© Libro N° 9875. Dios sediento. St. Clair, Margaret. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
Thirsty God, Margaret St. Clair
(1911-1995)
Versión Original: © Dios sediento. Margaret St. Clair
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Margaret St. Clair
Dios
sediento
Margaret
St. Clair
Brian cabalgaba briosamente cuando, al crepúsculo, llegó al santuario.
Había reventado dos monturas desde el día anterior, y a pesar de su marcha los
Hrothy, aullando como una manada de derviches, estaban muy cerca. Se alzó sobre
los estribos y miró angustiadamente hacia atrás.Sí, dentro de cuarenta
segundos, aproximadamente, les parientes de Megath estarían a tiro de ballesta.
Si lo atrapaban, lo colgarían por los tobillos y le dispararían unas aguzadas
flechas que le harían agonizar dos o tres días antes de morir. Se estremeció.
La entrada de la capilla estaba a oscuras y no resultaba muy alentadora, pero
estaba casi seguro de que los Hrothy la respetarían por su carácter sagrado, y
el santuario le parecía, por su inexperiencia en tales cuestiones, una capilla
semejante a las que punteaban la superficie del segundo planeta. Era una suerte
que la hubiese encontrado. Saltó del ruano y se hundió en la oscuridad.
Los Hrothy atraparon al animal cincuenta segundos después. Era fácil
adivinar dónde estaba Brian. Se contemplaron mutuamente en silencio. El tío de
Megath, que había sido el más ansioso en la persecución, lanzó una corta
risotada. Los hombres fueron desmontando sin hablar. Los Hrothy consideraban
que Brian, por su violación y subsiguiente abandono de Megath, acababa de
cometer un pecado imperdonable. En realidad, no les importaba tanto la
violación de la joven como el abandono cuando se cansó de ella. A esto se
oponían rotundamente. Iba en contra de sus costumbres. Deseaban que el violador
aceptase para siempre a su víctima. Pero pensaban, por los relatos que habían
leído y por sus experiencias, que si Brian permanecía en el interior de la
capilla doce horas, sus ansias de venganza quedarían satisfechas. Megath
quedaría vengada. Silenciosamente, los hombres de la tribu se sentaron en
semicírculo delante de la capilla.
Brian, atisbando desde el interior, se sintió a la vez asombrado y
aliviado. Había temido que recogiesen la hierba que crecía a la orilla del
fangoso río y tratasen de ahumar el sagrado recinto. Y todo ese ajetreo, por
culpa de una mujer cuya piel era decididamente purpúrea. Bien, por lo visto,
contaban con que se muriese de hambre. Acarició los tubitos de pastillas
alimenticias que llevaba en el bolsillo y sonrió. También tenía un frasquito.
Tendrían que esperar largo tiempo. Continuaron en silencio - los Hrothy eran
naturalmente ruidosamente emocionales -, y el silencio comenzó a molestarle.
Los acechó dubitativamente una vez más. Pero al parecer respetaban la santidad
de la capilla. No tenía por qué preocuparse..
Retrocedió unos pasos hacia el interior. Estaba muy oscuro. El suelo
parecía estar hecho de barro resbaladizo. En realidad, se trataba de un
plástico resistente a la humedad pero Brian no lo sabía. Vaciló y se tendió en
el suelo. Estaba agotado. Quería mantenerse despierto, en guardia, pero la
fatiga lo rindió. Al cabo de diez minutos estaba profundamente dormido. Tan
pronto como su respiración regular dio la señal, los rayos sonda comenzaron a
actuar sobre él. Le tomaron el pulso, la. frecuencia respiratoria, la
consumición de oxígeno. Un paño se deslizó bajo su axila y tomó una muestra del
sudor para el análisis. Cuando empezó a roncar, otro paño entró momentáneamente
en su boca abierta. Y cuando estuvo completamente dormido, una diminuta aguja
hipodérmica le extrajo una gota de sangre del lóbulo de la oreja. Sobre la
muestra se llevó a cabo una refinadísima técnica de electroforesis. La noche se
hallaba muy avanzada cuando las sondas completaron su diagnóstico. En cierto
sentido, Brian las intrigaba. Fisiológicamente, se hallaba muy lejos de lo
acostumbrado. Pero allí yacía, escasamente dentro del limite de variación
permisible. El mecanismo de los rayos sonda estaba ya un poco desgastado.
Después de una pausa casi humana, las instalaciones de acondicionamiento de la
capilla comenzaron a actuar sobre él.
Los Hrothy, fuera en la noche oscura, aguardaban con un silencio de
lobos. No era el carácter sagrado de la capilla lo que respetaban, sino su
competencia como factoría. Brian se despertó por fin. Tenía la impresión de que
había transcurrido mucho tiempo, y aunque esto no era cierto cronológicamente,
sí lo era fisiológicamente, ya que le habían sucedidos muchas cosas mientras
dormía. La idea del tiempo transcurrido le alarmó ¿Qué estuvieron haciendo los
Hrothy durante su sueño? Todavía adormilado, corrió a la puerta de la capilla y
miró afuera. Los Hrothy estaban sentados igual que antes, en cuclillas y en
torno a la penumbra que formaba un leve cono de luz delante de la capilla,
envueltos en sus capas brillantemente coloreadas. Intentaban esperar hasta que
el hambre le hiciese salir de la capilla. Brian lanzó una burlona risita y
volvió al interior del santuario. Cuando giró sobre sí mismo, su cabeza chocó
penosamente y de manera inesperada contra el dintel de la entrada.
Por un momento, el dolor físico oscureció el significado de lo sucedido.
De sus ojos surgieron unas lágrimas de dolor y lanzó una maldición. Después, el
significado del incidente se le apareció claro de repente. Acababa de tropezar
contra el dintel de la puerta. Pero la primera vez, el dintel estaba dos o tres
palmos, al menos, más arriba de su cabeza. Levantó la mirada. Su negro y
lustroso cabello rozaba el techo. ¿Qué diablos...? ¿Qué le había ocurrido?
¿Había crecido, era más alto que antes? Por un momento pensó que padecía una
fiebre alucinatoria. En Venus abundaban y la idea del crecimiento era
característica de un par de ellas. Además, tenía sed y sentía un extraño calor.
Contemplóse las manos. Los puños quedaban sólo a unos cuatro dedos de los codos.
A menos que se tratase de una alucinación muy persistente... No podía ser la
fiebre. No se sentía febril, sólo sediento y acalorado. Bien, había tomado
varias vacunas contra todas las epidemias endémicas de Venus antes de salir de
Dyndimene. No cabía duda; había crecido durante la noche.
La idea, cosa rara, no le alarmó. Más bien se sentía complacido. Por un
momento, pensó en salir atrevidamente de la capilla y causar un gran estrago
entre los Hrothy. Les enseñaría a molestar a un hombre que medía dos metros y
medio... no, más, casi tres metros de estatura. Pero eran unos veinte y poseían
gran cantidad de flechas. Era preferible no salir. Además, se sentía
somnoliento y letárgico, sin ganas de pelear. No podía imaginarse qué le había
sucedido, aunque no le importaba. Decidió sentarse en el suelo y tomar un trago
de agua del frasco. El recipiente de plata parecía muy pequeño en sus enormes
manos. Bebió hasta la última gota de líquido y luego arrojó el frasco con
petulancia. Era agua, sí, pero él no deseaba agua. Lo que necesitaba era algo más
denso. Cruzó las piernas y se recostó contra la resbaladiza pared. Cerró los
ojos, pensando que ello le ayudaría a pensar. Pero poco después volvía a estar
dormido.
Esta vez se despertó cuando caía la tarde. Llovía intensamente. Sin
moverse de postura, miró hacia fuera, notando distraídamente que tenía la
espalda envarada. Los Hrothy se hablan marchado. No se veía ni uno solo boñiga.
Probablemente sería una trampa. Debían hallarse escondidos por el entorno. O
tal vez hubieran regresado al poblado en busca de refuerzos. Brian sonrió. No
se dejaba engañar fácilmente. Decidió levantarse. Trató de moverse. No pudo.
Bien, estaba entumecido por la mala postura. Tenía dormidas las piernas. De
nuevo le dio la orden al cuerpo. Tampoco ocurrió nada. Brian se humedeció
nerviosamente los labios. ¿Estaba paralítico? ¿Qué le pasaba? Empezó a estar
asustado. Y fue entonces cuando entró el plunp. El plunp era el más raro de los
naturales de Venus. Algunos obreros que lo habían estudiado insistían en que su
extraña apariencia escondía una rica y singularmente variada vida espiritual.
Otros etnólogos lo negaban apasionadamente y afirmaban que sus leyendas de la
creación y sus figuras tótem mostraban la vacuidad de su vida espiritual.
Fuese como fuese, los plunp no producían buena impresión. Poseían una
piel gris y correosa, largas mandíbulas con feroces colmillos y crueles ojos
amarillentos. No llevaban ropa, ni siquiera una hoja de parra. Y olían como
ranas. Éste penetró en el santuario Y se detuvo delante de Brian. Esbozó un
gesto con una mano; tanto podía tratarse de un saludo solemne, o bien
simplemente de un «hola» familiar. Contempló calculadoramente a Brian e inclinó
la cabeza. Abrió la especie de coco que llevaba colgando de un largo sarmiento
en torno a su cuello. Brian estaba interesado. No podía hacer nada y la llegada
del plunp tenía que significar algo. Contempló a aquel ser con extremada
repulsión (los plunp no son bellos), mientras sacaba un pellizco de ungüento
amarillento del coco y se lo pasaba por todo el cuerpo. Después, comenzó a
girar lentamente delante de Brian, con sus retorcidos brazos, de piel untuosa,
extendidos adelante.
Casi tan pronto como el ungüento amarillo tocó la piel del plunp, Brian
se sintió extrañamente excitado. Era como la intensidad de un impulso sexual,
pero no había nada sexual en su mando imperioso y frío. Era como si todas las
miríadas de su cuerpo tuviesen sed, sed individual, una rara sed del ungüento
amarillo y la humedad de la piel del plump. El agua del frasco de Brian no era
bastante densa para satisfacer su sed. Aquella humedad, sí. Experimentó como un
aura, una proyección de sí mismo. No era un caso de voluntad consciente;
incluso cuando realizó el contacto inmaterial con el plunp, se resintió de
ello. Era sed, sí, pero le parecía que al deshidratar al plunp estaba
realizando un servicio íntimo, sometiéndose a una odiosa familiaridad con un
ser que le repugnaba odiosamente. Un íntimo contacto, por muy impalpable que
fuese, con un plunp... ¡Se odió a sí mismo! Pero no podía hacer nada por
impedirlo. (El paralelismo entre este impulso y lo que él le había infligido a
Megath se le escapó. Y aunque lo hubiese observado, no le habría edificado. No
era un hombre que se edificase fácilmente.)
El plunp continuó girando lentamente volviéndose primero a un lado y
luego al otro, hacia la intoxicante sequedad que Brian sentía emanar de su
persona. Brian llegó a pensar que su actitud era la de un devoto hacia un dios,
un dios muy servicial. Sus ojos amarillentos estaban cerrados; su untuosa piel
parecía estar más arrugada y resbaladiza a cada momento, a medida que la
deshidratación de los tejidos iba en aumento. Su afilado rostro tenía una
expresión de repulsiva dicha. De haber podido moverse, Brian habría vomitado.
Era odioso. Un odioso servicio ejecutado por un ser odioso. Y resultaba
autodestructivo, pese a la necesidad de humedad de Brian. Era como si Brian, en
su nuevo cuerpo, no estuviese a gusto. En su contacto con el plunp, era como
una planta que, a falta de azufre en el suelo, se ve forzada a absorber
selenio. Era como si estuviera envenenándose a sí mismo.
En esta suposición, Brian estaba acertado. La capilla no era una
capilla. Anteriormente había sido una factoría. Fue originalmente destinada por
los biólogos del cuarto planeta a ayudar a los colonos del segundo planeta a
reajustarse al avasallador y húmedo ambiente de Venus. Existen dos formas de
batallar con la humedad. Una es ser impermeable, como lo son las plumas de los
patos. Los marcianos probaron este sistema y no les gustó. Se sentían
desfallecer en el húmedo calor de sus cuerpos impermeables. Por lo tanto,
adoptaron segundo sistema, que es gozar del agua, vivir en el agua corno las
ranas. Esta solución significaba una adaptación fisiológica mucho mayor, pero
los marcianos quedaron mucho más satisfechos. Una vez adaptados, continuaron
absorbiendo agua a través de sus poros, agua que extraían del húmedo ambiente,
usándola en su metabolismo y exhalando de nuevo aire seco. Había cierto grado
de selección en el proceso. Podían elegir entre varios objetos para la
extracción del agua, los marcianos vivían felices con este sistema, aunque en
la estación de sequía padecían cruelmente, - lo mismo que cuando regresaban a
Marte a pasar sus vacaciones - Pero Brian, no era marciano, y las sondas
estaban estropeadas y desequilibradas por el mucho tiempo transcurrido desde
que los últimos marcianos abandonaron Venus. Por esto con él era diferente.
Para el plunp, él era un dios deliciosamente higroscópico. Para sí mismo, era
un hombre maldito.
El plunp se marchó por fin, con la piel colgándole en grandes pliegues.
Se tambaleó ligeramente al trasponer el umbral, como si estuviese bebido, Brian
le vio marchar por entre la cortina de lluvia. Dejó el coco en la capilla. No
podía moverse; ni siquiera agitarse. Tenía la espalda completamente envarada.
No sabía cómo lograba respirara pero estaba seguro de una cosa: no volvería a
extraer agua de ningún otro plunp. Si volvía a estar sediento tendría que
impedirlo de algún modo. ¿Pero cómo? No lo sabía, pero aquella ignorancia no
afectó su decisión. Inmóvil, mientras contemplaba la lluvia en medio de la
creciente oscuridad, sintió surgir en su interior un hálito de esperanza. Era
imposible lo que le estaba ocurriendo. No podía ser verdad. No podía durar eternamente.
Más pronto o más tarde, alguien lo encontraría. Un recolector de plantas, un
agente del Gobierno... Alguien. Todo lo que tenía que hacer era continuar vivo
hasta entonces. Al día siguiente seguía lloviendo copiosamente. Brian recordó
haber oído decir que en aquella parte de Venus la lluvia podía, durante la
estación lluviosa, pasar de setenta centímetros en veinticuatro horas.
A mediodía del día siguiente volvió el plunp. Brian había podido saciar
su ardiente sed gracias a la humedad del aire, y ahora tenía sus planes. Cuando
el plunp, untado con la crema amarillenta, giró delante de Brian, éste se
retiró dentro de sí mismo. Era como mostrarse sordo al estruendo del trueno,
como negarse a ver una cegadora luz. No sabía cómo lo lograba, pero lo hacía.
El plunp se detuvo. Se contemplaron mutuamente sin pronunciar palabra y luego
él empezó a mover sus retorcidas manos. Brian sintió la caricia del triunfo en
su interior; había vencido a la odiosa criatura. Y se sintió aún más victorioso
cuando, después de otro silencio, el plunp desapareció. Pero al cabo de un
momento llegaron varios, transportando un cofre de madera de agudas esquinas.
(Los plunp no poseían suficiente habilidad como para fabricar tales objetos,
por lo que traficaban para obtenerlos de los Hrothys, más civilizados.) Lo
abrieron. En el interior se veía una pasta gelatinosa, rojiza, untuosa. Los
plunp ya poseían suficiente experiencia de los dioses recalcitrantes.
El plunp cuya piel era más gris, colocó un poco de pasta en la punta de
un palo. Cautelosamente, alargó el mismo hacia Brian. Lo movió atrás y
adelante, a través del pecho del joven y debajo de su nariz. El resultado, para
Brian, fue catastrófico. Le pareció que se volvía todo su ser de dentro afuera.
Con odiosa, forzada rapidez, empezó a deshidratar al plunp de la piel grisácea.
Era como caer interminablemente por un precipicio vertical, y sentirse mareado
al mismo tiempo. Los plunp se marcharon por fin, al oscurecer. Desaparecieron,
con unos pasos de baile y ejecutando gestos histriónicos para saludar a Brian.
Éste los vio marchar, inmóvil. Ni siquiera podía temblar. La humedad aceptada
de ellos a la fuerza, le había hecho engordar un tercio; asimismo, sentía una
inmensa furia y un lamentable desamparo. Esta vez había sido diez... no, cien
veces peor que la primera. Después de esto aceptaría la degradación con
docilidad. Cualquiera cosa era mejor que verse obligado a ello.
Estuvo sentado toda la noche en un trance de horror. En ocasiones, no
estaba seguro de quién, era. Sólo sabía que estaba sospechando algo que él
mismo no habría resistido. Alguien había aprendido un pavoroso secreto respecto
a Brian. Con la mente ofuscada esperó la llegada del nuevo día. Llovía menos y
sólo compareció un plunp. El dios que era Brian pensó:
«Si sólo viene uno podré resistirlo. Ayer fue mucho peor».
Pero el día siguiente vinieron cinco, y después, dos, y más tarde,
tres... y prosiguieron acudiendo cada día, cada vez más, a medida que avanzaba
la estación y la lluvia se espesaba. Día tras día los Hrothys debían hallarse
más que satisfechos. Brian odiaba a sus adoradores de ojos vidriosos con un
odio que al principio era asesino y que después se tornó furor interno. De
poder moverse, habría hecho cualquier cosa menos deshidratar a los plunps; tal
vez se habría matado. Acariciaba interiormente todos los detalles de su
autodestrucción. No estaba bien decidido si terminaría con su vida mediante el
cuchillo, el fuego o un veneno corrosivo. Deseaba el medio que más le doliese.
Desde un punto de vista, su ingeniosa preocupación con los detalles de
su muerte era una bendición. Ello le impedía padecer la aprensión o la ansiedad
de su creciente degeneración física. Su masoquismo era genuino; cada nueva
evidencia de fallo - visión torpe, mala audición, hinchazón permanente - lo
recibía con deleite. Incluso podía recibir alborozado el servicio de
deshidratación que los plunp requerían de él, puesto que era ésta la causa
primordial de su degeneración. Esto, sin embargo, apenas se le ocurrió. La
violencia a su ego era demasiado grande. Pasó el tiempo. Llovió a raudales. A
veces, veinte plunps se hallaban en la capilla, girando como embriagados,
inexpresivos sus rostros. Después, a medida que los días se fueron alargando,
la lluvia comenzó a amainar. Hubo un día claro, luego otro y después dos
seguidos. Llegaba el seco verano.
Los adoradores comenzaron a frecuentar menos la capilla, y cuando
venían, no estaban mucho tiempo. La gradual sequía de los tejidos de sus
cuerpos por el calor del verano no los intoxicaba; les tornaba soñolientos. Ya
no estaban interesados en los dioses, en la higroscopia ni en el ungüento
amarillo. En realidad, empezaban a sestear. Brian, al principio no se atrevía a
creerlo. Pero cuando transcurrió una semana sin que se presentase un solo plunp
para ser deshidratado, se sintió invadido por el mayor de los alivios. No
habría más demandas. Los días eran ya más largos y brillantes. No habría más
plunps. Después, a medida que el aire se tornaba más seco, Brian descubrió que
empezaba a encogerse.
No se alarmó, pero sí se sintió intrigado. Permaneció inmóvil en su
rincón, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo, pero cada día era más pequeño,
más ligero, más seco, que el día anterior. Traspasó el punto de la estatura
normal que tenía antes de que el mecanismo de la capilla lo cambiase, y siguió
encogiéndose. Su piel comenzó a colgarle como a jirones. Y seguía encogiendo.
No estaba alarmado..Su preocupación era una emoción vaga solamente. Y a medida
que transcurría el tiempo, en sus ideas se producían grandes lagunas llenas de
voluptuosa negrura. Lentamente comprendió que aquellas tinieblas mentales,
aquella incesante y bienvenida aniquilación de su mentalidad, significaba la
muerte. ¿La muerte? No las destrucciones agonizantes que había estado planeando,
sino algo mucho mejor. Y se gozó en esta idea. Pero... (aún sentía cierta
curiosidad)... ¿por qué?
Bien, supuso, los dioses no viven eternamente, y él se había esforzado
hasta la extenuación al deshidratar a los plunps. Se había agotado por completo
con esta operación, y la estación de sequía le estaba exterminando. Al año
siguiente, los plunps - por primera vez en su agonía comenzó a reír -, al año
siguiente los plunps tendrían que buscar otro dios. Al fin se sentó en su
rincón, del tamaño de un muñeco. Ya no oía, veía ni sentía. Su mente se había
detenido. Estaba reducido casi a la nada; sus brazos y piernas eran más
pequeños que huevos de zurcir. Ya no existía Brian.
De haberle quedado una chispa de ego para efectuar una declaración,
habría jurado que estaba muerto. Pero los plunps no corrían peligro inmediato
de perder a su dios. Cuando llegara la estación de las lluvias, Brian
despertaría de nuevo. Y una vez más se vería obligado a reemprender su forzado
servicio hacia ellos. Como adorado, como dios, a Brian le quedaba aún muchos
años de acción higroscópica en favor de los plunps. Pero ahora era verano.
Sincronizando con el ciclo de sus adoradores, el dios de los plunps también
sesteaba.
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Margaret St. Clair (1911-1995)

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