© Libro N° 9842. Cuento De Final De Verano. De L’Isle-Adam, Villiers. Emancipación.
Abril 23 de 2022.
Título original: © Conte De Fin D'été, Villiers De L’Isle-Adam
(1838-1889)
Versión
Original: © Cuento De Final De Verano. Villiers De L’Isle-Adam
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Villiers De L’Isle-Adam
Cuento De Final De Verano
Villiers De L’Isle-Adam
¿Cómo la cadena de seres creados se acabaría en el
hombre?
(Platónicos del siglo XII)
En provincias, a la caída del crepúsculo sobre las
pequeñas ciudades, —hacia las seis de la tarde, por ejemplo, al acercarse el
otoño— se diría que los ciudadanos buscan lo mejor que pueden aislarse de la
inminente gravedad de la noche: cada cual entra en su concha al presentir todo
aquel peligro de estrellas que podría inducir a «pensar». En consecuencia, el
singular silencio que se produce entonces parece emanar, en parte, de la atonía
acompasada de las figuras sobre los umbrales.
Es la hora en la que el crujido molesto de las
carretas va apagándose por los caminos. Entonces, en los paseos —clases de
Buenas Maneras— suena, más nítidamente por los aires, sobre el aislamiento de
los tresbolillos, el estremecimiento triste de las altas frondosidades. A lo
largo de las calles, entre sombras, se intercambian saludos rápidos, como si el
regreso a sus anodinos hogares compensara de los pesados momentos (¡tan
vanamente lucrativos!) de la jornada vivida. Y, de los reflejos deslucidos del atardecer
sobre las piedras y los cristales; de la impresión nula y melancólica de la que
el espacio está imbuido, se desprende una tan incómoda sensación de vacío, que
uno se creería entre difuntos.
Pero, cada día, a esta hora vespertina, en una de
esas pequeñas ciudades, y en la avenida más desierta del paseo, se encuentran
habitualmente dos paseantes, habitantes bastante antiguos ya de la localidad.
Ambos deben, sin duda, haber superado la cincuentena: su atuendo rebuscado, su
fina camisa de encajes, lo anticuado de sus largas chaquetas, el brillo de los
sombreros de ala ancha, su forma de vestir aún despierta, sus maneras a veces
extrañamente conquistadoras, todo, hasta las hebillas de sus zapatos demasiado
elegantes, denuncian no se sabe qué verts-galants empedernidos.
¿Qué sentido tienen esos aires triunfantes, en
medio de un conjunto de seres negativos, de una bisexualidad cualquiera, en la
mente de los cuales no podría brotar la exclamación: ¡Qué hacer!? Con un bastón
de puño dorado en la mano, el primer llegado entra bajo los árboles solitarios
donde pronto aparece su amigo. Uno tras otro, caminando misteriosamente de
puntillas, se aproximan; luego acercándose al oído del otro, y protegiendo con
la mano el cuchicheo de sus palabras, susurra frases sorprendentes análogas,
por ejemplo, a éstas (salvo en los nombres):
—¡Ah! amigo mío, ¡la Pompadour estuvo encantadora
anoche!
—¿Debo felicitarlo? —replica, no sin una sonrisa
bastante ufana, el interlocutor.
—¡Puf! Si hay que decirlo todo, yo prefiero a la
deliciosa Du Deffand. En cuanto a Ninon.
(El resto de la frase se pronuncia en voz baja, y
tras haber pasado el brazo por debajo del del confidente)
—¡De acuerdo! —prosigue entonces éste, con los ojos
dirigidos al cielo—, ¡pero la Sévigné querido! ¡Ah! ¡la Sévigné!
(caminan juntos, bajo las viejas sombras; la noche
va a teñirse de azul y a iluminarse).
—Hoy mismo debo esperarla hacia las nueve, lo mismo
que a la Parabère, pese a que ese diablo de regente.
—Le felicito, mi querido amigo. Sí, no salgamos del
gran siglo. En mi libro de memoria no cuento más que a tres adoradas del tiempo
antiguo: primero, Eloísa...
—¡Chut!
—Luego, Margarita de Borgoña.
—¡Brrr!
—Y finalmente, María Estuardo.
—¡Ay!
—Pues bien, he reconocido que el encanto de esas
damas de antaño era inferior al de las damas de ahora.
Dicho esto, el sorprendente hastiado de todo gira
sobre sus talones que tiñe de púrpura o rubifica a veces, a través de los
ramajes quejumbrosos, el último rayo de sol.
—Permanezcamos a partir de ahora en los Watteau
—concluye con aire entendido, conocedor y perentorio.
—O en los Boucher, que es superior.
Continuando con voz discreta, se introducen por las
avenidas laterales. En las casas, allá lejos, los visillos blancos de las
ventanas se inundan, aquí y allá, de resplandores claros e intensos; y, en la
oscuridad de las calles palpitan las repentinas farolas. Tras nuestros dos
conversadores se alargan sus propias sombras, que parecen reforzadas por todas
aquellas de las que hablan. Pronto, después de un ceremonioso y cordial apretón
de manos, el duo de aquellos más que extraños celadones se separa y cada cual
se dirige a su casa. ¿Quiénes son? ¡Oh! simplemente dos ex vividores de lo más
amable, incluso de bastante buena compañía, uno viudo y otro soltero.
El destino los había conducido e internado, casi al
mismo tiempo, en esta pequeña ciudad. ¿Sus medios de vida? Apenas unas
inalienables rentas, escapadas del naufragio que no permiten nada superfluo.
Aquí, en un primer momento, intentaron frecuentar «la buena sociedad» pero,
tras las primeras visitas, se retiraron horrorizados a sus modestas viviendas.
Sin recibir a nadie más que a su cotidiana asistenta, se han recluido en una
perfecta soledad. Todo antes que relacionarse con los honorables habitantes del
lugar. Para escapar al momificante tedio que destila la atmósfera, intentaron
leer.
Luego, asqueados por los libros escogidos al azar
en el horrible gabinete de lectura, en el momento de renunciar a la lectura y
limitar sus esperanzas a monótonas charlas (interrumpidas a veces por
desenfrenadas partidas de cartas) entre ellos dos, he aquí que cayeron en sus
manos fantasmagóricas obras que trataban de fenómenos llamados de espiritismo.
Para matar el tiempo y movidos también por una
cierta curiosidad escéptica, se arriesgaron a grotescas y divertidas
experiencias. Separándose del «mundo», se esforzaban por crearse relaciones con
«el otro mundo». ¡Remedio heroico!, de acuerdo, pero bien considerado todo,
jugar con las bellas difuntas (si era posible) les parecía mucho menos insípido
que escuchar la conversación de las gentes del lugar. Por lo que, en sus
sedosas salitas, una malva y otra azul claro, especie de gabinetes amueblados
con un gusto tiernamente sugestivo que iluminaba apenas el resplandor —tamizado
por la rica pantalla de cintas— de la lámpara bajada, se entregaron a anodinas
y torpes evocaciones.
¡Ah! ¡qué fuente de agradables veladas, no
obstante, si tarde o temprano lograban distinguir encantadores manes,
exquisitas sombras sentadas sobre cojines de tonos apagados, que ellos
preparaban a tal efecto! Por lo que, cuando después de varias tentativas
pasablemente insignificantes sus respectivos veladores se pusieron —allí, de
repente, ante sus pupilas a la larga hipnotizadas— a removerse, girar y hablar,
fue una inmensa alegría para todo su ser. Un filón de oro surgía ante aquellos
deliciosos contramaestres perdidos en una mina de insignificancia. Su nostalgia
debía prestarse, rápida y de buena gana, a todo un conjunto de concesiones que,
por otra parte, ciertos efectos reales pueden sugerir.
Tomarle gusto hasta ilusionarse con emociones
semificticias, ayudar al sortilegio con algo de buena voluntad, con el fin de
VER —pese a todo y a todo precio— tramarse, sobre la transparencia y palidez de
la penumbra ambiental, las formas de las bellas desaparecidas, adquirir, a
fuerza de paciencia, una especie de paradógica credulidad con la que resultaba
agradable engañar melancólicamente sus sentidos, y no resistieron más. De tal
forma que, pronto, sus veladas transcurrieron en sutiles y tenebrosas conversaciones
que, a veces, se hacían vagamente visionarias. Y, cuando la costumbre se
afianzó, las sensaciones de presencias maravillosas, flotando a su alrededor,
se les hicieron familiares. Ahora, ofrecen el té, cada tarde a aquellas
visitantes.
Les hacen la corte, y sus batas de seda, una marrón
carmelita y otra gris mínimo, con adornos tabaco de España, huelen ligeramente
a almizcle, por una cortesía de ultratumba que tal vez agradezcan. En medio de
coloquios ideales, notan el perfume de acercamientos encantadores, de una
tenuidad fugitiva, es cierto, pero con la que se contenta la sonriente
melancolía de su rozagante senectud.
En esta pequeña ciudad, cuyo vecindario habían
sabido anular, su madurez transcurre así, preferentemente, en mil vagas buenas
fortunas, de favores retrospectivos, de los que deshojan las póstumas rosas; y,
al día siguiente, se hacen mutuas confidencias, bajo la sombra de los altos
ramajes que acarician las brisas del crepúsculo en «la clase de Buenas
Maneras». En la confusión de los comienzos, dejaron desfilar por sus
inquietantes salitas a todas las damas de la Historia; pero en el momento
presente, ya no flirtean sino con los excitantes fantasmas del siglo XVIII. Sus
veladores, con taraceas que ellos cubren con flores del tiempo, oscilan bajo
sus manos galantes y, como bajo el peso de sombras graciosas, se balancean con
ritmos que recuerdan con frecuencia determinados columpios enguirnaldados de
Fragonard. (¡Oh! se suelen retirar hacia las diez y media, a no ser que, por
casualidad, hayan venido reinas o emperatrices, entonces y por deferencia,
permanecen hasta las once).
Por supuesto, con vulgares viejos verdes semejante
pasatiempo podría conllevar graves peligros y de muchos tipos; pero
afortunadamente, en lo más recóndito de su pensamiento, nuestros finos y dulces
personajes no se engañan. ¿Cómo serían tan tontos de olvidar que la Muerte es
algo decisivo e impenetrable?
Solamente, a la vista de los bailes alfabéticos
esbozados por sus veladores, aquellos médianimisés —de un cristianismo algo
somnoliento sin duda, pero inviolable en sus últimas reservas— han terminado
por persuadirse de que tal vez en el aire haya diablillos juguetones, espíritus
graciosos, dotados de travesura que, al aburrirse como los paseantes humanos,
para matar el tiempo, aceptan prestarse a este inocente juego de Ilusión (bajo
el velo de los fluidos y sobre todo con vivos amables), como los niños que se
colocan alguna antigua bata estampada y se empolvan entre risas... y de que
esos espíritus y esos vivos pueden entonces buscarse a tientas, aparecerse a
veces, ayudándose con una sospecha de mutua credulidad, rozarse, tomarse
incluyo de repente la mano... y luego desaparecer, por una parte y por otra, en
el inmenso escondite del universo.
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Villiers de L’Isle-Adam (1838-1889)

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