© Libro N° 9841. Cuatro En Punto. Greene, Sonia. Emancipación. Abril 23
de 2022.
Título original: © Four O'Clock, Sonia Greene (1883-1972)
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Original: © Cuatro En Punto. Sonia Greene
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Sonia Greene
Cuatro En Punto
Sonia Greene
Aproximadamente a las dos de la madrugada supe que
iba a suceder. Los inmensos y negros silencios de la profundidad de la noche me
lo dijeron y un grillo monstruoso que chirriaba con insistencia demasiado
espantosa para carecer de significado me lo confirmó. Iba a ser a las cuatro en
punto: a las cuatro de la madrugada, antes del alba, tal como él dijo que
sería.
No me lo había creído del todo, porque las
profecías de los locos con ansias de venganza raramente suelen ser tomadas en
serio. Además, no me sentía exactamente culpable de lo que le había ocurrido a
las cuatro en punto de aquella otra madrugada; aquella terrible madrugada cuyo
recuerdo no me abandonará jamás. Y cuando, al cabo, estuvo muerto y enterrado
en el viejo cementerio al otro lado de la carretera que puedo ver desde las
ventanas de la parte oriental de mi casa, tuve la seguridad de que su maldición
no iba a cumplirse.
¿No había visto su arcilla sin vida sepultada por
descomunales paletadas de tierra mohosa? ¿Podía no sentir la seguridad de que
sus desmenuzados huesos no contaban con la fuerza suficiente para volcar sobre
mí la condenación cierto día a una hora estipulada con tanta precisión? Tales,
ciertamente, habían sido mis pensamientos hasta esta perturbadora noche: noche
de caos increíble, quebrantadoras certezas y portentos sin nombre.
Me había retirado pronto con la fatua esperanza de
poder entregar unas cuantas horas al sueño a pesar de la profecía que pesaba
sobre mi cabeza. Y ya que la hora estaba al caer, hallaba más y más difícil
deshacerme de los vagos presentimientos que habían permanecido siempre
agazapados en los rincones de mi cerebro.
Mientras las frías sábanas proporcionaban tibieza a
mi cuerpo enfebrecido, no podía encontrar nada que pudiera acallar la irritante
temperatura de mi mente; pero permanecía atenta e intranquilamente en vela,
probando ora esta posición ora aquélla, en un esfuerzo desesperado por
erradicar tajantemente aquella noción tan roedoramente pertinaz, sucederá a las
cuatro en punto.
¿Se debía mi desasosegada agitación a lo que me
rodeaba; a la fatídica localidad en la que permanecía desde hacía tantos años?
¿Por qué, me preguntaba con amargura, había permitido que tal circunstancia
cerniera su filo sobre mí, especialmente esta noche destacada entre todas las
restantes, en esta casa tan llena de recuerdos y esta habitación saturada de
reminiscencias, cuyas ventanas dan a la solitaria carretera y al viejo
cementerio municipal?
Para los ojos de mi memoria, todos los detalles de
aquella necrópolis alejada de la inmodestia se alzaba ante mí: su blanca tapia,
sus fustes de granito semejantes a espectros y los miasmas que exhalaban
aquellos sobre los que se cebaban los gusanos. Por último, la fuerza de la
imagen concebida condujo mi visión a profundidades más remotas y más prohibidas
y vi bajo la hierba descuidada las silentes formas que exhalaban las miasmas:
los calmos durmientes, las cosas podridas, las cosas que se retorcían frenéticamente
dentro de los ataúdes antes de la venida del sueño y apacibles huesos en todos
los estados de la corrupción, desde el esqueleto completo y coherente hasta el
pestilente puñado de polvo.
Lo que más envidiaba era el polvo.
De pronto, un nuevo terror me atenazó cuando la
fantasía me llevó a su sepulcro. No me atrevía a traspasar el umbral de aquella
tumba y habría gritado de no haber existido un algo que sedujera el poder
maligno que arrastraba mi visión imaginaria. Aquel algo fue una repentina
ráfaga de viento, brotado de ninguna parte en mitad de la tranquila noche, que
sacudió el postigo de la ventana que tenía más cerca, lo lanzó hacia atrás con
enérgico envión y descubrió a mi nictalopía anímica el antiguo cementerio que descollaba
espectralmente bajo una luna mañanera.
Hablo de la ráfaga como de algo misericordioso,
pese a saber ahora que se trataba sólo de una circunstancia pasajera y burlona.
Pues no bien mis ojos se habían acostumbrado al espectáculo y a la iluminación
cuando me vi poseído por un presentimiento abrupto, demasiado inconfundible
esta vez para considerarlo un fantasma vacuo, agüero que se levantó de entre
las resplandecientes tumbas al otro lado de la carretera.
Tras haber mirado con aprensión instintiva hacia el
lugar donde él yacía convertido en polvo —imagen separada de mis ojos por el
marco de la ventana—, percibí con agitación la proximidad de un algo que fluía
amenazante de aquella dirección inequívoca; vaga, vaporosa, informe masa de
sustancia blanquigris, sustancia de espíritu empero, apagada y tenue y sin
embargo creando y aumentando en todo momento una potencialidad espantosa y
cataclísmica.
Hice lo que pude por alejarlo como un fenómeno
meteorológico natural, pero mientras lo hacía su hórrido, portentoso y
deliberado carácter hizo crecer en mí con redoblada fuerza nuevos escalofríos
de horror y aprensión; tanto que apenas me preparé para la culminación
definida, malévola y cargada de intenciones que no tardó en ocurrir. Aquella
culminación, trayendo consigo una nauseabunda y simbólica anticipación del
final, fue igualmente sencilla e insidiosa. El vapor se densificaba y acumulaba
por momentos, acabando por adoptar un aspecto semitangible; mientras, la
superficie delantera se iba convirtiendo gradualmente en algo de contorno
circular y notoriamente cóncavo; y entonces cesó su avance y quedó
espectralmente inmóvil al final de la carretera.
Mientras esto ocurría, temblando desmayadamente en
el húmedo aire de la noche bajo aquella luna ultraterrena, vi que el aspecto de
aquello no era ni más ni menos que el de la pulida y gigantesca esfera de un
deforme reloj.
Nefandos sucesos transcurrieron con orden
demoníaco. En la parte inferior derecha de la vaporosa esfera tomó forma una
negra y formidable criatura, informe y sólo vista a medias, no obstante poseer
cuatro dedos prominentes que bailoteaban glotonamente hacia mí: zarpas que
hedían a nociva fatalidad por su contorno y ubicación exactos, puesto que
conformaban demasiado a las claras los odiados rasgos y llenaban demasiado
inconfundiblemente la posición precisa del numeral IV sobre el trémulo y
maldito dial. En aquel momento, la monstruosidad salió o se desgajó de la
cóncava superficie del dial y comenzó a acercarse por algún inexplicable medio
de locomoción.
Las cuatro garras, largas, delgadas, tiesas, eran
tan visibles que se perfilaba en sus extremos la existencia de tentáculos
desagradables y de aspecto amenazador, todos poseídos de una inteligencia vil
que ganaba poco a poco una velocidad que aumentaba hasta el punto de poder
percibir desde mi puesto de observación el hiriente vértigo de su movimiento. Y
con horror superlativo comenzaron a llegar hasta mis oídos los sonidos
crípticos y sutiles que taladraron el intenso silencio de la noche; ampliados
un millar de veces y con una voz que me recordaba la abominable hora de las
cuatro.
En vano intenté cubrirme con la colcha para
apagarlos; en vano intenté cubrirlos con mis alaridos. Estaba mudo y
paralizado, y no obstante agonizantemente consciente de todos los colores y
sonidos antinaturales que habitaban la devastadora quietud maldecida por la
luna. En cierto momento quise hundir mi cabeza bajo la frazada —momento en que
el chirrido del grillo que afirmaba las cuatro en punto pareció reventar mi
cerebro—, pero no conseguí sino agravar el terror haciendo que los bramidos de
la detestable criatura me zarandearan como impactos de un titánico acotillo.
Luego, en tanto sacaba la cabeza de refugio tan
inútil, descubrí que un aumentado diabolismo hostigaba mis ojos. Sobre la pared
recién pintada de mi cuarto, como evocados por el monstruo tentacular de la
tumba, una miríada de seres danzaban grotescamente ante mí, seres negros,
grises, blancos, tales que sólo la fantasía de los marcados por Dios podría
verlos. Algunos eran de pequeñez infinitesimal; otros cubrían vastas áreas. En
sus menores detalles poseían una grotesca y horrible individualidad; en términos
generales conformaban en conjunto el mismo espectáculo de pesadilla, a pesar de
su tamaño considerablemente variado.
Por segunda vez intenté apartar aquellas
anormalidades de la noche y por segunda vez me vi ahocado al fracaso. Las cosas
que bailaban en la pared crecían y menguaban en magnitud, avanzando y
retrocediendo a medida que recorrían el tracto de su morbosa y amenazadora
medida. Y el aspecto de todos era el de algún demonio con rostro de reloj con
una hora eternamente señalada: la odiosa y sentenciadora hora de las cuatro.
Frustrado ante la tentativa de apartar aquel
delirio cercador y perpetuamente móvil, miré una vez más hacia la ventana
abierta y contemplé otra vez al monstruo que había venido de la tumba. Había
sido horrible; indescriptible era ahora. La criatura, al principio de una
sustancia indeterminada, estaba compuesto en aquel instante de un rojo y
maligno fuego; y ondulaba repulsivamente sus cuatro garras tentaculares:
lenguas sin palabras de llama viviente. Me miraba y remiraba instalado en la
negrura; furtiva, burlonamente; ya avanzando, ya retirándose.
Entonces, en el tenebroso silencio, las cuatro
contorsionadas garras de fuego llamaron con ademán solícito a sus demoniacas y
danzantes compañas de las paredes y parecieron marcar el tiempo rítmicamente a
la aturdidora zarabanda hasta que el mundo se convirtió en vórtice rotatorio de
trasgos que saltaban, hacían cabriolas, volaban, observaban con lujuria,
insultaban, amenazaban eternos cuatro en punto.
De algún lugar, comenzando a retirarse y avanzar
sobre el mar semejante a la esfinge y las febriles ciénagas, escuché sollozar
el temprano viento de la mañana; suavemente al principio, luego más alto y más
alto hasta que su carga incesante se abatió como un diluvio de horrísona y
atropellante barahúnda que portaba siempre la nefanda amenaza: cuatro en punto,
cuatro en punto, CUATRO EN PUNTO.
Creció monótonamente, pasando del apagado susurro
al estruendo ensordecedor, catarata gigantesca, para alcanzar por último un
punto de culminación y un inmediato descenso. Mientras se amortiguaba en la
distancia, dejó en mis oídos una vibración parecida a la que se escucha cuando
pasa rápidamente un tren imponderable; esto y un terror absoluto cuya
intensidad le prestaba algo de la tranquilidad de la resignación.
El final está cerca. Toda visión, todo sonido se
habían convertido en un vasto y caótico remolino de amenaza letal y clamorosa
confundido con todos los fantasmales e insoportables cuatro en punto que habían
existido desde que los tiempos inmemoriales vieron sus orígenes y con todos los
que existirían en las eternidades por venir. El monstruo llameante se acerca en
este momento, rozando mi rostro sus tentáculos óseos mientras sus curvas garras
rabiosas avanzan hacia mi cuello.
Al menos puedo ver su cara a través de los agitados
y fosforescentes vapores del miasmático cementerio y con un dolor agudo
advierto que es en esencia una espantosa, colosal, gargolesca caricatura de su
rostro: el rostro de aquel de cuya inquieta sepultura ha brotado esto. Sé ahora
que el anatema que pesaba sobre mí se ha cumplido; que las estrambóticas
amenazas del loco fueron verdaderamente las demoníacas maldiciones de un diablo
poderoso y que mi inocencia no encontrará proteccion ninguna contra la maligna
voluntad que está a punto de cumplir una venganza sin causa. Está resuelto a
pagarme con interés lo que sufrió en aquella hora espectral; resuelto a
arrancarme del mundo y arrastrarme a los reinos que sólo conocen el loco y el
poseso.
Y mientras permanezco entre las llamas del infierno
y el tumulto de las feroces garras que se acercan criminalmente a mi cuello,
oigo procedente de la repisa de la chimenea el débil y zumbante sonido de un
reloj; zumbido que me informa de que está a punto de sonar la hora cuya
denominación fluye ahora sin cesar de la mortuoria y cavernosa garganta del
monstruo graznador, burlón y traqueteante que tengo ante mí: la maldecida hora
infernal de las cuatro en punto.
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Sonia Greene (1883-1972)

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