© Libro N° 9861. Deja A Los Muertos En Paz. Raupach, Ernst. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
Laβ Die Toten Ruhn; Ernst Raupach
(1784-1852)
Versión Original: © Deja A Los Muertos En Paz. Ernst
Raupach
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Ernst Raupach
Deja A
Los Muertos En Paz
Ernst
Raupach
Walter suspiraba dolorosamente por el fallecimiento de su amada esposa
Brunilda. Era medianoche y estaba junto a su tumba, en la hora en que el
espíritu que brama en las tempestades lanza sus malditas legiones de monstruos.
Se lamenta todas las noches junto a la cripta, balo los árboles helados,
reclinando la cabeza sobre la lápida de su esposa.
Walter era un poderoso caballero de Burgundia. Se había casado con
Brunilda en su juventud, cuando los dos se amaban con locura, pero la muerte se
la arrebató de los brazos, y sufría todavía a pesar de que se casó otra vez con
una bella mujer llamada Swanhilde, rubia, de ojos verdes y un tono rosado en
las mejillas, que le había dado un varón y una niña y que era todo lo contrario
de la esposa muerta.
Walter no hallaba reposo, seguía amando a Brunilda y deseaba con toda su
alma tenerla junto a él. Constantemente comparaba a su esposa viva con la
muerta. Swanhilde notaba el cambio en su esposo y se esmeraba por atenderlo;
pero de nada servía, ya que la obsesión de Walter era tener a Brunilda otra
vez, y esa idea fija, constante, se había apoderado de su alma. Todas las
noches visitaba la tumba de su hermosa esposa y le preguntaba con tristeza:
—¿Dormirás eternamente?
Ahí estaba Walter, acostado sobre la tumba. Era medianoche, cuando un
hechicero de las montañas entró al cementerio para recoger las hierbas que sólo
crecen en las tumbas y que están dotadas de un terrible poder. Se acercó a
aquella en que Walter lloraba y le preguntó:
—¿Por qué, infeliz, te atormentas así? No debes lamentarte por los
muertos, pues tu también morirás algún día. Al llorar por ellos no los dejas
descansar.
—El amor es la fuerza más grande que hay en el universo y yo amaba a la
que aquí está pudriéndose. Quisiera que regresara conmigo —le respondió Walter
con pena y necedad.
—¿Crees que va a despertar con tus lamentos? ¿No vez que perturbas su
calma?
—¡Vete, anciano, tu no conoces el amor! ¡Si yo pudiera abrir con mis
manos la tierra y devolverle la vida a mi querida Brunilda, lo haría a
cualquier precio! —le gritó Walter.
—Ignorante, no sabes lo que dices, te estremecerías de horror ante la
resucitada. ¿Piensas que el tiempo no degrada los cuerpos? Tu amor se
convertiría en odio.
—Antes se caerían las estrellas del cielo. Yo reventaría mis músculos y
mis huesos si ella resucitara; jamás podría odiarla.
—Hablas con el corazón caliente y la cabeza hirviendo. No quiero
desafiarte a devolvértela: pronto te darías cuenta de que no miento —dijo el
anciano.
—¿Resucitarla? —gritó Walter, arrojándose a los pues del mago—. Si eres
capaz de tal maravilla, ¡hazlo!, hazlo por estas lágrimas, por el amor que ya
casi no vive sobre la Tierra. Harías la mejor obra de bien en tu vida.
—Calma, si decides que así sea, regresa a medianoche; pero, te lo
advierto: ¡Deja a los muertos en paz!
Walter regresó a su casa, pero no pudo conciliar el sueño. Al día
siguiente, justo a medianoche, esperaba al hechicero junto a la tumba.
—¿Haz considerado lo que te dije? —le pregunto el anciano.
—Si, lo he pensado. Devuélveme a la dueña de mi corazón, te lo suplico.
Podría morir esta noche si no cumples tu promesa.
—Bien —le dijo el viejo—, sigue recapacitando y regresa aquí mañana a
medianoche. Te daré lo que tu pides, sólo recuerda algo: ¡Deja a los muertos en
paz!
A la noche siguiente apareció el hechicero y dijo:
—Espero que hayas pensado bien la situación. Regresar a un muerto a la
vida no es cosa de juego. Esta será la última vez que te lo diga: ¡Deja a los
muertos en paz!
—¡Basta, mi amada no tendrá paz en esa tumba helada, tienes que
regresármela, me lo haz prometido! —le gritó Walter lleno de ansiedad.
—¡Recapacítalo, no podrás separarte de ella hasta la muerte, aunque la
repugnancia y el odio se apoderen de tu corazón! Solo habría un medio espantoso
de lograrlo y no creo que tu quieras oír hablar de eso.
—¡Anciano imbécil, devuélveme a Brunhilda! ¿Cómo podría odiar lo que más
he amado? —aulló Walter con desesperación.
—Está bien. Puesto que así lo quieres, ¡que así sea! ¡Retrocede!
El hechicero dibujó un círculo alrededor de la tumba y una tempestad se
desató. Alzó los brazos al cielo y comenzó a gritar frases en una lengua que no
era humana. Los búhos comenzaron a volar de los árboles. Las estrellas se
ocultaron detrás de las nubes. La lápida que cubría la tumba comenzó a moverse
y se abrió paso hacia la superficie. En el hoyo, el anciano tiró varias hierbas
mientras seguía murmurando con los ojos en blanco. Un viento rápido y helado
salió del sepulcro al mismo tiempo que cientos de gusanos escalaban la tierra.
De pronto las nubes se apartaron y la luna bañó la sepultura vacía. Sobre ella,
el hechicero vertió sangre fresca contenida en una calavera y exclamó:
—Bebe, tú que duermes, bebe esta sangre caliente para que tu corazón
pueda latir otra vez.
Como volcán que hace erupción, se levantó Brunilda, empujada por una
fuerza invisible, de la noche eterna en la que estaba sepultada. Tenía el pelo
negro como la tormenta, ojos azules y una piel muy blanca. El anciano hechicero
la tomó de la mano y la llevó hasta Walter.
—Recibe otra vez a la que amas. ¡Espero que nunca vuelvas a necesitar mi
ayuda! De ser así, me encontrarás en las noches de luna llena en las montañas,
donde los caminos se cruzan —diciendo esto, se alejó con paso lento.
—¡Walter! —exclamó Brunilda—. llévame pronto al castillo en las
montañas.
Walter saltó sobre el caballo y, tomando a su amada, galopó en dirección
a las montañas solitarias, donde tenía un castillo oculto. Ahí había vivido con
Brunilda. Sólo el viejo criado los vio llegar. Fue amenazado de inmediato por
el patrón, quien le ordenó guardar silencio.
—Aquí estaremos bien —dijo Brunilda—, hasta que mis ojos puedan ver la
luz nuevamente.
Mientras residían en el castillo, los pocos criados ignoraban por
completo que su antigua ama hubiera resucitado. Sólo el viejo sirviente sabía
la verdad y era el que les llevaba agua y la comida. Los primeros siete días
vivieron a la luz de las velas, con todas las cortinas cerradas; los siguientes
siete se abrieron las ventanas más altas, de modo que sólo entraba la tenue
claridad del amanecer o del anochecer. Walter nunca se apartaba de su querida
Brunilda. No obstante, sentía un escalofrío que le impedía tocarla y no sabía
por qué, pero tan grande era su amor que no le importaba. Estaba seguro de que
esto era mejor que el pasado. Su esposa era aún mas bella que cuando estaba
viva la primera vez, su voz era más dulce, sus palabras fluían con emoción y toda
ella lo fascinaba hasta la locura.
Brunilda constantemente hablaba de los amores que habían tenido en el
pasado, haciendo a Walter emocionantes promesas que pronto realizarían. Su amor
sería el amor más grande que hubiera conocido el mundo. Así embriagaba a su
amado de esperanzas para el futuro. Sólo cuando hablaba del cariño que sentía
por él, dejaba aparecer la parte terrenal; de otro modo discutía sin cesar de
asuntos espirituales, eternos y proféticos.
Todos los días dormían juntos. Walter sentía la necesidad de enamorar a
su esposa, compenetrarse con ella como lo hacía antes, pero Brunilda se
apartaba bruscamente de la cama y le explicaba:
—Así no querido. ¿Cómo podría yo, que he regresado de la muerte, para
estar contigo, ser tu amante mientras tienes una sucia mujer que se hace llamar
tu esposa?
Walter había enloquecido y estaba dispuesto a todo. Un día, arrebatado
por la pasión, abandonó el castillo y cabalgó con furia por entre los bosques y
las montañas hasta que llegó a su casa, donde su esposa Swanhilde lo recibió
con cariños y palabras bellas, al igual que sus hijos. Pero nada pudo calmarlo
ni reprimir su cólera. Expuso a su esposa que lo mejor era que se separaran
para que cada quien pensara las cosas con calma y vieran si realmente se
querían o no. Swanhilde, llena de comprensión, le dijo que estaba bien.
Al otro día, Walter había conseguido el acta de separación que decía que
ella debería regresar a casa de sus padres. Los niños se quedarían en el
castillo. Entonces Swanhilde le dijo:
—Sospecho que me dejas por el amor de Brunilda, a quien no puedes
olvidar. Te he visto ir al cementerio y rondar su tumba. ¿No me digas Walter,
que has osado juntar a los vivos con los muertos? ¡Eso causaría tu destrucción!
Walter recordó que lo mismo le había sentenciado el hechicero, pero no
lo tomó en cuenta. Hizo redecorar el palacio al gusto de la nueva dueña. La
resucitada ingresó por segunda vez a su mansión como esposa. Walter les dijo a
todos los criados del palacio que era una nueva novia que había traído de
tierras lejanas, pero los habitantes del castillo veían el extraño parecido que
había entre la señora y su antigua ama Brunilda. Sus almas se llenaron de
espanto, pues esperaban lo peor y, entre la servidumbre, corría el rumor de que
su amo había desenterrado a la antigua esposa de su tumba y con poderes mágicos
la había hecho vivir nuevamente.
La nueva ama nunca llevaba otro vestido que no fuera su túnica gris
pálido, no usaba joyas de oro como las grandes señoras, sino turbias alhajas de
plata de manera de cinturón y aretes; opacas perlas cubrían su pecho. Brunilda
sólo salía en los atardeceres e impuso mano dura a todos los criados que la
rodeaban. Era una mujer cruel que castigaba sin pretexto y por placer. Tenía el
poder de la vida o la muerte sobre ellos.
En otro tiempo el castillo estuvo poblado de alegría, pero ahora sus
moradores tenían la cara demacrada por el temor; se estremecían cada vez que se
cruzaban con Brunilda. Muchos criados cayeron enfermos y murieron. Aquellos que
la veían a los ojos se convertían en esclavos de sus caprichos. La mayoría
intentó huir del castillo. Sólo algunos eran conservados con vida, los
ancianos.
Los poderes que el hechicero había dado a Brunilda con el alimento
humano había recompuesto su cuerpo corrupto. Sólo una bebida mágica podía
conservarla con vida, una opción maldita: sangre humana, bebida aún caliente de
venas jóvenes.
Ya deseaba comenzar a beber esa sangre, la de Walter, pero tenía que
esperar hasta que fuera la noche de luna llena. Una tarde, repleta de ansiedad,
vagaba por el bosque y se encontró con un pequeño niño de cachetes rosados. Lo
atrajo hacia ella con caricias y regalos y lo llevó a una estancia apartada de
la vista humana para succionar la sangre de su pecho. Después de esa indigna
acción, ya nadie estuvo a salvo de sus ataques. Todo humano que se acercaba a
ella era narcotizado con la fragancia de su aliento. Niños, jóvenes y doncellas
se marchitaban como flores. Los padres resentían horror ante aquella plaga que
hacía estragos en la vida de sus hijos.
Pronto empezaron a circular rumores. Se creía que ella era la causante
de la peste mortífera, pero en las víctimas no había huella alguna que la
incriminara y nadie la había visto haciendo esas aberraciones. Entonces el
remedio radical: los padres abandonaron el pueblo, dejando sus casas vacías y
las tierras sin trabajar. El castillo quedó desolado y el pueblo también, sólo
permanecieron los ancianos decrépitos y sus esposas.
El único que no veía la muerte a su alrededor era Walter. Estaba
entregado a su pasión, por sobre todas las cosas, por Brunilda, quien lo amaba
con una ternura que nunca antes había mostrado. Hasta ahora no había necesitado
de su sangre; pero ella no dejaba de advertir con pesadez que sus fuentes de
vida se agotaban; pronto ya no habría sangre fresca y joven, excepto la de
Walter y sus hijos. Al regresar al castillo, Brunilda había sentido el rechazo
por los hijos de una extraña y los había dejado relegados a los cuidados de una
sirvienta vieja. Pero la necesidad hizo que pronto se ganara el amor de los
niños; los dejaba dormirse en su pecho, les contaba historias, jugaba con ellos
y los adormecía con la mirada y el aliento.
Lentamente iba extrayendo de los infantes el flujo vital que la mantenía
viva y hermosa. Poco a poco las fuerzas de los chiquillos fueron
desapareciendo, sus risas alegres se habían transformado en débiles sonrisas.
Las nodrizas estaban preocupadas y temían que todos los rumores fueran verdad.
No se atrevían a decirle nada a su patrón. El varón murió primero. Después su
hermanita lo acompañó a la tumba. Walter se llenó de pena por la muerte de sus
hijos y su tristeza disgustó fuertemente a Brunilda, que lo regañaba:
—¿Por qué lamentarse tanto? ¡Seguramente te recuerdan a su madre! ¿O ya
estás harto de mí? —le decía la hermosa mujer con los ojos inyectados de odio.
Walter era un esclavo. Perdonó las ofensas de su esposa y le pidió
disculpas. Pronto volvían a vivir en la locura del amor de la muerte. Con todo,
sólo quedaban él para saciar la sed de aquella bestia infernal. Las criadas
eran demasiado viejas y su sangre no servía. Brunilda lo sabía y no le
importaba, pues pensaba que al morir Walter, conquistaría a otros hombres e
irían a nuevos pueblos en búsqueda de sangre joven.
En las noches, cuando dormía profundamente narcotizado, ella adhería los
colmillos a su pecho. Walter resentía la falta de sangre y salía a dar largos
paseos por la montaña buscando reponer su salud. Atribuía su debilidad a la
falta de alimentación; nada sospechaba. Un día estaba tumbado a la sombra de un
árbol y un raro pájaro pasó volando, dejando caer una raíz seca, rosácea, a sus
pies. Tenía un aroma delicioso e irresistible. La masticó y sintió que su boca
se llenaba de hiel amarga, entonces arrojó lejos la raíz que pudo haberlo
salvado del hechizo en el que lo sumía su esposa.
Esa misma tarde, Walter regresó al castillo. El mágico perfume de
Brunilda no surtió efecto alguno sobre el hombre y por primera vez en muchos
meses durmió un sueño natural. Comenzó a sentir un agudo dolor en el pecho,
abrió los ojos y vio la imagen más horrible y aterradora de su vida: los labios
de Brunilda succionando la sangre caliente que salía de su pecho. Gritó con
horror y Brunilda se apartó con la sangre escurriéndole por la boca.
—¡Demonio! ¿Así es como me amas? —rugió Walter.
—Te amo como aman los muertos —respondió con frialdad la mujer.
—Sangriento monstruo, ahora lo comprendo. Tú mataste a mis hijos, tú
eres esa peste de la que hablaba el pueblo.
—Yo no los he asesinado. Tuve que sacrificar sus vidas para satisfacer
tus placeres. ¡Tu eres el asesino! —gritó Brunilda con los ojos helados.
Las sombras amenazadoras de todos los muertos fueron convocadas ante los
ojos de Walter por las terribles y verdaderas palabras de Brunilda.
—Querías amar a una muerta, acostarte con ella. ¿Que esperabas?
—¡Maldita! —gritó y echó a correr fuera del cuarto mientras se maldecía.
Al amanecer, Walter despertó en los brazos de Brunilda. Una larga
cabellera negra envolvía su cuerpo, la fragancia de su aliento lo condenaba al
estupor. Enseguida se olvidó de todo y se dedicó al placer con la muerta en
vida. Cuando el efecto del hechizo pasó, el terror era diez veces más fuerte.
Como era de día, Brunilda dormía. El hombre se refugió en las montañas, lejos
de la vampira. ¡Pero era en vano! Cuando despertó, estaba en brazos de
Brunilda, comprendiendo que asi seria para siempre.
Sin embargo, intentaba huir todos los días, luchando contra la muerte.
Walter se refugió en uno de los rincones mas oscuros del bosque, donde la luz
nunca llega. Escaló una roca mientras llovía intensamente y las nubes le
enseñaban las caras de las víctimas de su esposa. En ese instante la luna
emergió de las altas montañas y aquella visión le recordó al hechicero. Se
dirigió con decisión a aquel lugar donde se juntan los caminos; no estaba
lejos. Cuando llegó, encontró al anciano sentado en una roca, lleno de paz.
Walter le gritó, tirándose al piso:
—¡Sálvame, por piedad, sálvame de ese monstruo que sólo sabe sembrar la
muerte!
—¿Comprendes ahora cuán importante era mi advertencia de dejar a los
muertos descansar? —le dijo el anciano.
—¿Por qué no impusiste ante mis ojos todos los horrores que iban a
suceder, todos los asesinatos y la maldad que estaban desencadenando? —preguntó
Walter, sollozando.
—¿Es que acaso escuchabas algo que no fuera tu propia voz, tu pasión
desmedida?
—Es verdad. Pero ahora te pido, por lo que más quieras, que me ayudes
—suplicaba Walter agonizando.
—Bien, te voy a decir lo que debes hacer. Es terrible. Sólo en las
noches de luna llena duerme un vampiro el sueño humano. En ese momento pierde
todos sus poderes y esa noche... ¡deberás matarla!. Lo harás con una afilada
estaca que yo mismo te daré. Renunciarás para siempre a ella, jurando al cielo
no volver a invocar su recuerdo ni mencionar su nombre o, de lo contrario, la
maldición se repetirá, ¿esta claro? —preguntó el anciano hablando con
autoridad.
—Lo haré, noble hechicero, haré todo lo que tú me digas para librarme de
ese monstruo, pero ¿cuando sera luna llena?
—Faltan 15 días.
—¡Oh, imposible! Sus poderes me arrastraran hasta ella y me matará.
—Te esconderé en esta cueva, aquí te quedarás los quince días. En este
tiempo tendrás techo y comida; por ningún motivo debes asomarte fuera de aquí.
Yo volveré la noche de luna llena.
Pasó Walter el tiempo convenido en la cueva, sin moverse de su sitio,
pues el inmenso temor que sentía paralizaba sus miembros. Todas las noches se
le aparecía Brunilda como en sueños llamándolo por su nombre, prometiéndole que
todo iba a cambiar, pidiéndole que regresara. De ese modo lo abrumaba, sumiendo
a Walter en la locura. Hasta que por fin llegó la luna nueva.
El hechicero entró en la caverna alumbrado por el astro y tomó a Walter
por el brazo. Se dirigieron caminando al castillo en medio de la noche. Todas
las puertas del palacio se abrían sin necesidad de tocarlas, tal era la magia
del hechicero. Llegaron al aposento de Brunilda. Dormía, bella, hermosa, con un
sueño ligero. ¿Quién podría pensar que aquella adorable criatura era un
pavoroso vampiro?
Walter tenía los ojos llenos de amor. Levantó la estaca sobre su cabeza
y, asestando un golpe tremendo, la hundió en el pecho de la vampira hasta
atravesarla por completo, mientras le gritaba:
—¡Te condeno para siempre!
Brunilda alcanzó a abrir los ojos y decirle a Walter.
—Conmigo te condenas.
El hombre colocó su mano sobre el pecho de la mujer pronunciando el
juramento que le había dicho el anciano:
—Jamás evocaré tu amor, jamás pronunciaré tu nombre... te condeno.
—Muy bien —le dijo el hechicero—; todo ha terminado. Ahora debemos
devolverla a donde pertenece y de donde no debió haber salido. Nunca olvides tu
juramento. No volverás a verme jamás —y diciendo esto, desapareció de improviso
ante los ojos del hombre.
La espantosa difunta estaba otra vez en su tumba, pero su imagen
perseguía a Walter sin descanso, convirtiendo su vida en un eterno combate. La
muerta le decía todo el tiempo:
—¿Perturbaste mi sueño eterno para asesinarme?
Walter siempre debía responderle: "Te condeno para siempre".
Pero la imagen no se iba y aquel juramento estaba todo el tiempo sobre sus
labios. Vivía afligido por el miedo de despertar un día y verse en brazos de la
vampira. Además de esto, las imágenes de las víctimas de Brunilda se le
aparecían gritándole:
—¡Conmigo te condenas!
El castillo de Walter estaba desierto y en ruinas, como si la guerra y
la peste hubieran pasado por ahí. En medio de su soledad, quiso pedir perdón a
Swanhilde y regresar con ella, pero la bella dama sabía que sus hijos habían
muerto y lo despreciaba con rencor. Así, Walter solo como un perro, vagaba día
y noche por los alrededores del castillo.
Una mañana vio pasar a varios jinetes cabalgando. A la cabeza iba una
bella mujer montada en un caballo negro y detrás de ella venían con alegría
damas y caballeros. Walter los llamó y, después de saludarlos con agrado, los
invito a comer al castillo. Aceptaron gustosos. Parecía que la vida había
regresado al palacio. Todo era júbilo y gozo. Walter insistió en que se
quedaran con él una semana; ya había contratado un nuevo ejército de criados
que cuidaban todos los caprichos de cada invitado, e igualmente no dudaron en
decirle que sí. Walter sentía tanta confianza por la mujer del caballo negro,
que le había contado su relato y el de Brunilda. Ella lo consoló con toda clase
de palabras y frases de afecto. Así transcurrieron los días, hasta que le pidió
a la extraña que se casara con él. Ella accedió de inmediato y siete días
después celebró la boda con una gran fiesta, que duró cuatro días con sus
noches.
El castillo se vio envuelto en un salvaje desenfreno de alcohol y
lujuria. Parecía que el demonio mismo asistía a aquella celebración. Walter
condujo a su mujer al cuarto. Cuando la recostó sobre la cama, ella transformó
sus brazos en una gigantesca serpiente que con sus siete anillos envolvió el
cuerpo del pobre hombre triturándole los huesos, al tiempo que comenzaba el
fuego en la habitación.
Pronto quedó en llamas, la torre del castillo se desmoronó sepultando
bajo sus escombros al agonizante Walter y, cuando estaba a punto de morir, una
voz atronadora gritó:
—¡Deja a los muertos en paz!
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Ernst Raupach (1784-1852)

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