© Libro N° 9857. Un Millar De Muertes. London, Jack. Emancipación. Abril 30 de 2022.
Título
original: ©
A Thousand Deaths, Jack London
(1876-1816)
Versión Original: © Un Millar De Muertes. Jack London
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Jack
London
Un Millar
De Muertes
Jack
London
Había estado en el agua aproximadamente una hora, y el frío y el
cansancio, aunados al terrible calambre en el muslo derecho, me hacían pensar
que había llegado mi fin. Luchando vanamente contra la poderosa marea
descendente, había contemplado la enloquecedora procesión de las luces
costeras, pero ya había dejado de luchar con la corriente y me contentaba con
los amargos recuerdos de mi vida malgastada, ahora cercana a su fin.
Había tenido la suerte de descender de un buen linaje inglés, pero de
padres cuya fortuna en las bancas excedía en mucho sus conocimientos de la
naturaleza y educación de los hijos. Aunque nacido con una cuchara de plata en
la boca, la bendita atmósfera del círculo hogareño me era desconocida. Mi
padre, un hombre culto y reputado anticuario, no dedicaba su atención a la
familia, sino que estaba constantemente perdido en medio de las abstracciones
de su estudio mientras que mi madre, más famosa por su belleza que por su buen
sentido, se sentía satisfecha con las adulaciones de la sociedad en la que
parecía permanentemente sumergida. Pasé la habitual rutina de la enseñanza
primaria y media como cualquier otro muchacho de la burguesía inglesa y, a
medida que los años incrementaban mi fuerza y mis pasiones, mis padres se
dieron cuenta, de pronto, de que yo poseía un alma inmortal, y trataron de
poner riendas a mis ímpetus. Pero era demasiado tarde; perpetré la más audaz y
descabellada locura y fui desheredado por mi familia y condenado al ostracismo
por la sociedad a la que había ultrajado tanto tiempo. Con las mil libras que
me dio mi padre, con la promesa de no volverme a ver ni a suministrarme más
dinero, obtuve un pasaje de primera clase rumbo a Australia.
Desde entonces mi vida ha sido una larga peregrinación -de oriente a
occidente, del Ártico al Antártico- para encontrarme, por último, convertido en
un experimentado lobo de mar de treinta años, pleno de fuerza viril, que se
ahoga en la bahía de San Francisco, tras el desastroso intento de desertar de
una nave.
Mi pierna derecha estaba agarrotada por el calambre y estaba sufriendo
la más angustiosa de las agonías. Una brisa débil agitaba el mar picado
llenándome la boca de agua, que me corría por la garganta sin que pudiera
evitarlo. Aunque todavía lograba mantenerme a flote, lo hacía en forma
puramente mecánica, pues estaba cayendo por momentos en la inconsciencia. Tengo
el desvaído recuerdo de haber sido arrastrado más allá de la escollera, y de
entrever la luz de estribor de un vapor; luego todo se hizo oscuridad.
Escuché el débil zumbido de unos insectos y sentí que el balsámico aire
de una mañana de primavera acariciaba mis mejillas. Gradualmente se convirtió
en un flujo rítmico a cuyas pulsaciones parecía responder mi cuerpo. Flotaba en
el suave seno de un cálido mar, alzándome y descendiendo con ensoñador placer
cada vez que una ola me acunaba. Pero las pulsaciones se hicieron más fuertes,
el zumbido más intenso, las olas más grandes y salvajes... fui maltratado por
un mar tormentoso. Una gran agonía se abatió sobre mí. Destellos brillantes e
intermitentes relampagueaban a través de mi conciencia interior, en mis oídos
atronaba el sonido de las aguas. Luego se produjo la súbita rotura de algo
intangible y desperté.
La escena que protagonizaba era realmente curiosa. Un vistazo fue
suficiente para saber que me encontraba tirado en el piso del yate de algún
caballero importante, en una postura verdaderamente incómoda. A mis costados,
aferrando mis brazos y subiéndolos y bajándolos como si fueran palancas de
bombeo, estaban dos seres de piel oscura curiosamente vestidos. Aunque conocía
la mayor parte de las razas aborígenes no pude deducir su nacionalidad. Habían
colocado en mi cabeza una especie de aparato que conectaba mis órganos
respiratorios a una máquina que describiré a continuación. Mis fosas nasales,
sin embargo, habían sido obturadas para forzarme a respirar por la boca.
Deformados por el enfoque oblicuo del ángulo de mi visión contemplé dos tubos,
similares a mangueras diminutas pero de diferente composición, que emergían de
mi boca y se separaban uno del otro en ángulo recto. El primero terminaba
abruptamente y yacía sobre el piso junto a mí, el segundo atravesaba la
habitación serpenteando por el suelo, conectándose con el aparato que he
prometido describir.
En los días anteriores a que mi vida se hubiera hecho tangencial me
había interesado no poco en las ciencias, y conocedor de la parafernalia y
accesorios generales de un laboratorio, pude ahora apreciar la máquina que
contemplaba. Estaba compuesta principalmente de vidrio, siendo su construcción
algo burda como es habitual en los aparatos experimentales. Un recipiente de
agua estaba rodeado por una cámara de aire, a la que se unía un tubo vertical
terminado en un globo. En el centro de todo esto había un vacuómetro. El agua
del tubo se movía hacia arriba y hacia abajo, produciendo inhalaciones y
exhalaciones alternas que luego eran comunicadas a través del tubo a mi boca.
Con esto y la ayuda de los hombres que movían con tanto vigor mis brazos, el
proceso de la respiración había sido artificialmente reiniciado. Subiendo y
bajando mi pecho y expandiendo y contrayendo mis pulmones se pudo persuadir a
la naturaleza de que volviese a su labor acostumbrada.
Tan pronto abrí los ojos me fue retirado el artefacto que llevaba en la
cabeza, nariz y boca. Me hicieron tragar tres dedos de brandy y logré ponerme
de pie, tambaleándome, para agradecer a mi salvador. Lo miré y me encontré
con... mi padre. Pero los largos años de camaradería con el peligro me habían
enseñado a controlarme, y esperé a ver si lograba reconocerme. No fue así, no
vio en mí sino un marinero desertor y me trató en consecuencia.
Me dejó al cuidado de los negros y se dedicó a revisar las notas que
había tomado de mi resurrección. Mientras devoraba la excelente comida que me
era servida, escuché ruidos confusos en cubierta, y por las palabras de los
marineros y el tableteo de los motores y aparejos deduje que estábamos
zarpando. ¡Era divertido! ¡De crucero con mi solitario padre por el ancho
Pacífico! Poco me imaginaba, mientras me reía para mis adentros, quién iba a
ser el más perjudicado por esa curiosa broma. Ay, de haberlo sabido hubiera
saltado por la borda y regresado de buena gana a las sucias aguas de las que
había escapado. No se me permitió salir a cubierta hasta que hubimos dejado
atrás los farallones y la última lancha del práctico. Aprecié estas
consideraciones de parte de mi padre y me propuse darle las gracias de todo
corazón, con los rudos modales de un lobo de mar. No podía sospechar que tenía
sus propias razones para mantener oculta mi presencia para todos, excepto para
su tripulación. Me habló brevemente de mi rescate por los marineros,
asegurándome que el favor me lo debía él a mí, ya que mi aparición había sido
realmente oportuna. Había construido el aparato para experimentar algunas
teorías concernientes a ciertos fenómenos biológicos, y había estado esperando
una oportunidad para utilizarlo.
-Usted ha probado su funcionamiento sin lugar a dudas -dijo, y luego
agregó con un suspiro-: pero sólo en el reducido campo de la asfixia.
Pero, para no alargar mi relato, diré que me ofreció un adelanto de dos
libras sobre mi futuro jornal por navegar con él, lo cual me pareció excelente,
ya que realmente no me necesitaba. Al contrario de lo que esperaba no tuve que
unirme al grupo de marineros, en proa, sino que me fue asignado un confortable
camarote, y se me designó un lugar en la mesa del capitán. Él se había dado
cuenta de que yo no era un marinero común, y resolví aprovechar la oportunidad
para recobrar su afecto. Tejí un pasado ficticio para explicar mi educación y
presente posición, e hice todo lo posible para entrar en comunicación con él.
No tardé mucho en revelar una predilección por la investigación científica, ni
él en apreciar mi aptitud. Me convertí en su ayudante, con el correspondiente
aumento de mi salario, y a poco comenzó a hacerme confidencias y a exponer sus
teorías. Me sentí tan entusiasmado como él.
Los días volaron con rapidez, pues me hallaba profundamente interesado
en los nuevos estudios, pasando las horas de vigilia en su bien provista
biblioteca, o escuchando sus planes y ayudándolo en el trabajo del laboratorio.
Pero nos vimos obligados a diferir algunos experimentos atrayentes por no ser
una nave bamboleante el lugar adecuado para trabajos delicados y cuidadosos.
Sin embargo me prometió muchas horas agradables en el magnífico laboratorio
hacia el que nos dirigíamos. Había tomado posesión de una isla no señalada en
mapas de los Mares del Sur, según me dijo, y la había convertido en un paraíso
científico.
No llevábamos mucho tiempo en la isla cuando descubrí la horrible red en
la que había sido atrapado. Pero antes de que describa los extraños sucesos que
acaecieron, debo delinear brevemente las causas que culminaron en una
experiencia tan asombrosa como jamás sufrió hombre alguno.
En sus últimos años mi padre había abandonado los mohosos encantos del
anticuario y había sucumbido a los más fascinantes que se designan bajo la
denominación genérica de biología. Como había sido cuidadosamente instruido en
los fundamentos durante su juventud, exploró rápidamente todas las ramas
superiores hasta donde había llegado el mundo científico, hasta encontrarse en
la tierra virgen de lo desconocido. Era su intención el adelantarse en este
territorio inexplorado y en ese punto de sus investigaciones fue cuando el azar
nos reunió. Dotado de un buen cerebro, aunque no esté bien que yo mismo lo
diga, me sumergí en sus especulaciones y métodos de razonamiento, volviéndome
casi tan loco como él. Pero no debería decir esto. Los maravillosos resultados
que obtuvimos más tarde señalan a las claras su lucidez. Tan sólo puedo decir
que era el ser de más anormal crueldad y sangre fría que jamás hubiera visto.
Después de haber penetrado los misterios duales de la fisiología y la
sicología, sus razonamientos lo habían llevado al límite de un gran campo, y
para explorarlo mejor, debió iniciar estudios de química orgánica superior,
patología, toxicología y otras ciencias y subciencias relacionadas
secundariamente con sus hipótesis especulativas. Comenzando con la proposición
de que la causa directa del cese de vitalidad, temporal o permanente, era la
coagulación de ciertos elementos y compuestos del protoplasma, había aislado y
sometido a múltiples experimentos a dichas sustancias. Dado que el cese
temporario de vitalidad en un organismo ocasionaba el coma, y el cese
permanente la muerte, supuso que mediante métodos artificiales esta coagulación
del protoplasma podía ser retrasada, o evitada y hasta combatida en casos
extremos de solidificación.
O sea que, olvidándonos del lenguaje técnico, afirmaba que la muerte,
cuando no era violenta y en ella resultaba dañado alguno de los órganos, era
simplemente vitalidad suspendida; y que, en tales ocasiones, podía inducirse a
la vida a reiniciar sus funciones mediante métodos adecuados. Ésta era, pues,
su idea: descubrir el método de renovar la vitalidad de una estructura -y
probar esta posibilidad práctica por medio de la experimentación- de la que
aparentemente ha huido la vida. Desde luego se daba cuenta de la inutilidad del
intento luego del inicio de la descomposición; necesitaba organismos que tan
sólo el instante, la hora o el día anterior hubiesen estado rebosantes de vida.
Conmigo, de forma algo primaria, había comprobado su teoría. Cuando me habían
recogido de las aguas de la bahía de San Francisco estaba realmente muerto,
ahogado... pero la chispa vital había sido vuelta a encender por medio de sus
aparatos aeroterapeúticos, como los llamaba él.
Vayamos ahora a sus oscuros propósitos con respecto a mi persona.
Primero me mostró de qué forma me hallaba completamente en su poder. Había
enviado lejos el yate por el término de un año, reteniendo tan sólo a los dos
negros. Luego me hizo una exposición exhaustiva de su teoría, y esbozó a
grandes rasgos el método de prueba que había decidido adoptar, concluyendo con
el repentino anuncio de que yo iba a ser su cobayo. Me había enfrentado a la
muerte y arriesgado sin temer las consecuencias en muchas aventuras
desesperadas, pero nunca en una de esa naturaleza. Puedo jurar que no soy
ningún cobarde, y no obstante esta proposición de viajar a uno y otro lado de
la frontera de la muerte me produjo un terror pánico. Pedí que me concediera
algún tiempo, a lo que él accedió, asegurándome también que tenía un solo
camino: el de la sumisión. La huida de la isla estaba fuera de toda cuestión,
la huida mediante el suicidio no era nada divertida, pero quizás era realmente
preferible a lo que luego iba a sufrir. Mi única esperanza era destruir a mis
raptores. Pero esta última posibilidad fue eliminada por las precauciones
tomadas por mi padre. Estaba sujeto a una vigilancia constante, incluso durante
el sueño, por uno u otro de los negros.
Luego de suplicar en vano, descubrí y probé que era su hijo. Era mi
última carta y había puesto todas mis esperanzas en ella. Pero fue inexorable;
no era un padre sino una máquina científica. Aún me pregunto cómo fue que se
casó con mi madre y me engendró, puesto que no había en su personalidad la más
mínima porción de sentimiento. La razón lo era todo para él, y no podía
comprender esas nimiedades como el amor o la pena por los otros, excepto como
fútiles debilidades que debían ser extirpadas. Así que me informó que si en un
principio me había dado la vida, era el más indicado ahora para quitármela. No
obstante lo cual, me dijo que no era ese su deseo, que solamente deseaba
tomarla prestada de vez en cuando, prometiéndome devolverla puntualmente en el
momento señalado. Desde luego que uno se encuentra siempre expuesto a una serie
de calamidades, pero no me quedaba otra solución que arriesgarme, tal como
sucede con todas las empresas humanas.
Para asegurar su éxito deseaba que me hallase en excelente condición
física, así que me sometió a dieta y a entrenamiento como si fuera un gran
atleta antes de una prueba decisiva. ¿Qué podía hacer yo? Si tenía que correr
el riesgo, lo mejor era hacerlo con la mejor preparación posible. En los
intervalos de descanso me permitía ayudarle a preparar los aparatos y asistirlo
en los diversos experimentos secundarios. Puede imaginarse el interés que tomé
en tales operaciones. Llegué a dominar el trabajo tan bien como él, y a menudo
tuve el placer de ver cómo eran puestas en práctica algunas de mis sugerencias
o alteraciones. Después de alguno de esos resultados sentía una amarga
satisfacción, consciente de estar preparando mi propio funeral.
Comenzó a realizar una serie de experimentos en toxicología. Cuando todo
estuvo listo fui muerto por una fuerte dosis de estricnina y convertido en
cadáver alrededor de veinte horas. Durante ese período mi cuerpo estuvo muerto,
absolutamente muerto. Toda respiración y circulación habían cesado. Pero lo más
terrible fue que, mientras tenía lugar la coagulación protoplasmática, retuve
la conciencia y pude así estudiarla en todos sus macabros detalles.
El aparato destinado a devolverme la vida era una cámara hermética
dispuesta para recibir mi cuerpo. El mecanismo era simple: algunas válvulas, un
cilindro con pistón y un motor eléctrico. Cuando estaba funcionando, la
atmósfera interior era rarificada y comprimida alternativamente, comunicando a
mis pulmones una respiración artificial sin la utilización de los tubos
previamente usados. Aunque mi cuerpo estaba inerte y acaso en las primeras
etapas de la descomposición, tenía conciencia de todo lo que sucedía. Supe
cuándo me colocaron en la cámara, y aunque mis sentidos estaban en reposo sentí
los pinchazos de las agujas hipodérmicas que me inyectaban un compuesto que
debía reaccionar contra el proceso coagulatorio. Entonces fue cerrada la cámara
y puesta en marcha la máquina. Mi ansiedad era terrible, pero la circulación
fue restaurada, los diferentes órganos comenzaron a ejecutar sus tareas
respectivas, y al cabo de una hora estaba devorando una abundante cena.
No puede decirse que participase en esta serie de experiencias, ni en
las subsiguientes, con muy buen ánimo, pero tras dos tentativas de huida
fallidas, comencé a tomar el asunto con cierto interés. Además estaba empezando
a acostumbrarme. Mi padre estaba fuera de sí por la alegría de su éxito, y al
ir transcurriendo los meses sus especulaciones fueron haciéndose cada vez más
extremas. Recorrimos las tres grandes series de venenos, los neurológicos, los
gaseiformes y los irritadores, pero evitamos cuidadosamente algunos de los
irritadores minerales y dejamos de lado a todo el grupo de los corrosivos.
Durante el régimen de los venenos me llegué a habituar a morir y hubo un solo
incidente que hizo temblar a mi creciente confianza. Haciendo incisiones en
algunas veniIlas de mi brazo introdujo una diminuta cantidad del más aterrador
de los venenos, el de las flechas o curare. Perdí el conocimiento de inmediato
y a continuación se detuvo la respiración y la circulación, de modo tal que la
solidificación del protoplasma avanzó con tal rapidez que le hizo perder todas
las esperanzas. Pero en el último momento aplicó un descubrimiento en el que
había estado trabajando, y obtuvo resultados que lo hicieron renovar sus
esfuerzos.
En una campana de vacío, similar pero no idéntica al tubo de Crookes,
había colocado un campo magnético. Cuando era atravesado por luz polarizada, no
producía fenómeno alguno de fosforescencia, ni proyección rectilínea de átomos,
pero emitía unos rayos no luminosos similares a los rayos X. Mientras los rayos
X son capaces de revelar objetos opacos ocultos en medios densos, éstos poseían
una mayor penetración. Mediante los mismos fotografió mi cuerpo y halló en el
negativo un infinito número de sombras desdibujadas, debidas a las actividades
eléctricas y químicas que aún proseguían su función. Esto era una prueba
infalible de que el rigor mortis en el cual yacía no era real; esto es que
aquellas fuerzas misteriosas, aquellos lazos delicados que unían el alma a mi
cuerpo todavía estaban en acción. Así pues la acción del curare fue mucho más
peligrosa que la de los otros venenos, cuyas resultantes posteriores eran
inapreciables, salvo en los compuestos mercuriales, que usualmente me dejaban
lánguido por varios días.
Otra serie de experimentos deliciosos fueron hechos con la electricidad.
Verificamos la verdad de la aseveración de Tela, quien afirmaba que las
corrientes de alta frecuencia eran inofensivas, haciéndome pasar cien mil
voltios por el cuerpo. Como esto no me afectaba redujo la frecuencia hasta los
dos mil quinientos voltios y así fui electrocutado. Esta vez se arriesgó hasta
el punto de dejarme muerto, o en estado de vitalidad suspendida, por tres días.
Le llevó cuatro horas volverme a la vida.
En una ocasión me infectó con el tétano, pero la agonía al morir fue tan
grande que me negué totalmente a sufrir otros experimentos similares. Las
muertes más fáciles fueron por asfixia, tales como sumergirme en agua,
estrangularme, y sofocarme con gas; mientras que las llevadas a cabo mediante
morfina, opio, cocaína y cloroformo no eran del todo difíciles.
Otra vez, tras ser sofocado, me tuvo en hielo durante tres meses, no
permitiendo ni que me descongelara ni que me pudriese. Esto lo hizo sin mi
conocimiento previo, y me asusté mucho al descubrir el lapso pasado. Me
aterroricé al pensar lo que podía hacerme mientras yacía muerto, y mi alarma
fue en aumento al notar la predilección que estaba desarrollando hacia la
vivisección. La última vez que fui revivido descubrí que había estado hurgando
en mi pecho. Aunque había curado y cosido cuidadosamente las incisiones, éstas
eran tan profundas que tuve que guardar cama durante un tiempo. Fue durante esa
convalecencia que elaboré el plan mediante el cual finalmente escapé.
Demostrando un entusiasmo desbordante por mi trabajo le pedí, y me fue
otorgada, una vacación de mi trabajo de moribundo. Durante ese período me
dediqué a experimentar en el laboratorio, mientras él estaba demasiado ocupado
en la vivisección de algunos animales atrapados por los negros, como para
prestar atención a mi labor.
Fue en estas dos proposiciones que basé mi teoría: primero, la
electrólisis, o la descomposición del agua en sus gases constituyentes mediante
la electricidad; y segundo, en la hipotética existencia de una fuerza, la
contraria a la gravitación, a la que Astor ha denominado "aspergia".
La atracción terrestre, por ejemplo, tan sólo mantiene los objetos juntos, pero
no los combina; por lo tanto la aspergia es mera repulsión. Sin embargo, la
atracción molecular o atómica no sólo junta los objetos sino que los integra; y
era la contraria, o sea una fuerza desintegradora, la que no sólo deseaba
descubrir y producir, sino también dirigir a voluntad. Tal como las moléculas
de hidrógeno y oxígeno reaccionan unas con otras, y crean nuevas moléculas de
agua, la electrólisis produce la disociación de estas moléculas, volviéndolas a
su condición original, generando los dos gases por separado. La fuerza que yo
deseaba tendría que operar no sólo sobre estos dos elementos químicos, sino
sobre todos los demás, sin importar bajo qué compuesto se encontrasen. Y si
entonces lograba atraer a mi padre a su radio de acción sería desintegrado
instantáneamente, y diseminado en todas direcciones como una masa de elementos
aislados.
No se debe creer que esta fuerza, cuando estuvo finalmente bajo mi
dominio, aniquilaba la materia; no, simplemente aniquilaba su estructura. Ni
tampoco, como pronto descubrí, tenía efecto sobre las estructuras inorgánicas;
pero para todas las formas orgánicas era absolutamente fatal. Esto me produjo
cierto asombro al principio, aunque si hubiera pensado más detenidamente
hubiera comprendido con rapidez la razón. Dado que el número de los átomos de
las moléculas orgánicas es mucho más grande que el de las complejas moléculas
minerales, los compuestos orgánicos se caracterizan por su inestabilidad y por
la facilidad con que son disgregados por las fuerzas físicas y los reactivos
químicos.
Dos tremendas fuerzas eran proyectadas por dos potentes baterías,
conectadas con magnetos construidos para este fin. Separadas una de la otra
eran completamente inofensivas, pero cumplían su objetivo al converger en un
punto en medio del aire. Después de casi haber demostrado su funcionamiento
escapando por un pelo de ser disipado en la nada, preparé la trampa. Escondí
los magnetos de forma tal que su fuerza convergía frente a la entrada de mi
alcoba en un campo mortal, y coloqué en mi cama un botón desde el cual podía
conectar la corriente de las baterías, hecho lo cual me introduje en el lecho.
Los negros todavía vigilaban mi dormitorio, relevándose uno al otro a
medianoche. Conecté la corriente tan pronto llegó el primero. Apenas había
logrado adormecerme cuando fui despertado por un vibrante tintineo metálico.
Allí, en el umbral de la puerta se hallaba Dan, el San Bernardo de mi padre. Mi
guardián corrió a tomarlo. Desapareció como una bocanada de aire, sus ropas
cayeron al suelo en un montón. Se notaba un ligero olor a ozono en el aire,
pero dado que los principales componentes gaseosos del cuerpo son el hidrógeno,
el oxígeno y el nitrógeno, que son igualmente inoloros e incoloros, no se
notaba otra manifestación de su desaparición. No obstante, cuando desconecté la
corriente y recogí las vestiduras, hallé un precipitado de carbono en forma de
carbón animal, y otros sólidos: los elementos aislados de su organismo, tales
como azufre, potasio y hierro. Volví a instalar la trampa y retorné a la cama.
A medianoche me levanté y recogí los restos del segundo negro, y luego dormí
pacíficamente hasta el amanecer.
Me despertó la estridente voz de mi padre que me llamaba desde el otro
lado del laboratorio. Me reí para mis adentros. Nadie lo había despertado y
había dormido más de la cuenta. Pude oírlo mientras se acercaba a mi habitación
con la intención de hacerme levantar, por lo tanto me senté en la cama, para
observar mejor su eliminación, o mejor debería decir su apoteosis. Se detuvo un
momento en el umbral, y luego dio el paso fatal. ¡Puf! Fue como el viento
soplando entre los pinos. Desapareció. Sus ropas cayeron en un fantástico
montón sobre el suelo. Además del ozono noté un débil olor a ajo producido por
el fósforo. Algunos sólidos elementales yacían entre sus vestimentas. Eso era
todo. El ancho mundo se abría ante mí. Mis carceleros ya no existían.
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Jack London (1876-1816)

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