© Libro N° 9858. De Cómo El Doctor Paupersum Le Trajo Rosas Rojas A
Su Hija. Meyrink, Gustav. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
Wie Dr. Hiob Paupersum Seiner Tochter
Rote Rosen Brachte, Gustav Meyrink (1868-1932)
Versión Original: © De Cómo El Doctor Paupersum Le Trajo
Rosas Rojas A Su Hija. Gustav Meyrink
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DE CÓMO EL DOCTOR PAUPERSUM LE TRAJO ROSAS ROJAS A
SU HIJA
Gustav Meyrink
De Cómo
El Doctor Paupersum Le Trajo Rosas Rojas A Su Hija
Gustav
Meyrink
En el famoso café de lujo Stefanie, de Munich, y en altas horas de la
noche, se hallaba sentado, rígido, con la mirada perdida, un anciano de aspecto
por demás singular. La corbata deshilachada y dejada en absoluta libertad más
la frente poderosa que casi le llegaba hasta la nuca, revelaba al hombre docto,
al académico de relevancia. Aparte de una barba plateada y rala que parecía
escapada de una pléyade de chinches, cuyo extremo inferior cubría aquella parte
central del chaleco donde a los grandes pensadores les suele faltar un botón,
el anciano caballero poseía muy poco que valiera la pena mencionarse en cuanto
a bienes terrenales. Para decirlo con absoluta precisión, nada.
Tanto más vivificante le resultó, por consiguiente, que ese parroquiano
de vestimenta tan mundana y lustroso bigote negro que hasta ese momento
estuviera sentado junto a la mesa del rincón de enfrente llevándose a la boca
de tanto en tanto un trozo de pescado frío haciendo gala de un delicado manejo
del cuchillo (momentos en los cuales resaltaban aún más los destellos que
despedía el brillante del tamaño de una guinda que lucía en el meñique
elegantemente estirado), y que entre bocado y bocado lo obsequiara con miradas
asaz observadoras, se levantara limpiándose a boca, cruzara el local casi
vacío, se inclinara cortésmente ante él y preguntara:
—¿Gustaría el caballero jugar una partida de ajedrez? ¿Digamos, por un
marco la partida?
Fantasmagóricas escenas a todo color, referidas al derroche y la
opulencia, se fueron sucediendo rápidamente ante los ojos mentales del
académico, y mientras su corazón maravillado murmuraba: A este bruto me lo
manda Dios, sus labios ya le estaban ordenando al camarero que justamente se
había acercado para ocasionar, como era su costumbre, una serie de complicadas
perturbaciones en el funcionamiento de las bombillas de luz:
—¡Julián, un tablero de ajedrez!
—Si no me equivoco, tengo el honor de conversar con el Dr. Paupersum,
¿no es así? —retomó el diálogo el hombre de mundo.
—Job... Job Paupersum —le confirmó distraídamente el académico, pues
estaba como hechizado por la monumental esmeralda que bajo el aspecto de una
lucecilla de automóvil, pero cumpliendo la función de un alfiler de corbata,
adornaba el cuello de su interlocutor.
Fue recién con la llegada del tablero de ajedrez que se quebró el
embrujo y pudo actuar nuevamente con entera libertad; colocó las piezas, fijó
con saliva la cabeza de un caballo que estaba floja y reemplazó la torre que
faltaba con una cerilla convenientemente doblada, todo en un abrir y cerrar de
ojos. A partir de la tercer jugada el hombre de mundo se desprendió de sus
binóculos, adoptó una pose por demás pedante y se sumió en hondas cavilaciones.
Parece querer inventar las cosas más estúpidas que se puedan realizar sobre un
tablero de ajedrez, de otra manera no me explico por qué se lo pasa meditando
tanto tiempo, se dijo el académico mientras observaba distraídamente a la
matrona embutida en seda verde —el único ser viviente que quedaba en el local
fuera de él y el hombre de mundo— que se mantenía erguida como una diosa
invulnerable sobre el sofá del fondo, sosteniendo ante sí un plato del que
desbordaba el merengado, su frío corazón de mujer acorazado detrás de unas
buenas cincuenta libras de grasa.
—Abandono —manifestó por fin el caballero de la lucecilla verde, hizo a
un lado las piezas y extrajo del costado de su ropa un estuche dorado del cual
hizo aparecer una tarjeta de visita que inmediatamente le alcanzó al académico.
El Dr. Paupersum leyó: Zenon Sawaniefski Empresario de Monstruosidades
—Hmm Claro. De monstruosidades —repitió durante un buen rato sin haber
entendido gran cosa—. ¿Pero no pensaba usted seguir jugando algunas partiditas
más? –preguntó luego en voz más alta, su pensamiento siempre dirigido hacia la
acumulación de capitales.
—Ciertamente. Por supuesto. Todas las que usted quiera —le respondió
amablemente el hombre de mundo— ¿Pero qué le parece si antes hablamos de algo
más remunerativo?.
—¿De algo más... remunerativo? —se le escapó al académico, mientras
alrededor de sus ojos se iban formando leves arruguitas de recelo.
—He sabido casualmente —comenzó el empresario y ordenó al camarero por
medio de movimientos plásticos que trajera una botella de vino y una copa—; por
pura casualidad, decía, que usted, a pesar de su renombre como luminaria de las
ciencias, se halla de momento sin un empleo fijo.
—Sí que lo tengo. Durante el día hago paquetes para las Damas de Caridad
y luego los proveo de sus correspondientes sellos postales.
—¿Y con eso se mantiene?
—En la medida en que al lamer los sellos postales suministro a mi
organismo una determinada cantidad de hidratos de carbono.
—¿Pero no sería mucho mejor que hiciera uso de su conocimiento de
idiomas? Como intérprete, por ejemplo, en un campo de prisioneros.
—Sucede que sólo domino el coreano antiguo, los diversos dialectos
españoles, tres de los dialectos esquimales y unas dos docenas de lenguas
suahelis, sucede también que hasta ahora lamentablemente no estamos en guerra
con ninguno de estos pueblos.
—Más le hubiera valido aprender los idiomas francés, inglés, ruso y
servio —acotó el empresario.
—No le quepa la menor duda de que entonces la guerra hubiera sido con
los esquimales y no con los franceses —argumentó a su vez el académico.
—Si a usted le parece...
—Así es, mi querido señor, desgraciadamente es así.
—Yo, en su lugar, estimado doctor, habría hecho el intento en algún
diario con un tratado enjundioso sobre la guerra. Todas cosas inventadas, se
entiende.
—Lo hice, lo hice —se lamentó el anciano—, relatos desde el frente,
sobrios, objetivos, conmovedoramente escuetos, pero...
—¡Hombre, usted sí que es un caso de escopeta! —estalló el empresario—.
¿Relatos desde el frente escuetos, sobrios y objetivos? Los informes que llegan
desde el frente deben ser conmovedores, sí, pero de ninguna manera escuetos y
mucho menos objetivos... y en cuanto a sobrios, francamente... Usted debió
haber tratado de...
El catedrático lo interrumpió con un gesto de cansancio:
—He tratado de hacer todo lo humanamente posible en esta vida. Cuando no
pude hallar un editor para mi libro, un compendio de cuatro tomos sobre el
tema: Presunciones acerca del uso del polvo limpiador en la China prehistórica,
me dediqué a la química —de sólo ver cómo tomaba vino el otro, el académico se
volvía cada vez más verborrágico—; y al poco tiempo ya había hecho un invento
para templar acero con un procedimiento totalmente nuevo.
—¡Pero con algo así tendría que haber ganado un montón de dinero!
—exclamó el empresario.
—No. Un fabricante al que le mostré el invento me disuadió de patentarlo
(más tarde lo patentó él por su cuenta), diciendo que solamente se podía ganar
mucho dinero con inventos pequeños y aparentemente insignificantes, que no
despertaran la envidia de los competidores. Siguiendo su consejo inventé la
famosa pila bautismal plegable, para aliviar a los misioneros metodistas la
conversión de los pueblos salvajes.
—¿Y?
—Me dieron tres años de cárcel por blasfemia.
—Siga usted, sígame contando, estimado doctor —animaba el hombre de
mundo al académico—, todo esto es sumamente interesante.
—Uf, le podría seguir contando durante días enteros de mis esperanzas
destrozadas. Para conseguir una beca ofrecida por cierto famoso promotor de las
ciencias, emprendí largos estudios en el museo etnológico y escribí un libro
que llamó poderosamente la atención del jurado: Hipótesis acerca de cómo
habrían pronunciado los antiguos Incas el nombre Huisilopochtli —según la
conformación del paladar de las momias peruanas— si esta palabra no hubiese
sido creada en México sino en Perú.
—¿Consiguió la beca?
—No. El famoso promotor de las ciencias habló conmigo —eso fue antes de
la guerra— y me dijo que por el momento no disponía de suficiente dinero, ya
que, además de promotor de las ciencias, era un fanático adepto de la paz, y
que por consiguiente estaba dispuesto a invertir todo el efectivo de sus arcas
en una campaña pro afianzamiento de las buenas relaciones entre Alemania y
Francia, a fin de conservar intactos los valores humanos tan trabajosamente
elaborados en común.
—¿Pero al estallar la guerra no se dieron para usted nuevas
posibilidades?
—No. El promotor me dijo entonces que tenía que ahorrar más que nunca
para aportar también él su granito de arena a la exterminación definitiva del
enemigo natural y hereditario.
—Bueno, será cuestión de esperar hasta que la guerra termine, mi
estimado doctor.
—No. Para entonces el promotor de las ciencias tendrá que ahorrar con
mucha más razón para la reconstrucción de todos los valores humanos destruidos
y la reanudación de las buenas relaciones entre los pueblos por ahora
interrumpidas.
El empresario meditó un largo rato, y luego preguntó compasivo:
—¿Y cómo es que no se pegó un tiro?
—¿Pegarme un tiro? ¿Para ganar dinero?
—No, no precisamente para eso: lo que quise decir, hm, es que, en fin,
que no deja de ser admirable que nunca haya perdido el coraje de empezar
siempre de nuevo.
El académico perdió súbitamente toda la calma; su rostro, que hasta ese
instante había permanecido inmóvil, como tallado en madera, adquirió una
expresión temerosa y vacilante. En los ojos de los animales medrosos puede
verse, cuando se hallan frente a un abismo, acosados por la muerte y con el
perseguidor muy cerca detrás suyo, un brillo de dolor y de profunda
desesperanza semejante al que se podía ver ahora en la mirada del viejo. Sus
magros dedos comenzaron a tantear sobre la tabla de la mesa con movimientos
temblorosos, como si estuviesen bajo la tensión de un llanto trabajosamente
contenido y como tratando de hallar apoyo. Las líneas que corren desde las
aletas de la nariz hasta la comisura de los labios se le habían alargado tan
visiblemente, distorsionando de tal manera su boca, que parecía estar luchando
contra un ataque de parálisis. Tragó saliva un par de veces.
—Ahora me doy cuenta de todo —dijo finalmente, como alguien que teme que
se le trabe la lengua—, ya sé, usted es un agente de seguros. Durante la mitad
de mi vida he estado temiendo tropezar con uno de ésos. (El hombre de mundo
trataba en vano de explicarse, y protestaba enérgicamente con las manos y los
gestos de la cara.) Sí, ya lo sé, usted me quiere insinuar solapadamente que
saque un seguro de vida y que luego me suicide para que... y bueno, por qué no
decirlo... para que mi hijita pueda seguir viviendo y no tenga que morirse de
hambre junto conmigo. ¡No diga nada! ¿O es que realmente piensa que yo no sé
que a los de su ralea no se les escapa nada, pero lo que se dice nada? Ustedes
lo saben todo de nuestras vidas; han cavado pasillos secretos que van de casa a
casa y con ojos de lobos hambrientos espían en todas las alcobas para saber qué
se puede sacar de ellas, saben cuándo nace un niño, cuántos céntimos hay en los
bolsillos de cada cual, si alguien se va a casar o si está planeando un viaje
peligroso.
»Llevan la contabilidad exacta sobre cada uno de nosotros y se
intercambian nuestras direcciones. Y usted, usted ha llegado a leer en mi
corazón y conoce el pensamiento que me viene atormentando hace ya diez años.
¿Cree acaso que soy tan vil y tan egoísta que no estaría ya asegurado y
muerto... muerto por el bien de mi única hija, y por mi propia mano, sin
esperar una insinuación de ustedes, que lo único que quieren es embaucarnos y
que estafan a sus propias compañías, ustedes, sí que trampean por un lado y por
el otro, aconsejándole a uno como suicidarse sin que nadie se de cuenta... para
después ir corriendo a hacer la denuncia y poder cobrar así una nueva comisión?
Van y dicen: ¡esto es suicidio, no hay que pagar la póliza! ¿Cree que yo no
veo, como lo ven todos, que las manos de mi querida niña son cada día más
blancas y más transparentes, y que yo no sé lo que esto significa: labios secos
y afiebrados y tos durante la noche? Aunque fuese un canalla de su misma índole
ya lo habría hecho hace mucho tiempo —para poder comprar medicinas y alimentos
sustanciosos—, pero yo sé qué es lo que sucede siempre en estos casos: el
dinero no se pagaría nunca, y... y después... ¡no, no y no, no quiero ni
pensarlo!
El empresario quiso hacer una nueva tentativa para interrumpir el
torrente de palabras del anciano y debilitar la sospecha de que él fuese un
agente de seguros, pero no se atrevió: el académico había cerrado su mano,
antes vacilante, en un puño firme y amenazante.
—Voy a tener que pensar en una salida diferente —musitó el doctor
Paupersum en voz muy baja y después de una serie de gestos incomprensibles,
como dando fin a una larga frase pronunciada sólo mentalmente; y siguió
diciendo—: Está el asunto ése de los gigantes ambranos.
—¡Gigantes ambranos! ¡Caramba, por fin llegamos al tema de mi
especialidad! ¡Era precisamente de eso que quería hablarle! —Esta vez el
empresario no se dejaba parar por nadie:
—¿Cómo es eso de los gigantes ambranos? He sabido que usted escribió un
ensayo sobre el tema. ¡Pero por qué no bebe usted, doctor! ¡Julián, otra copa!
El doctor Paupersum volvió a ser al instante todo un académico.
—Los gigantes ambranos —comenzó con la solemnidad que se estila en estos
casos— eran individuos mal conformados, con pies y manos enormes, y su
existencia se daba exclusivamente en una aldea tirolesa llamada Ambras, lo que
siempre dio lugar a la suposición de que se trataba de una enfermedad muy rara
cuyo agente provocador debía ser buscado en aquel mismo lugar, ya que
evidentemente no había hallado terreno propicio en ninguna otra parte. Pero yo
fui el primero que logró demostrar que el tal agente debía encontrarse en el
agua de un arroyo local, actualmente casi seco, y los experimentos que he hecho
en este sentido me autorizan a declarar que puedo ofrecer una prueba fehaciente
de lo que afirmo utilizando para ello mi propio cuerpo, y que puedo comprometerme
a provocar en mí —después de pocos meses, si fuese necesario, y a pesar de mi
avanzada edad— malformaciones como las ya mencionadas o tal vez mucho peores.
—¿Peores como qué, por ejemplo? —preguntó el empresario lleno de
expectación.
—Mi nariz podría llegar a transformarse en una especie de trompa, algo
así como la de los carpinchos americanos; mis orejas podrían adquirir el tamaño
de un plato sopero; mis manos ya habrían ganado a los tres meses el tamaño de
una hoja de palmera (Lodoicea Sechellarum); en tanto que mis pies, mal que me
pese, no llegarían a sobrepasar las dimensiones de la tapa de un barril de cien
litros. En lo que se refiere al crecimiento de mis rodillas, la cosa se
presenta sumamente promisoria, aunque debo confesar que mis cálculos teóricos
aún no pueden considerarse definitivos, de modo que a pesar de mi esperanza de
hacerlas parecerse a corto plazo a ciertos hongos gigantes centroamericanos, no
me está permitido dar garantías científicas, sin que por ello...
—¡Con esto me basta! ¡Usted es mi hombre! —gritó, el empresario casi sin
aliento—. Y ahora por favor no me interrumpa. Resumiendo: ¿Estaría usted
dispuesto a realizar este experimento en su propia persona si yo le garantizo
una entrada anual de medio millón y un adelanto de unos cuantos miles...
digamos... bueno, digamos de unos quinientos marcos?
El doctor Paupersum se sintió mareado. Cerró los ojos. ¡Quinientos
marcos! ¿Es que había sobre esta tierra tanto dinero? Durante un par de minutos
se vio a sí mismo convertido en un mastodonte antediluviano de larga trompa, y
ya le parecía escuchar la clara voz de un negro, ataviado al estilo de los
pregoneros de feria, gritándole a la multitud que exudaba cerveza:
¡Vengan ustedes, zeñorrraz y zeñorrrez, vengan a verrr al monztruo máz
grande de ezte ziglo por mizerrablez diez zéntimos!
Pero enseguida se le presentó también la visión de su querida,
queridísima hija rebosante de salud, envuelta ricamente en sedas y tules
blancos, con una corona de azahares sobre su cabeza, arrodillada feliz ante el
altar... y toda la iglesia brillantemente iluminada ... y de la imagen de la
Virgen partían rayos luminosos... y... por un instante sintió que se le encogía
el corazón: él mismo tenía que mantenerse oculto detrás de una columna, ahora
ya no la podría besar nunca, nunca, nunca más, ni siquiera se podía dejar ver,
él, el monstruo más horrible del mundo! ¡Lo único que lograría sería espantar
al novio! Y de ahora en adelante tendría que vivir entre las sombras, como los
animales que le temen a la luz, y mantenerse bien oculto durante las horas del
día. ¡Pero qué importancia podía tener aquello! ¡Ninguna! ¡Lo que importaba era
que su hija recobrara la salud! ¡Y que fuera feliz! ¡Y rica! Ahora estaba como
maravillado... ¡Quinientos marcos! ¡Qui-nien-tos mar-cos!
El empresario, que tomaba el largo silencio del académico como muestra
de indecisión, echó mano de todos sus poderes persuasivos:
—¡Estimadísimo doctor! ¡Tenga cuidado con lo que hace! ¡Negándose, no
hace más que pisotear su propia felicidad! Hasta ahora toda su vida estuvo
errada. ¿Y por qué? Usted estuvo llenando su cabeza hasta reventar con un
montón de estudios. Estudiar es una estupidez. Míreme a mí: ¿acaso yo estudié?
Eso es algo que sólo pueden permitirse los ricos de nacimiento... y ésos no
tienen ninguna necesidad de estudiar. El hombre tiene que ser sumiso y tonto
—por decirlo de algún modo— entonces la naturaleza le va a tomar cariño. La
naturaleza también es muy tonta. ¿O ha visto usted alguna vez que un tonto se
haya ido a pique? Usted debió ser más agradecido y desarrollar mejor los
talentos que el destino le colocó en la cuna. ¿Es que nunca se miró en el
espejo? Quien tenga su aspecto, incluso ahora, cuando todavía no bebió ni un
solo traguito del agua de Ambras, podía haberse edificado una sólida posición
trabajando de payaso. ¡Dios, las señales de la madre naturaleza son tan fáciles
de entender! ¿O acaso teme que al convertirse en monstruo pierda
respetabilidad? Yo sólo puedo asegurarle que toda mi compañía está formada
exclusivamente por personas de las mejores familias. Ahí tengo, por ejemplo, a
un anciano caballero que nació sin piernas ni brazos. A ése lo presenté una vez
a su Majestad la reina de Italia como un bebito belga mutilado por los
generales alemanes.
El Dr. Paupersum solamente había llegado a entender las últimas
palabras.
—¿Qué disparate está diciendo? —lo increpó; malhumorado—. ¡Primero dice
que el lisiado es un caballero anciano y luego pretende haberlo presentado como
un bebito belga!
—¡Pero si eso es precisamente lo que le presta encanto a la situación
—le contradijo el empresario—; yo afirmo simplemente que envejeció así de
rápido después de la impresión que le causó ver como un sargento prusiano
devoró a su madre mientras aún estaba viva.
El académico comenzó a sentirse inseguro; el cinismo del otro era
desconcertante.
—Está bien, sea. Pero, ante todo, dígame: ¿Cómo piensa presentarme en
público mientras me van creciendo la trompa, los pies, etc., etc.?
—¡Más sencillo imposible!... Primero lo escamoteo con un pasaporte falso
por la frontera suiza, y de Suiza a París. Allí lo meto en una jaula, y a usted
lo único que le queda por hacer es bramar cada cinco minutos como un toro
salvaje y comer tres veces por día algunas culebritas (ya verá que puede, la
cosa suena mucho peor de lo que es). Por la noche es la función de gala: un
turco muestra cómo lo enlazó en las selvas vírgenes de Berlín, y en el cartel
de afuera dice: Garantizamos que este es un académico alemán auténtico (que
sería la pura verdad; yo nunca me presto para embustes). ¡El primer ejemplar de
su especie que es traído vivo a Francia!... etc., etc. Por lo demás, estoy
seguro que mi amigo d'Annunzio se va a mostrar encantado de redactar el texto,
él le va a dar el necesario tono poético, ya verá.
—¿Y qué pasa si entretanto se termina la guerra? —se permitió dudar el
académico—.Usted sabe, con esta mala suerte mía...
El empresario sonrió:
—No se preocupe, mi queridísimo doctor: el tiempo en que un francés
ponga en duda algo que habla mal de los alemanes no llegará nunca. Ni que pasen
mil años.
¿Qué fue eso... un terremoto? No, había sido el camarero que iniciaba el
turno de la noche con un preludio musical de copas rotas.
El Dr. Paupersum miró asustado a su alrededor. La diosa invulnerable del
sofá había desaparecido y su lugar estaba ocupado ahora por un viejo e
incorregible crítico de teatro, que seguramente estaría destrozando in mente
una función de estreno que iba a tener lugar la semana entrante; mojaba el dedo
índice con la punta de la lengua, luego alzaba con la yema de ese mismo dedo
unas migas de pan que habían quedado olvidadas sobre el mantel, se las metía en
la boca, las trituraba minuciosamente con sus incisivos y ponía cara de hurón.
El Dr. Paupersum se fue dando cuenta paulatinamente de que se encontraba
sentado de espaldas al local y que, según las apariencias, había estado en esa
posición durante todo el tiempo; de lo que cabía inferir que las cosas que
había presenciado con su vista le habían llegado por medio del enorme espejo
que se hallaba frente a él, y en el que ahora se reflejaba su propia cara que
lo contemplaba dubitativamente... El hombre de mundo seguía ahí, y estaba
comiendo realmente pescado frío —con cuchillo—, pero estaba en el rincón más
lejano del local y no aquí sentado a su mesa.
—¿Cómo habré llegado hasta el Stefanie? —se preguntaba el académico.
No podía recordarlo.
Pero poco a poco fue reconstruyendo los detalles:
—Esto viene de tanto pasar hambre y de ver a otro comer pescado y beber
vino. Mi yo se desdobló por un rato. Es una vieja historia esa del
desdoblamiento, y bastante natural por otra parte; en tales casos nos
convertimos en espectadores, como en el teatro, y somos al mismo tiempo
protagonistas en el escenario. Y los papeles que interpretamos se componen de
cosas que hemos leído o escuchado alguna vez y que secretamente despertaron en
nosotros alguna esperanza. ¡Sí, sí, así es, la esperanza suele ser un poeta
extremadamente cruel! Nos hace imaginar diálogos de los que creemos estar
participando, nos vemos a nosotros mismos realizando determinados gestos...
hasta que el mundo exterior, ya totalmente raído gracias a nuestra imaginación,
se va plasmando en formas ilusorias. Incluso las frases que nacen en nuestro
cerebro ya no son iguales a las que pensamos siempre; surgen acompañadas por
observaciones marginales, igual que en las novelas... ¡Qué cosa tan curiosa es
el "yo"! Puede llegar a abrirse y separarse como un atado de varillas
del que no se hizo más que desatar la cuerda —y nuevamente el Dr. Paupersum se
sorprende a sí mismo murmurando—. ¿Cómo habré llegado hasta el Stefanie?.
Un grito de júbilo barrió de pronto toda tribulación:
—¡Pero si he ganado un marco jugando al ajedrez! ¡Un marco entero! Ahora
está todo bien: mi niña podrá sanar. Una botella de buen vino y otra de leche,
y...
Con salvaje excitación comenzó a revolver en todos sus bolsillos, pero
entonces su mirada cayó sobre la franja negra cosida alrededor de una de sus
mangas, y la desnuda, atroz realidad estalla en su interior: ¡su hija había
muerto ayer por la noche! Se tomó la cabeza con las manos, ¡sí, sí, estaba
muerta! Ahora creía saber cómo llegó al Stefani desde el cementerio, después
del entierro. La enterraron esta tarde.
Rápidamente, con indolencia y mal humor, porque llovía tanto. Y después
había estado corriendo por las calles horas enteras, apretando los dientes, sin
oír otra cosa que el monótono golpetear de sus zapatos, mientras seguía
contando, siempre contando, del uno al cien, una y otra vez, para no volverse
loco, loco de miedo de sólo pensar que sus pasos pudieran llevarlo contra su
voluntad a casa, a su cuarto desnudo con el miserable lecho en el que ella
había muerto... dejándolo vacío para siempre. Y de alguna manera tiene que
haber sido que llegó hasta aquí. De alguna manera...
Se sostuvo al borde de la mesa para no desmoronarse. De pronto,
incoherentemente, su cerebro de académico fue atravesado por un nuevo
pensamiento: "Claro, lo que yo tenía que haber hecho es pasarle, por medio
de una transfusión, toda la sangre de mis venas; transferirle sangre, claro,
sangre de mis venas...", repetía mecánicamente hasta que otra idea
repentina lo volvió violentamente en sí: "¡Pero no puedo dejar a mi hijita
sola en esta noche de lluvia!", quiso ser un grito y sólo pudo ser un
sollozo apagado saliéndole del pecho.
—Rosas, su último deseo fue un ramo de rosas ... y ahora podré
comprárselo, ya que gané un marco jugando al ajedrez... —revolvió otra vez en
sus bolsillos y salió corriendo, olvidándose el sombrero, detrás de una última,
pequeñísima quimera.
A la mañana siguiente lo hallaron sobre la tumba de su hija. Muerto. Con
las manos profundamente metidas en la tierra. Se había cortado las venas y su
sangre se había filtrado hasta llegar a la que yacía abajo. Pero su rostro
estaba iluminado por esa paz orgullosa que ninguna esperanza puede turbar.
_________________
Gustav Meyrink (1868-1932)

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