuerpo particular compuesto mediante la
coalición de cualquier número de ellas) ha de poseer su magnitud o tamaño
determinado, así como su propia forma. Estos tres, a saber, tamaño, forma y
movimiento o reposo (no habiendo tercero entre estos dos), son los tres modos o
afecciones primarias o más católicas de las partes insensibles de la materia
consideradas cada una por su parte.
6.
Que
cuando varias de ellas se consideran conjuntamente, se seguirá necesariamente
en nuestro mundo tanto determinada posición o postura de cada una de ellas por
respecto al horizonte (así, levantada, inclinada o a nivel), como un cierto
orden o colocación delante, detrás o al lado una de otra, como cuando en una
compañía de soldados al estar uno de pié, el otro agachado, yaciendo otro en el
suelo, presentan diversas posturas, mientras que situarse uno al lado del otro
en columnas y uno detrás de otro en filas son variedades de su orden. Pues
bien, cuando muchas de esas pequeñas partes se ven llevadas a reunirse en un
cuerpo, de sus afecciones primarias y de su colocación o disposición por lo que
respecta a la posición y orden, resulta aquello que con un nombre general
denominamos la textura de dicho cuerpo. Ciertamente estos diversos tipos de
locación (para usar un término escolástico) atribuidos en este punto a las
diminutas partículas de los cuerpos son tan allegados, que todos ellos parecen
poderse remitir a la situación o posición (por el mero hecho de su reunión).
Estas son las afecciones que pertenecen a un cuerpo considerado en sí mismo sin
relación con los seres sensibles u otros cuerpos animales.
7.
Que
habiendo, sin embargo, en el mundo hombres cuyos órganos de los sentidos están
organizados de tales modos diferentes que un sentido es adecuado para recibir
las impresiones de unos tipos de objetos o cuerpos externos y otros las de
otros (sea que actúen como cuerpos enteros, por emisión de sus corpúsculos o
por su propagación de algún movimiento a los sentidos), los hombres llaman a
las percepciones de esas impresiones mediante diversos nombres, como calor,
color, sonido, olor, imaginando ordinariamente que proceden de ciertas
cualidades distintas y peculiares de los objetos externos que poseen cierta
semejanza con las ideas que su acción sobre los sentidos excita en la mente,
por más que no quepa duda de que todas estas cualidades sensibles y todo lo demás
que se halla en los cuerpos externos a nosotros no sean sino efectos o
consecuentes de las arriba mencionadas afecciones primarias de la materia,
cuyas operaciones se diversifican según la naturaleza de los sentidos u otros
cuerpos sobre los que actúan.
8.
Que
cuando una porción de materia, sea por aumento o pérdida de corpúsculos, por la
transposición de aquéllos de los que constaba anteriormente o por dos
cualesquiera de estos modos, o por todos, viene a adquirir la reunión de todas
esas cualidades que los hombres comúnmente convienen en que son necesarias y
suficientes para denominar al cuerpo que los posee ora un metal, ora una piedra
o algo de ese jaez, clasificándolo en cualquier especie peculiar y determinada
de cuerpos, entonces dícese que se ha generado un cuerpo de esa denominación.
9.
Esta
reunión de accidentes esenciales, tomándose (no cualquiera de ellos
separadamente, sino todos) juntos como la diferencia específica que constituye
el cuerpo y lo discrimina de todos los demás cuerpos, se denomina, al
considerarse algo colectivo, con un solo nombre: su Forma (como la belleza que
se compone de la simetría de las partes y la concordancia de los colores), que
no es consiguientemente más que un cierto carácter (como a veces la llamo) o un
estado peculiar de la materia o, si se me permite denominarla así, una
modificación esencial: una modificación porque ciertamente no es más que un
modo determinado de existencia de la materia y, sin embargo, una modificación
esencial ya que, por más que las cualidades concurrentes sean accidentales a la
materia (la cual con otras de ellas seguiría siendo materia), con todo son
esencialmente necesarias para el cuerpo particular que sin esos accidentes no
sería un cuerpo de tal denominación, como un metal o una piedra, sino de alguna
otra.
Ahora bien, siendo un cuerpo capaz de poseer muchas otras cualidades
además de esas cuya reunión es necesaria para componer su Forma, la adquisición
o pérdida de alguna de esas cualidades la denominan los naturalistas
alteración, en el sentido más estricto de dicho término, como cuando el aceite
se congela, cambia de color o se pone rancio. Mas si todas o algunas de las
cualidades consideradas esenciales para tal cuerpo llegan a perderse o
destruirse, tal cambio notable se denomina corrupción. Así, cuando el aceite al
hervir se incendia, no se dice que el aceite se altere en el sentido anterior,
sino que se corrompe o destruye, generándose el fuego emergente. Cuando
acontece que el cuerpo se corrompe lentamente, adquiriendo también por ello
cualidades molestas para nuestros sentidos, especialmente el olfato y el gusto
(como cuando la carne o la fruta se pudren), ese tipo de corrupción se llama
putrefacción con un nombre más particular. Mas ni en ésta ni en ninguna otra
clase de corrupción se destruye nada substancial (pues no se ha producido tal
cosa en la generación, y la materia misma todo el mundo la considera
incorruptible), sino tan sólo esa conexión especial de las partes o modo de su
coexistencia debido al cual la materia (mientras se hallaba en su primitivo
estado) era y se denominaba una piedra o un metal, o pertenecía a cualquier
otra especie determinada de cuerpos.
Notas:
[1] Para
el juicio de J. Evelyn, véase su carta a Boyle del 3 de Septiembre de 1659, en
T. Birch (ed.), The Works of the Honourable Robert Boyle (en
adelante citado como Works), 6 Vol, Londres 1772; Vol. VI,
pág. 291. Para J. Glanville, véase el capítulo 13 de su Plus Ultra, Londres,
1668. El juicio de P„ Shaw aparece en la primera página de su edición de The
Philosophical Works of the Honourable Robert Boyle, Esq. Abridged, Methodized,
and Disposed under... General Heads by Peter Shaw, M. D., Londres,
1725. El de Bentley puede leerse en el cuarto sermón de sus Boyle
Lectures.
[2] Para
estas cartas, véase C. Huygens, Oeuvres Completes, Societé
Hollandaise des Sciences, La Haya: Martinus Nijhoft, Vol. 10, págs. 239, 263.
[3] Boyle
mantuvo a través de Henry Oldenburg una polémica con Baruch Espinosa entre 1662
y 1663, defendiendo la posibilidad de las pruebas experimentales frente a las
lógicas o racionales de los continentales. Para Boyle una argumentación
racional equivalía a introducir hipótesis aprióricas en la discusión, extremo
en el que Newton demostraría ser un buen discípulo.
[4] Ralph
Cudworth a Robert Boyle, 16 de Octubre de 1684; en T. Birch (ed.), Works, Vol.
VI, pág. 511.
[5] Sobre
la existencia de una tradición clásica de carácter matemático y la emergencia
de una nueva tradición experimentalista, léase el espléndido artículo de T. S.
Kuhn, Mathematical versus Experimental Traditions in the Developmen of Physical
Science, Journal of Interdisiplinary History, 7 (1976): 1-31;
reimpreso en T. S. Kuhn, The Essenttal Tension, Chicago, The University
of Chicago Press, 1977, traducido al español, La tensión esencial, México:
F. C. E., 1983.
[6] Justamente
lo único que hoy recogen de la obra de Boyle los manuales de física, ciencia
heredera de k tradición matemática clásica.
[7] Ni
siquiera el propio Bacon tenía mucha fe en él, tal y como se desprende del
último aforismo, CXXX, del libro I del Novum Organum «Ha
llegado el momento de proponer el arte mismo de interpretar la naturaleza, en
el que si bien considero haber dado normas verdaderas y de la mayor utilidad,
con todo no pretendo ni que sea absolutamente necesario (como si nada pudiera
hacerse sin él) ni que sea perfecto». A continuación expresa su creencia en que
«el arte de descubrir progrese a medida que avancen los descubrimientos».
[8] Boyle
disponía de recursos propios, por lo que podía practicar su afición de manera
absolutamente liberal y desprendida. De hecho, tan liberal y desprendidamente
lo hacía que cuantío lograba que alguien se interesase por proseguir alguna de
sus investigaciones, se la cedía para ir a escarbar en otro sitio.
[9]Los
orígenes intelectuales de la revolución inglesa, Barcelona: Grijalbo, 1980; pág. 31, nota 6. Véase en general el
Capítulo II.
[10] Véanse
las cartas a Macombes, F. Tallents y S. Hartlib del 22 de Octubre de 1646, del
20 de Febrero de 1646/7 y del 8 de Mayo de 1647 respectivamente, en Birch
(ed.), Works, Vol. I, págs. xxxiv, xxxiv-v y xl.
[11] Ibid., pág.
xxxiv.
[12] Carta
del 6 de Marzo de 1647, Iba., pág. xxxvi.
[13] Works, Vol.
VI, págs. 54 y sigs.
[14] Ibid., pág.
55.
[15] T.
Birch, The Life of the Honourable Robert Boyle en Works, Vol.
[16] ibid.
pág. Lv.
[17] En
Alberto Elena Díaz (ed.) Pascal, Tratados de Pneumática, Madrid:
Alianza Editorial, 1984.
[18] Boyle, Paradojas
hidrostáticas, en Works, Vol. II, págs. 745-6; el
subrayado es mío.
[19] Véase
M. Boas, The Establishment of the Mechanical Philosophy, Osiris, 10
(1952): 412-541, págs. 463-4.
[20] Para
las opiniones de Boerhaave y Hughes, cf. M. Boas, Boyle as a Theoretical
Scientist, Isis, 41 (Dic. 1950): 261-8; pág. 267.
[21] Works, V,
665-683.
[22] Works,
II: 463.
[23] Op.
cit., pág. 13; Birch, Works, I: cxlix.
[24] Novum
Organum, Libro I, Aforismo cxxx.
[25] Véase
el Prefacio a Experimentos y notas sobre la producibilidad de
principios químicos ; Works, I: 591, donde señala:«Por más que algunas
veces haya tenido ocasión de expresarme como un escéptico, disto de ser uno de
los de esa secta [...]. Yo no propongo dudas como el verdadero escéptico para
persuadir a la gente de que todas las cosas son dudosas, habiendo de permanecer
así por siempre (al menos) para el entendimiento humano; por el contrario, yo
propongo dudas no sólo con la intención, sino también con la esperanza de verme
a la larga liberado de ellas al alcanzar la verdad indubitable».
[26] El
corpuscularismo de Boyle es al principio más baconiano que epicureísta,
pareciendo inspirarse en el Aforismo VIII del Libro II del Novum
Organum: «Tampoco nos dejaremos arrastrar a la doctrina de los átomos,
que entraña la hipótesis del vacío y la de la inmutabilidad de la materia
(suposiciones falsas ambas), sino que atenderemos exclusivamente a las
partículas reales, tal y como existen de hecho».
[27] Véase
más abajo el apartado 3, pág. 91 y sigs.
[28] Methodus
discendi medicinam, cit. en Biron, The Life, en Works, I:
cxlv.
[29] No
tan fácilmente. Como señala debidamente M. Boas (Robert Boyle on
Natural Philosophy, Bloomington, Ind., 1965; pág. 99), por más que C.
Huygens, D. Papin y tantos otros copiasen y siguiesen a Boyle en el diseño de
instrumentos y en la realización de experimentos, éste no conoció rival alguno
de su talla; sólo él hizo contribuciones originales y abundantes al a
pneumática. Por tanto, la idea de que, una vez descubierta la bomba de vacío,
los descubrimientos son obvios y simples es sencillamente falsa. Boas apunta a
que las dificultades técnicas exigían una habilidad que sólo poseía Boyle.
Asimismo, la novedad del método de descubrimiento experimental y de
demostración experimental suponía una filosofía y una metodología específica
que sólo Boyle parece dominar.
[30] Sobre
la distinción de dos tradiciones en la Revolución Científica, cf. más arriba,
pág. 5 y nota 5.
[31] Cf.
más arriba, págs. 10-11.
[32] M.
’Espinasse {Robert Hooke, Berkeley: University of California
Press, 1962, pág. 46) sugiere que el mérito más que de Boyle es de su ayudante
Hooke, el inventor de una bomba de vacío, llegando a afirmar: «Boyle no era ni
matemático ni realmente mecánico. Hooke era un buen matemático y un genio
mecánico, precisamente lo que Boyle necesitaba. Con su colaboración, Boyle
realizó un trabajo cuantitativo al que nunca volvió una vez que Hooke dejó de
ser su ayudante en 1662, mientras que Hooke, por otro lado, continuó
investigando las propiedades del aire, tanto cualitativamente como
cuantitativamente». Cf. más abajo la nota 13 al apartado 2, págs. 39 y sigs.
[33] Consideraciones
y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias, pág. 64
de la edición de Favaro.
[34] Ibid., pág.
121 y sig.
[35] Véanse
las cartas a M. Ricci del 11 y 28 de Junio de 1644, en A. Elena, Pascal: Tratados
de Pneumática, Madrid: Alianza, pág. 195 y sigs.
[36] Véase
la excelente Introducción de A. Elena a la obra citada en la nota anterior.
[37] Véanse
los Nuevos experimentos sobre el vacío, recogidos en la obra
citada en la nota 7, pág. 195 y sigs.
[38] Cf.
la carta de Descartes a Mersenne del 13 de Diciembre de 1647 y las dirigidas a
Carcabi el 11 de Junio y 17 de Agosto de 1649; en Blaise Pascal Oeuvres
Complétes, ed. por J. Mesnas en 2 Vols., París, 1964-71, Vol. II,
págs. 548-550, 655-8 y 716-9.
[39] Recuérdense
las críticas que le hará Boyle, mencionadas más arriba. No cabe duda de que la
concepción de los experimentos que tenía Pascal está más cerca de Galileo que
de Boyle, pues su exposición de los mismos, si no es siempre inventada, está notablemente
retocada y embellecida, como si no fuesen serios e importantes para demostrar
las teorías, sino tan sólo útiles y elegantes para ejemplificarlas. Contrasta
las dificultades que expone Boyle a la hora de purgar de aire sus tubos (véase
más abajo, apartado 1) con el dogmatismo de los Nuevos experimentos
sobre el vacío, al afirmar la ausencia siquiera sea de un grano de aire en
el vacío torricelliano (edición cit., págs. 32 y anterior)). Pascal no
pertenece a la tradición experimentalista y lo vemos renunciar explícitamente a
emprender el juego errático de la exploración baconiana: « me contento
con mostrar un gran espacio vacío y dejo a los sabios e iniciados que
experimenten lo que sucede en ese espacio; por ejemplo, si los animales viven
en él, si el cristal disminuye su refracción y todo lo que se pueda hacer en
él ». (Ibid., pág. 31 y sigs.).
[40] Sobre
las imperfecciones técnicas de estos experimentos, así como para una estimación
del valor de otros experimentos anteriores a Boyle, véase C. Webster, The
Discovery of Boyle's Law, and the Concept of the Elasticity of Air in the
Seventeeth Century, The Archive for History of Exact Sciences, Vol.
2, n° 6: 441-502; págs. 470-84.
[41] Para
Boyle parece tratarse de un caso distinto que el del aire condensado. La
reciprocidad entre resorte y densidad no se plantea como dependencia funcional
entre dos magnitudes, sino como dependencia causal en la que el resorte es el
efecto de la densidad (la causa) y no a la inversa, pues la densidad es el
estado interno con que el aire resiste a la presión externa. Una vez
establecida la ley del aumento del resorte con la condensación, lleva varios
meses el descubrimiento de la «otra», relativa a la disminución del resorte con
la rarificación.
[42] Antes
de 1661-2 Pascal publica sólo los Nuevos experimentos sobre el vacío;
pero se trata de una obra inmadura donde se admite un horror al vacío (con una
fuerza limitada, equivalente a la que representa 31 pies de agua) y no se
explica la elevación del mercurio por la presión atmosférica. LaFilosofía
experimental de Henry Power se publica en 1663; la Micrografía de
Robert Hooke, en 1665, y las cartas de Torricelli aparecieron en 1663 en Cario
Dad, Lettera a Filaleti di Timauro Antiate de la vera storia della
cicloide famosissima esperienza desargento vivo, Florencia, 1663.
[43] Bacon,
Prefacio a la Instauratio Magna.
[44] T.
Sprat, Historia de la Sociedad Real, 1667, pág. 107-8
[45] Sobre
los indeseables efectos de las burbujas, así como los principales métodos de
eliminarlas, véase más abajo.
[46] El diaquilón es
un ungüento empleado en medicina para ablandar úlceras y como pegamento. Es un
emplasto a base de litargirio (óxido de plomo), aceite de oliva y manteca,
siendo básicamente oleato de plomo con glicerina y ácido oleico.
[47] Al
aislar el tubo de Torricelli de la atmósfera, encerrando la parte inferior en
la campana de la bomba de vacío, la columna de mercurio no puede estar
soportada por el peso de la columna de aire atmosférico, sino que ha de verse
empujada por la presión (elasticidad) del aire encerrado. De esa manera, se da
el primer paso hacia el planteamiento de la ley de Boyle como relación entre la
elasticidad y densidad del aire rarificado tras los primeros embolazos de la
bomba. Para un planteamiento similar de Torricelli en 1644 (respuesta a la
segunda objeción de Ricci; carta del II-VI-1644), abandonado tal vez por
motivos religiosos, cf. C. Webster, The Discovery of Boyle’s law, and the
Concept of the Elasticity of Air in the Seventeenth Century, Arch.
Hist. Exact. Esciences, Vol. 2, n° 6: 441-502; págs. 467 y sig.
[48] John
Wallis (1616-1703), matemático; Seth Ward (1617-1689), astrónomo; Christopher
Wren (1632-1723), matemático y arquitecto. Todos ellos son
contemporáneos de Boyle, personajes importantes de la ciencia inglesa del
diecisiete, relacionados con la Sociedad Real de Londres.
[49] Al
comienzo de este tratado; The Works of the Honourable Roben Boyle (6
vols.) editadas por T. Birch; Londres 1772; Vol. I, pág. 7.
[50] La
formación de una hipótesis sobre la relación funcional entre presión y volumen,
o más bien entre elasticidad y densidad del aire, era muy difícil de establecer
con este experimento. Primero, porque la altura de la columna de mercurio que
da los valores de la elasticidad no se podía observar y determinar
adecuadamente y, segundo, porque la densidad del aire (a volumen constante)
resultaba ser una magnitud inmanejable, dado que cada golpe de émbolo extrae
diferentes cantidades de aire (o iguales volúmenes de diferente densidad), y
sin la ley de Boyle no se puede conocer esa variación. Todo ello sin tener en
cuenta las entradas de aire en un aparato no plenamente estanco; entradas que
aumentaban proporcionalmente al vaciado de la campana.
[51] Los New
Experiments (a los que pertenece el texto) se escribieron a modo de
carta dirigida al Honorable Charles, Lord Vizconde de Dungarvan, primogénito
del Earl de Corke.
[52] Según
la descripción que aparece al comienzo del libro (Works, I,
pág. 8), el cilindro tenía 14” de longitud (35,5 cm) y 3” de diámetro (7,62
cm). Así la primera extracción de aire (unos 850 cm3) casi vaciaba
del todo la pequeña campana de un litro aproximadamente que se menciona en el
párrafo anterior, aumentando notablemente los errores derivados de la entrada
de aire, proporcional al vacío producido (recuérdese lo dicho al final de la
nota 6). De esta manera se echa a perder el método de cómputo de la relación
entre el resorte del aire y su densidad (constante antes de la primera succión)
usando una sola succión en campanas de diferente tamaño, según el método
apuntado a continuación, en el que se restan volúmenes iguales de aire a
campanas de diferente capacidad. De ese modo se producirían variaciones de
densidad (tal vez computables por personas con mayor capacidad matemática de la
que Boyle se atribuía así mismo) que se pondría inmediatamente en relación con
las correspondientes variaciones de la columna de mercurio que mide el resorte
del aire encerrado.
[53] Como
se verá en el siguiente texto (págs. 71 y sigs.), la solución no procedió de
una mayor sofisticación matemática, sino de un dispositivo experimental más
adecuado, en el que la cantidad de aire se mantiene constante, correspondiendo
las variaciones de volumen a cambios de densidad fácilmente computables.
[54] Se
trata del Diálogo entre Cameades y Eleutherius (los
mismos interlocutores de El químico escéptico) mencionado
anteriormente en el Experimento XV. Estos Diálogos acerca del calor, la llama y
el fuego se habrían perdido (como corresponde a su perverso
contenido) en el gran incendio de Londres de 1666. Boyle nunca se decidió entre
el cartesianismo y el epicureismo, abrazando empero lo común a ambos: el
mecanicismo o programa consistente en explicar las cualidades y fenómenos
naturales por el movimiento de la materia dividida en corpúsculos. (Véase el
escrito 7, págs. 188-189, así como Works, I: 355-356, el
comienzo del Prefacio a Some Specimens of an Attempt to make Chymical
Experiments Useful to IIlustrate the Notions of the Corpuscular
Philosophy.) Sin embargo, se negaba a dirimir la disputa entre
atomistas partidarios del vacío y cartesianos plenistas, pues aunque admitía el
vacío, en general —y frente a los franceses— los ingleses (Boyle, Towneley,
Hooke, Power) estaban más interesados en la elasticidad que en el vacío.
Especialmente, Boyle deseaba mantenerse escéptico en este asunto y reacciona
con desproporcionada violencia cuando Hobbes lo identifica como vacuista (quizá
debido a la asociación vacuista-epicureísta- ateo); desproporción que puede
estimarse a la vista de lo que señala a continuación, donde parece defender
claramente un vacío macroscópico (o disseminatum), cuando no
claramente el gran vacío macroscópico (o coacervatum). Más
adelante, en 1669 ( Continuación de los Nuevos experimentos...; Experimentos
38, 39 y 40; Works, III, págs. 250-259), tratará sin éxito de
detectar la presencia de la materia sutil en el «vacío».
[55] Se
trata de los cartesianos quienes, al negar el vacío por razones metafísicas,
postulaban otros fluidos etéreos para no dejar la campana evacuada de aire
ordinario realmente vacía. Véase a modo de ejemplo la Carta de Pascal a Noel en
Alberto Elena (ed.) Pascal: Tratados de Pneumática, Alianza
Editorial, 1984.
[56] Fisiología (de físis)
quiere decir relativa a la constitución de la naturaleza y no a la de los seres
vivos.
[57] Los
ingleses, que conocieron a través de los franceses estos experimentos
torricellianos, se engañaron frecuentemente por las medidas francesas, cuyas
pulgadas eran mayores que las inglesas. Así le ocurrió a Walter Charleton en
su Physiologica Epicuro-Gassendo-Charltoniana, Londres, 1654;
una especie de resumen de la obra de Gassendi, del que toma el valor 27”. (Cf.
C. Webster, op. cit., pág. 458.) Incluso Henry Power, que hizo
experimentos originales, dudó en dar su valor en lugar del de los franceses (Ibid.,
pág. 460).
[58] Con
este término italiano, recién introducido entonces en Inglaterra, se designa a
las personas cultas e inquietas que se entregan a estudios no tanto útiles
cuanto curiosos y raros por motivos más de noble pasatiempo que profesionales.
[59] El
siguiente Experimento XVIII versa acerca de las variaciones de la altura de la
columna mercurial imputables a variaciones de la presión atmosférica. El efecto
parece haber sido ya detectado por Torricelli en la carta a Ricci mencionada en
la nota 3, pues al final de ella dice observar que la altura de la columna
mercurial cambia según que la atmósfera sea más o menos densa, liviana, pesada
o gruesa. Sin embargo, antes de que el tubo de Torricelli y la hipótesis en que
se asienta su uso no se vieran ampliamente aceptados, el tubo no se convirtió
en un barómetro, cosa que tardó tiempo en ocurrir. El fenómeno se menciona en
el Diario de Beekman (1604-1634) sin que nadie se enterase de ello cuando
interesaba.
[60] Franciscus
Linus, S. J., autor de un Tractatus de corporum inseparabilitate (Londres,
1661), donde criticaba los New Experiments Physico-Mechanicall,
Touching the Spring of the Air, Oxford, 1660, de R. Boyle. La segunda
edición de esta obra, New Experiments Physico-Mechanicall, Touching the
Air. The Second Edition. Whereunto is added a Defense of the Authors
Explication of Experiments, Against the Objections of Franciscus Linus, And,
Thomas Hobbes, Oxford, 1662, explicita de sobra en el título su
objetivo y composición (las críticas de Hobbes aparecieron en su Dialogus
physicus de natura aeris, Londres, 1661). La hipótesis de Linus
recurría a la existencia de un cordón de mercurio rarificado, el funiculum, que
sostenía la columna mercurial en el experimento de Torricelli, con lo que se
oponía a la hipótesis de la presión atmosférica. Siendo esta tracción lo
contrario de la presión de Boyle, éste utiliza el experimento del Puy-de-Dóme
como experimento crucial contra Linus en el capítulo IV de la Parte II (el
anterior a éste que presentamos aquí).
[61] Sobre
el sentido de esta afirmación, véase más abajo.
[62] El
deleite deriva de observar el cumplimiento de su hipótesis sobre la relación
directa entre elasticidad y densidad. Téngase en cuenta que antes de comenzar a
verter mercurio en el brazo largo, el aire encerrado en el corto posee la
densidad del aire a presión atmosférica, capaz de soportar un peso de aire
equivalente a 29 pulgadas de mercurio. Ahora, al reducirse a la mitad(doble densidad),
soporta la presión atmosférica (equivalente a 29 pulgadas de mercurio) más
otras 29 pulgadas de mercurio real; esto es, posee una elasticidad doble, que
es lo que se pretende demostrar. En efecto, en esta hipótesis y experimento de
Septiembre de 1661 establece una proporcionalidad directa entre el resorte del
aire (resistencia a la compresión) y su densidad. Más abajo se verá la ley y el
experimento para la relación inversa entre expansión y presión.
[63] En
1647, Pascal, basándose en su experimento del vacío en el vacío (similar al
Experimento XVII de Boyle; véase el escrito anterior) y en el experimento del
globo (semejante al de la vejiga de carpa de Roverbal), considera que el aire
sufre una compresión proporcional a la presión ejercida sobre él; y aunque no
estudia directamente el «resorte» del aire, conecta las diversas alturas de la
columna de mercurio con la presión del aire: «Visteis luego que esa altura o
suspensión del mercurio aumentaba o disminuía a medida que la presión del aire
aumentaba o disminuía y que, en fin, todas esas diversas alturas o suspensiones
del mercurio estaban siempre proporcionadas con la presión del aire» (Copia de
la carta del Sr. Pascal, dijo, al Sr. Perier, del 15 de XI de 1647; edn. de
las Obras de Pascal, Madrid: Alfaguara, 1981; pág. 778). El
autor inglés es Richard Towneley (Véase más abajo la nota 11), o quizá Henry
Power, quienes en 1653 habían visto que el aire encerrado ejerce una fuerza
diferente del simple peso atmosférico; dicha fuerza se entiende como una
resistencia a la compresión por un peso externo y como una tendencia a la
expansión: el «elater» o elasticidad del aire. En abril de 1661, excitados en
parte por la publicación del libro de Boyle (New Experiments),
iniciaron un estudio experimental con mediciones de la expansión del aire bajo
diferentes presiones que desembocó en la hipótesis que conecta el volumen y la
elasticidad del aire. Para la descripción de los experimentos de Towneley y
Power, así como sobre sus relaciones con Boyle, véase Webster, op.
cit., especialmente §§ VI-IX. Véase asimismo la primera parte del
Libro II de la Experimental Philosophy de H. Power, obra
publicada en 1663, si bien en Agosto de 1661 Boyle estaba ya en posesión del
manuscrito sobre experimentos mercuriales.
[64] Boyle
realizó estos experimentos junto con William Croune, comunicándolos a la
Sociedad Real de Londres el 11 de Septiembre de 1661; véase T. Brich, History
of the Royal Society (4 vols., Londres 1756/7; vol. I, pág. 45). La
ventaja de este diseño experimental frente al del Experimento XVII (escrito
anterior) estriba en que se mide directamente y a la vez la presión y la
densidad del aire. Recuérdese que en el Experimento XVII la altura del mercurio
era difícil de leer cuando descendía por debajo de la parte superior de la
campana, y que la densidad del aire era imposible de determinar. Aquí, en
cambio, es inversamente como el volumen, ya que la cantidad de aire comprimido
es constante a lo largo de todo el experimento (véase la nota 6 del capítulo
anterior). Por otra parte, en este momento Boyle ya conoce los manuscritos de
Power, tal y como se señalaba al final de la nota anterior.
[65] Las
dos columnas AA recogen las mediciones de dos experimentos en
los que el aire se reduce a 1/4 de su volumen original, de 48 a 12, y de 12 a 3
respectivamente.
[66] Como
se ve, el valor del cuadro para esta columna contiene una errata; debería ser
29 1/8”, que es el valor que se suma en la columna D.
[67] Esta
formulación de la ley es posterior a Diciembre de 1661, una vez que Boyle
conoció a través de Towneley la extensión de la ley de la compresión para el
caso de la expansión que se recoge en el segundo experimento de este
escrito; vide infra, págs. 84-85 y sigs.
[68] Boyle
no extiende inmediatamente la hipótesis sobre la compresión del aire al caso de
la expansión, quizá (según sugiere Webster, op. cit., pág.
487) porque tomase en consideración la idea escolástica de que compresión y
expansión son dos fenómenos cualitativamente distintos. De hecho, establecer la
ley de la relación funcional inversa entre expansión y presión exige un
experimento distinto del de la ley directa entre compresión y presión.
[69] A
esto es a lo que aludía el texto a que corresponde la nota 2.
[70] Richard
Towneley (1629-1707), filósofo natural cuyo catolicismo lo impulsó a vivir
retiradamente. Como se ha señalado, realizó en 1660-1661 experimentos con H.
Power sobre la relación de la presión del aire con el aumento del volumen.
Sus Mercurial Experiments Made at Towneley Hall in the Years
1660-1661, (Septiembre de 1661) no han sobrevivido en ningún ejemplar,
aunque su contenido puede colegirse de lo publicado por Power ( op.
cit. al final de la nota 4), no pasando desapercibidos gracias a esta
mención de Boyle.
[71] El
27 de Abril de 1661, Towneley y Power examinaron la elasticidad del aire
expandido mediante el experimento de Torricelli con un tubo que contenía
volúmenes iguales de aire y mercurio. La expansión del aire se medía a
distintas altitudes, ya que donde él vivía disponía de montes de conveniente
altura (unos 600 m.). (Para los detalles, véase H. Power, op. cit., pág.
127 y sigs.; Webster, op. cit., págs. 473-476.). Este
reconocimiento de Boyle indica que fue Towneley quien le sugirió extender al
aire dilatado la hipótesis formulada para el comprimido. Webster (op.
cit., pág. 488) aporta elementos de juicio a favor de un encuentro
personal entre Towneley y Boyle en las reuniones de la Sociedad Real de
Londres, en el otoño de 1661. Asimismo, Towneley habría sugerido a Boyle la
interpretación correcta de sus series de datos (véanse las columnas A y B de
la Tabla de la rarefacción, más abajo), donde los valores de ambas columnas
crecen, ocultando la ley. La obtención de la columna D, en que
se observa el decrecimiento de la presión (inversa de la dilatación), se
expresa con palabras (complemento) semejantes a las utilizadas por
Towneley y Power (Complemento mercurial).
[72] Roben
Hooke (1635-1702) fue asistente pagado de Boyle desde 1658, cuando desarrolló
la bomba de vacío bajo su dirección, hasta 1662. La parte que corresponde a
Hooke en el descubrimiento de la ley de Boyle es casi imposible de determinar.
Según nos cuenta en su Micrographia (Londres, 1665, pág. 225;
véanse también las 223-228), comenzó hacia mediados de 1660 una serie de
experimentos idénticos a los que aquí expone Boyle (realizados por éste a
partir de Septiembre de 1661, tras recibir noticias del trabajo de H. Power a
través de Croune), que habría repetido para completar los detalles en Agosto de
1661, reconociendo de pasada la influencia de la hipótesis de Towneley en la
interpretación de los datos. Dejando de lado la increíble precocidad y claridad
de sus experimentos, da la impresión de que su historia es la misma que la que
nos cuenta Boyle, haciéndose aparecer a sí mismos respectivamente como únicos
protagonistas. Es curioso, sin embargo, que una persona tan poco apocada como
Hooke a la hora de reclamar sus prioridades no litigase con Boyle si los
experimentos que se atribuye fuesen tan precoces y exactos. Además, en segundo
lugar, los registros de la Sociedad Real de Londres no recogen experimentos de
Hooke sobre este tema hasta el 10 de Diciembre de 1662. Tal vez ambas cosas se
deban al papel subordinado de Hooke, un joven prometedor de 25 años, respecto a
su empleador, Boyle, un investigador ya hecho de 33. Su ausencia de los
registros de la Sociedad Real quizá se deba a que su trabajo estaba siendo «comprado»
y apropiado por Boyle, que era quien lo dirigía. Por otro lado, a pesar de que
Hooke no menciona a Boyle en la Micrographia, éste no lo
desautoriza como uno de aquellos innumerables plagiarios que se apropiaban de
sus experimentos sin citarlo, y en su testamento le lega el «mejor microscopio
y la mejor piedra imán que posea en el momento de mi muerte». Quizá ni ellos
mismos podían distinguir sus respectivas responsabilidades en los experimentos.
No obstante, se ha insinuado un peso fundamental de Hooke en los aspectos
cuantitativos, dado que Boyle nunca más volvería a realizar trabajos de este
tipo después de que Hooke dejase de ser su asistente en 1662, mientras que éste
continuó con la investigación de leyes funcionales toda su vida, como muestra
el descubrimiento de la ley de Hooke para la elasticidad. Por
otro lado, mientras que Boyle no presentaba un talante matemático, Hooke, sin
ser un genio de la talla de Huygens, Leibniz o Newton, era un matemático
honesto y competente, capaz de iniciar, por ejemplo, uno de los primeros
análisis del movimiento armónico simple.
[73] Recuérdese
que en este experimento se obtiene un equilibrio entre la presión atmosférica
(equivalente a 29 pulgadas de mercurio) por un lado, y la suma de la presión
del aire encerrado más la columna de mercurio del tubo, por otro. De ahí que
para obtener la presión del aire encerrado haya que restar la columna de
mercurio de la columna de aire atmosférico (equivalente a 29 pulgadas de
mercurio).
[74] La
«parte histórica» quiere decir la parte de historia natural, observacional y
experimental, frente a la parte teórica en la que se dan interpretaciones y
explicaciones causales de los fenómenos (o «historia»).
[75] Franciscus
Linus, S.J.; véase la nota 1 del escrito anterior.
[76] El
Experimento IV de los New Experiments (Works, 1:18-19) es la
versión boyleana del de la vejiga de carpa, consistiendo en poner una vejiga de
cordero medio desinflada en la campana de la bomba de vacío para ver cómo se
hincha a medida que se hace el vacío. El famoso experimento original de la vejiga
de carpa es de Giles Persone de Roberval (1602-1675); véase su carta de
mayo/junio de 1648 a des Noyers: P. de Roberval de Vacuo Narratio ad Nobilem
Virum Dominum des Noyers; en Oeuvres de Blaise Pascal, ed. C.
Bosssut, 5 vols., La Haya, 1779, Vol. II: 310-340. En este experimento se pone
la vejiga vacía en un tubo de Torricelli, hinchándose al darle la vuelta y caer
el mercurio, provocando un vacío. Se trata de un experimento vistoso que gozó
de gran popularidad, conociéndolo Boyle a través de Hartlib en carta del 9 de
Mayo de 1648 (Boyle, Works, VI: 77-78).
[77] Recuérdese
que en esta época se distingue entre los vacíos microscópicos entre átomos o
vacíos diseminados(vacuum disseminatum) y el vacío macroscópico
( vacuum coacervatum).
[78] Este
modelo de Boyle había sido ya sugerido por J. Pecquet (Experimenta Nova
Anatómica, París, 1651), y reexpuesto por H. Power (Experimental
Philosophy, Londres, 1663), así como por W. Charleton (Physiologica
Epicuro-Gassendo-Charltoniana: or a Fabrick of Science Natural, Upon the
Hypothesis of Atoms, Londres, 1654).
[79] Aunque
en lo que nos ha llegado de Epicuro no hay un tratamiento específico y
sistemático de la luz, la sugerencia de su carácter mate rial es relativamente
clara. La palabra «luz» sólo se usa cuatro veces, y en la carta a Pitocles. Por
ejemplo, en 101, 10 y sig., se adjetiva a la luz como materia sutil
(λeπτομeρeστατον φωτός). Más claro es Lucrecio, quien en su De rerum
natura indica la existencia de corpúsculos de luz, Así (libro II:
384-388), habla de la mayor sutiliza de la llama celeste del rayo que, al
constar de formas menores, puede pasar a través de determinados poros; asimismo
(Libro II: 388 y sigs.) señala que los átomos de luz (luminis illa corpora) son
menores que los del agua, etc. La tradición del siglo XVII interpretó el
epicureismo en óptica como una doctrina de la emisión de partículas de luz.
[80] No
sé exactamente a qué se refiere Boyle. Bacon ( Natural History, cent.
IV, n° 363: Experiment solitary touching congelation of air) expone un
experimento consistente en enterrar en tierra o mejor aún en nieve una vejiga
llena de aire, observando cómo encoje, de donde deduce «es claro que la
frialdad de la tierra o la nieve ha condensado el aire». Sobre la rarefacción
en general, véase su Historia densi et rari(The Works, 4
vols., Londres; printed for A. Millar, 1740; Vol. II), donde se recogen
varias historias, una de ellas sobre la rarefacción de vapores
en una vejiga en virtud del calor.
[81] El
modo cartesiano de explicación que expone Boyle está inspirado en los Principia
Philosophiae (1644), en cuya Parte II (§§ 4-19) se ataca el vacío,
identificando cuerpo y extensión, y explicando la Tarificación por la intrusión
de otra materia más sutil entre los corpúsculos del cuerpo rarificado (§§ 6 y
7). En la Parte IV, se explica la naturaleza del aire (§ 45) como conjunto de
partículas del tercer elemento (o terreo frente al éter y al fuego; para la
teoría de los tres elementos, véase la Parte III, v. g. § 52) desligadas unas
de otras y agitadas por los movimientos de la materia celeste que
llena sus intersticios. El aire se dilataría y condensaría por el calor y el
frío, debido a que sus partículas son «muelles flexibles como pequeñas plumas o
trozos de cuerda muy sutiles, debiendo cada una de ellas extenderse tanto más
cuanto que más agitadas se hallan, ocupando de este modo un espacio esférico
mayor» (§ 46), lo que explica la fuerza del aire comprimido, (§ 47).
Boyle, como Henry More, Power o Towneley, estaba profundamente inspirado por el
cartesianismo y, aunque en ocasiones parezca favorecer la opinión de los
atomistas, suele no entrar en la polémica entre unos y otros (separados
fundamentalmente por la idea del vacío y de la indivisibilidad de los átomos).
Boyle se interesa más por estudiar la elasticidad y proponer plausibles modelos
mecánicos, filosofía en la que coinciden fundamentalmente ambas escuelas. Véase
más abajo el escrito 7, págs. 192 y ss., así como la introducción al
Experimento I de los Experiments Physico-Mechamicall (Works, 1:11-12),
donde, tras señalar la existencia de ambos modelos, declara «no deseo
inclinarme por ninguno de ellos en contra del otro. (...) declinaré enzarzarme
en un tema mucho más difícil de explicar de lo necesario para aquél cuyo
objetivo no es (...) asignar una causa adecuada del resorte del aire, sino tan
sólo manifestar que el aire posee resorte, haciendo relación de algunos de sus
efectos» (Ibid., pág. 12).
[82] Otto
von Guericke (1602-1686), el primero en utilizar una bomba de vacío para
realizar experimentos sistemáticos, recogidos en el Libro III de su obra Experimenta
Nova Magdeburgica(ut vocantur) de Vacuo Spatio, Amstelodami, Apud
Joannem Jausforium, 1672. El experimento de la vejiga a que alude el texto
aparece en el Capítulo XXXIII (Experimenta de Aéris dilatatione &
condensatione seu compressione).
[83] Ibid., libro
III, v.g., capítulo XVIII, donde se describe la irrupción del agua en el
recipiente vacío.
[84] Para
Descartes, la materia se halla dividida en tres grandes tipos de partículas (no
atómicas, aunque relativamente estables): el primer elemento o fuego, que
compone el cuerpo solar; el segundo elemento o materia sutil o éter, que llena
los espacios interplanetarios; y el tercer elemento o materia crasa, que forma
los cuerpos de los planetas. (Véase Le Monde).
[85] «Estas
cosas demuestran cumplidamente que la rarefacción en absoluto se puede explicar
mediante tales corpúsculos».
[86] La rota
aristotélica o rueda de Aristóteles aparece en el libro atribuido a
Aristóteles, Cuestiones mecánicas. La rueda plantea la
cuestión paradójica de que cuando una rueda da una vuelta, su circunferencia
marca en el suelo una trayectoria igual a su longitud, mientras que el centro
traza una línea en el aire igual a la anterior, a pesar de que sería el desarrollo
de un solo punto. Galileo había recurrido a este ejemplo (Discorsi, pág.
68 y sigs.) para demostrar que en una extensión continua y finita puede haber
infinitos vacíos infinitamente pequeños intercalados. Sin embargo, Linus se
hace un lío no menguado con sus indivisibles extensos que ejemplifica con los
movimientos de los ángeles.
[87] Cf.
M. Boas, Robert Boyle and the Seventeenth Century Chernistry, Cambridge:
Cambridge University Press, 1958.
[88] «Si
la combinación ha tenido lugar, el compuesto ha de poseer una textura
plenamente uniforme, siendo cualquier parte de tal compuesto igual que el
todo».«En la medida en que los constituyentes se presen- ven en pequeñas
partículas no diremos que se hallan combinados». De generatione et
corruptione, cap. 10, 328a, 6-19.
[89] Recuérdese
con qué soltura se mueve Boyle entre ambas tradiciones en el apartado 3.
[90] The
Works, I: 354 y sigs.
[91] T.
Birch, The Life of the Honourable Rohert Boyle, Works, I:
cxxx.
[92] P.
Shaw dice, hablando de la «química filosófica» de Boyle: «...una parte
considerable de las obras del Sr. Boyle caen bajo el título de física, pues
descubrió gran cantidad de propiedades nuevas en los cuerpos que se habían
tomado en poca consideración, o al menos no se habían considerado antes
mecánicamente». Cit. en M. Boas, The Establishment of the Mechanical
Philosophy, Osiris, 10 (1952): 412-541, pág. 496.
[93] Experimentos
y notas sobre la producibilidad de los principios químicos (Apéndice a
la segunda edición de El químico escéptico; Works, I: 587.
[94] M.
Boas, op. cit. en la nota 6, pág. 497.
[95] Ibid., pág.
413 y sig.
[96] El
químico escéptico, Works, I: 562; el subrayado es mío.
[97] Véase Examen
del origen y doctrina de las formas substanciales; Works III: 50.
[98] Final
de El químico escéptico, Works I: 583; el subrayado es mío.
[99] Véase
más abajo, la introducción del Capítulo IV, pág. 189-
[100] Vide T.
S. Kuhn, Robert Boyle and Structural Chemistry in the Seventeenth
Century, Isis, Vol. 43, n° 131 (Abril de 1952): 12-36; pág. 32
y sigs. Se trata de un artículo breve que vale por docenas de páginas.
[101] Los
cuatro elementos aristotélicos son agua, aire, tierra y fuego. Más
que elementos en sentido actual son las cuatro primeras determinaciones de la
informe materia prima según los dos pares de cualidades:
frío/caliente y seco/húmedo. Se consideraba que todos los
cuerpos contenían estos cuatro elementos en diversas proporciones. Paracelso
(1493-1591) y sus seguidores, llamados «químicos», consideraban que esos
elementos aparecían en los cuerpos como una tria prima: sal, azufre y
mercurio. Estos elementos, que no se identifican con las substancias
ordinarias de ese nombre, son los principios de la fijeza, solidez e
incombustibilidad (sal); de la fusibilidad y volatilidad (mercurio), y de la
inflamabilidad (azufre).
[102] Esta
definición de los elementos no se corresponde, como alguna vez se ha dicho, con
el concepto de elemento de la química moderna (: aquellas substancias en las
que se detiene el proceso de descomposición del análisis químico), sino que son
losprincipios hipostáticos y universales que entran, todos
ellos, en la composición de todos los cuerpos. La
definición de Boyle apareció publicada de manera fundamentalmente idéntica
en El químico escéptico (Works, I, págs. 468 y 562), siendo a
menudo malinterpretada como la definición del concepto moderno de elemento,
cuando, por el contrario, es la explicitación de la concepción clásica que se
critica; véanse las Conclusiones del final de este escrito,
pág. 147 y sig.
[103] Como
se sabe, el talco se caracteriza por su resistencia a las temperaturas
elevadas. Aún en 1768 (fecha de la iniciación de la edición primera de la Encyclopaedia
Britannica) se pensaba que era capaz de soportar la fuerza de un fuego
violento sin calcinarse, por lo que Boyle está expresando aquí su incapacidad
para descomponerlo por el fuego.
[104] La flema (o
agua) es una destilación acuosa, fluida, insípida y volátil; el espíritu es
cualquiera de las muy diversas substancias que constituyen líquidos destilados
volátiles, no insípidos como la flema ni inflamables como los aceites (Lemery
lo identifica con el mercurio filosófico, esto es, el
principio de la volatilidad y fusibilidad); el aceite es cualquiera
de esos cuerpos untuosos que arden con llama y humo, no solubles en agua, que
se interpretarán normalmente como una tierra fija más azufre (el
principio de la combustibilidad); la sal es un cuerpo sólido y
no combustible, de fijeza intermedia entre la de la tierra y la del agua, y que
aparece como residuo de la destilación; la tierra es un cuerpo
fijo capaz de resistir al fuego en un estado puro (difícil de obtener).
[105] El
asta de ciervo se usaba mucho en farmacia, ya que su análisis producía, entre
otras cosas, un líquido impregnado de una sal volátil llamada espíritu
de asta de ciervo, útil para los desmayos por su olor penetrante
(sales amoniacales).
[106] El
guayacán o guayaco es un árbol cigofiláceo tropical (g. officinal, g. sametum) de
cuya resina se obtiene el guayacol y cuya madera, dura y densa, se conoce como
palosanto, lignum vitae, etc.
[107] Las flores son
un polvo finísimo producido por condensación o sublimación que queda adherido a
la parte superior del alambique.
[108] La
benzoina es una resina balsámica obtenida de árboles del genero Styrax de
Sumatra, Java, etc. Se comercializa en forma de lágrimas amarillo-ocre de olor
fragante, usadas para las irritaciones de la piel, como expectorante, como
fijador en perfumería o como incienso
[109] El
baño es un procedimiento para tratar a los cuerpos con un calor más suave que
el suministrado por el fuego directo. Se coloca el pro ducto en un recipiente
que se introduce en otro que contiene el baño, éste puede ser de arena (balneum
arenosum o siccum), de agua (balneum marine, llamado así
por María la judía), de vapor (balneum vaporis), etc.
[110] Residuo
seco tras la destilación.
[111] Los
seguidores de Paracelso, quienes tenían al fuego por el instrumento universal
del análisis químico.
[112] Recuérdese
que el fuego se tenía por una de las substancias elementales. La referencia
a átomos de fuego, aunque Boyle fuese reverenciado más tarde
como el reinstaurador de la filosofía mecánico corpuscular, no indica aquí
necesariamente un compromiso con el atomismo, ya que (como señala M.
Boas, his, 45, pág. 156n), en la época, «átomo» podía
significar sencillamente «partícula diminuta». El tono empírico, poco teórico y
prudentemente escéptico de este escrito no permite tomar esta referencia como
indicio de un compromiso teórico; véase la nota 15 más abajo.
[113] Empireuma es
el olor y sabor desagradable típico de los cuerpos sometidos a un excesivo
tratamiento ígneo.
[114] Glauber
(1604-1670). Aunque su libro Nuevos hornos filosóficos se
publicó originalmente en alemán (Ámsterdam, 1646-9), Boyle citaría la
traducción al latín y al inglés de 1651. M. Boas (loc. cit. en
la nota 12, pág. 154 y nota) toma esta cita como prueba de que estas Reflexiones
se escribieron después de esa fecha de 1651.
[115] En El
químico escéptico (Works, I, pág. 488) dice que la función real del
fuego es «poner en movimiento», efectuando con él la disociación de los
cuernos: otra prueba de que ahora aún no se halla comprometido con la filosofía
mecánico-corpuscular; recuérdese lo dicho en la nota 12.
[116] El
carácter compuesto del agua no se conoce hasta los «Experiments on Air» de
Cavendish, Philosophical Transactions, lxxiv, 119, 1784
[117] Oxido
de mercurio. El procedimiento empleado en su obtención consistía en exponer el
mercurio a) mayor calor posible sin que se sublimara, obteniendo tras un
período de unos tres meses el polvo rojo conocido como mercurius
precipitatus per se o mercurio precipitado por sí mismo.
[118] Aunque
el colcótar es fundamentalmente óxido férrico (Fe 2O3),
usado como pigmento bajo la denominación de rojo de Veneáa, Boyle
designa con este nombre no sólo los vitriolos de hierro, sino también los de
cobre. Esta sublimación se discute mis ampliamente en La utilidad de la
filosofía natural; Works, Vol. II, pág. 217.
[119] Según
Plinio y Dioscórides, en la antigüedad el amoniaco se oh tenía en las posadas
donde se alojaban peregrinos (y sus camellos) que iban al templo de Amón (de
donde proviene el nombre de amoniaco). Al parecerías deyecciones de camello
egipcio eran de excelente calidad para este tipo de fines. En tiempos modernos,
la sal de amoniaco seguía manufacturándose en Egipto a partir de los preciado
humores de tan noble animal, mezclados con hollín y sal marina e introducidos
en largos recipientes cuyos cuellos se tapaban con algodón. Tras mantenerlos
dos días y una noche enterrados en el fuego, los vapores impregnaban el
algodón, formando unas pastillas que se exportaban a Inglaterra. Las flores
(véase la nota 7) de amoniaco se obtenían sublimando la sal
[120] El
metal.
[121] Véase
más abajo la sección 8, y nota 19, especialmente el pasaje de la obra allí
mencionada.
[122] Kenel
Digby (1603-1665) era católico, filósofo natural y adicto a las ciencias
ocultas; coleccionaba libros y manuscritos, así como recetas médicas, químicas
y caseras que intercambiaba con otros estudiosos como Boyle, con quien se
hallaba emparentado políticamente.
[123] En
la naturaleza.
[124] Disolventes.
[125] Según
la Encyclopaedia Británica (1768-71) la piedra osteocola (cola
de huesos) «es un espato adulterado con tierra y por tanto no transparente»;
tiene forma tubular y superficie rugosa, usándose en osteología y como
diurético.
[126] La
reverberación es una calcinación en el homo de reverbero
[127] Los
tres principios hipostáticos de Paracelso: azufre, sal y mercurio.
[128] Se
trata de la supuesta «sal» de plata o mercurio, que en realidad no es más que
la cristalización de las sales que estos metales forman por su disolución en el
agua fuerte y otros disolventes. Cf. El químico escéptico, Works, Vol.
I, pág. 513.
[129] Rectificar
es purificar por destilaciones sucesivas.
[130] En
inglés wormwood.
[131] En
inglés eyebright.
[132] La
digestión en una cocción lenta
[133] El
régulo de antimonio (el metal) se une fácilmente con el azufre formando un
compuesto, el azufre de antimonio, que presenta un débil brillo metálico y
forma unas agujas largas, tal y como se halla usual mente en el mineral
(cf. Encyclo. Brit., II, pág. 88). Se usaba para se parar el
oro de otros metales por la mayor afinidad de éstos con el azufre, quedando en
el fondo el oro y el régulo de antimonio, del que aquél se separaba fácilmente
volatilizando el antimonio.
[134] Se
trata del azufre obtenido de la destilación de los aceites de vitriolo y
trementina, que se consideraban cuerpos simples hasta Boyle; cf. El
químico escéptico, Works, Vol. I, pág. 525
[135] Los
«químicos» consideraban que uno de los tres principios de to dos los cuerpos
era el mercurio (filosófico, no ordinario), por lo que en principio podía
obtenerse de todos los cuerpos fuesen metales, vegetales o animales. Aunque era
un elemento, difería según las substancias de que se obtenía, (Cf. Paracelso,De
mineral. Tract. I, pág. 141, citado por Bovle, Works, Vol.
I, pág. 542). Asimismo era el ingrediente fundamental de las transmutaciones,
si bien Boyle se muestra escéptico acerca de los diversos procesos de
extracción de este mercurio filosófico tan codiciado (véase Works, Vol.
I, pág. 541).
[136] La
flema, un líquido más o menos transparente e insípido, era a veces tenida por
agua elemental. Sin embargo, Boyle critica esta opinión dado que diversas
flemas presentan diversas propiedades según los cuerpos de que se extraen o
según los procedimientos utilizados (cf. Works, Vol. I, págs.
651 y sig.).
[137] La
flema de saturno (plomo) disolvería perlas y corales.
[138] Dulcificar
era hacer perder causticidad, acritud, etc. a una substancia impregnada de
«sales» mediante lavados con agua.
[139] Como
señalábamos en la nota 18, Boyle incluye bajo la denominación de colcótar no
sólo los vitriolos de hierro, sino también los de cobre. La caparrosa o
vitriolo azul era básicamente sulfato de cobre. En los Experimentos y
notas sobre la producibilidad de los principios químicos (Works, Vol. I, pág.
659), Boyle dice que un conocido suyo, familiarizado con las minas de Hungría,
extrajo del caput mortuum del colcótar de vitriolo húngaro no sólo cobre, sino
plata y aun oro. Sin embargo, alude aquí a una fuente más clásica, Angelus Sala
(1576-1637), químico paracelsiano heterodoxo y práctico, autor de una Anatomía
vitrioti (Ginebra, 1609), quien dominó el análisis y composición del vitriolo
azul.
[140] El
mercurio dulce se preparaba mezclando mercurio con sublima do corrosivo (o
«mercurio combinado con espíritu de sal»; cloruro mercúrico, HgCl) y
sublimándolos una segunda vez. De este modo «se producirá otro compuesto que
contiene más mercurio y es menos acre, por lo que se denominasublimado dulce
de mercurio, mercurius dulas u aquila alba (cf. Encycl.
Brit. cit., Vol. II, pág. 87). Se usaba en medicina como purgativo o
emético, según la dosis.
[141] Plomp.
Recuérdese lo dicho en la nota 35 sobre el mercurio de los cuerpos.
[142] Johan
Baptista van Helmont (1579-1644), infatigable investigador en los comienzos de
la química, a la que aplica un cuidadoso enfoque cuantitativo convencido de la
indestructibilidad de la materia, tal como ejemplifica su famoso experimento
del sauce resumido por Boyle más abajo. Aunque hizo estudios sobre gases (y de
él procede la palabra) no se percató de la función del aire en el crecimiento
del sauce, que atribuía al otro elemento que aceptaba además del aire: el agua.
Los otros dos elementos clásicos, tierra y fuego, se rechazan; éste porque no
es más que humo ardiente y aquélla porque es reducible a agua. De ahí la
siguiente afirmación de Boyle en el sentido de que van Helmont reduce todos los
compuestos a agua. La cita bíblica en apoyo de esta tesis que menciona Boyle
más abajo procede de van Helmont.
[143] Las
marcasitas (piritas) son sulfuras de hierro. Se usaban en Alemania para la
obtención de azufre y vitriolo, desconociéndose que contuvieran hierro, metal
difícil de beneficiar a partir de ellas. Su color amarillo, plateado o blanco
inducía la sospecha de que contuviesen metales preciosos. Esta fascinación y
carácter misterioso hada que figurasen como categoría independiente en las
clasificaciones de las substancias del mundo inorgánico.
[144] El
piadoso lector recordará el inicio del Génesis, I, 1-2: «En el
principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era algo caótico
y vacío y las tinieblas cubrían la superficie del abismo,
mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las
aguas » (los subrayados son míos). Estando la tierra, caótica y vacía,
cubierta de agua (o compuesta por agua), todo lo demás se crearía a partir de
esta materia prima. La referencia de más abajo a las hembras criando procede,
como es bien sabido, del Deuteronomio, XXXII, 11 (canto de
Moisés) que reza así: «Como un águila incita a su nidada,/ revolotea sobre sus
polluelos,/ así él despliega sus alas, lo toma/ y lo lleva sobre su plumaje».
Véase también El químico escéptico, Works, Vol. I, pág. 498,
donde se explícita algo este extremo y se fortalece más aún si cabe aludiendo
a Jeremías XXIII, 9, donde se habla, empero, más bien de vino
que de agua. (Ignoro si se trata de una indirecta.) Recuérdese que no es rara
en este siglo la adhesión a la prisca theologia que conecta el
arcano saber antiguo con la revelación mosaica, a través de Moschus el fenicio.
Véase más abajo la nota 4 a la sección 7, pág. 193.
[145] El
disolvente universal de Paracelso, capaz de convertir los cuerpos en agua. Van
Helmont lo llamó ignis aqua, siendo posiblemente ácido
nítrico.
[146] Acido
sulfúrico.
[147] El
tártaro es una sal (KHC2O6H) que se precipita cuando se
mezcla una disolución de ácido tartárico con otra que contiene el ión potasio.
En esta época, el tártaro era propiamente el formado en la fermentación del
vino, si bien se extendía a otros muchos depósitos semejantes, como los
calcáreos de los dientes. Se consideraba un compuesto salino con panes oleosas,
térreas y especialmente ácidas. Se pensaba que la calcinación consumía las
panes oleosas y parcialmente las ácidas, uniéndose el ácido restante y la
tierra para formar un álcali fijo llamado sal de tártaro. Al
calentar plenamente esa sal, atraía la humedad del aire, fundiéndose en un
líquido alcalino y untuoso llamado aceite de tártaro per deliquium. (El
deliquio es el proceso de pasar de sólido a fluido por absorción de la humedad
del aire).
[148] Bálsamo
producido a base de «dulcificar» la sal caustica de tártaro (cenizas blancas a
que se reduce el aceite de tártaro por calcinación) con alcohol (o, en este
caso, con vinagre) recomendado por van Helmont para las úlceras. Proviene de
Paracelso. Se supone que la sal retiene las partes sulfurosas o balsámicas del
vino o vinagre, convirtiéndolos en agua.
[149] Las
obras de van Helmont se publicaron póstumamente en 1648,Ortus medicinale, traduciéndose
al inglés en 1662, Oriatrike or Physick Refined. Boyle cita la
edición latina.
[150] Indias
occidentales.
[151] Panspermia; semillas
de todas las cosas.
[152] En El
químico escéptico (Works, Vol. I, 564) señala la dificultad de estos
experimentos debido al largo tiempo que exige la formación de minerales y otros
«fósiles» en las entrañas de la tierra. A la Sociedad Real de
Londres llegaban frecuentes informes sobre la formación de piedras preciosas en
determinados pozos en pocos años. Véase la selección de informes de la Historia de
Sprat; véase también la carta de H. Oldenburg del 2-X-1666 sobre la generación
de diamantes, no menos que el escrito de Boyle La utilidad de la
filosofía natural. Parte I, Ensayo IV (Works, Vol.
II, pág. 44); etc.
[153] Se
refiere a las indias occidentales y, por supuesto, está confundiendo el fruto
del cacao con el coco (o quizá se trate de un error de la copia).
[154] Ante
nuestros ojos. En El químico escéptico (Works, Vol. I, pág.
564), menciona las Caves Goutieres de Francia.
[155] Petrificadores.
La existencia de aguas con un excelente espíritu petrificador se menciona
frecuentemente en informes de viajes presentados a la Sociedad Real de
Londres. Habría ríos, por ejemplo, (en Oriente, por supuesto) que convertirían
en piedra los troncos de árboles introducidos en ellos. Para la creencia de
Boyle en los principios plásticos causantes del endurecimiento y petrificación
(lapidescencia), aunque no sepa como operan, véase su Historia de la
fluidez y la firmeza (Works, Vol. I, pág. 434).
[156] Las
Gorgonas eran personajes femeninos mitológicos con sierpes por cabellos, cuya
mirada convertía en piedra.
[157] El
agua fuerte (ácido nítrico diluido en agua) disuelve la plata y no el oro, de
donde procede el nombre tan extendido de agua de separación (eau de départ,
Scheiderwasser).
[158] El mercurius
vitae (mercurio de la vida) se preparaba a partir de la manteca
de antimonio (SbCl3). Esta se obtenía destilando sal
marina y régulo de antimonio (o bien estibinita, Sb2S3)
mezclado con sublimado corrosivo (cloruro mercúrico, HgCl2). En la
sublimación, surgía una materia blanca, espesa y poco fluida que no es sino
«régulo de antimonio combinado con el ácido de sal marina» (Encycl. Brt., 1ª
edn., 1768-1771, Vol. II, pág. 88), conocida como manteca de antimonio, siendo
extremadamente corrosiva. Pues bien, cuando esta manteca se disuelve en agua,
ésta se toma turbia y lechosa, precipitándose la parte metálica separada sólo
en parte del ácido, por lo que constituye un emético violento llamado por
razones obvias mercurio de la vida.
[159] La
cabeza o casco es la parte superior del alambique, donde se condensan los
vapores de las substancias calentadas en la cucúrbita.
[160] Se
trata de los paracelsianos, designados también con el nombre de espagíricos por
su dedicación al arte espagírica de extracción de los metales.
[161] En
lo que sigue, hasta el capítulo IV, se expresan las críticas más o menos
conocidas a los paracelsianos, sin hacer mucho hincapié en el modelo
mecánico-corpuscular alternativo, por lo que pasamos directa mente al capítulo
V donde se se alude claramente al nuevo modelo.
[162] No
pudiendo ser, por tanto, la explicación última de las cualidades, ya que las
suyas, precisando a su vez explicación, conducen a un regreso infinito, sólo
evitable alcanzando una explicación en términos de algo que no posea a su vez
esas cualidades. Como se verá, el mecanicismo corpuscular satisface este
requisito metodológico, pues los átomos sólo pueden presentar propiedades
espaciales y no afecciones cualitativas. Véase más adelante la sección 8.
[163] Las
alecciones o cualidades primarias de los cuerpos, «las afecciones que
pertenecen a un cuerpo considerado en sí mismo sin relación con los seres
sensibles u otros cuerpos animales» (véase más abajo, páginas 214 y sigs.; 243,
§ 7), son las ordenaciones de sus corpúsculos (o prima naturalia)
que Boyle denomina su textura. De ella derivan las cualidades o afecciones
secundarias que no son sino el efecto que las primarias producen sobre los
sentidos, como el color, olor, calor, etc. De este modo, se pueden producir
nuevas cualidades en los cuerpos como mero resultado de inducir en ellos nuevas
texturas, tal y como se ejemplifica, v. g., en la Parte Histórica de las Consideraciones
y experimentos sobre el origen de las cualidades y formas (Works, Vol.
III, págs. 66 y sigs.). De ahí la posibilidad teórica incluso de las
transmutaciones, pues las cualidades que definen, por ejemplo, el oro pueden
producirse en otro metal manipulando la organización de sus átomos. (Véase, por
ejemplo, Nuevos experimentos y observaciones realizados sobre la
Noctiluca glacial, especialmente § 7: Una paradoja química
basada en nuevos experimentos que hacen probable que los principios químicos
sean transmutables, de modo que puedan producirse otros a partir de uno;
Works, Vol. IV, págs. 495 y sigs.)
[164] Este
texto es el capítulo 6 de un tratado mayor ( Experimentos, no tas, etc.
sobre la producción u origen mecánico de diversas cualidades particulares,
entre los que se inserta un discurso sobre la imperfección de la doctrina del
químico acerca de las cualidades... etc.), en el que se reducen mecánicamente
las cualidades, v. g., del frío y el calor (§ 1), los sabores (§3), los olores
(§5), la acidez y alcalinidad (§7), la volatilidad y la fijeza (§§8,9), la
corrosividad (§11), la precipitación (§12) y hasta el magnetismo y la
electricidad (§§13, 14).
[165] Vidrio
de superior calidad fabricado con los mejores cristales. Era especialmente
famoso el veneciano (Murano).
[166] El
esmalte azul se conseguía con cal de latón y zafre (óxido de cobalto y cuarzo
pulverizados); el verde, con cal de latón y crocus martis o azafrán
de Marte (tierra amarillento-rojiza obtenida de la calcinación del
hierro); el blanco, con manganeso.
[167] Seguidores
de la filosofía hermética, la cual resuelve los fenómenos a base de la tria
prima: sal, mercurio y azufre.
[168] Los
puntos de fusión de la plata y el cobre son respectivamente 960,5 ºC y 1.083
ºC.
[169] En
el Experimento XLVII de la Parte III de La historia experimental de los
colores (Works, Vol. I, pág. 775), señala Boyle que cuando el agua
fuerte corroe el estaño hasta la saturación, se pone extremadamente blanca y
consistente, pudiéndose comparar con la leche cuajada o con la clara de huevo
coagulada con la que, según él, pueden confundirla los inexpertos.
[170] Preparado
alquimista que constituye el ingrediente crucial para convertir en oro puro la
parte mercurial de los metales. Los adeptos de esta obra se llamaban a sí
mismos filósofos por la profundidad de su injerencia en los
arcanos de la naturaleza.
[171] La
«proyección» es el nombre dado por los alquimistas a la rápida transmutación en
oro obrada por una pequeña cantidad de materia, cuya composición era,
obviamente, secretísima. (Sobre el secreto del polvo, aplicado esta vez a un
antielixir, véase Narración histórica de una degradación de oro; Works, Vol.
IV, págs. 371-379.) La substancia que provoca la transmutación, o polvo de
proyección, se denomina también elixir (del árabe aliksir, quizá
a su vez del griego ξηριον, cosmético), correspondiendo a lo que los magos
llamaban más comúnmente piedra filosofal o también tintura, pues
el color dorado era la cualidad mas importante.
[172] En
sentido etimológico: universales.
[173] El
original dice «bulk, size & motion», cuando lo usual
sería «bulk, shape & motion»: tamaño, forma y movimiento.
[174] Nunca
llegó a publicarse, conservándose un sólo algunas notas manuscritas, como la
página en que se enumera una lista de requisitos v que quizá constituyera el
índice del tratado. (Vol. XXXV de los Escritos de Boyle de la Sociedad Real;
reproducido en M.A. Stewart, Selected Philosophical Papen of R. Boyle, Barner
& Noble, 1979, pág. 119; véase también la pág. xx.) Aunque la obra nunca
debió de hallarse en un estado de redacción muy avanzado, la mención de un
ejemplo i m concreto como el que sigue indica que se habría redactado algo más
le lo que ha llegado hasta nosotros, perdiéndose tal vez en alguna de las
catástrofes periódicas que se abatían sobre los manuscritos de Robert Boyle.
(Birch menciona este escrito entre los manuscritos no publicados : Works, Vol.
I, pág. ccxxxvii.)
[175] Véase,
v. g., el capítulo 1, sección II, de este tratado (Works, Vol.
IV, págs. 244 y sig.), donde se crítica la doctrina peripatética de la
antiperistasis (cf. también los Nuevos experimentos relativos al frío, 6; Works, Vol.
II, pág. 659), proponiendo a cambio el origen mecánico de la naturaleza del
odor, que «consiste fundamentalmente, si no efusivamente, en esa afección
mecánica de la materia que llamamos movimiento local», con las características
de rapidez (mayor que la que explica la fluidez), desorden (en todas
direcciones) y carácter diminuto e insensible de las partículas en
movimiento (ibid., págs. 244-245).
[176] La
cal de antimonio, procedente de la calcinación del metal a fuego moderado, se
funde expuesta a un fuego violento, cristalizándola.
[177] Alcohol.
[178] Término
con que se designaban los que habrían hallado la piedra filosofal.
[179] Nombre
con que Boyle se dirigía en muchos de sus escritos a su sobrino Richard Jones,
hijo único del Lord Vizconde Ranelagh. (Cf. Ciertos ensayos
filosóficos; Works, Vol. I, pág. 298.)
[180] El
capítulo 1, omitido aquí, expresaba en general y sin ejemplos las causas del
carácter fijo de los cuerpos, enumeraba a continuación los dos modos de fijar
los volátiles (la acción del fuego y la asociación con otras substancias), y
terminaba señalando: «mas estos dos instrumentos, no siendo sino generales,
propondré cuatro o cinco más particulares». Son estos los que recogemos aquí
para ejemplificar la reducción mecánico-corpuscular de las propiedades
químicas.
[181] La
cohesión de las superficies bien pulimentadas de mármol era un fenómeno
sobradamente conocido en la edad media y que Galileo utiliza en defensa de su
idea de que la cohesión de los cuerpos se debe a la resistencia natural al
vacío que habría de producirse con la separación de las partes (cf. las Consideraciones
y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias, Madrid:
Editora Nacional, pág. 80). Boyle recurre frecuentemente a este ejemplo sobre
el que polemiza con Hobbes; véase el experimento 31 de sus Nuevos
experimentos (Works, Vol. I, págs. 69 y 273); véase también La
historia de la firmeza (Works, Vol. I, págs. 407, 409), obra que se
cita a continuación.
[182] Obra
citada al final de la nota anterior. La fijeza que aquí se
discute no es lo mismo que la firmeza, aunque frecuentemente
vayan juntas: la firmeza se opone a la fluidez, mientras que la fijeza se
contrapone a la volatilidad.
[183] El
óxido de plomo (litargirio), de color amarillo vivo, se obtiene calentando
plomo al aire libre por encima de la temperatura de fusión. Si se calienta más
allá del punto de fusión del óxido, éste forma escamas amarillo-rojizas de
lustre vítreo. La similitud con el oro puede acrecentarse mezclando el
litargirio con algo de plomo rojo (minio, Pb3O4), lo que
se llamaba litargirio de oro.
[184] Según
la primera edición (1768-71) de la Encyclopaedia Britannica, el
vidrio de plomo se hacía con dos partes de litargirio (PbO) y una de arena
cristalina pura, mezclando bien ambos ingredientes con un poco de nitro y sal
marina. Se calienta paulatinamente la mezcla en un crisol y se eleva la
temperatura hasta fundir la mezcla, dejándola un cuarto de hora en ese estado.
Al romper luego el crisol, aparece en el fondo un pequeño botón de plomo y
sobre él un vidrio transparente de un amarillo ambarino. Boyle explica en la
Parte III de su La historia experimental de los colores (Works, Vol.
I, pág. 781) cómo imitar amatistas con él.
[185] Oxido
de mercurio. Véase la nota 17 de la sección 4
[186] Sobre
las razones mecánicas y racionales de la creencia de Boyle en la posibilidad
teórica de la transmutación, véase más abajo, las páginas 239 y sigs.: las
cualidades sensibles que definen las diversas especies de metales no son más
que determinadas disposiciones espaciales de los átomos que, al ser
susceptibles de manipulación mecánica, se pueden cambiar. Asimismo, en la Parte
Histórica del Origen de las cualidades y las formas (Works, Vol.
III, págs. 93-94), dice; «...suponiendo que todos los metales (...) están
hechos de una materia universal común a todos ellos, no difiriendo más que en
forma, tamaño, movimiento o reposo y textura de las pequeñas partes de que
constan, de las cuales afecciones de la materia resultan las cualidades que
diferencian los cuerpos particulares, no veo imposibilidad alguna en la
naturaleza por la que un tipo de metal no haya de transmutarse en otro (no
siendo ello, en efecto, más que el que una parte de la materia universal en la
que concuerdan todos los cuerpos pueda ver producida en ella una textura como
la de otra parte de la materia común a ambos»).
[187] El
espíritu de nitro es ácido nítrico.
[188] El
nitro fijo o sal de tártaro (carbonato potásico) era el álcali fijo que queda
tras la deflagración del nitro (nitrato potásico o salitre) en presencia de
carbón, perdiendo así el ácido.
[189] El
aceite de vitriolo es ácido sulfúrico; los vitriolos en general son sulfatos
metálicos (de hierro, de cobre); en este caso de hierro. El colcótar a que se
alude a continuación (llamado también crocus martis) es
peróxido de hierro en forma de polvo rojizo que queda en la retorta tras la
destilación del ácido sulfúrico (aceite de vitriolo) a partir del sulfato
ferroso (vitriolo).
[190] Los
bezoárdicos eran medicinas de varia composición, siendo un ingrediente
fundamental el antimonio, cuyo poder laxante y emético se atemperaba, tomándose
diaforético y desopilantivo, por su mezcla con hierro, plata, oro, sublimado
corrosivo y otras cosas por el estilo.
[191] Sigue
un par de páginas de ejemplos similares que omitimos por no parecer prolijos.
[192] He
aquí un pasaje citadísimo de El Ensayador, Le Opere, VI:
350-1: «Hay muchas sensaciones que por más que se consideren cualidades
residentes en los objetos, no tienen existencia real más que en nosotros, no
siendo fuera de nosotros más que nombres. Afirmo que me inclino a pensar que el
calor sea de este jaez. Los materiales que producen calor en nosotros (...)
serían una multitud de pequeñísimas partículas con determinadas formas y
moviéndose con determinadas velocidades (...). No creo que en el fuego haya
otra cualidad que no sea su forma, número, movimiento y tacto (...)».
[193] Locke
deriva su filosofía de Boyle (y de Gassendi, a quien mucho leía y nunca
citaba). El Ensayo está lleno de ideas de Boyle (procedentes
sobre todo del Origen de las formas) a quien conoció en Oxford y
para quien hizo las observaciones meteorológicas citadas en la pág. 27
izquierda y derecha. Concretamente, el Capítulo VIII del Libro II expone una
versión poco original de la filosofía corpuscular de Boyle.
[194] Véase
la nota 4 de la sección 7; más abajo, pág. 193.
[195] Véanse
los Experimentos 38 y 39 de la Continuación de los nuevos experimentos
físico-mecánicos sobre el resorte y el peso del aire, etc., Works, III:
250 y sigs.
[196] Works, II:
468.
[197] Véase
más abajo, el apartado 2 del punto VIII, pág. 208; Work, III:
30.
[198] T.
S. Kuhn, Roben Boyle and Structural Chemistry, Isis, 131
(1952), pág. 25.
[200] Mientras
que los atomistas conciben que el mundo se compone de átomos en el vacío, los
cartesianos, al identificar cuerpo y extensión, se obligan a concebir un
universo lleno de materia. De ahí que se les conociese como vacuistas y
plenistas respectivamente. Los otros dos grandes puntos de desacuerdo
son más importantes en teoría que en la práctica, pues sea que el movimiento
resulte original e ínsito a los átomos (epicureístas) o constituya algo
comunicado por Dios en el inicio del mundo, intercambiándose luego según un
principio de conservación de la cantidad total de movimiento (Descartes), el
caso es que hay movimiento-, y sea que los corpúsculos
resulten indivisibles (átomos) o divisibles en principio, aunque en la práctica
sean estables (cartesianos), el caso es que tanto unos como
otros explican los fenómenos por el movimiento (sea cual sea su origen) de
corpúsculos estables y diminutos (sean o no divisibles en principio).
[201] Fisiológicas se
entiende en el sentido de relativas a la ciencia natural. La fisiología no era
simplemente el estudio de la constitución del cuerpo de los animales, sino que
se entendía más en general como el estudio de la naturaleza (fisis); como
aquella parte de la filosofía natural que estudia los fenómenos naturales desde
una perspectiva especulativa más bien que práctica o artesanal.
[202] Se
trata de Moschus el fenicio, personaje teórico que actuaría
como eslabón perdido entre la sabiduría de los griegos y la verdadera ciencia y
teología revelada a Moisés. El sistema atomista de Leucipo y Demócrito
provendría de este fenicio, no menos que la tesis hidráulica de Tales de
Mileto, que vendría a derivar, a través de Moschus, del libro primero del Génesis. Véase
más arriba, la sección 4; ver tambiénEl químico escéptico, págs.
498-499 del Vol. I de las Works El origen de esta historia
fabulosa arranca de una noticia atribuida a Posidonio por Estrabón (L.XVI, pág.
757) y por Sexto Empírico (Adv- math., IX, 363) véase
Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, Vol. 11, pág. 98, §
55.) Durante el siglo XVII la historia se enriquece con un intento de
ennoblecer la filosofía atomista de carácter impío y ateo. Este carácter
espurio sería producto de la corrupción griega, pues Moschus, además de los
átomos y el vacío, aceptaba la intervención divina La versión más perfeccionada
de la fábula (compartida por Boyle y Newton, entre otros) se puede ver en Ralph
Cudworth, True Intellectual System of the Universe, 1678,
quien parece haber sido convertido al atomismo por Boyle.
[203] Pirófilo, a
quien se dedica este tratado y a quien se dirige Boyle con frecuencia en
diversos escritos, es un sobrino suyo, Richard Jones, futuro Earl de Ranelagh.
[204] Las
verdades históricas son verdades de hecho (historia se
toma aquí etimológicamente como reseña, informe, noticia). A la Parte
Teórica de este tratado (que figura como subtítulo más arriba) se
opone una Parte Histórica (aquí omitida; Works, III:
66 y sigs.) cuya sección primera consta de observaciones y la segunda, de
experimentos.
[205] De
hecho Boyle no pudo contener su farragosidad y el breve esquema planeado ocupó
demasiadas páginas. Al final del escrito (véase más abajo) aparece un resumen
de estos puntos en pocas páginas que tal vez debieran leerse en primer lugar.
[206] Nunca
recurre a este expediente, lo que prueba que Boyle ni cumplía sus planes ni se
molestaba en corregir los manuscritos.
[207] En
sentido etimológico; esto es, universal.
[208] La
primera causa de todo es Dios, como acaba de dejar muy ciato Boyle. Pero éste
no se ocupa directamente de todo cuanto ocurre en el mundo (excepto con esa
providencia general con que mantiene a todo en su ser), sino que entrega el
funcionamiento de la obra a los intermediarios, llamados justamente segundas causas.
[209] Aquello
cuyo ser es ser-en.
[210] Se
trata de un largo excursus dentro del punto III, que se
extiende hasta la página 211, donde comienza el punto IV. El Tubal-Cain al que
se alude inmediatamente fue hijo de Lamek y Sil-lá, de la descendencia de Caín.
Se supone que vivió allí por el año 2975 a.C. y se le tiene por el inventor del
arte de trabajar los metales: «Sil-la engendró a Tubal-qayn, forjador de toda
herramienta de cobre y de hierro». Génesis, 4, 22. En alguna
ocasión se le consideró el antecesor de Vulcano.
[211] Siglo
II d.C., (23-79).
[212] Se
trata sin duda del menstruum peracutum descrito en el
Experimento VII de la Sección II de la Parte Histórica (Works, III:
94). El otro metal que extrae del oro refinadísimo sería plata.
[213] Santorio
Santorio (1561-1636), médico famoso por adaptar el termoscopio galileano al uso
clínico.
[214] Girolamo
Cardano (1501-1576). Boyle indica en una nota que se trata de su obra Contradicentes
Medid, libro II, tratado 5, contradict. 9 (la referencia se habría
tomado de Schenk, médico y botánico del siglo XVII).
[215] En
una nota a pie de página comenta Boyle: «Este memorable accidente le ocurrió a
un senador de Berna que fue curado por el experto Fabricio
Hildano, quien en una larga relación al sabio Horstius, entre
cuyas observaciones se cuenta (libro II, observación 35), atribuye la ausencia
de dolor de esa parte, cuando no se apretaba, a algún jugo viscoso (bastante
similar a aquellas partes tendinosas) en el que ese fragmento vítreo se
hallaba, por así decir, engastado». Johan Daniel Horst era protomédico de
Hesse-Darmstadt.
[216] «En
aquellas notas sobre cualidades ocultas -señala Boyle en una nota- donde se
considera la facultad deletérea atribuida a los diamantes». Véase Un
ensayo sobre el origen y virtudes de las gemas (Work, III: 516 y
sigs.), donde se tratan con escepticismo las cualidades curativas de las
piedras preciosas.
[217] Se
trata de un instrumento para observar el tiempo que consta de un tubo,
usualmente terminado en una ampolla, que contiene aire y un líquido. Estos
«termoscopios» fueron los antecesores de termómetros y barómetros, pues eran
obviamente sensibles tanto a la temperatura como a los cambios de presión
atmosférica. Sobre las limitaciones de los «tubos del tiempo» y las ventajas de
los «termómetros herméticos», véase Boyle, New Experiments and
observations touching Cold (Londres 1665), especialmente Discourse
II (Works, II: 462 y sigs.).
[218] La catóptrica es
el estudio de las reflexiones, mientras que la dióptrica lo es de las
refracciones.
[219] Boyle
comenta este pasaje en una nota: «Desde que escribió esto, el autor ha hallado
que algunos de los propios escolásticos modernos más eminentes se han sentido
tan insatisfechos como él con la definición aristotélica de
cualidad, respecto a la cual (sin mencionar a Revius, un
erudito protestante anotador de Suarez) dice Amaga (disp.
5, sect. 2, subsec. 1 (Rodrigo de Arriaga, 1592-1667, fue un escolástico
razonable autor de unas Disputationes en 8 vols.
(1643-1655)), Per hancni- hil explicatur; nam de hoc quaerimus, quid
sit esse quale, dices habere qualitatem; bonus circulas: qualitas est id, quo
quis fit qualis, & esse qualem est habere qualitatem. (Con esto
nada se explica, pues si preguntamos qué es ser cual, respondes que tener
cualidad. Bonito círculo: la cualidad es aquello por lo que algo es cual y ser
cual es tener cualidad), Incluso el famoso jesuita Suarez (Francisco Suarez,
1548-1617, autor de unas Dispitaciones metafísicas, traducidas
al español por Sergio Rábade et al. en Madrid: Guadarrama, 1960-1966.), aunque
trata de excusarlo, confesaba dejamos la noción propia de cualidad tan obscura
como antes: (Quae definitio, dice, licet ea ratione
essentialis videatur, quod detur per habitudinem ad effectum formalem, quem
omnis forma essentialiter respicit, tamen quod ad nos spectat, eaque obscura
nobis manet propria ratio qualitatis. (Hay que considerar que aunque
esa definición lo sea en sentido esencial, ya que se da por respecto al efecto
for mal, considerado esencialmente por toda forma, por lo que a nosotros
respecta, el sentido propio de la cualidad sigue siendo para nosotros igual de
obscuro).). Suarez, Disputat. metaphys. 42 (Trad. española
citada, disp. 42, sección I, subsecc. 1, pág. 119). Pero Hurtadas (en
sus disputaciones metafísicas) habla con más audacia, diciéndonos rotundamente
que es non tam definitio, quam inanis nugatio (no es tanto una
definición cuanto una quimera inane), lo que me hace admirar más que un famoso
cartesiano (que me abstengo de nombrar) se contente con darnos tan
insignificante o al menos superficial definición de cualidad». Tanto Revius
como Hurtadus fueron escolásticos de renombre en su día.
[220] Fósiles en
esta época tiene un sentido general próximo al etimológico (lo que se excava),
sin que se aplique a seres vivos petrificados. Fósil es, pues, el género que
incluye metales, minerales, piedras, marcasitas, sales y cualesquiera cuerpos
extraños hallados en las entrañas de la tierra. Constituye aún una categoría en
el Systema naturae de Linneo para el reino mineral.
[221] La luna
o plata fija es, según los alquimistas, el metal al que sólo le falta
el color del oro, pasando incluso la prueba del agua fuerte. Se puede obtener
al extraer del oro su «tintura», responsable del color amarillo. Un amigo de
Boyle fabricó un agua fuerte (para su desgracia no sabía exactamente cómo la
había hecho) que extraía la tintura del oro y con una parte de ella «teñía» o
convertía en oro 1,5 partes de plata ordinaria. Véase la noticia que da de todo
ello Boyle al comienzo del segundo ensayo de Two Essays Concerning the
Unsuccesfulness of Experiments... (Works, I: 334-5).
[222] Como
señala Boyle en una nota, se trata de la Metafísica, libro 7
capítulo 8.
[223] Sulfuro
de hierro o pirita; mineral que se emplea para preparar dióxido de azufre pero
no para la obtención del hierro, pues el óxido que resta después del tostado
contiene azufre como impureza demasiado perturbadora. Así, en esta época se
desconocía que las marcasitas contuviesen hierro, si bien eran muy conocidas
(entrando comúnmente en las clasificaciones de los «fósiles» como una categoría
propia), distinguiéndose la plateada, la dorada y la blanca, de las que se
pensaba que podían contener oro y plata. Se usaban en Alemania para la
obtención de azufre y vitriolo.
[224] Esto
es, la reunión, separación y transposición de átomos.
[225] Otras
veces Boyle conjeturaba que las partículas sutiles del fuego penetraban en la
substancia calentada a través de los poros del recipiente. Véase por ejemplo 12
de la sección 4 y el texto al que corresponde la nota, pág. 123
[226] La
corrupción de uno es la generación de otro y al contrario.
[227] En
realidad no son insectos, sino arácnidos.
[228] No
se entiende por preternatural lo que cae fuera de las leyes de la naturaleza,
violándolas, sino tan sólo lo que se aparta del curso usual de la misma, siendo
algo poco corriente, como la enfermedad, las monstruosidades, los vientos de
inusitada violencia, etc. Cf. A Free Inquiry into the Vulgarly Received
Notion of Notare, § VII, 2; Works, V: 220. Así, no se
está negando el vacíocoacervado o macroscópico, ni mucho menos
el diseminado o microscópico.
[229] Véase
Lucrecio, De rerum natura, Libro II, 688-699.
[230] Esta
es la base teórica de la creencia en la transmutación en oro de otros metales
cuyas Formas son ya bastante semejantes a la buscada. Sobre la justificación
del programa corpuscular transmutacionista, véase la sección 6, nota 7, pág.
173.

No hay comentarios:
Publicar un comentario