© Libro N° 8628. Historia De La Conquista De México. López de Gómara, Francisco. Emancipación. Mayo 22
de 2021.
Título
original: © Francisco López de Gómara.
Historia De La Conquista De México
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López de Gómara
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HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
Francisco López de Gómara
Historia De La Conquista De
México
Francisco López de Gómara
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Francisco López de Gómara
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
65
PRÓLOGO Y BIBLIOGRAFÍA
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ACTUALIZACIÓN, CRONOLOGÍA Y BIBLIOGRAFÍA
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Colección Clásica, Nº 65
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HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
VIII
PRÓLOGO
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
“LA HISTORIA de la conquista de México” constituye
la parte segunda de la Historia general de Indias, como ya hemos indicado1.
Podemos pensar que la idea primaria de Francisco López de Gómara fue escribir
sólo sobre la conquista de México, pero para ubicarla en el contexto americano,
decidió referirse primero a todo lo acontecido en América. Decimos tal cosa
por-que los dos textos los escribió durante su residencia en la casa de Hernán
Cortés y por supuesto que de sus pláticas con él, y de informaciones reca-badas
de otros conquistadores, le nació el deseo de escribir y dar a conocer todo lo
relativo a la actuación del extremeño en tierras mexicanas.
Para nosotros el plan de la obra tuvo un diseño muy
sencillo. Se trataba de referir la actuación de Hernán Cortés durante la
conquista de México y, a la vez, dar a conocer quiénes eran las gentes que
habitaban estas tierras, así como las costumbres y formas de vida de que eran
poseedores. Éste fue el programa que desarrolló López de Gómara al escribir su
Historia de la con-quista de México, como tendremos oportunidad de comprobar en
el curso de este estudio.
SU CONCEPTO DE LA HISTORIA
Qué mejor que el propio Gómara nos transmita cuál
es su pensamiento acerca de la historia, y método que siguió para escribirla;
así nos dice: “Toda historia, aunque no sea bien escrita, deleita. Por ende, no
hay que
1. Jorge
Gurría Lacroix se refiere al “Prólogo” del v. 64 de Biblioteca Ayacucho, de su
auto-ría (N. de la E.).
BIBLIOTECA AYACUCHO
IX
recomendar la nuestra, sino avisar cómo es tan
apacible cuanto nueva por su variedad de cosas, y tan notable como deleitosa
por sus muchas extrañe-zas”2. Aquí en parte se está curando en salud por si
acaso no gusta, pero al mismo tiempo asegura que será muy deleitosa por sus
muchas extrañezas.
En cuanto al método expresa:
He trabajado por decir las cosas como pasan. Si
algún error o falta hubiere, suplidlo vos por cortesía, y si aspereza o
blandura, disimulad, considerando las reglas de la historia; que os certifico
no ser por malicia. Contar cuándo, dónde y quién hizo una cosa, bien se
acierta, empero, decir cómo es dificulto-so; y así, siempre suele haber en esto
diferencia.3
Párrafos abajo escribe: “Por lo cual he tenido en
esta mi obra dos estilos, soy breve en la historia (de las Indias) y prolijo en
la conquista de México”4.
Acerca de la manera cómo ve nuestro autor la
historia, hay otro ángulo que es su concepción providencialista de la historia.
Nos parece inaudito que López de Gómara, que pasara
diez años en Italia y que estuviera al tanto de las corrientes renacentistas
que privaban en esa península, permaneciera dentro de las normas de la
concepción cristia-na de la historia, por tanto del medievalismo imperante en
España. Es decir, de la historiografía medieval que reconoce la mano de la
Providencia en la historia; pero la reconoce de tal manera que al hombre ya
nada le queda por hacer, según expresa Collingwood.
Esta manera de concebir la historiografía
cristiana, por naturaleza pro-videncialista, la describe Croce como sigue:
La divinidad vuelve a descender y a mezclarse
antropomórficamente en los asuntos humanos, como personaje preponderante o
poderosísimo entre los menos poderosos; y los dioses son ahora los santos y San
Pedro y San Pablo intervienen a favor de éste o aquél pueblo; y San Marcos y
San Jorge, San An-
2. Francisco
López de Gómara, Historia general de las Indias, Madrid, Espasa-Calpe, 1943, t.
I, pp. 1 y 2.
3. Ibid.,
t. I, p. 1.
4. Ibid.,
t. I, p. 1.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
X
drés o San Juanario guían los batallones de
combatientes, uno en competen-cia con otro…5
Por tanto, el hombre no hace sino cumplir con los
designios de la Pro-videncia Divina, convirtiéndose así en un simple ejecutor
de sus mandatos. Esta tesis la sustenta Gómara en sus escritos, como
comprobaremos a con-tinuación. Así, en la batalla entre Cortés y los de
Tabasco, cuando los espa-ñoles están a punto de ser vencidos, apareció
Francisco de Morla en un ca-ballo rucio picado, lo que hizo retraerse a los
indios. A poco toman nuevos ímpetus y tornó el caballo una segunda y tercera
ocasión. Llegado Cortés:
Dijéronle lo que habían visto hacer a uno de a
caballo, y preguntaron si era de su compañía, y como dijo que no, porque
ninguno de ellos había podido venir antes, creyeron que era el apóstol
Santiago, patrón de España. Entonces dijo Cortés: adelante, compañeros, que
Dios es con nosotros y el glorioso San Pe-dro. No pocas gracias dieron nuestros
españoles cuando se vieron libres de las flechas y muchedumbres de indios, con
quien habían peleado, a nuestro Se-ñor, que milagrosamente los quiso librar; y
todos dijeron que vieron por tres veces al del caballo rucio picado pelear en
su favor contra los indios, según arriba queda dicho; y que era Santiago
nuestro patrón.6
Tenemos aquí un caso típico de reminiscencias
épicas, que podemos parangonar con la actuación de los dioses paganos en los
poemas homéri-cos, pero siempre y cuando tomen en cuenta lo expresado por
Croce.
En ésta –la nueva religión cristiana– las fábulas
que se fueron formando y los milagros en que se creyó, se espiritualizaron,
cesaron de ser supersticiones, o sea algo extraño o discordante respecto de la
concepción humanística gene-ral, y se pusieron en armonía con la nueva
concepción supranaturalista y tras-cendente a la cual acompañaban. Así el mito
y el milagro intensificándose en
5. Benedetto
Croce, Teoría e historia de la historiografía, Buenos Aires, Editorial Escuela,
1955, p. 166.
6. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista de México, México, Robredo, 1943,
cap. XX.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XI
el cristianismo, se hacían a la vez distintos de
los mitos y los milagros de los antiguos.7
Ratificamos el acervado providencialismo del
clérigo de Cortés en los siguientes párrafos:
que andaban peleando por los españoles Santa María
y Santiago en un caballo blanco, y decían los indios que el caballo hería y
mataba tantos con la boca y con los pies y manos como el caballero con la
espada, y que la mujer del altar les echaba polvo por las caras y los cegaba; y
así, no viendo al pelear, se iban a sus casas pensando estar ciegos, y allá se
hallaron buenos (...) que sus dioses eran vanos y su religión falsa, y la
nuestra cierta y buena; nuestro Dios justo, verda-dero criador de todas las cosas,
y la mujer que peleaba era madre de Cristo, dios de los cristianos, y el del
caballo blanco era apóstol del mismo Cristo, venido del cielo a defender
aquellos poquitos españoles y a matar tantos indios.8
Podemos concluir diciendo que en tratándose de
Gómara estamos en presencia del más acrecido caso de providencialismo, y que en
algunos as-pectos denota gran ingenuidad.
Por otra parte, Ramón Iglesia, que tanto y tan bien
escudriñara en la obra de nuestro autor, piensa que “Para Gómara, en una
palabra, la historia es esencialmente la biografía de los grandes hombres”9. Y
nos proporciona párrafos del mismo que comprueban fehacientemente su aserto,
como aquel que dice: “Si la historia lo sufriese todos los conquistadores se
habían de nombrar; mas, pues no puede ser, hágalo cada uno en su casa”. En este
pensamiento está implícito que Gómara sólo mencionaría en su Historia de la
conquista… al hacedor de la misma. Seguramente esto llenó de irritación a
Bernal Díaz, porque sólo se ocupaba de Hernán Cortés y pasaba por alto las
actuaciones de la tropa que había participado en la conquista10.
Iglesia saca a colación otros pasajes de las obras
de Gómara que ratifi-
7. Benedetto
Croce, op. cit., p. 166.
8. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista…, cap. CV.
9. Ramón
Iglesia, Cronistas e historiadores de la conquista de México, México, El
Colegio de México, 1942, p. 100.
10. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista…, cap. CLXVII.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XII
can su dicho y que aparecen en la Crónica de los
Barbarrojas y en los Anales del emperador Carlos V, escritos que no son otra
cosa sino biografías de esos personajes, por lo que concluye:
Debemos tener muy presente esta claridad de visión
de Gómara, este deseo suyo de caracterizar plenamente a sus personajes, con
bondades y defectos, dentro de la mayor sobriedad posible. Y de acuerdo con su
idea del papel de-cisivo que las grandes individualidades juegan en la
historia. Si se olvida esto se prescinde de un punto de vista esencial, del que
hay que partir para la com-prensión de la obra de Gómara, y especialmente de la
Conquista de México. Gómara está plenamente dentro de la ideología del Renacimiento
al tener un concepto individualista, aristocrático y heroico de la historia. La
biografía fue uno de los géneros que más desarrollo alcanzaron [sic] en la
época renacentis-ta, época que Burkhardt caracterizó como descubridora del
individuo.11
SUS FUENTES
Ya hemos hecho mención [v. 64 de Biblioteca
Ayacucho] de que en la con-traportada de la primera edición de la Historia
general de las Indias y de la Conquista de México, López de Gómara habla acerca
de las fuentes por él utilizadas para confeccionar su obra, citando al respecto
a Pedro Mártir de Anglería, Hernando Cortés, Gonzalo Fernández de Oviedo y
otros más, sin decir los nombres, que han hecho relaciones sobre lo realizado
por ellos en América. Todas estas obras hacen referencias a la conquista de México,
pero, por supuesto, la que más en particular se refiere a México es la de
Hernán Cortés, en sus Cartas de relación.
Por otra parte el propio Gómara hace mención a una
información que le transmitió Andrés de Tapia sobre el Tzompantli. “Estos palos
hacían muchas aspas por las vigas, y cada tercio de aspa o palo tenía cinco
cabezas ensartadas por las sienes. Andrés de Tapia que me lo dijo, y Gonzalo de
Umbría, las contaron un día, y hallaron ciento treinta y seis mil calaveras en
las vigas y gradas”12.
11. Ramón
Iglesia, op. cit., p. 103.
12. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista…, cap. LXXXII.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XIII
Lo anterior muestra que Andrés de Tapia le
proporcionó esta noticia, pero lo que calla es que no sólo fue esa, sino que ya
sea por medio de charlas, o porque tuviera a la vista el manuscrito de la
Relación de este conquista-dor, los primeros CI capítulos de la Historia de la
conquista…, están inspi-rados o son transcripciones de Tapia, como hemos tenido
oportunidad de comprobar en un artículo publicado en las Memorias de la
Academia Mexi-cana de la Historia13. En ese pequeño trabajo consideramos haber
demos-trado nuestro aserto al hacer el cotejo de los textos de Gómara y de
Tapia, como en los párrafos que transcribimos:
Tapia dice: “Éste es como nuestros dioses, que todo
lo saben, no hay para qué negárselo”14. Gómara escribe: “Éste es como nuestros
dioses, que todo lo sabe; no hay para qué negárselo”15. La única diferencia es
el “saben” por el “sabe”, y hay que hacer notar que hasta la puntuación es
idéntica.
En otros párrafos Tapia expresa: “Si el capitán
quisiere ser loco e irse donde lo maten, váyase solo; e no lo sigamos”16.
Gómara dice: “Si el capitán quiere ser loco e irse donde lo maten, váyase solo;
no lo sigamos”17.
Creemos que es obvio seguir comparando los textos
de Tapia y Góma-ra, pues los citados son lo suficientemente explícitos para
demostrar que, el segundo, aprovechó ya sea las informaciones verbales o los
escritos del pri-mero para escribir su Historia de la conquista…, sin hacer la
correspondien-te referencia o cita de los mismos.
Sin embargo, no descartamos la posibilidad de que
en alguno de esos capítulos pudiera haber usado otra fuente además de Tapia.
Ramón Iglesia y Joaquín Ramírez Cabañas señalan en
sus escritos que Francisco López de Gómara se sirvió de la obra de fray Toribio
de Motoli-nía para redactar su Historia de la conquista de México. El primero
hizo un cotejo de textos de Gómara y Motolinía, principalmente en la parte
relativa
13. Jorge
Gurría Lacroix, “Andrés de Tapia y la Historia de la conquista de México
escrita por Francisco López de Gómara”, Memorias de la Academia Mexicana de la
Historia (Méxi-co), Nº 4 (octubre-diciembre 1969), t. XVIII.
14. Andrés
de Tapia, “Relación”, Colección de documentos para la historia de México
(publi-cada por Joaquín García Icazbalceta), México, Portal de Agustinos, 1866,
t. II, p. 576.
15. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista…, cap. LX.
16. Andrés
de Tapia, op. cit., p. 571.
17. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista…, cap. LI.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XIV
al Mundo Indígena, que no deja lugar a dudas acerca
de la utilización que hizo el clérigo de Cortés de los escritos del
franciscano, pero expresa que “Gómara hizo una valiosa labor de ordenación y
selección de los datos su-ministrados por el franciscano”18.
Por su parte Ramírez Cabañas, en su “Introducción”,
y en notas a pie de plana atribuye a Motolinía algunos datos y textos de la
obra de Gómara19.
El maestro Edmundo O’Gorman en su estudio sobre
Motolinía expre-sa: “El autor [Gómara] no cita expresamente el libro de
Motolinía, pero es indubitable que lo utilizó en la parte relativa a la
conquista de México. Cf. capítulos 24, 67-82, 200-246. Así, sabemos que Gómara
conoció el libro de Motolinía en su compilación definitiva, puesto que hace
referencia a capí-tulos finales de la cuarta y última parte de la obra”20.
A este respecto hay que advertir que hemos dicho en
párrafos anterio-res que los CI primeros capítulos de la obra de Gómara son
transcripciones o están inspirados en la Relación de Andrés de Tapia y que en
el caso del capítulo XXIV, Ramírez Cabañas dice que lo único que hizo nuestro
autor fue tomar las grafías de los nombres indígenas de la obra de Motolinía.
En cuanto al capítulo LXXXII es obvio que pertenece a la Relación de Tapia, ya
que el propio Gómara cita a Tapia como su informante acerca del osario o
Tzompantli. Respecto a los capítulos 200 a 246, sí es notorio que fueron
uti-lizados por el clérigo de Cortés.
Ahora bien, ¿cómo pudo Gómara haber consultado el
manuscrito de Motolinía? Edmundo O’Gorman piensa que fue después de 1543 cuando
fray Toribio terminó su libro y que entre 1544 o 1545 estaría en España, en
donde lo pudo utilizar Gómara, para componer su Historia, la que apare-ció en
155221.
Puede uno pensar que dada la influencia que Hernán
Cortés ejercía sobre los franciscanos y aun sobre Motolinía, tuviera
oportunidad de que le
18. Ramón
Iglesia, op. cit., p. 187 y ss.
19. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista…, p. 18, 100, 213, etcétera.
20. Edmundo
O’Gorman, “Estudio analítico de los escritos históricos de Motolinía”, Fray
Toribio de Motolinía, Memoriales, México, UNAM, Instituto de Investigaciones
Históri-cas, 1971, p. LX.
21. Edmundo
O’Gorman, op. cit., p. XLIX y L.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XV
facilitaran el manuscrito y aun tenerlo en su casa,
lugar en donde pudo ha-berlo consultado Gómara.
De todas las obras anteriormente citadas obtuvo
datos Gómara para redactar su Historia, pero no debemos olvidar que en los años
1522, 1523, 1524, 1525, 1526, 1532 y 1550, aparecieron impresas las Cartas de
relación de Hernán Cortés, y que, de 1540 a 1547 fue su confesor y vivió en su
casa, ya en Valladolid, ya en Castilleja de la Cuesta.
Por tanto, dicho clérigo debió estar mejor enterado
que nadie de los escritos de Cortés, y que éste, a cada momento hacía mención
de ellos para comprobar lo que le refería en sus continuas charlas.
Uno puede imaginar que el ambiente de la residencia
del conquistador estaba impregnado de la historia de la conquista, y que éste,
a cada paso ha-cía reminiscencias de todo lo acaecido, tanto de sus victorias
como de sus descalabros, y que estos últimos le hacían saltar las lágrimas, por
sus compa-ñeros muertos.
Además Gómara no sólo aprovechó los escritos de
Cortés sino que du-rante su permanencia de largos siete años, en su casa, tuvo
la oportunidad de enterarse por boca del propio conquistador de todo lo
acaecido en la campaña de México.
No hace falta gran imaginación para poder
reconstruir una escena muy común en la residencia del extremeño. En ella
estarían representados éste y su confesor, los dos sentados cómodamente, mas el
primero, en el calor de la charla se levantaba, alzaba la voz y gesticulaba, al
emocionarse, al hacer el relato de los sucedidos más interesantes de la
conquista. Gómara estaba se-guramente provisto de pluma y papel para ir tomando
algunas notas. En otras ocasiones, Cortés le dictaba al pie de la letra, no
pudo esto ser de otra manera, ya que en la obra del clérigo de Soria aparecen
alocuciones del con-quistador de distintas dimensiones, y, en algunos casos
hasta entrecomilla-dos, lo que indica que éste fue el procedimiento seguido. De
ello, daremos varios ejemplos:
Oración de Cortés a los soldados.
Señores y amigos: Yo os escogí por mis compañeros,
y vosotros a mí por vues-tro capitán, y todo para en servicio de Dios y
acrecentamiento de su santa fe, y
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XVI
para servir también a nuestro rey, y aun pensando
hacer de nuestro provecho. Yo, como habéis visto, no os he faltado ni enojado,
ni por cierto vosotros a mí hasta aquí: más empero ahora siento flaqueza en
algunos, y poca gana de aca-bar la guerra que traemos entre manos; y si a Dios
place, acabada es ya, a lo menos entendido hasta do llega el daño que nos puede
hacer. El bien que de ella conseguiremos, en parte lo habéis visto, aunque lo
que tenéis de ver y ha-ber es sin comparación mucho más, y excede su grandeza a
nuestro pensa-miento y palabras.22
La plática que hizo Cortés a los de México sobre
los ídolos.
Todos los hombres del mundo, muy soberano rey, y
nobles caballeros y reli-giosos, ora vosotros aquí, ora nosotros allá en
España, ora en cualquier parte, que vivan de él, tienen un mismo principio y
fin de vida, y traen su comienzo y linaje de Dios, casi con el mismo Dios.
Todos somos hechos de una manera de cuerpo, de una igualdad de ánima y de
sentidos; y así, todos somos, no sólo semejantes en el cuerpo y alma, más aún
también parientes en sangre; empero acontece, por la providencia de aquel mismo
Dios, que unos nazcan hermosos y otros feos; unos sean sabios y discretos,
otros necios, sin entendimiento, sin juicio ni virtud; por donde es justo,
santo y muy conforme a razón y a la volun-tad de Dios, que los prudentes y
virtuosos enseñen y doctrinen a los ignoran-tes, y guíen a los ciegos y que
andan errados, y los metan en el camino de salva-ción por la vereda de la
verdadera religión.23
Oración de Cortés después de la Noche Triste.
Yo, señores, haría lo que me rogáis y mandáis, si
os cumpliese, porque no hay ninguno de vosotros, cuanto más todos juntos, por
quien no ponga mi hacien-da y vida si lo ha menester, pues a ello me obligan
cosas que, si no soy ingrato, jamás las olvidaré. Y no penséis que no haciendo
esto que ahincadamente pe-dís, disminuyo o desprecio vuestra autoridad, pues
muy cierto es que con ha-cer al contrario la engrandezco y le doy mayor
reputación; porque yéndonos se acabaría, y quedando, no sólo se conserva, mas se
acrecienta. ¿Qué nación de las que mandaron el mundo no fue vencida alguna vez?
¿Qué capitán, de los famosos digo, se volvió a su casa porque perdiese una
batalla o le echasen
22. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista…, cap. LII.
23. Ibid.,
cap. LXXXVI.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XVII
de algún lugar? Ninguno ciertamente; que si no
perseverara, no saliera vence-dor ni triunfara.24
Consideramos que las transcripciones hechas de los
discursos que nuestro autor hace decir a Hernán Cortés, demuestran plenamente
nuestro aserto en el sentido de que parte del texto de su Historia de la
conquista de México le fue proporcionado directamente por el conquistador.
LA CONTROVERSIA BERNAL DÍAZ-GÓMARA
En 1540 Bernal Díaz del Castillo partió de la
Nueva-España rumbo a la metrópoli, bien pertrechado con toda clase de
recomendaciones y con su información de méritos y servicios. Después de penosos
reveses e intempe-rancias de parte de los funcionarios del Real Consejo, se le
extendió una cédula favorable a sus designios.
En 1541 llega Bernal a Guatemala, pero no se
establece en ella hasta 1549. Es llamado de España en 1550, participando en la
Junta de Valladolid, con el carácter de “conquistador más antiguo de la
Nueva-España”. Mas su estancia en la península fue breve, enterándonos por una
carta que dirige a Carlos V, que el 22 de febrero de 1552, ya se encontraba en
Santiago de Guatemala. Este documento echó por tierra nuestra esperanza de que
en ese viaje hubiere podido adquirir la Historia de las Indias y Conquista de México,
de Francisco López de Gómara, pues según reza en el colofón, apa-
reció en “víspera de Navidad de mil quinientos
cincuenta y dos”25.
No fue sino ya en Guatemala cuando Díaz del
Castillo tuvo oportuni-dad de conocer la Historia de Gómara, y, así nos dice:
“Estando escribiendo en esta mi crónica, por acaso
vi lo que escriben Gómara e Illescas y Jovio en las conquistas de México y
Nueva-España, y des-de que las leí y entendí y vi de su policía y éstas mis
palabras tan groseras y sin primor, dejé de escribir en ella, y estando
presentes tan buenas historias”26.
24. Ibid.,
cap. CXIV.
25. Cartas
de Indias, Madrid, Manuel G. Hernández, 1877, t. I, p. 38.
26. Bernal
Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva-España,
México, Robredo, 1944, cap. XVIII.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XVIII
Es decir, consideró que estaban tan bien escritas
que lo suyo desmere-cería y paró su redacción. Pero más tarde tornó a leerlas
y, como contenían tan gran número de inexactitudes y exageraciones,
torné a proseguir mi relación, porque la verdadera
policía y agraciado compo-ner es decir verdad en lo que he escrito. Y mirando
esto acordé de seguir mi intento con el ornato y pláticas que verán, para que
salga a luz, y hallarán las conquistas de la Nueva-España claramente como se
han de ver. Quiero volver con la pluma en la mano, como el buen piloto lleva la
sonda, descubriendo bajos por la mar adelante, cuando siente que los hay; así
haré yo en decir los borrones de los cronistas; mas no será todo, porque si
parte por parte se hubie-sen de escribir sería más la costa de recoger la
rebusca que en las verdaderas vendimias.27
En otras palabras, la falta de veracidad en los
cronistas y en especial de Gómara, es el incentivo que tuvo Bernal Díaz para
continuar su Relación, aunque dudamos que la hubiese iniciado antes de que
cayera en sus manos el libro del clérigo de Cortés, o sea que si escribió fue
porque le indignó que toda o gran parte de la gloria sobre la conquista la
hiciera recaer sobre Her-nán Cortés. Sobre todo le debió molestar aquella frase
de Gómara: “Si la historia lo sufriese todos los conquistadores se habían de nombrar;
mas, pues no puede ser, hágalo cada uno en su casa”28.
Este desatentado párrafo debió llenar de cólera y
rabia a Bernal Díaz, porque entre otras cosas iba en contra de su ego, pues
para nada se hace mención de su nombre y actuación en la Conquista.
Lo que no confiesa Díaz del Castillo es que gracias
a nuestro autor pudo tener a la vista todo un grandioso panorama de la
conquista de Méxi-co, y todo ello organizado cronológicamente, utilizando un
armazón lógico y sistemático que sólo es factible cuando el autor es poseedor
de una disci-plina universitaria y la correspondiente cultura, como es el caso
de Francis-co López de Gómara. Por tanto podemos asegurar que si no hubiera
existi-do el Gómara, Bernal Díaz tal vez nunca hubiera logrado escribir su Historia
27. Ibid.,
cap. XVIII.
28. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista…, cap. CLXVII.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XIX
verdadera. Por otra parte hay que tomar en cuenta
que también le sirvió para refrescarle la memoria de algunos hechos ya
confusos, ya olvidados.
En ocasiones la envidia y maledicencia de Bernal
llega al grado de:
más bien se parece que Gómara fue aficionado a
hablar tan loablemente del valeroso Cortés, y tenemos por cierto que le untaron
las manos, pues que a su hijo, el marqués que ahora es, le eligió su crónica,
teniendo a nuestro rey y se-ñor, que con derecho se le había de elegir y
encomendar. Y habían de mandar borrar los señores del Real Consejo de Indias
los borrones que en sus libros van escritos.29
La agresividad del conquistador de Medina del
Campo, llega aquí has-ta pedir que sea proscripto el libro de Gómara.
Rebate al de Soria, cuando asegura que en la
batalla de Tabasco se apa-recieron los apóstoles Santiago o señor San Pedro y
termina diciendo que “y yo como pecador, no fuese digno de verlo”.
Demuestra su intemperancia cuando expresa: “Esto es
lo que pasó en este pueblo de Cempoal, y no otra cosa que sobre ello hayan
escrito Góma-ra ni los demás cronistas, que todo es burla y trampas”30.
Quejas y sinsabores contiene el siguiente trozo de
la Historia verdadera:
que he visto que el cronista Gómara no escribe en
su historia ni hace mención si nos mataban o estábamos heridos, ni pasábamos
trabajo, ni adolecíamos, sino todo lo que escribe es como quiere va a bodas, y
los hallábamos hecho. ¡Oh cuán mal le informaron los que tal le aconsejaron que
lo pusiese así en su historia! Y a todos los conquistadores nos ha dado qué
pensar, en lo que ha escrito, no siendo así, y debía considerar que desde que
viésemos su historia habíamos de decir la verdad.31
Tan ingenua como falsa afirmación es desmentida a
cada paso en los escritos del clérigo de Cortés, como cuando expresa: “Quedaron
este día en el un reencuentro y en el otro muchos indios muertos y heridos, y
de los es-
29. Bernal
Díaz del Castillo, op. cit., cap. XVIII.
30. Ibid.,
cap. LII.
31. Ibid.,
cap. LXVI.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XX
pañoles fueron algunos heridos, pero ninguno
muerto, y todos dieron gra-cias a Dios, que los libró de tanta multitud de
enemigos”32.
Y en otro lugar: “Y pelearon con ellos los indios
reciamente, y los mata-ron cuatro españoles, hirieron a muchos otros de los
nuestros, y no murie-ron de ellos sino pocos”33.
Es también interesante advertir, que en el
mencionado párrafo de Ber-nal se contiene una reprimenda contra los que le
informaron a nuestro cro-nista, o sea contra Cortés, cuando escribe: “¡Oh cuán
mal le informaron los que tal le aconsejaron que lo pusiese así en su
historia!”34.
Tropezamos de nuevo con las murmuraciones de Bernal
Díaz, al asen-tar “y en esto que escribe es por sublimar a Cortés y abatir a
nosotros los que con él pasamos, y sepan que hemos tenido por cierto los
conquistadores verdaderos que esto vemos escrito, que le debieron dar oro a
Gómara y otras dádivas porque lo escribiese de esta manera porque en todas las
bata-llas o reencuentros éramos los que sostenían a Cortés, y ahora nos
aniquila en lo que dice este cronista”35.
Pedro Bernal demuestra tal indignación y odio en
contra de Gómara, que asegura que dos personas que habían leído su Historia se
mostraron tan descontentas con las falsedades que contenía que “juraron que
habían de romper el libro e historia de Gómara que tenían en su poder, pues
tantas cosas dice fuera de lo que pasó que no son verdad”36.
En su afán de contrariar el dicho del cronista ni
se da cuenta de la figura alegórica que se representa en esta transcripción: “Y
aquí dice el cronista Gómara en su historia que, por venir el río tinto en
sangre, los nuestros pasa-ron sed, por causa de la sangre”37. A nadie escapa
que se trata de pura ficción.
Continúa Bernal con sus lloriqueos y vuelve a la
carga diciendo:
Lo que veo en estos escritos –de Gómara e Illescas–
y en sus crónicas solamen-te es alabanza de Cortés, y callan y encubren
nuestras ilustres y famosas haza-
32. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista, cap. XLVI.
33. Ibid.,
cap. CVI.
34. Bernal
Díaz del Castillo, op. cit., cap. LXVI.
35. Ibid.,
cap. CXXIX.
36. Ibid.,
cap. CXLI.
37. Ibid.,
cap. CXLII.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XXI
ñas, con las cuales ensalzamos al mismo capitán en
ser marqués y tener la mu-cha renta y fama y nombradía que tiene, y éstos que
escribieron es quien no se hallaron presentes en la Nueva-España; y sin tener
verdadera relación ¿cómo lo podían escribir, sino del sabor de su paladar, sin
ir errados, salvo que en las pláticas que tomaron del mismo marqués?38
Su resentimiento es tan acendrado que osa acusar a
Cortés de mal infor-mar a Gómara, razón por la cual éste dijo cosas no ciertas.
Ramón Iglesia, nuestro admirado investigador de los
textos de la Con-quista, nos proporciona una valiosa conclusión sobre la
disputa ber-naldina:
Me remito a todo el estudio que vengo haciendo, en
especial al de las críticas de Bernal Díaz y al análisis mismo del libro de
Gómara que viene a continua-ción. El escepticismo y el espíritu crítico,
llevados a la exageración, tienen grandes fallas en el terreno de los estudios
históricos. Bien está que se confron-ten textos y se aquilaten testimonios;
pero que se llegue al extremo de recha-zar un libro porque utiliza los datos de
la conquista suministrados por el pro-pio Cortés es un caso monstruoso de la deformación
a que puede llevar el cientifismo histórico. Se reúnen ávidamente noticias de
toda índole, se desen-tierran documentos y crónicas menudas, se coleccionan
puntos de vista diver-sos para lograr una visión de conjunto más cabal, y se da
de lado al biógrafo más inmediato de Cortés. ¿Es que no era éste un hombre que
pudiera inspirar admiración y entusiasmo? ¿Es que no denota una alta calidad
humana la ad-hesión de Gómara al conquistador en momentos que lo más cómodo y
lo más lucrativo hubiera sido atacarle y rebajar sus méritos? ¿Habrá que buscar
el origen de la devoción de Gómara en los quinientos ducados que recibió por
escribir el libro?39
LA CONQUISTA DE MÉXICO EN GÓMARA
La grande y profunda veneración que sentía
Francisco López de Gómara por el conquistador de México, dio motivo a que su
Historia de la conquista
38. Ibid.,
cap. CCXII.
39. Ramón
Iglesia, op. cit., p. 153.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XXII
de México, la dedicara al muy ilustre señor don
Martín Cortés marqués del
Valle, a quien le expresa que:
A ninguno debo intitular, muy ilustre señor, la
Conquista de México, sino a vuestra señoría, que es hijo del que lo conquistó.
Para que así como heredó el mayorazgo herede también la historia. En lo uno
consiste la riqueza, y en lo otro la fama. De manera que andarán juntos honra y
provecho.
Se ha pensado que el haber dedicado su obra al hijo
de Cortés y no al monarca español, unido a los innumerables elogios que vierte
sobre este conquistador, fueron la causal que determinó la prohibición que se
descar-gó en 1553 en contra de la Historia general de las Indias y Conquista de
Méxi-co, que continuara aún después de 1572.
Pasando adelante coincidimos con Iglesia que
“Gómara tiene de la his-toria un concepto individualista, aristocrático y
heroico. Que para él la his-toria es en esencia una colección de semblanzas de
grandes personajes. Se-gún esta concepción, el relato de la Conquista de México
será la biografía de Hernán Cortés”40.
La perspectiva es amplia; pero el punto de origen
es la vida de un hombre. Dentro de sus límites caben los hechos más variados,
más ricos en conse-cuencias.41
En efecto la Historia de la conquista, se inicia
con el nacimiento de Cor-tés y termina con su fallecimiento.
No podía faltar en un escrito de tal índole un
retrato físico moral del personaje estudiado y así aparece:
Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho y de
gran pecho; el color ce-niciento, la barba clara, el cabello largo. Tenía gran
fuerza, mucho ánimo, des-treza en las armas. Fue travieso cuando muchacho, y
cuando hombre fue asen-tado; y así, tuvo en la guerra buen lugar, y en la paz
también. Fue muy dado a
40. Ibid.,
p. 158.
41. Ibid.,
p. 138.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XXIII
mujeres, y diose siempre. Lo mismo hizo al juego, y
jugaba dados a maravilla bien y alegremente. Fue muy gran comedor, y templado
en el beber, teniendo abundancia. Sufría mucho la hambre con necesidad (...).
Era recio porfiando, y así tuvo más pleitos que convenía a su estado (...).
Tratábase como señor, y con tanta gravedad y cordura, que no daba pesadumbre ni
parecía nuevo (...). Era celoso en su casa, siendo atrevido en las ajenas;
condición de putañeros. Era devoto rezador (...)42
Esta pintura que hace Gómara del extremeño no puede
ser considera-da como un panegírico, no es sino la realidad misma, en que se
sacan a cola-ción las grandes virtudes y los grandes defectos de su
personalidad, y nadie mejor que él para ejecutarlo, dado que convivió con
Hernán Cortés duran-te siete años.
No escatima elogios a Cortés cuando habla acerca de
su poder de orga-nización y de su habilidad como militar.
Este fue el aparato que Cortés hizo para su
jornada. Con tan poco caudal ganó tan gran reino. Tal y no mayor ni menor, fue
la flota que llevó a tierras extrañas que aún no sabía. Con tan poca compañía
venció innumerables indios. Nunca jamás hizo capitán con tan chico ejército
tales hazañas, ni alcanzó tantas victo-rias ni sujetó tamaño imperio. Ningún
dinero llevó para pagar aquella gente, antes fue muy adeudado.43
Concede especial importancia al episodio relativo a
Jerónimo de Agui-lar, quien facilitó enormemente el entendimiento con los
indígenas, pues durante su estancia en Yucatán aprendió la lengua maya, gracias
a lo cual don Hernando tomó contacto con la cultura maya y pudo así entenderse
con sus habitantes44.
Respecto a la Malinche consigna una información
errónea, en la que hace decir a esta indígena que era nativa de Viluta,
Jalisco, siendo que lo era de Painalla, una localidad de la Provincia de
Coatzacoalcos. Lo que pre-
42. Francisco
López de Gómara, Historia de la conquista…, cap. CCLII.
43. Ibid.,
cap. VIII.
44. Ibid.,
cap. XII.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XXIV
ocupa es que conociendo Cortés tan bien a Marina,
Gómara asentara que era de Jalisco45.
En la batalla de Cintla o de Tabasco, es en donde
Gómara da las más fervientes muestras de su acendrado providencialismo, al
hacer consistir la victoria obtenida por Cortés, en la aparición del apóstol
Santiago, patrón de España46.
Relata la impresión que causó a los indígenas el
desembarco de los es-pañoles en los arenales de Chalchiucueyehcan: “Los indios
contemplaron mucho el traje, gesto y barbas de los españoles. Maravillábanse de
ver co-mer y correr a los caballos. Temían del resplandor de las espadas.
Caíanse en el suelo del golpe y estruendo que hacía la artillería, y pensaban
que se hundía el cielo a truenos, y rayos; y de las naos decían que venía el
dios Quetzalcóatl con sus templos a cuestas; que era dios del aire, que se había
ido y lo esperaban”47.
Nos informa de cómo los totonacos enteran al
capitán de que existían bandos en la tierra y gran descontento en contra de
Moteczuma48.
Con gran suavidad y sin hacer mención de las
maniobras poco limpias de Cortés, nos dibuja todo lo concerniente a la
fundación del Ayuntamien-to de la Villa Rica de la Veracruz, por medio del cual
se desligó de la autori-dad de Diego Velázquez49.
En relación con las pláticas entre el capitán y los
caciques de Zempoala y Quiahuiztlan refiere su comportamiento
político-diplomático en estos términos:
“Hizo prender a los alguaciles; soltolos;
congraciose de nuevo con Moteczuma, alteró aquel pueblo y la comarca;
ofrecióseles a la defensa, y dejolos rebelados para que tuviesen necesidad de
él”50.
Transcribe la larga lista de los obsequios que
remitió a Carlos V, en la nao capitana, en la que iban Francisco de Montejo,
Alonso Hernández
45. Ibid.,
cap. XXVI.
46. Ibid.,
cap. XX.
47. Ibid.,
cap. XXVI.
48. Ibid.,
cap. XXVIII.
49. Ibid.,
cap. XXX y XXXI.
50. Ibid.,
cap. XXXVI.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XXV
Puerto Carrero y Antón de Alaminos. Junto con esos
regalos envió cartas, dando relación de lo hasta entonces acontecido51.
Cuando los Velazquiztas se amotinan contra Cortés,
nos dice Gómara que sufrió gran enojo, lo que se convirtió en proceso en contra
de los incul-pados, los que confesos fueron sentenciados, unos a muerte y otros
a azotes52.
El famoso capítulo de la destrucción de las naves,
lo maneja como sigue:
Y para que le siguiesen todos aunque no quisiesen,
acordó quebrar los navíos; cosa recia y peligrosa y de gran pérdida; a cuya
causa tuvo bien que pensar, y no porque le doliesen los navíos, sino porque no
se lo estorbasen los compañe-ros; porque sin duda se lo estorbaran y aun se
amotinaran de veras si lo enten-dieran. Determinado pues de quebrantos, negoció
con algunos maestros que secretamente barrenasen sus navíos, de suerte que se
hundiesen, sin los poder agotar ni atrapar; y rogó a otros pilotos que echasen
fama cómo los navíos no estaban más para navegar de cascados y roídos de
broma.53
Por supuesto que primero fueron desmantelados y
después se aprove-chó también la tablazón para la construcción de las casas de
la Villa Rica de Quiahuiztlan. Como corolario expresa: “Pocos ejemplos de éstos
hay, y aquellos son de grandes hombres, como fue Omich Barbarroja, del brazo
cortado, que pocos años antes de esto quebró siete galeones, y fustas por tomar
a Bujía, según yo largamente lo escribo en las batallas de mar de nues-tros
tiempos”54.
Describe la entrada de los españoles a
México-Tenochtitlan, la fastuo-sidad del gobernante mexica y su grandeza,
siendo lo más trascendente el discurso que Moteczuma dirige al capitán, que da
a conocer inveteradas tradiciones que habían de facilitar en un alto porcentaje
la conquista del imperio tenochca. Transcribiremos la parte más significativa:
51. Ibid.,
cap. XXXIX.
52. Ibid.,
cap. XLI.
53. Ibid.,
cap. XLII.
54. Ibid.,
cap. XLIII.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XXVI
Señor y caballeros míos, mucho huelgo de tener
tales hombres como vosotros en mi casa y reino, para les poder hacer alguna
cortesía y bien, según vuestro merecimiento y mi estado; y si hasta aquí os
rogaba que no entrásedes acá, era porque los míos tenían grandísimo miedo de
veros; porque espantabais a la gente con estas vuestras barbas fieras, y que
traíais unos animales que tragaban los hombres, y que como veníais del cielo,
abajabais de allá rayos, relámpagos y truenos, con que hacíais temblar la tierra,
y heríais al que os enojaba o al que os antojaba; mas como ya ahora conozco que
sois hombres mortales, honra-dos, y no hacéis daño alguno, y he visto los
caballos, que son como ciervos, y los tiros, que parecen cerbatanas, tengo por
burla y mentira lo que me decían, y aun a vosotros por parientes, porque según
mi padre me dijo, que lo oyó tam-bién al suyo, nuestros pasados y reyes de
quien yo desciendo no fueron natura-les de esta tierra, sino advenedizos, los
cuales vinieron con un gran señor, y que de allí a poco se fue a su naturaleza;
y que al cabo de muchos años tornó por ellos; mas no quisieron ir, por haber
poblado aquí, y tener ya hijos y mujeres y mucho mando en la tierra. Él se
volvió muy descontento de ellos, y les dijo a la partida que enviaría sus hijos
a que los gobernasen y mantuviesen en paz y jus-ticia, y en las antiguas leyes
y religión de sus padres. A esta causa pues hemos siempre esperado y creído que
algún día vendrían los de aquellas partes a nos sujetar y mandar, y pienso yo
que sois vosotros, según de donde venís, y la noti-cia que decís que ese
vuestro gran rey emperador que os envía, ya de nos tenía. Así que, señor
capitán, sed cierto que os obedeceremos, si ya no traéis algún engaño o
cautela, y partiremos con vos y los vuestros lo que tuviéremos.55
Vierte gran alabanza sobre el de Medellín a
propósito de la victoria que obtuviere en Otumba. “No ha sabido más notable
hazaña ni victoria en In-dias después que se descubrieron; y cuantos españoles
vieron pelear este día a Fernando Cortés afirman que nunca hombre peleó como
él, ni los su-yos así acaudilló, y que él solo por su persona los libró a
todos”56.
Hace resaltar la lealtad de la nación tlaxcalteca,
cuando Xicoténcatl el Mozo, aconseja a su pueblo se combata contra los
españoles, siendo incul-pado por Maxizcatzin y arrojado gradas abajo del
templo57.
55. Ibid.,
cap. LXVI.
56. Ibid.,
cap. CXI.
57. Ibid.,
cap. CXII.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XXVII
Estando los españoles en Tlaxcala, restableciéndose
de la derrota de la “Noche Triste”, Cortés redacta unas ordenanzas que son
indicadoras de su talento legislativo58.
El lanzamiento de los bergantines en el lago de
Tetzcoco debió ser un espectáculo maravilloso, que dejó atónitos a los mexicas.
Cortés con gran emoción se dirigió a su tropa en
esta forma:
Hermanos y compañeros míos, ya veis acabados y
puestos a punto aquellos bergantines, y bien sabéis cuánto trabajo nos cuesta,
y cuánta costa y sudor a nuestros amigos hasta haberlos puesto allí; muy gran
parte de la esperanza que tengo de tomar en breve a México está en ellos;
porque con ellos, o quemare-mos presto todas las barcas de la ciudad, o las
acorralaremos allá dentro en las calles, con lo cual haremos tanto daño a los
enemigos cuanto con el ejército de tierra, que menos pueden vivir sin ellas que
sin comer; cien mil amigos tengo para sitiar a México, que son, según ya
conocéis, los más diestros y valientes hombres de estas partes; para que no os
falte la comida está proveído cumpli-dísimamente. Lo que a vosotros toca es
pelear como soléis, y rogar a Dios por salud y victoria, pues es suya la
guerra.59
Desesperados los mexicanos de no poder defender su
ciudad y del de-sastre que se cernía sobre la nación, imploraban la muerte,
llorando lasti-mosamente: “¡Ah capitán Cortés! pues eres hijo del Sol, ¿por qué
no acabas con el que nos acabe? ¡Oh Sol! que puedes dar vuelta al mundo en tan
bre-ve espacio de tiempo como es un día con su noche, mátanos ya, y sácanos de
tanto y tan largo penar; que deseamos la muerte por ir a descansar con
Que-tzalcóatl, que nos está esperando. Tras esto lloraban y llamaban sus dioses
a grandes voces”60.
La guerra termina con el apresamiento de
Cuauhtémoc, quien al ser presentado ante el capitán español le dice:
Ya yo he hecho todo mi poder para me defender a mí
y a los míos, y lo que obligado era para no venir a tal estado y lugar como
estoy; y pues vos podéis
58. Ibid.,
cap. CXX.
59. Ibid.,
cap. CXXX.
60. Ibid.,
cap. CXLII.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XXVIII
agora hacer de mí lo que quisiéredes, matadme, que
es lo mejor. Cortés lo con-soló y le dio buenas palabras y esperanza de vida y
señorío. Subiole a una azo-tea y rogó mandase a los suyos que se diesen; él lo
hizo, y ellos, que serían obra de setenta mil, dejaron las armas en viéndole.61
ESFUERZO EVANGELIZADOR DE CORTÉS
En las llamadas Bulas Alejandrinas de 1493, por
medio de las cuales el pa-pado donaba la tierra americana a los monarcas
españoles, se estableció la obligación de evangelizar a los habitantes de las
tierras recién descubiertas.
Por ello en las instrucciones que se daban a
conquistadores y coloniza-dores, se les exigía cumplir con lo convenido en las
Bulas de referencia. Así, a Hernán Cortés, en las instrucciones que le diera
Diego Velázquez en 23 de octubre de 1518, se le exigía en la cláusula número
catorce “Y cuidad mucho de doctrinarlos en la verdadera fe, pues ésta es la
causa principal porque sus altezas permiten estos descubrimientos”.
El capitán español fue un gran cumplidor de los
deseos de los monarcas españoles para catequizar a los naturales, cosa que
comprobaremos con las informaciones que nos proporciona Gómara.
Ésta su labor la inicia apenas llegado a Cozumel,
les quitó y destruyó los ídolos poniendo en su lugar cruces e imágenes de la
virgen, la cual según el confesor de Cortés la adoraron con tanta devoción, que
salían después con ella a los navíos españoles que tocaban en la isla diciendo:
“Cortés, Cortés”, y cantando “María, María”62.
Consigna Gómara la siguiente prédica evangelizadora
en Tabasco que atribuye a Cortés:
Y en cuanto a lo que tocaba a la religión, les dijo
la ceguedad y vanidad grandí-sima que tenían en adorar muchos dioses, en
hacerles sacrificios de sangre humana, en pensar que aquellas estatuas les
hacían el bien o mal que les venía, siendo mudas, sin ánima, y hechura de sus
mismas manos. Dioles a entender un Dios, criador del cielo y de la tierra y de
los hombres, que los cristianos ado-
61. Ibid.,
cap. CXLIII.
62. Ibid.,
cap. XI y XIII.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XXIX
raban y servían, y que todos lo debían adorar y
servir. En fin, tanto les predicó, que quebraron sus ídolos y recibieron la
cruz, habiéndoles declarado primero los grandes misterios que en ella hizo y
pasó el Hijo del mismo Dios.63
Después de la batalla de Centla organiza una
procesión el domingo de Ramos y oficia en una misa el padre Juan Díaz64.
En Tlaxcala continúa sus trabajos evangelizadores,
que Gómara nos da a conocer, así como la opinión de los indígenas al respecto:
Viendo pues que guardaban justicia y vivían en
religión, aunque diabólica, siempre que Cortés les hablaba, les predicaba con
los farautes rogándoles que dejasen los ídolos y aquella cruel vanidad que
tenían matando y comiendo hombres sacrificados, pues ninguno de todos ellos
quería ser muerto ni así comido, por más religioso ni santo que fuese; y que
tomasen y creyesen el ver-dadero Dios de cristianos que los españoles adoraban,
que era el criador del cielo y de la tierra, y el que llovía y criaba todas las
cosas que la tierra produce, para sólo uso y provecho de los mortales.65
Más adelante nos da la versión de un discurso del
extremeño en el que encontramos la síntesis de su pensamiento sobre la tarea
evangelizadora:
La causa principal a que venimos a estas partes es
por ensalzar y predicar la fe en Cristo, aunque juntamente con ella se nos
sigue honra y provecho, que po-cas veces caben en un saco. Derrocamos los
ídolos, estorbamos que no sacrifi-casen ni comiesen hombres, y comenzamos a
convertir indios aquellos pocos días que estuvimos en México. No es razón que
dejemos tanto bien comenza-do, sino que vamos a do nos llama la fe y los
pecados de nuestros enemigos, que merecen un gran azote y castigo; que si bien
os acordáis, los de aquella ciu-dad, no contentos de matar infinidad de
hombres, mujeres y niños delante las estatuas en sus sacrificios por honra de
sus dioses, y mejor hablando, diablos, se los comen sacrificados; cosa inhumana
y que mucho Dios aborrece y casti-ga, y que todos los hombres de bien,
especialmente cristianos, abominan, de-
63. Ibid.,
cap. XXIII.
64. Ibid.,
cap. XXIII.
65. Ibid.,
cap. LVI.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XXX
fienden y castigan. Allende de esto, cometen sin
pena ni vergüenza el maldito pecado por que fueron quedadas y asoladas aquellas
cinco ciudades con Sodoma. Pues ¿qué mayor ni mejor premio desearía nadie acá
en el suelo que arrancar estos males y plantar entre estos crueles hombres la
fe, publicando el santo Evangelio?66
Hernán Cortés, consideró, según Gómara que para
poder cumplir con la labor de evangelización, los encomenderos debieran tener
en cada pue-blo un clérigo o un fraile para enseñar la doctrina y entender en
la conver-sión porque muchos pedían el bautismo67.
Hay que recordar que el conquistador en todas sus
cartas pedía al mo-narca español el envío de gente del clero regular para
proceder a la conver-sión de los indígenas, cumpliéndose con esto en el año de
1524 en que arri-baron a México los primeros doce franciscanos, capitaneados
por fray Martín de Valencia. Cortés los recibió con gran acatamiento, se
quitaba la gorra cada vez que les hablaba, ponía la rodilla en tierra y les
besaba su raído hábito; todo ello para dar ejemplo ante los indios que se habían
de volver cristianos. Tal proceder de Cortés los maravillaba, por tratarse de
un capi-tán tan poderoso y tomaban su ejemplo.
Es así como nuestro autor ve los trabajos
evangelizadores que Hernán Cortés desarrolló en la conquista y colonización de
la Nueva-España.
EL MUNDO INDÍGENA EN GÓMARA
El descubrimiento de México por los castellanos
trajo consigo el choque de dos mundos: europeo e indígena. El primero
cristiano-monoteísta; el se-gundo pagano-politeísta. Era natural que el europeo
del siglo XVI conside-rara como un horror las prácticas religiosas de los
indígenas y que se queda-ra estupefacto ante los sacrificios humanos y la
antropofagia, ésta de carácter ritual. Por otra parte, inveteradas tradiciones
sostenían la creencia del regreso de Quetzalcóatl, por lo que al arribar
individuos con caracterís-
66 Ibid., cap. CXX.
67 Ibid., cap. CLXVII.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XXXI
ticas físicas que se tuvieran por semejantes a las
atribuidas al sacerdote tol-teca, se estableció la confusión pensándose que
Cortés era Quetzalcóatl y teules todos sus acompañantes.
Las primeras impresiones sobre las formas de vida
de los indígenas fue-ron recogidas desde muy temprano por un clérigo, los
soldados cronistas y miembros del clero regular que se interesaron por dar a
conocer, no sólo lo que ellos estaban presenciando en ese momento sino también
la historia de sus antigüedades.
Por supuesto que al analizar estas fuentes se hace
indispensable tomar muy en cuenta que estos europeos no estaban en aptitud de
poder captar e interpretar la vida e instituciones políticas, sociales y
religiosas de este origi-nal y esotérico mundo, con el que tan poca afinidad
tenían, máxime que en tan corto tiempo de entrar en su conocimiento, no era
viable entenderlo, en tratándose de hombres que tenían una tan distinta
concepción de la vida y del universo. Pero esto no debe ser tomado sino en
forma general, pues en el caso de los individuos de las órdenes religiosas, que
empezaron por aprender las lenguas indígenas, sí tuvieron elementos para
profundizar en las culturas prehispánicas.
Así, las primeras relaciones son, en muchos casos,
de gran riqueza para enterarnos del mundo indígena en todos sus aspectos y han
sido el origen de muchas crónicas e historias posteriores.
En el caso de López de Gómara, obtuvo su
información sobre el Mun-do Indígena, de las Cartas de relación de Cortés y de
los Memoriales de fray Toribio de Motolinía, pero a pesar de ello no deja de
tener importancia lo que consigna al respecto, porque todo ello pasa por su
tamiz interpretativo.
Jorge Gurría Lacroix
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
XXXII
CRITERIO DE ESTA EDICIÓN
Presentamos en este volumen de la Colección Clásica
de Biblioteca Ayacucho al cronista español, el clérigo de Soria, Francisco
López de Gómara. Su obra está constituida por los siguientes títulos: Historia
general de las Indias, Histo-ria de la conquista de México, Vida de Hernán
Cortés, Crónica de los Barbarro-jas y Anales de Carlos V. Por tratarse de una
colección dedicada a América La-tina hemos escogido para su publicación los
tres primeros libros reseñados.
La Historia general de las Indias (v. 64 de esta
Colección) y la Historia de la conquista de México, se imprimieron por vez
primera en 1552. La Vida de Hernán Cortés, aparecida en latín con el título de
Rebus gestis Ferdinandi Cortesii, corrió por mucho tiempo como de autor
anónimo, hasta que Ra-món Iglesia demostró que Gómara era su autor.
Por lo que hace a las dos Historias, utilizamos en
esta edición la impre-sión de 1552. Para la Vida de Hernán Cortés (también en
el v. 64) nos vale-mos de la traducción de Joaquín García Icazbalceta.
En las tres obras se ha actualizado gran parte de
la ortografía pero no se ha intervenido la toponimia, con sus variaciones, y
demás vocablos indíge-nas. La vacilación en la escritura de los nombres de
personajes indígenas y títulos de las obras, se debe principalmente a la
inseguridad en la aplicación de las normas ortográficas por los primitivos
transcriptores de los textos. Se acude a los corchetes para introducir ajustes
sintácticos o explicaciones que demanda el escrito. En las Historias se suprimieron
las notas a pie de página, porque consideramos que de ninguna utilidad sería
aclarar una que otra cosa, quedando sin hacerlo en muchísimas otras; por el
contrario, en la Vida de Cortés, hemos conservado esas notas.
B.A.
BIBLIOTECA AYACUCHO
XXXIII
COLOR
COLOR
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
2
AL MUY ILUSTRE SEÑOR
DON MARTÍN CORTÉS, MARQUÉS DEL VALLE
A ninguno debo intitular, muy ilustre Señor, la
Conquista de México, sino a vuestra señoría, que es hijo del que lo conquistó,
para que, así como heredó el mayorazgo, herede también la historia. En lo uno
consiste la riqueza, y en lo otro la fama; de manera que andarán juntos honra y
provecho. Mas empero esta herencia os obliga a seguir mucho lo que vuestro
padre Fernando Cortés hizo, como a gastar bien lo que os dejó. No es menor loa
ni virtud, ni quizá tra-bajo, guardar lo ganado, que ganar de nuevo, pues así
se conserva la hacienda, que sostiene la honra, para conservación y perpetuidad
de lo cual se inventa-ron los mayorazgos; porque es cierto que con las muchas
particiones se dismi-nuyen las haciendas, y con la disminución de ellas se
apoca y aun acaba la no-bleza y memoria; aunque también se han de acabar tarde
o temprano los mayorazgos y reinos, como cosa que tuvo principio, o por falta
de casta o por caso de guerra, donde siempre suele haber mudanza de señoríos.
La historia dura mucho más que la hacienda, porque nunca le faltan amigos que
la renue-ven, ni le empecen guerras, y cuanto más se añeja, más se precia.
Acabáronse los reinos y linajes de Niño, Darío y Ciro, que comenzaron los
imperios de asi-rios, medos y persianos; mas duran sus nombres y fama en las
historias. Los reyes godos de nuestra España, con Rodrigo fenecieron, mas sus
gloriosos he-chos en las crónicas viven. No deberíamos poner en esta cuenta los
reyes de los judíos, cuyas vidas y mudanza contienen grandes misterios; empero
no per-manecieron mucho en el estado de David, varón según el corazón de Dios.
Son de Dios los reinos y señoríos: él los muda, quita y da a quien y como le
pla-ce; que así lo dijo él mismo por el Profeta; y también quiere que se
escriban las guerras, hechos y vidas de reyes y capitanes, para memoria, aviso
y ejemplo de
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los otros mortales; y así lo hicieron Moisés,
Esdras y otros santos. La conquis-ta de México y conversión de los de la
Nueva-España, justamente se puede y debe poner entre las historias del mundo,
así porque fue bien hecha, como porque fue muy grande. Por ser buena la escribo
aparte de las otras, para muestra de todas. Fue grande, no en el tiempo, sino
en el hecho, que se con-quistaron muchos y grandes reinos con poco daño y
sangre de los naturales; y se bautizaron muchos millones de personas, las cuales
viven, a Dios gracias, cristianamente. Dejaron los hombres muchas mujeres que
tenían, casando con una sola; perdieron la sodomía, enseñados cuán sucio pecado
y contra na-tura era; desecharon sus infinitísimos ídolos, creyendo en nuestro
Señor Dios; olvidaron el sacrificio de hombres vivos, aborrecieron la comida de
carne hu-mana, soliendo matar y comer hombres cada día, porque estaban tan
cautivos del diablo, que sacrificaban y comían mil hombres algún día en sólo
México, y otros tantos en Tlaxcallan; y por consiguiente en cada gran ciudad
cabeza de provincia, crueldad jamás oída y que desatina el entendimiento.
Permanezca pues el nombre y memoria de quien conquistó tanta tierra, convirtió
tantas personas, derribó tantos dioses, excusó tanto sacrificio y comida de
hombres. No encubra el olvido la prisión de Moteczuma, rey poderosísimo; la
toma de México, ciudad fortísima, ni su reedificación, que fue grandísima. Esto
basta por memorial de la conquista: no parezca loar mi propia obra si todo lo
trato, pues quien la considerare, sentirá más de lo que yo pueda encarecer en
una carta. Solamente digo que vuestra señoría, cuya vida y estado nuestro Señor
prospere, se puede preciar tanto de los hechos de su padre como de los bienes,
pues tan cristiana y honradamente los ganó.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
4
A LOS LEYENTES
Toda historia, aunque no sea bien escrita, deleita.
Por ende no hay que reco-mendar la nuestra, sino avisar cómo es tan apacible
cuanto nueva por la varie-dad de cosas, y tan notable como deleitosa por sus
muchas extrañezas. El ro-mance que lleva es llano y cual ahora usan, la orden
concertada e igual, los capítulos cortos para ahorrar palabras, las sentencias
claras aunque breves. He trabajado por decir las cosas como pasan. Si algún
error o falta hubiere, supli-dlo vosotros por cortesía, y si aspereza o blandura,
disimulad, considerando las reglas de la historia; que os certifico no ser por
malicia. Contar cuándo, dónde y quién hizo una cosa, bien se acierta; empero
decir cómo, es dificulto-so, y así, siempre suele haber en esto diferencia. Por
tanto, se debe contentar quien lee historias de saber lo que desea en suma y
verdadero, teniendo por cierto que particularizar las cosas es engañoso y aun
muy odioso; lo general ofende poco si es público, aunque toque a cualquiera; la
brevedad a todos pla-ce; solamente descontenta a los curiosos, que son pocos, y
a los ociosos, que son pesados. Por lo cual he tenido en esta mi obra dos
estilos, porque soy breve en la historia y prolijo en la conquista de México.
Cuanto a las entradas y con-quistas que muchos han hecho a grandes gastos, y yo
no trato de ellas, digo que dejo algunas por ser de poca importancia, y porque
las más de ellas son de una misma manera, y algunas por no las saber, que
sabiéndolas no las dejaría. En lo demás, ningún historiador humano contenta jamás
a todos, porque si uno merece alguna loa, no se contenta con ninguna, y la paga
con ingratitud; y el que hizo lo que no querría oír, luego lo reprehende todo,
con que se condena de veras.
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HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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CAPÍTULO I
NACIMIENTO DE FERNANDO CORTÉS
AÑO DE 1485, siendo reyes de Castilla y Aragón los
católicos don Fernando y doña Isabel, nació Fernando Cortés en Medellín. Su
padre se llamó Mar-tín Cortés de Monroy, y su madre doña Catalina Pizarro
Altamirano: en-trambos eran hidalgos, que todos estos cuatro linajes Cortés,
Monroy, Pi-zarro y Altamirano son muy antiguos, nobles y honrados. Tenían poca
hacienda, empero mucha honra, que raras veces acontece sino en personas de
buena vida, y no solamente los honraban sus vecinos por la bondad y cristiandad
que conocían en ellos, mas aun ellos mismos se preciaban de ser honrados en
todas sus palabras y obras, por donde vinieron a ser muy bien-quistos y amados
de todos. Ella fue muy honesta, religiosa, recia y escasa; él fue devoto y
caritativo. Siguió la guerra cuando mancebo, siendo teniente de una compañía de
jinetes por su pariente Alonso de Hermosa, capitán de Alonso de Monroy, clavero
de Alcántara; el cual se quiso hacer maestre de su orden contra la voluntad de
la reina, a cuya causa le hizo guerra don Alo-nso de Cárdenas, maestre de
Santiago.
Criose tan enfermo Fernando Cortés, que llegó
muchas veces a punto de muerte; mas con una devoción que le hizo María de
Esteban, su ama de leche, vecina de Oliva, sanó. La devoción fue echar en
suerte los doce após-toles, y darle por abogado el postrero que saliese, y
salió San Pedro, en cuyo nombre se dijeron ciertas misas y oraciones, con las
cuales plugo a Dios que sanase. De allí tuvo siempre Cortés por su especial
abogado y devoto al glo-
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rioso apóstol de Jesucristo, San Pedro, y
regocijaba cada un año su día en la iglesia y en su casa, donde quiera que se
hallase.
A los catorce años de su edad lo enviaron sus
padres a estudiar a Sala-manca, do estuvo dos años, aprendiendo gramática en
casa de Francisco Núñez de Valera, que estaba casado con Inés de Paz, hermana
de su pa-dre. Volviose a Medellín harto o arrepentido de estudiar, o quizá
falto de dineros. Mucho pesó a los padres con su venida, y se enojaron con él
por-que dejaba el estudio; porque deseaban que aprendiese leyes, facultad rica
y de honra entre todas las otras, pues era muy buen ingenio y hábil para toda cosa.
Daba y tomaba enojos y ruido en casa de sus padres,
que era bullicio-so, altivo, travieso, amigo de armas; por lo cual determinó
irse a probar ventura. Ofrecíansele dos caminos a la sazón harto a su propósito
y a su inclinación: uno era a Nápoles con Gonzalo Hernández de Córdoba, que
llamaron el Gran Capitán; el otro a las Indias con Nicolás de Ovando,
co-mendador de Lárez, que iba por gobernador. Pensó cuál de los dos viajes le
estaría mejor, y al cabo acordó de pasar a Indias, porque le conocía Ovando y lo
llevaría encargado, y porque también se le codiciaba aquel viaje más que el de
Nápoles, a causa del mucho oro que de allá traían. Mas entretanto que Ovando
aderezaba su partida y se aprestaba la flota que tenía de llevar, entró
Fernando Cortés una noche a una casa por hablar a una mujer, y andando por una
pared de un trascorral mal cimentada, cayó con ella. Al ruido que hizo la pared
y las armas y broquel que llevaba, salió un recién casado, que, como le vio
caído cerca de su puerta, lo quiso ma-tar, sospechando algo de su mujer; empero
una vieja, suegra suya, se lo estorbó. Quedó malo de la caída, recreciéronle
cuartanas, que le duraron mucho tiempo; y así, no pudo ir con el gobernador
Ovando. Cuando fue sano, determinó de pasar a Italia, según ya lo había primero
pensado, y para ir allá echó camino de Valencia; mas no pasó a Italia, sino
andúvose a la flor del berro, aunque no sin trabajos y necesidades, cerca de un
año. Tornóse a Medellín con determinación de pasar a las Indias: diéronle sus
padres la bendición y dineros para ir.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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CAPÍTULO II
LA EDAD QUE TENÍA CORTÉS CUANDO PASÓ A LAS INDIAS
Tenía Fernando Cortés diez y nueve años cuando el
año de 1504 que Cris-to nació, pasó a las Indias; y de tan poca edad se atrevió
a ir por sí tan lejos. Hizo su flete y matalotaje en una nao de Alonso
Quintero, vecino de Palos de Moguer, que iba en conserva de otras cuatro, con
mercadería; las cua-les tuvieron próspera navegación de San Lúcar de Barrameda
hasta la Go-mera, isla de Canarias, donde se proveyeron de refresco y comida
sufi-ciente a tan largo camino como llevaban. Alonso Quintero se partió, de
codicioso, una noche sin hablar a los compañeros, por llegar antes a Santo
Domingo y vender más presto o más caro sus mercaderías que ellos; pero luego
que hizo vela, cargó tanto el tiempo, que le quebró el mástil de la nave; por
lo cual le fue forzado tornar a la Gomera, y rogar a los otros lo esperasen,
que aún no eran partidos, mientras él adobaba su mástil. Ellos lo esperaron, y
se partieron todos juntos, y caminaron a vista unas de otras gran pedazo de
mar.
Quintero, que vio el tiempo hecho, se adelantó otra
vez de la compañía, poniendo, como de primero, la esperanza de la ganancia en
la presteza del camino; y como Francisco Niño de Guelva, que era el piloto, no
sabía guiar la nao, llegaron a cabo y a tiempo que no sabían de sí, cuanto más
dónde estaban. Maravillábanse los marineros, estaba triste el piloto, lloraban
los pasajeros, y ni sabían el camino hecho ni por hacer. El patrón echaba la
cul-pa al piloto, y el piloto al patrón, que según pareció, iban reñidos. Ya en
esto se apocaban las viandas y faltaba el agua, porque no bebían sino de la que
llovía, y todos se confesaron. Unos maldecían su ventura, otros pedían
mi-sericordia, esperando la muerte, que algunos tenían tragada, o ir a tierra
de caribes, donde se comen los hombres. Estando pues en esta tribulación, vino
a la nao una paloma el Viernes Santo, ya que se quería poner el Sol, y sentose
en la gavia. Todos la tuvieron por buena señal; y como les pareciese milagro,
lloraban de placer: unos decían que venía a consolarlos, otros que la tierra
estaba cerca; y así, daban gracias a Dios, y enderezaban la nao hacia donde
volaba el ave. Desapareció la paloma, y entristecieron mucho; pero
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no perdieron esperanza de ver presto tierra; y así,
luego la misma Pascua descubrieron la isla Española; y Cristóbal Zorzo, que
guardaba, dijo: “Tie-rra, tierra”; voz que alegra y consuela los mareantes.
Miró el piloto y cono-ció ser la punta de Samana, y de allí a tres o cuatro
días entraron en Santo Domingo, que tan deseado tenían; donde ya estaban muchos
días había las otras cuatro naos.
CAPÍTULO III
EL TIEMPO QUE RESIDIÓ CORTÉS EN SANTO DOMINGO
No estaba el gobernador Ovando en la ciudad cuando
llegó Cortés a Santo Domingo; mas un secretario suyo, que se llamaba Medina, lo
hospedó, e informó del estado de la isla y de lo que debía hacer. Aconsejole
que avecin-dase allí y que le darían una caballería, que es un solar para casa,
y ciertas tie-rras para labrar. Cortés, que pensaba llegar y cargar de oro,
tuvo en poco aquello, diciendo que más quería ir a coger oro. Medina le dijo
que lo pen-sase mejor, que el hallar oro era dicha y trabajo. Volvió el
gobernador, y fue Cortés a besarle las manos y a darle cuenta de su venida y de
las cosas de Extremadura, y quedose allí por lo que Ovando le dijo; y de allí a
poco se fue a la guerra que hacía Diego Velázquez en Aniguaiagua, Buacaiarina y
otras provincias que aún no estaban pacíficas, con el alzamiento de Anacoana,
una viuda, grande señora.
Diole Ovando ciertos indios en tierra del Daiguao,
y la escribanía del ayuntamiento de Azúa, una villa que fundara, donde vivió
Cortés cinco o seis años, y se dio a granjerías. Quiso en este medio tiempo
pasar a Veragua, que tenía fama de riquísima, con Diego de Nicuesa, y no pudo,
por una pos-tema que se le hizo en la corva derecha, la cual le dio la vida, o
a lo menos le quitó de muchos trabajos y peligros que pasaron los que allá
fueron, según en la historia contamos.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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CAPÍTULO IV
ALGUNAS COSAS QUE ACONTECIERON EN CUBA A FERNANDO
CORTÉS
Envió el almirante don Diego Colón, que gobernaba
las Indias, a Diego Velázquez que conquistase a Cuba, el año de II, y diole la
gente, armas y cosas necesarias. Fernando Cortés fue a la conquista por oficial
del tesorero Miguel de Pasamonte, para tener cuenta con los quintos y hacienda
del rey; y aun el mismo Diego Velázquez se lo rogó, por ser hábil y diligente.
En la repartición que hizo Diego Velázquez después de conquistada la isla, dio
a Cortés los indios de Manicarao, en compañía de su cuñado Juan Xuárez.
Vivió Cortés en Santiago de Barucoa, que fue la
primera población de aquella isla. Crió vacas, ovejas y yeguas; y así, fue el
primero que allí tuvo hato y cabaña. Sacó gran cantidad de oro con sus indios,
y en breve llegó a ser rico, y puso dos mil castellanos en compañía de Andrés
de Duero, que trataba. Tuvo gracia y autoridad con Diego Velázquez para
despachar ne-gocios y entender en edificios, como fueron la casa de la
fundación y un hospital. Llevó a Cuba Juan Xuárez, natural de Granada, tres o
cuatro her-manas suyas y a su madre, que habían ido a Santo Domingo con la
virreina doña María de Toledo, el año de 9, con pensamiento de casarse allá con
hombres ricos, porque ellas eran pobres; y aun la una de ellas, que había por
nombre Catalina, solía decir muy de veras cómo tenía de ser gran señora, o que
lo soñase, o que se lo dijese algún astrólogo, aunque diz que su madre sabía
muchas cosas. Eran las Xuárez bonicas; por lo cual, y por haber allí pocas
españolas, las festejaban muchos, y Cortés a la Catalina, y en fin se casó con
ella, aunque primero tuvo sobre ello algunas pendencias y estuvo preso, que no
la quería él por mujer y ella le demandaba la palabra. Diego Velázquez
favorecíala por amor de otra su hermana, que tenía ruin fama, y aun él era
demasiado mujeril. Acusábanle Baltasar Bermúdez, Juan Xuá-rez, dos Antonios
Velázquez y un Villegas para que se casase con ella; y como le querían mal,
dijeron muchos males de él a Diego Velázquez acerca de los negocios que le
encargaba, y que trataba con algunas personas cosas nuevas en secreto. Lo cual,
aunque no era verdad, llevaba color de ello; por-que muchos iban a su casa, y
se quejaban del Diego Velázquez, porque o no
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les daba repartimiento de indios, o se lo diera
pequeño. Diego Velázquez creyó esto, con el enojo que de él tenía porque no se
casaba con la Catalina Xuárez, y le trató mal de palabras en presencia de
muchos, y aun lo echó preso. Cortés, que se vio en el cepo, temió algún proceso
con testigos falsos, como suele acontecer en aquellas partes. Quebró el
pestillo del candado del cepo, tomó la espada y rodela del alcaide, abrió una
ventana, descolgose por ella, y fuese a la iglesia.
Diego Velázquez riñó a Cristóbal de Lagos, diciendo
que soltara a Cor-tés por dineros y soborno, y procuró de sacarlo por engaño de
sagrado, y aun por fuerza; mas Cortés entendía las palabras y resistía la
fuerza; empero descuidose un día, y cogiéronle paseando delante la puerta de la
iglesia, Juan Escudero, alguacil, y otros, y metiéronle en una nave so sota.
Entonces favorecían muchos a Cortés, sintiendo pasión en el gobernador. Cortés,
como se vio en la nave, desconfió de su libertad, y tuvo por cierto que lo
en-viarían a Santo Domingo o a España. Probó muchas veces a sacar el pie de la
cadena, y tanto hizo, que lo sacó aunque con grandísimo dolor. Trocó lue-go
aquella misma noche sus vestidos con el mozo que lo servía; salió por la bomba
sin ser sentido; colose de presto por un lado del navío al esquife, y fuese con
él; mas porque no le siguiesen, soltó el barco de otro navío que allí junto
estaba. Era tanta la corriente de Macaguanigua, río de Barucoa, que no pudo
entrar con el esquife, como remaba solo y cansado, ni aún supo tomar tierra,
temiendo ahogarse si trabucaba el barco. Desnudose, y atose con un tocador
sobre la cabeza ciertas escripturas que tenía, como escriba-no de ayuntamiento
y oficial del tesorero, y que hacían contra Diego Veláz-quez; echose a la mar,
y salió nadando a tierra. Fue a su casa, habló a Juan Xuárez, y metiose otra
vez en la iglesia con armas.
Diego Velázquez envió a decir entonces a Cortés que
lo pasado fuese pasado, y fuesen amigos como primero, para ir sobre ciertos
isleños que andaban alzados. Cortés se casó con la Catalina Xuárez, porque lo
había prometido y por vivir en paz, y no quiso hablar a Diego Velázquez en
mu-chos días. Salió Diego Velázquez con mucha gente contra los alzados, y dijo
Cortés a su cuñado Juan Xuárez que le sacase fuera de la ciudad una lanza y
ballesta, y él salió de la iglesia en anocheciendo, y tomando la ballesta, se
fue con el cuñado a una granja do estaba Diego Velázquez con solos sus cria-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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dos, que los demás estaban aposentados en un lugar
allí cerca, y aún no ha-bían venido todos, como era la primera jornada. Llegó
tarde, y a tiempo que miraba Diego Velázquez el libro de la despensa; llamó a
la puerta, que abierta estaba, y dijo al que respondió cómo era Cortés, que
quería hablar al señor gobernador, y tras esto entrose dentro. Diego Velázquez
temió, por verle armado y a tal hora; rogole que cenase y descansase sin
recelo. Él dijo que no venía sino a saber las quejas que de él tenía, y a satisfacerle
y a ser su amigo y servidor. Tocáronse las manos por amigos, y después de
muchas pláticas se acostaron juntos en una cama; donde los halló a la mañana
Diego de Orellana, que fue a ver al gobernador y a decirle cómo se había ido
Cor-tés. De esta manera tornó Cortés a la amistad que primero con Diego
Veláz-quez, y se fue con él a la guerra, y después que volvió se pensó ahogar
en la mar, porque viniendo de las bocas de Bani, de ver unos pastores e indios
que traía en las minas a Barucoa, donde vivía, se le trastornó la canoa de
noche a media legua de tierra y con tempestad; mas salió a nado, y a tino de
una lumbre de pastores que cenaban junto a la mar: por semejantes peligros y
rodeos corren su camino los muy excelentes varones, hasta llegar do les está
guardada su buena dicha.
CAPÍTULO V
DESCUBRIMIENTO DE LA NUEVA-ESPAÑA
Francisco Hernández de Córdoba descubrió Yucatán,
según ya contamos en la otra parte, yendo por indios o a rescatar, en tres
navíos que armaron él y Cristóbal Morante y Lope Ochoa de Caicedo, el año de
17. El cual, aun-que no trujo sino heridas del descubrimiento, trajo relación
cómo aquella tierra era rica de oro y plata, y la gente vestida. Diego
Velázquez, que gober-naba la isla de Cuba, envió luego el año siguiente a Juan
de Grijalva, su so-brino, con doscientos españoles en cuatro navíos, pensando ganar
mucha plata y oro, para las cosas de rescate que enviaba, donde Francisco
Hernán-dez decía. Fue pues Juan de Grijalva a Yucatán, peleó con los de
Champo-tón, y salió herido. Entró en el río de Tabasco, que nombran por eso
Grijal-va, en el cual rescató por cosas de poco valor mucho oro, ropa de
algodón y lindas cosas de pluma.
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Estuvo en San Juan de Ulúa, tomó posesión de
aquella tierra por el rey en nombre de Diego Velázquez, y trocó su mercadería
por piezas de oro, mantas de algodón y plumajes; y si conocieran su buena
dicha, poblara en tan rica tierra, como le rogaban sus compañeros, y fuera lo
que fue Cortés; mas no era tanto bien para quien no lo conocía, aunque se
excusaba él que no iba a poblar, sino a rescatar y descubrir si aquella tierra
de Yucatán era isla. También lo dejó por miedo de la mucha gente y gran tierra,
viendo que no era isla, que entonces huían de entrar en Tierra-Firme. Había eso
mismo muchos que deseaban a Cuba, como era Pedro de Alvarado, que se perdía por
una isleña; y así procuró de volver con la relación de lo hasta allí sucedi-do,
a Diego Velázquez. Corrió la costa Juan de Grijalva hasta Pánuco, y tor-nose a
Cuba, rescatando con los naturales, oro, pluma y algodón, a pesar de todos los
más, y aun lloraba porque no querían tornar con él: tan de poco era. Tardó
cinco meses desde que salió hasta que tornó a la misma isla, y ocho desde que
salió de Santiago hasta que volvió a la ciudad, y cuando lle-gó no lo quiso ver
Diego Velázquez; que fue su merecido.
CAPÍTULO VI
EL RESCATE QUE HUBO JUAN DE GRIJALVA
Rescató Juan de Grijalva con los indios de
Potonchán, de San Juan de Ulúa y de otros lugares de aquella costa tantas y
tales cosas, que amaran los de su compañía de quedarse allí, y por tan poco
precio, que holgaran de feriar con ellos cuanto llevaban. Valía más la obra de
muchas de ellas que no el material. Hubo, en fin, lo siguiente:
Un idolico de oro, hueco.
Otro idolejo de lo mismo, con cuernos y cabellera,
que tenía un sartal al cuello, un moscador en la mano, y una piedrecica por
ombligo.
Una como patena de oro delgada, y con algunas
piedras engastadas.
Un casquete de oro, con dos cuernos y cabellera
negra.
Veintidós arrancadas de oro, con cada tres
pinjantes de lo mismo.
Otras tantas arrancadas de oro, más chicas.
Cuatro ajorcas de oro muy anchas.
Un escarcelón delgado de oro.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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Una sarta de cuentas de oro huecas, y con una rana
de ello bien hecha.
Otra sarta de lo mismo con un leoncico de oro.
Un par de cercillos de oro grandes.
Dos aguilicas de oro bien vaciadas.
Un salerillo de oro.
Dos cercillos de oro y turquesas, con cada ocho
pinjantes.
Una gargantilla para mujer, de doce piezas, con
veinticuatro pinjantes de piedras.
Un collar de oro grande.
Seis collaricos de oro delgados.
Otros siete collares de oro con piedras.
Cuatro cercillos de hoja de oro.
Veinte anzuelos de oro, con que pescaban.
Doce granos de oro, que pesaron cincuenta ducados.
Una trenza de oro.
Planchuelas delgadas de oro.
Una olla de oro.
Un ídolo de oro, hueco y delgado.
Algunas bronchas delgadas de oro.
Nueve cuentas de oro huecas, con su extremo.
Dos sartas de cuentas doradas.
Otra sarta de palo dorado, con cañutillos de oro.
Una tacica de oro, con ocho piedras moradas y
veintitrés de otras colores.
Un espejo de dos haces, guarnecido de oro.
Cuatro cascabeles de oro.
Una salerilla delgada de oro.
Un botecico de oro.
Ciertos collarejos de oro, que valían poco, y
algunas arrancadillas de oro pobres.
Una como manzana de oro hueca.
Cuarenta hachas de oro con mezcla de cobre, que
valían hasta dos mil y quinientos ducados.
Todas las piezas que son menester para armar un
hombre, de oro delgado.
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Una armadura de palo, con hoja de oro y piedrecicas
negras.
Un penachudo de cuero y oro.
Cuatro armaduras de palo para las rodillas,
cubiertas de hoja de oro.
Dos escarcelones de madera, con hojas de oro.
Dos rodelas, cubiertas de plumas de muchos y finos
colores.
Otras rodelas de oro y pluma.
Un plumaje grande de colores, con una avecica en
medio al natural.
Un ventalle de oro y pluma.
Dos moscadores de pluma.
Dos cantarillos de alabastro, llenos de diversas
piedras algo finas, y en-tre ellas una que valió dos mil ducados.
Ciertas cuentas de estaño.
Cinco sartas de cuentas de barro, redondas y
cubiertas de hoja de oro muy delgada.
Ciento treinta cuentas huecas de oro.
Otros muchos sartales de palo y barro dorado.
Otras muchas cuentas doradas.
Unas tijeras de palo dorado.
Dos máscaras doradas.
Una máscara de mosaico con oro.
Cuatro máscaras de madera doradas, de las cuales
una tenía dos ban-das derechas de mosaico, con turquesillas, y otra las orejas
de lo mismo, aunque con más oro.
Otra era mosaico de lo mismo de la nariz arriba, y
la otra de los ojos arriba.
Cuatro platos de palo, cubiertos de hoja de oro.
Una cabeza de perro, cubierta de piedrecicas.
Otra cabeza de animal y de piedra, guarnecida de
oro, con su corona y cresta y dos pinjantes, que todo era de oro, más delgado.
Cinco pares de zapatos como esparteñas.
Tres cueros colorados.
Siete navajas de pedernal, para sacrificar.
Dos escudillas pintadas de palo, y un jarro.
Una ropeta con medias mangas de pluma de colores,
muy gentil.
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Uno como peinador, de algodón fino.
Una manta de pluma grande y fina.
Muchas mantas de algodón delgadas.
Otras muchas mantas de algodón groseras.
Dos tocas o almaizales de buen algodón.
Muchos pebetes de suave olor.
Mucho ají y otras frutas.
Trujo sin esto una mujer que le dieron, y ciertos
hombres que tomó; por uno de los cuales le daban lo que pesase de oro, y no lo
quiso dar.
Trujo también nuevas que había amazonas en ciertas
islas, y muchos lo creyeron, espantados de las cosas que traía rescatadas por
vilísimo precio; que no le habían costado todas ellas sino seis camisas de
lienzo basto.
Cinco tocadores.
Tres zaragüelles.
Cinco servillas de mujer.
Cinco cintas anchas de cuero, labradas de hiladizo
de colores, con sus bolsas y esqueros.
Muchas bolsillas de badana.
Muchas agujetas de un herrete y de dos.
Seis espejos doradillos.
Cuatro medallas de vidrio.
Dos mil cuentas verdes de vidrio, que tuvieron por
finas.
Cien sartas de cuentas de muchos colores.
Veinte peines, que preciaron mucho.
Seis tijeras, que les agradaron.
Quince cuchillos, grandes y chicos.
Mil agujas de coser y dos mil alfileres.
Ocho alpargatas.
Unas tenazas y martillo.
Siete caperuzas de color.
Tres sayos de colores gironados.
Un sayo de frisa con su caperuza.
Un sayo de terciopelo verde traído, con una gorra
negra de terciopelo.
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CAPÍTULO VII
LA DILIGENCIA Y GASTO QUE HIZO CORTÉS EN ARMAR LA
FLOTA
Como tardaba Juan de Grijalva más que tardó
Francisco Hernández a vol-ver, o enviar aviso de lo que hacía, despachó Diego
Velázquez a Cristóbal de Olid en una carabela, en socorro y a saber de él,
encargándole que torna-se luego con cartas de Grijalva; empero el Cristóbal de
Olid anduvo poco por Yucatán, y sin hallar a Juan de Grijalva se volvió a Cuba,
que fue un gran daño para Diego Velázquez y para Grijalva; porque si fuera a
San Juan de Ulúa o más adelante, hiciera por ventura poblar allí a Grijalva; mas
él dijo que le convino dar la vuelta por haber perdido las áncoras.
Llegó Pedro de Alvarado, después de partido
Cristóbal de Olid, con la relación del descubrimiento y con muchas cosas de oro
y pluma y algodón, que se habían rescatado; con las cuales, y con lo que dijo
de palabra, se hol-gó y maravilló Diego Velázquez con todos los españoles de
Cuba; mas te-mió la vuelta de Grijalva, porque le decían los enfermos que de
allá vinie-ron, cómo no tenía gana de poblar, y que la tierra y gente era mucha
y guerrera, y aun porque desconfiaba de la prudencia y ánimo de su pariente.
Así que determinó enviar allá algunas naos con gente y armas y mucha
quin-callería, pensando enriquecer por rescates y poblar por fuerza. Rogó a
Bal-tasar Bermúdez que fuese; y como le pidió tres mil ducados para ir bien
ar-mado y proveído, dejole, diciendo que sería más el gasto, de aquella manera,
que no el provecho. Tenía poco estómago para gastar, siendo codi-cioso, y
quería enviar armada a costa ajena, que así había hecho casi la de Grijalva;
porque Francisco de Montejo puso un navío y mucho bastimento. Y Alonso
Hernández Portocarrero, Alonso de Ávila, Diego de Ordaz y otros muchos fueron a
su costa con Juan de Grijalva.
Habló a Fernando Cortés para que armasen ambos a
medias; porque tenía dos mil castellanos de oro en compañía de Andrés de Duero,
merca-der; y porque era hombre diligente, discreto y esforzado, rogole que
fuese con la flota, encareciendo el viaje y negocio. Fernando Cortés, que tenía
grande ánimo y deseos, aceptó la compañía y el gasto y la ida, creyendo que no
sería mucho la costa; así que se concertaron presto. Enviaron a Juan de
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Saucedo, que había venido con Alvarado, a sacar una
licencia de los frailes Jerónimos, que gobernaban entonces, de poder ir a
rescatar para los gas-tos, y a buscar a Juan de Grijalva, que sin ella no podía
nadie rescatar, que es feriar mercería por oro y plata. Fray Luis de Figueroa,
fray Alonso de Santo Domingo y fray Bernardino Manzanedo, que eran los
gobernado-res, dieron la licencia para Fernando Cortés, como capitán y armador,
con Diego Velázquez, mandando que fuesen con él un tesorero y un veedor para
procurar y tener el quinto del rey, como era de costumbre. Entretanto que venía
la licencia de los gobernadores, comenzó Fernando Cortés de aderezarse para la
jornada. Habló a sus amigos y a otros muchos para ver si querían ir con él; y
como halló trescientos que fuesen, compró una carabe-la y un bergantín para con
la carabela que trajo Pedro de Alvarado y otro bergantín de Diego Velázquez, y
proveyolos de armas, artillería y muni-ción. Compró vino, aceite, habas,
garbanzos y otras cosillas. Tomó fiada de Diego Sanz, tendero, una tienda de
buhonería, en setecientos pesos de oro. Diego Velázquez le dio mil castellanos
de la hacienda de Pánfilo de Narváez, que tenía en su poder por su ausencia,
diciendo que no tenía blanca suya; y dio a muchos soldados que iban en la flota
dineros, con obli-gación de mancomún o fianzas. Y capitularon ambos lo que cada
uno ha-bía de hacer, ante Alonso de Escalante, escribano público y real, a 23
días de octubre del año de 18.
Volvió a Cuba Juan de Grijalva en aquella misma
sazón, y hubo con su venida mudanza en Diego Velázquez, que ni quiso gastar más
en la flota que armaba Cortés, ni siquiera que acabara de armar. Las causas
porque lo hizo, fueron querer enviar por sí solas aquellas mismas naos de
Grijalva; ver el gasto de Cortés y el ánimo con que gastaba; pensar que se le
alzaría, como había él hecho al almirante don Diego; oír y creer a Bermúdez y a
los Velázquez, que le decían no fiase de él, que era extremeño, mañoso, altivo,
amador de honras y hombre que se vengaría en aquello de lo pasado. El Bermúdez
estaba muy arrepentido por no haber tomado aquella empresa cuando le rogaron,
sabiendo entonces el grande y hermoso rescate que Grijalva traía, y cuán rica
tierra era la nuevamente descubierta. Los Veláz-quez quisieran, como parientes,
ser los capitanes y cabezas de la armada, aunque no eran para ello, según
dicen. Pensó también Diego Velázquez
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que aflojando él, cesaría Cortés; y como procedía
en el negocio, echole a Amador de Lárez, persona muy principal, para que dejase
la ida, pues Gri-jalva era vuelto, y que le pagarían lo gastado.
Cortés, entendiendo los pensamientos de Diego
Velázquez dijo a Lá-rez que no dejaría de ir, siquiera por la vergüenza, ni
apartaría compañía. Y si Diego Velázquez quería enviar a otro, armado por sí,
que lo hiciese, que él ya tenía licencia de los padres gobernadores; y así,
habló con sus amigos y personas principales, que se aparejaban para la jornada,
a ver si le seguirían y favorecerían. Y como sintiese toda amistad y ayuda en
ellos, comenzó a buscar dineros; y tomó fiados cuatro mil pesos de oro de
Andrés de Duero, Pedro de Jerez, Antonio de Santa Clara, mercaderes, y de
otros; con los cua-les compró dos naos, seis caballos y muchos vestidos.
Socorrió a muchos, tomó casa, hizo mesa, y comenzó a ir con armas y mucha
compañía, de que muchos murmuraban, diciendo que tenía estado sin señorío.
Llegó en esto a Santiago Juan de Grijalva, y no le
quiso ver Diego Veláz-quez, porque se vino de aquella rica tierra; y pesábale
que Cortés fuese allá tan pujante; mas no le pudo estorbar la ida, porque todos
le seguían, los que allí estaban, como los que venían con Grijalva; que si lo
tentara con rigor, hubiera revuelta en la ciudad, y aun muertes; y como no era
parte, disimuló. Todavía mandó que no le diesen vituallas, según muchos dicen.
Cortés procuró de salir luego de allí. Publicó que
iba por sí, pues era vuelto Grijalva, diciendo a los soldados que no habían de
tener qué hacer con Diego Velázquez. Díjoles que se embarcasen con la comida
que pudie-sen. Tomó a Fernando Alfonso los puercos y carneros que tenía para
pesar otro día en la carnicería, dándole una cadena de oro, hechura de abrojos,
en pago y para la pena de no dar carne a la ciudad. Y partióse de Santiago de
Barucoa a 18 de noviembre, con más de trescientos españoles, en seis navíos.
CAPÍTULO VIII
LOS HOMBRES Y NAVÍOS QUE CORTÉS LLEVÓ A LA
CONQUISTA
Salió Cortés de Santiago con muy poco bastimento
para los muchos que lle-vaba y para la navegación, que aún era incierta; y
envió luego en saliendo a
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Pedro Xuárez Gallinato de Porra, natural de
Sevilla, en una carabela por bastimentos a Jamaica, mandándole ir con los que
comprase al cabo de Co-rrientes o punta de San Antón, que es lo postrero de la
isla hacia poniente; y él fuese con los demás a Macaca. Compró allí trescientas
cargas de pan y al-gunos puercos a Tamayo, que tenía la hacienda del rey. Fue a
la Trinidad y compró un navío de Alonso Guillén, y de particulares tres
caballos y qui-nientas cargas de grano. Estando allí tuvo aviso que Juan Núñez Sedeño
pasaba con un navío cargado de vituallas de vender a unas minas. Envió a Diego
de Ordaz en una carabela bien armada, para que lo tomase y llevase a la punta
de San Antón. Ordaz fue a él y lo tomó en la canal de Jardines, y lle-vó a do
le fue mandado. Y Sedeño y otros se vinieron a la Trinidad con el registro de
lo que llevaban, que era cuatro mil arrobas de pan, mil y quinien-tos tocinos y
muchas gallinas. Cortés les dio unas lazadas y otras piezas de oro en pago, y
un reconocimiento, por el cual fue Sedeño a la conquista. Recogió Cortés en la
Trinidad cerca de doscientos hombres de los de Gri-jalva, que estaban y vivían
allí y en Matanzas, Carenas y otros lugares.
Y enviando los navíos delante, se fue con la gente
por tierra a la Haba-na, que estaba poblada entonces a la parte del sur en la
boca del río Onicaxi-nal. No le quisieron vender allí ningún mantenimiento, por
amor de Diego Velázquez, los vecinos; mas Cristóbal de Quesada, que recaudaba
los diez-mos del Obispo, y un receptor de bulas, le vendieron dos mil tocinos y
otras tantas cargas de maíz, yuca y ajís. Basteció con esto la flota
razonablemente, y comenzó a repartir la gente y comida por los navíos.
Llegaron entonces con una carabela Pedro de
Alvarado, Cristóbal de Olid, Alonso de Ávila, Francisco de Montejo y otros
muchos de la compa-ñía de Grijalva, que fueran a hablar con Diego Velázquez.
Iba entre ellos un Garnica, con cartas de Diego Velázquez para Cortés, en que
le rogaba espe-rase un poco, que o iría él o enviaría a comunicarle algunas
cosas que conve-nían a entrambos; y otras para Diego de Ordaz y para otros,
donde les roga-ba que prendiesen a Cortés. Ordaz convidó a Cortés a un banquete
en la carabela que llevaba en cargo, pensando llevarle con ella a Santiago; mas
Cortés, entendida la trama, fingió al tiempo de la comida que le dolía el
estó-mago y no fue al convite; y porque no aconteciese algún motín, se entró en
su nao. Hizo señal de recoger, como es de costumbre. Mandó que todos
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fuesen tras él a San Antón, donde todos llegaron
presto y con bien. Hizo luego Cortés alarde en Guaniguanigo, y halló quinientos
y cincuenta espa-ñoles; de los cuales eran marineros los cincuenta. Repartiolos
en once com-pañías, y diolas a los capitanes Alonso de Ávila, Alonso Fernández
Portoca-rrero, Diego de Ordaz, Francisco de Montejo, Francisco de Morla,
Francisco de Salceda, Juan de Escalante, Juan Velásquez de León, Cristó-bal de
Olid y un Escobar. Él, como general, tomó también una. Hizo tantos capitanes,
porque los navíos eran otros once, para que tuviese cada uno de ellos cargo de
la gente y del navío. Nombró también por piloto mayor a Antón de Alaminos, que
había ido con Francisco Hernández de Córdoba y con Juan de Grijalva. Había
también doscientos isleños de Cuba para carga y servicio, ciertos negros y
algunas indias, y dieciséis caballos y yeguas. Ha-lló eso mismo cinco mil
tocinos y seis mil cargas de maíz, yucas y ajís. Es cada carga dos arrobas,
peso que lleva un indio caminando. Muchas galli-nas, azúcar, vino, aceite,
garbanzos y otras legumbres; gran cantidad de quincallería como decir
cascabeles, espejos, sartales y cuentas de vidrio, agujas, alfileres, bolsas,
agujetas, cintas, corchetes, hebillas, cuchillos, tije-ras, tenazas, martillos,
hachas de hierro, camisas, tocadores, cofias, gorgue-ras, zaragüelles y
pañizuelos de lienzo; sayos, capotes, calzones, caperuzas de paño; todo lo cual
repartió en las naos.
Era la nao capitana de cien toneles; otras tres de
ochenta a setenta; las demás pequeñas y sin cubierta, y bergantines. La bandera
que puso y llevó Cortés a esta jornada era de fuegos blancos y azules con una
cruz colorada en medio, y alrededor un letrero en latín, que romanzado dice:
“Amigos, sigamos la cruz; y nos, si fe tuviéremos en esta señal, venceremos”.
Este fue el aparato que Cortés hizo para su jornada. Con tan poco caudal ganó
tan gran reino. Tal, y no mayor ni mejor, fue la flota que llevó a tierras
extrañas que aún no sabía. Con tan poca compañía venció innumerables indios.
Nunca jamás hizo capitán con tan chico ejército tales hazañas, ni alcanzó
tantas victorias ni sujetó tamaño imperio. Ningún dinero llevó para pagar
aquella gente, antes fue muy adeudado. Y no es menester paga para los
es-pañoles que andan en la guerra y conquista de Indias; que si por el sueldo
lo hubiesen, a otras partes más cerca irían. En las Indias cada uno pretende un
estado o grandes riquezas.
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Concertada pues y repartida (como habéis oído) toda
la armada, hizo Cortés una breve plática a su gente, que fue de la substancia
siguiente.
CAPÍTULO IX
ORACIÓN DE CORTÉS A LOS SOLDADOS
“Cierto está, amigos y compañeros míos, que todo
hombre de bien y ani-moso quiere y procura igualarse por propias obras con los
excelentes varo-nes de su tiempo y aun de los pasados. Así es que yo acometo
una grande y hermosa hazaña, que será después muy famosa; porque el corazón me
da que tenemos de ganar grandes y ricas tierras, muchas gentes nunca vistas, y
mayores reinos que los de nuestros reyes. Y cierto, más se extiende el deseo de
gloria, que alcanza la vida mortal; al cual apenas basta el mundo todo, cuanto
menos uno ni pocos reinos. Aparejado he naves, armas, caballos y los demás
pertrechos de guerra; y sin esto hartas vituallas y todo lo otro que suele ser
necesario y provechoso en las conquistas. Grandes gastos he yo hecho, en que
tengo puesta mi hacienda y la de mis amigos. Mas paréceme que cuanto de ella
tengo menos, he acrecentado en honra. Hanse de dejar las cosas chicas cuando
las grandes se ofrecen. Mucho mayor provecho, se-gún en Dios espero, vendrá a
nuestro rey y nación de esta nuestra armada que de todas las de otros. Callo
cuán agradable será a Dios nuestro Señor, por cuyo amor he de muy buena gana
puesto el trabajo y los dineros. Dejaré aparte el peligro de vida y honra que
he pasado haciendo esta flota; porque no creáis que pretendo de ella tanto la
ganancia cuanto el honor; que los buenos más quieren honra que riqueza.
Comenzamos guerra justa y buena y de gran fama. Dios poderoso, en cuyo nombre y
fe se hace, nos dará victo-ria; y el tiempo traerá al fin que de continuo sigue
a todo lo que se hace y guía con razón y consejo. Por tanto, otra forma, otro
discurso, otra maña hemos de tener que Córdoba y Grijalva; de la cual no quiero
disputar por la estrechura del tiempo, que nos da priesa. Empero allá haremos
así como viéremos; y aquí yo os propongo grandes premios, mas envueltos en
gran-des trabajos. Pero la virtud no quiere ociosidad; por tanto, si
quisiéredes llevar la esperanza por virtud o la virtud por esperanza; y si no
me dejáis, como no dejaré yo a vosotros ni a la ocasión, yo os haré en muy
breve espa-
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cio de tiempo los más ricos hombres de cuantos
jamás acá pasaron, ni cuan-tos en estas partidas siguieron la guerra. Pocos
sois, ya lo veo; mas tales de ánimo, que ningún esfuerzo ni fuerza de indios
podrá ofenderos; que ex-periencia tenemos cómo siempre Dios ha favorecido en
estas tierras a la na-ción española; y nunca le faltó ni faltará virtud y
esfuerzo. Así que id con-tentos y alegres, y haced igual el suceso que el
comienzo”.
CAPÍTULO X
LA ENTRADA DE CORTÉS EN ACUZAMIL
Con este razonamiento puso Fernando Cortés en sus
compañeros gran es-peranza de cosas y admiración de su persona. Y tanta gana
les tomó de pasar con él a aquellas tierras apenas vistas, que les parecía ir,
no a guerra, sino a victoria y presa cierta. Holgó mucho Cortés de ver la gente
tan contenta y ganosa de ir con él en aquella jornada; y así, entró luego en su
nao capitana, y mandó que todos se embarcasen de presto; y como vio tiempo,
hízose a la vela, habiendo primero oído misa y rogado a Dios le guiase, aquella
maña-na, que fue a 18 días del mes de febrero del año de 1519 de la navidad de
Je-sucristo, redentor del mundo. Estando en la mar, dio nombre a todos los
capitanes y pilotos, como se usa; el cual fue de San Pedro apóstol, su
aboga-do. Avisoles que siempre tuviesen ojo a la capitana en que él iba; porque
lle-vaba en ella un gran farol para señal y guía del camino que tenían que
hacer; el cual era casi este-oeste de la punta de San Antón, que es lo postrero
de Cuba, para el cabo de Catoche, que es la primera punta de Yucatán, donde
habían de ir a dar derechos, para después seguir la tierra costa a costa entre
norte y poniente.
La primera noche que se partió Fernando Cortés y
que comenzó de atravesar el golfo que hay de Cuba a Yucatán, y que tendría
pocas más de sesenta leguas, se levantó nordeste con recio temporal; el cual
desrotó la flo-ta; y así, se derramaron los navíos y corrió cada uno como mejor
pudo. Y por la instrucción que llevaban los pilotos de la vía que habían de
hacer, navegaron y fueron todos, salvo uno, a la isla de Acuzamil, aunque no
fue-ron juntos ni a un tiempo. Las que más tardaron fueron la capitana y otra en
que iba por capitán Francisco de Morla, que o por descuido y flojedad del
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timonero, o por la fuerza del agua mezclada con
viento, se llevó un golpe de mar el gobernalle al navío de Morla; el cual, para
dar a entender su necesi-dad, izó un farol desparramado. Cortés, como lo vio,
arribó sobre él con la capitana; y entendida la necesidad y peligro, amainó y
esperó hasta ser de día, para conhortar los de aquel navío y para remediar la
falta. Quiso Dios que cuando amaneció, ya la mar abonanzaba y no andaba tan
brava como la noche; y en siendo de día miraron por el gobernalle, que andaba
alrededor entre las dos naves. El capitán Morla se echó a la mar atado de una
soga, y a nado tomó el timón, y lo subieron y asentaron en su lugar como había
de estar; y luego alzaron velas.
Navegaron aquel día y otro sin llegar a tierra ni
sin ver vela ninguna de la flota; mas luego a otro día llegaron a la punta de
las Mujeres, donde halla-ron algunos navíos. Mandoles Cortés que le siguiesen,
y él enderezó la proa de su nao capitana a buscar los navíos que le faltaban
hacia do el tiempo y viento los había podido echar y así, fue a dar en
Acuzamil. Halló allí los na-víos que le faltaban, excepto uno, del cual no
supieron en muchos días. Los de la isla hubieron miedo; alzaron su hatillo y metiéronse
al monte. Cortés hizo salir en tierra, a un pueblo que estaba cerca de donde
habían surgido, cierto número de españoles; los cuales fueron al lugar, que era
de cantería y buenos edificios, y no hallaron persona alguna en él; mas
hallaron en algu-nas casas ropas de algodón y ciertas joyas de oro. Entraron
asimismo en una torre alta y de piedra, y junto a la mar, pensando que
hallarían dentro hom-bres y hacienda; mas ella no tenía sino dioses de barro y
canto. Vueltos que fueron, dijeron a Cortés cómo habían visto muchos maizales y
praderías, grandes colmenares y arboledas y frutales; y diéronle aquellas
cosillas de oro y algodón que traían.
Alegrose Cortés con aquellas nuevas, aunque por
otra parte se maravi-lló que hubiesen huido los de aquel pueblo, pues no lo
habían hecho cuan-do allí vino Juan de Grijalva, y sospechó que por ser más sus
navíos que los del otro tendrían más miedo. Temió también no fuese ardid para
tomarle en alguna zalagarda; y mandó sacar a tierra los caballos a dos efectos:
para des-cubrir el campo con ellos, y pelear, si necesario fuese; y si no, para
que pacie-sen y se refrescasen, pues había donde. También hizo desembarcar la
gente, y envió muchos a buscar la isla; y ciertos de ellos hallaron en lo muy
espeso
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de un monte cuatro o cinco mujeres con tres
criaturas, que le trajeron. No entendía ni las entendían; pero por los ademanes
y cosas que hacían cono-cieron cómo la una de ellas era señora de las otras, y
madre de los niños. Cortés la halagó entonces; que lloraba su cautiverio y el
de sus hijos. Vistio-la, como mejor pudo, a la manera de acá; dio a las criadas
espejos y tijeras, y a los niños sendos dijes con que se holgasen. En lo demás
tratola honesta-mente. Tras esto, ya que quería enviar una de aquellas mozas a
llamar al marido y señor para hablarle y que viese cuán bien tratados estaban
sus hi-jos y mujer, llegaron ciertos isleños a ver lo que pasaba, por mandato
del calachuni, y a saber de la mujer. Dioles Cortés algunas cosillas de rescate
para sí, y otras para el calachuni, su señor. Tornolos a enviar para que le
ro-gasen de su parte y de la mujer que viniese a verse con aquella gente, de
quien sin causa huía; que él le prometía que ni persona ni casa de la isla
reci-biría daño ni enojo de aquellos sus compañeros. El calachuni, como
enten-dió esto, y con el amor de los hijos y mujer, se vino luego otro día con
todos los hombres del lugar, en el cual estaban ya muchos españoles
aposentados; mas no consintió que se saliesen de las casas, antes mandó que los
repartie-sen entre sí, y los proveyesen muy bien de allí adelante de mucho
pescado, pan, miel y frutas. El calachuni habló a Cortés con grande humildad y
cere-monias; y así fue muy bien recibido y amorosamente tratado; y no sólo le
mostró Cortés por señas y palabras la buena obra que españoles le querían
hacer, más aún por dádivas; y así, le dio a él y a otros muchos de aquellos
suyos cosas de rescate; las cuales, aunque entre nosotros son de poco valor,
ellos las estiman mucho y tienen en más que el oro, tras que todos andaban.
Allende de esto, mandó Cortés que todo el oro y
ropa que se había to-mado en el pueblo lo trujesen ante sí; y allí conoció cada
isleño lo que suyo era, y se lo volvió; de que no poco quedaron contentos y
maravillados. Aquellos indios fueron, muy alegres y ricos con las cosillas de
España, por toda la isla a mostrarlas a los otros, y a mandarles de parte del
calachuni que se tornasen a sus casas con sus hijos y mujeres seguramente y sin
miedo, por cuanto aquella gente extranjera era buena y amorosa. Con estas
nuevas y mandamiento se volvió cada uno a su casa y pueblo, que también otros
se habían ido como los de éste, y poco a poco perdieron el miedo que a los
es-pañoles tenían. Y por esta manera estuvieron seguros y amigos, y proveye-
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ron abundantemente nuestro ejército todo el tiempo
que en la isla estuvo, de miel y cera, de pan, pescado y fruta.
CAPÍTULO XI
QUE LOS DE ACUZAMIL DIERON NUEVAS A CORTÉS DE
JERÓNIMO DE AGUILAR
Como Cortés vio que estaban asegurados de su
venida, y muy domésti-cos y serviciales, acordó de quitarles los ídolos, y
darles la cruz de Jesucristo nuestro Señor, y la imagen de su gloriosa Madre y
virgen santa María; y para esto habloles un día por la lengua que llevaba, la
cual era un Melchor que llevara Francisco Hernández de Córdoba. Mas como era
pescador, era rudo, o más de veras simple, y parecía que no sabía hablar ni
responder. Todavía les dijo que les quería dar mejor ley y Dios de los que tenían.
Res-pondieron que mucho enhorabuena. Y así los llamó al templo, hizo decir
misa, quebró los dioses, y puso cruces e imágenes de nuestra Señora, lo cual
adoraron con devoción; y mientras allí estuvo no sacrificaron como solían.
No se hartaban de mirar aquellos isleños nuestros
caballos ni naos; y así, nunca paraban, sino ir y venir; y aun tanto se
maravillaron de las barbas y color de los nuestros, que llegaban a tentarlos, y
hacían señas con las ma-nos hacia Yucatán, que estaban allá cinco o seis
hombres barbudos, mu-chos soles había. Fernando Cortés, considerando cuánto le
importaría te-ner buen faraute para entender y ser entendido, rogó al calachuni
le diese alguno que llevase una carta a los barbudos que decían. Mas él no halló
quien quisiese ir allá con semejante recado, de miedo del que los tenía, que
era gran señor y cruel; y tal, que sabiendo la embajada, mandaría matar y comer
al que la llevase. Viendo esto Cortés, halagó tres isleños que andaban muy
serviciales en su posada. Dioles algunas cosillas, y rogoles que fuesen con la
carta. Los indios se excusaron mucho de ello, que tenían por cierto que los
matarían. Mas en fin, tanto pudieron ruegos y dádivas, que prome-tieron de ir.
Y así, escribió luego una carta que en suma decía:
“Nobles señores: yo partí de Cuba con once navíos
de armada y con quinientos y cincuenta españoles, y llegué aquí a Acuzamil, de
donde os es-cribo esta carta. Los de esta isla me han certificado que hay en
esa tierra cin-
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co o seis hombres barbudos y en todo a nosotros muy
semejables. No me saben dar ni decir otras señas; mas por éstas conjeturo y
tengo por cierto que sois españoles. Yo y estos hidalgos que conmigo vienen a
descubrir y poblar estas tierras, os rogamos mucho que dentro de seis días que
recibié-redes ésta, os vengáis para nosotros, sin poner otra dilación ni
excusa. Si vi-niéredes todos, conoceremos y gratificaremos la buena obra que de
voso-tros recibirá esta armada. Un bergantín envío para en que vengáis, y dos
naos para seguridad.–Fernando Cortés”.
Escrita ya la carta, hallose otro inconveniente
para que no la llevasen; y era, que no sabían cómo llevarla encubiertamente
para no ser vistos ni ba-rruntados por espías, de que los indios temían.
Entonces Cortés acordose que iría bien, envuelta en los cabellos de uno; y así,
tomó al que parecía más avisado y para más que los otros, y atole la carta
entre los cabellos, que de costumbre los traen largos, a la manera que se los
atan ellos en la guerra o fiestas, que es como trenzado a la frente. Del
bergantín en que fueron estos indios iba capitán Juan de Escalante; de las
naves Diego de Ordaz, con cin-cuenta hombres para si menester fuese. Fueron
estos navíos, y Escalante echó los indios en tierra en la parte que le dijeron.
Esperaron ocho días, aunque les avisaron que no los esperarían sino seis, y
como tardaban, cuida-ron que los habrían muerto o cautivado, y tornáronse a
Acuzamil sin ellos; de que mucho pesó a todos los españoles, en especial a
Cortés, creyendo que no era verdad aquello de los de las barbas, y que tendrían
falta de len-gua. Entre tanto que todas estas cosas pasaban, se repararon los
navíos del daño que habían recibido con el temporal pasado, y se pusieron a
pique; y así, se partió la flota en llegando el bergantín y las dos naos.
CAPÍTULO XII
VENIDA DE JERÓNIMO DE AGUILAR
A FERNANDO CORTÉS
Mucho les pesaba, a lo que mostraron, la partida de
los cristianos a los isle-ños, especial al calachuni; y cierto a ellos se les
hizo buen tratamiento y amistad. De Acuzamil fue la flota a tomar la costa de
Yucatán, a do es la punta de las Mujeres, con buen tiempo, y surgió allí Cortés
para ver la dis-
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posición de la tierra y la manera de la gente. Mas
no le contentó. Otro día siguiente, que fue Carnestolendas, oyeron misa en
tierra, hablaron a los que vinieron a verlos, y embarcados, quisieron doblar la
punta para ir a Cotoche, y tentar qué cosa era. Pero antes de que la doblasen,
tiró la nao en que iba el capitán Pedro de Alvarado, en señal de que corría
peligro. Acu-dieron allá todos a ver qué cosa era; y como Cortés entendió que
era un agua que con dos bombas no podían agotar, y que si no fuese tomando
puerto, que no se podía remediar, tornose a Acuzamil con toda la armada. Los de
la isla acudieron luego a la mar muy alegres a saber qué querían o qué se
habían olvidado; y los nuestros les contaron su necesidad, y se des-embarcaron,
y remediaron el navío.
El sábado luego siguiente se embarcó la gente toda,
salvo Fernando Cortés y otros cincuenta. Revolvió entonces el tiempo con grande
viento y contrario; y así, no se partieron aquel día. Duró aquella noche la
furia del aire; mas amansó con el Sol, y quedó la mar para poder embarcar y
navegar; pero por ser el primer domingo de Cuaresma, acordaron de oír misa y
co-mer primero. Estando Cortés comiendo, le dijeron cómo atravesaba una canoa a
la vela, de Yucatán para la isla, y que venía derecha hacia do las na-ves
estaban surtas. Salió él a mirar adonde iba; y como vio que se desviaba algo de
la flota, dijo a Andrés de Tapia que fuese con algunos compañeros a ella,
orilla del agua, encubiertos, hasta ver si salían los hombres a tierra; y si
saliesen, que se los trajesen. La canoa tomó tierra tras una punta o abrigo, y
salieron de ella cuatro hombres desnudos en carnes, sino era sus vergüen-zas,
los cabellos trenzados y enroscados sobre la frente como mujeres, y con muchas
flechas y arcos en las manos; tres de los cuales hubieron miedo cuando vieron
cerca de sí a los españoles, que habían arremetido a ellos para tomarlos, las
espadas sacadas; y querían huir a la canoa. El otro se ade-lantó, hablando a
sus compañeros en lengua que los españoles no entendie-ron, que no huyesen ni
temiesen; y dijo luego en castellano: “Señores, ¿sois cristianos?”.
Respondieron que sí y que eran españoles. Alegrose tanto con tal respuesta, que
lloró de placer. Preguntó si era miércoles, porque tenía unas horas en que
rezaba cada día. Rogoles que diesen gracias a Dios; y él hincose de rodillas en
el suelo, alzó las manos y ojos al cielo, y con muchas lágrimas hizo oración a
Dios, dándole gracias infinitas por la merced que le
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hacía en sacarlo de entre infieles y hombres
infernales, y ponerle entre cris-tianos y hombres de su nación.
Andrés de Tapia se allegó a él y le ayudó a
levantar, y le abrazó, y lo mis-mo hicieron los otros españoles. Él dijo a los
tres indios que le siguiesen, y vínose con aquellos españoles hablando y
preguntando cosas hasta donde Cortés estaba; el cual le recibió muy bien, y le
hizo vestir luego y dar lo que hubo menester; y con placer de tenerle en su
poder, le preguntó su desdi-cha y cómo se llamaba. Él respondió alegremente
delante de todos: “Se-ñor, yo me llamo Jerónimo de Aguilar, y soy de Ecija, y
perdíme de esta ma-nera: Que estando en la guerra del Darién, y en las pasiones
y desventuras de Diego de Nicuesa y Vasco Núñez Balboa, acompañé a Valdivia,
que vino en una pequeña carabela a Santo Domingo, a dar cuenta de lo que allí
pasaba, al almirante y gobernador, y por gente y vitualla y a traer veinte mil
ducados del rey, el año de 1511, y ya que llegamos a Jamaica se perdió la
carabela en los bajos que llaman de las Víboras, y con dificultad entramos en
el batel hasta veinte hombres, sin vela, sin agua, sin pan y con ruin apa-rejo
de remos; y así anduvimos trece o catorce días y al cabo echonos la co-rriente,
que allí es muy grande y recia, y siempre va tras el Sol a esta tierra, a una
provincia que dicen Maya. En el camino se murieron de hambre siete, y aun creo
que ocho. A Valdivia y otros cuatro sacrificó a sus ídolos un mal-vado cacique,
a cuyo poder venimos, y después se los comió, haciendo fies-ta y plato de ellos
a otros indios. Yo y otros seis quedamos en caponera a engordar para otro
banquete y ofrenda; y por huir de tan abominable muerte, rompimos la prisión y
echamos a huir por unos montes; y quiso Dios que topamos con otro cacique
enemigo de aquél, y hombre humano, que se dice Aquincuz, señor de Xamanzana; el
cual nos amparó y dejó las vidas con servidumbre, y no tardó a morirse. Después
acá he yo estado con Taxmar, que le sucedió. Poco a poco se murieron los otros
cinco españoles nuestros compañeros, y no hay sino yo y un Gonzalo Guerrero,
marinero, que está con Nachancán, señor de Chetemal, el cual se casó con una rica
señora de aquella tierra, en quien tiene hijos, y es capitán de Nachancán, y
muy estimado por las victorias que le gana en las guerras que tiene con sus
comarcanos. Yo le envié la carta de vuestra merced, y a rogar que se vinie-se,
pues había tan buena coyuntura y aparejo. Mas él no quiso, creo que de
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vergüenza, por tener horadadas las narices, picadas
las orejas, pintado el rostro y manos a fuer de aquella tierra y gente, o por
vicio de la mujer y amor de los hijos”.
Gran temor y admiración puso en los oyentes este
cuento de Jerónimo de Aguilar, con decir que allí en aquella tierra comían y
sacrificaban hom-bres, y por la desventura que él y sus compañeros habían
pasado; pero da-ban gracias a Dios por verle libre de gente tan inhumana y
bárbara, y por tenerle por faraute cierto y verdadero. Y certísimo les pareció
milagro ha-ber hecho agua la nao de Alvarado, para que con aquella necesidad
torna-sen a la isla, donde, sobreviniendo contrario viento, fuesen constreñidos
a estar hasta que este Aguilar viniese; que sin duda él fue la lengua y medio
para hablar, entender y tener cierta noticia de la tierra por do entró y fue
Fernando Cortés. Y por tanto, he yo querido ser tan largo en contar de la
manera que se hubo, como punto notable de esta historia. No dejaré de de-cir
cómo enloqueció su madre de Jerónimo de Aguilar, cuando oyó que su hijo estaba
cautivo en poder de gente que comían hombres; y siempre de allí adelante daba
voces en viendo carne asada o espetada, gritando: “¡Desven-turada de mí! éste
es mi hijo y mi bien”.
CAPÍTULO XIII
CÓMO DERRIBÓ CORTÉS LOS ÍDOLOS EN ACUZAMIL
Luego a otro día que Aguilar fue venido, tornó
Cortés a hablar a los acu-zamilanos para informarse mejor de las cosas de la
isla, pues serían bien en-tendidas con tan fiel intérprete; y para confirmarlos
en la veneración de la cruz y apartarlos de la de los ídolos, considerando que
aquel era el verdade-ro camino para más pronto dejar la gentilidad y tornarse
cristianos; y a la verdad, la guerra y la gente con armas es para quitar a
estos indios los ídolos, los ritos bestiales y sacrificios abominables que tienen
de sangre y comida de hombres, que derechamente es contra Dios y natura; porque
con esto más fácilmente y más presto y mejor reciben, oyen y creen a los
predicado-res, y toman el Evangelio y el bautismo de su propio grado y
voluntad; en que consiste la cristiandad y la fe.
Así que Jerónimo de Aguilar les predicó
aconsejándoles su salvación;
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y con lo que les dijo, o porque ya ellos habían
comenzado, holgaron que les acabasen de derribar sus ídolos y dioses, y aun
ellos mismos ayudaron a ello, quebrando y desmenuzando lo que poco antes
adoraban. Y de presto no dejaron ídolo sano ni en pie nuestros españoles, y en
cada capi-lla y altar ponían una cruz o la imagen de nuestra Señora, a quien
todos aquellos isleños adoraban con gran devoción y oraciones, y ponían su
in-cienso, y ofrecían codornices y maíz y frutas, y las otras cosas que solían
traer al templo por ofrenda. Y tanta devoción tomaron con la imagen de nuestra
Señora santa María, que salían después con ella a los navíos espa-ñoles que
tocaban en la isla, diciendo: “Cortés, Cortés”, y cantando “Ma-ría, María”;
como hicieron a Alonso de Parada y a Pánfilo de Narváez y a Cristóbal de Olid
cuando pasaron por allí. Y aun allende de esto, rogaron a Cortés que les dejase
quien les enseñase cómo habían de creer y servir al Dios de los cristianos. Mas
él no osó, de miedo no los matasen, y porque llevaba pocos clérigos y frailes;
en lo cual no acertó, pues de tan buena gana lo querían y pedían.
CAPÍTULO XIV
ACUZAMIL, ISLA
Llaman los naturales Acuzamil, y corruptamente
Cozumel. Juan de Grijal-va, que fue el primer español que entró en ella, la
nombró Santa Cruz, por-que a 3 de mayo la vio. Tiene hasta diez leguas en largo
y tres en ancho, aun-que hay quien diga más y quien diga menos. Está en veinte
grados a esta parte de la Equinoccial, o poco menos, y cinco o seis leguas de
la punta de las Mujeres. Tiene hasta dos mil hombres en tres lugares que hay.
Las casas son de piedra y ladrillo, con la cubierta de paja o rama, y aun alguna
de lan-chas de piedra. Los templos y torres de cal y canto, muy bien
edificados. Tienen poca agua, y aquélla de pozos y llovediza.
Calachuni es como decir cacique o rey. Son morenos,
andan desnudos. Si algún vestido traen, es de algodón y para tapar lo
vergonzoso. Crían largo cabello, y trénzanselo muy bien sobre la frente. Son
grandes pescadores; y así, el pescado es casi su principal manjar; bien que
tienen mucho maíz para pan, y muchas frutas y buenas. Tienen también mucha
miel, aunque agra un
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poco, y colmenares de a mil y más colmenas, algo
chicas. No sabían alum-brarse con la cera. Mostráronselo los nuestros, y
quedaron espantados y contentos. Hay unos perros, rostro de raposo, que castran
y ceban para co-mer; no ladran. Con pocos de ellos hacen casta las hembras.
Como hay sie-rras, y en lo bajo montes y pastos, críanse muchos venados,
puercos monte-ses, conejos y liebres, aunque pequeñas; de lo cual todo mataron
en cantidad nuestros españoles con ballestas y escopetas, y con los perros y le-breles
que llevaban; y sin la que comieron fresca, cecinaron y curaron al sol mucha
carne. Retájanse, son idólatras, sacrifican niños, mas pocos, y mu-chas veces
perros en su lugar. En lo demás, gente pobre es, pero caritativa y muy
religiosa en aquella su falsa creencia.
CAPÍTULO XV
LA RELIGIÓN DE ACUZAMIL
El templo es como torre cuadrada, ancha del pie y
con gradas al derredor; derecha de medio arriba, y en lo alto hueca y cubierta
de paja, con cuatro puertas o ventanas con sus antepechos o corredores. En
aquel hueco que parece capilla, asientan o pintan sus dioses. Tal era el que
estaba a la marina, en el cual había un extraño ídolo y muy diverso de los
demás; aunque ellos son muchos y muy diferentes. Era el bulto de aquel ídolo
grande, hueco, hecho de barro y cocido, pegado a la pared con cal, a las espaldas
de la cual había una como sacristía, donde estaba el servicio del templo, del
ídolo y de sus ministros. Los sacerdotes tenían una puerta secreta y chica,
hecha en la pared en par del ídolo. Por allí entraba uno de ellos, envestíase
en el bulto, hablaba y respondía a los que venían en devoción y con demandas.
Con este engaño creían los simples hombres cuanto su dios les decía; al cual
honra-ban mucho más que a los otros, con sahumerios muy buenos, hechos como
pebetes o de copal, que es como incienso; con ofrendas de pan y frutas, con
sacrificios de sangre de codornices y otras aves, y de perros, y aun a las
veces de hombres. A causa de este oráculo e ídolo, acudían a esta isla de
Acuzamil muchos peregrinos y gente devota y agorera, de lejos tierras, y por
eso había tantos templos y capillas.
Al pie de aquella misma torre estaba un cercado de
piedra y cal, muy
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bien lucido y almenado, en medio del cual había una
cruz de cal tan alta como diez palmos, a la cual tenían y adoraban por dios de
la lluvia, porque cuando no llovía y había falta de agua, iban a ella en
procesión y muy devo-tos; ofrecían codornices sacrificadas por aplacarle la ira
y enojo que con ellos tenía o mostraba tener, con la sangre de aquella simple
avecica. Que-maban también cierta resina a manera de incienso, y rociábanla con
agua. Tras esto tenían por cierto que luego llovía. Tal era la religión de
estos acu-zamilanos, y no se pudo saber dónde ni cómo tomaron devoción con
aquel dios de cruz; porque no hay rastro ni señal en aquella isla, ni aun en
otra nin-guna parte de Indias, que se haya predicado en ella el Evangelio, como
más largamente se dirá en otro lugar, hasta nuestros tiempos y nuestros
españo-les. Estos de Acuzamil acataron mucho de allí en adelante la cruz, como
quien estaba hecho a tal señal.
CAPÍTULO XVI
DEL PEZ TIBURÓN
Mes y medio gastó Cortés en lo que tenemos dicho
hasta ahora, después que dejó a Cuba. Partiose Cortés de esta isla, dejando a
los naturales de ella muy amigos de españoles; y tomando mucha cera y miel que
le dieron, pasó a Yucatán, y fuese pegado a tierra para buscar el navío que le
faltaba, y cuando llegó a la punta de las Mujeres calmó el tiempo, y estúvose
allí dos días esperando viento; en los cuales tomaron sal, que hay allí muchas
sali-nas, y un tiburón con anzuelo y lazos. No le pudieron subir al navío
porque daba mucho lado, que era chico y el pez muy grande. Desde el batel le
ma-taron en el agua y le hicieron pedazos, y así le metieron dentro en el
batel, y de allí en el navío, con los aparejos de guindar. Halláronle dentro
más de quinientas raciones de tocino, en que, a lo que dicen, había diez
tocinos que estaban a desalar colgados alrededor de los navíos; y como el
tiburón es tragón, que por eso algunos le llaman ligurón y como halló aquel
apare-jo, pudo engullir a su placer. También se halló dentro de su buche un
plato de estaño que cayó de la nao de Pedro Alvarado, y tres zapatos
desechados, y más un queso.
Eso afirman de aquel tiburón; y cierto él traga tan
desaforadamente,
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que parece increíble; porque yo he oído jurar a
personas de bien, que han visto muchas veces estos tiburones muertos y
abiertos, que se han hallado dentro de ellos cosas, que si no las vieran, las
tuvieran por imposibles: como decir que un tiburón se traga uno, y dos, y más
pellejos de carneros con la cabeza y cuernos enteros, como los arrojan a la
mar, por no pelar-los. Es el tiburón un pez largo y gordo, y alguno de ocho
palmos de cinta y doce pies en luengo. Muchos de ellos tienen dos órdenes de
dientes, una junto a la otra, que parecen sierra o almenas; la boca es a
proporción del cuerpo, el buche disforme de grande. Tiene el cuero como tollo.
El ma-cho tiene dos miembros para engendrar, y la hembra no más de uno, la cual
pare de una vez veinte y treinta tiburoncillos, y aun cuarenta. Es pes-cado que
acomete a una vaca y a un caballo cuando pace o bebe a orillas de los ríos, y
se come un hombre, como quiso hacer uno al calachuni de Acu-zamil, que le cortó
los dedos de un pie cuando no lo pudo llevar entero, como le socorriesen. Es
tan goloso, que se va tras una nao, por comer lo que de ella echan y cae,
quinientas y aun mil leguas; y es tan ligero, que anda más que ella aunque
lleve más próspero tiempo, y dicen que tres tan-tos más, porque al mayor correr
de la nave le da él dos y tres vueltas alrede-dor, y tan somero, que se parece
y ve cómo lo anda. No es muy bueno de comer por ser duro y desabrido, aunque
abastece mucho un navío hecho tasajo en sal o al aire.
Cuentan aquellos de la armada de Cortés que
comieron del tocino que sacaron al tiburón del cuerpo, que sabía mejor que lo
otro, y que muchos conocieron sus raciones por las ataduras y cuerdas.
CAPÍTULO XVII
QUE LA MAR CRECE MUCHO EN CAMPECHE, NO CRECIENDO
POR ALLÍ CERCA
Con el buen tiempo que hizo luego se partió de allí
la flota en busca del na-vío perdido, y hacía Cortés entrar con los bergantines
y barcas de naos en los ríos y calas a buscarlo, y aun estando en par de
Campeche surtos los na-víos en la playa, atendiendo a los bergantines y barcos
que andaban entre ciertas caletas a descubrir el que faltaba, presto se
quedaron en seco, aun-
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que estaban casi una legua dentro en mar: tanta es
la menguante y creciente que nace allí. No crece sino allí la mar, del Labrador
a Paria; nadie sabe la causa de ello, aunque dan muchas, pero ninguna
satisface; y dicen que si no fuera por esto, que saltaran en tierra a vengar a
Francisco Hernández de Córdoba del daño que allí recibió.
Navegando pues apegados siempre a tierra,
emparejaron con una gran cala que ahora llaman Puerto-Escondido, en la cual se
hacen algunas isle-tas, y en una de ellas estaba el navío que buscaban. Cortés
y todos holgaron infinito de hallarle sano, y a toda la gente salva y buena, y
otro tanto hicieron ellos por ser hallados; que tenían temor de sí por estar
solos y no bien pro-veídos, y que la flota no fuese perdida o adelante pasada;
y sin duda no se hubieran podido sufrir allí de hambre tanto tiempo, si no fuera
por una le-brela; mas como ella los proveía, y era por allí la derrota y camino
de la arma-da, esperaron el capitán, y aun con harto miedo no le hubiese
acontecido algo como a Grijalva o a Francisco Hernández de Córdoba. Como
surgie-ron todos allí donde aquel navío estaba, y se holgaron unos con otros,
como era razón, preguntados de qué tenían por las jarcias tantos pellejos de
lie-bres y conejos y de venados, dijeron cómo luego que allí llegaron vieran
an-dar por la costa un perro ladrando y escarbando de cara al navío, y que el
capitán y otros salieron en tierra y hallaron una lebrela de buen talle que se
vino para ellos. Halagolos con la cola saltando de uno en otro con las ma-nos,
y luego fuese al monte que estaba cerca, y de allí a poco volvió cargada de
liebres y conejos. El otro día de adelante hizo lo mismo, y así conocieron que
había mucha caza por aquella tierra, y comenzaron a irse tras ella no sé
cuántas ballestas que venían en el navío, y diéronse tan buena diligencia a
cazar, que no solamente se habían mantenido de carne fresca los días que allí
habían estado, aunque era cuaresma, pero que se habían también baste-cido de
cecina de venados y conejos para largos días, y en memoria de aque-llo pegaban
por la jarcia las pellejas de los conejos y liebres, y tendían al Sol los
cueros de los ciervos para secarlos. No supieron si la lebrela fue de Cór-doba
o de Grijalva.
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CAPÍTULO XVIII
COMBATE Y TOMA DE POTONCHÁN
No se detuvo allí la flota; antes se partió luego,
y muy alegres todos en haber hallado los que tenían por perdidos, y sin parar,
fueron hasta el río de Gri-jalva, que en aquella lengua se dice Tabasco. No
entraron dentro, porque pareció ser la barra muy baja para los navíos mayores;
y así echaron áncoras a la boca. Acudieron luego a mirar los navíos y gente
muchos indios, y algu-nos con armas y plumajes, que a lo que desde la mar
parecía, eran hombres lucidos y de buen parecer, y no se maravillaban casi de
ver nuestra gente y velas, por haberlas visto al tiempo que Juan de Grijalva
entró por aquel mis-mo río. A Cortés le pareció bien la manera de aquella gente
y el asiento de la tierra, y dejando buena guarda de los navíos grandes, metió
la demás gente española en los bergantines y bateles que venían por popa de las
naos, y ciertas piezas de artillería, y entrose con ello el río arriba contra
la corriente, que era muy grande.
A poco más de media legua que subían por él, vieron
un gran pueblo con las casas de adobes y los tejados de paja, el cual estaba
cercado de made-ra de bien gruesa pared y almenas, y troneras para flechar y
tirar piedras y varas. Antes un poco que los nuestros llegasen al lugar,
salieron a ellos mu-chos barquillos, que allí llaman tahucup, llenos de hombres
armados, mos-trándose muy feroces y ganosos de pelear. Cortés se adelantó
haciendo se-ñas de paz, y les habló por Jerónimo de Aguilar, rogándoles los recibiesen
bien, pues no venían a hacerles mal, sino a tomar agua dulce y a comprar de
comer, como hombres que andando por la mar tenían necesidad de ello; por tanto
que se lo diesen, que ellos lo pagarían muy cortésmente. Los de las barquillas
dijeron que irían con aquel mensaje al pueblo y les traerían res-puesta y
comida. Fueron, tornaron luego y trajeron en cinco o seis barqui-llos, pan,
fruta y ocho gallipavos, y diéronselo todo dado. Cortés les mandó decir que
aquella era muy poca provisión para la necesidad grande que traían y para
tantas personas como venían en aquellos grandes bajeles, que ellos aún no
habían visto, por estar cerrados, y que les rogaba mucho le tra-jesen harto, o
le consintiesen entrar en el pueblo a abastecerse. Los indios pidieron aquella
noche de término para hacer lo uno o lo otro de aquello
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que les rogaba, y con esto se fueron al lugar, y
Cortés a una islica que el río hace, a esperar la respuesta para otro día de
mañana.
Cada uno de ellos pensó de engañar al otro; porque
los indios tomaron aquel plazo para tener espacio de alzar aquella noche su
ropilla, y poner en cobro sus hijos y mujeres por los montes y espesuras, y
llamar gente a la de-fensa del pueblo; y Cortés mandó salir luego a la isleta
todos los escopeteros y ballesteros, y otros muchos españoles que aún estaban
en los navíos, e hizo ir el río arriba a buscar vado. Entrambas cosas se
hicieron aquella no-che, sin que los contrarios, ocupados en sólo sus casas,
las sintiesen; porque todos los de las naos vinieron a do Cortés estaba, y los
que fueron a buscar vado anduvieron tanto la ribera arriba tentando las
corrientes, que a menos de media legua hallaron por do pasar, aunque hasta la
cinta, y aun también hallaron tanta espesura y tan cubiertos los montes por una
y otra ribera, que pudieron llegar hasta el lugar sin ser sentidos ni vistos.
Con estas nuevas se-ñaló Cortés dos capitanes con cada ciento cincuenta
españoles, que fueron Alonso de Ávila y Pedro de Alvarado, y envió esa misma
noche con guía a meterse en aquellos bosques que estaban entre el río y el
lugar, por dos efec-tos: uno, porque los indios viesen que no había más gente
en la isleta que el día antes; y otro, para que oyendo la señal que concertó,
diesen en el lugar por la otra parte de tierra.
Como fue de día, luego vinieron con el Sol hasta
ocho barcas de indios armados más que primero, a do los nuestros estaban.
Trajeron alguna poca comida, y dijeron que no podían haber más, como los
vecinos del pueblo ha-bían echado a huir, de miedo de ellos y de sus disformes
navíos; por tanto, que les rogaban mucho tomasen aquello y se tornasen a la
mar, y no curasen de desasosegar la gente de la tierra ni alborotarla más. A
esto respondió la len-gua, diciendo que era inhumanidad dejarlos perecer de
hambre, y que si le escuchasen la razón por qué habían venido allí, que verían
cuánto bien y pro-vecho se les seguiría de ello. Replicaron los indios que no
querían consejo de gente que no conocían, ni menos acogerlos en sus casas,
porque les parecían hombres terribles y mandones, y que si agua querían, que la
cogiesen del río o hiciesen pozos en tierra; que así hacían ellos cuando
menester la tenían.
Entonces Cortés, viendo que eran por demás
palabras, díjoles que en ninguna manera él podía dejar de entrar en el lugar y
ver aquella tierra,
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para tomar y dar relación de ella al mayor señor
del mundo, que allí le en-viaba; por eso, que lo tuviesen por bueno, pues él lo
deseaba hacer por bien, y si no, que se encomendaría a su Dios y a sus manos y
a las de sus compañeros. Los indios no decían más de que se fuesen, y no
curasen de bravear en tierra ajena, porque en ninguna manera le consentirían
salir a ella ni entrar en su pueblo; antes le avisaban que si luego no se iba
de allí, que le matarían a él y cuantos con él iban. Quiso Cortés hacer con aquellos
bárbaros todo cumplimiento, según razón, y conforme a lo que los reyes de
Castilla mandan en sus instrucciones, que es requerir una y dos y mu-chas veces
con la paz a los indios antes de hacerles guerra ni entrar por fuerza en sus
tierras y lugares; y así, les tornó a requerir con la paz y buena amistad,
prometiéndoles buen tratamiento y libertad, y ofreciéndoles la noticia de cosas
tan provechosas para sus cuerpos y almas, que se tendrían por bienaventurados
después de sabidas, y que si todavía porfiaban en no acogerle ni admitirle, que
los apercibía y emplazaba para la tarde antes del Sol puesto, porque pensaba,
con ayuda de su Dios, dormir en el pueblo aquella noche, a pesar y daño de los
moradores, que rehusaban su buena amistad y conversación y la paz. De esto se
rieron mucho, y mofando se fueron al lugar a contar las soberbias y locuras que
les parecía haber oído. En yéndose los indios, comieron los españoles, y de
allí a poco se armaron y se metieron en las barcas y bergantines, y aguardaron
así a ver si los in-dios tornaban con alguna buena respuesta; pero como
declinaba ya el Sol y no venían, avisó Cortés a los españoles, que estaban
puestos en celada, y él embrazó su rodela; y llamando a Dios y a Santiago y a
San Pedro, su abo-gado, arremetió al lugar con los españoles que allí estaban,
que serían obra de doscientos, y en llegando a la cerca que tocaba en agua, y
los berganti-nes en tierra, soltaron los tiros y saltaron al agua hasta el
muslo todos, y co-menzaron a combatir la cerca y baluartes, y a pelear con los
enemigos, que había rato que les tiraban saetas y varas y piedras con hondas y
a manos, y que entonces, viendo cabe sí los enemigos, peleaban reciamente de
las al-menas a lanzadas, y flechando muy a menudo por las saeteras y traviesas
del muro, en que hirieron cuasi veinte españoles; y aunque el humo y fue-go y
trueno de los tiros los espantó, embarazó y derribó en el suelo, de te-mor en
oír y ver cosa tan temerosa y por ellos jamás vista, no desampararon
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la cerca ni la defensa sino los muertos; antes
resistían gentilmente la fuerza y golpes de sus contrarios, y no les dejaran
por allí entrar si por detrás no fueran salteados.
Mas como los trescientos españoles oyeron la
artillería allá do estaban emboscados, que era la señal para cometer ellos
también, arremetieron al pueblo; y como toda la gente del estaba intenta y
embebecida peleando con los que tenían delante, y les querían entrar por el
río, halláronlo solo y sin resistencia por aquella parte que ellos habían de
entrar, y entraron con grandes voces, hiriendo al que topaban. Entonces los del
lugar conocieron su descuido, y quisieron socorrer aquel peligro; y así,
aflojaron por do Cor-tés estaba peleando. Con esto pudo entrar por allí él y
los que a par de él combatían, sin otro peligro ni contradicción; y así, unos
por una parte y los otros por otra, llegaron a un tiempo a la plaza, yendo
siempre peleando con los vecinos, de los cuales no quedó ninguno en el pueblo,
sino los muertos y presos; que los otros que fueron pocos desamparáronlo, y
fuéronse a meter al monte que cerca estaba, con las mujeres, que ya estaban
allá.
Los españoles escudriñaron las casas, y no hallaron
sino maíz y gallipa-vos y algunas cosas de algodón, y poco rastro de oro, que
no estaban dentro más de cuatrocientos hombres de guerra a defender el lugar.
Derramose mucha sangre de indios en la toma de este lugar, por pelear desnudos;
heri-dos fueron muchos, y cautivos quedaron pocos; no se contaron los muer-tos.
Cortés se aposentó en el templo de los ídolos con todos los españoles, y
cupieron muy a placer, porque tiene un patio y unas salas muy buenas y grandes.
Durmieron allí aquella noche a buena guarda, como en casa de enemigos; mas los
indios no osaron nada. De esta manera se tomó Poton-chán, que fue la primera
ciudad que Fernando Cortés ganó por fuerza en lo que descubrió y conquistó.
CAPÍTULO XIX
DEMANDAS Y RESPUESTAS ENTRE CORTÉS
Y LOS POTONCHANOS
Otro día de mañana hizo Cortés venir ante sí los
indios heridos y presos, y mandoles por su faraute ir a donde estaba el señor
con los demás vecinos del
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lugar, a decirles que del daño hecho, ellos se
tenían la culpa, y no los cristia-nos, que les habían rogado con la paz tantas
veces; y que si querían volver a sus casas y pueblo, que lo podían hacer
seguramente; que él les prometía por su Dios que no les sería hecho el menor
enojo de esta vida, sino todo placer y buen tratamiento; y al señor, que si no
se confiaba de la palabra y fe que le daba, que le daría rehenes; porque
deseaba mucho hablarle y cono-cerle, e informarse de él de algunas cosas que le
cumplían mucho saber, y aun darle noticia de otras con que muy mucho se holgase
y aprovechase; y que si no quería venir, que supiese por cierto que él lo iría
a buscar, y a pro-veerse de bastimentos por sus dineros. Despidiolos con esto,
y enviolos contentos y libres, que ellos no pensaban. Los indios fueron bien
alegres, y dijeron a los otros sus vecinos lo que les fue mandado. Pero no vino
hombre de ellos; antes se juntaron para dar en los nuestros de sobresalto,
creyendo tomarlos descuidados y encerrados, do les pudiesen pegar fuego, si de
otra manera no pudiesen vengarse.
Envió también sin estos indios a ciertos españoles
por tres caminos que parecían, y que todos iban a dar, según después pareció, a
las labranzas y maizales del pueblo; y así, los llevó el camino donde estaban
muchos indios; con los cuales escaramuzaron, por traer alguno al capitán que lo
examinase en el lugar, y ellos dijeron cómo todos los de aquella tierra y sus
comarcas se andaban llegando para pelear con todo su poder y fuerzas, y dar
batalla a aquellos pocos hombres forasteros, y matarlos y comérselos, como a
enemi-gos y salteadores. Dijeron más, que tenían concertado entre sí que si
fuesen vencidos a mala dicha suya, de servir en adelante como esclavos a
señores. Cortés los envió libres como a los otros, y a decir a la junta y
capitanes que no se pusiesen en aquello, que era locura y por demás pensar
vencer ni ma-tar a aquellos pocos hombres que allí veían; y que si no peleaban
y dejaban las armas, él les prometía tenerlos y tratarlos como a hermanos y
buenos amigos; y si perseveraban en la enemiga y guerra, que él los castigaría
de tal manera, que de allí en adelante jamás tomasen armas para semejante gente
que él y los sus españoles.
Con lo que estos mensajeros dijeron allá, o por
espiar algo, vinieron luego otro día veinte personas de autoridad y principales
entre los suyos, al pueblo. Tocaron la tierra con los dedos, y alzáronlos al
cielo, que es salva y
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reverencia que acostumbran hacer; y dijeron al
capitán Cortés que el señor de aquel pueblo y otros señores vecinos y amigos
suyos le enviaban a rogar que no quemase el lugar, y que le traerían
mantenimientos. Cortés les dijo que no eran hombres los suyos que se enojaban
con las paredes, ni aun tampoco con los otros hombres, sino con muy grande y
justa razón; ni eran allí venidos para hacer mal, sino para hacer bien; y que
si su señor viniese, conocería presto cuánta verdad le decía en todo aquello, y
cuán en breve él y todos ellos sabrían grandes misterios y secretos de cosas
jamás llegadas a su noticia, con que mucho se holgasen. Con esto se volvieron
aquellos veinte embajadores o espías, diciendo que tornarían con la respuesta;
y así lo hicieron; porque a otro día trujeron algunas vituallas, y excusáronse
que no traían más a causa de estar la gente derramada y emboscada de temor; por
las cuales no quisieron paga, sino ciertos cascabeles y otras bujerías. Dijeron
asimismo que su señor en ninguna manera vendría, porque se ha-bía ido, de miedo
y vergüenza, a un lugar fuerte y lejos de allí; mas que en-viaría personas de
crédito y confianza con quien pudiese comunicar lo que quisiese; y que en
cuanto a las cosas de comer, que él enviase enhorabuena a buscarlas y comprar.
Cortés holgó mucho con esta respuesta, por tener
ocasión y justa causa de entrar por la tierra y saber el secreto de ella.
Despidiolos pues, y avisolos que otro día iría con su gente por bastimentos
para su ejército; por eso, que lo publicasen entre los naturales, para que
tuviesen todo recaudo de comi-da, pues habían de ser bien pagados. Lo uno y lo
otro era cautela; porque Cortés no lo hacía tanto por el comer cuanto por
descubrir oro, que hasta allí había visto poco; y los indios andaban
temporizando, hasta haberse jun-tado todos con muchas armas. Luego otro día por
la mañana ordenó Cortés tres compañías, de a ochenta españoles cada una, y
dioles por capitanes a Pedro de Alvarado, Alonso de Ávila y Gonzalo de
Sandoval, y algunos in-dios de Cuba para servicio y carga, si hallasen maíz o
aves que traer. Envio-los por diferentes caminos, y mandó que no tomasen nada
sin pagar ni por fuerza, y que no pasasen adelante de legua y media, o cuando
mucho, dos, porque con tiempo pudiesen tornarse al pueblo a dormir; y él
quedose con los otros españoles a guardar el lugar y la artillería.
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El un capitán de aquellos acertó a ir con su
bandera a una aldea do eta-ban infinitos tabascanos en armas, guardando sus
maizales. Rogoles que le diesen o trocasen a cosas de rescate, de aquel maíz.
Ellos dijeron que no querían; que para sí lo habían menester. Sobre esto
echaron mano a las ar-mas los unos y los otros, y comenzaron una brava
cuestión; pero como los indios eran muchos más que los españoles, y descargaban
en ellos innume-rables saetas, con que malamente los herían, retrajéronlos a
una casa. Allí se defendieron los nuestros muy bien, aunque con manifiesto
temor y peli-gro de fuego. Y cierto perecieran allí todos o los más, si los
otros caminos por do echaron las otras dos compañías no respondieran allí a
aquellas ro-zas y labranzas. Pero plugo a Dios que llegaron casi a una los
otros dos ca-pitanes a la misma aldea, al mayor hervor y grita que los indios
tenían en combatir la casa donde estaban cercados los ochenta españoles, y con
su venida dejaron los indios el combate, y arremolináronse a una parte; y así
los cercados salieron, y se juntaron con los otros españoles, y echaron ha-cia
el lugar, escaramuzando todavía con los enemigos, que los venían fle-chando.
Cortés iba ya con cien compañeros y con la artillería a socorrerlos, porque dos
indios de Cuba vinieron a decirle el peligro en que quedaban aquellos ochenta
españoles. Topolos a una milla del pueblo, y porque aún venían los enemigos,
dañando en los traseros, hízoles tirar dos falconetes, con que se quedaron y no
pasaron de allí, y él se metió con todos los suyos en el pueblo. Murieron en
este día algunos indios, y fueron heridos mu-chos españoles malamente.
CAPÍTULO XX
LA BATALLA DE CINTLA
No se durmió aquella noche Cortés; antes hizo
llevar a las naos todos los heridos y ropa y otros embarazados, y sacar los que
guardaban la flota, y tre-ce caballos; lo cual se hizo antes que amaneciese,
mas no sin lo sentir los ta-bascanos. Cuando el Sol salió, ya había oído misa,
y tenía en el campo cerca de quinientos españoles, trece caballos y seis tiros
de fuego. Estos caballos fueron los primeros que entraron en aquella tierra que
ahora llaman Nue-va-España. Ordenó la gente, puso en concierto la artillería, y
caminó hacia
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Cintla, donde el día antes fue la riña, creyendo
que allí hallaría los indios. También ellos, cuando los nuestros llegaron,
comenzaron a entrar en cami-no muy en ordenanza, y venían en cinco escuadrones
de ocho mil cada uno; y como donde se toparon era barbechos y tierra labrada, y
entre muchas acequias y ríos hondos y malos de pasar, embarazáronse los
nuestros y des-ordenáronse; y Fernando Cortés se fue con los de caballo a
buscar mejor paso sobre la mano izquierda, y a encubrirse con unos árboles, y dar
por allí, como de emboscada, en los enemigos por las espaldas o lado. Los de
pie si-guieron su camino derecho, pasando a cada paso acequias, y escudándose,
que los contrarios les tiraban; y así, entraron en unas grandes rozas labradas
y de mucha agua, donde los indios, como hombres que sabían los pasos, que
estaban diestros y sueltos en saltar las acequias, llegaban a flechar, y aun a
tirar varas y piedras con honda. De manera que, aunque los nuestros ha-cían
daño en ellos y mataban algunos con ballestas y escopetas y con la arti-llería,
cuando podía jugar, no los podían desechar de sobre sí, porque te-nían amparo
en árboles y valladares, y si de industria los de Potonchán esperaron en aquel
mal lugar, como es de creer, no eran bárbaros ni mal entendidos en guerra.
Salieron, pues, de aquel mal paso, y entraron en
otro algo mejor, por-que era espacioso y llano y con menos ríos y allí
aprovecháronse más de las armas de tiro, que daban siempre en lleno, y de las
espadas, que llegaban a pelear cuerpo a cuerpo. Pero como eran infinitos los
indios, cargaron tan-to sobre ellos, que los arremolinaron en tan poco estrecho
de tierra, que les fue forzado, para defenderse, pelear vueltas las espaldas
unos a otros, y aun así, estaban en muy grande aprieto y peligro, porque ni tenían
lugar de ti-rar su artillería, ni gente de caballo que les apartase los
enemigos. Estando pues así caídos y para huir, apareció Francisco Morla en un
caballo rucio picado, que arremetió a los indios e hízoles arredrar algún
tanto. Entonces los españoles, pensando que era Cortés, y con tener espacio,
arremetieron a los enemigos, y mataron algunos de ellos. Con esto el de caballo
no pare-ció más, y con su ausencia volvieron los indios sobre los españoles, y
pusié-ronlos en el estrecho que antes. Tornó luego el de caballo, púsose cabe
los nuestros, corrió a los enemigos e hízoles dar espacio. Entonces ellos,
sin-tiendo favor de hombre a caballo, van con ímpetu a los indios y matan y
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hieren muchos de ellos; pero al mejor tiempo los
dejó el caballero, y no le pudieron ver. Como los indios no vieron tampoco al
de caballo, de cuyo miedo y espanto huían, pensando que era centauro, revuelven
sobre los cristianos con gentil denuedo, y tratanlos peor que antes. Tornó
entonces el de caballo tercera vez, e hizo huir a los indios con daño y miedo,
y los peones arremetieron asimismo, hiriendo y matando. A esta sazón llegó
Cortés con los otros compañeros a caballo, harto de rodear, y de pasar arroyos
y montes, que no había otra cosa por todo aquello. Dijéronle lo que habían
visto hacer a uno de caballo, y preguntaron si era de su compa-ñía, y como dijo
que no, porque ninguno de ellos había podido venir antes, creyeron que era el
apóstol Santiago, patrón de España. Entonces dijo Cortés: “Adelante compañeros,
que Dios es con nosotros y el glorioso San Pedro”. Y en diciendo esto,
arremetió a más correr con los de caballo por medio de los enemigos, y lanzolos
fuera de las acequias, aparte que muy a su talante los pudo alancear, y
alanceando, desbaratar. Los indios dejaron luego el campo raso, y se metieron
por los bosques y espesuras, no parando hombre con hombre. Acudieron luego los
de pie, y siguieron el alcance; en el cual mataron bien más de trescientos
indios, sin otros muchos que hirie-ron de escopeta y de ballesta.
Quedaron heridos en este día más de setenta
españoles de flechas y aun de pedradas. Con el trabajo de la batalla, o con el
gran calor y excesivo que allí hace, o por las aguas que bebieron nuestros
españoles por aquellos arroyos y balsas, le dio un dolor súbito de lomos, que
cayeron en tierra más de ciento de ellos, a los cuales fue menester llevar a
cuestas o arrimados; pero quiso Dios que se les quitó del todo aquella noche, y
a la mañana ya estaban todos buenos. No pocas gracias dieron nuestros españoles
cuando se vieron libres de las flechas y muchedumbre de indios, con quien
habían peleado, a nuestro Señor, que milagrosamente los quiso librar; y todos
dije-ron que vieron por tres veces al del caballo rucio picado pelear en su
favor contra los indios, según arriba queda dicho; y que era Santiago, nuestro
patrón. Fernando Cortés más quería que fuese San Pedro, su especial abo-gado;
pero cualquiera que de ellos fue, se tuvo a milagro, como de veras pa-reció,
porque no solamente lo vieron los españoles, mas aun también los indios lo
notaron por el estrago que en ellos hacía cada vez que arremetía a
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su escuadrón, y porque les parecía que los cegaba y
entorpecía. De los pri-sioneros que se tomaron se supo esto.
CAPÍTULO XXI
TABASCO SE DA POR AMIGO DE CRISTIANOS
Cortés soltó algunos, y envió a decir con ellos al
señor y a todos los otros, que le pesaba del daño hecho a entrambas partes por
culpa y dureza suya, de ellos, que de su inocencia y comedimiento Dios le era
buen testigo. Mas no obstante todo esto, él los perdonaba de su error si venían
luego o dentro de dos días a dar justo descargo y satisfacción de su malicia, y
a tratar con él paz y amistad, y los otros misterios que le quería declarar;
apercibiéndolos que si dentro de aquel plazo no viniesen, de entrar por su
tierra dentro, des-truyéndola, quemándola, talando y matando cuantos hombres
topase, chi-cos y grandes, armados y sin armas. Despachados aquellos hombres
con este mensaje, se fue con todos sus españoles al pueblo a descansar y a
curar todos los heridos.
Los mensajeros hicieron bien su oficio; y así, otro
día vinieron más de cincuenta indios honrados a pedir perdón de lo pasado,
licencia para ente-rrar a los muertos y salvoconducto para venir los señores y
personas princi-pales al pueblo seguramente. Cortés les concedió lo que pedían;
y les dijo que no le engañasen ni mintiesen más, ni hiciesen otra junta, que
sería para mayor mal suyo y de la tierra; y que si el señor del lugar y los
otros sus ami-gos y vecinos no viniesen en persona, que no los oiría más por
terceros. Con tan bravo y riguroso mandamiento y protesto como este y el
pasado, por sentirse de flacas fuerzas y de armas desiguales para pelear ni
resistir aquellos pocos españoles, que tenían por invencibles, acordaron los
seño-res y personas más principales de ir a ver y hablar a aquella gente y a su
capi-tán. Así que, pasado el término que llevaron, vino a Cortés el señor de
aquel pueblo y otros cuatro o cinco, sus comarcanos, con buena compañía de
indios, y le trujeron pan, gallipavos, frutas y cosas así de bastimento para el
real, y hasta cuatrocientos pesos de oro en joyuelas, y ciertas piedras
tur-quesas de poco valor, y hasta veinte mujeres de sus esclavas para que les
cociesen pan y guisasen de comer al ejército; con las cuales pensaban hacer-
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le gran servicio, como los veían sin mujeres, y
porque cada día es menester moler y cocer el pan de maíz, en que se ocupan
mucho tiempo las mujeres. Demandaron perdón de todo lo pasado. Rogaron que los
recibiese por amigos, y entregáronse en su poder y de los españoles,
ofreciéndoles tierra, la hacienda y las personas. Cortés los recibió y trató
muy bien, y les dio co-sas de rescate, con que se holgaron mucho, y repartió
aquellas veinte muje-res esclavas entre los españoles por camaradas.
Relinchaban los caballos y yeguas que tenían atados en el patio del templo do
pasaban, a unos árboles que había. Preguntaron los indios qué decían.
Respondiéronles que reñían porque no los castigaban por haber peleado. Ellos
entonces dábanles rosas y gallipavos que comiesen, rogándoles que los
perdonasen.
CAPÍTULO XXII
PREGUNTAS QUE CORTÉS HIZO A TABASCO
Muchas cosas pasaron entre los nuestros y estos
indios, que como no se en-tendían, eran mucho para reír. Y luego que
conversaron y vieron que no les hacían mal, trajeron al lugar sus hijos y
mujeres; que no fue así chiquito nú-mero, ni más aseado que de gitanos. Entre
lo que Fernando Cortés trató y platicó con Tabasco por lengua y medio de
Jerónimo de Aguilar, fueron cinco cosas. La primera, si había minas en aquella
tierra de oro y plata, y cómo tenían y de dónde aquello poco que traían. La
segunda, qué fue la causa porque le negaron su amistad, y no al otro capitán
que vino allí el año antes con armada. La tercera, por qué razón, siendo ellos
tantos, huían de tan poquitos. La cuarta, para darles a entender la grandeza y
poderío del emperador y rey de Castilla. Y la otra fue una predicación y
declaración de la fe de Cristo.
Cuanto a lo del oro y riquezas de la tierra, le
respondió que ellos no cu-raban mucho de vivir ricos, sino contentos y a
placer; y que por eso no sabía decir qué cosa era mina, ni buscaban oro más de
lo que se hallaban, y aque-llo era poco; pero que en la tierra más adentro, y
hacia donde el sol se cu-bría, se hallaba mucho de ello; y los de allá se daban
más a ello que no ellos. A lo del capitán pasado, dijo que como eran aquellos
hombres que traía, y los navíos, los primeros que de aquel talle y forma habían
aportado a su tie-
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rra, que les habló y preguntó qué querían; y como
le dijeron que trocar oro, y no más, que lo hicieron de grado; empero que ahora
viendo más y mayo-res naos, que pensó que tornaban a le tomar lo que les
quedaba, y aun tam-bién porque estaba afrentado de que nadie le hubiese burlado
así, lo que no había hecho a otros menos señores que él. En lo demás que tocaba
a la guerra, dijo que ellos se tenían por esforzados, y para con los de cabe su
tie-rra valientes, porque nadie les llevaba su ropa por fuerza, ni las mujeres,
ni aun los hijos para sacrificar; y que así pensó de aquellos pocos
extranjeros; pero que se había hallado engañado en su corazón después que se
habían probado con ellos, pues ninguno pudieron matar. Y que los cegaba el
res-plandor de las espadas, cuyo golpe y herida era grande y mortal y sin cura;
y que el estruendo y fuego de la artillería los asombraba más que los truenos y
relámpagos ni que los rayos del cielo, por el destrozo y muertes que hacía
donde daba; y que los caballos les pusieron grande admiración y miedo, así con
la boca, que parecía que los iba a tragar, como con la presteza que los
alcanzaba, siendo ellos ligeros y corredores; y que como era animal que nunca
ellos vieron, les había puesto grandísimo temor el primero que con ellos peleó,
aunque no era sino uno; y como de allí a poco rato eran mu-chos, no pudieron
sufrir el espanto ni la fuerza ni furia de su correr, y pen-sábamos que hombre
y caballo todo era uno.
CAPÍTULO XXIII
CÓMO LOS DE POTONCHÁN QUEBRARON
SUS ÍDOLOS Y ADORARON LA CRUZ
Con esta relación vio Cortés que no era tierra
aquella para los españoles, ni le cumplía asentar allí, no habiendo oro ni
plata ni otra riqueza; y así, propu-so de pasar adelante para descubrir mejor
dónde era aquella tierra hacia poniente que tenía oro. Pero primero les dijo
cómo el señor en cuyo nom-bre iban él y aquellos sus compañeros, era rey de
España, emperador de cristianos, y el mayor príncipe del mundo, a quien más
reinos y provincias servían y obedecían que a otro vasallos, y cuyo mando y gobernación
de jus-ticia era de Dios, justo, santo, pacífico, suave, y a quien le
pertenecía la mo-narquía del universo; por lo cual ellos debían darse por sus
vasallos y cono-
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cidos; y que si lo hacían así, se les seguirían
muchos y muy grandes prove-chos de leyes y policía y en costumbres. Y en cuanto
a lo que tocaba a la reli-gión, les dijo la ceguedad y vanidad grandísima que
tenían en adorar mu-chos dioses, en hacerles sacrificios de sangre humana, en
pensar que aquellas estatuas les hacían el bien o mal que les venía, siendo
mudas, sin ánima, y hechura de sus mismas manos. Dioles a entender un Dios,
criador del cielo y de la tierra y de los hombres, que los cristianos adoraban
y ser-vían, y que todos lo debían adorar y servir. En fin, tanto les predicó,
que quebraron sus ídolos y recibieron la cruz, habiéndoles declarado primero
los grandes misterios que en ella hizo y pasó el Hijo del mismo Dios.
Y así, con gran devoción y concurso de indios, y
con muchas lágrimas de españoles, se puso una cruz en el templo mayor de
Potonchán, y de rodi-llas la besaron y adoraron los nuestros primero, y tras
ellos los indios. Des-pidiolos así y fuéronse todos a comer. Rogoles Cortés que
viniesen de allí a dos días a ver la fiesta de ramos. Ellos como hombres
religiosos y que po-dían venir seguramente, no sólo vinieron los vecinos, más
aún los comarca-nos del lugar, en tanta multitud, que puso admiración de donde
tan presto se pudo juntar allí tanto millar de millares de hombres y mujeres,
los cuales todos juntos dieron la obediencia y vasallaje al rey de España en
manos de Fernando Cortés, y se declararon por amigos de españoles; y éstos
fueron los primeros vasallos que el emperador tuvo en la Nueva-España.
Luego que fue hora el domingo, mandó Cortés cortar
muchos ramos y ponerlos en un rimero, como en mesa, mas en el campo, por la
mucha gente, y decir el oficio con los mejores ornamentos que había, al cual se
hallaron los indios, y estuvieron atentos a las ceremonias y pompa con que se
anduvo la procesión, y se celebró la misa y fiesta; con que los indios quedaron
con-tentos, y los nuestros se embarcaron con los ramos en las manos. No menor
alabanza mereció en esto Cortés que en la victoria, porque en todo se hubo
cuerda y esforzadamente. Dejó aquellos indios a su devoción, y al pueblo libre
y sin daño. No tomó esclavos ni saqueó, ni tampoco rescató, aunque estuvo allí
más de veinte días. Al pueblo llaman los vecinos Potonchán, que quiere decir
lugar que hiede, y los nuestros la Victoria. El señor se decía Tabasco; y Juan
de Grijalva le nombró como a sí, que no se perderá su ape-llido ni memoria con
esto tan presto; y así habían de hacer los que descu-
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bren y pueblan, perpetuar sus nombres. Es gran
pueblo, mas no tiene vein-ticinco mil casas, como algunos dicen; aunque, como
cada casa está por sí como isla, parece más de lo que es. Son las casas
grandes, buenas, de cal y ladrillo o piedra; otras hay de adobes y palos, mas
la cubierta es paja o plan-cha. La vivienda en alto, por la niebla y humedad
del río. Por el fuego tienen apartadas las casas. Mejores edificios tienen
fuera que dentro del lugar, para su recreación. Son morenos, andan casi
desnudos, y comen carne hu-mana de la sacrificada. Las armas que tienen son
arco, flecha, honda, vara, lanza. Las otras con que se defienden son rodelas,
cascos y unos como es-carcelones: todo esto de palo o corteza, y alguno de oro,
pero muy delgado. Traen también cierta manera de corazas, que son unos listones
estofados de algodón, revueltos a lo hueco del cuerpo.
CAPÍTULO XXIV
DEL RÍO DE ALVARADO, QUE LOS INDIOS LLAMAN
PAPALOAPAN
Después que salió Cortés de Potonchán, entró en un
río que llaman de Al-varado, por haber entrado primero que todos en él aquel
capitán. Mas los que moran en sus riberas le dicen Papaloapan y nace en
Aticpan, cerca de la sierra de Culhuacán. La fuente mana al pie de unos
serrejones. Tiene encima un hermoso peñol redondo, ahusado, y alto cien
estados, y cubier-to de árboles, donde hacían los indios muchos sacrificios de
sangre. Es muy honda, clara, llena de buenos peces, ancha más de cien pasadas.
En-tran en este río Quiyotepec, Uicilla, Chimantlán, Cuauhcuezpaltepec,
Tuztlán, Teyuciyocán, y otros menores ríos, que todos llevan oro. Cae a la mar
por tres canales, uno de arena, otro de lama, otro de peña. Corre por buena
tierra, tiene gentil ribera, y hace grandes esteros con sus muchas y ordinarias
crecidas. Uno de ellos está entre Otlatitlán y Cuauhcuezpalte-pec, dos buenos
pueblos. Bulle de peces aquel estero o laguna. Hay mu-chos sábalos del tamaño
de toñinas, muchos sierpes, que llaman en las is-las iguanas, y en esta tierra
cuauhcuezpaltepec. Parece lagarto de los muy pintados, tiene la cabeza chica y
redonda, el cuerpo gordo, el cerro eriza-do con cerdas, la cola larga, delgada,
y que la tuerce y arrolla como galgo;
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cuatro pedezuelos de a cuatro dedos, y con uñas de
ave; los dientes agu-dos, mas no muerde, aunque hace ruido con ellos; el color
es pardo, sufre mucho la hambre, pone huevos como gallina, que tienen yema y
clara y cáscara; son pequeños y redondos, y buenos de comer. La carne sabe a
conejo, y es mejor. Cómenla en cuaresma por pescado, y en carnal por car-ne,
diciendo ser de dos elementos, y por consiguiente, de entrambos tiem-pos. Es
dañosa para bubosos. Salen estos animales del agua y suben a los árboles y
andan por tierra. Asombran a quien los mira, aunque los conoz-ca: tan fiera
catadura tienen. Engordan mucho fregándoles la barriga con arena, que es nuevo
secreto.
Hay también manatís, tortugas, y otros peces muy
grandes que acá no conocemos; tiburones y lobos marinos, que salen a tierra a
dormir y roncan muy recio. Paren las hembras cada dos lobos y críanlos con
leche, que tie-nen dos tetas al pecho entre los brazos. Hay perpetua enemiga
entre los ti-burones y lobos marinos, y pelean reciamente, el tiburón por comer
y el lobo por no ser comido. Empero siempre son muchos tiburones para un lobo.
Hay muchas aves pequeñas y grandes, de nuevo color y talle para no-sotros.
Patos negros con alas blancas, que se precian mucho para pluma, y que se vende
cada uno, en la tierra donde no los hay, por un esclavo. Otras aves que llaman
teuquechul o avediós, como gallos, de que hacen ricas cosas con oro; y si la
obra de esta pluma fuese durable, no había más que pedir. Hay unas aves como
torcazas, blancas y pardas, que parecen ánades en el pico, y que tienen un pie
de pata y otro de uñas como gavilán; y así, pescan nadando y cazan volando.
Andan también por allí muchas aves de rapiña, como decir gavilanes, azores y
halcones de diversas maneras, que se ceban y mantienen de las mansas. Cuervos
marinos que pescan a maravilla, y unas que parecen cigüeñas en el cuello y
pico, sino que lo tienen mucho más largo y extraño. Hay muchos alcatraces y de
muchos colores, que se sustentan de peces: son como ansarones en el tamaño, y
en el pico, que será dos palmos; y no mandan el de arriba, sino el bajero.
Tienen un papo desde el pico al pe-cho, en que meten y engullen diez libras de
peces y un cántaro de agua. Tor-nan fácilmente lo que comen. Oí decir que se
tragó uno de estos pájaros un negrillo de pocos meses de nacido; mas no pudo
volar con él; y así, lo toma-ron. Alrededor de aquella laguna se crían
infinitas liebres, conejos, monillos
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o gatillos de muchos tamaños; puercos, venados,
leones y tigres, y un animal dicho aiotochtli, no mayor que el gato; el cual
tiene rostro de anadón, pies de puerco espín o erizo, y cola larga. Está
cubierto de conchas, que se encogen como escarcelas, donde se mete como
galápago, y que parecen mucho cu-biertas de caballo. Tiene cubierta la cola de
conchezuelas, y la cabeza de una testera de lo mismo, quedando fuera las
orejas. Es en fin, ni más ni menos que caballo encubertado, y por eso lo llaman
españoles el encubertado o el armado, y los indios aiotochtli, que suena conejo
de calabaza.
CAPÍTULO XXV
EL BUEN ACOGIMIENTO QUE CORTÉS HALLÓ EN SAN JUAN DE
ULÚA
Embarcados que fueron, hicieron vela y navegaron al
poniente lo más junto a tierra que pudieron; tanto, que veían muy bien la gente
que andaba por la costa; la cual, como es sin puertos, no hallaron dónde poder
surgir segura-mente con navíos gruesos hasta el jueves Santo, que llegaron a
San Juan de Ulúa, que les pareció puerto, al cual los naturales de allí llaman
Chalchicoe-ca. Allí paró la flota y echó anclas. Apenas fueron surtos, cuando
luego vi-nieron dos acalles, que son como las canoas, en busca del capitán de
aque-llos navíos; y como vieron las banderas y estandarte de la nao capitana,
siguieron a ella. Preguntaron por el capitán, y como les fue mostrado,
hicie-ron su reverencia, y dijeron que Teudilli, gobernador de aquella
provincia, enviaba a saber qué gente y de dónde era, a qué venía, qué buscaba,
si quería parar allí o pasar adelante. Cortés, aunque Aguilar no los entendió
bien, les hizo entrar en la nao, agradecioles su trabajo y venida, dioles
colación con vino y conservas, y díjoles que luego al otro día saldría a tierra
a ver y hablar al gobernador; al cual rogaba no se alborotase de su salida, que
ningún daño haría con ella, sino mucho provecho y placer.
Aquellos hombres tomaron ciertas cosillas de
rescate, comieron y be-bieron con tiento, sospechando mal, aunque les supo bien
el vino; y por eso pidieron de ello y de las conservas para el gobernador; y
con tanto, se volvie-ron. Otro día, que fue viernes Santo, saltó Cortés en
tierra con los bateles llenos de españoles, y luego hizo sacar la artillería y
caballos, y poco a poco
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toda la gente de guerra y de servicio, que eran
hasta doscientos hombres de Cuba. Tomó el mejor sitio que le pareció entre
aquellos arenales de la mari-na; y así, asentó real y se hizo fuerte; y los de
Cuba, como hay por allí muchos árboles, hicieron de presto las chozas que
menester fueron para todos, de rama. Luego vinieron muchos indios de un
lugarejo allí cerca y de otros, al real de los españoles, a ver lo que nunca
vieron, y traían oro para trocar por semejantes cosillas como las que habían
llevado los de los acalles, y mucho pan y viandas guisadas a su modo con ají,
para dar o vender a los nuestros; por lo cual les dieron los españoles
contezuelas de vidrio, espejos, tijeras, cuchillos, alfileres y otras cosas
tales; con que no poco alegres, se tornaron a sus casas y las mostraron a sus
vecinos. Fue tanto el gozo y contento que to-dos aquellos simples hombres
tomaron con aquellas cosillas que de rescate llevaron y vieron, que también
volvieron luego al otro día, ellos y otros mu-chos, cargados de joyas de oro,
de gallipavos, de pan, de fruta, de comida guisada, que abastecieron todo el
ejército español; y llevaron por todo ello no muchos sartales ni agujas ni
cintas; pero quedaron con ello tan pagados y ricos, que no se veían de placer y
regocijo, y aun creían que habían engaña-do a los forasteros pensando que era
el vidrio piedras finas.
Visto por Cortés la mucha cantidad de oro que
aquella gente traía y tro-caba tan bobamente por dijes y niñerías, mandó
pregonar en el real que nin-guno tomase oro, so graves penas, sino que todos
hiciesen que no lo cono-cían o que no lo querían, porque no pareciese que era
codicia, ni su intención y venida a sólo aquella encaminada; y así, disimulaba
para ver qué cosa era aquella gran muestra de oro, y si lo hacían aquellos
indios por pro-bar si lo habían por ello.
El domingo de Pascua luego por la mañana vino al
real Teudilli, o Quintalour, como dicen algunos, de Cotasta, ocho leguas de
allí, donde re-sidía. Trajo consigo bien más de cuatro mil hombres sin armas,
empero los más bien vestidos, y algunos con ropas de algodón, ricas a su
costumbre; los otros casi desnudos, y cargados de cosas de comer, que fue una
abundancia grande y extraña. Hizo su acatamiento al capitán Cortés, como ellos
usan, quemando incienso y pajuelas tocadas en sangre de su mismo cuerpo. Pre-sentole
aquellas vituallas, dioles ciertas joyas de oro, ricas y bien labradas, y otras
cosas hechas de pluma, que no eran de menor artificio y extrañeza.
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Cortés lo abrazó y recibió muy alegremente; y
saludando a los demás, le dio un sayo de seda, una medalla y un collar de
vidrio, muchos sartales, espejos, tijeras, agujetas, ceñideros, camisas y
tocadores, y otras quinquillerías de cuero, lana y hierro, que son entre
nosotros de muy poco valor, pero estí-manlo aquéllos en mucho.
CAPÍTULO XXVI
LO QUE HABLÓ CORTÉS A TEUDILLI, CRIADO DE MOTECZUMA
Todo esto se había hecho sin lengua, porque
Jerónimo de Aguilar no enten-día a estos indios, que eran de otro muy diverso
lenguaje que no el que sa-bía; de lo cual Cortés estaba con cuidado y pena, por
faltarle faraute para entenderse con aquel gobernador y saber las cosas de
aquella tierra; pero luego salió de ella, porque una de aquellas veinte mujeres
que le dieron en Potonchán, hablaba con los de aquel gobernador y los entendía
muy bien, como a hombres de su propia lengua; así que Cortés la tomó aparte con
Aguilar, y le prometió más que libertad si le trataba verdad entre él y
aque-llos de su tierra, pues los entendía, y él la quería tener por su faraute
y secre-taria; y allende de esto, le preguntó quién era y de dónde. Marina, que
así se llamaba después de cristiana, dijo que era de Xalisco, de un lugar dicho
Viluta, hija de ricos padres, y parientes del señor de aquella tierra; y que
siendo muchacha la habían hurtado ciertos mercaderes en tiempos de gue-rra, y
traído a vender a la feria de Xicalanco, que es un gran pueblo sobre
Coazacualco, no muy aparte de Tabasco; y de allí era venida a poder del se-ñor
de Potonchán. Esta Marina y sus compañeras fueron los primeros cris-tianos
bautizados de toda la Nueva-España, y ella sola, con Aguilar, el ver-dadero
intérprete entre los nuestros y los de aquella tierra.
Certificado Cortés que tenía cierto y leal faraute
en aquella esclava con Aguilar, oyó misa en el campo, puso cabe sí a Teudilli,
y después comieron juntos; y en comiendo quedáronse entrambos en su tienda con
las lenguas y otros muchos españoles e indios; y díjole Cortés cómo era vasallo
de don Carlos de Austria, emperador de cristianos, rey de España y señor de la
ma-yor parte del mundo, a quien muchos y muy grandes reyes y señores servían
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y obedecían, y los demás príncipes holgaban de ser
sus amigos, por su bon-dad y poderío; el cual, teniendo noticia de aquella
tierra y del señor de ella, lo enviaba allí para visitarle de su parte, y
decirle algunas cosas en secreto, que traía por escrito, y que holgaría de
saber; por eso que lo hiciese saber luego a su señor, para ver dónde mandaba
oír la embajada. Respondió Teu-dilli que holgaba mucho de oír la grandeza y
bondad del señor emperador; pero que le hacía saber cómo su señor Moteczuma no
era menor rey ni me-nos bueno; antes se maravillaba que hubiese otro tan gran
príncipe en el mundo; y que pues así era, él se lo haría saber para entender
qué mandaba hacer del embajador y su embajada; porque él confiaba en la
clemencia de su señor, que no sólo holgaría con aquellas nuevas, mas que aun
haría mer-cedes al que las traía.
Tras esta plática hizo Cortés que los españoles
saliesen con sus armas en ordenanza al paso y son del pífano y a tambor y
escaramuzasen, y que los de caballo corriesen, y se tirase la artillería; y
todo a fin que aquel goberna-dor lo dijese a su rey. Los indios contemplaron
mucho el traje, gesto y bar-bas de los españoles. Maravillábanse de ver comer y
correr a los caballos. Temían del resplandor de las espadas. Caíanse en el
suelo del golpe y es-truendo que hacía la artillería, y pensaban que se hundía
el cielo a truenos y rayos; y de las naos decían que venía el dios Quezalcouatl
con sus templos a cuestas; que era dios del aire, que se había ido, y le
esperaban. Hecho que fue todo esto, Teudilli despachó a México a Moteczuma con
lo que había visto y oído, y pidiéndole oro para dar al capitán de aquella
gente, y era por-que Cortés le preguntó si Moteczuma tenía oro. Y como
respondió que sí, “envíeme, dice, de ello, que tenemos yo y mis compañeros mal
de corazón, enfermedad que sana con ello”. Estas mensajerías fueron en un día y
una noche del real de Cortés a México, que hay setenta leguas y más de camino,
y llevaron pintada la hechura de los caballos y del caballo y hombre encima, la
manera de las armas, qué y cuántos eran los tiros de fuego, y qué número había
de hombres barbudos. De los navíos ya avisó así como los vio, dicien-do qué
tanto, y qué tan grandes eran. Todo esto hizo Teudilli pintar al natu-ral en
algodón tejido para que Moteczuma lo viese. Llegó tan presto esta mensajería
tan lejos, porque estaban puestos de trecho a trecho hombres, como postas de
caballos, que de mano en mano daba uno a otro el lienzo y el
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recado, y así volaba el aviso. Más se corre así que
por la posta de caballos, y es más antigua costumbre que la de los caballos.
También envió este gober-nador a Moteczuma los vestidos y muchas de las otras
cosas que Cortés le dio, las cuales se hallaron después en su recámara.
CAPÍTULO XXVII
EL PRESENTE Y RESPUESTA QUE MOTECZUMA ENVIÓ A
CORTÉS
Despachados que fueron los mensajeros y prometida
la respuesta dentro de pocos días, se despidió Teudilli, y a dos o tres tiros
de ballesta del real de nuestros españoles hizo hacer más de mil chozas de
rama. Dejó allí dos hombres principales, como capitanes, con hasta dos mil
personas, entre mujeres y hombres, de servicio; y fuese a Cotasta, lugar de su
residencia y morada. Aquellos dos capitanes tenían cargo de proveer a los
españoles. Las mujeres amasaban y molían pan de centli, que es maíz. Guisaban
frisó-les, carne, pescado y otras cosas de comer. Los hombres traían la comida
al real, y ni más ni menos la leña y agua que era menester, y cuanta yerba
po-dían comer los caballos, de la cual por toda aquella tierra están llenos los
campos a todo tiempo del año. Y estos indios iban la tierra adentro a los
pueblos vecinos y traían tantos bastimentos para todos, que era cosa de ver.
Así pasaron siete y ocho días con muchas visitas de
indios, y esperando al gobernador, y la respuesta de aquel tan gran señor como
todos decían; el cual luego vino con un presente muy gentil y rico, que era de
muchas man-tas y ropetas de algodón blancas y de color y labradas, como ellos
usan; muchos penachos y otras lindas plumas, y algunas cosas hechas de oro y
pluma, rica y primamente obradas; cantidad de joyas y piezas de plata y oro, y
dos ruedas delgadas, una de plata, que pesaba cincuenta y dos marcos, con la
figura de la luna, y otra de oro, que pesaba cien marcos, hecha como sol, y con
muchos follajes y animales de relieve; obra primísima. Tienen en aque-lla
tierra a estas dos cosas por dioses, y danles el color de los metales que les
semejan. Cada una de ellas tenía hasta diez palmos de ancho y treinta de
rue-do. Podía valer este presente veinte mil ducados o poco más; el cual
presen-te tenían para dar a Grijalva si no se fuera, según decían los indios.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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Díjole por respuesta que Moteczumacín, su señor,
holgaba mucho de saber y ser amigo de tan poderoso príncipe como le decían que
era el rey de España, y que en su tiempo aportasen a su tierra gentes nuevas,
buenas, ex-trañas y nunca vistas, para hacerles todo placer y honra. Por tanto,
que viese lo que había menester, el tiempo que allí pensaba estar, para sí y
para su en-fermedad, y para su gente y navíos; que lo mandaría proveer todo muy
cum-plidamente; y aun si en su tierra había alguna cosa que le agradase para
lle-var a aquel su gran emperador de cristianos, que se le daría de muy buena
voluntad; y que en cuanto a que se viesen y hablasen, que lo hallaba por
im-posible, a causa que como él estaba doliente, no podía venir a la mar, y que
pensar de ir adonde él estaba era muy difícil y trabajosísimo, así por las
mu-chas y ásperas sierras que había en el camino, como por los despoblados
grandes y estériles que tenía que pasar, donde forzado le era padecer ham-bre,
sed y otras necesidades de éstas. Y allende de esto, mucha parte de la tierra
por do había de pasar era de enemigos suyos, gente cruel y mala, que lo
matarían sabiendo que iba como su amigo.
Todos estos inconvenientes o excusas le ponían,
Moteczuma y su go-bernador, a Cortés para que no fuese adelante con su gente,
pensando en-gañarle así y estorbarle el viaje, y espantarle con tales y tantas
dificultades y peligros, o esperando algún mal tiempo para la flota, que le
constriñese a irse de allí. Pero cuanto más le contradecían, más gana le ponían
de ver a Moteczuma, que tan gran rey era en aquella tierra, y descubrir por
entero la riqueza que imaginaba; y así como recibió el presente y respuesta,
dio a Teudilli un vestido entero de su persona y otras muchas cosas de las
mejores que llevaba para rescatar, que enviase al señor Moteczuma, de cuya
liberali-dad y magnificencia tan grandes loores le decía. Y díjole que aun por
sola-mente ver un tan bueno y poderoso rey era justo ir a do estaba, cuanto más
que le era forzado por hacer la embajada que llevaba del emperador de
cris-tianos, que era el mayor rey del mundo. Y si no iba, no hacía bien su
oficio ni lo que era obligado a la ley de bondad y caballería, e incurriría en
desgracia y odio de su rey y señor. Por tanto, que le rogaba mucho avisase de
nuevo esta determinación que tenía, porque supiese Moteczuma que no la muda-ría
por aquellos inconvenientes que le ponían, ni por otros muy mayores
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que le pudiesen recrecer. Que quien venía por agua
dos mil leguas, bien podía ir por tierra setenta.
Importunábale con esto que enviase luego, para que
volviesen presto los mensajeros, pues veía que tenía mucha gente de mantener, y
poco que darle a comer, y los navíos a peligro, y el tiempo se pasaba en
palabras. Teu-dilli decía que ya despachaba cada día a Moteczuma con lo que se
ofrecía, y que entre tanto no se congojase, sino que holgase y hubiese placer;
que no tardaría el despacho y resolución a venir de México, bien que estaba
lejos. Y que del comer no tuviese cuidado, que allí le proveerían
abundantísima-mente; y con esto le rogó mucho que, pues estaba mal aposentado
en el cam-po y arenales, se fuese con él a unos lugares seis o siete leguas de
allí. Y como Cortés no quiso ir, fuese él, y estuvo allá diez días esperando lo
que Motec-zuma mandaba.
CAPÍTULO XXVIII
DE CÓMO SUPO CORTÉS QUE HABÍA BANDOS EN AQUELLA
TIERRA
En este comedio andaban ciertos hombres en un
cerrillo o médano de are-na, de los cuales hay allí alrededor muchos; y como no
se juntaban ni habla-ban con los que estaban sirviendo a los españoles,
preguntó Cortés qué gente era aquella, que se extrañaba de llegar donde él y
ellos estaban. Aque-llos dos capitanes le dijeron que eran algunos labradores
que se paraban a mirar. No satisfecho de la respuesta, sospechó Cortés que le
mentían, por-que le pareció que traían gana de llegar a los españoles, y que no
osaban por aquellos del gobernador, y era ello así; que como toda la costa y
aun la tierra dentro hasta México estaba llena de las nuevas y extrañezas y
cosas que los nuestros habían hecho en Potonchán, todos deseaban verlos y
hablarles; mas no se atrevían, por miedo de los de Culúa, que son los de
Moteczuma. Así que envió a ellos cinco españoles que, haciendo señas de paz,
los llama-sen, o por fuerza tomasen alguno y se le trajesen al real. Aquellos
hombres, que serían cerca de veinte, holgaron de ver ir para ellos a los cinco
extranje-ros; y ganosos de mirar tan nueva y extraña gente y navíos, se
vinieron al ejército y a la tienda del capitán muy de grado.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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Eran estos indios muy diferentes de cuantos hasta
allí habían visto; por-que eran más altos de cuerpo que los otros, y porque
traían las ternillas de entre las narices tan abiertas, que casi llegaban a la
boca, donde colgaban unas sortijas de azabache o ámbar cuajado o de otra cosa
así preciada. Traían asimismo horadados los labios bajeros, y en los agujeros
unos sorti-jones de oro con muchas turquesas no finas; mas pesaban tanto, que
derri-baban los bezos sobre las barbillas y dejaban los dientes de fuera; lo
cual, aunque ellos lo hacían por gentileza y bien parecer, los afeaba mucho en
ojos de nuestros españoles, que nunca habían visto semejante fealdad, aun-que
los de Moteczuma también traían agujereados los bezos y las orejas, pero de
chicos agujeros y con pequeñas rodezuelas. Algunos no tenían hen-didas las
narices, sino con grandes agujeros; mas empero todos tenían he-chos tan grandes
agujeros en las orejas, que podía muy bien caber por ellos cualquier dedo de la
mano, y de allí prendían cercillos de oro y piedras. Esta fealdad y diferencia
de rostro puso admiración a los nuestros.
Cortés les hizo hablar con Marina, y ellos dijeron
que eran de Cem-poallan, una ciudad lejos de allí casi un sol: así cuentan
ellos sus jornadas. Y que el término de su tierra estaba a medio camino en un
gran río que par-te mojones con tierras del señor Moteczumacín; y que su
cacique los había enviado a ver qué gente o dioses venían en aquellos
teucallis, que es como decir templos, y que no habían osado venir antes ni
solos, no sabiendo a qué gente iban. Cortés les hizo buena cara y trató
halagüeñamente, porque le parecieron bestiales, mostrando que se había holgado
mucho en verlos, y en oírles la buena voluntad de su señor. Dioles algunas
cosillas de rescate que llevasen, y mostroles las armas y caballos; cosa que
nunca ellos vieron ni oyeron, y así, se andaban por el real hechos bobos
mirando unas y otras cosas; y en todo esto no se trataban ni comunicaban ellos
ni los otros in-dios. Y preguntada la india que servía de faraute, dijo a
Cortés que no sola-mente eran de lenguaje diferente, mas que también eran de
otro señor, no sujeto a Moteczuma sino en cierta manera y por fuerza. Mucho le
plugo a Cortés con tal nueva, que ya él barruntaba por las pláticas de Teudilli
que Moteczuma tenía por allí guerra y contrarios; y así, apartó luego en su
tien-da tres o cuatro de aquellos que más entendidos o principales le
parecie-ron, y preguntoles con Marina por los señores que había por aquella
tierra.
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Ellos respondieron que todo era del gran señor
Moteczuma, aunque en cada provincia o ciudad había señor por sí, pero que todos
ellos le pecha-ban y servían como vasallos y aun como esclavos, mas que muchos
de ellos, de poco tiempo a esta parte, le reconocían por fuerza de armas, y
daban pa-rias y tributo, que antes no solían, como era el suyo de Cempoallan y
otros sus comarcanos; los cuales siempre andaban en guerras con él por librarse
de su tiranía; pero no podían, que eran sus huestes grandes y de muy esfor-zada
gente. Cortés, muy alegre de hallar en aquella tierra unos señores ene-migos de
otros y con guerra, para poder efectuar mejor su propósito y pen-samientos, les
agradeció la noticia que le daban del estado y ser de la tierra. Ofrecioles su
amistad y ayuda, rogoles que viniesen muchas veces a su ejér-cito, y
despidiolos con muchas encomiendas y dones para su señor, y que presto le iría
a ver y servir.
CAPÍTULO XXIX
CÓMO ENTRÓ CORTÉS A VER LA TIERRA
CON CUATROCIENTOS COMPAÑEROS
Volvió Teudilli al cabo de diez días, y trajo mucha
ropa de algodón, y ciertas cosas de pluma bien hechas, en cambio de lo que
enviara a México, y dijo que se fuese Cortés con su armada, porque era excusado
por entonces verse con Moteczuma, y que mirase qué era lo que quería de la
tierra, que se le daría; y que siempre que por allí pasase harían lo mismo.
Cortés le dijo que no haría tal, y que no se iría sin hablar a Moteczuma. El
gobernador replicó que no porfiase más en ello, y con tanto se despidió; y luego
aquella noche se fue con todos sus indios e indias que servían y proveían el
real; y cuando amaneció estaban las chozas vacías.
Cortés se receló de aquello, y se apercibió a
batalla; como no vino gente, atendió a proveer de puerto para sus naos, y a
buscar buen asiento para po-blar; porque su intento era permanecer allí y
conquistar aquella tierra, pues había visto grandes muestras de oro y plata y
otras riquezas en ella; mas no halló aparejo ninguno en una gran legua a la
redonda, por ser todo aquello arenales, que con el tiempo se mudan a una parte
y otra, y tierra anegadiza y húmeda, y por consiguiente de mala vivienda. Por lo
cual despachó a Fran-
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cisco de Montejo en dos bergantines, con cincuenta
compañeros y con An-tón de Alaminos, piloto, a que siguiese la costa, hasta
topar con algún razo-nable puerto y buen sitio de poblar. Montejo corrió la
costa sin hallar puer-to hasta Pánuco, si no fue el abrigo de un peñol que
estaba salido en mar. Volviose al cabo de tres semanas, que gastó en aquel poco
camino, huyendo de tan mala mar como había navegado, porque dio en unas
corrientes tan temibles que, yendo a vela y remo, tornaba atrás los bergantines;
pero dijo cómo le salían los de la costa, y se sacaban sangre, y se la ofrecían
en pajuelas por amistad o deidad; cosa amigable. Harto le pesó a Cortés la poca
relación de Montejo; pero todavía propuso de ir al abrigo que decía, por estar
cerca de él dos buenos ríos para agua y trato, y grandes montes para leña y
made-ra, muchas piedras para edificar, y muchos pastos y tierra llana para
labran-zas. Aunque no era bastante puerto para poner en ella contratación y
escala de las naves, si poblaban, por estar muy descubierto y travesía del
norte, que es el viento que por allí más corre y daña.
De manera pues que como se fueron Teudilli y los
otros de Moteczu-ma, dejándolo en blanco, no quiso que, o le faltasen vituallas
allí, o diese las naos al través; y así, hizo meter en los navíos toda su ropa,
y él con hasta cua-trocientos y con todos los caballos, siguió por donde iban y
venían aquellos que le proveían; y a tres leguas que anduvo, llegó a un muy
hermoso río, aunque no muy hondo, porque se pudo vadear a pie. Halló luego, en
pasan-do el río, una aldea despoblada, que la gente con miedo de su ida había
echado a huir. Entró en una casa grande, que debía ser del señor, hecha de
adobes y maderos, los suelos sacados a mano más de un estado encima de la
tierra, los tejados cubiertos de paja, mas de hermosa y extraña manera de por
debajo; tenía muchas y grandes piezas, unas llenas de cántaros de miel, de
centli, frijoles y otras semillas, que comen, y guardan para provisión de todo
el año; y otras llenas de ropa de algodón y plumajes, con oro y plata en ellos.
Mucho desto se halló en las otras casas, que también eran casi de aquella misma
hechura. Cortés mandó con público pregón que nadie toca-se cosa ninguna de
aquéllas, so pena de muerte, excepto a los bastimentos, por cobrar buena fama y
gracia con los de la tierra.
Había en aquella aldea un templo, que parecía casa
en los aposentos, y tenía una torrecilla maciza con una como capilla en lo
alto, adonde subían
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por veinte gradas, y donde estaban algunos ídolos
de bulto. Halláronse allí muchos papeles, del que ellos usan, ensangrentados, y
mucha otra sangre de hombres sacrificados, a lo que Marina dijo, y también se
hallaron el tajón sobre que ponían los del sacrificio, y los navajones de
pedernal con que los abrían por los pechos y les sacaban los corazones en vida,
y los arrojaban al cielo como en ofrenda, con cuya sangre untaban los ídolos y
papeles que ofrecían y quemaban. Grandísima compasión y aun espanto puso
aquella vista a nuestros españoles. De este lugarejo fue a otros tres o cuatro,
que ninguno pasaba de doscientas casas, y todos los halló desiertos, aunque
po-blados de bastimentos y sangre como el primero. Tornose de allí, porque no
hacía fruto ninguno, y porque era tiempo de descargar los navíos y de enviarlos
por más gente, y porque deseaba asentar ya; detúvose en esto obra de diez días.
CAPÍTULO XXX
CÓMO DEJÓ CORTÉS EL CARGO QUE LLEVABA
Como Cortés fue vuelto adonde los navíos estaban
con los demás españo-les, habloles a todos juntos, diciendo que ya veían cuánta
merced Dios les había hecho en guiarlos y traerlos sanos y con bien a una
tierra tan buena y tan rica, según las muestras y apariencias habían visto en
así breve espacio de tiempo, y cuán abundosa comida, poblada de gente, más
vestida, más pulida y de razón, y que mejores edificios y labranzas tenían de
cuantas hasta entonces se habían visto ni descubierto en Indias; y que era de creer
ser mucho más lo que no veían que lo que parecía, por tanto que debían dar
gracias a Dios y poblar allí, y entrar la tierra adentro a gozar la gracia y
mercedes del Señor; y que para lo poder mejor hacer, le parecía asentar al
presente allí, o en el mejor sitio y puerto que hallar pudiesen, y hacerse muy
bien fuertes con cerca y fortaleza para defenderse de aquellas gentes de la
tierra, que no holgaban mucho con su venida y estada; y aun también para desde
allí poder con más facilidad tener amistad y contratación con algu-nos indios y
pueblos comarcanos, como era Cempoallan y otros que había contrarios y enemigos
de la gente de Moteczuma; y que asentando y po-blando, podían descargar los
navíos, y enviarlos luego a Cuba, Santo Do-
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mingo, Jamaica, Boriquen y otras islas, o a España
por más gente, armas y caballos, y por más vestidos y bastimentos; y además de
esto, era razón de enviar relación y noticia de lo que pasaba a España, al
emperador y rey, su señor, con la muestra de oro y plata y cosas ricas de pluma
que tenían; y para que todo esto se hiciese con mayor autoridad y consejo, él
quería, como su capitán, nombrar cabildo, sacar alcaldes y regidores, y señalar
to-dos los otros oficiales que eran menester para el regimiento y buena
gober-nación de la villa que habían de hacer; los cuales rigiesen, vedasen y
man-dasen hasta tanto que el emperador proveyese y mandase lo que más a su
servicio conviniese.
Y tras esto, tomó la posesión de toda aquella
tierra con la demás por descubrir, en nombre del emperador don Carlos, rey de
Castilla. Hizo los otros autos y diligencias que en tal caso se requerían, y
pidiolo así por testi-monio a Francisco Fernández, escribano real, que presente
estaba. Todos respondieron que les parecía muy bien lo que había dicho, y
loaban y apro-baban lo que quería hacer; por tanto, que lo hiciese así como lo
decía pues ellos habían venido con él para le seguir y obedecer. Cortés entonces
nom-bró alcaldes, regidores, procurador, alguacil, escribano y todos los demás
oficios a cumplimiento del cabildo entero, en nombre del emperador, su natural
señor; y les entregó luego allí las varas, y puso nombre al concejo la Villa
Rica de la Veracruz, porque el viernes de la Cruz habían entrado en aquella
tierra. Tras estos autos, hizo luego Cortés otro ante el mismo escri-bano y
ante los alcaldes nuevos, que eran Alonso Fernández Portocarrero y Francisco de
Montejo, en que dejó, desistió y cedió en manos y poder de ellos, y como
justicia real y ordinaria, el mando y cargo de capitán y descu-bridor que le
dieron los frailes Jerónimos, que residían y gobernaban en la isla Española por
su majestad; y que no quería usar el poder que tenía de Diego Velázquez,
lugarteniente de gobernador en Cuba por el almirante de las Indias, para
rescatar y descubrir, buscando a Juan de Grijalva, por cuan-to ninguno de todos
ellos tenía mando ni jurisdicción en aquella tierra, que él y ellos acababan de
descubrir, y comenzaban a poblar en nombre del rey de Castilla, como sus
naturales y leales vasallos; y así lo pidió por testimo-nio, y se lo dieron.
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CAPÍTULO XXXI
CÓMO LOS SOLDADOS HICIERON A CORTÉS CAPITÁN Y
ALCALDE MAYOR
Los alcaldes y oficiales nuevos tomaron las varas y
posesión de sus oficios, y se juntaron luego a cabildo, según y como en las
villas y lugares de Casti-lla se suele y acostumbra juntar el concejo, y
hablaron y trataron en él mu-chas cosas tocantes al pro común y bien de la
república, y al regimiento de la nueva villa y población que hacían; y entre
ellos acordaron hacer su ca-pitán y justicia mayor al mismo Fernando Cortés, y
darle poder y autori-dad para lo que tocase a la guerra y conquista, entre tanto
que el empera-dor otra cosa acordase y mandase; y así, que con este acuerdo,
voluntad y determinación, fueron luego otro día a Cortés, todo junto el
regimiento y concejo, y le dijeron cómo ellos tenían necesidad, entre tanto que
el empe-rador otra cosa proveía o mandaba, de tener un caudillo para la guerra,
y que siguiese la conquista y entrada por aquella tierra, y que fuese su
capi-tán, su cabeza, su justicia mayor, a quien acudiesen en las cosas arduas y
dificultosas, y en las diferencias que ocurriesen; y que pues esto era
nece-sario y cumplidero, así al pueblo como al ejército, que mucho le rogaban y
encargaban que lo fuese él, pues en él concurrían más partes y calidades que en
otro ninguno, para los regir y mandar y gobernar, por la noticia y experiencia
que tenía de las cosas, después y antes que le conociesen en aquella jornada y
flota; y que así lo requerían, y si menester era, se lo man-daban, porque
tenían por muy cierto que Dios y el rey serían muy bien ser-vidos que él
aceptase y tuviese aquel cargo y mando; y ellos recibirían bue-na obra, y
quedarían contentos y satisfechos que serían regidos con justicia, tratados con
humildad, acaudillados con diligencia y esfuerzo, y que para ello todos ellos
le elegían, nombraban y tomaban por su capitán general y justicia mayor,
dándole la autoridad posible y necesaria, y some-tiéndose debajo de su mano,
jurisdicción y amparo.
Cortés aceptó el cargo de capitán general y
justicia mayor a pocos rue-gos, porque no deseaba otra cosa más por entonces.
Elegido pues que fue Cortés por capitán, le dijo el cabildo que bien sabía como
hasta estar de asiento y conocidos en la tierra, no tenían de qué se mantener
sino de los
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bastimentos que él traía en los navíos; que tomase
para sí y para sus criados lo que hubiese menester o le pareciese, y lo demás
se tasase en justo precio; y se lo mandase entregar para repartir entre la
gente, que a la paga todos se obligarían, o la sacarían de montón, después de
quitado el quinto rey; y aun también le rogaron que se apreciasen los navíos
con su artillería en un ho-nesto valor, para que de común se pagasen, y de
común sirviesen en aca-rrear de las islas pan, vino, vestidos, armas, caballos
y las otras cosas que fue-sen menester para el ejército y para la villa; porque
así les saldría más barato que trayéndolo mercaderes, que siempre quieren
llevar demasiados y exce-sivos precios; y si esto hacía, les haría muy gran
placer y buena obra. Cortés les respondió que cuando en Cuba hizo su matalotaje
y basteció la flota de comida, que no lo había hecho para revendérselo, como
acostumbran otros, sino para dárselo, aunque en ello había gastado su hacienda
y empe-ñádose; por tanto, que lo tomasen luego todo; que él mandaría y mandaba
a los maestros y escribanos de las naos que acudiesen con todos los
bastimen-tos que en ellas había, al cabildo; y que el regimiento lo repartiese
igualmen-te por cabezas a raciones, sin mejorar ni aun a él mismo; porque en
semejan-te tiempo y de tal comida, que no es para más de sustentar las vidas,
tanto ha menester el chico como el grande, el viejo como el mozo. De manera
que, aunque debía más de siete mil ducados, se lo daba gracioso; y cuanto a lo
de los navíos, dijo que se haría lo que más conviniese a todos, porque no
dis-pondría de ellos sin primero hacérselo saber. Todo esto hacía Cortés por
ganarles siempre más las voluntades y bocas, que había muchos que no le querían
bien; aunque a la verdad, él era de suyo largo en estos gastos de gue-rra con
sus compañeros.
CAPÍTULO XXXII
EL RECIBIMIENTO QUE HICIERON A CORTÉS EN CEMPOALLAN
No les pareciendo buen asiento aquel donde estaban,
para fundar la villa, acordaron de pasarse a Quiahuiztlan, que era al abrigo
del peñón que de-cía Montejo; y así, mandó luego Cortés meter en los navíos
gente que los guardase, y la artillería y lo demás todo que estaba en tierra, y
que se fuesen
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allá, y él que iría por tierra aquellas ocho o diez
leguas que había del un cabo al otro, con los caballos, y con cuatrocientos
compañeros, y dos me-dios falconetes, y algunos indios de Cuba. Los navíos se
fueron costa a cos-ta, y él echó hacia do le habían dicho que estaba
Cempoallan, que era dere-cho a do el Sol se pone, aunque rodeaba algo para ir
al peñol; y a tres leguas andadas, llegó al río que parte término por tierras
de Moteczuma. No halló paso, y bajose a la mar por vadearle mejor en la reventazón
que hace al en-trar en ella, y aun allí tuvo trabajo, porque pasaron a volapié.
Pasados, si-guieron la orilla del río arriba, porque no pudieron la del mar,
por ser tie-rra anegadiza. Toparon cabañas de pescadores y casillas pobres, y
algunas labranzas pequeñuelas; mas a legua y media salieron de aquellos
laguna-jos, y entraron en unas muy buenas y muy hermosas vegas, y por ellas
anda-ban muchos venados.
Prosiguieron siempre su camino por el río, y
creyendo hallar a la ribera de él algún buen pueblo, vieron en un cerrito hasta
veinte personas. Cortés entonces envió allá cuatro de caballo, y mandoles que
si haciéndoles señal de paz, huyesen, corriesen tras ellos, y le trujesen los
que pudiesen, porque era menester para lengua, y para guía del camino y pueblo;
que iban ciegos y a tino, sin saber por do echar a poblado. Los de caballo
fueron, y ya que lle-gaban junto al cerrillo, y los voceaban y señalaban que
iban de paz, huyeron aquellos hombres, medrosos y espantados de ver cosa tan
grande y alta, que les parecía monstruo, y que caballo y hombre era todo una
cosa; mas como la tierra era llana y sin árboles, luego los alcanzaron, y ellos
se rindieron como no traían armas; y así, los trajeron todos a Cortés. Tenían
las orejas, narices y rostros con así grandes y feos agujeros y cercillos, como
los otros que dijeron ser de Cempoallan; y así lo dijeron ellos, y que estaba
cerca la ciudad. Preguntados a qué venían, respondieron que a mirar; y por qué
huían, que de miedo de gente no conocida. Cortés los aseguró entonces, y les
dijo cómo él iba con aquellos pocos compañeros a su lugar, a ver y hablar a su
señor como amigos, con mucho deseo de conocerle, pues no había que-rido venir,
ni salir del pueblo; por eso que le guiasen. Los indios dijeron que ya era
tarde para llegar a Cempoallan; mas que le llevarían a una aldea que estaba en
la otra parte del río y se parecía, donde, aunque era pequeña, ten-dría buena
posada y comida por aquella noche para toda su compañía.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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Cuando llegaron allá, algunos de aquellos veinte
indios se fueron, con licencia de Cortés, a decir a su señor cómo quedaban en
aquel lugarejo, y que otro día tornarían con la respuesta. Los demás se
quedaron allí para servir y proveer los españoles y nuevos huéspedes; y así,
los hospedaron y dieron bien de cenar. Cortés se recogió aquella noche lo mejor
y más fuerte que pudo. La mañana siguiente, bien de mañana, vinieron a él hasta
cien hom-bres, todos cargados de gallinas como pavos, y le dijeron que su señor
se ha-bía holgado mucho con su venida, y que por ser muy gordo y pesado para
caminar no venía; mas que le quedaba esperando en la ciudad. Cortés almor-zó
aquellas aves con sus españoles, y se fue luego por do le guiaron muy puesto en
ordenanza y con los dos tirillos a punto, por si algo aconteciese. Desde que
pasaron aquel río hasta llegar a otro caminaron por muy gentil camino;
pasáronle también a vado, y luego vinieron a Cempoallan, que esta-ría lejos una
milla, toda de jardines y frescura y muy buenas huertas de rega-dío. Salieron
de la ciudad muchos hombres y mujeres, como en recibimien-to, a ver aquellos
nuevos y más que hombres. Y dábanles con alegre semblante muchas flores y
frutas muy diversas de las que los nuestros cono-cían; y aun entraban sin miedo
entre la ordenanza del escuadrón; y de esta manera, y con regocijo y fiesta,
entraron en la ciudad, que toda era un vergel, y con tan grandes y altos
árboles, que apenas se parecían las casas. A la puerta salieron muchas personas
de lustre, a manera de cabildo, a los recebir, ha-blar y ofrecer. Seis
españoles de caballo, que iban adelante un buen pedazo, como descubridores,
tornaron atrás muy maravillados, ya que el escuadrón entraba por la puerta de
la ciudad, y dijeron a Cortés que habían visto un patio de una gran casa
chapado todo de plata. Él les mandó volver, y que no hiciesen muestra ni
milagros por ello, ni de cosa que viesen. Toda la calle por donde iban estaba
llena de gente, abobada de ver caballos, tiros y hombres tan extraños. Pasando
por una muy gran plaza, vieron a mano derecha un gran cercado de cal y canto,
con sus almenas, y muy blanqueado de yeso de espejuelo y muy bien bruñido; que
con el sol relucía mucho y parecía plata; y esto era lo que aquellos españoles
pensaron que era plata chapada por las paredes. Creo que con la imaginación que
llevaban y buenos deseos, todo se les antojaba plata y oro lo que relucía. Y a
la verdad, como ello fue imagina-ción, así fue imagen sin el cuerpo y alma que
deseaban ellos. Había dentro de
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aquel patio o cercado una buena hilera de
aposentos, y al otro lado seis o siete torres, por sí cada una, la una de ellas
mucho más alta que las otras.
Pasaron pues allí callando muy disimulados, aunque
engañados, y sin preguntar nada, siguiendo todavía a los que guiaban, hasta
llegar a las casas y palacio del señor. El cual entonces salió muy acompañado
de personas ancianas y mejor ataviadas que los demás, y a par de sí dos
caballeros, según su hábito y manera, que le traían del brazo. Como se juntaron
él y Cortés, hizo cada uno su mesura y cortesía al otro, a fuer de su tierra, y
con los farau-tes se saludaron en breves palabras; y así, se tornó luego a entrar
en palacio, y señaló personas de aquellas principales que aposentasen y
acompañasen al capitán y a la gente; los cuales llevaron a Cortés al patio
cercado que esta-ba en la plaza; donde cupieron todos los españoles, por ser de
grandes apo-sentos y buenos. Como fueron dentro se desengañaron, y aun se
corrieron los que pensaron que las paredes estaban cubiertas de plata.
Cortés hizo repartir las salas, curar los caballos,
asentar los tiros a la puerta, y en fin, fortalecerse allí como en real y cabe
los enemigos, y mandó que ninguno saliese fuera, so pena de muerte. Los criados
del señor y oficia-les del regimiento proveyeron largamente de cena y camas a
su usanza.
CAPÍTULO XXXIII
LO QUE DIJO A CORTÉS EL SEÑOR DE CEMPOALLAN
Otro día por la mañana vino el señor a ver a Cortés
con una honrada compa-ñía, y trájole muchas mantas de algodón que ellos visten
y añudan al hom-bro, como las que cubren y traen las gitanas, y ciertas joyas
de oro que po-dían valer dos mil ducados. Díjole que descansase y tomase placer
él y los suyos, que por eso no quería darle pesadumbre ni hablarle en negocios;
y así, se despidió entonces como había hecho el día antes, diciendo que
pidie-sen lo que hubiese menester o quisiesen. Como él se fue, entraron con
mu-cha comida guisada más indios que españoles eran, y con grande abundan-cia
de frutas y ramilletes; y de esta manera estuvieron allí quince días, proveídos
abundantísimamente.
Otro día envió Cortés al señor algunas ropas y
vestidos de España, y muchas cosillas de rescate, y a rogarle que le dejase ir
a su casa a le ver y ha-
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blar allá, pues era mala crianza sufrir que su
merced viniese, y él que no le fuese a visitar. Respondió que le placía y que
holgaba de ello, y con esto tomó hasta cincuenta españoles con sus armas que le
acompañasen, y de-jando a los demás en el patio y aposento con un capitán, y
apercibidos muy bien, se fue a palacio. El señor salió a la calle, y entráronse
en una sala baja; que allí, como tierra calurosa, no fabrican en alto, más de
que por sanidad levantan a tierra llena y maciza el suelo obra de un estado, a
do suben por escalones, y sobre aquello arman la casa y cimentan las paredes,
que o son de piedra o adobes, pero lucidas de yeso o con cal, y la cubierta es
de paja u hoja tan bien y extrañamente puesta, que hermosea, y defiende las
lluvias como si fuese teja. Sentáronse en unos banquillos como tajoncillos,
labra-dos y hechos de una pieza pies y todo. El señor mandó a los suyos que se
desviasen o se fuesen, y luego comenzaron a hablar de negocios por intér-prete;
y estuvieron muy gran rato en demandas y respuestas, porque Cortés deseaba
mucho informarse muy bien de las cosas de aquella tierra y de aquel gran rey
Moteczuma, y el señor no era nada recio, aunque gordo, en demandar puntos y
preguntas.
La suma del razonamiento de Cortés fue darle cuenta
y razón de su ve-nida, y de quién y a qué le enviaba, según y cómo la había
dado en Tabasco y a Teudilli y a otros. Aquel cacique, después de haber oído
con atención a Cortés, comenzó muy de raíz una luenga plática, diciendo cómo
sus antepa-sados habían vivido en gran quietud, paz y libertad; mas que de
algunos años acá estaba aquel su pueblo y tierra tiranizado y perdido, porque
los señores de México, Tenuchtitlán, con su gente de Culúa, habían usurpado no
solamente aquella ciudad, pero aun toda la tierra, por fuerza de armas, sin que
nadie se lo hubiese podido estorbar ni defender, mayormente que a los
principios entraban por vía de religión, con la cual juntaban después las
armas; y así, se apoderaban de todo antes que se catasen de ello; y ahora, que
han caído en tan gran error, no pueden prevalecer contra ellos ni desechar el
yugo de su servidumbre y tiranía, por más que lo han intentado tomando armas;
antes cuanto más las toman, tanto mayores daños les vienen, porque a los que se
les ofrecen y dan, con ponerles cierto tributo o pecho, o recono-ciéndoles por
señores algunas parias, los reciben y amparándolos, tienen como amigos y
aliados; mas empero si les contradicen o resisten y toman
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armas contra ellos, o se rebelan después de una vez
sujetos y entregados, castíganlos terriblemente, matando muchos, y
comiéndoselos después de haberlos sacrificado a sus dioses de la guerra
Tezcatlipuca y Uitcilopuchtli, y sirviéndose de los demás que quieren por
esclavos, haciendo trabajar al padre y al hijo y a la mujer, desde que el Sol
sale hasta que se pone; y sin esto, les toman y tienen por suyo todo lo que a
la sazón poseen; y aun allende de todos estos vituperios y males, les enviaban
a casa los alguaciles y recauda-dores, y les llevaban lo que hallaban, sin
haber misericordia ni compasión de dejarlos morir de hambre; siendo pues, dijo,
de esta manera tratados de Moteczuma, que hoy reina en México, ¿quién no
holgará ser vasallo, cuan-to más amigo de tan bueno y justo príncipe, como le
decían que era el empe-rador, siquiera por salir de estas vejaciones, robos,
agravios y fuerzas de cada día, aunque no fuese por recibir ni gozar otras
mercedes y beneficios, que un tan gran señor querrá y podrá hacer?
Paró aquí, enterneciéndosele los ojos y corazón;
mas tornando en sí, encareció la fortaleza y asiento de México sobre agua, y
engrandeció las ri-quezas, corte, grandeza, huestes y poderío de Moteczuma.
Dijo asimismo cómo Tlaxcallán, Huexocinco y otras provincias por allí, con más
la serra-nía de los totonaques, eran de opinión contraria a mexicanos, y tenían
ya alguna noticia de lo que había pasado en Tabasco; que si Cortés quería, que
trataría con ellos una liga de todos que no bastase Moteczuma contra ella.
Cortés, holgándose con lo que oyera, que hacía
mucho a su propósi-to, dijo que le pesaba de aquel ruin tratamiento que se le
hacía en sus tie-rras y súbditos, mas que tuviese por cierto que él se lo
quitaría y aun se lo vengaría, porque no venía sino a deshacer agravios y
favorecer los presos, ayudar a los mezquinos y quitar tiranías, y fuera de
esto, él y los suyos ha-bían recibido en su casa tan buen recogimiento y obras,
que quedaba en obligación de hacerle todo placer y espaldas contra sus
enemigos, y lo mismo haría con aquellos sus amigos; y que les dijese aquello a
que venía, y que por ser de su parcialidad sería su amigo y les ayudaría en lo
que man-dasen. Despidiose con tanto Cortés, diciendo que había muchos días
es-tado allí, y tenía necesidad de ver la otra su gente y navíos que le
aguarda-ban en Quiahuiztlan, donde pensaba tomar asiento por algún tiempo, y
donde se podrían comunicar.
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El señor de Cempoallan dijo que si quería estar
allí, mucho en buena hora, y si no, que cerca estaban los navíos para tratar
sin mucho trabajo ni tiempo lo que acordasen. Hizo llamar ocho doncellas muy
bien vestidas a su manera y que parecían moriscas, una de las cuales traía
mejores ropas de algodón y más labradas, y algunas piezas y joyas de oro
encima; y dijo que todas aquellas mujeres eran ricas y nobles, y que la del oro
era señora de va-sallos y sobrina suya; la cual dio a Cortés, con las demás,
para que la tomase por mujer, y las diese a los caballeros de su compañía que
mandase, en pren-da de amor y amistad perpetua y verdadera. Cortés recibió el
don con mu-cho contentamiento, por no enojar al dador, y así, se partió, y con
él aquellas mujeres en andas de hombres, con muchas otras que las sirviesen, y
otros muchos indios que le acompañasen a él y le guiasen hasta la mar, y le
prove-yesen de lo necesario.
CAPÍTULO XXXIV
LO QUE AVINO A CORTÉS EN QUIAHUIZTLAN
El día que partieron de Cempoallan llegaron a
Quiahuiztlan, y aún no eran los navíos llegados, de que mucho se maravilló
Cortés, por haber tardado tanto tiempo en tan poco camino. Estaba un lugar a
tiro de arcabuz o poco más del peñón en un repecho que se llama Quiahuiztlan; y
como Cortés es-taba ocioso, fue allá con los suyos en orden y con los de
Cempoallan, que le dijeron que era de un señor de los opresos de Moteczuma.
Llegó al pie del cerro sin ver hombre del pueblo, sino dos, que no los entendió
Marina. Co-menzaron a subir por aquella cuesta arriba, y los de caballo
quisiéranse apear, por que la subida era muy agra y áspera; Cortés les mandó
que no, porque los indios no sintiesen que había ni podía haber lugar, por alto
y malo que fuese, donde el caballo no subiese; mas subieron poco a poco y
lle-garon hasta las casas, y como no vieron a nadie, temían algún engaño; mas
por no mostrar flaqueza entraron por el pueblo, hasta que toparon una do-cena
de hombres honrados que traían un faraute que sabía la lengua de Culúa y la de
allí, que es la que se usa y habla en toda aquella serranía, que llaman
Totonac; los cuales dijeron que gente de tal forma como los españo-les, ellos
no habían visto jamás, ni oído que hubiesen venido por aquellas
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partes, y que por eso se escondían; pero que como
el señor de Cempoallan les había hecho saber quién eran, y certificado ser
gente pacífica, buena, y no dañosa, se habían asegurado y perdido el miedo que
cobraran viéndolos ir hacia su pueblo; y así, venían a recibirlos de parte de
su señor y a guiarlos adonde habían de ser aposentados.
Cortés los siguió hasta una plaza donde estaba el
señor del lugar, muy acompañado; el cual hizo gran muestra de placer en ver
aquellos extranje-ros con tan luengas barbas. Tomó un braserillo de barro con
ascuas, echó una cierta resina que parece anime blanco y que huele a incienso,
y saludó a Cortés incensando, que es ceremonia que usan con los señores y con
los dioses. Cortés y aquel señor se sentaron debajo unos portales de aquella
plaza, y entre tanto que aposentaban la gente, le dio cuenta Cortés de su ve-nida
en aquella tierra, como hizo a todos los demás por donde había pasa-do. El
señor le dijo casi lo mismo que el de Cempoallan, y aun con harto te-mor de
Moteczuma, no se enojase por le haber recibido y hospedado sin su licencia y
mandado.
Estando en esto, asomaron veinte hombres por la
otra parte frontera de la plaza, con unas varas en las manos, como alguaciles,
gordas y cortas, y con sendos moscadores grandes de pluma. El señor y los otros
suyos tem-blaban de miedo en verlos. Cortés preguntó el porqué, y dijéronle que
por-que venían aquellos recaudadores de las rentas de Moteczuma, y temían que
dijesen cómo habían hallado allí aquellos españoles, y que fuesen cas-tigados
por ello y maltratados. Cortés les esforzó, diciendo que Moteczu-ma era su
amigo, y haría con él que no les dijese ni hiciese mal ninguno por aquello, y
aun que holgaría que le hubiesen recibido en su tierra; donde no, que él los
defendería, porque cada uno de los que consigo traía, basta-ba para pelear con
mil de México, como ya muy bien sabía el mismo Mote-czuma por la guerra de
Potonchán. No se aseguraban nada el señor ni los suyos por lo que Cortés les
decía; antes se quería levantar para recibir y aposentarlos: tanto era el miedo
que a Moteczuma tenían. Cortés detuvo al señor, y díjole: “Por que veáis lo que
podemos yo y los míos, mandad a los vuestros que prendan y tengan a buen
recaudo aquellos cogedores de México; que yo estaré aquí con vos, y no bastará
Moteczuma a os enojar, ni aun él querrá, por mi respeto”. Con el ánimo que de
estas palabras cobró,
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hizo prender aquellos mexicanos, y porque se
defendían les dieron bue-nos palos. Pusieron a cada uno por sí en prisión en un
pie-de-amigo, que es un palo largo en que les atan los pies al un cabo y la
garganta al otro y las manos en medio, y han por fuerza de estar tendidos en el
suelo. Como los tuvieron atados, preguntaron si los matarían; Cortés les rogó
que no, sino que los tuviesen así y los velasen no se les fuesen. Ellos los
metieron en una sala del aposento de los nuestros, en medio de la cual encendieron
un gran fuego, y pusiéronlos a la redonda también con muchas guardas. Cortés
puso ciertos españoles también por guardia a la puerta de la sala, y fuese a
cenar a su aposento, donde tuvo harto para sí y para todos los suyos de lo que
el señor les envió.
CAPÍTULO XXXV
MENSAJERÍA DE CORTÉS A MOTECZUMA
Cuando le pareció tiempo que ya reposaban los
indios, por ser muy noche, envió a decir a los españoles que guardaban los
presos que procurasen de soltar un par de ellos, sin que las otras guardas lo
sintiesen, y se los trajesen. Los españoles se dieron tal maña, que, sin ser
sentidos, cortaron las cuer-das, que eran cierta suerte de mimbres, y soltaron
dos de ellos, y los trajeron a la cámara do Cortés estaba; el cual hizo como
que no los conocía, y pre-guntoles con Aguilar y Marina que le dijesen quién
eran, qué querían y por qué estaban presos. Ellos dijeron que eran vasallos de
Moteczumacín, y que tenían cargo de cobrar ciertos tributos que los de aquel
pueblo y provincia pagaban a su señor, y que no sabían la causa por que los
habían prendido y maltratado; antes se maravillaban de ver aquella novedad y
desatino, por-que los salían otras veces a recibir al camino con no poco
acatamiento, y hacer todo servicio y placer; mas que creían que por estar él
allí con los otros compañeros, que dicen que son inmortales, se les habían
atrevido aquellos serranos, y aun que temían no matasen a los que presos
quedaban, según eran aquellos de allí bárbara gente, antes que Moteczuma lo
supiese; contra el cual holgarían de rebelarse, por darle costa y enojo, si
hallasen aparejo; que otras veces lo solían hacer. Por tanto, que le suplicaban
hiciese cómo ellos y los otros sus compañeros no muriesen ni quedasen en manos
de
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aquellos sus enemigos; que recibiría Moteczuma, su
señor, mucho pesar si aquellos sus criados viejos y honrados padecían mal por
servirle bien.
Cortés les dijo que le pesaba mucho que el señor
Moteczuma fuese de-servido, siendo su amigo, donde él estaba, ni sus criados
maltratados; que había de mirar por ellos como por los suyos; pero que diesen
gracias a Dios del cielo, y a él, que los mandó soltar en gracia y amistad de
Moteczuma, para los despachar luego a México con cierto recado. Por eso, que
comiesen y se esforzasen a caminar, encomendándose a sus pies; no los cogiesen
otra vez, que sería peor que la pasada. Ellos comieron presto, que no se les
cocía el pan, por irse de allí. Cortés les despidió luego, y los hizo sacar del
pueblo por do ellos guiaron, y darles algo que llevasen de comer; y les
encargó, por la li-bertad y buena obra que de él habían recibido, que dijesen a
Moteczuma, su señor, cómo él lo tenía por amigo y deseaba hacerle todo
servicio, después que oyó su fama, bondad y poder; y que había holgado hallarse
allí a tal tiem-po, para mostrar esta voluntad, soltándolos a ellos, y pugnando
por guardar y conservar la honra y autoridad de tan gran príncipe como él era,
y por favo-recer y amparar los suyos, y mirar su alteza no arrostraba a su
amistad ni a la de los españoles, según lo mostró Teudilli, dejándole sin decir
adiós, ausen-tándole la gente de la costa de sus tierras, no dejaría él de
servirle siempre que hubiesen ocasión, y procurar por todas las vías a él
posibles y manifiestas, su gracia, su favor y amistad; y que bien creído tenía,
pues no había razón para ello, sino antes toda buena obra y señal de amor de
una parte a otra, que su alteza no huía ni rehusaba la amistad, ni mandaba que
nadie de los suyos le viese ni hablase, ni proveyese por sus dineros de lo que
necesario era a la sus-tentación de la vida, como que sus vasallos lo hacían
pensando servirle; mas que por acertar, erraban, no conociendo que Dios los
venía a ver en topar con criados del emperador, de quien podían él y ellos
todos recibir benefi-cios grandísimos y saber secretos y cosas santísimas; y
que si por él quedaba, que fuese a su culpa; pero que confiaba en su prudencia
que, mirándolo bien, holgaría de verle y hablarle y de ser amigo y hermano del
rey de España, en cuyo felicísimo nombre eran allí venidos él y los otros sus
compañeros; y en cuanto a sus criados que quedaban presos, que él tendría tal
forma, que no peligrasen; y así, prometía de los librar y libertar, por solo su
servicio, y que luego lo hiciera, como a los dos que enviaba con este mensaje,
sino por
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74
no enojar a los de aquel lugar, que le habían
hospedado y hecho mucha cor-tesía y todo buen tratamiento, y no pareciese que
se lo pagaba ni agradecía mal en irles a la mano en cosa que hacían en su casa.
Los mexicanos se fueron muy alegres, y prometieron de hacer lealmente lo que
les mandaba.
CAPÍTULO XXXVI
REBELIÓN Y LIGA CONTRA MOTECZUMA
POR INDUSTRIA DE CORTÉS
Cuando otro día amaneció y echaron menos los dos
presos, riñó el señor a las guardas, y quiso matar los que guardaban; sino que
con el rumor que hubo, y con estar esperando qué dirían o harían los del
pueblo, salió Cortés y rogó que no los matasen, pues eran mandados de su señor,
y personas pú-blicas, que, según derecho natural, ni merecían pena ni tenían
culpa de lo que hacían sirviendo a su rey; mas, porque no se les fuesen
aquéllos, como habían hecho los otros, que se los confiasen y entregasen a él,
y a su cargo si se le soltasen. Diéronselos, y enviolos a las naos
amenazándolos y diciendo que les echasen cadenas.
Tras esto juntáronse a consejo con el señor,
ciscados todos de miedo, y platicaron lo que harían sobre aquel caso, pues
estaba cierto que los huidos habían de decir en México la afrenta y mal
tratamiento que les fuera hecho. Unos decían que era bien y cumplidero a todos
enviar el pecho a Moteczu-ma y otros dones, con embajadores, para aplacarle la
ira y enojo, y a discul-parse, culpando los españoles, que los mandaron
prender, y suplicarle les perdonase aquel yerro y dislate que habían hecho,
como locos y atrevidos, en desacato de la majestad mexicana. Otros decían que
muy mejor era des-echar el yugo que tenían de esclavos, y no reconocer más a
los de México, que eran malos y tiranos, pues tenían en su favor aquellos medio
dioses e invencibles caballeros españoles, y tendrían otros muchos vecinos que
les ayudarían. Resolviéronse a la postre que se rebelasen y no perdiesen
aque-lla ocasión, y rogaron a Fernando Cortés que lo tuviese por bien, y que
fue-se su capitán y defensor, pues por él se habían puesto en aquello; que, o
enviase Moteczuma o no ejército sobre ellos, estaban ya determinados romper con
él y hacerle guerra. Dios sabe cuánto Cortés se holgaba con
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aquellas cosas, que le parecía que por allí iban
allá. Respondioles que mira-sen muy bien lo que hacían; que Moteczuma, a lo que
tenía entendido, era poderosísimo rey; mas que si así lo querían, que él los
capitanearía y defen-dería seguramente; que más quería su amistad que la del
otro, que le des-preciaba; pero que con todo eso quería saber qué tanta gente
podrían jun-tar. Ellos dijeron que cien mil hombres entre toda la liga que se
haría. Cortés entonces dijo que enviasen luego a todos los de su parcialidad y
ene-migos de Moteczuma a los avisar y apercibir de aquello, y a certificarles
de la ayuda que tenían de los españoles. No porque él tuviese necesidad de
ellos ni de sus huestes, que él solo con los suyos bastaba para todos los de
Culúa, y aunque fuesen otros tantos, sino porque estuviesen a recado y so-bre
aviso, no recibiesen daño si por caso Moteczuma enviase ejército sobre algunas
tierras de los confederados, tomándolos a sobresalto y descuido; y porque
también si tuviesen necesidad de socorro y gente de aquella suya que los
defendiese, se la enviase con tiempo.
Con esta esperanza y ánimo que Cortés les ponía, y
con ser ellos de suyo orgullosos y no bien considerados, despacharon luego sus
mensajeros por todos aquellos pueblos que les pareció, a les hacer saber lo que
tenían acor-dado, poniendo los españoles encima las nubes. Por aquellos ruegos
y me-dios se rebelaron muchos lugares y señores y aquella serranía entera, y no
dejaron cogedor de México en parte ninguna de todo aquello, publicando guerra
abierta contra Moteczuma. Quiso Cortés revolver a éstos, para ga-nar las
voluntades a todos y aun las tierras, viendo que de otra guisa mal podía. Hizo
prender los alguaciles; soltolos; congraciose de nuevo con Moteczuma, alteró
aquel pueblo y la comarca; ofrecióseles a la defensa, y dejolos rebelados para
que tuviesen necesidad de él.
CAPÍTULO XXXVII
FUNDACIÓN DE LA VILLA RICA DE LA VERACRUZ
Ya los navíos a esta sazón estaban detrás del
peñol; fue a verlos Cortés, y lle-vó muchos indios de aquel pueblo rebelado y
de otro allí cerca, y los que traía consigo de Cempoallan, con los cuales se
cortó mucha rama y madera, y se trajo, con alguna piedra, para hacer casas en
el lugar que trazó, a quien
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76
llamó la Villa Rica de la Veracruz, como habían
acordado cuando se nom-bró el cabildo de San Juan de Ulúa. Repartiéronse los
solares a los vecinos y regimiento, y señaláronse la iglesia, la plaza, las
casas de cabildo, cárcel, ata-razanas, descargadero, carnicería, y otros
lugares públicos y necesarios al buen gobierno y policía de la villa. Trazose
asimismo una fortaleza sobre el puerto, en sitio que pareció conveniente, y comenzose
luego ella y los de-más edificios a labrar de tapiería, que es la tierra de
allí buena para ello.
Estando muy metidos en fabricar, vinieron de México
dos mancebos, sobrinos de Moteczuma, con cuatro hombres ancianos, bien
tratados, por consejeros, y muchos otros por criados y para servicio de sus
personas. Lle-garon a Cortés como embajadores, y presentáronle mucha ropa de
algo-dón, bien llana y tejida, y algunos plumajes gentiles y extrañamente
obra-dos, y ciertas piezas de oro y plata bien labradas, y un casquete de oro
menudo sin fundir, sino en grano, como lo sacan de la tierra. Pesó todo esto
dos mil y noventa castellanos, y dijéronle que Moteczuma, su señor, le en-viaba
el oro de aquel casco para su dolencia, y que le hiciese saber de ella.
Diéronle las gracias de haber soltado aquellos dos criados de su casa, y
de-fendido que no matasen a los otros; que fuese cierto que lo mismo haría él
en cosas suyas, y que le rogaba hiciese soltar los que aún estaban presos, y
que perdonaba el castigo de aquel desacato y atrevimiento, porque le que-ría
bien, y por los servicios y acogimiento bueno que le habían hecho en su casa y
pueblo; pero que ellos eran tales, que presto harían otro exceso y de-lito, por
donde lo pagasen todo junto, como el perro los palos. En cuanto a lo demás,
dijeron que como estaba malo, y ocupado en otras guerras y nego-cios
importantísimos, no podía declararse al presente dónde o cómo se vie-sen; mas
que andando el tiempo no faltaría manera.
Cortés los recibió muy alegremente, y los aposentó
lo mejor que pudo, ribera del río, en chozas y en unas tendezuelas de campo, y
envió luego a lla-mar al señor de aquel pueblo rebelado, dicho Quiahuiztlan.
Vino, y díjole cuanta verdad le había tratado, y cómo Moteczuma no osaría
enviar ejército ni hacer enojo donde él estuviese. Por tanto, que él y todos
los confederados podían de allí en adelante quedar libres y exentos de la
servidumbre mexi-cana, y no acudir con los tributos que solían; mas que le rogaba
no le tuviese a malo si soltaba los presos y los daba a los embajadores. Él le
respondió que
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hiciese a su voluntad, que, pues de ella colgaban,
no excederían un punto de lo que mandase. Bien podía Cortés tener estos tratos
entre gente que no entendía por do iba el hilo de la trama.
Tornose aquel señor a su pueblo, y los embajadores
a México, y todos muy contentos; porque él esparció luego aquellas nuevas y el
miedo que Moteczuma tenía a los españoles, por toda la sierra de los
Totonaques, e hizo tomar armas a todos, y quitar a México los tributos y
obediencia; y ellos tomaron sus presos y muchas cosas que les dio Cortés, de
lino, lana, cuero, vidrio y hierro; y fuéronse maravillados de ver los
españoles y todas sus cosas.
CAPÍTULO XXXVIII
CÓMO TOMÓ CORTÉS A TIZAPANCINCA
POR FUERZA
No mucho después que pasó todo esto, enviaron los
de Cempoallan a pe-dir a Cortés españoles y ayuda para contra la gente de
guarnición de Culúa, que tenía Moteczuma en Tizapancinca, que les hacía muchos
da-ños, quemas y talas en sus tierras y labranzas, prendiendo y matando los que
las labraban. Confina Tizapancinca con los Totonaques y tierras de Cempoallan,
y es un buen lugar fuerte, porque tiene su asiento a par de un río, y la
fortaleza de un peñasco alto; y por ser así fuerte, y estar entre aque-llos que
a cada paso se le rebelan, tenía Moteczuma puesta allí gran copia de hombres de
guarnición; los cuales, como vieron revueltos y con armas a los rebeldes, y que
se les venían a guarecer allí huyendo los recaudadores y tesoreros de aquellas
comarcas, salían a remediar la rebelión, y en casti-go quemaban y destruían
cuanto hallaban, y aun habían prendido mu-chas personas. Cortés fue a
Cempoallan, y de allí en dos jornadas, con un gran ejército de aquellos sus
indios amigos, a Tizapancinca, que estaba ocho leguas o más de la ciudad.
Salieron al campo los de Culúa, pensando de lo
haber con solos los cempoallanes; mas como vieron los de a caballo y a los
barbudos, pasmaron y echaron a huir a más correr. Estaban cerca de la guarida,
y acogiéronse presto; quisieron meterse en la fortaleza, mas no pudieron tan
presto, que
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los de caballo no llegasen con ellos hasta el
lugar; y como no podían subir al peñasco, apeáronse Cortés y otros cuatro, y
entráronse dentro de la fuerza a revueltas de los del pueblo, sin contraste.
Entrados, tuvieron la puerta hasta que llegaron los demás españoles y otros
muchos de los amigos, a los cuales entregó la fortaleza y el pueblo, y rogó que
no hiciesen mal a los vecinos, y que dejasen ir libres, mas sin armas ni
banderas, a los soldados que lo guar-daban, y fue cosa nueva para los indios. Ellos
lo hicieron así, y él volviose a la mar por el camino que fue. Con este hecho y
victoria, que fue la primera que Cortés hubo de la gente de Moteczuma, quedó
aquella serranía libre del miedo y vejaciones de los de México, y los nuestros
en grandísima fama y reputación para con amigos y no amigos. Tanto, que
después, cuando algo se les ofrecía, enviaban a pedir a Cortés un español de
aquellos de su com-pañía, diciendo que aquel solo bastaba para capitán y
seguridad. No era malo este principio para lo que Cortés pretendía. Cuando
Cortés llegó a la Veracruz, muy ufanos los suyos por aquella victoria, halló
que era ya venido Francisco de Salceda, con la carabela que él había comprado a
Alonso Ca-ballero, vecino de Santiago de Cuba, y que la había dejado dando carena;
el cual traía setenta españoles y nueve caballos y yeguas, que no poco esfuerzo
y alegría le pusieron.
CAPÍTULO XXXIX
EL PRESENTE QUE CORTÉS ENVIÓ AL EMPERADOR POR SU
QUINTO
Daba priesa Cortés que trabajasen en las casas de
la Veracruz y en la fortale-za, para que tuviesen los vecinos y soldados
comodidad de vivienda y resis-tencia alguna contra las lluvias y enemigos,
porque entendía él irse presto la tierra adelante, camino de México, en demanda
de Moteczuma, y por dejar-lo todo asentado y como debía estar, para llevar
menos cuidado. Comenzó a dar orden y concierto en muchas cosas tocantes así a
la guerra como a la paz. Mandó sacar a tierra todas las armas y pertrechos de
guerra, y cosas de res-cate de los navíos, y las vituallas y provisiones que
había; y entregóselas al cabildo, como lo tenía prometido.
Habló asimismo a todos, diciendo que ya era bien y
tiempo de enviar al
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rey la relación de lo sucedido y hecho en aquella
tierra hasta entonces, con las nuevas y muestras de oro, plata y riquezas que
hay en ella; y que para eso era necesario repartir lo que habían habido por
cabezas, como era costum-bre en la guerra de aquellas partes, y sacar de allí
primero el quinto; y por-que mejor se hiciese, él nombraba, y nombró por
tesorero del rey, a Alonso de Ávila, y del ejército a Gonzalo Mejía. Los
alcaldes y regimiento, con to-dos los demás, dijeron que les parecía bien todo
lo que había dicho, y que se hiciese luego; y que no sólo holgaban que aquéllos
fuesen tesoreros, mas que ellos los confirmaban, y rogaban que lo quisiesen
ser. Hizo luego, tras esto, sacar y traer a la plaza, que todos lo viesen, la
ropa de algodón que te-nían allegada, las cosas de pluma, que eran mucho de
ver, y todo el oro y pla-ta que había, y que pesó veintisiete mil ducados; y
entregose así por peso y cuenta a los tesoreros, y dijo al cabildo que lo
repartiesen ellos.
Empero todos dijeron y respondieron que no tenían
que repartir, por-que sacando el quinto que al rey pertenecía, era lo demás
menester para pagarle a él los bastimentos que les daba, y la artillería y
navíos que servían de común a todos. Por eso, que se lo tomase todo, y enviase
al rey sus dere-chos muy cumplidamente y lo mejor. Cortés les dijo que tiempo
había para tomar él aquello que le daban para sus muchos gastos y deudas, y que
de presente no quería más parte de lo que le tocaba como a su capitán general,
y lo demás fuese para que aquellos hidalgos comenzasen a pagar las deudi-llas
que traían por venir con él en esta empresa; y porque lo que él tenía ojo a
enviar al rey, valía más que lo que le venía del quinto, rogoles no se lo
tu-viesen a mal, pues era lo primero que enviaban, y cosas que no se sufrían
partir ni fundir, si excediese de lo acostumbrado, no curando de quintar a peso
ni suertes; y como halló en todos ellos buena voluntad, apartó del montón lo
siguiente:
Las dos ruedas de oro y plata que dio Teudilli de
parte de Moteczuma. Un collar de oro de ocho piezas, en que había ciento
ochenta y tres es-meraldas pequeñas engastadas, y doscientas treinta y dos
pedrezuelas, como rubíes, de no mucho valor; colgaban de él veintisiete como
campani-
llas de oro y unas cabezas de perlas o berruecos.
Otro collar de cuatro trozos torcidos, con ciento y
dos rubinejos, y con ciento setenta y dos esmeraldas; diez perlas buenas no mal
engastadas, y por
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orla veintiséis campanillas de oro. Entrambos
collares eran de ver, y tenían otras cosas primas sin las dichas.
Muchos granos de oro, ninguno mayor que garbanzo,
así como se ha-llan en el suelo.
Un casquete de granos de oro sin fundir, sino así
groseros, llano y no cargado.
Un morrión de madera chapada de oro, y por fuera de
mucha pedrería, y por bebederos veinticinco campanillas de oro, y por cimera un
ave verde, con los ojos, pico y pies de oro.
Un capacete de planchuelas de oro y campanillas
alrededor, y por la cubierta piedras.
Un brazalete de oro muy delgado.
Una vara, como cetro real, con dos anillos de oro
por remates, y guarne-cidos de perlas.
Cuatro arrejaques de tres ganchos, cubiertos de
pluma de muchos co-lores, y las puntas de berrueco atado con hilo de oro.
Muchos zapatos como esparteñas, de venado, cosidas
con hilo de oro, que tenían la suela de cierta piedra blanco y azul, y muy
delgada y transparente.
Otros seis pares de zapatos de cuero de diverso
color, guarnecidos de oro o plata o perlas.
Una rodela de palo y cuero, y a la redonda
campanillas de latón moris-co, y la copa de una plancha de oro, esculpida en
ella Vitcilopuchtli, dios de las batallas, y en aspa cuatro cabezas con su
pluma o pelo, al vivo y desolla-do, que eran de león, de tigre, de águila, y de
un buarro.
Muchos cueros de aves y animales, adobados con su
misma pluma y pelo.
Veinticuatro rodelas de oro y pluma y alfójar,
vistosas y de mucho primor.
Cinco rodelas de pluma y plata.
Cuatro peces de oro, dos ánades y otras aves,
huecas y vaciadas de oro. Dos grandes caracoles de oro, que acá no los hay, y
un espantoso coco-
drilo, con muchos hilos de oro gordo alrededor.
Una barra de latón, y de lo mismo ciertas hachas y
unas como azadas.
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Un espejo grande guarnecido de oro, y otros chicos.
Muchas mitras y coronas de pluma y oro labradas, y
con mil colores y perlas y piedras.
Muchas plumas muy gentiles y de todas colores, no
teñidas, sino na-turales.
Muchos plumajes y penachos, grandes, lindos y
ricos, con argentería de oro y alfójar.
Muchos ventalles y moscadores de oro y pluma, y de
pluma sola, chicos y grandes y de toda suerte; pero todos muy hermosos.
Una manta, como capa de algodón tejido, de muchas
colores y de plu-ma, con una rueda negra en medio, con sus rayos, y por de
dentro rasa.
Muchos sobrepellices y vestimentas de sacerdotes,
palios, frontales y ornamentos de templos y altares.
Muchas otras de estas mantas de algodón, o blancas
solamente, o blancas y negras escacadas, o coloradas, verdes, amarillas,
azules, y otros colores así. Mas del envés sin pelo ni color, y de fuera
vellosas como felpa.
Muchas camisetas, jaquetas, tocadores de algodón;
cosas de hombre.
Muchas mantas de cama, paramentos y alfombras de
algodón.
Eran estas cosas más lindas que ricas; aunque las
ruedas cosa rica era, y valía más la obra que las mismas cosas, porque los
colores del lienzo de algodón eran finísimos, y los de pluma naturales. Las
obras de vaciadizo excedían el juicio de nuestros plateros; de los cuales
hablaremos después en conveniente lugar. Pusieron también con estas cosas
algunos libros de figuras por letras, que usan los mexicanos, cogidos como
paños, escritos de todas partes. Unos eran de algodón y engrudo, y otros de
hojas de metl, que sirven de papel; cosa harto de ver. Pero como no los
entendieron, no les estimaron.
Tenían a la sazón los dos Cempoallan muchos hombres
para sacrificar. Pidióselos Cortés para enviar al emperador con el presente,
porque no los sacrificasen. Mas ellos no quisieron, diciendo que se enojarían
sus dioses y les quitarían el maíz, los hijos y la vida, si se los daban.
Todavía les tomó cua-tro de ellos y dos mujeres, los cuales eran mancebos
dispuestos. Andaban muy emplumados, y bailando por la ciudad, y pidiendo
limosna para su sa-crificio y muerte. Era cosa grande cuanto les ofrecían y
miraban. Traían en
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las orejas arracadas de oro con turquesas, y unos
gordos sortijones de lo mismo a los bezos bajeros, que les descubrían los
dientes, cosa fea para Es-paña, mas hermosa para aquella tierra.
CAPÍTULO XL
CARTAS DEL CABILDO Y EJÉRCITO PARA EL EMPERADOR
PIDIENDO LA GOBERNACIÓN PARA CORTÉS
Como el presente y quinto para el rey estuviese
apartado, dijo Cortés al ca-bildo que nombrasen dos procuradores que lo
llevasen; que a los mismos daría él también su poder y su nao capitana para
llevarlo. En regimiento señalaron a Alonso Hernández Portocarrero, y a
Francisco de Montejo, alcaldes, y Cortés holgó de ello; y dioles por piloto a
Antón de Alaminos; y como iban en nombre de todos, tomaron del montón tanto oro
que les pareció bastar para venir y negociar y volverse. Y lo mismo fue del
matalo-taje para la mar. Cortés les dio su poder para sus negocios muy cumplido
y llenero, y una instrucción de lo que habían de pedir en su nombre, y hacer en
corte y en Sevilla y en su tierra; que era dar a su padre Martín Cortés y a su
madre ciertos castellanos, y las nuevas de prosperidad. Envió con ellos la
relación y autos que tenía de lo pasado, y escribió una muy larga carta al
emperador; (llamolo así, aunque allá no sabían); en la cual le daba cuenta y
razón sumariamente de todo lo sucedido hasta allí desde que salió de Santiago
de Cuba; de las pasiones y diferencias entre él y Diego Veláz-quez; de las
cosquillas que andaban en el real, de los trabajos que todos habían padecido,
de la voluntad que tenían a su real servicio, de la grande-za y riquezas de
aquella tierra, de la esperanza que tenía de sujetarla a su corona real de
Castilla; y ofreciose a ganarle a México; y a haber a las ma-nos al gran rey
Moteczuma vivo o muerto; y al fin de todo le suplicaba se acordase de hacerle
mercedes en los cargos y provisiones que había de enviar en aquella nueva
tierra, descubierta a costa suya, para remunera-ción de los trabajos y gastos
hechos.
El cabildo de la Veracruz escribió asimismo al
emperador dos letras. Una en razón de lo que hasta entonces habían hecho en su
real servicio
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aquellos pocos hidalgos españoles por aquella
tierra nuevamente descu-bierta; y en ella no firmaron sino alcaldes y
regidores. La otra fue acordada y firmada del cabildo y de todos los más
principales que había en el ejército. La cual en sustancia contenía cómo todos
ellos tendrían y guardarían aque-lla villa y tierra, en su real nombre ganada;
o morirían por ello y sobre ello, si otra cosa su majestad no mandase. Y
suplicáronle humildemente diese la gobernación de ello y de lo que más
conquistasen a Fernando Cortés, su caudillo y capitán general, y justicia mayor
por ellos propios electo, que era merecedor de todo; y que más había hecho y
gastado que todos en aquella flota y jornada, confirmándolo en el cargo que
ellos mismos le dieron de su propia voluntad, para mejoría y seguridad suya, en
nombre empero de su majestad; y si por ventura había ya dado y hecho merced de
aquel cargo y gobernación a otra persona, que lo revocase, por cuanto así
convenía a su servicio, y al bien y acrecentamiento de ellos y de aquellas
partes, y también por evitar ruidos, escándalos, peligros y muertes, que se
seguirían si otro los gobernase y mandase, y entrase por su capitán. Allende de
esto, le suplica-ron por respuesta con brevedad y buen despacho de los
procuradores de aquella su villa, en cosas que tocaban al concejo de ella.
Partieron Alonso Hernández Portocarrero y Francisco
de Montejo y Antón de Alaminos, de Quiahuiztlan y Villarrica, en una razonable
nave, a 26 días del mes de julio de 1519, con poderes de Fernando Cortés y del
con-cejo de la villa de la Veracruz, y con las cartas, autos, testimonios y
relación que dicho tengo. Tocaron de camino en el Marién de Cuba; y diciendo
que iban a la Habana, pasaron sin detenerse por el canal de Bahama, y
navega-ron con harto próspero tiempo hasta llegar a España. Escribieron esta carta
los de aquel concejo y ejército, recelándose de Diego Velázquez, que tenía
muchísimo favor en la corte y Consejo de Indias; y porque andaba ya la nue-va
en el real, con la venida de Francisco de Salceda, que Diego Velázquez había
habido la merced de la gobernación de aquella tierra del emperador, con la ida
a España de Benito Martín. Lo cual, aunque ellos no lo sabían de cierto, era
muy gran verdad, según en otra parte se dice.
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CAPÍTULO XLI
EL MOTÍN QUE HUBO CONTRA CORTÉS,
Y EL CASTIGO
Hubo muchos en el real que murmuraron de la
elección de Cortés, porque con ella excluían de aquella tierra a Diego
Velázquez, cuyas partes tenían, unos como criados, otros como deudores y
algunos como amigos; y decían que había sido por astucia, halagos y soborno; y
que la disimulación de Cor-tés en hacerse de rogar que aceptase aquel cargo,
fue fingida, y que no pudo ser hecha ni debía valer la tal elección de capitán
y alcalde mayor, sin autori-dad de los frailes Jerónimos que gobernaban las
Indias, y de Diego Veláz-quez, que ya tenía la gobernación de aquella tierra de
Yucatán, según fama. Cortés entendió esto; informose quién levantaba la
murmuración; prendió
[a] los
principales y metiolos en una nao; mas luego los soltó por complacer a todos,
que fue causa de peor, por cuanto aquellos mismos quisieron des-pués alzarse
con un bergantín, matando al maestre, e irse a Cuba con él, a avisar a Diego
Velázquez de lo que pasaba, y del gran presente que Cortés enviaba al
emperador, para que se lo quitase a los procuradores al pasar por la Habana,
juntamente con las cartas y relación, porque no las viese el em-perador, y se
tuviese por bien servido de Cortés y de todos los demás. Cortés entonces se
enojó de veras. Prendió muchos de ellos; tomoles por sus di-chos, en que
confesaron ser verdad aquello. Por lo cual condenó los más culpados, según el
proceso y tiempo; ahorcó a Juan Escudero y a Diego Cermeño, piloto; azotó a
Gonzalo de Umbría, que también era piloto, y a Alonso Peñate. A los demás no
tocó. Con este castigo se hizo Cortés temer y tener en más que hasta allí; y a
la verdad, si fuera blando, nunca los señorea-ra, y si se descuidara, se
perdía; porque aquéllos avisaran con tiempo a Die-go Velázquez, y él tomara la
nao con el presente, cartas y relaciones; que aun después la procuró tomar,
enviando tras ella una carabela armada, porque no pasaron tan secretos Montejo
y Portocarrero por la isla de Cuba que no entendiese Diego Velázquez a lo que
iban.
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CAPÍTULO XLII
CORTÉS DA CON LOS NAVÍOS AL TRAVÉS
Propuso Cortés de ir a México, y encubríalo a los
soldados, porque no re-husasen la ida con los inconvenientes que Teudilli con
otros ponía, espe-cialmente por estar sobre agua, que lo imaginaban por
fortísimo, como en efecto lo era. Y para que le siguiesen todos aunque no
quisiesen, acordó quebrar los navíos; cosa recia y peligrosa y de gran pérdida;
a cuya causa tuvo bien que pensar, y no porque le doliesen los navíos; sino
porque no se lo estorbasen los compañeros; porque sin duda se lo estorbaran y aun
se amotinaran de veras si lo entendieran. Determinado pues de quebrarlos,
negoció con algunos maestros que secretamente barrenasen sus navíos, de suerte
que se hundiesen, sin los poder agotar ni atapar; y rogó a otros pilo-tos que
echasen fama cómo los navíos no estaban para más navegar de cas-cados y roídos
de broma, y que llegasen todos a él, estando con muchos, a se lo decir así,
como que le daban cuenta de ello, para que después no les echa-sen culpa. Ellos
lo hicieron así como él ordenó, y le dijeron delante de todos cómo los navíos
no podían más navegar por hacer mucha agua y estar muy abromados; por eso, que
viese lo que mandaba. Todos lo creyeron, por ha-ber estado allí más de tres
meses, tiempo para estar comidos de la broma. Y después de haber platicado
mucho en ello, mandó Cortés que aprovecha-sen de ellos lo que más pudiesen, y
los dejasen hundir o dar al través, hacien-do sentimiento de tanta pérdida y
falta.
Y así dieron luego al través en la costa con los
mejores cinco navíos, sa-cando primero los tiros, armas, vituallas, velas,
sogas, áncoras, y todas las otras jarcias que podían aprovechar. De allí a poco
quebraron otros cua-tro; pero ya entonces se hizo con alguna dificultad, porque
la gente enten-dió el trato y el propósito de Cortés, y decían que los quería
meter en el matadero. Él los aplacó diciendo que los que no quisiesen seguir la
guerra en tan rica tierra ni su compañía, se podían volver a Cuba en el navío
que para eso quedaba; lo cual fue para saber cuántos y cuáles eran los cobardes
y contrarios, y no les confiar ni confiarse de ellos. Muchos le pidieron
li-cencia descaradamente para tornarse a Cuba; mas eran marineros los me-dios,
y querían antes marinear que guerrear. Otros muchos hubo con el
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mismo deseo, viendo la grandeza de la tierra y
muchedumbre de la gente; pero tuvieron vergüenza de mostrar cobardía en
público. Cortés, que supo esto, mandó quebrar aquel navío, y así quedaron todos
sin esperanza de salir de allí por entonces, ensalzando mucho a Cortés por tal
hecho; ha-zaña por cierto necesaria para el tiempo, y hecha con juicio de
animoso ca-pitán, pero de muy confiado, y cual convenía para su propósito,
aunque perdía mucho en los navíos, y quedaba sin la fuerza y servicio de mar.
Po-cos ejemplos de éstos hay, y aquéllos son de grandes hombres, como fue Omich
Barbarroja, del brazo cortado, que pocos años antes de esto que-bró siete
galeotas y fustas por tomar a Bujía, según largamente yo lo escribo en las
batallas de mar de nuestros tiempos.
CAPÍTULO XLIII
QUE LOS DE CEMPOALLAN DERROCARON SUS ÍDOLOS POR
AMONESTACIÓN DE CORTÉS
No veía Cortés la hora de ser con Moteczuma.
Publicó su partida; sacó del cuerpo del ejército ciento y cincuenta españoles,
que le parecieron basta-ban para vecindad y guarda de aquella villa y
fortaleza, que ya estaba casi acabada. Dioles por capitán a Pedro de Hircio, y
dejolos en ella con dos ca-ballos y otros dos mosquetes, y con hartos indios
que los sirviesen, y con cincuenta pueblos a la redonda, amigos y aliados, de
los cuales podían sa-car cincuenta mil combatientes y más, siempre que algo se
les recreciese y los hubiesen menester; y él fuese con los demás españoles a
Cempoallan, que está cuatro leguas de allí, donde apenas había llegado, cuando
le fue-ron a decir que andaban por la costa cuatro navíos de Francisco de
Garay. Tornose luego, por aquellas nuevas, con cien españoles a la Veracruz,
sos-pechando mal de aquellos navíos. Como llegó, supo que Pedro de Hircio había
ido a ellos a informarse quiénes eran y qué querían, y a convidarlos a su
pueblo para si algo habían menester. Supo asimismo que estaban surtos tres
leguas de allí, y fue allá con Pedro de Hircio y con una escuadra de su
compañía, a ver si alguno de aquellos navíos salía a tierra para tomar len-gua,
e informarse qué buscaban, temiendo mal de ellos pues no habían querido surgir
allí cerca ni entrar en el puerto y lugar, pues los convidaban
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a ello. Y ya que había andado hasta una legua,
encontró tres españoles de los navíos, de los cuales uno dijo ser escribano, y
los dos testigos, que ve-nían a le notificar ciertas escrituras que no
mostraron, y a hacerle requeri-miento que partiese con el capitán Garay, de
aquella tierra, echando mojo-nes por parte conveniente, por cuanto pretendía
también él aquella conquista por primero descubridor, y porque quería asentar y
poblar en aquella costa, veinte leguas de allí, hacia poniente, cerca de Nahutlan,
que ahora se dice Almería.
Cortés les dijo que tornasen primero a los navíos,
a decir a su capitán que viniese a la Veracruz con su armada, y que allí
hablarían, y se sabría de qué manera venía; y si traía alguna necesidad, que se
la remediaría como mejor pudiese; y si venía, como ellos decían, en servicio
del rey, que no de-seaba él cosa más que guiar y favorecer a los semejantes,
pues estaba allí por su alteza, y eran todos españoles. Ellos respondieron que
por ninguna manera el capitán Garay ni hombre de los suyos saldría a tierra ni
vendría donde estaba. Cortés, vista la respuesta, entendió el negocio.
Prendiolos y púsose tras un médano de arena alto, y frontero de las naos, ya
que casi era de noche, donde cenó y durmió, y estuvo hasta bien tarde del día
siguiente, esperando si el Garay o algún piloto, o cualquiera otra persona
saltaría en tierra, para tomarlos e informarse de lo que habían navegado, y del
daño que dejaban hecho, que por lo uno los enviara presos a España, y por lo
otro supiera si habían hablado con gente de Moteczuma. Conociendo, en fin, que
se recelaban mucho, creyó que por algún mal recaudo o despacho; hizo a tres de
los suyos que trocasen vestidos con aquellos mensajeros, y que llegasen a la
lengua del agua, llamando y capeando a los de las naos; de las cuales, o porque
conocieron los vestidos, o porque los llamaban, vinie-ron hasta una docena de
hombres en un esquife con ballestas y escopetas. Los de Cortés, que tenían los
vestidos ajenos, se apartaron a unas matas como que a la sombra, que hacía
recio Sol y era mediodía, por no ser cono-cidos, y los del esquife echaron en
tierra dos escopeteros y dos ballesteros y un indio, los cuales caminaron
derecho a las matas, pensando que los que estaban debajo eran sus compañeros.
Arremetió luego Cortés con otros muchos, y tomáronlos antes que pudiesen
meterse en el barco, aunque también se quisieron defender; y el uno de ellos
que era piloto y traía esco-
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peta encaró al capitán Hircio, y si trajera buena
mecha y pólvora le matara. Como los de las naves vieron el engaño y burla, no
aguardaron más, e hicie-ron vela antes que su esquife llegase.
De estos siete que hubo a las manos se informó
Cortés cómo Garay ha-bía corrido mucha costa en demanda de la Florida, y tocado
en un río y tie-rra cuyo rey se llamaba Pánuco, donde vieron oro, aunque poco,
y que sin salir de las naves habían rescatado hasta tres mil pesos de oro, y
habido mu-cha comida a trueco de cosillas de rescate; pero que nada de lo
andado ni visto había contentado al Francisco de Garay, por descubrir poco oro
y no bueno. Tornose Cortés sin otra relación ni recaudo a Cempoallan con los
mismos cien españoles que trajera, y primero que de allí saliese, acabó con los
de la ciudad que derribasen los ídolos y sepulcros de los caciques, que también
reverenciaban como a dioses, y adorasen a Dios del cielo, y a la cruz que les
dejaba, e hizo amistad y confederación con ellos y con otros lugares vecinos,
contra Moteczuma, y ellos le dieron rehenes para que estuviese más cierto y
seguro que le serían siempre leales y no faltarían de la fe y pala-bra dada, y
que abastecerían los españoles que dejaba de guarnición en la Veracruz, y
ofreciéronles cuanta gente mandase de guerra y servicio. Cortés tomó los
rehenes, que fueron hartos, mas los principales eran Mamexi, Teuch y Tamalli, y
para el servicio al ejército de agua y leña y para carga pi-dió mil tamemes.
Tamemes son bastajes, hombres de carga y recua, que lle-van a cuestas dos
arrobas de peso por do quiera que los traen. Estos tiraban la artillería y
llevaban el hato y comida.
CAPÍTULO XLIV
EL ENCARECIMIENTO QUE OLINTLEC HIZO DEL PODERÍO DE
MOTECZUMA
Partió pues Cortés de Cempoallan, que llamó Sevilla
para México, a 16 días de agosto del mismo año, con cuatrocientos españoles,
con quince caballos y con seis tirillos y con mil trescientos indios entre
todos, así nobles y de guerra como tamemes, en que cuento los de Cuba. Ya
cuando Cortés partió de Cempoallan no había vasallo de Moteczuma en su ejército
que los guia-sen camino derecho de México; que todos eran idos, o por miedo,
como
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vieron la liga, o por mandado de sus pueblos y
señores, y aquellos de Cem-poallan no lo sabían bien. Las tres primeras
jornadas que el ejército caminó por tierras de aquellos sus amigos, fue muy
bien recibido y hospedado, en especial en Xalapan. El cuarto día llegó a
Sicuchimatl, que es un fuerte lu-gar, puesto ladera de una muy agra sierra, y
tiene hechos a manos dos pasos como escaleras para entrar en él, y si los
vecinos quisieran defenderles la entrada, con dificultad subieran por allí los
peones, cuanto más los caballe-ros. Pero, según después pareció, tenían mandado
de Moteczuma que hos-pedasen, honrasen y proveyesen a los españoles, y aun
dijeron que pues iban a ver a su señor Moteczuma, que supiesen de cierto que
les era amigo.
Este pueblo tiene muchas y buenas aldeas y
alquerías en lo llano. Saca-ba de allí Moteczuma, cuando había menester, cinco
mil hombres de pelea. Cortés agradeció mucho al señor el hospedaje y buen
tratamiento, y la bue-na voluntad de Moteczuma; y despedido de él, fue a pasar
una sierra bien alta por el puerto que llamó del Nombre de Dios, por ser el
primero que pasaba; el cual es tan sin camino, tan áspero y alto, que no lo hay
tal en Es-paña, porque tiene tres leguas de subida. Hay en ella muchas parras
con uvas, y árboles con miel; en bajando aquel puerto, entró en Theuhixuacán,
que es otra fortaleza y villa, amiga de Moteczuma, donde acogieron a los
nuestros como en el pueblo atrás. Desde allí anduvo tres días por tierra
des-poblada, inhabitable, salitral. Pasaron alguna necesidad de hambre, y
mu-cha más sed, a causa de ser toda el agua que toparon salada, y muchos
espa-ñoles que a falta de agua dulce bebieron de ella, enfermaron. Sobrevínoles
asimismo un turbión de piedra, y con ella un frío que los puso en harto
tra-bajo y aprieto, porque los españoles pasaron muy mala noche de frío sobre
la indisposición que llevaban, y los indios cuidaron perecer; y así, murie-ron
algunos de los de Cuba que iban mal arropados, y no hechos a semejan-te
frialdad como la de aquellas montañas.
A la cuarta jornada de mala tierra tornaron a subir
otra sierra no muy agra, y porque hallaron en la cumbre de ella mil carretadas,
a lo que juzga-ron, de leña cortada y compuesta, junto de una torrecilla, en
que había algu-nos ídolos, le llamaron el puerto de la Leña. Dos leguas pasado
el puerto, era la tierra estéril y pobre, mas luego dio el ejército en un lugar
que dijeron Castilblanco, por las casas del señor, que eran de piedra, nuevas,
blancas, y
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las mejores que hasta entonces habían visto en
aquella tierra, y muy bien la-bradas; de que no poco se maravillaron todos.
Llámase en su lengua Zacot-lan, aquel lugar, y el valle Zacatami y el señor
Olintlec; el cual recibió a Cor-tés muy bien, y aposentó y proveyó a toda su
gente muy cumplidamente, porque tenía mandamiento de Moteczuma que lo honrase,
según después él mismo dijo, y aun por aquella nueva y mandamiento o favor
sacrificó cin-cuenta hombres por alegrías, cuya sangre vieron fresca y limpia,
y muchos hubo del pueblo que llevaron a los españoles en hombros y hamacas, que
es casi en andas.
Cortés les habló con sus farautes, que eran Marina
y Aguilar, y les dijo la causa de su ida por aquellas partes, y lo demás que a
los de hasta allí decía siempre, y al cabo le preguntó si conocía o reconocía a
Moteczuma. Él, como maravillado de la pregunta, respondió. “Pues, ¿quién hay
que no sea esclavo o vasallo de Moteczumacín?”. Entonces Cortés le dijo quién
era el emperador, rey de España, y le rogó que fuese su amigo, y servidor de
aquel tan grandísimo rey que le decía, y si tenía oro, que le diese un poco
para en-viarle. A esto respondió que no saldría de la voluntad de Moteczuma, su
se-ñor, ni daría, sin que él se lo mandase, oro ninguno, aunque tenía harto.
Cortés calló a esto y disimuló, que le pareció hombre de corazón, y los suyos
gente de manera y de guerra; pero rogole que le dijese la grandeza de aquel su
rey Moteczuma, y respondió que era señor del mundo; que tenía treinta vasallos
con cada cien mil combatientes; que sacrificaba veinte mil personas cada año;
que residía en la más linda y fuerte ciudad de todo lo poblado; que su casa y
corte era grandísima, noble, generosa; su riqueza increíble, su gas-to
excesivo; y por cierto que él dijo la verdad en todo, salvo que se alargó en lo
del sacrificio, aunque a la verdad era grandísima carnicería la suya de hombres
muertos en sacrificios por cada templo, y algunos españoles dicen que
sacrificaban, años había, cincuenta mil. Estando así en estas pláticas,
llegaron dos señores en el mismo valle a ver los españoles, y presentaron a
Cortés cada cuatro esclavas, y sendos collares de oro de no mucha valía.
Olintlec, aunque tributario de Moteczuma, era gran
señor y de veinte mil vasallos. Tenía treinta mujeres todas juntas y en su
propia casa, con más de cien otras que las servían. Tenía dos mil criados para
su servicio y guarda; el pueblo era grande, y había en él trece templos, con
muchos ídolos de pie-
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dra y diferentes, ante quien sacrificaban hombres,
palomas, codornices y otras cosas, con sahumerios y mucha veneración. Aquí, y
por su territorio, tenía Moteczuma cinco mil soldados en guarnición y frontera,
y postas de hombres en parada hasta México. Nunca Cortés hasta aquí había
entendi-do tan entera y particularmente la riqueza y poderío de Moteczuma; y
aun-que se le representaban delante muchos inconvenientes, dificultades,
te-mores y cosas otras en su ida a México, oyendo aquello, que a muchos valientes
por ventura desmayara, no mostró punto de cobardía, sino que cuantas más
maravillas le decían de aquel gran señor, tanto mayores espue-las le ponían de
ir a verlo; y porque tenía que pasar para ir allá por Tlaxca-llan, que todos le
afirmaban ser grande ciudad aquella, y de mucha fuerza y belicosísima
generación, despachó cuatro cempoallaneses para los señores y capitanes de
allí, que de su parte y de la de Cempoallan y confederados, les ofreciesen su
amistad y paz y les hiciesen saber cómo iban a su pueblo aque-llos pocos
españoles a los ver y servir; por tanto, que les rogasen lo tuviesen por bueno.
Pensaba Cortés que los de Tlaxcallan harían otro tanto con él, como los de
Cempoallan, que eran buenos y leales, y que como hasta allí le habían siempre
dicho verdad, que también entonces los podría creer; que aquellos tlaxcaltecas
eran sus amigos, y holgarían serlo asimismo de él y de sus compañeros, pues
eran inimicísimos de Moteczuma, y aun que irían de buena gana con él a México,
si hubiese de haber guerra, por el deseo que tenían de librarse y vengarse de
las injurias y daños que habían recibido, de muchos años a esta parte, de la
gente de Culúa.
Holgó Cortés en Zacotlan cinco días, que tiene
fresca ribera y es apa-cible gente. Puso muchas cruces en los templos,
derrocando los ídolos, como lo hacía en cada lugar que llegaba y por los
caminos. Dejó muy con-tento a Olintlec, y fuese a un lugar que está dos leguas
río arriba, y que era de Iztacmixtlitán, uno de aquellos señores que le dieron
las esclavas y co-llares. Este pueblo tiene en lo llano y ribera, dos leguas a
la redonda, tan-tas caserías, que casi toca una con otra, a lo menos por do
pasó nuestro ejército; y él será de más de cinco mil vecinos, y puesto en un
cerro alto, y a una parte de él está la casa del señor con la mejor fortaleza
de aquellas par-tes, y tan buena como en España, cercada de muy buena piedra
con barba-canas y honda cava. Reposó allí tres días para repararse del camino y
tra-
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92
bajo pasado, y por esperar los cuatro mensajeros
que envió de Zaclotan, a ver qué respuesta traerían.
CAPÍTULO XLV
EL PRIMER REENCUENTRO QUE CORTÉS HUBO CON LOS DE
TLAXCALLAN
Como tardaban los mensajeros, se partió Cortés de
Zacotlan sin otra inteli-gencia de Tlaxcallan. No anduvo mucho nuestro campo
después que salió de aquel lugar, cuando a la salida del valle por donde iba,
topó una gran cer-ca de piedra seca, y de estado y medio alta, y ancha veinte
pies, y con un pre-til de dos palmos por toda ella para pelear de encima, la
cual atravesaba todo aquel valle de una sierra a la otra, y no tenía más de una
sola entrada de diez pasos, y en aquélla doblaba la una cerca sobre la otra a
manera de rebellín, por trecho y estrecho de cuarenta pasos, de suerte que era
fuerte y mala de pasar habiendo quien la defendiese. Preguntando Cortés la
causa de estar allí aquella cerca, y quién la había hecho, le dijo
Iztacmixtlitán, que le acom-pañó hasta ella, que estaba para atajar, como
mojón, sus tierras de las de Tlaxcallan, y que sus antecesores la habían hecho
para impedir la entrada a los tlaxcaltecas en tiempo de guerra, que venían a
los robar y matar por ami-gos y vasallos de Moteczuma. Grandeza les pareció a
nuestros españoles aquella pared allí tan costosa y panfarrona, mas inútil y
superflua, pues ha-bía cerca otros pasos para llegar al lugar, arrodeando un
poco, pero no deja-ron con todo eso de sospechar que los de Tlaxcallan debían
ser bravos y valientes guerreros, pues tales amparos les ponían delante.
Como el ejército paró para mirar aquella magnífica
obra, pensó Iztac-mixtlitán que ciaba y temía de ir adelante, y dijo y rogó al
capitán que no fue-se por allí, pues era su amigo e iba a ver a su señor, ni
curase de atravesar por tierra de los de Tlaxcallan, que por ventura por quedar
su amigo, le harían algún daño y le serían malos, como con otros solían, y que
él le guiaría y lle-varía siempre por tierras de Moteczuma, donde sería bien
recibido y pro-veído, hasta llegar a México. Mamexi y los otros de Cempoallan
le decían que tomase su consejo, y en ninguna manera fuese por do
Iztacmixtlitán le quería encaminar, que era por le desviar de la amistad de
aquella provincia,
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cuya gente era honrada, buena y valiente, y no
quería que se juntase con él para contra Moteczuma, y que no le creyese; que
eran él y los suyos, unos malos, traidores y falsos, y le meterían donde no
pudiese salir, y allí los co-merían y matarían. Cortés estuvo suspenso una
pieza con lo que unos y otros le decían; pero a la postre arrimóse al consejo
de Mamexi, porque te-nía más concepto de los de Cempoallan y aliados, que no de
los otros, y por no mostrar miedo; y así, prosiguió el camino de Tlaxcallan, que
comenzó.
Despidiose de Iztacmixtlitán, tomó de él
trescientos soldados, y entró por aquella puerta de la cerca, y luego con mucha
orden y buen recaudo en todo, caminó, llevando a punto los tiros, y siempre
yendo él de los primeros que se adelantaban media y una legua a descubrir el
campo, para si algo hu-biese, que con tiempo volviese a concertar su gente, y a
escoger buen lugar para batalla o para real; así que, andadas más de tres
leguas desde la cerca, mandó decir a la infantería que caminase apriesa, que
era tarde, y él fuese con los de caballos cuasi una legua adelante, donde en
encumbrando una cuesta, dieron los dos de caballo que iban delanteros en unos
quince hom-bres con espadas y rodelas, y con unos penachos que acostumbran
traer en la guerra; los cuales eran escuchas, y como vieron los de caballo,
echaron a huir de miedo o por dar aviso. Llegó Cortés entonces con otros tres
compa-ñeros a caballo, y por más que voceó ni señas hizo, no quisieron esperar;
y porque no se les fuesen sin tomar lengua, corrió tras ellos con seis
caballos, y alcanzolos ya que estaban juntos y remolinados con determinación de
morir antes que rendirse; y señalándoles que estuviesen quedos, se juntó a
ellos, pensando tomarlos a manos y a vida; pero ellos no curaron sino de
es-grimir; y así, hubieron de pelear con ellos. Defendiéronse tan bien un rato
de los seis, que hirieron dos ellos, y les mataron dos caballos de dos
cuchilla-das, y según algunos que lo vieron, cortaron cercén de un golpe cada
pes-cuezo con riendas y todo. En esto llegaron otros cuatro de caballo, y luego
los demás, con uno de los cuales envió Cortés a llamar corriendo la
infante-ría, porque allegaban ya bien cinco mil indios en un ordenado
escuadrón, a socorrer y remediar los suyos, que los habían visto pelear; mas
llegaron tar-de para ello, porque ya eran todos muertos y alanceados, con enojo
que mataron aquellos dos caballos, y no se quisieron rendir. Todavía pelearon
con los de caballo, de muy gentil ánimo y denuedo, hasta que vieron cerca
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los peones y artillería y el otro cuerpo del
ejército contrario, y retiráronse entonces, dejando el campo a los nuestros.
Los de caballo salían y entraban en los enemigos, arremetiendo a su salvo por
más que eran, sin recibir daño, y mataron hasta setenta de ellos.
Luego que se fueron, enviaron a nuestro ejército a
decir al capitán con dos de los mensajeros que allá tenían días había, y con
otros suyos, cómo los de Tlaxcallan decían que ellos no sabían de lo que habían
hecho aqué-llos, que eran de otras comunidades y sin su licencia; pero que les
pesaba, y que pagarían los caballos por ser en su tierra, y que fuesen mucho
enhora-buena a su pueblo, que holgarían de acogerlos y ser sus amigos, porque
les parecían valientes hombres. Todo era recado falso. Cortés se lo creyó, y
les agradeció su buen comedimiento y voluntad, diciendo que iría, como ellos
querían, a ser su amigo, y que no tenía necesidad de paga por sus caballos,
porque presto le vendrían muchos de ellos. Mas Dios sabe cuánto le pesa-ba de
la falta que le hacían, y de que supiesen los indios que los caballos morían y
se podían matar. Pasó Cortés casi una legua más adelante de do fue la muerte de
los caballos, aunque era casi puesta del Sol, y venía su gen-te cansada de
haber caminado mucho aquel día, por poner su real en lugar fuerte y de agua; y
así, lo asentó cabe un arroyo, donde estuvo esta noche con miedo y con recado
de centinelas a pie y a caballo, mas ningún sobre-salto le dieron los enemigos;
y así, pudieron los suyos reposar más descan-sados que pensaban.
CAPÍTULO XLVI
QUE SE JUNTARON CIENTO Y CUARENTA MIL HOMBRES
CONTRA CORTÉS
Otro día con el sol partió Cortés de allí con su
escuadrón bien concertado, y en medio del fardaje y artillería, y ya que
llegaban a un pequeño pueblo allí cerquita, toparon con los otros dos
mensajeros de Cempoallan que fueron de Zaclotan, que venían llorando, y dijeron
cómo los capitanes del ejército de Tlaxcallan los habían atado y guardado, mas
que se habían ellos soltado y escapado aquella noche, porque los querían
sacrificar luego en siendo de día, al dios de la victoria, y comérselos para
dar buen comienzo a la guerra, y
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en señal que así tenían de hacer a los barbudos y a
cuantos venían con ellos. Apenas acabaron de contar esto, cuando a menos de
tiro de ballesta asoma-ron por detrás un cerrillo hasta mil indios muy bien
armados, y llegaron con un alarido que subía hasta el cielo, a tirar dardos,
piedras y saetas a los nues-tros. Cortés les hizo muchas señas de paz para que
no peleasen, y les habló con los farautes, rogando y requiriéndoselo en forma
por ante escribano y testigos, como si hubiera de aprovechar o entendieran lo
que era; y como cuanto más les decían, tanta más prisa ellos se daban a
combatir, pensando desbaratarlos, o meterlos en juego para que los siguiesen
hasta llevarlos a una celada de más de ochenta mil hombres, que les tenían
parada entre unas grandes quebradas de arroyos que atravesaban el camino y
hacían mal paso. Tomaron los nuestros las armas y dejaron las palabras; trabose
una gentil contienda, porque aquellos mil eran tantos como los que de nuestra
parte combatían, y diestros y valientes hombres, y en mejor lugar puestos para
pelear. Duró muchas horas la batalla, y al cabo, o por cansados, o por meter
los enemigos en el garlito do pensaban tomarlos a bragas enjutas, comenza-ron
de aflojar y a retirarse hacia los suyos, no desbaratados, sino cogidos. Los
nuestros, encendidos en la pelea y matanza, que no fue chica, siguié-ronlos con
toda la gente y fardaje, y cuando menos se cataron, entraban en las acequias y
quebradas, y entre infinitísimos indios armados que los aguardaban en ellas. No
se pararon por no desordenarse, y pasáronlos con harto temor y trabajo, por la
mucha prisa y guerra que los contrarios les da-ban; de los cuales hubo muchos
que arremetieron a los de a caballo en aque-llos malos pasos a les quitar las
lanzas; tan osados eran. Muchos españoles quedaron allí perdidos si no les
ayudaran los indios amigos. Ayudolos tam-bién mucho el esfuerzo y consuelo de
Cortés, que aunque iba en la delante-ra con los caballos peleando y haciendo
lugar, volvía de cuando en cuando a concertar el escuadrón y animar su gente.
Salieron en fin de aquellas que-bradas a campo llano y raso, donde pudieron
correr los caballos y jugar la artillería; dos cosas que hicieron harto daño en
los enemigos, y que mucho los maravilló por su novedad; y así, luego huyeron
todos.
Quedaron este día en el un rencuentro y en el otro
muchos indios muertos y heridos, y de los españoles fueron algunos heridos,
pero ninguno muerto, y todos dieron gracias a Dios, que los libró de tanta
multitud de
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
96
enemigos; y muy alegres con la victoria, se
subieron a poner real en Teoca-cinco, aldea de pocas casas, que tenía una
torrecilla y templo, donde se hi-cieron fuertes, y muchas chozas de paja y
rama, que trajeron después los ta-memes. Hiciéronlo tan bien aquellos indios
que iban en nuestro ejército de los de Cempoallan y de Iztacmixtlitan, que les
dio Cortés muy cumplidas gracias, ora fuese por miedo de ser comidos, ora por
vergüenza y amistad.
Durmieron aquella noche, que fue la primera de
setiembre, los nues-tros mal sueño, con recelo no les sobresalteasen los
enemigos; pero ellos no vinieron, que no acostumbran pelear de noche; y luego
en siendo día envió Cortés a rogar y requerir a los capitanes de Tlaxcallan con
la paz y amistad, y a que le dejasen pasar por su tierra a México; que no iba a
les ha-cer enojo ni mal ninguno. Dejó doscientos españoles y la artillería y
tame-mes en el real, tomó otros doscientos, y los trescientos de Iztacmixtlitan
y hasta cuatrocientos cempoallaneses, y salió a correr el campo con ellos y con
los caballos antes que los de la tierra se pudiesen juntar. Fue, quemó cinco o
seis lugares, y volviose con hasta cuatrocientas personas presas, sin recibir
daño, aunque le siguieron peleando hasta la torre y real, donde ha-lló la
respuesta de los capitanes contrarios, la cual era que otro día ven-drían a
verle y a responderle, como vería. Cortés estuvo aquella noche muy a recaudo,
porque le pareció brava respuesta y determinada para hacer lo que decían,
mayormente que le certificaban los prisioneros que se junta-ban ciento y
cincuenta mil hombres para venir sobre él otro día, y tragarse vivos los
españoles, a quien querían muy mal, creyendo ser muy grandes amigos de Moteczuma,
al cual deseaban la muerte y todo mal; y era así ver-dad, porque los de
Tlaxcallan juntaron toda la gente posible para tomar
[a] los
españoles, y hacer de ellos los más solemnes sacrificios y ofrendas a sus
dioses que jamás se hubiesen hecho, y un banquete general de aquella carne, que
llamaban celestial.
Repártese Tlaxcallan en cuatro cuarteles o
apellidos, que son Tepeti-cpac, Ocotelulco, Tizatlán, Cuyahuiztlán, que es como
decir en romance los Serranos, los del Pinar, los del Yeso, los del Agua. Cada
apellido de estos tiene su cabeza y señor, a quien todos acuden y obedecen, y
éstos así juntos hacen el cuerpo de la república y ciudad. Mandan y gobiernan
en paz, y en guerra también; y así, aquí en ésta hubo cuatro capitanes, de cada
cuartel el
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suyo, mas el general de todo el ejército fue uno de
ellos mismos que se llama-ba Xicotencatl, y era de los del Yeso, y llevaba el
estandarte de la ciudad, que es una grúa de oro con las alas tendidas y muchos
esmaltes y argentería. Traíala detrás de toda la gente, como es su costumbre
estando en guerra; que si no, delante va. El segundo capitán era Maxixcacín. El
número de todo el ejército era casi ciento y cincuenta mil combatientes. Tanta
junta y aparato hicieron contra cuatrocientos españoles, y al cabo fueron
vencidos y rendidos, aunque después amigos grandísimos. Vinieron pues estos
cua-tro capitanes con todo su ejército, que cubría el campo, a ponerse cerca de
los españoles, una gran barranca no más en medio, el otro día siguiente, como
prometieron, y antes que amaneciese.
Era gente muy lucida y bien armada, según ellos
usan, aunque venían pintados con bija y jagua, que mirados al gesto parecían
demonios. Traían grandes penachos, y campeaban a maravilla; traían hondas,
varas, lanzas, espadas, que acá llaman bisarmas; arcos y flechas sin yerbas;
traían asimis-mo cascos, brazaletes y grebas de madera, mas doradas o cubiertas
de plu-ma o cuero. Las corazas eran de algodón, las rodelas y broqueles muy
gala-nos, y no mal fuertes, porque eran de recio palo y cuero, y con latón y pluma,
las espadas de palo y pedernal engastado en él, que cortan bien y hacen mala
herida. El campo estaba repartido por sus escuadrones, y con cada muchas
bocinas, caracoles y atabales; que cierto era bien de mirar, y nunca españoles
vieron junto mejor ni mayor ejército en Indias después que las descubrieron.
CAPÍTULO XLVII
LOS FIEROS QUE HACÍAN A NUESTROS ESPAÑOLES AQUELLOS
DE TLAXCALLAN
Estaban feroces aquéllos y habladores, y diciendo
entre sí mismos: “¿Qué gente poca y loca es ésta que nos amenaza sin
conocernos, y se atreve a entrar en nuestra tierra sin licencia y contra
nuestra voluntad? No vamos a ellos tan presto; dejémoslos descansar, que tiempo
tenemos de los tomar y atar. Enviémosles de comer, que vienen hambrientos, no
digan después que los tomamos por hambre y de cansados”. Y así, les enviaron
luego tres-
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cientos gallipavos y doscientas cestas de bollos
centli, que es su pan ordina-rio, que pesaban más de cien arrobas; lo cual fue
gran refrigerio y socorro para la necesidad que tenían. De allí a poco dijeron:
“Vamos a ellos que ya habrán comido y comerémonoslos, pagárannos nuestros
gallipavos y nues-tras tortas, y sabremos quién les mandó entrar acá; y si es
Moteczuma, venga y líbrelos; y si es su atrevimiento, lleven el pago”.
Estos y semejantes fieros y liviandades hablaban
entre sí unos con otros, viendo tan poquitos españoles delante, y no conociendo
aún sus fuerzas y coraje. Aquellos cuatro capitanes enviaron luego hasta dos
mil de sus muy esforzados hombres y soldados viejos al real, a tomar los
españoles sin hacerles mal; y si armas tomasen y se les defendiesen, que los
atasen y tra-jesen por fuerza, o los matasen; mas ellos no quisieran, diciendo
que gana-rían poca honra en tomarse todos con tan poca gente. Los dos mil pasaron
la barranca, y llegaron a la torre osadamente. Salieron los de caballo, y tras
ellos los de pie; y a la primera arremetida les hicieron conocer cuánto
corta-ban las espadas de hierro; a la segunda les mostraron para cuánto eran
aquellos pocos españoles que poco antes ultrajaban; y a la otra les hicieron
huir gentilmente los que ellos venían a prender. No escapó hombre de ellos,
sino los que acertaron el paso de la barranca.
Corrió entonces la demás gente con grandísima
gritería hasta llegar al real de los nuestros, y sin que les pudiesen resistir,
entraron dentro muchos de ellos, y anduvieron a las cuchilladas y brazos con
los españoles; los cuales tardaron un buen rato a matar y echar fuera aquellos
que entraron, saltando el valladar; y, estuvieron peleando más de cuatro horas
con los enemigos; antes que pudiesen hacer plaza entre el valladar y los que lo
combatían, y al cabo de aquel tiempo aflojaron reciamente, viendo los muchos
muertos de su parte y las grandes heridas, y que no mataban a nadie de los
contrarios; aunque no dejaron de hacer algunas arremetidas hasta que fue tarde
y se re-tiraron; de lo que mucho plugo a Cortés y a los suyos, que tenían los
brazos cansados de matar indios. Más alegría tuvieron aquella noche los
nuestros que miedo, por saber que con lo oscuro no pelean los indios; y así,
descan-saron y durmieron más a placer que hasta allí aunque con buen recaudo en
las estancias, y muchas velas y escuchas por todo. Los indios, aunque echa-ron
menos muchos de los suyos, no se tuvieron por vencidos, según lo que
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después mostraron. No se pudo saber cuántos fueron
los muertos; que ni los nuestros tuvieron ese vagar, ni los indios cuenta.
El otro día por la mañana salió Cortés a talar el
campo, como la otra vez, dejando los medios de los suyos a guardar el real; y
por no ser sentido prime-ro que hiciese el daño, partió antes del día. Quemó
más de diez pueblos, y saqueó uno de tres mil casas, en el cual había poca
gente de pelea, como es-taban en la junta. Todavía pelearon los que dentro
estaban, y mató muchos de ellos. Púsole fuego, y tornose a su fuerte sin mucho
daño y con mucha prisa, a mediodía, cuando ya los enemigos cargaban a más andar
para des-pojarle y dar en el real; los cuales luego vinieron como el día antes,
trayendo comida y braveando. Pero, aunque combatieron el real y pelearon cinco
horas, no pudieron matar español, muriendo de los suyos infinitos, que como
estaban apretados, hacía riza en ellos la artillería. Quedó por ellos el
pelear, y por los nuestros la victoria. Pensaban que eran encantados, pues no
les empecían sus flechas.
Luego al otro día enviaron aquellos señores y
capitanes tres suertes de cosas en presente a Cortés; y los que la trajeron le
decían: “Señor, veis aquí cinco esclavos: si sois dios bravo, que coméis carne
y sangre, comeos éstos y traeremos más; si sois dios bueno, he aquí incienso y
pluma; si sois hom-bres, tomad aves y pan y cerezas”. Cortés les dijo cómo él y
sus compañeros eran hombres mortales, ni más ni menos que ellos; y que pues
siempre les decía verdad, que por qué trataban con él mentiras y lisonjas; y
que deseaba ser su amigo; y que no fuesen locos, ni porfiados en pelear, que
recibirían siempre muy gran daño, y que ya veían cuántos mataban de ellos sin
morir ninguno de los españoles. Con esto les despidió; mas no por eso dejaron
de venir luego más de treinta mil a tentar las corazas a los nuestros a su
propio real, como los días antes; pero tornáronse descalabrados como siempre.
Es aquí de saber que aunque llegaron el primer día
todos los de aquel gran ejército a combatir nuestro real y a pelear juntos, que
los otros siguien-tes no llegaron así sino cada cuartel por sí, para repartir
mejor el trabajo y mal por todos, y porque no se embarazasen unos a otros con
tanta multitud, pues no habían de pelear sino pocos y en lugar pequeño, y aun
por esto eran más recios los combates y batallas; que cada apellido de aquellos
pugnaba por hacerlo más valientemente, para ganar más honra si matasen o
prendie-
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100
sen algún español; porque les parecía que todo su
mal y vergüenza recom-pensaba la muerte o prisión de un solo español; y también
es de considerar sus convites y peleas, porque no sólo estos días hasta aquí,
pero ordinaria-mente todos los quince o más días que estuvieron allí los
españoles, ora pe-leasen, ora no, les llevaban unas tortillas de pan,
gallipavos y cerezas; mas empero no lo hacían por darles de comer, sino por
haber qué daño habían ellos hecho, y qué ánimo tenían los nuestros o qué miedo;
y esto no enten-dían los españoles, y siempre decían que los de Tlaxcallan, cuyos
ellos eran, no peleaban, sino ciertos bellacos otomíes que andaban por allí
desmanda-dos, que no reconocían superior, por ser de unas behetrías que estaban
de-trás de las sierras, que mostraban con el dedo.
CAPÍTULO XLVIII
CÓMO CORTÉS CORTÓ LAS MANOS
A CINCUENTA ESPÍAS
Al día siguiente, tras los presentes como a dioses,
que fue el 6 de setiembre, vinieron al real hasta cincuenta indios de los de
Tlaxcallan, honrados según su manera, y dieron a Cortés mucho pan, cerezas y
gallipavos, que traían de comida ordinaria; y preguntáronle cómo estaban los
españoles, y qué que-rían hacer, y si habían menester alguna cosa; y tras esto
anduviéronse por el real, mirando los vestidos y armas de España, y los
caballos y artillería, y hacían de los bobos y maravillados; aunque a la verdad
también se maravi-llaban de veras; pero todo su motivo era andar espiando.
Entonces llegó a Cortés Teuch, de Cempoallan, hombre experto y criado de niño
en la gue-rra, y díjole que no le parecían bien aquellos tlaxcaltecas, porque
miraban mucho las entradas y salidas y lo flaco y fuerte del real. Por eso, que
supiese si eran espías aquellos bellacos. Cortés le agradeció el buen aviso, y
se mara-villó cómo él ni español ninguno no habían dado en aquello, en tantos
días que entraban y salían indios de los enemigos en su real con comida, y
había caído en ello aquel cempoallanés; y no fue por ser aquel indio más agudo
y sabio que los españoles, sino porque vio y oyó a los otros cómo andaban y
hablaban con los de Iztacmixtlitan, para sacar de ellos por puntillos lo que
querían saber.
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Así que Cortés conoció cómo no venían por hacerle
bien, sino a espiar; y luego mandó tomar al que más a mano y apartado estaba de
la compañía, y meter secretamente donde no le viesen; y allí lo examinó con
Marina y Aguilar; el cual a la hora confesó cómo era espión, y que venía a ver
y notar los pasos y cabos por do mejor le pudiesen dañar y ofender, y quemar
aque-llas sus chozuelas; y que por cuanto ellos habían probado la fortuna a
todas las horas del día, y no les sucedía nada a su propósito, ni a la fama y
antigua gloria que de guerreros tenían, acordaban venir de noche, y quizá
tendrían mejor ventura; y aun también porque no temiesen los suyos de noche y
con la oscuridad a los caballos, ni las cuchilladas y estrago de los tiros de
fuego; y que Xicotencatl, su capitán general, estaba ya para tal efecto con
muchos millares de soldados detrás de ciertos cerros, en un valle frontero y
cerca del real. Como Cortés vio la confesión de éste, hizo luego tomar a otros
cuatro o cinco, cada uno aparte, y confesaron asimismo cómo ellos y todos los
que en su compañía venían, eran espías, y dijeron lo mismo que el primero, casi
por los mismos términos. Así que por los dichos de éstos los prendió a todos
cincuenta, y allí luego les hizo cortar a todos las manos, y enviolos a su
ejér-cito, amenazando que otro tanto haría a todos los espiones que tomase; y
que dijesen a quien los envió que, de día y de noche, y cada y cuando que
viniesen, verían quién eran los españoles.
Grandísimo pavor tomaron los indios de ver cortadas
las manos a sus espías, cosa nueva para ellos; y creían que tenían los nuestros
algún familiar que les decía lo que ellos tenían allá en su pensamiento; y así,
se fueron to-dos, cada uno por do mejor pudo, porque no les cortasen las suyas,
y aleja-ron las vituallas que traían para la hueste, porque no se aprovechasen
de ellas los adversarios.
CAPÍTULO XLIX
A EMBAJADA QUE MOTECZUMA ENVIÓ A CORTÉS
En yéndose los espías, vieron de nuestro real cómo
atravesaba por un cerro grandísima muchedumbre de gente, y era la que traía
Xicotencatl; y como era ya casi noche, determinó Cortés salir a ellos, y no
aguardarlos que llega-sen, porque del primer ímpetu no pegasen fuego, como
tenían pensado, a
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las chozas, que si lo hicieran, pudiera ser no
escapar español del fuego o a manos de los enemigos, y aun también porque
temiesen más las heridas viéndolas, que sintiéndolas solamente. Así que luego
puso casi toda su gen-te en orden, y mandó que echasen a los caballos pretales
de cascabeles, y fuese hacia do habían visto pasar los enemigos. Mas ellos no
osaron espe-rarle, con haber visto cortadas las manos de los suyos, y con el
nuevo ruido de los cascabeles. Los nuestros los siguieron dos horas de noche por
entre muchas sembraduras de centli, y mataron hartos en el alcance, y
volviéron-se a su real muy victoriosos.
A esta sazón eran venidos al real seis señores
mexicanos, personas muy principales, con hasta doscientos hombres de servicio,
a traer a Cortés un presente, en que había mil ropas de algodón, algunas piezas
de pluma y mil castellanos de oro; y a decirle de parte de Moteczuma cómo él
quería ser amigo del emperador y suyo y de los españoles, y que viese cuánto
quería de tributo cada un año, en oro, plata, perlas, piedras o esclavos, y
ropa y cosas de las que en sus reinos había, y que lo daría sin falta y pagaría
siempre, con tanto que aquellos que allí estaban con él no fuesen a México; y
que esto era, no tanto porque no entrasen en su tierra, cuanto porque ella era
muy estéril y fragosa; y les pesaría que hombres tan valientes y honrados
padeciesen trabajo y necesidad en su señorío, y que él no lo pudiese remediar.
Cortés les agradeció su venida y el ofrecimiento
para el emperador y rey de Castilla, y con ruegos los detuvo que no se
partiesen hasta ver el fin de aquella guerra, para que llevasen a México la
nueva de la victoria y ma-tanza que él y sus compañeros harían de aquellos
mortales enemigos de su señor Moteczuma. Luego tuvo Cortés unas calenturas, por
las cuales no salía a correr al campo ni a hacer talas, quemas y otros daños a
los enemi-gos. Solamente proveía que guardasen su fuerte de algunos montones y
tropeles de indios que llegaban a gritar y a escaramuzar; que tan ordinario era
como las cerezas y comida que cada día traían, excusándose siempre que los de
Tlaxcallan no les daban enojo, sino ciertos bellacos otomíes, que no querían
hacer lo que les rogaban ellos; pero ni las escaramuzas ni la furia de los
indios era tanta como al principio. Quiso Cortés purgarse con una masa de
píldoras que sacó de Cuba; partió cinco pedazos y tragolos a la hora, que de
noche se suelen tomar, y acaeció que luego el otro día, antes
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que obrase, vinieron tres muy grandes escuadrones a
dar en el real, o por-que sabían cómo estaba malo, o pensando que de miedo no
había osado a salir aquellos días. Dijéronselo a Cortés, y él, sin mirar que
estaba purgado, cabalgó y salió con los suyos al encuentro, y peleó con los
enemigos todo el día hasta la tarde. Retrújolos un grandísimo trecho, y tornose
al real, y al otro día purgó como si entonces tomara la purga. No lo cuento por
mila-gro, sino por decir lo que pasó, y que Cortés era muy sufridor de trabajos
y males, y siempre el primero que se hallaba a los encuentros con los
enemi-gos; y no solamente era, que raro acontece, buen hombre por las manos,
pero aun tenía gran consejo en lo que hacía. Habiendo pues purgado y
des-cansado aquellos días, velaba de noche el tiempo que le cabía, como
cual-quier compañero, y como siempre acostumbraba; y no era peor por eso, ni
menos amado de los que con él andaban.
CAPÍTULO L
CÓMO GANÓ CORTÉS A CIMPANCINCO,
CIUDAD MUY GRANDE
Subió Cortés una noche encima de la torre, y
mirando a una parte y a otra, vio a cuatro leguas de allí, cabe unos peñascos
de la sierra y entre un monte, canti-dad de humos, y creyó estar mucha gente
por allí. No dio parte a nadie; man-dó que le siguiesen doscientos españoles y
algunos amigos indios, y los demás que guardasen el real, y a tres o cuatro
horas de la noche caminó hacia la sierra a tino, que hacía muy oscuro. No hubo
andado una legua, cuando dio de sú-bito a los caballos una manera de torozón que
los derribaba en el suelo sin que se pudiesen menear.
Como cayó el primero, y se lo dijesen, respondió:
“Pues vuélvase con él al real”. Cayó luego otro, y dijo lo mismo. Como cayeron
tres o cuatro, co-menzaron los compañeros a ciar, y dijéronle que mirase que
era mala señal aquella, y que era mejor que se volviesen, o esperar que
amaneciese para ver a do, o por do iban. Él decíales que no mirasen en agüeros,
y que Dios, cuya causa trataban, era sobre natura, y que no dejaría aquella
jornada, que se le figuraba que de ella se les había de seguir mucho bien aquella
noche, y que era el diablo, que por lo estorbar ponía delante aquellos
inconvenientes; y
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
104
diciendo esto se cayó el suyo. Entonces hicieron
alto, y consultáronlo me-jor; y fue que tornasen aquellos caballos caídos al
real, y que los demás lleva-sen de diestro, y prosiguiesen su camino. Presto
estuvieron buenos los ca-ballos, mas no se supo de qué cayeron.
Anduvieron pues hasta perder el tino de las peñas.
Dieron en unos pe-dregales y barrancos, que aína nunca salieran de allí. Al
cabo, después de haber pasado mal rato, con los cabellos erizados de miedo,
vieron una lum-brecilla; fueron a tiento hacia ella, y estaba en una casa, do
hallaron dos mujeres, las cuales, y otros dos hombres que acaso toparon luego,
los guia-ron y llevaron a las peñas donde habían visto los humos, y antes que
amane-ciese dieron en unos lugarejos. Mataron mucha gente, pero no los quema-ron
por no ser sentidos con el fuego, y por no detenerse; que le decían cómo
estaban allí junto grandes poblaciones. De allí entró luego en Cimpancin-co, un
lugar de veinte mil casas, según después pareció por la visitación que de ellas
hizo Cortés; y como estaban descuidados de cosa semejante, y los tomaron de
sobresalto y antes que se levantasen, salían en carnes por las ca-lles, a ver
qué eran tan grandes llantos. Murieron muchos de ellos al princi-pio; mas,
porque no hacían resistencia, mandó Cortés que no los matasen, ni tomasen
mujeres ni ropa ninguna. Era tanto el miedo de los vecinos, que huían a más no
poder, sin curar el padre del hijo ni el marido de la mujer ni casa ni
hacienda. Hiciéronles señas de paz, y que no huyesen, y dijéronles que no
temiesen; y así, cesó la huida y el mal.
Salido ya el sol y pacificado el pueblo, se puso
Cortés en un alto a des-cubrir tierra, y vio una grandísima población, que
preguntando cuya era, le dijeron que Tlaxcallan con sus aldeas. Llamó entonces
a los españoles, y dijo: “Ved qué hiciera al caso matar los de aquí, habiendo
tantos enemigos allí”. Y con esto, sin hacer otro daño en el pueblo, se salió
fuera a una gentil fuente que tenía; y allí vinieron los principales y que
gobernaban el pueblo, y otros más de cuatro mil, sin armas y con mucha comida.
Rogaron a Cor-tés que no les hiciesen más mal, y que le agradecían el poco que
había he-cho, y que querían servirle, obedecerle y ser sus amigos, y no
solamente guardar de allí adelante muy bien su amistad, mas trabajar también
con los señores de Tlaxcallan y con otros, que hiciesen otro tanto. Él les dijo
cómo era cierto que ellos habían peleado con él muchas veces, aunque entonces
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le traían de comer; pero que los perdonaba, y
recibía en su amistad y al ser-vicio del emperador. Con tanto, los dejó, y se
volvió a su real muy alegre con tan buen suceso, de tan mal principio como fue
la de los caballos di-ciendo: “No digáis mal del día hasta que sea pasado”; y
llevando una cierta confianza que aquellos de Cimpancinco harían con los de
Tlaxcallan que dejasen las armas y fuesen sus amigos, y por eso mandó que de
allí en ade-lante nadie hiciese mal ni enojo a indios ninguno; y aun dijo a los
suyos que creía, con ayuda de Dios, que habían acabado aquel día la guerra de
aque-lla provincia.
CAPÍTULO LI
EL DESEO QUE ALGUNOS ESPAÑOLES TENÍAN DE DEJAR LA
GUERRA
Cuando Cortés llegó al real tan alegre como dije,
halló a sus compañeros algo despavoridos por lo de los caballos que les
enviara, pensando que no le hubiese acontecido algún desastre. Pero como lo
vieron venir bueno y victorioso, no cabían de placer; bien sea verdad que
muchos de la compa-ñía andaban mustios y de mala gana, y que deseaban volverse
a la costa, como ya se lo tenían rogado algunos muchas veces; pero mucho más
qui-sieran ir de allí viendo tan gran tierra muy poblada, muy cuajada de gente,
y toda con muchas armas y ánimo de no consentirlos en ella, y hallándose tan
pocos, tan dentro en ella, tan sin esperanza de socorro; cosas cierta-mente
para temer cualquiera, y por eso platicaban algunos entre ellos mis-mos, que
sería bueno y necesario hablar a Cortés, y aun requerírselo, que no pasase más
adelante, sino que se tornase a la Veracruz, de donde poco a poco se tendría
inteligencia con los indios, y harían según el tiempo dijese, y podría llamar y
recoger más españoles y caballos, que eran los que hacían la guerra. No curaba
mucho de ello Cortés, aunque algunos se lo decían en secreto para que proveyese
y remediase aquello que pasaba, hasta que una noche saliendo de la torre donde
posaban, a requerir velas, oyó hablar re-cio en una de las chozas que alrededor
estaban, y púsose a escuchar lo que hablaban; y era que ciertos compañeros
decían: “Si el capitán quiere ser loco e irse donde lo maten, váyase solo; no
le sigamos”. Entonces llamó a
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106
dos amigos suyos, como por testigos, y díjoles que
mirasen lo que estaban aquellos hablando; que quien lo osaba decir, lo osaría
hacer; y asimismo oyó decir a otros por los corrales y corrillos, que había de
ser lo de Pedro Carbonerote, que por entrar a tierra de moros a hacer salto, se
había que-dado allá muerto con todos los que con él fueron; por eso, que no le
siguie-sen, sino que se volviesen con tiempo. Mucho sentía Cortés oír estas
cosas, y quisiera reprender y aun castigar a los que las trataban; pero viendo
que no estaba en tiempo, acordó de llevarlos por bien, y habloles a todos
juntos de la manera siguiente:
CAPÍTULO LII
ORACIÓN DE CORTÉS A LOS SOLDADOS
“Señores y amigos: Yo os escogí por mis compañeros,
y vosotros a mí por vuestro capitán, y todo para en servicio de Dios y
acrecentamiento de su santa fe, y para servir también a nuestro rey, y aun
pensando hacer de nuestro provecho. Yo, como habéis visto, no os he faltado ni
enojado, ni por cierto vosotros a mí hasta aquí: más empero ahora siento
flaqueza en algunos, y poca gana de acabar la guerra que traemos entre manos; y
si a Dios place, acabada es ya, a lo menos entendido hasta do llega el daño que
nos puede hacer. El bien que de ella conseguiremos, en parte lo habéis vis-to,
aunque lo que tenéis de ver y haber es sin comparación mucho más, y excede su
grandeza a nuestro pensamiento y palabras. No temáis, mis com-pañeros, de ir y
estar conmigo, pues ni españoles jamás temieron en estas nuevas tierras, que
por su propia virtud, esfuerzo e industria han conquis-tado y descubierto, ni
tal concepto de vosotros tengo. Nunca Dios quiera que ni yo piense, ni nadie
diga que miedo caiga en mis españoles, ni des-obediencia a su capitán. No hay
que volver la cara al enemigo, que no pa-rezca huida; no hay huida, o si la
queréis colorar, retirada, que no cause a quien la hace infinitos males:
vergüenza, hambre, pérdida de amigos, de hacienda y armas, y la muerte, que es
lo peor, aunque no lo postrero, por-que para siempre queda la infamia. Si
dejamos esta tierra, esta guerra, este camino comenzado, y nos tornamos, como
alguno desea, ¿hemos por ven-tura de estar jugando ociosos y perdidos? No por
cierto, diréis; que nuestra
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nación española no es de esa condición cuando hay
guerra y va la honra. Pues ¿adonde irá el buey que no are? ¿Pensáis quizá que
habéis de hallar en otra parte menos gente, peor armada, no tan lejos del mar?
Yo os certifi-co que andáis buscando cinco pies al gato, y que no vamos a cabo
ninguno, que no hallemos tres leguas de mal camino, como dicen, peor mucho que
este que llevamos; porque, a Dios gracias, nunca después que en esta tierra
entramos nos ha faltado el comer, ni amigos, ni dinero ni honra, que ya veis
que os tienen por más que hombres los de aquí, y por inmortales y aun por
dioses, si decirse puede, pues siendo ellos tantos, que ellos mismos no se
pueden contar, y tan armados, como vosotros decís, no has podido matar siquiera
uno de nosotros; y en cuanto a las armas, ¿qué mayor bien queréis de ellas que
no traer yerba, como los de Cartagena, Veragua, los caribes, y otros que han
muerto con ella muy muchos españoles rabiando? Pues aun por sólo esto, no
deberíais buscar otros con quien guerrear. La mar aparte está, yo lo confieso,
y ningún español hasta nosotros se alejó de ella tanto en Indias; porque la
dejamos atrás cincuenta leguas; pero tampoco ninguno ha hecho ni merecido tanto
como vosotros. Hasta México, donde reside Moteczuma, de quien tantas riquezas y
mensajerías habéis oído, no hay más de veinte leguas; lo más, andado está, como
veis, para llegar allá. Si lle-gamos, como espero en Dios nuestro Señor, no
sólo ganaremos para nues-tro emperador y rey natural rica tierra, grandes
reinos, infinitos vasallos, más aún también para nosotros propios muchas
riquezas, oro, plata, pie-dras, perlas y otros haberes; y sin esto, la mayor
honra y prez que hasta nuestros tiempos, no digo nuestra nación, mas ninguna
otra ganó; porque cuanto mayor rey es este tras que andamos, cuanto más ancha
tierra, cuan-to más enemigos, tanto es más gloria nuestra, y ¿no habéis oído
decir que cuanto más moros, más ganancia? Allende de todo esto, somos obligados
a ensalzar y ensanchar nuestra santa fe católica, como comenzamos y como buenos
cristianos, desarraigando la idolatría, blasfemia tan grande de nuestro Dios;
quitando los sacrificios y comida de carne de hombres, tan contra natura y tan
usada, excusando otros pecados, que por su torpedad no los nombro. Así que
pues, ni temáis ni dudéis de la victoria; que lo más hecho está ya. Vencisteis
los de Tabasco y ciento y cincuenta mil el otro día de aquestos de Tlaxcallan,
que tienen fama de descarrilla-leones; venceréis
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
108
también, con ayuda de Dios y con vuestro esfuerzo,
los que de éstos más quedan, que no pueden ser muchos, y los de Culúa, que no
son mejores, si no desmayáis y si me seguís”.
Todos quedaron contentos del razonamiento de
Cortés. Los que fla-queaban, esforzaron; los esforzados cobraron doblado ánimo;
los que al-gún mal le querían, comenzaron a honrarlo; y en conclusión, él fue
de allí adelante muy amado de todos aquellos españoles de su compañía. No fue
poco necesario tantas palabras en este caso; porque, según algunos anda-ban
ganosos de dar la vuelta, movieran un motín que le forzara tornar a la mar; y
fuera tanto como nada cuanto habían hecho hasta entonces.
CAPÍTULO LIII
CÓMO VINO XICOTENCATL POR EMBAJADOR DE TLAXCALLAN
AL REAL DE CORTÉS
No habían bien acabado de despartirse platicando
sobre lo arriba tratado, que entró por el real Xicotencatl, capitán general de
aquella guerra, con cincuenta personas principales y honradas que le
acompañaban. Llegó a Cortés, y saludáronse cada uno a fuer de su tierra; y
sentados, le dijo cómo venía de su parte y de la de Maxixca, que es el otro
señor más principal de toda aquella provincia, y de otros muchos que nombró, y
en fin, por toda la república de Tlaxcallan, a rogarle los admitiese a su
amistad, y a darse a su rey, y a que les perdonase por haber tomado armas y
peleado contra él y sus compañeros, no sabiendo quién fuesen ni qué buscasen en
sus tierras; y que si le habían defendido la entrada, era como a extranjeros y
hombres de otra fación muy diferentes de la suya, y tal, que jamás vieron su
igual; y temiendo no fuesen de Moteczuma, antiguo y perpetuo enemigo suyo, pues
venían con él sus criados y vasallos; o fuesen personas que quisiesen enojarlos
y usurparles su libertad, que de tiempo inmemorial tenían y guardaban; y que
por conservarla, como habían hecho todos sus antepasados, tenían derra-mada mucha
sangre, perdida mucha gente y hacienda y padecido muchos males y desventuras,
en especial desnudez, porque como aquella su tierra era fría, no llevaba
algodón; y así, les era forzado andarse como nacieron, o vestir de hojas de
metl; y asimismo no comían sal, cosa sin la cual ningún
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manjar tiene gusto ni buen sabor, como allí no se
hacía; y que de estas dos cosas, sal y algodón, tan necesarias a la vida
humana, carecían, y las tenían Moteczuma y otros enemigos suyos de que estaban
cercados; y como no al-canzaban oro ni piedras, ni las otras cosas preciadas a
que trocarlas, tenían necesidad muchas veces de venderse para comprarlas. Las
cuales faltas no tendrían si quisiesen ser sujetos y vasallos de Moteczuma;
pero que antes morirían todos que cometer tal deshonra y maldad, pues eran tan
buenos para defenderse de su poderío, como habían sido sus padres y abuelos
de-fendiéndose del suyo y de su abuelo, que fueron tan grandes señores como él,
y los que sojuzgaron y tiranizaron toda la tierra; y que también ahora
quisieran defenderse de los españoles, mas que no podían; aunque habían probado
y echado todas sus fuerzas y gente, así de noche como de día, y ha-llábanlos
fuertes e invencibles, y ninguna dicha contra ellos.
Por tanto, pues que su suerte era tal, querían
antes estar sujetos a ellos que a otro ninguno; porque, según les decían los de
Cempoallan, eran bue-nos, poderosos, y no venían a mal hacer; y según ellos
habían conocido, en la guerra y batallas eran valentísimos y venturosos. Por
las cuales dos razo-nes confiaban de ellos que su libertad sería menos
quebrada, sus personas, sus mujeres más miradas y no destruidas sus casas ni
labranza; y si alguno los quisiese ofender, defendidos. Al cabo, en fin, de
todo, le rogó mucho, y aun con los ojos arrasados, que mirase cómo nunca jamás
Tlaxcallan reco-noció rey ni tuvo señor, ni entró hombre nacido en ella a
mandar, sino el que le llamaban y rogaban.
No se podría decir cuánto se holgó Cortés con tal
embajador y embaja-da; porque, allende de tanta honra como venir a su tienda
tan gran capitán y señor a humillarse, era grandísimo negocio para su demanda,
tener amiga y sujeta aquella ciudad y provincia, y haber acabado la guerra a
mucho con-tentamiento de los suyos, y con gran fama y reputación para con los
indios. Así que le respondió alegre y graciosamente, aunque cargándole la culpa
del daño que había recibido su tierra y ejército, por lo no querer escuchar ni
dejar entrar en paz, como se lo rogaba y requería con los mensajeros de
Cempoallan, que les envió de Zaclotan; pero que él les perdonaba dos caba-llos
que le mataron, el saltear que hicieron, las mentiras que le dijeron, pe-leando
ellos y echando la culpa a otros; el haberle llamado a su pueblo para
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110
matarle en el camino sobre seguro y en celada, y no
desafiándole primero, de valientes hombres como eran. Recibió el ofrecimiento
que le hizo al servicio y sujeción del emperador y despidiole con que presto
sería con él en Tlaxca-llan, y que no iba luego por amor de aquellos criados de
Moteczuma.
CAPÍTULO LIV
EL RECIBIMIENTO Y SERVICIO QUE HICIERON EN
TLAXCALLAN A LOS NUESTROS
Mucho pesó en grande manera a los embajadores
mexicanos la venida de Xicotencatl al real de los españoles, y el ofrecimiento
que a Cortés hizo para su rey de las personas, pueblo y hacienda. Y dijéronle
que no creyese nada de aquello, ni se confiase en palabras; que todo era
fingido, mentira y trai-ción, para cogerlo en la ciudad a puerta cerrada y a su
salvo. Cortés les decía que aunque todo aquello fuese verdad, determinaba ir
allá, porque menos los temía en poblado que en el campo. Ellos, como vieron esta
respuesta y determinación, rogáronle que diese licencia a uno de ellos para ir
a México a decir a Moteczuma lo que pasaba, y la respuesta de su principal
recado, que dentro de seis días tornaría sin falta ninguna; y que hasta tanto
no se partiese del real. Él se la dio, y esperó allí a ver qué traería de
nuevo, y por-que a la verdad no se osaba fiar de aquéllos sin mayor certinidad.
En este medio tiempo iban y venían al real muchos
de Tlaxcallan, unos con gallipavos, otros con pan, cuál con cerezas, cuál con
ají, y todos lo da-ban de balde y con alegre semblante, rogando que se fuesen
con ellos a sus casas. Vino pues el mexicano, como prometió, al sexto día, y
trajo a Cortés diez piezas y joyas de oro muy bien labradas y ricas, y mil y
quinientas ropas de algodón, hechas a mil maravillas y muy mejores que las
otras mil prime-ras. Y rogole muy ahincadamente de parte de Moteczuma que no se
pusie-se en aquel peligro, confiándose de aquellos de Tlaxcallan, que eran
po-bres, y le robarían lo que él había enviado, y le matarían por sólo saber
que trataba con él.
Vinieron asimismo todas las cabezas y señores de
Tlaxcallan a rogarle les hiciese tanto placer de irse con ellos a la ciudad,
donde sería servido, proveído y aposentado, que era vergüenza suya que tales
personas estu-
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viesen en tan ruines chozas; y que si no se fiaba
de ellos, que viese cualquie-ra otra seguridad o rehenes, y se las darían; pero
que le prometían y juraban que podía ir y estar segurísimamente en su pueblo,
porque no quebranta-rían su juramento, ni faltarían la fe de la república, ni
la palabra de tantos señores y capitanes, por todo el mundo. Así que, viendo
Cortés tanta vo-luntad en aquellos caballeros y nuevos amigos, y que los de
Cempoallan, de quien tenía muy buen crédito, le importunaban y aseguraban que
fuese, hizo cargar su fardaje a los bastajes, y llevar la artillería y partiose
para Tlaxcallan, que estaba a seis leguas, con tanto orden y recado como para
una batalla. Dejó en la torre y real, y donde había vencido, cruces y mojo-nes
de piedra.
Salió tanta gente a recibirle al camino y por las
calles, que no cabían de pies. Entró en Tlaxcallan a 18 de setiembre;
aposentose en el templo ma-yor, que tenía muchos y buenos aposentos para todos
los españoles, y puso en otros a los indios amigos que iban con él; puso
también ciertos lí-mites y señales para hasta do saliesen los de su compañía, y
no pasasen de allí, so graves penas, y mandó que no tomasen sino lo que les
diesen; lo cual muy bien cumplieron, porque aun para ir a un arroyo, tiro de
piedra del templo, le pedían licencia. Mil placeres hacían aquellos señores a
los españoles, y mucha cortesía a Cortés; y les proveían de cuanto menester
habían para su comida, y muchos les dieron sus hijas en señal de verdade-ra
amistad, y porque naciesen hombres esforzados de tan valientes varo-nes, y les
quedase casta para la guerra; o quizá se las daban por ser su cos-tumbre o por
complacerlos.
Parecioles bien a los nuestros aquel lugar y la
conversación de la gente, y holgáronse allí veinte días, en los cuales
procuraron saber particularida-des de la república y secretos de la tierra, y
tomaron la mejor información y noticia que pudieron del hecho de Moteczuma.
CAPÍTULO LV
DE TLAXCALLAN
Tlaxcallan quiere decir pan cocido o casa de pan,
porque se coge allí más centli que por los alrededores. De la ciudad se nombra
la provincia, o al re-
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vés. Dicen que primero se nombró Texcallan, que
quiere decir casa de ba-rranco: es grandísimo pueblo; está a orillas de un río
que nace en Atlancate-pec y que riega mucha parte de aquella provincia, y
después entra en el Mar del Sur por Zacatullan. Tiene cuatro barrios, que se
llaman Tepeticpac, Ocotelulco, Tizatlán, Quiyahuiztlán. El primero está en un
cerro alto, y le-jos del río más de media legua; y porque está en sierra se
dice Tepeticpac, que es Somosierra; el cual fue la primera población que allí
hubo, y fue en alto a causa de las guerras. El otro está aquella ladera abajo
hasta el río; y porque allí había pinos cuando se pobló, lo llamaron Ocotelulco,
que es pinar. Era la mejor y más poblada parte de la ciudad; en donde estaba la
pla-za mayor, en que hacían su mercado, que llaman tianquiztli, y do tiene sus
casas Maxixcacín. El río arriba en lo llano estaba otra puebla, que dicen
Ti-zatlán por haber allí mucho yeso, en la cual residía Xicotencatl, capitán
ge-neral de la república. El otro barrio está también en llano, mas río abajo,
que por ser aguazal se dijo Quiyahuiztlán. Después que españoles la tienen, se
ha desvuelto casi toda y hecha de nuevo, y con muy mejores calles, y casas de
piedra, y en llano a par del río.
Es república como Venecia, que gobiernan los nobles
y ricos. Mas no hay uno solo que mande, porque huyen de ello como de tiranía.
En la gue-rra hay, según arriba dije, cuatro capitanes o coroneles, uno por
cada ba-rrio de aquellos cuatro; de los cuales sacan el general. Otros señores
hay que también son capitanes, pero de menor cuantía. En la guerra el pen-dón
va detrás. Acabada la batalla o alcance, híncanle donde todos lo vean. Al que
no se recoge, pénanle. Tiene dos saetas, como reliquias de los pri-meros
fundadores, que llevan a la guerra dos principales capitanes, va-lientes
soldados, en las cuales agüeran la victoria o la pérdida; porque ti-ran una de
ellas a los enemigos que primero topan: si mata o hiere, es señal que vencerán,
y si no, que perderán. Así lo decían ellos; y por ninguna manera dejan de
cobrarla.
Tiene esta provincia veintiocho lugares, en que hay
ciento cincuenta mil vecinos. Son bien dispuestos, muy guerreros, que no tienen
par. Son pobres, que no tienen otra riqueza ni granjería sino centli, que es su
pan; del cual, allende de lo que comen, sacan para vestidos y tributos y para
las otras necesidades de la vida. Tienen muchos cabos para mercados; pero el
mayor,
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y que muchas veces en semana se hace, y en la plaza
de Ocotelulco, es tal que se llegan en él treinta mil personas y más en un día
a vender y comprar, o por mejor decir, a trocar; que no saben qué cosa es
moneda batida de metal nin-guno. Véndese en él, como acá, lo que han menester
para vestir, calzar, co-mer, beber y fabricar. Hay toda manera de buena policía
en él; porque hay plateros, plumarejos, barberos y baños; y olleros, que hacen
vasos muy bue-nos, y es tan buena loza y barro como lo hay en España.
Es la tierra muy grasa para pan, para frutas y de
pastos, que en los pina-res nace tanta y tal yerba, que ya los nuestros
apacientan en ellos su ganado y herbajan sus ovejas; lo que acá no pueden. A
dos leguas de la ciudad está una sierra redonda, que tiene de subida otras dos,
y de cerco quince. Suele cuajar en ella la nieve. Llámase ahora de San
Bartolomé, y antes de Matlal-cueye, que era su diosa del agua. También tenían
dios del vino, que llama-ban Ometochtli, por sus muchas borracheras a su
usanza. El ídolo mayor, y Dios principal suyo, es Comaxle o por otro nombre
Mixcouatl; cuyo tem-plo estaba en el barrio Ocotelulco; en el cual sacrificaban
año había ocho-cientos y más hombres. Hablan en Tlaxcallan tres lenguas,
nahuatl, que es la cortesana, y la mayor de toda tierra de México; la otra es
de otomís, y ésta más se usa fuera que dentro de la ciudad. Un solo barrio hay
que habla pino-mex, y es grosera.
Había cárcel pública, donde estaban los malhechores
con prisiones. Castigaban lo que tenían por pecado. Avino entonces que un
vecino hurtó a un español un poco de oro. Cortés lo dijo a Maxixca, el cual
hizo su infor-mación y pesquisa con tanta diligencia, que le fueron a hallar a
Chololla, que es otra ciudad cinco leguas de allí, y le trajeron preso y lo
entregaron con el mismo oro, para que Cortés hiciese justicia de él como en
España. Pero él no quiso, sino agradecioles la diligencia. Y ellos con pregón público
que manifestaba su delito le pasaron por ciertas calles, y en el mercado, en
uno como teatro, lo descocotaron con una porra; de que no poco se maravi-llaron
los españoles.
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CAPÍTULO LVI
A RESPUESTA QUE DIERON A CORTÉS
LOS DE TLAXCALLAN SOBRE SUS ÍDOLOS
Viendo pues que guardaban justicia y vivían en
religión, aunque diabólica, siempre que Cortés les hablaba, les predicaba con
los farautes, rogándoles que dejasen los ídolos y aquella cruel vanidad que
tenían matando y co-miendo hombres sacrificados, pues ninguno de todos ellos
quería ser muerto ni así comido, por más religioso ni santo que fuese; y que
tomasen y creyesen el verdadero Dios de cristianos que los españoles adoraban,
que era el criador del cielo y de la tierra, y el que llovía y criaba todas las
cosas que la tierra produce, para sólo uso y provecho de los mortales. Unos le
res-pondían que de grado lo hicieran, siquiera por complacerle, sino que
te-mían ser apedreados del pueblo. Otros, que era recio descreer lo que ellos y
sus antepasados tantos siglos habían creído, y sería condenarlos a todos y a sí
mismos. Otros, que podría ser que andando el tiempo lo harían, viendo la manera
de su religión, entendiendo bien las razones para que debían ha-cerse
cristianos, y conociendo mejor y por entero el vivir de los españoles, las
leyes, las costumbres y las condiciones; porque cuanto a la guerra, ya tenían
conocido que eran invencibles hombres, y que su dios les ayudaba bien. Cortés a
esto les prometió que presto les daría quien les enseñase y doctrinase, y
entonces verían la mejoría, y el grandísimo fruto y gozo que sentirían si
tomasen su consejo, que como amigo les daba; y pues al presen-te no podía
hacerlo, por la prisa de llegar a México, que tuviesen por bueno que en aquel
templo donde tenía su aposento, hiciese iglesia para en que él y [los] suyos
orasen, e hiciesen sus devociones y sacrificio, y que podían también ellos
venir a verlo. Diéronle la licencia, y aun vinieron muchos a oír misa que se
decía cada día de los que allí estuvo, y a ver las cruces y otras imágenes que
se pusieron allí y en otros templos y torres. Hubo asimismo algunos que se
vinieron a vivir con los españoles, y todos los de Tlaxcallan les mostraban
amistad; pero el que más de veras y como señor se mostró ser amigo, fue Maxixca,
que no se partía de Cortés, ni se hartaba de ver ni oír a los españoles.
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CAPÍTULO LVII
LA ENEMISTAD ENTRE MEXICANOS
Y TLAXCALTECAS
Conociendo pues cuán de buena gana hablaban y
conversaban, les pregun-taron por Moteczuma, y cuán gran rico y señor era.
Ellos lo encarecieron grandemente y como hombres que lo habían probado, y que,
según afirma-ban, había noventa o cien años que tenían guerra con él y con su
padre Axa-yaca y con otros sus tíos y abuelo; y decían que el oro y plata y las
otras rique-zas y tesoros que aquel rey tenía eran más que ellos podían decir,
según todos contaban. El señorío que tenía era de toda la tierra que ellos sabían.
La gente innumerable, que juntaban doscientos y trescientos mil hombres para
una batalla; y si quisiese, que juntaría doblados; y que de eso eran ellos
buenos testigos, por haber muchas veces peleado con ellos. Engrandecían tanto
las cosas de Moteczuma, especialmente Maxixcacín, que deseaba que no se
metiesen en peligro entre los de Culúa, que no acababan, y que mu-chos
españoles sospechaban mal.
Cortés les dijo que estaba determinado, con todo
aquello que oía, de llegar a México a ver a Moteczuma; por tanto, que viesen lo
que mandaban que negociase con él de su parte y provecho, que lo haría, como
les era en obligación, porque tenía por cierto que Moteczuma haría por él lo
que le rogase. Ellos le rogaron por licencia para sacar algodón y sal, que
había que no la comían a derechas aquellos años que las guerras duraran, sino
era al-guno de ellos, que o la compraba a escondidas o de algunos vecinos amigos,
a peso de oro; porque Moteczuma mataba al que la vendía y sacaba fuera de sus
reinos para se la vender a ellos. Preguntando qué fuese la causa de aque-llas
guerras y ruin vecindad que Moteczuma les hacía, dijeron que enemis-tades
viejas y amor de la libertad y exención. Mas según los embajadores afirmaban, y
a lo que después Moteczuma dijo, y otros muchos en México, no era así, sino por
otras razones muy diversas, si ya no decimos que cada uno alegaba de su
derecho, justificando su partido; y eran las razones, por-que los mancebos
mexicanos y de Culúa ejercitasen las personas en la gue-rra allí cerca, sin ir
lejos a Pánuco y Tecoantepec, que eran fronteras muy aparte; y también por
tener allí siempre gente que sacrificar a sus dioses, to-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
116
mada en guerra; y así, para hacer fiesta y
sacrificio enviaba luego a Tlaxca-llan ejército a cautivar hombres cuantos
había menester para aquel año; que averiguado está que si Moteczuma quisiera,
en un día los sujetara y matara todos, haciendo la guerra de veras; pero como
no quería sino cazar hom-bres para sus dioses y bocas, no enviaba sobre ellos
sino pocos; y así, algunas veces los vencían los de Tlaxcallan. Gran placer
tomaba Cortés en ver la dis-cordia, las guerras y contradicción tan grande
entre aquellos sus nuevos amigos y Moteczuma, que era muy a su propósito,
creyendo por aquella vía sojuzgar más fácilmente a todos; y así, trataba con
los unos y con los otros en secreto, por llevar el negocio bien de raíz. A
todas estas cosas estaban mu-chos de Huexocinco que habían sido en la guerra
con los nuestros. Iban y venían a su ciudad, que asimismo es república, a la
manera de Tlaxcallan, y tan amiga y unida con ella, que son una misma cosa para
contra Moteczu-ma, que los tenía opresos también, y para las carnicerías de sus
templos de México; y diéronse a Cortés para el servicio y vasallaje del
emperador.
CAPÍTULO LVIII
EL SOLEMNE RECIBIMIENTO QUE HICIERON A LOS
ESPAÑOLES EN CHOLOLLA
Los embajadores de Moteczuma dijeron a Cortés que
pues todavía deter-minaba ir a México, que se fuese por Chololla, cinco leguas
de Tlaxcallan; que eran los de aquella ciudad amigos suyos, y allí esperaría
mejor la resolu-ción de la voluntad del señor, si era que entrase en México o
no; lo cual de-cían por sacarle de allí, que certísimamente pesaba mucho a
Moteczuma ver la paz y amistad tan grande entre los tlaxcaltecas y españoles,
temiendo que de allí había de resurtir cualquier mal golpe que lo lastimase; y
para que lo hiciese dábanle siempre alguna cosa; que era cebarlo para ir más
presto allá. Los de Tlaxcallan deshacíanse de enojo, viendo que quería ir a
Chololla, y diciendo que Moteczuma era un engañador, tirano, fementido, y
Chololla amiga suya, aunque desleal; y que podría ser que le enojasen cuando
allá dentro lo tuviesen, y le hiciesen guerra. Por eso, que lo mirase bien; y
que si acordaba de ir, que le daría cincuenta mil personas que le acompañasen.
Aquellas mujeres que dieron a los españoles cuando entraron, entendieron
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una trama que se hacía para matarlos en Chololla
con medio de uno de aquellos cuatro capitanes; una hermana del cual lo
descubrió a Pedro de Al-varado, que la tenía. Cortés luego habló con aquel
capitán, y con palabras le sacó fuera de su casa, y le hizo ahogar sin ser
sentido, ni sin otra alteración ni movimiento; y así no hubo escándalo ninguno,
y se atajó la trama. Fue ma-ravilla no revolverse Tlaxcallan siendo muerto así
aquel tan principal caba-llero en la república. Pesquisose la cosa después, y averiguose
que era ver-dad cómo había enviado a Chololla Moteczuma más de treinta mil
soldados, y que estaban a dos leguas en guarnición para el efecto, y que
te-nían tapadas las calles, en las azoteas muchas piedras, el camino real
cerra-do, y hecho otro de nuevo con grandes hoyos, y por él hincados muchos
palos agudos en que se mancasen los caballos y no pudiesen correr; y que los
tenían cubiertos de arena porque no los viesen aunque fuesen a descu-brir
delante. Creyolo también porque no habían venido ni enviado los de allí a verle
ni a ofrecerse a nada, como habían hecho los de Huexocinco, que allí cerca
estaban. Entonces, a consejo de los de Tlaxcallan, envió a Chololla ciertos
mensajeros a llamar a los señores y capitanes. Mas no vinieron, sino enviaron
tres o cuatro a excusarse por estar enfermos, y a ver lo que quería. Los de
Tlaxcallan dijeron cómo aquéllos eran hombres de poca suerte, y tal parecían
ellos; y que no se partiese sin que primero viniesen allí los capita-nes. Tornó
a enviar los mismos mensajeros con mandamiento por escrito que si no venían
dentro de tercero día, que los tendría por rebeldes y enemi-gos, y como a tales
los castigaría rigurosamente. A otro día vinieron muchos señores y capitanes de
Chololla a disculparse, por ser los de Tlaxcallan sus enemigos, y no poder
estar seguros en su pueblo y porque sabían el mal que de ellos le habían dicho;
pero que no los creyese, que eran unos falsos y crueles; y que se fuesen con
ellos a su lugar, y vería cuán burla era todo lo que le decían aquéllos, y
ellos cuán buenos y leales. Y tras esto, diéronsele para servirle y contribuir
como súbditos. Y todo esto hizo Cortés que pasa-se por ante escribano e
intérpretes.
Despidiose Cortés de los de Tlaxcallan. Lloraba
Maxixca de verlo ir. Salieron con él cien mil hombres de guerra. Fueron también
con él muchos mercaderes a rescatar sal y mantas. Mandó Cortés que siempre
fuesen aque-llos cien mil por sí, aparte de los suyos. No llegó aquel día a
Chololla, sino
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118
quedose en un arroyo, donde vinieron muchas
personas de la ciudad a ro-garle con mucha instancia que no consintiese a los
de Tlaxcallan hacerles daño en su tierra ni mal en las personas. Y por esto
Cortés les hizo volver a sus casas a todos, sino fueron cinco o seis mil,
aunque muy contra su volun-tad; y avisándole que se guardase de aquella mala
gente, que no era de gue-rra, sino mercaderes y hombres que mostraban un
corazón y tenían otro; y que no le quisieran dejar en peligro, pues ya se le
dieron por amigos.
Otro día por la mañana llegaron nuestros españoles
a Chololla. Salié-ronlos a recibir en escuadrones más de diez mil ciudadanos,
muchos de los cuales traían pan, aves o rosas. Llegaba cada escuadrón, como
venía a dar a Cortés la enhorabuena de la venida, apartábase para que llegase
otro. En-trando por la ciudad, salió la demás gente saludando a los españoles,
como iban en hila, maravillados de ver tal figura de hombres y de caballos.
Tras éstos salieron luego todos los religiosos, sacerdotes y ministros de los
ído-los, que eran muchos y de ver, vestidos de blanco como con sobrepellices, y
algunas cerradas por delante, los brazos de fuera, y por orlas madejas de
al-godón hilado. Unos traían cornetas, otros huesos, otros atabales; quién
traía braseros con fuego, quién ídolos cubiertos, y todos cantando a su
ma-nera. Llegaron a Cortés y a los otros españoles; echaban cierta resina y
copa-lli, que huele como incienso, e incensábanlos con ello. Con esta pompa y
so-lemnidad, que por cierto fue grande, los metieron en la ciudad, y los
aposentaron en una casa, do cupieron a placer, y les dieron aquella noche a
cada uno un gallipavo, y a los de Tlaxcallan, Cempoallan, Iztacmixtlitan
pusieron por su cabo y proveyeron.
CAPÍTULO LIX
CÓMO LOS DE CHOLOLLA TRATARON
DE MATAR A LOS ESPAÑOLES
Pasó la noche Cortés muy sobre aviso y a recaudo,
porque por el camino y en el pueblo hallaron algunas señales de lo que en
Tlaxcallan le dijeran y más que, aunque la primera noche los proveyeron a
gallina por barba, los otros tres días siguientes no les dieron casi nada de
comida, y muy pocas veces venían aquellos capitanes a ver los españoles; de que
tomaba mala es-
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pina. En aquel tiempo le hablaron no sé cuántas
veces aquellos emba-jadores de Moteczuma para estorbarle la ida a México; unas
veces diciendo que no fuese allá, que el gran señor se moriría de miedo si le
viese, otras que no había camino para ir, otras a qué iba, pues no tenía de qué
mantenerse; y aun también, como viesen que a todo esto les satisfacía con
buenas palabras y razones, echáronle de manga a los del pueblo, que le dijesen
cómo do Moteczuma estaba había lagartos, tigres, leones y otras muy bravas
fieras. Que siempre que el señor las soltase, bastaban para despedazar y
comerse a los españoles, que eran poquitos. Y visto que tampoco esto
aprovechaba nada con él, tramaron con los capitanes y principales de matar los
cristia-nos. Y porque lo hiciesen prometiéronles grandes partidos por
Moteczu-ma. Y dieron al capitán general un atambor de oro, y que traerían los
treinta mil soldados que a dos leguas estaban. Los cholollanos prometieron de
atarlos y entregárselos. Pero no consintieron que entrasen aquellos solda-dos
de Culúa en su pueblo, temiendo que con aquel achaque no se alzasen con él, que
solían ser mañas de mexicanos; y dicen que pensaban de un tiro matar dos
pájaros, porque tenían creído tomar durmiendo a los españoles y quedarse con
Chololla; y que si no pudiesen atarlos dentro de la ciudad, que los llevasen
por otro camino, que no el real para México, sobre la mano izquierda; en el
cual había muchos malos pasos, que se hacían en él por ser tierra arenisca, y
que tenía tal barranco comido de las aguas que era de vein-te y de treinta y
aún de más estados en hondo, y que allí los atajarían y lleva-rían atados a
Moteczuma. Concluido pues el concierto, comienzan de alzar el hato, y sacar
fuera a la sierra los hijos y mujeres.
Estando ya los nuestros para partirse de allí, por
el ruin tratamiento que les hacían y mal talante que les mostraban, avino que
una mujer de un prin-cipal, que de piadosa, o por parecerle bien aquellos
barbudos, dijo a Marina de Viluta que se quedase allí con ella, que la quería
mucho, y le pesaría que la matasen con sus amos. Ella disimuló la mala nueva, y
sacole quién y cómo la tramaban. Corrió luego a buscar a Jerónimo de Aguilar, y
juntos dijéron-selo a Cortés. Él no se durmió, sino hizo de presto tomar un par
de vecinos, que examinados, le confesaron la verdad de lo que pasaba, como
aquella señora dijera. Difirió por esto la partida dos días para enfriar el
negocio y para desviar a los de allí de aquel mal propósito, o castigarlos.
Llamó a los
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120
que gobernaban, y díjoles que no estaba satisfecho
de ellos; y rogoles que ni mintiesen ni anduviesen con él en mañas, que le
pesaba de ello mucho más que si le desafiasen para batalla; porque de hombres
de bien era pelear, y no mentir. Ellos respondieron que eran sus amigos y
servidores, y que lo serían siempre; y que ni le mentían ni mentirían, sino que
antes les dijese cuándo quería partir, para irle a servir y acompañar armados.
Él les dijo que otro día, y que no quería más de algunos esclavos para llevar
el fardaje, que ve-nían ya cansados sus tamemes, y alguna cosa de comer. De
esto postrero se sonreían, diciendo entre dientes: “¿Para qué quieren comer
éstos, pues presto les tienen de comer a ellos en ají cocidos, y si Moteczuma
no se enoja-se, que los quiere para su plato, aquí los habríamos comido ya?”.
CAPÍTULO LX
EL CASTIGO QUE SE HIZO EN LOS DE CHOLOLLA POR SU
TRAICIÓN
Así que, otro día de mañana, y muy alegres,
pensando que tenían bien enta-blado su juego, hicieron venir muchos para llevar
el hato, y otros con hama-cas para llevar los españoles, como en andas,
creyendo tomarlos en ellas. Vinieron a eso mismo cantidad de hombres armados,
de los muy valientes, para matar al que se rebullese; y los sacerdotes
sacrificaron a su Quezal-couatl diez niños de a tres años, las cinco hembras;
costumbre que tenían comenzando alguna guerra. Los capitanes se pusieron
disimuladamente a las cuatro puertas del patio y aposento de los españoles, con
algunos que traían armas. Cortés muy calladamente apercibió de mañanica a los
de Tlaxcallan y Cempoallan y los otros amigos. Hizo estar a caballo los suyos,
y dijo a los demás españoles que meneasen las manos sintiendo una escopeta, que
les iba la vida en ello; y como vio que los del pueblo se iban llegando, mandó
que llamasen a su cámara los capitanes y señores, que se quería des-pedir de
ellos.
Vinieron muchos, pero no dejó entrar sino hasta
treinta, que le pareció, por lo que antes había visto, ser los principales, y
díjoles que siempre les había dicho verdad, y que ellos a él mentira, con
habérselo rogado y avisa-do; y que porque le rogaron, aunque con dañada
intención, que no entra-
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sen los de Tlaxcallan en su pueblo, lo hiciera de
grado, y aun también man-dara a los de su compañía que no les hiciesen mal
ninguno, y maguer que no le habían dado de comer, como razón fuera, no había
consentido que los suyos les tomasen ni aun una gallina, y que en pago de
aquellas buenas obras tenían concertado de matarle con todos los suyos. Y ya
que dentro en casa no podían, allá fuera en el camino, a los malos pasos por do
le querían guiar, ayudándose de los treinta mil hombres de las guarniciones de Motec-zuma,
que estaban a dos leguas. Pues por esta maldad, dijo, moriréis todos; y en
señal de traidores, se asolaría la ciudad, a no quedar memoria; y pues ya lo
sabía, no tenían para qué negarle la verdad. Ellos se maravillaron
terrible-mente: mirábanse unos a otros, más encendidos que las brasas, y
decían: “Éste es como nuestros dioses, que todo lo sabe; no hay para qué
negárse-lo”. Y así confesaron luego que era verdad delante los embajadores, que
estaban también allí. Apartó sin esto cuatro o cinco por sí, que no los oyesen
aquellos mexicanos, y contaron todo el hecho de la traición desde su
princi-pio, y entonces dijo a los embajadores cómo aquellos de Chololla le
querían matar, a inducimiento suyo, por parte de Moteczuma; mas que no lo
creía, porque Moteczuma era su amigo y gran señor, y los grandes señores no
so-lían mentir ni hacer traiciones, y que quería castigar aquellos bellacos
trai-dores y fementidos. Pero que ellos no temiesen, que eran inviolables, como
personas públicas y enviados de rey, a quien tenía de servir, y no enojar; y
que era tal y tan bueno, que no mandaría así fea e infame cosa. Todo esto decía
por no descompadrar con él hasta verse dentro de México.
Mandó matar algunos de aquellos capitanes, y los
demás dejó atados. Hizo disparar la escopeta, que era la seña, y arremetieron
con gran ímpetu y enojo todos los españoles y sus amigos a los del pueblo.
Hicieron como en el estrecho en que estaban, y en dos horas mataron seis mil y
más. Mandó Cor-tés que no matasen niños ni mujeres. Pelearon cinco horas,
porque, como estaban armados los del pueblo y las calles con barreras, tuvieron
defensa. Quemaron todas las casas y torres que hacían resistencia. Echaron fuera
toda la vecindad; quedaron tintos en sangre. No pisaban sino cuerpos muertos.
Subiéronse a la torre mayor, que tiene ciento veinte gradas, hasta veinte
caballeros, con muchos sacerdotes del mismo templo; los cuales con flechas y
cantos hicieron mucho daño; fueron requeridos, y no rendidos; y
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122
así, se quemaron con el fuego que les pusieron,
quejándose de sus dioses cuán mal lo hacían en no ayudarlos, ni defendiendo su
ciudad y santuario. Saqueose la ciudad. Los nuestros tomaron el despojo de oro,
plata y pluma, y los indios amigos mucha ropa y sal, que era lo que más
deseaban, y destru-yeron cuando posible les fue, hasta que Cortés mandó que
cesasen.
Aquellos capitanes que presos estaban, viendo la
destrucción y matan-za de su ciudad, vecinos y parientes, rogaron con muchas
lágrimas a Cortés que soltase algunos de ellos para ver qué habían hecho sus
dioses de la gente menuda; y que perdonase a los que vivos quedaban, para
tornarse a sus ca-sas, pues no tenían tanta culpa de su daño cuanta Moteczuma,
que los so-bornó. Él soltó dos, y al otro siguiente día estaba la ciudad que no
parecía que faltara hombre; y luego, a ruegos de los de Tlaxcallan, que tomaron
por intercesores, los perdonó a todos y soltó los presos, y dijo que otro tal
casti-go y daño haría donde le mostrasen mala voluntad, y le mintiesen y
urdiesen aquellas traiciones; de que no pequeño miedo les quedó a todos. Hizo
ami-gos a estos de Chololla, con los de Tlaxcallan, como ya en tiempo pasado
solían ser, sino que Moteczuma y los otros reyes antes de él los habían
ene-mistado con dádivas y palabras, y aun por miedo. Los de la ciudad, como era
muerto su general, criaron otro de licencia de Cortés.
CAPÍTULO LXI
CHOLOLLA, SANTUARIO DE INDIOS
Es Chololla república como Tlaxcallan, y tiene uno
que es capitán general o gobernador, que todos eligen. Es lugar de veinte mil
casas dentro de los muros, y fuera, por los arrabales, de otras tantas. Por
defuera es de las más hermosas que puedan ser a la vista. Muy torreada, porque
hay tantos tem-plos, a lo que dicen, como días en el año; y cada uno tiene su
torre, y algu-nos más; y así, contaron cuatrocientas torres. Hombres y mujeres
son de gentil disposición y gestos, y muy ingeniosos; ellas grandes plateras,
enta-lladoras y cosas así; ellos, muy sueltos, belicosos y buenos maestros de
cualquier cosa. Andan mejor vestidos que los de hasta allí, porque traen, sobre
otras ropas, unos como albornoces moriscos, sino que tienen ma-neras. El
término que alcanzan en llano es graso y de gentiles labranzas,
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que se riegan, y tan lleno de gente, que no hay un
palmo vacío; a cuya cau-sa hay pobres que piden por las puertas, que no lo
habían visto hasta en-tonces por aquella tierra.
El pueblo de mayor religión de todas aquellas
comarcas es Chololla, y el santuario de los indios, donde todos iban en romería
y a devociones, y así tenía tantos templos. El principal era el mejor y más
alto de toda la Nue-va-España, que subían a la capilla por ciento veinte
gradas. El ídolo mayor de sus dioses llaman Quezalcouatl, dios del aire, que
fue fundador de la ciudad; virgen, como ellos dicen, y de grandísima
penitencia; instituidor del ayuno, del sacar sangre de lengua y orejas, y de
que no sacrificasen sino codornices, palomas y cosas de caza. Nunca se vistió
sino una ropa de al-godón blanca, estrecha y larga, encima una manta sembrada
de cruces co-loradas. Tienen ciertas piedras verdes, que fueron suyas, como por
reli-quias. Una de ellas es una cabeza de mona muy al propio. Esto se puede
entender en poco más de veinte días que allí estuvieron nuestros españo-les.
Iban y venían en este tiempo tantos a contratar, que ponían admira-ción, y una
de las cosas de ver que en los mercados había, era la loza, hecha de mil
maneras y colores.
CAPÍTULO LXII
DEL MONTE QUE LLAMAN POPOCATEPEC
Está un monte ocho leguas de Chololla, que llaman
Popocatepec, que quiere decir sierra de humo, porque rebosa muchas veces humo y
fuego. Cortés envió allá diez españoles, con muchos vecinos que los guiasen y
lle-vasen de comer. Era la subida áspera y embarazosa. Llegaron hasta oír el
ruido; mas no osaron subir a lo alto a verlo, porque temblaba la tierra, y
ha-bía tanta ceniza, que impedía el camino; y así, se querían tornar. Pero los
dos que debían ser más animosos o curiosos, determinaron de ver el cabo y
misterio de tan admirable y espantoso fuego, y poder dar alguna razón a quien
los enviaba, no los tuviese por medrosos y ruines; y así, aunque los demás no
quisieran, y las guías los atemorizaban, diciendo que nunca ja-más lo habían
hollado pies ni visto ojos humanos, subieron allá por medio de la ceniza y
llegaron a lo postrero por debajo de un espeso humo. Mira-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
124
ron un rato y figuróseles que tenía media legua de
boca aquella concavi-dad, en que retumbaba el ruido, que estremecía la sierra,
y poco hondo, mas como un horno de vidrio cuando más hierve. Era tanto el calor
y humo, que se tornaron presto por las mismas pisadas que fueron, por no perder
el rastro y perderse.
Apenas se hubieron desviado y andado un pedazo, que
comenzó a lan-zar ceniza y llama, y luego ascuas; y al cabo muy grandes piedras
de fuego ardientes; y si no hallaran do meterse debajo de una peña, perecieran
allí abrasados; y como trajeron buenas señas, y volvieron vivos y sanos,
vinie-ron muchos indios a besarles la ropa y a verlos, como por milagro o como
a dioses, dándoles muchos presentillos: tanto se maravillaron de aquel he-cho.
Piensan aquellos simples que es una boca de infierno, adonde los seño-res que
mal gobiernan o tiranizan van, después de muertos, a purgar sus pecados, y de
allí al descanso.
Esta sierra, que llaman Vulcán, por la semejanza
que tiene con el de Si-cilia, es alta y redonda, y que jamás le falta nieve.
Parece de muy lejos, las noches, que echa llama. Hay cerca de él muchas
ciudades, pero la más cer-cana es Huexocinco. Estuvo diez años y más que no
echó humo, y el año de 1540 tornó como primero, y antes trajo tanto ruido que
puso espanto a los vecinos que estaban a cuatro leguas y más aparte. Salió
mucho humo y tan espeso, que no se acordaban su igual; lanzó tanto y tan recio
fuego, que lle-gó la ceniza a Huexocinco, Quetlaxcoapán, Tepeacac,
Cuauhquecholla, Chololla y Tlaxcallan, que está a diez leguas; y aun dicen que
llegó a quince. Cubrió el campo, y quemó la hortaliza y los árboles, y aun los
vestidos.
CAPÍTULO LXIII
LA CONSULTA QUE MOTECZUMA TUVO PARA DEJAR A CORTÉS
IR A MÉXICO
No quisiera Cortés reñir con Moteczuma antes de
entrar en México; mas tampoco quería tantas palabras, excusas y niñerías como
le decían. Quejose reciamente a sus embajadores que un tan gran príncipe, y que
con tantos y tales caballeros le había dicho que era su amigo, buscase maneras
de matar-les o dañar con mano ajena, por excusarse si no le sucedía; y pues no
guarda-
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ba su palabra ni mantenía verdad, que, como quería
ir antes amigo y de paz, determinaba ya ir como enemigo y de guerra; que o
sería con bien o con mal. Ellos dijeron sus disculpas, y rogaron que perdiese
la saña y enojo, y que diese licencia a uno para ir a México, y volver con
respuesta presto, pues había poco camino. Él dijo que fuese mucho enhorabuena.
Fue uno, y a los seis días tornó con otro compañero
que fuera poco an-tes, y trajéronle diez platos de oro, mil y quinientas mantas
de algodón, mu-cha suma de gallipavos, de pan y cacao, y cierto vino que ellos
confeccio-nan de aquellos cacaos y centli, y negaron que no había entrado en la
conjuración de Chololla, ni había sido por su mandado ni consejo, sino que
aquella gente de guarnición que allí estaba era de Acacinco y Azacan, dos
provincias suyas, y vecinas de Chololla, con quien tenían alianza y comparanzas
de vecindad; los cuales, a inducimiento de aquellos bellacos, urdirían aquella
maldad: y que adelante sería buen amigo, como vería, y como lo había sido; y
que fuese que en México le esperaría, palabra que plugo mucho a Cortés.
Moteczuma hubo temor cuando supo la matanza y quema
de Chololla, y dijo: “Ésta es la gente que nuestro dios me dijo que había de
venir y seño-rear esta tierra”; y fuese luego a visitar los templos, y
encerrose en uno, don-de estuvo en oración y ayuno ocho días. Sacrificó muchos
hombres para aplacar la ira de sus dioses, que estarían enojados. Allí le habló
el diablo, y esforzándose que no temiese los españoles, que eran pocos, y que
venidos haría de ellos a su voluntad, y que no cesase en los sacrificios, no le
aconte-ciese algún desastre; y tuviese favorables a Uitzciloputchtli y
Tezcatlipuca para guardarle; porque Quetzalcouatl, dios de Chololla, estaba
enojado porque le sacrificaban pocos y mal, y no fue contra los españoles. Por
lo cual y porque Cortés le había enviado a decir que iría de guerra, pues de
paz no quería, otorgó que fuese a México a verle.
Ya Cortés cuando llegó a Chololla iba grande y
poderoso; pero allí se hizo mucho más, porque luego voló la nueva fama por toda
aquella tierra y señorío del rey Moteczuma, y de como hasta entonces se
maravillaban co-menzaron de allí en adelante a temerle; y así, de miedo, más
que por amor, le abrían las puertas a do quiera que llegase. Quería Moteczuma
al principio hacer con Cortés que no fuese a México poniéndole muchos temores y
es-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
126
pantos; porque pensaba que temería los peligros del
camino, la fortaleza de México, la muchedumbre de hombres y su voluntad, que
era más fuerte cosa, pues cuantos señores había en aquella tierra la temían y
obedecían, y para esto tuvo gran negociación; mas viendo que no aprovechaba, lo
quiso vencer con dádivas, pues pedía y tomaba oro. Empero como siempre
por-fiaba a verle y llegar a México, preguntó al diablo lo que hacer debía
sobre tal caso, después de haber tomado consejo con sus capitanes y sacerdotes,
que no le pareció de hacerle guerra, que le sería deshonra tomarse con tan
pocos extranjeros, y que decían ser embajadores, y por no incitar la gente
contra sí, que es lo más cierto; pues estaba claro que luego serían con él los
otomíes y tlaxtelcas, y otras muchas gentes, para destruir los mexicanos. Así
que se declaró a dejarlo entrar en México llanamente, creyendo poder ha-cer de
los españoles, que tan pocos eran, lo que quisiese, y almorzárselos una mañana,
si lo enojasen.
CAPÍTULO LXIV
LO QUE AVINO A CORTÉS, DE CHOLOLLA HASTA LLEGAR A
MÉXICO
Habida tan buena respuesta como le dieron los
embajadores de México, dio Cortés licencia a los indios amigos que se quisiesen
volver a sus casas, y partiose de Chololla con algunos vecinos que seguirle
quisieron, y no quiso echar por el camino que le mostraban los de Moteczuma,
porque era malo y peligroso, según lo vieron los españoles que fueron al
volcán, y porque le querían saltear en él a lo que cholollanos decían; sino por
otro más llano y más cerca. Reprendidos por ello, respondieron que lo guiaban
por allí, aun-que no era buen camino, porque no pasase por tierra de
Huexocinco, que eran sus enemigos.
No caminó aquel día sino cuatro leguas, por dormir
en unas aldeas de Huexocinco, donde fue bien recibido y mantenido, y aun le
dieron algunos esclavos, ropa y oro, aunque poco; que poco tienen y son pobres,
a causa de tenerlos acorralados Moteczuma, por ser de la parcialidad de
Tlaxcallan. Otro día, antes de comer, subió un puerto entre dos sierras
nevadas, de dos leguas de subida. Donde, si los treinta mil soldados que habían
venido para
BIBLIOTECA AYACUCHO
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tomar los españoles en Chololla esperaran, los
tomaban a manos, según la nieve y frío les hizo en el camino.
Desde aquel puerto se descubría tierra de México, y
la laguna con sus pueblos alrededor, que es la mejor vista del mundo. Cuando
Cortés holgó de verla, tanto temieron algunos de sus compañeros, y aun hubo
entre ellos diversos pareceres si llegarían allá o no, y dieron muestra de
motín; pero él, por su prudencia y disimulación, se los deshizo, y con
esfuerzo, esperanza y buenas palabras que les dio, y con ver que era el primero
en los trabajos y peligros, temieron menos lo que imaginaban. En bajando a lo
llano, de la otra parte halló una casa de placer en el campo, harto grande y
buena, y tal, que cupieron todos los españoles holgadamente, y hasta seis mil
indios que llevaba de Cempoallan, Tlaxcallan, Huexocinco y Chololla, aunque
para los tamemes hicieron los de Moteczuma chozas de paja. Tuvieron buena cena
y grandes fuegos para todos, que criados de Moteczuma proveían co-piosamente, y
aun les tenían mujeres.
Allí le vinieron a hablar muchos principales
señores de México, y entre ellos un pariente de Moteczuma. Dieron a Cortés tres
mil pesos de oro, y rogáronle que se volviese por la pobreza, hambre y ruin
camino, que se anda por barquillos, y que allende del peligro de se ahogar, no
tendría qué comer, y que le daría mucho, y más el tributo que le pareciese para
el empe-rador que le enviaba, puesto cada un año en la mar o do quisiese.
Cortés los recibió como era razón, y les dio cosillas de España, especial al pariente
del gran señor; y díjoles que de buena gana holgaría servir a tan poderoso
prín-cipe, si pudiera sin enojar a su rey, y que de su ida no le vendría sino
mucho bien y honra; y que pues no había de hacer más de hablarle y volverse,
que de lo que tenían para sí, habría para todos qué comer, y que aquella agua
no era nada en comparación de dos mil leguas que había venido por mar para
solamente verlo y comunicarle ciertos negocios de mucha importancia.
Con todas estas pláticas, si lo hallaran
descuidado, lo acometieran, que venían muchos para tal efecto, como dicen
algunos. Pero él hizo saber a los capitanes y embajadores cómo los españoles no
dormían de noche, ni se desnudaban armas ni vestidos; y que si alguno veían en
pie o andar entre ellos, le mataban luego, y él no se los resistía; por tanto,
que lo dijesen así a sus hombres, para que se guardasen; que le pesaría si
alguno de ellos murie-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
128
se allí; y con esto pasó la noche. En amaneciendo
otro día se partió, y fue a Amaquemecan, dos leguas, que cae en la provincia de
Chalco; lugar que, con las aldeas, tiene veinte mil vecinos. El señor de allí
le dio cuarenta escla-vas, tres mil pesos de oro, y de comer dos días
abundantemente, y aun de secreto muchas quejas de Moteczuma. De Amaquemecan fue
cuatro leguas otro día a un pequeño lugar, poblado la mitad en agua de la
laguna y la otra mitad en tierra, al pie de una sierra áspera y pedregosa.
Acompañáronle muy muchos de Moteczuma, que le
proveyeron; los cuales con los del pueblo quisieron pegar con los españoles, y
enviaron sus espías a ver qué hacían la noche. Pero las que Cortés puso, que
eran españo-les, mataron de ellas hasta veinte, y allí paró la cosa, y cesaron
los tratos de matar los españoles; y es cosa para reír que a cada triquete
quisiesen y tenta-sen matarlos, y no fuesen para ello.
Luego a otro día, bien de mañana, ya que se partía
el ejército, llegaron allí doce señores mexicanos; pero el principal era
Cacamacín, sobrino de Moteczuma, señor de Tezcuco, mancebo de veinticinco años,
a quien to-dos acataban mucho. Venía en andas a hombros, y como le abajaron de
ellas, le limpiaban las piedras y pajas del suelo que pisaba. Éstos venían a
irse compañando a Cortés, y disculparon a Moteczuma, que por enfermo no venía
él mismo a le recibir allí. Todavía porfiaron que se tornasen los es-pañoles y
no llegasen a México, y dieron a entender que les ofenderían allá, y aun
defenderían el paso y entrada: cosa que facilísimamente podían hacer; mas
empero andaban ciegos, o no se atrevían a quebrar la calzada. Cortés les habló
y trató como quien eran, y aun les dio cosas de rescate. Salió de aquel lugar
muy acompañado de personas de cuenta, a quien seguían infini-tísimos otros, que
no cabían por los caminos, y también venían muchos de aquellos mexicanos a ver
hombres tan nuevos, tan afamados; y maravilla-dos de las barbas, vestidos,
armas, caballos y tiros, decían: “Éstos son dio-ses”. Cortés les avisaba
siempre que no atravesasen por entre los españoles ni caballos, si no querían
ser muertos. Lo uno, porque no se desvergonza-sen con las armas a pelear, y lo
otro, porque dejasen abierto camino para ir adelante, que los traían rodeados.
Así pues fue a un lugar de dos mil fuegos, fundado
todo dentro en agua, y que hasta llegar a él anduvo más de una legua por una
muy gentil calzada,
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y ancha más de veinte pies. Tenía muy buenas casas
y muchas torres. El se-ñor de él recibió muy bien a los españoles, y los
proveyó honradamente, y rogó que se quedasen a dormir allí, y tan secretamente
se quejó a Cortés de Moteczuma por muchos agravios y pechos no debidos, y le
certificó que había camino, y bueno, hasta México, aunque por calzada como la
que pa-sara. Con esto descansó Cortés, que iba con determinación de parar allí
y no hacer barcas o fustas; mas todavía quedó con miedo no le rompiesen las
cal-zadas, y por eso llevó grandísima advertencia. Cacama y los otros señores
le importunaron que no se quedase allí, sino que se fuese a Iztacpalapan, que
no estaba sino dos leguas adelante, y era de otro sobrino del gran señor. Él
hubo de hacer lo que tanto le rogaban aquellos señores, y porque no le
que-daban sino dos leguas de allí a México, que podría entrar al otro día con
tiempo y a su placer. Fue pues a dormir a Iztacpalapan, y allende que de dos en
dos horas iban y venían mensajeros de Moteczuma, le salieron a recibir buen
trecho Cuetlauac, señor de Iztacpalapan, y el señor de Culuacán, tam-bién
pariente suyo. Presentáronle esclavas, ropa, plumajes y hasta cuatro mil pesos
de oro.
Cuetlauac hospedó todos los españoles en su casa,
que son unos gran-dísimos palacios, de cantería todos y carpintería, y muy bien
labrados, con patios y cuatro bajos y altos, y todo servicio muy cumplido. En
los aposen-tos muchos paramentos de algodón, ricos a su manera. Tenían frescos
jar-dines de flores y árboles olorosos, con muchos andenes de red de cañas,
cu-biertas de rosas y yerbecitas, y con estanques de agua dulce. Tenían también
una huerta muy hermosa de frutales y hortaliza, con una grande alberca de cal y
canto, que era de cuatrocientos pasos en cuadro, y mil y seis-cientos en torno,
y sus escalones hasta el agua, y aun hasta el suelo, por muchas partes; en la
cual había de todas suertes de peces; y acuden a ella muchas garcetas,
labancos, gaviotas y otras aves, que cubren en veces el agua. Es Iztacpalapan
de hasta diez mil casas, y está en la laguna salada, me-dio en agua, medio en
tierra.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
130
CAPÍTULO LXV
CÓMO SALIÓ MOTECZUMA A RECIBIR A CORTÉS
De Iztacpalapan a México hay dos leguas por una
calzada muy ancha, que holgadamente van ocho caballos por ella a la par, y tan
derecha como hecha por nivel, y quien buena vista tenía, alcanzaba a ver las
puertas de México. A los lados de ella están Mexicalcinco, que es de cerca de
cuatro mil casas, toda dentro en agua; Coyoacán, de seis mil, y Uicilopuchtli,
de cinco. Tie-nen estas ciudades muchos templos, con tantas torres, que las
hermosean, y gran trato de sal, porque allí la hacen y venden, o llevan fuera a
ferias y mer-cados. Sacan agua de la laguna, que es salada, por arroyuelos a
hoyos de tie-rra, y en ellos se cuaja; y así, hacen pelotas y panes de sal, y
también la cue-cen, y es mejor, pero más embarazosa; era gran renta para
Moteczuma. En esta calzada hay, de trecho a trecho, puentes levadizos sobre los
ojos por do corre la agua de la una laguna a la otra. Por esta calzada fue
Cortés con sus cuatrocientos compañeros, y otros seis mil indios amigos, de los
pueblos que atrás pacificó. Apenas podía andar, con la apretura de la mucha
gente que a ver los españoles salía.
Llegó cerca de la ciudad, donde se junta otra
calzada con ésta y donde está un baluarte fuerte y grande, de piedra, dos
estados alto, con dos torres a los lados, y en medio un petril almenado y dos
puertas; fuerza harto fuerte. Aquí salieron cuatro mil caballeros cortesanos a
recibirle, vestidos rica-mente a su usanza, y todos de una misma manera. Cada
uno, como Cortés llegaba, tocaba su mano derecha en tierra, besábala,
humillábase y pasaba delante por la orden que venían. Tardaron una hora en
esto, y fue cosa de mucho mirar. Desde el baluarte sigue todavía la calzada, y
tiene, antes de entrar en la calle, una puente de madera levadiza y diez pasos
ancha, por el ojo de la cual corre agua y entra de la una en la otra.
Hasta esta puente salió Moteczuma a recibir a
Cortés, debajo de un pa-lio de pluma verde y oro, con mucha argentería
colgando, que lo llevaban cuatro señores sobre sus cabezas. Traíanle de los
brazos Cueltlauac y Caca-ma, sobrinos suyos y grandes príncipes. Venían todos
tres a una manera ri-quísimamente ataviados, salvo que el señor traía unos
zapatos de oro y pie-dras engastadas que solamente eran las suelas prendidas
con correas, como
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se pintan a lo antiguo. Andaban criados suyos de
dos en dos, poniendo y quitando mantas por el suelo, no pisase en la tierra.
Seguían luego doscien-tos señores como en procesión, todos descalzos, y con
ropas de otra más rica librea que los tres mil primeros. Moteczuma venía por
medio de la ca-lle, y éstos detrás y arrimados cuanto podían a las paredes, los
ojos en tierra, por no mirarle a la cara, que es desacato. Cortés se apeó del
caballo, y como se juntaron, fuele a abrazar a nuestra costumbre. Los que le
traían de brazo le detuvieron, que no llegase a él, que era pecado tocarle;
saludáronse em-pero, y Cortés le echó entonces al cuello un collar de
margaritas y diamantes y otras piedras de vidrio. Moteczuma se fue delante con
el un sobrino, y mandó al otro que llevase por la mano a Cortés luego tras él y
por medio de la calle. En comenzando a ir, llegaron los de la librea uno a uno
a hablar y darle el parabién de su llegada, y tocando la tierra con la mano,
pasaban, y tornábanse a su orden y lugar. No acabaran aquel día si todos los de
la ciu-dad hubieran, como querían, de saludarle; mas como el rey iba delante,
vol-vían todos las caras a la pared, y no osaban llegar a Cortés.
A Moteczuma plugo el collar de vidrio, y por no
tomar sin dar mejor, como gran príncipe, mandó luego traer dos collares de
camarones colora-dos, gruesos como caracoles, y que allí estiman en mucho, y
que de cada uno de ellos colgaban ocho camarones de oro, de labor perfectísima,
y de a jeme cada uno; y púsoselos al pescuezo con sus propias manos, que lo
tuvie-ron a favor grandísimo, y se maravillaron de ello.
Ya en esto acababan de pasar la calle, que es un
tercio de legua, ancha, derecha y muy hermosa, y llena de casas por entrambas
aceras; en cuyas puertas, ventanas y azoteas había tanta gente para ver los
españoles, que no sé quién se maravillase más, o los nuestros de tanta
muchedumbre de hom-bres y mujeres que aquella ciudad tenía, o ellos de la
artillería, caballos, bar-bas y traje de hombres que nunca vieran. Llegaron
pues a un patio grande, recámara de ídolos, que fue casa de Axayaca. A la
puerta tomó Moteczuma de la mano a Cortés, y metiolo dentro a una gran sala;
púsose en un rico es-trado, y díjole: “En vuestra casa estáis; comed,
descansad, y habed placer; que luego torno”. Tal como habéis oído fue el
recibimiento que a Fernando Cortés hizo Moteczumacín, rey poderosísimo, en su
gran ciudad de Méxi-co, a 8 días del mes de noviembre, año de 1519 que Cristo
nació.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
132
CAPÍTULO LXVI
LA ORACIÓN DE MOTECZUMA A LOS ESPAÑOLES
Era esta casa en que los españoles estaban
aposentados muy grande y muy hermosa, con salas asaz largas y otras muchas
cámaras, donde muy bien cu-pieron ellos y todos casi los indios amigos que los
servían y acompañaban armados; y estaba toda ella muy limpia, lucida, esterada
y entapizada con paramentos de algodón y pluma de muchos colores, que había
bien que mirar en todo. Como Moteczuma se fue, repartió Cortés el aposento, y
puso la artillería de cara a la puerta, y luego comieron una buena comida; en fin,
como de tan gran rey a tal capitán.
Moteczuma, luego que comió y supo que los españoles
habían comi-do y reposado, volvió a Cortés, saludole, sentose junto en otro
estrado que le pusieron, diole muchas y diversas joyas de oro, plata, pluma, y
seis mil ropas de algodón ricas, labradas y tejidas de maravillosos colores;
cosa que manifestó su grandeza, y confirmó lo que traían imaginado por los
presentes pasados. Todo esto hizo con mucha gravedad, y con la misma dijo,
según Marina y Aguilar declaraban: “Señor y caballeros míos, mu-cho huelgo de tener
tales hombres como vosotros en mi casa y reino, para les poder hacer alguna
cortesía y bien, según vuestro merecimiento y mi estado; y si hasta aquí os
rogaba que no entrásedes acá, era porque los míos tenían grandísimo miedo de
veros; porque espantabais a la gente con estas vuestras barbas fieras, y que
traíais unos animales que tragaban los hombres, y que como veníais del cielo,
abajabais de allá rayos, relámpagos y truenos, con que hacíais temblar la
tierra, y heríais al que os enojaba o al que os antojaba; mas como ya ahora
conozco que sois hombres mortales, honrados, y no hacéis daño alguno, y he
visto los caballos, que son como ciervos, y los tiros, que parecen cerbatanas,
tengo por burla y mentira lo que me decían, y aun a vosotros por parientes,
porque según mi padre me dijo, que lo oyó también al suyo, nuestros pasados y
reyes de quien yo des-ciendo no fueron naturales de esta tierra, sino
advenedizos, los cuales vi-nieron con un gran señor, y que de allí a poco se
fue a su naturaleza; y que al cabo de muchos años tornó por ellos; mas no
quisieron ir, por haber po-blado aquí, y tener ya hijos y mujeres y mucho mando
en la tierra. Él se
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volvió muy descontento de ellos, y les dijo a la
partida que enviaría sus hi-jos a que los gobernasen y mantuviesen en paz y
justicia, y en las antiguas leyes y religión de sus padres. A esta causa pues
hemos siempre esperado y creído que algún día vendrían los de aquellas partes a
nos sujetar y man-dar, y pienso yo que sois vosotros, según de donde venís, y
la noticia que decís que ese vuestro gran rey emperador que os envía, ya de nos
tenía. Así que, señor capitán, sed cierto que os obedeceremos, si ya no traéis
algún engaño o cautela, y partiremos con vos y los vuestros lo que tuviéremos.
Y ya que esto que digo no fuese, por sola vuestra virtud, fama y obras de
es-forzados caballeros, lo haría muy de buena gana; que bien sé lo que
hicis-teis en Tabasco, Teoacacinco y Chololla y otras partes, venciendo tan
po-cos a tantos. Y si traéis creído que soy dios, y que las paredes y tejados
de mi casa, con todo el demás servicio, son de oro fino, como sé que os han
informado los de Cempoallan, Tlaxcallan y Huexocinco y otros, os quiero
desengañar, aunque os tengo por gente que no lo creéis, y conocéis que con
vuestra venida se me han rebelado, y de vasallos tornado enemigos mortales;
pero esas alas yo se las quebraré. Tocad pues mi cuerpo, que car-ne y hueso es;
hombre soy como los otros, mortal, no dios, no; bien que, como rey, me tengo en
más por la dignidad y preeminencia. Las casas ya las veis, son de barro y palo,
y cuando mucho de canto: ¿veis cómo os min-tieron? En cuanto a los demás, es
verdad que tengo plata, oro, pluma, ar-mas y otras joyas y riquezas en el
tesoro de mis padres y abuelos, guarda-dos de grandes tiempos a esta parte,
como es costumbre de reyes. Lo cual todo vos y vuestros compañeros tendréis
siempre que lo quisiereis; entre tanto holgad, que vendréis cansados”.
Cortés le hizo una gran mesura, y con alegre
semblante, porque le sal-taban algunas lágrimas, le respondió que, confiado de
su clemencia y bondad, había insistido en verle y hablarle, y que conocía ser
todo menti-ra y maldad lo que de él le habían dicho aquellos que le deseaban
mal, como él también veía por sus mismos ojos las burlerías y consejas que de
los españoles le contaran; y que tuviese por certísimo que el emperador, rey de
España, era aquel su natural señor a quien esperaba, cabeza del mundo y
mayorazgo del linaje y tierra de sus antepasados; y en lo que to-caba al tesoro,
que se lo tenía en muy gran merced. Tras esto preguntó
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
134
Moteczuma a Cortés si aquellos de las barbas eran
todos vasallos o escla-vos suyos, para tratar a cada uno como quien era. Él le
dijo que todos eran sus hermanos, amigos y compañeros, sino algunos que eran
criados; y con tanto, se fue a Tecpan, que es palacio, y allá se informó
particularmente de las lenguas, cuáles eran o no caballeros, y según le
informaron así les envió el don; si era hidalgo y buen soldado, bueno y con
mayordomo, y si no, y marinero, no tal y con lacayo.
CAPÍTULO LXVII
DE LA LIMPIEZA Y MAJESTAD CON QUE
SE SERVÍA A MOTECZUMA
Era Moteczuma hombre mediano, de pocas carnes, de
color muy bazo, como loro, según son todos los indios. Traía cabello largo,
tenía hasta seis pelillos de barba, negros, largos de un jeme. Era bien
acondicionado, aun-que justiciero, afable, bien hablado, gracioso, pero cuerdo
y grave, que se hacía temer y acatar. Moteczuma quiere decir hombre sañudo y
grave. A los nombres propios de reyes, de señores y mujeres, añaden esta sílaba
cin, que es por cortesía o dignidad, como nosotros el don, turcos sultán, y
moros mulei; y así, dicen Moteczumacín. Tenía con los suyos tanta majestad, que
no les dejaba sentar delante de sí, ni traer zapatos ni mirarle a la cara, sino
era a poquísimos y grandes señores. Con los españoles, que se holgaba de su
conversación, o porque los tenía en mucho, no los consentía estar en pie.
Trocaba con ellos sus vestidos si le parecían bien los de España; mudaba cuatro
vestidos al día, y ninguno tornaba a vestir segunda vez. Estas ropas se
guardaban para dar albricias, para hacer presentes, para dar a criados y
mensajeros, y a soldados que pelean y prenden algún enemigo, que es gran merced
y como un privilegio; y de éstas eran aquellas muchas y lindas man-tas que por
tantas veces envió a Fernando Cortés.
Andaba Moteczuma muy pulido y limpio a maravilla; y
así, se bañaba dos veces cada día; pocas veces salía fuera de la cámara, si no
era a comer; comía siempre solo, mas solemnemente y en grandísima abundancia;
la mesa era una almohada o un par de cueros de color, la silla un banquillo
bajo; de cuatro pies, hecho de una pieza, cavado el asiento, labrado muy
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bien y pintado; los manteles, pañizuelos y toallas
de algodón, muy blancas, nuevas, flamantes, que no se le ponían más de una vez.
Traían la comida cuatrocientos pajes, caballeros, hijos de señores, y poníanla
toda junta en la sala; salía él, miraba las viandas, y señalaba las que más le
agradaban. Luego ponían debajo de ellas braseros con ascuas, porque ni se
enfriasen ni per-diesen el sabor; y pocas veces comía de otras, si no fuese
algún buen guisado que le loasen los mayordomos. Antes que se sentase venían
hasta veinte mujeres suyas de las más hermosas o favorecidas o semaneras, y
servíanle las fuentes con gran humildad; tras esto se sentaba, y luego llegaba
el maestre-sala, y echaba una red de palo, que atajaba la gente, que no cargase
encima; y él solo ponía y quitaba los platos; que los pajes no llegaban a la
mesa ni hablaban palabra, ni aun hombre de cuantos allí estaban, entre tanto
que el señor comía, sino fuese truhán, o alguno que le preguntase algo, y todos
es-taban y servían descalzos. El beber no era con tanta ceremonia ni pompa;
asistían a la cantina al lado del rey, aunque algo desviados, seis señores
an-cianos, a los cuales daba algunos platos del manjar que le sabía bien. Ellos
los tomaban con gran reverencia, y los comían luego allí con mayor respeto, sin
le mirar a la cara, que era la mayor humildad que podían mostrar delante de él.
Tenía música, comiendo, de zampoña, flauta, caracol, hueso y ataba-les y otros
instrumentos así; que mejores no los alcanzan, ni voces, digo, que no sabían canto,
ni eran buenas. Había siempre al tiempo de la comida ena-nos, jibados,
contrahechos y otros así, y todos por grandeza o por risa; a los cuales daban
de comer con los truhanes y chocarreros al cabo de la sala, de los relieves. Lo
demás que sobraba comían tres mil de guardia ordinaria, que estaban en los
patios y plaza; y por esto dicen que se traían siempre tres mil platos de
manjar y tres mil jarros de bebida y vino que ellos usan, y que nunca se
cerraba la botillería ni despensa, que era cosa de ver lo que en ellas había.
No dejaban de guisar ni tener cada día de cuanto en la plaza se ven-día, que
era, según después diremos, infinito, y más lo que traían cazadores, renteros y
tributarios.
Los platos, escudillas, tazas, jarros, ollas y el
demás servicio era todo de barro y muy bueno, si lo hay en España, y no servía
al rey más de una comi-da. También tenía vajilla de oro y plata grandísima,
pero poco se servía de ella: dicen que por no servirse dos veces con ella, que
parecía bajeza. Lo
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136
que algunos cuentan, que guisaban niños y los comía
Moteczuma, era so-lamente de hombres sacrificados, que de otra manera no comía
carne hu-mana; y esto no era de ordinario. Alzados los manteles, llegaban
aquellas mujeres, que aún todavía se estaban en pie, como los hombres, a darle
otra vez agua-manos con el acatamiento que primero, e íbanse a su aposento a
comer con las demás; y así hacían todos, salvo los caballeros y pajes que les
tocaba la guarda.
CAPÍTULO LXVIII
DE LOS JUGADORES DE PIES
Quitada la mesa, ida la gente, y estándose aún
Moteczuma sentado, entra-ban los negociantes descalzos, que todos se
descalzaban para entrar en pa-lacio los que traían zapatos, si no eran los muy
grandes señores, como los de Tezcuco y Tlacopan, y otros pocos sus parientes y
amigos. Venían pobre-mente vestidos; si eran señores o ricoshombres, y hacía
frío, poníanse man-tas viejas o groseras y ruines sobre las finas y nuevas;
pero todos hacían tres o cuatro reverencias. No le miraban al rostro, hablaban
humillados y anda-ban para atrás. Él les respondía muy mesurado, muy bajo y en
poquitas pa-labras, y aun no todas veces ni a todos; que otros sus secretarios
o conseje-ros, que para esto estaban allí respondían; y con tanto se tornaban a
salir sin volver las espaldas al rey.
Tras esto tomaba algún pasatiempo, oyendo música y
romances, o tru-hanes, de que mucho holgaba, o mirando unos jugadores que hay
allá de pies, como acá de manos; los cuales traen con los pies un palo como un
cuartón, rollizo, parejo y liso, que arrojan en alto y lo recogen, y le dan dos
mil vueltas en el aire tan bien y presto que apenas se ve cómo; y hacen otros
juegos, monerías y gentilezas por gentil concierto y arte, que pone
admira-ción. A España vinieron después algunos con Cortés que jugaban así de pies,
y muchos los vieron en corte. También hacían matachines, que se su-bían tres
hombres uno sobre otro de pies llanos en los hombros, y el postre-ro hacía
maravillas. Algunas veces miraba Moteczuma cómo jugaban al pa-toliztli, que
parece mucho al juego de las tabas, y que se juega con habas o frijoles
rajados, como dados de harinillas, que dicen patollí; los cuales me-
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nean entrambas manos, y los echan sobre una estera
o en el suelo, donde hay ciertas rayas como alquerque, en que señalan con
piedras el punto que cayó arriba, quitando o poniendo china. A esto juegan
cuanto tienen, y aun muchas veces los cuerpos para esclavos, los tahúres y
hombres bajos.
CAPÍTULO LXIX
DEL JUEGO DE LA PELOTA
Otras veces iba Moteczuma al tlachtli, que es
trinquete para pelota. A la pelota llaman ullamaliztli; la cual se hace de la
goma de ulli, que es un ár-bol que nace en tierras calientes, y que punzado
llora unas gotas gordas y muy blancas y que muy presto son cuajadas; las cuales
juntas, mezcladas y tratadas, se vuelven negras más que la pez, y no tiznan. De
aquella redon-dean y hacen pelotas, que, aunque pesadas, y por consiguiente
duras para la mano, botan y saltan muy bien, y mejor que nuestras pelotas de
viento. No juegan a chazas, sino al vencer, como al balón o a la chueca, que es
dar con la pelota en la pared que los contrarios tienen en el puesto, o pasarla
por encima. Pueden darle con cualquier parte del cuerpo que mejor les viene,
pero hay postura que pierde el que lo toca sino con la nalga o cua-dril, que es
la gentileza, y por eso se ponen un cuero sobre las nalgas; mas puédele dar
siempre que haga bote, y hace muchos, uno en pos de otro. Juegan en partida,
tantos a tantos y a tantas rayas, una carga de mantas, a más o menos, como
quien son los jugadores. También juegan cosas de oro y pluma, y aun veces hay a
sí mismos, como hacen el patollí, que les es per-mitido, como el venderse.
Es este tlachtli o tlachco, una sala baja, larga,
estrecha y alta, pero más ancha de arriba que abajo, y más alta a los lados que
a las fronteras; que así lo hacen de industria, para su jugar. Tiénenlo siempre
muy encalado y liso; ponen en las paredes de los lados unas piedras como de
molino, con su agujero en medio que pasa a la otra parte, por do a mala vez
cabe la pelota. El que emboca por allí la pelota, que por maravilla acontece,
porque aun con la mano hay bien que hacer, gana el juego y son suyas, por
costumbre antigua y ley entre jugadores, las capas de cuantos miran cómo juegan
en aquella pared por cuya piedra y agujero entró la pelota, y en otra, que se-
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138
rían las capas de los medios, que presentes
estaban. Mas era obligado hacer ciertos sacrificios al ídolo del trinquete y
piedra por cuyo agujero metió la pelota. Decían los miradores que aquel tal
debía ser ladrón o adúltero, o que moriría presto.
Cada trinquete es templo, porque ponían dos
imágenes del dios del jue-go de la pelota encima de las dos paredes más bajas,
a la media noche de un día de buen signo, con ciertas ceremonias y hechicerías,
y enmedio del suelo hacían otras tales, cantando romances y canciones que para
ello tenían, y luego venía un sacerdote del templo mayor, con otros religiosos,
a lo bende-cir. Decía ciertas palabras, echaba cuatro veces la pelota por el
juego, y con tanto quedaba consagrado, y podían jugar en él que hasta entonces
no en ninguna manera; y aun el dueño del trinquete, que siempre era señor, no
jugara pelota sin hacer primero no sé qué ceremonias y ofrendas al ídolo: tanto
eran supersticiosos. A este juego llevaba Moteczuma a los españoles, y mostraba
holgarse mucho en verlo jugar, y ni más ni menos de mirarlos a ellos jugar a
los naipes y dados.
CAPÍTULO LXX
LOS BAILES DE MÉXICO
Otro pasatiempo tenía Moteczuma que regocijaba a
los de palacio y aun a toda la ciudad, porque es muy bueno y largo, y público,
el cual, o lo manda-ba él hacer o venían los del pueblo a le hacer en palacio
aquel servicio o so-laz, y era de esta manera: que sobre la comida comenzaban
un baile, que lla-man netoteliztli, danza de regocijo y placer. Mucho antes de
comenzarlo, tendían una gran estera en el patio de palacio, y encima de ella
ponían dos atabales; uno chico que llaman teponaztli, y que es todo de una
pieza, de palo muy bien labrado por defuera, hueco, y sin cuero ni pergamino;
mas táñese con palillos como los nuestros. El otro es muy grande, alto, redondo
y grueso como un atambor de los de acá, hueco, entallado por fuera, y pin-tado.
Sobre la boca ponen un parche de venado curtido y bien estirado, y que apretado
sube y flojo baja el tono. Táñese con las manos, sin palos, y es contrabajo.
Estos dos atabales concertados con voces, aunque allá no las hay buenas, suenan
mucho, y no mal; cantan cantares alegres, regocijados y
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graciosos, o algún romance en loor de los reyes
pasados, recontando en ellos guerras, victorias, hazañas, y cosas tales; y esto
va todo en copla por sus consonantes, que suenan bien y aplacen. Cuando ya es
tiempo de co-menzar, silban ocho o diez hombres muy recio, y luego tocan los
atabales muy bajo, y no tardan a venir los bailadores con ricas mantas blancas,
colo-radas, verdes, amarillas, y tejidas de diversísimos colores; y traen en
las ma-nos ramilletes de rosas, o ventalles de pluma, o pluma y oro; y muchos
vie-nen con sus guirnaldas de flores, que huelen por excelencia, y muchos con
papahígos de pluma o carátulas, hechas como cabezas de águila, tigre, cai-mán y
animales fieros.
Júntanse a este baile mil bailadores muchas veces,
y cuando menos cua-trocientos, y son todos personas principales, nobles y aun
señores; y cuanto mayor y mejor es cada uno, tanto más junto anda a los
atabales. Bailan en corro trabados de las manos, una orden tras otra; guían dos
que son sueltos y diestros danzantes; todos hacen y dicen lo que aquellos dos
guiadores; que si cantan ellos, responde todo el corro, unas veces mucho, otras
veces poco, según el cantar o romance requiere; que así es acá y donde quiera.
El compás que los dos llevan, siguen todos, sino los de las postreras rengles,
que por estar lejos y ser muchos, hacen dos entre tanto que ellos uno, y
cúm-pleles meter más obra; pero a un mismo punto alzan o abajan los brazos o el
cuerpo, o la cabeza sola, y todo con no poca gracia, y con tanto concierto y
sentido, que no discrepa uno de otro; tanto, que se embebecen allí los
hom-bres. A los principios cantan romances y van despacio; tañen, cantan y
bai-lan quedo, que parece todo gravedad; mas cuando se encienden, cantan
vi-llancicos y cantares alegres; avívase la danza, y andan recio y aprisa; y
como dura mucho, beben, que escancianos están allí con tazas y jarros. También
algunas veces andan sobresalientes unos truhanes, contrahaciendo a otras naciones
en traje y en lenguaje, y haciendo del borracho, loco o vieja, que hacen reír y
placer a la gente.
Todos los que han visto este baile, dicen que es
cosa mucho para ver, y mejor que la zambra de los moros, que es la mejor danza
que por acá sabe-mos; y si mujeres la hacen, es muy mejor que la de hombres.
Mas en México no bailaban ellas tal baile públicamente.
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CAPÍTULO LXXI
LAS MUCHAS MUJERES QUE TENÍA MOTECZUMA EN PALACIO
Moteczuma tenía muchas casas dentro y fuera de
México, así como para re-creación y grandeza, como para morada: no diremos de
todas, que será muy largo. Donde él moraba y residía a la continua, llaman
Tepac, que es como decir palacio; el cual tenía veinte puertas que responden a
la plaza y calles públicas. Tres patios muy grandes, y en el uno una muy
hermosa fuente; había en él muchas salas, cien aposentos de a veinticinco y
treinta pies de largo y hueco; cien baños. El edificio, aunque sin clavazón,
todo muy bue-no; las paredes de canto, mármol, jaspe, pórfido, piedra negra,
con unas ve-tas coloradas como rubí, piedra blanca, y otra que se trasluce; los
techos de madera bien labrada y entallada de cedros, palmas, cipreses, pinos y
otros muchos árboles; las cámaras pintadas, esteradas, y muchas con paramentos
de algodón, de pelo de conejo, de pluma; las camas pobres y malas; porque, o
eran de mantas sobre esteras o sobre heno, o esteras solas. Pocos hombres
dormían dentro de esas casas; mas había mil mujeres, y algunos afirman que tres
mil entre señoras y criadas y esclavas; de las señoras, hijas de señores, que
eran muy muchas, tomaba para sí Moteczuma las que bien le parecía; las otras
daba por mujeres a sus criados y a otros caballeros y señores; y así, dicen que
hubo vez que tuvo ciento y cincuenta preñadas a un tiempo; las cuales, a
persuasión del diablo, movían, tomando cosas para lanzar las cria-turas, o
quizá porque sus hijos no habían de heredar. Tenían estas mujeres muchas viejas
por guarda, que ni aun mirarlas no dejaban a hombre; que-rían los reyes toda
honestidad en palacio.
El escudo de armas que estaba por las puertas de
palacio, y que traen las banderas de Moteczuma y las de sus antecesores, es una
águila abatida a un tigre, las manos y uñas puestas como para hacer presa.
Algunos dicen que es grifo, y no águila, afirmando que en las sierras de
Teoacán hay gri-fos, y que despoblaron el valle de Auacatlán, comiéndose los
hombres, y traen por argumento que se llaman aquellas sierras Cuitlachtepetl,
de cui-tlachtli, que es grifo como león. Ahora creo que no los hay, porque no
los han españoles aún visto. Los indios muestran estos grifos, que llaman
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quezalcuitlactli, por sus antiguas figuras, y
tienen vello y no pluma, y dicen que quebraban con las uñas y dientes los
huesos de hombres y venados; tiran mucho a león, y parecen águila, porque los
pintan con cuatro pies, con dientes y con vello, que más aína es lana que
pluma; con pico, con uñas, y alas con que vuela; y en todas estas cosas
responde la pintura a nuestras escrituras y pinturas; de manera que ni bien es
ave ni bien bestia. Plinio, por mentira tiene esto de los grifos, aunque hay
muchos cuentos de ellos. También hay otros señores que tienen por armas este
grifo, que va volando con un ciervo en las uñas.
CAPÍTULO LXXII
CASA DE AVES PARA PLUMA
Tiene Moteczuma otra casa de muchos y buenos
aposentos, y con unos gentiles corredores levantados sobre pilares de jaspe,
todos de una pieza, que cae a una muy grande huerta, en la cual hay diez
estanques o más, unos de agua salada para las aves de mar, y otros de dulce
para las de río y laguna, que muchas veces vacían e hinchen por la limpieza de
la pluma. Andan en ellos tantas de aves, que ni caben dentro ni fuera; y de tan
diversas maneras, plumas y hechura, que ponían admiración a los españoles mirándolas,
que las más de ellas no conocían ni habían visto hasta entonces.
A cada suerte de aves daban el cebo y pasto con que
se mantenían en el campo; si con yerbas, dábanles yerba; si con grano, dábanles
centli, frijoles, habas y otras simientes; si con pescado, peces, de los cuales
era el ordinario de cada día diez arrobas, que pescaban y tomaban en las
lagunas de México; y aun a algunas daban moscas y tales sabandijas, que era su
comida. Había para servicio de estas aves trescientas personas: unos limpian
los estanques, otros pescan, otros les dan de comer; unos son para espulgarlas,
otros para guardar los huevos, otros para echarlas cuando encloquecen, otros
las cu-ran enfermando, otros las pelan, que esto era lo principal, por la
pluma, de que hacen ricas mantas, tapices, rodelas, plumajes, moscadores y
otras mu-chas cosas, con oro y plata; obra perfectísima.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
142
CAPÍTULO LXXIII
CASA DE AVES PARA CAZA
Tiene otra casa con muy cumplidos cuartos y
aposento, que llaman casa de aves, no porque haya en ella más que en la otra,
sino porque las hay mayo-res, o porque, con ser para caza y de rapiña, las
tienen por mejores y más nobles. Hay en estas casas muchas salas altas, en que
están hombres, muje-res y niños, blancos de nacimiento por todo su cuerpo y
pelo, que pocas ve-ces nacen así, y aquellos los tienen como por milagro. Había
también ena-nos, corcovados, quebrados, contrahechos y monstruos en gran cantidad,
que los tenían por pasatiempo, aun dicen que de niños los quebraban y
en-jibaban, como por una grandeza de rey. Cada manera de estos hombrecillos
estaba por sí en su sala y cuarto.
Había en las salas bajas muchas jaulas de vigas
recias; en unas estaban leones, en otras tigres, en otras onzas, en otras
lobos; en fin, no había fiera ni animal de cuatro pies que allí no estuviese, a
solo efecto de decir que los te-nía en su casa el gran señor Moteczumacín,
aunque más bravos eran. Dá-banles de comer por raciones, gallipavos, venados,
perros, y cosas de caza. Había asimismo en otras piezas, en grandes tinajas,
cántaros y semejantes vasijas con agua o con tierra, culebras como el muslo,
víboras, cocodrilos, que llaman caimanes o lagartos de agua; lagartos de estos
otros, lagartijas, y otras tales sabandijas y serpientes de tierra y agua, así
bravas, ponzoñosas, y que espantan con sola la vista y su mala catadura; había
también a otro cuar-to, y por el patio, en jaulas de palos rollizos y
alcándaras, toda suerte y ralea de aves de rapiña; alcotanes, gavilanes,
milanos, buitres, azores, nueve o diez maneras de halcones, muchos géneros de
águilas, entre las cuales había cincuenta mayores harto que las nuestras
caudales, y que de un pasto se come una de ellas un gallipavo de aquellos de
allá, que son mayores que nuestros pavones; de cada ralea había muchas, y
estaban por su cabo, y tenía de ración para cada día quinientos gallipavos y
trescientos hombres de ser-vicio, sin los cazadores, que son infinitos. Otras
muchas aves estaban allí que los españoles no conocieron; pero decíanles ser
todas muy buenas para caza, y así lo mostraban ellas en el semblante, talle,
uñas y presa que tenían. Daban a las culebras y a sus compañeras la sangre de
personas muertas en
BIBLIOTECA AYACUCHO
143
sacrificio, que chupasen y lamiesen; y aun, como
algunos cuentan, les echa-ban de la carne, que muy gentilmente la comen los
unos lagartos y los otros.
Los españoles no vieron esto, mas vieron el suelo
cuajado de sangre como en matadero, que hedía terriblemente, y que temblaba si
metían un palo; era mucho de ver el bullicio de los hombres que entraban y
salían en esta casa, y que andaban curando de las aves, animales y sierpes, y
nuestros españoles se holgaban de mirar tanta diversidad de aves, tanta braveza
de bestias fieras, y el enconamiento de las ponzoñosas serpientes; mas empero
no podían oír de buena gana los espantosos silbos de las culebras, los teme-rosos
bramidos de los leones, los aullidos tristes del lobo, ni los fieros gañi-dos
de las onzas y tigres, ni los gemidos de los otros animales, que daban
te-niendo hambre o acordándose que estaban acorralados, y no libres para
ejecutar su saña. Y certísimamente era de noche un traslado del infierno y
morada del diablo; y así era ello, porque en una sala de ciento cincuenta pies
larga, y ancha cincuenta, estaba una capilla chapada de oro y plata de grue-sas
planchas, con muchísima cantidad de perlas y piedras, ágatas, corneri-nas,
esmeraldas, rubíes, topacios, y otras así; adonde Moteczuma entraba en oración
muchas noches, y el diablo venía a hablarle, y se le aparecía, y aconsejaba
según la petición y ruegos que oía.
Tenía casa para solamente graneros, y donde poner
la pluma y mantas de las rentas y tributos, que era cosa mucho de ver. Sobre
las puertas tenían por armas o señal un conejo. Aquí moraban los mayordomos,
tesoreros, contadores, receptores, y todos los que tenían cargo y oficios en la
hacienda real. Y no había casa de éstas del rey donde no hubiese capillas y
oratorios del demonio, que adoraban por amor de lo que allí estaba; y por
tanto, todas eran grandes y de mucha gente.
CAPÍTULO LXXIV
CASAS DE ARMAS
Moteczuma tenía algunas casas de armas, cuyo blasón
es un arco y dos alja-bas por cada puerta. De toda suerte de armas que ellos
usan había muchas, y eran arcos, flechas, hondas, lanzas, lanzones, dardos,
porras y espadas; broqueles y rodelas más galanas que fuertes; cascos, grebas y
brazalates,
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
144
pero no en tanta abundancia, y de palo dorado o
cubierto de cuero. El palo de que hacen estas armas es muy recio. Tuéstanlo, y
a las puntas hincan pe-dernal o huesos del pez libiza, que es enconado, o de
otros huesos, que como se quedan en la herida, la hacen casi incurable y
enconan.
Las espadas son de palo, con agudos pedernales
engeridos en él y enco-lados. El engrudo es de cierta raíz, que llaman zacotl,
y de texualli, que es una arena recia y como de vena de diamantes, que mezclan
y amasan con sangre de murciélagos y no sé qué otras aves; el cual pega, traba
y dura por extremo; tanto, que dando grandes golpes no se deshace. De esto
mismo hacen punzones, que barrenan cualquier madera y piedra, aunque sea un
diamante. Y las espadas cortan lanzas y un pescuezo de caballo a cercén; y aun
entran en el hierro y mellan, que parece imposible. En la ciudad nadie trae
armas; solamente las llevan a la guerra o a la caza o en la guarda.
CAPÍTULO LXXV
JARDINES DE MOTECZUMA
Sin las ya dichas casas, tenían también otras
muchas de placer, con muy buenos jardines de solas yerbas medicinales y
olorosas, de flores, de rosas, de árboles de olor, que son infinitos. Era para
alabar al Criador tanta diversidad, tanta frescura y olores. El artificio y
delicadeza con que están hechos mil personajes de hojas y flores. No consentía
Moteczuma que en estos vergeles hubiese hortaliza ni fruta, diciendo que no era
de reyes tener granjerías ni provechos en lugares de sus deleites; que las huertas
eran para esclavos o mercaderes, aunque con todo esto, tenía huertos con
frutales, pero lejos, y donde poquitas veces iba. Tenía asimismo fuera de
México casas en bosques de gran circuito y cercados de agua, dentro de las
cuales había fuentes, ríos, albercas con peces, conejeras, vivares, riscos y
peñoles, en que andaban ciervos, corzos, liebres, zorras, lobos y otros
semejantes animales para caza, en que mucho y a menudo se ejercitaban los
señores mexicanos. Tantas y tales eran las casas de Moteczumacín, en que pocos
reyes se le igualaban.
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CAPÍTULO LXXVI
CORTE Y GUARDA DE MOTECZUMA
Tenía cada día seiscientos señores y caballeros a
hacer guarda a Moteczu-ma, con cada tres o cuatro criados con armas; y alguno
traía veinte o más, según era y lo que tenía; y así, eran tres mil hombres, y
aun dicen que mu-chos más, los que estaban en palacio guardando al rey. Y todos
comían allí de lo que sobraba del plato, como ya dije, o sus raciones. Los
criados ni su-bían arriba, ni se iban hasta la noche después de haber cenado.
Eran tantos los de la guarda, que aunque eran grandes los patios y plazas y
calles, lo hen-chían todo. Pudo ser que entonces por amor de los españoles
pusiesen tan-ta guarda e hiciesen aquella apariencia y majestad, y que la
ordinaria fuese menos; aunque a la verdad es certísimo que todos los señores
que están de-bajo el imperio mexicano, que, como dicen, son treinta de a cien
mil vasa-llos, residían en México por obligación y reconocimiento, en la corte
del gran señor Moteczumacín, cierto tiempo del año. Y cuando iban fuera a sus
tierras y señoríos, era con licencia y voluntad del rey. Y dejaban algún hijo o
hermano por seguridad y porque no se alzasen; y a esta causa tenían todos casas
en la ciudad de México Tenuchtlitán. Tanto fue el estado y casa de Moteczuma;
su corte tan grande, tan generosa, tan noble.
CAPÍTULO LXXVII
QUE TODOS PECHAN AL REY DE MÉXICO
No hay quien no peche algo al señor de México en
todos sus reinos y seño-ríos; porque los señores y nobles pechan con tributo
personal; los labrado-res, que llaman maceualtín, con persona y bienes; y esto
en dos maneras: o son renteros o herederos. Los que tienen heredades propias
pagan por año uno de tres que cogen o crían. Perros, gallinas, aves de pluma,
conejos, oro, plata, piedras, sal, cera y miel, mantas, plumajes, algodón,
cacao, centli, ají, camotli, habas, frijoles y todas frutas, hortaliza y semillas
de que principal-mente se mantienen. Los renteros pagan por meses o por años lo
que se obligan; y porque es mucho, los llaman esclavos; que aun cuando comen
huevos, les parece que el rey les hace merced. Oí decir que les tasaban lo que
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
146
habían de comer, y lo demás les tomaban. Visten a
esta causa pobrísima-mente. Y en fin, no alcanzan ni tienen sino una olla para
cocer yerbas, y una piedra o un par para moler su trigo, y una estera para
dormir. Y no solamen-te daban este pecho los renteros y los herederos, pero aun
servían con las personas todas las veces que el gran señor quería, aunque no
quería sino en tiempos de guerras y caza.
Era tanto el señorío que los reyes de México tenían
sobre ellos, que ca-llaban aunque les tomasen las hijas para lo que quisiesen,
y los hijos; y por esto dicen algunos que de tres hijos que cada labrador y no
labrador tenía, daba uno para sacrificar, lo cual es falso; que si así fuera,
no parara hombre en la tierra, y no estuviera tan poblada como estaba, y porque
los señores no comían hombres sino de los sacrificados, y los sacrificados, por
maravi-lla eran personas libres, sino esclavos y presos en guerra. Crueles
carnice-ros eran, y mataban entre año muchos hombres y mujeres y algunos niños;
empero no tantos como dicen, y los que eran después los contaremos por días y
cabezas.
Todas estas rentas traían a México a cuestas los
que no podían en bar-cas, a lo menos las que menester eran para mantener la
casa de Moteczuma. Las demás gastaban con soldados o trocábanse a oro, plata,
piedras, joyas y otras cosas ricas, que los reyes estiman y guardan en sus
recámaras y teso-ros. En México había trojes, graneros, y, como dije, casas en
que encerrar el pan, y un mayordomo mayor con otros menores, que lo recibían y
gasta-ban por concierto y cuenta en libros de pintura; y en cada pueblo estaba
su cogedor, que eran como alguaciles, y traían varas y ventalles en las manos;
los cuales acudían, y daban cuenta con paga de la cogida y gente, por pa-drón
que tenían del lugar y provincia de su partido, a los de México. Si erraban o
engañaban, morían por ello, y aun penaban a los de su linaje, como parientes de
traidor al rey. A los labradores, cuando no pagan, pren-den; y si están pobres
por enfermedades, espéranlos; si por holgazanes, aprémianlos. En fin, si no
cumplen y pagan a ciertos plazos que les dan, pueden a los unos y a los otros
tomar por esclavos y venderlos para la deu-da y tributos, o sacrificarlos.
También tenía muchas provincias que le tributaban
cierta cantidad y reconocían en algunas cosas de mayoría; pero esto más era
honra que pro-
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vecho. De suerte pues que por esta vía tenía
Moteczuma, y aún le sobraba, para mantener su casa y gente de guerra, y para
tener tanta riqueza y apara-to, tanta corte y servicio; y más, que de todo esto
no gastaba nada en labrar cuantas casas quería, porque ya de gran tiempo están
diputados muchos pueblos allí cerca, que no pechan ni contribuyen en otra cosa
más de en ha-cerle casas, repararlas y tenerlas siempre en pie a costa suya
propia; que po-nían su trabajo, pagaban los oficiales y traían a cuestas o arrastrando
el can-to, la cal, la madera y agua y todos los otros materiales necesarios a
las obras. Y ni más ni menos proveían, y muy abastadamente, de cuanta leña se
que-maba en las cocinas, cámaras y braseros de palacio, que eran muchos, y
ha-bían menester, a lo que cuentan, quinientas cargas de tamemes, que son mil
arrobas; y muchos días de invierno, aunque no es recio, muchas más. Y para los
braseros y chimeneas del rey traían cortezas de encina y otros árboles, porque
era mejor fuego, o por diferenciar la lumbre, que son grandes adu-ladores, o
porque más fatiga pasasen.
Tenía Moteczuma cien ciudades grandes con sus
provincias, de las cua-les llevaba las rentas, tributos, parias y vasallaje que
dije, y donde tenía fuer-zas, guarnición y tesoreros del servicio y pechos, a
que eran obligadas. Ex-tendíase su señorío y mando de la Mar del Norte a la del
Sur, y doscientas leguas por la tierra adentro; bien es verdad que había en
medio algunas pro-vincias y grandes pueblos, como Tlaxcallan, Mechuacán,
Pánuco, Tecoan-tepec, que eran sus enemigos, y no le pagaban pecho ni servicio;
mas valíale mucho el rescate y trueque que había con ellos cuando quería. Había
asi-mismo otros muchos señores y reyes como los de Tezcuco y Tlacopan, que no
le debían nada, sino la obediencia y homenaje; los cuales eran de su mis-mo
linaje, y con quien casaban los reyes de México sus hijas.
CAPÍTULO LXXVIII
DE MÉXICO A TENUCHTITLÁN
Era México cuando Cortés entró, pueblo de sesenta
mil casas. Las del rey y de los señores y cortesanos son grandes y buenas. Las
de los otros chicas y ruines, sin puertas, sin ventanas; mas por pequeñas que
son, pocas veces dejan de tener dos, tres y diez moradores; y así, hay en ella
infinitísima gente.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
148
Todo el cuerpo de la ciudad está en agua. Tiene
tres maneras de calles an-chas y gentiles. Las unas son de agua sola, con
muchísimas puentes; las otras de sola tierra, y las otras de tierra y agua,
digo, la mitad de tierra, por donde andan los hombres a pie, y la mitad agua,
por do andan los barcos. Las calles de agua, de suyo son limpias; las de tierra
barren a menudo.
Casi todas las casas tienen dos puertas, una sobre
la calzada y otra sobre el agua, por donde se mandan con las barcas; y aunque
está sobre agua edi-ficada, no se aprovecha de ella para beber, sino que traen
una fuente desde Chapultepec, que está una legua de allí, de una serrezuela, al
pie de la cual están dos estatuas de bulto entalladas en la peña, con sus
rodelas y lanzas, de Moteczuma y Axayaca, su padre, según dicen. Tráenla por
dos caños tan gordos como un buey cada uno. Cuando está el uno sucio, échanla
por el otro hasta que se ensucia. De esta fuente se bastece la ciudad y se
proveen los estanques y fuentes que hay por muchas casas, y en canoas van
vendien-do de aquella agua, de que pagan ciertos derechos.
Está la ciudad repartida en dos barrios: al uno
llaman Tlatelulco, que quiere decir isleta; y al otro México, donde mora
Moteczuma, que quiere decir manadero, y es el más principal, por ser mayor
barrio y morar en él los reyes: se quedó la ciudad con este nombre, aunque su
propio y antiguo nombre es Tenuchtitlán, que significa fruta de piedra, porque
está com-puesto de tetl, que es piedra, y de nuchtli, que es la fruta que en
Cuba y Haití llaman tunas. El árbol, o más propiamente cardo, que lleva esta fruta
nucht-li se llama entre los indios de Culúa, mexicanos, nopal; el cual es casi
todo hojas algo redondas, un palmo anchas, un pie largas, un dedo gordas y dos,
o más o menos, según donde nacen. Tiene muchas espinas dañosas y enco-nadas. El
color de la hoja es verde, el de la espina pardo. Plántase, y va cre-ciendo de
una hoja en otra, y engordando tanto por el pie que viene a ser como árbol. Y
no solamente produce una hoja a otra por la punta, mas echa también otras por
los lados; mas pues acá los hay, no hay qué decir.
En algunas partes, como de los teuchichimecas,
donde es tierra estéril y falta de aguas, beben el zumo de estas hojas de
nopal. La fruta nuchtli es a manera de higos, que así tiene los granillos y el
hollejo delgado. Pero son más largos y coronados, como níspolas. Es de muchos
colores. Hay nuchtli verde por fuera que dentro es escamada, y sabe bien; hay
nuchtli que es ama-
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rilla, otra que es blanca, y otra que llaman
picadilla, por la mezcla que de colores tiene. Buenas son las picadillas,
mejores las amarillas, pero las per-fectas y sabrosas son las blancas, de las
cuales a su tiempo hay muchas. Unas saben a peras, otras a uvas; son muy
frescas; y así, las comen en verano por camino y con calor los españoles, que
se dan más por ellas que los indios. Cuando esta fruta es más cultivada es
mejor; y así, ninguno, si no es muy pobre, come de las que llaman montesinas o
magrillas. Hay también otra suerte de nuchtli, que es colorada, la cual no es
preciada, aunque gustosa. Si algunos la comen, es porque vienen temprano y las
primeras de todas las tunas. No las dejan de comer por ser malas ni desabridas,
sino porque tiñen mucho los dedos y labios y los vestidos, y es muy mala de
quitar la mancha, y sin esto, porque tiñen la orina en tanta manera que parece
pura sangre. Muchos españoles nuevos en la tierra han desmayado por comer de
estos higos colorados, pensando que con la orina se les iba toda la sangre del
cuerpo, en que hacían reír los compañeros. Asimismo han picado muchos médicos
recién llegados de acá, viendo las orinas de quien había comido esta fruta
colorada; porque engañados por el color, y no sabiendo el secre-to, daban remedios
para restañar la sangre del hombre sano, a gran risa de los oyentes y sabedores
de la burla. De aquella fruta nuchtli, y de tetl, que es piedra, se compone el
nombre de Tenuchtitlán, y cuando se comenzó a po-blar fue cerca de una piedra
que estaba dentro de la laguna; de la cual nacía un nopal muy grande, y por eso
tiene México por armas y divisa un pie de nopal nacido entre una piedra, que es
muy conforme al nombre.
También dicen algunos que tuvo esta ciudad nombre
de su primer fun-dador, que fue Tenuch, hijo segundo de Iztacmixcoatl, cuyos
hijos y des-cendientes poblaron, como después diré, esta tierra de Anauac, que
ahora se dice Nueva-España. Tampoco falta quien piense que se dijo de la grana,
que llaman nuchiztli, la cual sale del mismo cardón nopal y fruta nuchtli, de
que toma el nombre. Los españoles la llaman carmesí por ser color muy su-bido,
y es de mucho precio. Como quiera pues que ello fue, es cierto que el lugar y
sitio se llama Tenuchtitlán, y el natural y vecino tenuchca. México, según ya
dije arriba, no es toda la ciudad, sino la media y un barrio, aunque bien
suelen decir los indios México Tenuchtitlán todo junto. Y creo que lo intitulan
así en las provisiones reales. Quiere México decir manadero o
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
150
fuente, según la propiedad del vocablo y lengua; y
así, dicen que hay alrede-dor de él muchas fuentecillas y ojos de agua, de
donde le nombraron los que primero poblaron allí. También afirman otros que se
llama México de los primeros fundadores, que se dijeron mexiti; que aún ahora
se nombran mexica los de aquel barrio y población; los cuales mexiti tomaron
nombre de su principal dios e ídolo, dicho Mexitli, que es el mismo que
Uitcilopu-chtli. Primero que se poblase este barrio México, estaba ya poblado
el de Tlatelulco, que por comenzarlo en una parte alta y enjuta de la laguna le
lla-maron así, que quiere decir isleta, y viene de tlatelli, que es isla.
Está México Tenuchtitlán todo cercado de agua
dulce, como está en la laguna. No tiene más de tres entradas por tres calzadas:
la una viene de po-niente trecho de media legua, la otra del norte por espacio
de una legua. Hacia levante no hay calzada, sino barcas para entrar. Al
mediodía está la otra calzada dos leguas larga, por la cual entraron Cortés y
sus compañeros, según ya dije. La laguna en que está México asentada, aunque
parece toda una, es dos, y muy diferente una de otra; porque la una es de agua
salitral, amarga, pestífera, y que no consiente ninguna suerte de peces, y la
otra de agua dulce y buena, y que cría peces, aunque pequeños. La salada crece
y mengua; mas según el aire que corre, corre ella. La dulce está más alta; y
así, cae la agua buena en la mala, y no al revés, como algunos pensaron, por
seis o siete ojos bien grandes que tiene la calzada, que las ataja por medio,
sobre los cuales hay puentes de madera muy gentiles. Tiene cinco leguas de
ancho la laguna salada, y ocho o diez de largo, y más de quince de ruedo. Otro
tan-to tendrá la dulce en cada cosa; y así, bojará toda la laguna más de
treinta le-guas, y tendrá dentro y a la orilla más de cincuenta pueblos, y
muchos de ellos de a cinco mil casas, algunos de diez mil, y pueblo, que es Tezcuco,
tan grande como México. La agua que se recoge a esto hondo que llaman lagu-na,
viene de una corona de sierras que están a vista de la ciudad y a la redon-da
de la laguna, la cual para en tierra salitral, y por eso es salada; que el
suelo y sitio lo causan, y no otra cosa, como piensan muchos. Hácese en ella
mu-cha sal, de que hay gran trato.
Andan en estas lagunas doscientas mil barquillas,
que los naturales lla-man acalles, que quiere decir casas de agua; atl es agua,
y calli casa, de que está el vocablo compuesto. Los españoles las dicen canoas,
avezados a la
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lengua de Cuba y Santo Domingo. Son a manera de
artesa, y de una pieza hechas, grandes o chicas, según el tronco del árbol.
Antes me acorto que alargo en el número de estas acalles para según lo que
otros dicen, que en sólo México hay ordinariamente cincuenta mil de ellas para
acarrear basti-mentos y portear gente; y así, las calles están cubiertas de
ellas, y muy gran trecho alrededor de la ciudad, especial[mente en] día de
mercado.
CAPÍTULO LXXIX
LOS MERCADOS DE MÉXICO
Llaman tianquiztli al mercado. Cada barrio y
parroquia tiene su plaza para contratar el mercado. Mas México y Tlatelulco,
que son los mayores, las tie-nen grandísimas. Especial lo es una de ellas,
donde se hace mercado los más días de la semana, pero de cinco en cinco días es
lo ordinario, y creo que la orden y costumbre de todo el reino y tierras de
Moteczuma. La plaza es an-cha, larga, cercada de portales, y tal, en fin, que
caben en ella sesenta y aun cien mil personas, que andan vendiendo y comprando;
porque como es la cabeza de toda la tierra, acuden allí de toda la comarca, y
aun lejos. Y más todos los pueblos de la laguna, a cuya causa hay siempre
tantos barcos y tan-tas personas como digo, y aún más.
Cada oficio y cada mercadería tiene su lugar
señalado, que nadie se lo puede quitar ni ocupar, que no es poca policía; y
porque tanta gente y mer-caderías no caben en la plaza grande, repártenla por
las calles más cerca[nas]; principalmente las cosas engorrosas y de embarazo,
como son piedra, madera, cal, ladrillos, adobes y toda cosa para edificio,
tosca y labra-da. Esteras finas, groseras y de muchas maneras; carbón, leña y
hornija; loza y toda suerte de barro pintado, vidriado y muy lindo, de que hacen
todo gé-nero de vasijas, desde tinajas hasta saleros; cueros de venados, crudos
y cur-tidos, con su pelo y sin él, y de muchos colores teñidos, para zapatos,
bro-queles, rodelas, cueras, aforros de armas de palo. Y con esto tenían cueros
de otros animales, y aves con su pluma, adobados y llenos de yerba, unas
grandes, otras chicas; cosa para mirar, por los colores y extrañeza.
La más rica mercadería es sal y mantas de algodón,
blancas, negras y de todos colores, unas grandes, otras pequeñas; unas para
dama, otras para
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
152
capa, otras para colgar, para bragas, camisas,
tocas, manteles, pañizuelos y otras muchas cosas. También hay mantas de hoja de
metl y de palma y de pelo de conejos, que son buenas, preciadas y calientes;
pero mejores son las de pluma. Venden hilado de pelos de conejo, telas de
algodón, hilaza y ma-dejas blancas y teñidas. La cosa más de ver es la
volatería que viene al merca-do, que allende que de estas aves comen la carne,
visten la pluma y cazan a otras con ellas, son tantas, que no tienen número, y
de tantas raleas y colores que no lo sé decir; mansas, bravas, de rapiña, de
aire, de agua, de tierra. Lo más lindo de la plaza es las obras de oro y pluma,
de que contrahacen cual-quier cosa y color; son los indios tan oficiales de
esto, que hacen de pluma una mariposa, un animal, un árbol, una rosa, las
flores, las yerbas y peñas tan al propio, que parece lo mismo que o está vivo o
está natural. Y acontéceles no comer en todo un día, poniendo, quitando y
asentando la pluma y miran-do a una parte y a otra, al sol, a la sombra, a la
vislumbre, por ver si dice mejor a pelo o contrapelo o al través, de la haz o
del envés; y en fin, no la dejan de las manos hasta ponerla en toda perfección.
Tanto sufrimiento pocas naciones le tienen, mayormente donde hay cólera, como
en la nuestra.
El oficio más primo y artificioso es platero; y
así, sacan al mercado cosas bien labradas con piedra y fundidas con fuego. Un
plato ochavado, el un cuarto de oro, y el otro de plata, no soldado, sino
fundido y en la fundición pegado; una calderica, que sacan con su asa, como acá
una campana, pero suelta; un pez con una escama de plata y otra de oro, aunque
tenga muchas. Vacían un papagayo que se le ande la lengua, que se le menee la
cabeza y las alas. Funden una mona que juegue pies y cabeza y tenga en las manos
un huso, que parezca que hila, o una manzana, que parezca que come. Esto
tuvieron a mucho nuestros españoles, y los plateros de acá no alcanzan el
primor. Esmaltan asimismo, engastan y labran esmeraldas, turquesas y otras
piedras, y agujeran perlas; pero no tan bien como por acá.
Pues tornando al mercado, hay en él mucha pluma,
que vale mucho; oro, plata, cobre, plomo, latón y estaño, aunque de los tres
metales postre-ros es poco; perlas y piedras, muchas. Mil maneras de conchas y
caracoles pequeños y grandes. Huesos, chinas, esponjas y menudencias otras. Y
cier-to que son muchas y muy diferentes y para reír las bujerías, los melindres
y dijes de estos indios de México. Hay que mirar en las yerbas y raíces, hojas
y
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simientes que se venden, así para comida como para
medicina, que los hom-bres y mujeres y niños conocen mucho en yerbas, porque
con la pobreza y necesidad las buscan para comer y guarecer de sus dolencias,
que poco gas-tan en médicos, aunque los hay, y muchos boticarios, que sacan a
la plaza ungüentos, jarabes, aguas y otras cosillas de enfermos. Casi todos sus
males curan con yerbas; que aun hasta para matar los piojos tienen yerba propia
y conocida. Las cosas que para comer venden no tienen cuento. Pocas cosas vivas
dejan de comer. Culebras sin cola ni cabeza, perrillos que no gañen, castrados
y cebados; topos, lirones, ratones, lombrices, piojos y aun tierra; porque con
redes de malla muy menuda barren en cierto tiempo del año una cosa molida que
se cría sobre la agua de las lagunas de México, y se cua-ja, que ni es yerba ni
tierra, sino como cieno. Hay de ello mucho y cogen mu-cho; y en eras, como
quien hace sal, los vacían, y allí se cuaja y seca. Hácenlo tortas como
ladrillos, y no sólo las venden en el mercado, mas llévanlas tam-bién a otros
fuera de la ciudad y lejos. Comen esto como nosotros el queso, y así tiene un
saborcillo de sal, que con chilmolli es sabroso. Y dicen que a este cebo vienen
tantas aves a la laguna, que muchas veces por invierno la cubren por algunas
partes.
Venden venados enteros y a cuartos; gamos, liebres,
conejos, tuzas, que son menores que no ellos; perros, y otros que gañen como
ellos y que lla-man cuzatli. En fin, muchos animales de estos así, que crían y
cazan. Hay tanto bodegón y casillas de mal cocinado, que espanta dónde se hunde
y gasta tanta comida guisada y por guisar como había en ellas. Carne y pesca-do
asado, cocido en pan, pasteles, tortillas de huevos de diferentísimas aves. No
hay número en el mucho pan cocido y en grano y espiga que se vende, juntamente
con habas, frijoles y otras muchas legumbres. No se pueden contar las muchas y
diferentes frutas de las nuestras que aquí se venden cada mercado, verdes y
secas. Pero la más principal y que sirve de moneda son unas como almendras, que
ellos llaman cacauatl, y los nuestros cacao, como en las islas [de] Cuba y
Haití. No es de olvidar la mucha cantidad y diferencias que venden de colores
que acá tenemos, y de otros muchos y buenos que carecemos, y ellos hacen de
hojas de rosas, flores, frutas, raíces, cortezas, piedras, madera y otras cosas
que no se pueden tener en la memo-ria. Hay miel de abejas, de centli, que es su
trigo, de metl y otros árboles y
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154
cosas, que vale más que arrope. Hay aceite de chian
simiente que unos la comparan a mostaza, y otros a zaragatona, con que untan
las pinturas por-que no las dañe el agua. También lo hacen de otras cosas.
Guisan con él y untan, aunque más usan manteca, sain y sebo. Las muchas maneras
que de vino hacen y venden, en otro cabo se dirán.
No acabaría si hubiese de contar todas las cosas
que tienen para ven-der, y los oficiales que hay en el mercado, como son
estuferos, barberos, cuchilleros y otros, que muchos piensan que no los había
entre estos hom-bres de nueva manera. Todas estas cosas que digo, y muchas que
no sé, y otras que callo, se venden en cada mercado de estos de México. Los que
venden, pagan algo del asiento al rey, o por alcabala o porque los guarden de
ladrones; y así, andan siempre por la plaza y entre la gente unos como alguaciles.
Y en una casa que todos los ven, están doce hombres ancianos, como en
judicatura, librando pleitos. La venta y compra es trocando una cosa por otra;
ésta da un gallipavo por un haz de maíz; el otro da mantas por sal o dinero,
que es almendras de cacauatl, y que corre por tal por toda la tierra; y de esta
guisa pasa la baratería. Tienen cuenta, porque por una manta o gallina dan
tantos cacaos. Tienen medida de cuerda para cosas como centli y pluma, y de
barro para otras como miel y vino. Si las falsan, penan al falsario y quiebran
las medidas.
CAPÍTULO LXXX
EL TEMPLO DE MÉXICO
Al templo llaman teucalli, que quiere decir casa de
Dios, y está compuesto de teutl, que es Dios, y de calli, que es casa; vocablo
harto propio, si fuera Dios verdadero. Los españoles que no saben esta lengua
llaman cúes a los templos, y a Uitcilopuchtli Uchilobos. Muchos templos hay en
México, por sus parroquias y barrios, con torres, en que hay capillas con
altares, donde están los ídolos e imágenes de sus dioses; las cuales sirven de
enterramien-tos para los señores cuyas son, que los demás en el suelo se
entierran alrede-dor y en los patios. Todos son de una hechura, o casi; y por
tanto, con decir del mayor bastará para entenderse; y así como es general en
toda esta tierra, así es nueva manera de templos, y creo que ni vista ni oída
sino aquí.
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Tiene este templo su sitio cuadrado. De esquina a
esquina hay un tiro de ballesta. La cerca de piedra con cuatro puertas, que
responden a las ca-lles principales que vienen por las tres calzadas que dije,
y por otra parte de la ciudad que no tiene calzada, sino muy buena calle. En
medio de este espa-cio está una cepa de tierra y piedra maciza, esquinada como
el patio, ancha de un cantón a otro cincuenta brazas. Como sale de tierra y
comienza a cre-cer el montón, tiene unos grandes relejes. Cuanto más la obra
crece, tanto más se estrecha la cepa y disminuyen los relejes; de manera que
parece pirá-mide como las de Egipto, sino que no se remata en punta, sino en
llano y en cuadro de hasta ocho o diez brazas. Por la parte de hacia poniente
no lleva relejes, sino gradas para subir arriba a lo alto, que cada una de
ellas alza la subida un buen palmo. Y eran todas ellas ciento trece o ciento
catorce gra-das, que como eran muchas y altas y de gentil piedra, parecía muy
bien. Y era cosa de mirar ver subir y bajar por allí los sacerdotes con alguna
ceremo-nia o con algún hombre para sacrificar.
En aquello alto hay dos muy grandes altares,
desviados uno de otro, y tan juntos a la orilla y borde de la pared, que no
quedaba más espacio de cuanto un hombre pudiese holgadamente andar por detrás.
El uno de es-tos altares está a la mano derecha, y el otro a la izquierda. No
eran más al-tos que cinco palmos. Cada uno de ellos tenía sus paredes de piedra
por sí pintadas de cosas feas y monstruosas. Y su capilla muy linda y bien
labra-da de masonería de madera. Y tenía cada capilla tres sobrados, uno enci-ma
de otro, y cada cual bien alto y hecho de artesones; a cuya causa se em-pinaba
mucho el edificio sobre la pirámide, y quedaba hecha una muy grande torre y muy
vistosa, que se parecía de muy lejos. Y de ella se miraba y contemplaba muy a
placer toda la ciudad y laguna con sus pueblos, que era la mejor y más hermosa
vista del mundo. Y por que la viesen Cortés y los otros españoles, los subió
arriba Moteczuma cuando les mostró el templo. Del remate de las gradas hasta
los altares quedaba una placeta, que hacía anchura harta a los sacerdotes para
celebrar los oficios muy a placer y sin embarazo.
Todo el pueblo miraba y oraba hacia do sale el sol,
que por eso hacen sus templos mayores así. Y en cada altar de aquellos dos
había un ídolo muy grande. Sin esta torre que se hace con las capillas sobre la
pirámide,
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
156
había otras cuarenta o más torres pequeñas y
grandes en otros teucallis chicos, que están en el mismo circuito del mayor;
los cuales, aunque eran de la misma hechura, no miran al oriente, sino a otras
partes del cielo, por diferenciar al templo mayor. Unos eran mayores que otros,
y cada uno de diferente dios. Y entre ellos había uno redondo, dedicado al dios
del aire, dicho Quezalcouatl; porque así como el aire anda alrededor del cielo,
así le hacían el templo redondo; la entrada del cual era por una puerta hecha
como boca de serpiente, y pintada endiabladamente. Tenía los colmillos y
dientes de bulto relevados, que asombraba a los que allá entraban, en es-pecial
a los cristianos, que se les representaba el infierno en verla delante. Otros
teucallis o cúes había en la ciudad, que tenían las gradas y subida por tres
partes, y algunos que tenían otros pequeños en cada esquina. Todos estos
templos tenían casas por sí, con todo servicio, y sacerdotes aparte, y
particulares dioses.
A cada puerta de las cuatro del patio del templo
mayor hay una sala grande con sus buenos aposentos alrededor, altos y bajos.
Estaban llenos de armas, porque eran casas públicas y comunes; que las
fortalezas y fuer-zas de cada pueblo son los templos, y por eso tienen en ellos
la munición y almacén. Había otras tres salas a la par con sus azoteas encima,
altas, gran-des, las paredes de piedras pintadas, el teguillo de madera e
imaginería, con muchas capillas o cámaras de muy chicas puertas y oscuras allá
den-tro, donde están infinitísimos ídolos grandes y pequeños, y de muchos
metales y materiales. Están todos bañados en sangre y negros, de como los untan
y rocían con ella cuando sacrifican algún hombre. Y aun las pare-des tienen una
costra de sangre dos dedos en alto, y los suelos un palmo. Hieden
pestilencialmente, y con todo esto entran en ellas cada día los sa-cerdotes; y
no dejan entrar allá sino a grandes personas, y aun han de ofre-cer algún
hombre que maten allí. Para lavarse los sayones y ministros del demonio de la
sangre de los sacrificios, y para regar y para servicio de las cocinas y
gallinas, hay un gran estanque, el cual se hinche de un caño que viene de la
fuente principal que beben.
Todo lo demás del sitio grande y cuadrado, que está
vacío y descubier-to, es corrales para criar aves, y jardines de yerbas,
árboles olorosos, rosales y flores para los altares. Tal y tan grande y tan
extraño templo como dicho es
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era éste de México, que para sus falsos dioses
tenían los engañados hom-bres. Residen en él a la continua cinco mil personas,
y todas duermen den-tro, y comen a su costa de él, que es riquísimo; porque
tiene muchos pue-blos para su fábrica y reparos, que son obligados a tenerlo
siempre en pie; y que de consejo, cogen y mantienen toda esta gente de pan y
frutas y de carne y pescado, y de leña cuanta es menester, y es menester mucha
y harta más que en palacio. Y aun con toda esta carga, vivían más descansados,
y en fin, como vasallos de los dioses, según ellos decían.
Moteczuma llevó a Cortés a este templo para que los
españoles lo vie-sen, y por mostrarles su religión y santidad, de la cual
hablaremos en otra parte muy largo, que es la más extraña y cruel que jamás
oísteis.
CAPÍTULO LXXXI
DE LOS ÍDOLOS DE MÉXICO
Los dioses de México eran dos mil, a lo que dicen.
Pero los principalísimos se llaman Uitcilopuchtli y Tezcatlipuca; cuyos ídolos
estaban en lo alto del teucalli sobre los dos altares. Eran de piedra, y del
gordor, altura y tamaño de gigante. Estaban cubiertos de nácar, y encima muchas
perlas, piedras y piezas de oro engastadas con engrudo de zacotl, y aves,
sierpes, animales, peces y flores, hechas a lo mosaico, de turquesas,
esmeraldas, calcedonias, amatistas y otras piedrecicas finas que hacían gentiles
labores, descubrien-do el nácar. Tenían por cinta sendas culebras de oro
gordas, y por collares cada diez corazones de hombres de oro, y sendas máscaras
de oro con ojos de espejo, y al colodrillo gestos de muerto; todo lo cual tenía
sus considera-ciones y entendimiento. Ambos eran hermanos: Tezcatlipuca, dios
de la providencia, y Uitcilopuchtli, de la guerra, que era más adorado y tenido
que todos los otros.
Otro ídolo grandísimo estaba sobre la capilla de
aquellos ídolos susodi-chos, que, según algunos dicen, era el mayor y mejor de
sus dioses, y era he-cho de cuantos géneros de semillas se hallan en la tierra,
y que se comen y aprovechan de algo, molidas y amasadas con sangre de niños
inocentes y de niñas vírgenes sacrificadas, y abiertas por los pechos para
ofrecer los cora-zones por primicia al ídolo. Consagrábanlo con grandísima
pompa y cere-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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monias los sacerdotes y ministros del templo. Toda
la ciudad y tierra se ha-llaba presente a la consagración, con regocijo y
devoción increíble, y mu-chas personas devotas llegaban a tocar el ídolo
después de bendecido con la mano, y a meter en la masa piedras preciosas,
tejuelos de oro y otras joyas y arreos de sus cuerpos. Después de esto ningún
seglar podía, ni aun le deja-ban tocar, ni entrar a su capilla, ni tampoco los
religiosos, si no eran tlama-caztli, que es sacerdote. Renovábanlo de tiempo a
tiempo, y desmenuzaban el viejo; y beato el que podía haber un pedazo de él
para reliquias y devocio-nes, especial soldados. También bendecían entonces,
juntamente con el ídolo, cierta vasija de agua con otras muchas ceremonias y
palabras y guar-dábanla al pie del altar muy religiosamente para consagrar al
rey cuando se coronaba, y para bendecir al capitán general cuando elegían para
alguna guerra, dándole a beber de ella.
CAPÍTULO LXXXII
EL OSARIO QUE LOS MEXICANOS TENÍAN
PARA REMEMBRANZA DE LA MUERTE
Fuera del templo y en frente de la puerta
principal, aunque más de un gran-de tiro de piedra, estaba un osar de cabezas
de hombres presos en guerra y sacrificados a cuchillo; el cual era a manera de
teatro, más largo que ancho, de cal y canto, con sus gradas, en que están
engeridas entre piedra y piedra calaveras con los dientes hacia fuera. A la
cabeza y pie del teatro había dos torres hechas solamente de cal y cabezas los
dientes afuera; que como no lle-vaban piedra ni otra materia, a lo menos que se
viese, estaban las paredes extrañas y vistosas. En lo alto del teatro había
setenta o más vigas altas, apar-tadas unas de otras cuatro palmos o cinco, y
llenas de palos cuanto cabían de alto a bajo, dejando cierto espacio entre palo
y palo. Estos palos hacían muchas aspas por las vigas, y cada tercio de aspa o
palo tenía cinco cabezas ensartadas por las sienes. Andrés de Tapia, que me lo
dijo, y Gonzalo de Umbría, las contaron un día, y hallaron ciento treinta y
seis mil calaveras en las vigas y gradas. Las de las torres no pudieron contar.
Cruel costumbre, por ser de cabezas de hombres degollados en sacrificio, aunque
tiene apa-riencia de humanidad por la memoria que pone de la muerte. También
hay
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personas diputadas para que, en cayéndose una
calavera, pongan otra en su lugar, y así nunca faltase aquel número.
CAPÍTULO LXXXIII
PRISIÓN DE MOTECZUMA
Seis días que Fernando Cortés y los españoles
estuvieron mirando la ciudad y los secretos de ella, y cosas notables que dicho
habemos, y otras que des-pués diremos, fueron muy visitados de Moteczuma y de
su corte y caballe-ría, y otras gentes, y muy cumplidamente proveídos, como el
primer día, y ni más ni menos los indios compañeros y los caballos, que les
daban alcacer y yerba fresca, que la hay todo el año; harina, grano, rosas, y
cuanto más sus dueños pedían; y aun les hacían las camas de flores. Mas empero,
aunque eran así regalados y se tenían por muy ufanos con estar en tan rica
tierra, donde podían henchir las manos, no estaban contentos ni alegres todos,
sino algunos con miedo y muy cuidadosos. Especial Cortés, a quien, como a
caudillo y cabeza, tocaba velar y guardar sus compañeros; el cual andaba muy
pensativo, viendo el sitio, gente y grandeza de México y algunas con-gojas de
muchos españoles que le venían con nuevas de la fortaleza y red en que metidos
estaban, pareciéndoles ser imposible escapar hombre de ellos el día que
Moteczuma se le antojase, o se revolviese la ciudad, con no más tirarles cada
vecino su piedra, o rompiendo las puentes de la calzada, o no dándoles de
comer; cosas harto fáciles para los indios.
Así que, pues con el cuidado que tenía de guardar
sus españoles, de re-mediar aquellos peligros y atajar inconvenientes para sus
deseos, acordó prender a Moteczuma y hacer cuatro fustas, para sojuzgar la
laguna y bar-cas, si algo fuese, como ya traía pensado, a lo que yo creo, antes
de entrar, considerando que los hombres en agua son como peces en tierra, y que
sin prender al rey no tomarían el reino, y bien quisiera hacer luego las
fustas, que era fácil cosa; mas por no alargar la prisión, que era lo principal
y el to-que del negocio todo, las dejó para después; y determinó, sin dar parte
a nadie, prenderlo luego. La ocasión o achaque que para ello tuvo fue la muerte
de nueve españoles que Cualpopoca mató, y la osadía, haber escrito al emperador
que lo prendería, y querer apoderarse de México y de su im-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
160
perio. Tomó pues las cartas de Pedro de Hircio, que
contaban la culpa de Cualpopoca en la muerte de los nueve españoles, para las
mostrar a Motec-zuma. Leyolas, y metióselas en la faltriquera, y paseose un
gran rato solo, y cuidadoso de aquel gran hecho que emprendía, y que aun a él
mismo le pa-recía temerario, pero necesario para su intento.
Andando así paseando, vio una pared de la sala más
blanca que las otras; llegose a ella, y conoció que estaba recién encalada, y
que era una puerta de poco tiempo con piedra y cal cerrada. Llamó dos criados,
que los demás ya, como era gran noche, dormían. Hízola abrir, entró, halló
muchas cámaras, y en algunas mucha cantidad de ídolos, plumajes, joyas,
piedras, plata, y tanto oro que lo espantó, y tantas gentilezas que se
maravilló. Cerró la puerta lo mejor que pudo, y fuese sin tocar a cosa ninguna
de todo ello, por no escandalizar a Moteczuma, no se estorbase por eso su
prisión, y por-que aquello en casa se estaba.
Otro día por la mañana vinieron a él ciertos
españoles, con muchos in-dios de Tlaxcallan, a decirle cómo los de la ciudad
tramaban de los matar, y querían quebrar las puentes de las calzadas para mejor
hacerlo. Así que con estas nuevas, falsas o verdaderas, deja para recaudo y
guarda de su aposento la mitad de los españoles, pone por las encrucijadas de
las calles muchos otros, y a los demás dice que de dos en dos, y tres a cuatro,
o como mejor les pareciere, se vayan a palacio muy disimuladamente, que requiere
hablar a Moteczuma sobre cosas que les va las vidas.
Ellos lo hicieron así, y él fuese derecho a
Moteczuma con armas secre-tas, que así iban los que las tenían. Moteczuma lo
salió a recibir, y metiolo en una sala donde tenía su estrado. Entraron con él
allá hasta treinta espa-ñoles; los demás quedaron a la puerta y en el patio.
Saludole Cortés según acostumbraba, y luego comenzó a burlar y tener palacio,
como otras veces solía. Moteczuma, que muy descuidado, y sin pensamiento de lo
que fortu-na ordenado tenía, estaba, y muy alegre y contento de aquella conversa-ción,
dio a Cortés muchas joyas de oro y una hija suya, y otras hijas de seño-res
para otros españoles. Él las tomó por no descontentarle, que le fuera afrenta a
Moteczuma si no lo hiciera así; mas díjole que era casado y no la podía tomar
por mujer; porque su ley de cristianos no permitía que nadie tuviese más de una
mujer, so pena de infamia y señal en la frente por ello.
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Después de todo esto, mostrole las cartas de Pedro
de Hircio, que llevaba, e hízoselas declarar, quejándose de Cualpopoca, que
había muerto tantos españoles, y de él mismo, que lo había mandado, y de que
los suyos publica-sen que querían matar los españoles y romper las puentes.
Moteczuma se disculpó de lo uno y de lo otro, diciendo que era mentira lo de
sus vasallos, y falsedad muy grande que aquel malo de Cualpopoca le levantaba;
y por-que viese que era así, llamó luego a la hora, con la saña que tenía, ciertos
criados suyos, mandoles que fuesen a llamar a Cualpopoca, y dioles una piedra,
como sello, que traía al brazo y que tenía la figura de Uitcilopuchtli. Los
mensajeros se partieron luego al momento, y Cortés le dijo: “Mi señor, conviene
que vuestra alteza se vaya conmigo a mi aposento, y esté allá hasta que los
mensajeros tornen y traigan a Cualpopoca y la claridad de la muerte de mis
españoles; que allá seréis tratado y servido y mandaréis como aquí. No tengáis
pena; que yo miraré por vuestra honra y persona como por la propia mía o por la
de mi rey; y perdonadme que lo haga así, que no puedo hacer otra cosa, que si
disimulase con vos, estos que conmigo vienen se enojarían de mí, que no los
amparo y defiendo. Así que mandad a los vues-tros que no se alteren ni
rebullan, y sabed que cualquiera mal que nos vinie-re lo pagará vuestra persona
con la vida, pues está en vuestra boca ir callan-do y sin alborotar la gente”.
Mucho se turbó Moteczuma, y dijo con toda gravedad:
“No es persona la mía para estar presa, y ya que lo quisiese yo, no lo
sufrirían los míos”. Cortés replicó, y él también, y así estuvieron ambos más
de cuatro horas so-bre esto, y al cabo dijo que iría, pues había de mandar y
gobernar. Mandó que le aderezasen muy bien un cuarto en el patio y casa de los
españoles, y fuese allá con Cortés. Vinieron muchos señores, quitáronse las
ropas, pu-siéronlas so el brazo, y descalzos y llorando lo llevaron en unas ricas
andas. Como se dijo por la ciudad que el rey iba preso en poder de los
españoles, comenzose de alborotar toda. Mas él consoló a los que lloraban, y
mandó a los otros cesar, diciendo que no estaba preso ni contra su voluntad,
sino muy a su placer.
Cortés le puso guarda española con un capitán, que
la quitaba y ponía cada día, y nunca faltaban de con él españoles que lo
entretenían y regocija-ban, y él se holgaba mucho de aquella conversación, y
les daba siempre algo.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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Era servido allí, como en palacio, de los suyos
mismos, y de los españoles también, que no veían placer que no le diesen, ni
Cortés regalo que no le hiciese, suplicándole de continuo no tuviese pena, y
dejándole librar plei-tos, despachar negocios y entender en la gobernación de
sus reinos como antes, y hablar pública y secretamente con todos cuantos
querían de los su-yos; que era cebo con que picasen en el anzuelo él y todos
sus indios. Nunca griego ni romano ni de otra nación, después que hay reyes, hizo
cosa igual que Fernando Cortés en prender a Moteczuma, rey poderosísimo, en su
propia casa, en lugar fortísimo, entre infinidad de gente, no teniendo sino
cuatrocientos y cincuenta compañeros.
CAPÍTULO LXXXIV
LA CASA DE MOTECZUMA
No sólo tenía Moteczuma toda la libertad que digo,
estando así preso en casa y poder de los españoles, mas también le dejaba
Cortés salir siempre a caza o al templo, que era hombre devotísimo y cazador.
Cuando salía a ca-zar, iba en andas a hombros de hombres; llevaba ocho o diez
españoles en guarda de la persona, y tres mil mexicanos entre señores,
caballeros, cria-dos y cazadores, de que tenían grandísimo número; unos para
montear, otros para ojeos, otros para altanería. Los monteros esperaban liebres,
co-nejos y guanas; tiraban a venados, corzos, lobos, zorros y otros animales,
así como coyutles, con arcos, de que diestros son y certeros, especial si eran
teuchichimecas, que tienen pena errando el tiro de ochenta pasos abajo. Cuando
mandaba cazar a ojeo, era maravilla de ver la gente que se juntaba para ello, y
la caza y matanza que a manos, palos, redes y arcos hacían de animales mansos,
bravos y espantosos, como leones, tigres, y unas como onzas, que semejan gatos.
Mucho es tomar un león, así por ser peligrosa presa y tener pocas armas y
defensa los que lo hacen, aunque más vale maña que fuerza; empero mucho más es
tomar las aves que van volando por el aire, a ojeo, como hacen los cazadores de
Moteczuma; los cuales tienen tal arte y destreza, que toman cualquiera ave, por
brava y voladora que sea, en el aire, si el señor lo manda, según aconteció un
día de estos, que estando con Moteczuma los españoles que lo guardaban, en un
corredor, vieron un
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gavilán, y dijo uno de ellos: “¡Oh qué buen
gavilán! ¡Quién lo tuviese!”. Entonces llamó ciertos criados, que decían ser
cazadores mayores, y man-doles que siguiesen aquel gavilán y se lo trajesen.
Ellos fueron, y pusieron tanta diligencia y maña, que se lo trujeron, y él lo
dio a los españoles; cosa que sobra de crédito, mas certificada de muchos por
palabras y escrituras. Locura fuera de un tal rey como era Moteczuma, mandar
tal cosa, y nece-dad de los otros obedecerle, si no lo pudieran o supieran hacer;
si ya no de-cimos que lo hizo por demostración de grandeza y vanagloria, y los
cazado-res mostrasen otro gavilán bravo, y jurasen ser aquel mismo que tomarles
mandara. Si ello es verdad, como afirman, antes loaría yo a quien lo tomó que
no al que lo mandó.
El mayor pasatiempo de estas salidas era la caza de
altanería, que hacían de garzas, milanos, cuervos, picazas y otras aves, recias
y flojas, grandes y chicas, con águilas, buitres y otras aves de rapiña, suyas
y nuestras, que vola-ban a las nubes, y algunas que mataban liebres y lobos, y
como dicen, cier-vos. Otros andaban a volatería con redes, losas, lazos,
señuelos y otros inge-nios, y Moteczuma tiraba bien con arco a fieras, y con
cerbatana, de que era muy gran tirador y certero, a pájaros.
Las casas a do iba eran de placer, y los bosques
que dije, y fuera de la ciudad dos leguas por lo menos; y aunque algunas veces
hacía fiesta y ban-quete allá a los españoles y señores que con él iban, nunca
dejaba de tornar la noche a dormir a casa de Cortés, ni de dar algo a los
españoles que le ha-bían acompañado aquel día; y como Cortés viese con cuánta
franqueza y alegría hacía mercedes, díjole que los españoles eran traviesos, y
habían es-cudriñado la casa, y tomado cierto oro y otras cosas que hallaron en
unas cámaras; que viese lo que mandaba hacer de ello; y era lo que él
descubrió. Él dijo liberalmente: “Eso es de los dioses de la ciudad; mas dejad
las plu-mas y cosas que no son de oro ni plata, y lo otro tomadlo para vos y
para ellos; y si más queréis, más os daré”.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
164
CAPÍTULO LXXXV
CÓMO CORTÉS COMENZÓ A DERROCAR
LOS ÍDOLOS DE MÉXICO
Cuando Moteczuma iba al templo, era las más veces a
pie, arrimado a uno, o entre dos, que lo llevaban de los brazos, y un señor
delante con tres varas en la mano, delgadas y altas, como que mostraban ir allí
la persona del rey, o en señal de justicia y castigo. Si iba en andas, tomaba
una de aquellas varas en su mano en bajando de ellas; y si a pie, creo que la
llevaba siempre, como cetro. Era muy ceremonioso en todas sus cosas y servicio;
pero lo más sus-tancial ya está dicho desde que Cortés entró en México hasta
aquí. Los pri-meros días que los españoles llegaron, y siempre que Moteczuma
iba al templo, mataban hombres en sacrificio, y porque no hiciesen tal crueldad
y pecado en presencia de españoles que tenían de ir allá con él, avisó Cortés a
Moteczuma que mandase a los sacerdotes no sacrificasen cuerpo humano, si quería
que no le asolase el templo y la ciudad; y aun le previno cómo que-ría derribar
los ídolos delante de él y de todo el pueblo. Mas él le dijo que no curase de
ello; que se alborotarían y tomarían armas en defensa y guarda de su antigua
religión y dioses buenos, que les daban agua, pan, salud y clari-dad, y todo lo
necesario.
Fueron pues Cortés y los españoles con Moteczuma la
primera vez que después de preso salió al templo; y él por una parte y ellos
por otra, comen-zaron en entrando a derrocar los ídolos de las sillas y altares
en que estaban, por las capillas y cámaras. Moteczuma se turbó reciamente, y se
azoraron los suyos muy mucho, con ánimo de tomar armas y matarlos allí. Mas
empe-ro Moteczuma les mandó estar quedos, y rogó a Cortés que se dejase de
aquel atrevimiento. Él lo dejó, porque le pareció que aún no era sazón ni tenía
el aparejo necesario para salir con lo intentado; pero díjoles así con los
intérpretes.
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CAPÍTULO LXXXVI
LA PLÁTICA QUE HIZO CORTÉS A LOS DE MÉXICO SOBRE
LOS ÍDOLOS
“Todos los hombres del mundo, muy soberano rey, y
nobles caballeros y religiosos, ora vosotros aquí, ora nosotros allá en España,
ora en cualquier parte, que vivan de él, tienen un mismo principio y fin de
vida, y traen su comienzo y linaje de Dios, casi con el mismo Dios. Todos somos
hechos de una manera de cuerpo, de una igualdad de ánima y de sentidos; y así,
todos somos, no sólo semejantes en el cuerpo y alma, más aún también parientes
en sangre; empero acontece, por la providencia de aquel mismo Dios, que unos
nazcan hermosos y otros feos; unos sean sabios y discretos, otros ne-cios, sin
entendimiento, sin juicio ni virtud; por donde es justo, santo y muy conforme a
razón y a voluntad de Dios, que los prudentes y virtuosos enseñen y doctrinen a
los ignorantes, y guíen a los ciegos y que andan erra-dos, y los metan en el
camino de salvación por la vereda de la verdadera re-ligión. Yo pues, y mis
compañeros, vos deseamos y procuramos también tanto bien y mejoría, cuanto más
el parentesco, amistad y el ser vuestros huéspedes; cosas que a quien quiera y
donde quiera, obligan, nos fuerzan y constriñen. En tres cosas, como ya
sabréis, consiste el hombre y su vida: en cuerpo, alma y bienes. De vuestra
hacienda, que es lo menos, ni quere-mos nada, ni hemos tomado sino lo que nos
habéis dado. A vuestras perso-nas ni a las de vuestros hijos ni mujeres, no
habemos tocado, ni aun quere-mos; el alma solamente buscamos para su salvación;
a la cual ahora pretendemos aquí mostrar y dar noticia entera del verdadero Dios.
Nin-guno que natural juicio tenga, negará que hay Dios; mas empero por
igno-rancia dirá que hay muchos dioses, o no atinará al que verdaderamente es
Dios. Mas yo digo y certifico que no hay otro Dios sino el nuestro de
cris-tianos; el cual es uno, eterno, sin principio, sin fin, criador y
gobernador de lo criado. Él solo hizo el cielo, el Sol, la Luna y estrellas,
que vosotros adoráis; él mismo crió la mar con los peces, y la tierra con los
animales, aves, plantas, piedras, metales, y cosas semejantes, que ciegamente
voso-tros tenéis por dioses. Él asimismo, con sus propias manos, ya después de
todas las cosas criadas, formó un hombre y una mujer; y formado, le puso
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
166
el alma con el soplo, y le entregó el mundo, y le
mostró el paraíso, la gloria y a sí mismo. De aquel hombre pues y de aquella
mujer venimos todos, como al principio dije; y así, somos parientes, y hechura
de Dios; y aun hi-jos; y si queremos tornar al Padre, es menester que seamos
buenos, huma-nos, piadosos, inocentes y corregibles; lo que no podéis vosotros
ser si adoráis estatuas y matáis hombres. ¿Hay hombres de vosotros que querría
le matasen? No por cierto. Pues ¿por qué matáis a otros tan cruelmente? Donde
no podéis meter alma, ¿para qué la sacáis? Nadie hay de vosotros que pueda
hacer ánimas ni sepa forjar cuerpos de carne y hueso; que si pudiese, no
estaría ninguno sin hijos, y todos tendrían cuantos quisiesen y como los
quisiesen, grandes, hermosos, buenos y virtuosos; empero, como los da este
nuestro Dios del cielo que digo, dalos como quiere y a quien quiere; que por
eso es Dios, y por eso le habéis de tomar, tener y ado-rar por tal, y porque
llueve, serena y hace sol, con que la tierra produzca pan, fruta, yerbas, aves
y animales para vuestro mantenimiento. No os dan estas cosas, no las duras
piedras, no los maderos secos, ni los fríos metales ni las menudas semillas de
que vuestros mozos y esclavos hacen con sus manos sucias estas imágenes y estatuas
feas y espantosas, que vanamente adoráis. ¡Oh qué gentiles dioses, y qué
donosos religiosos! Adoráis lo que hacen manos que no comeréis lo que guisan o
tocan. ¿Creéis que son dio-ses lo que se pudre, carcome, envejece y sentido
ninguno tiene? ¿Lo que ni sana ni mata? Así que no hay para qué tener más aquí
estos ídolos, ni se hagan más muertes ni oraciones delante de ellos, que son
sordos, mudos y ciegos. ¿Queréis conocer quién es Dios, y saber dónde está?
Alzad los ojos al cielo, y luego entenderéis que está allá arriba alguna deidad
que mueve el cielo, que rige el curso del sol, que gobierna la tierra, que
bastece la mar, que provee al hombre y aun a los animales de agua y pan. A este
Dios pues, que ahora imagináis allá dentro en vuestros corazones, a ése servid
y ado-rad, no con muerte de hombres ni con sangre de sacrificios abominables,
sino con sola devoción y palabras, como los cristianos hacemos; y sabed que
para enseñaros esto venimos acá”.
Con este razonamiento aplacó Cortés la ira de los
sacerdotes y ciudada-nos; y con haber ya derribado los ídolos, antuviándose,
acabó con ellos; otorgando a Moteczuma que no tornasen a los poner, y que
barriesen y lim-
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piasen la sangre hedionda de las capillas, y que no
sacrificasen más hom-bres, y que le consintiesen poner un crucifijo y una
imagen de Santa María en los altares de la capilla mayor, adonde suben por las
ciento y catorce gra-das que dije. Moteczuma y los suyos prometieron de no
matar a nadie en sacrificio, y de tener la cruz e imagen de nuestra Señora, si
les dejaban los ídolos de sus dioses que aún estaban en pie; y así lo hizo él,
y lo cumplieron ellos, porque nunca después sacrificaron hombre, a lo menos en
público ni de manera que españoles lo supiesen; y pusieron cruces e imágenes de
nues-tra Señora y de otros sus santos entre sus ídolos. Pero quedoles un odio y
rencor mortal con ellos por esto, que no pudieron disimular mucho tiem-po. Más
honra y prez ganó Cortés con esta hazaña cristiana que si los ven-ciera en
batalla.
CAPÍTULO LXXXVII
QUEMA DEL SEÑOR CUALPOPOCA Y DE OTROS CABALLEROS
Veinte días andados después que Moteczuma fue
preso, volvieron aque-llos sus criados que habían ido con su mandado y sello, y
trajeron a Cual-popoca y a un hijo suyo, y otras quince principales personas,
que, según hallaron por pesquisa, eran culpados y participantes en consejo y
muerte de los españoles. Entró Cualpopoca en México acompañado como gran señor
que era, y en unas ricas andas que traían a hombros criados y vasa-llos suyos;
y luego que habló a Moteczuma, fue entregado a Cortés con el hijo y los quince
caballeros. Él los apartó y examinó estando con prisio-nes, y ellos confesaron
que habían muerto los españoles en batalla. Pre-guntado Cualpopoca si era
vasallo de Moteczuma, respondió: “¿Pues hay otro señor de quien poderlo ser?”
casi diciendo que no. Cortés le dijo: “Muy mayor es el rey de los españoles que
vos matasteis sobre seguro y a traición; y aquí lo pagaréis”.
Examináronse otra vez con más rigor, y entonces
todos a una voz con-fesaron cómo ellos habían muerto dos españoles, tanto por
aviso e induci-miento del gran señor Moteczuma, como por su motivo; y a los
otros en la guerra que le fueron a dar en su casa y tierra, donde lícitamente
les pudie-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
168
ron matar. Cortés, por la confesión que de la culpa
hicieron con su propia boca, los sentenció y condenó a quemar; y así, se
quemaron públicamente en la plaza Mayor, delante todo el pueblo, sin haber
ningún escándalo, sino todo silencio y espanto de la nueva manera de justicia
que veían eje-cutar en señor tan principal y en reino de Moteczuma, a hombres
extran-jeros y huéspedes.
CAPÍTULO LXXXVIII
LA CAUSA DE QUEMAR A CUALPOPOCA
Mandó Cortés a Pedro de Hircio que procurase de
poblar donde ahora es Almería, porque Francisco de Garay no entrase allí, pues
ya lo habían echa-do una vez de aquella costa. Hircio requirió los indios a su
amistad, para que se diesen al emperador. Cualpopoca, señor de Nahutlán, o
cinco villas que ahora llaman Almería, envió a decir a Pedro de Hircio cómo él
no iba a darle obediencia por tener enemigos en el camino; mas que iría si le
enviase algún español para le asegurar el camino, pues nadie osaría enojarle.
Envio-le cuatro, creyendo ser verdad, y porque tenía gana de poblar allí.
Entrando los cuatro españoles en tierra de Nahutlán, les salieron muchos
hombres con armas al encuentro, y mataron los dos, haciendo grande alegría; los
otros dos escaparon heridos a dar la nueva en la Veracruz.
Pedro de Hircio, creyendo haberlo hecho Cualpopoca,
fue contra él con cincuenta españoles y con diez mil de Cempoallan, y llevó dos
caballos que tenía y dos tirillos. Cualpopoca, desde que lo supo, salió con
gran ejér-cito a echarlos de su tierra. Peleó con ellos tan bien, que mató
siete españo-les y muchos cempoallaneses; mas al cabo fue vencido, su tierra
talada, su pueblo saqueado, y muchos suyos muertos y cautivos. Estos dijeron
cómo por mandado del gran señor Moteczuma había hecho todo aquello Cual-popoca.
Pudo ser, que también lo confesaron al tiempo de la muerte; mas otros dijeron
que por excusarse echaban la culpa a los de México. Esto es-cribió Pedro de
Hircio a Cortés a Chololla, y por estas cartas entró Cortés para prender a
Moteczuma, según ya se dijo.
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CAPÍTULO LXXXIX
CÓMO CORTÉS ECHÓ GRILLOS A MOTECZUMA
Antes que los llevasen a la hoguera, dijo Cortés a
Moteczuma cómo Cual-popoca y los otros habían dicho y jurado que por su aviso y
mandado mata-ron los dos españoles; y que lo había hecho muy mal, siéndole tan
amigos y sus huéspedes; y que si no tuviera respeto al amor que le tenía, que
de otra suerte pasara el negocio; y echole unos grillos, diciendo: “Quien mata,
me-rece que muera, según ley de Dios”. Esto hizo por ocuparle el pensamiento en
sus duelos y dejase los ajenos. Moteczuma se puso como muerto, y reci-bió
grandísimo espanto y alteración con los grillos, cosa nueva para rey, y dijo
que no tenía culpa ni sabía nada de aquello. Y así, luego aquel día mis-mo, ya
que la quema fue hecha, le quitó Cortés los grillos, y le acometió con libertad
para que se fuese a palacio. Él quedó muy gozoso en verse sin pri-siones, y
agradeció el comedimiento, y no quiso irse, o porque le pareció, como ello
debía ser, todo palabras y cumplimiento, o porque no osaba, de miedo que los
suyos no le matasen en viéndole fuera de españoles, por ha-berse dejado prender
y tener así; y decía que si se iba de allí le harían rebelar, y matar a él y a
sus españoles. Hombre sin corazón y de poco debía ser Mo-teczuma, pues se dejó
prender, y preso, nunca procuró soltura, convidán-dole con ello Cortés y
rogándoselo los suyos; y siendo tal, era tan obedeci-do, que nadie osaba en
México enojar a los españoles por no enojarle; y que Cualpopoca vino de setenta
leguas con sólo decirle que el señor le llamaba, y con mostrarle la figura de su
sello, y que muchas leguas aparte hacían to-dos todo lo que quería y mandaba.
CAPÍTULO XC
DE CÓMO ENVIÓ CORTÉS A BUSCAR ORO
EN MUCHAS PARTES
Tenía Cortés mucha gana de saber cuán lejos llegaba
el señorío y mando de Moteczuma, y cómo se habían con él los reyes y señores
comarcanos, y alle-gar alguna buena suma de oro para enviar a España del quinto
al Empera-dor, con entera relación de la tierra y gente y cosas hechas; y por
tanto, rogó
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170
a Moteczuma le dijese y mostrase las minas de donde
él y los suyos habían el oro y plata. Él dijo que le placía, y luego nombró
ocho indios, los cuatro pla-teros y conocedores del minero, y los cuatro que
sabían la tierra a do los quería enviar; y mandoles que de dos en dos fuesen a
cuatro provincias, que son Zuzolla, Malinaltepec, Tenich, Tututepec, con otros
ocho españoles que Cortés dio, a saber los ríos y mineros de oro y traer
muestra de ello.
Partiéronse aquellos ocho españoles y ocho indios
con señas de Motec-zuma. A los que fueron a Zuzolla que está ochenta leguas de
México y son vasallos suyos, les mostraron tres ríos con oro, y de todos les
dieron muestra de ello, mas poca, porque sacan poco, a falta de aparejos e
industria o codi-cia. Éstos, para ir y volver, pasaron por tres provincias muy
pobladas, y de buenos edificios y tierra fértil; y la gente de la una, que se
llama Tlamacola-pán, es de mucha razón y más bien vestida que la mexicana. Los
que fueron a Malinaltepec, setenta leguas lejos, trajeron también muestra de
oro que los naturales sacan de un gran río que atraviesa por aquella provincia.
A los que fueron a Tenich, que está el río arriba de Malinaltepec, y es de otro
dife-rente lenguaje, no dejaba entrar ni tomar razón de lo que buscaban, el
señor de ella, que dicen Coatelicamatl, porque ni reconoce a Moteczuma ni es su
amigo, y pensaba que iban por espías. Mas como le informaron quién eran los
españoles, dijo que se fuesen los mexicanos fuera de su tierra, y los
espa-ñoles que hiciesen el mando a que venían, para que llevasen recado a su
ca-pitán. Como esto vieron los de México, pusieron mal corazón a los
españo-les, diciendo que era malo aquel señor y cruel, y que los mataría. Algo
dudaron los nuestros de hablar a Coatelicamatl, aunque ya tenían licencia, con
lo que sus compañeros decían, y porque andaban los de la tierra arma-dos y con
unas lanzas de veinticinco palmos, y aun algunos con de a treinta. Mas al cabo
entraron, porque fuera cobardía no lo hacer y dar que sospe-char de sí, y que
los mataran. Coatelicamatl los recibió muy bien, hízoles mostrar luego siete u
ocho ríos, de los cuales sacaron oro en su presencia y les dieron la muestra
para traer, y envió embajadores a Cortés ofreciéndole su tierra y persona, y
ciertas mantas y algunas joyas de oro.
Cortés se holgó más de la embajada que del
presente, por ver que los contrarios de Moteczuma deseaban su amistad. A
Moteczuma y los suyos no les placía mucho, porque Coatelicamatl, aunque no es
gran señor, tiene
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171
gente guerrera y tierra áspera de sierras. Los
otros que fueron a Tututepec, que está cerca del mar y doce leguas de
Malinaltepec, volvieron con la muestra del oro de dos ríos que anduvieron, y
con nuevas de ser aquella tie-rra aparejada para hacer en ella estancias y
sacarlo; por lo cual rogó Cortés a Moteczuma que le hiciese allí una a nombre
del Emperador. El mandó lue-go ir allá oficiales y trabajadores, y dentro de
dos meses estaba hecha una casa grande, con otras tres chicas alrededor, para
servicio, y en ella un estan-que de peces con quinientos patos para pluma, que
pelan muchas veces por año para mantas; mil y quinientos gallipavos, y tanto
ajuar y aderezos de entre casa en todas ellas, que valía veinte mil
castellanos. Había asimismo sesenta fanegas de centli sembradas, diez de
frijoles, y dos mil pies de ca-cauatl o cacao, que nace por allí muy bien.
Comenzóse esta granjería, mas no se acabó, con la venida de Pánfilo de Narváez
y con la revuelta de Méxi-co, que siguieron luego.
Rogole también que le dijese si en la costa de su
tierra, que está a esta mar, había algún buen puerto en que las naves de España
pudiesen estar seguras. Dijo que no lo sabía, mas que lo preguntaría o lo
enviaría a saber. Y así, hizo luego pintar en lienzo de algodón toda aquella
costa, con cuan-tos ríos, bahías, ancones y cabos había en lo que suyo era; y
en todo lo pin-tado y trazado no parecía puerto ni cala, ni cosa segura, sino
un grande an-cón que está entre las sierras que ahora llaman de San Martín y
San Antón, en la provincia de Coazacoalco, y aun los pilotos españoles pensaron
que era estrecho para ir a los Malucos y Especiería. Mas empero estaban muy
engañados, y creían lo que deseaban. Cortés nombró diez españoles, todos
pilotos y gente de mar, que fuesen, con los que Moteczuma daba, pues ha-cía tan
bien la costa del camino. Partiéronse pues los diez españoles con los criados
de Moteczuma, y fueron a dar a Chalchicoeca, donde habían des-embarcado, que
ahora se dice San Juan de Ulúa. Anduvieron setenta le-guas de costa sin hallar
ancón ni río, aunque toparon muchos, que fuese hondable y bueno para naos.
Llegaron a Coazacoalco y el señor de aquel río y
provincia, llamado Tuchintlec, aunque enemigo de Moteczuma, recibió los
españoles porque ya sabía de ellos desde cuando estuvieron en Potonchán, y
dioles barcas para mirar y sondar el río. Ellos lo midieron, y hallaron seis
brazas donde
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172
más hondo. Subieron por él arriba doce leguas. Es
la ribera de él de gran-des poblaciones, y fértil a lo que parecía. Sin esto,
Tuchintlec envió a Cor-tés con aquellos españoles algunas cosas de oro,
piedras, ropas de algodón, de pluma, de cuero, y tigres, y a decir que quería
ser su amigo y tributario del emperador de un tanto cada año, con tal que los
de Culúa no entrasen en su tierra.
Mucho placer tuvo Cortés con esta mensajería y de
que se hubiese ha-llado aquel río; porque decían marineros que del río de
Grijalva hasta el de Pánuco no había río bueno; mas creo que también se
engañaron. Tornó a enviar allá de aquellos españoles con cosas de España para
el Tuchintlec, y a que supiesen mejor su voluntad, y la comodidad de la tierra
y del puerto bien por entero. Fueron y volvieron muy contentos y ciertos de
todo; y así, despachó luego Cortés allá a Juan Velázquez de León por capitán de
ciento cincuenta españoles, para que poblase e hiciese una fortaleza.
CAPÍTULO XCI
LA PRISIÓN DE CACAMA, REY DE TEZCUCO
La poquedad de Moteczuma, o amor que a Cortés y a
los otros españoles tenía, causaba que los suyos no solamente murmurasen, pero
que trama-sen novedades y rebelión, especialmente su sobrino Cacamacín, señor
de Tezcuco, mancebo feroz, de ánimo y honra; el cual sintió mucho la pri-sión
del tío, y como vio que iba muy a la larga, rogole que se soltase y fuese señor
y no esclavo. Y viendo que no quería, amotinose, amenazando de muerte a los
españoles; unos decían que por vengar la deshonra del rey su tío; otros que por
hacerse él señor de México, otros que por matar los es-pañoles; sea por lo uno
o sea por lo otro, o por todo, él se puso luego en armas, juntó mucha gente
suya y de amigos, que no le faltaban entonces, con estar Moteczuma preso, y
para contra españoles, y publica que quiere ir a sacar de cautiverio a
Moteczuma y a echar de la tierra los españoles, o matarlos y comérselos.
Terrible nueva para los nuestros; pero ni aun por
aquellas bravuras no se acobardó Cortés; antes le quiso hacer luego guerra y
cercarlo en su pro-pia casa y pueblo, sino que Moteczuma se lo estorbó,
diciendo que Tezcuco
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era lugar muy fuerte y dentro en agua, y que Cacama
era orgulloso, bullicio-so, y tenía todos los de Culúa, como señor de Culuacán
y Otumpa, que eran muy fuertes fuerzas, y que le parecía mejor llevarlo por
otra vía; y así, guió Cortés el negocio todo a consejo de Moteczuma, y envió a
decir a Cacama que le rogaba mucho se acordase de la amistad que había entre
los dos des-de que lo salió a recibir y meter en México, y que siempre era
mejor paz que guerra para hombre que tiene vasallos; y dejase las armas, que al
tomar eran sabrosas al que no las ha probado, porque en esto haría gran placer
y servi-cio al rey de España. Respondió Cacama que no tenía él amistad con
quien le quitaba la honra y reino, y que la guerra que hacer quería era en
provecho de sus vasallos y defensa de sus tierras y religión; y primero que
dejase las armas, vengaría a su tío y a sus dioses; y que él no sabía quién era
el rey de los españoles, ni lo quería oír, cuanto más saber.
Cortés tornó a le amonestar y requerir otras muchas
veces; y como escu-char no le quisiese, hizo con Moteczuma que le mandase lo
que él le rogaba. Moteczuma le envió a decir que se llegase a México para dar
un corte a las diferencias y enojos entre él y los españoles, y a ser amigo de
Cortés. Cacama le respondió muy agriamente, diciendo que si él tuviera sangre
en el ojo, ni estaría preso ni cautivo de cuatro extranjeros, que con sus
buenas palabras le tenían hechizado y usurpado el reino; ni la religión mexicana
y dioses de Culúa abatidos y hollados de pies de salteadores y embaidores, ni
la gloria y fama de sus antepasados infamada y perdida por su cobardía y
apocamien-to; y que para reparar la religión, restituir los dioses, guardar el
reino, co-brar la fama y libertar a él y a México, iría de muy buena gana; mas
no las manos en el seno, sino en la espada, para matar los españoles, que tanta
mengua y afrenta habían hecho a la nación de Culúa.
En grandísimo peligro estaban los nuestros, así de
perder a México como las vidas, si no se atajara esta guerra y motín, porque
Cacama era ani-moso, grosero, porfiado, y tenía mucha y muy buena gente de
guerra; y por-que también andaban en México ganosos de revuelta para cobrar a
Motec-zuma, y matar los españoles o echarlos de la ciudad. Mas remediolo muy
bien Moteczuma, que conociendo cómo no aprovechaba guerra ni fuerza, y que al
cabo se había de ensolver todo en él, trató con ciertos capitanes y señores que
estaban en Tezcuco con Cacama, que le prendiesen y se lo en-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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tregasen. Ello, o por ser Moteczuma su rey y estar
aún vivo, o porque le ha-bían siempre servido en las guerras, o por dádivas y
promesas, prendieron al Cacama un día estando con él ellos y otros muchos en
consejo para con-sultar las cosas de la guerra; y en acalles que para ello
tenían a punto y arma-das, le metieron, y trajeron a México, sin otras muertes
ni escándalos, aun-que fue dentro de su propia casa y palacio, que toca en la
laguna; y antes que le diesen a Moteczuma, le pusieron en unas ricas andas,
como acostumbran los reyes de Tezcuco, que son los mayores y principales
señores de toda esta tierra, después de México.
Moteczuma no le quiso ver, y entregolo a Cortés,
que luego le echó gri-llos y esposas, y puso a recado y guarda. Y a voluntad y
consejo de Moteczu-ma hizo señor de Tezcuco y Culuacán a Cucuzca, su hermano
menor, que estaba en México con el tío y huido del hermano. Moteczuma le
intituló e hizo las ceremonias que suelen a los nuevos señores, como en otra
parte di-remos; y en Tezcuco le obedecieron luego por mandado suyo, y porque
era más bienquisto que no Cacama, que era recio y cabezudo. De esta manera se
remedió aquel peligro; mas si hubiera muchos Cacamas no sé cómo fue-ra; y
Cortés hacía reyes y mandaba con tanta autoridad como si ya hubiera ganado el
imperio mexicano. Y a la verdad, siempre tuvo esto desde que entró en la
tierra; porque luego se le encajó que había de ganar a México y señorear el
estado de Moteczuma.
CAPÍTULO XCII
LA ORACIÓN QUE MOTECZUMA HIZO
A SUS CABALLEROS DÁNDOSE AL REY DE CASTILLA
Tras la prisión de Cacamacín hizo Moteczuma
llamamiento y cortes, a las cuales vinieron todos los señores comarcanos que
fuera estaban de Méxi-co. Y de su albedrío, o por el de Cortés, les hizo
delante los españoles el in-frascrito razonamiento:
“Parientes, amigos y criados míos: bien sabéis que
ha diez y ocho años que soy vuestro rey, como lo fueron mis padres y abuelos, y
que siempre os he sido buen señor, y vosotros a mí buenos vasallos y
obedientes; y así con-fío que lo seréis ahora y todo el tiempo de mi vida.
Memoria debéis tener,
BIBLIOTECA AYACUCHO
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que a vos lo dijeron vuestros padres, o lo habréis
oído a nuestros sabios adivinos y sacerdotes, como ni somos naturales de esta
tierra, ni nuestro reino es duradero; porque nuestros antepasados vinieron de
lejos tierras, y su rey o caudillo que traían se volvió a su naturaleza,
diciendo que envia-ría quien lo rigiese y mandase si él no viniese. Creed por
cierto que el rey que esperamos tantos años ha, es el que ahora envía estos
españoles que aquí veis, pues dicen que somos parientes, y tienen de gran tiempo
noticia de nos. Demos gracias a los dioses, que han venido en nuestros días los
que tanto deseábamos. Hareisme placer que os deis a este capitán por va-sallos
del emperador y rey de España, nuestro señor, pues ya yo me he dado por su
servidor y amigo; y ruégoos mucho que desde en adelante le obedezcáis bien y
así como hasta aquí habéis hecho a mí, y le deis y paguéis los tributos, pechos
y servicios que me soléis dar, que no me podéis dar mayor contentamiento”.
No les pudo más hablar, de lágrimas y sollozos.
Lloraba tanto toda la gente, que por una buena pieza no le pudo responder.
Dieron grandes sus-piros, dijeron muchas lástimas, que aun a los nuestros
enternecieron el co-razón. En fin, respondieron que harían lo que les mandaba.
Y Moteczuma primero, y luego tras él todos, se
dieron por vasallos del rey de Castilla y prometieron lealtad; y así, se tomó
por testimonio con escri-bano y testigos, y cada cual se fue a su casa con el
corazón que Dios sabe y vosotros podéis pensar. Fue cosa harto de ver llorar
Moteczuma y tantos señores y caballeros, y ver cómo se mataba cada uno por lo
que pasaba. Mas no pudieron otra cosa hacer, así porque Moteczuma lo quería y
mandaba, como porque tenían pronósticos y señales, según que los sacerdotes publi-caban,
de la venida de gente extranjera, blanca, barbuda y oriental, a seño-rear a
aquella tierra; y también porque entre ellos se platicaba que en Mote-czuma se
acababa, no solamente el linaje de los Culúa, mas también el señorío; y por eso
decían algunos no fuera él ni se llamara Moteczuma, que significa enojado, por
su desdicha.
Dicen también que el mismo Moteczuma tenía del
oráculo de sus dio-ses respuesta muchas veces que se acabarían en él los
emperadores mexica-nos, y que no le sucedería en el reino hijo ninguno suyo, y
que perdería la silla a los ocho años de su reinado, y que por esto nunca quiso
hacer guerra
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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a los españoles, creyendo que le habían ellos de
suceder; bien que por otro cabo lo tenía por burla, pues había más de diez y
siete años que era rey. Fue-se pues por esto, o por la voluntad de Dios, que da
y quita los reinos, Mote-czuma hizo aquello, y amaba mucho a Cortés y
españoles, y no sabía enojar-los. Cortés dio a Moteczuma las gracias cuan más
cumplidamente pudo, de parte del emperador y suya, y consololo, que quedó
triste de la plática, y prometió que siempre sería rey y señor, y mandaría como
hasta allí y mejor; y no sólo en sus reinos, más aún también en los que él
ganase y atrajese al servicio del emperador.
CAPÍTULO XCIII
EL ORO Y JOYAS QUE MOTECZUMA DIO A CORTÉS
Pasados algunos días después que Moteczuma y los
suyos dieron la obe-diencia, le dijo Cortés los muchos gastos que el emperador
tenía en guerras y obras que hacía, y que sería bien contribuyesen todos y
comenzasen a ser-vir en algo; por ende que convenía enviar por todos sus reinos
a cobrar los tributos en oro, y a ver qué hacían y daban los nuevos vasallos,
que diese también él algo si tenía.
Moteczuma dijo que le placía, y que fuesen algunos
españoles con unos criados suyos a la casa de las aves. Fueron allá muchos,
vieron asaz oro en planchas, tejuelos, joyas y piezas labradas, que estaban en
una sala y dos cá-maras que les abrieron; y espantados de tanta riqueza no
quisieron o no osa-ron tocarla sin que primero Cortés la viese; y así, lo
llamaron, y él fue allá, tomolo y llevolo todo a su aposento. Dio asimismo, sin
esto, muchas y ricas ropas de algodón y pluma, tejidas a maravilla; no tenían
par en colores y fi-guras, y nunca los españoles tan buenas las habían visto;
dio más doce cer-batanas de fusta y plata con que solía él tirar; las unas
pintadas y matizadas de aves, animales, rosas, flores y árboles; y todo tan
perfecta y menudamen-te, que bien tenían qué mirar los ojos y qué notar el
ingenio. Las otras eran vaciadas y cinceladas con más primor y sutileza que la
pintura. La red para bodoques y turquesas eran de oro, y algunas de plata.
Envió también criados de dos en dos y de cinco en
cinco, con un espa-ñol por compañía a sus provincias, y a tierras de señores,
ochenta y cien le-
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guas de México, a coger oro por los tributos
acostumbrados, o por nuevo servicio para el emperador. Cada señor y provincia
dio la medida y cantidad que Moteczuma señaló y pidió, en hojas de oro y plata,
en tejuelos y joyas, y en piedras y perlas.
Vinieron todos los mensajeros, aunque tardaron
hartos días, y recogió Cortés y los tesoreros todo lo que trajeron;
fundiéronlo, y sacaron de oro fino y puro ciento sesenta mil pesos, y aún más,
y de plata más de quinientos marcos; repartiose por cabezas entre los
españoles; no se dio todo, sino se-ñalose a cada uno según era. Al de caballo,
doblado que al peón, y a los ofi-ciales y personas de cargo o cuenta se dio
ventaja; y pagósele a Cortés de montón lo que le prometieron en la Veracruz;
cupo al rey de su quinto más de treinta y dos mil pesos de oro, y cien marcos
de plata; de la cual se labra-ron platos, tazas, jarros, salserillas y otras
piezas, a la manera que indios usan, para enviar al emperador.
Valía allende de esto cien mil ducados lo que
Cortés apartó de toda la gruesa, antes de la fundición, para enviar por
presente con el quinto, en per-las, piedras, ropa, pluma, oro y pluma, piedras
y pluma, pluma y plata, y otras muchas joyas, como las cerbatanas, que, fuera
del valor, eran extrañas y lindas, porque eran peces, aves, sierpes, animales,
árboles y cosas así, con-trahechas muy al natural de oro o plata, o piedras con
pluma, que no tenían par; mas no se envió, y todo o lo más se perdió, con lo de
todos, cuando el desbarate de México, según que después muy por entero diremos.
CAPÍTULO XCIV
CÓMO ROGÓ MOTECZUMA A CORTÉS
QUE SE FUESE DE MÉXICO
En tres cosas empleaba Cortés el pensamiento, como
se veía rico y pujante. Una era enviar a Santo Domingo y otras islas, dineros y
nuevas de la tierra y su prosperidad, para traer gente, armas y caballos; que
los suyos eran pocos para tan gran reino. La otra era tomar todo el estado de
Moteczuma, pues lo tenía a él preso, y tenía a su devoción a los de Tlaxcallán,
a Coatelicamatlh y Tuchintlec, y sabía que los de Pánuco y Tecoantepec y los de
Mechuacán eran enemicísimos de mexicanos, y le ayudarían si menester los
hubiese.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
178
Era la tercera hacer cristianos todos aquellos
indios, lo cual comenzó luego, como mejor y más principal. Que dado que no
asoló los ídolos por las ya dichas causas, vedó matar hombres sacrificándolos,
puso cruces e imáge-nes de nuestra Señora y de otros santos por los templos, y
hacía a los clérigos y frailes que dijesen misa cada día, y bautizasen; aunque
pocos se bautiza-ron, o porque los indios tenían recio en su envejecida
religión, o porque los nuestros atendían a otras cosas, esperando tiempo para
esto que mejor fue-se. Él oía misa todos los días, y mandaba que todos los
españoles la oyesen también, pues siempre se celebraba en casa.
Mas regaláronsele por entonces estos sus
pensamientos, porque Mote-czuma volvía la hoja, o a lo menos quiso, y porque
vino Pánfilo Narváez contra él, y porque tras esto le echaron los indios de
México. Todas estas tres cosas, que son muy notables, contaremos por su orden.
La vuelta de Moteczuma, como algunos quieren, fue decir a Cortés que se fuese
de su tierra, si quería que no le matasen con los demás españoles. Tres razones
o causas le movieron a ello, de las cuales las dos eran públicas. Una fue el com-bate
grande y continuo que los suyos siempre le daban a que saliese de pri-sión, y
echase de allí los españoles o los matase, diciendo cómo era grande afrenta y
mengua suya y de todos ellos, estar así preso y abatido y que los mandasen a
coces aquellos poquitos extranjeros, que les quitaban la honra y robaban la
hacienda, cohechando todo el oro y riqueza de los pueblos y señores para sí y
para su rey, que debía ser pobre; y que si él quería, bien; si no, aunque no
quisiese; que pues no quería ser su señor, tampoco ellos sus vasallos; y que no
esperase mejor fin que Cualpopoca y Cacama, su sobrino, aunque mejores palabras
y halagos le hiciesen.
Otra fue que el diablo, como se le aparecía, puso
muchas veces en [el] corazón a Moteczuma que matase los españoles o los echase
de allí, dicien-do que si no lo hacía, se iría, y no le hablaría más, por
cuanto le atormenta-ban y daban enojo las misas, el evangelio, la cruz y el
bautismo de los cris-tianos. Él le decía que no era bueno matarlos siendo sus
amigos y hombres de bien; pero que les rogaría que se fuesen, y cuando no
quisiesen, que en-tonces los mataría. A esto replicó el diablo que lo hiciese
así, y que le haría grandísimo placer, que o se tenía de ir él o los españoles,
pues sembraban
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la fe cristiana, muy contraria religión a la suya,
que no se compadecían jun-tas entrambas.
La tercera razón, y que no se publicaba, era, según
sospecha de mu-chos, que como son los hombres mudables y nunca permanecen en un
ser y voluntad, así Moteczuma se arrepintió de lo que había hecho, y le pesaba
de la prisión de Cacamacín, que algún tiempo quiso mucho, y que a falta de sus
hijos, le había de heredar, y porque conocía ser como le decían los suyos, y
porque le dijo el diablo que no podía hacer mayor servicio, ni sacrificio más
aceptado a los dioses, que matar y echar de su tierra los cristianos; y
echán-dolos, que ni se acabaría en él la casta de los reyes de Culúa, antes se
alarga-ría, ni dejarían de reinar sus hijos tras él; y que no creyese en
agüeros, pues era ya pasado el octavo año, y andaba en el dieciocheno de su
reinado.
Por estas causas pues, o por ventura por otras que
no sabemos, Motec-zuma apercibió cien mil hombres tan secretamente que Cortés
no lo supo, para que si los españoles no se fuesen, diciéndoselo, los
prendiesen y mata-sen. Así que, con esto, determinó hablar a Cortés. Y un día
saliose disimula-damente al patio con muchos de sus caballeros, a quien debía
dar parte, y en-vió llamar a Cortés. Cortés dijo: “No me agrada esta novedad;
alega a Dios sea por bien”. Tomó doce españoles, que más a mano halló, y fue a ver
qué le quería o para qué le llamaba, que no lo solía hacer. Moteczuma se
levantó a él, tomolo de la mano, metiolo en una sala, mandó traer asientos para
en-trambos, y díjole: “Ruégoos que os vayáis de esta mi ciudad y tierra, que
mis dioses están de mí mal enojados porque os tengo aquí; pedidme lo que
qui-siereis, y dároslo he, porque mucho os amo; y no penséis que os digo esto
burlando, sino muy de veras. Por ende que así se haga en todo caso”. Cortés
cayó luego en la cuenta, que no le pareció que le recibía con el talante que
otras veces, puesto que usó con él todas aquellas ceremonias y buena crian-za;
y antes que el faraute acabase de declararle la voluntad de Moteczuma, dijo a
un español que los doce que fuesen a avisar a los compañeros que se aparejasen,
por cuanto se trataba con él de sus vidas. Entonces se acordaron los nuestros
de lo que les habían dicho en Tlaxcallan, y todos vieron que era menester
gracia de Dios y buen corazón para salir de aquella afrenta.
Como acabó el intérprete, respondió Cortés:
“Entendido he lo que de-cís, y agradézcoslo mucho; ved cuándo mandáis que nos
vayamos, y así se
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
180
hará”. Replicó Moteczuma: “No quiero que os vayáis
sino cuando quisie-reis, y tomad el término que os parezca; que para entonces
os daré a vos dos cargas de oro, y una a cada uno de los vuestros”. Entonces le
dijo Cortés: “Ya, Señor, sabéis cómo eché al través mis naos luego que a
vuestra tierra llegamos: y así, tenemos ahora necesidad de otras para nos
volver a la nues-tra; por tanto, querría que llamaseis vuestros carpinteros
para cortar y la-brar madera; que yo tengo quien haga naos; y hechas, nos iremos
si nos dais lo que prometido habéis, y decidlo así a vuestros dioses y a
vuestros vasa-llos”. Contentamiento grande mostró de esto Moteczuma, y dijo:
“Sea así”. Y luego hizo llamar muchos carpinteros. Cortés proveyó de maestros a
cier-tos españoles y marineros; fueron a unos pinares, cortaron muchos y
gran-des árboles, y comenzaron a labrarlos.
Moteczuma, que no debía ser muy malicioso, creyolo;
empero Cortés habló con sus españoles, y dijo a los que enviaba: “Moteczuma
quiere que nos vayamos de aquí porque sus vasallos y el diablo le andan al
oído; cum-ple que se hagan navíos; id con estos indios por vuestra fe, y
córtese made-ra harta; que entre tanto Dios nuestro Señor, cuyo negocio
tratamos, pro-veerá de gente y socorro y remedio, que no perdamos esta buena
tierra; y conviene mucho que pongáis toda dilación, pareciendo que hacéis algo,
no sospechen ésos mal, para que los engañemos así, y hagamos acá lo que nos
cumple. Vais con Dios, y avisadme siempre cómo estáis allá, y qué ha-cen o
dicen ésos”.
CAPÍTULO XCV
EL MIEDO DE SER SACRIFICADOS QUE TUVIERON CORTÉS Y
LOS SUYOS
Ocho días después que fueron a cortar madera,
llegaron a la costa de Chal-chicoeca quince navíos. Las personas que por allí
estaban en gobernación y atalaya avisaron a Moteczuma de ello con mensajeros,
que en cuatro días caminaron ochenta leguas. Temió Moteczuma, de que lo supo, y
llamó a Cortés, que no temía menos, recelándose siempre de algún furor del
pueblo y antojo del rey. Cuando le dijeron a Cortés que Moteczuma salía al
patio, creyó, si daba en los españoles, que todos eran perdidos, y díjoles: “Señores
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y amigos, Moteczuma me llama; no es buena señal,
habiendo pasado lo del otro día; yo voy a ver qué quiere; estad alerta, y la
barba en la cebadera, por si algo intentaren estos indios; encomendaos mucho a
Dios, acordaos quién sois, y quién son estos infieles hombres, aborrecidos de
Dios, amigos de diablo, con pocas armas y no buen uso de guerra; si hubiéramos
de pelear, las manos de cada uno de nosotros han de mostrar con obra y por la
propia espada el valor de su ánimo; y así, aunque muramos quedaremos
vencedo-res, pues habremos cumplido con el oficio que traemos, y con lo que
debe-mos al servicio de Dios como cristianos, y al de nuestro rey como
españoles, y en honra de nuestra España y defensa de nuestras vidas”.
Respondiéronle: “Haremos nuestro deber hasta morir,
sin que temor ni peligro lo estorben, que menos estimamos la muerte que nuestro
honor”. Con esto se fue Cortés a Moteczuma, el cual le dijo: “Señor capitán,
sabed que ya tenéis naves en que poderos ir; por eso, de aquí adelante cuando
mandareis”. Respondiole Cortés: “Señor muy poderoso, en teniéndolos hechos yo
me iré”. “Once navíos, dice Moteczuma, están en la playa a par de Cempoallan, y
presto tendré aviso si los que en ellos vienen han salido a tierra, y entonces
sabremos qué gente es y cuánta”. “¡Bendito sea Jesucris-to, dijo Cortés, y doy
muchas gracias a Dios por las mercedes que nos hace a mí y a todos estos
hidalgos de mi compañía!”.
Un español saltó a decirlo a los compañeros, y
todos ellos cobraron es-fuerzo. Alabaron a Dios, y abrazáronse unos a otros con
muy gran placer de aquella nueva. Estando así Cortés y Moteczuma, llegó otro
correo de a pie, y dijo cómo estaban ya en tierra ochenta de caballo y
ochocientos infantes y doce tiros de fuego; de todo lo cual mostró la figura,
en que venían pintados hombres, caballos, tiros y naos. Levantose Moteczuma
entonces, abrazó a Cortés, y díjole; “Ahora os amo más que nunca, y quiérome ir
a comer con vos”. Cortés le dio las gracias por lo uno y por lo otro. Tomáronse
por las manos, y fuéronse al aposento de Cortés, el cual dijo a los españoles
no mos-trasen alteración, sino que todos estuviesen juntos y sobre aviso, y
diesen gracias al Señor con tales nuevas.
Moteczuma y Cortés comieron solos, con gran
regocijo de todos; unos pensando quedar y sojuzgar el reino y gente, otros
creyendo que se irían los que no podían ver en su tierra. A Moteczuma le
pesaba, según dicen,
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
182
aunque no lo mostraba; y un su capitán, viendo
esto, le aconsejaba que matase los españoles de Cortés, pues eran pocos, y así
tendría menos que matar en los que venían, y no dejase juntar unos con otros; y
porque aque-llos no osarían llegar, muertos éstos. Con esto llamó Moteczuma a
consejo muchos señores y capitanes; propuso el caso, y el parecer de aquel
capitán. Diversos votos hubo en ello; pero al cabo concluyose que dejasen
llegar a los españoles que venían, pensando que cuantos más moros más ganancia,
y que así matarían más y a todos juntos, diciendo que si mataban los que
estaban en la ciudad, se tornarían los otros a las naos, y no podrían hacer el
sacrificio de ellos que sus dioses querían. Con esta determinación pasaba
Moteczuma cada día con quinientos caballeros y señores a ver a Cortés, y
mandaba servir y regalar a los españoles mejor que hasta entonces, pues habían
de durar poco.
CAPÍTULO XCVI
DE CÓMO DIEGO VELÁZQUEZ ENVIÓ CONTRA CORTÉS A
PÁNFILO DE NARVÁEZ CON MUCHA GENTE
Estaba Diego Velázquez muy enojado de Fernando
Cortés, no tanto por el gasto, que poco o ninguno había hecho, cuando por el
interés de lo presen-te y por la honra, formando muy recias quejas de él porque
no le había dado cuenta ni parte, como a teniente de gobernador de Cuba, de lo
que había hecho y descubierto, sino enviádola a España al rey, como si aquello
fuera mal hecho o traición; y donde primero mostró la saña, fue en sabiendo que
Cortés enviaba el quinto y presente, y las relaciones de lo que tenía descu-bierto
y hecho, al rey y a su consejo, con Francisco de Montejo y con Alonso Fernández
Portocarrero en una nao; que luego armó una o dos carabelas, y las despachó
corriendo a tomar la de Cortés y lo que llevaba; y en una de ellas fue Gonzalo
de Guzmán, que después fue teniente de gobernador en Cuba por su muerte; mas
como se detuvieron mucho en aprestarla, ni la to-maron ni vieron, y después,
como cuanto más prósperas nuevas y hazañas oyese de Cortés, tanto más le crecía
la saña y mal querencia, no hacía sino pensar cómo deshacer y destruirle.
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Estando pues en este pensamiento, avino que llegó a
Santiago de Cuba Benito Martín, su capellán, que le trajo cartas del emperador
y el título de adelantado, y cédula de la gobernación de todo lo que hubiese
descubierto, poblado y conquistado en tierra y costa de Yucatán, con lo cual se
holgó mucho, y tanto por echar de México a Cortés, cuanto por el dictado y
favo-res que el rey le daba; y así, trazó luego esta armada, que fue de once
naos y siete bergantines, y de novecientos españoles, con ochenta caballos, y
se concertó con Pánfilo de Narváez que viniese capitán general de ella y su
te-niente de gobernador; y porque más presto partiese, anduvo él mismo por la
isla, y llegó a Guaniguanico, que es lo postrero de ella al poniente, donde
estando ya para partirse Diego Velázquez a Santiago y Pánfilo de Narváez a
México, llegó el licenciado Lucas Vázquez de Ayllón, oidor de Santo Do-mingo,
en nombre de aquella chancillería y de los frailes jerónimos que go-bernaban, y
del licenciado Rodrigo de Figueroa, juez de residencia y visita-dor de la
audiencia, a requerir, so graves penas, a Diego Velázquez que no enviase, y
Pánfilo que no fuese contra Cortés, porque sería causa de muer-tes, guerras
civiles, y otros muchos males entre españoles, y se perdería México, con todo
lo demás que estaba ganado y pacífico para el rey.
Díjoles que si enojo tenía con él y diferencia
sobre hacienda o sobre puntos de honra, que al emperador pertenecía conocer y
sentenciar la cau-sa, y no que él mismo hiciese justicia en su propio pleito,
haciendo fuerza al contrario. Rogoles, si querían servir al rey y a Dios
primeramente, y ganar honra y provecho, que fuesen a conquistar nuevas tierras,
pues había hartas descubiertas sin la de Cortés, y tenían tan buena gente y
armada.
No bastó este requerimiento ni la autoridad y
persona del licenciado Ayllón, para que Diego Velázquez y Narváez dejasen de
proseguir su viaje contra Cortés. Viendo pues tanta obstinación en ellos y tan
poca reverencia a la justicia, acordó irse con Narváez en la nao que vino desde
Santo Domin-go, para estorbar daños, pensando que lo acabaría mejor allá con él
solo que no estando presente Diego Velázquez, y también por tratar entre Cortés
y Narváez si rompiesen. Embarcose con tanto Pánfilo en Guaniguanico, y fue a
surgir con su flota acerca de la Veracruz, y como supo que estaban allí ciento
y cincuenta españoles de los de Cortés, envió allá a un clérigo, a Juan Ruiz de
Guevara y Alonso de Vergara a los requerir que le tuviesen por ca-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
184
pitán y gobernador; pero no quisieron escucharle
los de dentro, antes los prendieron y los enviaron a México a Cortés para que
se informase de ellos. Sacó luego a tierra la gente, caballos, armas y
artillería, y fuese a Cempoa-llan. Los indios comarcanos, así amigos de Cortés
como vasallos de Motec-zuma, le dieron oro, mantas y comida, pensando que era
Cortés.
CAPÍTULO XCVII
LO QUE CORTÉS ESCRIBIÓ A NARVÁEZ
Más que nadie piensa dio qué pensar esta nueva y
grande armada a Cortés, antes que supiese cuya era. Por una parte holgaba que
viniesen españoles, por otra le pesaba de tantos. Si venían a le ayudar, tenía
por ganada la tierra; si contra él, por perdida. Si venían de España, creía que
le traían buen des-pacho; si de Cuba, temía guerra civil con ellos. Parecíale
que de España no podían venir tanta gente, y sospechaba que era de las islas, y
que debía de venir allí Diego Velázquez, y después de sabido, tuvo otro tanto
que pensar, porque le cortaban el hilo de su prosperidad y le atajaban los
pasos que traía en calar los secretos de la tierra, las minas, la riqueza, las
fuerzas, los que eran amigos de Moteczuma o enemigos; estorbábanle de poblar
los lugares que comenzado tenía, de ganar amigos, de cristianar los indios, que
era y debía ser lo principal, y cesaban otras muchas cosas tocantes al servicio
de Dios y del rey y a provecho de nuestra nación.
Temía que por desviar un inconveniente se le podían
seguir muchos; si dejaba llegar a México a Pánfilo de Narváez, capitán que
venía de aquella flota por Diego Velázquez, estaba cierta su perdición; si
salía contra él, la revuelta de la ciudad y la libertad de Moteczuma, y ponía
en condición su vida, su honra, sus trabajos, y por no venir a estos extremos,
arrimose a los medios. Lo primero que hizo fue despachar dos hombres, uno a
Juan Ve-lázquez de León, que iba a poblar a Coazacoalco, para que luego, en viendo
su carta, se tornase a México, y diole noticia de la venida de Narváez, y de la
necesidad que había de él y de los ciento y cincuenta españoles que consigo
llevaba; el otro a la Veracruz, a traerle razón enteramente y cierta de la
llega-da de Pánfilo, y qué buscaba y qué decía. El Juan Velázquez hizo lo que
Cortés le escribió, y no lo que Narváez, que como a cuñado suyo, y deudo
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de Diego Velázquez, le rogaba se pasase a él, por
lo cual Cortés lo honró mucho de allí adelante.
De la Veracruz fueron a México veinte españoles con
aviso de lo que Narváez publicaba, y llevaron presos un clérigo y a Alonso de
Vergara y a Juan Ruiz de Guevara, que habían ido a la villa por amotinar la
gente de Cortés, so color que iban a requerirla con cédula del rey. Lo segundo
fue, que envió a fray Bartolomé de Olmedo, de la Merced, con otros dos
españo-les, a ofrecer su amistad a Narváez, y si no la quería, a requerirle de
parte del rey, y en nombre suyo, como justicia mayor de aquella tierra y de la
de los alcaldes y regidores de la Veracruz, que estaban en México, que entrase
ca-llado si traía provisiones del rey o su consejo, y sin hacer daño en la
tierra; no escandalizase ni causase males, ni estorbase la buena ventura que
allí tenían los españoles, ni el servicio del emperador, ni la conversión de
los indios; y si no las traía, que se tornase y dejase en paz la tierra y la
gente. Mas poco aprovechó este requerimiento ni las cartas de Cortés y
regimiento. Soltó al clérigo que trajeron preso los de la Veracruz, y enviole
luego tras el fraile a Narváez con ciertos collares de oro muy ricos y otras
joyas, y una carta que en suma contenía cómo se holgaba mucho que viniese él en
aquella flota antes que otro ninguno, por el conocimiento viejo que entre ellos
había, y que se viesen solos si mandaba, para dar orden cómo no hubiese guerra
ni muertes ni enojo entre españoles y hermanos, porque si traía provisiones del
rey y se las mostraba a él o al cabildo de la Veracruz, que se obedecerían,
como era justo, y si no, que tomarían otro buen asiento. Narváez, como ve-nía
tan pujante, nada o muy poco curaba de aquellas cartas ni ofertas ni
re-querimientos de Cortés, y porque Diego Velázquez, que le enviaba, estaba mal
enojado e indignado.
CAPÍTULO XCVIII
LO QUE PÁNFILO DE NARVÁEZ DIJO A LOS INDIOS Y
RESPONDIÓ A CORTÉS
Pánfilo de Narváez dijo a los indios que estaban
engañados, por cuanto él era el capitán y señor; que Cortés no, sino un malo, y
los que con él estaban en México, que eran sus mozos, y que él venía a cortarle
la cabeza y a casti-
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186
garlos y echarlos de la tierra, y luego irse y
dejársela libre. Ellos se lo creye-ron con verle con tantos barbudos y
caballos, creo que de ligeros o medro-sos; con esto le servían y acompañaban, y
dejaban a los de la Veracruz. Tam-bién se congració con Moteczuma, diciéndole
que Cortés estaba allí contra la voluntad de su rey; que era hombre bandolero y
codicioso, que le robaba su tierra y le quería matar para alzarse con el reino,
y que él iba a soltarle y a le restituir cuanto aquellos malos le habían tomado;
y porque a otros no hi-ciesen semejantes daños y mal tratamiento, que los
prendería y mataría o echaría en prisión; por eso, que estuviese alegre, pues
presto se verían, y no había de hacer más de restituirle en su reino y tornarse
a su tierra.
Eran estos tratos tan malos y tan feos, e
injuriosas las palabras y cosas que Pánfilo decía públicamente de Cortés y los
españoles de su compañía, que parecían muy mal a los de su ejército; y muchos
no las pudieron sufrir sin afeárselas, especial Bernaldino de Santa Clara, que
viendo la tierra tan pacífica y tan bien contenta de Cortés, le dio una buena
reprensión, y asi-mismo le hizo uno y muchos requerimientos el licenciado
Ayllón, y le man-dó, so gravísimas penas de muerte y perdimiento de bienes, que
no dijese aquello ni fuese a México; que sería grandísimo escándalo para los
indios y desasosiego para los españoles, de servicio del emperador y estorbo
del bautismo. Enojado de ello Pánfilo, prendió al licenciado Ayllón, oidor del
rey, y a un secretario de la audiencia y a un alguacil. Metiolos en otra nao, y
enviolos a Diego Velázquez; mas él se supo dar tan buena maña, que, o
so-bornando los marineros o atemorizándolos con la justicia del rey, se volvió
libremente a su chancillería, donde contó cuanto le aviniera con Narváez, a sus
compañeros y gobernadores, que no poco dañó los negocios de Diego Velázquez y
mejoró los de Cortés.
Como prendió Narváez al licenciado, luego pregonó
guerra a fuego, como dicen, y a sangre, contra Cortés; prometió ciertos marcos
de oro al que prendiese o matase a Cortés y a Pedro de Alvarado y a Gonzalo de
San-doval, y a otras principales personas de su compañía, y repartió los
dineros y ropa a los suyos, haciendo mercedes de lo ajeno. Tres cosas fueron
estas harto livianas y fanfarronas. Muchos españoles de Narváez se amotinaban
por los mandamientos del licenciado Ayllón, o por la fama de la riqueza y franqueza
de Cortés; y así, Pedro de Villalobos y un portugués y otros seis o
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siete se pasaron al Cortés, y otros le escribieron,
a lo que algunos dicen, ofreciéndosele si venía para ellos; y que Cortés leyó
las cartas, callando la firma y nombre de cuyas eran, a los suyos; en las
cuales los llamaba sus mo-zos, traidores, salteadores, y los amenazaba de
muerte y a quitarles la ha-cienda y tierra.
Unos cuentan que ellos se amotinaron, y otros que
Cortés los sobornó con cartas, ofertas y una carga de collares y tejuelos de
oro que envió de se-creto al real de Pánfilo de Narváez con su criado, y que
publicaba tener en Cempoallan doscientos españoles. Todo pudo ser, que el uno
era tibio y descuidado y el otro era cuidadoso y ardid en los negocios. Narváez
respon-dió a Cortés con el fraile de la Merced, y lo sustancial de la carta
era, que fue-se luego, vista la presente, adonde él estaba, que traía y le
quería mostrar unas provisiones del emperador para tomar y tener aquella tierra
por Diego Velázquez, y que ya tenía hecha una villa de hombres solamente con
alcal-des y regidores. Tras esta carta envió a Bernaldino de Quesada y a Alonso
de Mata a le requerir que saliese de la tierra, so pena de muerte, y
notificarle las provisiones; mas no se las notificaron, o porque no las
llevaban, que fuera poco sabio si de nadie las confiara, o porque no les dieron
lugar; antes Cor-tés hizo prender al Pedro de Mata porque se llamaba escribano
del rey no siéndolo o no mostrando el título.
CAPÍTULO XCIX
LO QUE DIJO CORTÉS A LOS SUYOS
Viendo pues Cortés que hacían poco fruto las cartas
y mensajeros, aunque cada día iban y venían de Narváez a él y de él a Narváez,
y que nunca se ha-bían visto ni mostrado las provisiones del rey, acordó verse
con él, que bar-ba a barba, como dicen, honra se cata, y por llevar el negocio
por bien y bue-nos medios, si posible fuese; y para esto despachó a Rodrigo
Álvarez Chico, veedor, y a Juan Velázquez y Juan del Río, que tratasen con
Narváez mu-chas cosas. Pero tres fueron las principales: que se viesen solos o
tantos a tantos; que Narváez dejase a Cortés en México, y él se fuese con los
que traía, a conquistar a Pánuco, que estaba en paz, con personas de allá muy
principales que tenía, o a otros reinos; y Cortés, que pagaría los gastos y so-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
188
correría los españoles que traía, o que se
estuviese Narváez en México, y diese a Cortés cuatrocientos españoles de la
armada, para que con ellos y con los suyos él se pasase adelante a conquistar
otras tierras. La otra era que le mostrase las provisiones que del rey traía, y
que las obedecería.
Narváez no vino a ningún partido, sino tan
solamente al concierto de que se viesen con cada diez hidalgos sobre seguro y
con juramento, y firmá-ronlo de sus nombres; mas no se efectuó, porque Rodrigo
Álvarez Chico avisó a Cortés de la trama que Narváez urdía para le prender o
matar en las vistas. Como entendía en el negocio, entendió la maña y engaño, o
quizá se lo dijo alguno que no quería mal a Cortés.
Deshechos los conciertos, determina Cortés ir a él
con decir: “Algo será”. Primero que se fuese habló con sus españoles,
trayéndoles a la me-moria cuánto él por ellos y ellos por él habían hecho desde
que comenzó aquella jornada hasta entonces; dijo cómo Diego Velázquez, en lugar
de les dar las gracias, los enviaba a destruir y matar con Pánfilo de Narváez,
que era hombre recio y cabezudo, por lo que habían hecho en servicio de Dios y
del emperador, y porque acudieron al rey como buenos vasallos, y no a él, no
siendo obligados, y que Narváez les tenía ya confiscados sus bienes, y hechas
mercedes de ellos a otros, y los cuerpos condenados a la horca y las famas
puestas al tablero, no sin muchas injurias y befas que de todos hacía; cosas
ciertamente no de cristiano, ni que ellos, siendo tales y tan buenos, querrían
disimular y dejar sin el castigo que merecían, y aun que la vengan-za él y
ellos la debían dejar a Dios, que da el pago a los soberbios y envidio-sos, que
le parecía no dejasen a lo menos gozar de sus trabajos y sudores a otros, que
con sus manos lavadas venían a comer la sangre del prójimo, y que
descaradamente iban contra otros españoles, levantando los indios que les
servían como amigos, y urdiendo guerras muy peores que las civiles de Mario y
Sila, ni que las de César y Pompeyo, que turbaron el imperio roma-no; y que él
determinaba salirle al camino y no dejarle llegar a México, pues era mejor Dios
os salve que no quién está allá; y que si eran muchos, que valía más a quien
Dios ayuda que no quien mucho madruga, y que buen corazón quebranta mala
ventura, como el suyo de ellos, que estaba pasado por el crisol, después que
con él seguían las armas y guerra; asimismo que de los de Narváez había muchos
que se pasarían a él, por eso que les daba
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cuenta de lo que pensaba y hacía, para que los que
quisieren ir con él, que se apercibiesen, y los que no, que quedasen mucho en
buen hora a guardar a México y a Moteczuma, que tanto montaba. Hízoles también
muchos ofre-cimientos si con victoria tornaba. Los españoles dijeron que como
él orde-nase así lo harían. Mucho les indignó con esta plática, y a la verdad
temían la soberbia y ceguedad de Pánfilo de Narváez, y por otra parte a los
indios, que ya tomaban alas con ver disensión entre españoles, y que los de la
costa estaban con los otros.
CAPÍTULO C
RUEGOS DE CORTÉS A MOTECZUMA
Tras esto, como los halló amigos y ganosos de lo
que él mismo deseaba, ha-bló a Moteczuma, por ir sin menos cuidado y por saber
lo que había en él, y díjole semejantes razones que estas:
“Señor, conocido tenéis el amor que os tengo y el
deseo de serviros, y la esperanza de que a mí y a mis compañeros haréis, cuando
nos vamos, muy crecidas mercedes. Pues ahora os suplico me las hagáis en
estaros siempre aquí, y miréis por estos españoles que con vos dejo, y que os
encomiendo, con el oro y joyas que les queda y que vos nos disteis; porque yo
me parto a decir a aquellos que poco ha llegaron en la flota, cómo vuestra
alteza manda que yo me vaya, y que no hagan daño ni enojo a vuestros súbditos y
vasallos, ni entren en vuestras tierras, sino que se estén en la costa hasta
que nosotros estemos para poder embarcar y nos ir, como es la vuestra voluntad
y mer-ced; y si entre tanto que voy y vuelvo, algún vuestro, de mal criado o
necio o atrevido, quisiere enojar a los míos que en vuestra guarda quedan,
manda-reisles que estén quedos”.
Moteczuma prometió de hacerlo así; y le dijo que si
aquellos eran malos y no hacían lo que les mandase, que se lo avisase, y él le
enviaría gente de guerra para que los castigase y echase fuera de su tierra; y
si quería, le daría guías que le llevasen hasta la mar siempre por sus tierras,
y mandaría que le sirviesen por el camino y mantuviesen. Cortés le besó las
manos por ello. Agradecióselo mucho, y dio un vestido de España y ciertas joyas
a un hijo suyo, y muchas cosas de rescate a otros señores que estaban allí a la
plática.
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Mas no conoció de lo que entendía, o porque aún no
le habían dicho nada de parte de Narváez, o porque disimuló gentilmente,
holgando que unos cristianos a otros se matasen, y creyendo que por allí tenía
más cierta su li-bertad, y se aplacarían sus dioses.
CAPÍTULO CI
LA PRISIÓN DE PÁNFILO DE NARVÁEZ
Estaba tan bienquisto de aquellos sus españoles
Cortés, que todos querían ir con él; y así, pudo escoger a los que quiso
llevar, que fueron doscientos y cincuenta, con los que tomó el camino a Juan
Velázquez de León. Dejó a los demás, que serían otros doscientos, en guarda de
Moteczuma y de la ciu-dad; dioles por capitán a Pedro de Alvarado. Dejoles la
artillería y cuatro fustas que había hecho para señorear la laguna, y rogoles
que atendiesen solamente a que Moteczuma no se les fuese a Narváez, y a no salir
del real y casa fuerte.
Partiose pues con aquellos pocos españoles y con
ocho o nueve caba-llos que tenía, y muchos indios de servicio. Pasando por
Chololla y Tlaxca-llan fue bien recibido y hospedado. Quince leguas, o poco
menos, antes de llegar a Cempoallan, donde Narváez estaba, topó dos clérigos y
a Andrés de Duero, su conocido y amigo, a quien debía dineros, que le prestó
para aca-bar de fornir la flota, que venían a decirle fuese a obedecer al
general y te-niente de gobernador Pánfilo de Narváez, y entregarle la tierra y
fuerzas de ella; donde no, que procedería contra él como contra enemigo y
rebelde, hasta ejecución de muerte; y si lo hacía, que le daría sus naos para
irse, y le dejaría ir libre y seguramente con las personas que quisiese. A esto
respon-dió Cortés que antes moriría que dejarle la tierra que había él ganado y
paci-ficado por sus puños e industria, sin mandamiento del emperador; y si a
gran tuerto le quería hacer guerra, que se sabría defender; y si vencía, como
esperaba en Dios y en su razón, que no había menester sus naves, y si moría,
mucho menos. Por eso, que le mostrase las provisiones y recaudo que del rey
traía; porque, hasta primero verlas y leerlas no aceptaría partido ningu-no; y
pues no se las había mostrado ni mostraba, que era señal como no las traía ni
tenía; y siendo así, que le rogaba, requería y mandaba se tornase con
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Dios a Cuba, si no, que le prendería y enviaría a
España con grillos, al empe-rador, que lo castigase como merecían sus
alborotos; y así, con esto despi-dió al Andrés de Duero, y envió un escribano y
otros muchos con poderes y mandamiento suyo, a requerirle que se embarcase y no
escandalizase más los hombres y tierra, que a más andar se levantaban, y se
fuese antes que más muertes o males se recreciesen; donde no, que para el día
de pascua de Espí-ritu Santo, que era de allí a tres días, sería con él.
Pánfilo hizo burla de aquel mandamiento, prendió al
que llevaba el poder, y mofó reciamente de Cortés, que con tan poca gente venía
haciendo fieros. Hizo alarde de su gente delante de Juan Velázquez de León, y
Juan del Río y los otros de Cortés que andaban y estaban con él en los tratos y
conciertos. Halló ochenta escopeteros, ciento y veinte ballesteros,
seiscien-tos infantes, ochenta de caballo; y aun díjoles: “¿Cómo os defenderéis
de nosotros, si no hacéis lo que queremos?”. Prometió dineros a quien le traje-se
preso o muerto a Cortés, y lo mismo hizo Cortés contra Pánfilo. Hizo un caracol
con los infantes, escaramuzó con los caballos, y jugó la artillería, para
atemorizar los indios; por el cual temor el gobernador que allí cerca tenía
Moteczuma le dio un presente de mantas y joyas de oro, en nombre del gran
señor, y se le ofreció mucho. Narváez envió, como dicen, de nuevo otro mensaje
a Moteczuma y a los caballeros de México, con los indios que llevaban el alarde
pintado; y porque le decían que Cortés venía cerca, salía a correr el campo, y
el día de Pascua sacó todos sus ochenta caballos y qui-nientos peones, y fue
una legua de donde ya Cortés llegaba. Mas, como no lo halló, pensó que las
lenguas que por espía traía, le burlaban, y tornose a su real casi ya de noche,
y durmiose. Mas, por si los enemigos viniesen, puso por centinelas en el
camino, casi una legua de Cempoallan, a Gonzalo de Carrasco y Alonso Hurtado.
Cortés anduvo el día de Pascua más de diez leguas a
gran trabajo de los suyos. Poco antes de llegar dio su mandamiento por escrito
a Gonzalo de Sandoval, su alguacil mayor, para que prendiese a Narváez, o lo
matase si se defendiese, y a los alcaldes y regidores, y diole ochenta
españoles de compa-ñía con que lo hiciese. Los corredores de Cortés, que iban
siempre buen rato delante, dieron en las escuchas de Narváez. Tomaron al
Gonzalo de Carrasco, que les dijo cómo tenía repartido Pánfilo de Narváez el aposento,
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gente y artillería. El Alonso Hurtado escapóseles,
y fue a más correr, y entró por el patio del aposento de Narváez, diciendo a
voces: “Arma, arma, que viene Cortés”. A este ruido despertaron los dormidos, y
muchos no lo creían. Cortés dejó los caballos en el monte, hizo algunas picas
que faltaban para que todos los suyos llevasen sendas, y entró él delantero en
la ciudad y en el real de los contrarios a media noche, que, por descuidarlos y
no ser vis-to, aguardó aquella hora.
Mas por bien que caminó, ya se sabía su venida por
la centinela, que lle-gó media hora primero, y estaban ya todos los caballos
ensillados, y muchos enfrenados, y todos los hombres armados. Entró tan sin
ruido, que primero dijo, “Cierra y a ellos”, que fuese visto, aunque tocaban al
arma. Andaban muchos cocuyos, y pensaron que eran mechas de arcabuz. Si un tiro
solta-ran, huyeran. Dijeron a Narváez, estando poniéndose una cota: “Catad,
se-ñor, que entra Cortés”. Respondió: “Dejadle venir; que me viene a ver”.
Tenía Narváez su gente en cuatro torrecillas con sus salas y aposentos, y él
estaba en la una con hasta cien españoles, y a la puerta trece tiros, o según
otros dicen, diecisiete, todos de fruslera. Hizo Cortés subir arriba a Gonza-lo
de Sandoval con cuarenta o cincuenta compañeros, y él quedose a la puerta para
defender la entrada con veinte; los demás cercaron las torres; y así no se
pudieron socorrer los unos a los otros. Narváez, como sintió el rui-do cabe sí,
quiso pelear, por más que le fue requerido y rogado; y al salir de su cámara le
dieron un picazo los de Cortés, que le sacaron un ojo. Echá-ronle luego mano, y
arrastrando le llevaron las escaleras abajo. Cuando se vio delante de Cortés
dijo:
“Señor Cortés, tened en mucho la ventura de tener
mi persona presa”. Él le respondió: “Lo menos que yo he hecho en esta tierra es
haberos pren-dido”. Luego le hizo aprisionar y llevar a la Villarrica, y le
tuvo algunos años preso. Duró el combate asaz poco, que dentro de una hora
estaba preso Pánfilo y los más principales de su hueste, y quitadas las armas a
los demás. Murieron diez y seis de la parte de Narváez, y de la de Cortés dos
solamente, que mató un tiro. No tuvieron tiempo ni lugar de poner fuego a la
artillería, con la priesa que Cortés les dio, si no fue un tiro, con que
mataron aquellos dos. Teníanlos atapados con cera por la mucha agua. De aquí
tomaron oca-sión los vencidos para decir que Cortés tenía sobornado el
artillero y a otros.
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Mucha templanza tuvo aquí Cortés, que aun de
palabra no injurió a ninguno de los presos y rendidos, ni a Narváez, que tanto
mal había dicho de él, estando muchos de los suyos con gana de vengarse; y
Pedro de Mal-venda, criado de Diego Velázquez, que venía por mayordomo de
Narváez, recogió y guardó los navíos y toda la ropa y hacienda de entrambos,
sin que Cortés se lo impidiese. ¿Cuánta ventaja hace un hombre a otro? ¿Qué
hizo, dijo, pensó cada capitán de estos dos? Pocas veces, o nunca por ventura,
tan pocos vencieron a tantos de una misma nación; especial estando los mu-chos
en lugar fuerte, descansados y bien armados.
CAPÍTULO CII
MORTANDAD POR VIRUELAS
Costó esta guerra muchos dineros a Diego Velázquez,
la honra y un ojo a Pánfilo de Narváez, y muchas vidas de indios que murieron,
no a hierro, sino de dolencia; y fue que, como la gente de Narváez salió a
tierra, salió también un negro con viruelas; el cual las pegó en la casa que lo
tenían en Cempoallan, y luego un indio a otro; y como eran muchos, y dormían y
co-mían juntos, cundieron tanto en breve que por toda aquella tierra
anduvie-ron matando. En las más casas morían todos, y en muchos pueblos la mitad,
que como era nueva enfermedad para ellos, y acostumbraban bañarse a to-dos
males, bañábanse con ellas, y tullíanse; y aun tienen por costumbre o vicio
entrar en baños fríos saliendo de calientes, y por maravilla escapaba hombre
que las tuviese; y los que vivos quedaron, quedaban de tal suerte, por haberse
rascado, que espantaban a los otros con los muchos y grandes hoyos que se les
hicieron en las caras, manos y cuerpo.
Sobrevínoles hambre, y no tanto de pan como de
harina; porque, como ni tienen molinos ni tahonas, no hacen otro las mujeres
sino moler su grano de centli entre dos piedras, y cocer. Cayeron pues malas de
las viruelas, y fal-tó el pan, y perecían muchos de hambre. Hedían tanto los
cuerpos muertos, que nadie los quería enterrar, y con esto estaban llenas las
calles; y porque no los echasen en ellas, diz que derribaba la justicia las
casas sobre los muer-tos. Llamaron los indios a este mal huizautl, que suena la
gran lepra. De la cual, como de cosa muy señalada, contaban después ellos sus
años. Paré-
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ceme que pagaron aquí las bubas que pegaron a los
nuestros, según en otro capítulo tengo dicho.
CAPÍTULO CIII
REBELIÓN DE MÉXICO CONTRA LOS ESPAÑOLES
Conocía Cortés casi a todos aquellos que venían con
Narváez. Habloles cor-tésmente. Rogoles que olvidasen lo pasado, que así haría
él, y que tuviesen por bien de ser sus amigos, e irse con él a México, que era
el más rico pueblo de indios. Volvioles sus armas, que las habían perdido
muchos, y a muy po-cos dejó presos con Narváez. Los de caballo se salieron al
campo con ánimo de pelear, mas luego se dieron por lo que les dijo y prometió.
En fin, todos ellos, que no venían sino a gozar la tierra, holgaron de ello, y
lo siguieron y sirvieron. Rehízo la guarnición de la Veracruz, y envió allí los
navíos de la flo-ta. Despachó doscientos españoles al río de Garay, y tornó a
enviar a Juan Velázquez de León con otros doscientos a poblar en Coazacoalco.
Envió delante un español con la nueva de la
victoria, y él partiose luego a México, no sin cuidado de los suyos que allá
estaban, a causa de los mensa-jeros de Narváez a Moteczuma. El español que fue
con las nuevas, en lugar de albricias, hubo heridas que le dieron los indios
alzados. Mas, aunque lla-gado, tornó a decir a Cortés cómo los de México
estaban rebelados y con armas, y que habían quemado las cuatro fustas,
combatido la casa y fuerte de los españoles, derribado una pared, minado otra,
puesto fuego a las mu-niciones, quitádoles las vituallas, y llegado a tanto
aprieto, que mataran o prendieran los españoles si Moteczuma no les mandara
dejar el combate, y aun con todo eso, no dejaron las armas ni el cerco;
solamente aflojaron por complacer a su señor.
Estas nuevas fueron muy tristes para Cortés, que le
volvieron su gozo en cuidado, y le hicieron apresurar el camino para socorrer a
sus amigos y compañeros; y si un poco más tardara, no los hallara vivos, sino
muertos o para sacrificar. La mayor esperanza que tuvo de no perderlos y
perderse, fue no haberse ido Moteczuma. Hizo reseña en Tlaxcallan de los
españoles que llevaba, y eran mil peones y ciento de caballo, porque llamó a
los que enviara a poblar. No paró hasta Tezcuco, donde no vio los caballeros que
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conocía, ni le recibieron como otras veces, ni por
el camino tampoco; antes halló la tierra despoblada o alborotada. A Tezcuco le
vino un español que Alvarado le enviaba a le llamar y certificar de lo arriba
dicho, y que entrase presto, porque con su ida aflojaría la ira. Vino asimismo
con el español un indio de parte de Moteczuma, que le dijo cómo de lo pasado él
estaba sin culpa, y que si traía enojo de él, que lo perdiese, y se fuese al
aposento do primero, donde él se estaba, y los españoles también vivos y sanos,
como se los dejó. Con esto descansaron él y los demás españoles aquella noche,
y otro día, que fue San Juan Bautista, entró por México a hora de comer, con
ciento de caballo y mil españoles, y muchedumbre de los amigos de Tlaxca-llan,
Huexocinco y Chololla. Vio poca gente por las calles, no recibimiento, algunos
puentes desbaratados y otras ruines señales. Llegó a su aposento, y los que no
cupieron en el, fuéronse al templo mayor.
Moteczuma salió al patio a recibirle, penado, a lo
que mostraba, de lo que los suyos habían hecho. Disculpose, y entrose cada uno
en su cámara. Pedro de Alvarado y los otros españoles no se veían de placer con
su llegada y la de tantos, que les daban las vidas, que tenían medio perdidas.
Saludá-ronse unos a otros, y preguntáronse cómo estaban y venían, y cuanto los
unos contaban de bueno, tanto los otros de malo.
CAPÍTULO CIV
LAS CAUSAS DE LA REBELIÓN
Cortés quiso por entero saber la causa del
levantamiento de los indios mexi-canos. Preguntolo a todos juntos. Unos decían
que por lo que Narváez les enviara a decir, otros que por echarlos de México
para que se fuesen, como estaba concertado, en teniendo navíos, pues peleando
les voceaban: “Íos, íos de aquí”; otros que por libertar a Moteczuma, que en
los combates de-cían: “Soltad nuestro dios y rey si no queréis ser muertos”;
quién decía que por robarles el oro, plata y joyas que tenían, y que valían más
de setecientos mil ducados; pues oían a los que llegaban cerca: “Aquí dejaréis
el oro que nos habéis tomado”; quién por no ver allí a los tlaxcaltecas y otros
que sus enemigos mortales eran; muchos, en fin, creían que por haberles
derribado los ídolos de sus dioses, y por decírselo el diablo.
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Cada cual de estas causas era bastante a que se
rebelasen, cuanto más todas juntas. Pero la principal fue porque pocos días
después de ido Cortés a Narváez, vino cierta fiesta solemne que los mexicanos
celebraban, y qui-siéronla celebrar como solían, y para ello pidieron licencia
a Pedro de Alva-rado, que quedó alcaide y teniente por Cortés, porque no
pensase, a lo que ellos decían, que se juntaban para matar los españoles.
Alvarado se la dio, con tal que en el sacrificio no interviniese muerte de
hombres ni llevasen armas. Juntáronse más de seiscientos caballeros y
principales personas, y aun algunos señores, en el templo mayor; otros dicen
más de mil. Hicieron grandísimo ruido aquella noche con atabales, caracoles,
cornetas, huesos hendidos, con que silban muy recio. Hicieron su fiesta, y
desnudos, empe-ro cubiertos de piedra y perlas, collares, cintas, brazaletes y
otras muchas joyas de oro, plata y aljófar, y con muy richos penachos en las
cabezas, bai-laron el baile que llaman mazeualiztli, que quiere decir
merecimiento con trabajo, y así dicen mazeuali por labrador. Este baile es como
el netoteliztli, que dije, porque ponen esteras en los patios de los templos, y
encima de ellas los atabales. Danzan en coro, trabados de las manos y por
renglera; bailan al son de los que cantan, y responden bailando. Los cantares
son santos, y no profanos, en alabanza del dios cuya es la fiesta, porque les
dé agua o grano, salud, victoria, o porque les dio paz, hijos, sanidad y otras
cosas así, y dicen los prácticos de esta lengua y ritos ceremoniales, que
cuando bailan así en los templos, que hacen otras muy diferentes mudan-zas que
al netoteliztli, así con la voz como con meneos del cuerpo, cabeza, brazos y
pies, en que manifestaban sus conceptos, malos o buenos, sucios o loables. A
este baile llaman los españoles areito, que es vocablo de las islas de Cuba y
Santo Domingo.
Estando pues bailando aquellos caballeros mexicanos
en el patio del templo de Uitcilopuchtli, fue allá Pedro de Alvarado. Si fue de
su cabeza o por acuerdo de todos no lo sabría decir; más de que unos dicen que
fue avi-sado que aquellos indios, como principales de la ciudad, se habían
juntado allí a concertar el motín y rebelión que después hicieron; otros, que
al prin-cipio fueron a verlos bailar baile tan loado y famoso, y viéndolos tan
ricos, que se acodiciaron al oro que traían a cuestas, y así tomó las puertas
con cada diez o doce españoles, y entró él dentro con más de cincuenta, y sin
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duelo ni piedad cristiana los acuchilló y mató, y
quitó lo que tenían encima. Cortés, aunque le debió pesar, disimuló por no
enojar a los que lo hicieron; que estaba en tiempo que los había menester, o
para contra los indios o por-que no hubiese novedad entre los suyos.
CAPÍTULO CV
LAS AMENAZAS QUE HACÍAN LOS DE MÉXICO A LOS
ESPAÑOLES
Sabida la causa de la rebelión, preguntoles Cortés
cómo peleaban los ene-migos. Ellos dijeron que luego como tomaron armas
cargaron con furia muy grande, pelearon y combatieron la casa diez días arreo,
en las cuales habían hecho los daños que ya sabía, y que por no dar lugar que
Moteczu-ma se saliese y se fuese a Narváez, como algunos decían, no habían
ellos osa-do salir de casa a pelear por las calles, sino defenderse solamente y
guardar a Moteczuma, como se lo dejara encargado; y que como eran pocos, y los
in-dios muchos, y que de credo a credo se remudaban, que no sólo se cansa-ban,
mas que desmayaban, y si a los primeros rebatos no subía Moteczuma a una azotea
y mandaba a los suyos que estuviesen quedos, si lo querían vivo, ya estuvieran
todos muertos, que luego en viéndole cesaban. Dijeron también que como vino la
nueva de la victoria contra Pánfilo, Moteczuma les mandó, y ellos quisieron
aflojar y no pelear; no, según era fama, de mie-do, sino porque llegado él, los
matasen a todos juntos; mas empero que arrepentidos, tendrían más que hacer,
volvieron a las armas y batería como de primero, y aun con más gana y denuedo;
de donde coligieron algunos que no era con voluntad de Moteczuma.
Contaron asimismo muchos milagros: que como les
faltase agua de be-ber, cavaron en el patio de su aposento hasta la rodilla o
poco más, y salió agua dulce, siendo el suelo salobral; que muchas veces se
ensayaron los in-dios a quitar la imagen de Nuestra Señora gloriosísima del
altar donde Cor-tés la puso, y en tocándola se les pegaba la mano a lo que
tocaban, y en buen rato no se les despegaba, y despegada, quedaba con señal; y
así, la dejaron estar; que cargaron un día de recio combate con el mayor tiro,
y cuando le pusieron fuego para arredrar los enemigos no quiso salir; los
cuales, como
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vieron esto, arremetieron muy denodadamente con
terrible grita, con pa-los, flechas, lanzas y piedras, que cubrían la casa y
calle, diciendo: ahora re-dimiremos nuestro rey, libertaremos nuestras casas y
nos vengaremos; mas al mejor hervor del combate soltó el tiro, sin lo cebar más
ni ponerle de nue-vo fuego, con espantoso sonido; y como era grande y tenía
perdigones con la pelota, escupió muy recio, mató muchos y asombrolos a todos;
y así, ató-nitos se retiraron; que andaban peleando por los españoles Santa
María y Santiago en un caballo blanco, y decían los indios que el caballo hería
y mataba tantos con la boca y con los pies y manos como el caballero con la
espada, y que la mujer del altar les echaba polvo por las caras y los cegaba; y
así, no viendo a pelear, se iban a sus casas pensando estar ciegos, y allá se
ha-llaron buenos; y cuando volvían a combatir la casa, decían: “Si no
tuviése-mos miedo a una mujer y al del caballo blanco, ya estaría derribada
vuestra casa, vosotros cocidos, aunque no comidos, porque no sois buenos de
co-mer; que el otro día lo probamos y amargáis; mas echaros hemos a las
águi-las, leones, tigres y culebras, que os traguen por nosotros; pero con todo
esto, si no soltáis a Moteczumacín y os vais luego, presto seréis muertos san-tamente,
cocidos con chilmolli y comidos de brutos animales, pues no sois buenos para
estómagos de hombres; porque siendo Moteczumacín nues-tro señor y el dios que
nos da mantenimiento, le osasteis prender y tocar con vuestras robadoras manos,
y a vosotros, que tomáis lo ajeno, ¿cómo os sufre la tierra, que no os traga
vivos? Pero andar; que nuestros dioses, cuya reli-gión profanasteis, os darán
vuestro merecido; y si no lo hacen presto, noso-tros vos mataremos y
despojaremos luego, y a esos hi de ruines y apocados de Tlaxcallan, vuestros
esclavos, que no se irán sin castigo ni alabando que toman las mujeres de sus
señores y piden tributo a quien pechaban”.
Estas y tales cosas braveaban y baladreaban
aquellos mexicanos; y los nuestros, que de puro miedo estaban ciscados, los
reprendían de semejan-tes boberías que se dejaban decir cerca de Moteczuma,
diciéndoles que era hombre mortal, y no mejor ni diferente de ellos; que sus
dioses eran vanos y su religión falsa, y la nuestra cierta y buena; nuestro
Dios justo, verdadero criador de todas las cosas, y la mujer que peleaba era
madre de Cristo, dios de los cristianos, y el del caballo blanco era apóstol
del mismo Cristo, veni-do del cielo a defender aquellos poquitos españoles y a
matar tantos indios.
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CAPÍTULO CVI
EL ESTRECHO EN QUE LOS MEXICANOS PUSIERON A LOS
ESPAÑOLES
En oír esto, en mirar la casa y proveer lo
necesario se pasó aquella noche, y luego por la mañana, para saber de qué
intención estaban los indios con su llegada, dijo Cortés que hiciesen mercado,
como solían, de todas las cosas, y ellos estar quedos. Entonces le dijo
Alvarado que hiciese del enojado con él, y como que le quería prender y
castigar por lo que hizo, porque le remordía la conciencia, pensando que así
Moteczuma y los suyos se aplacarían y aun rogarían por él.
Cortés no curó de aquello, antes muy enojado, dijo,
a lo que dicen, que eran unos perros, y que con ellos no había necesidad de
cumplimiento, y mandó luego a un principal caballero mexicano que allí estaba
que en todas maneras hiciesen mercado. El indio conoció que hablaban mal de
ellos, te-niéndolos en poco más que bestias, y enojose también él, y desdeñado,
fue como que a cumplir lo que Cortés mandaba, y no fue sino a pedir libertad y
a publicar las palabras injuriosas que oyera, y en poco tiempo revolvió la
feria, porque unos quebraban las puentes, otros llamaban los vecinos, y to-dos
a una dieron sobre los españoles y cercáronles la casa con tanta grita, que no
se oían. Tiraban tantas piedras, que parecía pedrisco; tantas flechas y dardos,
que henchían paredes y patio a no poder andar por él.
Salió Cortés por una parte y otro capitán por otra,
con cada doscientos españoles, y pelearon con ellos los indios reciamente, y
les mataron cuatro españoles, hirieron a otros muchos de los nuestros, y no
murieron de ellos sino pocos, por tener la guarida cerca o en las casas, o tras
las puentes y alba-rradas. Si arremetían los nuestros por las calles, luego les
atajaban las puen-tes; si a las casas, recibían mucho daño de las azoteas, con
los cantos y pie-dras que de ellas arrojaban. Al retirar los persiguieron
terriblemente. Pusieron fuego a la casa por muchas partes, y por una se quemó
un buen pedazo sin poderlo amatar, hasta derribar sobre él unas cámaras y
paredes, por donde entraran a escala vista ni no fuera por la artillería,
ballestas y es-copetas que se pusieron allí. Duró la pelea y combate todo el
día, hasta ser de noche, y aun entonces no los dejaban, con grita y rebates. No
durmieron
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mucho aquella noche, sino reparar los portillos de
lo quemado y flaco, cu-rar los heridos, que eran más de ochenta, concertar las
estancias, ordenar la gente para pelear otro día, si menester fuese.
Como fue día, fueron sobre ellos más indios y más
recio que el día antes; tanto, que los artilleros sin asestar jugaban con los
tiros. Ninguna mella ha-cían en ellos ballestas ni escopetas, ni trece
falconetes que siempre dispara-ban, porque aunque llevaba el tiro diez y quince
y aun veinte indios, luego cerraban por allí, que parecía no haber hecho daño.
Salió Cortés con otros tantos, como el día de atrás; ganó algunas puentes,
quemó algunas casas, y mató en ellas muchos que dentro se defendían; mas eran tantos
los indios, que ni se descubría el daño ni se sentía; y eran pocos los
nuestros, que con pelear todas las horas del día, no bastaban a defenderse,
cuanto más a ofen-der. No fue muerto español ninguno; mas quedaron heridos
sesenta, de piedra o saeta, que tuvieron que curar aquella noche. Para remediar
que de las casas y azoteas no recibiesen daño ni heridas, como hasta allí,
hicieron tres ingenios de madera, cuadrados, cubiertos y con sus ruedas, para
llevar-los mejor. Cabía en cada uno veinte hombres con picas, escopetas y
balles-tas, y un tiro. Detrás de ellos habían de ir azadoneros para derrocar
casas y albarradas, o para regir y ayudar a ir el ingenio.
CAPÍTULO CVII
LA MUERTE DE MOTECZUMA
Entre tanto que se hacían estos ingenios no salían
los nuestros a pelear, ocu-pados en la obra; solamente resistían; mas los
enemigos, pensando que to-dos estaban muy mal heridos, combatíanlos a más no
poder, y aun les de-cían denuestos y palabras injuriosas, y amenazábanlos que
si no les daban a Moteczuma, que les darían la más cruda muerte, que jamás
hombres lleva-ron. Cargaban tanto y porfiaban a entrar la casa, que rogó Cortés
a Motec-zuma se subiese a un azotea alta y mandase a los suyos cesar e irse. Subió,
púsose al pretil para hablarles, y en comenzando, tiraron tantas piedras de
abajo y de las casas fronteras, que de una que le acertó en las sienes le
derri-baron y mataron sus propios vasallos. Y no lo quisieran hacer más que
sa-carse los ojos; ni lo vieron, como le tenía un español cubierto y amparado
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con una rodela, no le diese en la cara alguna
pedrada, que tiraban muchas; ni creyeron que estaba allí, por más señas y voces
que les daban.
Luego Cortés publicó la herida y peligro de
Moteczuma; mas unos lo creían, y otros no; empero todos peleaban a porfía. Tres
días estuvo Motec-zuma con dolor de cabeza, y al cabo muriose. Cortés, porque
los indios vie-sen que moría de la pedrada que ellos le habían dado, y no de
mal que él le hubiese hecho, lo hizo sacar a cuestas a dos caballeros mexicanos
y presos, que dijeron la verdad a los ciudadanos, los cuales a la sazón estaban
comba-tiendo la casa; mas ni por eso dejaron el combate ni la guerra, como
muchos de los nuestros pensaban; antes la hicieron mayor y sin ningún respeto.
Al retirar hicieron muy gran llanto para enterrar al rey en Chapultepec. De
esta manera murió Moteczumacín, que de los indios era por dios tenido, y que
tan gran rey como dicho es era. Pidió el bautismo, según dicen, por
Carnestolendas; y no se lo dieron entonces por dárselo la Pascua con la
so-lemnidad que requería tan alto sacramento y tan poderoso príncipe, aun-que
mejor fuera no alargarlo; mas como vino primero Pánfilo de Narváez, no se pudo
hacer, y después de herido olvidose, con la priesa del pelear. Afirman que
nunca Moteczuma, aunque de muchos fue requerido, consin-tió en muerte de
español ni en daño de Cortés, a quien mucho amaba. Tam-bién hay quien lo
contrario diga. Todos dan buenas razones; mas empero no pudieron saber la
verdad nuestros españoles, porque ni entonces enten-dían el lenguaje, ni
después hallaron vivo a ninguno con quien Moteczuma hubiese comunicado esta
puridad. Una cosa sé decir, que nunca dijo mal de españoles, que no poco enojo
y descontento era para los suyos.
Dicen los indios que fue el mejor de su linaje y el
mayor rey de México. Y es gran cosa que cuando los reinos más florecen y más
encumbrados es-tán, entonces se caen y pierden o truecan señor, según historias
cuentan, y como la habernos visto en este Moteczuma y en Atabaliba. Más
perdieron nuestros españoles con la muerte de Moteczuma que los indios, si bien
con-sideraseis las muertes y destrozo que luego se siguió a los unos, y el
conten-tamiento y descanso de los otros; porque muerto él, se quedaron en sus
ca-sas y tomaron nuevo rey.
Fue Moteczuma reglado en el comer; no vicioso, como
otros indios, aunque tenía muchas mujeres. Fue dadivoso y muy franco con los
espa-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
202
ñoles, y creo que también con los suyos; porque si
fuera por arte, y no por natura, fácilmente se le conociera al dar en el
semblante; que los que dan de mala gana, mucho descubren el corazón. Cuentan
que fue sabio: a mi pare-cer, o fue muy sabio, pues pasaba por las cosas así, o
muy necio, que no las sentía. Fue tan religioso como belicoso, aunque tuvo
muchas guerras, en que se halló presente. Dicen que venció nueve batallas y
otros nueve cam-pos en desafío, uno a uno. Reinó diecisiete años y algunos meses.
CAPÍTULO CVIII
LOS COMBATES QUE UNOS A OTROS SE DABAN
Muerto que fue Moteczuma, envió a decir Cortés a
sus sobrinos y a los otros señores y capitanes que sustentaban la guerra, que
les quería hablar. Vinie-ron y él les dijo desde aquella misma azotea que le
mataran, que pues era muerto Moteczuma, dejasen las armas y atendiesen a elegir
otro rey y ente-rrar el difunto; que se quería hallar a las honras como amigo.
Y que supie-sen cómo por amor de Moteczuma, que se lo rogaba, no les había ya
derri-bado y asolado la ciudad, como rebelde y obstinada. Mas pues ya no tenía
a quien tener respeto, les quemaría las casas y los castigaría si no cesaba la
guerra y eran sus amigos. Ellos respondieron que no dejarían las armas has-ta
verse libres y vengados; y que sin su consejo sabrían tomar el rey que por
derecho les venía, pues los dioses les habían llevado a su querido Moteczu-ma.
Que del cuerpo harían lo que de otros reyes muertos. Y si él quería ir a morar
con los dioses y tener compañía a su amigo, que saliese, y lo matarían. Y que
más querían guerra que paz, si había de estar en la ciudad. Y si se eno-jaba,
que tendría dos males; porque ellos no eran como otros, que se ren-dían a
palabras. Que también ellos, pues muriera su señor, por cuya reve-rencia no les
tenían quemadas las casas y a ellos asados y comidos, le matarían si no se iba.
Y una vez por una que saliese fuera, y que después tra-tarían de amistad.
Cortés, como los halló duros, conoció que iba malo
su partido, y que le decían que se fuese para tomarlo entre puentes. Tanto les
rogaba por el daño que recibía como por el que hacía. Así que, viendo cómo las
vidas y el mandar consistían en los puños y tener buen corazón, salió una
mañana
BIBLIOTECA AYACUCHO
203
con los tres ingenios, con cuatro tiros, con más de
quinientos españoles y con tres mil tlaxcaltecas, a pelear con los enemigos, a
derribar y quemar las casas. Arrimaron los ingenios a unas grandes casas que
cabe una puente es-taban. Echaron escalas para subir a las azoteas, que estaban
llenas de gente, y comenzaron a combatirlas; mas presto se tornaron al fuerte
sin hacer cosa que dañase mucho los contrarios, y con un español muerto y otros
muchos heridos, y con los ingenios quebrados. Fueron tantos los indios que al
ruido cargaron, y apretaron en tanta manera a los nuestros, que no les dieron
lu-gar ni vagar de soltar los tiros. Y los de aquella casa tiraron tantas
piedras y tan grandes de las azoteas, que desbarataron los ingenios y los
ingenieros. Y los hicieron volver más de a paso en poco tiempo.
Como los hubieron encerrado, cobraron todas las
casas y calles perdi-das y el templo mayor, en cuya torre se encastillaron
quinientos principales hombres. Metieron muchos bastimentos, muchas piedras,
muchas lanzas largas y con hierros de pedernal, anchos y agudos. Y a la verdad
con ningu-na arma hacían tanto daño como con piedras, ni tan a su salvo. Era
fuerte aquella torre y alta, según ya dije, y estaba tan cerca del fuerte de
los nues-tros, que les hacía muy gran daño. Cortés, aunque con harta tristeza, anima-ba
siempre a los suyos, y siempre iba delante a las afrentas y peligros. Y por no
estar acorralado, que no lo sufría su corazón, toma trescientos españo-les, y
va a combatir aquella torre. Acometiola tres o cuatro veces y otros tan-tos
días; mas nunca la pudo subir, como era alta y había muchos defensores con
buenas piedras y armas, con que por detrás le fatigaban mucho. Antes siempre
venían rodando las gradas abajo heridos y huyendo, de que orgu-llosos los
indios, seguían los nuestros hasta las puertas del real. Y los espa-ñoles iban
de cada hora desmayando más, y muchos murmurando. Estaba su corazón con estas
cosas cual pensar podéis.
Y porque los indios, con tener la torre y
victorias, andaban más bravos que nunca, así por obras como de palabras,
determina Cortés salir, y no tor-nar sin ganarla. Atose la rodela al brazo que
tenía herido; fue, cercó y com-batió la torre con muchos españoles,
tlaxcaltecas y amigos; y aunque los de arriba la defendieron recio y mucho, y
derribaron tres o cuatro españoles por las escaleras, y vinieron muchos a
socorrerla, la subió y ganó. Pelearon allá arriba con los indios hasta que los
hicieron saltar a unos pretiles o ande-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
204
nes que tenía la torre alrededor, un paso anchos o
más; los cuales eran tres, y uno más alto que otro dos estados, o conforme a
los sobrados de las capi-llas. Algunos indios cayeron al suelo por saltar de
uno en otro, que allende del golpe llevaban muchas estocadas de los nuestros,
que abajo quedaron. Españoles hubo que, abrazados con los enemigos, se
arrojaban a los preti-les y aun de uno en otro, por matarlos o echar al suelo;
y así, no dejaron a ninguno vivo. Pelearon tres horas allá arriba; que como eran
muchos in-dios, ni los podían vencer ni acabar de matar. En fin, murieron todos
qui-nientos indios como valientes hombres. Y si tuvieran armas iguales, más
mataran que murieran, según el lugar y corazón tenían. No se halló la ima-gen
de nuestra Señora, que al principio de la rebelión no podían quitar; y Cortés
puso fuego a las capillas y otras tres torres, en que se quemaron mu-chos
ídolos. No perdieron coraje aunque perdieron la torre; con lo cual, y por quema
de sus dioses, que al alma les llegó, hacían muchas arremetidas a la casa
fuerte de los nuestros.
CAPÍTULO CIX
REHÚSAN LOS DE MÉXICO LAS TREGUAS
QUE CORTÉS PIDIÓ
Cortés, considerando la multitud de los enemigos,
el ánimo, la porfía y que ya los suyos estaban hartos de pelear, y aun ganosos
de irse, si los indios los dejaran, tornó a requerir con la paz y a rogar a los
mexicanos por treguas, diciéndoles que morían muchos y no mataban ninguno, y
que las deman-daba para que conociesen su daño y mal consejo. Ellos, más
endurecidos que nunca, le respondieron que no querían paz con quien tanto mal
les había hecho, matándoles sus hombres y quemándoles sus dioses, ni menos querían
treguas, pues no tenían agua ni pan ni salud; y que si morían, que también
mataban y herían; que no eran dioses ni hombres inmortales, para no morir como
ellos; y que mirase cuánta gente parecía por las azoteas, to-rres y calles, sin
otra tanta que estaba en las casas, y hallaría que más presto se acabarían sus
españoles muriendo uno a uno, que los vecinos de mil a mil ni de diez en diez
mil; porque, acabados aquellos que veía, vendrían luego otros tantos, y tras
aquellos, otros y otros; mas, acabado él y los suyos,
BIBLIOTECA AYACUCHO
205
que no vendrían más españoles, y ya que ellos no
los matasen con armas, se morirían de heridas y de sed y de hambre; y aunque ya
quisiesen irse, no po-drían, por estar deshechas las puentes, rompidas las
calzadas, no teniendo barcas para ir por agua.
En estas razones, que le dieron bien qué pensar y
temer, les tomó la no-che; y cierto la hambre sola, el trabajo y cuidado, los
consumía, y consu-miera sin otra guerra. Aquella noche se armaron los medios
españoles, y muy tarde salieron, y como los contrarios no peleaban a tales
horas, que-maron fácilmente trescientas casas en una calle. Entraron en
algunas, y mataron los que dentro hallaron: quemáronse entre ellas tres azoteas
cerca del fuerte, que les hacían daño. Los otros medio españoles adobaban los
ingenios y reparaban la casa. Como les sucedió bien la salida, tornaron en
amaneciendo a la calle y puente, do les desbarataron los ingenios; y aunque
hallaron muy gran resistencia, como les iba la vida, que de la honra ya no
hacían tanto caudal, ganaron muchas casas con azoteas y torres, que que-maron;
ganando asimismo, de ocho puentes que tiene, las cuatro, aunque estaban tan
fuertes con albarradas de lodo y adobes, que apenas los tiros derribarlas
podían. Cegáronlas con los mismos adobes y con la tierra, pie-dras y madera de
lo derrocado; quedó guarda en lo ganado, y volviéronse al real con hartas
heridas, cansancio y tristeza, porque más sangre y ánimo perdían que tierra
ganaban.
Luego otro día, por tener paso a tierra, salieron,
ganaron y cegaron las otras cuatro puentes de aquella misma calle, y fueron
veinte de caballo co-rriendo hasta tierra firme, tras los enemigos que huían; y
estando Cortés cegando y allanando las puentes y malos pasos para los caballos,
llegaron a le decir cómo estaban esperando muchos señores y capitanes que
querían paz; por eso que fuese allá; y llevase un tlamacazque, que era de los
sacer-dotes principales, y estaba preso, para entender en los conciertos de
ella. Cortés fue y lo llevó; tratose de la paz, y el tlamacazque fue a que
dejasen las armas y el cerco del real; empero no tornó. Todo era fingido y por
ver qué ánimo tenían los nuestros, o por cobrar el religioso, o por
descuidarlos. Con tanto, se fueron todos a comer, que era ya hora; mas no fue
bien senta-do Cortés a la mesa, cuando entraron ciertos de Tlaxcallan dando
voces que los enemigos andaban con armas por la calle, y habían cobrado las
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
206
puentes perdidas, y muerto los más españoles que
las guardaban. Salió luego a la hora con los de a caballo que más a punto
estaban, y algunos de a pie; rompió el cuerpo de los adversarios, que muchos
eran, y siguiolos has-ta tierra. A la vuelta, como los españoles de pie estaban
heridos y cansados de pelear y guardar la calle, no pudieron sostener el ímpetu
y el golpe de los muchos contrarios que sobre ellos cargaron, y que hincheron
tanto la calle, que aína no pudieron tornar a su aposento; y no sólo estaba
llena la calle de gente, mas aun había por agua muchas canoas, y los unos y
otros apedrearon y agarrocharon los nuestros bravísimamente, e hirieron a
Cortés muy mal en la rodilla, de dos pedradas, y luego anduvo la fama por toda
la ciudad que le habían muerto, que no poco entristeció a los nues-tros y
alegró a los indios; mas él, aunque herido, animaba a los suyos y daba en los
enemigos. A la postrera puente cayeron dos caballos, y el uno se sol-tó, y
embarazaron el paso a los que venían detrás. Revolvió Cortés sobre los indios,
e hizo algún tanto de lugar; y así, pasaron todos los de caballo, y el que fue
postrero hubo de saltar con su caballo a muy gran trabajo y peli-gro, y fue
maravilla que no le prendieran; diéronle con todo de pedradas; con que se
recogió al real ya bien tarde. En cenando, envió algunos espa-ñoles a guardar
la calle y ciertos puentes de ella, porque no las recobrasen los indios ni le
fatigasen en casa la noche, que quedaban muy ufanos con el buen suceso del día;
aunque no acostumbran ellos, según de antes dije, pelear de noche.
CAPÍTULO CX
CÓMO HUYÓ CORTÉS DE MÉXICO
Cortés, viendo perdido el negocio, habló a los
españoles para que se fuesen, y todos ellos holgaron mucho de oírlo; que no
había casi ninguno que heri-do no fuese. Tenían miedo de morir, aunque ánimo
para morir; porque eran tantos indios, que aunque no hicieran sino degollarlos
como a carne-ros, no bastaban. No tenían tanto pan, que se osasen hartar; no
tenían pól-vora ni pelotas ni almacén ninguno; estaba aportillada la casa, que
no pocos se ocupaban en la guardar. Todas eran bastantes estas causas para desam-parar
a México y amparar sus vidas; aunque, por otra parte, les parecía mal
BIBLIOTECA AYACUCHO
207
caso volver la cara al enemigo; que las piedras se
levantan contra el que huye. Especialmente temían el pasar los ojos de la
calzada por do entraron, que tenían quitadas las puentes; así que por un cabo
los cercaban duelos y por otro quebrantos.
Acordose pues entre todos que se fuesen, y luego,
aquella noche, que era la de Botello; el cual presumía de astrólogo, o, como lo
llamaban, de ni-gromántico, y que dijera muchos días antes que si se salían de
México a cier-ta hora señalada de noche, que era ésta, se salvarían, y si no,
que no. Ora lo creyesen, ora no, todos, en fin, acordaron de irse aquella
noche; y para pasar los ojos de la calzada hicieron una puente de madera, que
pusiesen y quita-sen. Esto es muy de creer, que todos se concertasen, y no lo
que algunos di-cen, que Cortés se partió los cencerros atapados, y que se
quedaron más de doscientos españoles en el mismo patio y real, sin saber de la
partida; a quien después mataron, sacrificaron y comieron los de México; pues
de la ciudad no se pudieron salir, cuánto más de una misma casa. Cortés dice
que se lo requirieron.
Llamó Cortés a Juan de Guzmán, su camarero, que
abriese una sala do tenía el oro, plata, joyas, piedras, plumas y mantas ricas,
para que delante los alcaldes y regidores tomasen el quinto del rey sus
tesoreros y oficiales, y dio-les una yegua suya y hombres que lo llevasen y
guardasen; dijo asimismo que cada uno tomase lo que quisiese o pudiese del
tesoro, que él se lo daba. Los de Narváez, hambrientos de aquello, cargaron de
cuanto pudieron; mas caro les costó, porque a la salida, con la carga, no podían
pelear ni an-dar; y así, los indios mataron muchos de ellos, arrastraron y
comieron. Tam-bién los de caballo tomaron de ello a las ancas; y en fin, todos
llevaron algo, que más había de setecientos mil ducados; sino que, como estaban
en joyas y piezas grandes, hacían gran volumen. El que menos tomó, libró mejor,
porque fue sin embarazo y salvose, y aunque algunos digan que se quedó allí
mucha cantidad de oro y cosas, creo que no, porque los tlaxcaltecas y los otros
indios dieron saco y se lo tomaron todo.
Dio cargo Cortés a ciertos españoles que llevasen a
recado a un hijo y dos hijas de Moteczuma, a Cacama y otro su hermano y a otros
muchos se-ñores grandes que tenía presos. Mandó a otros cuarenta que llevasen
el pontón, y a los indios amigos la artillería y un poco de centli que había.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
208
Puso delante a Gonzalo de Sandoval y Antonio de
Quiñones; dio la rezaga a Pedro de Alvarado, y él acudía a todas partes hasta
con cien españoles; y así, con esta orden salieron de casa a media noche en
punto, y con gran niebla, y muy callandito, por no ser sentidos, y
encomendándose a Dios que los sacase con vida de aquel peligro y de la ciudad.
Echó Cortés por la calzada de Tlacopan, que habían entrado, y todos le
siguieron; pasaron el primer ojo con la puente que llevaban echiza. Las
centinelas de los enemi-gos y las guardas del templo y ciudad sonaron luego sus
caracoles, y die-ron voces que se iban los cristianos; y en un salto, como no
tienen armas ni vestidos que echar encima y los impidan, salió toda la gente
tras ellos a los mayores gritos del mundo, diciendo: “¡Mueran los malos, muera
quien tanto mal nos ha hecho!”. Y así, cuando Cortés llegó a echar el pontón
so-bre el ojo segundo de la calzada, llegaron muchos indios que se lo
defen-dían peleando; pero, en fin, hizo tanto, que los echó y pasó con cinco de
caballo y cien peones españoles, y con ellos aguijó hasta la tierra, pasando a
nado los canales y quebradas de la calzada, que su puente de madera ya era
perdida. Dejó los peones en tierra con Juan Jaramillo, y tornó con los cinco de
caballo a llevar a los demás, y a darles prisa que caminasen; pero cuando llegó
a ellos, aunque algunos peleaban reciamente, halló muchos muertos. Perdió el
oro, el fardaje, los tiros, los prisioneros; y en fin, no ha-lló hombre con
hombre ni cosa con cosa de como lo dejó y sacó del real. Recogió los que pudo,
echolos delante, y siguió tras ellos, y dejó a Pedro de Alvarado a esforzar y
recoger los que quedaban; mas Alvarado no pu-diendo resistir ni sufrir la carga
que los enemigos daban, y mirando la mortandad de sus compañeros, vio que no
podía él escapar si atendía, y siguió tras Cortés con la lanza en la mano,
pasando sobre españoles muer-tos y caídos, y oyendo muchas lástimas. Llegó a la
puente cabera, y saltó de la otra parte sobre la lanza; de este salto quedaron
los indios espantados y aun españoles, que era grandísimo y que otros no
pudieron hacer, aunque lo probaron, y se ahogaron.
Cortés a esto se paró, y aun se sentó, y no a
descansar, sino a hacer duelo sobre los muertos y que vivos quedaban, y pensar
y decir el baque que la fortuna le daba con perder tantos amigos, tanto tesoro,
tanto mando, tan grande ciudad y reino; y no solamente lloraba la desventura
presente, mas
BIBLIOTECA AYACUCHO
209
temía la venidera, por estar todos heridos, por no
saber a dónde ir, y por no tener cierta la guarida y amistad de Tlaxcallan; y
¿quién no llorara viendo la muerte y estrago de aquellos que con tanto triunfo,
pompa y regocijo entra-do habían? Empero, porque no acabasen de perecer allí
los que quedaban, caminando y peleando llegó a Tlacopan, que está en tierra,
fuera ya de la calzada. Murieron en el desbarate de esta triste noche, que fue
a 10 de julio del año de 20 sobre 1.500, cuatrocientos y cincuenta españoles,
cuatro mil indios amigos, cuarenta y seis caballos, y creo que todos los
prisioneros. Quién dice más, quién menos; pero esto es lo más cierto.
Si esta cosa fuera de día, por ventura no murieran
tantos ni hubiera tanto ruido; mas, como pasó de noche oscura y con niebla, fue
de muchos gritos, llantos, alaridos y espanto, que los indios, como vencedores,
vocea-ban victoria, invocaban sus dioses, ultrajaban los caídos y mataban los
que en pie se defendían. Los nuestros, como vencidos, maldecían su desastra-da
suerte, la hora y quién allí los trajo. Unos llamaban a Dios, otros a Santa
María, otros decían: “Ayuda, ayuda; que me ahogo”. No sabría decir si murieron
tantos en agua como en tierra, por querer echarse a nado o saltar las quebradas
y ojos de la calzada, y porque los arrojaban a ella los indios, no pudiendo
apear con ellos de otra manera; y dicen que en cayendo el español en agua, era
con él el indio, y como nadan bien, los llevaban a las barcas y donde querían,
o lo desbarrigaban. También andaban muchas acalles a raíz de la calzada,
peleando; que, como tiraban a bulto, daban a todos, aunque algo divisaban el
vestido de los suyos, que parecía encami-sada, y eran tantos los de la calzada,
que se derribaban unos a otros en agua y a tierra; y así, ellos se hicieron a
sí mismos más daño que los nuestros, y si no se detuvieran en despojar los
españoles caídos, pocos o ninguno deja-ran vivos. De los nuestros tanto más
morían, cuanto más cargados iban de ropa y de oro y joyas, porque no se
salvaron sino los que menos oro lleva-ban y los que fueron delante o sin miedo;
por manera que los mató el oro y murieron ricos.
Acabada que fue de pasar la calzada, no siguieron
los indios nuestros españoles, o porque se contentaron con lo hecho, o porque
no osaron pe-lear en lugar anchuroso, o por se poner a llorar los hijos de
Moteczuma, que aún hasta entonces nunca los habían conocido ni sabido que
fuesen muer-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
210
tos. Grandes llantos y plañidos hicieron sobre
ellos, mesándose las cabezas por los haber ellos muerto.
CAPÍTULO CXI
LA BATALLA DE OTUMPAN
No sabían en Tlacopan, cuando los españoles
llegaron, cuán rotos y huyen-do iban, y los nuestros se remolinaron en la plaza
por no saber qué hacer ni adonde ir. Cortés, que venía detrás para llevar todos
los suyos delante, les dio prisa que saliesen al campo a lo llano, antes que
los del pueblo se arma-sen y juntasen con más de cuarenta mil mexicanos que,
acabado el llanto, venían ya picándole. Tomó la delantera, echó delante los
indios amigos que le quedaron, y caminó por unas labradas. Peleó hasta llegar a
un cerro alto, donde estaba una torre y templo, que ahora llaman por eso
Nuestra Señora de los Remedios. Matáronle algunos españoles rezagados y muchos
indios primero que arriba subiese; perdió mucho oro de lo que había quedado, y
fue harto librarse de la muchedumbre de enemigos, porque ni los veinti-cuatro
caballos que le quedaron podían correr, de cansados y hambrientos, ni los
españoles alzar los brazos ni pies del suelo, de sed, hambre, cansancio y
pelear, que en todo el día y la noche no habían parado ni comido.
En aquel templo, que tenía razonable aposento, se
fortaleció. Bebie-ron, pero no cenaron nada o muy poco, y estuvieron a ver qué
harían tan-tos indios que por alrededor estaban como en cerco, gritando y
arreme-tiendo, y porque no tenían de comer; guerra peor que la de los enemigos.
Hicieron muchos fuegos de la leña del sacrificio, y hacia la media noche, que
sentidos no fuesen, se partieron. Mas como no sabían el camino, iban a tiento,
sino que un tlaxcalteca los guió y dijo que llevaría a su tierra si no lo
impedían los de México; y con tanto comenzaron a caminar. Cortés or-denó su
gente, puso los heridos y ropa que había, en medio; los sanos y caballos
repartió en vanguardia y retaguardia. No pudieron ir tan quedos, que no los
sintieran los escuchas que cerca estaban; los cuales apellidaron luego y vino
mucha gente, que los siguió solamente hasta el día. Cinco de caballo, que iban
delante a descubrir, dieron con ciertos escuadrones de indios que los
aguardaban para robar, y que en viéndolos cuidaron venir
BIBLIOTECA AYACUCHO
211
allí todos los españoles, y huyeron. Mas
reconociendo el poco número, pararon y juntáronse con los que atrás venían, y
peleando los siguieron tres leguas, hasta que tomaron los nuestros una cuesta
en que estaba otro templo con una buena torre y aposento, do se pudieron
albergar aquella noche, mas no cenar. Al alba les dieron los indios un mal
rebato; empero fue más el temor que el daño.
Partieron de allí y fueron a un pueblo grande por
fragoso camino, por el cual hicieron poco mal los caballos en los enemigos, y
ellos no mucho en los nuestros. Los del lugar huyeron a otro, de miedo; y así,
pudieron estar allí aquella noche y otra siguiente, descansar y curar los
hombres y bestias; ma-taron la hambre, y llevaron provisión, aunque no mucha,
que no había quién. Partidos de allí, los persiguieron infinidad de contrarios,
que los acometían recio y fatigaban. Y como el indio de Tlaxcallan que guiaba
no sabía bien el camino, iban fuera de él. Al cabo llegaron a una aldea de
pocas casas, donde aquella noche durmieron. A la mañana prosiguieron su
cami-no, y tras ellos siempre los enemigos, que los fatigaron todo el día.
Hirieron a Cortés con honda tan mal, que se le pasmó la cabeza, o porque no le
cura-ron bien sacándole cascos, o por el demasiado trabajo que pasó. Entrose a
curar en un lugar yermo, y luego, porque no le cercasen, sacó de él su gente; y
caminando, cargó tanta muchedumbre sobre él, y peleó tan recio, que hi-rieron
cinco españoles y cuatro caballos, uno de los cuales murió, y le co-mieron sin
dejar, como dicen, pelo ni hueso. Tuviéronla por buena cena, aunque no tuvieron
harto para entre tantos. No había español que de ham-bre no pereciese. Dejo
aparte el trabajo y heridas; cosas que cada una basta-ba para los acabar;
empero la nación nuestra española sufre más hambre que otra ninguna, y estos de
Cortés más que todos, que tiempo aún no te-nían para coger yerbas de que comer
basto.
Luego otro día con la mañana se partieron de
aquellas casas; y porque tenía temor de la mucha gente que parecía, mandó
Cortés que los de caballo tomasen a las ancas los más dolientes y heridos, y
los no tanto, que de las colas y estribos se asiesen, o hiciesen muletas y
otros remedios para ayudar-se y poder andar si no querían quedarse a dar buena
cena a los enemigos. Valió mucho este aviso para lo que les avino, y aun tal
español hubo que lle-vó a otro a cuestas, y lo salvó así.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
212
A una legua andada, en un llano salieron tantos
indios a ellos, que cu-brían el campo y que los cercaron a la redonda. Acosaron
reciamente, y pelearon de tal suerte, que creyeron los nuestros ser aquel día
el último de su vida; porque muchos indios hubo que osaron tomarse con los
españo-les brazo a brazo y pie con pie; y aunque gentilmente se los llevaban
arras-trando, ora fuese por sobra de ánimo suyo, ora por falta en los nuestros,
con los muchos trabajos, hambre y heridas, lástima era muy grande ver de aquella
manera llevar a los españoles y oír las cosas que iban diciendo. Cortés, que
andaba a una y otra parte confortando los suyos, y que muy bien veía lo que
pasaba, encomendose a Dios, llamó a San Pedro, su abo-gado, arremetió con su
caballo por medio los enemigos, rompiolos, llegó al que traía el estandarte
real de México, que era capitán general, y diole dos lanzadas, de que cayó y
murió. En cayendo el hombre y pendón, aba-tieron las banderas en tierra, y no
quedó indio con indio, sino que luego se derramaron cada uno por do mejor pudo,
y huyeron, que tal costumbre en guerra tienen, muerto su general y abatido el
pendón. Cobraron los nuestros coraje, siguiéronlos a caballo, y mataron
infinitos de ellos; tantos dicen, que no los oso contar. Los indios eran
doscientos mil, según afir-man, y en el campo do esta batalla fue se dice de
Otumpan. No ha habido más notable hazaña ni victoria en Indias después que se
descubrieron; y cuantos españoles vieron pelear este día a Fernando Cortés
afirman que nunca hombre peleó como él, ni los suyos así acaudilló, y que él
solo por su persona los libró a todos.
CAPÍTULO CXII
EL ACOGIMIENTO QUE HALLARON LOS ESPAÑOLES EN
TLAXCALLAN
Habida la victoria, y cansados de matar indios, se
fueron Cortés y sus espa-ñoles a dormir a una casa puesta en llano, de la cual
se parecían ciertas sie-rras de Tlaxcallan, que no poco los alegraron, aunque
por parte les puso en cuidado si les serían amigos en tal tiempo hombres tan
guerreros como los de allí; porque el desdichado, el vencido que huye, ninguna
cosa halla en su favor; todo le sale mal o al revés lo que piensa y ha
menester. Cortés aquella
BIBLIOTECA AYACUCHO
213
noche fue atalaya de los suyos; y no tanto por
estar más sano o descansado que los compañeros, sino porque siempre quería que
fuese igual el trabajo a todos, como era común el daño y pérdida. Siendo de día
caminaron por tie-rra llana derecho a las sierras y provincia de Tlaxcallan.
Pasaron por una fuente muy buena, do se
refrescaron, que según los in-dios amigos dijeron, partía términos entre
mexicanos y tlaxcaltecas. Fueron a Huacilipan, lugar de Tlaxcallan y de cuatro
mil vecinos, donde muy bien recibidos fueron, y proveídos tres días que en él
estuvieron descansando y curándose. Algunos del pueblo no quisieron darles nada
sin que se lo paga-sen; empero los más muy bien lo hicieron con ellos. Aquí
vinieron Maxixca, Xicotencatl, Acxotecatl, y otros muchos señores de Tlaxcallan
y Huexoxin-co, con cincuenta mil hombres de guerra, los cuales iban a México a
soco-rrer los españoles, sabiendo las revueltas, y no la salida, daño y pérdida
que llevaban. Otros dicen que sabiendo cómo venían destrozados y huyendo, los
salieron a consolar y a convidar a su pueblo, de parte de la república. En fin,
ellos mostraron pena de verlos así, y placer por hallarlos allí. Lloraban y
decían: “Bien os lo dijimos y avisamos, que mexicanos eran malos y traido-res,
y no lo creisteis; pésanos de vuestro mal y desastre. Si queréis, vamos allá, y
venguemos esta injuria y las pasadas, y las muertes de vuestros cristia-nos y
de nuestros ciudadanos; y si no, idos con nosotros, que en nuestras casas os
curaremos”. Cortés se alegró grandemente de hallar aquel amparo y amistad en
tan buenos hombres de guerra: lo que venía dudando.
Agradecioles, como era razón, su venida y voluntad;
dioles de las joyas que quedaron, algunas; díjoles que tiempo habría para
emplearlos contra los de México, y que al presente era necesario curar los
enfermos. Aquellos señores le rogaron que, pues no quería tornar a México, les
dejase salir a combatirse con los de Culúa, que aún andaban muchos por allí,
dicen que más por robar que por otra cosa. Él les dio algunos españoles que
sanos o poco heridos estaban; con que fueron, pelearon, y mataron muchos de ellos,
y de ahí adelante no parecieron más los enemigos. Luego se partieron muy
alegres y victoriosos a su ciudad, y tras ellos los nuestros.
Sacáronles al camino de comer, a lo que dicen,
veinte mil hombres y mujeres, pienso que los más salieron por verlos; tanto era
el amor y afición que les tenían; o por saber de los suyos que habían ido a
México, mas pocos
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
214
tornaban. En Tlaxcallan fueron bien recibidos y
tratados, que Maxixca dio su casa y cama a Cortés, y a los demás españoles
hospedaron los caballeros y principales personas de la ciudad, y les hicieron
mil regalos; de los cuales tanto más gozaron, cuanto más destrozados venían; y
creo que no habían dormido en camas quince días atrás. Mucho se debe a los de
Tlaxcallan por su lealtad y ayuda, especialmente a Maxixca, que arrojó por las
gradas abajo del templo mayor a Xicotencatl, porque aconsejó al pueblo que matasen
los españoles para reconciliarse con los mexicanos; e hizo dos oraciones, una a
los hombres y otra a las mujeres, diciendo que no habían comido sal ni ves-tido
algodón en muchos años, sino después que ellos eran sus amigos. Tam-bién se
preciaban mucho ellos mismos de aquesto, y de la resistencia y bata-lla que
dieron a Cortés de Teoacacinco; y así, cuando hacen fiestas o reciben algún
virrey, salen al campo sesenta o setenta mil de ellos a escaramuzar, y pelean
como pelearon con él.
CAPÍTULO CXIII
EL REQUERIMIENTO QUE LOS SOLDADOS
HICIERON A CORTÉS
Había Cortés dejado allí en Tlaxcallan, al tiempo
que se partió a México a verse con Moteczuma, veinte mil pesos de oro, y aun
más que, después de sacado y enviado el quinto al rey con Montejo y
Portocarrero, se quedaron sin repartir, con las cortesías que hubo entre él y
los compañeros. Dejó tam-bién las mantas y cosas de pluma, por no llevar aquel
embarazo y carga adonde no era menester, y dejolo allí por ver cuán amigos y
buenos hom-bres eran aquéllos; y a efecto que, si en México no le faltasen
dineros, de enviarlos a la Veracruz a repartir entre los españoles que allí
quedaban por guarda y pobladores, pues era razón darles parte de lo que
hubiesen. Cuan-do después tornó con la victoria de Narváez, escribió al capitán
que enviase por aquella ropa y oro, y la repartiese entre sus vecinos, a cada
uno como merecía. El capitán envió por ello cincuenta españoles con cinco
caballos, los cuales a la vuelta fueron presos con todo el oro y ropa, y
muertos a ma-nos de gente de Culúa, que con la venida y palabras del Pánfilo
anduvieron levantados y robando muchos días.
BIBLIOTECA AYACUCHO
215
Mucho sintió Cortés, cuando lo supo, tanta pérdida
de españoles y de oro. Y temiendo no les hubiese entrevenido algún semejante
mal o guerra a los españoles de Veracruz, envió luego allá un mensajero, el
cual, como volvió, dijo que todos estaban sanos y buenos, y los comarcanos
seguros y pacíficos; de que muy gran contentamiento tuvo Cortés, y aun los
demás, que deseaban ir allá, y él no les dejaba; por lo cual todos bramaban y
mur-muraban de él diciendo: “¿Qué piensa Cortés? ¿Qué quiere hacer de no-sotros?
¿Por qué nos quiere tener aquí, donde muramos mala muerte? ¿Qué le merecemos
para que nos deje ir? Estamos descalabrados, tene-mos los cuerpos llenos de
heridas, podridos, con llagas, sin sangre, sin fuerza, sin vestidos; vémonos en
tierra ajena, pobres, flacos, enfermos, cercados de enemigos, y sin esperanza
ninguna de subir donde caímos. Harto locos sandios seríamos si nos dejásemos
meter en otro semejante peligro como el pasado. No queremos morir locamente
como él, que en la insaciable sed de gloria y mando tiene, no estima su muerte,
cuanto más la nuestra, y no mira que le faltan hombres, artillería, armas y
caballos, que hacen la guerra en esta tierra, y que le faltará la comida, que
es lo princi-pal. Yerra, y de verdad mucho lo yerra, en confiarse de estos de
Tlaxca-llan, gente, como todos los indios son, liviana, mudable, de novedades
amiga, y que querrá más a los de Culúa que a los de España; y que si bien ahora
disimulan y temporizan con él, en viendo ejército de mexicanos so-bre sí, nos
entregarán vivos a que nos coman y sacrifiquen, que cierto es que nunca pega
bien ni dura amistad entre personas de diferente religión, traje y lenguaje”.
Tras estas quejas, hicieron un requerimiento a
Cortés en forma, de parte del rey y en nombre de todos, que sin poner excusa ni
dilación salie-se luego de allí, y se fuese a la Veracruz antes que los
enemigos atajasen los caminos, tomasen los puertos, alzasen las vituallas, y se
quedasen ellos allí aislados y vendidos; pues que muy mejor aparejo podía tener
allá para re-hacerse si quería tornar sobre México, o para embarcarse si
necesario fue-se. Algo turbado y confuso se halló Cortés con este requerimiento,
y con la determinación que tenían conoció que todo era por sacarlo de allí, y
después hacer de él lo que quisiesen; y como iba muy fuera de su propósi-to,
respondioles así.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
216
CAPÍTULO CXIV
ORACIÓN DE CORTÉS EN RESPUESTA
DEL REQUERIMIENTO
“Yo, señores, haría lo que me rogáis y mandáis, si
os cumpliese, porque no hay ninguno de vosotros, cuanto más todos juntos, por
quien no pon-ga mi hacienda y vida si lo ha menester, pues a ello me obligan
cosas que, si no soy ingrato, jamás las olvidaré. Y no penséis que no haciendo
esto que ahincadamente pedís, disminuyo o desprecio vuestra autoridad, pues muy
cierto es que con hacer al contrario la engrandezco y le doy mayor re-putación;
porque yéndonos se acabaría, y quedando, no sólo se conserva, mas se
acrecienta. ¿Qué nación de las que mandaron el mundo no fue vencida alguna vez?
¿Qué capitán, de los famosos digo, se volvió a su casa porque perdiese una
batalla o le echasen de algún lugar? Ninguno cierta-mente; que si no
perseverara, no saliera vencedor ni triunfara. El que se retira, huyendo parece
que va, y todos le chiflan y persiguen; al que hace rostro, muestra ánimo y
está quedo, todos le favorecen o temen. Si nos sa-limos de aquí pensarán estos
nuestros amigos que de cobardes lo hace-mos, y no querrán más nuestra amistad;
y nuestros enemigos, que de me-drosos; y así, no nos temerán, que sería harto
menoscabo de nuestra estimación. ¿Hay alguno de nosotros que no tuviese por
afrenta si le dije-sen que huyó? Pues cuantos más somos tanta mayor vergüenza
sería. Ma-ravíllome de la grandeza de vuestro invencible corazón en batallar,
que soléis ser codiciosos de guerra cuando no la tenéis, y bulliciosos
teniéndo-la; y ahora que se os ofrece tal y tan justa y tan loable, la rehusáis
y teméis; cosa muy ajena de españoles y muy fuera de vuestra condición. ¿Por
ven-tura la dejáis porque a ella os llama y convida quien mucho blasona del
arnés y nunca se le viste? Nunca hasta aquí se vio en estas Indias y
Nuevo-Mundo, que españoles atrás un pie tornasen por miedo, ni aun por ham-bre
ni heridas que tuviesen, y ¿queréis que digan: ‘Cortés y los suyos se tornaron
estando seguros, hartos y sin peligro?’. Nunca Dios tal permita. Las guerras
mucho consisten en la fama; pues ¿qué mayor que estar aquí en Tlaxcallan, a despecho
de vuestros enemigos, y publicando guerra contra ellos, y que no osen venir a
enojaros? Por donde podéis conocer
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217
cómo estás aquí más seguros y fuertes que fuera de
aquí. Por manera que en Tlaxcallan tenéis seguridad, fortaleza y honra; y sin
esto, todo buen aparejo de medicinas necesarias y convenientes a vuestra cura y
salud, y otros muchos regalos con que cada día vais de mejoría, que callo, y
que donde nacisteis no los tendríais tales. Yo llamaré a los de Coazacoalco y
Almería, y así seremos muchos españoles; y aunque no viniesen, somos hartos;
que menos éramos cuando por esta tierra entramos, y ningún ami-go teníamos; y
como bien sabéis, no pelea el número, sino el ánimo; no vencen los muchos, sino
los valientes. Y yo he visto que uno de esta com-pañía ha desbaratado un
ejército entero como hizo Jonatás, y muchos, que cada uno por sí ha vencido mil
y diez mil indios, según David contra los filisteos. Caballos presto me vendrán
de las islas; armas y artillería lue-go traeremos de la Veracruz, que hay harta
y está cerca. De las vituallas perded temor y cuidado, que yo proveeré
abundantísimamente; cuanto más que siempre siguen ellas al vencedor y que
señorea el campo, como haremos nosotros con los caballos. Por los de esta
ciudad, yo soy fiador que os sean leales, buenos y perpetuos amigos, que así me
lo prometen y juran. Y si otra cosa quisiesen, ¿cuándo mejor tiempo tendrán que
han tenido estos días, que yacíamos dolientes en sus camas y propias casas,
solos, mancos y, como decís, podridos; los cuales no solamente os ayuda-rán
como amigos, empero también os servirán como criados, que más quieren ser
vuestros esclavos que súbditos de mexicanos: tanto odio les tienen, y a
vosotros tanto amor? Y porque veáis ser esto y todo lo que di-cho tengo, así
quiero probarlos y probaros contra los de Tepeacac, que mataron los otros días
doce españoles; y si mal nos sucediere la ida, haré lo que pedís; y si bien,
haréis lo que os ruego”.
Con esta plática y respuesta perdieron el antojo
que de irse de Tlaxca-llan a la Veracruz tenían, y dijeron que harían cuanto
mandase. La causa de ello debió ser aquella esperanza que les puso para después
de la guerra de Tepeacac; o mejor diciendo, porque nunca el español dice a la
guerra de no, que lo tiene por deshonra y caso de menos valer.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
218
CAPÍTULO CXV
LA GUERRA DE TEPEACAC
Quedó Cortés muy descansado con esto, y libre de
aquel cuidado que tanto le fatigaba; y verdaderamente, si él hiciera lo que los
compañeros querían, nunca recobrara a México, y ellos fueran muertos por el
camino, que tenían malos pasos de pasar, y ya que pasaran, tampoco repararan en
la Veracruz, sino fuéranse, como tenían la intención, a las islas; y así México
se perdiera de veras, y Cortés quedara destruido y con poca reputación. Mas él,
que muy bien lo entendió, tuvo el esfuerzo y cordura que contado habernos.
Cortés curó de sus heridas y los compañeros también de las suyas. Algunos
españoles murieron por no haber curado a los principios las llagas, deján-dolas
sucias o sin atar, y de flaqueza y trabajo, según cirujanos decían. Otros
quedaron cojos, otros mancos, que no chica lástima y pérdida era. Los más, en
fin, guarecieron y sanaron muy bien; y así, pasados veinte días que allí
lle-garon, ordenó Cortés de hacer guerra a los de Tepeaca o Tepeacac, pueblo
grande y no lejos, porque habían muerto doce españoles que venían de la
Veracruz a México, y porque siendo de la liga de Culúa, les ayudaban mexi-canos
y hacían daño en tierra de Tlaxcallan, como decía Xicotencatl.
Rogó a Maxixca y a otros señores de aquellos, que
se fuesen con él. Ellos lo comunicaron con la república, y a consejo y voluntad
de todos, les dieron más de cuarenta mil hombres de pelea, y muchos tamemes
para car-gar, y con bastimentos y otras provisiones. Fue pues con aquel
ejército y con los caballos y españoles que pudieron caminar. Requirióles que,
en satisfac-ción de los doce españoles, fuesen sus amigos, obedeciesen al
emperador, y no acogiesen más en sus casas y tierra mexicano ninguno ni hombre
de Culúa. Ellos respondieron que si mataron españoles fue con justa razón, pues
en tiempo de guerra quisieron pasar por su tierra por fuerza y sin de-mandar
licencia, y que los de Culúa y México eran sus amigos y señores, y no dejarían
de tenerlos en sus casas siempre que a ellas venir quisiesen, y que no querían
su amistad ni obedecer a quien no conocían; por tanto, que se tornase luego a
Tlaxcallan si no deseaba la muerte.
Cortés les convidó con la paz otras muchas veces, y
como no la quisie-ron, dioles guerra muy de veras. Los de Tepeacac, con los de
Culúa, que te-
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219
nían en su favor, estaban muy bravos. Tomaron los
pasos fuertes y defen-dieron la entrada, y como eran muchos, y entre ellos
había valientes hom-bres, pelearon muy bien y muchas veces. Mas al cabo fueron
vencidos y muertos sin matar español, aunque mataron muchos tlaxcaltecas.
Los señores y república de Tepeacac, viendo que sus
fuerzas ni las de mexicanos no bastaban a resistir los españoles, se dieron a
Cortés por vasa-llos del emperador, a partido que echarían de toda su tierra a
los de Culúa, y le dejarían castigar como quisiese a los que mataron [a] los
españoles; por lo cual Cortés, y porque estuvieron muy rebeldes, hizo esclavos
a los pueblos que se hallaron en la muerte de aquellos doce españoles, y de
ellos sacó el quinto para el rey. Otros dicen que sin partido los tomó a todos,
y castigó así aquellos en venganza, y por no haber obedecido sus
requerimientos, por putos, por idólatras, porque comen carne humana, por
rebeldía que tuvie-ron, porque temiesen otros, y porque eran muchos, y porque,
si así no los tratara, luego se rebelaran. Como quiera que ello fue, él los
tomó por escla-vos, y a poco más de veinte días que la guerra duró, domó y
pacificó aquella provincia, que es muy grande. Echó de ella a los de Culúa,
derribó los ído-los, obedeciéronle los señores, y por mayor seguridad fundó una
villa, que llamó Segura de la Frontera, y nombró cabildo que la guardase, para
que, pues el camino de la Veracruz a México es por allí, fuesen y viniesen
seguros los españoles e indios. Ayudaron en esta guerra como amigos verdaderos los
de Tlaxcallan, Huexocinco y Chololla, y dijeron que así harían contra México, y
aun mejor. Con esta victoria cobraron ánimo los españoles y muy gran fama por
toda aquella comarca, que los tenía por muertos.
CAPÍTULO CXVI
CÓMO SE DIERON A CORTÉS LOS DE
HUACACHOLLA,
MATANDO A LOS DE CULÚA
Estando Cortés en Segura, le vinieron unos
mensajeros del señor de Hua-cacholla secretamente a decirle que se le daría con
todos sus vasallos si los libraba de la servidumbre de los de Culúa, que no
sólo les comían sus ha-ciendas, mas les tomaban sus mujeres y les hacían otras
fuerzas y demasías;
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
220
y que en la ciudad estaban aposentados los
capitanes con muchos otros soldados, y por las aldeas y comarca. Y en Mexinca,
que cerca era, había otros treinta mil para defenderle la entrada a tierra de
México, y si manda-ba que fuese o enviase españoles, que podría con su ayuda
tomar a manos aquellos capitanes.
Muy mucho se alegró Cortés con tal mensajería; y
cierto, era cosa de alegrar, porque comenzaban a ganar tierra y reputación más
de lo que pen-saban poco antes los suyos. Loó al Señor, honró los mensajeros,
dioles más de trescientos españoles, trece de caballo, treinta mil tlaxcaltecas
y de los otros indios amigos que tenía en su ejército, y enviolos. Ellos fueron
a Cho-lolla, que está ocho leguas de Segura, y luego, caminando por tierra de
Huexocinco, dijo uno de allí a los españoles que iban vendidos, porque era
trato doble entre Huacacholla y Huexocinco, llevarlos así para matar-los allá
en su lugar, que era fuerte, por contentar a los de Culúa, con quien estaban
recién confederados y amigos. Andrés de Tapia, Diego de Ordaz y Cristóbal de
Olid, que eran los capitanes, o por miedo, o por mejor enten-der el caso,
prendieron los mensajeros de Huacacholla y los capitanes y personas principales
de Huexocinco que iban con él, y volviéronse a Cho-lolla, y de allí enviaron
los presos a Cortés con Domingo García de Albu-querque, y una carta en que le
avisaban del negocio, de cuán atemorizados quedaban todos.
Cortés, como leyó la carta, habló y examinó los
prisioneros, y averiguó que sus capitanes habían mal entendido; porque, como
era de concierto que aquellos mensajeros tenían de meter los nuestros sin ser
sentidos en Huacacholla y matar a los de Culúa, entendieron que querían matar a
los españoles, o los engañó quien se los dijo. Soltó y satisfizo los capitanes
y mensajeros que estaban quejosos, y fuese con ellos, porque no aconteciese
algún desastre en sus compañeros, y porque se lo rogaron. El primer día fue a
Chololla y el segundo a Huexocinco. Allí concertó con los mensajeros el cómo y
el por dónde había de entrar en Huacacholla, y que los de la ciudad cerrasen
las puertas del aposento de los capitanes, para que mejor y más presto los
prendiesen o matasen. Ellos se partieron aquella noche, e hicie-ron lo
prometido, que engañaron las centinelas, cercaron a los capitanes y pelearon
con los demás. Cortés se partió una hora primero que amaneciese,
BIBLIOTECA AYACUCHO
221
y a las diez del día ya estaba sobre los enemigos,
y poco antes de entrar en la ciudad salieron a él muchos vecinos con más de
cuarenta prisioneros de Culúa, en señal que habían cumplido su palabra, y
lleváronlo a una gran casa donde estaban encerrados los capitanes, y peleando
con tres mil del pueblo que los tenían cercados y en aprieto. Con su llegada
cargaron unos y otros sobre ellos con tanta furia y muchedumbre, que ni él ni
los españoles estorbar pudieron que no los matasen casi todos. De los otros murieron
muchos antes que Cortés llegase, y llegado, huyeron hacia los otros de su
guarnición, que ya venían treinta mil de ellos a socorrer sus capitanes; los
cuales llegaron a poner fuego a la ciudad al tiempo que los vecinos estaban
ocupados y embebecidos en combatir y matar enemigos. Como Cortés lo supo, salió
a ellos con los españoles. Rompiolos con los caballos, y retrájo-los a una bien
alta y grande cuesta; en la cual, cuando de subir acabaron, ni ellos ni los
nuestros se podían rodear; y así, estancaron dos caballos, y el uno murió, y
muchos de los enemigos cayeron en el suelo de puro cansados y sin herida
ninguna, y se ahogaron de calor; y como luego sobrevinieron nues-tros amigos, y
comenzaron de refresco a pelear, en chico rato estaba el cam-po vacío de vivos
y lleno de muertos.
Tras esta matanza, los de Culúa desampararon sus
estancias, y los nues-tros fueron allá y las quemaron y saquearon. Fue de ver
el aparato y vituallas que en ellas tenían, y cuán aderezados ellos andaban de
oro, plata y pluma-jes. Traían lanzas mayores que picas, pensando con ellas
matar los caballos; y a la verdad, si lo supieran hacer, bien pudieran. Tuvo
Cortés este día en campo más de cien mil hombres con armas, y tanto era de
maravillar la bre-vedad con que se juntaron, cuanto la muchedumbre.
Huacacholla es lugar de cinco mil y más vecinos.
Está en llano y entre dos ríos, que, con las muchas y hondas barrancas que
tienen, hacen pocas entradas al lugar, y aquellas tan malas, que apenas se
puede subir a caballo. La cerca es de cal y canto, ancha, alta cuatro estados,
con su pretil para pe-lear, y con solas cuatro puertas estrechas, largas y de
tres vueltas de pared. Muchas piedras por todo para tirar; así que con poca
defensa la guardaran los de Culúa si aviso tuvieran. A la una parte tiene muchos
cerros harto ás-peros, y a la otra gran llanura y labranza. En el término y
jurisdicción hará otra tanta vecindad. Tres días estuvo Cortés en Huacacholla y
allí le envia-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
222
ron ciertos mensajeros de Ocopaxuin, que está a
cuatro leguas y junto al volcán que llaman Popocatepec, a dársele, y a decir
cómo su señor se había ido con los de Culúa, y le rogaban que tuviese por bien
lo fuese un su herma-no que le era muy aficionado, y amigo de españoles. Él los
recibió en nom-bre del emperador, y les dejó tomar al que pedían por señor, y
partiose.
CAPÍTULO CXVII
LA TOMA DE IZCUZAN
Estando en Huacacholla Cortés, le dijeron cómo en
Izcuzan, cuatro leguas de allí, había gente de Culúa que lo amenazaba y que
hacía daño a sus ami-gos; fue allá, entró por fuerza, lanzó fuera los enemigos,
unos por las puer-tas, otros saltando por los adarves. Siguiolos legua y media;
prendió mu-chos, y en fin, de seis mil que eran los que guardaban el pueblo,
pocos escaparon de sus manos y de un río que cerca de la ciudad pasa, en el
cual se ahogaren muchos, por haberle cortado la puente para su seguridad y
forta-leza. De los nuestros, los de caballo pasaron presto, mas los otros mucho
se detuvieron. Ya Cortés entonces tenía ciento y veinte mil combatientes y más,
que con la fama y victoria concurrían a su ejército de muchas ciudades y
provincias.
Izcuzan es lugar de trato, especial de fruta y
algodón. Tiene tres mil ca-sas, buenas calles, cien templos con cien torres, y
una fortaleza en un cerri-llo; lo demás está en llano. Pasa por allí un río que
la cerca de grandes ba-rrancos; en los cuales, y alrededor, hay una pared de
piedra con su pretil, en que tenían muchos ruejos. Está cerca un valle,
redondo, fértil y que se riega con acequias hechas a mano. El pueblo quedó
desierto de gente y ropa, que pensando defenderlo, se habían ido todos a lo alto
y espeso de la sierra que junto está. Los indios amigos de Cortés tomaron lo
que hallaron, y él que-mó los ídolos y aun las torres.
Soltó dos presos que fuesen a llamar al señor y
vecino, dándoles su fe de no les hacer mal. Por este seguro y porque todos
deseaban volver a sus ca-sas, pues españoles no hacían enojo a quien se les
daba, vinieron al tercer día ciertos principales del pueblo a darse y a pedir
perdón por todo. Cortés los perdonó y recibió; y así, dentro de dos días estaba
Izcuzan tan poblada
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como antes, y los presos sueltos; salvo que el
señor no quiso venir, de temor o por ser pariente del señor de México; y a esta
causa hubo debate entre los de Izcuzan y de Huacacholla sobre quién sería
señor, que los de Izcuzan querían que lo fuese un hijo bastardo de un señor que
Moteczuma matara. Los otros decían que fuese un nieto del ausentado, porque era
hijo del se-ñor de Huacacholla. En fin, Cortés interpuso su autoridad, y
acordaron que fuese éste, y no el bastardo, por ser legítimo y pariente muy cercano
de Moteczuma por vía de mujer; que, como en otro lugar se dirá, es de
costum-bre en esta tierra que hereden al padre los hijos que tiene en parientas
de los reyes de México, aunque tenga otros mayores; y como era un niño de diez
años, mandó Cortés que lo tuviesen y criasen y gobernasen dos caballeros de
Izcuzan y uno de Huacacholla.
Estando apaciguando esta diferencia y tierra,
vinieron embajadores de ocho pueblos de la provincia de Claoxtomacan, que está
lejos de allí cua-renta leguas, a ofrecer gente a Cortés y a dársele, diciendo
que no habían muerto español ninguno, ni tomado armas contra él. Era tanta su
nombra-día, que corría por muchas tierras, y todos lo tenían por más que
hombre; y así, le venían a porfía de muchas partidas embajadas; mas, porque no
fueron de tan aparte como ésta, no se cuentan.
CAPÍTULO CXVIII
LA MUCHA AUTORIDAD QUE CORTÉS TENÍA ENTRE LOS
INDIOS
Hechas todas estas cosas, se tornó Cortés a Segura,
y cada indio a su casa, sino los que sacó de Tlaxcallan; y de allí, por no
perder tiempo para la gue-rra de México ni ocasión en las demás, pues le
sucedían tan prósperamente, despachó un criado suyo a la Veracruz, que con
cuatro navíos que allí esta-ban de la flota de Pánfilo, fuese a Santo Domingo
por gente, caballos, espa-das, ballestas, artillería, pólvora y munición; por
paño, lienzo, zapatos y otras muchas cosas. Escribió al licenciado Rodrigo de
Figueroa sobre ello y a la Audiencia, dándole cuenta de sí y de lo que había
hecho después que echado fue de México, y pidiéndole favor y ayuda para que
aquel su criado trajese buen recado y presto.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
224
Envió asimismo veinte de caballo y doscientos
españoles y mucha gen-te de amigos a Zacatami y Xalacinco, tierras sujetas a
mexicanos, y en cami-no para venir de la Veracruz, que estaban días había en
armas, y habían muerto ciertos españoles pasando por allí. Ellos fueron allá,
hicieron sus protestas y amonestaciones, pelearon, y aunque se templaron, hubo
muer-tes, fuego y saco. Algunos señores y muchos principales hombres de
aque-llos pueblos vinieron a Cortés, tanto por fuerza como por ruegos, a
dársele, pidiendo perdón, y prometiendo de no tomar otra vez armas contra
espa-ñoles. Él los perdonó y envió amigos; y así, se volvió el ejército. Cortés,
por tener la Navidad, que era de ahí a doce días, en Tlaxcallan, dejó un
capitán con sesenta españoles en aquella nueva villa de Segura de la Frontera,
a guardar el paso. Y por amedrentar los pueblos comarcanos envió delante todo
su ejército, y él fuese con veinte de caballo a dormir a Colunán, ciudad amiga
y que tenía deseo de verlo y hacer con su autoridad muchos señores y capitanes
en lugar de los que habían muerto de viruelas. Estuvo en ella tres días, en los
cuales se declararon los nuevos señores, que después le fueron muy amigos. Al
otro día llegó a Tlaxcallan, que hay seis leguas, donde fue triunfalmente
recibido.
Y cierto él hizo entonces una jornada dignísima de
triunfo. Era ya fa-llecido su gran amigo Maxixca con las viruelas del negro de
Pánfilo de Narváez, de que hizo sentimiento con luto, a fuer de España. Dejó
hijos, y al mayor, que sería de doce años, nombró por señor del estado del
padre, a ruego también de la república, que dijo pertenecerle. No pequeña
gloria es suya dar y quitar señoríos, y que tanto respeto le tuviesen o temor,
que nadie osase sin su licencia y voluntad aceptar la herencia y estado de los
padres. Entendió Cortés en que las armas de todos se aderezasen muy bien. Dio
prisa en hacer bergantines, que ya la madera estaba cortada de antes que fuese
a Tepeacac. Envió a la Veracruz por velas, jarcia, clava-zón, sogas y las otras
cosas necesarias que allá había de los navíos que echó al través. Y porque
faltaba pez, y en aquella tierra ni la conocen ni usan, mandó a ciertos
españoles marineros que la hiciesen en una sierra que cerca de la ciudad está.
BIBLIOTECA AYACUCHO
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CAPÍTULO CXIX
LOS BERGANTINES QUE HIZO LABRAR CORTÉS, Y LOS
ESPAÑOLES QUE JUNTÓ CONTRA MÉXICO
Era tanta la fama de la prosperidad y riqueza de
Cortés al tiempo que tenía en su poder a Moteczuma, y con la victoria de
Pánfilo de Narváez, que to-dos los españoles de Cuba, Santo Domingo y las otras
islas se iban a él de veinte en veinte y como podían, aunque muchos fueron que
les costó la vida, que en el camino mataron hombres de Tepeacac y Xalacinco,
según dicho queda, y otros, que por verlos venir en pequeñas cuadrillas y estar
Cortés lanzado de México, se les atrevían. Todavía llegaron a Tlaxcallan tantos,
que se rehízo mucho su ejército, y que le dieron ánimos de apresurar la guerra.
No podía Cortés tener espías en México, que luego
conocían allá a los tlaxcaltecas en los bezos y orejas y en otras señales; y
tenían mucha guarda y pesquisa sobre ello; y así no sabía las cosas de aquella
ciudad tan por entero como deseaba para proveerse de lo necesario. Solamente le
había dicho un capitán de Culúa, que fue preso en Huacachola, cómo por muerte
de Mote-czuma, era señor de México su sobrino Cuetlauac, señor de Iztacpalapan,
hombre astuto y valiente, y el que le había hecho la guerra y echado de México;
el cual se fortalecía con cavas y albarradas y de muchas maneras de armas,
especial de lanzas muy largas como las que se hallaron en los ranchos de la
guarnición de Culúa, que estaba en lo de Huacacholla y Tepeacac, para ofensa de
los caballos; y que soltaba los tributos y todo pecho por un año, y por más el
tiempo que la guerra durase, a todos los señores y pueblos a él sujetos, si
matasen los españoles o los echasen de sus tierras; cosa con que ganó mucho
crédito entre sus vasallos, y que les puso ánimo de resistir y aun ofender a
los españoles. Y no fue mal aviso el de las lanzas, si los que las habían de
traer en la guerra tuvieran destreza para esperar y herir con ellas a los
caballos.
Todo era verdad lo que el cautivo dijo, sino que
Cuetlauac era ya falleci-do de viruelas, y reinaba Cuahutimoccín, sobrino, y no
hermano, como al-gunos dicen, de Moteczuma; hombre muy valiente y guerrero,
según des-pués diremos, y que envió sus mensajeros por toda la tierra, unos a
quitar
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
226
los tributos a sus vasallos, y otros a dar y
prometer grandes cosas a los que no lo eran, diciendo cuán más justo era seguir
y favorecer a él que no a Cor-tés, ayudar a los naturales que a los
extranjeros, y defender su antigua reli-gión que acoger la de los cristianos,
hombres que se querían hacer señores de lo ajeno; y tales, que si no les
defendían luego la tierra, no se contentarían con la ganar toda, mas que
tomarían la gente por esclavos, y la matarían; que así le estaba certificado.
Mucho animó Cuahutimoccín los indios contra es-pañoles con estas mensajerías; y
así, unos le enviaron ayuda, y otros se pu-sieron en armas; empero muchos de
ellos no curaron de aquello; y o acosta-ban a los nuestros y a Tlaxcallan, o
estaban quedos, por miedo o por fama de Cortés, o por odio que a mexicanos
tenían.
Viendo pues esto, acuerda Cortés de comenzar luego
la guerra y cami-no de México, antes que se resfriasen los indios que le
seguían, o los espa-ñoles, que con el buen suceso en las guerras pasadas de
Tepeacac y las otras provincias no se acordaban de las islas: tanto puede una
bienandanza. Hizo alarde de los suyos segundo día de Navidad. Halló cuarenta de
caballo y quinientos y cuarenta de a pie, los ochenta con ballestas o
escopetas, y nue-ve tiros con no mucha pólvora. De los caballos hizo cuatro
escuadras, a diez cada una, y de los peones nueve cuadrillas, a sesenta
compañeros por una. Nombró capitanes y oficiales del ejército, y a todos juntos
les habló así.
CAPÍTULO CXX
CORTÉS A LOS SUYOS
“Muchas gracias doy a Jesucristo, hermanos míos,
que os veo ya sanos de vuestras heridas y libres de enfermedad. Pláceme mucho
de veros así arma-dos y ganosos de revolver sobre México a vengar la muerte de
nuestros compañeros y a cobrar aquella gran ciudad; lo cual espero en Dios
haréis en breve tiempo, por ser de nuestra parte Tlaxcallan y otras muchas
pro-vincias, por ser vosotros quien sois, y los enemigos los que suelen, y por
la fe cristiana que hemos a publicar. Los de Tlaxcallan y los otros que nos han
siempre seguido están prestos y armados para esta guerra, y con tanta gana de
vencer y sujetar a los mexicanos como nosotros, que en ello no sólo les va la
honra, mas la libertad y aun la vida también; porque si no venciésemos,
BIBLIOTECA AYACUCHO
227
ellos quedaban perdidos y esclavos; que los de
Culúa peor los quieren que a nosotros, por nos haber recogido en su tierra, a
cuya causa jamás nos des-ampararán, y con tino procurarán de servirnos y
proveernos, y aun de atraer sus vecinos a nuestro favor. Y ciertamente lo hacen
tan bien y cum-plido como al principio me lo prometieron y yo os lo certifiqué;
porque tie-nen a punto de guerra cien mil hombres para enviar con nosotros, y
gran número de tamemes, que nos lleven de comer, la artillería y fardaje. Voso-tros
pues los mismos sois que siempre fuisteis; y que siendo yo vuestro ca-pitán,
habéis vencido muchas batallas, peleando con ciento y con doscien-tos mil
enemigos, ganado por fuerza muchas y fuertes ciudades, y sujetado grandes
provincias, no siendo tantos como ahora estáis. Y aun cuando en esta tierra
entramos no éramos más, ni al presente somos más menester por los muchos amigos
que tenemos, y ya que no los tuviésemos, sois tales, que sin ellos
conquistaríais toda esta tierra, dándoos Dios salud; que los espa-ñoles al
mayor temor osan, pelear tienen por gloria y vencer por costumbre. Vuestros
enemigos ni son más ni mejores que hasta aquí, según lo mostra-ron en Tepeacac
y Huacacholla, Izcuzan y Xalacinco, aunque tienen otro señor y capitán; el
cual, por más que ha hecho, no ha podido quitarnos la parte y pueblos de esta
tierra que le tenemos; antes allá en México, donde está, teme nuestra ida y
nuestra ventura; que, como todos los suyos pien-san, hemos de ser señores de
aquella gran ciudad de Tenuchtitlan. Y mal contada nos sería la muerte de
nuestro amigo Moteczuma si Cuahutimoc quedase con el reino. Y poco nos haría al
caso, para lo que pretendemos, todo lo demás si a México no ganamos; y nuestras
victorias serían tristes si no vengamos a nuestros compañeros y amigos. La
causa principal a que venimos a estas partes es por ensalzar y predicar la fe
de Cristo, aunque jun-tamente con ella se nos sigue honra y provecho, que pocas
veces caben en un saco. Derrocamos los ídolos, estorbamos que no sacrificasen
ni comie-sen hombres, y comenzamos a convertir indios aquellos pocos días que
es-tuvimos en México. No es razón que dejemos tanto bien comenzado, sino que
vamos a do nos llaman la fe y los pecados de nuestros enemigos, que merecen un
gran azote y castigo; que si bien os acordáis, los de aquella ciu-dad, no
contentos de matar infinidad de hombres, mujeres y niños delante las estatuas
en sus sacrificios por honra de sus dioses, y mejor hablando,
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
228
diablos, se los comen sacrificados; cosa inhumana y
que mucho Dios abo-rrece y castiga, y que todos los hombres de bien,
especialmente cristianos, abominan, defienden y castigan. Allende de esto,
cometen sin pena ni ver-güenza el maldito pecado por que fueron quemadas y
asoladas aquellas cinco ciudades con Sodoma. Pues ¿qué mayor ni mejor premio
desearía nadie acá en el suelo que arrancar estos males y plantar entre estos
crueles hombres la fe, publicando el santo Evangelio? Que, pues vamos ya,
sirva-mos a Dios, honremos nuestra nación, engrandezcamos nuestro rey, y
en-riquezcamos nosotros; que para todo es la empresa de México. Mañana, Dios
mediante, comenzaremos”.
Todos los españoles respondieron a una con muy
grande alegría que fuese mucho en buen hora; que ellos no le faltarían. Y tanto
hervor tenían, que luego se quisieran partir, o porque son españoles de tal
condición, o arregostados al mando y riquezas de aquella ciudad, de que gozaron
ocho meses.
Hizo luego tras esto pregonar ciertas ordenanzas de
guerra, tocantes a la buena gobernación y orden del ejército, que tenía
escritas, entre las cua-les eran éstas:
Que ninguno blasfemase el santo nombre de Dios.
Que no riñese un español con otro.
Que no jugasen armas ni caballo.
Que no forzasen mujeres.
Que nadie tomase ropa ni cautivase indios, ni
hiciese correrías, ni sa-quease sin licencia suya y acuerdo del cabildo.
Que no injuriasen a los indios de guerra, amigos,
ni diesen a los de carga. Puso, sin esto, tasa en el herraje y vestidos, por
los excesivos precios en
que estaban.
CAPÍTULO CXXI
CORTÉS A LOS DE TLAXCALLAN
Otro día siguiente llamó Cortés a todos los
señores, capitanes y personas principales de Tlaxcallan, Huexocinco, Chololla,
Chalco y de otros pue-blos que allí estaban, y por sus farautes les dijo:
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“Señores y amigos míos, ya sabéis la jornada y
camino que hago. Ma-ñana, placiendo a Dios, me tengo de partir a la guerra y
cerco de México, y entrar por tierra de mis enemigos y vuestros. Lo que os
ruego delante to-dos es que estéis ciertos y constantes en la amistad y
concierto que entre nosotros está hecho, como hasta aquí habéis estado, y como
de vosotros publico y confío; y porque no podría yo acabar tan presto esta
guerra, se-gún mis deseños ni según vuestro deseo, sin tener estos bergantines
que aquí se están haciendo, puestos sobre la laguna de México, os pido por merced
que tratéis a los españoles que dejo labrándolos con el amor que soléis,
dándoles todo lo que para sí y para la obra pidieren; que yo prome-to quitar de
sobre vuestras cervices el yugo de servidumbre que vos tienen puesto los de
Culúa, y hacer con el emperador que os haga muchas y muy crecidas mercedes”.
Todos los indios que presentes estaban hicieron
semblante y señas que les placía, y en pocas palabras respondieron los señores
que no sólo harían lo que les rogaba, pero que acabados los bergantines, los
llevarían a México y se irían todos con él a la guerra.
CAPÍTULO CXXII
CÓMO SE APODERÓ DE TEZCUCO CORTÉS
Día de los Inocentes partió Cortés de Tlaxcallan
con sus españoles muy en orden. Fue la salida muy de ver, porque salieron con
él más de ochenta mil hombres, y los más de ellos con armas y plumajes que
daban gran lustre al ejército; pero no quiso llevarlos consigo todos, sino que
esperasen hasta ser hechos los bergantines y estar cercado México, y aun
también por amor de las vituallas; que tenía por dificultoso mantener tanta
muchedumbre de gente por camino y en tierra de enemigos. Todavía llevó veinte mil
de ellos, y más de los que fueron menester para tirar la artillería y para
llevar la comi-da y fardaje, y aquella noche fue a dormir a Tezmoluca, que está
seis leguas, y es lugar de Huexocinco, donde los señores de aquella provincia
le acogie-ron muy bien. Otro día durmió a cuatro leguas de allí en tierra de
México, y en una sierra que, si no fuera por la mucha leña, perecerían de frío
los in-dios; y aun con ella, pasaron trabajo ellos y los españoles. En siendo
de día
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
230
comenzó a subir el puerto, y envió delante cuatro
peones y cuatro de caba-llo a descubrir; los cuales hallaron el camino lleno de
árboles recién corta-dos y atravesados. Mas pensando que adelante no estaría
así, y por traer buena relación, anduvieron hasta que no pudieron pasar, y
volvieron a de-cir cómo estaba el camino atajado con muchos y gruesos pinos,
cipreses y otros árboles, y que en ninguna manera podrían pasar los caballos
por él. Cortés les preguntó si habían visto gente, y como dijeron que no,
adelanto-se con todos los de caballo y con algunos españoles de pie, y mandó a los
demás que con todo el ejército y artillería caminasen apriesa, y que le
siguie-sen mil indios, con los cuales comenzó a quitar los árboles del camino;
y como iban viniendo los otros, iban apartando las ramas y troncos; y así
lim-piaron y desembarazaron el camino, y pasó la artillería y caballos sin
peligro ni daño, aunque con trabajo de todos, y cierto si los enemigos
estuvieran allí no pasaran, y si pasaran, fuera con mucha pérdida de gente y
caballos, por ser aquello fragoso y de muy espeso monte. Mas ellos, pensando
que no iría por aquella parte nuestro ejército, contentáronse con cegar el
camino y pu-siéronse en otros pasos más llanos; que tres caminos hay para ir de
Tlaxca-llan a México, y Cortés escogió el más áspero, pensando lo que fue, o
por-que alguno le avisó que los enemigos no estaban en él.
En pasando aquel mal paso, descubrieron las
lagunas; dieron gracias a Dios, prometieron de no tornar atrás sin ganar
primero a México o perder las vidas. Repararon un rato para que todos fuesen
juntos al bajar a lo llano y raso, porque ya los enemigos hacían muchas
ahumadas, y comenzaban a darles grita y apellidar toda la tierra, y habían
llamado a los que guardaban los otros caminos, y querían tomarlos entre unas
puentes que por allí hay; y así, se puso en ellas un buen escuadrón; mas Cortés
les echó veinte de caba-llo, que los alancearon y rompieron. Llegaron luego los
demás españoles, y mataron algunos, desocuparon el camino, y sin recibir daño
llegaron a Cu-ahutepec, que es jurisdicción de Tezcuco, do aquella noche
durmieron. En el lugar no había persona, pero cerca de él estaban más de cien
mil hombres de guerra, y aún más, de los de Culúa, que enviaban los señores de
México y Tezcuco contra los nuestros, por lo cual Cortés hizo ronda y vela de
prima con diez de caballo. Apercibió su gente y estuvo alerta; pero los
contrarios estuvieron quedos.
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231
Otro día por la mañana salió de allí para Tezcuco,
que está a tres leguas, y no anduvo mucho, cuando vinieron a él cuatro indios
del pueblo, hom-bres principales, con una banderilla en una barra de oro de
hasta cuatro marcos, que es señal de paz, y le dijeron cómo Coacnacoyocín, su
señor, los enviaba a rogarle que no hiciese daño en su tierra, y a ofrecérsele,
a que se fuese con todo su ejército a aposentarse a la ciudad; que allá sería
muy bien hospedado. Cortés holgó con la embajada, aunque le pareció fingida.
Salu-dó al uno de ellos, que lo conocía, y respondioles que no venía para hacer
mal, sino bien, y que él recibiría y tendría por amigo al señor y a todos ellos
con tal que le volviesen lo que habían tomado a cuarenta y cinco españoles y
trescientos tlaxcaltecas que mataran días había, y que las muertes, pues no
tenían remedio, les perdonaba. Ellos dijeron que Moteczuma los mandara matar, y
se había tomado el despojo, y que la ciudad no era culpante de aquello; y con
esto se tornaron.
Cortés se fue a Cuahutichán y Huaxuta, que son como
arrabales de Tezcuco, donde fueron él y todos los suyos bien proveídos. Derribó
los ído-los; fuese luego a la ciudad, y posó en unas grandes casas, en que
cupieron todos los españoles y muchos de sus amigos; y porque al entrar no
había vis-to mujeres ni muchachos, sospechose de traición. Apercibiose, y mandó
pregonar que nadie, so pena de la vida, saliese fuera. Comenzaron los
espa-ñoles a repartir y aderezar sus aposentos, y a la tarde subieron ciertos
de ellos a las azoteas a mirar la ciudad, que es tan grande como México, y
vie-ron cómo la desamparaban los vecinos y se iban con sus hatos, unos cami-nos
de los montes, y otros por agua, que era cosa harto de ver el bullicio de
veinte mil o más barquillas que andaban sacando gente y ropa. Quiso Cor-tés
remediarlo; pero sobrevino la noche y no pudo, y aun quisiera prender al señor;
mas él fue el primero que se salió a México. Cortés entonces llamó a muchos de
Tezcuco, y díjoles cómo don Fernando era hijo de Nezaualpil-cintli, su amado
señor, y que le hacía su rey, pues Coacnacoyocín estaba con los enemigos, y
había muerto malamente a Cucuzca, su hermano y señor, por codicia de reinar y a
persuasión de Cuahutimoccín, enemigo mortal de españoles. Los de Tezcuco
comenzaron de venir a ver su nuevo señor y a poblar la ciudad, y en breve
estuvo tan poblada como antes; y como no reci-bían daño de los españoles,
servían en cuanto les era mandado, y el don Fer-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
232
nando fue siempre amigo de españoles. Aprendió
nuestra lengua; tomó aquel nombre por Cortés, que fue su padrino de pila.
De allí a pocos días, vinieron los de Cuahutichán,
Huaxuta y Autenco a darse, pidiendo perdón si en algo habían errado. Cortés los
recibió, perdo-nó, y acabó con ellos que se tornasen a sus casas con hijos,
mujeres y hacien-das; que también ellos se eran idos a la sierra y a México.
Cuahutimoc, Coa-nacoyo y los otros señores de Culúa enviaron a reñir y
reprender a estos tres pueblos porque se habían dado a los cristianos. Ellos
prendieron y trajeron los mensajeros a Cortés, y él se informó de ellos de las
cosas de México, y los envió a rogar a sus señores con la paz y amistad; mas
poco le aprovechó, porque estaban muy determinados en la guerra.
Anduvieron entonces ciertos amigos de Diego
Velázquez por amoti-nar la gente para volverse a Cuba y deshacer a Cortés. Él
lo supo, y los pren-dió y tomó sus dichos. Por la confesión que hicieron
condenó a muerte a Antonio de Villasaña, natural de Zamora, por amotinador, y
ejecutó la sen-tencia. Con lo cual cesó el castigo y el motín.
CAPÍTULO CXXIII
EL COMBATE DE IZTACPALAPAN
Ocho días estuvo Cortés sin salir de Tezcuco,
fortaleciendo la casa en que posaba, que toda la ciudad, por ser grandísima, no
podía, y basteciéndose por si le cercasen los enemigos; y después, como no lo
acometían, tomó quince de caballo, doscientos españoles, en que había diez
escopetas y treinta ballestas, y hasta cinco mil amigos, y fuese la orilla
adelante de la la-guna de Iztacpalapan derecho, que está cinco leguas de allí.
Los de la ciu-dad fueron avisados por los de la guarnición de Culúa, con humos que
hi-cieron de las atalayas, cómo iban sobre ellos españoles, y metieron su ropa
y las mujeres y niños en las casas que están dentro en la agua; enviaron gran
flota de acalles, y salieron al camino, dos leguas, muchos y a su manera bien
armados y hechos escuadrones. No pelearon a hecho, sino tornáronse al pueblo
escaramuzado, con pensamiento de meter y matar allá los enemigos. Los españoles
se metieron a revueltas dentro, que era lo que querían, y pe-learon reciamente
hasta echar los vecinos a la agua, donde muchos de ellos
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233
se ahogaron; mas como son nadadores, y no les daba
sino a los pechos, y te-nían muchas barcas que los recogían, no murieron tantos
como se pensaba. Todavía mataron los de Tlaxcallan más de seis mil, y si la
noche no los des-partiera, mataran hartos más.
Los españoles hubieron algún despojo, pusieron
fuego a muchas casas y comenzáronse de aposentar; mas Cortés les mandó salir
fuera a más an-dar, aunque era muy noche, porque no se ahogasen, que los de la
ciudad habían abierto la calzada y entraba tanta agua que lo cubría todo; y
cierto si aquella noche se quedaran allí, no escapaba hombre de su compañía, y
aun con toda la priesa que se dio, eran las nueve de la noche cuando acabaron
de salir. Pasaron el agua a volapié, perdiose todo el despojo y ahogáronse algu-nos
de Tlaxcallan. Tras este peligro tuvieron muy mala noche de frío, como estaban
mojados, y de comida, como no pudieron sacarla. Los de México, que todo esto
sabían, dieron sobre ellos a la mañana, y fueles forzado irse a Tezcuco,
peleando con los enemigos que los apretaban recio por tierra, y con otros que
salían del agua; y ni podían dañar a éstos, que se acogían lue-go a sus
barquillos, ni osaban meterse entre los otros, que eran muchos; y así, llegaron
a Tezcuco con grandísimo trabajo y hambre. Murieron mu-chos indios de nuestros
amigos y un español, que creo fue el primero que murió peleando en el campo.
Cortés estuvo triste aquella noche, pensando que
con la jornada pasada dejaba mucho ánimo a los enemigos, y miedo a otros, que
no se le diesen; mas luego a la mañana vinieron mensajeros de Otompan, donde
fue la nom-brada batalla que Cortés venció, según atrás se dijo, y de otras
cuatro ciuda-des, que están cinco o seis leguas de Tezcuco, a pedir perdón por
las guerras pasadas y ofrecerse a su servicio, y a rogarle los amparase de los
de Culúa, que los amenazaban y maltrataban, como hacían a todos los que se le
daban. Cortés, aunque les loó y agradeció aquello, dijo que si no le traían a
todos los mensajeros de México, ni los perdonaría ni los recibiría. Tras éstos
de Otompan, avisaron a Cortés cómo querían los de la provincia de Chalco ser
sus amigos, y venir a dársele, sino que no les dejaba la guarnición de Culúa,
que estaba allí en su tierra. Él despachó luego a Gonzalo de Sandoval con
veinte caballos y doscientos peones españoles, que fuese a tomar a los de
Chalco y echar a los de Culúa.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
234
Envió también a la Veracruz cartas, que había mucho
que no sabía de los españoles que allá estaban, por tener los enemigos atajado
el camino. Fue pues Sandoval con su compañía. Lo primero procuró de poner en
sal-vo las cartas y mensajeros de Cortés, y encaminar a muchos tlaxcaltecas que
fuesen seguros a sus casas con la ropa que llevaban ganada, y luego juntarse
con los de Chalco; mas como de ellos se apartó, los acometieron enemigos,
mataron algunos y robáronles buena parte del despojo. Tuvo aviso de ello Sandoval,
acudió presto allá, y remedió mucho daño, desbaratando y si-guiendo los
contrarios, y así pudieron ir a Tlaxcallan y a la Veracruz.
Juntose luego con los de Chalco que, sabiendo su
venida, estaban en armas y aguardándole. Dieron todos juntos sobre los de
Culúa, que pelea-ron mucho y muy bien; mas al cabo fueron vencidos, y muchos de
ellos muertos. Quemáronles los ranchos y saqueáronselos. Volviose con tanto
Sandoval a Tezcuco; vinieron con él unos hijos del señor de Chalco; traje-ron a
Cortés hasta cuatrocientos pesos de oro en piezas, y llorando se dis-culparon,
y dijeron cómo su padre cuando murió les mandó que se diesen a él. Cortés los
consoló, agradecioles su deseo, confirmoles el estado, y dioles al mismo
Sandoval que los acompañase hasta su casa.
CAPÍTULO CXXIV
LOS ESPAÑOLES QUE SACRIFICARON EN TEZCUCO
Iba Cortés ganando de cada día fuerzas y
reputación, y acudían a él todos los que no eran de la parcialidad de Culúa y
muchos que lo eran; y así, a dos días de como hizo señor de Tezcuco a don
Fernando, vinieron los señores de Huaxuta y Cuahutichan, que ya eran amigos, a
decirle que venía sobre ellos todo el poder de los mexicanos; que si llevarían
sus hijos y hacienda a la sierra, o los traerían a do él estaba: tanto era su
temor. Él los esforzó, y rogó que se estuviesen quedos en sus casas, y no tuviesen
miedo, sino aper-cibimiento y espías; que de que los enemigos viniesen holgaba
él; por eso, que le avisasen, y verían cómo los castigaba.
Los enemigos no fueron a Huaxuta, como se pensaba,
sino a los tame-mes de Tlaxcallan, que andaban proveyendo a los españoles.
Salió a ellos Cortés con dos tiros, con doce de caballo y doscientos infantes y
muchos
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tlaxcaltecas. Peleó y mató pocos, porque se acogían
a la agua; quemó algu-nos pueblos do se recogían los de México, y tornose a
Tezcuco. Al otro día vinieron tres pueblos de los más principales de aquella
comarca a le pedir perdón, y a rogarle no los destruyese, y que no acogerían
más a hombre de Culúa. Por esta embajada hicieron castigo en ellos los de
México, y muchos parecieron después descalabrados delante de Cortés para que
los vengase. También enviaron los de Chalco por socorro, que los destruían
mexicanos; mas él, como querían enviar por los bergantines, no se los podía dar
de es-pañoles, sino remitirlos a los de Tlaxcallan, Huexocinco, Chololla,
Huaca-cholla y a otros amigos, y darles esperanza que presto iría él. No
estaban ellos nada contentos con la ayuda de aquellas provincias, sin
españoles; pero todavía pidieron cartas para que lo hiciesen. Estando en esto,
llegaron hombres de Tlaxcallan a decir a Cortés cómo estaban acabados los
bergan-tines, y si había menester gente, porque de poco acá habían visto más
ahu-madas y señales de guerra que nunca. Él entonces los puso con los de
Chal-co, y les rogó dijesen de su parte a los señores y capitanes que olvidasen
lo pasado y fuesen sus amigos, y les ayudasen contra los mexicanos, que en ello
le harían muy gran placer; y de allí adelante fueron muy buenos amigos, y se
ayudaron unos a otros.
Vino asimismo de la Veracruz un español con nueva
que habían des-embarcado treinta españoles, sin los marineros de la nao, y ocho
caballos, y que traían mucha pólvora y ballestas y escopetas. Por lo cual
hicieron ale-grías los nuestros, y luego envió Cortés a Tlaxcallan por los
bergantines a Sandoval con doscientos españoles y con quince de caballo.
Mandole que de camino destruyese el lugar que prendió trescientos tlaxcaltecas
y cua-renta y cinco españoles con cinco caballos, cuando estaba México cerca-do;
el cual lugar es de Tezcuco y alinda con tierra de Tlaxcallan. Bien qui-siera
castigar sobre el mismo caso a los de Tezcuco, sino que no estaba en tiempo ni
convenía por entonces, que mayor pena merecían que los otros porque los
sacrificaron y comieron, y derramaron la sangre por las pare-des, haciendo
señales con ella misma cómo era de españoles. Desollaron también los caballos,
curtieron los cueros con sus pelos, y colgáronlos con las herraduras que
tenían, en el templo mayor, y cabe ellos los vestidos de España por memoria.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
236
Sandoval fue allá determinado de combatir y asolar
aquel lugar, así por-que se lo mandó Cortés, como porque halló antes un poco de
llegar a él, es-crito de carbón en una casa: “Aquí estuvo preso el sin ventura
de Juan Jus-te”; que era un hidalgo de los cinco de caballo. Los de aquel
lugar, aunque eran muchos, lo dejaron, y huyeron en viendo españoles sobre sí.
Ellos les fueron detrás siguiendo; mataron y prendieron muchos, especial niños
y mujeres, que no podían andar, y que se daban por esclavos y a misericordia.
Viendo pues tan poca resistencia, y que lloraban las mujeres por sus mari-dos,
y los hijos por sus padres, hubieron compasión los españoles, y ni ma-taron la
gente ni destruyeron el pueblo; antes llamaron los hombres y per-donáronlos,
con juramento que hicieron de servirlos y serles leales; y así se vengó la
muerte de aquellos cuarenta y cinco españoles. Preguntados cómo tomaron tantos
cristianos sin que se defendiesen ni escapase hombre de to-dos ellos, dijeron
que se habían puesto en celada muchos delante un mal paso una cuesta arriba,
que tenía estrecho el camino, donde por detrás los acometieron; y como iban uno
a uno y los caballos del diestro, y no se po-dían rodear ni aprovechar de las
espadas, los prendieron ligeramente a to-dos, y los enviaron a Tezcuco, donde,
como arriba dije, fueron sacrificados en venganza de la prisión de Cacama.
CAPÍTULO CXXV
CÓMO TRAJERON LOS BERGANTINES A TEZCUCO LOS DE
TLAXCALLAN
Reducidos y castigados los que prendieron a los
españoles, caminó Sandoval para Tlaxcallan, y a la raya de aquella provincia
topó con los bergantines; la tablazón y clavazón de los cuales traían ocho mil
hombres a cuestas. Venían en su guarda veinte mil soldados, y otros dos mil con
vituallas y para servicio de todos. Como Sandoval llegó, dijeron los
carpinteros españoles que pues entraban ya en tierra de enemigos, y no sabían
lo que les podría acontecer, que fuese delante la ligazón y atrás la tablazón,
por ser cosa de más peso y embarazo. Todos dijeron que era bien, y que se
hiciese así, salvo es Chichi-mecatetl, señor muy principal, hombre esforzado, y
capitán de diez mil que llevaban la delantera y cargo de la tablazón; el cual
tenía por afrenta que le
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echasen atrás, yendo él delantero. Sobre esto dijo
buenas cosas; mas en fin se hubo de mudar y quedar en retaguardia. Teutipil y
Teutecatl y los otros capi-tanes, señores también principales, tomaron la
vanguardia con otros diez mil. Pusiéronse en medio los tamemes y los que
llevaban la fusta y aparejo de los bergantines. Delante de estos dos capitanes
iban cien españoles y ocho de caballo, y tras de toda la gente Sandoval con los
otros españoles y siete caba-llos; y si Chichimecatetl estuvo recio de primero,
más lo estuvo porque no quedasen con él los españoles, diciendo que o no le
tenían por valiente o por leal. Concertados pues los escuadrones de la manera
que oísteis, caminaron para Tezcuco a las mayores voces, chiflos y relinchos
del mundo, y gritando: “¡Cristianos, cristianos, Tlaxcallan, Tlaxcallan y
España!”. Al cuarto día entraron en Tezcuco por ordenanza al son de muchos
atabales, caracoles y otros tales instrumentos de música. Pusiéronse para
entrar penachos y man-tas limpias, y ciertamente fue gentil entrada; que como
era lucida gente, pa-reció bien, y como eran muchos, tardaron seis horas a
entrar, sin quebrar el hilo; tomaban dos leguas de camino. Cortés les salió a
recibir, dio las gracias a los señores y aposentó toda la gente muy bien.
CAPÍTULO CXXVI
LA VISITA QUE DIO CORTÉS A MÉXICO
Reposaron cuatro días, y luego mandó Cortés a los
maestros que armasen y clavasen los bergantines apriesa, y que se hiciese una
zanja entre tanto para los echar por ella a la laguna sin peligro de quebrarse
primero; y porque traían gran gana de toparse con los de México, salió con
ellos y con veinti-cinco caballos y trescientos españoles, en que había
cincuenta escopeteros y ballesteros: llevó también seis tiros. A cuatro leguas
de allí topó con un gran escuadrón de enemigos, en el cual rompieron los de caballo;
acudie-ron luego los de pie y desbaratáronlo; fueron en el alcance los
tlaxcaltecas y mataron cuantos pudieron. Los españoles, como era tarde, no
fueron sino asentaron su real en el campo, y durmieron aquella noche con
cuidado y aviso, porque había por allí muchos de Culúa. Como fue de día echaron
ca-mino de Xaltoca; y Cortés no dijo dónde iba, que se recelaba de muchos de
Tezcuco que venían con él, no avisasen a los enemigos.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
238
Llegaron a Xaltoca, lugar puesto en la laguna, y
que por la tierra tiene muchas acequias anchas, hondas y llenas de agua, a no
poder pasar los caba-llos. Los del pueblo les daban grita, y se burlaban de
verlos andar por aque-llos arroyos; tirábanles flechas y piedras. Los españoles
de pie, saltando y como mejor pudieron, pasaron las acequias, combatieron el
lugar, entra-ron, aunque con mucho trabajo, echaron fuera los vecinos a
cuchilladas, y quemaron buena parte de las casas. No pararon allí, sino fuéronse
a dormir una legua adelante: tiene Xaltoca por armas un sapo. Otra noche
durmie-ron en Huatullán lugar grande, mas despoblado, de miedo. Pasaron otro
día por Tenanioacan y Azcapulzalco sin resistencia, y llegaron a Tlacopan, que
estaba fuerte de gente y de fosos con agua; mas, aunque algo se defen-dió,
entraron dentro, mataron muchos y lanzaron fuera a todos; y como so-brevino la
noche, recogiéronse con tiempo a una muy gran casa, y en ama-neciendo se saqueó
el lugar y se quemó casi todo, en pago del daño y muerte de algunos españoles
que hicieron cuando salían huyendo de México. Seis días estuvieron los nuestros
allí, que ninguno pasó sin escaramuzar con los enemigos, y muchos con gran
rebato, y con tanta grita, según lo han de cos-tumbre, que espantaba oírlos.
Los de Tlaxcallan, que se querían mejor con los de
Culúa, hacían mara-villas peleando, y como los contrarios eran valientes, había
que ver; especial cuando se desafiaban uno a uno o tantos a tantos. Pasaban
entre ellos gran-des razones, amenazas e injurias, que quien los entendía moría
de risa. Sa-lían de México por la calzada a pelear, y por coger en ella los
españoles, fin-gían huir. Otras veces los convidaban a la ciudad, diciendo:
“Entrad, hombres a holgaros”. Unos decían: “Aquí moriréis como antaño”; otros,
“Íos a vuestra tierra; que no hay otro Moteczuma que haga a vuestro sa-bor”.
Llegose Cortés un día entre semejantes pláticas a una puente que esta-ba
alzada; hizo señas de habla, y dijo: “Si está ahí el señor, quiérole hablar”.
Respondieron: “Todos los que veis son señores; decid lo que queréis”; y como no
estaba, calló, y ellos lo deshonraron. Tras esto, les dijo un español que los
tenían cercados y se morirían de hambre; que se diesen. Replicaron que no
tenían falta de pan; pero que cuando la tuviesen, comerían de los españoles y
tlaxcaltecas que matasen; y arrojaron luego ciertas tortas de cen-tli,
diciendo: “Comed vosotros si tenéis hambre; que nosotros ninguna,
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gracias a nuestros dioses; y tiraos de ahí, si no
moriréis”; y luego comenza-ron a gritar y a pelear.
Cortés, como no pudo hablar con Guahutimoccín, y
porque todos los lugares estaban sin gente, tornose para Tezcuco casi por el
camino que vino. Los enemigos, que le vieron volver así, creyeron que de miedo,
y jun-táronse infinitos de ellos a darle carga, y diéronsela bien
cumplidamente. Él quiso un día castigar su locura, y envió delante todo el
ejército y la infantería española, con cinco de caballo; hizo a otros seis de a
caballo ponerse en ce-lada al un lado del camino y cinco al otro, y tres en
otra parte, y él escondiose con los demás entre unos árboles. Los enemigos,
como no vieron caballos, arremeten desmandados a nuestro escuadrón. Salió
Cortés, y en pasando y diciendo: “Santiago y a ellos, San Pedro y a ellos”; que
era la señal para los de a caballo, y como los tomaron de través y por las
espaldas, alanceáronlos a placer. Desbaratáronlos a los primeros golpes,
siguiéronlos dos leguas por un buen llano, y mataron muy muchos; y con tal
victoria entraron y dur-mieron en Alcolman, dos leguas de Tezcuno. Los enemigos
quedaron tan hostigados de aquella emboscada, que no parecieron en hartos días;
y aque-llos señores de Tlaxcallan tomaron licencia para tornarse, y fuéronse
muy ufanos y victoriosos, y los suyos ricos, cargados de sal y ropa que habían
habido en la vuelta de la laguna.
CAPÍTULO CXXVII
LA GUERRA DE ACCAPICHTLAN
Viendo los mexicanos que les iba mal con los
españoles, habíanlas con los de Chalco, que era tierra muy importante y en el
camino para Tlaxcallan y a la Veracruz. Los de Chalco llamaron a los de
Huexocinco y Huacacholla que les ayudasen; y pidieron a Cortés españoles. Él
les envió trescientos peones y quince caballos, con Gonzalo de Sandoval; el
cual fue, y en llegan-do concertó de ir a Huaztepec, donde estaba la guarnición
de Culúa, que hacía el mal. Antes que allá llegasen les salieron al encuentro
aquellos de la guarnición, y pelearon. Mas no pudiendo resistir la furia de los
caballos ni las cuchilladas, se metieron en el lugar, y los nuestros tras
ellos; los cuales mataron allá dentro muchos, y a los demás vecinos echaron
fuera, que
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
240
como no tenían allí mujeres ni hacienda que
defender, no reparaban. Los españoles comieron, y dieron de comer a los
caballos, y los amigos busca-ban ropa por las casas. Estando así oyeron el
ruido y grita que traían los con-trarios por las calles y plaza del pueblo.
Salieron a ellos, pelearon y a puras lanzadas los echaron otra vez fuera y los
siguieron una gran legua, donde hicieron gran matanza.
Dos días estuvieron allí los nuestros, y luego
fueron a Accapichtlan, do también había gente de México. Requiriéronles con la
paz; mas ellos, como estaban en lugar alto y fuerte, y malo para caballos, no
escucharon; antes ti-raban piedras y saetas, amenazando a los de Chalco. Los
indios nuestros amigos, aunque eran muchos, no osaban acometer. Los españoles
arreme-tieron llamando Santiago, y subieron al lugar y tomáronlo, por más
fuerte y defendido que fue. Es verdad que quedaron muchos de ellos heridos de piedras
y varas. Entraron tras ellos los de Chalco y sus aliados, e hicieron grandísima
carnicería de los de Culúa y vecinos. Otros muchos se despeña-ron a un río que
por allí pasa. En fin, pocos escaparon de la muerte; y así, fue señalada
victoria esta de Accapichtlan. Los nuestros padecieron este día muy gran sed,
así del calor y trabajo del pelear, como porque aquel río estu-vo tinto en
sangre; y no pudieron beber de él por un buen espacio de tiem-po, y no había
otra agua.
Sandoval se volvió a Tezcuco, y los otros cada uno
a su casa. Mucho sin-tieron en México la pérdida de tantos hombres y tan fuerte
lugar, y torna-ron a enviar sobre Chalco nuevo ejército, mandándole diese
batalla antes que españoles lo supiesen. Aquel ejército se dio tanta prisa en
hacer lo que Cuahutimoccín le mandara, que no dio lugar a sus enemigos de
esperar so-corro de Cortés, como lo pedían y esperaban. Mas los de Chalco se
juntaron todos, aguardaron la batalla, y gentilmente la vencieron con ayuda de
veci-nos. Mataron muchos mexicanos, y prendieron cuarenta, entre los cuales fue
un capitán, y lanzaron de su tierra los enemigos. Tanto por mayor se tuvo esta
victoria, cuanto menos se pensaba. Gonzalo de Sandoval tornó con los mismos
españoles que primero a Chalco. Diose prisa por llegar an-tes que la batalla se
diese; mas cuando llegó, ya era dada y vencida; y así se volvió luego con los
cuarenta prisioneros. Con estas victorias de Chalco quedó libre y seguro el
camino de México a la Veracruz, y luego vinieron a
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Tezcuco los españoles y caballos que arriba dije; y
trajeron muchas balles-tas, pólvora y pelotas, y otras cosas de España, de que
nuestro ejército reci-bió tanto placer cuanta necesidad tenía; y dijeron cómo
habían llegado otras tres naos con alguna gente y caballos.
CAPÍTULO CXXVIII
EL PELIGRO QUE LOS NUESTROS PASARON
EN TOMAR DOS PEÑOLES
Cortés se informó de aquellos cuarenta presos que
trajo Sandoval, de las cosas de México y de Cuahutimoc, y entendió de ellos la
determinación que tenían para defenderse y no ser amigos de cristianos; y
pareciéndole larga y dificultosa guerra, quisiera con ellos antes paz que
enemistad; y por descan-sar, y no andar cada día en peligro, rogoles que fuesen
a México a tratar pa-ces con Cuahutimoc, pues él no los quería matar ni
destruir, pudiéndolo hacer. Ellos no osaban ir con tal mensaje, sabiendo la enemiga
que su señor le tenía. Mas tanto les dijo, que acabó con dos que fuesen; los
cuales le pidie-ron cartas, no porque allá las habían de entender, sino para
crédito y segu-ro. Él se las dio, y cinco de caballo que los pusieron en salvo.
Mas poco aprovechó, que nunca tuvo respuesta; antes cuanto él más pedía paz,
más la rehusaban ellos, pensando que de flaqueza lo hacía; y por tomarle las
espal-das fueron más de cincuenta mil a Chalco.
Los de aquella provincia avisaron de ello a Cortés
pidiéndole socorro de españoles, y enviáronle un paño de algodón pintado de los
pueblos y gente que sobre ellos venía, y los caminos que traían. Él les dijo
que iría en persona de allí a diez días; que antes no podía, por ser Viernes
Santo y lue-go la Pascua de su Dios. De esta respuesta quedaron tristes, pero
aguarda-ron. Al tercero día de Pascua vinieron otros mensajeros a dar prisa por
socorro, que entraban ya por su tierra los enemigos. En este medio tiem-po se
dieron los pueblos de Accapán, Mixcalcinco, Nautla y otros sus ve-cinos.
Dijeron que nunca habían muerto español, y trajeron por presente ropa de
algodón. Cortés los recibió, trató y despidió alegremente y en bre-ve, porque
estaba de partida para Chalco, y luego se partió con treinta de caballo y
trescientos compañeros, de que hizo capitán a Gonzalo Sando-
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242
val. Llevó asimismo veinte mil amigos de Tlaxcallan
y Tezcuco. Fue a dor-mir a Tlalmanalco, donde, por ser frontera de México,
tenían su guarni-ción los de Chalco.
Al otro día se le juntaron más de otros cuarenta
mil, y al siguiente supo cómo los enemigos le esperaban en el campo. Oyó misa,
fue para ellos, y dos horas después de mediodía llegó a un peñol muy alto y
agro, en cuya cum-bre estaban infinitas mujeres y niños, y a las haldas mucha
gente de guerra, que en descubriendo el ejército de españoles, hicieron de lo
alto ahumadas, y dieron tantos alaridos las mujeres, que fue cosa maravillosa,
y los hom-bres, que más bajo estaban, comenzaron a tirar varas, piedras y
flechas, con que luego hicieron daño en los que cerca llegaron, y
descalabrados, se hicie-ron atrás. Combatir tan fuerte cosa era locura,
retirarse parecía cobardía; y por no mostrar poco ánimo, y por ver si de miedo
o hambre se darían, aco-metieron el peñol por tres partes.
Cristóbal del Corral, alférez de setenta españoles
de la guarda de Cor-tés, subió por lo más agro; Juan Rodríguez de Villafuerte
con cincuenta, por otra, y Francisco Verdugo con otros cincuenta por otra.
Todos éstos llevaban espadas y ballestas o escopetas. De allí a un rato hizo
señal una trompeta, y siguieron a los primeros Andrés de Monjaraz y Martín de
Hir-cio, con cada cuarenta españoles, de que también eran capitanes, y Cortés
con los demás. Ganaron dos vueltas del peñón, y bajáronse hechos peda-zos, que
no se podían tener con las manos y pies, cuanto más pelear y subir, tanto era
de áspera la subida. Murieron dos españoles y quedaron heridos más de veinte; y
todo fue con piedras y pedazos de los cantos que de arriba arrojaban y se
quebraban; y aun si los indios tuvieran algún ingenio, no de-jaran español
sano.
Cuando los nuestros dejaron el peñol y se
remolinaron para hacerse fuertes, habían venido tantos indios en socorro de los
cercados que cu-brían el campo, y tenían semblante de pelear; por lo cual
Cortés y los de caballo, que estaban a pie, cabalgaron y arremetieron a ellos
en lo llano, y a lanzadas los echaron de él. Mataron allí y en el alcance, que
duró hora y media, muchos. Los de caballo, que más los siguieron, vieron otro
peñol no tan fuerte ni con tanta gente, aunque con muchos lugares alrededor. Cortés
se fue con todos los suyos a dormir allá aquella noche, pensando
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cobrar la reputación que al día perdió, y por
beber; que no habían hallado agua aquella jornada. Los del peñol hicieron la
noche muy gran ruido con bocinas, atabales y gritería.
A la mañana miraron los españoles lo flaco y fuerte
del peñol, y era todo él harto recio de combatir y tomar; pero tenía dos
padrastros cerca, en que estaban hombres con armas. Cortés dijo que le
siguiesen todos, que quería tentar los padrastros; y comenzó a subir la sierra.
Los que los guardaban los dejaron, y se fueron al peñol, pensando que los
españoles iban a combatir-lo, por socorrerlo; y como él vio el desconcierto,
mandó a un capitán que fuese con cincuenta compañeros y tomasen el más agro y
cercano padras-tro; y él con los demás arremetió al peñol; ganole una vuelta, y
subió bien alto; y un capitán puso su bandera en lo más alto del cerro y
disparó las ba-llestas y escopetas que llevaba, con que hizo más miedo que
daño, porque los indios se maravillaron, y soltaron luego las armas en el
suelo, que es se-ñal de rendirse, y diéronse. Cortés les mostró alegre rostro,
y mandó que no se les hiciese mal ni enojo. Ellos, viendo tanta humanidad,
enviaron a decir a los del otro peñol que se diesen a los españoles, que eran
buenos, y tenían alas para subir donde querían. Por estas razones, o por la
falta que de agua tenían, o por irse seguros a sus casas, vinieron luego a
darse a Cortés y a pe-dir perdón por los dos españoles que mataran. Él los
perdonó de grado, y holgó mucho que se le diesen aquellos que con victoria
estaban, porque era ganar mucha fama con los de aquella tierra.
CAPÍTULO CXXIX
LA BATALLA DE XOCHIMILCO
Estuvo allí dos días, envió los heridos a Tezcuco,
y partiose para Huaxte-pec, que tenía mucha gente de Culúa en guarnición.
Durmió con todo su ejército en una casa de placer y huerta que tiene una legua,
y está de piedra muy bien cercada, que la atraviesa por medio un gentil río.
Los del lugar huyeron como fue día, y los nuestros corrieron tras ellos hasta
Xilotepec, que estaba descuidado de aquel sobresalto. Entraron, mataron algunos
y tomaron muchas mujeres, muchachos y viejos que huir no pudieron. Espe-ró
Cortés dos días a ver si venía el señor; y como no vino, puso fuego al lu-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
244
gar; estando allí se le dieron los de Yautepec; de
Xilotepec fue a Coahun-auac, lugar fuerte y grande, cercado de barrancas
hondas; no tiene entrada para caballos sino por dos partes, y aquellas con
puentes levadizos; por el camino que los nuestros fueron, no podían entrar a
caballo sin rodear legua y media, que era muy gran trabajo y peligro.
Estaban tan cerca, que hablaban con los del lugar,
y tirábanse unos a otros piedras y saetas. Cortés les requirió de paz; ellos
respondieron de guerra. Entre estas pláticas pasó el barranco un tlaxcalteca
sin ser visto, por un paso muy peligroso, pero muy secreto; pasaron tras él
cuatro espa-ñoles, y luego otros muchos, siguiendo todos las pisadas del
primero; en-traron en el lugar, llegaron adonde estaban los vecinos peleando
con Cor-tés, y a cuchilladas los hicieron huir. Atónitos de ver que les habían
entrado, que lo tenían por imposible, huyeron con esto a la sierra, y ya cuando
el ejército entró estaba quemado lo más del lugar. A la tarde vino el señor con
algunos principales a darse, ofreciendo su persona y hacien-da contra
mexicanos.
De Coahunauac fue Cortés a dormir, siete leguas, a
unas estancias por tierra despoblada y sin agua. Pasó mal día el ejército, de
sed y trabajo; al otro día llegó a Xochimilco, ciudad muy gentil y sobre la
laguna dulce; los veci-nos y otra mucha gente de México alzaron los puentes,
rompieron las ace-quias, y pusiéronse a defenderla, creyendo que podrían, por
ser ellos mu-chos y el lugar fuerte. Cortés ordenó su hueste, hizo apear los de
caballo, llegó con ciertos compañeros a probar si ganaría la primera albarrada;
y tan-ta priesa dio a los enemigos con escopetas y ballestas, que aunque muchos
eran, la desampararon y se fueron mal heridos. Como ellos la dejaron, se
arrojaron españoles al agua; pasaron, y en media hora que pelearon, habían
ganado la principal y más fuerte puente de la ciudad. Los que la defendían se
recogieron al agua en barcas, y pelearon hasta la noche, unos demandan-do paz,
otros guerra, y todo era ardid para entre tanto alzar su ropilla y que les
viniese socorro de México, que no estaba de allí a más de cuatro leguas, y
quebrar la calzada por do los nuestros entraron. Cortés no podía pensar al
principio por qué unos pedían paz y otros no, pero luego cayó en la cuenta; y
con los caballos dio en los que rompían la calzada, desbaratándolos, huye-ron,
salió tras ellos al campo, y alanceó muchos.
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Eran tan valientes, que pusieron en aprieto a los
nuestros; porque mu-chos de ellos esperaban un caballo con sola espada y
rodela, y peleaban con el caballero; y si no [fuese] por un tlaxcalteca,
prendían aquel día a Cortés, que cayó su caballo, de cansado, como había gran
pieza que peleaba. Llegó en esto la infantería española, y huyeron los
enemigos. En la ciudad mata-ron dos españoles que se desmandaron solos a robar.
No siguieron el alcan-ce, sino tornáronse luego al lugar a descansar y cerrar
lo roto de la calzada con piedras y adobes.
Como en México se supo esto, envió Cuahutimoc un
gran batallón de gente por tierra, y dos mil barcas por agua, con doce mil
hombres dentro, pensando tomar los españoles a manos en Xochimilco. Cortés se
subió a una torre para ver la gente, y con qué orden venía, y por dónde
combati-rían la ciudad; maravillose de tanto barco y gente, que cubrían agua y
tie-rra. Repartió los españoles a la guarda y defensa del pueblo y calzada, y
él salió a los enemigos con la caballería y con seiscientos tlaxcaltecas, que
partió en tres partes, a los cuales mandó que, rompido el escuadrón de los
contrarios, se recogiesen a un cerro que les mostró, media legua lejos. Venían
los capitanes de México delante con espadas de hierro, esgrimien-do por el
aire, y diciendo: “Aquí os mataremos, españoles, con vuestras propias armas”.
Otros decían: “Ya murió Moteczuma; no tenemos a quién temer para no comeros
vivos”. Otros amenazaban a los de Tlaxca-llan; y en fin, todos decían muchas
injurias a los nuestros, y apellidando, “México, México, Tenuchtitlan,
Tenuchtitlan”, andaban apriesa. Cortés arremetió a ellos con sus caballos, y
cada cuadrilla de los de Tlaxcallan por su parte, y a puras lanzadas los
desbarató; mas luego se ordenaron. Como vio su concierto y ánimo, y que eran
muchos, rompió por ellos otra vez, mató algunos, y recogiose hacia el cerro que
concertó; mas porque lo tenían ya tomado los contrarios, mandó a parte de los
suyos que subiesen por detrás, y él rodeó lo llano. Los que arriba estaban
huyeron de los que subían, y dieron en los caballos, a cuyos pies murieron en
poco rato qui-nientos de ellos.
Descansó Cortés allí un poco, envió por cien
españoles, y como vinie-ron, peleó con otro gran escuadrón de mexicanos que
venía detrás; desba-ratolo también, y metiose en el lugar, porque lo combatían
por tierra y
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246
agua reciamente, y con su llegada se retiraron. Los
españoles que lo defen-dían mataron muchos contrarios, y tomaron dos espadas de
las nuestras; viéronse en peligro, porque los apretaron mucho aquellos
capitanes mexi-canos, y porque se les acabaron las saetas y almacén. Apenas se
habían ido, cuando entraron otros por la calzada con los mayores gritos del
mundo. Fueron a ellos los nuestros, y como hallaron muchos indios y mucho
mie-do, entraron por medio de ellos con los caballos, y echaron infinitos al
agua, y a los demás fuera de la calzada, y así se pasó aquel día. Cortés hizo
quemar la ciudad, excepto donde posaban los suyos; estuvo allí tres días que
ninguno dejó de pelear; partiose al cuarto, y fue a Culuacán, que está a dos
leguas; saliéronle al camino los de Xochimilco, mas él los castigó. Esta-ba
Culuacán despoblada, como otros muchos lugares de la laguna; y por-que pensaba
poner por allí cerco a México, que hay legua y media de calza-da, estuvo dos
días derrocando ídolos, y mirando el sitio para el real, y dónde poner los
bergantines, que tuviesen buena guarida; dio vista a México con doscientos
españoles y cinco de a caballo; combatió una alba-rrada, y aunque se la
defendieron reciamente, la ganó; mas hiriéronle mu-chos españoles. Tornose, con
tanto, para Tezcuco, porque ya había dado vuelta a la laguna y visto la
disposición de la tierra. Otros encuentros tuvo con los de Culúa, donde
murieron muchos indios de una y de otra parte; pero lo dicho es lo principal.
CAPÍTULO CXXX
DE LA ZANJA QUE CORTÉS HIZO PARA ECHAR LOS
BERGANTINES AL AGUA
Cuando Cortés a Tezcuco llegó, halló muchos
españoles nuevamente veni-dos a seguirle en aquella guerra, que con grandísima
fama comenzaba; los cuales habían traído muchas armas y caballos, y decían cómo
todos los otros que en las islas estaban, morían por venir a servirle, mas que
Diego Velázquez lo impedía a muchos. Cortés les hacía todo placer, y les daba
de lo que tenía. Venían asimismo de muchos pueblos a ofrecerse, unos por miedo
de no ser destruidos, otros por odio que a mexicanos tenían; y de esta manera
tenía Cortés buen número de españoles y grandísima abundancia
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de indios. El capitán de Segura de la Frontera
envió a Cortés una carta que había recibido de un español; la cual en suma
contenía:
“Nobles señores, dos o tres veces os he escrito, y
no he habido respues-ta; creo ni de esta la tendré. Los de Culúa andan por esta
tierra haciendo guerra y mal; hannos acometido, hémoslos vencido; esta
provincia desea ver a Cortés y dársela; tiene necesidad de españoles; enviadle
treinta”.
No le envió Cortés los treinta españoles que pedía,
porque luego quería poner cerco a México; mas respondió dándole gracias y
esperanza que presto se verían. Era aquel español uno de los que Cortés enviara
a Chinan-ta desde México un año había, a calar los secretos de la tierra, y a
descubrir oro y hacer granjerías; a quien el señor de aquella provincia hiciera
capitán contra los de Culúa, sus enemigos, que le daban guerra por tener
españoles consigo, desde que Moteczuma murió; empero él quedaba siempre vence-dor
por industria y esfuerzo de este español; el cual, como supo que había
españoles en Tepeacac, escribió las veces que la carta dice, mas ninguna se dio
sino ésta. Mucho se alegraron los nuestros por estar vivos aquellos espa-ñoles,
y Chinanta de su parte, y alababan a Dios de las mercedes que les ha-cía; no
hablaban sino en cómo habían escapado estos españoles, pues cuan-do fueron
echados de México por fuerza, habían matado los indios a todos los otros que en
granjerías y minas estaban.
Apresuraba Cortés el cerco, forneciéndose de lo
necesario para él, ha-ciendo pertrechos para escalar y combatir, y acarreando
vituallas; dio muy gran priesa en clavar y acabar los bergantines, y una zanja
para los echar a la laguna. Era la zanja larga cuanto media legua, ancha doce
pies y más, y dos estados honda donde menos; que tanto fondo era menester para
igualar con el peso del agua de la laguna, y tanto ancho para caber los
bergantines. Iba toda ella chapada de estacas, y encima su valladar. Guiose por
una ace-quia de regadío que los indios tenían; tardose en hacer cincuenta días;
hi-ciéronla cuatrocientos mil hombres, que cada día de estos cincuenta,
tra-bajaban en ella ocho mil indios de Tezcuco y su tierra; obra digna de
memoria. Los bergantines se calafatearon con estopa y algodón, y a falta de
sebo y aceite, que pez ya dije cómo la hicieron, los brearon, según algunos,
con saín de hombre; no que para esto los matasen, sino de los que en tiem-po de
guerra mataran; inhumana cosa y ajena de españoles. Indios, que
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acostumbrados de sus sacrificios, son crueles,
abrían el cuerpo muerto y le sacaban el saín.
Como los bergantines estuvieran en agua, hizo
Cortés alarde, y halló novecientos españoles, los ochenta y seis con caballos,
los ciento diez y ocho con ballestas y escopetas, y los demás con picas y
rodelas o alabardas, sin las espadas y puñales que cada uno traía. También
llevaban algunos co-seletes, y muchos corazas y jacos. Halló asimismo tres
tiros gruesos de hie-rro colado, y quince pequeños de bronce, con diez
quintales de pólvora y muchas pelotas. Tanta fue la gente, armas y munición de
España con que Cortés cercó a México, el más grande y fuerte lugar de las
Indias y Nuevo-Mundo. Puso en cada bergantín un tirillo, y los otros fueron
para el ejército. Hizo pregonar de nuevo las ordenanzas de guerra, rogando a
todos que las guardasen y cumpliesen, y díjoles, mostrando con el dedo los
bergantines que estaban en la zanja metidos:
“Hermanos y compañeros míos, ya veis acabados y
puestos a punto aquellos bergantines, y bien sabéis cuánto trabajo nos cuesta,
y cuánta costa y sudor a nuestros amigos hasta haberlos puesto allí; muy gran
parte de la esperanza que tengo de tomar en breve a México está en ellos;
por-que con ellos, o quemaremos presto todas las barcas de la ciudad, o las
acorralaremos allá dentro en las calles, con lo cual haremos tanto daño a los
enemigos cuanto con el ejército de tierra, que menos pueden vivir sin ellas que
sin comer; cien mil amigos tengo para sitiar a México, que son, según ya
conocéis, los más diestros y valientes hombres de estas partes; para que no os
falte la comida está proveído cumplidísimamente. Lo que a vosotros toca es
pelear como soléis, y rogar a Dios por salud y victoria, pues es suya la
guerra”.
CAPÍTULO CXXXI
EL EJÉRCITO DE CORTÉS PARA CERCAR A MÉXICO
Hizo luego al siguiente día mensajeros a las
provincias de Tlaxcallan, Huexocinco, Chololla, Chalco y otros pueblos, para
que todos viniesen dentro de diez días a Tezcuco con sus armas y los otros
aparejos necesarios al cerco de México, pues los bergantines eran acabados ya,
y estaba todo lo
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demás a punto, y los españoles tan ganosos de verse
sobre aquella ciudad, que no esperarían una hora más de aquel tiempo que de
plazo les daba. Ellos, porque no se pusiese el cerco en su ausencia, vinieron
luego como les fue mandado, y entraron por ordenanza más de sesenta mil
hombres, la más lucida y armada gente que podía ser, según el uso de aquellas
partes. Cortés les salió a ver y recibir, y los aposentó muy bien.
El segundo día de pascua del Espíritu Santo
salieron todos los españo-les a la plaza, y Cortés hizo tres capitanes como
maestres de campo, entre los cuales repartió todo el ejército. A Pedro de
Alvarado, que fue uno, dio treinta de caballo, ciento y setenta peones, dos
tiros de artillería y más de treinta mil indios, con los cuales pusiese real en
Tlacopan. Dio a Cristóbal de Olid, que era el otro capitán, treinta y tres
españoles a caballo, ciento y ochenta peones, dos tiros y cerca de treinta mil
indios, con que estuviese en Culuacán. A Gonzalo de Sandoval, que fue el otro
maestre de campo, dio veintitrés caballos, ciento y sesenta peones, dos tiros y
más de cuarenta mil hombres de Chalco, Chololla, Huexocinco y otras partes, con
que fuese a Iztacpalapan, y luego a tomar asiento do mejor le pareciese para
real.
En cada bergantín puso un tiro, seis escopetas o
ballestas, y veintitrés españoles, hombres casi los más diestros en mar. Nombró
capitanes y vee-dores de ellos y él quiso ser el general de la flota, de lo
cual algunos principa-les de su compañía que iban por tierra murmuraron,
pensando que corrían ellos mayor peligro; y así, le requirieron que se fuese
con el ejército y no en la armada. No curó Cortés de tal requerimiento; porque,
allende de ser más peligroso pelear por agua, convenía poner mayor cuidado en
los berganti-nes y batalla naval, que no habían visto, que en la de tierra,
pues se habían hallado en muchas.
Y así, se partieron Alvarado y Cristóbal de Olid a
10 de mayo, y fueron a dormir a Acolman, donde tuvieron entrambos gran
diferencia sobre el aposento; y si Cortés no enviara luego aquella noche una
persona que los apaciguó, hubiera mucho escándalo y aun muertes. Durmieron el
otro día en Xilotepec, que estaba desploblada. Al tercero entraron bien
temprano en Tlacopan, que también estaba, como todos los pueblos de la costa de
la laguna, desierto. Aposentáronse en las casas del señor, y los de Tlaxcallan
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dieron vista a México por la calzada, y pelearon
con los enemigos hasta que la noche los despartió.
Otro día, que se contaron 13 de mayo, fue Cristóbal
de Olid a Chapul-tepec, quebró los caños de la fuente y quitó el agua a México,
como Cortés se lo mandara, a pesar de los contrarios que reciamente se lo
defendían pe-leando por agua y tierra. Muy gran daño recibieron en quitarles
esta fuente, que, como en otro lugar dije, abastecía la ciudad. Pedro de
Alvarado enten-dió en adobar los malos pasos para caballos, aderezando puentes
y tapando acequias; y como había mucho que hacer en esto, gastaron allí tres días,
y como peleaban con muchos, quedaron heridos algunos españoles y muer-tos
hartos indios amigos, aunque ganaron ciertos puentes y albarradas. Quedose
Alvarado en Tlacopan con su guarnición y Cristóbal de Olid fue-se a Culuacán
con la suya, conforme a la instrucción que de Cortés llevaban. Hiciéronse
fuertes en las casas de los señores de aquellas ciudades, y cada día, o
escaramuzaban con los enemigos, o se juntaban a correr el campo y a traer a sus
reales centli, fruta y otras provisiones de los pueblos de la sierra, y en esto
pasaron toda una semana.
CAPÍTULO CXXXII
LA BATALLA Y VICTORIA DE LOS BERGANTINES CONTRA LOS
ACALLES
El rey Cuahutimoc, luego que supo cómo Cortés tenía
ya sus bergantines en agua y tan gran ejército para sitiarle a México, juntó a
los señores y capi-tanes de su reino a tratar del remedio. Unos le incitaban a
la guerra, confia-dos en la mucha gente y fortaleza de la ciudad; otros, que
deseaban la salud y bien público, y que fueron de parecer que no sacrificasen
los españoles cautivos, sino que los guardasen para hacer las amistades,
aconsejaban la paz. Otros dijeron que preguntasen a los dioses lo que querían.
El rey, que se inclinaba más a la paz que a la guerra, dijo que habría su
acuerdo y plática con sus ídolos, y les avisaría de lo que consultase con
ellos; y a la verdad él quisiera tomar algún buen asiento con Cortés, temiendo
lo que después le vino; empero, como vio los suyos tan determinados, sacrificó
cuatro espa-ñoles que aún tenían vivos y enjaulados a los dioses de la guerra,
y cuatro mil
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personas, según dicen algunos: yo bien creo que
fueron muchas, mas no tantas. Habló con el diablo en figura de Uitcilopuchtli;
el cual le dijo que no temiese a los españoles, pues eran pocos, ni a los otros
que con ellos venían, por cuanto no perseverarían en el cerco; y que saliese a
ellos y los esperase sin miedo alguno, que él ayudaría y mataría sus enemigos.
Con esta palabra que el diablo tuvo, mandó
Cuahutimoccín quitar lue-go los puentes, hacer baluartes, velar la ciudad y
armar cinco mil barcas, y con esta determinación y aparejo estaba, cuando
llegaron Cristóbal de Olid y Pedro de Alvarado a combatir los puentes y a
quitar el agua a México; y no los temía mucho, antes los amenazaban de la
ciudad, diciendo que conten-tarían los dioses con su sacrificio, y hartarían
con la sangre las culebras, y con la carne los tigres, que ya estaban cebados
con cristianos. Decían tam-bién a los de Tlaxcallan: “Ah cornudos, esclavos,
traidores a vuestros dio-ses y rey: no os queréis arrepentir de lo que hacéis
contra vuestros señores; pues aquí moriréis mala muerte; porque os matará el
hambre o nuestros cuchillos, o os prenderemos y comeremos, haciendo de vosotros
el mayor sacrificio y banquete que jamás en esta tierra se hizo; en señal y
voto de lo cual os arrojamos allá esos brazos y piernas de hombres propios
vuestros, que por alcanzar victoria sacrificamos; y después iremos a vuestra
tierra, asolaremos vuestras casas, y no dejaremos casta de vuestro linaje!”.
Los tlaxcaltecas burlaban mucho de tales fieros, y
respondían que les valdría más darse que resistir a Cortés, pelear que bravear,
callar que inju-riar a otros mejores; y si querían algo que saliesen al campo;
y que tuviesen por muy cierto ser llegado el fin de sus bellaquerías y señorío,
y aun de sus vidas. Era mucho de ver éstas y semejantes hablas y desafíos que
pasaban entre los unos indios y los otros. Cortés, que tenía aviso de esto y de
lo que cada día pasaba, envió delante a Gonzalo de Sandoval a tomar a
Iztacpala-pan, y él embarcose para ir también allá. Sandoval comenzó a combatir
aquel lugar por una parte, y los vecinos, con temor o por meterse en Méxi-co, a
salirse por otra y a recogerse a las barcas. Entraron los nuestros y
pusié-ronle fuego.
Llegó Cortés a la sazón a un peñol grande, fuerte,
metido en agua, y con mucha gente de Culúa, que en viendo venir los bergantines
a la vela hizo ahumadas; y en teniéndolos cerca les dio grita y les tiró muchas
flechas y pie-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
252
dras. Saltó Cortés en él con hasta ciento y
cincuenta compañeros; comba-tiolo, ganole las albarradas, que para mejor
defensa tenían hechas. Subió a lo alto, pero con mucha dificultad, y peleó
arriba de tal suerte, que no dejó hombre a vida, excepto mujeres y niños. Fue
una muy hermosa victoria, aunque fueron heridos veinticinco españoles, por la
matanza que hubo, por el espanto que a los enemigos puso y por la fortaleza del
lugar. Ya en esto había tantos humos y fuegos alrededor de la laguna y por la
sierra, que parecía arderse todo. Y los de México, entendiendo que los
bergantines venían, salieron en sus barcas, y ciertos caballeros tomaron
quinientas de las mejores y adelantáronse para pelear con ellos, pensando
vencer, y si no, tentar a lo menos qué cosa eran navíos de tanta fama.
Cortés se embarcó con el despojo, y mandó a los
suyos estar quedos y juntos, por mejor resistir, y porque los contrarios
pensasen que de miedo, para que sin orden ni concierto acometiesen y se
perdiesen. Los de las qui-nientas barcas caminaron a mucha priesa; mas
repararon a tiro de arcabuz de los bergantines a esperar la flota; que les
pareció no dar batalla con tan pocas y cansadas. Llegáronse poco a poco tantas
canoas, que henchían la laguna. Daban tantas voces, hacían tanto ruido con
atabales, caracoles y otras bocinas, que no se entendían unos a otros; y decían
tantas villanías y amenazas, como dicho habían a los otros españoles y
tlaxcaltecas. Estando pues así, las dos armadas con semblante de pelear,
sobrevino un viento te-rral por popa de los bergantines, tan favorable y a
tiempo, que pareció mila-gro. Cortés entonces, alabando a Dios, dijo a los
capitanes que arremetiesen juntos y a una, y no parasen hasta encerrar los
enemigos en México, pues era nuestro Señor servido darles aquel viento para haber
victoria, y que mi-rasen cuánto les iba en que la primera vez ganasen la
batalla, y las barcas cobrasen miedo a los bergantines del primer encuentro. En
diciendo esto embistieron en las canoas, que con el tiempo contrario ya
comenzaban a huir. Con el ímpetu que llevaban, a unas quebraban, a otras
echaban a fon-do; y a los que alzaban y se defendían, mataban. No hallaron
tanta resisten-cia como al principio pensaban; y así, las desbarataron presto.
Siguiéronlas dos leguas, y acorraláronlas dentro de la ciudad. Prendieron
algunos seño-res, muchos caballeros y otra gente. No se pudo saber cuántos
fueron los muertos, más de que la laguna parecía de sangre.
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253
Fue señalada victoria y estuvo en ella la llave de
aquella guerra, porque los nuestros quedaron señores de la laguna, y los
enemigos con gran miedo y pérdida. No se perdieran así, sino por ser tantas,
que se estorbaban unas o otras; ni tan presto, sino por el tiempo. Alvarado y
Cristóbal de Olid, como vieron la rota, estrago y alcance que Cortés hacía con
los bergantines en las barcas, entraron por la calzada con sus haces.
Combatieron y tomaron cier-tos puentes y albarradas, por más recio que se
defendían; y con el favor de los bergantines que les llegó corrieron los
enemigos una legua, haciéndolos saltar en la laguna a la otra parte, que no
había fustas. Tornáronse con esto, mas Cortés pasó adelante; y como no parecían
canoas saltó en la calzada, que va a Iztacpalapan, con treinta españoles,
combatió dos torres pequeñas de ídolos con sus cercas bajas de cal y canto, a
do le recibió Moteczuma. Ganolas, aunque con harto peligro y trabajo, porque
los que dentro esta-ban eran muchos y las defendían bien. Hizo luego sacar tres
tiros para ojear los enemigos, que cubrían la calzada y estaban muy reacios y
recios de echar. Tiraron una vez e hicieron mucho daño, mas como se quemó la
pól-vora por descuido del artillero, y por ser ya la puesta del Sol, cesaron de
pe-lear los unos y los otros. Cortés, aunque otra cosa tenía pensada y acordada
con sus capitanes, se quedó allí aquella noche. Envió luego por pólvora al real
de Gonzalo de Sandoval, y por cincuenta peones de su guarda y por la mitad de
la gente de Culuacán.
CAPÍTULO CXXXIII
CÓMO PUSO CORTÉS CERCO A MÉXICO
Estuvo Cortés aquella noche a tan gran peligro como
temor, porque no te-nía más de cien compañeros, que los otros en los
bergantines eran menes-ter, y porque hacia la media noche cargaron sobre él
mucha cantidad de enemigos en barcas y por la calzada, con terrible grita y
flechería; pero más fue el ruido que las nueces, aunque fue novedad, porque no
acostumbra-ban pelear a tal hora. Dicen algunos que por el daño que recibían
con los tiros de los bergantines se volvieron; a la que amanecía llegaron a Cortés
ocho de caballo, y hasta ochenta peones de los de Cristóbal de Olid, y los de
México comenzaron luego a combatir las torres por agua y tierra, con tan-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
254
tos gritos y alaridos como suelen; salió Cortés a
ellos, corriolos la calzada adelante, y ganoles un puente con su baluarte, e
hízoles tanto daño con los tiros y caballos, que los encerró y siguió hasta las
primeras casas de la ciu-dad; y porque recibía daño y le herían muchos desde
las canoas, rompió un pedazo de la calzada por junto a su real para que pasasen
cuatro bergantines de la otra parte; los cuales, a pocas arremetidas,
acorralaron las canoas a las casas, y así quedó señor de ambas lagunas.
Otro día partió Gonzalo de Sandoval de Iztacpalapan
para Culuacán, y de camino tomó y destruyó una pequeña ciudad que está en la
laguna, porque salieron a pelear con él. Cortés le envió dos bergantines para
que por ellos, como puente, pasase el ojo de la calzada, que habían rompido los
enemigos; dejó Sandoval su gente con Cristóbal de Olid, y fuese para Cor-tés
con diez de caballo; hallole revuelto con los de México, apeose a pelear, y
atravesáronle un pie con una vara. Otros muchos españoles quedaron aquel día
heridos, mas bien se lo pagaron sus enemigos, que de tal manera los trataron,
que de allí adelante mostraban más miedo y menos orgullo que solían.
Con lo que hasta aquí había hecho, pudo Cortés muy
a su placer asentar y ordenar su gente y real en los lugares que mejor le
pareció, y proveerse de pan y de otras muchas cosas necesarias; tardó en ello
seis días, que ninguno pasó sin escaramuza, y los bergantines hallaron canales
para navegar alre-dedor de la ciudad, que fue cosa muy provechosa; entraron muy
adentro de México, y quemaron muchas casas por los arrabales. Cercose México
por cuatro partes, aunque al principio se determinó por tres; Cortés estuvo
en-tre dos torres de la calzada que ataja las lagunas. Pedro de Alvarado en
Tlacopan, Cristóbal de Olid en Culuacán, y Gonzalo de Sandoval creo que en
Xaltoca, porque Alvarado y otros dijeron que por aquel cabo se saldrían los de
México viéndose en aprieto, si no guardaban una calzadilla que iba por allí. No
le pesara a Cortés dejar salir al enemigo, en especial de lugar tan fuerte,
sino porque no se aprovechase de la tierra, metiendo por allí pan, armas y
gente; porque pensaba él aprovecharse mejor de los contrarios en tierra que en
agua, y en cualquiera otro pueblo que no en aquel, y porque dicen: “A tu
enemigo, si huye, hazle la puente de plata”.
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CAPÍTULO CXXXIV
LA PRIMERA ESCARAMUZA DENTRO EN MÉXICO
Quiso Cortés un día entrar en México por la calzada
y ganar cuanto pudiese de la ciudad, y ver qué ánimo ponían los vecinos; mandó
decir a Pedro de Alvarado y a Gonzalo de Sandoval que cada uno acometiese por
su estan-cia, y a Cristóbal de Olid que le enviase ciertos peones y algunos de
caballo, y que con los demás guardase la entrada de la calzada, de Culuacán de
los de Xochimilco, Culuacán, Iztacpalapan, Uitcilopuchtli, Mexicalcinco,
Cuit-lauac, y otras ciudades allí alrededor, aliadas y sujetas; no le entrasen
por detrás; mandó asimismo que los bergantines fuesen a raíz de la calzada,
ha-ciéndole espaldas por entrambos lados. Salió pues de su real muy de maña-na
con más de doscientos españoles y hasta ochenta mil amigos, y a poco trecho
halló los enemigos bien armados y puestos en defensa de lo que te-nían quebrado
de la calzada, que sería cuanto una lanza en largo y otra en hondo. Peleó con
ellos, y defendiéronse muy gran pieza detrás de un ba-luarte; al fin les ganó
aquello y los siguió hasta la entrada de la ciudad, don-de había una torre, y
al pie de ella una puente muy grande alzada, con muy buena albarrada; por
debajo de la cual corría gran cantidad de agua. Era tan fuerte de combatir y
tan temeroso de pasar, que la vista sola espantaba, y ti-raban tantas piedras y
flechas, que no dejaban llegar a los nuestros; todavía lo combatió, y como hizo
llegar junto los bergantines por la una parte y por la otra, lo ganó con menor
trabajo y peligro que pensaba; lo cual fuera impo-sible sin ayuda de ellos. Como
los contrarios comenzaron a dejar la albarra-da, saltaron en tierra los de los
bergantines, y luego pasó por ellos y a nado el ejército. Los de Tlaxcallan,
Huexocinco, Chololla y Tezcuco cegaron con piedra y adobes aquella puente.
Los españoles pasaron adelante y ganaron otra
albarrada que estaba en la principal y más ancha calle de la ciudad; y como no
tenía agua, pasa-ron fácilmente; siguieron los enemigos hasta otra puente, la
cual estaba al-zada y no tenía más de una sola viga; los contrarios, no
pudiendo pasar to-dos por ella, pasaron por el agua a más andar, por ponerse en
salvo. Quitaron la viga y pusiéronse a la defensa; llegaron los nuestros y
estanca-ron, como no podían pasar sin echarse al agua, lo cual era muy peligroso
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
256
sin tener bergantines; y como desde la calle,
baluarte y azoteas peleaban con mucho corazón y les hacían daño, hizo Cortés
asestar dos tiros a la ca-lle, que tirasen a menudo las ballestas y escopetas.
Recibían con esto mu-cho daño los de la ciudad, y aflojaban algo de la valentía
que al principio tenían; los nuestros lo conocieron, y arrojáronse ciertos
españoles al agua, y pasáronla; como los enemigos vieron que pasaban,
desampararon las azoteas y albarrada que habían defendido dos horas, y huyeron.
Pasó el ejército, y luego hizo Cortés a sus indios cegar aquella puente con los
mate-riales de la albarrada y con otras cosas; los españoles con algunos amigos
prosiguieron el alcance, y a dos tiros de ballesta hallaron otra puente, pero
sin albarrada, que estaba junto a una de las principales plazas de la ciudad;
asentaron allí un tiro con que hacían mucho mal a los de la plaza; no osa-ban
entrar dentro, por los muchos que en ella había; mas al cabo, como no tenían
agua que pasar, determinaron de entrar. Viendo los enemigos la de-terminación
puesta en obra, vuelven las espaldas, y cada uno echó por su parte, aunque los
más fueron al templo mayor; los españoles y sus amigos corrieron en pos de
ellos. Entraron dentro, y a pocas vueltas los lanzaron fuera, que con el miedo
no sabían de sí. Subieron a las torres, derribaron muchos ídolos y anduvieron
un rato por el patio.
Cuahutimoc reprendió mucho a los suyos porque así
huyeron; ellos tornaron en sí, reconocieron su cobardía; y como no había
caballos, revol-vieron sobre los españoles, y por fuerza los echaron de las
torres y de todo el circuito del templo, y les hicieron huir gentilmente.
Cortés y otros capita-nes los detuvieron y les hicieron hacer rostro debajo los
portales del patio, diciendo cuánta vergüenza les era huir. Mas en fin, no
pudieron esperar viendo el peligro y aprieto en que estaban, porque los
aquejaban reciamen-te. Retirose a la plaza, donde quisieron rehacerse: mas
también fueron echados de allí; desampararon el tiro que poco antes dije, no
pudiendo su-frir la furia y fuerza del enemigo. Llegaron a esta sazón tres de
caballo, y entraron por la plaza alanceando indios; como los vecinos viesen
caballos, comenzaron a huir y los nuestros a cobrar ánimo, y a revolver sobre
ellos con tanto ímpetu que les tornaron a ganar el templo grande, y cinco
espa-ñoles subieron las gradas y entraron en las capillas, mataron diez o doce
mexicanos que se hacían fuertes allí, y tornáronse a salir.
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257
Vinieron luego otros seis de caballo, juntáronse
con los tres, y ordena-ron todos una celada, en que mataron más de treinta
mexicanos. Cortés en-tonces, como era tarde y estaban los suyos cansados, hizo
señal de recoger. Cargó tanta multitud de contrarios a la retirada, que si por
los caballos no fuera, peligraran hartos españoles, porque arremetían como
perros rabio-sos sin temor ninguno, y los caballos no aprovecharan si Cortés no
tuviera aviso de allanar los malos pasos de la calle y calzada. Todos huyeron y
pelea-ron muy bien; que la guerra lo lleva. Los nuestros quemaron algunas casas
de aquella calle, porque cuando otra vez entrasen no recibiesen tanto daño con
piedras que de las azoteas les tiraban. Gonzalo de Sandoval y Pedro de Alvarado
pelearon muy bien por sus cuarteles.
CAPÍTULO CXXXV
EL DAÑO Y FUEGO DE CASAS
Andaba en este tiempo don Fernando de Tezcuco por
su tierra visitando y atrayendo sus vasallos al servicio y amistad de Cortés,
que para esto se que-dó; y con su maña, o porque a los españoles les iba
prósperamente, atrajo casi toda la provincia de Culuacán, que señorea Tezcuco,
y seis o siete her-manos suyos, que más no pudo, aunque tenía más de ciento
según después se dirá; y a uno de ellos que llamaban Iztlixuchilh, mancebo
esforzado y de hasta veinticuatro años, hizo capitán, y enviole al cerco con obra
de cin-cuenta mil combatientes muy bien aderezados y armados. Cortés lo recibió
alegremente, agradeciéndole su voluntad y obra. Tomó para su real treinta mil
de ellos, y repartió los otros por las guarniciones. Mucho sintieron en México
este socorro y favor que don Fernando enviaba a Cortés, porque lo quitaba a
ellos, y porque venían allí parientes y hermanos, y aun padres de muchos que
dentro de la ciudad estaban con Cuahutimoccín.
Dos días después que Iztlixuchilh llegó, vinieron
los de Xochimilco y ciertos serranos de la lengua que llaman otomitlh, a darse
a Cortés, rogan-do que les perdonase la tardanza, y ofreciendo gente y vitualla
para el cer-co. Él holgó mucho con su venida y ofrecimiento, porque siendo
aquellos sus amigos, estaban seguros los del real de Culuacán. Trató muy bien
los embajadores, díjoles cómo de allí a tres días quería combatir la ciudad;
por
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
258
tanto, que todos viniesen para entonces con armas,
y que en aquello cono-cería si eran sus amigos; y así los despidió. Ellos
prometieron de venir y cumpliéronlo. Envió tras esto tres bergantines a
Sandoval y otros tres a Pedro de Alvarado, para estorbar que los de México no
se aprovechasen de la tierra, metiendo en canoas agua, frutas, centli y otras
vituallas por aquella parte, y para hacer espaldas y socorrer a los españoles
todas las ve-ces que entrasen por la calzada a combatir la ciudad, que él tenía
muy bien conocido de cuánto provecho eran aquellos navíos estando cerca de los
puentes. Los capitanes de ellos corrían noche y día toda la costa y pueblos de
la laguna por allí; hacían grandes saltos, tomaban muchas barcas a los
enemigos, cargadas de gente y mantenimiento, y no dejaban a ninguna en-trar ni
salir.
El día que aplazó los enemigos al combate oyó
Cortés misa, informó los capitanes de lo que habían de hacer, y salió de su
real con veinte caballos y trescientos españoles, y gran muchedumbre de amigos,
y dos o tres piezas de artillería. Encontró luego con los enemigos, que como en
tres o cuatro días atrás no habían tenido combates, habían abierto muy a su
placer lo que los nuestros cegaron, y hecho mejores baluartes que primero, y
estaban es-perando con los alaridos acostumbrados. Mas como vieron bergantines
por la una parte y por la otra de la calzada, aflojaron la defensa. Conocieron
luego los nuestros el daño que hacían: saltan de los bergantines en tierra y
ganan el albarrada y puente; pasó luego el ejército, y dio en pos de los
ene-migos, los cuales a poco trecho se guarnecieron en otra puente. Mas presto,
aunque con harto trabajo, se la ganaron los nuestros, y los siguieron hasta
otra; y así, peleando de puente en puente, los echaron de la calzada y de la
calle, y aun de la plaza.
Cortés anduvo con hasta diez mil indios, cegando
con adobes, piedra y madera todos los caños de agua, y allanando los malos
pasos; y fue tanto de hacer, que se ocuparon en sólo ello todos aquellos diez
mil indios hasta hora de vísperas. Los españoles y amigos escaramuzaron todo
este tiempo con los de la ciudad, de los cuales mataron muchos en las celadas
que les echaron. También anduvieron un rato por las calles que no tenían agua
ni puentes los de a caballo alanceando ciudadanos, y de esta manera los tuvie-ron
cerrados en las casas y templos.
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259
Era cosa notable lo que nuestros indios hacían y
decían aquel día a los de la ciudad: unas veces los desafiaban, otras los
convidaban a cena, mos-trándoles piernas y brazos y otros pedazos de hombres, y
decían: “Esta car-ne es de la vuestra, y esta noche la cenaremos y mañana la
almorzaremos, y después vendremos por más: por eso no huyáis, que sois
valientes, y más os vale morir peleando que de hambre”; y luego tras esto
apellidaron cada uno su ciudad y ponían fuego a las casas. Mucho pesar tomaban
mexicanos de verse así afligidos por los españoles; empero más les pesaba en
verse ultrajar de sus vasallos, y en oír a sus puertas, victoria, victoria,
Tlaxcallan, Chalco, Tezcuco, Xochimilco y otros pueblos así, que del comer
carne no hacían caso, porque también ellos se comían los que mataban.
Cortés viendo los de México tan endurecidos y
porfiados en defen-derse o morir, coligió dos cosas: una, que habría poca o
ninguna de las ri-quezas que en vida de Moteczuma vio y tuvo; otra, que le
daban ocasión y le forzaban a los destruir totalmente. De entrambas le pesaba,
pero más de la postrera, y pensaba qué forma tendría por atemorizarlos y
hacerles venir en conocimiento de su yerro y del mal que podían recibir; y por
eso derribó muchas torres y quemó los ídolos; quemó asimismo las casas grandes
en que la otra vez posó, y la casa de las aves, que cerca estaba. No había
español, mayormente de los que antes las vieron, que no sintiese pena de ver
arder tan magníficos edificios; mas porque a los ciudadanos les pesaba mucho,
los dejaron quemar. Y nunca mexicanos ni hombre de aquella tierra pensó que
fuerza humana, cuanto más de aquellos pocos españoles, bastara entrar en México
a su pesar, y poner fuego a lo princi-pal de la ciudad. Entre tanto que ardía
el fuego recogió Cortés su gente y volvióse para su real.
Los enemigos quisieran remediar aquella quema, mas
no pudieron; y como vieron ir a los contrarios, diéronles grandísima carga y
grita, y mata-ron algunos contrarios que, de cargados con el despojo, iban
rezagados. Los de caballo, que podían muy bien correr por la calle y calzada,
los dete-nían a lanzadas; y así, antes que anocheciese estaban los nuestros en
su fuer-te y los enemigos en sus casas, los unos tristes y los otros cansados.
Mucha fue la matanza de este día, pero más fue la quema que de casas se hizo;
por-que sin las ya dichas, quemaron otras muchas los bergantines por las calles
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260
donde entraron. También entraron por su parte los
otros capitanes; mas como era solamente para divertir a los enemigos, no hay
mucho que contar.
CAPÍTULO CXXXVI
LA DILIGENCIA DE CUAHUTIMOC Y DE CORTÉS
Otro día siguiente muy de mañana, y después de
haber oído misa, tornó Cortés a la ciudad con la misma gente y orden, porque
los contrarios no tu-viesen lugar de limpiar las puentes ni hacer baluartes.
Mas por bien que madrugó, fue tarde, que no se durmieron en la ciudad; sino
luego que tuvie-ron fuera al enemigo tomaron palas y picos y abrieron lo
cegado, y con lo que sacaban hacían albarradas; y así se fortificaron como
estaban primero. Muchos desmayaban, y hartos perecían en la obra, del sueño y
hambre que sobre cansados pasaban. Mas no podían otra cosa hacer, porque
Cuahuti-moc andaba presente. Cortés combatió dos puentes con sus albarradas; y
aunque fueron recias de tomar, las ganó. Duró el combate de ellas de las ocho a
la una después de mediodía; y como había grandísimo calor y mucho trabajo,
padecieron infinito. Gastose toda la pólvora y pelotas de las esco-petas, y
todas las saetas y almacén que los ballesteros llevaban. Harto tuvie-ron que
hacer en ganar y cegar estas dos puentes aquel día.
Al retirar recibieron algún daño, porque cargaron
los enemigos como si los nuestros fueran huyendo. Venían tan ciegos y
engolosinados, que no advertían las celadas que les ponían los de caballo, en
las cuales morían mu-chos, y los delanteros, que debían ser los más esforzados,
y aun con todo este daño no cesaban hasta verlos fuera de la ciudad. Pedro de
Alvarado ganó también este día dos puentes de su calzada, y quemó algunas casas
con ayuda de los tres bergantines, y mató hartos enemigos.
Algunos españoles culpaban a Cortés porque no iba
mudando su real como iba ganando tierra; y las causas que para ello había eran
grandes, por-que cada día tenía un mismo trabajo, y aun siempre mayor, en ganar
de nue-vo y cegar otra vez los puentes y caños de agua. El peligro que pasaban
en ello era grande y notorio, porque les era forzado echarse a nado todas las
veces que ganaban puentes, y unos no sabían nadar, otros no osaban y otros no
querían, porque los enemigos no les dejaban salir, a cuchilladas y botes
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de lanza; y así, se tornaban heridos o se ahogaban.
Otros decían que ya que no pasaba el real adelante, debía sostener las puentes,
poniendo en ellas gente que las guardase. Mas él, aunque muy bien conocía esto,
no lo quería hacer por mejor; que cierto estaba, si pasara el real a la plaza,
que les podían cercar los contrarios, por ser grande la ciudad y muchos los
vecinos; y así el cercador quedara cercado, y cada hora del día y de la noche
tuviera rebates y fuera reciamente combatido, y ni pudiera resistir ni tuviera
qué comer si la calzada perdía; pues sustentar las puentes era imposible, a lo
menos dudo-so, por dos razones: la una, porque eran pocos españoles, y quedando
can-sados el día no podían pelear la noche; la otra, que si las encomendaba a
in-dios era incierta la defensa y cierta la pérdida o desbarate, de que se
podría seguir gran mal. Así que por esto, como porque se confiaba en el buen
cora-zón de los españoles, que cayendo o levantando habían de hacer como él,
seguía su parecer y no el ajeno.
CAPÍTULO CXXXVII
CÓMO TUVO CORTÉS DOSCIENTOS MIL HOMBRES SOBRE
MÉXICO
Eran los de Chalco tan leales amigos de españoles,
o tan enemigos de mexi-canos, que convocaron muchos pueblos y hicieron guerra a
los de Iztacpa-lapan, Mexicalcinco, Cluitlauac, Uitcilopuchtli, Culacan y otros
lugares de la laguna dulce, que no estaban declarados por amigos de Cortés,
aunque nunca después que sitió a México le habían enojado. A esta causa, y por
ver que [los] españoles llevaban de vencida a los mexicanos, vinieron
embaja-dores de todos aquellos pueblos a encomendarse a Cortés, y a rogarle los
perdonase de lo pasado, y que mandase a los de Chalco no les hiciesen más daño.
Él los recibió en su amparo, y les dijo que no les sería hecho más mal; y que
nunca de ellos tuvo enojo, sino de los de México y que por ver si era cierta o
fingida su embajada, les hacía saber cómo no levantaría el cerco has-ta tomar
aquella ciudad de paz o de guerra. Por eso, que les rogaba le ayuda-sen con
acalles, pues tenían muchos, y con la más gente que pudiesen armar en ellos, y
le diesen algunos hombres que hiciesen casas a los españoles que no las tenían,
y era tiempo de recias aguas.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
262
Ellos prometieron de lo cumplir; y así, vinieron
muchos hombres de aquellos lugares, y hicieron tantas casillas en la calzada,
de torre a torre, donde era el real, que muy a placer cabían en ellas los
españoles y otros dos mil indios que los servían; que los demás en Culuacán
dormían siem-pre, que no estaba más de una legua y media. También proveyeron
estos el real de algún pan y pescado y de infinitas cerezas; de las cuales hay
tantas por allí, que pueden bastecer doblada gente que entonces había en toda aquella
tierra. Duran seis meses del año y son algo diferentes de las nues-tras. No
quedaba ya pueblo que algo montase en toda aquella comarca por darse a Cortés,
y entraban y salían libremente entre españoles. Ve-níanse todos a sus reales,
unos por ayudar, otros por comer, otros por ro-bar, y muchos por mirar; y así,
pienso que había sobre México doscientos mil hombres; y aunque es mucho ser
capitán de tan grande ejército, fue mucho más la destreza y gracia de Cortés en
tratar y regirlo tanto tiempo sin motín ni riña.
Deseaba Cortés ganar y allanar la calle y calzada
que va de Tlacopan, que es muy principal y tiene siete puentes, para que
libremente se comuni-case con Pedro de Alvarado, que con esto pensaba tener
hecho todo lo más; y para hacerlo llamó la gente y barcos de Iztacpalapan y de
los otros pueblos de la laguna dulce, y luego vinieron tres mil; y mil y
quinientos de los cuales echó con cuatro bergantines en la una laguna, y los
otros mil y quinientos en la otra con los tres bergantines, para que corriesen
la ciudad, quemasen ca-sas, e hiciesen todo el más daño que pudiesen. Mandó a
cada guarnición que entrase por su cuartel y calle matando, prendiendo y
destruyendo lo posible, y él metiose por la calle de Tlacopan con ochenta mil
hombres. Ganó tres puentes de ella, y cegolas; las otras dejó para otro día, y
volviose a su puesto. Tornó luego al siguiente día por la misma calle con la
gente y or-den pasada. Ganó muy gran parte de la ciudad, y nunca Cuahutimoc dio
señal de paz; de que mucho se maravillaba Cortés, y aun le pesaba, así por el
mal que recibía como por el que hacía.
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CAPÍTULO CXXXVIII
LO QUE HIZO PEDRO DE ALVARADO
POR AVENTAJARSE
Quiso Pedro de Alvarado pasar su real a la plaza de
Tlatelulco, porque pa-saba trabajo y peligro en sustentar las puentes que
ganaba con españoles a pie y a caballo, teniendo su fuerte lejos de ellos tres
cuartos de legua, y por aventajarse tanto como su capitán, y porque le
importunaban los de su compañía diciendo que les sería afrenta si Cortés ni
otro alguno ganase aquella plaza antes que ellos, pues la tenían más cerca que
ninguno; y así, determinó ganar las puentes de su calzada que le faltaban y pasarse
a la pla-za. Fue pues con toda la gente de su guarnición, llegó a una puente
quebra-da, que tenía de largo sesenta pasos, que porque los nuestros no pasasen
la habían alargado y ahondado dos estados en agua.
Combatiolo, y con ayuda de los tres bergantines
pasó el agua y la ganó. Dejó dicho a unos que la cegasen, y siguió el alcance
con hasta cincuenta españoles. Como los de la ciudad no vieron más de aquellos
pocos, que no podían pasar los de caballo, revolvieron sobre él tan de súbito y
con tanto denuedo, que le hicieron volver las espaldas y echarse al agua, sin
ver cómo. Mataron muchos de nuestros indios y prendieron cuatro españoles, que
luego allí, para que todos los viesen, los sacrificaron y comieron. Alva-rado
cayó de su locura por no creer a Cortés, que siempre le decía no pasa-se
adelante sin dejar primero el camino llano. Los que le aconsejaron paga-ron con
las vidas, y Cortés sintió la pena; y otro tanto le pudiera entrevenir a él si
creyera a los que decían que se pasase al mismo mercado; mas él lo consideraba
mejor, porque cada casa estaba ya hecha isla, las calzadas por muchas partes
rompidas, y las azoteas llenas de cantos; que de estos y otros tales ardides
muchos tuvo Cuahutimoc. Cortés fue a ver dónde había mu-dado su real Pedro de
Alvarado, y a le reprender por lo sucedido, y avisarle de lo que tenía que
hacer. Y como le halló tan metido dentro la ciudad, y consideró los muchos y
malos pasos que había ganado, no sólo no le culpó, mas loole. Platicó con él
muchas cosas tocantes a la conclusión del cerco, y volviose a su real.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
264
CAPÍTULO CXXXIX
LAS ALEGRÍAS Y SACRIFICIOS QUE HACÍAN
LOS MEXICANOS POR UNA VICTORIA
Dilataba Cortés de poner su real en la plaza,
aunque cada día entraba o mandaba entrar a la ciudad a pelear con los vecinos,
por las razones poco antes dichas, y por ver si Cuahutimoc se daría, y aun
también porque no podía ser la entrada sin mucho peligro y daño, por cuanto los
enemigos es-taban muy juntos y fuertes. Todos los españoles, juntamente con el
tesorero del rey, viendo su determinación y el daño pasado, le rogaron y
requirieron que se metiese en la plaza. Él les dijo que hablaban como valientes,
pero convenía primero mirarlo muy bien, porque los enemigos estaban fuertes y
determinadísimos de morir defendiéndose. Tanto replicaron, que al cabo otorgó
lo que pedían, y publicó la entrada para el día siguiente. Escribió con dos
criados suyos a Gonzalo de Sandoval y a Pedro de Alvarado la ins-trucción de lo
que hacer debían; la cual en suma era que Sandoval hiciese alzar todo el
fardaje de su guarnición, como que levantaba real, y que pusie-se diez de
caballo en la calzada, tras unas casas, porque si de la ciudad salie-sen
creyendo que huían, los alanceasen, y que él se viniese adonde Pedro de
Alvarado estaba, con diez a caballo y cien peones y con los bergantines; y
dejando allí la gente, tomase los otros tres bergantines, y fuese a ganar el
paso do fueron desbaratados los de Alvarado; y si lo ganaba, que lo cegase muy
bien antes de ir adelante; y que si fuese, no se alejase, ni ganase paso que no
lo dejase ciego y bien aderezado; y Alvarado, que entrase cuanto pudiese a la
ciudad, y que le enviasen ochenta españoles.
Ordenó asimismo que los otros siete bergantines
guiasen las tres mil barcas, como la otra vez por entrambas lagunas. Repartió
la gente de su real en tres compañías, porque para ir a la plaza había tres
calles. Por la una en-traron el tesorero y contador con setenta españoles,
veinte mil indios, ocho caballos, doce azadoneros y muchos gastadores para
cegar los caños de agua, allanar las puentes y derribar casas. Por la otra
calle envió a Jorge de Alvarado y Andrés de Tapia con ochenta españoles y más
de diez mil indios. Quedaron a la boca de esta calle dos tiros y ocho de
caballo. Cortés fue por la otra con gran número de amigos y cien españoles a
pie, de los cuales eran
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veinticinco ballesteros y escopeteros. Mandó a ocho
de caballo que llevaba, quedarse, y que no fuesen tras él sin se los enviar a
decir.
De esta manera entraron todos a un tiempo y cada
cuadrilla por su cabo, e hicieron maravillas, derrocando hombres y albarradas y
ganando puentes. Llegaron cerca del tianquiztli; cargaron tantos indios de
nuestros amigos, que entraron por las casas a escala vista y las robaron; y
según iba la cosa, parecía que todo se ganaba aquel día. Cortés les decía que
no se pa-sasen más adelante, que bastaba lo hecho, no recibiesen algún revés, y
que mirasen si dejaban bien cegadas las puentes ganadas, en que estaba todo el
peligro o victoria. Los que iban con el tesorero siguiendo victoria y alcan-ce
dejaron una quebrada falsamente ciega, que sería doce pasos en anchu-ra y dos
estados en hondura. Fue allá Cortés, como se lo dijeron, a reme-diar aquel mal
recado; mas tan presto como llegó vio venir huyendo los suyos y arrojarse al
agua por miedo de los muchos y asecutivos enemigos que venían detrás, los
cuales se echaban tras ellos por matarlos. Venían también por agua barcas, que
tomaban vivos muchos de nuestros amigos y aun españoles. No sirvió entonces
Cortés y otros quince que allí estaban sino de dar las manos a los caídos; unos
salían heridos, otros medio ahoga-dos, y muchos sin armas. Cargó tanta gente
enemiga, que los cercó. Cortés y sus quince compañeros, embebecidos en socorrer
a los del agua, y ocu-pados con los socorridos, no se dieron cata del peligro
en que estaban; y así, echaron mano de él ciertos mexicanos, y lleváranselo
sino por Francis-co de Olea, criado suyo, que cortó las manos al que le tenía
asido, de una cuchillada; al cual mataron luego allí los contrarios; y así,
murió por dar la vida a su amo.
Llegó en esto Antonio de Quiñones, capitán de la
guarda; trabó del brazo a Cortés, sacole por fuerza de entre los enemigos, con
quien fuerte-mente peleaba. Ya entonces, a la fama que Cortés era preso,
acudían espa-ñoles a la brega, y uno de caballo hizo algún tanto de lugar; mas
luego le die-ron una lanzada por la garganta, que le hicieron dar la vuelta.
Estancó un poco la pelea, y Cortés cabalgó en un caballo que le trajeron; y
porque no se podía pelear allí bien a caballo, recogió los españoles, dejó aquel
mal paso, y saliose a la calle de Tlacopan, que es ancha y buena. Murió allí
Guzmán, ca-marero de Cortés, por querer darle un caballo; cuya muerte dio mucha
tris-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
266
teza a todos, porque era honrado y valiente. Anduvo
tan revuelta la cosa que cayeron al agua dos yeguas; la una se remedió, la otra
mataron indios, como hicieron al caballo de Guzmán.
Estando combatiendo una albarrada el tesorero y sus
compañeros, les echaron de una casa tres cabezas de españoles, diciendo que
otro tanto ha-rían de ellos si no alzaban el cerco. Viendo esto y entendiendo
el estrago que digo, se retrajeron poco a poco. Los sacerdotes se subieron a
unas torres del Tlatelulco, encendieron braseros, pusieron sahumerios de
coupalli en señal de victoria; desnudaron los españoles cautivos, que serían
hasta cuarenta, abriéronlos por el pecho, sacáronles los corazones para ofrecer
a sus ídolos y rociaron el aire con la sangre. Quisieran los nuestros ir allá y
vengar aque-lla crueldad, ya que estorbar no la podían; más bien tuvieron qué
hacer en ponerse en cobro, según la carga y priesa que les dieron los enemigos,
no temiendo a caballos ni a espadas.
Fueron este día cuarenta españoles presos y
sacrificados. Quedó heri-do Cortés en una pierna, y más de otros treinta.
Perdiose un tiro y tres o cua-tro caballos. Murieron cerca de dos mil indios
amigos nuestros. Muchas de nuestras canoas se perdieron, y los bergantines
estuvieron para ello. El ca-pitán y maestre de uno de ellos salieron heridos, y
el capitán murió de la he-rida de allí a ocho días. También murieron peleando
este mismo día cuatro españoles del real de Alvarado.
Fue aciago el día, y la noche triste y llorosa para
nuestros españoles y amigos. Regocijaron aquella tarde y noche los de México
con grandes fue-gos, con muchas bocinas y atabales, con bailes, banquetes y
borracheras. Abrieron las calles y puentes como antes las tenían. Pusieron
velas en las torres, y centinelas cerca de los reales; y luego por la mañana
envió el rey dos cabezas de cristianos y otras dos de caballos por toda la
comarca, en señal de la victoria habida, rogándoles que dejasen la amistad de
españoles, y pro-metiendo que presto acabaría los que quedaban, y libraría toda
la tierra de guerra; lo cual fue causa que algunas provincias tomasen ánimo y
armas contra los amigos y aliados de Cortés, como hicieron Malinalco y Cuixco
contra Coahunauac. Sonose luego esto por muchas partes, y temían los nuestros
rebelión en los pueblos amigos y motín en el ejército; mas quiso
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Dios que no lo hubiese. Cortés salió con su gente
otro día a pelear, por no mostrar flaqueza, y tornose de la primera puente.
CAPÍTULO CXL
LA CONQUISTA DE MALINALCO Y MATALCINCO Y OTROS
PUEBLOS
A dos días del desbarato vinieron al real de Cortés
los de Coahunauac, que ya de muchos días eran sus amigos, a decirle cómo los de
Malinalco y Cuix-co les daban guerra y les destruían los panes y frutas, y le
amenazaban a él para después que los hubiese a ellos vencido; por tanto, que
les diese alguna ayuda de españoles. Cortés, aunque tenía más necesidad de ser
socorrido que de socorrer, les prometió españoles, tanto por no perder crédito,
cuan-to por la instancia con que los pedían; lo cual contradijeron algunos
espa-ñoles, que no les parecía bien sacar gente del ejército.
Dioles ochenta peones españoles y diez de caballo,
y por capitán a An-drés de Tapia, a quien encargó mucho la guerra y la
brevedad. Diole diez días de plazo para ir y venir. Andrés de Tapia fue allá,
juntose con los de Coahunauac, halló los enemigos en una aldea cerca de
Malinalco, peleó con ellos en campo raso, desbaratolos y siguió hasta la
ciudad, que es un pueblo grande, abundante de agua y asentado en un cerro muy
alto, donde los ca-ballos no podían subir. Taló lo llano, y tornose. Hizo tanto
fruto esta salida, que libró los amigos y atemorizó los enemigos, que tomaban
alas pensando que iban muy de caída los españoles.
Al segundo día que Andrés de Tapia llegó de
Coahunauac vinieron diez y seis mensajeros de lengua otomilh, quejándose de los
señores de la provincia de Matalcinco, sus vecinos, que les hacían cruda guerra
y que les habían destruido la tierra, quemado un lugar y llevado la gente; y
que ve-nían hacia México con propósito de pelear con los españoles, para que
sa-liesen entonces de la ciudad y los matasen o echasen del cerco; y que
prove-yese presto de remedio, porque no estaban de allí más de doce leguas, y
eran muchos. Cortés creyó ser así, porque los días atrás, cuando andaban
peleando, le amenazaban mexicanos con Matalcinco. Envió allá a Gonzalo de
Sandoval con diez y ocho caballos y cien peones y con muchos de aque-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
268
lla serranía que estaban días había en el cerco.
Tanto hizo Cortés esto por no mostrar flaqueza a los amigos y enemigos, como
por socorrer aquéllos; que bien sabía en cuánto peligro andaban los que iban y
los que quedaban, y que se quejaban los suyos. Sandoval se partió, durmió dos
noches en tie-rra de Otomitlh, que estaba destruida; llegó después a un río que
pasaban los enemigos, los cuales llevaban gran presa de un lugar que acababan
de quemar; y como vieron españoles y hombres a caballo, huyeron, dejando buena
parte del despojo. Pasaron otro río y repararon en un llano. Sando-val los
siguió. Halló en el camino fardeles de ropa, cargas de centli y niños asados.
Arremetió a ellos con los caballos. Llegaron luego los de a pie, y
desbaratolos. Huyeron; siguiolos hasta cerrarlos en Matalcinco, que esta-ba a
tres leguas. Murieron en el alcance dos mil. La ciudad se puso en de-fensa para
que entre tanto se fuesen mujeres y muchachos, y llevasen la ropa a un cerro
muy alto, do había una como fortaleza. Acabaron en esto de llegar nuestros
amigos, que serían hasta setenta mil. Entraron dentro, echaron fuera los
vecinos, saquearon el pueblo y luego quemáronlo, y en esto se pasó la noche.
Los vencidos se recogieron al cerro que digo. Tuvie-ron grandes llantos y alaridos
y un estruendo increíble de atabales y boci-nas hasta media noche; que después
todos se fueron de allí. Sandoval sacó todo su ejército luego por la mañana.
Fue al cerro, y no halló nadie ni rastro de los enemigos. Dio sobre un lugar
que estaba de guerra; mas el señor dejó las armas, abrió las puertas, diose y
prometió de traer de paz a los de Matal-cinco, Malinalco y Cuixco. Y cumpliolo,
porque luego les habló y los llevó a Cortés. Él los perdonó, y ellos le
sirvieron muy bien en el cerco, de que mucho pesó al rey Cuahutimoc.
CAPÍTULO CXLI
DETERMINACIÓN DE CORTÉS DE ASOLAR A MÉXICO
Chichimecatl, señor tlaxcalteca, que trajo la
tablazón de los bergantines, y que estaba con Pedro de Alvarado del principio
de la guerra, viendo que ya no peleaban los españoles como solían, entró con
solos los de su provincia, cosa que no se había hecho, a combatir la ciudad.
Acometió una puente con mucha grita, y apellidando su linaje y ciudad, la ganó.
Dejó allí cuatro-
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cientos flecheros, y siguió los enemigos, que de
industria para cogerle a la vuelta huían. Revolvieron sobre él, y trabose una
muy gentil escaramuza, porque unos y otros pelearon reciamente y a la igual.
Pasaron grandes razo-nes. Hubo muchos heridos y muertos de una y otra parte,
con que todos ce-naron muy bien. Diéronle carga, y pensaron asirle al paso del
agua; mas él lo pasó seguramente con el favor de los cuatrocientos flecheros,
que detuvie-ron los contrarios y les hicieron perder la soberbia.
Quedaron los de México corridos de aquella entrada
y espantados de la osadía de tlaxcaltecas, y aun los españoles se maravillaron
del ardid y des-treza. Como no combatían los nuestros según solían, pensaban en
México que de cobardes o enfermos, o por ventura de hambrientos; y un día al
cuar-to del alba dieron en el real de Alvarado un buen rebato. Sintiéronlo las
ve-las, tocaron al arma, salieron los de dentro a pie y a caballo, y a lanzadas
les hicieron huir. Muchos de ellos se ahogaron, muchos fueron heridos y todos
escarmentaron. Dijeron tras esto los de México que querían hablar a Cor-tés. Él
se llegó a una puente alzada a ver qué decían. Ellos una vez pedían treguas y
otra paz, y siempre ahincaban que los españoles se fuesen de toda su tierra.
Era esto para descubrir qué corazón tenían los nuestros y para to-mar algunos
días de treguas a fin de abastecer; que su voluntad siempre fue de morir
defendiendo su patria y religión. Cortés les respondió que las tre-guas ni a él
ni a ellos convenían; mas que la paz, pues en todo tiempo era buena, no se
perdería por él, aunque era el cercador y tenía mucho qué co-mer. Que mirasen
ellos cómo la querían, antes que se les acabase el pan; no se muriesen de
hambre. Estando así platicando con el faraute, se puso en el baluarte un viejo
anciano, y a vista de todos sacó muy de su espacio de una mochila pan y otras
cosas, que comió, dando a entender que no tenían nece-sidad; y con tanto se
feneció la plática.
Muy largo se le hacía a Cortés el cerco, porque en
cerca de cincuenta días no había podido ganar a México; y maravillábase que los
enemigos durasen tanto tiempo en las escaramuzas y combates, y de que no
quisiesen paz ni concordia, sabiendo cuántos millares de ellos eran muertos a
manos de los contrarios, y cuántos de hambre y dolencia. Rogábales fuesen sus
amigos; si no, que los mataría a todos y los tendría cercados por agua y
tie-rra, para que no les entrasen fruta ni pan ni agua, y se comiesen unos a
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
270
otros. Ellos decían que primero se morirían los
españoles; y cuanto más miedo les ponían, más esfuerzo mostraban, y más reparos
y ardides hacían, que hincheron la plaza y muchas calles de piedras grandes,
para que no pudiesen correr los caballos; y atajaron otras calles a piedra
seca, para que no entrasen los españoles.
Cortés, aunque no quisiera destruir tan hermosa
ciudad, determinó derribar por el suelo todas las casas de las calles que
ganase, y con ellas cegar muy bien las canales de agua. Comunicolo con sus
capitanes, y a todos les pareció bueno, aunque trabajoso y largo. Díjolo
también a los señores del ejército, los cuales se holgaron con aquella nueva, y
luego hicieron venir muchos labradores con huictles de palo, que sirven de pala
y azada. En esto se pasaron cuatro días. Cortés, como tuvo gastadores, apercibió
su gente y comenzó a combatir la calle que va a la plaza mayor. Los de la
ciudad de-mandaron paz fingidamente. Cortés se detuvo y preguntó por el rey.
Res-pondieron que le habían ido a llamar. Esperó una hora, y al cabo tiráronle
muchas piedras, flechas y varas, deshonrándole. Arremetieron entonces los
españoles, ganaron una gran albarrada y entraron en la plaza. Quitaron las
piedras que daban estorbo a los caballos, cegaron el agua de aquella calle de
tal manera, que nunca más se abrió; derrocaron todas las casas, y dejando la
entrada llana y abierta, se volvieron al real.
Seis días a la continua hicieron los nuestros otro
tanto como aquel, sin recibir mucho daño, salvo que al postrero les hirieron
dos caballos. Cortés les hizo luego al siguiente día una emboscada. Llamó a
Gonzalo de Sando-val que viniese con treinta caballos suyos y de Alvarado para
juntar con otros veinticinco que él tenía. Envió los bergantines delante y toda
la gen-te, y él metiose con treinta caballos en unas casas grandes de la plaza.
Pelea-ron en muchas partes con los de la ciudad, y retiráronse. Al pasar de
aque-lla casa soltaron una escopeta, que era la señal de salir la celada.
Venían con tanto hervor y grita los contrarios ejecutando el alcance, que
pasaron bien adelante de la zalagarda. Salió Cortés con sus treinta caballeros,
diciendo: “San Pedro y a ellos, Santiago y a ellos”; e hizo gran estrago,
matando a unos, derrocando a otros, y atajando a muchos, que luego allí
prendían los indios amigos. En esta celada, sin los de los combates, murieron
quinien-tos mexicanos y quedaron presos otros muchos. Tuvieron bien qué cenar
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aquella noche los indios nuestros amigos. No se les
podía quitar el comer carne de hombres.
Ciertos españoles subieron a una torre de ídolos,
abrieron una sepultu-ra, y hallaron hasta mil y quinientos castellanos en cosas
de oro.
De esta hecha cobraron en México tanto temor, que
ni gritaban ni ame-nazaban como antes, ni osaron de allí adelante esperar en la
plaza vez que los nuestros se retirasen, por miedo de otra. Y en fin, esto fue
causa para más presto ganarse México.
CAPÍTULO CXLII
HAMBRE Y DOLENCIAS QUE LOS MEXICANOS PASABAN CON
GRANDE ÁNIMO
Dos mexicanos, hombres de poca manera, se salieron
de noche, de puro hambrientos, y se vinieron al real de Cortés, los cuales
dijeron cómo sus ve-cinos estaban muy amedrentados, muertos de hambre y
dolencias, y que amontonaban los muertos en las casas por encubrirlos, y que
salían las no-ches a pescar entre las casas y adonde no los tomasen los
bergantines, y a buscar leña y coger yerbas y raíces que comer. Cortés quiso
saber aquello más por entero. Hizo que los bergantines rodeasen la ciudad, y él
con hasta quince de caballo y cien peones españoles, y muchos otros amigos, fue
antes que amaneciese, metiose tras unas casas, y puso espías que le avisasen
con cierta señal cuando hubiese gente. Como fue día, comenzó de salir mucha
gente a buscar de comer. Salió Cortés, por la seña que tuvo, e hizo gran
ma-tanza en ellos, como los más eran mujeres y muchachos, y los hombres iban
casi desarmados. Murieron allí ochocientos. Los bergantines tomaron tam-bién
muchos hombres y barcos pescando. Sintieron el ruido las velas de la ciudad;
mas los vecinos, espantados de ver andar por allí españoles a hora
desacostumbrada, temiéronse de otra zalagarda, y no pelearon.
El día siguiente, que fue víspera de Santiago,
patrón de España, entró Cortés a combatir como solía la ciudad. Acabó de ganar
la calle de Tlaco-pan, y quemó las casas de Cuahutimoc, que eran grandes y
fuertes y cerca-das de agua. Ya con esto estaban, de cuatro partes de México,
ganadas las tres, y se podía ir seguramente del real de Cortés al de Alvarado.
Como se
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272
derribaban o quemaban todas las casas de lo ganado,
decían aquellos mexi-canos a los de Tlaxcallan y de los otros pueblos: “Así,
así, daos prisa; que-mad y asolad bien esas casas; que vosotros las tornaréis a
hacer, mal que os pese, a vuestra costa y trabajo; porque si somos vencedores,
hareislas para nosotros, y si vencidos, para españoles”.
De allí a cuatro días entró Cortés por su parte y
Alvarado por la suya; el cual trabajó lo posible por ganar dos torres del
Tlatelulco, para estrechar los enemigos por su estancia, como hacía su capitán;
hizo, en fin, tanto, que las ganó, aunque perdió tres caballos. Al otro día se
paseaban los de caballo por la plaza, y los enemigos mirando de las azoteas.
Andando por la ciudad hallaron montones de cuerpos por las casas y calles y en
agua, y muchas cor-tezas y raíces de árboles roídos, y los hombres tan flacos y
amarillos que hi-cieron lástima a nuestros españoles. Cortés les movió partido.
Ellos, aun-que flacos de cuerpo, estaban recios de corazón, y respondiéronle
que no hablase de amistad ni esperase despojo ninguno de ellos, porque habían
de quemar todo lo que tenían, o echarlo al agua, do nunca pareciese, y que uno
solo que de ellos quedase, había de morir peleando.
Faltaba ya la pólvora, bien que sobraban las saetas
y picas; como se ha-cían cada día; y para dañar, o a lo menos espantar los
enemigos, se hizo un trabuco y se puso en el teatro de la plaza, con el cual
nuestros indios amena-zaban mucho a los de la ciudad. No lo acertaron [a] hacer
los carpinteros, y así no aprovechó; los españoles disimularon con que no
querían hacer más daño de lo hecho. Como habían estado cuatro días ocupados en
hacer el trabuco, no habían entrado a combatir la ciudad, y cuando después entra-ron,
hallaron llenas las calles de mujeres, niños, viejos y otros hombres mezquinos
que se traspasaban de hambre y enfermedad. Mandó Cortés a los suyos no hiciesen
mal a personas tan miserables. La gente principal y sana estaba en las azoteas
sin armas y con mantas, cosa nueva y que puso admiración. Creo que guardaban
fiesta. Requirioles con la paz; respondie-ron con disimulación.
Otro día dijo Cortés a Pedro de Alvarado que
combatiese un barrio de hasta mil casas, que estaba por ganar, y que él le
ayudaría por la otra parte. Los vecinos se defendieron muy bien un gran rato;
mas al cabo huyeron, no pudiendo sufrir la furia y priesa de los contrarios.
Los nuestros ganaron
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todo aquel barrio, y mataron doce mil ciudadanos.
Hubo tanta mortandad porque anduvieron tan crueles y encarnizados los indios
nuestros amigos, que a ningún mexicano daban vida, por más reprehendidos que
fueron. Quedaron tan arrinconados en perdiendo este barrio, que apenas cabían
de pies en las casas que tenían, y estaban las calles tan llenas de muertos y
enfermos, que no podían pisar sino en cuerpos. Cortés quiso ver lo que te-nía
por ganar de la ciudad; subiose a una torre, miró, y pareciole que una parte de
ocho. Otro día siguiente tornó a combatir lo que quedaba. Mandó a todos los
suyos que no matasen sino al que se defendiese.
Los de México, llorando su desventura, rogaban a
los españoles que los acabasen de matar, y ciertos caballeros llamaron a Cortés
a mucha priesa. Él fue corriendo allá, con pensar que era para tratar algún
concierto. Púsose orilla de una puente, y dijéronle: “¡Ah capitán Cortés! pues
eres hijo del Sol, ¿por qué no acabas con él que nos acabe? ¡Oh Sol! que puedes
dar vuelta al mundo en tan breve espacio de tiempo como es un día con su
no-che, mátanos ya, y sácanos de tanto y tan largo penar; que deseamos la muerte
por ir a descansar con Quetzalcouatlh, que nos está esperando”. Tras esto
lloraban y llamaban sus dioses a grandes voces. Cortés les respon-dió lo que le
pareció, mas no pudo convencerlos. Gran compasión les te-nían nuestros
españoles.
CAPÍTULO CXLIII
LA PRISIÓN DE CUAHUTIMOC
Cortés, que los vio en tan estrecho y males, quiso
probar si se darían. Habló con un tío de don Fernando de Tezcuco, que tres días
antes había tomado preso, y aún estaba herido, y rogole que fuese a tratar de
paz con su rey. El caballero rehusó al principio, sabiendo la determinación de
Cuahutimoc; pero al fin dijo que iría, por ser cosa de honra y bondad. Así que
Cortés en-tró otro día con su gente y envió aquel caballero delante con ciertos
españo-les; los que guardaban la calle lo recibieron y saludaron con el
acatamiento que tal persona merecía; fue luego al rey, y díjole su embajada.
Cuahutimoc se enojó y le mandó sacrificar. La respuesta que dio fueron
flechazos, pe-dradas, lanzadas y alaridos, y que querían morir, y no paz.
Pelearon recio
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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aquel día; hirieron y mataron muchos hombres, y un
caballo con un dalle que traía un mexicano hecho de una espada española; pero
si muchos mata-ron, muchos murieron.
Otro día entró también Cortés, mas no peleó,
esperando que se rendi-rían. Empero ellos no tenían tal pensamiento. Llegose a
una albarrada, ha-bló a caballo con ciertos señores que conocía, diciendo que
los podía muy bien acabar en chico rato, mas que de lástima lo dejaba y porque
los quería mucho; que hiciesen con el señor se diesen, y serían bien recibidos
y trata-dos, y tendrían qué comer. Con estas y otras razones semejantes les
hizo llo-rar. Respondieron que bien conocían su error y sentían su daño y perdi-ción;
pero que habían de obedecer a su rey y a sus dioses, que así lo querían; mas
que se esperase allí, que iban a decirlo a su señor Cuahutimoccín. Fue-ron, y
de allí a un rato volvieron, diciendo cómo por ser ya tarde no venía el señor,
mas que luego al otro día vendría sin duda ninguna, a hora de comer, a le
hablar en la plaza.
Con tanto, se tornó Cortés a su real muy alegre,
pensando que en las vis-tas se concertarían. Mandó aderezar el teatro de la
plaza con estrado, a la usanza de los señores mexicanos, y de comer para otro
día. Fue con muchos españoles muy apercibidos. No vino el rey, sino envió cinco
señores muy principales que tratasen en conciertos, y que le disculpasen por
enfermo. Pesó a Cortés que el rey no viniese; empero holgose mucho con aquellos
señores, creyendo por su medio acabar la paz. Comieron y bebieron como hombres
que tenían necesidad; llevaron algún refresco, y prometieron de tornar, porque
Cortés se los rogó, y les dijo que sin la presencia del rey no se podía dar ni
tomar asiento ninguno. Volvieron de allí a dos horas; trajeron de presente unas
mantas de algodón muy buenas, y dijeron cómo en ningu-na manera el rey vendría,
que tenía vergüenza y miedo; fuéronse, que ya era noche. Volvieron otro día
aquellos mismos a decir a Cortés que se fuese al mercado, que le quería hablar
Cuahutimoc. Fue, y esperó más de cuatro horas, y nunca el rey vino.
Viendo la burla, envió Cortés a Sandoval con los
bergantines por una parte, y él por otra combatió las calles y albarradas en
que estaban fuertes los enemigos; y como halló poca resistencia, que no tenían
piedras ni fle-chas, entró e hizo lo que quiso. Pasaron de cuarenta mil
personas las que
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fueron aquel día muertas y presas, y más tuvieron
que hacer los españoles en no estorbar que sus amigos no matasen, que en
pelear. El saco no se lo estorbaron. Era tanto el llanto de las mujeres y
niños, que quebraba los co-razones a los españoles; y tan grande la hediondez
de los cuerpos que ya es-taban muertos, que se retiraron luego. Propusieron
aquella noche, Cortés de acabar otro día la guerra y Cuahutimoc de huir, que
para eso se metió en una canoa de veinte remos. Luego pues por la mañana tomó
Cortés su gen-te y cuatro tiros, y fuese al rincón do los enemigos estaban
acorralados. Dijo a Pedro de Alvarado que se estuviese quedo hasta oír una
escopeta, y a Sandoval que entrase con los bergantines a un lago de entre las
casas, donde estaban recogidas todas las barcas de México, y que mirase por el
rey y no le matasen. Mandó a los demás que echasen al enemigo hacia los
bergantines; subiose a una torre, y preguntó por el rey. Vino Xihuacoa,
gobernador y capitán general, hablole y no pudo acabar con él que se die-sen.
Todavía se salieron muchos, y los más eran viejos y muchachos y muje-res; y
como eran tantos y traían prisa, unos a otros se rempujaban y se echa-ban al
agua y se ahogaban.
Rogó Cortés a los señores indios que mandasen a los
suyos no matasen aquella mezquina gente, pues se daba. Empero no pudieron
tanto, que no matasen y sacrificasen más de quince mil de ellos. Tras esto hubo
grandísi-mo rumor entre la gente menuda de la ciudad, porque el señor quería
huir, y ellos ni tenían ni sabían adonde ir; y así, procuraron todos de meterse
en barcas, y como no cabían, caían al agua y ahogábanse. Muchos hubo que se
escaparon nadando. La gente de guerra se estaba arrimada a las paredes de las
azoteas, disimulando su perdición. La nobleza mexicana y otros muchos estaban
en canoas con el rey. Cortés hizo soltar la escopeta para que Pedro de Alvarado
acometiese por su parte, y luego se tiró la artillería al rincón, donde estaban
los enemigos. Diéronles tanta prisa, que en chico rato lo ga-naron, sin dejar
cosa por tomar. Los bergantines rompieron la flota de las barcas, sin que
ninguna se defendiese. Antes echaron todas a huir por do mejor pudieron, y
abatieron el estandarte real.
Garcí Holguín, que era capitán de un bergantín, dio
tras una canoa grande de veinte remos y muy cargada de gente. Díjole un
prisionero que llevaba consigo cómo eran aquéllos del rey, y que podía ser ir
él allí. Diole
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entonces caza, y alcanzola. No quiso embestir con
ella, sino encarole tres ballestas que tenía. Cuahutimoc se puso en pie en la
popa de su canoa para pelear; mas como vio ballestas armadas, espadas desnudas
y mucha ventaja en el navío, hizo señal que iba allí el señor, y rindiose.
Garcí Holguín, muy alegre con tal presa, lo llevó a Cortés, el cual le recibió
como a un rey, hízole buen semblante, y llegole a sí. Cuahutimoc entonces echó
mano al puñal de Cortés, y díjole: “Ya yo he hecho todo mi poder para me
defender a mí y a los míos, y lo que obligado era para no venir a tal estado y
lugar como estoy; y pues vos podéis agora hacer de mí lo que quisiéredes,
matadme, que es lo mejor”. Cortés lo consoló y le dio buenas palabras y
esperanza de vida y se-ñorío. Subiole a una azotea y rogó mandase a los suyos
que se diesen; él lo hizo, y ellos, que serían obra de setenta mil, dejaron las
armas en viéndole.
CAPÍTULO CXLIV
DE LA TOMA DE MÉXICO
De la manera que dicho queda ganó Fernando Cortés a
México Tenuchtit-lan, martes a 13 de agosto, día de San Hipólito, año de 1521.
En remem-branza de tan gran hecho y victoria hacen cada año, semejante día, los
de la ciudad fiesta y procesión, en que llevan el pendón con que se ganó.
Duró el cerco tres meses. Tuvo en él doscientos mil
hombres, nove-cientos españoles, ochenta caballos, diez y siete tiros de
artillería, y trece bergantines y seis mil barcas. Murieron de su parte hasta
cincuenta españo-les y seis caballos, y no muchos indios. Murieron de los
enemigos cien mil, y a lo que otros dicen, muy muchos más; pero yo no cuento
los que mató la hambre y pestilencia. Estaban a la defensa todos los señores,
caballeros y hombres principales; y así, murieron muchos nobles. Eran muchos,
co-mían poco, bebían agua salada, dormían entre los muertos y estaban en
per-petua hedentina; por estas cosas enfermaron y les vino la pestilencia, en
que murieron infinitos; de las cuales también se colige la firmeza y esfuerzo
que tuvieron en su propósito, porque llegando a extremo de comer ramas y
cor-tezas, y a beber agua salobre, jamás quisieron paz.
Ellos bien la quisieran a la postre; mas Cuahutimoc
no la quiso, porque al principio la rehusaron contra su voluntad y consejo, y
porque murién-
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dose todos no dieran señal de flaqueza, se tenían
los muertos en casa por-que sus enemigos no los viesen. De aquí también se
conoce cómo los mexi-canos, aunque comen carne de hombre, no comen la de los
suyos, como al-gunos piensan; que si la comieran, no murieran ansí de hambre.
Alaban mucho las mujeres mexicanas, y no porque se estuvieron con sus maridos y
padres, sino por lo mucho que trabajaron en servir los enfermos, en curar los
heridos, en hacer hondas y labrar piedras para tirar, y aun en pelear des-de
las azoteas; que tan buena pedrada daban ellas como ellos.
Diose México a saco, y españoles tomaron el oro,
plata, pluma, y los in-dios la otra ropa y despojo. Cortés hizo hacer muchos y
grandes fuegos en las calles, por alegrías y por quitar el mal hedor que los
encalabriaba. Ente-rró los muertos como mejor pudo. Herró muchos hombres y
mujeres por esclavos con el hierro del rey; los demás dejó libres. Varó los
bergantines en tierra; dejó en guarda de ellos a Villafuerte con ochenta
españoles, porque no los quemasen los indios. Estuvo en esto cuatro días, y luego
pasó el real a Culuacán, donde dio las gracias a los señores y pueblos amigos
que le ha-bían ayudado. Prometioles de se los gratificar, y dijo que se fuesen
con Dios los que quisiesen, pues al presente no tenía más guerra, y que los
llamaría si la hubiese. Con tanto, se fueron casi todos ricos, y muy contentos
en haber destruido a México, y por ir amigos de españoles y en gracia de
Cortés.
CAPÍTULO CXLV
SEÑALES Y PRONÓSTICOS DE LA DESTRUCCIÓN DE MÉXICO
Poco antes que Fernando Cortés llegase a la
Nueva-España, apareció mu-chas noches un gran resplandor sobre la mar por do
entró; el cual parecía dos horas antes del día, subía en alto y deshacíase
luego. Los de México vie-ron entonces llamas de fuego hacia oriente, que es la
Veracruz, y un humo grande y espeso que parecía llegar al cielo, y que mucho
los espantó. Vieron eso mismo pelear por el aire gentes armadas, unas con
otras; cosa nueva y maravillosa para ellos, y que les dio qué pensar y qué
temer, por cuanto se platicaba entre ellos cómo había de ir gente blanca y
barbuda a señorear la tierra en tiempo de Moteczuma. Entonces se alteraron
mucho los señores
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de Tezcuco y Tlacopan, diciendo que la espada que
Moteczuma tenía era las armas de aquellas gentes del aire, y los vestidos el
traje; y tuvo él harto que aplacarlos, fingiendo que aquellas ropas y armas
fueron de sus antepa-sados, y porque lo creyesen hizo que probasen a quebrar la
espada; y como no pudieron o no supieron, quedaron maravillados y pacíficos.
Parece ser que ciertos hombres de la costa habían
poco antes llevado a Moteczuma una caja de vestidos con aquella espada y
ciertos anillos de oro y otras cosas de las nuestras, que hallaron a orillas
del agua, traídas con tor-menta. Otros dicen que fue la alteración de aquellos
señores cuando vieron los vestidos y el espada que Cortés envió a Moteczuma con
Teudilli, miran-do cómo se parecía al vestido y armas de los que peleaban en el
aire. Como quiera que fuese, ellos cayeron en que se habían de perder entrando
en su tierra los hombres de aquellas armas y vestidos.
El mismo año que Cortés entró en México apareció
una visión a un malli o cautivo de guerra para sacrificar, que lloraba mucho su
desventura y muerte de sacrificio, llamando a Dios del cielo; la cual le dijo
que no te-miese tanto la muerte, y que Dios, a quien se encomendaba, habría
merced de él; y que dijese a los sacerdotes y ministros de los ídolos que muy
presto cesaría el sacrificio y derramamiento de sangre humana, por cuanto ya
ve-nían cerca los que lo habían de vedar, y mandar la tierra. Sacrificáronlo en
medio del Tlatelulco, donde ahora está la horca de México. Notaron mu-cho sus
palabras y la visión, que llamaban aire del cielo, y que cuando des-pués vieron
ángeles pintados con alas y diademas, decían parecer al que habló con el malli.
También reventó la tierra el año de 20 cerca de
México, y salían grandes peces con el agua, que lo miraron por novedad.
Contaban mexicanos cómo viniendo Moteczuma con la victoria de Zochnuxco muy
ufano, dijo al se-ñor de Culuacán que quedaba México seguro y fuerte, pues
había vencido aquella y otras provincias, y que ya no habría quien contra él
pudiese. “No confíes tanto, buen rey, respondió aquel señor; que una fuerza
fuerza otra”. De la cual respuesta mucho se enojó Moteczuma, y lo miraba de mal
ojo. Mas después, cuando Cortés los prendió a entrambos, se acordó muchas veces
de aquellas pláticas, que fueron profecía.
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CAPÍTULO CXLVI
CÓMO DIERON TORMENTO A CUAHUTIMOC PARA SABER DEL
TESORO
No se halló todo el oro en México que primero
tuvieron los nuestros; ni ras-tro del tesoro de Moteczuma, que tenía gran fama;
de que mucho se dolían los españoles, que pensaban, cuando acabaron de ganar a
México, hallar un gran tesoro, a lo menos que hallaran cuanto perdieran al huir
de México. Cortés se maravillaba cómo ningún indio le descubría oro ni plata.
Los sol-dados aquejaban a los vecinos por sacarles dineros. Los oficiales del
rey querían descubrir el oro, plata, perlas, piedras y joyas, para juntar mucho
quinto; empero nunca pudieron con mexicano ninguno que dijese nada, aunque
todos decían cómo era grande el tesoro de los dioses y de los reyes; así que
acordaron dar tormento a Cuahutimoc y a otro caballero y su priva-do. El
caballero tuvo tanto sufrimiento, que, aunque murió en el tormento de fuego, no
confesó cosa de cuantas le preguntaron sobre tal caso, o por-que no lo sabía, o
porque guardan el secreto que su señor les confía cons-tantísimamente. Cuando
lo quemaban miraba mucho al rey, para que, ha-biendo compasión de él, le diese
licencia, como dicen, de manifestar lo que sabía, o lo dijese él. Cuahutimoc le
miró con ira y lo trató vilísimamente, como flaco y de poco, diciendo: “¿estoy
yo en algún deleite o baño?”. Cor-tés quitó del tormento a Cuahutimoc,
pareciéndole afrenta y crueldad, o porque dijo cómo echara en la laguna, diez
días antes de su prisión, las pie-zas de artillería, el oro y plata, las
piedras, perlas y ricas joyas que tenía, por haberle dicho el diablo que sería
vencido.
Acusaron esta muerte a Cortés en su residencia como
cosa fea e indig-na de tan gran rey, y que lo hizo de avaro y cruel; mas él se
defendía con que se hizo a pedimento de Julián de Alderete, tesorero del rey, y
porque pare-ciese la verdad, que decían todos que se tenía él toda la riqueza
de Motec-zuma, y no quería atormentarle porque no se supiese. Muchos buscaron
este tesoro en la laguna y en tierra, por lo que dijo Cuahutimoc, mas nunca se
halló; y es cosa notable haber escondido tanta cantidad de oro y plata y no
decirlo.
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CAPÍTULO CXLVII
EL SERVICIO Y QUINTO PARA EL REY,
DE LOS DESPOJOS DE MÉXICO
Hicieron fundición de los despojos de México. Hubo
ciento y treinta mil castellanos, que se repartieron según el servicio y
méritos de cada uno. Cupo al quinto del rey veintiséis mil castellanos.
Cupiéronle también mu-chos esclavos, plumajes, ventalles, mantas de algodón y
mantas de pluma; rodelas de mimbre aforradas en pieles de tigres y cubiertas de
pluma, con la copa y cerco de oro; muchas perlas, algunas como avellanas, pero
algo ne-gras las más, de como queman las conchas para sacarlas y aun para comer
la carne. Sirvieron al emperador con muchas piedras, y entre ellas, con una
esmeralda fina, como la palma, pero cuadrada, y que se remataba en punta como
pirámide, y con una gran vajilla de oro y plata, en tazas, jarros, platos,
escudillas, ollas y otras piezas de vaciadizo, unas como aves, otras como
pe-ces, otras como animales, otras como frutas y flores; y todas tan al vivo,
que había mucho de ver. Diéronle asimismo muchas manillas, zarcillos,
sorti-jas, bezotes y otras joyas de hombres y de mujeres, y algunos ídolos y
cerba-tanas de oro y de plata; todo lo cual valía ciento y cincuenta mil
ducados, aunque otros dicen dos tanto.
Enviáronle, sin esto, muchas máscaras mosaicas de
piedrecitas finas, con las orejas de oro y con los colmillos de hueso fuera de
los labios. Mu-chas ropas de sacerdote, frontales, palios y otros ornamentos de
templos; lo cual era de pluma, algodón y pelos de conejo. Enviaron también
algunos huesos de gigantes que se hallaron allí en Culuacán, y tres tigres, uno
de los cuales se soltó en la nao, y arañó seis o siete hombres, y aun mató dos,
y echose a la mar; mataron la otra porque no hiciese otro tanto mal. Otras
co-sas enviaron, pero esto es lo sustancial; y muchos enviaron dineros a sus
parientes, y Cortés envió cuatro mil ducados a sus padres con Juan de Ribe-ra,
su secretario. Trujeron esta riqueza Alonso de Ávila y Antonio de Qui-ñones,
procuradores de México, en tres carabelas. Pero tomó las dos cara-belas que
traían el oro Florin, corsario francés, más acá de las Azores, y aun también
tomó entonces otra nao que venía de las islas, con setenta y dos mil ducados,
seiscientos marcos de aljófar y perlas, y dos mil arrobas de azúcar.
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Escribió el cabildo al emperador en alabanza de
Cortés, y él suplicaba por los conquistadores, para que les confirmase los
repartimientos, y que enviase una persona docta y curiosa a ver la mucha y
maravillosa tierra que había conquistado, y que tuviese por bien que se llamase
Nueva-España. Que enviase obispos, clérigos y frailes para entender en la
conversión de los indios; y labradores con ganados, plantas y simientes, y que
no permitiese pasar allá tornadizos, médicos ni letrados.
CAPÍTULO CXLVIII
CÓMO CAZONCÍN, REY DE MICHUACAN,
SE DIO A CORTÉS
Puso muy gran miedo y admiración en todos la
destrucción de México, que era la mayor y más fuerte ciudad de todas aquellas
partes, y más poderosa en reino y riqueza. Por lo cual no solamente se dieron a
Cortés los súbditos de mexicanos, pero los enemigos también, por desechar de sí
la guerra, no les aconteciese como a Cuahutimoc; y así, venían a Culuacán
embajadores de grandes y diversas provincias y de muy lejos que, según cuentan,
eran algu-nos de más de trescientas leguas de allí. El rey de Michuacan, por
nombre dicho Cazón, antiguo y natural enemigo de los reyes mexicanos y muy gran
señor, envió sus embajadores a Cortés, alegrándose de la victoria y dándo-sele
por amigo. Él los recibió muy bien, túvolos consigo cuatro días. Hizo
escaramuzar delante de ellos a los de caballo para que lo contasen en su
tie-rra. Dioles algunas cosillas y dos españoles que fuesen a ver aquel reino y
tomar lengua de la Mar del Sur, y despidiolos.
Tantas cosas dijeron de los españoles aquellos
embajadores a su rey, que estuvo por venir a verlos; mas estorbáronselo sus
consejeros; y así, en-vió allí un hermano suyo con mil personas de servicio y
muchos caballeros. Cortés lo recibió y trató conforme a la persona que era.
Llevole a ver los bergantines, el asiento y destrucción de México. Anduvieron
los españoles el caracol en ordenanza, y soltaron las escopetas y ballestas.
Jugó la artille-ría al blanco, que se puso en una torre. Corrieron los de caballo,
y escara-muzaron con lanzas. Quedó maravillado aquel caballero de estas cosas y
de
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las barbas y trajes. Fuese de allí a cuatro días
que llegó y tuvo bien qué con-tar al rey su hermano.
Viendo Cortés la voluntad del rey Cazoncín, envió a
poblar a Chincici-la de Michuacan a Cristóbal de Olid con cuarenta de caballo y
cien infantes españoles, y Cazoncín holgó que poblasen, y les dio mucha ropa de
pluma y algodón, cinco mil pesos de oro sin ley, por tener mucha mezcla de
plata, y mil marcos de plata revuelta con cobre; todo esto en piezas de
aparador y joyas de cuerpo, y ofreció su persona y reino al rey de Castilla,
como se lo rogaba Cortés.
La cabeza principal y ciudad de Michuacan llaman
Chincicila, y está de México poco más de cuarenta leguas, y en una ladera de
sierras, sobre una laguna dulce, tan grande como la de México y de muchos y
buenos peces. Sin esta laguna hay en aquel reino otros muchos lagos, en que hay
grandes pesquerías; a cuya causa se llama Michuacan, que quiere decir tierra de
pes-cado. Hay también muchas fuentes, y algunas tan calientes, que no las sufre
la mano, las cuales sirven de baños. Es tierra muy templada, de buenos ai-res,
y tan sana, que muchos enfermos de otras partes se van a sanar a ella. Es
fértil de pan, fruta y verdura. Es abundante de caza, tiene mucha cera y
algo-dón. Son los hombres más hermosos que sus vecinos, recios y para mucho
trabajo. Grandes tiradores de arco y muy certeros, en especial los que lla-man
teuchichimecas, que están debajo o cerca de aquel señorío; a los cua-les, si
yerran la caza, les ponen una vestidura de mujer, que dicen cueitl, por
afrenta. Son guerreros y diestros hombres, y siempre tenían guerra con los de
México, y nunca o por maravilla perdían batalla.
Hay en este reino muchas minas de plata y oro bajo,
y el año de 1525 se descubrió en él la más rica mina de plata que se había
visto en la Nueva-Es-paña; y por ser tal, la tomaron para el rey sus oficiales,
no sin agravio de quien la halló. Mas quiso Dios que luego se perdiese o
acabase; y así, la per-dió su dueño, el rey su quinto y ellos la fama. Hay
buenas salinas, mucha piedra negra, de que hacen sus navajas, y finísimo
azabache. Críase grana de la buena. Los españoles han puesto morales para seda;
sembrado trigo y criado ganados, y todo se da muy bien, que Francisco de
Terrazas cogió seiscientas fanegas de trigo, de cuatro que sembró.
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CAPÍTULO CXLIX
LA CONQUISTA DE TOCHTEPEC Y COAZACOALCO, QUE HIZO
GONZALO DE SANDOVAL
Al tiempo que México se rebeló y echó fuera los
españoles, se rebelaron también todos los pueblos de su bando, y mataron los
españoles que anda-ban por la tierra descubriendo minas y otros secretos. Mas
la guerra de México no había dado lugar al castigo; y porque los más culpantes
eran Huatuxco, Tochtepech y otros lugares de la costa, envió allá desde
Culua-cán, por fin de octubre del año de 21, a Gonzalo de Sandoval con
doscien-tos españoles a pie, con treinta y cinco de caballo y con razonable
ejército de amigos, en que iban algunos señores mexicanos. En llegando a
Huatuxco se le rindió toda aquella tierra. Pobló en Tochtepec, que está de
México ciento y veinte leguas, y llamole Medellín por mandado de Cortés y en
gra-cia, que así se llama donde nació. De Tochtepec fue después Sandoval a
poblar en Coazacoalco, pensando que los de aquel río estaban amigos de Cortés,
como lo habían prometido a Diego de Ordaz cuando fue allá en vida de Moteczuma.
No halló en ellos buen acogimiento ni aun voluntad
de su amistad. Dí-joles que los iba a visitar de parte de Cortés, y a saber si
habían menester algo. Ellos le respondieron que no tenían necesidad de su gente
ni amistad; que se volviese con Dios. Él les pidió la palabra, y les rogó con
la paz y reli-gión cristiana, mas no la quisieron; antes se armaron,
amenazándole con la muerte. Sandoval no quisiera guerra; pero, como no podía
otra cosa hacer, salteó de noche un lugar, donde prendió una señora, que fue parte
para que llegasen los nuestros al río sin contraste, y se apoderasen de
Coazacoalco y sus riberas.
A cuatro leguas de la mar pobló Sandoval la villa
del Espíritu Santo; porque no se halló antes buen asiento. Atrajo a su amistad
a Quechoallan, Ciuatlan, Quezaltepec, Tabasco, que luego se rebelaron, y otros
muchos pueblos, que se encomendaron a los pobladores del Espíritu Santo por
cé-dula de Cortés. En este mismo tiempo se conquistó Huaxacac, con mucha parte
de la provincia de Mixtecapan, porque daban guerra a los de Te-
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peacac y a sus aliados. Hubo tres encuentros, en
que murió mucha gente, primero que se diesen y consintiesen a los nuestros
poblar en su tierra.
CAPÍTULO CL
LA CONQUISTA DE TUTUTEPEC
Deseaba Cortés tener tierra y puertos en la Mar del
Sur para descubrir por allí la costa de la Nueva-España, y algunas islas ricas
de oro, piedras, perlas, especia y otras cosas y secretos admirables, y aun
traer por allí la especiería de las Molucas a menos trabajo y peligro; y como
tenía noticia de aquella mar de tiempo de Moteczuma, y entonces se le ofrecían
a ello los de Me-chuacán, envió allá cuatro españoles por dos caminos con
buenas guías; los cuales fueron a Tecoantepec, Zacatollan y otros pueblos.
Tomaron pose-sión de aquel mar y tierra, poniendo cruces. Dijeron a los
naturales su em-bajada; pidieron oro, perlas y hombres para la vuelta y para
mostrar a su ca-pitán, y tornáronse a México. Cortés trató muy bien aquellos
indios; dioles algunas cosas, y muchas encomiendas y ofrecimientos para su rey,
con que se fueron alegres.
Envió luego el señor de Tecoantepec un presente de
oro, algodón, plu-ma y armas, ofreciendo su persona y estado al emperador; y no
mucho des-pués pidió españoles y caballos contra los de Tututepec, que les
hacían gue-rra por haberse dado a cristianos, mostrándoles la mar. Cortés le
envió a Pedro de Alvarado, el año de 22, y no 23, con doscientos españoles y
cua-renta de caballo y dos tirillos de campo. Alvarado fue por Huaxacac, que ya
estaba pacífica; tardó un mes en llegar a Tututepec; halló en algunos pue-blos
resistencia, mas no perseverancia. Recibiole bien el señor de aquella
provincia, y quiso aposentarle dentro de Tututepec, que es gran ciudad, en unas
casas suyas muy buenas, aunque cubiertas de paja, con pensamiento de quemar los
españoles aquella noche; mas Alvarado, que lo sospechó o le avisaron, no quiso
quedar allí, diciendo que no era bueno para sus caballos, y aposentose en lo
bajo de la ciudad, y detuvo al señor y a un su hijo; los cua-les se rescataron
en veinticinco mil castellanos de oro; que la tierra es rica de minas y ferias
y en algunas perlas. Pobló Alvarado en Tututepec; llamola Segura. Pasó allá los
vecinos de la otra Segura de la Frontera, que ya no te-
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nían enemigos, y encomendoles las provincias de
Coaztlauac, Tachquianco y otras, con cédulas de Cortés.
Vino Alvarado a negociar cosas del nuevo pueblo con
Cortés; y los veci-nos en su ausencia dejaron el lugar, por las pasiones que
hubieron, y metié-ronse en Huaxacac; por lo cual envió Cortés allá a Diego de
Ocampo, su al-calde mayor, no pesquisidor, que condenó a uno a muerte; mas
Cortés se la mudó en destierro, en grado de apelación. Murió en esto el señor
de Tutu-tepec; tras cuya muerte se rebelaron algunos pueblos de la comarca.
Tornó allá Pedro de Alvarado; peleó, y aunque le mataron ciertos españoles y
otros amigos, los redujo como antes estaban, pero no se pobló más Segura.
CAPÍTULO CLI
LA GUERRA DE COLIMAN
Como tuvo Cortés entrada y amistad en la costa de
la Mar del Sur, envió cuarenta españoles carpinteros y marineros a labrar en
Zacatullan, o Zaca-tula, como dicen ya, dos bergantines para descubrir aquella
costa y el estre-cho que pensaban entonces, y otras dos carabelas para buscar
islas que tu-viesen especies y piedras, e ir a las Molucas; y tras ellos envió
hierro, áncoras, velas, maromas y otras muchas jarcias y aparejos de naos que
tenía en la Veracruz, con muchos hombres y mujeres; que fue un gasto y camino
muy grande. Mandó Cortés ir después allá a Cristóbal de Olid a ver los na-víos,
y costear aquella tierra en siendo acabados.
Cristóbal de Olid caminó luego para Zacatullan
desde Chincicila, con más de cien españoles y cuarenta de caballo, y
mechuacaneses. Supo en el camino cómo los pueblos de Coliman andaban en armas,
y que eran ricos. Fue a ellos, peleó muchos días; al cabo quedó vencido y
corrido, por haber-le muerto aquellos de Coliman tres españoles y gran número
de sus amigos. Despachó Cortés luego a Gonzalo de Sandoval con veinticinco de
caballo y sesenta peones y muchos indios amigos de guerra y carga, que fuese a
ven-gar esto, y a castigar los de Impilcinco, que hacían guerra a sus vecinos
por ser amigos de cristianos. Sandoval fue a Impilcinco, peleó con los de allí
al-gunas veces, y no los pudo conquistar, por ser tierra áspera para los
caba-llos. Fue de allí a Zacatullan, miró los navíos, tomó más españoles, pasó
a
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Coliman, que estaba sesenta leguas, y pacificó de
camino algunos lugares. Salieron a él los de Coliman al mismo paso que
desbarataran a Olid, pen-sando desbaratarlo también a él. Pelearon reciamente
los unos y los otros; mas vencieron los nuestros, aunque con muchas heridas,
pero con ningún muerto, sino indios; quedaron heridos muchos caballos.
Hago siempre mención de los caballos muertos o
heridos, porque im-portaban muy mucho en aquellas guerras, que por ellos se
alcanzaba victo-ria las más veces, y porque valían muchos dineros.
Recibieron tanto daño los impilcincos con esta
batalla, que, sin aguar-dar otra, se dieron por vasallos del emperador, y
hicieron darse a Coliman-tlec, Ciuatlan y otros pueblos. Poblaron en Coliman
veinticinco de caballo y ciento veinte peones, a los cuales repartió Cortés
aquella tierra. Trajeron entendido Sandoval y sus compañeros que a diez soles
de allí había una isla de amazonas, tierra rica; mas nunca se han hallado tales
mujeres; creo nació aquel error del nombre de Ciuatlan, que quiere decir lugar
de mujeres.
CAPÍTULO CLII
DE CRISTÓBAL DE TAPIA, QUE FUE
POR GOBERNADOR A MÉXICO
Poco después que México se ganó, fue Cristóbal de
Tapia, veedor de San-to Domingo, por gobernador de la Nueva-España. Entró en la
Veracruz, presentó las provisiones que llevaba, pensando hallar valedores por
amor del obispo de Burgos, que lo enviaba, y amigos de Diego Velázquez que le
favoreciesen. Respondiéronle que las obedecían; mas, cuanto al cumpli-miento,
que vendrían los vecinos y regidores de aquella villa, que andaban en la
reedificación de México y conquistas de la tierra, y harían lo que más conviniese
al servicio del emperador y rey, su señor. Él tuvo enojo y des-confianza de
aquella respuesta; escribió a Cortés y partiose de allí a poco para México.
Cortés le respondió que holgaba de su venida, por
la buena conversa-ción y amistad que habían tenido en tiempos pasados, y que
enviaba a fray Pedro Melgarejo de Urrea, comisario de la Cruzada, para
informarle del estado en que la tierra y españoles estaban, como persona que se
había ha-
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llado en el cerco de México, y le acompañase.
Informó al fraile de lo que había de hacer, y dio orden cómo Tapia fuese bien
proveído por el camino; mas, porque no llegase a México, determinó salirse al
camino, dejando el de Pánuco, que tenía a punto. Los capitanes y procuradores
de todas las villas que allí estaban, no le dejaron ir; por lo cual envió
poderes a Gonzalo de Sandoval, Pedro de Alvarado, Diego de Soto, Diego de
Valdenebro y a fray Pedro Melgarejo, que ya estaban en la Veracruz, para
negociar con Tapia; y todos ellos juntos le hicieron volver a Cempoallan, y
allí, presentando sus provisiones otra vez, suplicaron de ellas para el
emperador, diciendo que así cumplía a su real servicio, al bien de los
conquistadores y paz de la tierra, y aun le dijeron que las provisiones eran
favorables y falsas, y él incapaz e indigno de tan grande gobernación.
Viendo pues Cristóbal de Tapia tanta contradicción
y otras amenazas, se volvió por donde fue, con grande afrenta, no sé si con
moneda; y aun en Santo Domingo le quisieron quitar el oficio la audiencia y
gobernador, por-que fuera a revolver la Nueva-España, habiéndole mandado que no
fuese so graves penas. También fue luego Juan Bono de Quexo, que había ido con
Narváez por maestro de nave, con despachos del obispo de Burgos para Cristóbal
de Tapia. Llevaba cien cartas de un tenor, y otras en blanco, firmadas del
mismo obispo y llenas de ofrecimientos para los que recibiesen por gobernador a
Tapia, diciendo cómo el emperador era deservido de Cortés; y una para el mismo
Cortés con muchas mercedes si dejaba la tierra a Cristóbal de Tapia, y si no,
que le sería contrario.
Muchos se alteraron con estas cartas, que eran
ricas; y si Tapia no fuera ido, hubiera novedades; y algunos dijeron que no era
mucho haber comu-nidad en México, pues la había en Toledo; mas Cortés lo atajó
sabia y cuer-damente con amor. Los indios asimismo se trocaron con esto, y se
rebela-ron los cuixtecas y los de Coazacoalco y Tabasco y otros, que les costó
caro.
CAPÍTULO CLIII
LA GUERRA DE PÁNUCO
Antes que Moteczuma muriese, y luego que México fue
destruido, se había ofrecido el señor de Pánuco al servicio del emperador y
amistad de cris-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
288
tianos; por lo cual quería ir Cortés a poblar en
aquel río cuando llegó Cris-tóbal de Tapia, y aun porque le decían ser bueno,
para navíos, y tener oro y plata. Movíale también deseo de vengar los españoles
de Francisco de Ga-ray que allí mataran, y anticiparse a poblar y conquistar
aquel río y costa pri-mero que llegase el mismo Garay, porque era fama cómo
procuraba la go-bernación de Pánuco, y que armaba para ir allá. Así que,
habiendo escrito mucho antes a Castilla por la jurisdicción de Pánuco, y pidiéndole
ahora gente algunos de allí para contra sus enemigos, disculpándose de las
muer-tes de ciertos soldados de Garay y de otros que yendo a la Veracruz dieron
allí al través, fue con trescientos españoles de pie y ciento cincuenta de
caba-llo y cuarenta mil mexicanos.
Peleó con los enemigos de Ayotuxtlallan; y como era
campo raso y lla-no, donde se aprovechó muy bien de los caballos, concluyó
presto la batalla y la victoria, haciendo gran matanza en ellos. Murieron
muchos mexicanos y quedaron heridos cincuenta españoles y algunos caballos.
Estuvo allí Cortés cuatro días por los heridos; en los cuales vinieron a darle
obediencia y dones muchos lugares de aquella liga. Fue a Chila, cinco leguas de
la mar, donde fue desbaratado Francisco Garay. Envió desde allí mensajeros por
toda la comarca allende el río, rogándoles con la paz y predicación. Ellos, o
por ser muchos y estar fuertes en sus lagunas, o pensando matar y comer los de
Cortés, como habían hecho a los de Garay, no curaron de tales ruegos ni
requerimientos ni amistades; antes mataron algunos mensajeros, amena-zando a
quien los enviaba.
Cortés esperó quince días, por atraerlos por bien.
Después dioles gue-rra; pero, como no les podía dañar por tierra, que se
estaban en sus lagunas, mudó la guerra, buscó barcas, y en ellas pasó de noche,
por no ser sentido, a la otra parte del río con cien peones y cuarenta de
caballo. Fue luego visto con el día, cargaron sobre él tantos y tan recio, que
nunca los españoles vie-ron en aquellas partes acometer en campo tan
denodadamente a indios al-gunos. Mataron dos caballos e hirieron diez muy mal;
pero con todo eso, fueron desbaratados y seguidos una legua, y muertos en gran
cantidad.
Los nuestros durmieron aquella noche en un lugar
sin gente; en cuyos templos hallaron colgados los vestidos y armas de los
españoles de Garay, y las caras con sus barbas, desolladas, curtidas y pegadas
por las paredes. Al-
BIBLIOTECA AYACUCHO
289
gunas conocieron y lloraron, que ciertamente ponía
gran lástima; y bien parecía ser los de Pánuco tan bravos y crueles como los
mexicanos decían; que como tenían guerra ordinaria con ellos, habían probado
semejantes crueldades. Fue Cortés de allí a un hermoso lugar donde muchos
estaban con armas, como en celada, para tomarle a manos en las casas. Los de
caba-llo que iban delante los descubrieron. Ellos, como fueron vistos,
salieron, y pelearon tan fuertemente, que mataron un caballo e hirieron otros
veinte, y muchos españoles. Tuvieron gran tesón, por el cual duró buen rato la
pelea. Fueron vencidos tres o cuatro veces, y tantas se rehicieron con gentil
con-cierto. Hacíanse muelas, hincaban las rodillas en el suelo, tiraban sus
varas, flechas y piedras sin hablar palabra; cosa que pocos indios
acostumbraban; y ya que todos estaban cansados, echáronse a un río que por allí
pasa, y poco a poco lo pasaron; de lo cual no pesó a Cortés. Repararon a la
orilla, y estu-viéronse allí con grande ánimo hasta que cerró la noche.
Los nuestros se tornaron al lugar, cenaron el
caballo muerto, y durmie-ron con buena guarda. Otro día siguiente fueron
corriendo el campo a cua-tro pueblos despoblados, donde hallaron muchas tinajas
del vino que usan, puestas en bodegas por gentil orden. Durmieron en unos
maizales por cau-sa de los caballos. Anduvieron otros dos días; y como no
hallaban gente, volvieron a Chila, do estaba el real.
No venía hombre a ver los españoles de cuantos
estaban allende el río, ni les hacían guerra. Tenía Cortés pena de lo uno y de
lo otro, y por traerlos a una de las dos cosas, echó de la otra parte del río
los caballos y españoles y amigos, que salteasen un gran pueblo, orilla de una
laguna. Acometiéronlo de noche por agua y tierra e hicieron gran estrago.
Espantáronse los indios de ver que de noche y en agua los acometían, y
comenzaron luego a rendirse, y en veinticinco días se dieron todos los de
aquella comarca y vecinos del río.
Fundó Cortés a Santisteban del Puerto, junto a
Chila. Puso en él cien infantes y treinta de caballo. Repartioles aquellas
provincias. Nombró al-caldes, regidores y los otros oficiales de concejo, y
dejó por su teniente a Pedro de Vallejo. Asoló a Pánuco y Chila y otros grandes
lugares, por su re-beldía y por la crueldad que tuvieron con los de Garay; y
dio la vuelta para México, que se edificaba. Costoles setenta mil pesos esta
ida, porque no hubo despojo. Vendíanse las herraduras a peso de oro o por doblada
plata.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
290
Dio al través un navío entonces, que venía con
bastimento y munición para el ejército desde la Veracruz, que no se salvó sino
tres españoles en una islica, cinco leguas de tierra; los cuales se mantuvieron
muchos días con lo-bos marinos, que salían a dormir en tierra, y con unos como
higos.
Rebelose a esta sazón Tututepec del norte con otros
muchos pueblos que están a raya de Pánuco; cuyos señores quemaron y destruyeron
más de veinte lugares amigos de cristianos. Fue a ellos Cortés, y conquistolos
gue-rreando. Matáronle muchos indios rezagados, y reventaron doce caballos por
aquellas sierras, que hicieron gran falta. Fueron ahorcados el señor de
Tututepec y el capitán general de aquella guerra, que se prendieron en
bata-lla, porque habiéndose dado por amigos, y rebelado y perdonado otra vez, no
guardaron su palabra y juramento. Vendiéronse por esclavos en almo-neda
doscientos hombres de aquellos, para rehacer la pérdida de los caba-llos. Con
este castigo y con darles por señor otro hermano del muerto, estu-vieron quedos
y sujetos.
CAPÍTULO CLIV
CÓMO FUE FRANCISCO DE GARAY A PÁNUCO CON GRANDE
ARMADA
Francisco de Garay fue a Pánuco el año de 18, y los
de Chila lo desbarataron y se comieron los españoles que mataron, y aun
pusieron los cuerpos en sus templos por memoria o voto, según ya está dicho.
Tornó allá con más gente al otro año siguiente, a lo que algunos dicen, y
también lo echaron por fuer-za de aquel río. Él entonces, por la reputación, y
por haber la riqueza de Pánuco, procuró el gobierno de allí. Envió a Castilla a
Juan López de To-rralba con información del gasto y descubrimiento que había hecho;
el cual le hubo el adelantamiento y gobernación de Pánuco.
Armó en virtud de ello, el año 23, nueve naves y
dos bergantines, en que metió ciento y cuarenta y cuatro caballos y ochocientos
y cincuenta españo-les, y algunos isleños de Jamaica, donde forneció la flota;
muchos tiros, dos-cientas escopetas y trescientas ballestas; y como era rico,
basteció la armada muy bien de carne y pan y mercería. Hizo un pueblo en aire
que llamó Ga-ray; nombró dos alcaldes, a Alonso de Mendoza y Fernando de
Figueroa;
BIBLIOTECA AYACUCHO
291
por regidores a Gonzalo de Ovalle, Diego de
Cifuentes y un Villagrán. Puso alguacil, escribano, fiel, procurador y todos
los otros oficios que tiene una villa en Castilla. Tomoles juramento, y también
a los capitanes del ejér-cito, que no lo dejarían ni serían contra él. Y con
tanto, se partió de Jamaica por San Juan. Fue a Xagua, puerto de Cuba muy
bueno, donde supo que Cortés tenía poblado a Pánuco y conquistada aquella
tierra; cosa que mu-cho le pesó y temió; y porque no le aconteciese como a
Pánfilo de Narváez, pensó de tratar de concierto con Fernando Cortés. Escribió
a Diego Veláz-quez y al licenciado Alonso Zuazo sobre ello, rogando al Zuazo
que fuese a México a entender por él con Cortés.
Zuazo holgó de ello, vino a Xagua, habló con Garay,
y partiéronse cada uno a su negocio. Zuazo corrió fortuna y pasó grandes
trabajos antes de llegar a la Nueva-España. Garay tuvo también recio temporal,
y llegó al río de Palmas día de Santiago. Surgió allí con todos sus navíos, que
no pudo otra cosa hacer. Envió el río arriba a Gonzalo de Ocampo, su pa-riente,
con un bergantín, a mirar la disposición, gente y lugares de aquella ribera.
Ocampo subió quince leguas, vio cómo entraban muchos ríos en aquel, y volvió al
cuarto día, diciendo que la tierra era ruin y desierta. Fue creído, aunque no
supo lo que dijo. Sacó Garay con esto a tierra cuatro-cientos compañeros y los
caballos. Mandó que los navíos fuesen costa a costa con Juan de Grijalva, y él
caminó ribera del mar a Pánuco, en orden de guerra. Anduvo tres días por
despoblado y por unas malas ciénagas; pasó un río que llamó Montalto, por
correr de grandes sierras, a nado y en balsas; entró en un gran lugar vacío de
gente, mas lleno de maíz y de gua-yabos; rodeó una gran laguna, y luego hizo
mensajeros con unos de Chila que prendiera, y sabían castellano, a un pueblo
para que lo recibiesen de paz. Allí hospedaron y bastecieron a Garay de pan,
fruta y aves, que to-man en las lagunas. Los soldados se medio amotinaron
porque no les de-jaba saquear. Pasaron otro río crecido, donde se ahogaron ocho
caballos. Metiéronse luego por unos lagunajos, que no cuidaron salir; y si
hubiera por allí gente de guerra, no escapara hombre de ellos. Aportaron, en
fin, a buena tierra, después de haber sufrido mucha hambre y trabajo, muchos
mosquitos, chinches y murciélagos, que se los comían vivos; y llegaron a
Pánuco, que tanto deseaban. Mas no hallaron qué comer, a causa de las
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
292
guerras pasadas que tuvo allí Cortés, o como ellos
pensaban, por haber alzado las vituallas los contrarios, que estaban de la otra
parte del río.
Por lo cual, y como no parecían los navíos que
traían los bastimentos, se derramaron los soldados a buscar de comer y ropa; y
Garay envió a Gonza-lo de Ocampo a saber qué voluntad le tenían los de Cortés
que estaban en Santisteban del Puerto. El cual volvió diciendo que buena, y que
podía ir allá; mas empero él se acercó a los contrarios más de lo que debiera;
y decía a los indios, porque le favoreciesen, cómo venía a castigar aquellos
solda-dos de Cortés que les habían hecho enojo y daño. Salieron los de Santiste-ban
a escondidas, que sabían la tierra, y dieron en los de caballo de Garay, que
estaban en Nachapalán, pueblo muy grande, y prendieron al capitán Alvarado con
otros cuarenta, por usurpadores de la tierra y ropa ajena. De lo cual recibió
Garay mucho daño y enojo; y como se le perdieron cuatro naos, aunque las otras
surgieron a la boca de Pánuco, comenzó a temer la fortuna de Cortés. Envió a
decir a Pedro de Vallejo, teniente de Cortés, que venía a poblar con poderes y
licencia del emperador, que le volviese sus hombres y caballos. Vallejo le
respondió que le mostrase las provisiones para creerlo, y requirió a los
maestros de las naos que entrasen al puerto; no recibiesen el daño que las
otras veces pasadas, viniendo tormenta; y si no lo hacían, que los tendría por
corsarios. Mas él y ellos replicaron que no lo querían hacer por decirlo él, y
que harían lo que les conviniese.
CAPÍTULO CLV
LA MUERTE DEL ADELANTADO FRANCISCO DE GARAY
Pedro de Vallejo avisó a Cortés de la ida y armada
de Garay en viéndola, y luego de lo que con él había pasado, para que proveyese
con tiempo de más compañeros, municiones y consejo. Cortés, como lo supo, dejó
las armadas que hacía para Higueras, Chiapa y Quahutemallan, y aderezose para
ir a Pánuco, aunque malo de un brazo. Y ya que partir quería, llegaron a
Méxi-co Francisco de las Casas y Rodrigo de Paz, con cartas del emperador y con
las provisiones de la gobernación de la Nueva-España y todo lo que hubiese
conquistado, y nombradamente a Pánuco. Por las cuales no fue; mas envió
BIBLIOTECA AYACUCHO
293
a Diego de Ocampo, su alcalde mayor, con aquella
provisión, y a Pedro de Alvarado con mucha gente.
Anduvieron en demandas y respuestas Garay y Ovando:
uno decía que la tierra era suya, pues el rey se la daba; otro que no, pues el
rey mandaba que no entrase en ella teniéndola poblada Cortés, y tal era la
costumbre en In-dias; de suerte que la gente de Garay padecía entre tanto, y
deseaba la rique-za y abundancia de los contrarios, y aun perecía a manos de
indios, y los na-víos se comían de broma y estaban a peligro de fortuna; por lo
cual, o por negociación, Martín de San Juan, guipuzcoano, y un Castromocho,
maes-tres de naos, llamaron a Pedro de Vallejo secretamente, y le dieron las
suyas; él, como las tuvo, requirió a Grijalva que surgiese dentro el puerto,
según usanza de marineros, o se fuese de allí; Grijalva respondió con tiros de
arti-llería; mas como tornó Vicente López, escribano, a requerirle otra vez, y
vio que las otras naves se entraban por el río, surgió en el puerto con la
capitana; prendiolo Vallejo, mas luego lo soltó Ovando, y se apoderó de los
navíos; que fue desarmar y deshacer a Garay; el cual pidió sus navíos y gente,
mos-trando su provisión real, y requiriendo con ella, y diciendo que se quería
ir a poblar en el río de Palmas, y se quejaba de Gonzalo de Ocampo, que le dijo
mal del río de Palmas, y de los capitanes del ejército y oficiales de concejo,
que no le dejaron poblar allí en desembarcando, como él quería, por no tra-bar
más pasión con Cortés, que estaba próspero y bienquisto. Diego de Ocampo, Pedro
de Vallejo y Pedro de Alvarado le persuadieron que escri-biese a Cortés en concierto,
o se fuese a poblar en el río de las Palmas, pues era tan buena tierra como la
de Pánuco, que ellos le volverían los navíos y hombres, y le bastecerían de
vituallas y armas.
Garay escribió y aceptó aquel partido; y así, se
pregonó luego que todos se embarcasen en los navíos que fueron, so pena de
azotes al peón y a todos los otros de las armas y caballo, y que los que habían
comprado armas, se las volviesen. Los soldados, como esto vieron, comenzaron a
murmurar y a re-husar, unos se metieron la tierra adentro, que los mataron
indios, otros se escondieron, y así se disminuyó mucho aquel ejército; los
otros echaron por achaque que los navíos estaban podridos y abromados, y dijeron
que no eran obligados a seguirle más de hasta llegar a Pánuco, ni querían ir a
morir de hambre, como habían hecho algunos de la compañía. Garay les rogaba
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
294
no le desamparasen, prometíales grandes cosas,
acusábales el juramento. Ellos hacerse sordos; anochecían y no amanecían, y tal
noche hubo que se le fueron cincuenta. Garay, desesperado con esto, envió a
Pedro Cano y a Juan Ochoa con cartas a Cortés, en que le recomendaba su vida,
su honra y remedio, y en teniendo respuesta se fue a México. Cortés mandó que
le pro-veyesen por el camino, y le hospedó muy bien. Capitularon después de
ha-ber dado y tomado muchas quejas y disculpas, que casase el hijo mayor de Garay
con doña Catalina Pizarro, hija de Cortés, niña y bastarda; que Garay poblase
en las Palmas, y Cortés le proveyese y ayudase; y reconciliáronse en grande
amistad. Fueron ambos a maitines noche de Navidad del año de 1523; almorzaron
tras la misa con mucho regocijo. Garay sintió luego dolor de costado con el
aire que le dio saliendo de la iglesia; hizo testamento, dejó por albacea a
Cortés, y murió quince días después; otros dicen que cuatro. No faltó quien
dijese que le habían ayudado a morir, porque posaba con Alonso de Villanueva;
pero fue falso, porque murió de mal de costado y así lo juraron el doctor Ojeda
y el licenciado Pedro López, médicos que lo cu-raron. Así acabó el adelantado
Francisco de Garay, pobre, descontento, en casa ajena, en tierra de su
adversario, pudiendo si se contentara, morir rico, alegre, en su casa, a par de
sus hijos y mujer.
CAPÍTULO CLVI
LA PACIFICACIÓN DE PÁNUCO
Como Francisco de Garay se fue a México, hizo Diego
de Ovando salir de Santisteban con público pregón los capitanes y hombres
principales del ejército de Garay, porque no revolviesen la tierra y la gente,
que muchos de ellos eran grandes amigos de Diego Velázquez, como decir Juan de
Grijal-va, Gonzalo de Figueroa, Alonso de Mendoza, Lorenzo de Ulloa, Juan de
Medina, Juan de Ávila, Antonio de la Cerda, Taborda y otros muchos; por lo
cual, y por verse sin cabeza, bien que estaba allí un hijo de Garay, comen-zó
la hueste a desmandarse sin rienda ninguna; íbanse a los lugares, toma-ban la
ropa y mujeres que podían; en fin, andaban sin orden ni concierto.
Enojados los indios de ello, se concertaron de
matarlos, y en breve tiempo mataron y comieron cuatrocientos españoles; en solo
Tamiquitl de-
BIBLIOTECA AYACUCHO
295
gollaron los ciento; de lo cual tanto enojo tomó
Garay, que apresuró su muerte, y los indios tanta osadía, que combatieron a
Santisteban, y la pusie-ron en punto de perderse; mas como los de dentro
tuvieron lugar de salir al campo, los desbarataron, después de haber peleado
muchas veces. En Tu-cecuto quemaron una noche cuarenta españoles y quince
caballos de Fer-nando Cortés; el cual, como lo supo, envió luego allá a Gonzalo
de Sando-val con cuatro tiros, cincuenta de caballo, cien infantes españoles, y
dos señores mexicanos con cada quince mil indios e indias. Nombró indias,
porque siempre que Cortés o sus capitanes iban a la guerra, llevaban en el
ejército muchas mujeres para panaderas y para otros servicios, y muchos indios
no querían ir sin sus mujeres o amigas.
Caminó Sandoval a grandes jornadas, peleó dos veces
con los de aque-lla provincia de Pánuco; rompiolos, y entró en Santisteban, do
ya no había más de veintidós caballos y cien españoles, y si un poco tardara no
los halla-ra vivos, tanto por no tener qué comer como por ser muy combatidos.
Hizo luego Sandoval tres compañías de los españoles, que entrasen por tres
par-tes la tierra adelante, matando, robando y quemando cuanto hallasen. En
poco tiempo se hizo mucho daño, porque se abrasaron muchos lugares, y se
mataron infinitas personas; prendieron sesenta señores de vasallos y
cua-trocientos hombres ricos y principales, sin otra mucha gente baja. Hízose
proceso contra todos ellos, por el cual, y por sus propias confesiones, los
condenó a muerte de fuego. Consultolo con Cortés, soltó la gente menuda, quemó
los cuatrocientos cautivos y los sesenta señores; llamó a sus hijos y herederos
que lo viesen para que escarmentasen, y luego dioles los señoríos en nombre del
emperador, con palabra que dieron de siempre ser amigos de cristianos y
españoles, aunque ellos poco la guardan, tanto son de muda-bles y bulliciosos;
pero en fin, se allanó Pánuco.
CAPÍTULO CLVII
LOS TRABAJOS DEL LICENCIADO ALONSO ZUAZO
Partiendo el licenciado Zuazo del cabo de San
Antón, en Cuba, para la Nueva-España, le dio temporal que desatinó al piloto de
la carabela, y se perdió en las Víboras, donde algunos fueron comidos de
tiburones y lobos
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
296
marinos, y el licenciado y otros de su compañía se
mantuvieron de tortugas, peces como adargas, y que se llevaba una seis hombres
sobre la concha an-dando, y que ponen en tierra quinientos huevos pequeños;
pero comíanlo todo crudo a falta de lumbre. En otra isleta estuvo muchos días,
que se man-tuvo de aves crudas, y de la sangre por bebida, donde con la sed y
calor gran-dísimo presto pereciera, mas sacó lumbre por palos, según indios
sacan, que le aprovechó mucho. En otra isleta sacó agua con grandísimo trabajo,
y quemó leña cubierta de piedra, cosa nueva; hizo una barquilla de la madera de
la carabela quebrada, en la cual envió aviso de su desventura a Cortés con
Francisco Ballester, Juan de Arenas, Gonzalo Gómez, que prometieran castidad
perpetua en la tormenta, y un indio que agotase la barquilla; los cuales fueron
a dar cerca de Quiahuistlán, y luego a la Veracruz, y después a Medellín, donde
aparejó Diego de Ocampo un navío y se los dio, para ir por Zuazo, y lo mismo
mandó Cortés en sabiéndolo, y que si allí viniese Zuazo le proveyesen muy bien;
y tras esto envió un criado a esperarle en Medellín; que cuando llegó Zuazo le
dio diez mil castellanos, vestidos y cabalgaduras, con que se fuese a México; y
fue bien recibido y aposentado de Fernando Cortés, de manera que su desdicha
paró en alegría.
CAPÍTULO CLVIII
LA CONQUISTA DE UTLATLAN QUE HIZO PEDRO DE ALVARADO
Habíanse dado por amigos, tras la destrucción de
México, los de Quahu-temallan, Utlatlan, Chiapa, Xochnuxco y otros pueblos a la
costa del sur, enviando y aceptando presentes y embajadores; mas como son
mudables, no perseveraron en la amistad, antes hicieron guerra a otros porque
perse-veraban; por lo cual, y pensando hallar por allí ricas tierras y extrañas
gen-tes, envió Cortés contra ellos a Pedro de Alvarado; diole trescientos
espa-ñoles con cien escopetas, ciento y setenta caballos, cuatro tiros y
ciertos señores de México con alguna gente de guerra y de servicio, por ser el
ca-mino largo. Partió pues Alvarado de México a 6 días del mes de diciembre,
año de 1523. Fue por Tecoantepec a Xochnuxco, por allanar ciertos pue-blos que
se habían rebelado. Castigó muchos rebeldes, dándolos por es-
BIBLIOTECA AYACUCHO
297
clavos, después de haberlos muy bien requerido y
aconsejado; peleó mu-chos días con los de Zapatullan, que es muy grande y
fuerte pueblo, donde fueron heridos muchos españoles y algunos caballos, y
muertos infinitos indios de entrambas partes. De Zapatullan fue a Quezaltenanco
en tres días; el primero pasó dos ríos con mucho trabajo; el segundo un puerto
muy agro y alto, que duró cinco leguas; en un reventón del cual halló una mujer
y un perro sacrificados, que según los intérpretes y guías dijeron, era desafío.
Peleó en una barranca con hasta cuatro mil enemigos, y más adelante en llano
con treinta mil, y a todos los desbarató. No paraba hom-bre con hombre en
viendo cabe sí algún caballo, animal que jamás habían visto. Tornaron luego a
pelear con él junto a unas fuentes, y tornolos a romper. Rehiciéronse a la
falda de una sierra, y revolvieron sobre los espa-ñoles con gran grita, ánimo y
osadía, que muchos de ellos hubo que espe-raban a uno y aun a dos caballos, y
otros que por herir al caballero se asían a la cola del caballo; mas en fin,
hicieron tal estrago en ellos los caballos y escopetas, que huyeron lindamente.
Alvarado los siguió gran rato, y mató muchos en el alcance. Murió un señor, de
cuatro que son en Utlatlan, que venía por capitán general de aquel ejército.
Murieron algunos españoles, y quedaron heridos muchos, y muchos caballos.
Otro día entró en Quezaltenanco, y no halló persona
dentro; refresco-se allí, y corrió la tierra; al sexto vino un gran ejército de
quezaltenancos, muy en concierto, a pelear con los españoles. Alvarado salió a
ellos con no-venta de caballo y con doscientos de pie, y un buen escuadrón de
amigos; púsose en un llano muy grande a tiro de arcabuz del real, por si fuese
me-nester socorro. Ordenó cada capitán su gente, según la disposición del
lu-gar, y luego arremetieron entrambas haces, y la nuestra venció a la otra.
Los de caballo siguieron el alcance más de dos leguas, y los peones hicie-ron
una increíble matanza al pasar un arroyo. Los señores y capitanes y otras
muchas personas señaladas se recogieron a un cerro peleando, y allí fueron
presos y muertos.
De que los señores de Utlatlan y Quezaltenanco
vieron la destrucción, convocaron sus vecinos y amigos, y dieron parias a sus
enemigos porque les ayudasen, y así tornaron a juntar otro muy grueso campo;
enviaron a decir a Pedro de Alvarado que querían ser sus amigos y dar de nuevo
obe-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
298
diencia al emperador, y que se fuese a Utlatlan.
Todo era cautela para to-mar dentro los españoles, y quemarlos una noche porque
la ciudad es fuer-te a demasía, las calles angostas, las casas espesas, y no
tiene sino dos puer-tas; la una con treinta escalones de subida, y la otra con
una calzada, que ya tenían cortada por muchas partes, para que los caballos no
pudiesen correr ni servir. Alvarado creyó, y fue allá; mas como vio deshecha la
calzada y la gran fortaleza del lugar, y no mujeres, sospechó la ruindad, y
saliose fuera; pero no tan presto que no recibiese mucho daño. Disimuló el
engaño, trató con los señores, y fue, como dicen, a un traidor dos alevosos,
que por bue-nas palabras y con dádivas los aseguró y prendió; pero no por eso
cesaba la guerra, antes andaba más recia, porque tenían a los españoles como
cerca-dos, que no podían ir por yerba ni leña sin escaramuzar, y mataban cada
día indios y aun españoles.
Los nuestros no podían correr la tierra para quemar
y talar los panes y huertas, por las muchas y hondas barrancas que alrededor de
su fuerte ha-bía; así que Alvarado, pareciéndole más corta vía para ganar la
tierra, que-mó los señores que tenía presos, y publicó que quemaría la ciudad;
y para esto y para saber qué voluntad le tenían los de Quahutemallan, les envió
a pedir ayuda, y ellos se la dieron de cuatro mil hombres, con los cuales, y
con los demás que él se tenía, dio tal priesa a los enemigos que los lanzó de
su propia tierra. Vinieron luego los principales de la ciudad y común a pedir
perdón y a darse; echaron la culpa de la guerra a los señores quemados; la cual
ellos habían también confesado antes que los quemasen. Alvarado los recibió con
juramento que hicieron de lealtad; soltó dos hijos de los señores muertos, que
tenían presos, y dioles el estado y mando de los padres, y así se sujetó
aquella tierra, y se pobló Utlatlan como primero estaba. Otros mu-chos
prisioneros se herraron y se vendieron por esclavos, y de ellos se dio el
quinto al rey, y lo cobró el tesorero de aquel viaje, Baltasar de Mendoza.
Es aquella tierra rica, de mucha gente, de grandes
pueblos, abundante de mantenimientos; hay sierras de alumbre y de un licor que
parece aceite, y de azufre tan excelente, que sin refinar ni otra mezcla
hicieron nuestros ar-cabuceros muy buena pólvora. Esta guerra de Utlatlan se
acabó a principio de abril del año de 1524. Vendiose en ella la docena de
herraduras en ciento y cincuenta castellanos.
BIBLIOTECA AYACUCHO
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CAPÍTULO CLIX
LA CONQUISTA DE QUAHUTEMALLAN
De Utlatlan fue Alvarado a Quahutemallan, donde fue
recibido muy bien y hospedado. Estaba siete leguas de allí una ciudad muy
grande, y orilla de una laguna, que hacía guerra a Quahutemallan y Utlatlan y a
otros pueblos. Alvarado envió allá dos hombres de Quahutemallan a rogarles que
no hi-ciesen mal a sus vecinos, que los tenía por amigos, y a requerirles con
su amistad y paz. Ellos, confiados en la fuerza del agua y multitud de canoas
que tenían, mataron los mensajeros sin temor ni vergüenza. Él entonces fue allá
con ciento cincuenta españoles y otros sesenta de caballo y muchos in-dios de
Quahutemallan, y ni le quisieron recibir ni aun hablar. Caminó cuanto pudo con
treinta caballos la orilla de la laguna hacia un peñol, po-blado dentro en
agua. Vio luego un escuadrón de hombres armados; aco-metiolo, rompiolo y
siguiolo por una estrecha calzada, donde no se podía ir a caballo. Apeáronse
todos, y a vueltas de los contrarios entraron en el pe-ñol; llegó luego la otra
gente, y en breve tiempo lo ganaron y mataron mu-cha gente. Los otros se echaron
al agua, y a nado pasaron a una isleta. Sa-quearon las casas y saliéronse a un
llano lleno de maizales, donde asentaron real y durmieron aquella noche.
Otro día entraron en la ciudad, que estaba sin
gente. Maravilláronse cómo la habían desamparado siendo tan fuerte, y fue la
causa de perder el peñol, que era su fortaleza, y ver que do quiera entraban
los españoles. Co-rrió Alvarado la tierra, prendió ciertos hombres de ella, y
envió tres de ellos a los señores a rogarles que viniesen de paz, y serían bien
tratados; donde no, que los perseguiría y les talaría sus huertas y labranzas.
Respondieron que jamás su tierra había sido hasta entonces sujetada de nadie
por fuerza de armas; pero que pues él lo había hecho tan de valiente, ellos
querían ser sus amigos; y así, vinieron y le tocaron las manos, y quedaron
pacíficos y ser-vidores de españoles.
Alvarado se tornó a Quahutemallan, y de allí a tres
días vinieron a él to-dos los pueblos de aquella laguna con presentes y a
ofrecerle sus personas y haciendas, diciendo que por amor suyo, y por quitarse
de guerra y enojos con sus vecinos, querían paz con todos. Vinieron asimismo
otros muchos
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
300
pueblos de la costa del sur a darse, porque les
favoreciese; y dijéronle cómo los de la provincia de Izcuintepec no dejaban
pasar a nadie por su tierra, que fuese amigo de cristianos. Alvarado fue a
ellos con toda su gente; dur-mió tres noches en despoblado, y luego entró en el
término de aquella ciu-dad; y como ninguno tiene contratación con ella, no
había camino abierto mayor que senda de ganados, y aquél todo cerrado de
espesas arboledas. Llegó al lugar sin ser visto, tomolos en las casas, que por
la gran agua que caía no andaba ninguno por las calles; mató y prendió algunos;
los vecinos no se pudieron juntar ni armar, como fueron salteados así. Huyeron
los más; los otros, que esperaron y se hicieron fuertes en ciertas casas,
mataron muchos de nuestros indios e hirieron algunos españoles. Quemó el
pueblo, avisó al señor que haría otro tanto a los panes, y aun a ellos, si no
daban obe-diencia. El señor y todos vinieron luego y diéronsele. En esto se
detuvo allí ocho días, y acudieron a él todos los pueblos de la redonda,
ofreciéndole su amistad y servicio.
De Izcuintepec fue Alvarado a Cactipar, que es de
lengua diferente, y de allí a Tazixco, y luego a Necendelan. Mataron en este
camino muchos de nuestros indios rezagados; tomaron mucho fardaje y todo el
herraje y filado para las ballestas; que no fue chica pérdida. Envió tras ellos
a Jorge de Alva-rado, su hermano, con cuarenta de caballo; mas no lo pudo
cobrar, por más que corrió. Todos estos de Necendelan traían sendas campanillas
en las manos peleando. Estuvo en aquel pueblo más de ocho días, que no pudo
atraer los moradores a su amistad, y fuese a Pazuco, que le rogaban, pero con
traición, para matarle seguro. Topó en el camino muchas flechas hinca-das por
el suelo, y a la entrada del lugar ciertos hombres que hacían cuartos un perro;
y lo uno y lo otro era señal de guerra y enemistad. Vio luego gente armada,
peleó con ella hasta sacarla del pueblo; siguiola, mató mucha. Fue a
Mopicalanco, y de allí a Acayucatl, donde bate la Mar del Sur; y antes de
entrar dentro, halló el campo lleno de hombres armados, que sabiendo su venida,
le atendían para pelear con gentil semblante. Pasó por cerca de ellos; y aunque
llevaba doscientos y cincuenta españoles a pie y ciento de caballo, y seis mil
indios, no se atrevió a romper en ellos, porque los vio fuer-tes y bien
ordenados. Mas ellos, en pasando él, arremetieron hasta trabar de los estribos
y colas de los caballos. Revolvieron los de caballo, y luego todo
BIBLIOTECA AYACUCHO
301
el cuerpo de ejército, y casi no dejaron ninguno de
ellos vivo, así porque pelearon bravamente sin tornar un paso atrás, como por
llevar pesadas ar-mas, porque cayendo no se podían levantar, y huir con ellas
era por demás. Eran aquellas armas unos sacos con mangas hasta en pies, de
algodón torci-do, duro, y tres dedos gordo. Parecían bien con los sacos, como
eran blan-cos y de colores, con muy buenos penachos que llevaban en las
cabezas. Traían grandes flechas, y lanzas de treinta palmos.
Este día quedaron muchos españoles heridos, y Pedro
de Alvarado cojo, que de un flechazo que le dieron en la pierna le quedó más
corta que la otra cuatro dedos. Peleó después con otro ejército mayor y peor,
porque traían larguísimas lanzas y enherboladas; mas también lo venció y
destruyó. Fue a Mahuatlan, y de allí a Athlechuan, donde vinieron a dársele de
Cuitla-chan; pero con mentiras, por descuidarle, que su intención era matar los
españoles; porque, como eran tan pocos, pensaban todos poderlos fácil-mente
sacrificar. Alvarado supo su mal propósito, y rogoles con la paz. Ellos se
ausentaron de la ciudad, y estuvieron muy rebeldes haciéndole gue-rra; en la
cual le mataron once caballos, que se pagaron con los cautivos que se vendieron
por esclavos. Estuvo allí cerca de veinte días sin los poder atraer, y tornose
a Quahutemallan.
Anduvo Pedro de Alvarado de este viaje
cuatrocientas leguas de tre-cho, y casi no hubo despojo ninguno; pero pacificó
y redujo a su amistad muchas provincias. Padeció mucha hambre, pasó grandes
trabajos, y ríos tan calientes, que no se dejaban vadear. Pareciole tan bien a
Pedro de Alva-rado la disposición de aquella tierra de Quahutemallan y la
manera de la gente, que acordó quedarse allí y poblar, según la orden e
instrucción que de Cortés llevaba. Así que fundó una ciudad y llamola Santiago
de Quahu-temallan. Eligió dos alcaldes, cuatro regidores, y todos oficios
necesarios a la buena gobernación de un pueblo. Hizo una iglesia del mismo
nombre, do ahora está la silla del obispado de Quahutemallan. Encomendó muchos
pueblos a los vecinos y conquistadores, y dio cuenta a Cortés de todo su via-je
y pensamiento; y él le envió otros doscientos españoles y confirmó los
re-partimientos, y le ayudó a pedir aquella gobernación.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
302
CAPÍTULO CLX
LA GUERRA DE CHAMOLLA
A 8 de diciembre del año de 23 envió Fernando
Cortés a Diego de Godoy con treinta de caballo y cien españoles a pie, dos
tiros y mucha gente de ami-gos, a la villa del Espíritu Santo, contra ciertas
provincias de allí cerca que estaban rebeladas. No le dio más gente por estar
aquella tierra entre Chiapa y Quahutemallan, donde iba Pedro de Alvarado, y
entre Higueras, a do lue-go había de partir Cristóbal de Olid.
Diego de Godoy fue e hizo su camino muy bien, y con
el teniente de aquella nueva villa hizo algunas entradas y correrías. Llegó a
Chamolla, que es un buen pueblo, cabecera de provincia, fuerte y puesto en un
cerro, donde los caballos no podían, y tiene una cerca de tres estados en alto,
la media de tierra y piedra y la media de tablones. Combatiola dos días arreo a
muy gran peligro y trabajo de sus compañeros; tomola en fin, porque los vecinos
alzaron su ropa y huyeron, viendo que no podían resistir. Al prin-cipio que
fueron combatidos echaron un pedazo de oro por encima el adarve a los
españoles, burlando de su codicia y locura; y dijeron que entra-sen por de
aquello, que tenían mucho. Para irse arrimaron muchas lanzas a la cerca, porque
los de fuera pensasen que no se iban; pero ni aun con todo esto lo pudieron
hacer sin que primero lo supiesen los nuestros; los cuales entraron, mataron y
prendieron muchos de ellos, especial mujeres y mu-chachos. No fue grande el
despojo, pero fue mucho el bastimento que allí se tomó. La principal arma eran
lanzas, y unos paveses rodados de algodón hilado, con que se cubrían todo el
cuerpo, y que para caminar arrollan y para pelear extienden.
Chiapa, Huehueiztlan y otras provincias y ciudades
se visitaron y holla-ron en esta jornada de Godoy; pero no hubo cosas notables.
BIBLIOTECA AYACUCHO
303
CAPÍTULO CLXI
LA ARMADA QUE CORTÉS ENVIÓ A HIGUERAS CON CRISTÓBAL
DE OLID
Cortés deseaba poblar a Higueras y Honduras, que
tenían fama de mucho oro y buena tierra, aunque eran lejos de México; mas como
tenía de ir la gente por mar, era fácil la jornada, quiso enviar allá antes que
Francisco de Garay llegase a Pánuco; pero no pudo, por no perder aquel río y
tierra que tenía poblada. Como se vio libre de tan poderoso competidor, y tuvo
cartas del emperador, dadas en Valladolid a 6 de junio del año de 23, en que le
mandaba buscar por ambas costas de mar el estrecho que decían, armó de
propósito. Dio siete mil castellanos de oro a Alonso de Contreras para que
fuese a comprar en Cuba caballos, armas y bastimentos, y hacer gente; y
des-pachó luego a Cristóbal de Olid con cinco naves y un bergantín, bien
artilla-das y pertrechadas, y con cuatrocientos españoles y treinta caballos.
Mandole ir a la Habana a tomar los hombres,
caballos y vituallas que Contreras tuviese, y que poblase en el cabo de
Higueras y enviase a Diego Hurtado de Mendoza, su primo, a costear desde allí
al Darién, para descu-brir el estrecho que todos decían, como el emperador
mandaba. Diole, sin esto, instrucción de lo que más hacer debía; y con tanto,
se partió Cristóbal de Olid de Chalchicoeca a 11 de enero, año de 24, según
unos; y Cortés en-vió dos navíos a buscar estrecho de Pánuco a la Florida, y
mandó que tam-bién fuesen los bergantines de Zacatullan hasta Panamá, buscando
muy bien el estrecho por aquella costa; mas habíanse quemado cuando el man-dado
llegó y así cesó aquella demanda.
CAPÍTULO CLXII
LA CONQUISTA DE ZAPOTECAS
Los zapotecas y mixtecas, que son grandes
provincias y guerreras, se apar-taron de la obediencia que dieron a Cortés como
fue México destruido, y atrajeron otros muchos pueblos contra los españoles, de
que se les siguie-ron muertes y daños. Cortés envió allá a Rodrigo Rangel, el
cual, por no lle-var caballos, y por las aguas o por ser aquellas gentes
valientes, no las pudo
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
304
domar; antes perdió en la jornada algunos
españoles, y les dejó mayor áni-mo que antes tenían, por el cual talaron y
robaron muchos pueblos amigos y sujetos de Cortés, que se le quejaron mucho
pidiendo remedio y castigo. Cortés tornó a enviar contra ellos al mismo Rangel
con ciento y cincuenta españoles, que caballos no los sufre aquella tierra para
pelear, y con mu-chos de Tlaxcallan y México. Fue pues Rodrigo Rangel a 5 de
febrero, año de 24, y llevó cuatro tirillos. Hízoles muchos requerimientos, y, como
no escuchaban, mucha guerra, en que mató y cautivó gran número de ellos, y los
herró y vendió por esclavos. Halloles mucha ropa y oro, que trajo a México;
dejolos tan castigados y llanos que nunca más se rebelaron. Otras entradas y
conquistas hizo Cortés por sí y por capitanes; empero éstas que contado habemos
fueron las principales, y que sujetaron todo el imperio mexicano, y otros
muchos y grandes reinos que se incluyen en lo que lla-man Nueva-España,
Guatemala, Pánuco, Xalisco y Honduras, que son gobernaciones por sí.
CAPÍTULO CLXIII
LA REEDIFICACIÓN DE MÉXICO
Quiso Cortés reedificar a México, no tanto por el
sitio y majestad del pue-blo cuanto por el nombre y fama, y por hacer lo que
deshizo; y así, trabajó que fuese mayor y mejor y más poblado. Nombró alcaldes,
regidores, almo-tacenes, procurador, escribanos, alguaciles y los demás oficios
que ha me-nester un concejo. Trazó el lugar, repartió los solares entre los
conquista-dores, habiendo señalado suelo para iglesias, plazas, atarazanas y
otros edificios públicos y comunes. Mandó que el barrio de españoles fuese
apar-tado del barrio de los indios, y así los ataja el agua.
Procuró traer muchos indios para edificar a menos
costa; lo cual tuvo al principio dificultad por andar muchos señores, parientes
de Cuahuti-moc y de otros prisioneros, amotinados y procurando de matarle con
to-dos los capitanes, por librar a su rey. Buscó manera cómo prender y
casti-garlos; los demás holgaron de ir con el tiempo. Hizo señor de Tezcuco a
don Carlos Iztlixúchil con voluntad y pedimento de la ciudad, por muerte de don
Hernando su hermano, y mandole traer en la obra los más de sus
BIBLIOTECA AYACUCHO
305
vasallos, por ser carpinteros, canteros y obreros
de casas. Dio y prometió solares y heredamientos, franquezas y otras mercedes a
los naturales de México, y a todos cuantos viniesen a poblar y morar allí, que
convidó mu-chos a venir.
Soltó a Xihuacoa, capitán general; diole cargo de
la gente y edificio, y el señorío de un barrio. Dio también otro barrio a don
Pedro Moteczuma, por ganar las voluntades a los mexicanos, que era hijo del rey
Moteczuma. Hizo señores a otros caballeros de islas y calles para que las
poblasen, y así les repartió el sitio; y ellos se repartieron los solares y
tierras a su placer, y comenzaron a edificar con gran diligencia y alegría.
Cargó tanta gente a la fama que México Tenuchtitlan se rehacía, y que habían de
ser francos los vecinos, que no cabían de pies en una legua a la redonda.
Trabajaban mu-cho, comían poco y enfermaron; sobrevínoles pestilencia y
murieron infi-nitos. El trabajo fue grande, porque traían a cuestas o
arrastrando la piedra, la tierra, la madera, cal, ladrillos y todos los
materiales. Pero era mucho de ver los cantares y música que tenían, el
apellidar su pueblo y señor, y el motejarse unos a otros. De la falta de comer
fue causa el cerco y guerra pasa-da, que no sembraron como solían; aunque la
muchedumbre causaba ham-bre, y causó pestilencia y mortandad. Todavía, y poco a
poco, rehicieron a México de cien mil casas mejores que las de antes, y los
españoles labraron muchas y buenas casas a nuestra costumbre; y Cortés una, en
otra de Mote-czuma, que renta cuatro mil ducados o más, y que es un lugar.
Pánfilo de Narváez lo acusó por ella, diciendo que taló para hacerla los
montes, y que le puso siete mil vigas de cedro. Acá parece mucho más; allí que
los montes son de cedro, no es nada. Huerto hay en Tezcuco que tiene mil cedros
por tapias y cerca. No es de callar que una viga de cedro tenga ciento y veinte
pies de largo y doce de gordo de cabo a rabo, y no redonda, sino cuadrada; la
cual estaba en Tezcuco en casa de Cacama.
Labráronse unas muy buenas atarazanas para
seguridad de los bergan-tines y fortaleza de los hombres, parte en tierra y
parte en agua, y de tres na-ves, donde por memoria están hoy día los trece
bergantines. No abrieron las calles de agua, como antes eran, sino edificaron
en suelo seco; y en esto no es México el que solía, y aun la laguna va
decreciendo del año 24 acá, y algunas veces hay hedor; pero en lo demás
sanísima vivienda es, templada por las
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
306
sierras que tiene alrededor y abastecida por la
fertilidad de la tierra y como-didad de la laguna; y así, es aquello lo más
poblado que se sabe, y México la mayor ciudad del mundo y la más ennoblecida de
las Indias, así en armas como en policía, porque hay dos mil vecinos españoles,
que tienen tantos caballos en caballerizas, con ricos jaeces y armas, y porque
hay mucho trato y oficiales de seda y paño, vidrio, molde y moneda, y estudio,
que llevó el virrey don Antonio de Mendoza. Por lo cual tienen razón de
preciarse los vecinos de México, aunque hay gran diferencia de ser vecino
conquistador a ser vecino solamente. Pues como fue México hecho, aunque no
acabado, se pasó Cortés a morar en él desde Culuacán, o como dicen otros,
Co-yoacán, y los que vecinos eran y los soldados también. Corrió la fama de
Cortés y grandeza de México, y en poco tiempo hubo tantos indios como dicho
habemos, y tantos españoles, que pudieron conquistar cuatrocientas y más leguas
de tierra, y cuantas provincias nombramos, gobernándolo todo desde allí
Fernando Cortés.
CAPÍTULO CLXIV
DE CÓMO ATENDIÓ CORTÉS A ENRIQUECER LA NUEVA-ESPAÑA
No le parecía a Cortés que la gloria y fama de
haber conquistado la Nueva-España con los otros reinos fuese cumplida si no la
pulía y fortificaba, para lo cual llevó a México a doña Catalina Xuárez con
gran fausto y compañía, que se había estado en Santiago de Cuba todo el tiempo
de las guerras. Hizo enviar por [sus] mujeres a muchos vecinos de México y de
las otras villas que poblara. Dio dineros para llevar de España doncellas,
hijasdalgo y cris-tianas viejas; y así, fueron muchos hombres casados con sus hijas
a costa de él, como fue el comendador Leonel de Cervantes, que llevó siete
hijas y se casaron rica y honradamente. Envió por vacas, puercas, ovejas,
cabras, as-nas y yeguas a las islas de Cuba, Santo Domingo, San Juan del
Borinquen y Jamaica, para casta; entonces, y aun antes, vedaron la saca de
caballos en aquellas islas; especial en Cuba, por venderlos más caros, sabiendo
la rique-za, necesidad y deseo de Cortés; para carne, leche, lana y colambre, y
para carga, guerra y labor. Envió por cañas de azúcar, moreras para seda, sar-
BIBLIOTECA AYACUCHO
307
mientos y otras plantas a las mismas islas, y a
España por armas, hierro, arti-llería, pólvora, herramientas y fraguas, para
sacar hierro, y por cuescos, pe-pitas y simientes, que salen vanas en las
islas.
Labró cinco piezas de artillería, que las dos eran
culebrinas, a mucha costa, por haber poco estaño y muy caro. Compró los platos
de ello a peso de plata, y lo sacó con gran trabajo en Tachco, veintiséis
leguas de México, donde había unas piececitas de ello como de moneda, y aun
sacándolo se halló vena de hierro que le plugo mucho. Con estas cinco y con las
que com-prara en la almoneda de Juan Ponce de León y de Pánfilo de Narváez,
tuvo treinta y cinco tiros de bronce y setenta de hierro colado, con que fortaleció
a México, y después le fueron más de España, con arcabuces y coseletes. Hizo
asimismo buscar oro y plata por todo lo conquistado, y halláronse muchas y
ricas minas, que hincheron aquella tierra y ésta, aunque costó las vidas de
muchos indios que trajeron en las minas por fuerza y como escla-vos. Pasó el
puerto y descargadero que hacían las naos en la Veracruz, a dos leguas de San
Juan de Ulúa, en un estero que tiene una ría para barcas y es más seguro, y
mudó allí a Medellín, donde ahora se hace un gran muelle por seguro de los
navíos, y puso casa de contratación; y allanó el camino de allí a México para
la recua que lleva y trae las mercaderías.
CAPÍTULO CLXV
CÓMO FUE RECUSADO EL OBISPO DE BURGOS EN LAS COSAS
DE CORTÉS
Tenía el obispo de Burgos, Juan Rodríguez de
Fonseca, que gobernaba las Indias, tanta enemiga y odio a Fernando Cortés, o
tanto amor y amistad a Diego Velázquez, que desfavorecía y encubría sus hechos
y servicios; por donde fue Cortés disfamado cuando merecía más fama, y no
pudieron Mar-tín Cortés, su padre, ni Francisco de Montejo, ni el licenciado
Francisco Núñez, su primo, y otros sus pyrocuradores, haber respuesta ni
despacho ninguno del obispo para lo que cumplía a la conquista de la
Nueva-España y contentamiento de los conquistadores. Colgaban del obispo todos
los ne-gocios de las Indias; estaba el rey en Alemania como emperador, y no
tenían remedio ni aun esperanza de bien negociar. Así que acordaron de
recusarle,
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
308
aunque más recio y feo pareciese. Hablaron al papa
Adriano, que goberna-ba estos reinos antes que a Italia pasase, y al emperador
luego que fue veni-do. El Papa quiso entender aquel negocio muy de raíz, por
ser el obispo tan principalísima persona, a suplicación de Mr. de Lasao, que
era de la cámara del emperador, y había venido a darle el parabién del
pontificado; el cual favorecía a Cortés por la fama; y oídas las partes y
vistas las relaciones, man-dó al obispo, estando en Zaragoza, que no entendiese
más en negocios de Cortés ni de Indias, a lo que pareció, y el emperador mandó
lo mismo, si-guiendo la declaración del Papa.
Las causas que dieron y probaron fueron el odio que
tuvo siempre a Cortés y a sus cosas, llamándole públicamente traidor; que
encubría sus relaciones y torcía sus servicios porque no lo supiese el rey; que
mandaba a Juan López de Recalde, contador de la casa de contratación de
Sevilla, que no dejase pasar a Nueva-España hombres, ni armas, ni vestidos, ni
hierro, ni otras cosas; que proveía los oficios y cargos a hombres que no lo
merecían, como fue Cristóbal de Tapia; que se apasionó por Diego Veláz-quez, por
casarle con doña Petronila de Fonseca, su sobrina; que consen-tía y aprobaba
las falsas relaciones de Diego Velázquez, que ordenaron Andrés de Duero, Manuel
de Rojas y otros contra las de Cortés, y esto fue lo que le dañó y afrentó,
porque sonó muy mal condenar las relaciones verdaderas y aprobar las falsas.
Esta recusación fue causa para que el obis-po se saliese de la corte
descontento y enojado, y Diego Velázquez fuese condenado y aun removido de la
gobernación de Cuba, sino que se murió luego, y Cortés se declarase por
gobernador de la Nueva-España con grande honra.
Entendió en las cosas de las Indias Juan Rodríguez
de Fonseca cerca de treinta años, y mandolas mucho absolutamente. Comenzó
siendo deán de Sevilla y acabó obispo de Burgos, arzobispo de Rosano y
comisario general de la Cruzada, y fuera arzobispo de Toledo si tuviera ánimo;
mas como era riquísimo clérigo y había servido tanto tiempo, y le favorecía su
hermano Antonio de Fonseca, confiose mucho; y hurtole, como dicen, la bendición
don Alonso de Fonseca, sobrino suyo, arzobispo de Santiago, que prestó dineros
para lo de Fuenterrabía, por lo cual no se hablaban.
BIBLIOTECA AYACUCHO
309
CAPÍTULO CLXVI
CÓMO FUE CORTÉS HECHO GOBERNADOR
Después que fue habido por recusado el obispo de
Burgos, mandó el empe-rador que viesen y determinasen las diferencias y pleito
de Fernando Cortés y Diego Velázquez, Mercurino Gatinara, gran canciller, que
era italiano; Mr. de Lasao, y el doctor de la Rocha, flamenco; Fernando de
Vega, señor de Grajales y comendador mayor de Castilla; el doctor Lorenzo
Galíndez de Caravajal y el licenciado Francisco de Vargas, tesorero general de
Casti-lla; los cuales se juntaron muchos días en las casas de Alonso de
Argüello, donde posaba el gran Canciller. Oyeron a Martín Cortés, Francisco de
Montejo, Francisco Núñez y otros procuradores de Cortés, y a Manuel de Rojas,
Andrés de Duero y otros procuradores de Diego Velázquez. Leye-ron lo procesado,
y después sentenciaron en favor de Cortés, más por dere-cho y rigor de justicia
que por admiración de virtud; loando sus hazañas y servicios y aprobando su
fidelidad. Pusieron silencio a Diego Velázquez en la gobernación de la
Nueva-España, dejándole su derecho a salvo, si algo le debía Cortés, y aun
pienso que le quitaron el gobierno de Cuba porque en-vió con armada a Pánfilo
de Narváez. Los descargos, razón y justicia que tuvo Cortés para librarlo de
aquel pleito y darle la gobernación de la Nueva-España y tierras que había
conquistado, la historia las cuenta. Los cargos de la acusación y culpa eran que
había ido con dineros y poder de Diego Veláz-quez a descubrir, rescatar y
conquistar; que no le acudió con la ganancia y obediencia; que sacó un ojo a
Narváez; que no recibió a Cristóbal de Tapia; que no obedecía las provisiones
reales; que no pagaba el quinto real; que tiranizaba los españoles y maltrataba
los indios.
Por la sentencia que dieron estos señores, y porque
se lo aconsejaron así, hizo el emperador a Fernando Cortés adelantado,
repartidor y gober-nador de la Nueva-España y cuantas tierras ganase, loando y
confirmando todo lo que había hecho en servicio de Dios y suyo. Firmó las
provisiones en Valladolid, a 22 de octubre, año de 1522. Señalolas el
licenciado don García de Padilla, y refrendolas el secretario Francisco de los
Cobos. Diole también cédulas para echar de la Nueva-España los tornadizos y
letrados; éstos porque hubiese menos pleitos, y aquéllos porque no estragasen
la
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
310
conversión. Escribiole también el emperador,
agradeciéndole los trabajos que había pasado en aquella conquista, y el
servicio de Dios en quitar los ídolos. Prometiole grandes mercedes, animándole
a semejantes empresas. Dijo que le enviaría obispos, clérigos y frailes para la
conversión, como los pedía, y haría llevar todas las otras cosas que demandaba
para fortalecer, cultivar y ennoblecer la tierra. Caminaron luego con estos
buenos despa-chos de su majestad Francisco de las Casas y Rodrigo de Paz. Notificaron
la sentencia y provisión a Diego Velázquez con público pregón, en Santiago de
Baracoa de Cuba, el mayo adelante de 23 años. De lo cual sintió tanto pesar
Diego Velázquez, que vino a morir de ello. Murió triste y pobre, ha-biendo sido
riquísimo, y nunca después de muerto pidieron nada a Cortés sus herederos.
CAPÍTULO CLXVII
DE LOS CONQUISTADORES
Repartía siempre Cortés la tierra entre los que la
conquistaban, según la costumbre de las Indias, y por confianza que tuvo de ser
repartidor general en lo que conquistase, o por hacer bien a sus amigos, que
los tuvo grandes; y como tuvo cédula del emperador de poder encomendar y
repartir la Nue-va-España a los conquistadores y pobladores de ella, hizo
grandes y mu-chos repartimientos, mandando a los encomenderos tener un clérigo
o fraile en cada pueblo o cabecera de pueblos, para enseñar la doctrina cris-tiana
a los indios encomendados, y entender en la conversión, porque mu-chos de ellos
pedían el bautismo. No dio a todos repartimiento, que fuera imposible y
demasiado, ni tal como ellos deseaban y pretendían, por lo cual algunos se
corrieron y otros se quejaron. Ninguna cosa indigna y mueve más a los
conquistadores que los repartimientos, y por ninguna otra cosa han caído tanto
en odio y enemistades los capitanes y gobernadores cuanto por ésta; de suerte
que, siendo el más necesario y honrado cargo, es el más dañoso y envidioso.
Todos los reyes y repúblicas que señorearon muchas
tierras, las repartie-ron entre sus capitanes y soldados o ciudadanos, haciendo
pueblos para con-servación y perpetuidad de su estado, y para galardonar los
trabajos y servi-
BIBLIOTECA AYACUCHO
311
cios de los suyos, y en España se ha siempre usado
y guardado después que hay reyes, y así lo hicieron los Reyes Católicos don
Fernando y doña Isabel, y aun el emperador, hasta que le aconsejaron al revés;
que en Madrid el año de 45 mandó dar los repartimientos perpetuos, que es mucho
más, sobre acuer-do y parecer de su Consejo de Indias, y de muchos frailes
dominicos y francis-canos, y otros letrados que para ello juntaron, según
muchos afirman. Traba-jan y gastan mucho los que van a conquistas, y por eso los
honran y enriquecen; y así, quedan nobles y afamados, y es buen privilegio ser
caballe-ro de conquista. Si la historia lo sufriese, todos los conquistadores
se habían de nombrar; mas, pues no puede ser, hágalo cada uno en su casa.
CAPÍTULO CLXVIII
DE CÓMO TRATÓ CORTÉS LA CONVERSIÓN
DE LOS INDIOS
Siempre que Cortés entraba en algún pueblo,
derrocaba los ídolos y vedaba el sacrificio de hombres, por quitar la ofensa de
Dios e injuria del prójimo, y con las primeras cartas y dineros que envió al
emperador después que ganó a México, pidió obispos, clérigos y frailes para
predicar y convertir los in-dios a su majestad y Consejo de Indias. Después
escribió a fray Francisco de los Ángeles, del linaje de Quiñones, general de
los franciscanos, que le en-viase frailes para la conversión, y que les haría dar
los diezmos de aquella tierra; y él le envió doce frailes con fray Martín de
Valencia de Don Juan, provincial de San Gabriel, varón muy santo y que hizo
milagros. Escribió lo mismo a fray García de Loaisa, general de los dominicos;
el cual no se los envió hasta el año de 26, que fue fray Tomás Ortiz con doce
compañeros. Tardaban a ir obispos, e iban pocos clérigos; por lo cual, y porque
le parecía más expediente, tornó a suplicar al emperador le enviase muchos
frailes, que hiciesen monasterios y atendiesen a la conversión y llevasen los
diez-mos; empero su majestad no quiso, siendo mejor aconsejado, pedirlo al
Papa, que ni lo hiciera ni convenía hacerlo.
Llegó a México en el año 24 fray Martín de Valencia
con doce compa-ñeros, por vicario del Papa. Hízoles Cortés grandes regalos,
servicios y aca-tamiento. No les hablaba vez sino con la gorra en la mano y la
rodilla en el
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
312
suelo, y besábales el hábito, por dar ejemplo a los
indios que se habían de volver cristianos, y porque de suyo les era devoto y
humilde. Maravilláronse muchos los indios de que se humillase tanto el que
adoraban ellos; y así, les tuvieron siempre en gran reverencia. Dijo a los
españoles que honrase mu-cho a los frailes, especialmente los que tenían indios
de cristianar, lo cual hi-cieron con grandes limosnas, para redimir sus
pecados; bien que algunos le dijeron cómo hacía por quien los destruyese cuando
se viesen en su reino; palabras que después se le acordaron hartas veces.
Llegados pues que fueron aquellos frailes, se avivó
la conversión, derri-bando los ídolos; y como había muchos clérigos y otros
frailes en los pueblos encomendados, según que Cortés mandara, hacíase
grandísimo fruto en predicar, bautizar y casar. Hubo dificultad en saber con
cuál de las muchas mujeres que cada uno tenía se debían de velar los que,
bautizados, se casa-ban a puertas de iglesia, según ha de costumbre la madre
santa Iglesia; por-que o no lo sabían ellos decir, o los nuestros entender, y
así, juntó Cortés aquel mismo año de 24 una sínodo, que fue la primera de
Indias, a tratar de aquel y otros casos. Hubo en ella treinta hombres; los seis
eran letrados, mas legos, y entre ellos Cortés; los cinco clérigos, y los diez
y nueve frailes. Presi-dió fray Martín, como vicario del Papa. Declararon que
por entonces casa-sen con la que quisiesen, pues no se sabían los ritos de sus
matrimonios.
CAPÍTULO CLXIX
DEL TIRO DE PLATA QUE CORTÉS ENVIÓ
AL EMPERADOR
Escribió tras esto Cortés al emperador, besando los
pies de su majestad por las mercedes y favor que le había hecho, desde México a
15 de octubre del año de 24. Suplicole por los conquistadores; pidió franquezas
y privilegios para las villas que él tenía pobladas, y para Tlaxcallan, Tezcuco
y los otros pueblos que le habían ayudado y servido en las guerras. Enviole
setenta mil castellanos de oro con Diego de Soto, y una culebrina de plata, que
valía veinticuatro mil pesos de oro; pieza hermosa, y más de ver que de valor.
Pe-saba mucho, pero era de la plata de Mechuacán. Tenía de relieve un ave
fé-nix, con una letra al emperador, que decía:
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Aquesta nació sin par;
yo en serviros sin segundo;
vos sin igual en el mundo.
No quiero contar las cosas de pluma, pelo y algodón
que envió enton-ces, pues las deshacía el tiro; ni las perlas, ni los tigres,
ni las otras cosas bue-nas de aquella tierra, y extrañas acá en España. Mas
contaré que este tiro le causó envidia y malquerencia con algunos de corte por
amor del letrero; aunque el vulgo lo ponían en las nubes, y creo que jamás se
hizo tiro de plata sino éste de Cortés. La copla él mismo se la hizo, que
cuando quería no tro-vaba mal. Muchos probaron sus ingenios y vena de coplear,
pero no acerta-ron. Por lo cual dijo Andrés de Tapia:
Aqueste tiro a mi ver
muchos necios ha de hacer.
Y quizá porque costó de hacer más de tres mil
castellanos. Envió veinti-cinco mil castellanos en oro y mil y quinientos y
cincuenta marcos de plata a Martín Cortés, su padre, para llevarle su mujer, y
para que le enviase armas, artillería, hierro, naos con muchas velas, sogas,
áncoras, vestidos, plantas, legumbres y semejantes cosas para mejorar la buena
tierra que conquistara; pero tomolo todo el rey con lo demás que vino entonces
de las Indias.
Con estos dineros que Cortés envió al emperador,
quedaba la tesorería del rey vacía y él sin blanca, por lo mucho que había
gastado en los ejércitos y armadas que, como la historia vos ha contado, había
hecho. Llegaron al mis-mo tiempo a México muchos criados y oficiales del rey,
de Ciudad Real, Alo-nso de Estrada por tesorero; Gonzalo de Salazar, de
Granada, por factor; Rodrigo de Albornoz, de Paradinas, por contador, y
Peralmíndez Cherino por veedor; que fueron los primeros de la Nueva-España, y
aun muchos conquistadores que pretendían aquellos cargos, se agraviaron,
quejándose de Cortés. Entraron en cuentas con Julián de Alderete y con los
otros que Cortés y el cabildo tenían puestos para cobrar y tener el quinto,
rentas y ha-cienda del rey, y no les pasaban ciertas partidas que habían dado a
Cortés, que serían sesenta mil castellanos; mas, como él mostró haberlos
gastado en
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
314
servicio del emperador, y pedía más de otros
cincuenta mil que tenía puestos de suyo, se feneció la cuenta.
Todavía quedaron aquellos oficiales en que Cortés
tenía grandes teso-ros, así por lo que en España oyeran sobre ello, y porque
Juan de Ribera ofreció en su nombre al emperador doscientos mil ducados, como
porque no faltaba quien les decía al oído que cada día le traían los indios
oro, plata, cacao, perlas, plumajes y otras cosas ricas; y que tenía escondido
el tesoro de Moteczuma, y robado el del emperador y conquistadores, con indios
que de secreto lo sacaban de noche por el postigo de su casa; y así, no conside-rando
lo que había enviado a Castilla y gastado en las guerras, escribieron a España,
especial Rodrigo de Albornoz (que llevó cifras para avisar secreta-mente de lo
que le pareciese), muchas cosas contra él acerca de su avaricia y tiranía; que,
como no lo conocían y venían mal informados, y hallaban allí personas que no le
querían bien, porque no les daba los repartimientos, o tantos repartimientos
como ellos pedían, creían cuanto oían.
CAPÍTULO CLXX
DEL ESTRECHO QUE MUCHOS BUSCARON
EN LAS INDIAS
Deseaban en Castilla hallar estrecho en las Indias
para ir a las Molucas, por quitarse de pleito con Portugal sobre la Especería;
y así, mandó el empera-dor que lo buscasen, desde Veragua a Yucatán, a
Pedrarias de Ávila, a Cor-tés, a Gil González de Ávila y otros, porque era
opinión que lo había, desde que Cristóbal de Colón descubrió tierra firme; y
más de cuando Vasco Núñez de Balboa halló la otra mar, viendo cuán poco trecho
de tierra hay del Nombre de Dios a Panamá.
Así que lo buscaron, y acertaron a buscarle casi a
un mismo tiempo; aunque Pedrarias más envió a Francisco Hernández a conquistar
y poblar que a buscar estrecho. El cual Francisco Hernández pobló a Nicaragua y
llegó a Honduras. Fernando Cortés envió a Cristóbal de Olid, según ya contamos.
Gil González fue muy de propósito el año de 23. Pobló a San Gil de Buena-Vista,
destruyó a Francisco Hernández, y comenzó a conquistar aquella tierra.
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CAPÍTULO CLXXI
DE CÓMO SE ALZÓ CRISTÓBAL DE OLID CONTRA FERNANDO
CORTÉS
Fue Cristóbal de Olid a Cuba, según Cortés le
mandara, y tomó en La Ha-bana los caballos y vituallas que Contreras tenía
compradas, que costaron bien caras. Costaba entonces la fanega de maíz dos
pesos de oro, la de frijo-les cuatro, la de garbanzos nueve, una arroba de
aceite tres pesos, otra de vinagre cuatro, otra de candelas de sebo nueve, y la
de jabón otros nueve, un quintal de estopa cuatro pesos, otro de hierro seis,
dos pesos una riestra de ajos, una lazada un peso, un puñal tres, una espada ocho,
una ballesta vein-te, y el ovillo uno, una escopeta ciento, un par de zapatos
otro peso de oro, un cuero de vaca doce. Ganaban un maestre de nao ochocientos
pesos cada mes; y con esta carestía hizo Cortés esta y otras armadas, y en
aquesta gastó treinta mil castellanos.
Entre tanto que se cargaban y proveían las naos de
estos bastimentos y de agua y leña, se escribió y concertó con Diego Velázquez
para alzarse con-tra Cortés, con aquella gente armada y tierra que a cargo
llevaba. Entrevi-nieron al concierto Juan Ruano, Andrés de Duero, el bachiller
Parada, el provisor Moreno, y otros que, después de muertos Velázquez y Olid,
se descubrieron. Tomó pues lo que Contreras y Diego Velázquez le dieron, y
fuese a desembarcar quince leguas antes del puerto de Caballos, habiendo corrido
mal tiempo y peligro; y porque llegó a 3 de mayo, llamó al pueblo que trazó
Triunfo de la Cruz. Nombró por alcaldes, regidores y oficiales a los que Cortés
señalara en México, tomó la posesión, e hizo otros autos en nombre del
emperador y de Fernando Cortés, cuyo poder llevaba. Todo esto era, a lo que
después pareció, para asegurar los parientes y criados de Cortés, y para
fortalecerse muy bien y para reconocer aquella tierra; mas luego mostró odio y
enemiga a Cortés y a sus cosas, y amenazaba con la hor-ca al que algo le
contradecía o murmuraba.
Prometió oficios, obispados y audiencias a muchos;
y así, no había hombre que le fuese a la mano. Dejó de enviar a descubrir el
estrecho, y púsose a echar de aquella tierra y costa a Gil González de Ávila,
que, como poco antes dije, estaba en ella, y tenía poblado a San Gil de
Buena-Vista.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
316
Mató muchos españoles por hacerlo, y entre ellos a
Gil de Ávila, su sobrino, y prendió al mismo Gil González de Ávila con otros
muchos, por quedarse solo en aquella tierra, que no era pobre.
Cortés, como supo lo que Cristóbal de Olid había
hecho, envió a gran priesa a Francisco de las Casas con nuevos poderes y
mandamientos de prenderle, en dos naves muy buenas, y bien acompañado.
Cristóbal de Olid, cuando vio aquellas naos, sospechó lo que traían; metiose en
dos ca-rabelas que tenía con mucha gente para no dejarles tomar tierra, y
tirába-les. Francisco de las Casas alzó una bandera de paz; mas no fue creído.
Echó a la mar los bateles con muchos hombres armados para pelear y to-mar
tierra si hallasen entrada, y comenzó a jugar su artillería; y como en no
escucharle se manifestaba la malicia y rebelión que se decía, diose tal maña,
que echó a fondo una carabela del contrario. No se ahogó la gente ni él osó
arribar al puerto, sino estúvose con sus naos sobre las anclas, es-perando lo
que acordaba hacer Cristóbal de Olid, que luego movió parti-do, y era por
esperar una compañía de su gente que había ido contra los de Gil González.
Entre tanto sobrevino un recio tiempo y viento, que dio con los navíos de
Francisco de las Casas al través en parte que muy presto fueron presos los que
venían en ellos, sin derramamiento de sangre. Estu-vieron tres días sin comer y
con muchas aguas y fríos; murieron cerca de cuarenta españoles.
Hízoles Cristóbal de Olid jurar sobre los
Evangelios, como a los de Gil González, que le obedecerían en todo y por todo;
que nunca serían contra él ni seguirían más a Cortés; y con tanto, los soltó a
todos, excepto al Fran-cisco de las Casas, que llevó consigo a Naco, buen
pueblo que destruyeron Albítez y Cereceda. De la manera susodicha prendió
Cristóbal de Olid a Francisco de las Casas, y antes, o como dicen otros,
después, a Gil Gonzá-lez de Ávila. Como quiera que fuese, está cierto que los
tuvo presos a en-trambos a un mismo tiempo y en su propia casa, y que estaba
muy ufano con tan buenos prisioneros, así por la reputación y fama como
pensando haber por ellos aquella tierra libremente, y que se concertaría con
Fernan-do Cortés. Mas avínole muy al contrario; porque Francisco de las Casas
le rogó muchas veces delante todos los españoles que le soltase para ir a dar
razón de sí a Cortés, pues su persona y prisión le hacía poco al caso; y como
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317
siempre que le respondía que no lo haría, díjole
que le tuviese a recaudo, porque de otra manera le mataría; palabra muy recia y
atrevida para hom-bre preso. Cristóbal de Olid, que presumía de valiente, y que
le tenía sin armas y entre sus criados, no hizo caudal de aquellas amenazas.
Concertáronse ambos prisioneros de matarle; y
cenando todos tres a una mesa, otros dicen que paseándose por la sala, tomaron
sendos cuchi-llos de servicio o de escribanías; echole mano por la barba
Francisco de las Casas, y sin que se pudiese rebullir, le dieron muchas
heridas, dicien-do: “No es tiempo de sufrir más este tirano”. Escapóseles al
fin, y fuese al campo a esconder en unas chozas de indios, con pensamiento de
que, ve-nidos los suyos de cenar, que entonces solo estaba, matarían al
Francisco de las Casas y al Gil González; pero ellos dijeron luego: “Aquí los
de Cor-tés”; y de allí a poco tuvieron sin sangre ni mucha contradicción las
armas y personas de todos los españoles a su mandado, y presos algunos
favore-cedores de Cristóbal de Olid. Pregonáronlo, y súpose dónde estaba;
prendieron e hiciéronle proceso, y por sentencia que entrambos a dos dieron,
fue degollado públicamente en Naco, dentro de pocos días que preso estuvo; y
así feneció su vida por tener en poco a su contrario y no tomar el consejo de
su enemigo.
Tras la muerte de Cristóbal de Olid gobernó la
gente y tierra Francis-co de las Casas y Gil González, sin apartarse ninguno
con la suya; y el Francisco de las Casas pobló la villa de Trujillo a 18 de
mayo, año de 25; ordenó muchas cosas cumplideras a Cortés, y volviose a México
por tie-rra, llevando consigo a Gil González de Ávila. Tenía la Audiencia de
San-to Domingo autoridad del emperador para castigar al que se descomedie-se y
moviese guerra entre españoles en aquella tierra de las Higueras, y envió allá
lo más presto que pudo al bachiller Pedro Moreno, su fiscal, con cartas y
poder; mas ya cuando llegó era muerto Cristóbal de Olid, y los matadores idos a
México, y no pudo ni supo hacer nada; antes dicen que fue mejor mercader que
juez.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
318
CAPÍTULO CLXXII
DE CÓMO SALIÓ CORTÉS DE MÉXICO CONTRA CRIS-TÓBAL DE
OLID
No descansaba Cortés ni cesaba de mostrar con
palabras el enojo que den-tro el pecho tenía de Cristóbal de Olid, por haberse
alzado siendo su hechu-ra y amigo, ni se confiaba de la diligencia de Francisco
de las Casas, porque Olid tenía muchos amigos; así que determinó ir allá.
Apercibe sus amigos, adereza su partida y publica su determinación. Los
oficiales del rey le roga-ron que dejase aquel viaje, pues importaba más la
seguridad de México que la de Higueras, y no diese ocasión que con su ausencia
se rebelasen los in-dios, y matasen los pocos españoles que quedaban; porque
según enten-dían, no estaban muy fuera de ello, porque siempre andaban llorando
la muerte de sus padres, la prisión de sus señores y su cautiverio, y que
per-diéndose México, se perdía toda la tierra; y que más le temían y acataban a
él solo que a todos juntos; y que a Cristóbal de Olid, o el tiempo o Francisco
de las Casas o el emperador lo castigaría. Allende de esto, le dijeron que era
un camino muy largo, trabajoso y sin provecho, y que ir era mover guerra civil
entre españoles.
Cortés respondía que dejar sin castigo aquél era
dar a otros ruines cau-sa de hacer otro tanto; lo cual él temía mucho, por
haber muchos capitanes por la Nueva-España derramados, que por ventura se le
desacatarían, to-mando ejemplo de Cristóbal de Olid, y que harían excesos en la
tierra, por do se rebelase toda, y no bastase después él ni ellos ni nadie a
cobrarla. Ellos entonces le requirieron de parte del emperador que no fuese, y
él prometió que no iría sino a Coazacoalco y otras provincias por allí rebeladas;
y con tanto, se eximió de los ruegos y requerimientos, y aprestó su partida,
aun-que con mucho seso; porque como de él colgaban todos los negocios y el bien
o mal de la tierra, tuvo bien qué pensar y qué proveer. Ordenó muchas cosas
tocantes a su gobernación; mandó que la conversión de los indios se continuase
con todo el calor posible y necesario; escribió a los concejos y encomenderos
que derribasen todos los ídolos; dio repartimientos a los ofi-ciales del rey y
a otros muchos, por no dejar a nadie descontento; dejó por sus tenientes de
gobernadores a Alonso de Estrada, tesorero, y al contador
BIBLIOTECA AYACUCHO
319
Rodrigo de Albornoz, que le parecieron hombres para
ello; y al licenciado Alonso Zuazo para en las cosas de justicia; y porque
Gonzalo de Salazar y Peralmíndez Chirino no se sintiesen de aquello, llevolos
consigo. Dejó a Francisco de Solís por capitán de la artillería y alcaide de
las atarazanas, y muy bien proveídos los bergantines, y muchas armas y
munición, por si algo aconteciese.
Acordó llevar con él todos los señores y
principales de México y Culúa que podían alterar la tierra y causar algún
bullicio en su ausencia, y entre ellos fueron el rey Cauhutimoc, Couanacochcín,
señor que fue de Tezcuco; Tetepanquezatl, señor de Tlacopán; Oquici, señor de
Azcapuzalco, Xihua-coa, Tlacatlec, Mexicalcinco, hombres muy poderosos para
cualquiera re-volución estando presentes. Ordenado pues todo esto, se partió
Cortés de México por octubre de 1524 años, pensando que todo se haría bien;
pero todo se hizo mal, sino fue la conversión de indios, que fue grandísima y
bien hecha, según después largamente diremos.
CAPÍTULO CLXXIII
DE CÓMO SE ALZARON CONTRA CORTÉS
EN MÉXICO SUS TENIENTES
Alonso de Estrada y Rodrigo de Albornoz comenzaron
luego en saliendo Cortés de la ciudad, a tener puntillos y resabios sobre la
precedencia y man-do; y un día, estando en ayuntamiento, llegaron a echar mano
a las espadas sobre poner un alguacil, y poco a poco vinieron a no hacer como
debían su oficio. El cabildo lo escribió a Cortés por dos o tres veces; y como
las cartas le tomaban por el camino, no proveía de remedio, mas de escribirles
re-prendiéndoles su yerro y desatino, y apercibiéndolos que si no se enmenda-ban
y conformaban que les quitaría el cargo y los castigaría. Ellos ni aun por eso
no perdían sus pasiones, antes crecían las rencillas y el odio; porque Estrada,
que presumía de hijo de rey, despreciaba al Albornoz, y Albornoz, como era,
presumía de tan honrado, no se dejaba hollar. Perseverando pues ellos en su
discordia, y avisando a Cortés la ciudad muy aprisa para que tor-nase a poner
remedio en aquello y a apaciguar a los vecinos, así indios como españoles, que
con el alboroto de aquellos dos estaban desasosegados,
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
320
acordó, por no dejar su camino y empresa, de dar al
factor Gonzalo de Sala-zar y al veedor Peralmíndez Chirino de Ubeda igual poder
que los otros te-nían, para que, no afrentando a ninguno, gobernasen todos
cuatro. Dioles asimismo otro poder secreto para que ellos dos solos, juntamente
con el li-cenciado Zuazo, fuesen gobernadores, revocando y suspendiendo al
Alon-so de Estrada y Rodrigo de Albornoz, si les parecía que convenía, y los
cas-tigasen si tenían culpa.
De este poder secreto que Cortés les dio a buen
fin, resultó gran odio y revueltas entre los oficiales del rey, y nació una
guerra civil en que murie-ron hartos españoles y estuvo México para perderse.
Salazar y Chirino to-maron los poderes y ciertas instrucciones; despidiéronse
de Cortés en la villa del Espíritu Santo, aunque no en la gracia, y volviéronse
a México. No curaron de gobernar juntamente con los otros, sino solos; hicieron
su pes-quisa e información contra ellos y prendiéronlos. Enviaron preso al
licen-ciado Alonso Zuazo, encima de una acémila y con grillos y cadena a la
Ve-racruz, para que allí le metiesen en una nao y le llevasen a Cuba a dar
cuenta de cierta residencia; y tras esto, hicieron otras cosas peores con
Es-trada y Albornoz; y como si no hubiera rey, así se habían con todos los que
no andaban a su sabor; y pensando que Cortés no volviera jamás a México, y por
demasiada codicia, aunque publicaban ellos ser para servicio del emperador,
prendieron a Rodrigo de Paz, primo y mayordomo mayor de Cortés, y alguacil
mayor de México. Diéronle tormento cruelísimamente para que dijese del tesoro,
y como no confesaba, que no sabía de él ni lo había, ahorcáronle, y tomáronse
las casas de Cortés, con la artillería, ar-mas, ropa y todas las otras cosas
que dentro estaban: cosa que pareció muy mal a toda la ciudad. Por lo cual
fueron después condenados a muerte, aunque no ejecutados, de los oidores y
licenciados Juan de Salmerón, Qui-roga, Ceínos y Maldonado, estando por
presidente Sebastián Ramírez de Fuenleal, obispo de Santo Domingo, y por el
Consejo de Indias en España; y mucho después los condenó la misma Audiencia de
México, siendo vi-rrey don Antonio de Mendoza, a pagar la artillería y todo lo
demás que to-maron de casa de Cortés.
Quedaron los buenos gobernadores con esto tan
disolutos como abso-lutos; y estando las cosas así, se rebelaron los de
Huaxacac y Zoatlán, y ma-
BIBLIOTECA AYACUCHO
321
taron cincuenta españoles y ocho o diez mil
esclavos que cavaban en las minas. Fue allá Peralmíndez con doscientos
españoles y ciento a caballo; y por la guerra que les dio, se acogieron en
cinco o seis peñoles, y al cabo se recogieron a uno muy fuerte y grande, con
toda su ropa y oro. Chirino los cercó, y estuvo sobre ellos cuarenta días;
porque los del peñol tenían una gran sierpe de oro, muchas rodelas, collares,
moscadores, piedras y otras ricas joyas; mas ellos una noche, sin que él los
sintiese, se fueron con todo su tesoro. Gonzalo de Salazar se hizo pregonar en
México públicamente y con trompetas por gobernador y capitán general de
aquellas tierras de la Nueva-España. Andando la cosa tal, avisaron a Cortés
para que viniese, con el capi-tán Francisco de Medina, al cual mataron los de
Xicalanco cruelísimamen-te, que le hincaron muchas rajuelas de tea por el
cuerpo, y lo quemaron poco a poco, haciéndole andar alrededor de un hoyo, que
es ceremonia de hombre sacrificado; y mataron con él otros españoles e indios
que le guia-ban y servían.
Fue tras Medina Diego de Ordaz con gran priesa, por
Cortés, y como supo la muerte que le dieron, volviose; y porque no le tuviesen
por cobar-de, o pensando que fuese muerto también a manos de indios, dijo que
Cor-tés era muerto; que causó gran parte del mal. Con lo cual, y por malas
nue-vas que venían de los muchos trabajos y peligros en que Cortés y los de su
compañía andaban, lo creía casi toda la ciudad; y así muchas mujeres hicie-ron
obsequios a sus maridos, y al mismo Cortés le hicieron también ciertos
parientes, amigos y criados suyos, las honras como a muerto. Juana de Mansilla,
mujer de Juan Valiente, dijo que Cortés era vivo: vino a oídos de Gonzalo de
Salazar, y mandola azotar por las calles públicas y acostumbra-das de la
ciudad; dislate de tirano. Mas Cortés cuando vino restituyó a esta mujer en su
honra, llevándola a las ancas por México y llamándola doña Juana; y en unas
coplas que después hicieron, a imitación de las del Provin-cial, dijeron por
allá que le habían sacado el don de las espaldas, como na-rices del brazo.
Estaban a la sazón seis o siete naos de mercaderes en Mede-llín, que, a fama de
las riquezas de México, eran idas a vender sus mercaderías. Gonzalo de Salazar
y todos los otros oficiales del rey querían enviar en ellas dineros al
emperador, que era el toque de su negocio, y es-cribir al Consejo y a Cobos en
derecho de su deudo; pero no faltó quien se
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
322
lo contradijese, diciendo que no era bien aquello
sin voluntad y cartas del gobernador Fernando Cortés.
Llegó en esto Francisco de las Casas con Gil
González de Ávila; y como era caballero, hombre altivo, animoso, y cuñado de
Cortés, opúsose muy recio contra ellos, y aun atropellolos un día, maltratando
a Rodrigo de Al-bornoz, y envió luego a quitar las áncoras y velas a las naos
que estaban en Medellín, porque no tuviesen en qué enviar a España relaciones,
como él decía, falsas, mentirosas y perjudiciales; pero el factor Salazar, que
era ma-ñoso, lo prendió, juntamente con Gil González; procedió contra ellos por
la muerte de Cristóbal de Olid, por la inobediencia y desacato que le tuvo por
lo de las naos, y porque era gran contraste para sus pensamientos. Con-denolos
a muerte, y si no fuera por buenos rogadores los degollara, aunque habían
apelado para el emperador. Todavía los envió presos a España, con el proceso y
sentencia, en una nao de Juan Bono de Quexo. Envió asimismo doce mil
castellanos en barras y joyas de oro con Juan de la Peña, criado suyo; pero
quiso la fortuna que se hundiese aquella carabela en la isla del Fayal, que es
de las Azores una; y así se perdieron las cartas, procesos y escri-turas, y se
salvaron los hombres y el oro.
CAPÍTULO CLXXIV
LA PRISIÓN DEL FACTOR Y VEEDOR
Estando pues Gonzalo de Salazar triunfando de esta
manera en México, y Peralmíndez Chirino sobre el peñol que dije de Zoatlán,
llegó a la ciudad Martín Dorantes, mozo de espuelas de Cortés, con muchas
cartas y con po-deres del gobernador, para que gobernasen Francisco de las
Casas y Pedro de Alvarado, y removiesen del cargo y castigasen al factor y
veedor. Entrose en San Francisco, sin ser de nadie visto; y como supo de los
frailes que Fran-cisco de las Casas era llevado preso a España, llamó
secretamente a Rodrigo de Albornoz y Alonso de Estrada, y dioles las cartas de
Cortés. Ellos, en le-yéndolas, llamaron a todos los de la parcialidad de
Cortés, los cuales eligie-ron luego al Alonso de Estrada por lugarteniente de
Cortés, en nombre del emperador, por no estar allí tampoco Pedro de Alvarado ni
Francisco de las Casas, a quien los poderes venían.
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Divulgose luego por toda la ciudad que Cortés era
vivo, y hubo grande alegría; y todos salían de sus casas por ver y hablar al
Dorantes. Con el rego-cijo de tan buenas nuevas parecía México otro del que
hasta allí. Gonzalo de Salazar temió valientemente el furor del pueblo. Habló a
muchos, según la necesidad que tenía, para que no le desamparasen. Asestó la
artillería a la puerta de las casas de Cortés, donde residía, después que
ahorcó a Rodrigo de Paz, e hízose fuerte con hasta doscientos españoles. Alonso
de Estrada con todo su bando fue a combatirle la casa. Como aquellos doscientos
espa-ñoles vieron venir a toda la ciudad sobre sí, y que era mejor acostarse a
la parte de Cortés, pues era vivo, que no tener con el factor, y por no morir,
comenzaron a dejarle y descolgarse por las ventanas a unos corredores de la
casa; y de los primeros que se descolgaron fue don Luis de Guzmán; y no le
quedaron sino doce o quince, que debían ser sus criados. El factor no por eso
perdió el ánimo; antes, de que vio que todos se le iban, esforzó a los que le
quedaban, y púsose a resistir, y él mismo pegó fuego con un tizón a un tiro;
pero no hizo mal, porque los contrarios se abrieron al pasar de la pelo-ta.
Arremetió tras esto Estrada y su gente, y entraron y prendieron al factor en
una cámara, donde se retiró. Echáronle una cadena, lleváronlo por la plaza y
otras calles, no sin vituperio e injuria, para que todos lo viesen; me-tiéronlo
en una red, con muy buena guarda, y después se pasaron a la misma casa el
Estrada y Albornoz.
Estrada derechamente le fue contrario, mas Albornoz
anduvo dobla-do, porque afirman que se salió de San Francisco y habló al
factor, prome-tiéndole que ni sería contra él ni con él, sino en poner paz. Y a
la vuelta topó al Estrada, que venía a combatir la casa, e hizo que le apeasen
de la mula y le diesen caballo y armas para sí y para sus criados, porque
pareciese fuerza si el factor vencía. Peralmíndez Chirino dejó la guerra que
hacía, de que supo cómo Cortés era vivo, y revocado su poder de gobernador; y
caminó para México cuanto más pudo para ayudar con su gente a su amigo Gonzalo
de Salazar; mas antes que llegase supo cómo ya estaba preso y enjaulado, y
fue-se a Tlaxcallan, y metiose en San Francisco, monasterio de frailes,
pensan-do guarecer allí y escapar de las manos de Alonso de Estrada y bando de
Cortés; empero luego que se supo en México enviaron por él, y le trajeron y
metieron en otra jaula cabe su compañero, sin que le valiese la iglesia.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
324
Con la prisión de estos dos cesó todo el escándalo,
y gobernaban Es-trada y Albornoz en nombre del rey y del pueblo muy en paz,
aunque acon-teció que ciertos amigos y criados de Gonzalo de Salazar y
Peralmíndez se hermanaron y concertaron de matar un día señalado a Rodrigo de
Albor-noz y Alonso de Estrada, y que las guardas soltasen los presos. Mas como
tenían las llaves los mismos gobernadores, no se podía efectuar su concier-to
sin hacer otras; porque romper las jaulas, que eran de vigas muy gruesas, era imposible
sin ser sentidos y presos. Así que dan parte del secreto, pro-metiéndole
grandes cosas, a un Guzmán, hijo de un cerrajero de Sevilla que hacía vergas de
ballesta. El Guzmán, que era buen hombre y allegado de Cortés, se informó muy
bien quiénes y cuántos eran los conjurados, para denunciarlos y ser creído.
Prometioles llaves, limas y ganzúas para cuando las pedían, y rogoles que cada
día le viesen y avisasen de lo que pa-saba, porque se quería hallar en librar
los presos, no los matasen. Aquellos se lo creyeron, de necios y poco
recatados, e iban y venían a su tienda mu-chas veces. El Guzmán descubrió el
negocio a los gobernadores, declaran-do por nombre a los concertados, los
cuales luego pusieron espías, y halla-ron ser verdad. Dieron mandamiento para
prender los de monipodio. Presos confesaron ser verdad que querían soltar a sus
amos y matar a ellos; y así, fueron sentenciados. Ahorcaron a un Escobar y a
otros, que era la cabeza. A unos cortaron las manos, a otros los pies, a otros
azotaron, a muchos desterraron y, en fin, todos fueron bien castigados; y con
tanto, no hubo de allí adelante quien revolviese la ciudad ni perturbase la
goberna-ción de Alonso de Estrada.
Así como digo pasó esta guerra civil de México
entre españoles, estan-do ausente Fernando Cortés; y levantáronla oficiales del
rey, que son más de culpar. Y nunca Cortés salió fuera que soldado suyo saliese
de su manda-do y comisión, ni hubiese la menor alteración de las pasadas. Fue
maravilla no alzarse los indios entonces, que tenían aparejo para ello, y aun
armas, bien que dieron muestra de hacerlo; mas esperaban que Cuahutimoc se lo
enviase a decir cuando él hubiese muerto a Cortés, como lo trataba por el
camino, según después se dirá.
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CAPÍTULO CLXXV
LA GENTE QUE CORTÉS LLEVÓ A LAS HIGUERAS
Luego que Cortés despachó a Gonzalo de Salazar y a
Paralmíndez desde la villa del Espíritu Santo con poderes para gobernar en
México, hizo saber a los señores de Tabasco y Xicalanco cómo estaba allí y
quería ir cierto cami-no; que le enviasen algunos hombres prácticos de la costa
y de la tierra. Lue-go aquellos señores le enviaron diez personas de las más
honradas de sus pueblos, y mercaderes, con el crédito que de costumbre tienen;
los cuales, después de haber muy bien entendido el intento de Cortés, le dieron
un di-bujo de algodón tejido, en que pintaron todo el camino que hay de
Xicalan-co hasta Naco y Nito, donde estaban españoles, y aun hasta Nicaragua,
que es a la Mar del Sur, y hasta donde residía Pedrarias, gobernador de Tierra
Firme; cosa bien de mirar, porque tenía todos los ríos y sierras que se pasan y
todos los grandes lugares y las ventas a do hacen jornada cuando van a las
ferias; y le dijeron cómo, por haber quemado muchos pueblos los españoles que
andaban por aquella tierra, se habían huido los naturales a los montes; y así,
no se hacían las ferias como solían en aquellas ciudades.
Cortés se lo agradeció, y les dio algunas cosillas
por el trabajo y por las nuevas de lo que buscaba, y se maravilló de la noticia
que tenían de tierras tan lejos. Teniendo pues guía y lengua, hizo alarde, y
halló ciento y cin-cuenta caballos y otros tantos españoles a pie, muy en orden
de guerra, para servicio de los cuales iban tres mil indios y mujeres. Llevó
una piara de puercos, animales para mucho camino y trabajo y que multiplican en
gran manera. Metió en tres carabelas cuatro piezas de artillería que sacó de
México, mucho maíz, frijoles, pescados y otros mantenimientos, mu-chas armas y
pertrechos y todo el vino, aceite, vinagre y cecinas que tenía traídas de la
Veracruz y de Medellín. Envió los navíos que fuesen costa a costa hasta el río
de Tabasco, y él tomó el camino por tierra, con pensa-miento de no desviarse
mucho de la mar. A nueve leguas de la villa del Espíritu Santo pasó un gran río
en barcas, y entró en Tonalán; y otras tan-tas leguas más adelante pasó otro
río, que llaman Aquiualco, y los caballos a nado. Topó después otro tan ancho,
que porque no se le ahogasen los caballos hizo una puente de madera, no media
legua de la mar, que tuvo
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
326
nuevecientos y treinta y cuatro pasos. Fue obra que
maravilló a los indios, y aun que los cansó.
Llegó a Copilco, cabeza de la provincia; y en
treinta y cinco leguas que anduvo atravesó cincuenta ríos y desaguaderos de
ciénagas y otras casi tan-tas puentes que hizo, que no pudiera pasar de otra
manera la gente. Es aquella tierra muy poblada, aunque muy baja y de muchas
ciénagas y lagu-najos, a causa de ser muy alta la costa y ribera; y así, tienen
muchas canoas. Es rica de cacao, abundante de pan, fruta y pesca. Sirvió muy
bien este ca-mino, y quedó amiga y depositada a los españoles, vecinos de la
villa del Es-píritu Santo. De Anaxaxuca, que es el postrer lugar de Copilco
para ir a Ciuatlán, atravesó unas muy cerradas montañas y un río, dicho
Quezatla-pan, bien grande, el cual entra en el de Tabasco, que llaman Grijalva;
y por él se proveyó de comida de los carabelones con veinte barquillas de
Tabas-co, que trajeron doscientos hombres de aquella ciudad; con las cuales
pasó el río. Ahogósele un negro, y perdiose hasta cuatro arrobas de herraje,
que hicieron harta falta. Creo que aquí se casó Juan Jaramillo con Marina,
es-tando borracho; culparon a Cortés, que lo consintió teniendo hijos en ella.
Huyeron; y en veinte días que estuvo allí Cortés ni vinieron ni halló quien le
mostrase camino, sino fueron dos hombres y unas mujeres que le dijeron cómo el
señor y todos estaban por los montes y esteros, y que ellos no sa-bían andar
sino en barcas. Preguntados si sabían a Chilapan, que estaba en el dibujo,
señalaron con el dedo una sierra hasta diez leguas de allí. Cortés hizo una
puente de trescientos pasos, en que entraron muchas vigas de treinta y de
cuarenta pies, y pasó una gran ciénaga; que sin pasar agua no se podía salir de
aquel pueblo. Durmió en el campo alto y enjuto, y otro día entró en Chilapan,
gran lugar y bien asentado; mas estaba quemado y des-truido. No halló en él más
de dos hombres, que lo guiaron a Tamaztepec, que por otro nombre llaman
Tecpetlicán. Antes de llegar allá pasó un río, dicho por nombre Chilapan, como
el lugar atrás. Ahogose allí otro esclavo, y perdiose mucho fardaje. Tardó dos
días en andar seis leguas, y casi siem-pre fueron los caballos por agua y cieno
hasta las rodillas, y aun hasta la ba-rriga por muchas partes. El trabajo y
peligro que pasaron los hombres fue excesivo, y aína se ahogaron tres
españoles. Tamaztepec estaba sin gente y desolado.
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327
Todavía reposaron en él los nuestros seis días.
Hallaron fruta, maíz verde en lo labrado y maíz en grano en silos, que fue
harto remedio y refri-gerio, según iban hombres y caballos; y aun cómo pudieron
llegar los puer-cos fue maravilla. De allí fue a Iztapan en dos jornadas por
ciénagas y tre-medales espantosos, donde se hundían los caballos hasta la
cincha. Los de aquel pueblo, como vieron hombres a caballo, huyeron, y también
porque les había dicho el señor de Ciuatlán que los españoles mataban cuantos topaban;
y aun pusieron fuego a muchas casas. Llevaron su ropilla y muje-res de la otra
parte del río que pasa por el pueblo, y muchos de ellos por pasar apriesa se
ahogaron. Prendiéronse algunos, que dijeron cómo por el miedo que les había
metido el señor de Ciuatlán habían hecho aquello. Cortés entonces llamó los que
traía de Ciuatlán, Chilapan y Tamaztepec, para que le dijesen el buen
tratamiento que se les hacía; y dioles luego en presencia de aquel preso
algunas cosillas, y licencia que se tornasen a sus casas, y cartas para que
mostrasen a los cristianos que por sus pueblos vi-niesen, porque con ellas
estarían seguros. Con esto se alegraron y asegura-ron los de Iztapan, y
llamaron al señor, el cual vino con cuarenta hombres, y diose por vasallo del
emperador; y dio largamente de comer a nuestro ejército aquellos ocho días que
allí estuvo. Pidió veinte mujeres, que fue-ron presas en el río, y luego se las
dieron. Acaeció estando allí que un mexi-cano se comió una pierna de otro indio
de aquel pueblo, que fue muerto a cuchilladas. Súpolo Cortés, y mandolo luego
quemar en presencia del se-ñor; el cual quiso entender la causa, y fuele dicha,
y aun le hizo Cortés un largo razonamiento y sermón, por intérprete, dándole a
entender cómo era venido en aquellas partes en nombre del más bueno y poderoso
prínci-pe del mundo, a quien toda la tierra reconocía como a monarca, y que así
debía hacer él; y que también venía a castigar los malos que comían carne de
otros hombres, como hacía aquel de México, y a enseñar la ley de Cris-to, que
mandaba creer y adorar un solo Dios, y no tantos ídolos; y notificar a los
hombres el engaño que les hacía el diablo para llevarlos al infierno, donde los
atormentasen con terrible y perdurable fuego. Declarole asimis-mo muchos
misterios de nuestra santa fe católica. Cebole con el paraíso, y dejole muy
contento y maravillado de las cosas que le dijo. Este señor dio a Cortés tres
canoas para enviar a Tabasco por el río abajo con tres españoles
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
328
y la instrucción de lo que habían de hacer los
carabelones, y de cómo te-nían de ir a esperarle a la bahía de la Ascensión, y
para llevar con ellas y con otras carne y pan de los navíos a Acalán por un
estero. Diole asimismo otras tres canoas y hombres, que fueron con unos
españoles el río arriba a apaciguar y allanar la tierra y camino, que no fue
poca amistad. De aquí comenzaron a ir ruines nuevas a México, y que nunca más
volvería Cortés, por lo cual mostraron luego sus dañadas intenciones Gonzalo de
Salazar y Peralmíndez.
CAPÍTULO CLXXVI
DE LOS SACERDOTES DE TATAHUITLAPAN
De Iztapan fue Cortés a Tatahuitlapan, donde no
halló gente ninguna, salvo veinte hombres que debían ser sacerdotes, en un
templo de la otra parte del río, muy grande y bien adornado, los cuales dijeron
haberse que-dado allí para morir con sus dioses, que les decían que los mataban
aque-llos barbudos, y era que Cortés quebraba siempre los ídolos y ponía
cru-ces; y como vieron a los indios de México con unos aderezos de los ídolos,
dijeron llorando que ya no querían vivir, pues sus dioses eran muertos. Cortés
entonces y los dos frailes franciscanos les hablaron con las lenguas que
llevaban, otro tanto como al señor de Iztapan, y que dejasen aquella su loca y
mala creencia. Ellos respondieron que querían morir en la ley que sus padres y
abuelos. Uno de aquellos veinte, que era el principal, mostró do estaba
Huatipan, que venía figurado en el paño, diciendo que no sabía andar por
tierra. Simpleza harto grande; pero con ella vivían con-tentos y descansados.
Poco después de salido el ejército de allí, pasó
una ciénaga de media le-gua, y luego un estero hondo, donde fue necesario hacer
puente, y más ade-lante otra ciénaga de una legua; pero como era algo tiesta
debajo, pasaron los caballos con menos fatiga, aunque les daba a las chinchas,
y donde me-nos, encima de la rodilla. Entraron en una montaña tan espesa, que
no veían sino el cielo y lo que pisaban, y los árboles tan altos, que no se
podía subir en ellos, para atalayar la tierra. Anduvieron dos días por ella
desatinados; repa-raron orilla de una balsa que tenía yerba, porque paciesen
los caballos; dur-
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329
mieron y comieron aquella noche poco, y algunos
pensaban que antes de acertar a poblado habían de morir. Cortés tomó una aguja
y carta de marear que llevaba para semejantes necesidades, y acordándose del
paraje que le habían señalado en Tahuitlapan, miró, y halló que corriendo al
nordeste iban a salir a Guatecpán o muy cerca. Abrieron pues el camino a
brazos, si-guiendo aquel rumbo, y quiso Dios que fueron derechos a dar en el
mismo lugar, después de muy trabajados; mas refrescáronse luego en él con frutas
y otra mucha comida, y ni más ni menos los caballos con maíz verde y con yer-ba
de la ribera, que es muy hermosa.
Estaba el lugar despoblado, y no podía Cortés saber
rastro de las tres barcas y españoles que había enviado el río arriba, y
andando por el pueblo, vio una saeta de ballesta hincada en el suelo, por la
cual conoció que eran pasados adelante, si ya no los habían muerto los de allí.
Pasaron el río algu-nos españoles en unas barquillas; anduvieron buscando gente
por las huer-tas y labranzas y al cabo vieron una gran laguna, donde todos los
de aquel pueblo estaba metidos en barcas e isletas; muchos de los cuales
salieron lue-go a ellos con mucha risa y alegría, y vinieron al lugar hasta
cuarenta, que dijeron a Cortés cómo por el señor de Ciuatlán habían dejado el
pueblo, y cómo eran pasados ciertos barbudos el río adelante con hombres de
Izta-pan, que les dijeron certenidad del buen tratamiento que los extranjeros
hacían a los naturales, y cómo se había ido con ellos un hermano de su señor en
cuatro canoas de gente armada, para que no les hiciesen mal en el otro pueblo
más arriba.
Cortés envió por los españoles, y vinieron luego al
otro día con mu-chas canoas cargadas de miel, maíz, cacao y un poco de oro, que
alegró el ojo a todos. También vinieron de otros cuatro o cinco lugares a traer
a los españoles bastimento, y a verlos, por lo mucho que de ellos se decía, y
en señal de amistad les dieron un poquito de oro, y todos quisieran que fuera
más. Cortés les hizo mucha cortesía, y rogó que fuesen amigos de cristia-nos.
Todos ellos se lo prometieron. Tornáronse a sus casas, quemaron muchos de sus
ídolos por lo que les fue predicado, y el señor dio del oro que tenía.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
330
CAPÍTULO CLXXVII
DE LA PUENTE QUE HIZO CORTÉS
De Huatecpan tomó Cortés el camino para la
provincia de Acalán, por una senda que llevan mercaderes; que otras personas
poco andan de un pueblo a otro, según ellos decían. Pasó el río con barcas;
ahogose un caballo, y perdié-ronse algunos fardajes. Anduvo tres días por unas
montañas muy ásperas con gran fatiga del ejército, y luego dio sobre un estero
de quinientos pasos ancho, el cual puso en gran estrecho los nuestros, por no
tener barcas ni hallar fondo. De manera que con lágrimas pedían a Dios misericordia,
porque si no era vo-lando parecía imposible pasarlo, y tornar atrás, como todos
los más querían, era perecer; porque como había llovido mucho, se habían
llevado las crecien-tes todas las puentes que hicieron. Cortés se metió en una
barquilla con dos españoles hombres de mar, los cuales sondaron todo el ancón y
estero, y por do quiera hallaban cuatro brazas de agua. Tentaron con picas,
atadas una a otra, el suelo, y estaba otras dos brazadas de lama y cieno; de
suerte que eran seis brazas de hondura, y quitaban la esperanza de fabricar
puente.
Todavía quiso él probar de hacerla. Rogó a los
señores mexicanos que consigo llevaba hiciesen con los indios que cortasen
árboles, labrasen y tra-jesen vigas grandes, para hacer allí una puente por do
escapasen de aquel peligro. Ellos lo hicieron, y los españoles iban hincando
aquellas maderas por el cieno, puestos sobre balsas, y con tres canoas, que más
no tenían; pero érales tanto trabajo y mohína, que renegaban de la puente y aun
del capitán, y murmuraban terriblemente de él por haberlos metido locamente a
donde no los podría sacar, con toda su agudeza y saber, y decían que la puente
no se acabaría, y cuando se acabase serían ellos acabados; por tanto, que
diesen vuelta antes de acabar las vituallas que tenían, pues así como así se
había de volver sin llegar a Higueras. Nunca Cortés se vio tan confuso; mas por
no enojarlos, no les quiso contradecir, y rogoles que se holgasen y esperasen
cinco días solamente, y si en ellos no tuviese hecha la puente, que les
prometía de volverse. Ellos a esto respondieron que esperarían aquel tiempo
aunque comiesen cantos. Cortés entonces habló a los indios que mirasen en
cuánta necesidad estaban todos, pues forzado habían de pasar o perecer.
Animolos al trabajo, diciendo que luego en pasando aquel estero
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331
estaba Acalán, tierra abundantísima y de amigos, y
donde estaban los na-víos con muchos bastimentos y refrescos. Prometioles
grandes cosas para en volviendo a México si hacían aquella puente.
Todos ellos, y los señores principalmente,
respondieron que les placía, y luego se repartieron por cuadrillas. Unos para
coger raíces, yerbas y frutas de monte que comer, otros para cortar árboles,
otros para labrarlos, otros para traerlos y otros para hincarlos en el estero.
Cortés era el maestro mayor de la obra, el cual puso tanta diligencia y ellos
tanto trabajo, que dentro de seis días fue hecha la puente, y al séptimo
pasaron por encima de ella todo el ejército y caballos; cosa que pareció no sin
ayuda de Dios obrada, y los espa-ñoles se maravillaron muy mucho y aun
trabajaron su parte, que aunque hablan mal obran bien. La hechura era común,
mas la maña que los indios tuvieron fue extraña. Entraron en ella mil vigas de
ocho brazas en largo y cinco y seis palmos de gordor y otras muchas maderas
menores y menudas para cubierta. La atadura fue de bejucos, que clavazón no
hubo, sino de cla-vos de ferrar y clavijas de palo por algunos barrenos. No
duró la alegría que todos llevaban por haber pasado a salvo aquel estero, que
luego toparon una ciénaga muy espantosa, aunque no muy ancha, donde los
caballos, qui-tadas las sillas, se sumían hasta las orejas, y cuanto más
forcejaban más se hundían, de manera que allí se perdió del todo la esperanza
de escapar ca-ballo ninguno. Todavía les metían debajo los pechos y barrigas
haces de rama y de yerba en que se sostuviesen, lo cual aunque aprovechaba
algo, no bastaba. Estando así, abriose por medio un callejón por do acanaló la
agua, y por allí salieron a nado los caballos, pero tan fatigados, que no se
podían tener en pies. Dieron gracias a nuestro Señor por tan grandes mercedes
como les había hecho; que sin caballos quedaban perdidos.
Estando en esto llegaron cuatro españoles que
habían ido delante, con ochenta indios de aquella provincia de Acalán, cargados
de aves, fruta y pan, con que Dios sabe cuánto se holgaron todos, mayormente
cuando di-jeron que Apoxpalón, señor de aquella provincia y toda la demás gente
quedaba esperando el ejército de paz, y con muy buena voluntad de verle y
aposentarlo en sus casas; y ciertos de aquellos indios dieron a Cortés
cosi-llas de oro de parte del señor, y dijeron cómo tenían gran contentamiento
de su venida por aquella tierra, que muchos años había que tenía noticia de
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
332
él por los mercaderes de Xicalanco y Tabasco.
Cortés les agradeció tan bue-na voluntad; dioles ciertas cosillas de España
para el señor; hízolos ir a ver la puente, y tornolos a enviar con los mismos
españoles. Fueron admirados del edificio de la puente, así porque no los hay
por allí como por ser tan grande, y porque pensaban que ninguna cosa era
imposible a los españoles. Otro día llegaron a Tizapetl, donde los vecinos
tenían mucha comida ade-rezada para los hombres, y mucho grano y hierba y rosas
para los caballos.
Reposaron allí seis días, satisfaciendo al trabajo
y hambre pasada. Vino a ver a Cortés un mancebo de buena disposición y muy bien
acompañado, que dijo ser hijo de Apoxpalón. Trájole muchas gallinas y cierto
oro; ofre-ciole su persona y tierra, fingiendo que su padre era muerto. Él lo
consoló y mostró tener tristeza, aunque barruntaba no decir verdad, porque
cuatro días antes estaba vivo y le había enviado un presente. Diole un collar
de cuentas de Flandes, que traía al cuello, y que fue muy estimado del mance-bo,
y rogole que no se fuese tan presto.
CAPÍTULO CLXXVIII
DE APOXPALÓN, SEÑOR DE IZANCANAC
De Tizapetl fueron a Teuticaccac, que estaba seis
leguas, donde el señor les hizo muy buen tratamiento. Aposentáronse en dos
templos, que los hay muchos y muy hermosos, uno de los cuales era el mayor y
dedicado a una diosa a quien sacrificaban doncellas vírgenes y hermosas, que si
no eran, diz que se enojaba mucho con ellos, y a esta causa las buscaban desde
niñas y las criaban regaladamente. Sobre esto les dijo Cortés como mejor pudo
lo que convenía a cristiano y lo que el rey mandaba, y derribó los ídolos; de
que no mostraron mucha pena los del pueblo. Aquel señor de Teuticaccac trabó
grandes pláticas y conversación con españoles, y tomó mucha amistad y amor con
Cortés. Diole más entera razón de los españoles que iba buscan-do y del camino
que había de llevar. Díjole en muy gran puridad cómo Apoxpalón era vivo, y que
le quería guiar por un rodeo, aunque no mal ca-mino, porque no viese sus
pueblos y riqueza. Rogole que tuviese secreto si le quería ver vivo y con su
hacienda y estado. Cortés se lo agradeció mucho, y no solamente le prometió
secreto, pero buenas obras de amigo. Llamó
BIBLIOTECA AYACUCHO
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luego al mancebo que dije, y examinole; el cual,
como no pudo negar la ver-dad, dijo cómo su padre era vivo, y a ruego de Cortés
le fue a llamar y le trajo luego al segundo día.
Apoxpalón se excusó con mucha vergüenza, diciendo
que de miedo de tan extraños hombres y animales lo hacía, hasta ver si eran
buenos, porque no le destruyesen sus pueblos; pero que ahora, pues veía cómo no
hacían mal a nadie, le rogaba se fuese con él a Izancanac, ciudad populosa
donde él residía. Cortés se partió otro día, y dio un caballo a Apoxpalón en
que fuese, de lo cual mostró gran placer, aunque al principio pensó caer.
Entraron con gran recibimiento en aquella ciudad. Cortés y Apoxpalón posaron en
una casa donde cupieron los españoles con sus caballos. A los de México
repar-tieron por casas. Aquel señor dio largamente de comer a todos el tiempo
que allí estuvieron, y a Cortés cierto oro y veinte mujeres. Diole una canoa y
hombres que llevasen por el río abajo hasta la mar, a do estaban los
carabe-lones, a un español que poco antes llegara de Santisteban de Pánuco con
letras, y cuatro indios que habían traído cartas de Medellín, de la villa del
Espíritu Santo y de México, hechas antes que Gonzalo de Salazar y Peral-míndez
llegasen; con las cuales respondía que iba bueno, aunque con mu-chos trabajos,
y también escribió a los españoles que estaban en los carabe-lones lo que
habían de hacer y adonde tenían de ir a esperarle.
Acostumbraban, a lo que dicen en aquella tierra de
Acalán, hacer señor al más caudaloso mercader, y por eso lo era Apoxpalón, que
tenía grandísi-mo trato por tierra de algodón, cacao, esclavos, sal, oro,
aunque poco y mez-clado con cobre y con otras cosas; de caracoles colorados,
con que atavían sus personas y sus ídolos; de resina y otros sahumerios para
los templos, de teda [tea] para alumbrarse, de colores y tintas con que se
pintan para las gue-rras y fiestas, y se tiñen para defensa del calor y frío, y
de otras muchas merca-derías que ellos estiman y han menester; así, tenía en
muchos pueblos de fe-rias, como era Nito, factor y barrio por sí, poblado de
sus vasallos y criados tratantes. Mostrose Apoxpalón muy amigo de españoles,
hizo una puente para que pasasen una ciénaga, tuvo canoas para pasar un estero;
envió mu-chas guías con ellos, prácticas del camino, y por todo esto no pidió
sino una carta de Cortés para si algunos españoles viniesen por allí, que
supiesen era su amigo. Acalán es muy poblada y rica. Izancanac grande ciudad.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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CAPÍTULO CLXXIX
LA MUERTE DE CUAHUTIMOC
Llevaba Cortés consigo a Cuahutimoc y otros muchos
señores mexicanos, porque no revolviesen la ciudad y tierra, y tres mil indios
de servicio y carga. Cuahutimoc, afligido de tener guarda, y como tenía
alientos de rey, y veía los españoles alejados de socorro, flacos del camino,
metidos en tierra que no sabían, pensó matarlos por vengarse, especial a
Cortés, y volverse a México apellidando libertad, y alzarse por rey, como solía
ser. Dio parte a los otros señores, y avisó a los de México, para que en un mismo
día matasen también ellos a los españoles que allí había, pues no eran sino
doscientos y no tenían más de cincuenta caballos, y estaban reñidos y en
bandos; y si lo supiera hacer como pensar, no pensara mal; porque Cortés
llevaba pocos, y pocos eran los de México, y aquellos mal avenidos. Había tan
pocos enton-ces por haber ido con Alvarado a Quahutemallan, con Casas a
Higueras y a las minas de Michuacán. Los de México se concertaron para en
viendo des-cuidados o asidos los españoles, y para el segundo mandamiento de
Cu-ahutimoc, hacían de noche gran ruido con atabales, huesos, caracoles y
bo-cinas; y como era más y más ordinario que antes, tomaron sospecha los
españoles y preguntaron la causa. Recatáronse de ellos, no sé si por indicios o
por certificación, y salían siempre armados, y aun en las procesiones que
hacían por Cortés llevaban los caballos a par de sí, ensillados y enfrenados.
Mexicalcinco, que después se llamó Cristóbal,
descubrió a Cortés la conjuración y trato de Cuahutimoc, mostrándole un papel
con las figuras y nombres de los señores que le urdían la muerte. Cortés loó
mucho a Mexi-calcinco, prometiole grandes mercedes, y prendió diez de aquellos
que es-taban pintados en el papel sin que uno supiese de otro: preguntoles
cuántos eran en aquella liga, diciendo al que examinaba cómo se lo habían dicho
ya otros. Era tan cierto, según Cortés, que no podían negarlo; y así, confesaron
todos que Cuahutimoc, Couanacochcín y Tetepanquezatl habían movido aquella
plática; que los demás, aunque holgaban de ello, no habían consen-tido de veras
ni se habían hallado en la consulta, y que obedecer a su señor y desear cada
uno su libertad y señorío no era mal hecho ni pecado, y que les parecía que
nunca podrían tener mejor tiempo ni lugar que allí para matar-
BIBLIOTECA AYACUCHO
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le, por tener pocos compañeros y ningún amigo, y
que no temían mucho los españoles que estaban en México, por ser nuevos en la
tierra y no usados a las armas, y muy metidos en bandos y guerra, de que Cortés
tomó mala espi-na; mas empero, pues los dioses no lo querían, que los matase.
Tras esta confesión les hizo proceso, y dentro de
breve tiempo se ahor-caron por justicia Cuahutimoc, Tlacatlec y Tetepanquezatl.
Para castigo de los otros bastó el miedo y espanto; que ciertamente pensaron
todos ser muertos y quemados, pues ahorcaron los reyes, y creían que la aguja y
carta de marear se lo habían dicho, y no hombre ninguno; y tenían por muy
cierto que no se le podían esconder los pensamientos, pues había acertado
aque-llo y el camino de Huatepán; y así vinieron muchos a decirle que mirase en
el espejo, que así llaman ellos a la aguja, y vería cómo le tenían muy buena
voluntad y ningunas intenciones malas. Él y todos los españoles les hacían
encreyente ser así verdad porque temiesen. Hízose esta justicia por
Carnes-tolendas del año 1525 en Izancanac.
Fue Cuahutimoc valiente hombre, según de la
historia se colige, y en todas sus adversidades tuvo ánimo y corazón real,
tanto al principio de la guerra para la paz, cuanto en la perseverancia del
cerco, y así cuando le prendieron, como cuando le ahorcaron, y como cuando
porque dijese del tesoro de Moteczuma, le dieron tormento, el cual fue
untándole muchas veces los pies con aceite y poniéndoselos luego al fuego; pero
más infamia sacaron que no oro, y Cortés debiera guardarlo vivo como oro en
paño, que era el triunfo y gloria de sus victorias. Mas no quiso tener que
guardar en tierra y tiempo tan trabajoso; es verdad que se preciaba mucho de
él, que los indios le honraban mucho por su amor y respeto y le hacían aque-lla
misma reverencia y ceremonias que a Moteczuma, y creo que por eso le llevaba
siempre consigo por la ciudad a caballo, si cabalgaba, y si no a pie como él
iba.
Apoxpalón quedó espantado de aquel castigo de tan
grandísimo rey; y de temor, o por lo que Cortés le había dicho acerca de los
muchos dioses, quemó infinitos ídolos en presencia de los españoles,
prometiéndoles de no honrar más las estatuas de allí en adelante, y de ser su
amigo y vasallo del rey.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
336
CAPÍTULO CLXXX
DE CÓMO CANEC QUEMÓ LOS ÍDOLOS
De Izancanac, que es cabecera de Acalán, habían de
ir nuestros españoles a Mazatlán, pueblo que también se llama de otra manera en
otro lenguaje, mas no sé cómo se tiene de escribir; y aunque he procurado mucho
infor-marme muy bien de los propios vocablos y nombres de los lugares que
nuestro ejército pasó este viaje de las Higueras, no estoy satisfecho del todo.
Por tanto, si algunos no se pronuncian como deben, nadie se maraville, pues
aquel camino no se huella. Cortés, porque no le faltase provisión, hizo mochila
para seis días, aunque no había de estar en el camino sino tres, o cuando mucho
cuatro, escarmentado de la necesidad pasada. Envió delan-te cuatro españoles
con dos guías que le dio Apoxpalón. Pasó la ciénaga y estero con la puente y
canoas que aderezó aquel señor, y a cinco leguas que anduvo, volvieron los
cuatro españoles diciendo que había buen camino y mucho pasto y labranzas; que
fue buena nueva para todos, que iban hosti-gados de los malos caminos pasados.
Envió otros corredores más sueltos a tomar algunos
de la tierra para saber cómo tomaban la ida de españoles; los cuales trajeron
presos dos hombres de Acalán, mercaderes según iban cargados de ropa para
vender, y ellos dijeron cómo en Mazatlán no había memoria de tales hombres, y
que el lugar estaba lleno de gente. Cortés dejó volver a los que traía de
Izanca-nac, y llevó por guía aquellos dos mercaderes. Durmió aquella noche,
como la pasada en un monte. Otro día los españoles que descubrían toparon cua-tro
hombres de Mazatlán, que estaban por escuchas, y tenían arcos y fle-chas, y
que, como los vieron, desembarazaron sus arcos, hirieron un indio nuestro y
acogiéronse a un monte. Corrieron tras ellos los españoles, y no pudieron tomar
sino al uno. Entregáronlo a los indios, y prosiguieron el camino por ver si
había más. Aquellos tres que se metieron en el monte, como vieron idos los
españoles, dieron sobre nuestros indios, que eran otros tantos, y por fuerza
les quitaron el preso. Ellos corridos del afrenta, corrieron tras los otros,
tornaron a pelear, hirieron a uno de Mazatlán en un brazo, de una gran
cuchillada, y prendiéronle; los demás huyeron porque llegaba cerca el ejército.
Este herido dijo que no sabían nada en su lugar de
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aquella gente barbada, y que estaban allí por
velas, como es su costumbre, para que sus enemigos, que tenían muchos por la
comarca, no llegasen sin ser sentidos a saltear al pueblo ni labranzas, y que
no estaba lejos el lugar.
Cortés aguijó por llegar allá aquella noche, mas no
pudo. Durmió cerca de una ciénaga en una cabañuela sin tener agua que beber. En
amaneciendo se aderezó la ciénaga con rama y mucha broza, y pasaron los
caballos de diestro no con mucho trabajo, y a tres leguas andadas llegaron a un
lugar puesto sobre un peñol en mucha ordenanza, pensando hallar resistencia,
mas no la hubo, porque los moradores habían huido de miedo. Hallaron muchos
gallipavos, miel, frijoles, maíz y otros bastimentos en gran canti-dad. Aquel
lugar es fuerte por estar en gran risco; no tiene más de una puer-ta, pero
llana la entrada; está rodeado por una parte de una laguna y por la otra de un
arroyo muy hondo que también entra en la laguna; tiene un foso bien hondo, y
luego un pretil de madera hasta los pechos, y después una cerca de tablones y
vigas, dos estados en alto, por lo cual hay muchas trone-ras para flechar, y a
trechos garitas que sobrepujan la cerca otro estado y medio, con muchas piedras
y saetas, y aun las casas son fuertes y tienen sus travesías y saeteras para
tirar, que responden a las calles. Todo, en fin, era recio y bien ordenado para
las armas que usan en aquella tierra, y tanto más se holgaron los nuestros,
cuanto más fuerte era el lugar, porque lo desam-pararon, mayormente que era
frontera y tenían guarnición de soldados. Cortés envió uno de aquellos de
Acalán a llamar al señor y a la gente.
Vino el gobernador; dijo que el señor era niño y
tenía mucho miedo, y fuese con él hasta Tiac, que está seis leguas de allí;
pero ya cuando llegaron eran idos los vecinos al monte, huyendo de temor. Era
Tiac mayor pueblo, mas no tan fuerte por estar en llano. Tiene tres barrios
cercados cada uno por sí, y otra cerca que los cerca a todos juntos. No pudo
Cortés acabar con los de allí que viniesen estando dentro su ejército, aunque
le dieron vitua-llas y alguna ropa y un hombre que lo guiase, el cual dijo que
había visto otros hombres barbados y otros ciervos; así llaman por allá a los
caballos. Como tuvo Cortés tan buena guía, dio licencia y paga a los de Acalán,
que se fuesen a su tierra, y muchas encomiendas para Apoxpalón. De Tiac fue a
dormir a Xuncahuitl, que también era lugar fuerte y cercado como los otros, y
estaba yermo de gente, pero lleno de mantenimiento. Allí se prove-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
338
yó el ejército para cinco días que había de camino
y despoblado hasta Taica, según la nueva guía.
Cuatro noches hicieron en sierras; pasaron un mal
puerto que se llamó de Alabastro, por ser todas las peñas y piedras de ello. Al
quinto día llegaron a una muy gran laguna, en una isleta en la cual estaba un
gran pueblo, que se-gún la guía dijo, era cabecera de aquella provincia de
Taica, y no se podía en-trar en él sino por barca. Los corredores tomaron un
hombre de aquel lugar en una canoa, y aun no le tomaron ellos sino un perro de
ayuda que llevaban; el cual dijo cómo en la ciudad no se sabía nada de semejantes
hombres, y que si querían entrar allá, que fuesen a unas labranzas que estaban
cerca de un brazo de la laguna, y podrían tomar muchas barcas de los
labradores. Cortés tomó doce ballesteros, y a pie siguió por do le llevaba
aquel hombre. Pasó un gran rato de aguacero hasta la rodilla y más arriba. Como
tardó mucho en el camino, y no podía ir encubierto, viéronle los labradores y
metiéronse en sus canoas por la laguna adelante. Asentó su real entre aquellos
panes, y fortifico-se lo mejor que pudo, porque le dijo la guía cómo los de
aquella ciudad eran muy ejercitados en la guerra, y hombres a quien toda la
comarca temía; y si quería, que él iría en aquella su canoíta a la isleta, y
entraría en el lugar y habla-ría con Canec, señor de Taica, que ya de otras
veces le conocía, y le diría su intención y venida. Cortés le dejó ir y llevar
al dueño de la barquilla.
Fue pues, y volvió a media noche; que como hay dos
leguas de trecho de la costa al pueblo y malos remos, no pudo antes. Trajo dos
personas, a lo que mostraban honradas, las cuales dijeron venir de parte de
Canec, su señor, a visitar al capitán de aquel ejército y a saber lo que
quería. Cortés les habló ale-gremente; dioles un español que quedase en
rehenes, porque viniese Canec al real. Ellos holgaron infinito de mirar los
caballos, el traje y barbas de nues-tros españoles, y fuéronse. Otro día de
mañana vino el señor con treinta per-sonas en seis canoas; trajo consigo el
español, y ninguna demostración de miedo ni de guerra. Cortés lo recibió con
mucho placer, y por hacerle fiesta y mostrarle cómo honraban los cristianos a
su Dios, hizo cantar la misa con solemnidad, y tañer los menestriles,
sacabuches y chirimías que llevaba. Ca-nec oyó la música y canto con mucha
atención, y miró muy bien en las cere-monias y servicio del altar, y a lo que
mostraba holgó mucho y loó grande-mente aquella música, cosa que nunca oyera.
Los clérigos y frailes en
BIBLIOTECA AYACUCHO
339
acabando el oficio divino se llegaron a él;
hiciéronle acatamiento, y luego con el faraute le predicaron. Respondió que de
grado desharía sus ídolos y que quisiera mucho saber y tener la manera cómo
debía honrar y servir al Dios que le declaraban. Pidió una cruz para poner en
su pueblo; replicaron que la cruz luego se la darían, como hacían en cada parte
que llegaban, y que presto le enviarían religiosos que lo adoctrinasen en la
ley de Cristo, pues por enton-ces no podía ser. Cortés, tras este sermón, le hizo
otra breve plática sobre la grandeza del emperador, y rogándole que fuese su
vasallo, como lo eran los de México Tenuchtitlan. Él dijo que desde allí se
daba por tal, y que había algunos años que los de Tabasco, como pasan por su
tierra a las ferias, le ha-bían dicho que llegaron a su pueblo ciertos
extranjeros como ellos, y que pe-leaban mucho porque los habían vencido en tres
batallas. Cortés entonces le dijo cómo era él mismo el capitán de aquellos
hombres que los de Tabasco decían, y porque creyesen ser así verdad, que se
informase de los de allí.
Con tanto se acabaron las pláticas y se sentaron a
comer. Canec hizo sacar de las canoas aves, peces, tortas, miel, fruta y oro,
aunque poca canti-dad, y unos sartales de caracoles coloradillos que precian
mucho. Cortés le dio una camisa, una gorra de terciopelo negro, y otras
cosillas de hierro, como decir tijeras y cuchillos; y preguntole si sabía algo
de ciertos españoles suyos que habían de estar no muy aparte de allí, en la
costa de mar. El dijo que tenía mucha noticia de ellos, porque bien cerca de donde
andaban esta-ban unos vasallos suyos, y si quería, que le daría persona que lo
llevase allí sin errar el camino, pero que era áspero y malo de pasar, por las
grandes montañas, y que se iba por mar, que no sería tan trabajo. Cortés le
agradeció las nuevas y guía, y le dijo que no eran buenas aquellas barquillas
para llevar caballos ni líos ni tanta gente, y por esto le era forzado ir por
tierra; que le diese manera cómo pasar aquella laguna. Canec dijo que a tres
leguas de allí la desecharía, y entre tanto que el ejército la andaba, se fuese
con él a la ciu-dad a ver su casa, y vería quemar los ídolos. Cortés se fue con
él muy contra la voluntad de los compañeros, y llevó consigo veinte
ballesteros. Osadía fue demasiada. Estuvo en aquel lugar con muy gran regocijo
de los vecinos, hasta la tarde; vio arder muchos ídolos; tomó guía, encomendó
que curasen un caballo que dejaba en el real, cojo de una estaca que se metió
por el pie, y saliose a dormir con el campo, que ya había bojado la laguna.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
340
CAPÍTULO CLXXXI
UN TRABAJOSO CAMINO QUE LOS NUESTROS PASARON
Otro día que partió de allí caminó por buena tierra
llana, donde alancearon los de caballo diez y ocho gamos: tantos había.
Murieron dos caballos, que como iban flacos, no pudieron sufrir la caza.
Tomaron cuatro cazadores que traían muerto un león, de que se maravillaron los
nuestros, porque les pareció gran cosa matar a un león cuatro hombrecillos con
solas flechas. Llegaron a un estero de agua, grande y hondo, a vista del cual
estaba el lugar do pensaban ir; no tenían en qué pasar; capearon a los del pueblo,
que an-daban muy revueltos por coger su ropilla y meterse al monte. Vinieron
dos hombres en una canoa, con hasta una docena de gallipavos; mas no quisie-ron
juntarse a tierra, aunque hablaban, por más que se lo rogaba, y era por
entretener allí el ejército, hasta que los suyos acabasen de alzar el hato y
es-conderse. Estando pues así, puso un español las piernas a su caballo,
metio-se por el agua, y a nado fue tras los indios; ellos, de miedo,
turbáronse, y no supieron remar. Acudieron luego otros españoles buenos
nadadores, y to-maron la canoa. Aquellos dos indios guiaron el campo por rodeo
de obra de una legua, con el cual se desechó el estero, y ansí llegaron al
lugar bien can-sados, porque habían caminado ocho leguas; no hallaron gente,
mas halla-ron bien qué comer.
Llámase aquel lugar Tleccán, y el señor, Aimohan.
Estuvo allí nuestro campo cuatro días esperando si venía el señor o los
vecinos; como no vinie-ron, basteciose para seis días, que, según las guías
decían, tantos tenían de ca-minar por despoblado. Partiose, y llegó a dormir
seis leguas de allí a una ven-ta grande, que era de Aimohan, donde hacían
jornada los mercaderes. Allí reposaron un día, por ser fiesta de la Madre de
Dios; pescaron en el río, ataja-ron una gran cantidad de sabogas y tomáronlas
todas, que allende de ser pro-vechosa fue hermosa pesquería. Otro día
anduvieron nueve leguas; en lo lla-no mataron siete venados; en el puerto, que
fue malo y duró dos leguas de subida y bajada, se desherraron los caballos, y
para herrarlos fue necesario estar allí un día entero. La otra jornada que
hicieron fue a una casería de Ca-nec, que se llamaba Axuncapuin, donde
estuvieron dos días; de Axunca-
BIBLIOTECA AYACUCHO
341
puin fueron a dormir a Taxaitetl, que es otra
casería de Aimohan; allí halla-ron mucha fruta y maíz verde, y hombres que los
encaminaron. A dos leguas que al otro día tenían andadas de buen camino,
comenzaron a subir una as-perísima sierra, que duró ocho leguas, y tardaron en
andarlas ocho días, y murieron sesenta y ocho caballos despeñados y
dejarretados, y los que esca-paron no tornaron en sí aquellos tres meses: tan
lastimados quedaron.
No cesó de llover noche ni día de todo aquel
tiempo; fue maravilla la sed que pasaron, lloviendo tanto. Quebrose la pierna
un sobrino de Cortés por tres o cuatro partes, de una caída que dio; fue harto
dificultoso sacarlo de aquellas montañas. No se acabaron aquí los duelos, que
luego dieron en un río muy grande, y con las lluvias pasadas muy crecido y
recio, tanto, que desmayaban los españoles porque no había barcas, y ya que las
hubiera no aprovecharan; hacer puente era imposible, tornar atrás era la muerte.
Cor-tés envió unos españoles el río arriba a mirar si se estrechaba o se podría
va-dear, los cuales volvieron muy alegres por haber hallado paso. No vos
po-dría contar cuántas lágrimas echaron nuestros españoles, de placer con tan
buena nueva, abrazándose unos a otros; dieron muchas gracias a Dios nuestro
Señor, que los socorría a tal angustia, y cantaron el Te Deum lauda-mus y
Letanía; y como era Semana Santa, todos se confesaron.
Era aquel paso una losa o peña llana, lisa y larga
cuanto el río ancho, con más de veinte grietas por do caía la agua sin
cubrilla; cosa que parece fábula o encantamiento como los de Amadís de Gaula,
pero es certísima. Otros lo cuentan por milagro, mas ello es obra de natura,
que dejó aquellas pasaderas para el agua, o la misma agua con su continuo curso
comió la peña de aquella manera. Cortaron pues madera, que bien cerca había
mu-chos árboles, y trajeron más de doscientas vigas y muchos bejucos, que como en
otro lugar tengo dicho, sirven de sogas, y nadie entonces haraga-neaba;
atravesaban las canales con aquellas vigas, atábanlas con bejucos, y así
hicieron puente; tardaron en hacerla y en pasar dos días; hacía tanto rui-do la
agua entre aquellos ojos de la peña, que ensordecía los hombres; los caballos y
puercos pasaron a nado por bajo de aquel lugar, que con la pro-fundidad iba la
agua mansa.
Fueron a dormir aquella noche a Teucix, una legua
de allí, que son unas buenas caserías y granja, donde se tomaron veinte
personas o más;
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
342
pero no se halló comida que bastase para todos, que
fue harto desconsuelo, porque iban muy hambrientos, como no habían comido en
ocho días sino palmitos y sus dátiles magrillos, y hierbas cocidas sin sal.
Aquellos hombres de Teucix dijeron que a una jornada el río arriba estaba un
pueblo de la pro-vincia de Tauican, que tenía muchas gallinas, cacao, maíz y
otros manteni-mientos; pero que era menester tornar a pasar el río y ellos no
sabían cómo, por venir tan crecido y furioso. Cortés les dijo que bien se podía
pasar, que le diesen una guía, y envió treinta españoles y mil indios; los
cuales fueron y vinieron muchas veces, y proveyeron el campo, aunque con mucho
trabajo. Estando allí en Teucix, envió Cortés ciertos españoles con un natural
por guía, a descubrir el camino que habían de llevar para Azuzulín, cuyo señor
se llamaba Aquiahuilquín; los cuales, a diez leguas, tomaron siete hombres y
una mujer en una casilla, que debía ser venta, y volviéronse diciendo que era
muy buen camino en comparación del pasado.
Entre aquellos siete venía uno de Acalán, mercader,
y que había mora-do mucho tiempo en Nito, donde estaban españoles, y que dijo
cómo había un año que entraron en aquella ciudad muchos barbudos a pie y a
caballo, y que la saquearon, maltratando los vecinos y mercaderes, y que
entonces se salió un hermano de Apoxpalón que tenía la factoría, y todos los
tratantes; muchos de los cuales pidieron licencia a Aquiahuilquín para poblar y
con-tratar en su tierra, y así estaba él contratando; pero que ya las ferias se
habían perdido, y los mercaderes destruido, después que aquellos extranjeros
vi-nieron. Cortés le rogó le guiase allá, y que lo gratificaría muy bien; y
como le prometió, de sí soltó los presos y pagó las otras guías que traía, y
enviolos con Dios; despachó luego cuatro de aquellos siete con dos de Teucix,
que fuesen a rogar Aquiahuilquín que no se ausentase, porque deseaba hablarle y
no hacerle mal. Cuando otro día amaneció era ido el acalanés y los otros tres;
y así, quedó sin guías. Partiose en fin, y fue a dormir a un monte cinco leguas
de allí. Dejarretose un caballo en un mal paso del camino; otro día anduvo el
ejército seis leguas; pasáronse dos ríos, y el uno con canoas, en el cual se
ahogaron dos yeguas. Aquella noche tuvieron en una aldea de hasta veinte casas
todas nuevas, que era de los mercaderes de Acalán, mas habían-se ido ellos; de
allí fueron a Azuzulín que estaba desierta y sin ninguna cosa de comer; que fue
doblar la pena.
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343
Estuvieron buscando por aquella tierra hombres de
qué tomar lengua para ir a Nito, y en ocho días no hallaron sino unas
mujercillas, que hicieron poco al propósito; antes dañaron, porque una de ellas
dijo que los llevaría a un pueblo dos jornadas lejos, donde les darían nuevas
de lo que buscaban; fueron con ella ciertos españoles, mas no hallaron a nadie
en el lugar; y así, se volvieron muy tristes, y Cortés estaba desesperado, que
no podía atinar por do tenía de ir, por más que miraba en la aguja: tan altas
montañas había delante y tan sin rastro de hombres.
Acaso atravesó un muchacho por aquellos montes, y
fue tomado: el cual los guió a unas estancias de tierra de Tuniha, que era una
provincia de las que por memoria llevaban en el dibujo. Llegó en dos días a
ellas, y des-pués los guió un viejecito, que no pudo huir, otras dos jornadas
hasta un pueblo, donde se tomaron cuatro hombres, que los demás habían huido de
miedo, y éstos dijeron cómo a dos soles de allí estaba Nito y los españoles; y
porque mejor los creyesen, fue uno y trujo dos mujeres naturales de Nito, las
cuales nombraron los españoles a quien habían servido, que fue harto descanso
para quien lo oía, según iban, porque cuidaron perecer de ham-bre en aquella
tierra de Tuniha, como no comían sino palmitos verdes o cocidos con puerco
fresco, sin sal, y aun de aquellos no se hartaban, y tarda-ban un día dos
hombres a cortar una palma y media hora a comerse el palmi-to o pimpollo que
tenía encima. Juan de Avalos, primo de Cortés, rodó con su caballo por una
sierra abajo, las postreras jornadas, y se quebró un brazo.
CAPÍTULO CLXXXII
LO QUE HIZO CORTÉS EN NITO
Cortés despachó luego que supo cuán cerca estaba de
Nito, quince españo-les con uno de aquellos cuatro hombres, que fuesen a buscar
si toparían al-gún español o indio del pueblo que más particularmente le
declarasen cu-yos y cuántos eran. Los quince españoles anduvieron hasta llegar
a un río grande; tomaron una canoa de indios mercaderes, esperaron allí dos
días y al cabo salió una barca con cuatro españoles que pescaban, y tomáronlos
sin ser sentidos del pueblo; los cuales dijeron cómo estaban allí sesenta
es-pañoles y veinte mujeres, y los más enfermos, y que eran de Gil González y
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
344
tenían por capitán a Diego Nieto, y que Cristóbal
de Olid era muerto, y Francisco de las Casas y Gil González, que le mataron,
idos a México por tierra y gobernación de Pedro de Alvarado. Dios sabe cuánto
Cortés de ta-les nuevas se holgó; escribió a Diego Nieto cómo estaba allí y
quería ir a ver-le, que tuviese algunas barcas para pasar el río, y luego
partiose. Tardó en llegar tres días, y en pasar el río con todo su ejército
cinco, porque no tenían más de un esquife y una o dos canoas.
Muy gran consolación fue para todos llegar allí
Cortés, porque los que iban no podían más andar, y los que estaban no tenían ni
salud ni qué co-mer. Érale pues forzado a Cortés proveer de comida para tanta
gente. Envió por muchas partes a buscarla; pero de ninguna la trajeron, sino
las cabezas rotas. Tornó a enviar otra vez, y tampoco trajeron sino a un
principal mer-cader con cuatro esclavos, que tomaron en la mar en unas canoas.
Así que, pues eran tantos los comedores y tan poca la vianda que había, que perecían
de hambre, y verdaderamente perecieran sino por unos pocos puercos que aún
duraban, y por las yerbas y raíces que cogían los mexicanos; mas quiso Dios,
que a nadie olvida, que aportase allí a tal tiempo un navío que traía treinta
españoles, sin los marineros, trece caballos, setenta y cinco puercos, doce
botas de carne salada y muchas cargas de maíz. Dieron todos muchas gracias a
Jesucristo, y comenzaron a sacar el vientre del malo año.
Cortés compró aquel navío con todo el bastimento;
que los caballos dueños traían; adobó luego una carabela que aquellos españoles
tenían casi perdida, y labró un bergantín de la madera de otros navíos
quebrados, y así tuvo presto aparejo para navegar si le conviniese. Espanta la
diligencia que en todas sus cosas Cortés ponía, y cuán vivo estaba siempre.
Salían desde Nito a correr la tierra después que
Cortés allí llegó, que antes ni osaban ni podían, y andando por unas partes y
otras se halló una vereda entre unas muy ásperas sierras, que iba a dar a
Lequela, buen lugar y abastado; pero como estaba diez y ocho leguas, y casi
todas de mal camino, era imposible proveerse de allí. Vista por Cortés la ruin
disposición y mane-ra de poblar allí, y por tener otro la posesión, apareja sus
tres navíos para irse a la bahía de San Andrés; envía a Gonzalo de Sandoval con
casi toda su gente y caballos, sino fueron dos, a Naco, que estaba a veinte
leguas, para apaciguar los españoles, que con las revueltas pasadas estaban
algo albo-
BIBLIOTECA AYACUCHO
345
rotados. No quiso embarcarse sin llevar más copia
de bastimentos, por si se detenía mucho en navegar; tomó cuarenta españoles y
cincuenta indios, metiose con ellos en el bergantín y en dos barcas y cuatro
canoas; entró por el río, topó un golfo o estero hasta doce leguas de circuito,
sin población ninguna, por ser las orillas anegadas. De aquel fue a otro golfo
que boja más de treinta leguas, y que por estar en asperísimas sierras era
notable cosa. Saltó en tierra con obra de treinta españoles y otros tantos
indios; fue a un pueblo, donde ni halló gente ni pan; tornose a las barcas con
el maíz y ají que pudo coger y llevar; atravesó el golfo, hubo tormenta,
perdiose una ca-noa y ahogose un indio.
Otro día entró por un riatillo, dejó allí las
barcas y el bergantín, con al-gunos españoles en guarda, y él con todos los
demás metiose a la tierra. A media legua topó un pueblo yermo y caído, que
muchos estaban ansí con la buena vecindad de los españoles; anduvo aquel día
cinco leguas por unos montes, casi siempre a gatas; salió a unas hazas, halló
tres mujeres en una casilla, y un hombre, cuya debía ser aquella labranza, el
cual lo guió a otra, donde se tomaron otras dos mujeres.
Llegó a una aldea de cuarenta casillas ruines,
aunque nuevas; había en ellas gallinas sueltas, muchas palomas, perdices y
faisanes en jaulas; maíz seco, ni sal, que era lo que buscaban, no lo había, ni
hombres tampoco; mas vinieron a la sazón dos vecinos, muy descuidados de hallar
tales huéspedes en sus casas, y fueron presos; los cuales llevaron a Cortés por
otro camino peor que el pasado; porque, demás de ser tan espeso y cerrado, se
pasaron en espacio de siete leguas cuarenta y cinco ríos, sin otros muchos
arroyos que no contaron, que todos iban a vaciar en el estero. A puesta del sol
sintie-ron los nuestros gran ruido, y temieron; preguntó Marina qué era, y
respon-dieron que fiesta y bailes. No osó Cortés entrar en el lugar; estuvo con
mu-cha guarda y cuidado; que dormir era imposible, según picaban los mosquitos,
y por la mucha agua, truenos y relámpagos que aquella noche hacía. En
amaneciendo entraron en el pueblo, tomaron durmiendo los ve-cinos, y si no
fuera por español que de miedo, o maravillado de ver tantos hombres juntos en
una casa y armados, comenzó a decir a grandes voces: “Santiago, Santiago”, se
hiciera una hermosa cabalgada; y quizá sin sangre. Todavía se prendieron quince
hombres y veinte mujeres, y se mataron otros
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
346
tantos, y entre ellos el señor; estaban echados
debajo un gran tejado sin pa-redes, donde como a casa de concejo se juntan a
danzar.
Tampoco se halló allí grano de maíz; y dos días
después que llegaron se partieron para otro lugar más grande, que decían los
presos ser muy proveí-do de todo género de bastimentos; anduvieron ocho leguas,
tomaron cier-tos leñadores y ocho cazadores; pasaron un río hasta los pechos;
iba tan re-cio, que si no se asieran de las manos unos a otros peligraran
muchos. Durmieron en el campo; mas porque hubo una recia alarma, entraron
pe-leando de noche en el pueblo; remolináronse en la plaza, y los vecinos huye-ron.
En la mañana miraron las casas, y hallaron mucho algodón hilado y por hilar,
mantas y otra ropa, mucho maíz seco y en grano, mucha sal, que era lo que
andaban buscando, porque muchos días había que no la comían. Ha-llaron mucho
cacao, ají, frijoles fruta y otras cosas de comer; gallipavos y muchos faisanes
y perdices en jaulas, y perros en caponera. Si estuvieran cerca las barcas,
bien las cargaran, y aun las naos; pero como estaban veinte leguas, y ellos muy
cansados, no podían llevar casi nada.
Este pueblo tiene los templos a la manera de
México, y es lenguaje muy diferente; pasa por él un río que cae en el golfo, y
por eso envió Cortés dos españoles con uno de aquellos ocho cazadores por guía,
a traer el bergantín y barcas por el mismo río, para las cargar de vituallas; y
entre tanto hizo él cuatro balsas grandes, que cogían a cincuenta cargas de
grano, con diez hombres. Volvieron los dos españoles, dejando las barcas muy
abajo, por la gran corriente del río; cargáronse las balsas, envió Cortés la
gente por tierra y él fuese por agua. Harto peligro corrieron hasta llegar al
bergantín, y mu-cha grita y flechas desde la orilla; pero aunque Cortés y otros
muchos fue-ron heridos, no murió ninguno. De los que venían por tierra, murió
un es-pañol casi súbitamente, de ciertas yerbas que comió por el camino. Vino
con ellos un indio de la Mar del Sur, que dijo cómo no había más de sesenta
leguas de Nito hasta su tierra, donde estaba Pedro de Alvarado, que fue ale-gre
nueva. Estaba aquella ribera de una parte y otra llena de árboles de ca-cao y
otros muchos frutales; tenía muy gentiles huertas y heredamientos; y en fin,
era de las mejores cosas que hay en aquellas partes. En un día y una noche
anduvieron las balsas veinte leguas: tan corriente va el río; y no sola-mente
hubo Cortés este maíz y vituallas que arriba digo, sino que aún tomó
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mucho más de otros pueblos, con que basteció
medianamente sus navíos.
Tardó a tornar a Nito treinta y cinco días.
CAPÍTULO CLXXXIII
CÓMO LLEGÓ CORTÉS A NACO
Embarcó Cortés luego que fue llegado cuantos
españoles allí estaban, así suyos como de Gil González, y fuese a la había de
San Andrés, donde ya le esperaban los suyos que enviara a Naco. Estuvo allí
veinte días, y por ser buen puerto, y hallarse alguna muestra de oro en aquella
comarca y ríos, pobló un lugar con cincuenta españoles, entre los cuales había
veinte de caballo. Llamole Natividad de Nuestra Señora. Hizo cabildo e iglesia;
dejó clérigo y aparejo para decir misa, y unos tirillos de artillería, y fuese
a puerto de Honduras, que por otro lado se dice Trujillo, en sus naos; y envió
por tierra, que había buen camino, aunque algunos ríos de pasar, veinte de
ca-ballo y diez ballesteros. Estuvo nueve días en la mar, por algunos
contras-tes de tiempo que tuvo. Llegó en fin allá, y en peso le sacaron del
batel los españoles de allí, que se metieron en agua mostrando mucha alegría.
Fue luego a la iglesia a dar gracias a Dios, que le había traído adonde
deseaba, y dentro en ella le dieron muy larga cuenta de todas las cosas que
habían pa-sado Gil González de Ávila y Francisco Hernández, Cristóbal de Olid,
Francisco de las Casas y el bachiller Moreno, según ya tengo relatado.
Pi-diéronle perdón por haber seguido algún tiempo a Cristóbal de Olid, no
pudiendo hacer más, y rogáronle los remediase, que estaban perdidos. Él los
perdonó, y restituyó los oficios a los que primero los tenían, y nombró de
nuevo los otros, y comenzó a edificar casas; y a dos días que llegó, envió un
español de aquellos, que entendía la lengua, y dos mexicanos, a unos pueblos
siete leguas de allí, que se llaman Chapaxina y Papaica, y que son cabezas de
provincias, a decirles cómo el capitán Cortés, que estaba en México
Tenuchtitlan, era venido allí.
Oyeron aquellos pueblos la embajada con atención, y
enviaron ciertos hombres con el español, a saber más por entero si era así
verdad. Cortés los recibió muy bien, y les dio cosillas de rescate. Habloles
con Marina, rogán-doles mucho que viniesen sus señores a verle, porque lo
deseaba en gran
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
348
manera; y que no iba allá, porque no huyesen.
Aquellos mensajeros holga-ron mucho de hablar con Marina, porque su lengua y la
mexicana no difie-ren mucho, excepto en el pronunciar; y prometieron a Cortés
de hacer su posibilidad y fuéronse. De allí a cinco días vinieron dos personas
principa-les. Trajeron aves, frutas, maíz y otras cosas de comer; y dijeron al
capitán que tomase aquello de parte de sus señores, y les dijese lo que quería
de ellos, o buscaba por aquella tierra, y que no venían ellos a verle, porque
te-nían temor de que los llevasen en los navíos, como habían hecho a otros poco
tiempo antes, que, según se supo, era el bachiller Moreno y Juan Rua-no. Cortés
respondió que no era su venida para mal, sino para mucho bien y provecho de la
tierra y de la gente, si le escuchaban y creían; y a castigar los que hurtaban
hombres y que él trabajaría de cobrar aquellos sus vecinos y restituirlos; y
que no tuviesen miedo de venir ante él los señores, y sabrían muy por entero lo
que buscaba; porque no se lo sabrían decir ellos, aunque lo oyesen; y que
solamente les dijesen cómo venía para la conservación de sus personas y
haciendas, y para salvación de sus ánimas. Con tanto, los des-pidió, y rogó le
trajesen gastadores para talar un monte. No tardaron a venir muchos hombres de
más de quince pueblos, señoríos por sí, con bastimen-tos, y a trabajar donde
les mandase.
En este tiempo despachó Cortés cuatro navíos; tres
que él traía, y otro carabelón de los que arriba nombramos. Con uno envió a la
Nueva-España los dolientes, escribió a México y a todos los concejos su viaje,
y cómo cum-plía al servicio del emperador detenerse por aquellas partes algunos
días. Encargoles mucho el gobierno y quietud de todos. Mandó a Juan de Avalos,
su primo, que iba por capitán de aquel navío, que tomase de camino sesenta
españoles que estaban en Acuzamil, que dejó allí aislados un Valenzuela, cuando
robó el Triunfo de la Cruz, que fundó Cristóbal de Olid. Este navío tomó los
españoles de Acuzamil, y dio al través en Cuba, en la punta que lla-man de San
Antón. Ahogáronse Juan de Avalos, dos frailes franciscanos y más de otras
treinta personas. De los que escaparon la fortuna y se metieron la tierra
adentro, no quedaron vivos sino quince, que aportaron a Guani-guanigo, y
aquellos con comer yerba. De suerte que murieron ochenta espa-ñoles, sin
algunos indios, en este viaje. Al bergantín envió a la isla Española con cartas
para los oidores, sobre su venida allí y sobre lo de Cristóbal de
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Olid, y para que mandase al bachiller Moreno volver
los indios que llevó por esclavos de Papaica y Chapaxina. Los otros envió a
Jamaica y a la Trinidad de Cuba por carne y ropa y pan; pero tampoco hubieron
buen viaje, aunque no se perdieron.
CAPÍTULO CLXXXIV
LO QUE HIZO CORTÉS CUANDO SUPO
LAS REVUELTAS DE MÉXICO
Los oidores de Santo Domingo, teniendo cada día
nueva sorda que Cortés era muerto, enviaron a saber si era cierto, en un navío
que venía a la Nueva-España, de mercaderes, con treinta y dos caballos, muchos
aderezos de la jineta y otras muchas cosas para vender. El cual navío, sabiendo
que era vivo y estaba en Honduras, que así se lo dijeran los del bergantín en
la Trini-dad de Cuba, dejó la derrota de Medellín, y vínose a Trujillo,
creyendo ven-der mejor su mercadería.
Con este navío escribió el licenciado Alonso Zuazo
a Cortés cómo en México había muy grandes males, y bandos y guerra entre los
mismos espa-ñoles y oficiales del rey que dejó por sus tenientes, y cómo
Gonzalo de Sala-zar y Peralmíndez se habían hecho pregonar por gobernadores, y
echado fama que él era muerto; y otros le habían hecho las honras por tal. Que
ha-bían prendido al tesorero Alonso de Estrada y al contador Rodrigo de
Al-bornoz, ahorcado a Rodrigo de Paz y habían puesto otros alcaldes y al-guaciles;
y que le enviaban preso a Cuba, a tener residencia del tiempo que allí fue
juez, y que los indios estaban para levantarse; en fin, le relató cuanto en
aquella ciudad pasaba. Cuando estas cartas leía Cortés, reventaba de pesar y
dolor, y dijo: “Al ruin ponedle en mando, y veréis quién es; yo me lo merezco,
que hice honra a desconocidos, y no a los míos, que me siguieron toda su vida”.
Retrájose a su cámara a pensar, y aun a llorar
aquel triste caso y no se determinaba si era mejor ir o enviar, por no dejar
perder aquella buena tie-rra. Hizo hacer tres días procesión y decir misas del
Espíritu Santo, para que le encaminase lo mejor y que más servicio de Dios
fuese. Al fin pospuso todo lo otro por ir a México a remediar aquel mal tan
grande que muy eno-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
350
jado estaba de los que lo habían revuelto. Dejó
allí en Trujillo a Hernando de Saavedra, primo suyo, con cincuenta peones
españoles y treinta y cinco de caballo. Envió a decir a Gonzalo de Sandoval que
se fuese de Naco a México por tierra, con los de su compañía, por el camino que
llevó Francis-co de las Casas, que era, yendo a la Mar del Sur, a
Quahutemallan, camino hecho, llano y seguro; y embarcose él en aquel navío que
le trajo tan tristes nuevas, para ir a Medellín.
Estando sobre un ancla no más, muy a pique de
partir, nos hizo tiempo. Volvió al pueblo por apaciguar cierta revolución entre
los vecinos. Allanó-los con castigar los revoltosos, y pasados dos días,
tornose a la nao. Alzó án-coras y velas, y navegando con buen tiempo, quebrose
la entena mayor, no dos leguas del puerto; fuele forzado tornar donde partió.
Estuvo tres días en adobarla, y salió del puerto con viento muy próspero.
Anduvo cincuenta le-guas en dos noches y un día; recreció un norte tan recio y
contrario, que rom-pió el mástil del trinquete por los tamboretes. Convínole,
aunque pasó tra-bajo y peligro, volver al mismo puerto. Tornó a decir misas y
hacer procesiones, y asentósele que Dios no quería que dejase aquella tierra ni
que fuese a México, pues tantas veces, saliendo con buen tiempo, se había
vuelto al puerto. Así que determinó de quedarse, y enviar a Martín Dorantes, su
la-cayo, en aquel mismo navío, que había de ir a Pánuco con cartas para los que
le pareció, y muy bastantes poderes para Francisco de las Casas, con
revoca-ción de todos cuantos poderes hasta allí había dado y hecho de la
goberna-ción. Envió asimismo algunos caballeros y otras personas principales de
México, para crédito que no era muerto, como publicaban. El Martín Do-rantes,
como en otro lugar dije, llegó a México, aunque por muchos peli-gros, y a
tiempo que Francisco de las Casas era ido preso a España; pero bas-tó su
llegada a que los de la ciudad creyesen que Cortés estaba vivo.
CAPÍTULO CLXXXV
LA GUERRA DE PAPAICA
Despachado y partido aquel navío, mandó Cortés a
Hernando de Saavedra que entrase por la tierra a ver qué cosa era, con treinta
compañeros a pie y otros tantos a caballo. El cual fue, y anduvo hasta treinta
y cinco leguas por
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351
un valle de muy buena tierra y pueblos abundosos de
toda cosa de comer y pastos; y sin reñir con nadie atrajo muchos lugares a la
amistad de cristia-nos, y vinieron veinte señores ante Cortés a ofrecérsele por
amigos, y cada día traían a Trujillo mantenimientos, dados y trocados. Los
señores de Pa-paica y Chapaxina estaban rebelados, aunque enviaban algunos de
sus pue-blos. Cortés los requirió muchas veces, asegurándoles las vidas y
haciendas. No quisieron escuchar. Hubo a las manos por buenas maneras que tuvo,
tres señores de Chapaxina; echoles grillos. Dioles cierto término, dentro del
cual poblasen sus pueblos, con apercibimiento que no lo haciendo se-rían bien
castigados. Ellos mandaron luego venir toda la gente y ropa, y él los soltó.
Llamábanse Chicueilt, Potlo y Mendereto.
Los de Papaica ni sus señores no quisieron venir ni
obedecer. Envió allá una compañía de españoles a pie y a caballo, y muchos
indios, que sal-tearon una noche a Pizacura, uno de los dos señores de aquella
ciudad y prendiéronle; el cual, preguntado por qué había sido malo e
inobediente, dijo que ya se hubiera él venido a dar, sino que Mazatl era más
parte con la comunidad, y no consentía en la paz ni amistad de cristianos; pero
que lo soltasen, y lo espiaría para que le prendiesen y ahorcasen; y que si lo
hacían luego, la tierra estaría pacificada y poblada; mas no fue así, aunque le
solta-ron y se prendió a Mazatl; a quien fue dicho lo que Pizacura decía, y
man-dado que dentro de un cierto plazo hiciese venir de la sierra sus vasallos
a poblar a Papaica, y como no se pudiese acabar con él, trajéronlo a Trujillo.
Procesaron contra él y sentenciose a muerte, la cual se ejecutó en su propia
persona, que fue gran miedo para los otros señores y pueblos; porque lue-go
dejaron los montes, y se vinieron a sus casas con sus hijos, mujeres y
ha-ciendas, sino fue Papaica, que jamás quiso asegurarse después que Pizacu-ra
estuvo suelto; contra el cual se hizo proceso, porque estorbaba la paz, y
contra ellos porque no volvían a su ciudad; y así, se les hizo guerra, habién-dolos
primero requerido con paz y protestado justicia. Prendieron en ella obra de
cien personas, que fueron dados por esclavos. Prendiose Pizacura, y aunque
estaba condenado a muerte, no le mataron, sino tuviéronle preso con otros dos
señorcetes y con un mancebo que, según pareció, era el se-ñor verdadero, y no
Mazatl ni Pizacura, que, con nombre de curadores, eran usurpadores.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
352
A esta sazón vinieron a Trujillo veinte españoles
de Naco, de los de Gonzalo de Sandoval y de Francisco Hernández, y dijeron cómo
había lle-gado allí un capitán con cuarenta compañeros, de parte del Francisco
Her-nández, teniente de Pedrarias, y que venía al puerto o bahía de San Andrés,
do estaba la villa de la Natividad de Nuestra Señora, en busca del bachiller
Moreno, que escribiera a Francisco Hernández que tuviese la gente, tierra y
gobierno por la chancillería, y no por Pedrarias; y a esta causa hubo moti-nes
entre aquellos españoles, y pensaban que Francisco Hernández se alza-ba contra
el gobernador Pedrarias; aunque todo pudo ser, que muy origi-nario es en Indias
los tenientes quedarse por propios. Cortés escribió a Francisco Hernández
rogándole tuviese aquella tierra y gente que le fue encomendada, por Pedrarias,
y no por otro; con tanto, que tuviese por el rey, y enviole cuatro acémilas
cargadas de herraje, y algunas herramientas para trabajar en minas; lo cual fue
una de las causas porque Pedrarias dego-lló después al Francisco Hernández.
Idos éstos, vinieron unos de la provincia de
Huictlato, que es sesenta y cinco leguas de Trujillo, a quejarse a Cortés de
que ciertos españoles les to-maban sus mujeres, hacienda y hombres de trabajo,
y les hacían otras mu-chas demasías; por tanto, que le suplicaban los
remediase, pues remediaba a todos en semejantes males. Cortés, que ya de esto
tenía aviso de Hernando de Saavedra, que estaba pacificando la provincia de
Papaica, despachó un alguacil y dos indios de aquellos querellantes a Gabriel
de Rojas, que así se llamaba el capitán de Francisco Hernández, con mandamiento
y cartas que dejase aquella tierra de Huictlato en paz, y volviese las personas
que había tomado. El Rojas, o porque estaba cerca Fernando Cortés, o porque le
lla-maba Francisco Hernández, se volvió luego adonde vino; que, según pare-ció,
Francisco Hernández estaba en aprieto con un motín que hacían con-tra él los
capitanes Sosa y Andrés Garabito, porque se quería quitar de Pedrarias.
Considerando pues estas disensiones y bullicios entre españoles, y que aquella
provincia de Nicaragua era muy rica y estaba cerca, quería ir allá Fernando
Cortés, y comenzó de aderezarse y aderezar el camino por una sierra muy áspera.
BIBLIOTECA AYACUCHO
353
CAPÍTULO CLXXXVI
LO QUE AVINO A CORTÉS VOLVIENDO
A LA NUEVA-ESPAÑA
Estando en esto llegó fray Diego de Altamirano,
primo de Cortés, fraile franciscano, hombre de negocios y honra; el cual dijo a
Cortés cómo venía a llevarle a México para remediar el fuego que andaba entre
españoles; por tanto, que luego a la hora se partiese. Contole la muerte de
Rodrigo de Paz, la prisión de Francisco de las Casas, los azotes de Juana de
Mansilla, el saco de su casa, la nigromancia del factor Salazar, la ida de Juan
de la Peña a Es-paña con dineros para el rey y cartas para Cobos; y en fin, le
dijo todo lo que pasaba, y le hizo llamar señoría, y poner estrado, dosel y
salva, que hasta allí no lo había hecho, diciendo que por no tratarse como
gobernador, sino lla-namente, le tenían muchos en poco. Cortés recibió
grandísima pena y tris-teza con aquellas nuevas tan ciertas; pero descansaba
platicando con fray Diego, que lo quería mucho y era cuerdo y aun animoso. Y
como tenía mu-chos indios trabajadores para aderezar el camino de Nicaragua,
hizo que fuesen con algunos españoles a adobar el de Quahutemallan, proponiendo
de ir por allí la vía que hizo Francisco de las Casas. Envió mensajeros por
todas las ciudades que están en el camino, haciéndoles saber cómo iba, y
rogándoles tuviesen qué comer y abiertos los caminos. Todas ellas se holga-ron
mucho que por su tierra pasase Malinxe, que así le llamaban, porque le tenían
en grandísima estimación por haber ganado a México Tenuchtitlan; y así,
aderezaron los caminos hasta el valle de Ulancho y las sierras de Chin-dón, que
son muy fragosas, y todos los caciques estaban aparejados y pro-veídos para
hospedarle y festejar en sus pueblos y tierras.
Mas empero a importunación de fray Diego Altamirano
dejó aquel lar-go viaje, y aun por estar escarmentado del que hizo desde la
villa del Espíri-tu Santo hasta la villa de Trujillo, donde estaba, y acordó de
ir por mar a la Nueva-España. Y luego comenzó a bastecer dos navíos, y a
proveer lo que convenía a los nuevos pueblos de Trujillo y de la Natividad. En
este medio tiempo llegaron allí ciertos hombres de Huitila y otras islas, que
llaman Guanajos, y que están entre puerto de Caballos y puerto de Honduras,
aun-que bien desviadas de la costa, a dar las gracias a Cortés de una buena
obra
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
354
que les había hecho, y a pedirle un español para
cada isla, diciendo que así estarían seguros. Él les dio sendas cartas de
amparo; y porque no podía de-tenerse, ni tenía los españoles que demandaban,
encargó a Hernando de Saavedra, que dejaba por su teniente en Trujillo, que se
los enviase cuando hubiese acabado la guerra de Papaica. La causa de esto fue
que en Cuba y Jamaica armaron y fueron a cautivar de aquellos isleños para
trabajar en minas, azúcar y labranza, y para pastores. Cortés lo supo, y envió
allá una carabela con mucha gente, por si fuesen menester las manos, a rogar al
capi-tán de aquella nao, que se llamaba Rodrigo de Merlo, no hiciese presa de
aquellos mezquinos; y si la hubiese hecho, que la dejase. Rodrigo de Merlo, por
lo que Cortés le prometió, se vino a Trujillo a vivir, y los indios fueron
restituidos a sus islas.
Tornando pues a Cortés digo que, como tuvo los
navíos a punto, metió en ellos veinte españoles y otros tantos caballos, muchos
mexicanos, y a Pi-zacura con los otros señores sus comarcanos, porque viesen a
México y la obediencia que tenían a los españoles, para que vueltos, hiciesen
ellos así; mas el Pizacura se murió antes de volver. Partió Cortés del puerto
de Truji-llo a 25 de abril de 1526. Trajo buen tiempo hasta casi doblar toda la
punta de Yucatán y pasar los Alacranes. Diole luego un muy recio vendaval,
amai-nó por no tornar atrás; pero reforzaba cada hora, como suele hacer; tanto,
que deshacía los navíos; y así, le fue forzado ir a la Habana de Cuba, donde
estuvo diez días holgándose con los del pueblo, que eran sus conocidos del
tiempo que él moró en aquella isla, y recorriendo las naves, que traían algu-na
necesidad.
Allí supo, de unos navíos que venían de la
Nueva-España, cómo México estaba más en paz después de la prisión del actor
Salazar y de Peralmíndez, que no fue para él poco contentamiento. Partido de la
Habana, llegó en ocho días a Chalchicoeca con muy buen viento que tuvo. No pudo
entrar en el puerto a causa de mudarse el tiempo, o por correr mucho viento
terral. Sur-gió dos leguas en la mar; salió luego a tierra en los bateles; fue
a pie a Mede-llín, que estaba cinco leguas; entrose en la iglesia a hacer oración,
dando gra-cias a Dios, que le había tornado vivo a la Nueva-España. Luego lo
supieron los de la villa, que estaban durmiendo; levantáronse por verle, a gran
prisa y placer, que no lo creían, y muchos lo desconocieron, como iba enfermo
de
BIBLIOTECA AYACUCHO
355
calenturas y maltratado de la mar; y a la verdad él
había trabajado y padecido mucho, así en el cuerpo como en el espíritu. Caminó
sin camino más de qui-nientas leguas, aunque no hay sino cuatrocientas de
Trujillo a México por Quahutemallan y Tecoantepec, que es el derecho y usado
camino. Comió muchos meses hierbas solas cocidas sin sal, bebió malas aguas; y
así, murie-ron muchos españoles, y aun indios, entre los cuales fue
Couanacochcín. Podrá ser que a muchos no placerá la lectura de este viaje de Cortés,
porque no tiene novedades que deleiten, sino trabajos que espanten.
CAPÍTULO CLXXXVII
LAS ALEGRÍAS QUE HICIERON EN MÉXICO
POR CORTÉS
Luego que Cortés llegó a Medellín, despachó
mensajeros a todos los pue-blos, y a México principalmente, haciéndoles saber
su llegada; y en todos, cuando se supo, hicieron alegrías. Los indios de
aquella costa y comarca vinieron luego a verle cargados de gallipavos, frutas y
cacao, que comiese, y le traían plumajes, mantas, plata y oro, ofreciéndole su
ayuda si quería matar los que le habían enojado. Él les agradecía los presentes
y amor, y les decía que no había de matar a nadie, porque el emperador los castiga-ría.
Estuvo en Medellín once o doce días, y tardó en llegar a México quin-ce, en
Cempoallan le recibieron muy bien. A do quiera que llegaba, aun-que era
despoblado lo más, hallaba bien qué comer y beber. Saliéronle al camino indios
de más de ochenta leguas lejos, con presentes, ofrecimien-tos, y aun quejas,
mostrando grandísimo contento que fuese venido, y limpiábanle el camino,
echando flores tan querido era; y muchos le llora-ban los males que les habían
hecho en su ausencia, como fueron los de Huaxacac, pidiendo venganza.
Rodrigo de Albornoz, que estaba en Tezcuco, fue una
jornada a recibir-le con muchos españoles, y en aquella ciudad fue
alegrísimamente recibido. Entró en México con el mayor regocijo y alegría que
podía ser, porque al re-cibimiento salieron todos los españoles con Alonso de
Estrada fuera de la ciudad, en ordenanza de guerra; y todos los indios, como si
él fuera Motec-zuma, salieron a verle. No cabían por las calles. Hicieron
alegrías grandísi-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
356
mas y muchas danzas y bailes; tañían atabales,
bocinas de caracol, trompetas y muchas flautas, y no cesaron aquel día ni la
noche de andar por el pueblo y hacer hogueras y iluminarias. Cortés no cabía de
placer viendo el contento de los indios, el triunfo que le hacían, y el sosiego
y paz de la ciudad. Fuese derecho a San Francisco a posar y a dar gracias a
Dios, que de tantos trabajos y peligros lo había traído a tanto descanso y
seguridad.
CAPÍTULO CLXXXVIII
DE CÓMO ENVIÓ EL EMPERADOR A TOMAR RESIDENCIA A
CORTÉS
Era Cortés el más nombrado entonces de nuestra
nación; pero infamábanle muchos, en especial Pánfilo de Narváez, que andaba en
corte acusándole; y como había mucho que no tenían los del Consejo cartas
suyas, sospecha-ban, y aun creían cualquier mal; y así, proveyeron de
gobernador de México al almirante don Diego Colón, que pleiteaba con el rey, y
pretendía aquel gobierno y otros muchos, con que llevase o enviase mil hombres
a su costa para prender a Cortés. Proveyeron asimismo por gobernador de Pánuco
a Nuño de Guzmán, y de Honduras a Simón de Alcazaba, portugués. Ayudó mucho a
esto Juan de Ribera, secretario y procurador de Cortés, que como riñó con
Martín Cortés sobre los cuatro mil ducados que le trajo, y no se los daba,
decía mil males de su amo, y era muy creído. Mas comió una noche un torrezno de
Cadahalso, y murió de ello andando en aquellos tratos.
No pudieron ser hechas tan secretas las
provisiones, ni los proveídos supieron guardar el secreto cual convenía, que no
se rugiese por la corte, que a la sazón estaba en Toledo; y a muchos que
sentían bien de Cortés les parecía mal. Y el comendador Pedro de Piña lo dijo
al licenciado Núñez, y fray Pedro Melgarejo lo descubrió también posando en
casa de Gonzalo Hurtado, a la Trinidad; así que luego reclamaron de las
provisiones, supli-cando que aguardasen algunos días a ver qué vendría de
México. El duque de Béjar, don Álvaro de Zúñiga, favoreció mucho el partido de
Fernando Cortés, porque ya le tenía casado con doña Juana de Zúñiga, su
sobrina. Abonole, fiole y aplacó al emperador. Llegó a Sevilla, estando en
esto, Die-go de Soto con setenta mil castellanos, y con el tiro de plata que,
como cosa
BIBLIOTECA AYACUCHO
357
nueva y rica, hinchió toda España y otros reinos de
fama. Este oro fue, para decir verdad, quien hizo que no le quitasen la
gobernación, sino que le en-viasen un juez de residencia. Llegado, como digo,
aquel presente tan rico, y acordado de enviar juez que tomase residencia a
Cortés, buscaron una per-sona de letras y linaje, que supiese hacer el mandado
y que le tuviesen respe-to, porque soldados son atrevidos; y como estaban en
Toledo, tuvieron no-ticia y crédito del licenciado Luis Ponce de León, teniente
y pariente de don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete y corregidor de aquella
ciudad; el cual, aunque mancebo, tenía muy buena fama, y enviáronle a la
Nueva-Es-paña con bastantes poderes y confianza.
Él, por no errar, y acertarlo todo mejor, llevó
consigo al bachiller Mar-cos de Aguilar, que había estado algunos años en la
isla de Santo Domingo, alcalde mayor por el almirante don Diego. Partiose pues
el licenciado Luis Ponce, y con buena navegación que tuvo, llegó a la
Villarrica poco después que Cortés partiera de Medellín. Simón de Cuenca,
teniente de aquella vi-lla, avisó luego a Cortés de cómo eran llegados allí
ciertos pesquisidores y jueces del rey a tomarle residencia; y fue con tan
buena diligencia, que llega-ron las cartas a México en dos días, por postas que
había puestas de hom-bres. Cortés estaba en San Francisco confesado y comulgado
cuando reci-bió este despacho, y ya había hecho otros alcaldes, y prendido a
Gonzalo de Ocampo y a otros bandoleros y valedores del factor, y hacía pesquisa
secre-tamente de todo lo pasado. Dos o tres días después, que fue San Juan,
estan-do corriendo toros en México, le llegó otro mensajero con cartas del
licen-ciado Luis Ponce, y con una del emperador, por las cuales supo a qué
venía. Despachó luego con respuesta, y para saber por cuál camino quería ir a
México, por el poblado o por el otro, que era más corto.
El licenciado no replicó, y quería pasar allí
algunos días, que venía muy fatigado de la mar, como hombre que hasta entonces
no la había pasado. Mas porque le dieron a entender que Cortés haría justicia
del factor Salazar y de Peralmíndez y de los otros presos que había, si se
tardaba, y que no lo recibiría, sino que saldría a le prender en el camino, que
para eso quería sa-ber por dónde había de ir, tomó la posta con algunos de los
caballeros y frai-les que con él iban, y el camino de los pueblos, aunque era
más largo, por-que no le hiciesen alguna fuerza o afrenta: tanto pueden las
chismerías.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
358
Anduvo tan bien, que llegó en cinco días a
Iztacpalapan, y que no dio lugar a los criados de Cortés, que habían ido por
entrambos caminos, que le tu-viesen buen recaudo y aparejo de mesa y posada.
En Iztacpalapan se le hizo un banquete con gran
fiesta y alegrías. Tras la comida revesó el licenciado y casi todos los que con
él iban, cuanto tenía en el cuerpo; y juntamente con el vómito tuvieron
cámaras. Pensaron que fuesen hierbas, y así lo decía fray Tomás Ortiz, de la
orden de Santo Domingo, afir-mando que las hierbas iban en unas natas, y que el
licenciado le daba el plato de ellas; y Andrés de Tapia, que servía de
mestresala, dijo: “Otras traerán para vuestra reverencia”; y respondió el
fraile: “Ni de esas ni de otras”. Tam-bién se tocó esta malicia en las coplas
del Provincial, de que ya hice mención, y se acusó en residencia; pero ello fue
mentira, según después diremos; por-que el comendador Proaño, que iba por
alguacil mayor, comió de cuanto comió el licenciado, y en el mismo plato de las
natas o requesones, y ni revesó ni le hizo mal. Creo que como venían calorosos,
cansados y hambrientos, que comieron demasiado y bebieron asaz frío, que les
revolvió el estómago y les causó aquellas cámaras y vómito. Daban allí al
licenciado Ponce un buen presente de ricas cosas por parte de Cortés; mas él no
quiso tomar.
Salió Cortés a recibirle con Pedro de Alvarado,
Gonzalo de Sandoval, Alonso de Estrada, Rodrigo de Albornoz, y con todo el
regimiento y caba-llería de México. Tomole a la mano derecha hasta San
Francisco, donde oyeron misa, que fue la entrada de mañana. Díjole que
presentase las provi-siones que llevaba, y como respondió que otro día, llevole
a su casa y apo-sentole muy bien. Otro día siguiente se juntaron en la iglesia
mayor el cabil-do y todos los vecinos, y por auto de escribano presentó Luis
Ponce las provisiones, tomó las varas a los alcaldes y alguaciles, y luego se
las tornó a todos; y dijo con mucha crianza: “Ésta del señor gobernador quiero
yo para mí”. Cortés y todos los del cabildo besaron las letras del emperador,
pusié-ronlas sobre sus cabezas, y dijeron que cumplirían lo en ellas contenido,
como mandamiento de su rey y señor, y tomáronlo por testimonio. Luego tras esto
se pregonó la residencia de Cortés, para que viniese querellando quien
estuviese agraviado y quejoso de él. Entonces viérades el bullir y ne-gociar de
todos y de cada uno por sí, unos temiendo, otros esperando, y otros cizañando.
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CAPÍTULO CLXXXIX
LA MUERTE DE LUIS PONCE
Fue un día el licenciado Ponce a oír misa a San
Francisco, y volvió a la posa-da con una gran calentura, que realmente fue
modorra. Echose en la cama, estuvo tres días fuera de seso, y siempre le crecía
el calor y el sueño. Murió al séptimo; recibió los sacramentos, hizo
testamento, y dejó por sustituto al bachiller Marcos de Aguilar. Cortés hizo
tan gran llanto como si fuera su padre. Enterrole en San Francisco con mucha
pompa, luto y cera. Los que no querían bien a Cortés publicaban que murió de
ponzoña. Mas el licen-ciado Pedro López y el doctor Ojeda, que lo curaron,
llevaron los términos y cura de la modorra; y así, juraron que había muerto de
ella, y trajeron por consecuencia cómo la tarde antes que muriese hizo que le
tañesen una baja; y él así, echado como estaba en la cama, la anduvo con los
pies señalando los compases y contrapases, cosa que muchos la vieron; y que
luego perdió la habla; y aquella noche espiró antes del alba. Pocos mueren
bailando como este letrado.
De cien personas que embarcaron con el licenciado
Luis Ponce de León, las más murieron en la mar y en el camino, y a muy pocos
días que lle-garon a la tierra; y de doce frailes dominicos, los dos. Sospecha
se tuvo que fuese pestilencia, que pegaron el mal a otros que allí estaban; del
cual mu-rieron. Fueron con él muchos hidalgos y caballeros, y con cargo del
rey, Proaño, que arriba nombré, y el capitán Salazar de la Pedrada por alcaide
de México. Pasó fray Tomás Ortiz con doce frailes dominicos por provin-cial,
que había estado en la Boca del Drago siete años; el cual para religioso era
escandaloso, porque dijo dos cosas harto malas: la una fue afirmar que Cortés
dio hierbas al licenciado Ponce, y la otra decir que Luis Ponce lleva-ba
mandamiento expreso del emperador para cortar a Cortés la cabeza en tomándole
la vara; y de esto avisó al mismo Cortés antes de llegar a México con Juan
Xuárez, con Francisco de Orduña y con Alonso Valiente; y llega-do, se lo dijo
en San Francisco en presencia de fray Martín de Valencia y fray Toribio y otros
religiosos; pero Cortés fue muy cuerdo en no lo creer. Que-ría el fraile con
esto ganar con el uno gracias y con el otro blancas. Mas Pon-ce se murió y
Cortés no le dio nada.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
360
CAPÍTULO CXC
CÓMO ALONSO DE ESTRADA DESTERRÓ
DE MÉXICO A CORTÉS
Muerto que fue Luis Ponce de León, comenzó el
bachiller Marcos de Agui-lar a gobernar y proceder en la residencia de Cortés;
unos holgaban de ello, otros no; aquellos por destruir a Cortés, éstos por
conservarle, diciendo que no valían nada los poderes, y por consiguiente lo que
hiciese, pues que Luis Ponce no los pudo dar; y así, el cabildo de México y los
procuradores de las otras villas que allí estaban, apelaron y contradijeron
aquella gober-nación, y requirieron a Cortés en forma de derecho, ante escribano,
que to-mase el gobierno y justicia como antes lo tenía, hasta que su majestad
otra cosa mandase. Mas él no lo quiso hacer, confiado en su limpieza, y porque
el emperador entendiese de veras sus servicios y lealtad, antes defendía y
sostuvo al Marcos de Aguilar en el cargo; y le requirió procediese la
residen-cia contra él. Pero el bachiller, aunque hacía justicia, llevaba las
cosas del gobernador al amor del agua. El cabildo, ya que más no pudo, le dio
por acompañado a Gonzalo de Sandoval, porque mirase las cosas de Cortés, que
era su muy gran amigo. Mas Sandoval no quiso serlo, con acuerdo del mismo
Cortés.
Gobernó Marcos de Aguilar con muchos trabajos y
pesadumbre, no sé si fue por sus dolencias, o malicias de otros, o por hallarse
engolfado en muy alta mar de negocios. Púsose muy flaco, sobrevínole calentura,
y como tenía las bubas, mal suyo viejo, murió dos meses después, o poco más que
Luis Ponce de León; y dos antes que no él, murió también un hijo suyo, que
llegó malo del camino. Nombró y sustituyó por gobernador y justicia mayor al
tesorero Alonso de Estrada; que Albornoz era ido a España, y los otros dos
oficiales del rey presos estaban; ya entonces el cabildo y casi todos
reproba-ron la sustitución, que les parecía juego de entre compadres; y
diéronle por acompañado a Gonzalo de Sandoval, y que Cortés tuviese cargo de
los in-dios y de las guerras. Duró esto algunos meses.
El emperador, con parecer de su Consejo de Indias,
y por relación de
Rodrigo de Albornoz, que partió de México, muerto
Luis Ponce y enfermo
Marcos de Aguilar, mandó y proveyó que gobernase
quien hubiese nom-
BIBLIOTECA AYACUCHO
361
brado el bachiller Aguilar, hasta que su voluntad
otra fuese; y así, gober-nando solo Alonso de Estrada, no tuvo aquel respeto
que se debía a la per-sona de Cortés por haber ganado aquella ciudad y
conquistado tantas tie-rras, ni el que él le debía por haberle hecho gobernador
al principio, porque pensaba que por ser regidor de México, tesorero del rey, y
tener aquel ofi-cio, aunque de prestado, era su igual y le podía preceder y
mandar, adminis-trando justicia derechamente; y así, usaba con él muchos descomedimien-tos,
palabras y cosas que ni al uno ni al otro estaban bien. De manera pues, que
hubo entre ellos muchas cosquillas, y se enconaron a que hubiera de ser peor
que la pasada. El Alonso de Estrada, conociendo que si se tomaba con Cortés
había de poder menos, hízose amigo de Gonzalo de Salazar y de Pe-ralmíndez,
dándoles esperanza de soltarlos; y con estos era más parte que primero, aunque
con bandos, que no convienen al buen juez, y con fealdad de la persona, que
tanto se preciaba, del Rey Católico.
Sucedió que ciertos criados de Cortés acuchillaron
un capitán sobre palabras. Prendiose uno de ellos, y luego aquel mismo día le
hizo Estrada cortar la mano derecha, y tornar a la cárcel a purgar las costas,
y por hacer aquella befa de Cortés, su amo. Desterró asimismo a Cortés porque
no le quitase el preso; cosa escandalosa, y que estuvo México para
ensangrentar-se aquel día, y aun perderse. Mas Cortés lo remedió todo con salir
de la ciu-dad a cumplir su destierro; y si tuviera ánimo de tirano, como le achacaban,
¿qué mejor ocasión ni tiempo quería para serlo que entonces, pues casi to-dos
los españoles y todos los indios tomaban armas en su favor y defensa? Y no digo
aquella vez, mas otras muchas pudiera alzarse con la tierra; empero ni quiso,
ni creo que lo pensó, según por obra lo mostró; y cierto se puede preciar de
muy leal a su rey, que si no lo fuera, castigáranlo. Puesto caso que sus muchos
y grandes émulos le acusaban siempre de desleal, y por otras más infames
palabras, de tirano y de traidor, para indignar al emperador contra él; y
pensaban ser creídos, con tener favor en corte y aun en Consejo, según en otros
lugares he dicho, y con que cada día perdían muchos espa-ñoles de Indias la
vergüenza a su rey. Empero Fernando Cortés siempre traía en la boca estos dos
refranes viejos: “El rey sea mi gallo”, y “Por tu ley y por tu rey morirás”. El
mismo día que cortaron la mano al español, llegó a Tezcuco fray Julián Garcés,
de la orden dominica, que iba hecho obispo de
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
362
Tlaxcallan, cuya diócesis se dijo Carolense, por
honra del emperador Car-los, nuestro señor y rey. Supo el fuego que se encendía
entre españoles, me-tiose en una canoa con su compañero fray Diego de Loaisa, y
en cuatro ho-ras llegó a México; donde le salieron a recibir todos los clérigos
y frailes de la ciudad, con muchas cruces, porque era el primer obispo que allí
entraba.
Entrevino luego entre Cortés y Estrada, y con su
autoridad y prudencia los hizo amigos, y así cesaron los bandos. Poco después
vinieron cédulas del emperador para que soltasen al factor Salazar y al veedor
Peralmíndez, y les volviesen sus oficios y hacienda; de que no poco se afligió
Cortés, que quisiera alguna enmienda de la muerte de su primo Rodrigo de Paz, y
que le restituyeran lo que le habían tomado de su casa. Pero quien a su enemigo
popa, a sus manos muere, y no miró que perro muerto no muerde. Él pudie-ra,
antes que llegara el licenciado Luis Ponce de León, degollarlos, como algunos
se lo aconsejaron, que en su mano fue; mas dejolo por evitar el de-cir, por no
ser juez en su propio caso, por ser hombre de ánimo, por estar clarísima la
culpa que aquellos tenían de haber muerto a sin razón a Rodri-go de Paz;
confiado que cualquiera juez o gobernador que viniese los casti-garía de
muerte, por la guerra civil que movieron e injusticias que hicieron, y aun
porque tenían, como dicen, el alcalde por suegro; que eran criados del
secretario Cobos, y no lo quería enojar porque no le dañase en otros sus
negocios que le importaban mucho más.
CAPÍTULO CXCI
CÓMO ENVIÓ CORTÉS NAOS A BUSCAR
LA ESPECIERÍA
Mandaba el emperador a Cortés por la carta hecha en
Granada a 20 de junio de 1526, que enviase los navíos que tenía en Zacatula a
buscar la nao Trini-dad y a fray García de Loaisa, comendador de San Juan, que
era ido al Malu-co, y a Gaboto, y a descubrir camino para ir a las islas de la
Especiería desde la Nueva-España por el Mar del Sur, según él se lo había
prometido por sus cartas, diciendo que enviaría o iría, si su majestad fuese
servido, con tal ar-mada que compitiese con cualquiera potencia de príncipe,
aunque fuese del rey de Portugal, que en aquellas islas hubiese, y que las
ganaría, no sólo para
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rescatar en ellas las especias y otras mercaderías
ricas que tienen, mas aun para cogerlas y traerlas por propias, suyas; y que
haría fortalezas y pueblos de cristianos que sojuzgasen todas aquellas islas y
tierras que caen en su real conquista, conforme a la demarcación, como eran
Gilolo, Borney, entram-bas Javas, Zamotra, Malaca y toda la costa de la China;
con tanto, que le con-cediese ciertos capítulos y mercedes. Así que, habiendo
Cortés ofrecídose a esto, y queriéndolo el emperador, y no teniendo otra guerra
ni cosa en que entender, determina enviar tres navíos a las Molucas, y hacer
camino allá una vez para cumplir después su palabra, y también porque aportó a
Ciuat-lán Hortunio de Alango, de Portugalete, con una patache que fue con la
ar-mada del dicho Loaisa, estando malo Marcos de Aguilar, por sobra de mu-chos
vientos, o por falta de no saber la navegación del Tidore.
Echó pues al agua tres navíos. En la nao capitana,
dicha Florida, metió cincuenta españoles; en otra, que nombraron Santiago,
cuarenta y cinco, con el capitán Luis de Cárdenas, de Córdoba; y en un
bergantín, quince, con el capitán Pedro de Fuentes, de Jerez de la Frontera.
Armolas de treinta tiros; basteciolas de provisión en abundancia, como para tan
largo y no sa-bido viaje se requería, y de muchas cosas de rescate. Hizo
capitán de ellas a Álvaro de Saavedra Cerón, su pariente, el cual se partió del
puerto de Ciua-tlanejo, día o víspera de Todos Santos del año de 1527. Anduvo
dos mil le-guas, según la cuenta de los pilotos, aunque por derecha navegación
no hay mil y quinientas. Llegó con sola su nao capitana; que las otras el
viento las desparció de la conserva, a unas muchas islas, que por ser tal día
cuando lle-garon, les dijeron de los Reyes; las cuales están poco más o menos a
once grados a este cabo de la equinoccial.
Son los hombres crecidos de cuerpo, cariluengos,
morenos, muy bien barbados. Traen cabellos largos, usan cañas por lanzas, hacen
esteras muy primas de palma, que de lejos parecen oro, cobijan sus vergüenzas
con bra-gas de aquello, en lo demás desnudos andan; tienen navíos grandes. De
aquellas islas de los Reyes fue a Mindanao y Bizaya, otras islas que están a
ocho grados, y que son ricas de oro, puercos, gallinas y pan de arroz. Las
mujeres hermosas, ellos blancos. Andan todos en cabello largo. Tienen al-fanjes
de hierro, tiros de pólvora, flechas muy largas y cerbatanas, en que ti-ran con
hierba; coseletes de algodón, corazas de escamas de peces. Son gue-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
364
rreros, confirman la paz con beber sangre del nuevo
amigo, y aun sacrifican hombres a su dios Anito. Traen los reyes coronas en la
cabeza, como acá; y el que entonces allí reinaba se decía Catonao; el cual mató
a don Jorge Man-rique y a su hermano don Diego y a otros.
De allí se huyó a la nave de Álvaro de Saavedra,
Sebastián del Puerto, portugués, casado en la Coruña, que fuera con Loaisa.
Sirvió de faraute, y dijo cómo su amo le llevó a Cebú, donde supo cómo llevaron
de allí ocho castellanos de Magallanes a vender a la China, y que aún había
otros. En fin, contó todo aquel viaje. También rescató Saavedra otros dos
españoles del mismo Loaisa, en otra isla que llaman Candia, por setenta
castellanos en oro; en la cual hizo paces con el señor, bebiendo y dando a
beber sangre del brazo, que tal es la costumbre de por allí, cual entre scitas.
Pasó por Te-rrenate, donde los portugueses tenían una fortaleza, y llegó a
Gilolo, do estaba Fernando de la Torre, natural de Burgos, por capitán de
ciento y veinte españoles de Loaisa, y alcaide de un castillo. Allí aderezó
Álvaro de Saavedra su nao, tomó vituallas y todo matalotaje, que le faltaba, y
veinte quintales de clavo de lo del Emperador, que le dio Fernando de la Torre.
Y partiose a 3 de junio de 1528.
Anduvo mucho tiempo de acá para allá. Tocó en las
islas de los Ladro-nes, y en unas con gente negra y crespa, y otras con gente
blanca, barbada y con los brazos pintados, en tan poca distancia de lugar, que
mucho se ma-ravilló. Fuele forzado volver a Tidore, donde estuvo muchos días.
Partiose de allí para la Nueva-España a 8 días de mayo 1529, y murió navegando,
19 de octubre de aquel mismo año. Por cuya muerte, y por falta de hombres y
aires, se tornó la nave a Tidore con solas diez y ocho personas, de cincuenta
que sacó de Ciuatlanejo; y porque ya Fernando de la Torre había perdido su
castillo, se fueron aquellos diez y ocho españoles a Malaca, donde los prendió
don Jorge de Castro, y los tuvo presos dos años, y allí se murieron los diez;
que así tratan los portugueses a los castellanos. De manera que no quedaron más
de ocho. En esto paró la armada de Fernando Cortés que envió a la Especiería.
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CAPÍTULO CXCII
CÓMO VINO CORTÉS A ESPAÑA
Como Alonso de Estrada gobernaba por la sustitución
de Marcos de Agui-lar, según el emperador mandó, pareciole a Cortés que no
habría orden de tornar a él al cargo, pues su majestad aquello proveyó, si no
iba él a negociar-lo, y estaba muy afligido; y aunque pensaba estar sin culpa,
no se le cocía el pan, porque tenía muchos adversarios en España, y de malas
lenguas, y poco favor, que en ausencia era como nada. Así que acuerda de venir
a Castilla a muchas cosas muy importantes a sí principalmente, y al emperador y
a la Nueva-España. Ellas eran muchas, y diré algunas. A casarse por haber hijos
y mucha edad; a parecer delante el rey su cara descubierta, y a darle cuenta y
razón de la mucha tierra y gente que había conquistado y en parte converti-do,
e informarle a boca de la guerra y disensiones entre españoles de México,
temiéndose que no le habrían dicho verdad; a que le hiciese mercedes con-forme
a sus servicios y méritos, y le diese algún título para que no se le iguala-sen
todos; a dar ciertos capítulos al rey, que tenían pensados y escritos sobre la
buena gobernación de aquella tierra, que eran muchos y provechosos.
Estando en este pensamiento le fue una carta de
fray García de Loaisa, confesor del emperador y presidente de Indias, que
después fue cardenal, en la cual le convidaba por muchos ruegos y consejos a
venir a España a que le viese y conociese su majestad, prometiéndole su amistad
e intercesión. Con esta carta apresuró la partida, y dejó de enviar a poblar el
río de las Pal-mas, que está más allá de Pánuco, aunque tenía enhilado ya el
camino, y des-pachó primero doscientos españoles y sesenta de caballo con muchos
mexi-canos a tierra de los chichimecas, para si era buena, como le decían, y
rica de minas de plata, poblasen en ella; y si no los recibían de paz, hiciesen
guerra y cautivasen para esclavos; que son gente bárbara.
Escribió a la Veracruz que le aprestasen dos buenas
naos, y envió delante a ello a Pero Ruiz de Esquivel, un hidalgo de Sevilla;
mas no llegó allá, que al cabo de un mes le hallaron enterrado en una isleja de
la laguna, con una mano fuera de la tierra, comida de perros o aves; estaba en
calzas y jubón, tenía una sola cuchillada en la frente; nunca pareció un negro
que llevaba, ni dos barras de oro, ni la barca, ni los indios, ni se supo quién
le mató ni por qué.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
366
Hizo Cortés inventario de su hacienda mueble, que
la valuaron en doscientos mil pesos de oro; dejó por gobernadores de su estado
y mayor-domos al licenciado Juan Altamirano, pariente suyo, a Diego de Ocampo,
y a un Santa Cruz. Basteció muy bien dos navíos, dio pasaje y matalotaje franco
a cuantos entonces pasaron; embarcó mil y quinientos marcos de plata, y veinte
mil pesos de buen oro, y otros diez mil de oro sin ley, y mu-chas joyas
riquísimas. Trajo consigo a Gonzalo de Sandoval, Andrés de Tapia y otros conquistadores
de los más principales y honrados. Trajo un hijo de Moteczuma, y otro de
Maxixca, ya cristiano, y don Lorencio por nombre, y muchos caballeros y señores
de México, Tlaxcallan y otras ciu-dades. Trajo ocho volteadores del palo, doce
jugadores de pelota, y cier-tos indios e indias muy blancos, y otros enanos, y
otros contrahechos; en fin, venía como gran señor. Y sin todo esto, traía para
ver, tigres, alcatra-ces, un aiotochtli, otro tlacuaci, animal que ensena o
embolsa sus hijos para correr, cuya cola, según las indias, ayuda mucho a parir
a las mujeres; y para dar, gran suma de mantas de pluma y pelo, ventalles,
rodelas, plu-majes, espejos de piedra, y cosas así. Llegó a España en fin del
año de 1528, estando la corte de Toledo. Hinchó todo el reino de su nombre y
lle-gada, y todos le querían ver.
CAPÍTULO CXCIII
LAS MERCEDES QUE HIZO EL EMPERADOR
A FERNANDO CORTÉS
Hizo el emperador muy buen acogimiento a Fernando
Cortés, y aun le fue a visitar a su posada, por más le honrar, estando enfermo
y desahuciado de los médicos. Él dijo a su majestad cuanto traía pensado, y le
dio los memo-riales que tenía escritos, y le acompañó hasta Zaragoza, que se
iba a embar-car para Italia por coronarse. El emperador, conociendo sus
servicios y va-lor de persona, le hizo marqués del valle de Huaxacac, como se
lo pidió, a 6 de julio de 1528 años, y capitán general de la Nueva-España, de
las provin-cias y costa de la Mar del Sur, y descubridor y poblador de aquella
misma costa e islas, con la docena parte de lo que conquistase, en juro de
heredad para sí y para sus descendientes: dábale el hábito de Santiago, y no lo
quiso
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367
sin encomienda. Pidió la gobernación de México, y
no se la dio, porque no piense ningún conquistador que se le debe; que así lo
hizo el rey don Fer-nando con Cristóbal Colón, que descubrió las Indias, y con
Gonzalo Her-nández de Córdoba, Gran Capitán, que conquistó a Nápoles.
Mucho merecía Cortés, que tanta tierra ganó, y
mucho le dio el empera-dor por le honrar y engrandecer, como gratísimo príncipe
y que nunca qui-ta lo que una vez da. Dábale todo el reino de Michuacán, que
fue de Cazon-cín, y él quiso más a Cuahunauac, Huaxacac, Tecoantepec, Coyoacán,
Matalcinco, Atlacupaia, Toluca, Huaxtepec, Utlatepec, Etlan, Xalapan,
Teuquilaiacoán, Calimaia, Autepec, Tepuztlán, Cuitlapán, Accapiztlán,
Cuetlaxca, Tuztla, Tepecán, Atloxtán, Izcalpán con todas sus aldeas, térmi-nos,
vecinos, jurisdicción civil y criminal, pechos, tributos y derechos. To-dos
estos son grandes pueblos y tierra gruesa. Otros favores y mercedes le hizo
también; mas las nombradas fueron las mayores y mejores.
CAPÍTULO CXCIV
DE CÓMO SE CASÓ CORTÉS
Murió doña Catalina Xuárex sin hijos; y como en
Castilla se supo, trataron muchos de casar a Cortés, que tenía mucha fama y
hacienda. Don Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar, trató con mucho calor de
casarle; y así, le casó con doña Juana de Zúñiga, sobrina suya e hija del conde
de Aguilar, don Carlos Arellano, por los poderes que tuvo Martín Cortés. Era
doña Juana hermosa mujer, y el conde don Alonso y sus hermanos muy valerosos y
favorecidos del emperador; por lo cual, que colmaba la nobleza y antigüedad de
aquel linaje, se tuvo por bien casado y emparentado.
Traía Cortés cinco esmeraldas, entre otras que hubo
de los indios, fi-nísimas, y que las estimaron en cien mil ducados. La una era
labrada como rosa, la otra como corneta, y otra un pece con los ojos de oro,
obra de in-dios maravillosa; otra era como una campanilla, con una rica perla
por ba-dajo, y guarnecida de oro, con “Bendito quien te crió” por letra; la
otra era una tacica con el pie de oro, y con cuatro cadenicas para tenerla,
asidas en una perla larga por botón; tenía el bebedero de oro, y por letrero,
Interna-tos mulierum non surrexit major. Por esta sola pieza, que era la mejor,
le
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
368
daban unos genoveses, en la Rábida, cuarenta mil
ducados, para revender al Gran Turco; pero no las diera él entonces por ningún
precio; aunque después las perdió en Argel cuando fue allá el emperador, según
lo conta-mos en las guerras de mar de nuestro tiempo. Dijéronle cómo la
empera-triz deseaba ver aquellas piezas, y que se las pediría y pagaría el
empera-dor; por lo cual las envió a su esposa con otras muchas cosas, antes de
entrar en la corte, y así se excusó cuando le preguntaron por ellas. Diolas a su
esposa por joyas, que fueron las mejores que nunca en España tuvo mujer. Casose
pues con doña Juana de Zúñiga, y volviose a México con ella y con título de
marqués.
CAPÍTULO CXCV
DE CÓMO PUSO EL EMPERADOR AUDIENCIA EN MÉXICO
Estaba en España Pánfilo de Narváez, negociando la
conquista del río de las Palmas y la Florida, donde al fin murió; y a vueltas
no hacía otro que dar quejas de Cortés en corte, y aun al mismo emperador dio
un memorial que contenía muchos capítulos, y entre ellos uno que afirmaba cómo
Cortés te-nía tantas barras de oro y plata como Vizcaya de hierro, y ofreciose
a pro-barlo; y aunque no era cierto, era sospecha. Insistía en que le
castigasen, di-ciendo que le sacó un ojo, y que mató con hierbas al licenciado
Luis Ponce de León, como había hecho a Francisco de Garay; y por muchas
peticiones se trataba de enviar a México a don Pedro de la Cueva, hombre feroz
y seve-ro, y que era mayordomo del rey, y después fue general de la artillería
y co-mendador mayor de Alcántara, para que si aquello era verdad le cortase la
cabeza. Pero como llegaron a la sazón cartas de Cortés, hechas en México a 3 de
setiembre de 1526, y los testimonios del doctor Ojeda y licenciado Pe-dro
López, médicos, que curaron a Luis Ponce, no se efectuó; y cuando Cortés vino a
Castilla, se reía mucho con don Pedro de la Cueva sobre esto, diciendo: “A
luengas vías luengas mentiras”.
El emperador y su Consejo de Indias hizo
chancillería en México, adonde recurriesen con pleitos y negocios todos los de
la Nueva-España; y por quitar y castigar los bandos entre españoles, y para
tomar residencia a
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Cortés, que se quería satisfacer de sus servicios y
culpas, y también para vi-sitar los oficiales y tesorería real, mandó a Nuño de
Guzmán, gobernador de Pánuco, ir por presidente y gobernador, con cuatro
licenciados por oi-dores. Nuño de Guzmán fue a México luego el año de 29.
Comenzó luego a entender en negocios con el licenciado Juan Ortiz de Matienzo,
y Delga-dillo, que los otros murieron. E hizo una terrible residencia y
condenación contra Cortés; y como estaba ausente, metíale la lanza hasta el regatón.
Hi-cieron almoneda de todos sus bienes a menos precio, llamáronle por
pre-gones, encartáronle, y si allí estuviera, corriera riesgo de la vida;
aunque barba a barba honra se cata, y ordinario es embravecerse los jueces
contra el ausente.
Pero aquellos creo que le fatigaran, porque
persiguieron tanto a sus amigos, que aun andar por las calles no osaban; y así,
prendieron a Pedro de Alvarado, recién llegado de España, solamente porque
hablaba en favor de Cortés, y achacándole la rebelión de México cuando vino
Narváez. Prendió también a Alonso de Estrada y a otros muchos, haciéndoles
manifiestos agravios. En breve tiempo tuvo el emperador más quejas de Nuño de
Guz-mán y sus oidores que de todos los pasados; y así, le quitó el cargo, año
de
30. Y
no sólo se probó su injusticia y pasión en México, más aún en la corte, y en
muchos lugares de España lo probó el licenciado Francisco Núñez con personas
que de allá entonces vinieron. Y después pronunciaron los oido-res y presidente
que fueron tras ellos, por parciales y enemigos de Cortés al Nuño de Guzmán y
licenciados Matienzo y Delgadillo, y los condenó la Audiencia a que le pagasen
lo que le mal vendieron. Entendiendo Nuño de Guzmán que le quitaban de la
presidencia, temió y fuese contra los teuchi-chimecas en demanda de Culuacán,
que según algunos, es de donde vinie-ron los mexicanos.
Llevó quinientos españoles, los más de ellos a
caballo. Unos presos, otros contra su voluntad; y los que iban de grado eran
novicios en la tierra, y casi todos los que con él pasaron. En Mechuacán
prendió al rey Cazoncín, amigo de Cortés, servidor de españoles y vasallo del
emperador, y que esta-ba en paz. Y sacole, según fama, diez mil marcos de plata
y mucho oro. Y después quemole con otros muchos caballeros y hombres
principales de aquel reino, porque no se quejasen, que perro muerto no muerde.
Tomó
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
370
seis mil indios para carga y servicio de su
ejército. Comenzó la guerra, y con-quistó a Xalixco, que llaman Nueva-Galicia,
como en otro cabo dije. Estu-vo Nuño de Guzmán en Xalixco hasta que el virrey
don Antonio de Men-doza y la chancillería de México le hizo prender y traer a
España a dar cuenta de sí; y nunca más le dejaron volver allá. Si Nuño de
Guzmán fuera tan gobernador como caballero, habría tenido el mejor lugar de
Indias; empero húbose mal con indios y con españoles.
El mismo año de 1530, que salió de México Nuño de
Guzmán, fue allá por presidente y a visitar y reformar la Audiencia, ciudad y
tierra, Sebastián Ramírez de Fuenleal, natural de Villaescusa, que era obispo y
presidente de la isla de Santo Domingo. Diéronle por oidores a los licenciados
Juan de Salmerón, de Madrid; Vasco Quiroga, de Madrigal; Francisco Ceinos, de
Zamora, y Alonso Maldonado, de Salamanca; los cuales rigieron con justi-cia la
tierra. Poblaron la ciudad de los Ángeles, que los indios llaman Cuet-laxcoapan,
que quiere decir culebra en agua, y por otro nombre Uicilapan, que significa
pájaro en agua. Y esto a causa de dos fuentes que tiene, una de agua mala y
otra de buena. Está veinte leguas de México, y en el camino para la Veracruz.
El obispo comenzó a poner los indios en libertad, y
por eso muchos españoles de los pobladores dejaban la tierra, y se iban a
buscar las vidas a Xalixco, Honduras, Quahutemallan y otras partes que había
guerras y entradas.
CAPÍTULO CXCVI
VUELTA DE CORTÉS A MÉXICO
En esto llegó Cortés a la Veracurz. De que se dijo
su llegada, y que iba hecho marqués y llevaba su mujer, comenzaron a irle a ver
muchedumbre de in-dios y casi todos los españoles de México, con achaque de
salir a recibirle. En pocos días se le juntaron más de mil españoles, y se le
quejaban que no tenían qué comer, y decían que los licenciados Matienzo y
Delgadillo los habían destruido a ellos y a él, y que viese si quería que los
matasen con los demás. Cortés, conociendo cuán feo caso era, reprehendiolos
recio. Dioles esperanza de sacarlos presto de lacería con las armadas que había
de hacer,
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371
y porque no hiciesen algún motín o saco
entreteníalos con regocijos. El pre-sidente y oidores mandaron a todos los
españoles que luego volviesen a México, y cada vecino a su pueblo, so pena de
muerte, por quitarlos de Cor-tés; y estuvieron por enviar a prenderle y
enviarle a España por alborotador de la tierra. Mas visto por él cuán de ligero
se movían los letrados, se hizo pregonar públicamente en la Veracruz por
capitán general de la Nueva-Es-paña, leyendo las provisiones, que hicieron
torcer las narices a los de Méxi-co. Tras esto partiose derecho allá con un
gran escuadrón de españoles e indios, en que había gran copia de caballos.
Cuando llegó a Tezcuco mandáronle que no entrase en
México, so pena de perdimiento de bienes, y la persona a merced del rey.
Obedeció y cumplió con toda la prudencia que convenía al servicio del emperador
y bien de aquella tierra, que con muchos trabajos él ganara. Estaba allí en
Tezcuco muy acompañado, y con tanta corte y más que había en México. Escribía
al presidente y oidores que mirasen mejor su buena intención, y no diesen
asilla a los indios de rebelarse; que de los españoles seguros po-dían estar.
Los indios, viendo estas cosas, mataban cuantos
españoles cogían en descampado; y no en muchos días faltaban más de doscientos,
todos muer-tos a manos suyas, ansí en pueblos como en caminos, y ya estaban
hablados, y concertaban de alzarse; pero vinieron algunos a decirlo al obispo,
el cual tuvo miedo; y luego, con acuerdo y parecer de los oidores y de los
demás vecinos que en la ciudad estaban, viendo que no tenían mejor remedio ni
más cierta defensa que la persona, nombre, valor y autoridad de Cortés, le envió
a llamar y rogar que entrase en México. Él fue luego, muy acompaña-do de gente
de guerra, y de veras parecía capitán general. Salieron todos a recibirle, que
entraba también la marquesa, y fue aquel un día de mucha ale-gría. Trataron la
Audiencia y él cómo remediarían tanto mal. Tomó Cortés la mano, prendió a
muchos indios, quemó algunos, aperreó otros, y castigó tantos que en muy breve
allanó toda la tierra y aseguró los caminos, cosa que merecía galardón romano.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
372
CAPÍTULO CXCVII
DE CÓMO ENVIÓ CORTÉS A DESCUBRIR LA COSTA DE LA
NUEVA-ESPAÑA POR LA MAR DEL SUR
Como Cortés estuvo algo de reposo, le requirieron
presidente y oidores que dentro de un año enviase armada a descubrir por la Mar
del Sur, con-forme a la instrucción y conveniencia que traía del emperador,
hecha en Madrid a 27 de octubre y de 29, y firmada de la emperatriz doña
Isabel; donde no, que su majestad contrataría con otra persona. Tanto hicieron
esto por alejarlo de México, como porque cumpliese lo que había capitu-lado con
el emperador; que bien sabía cómo tenía siempre muchos car-pinteros y navíos en
el astillero; pero querían que él mismo fuese allá. Cor-tés respondió que así
lo haría. Dio pues muy gran prisa a dos naos que se estaban labrando en
Acapulco.
Entre tanto anduvo un sarampión, que llamaron
zauatltepiton, que quiere decir lepra chica, a respecto de las viruelas que les
pegó el negro de Pánfilo de Narváez, según ya se dijo; y murieron con él muy
muchos indios. Fue también enfermedad nueva y nunca vista en aquella tierra.
Como las naos se acabaron, las armó Cortés muy bien
de gente y artille-ría; hincholas de vituallas, armas y rescates. Envió por
capitán de ellas a Die-go Hurtado de Mendoza, primo suyo. Llamábanse las naos,
una de San Miguel y otra de San Marcos. Fueron, por tesorero Juan de Mazuela,
por veedor Alonso de Molina, maestre de campo Miguel Marroquino, alguacil mayor
Juan Ortiz de Cabex, y por piloto Melchor Fernández. Salió Diego Hurtado del
puerto de Acapulco día de Corpus Christi, año de 1532. Siguió la costa hacia el
poniente; que así era el concierto. Llegó al puerto de Xalix-co, y quiso tomar
agua, no por necesidad, sino por henchir las vasijas que hasta allí habían
venido vacías. Nuño de Guzmán, que gobernaba aquella tierra, envió gente que
les defendiese la entrada, por ser de Cortés, o porque nadie entrase en su
jurisdicción sin su licencia. Diego Hurtado dejó el agua y pasó adelante bien
doscientas leguas, costeando lo más y mejor que pudo. Amotináronsele muchos de
su compañía; metiolos en el un navío, y envio-los a la Nueva-España por ir
descansado y seguro. Con el otro navío prosi-
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guió su derrota; pero no hizo cosa que de contar
sea, que yo sepa, aunque navegó y estuvo mucho sin que de él supiese.
La nave de los amotinados tuvo a la vuelta tiempo
contrario y falta de agua; y así, le fue forzado, aunque no quisieran los que
dentro venían, surgir en una bahía que llaman de Banderas, donde los naturales
estaban en armas por algunos tratamientos no buenos que los de Nuño de Guzmán
les ha-bían hecho. Tomaron los nuestros tierra, y sobre tomar agua riñeron. Los
contrarios eran muchos y mataron todos los españoles de la nao, que no
es-caparon sino solos dos. Cortés de que lo supo fuese a Tecoantepec, villa suya,
que está de México ciento y veinte leguas. Aderezó dos navíos que sus oficiales
acababan de hacer, basteciolos muy complidamente, y envió por capitán de uno a
Diego Becerra de Mendoza, natural de Mérida, y por pilo-to a Fortún Jiménez,
vizcaíno; y del otro a Hernando de Grijalva, y piloto a un portugués que se
decía Acosta: creo que partieron año y medio después que Diego Hurtado. Iban a
tres efectos: a vengar los muertos, a buscar y so-correr los vivos, y a saber
el secreto y cabo de aquella costa.
Estas dos naos se desrotaron una de otra la primera
noche que se hicie-ron a la vela, y nunca más se vieron. Fortún Jiménez se
concertó con mu-chos vizcaínos, así marineros como hombres de tierra, y mató a
Diego Bece-rra estando durmiendo; debió ser que riñeron, e hirió malamente a
otros algunos. Arribó con la nao a Motín, y echó en tierra a los heridos y a
dos frai-les franciscanos. Tomó agua, y fue de allí a dar en la bahía de Santa
Cruz. Saltó a tierra, y matáronle los indios con otros veinte españoles. Con
estas nuevas fueron dos marineros a Chiametlan de Xalixco, en el batel, y
dijeron a Nuño de Guzmán cómo habían hallado mucha muestra de perlas. Él fue
allá, aderezó aquella nao, y envió gente en ella a buscar las perlas.
Hernando de Grijalva anduvo trescientas leguas por
el noroeste sin ver tierra; y por eso echó luego a la mar a ver si hallaría
islas, y topó con una, que llamó Santo Tomás porque tal día la descubrió.
Estaba, según él dijo, despoblada y sin agua por la parte que entró. Está en
veinte grados. Tiene muy hermosas arboledas y frescuras, muchas palomas,
perdices, halcones y otras aves. En esto pararon aquellas cuatro naos que
Cortés envió a descubrir.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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CAPÍTULO CXCVIII
LO QUE PADECIÓ CORTÉS CONTINUANDO
EL DESCUBRIMIENTO DEL SUR
Cortés, entre tanto que todo esto pasaba, tuvo
hechos otros tres navíos muy buenos, porque siempre labraba con diligencia y
mucha gente naos en Te-coantepec, para cumplir lo capitulado con el emperador,
y pensando des-cubrir riquísimas islas y tierra. Y como tuvo nueva de todo
ello, quejose al presidente y oidores, de Nuño de Guzmán, y pidioles justicia
para que le fuese vuelta su nave. Ellos le dieron provisión, y luego
sobrecarta; mas poco aprovecharon. Él, entonces, que estaba amostazado con Nuño
de Guzmán sobre la residencia que le hizo, y hacienda que le deshizo, despachó
los tres navíos para Chiametlan, que se llamaban Santa Águeda, San Lázaro y
Santo Tomás, y él fuese por tierra desde México muy bien acompañado. Cuando
llegó allá halló la nao al través, y robado cuanto en ella iba, que con el
casco del navío, valía todo quince mil ducados. Llegaron también los tres
navíos, embarcose en ellos con la gente y caballos que cupieron; dejó con los
que quedaban a Andrés de Tapia por capitán, porque tenía trescientos españo-les
y treinta y siete mujeres y ciento y treinta caballos.
Pasó a donde mataron a Fortún Jiménez. Tomó tierra
primero día del año de 1536, y por ser tal día nombró aquella punta, que es
alta, sierras de San Felipe, y a una isla que está tres leguas de allí llamó de
Santiago. A tres días entró en un muy buen puerto, grande, seguro de todos
aires, y llamole bahía de Santa Cruz. Allí mataron a Fortún Jiménez con los
otros veinte es-pañoles. Dioles después de embarcados un viento que los llevó
hasta dos ríos que ahora llaman San Pedro y San Pablo. Salidos de allí, se tornaron
a desrotar todos tres navíos. El menor vino a Santa Cruz, otro fue al
Guaya-bal, y el que llamaban San Lázaro dio al través, o por mejor dicho,
encalló cerca de Xalixco; la gente del cual se volvió a México. Cortés esperó
mu-chos días sus naos, y como no venían, llegó a mucha necesidad, porque en
ellas tenía los bastimentos; y en aquella tierra no cogen maíz, sino viven de
frutas y hierbas, de caza y pesca, y aun diz que pescan con flechas y con varas
de punta, andando por el agua en unas balsas de cinco maderas, hechas a
BIBLIOTECA AYACUCHO
375
manera de la mano; y así, determinó ir con aquel
navío a buscar los otros, y a traer qué comer si no los hallaba.
Embarcose pues con hasta setenta hombres, muchos de
los cuales eran herreros y carpinteros. Llevó fragua y aparejos para labrar un
bergantín, si fuese necesario. Atravesó la mar, que es como el Adriático;
corrió la costa por cincuenta leguas, y una mañana hallose metido entre unos
arrecifes o bajos, que ni sabía por dónde salir ni por dónde entrar. Andando
con la sonda buscando salida, arrimose a la tierra y vio una nao surta dos
leguas dentro un ancón. Quiso ir allá, y no hallaba entrada; que por todas las
par-tes quebraba la mar sobre los bajos. Los de la nao vieron también al navío,
y enviáronle su batel con Antón Cordero, piloto, sospechando que era él. Arribó
al navío, saludó a Cortés, entrose dentro para guiarle. Dijo que ha-bía harta
hondura por encima de una reventazón, que por ella pasó su nao. En diciendo
esto, encalló a dos leguas de tierra, donde quedó el navío muerto y
trastornado. Allí vierais llorar al más esforzado, y maldecir al pilo-to
Cordero. Encomendábanse a Dios, y desnudábanse, pensando guarecer a nado o en
tablas; y ya estaban para hacerlo cuando dos golpes de mar echaron la nao en la
canal que decía el piloto, mas abierta por medio. Llega-ron, en fin, al otro
navío surto, vaciando el agua con la bomba y calderas. Salieron, y sacaron todo
lo que dentro iba, y con los cabrestantes de ambas naos la tiraron fuera.
Asentaron luego la fragua, hicieron carbón. Trabaja-ban de noche con hachas y
velas de cera, que hay por allí mucha; y así, fue presto y remediada. Compró en
San Miguel, diecisiete leguas de Guayabal, que cae en lo de Culuacán, mucho
refresco y grano; costole cada ovillo treinta castellanos de buen oro, cada
puerco diez, cada oveja y cada fanega de maíz cuatro. Salió de allí Cortés, y
topó la nao San Lázaro en la barra con la patilla, y desgobernose el
gobernalle. Fue menester haber otra vez car-bón, y fraguar de nuevo los
fierros.
Partiose Cortés en aquella nave mayor, y dejó a
Hernando de Grijalva por capitán de la otra, que no pudo salir tan presto. A
dos días que navegaba con buen tiempo se quebró la atadura de la antena de la
mesana; que estaba con la vela cogida, y dado el chafardete. Cayó la antena, y
mató al piloto Antón Cordero, que dormía al pie del árbol. Cortés hubo de guiar
la nave-gación, que no había quien mejor lo hiciese. Llegó cerca de la isla de
Santia-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
376
go, que poco antes nombré, y allí le dio un
noroeste muy recio, que no le dejó tomar la bahía de Santa Cruz. Corrió aquella
costa al sudeste, llevando casi siempre el costado de la nao en tierra y
sondando. Halló un placel de arena, donde dio fondo. Salió por agua, y como no
la halló, hizo pozos por aquel arenal, en que cogió ocho pipas de agua. Cesó
entre tanto el noroeste y navegó con buen tiempo hasta la isla de Perlas, que
así creo la llamó For-tún Jiménez, que está junto a la de Santiago. Calmole el viento,
pero luego tornó a refrescar; y así, entró en el puerto de Santa Cruz, aunque
con peli-gro, por ser estrecha la canal y menguar mucho la mar.
Los españoles que allí había dejado estaban
trashijados de hambre, y aun se habían muerto más de cinco, y no podían buscar
marisco, de flacos, ni pescar, que era lo que los sostenía. Comían hierbas de
las que hacen vi-drio, sin sal, y frutas silvestres, y no cuantas querían.
Cortés les dio la comi-da por mucha regla, porque mal no les hiciese, que
tenían los estómagos muy debilitados; mas ellos, con la hambre, comieron tanto
que se murieron otros muchos. Visto pues que se tardaba Hernando de Grijalva, y
que era llegado a México don Antonio de Mendoza por virrey, según los de San
Miguel le dijeran, acordó dejar allí en Santa Cruz a Francisco de Ulloa por
capitán de aquella gente, e irse él a Teocantepec con aquella nave, para
en-viarle navíos y más hombres con que fuese a descubrir la costa, y para
bus-car de camino a Hernando de Grijalva.
Estando en esto llegó una carabela suya de la
Nueva-España, que le venía a buscar, y que le dijo cómo venían atrás otras dos
naos grandes con mucha gente, armas, artillería y bastimentos. Esperoles dos
días, y no vi-niendo, fuese con el un navío, y topolas surtas en la costa de
Xalixco, y lle-volas al mismo puerto, donde halló la nao en que iba Hernando de
Grijal-va atollada en la arena, y los bastimentos dentro y podridos. Hízola
limpiar y lavar. Los que sacaron la carne y anduvieron en aquello se hin-charon
las caras del hedor y bafo, y los ojos, que no podían ver. Levantó el navío,
púsolo en hondura, y estaba sano y sin agujero ninguno; cortó an-tenas y
mástiles, que cerca había buenos árboles, y aderezolo muy bien; y luego se fue
con todos cuatro navíos a Santiago de Buena-Esperanza, que es en lo de Coliman;
donde, antes que del puerto saliese, vinieron otras dos naves suyas, que como
tardaba tanto, y la marquesa tenía grandísima
BIBLIOTECA AYACUCHO
377
pena, iban a saber de él. Con aquellos seis navíos
entró en Acapulco, tie-rra de la Nueva-España.
Muchas cosas cuentan de esta navegación de Cortés,
que a unos pare-cerían milagro y a otros sueño. Yo no he dicho sino la verdad y
lo creedero. Estando Cortés en Acapulco, a México de partida, le vino un
mensajero de don Antonio de Mendoza, con aviso de su ida por virrey en aquellas
tierras, y con el traslado de una carta de Francisco Pizarro, que había escrito
a Pe-dro de Alvarado, adelantado y gobernador de Quahutemallan, que así ha-bía
hecho a otros gobernadores, en que le hacía saber cómo estaba cercado en la
ciudad de los reyes con muy gran gente, y puesto en tanta estrechura, que si no
era por mar, no podía salir, y que le combatían cada día, y que si no le
socorrían presto, se perdería.
Cortés dejó de enviar recaudo entonces a Francisco
de Ulloa, y envió dos naos a Francisco Pizarro con Hernando de Grijalva, y en
ellas muchas vituallas y armas, vestidos de seda para su persona, una ropa de
martas, dos sitiales, almohadas de terciopelo, jaeces de caballos y algunos
aderezos de entre casa, que él tenía para sí en aquella jornada, y ya que
estaba en su tie-rra, no los había mucho menester. Hernando de Grijalva fue, y
llegó a buen tiempo, y tornó a enviar la nave a Acapulco, y Cortés hizo en Cuaunauac
sesenta hombres, y enviolos al Perú, juntamente con once piezas de artille-ría,
diecisiete caballos, sesenta cotas de malla, muchas ballestas y arcabu-ces,
mucho herraje y otras cosas, que nunca de ellas hubo recompensa, como mataron
no mucho después al Francisco Pizarro, aunque Pizarro también envió muchas y
ricas cosas a la marquesa doña Juana de Zúñiga; pero huyó con ellas de
Grijalva.
CAPÍTULO CXCIX
DE LA MAR DE CORTÉS, QUE TAMBIÉN LLAMAN BERMEJO
Por el mes de mayo del mismo año de 1539 envió
Cortés otros tres navíos muy bien armados y bastecidos, con Francisco de Ulloa,
que ya era vuelto con todos los demás, para seguir la costa de Culuacán, que
vuelve al norte. Llamáronse aquellos navíos Santa Águeda, la Trinidad y Santo
Tomás.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
378
Partieron de Acapulco; tocaron en Santiago de
Buena-Esperanza por to-mar ciertas vituallas; del Guayabal atravesaron a la
California en busca de un navío, y de allí tornaron a pasar aquel Mar de
Cortés, que otros dicen Bermejo, y siguieron la costa más de doscientas leguas
hasta do fenece, que llamaron ancón de San Andrés, por llegar allí su día. Tomó
Francisco de Ulloa posesión de aquella tierra por el rey de Castilla, en nombre
de Fernando Cortés.
Está aquel ancón en treinta y dos grados de altura,
y aun algo más; es allí la mar bermeja, crece y mengua muy por concierto. Hay
por aquella costa muchos volcanejos, y están los cerros pelados; es tierra
pobre. Hallose ras-tro de carneros, digo cuernos grandes, pesados y muy
retuertos. Andan muchas ballenas por este mar; pescan en él con anzuelos de
espinas de árbo-les y de huesos de tortugas, que las hay muchas y muy grandes.
Andan los hombres desnudos y trasquilados, como los otomíes de la Nueva-España;
traen a los pechos unas conchas relucientes como de nácar. Los vasos de tener
agua son buches de lobos marinos, aunque también los tienen de ba-rro muy
bueno.
Del ancón de San Andrés, siguiendo la otra costa,
llegaron a la Califor-nia, doblaron la punta, metiéronse por entre la tierra y
unas islas, y anduvie-ron hasta emparejar con el ancón de San Andrés. Nombraron
aquella pun-ta el cabo del Engaño, y dieron vuelta para la Nueva-España, por
hallar vientos muy contrarios y acabárseles los bastimentos. Estuvieron en este
viaje un año entero, y no trajeron nueva de ninguna tierra buena: más fue el
ruido que las nueces.
Pensaba Fernando Cortés hallar por aquella costa y
mar otra Nueva-España; pero no hizo más de lo que dicho tengo, tanta nao como
armó, aun-que fue allá él mismo. Créese que hay muy grandes islas y muy ricas
entre la Nueva-España y la Especiería. Gastó doscientos mil ducados, a la
cuenta que daba, en estos descubrimientos, que envió muchas más naos y gente de
lo que al principio pensó y fueron causa, como después diremos, que hu-biese de
tornar a España, tomar enemistad con el virrey don Antonio, y te-ner pleito con
el rey sobre sus vasallos; pero nunca nadie gastó con tanto ánimo en semejantes
empresas.
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CAPÍTULO CC
DE LAS LETRAS DE MÉXICO
No se han hallado letras hasta hoy en las Indias,
que no es pequeña conside-ración; solamente hay en la Nueva-España unas ciertas
figuras que sirven por letras, con las cuales notan y entienden toda cualquier
cosa, y conservan la memoria y antigüedades.
Semejan mucho a los jeroglíficos de Egipto, mas no
encubren tanto el sentido, a lo que oigo; aunque ni debe ni puede ser menos.
Estas figuras que usan los mexicanos por letras son grandes; y así, ocupan
mucho; entállanlas en piedra y madera; píntanlas en paredes, en papel que hacen
de algodón y hojas de metl. Los libros son grandes, cogidos como pieza de paño,
y escri-tos por ambas haces; haylos también arrollados como pieza de jerga.
No pronuncian b, g, r, s; y así, usan mucho de p,
c, l, x; esto es la lengua mexicana y náhuatl, que es la mejor, más copiosa y
más extendida que hay en la Nueva-España, y que usa por figuras. También se
hablan y entienden algunos de México por silbos, especialmente ladrones y
enamorados: cosa que no alcanzan los nuestros, y que es muy notable.
CAPÍTULO CCI
LOS NOMBRES DE CONTAR
Ce. Uno.
Ome. Dos.
Ei. Tres.
Naui. Cuatro.
Macuil. Cinco.
Chicoace. Seis.
Chicome. Siete.
Chicuei. Ocho.
Chiconaui. Nueve.
Matlac. Diez.
Matlactlioce. Once.
Matlactliome. Doce.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
380
Matlactliomei. Trece.
Matlactlinaui. Catorce.
Matlactlimacuil. Quince.
Matlactlichicoace. Dieciséis.
Matlactlichicome. Diecisiete.
Matlactlichicuei. Dieciocho.
Matlactlichiconaui. Diecinueve.
Cempoalli. Veinte.
Hasta seis cada número es simple y solo; después
dicen seis uno, seis dos, seis tres.
Diez es número por sí; y luego dicen diez y uno,
diez y dos, diez y tres, diez y cuatro, diez y cinco.
Dicen diez cinquiuno, y diez seis uno, diez seis
dos, diez seis tres.
Veinte va por sí, y todos los números mayores.
CAPÍTULO CCII
DEL AÑO MEXICANO
El año de aquestos mexicanos es de trescientos y
sesenta días, porque tie-nen dieciocho meses de a veinte días cada uno; los
cuales hacen trescientos y sesenta. Tiene más otros cinco días que andan
sueltos y por sí, a manera de intercalares, en que se celebran grandes fiestas
de crueles sacrificios, pero con mucha devoción. No podían dejar de andar
errados con esta cuenta, que no llegaba a igualar con el curso puntual del Sol,
que aun el año de los cristianos, que tan astrólogos son, anda errado en muchos
días; empero harto atinaban a lo cierto, y conformaban con las otras naciones.
CAPÍTULO CCIII
LOS NOMBRES DE LOS MESES
Tlacaxipeualiztli.
Tozçuztli.
Huei tozçuztli.
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381
Toxcalt. Tepupochuiliztli.
Eçalcoaliztli.
Tecuil huicintli.
Huei tecuilhuitl.
Miccaihuicintli.
Uei miccailhuitl.
Uchpaniztli. Tenauatiliztli.
Pachtli. Heçoztli.
Huei pachtli. Pachtli.
Quecholli.
Panqueçaliztli.
Hatemuztli.
Tititlh.
Izcalli.
Couaitleuac. Ciuaihuilt.
En algunos pueblos truecan los meses, y en otros
los diferencian, según quedan señalados por sí; mas la orden que llevan es la
común.
CAPÍTULO CCIV
NOMBRES DE LOS DÍAS
Cipactli. Espadarte.
Hecatl. Aire
o viento.
Calli. Casa.
Cuezpali. Lagarto.
Coualt. Culebra.
Miquiztli. Muerte.
Maçatl. Ciervo.
Tochtli. Conejo.
Atl. Agua.
Izcuyntli. Perro.
Oçumatli. Mona.
Malinalli. Escoba.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
382
Acatlh. Caña.
Ocelotl. Tigre.
Coautli. Águila.
Cozcaquahutli. Buharro.
Olin. Temple.
Tecpatlh. Cuchillo.
Quiauitl. Lluvia.
Xuchitl. Rosa.
Aunque estos veinte nombres sirven para todo el
año, y no son más que días tiene cada mes, no empero cada mes comienza por
cipactli, que es el primer nombre, sino como les viene. La causa de ello es los
cinco días inter-calares, que andan por sí, y también porque tienen semana de
trece días, que remuda los nombres; la cual, pongo caso que comience de ce
cipactli, no puede correr más de hasta matlactliomei acatl, que es trece; y
luego co-mienza otra semana, y no dice matlactlinaui ocelotl, que es catorceno
día, sino de ce ocelotl, que es uno, y tras él cuentan los otros seis nombres
que quedan hasta los veinte; y como son acabados todos los veinte días,
co-mienzan de nuevo a contar del primer nombre de aquellos veinte, mas no como
de uno, sino como de ocho; y porque mejor se pueda entender, es de esta manera:
Ce cipactli.
Ome hecatl.
Ei calli.
Naui cuezpali.
Macuil couatl.
Chicoacen miquiztli.
Chicome maçatl.
Chicoey tochtli.
Chiconaui atl.
Matlactizcuintli.
Matlactlioce oçumatli.
Matlactliome malinalli.
Matlactliomei acatlh.
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383
La semana siguiente tras ésta comienza sus días de
uno; mas aquel uno es catorceno, nombre del mes y de los días, y dicen:
Ce ocelotl.
Ome coautli.
Ei cozcaquahutli.
Naui olin.
Macuil tecpatl.
Chicoacen quiauitl.
Chicome xuchitl.
Chicoei cipactli.
En esta segunda semana vino cipactli a ser octavo
día, habiendo sido en la primera primero.
Ce maçatl.
Ome tochtli.
Ei atl.
Naui izcuintli.
Macuil oçumatli.
Así comienza la tercera semana, en la cual no entra
este nombre cipactli; mas maçatl que fue séptimo día en la primera semana, y no
tuvo lugar en la segunda, es el día primero de esta tercera semana. No es más
oscura cuenta ésta que la nuestra que tenemos, por solas estas siete letras a,
b, c, d, e, f, g; porque también ellas se mudan y andan de tal manera que la a,
que fue pri-mer día de un mes, viene a ser el quinto día del otro mes adelante,
y al tercer mes es tercero día; y así hacen todas las otras seis letras.
CAPÍTULO CCV
CUENTA DE LOS AÑOS
Otra manera muy diversa de la dicha tienen para
contar los años, la cual no pasa de cuatro; pero con uno, dos, tres y cuatro
cuentan ciento, y quinientos y mil, y en fin, todo cuanto es menester y
quieren. Las figuras y nombres son tochtli, acatlh, tecpatli, calli, que son
conejo, caña, cuchillo, casa; y dicen:
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
384
Ce tochtli. Es
un año.
Ome acatlh. Dos
años.
Ei tecpatlh. Tres
años.
Naui calli. Cuatro
años.
Macuil tochtli. Cinco
años.
Chicoacen acatlh. Seis
años.
Chicome tecpatlh. Siete
años.
Chicuei calli. Ocho
años.
Chiconaui tochtli. Nueve
años.
Matlactli acatlh. Diez
años.
Matlactlioce tecpatlh. Once años.
Matlactliome calli. Doce
años.
Matlactliomei tochtli. Trece años.
Tampoco sube la cuenta más de a trece, que es
semana de año, y acaba donde comenzó.
OTRA SEMANA
Ce acatlh. Un
año.
Ome tecpatlh. Dos
años.
Ei calli. Tres
años.
Naui tochtli. Cuatro
años.
Macuil acatlh. Cinco
años.
Chicoacen tecpatlh. Seis
años.
Chicome calli. Siete
años.
Chicuei tochtli. Ocho
años.
Chiconaui acatlh. Nueve
años.
Matlactli tecpatlh. Diez
años.
Matlactlioce calli. Once
años.
Matlactliome tochtli. Doce años.
Matlactliomei acatlh. Trece años.
LA TERCERA SEMANA DE AÑOS
Ce tecpatlh. Un
año.
Ome calli. Dos
años.
BIBLIOTECA AYACUCHO
385
Ei tochtli. Tres
años.
Naui acatlh. Cuatro
años.
Macuil tecpatlh. Cinco
años.
Chicoacen calli. Seis
años.
Chicome tochtli. Siete
años.
Chicuei acatlh. Ocho
años.
Chiconaui tecpatlh. Nueve
años.
Matlactli calli. Diez
años.
Matlactlioce tochtli. Once años.
Matlactliome acatlh. Doce años.
Matlactliomei tecpatlh. Trece años.
LA CUARTA SEMANA
Ce calli. Un
año.
Ome tochtli. Dos
años.
Ei acatlh. Tres
años.
Naui tecpatlh. Cuatro
años.
Macuil calli. Cinco
años.
Chicoacen tochtli. Seis
años.
Chicome acatlh. Siete
años.
Chicuei tecpatlh. Ocho
años.
Chiconaui calli. Nueve
años.
Matlactli tochtli. Diez
años.
Matlactlioce acatlh. Once años.
Matlactliome tecpatlh. Doce años.
Matlactliomei calli. Trece años.
Cada semana de éstas, que los nuestros llaman
indición, tiene trece años, y todas cuatro hacen cincuenta y dos años, que es
número perfecto en la cuenta; y es como decir el jubileo, porque de cincuenta y
dos en cincuen-ta y dos años tienen muy solemnes fiestas, con grandísimas
ceremonias, se-gún después trataremos. Contados estos cincuenta y dos años,
tornan a contar de nuevo por la orden arriba puesta, otros tantos, comenzando
de ce tochtli, y luego otros y otros; pero siempre comienzan del conejo. Así
que
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
386
con esta manera de contar tienen memoria de
ochocientos y cincuenta años, y saben muy bien cada cosa en qué año aconteció,
qué rey murió y qué hijos tuvo, y todo lo otro que atañe a la historia.
CAPÍTULO CCVI
CINCO SOLES, QUE SON EDADES
Bien alcanzan estos de Culúa que los dioses criaron
el mundo, mas no saben cómo; empero, según ellos fingen y creen por las figuras
o fábulas que de ello tienen, afirman que han pasado después acá de la creación
del mundo, cuatro soles, sin éste que ahora los alumbra. Dicen pues cómo el
primer Sol se perdió por agua, con que se ahogaron todos los hombres y
perecieron todas las cosas criadas; el segundo Sol pereció cayendo el cielo
sobre la tie-rra, cuya caída mató la gente y toda cosa viva; y dicen que había
entonces gigantes, y que son de ellos los huesos que nuestros españoles han
hallado cavando minas y sepulturas, de cuya medida y proporción parece como
eran aquellos hombres de veinte palmos en alto; estatura es grandísima, pero
certísima; el Sol tercero faltó y se consumió por fuego; porque ardió muchos
días todo el mundo, y murió abrasada toda la gente y animales; el cuarto Sol
feneció con aire; fue tanto y tan recio el viento que hizo entonces, que
derrocó todos los edificios y árboles, y aun deshizo las peñas; mas no perecieron
los hombres, sino convirtiéronse en monas.
Del quinto Sol, que al presente tienen, no dicen de
qué manera se ha de perder; pero cuentan cómo, acabado el cuarto Sol, se
oscureció todo el mundo, y estuvieron en tinieblas veinticinco años continuos;
y que a los quince años de aquella espantosa oscuridad los dioses formaron un
hom-bre y una mujer, que luego tuvieron hijos, y de allí a diez años apareció
el sol recién criado, y nacido en día de conejo; y por eso traen la cuenta de
sus años desde aquel día y figura. Así que, contando de entonces hasta el año
de 1552, ha su sol ochocientos cincuenta y ocho años; por manera que ha muchos
años que usan de escritura pintada; y no solamente la tie-nen desde ce tochtli,
que es comienzo del primer año, mes y día del quinto Sol, mas también la usaban
en vida de los otros cuatro soles perdidos y pasados; pero dejábanlas olvidar,
diciendo que, con el nuevo Sol, nuevas
BIBLIOTECA AYACUCHO
387
debían ser todas las otras cosas. También cuentan
que, tres días después que apareció este quinto Sol, se murieron los dioses;
porque veáis cuáles eran; y que andando el tiempo nacieron los que al presente
tienen y ado-ran; y por aquí los convencían los religiosos que los convertían a
nuestra santa fe.
CAPÍTULO CCVII
CHICHIMECAS
Hay en esta tierra, que llaman Nueva-España, muchas
y muy diversas gene-raciones; dicen que la más antigua es los chichimecas, y
que vinieron de Aculuacán, que es más allá de Xalixco, cerca de los años de 720
que Cristo nació, reduciendo su cuenta a la nuestra; y que muchos de ellos
poblaron alrededor de la laguna de Tenuchtitlan; pero que se acabaron o se
perdió su nombre, mezclándose con otros.
No tenían rey cuando entraron aquí; no hacían
lugar, ni aun casa; mo-raban en cuevas y por los montes, andaban desnudos, no
sembraban, no comían maíz ni otras semillas, ni pan de ninguna suerte,
manteníanse de raíces, hierbas y frutas del campo; y como eran muy diestros de
tirar un arco, mataban muchos venados, liebres, conejos y otros animales y
aves, y comían toda esta caza, no guisada, sino cruda y seca al sol; también
comían culebras, lagartos y otras sabandijas así, sucias, asquerosas y bravas y
aun hoy día hay muchos de ellos allá en su naturaleza que viven así.
Siendo, empero, tan bárbaros y viviendo vida tan
bestial, eran hombres religiosos y devotos; adoraban al Sol, ofrecíanle
culebras, lagartijas y seme-jantes animalejos; ofrecíanle asimismo todo género
de aves, desde águilas hasta mariposas; no hacían sacrificio con sangre, no
tenían ídolos, ni aun del Sol, a quien tenían por uno y solo dios; casaban con
una sola mujer, y aquella no parienta en grado ninguno; eran feroces y
belicosos, a cuya causa señoreaban la tierra.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
388
CAPÍTULO CCVIII
ACULUAQUES
Setecientos y setenta o más años ha que vinieron a
esta tierra de la laguna unas gentes muy guerreras, pero de mucha policía y
razón, que se llamaron los de Aculúa. Estos comenzaron, luego en viniendo, a
poblar lugares y sembrar maíz y otras legumbres, y usaban de figuras por
letras. Era gente de lustre, y había entre ellos algunos señores. Fundaron
sobre la laguna a Tu-llacinco, que fue su primera puebla; y porque venían de
Tulla, poblaron luego a Tullán, y después a Tezcuco, y de allí a Couatlichan, de
donde fue-ron a Culuacán, que otros dicen Coyacán, y en él asentaron y
residieron muchos años.
Estando allí hicieron unas casillas y chozuelas en
una isleta alta y enjuta de la laguna, alrededor de la cual había ciertas
charcas y manantiales, que creo llamaban México; las cuales casas pajizas
fueron el comienzo de la gran ciudad México Tenuchitlán. Había cerca de
doscientos años que esta-ban allí estos de Aculúa, cuando comenzaron los
chichimecas a desechar la rudez y bárbaras costumbres que tenían, y a comunicar
con ellos por matri-monio y contrataciones; que antes o no habían querido o no
osaban.
CAPÍTULO CCIX
MEXICANOS
En este medio tiempo llegaron a esta tierra los
mexicanos, nación también extranjera y en aquellos reinos nueva, aunque algunos
quieren sentir que son de los mismos de Aculúa, por cuanto la lengua de los
unos y de los otros es toda una; y dicen que no trajeron señores, sino
capitanes. Entraron tam-bién ellos por Tullán, y caminaron hacia la laguna;
poblaron a Azcapuzal-co, y luego a Tlacopan y Chapultepec, y de allí edificaron
a México, cabece-ra de su señorío, por oráculo del diablo.
Crecieron tanto en hacienda y reputación, que en
muy breve fueron mayores señores en la tierra que los de Aculúa ni que los
chichimecas. Die-ron guerra a sus vecinos, vencieron muchas batallas; tuvieron
esto, que a los que se les daban, ponían ciertos tributos o parias, y a los que
les resistían,
BIBLIOTECA AYACUCHO
389
robaban y servíanse de ellos y de sus hijos y
mujeres por esclavos. Comenza-ron por vía de religión; añadiéronle luego las
armas y fuerza; y después codi-cia, y así se quedaron señores de todo, y
pusieron la silla de su imperio en México. Traían cuenta y razón con el tiempo
por escrito de figuras, si ya no la tomaron de aquellos otros de Aculuacán
después que trabaron con ellos amistad y parentesco.
Según los libros de esta gente, y común opinión de
sus hombres sabios y leídos, salieron estos mexicanos de un pueblo llamado
Chicomuztotlh, y todos nacieron de un padre, dicho por nombre Iztacmixcoatlh,
el cual tuvo dos mujeres. En Ilancueitl, que fue la una, hubo seis hijos. El
primero se lla-mó Xelhúa, el segundo Tenuch, el tercero Ulmecatlh, el cuarto
Xicalanca-tlh, el quinto Mixtecatlh, el sexto Otomitlh. En Chimalmath, que fue
la otra mujer, hubo a Quezalcoatlh.
Xelhúa, que era el primogénito y mayorazgo, fundó y
pobló a Cuahu-quechulan, Izcuzan, Epatlan, Teupantlan, Teouacan, Cuzcatlan,
Teutitlan y otros muchos lugares.
Tenuch pobló a Tenuchtitlan, y de él se dijeron al
principio Tenuchca, según algunos cuentan, y después se llamaron Mexica. De
este Tenuch salie-ron muchas personas muy excelentes, y sus descendientes
vinieron a mandar toda la tierra y a ser señores de todo su linaje, y de otras
muchas gentes.
Ulmecatlh pobló también muchos lugares en aquella
parte a do ahora está la ciudad de los Ángeles, y nombrolos Totomiuacan,
Uicilapan, Cuet-laxcoapan, y otros así.
Xicalancatlh anduvo más tierra, llegó a la Mar del
Norte, y en la costa hizo muchos pueblos; pero a los dos más principales llamó
de su mismo nombre. El un Xicalanco está en la provincia de Maxcalcinco, que es
cerca de la Veracruz, y el otro Xicalanco está cerca de Tabasco. Éste es un
gran pueblo y de mucho trato, donde se hacen grandes ferias, a las cuales van
muchos mercaderes de lejos tierras; y los de allí andan por toda la tierra
con-tratando. Hay gran distancia del un pueblo de estos al otro.
Mixtecatlh echó por la otra parte y corrió hasta la
Mar del Sur, donde pobló a Tututepec; edificó a Acatlán, que hay del uno al
otro cerca de ochenta leguas; y todo aquel trecho de tierra se llama
Mixtecapan. Es un gran reino, rico, abundante, de mucha gente y muy buenos
pueblos.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
390
Otomitlh subió a las montañas que están a la
redonda de México. Po-bló muchos lugares. Los mejores y el riñón de todos ellos
es Xilotepec, Tu-llán y Otompan. Ésta es la mayor generación de toda la tierra
de Anauac, la cual, allende de ser muy diferente en la habla, andan los hombres
chamo-rros. También hay quien dice que los chichimecas vienen de este Otomitlh,
por ser entrambas naciones de baja suerte y la más soez y servil gente que hay
en toda esta tierra.
Quezalcoatlh edificó, o como dicen algunos,
reedificó a Tlaxcallan, Huexocinco, Chololla y otras ciudades. Fue aqueste
Quezalcoatlh hombre honesto, templado, religioso, santo y, como ellos tienen,
dios. No fue casa-do ni conoció mujer. Vivió castísimamente, haciendo muy
áspera peniten-cia con ayunos y disciplinas. Predicó, según se dice, la ley
natural, y enseño-la con obra, dando ejemplo de buenas costumbres. Instituyó el
ayuno, que antes no lo usaban, y fue el primero que en esta tierra hizo
sacrificio de san-gre; mas no como ahora lo usan estos indios con muerte de
infinitos hom-bres, sino sacando sangre de las orejas y lenguas, por
penitencia, por castigo y por remedio contra el vicio de mentir y del escuchar
la mentira, que no son pequeños vicios entre esta gente. Creen que no murió,
sino que se desapa-reció en la provincia de Coazacoalco, junto al mar. Tal lo
pintan cual yo cuento, a Quezalcoatlh; y porque no saben o porque encubren su
muerte, lo tienen por el dios del aire y lo adoran en toda esta tierra,
principalmente en Tlaxcallan y Chololla y en los demás pueblos que fundó; y así
le hacen en ellos extraños ritos y sacrificios.
Tanto como dicho es poblaron y anduvieron estos
siete hermanos, o conquistaron; que también se cuenta de ellos haber sido
hombres muy gue-rreros. Va todo ello muy en suma, así porque basta para
declaración del li-naje y tierra de estos mexicanos, como por acortar muchos
cuentos que so-bre esto tienen los indios, que presumen de sangre, y de leídos
en sus antigüedades. Los españoles, aunque han procurado saber muy de raíz el
origen de los reyes mexicanos, no se determinan a certificar las opiniones;
solamente afirman que así como todos los de México y Tezcuco se precian de
llamar Aculuaques, así los que son de aquel linaje y lenguaje son hom-bres de
más cualidad y estofa que los otros; y así también, son más estimados y
temidos, y su lengua, costumbres y religión es lo mejor y lo que más se usa.
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CAPÍTULO CCX
POR QUÉ SE DICEN ACULUAQUES
Los señores de Tezcuco, que verdaderamente son
señores de Aculuacán, y más antiguos que los mexicanos, se jactan de descender
de un caballero que era más alto que ninguno de todos los de aquella tierra, de
los hombros arri-ba, por lo cual le llamaron Aculli, como si dijésemos el
hombrudo o el alto de hombros, que aculli es hombro, aunque también quiere
decir el hueso que baja del hombro al codo. Allende que este Aculli fue hombre
de gran estatura, fue asimismo grande en todas sus cosas, especialmente en las
gue-rras, que venció de animoso y valiente.
Los señores de México, que son los mayores y los
grandes, y en fin los reyes de los reyes, se precian de ser y de llamarse de
Culúa, diciendo que descienden de un Chichimecatlh, caballero muy esforzado, el
cual ató una correa al brazo de Quezalcoatlh por junto al hombro, cuando andaba
y conversaba entre los hombres. Lo que tuvieron por un gran hecho, y de-cían:
“Hombre que ató a un dios, atará a todos los mortales”; y así, de allí adelante
le llamaron Aculhuatli, que como poco ha dije, aculli es el hueso del codo al
hombro, y el mismo hombro. Valió, y pudo mucho después aquel Aculhuatli, y dio
comienzo a sus hijos de tal manera, que vinieron sus descendientes a ser reyes
de México en aquella grandeza que Moteczuma estaba cuando Fernando Cortés le
prendió. Así que parece que vienen de Chichimecatlh, aunque por diversos
efectos, y dicen que por diferenciarse tienen aquel cuento los de Tezcuco, y
éste los de México.
CAPÍTULO CCXI
DE LOS REYES DE MÉXICO
Cuenta su historia que vinieron a esta tierra los
chichimecas el año, según nuestra cuenta, de 721 después que Cristo nació. El
primer señor y hombre principal que nombran y señalan en la orden y sucesión de
su reino y linaje, es Totepeuch, y es de pensar que o se estuvieron sin rey,
como ya en otra parte dije, o que no declaran el capitán que traían, o que
Totepeuch vivió muy mucho tiempo; que pudo ser, pues murió más de cien años
después
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
392
que entraron en esta tierra. Muerto que fue
Totepeuch, se juntó toda la na-ción en Tullán, e hicieron señor a Topil, hijo
de Totepeuch y de edad de veintidós años. Fue rey cincuenta años, o casi.
Estuvieron sin señor, después que Topil murió, más
de ciento y diez años; pero no cuentan la causa, o quizá se olvidan el nombre
del rey o reyes que fueron en aquel espacio de tiempo. Al cabo del cual,
estando allí en Tullán, sobre ciertas diferencias y pasiones que los
advenedizos tuvieron con los naturales, se hicieron dos señores. Piensan
algunos que entre los mismos chichimecas hubo bandos sobre quién mandaría; que
como de Topil no quedaban hijos, había muchos deseosos de mandar. Empero de
cualquier manera que fue, se tiene por cierto que eligieron dos señores, y que
cada uno de ellos echó por su camino con los de su parcialidad o linaje. Uemac
fue un señor, y salió de Tullán por una parte. Nauhiocín, que fue el otro
señor, y natural chichimeca, se salió también del pueblo, y se vino hacia la
laguna con los de su valía; fue rey más de setenta años, y acaece vivir los
hombres mucho tiempo.
Por muerte de Nauhiocín reinó Cuauhtexpetlatl.
Tras Cuauhtexpetlatl fue rey Uecín.
Nonoualcatl sucedió a Uecín.
Reinó después de él Achitometl.
Tras Achitometl heredó Cuauhtonal, y a los diez
años de su reinado lle-garon los mexicanos a Chapultepec. Esto es según la
cuenta de algunos; por ende parece que no tienen mucha antigüedad.
Sucedió en el señorío a este Achitometl Mazazín.
A Mazazín heredó Queza.
Tras Queza fue rey Chalchiuhtona.
Por muerte de Chalchiuhtona vino a reinar
Cuauhtlix.
A Cuauhtlix sucedió Johuallatonac.
Reinó tras Johuallatonac, Ciuhtetl.
Al tercer año que reinaba se metieron los mexicanos
a do es ahora México.
Muerto Ciuhtetl, fue rey Xiuiltemoc.
Cuxcux sucedió a Xiuiltemoc.
Murió Cuxcux, y heredole Acamapichtli. Al sexto año
de su reinado se
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393
levantó Achitometl, hombre muy principal, y con
deseo y ambición de rei-nar le mató, y tiranizó aquel señorío de Aculuacán
cerca de doce años, y no solamente mató al rey, sino también a seis hijos y
herederos. Illancueitl, que era la reina, o según algunos, ama, huyó con
Acamapichcín, hijo o sobrino, pero heredero forzoso de Cauatlichán. Doce años
después que Achitometl señoreaba, se fue a los montes desesperado, y por miedo
no le matasen los suyos, que andaban muy revueltos. Con su ida, o con las crueldades,
muer-tes, agravios y otros malos tratamientos que había hecho a los vecinos, se
despobló aquella ciudad de Culuacán, y por falta del rey comenzaron a go-bernar
la tierra los señores de Azcapuzalco, Cuauhnauac, Chalco, Couatli-chan y
Huexocinco.
Después que Acamapich se crió algunos años en
Couatlichan, le lleva-ron a México, donde le tuvieron en mucho, por ser de tan
alto linaje y legíti-mo heredero y señor de la casa y estado de Culúa; y como
había de ser tan gran príncipe, luego que fue de edad para casarse procuraron
muchos ca-balleros de México darle sus hijas por mujeres. Acamapich tomó hasta
veinte mujeres de aquellas más notables y principales, y de los hijos que tuvo
en ellas vienen los más y mayores señores de toda esta tierra; y porque no se
perdiese la memoria de Culuacán, poblola, y puso en ella por señor a su hijo
Nauhiocín, que fue segundo de tal nombre. Y él asentó y residió en México; fue
un excelente príncipe y un gran varón, y cuantas cosas quiso se le hicieron a
su sabor, que, como ellos dicen, tenía la fortuna en la mano. Tornó a ser señor
de Culuacán, como su padre lo fue; fue asimismo rey de México, y en él se
comenzó a extender el imperio y nombre mexicano; y en cuarenta y seis años que
reinó se ennobleció muy mucho aquella ciudad Mexicotenuchtitlan. Dejó Acamapich
tres hijos, que todos tres reinaron tras él, uno en pos de otro.
Muerto Acamapich, sucedió en el señorío de México
su hijo mayor Ui-ciliuitl, el cual casó con heredera del señorío de Cuauhnauac,
y con ella se-ñoreó aquel estado.
A Uiciliuitl sucedió su hermano Chimapopoca.
A Chimapopoca sucedió el otro su hermano, dicho
Izcoua. Este Izcoua señoreó a Azcapuzalco, Cuauhnauac, Chalco, Couatlichan y
Huexocinco. Mas tuvo por acompañados en el gobierno a Nezaualcoyocín, señor de
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
394
Tezcuco, y al señor de Tlacopan, y de aquí adelante
mandaron y goberna-ron estos tres señores cuantos reinos y pueblos obedecían y
tributaban a los de Culúa; bien que el principal y el mayor de ellos era el rey
de México, el segundo el de Tezcuco y el menor el de Tlacopan.
Por muerte de Izcoua reinó Moteczuma, hijo de
Uiciliuitl, que tal cos-tumbre tenían en las herencias, de no suceder en el
señorío los hijos a los padres que tenían hermanos, hasta ser muertos los tíos;
mas en muriendo, heredaban los hijos del hermano mayor, como hizo este
Moteczuma.
Tras este Moteczuma vino a suceder en el reino una
su hija, que no ha-bía otro heredero más cercano; la cual casó con un su
pariente, y parió de él muchos hijos, de los cuales fueron reyes de México
tres, uno tras otro, como habían sido los hijos de Acamapich.
Axayaca fue rey después de su madre, y dejó un
hijo, que llamó Motec-zuma por amor de su abuelo.
Por muerte de Axayaca reinó su hermano Tizocica.
A Tizocica sucedió Auhizo, que también era su
hermano.
Como fue muerto Auhizo, entró a reinar Moteczuma, y
comenzó el año de 1503. Este fue a quien prendió Cortés. Quedaron muchos hijos
de este Moteczuma, a lo que dicen algunos. Cortés dice que dejó tres hijos
varones con muchas hijas. El mayor de ellos murió entre muchos españoles al
huir de México. De los otros dos, era uno loco y otro perlático. Don Pedro
Mo-teczuma, que aún vive, es su hijo, y señor de un barrio de México; el cual,
porque se da mucho al vino, no le han hecho mayor señor. De las hijas, una fue
casada con Alonso de Grado y otra con Pedro Gallego, y después con Juan Cano,
de Cáceres; y primero que con ellos, casó con Cuetlauac. Fue bautizada, y
llamose doña Isabel. Parió de Pedro Gallego un hijo, que lla-maron Juan Gallego
Moteczuma, y de Juan Cano parió muchos. Otros di-cen que no tuvo Moteczuma más
de dos hijos legítimos: a Axayaca, varón, y a esta doña Isabel; aunque bien hay
que averiguar cuáles hijos y cuáles mu-jeres de Moteczuma eran legítimos.
Muerto que fue Moteczuma, y echados de México los
españoles, fue rey Cuetlauac, señor de Itazcpalapan, su sobrino, o como algunos
quieren, hermano. No vivió más de sesenta días, aunque otros dicen mucho menos.
Murió de las viruelas que pegó el negro de Narváez.
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Por muerte de Cuetlauac reinó Cuahutimoc, sobrino
de Moteczuma y sacerdote mayor; el cual, por reinar descansado, mató a Axayaca,
a quien pertenecía el reino, y tomó por mujer a la doña Isabel que arriba dije.
Este Cuahutimoc perdió a México, aunque la defendió esforzadamente.
CAPÍTULO CCXII
LA MANERA COMÚN DE HEREDAR
Muchas maneras hay de heredar entre los de la
Nueva-España, y mucha di-ferencia entre nobles y villanos, por lo cual pondré
aquí algo de ello. Es cos-tumbre de pecheros que el hijo mayor herede al padre
en toda la hacienda raíz y mueble, y que tenga y mantenga todos los hermanos y
sobrinos, con tal que hagan ellos lo que él les mandare. A esta causa hay
siempre en cada casa muchas personas. La razón por donde no parten la hacienda
es por no disminuirla con la partición y particiones que una tras otra se harían;
lo cual, aunque es muy bueno, trae grandes inconvenientes. El que así hereda
paga al señor los tributos y pechos que su casa y heredad es obligada, y no
más; y si está en lugar que pagan al señor por cabezas, da entonces aquel
hermano mayor tantos cacaos por cada hermano y sobrino que tiene en casa, o
tantas plumas o mantas o cargas de maíz, o las otras cosas que suelen pechar; y
así, pecha mucho, y parece a quien no lo sabe que es un desafora-do pecho. Y a
la verdad, muchas veces no lo pueden pagar, y los venden o toman por esclavos.
Cuando no hay hermanos ni sobrinos que hereden
forzosamente, vuel-ven las haciendas al señor o al pueblo, y entonces las da el
señor o el pueblo a quien les place, con la carga de tributo y servicio que
tiene, y no más; bien que siempre hay respeto a darlas a parientes de los que
las tuvieron. Y aun-que los pueblos hereden a los vecinos, no es para concejo
la renta, sino para el señor, del cual tienen tomado a renta, o como decimos
acá, a censo perpe-tuo, todo el término. Repártenlo por suertes, y contribuyen
por rata.
En otros lugares heredan al padre todos los hijos,
y reparten entre sí la ha-cienda, que parece más justo y más libertad. Algunos
señoríos hay que, aun-que hereda el hijo mayor, no entra en posesión sin
decreto y voluntad del pue-blo, o sin licencia del rey, a quien debe y reconoce
vasallaje, a cuya causa
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396
muchas veces venían a heredar los otros hijos; y de
aquí debe ser que en seme-jantes estados los padres nombran cuál hijo les
heredará; y dicen que en mu-chos lugares dejaba mandado el padre qué hijo tenía
de sucederle en el seño-río. En los pueblos de república, que se gobernaban en
común, tenían diferentes maneras de heredar los estados, pero siempre se miraba
el linaje.
La general costumbre entre reyes y grandes señores
mexicanos es here-dar primero los hermanos que los hijos, y luego los hijos del
hermano ma-yor, y tras ellos los hijos del primer heredero; y si no había hijos
ni nietos, heredaban los parientes más propincuos. Los reyes de México, Tezcuco
y otros sacaban del Estado lugares para dar a hijos y para dotar las hijas; y
aun como eran poderosos, querían que siempre los hijos de las mujeres
mexica-nas, hijas y sobrinas del rey heredasen el señorío de los padres, si
bien no fuesen los mayores ni a los que pertenecía el Estado.
CAPÍTULO CCXIII
LA JURA Y CORONACIÓN DEL REY
Aunque heredaban unos hermanos a otros, y tras
ellos el hijo del primer hermano, no usaban del mando ni creo que del nombre
del rey hasta ser ungidos y coronados públicamente. Luego pues que el rey de
México era muerto y sepultado, llamaban a cortes al señor de Tezcuco, y al de
Tlaco-pán, que eran los mayores y mejores, y a todos los otros señores súbditos
y sufragáneos al imperio mexicano, los cuales venían muy presto. Si había duda
o diferencia quién debía de ser rey, averiguábase lo más presto que podían, y
si no, poco tenían que hacer. En fin, llevaban al que pertenecía el reino,
desnudo todo, excepto lo vergonzoso, al templo grande de Uitcilo-puchtli. Iban
todos muy callando y sin regocijo ninguno. Subíanlo de brazo las gradas arriba
dos caballeros de la ciudad, que para esto nombraban, y delante de él iban los
señores de Tezcuco y de Tlacopán, sin entremeterse nadie en medio; los cuales
llevaban sobre sus mantas ciertas enseñas de sus dictados y oficios en la
coronación y ungimiento. No subían a las capillas y altar sino pocos seglares,
y aquellos para vestir al nuevo rey y para hacer al-gunas ceremonias; que todos
los demás miraban de las gradas y del suelo, y aun de los tejados, y todo se
henchía: tanta gente cargaba a la fiesta.
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Llegaban pues con mucho acatamiento, hincábanse de
rodillas al ídolo de Uitcilopuchtli, tocaban el dedo en tierra y besábanlo.
Venía luego el gran sacerdote vestido de pontifical, con otros muchos
revestidos también de las sobrepecilles que, según en otra parte dije, ellos
usan; y sin hablarle palabra, le teñía todo el cuerpo con una tinta muy negra,
hecha para aquel efecto; y tras esto, saludando o bendiciendo al ungido,
rociábale cuatro veces de aquella agua bendita y a su modo consagrada, que dije
guardaban en la con-sagración del dios de masa, con un hisopo de ramas y hojas
de caña, cedro y sauz, que hacían por algún significado o propiedad. Poníale
después sobre la cabeza una manta toda pintada y sembrada de huesos y calaveras
de muerto, encima de la cual le vestía otra manta negra, y luego otra azul, y
ambas estaban con cabezas y huesos de muerto, muy al natural pintados.
Echábale al cuello unas correas coloradas, largas y
de muchos ramales, de cuyos cabos colgaban ciertas insignias de rey, como
pinjantes; colgábale también a las espaldas una calabacita llena de ciertos
polvos, en cuya virtud no le tocase pestilencia, ni le cayese dolor ni
enfermedad ninguna, y para que no le aojasen viejas, ni encantasen hechiceros,
ni engañasen malos hombres, y en fin, para que ninguna cosa mala le empeciese
ni dañase. Po-níale asimismo en el brazo izquierdo una taleguilla con el incienso
que ellos usan, y dábale un braserico con ascuas de corteza de encina. El rey
se levan-taba entonces, echaba de aquel incienso en las brasas, y con gran
mesura y reverencia sahumaba a Uitcilopuchtli, y sentábase. Llegaba luego el
gran sacerdote, y tomábale juramento de palabra, y conjurábale que tendría la
religión de sus dioses, que guardaría los fueros y leyes de sus antecesores,
que mantendría justicia, que a ningún vasallo ni amigo agraviaría, que sería
valiente en la guerra, que haría andar al Sol con su claridad, llover las
nubes, correr los ríos, y producir la tierra todo género de mantenimientos.
Éstas y otras cosas imposibles prometía y juraba el nuevo rey. Daba las gracias
al gran sacerdote, encomendábase a los dioses y a los miradores, y con tanto le
abajaban los mismos que lo subieron, por la orden que primero. Comenza-ba luego
la gente a decir a voces que fuese para bien su reinado, y que le go-zase
muchos años con salud de todo el pueblo. Entonces vierais bailar a unos, tañer
a otros, y a todos que mostraban sus corazones con las muchas alegrías que
hacían. Antes de bajar las gradas llegaban todos los señores que
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
398
estaban en las Cortes y en corte a darle
obediencia. Y en señal del señorío que sobre ellos tenía, le presentaban
plumajes, sartas de caracoles, collares y otras joyas de oro y plata, y mantas
pintadas con la muerte. Acompañábanle hasta una gran sala, e íbanse.
El rey se asentaba en uno como estrado, que llaman
tlacatecco. No sa-lía del patio y templo en cuatro días, los cuales gastaba en
oración, sacrifi-cios y penitencia. No comía más de una vez al día, y aunque
comía carne, sal, ají y todo manjar de señor, ayunaba. Bañábase una vez al día
y otra la noche en una gran alberca, donde se sangraba de las orejas, e
incensaba al dios del agua Tlaloc. También incensaba los otros ídolos del patio
y tem-plo, ofreciéndoles pan, fruta, flores, papeles y cañuelas tintas en sangre
de su propia lengua, narices, manos y otras partes que se sacrificaba. Pasados
aquellos cuatro días, venían todos los señores a llevarlo a palacio con
grandísima fiesta y placer del pueblo; mas pocos le miraban a la cara des-pués
de la consagración. Con haber dicho estas ceremonias y solemnidad que México
tenía en coronar su rey, no hay qué decir de los otros reyes, porque todos a
los más siguen esta costumbre, salvo que no suben en alto, sino al pie de las
gradas. Venían luego a México por la confirmación del estado, y vueltos a sus
tierras, hacían grandes fiestas y convites, no sin bo-rracheras ni sin carne
humana.
CAPÍTULO CCXIV
LA CABALLERÍA DEL TECUITLI
Para ser tecuitli, que es el mayor dictado y
dignidad tras los reyes, no se ad-miten sino hijos de señores. Tras años y más
tiempo antes de recibir el hábi-to de esta caballería, convidaban a la fiesta a
todos sus parientes y amigos, y a los señores y tecuitles de la comarca.
Venían, y juntos miraban que el día de la fiesta fuese de buen signo, por no
comenzarla con escrúpulo. Acom-pañaban al caballero novel todos los del pueblo
hasta el templo grande del dios Camaxtle, que era el mayor ídolo de las
repúblicas. Los señores, los amigos y parientes que convidados estaban, lo
subían por las gradas al al-tar, hincábanse todos de rodillas delante el ídolo,
y el caballero estaba muy devoto, humilde y paciente. Salía luego el sacerdote
mayor, y con un aguza-
BIBLIOTECA AYACUCHO
399
do hueso de tigre, o con una uña de águila, le
horadaba las narices, entre cuero y ternillas, de pequeños agujeros, y metíale
en ellos unas piedrezue-las de azabache negro, y no de otro color; hacíale tras
esto un gran vejamen, injuriándole mucho de palabras y obras, hasta desnudarlo
en carnes, salvo lo deshonesto. El caballero se iba entonces así desnudo a una
sala del tem-plo, y comenzaba a velar las armas, asentábase en el suelo, y allí
se estaba re-zando. Comían los convidados muy de regocijo; pero en acabando, se
iban sin hablarle.
Como anochecía, le traían ciertos sacerdotes unas
mantas groseras y vi-les que vistiese; una estera y un tajoncillo por almohada,
en que se recostase, y otro por silla para sentarse; traíanle tinta con que se
tiznase, púas de metl con que se punzase las orejas, brazos y piernas; un
brasero y resina para in-censar los ídolos; y si había gente con él, echábanla
fuera, y no le dejaban más de tres hombres, soldados viejos y diestros en la
guerra, que le indus-triasen y tuviesen en vela. No dormía en cuatro días sino
algunos ratillos, y aquellos asentado; que los soldados le despertaban
picándole con púas de metl. Cada media noche sahumaba los ídolos, y ofrecíales
gotas de sangre que de su cuerpo sacaba. Andaba todo el patio y templo una
vuelta alrede-dor, cavaba en cuatro partes iguales, y allí soterraba papel,
copalli, y cañas con sangre de sus orejas, manos, pies y lengua. Tras esto
comía; que hasta entonces no se desayunaba. Era la comida cuatro bollicos o
buñuelos de maíz, y una copa de agua. Alguno de estos tales caballeros no comía
bocado en cuatro días. Acabados estos cuatro días, pedía licencia a los
sacerdotes para ir a cumplir su profesión a otros templos; que a su casa no
podía, ni lle-gar a su mujer, aunque la tuviese, durante el tiempo de la
penitencia.
Al cabo del año, y de allí adelante, cuando quería
salir, aguardaba a un día de buen signo para que saliese en buen pie, como
había entrado. El día que había de salir venían todos los que primero le
honraron, y luego por la mañana le lavaban y limpiaban muy bien, y le tornaban
al templo de Camax-tle con mucha música, danzas y regocijo. Subíanle a cerca
del altar, desnu-dábanle las mantillas que traía, atábanle los cabellos con una
tira de cuero colorado al colodrillo, de la cual colgaban algunas plumas, cubríanlo
de una fina manta, y encima de ella le echaban otra manta riquísima, que era el
hábito e insigna de tecuitli.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
400
Poníanle en la mano izquierda un arco, y en la
derecha unas flechas. Luego el sacerdote le hacía un razonamiento, del cual era
la summa que mirase la orden de caballería que había tomado, y así como se
diferenciaba en el hábito, traje y nombre, así se aventajase en condición,
nobleza, libera-lidad, y otras virtudes y obras buenas; que sustentase la
religión, que defen-diese la patria, que amparase los suyos, que destruyese los
enemigos, que no fuese cobarde, y en la guerra que fuese como águila o tigre,
pues por eso le agujereaba con sus uñas y huesos la nariz, que es lo más alto y
señalado de la cara, donde está la vergüenza del hombre. Dábale tras esto otro
nombre, y despedíale con bendición.
Los señores y convidados forasteros y naturales se
sentaban a comer en el patio, y los ciudadanos tañían y cantaban conforme a la
fiesta, y bailaban el netoteliztli. La comida era muy abastada de toda suerte
de viandas, mu-cha caza y volatería, que de solos gallipavos se comían a yantar
mil, y mil y quinientos. No hay número de las codornices que allí se gastaban,
ni de los conejos, liebres, venados, perrillos capados y cebones. También
servían culebras, víboras y otras serpientes guisadas con mucho ají; cosa que
parece increíble, pero es cierta. No quiero decir las muchas frutas, las
guirnaldas de flores, los mazos de rosas y cañutos de perfumes que ponían en
las mesas; pero digo que gentilmente se embeodaban con aquellos sus vinos. En
fin, en semejantes fiestas no había pariente pobre.
Daban a los señores tecuitles y principales
convidados plumajes, man-tas, tocas, zapatos, bezotes, y orejeras de oro o
plata o piedras de precio. Esto era más o menos, según la riqueza y ánimo del
nuevo tecuitli, y confor-me a las personas que se daba. También hacía grandes
ofrendas al templo y a los sacerdotes. El tecuitli se ponía en los agujeros de
la nariz que le hizo el sacerdote, granillos de oro, perlezuelas, turquesas,
esmeraldas y otras pie-dras preciosas, que en aquello se conocían y diferenciaban
de los otros los tales caballeros. Atábanse los cabellos en la guerra a la
coronilla. Era prime-ro en los votos, en los asientos y presentes; era el
principal en los banquetes y fiestas, en la guerra y en la paz, y podrían traer
tras de sí un banquillo para sentarse do quiera que le pluguiese. Este dictado
tenían Xicotencatl y Maxixca, que fue un gran amigo de Cortés, y por eso eran
capitanes, y tan preeminentes personas en Tlaxcallan y su tierra.
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CAPÍTULO CCXV
LO QUE SIENTEN DEL ÁNIMA
Bien pensaban estos mexicanos que las ánimas eran
inmortales, y que pena-ban o gozaban según vivieron, y toda su religión a esto
se encaminaba; pero donde más claramente lo mostraban, era en los mortuorios.
Tenían que ha-bía nueve lugares en la tierra donde iban a morar los difuntos:
uno junto al Sol, y que los hombres buenos, los muertos en batalla y
sacrificados iban a la casa del Sol, y que los malos se quedaban acá en la
tierra; y repartíanse de esta manera: los niños y mal paridos iban a un lugar, los
que morían de vejez o enfermedad iban a otro, los que morían súbita y
arrebatadamente iban a otro, los muertos de heridas y mal pegajoso iban a otro,
los ahogados a otro; los justiciados por delitos, como eran hurto y adulterio,
a otro; los que ma-taban a sus padres, hijos y mujeres, tenían casa por sí.
También estaban por su cabo los que mataban al señor y a sacerdote alguno.
La gente menuda comúnmente se enterraba. Los
señores y ricos hom-bres se quemaban, y quemados, los sepultaban. En las
mortajas había gran diferencia, y más vestidos iban muertos que anduvieron
vivos. Amortaja-ban las mujeres de otra manera que a los hombres, ni que a los
niños. Al que moría por adúltero vestían como al dios de la lujuria, dicho
Tlazolteutl; al ahogado, como a Tlaloc, dios del agua; al borracho, como a
Ometochtli, dios del vino; al soldado, como a Uitcilopuchtli; y finalmente, a
cada oficial daban el traje del ídolo de aquel oficio.
CAPÍTULO CCXVI
ENTERRAMIENTO DE LOS REYES
Cuando enferma el rey de México ponen máscaras a
Tezcatlipuca o Uitcilo-puchtli, o a otro ídolo, y no se la quitan hasta que o
sana o muere. Cuando espiraba enviábanlo a decir a todos los pueblos de su
reino para que llora-sen, y a llamar los señores que le eran parientes y
amigos, y que podían venir a las honras dentro de cuatro días; que los vasallos
ya estaban allí.
Ponían el cuerpo sobre una estera, velábanle cuatro
noches gimiendo y plañiendo. Lavábanlo, cortábanle una guedeja de cabellos de
la coronilla, y
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
402
guardábanlos, diciendo que en ellos quedaba la
memoria de su ánima. Me-tíanle en la boca una fina esmeralda; amortajábanle con
diecisiete mantas muy ricas y muy labradas de colores, y sobre ellas iba la
divisa de Uitcilopu-chtli o Tezcatlipuca, o la de algún otro ídolo su devoto, o
la del dios en cuyo templo se mandaba enterrar. Poníanle una máscara muy
pintada de dia-blos, y muchas joyas, piedras y perlas. Mataban luego allí el
esclavo lampa-rero, que tenía cargo de hacer lumbre y sahumerios a los dioses de
palacio, y con tanto llevaban el cuerpo al templo. Unos iban llorando y otros
cantan-do la muerte del rey; que tal era su costumbre. Los señores, los
caballeros y criados del difunto llevaban rodelas, flechas, mazas, banderas,
penachos y otras cosas así, para echar en la hoguera. Recibíalos el gran
sacerdote con toda su clerecía a la puerta del patio, en tono triste; decía
ciertas palabras, y hacíale echar en un gran fuego que para lo quemar estaba
hecho, con todas las joyas que tenía. Echaban también a quemar todas las armas,
plumajes y banderas con que le honraban, y un perro que lo guiase adonde había
de ir, muerto primero con una flecha que le atravesase el pescuezo.
Entre tanto que ardía la hoguera, y quemaban al rey
y el perro, sacrifica-ban los sacerdotes doscientas personas, aunque en esto no
había tasa ni or-dinario. Abríanlos por el pecho, sacábanles los corazones, y
arrojábanlos en el fuego del señor, y luego echaban los cuerpos en un carnero.
Estos, así muertos por honra y para servicio de su amo, como ellos dicen, en el
otro siglo, eran por la mayor parte esclavos del muerto y de algunos señores
que se los ofrecían; otros eran enanos, otros contrahechos, otros monstruosos,
y algunas eran mujeres. Ponían al difunto en casa, y en el templo muchas rosas
y flores, y muchas cosas de comer y de beber, y nadie las tocaba sino
sacerdotes, que debía ser ofrenda.
Otro día cogían la ceniza del quemado, y los
dientes, que nunca se que-man, y la esmeralda que llevaba a la boca; todo lo
cual metían en una arca pintada por dentro de figuras endiabladas, con la
guedeja de cabellos, y con otros pocos cabellos que cuando nació le cortaron, y
tenían guardados para esto. Cerrábanla muy bien, y ponían encima de ella una
imagen de palo, he-cha y ataviada al propio como al difunto. Duraban las
obsequias cuatro días, en los cuales llevaban grandes ofrendas las hijas y
mujeres del muerto, y otras personas, y poníanlas donde fue quemado y delante
la arca y figura.
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403
Al cuarto día mataban por su alma quince esclavos,
o más o menos, según que les parecía; a los veinte días mataban cinco; a los
sesenta, tres; a los ochenta, que era como cabo de año, nueve.
CAPÍTULO CCXVII
DE CÓMO QUEMAN PARA ENTERRAR
LOS REYES DE MICHUACÁN
El rey de Michuacán, que era grandísimo señor, y
que competía con el de México, cuando estaba muy a la muerte y desahuciado de
los médicos, nombraba al hijo que quería por rey; el cual llamaba todos los
señores del reino, gobernadores, capitanes y valientes soldados que tenían
cargos de su padre, para enterrarle; al que no venía castigábale como a
traidor. Todos venían, y le traían presentes, que era como aprobación del
reinado. Si el rey estaba enfermo en artículo de muerte, cerraban las puertas
de la sala porque ninguno entrase allá. Ponían la divisa, silla y armas reales
en un portal del patio de palacio, para que allí se recogiesen los señores y
los otros caballe-ros. En muriendo alzaban todos ellos y los demás un gran
llanto, entraban do estaba su rey muerto, tocábanle con las manos, bañábanlo
con agua olo-rosa, vestíanle una camisa muy delgada, calzábanle unos zapatos de
vena-do, que es el calzado de aquellos reyes; atábanle cascabeles de oro a los
tobi-llos, poníanle ajorcas de turquesas en las muñecas, en los brazos
brazaletes de oro, en la garganta gargantillas de turquesas y otras piedras, en
las orejas zarcillos de oro, en el bezo un bezote de turquesas, y a las
espaldas un gran trenzado de muy linda pluma verde. Echábanle en unas anchas
andas, que tenían una muy buena cama; poníanle al un lado un arco y un carcax
de piel de tigre, con muchas flechas; y al otro un bulto tamaño como él, hecho
de mantas finas, a manera de muñeca, que llevaba un grande plumaje de plu-mas
verdes, largas y de precio. Llevaba su trenzado, zapatos, brazaletes y collar
de oro.
Entre tanto que unos hacían esto, lavaban otros a
las mujeres y hom-bres que habían de ser muertos para acompañar al rey al
infierno. Dában-les muy bien de comer, y emborrachábanlos para que no sintiesen
mucho la muerte. El nuevo señor señalaba las personas que habían de ir a servir
al
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404
rey su padre, porque muchos no holgaban de tanta
honra y favor; aunque algunos había tan simples o engañados, que tenían por
gloriosa muerte aquélla. Eran principalmente siete mujeres nobles y señoras:
una para que llevase todos los bezotes, arracadas, manillas, collares y otras
joyas así ricas, que solía ponerse el muerto; otra era para copera, otra que le
sirvie-se aguamanos, otra que le diese el orinal, otra por cocinera, y la otra
por lavandera. También mataban otras muchas esclavas, y mozas de servicio, que
eran libres. No lleva cuenta los hombres esclavos y libres que mata-ban el día
del enterramiento del rey, porque mataban uno y aun más de cada oficio. Limpios
pues estos escogidos, hartos y beodos, se teñían los rostros de amarillo, y se
ponían en las cabezas sendas guirnaldas de flores, e iban como en procesión
delante del cuerpo muerto, unos tañendo cara-coles, otros huesos, otros en
conchas de tortugas, otros chiflando, y creo que todos llorando.
Los hijos del muerto y los señores principales
tomaban en hombros las andas, y caminaban paso a paso al templo de su dios
Curicaveri; los parien-tes rodeaban las andas y cantaban ciertos cantares
tristes y revesados; los criados, los hombres valientes, y de cargos de
justicia o guerra, llevaban ventalles, pendones y diversas armas. Salían de
palacio a media noche con grandes tizones de tea y con grandísimo ruido de
trompetas y atabales. Los vecinos de las calles por do pasaban, barrían y
regaban muy bien el suelo. En llegando al templo daban cuatro vueltas a una
hacina de leña de pino, que tenían hecha para quemar el cuerpo; echaban las
andas encima del montón de leña, y poníanle fuego por debajo; y como era seco,
presto ardía. Achocaban entre tanto los enguirnaldados con porras, y
enterrábanlos de cuatro en cuatro con los vestidos y cosas que llevaban, detrás
del templo, a raíz de las paredes.
En amaneciendo, que ya el fuego era muerto, cogían
la ceniza, huesos, piedras y oro derretido en una rica manta, e iban con ello a
la puerta del tem-plo; salían los sacerdotes, bendecían las endemoniadas
reliquias, envol-víanlas en aquella y en otras mantas, hacían una muñeca,
vestíanla muy bien como hombre, poníanle máscara, plumaje, zarcillos, saltales,
sortijas, bezo-tes y escabeles de oro; arco, flechas, y una rodela de oro y
pluma a las espal-das, que parecía un ídolo muy compuesto. Abrían luego una sepultura
al
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pie de las gradas, ancha y cuadrada, y honda dos
estados; emparamentában-la de esteras nuevas y buenas por todas cuatro paredes
y el suelo; armaban dentro una cama, entraba cargado de la muñeca un religioso,
cuyo oficio era tomar a cuestas los dioses, y tendíala en la cama con los ojos
hacia levan-te. Colgaba muchas rodelas de oro y plata sobre las esteras, y
muchos pena-chos, saetas y algún arco. Arrimaba tinajas, ollas, jarros y
platos. En fin, él henchía la huesa de arcadas encoradas, con ropa y joyas, de
comida y de ar-mas. Salíanse, y cerraban el hoyo con vigas y tablas, y
echábanle por encima un suelo de barro, con tanto se iban.
Lavábanse mucho todos aquellos señores y personas
que habían llega-do al sepultado, y hecho algo en el enterramiento, y luego
comían en el pa-tio de palacio, asentados, pero sin mesa. Limpiábanse con
sendos copos de algodón. Tenían las cabezas bajas, estaban mustios, y no
hablaban sino “Dame a beber”. Esto les duraba cinco días, y en todos ellos no
se encendía fuego en casa ninguna de aquella ciudad Chincicila, si no era en
palacio y templos; ni se molía maíz sobre piedra, ni se hacía mercado, ni
andaban por las calles; y en fin, hacían todo el sentimiento posible por la
muerte de su señor.
CAPÍTULO CCXVIII
DE LOS NIÑOS
Es costumbre de esta tierra saludar al niño recién
nacido, diciendo: “¡Oh criatura! ¡Ah chiquito! Venido eres al mundo a padecer;
sufre, padece y calla”. Pónenle luego un poco de cal viva en las rodillas, como
quien dice: “Vivo eres, pero morir tienes, o por muchos trabajos has de ser
tornado polvo como esta cal, que piedra era”. Regocijan aquel día con bailes y
canta-res y colación.
Era general costumbre no dar leche las madres a sus
hijos el primer día todo entero que nacían, porque con la hambre tomasen
después la teta de mejor gana y apetito; pero mamaban ordinariamente cuatro
años arreo, y tierras había que doce. Las cunas son de cañas o palillos muy
livia-nos, por no hacer pesada la carga. También se los echan las madres y amas
al cuello sobre las espaldas, con una mantilla que les toma todo el cuerpo,
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y que se la atan ellas a los pechos por las puntas,
y de aquella manera los llevan caminando, y les dan la teta por el hombro;
huyen de empreñarse criando, y la viuda no se casa hasta destetar el hijo, que
mal contado les era lo contrario.
En algunas partes zambullen los niños en albercas o
fuentes o ríos o en tinajas el primer día que nacen, por les endurecer el cuero
y carne, o quizás por lavarles la sangre, hedor y suciedad que sacan del
vientre de las madres; la cual costumbre algunas naciones de por acá la
tuvieron. Hecho esto, les ponen, si es varón, una saeta en la mano derecha, y
si hembra, un huso o una lanzadera, denotando que se habían de valer, él por
las armas, y ella por la rueca.
En otros pueblos bañaban las criaturas a los siete
días, y en otros a los diez que nacieron; y allí ponían al hombre una rodela en
la izquierda y una flecha en la derecha. A la mujer le ponían una escoba, para
entender que el uno ha de mandar y el otro obedecer. En este lavatorio les
ponían nombre, no como querían, sino el del mismo día en que nacieron; y desde
a tres me-ses suyos, que son de los nuestros dos, los llevaban al templo, donde
un sa-cerdote que tenía la cuenta y ciencia del calendario y signos, les daba
otro sobrenombre, haciendo muchas ceremonias, y declaraba las gracias y
virtu-des del ídolo cuyo nombre les ponía, pronosticándoles buenos hados.
Co-mían estos tales días muy bien, bebían mejor, y no era buen convidado el que
no salía borracho. Sin estos nombres de los días siete y sesenta, toma-ban
algunos señores otros, como era de Tecuitli y Pilli; mas esto acontecía raras
veces.
El castigo de los hijos toca a los padres, y el de
las hijas a las madres. Azótanlos con hortigas, danles humo a narices, estando
colgados de los pies; atan a las muchachas de los tobillos, porque no salgan
fuera de casa; hiérenlas en el labio y pico de la lengua, por la mentira; son
muy apasiona-dos por mentir todos estos indios, y por enmienda y por quitarlos
de este vicio ordenó Quezalcoatl el sacrificio de la lengua. Caro les costó a
muchos el mentir al principio que nuestros españoles ganaron la tierra; porque
pre-guntados dónde había oro y sepulturas ricas, decían que en tal y tal cabo;
y como no se hallase por más que cavaban, descoyuntábanlos a tormentos y
golpes, y aun los aperreaban.
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407
Los pobres enseñaban a sus hijos sus oficios, no
porque no tuviesen li-bertad para mostrarles otro, sino porque los aprendiesen
sin gastar con ellos. Los ricos, en especial caballeros y señores, enviaban a
los templos sus hijos como habían cinco años, y a esta causa había tantos
hombres en cada templo, cuantos en otra parte dije. Allí había un maestro para
doctrinarlos; tenía esta congregación de mancebos tierras propias en que coger
pan y fru-ta; tenía sus estatutos, como decir, ayunar tantos días de cada mes,
sangrarse las fiestas, rezar y no salir sin licencia.
CAPÍTULO CCXIX
ENCERRAMIENTO DE MUJERES
A las espaldas de los templos grandes de cada
ciudad había una muy gran sala y aposento por sí, donde comían, dormían y
hacían su vida muchas mujeres; y aunque las tales salas no tenían puerta,
porque no las usan, están seguras. Bien que nuestros españoles hablaban lo que
pensaban de aquella abertura y libertad, sabiendo que aun do hay puertas saltan
los hombres paredes. Diversas intenciones y fines tenían las que dormían en
casas de los dioses; pero ninguna de ellas entraba para estar allí toda su vida,
aunque había entre ellas mujeres viejas. Unas entraban allí por enfermedades,
otras por necesidad y otras por ser buenas. Algunas porque los dioses les
diesen riquezas, muchas porque les diesen larga vida, y todas porque les diesen
buenos maridos y muchos hijos. Prometían de servir y estar en el templo un año,
y dos, y tres o más tiempo, y después casábanse.
Lo primero que hacían luego en entrando era
trasquilarse, a diferencia de las otras, o porque los ministros del mismo
templo traían cabellos. Su oficio era hilar algodón y pluma, y tejer mantas
para sí y para los ídolos, ba-rrer el patio y salas del templo; que las gradas
y capillas altas los ministros las barrían. Tenían sus ciertas sangrías del
cuerpo con que aplacer al diablo; iban las fiestas solemnes, o siendo menester,
en procesión con los sacerdo-tes, ellos por una hilera y ellas por otra; pero no
subían las gradas ni canta-ban; vivían de por amor de Dios, que sus parientes,
y los ricos y devotos, las sustentaban, y les daban carne cocida y pan
caliente, que ofreciesen a los ídolos; que siempre se ofrecía así porque
subiese el olor y vaho en alto, y
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408
gustasen los dioses; comían en comunidad, y dormían
juntas en una sala, como monjas, o por mejor hablar, como ovejas; no se
desnudaban, dicen por honestidad y por levantarse más presto a servir los
dioses y a trabajar; aunque no sé qué se habían de desnudar las que andaban
casi en carnes; bailaban las fiestas ante los dioses, según el día.
La que hablaba o se reía con algún hombre seglar o
religioso era repre-hendida, y la que pecaba con alguno mataban, juntamente con
el hombre; tenían que se les habían de podrir las carnes a las que perdían allí
su virgini-dad, y por el miedo del castigo e infamia eran buenas mujeres
estando allí; y las que hacían aquel mal recado de su persona, hacían
grandísima peniten-cia y permanecían en la religión.
CAPÍTULO CCXX
DE LAS MUCHAS MUJERES
Casan especialmente los hombres ricos, y soldados,
y los señores, con mu-chas mujeres; unos con cinco, otros con treinta, quién
con ciento, quién con ciento cincuenta, y tal rey había que con muchas más. Por
do no es de maravillar que haya en aquella tierra muchos hermanos, todos hijos
de un mismo padre, pero no de madre, y así Nezaualpilcintli y su padre
Nezaual-coyo, que fueron señores de Tezcuco, tuvieron cada cien hijos, y cada
otras tantas hijas.
Algunas provincias y generaciones hay, como son
chichimecas, maza-tecas, otomías y pinoles, que no toman más de una sola mujer,
y aquella no parienta, aunque también es verdad que los señores y caballeros
toman cuantas quieren, a fuer de México. En unas partes compran las mujeres, en
otras las roban, y generalmente las piden a los padres, y esto en dos maneras,
o para mujeres, o por amigas. Cuatro causas dan para tener tantas mujeres: la
primera es el vicio de la carne, en que mucho se deleitan; la segunda es por
tener muchos hijos; la tercera por reputación y servicio; la cuarta es por
granjería; y esta postrera usan más que otros los hombres de guerra, los de
palacio, los holgazanes y tahúres; hácenlas trabajar como esclavas, hilando,
tejiendo mantas para vender, con que se mantengan y jueguen. Casan ellos a los
veinte años y aun antes, y ellas a diez.
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No casan con su madre ni con su hija ni con su
hermana; en lo demás poco parentesco guardan; aunque algunos se hallaron
casados con sus pro-pias hermanas, cuando venidos al santo bautismo, dejaban
las muchas mu-jeres, y quedaban con sola una; casaban con cuñadas, con las
madrastras en quien sus padres no tuvieron hijos; pero dicen que no era lícito.
Nezaualco-yo, señor de Tezcuco, mató cuatro de sus hijos porque durmieron con
sus madrastras. En Michuacán tomaban por mujer a la suegra, estando casados primero
con la hija, y de esta manera tenían a hija y a madre.
Aunque toman muchas mujeres, a unas tienen por
legítimas, a otras por amigas, y a otras por mancebas. Amiga llaman a la que
después de casados demandaban, y manceba a la que ellos se tomaban.
Los hijos de las mujeres que traen dote heredan al
padre, y entre gran-des señores heredaban los hijos de las del linaje del rey
de México, aunque tuviesen otros hijos mayores en mujeres dotadas.
CAPÍTULO CCXXI
LOS RITOS DEL MATRIMONIO
Siempre va la mujer a velarse a casa del marido, y
ordinariamente va a pie, aunque en algunas partes traían la novia a cuestas, y
si es señora, en andas sobre hombros. Sale a recibirla al umbral de la puerta
el desposado, e in-ciénsala con un braserillo de ascuas y resina olorosa; danle
a ella otro, y sa-húmale también a él; tómala por la mano y métela al tálamo, y
asiéntanse ambos a dos junto al fuego de una estera nueva; llegan entonces unos
como padrinos, y átanle las mantas una con otra. Estando así atados, da el
novio a la novia unos vestidos de mujer, y ella a él vestidos de hombre. Traen
luego la comida, y el esposo da de comer a la esposa de su mano, y también la
des-posada da de comer al desposado.
Entre tanto que pasaban todas estas cosas y ritos
de desposorio, baila-ban y cantaban los convidados, y en alzando la mesa,
hacíanles presentes porque los habían honrado, y no mucho después cenaban
largamente, y con el regocijo y calor de las viandas, guisadas con mucho ají,
bebían de tal suerte, que cuando venía la noche pocos faltaban de borrachos.
Los novios solamente estaban en seso, por haber comido muy poco, que bien se
mos-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
410
traban en aquello novios, y casi no comen en los
cuatro días primeros; que todo su hecho era rezar, y sangrarse para ofrecer la
sangre al dios de las bo-das. No consuman matrimonio en todo aquel tiempo, ni
salen de la cámara sino para la necesidad natural que nadie puede excusar, o
para el oratorio de casa, a sahumar los ídolos; creían que saliendo de otra
manera fuera de la cámara, en especial ella, que había de ser mala de su
cuerpo; sahuman la cama cuando quieren dormir, y entonces, y cuando visitaban
los altares, se vestían de la divisa del dios de las bodas.
A la cuarta noche venían ciertos sacerdotes
ancianos, y hacían la cama a los novios. Juntaban dos esteras nuevas flamantes,
que nadie las hubiese es-trenado; ponían en medio de ellas unas plumas, una
piedra chalchihuitl, que es como esmeralda, y un pedazo de cuero de tigre;
tendían luego enci-ma de todo ello las mejores mantas de algodón que había en
casa, ponían asimismo a las esquinas de la cama hojas de cañas y púas de metl,
decían ciertas palabras, e íbanse. Los novios sahumaban la cama y acostábanse.
Esta era la propia noche de novios. Otro día luego por la mañana llevaban la
cama con cuantas cosas tenía, y la sangre que el novio había sacado a la
no-via, y la que entrambos se sangraron, sobre las hojas de caña, a ofrecer al
templo; volvían los sacerdotes, y estándose bañando los novios sobre unas
esteras verdes de espadañas, les echaba uno de ellos con la mano cuatro ve-ces
agua, a manera de bendición, en reverencia de Tlaloc, dios del agua, y otras
cuatro a reverencia de Ometochtli, dios del vino. Empero si eran se-ñores los
novios, echábanles agua con un plumaje; vestían tras esto los no-vios de ropa
nueva o limpia; daban al novio un incensario bendito con que sahumase los
ídolos de su casa, y ponían a la novia pluma blanca sobre la cabeza, y en las manos
y pies pluma colorada; y en estando así emplumada, cantaban y bailaban los
convidados, y bebían mejor que la otra vez.
No hacían estas ceremonias los pobres ni esclavos;
pero hacían algu-nas, y aquellas eran las que ligaban; ni tampoco guardaban
estos ritos los que se casaban con sus mancebas; y dicen que si la madre o
padre de la amancebada requerían al que la tenía se casase con ella, pues tenía
hijos, que el tal hombre, o la tomaba por mujer, o nunca más a ella tornaba.
En Tlaxcallan y en otras muchas ciudades y
repúblicas, por principal ceremonia y señal de casados se trasquilan los
novios, por dejar los cabellos
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y lozanía de mozos, y criar de allí adelante otra
manera de cabello. La esen-cial ceremonia que tienen en Michuacán es mirarse
mucho y en hito los no-vios al tiempo que los velan, que de otra manera no es
matrimonio, pues parece que dicen no.
En Mixtecapán, que es una gran provincia, llevaban
cierto trecho a cuestas al desposado cuando se casa, como quien dice: “Por
fuerza te has de casar, aunque no quieres, para haber hijos”. Danse las manos
los novios en fe y señal que se han de ayudar el uno al otro. Átanles asimismo
las mantas con un gran ñudo, para que sepan cómo no se han de apartar.
Los mazatecas no se acuestan juntos la noche que
los casan, ni consu-man matrimonio en aquellos veinte días; antes están todo
aquel tiempo en ayuno y oración, y como ellos dicen, en penitencia,
sacrificándose los cuer-pos, y untando los hocicos de los ídolos con su propia
sangre.
En Pánuco compran los hombres las mujeres por un
arco y dos flechas y una red. No hablan los suegros con los yernos el primer
año que se casan. No duermen con las mujeres después de paridas en dos años,
porque no se tornen a empreñar antes de haber criado los hijos, aunque maman
doce años; a esta causa tienen muchas mujeres. Nadie come de lo que tocan y
gui-san las que están con su camisa, sino son ellas mismas.
El divorcio no se hacía sin muy justas causas ni
sin autoridad de justi-cia. Esto era en las mujeres legítimas, y públicamente
casadas; que las otras con tanta facilidad se dejaban como se tomaban. En
Michuacán se podían apartar jurando que no se miraban. En México probando que
era mala, sucia y estéril; mas, empero, si las dejaban sin causa ni mandamiento
de los jueces, chamuscábanles los cabellos en la plaza, por afrenta y señal que
no tenía seso.
La pena del adulterio era muerte natural; moría
también ella como él. Si el adúltero era hidalgo, emplúmanle, después de
ahorcado, la cabeza. Pó-nenle un penacho verde, y quémanlo. Castigan tanto este
delito, que no ex-cusa la ley al borracho, ni a la mujer, aunque la perdonase
su marido. Por evitar adulterios consienten cantoneras, pero no hay mancebías
públicas.
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CAPÍTULO CCXXII
COSTUMBRES DE LOS HOMBRES
Hablando de mexicanos, es hablar en general de toda
la Nueva-España. Son los hombres de mediana estatura, mas rehechos, leonados en
color, los ojos grandes, las frentes anchas, las narices muy abiertas, los
cabellos gor-dos, negros, largos, mas con garceta. Hay muy pocos crespos ni
bien barba-dos, porque se arrancan y untan los pelos para que no nazcan.
Algunos blancos hay, que se tienen por maravilla. Píntanse mucho y feo en
guerra y bailes. Cúbrense de pluma la cabeza, brazos y piernas, o con escamas de
peces o pieles de tigres y otros animales. Hácense grandes agujeros en las
orejas y narices, y aun en la barbilla, en que ponen piedras, oro y huesos.
Unos se meten allí uñas o picos de águila, otros colmillos de animales, otros
espinas de peces. Los señores, caballeros y ricos traían esto de oro o piedras
finas, hecho al propio; con lo cual andan galanes y bravos, a su pensar.
Cal-zan unos zapatos como alpargatas; pañicos por bragas; visten una manta
cuadrada, añudada al hombro derecho como gitanas. Los ricos, o en fiestas, usan
traer muchas mantas y de colores; en lo demás desnudos van.
Casan a los veinte años, aunque los de Pánuco
primero habían cuaren-ta. Toman muchas mujeres con ritos de matrimonio y muchas
sin él. Pué-denlas dejar, mas no sin causa, mayormente las legítimas. Son
celosísimos; y así, las aporrean mucho. No traen armas sino en la guerra, y
allí averiguan sus pendencias por desafíos. Los chichimecas no admiten
mercaderes de fuera, que los demás hombres mucho tratan; empero sin verdad
ninguna, y por eso compran y venden a daca y toma. Son muy ladrones, mentirosos
y holgazanes. La fertilidad de la tierra debe causar tanta pereza, o por no ser
ellos codiciosos.
Tienen ingenio, habilidad y sufrimiento en lo que
hacen; y así, han aprendido muy bien todos nuestros oficios, y los más sin
maestros y con la vista solamente. Son mansos, lisonjeros y obedientes,
especial con los seño-res y reyes. Religiosísimos sobremanera, aunque
cruelmente, según luego diremos. Danse muy a mucho a la carnalidad, así con
hombres como con mujeres, sin pena ni vergüenza. Agüeran mucho y a menudo; y
así, tienen libros y doctores de los agüeros.
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CAPÍTULO CCXXIII
COSTUMBRES DE LAS MUJERES
Son las mujeres del color y gesto que sus maridos.
Van descalzas, traen ca-misas de medias mangas, lo demás descubierto anda.
Crían largo el cabello, hácenlo negro con tierra por gentileza y porque les
mate los piojos. Las ca-sadas se lo rodean a la cabeza con ñudo a la frente;
las vírgenes y por casar lo traen suelto y echado atrás y adelante. Pélanse y
úntanse todas, para no te-ner pelo sino en la cabeza y cejas; y así, tienen por
hermosura tener chica frente y llena de cabello, y no tener colodrillo. Casan
de diez años, y son lu-juriosísimas. Paren presto y mucho. Presumen de grandes
y largas tetas; y así, dan leche a sus hijos por las espaldas. Entre otras
cosas con que se ado-ban el rostro, es leche de las pepitas de tezonzapotl o
mamey, aunque más lo hacen para no ser picadas de mosquitos, que huyen de
aquella leche amar-ga. Cúranse unas a otras con yerbas, no sin hechicerías; y
así, abortan mu-chas de secreto. Las parteras hacen que las criaturas no tengan
colodrillo, y las madres las tienen echadas en cunas de tal suerte que no les
crezca, por-que se precian sin él. En lo demás, recias cabezas tienen, a causa
de ir desto-cadas. Lávanse mucho, y entran en baños fríos saliendo de baños
calientes, que parece dañoso. Son trabajadoras, de miedo, y obedientes. No
bailan en público, aunque escancian y acompañan a sus maridos en las danzas, si
no se lo manda el rey. Hilan teniendo el copo en una mano y el huso en la otra.
Tuercen al revés que acá, estando el huso en una escudilla. No tiene hueca el
huso, mas hilan apriesa y no mal.
CAPÍTULO CCXXIV
DE LA VIVIENDA
Viven muchos casados en una casa, o por estar
juntos los hermanos y pa-rientes, que no parten las heredades, o por la
estrechura del pueblo, aun-que son los pueblos grandes, y aun las casas. Pican,
alisan y amoldan la pie-dra con piedra. La mejor y más fuerte piedra con que
labran y cortan es pedernal verdinegro. También tienen hachas, barrenas y
escoplos de cobre mezclado con oro o plata o estaño. Con palo sacan piedra de
las canteras, y
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
414
con palo hacen navajas de azabache y de otra más
dura piedra; que es cosa notable. Labran pues con estas herramientas tan bien y
primo, que hay mu-cho que mirar. Pintan las paredes por alegría. Los señores y
ricos usan pa-ramentos de algodón con muchas figuras y colores de pluma, que es
lo más rico y vistoso, y esteras de palma sutilísimas, que es lo común. No hay
puer-tas ni ventanas que cerrar, todo es abierto; y por eso castigan tanto a
los adúlteros y ladrones.
Alúmbranse con tea y otros palos, teniendo cera;
pero no es poco de maravillar. Así estiman y loan mucho ellos ahora las
candelas de cera y sebo, y los candiles que arden con aceite. Sacan aceites de
chia y otras cosas, para pinturas y medicinas, y saín de aves, peces y
animales; mas no saben alumbrarse con ello. Duermen en pajas o esteras, o
cuando mucho, mantas y pluma. Arriman la cabeza a un palo o piedra, o cuando
más a un tajoncillo de hoja de palmas, en que también se sientan. Tienen unas
silletas bajas, con espaldas de hojas de palma, para sentarse, aunque
comúnmente se sientan en tierra.
Comen en el suelo y suciamente, que se limpian a
los vestidos, y aun ahora parten los huevos con un cabello, que se arrancan,
diciendo que así hacían antes, y que les basta. Comen poca carne, creo que por
tener poca, pues comen bien tocino y puerco fresco. No quieren carnero ni
cabrón, porque les hiede; cosa de notar, comiendo cuantas cosas vivas hay, y
aun sus mismos piojos, que es grandísimo asco. Unos dicen que los comen por
sanidad, otros que por gula, otros que por limpieza, creyendo ser más lim-pio
comerlos que matarlos entre las uñas. Comen toda hierba que mal no les huela; y
así, saben mucho en ellas para medicinas, que sus curas sim-ples son. Su
principal mantenimiento es centli y chilli, su bebida ordinaria agua o atulli.
CAPÍTULO CCXXV
DE LOS VINOS Y BORRACHEZ
No tienen vino de uvas, aunque se hallaron vides en
muchas partes, y es de maravillar que habiendo cepas con uvas, y siendo ellos
tan amigos de beber más que agua, cómo no plantaban viñas y sacaban vino de
ellas. La mejor,
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más delicada y cara bebida que tienen, es de harina
de cacao y agua. Algunas veces le mezclan miel y harina de otras legumbres;
esto no emborracha, an-tes refresca mucho, y por eso lo beben con calor y
sudando. Hacen vino de maíz, que es su trigo, con agua y miel. Llámase atulli,
y es muy común breba-je en cada parte, y lo mismo es de todas las otras sus
semillas; pero no embo-rracha si no lo cuecen o confeccionan con algunas
hierbas o raíces.
En las comidas ordinarias conténtanse con ello, y
aun con agua, que basta para sustentación de la vida; mas en partos, bodas y
fiestas de sacrifi-cios quieren bebida que los embeode y desatine; y entonces
mezclan ciertas hierbas que, o con su mal zumo o con el olor pestífero que
tienen, encala-brian y desatinan al hombre muy peor que vino puro de San
Martín, y no hay quien les pueda sufrir el hedor que les sale de la boca, ni la
gana que tie-nen de reñir, y matar al compañero. Cuando se quieren embriagar de
veras, comen unas setillas crudas, que llaman teunanacatlh, o carne de Dios, y
con el amargor que les ponen, beben mucha aguamiel o su común vino y en chi-co
rato quedan fuera de sentido, que se les antoja ver culebras, tigres, caima-nes
y peces que los tragan, y otras muchas visiones que los espantan. Paréce-les
que se comen vivos de gusanos, y como rabiosos, buscan quien los mate, o
ahórcanse. Cuecen también ajenjos con agua y harina de chian, que es como
zaragatona, y hacen un vino amarguillo, que muchos lo beben sin que les
amargue. Barrenan palmas y otros árboles, para beber lo que lloran. Be-ben el
licor que destila un árbol, llamado metl cocido con ocpatli, que es una raíz a
quien, por su bondad, llaman medicina del vino. Poco es saludable, mucho es
dañoso y emborracha gentilmente. No hay perros muertos ni bomba que así hiedan
como el aliento del borracho deste vino.
A los que se emborrachan fuera de las fiestas
públicas y convites que hacían, con licencia del señor o jueces, trasquilan en
medio de la plaza y le derriban la casa, porque quien pierde el seso por su
culpa no merece tener morada entre hombres de razón. Bebían para enloquecer, y
locos, matá-banse o mataban a otros. Echábanse con sus hijas, madres y hermanas
sin diferencia, y para tanto mal chica pena era. También se toman de vino
des-pués que son cristianos, que les saben mejor que los suyos; y para quitarles
la embriaguez, a que tanto se dan, los hacían por justicia esclavos y los
ven-dían a cuatro o cinco reales por un mes.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
416
CAPÍTULO CCXXVI
DE LOS ESCLAVOS
Quiero contar la manera que [los] mexicanos tienen
en hacer esclavos, por-que es muy diferente de la nuestra. Los cautivos en
guerra no servían de es-clavos, sino de sacrificados, y no hacían más de comer
para ser comidos. Los padres podían vender por esclavos a sus hijos, y cada
hombre y mujer a sí mismo. Cuando alguno se vendía, había de pasar la venta
delante a lo menos de cuatro testigos.
El que hurtaba maíz, ropa o gallinas era hecho
esclavo, no teniendo de qué pagar, y entregado a la persona a quien primero
hurtó. Si después de esclavo tornaba a hurtar, o lo ahorcaban o lo
sacrificaban.
El hombre que vendía al libre por esclavo, era dado
por esclavo a quien él quería vender; y esta ley se guardaba mucho, porque no
vendiesen ni co-miesen niños.
Tomaban por esclavos a los hijos, parientes y
sabidores del traidor. El hombre libre que dormía con esclava y la empreñaba,
era esclavo del
dueño de la tal esclava; aunque algunos contradicen
esto, por cuanto mu-chas veces acontecía casarse los esclavos con sus amas, y
las esclavas con sus señores; mas debía ser lícito en caso de casamiento, y no
en deshonra del señor de la esclava.
Los hombres necesitados y haraganes se vendían, y
los tahúres se ju-gaban; pero no iban a servir hasta ser pasado un año de cómo
hicieron la venta.
Las malas mujeres de su cuerpo, que lo daban de
balde si no las querían pagar, se vendían por esclavas por traerse bien, o
cuando ninguno las que-ría, por viejas o feas o enfermas; que nadie pide por
las puertas.
Los padres vendían o empeñaban un hijo que sirviese
de esclavo; pero podían sacar aquél dando otro hijo, y aun había linajes
encensados a susten-tar un esclavo; pero era grande el precio que se daba por
el tal esclavo.
Cuando uno moría con deudas, tomaba el acreedor, si
no había hacien-da, al hijo o a la mujer por esclavo; pero muchos dicen que no
era así, y pudo ser que se obligasen con tal condición, pues era permitido que
se pudiesen vender los hombres libres a sí mismos, y los padres a los hijos.
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Ningún hijo del esclavo ni esclava, que es mucho
más, quedaba hecho esclavo, ni aunque fuese hijo de padre y madre esclavos.
Nadie podía vender su esclavo sin echarle primero
argolla, y no se la echaban sin tener causa y licencia de la justicia. Era la
argolla una collera de palo delgada, como arzón, que ceñía la garganta y salía
al colodrillo, con unas puntas tan largas que sobrepujaban la cabeza, a que no
se las pudiese desatar el argollado. A estos esclavos de argolla podían
sacrificar, y a los que compraban de otras naciones, y ellos ser libres si
podían acogerse a palacio en ciertas fiestas del año, y aun dicen que no se lo podían
estorbar sino los amos o sus hijos; que si los otros los detenían, tenían pena
de ser esclavos, y el esclavo era todavía libre.
Cada esclavo podía tener mujer y pegujal, del cual
muchas veces se redi-mían; aunque pocos se rescataban, como ellos no trabajaban
mucho y los mantenían los amos.
CAPÍTULO CCXXVII
DE LOS JUECES Y LEYES
Los jueces eran doce, todos hombres ancianos y
nobles; tienen renta y luga-res, que son propios de la justicia; determinan las
causas sentados. Las ape-laciones iban a otros dos jueces mayores, que llaman
tecuitlato, y que siem-pre solían ser parientes del señor, y están con él y
llevan ración de su despensa y plato. Consultan con los señores cada mes una
vez todos los ne-gocios, y en cada ochenta días vienen los jueces de la
provincia a comunicar con los de la ciudad y con el rey o señor los casos arduos
y cosas corrientes, para que proveyese y mandase lo que más convenía. Había
pintores, como escribanos, que notaban los puntos y términos del litigio; pero
ningún plei-to dicen que pasaba de ochenta días.
Los alguaciles eran otros doce, cuyo oficio era
prender y llamar a juicio, y su traje mantas pintadas, que de lejos se
conociesen.
Los recaudadores del pecho y tributos traían
ventalles, y en algunas partes unas varas cortas y gordas.
Las cárceles eran bajas, húmedas y oscuras, para
que temiesen entrar
allí.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
418
Juraban los testigos poniendo el dedo en tierra, y
luego en la lengua, y este era el juramento de todos; y es como decir que dirán
verdad con la len-gua por la tierra que los mantiene; otros lo declaran así:
“Si no dijéramos verdad, lleguemos a tal extremo que comamos tierra”. Algunas
veces nom-bran, cuando así juran, el dios del crimen y cosa sobre que es el
pleito o ne-gocio de que se trata.
Trasquilan al juez que cohecha o toma presentes, y
quítanle el cargo, que era grandísima mengua. Cuentan de Nezaualpilcintli que
ahorcó en Tezcuco un juez por una injusta sentencia que dio, sabiendo lo
contrario, e hizo ver a otros el pleito.
Matan al matador sin excepción ninguna.
La mujer preñada que lanzaba la criatura, moría por
ello: era este un vicio muy común entre las mujeres que [cuando] sus hijos no
habían de heredar.
La pena del adulterio era muerte.
El ladrón era esclavo por el primer hurto, y
ahorcado por el segundo.
Muere por justicia con grandes tormentos el traidor
al rey o república.
Matan la mujer que anda como hombre, y al hombre
que anda como
mujer.
El que desafía a otro, sino [es] estando en la
guerra, tiene pena de muerte.
En Tezcuco, según algunos dicen, mataban a los
putos. Debieron esta-blecer esta pena Nezaualpilcintli y Nezaualcoyo, que
fueron justicieros, y libres de aquel pecado; y tanto más son de loar, cuanto
no se castiga en otros pueblos que lo usan públicamente, habiendo mancebía,
como en Pánuco.
CAPÍTULO CCXXVIII
DE LAS GUERRAS
Los reyes de México tenían continua guerra con los
de Tlaxcallan, Pánuco, Michuacán, Tecoantepec y otros para ejercitarse en las
armas, y para, como ellos dicen, haber esclavos que sacrificar a los dioses y
cebar a los soldados; pero la causa más cierta era porque ni les querían
obedecer, ni recibir sus dioses, porque el estilo por do crecieron tanto los
mexicanos en señorío fue
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por dar a otros sus dioses y religión, y si no los
recibían rogándoles con ellos, dábanles guerra hasta sujetarlos e introducir su
religión y ritos.
Movían también guerra cuando les mataban sus
embajadores y merca-deres; pero no la hacían sin primero dar parte al pueblo, y
aun dicen que en-traban en la consulta mujeres viejas, que, como vivían más que
los hombres, se acordaban de cómo se habían hecho las guerras pasadas.
Determinada pues la guerra, enviaba el rey mensajeros a los enemigos a pedir
las cosas robadas, y tomar alguna satisfacción de los muertos, o requerir que
pusie-sen entre sus dioses al de México, y también porque no dijesen que los to-maban
desapercibidos y a traición. Entonces los enemigos, que se sentían poderosos a
resistir, respondían que aguardarían en el campo con las armas en la mano; y si
no, allegaban muy buenos plumajes, tejuelos de oro y plata, piedras y otras
cosas de precio, y enviábanselas, y demandaban perdón, y a Uitcilopuchtli, para
lo poner y tener igual de sus dioses provinciales. Toma-ban a los que hacían
esto por amigos, y poníanles algunos tributos; a los que se defendían, si los
vencían, tenían por esclavos, que llaman ellos, y éranles muy pecheros.
Al soldado que revelaba lo que su señor o capitán
quería hacer, castiga-ban como a traidor y cruelísimamente, que le cortaban
entrambos bezos, las narices, las orejas, las manos por junto al codo, y los
pies por los tobillos; en fin, lo mataban y repartían por barrios, o por
escuadrones si era en los ejércitos, para que viniese a noticia de todos; y
hacían esclavos a los hijos y parientes, y a los que habían sido sabedores de
la traición. No bebían vino que emborrachase los que andaban en guerra, sino el
que hacían de cacao, maíz y semillas.
Emplazábanse los unos enemigos a los otros para la
batalla, la cual siempre era campal, y se daba entre términos. Llaman
quiathlale al espa-cio y lugar que dejan yermo entre raya y raya de cada
provincia para pe-lear, y es como sagrado. Juntas las huestes, hacía señal el
rey de México de arremeter al enemigo con un caracol que suena como corneta; el
señor de Tezcuco con un atabalejo que llevaba echado al hombro, y otros señores
con huesos de pescados que chiflan mucho como caramillos; al recoger hacían otro
tanto. Si el estandarte real caía en tierra, todos huían. Los tlax-caltecas
tiraban una saeta; si sacaban sangre al enemigo, tenían por muy
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
420
cierto que vencerían la batalla, y si no, que les
iría muy mal; aunque, como eran valientes, no dejaban de pelear. Tenían como
por reliquias unas dos flechas que diz que fueron de los primeros pobladores de
aquella ciudad, que habían sido hombres victoriosos. Llévanlas siempre a la
guerra los capitanes generales, y tiraban con ellas o con la una a los enemigos
para tomar agüero, o para encender los suyos a la batalla; unos dicen que las
echaban con traílla, porque no se perdiese: otros que sin ella, para que su
gente, en arremetiendo luego, no diese vagar a los contrarios que la toma-sen y
quebrasen.
Daban gritos, que los ponían en el cielo cuando
acometían; otros aulla-ban, y otros silbaban de tal suerte, que ponían espanto
a quien no estaba hecho a semejante vocería. Los de tierra de Teouacán, de una
vez tiraban dos y tres y cuatro flechas; todos en general traían fiadas al
brazo las espa-das; huían para revolver de nuevo y con mayor ímpetu; antes
querían cauti-var que matar enemigos; jamás soltaban a ninguno, ni tampoco lo
rescata-ban, aunque fuese capitán. El que prendía señor o capitán contrario, era
muy galardonado y estimado; quien soltaba o daba a otro el cautivo que prendía
en batalla, moría por justicia, por ser ley que cada uno sacrificase sus
prisioneros; el que hurtaba o quitaba por fuerza algún preso en guerra, moría
también, porque robaban cosa sagrada y la honra, y como ellos dicen, el
esfuerzo ajeno.
Mataban a los que hurtaban las armas del señor y
capitán general o los atavíos de guerra; porque lo tenían por señal de ser
vencidos. No querían, o no podían, los hijos de señores, siendo mancebos, traer
plumajes, vestidos ricos, ni ponerse collares ni joyas de oro, hasta haber
hecho alguna valentía o hazaña en la guerra, muerto o prendido algún enemigo.
Saludaban prime-ro al cautivo que a quien le cautivó, y toda la tierra le daba
el parabién al tal caballero, como si triunfara. De allí en adelante se ataviaba
ricamente de oro, pluma y mantas de color o pintadas; poníase en la cabeza
ricos y visto-sos plumajes, atados a los cabellos de la coronilla con correas
coloradas de tigre; que todo era señal de valiente.
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CAPÍTULO CCXXIX
DE LOS SACERDOTES
A los sacerdotes de México y toda esta tierra
llamaron nuestros españoles papas, y fue que, preguntados por qué traían así
los cabellos, respondían papa, que es cabello; y así, les llamaban papas, que
entre ellos tlamacazque se dicen los sacerdotes, o tlenamacaque, y el mayor de
todos, que es su prelado, achcauhtli, y es grandísima dignidad. Aprenden y
enseñan los misterios de su religión a boca y por figuras; mas no los comunican
ni descubren a legos, so gravísima pena. Hay entre ellos muchos que no se
casan, por la dignidad, y que son muy notados y castigados si llegan a mujer. Dejan
crecer todos estos sacerdotes el cabello sin jamás cortarlo ni peinar ni lavar,
a cuya causa tenían la cabeza sucia y llena de piojos y liendres; pero los que
hacían esto eran santones; que los otros lavábanse las cabezas cuando se
bañaban, y ba-ñábanse muy a menudo; y así, aunque traían los cabellos muy
largos, traían-los muy limpios; bien que criar cabellos, de suyo es sucio.
El hábito de los sacerdotes es una ropa de algodón
blanca, estrecha y larga, y encima una manta por capa, añudada al hombro
derecho, con ma-dejas de algodón hilado por orlas y rapacejos. Tiznábanse los
días festivos, y cuando su regla mandaba, de negro las piernas, brazos, manos y
cara, que parecían diablos.
Había en el templo de Uitcilopuchtli de México
cinco mil personas al servicio de los ídolos y casa, según en otra parte dije;
pero no todos llegaban a los altares. Las herramientas, vasos y cosas que
tenían por hacer los sacrifi-cios, eran los siguientes: muchos braseros grandes
y pequeños, unos de oro, otros de plata, y los más de tierra; unos para
incensar las estatuas, y otros en que tener lumbre; la cual nunca se había de
matar, que era ruin señal morir-se, y castigaban reciamente a los que tenían cargo
de hacer y atizar el fuego. Gastábanse ordinariamente quinientas cargas de
leña, que son mil arrobas de nuestro peso, y muchos días había de entre año, de
quemar mil y qui-nientas arrobas. También incensaban con los braserillos a los
señores; que así hicieron a Cortés y a los españoles cuando entró en el templo
y derrocó los ídolos; incensaban asimismo a los novios, los consagrados, las
ofrendas y otras mil cosas.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
422
Perfuman los ídolos con hierbas, flores, polvos y
resinas; pero el mejor humo y lo común es el que llaman copalli, el cual parece
incienso, y es de dos maneras: uno era arrugado, que llaman xolochcopalli; en
México está muy blando, en tierra fría estaría duro; quiere nacer en tierras
calientes, y gastar-se en frías. El otro es una goma de copalquahuitl, tan
buena, que muchos es-pañoles la tienen por mirra. Punzan el árbol, y sin
punzarlo, sale y destila gota a gota un licor blanco que luego se cuaja; y de ello
hacen unos paneci-llos como de jabón que se traslucen; éste era su perfecto
olor en sacrificios, y preciada ofrenda de dioses. De esta goma, mezclada con
aceite de olivas, se hace muy buena trementina, y los indios hacen de ella sus
pelotas.
Tienen lancetas de azabache negro, y unas navajas
de a jeme, hechas como puñal, más gordas en medio que a los filos, con que se
sajan y sangran de la lengua, brazos, piernas y de lo que tienen en devoción o
voto. Es aque-lla piedra dura en grandísima manera, y hay otras de la misma
suerte y metal de piedra, pero de muchos colores. Cortan las navajas por
entrambas par-tes, y cortan bien y dulcemente; y si aquella piedra no fuese tan
vidriosa, es como hierro, pero luego salta y se mella. De estas navajas hay infinitas
en el templo, y cada uno las tiene en su casa para sus sacrificios y para
cortar otras cosas.
Tienen asimismo los sacerdotes púas de metl, con
que se pican; y para tomar la sangre que sacan, tienen papel, hojas de caña y
de metl; tienen pajuelas, cañas y sogas para tocar y pasar por las heridas y
agujeros que se hacen en las orejas, lenguas, manos y otros miembros que no son
para decir.
Hay en cada espacio de los templos que está de las
gradas al altar, una piedra como tajón, hincada en el suelo y alta una vara de
medir; sobre la cual recuestan a los que han de ser sacrificados. Tienen un
cuchillo de pedernal, que llaman ellos tecpatl; con estos cuchillos abren los
hombres que sacrifi-can, por las ternillas del pecho. Para coger la sangre
tienen escudillas de ca-labazas, y para rociar con ella los ídolos unos
hisopillos de pluma colorada; para barrer las capillas y placeta donde está el
tajón tienen escobas de plu-mas, y el que barre nunca vuelve las nalgas a los
dioses, sino va siempre ba-rriendo cara atrás. Con tan pocos ornamentos y
aparejo hacían la carnicería que después oiréis.
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CAPÍTULO CCXXX
DE LOS DIOSES MEXICANOS
Ya puse la hechura y grandeza de los templos,
cuando conté la magnificen-cia de México; aquí diré solamente que los tenían
siempre muy limpios, blancos y bruñidos, y los altares muy adornados y ricos.
Colgaban de las paredes cueros de hombres sacrificados, embutidos de algodón,
en memo-ria de la ofrenda y cautiverio que de ellos había hecho el rey; más
cuanto los templos eran limpios, tanto estaban sucios los ídolos, de la mucha
sangre que continuamente les echaban y de la goma que les pegaban.
No había número de los ídolos de México, por haber
muchos templos, y muchas capillas en las casas de cada vecino, aunque los
nombres de los dioses no eran tantos; mas empero afirman pasar de dos mil
dioses, que cada uno tenía su propio nombre, oficio y señal; como decir
Ometochtli, dios del vino, que preside a los convites, o causa que haya vino;
tiene sobre la cabeza uno como mortero, donde le echan vino cuando celebran su
de-vota fiesta, y celébranla muy a menudo y como el santo lo manda. A la diosa
del agua, que dicen Matlacuei, visten camisa azul, que es el color de agua. A
Tezcatlipuca ponían anteojos, porque siendo la providencia, debía de mi-rarlo
todo. En Acapulco había ídolos con gorras como las nuestras. Adoran el Sol, el
fuego, la agua y la tierra, por el bien que les hacen; adoran los true-nos, los
relámpagos y rayos, por miedo; adoran a unos animales por mansos y a otros por
bravos, aunque no sé para qué tenían ídolos de mariposas; ado-raban la langosta
porque no les comiese los panes; las pulgas y mosquitos porque no los picasen
de noche, y las ranas porque les diesen peces. Y acon-teció a unos españoles
que iban a México, en un pueblo de la laguna, que pidiendo de comer otra cosa
que pan, les dijeron que no tenían peces des-pués que su capitán Cortés les
llevó su dios del pescado; y era porque entre los ídolos que les derribó, como
hacía en cada lugar, estaba el de la rana; a la cual tenían por diosa del
pescado, que cantando los convidaba a ello. Si la respuesta fue de creerlo así,
simples eran; mas si fue de maliciosos, gentil-mente se excusaron de darles a
comer. Quizá adoraban la rana porque, siendo todos los otros peces mudos, ella
sola parece que habla.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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CAPÍTULO CCXXXI
CÓMO EL DIABLO SE APARECE
Hablaba el diablo con los sacerdotes, con los
señores y con otros, pero no a todos. Ofrecían cuanto tenían al que se le
aparecía; aparecíaseles de mil maneras, y finalmente, conversaba con todos
ellos muy a menudo y muy fa-miliar, y los bobos tenían a mucho que los dioses
conversasen con los hom-bres; y como no sabían que fuesen demonios, y oían de
su boca muchas co-sas antes que aconteciesen, creían cuanto les decían; y
porque él se lo mandaba, le sacrificaban tantos hombres, y le traían pintado
consigo de tal figura, cual se les mostró la primera vez; pintábanle a las
puertas, en los ban-cos y en cada parte de la casa; y como se les aparecía de
mil trajes y formas, así lo pintaban de infinitas maneras, y algunas tan feas y
espantosas que se ma-ravillaban nuestros españoles; pero ellos no lo tenían por
feo. Creyendo pues estos indios al diablo, habían llegado a la cumbre de
crueldad, so color de religiosos y devotos; y éranlo tanto, que antes de
comenzar a comer, to-maban un poquillo, y lo ofrecían a la tierra o al Sol; de
lo que bebían, derra-maban alguna gota para dios, como quien hace salva; si
cogían grano, fruta o rosas, quitábanle alguna hojuela antes de olerla, para
ofrenda; el que no guardaba estas y semejantes cosillas, no tenía a dios en su
corazón, y como ellos dicen, era mal criado con los dioses.
CAPÍTULO CCXXXII
DESOLLAMIENTO DE HOMBRES
De veinte en veinte días es fiesta festival y de
guardar, que llaman tonalli, y siempre cae el día postrero de cada mes. Pero la
mayor fiesta del año, y don-de más hombres se matan y comen, es de cincuenta y
dos en cincuenta y dos años. Los de Tlaxcallan y otras repúblicas celebran
estas fiestas, y otras muy solemnes, de cuatro en cuatro años.
El postrer día del mes primero, que llaman
tlacaxipeualiztli, matan en sacrificio cien esclavos, los más cautivos de
guerra, y se los comen. Juntába-se todo el pueblo al templo. Los sacerdotes,
después de haber hecho mu-chas ceremonias, ponían los sacrificados uno a uno,
de espaldas sobre la
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piedra, y vivos los abrían por los pechos con un
cuchillo de pedernal; arro-jaban el corazón al pie del altar como por ofrenda,
y luego desollaban quin-ce o veinte de ellos, o menos, según era el pueblo y
los sacrificados; reves-tíanselos otros tantos hombres honrados, así
sangrientos como estaban, que eran abiertos los cueros por las espaldas y
hombros; cosíanselos que viniesen justos, y después bailaban con todos los que
querían. En México se vestía el rey un cuero de estos, que fuese de principal
cautivo, y regocijaba la fiesta bailando con los otros disfrazados. Toda la
gente se andaba tras él por verle tan fiero, o como ellos dicen, tan devoto.
Los dueños de los esclavos se llevaban sus cuerpos
sacrificados, con que hacían plato a todos sus amigos; quedaban las cabezas y
corazones para los sacerdotes; embutían los cueros de algodón o paja, y o los
colgaban en el templo, o en palacio, por memoria; mas esto era habiéndolo
prendido el rey, o algún tecuitli; iban al sacrificadero los esclavos y
cautivos de guerra con los vestidos o divisa del ídolo a quien se ofrecían; y
sin esto, llevaban plumajes, guirnaldas y otras rosas, y las más veces los pintaban
o empluma-ban, o cubrían de flores y hierba. Muchos de ellos, que mueren
alegres, an-dan bailando, y pidiendo limosna para su sacrificio por la ciudad;
cogen mucho, y todo es de los sacerdotes.
Cuando ya los panes estaban un palmo altos, iban a
un monte que para tal devoción tenían diputado, y sacrificaban un niño y una
niña de cada tres años, a honra de Tlaloc, dios del agua, suplicándole
devotamente por ella si les faltaba, o que no les faltase. Estos niños eran
hijos de hombres libres y vecinos del pueblo; no les sacaban los corazones,
sino degollábanlos. En-volvíanlos en mantas nuevas, y enterrábanlos en una caja
de piedra.
La fiesta de tozoztli, que ya los maizales estaban
crecidos hasta la rodi-lla, repartían cierto pecho entre los vecinos, de que
compraban cuatro es-clavitos, niños de cinco hasta siete años, y de otra
nación. Sacrificábanlos a Tlaloc porque lloviese a menudo; cerrábanlos en una
cueva que para esto tenían hecha, y no la abrían hasta otro año. Tuvo principio
el sacrificio de estos cuatro muchachos, de cuando no llovió en cuatro años, ni
aun cinco, a lo que algunos cuentan; en el cual tiempo se secaron los árboles y
las fuen-tes, y se despobló mucha parte de esta tierra, y se fueron a Nicaragua.
El mes y fiesta hueitozoztli, estando ya los panes
criados, cogía cada uno
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
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un manojo de maíz y venían todos a los templos a
ofrecerlo con mucha bebi-da, que llaman atulli, y que se hace del mismo maíz; y
con mucho copalli para sahumar los dioses que crían el pan. Bailaban toda
aquella noche, y ni sacrificaban hombres ni hacían borracheras.
Al principio del verano y de las aguas celebran una
fiesta que llaman tlaxuchimaco, con todas las maneras de rosas y flores que
pueden; ofrécen-las en el templo, enguirnaldando los ídolos con ellas. Gastan
todo aquel día bailando.
Para celebrar la fiesta de tecuilhuitlh se juntaban
todos los caballeros y principales personas de cada provincia, a la ciudad que
era la cabeza; la vigi-lia en la noche vestían una mujer de la ropa e insignias
de la diosa de la sal, y bailaban con ella todos. En la mañana sacrificábanla
con las ceremonias y solemnidad acostumbrada, y estaban el día en mucha
devoción, echando incienso en los braseros del templo.
Ofrecían y comían grandes comidas en el templo el
día de teutleco, di-ciendo: “Ya viene nuestro dios, ya viene”. Debía ser que
llamaban al diablo a comer con ellos.
Los mercaderes, que tenían templo por sí, dedicado
al dios de la ganan-cia, hacían su fiesta en miccailhuitl, matando muchos
esclavos comprados; guardaban fiesta, comían carne sacrificada, y bailaban.
Solemnizaban la fiesta de ezalcoaliztli, que
también era consagrada a los dioses del agua, con matar una esclava y un
esclavo, no de guerra, sino de venta. Treinta días o más antes de la fiesta
ponían dos esclavos, hombre y mujer, en una casa, que comiesen y durmiesen
juntos como casados, y llega-do el día festival, vestían a él las ropas y
divisa de Tlaloc, y a ellas las de Mat-lalcuei, y hacíanles bailar todo el día,
hasta la media noche, que los sacrifica-ban; no los comían como a otros, sino
echábanlos en un hoyo que para esto tenía cada templo.
La fiesta ochpaniztli sacrificaban una mujer;
desollábanla, y vestían el cuero a uno, el cual bailaba con todos los del
pueblo dos días arreo; y ellos ataviábanse muy bien de mantas y plumajes.
Para la fiesta de quecholli salía el señor de cada
pueblo con los sacerdo-tes y caballeros a caza, para ofrecer y matar todo lo
que cazasen, en los tem-plos del campo. Llevaba gran repuesto y cosas que dar a
los que más fieras
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tomasen, o más bravas fuesen, como decir leones,
tigres, águilas, víboras y otras grandes sierpes; toman las culebras a manos, y
mejor hablando a pies; porque se atan los cazadores la yerba picietl a los
pies, con la cual adorme-cen las culebras; no son tan enconadas ni ponzoñosas
como las nuestras, sino son las de Almería. Toman eso mismo las culebras de
cascabel, que son grandes, tocándoles con cierto palo. Sacrificaban este día
todas las aves que tomaban, desde águilas hasta mariposas; toda suerte de animalías,
de león a ratón, y de las que andan arrastrando, de culebra hasta gusanos y
arañas; bailaban, y volvíanse al pueblo.
El día de atamuztli guardaban la fiesta en México
entrando en la laguna con muchas barcas, y anegando un niño y una niña metidos
en un acalli, que nunca más pareciesen, sino que estuviesen en compañía de los
dioses de la laguna. Comían en los templos, ofrecían muchos papeles pintados;
unta-ban los carrillos a los ídolos con ulli, y tal estatua había que le
quedaba la costra de dos dedos de aquella goma.
Cuando hacían la fiesta de tititlh bailaban todos
los hombres y mujeres tres días con sus noches, y bebían hasta caer; mataban
muchos cautivos de los presos en las guerras de lejos tierras.
CAPÍTULO CCXXXIII
SACRIFICIO DE HOMBRES
Por honra y servicio del ídolo del fuego
regocijaban la fiesta que llaman xo-cothueci, quemando hombres vivos. En
Tlacopan, Coyouacán, Azcapu-zalco y otros muchos pueblos, levantaban la víspera
de la fiesta un gran palo rollizo como mástil; hincábanlo en medio del patio o
a la puerta del templo; hacían aquella noche un ídolo de toda suerte de
semillas, envol-víanlo en mantas benditas, y liábanlo porque no se deshiciese,
y a la maña-na poníanlo encima del palo. Traían luego muchos esclavos de guerra
o comprados, atados de pies y manos; echábanlos en una muy grande hogue-ra que
para tal efecto tenían ardiendo; y medio asados, los sacaban del fue-go, y los
abrían, y sacaban los corazones, para hacer las otras solemnidades; bailaban
tras esto el día todo alrededor del palo, y a la tarde derribaban el mástil con
su dios en tierra; cargaba luego tanta gente por tomar algún gra-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
428
nillo o migaja del ídolo, que muchos se ahogaban.
Creían que comiendo de aquello los hacía valientes hombres.
En la fiesta de izcalli sacrificaban muy muchos
hombres, y todos escla-vos y cautivos, a reverencia del dios del fuego. La
principal ceremonia era vestir a un prisionero los vestidos del dios del fuego,
y bailar mucho con él, y cuando andaba cansado matábanlo también como a sus
compañeros.
Donde más cruelmente solemnizan esta fiesta, es en
Cuahutitlán; aun-que no la celebran cada año, sino de cuatro en cuatro años. A
las vísperas de esta fiesta hincaban seis árboles muy altos en el patio, que
todos los viesen, y los sacerdotes degollaban dos mujeres esclavas delante los
ídolos en lo alto de las gradas; desollábanlas enteras y con sus caras,
hendíanles los muslos y sacábanles las canillas. Otro día luego de mañana
tornaban todos al templo a los oficios; subían dos hombres principales del
pueblo a lo alto, y vestíanse los cueros de aquellas desolladas; cubrían sus
caras con las de ellas, como máscaras; tomaban sendas canillas en cada mano, y
muy paso a paso baja-ban las gradas, pero bramando. Estaba la gente como
atónita de verlos bajar así, y todos a voz en grita decían: “Ya vienen nuestros
dioses, ya vienen nuestros dioses, ya vienen”. En llegando al suelo tañían los
atabales, huesos y bocinas, y ataban a los enmascarados con sendas codornices
sacrificadas, por unos agujeros que les hacían en los cueros del brazo de las
muertas; y muchos pliegos de papel pintado, y pegados unos con otro a la fila,
y pren-didos de las espaldas. Iban estos dos hombres bailando por todo el
pueblo, y a cada puerta y cantón les echaban codornices, como en ofrenda,
sacrifi-cándolas; cogían las codornices, que infinitas eran, cenábanselas los
dos re-vestidos, y los sacerdotes y hombres principales del pueblo con el
señor; la razón por que había tanta codorniz era porque venían a la fiesta con
mucha devoción los de la comarca, y aun de diez y más leguas aparte.
Aspaban también el mismo día seis presos en guerra;
empicotábanlos en lo más alto de los seis árboles que habían puesto el día
antes; asaeteában-los luego muchos flecheros, derribaban los árboles, y
hacíanse mil pedazos los huesos, y así como estaban los sacrificaban,
sacándoles el corazón y ha-ciendo las otras ceremonias que suelen;
arrastrábanlos después, y en fin los degollaban. De la manera que mataban
éstos, mataban otros ochenta y aun ciento aquel mismo día, y todos de seis en
seis; jamás se oyó semejante
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crueldad. Dejaban a los sacerdotes las cabezas y
corazones que comiesen o enterrasen, y llevábanse los cuerpos a casa de los
señores, y otro día tenían banquete con ellos, y grandes borracheras. También
sacrificaban más allá de Xalixco hombres a un ídolo como culebra enroscada, y
quemándolos vi-vos, que es lo más cruel de todo, y se los comían medio asados.
CAPÍTULO CCXXXIV
OTROS SACRIFICIOS DE HOMBRES
La mayor solemnidad que hacían por año en México
era al fin de su catorce-no mes, a quien llaman panquezaliztli; y no sólo allí,
pero en toda su tierra la celebraban pomposamente, porque estaba consagrada a
Tezcatlipuca y a Uitcilopuchtli, los mayores y mejores dioses de todas aquellas
partes; den-tro del cual tiempo se sangran muchas veces de noche, y aun entre
día, unos de la lengua, por donde metían pajuelas; otros de las orejas, otros
de las pan-torrillas, y finalmente, cada uno de donde quería y más en devoción
tenía. Ofrecían la sangre y oraciones con mucho incienso a los ídolos, y
después sahumábanlos. Eran obligados de ayunar todos los legos ocho días, y
mu-chos entraban al patio como penitentes para ayunar todo un año entero y para
sacrificarse de los miembros que más pecaban. Entraban asimismo al-gunas
mujeres devotas a guisar de comer para los ayunadores.
Todos éstos tomaban su sangre en papeles, y con el
dedo rociaban o pintaban los ídolos de Uitcilopuchtli y Tezcatlipuca y otros
sus abogados. Antes que amaneciese el día de la fiesta venían al templo todos
los religiosos de la ciudad y criados de dioses, el rey, los caballeros y otra
infinita gente; en fin, pocos hombres sanos dejaban de ir. Salía del templo el
gran achcahutli con una imagen pequeña de Uitcilopuchtli muy arreada y galana,
poníanse todos en rengle, y caminaban en procesión. Los religiosos iban con las
so-brepellices que usan, unos cantando, otros incensando; pasaban por el
Tla-telulco; iban a una ermita de Acolman, donde sacrificaban cuatro cautivos.
De allí entraban en Azcapuzalco, en Tlacopan, en Chapultepec y Uicilopu-chco, y
en un templo de aquel lugar, que estaba fuera en el camino, hacían oración, y
mataban otros cuatro cautivos, con tantas ceremonias y devoción que lloraban
todos. Volvíanse con tanto a México, después de haber anda-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
430
do cinco leguas en ayunas, a comer. A la tarde
sacrificaban cien esclavos y cautivos, y algunos años doscientos. Un año
mataban menos, otro más, se-gún la maña que se daban en las guerras a cautivar
enemigos. Echaban a rodar los cuerpos de cautivos las gradas abajo. A los
otros, que eran de es-clavos, llevaban a cuestas. Comían los sacerdotes las
cabezas de los esclavos y los corazones de los cautivos. Enterraban los
corazones de los esclavos, y descarnaban los de los cautivos para poner en el
osar. Daban con los cora-zones de éstos en el suelo, y echaban los de aquellos
hacia el Sol, que tam-bién en esto los diferenciaban, o tirábanlos al ídolo
cuya era la fiesta; y si le acertaban en la cara era buena señal. Por festejar
la carne de hombres que comían, hacían grandes bailes y se emborrachaban.
Por el mes de noviembre, cuando ya habían cogido el
maíz y las otras legumbres de que se mantienen, celebran una fiesta en honor de
Tezcatli-puca, ídolo a quien más divinidad atribuyen. Hacían unos bollos de
masa de maíz y simiente de ajenjos, aunque son de otra suerte que los de acá, y
echábanlos a cocer en ellos con agua sola. Entre tanto que hervían y se co-cían
los bollos, tañían los muchachos un atabal, y cantaban sus ciertos cantares
alrededor de las ollas; y en fin decían: “Estos bollos de pan ya se tornan
carne de nuestro dios Tezcatlipuca”; y después comíanselos con gran devoción.
En los cinco días que no entran en ningún mes del
año, sino que se an-dan por sí para igualar el tiempo con el curso del Sol,
tenían muy gran fiesta, y regocijábanla con danzas y canciones y comidas y
borracheras, con ofren-das y sacrificios que hacían de su propia sangre a las
estatuas que tenían en los templos y tras cada rincón de sus casas; pero lo
sustancial y principalísi-mo de ella era ofrecer hombres, matar hombres y comer
hombres, que sin muerte no había alegría ni placer.
Los hombres que sacrificaban vivos al Sol y a la
Luna porque no se mu-riesen, como habían hecho otras cuatro veces, eran
infinitos, porque no les sacrificaban un día solamente, sino muchos entre año;
y al lucero que tienen por la mejor estrella mataban un esclavo del rey el día
que primero se les de-mostraba; y descúbrenlo en otoño, y venle doscientos
sesenta días. Atribú-yenle los hados; y así, agüeran por unos signos que pintan
para cada día de aquellos doscientos sesenta. Creen que Topilcín, su rey primero,
se convirtió
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en aquella estrella. Otras cosas y poesías
razonaban sobre este planeta; mas porque para la historia bastan las dichas, no
las cuento; y no sólo matan un hombre al nacimiento de esta estrella, mas hacen
otras ofrendas y sangrías, y los sacerdotes le adoran cada mañana de aquellas,
y sahuman con inciensos y sangre propia, que sacan de diversas partes del
cuerpo.
Cuando más se sangraban estos indios, antes cuando
nadie quedaba sin sangrías ni lancetadas, era habiendo eclipse del Sol, que de
luna no tanto, porque pensaban que se quería morir. Unos se punzaban la frente,
otros las orejas, otros la lengua; quién se sajaba los brazos, quién las
piernas, quién los pechos; porque tal era la devoción de cada uno, aunque
también iban aquellas sangrías según usanza de cada villa; porque se picaban en
el pecho y otros en el muslo, y los más en la cara; y entre los mismos vecinos
de un pueblo era más devoto el que más señales tenía de haberse sangrado, y
mu-chos andaban agujereadas las caras como harnero.
CAPÍTULO CCXXXV
DE UNA FIESTA GRANDÍSIMA
La fiesta que con más sacrificados solemnizaban en
México era de cincuen-ta y dos en cincuenta y dos años; y como a día de
grandísima santidad, ve-nían a ella de diez y de veinte leguas aparte los que
no la celebraban en sus pueblos. Mandaba el achcahutli mayor que matasen con
agua todos los fue-gos de los templos y casas, sin quedar una sola brizna, y
también aquel gran brasero del dios de masa, que nunca se moría; que si moría,
mataban al reli-gioso que tenía cargo de atizarlo, sobre el mismo brasero. Este
matar fue-gos hacían la postrera tarde de los cincuenta y dos años. Iban muchos
tla-macazques de Uitcilopuchtli a Iztacpalapan, dos leguas de México. Subían a
un templo que está en el serrejón Uixachtla, a quien Moteczuma tuvo grandísima
devoción; y después de media noche, ya que comenzaba día, año y tiempo nuevo,
sacaban lumbre de tlecuahuitl, que es palo de fuego, y sacábanla con un palillo
como jugadera, metido de punta por entre dos le-ños secos, atados juntos y
echados en el suelo, y traído a la redonda muy apriesa como taladro. Aquel
mucho mecer y frotar causa tanto calor, que se encienden los leños.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
432
Sacada pues la nueva lumbre, y hechas todas las
otras ceremonias que se requieren y usan, tornaban aquellos sacerdotes a México
muy corriendo con los tizones o ascuas; poníanlas delante el altar de
Uitcilopuchtli con mucha reverencia, hacían gran fuego, sacrificaban un cautivo
en guerra, con cuya sangre rociaba el sacerdote mayor el nuevo fuego, a manera
de bendición. Tras esto llegaban todos, y cada uno llevaba lumbre a su casa, y
los forasteros a sus pueblos. Luego en siendo día sacrificaban en el lugar acostumbrado
y con los ritos que suelen, cuatrocientos esclavos y cautivos, si los había de
guerra, y comíanselos.
CAPÍTULO CCXXXVI
LA GRAN FIESTA DE TLAXCALLAN
Casi las mismas fiestas de México y ritos de
sacrificar hombres tenían en Tlaxcallan, Huexocinco, Chololla, Tepeacac,
Zacatlán y otras ciudades y repúblicas, sino que variaban los nombres a los más
días y dioses. Es verdad que mataban más niños por año para los dioses del agua
Tlaloc, Matlalcuei y Xuchiquezatl, y que en una fiesta asaeteaban un hombre
puesto en una cruz, y en otra acañavereaban otro en una cruz baja, y en otra
desollaban dos mujeres muertas en sacrificio; vestíanse los cueros dos sacerdotes
mo-zos y ligeros; corrían por el patio y por las calles de la ciudad tras los
caballe-ros y bien vestidos; y al que alcanzaban quitábanle las mantas,
plumajes y joyas que para honrar la fiesta se habían puesto.
Empero la gran fiesta suya era de cuatro en cuatro
años, que llaman teuxiuitl, y que quiere decir año de dios, y que cae al
principio de un mes correspondiente a marzo. Al dios en cuyo honor se hacía
dicen Camaxtli, y por otro nombre Mixcouath. Trae la fiesta ciento y sesenta
días de ayuno para los sacerdotes, y para los legos ochenta. Antes de comenzar
el ayuno predicaba el achcahutli mayor a sus hermanos, esforzándolos al trabajo
ve-nidero, amonestándoles fuesen los criados de dios que debían, pues ha-bían
entrado allí a servirle; y en fin, les decía cómo era llegado el año de su dios
para hacer penitencia; por tanto, el que se sintiese flaco o indevoto sa-liese
del patio de dios dentro de cinco días, y no sería culpado ni amengua-do por
ello; mas que si después se salía, habiendo comenzado el ayuno y
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penitencia, sería tenido por indigno del servicio
de los dioses y de la com-pañía de sus siervos, y privado del oficio y honra
clerical, y sus bienes con-fiscados. Pasado el quinto día de plazo,
preguntábales si estaban todos, y si querían ir con él. Respondían que sí; y
con tanto iban con el achcahutli dos-cientos y trescientos y más clérigos a una
sierra, cuatro leguas de Tlaxca-llan, muy áspera y alta.
Quedábanse todos los tlenamacaques, antes de
acabarla de subir, oran-do, y el achcahutli subía solo. Entraba en un templo de
Matlalcuei, y ofrecía al ídolo con grandísima reverencia esmeraldas, plumas
verdes, incienso y papel. Tornábase a la ciudad. Ya para entonces estaban en el
templo todos los servidores de ídolos que había en el pueblo, con muchos haces
de palos. Comían todos muy bien y bebían no poco, que aun el ayuno estaba por
en-trar. Llamaban luego muchos carpinteros, que también hubiesen ayunado y
rezado cinco días, para alisar y aguzar aquellos palos. Íbanse éstos des-pués
de haber hecho su oficio, y venían los navajeros, ayunos asimismo. Sa-caban y
afilaban muchas navajas y lancetas de azabache, y poníanlas sobre mantas
limpias y nuevas. Si alguna de ellas se quebraba primero que se aca-base,
vituperaban al maestro, diciendo que no había ayunado. Los sacerdo-tes
perfumaban aquellas nuevas navajas, y poníanlas al sol en las mismas mantas.
Cantaban unos cantares regocijados al son de ciertos atabalejos. Callaban los
atabales, y cantaban otro cantar triste, y luego lloraban muy recio. Iban
entonces todos, unos tras otros, como quien toma ceniza, a un sacerdote que
estaba en la más alta grada; el cual horadaba, como hombre diestro en el
oficio, la lengua de cada uno por medio con su navaja, que para eso hacían
tantas. Arrodillábanse a Camaxtli, y comenzaban a pasar palos por las lenguas.
Cada uno pasaba según su estado, o tiempo que servía al ídolo; quién ciento,
quién doscientos: pero el achcahutli y los viejos metían aquel día cada
cuatrocientos y cinco palos de aquellos más gordos por el agujero de las
lenguas.
Cuando acababan este sacrificio era más de media
noche. Cantaba lue-go el achcahutli, y respondían los otros barbullando; que la
sangre y dolor no les dejaba libre la voz. Ayunaban veinte días, comiendo muy
poquito, y hacían de manera que no se les cerrase el agujero de la lengua,
porque a los veinte días, y cuarenta, y a los sesenta, y a los ochenta habían
de sacar por él
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
434
otras cada tantas varas cuantas el primero. Así que
sacrificaban cinco veces de esta misma manera en ochenta días, y montaban las
varas, que sólo el ach-cahutli ensangrentaba dos mil y veinte. Al cabo de los
ochenta días ponían un ramo en el patio, que todos lo viesen, para que todos
ayunasen los otros ochenta días que quedaban hasta la Pascua. Y no dejaba nadie
de ayunar, como era su costumbre, comiendo poco y bebiendo agua. No podían
co-mer chili, que es manjar caliente, ni bañarse, ni tocar a mujer, ni apagar
fue-go; y en casa de los señores, como Maxixcacín y Xicotencatl, si el fuego se
moría, mataban al esclavo que lo atizaba, y derramaban la sangre en el ho-gar.
Aquel mismo día que ponían el ramo hincaban ocho varales grandes en el patio,
como virlos, y echaban en medio de ellos todas sus varas ensan-grentadas para
quemar después; pero primero las presentaban a Camaxtli como ofrenda.
En los segundos ochenta días se metían eso mismo,
pajas, aquellos sa-cerdotes por las lenguas; mas no tantas como antes, ni tan
gordas, sino como cañones. Cantaban siempre, y respondían con voz lastimera.
Salían a pedir por las aldeas con ramos en las manos, y dábanles como en
limosna mantas, plumas y cacao. Encalaban y lucían muy bien todas las paredes
del templo, patio y salas; y tres días antes de la fiesta se pintaban los
sacerdotes, unos de blanco, otros de negro, otros de verde, otros de azul, otros
de colo-rado, otros de amarillo, y otros de otro color; en fin, ellos parecían
extraña-mente, porque allende de las muchas colores, se hacían mil figuras por
el cuerpo, de diablos, sierpes, tigres, lagartos y semejantes cosas.
Bailaban todo el día de la víspera sin parar;
venían algunos clérigos de Chololla con las vestiduras de Quezalcoatlh, vestían
a Camaxtli y otro dio-secillo a par de él. Camaxtli era tres estados alto, y el
otro ídolo parecía niño; pero teníanle tanto respecto, que no le miraban a la
cara. Ponían a Camaxtli muchas mantillas, y sobre ellas una tecuxicoalli
grande, y abierta por delan-te, a manera de loba, con aberturas para los
brazos, y con un ruedo muy bien labrado, de hilo de pelos de conejo, que llaman
tochomitl, y luego una capa sin capilla, como allá usan. Una máscara que diz
que trajeron de Puyahutla, veintiocho leguas de allí, los primeros pobladores;
de donde fue natural el mismo Camaxtli. Poníanle un grandísimo penacho verde y
colorado, una muy gentil rodela de oro y pluma en el brazo izquierdo, y en la
mano derecha
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una gran saeta con la punta de pedernal. Ofrecíanle
muchas flores, rosas e incienso. Sacrificábanle muchos conejos, codornices,
culebras, langostas, mariposas y otras cazas. A media noche se revestía un
sacerdote, y sacaba lumbre nueva, y santificábala con la sangre de un cautivo
principal, que de-gollaba, a quien decían hijo del Sol, por haber muerto en tan
bendito día. Íbanse los sacerdotes cada uno a su templo con de aquella nueva
lumbre, y allá sacrificaban hombres a sus ídolos. En el templo de Camaxtli, que
está en el barrio de Ocotelulco, mataban cuatrocientos y cinco presos de
guerra, que tantas varas se pasó por la lengua el gran achcahutli. En el barrio
de Te-peticpac mataban ciento, y casi cada otros tantos en los barrios de
Tizatlán y Quiahuyztlán; y no había pueblo, de veintiocho que tiene, donde no
mata-sen algunos.
En fin, dicen que mataban y comían los de
Tlaxcallan y su provincia aquel día y fiesta de Camaxtli, que celebran de
cuatro en cuatro años, nue-vecientos y aun mil hombres. Los sacerdotes se
desayunaban con aquella bendita carne, y los legos hacían grandes banquetes y
borracheras. Eran grandísimos carniceros estos de Tlaxcallan, y muy valientes
en la guerra. Tenían por valentía y honra haber prendido y sacrificado muchos
enemi-gos, como quien dice haber vencido muchos campos, o tener muchas heri-das
por la cara, recibidas en batalla. Tal tlaxcalteca había cuando Cortés entró
allí, que tenía muertos en sacrificio cien hombres, presos con sus pro-pias
manos.
CAPÍTULO CCXXXVII
LA FIESTA DE QUEZALCOATL
Chololla es el santuario de esta tierra, donde iban
en romería de cincuenta y cien leguas; y dicen que tenía trescientos templos
entre chicos y grandes, y aun para cada día del año el suyo. El templo que
comenzaron para Quezal-coatl era el mayor de toda la Nueva-España, que, según
cuentan, lo querían igualar con el serrejón que llaman ellos Popocatepec, y con
otro que por tener siempre nieve, dicen Sierra-Blanca. Quería ponerle su altar
y estatua en la región del aire, pues le adoraban por dios de aquel elemento;
empero no lo acabaron, a causa, a lo que ellos mismos afirmaban, que edificando
a la
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
436
mayor priesa vino grandísima tempestad de agua,
truenos, relámpagos, y una piedra con figura de sapo. Parecioles que los otros
dioses no consen-tían que aquél se aventajase en casa; y así, cesaron. Todavía
quedó muy alto.
Tuvieron de allí adelante al sapo por dios, aunque
lo comen: aquella piedra que dicen, tenían por rayo; porque muchas veces,
después que son cristianos, han caído terribles rayos allí. Celebran la fiesta
del año de Dios, que cae de cuatro en cuatro años, en nombre de Quezalcoatl;
ayuna el gran achcahutli cuatro días, sin comer más de una vez al día, y
aquella un poco de pan y un jarro de agua; gasta todo aquel tiempo en oraciones
y sangrías. Tras aquellos cuatro días comienzan el ayuno de ochenta días arreo,
antes de la fiesta. Enciérranse los tlamacazques en las salas del patio con
sendos braseros de barro, mucho incienso, púas y hojas de metl, y tizne o tinta
de bija. Siéntanse por orden de unas esteras a raíz de las paredes; no se
levantan sino para hacer sus necesidades; no comen sal ni ají, ni ven mujeres;
no duermen en los primeros sesenta días más de dos horas a prima noche y otras
tantas a primo día. Su oficio era rezar, quemar incienso, sangrarse muchas
veces al día de muchas partes de su cuerpo, y cada media noche ba-ñarse y
teñirse de negro. Los postreros veinte días, ni ayunaban tanto ni co-mían tan
poco.
Ataviaban la imagen de Quezalcoatl riquísimamente
con muchas joyas de oro, plata, piedras y plumas, y para esto venían algunos
sacerdotes de Tlaxcallan, con las vestimentas de Camaxtli; ofrecíanle la noche
postrera muchos sartales y guirnaldas de maíz y otras yerbas; mucho papel,
muchas codornices y conejos. Para celebrar la fiesta vestíanse todos luego por
la ma-ñana muy galanes; no mataban muchos hombres, porque Quezalcoatl vedó el
tal sacrificio, aunque todavía sacrificaban algunos.
CAPÍTULO CCXXXVIII
LOS AYUNOS DE TEOUACÁN
Otra manera de ayuno tenían en la provincia de
Teouacán, muy grande y muy diversa de todas las dichas. De cuatro en cuatro
años, que es, como di-cen ellos, el año de dios, entraban cuatro mancebos a
servir en el templo; no vestían más de una sola manta de algodón, y aquella de
año en año, y unas
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bragas; la cama era el suelo, la cabecera un canto.
Comían a medio día sen-das tortillas de pan y una escudilla de atulli, brebaje
que hacen de maíz y miel. De veinte en veinte días, que comienza mes, y es
fiesta ordinaria, po-dían comer y beber de todo. Una noche velaban los dos, y
la otra los otros dos; pero no dormían en toda la noche de la vela, y
sangrábanse cuatro veces para ofrecer la sangre con oraciones.
Cada veinte días se metían por un agujero que se
hacían en lo alto de las orejas, cada setenta cañas largas. Al cabo de los
cuatro años tenía cada uno cuatro mil y trescientas veinte cañas metidas por
sus orejas. Montaban las de todos cuatro ayunadores diecisiete mil y doscientas
y ochenta cañas. Quemábanlas en acabando su ayuno con mucho incienso, para que
los dio-ses gustasen de aquella suavidad.
Si alguno de ellos moría durante los cuatro años,
entraba otro en su lu-gar; pero tenían que sería mortandad de señores. Si
participaba con mujer, matábanlo a palos de noche, y a furia de pueblo, y
delante los ídolos; que-mábanlo y esparcían los polvos por el aire para que no
quedase memoria de tal hombre; pues no pudo pasar cuatro años sin llegar a
mujer, habiendo pasado toda la vida Quezalcoatl, por cuya remembranza comenzó
el ayu-no. Con estos ayunadores se holgaba mucho Moteczuma, y los tenía por santos.
Cuentan de ellos que conversaban siempre con el diablo, que adivi-naban grandes
cosas y que veían maravillosas visiones; pero la más conti-nua era una cabeza
con muy largos cabellos, por lo cual debían de criar ca-bello largo todos los
sacerdotes de esta tierra, y también en figuras de hombres ya muertos.
No dejaré de contar otro sacrificio de ayunadores,
aunque feo, por ser extrañísimo. Había muchos mancebos por casar en Teouacán,
Teutitlán, Cuzcatlán y otras ciudades, que o por devotos o por animosos
ayunaban muchos días, y después hendíanse con agudas navajas el miembro por
entre cuero y carne cuanto podían, y por aquella abertura pasaban muchos
beju-cos, que como son sarmientos o mimbres, gordos y largos, según la
devo-ción del penitente; unos diez brazas, otros quince, y algunos veinte;
quemá-banlos luego, ofreciendo el humo a los dioses. Si alguno desmayaba en
aquel paso no le tenían por virgen ni por bueno, y quedaba por infamado y por
fementido.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
438
Tal cual veis era la religión mexicana. Nunca hubo,
a lo que parece, gente más, ni aun tan idólatra como ésta; tan matahombres, tan
comehom-bres; no les faltaba para llegar a la cumbre de la crueldad sino beber
sangre humana, y no se sabe que la bebiesen.
CAPÍTULO CCXXXIX
DE LA CONVERSIÓN
¡Oh, cuántas gracias deben dar estos hombres a
nuestro buen Dios, que tuvo por bien alumbrarlos para salir de tanta ceguedad y
pecados, y darles gracia que conociendo y dejando su error y crueldades, se
volviesen cristia-nos! ¡Oh, cuánto deben a Fernando Cortés, que los conquistó!
¡Oh, qué gloria de españoles, haber arrancado tamaños males, y plantado la fe
de Cristo! ¡Dichosos los conquistadores y dichosísimos los predicadores;
aquellos en allanar la tierra, éstos en cristianar la gente! ¡Felicidad grandísi-ma
de nuestros reyes en cuyo nombre tanto bien se hizo! ¡Qué fama, qué loa será la
de Cortés! Él quitó los ídolos, él predicó, él vedó los sacrificios y tragazón
de hombres.
Quiero callar, no me achaquen de afición o lisonja.
Empero si yo no fuera español, loara los españoles, no cuanto ellos merecen,
sino cuanto mi ruda lengua e ingenio supieran. Tantos en fin han convertido
cuantos conquista-do. Unos dicen que se han bautizado en la Nueva-España seis
millones de personas, otros ocho, y algunos diez. Mejor acertarían diciendo
cómo no hay por cristianar personas en cuatrocientas leguas de tierra, muy
poblada de gente. ¡Loado nuestro Señor, en cuyo nombre se bautizan! Así que son
espa-ñoles dignísimos de alabar, o mejor hablando, alaben ellos a Jesucristo,
que los puso en ello. Comenzose la conversión con la conquista, pero
convertían-se pocos, por atender los nuestros a la guerra y al despojo, y
porque había po-cos clérigos. El año de 24 se comenzó de veras con la ida de
fray Martín de Valencia y sus compañeros; y el 27, que fueron allá fray Julián
Garcés, domi-nico, por obispo de Tlaxcallan, y fray Juan de Zumárraga,
francisco, por obis-po de México, se llevó a hecho, que hubo muchos frailes y
clérigos.
Fue trabajosa la conversión al principio por no
entender ni ser entendi-dos; y así, procuraron de mostrar el castellano a los
más nobles muchachos
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de cada ciudad, y de aprender el mexicano para
predicar. Tuvo eso mismo dificultad grandísima en quitar de todo los ídolos,
porque muchos nos los querían dejar habiéndolos tenido por dioses tanto tiempo,
y diciendo que bien bastaba poner con ellos la cruz y a María, que así llamaban
entonces a todos los santos y aun a Dios; y que también podían tener ellos
muchos ído-los, como los cristianos muchas imágenes; por lo cual los escondían
y sote-rraban, y para encubrirlo ponían una cruz encima, y porque si los tomasen
orando pareciese que adoraban la cruz; mas como eran por esto aperreados y
perseguidos, y porque habiéndoles quebrado los ídolos y destruido los templos,
les hacían ir a las iglesias, dejaron la idolatría. Sosteníalos mucho el diablo
en aquello, diciéndoles que si le dejaban no llovería, y que se levanta-sen
contra los cristianos, que les ayudaría él a matarlos. Algunos hubo que tomaron
su consejo, y libraron mal.
Dejar las muchas mujeres fue lo que más sintieron,
diciendo que ten-drían pocos hijos en sendas, y así habría menos gente, y que
hacían injuria a las que tenían, pues se amaban mucho, y que no querían atarse
con una para siempre si fuese fea o estéril, y que les mandaban lo que ellos no
hacían, pues cada cristiano tenía cuantas quería, y que fuese lo de las mujeres
como lo de los ídolos, que ya que les quitaban unas imágenes, les daban otras.
Hablaban finalmente como carnalísimos hombres; y así, dispensó con ellos el
papa Pa-blo en tercer grado para siempre. Fácilmente, a lo que se alcanza,
dejaron la sodomía, aunque fue con grandes amenazas y castigo. Dejaron asimismo
de comer hombres, aunque pudiendo, no lo dejan, según dicen algunos; mas como
anda sobre ellos la justicia con mucho rigor y cuidado, no cometen ya tales
pecados, y Dios les alumbra y ayuda a vivir cristianamente.
Hay en esta tierra que Fernando Cortés conquistó,
ocho obispados. México fue obispado veinte años, y el año de 47 lo hizo
arzobispado Pablo, papa tercio; Cuahutemallan y Tlaxcallan tienen obispos;
Huaxacac es obis-pado, y túvolo Juan López de Zárate; Michuacán, que posee el
licenciado Vasco Quiroga; Xalixco, que tuvo Pero Gómez Malaber; Honduras,
don-de está el licenciado Pedraza; Chiapa, que resignó fray Bartolomé de las
Casas con cierta pensión. Tienen los reyes de Castilla, por bula del Papa, el
patronazgo de todos los obispados y beneficios de las Indias, que engrande-ce
mucho el señorío; y así, los dan ellos y sus consejeros de Indias. Hay tam-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
440
bién muchos monasterios de frailes mendicantes,
mayormente franciscos, aunque no hay carmelitas; los cuales pueden en aquella
tierra cuánto quie-ren, y quieren mucho. No hay lugar, a lo menos no puede
estar, sin clérigo o fraile que administre los sacramentos, predique y
convierta.
CAPÍTULO CCXL
LA PRISA QUE TUVIERON A BAUTIZARSE
Fue principal causa y medio para que los indios se
convirtiesen, deshacer los ídolos y templos en cada lugar. Dicen que les dolía
mucho la destrucción de sus templos grandes, perdiendo esperanza de poderlos
rehacer, y como eran religiosísimos y oraban mucho en el templo, no se hallaban
sin casa de oración y sacrificios; y así visitaban las iglesias a menudo. Oían
de gana los predicadores, miraban las ceremonias de la misa, deseando saber sus
miste-rios, como novedad grandísima; por manera que, con la gracia del Espíritu
Santo, y con la solicitud de los predicadores, y con su mansedumbre, carga-ban
tantos a bautizarse, que ni cabían en las iglesias ni bastaban a bautizar-los;
y así, bautizaron dos sacerdotes en Xochimilco quince mil personas en un día; y
tal fraile francisco hubo, que bautizó él solo, aunque en muchos años,
cuatrocientos mil hombres; y a la verdad, los frailes franciscos han bautizado,
a lo que dicen ellos mismos, más que nadie. También aconteció en muchas
ciudades velarse veinte mil novios en un solo día; prisa grandísi-ma. Dicen que
un Calixto, de Huexocinco, criado en la doctrina, fue el pri-mero que se veló a
puerta de iglesia.
La confesión como cosa espaciosa, tuvo más qué
hacer. Todavía la pro-curaron muchos; y así, cuentan por cosa grande cómo hubo
en Teouacán el año de 40, doce diferencias de naciones y lenguajes a oír los
oficios de la Se-mana Santa y a confesarse, y algunos vinieron de sesenta
leguas. Quien pri-mero se comulgó fue Juan de Cuauhquecholla, caballero, y
comulgáronle con gran recelo.
La disciplina y penitencia de azotes tomaron presto
y mucho, con la costumbre que tenían de sangrarse a menudo por devoción, para
ofrecer su sangre a los ídolos; y así, acontece ir en una procesión diez mil, y
cincuenta mil disciplinantes. Todos en fin se disciplinan de buena gana, y
mueren por
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ello, como les come y crece la sangre cada año por
aquel mismo tiempo que se suelen azotar en las espaldas, que natural cosa es;
bien es que se discipli-nen en remembranza de los muchos azotes que dieron a
nuestro buen Je-sús, pero no que parezca recaer en sus viejas sangrías, y por
eso algunos se lo querrían quitar, a lo menos templar.
CAPÍTULO CCXLI
DE CÓMO ALGUNOS MURIERON POR QUEBRAR LOS ÍDOLOS
Metían en la doctrina cristiana los hijos de
señores y principales hombres, para ejemplo a los demás. No contradecían sus
padres, por amor de Cortés, aunque algunos los escondían hasta ver en qué
paraba la nueva religión, o enviaban otros por ellos. Acxotencatl, señor
principal en Tlaxcallan, tenía cuatro hijos y aun sesenta mujeres. Dio los tres
a la doctrina, y retúvose al ma-yor, que sería de doce años o trece, mas al
cabo lo dio, porque se supo; no le tuviesen por falso. Aprendió muy bien el
muchacho la doctrina y el romance; bautizose, y llamáronle Cristóbal; derramaba
el vino que tenía su padre, re-prendiendo la borrachez; acusábale la multitud
de mujeres, quebraba los ído-los de casa y pueblos que podía coger. Acxotencatl
tenía enojo de ello, pero pasábalo por quererlo bien y ser su mayorazgo. Entró
el diablo en él, y a per-suasión de Xochipapaloacín, una de sus mujeres, lo
apaleó, acuchilló y echó en el fuego, que se quemase; de lo cual murió al otro
día siguiente. Enterrole secretamente en una su casa de Atlihuezán, pueblo
suyo, dos leguas de Tlax-callan. Hizo matar, porque no lo dijese, a
Tlapalxilocín, madre del Cristóbal, y su mujer, en Quimichuca, que está cerca
de la venta de Tecouac.
Esto fue año de 27, y estuvo mucho que no se supo.
Maltrató después a un español porque hizo ciertas demasías pasando por unos
pueblos suyos. Fue sobre ello Martín de Calahorra desde México por pesquisidor,
y averi-guó las muertes de Cristóbal y de Tlapalxilo, y ahorcolo.
También mataron otros de la doctrina que iban por
ídolos a los lugares, hasta que la justicia puso remedio con grandes castigos.
En Ezatlán, que andaban levantados, mataron el año de 41 a fray Juan Calero,
que llamaban de Esperanza, fraile francisco, porque les hacía abatir un ídolo
que habían
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
442
alzado y adoraban; y en Ameca mataron a fray
Antonio de Cuéllar, francis-co, porque les predicaba. En Quivira mataron a fray
Juan de Padilla y a su compañero, que se quedaron a predicar. En la Florida
mataron a fray Luis Cancel, dominico, que fue a convertir; en fin, matan a
cuantos predicadores pueden coger, si no hay soldados que temer.
CAPÍTULO CCXLII
DE CÓMO CESARON LAS VISIONES DEL DIABLO
Aparecía y hablaba el diablo a estos indios muchas
veces, según se ha conta-do, especialmente al principio de la conversión,
sabiendo que se habían de convertir. Persuadíalos a sustentar los ídolos y
sacrificios en aquella religio-sa costumbre que tuvieron sus padres, abuelos y
antepasados. Aconsejába-les que no dejasen su buena conversación y amistad por
quien nunca vie-ron. Amenazábales que no llovería, ni les daría sol ni salud ni
hijos. Reprehendíales de cobardes, porque no mataban aquellos pocos españoles
que predicaban. Ellos, engañados con las dulces palabras, o con las sabro-sas
comidas de carne humana, o con la costumbre, que como otra naturale-za los
tiranizaba, deseaban complacerle y estarse en su religión antigua; así que
mataron algunos por esto, y defendían los ídolos o los escondían, di-ciendo que
Uitcilopuchtli ni los otros dioses no buscó oro.
Ponían cruces sobre los ídolos escondidos para
engañar a los españo-les, y el diablo huía de ellas; cosa de que los indios se
maravillaban; y así, comenzaban a creer la virtud del Crucificado, que les
predicaban. Pusieron los nuestros el Santísimo Sacramento en muchos lugares,
que ahuyentó del todo al diablo, como él mismo lo confesó a los sacerdotes que
le pregunta-ron la causa de su ausencia y esquiveza. De manera que no se
llegaba el dia-blo, como solía, a los indios que, bautizados, tenían el Sacramento
y cruces, y poco a poco se desapareció.
Aprovechaba mucho el agua bendita contra las
visiones y superstición de la idolatría. Dieron a la marquesa doña Juana de
Zúñiga en Teoacualco una pilica de buena piedra, en que solía haber ídolos,
ceniza y otras hechice-rías. Ella, por haber servido de aquello, mandó que
bebiese allí un gatillo muy regalado, el cual nunca jamás quiso beber en la
pilica hasta que le echa-
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443
ron agua bendita; cosa notable, y que se publicó
entre los indios para la de-voción. Muchas veces ha faltado agua para los
panes, y en haciendo rogarias y procesiones llovía. Llovía tanto el año de 28,
que se perdían los panes y ga-nados, y aun las casas. Hicieron procesión y
oraciones en México, Tezcuco y otros pueblos, y cesaron las lluvias; que fue
gran confirmación de la fe. Llovía pues, y serenaba, y había salud, contra las
amenazas del diablo, aun-que se quebraban los ídolos y se derribaban los templos.
CAPÍTULO CCXLIII
QUE LIBRARON BIEN LOS INDIOS EN SER
CONQUISTADOS
Por la historia se puede sacar cuán sujetos y
despechados eran estos indios; y por tanto, no hay mucho que contar aquí; mas
para cotejar aquel tiempo con este, replicaré algunas cosas. Los villanos
pechaban, de tres que cogían, uno, y aun les tasaban a muchos la comida. Si no
pagaban la renta y tributo que debían, quedaban por esclavos hasta pagar; y en
fin, los sacrificaban cuando no se podían redimir. Tomábanles muchas veces los
hijos para sa-crificios y banquetes, que era lo tirano y lo cruel. Servíanse de
ellos como de bestias en las cargas, caminos y edificios. No osaban vestir
buena manta ni mirar a su señor. Los nobles y señores tributaban también al rey
de México en hacienda y en persona. Las repúblicas no podían librarse de la
servidum-bre, por causa de la sal y otras mercaderías; por manera que vivían
muy tra-bajados, y como lo merecían en la idolatría, y no había año que no
muriesen veinte mil personas sacrificadas, y aun cincuenta mil, según la cuenta
que otros hacen, en lo que Cortés conquistó; pero, que fuesen diez mil, era
gran carnicería, y uno solo gran inhumanidad. Ahora, que por la misericordia de
Dios son cristianos, no hay tal sacrificio ni comida de hombres. No hay ído-los
ni borracheras que saquen de seso. No hay sodomía, pecado aborreci-ble, por
todo lo cual deben mucho a los españoles que los conquistaron y convirtieron.
Ahora son señores de lo que tienen con tanta libertad, que les daña. Pagan tan
pocos tributos, que viven holgando, que el emperador se los tasa. Tienen
hacienda propia, y granjerías de seda, ganados, azúcar, tri-go y otras cosas.
Saben oficios y venden bien y mucho las obras y las manos.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
444
No les fuerza nadie, que no le castiguen, a llevar
cargas ni trabajar; si algo hacen, son bien pagados. No hacen nada sin
mandárselo el señor que tienen indio, aunque lo mande el señor español a quien
están encomenda-dos, ni aunque lo mande el virrey; y esta es grandísima
exención. Todos los pueblos, aunque sean del rey, tienen señor indio que manda
y veda, y mu-chos pueblos dos, y tres, y más señores; los cuales son del linaje
que eran cuando fueron conquistados; y así, no se les ha quitado el señorío ni
mando. Si faltan hombres de aquella casta, escogen ellos al que quieren, y
confírma-lo el rey. Obedécenlos en grandísima manera y como a Moteczuma; así
que nadie piense que les quitan los señoríos, las haciendas y libertad, sino
que Dios les hizo merced en ser de españoles, que los cristianaron, y que los
tra-tan y que los tienen ni más ni menos que digo.
Diéronles bestias de carga para que no se carguen,
y de lana para que se vistan, no por necesidad, sino por honestidad, si
quisieren, y de carne para que coman, que les faltaba. Mostráronles el uso del
hierro y del candil, con que mejoran la vida. Hanles dado moneda para que sepan
lo que compran y venden, lo que deben y tienen. Hanles enseñado latín y
ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomaron; porque con letras
son verdadera-mente hombres, y de la plata no se aprovechaban mucho ni todos.
Así que libraron bien en ser conquistados, y mejor en ser cristianos.
CAPÍTULO CCXLIV
COSAS NOTABLES QUE LES FALTAN
No tenían peso, que yo sepa, los mexicanos; falta
grandísima para la contra-tación. Quién dice que no lo usaban por excusar los
engaños; quién, por-que no lo habían menester; quién, por ignorancia, que es lo
cierto. Por don-de parece que no habían oído cómo hizo Dios todas las cosas en
cuenta, peso y medida. Así que carecen de peso todos los indios; aunque se
halló cierta manera de peso en la costa de Cartagena, y en Túmbez halló
Francis-co Pizarro una romana con que pesaban el oro, la cual tuvo en mucho.
No tenían moneda, teniendo mucha plata, oro y
cobre, y sabiéndolo hundir y labrar, y contratando mucho en ferias y mercados.
Su moneda usual y corriente es cacauatl o cacao, el cual es una manera de
avellanas lar-
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gas y melonadas; hacen de ellas vino, y es el
mejor, y no emborracha. El ár-bol no fructifica sin compañero, como las palmas;
pero en llevando fruta, se le puede quitar sin daño; echa la fruta en racimos
como dátiles; requiere tie-rra caliente, pero no demasiado.
Carecían del uso de hierro, habiendo grandísimas
minas de ello, y esto por rudeza.
No tenían otra candela para se alumbrar de noche
que tizones; ignoran-cia y grosería grandísima, y tanto más grande cuanto más
cera tenían, que aceite no alcanzaban; y así, cuando los nuestros les mostraron
el uso y el pro-vecho de la cera, confesaron su simpleza, teniéndolos por
nuevos dioses.
No hacían navíos sino de una sola pieza, aunque
buscaban grandes ár-boles: la causa era falta de hierro, pez e ingenios para
calafatearlos.
Que no hiciesen vino teniendo vides y procurando
beber otro que agua, es de maravillar: ya lo van haciendo los nuestros, y
presto habrá mu-cho, mayormente si los indios se dan a plantar viñas.
Carecían de bestias de carga y leche; cosas tan
provechosas como nece-sarias a la vida; y así, estimaron mucho el queso,
maravillados que la leche se cuajase. De la lana no se maravillaron tanto,
pareciéndoles algodón. Espan-táronse de los caballos y toros; quieren mucho los
puercos, por la carne; bendicen las bestias, porque los relievan de carga, y
ciertamente les viene de ellas gran bien y descanso, porque antes ellos eran
las bestias.
No tenían letras más de figuras, y aquellas pocas
en respeto de todas las Indias; por ende algunos dicen no haber llegado en
estas tierras hasta nues-tro tiempo la predicación del santo Evangelio.
Otras muchas cosas les faltaban de las que son
menester a la vivienda política del hombre, pero las dichas son las de gran
falta, y que a muchos es-pantan; mas quien considerare que pueden vivir sin
ellas los hombres, como ellos vivían, no se espantará, en especial si considera
que, así como es nueva tierra para nosotros, así son diferentes todas las cosas
que produce, de las nuestras, y que produce cuantas le bastan a mantener y aun
a regalar a los hombres.
Muchas cosas les faltaban también de las que acá
preciamos, que son más deleitosas que necesarias, como decir seda, azúcar,
lienzo y cáñamo; hay ya tanta abundancia como en España.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
446
No tenían pastel, y ahora sí; mas tenían linda
grana y finos colores de flores, que no quemaban lo que teñían; y aun su
pintura no la gasta ni daña el agua, si la untan con olio de chían.
CAPÍTULO CCXLV
DEL TRIGO Y DEL MOLINO
En la historia tratamos del pan de los indios que
comen ordinaria y general-mente; en esta tierra multiplica mucho, y algún grano
echa seiscientos; có-menlo verde, crudo, cocido y asado; en grano y amasado. Es
ligero de criar, y sirve también de vino; y así, nunca lo dejarán, aunque más
trigo haya. Del meollo de las cañas del centli o tlaulli, que otros dicen maíz,
hacen imáge-nes, que siendo grandes, pesan poco. Un negro de Cortés, que se
llamaba, según pienso, Juan Garrido, sembró en un huerto tres granos de trigo
que halló en un saco de arroz; nacieron los dos, y uno de ellos tuvo ciento y
ochenta granos. Tornaron luego a sembrar aquellos granos, y poco a poco hay
infinito trigo: da uno ciento, y trescientos, y aun más lo de regadío y puesto
a mano; siembra uno, siegan otro, y otro está verde, y todo a un mis-mo tiempo;
y así, hay muchas cogidas por año. A un negro y esclavo se debe tanto bien. No
se da, ni da tanto, la cebada, que yo sepa. Cuando en México hicieron molino de
agua, que antes no lo había, tuvieron gran fiesta los es-pañoles y aun los
indios, especial mujeres, que les era principio de mucho descanso; mas empero
un mexicano hizo mucha burla de tal ingenio, di-ciendo que haría holgazanes los
hombres e iguales, pues no se sabría quién fuese amo ni quién mozo, y aun dijo
que los necios nacían para servir; y los sabios para mandar y holgar.
CAPÍTULO CCXLVI
DEL PAJARITO UICICILÍN
La mejor ave para carne que hay en la Nueva-España
son los gallipavos: quíselos llamar así por cuanto tienen mucho de pavón y
mucho de gallo. Tienen grandes barbas o paperas, que se mudan de muchas
colores; tóman-se aunque los tengan en las manos; mansedumbre o apetito grande;
todos
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las conocen, no hay qué decir. No había de nuestras
gallinas; hay ahora tan-tas, que traen a un solo mercado ocho mil de ellas a
vender. El año de 39 les dio un mal que se murieron súbitamente casi todas;
casa hubo donde mu-rieron mil, sin doscientos capones.
El más extraño pájaro es uicicilín, el cual tiene
más cuerpo que abejón, pico largo y delgado. Mantiénese del rocío, miel y licor
de flores, sin sentar-se sobre la rosa; la pluma es menuda, linda y
entrecolores; précianla mucho para labrar con oro, especialmente la del pecho y
pescuezo, muere o ador-mécese por octubre, asido de una ramita con los pies, en
lugar abrigado; despierta o revive por abril, cuando hay muchas flores, y por
eso lo llaman el resucitado, y por ser tan maravilloso hablo de él.
CAPÍTULO CCXLVII
DEL ÁRBOL METL
Árboles hay en las sierras de México muy olorosos,
y que los nuestros pen-saron, luego en viéndolos, tener especias; empero la
corteza es bastardísi-ma, y el grano flojo. Había cañafístulas, mas ruines y no
estimadas; los espa-ñoles las crían muy buenas. Hay árboles que llevan hojas
coloradas y verdes, que parecen bien; otros que llaman de los vasos, por la
fruta; y otros cuyas espinas sirven de alfileres. Elo es grande árbol, y lleva
las hojas como nogal, mas como el brazo de largo; no echa fruta, sino una flor
blanca, verde y clara; tiene pena de muerte quien la trae si no es señor o si
no ha licencia; la misma pena tiene el que trae la iolo, rosa de gran árbol,
hechura de corazón, color blanquizca, olor de camuesa. Es buena con cacauatl
para las calentu-ras, aunque sean de frío; conforta el corazón, según el nombre
y hechura. Quien come la iolo que tiene las vetas moradas, enloquece.
De aquestos árboles y otros así eran los huertos de
Moteczuma, que te-nía para recreación. Uacalxuchitl es una rosa de muchos
colores, que adoba el agua, y la encarnada se calienta las tardes; propiedad
rarísima. Ocozotles es árbol grande y hermoso, las hojas como hiedra; cuyo
licor, que llaman li-quidámbar, cura heridas, y mezclado con polvos de su misma
corteza, es gentil y perfume y olor suave. Xilo es otro árbol, de que sacaban
indios el li-cor que los nuestros llaman bálsamo. Pero ¿qué voy contando, pues
son
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
448
cosas naturales que piden más tiempo? Solamente
quiero poner el metl, por ser provechosísimo. Metl es un árbol que unos llaman
maguey y otros cardón; crece de altura más de dos estados, y en gordor cuanto
un muslo de hombre. Es más ancho de bajo que de arriba, como ciprés. Tiene
hasta cua-renta hojas, cuya hechura parece de teja, porque son anchas y
acanaladas, gruesas al cimiento, y fenecen en punta. Tienen uno como espinazo,
gordo en la comba, y van adelgazando la halda.
Hay tantos árboles de estos, que son allá como acá
las viñas. Plántanlo, echa espiga, flor y simiente. Hacen lumbre, y muy buena
ceniza para lejía. El tronco sirve de madera, y la hoja de tejas. Córtanlo
antes que mucho crezca; y engorda mucho la cepa. Excávanla por de dentro, donde
se recoge lo que llora y destila, y aquel licor es luego como arrope. Si lo
cuecen algo, es miel; si lo purifican, es azúcar; si lo destemplan, es vinagre,
y si le echan la ocpatli, es vino. De los cogollos y hojas tiernas hacen
conserva. El zumo de las pen-cas, asadas, caliente, y exprimido sobre llaga o
herida fresca, sana y encore-ce presto. El zumo de los cogollitos y raíces,
revuelto con jugo de ajenjos de aquella tierra, guarece la picadura de víbora.
De las hojas de este metl hacen papel, que corre por todas partes para
sacrificios y pintores. Hacen asimis-mo alpargatas, esteras, mantas de vestir,
cinchas, jáquimas, cabestros, y fi-nalmente son cáñamo y se hilan. Las púas son
tan recias, que las hincan en otra madera; y tan agudas, que cosen con ellas
como con agujas cualquier cuero, y para coser sacan con la púa la veta, o hacen
como con lezna o pun-zón. Con estas púas se punzan los que se sacrifican, según
muchas veces tengo dicho, porque no se quiebran y despuntan en la carne, y
porque, sin hacer gran agujero, entran cuanto es menester. ¡Buena planta, que
de tantas cosas sirve y aprovecha al hombre!
CAPÍTULO CCXLVIII
DEL TEMPLE DE MÉXICO
Todo lo que conquistó Fernando Cortés está de doce
hasta veinticinco gra-dos de altura; y así, es más caliente que frío, aunque
dura la nieve todo el año en algunas sierras, y se queman los árboles y
maizales, como aconteció el año de 40. Está México en diez y nueve grados de la
línea equinoccial y cien-
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to de Canaria, por do echó Ptolomeo la raya
meridional, a la cuenta de mu-chos; y así, hay ocho horas de diferencia en el
sol de México a Toledo, según se prueba y conoce por los eclipses; lo cual es
que sale antes el sol aquellas ocho horas en Toledo que en México. Pasa el sol
a 8 de mayo por sobre México hacia el norte, y vuelve a 15 de julio. Echa las
sombras todo aquel tiempo al mediodía. No angustia en él la ropa ni escuece la
desnudez. Es sana vivienda y apacible, y hay mucho deporte en las sierras que
lo rodean y laguna que lo baña.
CAPÍTULO CCXLIX
QUE HA VENIDO TANTA RIQUEZA
DE LA NUEVA-ESPAÑA COMO DEL PERÚ
Muy poca plata y oro fue lo que Cortés y sus
compañeros hallaron y hubie-ron en las conquistas de la Nueva-España, en
comparación de lo que des-pués acá se ha sacado de minas. Todo lo cual, o muy
poco menos, se ha traí-do a España; y aunque las minas no han sido tan ricas,
ni las partidas traídas tan gruesas como las del Perú, han sido continuas y
grandes, y el tiempo doblado; y aun si sacan los años de las guerras civiles,
que no vino nada, tres tanto. No se puede afirmar esto sin la Casa de la
Contratación de Sevilla, pero es opinión de muchos. Sin oro y plata, se ha
también traído muchísimo azúcar y grana, dos mercaderías bien ricas. La pluma y
algodón y otras mu-chas cosas algo valen. Pocas naves van que no vuelvan
cargadas, lo cual no es en el Perú, que aún no está lleno de semejantes
granjerías y provechos; así que tan rica ha sido la Nueva-España para Castilla
como el Perú, aunque tiene la fama él. Es verdad que no han venido tan ricos
mexicanos como peruleros, pero así no han muerto tantos.
En la cristiandad y conservación de los naturales
lleva grandísima ven-taja la Nueva-España al Perú, y está más poblada y más
llena de gentes. Lo mismo es en los ganados y granjerías; porque lleven de allí
al Perú caballos, azúcar, carne y otras veinte cosas. Podrá ser que se hincha
el Perú y enri-quezca de nuestras cosas como la Nueva-España, que buena tierra
es si llo-viese para ello; mas el regadío es mucho. He dicho esto por la
competencia de los unos conquistadores y de los otros.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
450
CAPÍTULO CCL
DE LOS VIRREYES DE MÉXICO
La grandeza de la Nueva-España, la majestad de
México y la calidad de los conquistadores requerían persona de sangre y valor
para la gobernación; y así, envió allá el emperador a don Antonio de Mendoza,
hermano del mar-qués de Mondéjar, por virrey, y se vino Sebastián Ramírez, que
gobernaba bien; el cual fue luego presidente de la chancillería de Valladolid y
obispo de Cuenca. Fue proveído don Antonio de Mendoza el año, pienso, de 34.
Llevó muchos maestros de oficios primos para ennoblecer su provincia, y a
México principalmente; como decir, molde e imprenta de libros y letras; vidrio,
que los indios no conocían; cuños de batir moneda. Engrandeció la granjería de
seda, mandándola traer y labrar toda en México; y así, hay mu-chos telares e
infinitos morales, aunque los indios la procuran mal y poco, diciendo que es
trabajosa; y es por ser ellos perezosos con la mucha libertad y franqueza que
tienen.
Juntó los obispos, clérigos, frailes y otros
letrados, sobre cosas eclesiás-ticas y que tocaban a la enseñanza de los
indios; donde se ordenó que no se le mostrase más de latín, el cual aprendían
bien, y aun el español; mas no lo quieren hablar sino poco. La música toman
bien, especial flautas. Tienen malas voces para cantar por punto. Podrían ser
clérigos, más aún no los de-jan. Pobló don Antonio algunos lugares a usanza de
las colonias romanas, en honra del emperador, entallando su nombre y el año en mármol.
Co-menzó el muelle para el puerto en Medellín, cosa costosa y necesaria.
Redu-jo los chichimecas a vida política, dándoles propio, que no lo tenían ni
que-rían, ni creo lo habían menester. Gastó mucho en la entrada de Sibola, como
ya contamos, sin haber provecho ninguno, y quedó enemigo de Cor-tés. Descubrió
gran trecho de tierra en la costa del sur, por Xalisco; envió naos a la
Especiería, que también se le perdieron. Húbose prudentemente con las
ordenanzas de las Indias cuando se revolvió el Perú; por cuanto ha-bía muchos
pobres y descontentos que deseaban revuelta y guerra.
Mandole ir el emperador al Perú con el mismo cargo
de virrey, porque se vino el licenciado Gasca, entendiendo su buena
gobernación, aunque algunas quejas le dieron de él a los de la Nueva-España. No
quisiera dejar a
BIBLIOTECA AYACUCHO
451
México, que lo conocía, ni a los indios, que se
hallaba bien con ellos, y le habían sanado con baños de yerbas, estando
tullido; ni a sus haciendas, ga-nados y otras granjerías ricas; ni deseaba
conocer nuevos hombres y condi-ciones, sabiendo que los peruleros son recios;
mas, en fin, hubo de ir, y fue por tierra desde México a Panamá, que hay más de
quinientas leguas, el año de 1551. Fue aquel mismo año a México por virrey don
Luis de Velasco, que era veedor general de las guardas y caballero de mucho gobierno.
Es este virreinado muy gran cargo en honra, mando y provecho.
CAPÍTULO CCLI
MUERTE DE FERNANDO CORTÉS
Riñeron malamente Cortés y don Antonio de Mendoza
sobre la entrada de Sibola, pretendiendo cada uno ser suya por merced del
emperador; don Antonio como virrey, y Cortés como capitán general. Pasaron
tales pala-bras entre los dos, que nunca tornaron en gracia, sobre haber sido
muy grandes amigos; y así, dijeron y escribieron mil males el uno del otro;
cosa que a entrambos dañó y desautorizó.
Tenía pleito Cortés sobre la cantidad de sus
vasallos, con el licenciado Villalobos, fiscal de Indias, que le pusiera mala
voz al privilegio; y el virrey comenzóselos a contar, que era mal hacerle,
aunque con cédula del empera-dor; por lo cual hubo Cortés de venir a España el
año de 40. Trajo a don Martín, el mayorazgo, que habría ocho años, y a don Luis
para servir al príncipe. Vino rico y acompañado, mas no tanto como la otra vez.
Trabó grande amistad con el cardenal Loaisa y con el secretario Cobos, que no
le aprovechó nada para con el emperador, que había ido a Flandes sobre lo de
Gante, por Francia.
Fue luego, el año de 41, el emperador sobre Argel,
con grande armada y caballería. Pasó allá Cortés con sus hijos don Martín y don
Luis, y con mu-chos criados y caballos para la guerra. Tomole la tormenta, con
que se per-dió la flota, en mar, y en la galera Esperanza, de don Enrique
Enríquez. Por el miedo de no perder los dineros y joyas que llevaba, dando al
través, se ciñó un paño con las riquísimas cinco esmeraldas que dije valer cien
mil du-cados; las cuales se le cayeron por descuido o necesidades, y se le
perdieron
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
452
entre los grandes lodos y muchos hombres; así, le
costó a él aquella guerra más que a ninguno, sacando a su majestad, aunque
perdió Andrea de Oria once galeras. Mucho sintió Cortés la pérdida de sus
joyas; empero más sin-tió que no le llamasen a consejo de guerra, metiendo en
él otros de menos edad y saber; que dio que murmurar en el ejército. Como se
determinó en consejo de guerra de levantar el cerco e irse, pesó mucho a
muchos; y yo, que me hallé allí, me maravillé.
Cortés entonces se ofrecía a tomar a Argel con los
soldados españoles que había, y con los medios tudescos e italianos, siendo de
ello servido el emperador. Los hombres de guerra amaban aquello, y loábanle
mucho. Los hombres de mar y otros no lo escuchaban; y así, pienso que no lo
supo su majestad, y se vino.
Anduvo Cortés muchos años congojado en la corte
tras el pleito de sus vasallos y privilegio, y aun fatigado con la residencia
que le tomaron Nuño de Guzmán y los licenciados Matienzo y Delgadillo, y que se
veía en Conse-jo de Indias; pero nunca se declaró; que fue gran contentamiento
para él. Fue a Sevilla con voluntad de pasar a la Nueva-España y morir en
México, y a recibir a doña María Cortés, su hija mayor, que la tenía prometida
y con-certada de casar con don Alvar Pérez Osorio, hijo heredero del marqués de
Astorga don Perálvarez Osorio, con cien miel ducados y vestidos. Mas no se
casaron por culpa de don Álvaro y de su padre. Iba malo de cámaras e
indigestión, que le duraron mucho tiempo. Empeoró allá, y murió en Casti-lleja
de la Cuesta, a 2 de diciembre del año de 1547, siendo de sesenta y tres años.
Fue depositado su cuerpo con los duques de Medina Sidonia.
Dejó Cortés en doña Juana de Zúñiga un hijo y tres
hijas: el hijo se llama don Martín Cortés, que heredó el estado, y casó con
doña Ana de Arellano, prima suya, e hija del conde de Aguilar don Pedro Ramírez
de Arellano, por concierto que dejó su padre. Las hijas se llaman doña María
Cortés, doña Catalina, y doña Juana, que es la menor, prometida por el mismo
concierto a don Felipe de Arellano, con setenta mil ducados de dote. Dejó
también otro don Martín Cortés, que hubo de una india, y a don Luis Cortés, que
tuvo en una española, y tres hijas, cada una de su madre, y todas indias.
Hizo Cortés un hospital en México, mandó hacer un
colegio allí, y mo-nasterio para mujeres en Coyoacán, donde mandó por
testamento que lle-
BIBLIOTECA AYACUCHO
453
vasen sus huesos a costa del mayorazgo. Situó
cuatro mil ducados de renta, que valen sus casas de México cada año, para estas
tres obras, y los dos mil son para los colegiales.
DON MARTÍN CORTÉS A LA SEPULTURA DE SU PADRE
Padre, cuya suerte impropiamente
aqueste bajo mundo poseía;
valor que nuestra edad enriquecía,
descansa agora en paz eternamente.
CAPÍTULO CCLII
CONDICIÓN DE CORTÉS
Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho y de
gran pecho; el color ceniciento, la barba clara, el cabello largo. Tenía gran
fuerza, mucho áni-mo, destreza en las armas. Fue travieso cuando muchacho, y
cuando hom-bre fue asentado; y así, tuvo en la guerra buen lugar, y en la paz
también. Fue alcalde de Santiago de Barucoa, que era y es la mayor honra de la
ciu-dad entre vecinos. Allí cobró reputación para lo que después fue. Fue muy
dado a mujeres, y diose siempre. Lo mismo hizo al juego, y jugaba a los da-dos
a maravilla bien y alegremente. Fue muy gran comedor, y templado en el beber,
teniendo abundancia. Sufría mucho la hambre con necesidad, se-gún lo mostró en
el camino de Higueras y en la mar que llamó de su nom-bre. Era recio porfiando,
y así tuvo más pleitos que convenía a su estado. Gastaba liberalísimamente en
la guerra, en mujeres, por amigos y en anto-jos, mostrando escasez en algunas
cosas, por donde le llamaban rico de avenida. Vestía más pulido que rico, y así
era hombre limpísimo. Deleitá-base de tener mucha casa y familia, mucha plata
de servicio y de respeto. Tratábase como señor, y con tanta gravedad y cordura,
que no daba pesa-dumbre ni parecía nuevo. Cuentan que le dijeron, siendo
muchacho, cómo había de ganar muchas tierras y ser grandísimo señor. Era celoso
en su casa, siendo atrevido en las ajenas; condición de putañeros. Era devoto,
rezador, y sabía muchas oraciones y salmos de coro; grandísimo limos-
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
454
nero; y así, encargó mucho a su hijo, cuando se
moría, la limosna. Daba cada un año mil ducados por Dios de ordinario; y
algunas veces tomó a cambio dineros para limosna, diciendo que con aquel
interés rescataba sus pecados. Puso en sus reposteros y armas: Judicium Domini
aprehendit eos, et fortitudo ejus corroboravit brachium meum: letra muy a
propósito de la conquista. Tal fue, como habéis oído, Cortés, conquistador de
la Nueva-España; y por haber yo comenzado la conquista de México en su
naci-miento, la fenezco en su muerte.
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455
CRONOLOGÍA
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
460
CRONOLOGÍA
Vida y obra de Francisco López de Gómara
1511 Nace el 2 de febrero en Gómara, en las
cercanías de Soria, Castilla la Vieja.
1512-Vive en España.
1530
1531-Reside en Italia.
1540
1541 Asiste al sitio de Argel.
1542 En Valladolid entra al servicio de Hernán
Cortés como capellán, inicia la re-dacción de la Historia general de las Indias
y Conquista de México y de la Cró-nica de los Barbarroja, esta última se
imprimió por primera vez en 1851.
1543-Continúa al servicio de Hernán Cortés hasta la
muerte de éste en Castilleja
1547 de la Cuesta.
1548-Reside en Valladolid.
1551
1552 Aparece la primera edición de la Historia
general de las Indias y Conquista de México, impresa en Zaragoza por Miguel
Capila.
1553 Dos nuevas ediciones en Zaragoza por Miguel
Capila y una en Medina del Campo por Guillermo de Mills. Real Cédula de Felipe
II fechada en Valla-dolid el 17 de noviembre, prohíbe la impresión y venta de
Historia general de las Indias y Conquista de México.
BIBLIOTECA AYACUCHO
461
1554 A pesar de la prohibición se imprime
nuevamente en Zaragoza por Pedro Bermuz y Agustín Millán. Dos ediciones más en
Amberes por Juan Bellero y Martín Mucio.
1556 Primera edición italiana impresa en Roma por
Valerio y Luigi Dorici.
1557 Nueva edición en Venecia por Arribarene y
Giordano Ziletti. Escribe los Anales del emperador Carlos V, que no se
imprimirán hasta 1912.
1558 Continúa residiendo en Valladolid. En 1560 la
obra se imprimió nuevamen-
1563 te en Venecia por Francisco Lorenzini de
Tutino.
1564 Otra edición en Venecia por Giovanni Bonadro.
Debió morir en esta fecha pues para 1566 su sobrino Pedro Ruiz estaba en
posesión de todos sus ma-nuscritos.
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
462
BIBLIOGRAFÍA
BIBLIOTECA AYACUCHO
463
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
464
BIBLIOGRAFÍA
OBRA DIRECTA
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editor. Madrid: Colección de His-toriadores Primitivos de las Indias
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La conquista de México. Carlos María de Bustamante,
editor. México: La Iberia (Biblioteca Histórica), 1870.
Hispania victrix. Primera y segunda partes de la
Historia general de las Indias, con todo el descubrimiento, y cosas notables
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Historia general de las Indias. Notas prologales de
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467
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
468
ÍNDICE
PRÓLOGO. HISTORIA DE LA CONQUISTADE MÉXICO,
por Jorge Gurría Lacroix IX
CRITERIO DE ESTA EDICIÓN XXXIII
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
Al muy ilustre señor don Martín Cortés, marqués del
Valle 3
A los leyentes 5
CAPÍTULO I 7
Nacimiento de Fernando Cortés
CAPÍTULO II 9
La edad que tenía Cortés cuando pasó a las Indias
CAPÍTULO III 10
El tiempo que residió Cortés en Santo Domingo
CAPÍTULO IV 11
Algunas cosas que acontecieron en Cuba a Fernando
Cortés
CAPÍTULO V 13
Descubrimiento de la Nueva-España
CAPÍTULO VI 14
El rescate que hubo Juan de Grijalva
CAPÍTULO VII 18
La diligencia y gasto que hizo Cortés en armar la
flota
CAPÍTULO VIII 20
Los hombres y navíos que Cortés llevó a la
conquista
BIBLIOTECA AYACUCHO
469
CAPÍTULO IX 23
Oración de Cortés a los soldados
CAPÍTULO X 24
La entrada de Cortés en Acuzamil
CAPÍTULO XI 27
Que los de Acuzamil dieron nuevas a Cortés
de Jerónimo de Aguilar
CAPÍTULO XII 28
Venida de Jerónimo de Aguilar a Fernando Cortés
CAPÍTULO XIII 31
Cómo derribó Cortés los ídolos en Acuzamil
CAPÍTULO XIV 32
Acuzamil, isla
CAPÍTULO XV 33
La religión de Acuzamil
CAPÍTULO XVI 34
Del pez tiburón
CAPÍTULO XVII 35
Que la mar crece mucho en Campeche, no creciendo
por allí cerca
CAPÍTULO XVIII 37
Combate y toma de Potonchán
CAPÍTULO XIX 40
Demandas y respuestas entre Cortés y los
potonchanos
CAPÍTULO XX 43
La batalla de Cintla
CAPÍTULO XXI 46
Tabasco se da por amigo de cristianos
CAPÍTULO XXII 47
Preguntas que Cortés hizo a Tabasco
CAPÍTULO XXIII 48
Cómo los de Potonchán quebraron sus ídolos y
adoraron la cruz
CAPÍTULO XXIV 50
Del río de Alvarado, que los indios llaman
Papaloapan
CAPÍTULO XXV 52
El buen acogimiento que Cortés halló en San Juan de
Ulúa
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
470
CAPÍTULO XXVI 54
Lo que habló Cortés a Teudilli, criado de Moteczuma
CAPÍTULO XXVII 56
El presente y respuesta que Moteczuma envió a
Cortés
CAPÍTULO XXVIII 58
De cómo supo Cortés que había bandos en aquella
tierra
CAPÍTULO XXIX 60
Cómo entró Cortés a ver la tierra con cuatrocientos
compañeros
CAPÍTULO XXX 62
Cómo dejó Cortés el cargo que llevaba
CAPÍTULO XXXI 64
Cómo los soldados hicieron a Cortés capitán y
alcalde mayor
CAPÍTULO XXXII 65
El recibimiento que hicieron a Cortés en Cempoallan
CAPÍTULO XXXIII 68
Lo que dijo a Cortés el señor de Cempoallan
CAPÍTULO XXXIV 71
Lo que avino a Cortés en Quiahuiztlan
CAPÍTULO XXXV 73
Mensajería de Cortés a Moteczuma
CAPÍTULO XXXVI 75
Rebelión y liga contra Moteczuma por industria de
Cortés
CAPÍTULO XXXVII 76
Fundación de la Villa Rica de la Veracruz
CAPÍTULO XXXVIII 78
Cómo tomó Cortés a Tizapancinca por fuerza
CAPÍTULO XXXIX 79
El presente que Cortés envió al Emperador por su
quinto
CAPÍTULO XL 83
Cartas del cabildo y ejército para el Emperador
pidiendo
la gobernación para Cortés
CAPÍTULO XLI 85
El motín que hubo contra Cortés, y el castigo
CAPÍTULO XLII 86
Cortés da con los navíos al través
BIBLIOTECA AYACUCHO
471
CAPÍTULO XLIII 87
Que los de Cempoallan derrocaron sus ídolos por
amonestación
de Cortés
CAPÍTULO XLIV 89
El encarecimiento que Olintlec hizo del poderío de
Moteczuma
CAPÍTULO XLV 93
El primer reencuentro que Cortés hubo con los de
Tlaxcallan
CAPÍTULO XLVI 95
Que se juntaron ciento y cuarenta mil hombres
contra Cortés
CAPÍTULO XLVII 98
Los fieros que hacían a nuestros españoles aquellos
de Tlaxcallan
CAPÍTULO XLVIII 101
Cómo Cortés cortó las manos a cincuenta espías
CAPÍTULO XLIX 102
La embajada que Moteczuma envió a Cortés
CAPÍTULO L 104
Cómo ganó Cortés a Cimpancinco, ciudad muy grande
CAPÍTULO LI 106
El deseo que algunos españoles tenían de dejar la
guerra
CAPÍTULO LII 107
Oración de Cortés a los soldados
CAPÍTULO LIII 109
Cómo vino Xicotencatl por embajador de Tlaxcallan
al real
de Cortés
CAPÍTULO LIV 111
El recibimiento y servicio que hicieron en
Tlaxcallan
a los nuestros
CAPÍTULO LV 112
De Tlaxcallan
CAPÍTULO LVI 115
La respuesta que dieron a Cortés los de Tlaxcallan
sobre sus ídolos
CAPÍTULO LVII 116
La enemistad entre mexicanos y tlaxcaltecas
CAPÍTULO LVIII 117
El solemne recibimiento que hicieron a los
españoles en Chololla
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
472
CAPÍTULO LIX 119
Cómo los de Chololla trataron de matar a los
españoles
CAPÍTULO LX 121
El castigo que se hizo en los de Chololla por su
traición
CAPÍTULO LXI 123
Chololla, santuario de indios
CAPÍTULO LXII 124
Del monte que llaman Popocatepec
CAPÍTULO LXIII 125
La consulta que Moteczuma tuvo para dejar a Cortés
ir a México
CAPÍTULO LXIV 127
Lo que avino a Cortés, de Chololla hasta llegar a
México
CAPÍTULO LXV 131
Cómo salió Moteczuma a recibir a Cortés
CAPÍTULO LXVI 133
La oración de Moteczuma a los españoles
CAPÍTULO LXVII 135
De la limpieza y majestad con que se servía a
Moteczuma
CAPÍTULO LXVIII 137
De los jugadores de pies
CAPÍTULO LXIX 138
Del juego de la pelota
CAPÍTULO LXX 139
Los bailes de México
CAPÍTULO LXXI 141
Las muchas mujeres que tenía Moteczuma en palacio
CAPÍTULO LXXII 142
Casa de aves para pluma
CAPÍTULO LXXIII 143
Casa de aves para caza
CAPÍTULO LXXIV 144
Casas de armas
CAPÍTULO LXXV 145
Jardines de Moteczuma
CAPÍTULO LXXVI 146
Corte y guarda de Moteczuma
BIBLIOTECA AYACUCHO
473
CAPÍTULO LXXVII 146
Que todos pechan al rey de México
CAPÍTULO LXXVIII 148
De México a Tenuchtitlán
CAPÍTULO LXXIX 152
Los mercados de México
CAPÍTULO LXXX 155
El templo de México
CAPÍTULO LXXXI 158
De los ídolos de México
CAPÍTULO LXXXII 159
El osario que los mexicanos tenían para remembranza
de la muerte
CAPÍTULO LXXXIII 160
Prisión de Moteczuma
CAPÍTULO LXXXIV 163
La casa de Moteczuma
CAPÍTULO LXXXV 165
Cómo Cortés comenzó a derrocar los ídolos de México
CAPÍTULO LXXXVI 166
La plática que hizo Cortés a los de México sobre
los ídolos
CAPÍTULO LXXXVII 168
Quema del señor Cualpopoca y de otros caballeros
CAPÍTULO LXXXVIII 169
La causa de quemar a Cualpopoca
CAPÍTULO LXXXIX 170
Cómo Cortés echó grillos a Moteczuma
CAPÍTULO XC 170
De cómo envió Cortés a buscar oro en muchas partes
CAPÍTULO XCI 173
La prisión de Cacama, rey de Tezcuco
CAPÍTULO XCII 175
La oración que Moteczuma hizo a sus caballeros
dándose al rey
de Castilla
CAPÍTULO XCIII 177
El oro y joyas que Moteczuma dio a Cortés
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
474
CAPÍTULO XCIV 178
Cómo rogó Moteczuma a Cortés que se fuese de México
CAPÍTULO XCV 181
El miedo de ser sacrificados que tuvieron Cortés y
los suyos
CAPÍTULO XCVI 183
De cómo Diego Velázquez envió contra Cortés a
Pánfilo
de Narváez con mucha gente
CAPÍTULO XCVII 185
Lo que Cortés escribió a Narváez
CAPÍTULO XCVIII 186
Lo que Pánfilo de Narváez dijo a los indios y
respondió a Cortés
CAPÍTULO XCIX 188
Lo que dijo Cortés a los suyos
CAPÍTULO C 190
Ruegos de Cortés a Moteczuma
CAPÍTULO CI 191
La prisión de Pánfilo de Narváez
CAPÍTULO CII 194
Mortandad por viruelas
CAPÍTULO CIII 195
Rebelión de México contra los españoles
CAPÍTULO CIV 196
Las causas de la rebelión
CAPÍTULO CV 198
Las amenazas que hacían los de México a los
españoles
CAPÍTULO CVI 200
El estrecho en que los mexicanos pusieron a los
españoles
CAPÍTULO CVII 201
La muerte de Moteczuma
CAPÍTULO CVIII 203
Los combates que unos a otros se daban
CAPÍTULO CIX 205
Rehúsan los de México las treguas que Cortés pidió
CAPÍTULO CX 207
Cómo huyó Cortés de México
BIBLIOTECA AYACUCHO
475
CAPÍTULO CXI 211
La batalla de Otumpan
CAPÍTULO CXII 213
El acogimiento que hallaron los españoles en
Tlaxcallan
CAPÍTULO CXIII 215
El requerimiento que los soldados hicieron a Cortés
CAPÍTULO CXIV 217
Oración de Cortés en respuesta del requerimiento
CAPÍTULO CXV 219
La guerra de Tepeacac
CAPÍTULO CXVI 220
Cómo se dieron a Cortés los de Huacacholla, matando
a los
de Culúa
CAPÍTULO CXVII 223
La toma de Izcuzan
CAPÍTULO CXVIII 224
La mucha autoridad que Cortés tenía entre los
indios
CAPÍTULO CXIX 226
Los bergantines que hizo labrar Cortés, y los
españoles
que juntó contra México
CAPÍTULO CXX 227
Cortés a los suyos
CAPÍTULO CXXI 229
Cortés a los de Tlaxcallan
CAPÍTULO CXXII 230
Cómo se apoderó de Tezcuco Cortés
CAPÍTULO CXXIII 233
El combate de Iztacpalapan
CAPÍTULO CXXIV 235
Los españoles que sacrificaron en Tezcuco
CAPÍTULO CXXV 237
Cómo trajeron los bergantines a Tezcuco los de
Tlaxcallan
CAPÍTULO CXXVI 238
La visita que dio Cortés a México
CAPÍTULO CXXVII 240
La guerra de Accapichtlan
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
476
CAPÍTULO CXXVIII 242
El peligro que los nuestros pasaron en tomar dos
peñoles
CAPÍTULO CXXIX 244
La batalla de Xochimilco
CAPÍTULO CXXX 247
De la zanja que Cortés hizo para echar los
bergantines al agua
CAPÍTULO CXXXI 249
El ejército de Cortés para cercar a México
CAPÍTULO CXXXII 251
La batalla y victoria de los bergantines contra los
acalles
CAPÍTULO CXXXIII 254
Cómo puso Cortés cerco a México
CAPÍTULO CXXXIV 256
La primera escaramuza dentro en México
CAPÍTULO CXXXV 258
El daño y fuego de casas
CAPÍTULO CXXXVI 261
La diligencia de Cuahutimoc y de Cortés
CAPÍTULO CXXXVII 262
Cómo tuvo Cortés doscientos mil hombres sobre
México
CAPÍTULO CXXXVIII 264
Lo que hizo Pedro de Alvarado por aventajarse
CAPÍTULO CXXXIX 265
Las alegrías y sacrificios que hacían los mexicanos
por una victoria
CAPÍTULO CXL 268
La conquista de Malinalco y Matalcinco y otros
pueblos
CAPÍTULO CXLI 269
Determinación de Cortés de asolar a México
CAPÍTULO CXLII 272
Hambre y dolencias que los mexicanos pasaban con
grande ánimo
CAPÍTULO CXLIII 274
La prisión de Cuahutimoc
CAPÍTULO CXLIV 277
De la toma de México
CAPÍTULO CXLV 278
Señales y pronósticos de la destrucción de México
BIBLIOTECA AYACUCHO
477
CAPÍTULO CXLVI 280
Cómo dieron tormento a Cuahutimoc para saber del
tesoro
CAPÍTULO CXLVII 281
El servicio y quinto para el rey, de los despojos
de México
CAPÍTULO CXLVIII 282
Cómo Cazoncín, rey de Michuacan, se dio a Cortés
CAPÍTULO CXLIX 284
La conquista de Tochtepec y Coazacoalco, que hizo
Gonzalo
de Sandoval
CAPÍTULO CL 285
La conquista de Tututepec
CAPÍTULO CLI 286
La guerra de Coliman
CAPÍTULO CLII 287
De Cristóbal de Tapia, que fue por gobernador a
México
CAPÍTULO CLIII 288
La guerra de Pánuco
CAPÍTULO CLIV 291
Cómo fue Francisco de Garay a pánuco con grande
armada
CAPÍTULO CLV 293
La muerte del adelantado Francisco de Garay
CAPÍTULO CLVI 295
La pacificación de Pánuco
CAPÍTULO CLVII 296
Los trabajos del licenciado Alonso Zuazo
CAPÍTULO CLVIII 297
La conquista de Utlatlan que hizo Pedro de Alvarado
CAPÍTULO CLIX 300
La conquista de Quahutemallan
CAPÍTULO CLX 303
La guerra de Chamolla
CAPÍTULO CLXI 304
La armada que Cortés envió a Higueras con Cristóbal
de Olid
CAPÍTULO CLXII 304
La conquista de zapotecas
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
478
CAPÍTULO CLXIII 305
La reedificación de México
CAPÍTULO CLXIV 307
De cómo atendió Cortés a enriquecer la Nueva-España
CAPÍTULO CLXV 308
Cómo fue recusado el obispo de Burgos en las cosas
de Cortés
CAPÍTULO CLXVI 310
Cómo fue Cortés hecho Gobernador
CAPÍTULO CLXVII 311
De los conquistadores
CAPÍTULO CLXVIII 312
De cómo trató Cortés la conversión de los indios
CAPÍTULO CLXIX 313
Del tiro de plata que Cortés envió al emperador
CAPÍTULO CLXX 315
Del estrecho que muchos buscaron en las Indias
CAPÍTULO CLXXI 316
De cómo se alzó Cristóbal de Olid contra Fernando
Cortés
CAPÍTULO CLXXII 319
De cómo salió Cortés de México contra Cristóbal de
Olid
CAPÍTULO CLXXIII 320
De cómo se alzaron contra Cortés en México sus
tenientes
CAPÍTULO CLXXIV 323
La prisión del factor y veedor
CAPÍTULO CLXXV 326
La gente que Cortés llevó a Las Higueras
CAPÍTULO CLXXVI 329
De los sacerdotes de Tatahuitlapan
CAPÍTULO CLXXVII 331
De la puente que hizo Cortés
CAPÍTULO CLXXVIII 333
De Apoxpalón, señor de Izancanac
CAPÍTULO CLXXIX 335
La muerte de Cuahutimoc
CAPÍTULO CLXXX 337
De cómo Canec quemó los ídolos
BIBLIOTECA AYACUCHO
479
CAPÍTULO CLXXXI 341
Un trabajoso camino que los nuestros pasaron
CAPÍTULO CLXXXII 344
Lo que hizo Cortés en Nito
CAPÍTULO CLXXXIII 348
Cómo llegó Cortés a Naco
CAPÍTULO CLXXXIV 350
Lo que hizo Cortés cuando supo las revueltas de
México
CAPÍTULO CLXXXV 341
La guerra de Papaica
CAPÍTULO CLXXXVI 354
Lo que avino a Cortés volviendo a la Nueva-España
CAPÍTULO CLXXXVII 356
Las alegrías que hicieron en México por Cortés
CAPÍTULO CLXXXVIII 357
De cómo envió el Emperador a tomar residencia a
Cortés
CAPÍTULO CLXXXIX 360
La muerte de Luis Ponce
CAPÍTULO CXC 361
Cómo Alonso de Estrada desterró de México a Cortés
CAPÍTULO CXCI 363
Cómo envió Cortés naos a buscar la especiería
CAPÍTULO CXCII 366
Cómo vino Cortés a España
CAPÍTULO CXCIII 367
Las mercedes que hizo el Emperador a Fernando
Cortés
CAPÍTULO CXCIV 368
De cómo se casó Cortés
CAPÍTULO CXCV 369
De cómo puso el Emperador audiencia en México
CAPÍTULO CXCVI 371
Vuelta de Cortés a México
CAPÍTULO CXCVII 373
De cómo envió Cortés a descubrir la costa de la
Nueva-España
por la Mar del Sur
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
480
CAPÍTULO CXCVIII 375
Lo que padeció Cortés continuando el descubrimiento
del sur
CAPÍTULO CXCIX 378
De la mar de Cortés, que también llaman Bermejo
CAPÍTULO CC 380
De las letras de México
CAPÍTULO CCI 380
Los nombres de contar
CAPÍTULO CCII 381
Del año mexicano
CAPÍTULO CCIII 381
Los nombres de los meses
CAPÍTULO CCIV 382
Nombres de los días
CAPÍTULO CCV 384
Cuenta de los años
CAPÍTULO CCVI 387
Cinco soles, que son edades
CAPÍTULO CCVII 388
Chichimecas
CAPÍTULO CCVIII 389
Aculuaques
CAPÍTULO CCIX 389
Mexicanos
CAPÍTULO CCX 392
Por qué se dicen aculuaques
CAPÍTULO CCXI 392
De los reyes de México
CAPÍTULO CCXII 396
La manera común de heredar
CAPÍTULO CCXIII 397
La jura y coronación del rey
CAPÍTULO CCXIV 399
La caballería del Tecuitli
CAPÍTULO CCXV 402
Lo que sienten del ánima
BIBLIOTECA AYACUCHO
481
CAPÍTULO CCXVI 402
Enterramiento de los reyes
CAPÍTULO CCXVII 404
De cómo queman para enterrar los reyes de Michuacán
CAPÍTULO CCXVIII 406
De los niños
CAPÍTULO CCXIX 408
Encerramiento de mujeres
CAPÍTULO CCXX 409
De las muchas mujeres
CAPÍTULO CCXXI 410
Los ritos del matrimonio
CAPÍTULO CCXXII 413
Costumbres de los hombres
CAPÍTULO CCXXIII 414
Costumbres de las mujeres
CAPÍTULO CCXXIV 414
De la vivienda
CAPÍTULO CCXXV 415
De los vinos y borrachez
CAPÍTULO CCXXVI 417
De los esclavos
CAPÍTULO CCXXVII 418
De los jueces y leyes
CAPÍTULO CCXXVIII 419
De las guerras
CAPÍTULO CCXXIX 422
De los sacerdotes
CAPÍTULO CCXXX 424
De los dioses mexicanos
CAPÍTULO CCXXXI 425
Cómo el diablo se aparece
CAPÍTULO CCXXXII 425
Desollamiento de hombres
CAPÍTULO CCXXXIII 428
Sacrificio de hombres
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
482
CAPÍTULO CCXXXIV 430
Otros sacrificios de hombres
CAPÍTULO CCXXXV 432
De una fiesta grandísima
CAPÍTULO CCXXXVI 433
La gran fiesta deTlaxcallan
CAPÍTULO CCXXXVII 436
La fiesta de Quezalcoatl
CAPÍTULO CCXXXVIII 437
Los ayunos de Teouacán
CAPÍTULO CCXXXIX 439
De la conversión
CAPÍTULO CCXL 441
La prisa que tuvieron a bautizarse
CAPÍTULO CCXLI 442
De cómo algunos murieron por quebrar los ídolos
CAPÍTULO CCXLII 443
De cómo cesaron las visiones del diablo
CAPÍTULO CCXLIII 444
Que libraron bien los indios en ser conquistados
CAPÍTULO CCXLIV 445
Cosas notables que les faltan
CAPÍTULO CCXLV 447
Del trigo y del molino
CAPÍTULO CCXLVI 447
Del pajarito uicicilín
CAPÍTULO CCXLVII 448
Del árbol Metl
CAPÍTULO CCXLVIII 449
Del temple de México
CAPÍTULO CCXLIX 450
Que ha venido tanta riqueza de la Nueva-España
como del Perú
CAPÍTULO CCL 451
De los virreyes de México
BIBLIOTECA AYACUCHO
483
CAPÍTULO CCLI 452
Muerte de Fernando Cortés
CAPÍTULO CCLII 454
Condición de Cortés
CRONOLOGÍA 459
BIBLIOGRAFÍA 463
HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO
484
TÍTULOS PUBLICADOS
DE CRONISTAS DE INDIAS
64
FRANCISCO LÓPEZ DE GÓMARA Historia general de las
Indias y vida de Hernán Cortés
Prólogo y cronología: Jorge Gurrìa Lacroix
65
FRANCISCO LÓPEZ DE GÓMARA Historia de la conquista
de México Prólogo y cronología: Jorge Gurrìa Lacroix
108-109-110
BARTOLOMÉ DE LAS CASAS Historia de las Indias
Edición, prólogo, notas y cronología:
André Saint-Lu
112
Letras de la Audiencia de Quito (Período jesuítico)
Selección, prólogo y cronología: Hernán Rodríguez
Castelo
173-174
FRAY PEDRO SIMÓN Noticias historiales de Venezuela
Prólogo: Guillermo Morón Reconstrucción del texto y notas: Demetrio Ramos
Cronología y bibliografía: Roberto J. Lovera
De-Sola
176
Historia real y fantástica del nuevo mundo
Introducción: José Ramón Medina Prólogo, selección y bibliografía: Horacio
Jorge Becco
185
La fundación de Brasil (Testimonios:
1500-1700)
Prólogo: Darcy Ribeiro
Selección de textos. Darcy Ribeiro y Carlos de
Araujo Moreira Neto
Notas introductorias a los textos- testimo-nio:
Carlos de Araujo Moreira Neto Cronología: Gisela Jacon de A. Moreira
Traductores:Aldo Horacio Gamboa y Marcelo Luis Montenegro
Revisión de textos traducidos: Gisela Jacon de A.
Moreira
BIBLIOTECA AYACUCHO
485
Este volumen el LXV de la Fundación Biblioteca
Ayacucho, se terminó de imprimir en diciembre de 2007, en los talleres de
Fundación Imprenta Cultural, Caracas, Venezuela. En su diseño se utilizaron
caracteres roman, negra y cursiva de la familia tipográfica Simoncini Garamond,
tamaños 9, 10, 11 y 12. En su impresión se usó papel hamsamate 60 gr. La
edición consta de 2.750 ejemplares
(2.250 en rústica y 500 empastados).
JORGE GURRÍA LACROIX
(México, 1917-1979).
Abogado y doctor en Historia. Catedrático desde
1950, investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la
Universidad Nacional Autónoma de México en 1951, direc-tor de la misma
institución a partir de 1975, miembro de la Academia Mexicana de la Historia
desde 1957.
Autor de numerosos estudios, entre ellos: Las ideas
monárquicas de don Lucas Alamán (1951); Monografías históricas sobre Tabasco
(1952); Bibliografía mexicana de ferrocarriles (1956); Anastasio Zerecero.
Estudios historiográficos de sus memorias (1963); Trabajos sobre historia
mexicana (1964); Códice, entrada de los españoles en Tlaxcala (1966);
Itinerario de Hernán Cortés (1968); Hernán Cortés y Diego Rivera (1971); La
caída de Tenochtitlán (1974); Historiografía sobre la muerte de Cuauhtémoc
(1976); y El desagüe del valle de México durante la época novohispana (1978).
En la portada: Detalle de la lámina 25
del Códice de Azcatitlán (México).
Documento pictográfico, siglo XVI.
Colección Arcaya. Biblioteca Nacional
de Venezuela.
Francisco López de Gómara
(1511-ca. 1564)
EL PLAN que se propuso López de Gómara para
organizar la obra puede ser resumido en pocas palabras: consignar las hazañas
de Cortés durante los años de enfrentamiento con las culturas originarias de
México. Al hacerlo no se limita a mostrar a la persona objeto de su interés
únicamente en los años de permanencia americana, sino que el relato se extiende
desde el nacimiento del guerrero en 1485 hasta su muerte acaecida en 1547 a los
sesenta y tres años.
Probablemente en Argel, donde lo conoció, o en su
casa de habitación, donde vivió entre 1540 y 1547 como confesor de este
adelantado, nació en él la idea de historiar las hazañas del conquistador. De
manera que convivió con la persona a la que, sin lugar a dudas, convirtió en
primera fuente de información porque sobre el autor pesaba el hecho de que
nunca estuvo en América.
Pero no sólo se valió de las noticias que le
procuró el extremeño, pues el memorialista compensa esa carencia con una amplia
consulta de los escritos ya existentes para la época (los de Pedro Mártir de
Anglería, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, Motolinía, Martín Fernández de
Enciso y del mismo Hernán Cortés, entre otros), así como al ser fiel escucha de
otros conocidos adelantados y conquistadores de España en ultramar.
Colección Clásica


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