© Libro N° 9860. De Guardia. Etchison, Dennis. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
On Call, Dennis Etchison (1943— )
Versión Original: © De Guardia. Dennis Etchison
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Dennis Etchison
De
Guardia
Dennis
Etchison
—Léalo ahora —proclamaba el vendedor de periódicos ciego—, ¡Muchos están
muriendo y muchos ya están muertos!
Winter redujo la marcha y giró en la esquina, intentando hallar un
hueco. Pasó junto a una tienda de fotos, una tintorería y lavandería, una
papelería, un aparcamiento a varios niveles que ocupaba la mitad de la manzana
y, en la siguiente esquina, la parada de la floristería. Sintió una momentánea
desilusión al comprobar que desde su carril no podía ver siquiera un atisbo de
la joven que trabajaba allí; la mayor parte de los días la veía en su trayecto
de vuelta desde la autopista, su rostro evolucionando entre las flores, y la
alegría de la visión, su precisión, parecían acortar la distancia de su camino
y hacían su carga algo más fácil de soportar.
De todos modos, era sábado, recordó. Debía seguir adelante.
Tendría que dar otra vuelta.
Podía, por supuesto, encontrar fácilmente aparcamiento en la estructura
municipal, pero a Laurie nunca le había gustado tener que caminar todo aquel
trecho desde la entrada de la clínica.
¿Cuánto tiempo tardaría su esposa esta vez? ¿Diez minutos? Más, pensó.
Probablemente veinte, si las cosas iban como siempre. O treinta.
—Sólo tengo que saber el resultado de los rayos X —le había dicho—. No
me llevará mucho tiempo.
Dios, esperaba que no. Sabía lo que pasaba con el tiempo cuando la mente
de ella se absorbía en algo.
Dio otra vuelta a la manzana, justo en el momento en que un Mustang
negro se metía en un sitio libre frente al edificio de la clínica. Gruñó y
rechinó los dientes. Había perdido la cuenta de las veces que había dado la
vuelta a la manzana. Giró su muñeca para mirar el reloj, pero no podía recordar
cuánto tiempo hacía que la había dejado.
Se acercó a la esquina.
Empezaba a atardecer. Observó cómo los edificios habían empezado a
parecerse a cajas oblongas, hilera tras hilera, colocados interminablemente,
mientras las sombras llenaban los umbrales de las puertas y descendían de los
tejados. Redujo a marcha lenta y observó que el coche estaba avanzando
realmente al paso de uno de los peatones, un viejo de hombros encorvados que
caminaba laboriosamente por la acera de enfrente de la clínica.
Winter sintió un estremecimiento, sin comprender realmente por qué, y
redujo aún más la velocidad.
Había un aparcamiento para taxis junto al semáforo. Puso punto muerto y
se acercó al bordillo. Cortó el encendido, ajustó el retrovisor de modo que
pudiera verla cuando saliera, y se quedó sentado escuchando los crujidos del
motor a medida que se iba enfriando.
Una mujer policía pasó junto a su ventanilla abierta. Agitó su casco y
le hizo señas de que se fuera. Asintió. Cuando volvió por segunda vez —cuarenta
minutos más tarde—, puso el coche en marcha, rebasó el cruce y condujo hasta
que encontró un lugar donde aparcar en la siguiente manzana.
—Lo siento —dijo la enfermera—, pero no puedo encontrar ninguna señora
Winter.¿Es ése el nombre? No la encuentro aquí en el registro.
—Sólo vino para saber el resultado de unas radiografías. —Le ofreció una
sonrisa, dirigió una intensa mirada a la enfermera y desvió los ojos—. Hará
como una hora.
—Bien, espere un momento. Preguntaré a la otra chica.
Chica, se repitió para sí mismo maravillado. Sólo las mujeres muy
jóvenes —y las de edad madura como aquélla— se llamaban a sí mismas de esa
manera. ¿Cuántos años más serían capaces de continuar con aquello? ¿Hasta que
sus rostros se cuartearan y se convirtieran en polvo?
Winter observó la sala de espera. Lisas y monótonas paredes, un
desordenado revistero lleno de revistas con fundas de plástico, una jardinera
llena de apagadas llores artificiales. Una interminable dosis de música
enlatada surgiendo de un altavoz oculto. Reflexionando, identificó la selección
como el tema de la película Doctor Zhivago.
Una segunda enfermera apareció por detrás de la división de cristal
opaco.
—¿Señor? —dijo con un tono de voz preciso y controlado.
Como una bibliotecaria, pensó.
—Su esposa seguramente está con uno de los doctores. Es probable que él
haya querido estudiar los resultados con ella. ¿Por qué no se sienta y aguarda
un poco? Estoy segura de que saldrá dentro de un minuto.
Había una fría autoridad en su voz. Seguramente procedía de su sentido
de la territorialidad, pensó Winter. O quizá había sido bibliotecaria alguna
vez, hacía mucho tiempo. Podía presionarla, pero, ¿para qué preocuparse?
Indudablemente tenía razón. Además, hacía calor, estaba cansado, y... bueno, lo
dejó pasar.
Se volvió hacia la sala de espera. No. Agitó la cabeza. No necesitaba
codearse con la serie de pobres enfermos que llenaban la habitación, no ahora.
Evitó mirarlos. Una lluvia permanente de consultas, chequeos y cosas por el
estilo, pensó. Suspiró y se encaminó hacia afuera, pasando junto a una mujer de
mejillas sonrosadas y sus dos niños con cara de mono.
Había una cervecería alemana al otro lado de la calle, apenas
identificable por un rótulo en letras góticas. Tomó asiento en la barra, en un
lugar desde donde podía observar la fachada de la clínica. Pidió una jarra de
Lowenbrau Negra y miró más allá de la cecina de buey y huevos en salmuera hasta
que la jarra estuvo vacía.
Todavía ninguna señal de Laurie.
Siguió con otra Lowenbrau y, sorprendentemente, empezó a sentir los
efectos. Entonces recordó que aún no había comido nada. Le parecía haber pasado
todo el tiempo yendo de un lado para otro, haciendo llamadas, apurando su
agenda a fin de poder recoger a Laurie antes de que la clínica cerrara.
Cuando se acercó de nuevo a la recepción, no pudo evitar el darse cuenta
de lo sucia que estaba. La pintura aparecía desconchada apenas cruzar la
puerta; el estuco empezaba a desprenderse en los bajos, formando montoncitos de
polvo finísimo que parecía producto de insectos roedores. Había un aviso de
apariencia oficial clavado a la puerta, algo acerca de la Semana Nacional del
Suicidio. No se detuvo a leerlo.
Una nueva enfermera, más joven que la anterior, alzó la vista. El apoyó
sus manos abiertas sobre el mostrador.
—¿Cómo se encuentra usted hoy? —preguntó ella.
Sus ojos le miraron aleteantes, leyendo sus rasgos mientras alcanzaba un
formulario.
—Me encuentro estupendamente —empezó él—. Se trata de mi esposa. Sé que
parece una locura, pero...
Le contó lo que había ocurrido. Cuando terminó, ella dijo:
—Iré a ver.
Observó mientras otra figura de blanco se materializaba detrás del
cristal opaco. Oyó a la primera enfermera resumiendo su historia. Su conclusión
fue:
—Pienso que tal vez debiera ver al doctor...
No pudo captar el nombre.
La otra enfermera, la cuarta que había visto, le examinó de arriba
abajo. Empezaba a sentirse como un hombre atrapado. La mujer agitó secamente su
cabeza de lado a lado. Casi pudo oír un clic mental mientras ella llegaba a una
decisión.
—No, no lo creo —dijo, y luego a él—: Quizá haya venido de incógnito.
—¿Qué?
—He dicho que quizá ella haya venido de incógnito. ¿No lo cree usted
así?
—Es lo que yo dije —murmuró la otra enfermera—. Pruebe a ver.
—¿Incógnito? —repitió él.
Parecía como si hubiera perdido algo. Repitió la palabra mentalmente
varias veces, hasta que perdió todo su significado.
—Al menos podría usted comprobarlo —dijo la primera enfermera,
regresando a su silla, mientras la enfermera mayor desaparecía tras la
partición.
Sintió deseos de echarse a reír. Abrió impotente las manos, volviéndose
para compartir la broma con cualquiera que hubiera estado escuchando. Pero
nadie prestaba la menor atención. Realmente, pensó, quizá hubiera debido
esperar allí desde el principio. Después de todo, quizá no se había dado cuenta
de su salida. ¿Quién sabe?
Meneando la cabeza, regresó hacia la salida. Pasó junto a la misma mujer
con los dos niños. ¿Qué clase de lugar era aquél? Aquellos chicos no parecían
necesitar cuidado alguno. Sus mejillas estaban llenas de color. ¿Qué demonios
estaban haciendo en aquel lugar?
Ella no le aguardaba junto al coche.
El cielo estaba oscureciéndose rápidamente. La calle adoptó una hosca y
vagamente amenazadora apariencia a medida que las sombras se alargaban sobre el
opaco y liso borde de la acera bajo la inquietante asimetría de la
arquitectura. Viejas comisas, remates y canalones se proyectaban como dientes
rotos cerca de los paneles de cristal, convirtiendo a los edificios en algo
extraño, inestable, a punto de desmoronarse; cada paso que daba parecía
amenazar con derrumbarlo todo a su alrededor.
Se detuvo junto a la cervecería alemana, intentando recomponer su
actitud. Se sentía como alguien esperando un tren, uno del que no sabía
siquiera si iba a parar en su estación.
Vio solamente a algunos peatones dispersos por la calle. Incluso el
tráfico había disminuido hasta hacerse casi invisible. Pero era consciente de
una pared de sonido casi física, procedente de otra parte de la ciudad. Se
volvió hacia el ventanal del restaurante y entró. Los rostros agrupados en la
barra eran viejos. Todos ellos. Podía tratarse de una ilusión provocada por el
espejo sin limpiar, pero no lo creía así.
Un rostro en particular le resultaba extrañamente familiar.
De pronto estuvo seguro. Sí, había visto a aquel hombre en la sala de
espera, sentado calmadamente con los demás, leyendo una revista o mirando al
suelo. Winter recordó. La gente en la sala. Todos mirando al suelo. Esperando.
Sólo que no era exactamente el mismo hombre. Wintner parecía recordarlo
más joven, más saludable.
Captó su propio reflejo en el sucio espejo y contuvo la respiración. Se
sintió sorprendentemente aliviado. Su propio rostro, al menos, era
aproximadamente tal como lo recordaba.
Mientras cruzaba la calle hacia la clínica comprobó las tiendas de ambos
lados. Todas eran destartaladas, ruinosas. La mayoría de ellas estaban ya
cerradas para la noche. De todos modos, ninguna pertenecía al tipo de las que
Laurie acostumbraba a entrar.
Creyó ver una silueta deslizándose fuera de su ángulo de visión. Fue el
único movimiento en toda la acera. No pudo dilucidar de qué se trataba. Quizá
fuese uno de los propietarios de las tiendas cerrando su negocio y marchándose
a casa, pero por un segundo casi reconoció el modo de andar. El tirador de la
puerta casi se le quedó entre las manos.
Una pareja de viejos se cruzó con él camino de la salida, oliendo a
lilas y a aldehido fórmico. Pudo ver a dos nuevas enfermeras, ambas más jóvenes
que las otras con las que había hablado. Cuando se acercó al mostrador dejaron
de hablar. Casi pudo oír lo que estaban diciendo.
—¿Tiene usted concertada alguna cita? —dijo la primera, mirando
preocupada al reloj que zumbaba con fuerza en la blanca pared—. Me temo que la
mayor parte de los doctores ya se han ido.
—Escuche —dijo él, y le contó la historia. Se lo contó todo. Luego
dijo—: Deseo hablar con alguien responsable. Luego deseo que esa persona, o
usted, o quien sea, compruebe las salas de consulta, las oficinas, los
laboratorios, los lavabos, todo, por el amor de Dios. Quiero saber si mi esposa
se encuentra aún en el edificio, y quiero saberlo ahora.
—Un momento, señor.
Los dedos de Wintner tabalearon en el estéril mostrador. Mientras
aguardaba allí, una puerta que daba a una oficina interior se abrió de golpe y
salió la mujer con los dos niños. Una enfermera mantuvo la puerta abierta para
ellos. Lo necesitaban. La mujer avanzaba tan lentamente que parecía a las
puertas de la muerte; los niños estaban pálidos como fantasmas.
Saludó automáticamente con la cabeza cuando pasaron. La vieja mujer alzó
sus cansados ojos, observó su rostro y murmuró algo ininteligible.
—Por aquí, por favor.
Al principio no se dio cuenta de que la enfermera le hablaba a él. Luego
vio que la puerta blanca seguía abierta como un ala protectora. Para él.
—La ha encontrado —dijo él, sintiendo que sus músculos se relajaban.
La enfermera carraspeó, pero no dijo nada.
La siguió. El pasillo era tan inmaculado como su almidonado uniforme.
Podía oír el roce entre sí de sus medias blancas mientras le guiaba hasta una
habitación al final del corredor.
—El doctor de guardia le ayudará —dijo ella.
—Espere...
La puerta se cerró tras él.
La oficina estaba confortablemente decorada, con cuero y madera oscura.
Había otra puerta en el otro lado. Probó un sillón demasiado mullido, pero de
nuevo se levantó para pasear arriba y abajo sobre la moqueta. Había libros por
todas partes, y sepultados entre ellos variados artefactos que parecían los
despojos disecados de pequeños animales de especies desconocidas.
Se dirigió al escritorio.
Un fajo de notas asomando por el borde de un pisapapeles. Un bloc de
notas escrito con una caligrafía indescifrable. Tras el escritorio, enmarcados,
un surtido de certificados de fundaciones de todo el país, incluida una de la
Clínica Menninger de Topeka. Así que se trataba de eso. Un médico de la cabeza.
¿Es eso lo que creen que necesito?
Dio un paso atrás. Su hombro tocó una de las estanterías. Se volvió. Una
hilera de frascos de cristal sellados con resina, cada uno más grande que el
anterior. Contenían extracciones embalsamadas de algunos organismos
extrañamente familiares, en diversos estadios de crecimiento, flotando. Sus
ojos siguieron la secuencia. Cerca del final, los frascos se convertían en
botellas, luego en bocales.
¿Qué era lo que habían hecho con ella?
Sonó un golpe ahogado en la pared del fondo, detrás de la puerta del
otro lado. Sin pensarlo, sus dedos se cerraron en tomo a uno de los frascos de
especímenes.
La puerta chasqueó y empezó a abrirse con un leve chirrido. Su cuerpo se
sobresaltó mientras sus pies se movían hacia atrás con excesiva rapidez. Buscó
a tientas la puerta que conducía al vestíbulo, encontró la manija, salió
tambaleándose.
Hubo un movimiento tras él, pero no miró hacia atrás. Oyó las suelas de
crepé de los zapatos de las enfermeras chimando al cruzar el suelo de la
recepción. Oyó sus nerviosas, experimentadas, demasiado jóvenes voces, vio
confusamente sus manos que intentaban sujetarle mientras pasaba corriendo junto
a ellas. Vio el vinilo curvando las portadas de las viejas revistas, captó el
flotante aroma de muerte conservada en el aire. Olió los productos químicos
sobre su piel, sintió el contacto de la fría y pegajosa puerta, y el repentino
azote del aire nocturno en su pecho. Notó el sabor de la oscuridad y el coágulo
de miedo en su garganta.
Mientras corría, algunas voces intentaron abrirse camino dentro de él.
Las enfermeras. ¿Qué era lo que decían cuando él había entrado? Sonaba como...
como...
—Vivimos de la muerte —creía haber oído.
Y el vendedor de periódicos. ¿No había estado gritando algo más el
ciego? Ninguno de los muertos ha sido identificado, pensó que había dicho. Y la
mujer vieja. ¿Qué intentó decirle?
—Nosotros somos los muertos —había dicho—. Nosotros somos los muertos.
Cambió su carrera a un paso rápido. Casi podía ver al viejo que antes
había divisado en la acera, arrastrando los pies, alejándose de la clínica. Un
hombre que antes había sido —no hacía demasiado tiempo, quizá en absoluto
demasiado tiempo— mucho más joven de lo que ahora era.
Se descubrió a sí mismo en el cruce, cerca de la floristería. Estaba
oscura, vacía excepto por el aroma dulzón de las coronas y los ramos de flores
que aguardaban en las sombras. Se estremeció y cruzó la calle rápidamente,
mecánicamente, intentando llegar hasta su coche.
Pasó ante la cervecería alemana.
Había rostros en el interior. Estaban agrupados en tomo a la barra de
madera oscura. Todos eran viejos, ahora más allá de toda credibilidad,
mortalmente enfermos, mirando al espejo, aguardando. Le recordaron los rostros
que había visto antes. Entonces vio a la muchacha de la floristería.
Entró.
Ella permanecía allí de pie. Su voz era casi alegre mientras se movía
entre ellos, haciendo preguntas, dando consejos, arreglando las cosas. Por
primera vez notó que a ella le faltaba un brazo, y su rosado muñón, redondeado
y liso, surgía bajo la abertura de su traje de verano. ¿Cuánto tiempo llevaba
así?, se preguntó. ¿O las cosas funcionaban de otro modo también para ella?
Alocadamente, pensó: ¿Acaso nació incluso con menos?
Se quedó allí de pie, temblando, observando su animada figura, y el
jarrón de marchitas flores en el extremo de la oscura y pulida barra. Al cabo
de un minuto, ella se dio cuenta de que la estaban observando.
Lentamente, él tendió su mano hacia ella.
—Le he traído una cosa —se oyó decir a sí mismo, aún inseguro,
intentando pensar en las palabras adecuadas mientras le tendía el frasco—.
Yo... pensé que debía usted ver esto. Dios la maldiga.
Ella se volvió con un movimiento cuidadosamente estudiado, sus músculos
crispándose y relajándose, crispándose y relajándose con cada parte de su
movimiento, hasta que finalmente su mirada se detuvo en la de él.
—¿Qué? —dijo.
Hubo una pausa que pareció prolongarse eternamente. Luego, alguien lanzó
un sonido que era algo así como una risa y un estertor de muerte, y el negro
miedo le invadió.
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Dennis Etchison (1943— )

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