© Libro N° 9859. De Cómo
Nuth Habría Practicado Su Arte Contra Los Gnolos. Dunsany,
Lord. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
How Nuth Would Have Practised His Art
Upon The Gnoles, Lord Dunsany (1878-1957)
Versión Original: © De Cómo Nuth Habría Practicado Su
Arte Contra Los Gnolos. Lord Dunsany
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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DE CÓMO NUTH HABRÍA PRACTICADO SU ARTE CONTRA LOS
GNOLOS
Lord Dunsany
De Cómo
Nuth Habría Practicado Su Arte Contra Los Gnolos
Lord
Dunsany
Pese a las alusiones de firmas rivales, es probable que todos los
comerciantes sepan que dentro de su profesión nadie goza actualmente de una
posición igual a la del señor Nuth. Para aquellos que se encuentran fuera del
círculo mágico de los negocios, su nombre es apenas conocido; mas él no
necesita anunciarse, está satisfecho. Está por encima incluso de la moderna
competencia, y, cualesquiera que sean las pretensiones de las que se jacten,
sus rivales lo saben. Sus precios son moderados, ya sea al contado a la entrega
del género, ya sea mediante chantaje después. Toma siempre en consideración la
conveniencia de los demás. Se puede contar con su experiencia; le he visto
moverse más sigilosamente que una sombra en una noche ventosa, pues Nuth es un
ladrón profesional. Se ha sabido de hombres que, sin abandonar sus casas de
campo, han enviado comerciantes a negociar un tapiz, algún mueble o algún
cuadro que habían visto en su tienda.
so es de mal gusto; mas aquellos cuya cultura es más refinada
invariablemente han llamado a Nuth una o dos noches después de visitar su
tienda. Se maneja bien con los tapices, difícilmente se daría uno cuenta de que
los bordes han sido cortados. Y a menudo, cuando veo alguna nueva casa,
inmensa, llena de muebles antiguos y cuadros de otras épocas, me digo a mí
mismo: "Estas sillas con molduras, estos antepasados de cuerpo entero y
estas caobas talladas son producto del incomparable Nuth".
Se puede objetar en contra de mi utilización de la palabra
"incomparable" que en el oficio de ladrón el nombre de Slith sigue
siendo soberano y único; eso no lo ignoro. Mas Slith es un clásico y vivió hace
mucho tiempo, y no sabía completamente nada acerca de la moderna competencia;
aparte de que la sorprendente índole de su funesto destino posiblemente ha
añadido un encanto que exagera ante nuestros ojos sus indudables méritos. No
cabe suponerse que yo sea un amigo cualquiera de Nuth. Al contrario, soy partidario
de la Propiedad, y no necesita que yo interceda por él, ya que su posición es
casi única dentro del gremio, siendo de los pocos que no precisan anunciarse.
En la época en que comienza mi historia, Nuth vivía en una espaciosa
casa de Belgrave Square. A su inimitable manera había trabado amistad con la
portera. El lugar le agradaba a Nuth y, cada vez que alguien iba a
inspeccionarlo con ánimos de compra, la portera solía ensalzar la casa con las
palabras que Nuth le había sugerido. "Si no fuera por los desagües -les
decía ella-, sería la mejor casa de Londres". Y cuando ellos se aferraban
a esa observación, y hacían preguntas acerca de los desagües, ella les contestaba
que eran buenos, mas no tanto como la propia casa. No veían a Nuth cuando
recorrían las habitaciones, mas Nuth estaba allí. Una mañana primaveral llegó
una anciana, vestida pulcramente de negro y con un gorro forrado de rojo,
preguntando por el señor Nuth; con ella venía su voluminoso y desgarbado hijo.
La señora Eggins, la portera, echó un vistazo a la calle y después los dejó
entrar, haciéndoles esperar en el salón entre muebles cubiertos por sábanas.
Esperaron un buen rato y luego olieron a tabaco de pipa: era Nuth que se
acercaba a ellos.
—Señor —dijo la anciana del gorro forrado de rojo—, usted ha sido el que
me ha incitado —y entonces comprendió que ésa no era forma de dirigirse al
señor Nuth.
Finalmente habló Nuth y la anciana le explicó muy tímidamente que su
hijo era un joven prometedor, introducido ya en la profesión, que quería
mejorar de posición, y que ella deseaba que el señor Nuth le enseñara a ganarse
la vida. Ante todo, Nuth quiso ver sus referencias, y cuando le mostraron una
de un joyero del cual daba la casualidad de que era uña y carne, el resultado
fue que accedió a hacerse cargo de Tonker (pues así se llamaba el prometedor
joven) y convertirlo en su aprendiz. La anciana del gorro forrado de rojo
regresó a su pequeña casa de campo y cada atardecer le decía a su viejo marido:
—Tonker, debemos cerrar los postigos por la noche, pues ahora Tommy es
un ladrón.
No tengo la intención de pormenorizar los detalles del aprendizaje del
prometedor joven: los que son de la profesión ya los conocen y los que son de
otros oficios solamente se preocupan de los suyos propios, mientras que los
desocupados que carecen de profesión no lograrían apreciar los progresos de
Tommy Tonker, primero cruzando a oscuras y sin hacer ningún ruido simples
maderos cubiertos de pequeños obstáculos, después ascendiendo en silencio
escaleras que crujen, más tarde abriendo puertas y por último trepando. Baste
decir que el negocio prosperó enormemente, mientras Nuth enviaba de vez en
cuando a la anciana del gorro forrado de rojo entusiastas informes, escritos
con su difícil letra, sobre los progresos de Tommy Tonker.
Nuth había renunciado muy pronto a las clases de caligrafía, pues
parecía tener algún prejuicio contra la falsificación y, por consiguiente,
consideraba la escritura como una pérdida de tiempo. Más tarde se produjo la
transacción con lord Castlenorman en su residencia de Surrey. Nuth eligió un
sábado por la noche y a las once en punto toda la casa estaba en silencio.
Cinco minutos antes de la medianoche, Tommy Tonker, siguiendo instrucciones del
señor Nuth, que esperaba fuera, salió con una bolsa llena de anillos y botones
de camisa. Era una bolsa realmente liviana, mas los joyeros de París no podrían
igualarla sin hacer un pedido especial a África, así es que lord Castlenorman
tuvo que pedir prestados botones de hueso.
No hubo ni un solo rumor que susurrara el nombre de Nuth. Si dijera que
esta circunstancia se le subió a la cabeza, la afirmación molestaría a más de
uno, pues sus socios sostienen que su astuto juicio no se veía afectado por las
circunstancias. Diré por consiguiente que estimuló su genio para planear lo que
ningún otro ladrón había planeado antes. Ni más ni menos que robar la mansión
de los gnolos. Y eso se lo reveló a Tonker aquel hombre abstemio frente a una
taza de té. Aunque Tonker no hubiera estado casi loco de orgullo por su
reciente transacción, ni cegado por su veneración por Nuth, habría aceptado el
plan, pero me temo que habría derramado la leche. Mas protestó respetuosamente:
dijo que prefería no ir; se permitió argüir que no era un asunto claro. Y al
final, una ventosa mañana de octubre que amenazaba tormenta les sorprendió a
ambos siguiendo un rastro cerca del espantoso bosque.
Sopesando pequeñas esmeraldas con simples pedazos de roca, Nuth averiguó
el peso probable de los adornos caseros que, según se creía, poseen los gnolos
en la angosta y elevada mansión en la que han morado desde muy antiguo.
Decidieron robar dos esmeraldas y transportarlas entre los dos envueltas en un
capote; mas si resultaban demasiado pesadas, deberían arrojar inmediatamente
una de ellas. Nuth advirtió al joven Tonker contra la avaricia y le explicó que
las esmeraldas valdrían menos que un queso hasta que ellos estuvieran a salvo
del espantoso bosque.
Todo había sido cuidadosamente planeado, y ahora caminaban ambos en
silencio. No hallaron indicios de sendero alguno entre la siniestra penumbra de
los árboles; tampoco de hombres o de ganado; desde hacía centenares de años no
había pasado por allí ni siquiera algún cazador furtivo en busca de elfos. No
era posible penetrar dos veces en los diminutos valles de los gnolos. Y, aparte
de las cosas que allí habían sucedido, los mismos árboles eran un aviso, no
tenían el aspecto saludable que presentan los que nosotros plantamos. La aldea
más próxima estaba a pocas millas y la parte posterior de todas sus casas daba
al bosque, aunque sin ninguna ventana en aquella dirección. Allí no hablaban de
él y en otras partes lo desconocían. Nuth y Tommy Tonker se introdujeron en
aquel bosque. No llevaban armas de fuego. Tonker había pedido una pistola, mas
Nuth le respondió que el ruido de un disparo "nos lo echaría todo a
perder", y no se habló más de ello. Anduvieron todo el día por el bosque,
internándose cada vez más en él.
Vieron el esqueleto de algún primitivo cazador furtivo de tiempos del
rey Jorge, clavado a una puerta bajo un roble. De vez en cuando divisaron a lo
lejos una trampa para hadas. En cierta ocasión, Tonker pisó un trozo de madera
seca y endurecida, después de lo cual permanecieron ambos inmóviles durante
unos veinte minutos. Y el ocaso refulgió, lleno de presagios, por entre los
troncos de los árboles; y cayó la noche; y, a la caprichosa luz de las
estrellas, como Nuth había previsto, llegaron a aquella casa angosta y elevada
donde los gnolos moraban en secreto.
Todo estaba tan silencioso en aquella módica casa que el decaído ánimo
de Tonker vaciló; mas al experimentado juicio de Nuth le pareció que aquel
silencio era excesivo. Y todo el tiempo el cielo presentó ese aspecto peor que
un juicio oral, de manera que Nuth, como ocurre a menudo cuando los hombres
desconfían, tuvo tiempo suficiente para temerse lo peor. Sin embargo, no
abandonó el asunto sino que mandó al prometedor joven que, mediante una escala,
subiera con el instrumental propio de su oficio a la vieja ventana verde. Y, en
el momento en que Tonker tocó los podridos maderos, el silencio, que, aunque
ominoso, era terrenal, se hizo sobrenatural como el roce de un gul. Y Tonker
escuchó su respiración que violaba el silencio, y su corazón parecía un tambor
furioso durante un ataque nocturno, y el cordón de una de sus sandalias golpeó
en uno de los peldaños de la escalera, y las hojas del bosque enmudecieron, y
la brisa de la noche se aplacó. Y Tonker rezó por que algún topo o ratón
hiciera ruido; mas no se movió ni una sola criatura; incluso Nuth estuvo
inmóvil.
E inmediatamente, antes de ser descubierto, el joven prometedor se
decidió, como debiera haber hecho mucho antes, a dejar aquellas colosales
esmeraldas en donde estaban y a no tener ya nada más que ver con la angosta y
elevada mansión de los gnolos, abandonando en aquel preciso momento el
siniestro bosque y retirándose enseguida del oficio para comprarse una casa en
el campo. Entonces descendió silenciosamente y le hizo señas a Nuth. Mas los
gnolos le habían observada a través de unos agujeros que habían horadado en los
troncos de los árboles, y al misterioso silencio siguieron, como una bendición,
los apresurados gritos de Tonker al ser atrapado por detrás; gritos cada vez
más imperiosos hasta hacerse incoherentes. Es inútil preguntar adónde le
llevaron, no pienso decir lo que hicieron.
Nuth observó durante un rato desde la esquina de la casa; mientras se
frotaba la barbilla, su cara mostraba una ligera sorpresa, pues el truco de los
agujeros en los árboles era nuevo para él. Entonces se escabulló ágilmente a
través del espantoso bosque.
—¿Atraparon también a Nuth? —me preguntarás, apreciado lector.
—Pues no, niño mío —pues semejante pregunta es pueril—. Nadie atrapó
jamás a Nuth.
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Lord Dunsany (1878-1957)

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