© Libro N° 9840. Cuando Se Abrió La Puerta. Grand, Sarah. Emancipación. Abril 23
de 2022.
Título original: © When The Door Opened, Sarah Grand (1854-1943)
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Original: © Cuando Se Abrió La Puerta. Sarah Grand
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Sarah Grand
Cuando Se Abrió La Puerta
Sarah Grand
Qué curiosos cuadros de la vida alcanzamos a veces
a vislumbrar de improviso, escenas que destacan como un resplandor fugaz en la
tupida masa de movimiento, en la aglomeración de detalles, en la inextricable
confusión de asuntos humanos que se le ofrecen al observador de la gran ciudad.
En medio del maremágnum, desde un cabriolé, desde el techo de un ómnibus, desde
el andén de una estación del metropolitano en el interior de un vagón que se
detiene un minuto, desde la acera en el interior de un coche atascado en el
tráfico, de día y de noche, salidos de la rutina, de las actividades habituales
que la gente desempeña con el humor y las frases normales y corrientes que se
entretejen en el curso de una vida sana, saltan a la vista estos interludios de
intensidad, inicios de episodios -trágicos, heroicos, idílicos, abyectos- o sus
conclusiones, que hacen del viraje el punto crítico de una vida. Si es el
principio, ¡cómo ansiamos conocer el desenlace! Si es el final, ¡qué no
daríamos por saber cómo empezó todo!
Valga un ejemplo: volvía yo a casa, solo, bien
entrada la noche, en un tren que había partido de las afueras, y casualmente me
acomodé en un vagón ocupado por otros tres viajeros. Uno de ellos era un hombre
de unos cuarenta años, de pelo moreno que ya encanecía y rostro agradable, de
rasgos limpios, correctos. Los otros dos eran un matrimonio; el marido, de
bastante más edad que la mujer. Tuve la impresión de que había surgido alguna
desavenencia entre ambos antes de que yo entrase en el vagón, pues la dama
parecía estar de mal humor y contrariada, y el caballero, por su parte,
bastante alterado. Intercambió éste un par de palabras con el tercer pasajero,
no obstante, revelando por el modo de hablar que eran conocidos y también, o
así se me antojó a mí, con objeto de guardar las apariencias. La señora, por el
contrario, no hizo intento alguno de disimular su ánimo, sino que viajó
envarada y en silencio, con la mirada clavada en la oscuridad, hasta que el
tren se detuvo y el marido le dio la mano para ayudarla a salir.
Los dos observamos cómo el matrimonio se alejaba;
fue evidente que se reanudaba la disputa al cabo de unos cuantos pasos. Mi
solitario compañero de viaje iba sentado enfrente de mí y, cuando la pareja
dejó de verse, se encontraron nuestros ojos con una involuntaria mirada de
comprensión, y él se encogió levemente de hombros.
-No me desagradaría darles a esos dos algún que
otro consejo -se me escapó sin darme cuenta.
-¡Ah! -dijo él-. Tampoco a mí, pero en estos casos
resulta de todo punto imposible.
-Estará usted pensando, supongo, que ellos conocen
mejor que nadie sus propios asuntos -repliqué.
-En absoluto -respondió él-. Los espectadores son
quienes mejor aprecian el lance, ¿sabe usted? Lo cual no obsta, sin embargo,
para que ofrecer consejo a un matrimonio sea inútil en el mejor de los casos,
más todavía cuando los dos se obcecan en un desatino -añadió-. Pero incluso las
personas sensatas y movidas por las mejores intenciones cometen errores
terribles, también en asuntos que les conciernen a ellos mismos y en los que
sería de esperar que supiesen lo que hacen. Ese hombre que acaba de salir hace
un momento vigila a su mujer, le impide hablar, sólo le permite salir a la
calle si va acompañada, como si estuviese convencido de que, sin duda, se
descarriaría en cuanto tuviese ocasión. La consecuencia es que ella comienza a
verlo con desagrado y desprecio, y que tal vez él acabe induciéndola a hacer
precisamente aquello contra lo cual tanto la guarda. No comprendo cómo un
hombre puede desear tener una esclava, siempre a sus órdenes, por consorte. En
lo que a mí respecta, prefiero a una mujer libre y me resisto a creer que
libertad signifique libertinaje salvo en casos excepcionales.
-Pero en ese punto surge un problema, creo entender
-observé yo-. ¿Cómo puede un hombre identificar qué caso resultará ser
excepcional?
-Ah, en ese sentido no veo dificultad alguna
-respondió-. Las muchachas dan en seguida indicación de su carácter; en
cualquier caso, si no son personas formales, tenerlas bajo vigilancia
permanente no las hará más dignas de confianza. No estoy diciendo, con todo,
que debamos dejar que una muchacha joven e irreflexiva se las componga sola; lo
que digo es que necesita un compañero, no un guardián. Aun así, como acabo de
decir, la ordenación atinada de la vida matrimonial es un asunto en el que
hasta los mejor intencionados pueden equivocarse. Yo me casé con una muchacha
algo más joven que yo; le llevaba unos diez años. No creo que esas diferencias
tengan demasiada importancia si los dos comparten gustos. Resultó, sin embargo,
que no los compartíamos. A mí me llama la vida tranquila, dedicar todo el
tiempo del mundo al arte y a la literatura, y no hay nada que me disguste más
que matar el tiempo sosteniendo chácharas banales en entretenimientos que no
entretienen a nadie. Mi mujer, por el contrario, tal y como descubrí al poco de
casarnos, se aburre soberanamente con los libros y los cuadros, y está en la
gloria cuando se encuentra en plena vorágine social. Pues bien, tras meditar
sobre la cuestión llegué a la conclusión de que, en justicia, se imponía que
ella no me exigiese a mí que alternase en sociedad y que yo no le exigiese a
ella que se quedase en casa. Entre ambos existía afecto, pero a mi entender tal
cosa no significaba que ninguno de los dos tuviese que pasarlo mal al verse
obligado a amoldarse a los gustos y a los hábitos del otro, tan discrepantes de
los suyos. El matrimonio debe ser una institución perfecta cuando se da una
identidad total de intereses, pero, cuando no existe, no veo por qué los
cónyuges han de llevar una vida desdichada. De manera que permití que mi mujer
siguiese sus inclinaciones y yo seguí las mías; el arreglo pareció surtir un
efecto bárbaro. Unas veces ella se habría llevado una alegría si yo la hubiera
acompañado en sus salidas, otras veces a mí me habría gustado que ella se hubiese
quedado conmigo en casa; de cuando en cuando nos adaptábamos a los deseos
tácitos del otro y así lo hacíamos, pero la verdad es que esos sacrificios no
servían de mucho. Se celebraba un baile de disfraces en una sala de fiestas
pública y a ella le hacía especial ilusión asistir; me pareció que insinuaba
que quizá podría ir con ella; si así fue, lo cierto es que no me di por
aludido, pues me constaba que iba a aburrirme sobremanera.
»Fue al baile con un disfraz tan llamativo como
logrado, un dominó gris plata con forro de seda rosa y ribete de encaje blanco.
El abanico era de plumas blancas de avestruz y el antifaz llevaba un aplique de
encaje que le cubría la boca. Aunque había estado muy emocionada con la idea
del baile, cuando llegó la hora de la verdad parecía que no eran tantas las
ganas de ir. Había acordado que se vería allí con unas amistades; yo le dije
que la esperaría levantado y ella prometió volver temprano.
»Cuando se hubo ido, me sentí abatido sin que
pudiese explicarme el porqué. Me acomodé con un libro y un puro, pero no
conseguí concentrarme en ninguno de los dos. Trataba de leer, pero me distraía;
al final tuve que darme por vencido y me limité a fumar y a meditar.
»Empecé a preguntarme qué estaría haciendo mi mujer
en el baile y si habría encontrado a sus amigos sin novedad. Entonces se me
ocurrió que, si por algún malentendido no lograsen encontrarse, la situación
sería harto comprometida. A ese tipo de bailes públicos asiste gente de toda
índole, a lo que se suma que las formas tienden a relajarse cuando hay máscaras
de por medio. Mi mujer, aun oculta en su dominó, proyectaba una imagen de
juventud y belleza. Tal vez fuesen a importunarla los granujas que infestan ese
tipo de locales. En ese mismo momento quizá estaría bailando con alguna pareja
de dudosísima reputación. ¿Había hecho bien al dejarla ir sola? Lancé el puro
al hogar y me incorporé, aunque no tenía formada intención alguna; en honor a
la verdad, me quedé inmóvil unos instantes, como a veces ocurre cuando nos
enfrentamos a una dificultad, con el juicio del todo suspendido. Recordé
entonces un disfraz que me había hecho para un baile de máscaras al que había
asistido antes de conocer a mi mujer. Era de terciopelo negro, el atuendo de un
caballero español del reinado de Felipe IV, la época de Velázquez, un traje
bien bonito que había copiado de una pintura, confeccionado con maña. Fui a mi
gabinete y allí lo encontré, en un baúl viejo, junto con la máscara que había
llevado con él.
»Todavía era temprano. ¿Y si me disfrazaba y acudía
yo también al baile? Mi mujer se había llevado el coche, pero cerca de allí
había unas caballerizas en las cuales podría alquilar una berlina sin
dificultad. Llamé al criado y lo envié a buscar una.
»El baile estaba animadísimo cuando llegué, pero,
por enorme fortuna, prácticamente la primera persona a quien vi resultó ser mi
mujer. El gris plata, el rosa claro, el encaje blanco y el abanico de avestruz
formaban un disfraz muy distintivo; la reconocí al instante y me abrí paso
entre el gentío para encontrarme con ella. Mas al acercarme reparé en que ella
no podría reconocerme a mí. Jamás me había visto con aquella indumentaria; es
más, cabía dar por hecho que ni siquiera sabía que la tenía; con todo y con
eso, a pesar de que yo avanzaba directamente hacia ella y de que se había dado
cuenta, no expresó objeción alguna. ¿Sería posible que permitiese a un
desconocido dirigirse a ella, que llegase incluso a espolearlo al hacer gala de
aquella actitud? Me traspasó el corazón tal punzada de espantosa duda que tomé
la determinación de despejarla de una vez por todas con un experimento. Sin
pararme a preguntarme si la maniobra era o no justa, me dirigí a ella con
familiaridad, afectando la voz.
»-Se me hace que me estás esperando a mí -dije-.
Haz el favor de decirme que así es.
»-Bueno, estoy esperando a que ocurra alguna cosa
emocionante -respondió ella, disimulando también la voz; hablaba con el aplomo
de quien está acostumbrado a ese tipo de entrevistas-, porque estar aquí sola
no es nada divertido.
»Por un momento se esfumó el vulgar esplendor de la
escena. Dejé de ver, de oír. Recobré los sentidos, no obstante, justo cuando la
banda de música comenzaba a tocar, y así le pregunté, mecánicamente, si me
concedía aquel baile.
»-Será un placer -respondió ella; en seguida me
cogió del brazo y procedió a llevarme (en lugar de esperar a ser llevada), a
través de la muchedumbre abigarrada que nos envolvía, hasta el salón de baile,
con un desembarazo que me llenó de consternación. En su sano juicio siempre se
había mostrado reservada con los desconocidos y yo jamás habría sospechado que
una careta podría mudar las cosas de tal manera.
»Danzó con la ligereza de una bailarina y, cuando
cesó la música, me pidió un vaso de hielo regado con licor y me indicó en qué
dirección hallaría los refrigerios. Tras dar cuenta de todo lo que deseaba, que
no fue poco, volvió a tomarme del brazo y empezamos a pasear. Parecía conocer
el edificio como la palma de la mano, extremo este que me sorprendió, puesto
que no imaginaba que hubiese estado allí con anterioridad. Se lo pregunté, no
obstante.
»-¿Que si ya había estado aquí? -preguntó-. ¡Vaya
si no! Vengo siempre que puedo.
»-¿Lo sabe tu marido? -me atreví a preguntar.
»-¡Ah, mi marido! -exclamó-. Pero ¿quién te ha
dicho a ti que tengo marido, si puede saberse?
»-No me cabe duda de que una dama con unos encantos
y unos modales tan cautivantes como los tuyos ha de tener marido -contesté yo.
»-¡Oh, vaya cortejador! -dijo-. ¡En fin! Qué
distintos son los maridos y los amantes. ¿Verdad que las mujeres son tontas al
casarse, cuando podrían ganarse la vida haciendo el amor?
»Mientras hablaba, me sujetó el brazo con ambas
manos y levantó la vista para mirarme a los ojos con expresión seductora. ¿Era
aquélla la verdadera, me preguntaba, mientras que la otra, la que yo conocía
bien, no pasaba de ser una actriz que se ganaba el sustento con una comedia?
No, me negaba a creerlo. Razoné conmigo mismo: aquel comportamiento y aquellos
pareceres eran tan postizos como el traje, un aspecto más de la mascarada; pero
ella no habría podido desenvolverse tan bien como lo hacía si careciese de gran
experiencia, y acababa de confesar que frecuentaba aquel local, lo cual sugería
la existencia de un engaño, que a mí me cogía de nuevas. De hecho, había
querido salir aquella noche porque sería, o así me lo había dicho, el primer
baile de máscaras al que asistía. ¡Qué necio, qué necio de solemnidad había
sido yo al permitirle salir sola! Mas quizá fuera para bien. Yo ya sabía que
era frívola, pero jamás había sospechado que fuese una libertina. Más aún,
habría puesto la mano en el fuego por que era digna de toda confianza en
cualquier situación, lo que significaba que me había tenido en el mayor de los
engaños. A todas luces mis amistades lo sabían desde el principio y me
compadecían como el necio ciego y pusilánime que era. Pero yo estaba conmocionado,
se lo aseguro, y me debatía constantemente entre dos reacciones. Por un lado la
censuraba sin paliativos; por el otro trataba de excusarla. Las apariencias en
pleno hablaban contra ella, sin lugar a dudas, pero el hábito del amor y el
respeto se resiste a cambiar en un segundo. A fin de cuentas, ¿acaso había
hecho algo imperdonable? Sí, ciertamente se había expresado con vulgaridad,
pero yo no me había aventurado en aquella dirección. Si me hubiese tomado la
más mínima libertad en tal sentido, a buen seguro que ella se habría ofendido
al instante. ¿O no?
»Me había puesto la mano sobre el brazo. Dudé un
momento; a continuación se la cogí y estreché. Para horror mío, ella se rió y
me devolvió la efusión.
»-Por fin despiertas, don Sombrío -dijo-. Ya estaba
empezando a temer que fueses uno de esos seres que lo ven todo negro; te notaba
tan frío y tan soso... Pero conmigo no hay pesimismos que valgan. En un
periquete voy a espabilarte y levantarte el ánimo.
»Al oír tales palabras sentí una terrible
conmoción, y tardé unos momentos en dar con el dominio de la voz. Era un hombre
derrotado; no quería sino sentarme y echarme a llorar como un niño. Me
embargaba la tristeza, no la ira. Cuando no queda esperanza, un hombre no se
enfurece: se desmorona. Y aun así, pese a saber que no había esperanza alguna,
me sentí como un jugador que se ve impelido a seguir apostando. Me propuse ir
un poco más lejos, únicamente para concederle una última oportunidad.
»-Has conseguido animarme con tanta maestría que no
deseo despedirme de ti -dije-, pero este gentío me impide concentrarme.
Salgamos de aquí. Tengo un coche esperando: ¿vendrás a casa conmigo?
»-¡Vaya, el señor está nervioso! -dijo ella con una
carcajada-. Estoy encantada, porque yo juraría, don Sombrío, que no estás
acostumbrado a que una dama te dé un no por respuesta.
»-¿Por qué encantada? -quise saber.
»-Pues porque al verte nervioso se sabe que no te
da igual, ¿entiendes? -dijo con malicia-. No soporto esos tipos de sangre fría
a quienes les importa un bledo que vaya o deje de ir con ellos.
»-En ese caso seré de tu agrado -respondí con
tristeza-, puesto que, como bien has advertido, a mí me importa sobremanera.
¿Vendrás?
»Volvió a reírse. ¡Santo cielo! ¿Significaba
aquella risa que consentía? La conduje a la puerta principal con el ímpetu de
un joven amante y ella no adujo la menor objeción. Comentó que me veía
impaciente, y era verdad. Cada instante había pasado a ser una hora de tormento
previo a la conclusión de aquella farsa atroz. Pero no podía ponerle fin allí
mismo, en aquel mismo instante. Aquello era demasiado grave. Tenía que llevarla
a casa. Yo mismo fui en persona al extremo de la calle a buscar la berlina alquilada,
evitando así que se dijese mi nombre en voz alta, y di al cochero orden de que
diese la vuelta mientas yo volvía para ayudarla a subir. Temía que se armase
una escena en aquel local público si de improviso ella descubría mi identidad,
y se me hizo eterno el tiempo que esperamos hasta que partimos. Con todo, llegó
el momento de salir de allí y alejarnos de la muchedumbre; por espacio de unos
minutos, sin embargo, me limité a ir sentado a su lado, incapaz de pronunciar
palabra, y ella empezó a hacer nuevas bromas a propósito de mi melancolía.
Entonces se dejó caer contra mí, sin que yo acertase a distinguir si se debía a
una sacudida del coche o a la pura lascivia. Yo la rodeé con el brazo, de todos
modos, y ella no protestó.
»-¿Dónde vives? -preguntó cuando nos acercábamos ya
a la casa-. Estas calles son todas iguales y no distingo dónde estamos.
-Bien, lo cierto es que hemos llegado -respondí
cuando el coche se detuvo. La ayudé a bajar y yo mismo abrí la puerta de la
casa con mi propia llave. La luz del vestíbulo era tan tenue que tuve que
llevarla de la mano escaleras araba hasta el estudio. Estaba completamente a
oscuras, pero yo llevaba cerillas en el bolsillo y con ellas encendí el gas.
Me volví entonces hacia ella. Se reía con bobería
por alguna cosa, pero parecía que no reconocía el lugar.
»-Y ahora, señora mía -dije con severidad-, fuera
máscaras.
»Al momento procedió a quitarse la suya y se
despojó del dominó.
»Yo la miré en hito, di un respingo, ¡me desplomé
en una butaca! La mujer que tenía delante de mí era una completa desconocida,
una criatura de cabello teñido, ojos sombreados y mejillas pintadas, en
absoluto la clase de persona con la que uno se dejaría ver en público si en
algo valorase su buen nombre, y, sin embargo, poco faltó para que me hincase de
rodillas y besase la bastilla de su falda, tan grande fue mi alivio. ¡No lo
olvidaré jamás! Durante unos minutos no pude pensar, no pude reaccionar, sólo
puede seguir allí sentado con los ojos clavados en ella, sonriendo como un
idiota. Ella se sintió halagada por aquella actitud mía, que malinterpretó como
muda admiración, y adoptó, inmóvil, una pose teatral que afectaba timidez y
coquetería, hasta que recobré el sentido.
»Mi primer pensamiento claro fue que debía
deshacerme de ella cuanto antes. ¿Cómo proceder, sin embargo, para no someterla
a una humillación? Traté de discurrir una excusa verosímil, pero, antes de dar
con ninguna, un coche de caballos se paró delante de la puerta del piso de
abajo, oí que una llave giraba en la cerradura, un susurro de seda, un paso
liviano que subía la escalera. Mi mujer volvía temprano, tal como había
prometido, y subía directamente al estudio.
»Tenía ya la mano en el picaporte y...
Calló en ese punto y miró por la ventanilla. El
tren se había detenido, pero ninguno de los dos habíamos reparado en ello en su
momento.
-¡Vaya! -exclamó-. ¡Pero si es mi estación! -dijo,
y bajó de un salto justo en el instante en que el tren reanudaba la marcha.
No lo he vuelto a ver; no cuento con volver a
encontrármelo nunca. Por eso doy por hecho que pasaré lo que me queda de vida
atormentado por la conjetura de lo que ocurrió cuando se abrió aquella puerta.
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Sarah Grand (1854-1943)

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