© Libro N° 9834. Correspondencias. De L'Isle-Adam, Villiers. Emancipación.
Abril 23 de 2022.
Título original: © Intersigne à l’abbé de Villers, Villiers de
L'Isle-Adam (1838-1889)
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Original: © Correspondencias. Villiers de L'Isle-Adam
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Villiers de L'Isle-Adam
Correspondencias
Villiers de L'Isle-Adam
Al señor abate Victor de Villiers de l’Isle-Adam
Una tarde de otoño en la que, junto a personas con
opinión, tomábamos el té alrededor de un buen fuego, en casa de uno de nuestros
amigos, el barón Xavier de la V... (pálido joven a quien las largas fatigas
militares soportadas en África, siendo joven aún, le habían vuelto de una
debilidad de carácter y de un salvajismo de costumbres poco común), la
conversación recayó sobre un tema de lo más sombrío: se trataba de la
naturaleza de esas coincidencias extraordinarias, asombrosas, misteriosas, que
suceden en la existencia de algunas personas.
-He aquí una historia -nos dijo- que no acompañaré
con ningún comentario. Es verídica. Quizás les parezca impresionante.
Encendimos unos cigarrillos y escuchamos el
siguiente relato:
-En 1876, en el solsticio de otoño, en ese tiempo
en que el número creciente de inhumaciones hechas a la ligera -demasiado
precipitadas- comenzaba a revolver y alarmar a la Burguesía parisina, un cierto
atardecer, hacia las ocho, a la salida de una sesión de espiritismo de las más
curiosas, al volver a mi casa, me sentí bajo la influencia de ese tedio
hereditario cuya negra obsesión desbarata y reduce a la nada los esfuerzos de
la Facultad.
Por instigación doctoral he tenido que
emborracharme en vano, muchas veces, con el brebaje de Avicena; en vano he
intentado convertirme, bajo cualquier fórmula, en quintales de hierro y,
pisoteando todos los placeres, he hecho descender, cual nuevo Robert
d’Arbrissel2, el mercurio de mis ardientes pasiones hasta la temperatura de los
Samoyedas, ¡nada ha prevalecido! ¡Vamos! ¡Decididamente, parece que soy un
personaje taciturno y oscuro! Pero ocurre que, bajo una apariencia nerviosa, yo
debo de estar construido, como suele decirse, a cal y canto, puesto que aún soy
capaz, después de tantas preocupaciones, de contemplar las estrellas. Así pues,
esa noche, una vez en mi habitación, tras encender un cigarrillo con las velas
del espejo, me di cuenta de que estaba mortalmente pálido y me sepulté en un
amplio sillón, antiguo mueble de terciopelo granate acolchado, en el que el
vuelo de las horas, en mis largos ensueños, me parece menos lento. El ataque de
tedio era insoportable hasta el malestar, ¡hasta el abatimiento! Y, como
ninguna distracción mundana lograba apartarme de tales sombras -sobre todo en
medio de las horribles preocupaciones de la capital- decidí, como prueba,
alejarme de París, ir lejos a respirar un poco de naturaleza, entregarme a
ejercicios fuertes, a algunas saludables partidas de caza, por ejemplo, para
intentar distraerme.
Apenas acababa de tener tal pensamiento, en el
mismo instante en que me decidí por esa línea de conducta, vino a mi memoria el
nombre de un viejo amigo, olvidado desde hacía años:
-¡El abate Maucombe!... -dije, en voz baja.
Mi último encuentro con el sabio clérigo databa del
momento de su partida para una larga peregrinación por Palestina. La noticia de
su retomo me había llegado tiempo atrás. El humilde presbítero vivía en un
pueblecito de la Baja Bretaña. ¿Dispondría allí Maucombe de una habitación
cualquiera, de un cuchitril? Seguramente, ¿habría reunido en sus viajes muchos
volúmenes antiguos? ¿Curiosidades del Líbano? ¿Los estanques que hay junto a
las moradas vecinas esconderían, todavía, patos salvajes?... ¡Qué oportunidad!...
Si yo quería disfrutar, antes de los primeros fríos, de la última quincena del
mágico mes de octubre en aquellos rojizos roquedales, si aún pretendía ver
resplandecer los largos atardeceres de otoño en las boscosas alturas, ¡debía
apresurarme!
El reloj dio las nueve. Me levanté; sacudí la
ceniza de mi cigarro. Después, como hombre decidido, me puse el sombrero, la
hopalanda y los guantes; cogí mi maleta y mi escopeta, apagué las velas y salí,
tras cerrar cuidadosamente y con triple vuelta la vieja cerradura secreta que
es el orgullo de mi puerta. Tres cuartos de hora más tarde, el tren de la línea
de Bretaña me llevaba hacia el pueblecito de Saint-Maur, donde estaba destinado
el abate Maucombe; incluso había tenido tiempo, en la estación, de expedir una
carta escrita a toda prisa, en la que prevenía a mi padre de mi partida. A la
mañana siguiente estaba en R..., desde dónde sólo había unas dos leguas hasta
Saint-Maur. Deseoso de pasar una buena noche (para poder utilizar mi escopeta
desde el alba del día siguiente), y ya que toda siesta me parece capaz de
atropellar la perfección de mi sueño nocturno, y para mantenerme despierto a
pesar de mi fatiga, consagré mi jornada a visitar a varios antiguos compañeros
de estudios. Hacia las cinco de la tarde, una vez cumplidos tales deberes, hice
ensillar mi caballo en el Soleil d’Or, donde había permanecido, y, con las
luces del crepúsculo, me encontré ante una aldea.
Mientras caminaba, había recordado al clérigo en
cuya casa tenía la intención de detenerme durante algunos días. El lapso de
tiempo que había transcurrido desde nuestra última entrevista, las excursiones,
los acontecimientos ocurridos entre tanto y su aislamiento debían de haber
modificado su carácter y su persona. Lo encontraría encanecido. Pero conocía la
fortificante conversación del docto rector, y me confortaba pensar en las
veladas que pasaríamos juntos.
-¡El abate Maucombe! -no cesaba de repetirme en voz
baja-, ¡excelente idea!
Al preguntar por su residencia a los ancianos que
apacentaban a los animales a lo largo de las cunetas, tuve la certeza de que el
cura -como perfecto confesor de un Dios misericordioso- había ganado
profundamente el afecto de sus feligreses y, cuando me indicaron el camino del
presbiterio bastante alejado de la manzana de casuchas y chamizos que
constituye el villorio de Saint-Maur, me dirigí hacia allí. Llegué.
El aspecto campestre de la casa, las ventanas y sus
celosías verdes, los tres escalones de asperón, las hiedras, clemátides y las
rosas de té que trepaban por los muros hasta el techo, de donde salía, por un
tubo en forma de veleta, una pequeña humareda, me inspiraron ideas de
recogimiento, de salud y de profunda paz. Los árboles de un prado vecino
mostraban, a través de las cercas de un vallado, sus hojas enmohecidas por la
exasperante estación. Las dos ventanas del único piso brillaban a la luz de Occidente;
entre ellas mediaba una hornacina donde estaba situada la imagen de un santo.
Silenciosamente, eché pie a tierra: até mi caballo al postigo y levanté la
aldaba de la puerta, mientras lanzaba una mirada de viajero al horizonte, a mi
espalda.
Pero éste brillaba de tal forma por encima de los
lejanos bosques de encinas y de pinos salvajes donde los últimos pájaros
volaban en el atardecer; en la lejanía, las aguas de un estanque cubierto de
cañas reflejaban tan solemnemente el cielo, la naturaleza estaba tan hermosa,
entre esos aires calmados, en ese campo desierto, en ese momento en que el
silencio cae, que, sin soltar la aldaba suspendida en el aire, enmudecí.
-¡Oh, tú! -pensé-, que no encuentras el asilo de
tus sueños y para quien la tierra de Canaán, con sus palmerales y sus aguas
vivas, no aparece en medio de las auroras, tras haber caminado tanto bajo duras
estrellas, viajero tan alegre al partir y ahora ensombrecido -corazón hecho
para otros exilios que éstos cuya amargura compartes con malvados hermanos-,
¡mira! ¡Aquí puede uno sentarse en la piedra de la melancolía! ¡Aquí los sueños
muertos resucitan, precediendo los momentos de la tumba! Si quieres tener un
verdadero deseo de morir, acércate: aquí la visión del cielo exalta incluso el
olvido.
Yo me encontraba en ese estado de laxitud en el que
los sensibilizados nervios vibran a la menor excitación. Una hoja cayó a mi
lado; su ruido furtivo me estremeció. ¡Y el mágico horizonte de esa tierra
entró en mis ojos! Me senté, solo, delante de la puerta. Tras algunos
instantes, como la tarde comenzara a refrescar, volví a la realidad. Me levanté
apresuradamente y retomé la aldaba de la puerta contemplando la risueña casa.
Pero, apenas la observé de nuevo distraídamente, me vi forzado a detenerme, preguntándome,
esta vez, si no sería presa de alguna alucinación. ¿Era ésta la casa que yo
acababa de ver? ¿Qué antigüedad denunciaban, ahora, sus largas grietas entre
las pálidas hojas? El edificio tenía un aire extraño; los ladrillos iluminados
por los agónicos rayos del atardecer ardían con una intensa luz; el
hospitalario portal me invitaba con sus tres escalones; pero al concentrar mi
atención en las grises baldosas vi que acababan de ser pulidas, que aún
quedaban señales de letras grabadas, y vi también que provenían del cementerio
vecino, cuyas negras cruces se me aparecían, ahora, al otro lado, a un centenar
de pasos. Y la casa me pareció tan cambiada que me producía escalofríos, y los
ecos del lúgubre golpe de aldaba, que dejé caer en mi aprensión, resonaron, en
el interior de la morada, como la vibración de un toque de difuntos.
Este tipo de visiones, que son más morales que
físicas, se borran con facilidad. Sí, yo era víctima, sin dudarlo un segundo,
de ese abatimiento intelectual que antes indiqué. Estaba tan ansioso por ver un
rostro que, con su humanidad, me ayudase a disipar ese recuerdo, que empujé el
picaporte sin esperar más. Entré. La puerta, movida por un resorte, se cerró
sola, a mis espaldas. Me encontré en un largo corredor en cuyo extremo Nanon,
el ama de llaves, vieja y alegre, bajaba las escaleras con una vela en la mano.
-¡Señor Xavier!... -exclamó ella, muy risueña al
reconocerme.
-¡Buenas noches, mi Nanon! -le respondí,
entregándole a toda prisa mi maleta y mi escopeta.
(Había olvidado mi hopalanda en la habitación del
Soleil d’Or.) Subí. Un minuto después, abracé a mi viejo amigo. La afectuosa
emoción de las primeras palabras y el sentimiento de melancolía por el pasado
nos oprimieron, al abate y a mí, durante algunos momentos. Nanon vino a
traernos la lámpara y a anunciarnos la cena.
-Mi querido Maucombe -dije mientras le cogía el
brazo para bajar-, la amistad intelectual es una cosa para toda la vida y veo
que compartimos tal sentimiento.
-Es propio de espíritus cristianos que tienen una
similitud divina muy cercana, -me respondió-. Sí. El mundo tiene creencias
menos «razonables» por las cuales algunos partidarios sacrifican su vida, su
felicidad, su deber. ¡Son fanáticos!, -acabó sonriendo-. Escojamos, como fe, la
más útil, puesto que somos libres y nos convertimos en nuestra creencia.
-El hecho es -le respondí yo- que ya es muy
misterioso que dos y dos sumen cuatro.
Pasamos al comedor. Durante la cena, el abate, tras
haberme reprochado dulcemente el olvido al que lo había relegado durante tanto
tiempo, me puso al corriente de las costumbres del pueblecito. Me habló de la
región, y me contó dos o tres anécdotas referidas a sus hacendados vecinos. Me
narró sus proezas personales en la caza y sus triunfos en la pesca: por decirlo
todo, fue de una afabilidad y de una vivacidad encantadoras. Nanon, diligente
servidora, se apresuraba, se multiplicaba a nuestro alrededor y su ancha cofia
adquiría movimiento en sus alas. Como liase un cigarrillo mientras tomábamos el
café, Maucombe, que era un antiguo oficial de dragones, me imitó; al
sorprendernos el silencio de las primeras bocanadas en nuestros pensamientos,
me puse a observar atentamente a mi anfitrión. Este sacerdote era un hombre de
cuarenta y cinco años, más o menos, y de gran altura. Largos cabellos grises
rodeaban con sus enrollados rizos su delgado y fuerte rostro. Sus ojos
brillaban con mística inteligencia. Sus rasgos eran regulares y austeros; su
esbelto cuerpo resistía el paso de los años: sabía llevar la larga sotana. Sus
palabras, llenas de ciencia y de dulzura, estaban sostenidas por una voz bien
timbrada que provenía de unos excelentes pulmones. En fin, me parecía que
poseía una salud vigorosa: los años lo había alterado muy poco.
Me hizo pasar a su pequeño salón biblioteca. La
falta de sueño causada por un viaje, predispone al escalofrío; la noche era de
un frío glacial, mensajero del invierno. Así que sentí cierto alivio cuando una
brazada de sarmientos ardió, entre dos o tres leños, ante mis rodillas. Con los
pies en los morillos, y acodados en nuestros sillones de cuero bruñido,
hablamos, naturalmente, de Dios. Yo estaba cansado. Escuchaba sin responder.
-Para concluir -me dijo Maucombe levantándose-,
nosotros estamos aquí para testimoniar, con nuestras obras, nuestras ideas,
nuestras palabras y nuestra lucha contra la Naturaleza, para testimoniar si
damos la talla.
Y terminó con una cita de Joseph de Maistre: «Entre
el Hombre y Dios, sólo hay Orgullo.»
-A pesar de ello -le dije-, ¿acaso no tenemos
nosotros el honor de existir (nosotros, los niños mimados de la Naturaleza) en
un siglo ilustrado?
-Prefiramos la Luz de los siglos -me respondió
sonriendo.
Habíamos llegado al rellano con las velas en las
manos. Un largo pasillo paralelo al de abajo separaba mi habitación de la de mi
anfitrión: insistió en instalarme él mismo. Entramos; miró si faltaba algo y
cuando se acercó a mí para estrecharme la mano y darme las buenas noches, un
vivo reflejo de mi vela cayó en su rostro. ¡Esta vez, me estremecí! ¿Era un
agonizante quien estaba de pie, allí, cerca del lecho? ¡El rostro que estaba
delante de mí no era, no podía ser, el rostro de la cena! O, al menos, si lo
reconocía vagamente, me parecía que no lo había visto, realmente, sino en ese
momento. Una única reflexión me hizo comprender: el abate me producía,
humanamente, la segunda sensación que, por una oscura correspondencia, su casa
me había hecho sentir. La cabeza que contemplaba era grave, muy pálida, de una
palidez mortal, y las pupilas estaban cerradas. ¿Había olvidado mi presencia?
¿Rezaba? ¿Por qué se mantenía así? Su persona estaba revestida de una
solemnidad tan repentina que cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, un
segundo después, el buen abate estaba todavía allí, ¡pero ahora sí que lo
reconocía! ¡En buena hora! Su amistosa sonrisa disipaba en mí cualquier
preocupación. Aquella impresión no había durado tanto como para hacerle una
pregunta. Había sido una aprensión, una especie de alucinación.
Maucombe me deseó, por segunda vez, buenas noches y
se retiró. Una vez solo pensé: «¡Un profundo sueño, eso es lo que necesito!»
Excitado pensé en la Muerte; encomendé mi alma a Dios y me metí en la cama. Una
de las particularidades de la extremada fatiga es la imposibilidad de conciliar
el sueño inmediatamente. Todos los cazadores han sentido lo mismo. Es algo
notorio. Yo esperaba dormir rápida y profundamente. Tenía puestas grandes
esperanzas en una buena noche. Pero, al cabo de diez minutos, me fue preciso
reconocer que el nervioso malestar no se dejaba adormecer. Oía tics-tacs,
breves crujidos de la madera y de las paredes. Sin duda, relojes de muerte.
Cada uno de los imperceptibles ruidos de la noche se correspondía, en todo mi
ser, con una descarga eléctrica. Las negras ramas se agitaban con el viento, en
el jardín. A cada momento, briznas de hiedra golpeaban mi ventana. Tenía un
sentido auditivo comparable al de la gente que muere de hambre.
-He tomado dos tazas de café -pensé-. ¡Es eso!
Y, apoyándome en la almohada, me puse a contemplar,
obstinadamente, la luz de la vela, colocada encima de la mesilla cercana. La
miré con fijeza, por entre las pestañas, con esa intensa atención que la
absoluta distracción del pensamiento da a la mirada. Una pequeña pila de agua
bendita, de porcelana coloreada, con su rama de boj, estaba colgada en la
cabecera de mi cama. Mojé mis párpados con agua bendita para refrescarlos,
luego apagué la vela y cerré los ojos. El sueño se acercaba: la fiebre se apaciguaba.
Iba a dormirme. Tres golpecitos secos, imperativos, sonaron en mi puerta.
-¡Eh! -me dije sobresaltado.
Entonces comprendí que mi primer sueño ya había
comenzado. Ignoraba dónde me encontraba. Me creía en París. Algunos reposos
producen esa clase de ridículos olvidos. Al haber perdido de vista, casi
inmediatamente, la causa principal de mi despertar, me estiré voluptuosamente,
en una completa inconsciencia de mi situación.
-A propósito -me dije a mí mismo de pronto-, pero,
¿han llamado? ¿Quién puede ser?...
En esa parte de mi frase vino a mi memoria la
confusa y oscura noción de que ya no estaba en París sino en un presbiterio de
Bretaña, en casa del abate Maucombe. En un abrir y cerrar de ojos, me encontré
en medio de la habitación. Mi primera impresión, al mismo tiempo que la del
frío en los pies, fue la de una viva luz. La luna llena brillaba, frente a la
ventana, por encima de la iglesia, y, en el suelo, por entre las blancas
cortinas, recortaba su ángulo de llama pálida y desierta. Era medianoche. Mis
ideas eran mórbidas. ¿Qué sucedía? La oscuridad era extraordinaria. Cuando me
aproximaba a la puerta, un rayo de luz, que surgía del ojo de la cerradura,
cayó en mi mano y en mi manga. Había alguien detrás de la puerta: realmente
habían llamado. Sin embargo, a dos pasos del pomo, me detuve. Una cosa me
parecía sorprendente: la naturaleza de la luz que recorría mi mano. Era una luz
helada, sangrienta, que no iluminaba. Por otro lado, ¿cómo podía ser que no
viera ningún rastro de luz bajo la puerta, en el corredor? ¡En verdad, lo que
surgía del ojo de la cerradura me producía la impresión de la mirada
fosforescente de un búho! En ese momento, fuera, el carillón de la iglesia, en
medio del viento nocturno, dio la hora.
-¿Quién está ahí? -pregunté en voz baja.
La luz se apagó: iba a acercarme... Pero la puerta
se abrió, totalmente, lenta y silenciosamente. Ante mí, en el pasillo, estaba,
de pie, una figura alta y negra, un cura, con el sombrero en la cabeza. La luna
lo iluminaba por completo, a excepción del rostro: sólo veía el fuego de sus
pupilas que me observaban con una solemne fijeza. Un halo del otro mundo
envolvía al visitante, su actitud oprimía mi alma. Paralizado por un terror que
instantáneamente llegó al paroxismo, contemplé, en silencio, al desolador
personaje. De pronto, el cura alzó el brazo, lentamente hacia mí. Me mostraba
algo pesado y vago. Era una capa. Una gran capa negra, una capa de viaje. Me la
tendía, ¡como si me la ofreciera!... Cerré los ojos para no verlo. ¡Oh! ¡No
quería verlo! Pero un pájaro nocturno, con un espantoso grito, pasó entre
nosotros, y el viento de su aleteo, al rozar mis párpados, me hizo reabrirlos.
Percibí que volaba por la habitación. Entonces -y con un estertor de angustia,
porque las fuerzas me traicionaban impidiéndome gritar-, cerré la puerta con
mis dos manos crispadas y extendidas y eché violentamente el cerrojo,
¡frenético y con los cabellos erizados!
Cosa extraña, me pareció que todo lo sucedido no
provocaba ningún ruido. Era más de lo que mi organismo podía soportar. Me
desperté. Estaba sentado en la cama, con los brazos estirados hacia delante;
estaba helado, con la frente empapada de sudor; mi corazón golpeaba las paredes
de mi pecho con grandes y sombríos latidos.
-¡Ah! -me dije-. ¡Qué sueño más espantoso!
Sin embargo, mi insuperable ansiedad persistía.
Necesité más de un minuto antes de atreverme a mover el brazo para coger las
cerillas: temía sentir que una mano tomase la mía en la oscuridad y me la
estrechase amigablemente. Tuve un sobresalto al oír el chasquido de las
cerillas en el hierro del candelabro. Encendí la vela. Al punto, me sentí mucho
mejor; la luz, vibración divina, transforma los fúnebres entornos y nos
consuela de los terrores. Decidí beber un vaso de agua fría para reponerme del
todo y salí del lecho. Al pasar delante de la ventana, noté una cosa: la luna
era exactamente igual a la de mi sueño, aunque no la hubiera visto antes de
meterme en la cama; y, al ir, con la vela en la mano, a examinar la cerradura
de la puerta, constaté que una vuelta de llave había sido dada desde dentro,
cosa que yo no había hecho antes de dormirme.
Ante tales descubrimientos, miré a mi alrededor.
Comencé a pensar que el asunto tenía un carácter bastante insólito. Me volví a
acostar, me recosté, e intenté razonar, probándome a mí mismo que todo era un
ataque de sonambulismo muy lúcido, pero esto me tranquilizaba cada vez menos.
Sin embargo, el cansancio se apoderó de mí como una ola, acunó mis negros
pensamientos y me durmió repentinamente en mi angustia. Cuando desperté, un sol
espléndido iluminaba la habitación. Era una mañana radiante. Mi reloj, colgado
en la cabecera del lecho, señalaba las diez. Porque, ¿hay algo mejor que el
día, el sol radiante, para reconfortamos? ¡Sobre todo cuando se siente el
exterior embalsamado y el campo lleno de una fresca brisa en los árboles, y las
espinosas malezas, las cunetas cubiertas de flores totalmente húmedas por el
rocío de la aurora! Me vestí a toda prisa, sin acordarme del oscuro comienzo de
mi última noche. Totalmente recuperado por reiteradas abluciones de agua fría,
bajé. El abate Maucombe se encontraba ya en el comedor: sentado ante una mesa
puesta, leía un periódico mientras me esperaba.
Nos estrechamos la mano.
-¿Has pasado una buena noche, mi querido Xavier?
-me preguntó.
-¡Excelente! -respondí distraídamente (por
costumbre y sin conceder la menor importancia a lo que yo decía).
La verdad es que tenía apetito: eso es todo.
Apareció Nanon trayéndonos el desayuno. Mientras lo tomábamos, nuestra charla
fue a la vez profunda y alegre: el hombre que vive santamente conoce la alegría
y sabe comunicarla. De repente me acordé de mi sueño.
-A propósito, mi querido abate, recuerdo que he
tenido esta noche un sueño singular, y de una rareza... ¿cómo podría
expresarlo? Veamos... ¿sorprendente?, ¿pasmosa?, ¿terrorífica? Juzgue y escoja.
Y, mientras pelaba una manzana, comencé a narrarle
con todo detalle la negra alucinación que había turbado mi primer sueno. En el
momento en que había llegado al gesto del sacerdote al ofrecerme la capa, y
antes de que hubiera iniciado esa frase, se abrió la puerta del comedor. Nanon,
con esa familiaridad propia del ama de llaves de un cura, entró, como un rayo
de sol, en nuestra conversación, e, interrumpiéndome, me entregó un papel.
-¡Aquí tiene una carta «urgente» que un campesino
acaba de traer, hace un instante, para el señor! -dijo.
-¡Una carta! ¡Ya! -exclamé, olvidándome de mi
historia-. Es de mi padre. ¿Cómo es posible? Mi querido abate, me permite que
la lea, ¿no es cierto?
-¡Sin duda! -dijo el abate Maucombe, perdiendo
también la historia de vista y sufriendo magnéticamente el interés que tomaba
en la carta-: ¡sin duda!
La abrí. Así, la súbita irrupción de Nanon había
desviado nuestra atención.
-Vaya -dije-, ¡qué gran contrariedad!: Apenas he
llegado y ya me veo obligado a partir.
-¿Cómo? -preguntó el abate Maucombe, dejando su
taza sin beber.
-Me ha escrito para que regrese a toda prisa, a
causa de un proceso de gran importancia. Esperaba que no se viese la causa
hasta diciembre: pero me avisa que se va a ver en la próxima quincena y como
soy el único que puede ordenar los datos que nos harán ganar el juicio, tengo
que ir... ¡Vaya!, ¡qué fastidio!
-¡Verdaderamente, es enojoso! -dijo el abate-; ¡muy
enojoso! Al menos, prométeme que en cuanto ese asunto haya terminado... El gran
negocio es la salvación: ¡yo esperaba servir para algo en lo referente a la
tuya y te escapas! Yo que pensaba que el buen Dios te había enviado...
-Mi querido abate, -exclamé-, le dejo mi escopeta.
Antes de tres semanas estaré de vuelta y, esa vez, si quiere, me quedaré algún
tiempo.
-Ve, pues, en paz -dijo el abate Maucombe.
-¡Es que se trata de casi toda mi fortuna!
-murmuré.
-¡La fortuna es Dios! -dijo simplemente Maucombe.
-Y mañana, cómo viviría yo si...
-Mañana, no se vive ya -respondió.
En seguida nos levantamos de la mesa, un poco
consolados del contratiempo por la promesa de mi retorno. Fuimos a pasear por
el jardín y a visitar las dependencias del presbiterio. Durante toda la
jornada, el abate me mostró, con complacencia, sus pobres tesoros rurales.
Luego, mientras leía su breviario, me fui, solitario, a los alrededores, para
respirar con deleite el aire fresco y puro. Maucombe, a su vuelta, narró algo
de su viaje a Tierra Santa; todo ello nos mantuvo ocupados hasta la hora del
crepúsculo. Llegó la noche. Tras una frugal cena, le dije al abate Maucombe:
-Amigo mío, el express sale a las nueve en punto.
Desde aquí a R... tengo una hora y media de camino. Necesito media hora para
dejar el caballo en el albergue y pagar la posada; en total, dos horas. Son las
siete: lo dejo ahora mismo.
-Te acompañaré un poco -dijo el sacerdote-: este
paseo será saludable.
-A propósito -le dije yo preocupado-, esta es la
dirección de mi padre (es donde resido en París), por si debemos escribirnos.
Nanon cogió la tarjeta y la depositó en una juntura
del cristal. Tres minutos después, el abate y yo abandonábamos el presbiterio y
avanzábamos por el camino. Yo tenía mi caballo cogido por la brida, como es
lógico. Éramos ya dos sombras. Cinco minutos después de nuestra partida, una
penetrante bruma, una llovizna fina y muy fría, arrastrada por una ráfaga de
viento, golpeó nuestras manos y rostros. Me detuve.
-Mi viejo amigo -dije al abate-, ¡no!,
decididamente, no puedo permitir esto. Su existencia es demasiado preciosa y
esta humedad glacial es malsana. Vuelva. Esta lluvia podría empaparlo
peligrosamente. Regrese, se lo ruego.
Al cabo de unos instante, el abate, pensando en sus
fieles, se rindió a mis razonamientos.
-¿Tengo tu promesa, amigo mío? -me dijo.
Y como yo le tendiera la mano:
-¡Un momento! -añadió-, estoy pensando que aún
tienes mucho camino que hacer y que esta bruma, en efecto, es penetrante.
Tuve un temblor. Estábamos el uno junto al otro,
inmóviles, mirándonos fijamente como dos viajeros impacientes. En ese momento
la luna se elevó por encima de los pinos, detrás de las colinas, iluminando los
prados y los bosques en el horizonte. Ella nos bañó espontáneamente con su
pálida y triste luz, con su llama desierta y blanca. Nuestras siluetas y la del
caballo se dibujaron, enormes, en el camino. Y, por el lado de las viejas
cruces de piedra, allá abajo, viejas cruces ruinosas que se alzan en ese cantón
de Bretaña, aquéllas en las que se posan los funestos pájaros escapados del
bosque de los Agonizantes, oí, a lo lejos, un espantoso grito: el áspero y
alarmante falsete del grajo. Una lechuza de ojos de fósforo, cuya luz temblaba
en una gran rama de una encina, se echó a volar y pasó entre nosotros,
prolongando aquel grito.
-¡Vamos! -continuó el abate Maucombe-, estaré en mi
casa en un minuto; así que ¡tome!, ¡tome esta capa! ¡Tengo mucho interés en
ello... mucho! -añadió con un tono inolvidable-. Me la enviará con el sirviente
de la posada que viene al pueblo todos los días... Se lo ruego.
El abate, mientras pronunciaba esas palabras, me
tendía la negra capa. Yo no veía su rostro, a causa de la sombra que proyectaba
la teja: pero distinguía sus ojos que me observaban con una solemne fijeza. Me
echó la capa sobre los hombros, la abrochó con un aire tierno e inquieto,
mientras yo, sin fuerzas, cerraba los párpados. Y aprovechando mi silencio, se
marchó apresuradamente hacia su casa. En un recodo del camino, desapareció. Con
una cierta fortaleza de ánimo, y también un poco maquinalmente, salté sobre el
caballo. Luego permanecí inmóvil. Ahora yo estaba solo en el camino. Percibía
los mil ruidos del campo. Al reabrir los ojos, vi el inmenso y lívido cielo en
el que huían numerosas nubes sin brillo, escondiendo la luna, la naturaleza
solitaria. A pesar de todo, me mantuve derecho y firme, aunque debía de estar
tan blanco como el papel.
-¡Venga! -me dije-, ¡calma! Tengo fiebre y estoy
sonámbulo. Eso es todo.
Intenté alzar los hombros: un peso secreto me lo
impidió. Mas he aquí que, surgiendo del fondo del horizonte, de lo más profundo
de esos bosques descritos, una bandada de quebrantahuesos, con gran aleteo,
pasó, gritando horribles y desconocidas sílabas, por encima de mi cabeza. Se
posaron en el tejado del presbiterio y del campanario, en la lejanía; y el
viento me trajo sus tristes gritos. A fe mía que tuve miedo. ¿Por qué? ¿Quién
me lo explicará algún día? Yo he visto el fuego; mi espada ha chocado con muchas
otras; mis nervios están mejor templados, quizás, que los de los más flemáticos
y más débiles: sin embargo, afirmo, muy humildemente, que en ese momento tuve
miedo de verdad. Incluso he concebido cierta estima intelectual hacia mi mismo.
Cualquiera no tiene miedo de esas cosas.
Así pues, en silencio, ensangrentaba los flancos
del pobre caballo, y con los ojos cerrados, las riendas sueltas, los dedos
crispados sobre las crines, la capa flotando detrás de mí, sentí que el galope
del animal eran tan violento que iba rozando la tierra con su vientre: de vez
en cuando mi sordo gruñido en su oreja le comunicaba, seguramente y por
instinto, el supersticioso horror que me estremecía muy a mi pesar. De tal
manera que llegamos al pueblo en menos de media hora. El sonido del adoquinado
de las calles me hizo levantar la cabeza y respirar. ¡Casas!, ¡tiendas
iluminadas! ¡Por fin veía rostros humanos tras los cristales! ¡Veía
transeúntes! ¡Abandonaba el país de las pesadillas!
En la posada me instalé ante un buen fuego. La
conversación de los carreteros me sumió en un estado semejante al éxtasis. Yo
salía de la Muerte. Contemplé las llamas por entre mis dedos. Tragué un vaso de
ron. Al fin recobraba el control de mis facultades. Sentía que había vuelto a
la vida. Incluso estaba un poco avergonzado, digámoslo, por mi pánico. ¡Cómo me
tranquilicé, cuando cumplí el encargo del abate Maucombe! ¡Con qué mundana
sonrisa examiné la negra capa, al entregársela al posadero! La alucinación se
había desvanecido. Yo hubiese sido, gustosamente, como dice Rabelais, «un buen
compañero». La capa en cuestión no parecía tener nada de extraordinaria ni
siquiera de particular, a no ser que era muy vieja e incluso estaba remendada,
recosida, y forrada con una especie de extraña ternura. Una profunda caridad,
sin duda, llevaba el abate Maucombe a dar como limosna el dinero de una capa
nueva: al menos, así me explicaba yo la cuestión.
-¡Muy bien! -dijo el posadero-: el chico debe ir al
pueblo en seguida: va a salir ya; al pasar entregará la capa en casa del señor
Maucombe, antes de las diez.
Una hora después, en mi vagón, con los pies en el
calentador, envuelto en mi reconquistada hopalanda, me decía, mientras encendía
un buen cigarro y escuchaba el ruido del silbato de la locomotora:
-Decididamente, prefiero con mucho ese grito al de
los búhos.
Debo confesar que me arrepentía de haber prometido
que regresaría. Finalmente me dormí con un buen sueño, olvidando completamente
lo que desde entonces yo debía considerar como una insignificante coincidencia.
Tuve que detenerme seis días en Chartres para reunir las piezas que luego
llevaron a la favorable conclusión del proceso. Por fin, con la mente llena de
ideas de papeluchos y de ardides y bajo el abatimiento de mi enfermizo
aburrimiento, volví a París, justo la tarde del séptimo día después de mi marcha
del presbiterio. Llegué directamente a mi casa, hacia las nueve. Subí. Encontré
a mi padre en el salón. Estaba sentado, junto a un velador, iluminado por una
lámpara. Tenía una carta abierta en sus manos. Tras algunas palabras:
-¡Estoy seguro de que no sabes la noticia que me
cuenta esta carta! -me dijo-: nuestro buen y viejo amigo el abate Maucombe
murió tras tu partida.
Ante tales palabras sentí una conmoción.
-¡Qué! -respondí.
-Sí, muerto, anteayer, hacia medianoche, tres días
después de que te marchases de su presbiterio, a causa de un frío que cogió en
el camino. La carta es de la vieja Nanon. La pobre mujer parece tener la cabeza
tan perdida, que incluso repite dos veces una misma frase... extraña... a
propósito de una capa... ¡Léela tú mismo!
Me tendió la carta que anunciaba la muerte del
santo sacerdote, en efecto, y leí estas simples líneas:
«Era muy feliz -decía él en sus últimas palabras-,
porque en su último suspiro estaba envuelto y amortajado en la capa que había
traído de su peregrinación por Tierra Santa, y que había tocado EL SANTO
SEPULCRO.»
______________________
Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889)

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