© Libro N° 9873. Días De Ocio En El Yann. Dunsany, Lord. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
Idle Days On The Yann; Lord Dunsany
(1878-1957)
Versión Original: © Días De Ocio En El Yann. Lord
Dunsany
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Lord Dunsany
Días De
Ocio En El Yann
Lord
Dunsany
Bajé por el bosque hasta la rivera del Yann y encontré, como había sido
profetizado, al barco Pájaro del Río a punto de soltar amarras. El capitán
estaba sentado de piernas cruzadas sobre la blanca cubierta, a su lado la
cimitarra dentro de su vaina enjoyada, y los marineros afanados en desplegar
las ágiles velas para dirigir el barco hacia el centro de la corriente del
Yann, cantando durante todo el tiempo dulces canciones antiguas. Y el viento
fresco del atardecer, que desciende de las moradas montañosas de los dioses
distantes, llegó súbitamente, como las buenas nuevas a una ciudad ansiosa, a
las velas con forma de alas.
Así llegamos a la corriente central, donde los marineros bajaron las
grandes velas. Pero yo había ido a dar mis reverencias al capitán, y a
consultarle acerca de los milagros y apariciones de los más sagrados dioses
entre los hombres, cualquiera fuera la tierra de su procedencia. Y el capitán
respondió que venía de la lejana Belzoond, y que adoraba a los dioses más
pequeños y humildes, aquellos que rara vez enviaban la hambruna o el trueno y
que eran fácilmente aplacados con pequeñas batallas. Y yo le conté que venía de
Irlanda, que está ubicada en Europa, ante lo cual el capitán y sus marineros
rieron porque, dijeron: No hay lugares como ese en todo el País del Sueño.
Cuando acabaron de burlarse, les expliqué que mi imaginación moraba
principalmente en el desierto de Cuppar-Nombo, en una hermosa ciudad llamada
Golthoth la Maldita, que era custodiada completamente por los lobos y sus
sombras, y que ha estado deshabitada por años y años debido a una maldición, a
la ira de los dioses, y que desde entonces no han podido revocar. Y algunas
veces mis sueños me llevaban tan lejos, hasta Pungar Vees, la ciudad de los
muros rojos donde se encuentran los manantiales, la que comercia con Isles y
Thul. Cuando dije esto me felicitaron por la morada de mis sueños, diciendo
que, aunque ellos jamás han visto dichas ciudades, lugares como esos pueden
bien ser imaginados. Durante el resto de la velada negocié con el capitán la
suma que debería pagarle por el viaje, si Dios y la marea del Yann, nos
llevaban a salvo hasta los arrecifes junto al mar, llamados Bar Wul Yann, la
Puerta del Yann.
Ahora el sol se había puesto, y todos los colores del mundo y del cielo
han conservado un festival con él, y se han escabullido, uno a uno, antes de la
inminente llegada de la noche. Los papagayos de ambas riberas han volado a
casa, hacia la jungla; los monos, en hileras, sobre las altas ramas de los
árboles, estaban en silencio y dormidos; las luciérnagas, en las profundidades
del bosque, iban de arriba abajo; y las grandiosas estrellas salieron brillando
para contemplar la superficie del Yann. Entonces los marineros encendieron las
linternas y las colgaron alrededor del barco, y la luz destelló repentinamente
sobre un Yann encandilado, y los patos que se alimentan a lo largo de sus
cenagosas márgenes se elevaron de súbito, y trazaron amplios círculos en el
aire, y vieron las distantes extensiones del Yann y la niebla blanca que
suavemente cubría la selva, antes de retornar nuevamente a sus ciénagas.
Entonces los marineros se arrodillaron sobre las cubiertas y oraron, no
todos a la vez, sino cinco o seis por turno. Lado a lado se arrodillaron juntos
cinco o seis, porque sólo oraban al mismo tiempo aquellos hombres con distintas
creencias, así ningún dios tendría que oír a dos hombres rezándole a la vez.
Tan pronto como alguno terminaba su oración, otro de la misma fe tomaría su
lugar. De esta forma, se arrodillaba la fila de cinco o seis con las cabezas
inclinadas bajo las flameantes velas, mientras la corriente central del Río
Yann los llevaba hacia el océano, y sus oraciones subían entre las lámparas
dirigiéndose hacia las estrellas. Y detrás de ellos, en el final del barco, el
timonel oraba en voz alta la Oración del Timonel, que es rezada por todos
aquellos que ejercen su oficio en el Río Yann, cualquiera sea la fe que
tuviera. Y el capitán oraba a sus pequeños dioses menores, a los dioses que
bendicen Belzoond.
Y yo también sentí que podría rezar. Sin embargo, no me gustaba rezarle
a un Dios celoso, allí donde los frágiles y afectuosos dioses, que son adorados
por los paganos, son humildemente invocados; entonces pensé, en cambio, en
Sheol Nugganoth, a quien los hombres de la selva han abandonado desde hace
mucho, quien no es ahora venerado y está solitario; y a él le recé.
Y sobre nosotros rezando, la noche cayó, así como cae sobre los hombres
que oran al atardecer y sobre aquellos hombres que no lo hacen; sin embargo,
nuestras plegarias aliviaron nuestras almas al pensar en la Gran Noche por
venir. Y así el Yann nos condujo magníficamente adelante, pues estaba exaltado
por la nieve derretida que el Politiades le trajo desde las Colinas de Hap, y
el Marn y el Migris estaban engrosados con las crecidas; y nos llevo en su
fuerza por Kyph y Pir, y vimos las luces de Goolunza. Pronto todos dormíamos
excepto el timonel, quien mantenía el barco en la corriente central del Yann.
Cuando el sol salió el timonel cesó el canto, pues con la canción alegraba la
noche solitaria. Súbitamente todos despertamos, y otro tomó el timón, y el timonel
durmió.
Sabíamos que pronto llegaríamos a Mandaroon, y Mandaroon apareció.
Entonces el capitán comandó, y los marineros soltaron las grandiosas velas, y
el barco viró y abandonó la corriente del Yann y se acercó a un puerto bajo los
rojizos muros de Mandaroon. Entonces, mientras los marineros iban y recogían
frutas, yo me dirigí solo a la entrada de Mandaroon. Unas cuantas cabañas se
encontraban fuera de ella, en las cuales habitaba el guardia. Un vigilante con
una larga y blanca barba se encontraba en la puerta, armado de una herrumbrosa
lanza. Usaba unos grandes anteojos cubiertos de polvo. A través de la puerta vi
la ciudad. Una quietud mortal se cernía sobre ella. Los caminos no parecían
haber sido hollados, y el moho era grueso en las entradas de las puertas; en el
mercado varias figuras acurrucadas dormían. Había un aroma a incienso y a
amapolas quemadas, y un murmullo constante de campanas distantes. Le dije al
guardia, en la lengua de la región del Yann: ¿Por qué todos duermen en esta
apacible ciudad?
Él contestó: Nadie puede hacer preguntas en esta puerta por miedo a
despertar a las personas de la ciudad. Pues cuando la gente de esta ciudad
despierte, los dioses morirán. Y cuando los dioses mueren los hombres no pueden
soñar nunca más.
Comencé a preguntarle qué dioses eran venerados en aquella ciudad, pero
él levantó su lanza pues nadie debe hacer preguntas allí. Así que lo deje y
volví al Pájaro del Río.
Ciertamente Mandaroon era bella, con sus blancos pináculos despuntando
sobre sus rojizas murallas, y el verde de sus tejados de cobre. Cuando regresé
al Pájaro del Río, descubrí que los marineros habían retornado al barco. Pronto
levamos anclas y navegamos nuevamente, y una vez más alcanzamos el centro del
río. Y ahora el sol se estaba moviendo hacia las alturas, y allí en el Yann nos
alcanzó la melodía de aquellas innumerables miríadas de coros que lo acompañan
en su progreso alrededor del mundo.
Las pequeñas criaturas de muchas piernas habían extendido fácilmente sus
diáfanas alas en el aire, como un hombre reposa sus codos en un balcón, y
dieron jubilosas y ceremoniales alabanzas al sol; o se movían juntas en el aire
oscilando en ágiles e intrincadas danzas; o se desviaban para evitar la
arremetida de alguna gota de agua sacudida por el viento desde una orquídea de
la jungla, templando el aire e impulsándolo delante de ellas, mientras se
precipitaba zumbando, en su prisa, sobre la tierra; sin embargo, todo el tiempo
cantaban triunfalmente. Porque el día es para nosotras, decían, sea que nuestro
gran y sagrado padre, el Sol, cree más vida como nosotras desde el cieno, o si
todo el mundo terminase esta noche. Y allí cantaban todas aquellas notas conocidas
por oídos humanos, así como aquellas cuyas numerosas notas que jamás han sido
escuchadas por el hombre. Para aquellas un día lluvioso habría sido como una
era de guerra que desolaría continentes durante una vida de hombre.
Y también aparecieron, desde la oscura y vaporosa jungla, para
contemplar y regocijarse en el Sol, las gigantes y perezosas mariposas. Y
danzaron, pero danzaron indolentemente, por los caminos del aire, como lo haría
alguna altiva reina de tierras lejanas y conquistadas, en su pobreza y exilio
en algún campamento de gitanos, por el pan para sobrevivir, sin embargo, más
allá de aquello, jamás disminuiría su orgullo de danzar por un momento más. Y
las mariposas cantaron acerca de cosas extrañas y coloreadas, sobre orquídeas
púrpuras y sobre perdidas ciudades rosa, y sobre los monstruosos colores de la
selva descompuesta. Y también ellas estaban entre dichas voces no discernibles
por oídos humanos. Y mientras flotaban sobre el río, yendo de bosque en bosque,
su esplendor era rivalizado por la belleza hostil de los pájaros que se
lanzaban a perseguirlas. O algunas veces se posaban sobre las flores, que
parecían de cera, de la planta que se arrastra y trepa por los árboles del
bosque; y sus alas púrpuras fulguraban desde las flores, como las caravanas que
van desde Nurl a Thace, las brillantes sedas llameando sobre la nieve cuando
los astutos mercaderes las despliegan, una a una, para asombrar a los
montañeses de las Colinas de Noor.
Sin embargo, sobre hombres y bestias, el sol envió somnolencia. Los
monstruos del río, a lo largo de sus márgenes, yacían dormidos en el cieno. Los
marineros armaron una tienda en cubierta, y todos se deslizaron, excepto el
timonel, bajo una vela que habían colgado como un toldo entre dos mástiles.
Entonces narraron historias, cada una de la propia ciudad o sobre los milagros
de su dios, hasta que todos cayeron dormidos. El capitán me ofreció el amparo
de su tienda dorada, y allí hablamos un rato, él contándome que llevaba
mercancía a Perdóndaris, y que llevaría de vuelta a la hermosa Belzoond cosas
relacionadas con los asuntos del mar. Entonces, mientras miraba a través de la
apertura de la tienda a las brillantes aves y mariposas que cruzaban y cruzaban
sobre el río, me dormí, y soñé que era un monarca entrando a su capital bajo
arcos de estandartes, y todos los músicos del mundo estaban allí, tocando
melodiosamente sus instrumentos; pero nadie se alegraba.
En la tarde, cuando el día refrescó nuevamente, desperté y encontré al
capitán ciñéndose su cimitarra, la que se había quitado para descansar. Ahora
nos acercábamos a la gran corte de Astahan, que se abre sobre el río. Extraños
botes de antaño se encontraban encadenados a las escalinatas. Al acercarnos
vimos el atrio abierto de mármol, donde en tres de sus lados se alzaba la
ciudad sobre columnas. Y la gente de aquella ciudad paseaba por el patio y las
columnas con solemnidad y cuidado, de acuerdo a los ritos de ceremoniales
antiguos. Todo en la cuidad era antiguo; la talla de las casas, que, cuando el
tiempo las ha quebrado, se han mantenido sin ser reparadas, era de las edades
más remotas, y por todas partes había representaciones en piedra de bestias que
hace mucho tiempo dejaron de existir sobre la Tierra (el dragón, el grifo y el
hipogrifo, y las distintas razas de gárgolas). Nada podía encontrarse en
Astahahn, ya fuera material o costumbre, que fuera nuevo. De esta forma, ellos
no tomaron nota de nuestra presencia, sino que continuaron sus procesiones y
ceremonias en la antigua ciudad, y los marineros, conociendo su tradición, no
tomaron nota de ellos. Pero yo, al acercarnos, me dirigí a uno que se
encontraba al borde del agua, preguntándole qué hacían los hombres en Astahahn
y cuál era su mercancía, y con quién la comerciaban.
Él dijo: Aquí hemos encadenado y esposado al Tiempo, quien de otra
manera asesinaría a los dioses.
Le pregunté qué dioses veneraban en dicha ciudad, y él dijo: Todos
aquellos dioses que el Tiempo no ha matado aún. Entonces se dio vuelta y no
dijo nada más. De esta forma, de acuerdo a la voluntad del Yann, nos dirigimos
hacia delante y dejamos Astahahn, y encontramos en mayores cantidades a
aquellas aves que hacen de los peces sus víctimas. Y eran de plumaje
maravilloso, y no venían de la jungla, sino que volaban, con sus largos cuellos
estirados delante de ellos, y sus patas descansado hacia atrás en el viento,
directamente río arriba sobre la corriente central. La tarde comenzó a
recogerse. Una niebla blanca y gruesa había aparecido sobre el río, y
suavemente se estaba elevando. Se asía a los árboles con largos e impalpables
brazos, elevándose más y más, enfriando el aire; y unas figuras blancas se
alejaban hacia la selva, como si fueran fantasmas de marineros náufragos
buscando furtivamente a aquellos espíritus del mal que hace tanto tiempo los
hicieron zozobrar en el Yann.
Mientras el sol se hundía detrás del campo de orquídeas que crecía en
las cimas de la selva, los monstruos del río se asomaron, revolcándose en el
lodo en el cual habían descansado durante el calor del día, y las grandes
bestias de la selva bajaron a beber. Las mariposas, hacía poco, se habían ido a
descansar. Y en los pequeños y estrechos estuarios la noche parecía ya haber
caído, a pesar de que el sol, que para nosotros había desaparecido, aún no se
había puesto.
Ahora los pájaros de la selva vinieron volando, muy por arriba, la luz
del sol resplandeciendo rosada sobre sus pechos, y bajaron sus alas tan pronto
como vieron el Yann, y se dejaron caer sobre los árboles. Y la mareca comenzó a
subir el río en grandes bandadas, todas silbando. Y allí, junto a nosotros,
estaba el pequeño y tornasolado turro, con su forma de flecha; y oímos los
gritos variados de las bandadas de gansos, los cuales, según me contaron los
marineros, habían recién llegado cruzando las cordilleras de Lispasian; cada
año venían por la misma vía, cerca de la cima del Mluna, dejándolo a su
izquierda; y las águilas montañesas conocen el camino por el que vienen y,
según los hombres, hasta la misma hora, y cada año las esperan por la misma vía
tan pronto como las nieven caen sobre las Planicies del Norte. Pero pronto
estuvo tan oscuro que no vimos más a esas aves, y sólo oímos el zumbido de sus
alas, y de otras tantas innumerables, hasta que todas se establecieron en las
riberas del río, y fue la hora en que las aves nocturnas salen. Entonces los
marineros prendieron las linternas para la noche, y aparecieron enormes
mariposas nocturnas, aleteando alrededor del barco, y por momentos, sus
magníficos colores eran revelados por las linternas, para pasar nuevamente a la
noche, donde todo era negrura. Y los marineros oraron, y posteriormente cenamos
y dormimos, y el timonel tomo nuestras vidas a su cuidado.
Al despertar descubrí que habíamos llegado a Perdóndaris, la famosa
ciudad. Pues allí, a nuestra izquierda, se alzaba una ciudad hermosa y notable,
y de lo más agradable a la vista, luego de la selva, que estuvo tanto tiempo
con nosotros. Y atracamos cerca del mercado, y toda la mercancía del capitán
fue exhibida, y un mercader de Perdóndaris la estaba observando. Y el capitán
tenía en la mano su cimitarra, y golpeaba furiosamente la cubierta con ella;
porque el comerciante le había ofrecido un precio que el capitán había
considerado un insulto hacia sí mismo y hacia los dioses de su tierra, de
quienes ahora hablaba como grandes y terribles y cuyas maldiciones eran
espantosas. Sin embargo, el mercader agitó sus manos, las cuales eran realmente
gordas, mostrando sus rosadas palmas, y juró que no pensaba en sí mismo, sino
solamente en las pobres gentes de las cabañas, más allá de la ciudad, a quienes
él deseaba vender la mercancía al precio más bajo posible, sin obtener él
ninguna remuneración. Pues la mercancía consistía principalmente en el grueso
toomarund, que en el invierno aleja el viento del suelo, y tollub, que la gente
quemaba en pipas.
Entonces el mercader dijo que si ofrecía un piffek más, la pobre gente
se quedaría sin su toomarund para el invierno, y sin su tollub para las tardes,
o de otra forma, él y su anciano padre morirían de hambre. En ese mismo
instante, el capitán llevó su cimitarra hacia su propia garganta, diciendo que
era un hombre arruinado, y que nada más quedaba para él que la muerte. Y
mientras cuidadosamente levantaba su barba con la mano izquierda, el mercader
miró nuevamente la mercancía y dijo que, en vez de ver morir a un capitán tan
valioso, un hombre por el cual había concebido un aprecio especial al verlo por
primera vez manejar su barco, prefería que él y su anciano padre perecieran de
hambre, por lo que ofreció quince piffeks más.
Cuando dijo esto, el capitán se posternó y pidió a sus dioses que
endulzaran el amargo corazón de este mercader, pidió a sus pequeños dioses
menores, a los dioses que bendicen Belzoond.
Finalmente, el mercader ofreció cinco piffeks más. Entonces el capitán
lloró pues, dijo, había sido abandonado por sus dioses; y el comerciante
también lloró, porque, dijo, pensaba en su anciano padre y en cuán pronto
moriría de hambre, y escondió su rostro sollozante entre sus dos manos, y entre
los dedos miró nuevamente el tollub. Y así la negociación fue concluida. Y
fueron empacados en fardos nuevamente, y tres de los esclavos del mercader los
cargaron sobre sus cabezas hacia la ciudad. Y durante todo este tiempo los
marineros estuvieron sentados en silencio, las piernas cruzadas en una
medialuna sobre la cubierta, siguiendo el negocio, y ahora un murmullo de
satisfacción se elevó entre ellos. Me enteré que en Perdóndaris hay siete
mercaderes, y que todos habían acudido al capitán, uno a uno, antes que las
negociaciones comenzaran, y cada uno le había prevenido, privadamente, en
contra de los otros. Y a todos los comerciantes el capitán les había ofrecido
el vino de su propia tierra, que se fabrica allá en Belzoond, pero no pudo
persuadirlos. Pero ahora que el trato estaba hecho, y los marineros estaban
sentados para la primera merienda del día, el capitán apareció entre ellos con
un tonel de vino, y lo espitamos con cuidado y nos divertimos en conjunto. Y el
corazón del capitán estaba contento pues sabía que era honorable a los ojos de
sus hombres, por el negocio que había hecho. De esta forma, los marineros
bebieron el vino de su tierra natal, y pronto sus pensamientos regresaron a la
hermosa Belzoond y a las pequeñas ciudades vecinas, Durl y Duz.
Sin embargo, para mí, el capitán escanció en un pequeño vaso un poco de
vino espeso y amarillo desde una pequeña jarra, que mantenía aparte, entre sus
objetos sagrados. Era grueso y dulce, como la miel, pero había en su corazón un
fuego poderoso y ardiente, que tenía autoridad sobre las almas humanas. Estaba
hecho, me dijo el capitán, con gran delicadeza por el arte secreto de una
familia de seis miembros que moraba en una choza en las montañas de Hiam Min.
Me dijo que una vez, en aquellas montañas, seguía la huella de un oso y que,
súbitamente, se encontró con un hombre de dicha familia que había cazado al
mismo oso, y que se encontraba al borde de un estrecho camino rodeado de
precipicios, y su lanza estaba clavada en el oso, y la herida no era fatal, y no
tenía otra arma. Y el oso se dirigía hacia el hombre, muy lentamente, porque su
herida empezaba a molestarle. Y lo que el capitán hizo no lo contó, pero cada
año, tan pronto como las nieves se endurecen y es fácil viajar por el Hian Min,
aquel hombre baja al mercado en las praderas, y siempre deja en la puerta de la
hermosa Belzoond una vasija de aquel invaluable y secreto vino, para el
capitán.
Y mientras sorbía el vino y el capitán hablaba, me acordé de las cosas
nobles que hacía tiempo había planificado resueltamente, y mi alma pareció más
poderosa dentro de mí y pareció dominar toda la corriente del Yann. Puede ser
que en ese momento me durmiera. O, si no lo hice, no puedo recordar cada
detalle de las ocupaciones de dicha mañana. Desperté hacia el atardecer,
deseando ver Perdóndaris antes de abandonarla por la mañana, e incapaz de
despertar al capitán, me dirigí solo a tierra. Perdóndaris era de hecho una
ciudad poderosa; estaba cercada por una muralla de gran fuerza y altura, que
tenía caminos huecos para el paso de las tropas, y almenas en toda su
extensión, y quince resistentes torres, una a cada milla, y placas de cobre,
abajo donde los hombres pudieran leerlas, contando en todas las lenguas de
aquellas partes de la Tierra la historia de cómo una vez un ejército atacó
Perdóndaris. Entonces entré a Perdóndaris y encontré a todos danzando, vestidos
en sedas brillantes, tocando el tam-bang, mientras bailaban. Porque una
terrible tormenta los había aterrorizado mientras yo dormía, y los fuegos de la
muerte —decían— habían danzado sobre Perdóndaris, pero ahora la tormenta se
había ido lejos, saltando, inmensa, negra y espantosa, sobre las colinas
distantes, y que se había girado, gruñéndoles, mostrando sus destellantes
dientes, y que mientras se alejaba, azotó las cumbres hasta que retumbaron como
si hubieran sido de bronce.
Y frecuentemente detenían sus danzas alegres y oraban al Dios que no
conocían: Oh, Dios que no conocemos, te agradecemos por mandar de vuelta la
tormenta a sus colinas. Y seguí avanzando hasta llegar al mercado, donde sobre
el pavimento de mármol vi al mercader durmiendo y respirando pesadamente, con
su rostro y palmas de las manos hacia el cielo, y los esclavos lo abanicaban
para mantener alejadas a las moscas. Y desde el mercado llegué a un templo de
plata y luego a un palacio de ónix, y había muchas maravillas en Perdóndaris, y
me hubiera quedado para verlas todas; sin embargo, cuando llegué a la muralla
exterior de la ciudad, vi de pronto una inmensa puerta de marfil. Por un
momento me detuve a admirarla, mas cuando me acerqué percibí la horrorosa verdad.
¡La puerta estaba tallada en una sola y sólida pieza!
Escapé por la entrada y bajé hacia el barco, incluso mientras corría
creía oír en la distancia, detrás de mí en las colinas, las pisadas de la
temible bestia que dejó caer aquella masa de marfil, y que, tal vez, estuviera
buscando su otro colmillo. Cuando estuve de nuevo en el barco me sentí más
seguro, y no conté nada de lo que había visto a los marineros.
Ahora el capitán despertaba. La noche se estaba enrollando desde el Este
y el Norte, y sólo los pináculos de las torres aún tomaban la caída luz del
sol. Entonces me dirigí al capitán y, tranquilamente, le conté la cosa que
había visto. E inmediatamente me preguntó acerca de la puerta, en voz baja,
para que los marineros no se enteraran; y le conté que el peso era tal, que no
podía haber sido traída desde lejos, y el capitán sabía que no había estado
allí un año atrás. Concordamos en que aquella bestia no podría ser destruida
pon ningún ataque humano, y que la puerta debía ser un colmillo caído, uno
caído cerca y recientemente. Ante esto, decidió que era mejor escapar de una
vez, así ordenó, y los marineros fueron hacia las velas, y otros levaron el
ancla, y justo cuando el pináculo de mármol más alto perdía sus últimos rayos
de sol, dejamos Perdóndaris, la famosa ciudad. Y la noche cayó y cubrió
Perdóndaris y la escondió a nuestros ojos, y, como han sucedido las cosas, para
siempre; pues he oído que algo veloz y sorprendente súbitamente hundió
Perdóndaris en un día, torres, muros y gente.
Y la noche se profundizaba en el Río Yann, una noche blanca en
estrellas. Y con la noche emergió la canción del timonel. Tan pronto como
terminó de rezar, comenzó a cantar para darse ánimos a través de la noche
solitaria. Pero primero rezó, recitando la plegaria del timonel. Y esto es lo
que recuerdo de ella, traducida al Inglés, con un pálido equivalente de aquel
ritmo que parecía tan resonante en aquellas noches tropicales:
Para cualquier dios que escuche. Donde quiera que haya marineros, de río
o de tierra; sea oscuro su camino o sea a través de la tormenta; sean sus
peligros las bestias o la roca; o de enemigo acechando en tierra o
persiguiéndolo en el mar; donde sea que el timón esté helado o el timonel
rígido; donde sea que los marineros duerman y el timonel vigila: guárdanos,
guíanos y regrésanos a la antigua tierra que nos ha conocido: a los lejanos
hogares que conocemos. Para todos los dioses que existen. Para cualquier dios
que escuche.
De esta forma rezó, y hubo silencio. Y los marineros se tendieron a
descansar en la noche. El silencio se hizo más profundo, y sólo era quebrado
por los murmullos del Yann que, suavemente acariciaba nuestra proa. Una que
otra vez algún monstruo del río tosía. Silencio y murmullos, murmullos y
silencio.
Muchas canciones cantó, contándole al vasto y exótico Yann las pequeñas
historias y menudencias de Durl, su ciudad. Y las canciones brotaban sobre la
negra jungla y subían al frío y claro aire arriba, y las grandes constelaciones
de estrellas que miraban al Yann conocieron los asuntos de Durl y de Duz, y
sobre los pastores que habitaban en los campos intermedios, y de las manadas
que poseían, y de los amores que habían amado, y todas las pequeñas cosas que
deseaban hacer. Y, súbitamente, mientras me arropaba en pieles y frazadas
escuchando esas canciones, y miraba aquellas fantásticas formas de los
grandiosos árboles, parecidos a negros gigantes merodeando en la noche, me
quedé dormido.
Cuando desperté una gran niebla se estaba retirando del Yann. Y la
corriente del río daba tumbos tumultuosamente, y pequeñas olas aparecieron;
porque el Yann había olido, desde la distancia, el antiguo risco de Glorm,
sabiendo que sus frescas cañadas se encontraban adelante, donde encontraría al
salvaje y alegre Irillion, rejocijándose de glaciares. De esta forma, se
sacudió el tórpido sueño que había caído sobre él en la aromática y cálida
selva, y olvidó sus orquídeas y sus mariposas, y pasó turbulento, expectante,
fuerte; y pronto aparecieron destellando, las cumbres nevadas de las Colinas de
Glorm. Y los marineros ya estaban despertando del sueño. Momentos después
comimos, y el timonel se tendió a dormir mientras un camarada lo remplazaba, y
todos extendieron sobre él sus pieles favoritas. Y en un instante, oímos el
sonido del Irillio mientras baja danzando por los campos de hielo.
Entonces vimos frente a nosotros la hondonada, escarpada y lisa, hacía
la cual el Yann, a saltos, nos conducía. Así dejamos la vaporosa selva y
respiramos el aire de montaña; los marineros se irguieron y tomaron grandes
bocanadas de él, y pensaron en sus lejanas colinas de Acrotia, donde se
encontraban Durl y Duz, y abajo, en la planicie, la bella Belzoond. Una gran
sombra se cernió sobre las colinas de Glorm, pero los peñascos arriba, cual
deformes lunas, fulguraban, casi iluminando la penumbra. Más y más fuerte oímos
la canción del Irillion, el sonido de su danza al bajar de los ventisqueros. Y
pronto lo vimos, blanco y cubierto de brumas, engalanado con delicados y
pequeños arcoiris que había arrancado cerca de la cima, de algún jardín
celestial del Sol. Luego se dirigió hacia el océano junto al inmenso y gris
Yann, y la hondonada se ensanchó y se abrió al mundo, y nuestro tambaleante
barco salió a la luz del día.
Toda aquella mañana y la tarde navegamos por las ciénagas de Pondoovery,
donde el Yann se ensanchaba y fluía lenta y solemnemente, y el capitán ordenó a
los marineros tocar las campanas para así vencer la melancolía del pantano.
Finalmente divisamos las Montañas Irusian, que protegen a los poblados de
Pen-Kai y Blut, y las maravillosas calles de Mlo, donde los sacerdotes aplacan
con vino y maíz a la avalancha. Entonces cayó la noche sobre las planicies de
Tlun, y vimos las luces de Cappadarnia. Oímos a los Pathnites golpeando los
tambores mientras pasamos Imaut y Golzunda, luego todos dormimos, excepto el
timonel. Y las villas dispersas a lo largo de las riberas del Yann oyeron toda
esa noche, en la desconocida lengua del timonel, las pequeñas historias de
ciudades que no conocían.
Desperté antes del amanecer con una sensación de infelicidad, antes de
recordar el por qué. Entonces recordé que, en la tarde de aquel día, de acuerdo
a las posibilidades previstas, deberíamos llegar a Bar Wul Yann y yo debería
despedirme del capitán y sus marineros. Había apreciado a ese hombre pues me
había convidado con aquel vino amarillo que mantenía apartado junto a sus
objetos sagrados, y me había contado muchas historias acerca de su hermosa
Belzoond, entre las Colinas Acrotas y el Hian Min. Y me habían gustado las
costumbres de los marineros, y las plegarias dichas, lado a lado, al atardecer,
sin jamás desvalorizar al dios extranjero. Y también me gustaba la tierna
manera en que frecuentemente hablaban de Durl y de Duz, pues es bueno que el
hombre ame sus ciudades natales y las pequeñas colinas que las sostienen.
Llegue a saber quiénes los recibirían al retornar a casa, y dónde imaginaban
que el encuentro sucedería, algunos en un valle de las Colinas Acrotas, donde
el camino sube desde el Yann, otros en la puerta de una de las tres ciudades, y
otros en el hogar, junto a la hoguera. Y pensé en todos los peligros que nos
habían amenazado, a todos por igual, fuera de Perdóndaris, un peligro muy real,
así como las cosas han sucedido.
También pensé en la alegre tonada del timonel en la fría y solitaria
noche, y cómo él había tomado nuestras vidas en sus cuidadosas manos. Y
mientras reflexionaba sobre esto, el timonel dejó de cantar, y miré hacia
arriba y vislumbré en el cielo una luz pálida que había aparecido, y la
solitaria noche había pasado; y el amanecer creció, y los marineros
despertaron. Pronto vimos la marea del mismo océano avanzando, resueltamente,
entre las orillas del Yann, y el Yann saltó graciosamente y lucharon por un momento;
luego el Yann, y todo lo suyo, fue empujado hacia el norte, por lo que los
marineros tuvieron que izar las velas, y como el viento era favorable, seguimos
adelante. Pasamos Góndara y Narl, y Hoz. Y vimos la memorable y sagrada Golnuz,
y oímos a los peregrinos orando.
Al despertar de nuestro descanso del mediodía nos acercábamos a Nen, la
última ciudad del Río Yann. Y nuevamente la jungla nos rodeaba por todos lados,
así como a Nen; mas las grandes cordilleras de Mloon se erguían sobre todas las
cosas, y observaban la ciudad más allá de la selva.
Aquí anclamos, y con el capitán fuimos a la ciudad y supimos que los
Errantes habían venido a Nen.
Los Errantes eran una tribu extraña y oscura que, una vez cada siete
años bajaba desde las cumbres de Mloon, cruzando por un paso que ellos conocen,
desde una tierra fantástica situada más allá. Y toda la gente de Nen permanecía
fuera de su casa, todos maravillándose en sus propias calles. Pues los hombres
y las mujeres de los Errantes estaban amontonados en todas las vías, cada uno
haciendo alguna cosa extraña. Algunos bailaban danzas asombrosas que habían
aprendido del viento del desierto, curvándose y arremolinándose hasta que el
ojo no podía seguirlos. Otros interpretaban en sus instrumentos hermosas y
tristes tonadas, que estaban llenas de horror. ¿Qué almas se las habrán
enseñado mientras vagaban de noche por el desierto? Aquel lejano y extraño
desierto del cual los Errantes provenían.
Ningunos de sus instrumentos eran conocidos en Nen, o en alguna región
del Yann; incluso los cuernos de los que algunos estaban hechos, pertenecían a
bestias que nadie ha visto a lo largo del río, ya que tenían barbas en las
puntas. Y cantaban, en una lengua tampoco conocida, canciones que parecían
estar emparentadas con los misterios de la noche y con el miedo irrazonable que
encanta los lugares oscuros.
Todos los perros de Nen desconfiaban de ellos. Y los Errantes se
contaban entre sí historias temibles, y aunque nadie en Nen conocía su idioma,
podían distinguir el miedo en los rostros de sus interlocutores, y mientras el
cuento continuaba, ponían los ojos en blanco, en vívido terror, como los ojos
de una pequeña bestia a la que el águila ha atrapado. Luego el narrador de la
historia< sonreía y se detenía, y otro contaría su historia, y los labios
del narrador del primer relato temblarían con terror. Y si, por casualidad, una
serpiente mortal aparecía, los Errantes lo felicitarían como un hermano, y
parecería que la serpiente les diera sus felicitaciones antes de seguir
nuevamente. Una vez, la serpiente más fiera y letal del trópico, la enorme
lythra, bajó de la selva y pasó por toda la calle, la calle principal de Nen, y
ningún Errante se alejó de ella, mas tocaron sus tambores sonoramente, como si
hubiera sido una persona de mucho honor; y la serpiente paso entre ellos y no
derribó a ninguno.
Incluso los niños de los Errantes podían hacer cosas extrañas, si alguno
de ellos se encontraba con un niño de Nen, se mirarían uno a otro en silencio,
con ojos grandes y graves; después, el niño de los Errantes sacaría, lentamente
de su turbante, un pez o una serpiente vivos. Los niños de Nen no podían hacer
ninguna de esas cosas.
Cuánto me hubiera gustado quedarme y oír el himno con el que reciben a
la noche, que es contestado por los lobos en las alturas del Mloon, pero
nuevamente era tiempo de levar anclas y que el capitán regresara de Bar Wul
Yann. Entonces subimos al barco y continuamos río abajo. Y el capitán y yo
conversamos un rato, pues ambos pensábamos en nuestra separación, la que sería
por mucho tiempo, y miramos, en cambio, el esplendor del sol occidental. Porque
el sol era de un dorado rojizo, pero una tenue y baja bruma cubría la selva, y
en ella se depositaba el humo de las pequeñas ciudades selváticas, y el humo de
ellas se reunía en la bruma y formaban una sola neblina, que se tornó púrpura y
era iluminada por el sol, mientras los pensamientos de los hombres santificaron
con cosas grandiosas y sagradas. Eventualmente, una columna de humo de alguna
casa solitaria se elevaba más alto que el humo de las ciudades, y brillaba
solitario en el sol.
Y cuando los rayos del sol estaban casi a nivel, vimos lo que yo había
venido a ver, pues de las dos montañas que se erguían a ambas orillas, salían
hacia el río dos riscos de mármol rosa, resplandeciendo en la luz del sol bajo,
y eran suaves y altos como una montaña, y casi se encontraban, y el Yann paso
entre ellas dando tumbos, y encontró el mar.
Esta era Bar Wul Yann, la Puerta del Yann, y, en la distancia, entre la
abertura de aquellas barreras, vi el indescriptible azul del mar, donde los
pequeños botes de pesca resplandecían.
Y llegó el atardecer y el breve crepúsculo, y la regocijante gloria de
Bar Wul Yann se había ido, mas los acantilados rosa aún brillaban, la maravilla
más hermosa que se ha visto, incluso en una tierra de prodigios. Y pronto el
crepúsculo dio paso a las incipientes estrellas, y los colores de Bar Wu Yann
se fueron consumiendo. Y la visón de esos riscos era para mí como la cuerda de
música arrancada del violín por la mano de un maestro, y que lleva al Cielo de
las Hadas los espíritus temblorosos de los hombres.
Y a la orilla se anclaron y no fueron más lejos, porque ellos eran
marineros del río y no del océano, y conocían el Yann, pero no las mareas más
allá.
Llegó el momento en que el capitán y yo debíamos separarnos, él para
retornar nuevamente a su hermosa Belzoond, divisable desde las lejanas cumbres
del Hian Min, y yo, para encontrar, por extraños medios, mi camino de vuelta a
aquellos brumosos campos que los poetas conocen, donde se encuentran unas
pequeñas y misteriosas cabañas, desde cuyas ventanas, mirando hacia el oeste,
se pueden avistar los campos de los hombres, y mirando hacia el este, las
brillantes montañas de los elfos, coronadas de nieve, extendiéndose de cadena
en cadena hasta la región del Mito, y más allá, hasta el reino de la Fantasía,
que pertenecen al País del Sueño. No nos encontraríamos por mucho tiempo, quizá
nunca, pues mi imaginación se ha debilitado al pasar de los años, y cada vez
son más infrecuentes mis visitas al País del Sueño.
Entonces nos dimos la mano, torpemente de su parte, pues éste no es el
método de saludo en su tierra, y encomendó mi alma al cuidado de sus propios
dioses, a aquellos dioses menores, los humildes, los dioses que bendicen
Belzoond.
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Lord Dunsany (1878-1957)

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