© Libro N° 9835. Crepúsculo En Las Torres. Barker, Clive. Emancipación. Abril 23
de 2022.
Título original: © Twilight At The Towers, Clive Barker (1958- )
Versión
Original: © Crepúsculo En Las Torres. Clive Barker
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2011/09/crepusculo-en-las-torres-clive-barker.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/fondo-verde-textura-abstracta-acuarela_65186-2633.jpg?w=740
Portada E.O. de Imagen original:
https://image.jimcdn.com/app/cms/image/transf/none/path/s793ad1e816ece527/image/i71d2be1546a44260/version/1584045346/image.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Clive Barker
Crepúsculo En Las Torres
Clive Barker
Las fotografías de Mironenko que le habían enseñado
a Ballard dis taban mucho de ser instructivas. Sólo en una o dos de ellas
aparecía el rostro del hombre de la KGB, plenamente; las restantes eran en su
ma yoría confusas y poco claras: delataban sus orígenes furtivos. Eso no
preocupó demasiado a Ballard. Una larga experiencia, en ocasiones amarga, le
había enseñado que el ojo estaba siempre demasiado dis puesto al engaño, pero
existían otras facultades..., los restos de unos sentidos que la vida moderna
había vuelto obsoletos... y que él había aprendido a poner en juego, para oler
los síntomas más leves de trai ción. De esta capacidad se valdría cuando se
encontrara con Mironen ko. Con ellos le arrancaría la verdad a aquel hombre.
¿La verdad? Ahí residía la cuestión más intrincada,
porque, en este contexto, ¿acaso no era la sinceridad una fiesta móvil? Sergei
Zakharovich Mironenko había sido Jefe de Sección de la Directiva S de la KGB
durante once años, y había tenido acceso a la información más confiden cial
sobre la dispersión de ilegales soviéticos en Occidente. Sin embar go, en las
últimas semanas se había desencantado de sus amos actuales y había manifestado
su consiguiente deseo de desertar al Servicio de Se guridad Británico. A cambio
de los complicados esfuerzos que se ten drían que realizar por su culpa, se
había ofrecido a actuar como agente dentro de la KGB durante un período de tres
meses, concluido el cual lo conducirían al seno de la democracia y lo
ocultarían donde sus vengati vos jefes supremos no lograran encontrarlo jamás.
Le había tocado a Ballard encontrarse cara a cara con el ruso, en la esperanza
de estable cer si la deslealtad de Mironenko para con su ideología era real o
fingi da. La respuesta no vendría de labios de Mironenko, y Ballard lo sabía.
sino de algún matiz de su comportamiento que sólo el instinto lograría
comprender.
En otra época, Ballard habría encontrado fascinante
el acertijo, cada uno de sus pensamientos vigilantes habrían dado vueltas al
problema por descifrar. Pero tal compromiso había pertenecido a un hombre
convencido de que sus actos ejercían un efecto significativo sobre el mundo.
Ahora había ganado en experiencia. Los agentes del Este y del Oeste se
dedicaban a sus trabajos secretos sin interrupción. Conspiraban, confabulaban,
de vez en cuando (aunque raramente) derramaban sangre. Se producían derrotas, pactos
especiales y victorias tácticas me nores. Pero al final las cosas seguían más o
menos como siempre.
Esta ciudad, por ejemplo. Ballard había ido por
primera vez a Berlín en abril de 1969. Entonces tenía veintinueve años; acababa
de terminar el adiestramiento intensivo y estaba listo para vivir un poco.
Aunque allí no se había sentido cómodo. La ciudad le resultó carente de
encanto, a menudo desierta. Odell, su colega durante los dos primeros años,
había tenido que probarle que Berlín era merecedora de sus afectos, y cuando
Ballard cayó, quedó perdido para el resto de su vida. Se sentía más en casa en
esta ciudad dividida que en Londres. Su desasosiego, su idealis mo fallido y
—quizá lo más agudo de todo— su terrible aislamiento, se parecían mucho a él.
La ciudad y él mantenían una presencia en un erial de ambiciones muertas.
Encontró a Mironenko en la Germalde Galerie, y sí,
las fotografías habían mentido. El ruso parecía tener más de cuarenta y seis
años, y se le veía más enfermo que en aquellos retratos robados. Ninguno de los
dos hombres dio muestras de reconocerse. Recorrieron la colección de la galería
durante una buena media hora; Mironenko demostró un inte rés marcado,
aparentemente genuino, hacia las obras expuestas. Sólo cuando ambos estuvieron
seguros de que no los observaban, el ruso abandonó el edificio y condujo a Ballard
hasta el amable suburbio de Dahlem, a una casa segura, mutuamente acordada.
Allí, en la cocina pequeña y sin calefacción se sentaron y hablaron.
El dominio del inglés de Mironenko era inseguro, o
al menos eso pa recía, aunque Ballard tuvo la impresión de que sus esfuerzos
por encon trar el sentido eran tanto tácticos como gramaticales. De haber
estado él en la situación del ruso, muy bien podría haber presentado la misma
fa chada; rara vez resultaba dañino parecer menos competente de lo que uno era.
A pesar de las dificultades que tenía para expresarse, las decla raciones de
Mironenko eran inequívocas.
—Ya no soy comunista —dijo humildemente — . No he
sido miem bro del partido, al menos no aquí. —Se llevó el puño al pecho y agre
gó— : Desde hace muchos años.
Sacó del bolsillo de la chaqueta un pañuelo
blancuzco, se quitó un guante, y de entre los pliegues del pañuelo extrajo un
frasco de tabletas. —Perdóneme —dijo, y con unos golpecitos sacó las tabletas
de la bo tella—. Tengo dolores. En la cabeza y en las manos.
Ballard esperó hasta que se hubo tragado la
medicación antes de preguntarle:
—¿Por qué empezó a dudar?
El ruso se guardó el frasco y el pañuelo en el
bolsillo; su rostro esta ba falto de toda expresión.
— ¿Cómo llega un hombre a perder la... la fe?
—preguntó a su vez—. ¿Acaso será porque he visto demasiado, o tal vez demasiado
poco?
Observó el rostro de Ballard para comprobar si sus
palabras titubeantes tenían algún sentido. Al no encontrar allí comprensión
alguna, volvió a intentarlo.
—Creo que el hombre que no cree que está perdido,
lo está.
La paradoja fue expresada de forma elegante; la
sospecha de Ballard en cuanto al verdadero dominio de Mironenko del inglés se
confirmó.
—¿Está usted perdido en estos momentos? —inquirió
Ballard.
Mironenko no respondió. Se quitó el otro guante y
se miró las ma nos. Las píldoras que se había tragado no parecían ejercer
ningún efecto sobre el dolor del que se había quejado. Abrió y cerró los puños,
como un artrítico que comprobara el avance de su enfermedad. Sin levantar la
vista, dijo:
—Me enseñaron que el Partido tenía soluciones para
todo. Eso me liberó del temor.
—¿Y ahora?
—¿Ahora? —repitió—. Ahora tengo unos extraños
pensamientos. Me llegan de ninguna parte...
—Siga —lo animó Ballard.
—Tiene que conocerme por dentro y por fuera,
¿verdad? —Miro nenko ensayó una sonrisa forzada—. ¿Hasta lo que sueño?
—Sí —respondió Ballard.
—Nosotros haríamos lo mismo —replicó, asintiendo
con la cabeza. Después de una pausa, agregó—: A veces he pensado que me
partiría. ¿Entiende lo que digo? Que me rompería, porque dentro de mí llevo una
rabia tan grande... Y eso hace que tenga miedo, Ballard. Creo que verán cuánto
los odio. —Miró a su interrogador—. Tienen que darse prisa, o me descubrirán.
Procuro no pensar en lo que harían. —Volvió a hacer una pausa. Se le había
borrado del rostro todo vestigio de sonrisa, por más carente de humor que fuera—.
La Directiva cuenta con Depar tamentos de los que ni siquiera yo estoy
enterado. Hospitales especiales donde nadie puede entrar. Saben cómo
despedazarle el alma a un hom bre.
Ballard, el pragmático de siempre, se preguntó si
el vocabulario de Mironenko no era un tanto ampuloso. De haber estado él en
manos de la KGB dudaba mucho que estuviera pensando en la satisfacción de su
propia alma. Al fin y al cabo, era en el cuerpo donde se alojaban las ter
minaciones nerviosas. Hablaron durante una hora o más; la conversación giró en
torno de la política y los recuerdos personales, las trivialidades y la
confesión—Acabada la entrevista, a Ballard no le cabía ninguna duda sobre la
anti patía que Mironenko profesaba a sus amos. Era, como él mismo lo ha bía
dicho, un hombre sin fe. Al día siguiente, Ballard se encontró con Cripps en el
restaurante del Hotel Schweizerhof, y le presentó un informe oral sobre Miro
nenko.
—Está dispuesto y espera. Pero insiste en que nos
demos prisa en decidirnos.
— Era de suponer —comentó Cripps.
Ese día, el ojo de vidrio le molestaba; el aire
frío, explicó, lo volvía lerdo. Se movía a una velocidad levemente inferior que
su ojo verdade ro, y en ocasiones se veía obligado a darle un ligero toque con
el dedo para ponerlo en movimiento.
—No permitiremos que nos metan prisas para tomar
una decisión —dijo Cripps.
—¿Dónde está el problema? No tengo ninguna duda
sobre su com promiso, ni sobre su desesperación.
—Ya te he oído —repuso Cripps—. ¿Quieres algo de
postre?
—¿Es que dudas de mis evaluaciones? ¿Es eso?
—Toma algo dulce para terminar, así no me sentiré
un perfecto réprobo.
—Crees que me equivoco con respecto a él, ¿verdad?
—insistió Ba llard. Al ver que Cripps no contestaba, se inclinó sobre la mesa y
volvió a insistir—: Es así, ¿verdad?
—Simplemente digo que tenemos motivos para ir con
cuidado —re puso Cripps — . Si finalmente decidimos aceptarlo a bordo, los
rusos se sentirán muy disgustados. Hemos de estar seguros de que el trato vale
la pena como para soportar el mal tiempo que se nos avecina. En estos momentos,
las cosas se presentan muy arriesgadas.
—¿Y cuándo no? —replicó Ballard—. Dime una sola
ocasión en que no haya habido una crisis en perspectiva.
Se reclinó en la silla e intentó leer en el rostro
de Cripps. El ojo de vi drio era, si acaso, más cándido que el verdadero.
—Estoy harto de este maldito juego —murmuró
Ballard. —¿Por el ruso? —inquirió Cripps; su ojo de vidrio dio vueltas.
—Puede ser.
—Créeme —le dijo Cripps—, tengo buenos motivos para
ir con cui dado con este hombre. —Dime uno.
—No hay nada comprobado.
—¿Qué tienes contra él? —insistió Ballard.
—Ya te lo he dicho, son rumores —repuso Cripps.
—¿Por qué no se me informó?
Cripps sacudió ligeramente la cabeza y repuso:
—En este momento es algo puramente académico. Me
has propor cionado un buen informe. Sólo quiero que entiendas que si las cosas
no salen como crees que deberían, no es porque no hayamos confiado en tus
evaluaciones.
—Ya veo.
—No, no ves nada —dijo Cripps—. Te sientes
torturado, y no te culpo del todo.
—¿Y ahora, qué? ¿Se supone que tengo que olvidar
que conocí a ese hombre?
—No vendría nada mal —repuso Cripps—. Ojos que no
ven, cora zón que no siente.
Estaba claro que Cripps no se fiaba de Ballard como
para aceptar sus consejos. Aunque en la semana siguiente Ballard realizó
discretamente diversas averiguaciones sobre el caso Mironenko, estaba cantado
que alguien había advertido a su círculo habitual de contactos para que man
tuvieran la boca cerrada. Tal como estaban las cosas, las siguientes noticias
sobre el caso le lle garon a Ballard a través de las páginas de los diarios de
la mañana, en un artículo sobre un cadáver hallado en una casa, cerca de la estación,
en Kaiser Damm. En el momento de leer la noticia, no tenía forma de sa ber cómo
podía estar ligada con Mironenko, pero la nota contenía deta lles suficientes
como para despertar su interés. Por una parte, sospecha ba que la casa indicada
en el artículo había sido utilizada en algunas oca siones por el Servicio; por
otra, el artículo explicaba que dos hombres no identificados habían estado a
punto de ser sorprendidos en el acto de sacar el cadáver de allí, con lo que se
veía que aquél no era un crimen pasional.
Alrededor del mediodía fue a ver a Cripps a sus
oficinas, con la espe ranza de obligarlo a darle alguna explicación, pero
Cripps no estaba dis ponible, ni lo estaría, según le explicó la secretaria,
hasta nuevo aviso; habían surgido ciertos asuntos en Munich que lo habían
obligado a re gresar allí. Ballard le dejó dicho que quería hablar con él en
cuanto re gresara. Cuando volvió a salir al aire frío, notó que se había ganado
un admi rador: un individuo de cara delgada, cuyos cabellos se le habían retirado
de la frente, dejándole una ridícula melena en la parte más alta de la ca beza.
Ballard lo reconoció; lo había visto en el entorno de Cripps, pero no lograba
ponerle nombre a la cara. Se lo proporcionaron rápidamente.
—Suckling —dijo el hombre.
—Ah, claro, hola —dijo Ballard.
—Creo que será mejor que hablemos, si tiene un
momento —le ex plicó el hombre.
Su voz estaba tan contraída como sus facciones;
Ballard no quería saber nada de sus chismorreos. Estaba apunto de rechazar la
oferta, cuando Suckling le dijo:
—Supongo que se habrá enterado de lo que le pasó a
Cripps.
Ballard negó con la cabeza. Encantado de poseer
aquella piedra preciosa, Suckling agregó:
—Tenemos que hablar.
Caminaron por la Kantstrasse hacia el zoológico. La
calle bullía de peatones que iban a comer, pero Ballard apenas reparó en ellos.
La his toria que Suckling le desveló mientras caminaban exigía su absoluta
atención. Se la refirió con sencillez. Al parecer, Cripps había arreglado un en
cuentro con Mironenko para realizar su propia evaluación de la integri dad del
ruso. La casa de Schöneberg, escogida para la reunión, había sido utilizada en
varias ocasiones anteriores, y durante mucho tiempo se la había considerado
como uno de los lugares más seguros de la ciudad. Sin embargo, la noche
anterior quedó probado que no era así. Los hom bres de la KGB habían seguido a
Mironenko hasta la casa y luego inten taron aguarles la fiesta. No había
testigos que pudieran decir lo que ocu rrió después: los dos hombres que habían
acompañado a Cripps, uno de los cuales era Odell, el antiguo colega de Ballard,
habían muerto, y Cripps estaba en coma.
— ¿Y Mironenko? —inquirió Ballard.
—Se lo llevaron a la madre patria, al menos eso se
presume —repuso Suckling encogiéndose de hombros.
Ballard olfateó un soplo de engaño en el hombre.
—Me conmueve que me mantenga usted al día —le
comentó a Suc kling— . Pero ¿por qué?
—Odell y usted eran amigos, ¿no? —fue la
respuesta—. Ahora que Cripps está fuera de circulación, ya no le quedan muchos.
—¿De veras?
—No es mi intención ofenderlo —se apresuró a
aclarar Suckling—. Pero tiene usted reputación de disidente.
—Vaya al grano —le ordenó Ballard.
—No hay ningún grano —protestó Suckling—.
Simplemente creí que tenía que enterarse de lo ocurrido. Con esto me estoy
jugando el pescuezo.
—Buen intento el suyo —dijo Ballard.
Se detuvo. Suckling dio un paso o dos antes de
volverse para encon trarse con un Ballard sonriente.
—¿Quién le ha enviado?
—Nadie —repuso Suckling.
—Muy astuto esto de ponerme al tanto sobre el
chismorreo de la corte. Estuve a punto de creérmelo. Es usted muy verosímil.
El rostro de Suckling no era lo suficientemente
rechoncho como para ocultar un tic en la mejilla.
—¿Por qué motivo sospechan de mí? ¿Creen que
conspiro con Miro nenko? ¿Es eso? No, no creo que sean tan estúpidos.
Suckling sacudió la cabeza, como un médico en
presencia de una en fermedad incurable, y dijo:
—Le gusta hacerse enemigos, ¿eh?
—Es un riesgo del oficio. No se me ocurriría dejar
de dormir por eso. En realidad no lo hago.
—Hay cambios en el aire —dijo Suckling—. En su
lugar, me asegu raría de tener las respuestas preparadas.
—A la mierda las respuestas —repuso Ballard
cortésmente —. Creo que ya es hora de que prepare las preguntas adecuadas.
El que enviaran a Suckling para sondearlo olía a
desesperación Querían información desde dentro, pero, ¿sobre qué? ¿Acaso creían
de verdad que estaba relacionado con Mironenko o, lo que era peor, con la KGB
misma? Dejó que se aplacara su resentimiento, porque levantaba demasiado barro
y necesitaba aguas claras si quería encontrar el modo de salir de aquella
confusión. De alguna manera, Suckling estaba per fectamente en lo cierto: tenía
enemigos, y con Cripps de baja, era vulne rable. En tales circunstancias
existían dos tipos de medidas. Podía re gresar a Londres y ocultarse, o
quedarse en Berlín a esperar la siguiente maniobra por parte de ellos. Se
decidió por esto último. El encanto del juego del escondite se fue difuminando
rápidamente.
Al desviarse hacia el norte, en dirección a
Leibnizstrasse, por el rabi llo del ojo vio el reflejo de un hombre de chaqueta
gris en un escaparate. Fue un leve atisbo, pero tuvo la sensación de que
conocía la cara de ese hombre. Se preguntó si le habrían asignado un perro
guardián. Se dio la vuelta y sus ojos se encontraron con los de aquel hombre;
sostuvo su mi rada. El sospechoso pareció incómodo y apartó la vista. Una
actuación, quizá; aunque quizá no. Poco importaba, pensó Ballard. Que lo vigila
ran todo lo que quisieran. Estaba libre de culpa. Siempre y cuando más acá de
la locura existiera tal estado. Una extraña felicidad embargó a Sergei
Mironenko; felicidad que había llegado sin ton ni son y que llenaba su corazón
a rebosar. Hasta el día anterior, las circunstancias le habían parecido insopor
tables. El dolor en las manos, la cabeza y la columna había empeorado
lentamente, y ahora lo acompañaba una comezón tan conminatoria que había tenido
que cortarse las uñas al ras para no producirse serios da ños. Había llegado a
la conclusión de que su cuerpo se rebelaba en con tra de él. Ése era el
pensamiento que había intentado explicarle a Ba llard: que se encontraba
dividido, y que temía que pronto iba a quedar partido en dos. Pero hoy había
desaparecido el temor.
Pero no los dolores. Eran peores que el día
anterior. Los músculos y los ligamentos le dolían como si los hubieran
trabajado más allá de los lí mites de su propio diseño; en todas las
articulaciones tenía moretones donde la sangre había roto sus cauces, debajo de
la piel. Pero la sensa ción de rebelión inminente había desaparecido para ser
reemplazada por una lánguida tranquilidad. Y en su centro, una felicidad total.
Cuando intentó reflexionar acerca de los últimos acontecimientos, descifrar qué
había desatado esta transformación, su memoria le jugó sucio. Lo habían citado
para encontrarse con el superior de Ballard, de eso se acordaba. Pero ya no
recordaba si había acudido a la cita. La no che había quedado en blanco.
Ballard sabría cómo estaban las cosas, reflexionó. Desde el principio le había
caído bien y había confiado en el inglés; presintió que, a pesar de las muchas
diferencias existentes entre ambos, se parecían más de lo esperado. Y se dejó
guiar por ese instinto; encontraría a Ballard, de eso estaba seguro. El inglés
se sorprendería de verlo, al principio se enfada ría incluso. Pero cuando le
contara a Ballard la felicidad que acababa de encontrar, ¿acaso no le
perdonaría sus pecados?
Ballard cenó tarde, y bebió hasta más tarde aún en
El Cuadrilátero, un pequeño bar de travestidos al que había ido por primera vez
con Odell, hacía ya casi veinte años. Sin duda, su guía había tenido la inten
ción de probar su sofisticación mostrándole al colega bisoño la decaden cia de
Berlín, pero Ballard, aunque nunca había experimentado ningún frisson sexual en
compañía de la clientela del Cuadrilátero, se había sen tido inmediatemente
como en casa. Respetaban su neutralidad; nadie intentaba abordarlo. Dejaban
simplemente que bebiera y observara el desfile de géneros. Al ir allí, aquella
noche, había despertado el fantasma de Odell, cuyo nombre sería borrado de las
conversaciones por su relación con el asunto Mironenko. Ballard había asistido
a ese proceso en otras ocasio nes. La historia no perdonaba los errores, a
menos que fueran tan pro fundos que alcanzaran una especie de grandeza. Para
los Odells del mundo, hombres ambiciosos que se habían encontrado, muy a pesar
de ellos, en un callejón sin salida que no daba lugar a retirada alguna; para
tales hombres no se pronunciarían bonitas palabras, ni se les concede rían
medallas. Sólo existiría para ellos el olvido.
Aquellas reflexiones le produjeron melancolía, y
bebió mucho para mantener sus ebrios pensamientos, pero cuando a eso de las dos
de la madrugada salió a la calle, su depresión se encontraba obnubilada sólo a
medias. Los buenos burgueses de Berlín hacía rato que estaban en la cama; al
día siguiente había que ir a trabajar. El sonido del tráfico de la
Kurfürstendamm era la única señal cercana de vida. Se dirigió hacia allí; sus
pensamientos eran muy ligeros. Detrás de él, risas. Un muchacho, encantadoramente
vestido de es trella de cine, pasó tambaleante por la acera, del brazo de su
serio acompañante. Ballard reconoció al travestido, que era parroquiano del
bar; el cliente, a juzgar por su traje sobrio, provenía de fuera de la ciu dad
y deseaba saciar su sed de muchachos vestidos de chicas a espaldas de su
esposa. Ballard siguió caminando. La risa del muchacho, de una musicalidad
abiertamente forzada, le produjo dentera. Oyó a alguien correr cerca de allí;
por el rabillo del ojo vio moverse una sombra. Seguramente sería su perro
guardián. Aunque el alcohol le había obnubilado los instintos, sintió que
despuntaba una cierta ansie dad, cuyas raíces no logró precisar. Siguió
caminando. Unos temblores ligeros como plumas le recorrieron el cráneo.
Un poco más adelante, notó que la risa proveniente
de la calle que había dejado atrás había cesado. Miró por encima del hombro,
como es perando ver abrazados al muchacho y a su cliente. Pero habían
desaparecido; se habían escabullido por uno de los callejones, sin duda, a con
cluir su trato en la oscuridad. Cerca de allí, en alguna parte, un perro se
había puesto a ladrar furiosamente. Ballard se dio la vuelta para obser var el
camino por el que había venido, retando a la calle desierta a que le mostrara
sus secretos. Fuera lo que fuese lo que le producía el zumbido en la cabeza y
la comezón en las palmas de las manos, no era una ansie dad cualquiera. En la
calle había algo extraño; a pesar de su aspecto ino cente, ocultaba ciertos
terrores. Las luces brillantes de Kurfürstendamm se encontraban a unos mi nutos
de distancia, pero no quería volverle la espalda a este misterio para
refugiarse en ellas. Siguió caminando por donde había venido, len tamente. El
perro ya no experimentaba alarma alguna, y había callado; por toda compañía
tenía el sonido de sus pasos.
Llegó a la esquina del primer callejón y escudriñó
en su interior. No había luces en las ventanas ni en los portales. No presintió
ninguna pre sencia humana en la oscuridad. Cruzó el callejón y caminó hasta el
si guiente. Un olor sensual flotó de repente en el aire, y se hizo más profu so
cuando se acercó a la esquina. Mientras lo aspiraba, el zumbido de la cabeza se
hizo más agudo, hasta alcanzar la amenaza del trueno. En la garganta del
callejón titiló una luz solitaria, un magro relumbre proveniente de una ventana
superior. Gracias a ella, vio el cuerpo del cliente del travestido,
despatarrado en el suelo. Lo habían mutilado de una forma tan traumática que
daba la impresión de que habían intenta do volverlo del revés. De las vísceras
desparramadas, manaba un olor pleno en toda su complejidad. Ballard había visto
muertes violentas en otras ocasiones, y se creyó indiferente al espectáculo.
Pero algo en aquel callejón le había desaliña do la calma. Empezaron a
temblarle las piernas. Entonces, más allá del haz luminoso, el muchacho habló.
—En nombre de Dios... —dijo.
Su voz había perdido toda pretensión de femineidad,
era un murmu llo de genuino terror. Ballard avanzó un paso por el callejón. Ni
el muchacho ni el motivo de su susurrante plegaria fueron visibles hasta que
hubo avanzado unos diez metros. El muchacho se encontraba medio sepultado entre
las ba suras, junto a una pared. Le habían arrancado las lentejuelas y los tafe
tanes; su cuerpo era pálido y asexuado. No pareció notar la presencia de
Ballard: sus ojos estaban fijos en las más profundas sombras. A Ballard le
temblaron aún más las piernas cuando siguió la mirada del muchacho; era lo
máximo que podía hacer para impedir que los dientes le castañetearan. No
obstante, continuó avanzando, no por el bien del muchacho (le habían enseñado
que el heroísmo tenía poco mé rito), sino porque sentía curiosidad; más que
curiosidad, estaba ansioso por ver qué clase de hombre era capaz de semejante
violación fortuita. Ver cara a cara semejante ferocidad le pareció en ese
momento lo más importante del mundo. El muchacho lo vio y murmuró una penosa
súplica, pero Ballard apenas la oyó. Presintió que otros ojos lo miraban, y al
posarse sobre él, fue como si lo hubieran golpeado. El ruido de la cabeza
adquirió un rit mo enloquecedor, como el sonido de los rotores de un helicóptero.
En segundos, se convirtió en un rugido enceguecedor.
Ballard se tapó los ojos con las manos y se
tambaleó hacia atrás, con tra la pared, apenas consciente de que el asesino
salía de su escondite (alguien removió la basura) y se aprestaba a huir. Sintió
que algo lo ro zaba y abrió los ojos justo a tiempo para ver al hombre alejarse
por el pasadizo. Parecía deformado; tenía como una joroba y la cabeza dema
siado grande. Ballard le gritó, pero el enloquecido siguió corriendo; sólo se
detuvo un momento para mirar el cadáver antes de continuar a toda velocidad hacia
la calle. Ballard se apartó de la pared y se irguió. El ruido de la cabeza
dismi nuyó un poco, el mareo se le pasaba. Detrás de él, el muchacho había
comenzado a gemir.
— ¿Lo ha visto? ¿Lo ha visto?
— ¿Quién era? ¿Alguien a quien conocía usted?
El muchacho se quedó mirando a Ballard con sus
enormes ojos pin tados, como un ciervo asustado.
— ¿Alguien...? —dijo.
Ballard se disponía a repetir la pregunta cuando
oyó el chirrido de unos frenos, seguido del sonido de un impacto. El muchacho
se cubrió con el roto trousseau, y Ballard volvió a la calle. Cerca de allí se
oían vo ces; se dirigió hacia ellas a toda prisa. Atravesado en la calzada se
en contraba un coche grande, con las luces encendidas. Alguien ayudaba al
conductor a salir de su asiento, mientras sus pasajeros —venían de una fiesta a
juzgar por los trajes y los rostros enrojecidos por la bebida— dis cutían furiosamente
cómo había ocurrido el accidente. Una de las muje res hablaba de un animal que
había visto en el camino, pero otro de los pasajeros la corrigió. El cuerpo que
yacía en la cuneta, donde había sido arrojado por el impacto, no era el de un
animal.
Ballard apenas había logrado ver al asesino en el
callejón, pero supo instintivamente que era éste. No había rastro de las
deformaciones que había creído distinguir; era sólo un hombre vestido con un
traje que ha bía visto mejores épocas. Yacía boca abajo, en un charco de
sangre. La policía había llegado ya, y un oficial le gritó que se apartara del
cuerpo; Ballard pasó por alto la orden y se acercó para ver el rostro del
muerto. En él no había muestras de la ferocidad que tanto había ansiado ver.
Sin embargo, reconocía en él muchas cosas. Era Odell. Dijo a los oficiales que
no había visto el accidente, lo que en esencia era cierto, y huyó de allí antes
de que se descubrieran los hechos acaeci dos en el callejón adyacente. Al
regresar a sus habitaciones, cada rincón le formulaba una nueva pregunta. La
principal de todas: ¿por qué le habían mentido sobre la muerte de Odell? ¿Qué
psicosis había hecho presa de él para que ma tara de la forma que Ballard había
visto? Sabía que no obtendría la res puesta a estas pregunta de quienes en
otras épocas fueran sus colegas. La única persona a la que hubiera podido
arrancarle alguna respuesta era Cripps. Recordó la discusión que tuvieron sobre
Mironenko. y «los motivos para tener cuidado» mencionados por Cripps en relación
con el ruso. El ojo de vidrio había sabido entonces que había algo en el aire,
aunque ni siquiera él mismo había logrado imaginar el grado del verdadero
desastre. Dos agentes muy valiosos habían sido asesinados; Mironenko había
desaparecido, supuestamente estaría muerto: él mis mo — si había de creer a
Suckling— estaba al borde de la muerte. Todo aquello había comenzado con Sergei
Zakharovick Mironenko. el hom bre perdido de Berlín. Al parecer su tragedia era
contagiosa.
Ballard decidió que al día siguiente encontraría a
Suckling y lo obli garía a darle alguna respuesta. Mientras tanto, le dolían la
cabeza y las manos, y quería dormir. La fatiga le impedía razonar
adecuadamente, y si en algún momento necesitó de esa facultad, era ahora. A
pesar del agotamiento, el sueño tardó una hora o más en llegar, y cuando por
fin lo hizo, no le sirvió de alivio. Soñó con unos susurros y, por encima de
ellos, elevándose como para ahogarlos, el rugido de los helicópteros. En dos
ocasiones despertó del sueño con la cabeza a punto de estallarle: y en las dos
ocasiones, un ansia por comprender lo que decían los susurros lo devolvieron a
la almohada. Cuando despertó por tercera vez. el ruido de las sienes se había
vuelto acuciante: era como un asalto que arrasaba con todo pensamiento, y le
hizo temer por su cordura. Casi incapaz de ver la habitación de tanto dolor,
salió de la cama a rastras.
—Por favor... —murmuró, como si hubiera alguien que
pudiera ayudarlo a superar su miseria.
De la oscuridad surgió una voz tranquila que le
contestó:
— ¿Qué quieres?
No interrogó al interrogador, se limitó a decir:
— Que me quiten el dolor.
— Puedes hacerlo tú mismo —le informó la voz.
Se apoyó contra la pared, sosteniéndose la cabeza
con las manos y llorando agónicas lágrimas. —No sé cómo.
— Los sueños son los que te causan dolor —repuso la
voz—, has de olvidarlos. ¿Entiendes? Olvídalos, y el dolor cesará.
Entendió las instrucciones, pero no sabía cómo
llevarlas a cabo. En el sueño no tenía ningún poder. Era él el objeto de esos
murmullos, y no al revés. Pero la voz insistió.
— El sueño te hace daño, Ballard. Has de
sepultarlo. Sepúltalo bien hondo.
—¿Sepultarlo?
—Haz con él una imagen, Ballard. Imagínatelo
detalladamente.
Hizo lo que le ordenaban. Se imaginó un cortejo
fúnebre, y un ataúd; dentro del ataúd, el sueño. Hizo que los enterradores
cavaran bien hondo, tal como la voz le sugiriera, para que no pudiera nadie de
senterrar jamás aquella dolorosa cosa. Pero cuando imaginó que baja ban el
ataúd a la fosa, oyó que la tapa crujía. El sueño no se estaba quieto.
Rechazaba el confinamiento. La tapa del ataúd comenzó a romperse.
—¡De prisa! —le urgió la voz.
El ruido de los rotores era ensordecedor. Empezó a
manarle sangre de la nariz; sintió un sabor salado en la garganta.
—¡Acaba con él! —aulló la voz por encima del
tumulto—. ¡Tápalo!
Ballard miró dentro de la fosa. El ataúd se
sacudía.
—¡Tápalo, maldita sea!
Intentó obligar al cortejo fúnebre a que
obedeciera; les exigió que empuñaran las palas y sepultaran aquella ofensiva
cosa viviente, pero no le hicieron caso. En cambio, miraron fijamente hacia el
interior de la tumba, igual que él. y observaron cómo el contenido del ataúd
luchaba por alcanzar la luz.
—¡No! —exigió la voz, con creciente cólera—. ¡No
debes mirar!
El ataúd bailó en la fosa. La tapa se astilló.
Brevemente, Ballard lo gró ver algo brillante entre las maderas.
—¡Te matará! —gritó la voz.
Como para probar su aserción, el volumen del sonido
se elevó hasta volverse insoportable, llevándose al cortejo fúnebre, el ataúd y
todo lo demás en una llamarada de dolor. De repente, dio la impresión de que lo
que la voz había dicho era verdad, que estaba al borde de la muerte. Pero no
era el sueño el que conspiraba para matarlo, sino el centinela que habían
apostado entre él y el sueño: aquella cacofonía que le destro zaba los sesos.
Hasta ese momento no había notado que había caído al suelo, pos trado bajo
aquel asalto. Tendió las manos ciegamente y encontró la pa red, se arrastró
hasta ella; las máquinas seguían rugiendo detrás de sus ojos, la sangre se le
agolpó en la cara. Se incorporó como pudo y comenzó a avanzar hacia el lavabo.
A su espalda, la voz había logrado controlar su rabieta e iniciaba la exhorta
ción desde el principio. Su sonido era tan íntimo que se volvió del todo con la
esperanza de ver a su interlocutor; no se sintió defraudado. Por unos fugaces
instantes le dio la impresión de encontrarse en una peque ña habitación sin
ventanas, de blancas paredes. La luz era brillante y en el centro del cuarto
estaba la cara de la que provenía la voz. Sonreía.
— Los sueños te dan dolor —dijo. Otra vez el primer
mandamien to— . Entiérralos, Ballard, y el dolor habrá cesado.
Ballard lloraba como un niño; aquella mirada
escrutadora le pro vocaba vergüenza. Apartó la mirada de su tutor, para ocultar
las lá grimas.
— Confía en nosotros —le dijo otra voz, muy
cercana—. Somos tus amigos.
No se fiaba de sus bonitas palabras. El dolor del
que decían querer salvarlo era obra de ellos; era como una vara con la que le
pegaban si los sueños volvían a surgir.
—Queremos ayudarte —dijo otra voz, o quizá la
misma.
—No... —murmuró Ballard—. No, maldita sea... No...,
no os... creo...
La habitación desapareció y volvió a encontrarse en
el dormitorio, aferrado a la pared como un alpinista a la cara de un risco.
Antes de que regresaran con más palabras, y más dolor, a tientas, llegó a la
puerta del lavabo y ciegamente se abalanzó hacia la ducha. Por un momento, el
pá nico se apoderó de él mientras buscaba los grifos; después, el agua salió a
borbotones. Estaba terriblemente fría, pero puso la cabeza debajo del chorro,
mientras la violencia embestida de los rotores intentaba destro zarle el
cráneo. El agua helada le cayó por la espalda; dejó que la lluvia lo mojara
como un torrente y, poco a poco, los helicópteros se fueron alejando. Aunque
temblaba de frío, no se movió hasta que el último se hubo marchado; entonces,
se sentó en el borde de la bañera, secándose el agua que le caía por el cuello,
la cara y el cuerpo, y poco después, cuando sintió que sus piernas recuperaban
las fuerzas, volvió al dormi torio. Se acostó sobre las mismas sábanas
arrugadas, en la misma posición en que había yacido antes; sin embargo, nada
era igual. No sabía qué había cambiado en él, ni cómo, pero así permaneció, sin
que el sueño molestara su serenidad durante el resto de la noche. Intentó
descifrar aquel enigma; poco antes del amanecer recordó las palabras que había
balbuceado al encontrarse cara a cara con el engaño. Palabras simples, pero
¡cuánto poder encerraban!
—No os creo... —dijo; y los mandamientos temblaron.
Faltaba media hora para el mediodía cuando llegó a
la pequeña em presa exportadora de libros que servía de tapadera a Suckling. Se
sentía ingenioso, a pesar de la mala noche que había pasado; rápidamente lo gró
engatusar a la recepcionista para que lo dejase pasar, y entró en el despacho
de Suckling sin hacerse anunciar. Cuando Suckling vio al visi tante, saltó de
su asiento como si le hubieran disparado.
—Buenos días —le dijo Ballard — . Creo que ya es
hora de que ha blemos.
Los ojos de Suckling se posaron velozmente en la
puerta del despa cho, que Ballard había dejado entreabierta.
—Lo siento, ¿hay corriente? —inquirió Ballard
cerrando la puerta con suavidad—. Quiero vera Cripps.
Suckling paseó la vista por el mar de libros y
manuscritos que ame nazaban con tragarse su escritorio y le preguntó:
—¿Cómo se le ocurre venir aquí? ¿Se ha vuelto loco?
—Dígales que soy amigo, de la familia —sugirió Ballard. —No puedo creer que sea
usted tan estúpido.
— Dígame cómo llegar hasta Cripps y me iré.
Suckling no le prestó atención y prosiguió con su
andanada: —He tardado dos años en crearme esta tapadera. Ballard se echó a
reír.
— ¡Informaré de esto, maldita sea!
—Debería hacerlo —repuso Ballard, levantando la
voz—. Mientras tanto, ¿dónde está Cripps?
Aparentemente convencido de que estaba ante un
loco, Suckling controló su ataque de ira y le dijo:
—Está bien, haré que alguien vaya a visitarlo y lo
conduzca hasta él.
—No me parece bien —repuso Ballard.
En dos zancadas se acercó a Suckling y lo sujetó
por la solapa. En diez años había pasado a lo sumo unas tres horas en compañía
de Suckling, pero en su presencia no había habido un solo instante en el que no
hubiera sentido unas ganas tremendas de hacer lo que se disponía a hacer en ese
momento. Le apartó las manos de golpe y lo empujó contra la pared ta pizada de
libros. Una pila de libros cayó al tocarla Suckling con el pie.
—Se lo repito, quiero ver al viejo.
—Quíteme sus sucias manos de encima —le ordenó
Suckling, con redoblada furia porque lo habían tocado.
—Insisto, quiero ver a Cripps.
—Haré que le llamen la atención por esto. ¡Haré que
lo echen!
Ballard se inclinó hacia la cara enrojecida y
sonrió.
—De todas maneras yo estoy fuera. Han muerto
varios, ¿lo recuer da? Londres necesita un chivo expiatorio, y creo que seré
yo. —Suc kling se quedó de una pieza—. De modo que no tengo nada que perder,
¿verdad? —No hubo respuesta. Ballard se acercó más a Suckling y lo aferró con
mayor fuerza—. ¿Verdad?
—Cripps ha muerto —le informó Suckling, perdiendo
el valor.
—Lo mismo dijo de Odell —repuso Ballard sin
soltarlo. Al oír aquel nombre, los ojos de Suckling se abrieron
desmesuradamente — . Y lo vi anoche, en la ciudad.
—¿Vio a Odell?
—Claro que sí.
Al mencionar al hombre muerto, Ballard recordó la
escena del calle jón. El olor del cuerpo, los sollozos del muchacho. Existían
otras creen cias, pensó Ballard, más allá de la que una vez había compartido
con la criatura que tenía debajo de él. Creencias cuyas devociones se cons
truían con sangre y sudor, cuyos dogmas eran sueños. ¿Acaso no era la oración
perfecta para bautizarse en esa nueva creencia con la sangre del enemigo? En
algún rincón de su mente logró oír los helicópteros, pero no los dejó levantar
vuelo. Se sentía fuerte; las manos, la cabeza, tenían fuerza. Cuando acercó las
uñas hacia los ojos de Suckling, la sangre manó fácilmente. Debajo de la carne
tuvo una visión momentánea de la cara, de los rasgos de Suckling desnudos hasta
la esencia misma.
— ¿Señor?
Ballard miró por encima del hombro. La
recepcionista estaba de pie. en el umbral de la puerta.
— Lo siento —se disculpó la muchacha, dispuesta a
retirarse.
A juzgar por el sonrojo de la chica, era como si
hubiese interrumpido una cita de amantes.
—Quédese —le ordenó Suckling—. El señor Ballard...
ya se iba.
Ballard soltó a su presa. Surgirían otras
oportunidades de cobrarse la vida de Suckling.
— Ya volveremos a vernos —le dijo.
Suckling sacó un pañuelo del bolsillo superior de
la chaqueta y se lo apretó contra la cara.
—Cuente con ello —repuso.
Ahora irían por él, no le cabía ninguna duda. Era
un elemento mo lesto, y lucharían por acallarlo lo antes posible. La idea no le
disgustaba. Lo que habían intentado hacerle olvidar con el lavado de cerebro
era más ambicioso de lo que había previsto; aunque le habían enseñado a
enterrarlo muy hondo, estaba cavando para surgir a la superficie. Toda vía no
lograba verlo, pero sabía que estaba cerca. En más de una oca sión, cuando iba
camino de regreso a sus habitaciones, imaginó que. de trás de él, alguien lo
observaba. Quizá lo seguían todavía, pero su instin to le indicaba lo
contrario. La presencia que sentía cerca —tan cerca que a veces se encontraba
justo a sus espaldas— era quizá otra parte de él. Se sintió protegido por
aquella presencia, como si fuera un dios menor. En cierto modo había esperado
encontrarse con un comité de recep ción en sus habitaciones, pero no había
nadie. Estaba claro que Suck ling había tenido que demorar su llamada de
alarma, o bien que la jerar quía superior continuaba discutiendo las tácticas.
Se metió en los bolsi llos las escasas pertenencias que deseaba ocultar de los
ojos calculadores del enemigo y abandonó otra vez el edificio sin que nadie
hiciera nada por detenerlo.
Era una gran sensación estar vivo, a pesar del
frío, que hacía que las calles mortecinas fueran más mortecinas aún. Sin motivo
aparente, de cidió ir al zoológico; aunque durante veinte años había visitado
la ciu dad en muchas ocasiones jamás había visto el zoológico. Mientras cami
naba, se le ocurrió que nunca había sido tan libre como en ese momento en que
se había despojado del poder como de una chaqueta vieja. Con razón le tenían
miedo. Tenían motivos. La Kantstrasse estaba atestada, pero se abrió paso entre
los tran seúntes con facilidad, como si presintieran una extraña certeza en él
que los obligaba a apartarse. Al acercarse a la entrada del zoo, sin embargo,
alguien tropezó con él. Se volvió para recriminar al muchacho, pero sólo
alcanzó a verle la nuca cuando se confundía con la multitud que iba hacia
Herdenbergstrasse. Sospechó que habían intentado robarle, y se registró los
bolsillos. Encontró un trozo de papel en uno de ellos. No fue tan tonto como
para examinarlo en el acto, sino que echó un vistazo a su alrededor para
comprobar si reconocía al correo. El hombre ya había desaparecido.
Demoró la visita al zoo y se dirigió al Tiergarten;
allí —en la espesu ra del gran parque— buscó un lugar donde leer el mensaje.
Era de Mironenko, y le pedía una cita para hablar de un asunto de considerable
ur gencia; le indicaba una casa en Marienfelde como lugar de encuentro. Ballard
memorizó los detalles y destruyó la nota. Era perfectamente posible que la nota
fuera una trampa, tendida por los de su bando o por los del opuesto. Quizá era
una forma de poner a prueba su lealtad, o de manipularlo para hacerlo caer en
una situación en la que pudieran despacharlo fácilmente. Sin embargo, a pesar
de sus dudas, no le quedaba más remedio que acudir, en la esperanza de que
quien lo citaba fuera en realidad Mironenko. Fueran cuales fuesen los peligros
de aquel encuentro, no le resultaban del todo nuevos. En reali dad, y teniendo
en cuenta las dudas que había abrigado durante tanto tiempo acerca de la
eficacia de la visita, ¿no habían sido todas las citas concertadas por él unas
citas a ciegas? Hacia el anochecer, el aire húmedo se espesó hasta formar una
nie bla; cuando bajó del autobús en Hildburghauserstrasse ya se había apo
derado de la ciudad, otorgándole al frío nuevos poderes para producir
incomodidades.
Ballard avanzó rápidamente por las calles
silenciosas. Apenas cono cía el barrio, pero su proximidad al Muro le había
arrancado el escaso encanto que alguna vez pudo haber tenido. Muchas de las
casas estaban deshabitadas, y las pocas que no lo estaban se encontraban
cerradas a cal y canto para impedir el paso de la noche, el frío y las luces
que brilla ban desde las torres de vigilancia. Sólo con la ayuda del mapa logró
en contrar la callecita que indicaba la nota de Mironenko. En la casa no había
luces. Ballard llamó con fuerza, pero en el ves tíbulo no oyó la respuesta de
unos pasos. Había pensado ya en varias posibilidades, pero el que en la casa no
le contestaran no había sido una de ellas. Volvió a llamar una y otra vez. Sólo
entonces oyó ruidos en el interior; finalmente, le abrieron la puerta. El
pasillo estaba pin tado de gris y marrón, e iluminado por una bombilla desnuda.
El hombre cuya silueta quedó recortada contra el monótono interior no era
Mironenko.
—¿Sí? ¿Qué quiere? —le preguntó.
Hablaba alemán con un claro acento moscovita.
—Busco a un amigo mío —respondió Ballard.
El hombre, que era casi tan ancho como el umbral de
la puerta, negó con la cabeza.
—Aquí no hay nadie. Sólo estoy yo.
— Me dijeron...
—Se habrá equivocado de casa.
En cuanto el portero hubo hecho el comentario,
desde el fondo del triste pasillo le llegaron unos ruidos. Alguien derribaba
unos muebles y empezaba a gritar. El ruso miró por encima del hombro y se
disponía a cerrarle la puer ta en la cara a Ballard, pero éste puso el pie
entre la puerta y el marco y se lo impidió. Aprovechando la distracción del
hombre, Ballard apoyó el hombro contra la puerta y empujó. Se encontró en el
pasillo —en rea lidad ya lo había recorrido hasta la mitad— antes de que el
ruso fuera en su persecución. Los ruidos habían aumentado, ahogados ahora por
los chillidos de un hombre. Ballard siguió aquellos sonidos hasta dejar atrás
los dominios de la solitaria bombilla y adentrarse en la oscuridad del fondo de
la casa. En aquel punto habría muy bien podido perderse, pero justo en ese
instante una puerta se abrió violentamente delante de él. La habitación tenía
el suelo de madera roja; brillaba como si lo aca baran de pintar. Y apareció el
decorador en persona. Le habían abierto el torso desde el cuello hasta el
ombligo. Se apretaba con las manos el canal abierto, pero poco pudo hacer para
detener el torrente; la sangre le brotaba a chorros, y junto con ella saltaron
las vísceras. La mirada del hombre encontró la de Ballard; sus ojos estaban
llenos de muerte a re bosar, pero su cuerpo aún no había recibido la
instrucción de echarse y morir; avanzó a tientas, en un deplorable intento de
huir de la escena de la ejecución.
Ballard se quedó petrificado ante el espectáculo
que contemplaba, y el ruso logró darle alcance; lo sujetó y lo arrastró de
vuelta al pasillo. gritándole a la cara. Ballard no entendió palabra de la
asustada perorata en ruso, pero no hizo falta que le tradujeran lo que le
decían aquellas manos que se cerraron alrededor de su garganta. El ruso no era
tan há bil como él, y aunque en las manos tenía la fuerza de un experto
estrangulador, Ballard no hubo de hacer ningún esfuerzo para sentirse supe rior
a su contrincante. Apartó las manos que le apretaban el cuello y lo golpeó en
la cara. Fue un golpe fortuito. El ruso cayó contra la escalera y dejó de
gritar. Ballard se volvió a mirar la habitación roja. El muerto había desapa
recido, aunque en el umbral de la puerta quedaban trozos de su carne. Desde el
interior le llegó una carcajada. Ballard se volvió hacia el ruso y preguntó:
—En nombre de Dios, ¿qué es lo que ocurre?
El otro se limitó a mirar fijamente hacia la puerta
abierta. Al hablar Ballard, las risas cesaron. Una sombra se movió sobre la
pared manchada de sangre del interior, y una voz dijo:
—¿Ballard?
La voz era ronca, como si el hablante hubiera
gritado un día y una noche enteros, pero era la voz de Mironenko.
—No se quede ahí fuera, hace frío —le dijo—; entre.
Y traiga a Solomonov.
El ruso hizo un esfuerzo por llegar hasta la puerta
principal, pero Ballard logró asirlo antes de que hubiera logrado dar un par de
pasos.
—No hay nada que temer, camarada —le dijo
Mironenko—, el pe rro se ha marchado.
A pesar de la frase tranquilizadora, Solomonov
comenzó a sollozar cuando Ballard lo empujó hacia la puerta abierta. Mironenko
tenía razón; adentro hacía más calor. Y no había señales del perro. Sin
embargo, había sangre en abundancia. El hombre que Ballard había visto
tambalearse en el umbral de la puerta había sido arrastrado de vuelta a aquel
matadero mientras el inglés luchaba con Solomonov. El cuerpo había sido tratado
con una atrocidad sorpren dente. Le habían abierto la cabeza a golpes; y por el
suelo estaban des parramadas sus vísceras. Acuclillado en un oscuro rincón de
aquel horrible cuarto se encon traba Mironenko. A juzgar por la hinchazón de la
cara y del torso, lo ha bían golpeado sin piedad, pero en la cara sin afeitar
se dibujó una sonri sa para su salvador.
—Sabía que vendría —le dijo. Posó la mirada en
Solomonov—. Me siguieron. Supongo que tenían intención de matarme. ¿Era eso lo
que pretendíais, camarada?
Solomonov negó con la cabeza, lleno de miedo. Sus
ojos pasaron rá pidamente de la magullada cara redonda de Mironenko a los
trozos de vísceras desperdigados por todas partes, sin encontrar refugio
alguno.
— ¿Qué los detuvo? —inquirió Ballard.
Mironenko se puso de pie. Incluso aquel lento
movimiento hizo es tremecerse a Solomonov.
—Díselo al señor Ballard —le ordenó Mironenko—.
Dile lo que ocurrió. —Solomonov estaba demasiado aterrado para contestar—. Es
de la KGB —le explicó Mironenko—. Los dos son de confianza. Pero se ve que no
les tenían tanta confianza como para avisarles. Pobres idiotas. Los enviaron a
asesinarme armados de un revólver y una plegaria. —Se echó a reír ante aquel
pensamiento—. En estas circunstancias, ninguna de las dos cosas les sirvió de
mucho.
—Déjame ir... —murmuró Solomonov — , te lo suplico.
No diré nada.
—Dirás lo que ellos quieran que digas, camarada,
tal como hacemos todos —repuso Mironenko—. ¿No es así, Ballard? ¿No somos
esclavos de nuestra fe?
Ballard observó atentamente la cara de Mironenko;
reflejaba una plenitud no del todo atribuible a las magulladuras. Un hormigueo
pare cía recorrerle la piel.
—Nos han vuelto desmemoriados —dijo Mironenko.
—¿De qué nos olvidamos? —preguntó Ballard. —De
nosotros mismos —fue la respuesta.
Al contestar, Mironenko salió de su mugriento
rincón y se plantó en la luz. ¿Qué le habían hecho Solomonov y su compañero
muerto? La carne de Mironenko era una masa de pequeñas contusiones, y en el
cuello y las sienes tenía unos bultos ensangrentados que Ballard habría confun
dido con moretones, de no haberlos visto palpitar, como si algo anidara debajo
de la piel. Sin embargo, Mironenko no dio señales de incomodi dad cuando tendió
la mano hacia Solomonov. Al tocar al frustrado ase sino, éste perdió el control
de la vejiga, pero las intenciones de Miro nenko no eran asesinas. Con una
pavorosa ternura le quitó una lágrima que se deslizaba por la mejilla de
Solomonov.
—Vuelve con ellos —aconsejó al tembloroso hombre —.
Cuéntales lo que has visto.
Solomonov apenas podía creer lo que oía, o bien
sospechó —igual que Ballard— que aquel perdón era una trampa, y que cualquier
intento por alejarse de allí provocaría unas consecuencias fatales. Pero
Mironenko insistió.
—Vete. Déjanos, por favor. ¿O preferirías quedarte
y comer?
Solomonov dio un solo paso vacilante hacia la
puerta. Al comprobar que no le había caído ningún golpe, dio otro paso, y un
tercero, y luego salió por la puerta y se marchó.
— ¡Cuéntales! —les gritó Mironenko. Se oyó un
portazo.
—¿Contarles qué? —preguntó Ballard.
—Que he recordado —repuso Mironenko—. Que he
encontrado la piel que me habían robado.
Por primera vez desde que entrara en la casa,
Ballard comenzó a sentir náuseas. No eran ni por la sangre ni por los huesos
que yacían a sus pies, sino por la mirada de Mironenko. En una ocasión había
visto unos ojos igual de brillantes. Pero ¿dónde?
—Usted... —dijo en voz baja—, usted lo ha hecho.
— Por supuesto —repuso Mironenko.
—¿Cómo? —preguntó Ballard. En la cabeza comenzó a
retumbarle un estruendo familiar. Intentó no prestarle atención y quiso obligar
al ruso a darle una explicación —. ¿Cómo, maldita sea?
—Somos iguales —repuso Mironenko—. Lo huelo en
usted.
—No —negó Ballard.
El clamor aumentaba.
— Las doctrinas no son más que palabras. Lo que
importa no es lo que nos enseñan, sino lo que sabemos, en lo más hondo, en el
alma.
En otra ocasión había hablado del alma, de los
lugares que sus amos habían construido para destrozar a los hombres. Entonces,
Ballard lo había tomado como una extravagancia, pero ya no estaba tan seguro.
¿Qué otra finalidad tenía el cortejo fúnebre sino la de subyugar una par te
secreta de él? La parte más honda, el alma. Antes de que Ballard lograra
encontrar las palabras para expre sarse, Mironenko quedó inmóvil; sus ojos
relucían con mayor brillo que nunca.
—Están afuera —le dijo.
— ¿Quiénes?
—¿De veras importa? —inquirió el ruso encogiéndose
de hom bros—. Los suyos, los míos. Da igual, cualquiera de los dos bandos nos
acallará, si puede.
Era verdad.
—Hemos de darnos prisa —dijo, y se dirigió al
pasillo.
La puerta principal estaba entreabierta. Mironenko
se plantó ante ella en unos segundos. Ballard lo siguió. Juntos se escabulleron
hacia la calle. La niebla había espesado. Remoloneaba alrededor de las farolas,
ensuciando su luz, convirtiendo cada portal en un escondite. Ballard no esperó
para tentar a los perseguidores a que salieran, sino que siguió a Mironenko,
que ya le llevaba bastante ventaja; se movía con rapidez, a pesar de su
corpulencia. Ballard tuvo que acelerar el paso para no per der de vista al
hombre. Lo distinguía un momento, y al momento si guiente se perdía, envuelto
en la niebla. La zona residencial que atravesaron dio paso a unos edificios
anóni mos, depósitos tal vez, cuyas paredes sin ventanas se elevaban en la den
sa oscuridad. Ballard le gritó para que aminorara su baldada marcha. El ruso se
detuvo y se volvió hacia Ballard; su perfil osciló en la luz asedia da. ¿Sería
una jugarreta de la niebla, o acaso el estado de Mironenko se había deteriorado
desde que abandonaran la casa? Daba la impresión de que su cara se caía a
pedazos; los bultos del cuello se habían hinchado todavía más.
—No tenemos que correr —le dijo Ballard—. No nos
siguen.
—Siempre nos siguen —respondió Mironenko.
Para confirmar la observación, Ballard oyó en una
calle cercana unos pasos amortiguados por la niebla.
—No hay tiempo para discutir —murmuró Mironenko, se
volvió en redondo y echó a correr.
En unos segundos, la niebla volvió a encerrarlo en
su secreto. Ballard titubeó un momento más. Aunque sabía que era una impru
dencia, quiso ver a sus perseguidores para reconocerlos en un futuro. Pero
mientras las suaves pisadas de Mironenko se fueron acallando con la distancia,
notó que los otros pasos también habían cesado. ¿Sabrían que los estaba
esperando? Contuvo el aliento, pero no recibió señales de ellos. La niebla
criminal siguió remoloneando. Al parecer, se encon traba solo, envuelto en
ella. A regañadientes, desistió de su propósito y fue tras el ruso a toda
carrera. Unos metros más adelante, el camino se bifurcaba. En ninguna de las
dos direcciones vio señales de Mironenko. Maldiciendo la estupidez que lo
obligó a demorarse, Ballard se internó por el camino en el que la mortaja de la
niebla era más densa. La calle era breve y terminaba en un muro tapizado de
púas; detrás del muro había una especie de parque. La niebla se aferraba a este
espacio de tierra húmeda con más tenacidad que en la calle, y Ballard no
lograba ver más que un par de metros de la parte del jardín en el que se
hallaba. Su intuición le decía que había es cogido el camino correcto, que
Mironenko había escalado el muro y que lo esperaba en alguna parte, muy cerca.
A sus espaldas, la niebla guar daba silencio. Sus perseguidores habían perdido
su pista o bien habían equivocado el camino o las dos cosas. Subió al muro
evitando a duras penas las púas, y se dejó caer del lado opuesto.
La calle le había parecido tan silenciosa que
hubiera podido oír el ruido de un alfiler al caer, pero en realidad no era así,
porque en el inte rior del parque había un silencio aún mayor. Allí, la niebla
era más fría, y se cernía sobre él con más insistencia a medida que avanzaba
por el césped humedecido. El muro que había dejado atrás —su único punto de
referencia en aquel erial— se convirtió en un fantasma y acabó por desaparecer.
Condenado ya, avanzó unos cuantos pasos, sin tener la certeza de seguir un
camino recto. De repente, la cortina de niebla se abrió y vio una figura que lo
esperaba a unos metros de distancia. Las magulladuras le desfiguraban de tal
manera la cara que Ballard no ha bría reconocido a Mironenko a no ser por los
ojos que seguían ardiendo, brillantes. El hombre no esperó a Ballard, sino que
se volvió y salió a medio galope hacia la insolidez, dejando al inglés detrás,
que lo siguió maldicien do la persecución y la presa. En ese momento sintió un
movimiento muy cerca. Sus sentidos de nada le sirvieron en el cerrado abrazo de
la niebla y la noche, pero vio con esos otros ojos, oyó con esos otros oídos y
supo que no estaba solo. ¿Acaso Mironenko había abandonado la carrera y había
vuelto para escoltarlo? Pronunció su nombre, consciente de que al hacerlo
revelaría su situación a cualquiera y a todos, pero igualmente seguro de que
quienquiera que lo acechase ya sabía exactamente dónde estaba.
—Hable —le dijo.
De la niebla no surgió respuesta alguna. Entonces,
otro movimiento. La niebla se enroscó sobre sí misma y Ballard divisó entre sus
divididos velos una silueta. ¡Mironenko! Volvió a gritar su nombre, y dio unos
cuantos pasos en la lobreguez; de repente, alguien avanzó hacia él. Vio al
fantasma sólo por un mo mento, el suficiente como para ver unos ojos
incandescentes y unos dientes tan enormes que deformaban la boca, convertida en
una mueca permanente. De esos dos hechos —dientes y ojos— tuvo una certeza plena.
De las demás rarezas —el vello erizado, los monstruo sos miembros— no estuvo
tan seguro. Tal vez su mente, exhausta por el ruido y el dolor, había terminado
por perder todo asidero con el mundo real, e inventaba terrores para asustarlo
y hacerlo volver a la ig norancia.
—¡Maldición! —exclamó, desafiando al trueno que
volvía para en ceguecerlo otra vez y a los fantasmas que no lograría ver.
Como para poner a prueba su desafío, la niebla
rieló y se abrió, y algo que hubiera podido ser humano, pero que yacía con el
vientre en el suelo, se mostró furtivamente y desapareció. A su derecha oyó
unos gruñidos; a su izquierda apareció otra silueta indeterminada y se desva
neció. Al parecer, estaba rodeado de locos y perros salvajes. ¿Y Mironenko,
dónde estaría? ¿Formaría parte de aquel grupo, o sería presa de él? Al oír a su
espalda una palabra pronunciada a medias, se volvió en redondo y vio una figura
que, claramente, era la del ruso, pero volvió a ocultarse en la niebla. Esta
vez la persiguió a la carrera, y su velocidad se vio recompensada. La figura
reapareció ante él; Ballard tendió la mano para aferrar la chaqueta del hombre.
Sus dedos encon traron un asidero y, de golpe, Mironenko se olvidó; un gruñido
escapó de su garganta, y Ballard se quedó mirando fijamente una cara que casi
le arrancó un grito. Su boca era una herida fresca, los dientes enormes, los
ojos unas rajas de oro fundido; los bultos del cuello se habían hincha do y
extendido, y la cabeza del ruso ya no surgía del cuerpo sino que for maba parte
de una energía indivisa, se convertía en torso sin que entre ambos hubiera
interrupción alguna.
—Ballard — dijo la bestia con una sonrisa.
La voz se aferraba a la coherencia con gran
dificultad, pero Ballard logró captar en ella algún vestigio de la de
Mironenko. Cuanto más ex ploraba la carne ardiente, más crecía su asombro.
—No tenga miedo —le dijo Mironenko.
—¿Qué enfermedad es ésta?
—La única enfermedad que padecía era la del olvido,
y ya estoy cu rado. ..
Al hablar hizo unas muecas, como si cada palabra se
formara contra riando los instintos de su garganta. Ballard se llevó la mano a
la cabeza. A pesar de la aversión que le producía el dolor, el ruido aumentaba
cada vez más. —También usted lo recuerda, ¿verdad? Es igual que yo.
—No —balbució Ballard.
Mironenko tendió hacia él una mano erizada de pelos
para tocarlo y le dijo:
—No tema, no está solo. Somos muchos. Hermanos
todos.
—No soy su hermano —protestó Ballard.
El ruido era tremendo, pero era peor la cara de
Mironenko. Asquea do, le volvió la espalda, pero el ruso se limitó a seguirlo.
—¿Acaso no saborea la libertad, Ballard? Y la vida.
Está al alcance de la mano.
Ballard continuó caminando; comenzó a sangrarle la
nariz. No hizo nada por impedirlo.
—Sólo duele durante unos momentos —le explicó
Mironenko— Después, el dolor desaparece...
Ballard mantuvo la cabeza gacha y los ojos fijos en
el suelo. Al ver que sus palabras no surtían efecto. Mironenko se quedó atrás.
— ¡No permitirán que vuelva! —le gritó—. Ha visto
usted dema siado.
El rugido de los helicópteros no logró acallar
aquellas palabras. Ba llard sabía que encerraban la verdad. Vaciló, y a través
del ruido oyó que Mironenko murmuraba:
—Mire...
La niebla se había vuelto menos densa, y a través
de los jirones de bruma logró ver la pared del parque. Detrás de él, la voz de
Mironenko se había convertido en un gruñido.
—Mire lo que es.
Los rotores rugían; Ballard sintió como si las
piernas fueran a do blársele. Pero siguió avanzando hacia el muro. Cuando
estuvo a unos metros de él, Mironenko volvió a llamarlo, pero ya no con
palabras. Sólo oyó un rugido muy quedo. Ballard no logró resistir la tentación
de mirar, aunque sólo fuera una vez. Y miró por encima del hombro. La niebla
volvió a confundirlo, pero no del todo. Durante unos mo mentos que fueron a la
vez eternos y excesivamente breves, Ballard vio en toda su gloria la cosa que
había sido Mironenko; al verlo, el sonido de los rotores aumentó a un nivel ensordecedor.
Se tapó la cara con las manos. En ese momento sonó un disparo, luego otro, y
luego una ráfa ga. Cayó al suelo abatido por la debilidad, así como para
defenderse; se descubrió la cara y en la niebla vio moverse a varias siluetas
humanas. Aunque se había olvidado de sus perseguidores, ellos no se habían olvi
dado de él. Lo habían seguido hasta el parque, se habían internado en el
corazón de aquella locura, y ahora se encontraban perdidos en la niebla los
hombres, los medio hombres y unas cosas que ya no lo eran, y por to das partes
reinaba la confusión. Vio a un tirador disparando a una som bra, y acto seguido
apareció ante él un aliado con un tiro en el estóma go; vio aparecer una cosa a
cuatro patas y la vio desaparecer erguida en dos; vio a otra correr riendo a
través del hocico y llevando una cabeza humana agarrada por el pelo. Él también
quedó envuelto en la confu sión. Temiendo por su vida, se incorporó y,
tambaleándose, regresó al muro. Prosiguió la sucesión de gritos, disparos y
gruñidos; a cada paso esperaba toparse con una bala o una bestia. Logró llegar
al muro con vida e intentó escalarlo, pero le fallaba la coordinación. No le
quedo más remedio que seguir el muro en toda su extensión hasta llegar al
portal.
Detrás de él proseguían las escenas de
desenmascaramiento, trans formación e identidad errada. Sus debilitados
pensamientos volvieron brevemente a Mironenko. ¿Acaso él, o cualquiera de su
tribu, sobrevi virían a esta masacre?
—Ballard —dijo una voz en la niebla.
Al principio no logró recordar su nombre. Su mente
vagaba como un niño extraviado, aunque su interrogador le exigía una y otra vez
que prestara atención, habiéndole como si fueran viejos amigos. Y en ver dad su
ojo errante tenía un no sé qué de familiar, pues seguía su camino con más
lentitud que su compañero. Por fin se acordó del nombre.
—Tú eres Cripps —le dijo.
—Claro que soy Cripps —repuso el hombre—. ¿Es que
la memoria te está jugando una mala pasada? No te preocupes. Te he administrado
unos supresores, para impedir que perdieras el equilibrio. Aunque no lo creo
probable. Has luchado con el bando correcto, Ballard, a pesar de las
considerables provocaciones. Cuando pienso en la forma en que mu rió Odell... —
Suspiró—. ¿ Recuerdas algo de lo de anoche?
Al principio, su mente estaba en blanco. Pero
luego, los recuerdos comenzaron a llegar. Unas formas vagas moviéndose en la
niebla.
—El parque —dijo, por fin.
—Llegué a tiempo para sacarte. Sólo Dios sabe
cuántos han muerto.
— ¿El otro..., el ruso...?
—¿Mironenko? —sugirió Cripps—. No lo sé. Ya no
estoy al cargo, simplemente intervine para salvar lo que pude. Tarde o
temprano, Lon dres volverá a necesitarnos. En especial ahora que saben que los
rusos cuentan con un cuerpo especial como el nuestro. Ya nos habían llegado
rumores, y cuando te entrevistaste con él, comenzamos a sospechar de Mironenko.
Por eso organicé la cita. Y cuando lo vi cara a cara, lo supe. Tenía algo en
los ojos, algo hambriento.
—Lo vi cambiar...
—Sí, todo un espectáculo, ¿no? Hay que ver la
fuerza que desata. Por eso desarrollamos el programa, para aprovechar esa
fuerza y usarla a nuestro favor. Pero es difícil de controlar. Llevó años de
terapia supresiva, hubo que enterrar lentamente el deseo de transformación,
para quedarnos con un hombre con las facultades de la bestia. Un lobo con piel
de cordero. Creímos que habíamos resuelto el problema: si los sis temas de
creencias no mantenían dominado al sujeto, lo haría la respuesta dolorosa. Pero
nos equivocamos. —Se puso de pie y se dirigió a la ventana—. Ahora tenemos que
empezar de nuevo.
—Suckling dijo que te habían herido.
—No. Simplemente me degradaron. Me ordenaron que
volviera a Londres.
—Pero no volverás.
No logró ver a su interlocutor, aunque reconoció su
voz. La había o en sus delirios, y le había mentido. Sintió un pinchazo en el
cuello. El hombre se le había acercado por detrás y le había metido la aguja.
—Duerma —le dijo la voz. Y con aquella palabra llegó el olvido.
—No, ahora que te he encontrado, no. —Miró a
Ballard de arriba a abajo—. Eres mi vindicación, Ballard. Eres una prueba
viviente de que mis técnicas son viables. Tienes pleno conocimiento de tu
estado, pero la terapia te mantiene dominado.
Se volvió hacia la ventana. La lluvia golpeaba el
cristal. Ballard la sentía casi en la cabeza, en la espalda. Lluvia dulce,
fresca. Por un di choso momento, le pareció correr bajo la lluvia, cerca del
suelo, y el aire se llenaba de los aromas que el chubasco arrancaba al asfalto.
—Mironenkodijo...
—Olvídate de Mironenko —le aconsejó Cripps—. Está
muerto. Tú eres el último del antiguo orden, Ballard. Y el primero del nuevo.
Abajo sonó el timbre. Cripps se asomó a la ventana
y miró hacia la calle.
—Vaya, vaya —dijo—. Una delegación que viene a
rogarnos que volvamos. Espero que te sientas halagado. —Se dirigió a la
puerta—. Quédate aquí. No hace falta que te exhibamos esta noche. Estás cansa
do. Que esperen, ¿no? Que suden.
Abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de
sí. Ballard oyó sus pasos en la escalera. Llamaron otra vez al timbre. Se
levantó y fue hasta la ventana. La lasitud de la luz del atardecer concordaba
con su propia lasitud; la ciudad y él compartían la misma armonía, a pesar de
la maldición que pesaba sobre él. Abajo, un hombre salió del asiento tra sero
de un coche y se acercó a la puerta principal. Incluso desde ese án gulo agudo,
Ballard reconoció a Suckling. Se oyeron voces en el pasillo; al aparecer Suckling,
la discusión se tornó más acalorada. Ballard fue hasta la puerta y escuchó,
pero no lo gró entender demasiado, porque las drogas le obnubilaban la mente.
Rogaba porque Cripps mantuviera su palabra y no les permitiera verlo. No quería
ser una bestia como Mironenko. Aquello no era la libertad. Ser tan horrible no
era la libertad: simplemente era una clase distinta de tiranía. Tampoco quería
convertirse en el primero de la nueva y heroica orden de Cripps. Comprendió que
no pertenecía a nadie, ni siquiera a sí mismo. Se encontraba irremediablemente
perdido. Sin embargo, ¿acaso no había dicho Mironenko, durante aquella primera
cita, que el hombre que no se creía perdido, estaba perdido? Quizá mejor así
—mejor existir en el crepúsculo, entre un estado y el otro, prosperar lo mejor
que podía con la duda y la ambigüedad— que sufrir las certezas de la torre.
La discusión cobró mayor impulso. Ballard abrió la
puerta para oír mejor. Le llegó la voz de Suckling. Su tono era colérico, pero
no por eso menos amenazante.
—Se acabó —le decía a Cripps—. ¿Es que no entiende
el inglés? —Cripps intentó protestar, pero Suckling lo interrumpió—. O nos
acompaña de un modo pacífico, o Gideon y Sheppard lo sacarán a la fuerza. ¿Qué
elige?
—¿Qué es esto? —inquirió Cripps—. Usted no es
quién, Suckling— Es usted un segundón cualquiera.
—Eso era ayer —repuso el hombre—. Se han producido
ciertos cam bios. A todos nos llega el turno, ¿no es así? Usted debería saberlo
mejor que nadie. En su lugar, me llevaría un impermeable. Está lloviendo.
Se produjo un breve silencio, luego Cripps dijo:
—Está bien, les acompañaré.
—Así se hace —dijo Suckling con suavidad—. Gideon,
sube a echar un vistazo.
—Estoy solo —dijo Cripps.
—Le creo —comentó Suckling. Y dirigiéndose a
Gideon, agregó—: De todos modos, sube.
Ballard oyó a alguien cruzar el pasillo, y luego
una serie repentina de movimientos. Cripps intentaba huir o atacar a Suckling,
o ambas cosas. Suckling gritó; se produjo un forcejeo. En medio de la
confusión, sonó un solo disparo. Cripps lanzó un grito, y luego se oyó el ruido
que hizo al caer. Acto seguido, la voz de Suckling gritó enfurecida:
—Estúpido, estúpido.
Cripps masculló algo que Ballard no logró captar.
¿Acaso le habría pedido que lo remataran? Suckling le contestó:
—No, volverá a Londres. Sheppard, córtale la
hemorragia. Gideon, sube.
Ballard se apartó del descansillo de la escalera
cuando Gideon inició el ascenso. Se sentía lento e inepto. No había forma de
salir de aquella trampa. Lo arrinconarían y acabarían con él. Era una bestia;
un perro enfurecido y ofuscado. Ojalá hubiera matado a Suckling cuando tenía
fuerzas para hacerlo. Pero ¿de qué habría servido? El mundo estaba lle no de
hombres como Suckling, hombres que esperaban que les llegara la hora para
mostrar su verdadera naturaleza; hombres viles, blandos, secretos. De repente,
la bestia comenzó a moverse dentro de Ballard, y pensó en el parque y la
niebla, y en la sonrisa que había visto en la cara de Mironenko; sintió que lo
embargaba la pena por algo que nunca ha bía tenido: la vida de un monstruo.
Gideon se encontraba casi en lo alto de la escalera. Aunque eso sólo demoraría
lo inevitable por unos momentos, Ballard se deslizó por el re llano y abrió la
primera puerta que encontró. Era el cuarto de baño. En la puerta había un
pestillo y lo corrió.
El cuarto se llenó del sonido del agua corriente.
Se había roto un tro zo del tubo de desagüe y por él caía un torrente de agua
de lluvia sobre el alféizar de la ventana. Aquel sonido y el frío del cuarto de
baño le re cordaron la noche de los delirios. Recordó el dolor y la sangre,
recordó la ducha —el agua golpeándole el cráneo, aliviándole el dolor amansa
dor—. Al pensarlo, cuatro palabras surgieron de sus labios, incontro ladas.
—No me lo creo.
Gideon le oyó.
—Hay alguien aquí arriba —gritó Gideon.
El hombre se acercó a la puerta y la aporreó.
—¡Abra!
Ballard lo oyó con toda claridad, pero no contestó.
Le quemaba la garganta, y el rugido de los rotores volvía a aumentar.
Desesperado, se recostó contra la puerta. Suckling tardó unos segundos en subir
la escalera y plantarse delante de la puerta.
—¿Quién está ahí dentro? —exigió saber— ¡Conteste!
¿Quién es?
Al no obtener respuesta, ordenó que subieran a
Cripps. Se produjo un mayor alboroto cuando la orden fue obedecida.
—Por última vez... —amenazó Suckling.
En la cabeza de Ballard, la presión fue en aumento.
Esta vez daba la impresión de que el ruido tenía intenciones letales; le dolían
los ojos, como si estuvieran a punto de saltárseles de las órbitas. En el es
pejo que había encima del lavabo logró vislumbrar algo, una cosa con ojos
relucientes, y otra vez surgieron las palabras, «No me lo creo», pero esta vez
su garganta, ocupada en otros menesteres, apenas logró pronunciarlas.
—Ballard —dijo Suckling. El nombre sonó a triunfo—.
Dios mío, también tenemos a Ballard. Es nuestro día de suerte.
No, pensó el hombre reflejado en el espejo. Ahí
dentro no había na die con ese nombre. En realidad, carecía de nombre, porque
¿no eran acaso los nombres el primer acto de fe, la primera tabla del ataúd en
el que se enterraba la libertad? La cosa en la que se estaba convirtiendo era
innombrable, no podía ser encerrada en un ataúd, ni sepultada. Nunca jamás. Por
un momento dejó de ver el cuarto de baño, y se encontró revolo teando sobre la
tumba que le habían obligado a cavar, y en las profundi dades bailaba el ataúd
mientras su contenido pugnaba por impedir su prematuro enterramiento. Logró oír
cómo se astillaba la madera, ¿o se ría el ruido producido por la puerta al ser
derribada? La tapa del féretro se hizo pedazos. Una lluvia de clavos cayó sobre
las cabezas de los miembros del cortejo fúnebre. El ruido, como si su piera que
sus tormentos habían sido infructuosos, desapareció de repen te, y con él los
delirios. Se encontró otra vez en el cuarto de baño, frente a la puerta
abierta. Los hombres que lo miraban tenían cara de tontos. Estupefactos por la
sorpresa de contemplar el cambio producido. De contemplar el hocico, los pelos,
los ojos dorados y los dientes amarillos. Sintió alborozo al ver el horror de
aquellos hombres.
— ¡Mátalo! —dijo Suckling, y empujó a Gideon hacia
el umbral.
El hombre ya había sacado el revólver del bolsillo
y se disponía a apuntar, pero fue demasiado lento. La bestia le aferró la mano
y le des hizo la carne contra el acero. Gideon aulló y bajó la escalera
tambalean te, sin prestar atención a los gritos de Suckling. Cuando la bestia
levantó la mano para oler la sangre que bañaba su palma, se produjo un fogonazo
y sintió un golpe en el hombro. Sheppard no tuvo ocasión de disparar por
segunda vez antes de que su presa salie ra por la puerta y se abalanzara sobre él.
Dejó caer el arma e intentó fú tilmente correr hacia la escalera, pero la mano
de la bestia le abrió la nuca de un solo golpe. El asesino cayó de bruces y el
estrecho rellano se llenó de su olor. Olvidándose de sus otros enemigos, la
bestia se abalan zó sobre las vísceras y comió. Alguien dijo:
—Ballard.
La bestia se tragó los ojos del muerto de un solo
bocado, como si fue ran ostras de calidad.
Y otra vez, aquella palabra:
—Ballard.
Habría continuado con el festín, pero el ruido de
unos sollozos le hizo aguzar los oídos. Estaba muerto para sí mismo, pero no
para la pena. Dejó caer la carne y se volvió a mirar hacia el rellano. El
hombre que lloraba lo hacía con un solo ojo; el otro miraba fija mente y, por
raro que pareciera, seguía intacto. Pero el dolor del ojo vivo era
verdaderamente profundo. Era desesperación, la bestia lo sa bía; aquel
sufrimiento se encontraba demasiado cercano a él como para que la dulzura de la
transformación lo hubiera borrado por completo. Otro hombre sujetaba al que
sollozaba, y había colocado el revólver en la sien del prisionero.
—Si da un paso más —dijo el capturador—, le volaré
la cabeza. ¿Me entiende?
La bestia se limpió la boca.
— ¡Dígaselo, Cripps! Es obra suya. Haga que lo
entienda.
El hombre de un solo ojo intentó hablar, pero le
fallaron las pa labras. Por entre sus dedos, manaba sangre de la herida del
abdo men.
—Ninguno de los dos tiene por qué morir —dijo el
capturador. A la bestia no le gustó la música de su voz; era aguda y engañosa—.
Londres preferiría conservarlo con vida. ¿Por qué no se lo dice, Cripps? Dígale
que no quiero hacerle daño.
El hombre sollozante asintió.
—Ballard... —murmuró.
Su voz era más suave que la del otro. La bestia
escuchó.
—Dígame, Ballard... ¿qué se siente?
La bestia no logró entender bien la pregunta.
—Por favor, dígamelo. Sólo por curiosidad se lo
pregunto...
—Maldita sea... —dijo Suckling, presionando el arma
contra la car ne de Cripps—. Esto no es una tertulia.
—¿Bien? —preguntó Cripps, sin prestar atención al
hombre ni al re vólver.
—¡Cállese!
—Contésteme, Ballard. ¿Qué se siente?
Mientras miraba fijamente en los desesperados ojos
de Cripps, el significado de los sonidos proferidos adquirió sentido, las
palabras fue ron ocupando su sitio, como las piezas de un mosaico.
—¿Es bueno? —preguntó el hombre.
Ballard oyó que su garganta lanzaba una carcajada y
allí encontró las silabas para contestar.
—Sí —le contestó al hombre sollozante — . Sí, es
bueno.
No había concluido la respuesta y la mano de Cripps
aferró la de Suckling. Nunca se sabría si intentó suicidarse o escapar. Salió
el dispa ro; una bala atravesó la cabeza de Cripps y desparramó su desespera
ción por el techo. Suckling se desembarazó del cuerpo y se dispuso a apuntar de
nuevo, pero la bestia ya se le había echado encima. Si hubiera tenido más de
hombre, a Ballard se le habría ocurrido ha cer sufrir a Suckling, pero no
abrigaba tan perversa ambición. Sólo pen saba en eliminar al enemigo lo más
eficazmente posible. Dos zarpazos letales lo hicieron. Una vez despachado el
hombre, Ballard fue hasta donde yacía Cripps. Su ojo de vidrio había escapado
de la destrucción. Continuaba mirando fijamente; el holocausto que los rodeaba
no había hecho mella en él. Lo sacó de la cabeza mutilada y se lo metió en el
bolsillo; luego salió a la calle, bajo la lluvia.
Oscurecía. No sabía a qué distrito de Berlín lo
habían conducido, pero sus impulsos, libres ya de la razón, lo condujeron por
las callejuelas más ocultas y entre las sombras, hasta un erial de las afueras
de la ciu dad, en medio del cual se elevaba una ruina solitaria. Cualquiera
sabía qué había sido aquel edificio (¿un matadero? ¿un teatro de ópera?), pero
por algún capricho del destino había escapado a la demolición, por más que
todos los demás edificios, en varias manzanas a la redonda, hu bieran sido derribados.
Mientras avanzaba por las ruinas cubiertas de hierbajos, el viento cambió de
dirección y le trajo el olor de su tribu. Eran muchos, y se refugiaban en las
ruinas. Algunos se recostaban con tra las paredes y compartían un cigarrillo;
otros, completamente conver tidos en lobos, vagaban en la oscuridad como
fantasmas de ojos dora dos; otros habrían pasado por humanos, salvo por sus
huellas.
Aunque temía que los nombres estuvieran prohibidos
en aquel clan, le preguntó a un macho que cubría a una hembra al abrigo de la
pared si conocía a un hombre llamado Mironenko. La hembra tenía el lomo sua ve
y sin pelos y del vientre le colgaba una docena de tetas henchidas.
—Escucha —le dijo.
Ballard escuchó y oyó a alguien hablar en un rincón
de las ruinas. La voz iba y venía. Siguió el sonido por el interior sin techo,
hasta donde se encontraba un lobo, con un libro abierto entre las patas
delanteras, ro deado de una atenta audiencia. Al aproximarse Ballard, uno o dos
del grupo volvieron sus ojos luminosos hacia él. El lector se detuvo.
— ¡ Chist! — le chistó uno—, el camarada nos está
leyendo.
Era Mironenko quien había hablado. Ballard entró a
formar parte del corro y se colocó junto a él, y el lector comenzó la historia
desde el principio.
—«Y Dios los bendijo y les dijo: "Creced y
multiplicaos, y llenad la tierra..."»
Ballard había oído ya aquellas palabras, pero esa
noche le parecie ron nuevas.
—«... y conquistadla: y dominad a los peces del
mar, y a las aves del cielo...»
Echó un vistazo a su alrededor, a medida que las
palabras describían
su curso familiar.
—«...y a todas las cosas vivientes que se mueven
sobre la tierra.» En alguna parte, muy cerca, lloraba una bestia.
________________________
Clive Barker (1958- )

No hay comentarios:
Publicar un comentario