© Libro N° 9846. Un Cuento Sobre Una Casa Vacía. Benson, E.F.. Emancipación. Abril 23
de 2022.
Título original: A Tale Of An Empty
House, E.F. Benson (1867-1940)
Versión
Original: © Un Cuento Sobre Una Casa Vacía. E.F. Benson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
UN CUENTO SOBRE UNA CASA VACÍA
E.F. Benson
Un Cuento Sobre Una Casa Vacía
E.F. Benson
Había sido una tarde desastrosa: la lluvia había
caído torrencial e incesantemente desde un cielo encapotado y gris, y la
carretera estaba en la peor de las condiciones posibles. Había tramos repletos
de gravilla recientemente colocada que aún no habían sido recubiertos con
asfalto, y los tramos intermedios aparecían repletos de profundos surcos y
socavones, de manera que resultaba imposible viajar ni siquiera a una velocidad
moderada. Habíamos pinchado en dos ocasiones, y en aquel momento, mientras se acercaba
el tormentoso crepúsculo, el motor empezó a fallar, deteniéndose del todo tras
haber avanzado penosamente unos cien metros más. Mi conductor, tras una breve
inspección, me informó de que tardaría una media hora en arreglarlo, tras la
cual, con suerte, quizá podríamos rodar ociosamente con la esperanza de llegar
a Crowthorpe, que era nuestro destino.
Cuando el coche se detuvo habíamos llegado hasta un
cruce de caminos. A través de la cortina de lluvia pude ver a mi derecha una
iglesia, y frente a ella un matojo de casas. Una consulta al mapa me indicó que
aquel era el pueblo de Riddington; la Guía añadió que Riddington poseía un
hotel, y la señal que había en el cruce me confirmó ambas cosas. Hacia la
derecha, siguiendo la carretera principal en la que acabábamos de desembocar,
estaba Crowthorpe, a unos treinta kilómetros de allí, mientras que frente a nosotros,
a menos de un kilómetro, nos esperaba un hotel. No fue difícil tomar una
decisión. No había razón por la cual tuviera que estar en Crowthorpe aquella
noche en vez de a la mañana siguiente, ya que el amigo con el que iba a
encontrarme no llegaría hasta la tarde, y sin duda era mejor arrastrase apenas
un kilómetro en un coche espasmódico que intentar recorrer treinta en una noche
tan inclemente.
—Pasaremos la noche aquí —le dije a mi chofer—. La
carretera es en cuesta abajo y no hay más de un kilómetro hasta el hotel. Me
atrevería a decir que podremos llegar sin necesidad de encender el motor.
Intentémoslo.
Hicimos sonar el claxon, atravesamos la carretera
principal y empezamos a deslizamos lentamente por una calle estrecha. Era
imposible ver con claridad, pero a cada lado había casitas cuyas luces
brillaban a través de las persianas, y aún había muchas otras cuyas persianas
seguían bajadas revelando unos interiores acogedores. Entonces, el ángulo del
declive se incrementó, y frente a nosotros, muy cerca, vi varios mástiles que
se alzaban intactos hacia la penumbra cargada de agua de la noche cada vez más cerrada.
De modo que Riddington debía de hallarse junto al
mar, aunque la razón por la que los barcos habían sido amarrados en un muelle
abierto era un misterio; quizá hubiera un malecón que los protegiera, pero que
era invisible debido a la oscuridad. Oí al chofer conectar el motor y realizar
un giro cerrado hacia la izquierda. Pasamos bajo una larga hilera de ventanas
iluminadas, que alumbraban una calle bastante estrecha, cuyo extremo derecho
era besado por las olas. De nuevo hizo un giro cerrado hacia la izquierda,
describió un semicírculo sobre la gravilla crujiente y se plantó frente a la
puerta del hotel. Conseguimos una habitación para mí, un garaje, una habitación
para él, y nos unimos a la cena que había empezado hacía poco.
Entre los pequeños alicientes y sorpresas que
suscita viajar, no hay otro más delicioso que el de despertarse en un lugar
nuevo al que se ha llegado el día anterior tras haber caído la noche. La mente
ha recibido un par de impresiones borrosas y probablemente durante la noche ha
jugado con ellas, construyendo una especie de todo coherente, cuyas
anticipaciones son puestas a prueba al llegar la mañana. Normalmente el ojo ha
visto más cosas de las que ha registrado conscientemente, y el cerebro las ha
colocado como si de un puzzle se tratara para formar un presentimiento bastante
acertado de sus inmediatos alrededores.
Cuando me desperté a la mañana siguiente un cielo
brillante y soleado podía verse a través de mis ventanas; no se oía ni el ruido
del viento ni el de las olas rompiendo, y antes de levantarme y verificar mis
impresiones de la noche previa preferí permanecer acostado un rato para repasar
mi imagen mental. Frente a mi ventana habría un estrecho pasaje bordeado por un
muelle; a su lado se extendería un rompeolas que formaría un puerto para los
barcos que hubieran anclado allí, y lejos, lejos hacia el horizonte, se
extendería un inmenso mar tranquilo y reluciente. Repasé aquellos detalles en
mi cabeza; parecían inevitables según las referencias que había observado la
noche anterior, y entonces, seguro de mi razón, me levanté de la cama y me
asomé a la ventana.
Nunca había experimentado una sorpresa tan
completa. No había puerto, no había rompeolas, y no había mar. Un estrechísimo
canal, tres cuartos del cual aparecían ahogados por bancos de arena, sobre los
cuales descansaban los barcos cuyos mástiles había visto la noche anterior,
corría paralelo a la carretera, y después se torcía en ángulo recto para
perderse en la distancia. Aparte de aquello, no había más agua a la vista; a la
derecha, a la izquierda y al frente se extendía una ilimitada extensión de hierba
brillante de entre la que sobresalían mechones de arbustos y manchas purpúreas
de espliego. Más allá había unos bancos de arena rojizos, y más lejos aún se
podía percibir una franja de guijarros, maleza y dunas.
Pero el mar que había esperado ver llenando mi
campo visual hasta unirse con el cielo, allá en el horizonte, había
desaparecido. Cuando me hube sobrepuesto a la sorpresa de aquel colosal juego
de manos, me vestí rápidamente dispuesto a averiguar de boca de las autoridades
locales cómo se había llevado a cabo. A menos que una alucinación hubiera
envenenado mis facultades perceptivas, debía de haber una explicación para
aquella desaparición alternativa de tierra y mar, y la clave, una vez
proporcionada, fue lo suficientemente simple. Aquella franja de guijarros,
maleza y dunas que se veía en el horizonte era una península que se extendía a
lo largo de siete u ocho kilómetros de manera paralela a la costa, formando la
auténtica playa y cerrando aquel vasto cuenco de bancos de arena y barro y una
marisma cubierta por flores de lavanda, todo lo cual quedaba sumergido mientras
duraba la marea alta, creando un estuario.
Con la llegada de la marea baja, éste quedaba
completamente vacío excepto por una pequeña corriente que se abría paso a
través de varios canales hasta su desembocadura, situada a unos tres o cuatro
kilómetros a la izquierda de allí, y un hombre calzado con sus zapatos y sus
calcetines podía llegar perfectamente caminando hasta las lejanas dunas de
arena y las playas que terminaban en el Cabo Riddington, mientras que durante
la marea alta podría llegar navegando hasta aquel mismo lugar partiendo del
muelle que había frente al hotel.
Ya mientras desayunaba en una mesa situada junto a
la ventana que daba a la marisma el hechizo de atracción que desplegaba aquel
lugar había empezado a afectarme. Era tan inmensa y estaba tan vacía; tenía el
encanto del desierto sin resentirse en lo más mínimo de la insufrible monotonía
de éste, ya que decenas de gaviotas chillonas la sobrevolaban, y desde allí
podía oír los silbidos de los archibebes y el parloteo de los zarapitos. Debía
encontrarme con Jack Granger en Crowthorpe aquella misma carde, pero sabía que
si iba a su encuentro debía persuadirle de que me acompañara de vuelta a
Riddington, y tal y como le conocía fui plenamente consciente de que él también
sentiría el hechizo con no menos intensidad que yo.
De modo que, tras asegurarme de que había
habitaciones disponibles para él, le escribí una nota comunicándole que había
encontrado el lugar más asombroso del mundo, y le dije a mi chofer que se
dirigiera a Crowthorpe y que le esperara en la estación de tren hasta que
llegara, para después conducirlo hasta allí. Con la conciencia completamente
tranquila, me puse en marcha cargando con una toalla y una bolsa con el
almuerzo para explorar, ociosamente y sin ningún objetivo concreto, aquella
inmensa extensión cubierta de lavanda y pájaros que me llamaba.
Mi ruta, tal y como se me había indicado, me
condujo en primer lugar a recorrer un bancal que defendía de las mareas las
tierras de pasto desecadas que se encontraban a su derecha, al final del cual
me topé con el comienzo del estuario. Una hilera de desechos, hierba marchita,
algas y blanqueadas cáscaras de pequeños cangrejos señalaba el lugar hasta el
que había llegado la última marea alta; a partir de ella el terreno aún estaba
húmedo. Poco después encontré un trecho repleto de barro y cantos rodados, y luego
atravesé chapoteando el arroyo que fluía hacia el mar. Más allá estaban los
ondulantes bancos de arena arrastrados por las mareas, y pronto alcancé las
amplias y verdísimas marismas del extremo más alejado, tras las cuales se
encontraba la franja de guijarros que bordeaba el mar.
Me detuve unos instantes para recuperar el aliento.
No se veía ni rastro de otro ser humano, pero nunca había experimentado una
soledad tan estimulante. A mi derecha e izquierda se extendían los prados de
espliego, como si fuesen un cielo estrellado de brotes rosáceos y arbustos. A
un lado y a otro se habían formado pequeños charcos de agua retenida en las
depresiones del terreno, y también había trechos repletos de un lodo negro y
suave de entre el cual surgían, como espigas de lechosos espárragos, varias matas
de sosa; y todos aquellos felices vegetales florecían al sol o bajo la lluvia,
y pese a la sal que traían consigo las mareas, con una imparcial cualidad
anfibia. Sobre mi cabeza se extendía el inmenso arco del cielo, atravesado en
aquel momento por una bandada de patos, que se apresuraban y alargaban los
cuellos, y ocasionalmente por alguna que otra gaviota de lomo negro, que
agitaba sus pesadas alas en dirección al mar.
Los zarapitos parloteaban alegremente y los
chorlitejos y los archibebes silbaban. Mientras tanto, yo avanzaba con
dificultad hasta llegar a los guijarros que marcaban el final de la marisma. El
mar, azul y sereno, yacía durmiendo a sus anchas, bordeado por una franja de
arena sobrevolada a lo lejos por un espejismo. Pero ni a un extremo ni al otro,
tan lejos como la vista pudiera alcanzar, había rastros de presencia humana.
Me bañé y me tumbé al sol, y después recorrí
aquella cálida playa durante casi un kilómetro antes de atravesar la zona
sembrada de guijarros y volver a internarme en la marisma. Entonces, con una
punzada de decepción, vi la primera evidencia de la intrusión del hombre en
aquel paraíso de la soledad, ya que sobre una franja empedrada, que se extendía
como una enorme costilla sobre aquellas praderas anfibias, había una pequeña
casa cuadrada de ladrillo, frente a la cual había una asta de bandera bastante alta.
No la había visto antes y me parecía una injustificada invasión del vacío. Pero
quizá no se tratase de una infracción tan grosera, o por lo menos ésa era la
impresión que daba, ya que su aspecto era claramente de abandono, como si el
hombre hubiera intentado domesticar la zona y hubiera fracasado.
A medida que me acercaba, la impresión se
intensificó, ya que no salía humo de la chimenea, las ventanas cerradas estaban
completamente cubiertas por una película de sal y el umbral de la puerta había
sido invadido por liqúenes y hierbas marchitas que se desparramaban a su
alrededor. La rodeé dos veces, decidí que indudablemente estaba deshabitada y
me senté contra la pared que en aquellos momentos recibía de pleno los rayos
del sol para disfrutar de mi almuerzo.
La brillantez y el calor del día estaban en pleno
apogeo. Sintiéndome acalorado, ejercitado y revigorizado por mi chapuzón, me
juzgué en un estado de supremo bienestar físico, y mi mente, completamente
vacía excepto por aquellas agradables sensaciones, siguió el ejemplo de mi
cuerpo y se dedicó a disfrutar del sol. Entonces, supongo que debido a mi
admiración por el lujo del contraste expresado por Lucrecio, y para
congratularme aún más por aquellas excepcionales condiciones, empecé a
imaginarme en qué se transformaría aquella soleada soledad de ser de noche y
pleno noviembre, mientras que atravesando el cielo encapotado y gris se
aproximara una tormenta.
Su soledad se convertiría entonces en abominable
desolación; si por alguna causa inconjeturable alguien se viera obligado a
pasar una noche allí, cómo clamaría por estar acompañado, qué siniestros le
resultarían los chillidos de las aves, qué extraños le sonarían los silbidos
del viento al atravesar aquella habitación abandonada. O quizá reaccionara de
otra manera, quizá sólo deseara asegurarse de que la aparente soledad era real,
y que no había ninguna presencia invasora arrastrándose cerca de allí, amparada
por la oscuridad para revelarse en breve; quizá temblaría pensando que el
lamento del viento podría ser no sólo el viento, sino también el alarido de
algún ser descarnado; ¿y si no fueran los zarapitos los que producían aquel
melancólico silbido? Paulatinamente, mis pensamientos se fueron haciendo cada
vez más difusos hasta fundirse en una inconsecuente sucesión de imágenes.
Entonces me quedé dormido.
Me desperté sobresaltado a causa de un sueño que ya
empezaba a desvanecerse, pero con la certeza de que había sido algún ruido
cercano el que me había despertado. Entonces volví a oírlo: eran los pasos de
alguien que se movía en el interior de la casa abandonada, justo en la
habitación contra cuya pared me había apoyado. Se movía hacia un extremo y
luego hacia el otro; después se detenía unos instantes y volvía a empezar; se
comportaba como un hombre que estuviera esperando una visita con impaciencia. También
pude darme cuenta de que los pasos seguían un ritmo irregular, como si quien
caminaba padeciera cojera. Después de uno o dos minutos los sonidos cesaron por
completo.
Después de haber estado convencido de que la casa
estaba deshabitada, me invadió una extraña inquietud. Entonces, volviendo la
cabeza, vi que por encima de mí, en la pared, había una ventana, y se apoderó
de mí la idea, completamente irracional e infundada, de que el hombre me estaba
vigilando. Una vez que se me hubo metido en la cabeza, se me hizo imposible
continuar allí durante más tiempo, por lo que me levanté y embutí en mí mochila
tanto la toalla como los restos del almuerzo. Caminé durante un rato por el
trecho de tierra que se internaba en la marisma antes de volverme para mirar
una vez más la casa, que seguía pareciendo completamente desierta. Bueno,
después de todo no era problema mío, de modo que continué mi paseo y decidí
interesarme casualmente cuando regresara al hotel por quienquiera que viviese
en aquel lugar tan hermético, desechando el tema por el momento.
Unas tres horas más tarde, tras un paseo largo y
sin rumbo, volví a encontrarme frente a la casa. Vi que dando un pequeño rodeo
podía volver a pasar junto a ella, y en aquel momento me di cuenta de que el
sonido de aquellas pisadas en el interior había despertado en mí una curiosidad
que quería ver satisfecha. Justo entonces vi un hombre de pie junto a la
puerta: cómo había llegado allí, no tenía ni idea, ya que hacía apenas un
momento no estaba: debía de haber salido de la casa. Estaba contemplando el sendero
que conducía a través de la marisma, escudándose los ojos del sol. Entonces dio
un par de pasos hacia adelante, arrastrando la pierna izquierda y cojeando
pesadamente.
Eran, pues, sus pasos los que había oído antes, y
todo misterio al respecto había sido producto de mi imaginación. Decidí por
tanto tomar el camino más corto y llegué al hotel justo cuando Jack Granger
acababa de llegar. Volvimos a salir iluminados por la puesta del sol, y
contemplamos la marea que barría e inundaba los diques hasta volver a culminar
aquel enorme juego de manos: aquella extensión de marismas con sus campos de
lavanda volvía a ser una sábana de agua resplandeciente. A lo lejos, al otro lado,
quedaba la casa junto a la cual había almorzado, y cuando ya nos volvíamos Jack
la señaló.
—Qué lugar tan extraño para tener una casa —dijo—.
Supongo que no debe de vivir nadie en ella.
—Sí, un tullido —dije yo—. Le he visto esta tarde.
Voy a preguntarle al portero del hotel de quién se trata.
El resultado de aquella consulta, sin embargo, no
fue el esperado.
—No; la casa lleva deshabitada varios años —me
dijo—. Solía utilizarse como puesto de vigilancia desde el que los guardacostas
hacían señales si había algún barco en apuros, y entonces un bote salvavidas
zarpaba desde aquí. Pero ahora tanto el bote como los guardacostas están en el
cabo.
—¿Entonces quién es el tullido al que he visto y
oído recorrer la casa? —pregunté.
Me miró de una manera que se me antojó extraña.
—No sé quién podría ser —respondió—. Que yo sepa no
vive ningún tullido por estos alrededores.
El efecto de las marismas y su espléndida soledad,
del sol y del mar, cayó sobre Jack exactamente como yo había previsto. Juró que
cualquier día pasado en otro lugar que no fueran aquellas playas y campos de
espliego era un día desperdiciado, y propuso que nuestra excursión, cuyo
objetivo principal iban a ser los campos de golf de Norfolk, quedase cancelada.
En particular fueron los pájaros que habitaban en aquel extenso y solitario
cabo los que le encantaron.
—Después de todo, podemos jugar al golf en
cualquier sitio —dijo—. Por allí grazna un ostrero, ¿lo oyes? Y además, ¡qué
estúpido resulta perder el día dándole golpes a una pelotita blanca... —mira,
un chorlitejo, ¿y qué es lo que cantará de esa manera?—... cuando podemos
aprovecharlo aquí! Oh, no vayamos a bañarnos todavía: quiero bordear la
marisma... Ja, allí hay una bandada de vuelvepiedras; hacen un ruido parecido
al que se oye al descorchar una botella... ¡Ahí están, son esos golfillos con
manchas de color castaño! Sigamos bordeando la marisma y acerquémonos a la casa
en la que vive tu tullido.
Así pues, tomamos el sendero que daba el rodeo más
largo, del que yo había prescindido la noche anterior. No le había contado nada
de lo que me había dicho el portero del hotel respecto a que en la casa ya no
vivía nadie, de modo que todo lo que él sabía era que yo había visto a un
tullido aparentemente ocupando el lugar. Mi razón para no hacerlo (confesémoslo
de inmediato) era que yo ya había medio intuido que ni los pasos que había oído
en el interior, ni el hombre al que había visto contemplando el exterior,
tenían por qué implicar que la casa estuviera ocupada según el sentido que le
había dado a la palabra el portero. Quería ver si Jack era capaz, como había
sido yo, de captar las señales de su presencia allí.
Y entonces sucedió algo de lo más extraño. Durante
todo el trayecto hasta la casa la atención de Jack había estado centrada en los
pájaros, y especialmente en un silbido que no le resultaba nada familiar. En
vano intentó vislumbrar al pájaro que lo producía, y en vano pretendí yo oírlo.
—No suena como ningún pájaro que yo conozca —dijo—;
de hecho, no suena en absoluto como un pájaro, más bien parece una persona
silbando. ¡Ahí está de nuevo! ¿Será posible que no lo oigas?
Para entonces ya estábamos muy cerca de la casa.
—Debe de haber alguien silbando —dijo—.
Probablemente se trate de tu tullido... Señor, sí, viene del interior de la
casa. Así ya queda todo explicado, y yo que esperaba descubrir un pájaro nuevo.
¿Pero cómo es que no puedes oírlo tú?
—Hay gente que no es capaz de oír los chillidos de
los murciélagos —respondí yo.
Jack, satisfecho con la explicación, no le dio más
importancia al tema, de modo que atravesamos la franja de guijarros, nos
bañamos y almorzamos y caminamos hasta las dunas de arena en las que finalizaba
el cabo. Durante un par de horas paseamos y nos abandonamos a la pereza
disfrutando del aire líquido y soleado; luego emprendimos sin muchas ganas el
regreso para que nos diera tiempo a atravesar el vado antes de que llegara la
marea. A medida que volvíamos sobre nuestros pasos, pude ver cómo desde el oeste
se acercaba un extenso frente nuboso; y justo en el momento en el que
alcanzamos el tramo de tierra sobre el que se asentaba la casa, un relámpago se
abatió sobre las achaparradas colinas que había al otro lado del estuario y
unas primeras y gruesas gotas empezaron a caer sobre los guijarros.
—Nos vamos a empapar —dijo Jack—. Ja! Pidamos
cobijo en la casa de tu tullido. ¡Será mejor que corramos!
Las gotas empezaban a multiplicarse, de modo que
atravesamos corriendo los cien metros que nos separaban de la casa y llegamos a
la puerta justo en el momento en el que las compuertas del cielo se abrieron
por completo. Jack golpeó con los nudillos, pero nadie respondió; probó la
manilla, pero la puerta no se abrió, y entonces, poseído por una súbita
inspiración, pasó la mano por encima del dintel y encontró una llave. Ésta
encajaba perfectamente en la cerradura y un momento después estábamos en el
interior. Nos encontramos en un pasillo resbaladizo, de cuyo extremo más
alejado partía una escalera hacia el piso superior. A cada lado había una
habitación: una era una cocina y la otra un salón, pero ninguna de ellas estaba
amueblada. Un papel descolorido se desprendía de las paredes, las ventanas
estaban repletas de telarañas y el aire era pesado debido a la falta de
ventilación.
—Tu tullido no sólo prescinde de los lujos, sino
también de lo más necesario —dijo Jack—. Todo un espartano.
Estábamos en la cocina: en el exterior el siseo de
la lluvia se había convertido en un rugido, y la ventana empañada se iluminó
repentinamente con el resplandor de un relámpago. El restallido de un trueno le
contestó, y en el silencio que le siguió me llegó desde el exterior,
perfectamente audible, el sonido de alguien silbando. Inmediatamente después oí
cómo la puerta por la que habíamos entrado se cerraba violentamente, y recordé
que la había dejado abierta. Los ojos de Jack y los míos se encontraron.
—Pero si no corre ni pizca de viento —dije—. ¿Qué
es lo que ha provocado ese portazo?
—Y desde luego ese silbido no ha sido ningún pájaro
—dijo él.
Oímos un arrastrar de pies que llegaba desde el
pasillo: pude percibir cómo se arrastraba sobre la madera la pierna de un
hombre tullido.
—Ha entrado —dijo Jack.
Sí, había entrado, ¿pero qué era lo que había
entrado? En aquel momento me asaltó una sensación de pánico, no de horror, ya
que se trata de dos cosas muy distintas. El horror, tal y como yo lo entiendo,
es una emoción sobrecogedora, pero no desconcertante; pese a sentirse
horrorizado, uno puede huir, o puede gritar: controla sus músculos. Pero
mientras aquellos pasos irregulares recorrían el pasillo sentí pánico, la mano
de una pesadilla que al agarrarte paraliza e inhibe no sólo la acción, sino
hasta el mismo pensamiento. Esperé completamente helado y sin poder hablar, a
que sucediera lo que tuviera que suceder. Los pasos se detuvieron exactamente
frente a la entrada de la cocina. Y entonces, invisible e inaudible, la
presencia que se había manifestado al oído externo entró. De repente, oí un
estertor surgiendo de la garganta de Jack.
—¡Oh, Dios mío! —gritó con una voz ronca y
estrangulada, y colocó el brazo izquierdo frente a su rostro, como si se
estuviera defendiendo.
Su brazo derecho también se disparó y pareció
golpear algo que yo era incapaz de ver, y sus dedos se crisparon como agarrando
aquello que había esquivado el primer golpe. Su cuerpo se inclinó hacia atrás,
como si se resistiera a una presión invisible, y después volvió a arrojarse
hacia adelante. Oí el ruido de una resistencia a su empuje, y vi sobre su
garganta la sombra (o eso parecía) de una mano apretando. En aquel momento
recuperé el movimiento, y recuerdo haberme arrojado sobre el espacio vacío que
había entre él y yo, y sentir bajo mi abrazo la forma de un hombro, y oír un
pie que resbalaba y golpeaba el suelo de madera. Algo invisible, ora un hombro,
ora un brazo, se resistía a mi presión, y oí una respiración jadeante que no
era ni la de Jack ni la mía, y sentí sobre mi rostro un aliento cálido que
apestaba a corrupción y putrefacción. Y durante todo ese tiempo aquella
contienda física no fue sino simbólica; a lo que nos enfrentamos no fue a un
ser de carne y hueso, sino a una horrenda presencia espiritual.
Y entonces...
Ya no había nada. El fantasmal ataque había cesado
tan súbitamente como había empezado, y allí estaba el rostro de Jack, cerca del
mío, brillando por el sudor. Nos encontrábamos el uno frente al otro, con los
brazos caídos, en una habitación vacía, mientras la lluvia golpeaba el tejado y
los canalones chirriaban. No cruzamos ni una sola palabra, pero al instante
siguiente estábamos los dos corriendo bajo aquella lluvia a cántaros,
atravesando el vado. Agradecí el diluvio con toda mi alma, ya que parecía limpiar
el horror de aquella gran oscuridad y el olor de la corrupción a la cual
habíamos estado expuestos.
Lo cierto es que no puedo ofrecer una explicación
que esclarezca la experiencia que he recogido aquí brevemente, y queda al gusto
del lector establecer su conexión con una historia que oí una o dos semanas más
tarde, cuando regresé a Londres. Un amigo mío y yo habíamos estado cenando una
tarde en mi casa, y habíamos discutido los pormenores de un juicio por
asesinato, sobre el cual los periódicos se habían volcado.
—No es sólo la atrocidad la que resulta atractiva
—dijo—. Creo que la causa del interés es el lugar en el que se llevó a cabo el
asesinato. Un asesinato en Brighton, o en Márgate, o en Ramsey, en cualquier
lugar que el público asocie con viajes de placer, les atrae porque lo conocen y
pueden visualizar el escenario. Pero cuando alguien comete un asesinato en
algún lugar pequeño y desconocido, del cual nunca han oído hablar, el asunto no
apela a su imaginación. La pasada primavera, por ejemplo, hubo un asesinato en
un pequeño pueblo de la costa de Norfolk. He olvidado el nombre del lugar,
aunque estuve en Norwich durante el juicio y presencié el proceso. Fue una de
las historias más horribles que he oído en mi vida, tan espantosa y
sensacionalista como ésta, pero no atrajo la más mínima atención. Es curioso
que no pueda recordar el nombre del lugar estando el resto tan claro.
—Cuéntamelo —dije—. No me suena de nada.
—Bueno, estaba ese pequeño pueblo y justo a las
afueras del mismo había una granja propiedad de un tal John Beardsley. Vivía
allí con su única hija, una mujer soltera de unos treinta años; aparentemente
una criatura sensible y atractiva, de la que nunca te esperarías que hiciera
algo inesperado. En la granja trabajaba como jornalero un joven llamado Alfred
Maldon, el acusado en el juicio del que te estaba hablando. Tenía uno de los
rostros más horrendos que he visto en mi vida: una frente hundida y gatuna, una
nariz chata y ancha, y una boca grande, roja y sensual, siempre extendida en
una sonrisa. Parecía que disfrutaba siendo el centro de atención de todas
aquellas espantosas mujeres que se apiñaban en la sala, y cuando llegó
arrastrando los pies hasta el estrado...
—¿Arrastrando los pies? —pregunté.
—Sí, era tullido; arrastraba la pierna izquierda
por el suelo cuando andaba. Cuando llegó hasta el estrado asintió, sonrió al
juez, palmeó el hombro de su abogado y paseó una mirada lasciva por la
audiencia... Trabajaba en la granja, como te decía, realizando trabajos para
los que estuviera capacitado, entre los cuales se contaban algunas faenas de la
casa, como entrar el carbón o cualquier otra cosa, ya que John Beardsley,
aunque bastante próspero, no tenía criados, y era su hija Alice, que así se
llamaba, la que llevaba el hogar. ¿Y qué se le ocurre a la chica sino
enamorarse de aquel tipo deforme y monstruoso? Una tarde su padre regresó a
casa inesperadamente y les sorprendió en el salón, besándose y acariciándose.
Echó a Maldon de la casa con cajas destempladas, le pagó su sueldo de aquella
semana y le despidió, amenazándole con darle una buena paliza si alguna vez le
sorprendía rondando por allí. Prohibió a su hija que volviera a dirigirle la
palabra, y con el objetivo de tenerla vigilada contrató a una señora del pueblo
para que la acompañase en la granja mientras él estuviera fuera.
El joven Maldon, privado de su trabajo, intentó
emplearse en el pueblo, pero nadie quiso contratarle, ya que era un tipo
demasiado temperamental, dispuesto en cualquier momento a enzarzarse en una
pelea, además de ser un oponente nada aconsejable, ya que, pese a su cojera,
poseía una gran musculatura y una enorme fuerza. Durante algunas semanas vagueó
por el pueblo, encontrando algún trabajo ocasional y, sin lugar a dudas y como
verás, consiguiendo citarse con Alice Beardsley. El pueblo, aún no recuerdo el nombre,
se encontraba a la orilla de un gran estuario afectado por las mareas: se
llenaba con la marea alta, para convertirse en una amplia extensión de
marismas, repleta de bancos de arena y barro, al retirarse ésta. Justo allí, a
tres o cuatro kilómetros del pueblo, había una casa usada antiguamente por los
guardacostas y actualmente abandonada; uno de los lugares más solitarios que
podrás encontrar en Inglaterra.
Durante la marea baja bastaba con cruzar un vado
poco profundo para llegar hasta allí, y a su alrededor se podían conseguir
varios bancos de berberechos. Maldon, incapaz de conseguir un trabajo estable,
se dedicó a la recolección de estos moluscos, y durante el verano, cuando la
marea bajaba, Alice (para ella no representaba ninguna novedad) atravesaba el
vado para ir a bañarse en la playa. Pasaba frente a los bancos de arena en los
que se afanaban los recolectores de berberechos, Maldon entre ellos, y si éste
la silbaba al verla pasar, acudía a la casa abandonada de los guardacostas a la
espera de que él acudiera en breve. Y de este modo estuvieron viéndose durante
todo el verano.
A medida que las semanas pasaban, el padre de Alice
fue viendo el cambio que se operaba en ella, y sospechando el motivo, abandonó
a menudo su trabajo para vigilarla escondido detrás de algún banco de arena. Un
día la vio cruzar el vado, y poco después vio a Maldon, reconocible desde mucha
distancia por el modo en que arrastraba la pierna, recorriendo el mismo camino.
Siguió el sendero que llevaba hasta la casa de los guardacostas y entró. John
Beardsley cruzó el vado y, escondido entre unos arbustos cercanos a la casa,
vio a Alice que regresaba de su habitual baño. La casa no se hallaba en la
dirección que ella debía seguir para volver a atravesar el vado, y sin embargo
Alice se desvió hacia ella; alguien le abrió la puerta y después ésta se volvió
a cerrar. Los encontró juntos y, loco de ira, atacó a Maldon. Éste le derribó y
allí mismo, delante de su hija, le estranguló.
La chica perdió la cabeza, y ahora está internada
en un manicomio de Norwich. Allí pasa los días sentada junto a una ventana,
silbando. A Maldon lo ahorcaron.
—¿Era Riddington el nombre del pueblo? —pregunté.
—Sí. Riddington, por supuesto —respondió— No
entiendo cómo había podido olvidarlo.
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E.F. Benson (1867-1940)

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