© Libro N° 9874. Dile A Las Mujeres Que Nos Vamos. Carver, Raymond. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
Tell The Women We’re Going, Raymond
Carver (1938-1988)
Versión Original: © Dile A Las Mujeres Que Nos Vamos. Raymond
Carver
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DILE A LAS MUJERES QUE NOS VAMOS
Raymond Carver
Dile A
Las Mujeres Que Nos Vamos
Raymond
Carver
Bill Jamison había sido siempre el mejor amigo de Jerry Roberts. Ambos
habían crecido en la zona sur, cerca del viejo parque de atracciones. Habían
ido juntos a la escuela primaria y luego a la secundaria, y más tarde entraron
juntos en Eisenhower, donde hicieron cuanto estuvo en su mano para tener el
mayor número de profesores comunes, se intercambiaron camisas y suéteres y
pantalones con pinzas, y salieron con las mismas chicas.
En el verano conseguían trabajos juntos: macerar melocotones, recoger
cerezas, deshebrar lúpulo, cualquier cosa que les proporcionase algo de dinero
y en donde no hubiera que soportar a un patrón al acecho. Y compraron un coche
a medias. El verano anterior a su último curso, juntaron el dinero y se
compraron un Plymouth rojo del 54 por 325 dólares.
Lo compartieron. Y todo salió perfectamente.
Pero Jerry se casó antes de que finalizara el primer semestre, y
abandonó los estudios para tomar un empleo fijo en el centro comercial Robby’s.
En cuanto a Bill, también él había salido con la chica. Carol, y se llevaba muy
bien con Jerry, y Bill iba a visitarlos siempre que podía. Tener amigos casados
le hacía sentirse más adulto. Solía ir a almorzar o a cenar, y escuchaban a
Elvis o a Bill Haley y los Comets.
Pero a veces Carol y Jerry empezaban a comportarse... bueno, como suelen
hacerlo las parejas, sin importarles que Bill estuviera delante. Entonces Bill
se levantaba y se excusaba y se iba andando hasta la estación de servicio
Dezorn’s a tomarse una gaseosa, pues en el apartamento de Jerry no había más
que una cama abatible en la sala de estar. O bien ellos se metían en el cuarto
de baño, y Bill se iba a la cocina y fingía interesarse por la alacena o el
frigorífico mientras trataba de no escuchar.
Así que Bill empezó a no ir tan a seguido; y, después de graduarse en
junio, consiguió un empleo en la fábrica Darigold y se alistó en la Guardia
Nacional. Al cabo de un año tenía a su cargo su propia ruta lechera y mantenía
relaciones formales con Linda. De modo que Bill y Linda iban a visitar a Jerry
y Carol, y bebían cerveza y oían discos.
Carol y Linda se llevaban bien, y a Bill le halagó que Carol le dijera
—así, confidencialmente— que Linda era genial.
También a Jerry le gustaba Linda.
—Es estupenda— comentó Jerry.
Cuando Bill y Linda se casaron, Jerry fue el padrino de boda. La fiesta,
naturalmente, fue en el Donnelly Hotel, y Jerry y Bill se tomaron del brazo,
bebieron el ponche de un trago, y se despacharon a gusto con toda clase de
diabluras. Pero en determinado momento, en medio de toda aquella alegría, Bill
miró a Jerry y pensó en lo mucho que había envejecido, pues tenía veintidós
años y aparentaba muchos más. Para entonces tenía ya dos hijos y había
ascendido en Robby’s a adjunto a la gerencia, y había otro retoño en camino.
Se veían todos los sábados y domingos, y más a menudo si había una
fiesta. Cuando hacía buen tiempo, Bill y Linda iban a casa de Jerry, y asaban
salchichas, mientras dejaban a los niños en la piscina portátil que Jerry había
conseguido —al igual que tantas otras cosas— en el centro comercial donde
trabajaba.
Jerry tenía una bonita casa. Estaba sobre una colina desde donde se
divisaba el Naches. Había otras casas en las cercanías, pero no muy próximas. A
Jerry le iban las cosas a pedir de boca. Cuando Bill y Linda y Jerry y Carol se
reunían, lo hacían siempre en casa de Jerry, pues era él quien tenía la
barbacoa y los discos y los niños que no dejaban de alborotarse.
Sucedió un domingo en casa de Jerry.
Las mujeres estaban en la cocina preparando las cosas. Las hijas de
Jerry jugaban en el jardín. Lanzaban una pelota de plástico a la piscinita,
chillaban y se metían a chapotear detrás de ella. Jerry y Bill, echados en las
tumbonas del patio, bebían cerveza y descansaban. Bill llevaba el peso de la
conversación: hablaba de gente que conocían, de Darigold, del Pontiac Catalina
de cuatro puertas que pensaba comprarse.
Jerry miraba fijamente el tendedero, o el Chevy descapotable del 68 que
estaba en el garaje. Bill pensó que Jerry iba a acabar por quedarse
ensimismado, mirando como miraba todo el tiempo fijamente y sin decir esta boca
es mía.
Bill se movió en su tumbona y encendió un cigarrillo. Preguntó:
—¿Te sucede algo, muchacho? Quiero decir, ya sabes.
Jerry acabó su cerveza y aplastó la lata. Se encogió de hombros.
—Ya sabes— dijo.
Bill asintió con la cabeza.
Luego Jerry propuso:
—¿Qué tal si nos damos una vuelta?
—Me parece perfecto —aprobó Bill—. Les diré a las mujeres que nos vamos.
Tomaron la carretera del río Naches rumbo a Gleed. Conducía Jerry. El
día era cálido y soleado, y el aire azotaba el interior del coche.
—¿Adónde vamos? —preguntó Bill.
—Vamos a echar unas partidas de billar.
—Estupendo —celebró Bill. Se sentía mucho mejor viendo a Jerry animado.
—Hay que salir de vez en cuando —se justificó Jerry. Miró a Bill—. ¿Me
entiendes, no?
Sí, Bill le entendía.
Le gustaba ir con los compañeros de la fábrica a jugar en la liga de
bolos del viernes por la noche. Le gustaba irse un par de veces a la semana
después del trabajo a tomarse unas cervezas con Jack Broderick. Sabía que los
jóvenes tienen que salir de vez en cuando.
—Al pie del cañón —dijo Jerry mientras tomaba la pista de grava que
conducía al Rec Center.
Entraron. Bill sostuvo la puerta para que pasara Jerry, y al pasar Jerry
le dio un puñetazo suave en el estómago.
—¡Qué hay, gente!
Era Riley.
—¿Eh, cómo están, chicos?
Riley salía de detrás de la barra sonriendo abiertamente. Era un hombre
corpulento. Llevaba una camisa hawaiana de manga corta que le colgaba fuera de
los tejanos. Riley repitió:
—¿Cómo están, chicos?
—Calla y sírvenos un par de Olys —pidió Jerry, guiñando un ojo a Bill—.
¿Y tú cómo estás, Riley?
Riley continuó:
—¿Cómo les va, chicos? ¿Dónde se han metido? ¿Tienen algún lío de
faldas? La última vez que te vi, Jerry, tenías a la señora de seis meses.
Jerry se quedó quieto unos instantes, y pestañeó.
—¿Qué hay de esos Olys? —insistió Bill.
Se sentaron en unos taburetes cerca de la ventana. Jerry comentó:
—¿Qué local es éste, Riley, sin una sola chica un domingo por la tarde?
Riley rió. Contestó:
—Imagino que están todas en la iglesia rezando para conseguir marido.
Se tomaron cinco latas de cerveza cada uno y tardaron dos horas en jugar
tres partidas de turnos y dos de billar ruso. Riley, sentado en un taburete,
hablaba y miraba cómo jugaban. Bill no paraba de mirar primero su reloj y luego
a Jerry.
Bill saltó:
—¿Bueno, en qué piensas, Jerry? Repito, ¿en qué piensas?
Jerry acabó la lata, la aplastó y se quedó un momento dándole vueltas en
la mano. Luego salieron.
Una vez en la carretera, Jerry empezó a pisarle a fondo: a veces ponía
el coche a ciento treinta y ciento cuarenta kilómetros por hora. Acababan de
adelantar a una vieja furgoneta cargada de muebles cuando vieron a las dos
chicas.
—¡Mira eso! —exclamó Jerry, reduciendo la marcha—. Ya haría yo algo con
ellas.
Jerry siguió como una milla y salió de la carretera.
—Volvamos —propuso—. Intentémoslo.
—Bueno... —dudó Bill—. No sé.
—Yo les haría algo —insistió Jerry.
—Sí. Pero no sé...
—Vamos, hombre —le apremió Jerry.
Bill miró el reloj y luego miró en torno. Dijo:
—Bueno, pero habla tú. Yo estoy fuera de forma.
Jerry hizo sonar la bocina mientras giraba en redondo. Cuando se acercó
a la altura de las chicas redujo la velocidad. Hizo entrar el Chevy en el
arcén. Las chicas siguieron pedaleando en dirección opuesta, pero se miraron
una a otra y rieron. La que ocupaba el borde de la pista era alta y esbelta y
tenía el pelo oscuro; la otra era rubia y más menuda. Ambas llevaban shorts y
blusas que dejaban al descubierto la espalda.
—Perras —masculló Jerry—. La morena es para mí —decidió—: la pequeña es
tuya.
Bill se echó hacia atrás en su asiento y se tocó el puente de las gafas
de sol.
—Esas no van a hacer nada —auguró.
—Pronto las tendrás a tu lado— le contradijo Jerry. Cruzó la autopista y
dio marcha atrás—. Prepárate— anunció.
—Hola —dijo Bill cuando alcanzaron las bicicletas—. Me llamo Bill.
—Muy bonito —dijo la morena.
—¿Adónde van?
Las chicas no respondieron. La pequeña rió. Siguieron pedaleando y Jerry
siguió conduciendo.
—Eh, vamos. ¿Adónde van? —insistió Bill.
—A ningún sitio —contestó la pequeña.
—¿Y dónde es ningún sitio?
—Ya te gustaría saberlo —coqueteó la pequeña.
—Te he dicho mi nombre —respondió Bill—. ¿Cuál es el tuyo? Este se llama
Jerry.
Las chicas se miraron y rieron.
Apareció un coche a la zaga. El conductor tocó el claxon.
—¡A la mierda! —gritó Jerry.
Aceleró hasta despegarse de las bicicletas y dejó que el coche lo
adelantara. Luego retrocedió hasta situarse al lado de las chicas. Bill
propuso:
—Demos un paseo. Las llevaremos adonde quieran. Lo prometo. Tienen que
estar cansadas de darles a los pedales. Tienen pinta de cansadas. No es bueno
el exceso de ejercicio. Y menos para las chicas.
Las chicas rieron.
—¿Lo ven? —continuó Bill—. Ahora vamos, díganos cómo se llaman.
—Yo soy Bárbara, y ésta es Sharon —dijo la menuda.
—¡Perfecto! —exclamó Jerry—. Ahora entérate de a dónde van.
—¿Adónde van? —quiso saber Bill—. ¿Eh, Bárbara?
La chica rió.
—A ninguna parte —respondió—. Por la carretera.
—¿Pero por la carretera adónde?
—¿Te importa que se lo diga? —le preguntó a su amiga.
—No, me da igual —contestó la amiga—. Me da exactamente igual. No voy a
ir a ninguna parte con nadie —resolvió la chica llamada Sharon.
—¿Adónde van? —insistió Bill—. ¿A Picture Rock?
Las chicas rieron.
—Allí es donde van —aseguró Jerry.
Apretó el acelerador del Chevy, adelantó a las chicas y se metió en el
arcén: ahora habrían de pasar a su lado.
—No sean así —dijo Jerry. Y les instó—: Vamos. Si ya hemos sido
presentados —argumentó.
Las chicas pasaron de largo.
—¡No mordemos! —bromeó Jerry.
La morena miró hacia atrás. A Jerry le pareció que le miraba con cierta
aprobación, pero con una chica nunca se sabe. Entonces volvió como un rayo a la
calzada; de los neumáticos salieron disparados guijarros y tierra.
—¡Nos veremos! —les gritó Bill al pasar a su lado.
—Está con ganas —comentó Jerry—. ¿No has visto la mirada que me ha
echado?
—No sé —dudó Bill—. Quizá sería mejor que volviéramos a casa.
—¡Pero si está hecho! —dijo Jerry.
Salió de la carretera y se detuvo bajo unos árboles. La carretera se
bifurcaba allí, en Picture Rock, de donde partía un ramal para Yakima y otro
para el Naches, Enumclaw, el puerto de Chinook y Seattle.
A unos cien metros de la autopista se alzaba una alta e inclinada masa
de roca negra, parte integrante de una cadena poco elevada de colinas llenas de
senderos y pequeñas cuevas, en cuyas paredes podían verse numerosas
inscripciones indias. El lado escarpado de la roca daba a la carretera, y sobre
él había escritas cosas como éstas:
NACHES 67.
LOS WILDCATS DE GLEED.
JESÚS NOS SALVA.
DERROTAD A YAKIMA.
Y:
ARREPENTÍOS.
Se quedaron dentro del coche, fumando. Los mosquitos trataban de
picarles en las manos.
—Cómo me gustaría tener una cerveza —exclamó Jerry—. Iría a beberme una.
—Y yo —coreó Bill, y miró el reloj.
Cuando divisaron a las chicas, Jerry y Bill salieron del coche. Se
apoyaron sobre la aleta delantera.
—Recuerda —dijo Jerry, apartándose del coche—. La morena es mía. Tú te
encargas de la otra.
Las chicas dejaron las bicicletas en el suelo y tomaron uno de los
senderos. Desaparecieron tras un recodo y volvieron a aparecer un poco más
arriba. Ahora estaban allí, quietas, y miraban hacia abajo.
—¿Para qué nos siguen, eh chicos? —gritó la morena.
Jerry tomó el sendero.
Las chicas se volvieron y se alejaron de nuevo a buen paso. Bill fumaba
un cigarrillo, y se paraba de vez en cuando para dar una honda chupada. Cuando
llegaron a un recodo, miró hacia atrás y vio el coche.
—¡Muévete! —le instó Jerry.
—Ya voy —respondió Bill.
Siguieron subiendo. Pero Bill tuvo que recobrar el resuello. Ya no podía
ver el coche. Tampoco la carretera. A su izquierda pudo ver una franja del
Naches, que se extendía hacia abajo como una tira de papel de aluminio.
Jerry dijo:
—Vete a la derecha y yo iré de frente. Les cortaremos el paso a esas
dos.
Bill asintió con la cabeza. Jadeaba demasiado para poder hablar. Siguió
subiendo durante un rato; el sendero empezó a descender y a encaminarse hacia
el valle. Bill miró y vio a las chicas. Se habían puesto en cuclillas tras un
saliente del terreno. Tal vez estaban sonriendo.
Bill sacó un cigarrillo. Pero no pudo encenderlo. Entonces vio a Jerry.
Y después de aquello, ya no importaba.
Lo que Bill había querido era, quizás, verlas desnudas. Pero tampoco le
habría importado mucho que la cosa no saliera. No llegó a saber lo que quería
Jerry. Pero todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma con las
dos chicas.
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Raymond Carver (1938-1988)

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