© Libro N° 8625. El Payador y Antología de Poesía y Prosa. Lugones, Leopoldo. Emancipación. Mayo 15 de 2021.
Título
original: © El Payador y Antología de
Poesía y Prosa. Leopoldo Lugones.
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Prosa. Leopoldo Lugones
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EL PAYADOR Y ANTOLOGÍA DE POESÍA Y PROSA
Leopoldo Lugones
El Payador y Antología de
Poesía y Prosa
Leopoldo Lugones
PAYADOR
y antología
de poesía y prosa
PROLOGO
A LEOPOLDO LUGONES 1
Los R U M O R E S de la plaza quedan atrás y entro
en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los
libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado
mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan
los rostros momen táneos de los lectores, a la luz de las lámparas estudiosas,
como en la hipalage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este
lugar, y después aquel otro epíteto que también define el contorno, el árido
camello del Lunario, y después aquel hexámetro de la Eneida, que maneja y
supera el mismo artificio: lbant
obscuri sola sub
nocte per timbras.
Estas reflexiones me dejan en la puerta de su
despacho. Entro; cam biamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y
le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le
hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero
esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso
porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica defi ciente
le importa menos que la sana teoría.
En este punto se deshace mi sueño, como el agua en
el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no en la
calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y
ocho. Mi va nidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me
digo), pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y
la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo
afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado.
d e d ic a to ria
de El hacedor. Buenos Aires, Emecé Editores, 1960.
Como el de Quevedo, como el de Joyce, como el de
Claudel, el genio de Leopoldo Lugones es fundamentalmente verbal. No hay una
página de su numerosa labor que no pueda leerse en voz alta, y que no haya sido
escrita en voz alta. Períodos que en otros escritores resultarían ostentosos y
artificiales, corresponden, en él, a la plenitud y a las amplias evolu ciones
de su entonación natural.
Para Lugones, el ejercicio literario fue siempre la
honesta y aplicada ejecución de una tarea precisa, el riguroso cumplimiento de
un deber que excluía los adjetivos triviales, las imágenes previsibles y la
construc ción azarosa. Las ventajas de esa conducta son evidentes; su peligro
es que el sistemático rechazo de lugares comunes conduzca a meras irregu
laridades que pueden ser oscuras o ineficaces. Lugones tuvo la vanidad de
trabajar detenidamente su obra, línea por línea; un resultado de esta dedicación
es el elevado número de páginas de índole antològica.
Desdeñoso de lo español, el autor de La guerra
gaucha, paradójica mente adoleció de dos supersticiones muy españolas: la
creencia de que el escritor debe usar todas las palabras del diccionario, la
creencia de que en cada palabra el significado es lo esencial y nada importan
su connotación y su ambiente. Sin embargo en algunos poemas de tono criollo,
empleó con delicadeza un vocabulario sencillo; esto prueba su sensibilidad y
nos permite suponer que sus ocasionales fealdades eran audacias y respondían a
la ambición de medirse con todas las palabras. Fatalmente muchas de aquellas
novedades se han anticuado, pero la obra,
en
conjunto, es una
de las mayores aventuras del
idioma español. El
siglo xvii quiso innovar, regresando al latín; Lugones
quiso incorporar
a su idioma
los ritmos, las metáforas, las
libertades que el romanticismo
y el simbolismo habían dado al francés.
La literatura de América aún se nutre de la obra de
este gran escritor; escribir bien es, para muchos, escribir a la manera de
Lugones. Desde el ultraísmo hasta nuestro tiempo, su inevitable influjo perdura
cre ciendo y transformándose. Tan general es ese influjo que para ser dis
cípulo de Lugones, no es necesario haberlo leído. En La pipa de Kif de
Valle-Inclán se advierte el Lunario sentimental; sin menoscabo de su
originalidad, dos grandes poetas, Ramón López Velarde y Martínez Es trada,
provienen de Lugones.
Alcanzar en un medio indiferente una obra tan
fértil y tan plena es una empresa heroica; su vida entera fue una laboriosa
jornada, que des deñó las recompensas, los aplausos y los honores y hasta la
gloria que ahora lo sustenta y lo justifica. Su destino le impuso la soledad,
porque no había otros como él y en esa soledad lo encontró la muerte.
EL
MODERNISMO
La historia de Leopoldo Lugones es inseparable de
la historia del mo dernismo, aunque su obra, en conjunto, excede los límites
de esta es cuela. A fines del siglo x ix y a principios del xx, el modernismo
renovó las literaturas de la lengua española. Esta renovación era necesaria;
des pués del siglo de oro y del barroco, la literatura hispánica decae y los
siglos x v m y
x ix son igualmente pobres.
España nunca fue
clásica; la impetuosa irregularidad
de su drama y
la evocación, acaso arbitraria, de su color local,
inspiran la reacción romántica; Alemania descubre a Calderón, lo traduce
Shelley y su obra sirve de argumento contra el rigor de las tres unidades
clásicas.
Es curioso observar que el romanticismo,
esencialmente afín a la ín dole de España, no produce en este país un solo
poeta de la significación de Keats o de Hugo.
La circunstancia de que algunos críticos españoles
ignoraran esta in digencia contribuía a hacerla más irreparable; así Menéndez
Pelayo, en la antología que se titula Las cien mejores poesías líricas de la
lengua castellana admite inexplicablemente una desmesurada proporción de poetas
de su época.
Con esta decadencia contrastan la complejidad y el
vigor de las otras literaturas de Europa; en la poesía de Francia, cuyo influjo
en el mo dernismo será decisivo, el Parnaso sucede al romanticismo y el
simbolismo al Parnaso. De estas escuelas, excluyentes en Francia, las dos
últimas son recibidas con igual devoción por las jóvenes generaciones
americanas y se difunden con facilidad. En lo que se refiere al romanticismo,
se observa una reacción contra su elocuencia y su pompa, pero aún se admira a
Víctor Hugo.
Por aquellos años, en Buenos Aires o en México no
se concibe una persona culta que no sepa francés y es prestigioso ir a París
para per feccionar los estudios. Todavía cercana la guerra de la
Independencia, el odio a lo español no se había extinguido; las injuriosas
expresiones godo y gallego eran habituales. La admiración por lo francés llega
al exceso; Eduardo Wilde se burla de ella en su artículo Vida moderna.
La imitación del clasicismo español persistía en
ciertos poetas, pero su obra constituyó, para los jóvenes, un testimonio más de
la esterilidad de esa tradición. Recordemos la obra de Oyuela.
Agotado el placer que podían suministrar el
vocabulario y los metros clásicos, se sentía la urgencia de renovarlos.
Oscuramente se anhelaba y se vislumbraba otra cosa; adentrándose a ello,
algunos poetas anteriores parecían señalar nuevas direcciones.
Así el revolucionario cubano José Martí decía en el
prólogo de sus Versos libres (1 8 8 2 ): “Estos son mis versos. Son como son. A
nadie los pedí prestados. . . Recortar versos también sé, pero no quiero. Así
como
cada hombre trae su fisonomía, cada inspiración trae su lenguaje. Amo
las sonoridades difíciles. . E n 1891, agregaba:
“Amo la sencillez y creo en la necesidad de poner el sentimiento en formas
llanas y sin ceras”. El mérito de Martí, como poeta, se limita a haber
preferido la sencillez; en sus mejores versos hay algo de copla popular. Se
considera que Ismaelillo, escrito en 1882 para su hijo, marca el principio de
esta nueva tendencia en las letras americanas, que culminará en Azul, de Rubén
Darío.
Otro cubano, Julián del Casal (1 8 6 3 - 1 8 9 3 ),
prefigura los temas del hastío, de la evasión y del exotismo, que serán luego
predilectos de los modernistas. Influido por Baudelaire, entre lo artificial y
lo natural elige lo primero:
Tengo el
impuro amor de las ciudades
y a este sol que ilumina las edades
prefiero yo del gas
las claridades.
A mis sentidos lánguidos arroba,
más que el olor de un bosque de caoba,
el ambiente enfermizo de una alcoba.
Otro famoso precursor, José Asunción Silva (1 8 6 5
- 1 8 9 6 ), ferviente lector de Poe, de Baudelaire, de Verlaine, de los
prerrafaelistas ingleses, trunca su desdichada vida a la edad de treinta años,
pero deja los Nocturnos, que América aún no ha olvidado:
. . .E ra el frío del sepulcro, era el hielo de la
muerte, era el frío de la nada. . .
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola,
iba sola por la estepa solitaria;
y tu sombra esbelta y ágil,
fina y
lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de murmullos, de perfumes y
de música de alas, se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella. . . ¡Oh las
sombras enlazadas!
¡O h las sombras de los cuerpos que se juntan con
las sombras de las alm as! ¡O h las sombras que se buscan en las noches de
tristeza y de lágrim as]. . .
Entre los iniciadores del modernismo se halla
también el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1 8 5 9 - 1 8 9 5 ), fundador de
la Revista Azul, que con tanta hospitalidad acogió la poesía de los jóvenes.
Dice Pedro Hen-ríquez Ureña: “Hay en su melancolía un dejo otoñal, que
concuerda con el constante clima otoñal de las altas mesetas de México. Es el
más mexicano de los poetas — un mexicano del valle de Anáhuac, en el que está
la capital— como Casal es uno de los más cubanos en su amor por los colores
vivos. Su poesía es también pictórica, especialmente en las Odas breves, llenas
de reminiscencias griegas y latinas” . Ejemplo de estos
ejercicios clásicos, ensayados por un poeta
esencialmente romántico, es la oda Ultima Necat \ donde se imita no sólo la
brevedad y las alusiones
mitológicas sino también las apretadas
yuxtaposiciones de ciertos estilos helénicos:
¡Huyen los
años como raudas nares!
¡rápidos huyen!
Infecunda
Parca
pálida espera.
La salobre Estigia
calla dormida.
¡Voladores años!
¡Dado me fuera detener convulso,
horas
fugaces, vuestra blanca veste!
Pasan las
dichas y temblando llegan
mudos
inviernos. . .
Las
fragantes rosas
mustias
se vuelven, y el enhiesto cáliz
cae de la mano. Pensativa el alba
baja del monte. Los placeres todos
duermen rendidos. . .
En mis brazos flojos
Cintia descansa.
Pero José Martí, Julián del Casal, José Asunción
Silva y Manuel Gu tiérrez Nájera se limitan a preparar el advenimiento de un
gran poeta: Rubén Darío.
De igual manera que el romanticismo francés cabe en
el solo nom bre de Hugo, así lo que será el modernismo — su nostalgia, sus
excesos decorativos, su esplendor verbal— cabe en el de Darío.
La historia de la nueva escuela comienza en 1888
con la publicación de Azul. . . en Valparaíso. De este libro, cuya importancia
histórica es innegable, quizá lo único que aún sobreviva sea algún soneto como
el dedicado a Walt Whitman. En 1896 aparece en Buenos Aires Prosas profanas.
Temas, palabras, metáforas, emociones, están muy lejos de nosotros, pero es
indiscutible que con este libro de versos entró en el idioma español una nueva
música, un nuevo juego de posibilidades so noras. Las predilecciones de Rubén
Darío por el esdrújulo, por el tono agudo y por cierta espontánea o estudiada
facilidad oral se manifiestan en estrofas, acaso gastadas ahora, pero que
entonces debieron sorprender por su osadía:
Boga y boga en el lago sonoro
donde el sueño a los tristes espera,
donde aguarda
una góndola de oro
a la novia de Luis de Baviera.
(B lasón )
Padre y maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador;
1 Recuérdese
la inscripción de los relojes de sol: Omnes vulnerant, ultima necat. (Todas
hieren, la última m ata).
¡Partida! Pan tú mismo, que coros condujiste hacia
el propileo sacro que amaba tu alma triste,
al son del sistro y del tambor!
(Responso a Verlaine)
Darío publica después Cantos de vida y esperanza (1
9 0 5 ) y E l canto errante (1 9 0 7 ) . En estos libros perfecciona sus
esplendores (Visión, Metempsicosis) y alcanza aquello que Lugones no alcanzará,
tal vez, en toda su vida: un vínculo amistoso con el lector, la confidencia
íntima. Detrás de la magnificencia verbal y de los hallazgos métricos se
vislumbra el destino trágico de Darío. Recuérdese Yo soy aquel que ayer nomás
decía. . ., Canción de otoño en primavera, Melancolía, Lo fatal, ¡Eheul
El modernismo, por obra de Darío, triunfó en
América y en España. Darío, en este último país, no es un forastero; se ha
incorporado a la tradición nacional y se habla de él como de Garcilaso o de
Góngora. Darío es así, para la historia de la literatura, un gran poeta de
España y de América.
Dos poetas norteamericanos, Edgar Alian Poe y Walt
Whitman, habían influido esencialmente, por su teoría y por su obra, en la
literatura francesa; Rubén Darío, hombre de Hispanoamérica, recoge este influjo
a través de la escuela simbolista, y lo lleva a España.
Hemos dicho que la evasión fue uno de los rasgos
diferenciales del modernismo; podrían señalarse también los temas de la
mitología griega, heredados del Parnaso francés y, en general, usados de manera
deco rativa. En Prosas profanas, Rubén Darío llegó a decir:
Amo más que la Grecia de los griegos
la Grecia de la Francia, porque en Francia, al eco
de las Risas y los Juegos,
su más dulce
licor Venus escancia.
Verlaine es más que Sócrates; y Arsenio
Houssaye supera al viejo Anacreonte
La profusión de mitos helénicos no basta al
modernismo; Ricardo Jaimes Freyre, en Castalia bárbara (1 8 9 7 ), reemplaza
las divinidades griegas por las escandinavas. Cambian así los personajes, no el
espíritu.
Alguien podría objetar la frecuencia de temas
mitológicos en la lite ratura de nuestro tiempo (Yeats, Valery, Kafka, G ide);
pero su empleo, ahora, no es puramente ornamental, es también significativo de
situa ciones individuales.
El modernismo abarcó todas las naciones de
Sudamérica. Sus poetas, quizás a través de Heredia y de Hugo, descubrieron las
posibilidades literarias del continente; a Grecia y a Versalles suceden la
historia y la geografía americanas. Sus orígenes los conducen a España y, por
ende, al descubrimiento de su Edad Media y de la lírica barroca. Góngora,
reprobado por la Academia y admirado, acaso desde
lejos, por Verlaine 1, es de nuevo propuesto a la admiración por los
modernistas.
Pedro Henríquez Ureña, en el libro Las corrientes
literarias en la América Hispánica, divide la historia del modernismo en dos
períodos: el primero, va de 1882 a 1896, integrado por Martí, Casal, Gutiérrez
Nájera, Asunción Silva y Darío; el segundo va de 1896 a 1920. “Martí, Casal,
Gutiérrez Nájera y Silva mueren entre 1883 y 1896; Darío queda, pues, como
cabeza indiscutible para los veinte años siguientes”. Agrega Henríquez Ureña
que entre 1896 y 1900 el centro de este movimiento estuvo en el Sur, en Buenos
Aires y Montevideo.
Como se habrá observado, el primer período del
esquema propuesto por Henríquez Ureña comprende, con excepción de Darío, a los
poetas que nosotros, por juzgarlos aún vinculados al romanticismo, hemos
considerado precursores. No hay que olvidar que las clasificaciones lite
rarias son artificiales y responden a la necesidad de organizar el cono
cimiento; los lectores pueden elegir cualquiera de las dos posibilidades.
En el modernismo predominó la poesía, pero también
hubo prosistas. Darío cultivó ambas formas; nadie ignora que fue más afortunado
en el verso. Veremos que en el caso de Lugones la decisión no es fácil. Alguno
(Carlos Reyles, Rodó), se limitó a la prosa. Y un género intermedio, el breve
“poema en prosa”, a la manera de Aloysius Bertrand y de Baude laire, encontró
asimismo cultores. En E l cencerro de cristal (1 9 1 5 ), Güiraldes, influido
por Laforgue, alternó en una misma composición la prosa y el verso.
Hoy las literaturas de lengua española han
traspuesto sus límites geográficos y merecen interés y respeto; esto es obra
del modernismo. No, acaso, de los libros que fueron expresión de esta escuela,
pero sí del impulso que ella dio a las letras españolas y americanas. Hasta la
reac ción contra el modernismo, que se observa a partir de mil novecientos
veintitantos, es consecuencia o parte del modernismo, y hereda su ímpetu.
LUGONES,
POETA
El primer libro de Lugones, Las montañas de oro, se
publicó en 1897 y desconcertó o entusiasmó a los lectores. Todo en él era
deliberadamente nuevo hasta el artificio tipográfico de dar a los versos, sólo
separados por guiones, apariencia de prosa. En esta disposición acaso
influyeron Rimbaud y Maeterlinck 2; como tantas otras innovaciones, ésta era
tam
1 En los Poèmes Saturniens (1 8 6 7 ), el soneto
“Lassitude” lleva como paradójico epígrafe: a batallas de amor campo de pluma
(Soledad Prim era).
2 De 1897 son las Ballades Françaises, de Paul
Fort, en las que se observa el mismo recurso.
bién un arcaísmo, ya que los más antiguos
monumentos de la poesía medieval — el Beowulf, el Cantar de los Nibelungos o el
Poema del Cid— presentaban esta forma.
Los guiones, en el Primer Ciclo, separan versos
endecasílabos asonan-tados:
. . . “Entonces comprendí (Santa M iseria!) - el
misterioso amor de los pequeños; - i odié la dicha de las nobles sedas, - i las
prosapias con raíz de hierro; - i hallé en tu lodo gérmenes de lirios, - i puse
la amar gura de mis besos - sobre bocas purpúreas que eran llagas - . . . ”
En el Segundo Ciclo, marcan las pausas entre versos
irregulares:
. . . “Son las vacas que han venido a media noche,
- olfateando en las distancias de la sombra, - el sutil olor de muerte que
levantan de la tierra —mojada por el degüello, las frescuras de la fronda. —Con
pesados trotes llegan - las salvajes plañideras, - en la niebla que envolviendo
los zarzales - flota, - absorbiendo los cuajados alientos de sus narices, - que
sobre la muda tierra con ronco estertor sollozan, - i destilan grandes lágrimas
- llenas de candor salvaje, sus pupilas soñadoras, - i la sangre derramada se
humedece - empapada de jemidos y congojas”. - . . .
Cierra el volumen un largo poema en prosa rítmica,
el Himno de las torres. Hay, asimismo, composiciones en verso alejandrino
(Reposorio) 0 endecasílabo (Salmos del combate), en los que cada verso ocupa, a
la manera tradicional, una línea.
En todo el libro es evidente la presencia de Hugo.
Este influjo, más de una vez, ha sido reprochado a Lugones. Mucho podría
decirse contra esa acusación. Imitar a Hugo no es fácil; imitarlo sin incurrir
en la mera grandilocuencia y sin que el tono desfallezca es una tarea difícil,
aun para el propio Hugo; Lugones, sin embargo, la ejecuta con felicidad. No
sólo hereda las sonoridades del maestro — que tanto daño suscitaron en
imitadores mediocres— , sino la facultad narrativa y una expresión di recta y concreta.
No ignora que lo épico acepta, entre muchas cosas, el efecto aparentemente
prosaico. En el Himno de las torres, escribe:
. . . “i va Cristóbal Colón con una cruz i una
espada bien leal; i Marco Polo, con un tratado cosmográfico de Cosmas en la
mano. . . i la May-Flower con la carta del rei Juan; i Dumond Durville con un
planisferio 1 una áncora; i Tasman con una brújula; i Stanley con el lápiz del
New York Herald y su casco de corcho; i Livingstone con su biblia y su esposa —
David Livingstone el padre del Nilo”.
Al recuerdo de Hugo y de Whitman se agrega, acaso
el de Baudelaire, que asoma en la blasfemia y en la sensualidad de ciertas
imágenes. Dante y Homero, dos admiradores que lo acompañarán hasta el fin de
sus días, ya son celebrados en este libro.
Sin afectación de criollismo, el lenguaje de Las
montañas del oro resulta espontáneamente argentino.
A la fama literaria del segundo libro de Lugones,
Los crepúsculos del jardín (1 9 0 5 ), se agrega otra de carácter polémico y
casi judicial. Se trata de una acusación de plagio. En 1904, el poeta uruguayo
Julio Herrera y Reissig publicó Los éxtasis de la montaña; Blanco Fombona, en
el prólogo de la edición Garnier (París, 1912), destacó las afinidades de este
libro con Los crepúsculos del jardín y acusó a Lugones de haber calcado a
Herrera. El argumento, así formulado, parece irrefutable; pero como señalan,
entre otros, conocidos escritores del Uruguay — Horacio Quiroga, Víctor Pérez
Petit, Emilio Frugoni— , las poesías de Lugones ya habían aparecido én revistas
de Buenos Aires y de Montevideo, antes de ser reunidas en un volumen. Así Los
doce gozos se publicaron en revistas argentinas hacia 1898 y 1899 \
Lo cierto es que Lugones y Herrera habían leído a
Samain. Telas, crepúsculos, jardines, suspiros, estanques y fragancias invaden
la poesía de Lugones y destierran las vastas divinidades de Hugo. Pero los
moti vos que en Samain aparecen desdibujados, en función de la melancolía, de
la nostalgia y de la contenida pasión, son prodigados ostentosamente por su
émulo y sirven para el escándalo y la jactancia. Hugo y Baude laire están
lejos de Los crepúsculos del jardín, pero su recuerdo a veces asoma y perturba
la unidad del estilo. Veamos estos versos de Sam ain:
Voici que
¡es jardins de la Nnit vont fleurir,
¡es
¡ignes, les couleurs, ¡es sons
deviennent vagues.
Vois, le dernier rayon agonise á tes bagues.
Ma soeur, entends-tn pas quelque chose m oarirl. .
.
(E légie)
Compárense con estos de Lugones:
T al como
una bandera derrotada
se ajó ¡a tarde, hundiéndose en la riada.
A ¡a sombra
del tálamo enemigo,
se apagó en tu collar la última gema,
y sobre el broche
de tu liga crema
crucifiqué
mi corazón mendigo.
(E n color exótico)
Y con los siguientes de Herrera y Reissig:
Con viperinas gulas, ¡a
onda impía
mordió ¡os
aromáticos biüetes,
y e¡ so¡ se
desangró en la
fantasía
de tus sortijas y tus brazaletes.
La
tarde ahogóse entre
opalinas franjas. . .
(Holocausto)
En conjunto, el libro de Lugones es harto desigual.
Al verso admi rable: Se extenuaba de amor la tarde quieta, sigue: Con la ducal
decre pitud del raso. Abundan estrofas como ésta:
1 Véase la revista Nosotros ( 2 * época), número
dedicado a Lugones (N ? 26 -28), pp. 225-266.
Fúnebre es tu candor adolescente
que la luna
sonámbula histeriza,
y el perfume de nardo decadente
en que tu alma pueril se exterioriza.
(Rom ántica)
En este libro, Lugones logra una mayor destreza
formal, no así un mayor rigor. Su empeño es ser original y no se resigna a
sacrificar el menor hallazgo, o lo que él considera hallazgo. Cada adjetivo y
cada verbo tiene que ser inesperado. Esto lo lleva a ser barroco, y es bien
sabido que lo barroco engendra su propia parodia.
De este volumen, acaso inaccesible al gusto de
nuestro tiempo, perdu ran algunas composiciones: Emoción aldeana, cuyos versos
irregulares prefiguran al Lunario sentimental; el soneto parnasiano León
cautivo y el sensible poema El solterón, cuyo atribulado protagonista, a
diferencia de otros del libro, parece real. En El solterón las muchas
descripciones no entorpecen la fluidez y simplicidad del conjunto. La primera
estrofa ya nos da el tono melancólico de la historia:
Largas
brumas violetas
flotan sobre el río gris,
y allá
en las dársenas
quietas
sueñan
oscuras goletas
con un
lejano país.
En el Lunario sentimental (1 9 0 9 ), se trasluce
el ejemplo del simbo lista francés Jules Laforgue y de su Imitación de
Notre-Dame la Lune. Sin embargo, como Lugones fue algo más que un espejo de los
libros que iba leyendo, es posible conjeturar que aun sin Laforgue hubiera
llegado a despojarse de la juvenil y excesiva solemnidad de Los crepúsculos del
jardín. La abundancia léxica y metafórica de este libro habrá despertado
sonrisas; Lugones no renuncia a ella, pero gracias al tono festivo, logra una mayor
levedad.
El prólogo del Lunario sentimental es polémico. En
él se lee que “el verso vive de la metáfora” y que “hallar imágenes nuevas y
hermosas, expresándolas con claridad y concisión, es enriquecer el idioma”.
Lugo nes, en efecto, presenta una de las mayores colecciones de metáforas de
la literatura española. Es innegable que estas metáforas son originales y, a
veces, muy hermosas; su desventaja es ser tan visibles que obstruyen lo que
deberían expresar; la estructura verbal es más evidente que la escena o la emoción
que describen:
Mas ya dejan
de estregar los grillos
sus
agrios esmeriles,
y suena en los pensiles
la cristalería de
los pajarillos.
(Him no
a la lun a)
La variedad de evocaciones y la vehemencia llegan a
anonadar:
Farol glacial del invierno:
Cuando se paralice toda savia,
y muera como un tigre el sol eterno,
y temple el cierzo formidable la gravia,
y petrifique el boreal infierno
en suplicio de mármol toda la Escandinavia, tu ojo
de pez antediluviano coagulará en su influjo maligno
la desolada extensión, en signo
de
esplendor soberano.
(E l
sol de medianoche)
“La rima — dice Lugones en el prólogo— , es el
elemento esencial del verso moderno”. En el texto se prodigan las rimas
insólitas: apio - Escu lapio, astro — alabastro, sarao - cacao, ampo -
crisolampo, copos — Atro pos, anda — Irlanda, garbo — ruibarbo, apogeo -
Orfeo, oréganos - llé ganos, insufla - pantufla, picara - jicara, hongos —
oblongos, orla - por la, petróleo - mole o, náyade — haya de, pretéritas - in
vino veritas. ...
Esta exigencia de que la poesía no prescinda de
rimas invalidaría por cierto, a poetas como Whitman, Cari Sandburg, Apollinaire
y al propio Lugones del Himno de las torres.
Lugones iguala y tal vez supera a Laforgue en el
número y en la varie dad de artificios verbales, pero estos artificios, que en
Laforgue como en Byron, sirven para traducir una individualidad y corresponden,
o pare cen corresponder, a una idiosincrasia, en Lugones son meras habilida
des, son deliberados juegos retóricos y no trascienden el plano literario.
Como en los más antiguos monumentos de la épica del
Indostán o como en las Mil y una noches, prosa y verso conviven en el Lunario
sen timental. Quizá Une saison en enfer de Rimbaud sugirió a Lugones esta
combinación, que en 1909 era rara; ahora es más frecuente.
La unidad del libro está dada por el tema de la
luna, expresado en odas, cuentos, sonetos y en lo que el autor llama Teatro
quimérico: el diálogo en prosa, Dos ilustres lunáticos; una égloga, La copa
inhallable; una pantomima, E l pierrot negro, y el “cuento de hadas”, Los tres
besos. Cierra el volumen la narración titulada Francesca, que ofrece una nueva
interpretación del famoso episodio del canto V del Infierno.
Ojo izquierdo del mundo llamaron a la luna los
cabalistas; puerta del cielo, una de las Upanishadas, donde también se lee que
la luna interro ga a los muertos y crece o mengua según entren o salgan de
ella sus almas. De este sentido mítico de la luna (tan evidente, para citar un
solo ejem plo, en la obra de Yeats) casi no hay conciencia en Lugones, que
recurre a ella como un pretexto para anécdotas irónicas o amorosas. Es signifi
cativo que la apostrofe así en el poema inicial:
Y o te
hablaré con maneras corteses aunque sé que sólo eres un esqueleto. . .
En realidad, esta actitud corresponde a las
preferencias escépticas y materialistas de cierta literatura de aquella época.
En 1910, año de nuestro Centenario, publicó las
Odas seculares. Al propósito, sin duda sincero de conmemorar poéticamente
aquella fe cha y de participar en la emoción colectiva, acaso se agregó una
nece sidad de acercarse a la gente y de atenuar la impresión de extravagan
cia provocada por el libro anterior. Por primera vez aparecen en su poesía los
temas argentinos en los que tanto insistiría después. Sin embargo, la
entonación es más española que criolla y el vocabulario sigue exhibiendo una
vanidosa riqueza. No faltan prosaísmos deliberados, que responden al deseo de
probar que todo cabe en la obra del poeta y que éste debe medirse con cualquier
tema. Tal es la verosímil explicación de versos como éstos:
Reclamemos
la enmienda pertinente
del código rural cuya reforma,
en la nobleza
del derecho agrícola
y en la
equidad pecuaria tiene normas.
(A los ganados
y las m ieses)
El defecto del libro reside en lo que algunos han
considerado su mayor mérito: la tenacidad prolija y enciclopédica que induce a
Lugo-nes a versificar todas las disciplinas de la agricultura y de la
ganadería. Felizmente, hay confidencias personales que mitigan el fatigoso
catálogo:
Como era fiesta el día de la patria,
y en mi sierra se nublan casi todas
las mañanas
de mayo, el veinticinco
nuestra
madre salía a
buena hora
de paseo campestre
con nosotros,
a buscar por las breñas más recónditas
el panal
montaraz que ya el
otoño
azucaraba en madurez preciosa.
Embellecía un
rubio aseado y grave
sus pacíficas trenzas de señora.
Seguíanla el peón y la muchacha.
Y adelante, en pandilla juguetona,
corríamos nosotros con el perro
que describía en arco pistas locas.
Con certeza
cabal decía el hombre:
— Aquí está el camoatí, misia Custodia. Que así su
nombre maternal y pío como atributo natural la adorna. Aunque aquí vaya junto
con la patria toda luz, es seguro que no estorba. Adelgazada por penosos años,
como el cristal casi no tiene sombra. Después se
nos ha puesto muy anciana, y si muere sería triste cosa
que no la hubiese honrado como debe su hijo mayor
por vanidad retórica.
También en determinadas estrofas de composiciones
como A los An des y A los gauchos, se abre camino la emoción a través de la
constante grandilocuencia:
Yo, que soy montañés, sé lo que vale
la amistad de la piedra para el alma.
Con este libro, Lugones vuelve a los temas civiles
de su primera época. Es evidente la sinceridad patriótica del poeta; hay en sus
palabras un estremecimiento que, por cierto, no se encontrará en el Canto a la
Argen tina, de Rubén Darío, obra de compromiso elaborada para la misma
ocasión.
El libro fiel (1 9 1 2 ) no es la obra más
característica de Lugones (probablemente lo sea el Lunario sentimental), pero
es la obra que mejor parece corresponder a una exigencia íntima. En otros
libros se adivina el deliberado propósito de versificar determinados temas; en
ellos, el autor, en lugar de abandonarse a la emoción, cumple una tarea que se
ha impuesto. En éste, en cambio, el tono es confidencial. Ya títulos como El
dolor de amar, La joven esposa, La estrella del dolor, Historia de mi muerte, anuncian
una melancólica madurez que contrasta con los juegos o con las doctrinas de
páginas anteriores.
En este libro, hasta las alusiones mitológicas han
superado su carácter decorativo y las sentimos recreadas por el poeta:
Porque es así que sin pavor ni estruendo, viene y
nos clava el peligroso infante, tras la gota de miel dardo tremendo.
(Oda al am or)
Lugones regresa a su predilección por la luna en el
mismo poema:
Pero
también, por singular
fortuna,
te
comunicará en noche bendita
el dulce bien
de descubrir la luna.
También en La blanca soledad:
La luna cava un blanco abismo
de
quietud, en cuya
cuenca
las cosas son cadáveres
y las sombras
viven como ideas.
Y uno se pasma de lo próxima
que está la muerte ele la blancura aquella, de lo
bello que es el mundo
poseído por la antigüedad de la luna llena y el
ansia tristísima de ser amado en el corazón doloroso tiembla.
En estos versos sentimos la presencia de la luna
con más convicción que en las laboriosas metáforas del Lunario.
Hacia 1897, Rubén Darío había comparado a Lugones
con Poe; His toria de mi muerte y El canto de la angustia confirman por su
ambiente de terror esta sorprendente opinión:
Y contemplaba mis manos
sobre la mesa, qué extraordinarios miembros; mis
manos tan pálidas,
manos de muerto.
Y noté que no sentía
mi corazón
desde hacía mucho tiempo.
Y sentí que
te perdía para siempre,
con la
horrible certidumbre de estar despierto.
Y grité tu nombre
con un grito interno,
con una voz extraña
que no era
la mía y que estaba muy lejos.
Y entonces, en
aquel grito,
sentí que mi corazón muy adentro,
como un
racimo de lágrimas,
se deshacía
en un llanto benéfico.
Y que era el dolor de tu ausencia
lo que había soñado despierto.
También recordamos el ambiente sombrío de Silva y
de Gutiérrez Nájera.
La gravedad y la ternura del Libro fiel se
prolongan en algunas com posiciones del Libro de los paisajes ( 1 9 1 7 ) :
Oh amiga que
tan dulcemente amparas
en tu suave amistad mi hosca fatiga}
purificando con tus manos claras
mi oscuro corazón, oh dulce amiga.
(Sonata prim
averal)
El primer vuelo, La tarde clara, Salmo pluvial
figuran entre los más famosos poemas de Lugones. Salmo pluvial termina
admirablemente con los versos que siguen:
CALMA
Delicia de los árboles que abrevó el aguacero.
Delicia de los gárrulos raudales en desliz.
Cristalina delicia del trino del jilguero.
Delicia serenísima
de la tarde feliz.
PLENITUD
E l cerro azul estaba fragante de romero,
y en los
profundos campos silbaba la perdiz.
Una de las partes, Alas, reúne composiciones
dedicadas a pájaros argentinos. Por momentos la entonación, también vernácula,
anticipa los futuros romances criollos. En las descripciones de los pájaros se
prodi gan toques realistas; ese realismo fragmentario es característico de
todo
el volumen. Decimos fragmentario, porque esos
toques están como per didos entre ornamentos retóricos y vagas efusiones
líricas. No vemos los paisajes de Lugones como vemos, por ejemplo, los de
Fernández Mo reno; las estrofas de Mapamundi o de Horas campestres evocan a lo
sumo acuarelas y óleos, no una inmediata realidad.
El libro fiel, E l libro de los paisajes y Las
horas doradas (1 9 2 2 ) componen, en cierto modo, una sola obra, pero en el
último la versifica ción es más fluida. El terror sobrenatural, tema del Canto
de la angustia y de Historia de mi muerte, reaparece con pareja eficacia en Los
perros lunáticos:
Rozando
interminables muros,
trotan
sin fin. Su
endeble traza
bajo la luna se adelgaza,
y ella los vuelve más oscuros.
Y siguen con absurdo empeño
en nuestra misma dirección,
los
fatales perros sin dueño,
sordos
al mimo y
al baldón.
Una esquivez de presidiario
manifiesta
su intimidad
con los vampiros del osario
y el horror de
la soledad.
Afelpando su oblicua
marcha,
toda la noche
van así,
exasperado por la escarcha
su
silencioso frenesí.
O una demencia paralela,
su
gañido histérico arranca,
y se pasan
la noche en vela
ululando
a la muerte
blanca.
(R om anzas
del buen invierno, IX )
El amor conyugal es otro de los temas que vuelven.
De la admirable
Balada del fino amor son los siguientes versos:
Y ¿habrá quien no haya visto en un inerte
crepúsculo de gélidos candores, caer las violetas ulteriores,
de las lánguidas manos de la muerte?
Los diptongos quebrados del tercer verso recuerdan
los de Góngora: Entre las violetas fui herido. Ventura García Calderón ha
señalado la ocasional afinidad de Lugones con Góngora; la siguiente estrofa
repro duce no sólo el brillo sino la áspera dureza de las Soledades:
Mordido de color en
cada poro,
friega de
oro el metal su pulimento,
y
exorbita hasta el
cénit un violento
pavorreal verde
delirado en oro.
(La tarde)
Lugones, que iba buscándose y descubriéndose en los
libros que leía, ahondó en su propia intimidad, gracias a los poemas de Heine.
No sólo
el título del Romancero (1 9 2 4 ), atestigua esta
influencia, sino los trece Lieder, Intermezzo y el romance inicial Gaya
ciencia, que es una deliberada variación del poema Der Asra. Algunas
composiciones — Las fatales, El ausente, Romance de las dos hermanas— permiten
entrever al novelista que Lugones, tal vez, no logró ser cuando se propuso
escri bir novelas. Su predilección por el Libro de las mil y una noches y por
la poesía islámica se refleja en Las tres kasidas y en ciertos poemas narra
tivos: Romance del rey de Persia, Tonada, El beso. El ropaje exótico no debe
engañarnos; Lugones está mucho más cerca de estos poemas que, por ejemplo, de
los ejercicios descriptivos que cultivó en las Odas seculares. El
presentimiento y la curiosidad del amor, patéticos en un hombre maduro, asoman
en muchas páginas de este libro (Chicas de octubre, Tennis, Perfil, Negro y
blanco, Figurín) y les otorgan un inte rés humano que, acaso, estéticamente no
alcanzan. En otras, la adivina ción de la muerte se une al amor y es entonces
cuando el lirismo de Lugones logra su plenitud:
LA PALMERA
Al
llegar la hora
esperada
en que de amarla me muera,
que
dejen una palmera
sobre mi tumba
plantada.
Así, cuando todo
calle,
en el olvido
disuelto,
recordará el
tronco esbelto
la
elegancia de su
talle.
Entregará
con ternura
la flor, al
viento sonoro,
el mismo
reguero de oro
que dejaba su hermosura.
Como un suspiro
al pasar,
palpitando entre las hojas,
murmurará
mis congojas
la
brisa crepuscular.
Y mi recuerdo
ha de ser,
en su angustia sin reposo,
el pájaro misterioso
que
vuelve al anochecer.
En Poemas solariegos (1 9 2 7 ), uno de los libros
capitales de la obra que estudiamos, Lugones quiere fundar su poesía en la
realidad o, mejor dicho, quiere celebrar una realidad que justifique y
documente los poe mas. Comparado con libros como el Lunario, este volumen
señala una reacción; el propósito de realizar una poesía argentina, ya ensayada
en las Odas seculares, alcanza aquí su perfección. El lenguaje es más directo y
más simple, sobre todo en El canto y en la perdurable Dedicatoria a los antepasados.
Nuestra admiración por esta sencillez casi oral no debe hacernos olvidar que su
eficacia, en buena parte, proviene del contraste con preciosismos anteriores. A
pesar de las—influencias que
hemos indicado, la obra de Lugones es una; el
estilo barroco de Los crepúsculos del jardín hace resaltar la simplicidad de la
Dedicatoria.
Recorre el libro un sentimiento elegiaco; Lugones
ha querido rescatar viejas cosas criollas, olvidadas costumbres y personas. Las
composiciones de inspiración cordobesa (El almuerzo, La sobremesa, El
traspatio) son más auténticas que las Estampas porteñas, o que la demasiado
famosa Salutación a Enbeita. En El Payador (1 9 1 6 ), Lugones menciona a “un
mozo llamado Serapio Suárez que se ganaba la vida recitando el Martín Fierro en
los ranchos y en las aldeas. Vivía feliz y no tenía otro oficio; lo cual demuestra
que la poesía era uno, si bien reducido a los cuatro granos diarios que
constituyen el jornal del pájaro cantor”. En los Poe mas solariegos, dedica un
largo romance a la memoria de aquel lejano amigo. Cierran el volumen unos
cincuenta epigramas, Los ínfimos, que recuerdan las ocurrencias de Jules Renard
o ciertos juegos de la poesía japonesa.
Con la obra postuma Romances de Río Seco (1 9 3 8 )
culmina la poesía de Lugones. Durante toda su vida había sido devoto de Martín
Fierro, que juzgaba el libro esencial de nuestra cultura; esta veneración lo
llevó a crear poemas de ambiente y tono criollos. Fueron surgiendo, así, los
Romances de Río Seco. En los primeros (La cabeza de Ramírez, La Presa) el
criollismo es todavía un poco deliberado y enfático. Gra dualmente, Lugones se
libera y escribe, acaso, sus mejores poemas. En general, los escritores gauchescos
habían preferido la bravata y el desafío; Lugones, en El regalo, La visita, El
Señor de Renca, pone de relieve un rasgo menos divulgado y que fue típico de
los payadores: la cortesía criolla. Más importante que la anécdota es, en cada
una de estas composiciones, el tono:
Aunque a rigor esta vez
la ley del canto
me toque,
les
narraré el sucedido
del
gaucho Jacinto Roque.
Tal
condición de mi letra
puntualmente
determino,
porque
es, con perdón
de ustedes,
la
historia de un
asesino.
(E l malevo)
En La Visita admiramos, una vez más, la capacidad
narrativa de Lu gones. Conviven en este pausado relato el pudor, los buenos
modales y la picardía del hombre de campo. El poema concluye con las signifi
cativas estrofas:
Y como dándose
tiempo
de
asentar los cojinillos:
— Me habían dicho, amigo Robles, que tenía unos
novillos. . .
A estas palabras don Pepe, como es de la misma
laya, regatea con desgano:
— Puede
ser que algunos
haya.
— ¿Y
costará mucho verlos?
El
otro, sin contestar,
afirma,
entregando el mate:
— Yo lo voy a acompañar. Montan juntos, y sin prisa
toman el camino al trote. Es allá cerca, nomás, trasmontando aquel mogote. Así
podrá revisarlos
antes que asiente el calor. La hacienda estaba
rodeada desde la tarde anterior.
Dos colecciones, Poesías diversas y La copa de
jade, incluidas en sus Obras poéticas completas, nada esencial agregan a su
labor.
Nadie discute que Lugones sea un gran poeta; esta
definición, apli cada en general a escritores de producción abundante, acepta
la presencia de irregularidades y de cierta grandilocuencia. Paradójicamente,
resulta más difícil decidir si fue o no poeta. La dificultad es sólo verbal.
Si, para tipificar la poesía, pensamos en Anacreonte, en Keats, en Verlaine, en
Garcilaso o, entre nosotros, en Enrique Banchs, hombre de tono íntimo, quizá no
podamos incluir en esta categoría a Lugones. En cambio, si pensamos en Píndaro,
en Milton, en Hugo, en Quevedo, es evidente que también Lugones tiene derecho a
la fama de poeta.
EL PROSISTA LUGONES
Y LO ARGENTINO
De los trabajos en prosa de Lugones 1, ninguno se
deja leer con mayor agrado que El imperio jesuítico (1 9 0 4 ) . En 1903, el
gobierno argentino le encargó la redacción de esta memoria, que llegó a ser un
erudito ensayo histórico. Lugones recorrió el territorio de las Misiones y el
Para guay para documentarse. Como lo indica el título, este libro historia y
analiza el régimen teocrático que la Compañía de Jesús instauró en el Paraguay
y en las zonas limítrofes. El primer capítulo es una descripción del estado de
España durante la época de la Conquista; Lugones con sidera que para
comprender la conquista es indispensable comprender la nación que la llevó a
cabo. Más adelante, pasa a detallar el paisaje de las Misiones; en otros
libros, su estilo barroco no coincide con los temas que trata; en éste, hay una
afinidad natural entre la exuberancia del paisaje y la de la prosa.
“No tengo para los jesuítas y por de contado para
los que ya no exis ten en el Paraguay — declara Lugones— , cariño ni
animadversión. Los
1 La prosa de Lugones es tan múltiple, que no
podemos mantener en este capí tulo el orden cronológico que hemos observado
para su poesía. Nos ha parecido preferible una clasificación por temas.
odios históricos, como la ojeriza contra Dios, son
una insensatez que combate contra el infinito o contra la nada” .
Es interesante comparar este ‘“ensayo histórico” de
Lugones con el trabajo análogo de Groussac sobre el padre José Guevara y su
historia del Paraguay. Lugones, por ejemplo, se limita a señalar las leyendas
mila grosas que pululan en las historias de los jesuítas; Groussac insinúa, al
pasar, que una fuente probable de esa milagrería fue cierta bula que se refiere
a la canonización con estas palabras precisas: “las virtudes no bastan sin los
milagros” 1.
En El imperio jesuítico, el sujeto preocupa menos
al autor que las posibilidades literarias que aquél le ofrece.
Piedras liminares (1 9 1 0 ) integra con Didáctica,
Odas seculares y Prometeo, el homenaje de Lugones al primer centenario
argentino. Se trata de una obra desconcertante; menos resignado que otros
ciudadanos de nuestro país a la agobiadora fealdad de los monumentos públicos,
Lugones pretende que éstos sean bellos y sugiere varios minuciosos pro yectos.
Entre otros encara la construcción de un templo dedicado al himno argentino, en
el que cada capitel representaría “una escena alusiva en mármol o en bronce,
según la situación de las columnas”.
El primero y el último capítulo de la Historia de
Sarmiento (1 9 1 1 ), escritos con grandilocuencia, no corresponden al estilo
general del libro, uno de los más fuertes y agradables de la obra de Lugones.
Estos dos capítulos, en efecto, adolecen de gigantismo y de prolijidad. En uno
de ellos no le basta al autor la comparación de Sarmiento con una montaña; la
describe con pormenores geológicos “Persiste la quemadura plutònica en el
costillar de traquito, en la hacheadura de gneis que forman la grieta oblicua.
En vano la náyade montañesa vertióle, por siglos compasiva, su escurridura de
alcuza”. En otro, proyecta esta detallada pirámide: “La tumba de Sarmiento, es
otro tema monumental. Paréceme que dado el personaje, debiera ser una pirámide
de granito ocupada por un féretro de bronce. . . Deberíamos orientarla como
aquellas otras de los farao nes, por medio de la astronomía estelar, cuyo
primer observatorio argen tino, fue una creación de Sarmiento. Quizá
conviniera formarla con cincuenta bloques, grabando en cada uno de ellos el
título de un libro suyo”.
Felizmente, pasajes como los anteriores son
excepcionales. La obra deja una imagen vivida de Sarmiento. La prolijidad que,
aplicada a lo meramente verbal, es intolerable, resulta una virtud cuando
Lugones la emplea para comunicar hechos reales. Las predilecciones, los hábitos
de trabajo, el régimen de vida, las anécdotas, la sucesiva indumentaria, las
comidas preferidas, todas las circunstancias de Sarmiento, están en este libro.
Sin indiscreciones, el historiador nos da la intimidad del prota
1 Groussac,
Estudios de historia
argentina, 1918, pp. 56-57.
gonista. Lugones admira a Sarmiento, pero no se
propone justificar todos sus actos. Condena, por ejemplo, la muerte de
Peñaloza.
Años más tarde, el autor se desdijo de "la
ideología liberal de este libro”.
Ciertos pasajes merecen un recuerdo especial: el
capítulo titulado El innovador, la descripción de las orillas de Buenos Aires,
las bien ele gidas y bien comentadas citas del propio Sarmiento.
En 1913 publica su Elogio de Ameghino. No
corresponde analizar aquí el aspecto científico de este libro; en sus páginas,
Lugones ha res catado para la posteridad la modesta presencia de un gran
hombre. Al iniciar su biografía, destaca una singular coincidencia, que bien
puede ser una predestinación: en Luján fueron descubiertos los grandes restos
de los animales prehistóricos; en Luján nació el estudioso que les dedi caría
su vida. Lugones refiere las vicisitudes de esa labor, tardíamente reconocida, en
nuestro país. Esta biografía, como la de Sarmiento, abun da en pormenores
precisos. La obra entera ha sido escrita con emocio nada amistad.
Nos enfrentamos ahora con uno de los mejores libros
de Lugones, El Payador (1 9 1 6 ) . El propósito del autor era que esta obra,
consagrada al Martín Fierro de Hernández, constase de tres partes: una
introduc ción estética y descriptiva, un vocabulario y el texto original,
comen tado. Sólo apareció la primera, Hijo de la pampa, más conocida por el
título de El Payador. Lugones consideraba que el Martín Fierro era un poema
épico: razonar esta idea era uno de los fines que se propuso. Movido por su pasión
helenística, vio en la obra de Hernández una epopeya, que bien podía significar
para nosotros lo que para los griegos La Ilíada. No todos estarán de acuerdo;
nadie sin embargo, podrá perma necer insensible a los esplendores y a la
emoción de esta obra fervorosa. En una antología de la prosa española serían
indispensables estas pági nas que describen los orígenes pastoriles de nuestra
sociedad: el desierto, los incendios, el regreso del padre, la yerra, los
indios, los desafíos de la guitarra y del cuchillo.
Roca (1 9 3 8 ), la última producción de Lugones,
ha quedado incon clusa. Esta biografía llega hasta la conquista del desierto.
No hay en sus páginas un juicio directo sobre la ideología de su héroe, pero sí
un ataque a la Constitución del 53, una censura del liberalismo y una apología
de la política exterior de Rosas. No es fácil formular una opi nión sobre esta
biografía que el autor no alcanzó a corregir; cautiva menos que la Historia de
Sarmiento o que El imperio jesuítico.
Entristece que este libro postumo cargue con un
prólogo intempestivo de Octavio R. Amadeo, hecho de bromas débiles ( “Córdoba
se sintió aliviada con la partida del hijo pródigo, y pudo decir: Vate!, vete!)
y de metáforas indigentes ( “Ha llegado de Córdoba con cajones llenos de
palabras eléctricas, de todos colores. . . El
tanque cordobés hace fuego caiga quien caiga”).
Imposible omitir en este capítulo dos preocupaciones de Lugones:
los problemas del lenguaje y los pedagógicos.
Vigoroso testimonio de lo primero es el
fragmentario comienzo de un Diccionario etimológico del castellano usual, que
abarca más de seiscientas páginas y que no alcanza a agotar la letra A. La
Academia Argentina de Letras lo publicó en 1944.
Lo pedagógico proviene de sus experiencias
personales. Lugones, desde el año 1900, ejercía el cargo de inspector de
enseñanza; tres años des pués renuncia por solidaridad con el inspector
general, Pablo Pizzurno, y publica La reforma educacional. Esta obra combate
las arbitrarias inno vaciones introducidas en el plan de estudios por el nuevo
ministro. Se aprecia en ella la profunda versación pedagógica del autor.
Censura, entre otras cosas, que el francés o el inglés no sean materias
obligatorias y satiriza el predominio concedido a la gramática, en detrimento
de otras asignaturas.
Otro libro, Didáctica (1 9 1 1 ), recoge la
experiencia de esos años de labor escolar. Es una obra extensa, que
condesciende a las más minuciosas observaciones; analiza planes de estudio y el
material de enseñanza; ni las dimensiones de los bancos ni la forma de los
tinteros eluden su examen.
LUGONES
Y LO HELENICO
El amor de lo helénico acompañó siempre a Lugones.
En una conferencia pronunciada en 1915, refirió que en “la gracia moderada” de
las colinas de Córdoba, en “la vivacidad de su aire seco y transparente” y en
los ríos “de sonora delgadez” había presentido el paisaje griego.
Ya hemos dicho que los poetas del modernismo
admiraban a Grecia; esta admiración, que en la mayoría se redujo al manejo
retórico de algu* nos temas o palabras, fue genuina en Lugones. Lo llevó a
estudiar la mitología, las costmbres, las artes, y aun los dialectos.
Prometeo (1 9 1 0 ) forma parte del homenaje que
Lugones quiso tri butar a la patria, en su centenario. Es significativo que el
tema central de este libro sean las ideas griegas; Lugones, en el prólogo,
afirma que éstas “constituyen el fundamento de la civilización a la cual per
tenecemos”. El cristianismo, considerado por Lugones una religión orien' tal,
ha oscurecido nuestra vinculación con la cultura helénica. Lugones quiere
recordar a los argentinos este lejano origen y contribuir a la for mación de “lo
que ahora nos falta: una civilización, una moral y un culto”. En 1910 pensó que
esa Argentina que se ufana con su progreso material valía mucho menos que la
otra que atravesó los Andes, creó repúblicas y fundó la libertad, “con su
miseria generosa”. Querría que
nuestro segundo siglo de historia organizara un
nuevo tipo de vida basada en lo espiritual.
Prometeo es una exposición y una interpretación de
la mitología griega. Lugones rechaza la tendencia, entonces en auge, a ver en
los fenómenos naturales el fundamento de los mitos; desentraña o quiere
desentrañar la parte de verdad que en ellos se oculta. En el capítulo titulado
Un proscripto del sol, niega que el descubrimiento del fuego sea el tema
esencial del mito de Prometeo. Otros capítulos analizan el arte, las costumbres
y las instituciones. En algunos pasajes de la obra asoma el influjo de las doctrinas
teosóficas. Lugones, en este libro, reve rencia una vez más a Platón.
En 1915 publicó El ejército de la litada, que
reproduce una confe rencia pronunciada siete años antes en el Círculo Militar.
Con los apuntes de unas conferencias dictadas en la
Universidad de Tucumán en 1915, compone el libro Las industrias de Atenas, que
apareció en 1919. El trabajo ateniense, la cerámica, la construcción de las
flautas y la industria de la miel son los temas principales. Como de costumbre,
Lugones emplea con un propósito aleccionador las analogías de lo griego con lo
argentino. Señala, entre otras cosas, que el pueblo ateniense, como el nuestro,
se formó por inmigración: “Atenas fue un resultado de la tolerancia y
hospitalidad con que supo acoger en el suelo ático a los emigrantes corridos
por la invasión dórica”. En otra diser tación observa un parecido local: se
refiere a “la industria de la miel que, como se sabe, era el azúcar de los
antiguos. Reviste, pues, una especial importancia para Tucumán donde también
existe una civiliza ción de la dulzura
Estudios helénicos (1 9 2 3 ) y Nuevos estudios
helénicos (1 9 2 8 ) reú nen varios trabajos dedicados a los poemas homéricos
e incluyen traduc ciones del texto original en alejandrinos rimados. Se
recordará que en el prólogo del Lunario sentimental, Lugones había afirmado que
la rima es el elemento esencial del verso moderno; en Estudios helénicos aclara
que ésta reemplazó al ritmo o cantidad prosódica del verso antiguo. La elección
del alejandrino se debe a que Lugones lo consideraba "el hexá metro romanceado”.
Este metro le permitió mantener en su traducción el mismo número de versos del
original.
“Tengo la convicción — escribe Lugones— de que mi
comentario es interesante y de que mis traducciones son buenas”. Acaso le
parecieron buenas porque en cada palabra seguía oyendo el texto original; tal
ilusión es frecuente en los traductores, y casi inevitable. Esa iluminación
indirecta no alcanza al lector, que no ve sino el resultado último del trabajo.
Más atento al significado de las palabras que a su
valor estético, Lugo nes las combinaba y las prodigaba con extraña
insensibilidad. Construía así dificultosos pasajes como éste:
— Oh hermano, el raudo Aquiles te acosa grandemente
con pie veloz, en torno de la ciudad de Príamo.
Mas, ea, detengámonos ya y hagámosle frente.
Contestóle el grande Héctor del casco tremólente:
— siempre fuiste, Deífobo, mi hermano más querido
entre los que hijos de Hécuba y Príamo hemos sido; pero aun sabrá mi estima
crecer en adelante,
pues a dejar los muros por mí te has atrevido
al ver mi riesgo, mientras los demás se quedaron. Y
la ojizarca Atena díjole:
— Hermano,
es cierto
que padre, augusta madre y amigos, abrazaron mis
rodillas rodeándome, y harto me suplicaron quedase allá (pues todos de terror
están yertos).
(Ilíada,
canto X X II).
Estudios helénicos y Nuevos estudios helénicos
proceden de confe rencias dictadas en Buenos Aires.
LUGONES
Y LA POLITICA
Lugones, hombre de múltiples intereses, no podía
sustraerse a los pro blemas que suscitó la primera guerra mundial; en 1912,
previo que el conflicto de los Balcanes era el anuncio de otro más vasto y así
lo declaró en una correspondencia enviada a La Nación desde Europa.
Para la imaginación popular, el auge posterior de
la literatura paci fista — Sin novedad en el frente es acaso el ejemplo más
divulgado, aunque estéticamente haya otros mejores— ha reducido la guerra de
1914 a una torpe matanza de hombres aprisionados en trincheras. El horror de
esta imagen no debe hacernos olvidar que la causa de los aliados era
fundamentalmente justa. La invasión de Bélgica y el hundimiento del Lusitania
fueron sentidos como algo terrible por los contemporáneos. Lo cierto es que,
por sus crecientes atrocidades, Alemania ha logrado, en cada guerra, renovar el
estupor y la indignación. Lugones, que compartía estos sentimientos, los
expresó con fervor en los artículos de Mi beligerancia (1 9 1 7 ) y de La torre
de Casandra (1 9 1 9 ), continua ción del anterior.
Nada, en el Lugones de aquella época, anuncia al
venidero apóstol de “la hora de la espada”, salvo la entonación dogmática que
es común a los dos. Más fácil es simpatizar con aquél que con éste. Lugones pu
blicó ambos libros con un propósito esclarecedor, según lo manifiesta en el
prólogo de Mi beligerancia: “He creído que la eficacia con que algunos de mis
escritos contribuyeron a esclarecer en este país el concepto de nuestra
posición y de nuestros deberes ante la guerra, duraría más si coleccionaba yo aquellas
páginas; pues, aunque su relativo mérito depen diera en gran parte de la
oportunidad circunstancial, uno mayor y per
manente asignaríamos, de suyo, a los principios de
verdad y de honor en ellas expuestos”.
Más tarde, para propagar las convicciones que la
postguerra suscitó en él, Lugones no sólo se valió de artículos sino de
conferencias. Aún se recuerdan las que pronunció en el Coliseo, en 1923, y que
recogió ese mismo año en Acción. Este libro inauguró la serie de trabajos que
clausuraría, en 1932, con El estado equitativo \ A través de ellos puede
seguirse la evolución que lo llevó a un credo totalitario. Sin detenernos a
juzgar, y por cierto a condenar ese credo, labor que no incumbe a estas
páginas, queremos sin embargo dejar a salvo la indiscutible since ridad de
Lugones. Exaltó la espada porque la creyó necesaria para la redención de la
patria. Es sabido que participó en la revolución de setiembre; a poco de
triunfar este movimiento, Uriburu le ofreció la dirección de la Biblioteca
Nacional; Lugones rehusó, porque su militan-cia había sido desinteresada.
EL NARRADOR
En 1905, el barroquismo de Lugones llega a sus
últimas consecuencias tanto en el verso de Los crepúsculos del jardín como en
la prosa de La guerra gaucha. El farragoso léxico, la sintaxis a veces
inextricable y el abuso de los pronombres demostrativos, que con frecuencia
obligan al lector a retroceder, entorpecen la lectura seguida. El tema — las
incur siones de los milicianos de Güemes hacia 1814 — desaparece bajo la
frondosidad del estilo: “Rejuveneciendo en la ablución del rocío, el pai saje
se embelesaba sonreído de aurora. Las montañas del oeste empol vábanse de
violácea ceniza. La evanescencia verdosa del naciente des leíase en un matiz
escarlatino, especie de agüita etérea cuyo rosicler aún se sutilizaba como si
una idea adviniese a color. La luz varió sobre el follaje de los cebíles. El
horizonte pulíase en un topacio clarísimo sobre las montañas, azules las
distantes, verdes de cardenillo las próximas, retrocediendo sus depresiones en
perspectivas de planisferio. Manchas de sulfatado azul debilitábanse en los
declives. Un farallón de cerro obli cuaba sus estratos, semejante a un inmenso
costillar; y orlaban los repliegues de las colinas desbordamientos de arcilla
como una desolla dura de carnazas. El cénit de cinc resucitaba en celeste”.
No en vano una de las últimas reimpresiones incluye
un erudito y minucioso vocabulario de 1.257 palabras, indispensables para la
buena inteligencia del libro. Por obra del contexto, hasta las voces más fami
liares parecen rebuscadas:
1 La organización de la paz (1 9 2 5 ), La patria
fuerte (1 9 3 0 ), La grande Argen tina (1 9 3 0 ), Política revolucionaria (1
9 3 1 ) .
. . . “Pasado el primer ímpetu de pavor, lo
arrastraban a la brusca, irguiendo el testuz, mosqueando la oreja, como clavo
de punta el ojo, prontos a venirse sobre el lazo en un bote ventajero, el moro
a ras de tierra, la papada cimbrándose entre las manos. Aquel novillo se portó
maula; huyó, y lo malogran a la fija, si un concurrente no se comide. Le
faltaba lazo, iba en pelo, y para colmo, estorbado por los árboles, erró su
tiro de boleadoras; pero en alcanzando al animal, desnudó su cuchillo, tendióse
a la paleta del caballo, y cogiéndose con la izquierda a las crines, con la
otra desjarretó. Desplomóse el vacuno con un ba ladro. . . ”.
Los rasgos brutales que figuran en este libro — el
moreno que guarda para su perro el brazo de un soldado español— son quizá
verdaderos, pero no logran ser verosímiles.
Por su adaptación al cinematógrafo y por su
argumento patriótico, no por su lectura, cuya dificultad ya hemos indicado, La
guerra gaucha ha logrado gran difusión. La escritura de estas páginas ampulosas
sirvió de desahogo a Lugones; en obras ulteriores su estilo gradualmente se
simplifica.
Las fuerzas extrañas (1 9 0 6 ) comprende doce
cuentos fantásticos y un ensayo de cosmogonía. Ambos géneros inevitablemente
evocan al autor de Eureka y de Cuentos de lo grotesco y arabesco. El estímulo
de Edgar
Alian Poe es, en efecto, muy probable; pero ni la
literatura fantástica de Lugones ni la cosmogónica se parecen a las del
antecesor.
Ya en 1896, Lugones cultivaba el cuento fantástico.
Quedan, en revistas de la época, muchos testimonios de esa predilección, no
recogi dos posteriormente, pero que llevan su firma. De los incluidos en Las
fuerzas extrañas, acaso los mejores sean La lluvia de fuego (que revive, con
minuciosa probidad, la destrucción de las ciudades de la llanura), Los caballos
de Abdera, Yzur, La estatua de sal. Estas páginas se cuentan entre las más
logradas de las literaturas de lengua hispana. Lugones re suelve uno de los
cuentos mediante la intervención de un dios; el burdo recurso del deus ex
machina, tan reprochado a Eurípides, logra, gracias al arte de Lugones, una
tremenda y sobrecogedora eficacia.
Por el tema popular y por el estilo sencillo, nada
frecuente en el autor, despierta interés El escuerzo. En este cuento, más que
en otros, Lugones entra plenamente en lo sobrenatural.
El Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones tiene
un proemio y un epílogo novelesco; es fácil adivinar que se trata de una
precaución literaria o, para decirlo como Lugones, de una modestia. El
propósito del autor es expresar seriamente una hipótesis El marco narrativo
sirve, pues, para disculpar esta intromisión de un profano en materia
científica. La cosmogonía de Lugones reúne elementos de la física de su tiempo
— energía,
electricidad, materia— y otros del Vedanta y de la filosofía
budista: aniquilaciones y recreaciones cíclicas del
universo y transmigra ción de las almas.
En 1921, Lugones volverá a la astronomía y a sus
problemas en la conferencia titulada El tamaño del espacio, que es una
exposición y una apología de las doctrinas de Einstein.
Filosofícula (1 9 2 4 ) reúne prosas breves y
poemas de índole senten ciosa. Entre las prosas, unas son de ambiente oriental
y otras de am biente helénico. Las primeras recogen temas de las Mil y una
noches y de la Biblia y son, quizás, las de ejecución más feliz. Recomendamos a
la curiosidad del lector: El talismán de la dicha y El tesoro de Schehe-rezada.
En cambio, es difícil aprobar las parábolas en que aparece Cristo; imaginar una
sola frase que sin desdoro pueda soportar la proximidad de las que han
conservado los Evangelios, excede, acaso, la capacidad de la literatura.
Lugones, verosímilmente, no pensaba en los textos evan gélicos sino en ciertas
páginas similares de Oscar Wilde o de Anatole France, pero no alcanza su
ingenio y su levedad.
Al propósito de continuar Las fuerzas extrañas
responde el libro Cuen tos fatales (1 9 2 4 ) . La pompa de ciertas
descripciones, algo mecánica, traduce la fatiga del escritor y su alejamiento
de los temas tratados. Da cierta realidad a estas imaginaciones fantásticas, un
procedimiento que ha encontrado muchos imitadores: el mismo Lugones es
protagonista de lo que narra y en la acción intervienen amigos suyos, con su
nombre verdadero. Aparece el tema del suicidio, que volveremos a encontrar en
El ángel de la sombra (1 9 2 6 ) . En esta novela, redactada con langui dez,
es difícil reconocer a Lugones, que, si bien ha eludido la extrava gancia y el
exceso retórico, no se ha librado de la trivialidad.
Por la activa pasión de su inteligencia, por la
pluralidad de sus in quietudes, por la constante busca de una verdad que
tantas veces lo llevó a contradecirse, Lugones constituye en este país un
fenómeno insó lito. Su personalidad excede sus libros; la imagen de sí mismo
que un escritor deja en los otros es también parte de su obra.
En el caso de Leopoldo Lugones, la imagen del
hombre ha oscurecido la literatura escrita por él. Admirables trabajos como El
Payador, como la Historia de Sarmiento, como Las fuerzas extrañas y como El
imperio jesuítico permanecerán virtualmente inéditas hasta que nuestro tiempo
las redescubra.
LAS “NUEVAS GENERACIONES"
LITERARIAS 1
Leo en las respetuosas páginas de una revista joven
(los jóvenes, ahora, son respetuosos y optan por la urbanidad, no por el m
artirio): “la nueva
‘ Publicado en E l Hogar, febrero, 1937.
generación o heroica, como también se la llama,
cumplió plenamente su cometido: arrasó con la Bastilla de los prejuicios
literarios, imponien do a la consideración de achacosos simbolistas nuevas
ideas estéticas. . .
Esa generación impositiva, arrasadora y cumplidora
es la mía: he sido, pues, calificado, siquiera colectivamente, de héroe. No sé
qué opinarán de ese ascenso mis compañeros de apoteosis; de mí puedo jurar que
la gratitud no excluye el estupor, la zozobra, el leve remordimiento y la suma
incomodidad.
Generación heroica. . . El texto de Cambours
Ocampo, del que acabo de distraer ese párrafo laudatorio, se refiere a la de
Prisma, Proa, Inicial, Martín Fierro y Valoraciones. Es decir, a los años
comprendi dos entre 1921 y 1928. En el recuerdo, el sabor de esos años es muy
variado; yo juraría, sin embargo, que predomina el agridulce sabor de la
falsedad. De la insinceridad, si una palabra más cortés se requiere. De una
insinceridad peculiar, donde colaboran la pereza, la lealtad, la diablura, la
resignación, el amor propio, el compañerismo y tal vez el rencor. No culpo a
nadie, ni siquiera a mi yo de entonces; ensayo meramente — a través del “grande
espacio de tiempo” a que alude T á cito— un ejercicio cristalino de
introspección. No me arredra el temor (nada inverosímil, por lo demás) de
revelar a un mundo distraído le secret de Polichinelle. Estoy seguro de decir
la verdad: una verdad superflua y anacrónica, bien lo sé, pero que debe ser
manifestada por alguien. Por alguien de la “generación heroica”, precisamente.
Nadie ignora (mejor dicho: todos han olvidado) que
el rasgo dife rencial de esa generación literaria fue el empleo abusivo de
cierto tipo de metáfora cósmica y ciudadana. Ya irreverentes (bajo la pluma de
Sergio Piñero, de Soler Darás, de Oliverio Girondo, de Leopoldo Ma-rechal o de
Antonio Vallejo); ya piadosas (bajo las de Norah Lange, Brandán Caraffa,
Eduardo González Lanuza, Carlos Mastronardi, Fran cisco Piñero, Francisco Luis
Bernárdez, Guillermo Juan o J.L .B .), esas alarmantes imágenes combinaban
hechos actuales del ciclo intemporal o siquiera cíclico, y de la inestable
ciudad. Recuerdo que asimismo reco mendamos, como todas las nuevas
generaciones, el retorno a la Naturaleza y a la Verdad y la muerte de la vana
retórica. También tuvimos el arrojo de ser hombres de nuestro tiempo — como si
la contemporaneidad fuera un acto difícil y voluntario y no un rasgo fatal— .
En el primer impulso abolimos — ¡oh definitiva palabra!— los signos de
puntuación: abolición del todo inservible, porque uno de los nuestros los
substituyó con las “pausas”, que a despecho de constituir (en la venturosa
teoría) “un valor nuevo ya incorporado para siempre a las letras”, no pasaron
(en la práctica lamentable) de grandes espacios en blanco, que reme daban
toscamente a los signos. He pensado, después, que hubiera sido más encantador
el ensayo de nuevos signos de indecisión, de conmisera ción, de ternura,
signos de valor psicológico o musical. . . Opinamos tam-
bien — entiendo que con toda razón y con el
beneplácito secular de los rapsodas homéricos, de los salmistas de la Sagrada
Escritura, de Shakes peare, de William Blake, de Heine y de Whitman— que la
rima es menos imprescindible de lo que cree Leopoldo Lugones. La importan cia
de esa opinión fue considerable. Nos permitió no parecer lo que éramos:
involuntarios y fatales alumnos — sin duda la palabra “continua dores” queda
mejor— del abjurado Lunario sentimental.
Lugones publicó ese volumen el año 1909. Yo afirmo
que la obra de los poetas de Martín Fierro y Proa — toda la obra anterior a la
dis persión que nos dejó ensayar o ejecutar obra personal— está prefigu rada,
absolutamente, en algunas páginas del Lunario. En Los fuegos artificiales, en
Luna ciudadana, en Un trozo de selenología, en las ver tiginosas definiciones
del Himno a la luna. . . Lugones exigía, en el prólogo, riqueza de metáforas y
de rimas. Nosotros, doce y catorce años después, acumulamos con fervor las
primeras y rechazamos ostentosa mente las últimas. Fuimos los herederos
tardíos de un solo perfil de Lugones. Nadie lo señaló, parece mentira. La falta
de asonantes y con sonantes perturbó para siempre a nuestros lectores, que
prefirieron — es casos, distraídos y coléricos— juzgar que nuestra poesía era
un mero caos, obra casual y deplorable de la locura o de la incompetencia.
Otros, muy jóvenes, contrapusieron a ese injusto desdén una veneración no me
nos injusta. La reacción de Lugones fue razonable. Que nuestros ejer cicios
metafóricos no acabaran de interesarle, me parece muy natural: él mismo ya los
había agotado hace tiempo. Que nuestra omisión de los consonantes mereciera y
consiguiera su desaprobación, tampoco es ilógico. Lo inverosímil, lo increíble,
es que ahora, en 1937, siga persis tiendo en ese debate, que ya se parece
tanto al monólogo.
¿Y nosotros? No demorábamos los ojos en la luna del
patio o de la ventana sin el insoportable y dulce recuerdo de alguna de las
imágenes de Lugones; no contemplábamos un ocaso vehemente sin repetir el verso
“Y muera como un tigre el sol eterno”. Yo sé que nos defendíamos de esa belleza
y de su inventor. Con la injusticia, con la denigración, con la burla. Hacíamos
bien: teníamos el deber de ser otros.
Examine el incrédulo lector el Lunario sentimental,
examine después los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía o mi Fervor de
Buenos Aires o Alcándara, y no percibirá la transición de un clima a otro
clima. No me refiero a repeticiones lineales, aunque las hay. Tampoco a los
intrínsecos valores de cada libro, por cierto incomparables. Tampoco a su feliz
o adversa fortuna. Me refiero a la plena identidad de sus hábitos literarios,
de los procedimientos utilizados, de la sintaxis. Más de quince años dista el
primero de los libros del último; este orden cronológico no impide que sean
contemporáneos los cuatro. Esencial y realmente con temporáneos, aunque una
mera diferencia de tiempo lo quiere desmentir.
Es muy sabido que no hay generación literaria que
no elija dos o tres precursores: varones venerados y anacrónicos que por
motivos singula res se salvan de la demolición general. La nuestra eligió a
dos. Uno fue el indiscutiblemente genial Macedonio Fernández, que no sufrió de
otros imitadores que yo; otro, el inmaduro Güiraldes del Cencerro de cristal,
libro donde la influencia de Lugones — del Lugones humorístico del Lunario— ,
es un poco más que evidente. Por cierto, el hecho no es des favorable a mi tesis.
JORGE LUIS BORGES
(Ensayo escrito con la colaboración de Bettina
Edelberg)
EL PAYADOR
E L PAYADOR
NOTA CRITICA
S E G Ú N el propio autor, este libro fue pensado y
en parte redactado du rante su primer viaje a Francia e Inglaterra. Las
conferencias del Odeón (Mayo 1913) registran un temario que se completará luego
y que por entonces resultó como sigue: “El hijo de la pampa”, "A campo y
cielo”, “La poesía gaucha’, “Martín Fierro es un poema épico”, “El telar de las
desdichas” y "El linaje de Hércules”, títulos de otros tantos capítulos
del que llamó “Tomo Primero” y que fue definitivamente el único.
Sus propósitos entroncan remotamente con el Facundo
de Sarmiento (1845) y con La tradición nacional de Joaquín V. González (1888),
libro que por otra parte pudo estimular a Lugones en su concepción de La guerra
gaucha, como señala Aguilar Torres. Allí es donde el autor de Mis montañas
reflexiona largamente sobre un futuro gran poema épico nacional y se refiere a
Güemes como “tipo perfecto de la leyenda”, como “modelo de su raza” y como
gestor de hazañas propias de “las esferas luminosas de la epopeya’ (Cap. IV).
Lugoses, por su parte, coloca su libro en la línea de El imperio jesuítico y La
guerra gaucha por su inten ción “particularmente argentina’ y allí mismo fija
sus alcances: . . .defi nir. . . la poesía épica, demostrar que nuestro Martín
Fierro pertenece a ella, estudiarlo como tal, determinar simultáneamente, por
la natura leza de sus elementos, la formación de la raza y con ello, formular,
por último, el secreto de su destino” (Prólogo). En esa introducción y en otros
lugares, alude Lugones airadamente a la torpeza o a la ceguera de los críticos
que lo precedieron, para él incapaces de estimar la importancia del Martín
Fierro. Aparte de condenar los juicios reunidos en la edición de 1883, algunos
anchamente elogiosos, se desentiende de las valoracio nes de Pablo Subieta (L
as Provincias, 1 8 8 1 ), de don Miguel de Una-muno (L a Revista Española,
Madrid, N ? 1, 1894), de M. Menéndez Pelayo (1895), de Martiniano Leguizamón (D
e Cepa Criolla) y Ricardo Rojas, todos ellos contemporáneos y capaces de observar
el acento heroico
que domina en el poema de Hernández. Pero es cierto
que Lugones obligó definitivamente con sus lecturas, a una revisión más atenta.
“Los lectores de Leopoldo Lugones — se lee en la revista Nosotros, al iniciar
su encuesta en el mes de junio, motivada por esas conferencias— han puesto de
actualidad el Martín Fierro. Lo que algunos pensaban y unos pocos habían
publicado por escrito con audacia de paradoja, Lu gones lo ha sostenido sin
ambages, con todo el prestigio de su talento: el Martín Fierro es nuestro poema
nacional por excelencia, la piedra angu lar de la literatura argentina”. Y la
honestidad de M. Leguizamón le hace reconocer que la palabra de Lugones fue “la
revelación (para los más) de un tesoro de belleza ignorada que tenían, sin
embargo, al alcan ce de la mano".
Lugones, como Sarmiento, como González, Juan A.
García, M. Le guizamón, Ramos Mejía (L as multitudes argentinas) o Ricardo
Rojas, por sus mismos días este último, procura una imagen racial del argen
tino sobre la base de los factores étnicos y ambientales en que se produce el
paulatino mestizaje y se va concretando una modalidad de caracteres originales.
El último capítulo de El Payador — “El linaje de Hércules” — remata conceptos
de Lugones en “El hijo de la pampa” y “A campo y cielo”. Allí puso el acento
sobre la ascendencia greco-latina según se lo impone su rechazo de la tradición
católica española y debió negar, como lo quería Unamuno, que el Martín Fierro
representara “la epopeya de los compañeros de Almagro y de Pizarro. . . el
ranto del luchador español que. . . se fue a América a servir de avanzada a la
civilización”. Lo mismo que en casi todos los estudiosos citados, hallaremos en
él, sin embargo, un ambiguo rechazo de la tradición española en favor deí indio
o del gaucho — o de ambos— y una admiración insoslayable por los caracteres del
español, por lo heroico y osado de su avance en América y hasta por los
caracteres morales que los definen y nos definen a noso tros, por herencia. En
La tradición nacional del citado Joaquín V. Gon zález, es imposible discernir
si las pautas de un posible poema heroico
— él parece ignorar entonces el Martín Fierro— por
el valor, la osadía y el sacrificio de los paladines de la conquista o por una
supuesta cua lidad de parecido y discutible signo, en las razas destruidas por
el es pañol. En este mismo sentido es que Lugones carga de menosprecio la
imagen del indio y sólo ve en él sensualidad, indolencia y codicia sim
plemente material y de horizonte gregario. Y el gaucho, aunque a los fines de
su teoría aparezca como paladín obstinado en la restitución de la justicia y creador
además de la tínica poesía de signo nacional, resulta condenado, sacrificado
con justicia, en favor de un principio de “selec ción natural”: “Su
desaparición — escribe— es un bien para el país, porque contenía un elemento
inferior en su parte de raza indígena”. Y de inmediato, las razones que hacen a
su gloria “pero su definición como tipo nacional acentuó en forma irrevocable,
que es decir étnica y social
mente, nuestra separación de España,
constituyéndonos una personalidad propia” (C. 111). Atañe también a esas
relaciones étnico-sociales, la fluc-tuante caracterización de la alta clase
argentina. Lugones afirma (C. III) que el país no padeció conflictos sociales
ni rencores y que “el patro nazgo (del blanco) resultó un hecho natural”. El
retrato del estanciero ("estanciero señor” lo llamaría Benito Lynch) le
exige tintas de valor, caballerosidad, sabiduría y refinamiento. A ellos se
debe la rápida evo lución del país y la perfección de nuestras instituciones.
Considera Lu gones que "los mejores gobiernos suelen ser las oligarquías
inteligentes” aunque la pintura de la política argentina lo obligue a esta
afirmación: "Todo lo que en el país representa atraso, miseria, iniquidad,
proviene de ella o ella lo explota, salvando su responsabilidad con la falacia
del sufragio”. Antes ha escrito: "La política no significaba, en suma,
sino una competencia entre los oligarcas” (C. III) y toda la exégesis del poema
se funda en el paladín gaucho cuyas hazañas — y son las que hacen del Martín
Fierro un poema épico— levantan la bandera de libertad, de rebelión contra el
sometimiento que practican los de arriba. "La oligar quía así formada —
leemos (Cap. cit.)— abusó, a no dudarlo, en virtud de su propia fatalidad”.
Ya en el terreno del núcleo central constituido por
el poema mismo, se observa que para Lugones no hay distinción entre la poesía
tradicional y anónima y la poesía que él también llama gaucha y que para los
estu diosos, ya desde el siglo pasado, se ha llamado gauchesca y es la que
naturalmente practican los poetas cultos, de la ciudad, en lengua dia lectal
pampeana, dentro del ciclo que en el Río de la Plata, inicia Hidalgo y que
culmina con Hernández, después del 70. Lugones da ejemplos, como lo hace abundantemente
R. Rojas en Los gauchescos pero no acierta, igual que Rojas, a probar la
continuidad de la tradición oral anónima y los gauchescos como tales. De esa
confusión proviene el asignar a Hernández el nombre de payador y no por
extensión sino por consi derarlo heredero directo de una virtud de azaroso
origen si se tiene en cuenta la índole de la poesía que escribe y no canta.
Se lee en C. M. Bowra: ‘‘La tercera persona es el
instrumento usual para lo narrativo y cuando la poesía heroica usa la primera,
es esto un signo, no de su carácter primitivo sino de un arte avanzado que
procura asegurar un mayor efecto dramático, anulando al poeta como intermedio y
ubicando a la audiencia dentro de lo que aparece como un contacto directo con
los héroes y heroínas que cuentan sus propios cuentos” (Heroic poetry, 1, 32,
Macmillan, London, 1964). Estas palabras re sultan útiles para destacar lo que
también Lugones señala en el poema como relación particular del poeta con el
lector o el oyente. Y nos apoya también en la caracterización del Martín
Fierro, no como composición clásica sino dentro de la modernidad que le
conocemos. Dijo Unamuno que el poema es una permanente fusión de lo lírico y lo
épico. El "efecto
dramático” de que habla Bowra tiene que ver con
esos ingredientes porque lo dramático está más cercano a la ecuación personal
que el elemento épico puro. Aunque del copioso estudio de Bowra no surge, es
evidente que, como afirma Lugones, todo poema heroico es forzosamente nacional
y que los acentos líricos importan menos para una caracterización de ese tipo.
Ya se ha visto que la crítica, tanto argentina como europea, no ha vacilado en
hacer del Martín Fierro, excepción hecha de Borges p.e., una obra representativa
y nacional. Lugones le adscribe el contenido patrió tico que para él asume
siempre lo épico en el héroe como “justiciero", como restaurador de la
libertad y la belleza. Como observa que la edad de los grandes poemas heroicos
europeos los hace a veces legendarios, Lugones — que anula así el concepto de
lo épico fundador y milenario— escribe: “Cuando el poema épico, según pasa
algunas veces, ha nacido en un pueblo que empieza a vivir, su importancia es
todavía mayor, pues revela en aquella entidad, condiciones vitales superiores,
constituyendo así una profecía de carácter filosófico y científico".
La escritura de El Payador ofrece distintos planos:
el de la especu lación estética y moral; el de la exposición teórica e
ilustrativa y el de creación cuasi poemática, al modo del trozo que empieza:
“Era de verlo por la pampa amarillenta. . . ” (C. 11), el retrato del
estanciero y el hogar del rico (C. III) y en el mismo la antològica descripción
del incendio, entre otras zonas a veces trabajadas con exceso, pero casi
siempre eficaces y oportunas.
GUILLERM O ARA
INFORMACION PRELIMINAR
Tal como Leopoldo Lugones lo explica, empezó a
escribir este libro fuera de la República. Podría decirse que lo pensó en
París, lo redactó en Londres y lo concluyó en Buenos Aires. Antes de aparecer
en volumen, leyó gran parte de él en un teatro porteño, luego modificó algunos
capí tulos y agregó otros, de suerte que aquellas conferencias de 1913, editá
ronse tres años más tarde.
Cuando en 1913, Lugones regresó de Europa, el
conocido empresa rio teatral, señor Faustino da Rosa, propúsole dar un ciclo
de conferen
cias en el Odeón. Aceptada la
invitación, el autor
de este libro habló
al público en
seis disertaciones. Contó
con el auditorio
más granado
de nuestra ciudad. Merece la pena recordarse,
que ese teatro había ser
vido de escenario para que algunas encumbradas
figuras de las letras o de la política del mundo, tales como Anatole France y
Georges Cle-menceau, se comunicaran con los espectadores, concurrencia de
excep ción, compuesta de la flor y nata de la capital argentina.
Las conferencias paternas fueron, como se suele
decir, el aconteci miento literario de ese año. Desde un palco, junto al
proscenio, asistió a ellas el presidente de la República, Roque Sáenz Peña, a
quien acom pañaron sus ministros, entre ellos, Indalecio Gómez, el salteño,
autor de la ley electoral famosa, que conocemos con el nombre de aquel primer
magistrado; Norberto Piñero, activísimo secretario de Estado de Hacien da;
Carlos Ibarguren de Instrucción Pública, salteño como Gómez y de clara inteligencia;
Eleodoro Lobos, el puntano cuya gestión en una cartera de gobierno no era nueva
para él; Gregorio Vélez y J. P. Sáenz Valiente, ministros de la Guerra y de la
Marina, respectivamente.
Disertó, pues, Lugones en aquel año anterior al
gran conflicto europeo, poco antes de viajar a París, donde tenía pensado
radicarse por mucho tiempo al fundar la Revue Sud-Américaine, de efímera
duración, sin embargo, como que la guerra mundial tronchó en flor aquel
propósito
periodístico. Regresó entonces a la Argentina,
reunido el material de sus seis conferencias teatrales, lo modificó en parte,
añadióle cuatro nuevos capítulos, y esto fue El Payador, cuya aparición hizo
coincidir con el centenario de nuestra Independencia.
El último capítulo de la obra, “El linaje de
Hércules”, fue la despe dida de su público. Al formarse el cuerpo del libro,
Lugones modificó su discurso. De ese adiós, habla con elocuencia la crónica de
La Nación. Ahora, por primera vez, se incluye al final de El Payador.
Esto que se va leyendo no es un prólogo; tampoco
tiene la pretensión de serlo. Es apenas una información que he creído menester
por algunas razones que se deducirán de su simple lectura. Tampoco podría ser
un prefacio ni un proemio — dos palabras que con la primera de todas ex presan
una idea única— porque el autor tiene ya escrito aquél con una claridad tal,
que su luz aumentaría mi sombra. Repito, es una tímida información, tan
limitada como quien la escribe, el hijo, estrictamente subordinado al padre, el
retoño pequeñito, destinado a desaparecer sin dejar rastros, mientras que el
árbol frondoso queda en pie, alzado en el follaje, enraizado a la tierra en la
definición de su estirpe.
Por lo antedicho importa declarar, que no valdría
la pena redactar unas líneas, si en ellas hubiera de callarme lo cierto y
esencial del asunto; si so capa de olvido se disimulase lo que puede
comprometer. Consumar semejante acción, equivaldría a renegar del espíritu de
Leopoldo Lugones, cuya línea de conducta en materia de verdad fue siempre una
sola.
Desde el comienzo hasta el final, sobresale en las
páginas de El Pa yador la integralísima idea de la Patria, la cual, no está de
más decirlo, anima todos sus libros, anteriores al que comento, así las Odas
seculares, de 1910, de la suerte La grande Argentina, de 1930, cuyo título, por
sí solo, define una doctrina nacional y un deseo con una esperanza, frustrados
hasta la fecha por el liberalismo mercantilista de los políticos profesionales.
El objeto primordial de la obra, es Martín Fierro.
Fue así mi padre, el primero que llevó el poema de Hernández a los estrados de
nuestra oligarquía que, hasta entonces, influida por un displicente snobismo,
muy de la condición de los que todo lo tienen, y se olvidan de los que han
perdido hasta la esperanza, miraba por sobre el hombro a Martín, Fierro, cuya
esencia épica descubre Lugones, que ensalza a nuestros hom bres y a nuestras
cosas, porque el gaucho “fue el héroe y el civilizador de la pampa”. Desdeñaban
los versos de José Hernández quienes no los habían leído, porque como estaban
escritos por un argentino y cantaban lo nuestro, habían de ser malos. Figuraban
también los que sí habían leído sus páginas, mas suponían elegante
menospreciarlo por aquellas mismas causas, resultando de la suerte, unos y
otros, descastados de su patria, como esos hijos desnaturalizados que niegan a
sus padres hu mildes.
El Payador es, con la glorificación de Hernández,
la declaración de la justicia postuma para con el gaucho, y postuma había de
ser, claro está, en virtud de esa regla fatal y aciaga, según la cual la
equidad histórica, que es decir el reconocimiento de la verdad, sólo llega a
los hombres después de su muerte. Tan certísimo esto, que con el propio
Leopoldo Lugones sucede ahora lo mismo. Mordido en vida por la jauría
— sabroso bocado, ¡válgame Dios!— que no le perdonó
lo que el Destino habíale dado, hoy se le ensalza, bien que algunos perros de
la trailla, laman hogaño lo que antaño dentellearon. . .
Los Romances del Río Seco, su libro de versos
aparecido después de su muerte, y también Roca, son las obras finales. Mas el
primero de ellos, según mi entender, resulta el hermano gemelo de El Payador,
no sólo porque canta en versos la urdimbre nativa, sino porque hay en todo él
un regosto de suelo patrio, recuerdos caros a quien vivió su infancia y algo de
su juventud en lo más profundo y medular de esta comarca argentina. Del mismo
modo que El Payador, ese otro volumen de poesías enfervorízase con el terruño y
el pueblo. Perdura en ambos el misterio de la raíz, que por irse bajo el suelo,
no se ve, pero la sienten los que saben amar el árbol o la mata de la floresta.
Según Lugones, el gaucho encarnó la idea de la
libertad sin límites: un solo horizonte a todo lo largo de la vista. Cuando la
industria y el comercio — casi siempre extranjeros— fueron cortando la lejanía,
cuan do ese confín hecho de pampa y cielo, tan argentino, que es decir tan
suyo, fue parcelado en beneficio de una propiedad, que suele ser nega ción de
la libertad para los infortunados, entonces, pues, el gaucho, hecho un poco de
ensueños y mucho de conformidad fatalista, desapa reció “al tranco de su
caballo”, tal como descríbelo Lugones en una de sus páginas más tiernas.
Conmovedora despedida, sin duda, porque quien escribía eso, sentíase, acaso sin
saberlo, autor de su propio y futuro drama.
He dicho en algo que he escrito por ahí, que
Lugones, cuya vida transcurrió en sus años mozos y en los siguientes en esta
ciudad, nunca fue enteramente conquistado por ella; creo que ni por sus
hombres. Reafirma esta opinión, la lectura de sus páginas, según echa de verse
a medida que se penetra en la espesura de la obra, selva inmensa cuya
frondosidad ensombrece de cuando en cuando el ánimo, cuyos boscajes alivian
durante la jornada, cuyos sotos sirven para refrescar la imagi nación.
Pues por la misma causa antes apuntada, Lugones
moteja de cultos a los poetas del género gauchesco del siglo pasado, que
escribían para la ciudad, con lo que significa sometidos a la retórica, poco
hecha para narrar la sencillez campesina.
Hay en varias partes de El Payador una exposición
histórica del cris tianismo, asunto que, si uno tuviera miedo a la verdad,
podría pasar
hipócritamente por alto, según la conocida fórmula
de ignorar lo que nos puede perturbar o comprometer, o que simplemente no nos
agrada, criterio al uso de los sectarios de una y otra punta de esta baraja de
tanto juego, como es la vida misma. Pero ni mi padre fue cobarde en sus
rectificaciones, ni yo, que soy su hijo, temo a estos asuntos; tampoco me
gustan los remilgos de ciertos lugares donde se habla a sovoz y donde una
penunmbra adecuada vela gestos y disimula acciones.
En verdad, Lugones no ataca al cristianismo, porque
atacar, según se sabe, equivale a acometer con ímpetu y saña, extremos que no
se completan aquí, con más que él, apasionado, sin duda, no era hombre de
embestidas a ciegas, que es el defecto que define al sectario. Yo no hago, ni
tengo por qué ni para qué hacer el galeato, como se dice, de un autor de tanta
producción. Por otra parte, si atacar se llama la referencia de hechos
históricos, con sus cotejos y análisis, con deducción de conclusiones, en tal
caso, sí, Lugones atacó al cristianismo.
Sobre este mismo punto, recordemos que el autor de
El Payador tenía escritos, casi por esos mismos años El dogma de obediencia —
libro inédito hasta hoy— en cuyas páginas corre una exégesis histórica de las
instituciones de Occidente, mucho más completa, profunda y nutrida de citas,
que lo que sobre el fenómeno cristiano dijo en el libro que ahora se edita.
Nótese también cómo expone, compara y deduce
conclusiones con cernientes al sistema griego, enlazando extremos tan dispares
de por sí, como son el caso de la civilización helénica y el fenómeno
argentino. Justamente, sobre la base de su estudio, descubre paradojas
etnográficas, las cuales sírvenle para opinar sobre el cristianismo. Hace,
pues, Lugo nes, lo que antes que él realizaron, en estudios de religiones
comparadas, un Max Müller, un Salomón Reinach, un Guillermo Schmidt.
Ha de verse en El Payador su estructura
lexicológica, tan importante de suyo, que establece el fundamento de un pueblo.
Antes que los símbo los patrios aparezcan, antes también de que un país se
convierta en Estado, esto es, en dueño de su destino histórico, apoyado en la
sobera nía, nace el habla. Cuando decae ésta o se bastardea excesivamente,
aque llos dos principios cardinales, el fenómeno del cuerpo político libre, y
el otro, de la autoridad suprema, mueren, paralizados como el corazón y el cerebro
en el contexto humano.
Importantísimo, por tanto, el estudio que del
lenguaje hace Lugones. Su notoria afición y dedicación en materia de semántica,
originó sus notas en el Boletín de la Educación Común, reunidas más tarde en un
volumen. Tanto en él, como en diversos artículos de La Nación, no sólo estudió
las manifestaciones idiomáticas, sino que criticó la aparición cada vez más
seguida y alarmante de barbarismos, solecismos, y extranjeris mos,
innecesarios por completo los últimos. Triste cosa afirmarlo, pero de nada le valió
su empeño: se siguió y se continúa hablando mal y es
cribiendo peor. La obra nefasta del tejemaneje de
los políticos incultos, que nivela de abajo para arriba, y por qué no decirlo,
la no menos devastadora acción de la propaganda de los comerciantes, para
quienes la venta de un producto sacrifica la noble palabra, sustituida ésta por
una jerga medio tartamuda, donde lo único que resalta es la marca que se
anuncia, pues todo ello, consuma la barbarie idiomàtica.
Diré al pasar, que publicado El Payador en dos
ediciones, nadie podrá negar que es un estudio completo del gaucho. Pese a
ello, hubo quienes hicieron con él lo mismo que ya se había realizado con
Martín Fierro: ignorarlo. En efecto; no hace muchos años que apareció una obra
en tres tomos, en el último de los cuales figura una completísima bibliografía
de nuestro campesino; pues bien, Lugones y su libro no existen, para los
informados compiladores. Y algo más: cierto instituto oficial, semi llero de
sabios y filósofos con diploma, en varias oportunidades en que ha tratado de
nuestro folklore \ y particularmente del gaucho, olvidó igualmente a dicho
autor y a su obra, seguramente porque aquél carecía de título habilitante y
técnico; también porque escribió para los argenti nos, sin la intervención de
sesudos eruditos de afuera, que nos traen los incapaces de aquí; para que, sin
siquiera dominar bien el castellano, nos enseñen y compliquen en tono doctoral
y grave, eso sí, lo que sabe cualquier paisano y estudia un argentino dedicado
a estos me nesteres.
En todo pensador hay que saber descubrir su línea
ideológica, para seguirla después. Pero esa línea, raras veces es del todo
rectilínea: la continuidad en el estudio va creando rectificaciones sobre la
marcha, punto por punto como le acontece a un explorador por tierras vírgenes.
Pueden, y llevan el uno y el otro, una meta, es decir, que se proponen un fin:
mas para alcanzarlo, repito, tienen que irse por atajos, deben dar rodeos,
cruzar páramos, ven inclusive detenido el paso por estorbos que parecen insalvables,
pero la inteligencia unida a la tenacidad vence obstáculos, y, tarde o
temprano, aportan a donde quieren ir, si es que antes no les ataja la vejez que
imposibilita, la muerte que termina. Uni camente los que nunca han hecho nada,
y por consiguiente nada valen, pretenden que los hombres superiores acorten el
paso para ponér seles a la par. Típico ejemplo de envidia importante: el caso
del tullido de pies, que desea ver coja a toda la humanidad para que nadie
pueda sobrepasarle. . .
Nunca elogio a mi padre, como que no empleo
adjetivos de pondera ción; tendría quizás derecho a usarlos, en mi sencillo
carácter de buen lector de su obra; pero corto de raíz el encomio, que, en
ocasiones
1 Cuando a Lugones le nombraron miembro de cierta
asociación del folklore argentino, declinó el ofrecimiento, pues sostuvo que
una entidad que cultivaba las tradiciones nacionales, debía empezar por no
llevar una voz extraña en su deno minación. Sería, digo yo, tan ridículo como
si las famosas Tradiciones Peruanas, de Ricardo Palma, hubiéranse titulado
Folklore peruano. . .
— ¡cómo negarlo!— aflora a mis labios. No lo hago
por decoro fami liar. Aprovecho esta coyuntura para expresar que de sobra sé
que hay quienes critican estas y otras páginas por mí escritas sobre mi padre.
Cualquiera puede coger la pluma y redactar lo que le plazca sobre Lu-gones,
menos su hijo, salvo si en unos casos conforma a los turiferarios de la
derecha, o a los corifeos de la izquierda, tan malos los unos como los otros,
definidos en un común denominador de intereses creados y aprovechados, de ambiciones
soterradas, de pequeñas miserias. . . Cada una de dichas facciones quiere un
Lugones preparado al gusto que les convenga para cohonestar sus propios
beneficios con un rédito conve niente.
Cuando un escritor trabaja para defender a los
desamparados de su tierra, desaparecidos ya casi por completo, y de quienes
nada pudo es perar, cuando ese mismo literato ofrece a los demás todo lo que
él sabe, cuando, en fin, ese hombre vierte su ternura sobre la mujer, que sólo
por serlo enaltece el linaje humano, y en cuyo claustro, afínase como en un
crisol la acerada índole del varón, entonces, pues, ese prosista podrá haberse
equivocado, pero imposible negarle la condición de la es trella, cuya luz a veces
titilante, da rumbo en Ja noche.
Etapa capital de encrucijada en la vida de Lugones
es El Payador: señala un alto en el camino; empieza la clausura de una época y
el aso mar, aún no definitivo, de otra. La funesta aurora de la gran guerra
del Catorce, con sus celajes de sangre, da a Lugones una antitética penum bra
de ocaso. Siente anochecer en su alma las ideas; presagia el siniestro
conclusivo de un sistema de arquetipo ideológico, y en aquel momento, abísmase
en una tremenda duda. Mensajero de la verdad aquel hombre, prefiere la capitulación
de sus principios a sostenerlos inútilmente cuan do los siente caducos.
Arrasadas de igual suerte por el cataclismo plutó-nico ¿no se hundieron durante
el decurso geológico las cordilleras, y del fondo del sinclinal no se alzaron
en un amanecer de miles de centurias otras montañas? Una misteriosa urdimbre
une también los fenómenos de la naturaleza con los de la mente humana.
Cualquier árbol solitario y vigoroso bástase a sí
mismo, porque de su propia grandeza dimana su poderío. No necesita alabanzas,
¿para qué?: con verle no más, cae a sus pies la retórica, semejante a la
hojarasca cuyo destino sabe el viento que la arrastra. Mas ocurre en ocasiones,
que el filo del hacha tajea sin necesidad el tronco y queda en éste, la señal,
cicatriz más tarde, cuyo repulgo certifica la maldad innecesaria de los
hombres, que hieren sin saber por qué, o sabiéndolo demasiado. . .
Creo, como en el símil del árbol, que no precisa
Leopoldo Lugones de cantores comedidos de su obra, tal vez menos de
apologistas, cuya verba estéril declina con el objetivo de relumbrón. Opino
asimismo, y con toda modestia, que el andar galopando a la par de un personaje
bien montado sirve tan sólo para denotar la triste cabalgadura del aparcero.
Menos aceptable aún, la postura del que se enanca a
la grupa de la celebridad, para hacer creer que él es parte de una gloria
ajena. Todo lo cual sucede, no pocas veces, con quienes toman un nombre
ilustre, seducidos por la reflexión de una imagen que, al fin de cuentas, nunca
es la propia, sino la única que refleja el espejo de la fama, que de adentro se
mira para afuera.
Hay una larga noche en la jornada de Leopoldo
Lugones, intermedio que tal vez todo lo explica. Pues determina su
transformación en una ente-lequia, especie de realidad del espíritu, cuyo
desarrollo completo ha de advertirse apenas unos pocos años después de editado
El Payador.
Mientras allá en el Viejo Mundo adormecíase la luz
crepuscular, an gustiada la trágica sonochada por el retumbo de los cañonazos,
aquí, en la mente del escritor, amanecía en un rosicler diáfano de alba, un
naciente sistema de ideas. Y esto, que aquél vio primero que nadie, será lo que
muchos no le perdonarán ya. Son éstos los eternos caminantes empedernidos del
mundo: transitan la montaña durante una noche cerrada, tanteando los vericuetos
del sendero desconocido. Alzanse a su vera, a pique cortados los farallones,
encúmbranse los picachos, y a modo de descomunales cipos, amojonan los peñascos
la senda; pero nada de esto pueden ver los pasajeros envueltos en las
tinieblas. Cuando des punta el día, y descubren por dónde han marchado,
sobrecoge su ánimo la ira y el espanto, también el despecho aumentado por la
ignorancia. ¿Qué hacen entonces? Nada más que encolerizarse con las moles, cuya
grandeza sopunta la perentoria frase del Destino.
L E O P O L D O L
U G O N E S ( h ij o )
El Payador se dio a la estampa en el centenario de
nuestra Independencia, como una contribución, eminente por cierto, al estudio
del gaucho y la pampa, dos elementos preponde rantes en el crisol de la
argentinidad.
PROLOGO
T I T U L O este libro con el nombre de los
antiguos cantores errantes que recorrían nuestras campañas trovando romances y
endechas, porque fue ron ellos los personajes más significativos en la
formación de nuestra raza. Tal cual ha pasado en todas las otras del tronco
greco-latino, aquel fenómeno inicióse también aquí con una obra de belleza. Y
de este modo fue su agente primordial la poesía, que al inventar un nuevo
lenguaje para la expresión de la nueva entidad espiritual constituida por el
alma de la raza en formación, echó el fundamento diferencial de la patria. Pues
siendo la patria un ser animado, el alma o ánima es en ella lo principal. Por
otra parte, la diferencia característica llamada personalidad, consiste para
los seres animados, en la peculiaridad de su animación que es la síntesis
activa de su vida completa: fenómeno que entre los seres humanos (y la patria
es una entidad humana) tiene a la palabra por su más perfecta expresión. Por
esto elegí simbólicamente para mi título, una voz que nos pertenece completa, y
al mismo tiempo define la noble función de aquellos rústicos cantores.
Conviene, no obstante, advertir que la creación del
idioma por ellos iniciada, consistió esencialmente en el hallazgo de nuevos
modos de expresión; pues voces peculiares inventaron muy pocas, según se verá
por la misma etimología de payada y de payador que establezco más abajo. Lo que
empezó así a formarse fue otro castellano, tal como este idioma resultó al
principio otro latín: y ello por agencia, también, de los poetas populares.
Aquella obra espontánea culminó por último en un
poema épico, cual sucede con todo fenómeno de esta clase, siempre que él
comporta el éxito de un nuevo ser llamado a la existencia. De suerte que
estudiarlo en dicha obra, es lo mismo que determinar por la flor el género y la
especie de una planta. He aquí por qué nuestro Martín Fierro es el objeto
capital de este libro. Cuando un primordial mito helénico atribuía al
son de la lira del aeda el poder de crear ciudades,
era que con ello simbo lizaba esta característica de nuestra civilización.
El objeto de este libro es, pues, definir bajo el
mencionado aspecto la poesía épica, demostrar que nuestro Martín Fierro
pertenece a ella, estu diarlo como tal, determinar simultáneamente, por la
naturaleza de sus elementos, la formación de la raza, y con ello formular, por
último, el secreto de su destino.
Designio tan importante, requería una considerable
extensión que he subdividido en tres partes completas cada cual a su vez. La
primera queda indicada; la segunda será un léxico razonado del lenguaje gaucho
en que está el poema compuesto; la tercera, el poema mismo comentado con notas
ilustrativas de su sentido cuando éste resulte desusado o du doso. Así intento
coronar — sin que ello importe abandonarla, por cierto— la obra particularmente
argentina que doce años ha empecé con El imperio jesuítico y La guerra gaucha,
siéndome particularmente grato que esto ocurra en conmemorativa simultaneidad
con el centenario de la independencia.
A dicho último fin, trabajé la mayor parte de este
libro hallándome ausente de la patria; lo cual había exaltado, como suele
ocurrir, mi amor hacia ella. Esto explicará ciertas expresiones nostálgicas que
no he querido modificar porque no disuenan con el tono general de la obra. He
deci dido lo propio respecto a ciertas comparaciones que la guerra actual ha
tornado insuficientes o anticuadas, para no turbar con su horrenda men ción
nuestro glorioso objeto. Y nada más tengo que advertir.
Un recuerdo, sí, es necesario. Algunos de los
capítulos que siguen son conocidos en parte por las lecturas que hice tres años
ha en el Odeón. Otros de entre los más importantes, son enteramente inéditos.
Aquel anticipo fragmentario, que según lo dije ha tiempo, no comprendía sino
trozos descriptivos, motivó, sin embargo, críticas de conjunto, adversas
generalmente a la obra. He aquí la ocasión de ratificarlas con entereza o de
corregirlas con lealtad. Pues, a buen seguro, aquel afán era tan alto como mis
propósitos.
De estar a los autos, había delinquido yo contra la
cultura, trayendo a la metrópoli descaracterizada como una nueva Salónica, esa
enérgica evocación de la patria que afectaba desdeñar, en voltario regodeo con
políticos de nacionalidad equívoca o renegada. La plebe ultramarina, que a
semejanza de los mendigos ingratos, nos armaba escándalo en el zaguán, desató
contra mí al instante sus cómplices mulatos y sus secta rios mestizos.
Solemnes, tremebundos, inmunes con la representación parlamentaria, así se vinieron.
La ralea mayoritaria paladeó un instante el quimérico pregusto de manchar un
escritor a quien nunca habían ten tado las lujurias del sufragio universal.
¡Interesante momento!
Los pulcros universitarios que, por la misma época,
motejáronme de inculto, a fuer de literatos y puristas, no supieron apreciar la
diferencia
entre el gaucho viril, sin amo en su pampa, y la
triste chusma de la ciudad, cuya libertad consiste en elegir sus propios amos;
de igual modo que tampoco entendieron la poesía épica de Martín Fierro,
superior, como se verá, al purismo y a la literatura.
Por lo demás, defiéndame en la ocasión lo que hago
y no lo que digo. Las coplas de mi
gaucho no me han impedido traducir
a Homero y comentarlo ante
el público cuya aprobación
en ambos casos
demuestra una cultura ciertamente superior. Y esta flexibilidad sí que
es cosa bien
argentina.
ADVERTENCIA ETIMOLOGICA
Las voces P A Y A D O R y P A Y A D A que
significan, respectivamente, trova-dor y tensión 1 proceden de la lengua
provenzal, como debía esperarse, al ser ella, por excelencia, la "lengua
de los trovadores”; y ambas formá ronse, conforme se verá, por concurrencia de
acepciones semejantes.
En portugués existe la voz P A L H A D A que
significa charla, paparrucha, y que forma el verbo P A L H E T E A R , bromear.
En italiano B A J A y B A J A T A , dicen broma, burla, chanza, lo propio que B
A J U C A y B A J U C O L A , más distintas de nuestra P A Y A D A , en su
conjunto pero idénticas por la raíz. Iguales acepciones encierra la voz romana
B A J Ó C U R A ; y B A L E , en la misma lengua, es el plural de charlatán. El
verbo francés B A I L L E R tiene análogo significado en las frases familiares
L A B A I L L E R B O N N E , L A B A I L L E R B E L L E . B A G A T E L A es
un diminutivo italiano de la misma fami lia, pasado a nuestro idioma donde no
cuenta, en mi entender, sino con un miembro: B A Y A , que significa burla o
mofa. En esta voz aparece ya la Y que nos da la pronunciación de la L H
portuguesa en P A L H A D A y de la j italiana en B A J A .
Todas estas voces proceden del griego P A I Z O ,
juego infantil, que viene a su vez de P E Z , P E D O S , niño en la misma
lengua. El bajo griego sumi nístranos, al respecto, vínculos precisos en las
voces B A G I A y B A I A , nodriza; B A G I L O S y B A I O I L O S , maestro
primario. Ellas pasaron al bajo latín, revistiendo las formas B A I U L A y B A
J U L O S respectivamente. P A I O - L A era también puérpera en la baja
latinidad.
El provenzal, aplicando a estas formas, por
analogía fonética, el verbo latino B A J U L A R E , cargar, formó no menos de
quince voces análogas, y significativas todas ellas de los actos de llevar,
mecer, cunear y adormir a los niños. Pero, el vocablo de la misma lengua que
resume todas las acepciones enunciadas para los idiomas pseudoclásicos y
romanos, es B A J A U L A , bromear, burlar: en romance primitivo, B A J A U L
O .
A este
significado, asimilóse luego el de B A I L E , bajo sus formas primi tivas B A
L , B A L E , B A I L , B A L L ; con tanto mayor razón, cuanto que en la
1 Quinta
acepción del Diccionario de la
Academia.
acepción originaria denunciada por aquellas formas,
era juego de pelota. La idea de diversión pueril, común a ambas voces,
fácilmente las refun dió en el sinónimo B A L que significó baile y
composición poética: de donde procedió B A L A D A , o sea, precisamente, un
canto de trovador cuya semejanza fonética con P A L H A D A , P A Y A D A , es
muy estrecha.
Los trovadores solían llamarse a sí mismos P R E Y
A D O R E S : literalmente rogadores o rezadores de sus damas; y esta voz
concurrió, sin duda, con fuerza predominante, a la formación del derivado
activo de payada, paya dor. P R E Y A D O R E S procedía del verbo provenzál P
R E Y A R , que es el latino P R E C A R I cuya fonética transitiva está en el
italiano P R E G A R E , especial mente bajo el modo poético P R I E G O .
Hubo también una forma P R A Y A R que supone el derivado P R A Y A D O R , robustecido
todavía por B A L A D A y
PALHADA.
Payador quiere decir, pues, trovador en los mejores
sentidos.
LA VIDA EPICA
Producir un poema épico es, para todo pueblo,
certificado eminente de aptitud vital; porque dicha creación expresa ia vida
heroica de su raza. Esta vida comporta de suyo la suprema excelencia humana, y
con ello, el éxito superior que la raza puede alcanzar: la afirmación de su
entidad como tal, entre las mejores de la tierra. Ello nada tiene que ver con
la magnitud del suelo perteneciente, ni con la cantidad de población, porque se
trata de un estado espiritual al cual llamamos el alma de la raza. Lo que en
ésta interesa a sus hijos, así como al resto de los hombres, es la calidad
heroica que añade al tesoro común de la humanidad una nueva prenda, puesto que
dicho tesoro está formado por los tres conoci dos elementos: verdad, belleza y
bien. De aquí que los héroes, en los respectivos dominios de la filosofía, la
estética y la ética, sean los re presentantes y más altas expresiones de la
vida superior de sus razas: así Platón, Miguel Angel y Washington. Si bien se
mira, ninguno de estos tres hombres tuvo por patria un país que figurara entre
las potencias de la tierra; existiendo, por el contrario, una evidente
desproporción entre la importancia territorial o política de las naciones donde
nacieron, y la influencia universal, la potencia, la vitalidad de su genio.
También ellos viven más que sus patrias; o mejor dicho, lo que de sus patrias
sobre vive incorporado a la humanidad, es obra suya. De tal modo, ellos encar
nan la vida superior de sus patrias, la única verdadera vida, puesto que es
inmortal. Así las repúblicas de Atenas y de Florencia han dejado de existir,
como pudiera suceder mañana con la República de los Estados Unidos. En la
primera de aquéllas, la misma raza desapareció. Lo que ya no puede extinguirse,
es la verdad que Platón reveló a los hombres; la belleza que Miguel Angel les
inventó; la libertad que les aseguró Washington. Y así es como se constituye el
bien de la civilización. Los esfuerzos colectivos manifiestan, no menos,
aquella desproporción heroi ca, o sea el carácter esencial; pues, en suma, el
heroísmo proviene de
la diferencia entre los medios materiales del héroe
y su calidad espiritual expresa en la voluntad de triunfar con ellos. Por esta
causa, no hay batalla más famosa, ejemplo más fecundo de virtud militar, que la
hazaña de los Trescientos en las Termopilas. Ella valió más para la humanidad,
que las matanzas de Waterloo, de Sedán y de Mukden. Pues lo que cons tituye
realmente la importancia de un esfuerzo (realmente, en cuanto expresa la
verdadera vida, la inmortalidad, lo que llamamos existencia 1 por contraste con
la ilusión de la vida mortal) es la excelencia humana que manifiesta, y la
causa que sostiene. Porque esos trescientos espar tanos representaban el
supremo esfuerzo de Esparta, todo cuanto Esparta podía dar en número y calidad
de soldados, ellos equivalen realmente al millón de hombres que uno de los
modernos imperios pone sobre las armas, con análoga energía; mas, porque
también representaban, sin una sola excepción, la voluntad heroica, la perfecta
conciencia patriótica, imposibles de concebir en un millón de hombres, su
eficacia es no menos realmente superior. El millón de hombres correspondía a
los persas, que, como es natural, debieron imponerle la única disciplina
compatible con tales masas: el automatismo de la grey. Mientras en los otros, la
libertad inherente a su condición de ciudadanos, engendraba esa perfecta armo
nía de intenciones y de esfuerzos que contiene el secreto de las energías
incalculables. La evolución de la física moderna, por lo que respecta a la
constitución de la materia, problema fundamental cuyo desarrollo va poniendo en
nuestras manos las energías ultrapoderosas del éter y de la luz, personificadas
por las cosmogonías en los artesanos del universo prototípicos — que así va
reintegrándose el hombre con su linaje primor dial de arcángeles y satanes— ;
los descubrimientos de las matemáticas; las experiencias del laboratorio en los
dominios del misterio atómico, tienden a la eliminación de la materia para
libertar la fuerza; y efectuán dolo así, es como han logrado la comunicación
puramente etérea del telé grafo sin hilos, la supresión de la opacidad con los
rayos catódicos, la luz fría de los gases rarificados: o sea el triunfo sobre
cuanto parecía cons tituir las oposiciones más irreducibles (sic) de la
materia. Para mí, aquel resultado histórico de las Termopilas y este otro de la
ciencia, provienen del mismo concepto de civilización: el dominio de la materia
por la inteligencia2, la transformación de la fuerza bruta en energía racional.
Así desaparece todo antagonismo entre los distintos esfuerzos espirituales, que
proviniendo de una misma causa, tienden a un mismo fin; al paso que ante los
espíritus más reacios, adquiere importancia deci-
1 Propiamente, la estabilidad máxima considerada
como suprema cualidad: ex-sistere. Sistere, hallarse estable, ser. Al paso que
vida, es el griego bios, la acti vidad de la materia organizada que consiste,
precisamente, en estar llegando a ser sin cesar, y dejando de ser, por
operación simultánea.
2 Una sola es la ley de vida en el universo, y por
ello todas sus manifestaciones son análogas, decían aquellos alquimistas que
llamaban al estado atómico de nuestros físicos, la tierra de Adam, o sea la
sustancia original de donde emana toda vida.
siva el poema épico, o sea la expresión, repito, de
la vida heroica de las razas.
Pero hay otro aspecto fundamental de este ¿»sunto.
Cuando el poema épico, según pasa algunas veces, ha
nacido en un pueblo que empieza a vivir, su importancia es todavía mayor; pues
revela en aquella entidad condiciones vitales superiores, constituyendo, así,
una profecía de carácter filosófico y científico. Era esto lo que veía Grecia
en los poemas homéricos, y de aquí su veneración hacia ellos. Homero había sido
el revelador de ese maravilloso supremo fruto de civilización llamado el
helenismo; y por lo tanto, un semidiós sobre la tierra. Los héroes revelan
materialmente la aptitud vital de su raza, al ser ejemplares humanos
superiores. El poema, la aptitud espiritual que es lo más impor tante, como
acabamos de ver, la mente que mueve las moles. Y ello no es, por fuerza,
necesario al éxito de la vida física, a la existencia de un país rico y fuerte;
como no lo son, absolutamente hablando, el dorado de la pluma al faisán, ni el
canto al ruiseñor. Pero una vez que está dorado el faisán, cuida su plumaje y
hállase contento de tenerlo más hermoso que otras aves; y también así sucede al
ruiseñor que ha naci do con el don del canto, y lo cuida, y se deleita de tal
modo en él, que ha de esperar para prodigarlo el silencio total de la noche y
la magnífica serenidad de las estrellas. De un modo semejante las naciones
cuidan sus bellos poemas y se deleitan con ellos; sin lo cual serían
mentalmente inferiores al ruiseñor y al faisán.
Esta definición un tanto amplificada del heroísmo,
fue necesaria para establecer como es debido la naturaleza del poema épico y su
importancia nacional, si cada individuo culto ha de tener conciencia de ese
fenóme no: con lo que no alabará servilmente, porque así se lo enseñó su texto
de literatura, ni vituperará cometiendo gratuita insolencia. Una vez que le
enseñemos lo que no sabe, dejará de proceder así. Con lamentarnos de ello o
condenarlo, nada sacaremos de positivo. Todo hombre mediana mente culto, puede
comprender y debe saber lo que es un poema épico, y con esto gozar de sus
bellezas; y como la vida es tan dura que la mayoría de los hombres no anda ni
trabaja sino movida por el afán de gozar, pocos serán los individuos que
renuncien a la adquisición de un placer gratuito. Si no lo experimentan, es
porque lo ignoran. Con ello se realiza al mismo tiempo una obra de
civilización; porque lo es de suyo, todo cuanto acostumbra a vivir en la
familiaridad de las cosas bellas y nobles. A este fin ponemos esculturas en las
plazas públicas y hacemos jardines para el pueblo. Los hombres vuélvense así
más buenos y más libres, con lo cual se alcanza la máxima dignidad humana que
consiste en la posesión de la libertad y de la justicia. Para asegurarse estos
dos bienes, para esto sólo y no para ningún otro objeto, se han dado patria los
hombres. De suerte que en tales enseñanzas viene a conciliarse el interés de la
civili zación con el de la patria. Es, como se ve, la perfección en la
materia;
por donde resultaba que los poemas de Homero,
constituyeran en Grecia el fundamento de la educación.
Y es que la
poesía épica tiene como objeto específico el elogio de em presas inspiradas
por la justicia y la libertad. Con esto, al ser ella la expresión heroica de la
raza, defínese por los conceptos de patria y civi lización, coincidentes, como
acaba de verse, en ese doble anhelo de excelencia humana: la justicia y la
libertad.
Los dos móviles de la guerra contra Ilion, el
remoto y el inmediato, son sendas reparaciones de justicia. Laomedón, padre de
Príamo, había negado a Poseidón y Apolo el estipendio convenido por la
construcción del puerto y muros de Troya. Esto indispuso a los citados númenes,
cuya venganza había empezado a experimentar la ciudad, antes de la guerra
homérica. El motivo de esta operación, fue la iniquidad cometida por Paris
contra Menelao; la mayor y la más horrible para los antiguos, puesto que
comportaba la violación de la hospitalidad. El tema mismo de la litada, la
cólera de Aquiles, y los innumerables daños que causó a los griegos, celebra la
venganza de aquel héroe contra el rey Agamenón que injustamente habíale quitado
la esclava Briseida. Es una venganza, se dirá; pero la venganza es el origen, y
con frecuencia una forma todavía muy elevada de justicia. Entre los griegos era
implacable, porque cons tituía la suprema ley: la reivindicación social del
honor que es, sin duda una virtud privada, pero también y principalmente un
bien colectivo. El perdón sistemático de las injurias pertenece al cristianismo
cuyo objeto supremo es la salvación personal asequible con el ejercicio de tres
vir tudes antisociales: 1?) El amor a Dios, más importante que el amor a los
hombres, puesto que la misma caridad debe hacerse en nombre de aquél, y no en
el de la fraternidad hum ana*; sin contar con que este amor a Dios, es la
adquisición del estado místico al cual se llega por la negación o la anulación
del afecto humano, produciendo esto, como primer consecuencia, la esterilidad
sexual2. 2 ?) La fe, sinó nima de fidelidad, no de creencia, porque lo
esencial en ella es el acata miento al dogma, aunque sea absurdo, y más
todavía, porque es absurdo (credo, quia absurdum) a causa de que la perfecta
obediencia consiste en sacrificar la razón ante la autoridad dogmática: virtud
funesta que tiende a eternizar el despotismo, así transformado en derecho
divino. Por esto el que no cree es infiel, y el que disiente es hereje. 3*0 El
aisla miento o fuga del mundo, que constituye la mejor manera de consumar
1 Los tres primeros mandamientos, o sea los más
importantes, refiérense a los deberes para con Dios: amarle sobre todas las
cosas, no jurar su nombre en vano y santificar las fiestas. Es el deber
religioso, o en otros términos, el negocio de la salvación personal, el bien
privado que la observancia de esa triple obligación asegura, antepuesto al
deber social, a la solidaridad desinteresada que constituye la felicidad común.
2 La Iglesia declara que el estado de virginidad es
superior al de maternidad para el negocio de la salvación eterna.
el negocio de la salvación; por donde nada resulta
más ventajoso que el estado monástico, y más aún, el ascetismo.
Para una religión de esclavos, de desesperados, de
deprimidos por los excesos viciosos, pues tales fueron los primitivos fieles, y
seguramente los fundadores del cristianismo, el honor, considerado como virtud
so cial, significaba poco o nada; y el perdón de las injurias a que su con
dición los habituaba o predisponía, resultaba mucho más fácil, desde que el
supremo negocio de la salvación consistía en un acuerdo privado y personalísimo
del creyente con su dios, en el más efectivo aislamiento que para dicha
operación fuera posible. Cuando la barbarie sana y viril adoptó aquella
religión, el mandamiento quedó subsistente en la letra; pero la idea de
justicia humana cuyo origen está en la venganza, impú sose de suyo, y el
desafío judicial resucitó a la tuménide antigua que era una deidad del destino,
una parca al mismo tiempo, imponiendo a la Iglesia ese derecho de la dignidad
laica. Y digo impuso, pues aunque la Iglesia siguió condenando el desafío
judicial v la venganza, sus mismas órdenes, como la de los Templarios, y sus
propios santos, como Luis IX de Francia, usaron y reglamentaron aquel derecho;
mientras para monjes y pontífices la inquisición y las excomuniones políticas,
sustituyeron pronto las dulces parábolas de Jesús, por los rencores más positivos
del viejo Jehová, euménide no menos sanguinaria que las paganas.
Esta digresión era indispensable, dada la
deformación cristiana de aquellas ideas que los griegos tenían por fundamento
de su libertad y de su justicia; pues sólo mediante una explicación así, puede
el moderno concebir como es debido el carácter justiciero de la llíada. El
honor grie go, como virtud social consistía en la venganza; y aun actualmente,
no es otro el concepto de nuestros desafíos; mientras la justicia, es decir, el
bien privado que la colectividad debía asegurar a cada uno, estribaba en la compensación
de la ofensa por medio del matrimonio o de la multa; con lo cual quedaba a
veces extinto el deber de venganza. Pues conviene advertir que si la justicia
es el bien asegurado a cada uno por la sociedad, el honor es el correspondiente
sacrificio que la sociedad exige a cada uno; de manera que sólo ella puede
eximir de su satisfacción en determinados casos, sustituyéndose con su
justicia. Tal, por ejemplo, cuando un matri monio restablecía en la familia
del ofendido, la armonía que la ofensa había turbado. Entonces la venganza
dejaba de ser una necesidad social (la necesidad defensiva de la familia, que
en toda nación bien organizada debe constituir el instinto supremo) y la
sociedad relevaba del sacrificio de honor. Estas consideraciones, despegadas en
apariencia, tendrán mu cho que ver con el examen de nuestro poema nacional.
La Odisea nos presenta un caso semejante. El
resultado de todas las penurias que pasa el héroe, es el restablecimiento de la
justicia en su reino y en su hogar trastornados por los pretendientes. La
narración de
las aventuras famosas preséntanos permanente la
porfía del héroe para libertarse de los elementos que se le oponen.
Observamos en la Eneida un objeto análogo: el
esfuerzo de Eneas y de los troyanos fugitivos, tiende a constituirles una nueva
patria; es decir, una nueva seguridad para su libertad y su justicia. Si
Virgilio llama el pío a Eneas, lo dice, ante todo, porque es justo.
Asimismo, lo que canta el Romancero, son las
libertades del Cid, cuan do el injusto destierro que su rey le infligiera le
alzó el feudo, reinte grándole al pleno dominio de su voluntad heroica. Y son
las libertades de España, que el caudillo quiere limpiar de moros, pues para
ello campea; y por ello todo lo descuida, incluso su Jimena de la blonda
guedeja, y la Fortuna, rubia de doblones; y sólo de ello toma el consejo que
pare cen destilar en parlante miel sus luengas barbas bellidas.
¿Y qué es el viaje del Dante a los tres mundos
ulteriores de la teo logía, sino un símbolo trinitario de la justicia de su
dios? Desde el pre sidio satánico, vérnosle ascender a la libertad celeste,
que Beatriz, la criatura libre por excelencia en su condición de espíritu puro,
le revela como una sublime transformación del amor, lejos de la tierra inicua.
Porque el motivo de haberse lanzado aquel tenaz gibelino de Florencia, al viaje
por infierno, purgatorio y cielo, que es decir, dentro de sí mismo a través de
su inmensa desventura, de su amarga esperanza y de su divina quimera, fue el
destierro que le dejó sin patria, infundiéndole así, sed insaciable de libertad
y de justicia. Con lo cual fue y anduvo como ningún otro héroe, superior, digo,
a Orfeo, a Ulises y a Eneas, transeúntes del Hades tan sólo; que ni la Ciudad
de la Desesperación, ni la de la Expiación, ni la de la Bienaventuranza, valían
para él (¡oh cómo era cierto!) cuanto aquella florida y orgullosa Villa del
Lirio, así éste acabara de tornarse bermejo con la propia sangre gibelina y pa
recer más bien llaga que flor en el corazón de Italia \
Si recordamos
a Camoens, el característico
épico del Renacimiento 2,
hallaremos todavía engrandecido el tema en
lo que canta, pues
se trata
1 Florencia
está precisamente en el
centro de Italia. Su primitivo
estandarte, de
gules con lirio de plata, el lirio toscano del
estío, quedó transformado en
plata con
lirio de
gules (la gladiola purpurina es también una flor regional) acto continuo
de la victoria florentina
contra Pistoia en
1251. Habiéndose negado los gibelinos
de
Florencia a tomar
parte en la
campaña, pues la ciudad enemiga
era de su
partido, los güelfos victoriosos procedieron a desterrarlos en masa, previa ejecución
de sus jefes. Después cambióse la blanca flor
aristocrática, por la roja de los arte sanos y burgueses triunfantes, pues
data de entonces la oligarquía comercial de la República; y por esto el Dante
dice que el lirio florentino fue per división fatto vermiglio. La causa
fundamental del cambio, estuvo en la revolución democrática consumada un año
antes contra los gibelinos, por los comerciantes y artesanos; siendo curioso
observar cómo ya en la Edad Media, el color rojo blasonaba la causa de los
gremios trabajadores.
2 Efectivamente,
en su poesía,
como en las
artes plásticas de
aquel tiempo, las
alegorías paganas mézclanse, con anacronismo
característico, a la descripción real de la vida y a los conceptos de la moral
cristiana, imponiéndole su belleza canó nica: fenómeno peculiar a la evolución
estética del Renacimiento.
de la libertad del mar. Non plus ultra dicen los
huracanes y los monstruos del elemento, a los héroes que van abriendo su
inmensidad; pero ellos no hacen caso y pasan, y detrás de ellos van quedando
libres las gran des aguas, y dilatada con su esfuerzo la patria que el poeta
no había de poder ver caída muy luego bajo la conquista del siniestro Felipe,
sin morirse de tristeza como un verdadero mártir de la libertad. Por lo demás,
su poema, a semejanza de la Comedia dantesca, es una obra de desterrado. En una
cueva de las Indias lo compuso, llorando el amor perdido y la patria ausente.
Los dos primeros versos con que empieza su
Jerusalén el armonioso Torcuato, ya declaran el propósito de una empresa
libertadora. Canto, dice el poeta, al piadoso ejército y al capitán que libertó
el sepulcro de Cristo. Tal fue, en efecto, la razón popular de las Cruzadas.
Para todo cristiano de la Edad Media, era evidente la iniquidad de que los
musul manes poseyeran el sepulcro de Cristo, cuando ante ellos ningún valor
debía tener como reliquia. De donde resultaba que sólo el odio a los cristianos
podía explicar su obstinación. Hoy que conocemos los otros móviles, más o menos
involuntarios, de la empresa; su aspecto político, por decirlo así, aquello nos
parece insignificante. Entonces, cuando todo eso que hoy sabemos estaba oculto,
no existía otra razón, lo cual explica la universalidad del entusiasmo
suscitado por la empresa. Es seguro que nosotros habríamos hecho lo mismo, para
honra nuestra; pues no existe movimiento más noble que el de pelear por la
libertad y la justicia. Tal la inspiración de ese poema cuyo mismo título es
una declaración signifi cativa. Por lo demás, todo poema caballeresco estará
igualmente inspi rado, siendo la justicia y la verdad los objetos mismos de la
caballería. La virtud dominante del caballero es la generosidad sin límites,
expresa en dos consecuencias típicas: la veracidad y el valor; o sea la
oblación que hace al bien ajeno, del espíritu en su genuina realidad (veraz es
todo aquel que se presenta exactamente como es en el bien y en el mal) y de la
vida prodigada sin una sola duda, es decir, sin una sombra de miedo. ¡Y dónde
se vio empresa más caballeresca, que esa guerra secular por la libertad de un
sepulcro!. . .
El secreto profundo de nuestra vida — la “milicia”
de los teólogos, la “lucha” de los sabios— consiste en que ella es un eterno
combate por la libertad. Sin esto no existiría la dignidad de la condición
humana. Por ello los hombres no pueden vivir sino peleando de esta manera.
Así salió de la barbarie el helenismo. Así la
civilización medioeval amenazada de muerte por la tristeza cristiana, fue a
desangrarse en Oriente para no morir. Dentro de su tristeza sin límites, como
que el objeto mismo de su esfuerzo más poderoso fue una tumba, la lucha por
libertarla constituyó su vida. Triste vida, sin duda, pero vida al fin. De aquí
aquel ímpetu, en apariencia maravilloso, con que todo un mundo se lanzó a las
Cruzadas; aquella como irresistible ley de gravedad que
produjo el movimiento anónimo, ciego, estupendo, de
la cruzada de los niños \ Así también las guerras civiles de Italia, que
anticiparon la de mocracia moderna en la fiera y hasta feroz autonomía
municipal. De este modo es como nunca ha faltado libertad a los hombres. De
este modo es también como la tendrán siempre: áspera y tenaz, a semejanza de
los frutos durables que aseguran en la troje la abundancia doméstica; y así es
cómo la poesía épica viene a expresar, con la vida heroica, el secreto de toda la
vida humana. Hombre y héroe resultan sinónimos en el con cepto que la inspira;
puesto que todo hombre es, o debe ser, si tal digni dad merece, un combatiente
de la libertad.
Nadie ignora que el poema puritano de Inglaterra,
es un comentario de aquella revolución a la cual no faltó como trágico
cimiento, ni la cabeza de rey exigida por todas las fundaciones análogas:
república roma na, república francesa. Así, el soplo bíblico que lo inspira,
no recuerda el Libro de los Reyes, emponzoñado de lujuria v de iniquidad en el
linaje de David; sino aquella viril sencillez que honra la historia hebrea con
la institución democrática de los Jueces. Y por esto, si la rapsodia para disíaca
ofrece esa rigidez inherente a las abstracciones simbólicas, el epi sodio
prologal de la rebelión satánica en que el poeta debió ponerlo todo, pues la
Biblia lo menciona apenas 2 siendo aquello que el poeta puso, la fiera libertad
revolucionaria de los puritanos, ese episodio es, precisamente, la cumbre épica
del poema, lo que hace, mejor dicho, que éste sea un poema épico, así como la
montaña se caracteriza por su altura principal. Sin ese episodio, en el cual es
evidente la inclinación del poeta hacia el ángel rebelde, el poema fuera una
bella composición teológica, regocijo de eruditos, dechado de poesía sabia, sin
pasión, que es decir, sin vida humana, sin esa asimetría dramática de las
hondas emociones, que constituye el fundamento de la simpatía. Es que la pareja
del Edén, no resulta del mismo libro original, sino un agente pasivo en el cual
se reproduce la lucha de los númenes, con un vasto cuadro en un espejo
reducido. Su rebelión no alcanza, siquiera, la grandeza del crimen. No es más
que un pecado. No la inspira el anhelo heroico de ser libre, o sea digno por sí
mismo de la dicha y del dolor sino la curiosidad y la pasión amorosa. Hasta el
elemento viril, el hombre, viene a resultar secundario. El personaje
interesante es Eva, no Adán. Y no existe un
1En los primeros años del siglo XIII (1 2 1 2 )
cincuenta mil niños franceses y alemanes emprendieron el camino de Jerusalén
“para libertar el Santo Sepulcro”, bajo la fe de una revelación en cuya virtud
el mar quedaría seco aquel año, faci litando el camino a pie enjuto hasta la
Siria: movimiento espontáneo e inconteni ble que sólo produjo una horrorosa
mortandad. El abandono de niños fue una de las grandes calamidades de la Edad
Media, como consecuencia de la vagancia y de la miseria de los adultos. De aquí
la enorme cifra mencionada, que no es lo más asombroso. Lo que sí resulta
estupendo, es el movimiento mismo y su since ridad, pues muchos de aquellos
jóvenes cruzados llegaron a Tolemaida. . .
2 La famosa “Guerra en los Cielos”, parece ser,
efectivamente, una referencia a otros escritos, con el único fin de dar una
explicación a la caída de Satán.
solo poema épico sin héroe masculino. La vida
heroica es de suyo viril, porque en todo estado de civilización, la lucha por
la libertad concierne al hombre. La misión de la mujer es conservar por medio
del buen sen tido y de la castidad, el bien adquirido.
Los poemas homéricos, que constituyen el modelo de
la poesía épica, enseñan esta verdad. En su descripción integral de la vida
heroica, no falta la heroína. Es Andrómaca en la litada y Penèlope en la
Odisea: las grandes guardianas del hogar. Adviértase que en esto, en esto
princi palmente, es decir en sus heroínas, Homero es superior a todos los épi
cos. Ellos no han contado sino con la acción viril, salvo, quizá, el poeta
anónimo del Romancero, cuya Jimena conserva, por cierto, aunque sólo como personaje
ocasional, la tradición de la vida épica. Y es que nada se halla tan próximo al
dechado heleno como el poema español.
Pero la heroína de Milton es un símbolo, y de aquí
su frialdad, su contrahechura humana, que afectan a toda la obra. La calidad
viril, la vida épica, pertenecen al ángel rebelde que es, precisamente, un
ava-tar del Prometeo griego; y por esto en ese episodio inicial, está la justi
ficación cualitativa del poema.
Esta rápida ojeada no podía, naturalmente,
comprender sino las com posiciones más importantes del género, o una típica
entre varias, como el Romancero entre la Canción de Rolando, v Los Nibelungos;
si bien ninguna de ellas carece del mencionado móvil. Otras como el Ramayana y
la Teogonia de Hesíodo son ya monumentos religiosos y no les corres ponde, a
mi entender, la clasificación épica, si se acepta que ésta tiene como
prototipos los poemas homéricos. Por último, la Farsalia, no es sino un
episodio épico, y literariamente hablando, una creación retórica, aunque
tampoco le falte el consabido móvil: una lucha por la libertad, tal como lo
entendían, al menos, los republicanos de Pompeyo.
Otro elemento épico de la mayor importancia es la
risa, fenómeno más peculiarmente humano todavía que el llanto. Y es que la
expansión vital, por ella caracterizada, pone de suyo a la sensibilidad en
estado de impresionarse con las emociones generosas, es decir, de índole
correlativa. De aquí que para el poeta sea el grande agente modificador de las
costumbres: ridendo corrigo mores. La risa es un don de los dioses homé ricos,
y por esto la antigüedad no había vacilado en atribuir al primero de los dos
poetas, el poema burlesco de la guerra entre las ranas y los ratones: la
Batracomiomaquia cuyo título la define. Más cercano a noso tros, el Orlando
Furioso es otra creación completa en el género, como lo sería el Quijote, si no
estuviera en prosa. Caricaturas de la vida heroica, esas creaciones están,
pues, dentro de dicho género; y esto, no sólo por razón de estructura, sino
porque con la alegría, exaltan la función vital. Pero la vida heroica
resúltales indispensable. Lo que no existía era la combinación de ambas
creaciones en un solo poema; y con ella, preci samente, adquiere el nuestro
una excelencia singular.
La creación épica, no contribuye con ese resultado
moral, solamente, a la obra de la civilización. Su influencia estética es de
suyo, más directa. Los hombres se han civilizado espiritualmente, conservando y
desarro llando aquellos sentimientos que tornan agradable la vida, pero
también suprimiendo y modificando aquellos otros que la vuelven ingrata. La
civi lización es, ante todo, una lucha contra el dolor, enemigo de la vida;
pues el dolor existe, allá donde está la vida contrariada o desviada de su función
normal. Cada vez que el hombre experimenta una sensación o una emoción
agradables, tiende a prolongar dicho estado y a conservar en su medio
circunstante, así como en su propio ser, las condiciones que lo han producido.
La contemplación de las bellezas naturales, figura, a este respecto, en primera
línea. El espectáculo de las propias acciones, cuando éstas comportan una
amplificación favorable de la vida por el dominio de las fuerzas naturales,
viene después. El panorama interno de las emociones y de las ideas, constituye
su satisfacción superior de ser inteligente. Así nace también la obra de arte,
o sea la reproducción de aquellos espectáculos, con la cual se apropia el
hombre todo cuanto le ha interesado en ellos. Por esto reproduce primero en sus
toscos tallados de primitivo, el animal y la flor; después, la escena de caza o
de pugilato; por último, en los símbolos plásticos o fonéticos que constituyen
las Bellas Artes, propiamente dicho, aquello que escapa a la descripción
directa. Y con eso demuestra, al mismo tiempo, su voluntad de conservar la cosa
o el estado que le resultaron agradables. Semejante acumulación de ideas y de
sentimientos reproducidos por muchas generaciones, constituye los prototipos de
belleza, de bien y de verdad que llevamos en nuestro ser como una preciosa
milenaria herencia; de suerte que cuando el artista los evoca en nosotros por
medio de su obra, nuestro espíritu vive la vida de la raza entera bajo su
aspecto superior. Y de tal suerte, es obra de civilización la del artista. Así,
por ejemplo, cuando éste reproduce con su tela de cuatro pulgadas, la impresión
del mar y de los campos inmen sos. Ella está en nuestro espíritu, no en el
cuadro, que ni por su exten sión, ni por su situación de plano vertical, ni
por su inmovilidad, ni por sus indicaciones puramente convencionales como son
los diversos planos de la perspectiva, ni por su falta absoluta de luz, puesto
que todos los colores acumulados en él son sombras, aglomeraciones de mate ria
opaca, por nada de eso, reproduce, ciertamente, el mar ni los campos; aun
cuando nuestra impresión equivale a la realidad de todo aquello que en el
cuadro no está. Lo que está en el cuadro, es el don de reproducir aquellos
estados de nuestro espíritu, la cosa superior que nosotros no poseemos. Y por
la influencia de esta cosa sobre el conjunto de materia inerte que el cuadro
es, éste se transforma en materia espiritualizada. Ahora bien, la
espiritualización de la materia constituye el objeto mismo del arte. Por este
procedimiento, llegamos a la comunicación directa con la naturaleza y con
nuestros semejantes; es decir, a la máxima ex
pansión de nuestro ser, que es la tendencia
primordial de todo cuanto vive. Cuando el artista inmortaliza dicho “valor
vital”, fijándolo de una manera irrevocable en sus obras definitivas, ha
efectuado para la raza esta cosa divina y enorme: la negación de la muerte.
Ha hecho más el artista. Ha encontrado, exactamente
como el sabio, cuando éste descubre una ley de la naturaleza, la razón que
determina los fenómenos de la evolución de la vida. El solo hecho de descubrir
leyes naturales y comunicaciones directas con la naturaleza, cuyo plan estético
resulta ser, como el nuestro, la espiritualización de la materia, demuestra que
los fenómenos primordiales de la vida, o sea la adapta ción al medio y la
selección natural y sexual, siguen las mismas direccio nes de nuestra lógica;
pues de lo contrario, nos resultarían ininteligibles. El pensamiento humano
conviértese, así, en un aspecto de la ideación universal que determina la
evolución de la vida en nuestro planeta; por que basta considerar la
fisiología de este organismo enorme, con su po tente corazón de fuego, sus
movimientos complicadísimos en el espacio y dentro de sí mismo, la circulación
de sus aguas y de sus vientos, para comprender que la inteligencia, así sea
ella un producto de las combi naciones de la vida organizada, como lo quiere
el materialismo, o el motor causal de la vida, como sostienen los
espiritualistas, no puede ser una facultad exclusivamente humana. Ella existe
evidente, por otra parte, en los organismos inferiores al nuestro, según está
ya irrefragablemente comprobado; y por otra parte, cuando la aplicación de
nuestras leyes matemáticas produce el descubrimiento de un astro en determinada
zona de la inmensidad, esto demuestra que el astro en cuestión obedece a la
misma lógica de nuestro razonamiento, o sea que entendemos la evolu ción de
ese astro en el Cosmos, porque ella sigue la misma dirección de dicha lógica.
Establecido, así, lo más importante en el carácter
de la poesía épica, o sea el espíritu que la anima y le da su significado
trascendental, demos trando su u tilid a d docente sobre el espíritu de los
pueblos \ analicemos los rasgos exteriores que de ese estado espiritual
provienen por rigurosa consecuencia.
Cuenta primero la caracterización nacional,
expresada por la descrip ción del modo como siente y practica la vida heroica,
la raza del poeta; o dicho en términos complementarios, la manera como dicha
raza com bate por la justicia y por la libertad. Es que al representar estas
dos expresiones sendos valores positivos en lo moral y en lo material, exclu
yen de suyo las abstracciones temáticas. El carácter nacional no es nece sario
sino a este género de poesía; y de tal modo, que toda poesía empieza
1Los griegos, cuya vida práctica fue tan completa,
atribuían a los poemas de Homero más eficacia docente que a cua’quier tratado
de ciencia o de filosofía; y así, dichos poemas formaban el principio y el fin
de aquella cultura que les dio el dominio del mundo en todos los órdenes de la
actividad humana.
a ser épica, apenas resulta inevitablem en te
nacional. Así las Geórgicas de Virgilio, que no habrían existido fuera de la
agricultura romana \ Y es que en todos los otros géneros, el poeta canta o
describe emociones generales, de tal manera, que su poesía expresa la vida del
hombre con siderado como espíritu humano; mientras que, según he dicho, la
poesía épica es la expresión de la vida heroica de una raza: de esa raza y no
de otra alguna. No celebra ni canta la libertad y la justicia en abstracto, porque
entonces resultaría lírica, como aquella que las canta y las celebra a título
de principios humanos inherentes a todo espíritu; sino la manera como cada raza
combate por dichos principios. Además, como el objeto de la patria es asegurar
a cierta agrupación de hombres la libertad y la justicia en determinadas
condiciones, de donde resulta que cada patria es una entidad distinta, el
objeto primordial de la épica, encuéntrase, así, imperiosamente vinculado a la
idea de patria. Más que vinculado, re fundido con ella hasta formar una misma
cosa. Así lo entendían los griegos, que es decir, los hombres más inteligentes,
la raza que hasta hoy representa el mayor éxito humano; y por esto los poemas
homéricos re presentábanles el vínculo moral de la nacionalidad.
El segundo y último rasgo, es la inspiración
religiosa, o sea el recono cimiento que hace el héroe de entidades superiores
a las cuales atribuye la dirección trascendental del mundo. Porque la justicia
y la libertad, son incompatibles con el materialismo.
La más inmediata consecuencia de esta filosofía es
el egoísmo que limita toda la razón de nuestras actividades, a la defensa de la
vida per sonal; pues si todo acaba con la muerte, aquello es, sin duda, el
objeto más importante. Cualquiera percibe en esto una mera inversión del egoís
mo cristiano. Así como éste, por miedo al infierno y consiguiente anhelo de
gozar la bienaventuranza, sacrificaba toda la vida material, aquél sa crifica
el espíritu a los goces materiales que son la consecuencia del miedo al dolor.
Se dirá que el móvil y las aspiraciones cristianas eran más nobles. No lo creo.
Para los esclavos y los míseros que fundaron el cristianismo, así como para el
triste pueblo de la Edad Media (puesto que los señores no se ahorraban goces,
sabiendo que la gloria eterna habían de franqueár sela con sus doblas) la
eternidad feliz después de la muerte, resultaba ventajosa, comparada con los
dolores de una vida ya tan cruel.
1 No es difícil hallar en el poema virgiliano el
móvil genérico de la poesía épica. Recuérdese en el libro II el trozo que
comienza:
O fortunatos
nim iun, sua si bona norint
Agrícolas!
Y concluye así refiriéndose a los campos
cultivados:
...........................extrem a per illos
Justitia
excedens terris vestigia
fecit.
Para no recordar el tan conocido apostrofe del
mismo libro a la tierra cuya fecun didad engendra las mieses y los héroes:
Salve, magna parens frugum , Saturnia tellus, Magna
virum . . .
Por otra parte, si la determinación de todos los
fenómenos, entre ellos esa misma vida, reside en la fatalidad de fuerzas
ciegas, las nociones del bien y del mal resultan meros accidentes de nuestro
egoísmo; y la moral del interés, o sea, en términos cabales, la suprema
avaricia, viene a cons tituir la explicación de aquellas nociones cuyo
carácter de pre -ciencia causaba la estupefacción de Kant. Solamente la
infinitud estrellada, pro ducíale, a su propio decir, tanta maravilla como ese
sentido humano del bien y del mal. Todo despotismo es egoísta, en cuanto
refiere al bien personal la vida entera; así consista aquel bien en el
despotismo terrestre del super-hombre de Nietzsche, o en el cielo de los
cristianos. La justicia y la libertad constituyen principios religiosos, porque
son consecuencias espiritualistas: esperanzas supremas procedentes de la
creencia en nues tra propia inmortalidad. En el reino de la materia, magnitud,
peso y potencia son los supremos atributos que subordinan inexorablemente el débil
al fuerte por la fatalidad de la ley de fuerza; y este es el principio de
obediencia. Mientras en el reino del espíritu, los tres móviles supre mos son
verdad, belleza y bien, o sean los elementos constitutivos de la ley de razón
que todo lo dispone en proporción armónica; y este es el principio del orden.
La vida heroica, o sea el combate por la libertad y por la justicia, es la
actividad humana de esa armonía; y con ello, cosa espiritual de suyo: de suerte
que la poesía épica viene a ser un fenómeno religioso.
El lector habrá comprendido ya que no quiero decir
dogmático. Es indiferente, en efecto, que el héroe manifieste su sentimiento
religioso por medio de un culto, aunque así ha sucedido hasta hoy, y aunque sea
indudable que ciertos cultos predisponen a la vida heroica. Tal, por ejemplo,
el politeísmo de los tiempos homéricos. La vida heroica era tan completa en él,
que el héroe luchaba contra los mismos dioses, a causa de que en el concepto
primordial del destino, fundamento de aquellas creencias, la vida futura no
dependía de los dioses, sino de la conducta de cada hombre sobre la tierra. Los
dioses no eran sino agentes del des tino, o sea de la ley de causalidad.
Pero ese carácter religioso dimana de otra causa
profunda. Platón creía que obra perfecta de belleza es una creación
inconsciente, porque asignando al artista el atributo representativo de su
raza, aquél venía a ser como expresión sintética de toda vida superior en la
raza misma, un agente del destino, a semejanza de las deidades cuyo linaje
patentizá base en su condición de semidiós. Pues bajo el concepto
trascendental del Antiguo, tratábase, efectivamente, de un numen; por donde,
como es fácil comprender, venía a intervenir en su obra un elemento misterioso
que necesariamente debía imprimirle cierta religiosidad.
Lo evidente es que en dicha obra, como en todo
resultado de una evo lución superior, son muy diversos, y sin relación alguna
en apariencia, los elementos que han concurrido a formarla; de tal modo que en
su
propia condición magnífica de revelador, el poeta
es, en gran parte, un agente involuntario de la vida heroica por él mismo
revelada. Así, en su esencia y en su forma, la obra tiene mucho de impersonal;
y por esto, lo que se significa con el mito de la musa inspiradora, es el
espíritu de la raza al cual el poeta sirve de agente. Sólo que para esto — y
aquí queda reconocida la excelencia de aquél— , necesítase una profunda
identidad de condición divina entre el agente y la deidad.
Se ha discutido mucho la paternidad múltiple o
única de los poemas homéricos. El trabajo erudito resultante de uno y otro
postulado, permí tenos afirmar ahora que todos tienen razón. Para mí es ya
evidente que una serie de precursores, de pre- homéridas formó el ambiente
épico (lite ralmente hablando, se entiende) y muchos miembros truncos de la
compo sición. Homero hizo la obra, y le dio justamente su nombre, porque la
verdadera creación, consiste en ordenar los elementos que componen un organismo
vivente. La Divina Comedia es, como argumento, un episodio habitual a las
leyendas religiosas de la época precedente, hijas a su vez, pues tampoco hay
nada nuevo bajo el sol del espíritu, de los sueños filosóficos de la antigüedad
\ Inútil mencionar las imitaciones directas y confesadas como la Eneida, los
Luúadas y la Jerusalem. Sólo la presuntuosa originalidad moderna no ha
producido nada. Prefiere la esterilidad, antes que parecerse a Homero, como
Virgilio y como el Tasso. Entre tanto, las escuelas han hecho la gloria del
arte. Porque ni los mis mos dioses crean de la nada: lo hacen en el espacio
preexistente. . .
Tales son las causas del poema como fenómeno
intelectual y social:
platónicamente hablando, su verdad y su bien.
Como realización artística, como obra de belleza,
el poema debe dar este primer resultado sensible de su verdad: que sus
personajes adquieran vida real, como si existieran nacidos de mujer y de
hombre, y no de la creación poética; en tal forma, que ésta no parezca sino la
celebración de sus obras de vivientes. Así la verdad suprema que consiste en
existir, inmortaliza los prototipos de la raza, y con ellos el concepto de
libertad y de justicia cuyas personificaciones heroicas son.
En esto consiste la verdad artística que no
difiriendo esencialmente de la común verdad humana, es un fenómeno interno,
independiente del sujeto físico; mientras para la retórica, éste constituye
precisamente lo esencial, porque la retórica no crea belleza: la hace conforme
a cánones determinados, y de aquí su intrínseca frialdad.
La pintura de los maestros antiguos, hasta el
Renacimiento inclusive, demuestra esta doble afirmación con la ventajosa
eficacia de la plástica.
Sus personajes y sus retratos, cuando son perfecta
obra de arte, reve lan la ley fundamental de la creación estética que al ser
tal creación es
1 Los héroes y los iniciados, descendían al Hades
en estado de sueño. El des censo de Jesús al seno de Abraham, resulta una
operación análoga. Por último, el milagro de San Patricio es antecedente
inmediato del viaje dantesco.
también obra de vida: no parecen pintados, sino
existentes de suyo. Mas para alcanzar este grado de perfección el artista
necesita repro ducir la vida que está viendo, ser veraz, al expresar, así, lo
único que sabe positivamente; y entonces, describe figuras de tipo y trajes
anacró nicos, como los convidados a las Bodas de Cana del Veronés, que son
vene cianos contemporáneos del pintor y hasta amigos suyos retratados así. En
cambio, la vida, o sea la creación misma, lo esencial en la obra de arte, es
sorprendente. A esto hay no sólo derecho, sino deber de sacri ficar la
realidad, que es la materia pasajera.
El segundo éxito del poema, o sea el resultado
sensible de su bien, consiste en fomentar las ideas y los sentimientos nobles,
cual movimien tos inherentes a la emoción de belleza, aunque no estén expresos
ni sea ese el objeto directo de aquél; de tal modo que el lector se sienta
engran decido en cualquiera de sus facultades superiores: como el valor, el
entusiasmo, la piedad; o en todas ellas.
Su mérito estético dimanará, principalmente, de la
dicha que produz ca, desarrollando en la mente de su lector los prototipos
existentes de las cosas, o sea enriqueciendo la noción que aquél tiene de la
armonía uni versal en la cual figura como una cuerda en el concierto. El
artista, con su obra de arte, la afina y le saca una música nueva que tenía la
capa cidad de producir, pero sólo bajo esa sensibilización específica; y de
tal fusión en la armonía general, proviene su goce inefable. La obra de arte pone
al alma en estado de belleza, cuando por medio de su armonía peculiar consigue
que aquella entidad sienta en sí misma la unidad de la universal armonía; y esa
emoción es un estado divino, el único normal mente asequible sobre la tierra
porque en su goce coinciden las nociones arquetípicas de verdad, belleza y
bien, o sea la totalidad de la vida espiritual. La noción del bien está en la
perfección de la armonía; la noción de la verdad, en la realidad de su
existencia; la noción de la belle za, en su encanto. Cuando el artista nos la
torna sensible, poniéndonos en estado de belleza, toda la vida arquetípica
constituida por esos tres principios, preséntase simultáneamente a nuestro ser.
Y en esos mo mentos de vida superior con que nos mejora, estriba la
inapreciable utilidad del arte.
Las condiciones étnicas, geográficas y
climatéricas, producen pueblos distintos, que son, respectivamente, superiores
o inferiores. Del propio modo el artista, en virtud de leyes desconocidas hasta
hoy, nace con la facultad superior de descubrir en la belleza de las cosas, la
ley de la vida; y así representa para su raza, la superioridad de que ésta goza
sobre las otras. Ahora bien, como aquel descubrimiento es una ventaja, puesto
que de él depende el mejor uso, y con éste, el éxito de la vida, la pose sión
de un artista reporta a la raza un bien positivo de primer orden.
Vamos viendo, pues, que la poesía es una cosa de la
mayor impor tancia en la cultura de los pueblos. Y no olvidemos que el hombre
es el
máximo valor, hasta en materia económica. Las
tablas de las compañías de seguros calculan en cifras constantes el precio de
su vida. El es el primero de los elementos productores; y además, toda
producción depen de de su actividad inteligente, como todo valor está
determinado por sus aspiraciones necesarias o superfluas. Los griegos, cuya
vida perfecta con sistió en que todo lo hicieron perfectamente, siendo los
mejores comer ciantes, los mejores soldados, los mejores colonizadores, los
mejores gana deros, agricultores, industriales y navegantes que podamos
concebir, fueron también los mejores filósofos y artistas. Como educadores, no
sólo consiguieron aquel resultado único de vida, sino que aún nos instruyen. Y
bien, toda su educación física, intelectual y moral, basábase en la esté tica.
Ellos sostenían prácticam ente, que leer a Homero era el mejor modo de empezar
la educación de una vida tan eficaz como lo fue la vida griega. De tal suerte
alcanzó Atenas aquel prodigio de civilización irra diante, aquel imperialismo
suyo que representa la máxima desproporción entre la pequeñez material de los
medios y la magnitud, también mate rial, del éxito. Así Venecia repitió el
caso histórico \ Así la contem poránea Inglaterra presenta el fenómeno más
parecido a aquéllos, culti vando su elemento más precioso de energía y de
superioridad, el gentle-man, en la familiaridad de Shakespeare. Esto lo sabe
todo gobernante inglés. Porque la obra de Shakespeare es la imitación del
perfecto caba llero que Inglaterra exige para dejarse gobernar; vale decir
para confiar su nave mercante y guerrera. El arte supremo del piloto, es para
Ingla terra la poesía de Shakespeare, como lo era para los griegos, y esto,
direc tamente hablando, la poesía de la Odisea.
Entonces el verso, o sea el lenguaje habitual de la
epopeya, nos mere cerá análogo respeto. El género exige, desde luego, un verso
sencillo y armonioso, noble y robusto: un verso cuyo movimiento recuerde con su
resuelto desembarazo, el largo paso del león. Y tal es el hexámetro de los
antiguos, el endecasílabo de los modernos. Pero el verso de arte menor soporta
igualmente la lengua épica, como puede verse en las versiones modernizadas del
Romancero, Lo que pierde en majestad, gá nalo en sencillez, y esto es
preferible siempre; porque todo grande arte social, como la epopeya, la ópera,
la arquitectura pública, deben bus car los medios conducentes a la
popularidad. El ser demasiado lite rarios y con ello exigentes de una cultura
especial en el lector, es el defecto capital de la Eneida y de los poemas del
Renacimiento. Cosa análoga sucede con la arquitectura y con la música, desde
aquel tiempo.
El verso de arte menor, no es, tampoco desconocido
en la épica tradi cional. Todos los romances pertenecientes al ciclo de la
Tabla Redonda,
1 En la época de su mayor esplendor, Atenas tuvo
180.000 habitantes. Venecia, también en su apogeo, no alcanzó a los 200 .000.
Florencia tuvo 150 .000 de población urbana y 500.000 en todo su territorio,
cuando su banca y su política dominaban a Europa. La Confederación que Atenas
constituyó, como resultado de su imperialismo, llegó a comprender 247 estados.
están compuestos en metro parecido. Y luego, éste
era el lenguaje poético del pueblo, en el cual tenía que expresarse,
naturalmente, un paladín popular. El canon retórico, que pretende limitar la
expresión épica al hexámetro y al endecasílabo, es una prescripción de
eruditos, empeñados en decretar bajo leyes inamovibles, la imitación homérica.
No tiene otro objeto ni otra razón; pues allá donde existan ideas y
sentimientos épicos, que es decir, vida heroica expresada con el lenguaje
musical que cons tituye la poesía, materialmente hablando, hay poesía épica,
quiéralo o no la retórica.
Ahora bien, el lenguaje reducido a su esencia
original, a su valor ex presivo, a su carácter de instrumento útil, no es más
que música y metá fora: toda palabra es la imagen de una persona, cosa o idea;
y por lo tanto, los representa ante los hombres, tan realmente como si los
trajese a su alcance; pues hablar significa tornar sensibles e inmediatos los
movi mientos ocultos de nuestra mente a que llamamos ideas, y los objetos que,
sin la palabra, necesitaríamos traer materialmente para que nos sirvieran como
puntos de referencia o de comparación. Al mismo tiempo, el fenómeno fonético
que constituye la materialidad de la palabra, es un valor musical, un canto
llano, susceptible de notación armónica, con forme lo demuestra el verso, pues
éste no es un lenguaje distinto, sino en cuanto se sujeta a un ritmo especial.
Recordemos, ahora que la poesía está formada de
imágenes y de mú sica: que no es sino esto. Con lo cual tenemos reducido el
lenguaje a un fenómeno poético: el lenguaje, es decir, el valor humano por
excelencia, el instrumento primordial de toda sociedad y de toda civilización,
porque es el órgano de relación directa entre los espíritus. El canto llano
corriente ahora entre nosotros como lenguaje común, es, seguramente, la poesía
de bardos antiquísimos, que dieron nombre a las cosas por medio de la imagen y
de la música, aplicando, luego, este sistema metafórico a los términos
abstractos que denominan nuestras ideas. La palabra m ente, por ejemplo,
proviene de la raíz sánscrita man, pensar. Pero man signi fica también hombre,
como en el inglés que ha conservado la palabra genuina. Es evidente que el
vocablo primitivo, no significó más que este último, así como que debió
provenir, a su vez, del sonido natural mama con que se inicia el lenguaje
infantil, y que resulta de una reduplica ción de los movimientos labiales de
la lactancia. En latín clásico, mamma significa teta. La primera ocurrencia del
niño que tiene hambre, es pedir de mamar, repitiendo el movimiento
característico. Así proceden también los animales. El perro que quiere
conducirnos a un lugar determinado, donde ha descubierto un herido, por
ejemplo, hace el ademán de ir y venir entre nosotros y aquel sitio. La palabra
primordial y característica del hombre, es, pues, mama. Con ella se hizo, desde
luego, el nombre de la madre; y obsérvese cuánta poesía contiene este simple
hecho natural de ser tal nombre la primera palabra. Luego, por medio de una
sencilla
contracción, m am , pronto transformada en el
sonido más fácil m an, designóse al hombre, el procedente de la madre. Luego se
dio al atributo humano por excelencia, el mismo nombre, con un significado más
justo aún que en la famosa palabra cartesiana: pienso, luego soy hombre. Y
cuando esto pudo suceder, el lenguaje estuvo formado. La muerte, a su vez,
llamóse mar (de donde marasmo') y sirvió de radical a uno de los calificativos
fundamentales del género humano en griego: méropes, que significa literalmente
mortales. Luego vinieron materia, o sea la gran madre, mater-ia, maia, o la
tierra, mar o el total de las aguas cuya ondulación describe la letra m que
existe en todos los alfabetos bajo ese carácter primordial; y por último, el
grande espíritu rector de los hom bres, el primer legislador de la humanidad,
llamóse Manú. Los nombres primordiales del universo, resultaron de esta primera
palabra: mama. El descubrimiento de las relaciones trascendentales de las
cosas, sensibi lizado y aproximado por la metáfora; la imagen materna que esas
palabras van repitiendo; el valor musical que las diferencia, son todas
operaciones poéticas. Sólo la imaginación, la facultad de crear imágenes, ha
podido producir ese resultado. Y se trata, precisamente, de la facultad poética
por excelencia.
Si hemos de inferir por analogía el pasado
prehistórico en el fenómeno que la historia nos permite comprobar, la poesía no
ha dejado de ser el elemento esencial en la evolución del lenguaje.
Los poemas homéricos habían formado definitivamente
el idioma he leno. Todos aquellos que no hablaban correctamente el lenguaje de
dichos poemas, eran los bárbaros. El latín se transformó en los actuales roman
ces que son nuestros idiomas latinos, por medio de la poesía. De empezar a
cantarlo en coplas, con otros ritmos que los clásicos, es decir, adaptán dolo
a las tonadas regionales, provino la transformación. La rima, desco nocida por
el latín clásico, constituyó, precisamente, el otro elemento. Las primeras
lenguas romanas, fueron habladas en verso. El verso estuvo siempre a la cabeza
del movimiento evolutivo, como lo demuestran La Canción de Rolando y el
Romancero. Antes que en ninguna otra parte, el francés y el castellano de hoy,
encontrábanse ya en aquellos poemas. Ellos popularizaron esos nuevos idiomas,
autorizando con el cuño del arte los elementos populares resultantes de la
deformación del latín por los indoctos, y de su mestización con los dialectos
regionales. Sin esa intervención del elemento superior y original: la poesía,
la barbarie dia lectal habría permanecido inmóvil, como la tierra donde
arraiga el árbol; pues éste es el elemento activo de transformación, al
representar una vida superior respecto a la tierra. Por último, la Divina
Comedia formó definitivamente el italiano, sólo con tomar como vehículo el
dialecto de la Toscana. Así convertido en obra de arte, fue el organismo
superior destinado al triunfo.
De esta suerte, la poesía que transforma un idioma
en obra de arte, lo impone con ello entre los organismos vivos de la misma
naturaleza; y como el idioma es el rasgo superior de la raza, como constituye
la patria en cuanto ésta es fenómeno espiritual, resulta que para todo país
digno de la civilización no existe negocio más importante que la poesía.
El hombre vale más positivamente hablando, cuanto
más culto es; porque así produce más. Y toda la cultura es asunto de lenguaje.
Toda la cultura; porque ciencia, arte, política, guerra, comercio, dependen de
la ejecución de fórmulas y de órdenes que no son sino palabras. La dignidad de
la especie humana proviene de esta misteriosa subordina ción de su espíritu a
la poesía, así definida como la emoción original, y también como la primordial
moción del ser humano. Misteriosa, por que si yo veo un elemento natural, en
aquel simple sonido m am a de la boca infantil, creo también que ello no es un
resultado casual de la organización de la materia en forma humana; antes me
parece que las inteligencias creadoras del hombre, dieron a su boca la forma
necesaria y a su instinto la inclinación debida, para que al impulso de la
nece sidad, produjeran naturalmente aquellas voces, en la cual Ellos preveían
todas las trascendencias posteriores.
Con estas palabras que vuelven a recordarnos la
predestinación del poeta como elemento representativo de la vida heroica en su
raza, voy a terminar las pasadas reflexiones sobre la poesía épica. Sólo me
resta una cosa que añadir: la composición del poema épico es, por aquella misma
circunstancia representativa, una tarea heroica; y en su conse cuencia un acto
singular, con frecuencia extraño a la vida normal del poeta. Así son, por otra
parte, todos los heroísmos: episodios aislados en la existencia del héroe.
Actos que éste parece haber ejecutado fuera de sí, al resultar sobrehumanos. Es
que quien los comete en ese momento, es su deus interno, sin más relación con
el individuo físico, que la de la mano con el bastón. Milton ciego 1 y
Beethoven sordo, son dos indica ciones trascendentales. La condición divina
del genio, apareja el goce de la luz sin necesidad de ojos y de la música sin
necesidad de oídos. Porque es en el espíritu donde realm ente existen toda
música y toda luz, nadie ha visto como ese ciego y nadie ha oído como ese
sordo. Ellos no dominaron tan sólo, en su totalidad, el espectáculo del
universo percep tible; que sólo por dominarlo así, lo describieron mejor que
nadie. Vieron y oyeron también lo que nosotros no podemos ver ni oír: la maravilla
de la divinidad, presente en aquella sombra y en aquel silencio. Sombra
estrellada como la noche detrás de las nubes interpuestas. Silencio con
tinente de toda música, porque fue un punto de comunicación con el infinito.
1 Elijo a
Milton y no a Homero, por su mayor realidad histórica (sábese que la misma
etimología del nombre Homero, puede significar, además de ciego, rehén, poeta y
compositor) y porque el bardo inglés fue especialmente el cantor de la luz:
Hail,
holy Light! off
spring of Heaven
firstborn!
EL HIJO DE
LA PAMPA
El gaucho fue el héroe y el civilizador de la
pampa. En este mar de hierba, indivisa comarca de tribus bravias, la conquista
española fra casó. Ella había civilizado las montañas, asentando en sus
mesetas, el frescor adelgazado ya en vértigo, los Potosíes y los Quitos; o
topografiando en audaz catastro los mismos escoriales de volcán, con las tapias
de sus Guatemalas y sus Pueblas. Llevó a aquellos montes desordenados donde
señoreaba Luzbel, agua de bautismo que les quitara la posesión. Metió cuña al peñasco
para destriparlo de su oro y de su plata, o le insinuó con el azogue activo
como una sierpe de hechizar, la química avidez de las amalgamas. Por sus
cubiletes fulleros pasó la mitad del sol desgranada en topacios, y la mitad de
la luna cuajada en perlas. Que el mar fue primero, en verdad, el fortunoso
corcel de su audacia.
Había también el conquistador domeñado la selva que
embrujaban leyendas y vampiros; pronta la espada contra los endriagos custodios
de tesoros hespéricos; o contra los tártaros de Kubilay -Kan, que allá cerca
andarían; o contra el huracán del ave Roe, que se alza un toro en las garras; o
contra las doncellas amazonas del seno dispar y de la pierna elástica cuya
eventualidad pregustaba en ventura su urgente celibato; o todavía contra la
aparición de ángel candente que vigila el Paraíso. . .
¿No estaría, acaso, alguno de los cuatro afluentes
edénicos, entre aque llos ríos perfumados como Salomones, del perpetuo abrazo
que dan a las ínsulas floridas?
Solamente con la pampa no pudo la conquista. Ni sus
elementos no bles, el soldado y el misionero, ni su cizaña vagabunda, el
gitano, logra ron establecerse allá. Atravesáronla sable en mano como
Hernandarias de Saavedra, o crucifijo al pecho como el jesuíta Falkner; o
intentaron que darse como la chusma de Egipto, sin conseguirlo más que sobre
la desier ta costa atlántica, en las cuevas del Carmen de Patagones. Todo eso
no tuvo más importancia que el surco de los barcos en el mar. La barbarie
pampeana continuó irreducida en su dominio. Allá hubo de robustecerse, al
contrario, con la posesión de un nuevo elemento: el ganado introdu cido por
los europeos. Allá empezó a abandonar el estado nómada que la caza aborigen
habíale impuesto con su ilimitado vagar, para constituir se en rudimentaria
confederación y hasta en monarquía pasajera, cuando requeríalo así tal cual
empresa combatiente; pues la instalación de los conquistadores prodújole una
industria en el saqueo sistematizado de las poblaciones cristianas, dando, por
otra parte, permanencia a la guerra. La invasión de aquellos establecimientos,
el malón, constituyó su “tra bajo”. Así mantúvose en beligerancia contra el
invasor, cuyo dominio no reconoció jamás. A diferencia de lo que pasó con los
indios de Mé-
xico y del Perú hubo de exterminarse a los de la
pampa, combatiéndolos cuatro siglos. El fracaso de aquella conquista, fue, pues
completo. Sólo consiguió que la salvajez del indio se volviera en parte
barbarie, lo cual agravaba todavía su oposición.
El obstáculo principal que ofrecía la pampa, era su
vaga inmensidad, y con ello, la falta de objeto para las expediciones lanzadas,
así, al vacío. Los indios retirábanse siempre, hacia el fondo del desierto,
hasta las rampas de la Cordillera donde empezaban aquellas selvas de ciprés que
parecían vejetar el bronce, y aquellos altos lagos que las reflejaban con una
diafanidad de luz en su engaste de ventisqueros. Sobre los bloques de nieve y
de azur, fortificados en fábrica de torreón, imperaba la le yenda más ardua
que todos los obstáculos, con sus monstruosos bueyes, que eran, quizás, los
últimos milodones \ sus brujos que provocaban el fuego celeste para labrar en
la piedra del rayo hachas y amuletos 2, y hasta aquellas Ciudades de los
Césares, que al centelleo de la siesta, tem blaban quiméricas en el aire de la
soledad 3.
La montaña agregaba a ese influjo, otro
impedimento: el médano de arena, que desde la falda desarrollábase hacia el
mar, devorando la fertilidad con su árida lengua. En efecto, la Cordillera,
arrecife que fue del prehistórico Mar Andino, dio base al levantamiento de las
tierras pampeanas, fondo, a su vez, de aquel mar, resultando, así, dichas
tierras una prolongación de su falda4. La parte superior de aquellos Andes,
consiste en asperones de fácil detrimento, que parecen ruinas fantásticas. Son
escombros, por cierto, y la arena en que se disgregan, extiéndese bajo la doble
acción indicada y la de los vientos cuya dirección oriental es constante, pues
el mar se halla demasiado lejano para enviar hasta allá ráfagas compensadoras.
Así, entre la pampa fértil y la montaña,
1 En una caverna de la Pategonia (Seno de la Ultima
Esperanza), hallaron en 1897, según creo, restos de cuero paquidérmico, huesos
revestidos en parte de tegumentos y de pellejo, y estiércoles pertenecientes al
Milodón o Gripoterio. El estado de aquellos despojos, que, removidos, exhalaban
todavía olor de podredumbre, acusaba una data asaz reciente. La disposición de
la caverna, en la cual había cenizas y otras huellas de establecimiento humano,
dio motivo a suponer que se trataba de un establo prehistórico.
2 El culto del hacha de piedra y su leyenda, fue
común a toda la Araucania, lo mismo que a la región calchaquí del Norte. En
Centroamérica y en México, el vulgo llama también a las hachas prehistóricas de
piedra, “piedras de rayo”. Exac tamente lo mismo pensaban los griegos y los
etruscos.
3 Circuló mucho entre los conquistadores, y ello
hasta finalizar el siglo xvn, la leyenda de que en la Cordillera austral,
existían grandes y ricas ciudades cuyas torres habían alcanzado a ver algunos
aventureros extraviados. Llamábanlas de los Césares, porque, según parece, el
primero que las vio fue un capitán español de apellido César.
4 Recuerdo mi primera impresión al llegar a C
ovunco, en el Neuquén: Ese ha sido un golfo del mar andino seguramente, dije a
mi compañero de viaje el inge niero D. Juan I. Alsina, no bien alcanzamos a
divisar aquel pintoresco seno de la montaña. Al otro día tuvimos la
confirmación de aquella ocurrencia. En el fondo del supuesto golfo antiguo, hay
un banco formado enteramente de almejas fósiles.
media el desierto arenoso donde no hay agua
superficial, ni puede mar char, sin fatigarse, el caballo de otra comarca.
Comprendiendo la ventaja que le ofrecía ese
obstáculo natural, el indio supo aprovecharlo con maña. Su escuela de guerrero,
fue, puede decirse, la gimnasia del desierto. Este lo disciplinó para la lucha,
com pletando, así, la contraproducente influencia de la conquista. Con ello,
los toldos temporales transformáronse en tolderías. Las aguadas y las abras
pastosas hacia donde era necesario encaminar los arreos para que no sucumbieran
a las consecuencias de una agitada travesía, fijaron la barbarie en poblaciones.
Estas necesitaron, a su vez, un rudimento de gobierno, naturalmente determinado
por la jerarquía militar, puesto que la guerra era para ellas el todo. Y con
eso, la barbarie tornóse también de resistente en agresora, los grupos
combatientes en pequeños ejércitos que la mayor movilidad de la caballería
permitió reunir, presentando de tres a cuatro mil lanzas.
Si el indio fuera capaz de civilizarse, aquello
habría podido adelantar. Pero sucedió como en las Misiones guaraníes. Llegado a
cierto punto de bienestar, que consistía en la seguridad de la alimentación,
quedó paralizado por el ocio constituido en felicidad suprema, sin ningún estí
mulo personal de progreso, sin curiosidad ante la naturaleza ni ante los demás
hombres, sin esa tendencia a la amplificación de la simpatía engendrada por el
gozo de vivir. Porque esas razas sin risa, lo cual es significativo, nunca
gozaron de la vida. Sus satisfacciones asemejábanse a la hartura taimada de la
fiera. Todo en ellas era horrible, física y moralmente hablando. Sus mismas
diversiones consistían, por lo común, en espectáculos sangrientos. Por eso, ni
el toldo dejó de ser la antigua madriguera en las poblaciones estables, ni el
régimen de la familia, ni las creencias religiosas, se modificaron. Hasta el
modo de comer, no obs tante la abundancia producida por los malones,
permaneció idéntico. La degollación de la res, engendraba el antiguo movimiento
de precipi tarse a beber la sangre, que, en el nómada carecido, es una forma
de economía. El desaseo espantoso, el arte rudimentario del tejido y de la
joyería, no variaron en tres siglos de abundancia y de victoria.
Fuera de algún traje militar que los caciques
revestían por lujo, el hombre conservó su desnudez untada de grasa y a veces
decorada por tatuajes faciales. La mujer sustituyó con una manta azul y otra
roja las antiguas pieles de guanaco o de ciervo, si bien llevándolas de
idéntico modo: la primera envuelta desde el nacimiento del seno hasta las rodi
llas; la segunda de rebozo. Las sartas de chaquiras habían reemplazado como
adorno del pelo, a las antiguas bayas y semillas del bosque; en cambio, las
ajorcas, brazaletes, broches, zarcillos y sortijas, conservaban el mismo tipo
que nos revelan las sepulturas prehistóricas. No copiaron a los blancos ningún
juego, salvo el carnaval; pero lo corrían apedreán
dose y boleándose con trozos de carne cruda, o
exprimiendo a guisa de chisguetes, para salpicarse con sangre, los corazones de
las reses.
A pesar de su transformación en jinete exclusivo,
de tal manera que todo trabajo redújose para él al cuidado de su caballo, y
aunque la utilería de hierro introducida por los blancos, algo modificó también
su arma mento, la táctica del indio permaneció estacionaria. Montado,
consistía para él en el mismo semicírculo envolvente que los cazadores a pie
for maban, para ir cerrándolo progresivamente en el ataque.
No se recuerda más rasgo de ingenio bélico, que el
de soltar en direc ción de los tiradores aislados a pie por algún percance,
parejas de bagua les acollarados con las puntas de un lazo, que conservando,
así toda su longitud, cimbraba tremendo al ímpetu de la carrera. Los animales,
pre viamente espantados por un barullo infernal, atropellaban, ciegos, derri
bando cuanto caía bajo la cuerda, que en sus bruscos estirones cercenaba
miembros y matorrales como una cimitarra descomunal. Más de una cabeza voló así
decapitada.
Repito, pues, que la conquista sólo consiguió armar
al indio con más eficacia contra la civilización.
Semejante superioridad de aquél en su medio,
planteaba, pues, la lucha implacable, y estableció con solidez alarmante aquel
feudalismo patagón, confederado de hecho con la antigua Araucania. Esta le dio,
en efecto, su mejor núcleo guerrero y hasta sus caciques más famosos, como el
fiero Calfucurá. Era la comarca originaria, el país de la lengua y de la
hechicería maternas. Cuando la industria del malón quedó definiti vamente
establecida, constituyó también el intermediario entre los gue rreros de la pampa
y los hacendados de Chile, con quienes aquéllos negociaban el sobrante de sus
rapiñas. Los cautivos fueron también artículo comercial, y vendidos como
esclavos, salvo las mujeres jóvenes que los indios se reservaban, iban a morir
trabajando bajo dura servidum bre en los fundos de la nación transandina.
Aquel problema no tenía otra solución que la guerra
a muerte, pues la civilización no podía ofrecer al indio nada superior a los
malones como medio de vida.
Todos los instintos y pasiones de aquél, hallábanse
así satisfechos. El odio al invasor, la guerra, la aventura, la presa, la
haraganería opulenta y harta, la mujer ajena y el alcohol. Por esto eran
falaces todos los tra tados de paz, que los indios aceptaban para obtener
presentes, pero que nunca les convenía respetar. La paz habría sido, en efecto,
su ruina, al comportar la supresión de aquel estado bárbaro que constituía el
progre so ideal del indio. Cuantas ventajas podía ofrecerle la civilización,
resul taban inferiores, al estribar su adquisición en el trabajo detestado más
que la muerte.
Un detalle de la mayor importancia psicológica
precisará todavía aquel antagonismo con la civilización: a pesar de la
profusión de guitarras
en los hogares campesinos que los indios saqueaban,
éstos no las adopta ron. Solamente en los últimos años de la guerra pampeana,
empezaron algunos a tocar el acordeón cuyo desapacible chillido cuadraba más a
sus preferencias musicales. Sus orquestas componíanse habitualmente de broncas
cornetas, cajones y tarros percutidos a guisa de tambores, botellas y frascos
en los cuales soplaban: todo ello sin ninguna idea de armo nización. Sus
danzas eran más bien rondas mágicas, en las cuales solían caer muertas de
cansancio las mujeres que las ejecutaban, sin poder franquear el círculo de
lanzas formado a su derredor.
Entretanto la civilización por medio de la
ganadería, su único órgano entonces, procuraba extenderse sobre el desierto que
el indio defendía a su vez con la confianza de un éxito secular; y nada hay tan
conmo vedor en nuestra historia, como ese penoso avance que fue durante años y
años una especie de ascetismo combatiente. La ocupación definitiva de la
Patagonia, resultó, pues, una verdadera “conquista del desierto”.
Ahora bien, lo único que podía contener con
eficacia a la barbarie, era un elemento que participando como ella de las
ventajas locales, llevara consigo el estímulo de la civilización. Y éste es el
gaucho, producto pintoresco de aquel mismo conflicto.
El malón era, en efecto, un contacto casi
permanente de los indios con los cristianos fronterizos, que pertenecientes a
la raza blanca, llevaban la doble ventaja de su carácter progresivo y su mayor
capacidad de adap tación. Esto, y los repelones inherentes a la guerra de
sorpresa que el indio hacía, diéronles también la experiencia del desierto, la
fe en el caballo, la amplificación del instinto nómada. Españoles recién
salidos del cruzamiento arábigo, la analogía de situación en una vida tan seme
jante a la de los desiertos ancestrales, reavivó en su ser las tendencias del
antepasado agareno; y su mezcla con aquellos otros nómadas de lla nura,
acentuó luego la caracterización del fenómeno.
Faltos de mujeres, los conquistadores habían tomado
a los aborígenes
vencidos las suyas; pero como fuera de las tribus
que se retiraron al abrigo
de la Cordillera
y del desierto circunvecino
aquéllos fueron extermi
nados, la sangre española preponderó luego en los
mestizos, apellidados,
por lo demás, como sus padres. a virtud de dos circunstancias,
Preponderó,
sin purificarse del todo,
la primera de las cuales consiste en la mayor persistencia del elemento
de color, por lo que respecta al pigmento
epidérmico y capilar, y a las
pasiones
dominantes. La otra
dimanó de que
habiendo concluido tan
pronto la conquista
en el Plata,
muy luego vinieron mujeres
blancas;
de suerte que la diferencia social no tardó en
establecerse con los mestizos, así obligados a unirse entre ellos. Pero en las
poblaciones fronterizas la carencia persistió, y la mujer siguió constituyendo
un botín de guerra
por mucho tiempo todavía. La mestización resultó,
pues, más enérgica en las fronteras \
Agregábase a esta circunstancia, otra no menos
importante. Los con quistadores, incapaces de dominar al indio, debieron
muchas veces pactar con él reconociéndole posesiones situadas a muy pocas
leguas de Buenos Aires. Esto duró hasta la primera mitad del siglo xvm , cuando
aquéllos empezaron a violar dichos tratados de paz para reivindicar, así,
campos que ya iban siendo valiosos. Los indios respondieron, por venganza, con
algunas depredaciones, lo cual sirvió de pretexto para intentar sin amba ges
su expulsión. El mariscal de campo don Juan de San Martín fue el instrumento de
aquel propósito. Las matanzas con que intentó extermi nar a las tribus, hasta
entonces amigas y aun aliadas contra los bárbaros más indómitos de la
Araucania, transformaron la hostilidad latente y los malones, esporádicos hasa
entonces, en la gran guerra de la pampa, así empezada por su expedición de
1788. Duró, pues, aquélla, ciento cuarenta y un años, hasta la conquista del
desierto ejecutada por Roca.
Los mestizos, menos aptos para el trabajo de las
ciudades donde el negro los reemplazaba en el servicio doméstico que era casi
la única forma de la actividad plebeya, al no existir industria, trasladábanse,
natural mente a la frontera que así vino a constituir su terreno natural; y de
tal modo empezó a formarse la subraza de transición tipificada por el gaucho.
Algunos pocos quedábanse en las ciudades, dedicados
a las faenas de matadero y al manejo de carros; pero sobre ser muy escasos,
dadas la pequeñez y la paralización de aquellos centros, dichas actividades
acer cábanlos al fronterizo, constituyendo una mera extensión de la ganadería
rural: beneficio de las reses, manejo del caballo y transporte de la corambre.
Por otra parte, el orgullo que heredó con la sangre
fidalga, y la inde pendencia del indio antecesor, apartaban al gaucho de las
tareas serviles, sobrellevadas fácilmente por el negro. Despreciaba en éste la
sumisión, como la falsía en el mulato, haciendo valer por buena, con sencillo
pun donor, su descendencia de las razas viriles. Llevábala acuñada en su ros
tro de cetrina magrura, generalmente barbado con dignidad, en su cabello
nazareno, en sus ojos de fiera rasgadura, en la franqueza de su porte; y también,
porque ésta es otra condición de superioridad, en su timidez comedida.
La afición al caballo, que exalta con vivacidad
valerosa el individua lismo, según puede verse en tipos tan diversos como el
beduino y el inglés; el dominio de la pampa cuyo descampado ofrece la severidad
heroica del mar, mientras su magnificencia de horizontes, la inmensidad
1 La ley española prohibió muy pronto que entraran
a la nueva colonia hombres casados sin sus mujeres. La precaución era buena;
mas permaneció letra muerta, en la campaña sobre todo.
del cielo en que aísla al jinete, infunde el hálito
libertador de la cumbre; la lidia con el ganado bravio en verdadero esfuerzo
combatiente; el peligro de la horda salvaje; el desamparo de aquella soledad
donde cada cual debía bastarse, resumiendo las mejores prendas humanas:
serenidad, coraje, ingenio, meditación, sobriedad, vigor; todo eso hacía del
gaucho un tipo de hombre libre, en quien se exaltaba, naturalmente, a
romanticismo, la emoción de la eterna aventura. Y he aquí su diferencia
fundamental con el indio, al cual imitaba los recursos que dan el dominio del
desierto.
Aquel estado sentimental constituía por sí solo una
capacidad de raza superior: la educación de la sensibilidad, que,
simultáneamente, amplifica la inteligencia. Con ello, el gaucho poseía los
matices psicológicos que faltan al salvaje: la compasión, a la cual he llamado
alguna vez suavidad de la fuerza; la cortesía, esa hospitalidad del alma; la
elegancia, esa estética de la sociabilidad; la melancolía, esa mansedumbre de
la pasión. Y luego, las virtudes sociales: el pundonor, la franqueza, la
lealtad, resu midas en el don caballeresco por excelencia: la prodigalidad sin
tasa de sus bienes y de su sangre.
Todo ello, por supuesto, en un estado primitivo,
que oponía escasa resistencia al atavismo salvaje; de tal modo que, con la
guerra, tornábase fácilmente cruel; con la ira, brutal; con la desgracia,
misántropo.
A esta índole contradictoria, en la cual
predominaba, no obstante, el romanticismo, sus dos antecesores habían legado
sendos defectos: el ocio y el pesimismo. Su capacidad de trabajo, enorme en
cuanto al vigor físico, fallaba como fenómeno de voluntad, no bien producía lo
necesario para cubrir las necesidades inmediatas. Su resignación a las
condiciones infe riores en que nacía, resultaba fatalismo. Y entonces sus
reacciones contra la sociedad hostil no eran más que arrebatos individuales.
Paladín desplazado, la tendencia peculiar de hacer
y hacerse justicia por sí mismo, no podía ejercitarse sino en rebeliones contra
la autoridad o contra la propiedad del rico; la comezón de hazañas había de
satisfacerse con la provocación de los valientes cuya fama llegaba hasta él, y
con los cuales, después de haberlos buscado, peleaba sin odio, por puro amor a
la gloria; el romanticismo aventurero, daba, naturalmente, en la poética
sugestión de cantar desdichas, con el tema de amor por gala, más que por inquietud
pasional; la jactancia gallarda, insinuando el despecho de la condición
inferior, aparentaba una maliciosa humildad que era la antí frasis de la
vanagloria; por último, la pobreza específica constituía una prenda de
libertad, y facilitaba al propio tiempo la vagancia, que no es menos una
condición de paladín: el “caballero andante” por definición.
La vida del hogar fue, así, rudimentaria para el
gaucho; y de consi guiente, baladí en su alma el amor de la mujer. Esto
constituía su infe rioridad, la herencia más dañina del indio antecesor. El no
fue amante, sino de la libertad. En la concubina o en la esposa, veía solamente
la
hembra deprimida por las tareas, para él
indignas, de la domesticidad.
Sobre ella caía el desprecio del nómada hacia los
seres sedentarios.
Ella, por su parte, india también en esto,
resignábase sumisa, fincando el honor de su casa y de su maternidad en el
estoicismo de su conducta; reservadamente orgullosa con la fama varonil de su
hombre, que es decir, enamorada al modo de las hembras primitivas, hijas del
rigor. El aisla miento en que vivía, equivalente a la reclusión de todas las
civilizaciones sensatas, y la aceptación de la supremacía viril, engendraban la
fidelidad, de otro modo tan difícil, y con ella el amor a los hijos exagerado en
extrema ternura. Su vida amorosa era breve y precoz. Apenas sonroseada por el
envero de la nubilidad, el destino entregábala ingenua, con la pasividad de los
seres primitivos, al llamamiento de la naturaleza. Su coquetería era instintiva
a la vez, como en el pájaro la muda primaveral. Un poco lánguida a la puerta
del rancho, bien almidonada la única ena gua de puntillas, alisado en crencha
el pelo bajo el moñito rosa, y las mejillas pintadas con el zumo de la
margarita carmesí; o volviendo lenta por el sendero del pozo, con el cántaro
que la coronaba como un orna mento escultural, prolongada así desde el tobillo
desnudo en la sandalia, una línea de elegancia antigua, cuyo resalto acentuaban
con firmeza ju venil los senos engreídos de esfuerzo; o diligente en el
corral de las eclógicas ordeñas, o industriosa en el telar, chillón de maderos
y de colores: tal la veía y la requebraba el galán, pronto victorioso, porque
era el esperado del destino nupcial. Y con aquel episodio acababa para ella
todo acicalamiento, a menos que diera en mujer libre por rarísima ex cepción.
Desde entonces, la falda lisa, el lacio corpiño, el rebozo y las trenzas a la
espalda, constituíanle una especie de uniforme. Su honorabi lidad consistía en
anularse ante el varón.
Su belleza era efímera también, lo cual constituye
otro defecto de mestizo. Después del primer hijo que un momento la acentuaba,
como la maca aumenta el sabor frutal, sobrevenía sin transición la rudeza
labriega. Y esto lo mismo en la chinita campesina, en la zangarilleja aldeana,
hasta en la moza regalona, que a fuer de rubia o de primogénita, sólo ponía sus
manos en el banzo del ojalado y en las albahacas del jardinillo damil.
Era el hombre quien representaba la elegancia, con
ese donaire ge nuino que da el goce de la vida libre. Jinete por excelencia,
resultaba imposible concebirlo desmontado; y así los arreos de cabalgar, eran
el fundamento de su atavío. Su manera de enjaezar el caballo tenía, indu
dablemente, procedencia morisca; pero acentuaba más la armonía lineal del
bruto, desembarazando su silueta, aunque con ello comprometiera la estabilidad
de la montura. La belleza le importaba más que la utilidad. Tomó, por esto, la
costumbre de ensillar en medio del lomo, lo cual carga el peso del jinete sobre
los riñones del animal y no sobre la máxima resistencia de la cruz; pero es,
que, así, destacábanse con más gallardía los escarceos del cuello y la acción
de las manos, resultando, también,
más erguido el jinete. Por análogo motivo,
suprimióse de la equitación el gran trote que obliga a inclinarse sobre el
arzón delantero, y se alargó consecutivamente los estribos, hasta dar al jinete
la mayor elegancia en la más decidida verticalidad. Como el gaucho debía llevar
en la montura su cama y buena parte de los enseres domésticos, procuraba
disminuirla en un bulto integrado cuanto fuera posible con la masa del animal.
A este fin, la pieza que todo lo cubría fue el “sobrepuesto”, ancho trozo de piel
curtida, o el “cojinillo” formado de hilos lacios como cerdas. La cincha hubo
de ensancharse hasta abarcar casi todo el vientre; y esto, con la ya citada
costumbre de ensillar a mitad de lomo, daba al ajuste notable desembarazo. Las
riendas y la jáquima o bozal, muy delgados, aligeraban en lo posible el jaez,
cuyo objeto no era contener ni dominar servilmente al bruto, sino, apenas,
vincularlo con el caballero, dejándole gran inicia tiva. Así, el manejo del
caballo gaucho dependía más del discurso que de la habilidad mecánica,
consistiendo en unas cuantas direcciones sola mente insinuadas y casi
imperceptibles. No estaba aquél, como en Euro pa, adiestrado para ciertas
habilidades automáticas, fuera de las cuales consérvase hasta indómito; sino
profundamente educado por el desarrollo de la voluntad, con la que debía
responder a las más inesperadas solici taciones de su jinete. Era innecesario,
pues, correrlo a poder de espuela, ni ocupar las dos manos para su violento
manejo, ni temer que se quedara pertérrito ante cualquiera sorpresa. La
supresión de la gualdrapa de la retranca y del pretal, poco útiles, por lo
demás, en la llanura, contribuía al mismo objeto. Sólo se conservó, porque era
un adorno, la testera de rapacejo cuyos colores fueron durante la guerra civil
distintivos parti darios; mas la cabezada, en su conjunto, subrayaba los
perfiles equinos acentuándolos con enérgica vivacidad. La tusa daba una
esbeltez más concisa al cuello. Todo aquel arreglo tendía a resumir la plástica
de la equitación en las líneas largas de la velocidad; así como el paralelo
efecto útil que con ello se buscaba, consistía en reservar el caballo para los
repentes de la aventura. Había de ser muy blando de boca; dócil a la indicación
conjunta de las riendas en una sola mano; pronto para el ga lope y la carrera;
de mucho aguante en estos pasos acelerados. Después, sobrio como su dueño, y
pundonoroso hasta la muerte. La sangre arábiga, que él también tenía,
contribuyó poderosamente a su formación.
Fácil es percibir en todo ello la combinación de
los elementos orientales y caballerescos que introdujo la conquista.
El “fiador” o collar del cual se prendía el
cabestro cuando era ne cesario “atar a soga”, es decir, de largo, para que el
caballo pastara, figura en el jaez de una antigua miniatura persa, que lleva el
número 2.265 del Museo Británico; y en el Museo de la India, en Londres,
repítenlo pro fusamente las láminas de la obra mongola Akbar Namali que es del
siglo xvi. Persa fue igualmente la montura de pomo delantero encorvado que
conocemos con el nombre de “Mexicana” : algunas tuvieron en Oriente
la forma de un pato con el pecho saliente y la cola
erguida. El freno y las espuelas a la jineta, proceden también de Persia;
naturalmente, que por adaptación morisca en nuestro caso, y refundido cada
detalle en un conjunto de pintoresca originalidad. Por lo demás, es sabido que
el arte de cabalgar y de pelear a la jineta, así como sus arreos, fue
introducido en España por los moros, cuyos zen etes o caballeros de la tribu
berberisca de Benú Marín, diéronle su nombre específico. Así, jin ete,
pronunciación castellana de zanete, fue por antonomasia el individuo diestro en
cabalgar.
La estrella de la espuela, fue, en cambio,
invención caballeresca del siglo xiv, llevada en el xvi — el siglo de la
Conquista— a su máxima complicación \ El nombre de “nazarena” que daban
nuestros gauchos a sus espuelas de rodaja grande, parece indicar procedencia
oriental; a me nos que recordara, metafóricamente, la corona de espinas de
Jesús de Nazaret. El pesado látigo con pomo de fierro, proviene, sin duda, de
los antiguos flagelos de pelea. Las monturas enchapadas de plata, que llamaban
“chapadas” por antonomasia, fueron también del siglo xvi. Los fustes de la
silla de armas que usaban los paladines, hallábanse cubiertos con chapas de
acero que recibían el nombre de “aceros de silla” y de “chapas” por excelencia,
pero, ya en tiempo de los romanos, las gruperas, que equivalían a nuestros
arzones, solían estar adornadas con filetes de plata. La carona de piel de
tigre recuerda los ribetes del mismo material que adornaban las gualdrapas de
acero en ciertas armaduras del siglo xvi. A la misma época pertenecieron los
grandes estribos de plata que nuestros gauchos llamaban “de brasero” o “de
corona” por su forma característica. En las comarcas andinas usábase mucho el
estribo asturiano en forma de cobre, también incrustado profusamente de plata.
Las anchas cinchas taraceadas con tafiletes de color, son moriscas y húngaras
hoy mismo. Parecido origen atribuyo al “tirador”, cinto de cuero bordado o
adornado con monedas, que todavía portan los campesinos húngaros, rumanos y
albaneses. La influencia pintoresca de los gitanos paréceme evidente en estas
últimas prendas.
Análogos bordados y taraceos solían adornar los
guardamontes usados por los gauchos de la región montuosa. Aquel doble delantal
de cuero crudo, que atado al arzón delantero de la montura, abríase a ambos
lados, protegiendo las piernas y el cuerpo hasta el pecho, no fue sino la adap
tación de las adargas moriscas para correr cañas, que tenían los mismos adornos
y casi idéntica hechura: pues eran tiesas en su mitad superior y flexibles por
debajo para que pudieran doblarse sobre el anca del animal.
1 Tengo
una vieja espuela de fierro, procedente de San Luis, enteramente igual a otra
inglesa del siglo xvi que se halla en la colección del Museo Victoria y
Alberto, en Londres. No puedo citrr su número, porque la instalación donde la
vi cuando visité aquel museo era provisional. Ambas tienen la típica estrella o
rodaja de ocho puntas que caracterizó la evolución de esta pieza, transformando
en es puela, propiamente dicho, al primitivo acicate.
En cambio, los gauchos no montaban a la jineta, que
es el uso de estribar corto, sino a la brida, o sea en posición vertical, como
queda dicho, y con las piernas extendidas del todo. Este uso provenía de los
caballeros armados cuyas grebas dificultaban la flexión de las rodillas, y fue
también peculiar a la caballería ligera. Las monturas gauchas perte necieron a
los dos tipos preconizados por aquellas dos artes de equitar: altas de arzón, o
a la jineta, en el centro y en el norte; bajas, o a la brida, en la región
netamente pampeana. Estas últimas llamábanse y eran so meros bastos sin
cabezadas ni borrén. Las de diario solían no tener estribos, o llevaban uno
solo que era una ación con un nudo en el cual se apoyaba el jinete para montar
cogiéndolo entre los dedos del pie. La manera de arrendar con sólo dos bridas
cuyo peso bastaba para ir conte niendo el caballo, por lo cual cogíanlas muy
largo con la mano izquierda únicamente, fue también caballeresca. Así puede
verse en estatuas ecues tres de los siglos xv y xvi, tan notables como la del
G attam elata y la del Coleone. En cambio, el modo de llevar las riendas
pasadas por entre el índice y el pulgar de la mano ligeramente cerrada, es
morisco.
Completaban la decoración de aquel aparejo las
“pontezuelas” y las “copas” o brocos del freno: prendas de plata labrada, como
los ya citados estribos cuya forma era la de un esquilón, las espuelas, el
látigo, las virolas, y hasta las argollas del arnés: todo ello abundante,
macizo y con cierto carácter de armadura que recordaba la procedencia original.
En el romancero del Cid 1 y en el romance fronterizo del recobro de Jaén 2,
hallamos estos rasgos semejantes:
Espuelas
llevan jinetas
y los frenos plateados.
Cuánta
de la espuela de
oro,
cuánta
estribera de plata.
Las correas hallábanse sustituidas también por
trenzados cilindricos de cuero crudo lo cual era más sólido y elegante a la
vez. De ahí salió toda una industria local, como debía suceder dadas la
abundancia de la materia prima y la importancia del caballo.
El gaucho habíase creado, asimismo, un traje en el
cual figuraban elementos de todas las razas que contribuyeron a su formación.
La pri mera manta que algún conquistador se echó por entre las piernas para
suplir sus desfondados gregüescos, formaría el chiripá. La misma etimo logía
compuesta de este vocablo quichua, así lo prueba; pues significa literalmente
“para el frío”; así como por análoga razón de suplencia, llamamos “sobretodo”
al gabán. Después notaríase que aquella rudimen taria bombacha abierta,
facilita la monta del caballo bravio. El calzoncillo
1 “Reto de los dos zamoranos”. — Versiones de
Escobar, Timoneda y 48^ de Wolff.
2 72 de Wolff.
adquirió una amplitud análoga; y los flecos y
randas que le daban vuelo sobre el pie, fueron la adopción de aquellos
delantales de lino ojalado y encajes, con que los caballeros del siglo xvn
cubrían las cañas de sus botas de campaña. Mas, para unos y otros, el origen
debió ser aquella bombacha de hilo o de algodón, que a guisa de calzoncillos,
precisa mente, llevaron en todo tiempo los árabes \ El ancho cinto, formado de
monedas fue todo el adorno posible, a la vez que el único capital seguro en
aquellos desamparos; pues el dinero era tan escaso, que constituía una
verdadera joya. He mencionado ya la prenda análoga de los campesinos
balcánicos. Una canción albanesa, dice a su vez: “levántate capitán Nicola;
ciñe tu talle con placas de plata”. El cuchillo pasado a la cintura, solía
tener de dicho metal su cabo y su vaina. Advertiré que estas prendas eran
también de macicez suntuosa, pues había cintos o tiradores cuyo valor pasaba de
trescientos pesos (mil quinientos francos). Su broche, llamado rastra, estaba
formado por un disco central de plata labrada, a veces incrustada de oro, y
tres yuntas de patacones que componían la botonadura. Preferían para la hoja
del facón, gran cuchillo de monte y de pelea, el acero rígido de las limas de
herrero. Aquellas hojas solían ostentar divisas caballerescas, en tosca letra y
peor ortografía:
Q uen a m i
dueño ofendiere
de m í la venganza espere.
No necesito agregar que el telar doméstico surtía
todas las prendas de vestir, consistentes en picotes, bayetas y lienzos urdidos
con el rudo vellón de la oveja pampeana; pero la tarea del huso industrioso, y
los vivos colores indígenas, daban a esas telas interesante calidad. El cuero
del jarrete caballar sirvió de flexible bota, igualmente cómoda para la equita
ción bravia y los largos galopes que hinchan el pie 2. Los dedos sobresalían
desnudos como en los em bas de las Dianas clásicas, para coger entre el pulgar
y el índice, el nudo echado a la ación en vez de estribo, o el asa de este
último, que iba colgando suelto. Los primitivos pastores griegos usaban,
precisamente, botas análogas. He mencionado ya las espuelas que recibían el
nombre de nazarenas. Habíalas que pesaban hasta tres kilo gramos de plata. La
cigarrera o guayaca, que solía ser también escarcela, consistía en una vejiga
de vaca o en un buche de avestruz teñidos con azafrán y enjaretados con cintas
de colores como al adminículo seme jante a los gitanos. Era, asimismo, prenda
pintoresca el yesquero, formado por una cola de armadillo o por un cuernito
aboquillados con plata.
1 De ahí procedieron los zaragüelles análogos de
Valencia y de Murcia, por su etimología y por su hechura.
2 Los niños calzaban a guisa de zapatos, orejas de
yegua sacadas en forma de bolsa. Había también el tamango, trozo enterizo de
cuero atado sobre los tobillos. Las botas citadas llamábanse "botas de
potro”, y no es acaso importuno recordar a su respecto las ocreas o grebas de
los caballeros, que en la primera Edad Media fueron, a veces, de cuero crudo.
La camiseta abofellada, la chaqueta andaluza, el
sombrero chambergo o de media copa a manera de capacho, el poncho heredado de
los vegueros de Valencia completaban aquel conjunto de soltura y flexibilidad.
Y como el gaucho conciliaba estas fundamentales condiciones de elegancia, con
la armonía natural a lo que es genuino en un medio cualquiera, su tipo adquirió
de suyo la más aventajada expresión viril.
Era de verlo por la pampa amarillenta, embebida al
infinito en la tela del horizonte donde se hundía, recién volada de su laguna,
la garza ma tinal, al galope del malacara o del obscuro cuyo ímpetu rebufaba,
tascando generosos fervores en la roedura de la coscoja. A la luz todavía
tangente del sol que iba tendiéndose por la hierba, rubio y calentito como un
jxmcho de vicuña, el corcel parecía despedir flámulas de color en arre bato de
antorcha. Empinado el sombrero ante las posibles alarmas del horizonte, y con
ello más abierta la cara al cielo, el jinete iba sorbiendo aquel aire de la
pampa, que es — oh gloria de mi tierra— el aroma de la libertad. Hundíase el
barboquejo de borlas entre su barba negra que escarpaba rudamente los altos
pómulos de bronce. Animábase, hondo en su cuenca, el ojo funesto. Flotaba
tendido en golilla sobre la chaqueta largo pañuelo punzó. Entre los flecos del
calzoncillo rebrillaba la es puela. Otro rayo del sol astillábase en la
cintura sobre la guarda del puñal.
Trotaba al lado suyo, con la acelerada lengua
colgándole, el mastín bayo erizado de rocío. Aquí y allá flauteaba un terutero.
Y aquel aspa viento del ave, aquella lealtad del caballo y del perro, aquella
brisa per fumada en el trebolar como una pastorcilla, aquella laguna que aún
con servaba el nácar de la aurora, llenaban su alma de poesía y de música.
Raro el gaucho que no fuese guitarrero, y abundaban los cantores. El pa yador
constituyó un tipo nacional. Respetado por doquier, agasajado con la mejor
voluntad, vivía de su guitarra y de sus versos; y al clavijero de aquélla, el
manojo de favores rosas y azules, recordaba, supremo bien, las muchachas que
para obsequiarle habían desprendido las cintas de sus cabellos.
Sus matrimonios eran uniones libres, si bien
estables con frecuencia, por generosidad del varón y mansedumbre de la mujer.
Sus creencias reducíanse a unas cuantas supersticiones, sin mayor influjo sobre
la vida habitual. Tal cual breve oración, como el B endito, servíale para
encomen darse a Dios en los trances duros; temía vagamente a los aparecidos; y
el diablo, que según la tradición habíase medido como payador con el
1 Como procedencia inmediata; pero los monjes
benedictinos usaron durante la Edad Media, para resguardar el hábito en los
trabajos rurales, verdaderos ponchos de lienzo cuyo recuerdo meramente
simbólico persiste en los actuales escapularios y casullas. Las prendas
rudimentarias como el poncho, el chiripá y la bota de potro, pertenecen, más o
menos, a todos los pueblos de escasa civilización. A veces son regresos, como
el chiripá respecto a la bombacha morisca. Añadiré que el aba clásica de los
árabes, no es sino un trozo de tela rayada abierto por el medio para pasar la
cabeza. De ahí saldría la pieza análoga de los vegueros valencianos, lo propio
que los ya mencionados escapularios.
legendario Santos Vega, no le resultaba muy
temible, como se ve. El cura de campaña, no tenía cómo imponerle tampoco mayor
religiosidad, al ser con harta frecuencia su compañero de jolgorio.
Así no respetaba moralmente sino el valor,
cultivado con pasión caba lleresca. Cuando los valientes concertaban un
desafío por el gus'.o de vistear (ejercitar la vista) o de “tantearse el pulso”
el vencido pagaba una copa que su contendor recibía cubriéndole de elogios e
invitándole a ser virse primero. Las injurias que habíanse prodigado en el
combate, no eran sino recursos de pelea, como el grito en la esgrima italiana.
Cargado el cuerpo sobre la pierna derecha, bajo el puñal, arrollado el poncho
en el brazo izquierdo, así peleaban con frecuencia a pie firme. Lo mismo Ber
nardo del Carpió en el romance:
Revolviendo el m anto al brazo,
la espada
fuera a sacar.
Los espectadores formaban círculo, y nadie
intervenía sin que hubiese sangre. Cuando uno de los combatientes quedaba en el
terreno, su rival solía encomendarlo a Dios con una oración, pidiendo, al
partir, que lo enterrasen en sagrado.
Aquel conjunto de prendas, definía, pues, la
civilización de la pampa y el mérito del gaucho. Por otra parte, la misma
configuración del país, aseguraba a este último la superioridad futura sobre el
indio. Mientras éste confinábase a la pampa, propiamente dicha, sin procurarse
en sanche alguno fuera de la eventualidad predatoria, el gaucho ocupó toda la
llanura argentina: lecho del antiguo mar que parecía encresparse aún en la
ondulación de aquel pajonal de ochocientas leguas. Así su ca rácter fue idéntico
por doquier, reportando esto una ventaja singular para la unidad de la patria.
El gaucho de Güemes, como el de Rosas, ofrecen el mismo tipo, con sólo ligeras
variantes de atavío y de jaez, la llanura dilatada desde el fondo de la
Patagonia hasta los campos del Chaco boreal, formó la tela de sus aventuras.
Con sangre gaucha y con rocío del cielo fueron pintándola los pinceles del
pajonal.
La eficacia del gaucho consistía, pues, en ser,
como el indio, un ele mento genuino de la pampa, aunque más opuesto a él por
igual razón, del propio modo que en el mismo suelo brotan la hierba letal y el
simple que suministra su antídoto. Su sensibilidad resultaba simpática al bien
de la música que el alma salvaje desconocía. Su pundonor era una prenda
caballeresca. Su rapacidad, desprecio de paladín a la riqueza que ava salla;
pues lo cierto es que nunca robaba para guardar. Su apropiación indebida, era para
satisfacer una necesidad, con frecuencia urgente. Y también un acto de justicia
por mano propia contra el rico. De aquí la tácita conjuración con que los
campesinos resistían a la autoridad, agente de aquél.
Si se recapitulan los elementos de este estudio,
fácil será hallar en el gaucho el prototipo del argentino actual. Nuestras
mejores prendas fami
liares, como ser el extremado amor al hijo; el
fondo contradictorio y romántico de nuestro carácter; la sensibilidad musical,
tan curiosa a pri mera vista en un país donde la estética suele pasar por
elemento des preciable; la fidelidad de nuestras mujeres; la importancia que
damos al valor; la jactancia, la inconstancia, la falta de escrúpulos para
adquirir, la prodigalidad, constituyen rasgos peculiares del tipo gaucho. No
somos gauchos, sin duda; pero ese producto del ambiente contenía en potencia al
argentino de hoy, tan diferente bajo la apariencia confusa producida por el
cruzamiento actual. Cuando esta confusión acabe, aquellos rasgos resaltarán
todavía, adquiriendo, entonces, una importancia fundamental el poema que los
tipifica, al faltarles toda encarnación viviente.
Y como se trata de un tipo que al constituirse la
nacionalidad fue su agente más genuino; como en él se ha manifestado la poesía
nacional con sus rasgos más característicos, lo aceptaremos sin mengua por
antecesor, creyendo sentir un eco de sus cantares en la brisa de la pampa, cada
vez que ella susurre entre el pajonal, como si estirase las cuerdas de una
vihuela. . .
III
A CAMPO Y
CIELO. . .
He
descrito, naturalmente, al
gaucho, bajo su aspecto prototípico,
o
sea en el estado de mayor prosperidad para esta
subraza adventicia, cuan
do acabó de formarse al finalizar el siglo xvm .
Producto definido sin nin
guna
contrariedad, en un
medio que tenía absolutamente por
suyo,
pronto había llegado a la posible perfección dentro
de aquél. Subsistiría,
mientras las condiciones ambientes permanecieran, y ello
no había de
durar; pues al ser la pampa el inmediato elemento
de expansión para la
civilización ciudadana, ésta la transformaría, no
bien saliera de la quie
tud colonial, hasta convertirla, como es hoy,
en la comarca rural más
adelantada
de la República. Su desaparición
es un bien para
el país,
porque contenía un
elemento inferior en su parte de sangre indígena;
pero su definición
como tipo nacional
acentuó en forma irrevocable,
que es decir, étnica y socialmente, nuestra
separación de España, cons
tituyéndonos una personalidad propia. De aquí que
el argentino, con el
mismo tipo físico y el mismo idioma, sea, sin
embargo, tan distinto del
español. Y es que el gaucho influyó de una manera
decisiva en la for
mación de la nacionalidad. Primero,
al ser como queda
dicho el tipo
propio, el elemento diferencial y conciliador a la vez entre el
español
y el indio, el habitante peculiar del nuevo país
incorporado a la civili
zación por la conquista: carácter importantísimo,
desde que no pudiendo
ella substituir completamente al aborigen, éste quedaba como elemento
inerte
en su servilismo,
según aconteció allá
donde las tribus
se so
metieron, o se aislaba con análogo resultado, en irreducible hostilidad.
De ambas maneras, la consecuencia habría sido esa
españolización exclu siva que tanto contrarió en otros países la consumación
de la indepen dencia. Y aquí viene, lógicamente, el segundo caso de la
influencia gaucha en nuestra formación. Gauchos fueron, efectivamente, los
solda dos de los ejércitos libertadores; siendo natural, entonces, que el
contacto durante esa guerra de diez años, determinara aquellas tendencias
políticas tan peculiares de la sucesiva contienda civil, e influyera sobre la
clase superior investida con el mando. Dicha guerra, dada la acción preponde
rante de la caballería en las batallas y de la montonera en las resistencias
locales, resultaba, por cierto, una empresa gaucha: el arte peculiar de aquel
jinete formado en la resistencia y para la resistencia contra el indio, el
ganado cerril, las privaciones de la naturaleza y del destino. Por último, la
lucha intestina cuyo desenlace fue la organización del país, lo cual prueba que
dicha inquietud constituyó el proceso de este fenómeno, fue de suyo la guerra
gaucha. El gaucho se puso a defender contra la civilización transformadora,
aquel medio donde había nacido y prosperaba, comprendiendo instintivamente, o
sea como entienden los incultos, que su existencia dependía de la estabilidad consuetudinaria.
Por eso estuvo con los caudillos cuya política pretendía mantener las
costumbres de la antigua colonia en la república nominal. Y como los caudillos
pertenecían a la clase superior, la compenetración resultó más evidente. Pero a
esto contribuyeron, desde que la subraza empezó a for marse, otras condiciones
cuyo estudio nos pondrá de nuevo en aquella época.
La pampa que engendró al gaucho, habíale también
enriquecido, faci litándole la adquisición de aquellas cosas que para él
constituían la for tuna; rancho mudable en esa extensión abierta como un campo
de pastos comunes; ganado a discreción, orejano, es decir, sin dueño
habitualmen te; contrabando provechoso para adquirir los trapos de su mujer y
las prendas de su atavío.
Favorecidos por el clima, la abundancia de forraje
en la llanura y la falta de fieras, los caballos y vacas que abandonaron los
conquistadores cuando sus primeros contrastes, habíanse multiplicado sin tasa.
Constituían dula innumerable a los indios que
habitaban la costa de las sierras, y a los gauchos, naturales de la frontera
opuesta, trashumando al azar por los campos materialmente indivisos, cuyos
títulos suplían con visuras y orientaciones a rumbo el inútil escuadreo. La
falta de cercados difíciles de construir por carencia de elementos locales,
impidió todo deslinde; y como aquel ganado sólo servía para comer y montar,
siempre daba de sobra, habiendo tanto.
Cuando atraídos por su abundancia, empezaron a
llegar buques con trabandistas en busca de los cueros, la corrida a campo
abierto, verdadera montería en la cual no faltaban ni las peripecias
dramáticas, pareció más adecuada que la domesticidad. Entonces los ricos de las
ciudades,
dueños
de aquellos campos
por
herencia o por
merced, fundaron en
ellos ranchos que les sirvieran de albergue cuando
iban a encabezar tales
expediciones,
congregando en torno de
esos paraderos algunos gauchos
adictos. No se podía ni pensar en comodidades, si
la misma ciudad ofre
cíalas tan poco; seguro, por lo demás, que
habríalas tornado inútiles aquel
trabajo consistente en las específicas
habilidades gauchas de la equita
ción, a bien decirlo, bravia, los azarosos
galopes en busca del aguadero
o pastizal preferidos por las manadas, y el
consiguiente pernoctar a campo
raso. Con ello, el patrón se igualaba hasta ser uno
de tantos, proviniendo
su
dominio de la
superioridad varonil que
le reconocieran. Como
la
moneda escaseaba mucho, los peones tenían por salario
una parte del
botín, poco valioso, después de todo, en aquel
comunismo de abundan
cia; de suerte que su dependencia respecto al
patrón, era, ante todo, un
arrimo por simpatía. Ella
estribaba, pues, en que aquél fuese
“el más
gaucho”, y bajo tal concepto, fomentábala él
mismo, sabiendo que sólo
así, retendría a su servicio aquellos hombres.
Además, como dichas corre
rías daban por mejor producto el contrabando de
corambre, operación
delictuosa, y como los arreos solían incluir en su
masa gregal los bienes
del vecino, ello tornaba cómplices a sus autores,
aboliendo más aún toda
distinción
social. El menosprecio
a la autoridad,
contribuía también,
teniendo por
causa ese mismo negocio intérlope, cuyo
éxito trisecular
constituyó la única ganancia apreciable, la única circulación de
riqueza
y el único órgano de relación para la colonia.
Intervenía,
por último, en
aquel fenómeno igualitario,
otra razón,
contradictoria en apariencia. Los gauchos aceptaron, desde luego, el pa
trocinio
del blanco puro
con quien nunca
pensaron igualarse política
o socialmente, reconociéndole una especie de poder
dinástico que residía
en su capacidad urbana para el gobierno. Con esto, no hubo conflictos
sociales ni rencores, y el patronazgo resultó un
hecho natural. He aquí
otra inferioridad que ocasionaría la extinción de
la subraza progenitora;
pues quien de suyo se somete, empieza ya a
desaparecer.
Aquellos patrones formaban, por lo demás, una casta
digna del mando.
Cierto día, al obscurecer, el traspatio de la casa
solariega, frecuente-
mente
prolongado en quinta,
animábase con un
tropel de caballo.
El
perro
guardián ladraba con
gozo en la
punta de su
cadena. Sonaba
luego, marcialmente remachado por la espuela, un
paso varonil. Era el
padre
que volvía a los
dos o tres meses de
ausencia en el
desierto,
curtido como un pirata bajo su barba
montaraz. Sólo en la frente que
el sombrero protegió, parecía sonreír un resto de
noble blancura. Dijé-rase que el bronce del trabajo abollábase en aquellas
manos cuya rudeza enternecía a la esposa. En el tufo de su cansancio, flotaba
todavía una exhalación de barbarie.
Narraba con parsimonia las escenas del desierto,
más de una vez tintas en sangre. Todo el barrio enviábale mensajes de
bienvenida. En la corres
pondencia que iba recorriendo, pasaban respetables
membretes de Lon dres, citaciones del senado, alguna esquela confidencial del
presidente de la República; pues tales hombres, caudillos de gauchos en la
pampa, eran a la vez los estadistas del gobierno y los caballeros del estrado.
Así, Mitre fue en su juventud domador de potros; Sarmiento, peón de mina.
Maestros en las artes gauchas, éranles corrientes al mismo tiempo el inglés del
Federalista y el francés de Lamartine. En sus cabeceras solían hallarse bien
hojeadas las Geórgicas. El italiano resultábales habi tual con la ópera que
costeaban a peso de oro. Las dificultades casi desesperantes de aquellos rudos
años, no les impidieron codificar con sabiduría el derecho, organizar la
hacienda, escribir la historia al mismo tiempo que la hacían. Aquese, era
bachiller de Córdoba y compadre de cacique; estotro, canónigo eminente por su
elocuencia y su saber, había sido capitán de granaderos a caballo.
Frecuentemente cantaban en la guitarra sus propios versos. Mi suegro, hombre de
duros lances con la montonera, solía llevar en el bolsillo de su pellón un
diccionario de la rima. . .
Al contacto de la civilización, su urbanidad
aparecía por reacción vir tual como el brillo de la plata. Tostados aún de
pampa, ya estaban comentando a la Patti en el Colón, o discutiendo la última
dolora de Campoamor entre dos debates financieros. Quién habría sospechado las
aventuras y las tareas que acababan de acometer, al verlos cortejar con tanta
gallardía, charlar con tanta espiritualidad, sonreír a la vida con tanta
placidez bajo la barba peinada. Encanecidos con frecuencia por sesenta y más
años, sus cabezas no sugerían sino el reposo jovial de esa blancura que es la
juventud del mármol; y en tesoro de mocedad iba prolongando su existencia la
familia unida y numerosa, como la gradería que conduce del pórtico al jardín.
No había sino una cosa más exquisita que aquellos
caballeros, y lo eran sus señoras: damas de palabra fina y espíritu vivaz,
fieles como la espada, fuertes en la claridad de su decoro como el diamante
ante la luz: vida y amor transubstanciados en la misma abnegación, como la
resina y el fuego en el aroma del incienso encendido. Su maternidad valerosa
tenía por único límite una vejez fresca como la espuma; y así parecían florecer
de otro modo, dijérase que aterciopeladas en la suavidad de sus ojos benévolos.
Y hermosas, vive Dios!. . . La gracia americana perfeccionábase en aquel jardín
de azucenas rubias y de rosas morenas. Así compuesta de elegancia y de
esplendor, todavía realzábase con una languidez de luna en la nobleza del
jazmín, y con una pulgarada de sol en la pimienta del clavel.
La solidez de la dicha doméstica y la multiplicidad
intensa de seme jante vida, constituyeron un tipo de ciudadano capaz, tal cual
era nece sario para transformar en democracia viable aquella paradoja de repú
blica sin pueblo. La oligarquía así formada abusó, a no dudarlo, en
virtud de su
propia fatalidad. Las elecciones
reducidas a escamoteo u
oficializadas con cinismo, lejos de expresar la
voluntad nacional, auto
rizaban solamente la ocupación de los puestos
públicos. La política no
significaba, en suma, sino una competencia entre
los oligarcas. Esto evitó,
sin embargo, los rencores profundos, como era, por
otra parte, natural
entre hombres de la misma clase y con frecuencia de
la misma familia.
Las ferocidades de la contienda
civil que sucedió a la
independencia,
explícanse por el hecho de haber sido aquélla una
guerra social: la des
composición de la unidad colonial,
en la confederación semibárbara
de los caudillos. aquella oligarquía tuvo la inteligencia y
el patriotismo
No obstante,
de preparar la democracia contra su propio
interés, comprendiendo que
iba en ello la
grandeza futura de
la nación. Así
supo constituir por
esfuerzo
enteramente propio, con
individuos exclusivamente suyos,
los
fundamentos
de la sociedad
democrática: la instrucción
pública, la
inmigración europea, el fomento de la riqueza y la legislación liberal.
Los resultados están a la vista. El asombroso
progreso alcanzado en un
siglo, realizóse bajo esa oligarquía. Malos y
buenos, todos los directores
de aquel fenómeno salieron de ella. Basta eso para demostrar que
fue,
en
suma, un gobierno inteligente, por no decir un buen gobierno, lo
cual nada de extraño tendría; pues la historia, en
coincidencia con casi
todos los pensadores, desde Aristóteles hasta
Renán, demuestra que los
mejores gobiernos suelen ser las oligarquías
inteligentes. entre los
Ello no disculpa,
por lo demás,
ninguno de sus
errores,
cuales figura la extinción del gaucho, elemento
precioso de la nacionalidad.
Pero sigamos estudiando nuestra subraza. en el Plata, la
naturaleza
Un siglo después de
iniciada la conquista
y el físico español colaboraban de un modo ya
definitivo en la formación
del tipo gaucho.
He dicho que en la colonia era sumamente escasa la
moneda. Tampo
co había agricultura, hallándose prohibido el
cultivo de viñas y olivares
para que no compitiesen con los de España. Ya
sabemos, por otra parte,
en qué consistía la explotación ganadera. Carecíase
enteramente de arte
sanos y de industria. Estaba suprimido el comercio de
exportación. Los
cambios
efectuábanse en especies.
Instrucción pública, no
existía nin
guna. La
religión limitábase a substituir con
una grosera idolatría de
imágenes, las supersticiones indígenas. La
inmoralidad era general, mul
tiplicándose, con este motivo los bastardos, o sea,
en gran parte los ele
mentos de la subraza en cuestión.
Así, la libertad y la igualdad fueron productos
naturales en la tierra
argentina.
La misma esclavitud resultó
muy suave, pues
al no existir
industria, tampoco apremiaba como en las minas y
los yerbales, el rendi
miento del trabajo. Las relaciones con los
contrabandistas, pertenecientes
a países protestantes, fueron engendrando una
cierta tolerancia práctica,
o mejor dicho, escepticismo, fomentado aún por los
regodeos de la pam posada frailería, que runflas de mulatillos sacrilegos
patentizaban en la ranchería parroquial. La escasez de nobleza, consecutiva a
la falta de minas, única fuente de fácil opulencia entonces, dignificó al
comercio; y es cosa significativa que nuestro primer jefe de Estado, Don
Cornelio Saavedra, fuera comerciante. Al finalizar el siglo xvm , no había un
solo mayorazgo en Buenos Aires. El comercio estaba mucho más difundi do que en
Lima, con ser esta última ciudad la metrópoli sudamericana. En cambio, para más
de mil doscientos coches y calesas con que contaba la capital del Perú, la
nuestra tenía quince o veinte. Mientras los perua nos abundaban en condes y
marqueses, los argentinos habían suprimido la mención del título nobiliario en
su trato social. Las fortunas eran me diocres. Si el campesino llamaba
"ricos" por antonomasia a los individuos de la clase gobernante, no
era reconociendo en ellos su fortuna, sino su calidad, como acostumbrábase en
España y todavía se usa. Rico quería decir hidalgo.
La misma abundancia de alimentación resultó
igualitaria. ¡Y qué abun dancia! No habiendo quien vendiese carne por libras,
al salir de ningún provecho aquel menudeo, era menester comprar una res entera
para un asado. Matábase una yegua, nada más que para sacar botas de sus
jarretes. Para las sandalias (ojotas) o los tamangos, especies de rústico
calzado sin suelas, de corte enterizo como los calcei romanos, hacían túrdigas
de los mejores trozos; y así formóse también una profusa industria de
lomillería que surtió con lujo pintoresco los arneses gauchos. La utilería
rural era casi toda de cuero.
Por otra parte, la pampa natal constituía un
territorio de caza donde sobraba a la habilidad del jinete en qué ejercitarse.
Manadas de aves truces y de venados recorríanla con profusión. En las
serranías australes abundaban los guanacos. Hormigueaban de aves acuáticas las
lagunas. En todos los arroyos había nutrias y carpinchos semejantes a
gigantescos castores. Al crepúsculo, en las cuevas de contorno escampado como
los aproches de una fortificación, charlaban las vizcachas y agoraban las
lechuzas cuyo pichón sabroso era una bola de grasa blanca. Durante la noche,
mientras la pampa nadaba en luna como un lago infinito, los quirquinchos y
mulitas (armadillos) que eran, por decirlo así, los lecho-nes del desierto,
pululaban al alcance de la mano. Con la primera luz del alba, parecía que los
trebolares y los pantanos soltaban alcahazadas de volátiles: patos
multicolores, perdices de huevos verdes o morados, caranchos y chimangos
cazadores; y sobre todo los ñandús de cuello viperino, cuyas nidadas prometían
homéricas comilonas. Con esto, for móse una cocina rudimentaria, pero pródiga
hasta el despilfarro; de tal modo, que en los valles calchaquíes fueron
corrientes aquellos pasteles de Camacho, formados por vacas rellenas con aves y
condimentos. La “carne con cuero”, es decir, puesta al fuego sin despojarla de
la piel,
constituyó el plato nacional. Nadie corría, pues,
riesgo de hambre en la vida aventurera; mas el desierto estaba lleno de
peligros. Sequías de treinta meses solían agostar la llanura. A modo de un
escalio inmenso, amortajábase ésta de polvo. Entonces las tormentas de tierra
arremoli nábanse desde el fondo del cielo que parecía agazaparse en el rollo
de la borrasca como un león en su melena. Tras lejanas cortinas de lluvia
obscura que no llegaba jamás, el pampero desbarataba la inmensi dad en un
desorden de cañonazo. Oíase cruzar allá arriba su bufido de bagual entre los
profundos toros de la tronada. Y cuando pasaba aquello, sofocando los campos,
entre ralas gotas que estrellaban el suelo como bastas de colchón, los animales
consumidos, las acoradas hierbas, la tristeza del paisaje, expresaban
desolación de cataclismo.
La orientación venía a ser, entonces, una ciencia
difícil que los enten didos rumiaban con gravedad en sus barbas filosóficas.
Precisaba no des cuidar un solo detalle, desde la estrella perdida en la
obscuridad como un alfiler, hasta el cagajón seco o la estampa de un rastro
antiguo; dormir arrumbando la dirección con la cabecera; desconfiar del
bosquecillo don de no cantaban pájaros al amanecer, pues ello decía que el
agua estaba muy lejos; decidirse en los problemáticos cuadrivios, por las
orejas de la cabalgadura. . .
Debía ser también muy listo el caminante, para
discernir por el “mo vimiento del campo”, consistente en el disimulado pasaje
de venados y avestruces hacia un mismo rumbo, el malón que venía del lado
opuesto; o para distinguir entre las manadas de caballos que a lo lejos pacían,
los dos o tres montados por exploradores salvajes: pues éstos, asiéndose a la
crin y tendiéndose al costillar de la bestia, disimulábanse con sor prendente
destreza; o todavía para advertir entre las motas de paja y los raigones, la
cabeza del indio que enterrado hasta el cuello espiaba con los* ojos
semi-entornados a fin de no reflejar luz. . .
Hacia el Sur misterioso, los perros cimarrones
formaban inmensas jaurías, ocupando verdaderos pueblos de cuevas. El hambre
lanzábalos por los campos a la caza del ciervo o de la vaca aislada que ojeaban
con precisión, hasta rendirlos en medio de sus madrigueras. Los pasajeros
solitarios eran con frecuencia sus víctimas. El desierto había reanimado los
instintos lobunos de la especie, fijando en tipo su tostado pelo y su cabeza de
gaucho huraño. Sobre la costa marítima, acudían a pescar durante las borrascas,
dilatando el huracán sus aullidos con desolación feroz en el fondo de las
noches patagónicas.
Las manadas de baguales solían atacar también para
libertar y llevarse los caballos mansos: desgracia que el caminante recelaba
con singular terror. Como los tarpanes de Rusia, aquellos animales procedían
con una especie de astucia táctica. Cargaban huracanados de cerda, rasa la
oreja, maligno el ojo, descarnada en la erección del belfo su dentadura
brutal. Contábase de algunos que apuñaleados de
muerte, enhestábanse aún para manotear, resollando su agonía en caños de
sangre.
O bien era el toro que, enlazado a solas,
revolvíase improviso, destri pando la cabalgadura con su cuerno candente de
rabia como una daga infernal. O todavía el tigre que angustiaba las tinieblas
con el huélfago siniestro de su bramido. . .
Y los incendios.
Una centelleante siesta, sobre el campo abatido
donde no volaba un pájaro, algún casco de vidrio que concentraba los rayos
solares sobre el pasto reseco, la colilla encendida que alguien tiró al pasar,
o la com bustión espontánea de la hierba acumulada meses antes por ese arroyo,
ahora enjuto, iniciaban la catástrofe. La llama, al principio incolora en el
resplandor del día, reventaba con la violencia de un volcán. Dese quilibrado
por su brusca absorción, el aire despertaba en un soplo que muy luego era brisa.
Entonces empezaba a marchar el fuego.
Pronto la humareda, acuchillada de lampos
siniestros, rodaba sobre los llanos su lóbrego vellón. Sobrepujaba ya al mismo
solazo la llama-rada escarlata. Dilatado más arriba en nubarrón, el incendio
entristecía la campaña que iba a asolar, con un crepúsculo rojizo como la
herrum bre. Un instante vacilaba aquella masa, parecía retroceder, abriéndose
su entraña tenebrosa desgarrada por lúgubres fogones. No era sino para
revolverse más atizada en un derrumbe colosal sobre la indefensa planicie,
sofocándola con sus llamas, devorándola con los millones de dientes de sus
ascuas y de sus chispas. Esparcía el viento a la distancia su hálito de horno,
oíase de lejos el jadeo aterrador con que avanzaba rugiendo como el tigre, a
ras de tierra. Parecía que su propio fuego iba dándole alas vertiginosas. Las
manadas sorprendidas no alcanzaban a huir, aun que se disparasen a la carrera.
Hasta los pájaros caían al vuelo alcanza dos por un flechazo de llama. Al
desesperado baladro del vacuno en agonía, juntábase el relincho desgarrador de
la tropilla caballar que se acoquinó, desatinada, acertando tan sólo a cocear
el fuego; el silbo delirante de la gama rodeada, el gañido fatídico del perro
cimarrón. Aquellas voces del desierto llevaban al alma la desolación de los
espantos supremos. En la asfixia del chamusco el rescoldo exhalaba un hedor de
pólvora. Muy adelante del foco, llovían ya aristas incandescentes. Arre
molinábanse los vilanos volando por el aire en copos de yesca encen dida. Así
la quemazón saltaba cauces y barrancos, vadeaba los arroyos, despabilando como
candelillas las biznagas de sus márgenes, roía como si fuesen tabaco los mismos
limpiones de tierra seca.
El hombre emprendía, entonces, ante el monstruo
colosal la defensa de su vivienda.
Si era un pobre rancho, valía más dejarlo arder,
salvando a la grupa sus mezquinos enseres. Pues la resistencia salía ruda y
costosa.
Mientras unos procuraban detener el fuego,
tapándolo con tierra o golpeándolo con cueros de oveja empapados y con ramas
verdes, otros daban contrafuego a la distancia, quemando una lista de campo
donde el incendio, falto de pábulo, se detuviera. Si la quemazón venía angosta
u orillando algún camino, arrastraban sobre ella una yegua abierta en canal
para ver de extinguirla con el peso de aquella res y la humedad de sus
visceras.
Pero a veces el fuego vencía y era necesario huir
abandonándole todo. Muchos no alcanzaban a hacerlo. Por bien montados que
fuesen, las llamas saltábanles de todos lados. Entonces había que tirarse a
fondo contra la cortina de fuego, envolviendo en el poncho la cabeza del
caballo y apretándose los ojos con las manos para salvar la vista. Otros
ganaban los pozos, sin escapar no obstante, a la muerte, porque el fuego solía
prender en el brocal de madera. Había incendios que duraban semanas, abarcando
centenares de leguas, hasta dar con el médano de arena o el río caudaloso donde
iban a extinguirse por fin. Pero ni con esto acababa su daño; pues más de un
caminante pereció de miseria en la pampa así devastada, falto de noticias que
nadie habría podido darle, o sofocado por la ceniza al levantarse el viento en
alguna cañada donde se metió de noche.
Quedaban aún los extremos rigores del clima, con
aquellas escarchas que brillaban bajo la luz de la luna hasta en el lomo del
caballo atado a soga, o con aquellas siestas en que sudaban los perros y morían
de insolación las perdices bajo los pastos.
Mas el desierto ofrecía encantos irresistibles en
lo infinito de su liber tad y en el heroísmo de su vida vagabunda. Y también
cuando estaba alfombrado de su hierba, porque le era favorable la temperie, no
había música como su claro silencio al sol de la tardecita cuya suave ilumina
ción dilataba en fragancia de trebolar una pampa de oro.
Cuando la estación presentábase propicia, las
expediciones para reco ger ganado cerril constituían el gran trabajo del año.
Tomábase como punto de concentración el arroyo o laguna de la estancia, que era
el aguadero más importante de los alrededores; y una madrugada de otoño, cuando
las hembras estaban ya desembarazadas y crecido el multiplicio, varías docenas
de jinetes desparramábanse al galopito por el llano que afirmaban las primeras
escarchas. Perdíanse a lo lejos, alerteados por los chafas, y el silencio del
alba sobrevenía desde los campos obscuros, donde allá muy lejos, en el
horizonte, el lucero parecía iluminar un ojo de llave sobre la puerta de la
noche.
Mientras tanto, había movimiento en la estancia.
Cerca de los corra les, muchachos soñolientos encendían perezosos fuegos de
boñigas y huesos para calentar las marcas. Un gallo aplaudía desde la ramada la
cercana aurora. Dos o tres peones ensillaban caballos. Cerca del suyo,
enjaezado ya, el patrón tomaba un mate que acababa
de traerle, sumisa, la hija del capataz con la cual había dormido.
A medida que el oriente iba sonroseándose como un
niño entre bucles de oro, notábase por el confín largas polvaredas. Un rumor
semejante al del pampero crecía en la serenidad. Allá lejos, tropas de
avestruces y de venados disparábanse al sesgo. De todos los puntos del
horizonte empezaban a acudir los gavilanes. Y de pronto, al rayar el sol,
coronando el próximo ribazo, desembocaba el arreo. Centenares de toros y de
caba-líos interpolados con bestias del desierto, huían cuesta abajo, como aven
tados por el poncho del pajonal. Su paso violentaba los campos en con moción
de artillería, reventaban las lagunas en volcanes de lodo. Bárba ramente
atabaleada, la tierra parecía hervir a borbotones de polvo. Dijé-rase que al
huir iban destejiéndola en huracán. Su arrebato los embande raba rasgando el
aire en larga llama de sol. Surgían de las castigadas hierbas, ásperos aromas.
Oíase en las apreturas del atropello, el choque de los cuernos como un
entrevero a lanza. Y detrás los desmelenados arrieros, alto el rebenque,
azuzaban con estentórea gritería. Abiertos en abanico, habían abrazado los
campos en desmesurado sector, convergien do luego hacia el rodeo previsto,
donde los que se quedaron, con el patrón a la cabeza, cerraban el círculo de
conquista y de muerte. Entonces entra ban a operar las boleadoras y los lazos.
Magníficos jinetes atropellaban a fondo revolviendo el zumbante racimo o la
certera “armada”; y lo que caía ileso de fractura, iba recibiendo la marca que
labraba el cuadril con su signo pintoresco o su letra tosca. Nada más semejante
a un campo de batalla. Allá por los badenes y vizcacheras, habían rodado
algunos, hiriéndose y aun matándose a veces. Las cornadas, las coces de los
animales enfurecidos, multiplicaban el riesgo. Una estuosa exhalación de
fiebre, de chamusco y de salvajina, agobiaba con fatiga de pelea. Sem brado
quedaba el campo de bestias heridas: unas, por el enredo del lazo y de las
bolas; otras, por la desjarretadera cuyo ancho tajo de ci mitarra tiraba el
jinete sin dejar de correr. Aquí este bagual de cola aborrascada en borla
bravia por los abrojos; allá ese macho que estran gulado por el lazo, se
ahogaba con sibilante sobrealiento, como un tizón metido al agua; más allá
aquel toro agresivo, cegado por la visera san grienta que le formaba un
colgajo de su propio cuero sajado al efecto sobre los ojos. Un descanso
jubiloso antecedía la “cuereada” de la tarde. Era el monstruoso banquete de
carne, para hombres, perros y aves de presa. Los chifles entretallados con
rústicas figuras, prodigaban el aguar diente convival. Alguna guitarra gemía
su meditabundo bordoneo, como dilatado por el zumbido de las moscas que la
cediza y el bochorno susci taban en vasto enjambre. La satisfecha quietud
parecía abanicarse en las lenguas de la perrada. Junto a los fogones inmensos,
hombres senten ciosos, enguantados de sangre, comentaban las peripecias del
día, dibu jando marcas en el suelo, o limpiando los engrasados dedos con
lentitud
sobre el empeine de la bota. En los corrales
repletos atronaban los bali dos; y allá por la llanura palpitante como el
rescoldo, las últimas polva redas parecían descargas de un ejército en
dispersión.
Peligro y abundancia habían erigido la hospitalidad
en el primero de los deberes. Aquella virtud, como tantos otros rasgos,
exaltóse tam bién con el ya indicado repunte del atavismo arábigo. El pasajero
que pedía posada, era de suyo un personaje considerable. Traía noticias, a
veces con retardo de seis u ocho semanas en el aislamiento campesino y con ello
representaba la sociabilidad. Solía ser también cantor, por lo cual, con el
mate de bienvenida, era usual ofrecerle la guitarra; o pró fugo a quien resguardaba
una lealtad inquebrantable, caracterizada por el término compasivo que
calificaba su delito: “tuvo una desgracia”; “se desgració”. La pésima justicia
de la colonia y de la patria autorizaba aquella simpatía, por otra parte tan
noble. También la moderna pena lidad presume en el delincuente la inocencia.
No debía gratitud alguna, antes le agradecían su visita eventual, como prueba
de estimación a la casa elegida; y si se detenía al pasar, pidiendo que le
vendieran un poco de carne, en cualquier parte le respondían:
— No ofenda, amigo. Corte lo que precise. . .
La guerra de independencia inició las calamidades
del gaucho. Este iba a pagar hasta extinguirse el inexorable tributo de muerte
que la sumi sión comporta, cimentando la nacionalidad con su sangre. He aquí
el motivo de su redención en la historia, la razón de la simpatía que nos
inspira su sacrificio, no menos heroico por ser fatal. La guerra civil seguirá
nutriéndose con sus despojos. En toda la tarea de constituirnos, su sangre es
el elemento experimental. Todavía cuando cesó la matanza, su voto sirvió durante
largos años en las elecciones oficializadas, a las cuales continuó prestándose
con escéptica docilidad; y como significativo fenómeno, la desaparición de
aquel atraso viene a coincidir con la suya. Es también la hora de su
justificación en el estudio del poema que lo ha inmortalizado. Entonces
hallamos que todo cuanto es origen propia mente nacional, viene de él. La
guerra de la independencia que nos emancipó; la guerra civil que nos
constituyó; la guerra con los indios que suprimió la barbarie en la totalidad
del territorio; la fuente de nuestra literatura; las prendas y defectos
fundamentales de nuestro carácter; las instituciones más peculiares, como el
caudillaje, fundamento de la fede ración, y la estancia que ha civilizado el
desierto: en todo esto destácase como tipo. Durante el momento más solemne de
nuestra historia, la sal vación de la libertad fue una obra gaucha. La
Revolución estaba vencida en toda la América. Sólo una comarca resistía aún,
Salta, la heroica. Y era la guerra gaucha lo que mantenía prendido entre sus
montañas, aquel último fuego. Bajo su seguro pasó San Martín los Andes; y el
Congreso de Tucumán, verdadera retaguardia en contacto, pudo lanzar ante el
mundo la declaración de la independencia.
No lamentemos, sin embargo, con exceso, su
desaparición. Producto de un medio atrasado, y oponiendo a la evolución
civilizadora la reni tencia, o mejor decir, la incapacidad nativa del indio
antecesor, sólo la conservación de dicho estado habría favorecido su
prosperidad. Por esto, repito, no preponderó, sino bajo los caudillos en cuyos
gobiernos supervivía la colonia.
Pero también asentemos otra verdad: la política que
tanto lo explotó, nada hizo para mejorarlo; y ahora mismo, los restos que
subsisten van a extinguirse en igual indiferencia. Jamás desdeñaron, sin
embargo, el progreso. He visto, y todavía es posible verlo, el espectáculo
conmove dor de los paisanitos que ahorcajados de a dos y de a tres en un ju
mento, transitan por los senderos, recitando a coro sus cartillas, para cumplir
con el deber escolar a varios kilómetros de distancia. Hace veinte años, cuando
pasaba mis vacaciones en la estancia, los paisanos del con torno solían
enviarme sus hijos para que les enseñase a leer. Hasta en las casi extintas
tribus patagónicas he conocido el caso de un antiguo cacique perdido por ahí,
entre los cerros, con los restos de la suya, el cual habíase galopado treinta
leguas con su intérprete, para pedir al gobernador del territorio consejos,
policía, y un maestro que enseñase a los chicos el arte de “hablar con los
ojos” como los cristianos. La civi lización ha sido cruel con el gaucho,
elemento al fin irresponsable, de los políticos que explotaban su atraso.
Penurias, miseria y exterminio es lo único que le ha dado. El, como hijo de la
tierra, tuvo todos los deberes, pero ni un solo derecho, a pesar de las leyes
democráticas. Su libertad, cuando la reivindicaba, consistía en el aguante de
su caballo y en la eficacia de su facón. Era el áspero fruto de la barbarie
rediviva en el matrero, por necesidad vital contra la injusticia. Pospuesto al
inmi grante que valorizaba para la burguesía los llecos latentes de riqueza,
fue paria en su tierra, porque los dominadores no quisieron reconocerle jamás
el derecho a ella. Olvidaron que mientras el otro era tan sólo un conquistador
de la fortuna, y por lo tanto un trabajador exclusivamente, el gaucho debía
aprender también la lección de la libertad, deletreada con tanta lentitud por
ellos mismos; gozar de la vida allá donde había nacido; educarse en el amor de
la patria que fundara. No vieron lo que había de justo en sus reacciones contra
el gringo industrioso y avaro, o contra la detestable autoridad de campaña. No
intentaron conciliario con aquel elemento europeo cuya rudeza, exaltada a su
vez por la nece sidad en el medio extraño, aportaba, sin embargo, las virtudes
del tra bajo metódico. Si algo hubo de esto, fue casual como en las colonias
israe litas de Entre Ríos, donde muchas Rebecas blondas han rendido su corazón
a esos cetrinos halcones.
La estancia enriqueció al patrón y al colono, pero
nunca al gaucho cuyo desinterés explotaron sin consideración. El hijo de la
pampa tuvo el destino tremendo y la dulce voz del yunque. Tocóle en la tarea de
hacer la patria, el peso más angustioso, puesto que
debió sobrellevar la injusticia. Qué sabía él de atesorar ni de precaverse,
poeta y paladín in clinado sin maldad a la piltrafa del bien ajeno caída al
paso en sus manos, como sin mengua de su hermosura, arranca una vedija al
rebaño transeúnte la áspera borla del cardal.
El gaucho aceptó su derrota con el reservado
pesimismo de la altivez. Ya no necesitaba de él la patria injusta, y entonces
se fue el generoso. Herido al alma, ahogó varonilmente su gemido en canciones.
Dijérase que lo hemos visto desaparecer tras los collados familiares, al tranco
de su caballo, despacito, porque no vayan a creer que es de miedo, con la
última tarde que iba pardeando como el ala de la torcaz, bajo el cham bergo
lóbrego y el poncho pendiente de los hombros en decaídos pliegues de bandera a media
asta. Y sobre su sepultura que es todo el suelo argen tino donde se combatió
por la patria, la civilización, la libertad, pode mos comentar su destino, a
manera de epitafio, con su propio elogio homérico a la memoria de los bravos:
“Ha muerto bien. Era un hombre”.
IV
LA POESIA
GAUCHA
No era grande, que digamos, la necesidad de
comunicación social entre aquellos hombres de la llanura. La pulpería con sus
juegos y sus liba ciones dominicales, bastaba para establecer ese vínculo, muy
apreciado por otra parte; pues los gauchos costeábanse en su busca desde muchas
leguas a la redonda. Pertenecía, por lo común, a tal cual vasco aventu rero
que llevaba chiripá y facón antes de haber aprendido a hablar claro,
conciliando aquella adaptación campesina con la boina colorada a manera de
distintivo nacional. Detrás del mostrador fuertemente enrejado en precaución de
posibles trifulcas, que echaba al patio, manu militari, por decirlo así, con
vigorosas descargas de botellas vacías alineadas allá cerca como previsores
proyectiles, el pulpero escanciaba la caña olorosa o el bermejo carlón 1 de los
brindis, mientras algún guitarrero floreaba pasacalles sentado sobre aquel
mueble. Tal cual mozo leído deletreaba en un grupo el último diario de la
ciudad. Otros daban y recibían noticias de la pasada revolución o pelea famosa
entre dos guapos de fama. Todo ello en lenguaje parco y reposado que parecía
comentar el silencio de los campos peligrosos.
La pampa con su mutismo imponente y su monotonía,
tan caracterís ticos que no hay estepas ni saharas comparables, predisponía
poco a la locuacidad. Durante las marchas en compañía, el viento incesante, la
fatiga de jornadas muy largas por lo regular, la necesidad de observar sin
1Vino ordinario, de mucho cuerpo, usado
antiguamente en la campaña.
descanso el rumbo incierto y los riesgos
frecuentes, eran otras causas de silencio. Cualquiera que haya viajado por
nuestras llanuras, conoce esa particularidad, a la cual agrega la impresión del
desierto una especie de bienestar filosófico. “El campo es tan lindo, me decía
cierta vez un gaucho, que no da ganas de hablar”. A esta suerte de misticismo
poético, mezclábanse el mutismo peculiar del indio y el no menos característico
del árabe cuyas sangres llevaba el gaucho en sus venas. Con ello, volvióse sentencioso,
definiendo su economía de palabras con frases generales y sintéticas que solían
ser refranes. Sólo cuando contaba cuentos en torno del fogón expedíase con
mayor abundancia. El auditorio permanecía mudo, saboreando lentamente el mate o
el cigarrillo, y sólo de tarde en tarde comentaba con alguna interjección,
refrán o carcajada, los perío dos más interesantes.
El adagio fomentaba aquella sobriedad verbal con su
brevedad cate górica, siendo a la vez el sabio comento de situaciones siempre
repetidas y habituales al gaucho, aventurero fatalista, por otra parte; es
decir, inclinado a las sentencias que formulan la irrevocabilidad del destino.
La poesía de sus cantos era breve: tal cual copla
suelta en ritmo de seguidilla o de romance. Hasta en los juegos de carreras,
tabas y naipes, que constituían las reuniones principales de la campaña; en las
comilo nas que sucedían a las hierras; en los bailes con que se festajaba
algún casorio o la incorporación de algún angelito al cielo, por muerte de
niño, mostrábase el gaucho taciturno. Su predilección por la guitarra, ma
nifestábase en prolongados pasacalles y recitados monótonos, que eran más bien
un comentario al reposo meditabundo del desierto; pero ello definía en su alma
un rasgo de amable superioridad. El gaucho no fue alcoholista. El grato clima,
la alimentación abundante, el trabajo libre y alegre, con tribuyeron a su
sobriedad. Con las piernas cruzadas sobre el recio mos trador de la pulpería,
digitaba durante horas enteras la tonada habitual, frente a la copa de anís o
de aguapié ordinario, consumida con lenta mo deración. Sólo después de algún
triunfo notable en pelea, carreras o riñas de gallo, embriagábase por festejo.
Para el domingo, la pulpería aislada en la pampa
como una barcaza en el mar, izaba en la punta de un largo palo, que era
igualmente vigía para observar a los indios merodeadores, un guión, blanco si
no había más que bebida; rojo si también vendía carne. Los gauchos llegaban con
sus parejeros de carrera y sus gallos. Pronto disponían en el suelo aplanado,
canchas para la taba. Otros concertaban sobre el mostrador, partidas de truco y
de monte. Allá buscábanse los valientes de fama “para tantearse el pulso” en
duelos provocados por una trampa de juego, una pulla o un poético lance de
contrapunto. Este último incidente provenía de una institución y un tipo que
han sido la honra de nuestra campaña, al comportar su ejercicio el culto
apasionado de la poesía.
Tratábase de certámenes improvisados por los
trovadores errantes, o sea las payadas en que se lucían los payadores. El tema,
como en las églogas de Teócrito y de Virgilio, era por lo común filosófico, y
su desa rrollo consistía en preguntas de concepto difícil que era menester
con testar al punto, so pena de no menos inmediata derrota. El buen payador
inventaba, además, el acompañamiento recital de sus canciones, y aque llos
lances duraban a veces días enteros. Había asimismo concursos de danza, los famosos
m alam bos, en los cuales dos hombres improvisaban figuras coreográficas que no
debían repetir jamás, pues, con esto perdían la partida.
Recordemos las bucólicas virgilianas, más conocidas
que las de Teó crito, a quien, por otra parte, imitó el latino como él mismo
lo insinúa en su cuarta composición: “Alcemos nuestros cantos musas de
Sicilia”; lo cual está reconocido como una alusión a la poesía del siracusano;
mien tras al comienzo de la sexta, dice ya explícitamente: “Mi musa repite
cantando los aires del poeta de Siracusa”.
El desafío de Damoetas a Menalcas en la tercera
bucólica, es carac terístico :
“¿Quieres que luchemos, pues, y midamos nuestras
fuerzas alternati vamente?”.
“No te me escaparás hoy día, responde más lejos
Menalcas, aceptaré todas tus condiciones”.
Luego viene la invocación a los números propicios:
los “santos mila grosos” cuya intercesión pide nuestro payador en las primeras
estrofas de su poema; y más adelante, en la bucólica séptima: “Las musas
inspirá banles cantos alternativos. Corydon decía los primeros versos y
Thyrsis le respondía”. La octava bucólica es una verdadera payada con
estribillo: “Repitamos, oh flauta, los acentos del Ménalo”, canta Damon al
final de cada estrofa. Y Alfesibeo, al concluir las suyas: “Versos míos,
traedme de la ciudad a Dafne”.
Semejante analogía de expresión, conforme a
situaciones semejantes, prueba la persistencia del carácter grecolatino en
nuestra raza, deter minando con ello la orientación de la enseñanza que
requiere; pues para ser ésta eficaz, ha de consistir en el desarrollo de las
buenas condiciones de aquél: o sea, en dicho caso, el culto de la belleza, y
esa solidaridad humanitaria que la filosofía del Pórtico llamaba “caridad del
género hu mano”.
Los temas bucólicos de aquellos antiguos, eran el
amor, los secretos de la naturaleza, las interpretaciones del destino:
exactamente lo que sucede en la payada de Martín Fierro con el negro, que es
dechado en la materia.
A este respecto, he presenciado en los carnavales
de La Rioja, algunas escenas de carácter completamente griego; pero la más
típica entre todas, es el paseo de las comparsas populares, formadas por ocho o
diez indivi-
dúos que montados en asnos y con las caras
embadurnadas de harina bajo coronas de pámpanos, van de casa en casa cantando
vidalitas. Gene ralmente es un viejo quien entona la copla, coreada luego en
conjunto por un estribillo. La orquesta consiste en una guitarra o un pífano de
caña aboquillado con cera silvestre. Una damajuana de vino cuyo empa jado con
asas recuerda las ánforas de Arcadia, enciende el entusiasmo; y es imposible
imaginar una reproducción más completa de las bacanales antiguas. Bajo el cielo
de cobalto, en el aire aclarado con dura limpidez por el contacto de la montaña
y del arenal, ebrio de aquel sol que exalta el olor cinéreo de las jarillas,
como un horno barrido, el estribillo de los avinados silenos canta el desvío de
la ingrata:
¿Por
qué has llorado,
quién
te ha pegado?
T al vez
conmigo
te
habrán celado . . .
¡A un amor fino
le has pagado mal!
Nuestro actual amor a la música, único arte que
costeamos de buena voluntad, viene de todo eso. Y no hay, que yo sepa, timbre
de honor más alto para una raza. En la educación de la sensibilidad, que es
toda la cultura, si bien se mira, considero más útil la música que la lectura.
Aquélla es el verbo inicial de toda civilización, según entendíalo el griego
antiguo, para quien las primeras ciudades, y con ellas la vida civil, la
civilización misma, por lo tanto habían nacido al son de la lira. La vihuela gaucha,
con su compungiva nota, fue determinando en el alma argentina una dirección
espiritual hacia la vida superior que es la patria, así como la gota
perseverante induce por la pendiente de las tierras el futuro manantial. Con
esto, la música viene a constituir la verdadera enseñanza primaria, y así
acontecerá de nuevo, cuando con los últimos residuos de la influencia
cristiana, haya desaparecido la incrustación esco lástica que aún nos
paraliza, reintegrándose en su armoniosa continuidad la civilización interrumpida
por veinte siglos de servidumbre.
Pero nuestras payadas tienen antecedentes más
directos y significati vos. En la poesía de los trovadores provenzales había
un género, las ten siones, que como su mismo nombre lo indica, eran torneos
en verso. Dicho vocablo procede, en efecto, del latín tensio, sostén, porque
cada uno de los campeones sostenía su tema, como los m antenedores de las
justas su respectiva pretensión \ En esta última palabra subsiste, ahora, el
indicado término latino, que ha engendrado también tesón, vocablo significativo
de empeño. De ahí procedieron en España, los “romances con ecos”, más
parecidos, otra vez, a las églogas sicilianas. Todo el mundo recuerda los
versos de Garcilaso:
El dulce lam entar
de dos pastores. . .
1Los torneos de armas recibían también el
nombre de tenzones.
Es que la civilización provenzal, fue, como lo diré
luego, una continua
ción de la grecorromana, que los poemas
caballerescos expresaron a su
vez, presentándose como una amplificación
directa del ciclo homérico.
Así nuestro poema, resumiendo aquellos géneros
característicos, evidencia
su noble linaje, a la vez que comporta la
demostración de un hecho his
tórico importantísimo para la vida nacional. Si ésta ofrece alguna tras
cendencia interesante para la civilización humana,
y así lo creo, ahí está
su fórmula expresiva. Gracias al poema que resumió la poesía dispersa
de los payadores, encarnando su espíritu y
exaltando su letra a la exce
lencia del verbo superior cuyo es el don de
inmortalidad, los argentinos
contemporáneos hemos podido apreciar su eficacia de
elemento fecunda-
dor, análogo a la erraticidad del viento sobre los
campos floridos.
Había en la entonces remota comarca de Sumampa que
hoy compren
de los departamentos santiagueños del Ojo de
Agua y de Quebrachos,
un mozo
llamado Serapio Suárez que se ganaba la vida recitando
el
M artín
Fierro en los ranchos y en las
aldeas. Vivía feliz y no tenía otro
oficio; lo cual demuestra que la poesía era uno, si
bien reducido a los
cuatro
granos diarios que constituyen
el jornal del pájaro cantor.
Re
cuerdo haberme pasado las horas oyendo con
admiración devota a aquel
instintivo comunicador de belleza. Y creo, Dios me
perdone, que ese mal
ejemplo habrá influido para la adopción de tan
pésima carrera como es
esta de vivir rodando tierras, sin más bienes que
la pluma y el canto, a
semejanza del pájaro del símil: dura vida, por
mi fe, si no fuera que
la libertad es tan dulce, y que la más valiosa
heredad terrestre, no es
nada comparada con aquella evasiva ciudad de las
nubes, donde se con
fieren el señorío del azul los prófugos de la
tierra poseída.
Cuánta delicadeza de alma, cuánta nobleza ingénita
revelaba el sostén
de aquel cantor por esos pobres paisanos que con él
compartían, a cambio
de versos, su miserable ración. Esto revela que la
poesía era para ellos
una necesidad, y constituye para el bardo que supo
satisfacerla, el más
bello de los triunfos. Desde los dulces tiempos de
la civilización provenzal
fundada en el heroísmo, ningún pueblo ha repetido
semejante fenómeno.
Ahora bien, si el origen de las tensiones
provenzales y de los roman
ces con ecos,
estaba, sin duda
en las églogas grecolatinas, puesto que
la civilización romana persistió vivaz sobre toda
la Europa meridional,
hasta el siglo vil, fueron los árabes quienes
continuaron y sistematizaron
aquel género de poesía, que les era también
habitual, cuando en la época
mencionada, dominaron allá a su vez. Precisamente, los trovadores del
desierto habían sido los primeros agentes de la
cultura islamita, constitu
yendo con sus justas en verso, la reunión inicial
de las tribus, que Maho-
ma, un poeta del mismo género, confederó
después. Así se explica que
para nuestros gauchos, en quienes la sangre arábiga
del español predo
minó, como
he dicho, por hallarse
en condiciones tan parecidas a las
del medio ancestral, tuviera el género tanta
importancia. No le faltó aquí
ni la pareja clásica del trovador con su juglar,
que solía ser lazarillo cuando aquél era ciego, y también buhonero y tahúr,
exactamente como en Arabia y en Provenza. Martín Fierro lo recuerda al pasar:
Un
ñapóles m ercachifle
que andaba
con un arpista . . .
La vida libre había reproducido en nuestras
campañas, por natural instinto humano, aquel fenómeno inicial de la
civilización, aquella im prescindible necesidad del arte que existe en la
última tribu demostrando con ello la superioridad del hombre. La utilería
musical, es, efectiva mente, mucho más numerosa en todos los pueblos bárbaros,
que el menaje doméstico. Allá donde faltan todavía la cuchara y el tenedor, el
lecho y el vestido, abundan ya los instrumentos musicales. Maravillosa es su
variedad en los museos etnográficos. Son más numerosos y más ingeniosos que las
armas, aun cuando éstas constituyen la industria vital por exce lencia para el
hombre primitivo. ¡Quién habría dicho al conquistador, que con la guitarra
introducía el más precioso elemento de civilización, puesto que ella iba a
diferenciarnos del salvaje el espíritu imperecedero!
Dulce vihuela gaucha que ha vinculado a nuestros
pastores con aque llos de Virgilio, por el certamen bucólico cuya misma
etimología define significativamente el canto de los boyeros; con los
trovadores, mensajeros del heroísmo y del amor, por dignos hijos que eran de
aquel Herakles portalira cuyo verbo heroico fue el lenguaje de las Musas; con
la redi viva dulcedumbre de las cassidas arábigas cuyos contrapuntos al son
del laúd antepasado y de la guzla monocorde como el llanto, iniciaron entre los
ismaelitas del arenal la civilización musulmana: el alma argentina en sayó sus
alas y su canto de pájaro silvestre en tu madero sonoro, y pro longó su
sensibilidad por los nervios de tu cordaje, con cantos donde sin tióse
original, que es decir, animada por una vida propia; hasta que un día tu música
compañera de las canciones de mi madre, a quien oí cantar tantas veces, bañada
de fresca luna montañesa, los versos románticos de La Sultana y El Hado, o las
querellas del cura poeta Henestrosa, párroco de mi aldea natal, revelóme
también, payador infantil, el ritmo de mis primeras cuartetas. Y así empecé mis
ensayos de contrapunto con Federico Roldán el comisario; mi intimidad con la
cosa bella que el destino había querido ponerme en el alma; mi amor de patria,
más celoso ahora con la distancia, así como el estiramiento aviva la
sensibilidad de la cuerda; mi pretensión, quizás justa, de hilar como la araña
del rincón solariego, una hebra de seda y de luz en la cual vibrara algo de mi
raza.
La leyenda gaucha, o sea la fuente de la poesía
nacional, había ido formándose espontáneamente, hasta engendrar tipos
extraordinarios como Santos Vega, el payador fantasma, a quien sólo el diablo
pudo vencer. La belleza inherente a esa vida y a ese paisaje fue impregnando
las medi taciones del caminante solitario. Durante las noches de plenilunio
soño liento, cuando las nubecillas crespas artesonaban el cielo con sus témpa
nos de alabastro, la luz misteriosa corporificaba
el espectro de aquel Santos “de la larga fama”, que de seguro iba buscando
alguna guitarra olvidada afuera por dulce congoja niña, o colgada del árbol por
el amante feliz a quien franqueó una serenata la esquiva puerta, para desahogar
en ella, con inédita cifra, sus quejumbres de ultratumba. A la siesta, sobre
los campos que la llamarada solar devora, mientras el caminante percibía tan
sólo a largos trechos el ombú singular, con su sombra de capilla abierta, el
delirio luminoso de los espejismos, transparentaba olas remo tas y siluetas
inversas de avestruces, que eran motivo de cuentos fantás ticos, urdidos en
gruesa trama de color como los tejidos locales. La llanu ra inacabable donde
aquel copudo emigrante de la selva misionera iniciaba el período arbóreo,
destacando en su propia sombra el tronco grueso como un éntas’^s de antigua
columna dórica, sugería las generalizaciones des criptivas, las síntesis
grandiosas que caracterizarían el futuro poema épico. Y semejante espectáculo
constituía ya un reposo filosófico.
Sentimental de suyo, como que lloraba congojas de
expatriados y traía en su origen moro las bárbaras quejas del desierto,
hondamente exhaladas como el rugido del león, la música de los conquistadores
halló en el hombre de la pampa el mismo terreno propicio que los instintos
aventu reros del paladín. El cuento picaresco, entonces en boga, popularizó su
fuerte gracejo condimentado por el ajo de las ventas; y algunos de sus
personajes, como Pedro Urdemalas, quedó prototípico en el Pedro O rdi-m án de
nuestros fogones. La fábula encarnó en los animales de nuestra fauna sus
eternas moralejas. Las aventuras de las M il y una noches, pa saron,
deslumbrantes y maravillosas, al consabido cuento del rey que tenía siete
hijas. Solamente las leyendas religiosas y la rudimentaria mito logía de los
indios, no dejaron rastro alguno. Es que, de una parte, el gaucho no fue
religioso, al faltarle en su aventurera vida las sugestiones de la miseria y
del miedo, así como el sinsabor de la existencia causado por las civilizaciones
decadentes; mientras de la otra, según veremos al estudiar su lenguaje, la
enemistad eterna con el aborigen, resultó valla inaccesible a toda
compenetración. No quedan rastros en sus leyendas de aquella misteriosa ciudad
de Trapalanda, especie de Walhalla indígena donde los guerreros muertos iban a
sujetar sus caballos por primera vez. Apenas en la denominación del “Avestruz”,
asignada al largo saco de carbón que divide la Vía Láctea del cielo austral, o
en la de las “Tres Marías” dada a las bolas, puede notarse alguna analogía con
la interpre tación indígena de las Nubes Magallánicas, cuyos luminosos copos
serían la plumazón de los ñandús perseguidos por las almas de los indios muer
tos, en sus cacerías de ultratumba \
La poesía gaucha, como la de los griegos, no fue,
pues, imaginativa mente creadora. Su objeto consistió en expresar las
afecciones del alma
1 Las Tres Marías, son, como es sabido, las
estrellas del cinto de Orion, en las cuales la mitología araucana veía las
boleadoras de los caciques legendarios.
con sentida sencillez, limitada casi siempre a las
confidencias del amor y a las inclemencias del destino. Sus sentencias
cristalizadas en adagios, que conforme a la tendencia española eran pares
octosílabos, de fácil incorporación a la estrofa popular, formulaban
eternamente el pesimismo burlón de la literatura picaresca o el heroico
fatalismo del antecesor mu sulmán. Sólo en este caso intervenía la
imaginación, para tornar símbolos los objetos y accidentes de la vida
cuotidiana. Estos espiritualizábanse, de tal modo, al contacto íntimo con el
hombre; vale decir, que resultaban civilizados por el numen poético y por la
meditación filosófica, a la vez que fuertemente nacionalizados con dicha
caracterización. Así, por ejem plo, la taba y los naipes, chismes de sortear
como en el viejo mundo, son tan típicos en la poesía gaucha, que nadie sabría
encontrarles semejanza. Como en el traje y en el idioma de nuestros campos, la
refundición de los diversos elementos concurrentes, fue total en aquélla, hasta
imprimir le un tipo genuinamente nacional. Con briznas y lanas diversas forma
el pájaro su nido; pero es el pecho del ave amorosa lo que le da molde peculiar
y líneas estéticas, hasta convertir aquel puñado de residuos en el tálamo donde
se aposentan las tibiezas más suaves del amor y las más delicadas ternuras de
la maternidad.
Ennoblecida por su libertad, por su filosofía y por
su tendencia a ex presar emociones superiores, la poesía gaucha jamás fue
grosera en su ironía ni torpe en sus jactancias. Podrían contarse con los dedos
las coplas deshonestas o villanas, y éstas pertenecen, todavía, a las regiones
donde las lenguas indígenas bastardean el castellano, rebajando el lenguaje
popular a una sórdida mestización. Los versos propiamente gauchos, son galantes
o picarescos, filosóficos o jactanciosos, pero siempre llenos de mesurada
decencia, a la cual añade todavía cierta nobleza original un ligero sabor
arcaico:
En el pago ’el Ojo de Agua
dicen
que m e han
de m atare,
con una cuchilla mota 1
que no corta
por hincare.
Semejante paragoge, exigida sin duda por las
necesidades del canto está, como es sabido, en la índole del idioma, siendo
peculiar al antiguo verso octosílabo; pues conviene advertir aquí que dicho
miembro poético parece haber sido el principal agente de transformación del
latín al vol verse éste romance. Por ello denominaríase genéricamente así, a
la serie asonantada de tales versos. La baja latinidad ofrece muchos ejemplos
de semejante estructura en sus coplas populares:
A d M aronis
mausoleum
ductus
fudit super eum
pie
rorem lacrymé.
“Quem te”, inquit,
“reddidissem ,
si te vivum
invenissem,
poétarum m á
x im e’.
1 M ota, por bota o despuntada.
El mismo verso inicia la transformación del latín
en francés, allá por el siglo xi:
Dus
gart madame Alienor,
la reine chi fus
tensor
de sens, de amur, de bauté,
de largesce
e de
leauté.
Y en cuanto
al castellano su índole rítmica es de tal modo octosilábica, que casi todos los
refranes forman, como he dicho, un par octosílabo. Las mismas frases
sentenciosas tienden a tomar esta medida; y así, nues tro contemporáneo José
Santos Alvarez, que no era poeta, escribió en octasílabos involuntarios casi
todos aquellos pintorescos “Cuentos de Fray Mocho” donde dialogan, haciendo
filosofía popular, los tipos del bajo pueblo. Por esto, Hernández escribió en
octosílabos su M artín Fierro, que así hubo de incorporarse naturalmente a la
memoria popular; mientras las octavas endecasílabas del Lázaro de Ricardo
Gutiérrez, con ser muy bellas algunas y estar vaciadas en el molde de la épica
preceptiva, yacen enterradas en el panteón antològico. Es que la épica
constituye un fenó meno nacional, más que un acontecimiento literario, como lo
demuestra, por otra parte, el Romancero; y de aquí que Hernández, al tomar por
vehículo el verso en cuestión, cometiera uno de sus habituales instintivos
aciertos, hablando el lenguaje poético que debía para ser entendido, e
incorporando simultáneamente al castellano y al futuro idioma de los
argentinos, un elemento primordial. El octosílabo es el idioma mismo,
estéticamente hablando.
Como el gaucho no concibió la poesía sino a la
manera primitiva que en la libertad de su instinto debió necesariamente
adoptar, sus coplas nunca estuvieron separadas de la danza y de la música. Las
mismas sere natas, fueron más bien diversión lugareña, en la cual el empleo de
la décima, estrofa ciertamente impracticable para el gaucho, denunciaba la
intervención de poetas más cultos. El gaucho no conoció sino dos modos de
cantar: el acompañamiento de danza y la payada. Empleaba en el primero toda la
riqueza musical que revela el capítulo siguiente; y con ello, lo mejor de su
estro. El segundo era un recitado monótono, apenas variado por tal cual floreo,
que, exactamente como pasaba en el canto griego, repetía el tema melódico sobre
la prima y la cuarta. Las estrofas de payar solían ser la cuarteta y la sextina
empleada por Hernández. No daré ejemplos de esta última, puesto que he de
citarla con abundancia al estudiar el poema. De las coplas de danza, pondré muy
pocas típicas, advirtiendo antes, que ellas reducíanse a tres formas
estróficas: la cuar teta común, a veces con sus versos alternados por
estribillos de seis, ocho y diez sílabas; la cuarteta de seguidilla, y la
hexasílaba, alternada también a veces con estribillos de tres y de cuatro
sílabas, que eran simples gloso-lalias: vidalita, caramba. Todo ello demuestra
que se trataba de estrofas para cantar; y a mayor abundamiento lo corroboran
los estribillos; pues
muchas veces interrumpen el sentido de los versos,
al no tener relación alguna con ellos.
Ejemplo de cuarteta alternada con estribillos
hexasílabos y octosílabos:
Vida m
ía de
m is ojos,
— La luna y
el sol.—
Piedra
imán de mis
sentidos,
— Alégrate
corazón.—
No puedo pasar sin
verte,
— La luna y
el sol.—
Vuelvo a
tus plantas rendido.
— Alégrate corazón.—
Cuarteta alternada con estribillos hexasílabos y decasílabos:
M e dices
que soy un pobre,
— La pura verdad .—
Pobre
pero generoso.
— Vamos,
vidita, bajo el
nogal.—
Como el hueso
de la cola,
— La pura verdad .—
Pelado
pero sabroso.
— Vamos,
vidita, bajo el
nogal.—
Estribillo
hexasílabo:
A y, ay,
ay, ay,
a y . . .
Déjam e
llorar. . .
Que
sólo llorando,
rem edio m
i mal.
Estribillo de heptasílabos y hexasílabos alternados
que sólo tienen aplicación en el canto:
Vuela la
perdiz m adre,
vuela la infeliz,
que se la
lleva el gato,
el gato mis
mis.
Estribillo pentasílabo combinado con un
endecasílabo dactilico, y tam bién aplicado exclusivamente al canto:
Por qué has
llorado,
quién
te ha pegado,
tal vez conmigo
te
habrán celado. . .
A un amor fino
le has pagado m a l *.
1 Aquel prodigioso innovador y primero entre los
líricos castellanos, que fue Góngora, ofrece en sus romances y letrillas muchos
estribillos de análoga, cuando no más complicada estructura:
Al campo te desafía
La colmeneraela.
Ven, Amor, si eres dios, y vuela,
Vuela, Amor, por vida mía,
Que de un cantarillo armada,
En la estacada
Mi libertad te espera cada día.
(Romances
Amorosos, III).
Por el alma de tu madre,
Que murió siendo inmortal,
De envidia de mi señora,
Que no me persigas más.
Déjame en paz amor tirano,
Déjame en paz.
(Id. Id
., X ).
La riqueza rítmica de la poesía gaucha, dependía,
como se ve, del canto al cual estaba ella unida; pues insisto en que,
tratándose de com binaciones estróficas propiamente dichas, el gaucho sólo
conoció la cuarteta y la sextina de payador, formadas con estos únicos metros:
el pentasílabo, el heptasílabo (combinados en la cuarteta de seguidilla), el
octosílabo y el hexasílabo.
En cambio, cada una de esas estrofas sueltas, era
un poemita com pleto; exactamente como sucede en la poesía japonesa cuyo
origen es análogo. Constituidas por una imagen o por la evocación de una escena
que resultan centrales con relación a complejos estados psicológicos, su poder
sugestivo es notable y su eficacia verbal sorprendente. En su lacó nica
sencillez, son organismos completos, como los trozos musicales y las danzas con
los cuales forman la tríada clásica que representa la perfección del arte rítmico.
Las estrofas citadas más arriba, expresan el
subyugamiento del amor y la jactancia picaresca del poeta pobre. Repitámoslas,
para ver que cual quier amplificación saldría redundante al ser dos
expresiones cabales de dos estados completos de la sensibilidad:
Vida
mía de mis ojos,
piedra
imán de mis sentidos,
no puedo
pasar sin verte,
vuelvo a tus
plantas rendido.
Obsérvese que cada verso es, por su parte, una
expresión completa, de donde resulta la fuerza penetrante de la estrofa. El
primero, declara la pasión con intenso pleonasmo; el segundo, dice la atracción
por anto nomasia; el tercero, la angustia de la ausencia; el cuarto, la
suprema ren dición. Eso es, a la verdad, todo el amor en su genuina sencillez.
M e
dices que soy un
pobre;
pobre, pero generoso;
como el hueso
de la cola,
pelado pero sabroso.
He ahí otra expresión completa. La galantería
picaresca del gaucho, ante un desvío egoísta, todavía lo desprecia con la
materialidad cruda de la comparación. La exactitud pintoresca de esta última,
agota el tema con un rasgo definitivo.
Veamos, ahora, un tributo regio, como lo hubiera
concebido el mismo Salomón en su C antar ; bien que por delicada cortesía el
poeta lo disimuló en una familiar ternura de diminutivos:
Si m e hubieras
avisado
cuando
te ibas a bañar,
yo te
habría hecho un
pocito
llenito de agua
de azhar \
0 bien la
típica escena de las declaraciones pastoriles, en tono de ironía sentimental:
Q ué
lindo es ver
una moza
cuando la están
pretendiendo,
se agacha y
quiebra palitos,
señal
que ya está
queriendo .
Supóngase trasladada al lienzo esta impresión, y
tendremos un cuadro completo.
Apréciese el misticismo amoroso de esta otra
composición cuya verdad no retrocedió ante el rasgo prosaico, según pasa con
todos los artistas sinceros:
En el m ar de tu
pelo
navega un peine,
y en las olitas
que hace
m i
amor se duerm e.
¿No es deliciosa esta evocación de ribera tranquila
que parece peinada por la revesa, mientras la amada va desatando con sedosa
lentitud las ondas de su cabello? El encanto de la imagen poética, o sea la
emoción de belleza bajo su expresión más amable, consiste en esas aproxima
ciones.
Un presentimiento de olvido inspira este otro
verdadero poema en veinticuatro sílabas, donde la impresión del lecho solo, y
por ello con vertido en tumba, da intensidad trágica a la pasión:
De
terciopelo negro
tengo
cortinas,
para enlutar m i cama
Si tú m e
olvidas.
La expresión es menos intensa, pero de una poesía
más romántica en la copla siguiente, que con psicología sutil generaliza sobre
todo un pai saje, adecuándolo al estado interior, la tristeza de las
separaciones:
N o hay rama
en el campo
que
florida esté . . .
T odos son despojos
desde
que se fue.
1 Es así según lo requiere la medida del poeta
gaucho, como debe escribirse esta palabra para conservarle la ortografía
arábiga y diferenciarla de azar, lance de juego; aunque, en este caso, también
significa flor. Los árabes pronuncian más bien adjar, pero nunca hacen
trisílaba la voz.
Espiritualizada en el dolor del poeta, la
desolación invernal de la Na turaleza, tiene por causa la ausencia del bien
amado. De ella dimana que todo sea despojo y aridez, y que lo notemos así en la
aspereza de la rama desnuda.
Véase este otro poemita, el más perfecto quizá,
pues consiste en un solo rasgo de cariñosa picardía:
Tiene la
vida mía
un
diente menos.
Por ese
portillito
nos
entendemos.
Es todo un pequeño idilio, y usted ve la muchacha,
más simpática con su defecto, como la fruta picada; el galán, entre amartelado
y so carrón, que la requiebra; el portillo del cerco, donde se entienden en
dulce clandestinidad: que de ahí viene la picardía, sabrosa como un beso
robado.
La expresión caballeresca de la fidelidad, no
resulta menos delicada, porque sea rudo el lenguaje:
Tom a
este puñalito
y abrime el
pecho,
ahí verás
tu retrato
Si está bien
hecho.
También está llena de picaresca gallardía la
siguiente jactancia de conquistador:
Una caña de
pescar
tengo para m i consuelo;
cuando un peje se me va,
ya otro queda en el anzuelo.
Y esta otra sobre el mismo tema:
Yo soy
pescador de amor,
boto m i anzuelo a la mar,
al peje que quiero pesco,
y al que no
lo dejo andar.
O todavía esta graciosa prevención de la cita:
Si tu m adre
te m anda
cerrar la puerta,
hacé sonar
la llave,
déjala
abierta . . .
Por último esta apasionada quejumbre que lamenta en
su demisión la crueldad del amor trompero:
De aquel
cerro verde
quisiera
tener
hierbas
del olvido
para no
querer.
Todos los matices del sentimiento animan, pues, esa
poesía, que las danzas comentaban a su vez con su plástica y sus movimientos.
La va riedad de aquellos pasos, así como su carácter despabilado, en el cual
nunca llega a lascivo, ni siquiera a voluptuoso el rasgo picante, demuestra una
cultura verdaderamente notable, por la gracia de su expresión y !a abundancia
de su alegría.
Figuraba también en ello un rasgo de noble simpatía
humana. El ciego conseguía, como ejecutor habitual de semejante música, un
alivio deco roso de su desgracia. Y así, el respeto del mendigo, ennobleció el
senti miento popular por medio del arte. Aquella belleza descubierta en el
alma del mísero para siempre anochecida tenía, por ser ésta análoga a la
nocturna profundidad, la elevación de una estrella.
La poesía gaucha era, pues, un agente de
civilización. Representaba para el campesino las letras antes de la lectura; la
estética como elemento primordial de enseñanza. El gaucho fue, por ella, el más
culto de los campesinos. Con ella afinaba su lenguaje, habituándolo a la
cortesía que consecutivamente pulió también sus maneras: rerum verba sequuntur.
Ellas manifestaban cortedad, pero no torpeza. El talante gaucho denun ciaba
sin brusquedad, un hombre libre. Hasta en los carnavales donde solía embriagarse,
el jolgorio orgiástico no asumía caracteres repugnantes. Los juegos epónimos
consistían en refregar suavemente el rostro de las muchachas con un puñadito de
almidón perfumado de albahaca o de clavo; en quebrarles sobre la cabeza con
moderada depresión, el huevo cargado de agua olorosa; y los tálamos eventuales,
eran, lejos de la casa, en secreto, los raigones del ombú apartado o las matas
ribereñas del hinojal. El propio concepto de la vida, resultaba poético en su
generosidad y su culto del valor. Hasta los defectos correspondientes, eran
exagera ciones de tales tendencias. La sórdida ambición de la riqueza, el
crimen venal, no existieron en los pagos gauchos sino como rarísima monstruo
sidad. El ratero fue más bien un gracioso; el cuatrero alardeaba una arro
gante despreocupación de paladín. El peligro inherente a toda empresa
irregular, constituía su precio honorífico. Decíase de los bravos “que no
tenían el cuero para negocio”.
Sus juegos, antes que el interés, ambicionaban el
honor del triunfo, alardeando mañas despejadas y oportunas, gallardas
actitudes, vigorosa destreza. Así, entre los de barajas, el truco rápido y
decidor, a puros lances de ingenio; entre los de habilidad, la taba
caracterizada por movi mientos y actitudes ciertamente dignos de la escultura.
Entre los hípicos, el pato, consistente en la disputa por una pelota de cuero
con dos manijas, que bandos rivales dirimían a caballo, arrancándose
alternativamente, aquel chisme, mientras corrían los campos hasta dejar
triunfantes los co lores prendidos a sus chaquetas por las mozas en sendos
moños azules y carmesíes.
En los trabajos rurales, parecida elegancia
varonil. Revolvíase furioso en los corrales el ganado arisco, o disparábase por
los campos con irrup ciones de huracán; y viera usted ese criollo de bronce
que arrojaba su lazo en prolongado regular serpenteo de veinte brazas sobre el
cuello del bagual, y lo detenía en toda su furia, dándolo contra el suelo como
un peñasco, sin rayar una cuarta el polvo donde clavara su talón. O aquel que
se dejaba caer a los lomos del potro indomable, desde el cabezal de la tranquera,
y sin bridas ni montura aguantaba firme, cuadras y cuadras, los corcovos
tremendos, excitándolos todavía con la espuela pasada de intento por paletas y
verijas, y coronando su proeza con certero rebencazo en la nuca, para salir de
pie, triunfante, a media vara del tumbado ani mal. O todavía otro, que
atropellaba para bolear, empinado en los estri bos, alto el brazo formidable,
peinada de huracán la greña, tronada con estrépito arrebatador su nube de
tierra. Y cuando lanzaba contra la per seguida bestia el zumbante ingenio, el
cintarazo de su cordel iba a trabar cerviz y jarretes en polvorienta balumba de
remolino.
La paciencia filosófica recobrábase en las pausadas
labores del arado, que va devolviendo, al paso como meditabundo de la yunta,
las motas cabelludas de paja; o al chirrío perezoso de la carreta en cuyo
pértigo se adormila el picador, hasta integrar con aquellos espíritus
románticos la sugestión sentenciosa engendrada por el silencio del desierto. El
peligro que comportaba recorrer aquella incierta llanura, acentuó la índole re
flexiva del carácter gaucho, enseñándole la contemplación del cielo. La noche abrióle
su cuadrante estelar con certidumbre consoladora. Mientras al lado del fuego
encendido en un hoyo para que no le denunciasen las llamas, consumía su parca
ración, atento el oído a los rumores del campo, el caminante solitario
apreciaba con melancólico interés la compañía de los astros exactos. Nunca
fueron ellos más dulces en su perenne segu ridad, al corazón sensible del
peregrino. La antigua poesía de los zodíacos estaba en su alma primitiva con el
atavismo de aquellos pastores sabios que congregó como un puñado de ardiente
arena la ráfaga profètica del Islam. Aquellas luminosas letras del destino,
parecían escribir también sentencias inmutables en la doble profundidad de su
espíritu y de la noche.
Ah, quien no haya sentido la paz campestre en torno
de un vivac pampeano, bajo la soledad que serena el alma como una música, y la
Vía Láctea que describe la curva inmensa de la noche como una aparición
angelical inclinada sobre una lira; quien no se haya estremecido hasta lo más
hondo de su ser con aquella presencia de la eternidad descendida sobre el
desierto, ése no sabe lo que es la poesía del infinito.
Iba así caminando la noche a paso lento por la
hierba. Dijérasela, a la cabecera del peregrino, la aproximación prudente de
una madre enlutada. Y cuando el alba venía con su caja de cristal que contiene
para los mor tales la belleza del mundo, el lucero solitario brillaba como la
previsora
brasa doméstica, donde a poco encenderíase,
triunfante, el fogón de oro del sol.
V
LA
MUSICA GAUCHA
Conforme al principio más constante del arte
popular, la música de los gauchos fue siempre inseparable del canto y de la
danza. Jamás ha exis tido música popular aislada de la voz humana y de la
acción represen tativa. Desde la tribu más salvaje, con sus rústicos tambores,
hasta la sociedad más civilizada, con sus ricas orquestas, el caso repítese
invaria blemente. Así sucedió entre los griegos, que no conocieron el arte
aristo crático, sino como fruto de decadencia. La misa cantada que fue el más
alto espectáculo artístico de la Edad Media, combina también los tres
elementos: música, poesía y pantomima o acción. Nuestras óperas hacen lo propio
\ Semejante persistencia a través de estados sociales tan diver sos, revela,
seguramente, una tendencia fundamental del alma humana; con lo cual, música,
poesía y danza popular, adquieren singular impor tancia para el estudio de la
psicología colectiva.
Siempre que hay combinación de ritmos, — y esto
sucede con todos los movimientos regulares— el más lento y elemental de dichos
ritmos, tiende a determinar el compás de la combinación. Por esto la música y
el canto quedan subordinados a la danza cuyos pasos determinan la medida
musical y la poética. La danza es una combinación estética de los movi mientos
y actitudes de la marcha natural, cuya armonización rudimentaria está en el
paso militar, acompasado por el son del tambor, rudimento mu sical a su vez.
Ahora bien, el ritmo fundamental del cual proceden
todos los que percibimos, es el que produce nuestro corazón con sus movimientos
de diástole y de sístole: el ritmo de la vida, así engendrado en la misma raíz
del árbol de la sangre. El primer par rítmico, consiste, pues, en dos sonidos
iguales separados por una pausa, como los “golpes” del corazón; mas, la
periodicidad a la cual llamamos ritmos, no se torna sensible, sino con la
repetición de dicho par. Los salvajes y los niños, limitan a esto su música. El
primer elemento musical, resulta, así, tetramétrico. El paso militar y el
tambor que lo acompasa, consisten en la misma repetición. Los elementos
fundamentales del verso, que empiezan, naturalmente, por ser prosa cantada,
resultan de igual naturaleza. Dicha prosa debe haber
1 El ciclo wagneriano, sintetiza esta evo’ución
gigantesca; puesto que la T e tra logía y Parsifal, sus dos focos extremos,
manifiestan respectivamente el carácter positivo y dinámico de la antigua
tragedia, y el espíritu negativo y estático del cristianismo. La expresión
wagneriana, contiene, asimismo, todo el lenguaje mu sical, desde las más
vastes combinaciones orquestales, hasta los leitm otiv, con frecuencia
primitivos y salvajes.
consistido, además, en los monótonos arrullos
maternales, y en las pocas frases exaltadas cuya repetición constante forma el
lenguaje del amor.
El ritmo de los primitivos versos, como el de las
marchas militares, está formado por grupos binarios, y sobre todo, por
múltiplos de cuatro. De aquí el predominio del octosílabo en la poesía popular.
Observemos, todavía, que el paso de los cuadrúpedos
es naturalmente tetramétrico, lo cual explica que algunos caballos, sin mediar
enseñanza alguna, marchen al ritmo del tambor. Las imágenes regulares que cada
nota musical produce en las placas sonoras de los gabinetes de física, están
constituidas por figuras fundamentales en número de ocho o de múltiplos de
ocho; lo cual da la razón científica de la octava. Por último, las famosas
series de Mendeleev en la clasificación química de los cuer pos, son también
óctuplas.
Sabido es que los árabes atribuyen la invención de
sus ritmos poéticos fundamentales a la imitación del paso del camello y del
caballo, lo cual suministra una comprobación valiosa, por tratarse de raza y
lengua tan diversas.
La idea de reunir los sonidos en grupos ternarios,
debió nacer de la sensación producida por los binarios cuya combinación
sistematizada es ya una operación intelectual. La repetición del primer temo
rítmico, necesaria para sensibilizar el ritmo, engendra el verso hexasílabo más
sencillo, o sea el del arrullo.
la - lá - la | la - lá - la
Pero, como después de todo, el terno rítmico es una
creación artificial, su combinación en la poesía popular limítase a la
repetición mencionada. Necesita unirse a un disílabo o a un tetrasílabo para
figurar en la métrica bajo las formas pentasilábica y heptasilábica. Por lo
demás, los hexasíla-bos más comunes, son combinaciones de disílabos y
tetrasílabos, o de di sílabos solamente. El grupo binario predomina, pues, en
todas las com binaciones.
Los pies o unidades métricas fundamentales del
verso antiguo, dan clara idea de estas formaciones primitivas. El yambo y el
troqueo, pares silábicos que se compensan por oposición simétrica, tienen su
equivalente ternario en el tribraquio. El espondeo, o sea el ritmo binario
perfecto, tiene por equivalentes ternarios al anapesto (tan binario como valor
rít mico, que suele sustituir al yambo) y al dáctilo o heroico, que es el
fundamento del hexámetro homérico. Todos estos valores resultaban per ceptibles,
porque la poesía antigua era cantada. Con eso, el canto adquirió a su vez
acentos peculiares, adoptados por nuestra música instrumental a medida que
aumenta en ella la tendencia expresiva.
El latín popular que adoptó los metros de nuestras
lenguas romanas en sustitución de los clásicos, conserva como un residuo de la
antigua acentuación silábica, o escansión, la individualidad perceptible de los
miembros ternarios y cuaternarios cuya duplicación
engendró al verso hexasílabo y al octosílabo. He aquí algunos ejemplos.
Primera forma, o doble ternario, que es la más
rara:
I w risu — iocundo,
Et tándem — eloquio
Resonat — facundo.
Forma disilábica del hexasílabo:
Tales — versus
— fació
Quale — vinum
— bibo.
Disílabo con tetrasílabo:
Nisi — quod inopia
Cogit — me cessare.
Tetrasílabo con disílabo:
Unicuique — proprium
Dat natura — munus.
Forma binaria del octosílabo:
Bibit — hera
— bibit — herus,
Bibit — miles
— bibit — clerus.
Forma
tetramétrica:
Alte
clamat — Epicurus:
Venter satur
— est securus 1 .
Los metros fundamentales de la poesía, son, pues,
el pentasílabo, el hexasílabo, el heptasílabo y el octosílabo, que los
españoles legaron a los gauchos y que componen, precisamente, toda nuestra
métrica popular. La música y las danzas argentinas, tienen, naturalmente, el
mismo origen; correspondiendo su compás al de los citados versos y sus
combinaciones.
La música introducida por los conquistadores en
América, fue aquella del siglo xvi que había invertido ya totalmente la escala
antigua, o sea la escala descendente menor (mi, re, do, si, la, sol, fa, mi)
conservada a nivel durante la Edad Media, en la escala ascendente de do,
engendrando la tonalidad y con ella el dominio de las terceras mayores
naturales. Pero como el ritmo del arte antiguo, dependía de las duraciones
silábicas, siendo por ello más sencillo y natural que el nuestro, la música
popular ha conservado rudimentos antiguos cuya aparición, anómala a primera
vista, queda de este modo explicada.
1 Carmina
Burana, passim. Por lo demás el ritmo trocaico, que es el de nuestro
octosílabo, era popular en Roma. Recuérdese la tan citada respuesta de Adriano
a Floro, y el canto festivo de los legionarios de César: Urbani servate uxores.
He dicho ya que el ritmo de la marcha es binario,
siendo su primera forma perceptible, la tetramétrica. Acabamos de ver que el
primer múl tiplo de cuatro, engendra el verso octosílabo, o sea el más natural
y popular a la vez. El período óctuplo domina también en la música mo derna y
es el origen de la cuadratura cuyo imperio permaneció incólume hasta Berlioz.
Las marchas militares de los griegos, tenían la misma for ma; y las
evoluciones de sus coros en el teatro, obedecían al ritmo de nuestra polka.
La unión estrecha de los tres elementos artísticos,
música, poesía y danza, bajo el ritmo binario, determina el parecido de las
músicas popu lares entre sí; pero lo acentúa todavía un elemento psicológico,
sensibi lizado por el predominio de las diversas escalas. La descendente menor
del canto antiguo, que iba de lo agudo a lo grave, expresa la alegría por medio
de la danza. La escala nivelada en re por la Edad Media, significa tristeza.
Así aquellas usadas por Guido d’Arezzo, y en las cuales predo mina la cuarta.
Son eminentemente místicas y tristes, siendo ésta, no su pretendida cacofonía,
la causa de que el Renacimiento las desterrara. Por último, nuestra escala
ascendente es pasional; y por esto, la música popular que se halla bajo su
imperio, conservando al mismo tiempo pre ciosos residuos de la música antigua,
suele combinar con tanta originali dad la alegría de la danza a la melancolía
de la pasión.
Tiene, pues, de la música antigua, aquella
desembarazada sencillez que si limita su objeto a la conducción de la danza,
posee con suprema ligereza y admirable libertad, toda la vida del ritmo; y
aquella expresión soberana que resulta de hallarse unidas así, la música, la
poesía y la danza. La música moderna le ha legado la melancolía poética,
apasionada hija de la tristeza medioeval, que fue tan dolorosa, por no haber
conocido esperanza sobre la tierra. Así, usará en su lenguaje corriente las
terceras, cuyo predominio, al realzar la poesía del acorde, constituye el
principal progreso y la caracterización más favorable de nuestra música; pero
sin dejar de recurrir a las cuartas y a las quintas con desenvuelto albedrío,
hasta anticipar las más audaces innovaciones.
Casi todas éstas consisten, efectivamente, en
regresos hacia la liber tad y los modos antiguos. Así, para no citar sino un
ejemplo, la reinte gración modal de la, sol, fa, mi, iniciada por los rusos,
según debía su ceder puesto que en la música rusa tuvieron siempre tanta parte
los elementos populares. Asistimos con toda evidencia a una crisis tan im
portante, como la que se caracterizó en el siglo xm por la introducción de las
tercias naturales en la escala.
Entonces viene a descubrirse que todos los
elementos de evolución, es decir, los rudimentos vivaces del arte antiguo y de
la libertad futura, están en la melodía genuina de la música popular, que no
necesita acom pañamiento, desarrollo ni armonización decorativa, por ser de
suyo un organismo perfecto. Querer, pues, aplicar la armonización o el contra
punto a ese elemento, es tan absurdo como
intentarlo con el canto del ruiseñor; o para recordar la comparación clásica,
equivale a dorar el oro y a perfumar la rosa. . .
Pero existen en la música popular, y ciñéndome a mi
asunto, en la música de los gauchos, elementos de construcción, no menos
respetables.
Nadie ignora que en los coros antiguos, las
palabras solían tener, como grupos silábicos, la misma medida de la melodía.
Esta simetría binaria, creó la estrofa y la antiestrofa, que no eran sino la
pregunta y la respuesta del diálogo cantado. Stesichoros \ habría inventado en
el siglo vi a.C. la tríada lírica, añadiendo el épodo.
Ahora bien, la sonata, o sea nuestra composición
musical más perfecta, conserva en su construcción una distribución análoga.
La música sinfónica tiene, efectivamente, su origen
en la canción que acompaña a las danzas populares de la Edad Media. La más
antigua entre éstas, fue la canzona, compuesta de dos partes: una exposición de
ritmo binario, y una reexposición de ritmo ternario. El cuarto movimiento de la
suite, origen inmediato de la sonata, conserva aquella estructura; pues
consiste en una danza vivaz de corte binario, llamada por antonomasia la jiga.
El aire de nuestro G ato (N ? 6) es semejante al de la jiga. (Véanse los trozos
musicales insertos al fin de este capítulo). La suite es binaria a su vez como
el primitivo coro con su estrofa y antiestrofa.
Todos esos movimientos y ritmos, proceden de danzas
diversas cuyos nombres los representan en la suite y en la sonata. Esta, que es
ya ternaria, como la tríada lírica del coro antiguo, conserva, sobre todo en su
movi miento moderado, el carácter de danza popular. Una misma tónica liga las
piezas de la suite, y los movimientos de estas piezas van formando contraste
por oposición del lento al vivo y viceversa.
Aquí debemos considerar un nuevo elemento de gran
trascendencia estética.
En las sonatas de Beethoven, que señalan la
perfección musical alcan zada por el más grande de los músicos, las dos ideas
fundamentales de la composición (pues ésta no es ternaria sino en cuanto a su
estructura) parecen seres vivos, como se ha dicho con propiedad. El tema
rítmico representaría, pues, al sexo masculino, y la idea melódica al femenino.
Así, del primitivo ritmo orgánico producido por el trabajo del corazón, el arte
se ha alzado a la perfección espiritual.
Los trozos de música popular argentina que van a
continuación, ofre cen ejemplos de todos los elementos mencionados en estas
páginas. Son, por lo tanto, como toda música popular, cosa respetable para el
pueblo cuya alma revelan; con lo cual quiero decir, que es menester
conservarlos incólumes. Formados de piúsica, poesía y danza como los coros
antiguos cuya noble tradición continúan, son composiciones perfectas que el
con
1 Sobrenombre que significa “ordenador de los
coros”. El primero que lo adoptó, y es el de mi referencia, fue Tisias,
siciliano de Himera.
trapunto y la armonización de los músicos
académicos, deterioraría sin remedio.
Otra cosa es que sirvan para inspirar a los
músicos; pues, como va a verse, son muy ricos en sugestiones de carácter
poético y de sentimientos nobles; de melancolía viril y de elegancia decorosa:
o sea los bienes del alma que nos sugieren, respectivamente, Schumann y
Beethoven. Defor marlos, so pretexto de tomarlos por temas, sería un
deplorable error. En su sencillez campesina, ellos saben, por otra parte, más
verdadera música que los contrapuntistas de conservatorio. Por eso es que el
arte erudito, los rebaja cuando pretende enmendarlos. Tanto valdría aplicar la
tijera de la florista a la margarita de la pradera. Hacer estas cosas, es
atentar contra la belleza y contra la vida. Desaparecen, así, los preciosos
ele mentos de psicología colectiva, de estética y de progreso musical que
encierran esos cantos ingenuos. ¿Y qué gloria de artista alcanzaría a com
pensarlo? La flora espiritual tiene también sus especies rústicas.
No son ellas, como vamos a ver, las menos
delicadas. El hecho de que se parezcan a otras, no excluye su originalidad
esencial, como el gaucho no dejó de ser un tipo fuertemente caracterizado,
porque descendiera de indio y de español.
Fueron los conquistadores quienes introdujeron en
las comarcas del Plata la música, la poesía y la danza. He dicho que por aquel
tiempo, la evolución moderna de la música estaba ya realizada. El arte había
encontrado casi todas sus combinaciones definitivas. Así aquella de la escala
menor cromática con la escala menor diatónica, que es, quizá, la más bella de
toda la música. No era ella extraña enteramente al arte antiguo, pero son los
modernos quienes le han dado todo su valor.
Quiere decir, pues, que la rudimentaria música
indígena, no pudo influir sobre un arte tan adelantado. Sucedió lo contrario,
como era de esperarse. El indio adoptó las tonadas españolas, que, ciertamente,
resul táronle agradables. San Francisco Solano les predicó el cristianismo,
en cantándolos, primero, con su rabel. Los idiomas indígenas tomaron por
doquier el verso octosílabo; lo cual prueba una vez más la naturalidad del
ritmo tetramétrico.
Aconteció lo mismo con la danza. España era ya, por
entonces, el país más rico en el género; y el siglo xvi fue particularmente
afecto al baile. Los indígenas del Plata no tenían sino rondas bárbaras cuya
in fluencia fue nula.
Pero es en la adopción de los instrumentos, cantos
y danzas, donde comienza a presentar carácter propio nuestra música popular.
Los conquistadores introdujeron no menos de veinte
clases de instru mentos, sin contar los órganos y los clavicordios que los
gauchos no ha brían podido usar. Entre todos ellos, el pueblo prefirió la
guitarra y el arpa. El violín, sólo figuró más tarde en las orquestas populares
pero nunca como elemento primordial. El acompañamiento solía componerse
de triángulo y de bombo; pero toda nuestra música
popular, nació de las cuerdas. La sonata, compuesta hoy para teclado, tuvo el
mismo origen.
En las “orquestas” de los indios, predominaban, por
el contrario, los instrumentos de viento y de percusión. Así, entre los
araucanos de la pampa, diversas flautas y cornetas, silbatos de barro y de
hueso, sona jeros de calabaza y castañuela de concha. Su único instrumento de
cuerda era la guzla, o sea el más rudimentario; y aun éste, tomado de los espa
ñoles. Consistía en una cuerda de cerda torcida que tendían sobre una costilla
de caballo y rascaban con otra costilla de carnero. En los Andes del Norte, no
existieron más instrumentos indígenas que el tamboril, la corneta y la quena:
flauta pentatònica, es decir, de música quejumbrosa y tierna, que ha dejado
algún eco en las composiciones populares llama das vidalitas. Es el único
rastro indígena, vago después de todo, pues aquellas composiciones hállanse
sujetas a nuestros compases de % y Vs. Los indios de la citada región,
adoptaron de los conquistadores el tiple o pequeña viola cuya caja suele estar
formada, como la primitiva cítara de Apolo, por un caparazón de tatú; los
cascabeles, los clarines, la zam-poña y el birimbao de los montañeses vascos.
Ahora bien, la preferencia de nuestros gauchos por
los instrumentos de cuerda, demuestra su mayor sensibilidad y su preocupación
dominante del ritmo, que es el elemento copulativo — vale decir, vivificador—
en la tríada música-poesía-danza. La música de los griegos, caracterizóse de
igual modo; y principalmente por esta causa, resultó superior a la romana, que
era de viento.
La razón puramente sentimental de dicha preferencia
queda eviden ciada, si se reflexiona que la guitarra y el arpa eran
instrumentos de trans porte difícil para el cantor errante de la llanura. Su
fragilidad y su sen sibilidad a las variaciones del ambiente, requerían
cuidados minuciosos; y más de una vez, en las marchas nocturnas, el gaucho
despojábase del poncho, su único abrigo, para envolver la guitarra, cuyas
cuerdas destem plaría el sereno.
Es, asimismo, clásico el contraste expresivo de las
danzas gauchas. Su ritmo, elemento masculino, es alegre y viril, mientras su
melodía llora con melancólica ternura. Así resulta todavía más descriptivo de
la doble alma que encierra la pareja danzante, conservando toda su indi
vidualidad al hombre y a la mujer, quienes nunca llegan a unirse mate
rialmente. Aquel ritmo es con frecuencia suntuoso y sólido como las pren das
de plata con que el gaucho se adornaba. El acompañamiento suele resultar monótono,
porque el gaucho conservó el hábito español de no variarlo para sus diversas
tonadas. No obstante, la introducción del trián gulo revela una tendencia a
modular, aligerando la densidad explosiva del bombo, como quien alegra con
sencillo bordado una tela demasiado sombría. La audacia orquestal de este
acompañamiento no escapará, de seguro, a la técnica modernista. Añadiré que el
bombo, tocado siempre
a la sordina, no violenta el colorido musical;
antes acentúa su delicadeza
con profunda adumbración. El reemplazo de las
castañuelas, demasiado
insolentes en su cascadura, por las castañetas
tocadas con los dedos, obe
deció al mismo concepto de delicadeza en la gracia.
El predominio del
arpa y de la guitarra propagó el acompañamiento
arpegiado y con él la
profundidad sentimental de las sombras monótonas.
La guitarra lleva, por otra parte, la poesía
meditabunda, tan grata a
nuestros cantores populares, en el acompañamiento
de sus bordonas. En
ningún instrumento resalta mejor tampoco, el
contraste de los seres mu
sicales que llamamos ritmo y melodía. El diálogo de
las cuerdas es cons
tante, y el gaucho se pasaba las horas abstraído en
él, como los amantes
que no se cansan de decir y de oír la misma cosa.
La nota isócrona del
bordón
predominaba con ritmo cordial en el
instrumento tan próximo
a su pecho; y acordado así su corazón carnal con el
corazón melódico de
su música, la vihuela iba formando parte de su ser
como la esposa dormi
da en nuestros brazos.
Aquel diálogo de las cuerdas tiene su ajustada
traducción en la panto
mima y en los cantos de nuestras danzas. El primer
terno, dominado por
la prima, y el segundo por la cuarta, crean la
escena que todos aquellos
pasos describen:
el hombre que corteja, apasionado, y la mujer que se
esquiva, temerosa, mientras flotan sobre la pareja,
creando el ambiente
poético, la melancolía de la pasión y la gracia un tanto irónica
de la
coquetería. La unión de estos dos elementos,
demuestra una cultura nati
va que solamente las almas delicadas poseen. Y ello
resulta más honroso
todavía para nuestro pueblo, porque aquella
melancolía es siempre viril.
La pieza publicada bajo el número 3, lleva el nombre de un combate
donde inició las cargas de caballería; pues nada
predispone tanto al he
roísmo, como la música sentimental.
La composición binaria y la oposición simétrica de
sus partes resal
taba
también en la
poesía de los
trovadores gauchos cuyas
justas en
verso, o payadas, tenían, como he dicho, el mismo
desarrollo y los mismos
temas que las bucólicas antiguas.
Dije también que nuestra poesía popular usó todas
las combinaciones
métricas primordiales: el octosílabo, desde luego,
en la chacarera (N?
4); el heptasílabo
y el pentasílabo
en la combinación
de seguidilla
(zamba, gato:
iNos. 2 y 6). El hexasílabo y el tetrasílabo en el Caramba
(N<? 7).
Los cantos llamados vidalitas, adoptan
a veces una combinación de
octosílabo y
hexasílabo agudo. Estas dos
últimas formas, son
extrañas
a la poética española. El espíritu de nuestra poesía, es como el de la
música correspondiente: melancólico y viril a la
vez.
La delicadeza sentimental de estos dos elementos,
impuso a la danza
una decente cortesía que no amenguaba, por cierto,
su elegante gracia.
Hombre y
mujer permanecían siempre
separados, siendo su
contacto,
cuando lo había, eventual y fugaz; todo lo cual
caracterizaba también a la danza griega. Las actitudes expresaban siempre
comedido rendimien to en el varón, y honesta coquetería en la mujer. Así, ésta
no debía alzar jamás los ojos, ni sofaldarse más arriba del tobillo. Las
variaciones del zapateado, eran un difícil tributo del caballero a su
compañera; y nunca expresaban otra cosa que la urgencia de una respuesta a la
amorosa declaración. La última figura de aquellas danzas, solía ser un grupo
plás tico, en el cual el caballero hincaba una rodilla ante la dama,
atrayéndola por las puntas de los dedos para que le formase una corona con sus
brazos. La danza griega estaba formada también de actitudes plásticas que ex
presaban un pequeño poema, mientras el ritmo medía solamente los pasos. Era,
por esta razón, más estética que las danzas modernas cuyo encanto hállase
limitado al movimiento rítmico. Las danzas argentinas comentan todo el poema
del amor, desde los primeros galanteos des critos por el gato, donde predomina
la gracia picaresca, hasta el dolor de las rupturas irreparables, comentado por
El Llanto (N? 12). La última actitud de esta danza es una pantomima formada con
los pañue los puestos ante los ojos. El pañuelo y la falda, son recursos de
expre sión mímica usados con gracia poética en bailes como la m m ba (Nos. 2,
3 y 11) y el escondido (N ? 5), dignos por cierto de interesar a un artista.
Esta clase de mímica, era también peculiar a la danza griega.
Obsérvese que así como no tomamos de España sino
los instrumentos sentimentales, tampoco aceptamos las danzas frenéticas, como
la jota, ni los contoneos lascivos del paso flamenco, ni las ruidosas burlas
del chari vari vascongado. Nuestras danzas populares, provienen, sin duda, de
Es paña; pero su expresión es distinta, y en esto consiste el valor que les
atribuyo. Esta expresión peculiar comporta una regresión hacia las fuentes
griegas; lo cual quiere decir que no conservaron como sus inmediatas an tecesoras
de la Península, la lascivia romana \ ni la voluptuosidad oriental.
Las transcripciones que van a continuación,
comprenden una mínima parte de nuestras danzas; pues no he tomado de entre
ellas, sino las más características bajo el aspecto musical. Por esta causa, no
figura el Pericón (nombre antiguo del bastonero que esta danza requiere) o gran
contradanza de la campaña, tan abundante en figuras como pobre de música. Para
la descripción gráfica de las danzas, he tomado un solo tipo, el gato (N? 6)
cuyo desarrollo es el siguiente:
Mientras se toca la introducción, dama y caballero
permanecen en posición, frente a frente, a una distancia de tres metros.
La primera figura consiste en una vuelta entera que
la dama y el caballero ejecutan saliendo cada uno por su derecha, para volver
al
1 Es el caso de citar una vez más todavía los
conocidos versos de Marcial:
Nec de Gadibus improbis puellae
Vibratunt, sine fine prurientes,
Lascivos docili tremore lumbos.
punto de partida. Ambos llevan el paso al compás de
la música, y escan
den el ritmo por medio de castañetas hechas con los
dedos. A este movi
miento corresponde la primera parte de la
composición musical, rasgueada
y cantada sobre una
estrofa de seguidilla.
Recobrada la primitiva posición, la segunda figura
consiste en un zapa
teado dirigido por la segunda parte de la música,
que es punteada y sin
canto. La pareja no usa castañetas en esta parte.
El hombre ejecuta con
sus pies entrelazamientos complicados, sin
repetirlos mientras le es posi
ble. Hay quienes conocen hasta veinte variedades de
estos pasos, danzán-
dolos con sorprendente limpieza y rapidez, a pesar de sus enormes es
puelas. La
dama va y viene, describiendo en la misma
posición curvas
de nudo rosa; su mano izquierda descansa en la
cintura, mientras la dere
cha recoge graciosamente la falda.
La tercera figura es repetición de la primera, pero solamente en su
mitad; de tal modo, que la dama y el caballero
vienen a ocupar posiciones
inversas de las que tuvieron en la segunda
figura. La cuarta figura, es
repetición de la segunda. La música sigue el mismo
orden de las figuras.
La quinta figura consiste en una doble vuelta que
dama y caballero eje
cutan en el sitio tomado por ambos para la figura
anterior. Aquí termina
la primera parte de la danza, y es la segunda
posición de la pareja. El
paso, la mímica y la música de la quinta figura son
los mismos de la
primera. La
segunda parte de la danza, es una repetición de todas las
figuras, hasta volver
la pareja a la posición inicial.
La zam ba es
más característica todavía. No obstante el origen arábigo
de su nombre x, es una verdadera danza griega, no
sólo por la separación
de la pareja y la mímica ejecutada con pañuelos, sino por la libertad
plástica de las actitudes y las figuras. Fuera de la dirección, que es la
misma indicada para la primera figura del Gato, nada hay determinado
en ella. La gracia y el ingenio de los danzantes,
debe improvisarlo todo.
En todas estas
danzas, los movimientos
del hombre caracterízanse
por el brío
desenvuelto que da gallardía marcial a
la actitud, y los de
la mujer para aquella delicadeza ligera que es la
delicia de su coquete
ría. El conjunto
expresa una clara alegría de vivir, y todo
esto, como
se ve, es decididamente beethoveniano.
Los trozos que van a continuación han sido escritos
por un modesto
profesor argentino,
don Andrés Chazarreta, en
quien hallé la rarísima
virtud de la fidelidad y la justa noción del
patriotismo. Quiero decir que
estas piezas populares no han sufrido deformación alguna.
Todas ellas
son anónimas,
y la mayor parte fueron danzadas en
mi presencia por
parejas que el mismo señor Chazarreta había
adiestrado. son también las
Como
fácilmente verá el lector las
más originales
más sencillas en su
estructura; pues no constan sino de un
tema ex
1 De zam bra, fiesta morisca, en la cual solían
danzar las almeas.
puesto y reexpuesto con una ligera variante. Así
las zambas señaladas con los números 3 y 11. Su acento rústico balbucea quejas
de zampoña, despierta gritos de pájaro montaraz, salta como un guijarrillo
entre los caireles de agua de la náyade montañesa; mientras en lo profundo del
ritmo viril, conmuévese una ternura de patria.
Las piezas de estructura ternaria son las más
elegantes; y algunas como el C u án do . . . (N? 8) ofrecen ya un aspecto
clásico. Por esta for ma, tanto como por el género de su música y la honesta
elegancia de sus movimientos, pertenecen a las danzas llamadas bajas en la Edad
Media y que tanta boga alcanzaron en el siglo X V I I , siendo sus tipos más
nobles el minué, la gavota y la pavana. Nuestro Cuándo . . . parti cipa
precisamente de los tres. Ahora bien, la suite no fue, como es sabido, más que
una sucesión de tales danzas cuyos movimientos ha con servado la sonata; pues
la música, aun en esta forma superior y quizá suprema de perfección, es el arte
más próximo a la fuente popular. Sa bido es con cuánta fidelidad frecuentábala
Beethoven, y cuánto se inspi raron en ella Scarlatti (D ). y Bach (E .), los
padres de la sonata. De aquí ciertas semejanzas que a primera vista dijera uno
imitaciones, pero que no son, ciertamente, sino coincidencias expresivas del
lenguaje del alma. El anónimo popular y el genio, tienen, al fin de cuentas, el
mismo corazón, fuente de toda melodía; sólo que el primero crea por instinto, y
así su éxito depende de la selección natural, como pasa con las semillas
derramadas por la planta silvestre; mientras el segundo asegura el triun fo a
sus creaciones, con imponerles la ley superior de su inteligencia. El canto
popular que persiste demuestra con ello la aptitud vital de los organismos
completos.
Podría suponerse, por otra parte, imitación de
algunos temas que, desde luego, el gaucho no podía oír sino en circunstancias
casuales, y contenidos en una música completamente extraña si no francamente
desagradable a su oído inculto; pero cuando se trata de procedimientos
especiales, de detalles fugaces, la sospecha es inadmisible. El gaucho ha bría
necesitado una técnica de que, por cierto, carecía.
Así por ejemplo, la introducción de sus danzas
(Nos. 2, 3 y 6 ) casi siempre repetida, suele no tener otro objeto que la
prevención tonal, como algunas veces lo hacía Beethoven en la sonata; pero
sería absurdo ver en ello una imitación. El predominio del acompañamiento
rasgueado, en las guitarras gauchas, ha precedido, de seguro, a la actual
reacción del arpegio continuo hacia su forma más elemental, el “bajo de
Alberti”.
Por otra parte, la música ciudadana fue en la
Argentina siempre y totalmente distinta de la campestre. Prefería para el
canto, el verso decasílabo, que la copla gaucha jamás conoció; para la danza,
las óperas más en boga cuyas melodías adoptaba; y los clásicos a la moda, no
eran, naturalmente, desconocidos de sus profesores. Así, el himno nacional
había nacido de la tercera sinfonía de Haydn.
Supongamos, no obstante, una imitación directa,
porque el C u á n d o . . .
en su aíre y en su ritmo, se parece a ciertas
sonatas de Scarlatti (parti
cularmente, la 41, y todavía las 15, 32, 33 y 38)
de la edición Wreit-
kopf
und Härtel. Scarlatti
falleció precisamente en
Madrid, donde
había residido mucho tiempo; y varias de sus
sonatas como la 60 (ed.
cit.) que
lleva la mención “compuesta en
Aranjuez”, tienen acentuado
carácter español, si bien con tendencia hacia los
ritmos frenéticos, olvi
dados por nuestra música. Añadiré todavía que hay
cierto parecido entre
nuestras
danzas en e/ 8, como la Zam
ba, y la sonata
46 de Scarlatti.
El hecho no revestiría por esto menor interés, al
constituir la revelación
de una simpatía profunda entre aquel maestro que
fue, como he dicho,
uno de los creadores de la sonata, y los trovadores
gauchos, pues el trozo
que por exceso de precaución supongo imitado, tiene
un evidente aire
de familia con aquellos otros cuya
autenticidad no es dudosa. Después
de todo, creo que no habrá sino una coincidencia
harto explicable, no
sólo por la influencia de la música popular de
España sobre Scarlatti,
sino porque en tiempo de este maestro, la sonata
hallábase todavía muy
próxima a
la fuente popular.
La semejanza no comprobaría,
así, sino
la mayor delicadeza de nuestra música. Existe, por
último, una circuns
tancia interesante.
Si Scarlatti hubiera
influido, como podría inferirse
superficialmente por la repetición de
coincidencias, los trovadores gau
chos
habrían copiado. No
tenían interés alguno,
ni técnica bastante
para disimular;
y luego, la música es, en esta materia,
el dominio de
la desvergüenza.
Pero hay
hechos más concluyentes.
Fácil es notar
en la danza
de
que voy ocupándome
— el C u á n d o . . . — la
forma llamada “de
tres
divisiones”:
exposición, desarrollo y
recapitulación que los
clásicos, y
Bach, sobre todo, en sus Invenciones, emplearon del mismo modo. He
aquí el tema de la primera parte, -
y f t
^ _ —
desarrollado y transformado en la segunda
para reaparecer con sencilla claridad en la
recapitulación:
Todo ello comentado poéticamente por esta frase,
en la cual parece llorar recuerdos la sugestión de
lo lejano.
Pero la semejanza no se detiene aquí. El matiz
clásico que consiste en hacer P. P. la repetición de una parte, primeramente
ejecutada F o FF está indicado con claridad en este trozo, verdadero germen de
sonatas perfectas. Por eso resulta necesario a su expresión, rallentare el
penúlti mo compás, clásicamente. Añadiré para la mejor ejecución, que al
repetir D. C., debe tocarse sin repeticiones parciales.
La Chacarera (N? 4 ) parece alejar con el encanto
ciertamente rudo de su expresión silvestre, toda idea de analogías clásicas.
Apenas hay nada más remoto, como que esta danza nació en una región donde aún
el idioma español fue hasta hace poco desconocido. Obsérvese, no obs tante, el
matiz beethoveniano F -PP en el momento del cambio de ideas, que evidencia la
caracterización sexual antes enunciada (a):
La armonía sencilla y fuerte del trozo, es
ciertamente viril; en cambio, los acordes arpegiados (b) sugieren el tipo
femenino de estos compases. Y aquí ya no hay cómo sospechar siquiera una
imitación. Ese proce dimiento estético, habría excedido, a no dudarlo, la
apreciación cons ciente del gaucho. Trátase de una intuición, engendrada por
la sinceri dad del sentimiento en un alma naturalmente delicada.
El Gato (N? 6) ofrece, otra vez, mucho de la forma
ternaria clásica. Su tercera parte, constituye la recapitulación siendo la
primera parte un poco modificada en el ritmo. Por lo que hace a su ejecución,
nótese que si es menester repetir unidas la primera y la segunda parte, ello
tiene, ante todo, por objeto, obtener un contraste de sonoridad que es
enteramente clásico. (Hágase PP esta repetición, incluso el acorde final; pero
al DC, debe aplicarse estos matices: 1? FF; 2? F; 3? FF; y no efectuar repeticiones
parciales)1.
La M edia Caña (N? 1) nos transporta al dominio de
la música mo derna, como para desvanecer, siendo anterior la suya, toda idea
de imita ción. Estos unísonos potentes
recuerdan, efectivamente a Mussorgski, quien en su
Borís Godounov, trató al unísono los orfeones del pueblo ruso. La aproximación
vale la pena, pues precisamente los coros populares son lo esencial de aquella
obra, quizá la más original que en su género contenga toda la música.
He aquí, por último, algo más singular en El
Bailecito (N? 10):
c«.;
*f4 =#=L
Fácil es advertir en este compás (el antepenúltimo
de la danza), la salvaje belleza de la “doble apoyatura” (soí - si - ^ ) de las
notas la - do (3 ? y 73 del acorde de 7^ de dominante); pero en seguida, las
mismas notas s o l - s i son “doble apoyatura” de la nota la a 8^ alta (a) de
sus apoyaturas, lo cual produce un efecto digno de la mejor música mo
dernista.
Infiero que esto ha de haber sido una audacia
naturalmente sugerida por el punteo de la guitarra; pues la influencia de este
instrumento re
1 Esta última recomendación, concierne también a
las zam bas y a casi todas nuestras danzas populares.
salta a cada instante en la música gaucha. Así
puede notarse claramente en los acordes arpegiados de El Escondido (N ? 5).
Podría perfectamente dejarse esta música, como Bach
dejó la suya: sin ninguna indicación para el movimiento, fraseo y matiz; de tal
modo, que el ejecutante conservara una plena libertad de interpretación. Pero
repito que tales melodías no necesitan acompañamiento sabio, porque son para el
aire libre, consistiendo su armonización en el rumor de los cam pos. ¿Qué se
podría arreglar, es decir, modificar, quitar o añadir a un repique de campanas
en el alba, a los balidos del rebaño en la tarde, o a la vaga quejumbre que el
viento arrastra por la noche bajo el estre mecimiento de las estrellas? Pues
lo mismo ha de suceder con la tonada en que se exhala el corazón del pastor.
Respetemos el canto genuino en esa alma, como respetamos la pureza del agua en
el manantial \
Conservemos también como un tesoro, la fuerza
juvenil que anima a esas composiciones; su honesta gracia, saludable al
espíritu; la sencilla perfección de la tríada clásica, en ellas reflorecida.
Obsérvase, en efecto, que apenas separada, nuestra música popular decae y se
empobrece. Así sucede con los acompañamientos de canto, monótonos recitados, en
los cuales no interesan ya el ritmo ni la melodía. El gaucho no conoció,
tampoco, otro canto separado de la danza, que el de sus tensiones de trovador;
y como lo esencial en éstas, era lucir el ingenio, bastábale para ello con la
semi-música del recitado. Los cantos llamados Tristes, Estilos y Gauchitas,
fueron más bien música de arrabal. Adviértese esto fácilmente en el uso
habitual de la décima, estrofa que los gauchos no conocieron sino de nombre,
aplicándolo a las únicas formas por ellos usadas: la cuarteta y la sextina2. No
restan sino las Vidalitas, pobres tonadas que sólo ofrecen un interés de
folk-lore.
A propósito de estos recitados, existe, sin
embargo, un hecho impor tante, que demuestra una nueva vinculación, esta vez
instintiva, con la música griega. Instintiva, es decir, más interesante, puesto
que revela entre el alma argentina y el alma helénica analogías naturales
estudiadas con detención en mi libro Prometeo. Nuestros recitados (Tristes,
Estilos, Gauchitas) están casi siempre en los modos lidio y dorio que forman,
con el frigio, las tres principales gamas, entre las ocho derivadas de la escala
griega, o descendente menor. Transcribo a continuación esos dos modos
1La primera parte de El Bailecito, es también final
como en el El D. C. debe tocarse sin repeticiones parciales.
2 Esta última combinada del siguiente modo: ( 1 ) —
(2, 3, 6 ) — (4, existe en la poética oficial.
Cuándo . . .
5) que no
sin agregar motivos de recitados gauchos, porque
éstos y aquéllos son, positivamente, la misma cosa \
Apreciada en su conjunto, nuestra música popular
resulta superior por su expresión y por su encanto, a la de los vascos y los
bretones, que son, quizás, las más fuertes y originales de la Europa
occidental. Ello se explica, como todo cuanto es superior en América, por la
aclimatación de tipos constituidos ya ventajosamente.
Pero, sea lo que fuere, si por la música puede
apreciarse el espíritu de un pueblo; si ella es, como creo, la revelación más
genuina de su carácter, el gaucho queda ahí manifiesto. El brío elegante de
esas com posiciones, de gracia ligera, su delicadeza sentimental, definen lo
que hoy existe de música criolla, anticipando lo que existirá mañana. En
aquella estructura, de suyo alada, está el secreto de su destino superior, no
en las contorsiones del tango, ese reptil de lupanar, tan injustamente llamado
argentino en los momentos de su boga desvergonzada. El predo minio potente del
ritmo en nuestras danzas, es, lo repito, una condición viril que lleva consigo
la aptitud vital del engendro. La desunión cor poral de la pareja, resulta
posible y gallarda gracias al ritmo que así gobierna la pantomima, en vez de
ser su rufián, como sucede con la “música” del tango, destinada solamente a
acompasar el meneo provo cativo, las reticencias equívocas del abrazo cuya
estrechez exige la danza, así definida bajo su verdadero carácter.
La danza gaucha, picada por las castañetas,
aventada por los pañuelos, punteada por las cuerdas con franca vivacidad, nunca
se arrastra. El aire es para ella un elemento tan importante como el suelo.
Luego pierde toda noción de contacto con éste. El ritmo es su único sostén como
las alas del pájaro. Su movimiento recuerda los giros aéreos, los equilibrios
vibrantes con que circunda y detalla una flor el colibrí. Quizá se ha
inspirado, por noción o por instinto, en el mundo de amor que compone cada una
de esas aladas parejas cuya doble chispa de esmeralda es una vivificación de
néctar y sol. Y así habíalo notado ya en su pobreza pri mitiva una copla
ingenua:
Esos dos bailarines
que andan
bailando,
parecen picaflores
que andan picando. . .
1 Inútil añadir que esta identidad fundamental,
determina semejanzas de com posición y de ejecución. Así, la música de los
recitados argentinos, es siempre ho-mófona como la de los griegos, y el
acompañamiento instrumental del canto, es igual al que éstos empleaban con la
lira y con la cítara.
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LA HUANCHAQUEÑA
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EL LLANTO
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EL
LENGUAJE DEL POEMA
La distinta procedencia de los arreos gauchos,
armonizados por adapta ción al medio en torno del núcleo hispano-arábigo,
constituyó un fenó meno paralelo con la formación del lenguaje hablado por
aquellos hom bres: estructura arcaica en su aspecto general, pero
considerablemente remozada por extraños aportes que fueron los elementos
vivaces de su evolución. Pobre en su vocabulario, como que éste era la
expresión de una existencia sencilla y monótona, ella imprimióle, en cambio, su
movilidad, su tendencia a la concisión de las fórmulas fatalistas, su crudo
realismo, su pintoresco desarrollo en el seno de la naturaleza. Las metá foras
adquirieron así, un carácter útil, o mejor dicho, docente, al formu lar
resultados de la experiencia, prescripciones de filosofía práctica, rela
ciones peculiares del hombre con las cosas nuevas de que se hallaba rodeado.
Los elementos expletivos del idioma cayeron, pues, en desuso; las frases
usuales simplificáronse como bajo una recia mondadura, en elipsis características;
el verbo amplificó su acción vivificadora, abarcan do en extensas
conjugaciones todos los substantivos: la ley del menor esfuerzo imperó
absoluta, al faltar, con la literatura, toda autoridad preceptiva; y aquella
síntesis espontánea deshizo, sin saberlo, la artifi ciosa superestructura
humanista que latinizó el idioma y segó sus fuentes vivas bajo los adornos
retóricos del clasicismo. Con esto, aquel lenguaje fue más activo como
instrumento de expresión, más vigoroso y más con ciso; mientras el otro, subordinado
desde entonces a la tiranía académica, a la estética del canon, fue
paralizándose en esterilidad sincrónica con el desmedro de la libertad
peninsular. Y fácil es notarlo en la doble lite ratura que forman durante el
siglo xvi los primeros historiadores de América con los literatos puramente
peninsulares.
Salvo Gomara que ya fue un rapsoda, aquéllos tienen
un vocabula rio más rico y más pintoresco; no porque usaran neologismos
americanos, rarísimos en su prosa según luego se verá, sino porque su
despreocupa ción literaria les ponía en la pluma el mismo idioma que en la
boca. Ello era tanto así, que lo mismo se nota en aquel grande cultísimo escri
tor Oviedo, y en el rudo soldado Bernal Díaz del Castillo.
Al propio tiempo, aquellos hombres que eran,
ciertamente, los más enérgicos de España y los últimos paladines de Europa,
trajeron ínsita la libertad en el don de su heroísmo. Muchos fueron de los
demócratas rebeldes que el cesarismo perseguía a muerte por entonces en el
Aragón foral y la Castilla comunera. Su aislamiento en el Nuevo Mundo, su
distancia del poder central, que, prácticamente, era la independencia,
constituyéronlos en república natural, extremando su individualismo has ta lo
sublime. Así, no existen en la historia del mundo energía ni proezas como las
suyas. Parangonado con el caballero andante más famoso de la
crónica, o de la leyenda, Alvar Núñez en su odisea
de la Florida es, todavía, un gigante.
Sendos legados de aquellos héroes son, pues,
nuestra democracia y nuestro castellano cuyos giros y voces no resultan, así,
barbarismos: antes preciosos elementos de una lengua más genuina, y con esto,
más vigorosa también.
Ello es visible ahora mismo.
Nuestro castellano, menos correcto que el de los
españoles, aventá jalo en eficacia como instrumento de expresión, al resultar
más acorde con las exigencias de una vida más premiosa: que tal, y por la misma
exigencia ineludible de progreso, fue, desde la conquista, la vida ameri cana.
Pues al no haber, acá, unidad étnica, fronteras ni tradición, o sea los
fundamentos de la nacionalidad, la quietud habría comportado, fatal mente, un
reintegro a la barbarie. Tan sólo la actividad física a que obli gaba la
naturaleza, era en América mucho mayor 1.
Adviértase también que la premura es tendencia
dominante en la bio logía de los idiomas; pues tales instrumentos sirven,
efectivamente, para acelerar la comunicación entre los hombres y suprimir las
distancias que los separan de las cosas, poniéndolas a su alcance sin necesidad
de trans porte material; de suerte que las expresiones breves realizan aquella
pri mordial aspiración. Cuando ellas son, además, claras y vigorosas, vale
decir, cuando comprenden la palabra exacta cuya eficacia consiste en que, así,
la cosa o idea evocada vienen a nosotros de una sola vez, dando un solo paso,
en lugar de dos o más, la operación resulta perfecta. Pero el idioma literario,
conforme al concepto académico, tiene, ante todo, por objeto, lucir la
habilidad de los escritores para combinar palabras de acuerdo con ciertas
reglas cuyo mérito reside en la dificultad que su cum plimiento ofrece; y en
esto estribó, principalmente, el trabajo del hu manismo.
Sucede que cuando los grandes artistas de la
expresión o de la plástica han compuesto sus obras, vienen los críticos y
formulan las características resultantes de esa construcción: o sea el modo
como se corresponden y subordinan sus elementos; y aquellas características así
formuladas las erigen en reglas cuya aplicación permitirá — según ellos—
repetir la operación creadora. De esta suerte, cualquiera puede transformarse a
su voluntad en artista, y tal es la pretensión de la retórica. Al mismo tiempo,
como lo más característico que tenga el artista original, será
1 Valga
este detalle como prueba entre mil. Las primeras cañas de azúcar intro-dújolas
Colón a las Antillas en pequeñas cantidades cuando su segundo viaje. Cin
cuenta años después, la producción y exportación de azúcar eran tan
importantes, que su diezmo ocasionaba pleitos ante el Consejo de Indias,
apelaciones al soberano y bulas pontificias. Sólo en la isla de Santo Domingo
funcionaban cincuenta in genios, tan prósperos, que el año 1552 proyectóse
obligarlos a construir sus edifi cios en manipostería. El desarrollo
industrial excedía considerablemente al de Canarias, no obstante la mayor
proximidad de estas islas a los mercados europeos y el ser más bajos los
salarios en ellas.
también lo más difícil de repetir, los retóricos
calculan por la dificultad el éxito artístico; con lo cual su procedimiento
resulta contrario, precisa mente, al del modelo; porque todo artista creador
engendra su retórica sin el menor esfuerzo, al ser ella la ordenación natural
de elementos personalísimos. Prolem sine matre creatam, y por lo mismo
exstinctam sine sobole.
Así, el humanismo se dio a latinizar el idioma,
corrigiendo las voces ya formadas de acuerdo con la índole de aquél, que es
decir, con la vida, para transformarlas en cultismos; pues su intento fue que
el cas tellano se descaracterizara como tal, pareciéndose lo más posible al
latín. La lucha de Quevedo contra el culteranismo es, a este respecto,
significa tiva; pues no se trataba solamente del primer escritor
contemporáneo, sino del hablista que poseía más idioma y más idiomas. Por ello
percibió como nadie lo avieso de la reforma, adelantándose con certeza genial a
las actuales conclusiones de la ciencia.
Pudiera creerse que el proceso de latinización, aun
cuando artificial, robusteció el parentesco de las lenguas romanas,
contribuyendo a facilitar la inteligencia entre los pueblos que las hablan, lo
cual habría resultado de indiscutible utilidad; pero aquéllas eran más
parecidas antes de efec tuarse la indicada operación.
El común tronco celta de donde procedían
generalmente, y en el cual había injertado el latín su vocabulario más rico,
sin tocar la sintaxis, o sea la estructura fundamental, que por esto es tan
distinta de la cons trucción latina en aquellas lenguas, hasta el extremo de
resultarnos una y otra antagónicas entre sí — hallábase en pleno vigor. Es un
hecho, efectivamente, que la raza céltica dominaba todo el litoral europeo del
Mediterráneo, o sea la Romanía futura, desde Portugal hasta los Bal canes, al efectuarse
la expansión romana; para no mencionar sino de paso su prolongación sobre las
costas del Atlántico boreal, que compren día las dos Bretañas y la Irlanda.
Sobre este cimiento uniforme, la con quista romana superpuso otro elemento de
análoga naturaleza, puesto que las legiones de aquella ocupación militar,
compuestas de campesinos en su mayoría, hablaban la lingua rustica, o latín
vulgar, más predis puesta a las mezclas con las indígenas, al no tener
preocupaciones de puris mo gramatical. Como los diversos dialectos que
constituían la lengua de los celtas, tenían varias semejanzas con el latín, la
fusión operóse sin mayor dificultad, presentando el fenómeno característico en
tales casos: la len gua autóctona, o cimiento, impone su sintaxis, al paso que
la extranjera modifica el léxico, enriqueciéndolo con la terminología más rica,
corres pondiente a la superioridad de la raza conquistadora. Los comerciantes
y artesanos que hicieron la segunda etapa de la civilización latina, habla ban
también la lengua vulgar, bastante uniforme, si se considera la pro cedencia
popular de aquéllos, la índole de sus ocupaciones y la fuerte unidad romana. La
instrucción primaria, bastante profusa, sobre todo en
las Galias y en España, al consumarse la máxima
expansión del imperio, es decir, durante los primeros siglos de la era
cristiana, robusteció aquella fusión; puesto que el maestro de escuela era
también plebeyo, cuando no esclavo. El árabe que dominó después en una región
tan vasta de la Romanía, y desde luego en aquella que más especialmente nos
interesa, enriqueció la lengua popular con nuevos términos de uso común. Así,
las expresiones corrientes del pueblo, eran más parecidas, y por de contado,
más sencillas que las literarias del latín clásico, que alcanzaba, entonces,
precisamente, toda la complicación de una cultura excesiva.
Cuando los humanistas propusiéronse latinizar los
idiomas, su labor de gabinete especializóse con la lengua clásica más refinada,
que les era habitual, y que permitía exhibir también mayor ciencia: y como el
latín es tan abundante, las palabras tomadas de él por los letrados de los
diversos países no fueron las mismas: de donde provinieron dificultad y
confusión. Así fueron mucho más parecidos que los actuales, el caste llano, el
francés, el portugués, el rumano, el italiano y el provenzal ante riores al siglo
xvi.
Al mismo tiempo que los gauchos restauraban sin
saberlo la estructura natural del idioma, por acción espontánea de la libertad,
siempre fecunda cuando se trata del espíritu, conservaron muchas expresiones de
aquel castellano viejo, pero no indocto, en el cual el Arcipreste y Berceo,
bue nos latinistas por lo demás, aunque no humanistas, ciertamente, habían
dado a la poesía española obras no sobrepasadas después; con la cual la grande
evolución de las lenguas romanas, reemprendía su ciclo interrum pido, según lo
veremos después en la prueba de copiosos ejemplos. Ello representa para
nosotros un interés capitalísimo, si es cierto que la carac terística
intelectual de toda nación civilizada, es su idioma nacional; no pudiendo
recibir este nombre, sino el lenguaje hablado por el pueblo que lo constituye.
Por otra parte, si es exacta mi interpretación,
aquel fenómeno, en apariencia regresivo, nos incorporaría con grado eminente al
proceso fun damental de la civilización moderna. Porque esa formación de las
lenguas latinas, constituye un asunto histórico de la mayor importancia.
Con ella habíanse refundido en la civilización
medioeval de origen celta, la griega y la romana, haciendo del Mediterráneo
europeo un foco de cultura tan vasta como no se viera hasta entonces. La raza
céltica llevaba en su preferencia por las regiones insulares y costaneras,
aquella afición romántica de las aventuras, que el romano ignoró en su sólido
positivismo. La influencia de la mujer, fuente inagotable de civilización y de
poesía, era tan grande en ella, que constituye una de sus más pro nunciadas características
históricas. El concepto del honor, que domi naría toda la vida política,
militar y aun civil de la Edad Media, creó el vínculo principal entre los
celtas, los griegos coloniales cuyas repú blicas y consulados sobrevivían en
el antedicho litoral, y los romanos del
imperio. El paladín cristiano reprodujo con toda
fidelidad a los héroes homéricos, manteniendo en esta forma, que era, entonces,
la superior, al constituir la encarnación excelente del ideal gentilicio, la
continuidad y unidad vitales de una misma civilización.
La fuerza contraria residía en la Iglesia cuyo
misticismo oriental perseguía la anulación del individuo, declarando por
principales enemi gos de su alma al demonio, o sea a la libertad de pensar,
fundamento del individualismo 1; al mundo, o sea a la preocupación de las cosas
terre nas, entre las cuales está el amor de las aventuras; y a la carne, o sea
a la mujer, que el cristianismo, con su acostumbrada avilantez, pretende haber
libertado. Por esto fueron sus agentes los germanos de parecida índole, y así
es como se ha prolongado hasta hoy el conflicto, quizá eterno, que vemos
reflejarse en la evolución de las lenguas: el individua lismo libertario y
rebelde ante el colectivismo obediente y conservador 2; el laicismo que separa
la potestad civil de la religiosa, ante la teocracia que las resume en una sola
entidad; la emancipación de la mujer ante su minoridad perpetua.
Estos tres principios pues: el heroísmo
caballeresco, el culto de la mujer, el honor, constituyeron el alma de las
lenguas latinas. La intimi dad con que se fundieron en ella elementos tan
distintos como los arábi gos los, germanos y anglosajones, los vascos y los
eslavos, que compo nen precisamente el germen más activo en la evolución de la
baja latini dad (ya he dicho que la lengua céltica tenía mayor semejanza con
el latín) comporta una prueba de civilización superior, en cuanto demuestra
nativa inclinación hacia la solidaridad internacional, que es la expresión más
alta de la vida civilizada; al paso que la flexibilidad, también mani fiesta
en ello, revela el don vital de la adaptación progresiva. Y esto en los tiempos
más obscuros de la historia.
Durante el siglo ix, el catalán, primera de las
lenguas romanas, fue toscamente formándose. Así resulta la primera forma
conocida de aquel perfecto idioma provenzal que dio a la civilización europea
del Medite rráneo, desde Liguria hasta Portugal, un mismo espíritu en una
misma lengua: la civilización de las cortes de amor, de los trovadores, de los
caballeros andantes y de la democracia laica. Cuando notamos que el lenguaje de
nuestra campaña está formado por diversos aportes de todas
1 La divisa de Satanás es non serviam; y su primera
tentación fue enseñar al hombre el discernimiento del bien y del mal. Los
teólogos sostienen que la obe diencia es la primera de las virtudes,
declarándola sinónima de la caridad, para conformar las cosas al famoso dicho
de San Pablo: major est charitas, de acuerdo, dicen, con estas palabras del
Evangelio: “el que guarda mis mandamientos, es el que en verdad me ama”.
2 Reflejos, quizá, de dos formas coexistentes de
vida: la gregaria de los poli peros y colmenas, ante la individual de otros
seres. La determinación histórica de estas tendencias constituye la filosofía
de la historia. Así, todo pueblo qre, perteneciendo a una de las dos, no se
constituya de acuerdo con ella, entra volunta riamente en la vía de perdición.
las lenguas romanas, refundidos de nuevo en un
molde semejante al pri mitivo, esto nos revela que en el fondo de las pampas
americanas reali zóse en silencio, por acción espontánea de la libertad y de
las tendencias étnicas, un gran esfuerzo de civilización. De un modo semejante,
la de mocracia, que es la fórmula política del mundo actual, fue constituyén
dose también en América. No es más sorprendente un fenómeno que el otro, y
ambos resultan, por otra parte, correlativos. El castellano paralí tico de la
Academia, corresponde a la España fanática y absolutista, “nuestra madrastra”,
como decía con tanta propiedad Sarmiento; y en eso, como en todo lo demás, sólo
le debemos atraso y desolación. Esta mos, así, tan separados de ella, como
ella misma del espíritu que animó a los primeros conquistadores. Lo que
nosotros restauramos y seguimos restaurando es la civilización por ella
perdida; de manera que todo es fuerzo para vincularnos a su decadencia, nos
perjudicaría como una ne gación de aquel fenómeno. Es ella quien tiene que
venir a nosotros, la raza nueva, “la hija más hermosa que su hermosa madre”,
pero sin nin gún propósito de influir sobre nuestro espíritu, más fuerte y más
libre que el suyo. América no será jamás una nueva España. Podría derra marse
en ella toda la población de la Península, sin que por esto se modi ficara su
entidad. El espíritu, esa fuerza que, contrariada, produjo la decadencia de la
España fanática y absolutista, está inexorablemente se parado. Es en el Nuevo
Mundo donde va a reintegrarse la civilización de la libertad, contrariada por
el dogma de obediencia que el cristianismo impuso hace veinte siglos. La
historia eslabona, así, a nuestro destino, ese grande esfuerzo de la
antigüedad. La civilización que el mundo pagano veía encaminarse hacia sus
resultados definitivos, quedó interrumpida por el triunfo de aquel dogma
oriental cuyo dominio había preparado el funesto error político de César,
primer introductor del derecho divino en la Europa grecorromana. Su esfuerzo
para recobrarse en la Provenza, donde poetas y paladines fueron los agentes de
la influencia espiritual que civilizara el litoral europeo del Mediterráneo,
abortó en lucha aciaga contra el dogma enemigo. Entonces los últimos caballeros
andantes, que lo eran aquellos primeros conquistadores hispanos, trajeron al
mundo recién descubierto por un compatriota espiritual, un ligur precisamente,
el germen del futuro definitivo Renacimiento. Y mientras España venci da
acataba el dogma funesto, convirtiéndose en su agente más poderoso, la
civilización emigró de su seno, para fundar en América, como un resul tado
irrevocable, la democracia, que es el proceso antecedente de la liber tad. Así
es como fue quedándose rezagada en la Edad Media católica, y cultivando su
propia decadencia. Entre el mundo nuevo, donde iba prepa rándose, sin que ella
lo notara, el grande acontecimiento, y la Nueva Europa que evolucionaba a su
vez hacia la civilización laica, ella fue el peñasco inerte. Su sangre pagó
hasta agotarse aquel oro de América que jamás quedó en sus manos. La separación
con nosotros fue un hecho
mucho antes de la emancipación política. En pleno
siglo xvn, conside-rábamonos y éramos ya distintos.
Los conquistadores que acudieron a las tierras del
Plata, pertenecían, por otra parte, al pueblo, dado que los hidalgos preferían,
como era natu ral, las áureas comarcas de México y del Perú. Con esto, fue más
genuino también el idioma importado; más fuertes sus tendencias reaccionarias.
Pero el castellano era una lengua formada; vale decir, resistente en su
superioridad, a la penetración indígena. Además de esto, el orgullo gen
tilicio en los conquistadores, tanto como la sucesiva hostilidad de los gauchos
hacia el indio, constituyeron otros tantos obstáculos para que se efectuase
aquel fenómeno, de suerte que salvo algunas denominaciones locales, siempre
esporádicas por lo demás, el castellano permaneció incó lume en su índole y en
su esencia.
El patriotismo regional ha poblado nuestra
literatura de vocabularios que asignan al lenguaje campesino una abundante
filiación indígena. Se gún pertenezcan los autores al Norte o al Sur de la
República, aquélla resulta quichua, calchaquina o guaraní. Nadie se ha
preocupado de ana lizar comparativamente el castellano de los gauchos con las
lenguas afines habladas por los europeos que formaron su ascendencia
predominante; pero es seguro, y el lector va a apreciarlo en seguida, que las
lenguas mater nas de aquellos aventureros, más decididos por ellas cuanto más
incultos eran, formaron casi enteramente su caudal. Ellos procedían, además, de
las poblaciones costaneras del Mediterráneo, naturalmente inclinadas por el
hábito de la navegación, a semejantes empresas.
Los dialectos hispanos, con especialidad el gallego
que es la fuente más copiosa de nuestro lenguaje nacional, influyeron,
naturalmente, de una manera más directa. El portugués, idioma limítrofe y
semejante, lo hizo en virtud de dos hechos principales: el primero y más
lejano, fue la conquista de Portugal por Felipe II, y las persecuciones
consiguien tes que produjeron una numerosa emigración clandestina hacia el
Brasil y el Plata; el segundo consistió en que el Brasil fue durante la época
colonial un país más culto.
El árabe, corriente en gran parte de España al
empezar la conquista, legó una cantidad de voces, ahora ausentes del castellano
oficial. El pro-venzal, por medio del catalán, en gran parte dejó también sus
huellas bien perceptibles. Por último, la inmigración de gitanos, prohibida,
aunque siempre sin éxito, introdujo uno que otro término de proceden cia
remotamente válaca, si bien de los que reconocen origen latino en el idioma
daco-rumano; pues aquí conviene hacer una advertencia de capital importancia.
Así como es una ley de la ciencia y del sentido
común, que las lenguas se compenetran con más facilidad cuanto más semejante
son (tal fue el caso ya citado del idioma celta con el latín), el principio
recíproco for mula otra no menos importante; y de tal manera, aunque la
fonética
no llegue a presentar voces de parecida estructura,
con acepción semejante, en lenguas completamente distintas, esa circunstancia
no basta para pre cisar una filiación. Necesítase, entonces, recurrir a las
pruebas históricas y geográficas de una comunicación eventual: pero si ellas
faltan, esto constituye un argumento adverso. La prudencia científica propone
en tal caso una hipótesis provisional de analogía puramente fortuita; porque
siendo limitado el número de sonidos fundamentales que puede emitir la garganta
humana (siete vocales, propiamente dicho), las coincidencias casuales
constituyen una probabilidad. Así, aunque en el válaco ya cita do, hay varias
palabras de fonesis y acepción semejantes a las nuestras, las he desdeñado
cuando su origen no es latino, sino indudablemente eslavo. La selección fue tan
escrupulosa, que de las muchas examinadas, no me quedó sino una sola
relativamente bien definida. Por la misma razón, entre las otras étnicas y
sociales ya mencionadas, los idiomas indí genas dejaron tan escaso residuo en
el lenguaje gaucho; sucediendo lo propio con el vasco, aunque la raza éuskara
nos diera tantos elementos étnicos desde el principio de la conquista. El
italiano y el francés apor taron también escasas voces, porque al formarse el
lenguaje en cuestión, nuestras relaciones eran nulas con Italia y con Francia.
Lo que pudo ve nirnos de aquellos idiomas fue esporádico, o emigró modificado
a través del español peninsular.
Todo esto permite proponer una serie de principios
para la investiga ción metódica cuyos resultados ofreceré al lector en el tomo
II *.
Asigno, ante todo, el primer lugar, a aquel
fundamento científico de la ciencia etimológica, en cuya virtud las
derivaciones nunca provienen de términos subjetivos, inaccesibles por lo común,
al pueblo y superfluos en la economía primitiva de los idiomas; desde que éstos
tienen por destinación específica la representación de objetos.
El segundo consiste en atribuir origen latino a
toda palabra del len guaje gaucho que no exista en los léxicos castellanos y
no sea evidente mente indígena. La probabilidad de que dicha voz sea lo que
suponemos, aumenta hasta constituir semiplena prueba, si ella existe con la
misma estructura radical, la misma acepción y análoga fonesis, en diversos
pueblos de América; y tanto más aún, cuanto ellos estén más alejados del
nuestro. Esta regla presenta una sola relativa excepción a favor de la lengua
quichua que dominó en la América precolombina, desde nues tro país hasta el
Mar Caribe. La semejanza fonética de las palabras, es imprescindible; pues como
el tiempo empleado por el lenguaje gaucho para formarse, fue tan corto, la
deformación de aquéllas no alcanzó a disimular profundamente dicho elemento; y
por la misma razón funda mental, la evolución de las palabras fue
sencillamente trópica, consis tiendo en la metátesis, que es siempre el agente
más activo, la paragoge,
* El autor
no publicó el tomo de referencia, ajeno al tema de la presente edi ción,
considerada obra completa (N . del E., 1944).
la sinéresis, la epéntesis y los antónimos. Si con
todo esto, la voz exami nada resulta independiente del tronco latino, habrá
que buscarla, según la región donde corra, en el vasco, el árabe, el quichua y
el guaraní; sin olvidar que los dialectos africanos de los negros traídos como
escla vos durante la época colonial, debieron legarnos, sin duda, algunos tér
minos específicos. La filiación latina ha de establecerse empezando por el
latín y el griego de la media y baja épocas, para continuar con los nueve
romances principales, en este orden: el provenzal -catalán; el por tugués
-gallego; el español hasta el siglo xv; el francés bajo su forma troncal
llamada lengua de oíl; el italiano bajo sus formas dialectales, y como
estructura idiomàtica hasta el siglo xvi; el sardo, el reto-románico, el rumano
y el dàlmata. Por último, el griego y el latín clásicos, que suministran no
pocas veces la confrontación fundamental.
Conviene asimismo tener presente que los idiomas
indígenas de Amé rica legaron algunas voces, aunque muy pocas, al castellano
de España. Este fenómeno debió producirse durante el siglo xvi; puesto que en
el siguiente imperó despótica la reacción humanista; y su importancia no sería
grande dada la dificultad de las comunicaciones que es menester añadir a las
antedichas causas adversas.
Un ejemplo va a demostrarlo con eficacia.
Transcribiendo a la letra un error de Cuervo que
está en el párrafo 952 de sus A puntaciones, y que se refiere a los
americanismos adqui ridos por el castellano, cita Menéndez Pidal en su
Gramática Histórica (pág. 23) la voz canoa, “ya acogida por Nebrija en su
diccionario de 1493”. Paréceme que esta circunstancia era más bien contraria al
su puesto origen; pues no se concibe que tan cauto y científico letrado como
aquél, a más de ser, todavía, el proto-humanista de España 1 adop tara con
semejante precipitación el supuesto neologismo; cuando la len gua náutica de
la Península era, entonces, tan copiosa como ninguna otra lo fuera antes ni
después, y dominaba en todos los mares 2.
Así resulta confirmado por los dos prólogos que
Nebrija puso a las dos partes de su léxico. En ninguno habla de voces
americanas; y cuando se refiere a los vocablos bárbaros, advierte que esta
denominación com prende para él aquellos mismos que así calificaron los
latinos. De esta suerte, no hay en el doble léxico neologismo alguno, lo cual
es, de suyo, otra comprobación; y sí un cuidado evidente de la pureza castiza
en con cepto docente o clásico.
1 Sabido es que fue autor de la primera gramática
castellana, compuesta con arreglo a la analogía y sintaxis de la latina:
disDosición artificiosa que aún con servan los textos. Su diccionario latino
-castellano y castellano-latino, sirvió también de modelo a todos los del
género hasta los primeros años del siglo xix.
2 Véase la mejor prueba en el d iario del primer
viaje de Colón, especialmente el 25 de diciembre. Aunque dicho documento no nos
ha llegado original, sino com pendiado por el P. Las Casas, vale lo mismo, y
acaso más en la ocpsión, pues se trata de un contemporáneo que, a su condición
de español, reunía la de letrado: ambas extrañas al Almirante.
Por otra parte, existe la imposibilidad material.
Efectivamente, la voz no habría podido entrar en
España sino a me diados de marzo de 1493, época del primer regreso de Colón.
Nebrija debía hallarse por entonces en Alcalá de Henares donde enseñaba latín,
o en Salamanca donde imprimió su famoso léxico; mientras el Almirante refería a
los soberanos sus cosas en Barcelona, que era donde estaba por entonces la
corte; vale decir, a mucha distancia de aquellas ciudades. La generalización de
la voz canoa, en forma tal que se hiciera digna del léxico, resulta, pues,
imposible.
Luego, en el propio diario del primer viaje de
Colón, que si bien fue compendiado por Las Casas, está en lenguaje de la época,
la voz se halla usada como si fuera corriente, pues no tiene señal ni comento
que la particularice; “envió toda su gente de la villa con canoas muy grandes y
muchas a descargar todo lo de la nao” \ Y cosa igual sucede con la carta del
Dr. Chanca que narra el segundo viaje de Colón y es de los princi pios de
1494; emplea varias veces la voz como si fuera corriente. El Dr. Chanca hallábase
ausente de España desde septiembre de 1493, y era letrado: quiero decir, capaz
de apreciar el neologismo y advertirlo, como lo hace, por ejemplo, con ají,
aunque a mi entender, se equivoca.
Por lo demás, el propio diccionario de Nebrija va a
dilucidar el punto. Si su segunda parte, que es la más moderna, define canoa
como “barca de indios: indicus linter",
la primera, publicada en
1492, antes que hubiera noticia alguna sobre el
Descubrimiento, define a la voz linter como “canoa:
barco pequeño”; prefiriendo la
supuesta voz americana a esquife, que también registra, y usándola todavía
en el artículo mo-
noxylom.
La frase indicus linter referíase, puramente, a los
esquifes o botes mo-nóxilos de la India, famosos en la literatura latina, como
lo prueban las repetidas citas de Plinio cuya Historia Natural fue una de las
más copiosas fuentes de Nebrija. Así, en la ya mencionada definición de linter
por canoa, está citado aquel autor latino y su obra en el parágrafo 24 del
libro VI, donde dice que los habitantes de Taprobana (Ceilán) “usaban barcas de
dos proas para no tener que virar en los canales angos tos”. Añadiré por mi
parte estas otras citas del mismo: “Llámase Cottonara al país de donde llevan
la pimienta a Barace en chalupas hechas de un solo tronco de árbol” (Id. id.
lib. VI, 26). “Las cañas (de la India) son tan grandes, que en cada uno de sus
canutos pueden navegar tres hombres” (Id . id. lib. VII, 2) . “La caña de la
India tiene el grosor de un árbol. . .; y si hemos de creer lo que se dice, uno
solo de sus canutos basta para hacer una chalupa” (Id. id. lib. XVI, 65).
1 Loe.
cit. anotación del 25 de diciembre. En la H istoria atribuida a Hernando Colón,
otro documento contemporáneo, muy bien informado, ciertamente, la voz está
usada con abundancia y sin nota explicativa alguna. Así el último corto párrafo
del capítulo XXI, la contiene repetida.
Añadiré, por último, que la voz in dio no figura en
el Nebrija. El nombre de Indias dado a las Américas fue tan vago, tan
evidentemente subordinado al origen asiático de dicha voz, que el P. Acosta,
buen cos mógrafo, sin embargo, decía un siglo después de la conquista, en
1590: “En otras partes de Indias, como son las Islas Filipinas. . . ” (Historia
Natural y Moral de las Indias, lib. IV, cap. XVII).
La voz canoa, procede, en tanto, del vocablo latino
canna, barquilla formada de cañas, cuyo nombre formóse por antonomasia, como el
de las esteras del mismo material. Así pasó al alemán kahn, esquife, y a la
lengua de o'il bajo las formas canart y cañe, embarcación. En italiano, canoa
es la forma anticuada de canotto, barquilla. Por la misma razón del trenzado de
cañas, la damajuana fue también cañe en lengua de o'il; a lo cual concurrió la
acepción generalizada de canal, para significar con la misma voz cañe, cántaro
y medida de líquidos. Canaliculus es embudo en latín. En castellano, la artesa
llamada camellón recibe tam bién el nombre de canal; y al mismo tiempo, artesa
es sinónimo de pi ragua. Según la descripción y lámina que en la H istoria de
Oviedo 1 corresponden a las canoas, éstas resultaban verdaderas artesas; y con
tales vasijas las compara, precisamente, el autor. La voz canart de la lengua
de o'il más arriba citada, tiene por antecesor al vocablo bajo- latino
cañar-dus, nombre que en el siglo x n recibían las naves inglesas y noruegas.
Pero, el origen inmediato de nuestra voz canoa, es la del bajo latín ca-nona
con que se designaba las barcas de pescador, y que proviene del latino clásico
canna como toda la familia citada 2. Así todavía, otra vasija, el canasto, cuya
forma anticuada canastro explica su formación idéntica a la de camastro,
padrastro. A mayor abundamiento, en Chile llaman canoa a la batea o artesa que
sirve de toma en los canales; y en Centro América al pesebre o gamella: voces
que resultan, como se ve, perfecta mente castizas. Caña es en castellano un
vaso para vino que deriva de la voz baja latina canna cuya doble ene explica la
eñe en el vocablo actual. Llamamos, asimismo, “media caña” a la teja gotera que
en fran cés recibe el nombre de noue, aplicado también a la vejiga natatoria
del bacalao, y en el cual coinciden, aclarando todavía las cosas, nuestra voz
nao, nave (del griego naús') y el bajo latino noa, yerbajo flotante donde se
ocultan los peces. Quedando todavía, para fantasear, el arca de Noé, voz hebrea
que significa flotar en equilibrio. . .
Explícase, pues, que en esta materia sobrevenga la
perplejidad, no bien faltan pruebas incontrovertibles. Así, sobre todo, en lo
referente a la lengua quichua cuyo contacto con la española fue tan íntimo y
prolongado.
Como el idioma indígena era inferior en riqueza
léxica, o sea en el elemento que con mayor facilidad aceptan las lenguas, y
como pertene
1Historia N atural y General de las
Indias, lib. VI, cap. IV.
2 Recuérdese los textos de Plinio más arriba
mencionados.
cía, además, a la raza dominada que tan fácilmente
se sometió, infiérese sin esfuerzo la penetración castellana en él. Debemos
suponer que ésta empezó muy luego de la conquista; y con ello, las
perplejidades comien zan también desde los primeros léxicos quichuas
compuestos por los es pañoles peninsulares y americanos; pues como no eran
trabajos filológi cos, sino vocabularios para uso de misioneros, allá iba todo
lo usual, sin crítica alguna.
Es, precisamente, lo que manifiesta el P. Domingo
de Santo Thomas en su Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Peni,
impreso en Valladolid el año 1560: lo cual hace de dicha obra el diccionario
más antiguo de la lengua quichua. Hay, dice, en la tierra peruana, “muchas
lenguas particulares”; “de las cuales, añade más abajo, también pongo yo
algunos términos, porque así se usan comúnmente”. Antes expresa que la lengua
quichua “aunque es usada y general en toda la tierra (del Perú) no es natural
en toda”; hallándose “mezclados con los términos de ella, muchos de provincias
particulares”. Como el citado vocabulario será mi principal fuente, hago notar
lo transcripto, con mayor interés, porque demuestra que el idioma quichua
estaba en descomposición; lo cual facilitó, sin duda, la penetración del
castellano en lapso tan breve. El vocabulario quichua del P. Diego González
Holguín (año 1607) será mi otro texto preferido \
Muchas son las voces castellanas que es posible
precisar en la lengua quichua. Así casar ana, casarse; tusana, rapar; lanzana y
agitana, vomi tar; asutina, azotar; punta, primero: de punta abajo sus
acepciones prin cipio, comienzo; juria, premura, de furia: como en la locución
“furia del caballo”, por su rapidez. Otras de aquellas voces provienen de
térmi nos anticuados, lo cual dificulta todavía el estudio. Cumba, techo, pro
viene de cumbre, que ha engendrado la voz criolla cumbrera, caballete del techo,
y que es, en gallego, cume. Dibi, deuda, recuerda el gallego dívedo y el
portugués divida de igual acepción, y salió del castellano débito, sincopado en
tal forma, porque la acentuación esdrújula es into lerable en la lengua
quichua. La forma lusitana patentiza la tendencia en cuya virtud transformóse
débito en dibi. Angara, vasija de calabaza, procede del bajo latín angaria,
vasija ancha, que es el origen del castellano angarillas y que tiene esta
filiación: aquaria, anearía, angaria. Albis, arveja, es el castellano anticuado
alubia, forma arabizada a su vez del griego lobos, judía. Para mayor enredo, la
voz incorporada al quichua, pasó luego al araucano. . .
Citaré entre las voces dudosas huaira que significa
aire; rurana, faena de campo o rural: toglla (la 11 quichua es sumamente
líquida) lazo o dogal: llutana, embarrar, pegar con lodo. Las dos primeras,
huaira y rurana, no están en el Vocabulario de Santo Thomas, que es el más
antiguo como ya dije. Las otras dos sí, de modo que pueden
1 Cuervo tuvo las mismas fuentes para sus
admirables A p u n ta cio n es.
ser coincidencias eufónicas. Llutana, sin embargo,
recuerda demasiado a enlutar, enlodar, o sea pegar con lodo, y sería su exacta
adaptación quichua. Todavía en el siglo X V I I I , enlutar significaba en
castellano tapar con lodo.
He aquí dos ejemplos más interesantes, que
servirán, cuando menos, para enseñar la cautela nunca excesiva en estas cosas.
Tam bu es posada, mesón, en los diccionarios
quichuas. El antiguo por tugués ofrece, bajo las acepciones de alcoba, lecho
nupcial y mesita de comedor, las formas tamo y tambo, derivadas de thalamus,
tálamo. La tercera de dichas acepciones, nos da la etimología de nuestro tambo:
casas de vacas donde se toma leche recién ordeñada. En patuá de Nímes, la voz
tambouio significa provisiones, víveres. Y todas estas formas pro ceden del
griego thálamos, que, además de alcoba, es también madriguera, colmena y cavidad
corporal donde se alojan ciertos órganos.
Desde el P. Santo Thomas hasta Tschudi, pullu
significa velludo, la noso, y también borla en quichua. En el caló jergal de
España, constituido por una mezcla de germanía con gitanismos, la manta o
colcha recibe el nombre de pullosa, que en germanía es pelosa: regreso al pilus
latino, por el conocido intercambio de la i en u, y recíprocamente. En bajo
latín denominábase pannus pullus al paño negro; y precisamente, con esa
significación adjetiva es como se usa en nuestra región central la voz quichua:
“poncho pullo”. La voz existía, pues, antes del descubrimiento de América.
Tanto la circunstancia de ser negro el paño llamado pullus, como la de estar
formado el poncho pullo por un tejido basto y velludo, dan singular interés al
hecho de que la voz quichua puyu (Tschudi es cribe puhuyu) signifique nube,
nublado. Al norte de Quito pronuncian fuyu, trocando la p en f lo que es
peculiar de esa región quichua \ Ahora bien: en latín clásico, fuligo es hollín
2 y fullonia es batán; de donde provino el citado pannus pullus, pullatus, que
significa originalmente abatanado. Pero, veamos algo más curioso aún.
Cóndor es el quichua cúndur o cúntur (Sarcorhamphus
griphus de los naturalistas). En dialecto rumano - megleno condúr significa
águila. Los megleros hállanse muy próximos a Salónica, ciudad donde, como es
sa bido, hablan castellano antiguo dos tercios de la población, por ser des
cendientes de los judíos expulsos de España. No ensayaré ninguna con jetura al
respecto. Haré notar solamente, limitándome a una estricta ex posición de
hechos, que la voz condúr no tiene etimología conocida en
1 Propiamente hablando, hay dos lenguas quichuas,
correspondientes a las anti guas regiones de Quito y del Cuzco. El signo más
característico de la lengua quiteña es que carece completamente de la e;
mientras dicha vocal figura una que otra vez en los vocablos cuzqueños.
2 Advierto que las dos primeras vocales de la
palabra latina son largas; pues en latín, como en griego, tiene a veces dos
acentos la misma voz. Así la h castellana, sustituta de la f latina, conserva
cierta actividad, como sucede en las voces huevos y hastial; pues aquel vocablo
era en latín fuligo. Como pasa de ordinario, prepon deró el segundo acento.
rumano. Por lo que respecta a su acentuación,
sábese que en España pronuncian generalmente condor; y en quichua como en
latín, no existen sustantivos de acentuación aguda.
Para desvanecer toda idea de fantasía pintoresca o
coincidencia espo rádica, citaré otros dos ejemplos. En Santiago y Tucumán,
llaman pachkil al rollo de trapo (generalmente un repasador o toalla vieja) que
las mu jeres ponen de asiento al cántaro cuando lo cargan en la cabeza. En
cas tellano de Salónica, pechkire y pesquir, significan servilleta, y proceden
del persa que los moros introducirían en la España anterior al siglo xv, o los
turcos, posteriormente, en los Balcanes. P axio es un término de la baja
latinidad, que significaba a su vez paño de envolver, y sudario.
El pueblo de aquellas provincias argentinas, usa la
locución caerse antarca por caerse de espaldas. En castellano de Salónica, arca
significa espinazo. Nuestro castellano conserva, bien que casi obsoleto, el
mismo término con la acepción de vacío lumbar; y en la baja latinidad, era
tórax, en el sentido que nosotros damos al tronco cuando le llamamos “caja del
cuerpo”. A rtico, significa, a su vez; derecho, y antàrtico lo contrario. . .
Abundan en el castellano de los judíos balcánicos y
en el de nuestros gauchos, las mismas palabras; lo cual revela que dicho idioma
común, es realmente aquella lengua antigua y popular, todavía indemne del
jalbegue humanista. Así, unos y otros dicen dorm ite, por duérmete; soñar un
sueño por soñar: “Un sueño soñé mis dueñas”, canta un romance de Salónica; y
una copla gaucha: “antenoche soñé un sueño” 1. El artículo se elide lo mismo:
“a lado de”, por al lado (en Santiago del Estero y La Rioja); o adopta igual
forma pleonàstica: “no tiene o no sabe lo que hacer”; por que hacer (en Buenos
Aires). Son también comunes las formas quen por quien; ande por donde; ajuera
por afuera; cuantimás por cuanto más; saltar por prorrumpir; subir por montar;
y esta última de estrecha analogía: espasiar (en Salónica) divertirse es en la
región serrana del centro argentino, pasiar o pasear por antonomasia.
Paseandero es un eufemismo de calavera.
Mencionaré también ansí por así; apretó por
conflicto; armar por preparar; buraco por agujero; caja por ataúd; caldudo por
caldoso; cayer por caer y gaína por gallina. Estas formas existen, más o menos,
en toda América.
He aquí, por último, una adivinanza albanesa que
significa la carta:
“Semillas negras en campo blanco. Las siembras con la mano y las
recoges con la boca”.
1 Otra analogía del mismo género: Un romance de Salónica dice:
“Ocho y
ocho dieciséis”
Y una copla gaucha: “Veinticuatro
son cuarenta”.
“Cuatro
y cuatro son ocho”
“Y ocho
dieciséis. . . " Análisis
Los gauchos dicen:
Pampa blanca (el
papel)
Semillas negras (las
letras)
Cinco vacas (los
dedos)
Y una
ternera (la pluma).
La mayor parte de nuestros pretendidos barbarismos,
es, pues, caste llana o castiza; y fuera de la sumisión al idioma académico,
que general mente no la merece, falta del todo razón para proscribirlos.
Existe un castellano de América; y no quiero cerrar estas consideraciones, sin
la mención de otra que aún más lo prueba: las peculiaridades de pronun ciación
y el valor distinto de ciertas voces, que son comunes a todo el continente.
Así, la sustitución de los sonidos c y z por s, tal
como sucedió en el castellano peninsular hasta fines del siglo xvi: lo cual
explica su persis tencia entre nosotros. La confusión de los sonidos 11, y. La
acentuación diversa de ciertos tiempos de verbo: sabés, presumás, tenis,
querís, anda, vení. La sustitución de tú por vos y de vosotros por ustedes. La
contracción de de en e, como p. ej.: sombrero e paja. La pronunciación de tr
como en inglés: cuasro por cuatro.
En el segundo tomo de esta obra, dedicado
exclusivamente al léxico gaucho, hallará el lector las referencias pertinentes
a los otros idiomas indígenas, y a los africanos que también influyeron para
formar la lengua de los payadores; pues lo dicho más arriba tiene por único
objeto la des cripción del proceso mencionado: con que puede apreciarse su
impor-tancia trascendental.
VII
M A R T IN FIERRO ES
UN POEMA EPICO
Los hombres de la ciudad, no vieron sino gracejo
inherente en aquella parla indócil y pintoresca. Ignoraron enteramente su
evolución profunda, su valor expresivo de la índole nacional. La risa
superficial del urbano, ante los tropezones de la gente campesina extraviada
por las aceras, inspiró, exclusiva, aquel profuso coplerío con que empezó a
explotarse el género desde los comienzos de la Revolución.
Aunque parece que D. Juan Gualberto Godoy,
antecedido todavía por algún otro, fue el primer autor en la materia, aplicada
al panfleto po lítico 1 su verdadera difusión corresponde al barbero Hidalgo,
quien hubo de imprimirle, como es natural, la descosida verba del oficio.
Mísero
1 Domingo
F. Sarmiento (hijo) en su introducción a las poesías recopiladas de aquel
autor, cita ese panfleto titulado El Corro. No he conseguido verlo, porque no
está en la Biblioteca Nacional ni en la del Museo Mitre.
comienzo, que recuerda la iniciativa semejante del
“colega” Jazmín, pre cursor de los felibres. Así como de esto provino al fin M
ireille, la vasta égloga provenzal, aquello iba a engendrar a poco uno de los
más grandes poemas nacionales.
Entretanto, y para no citar sino los precursores
más renombrados, Ascasubi hizo poesía política con el mismo instrumento. Su
verso áspero, su rima pobrísima, su absoluta falta de comprensión del tipo en
quien encarnaba las pasiones del localismo porteño, hostil a la Confederación,
no tenía de gaucho sino el vocabulario, con frecuencia absurdo. Aquello fue más
bien una poesía (si tal nombre merece) aldeana o arrabalera;
.y su éxito no consistió sino en un pasajero
aplauso político. Su gaucho resultó, así, corrompido, vil, y sobre todo,
ridículo: es decir, enteramente distinto del tipo verdadero. Las salidas
oportunas que le atribuyó, fueron remoques de comadre bachillera. Las
descripciones que le puso en boca, ineptas mimesis, en las cuales no escasea la
literatura presuntuosa cuyo anacronismo caracteriza la impotencia. El gaucho
es, así, un pobre dia blo, mezcla de filosofastro y de zumbón, como en las
caricaturas del rapabarbas modelo. Mas este último, tenía al menos, la
facilidad de su verso flojo. La estrofa de Ascasubi es indócil y torpe. Revela
con afligente pertinacia su adaptación al precepto; y en su afán operoso de
expresar lo que no puede, causa una impresión de grima y de fastidio.
Véase, por ejemplo, cómo describen la mañana
campestre, el poeta verdadero y el falso. Hernández lo hará fácilmente en media
estrofa de las suyas: treinta y dos sílabas por todo:
Apenas
la madrugada
em pezaba a
coloriar,
los pájaros
a cantar
y las gallinas
a apiarse. . .
Los dos versos metafóricos, coloriar, que es
propiamente, enrojecer como la sangre, y apiarse, condensan toda la expresión
buscada. Ascasubi divaga en términos triviales para expresar lo primero:
Venía
clariando el cielo
la luz de la
m adrugada,
dice; y allá donde el otro empleó cuatro palabras,
él necesita tres versos, un ripio y un pleonasmo:
Y las gallinas,
“al vuelo”,
se dejaban
cair al suelo
“de encim a” de
la ramada.
Facilidad, y hasta algún colorido superficial,
tenía Del Campo: otro ensayista infortunado que, desde luego, insistió en el
mismo género. Su conocida composición es una parodia, género de suyo pasajero y
vil. Lo que se propuso, fue reírse y hacer reír a costa de cierto gaucho impo
sible, que comenta una ópera trascendental cuyo
argumento es un poema filosófico. Nada más disparatado, efectivamente, como
invención. Ni el gaucho habría entendido una palabra, ni habría aguantado sin
dormirse o sin salir, aquella música para él atroz; ni siquiera es concebible
que se le antojara a un gaucho meterse por su cuenta a un teatro lírico. El
pobre Hidalgo, más lógico, porque estaba más cerca del pueblo, da por guía a
sus protagonistas, tal cual amigo de la ciudad.
Por lo demás, todas esas cosas ofrecen un cariz
aldeano bien perceptible en su manera burlesca. Fueron, por decirlo así,
jácaras familiares, aná logas a las coplas de los juegos de prendas; y es
insigne fruslería empe ñarse en darle importancia clásica como literatura
nacional. El pasquín en verso y los romances de circunstancias, fueron en todo
tiempo el re gocijo de las tertulias lugareñas; pero su importancia no pasó de
aquí.
Ahora, por lo que respecta a la poesía misma, ella
es trivial. Limítase a versificar los lugares comunes de la literatura al
menudeo.
Las descripciones más celebradas, como aquella del
río, pertenecen a este género y son inadecuadas en boca de gaucho. El
barquichuelo a vela, resulta “una paloma blanca”. La espuma refleja “los
colores de la aurora”. El mar “duerme” en “ancha cama de arena”. El rocío es
“un bautismo del cielo”. Los gauchos no hablan con esa literatura.
Después, si el vocabulario del famoso Fausto, está
formado regular mente por palabras gauchas, no lo son sus conceptos. Así puede
observarse desde el primer verso. Ningún criollo jinete y rumboso como el
protago nista, monta en caballo overo rosado: animal siempre despreciable cuyo
destino es tirar el balde en las estancias, o servir de cabalgadura a los
muchachos mandaderos; ni menos lo hará en bestia destinada a silla de mujer,
como está dicho en la segunda décima, por alabanza absurda, al enumerarse entre
las excelencias del overo, la de que podía “ser del recao de alguna moza — y,
para peor— , pueblera”. Además, en la misma estrofa habíalo declarado “medio
bagual”; lo cual no obsta para que inme diatamente pueda creerlo arrocinado,
es decir, manso y pasivo. Por último, para no salir de las dos primeras
décimas, que ciertamente caracterizan toda la composición, ningún gaucho sujeta
su caballo sofrenándolo, aun que lo lleve hasta la luna. Esta es una criollada
falsa de gringo fanfarrón, que anda jineteando la yegua de su jardinera.
Ya veremos cómo expresa la poesía de la pampa el
gaucho M artín Fierro, pues no tengo la intención de comparar. Lo que quiero
decir es que el poema no tuvo esa procedencia. Precisamente, cada vez que Her
nández quiere hacer literatura, empequeñece su mérito. Así, cuando en la payada
con el protagonista, el negro canta:
Bajo la
frente más negra
hay pensam
iento y
hay vida.
La gente
escuche tranquila
no me haga
ningún reproche,
tam bién
es negra la
noche
y tiene estrellas que brillan.
El primer concepto no es gaucho. El tercero y
cuarto verso, son ripios para acomodar el consonante en oche. Los dos
siguientes, expresan una vulgaridad literaria.
O cuando dice de las mujeres:
Alabo al
Eterno Padre,
no porque
las hizo bellas,
sino porque a todas ellas
les dio corazón
de madre.
Rima y concepto son de la mayor pobreza, como el
sentimentalismo cursi que lo inspira.
Quandoque
bonus, dorm itat H om erus. . .
Las tentativas de índole más literaria, como el
Lázaro de Ricardo Gu tiérrez y La Cautiva de Esteban Echeverría, pecan por el
lado de su ten dencia romántica. Son meros ensayos de “color local”, en los
cuales brilla por su ausencia el alma gaucha. El primero adoptó para expresarse
la octava real, enteramente inadecuada, al ser una artificiosa y pesada
combinación de gabinete; el segundo, una décima de su invención, tan
destartalada como ingrata al oído. Recuérdese la primera, verdadero párrafo de
prosa forzada a amoldarse en forma octosílaba, sin contar la violenta inversión
de sus tres primeros versos 1. El asunto de ambos poemas, es, asimismo, falso.
Los dos expresan pasiones de hombres ur banos, emigrados a la campaña. Hasta
los nombres de sus respectivos protagonistas, Lázaro y Brián, pertenecen al
romanticismo. . .
Como todo poema épico, el nuestro expresa la vida
heroica de la raza:
su lucha por la libertad, contra las adversidades y
la injusticia.
Martín Fierro es un campeón del derecho que le han
arrebatado: el campeador del ciclo heroico que las leyendas españolas
inmortalizaron siete u ocho siglos antes: un paladín al cual no falta ni el
bello episodio de la mujer afligida cuya salvación efectúa peleando con el
indio bravo 1
Era la tarde
y la hora
en que el
sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto
y
misterioso, a sus pies
se extiende,
etc.
Imposible decir peor las cosas. En esa sola
estrofa, el desierto está calificado por seis adjetivos igualmente pobres:
inconmensurable, abierto, misterioso, triste, soli tario y taciturno. La
siguiente empieza con cuatro versos tan mal dispuestos, que cambiándolos de
posición, resultan mucho más soportables:
Gira en vano, reconcentra
su inm
ensidad (?) y no encuentra
la vista, en su vivo anhelo,
do fijar su fugaz vuelo.
Habría que hacer del tercer verso el primero, del
primero el segundo y del se gundo el tercero, para que resultara menos malo. Y
todo el poema adolece de igual miseria. Es sencillamente lamentable.
y haciendo gala del más noble desinterés. Su
emigración a las tierras del enemigo, cuando en la suya le persiguen, es otro
rasgo fundamental. Y esto no por imitación, siquiera lejana; sino porque así
sucedía en efecto, siendo muchos los gauchos que iban a buscar el amparo de las
tribus, contra la iniquidad de las autoridades campesinas.
De ahí procede por inclinación de raza, por índole
de idioma y por estructura mental. Su mismo lenguaje representa para el futuro
caste llano de los argentinos, lo que el del Romancero para el actual idioma
de España. Es la corrupción fecunda de una lengua clásica, la germina ción que
empieza desorganizando la simiente.
Ese es uno de sus orígenes. El otro, está en la
novela picaresca, aquella creación española que constituye, junto con los
romances de ca ballería, la doble fuente genuina de la lengua. El viejo V
izcacha y Picardía caracterizan las mañas y la filosofía del picaro. Son el
Sancho y el Pa-blillos de nuestra campaña, bien que su originalidad resulte tan
grande; y así como el Quijote refundió los dos gérmenes, hasta convertirse en
la expresión sintética de idealismo y de realidad que define todo el proceso de
la vida humana, nuestro M artín Fierro hizo lo propio con sus tipos, ganando
todavía en naturalidad puesto que suprimió el recurso literario de la oposición
simétrica. Como no se propuso sino describir la vida con sujeción a la sola
norma de la verdad y del bien, aquélla diole su fórmula sin esfuerzo. Tomado el
camino de belleza, tales éxitos fueron episodios naturales de su marcha.
Saliéronle al paso, como la aurora y la noche, la alimaña y el árbol al
pasajero de la llanura. Y allá donde los otros habían hecho gracejo falso,
situando arbitraria o aisladamente su gaucho en un medio discordante, que es
decir, produciendo con artificio la comedia, él encontró la fuente espontánea
de la risa, a título de expansión sana y natural, no de cosquilla forzada, y con
aquella utilidad magistral de la sátira que corrige riendo.
Por otra parte, esa reunión de elementos que hasta
entonces formaban dos miembros distintos de la épica, tipificados bajo la faz
burlesca por la Batracomiomaquia y el Orlando Furioso, dio a su creación una
originali dad sin precedentes. La malicia y el entusiasmo, el llanto y la risa
mez clados en ella, constitúyenla el más acabado modelo de vida integral.
También bajo este concepto, resulta una cosa definitiva. Y es que ese juego
despreciativo con la suerte infausta, ese comentario irónico de los propios
dolores, forman el pudor de la pena viril. El rictus del llanto, transfórmase
en sonrisa, el sollozo prefiere estallar en carcajada. Esto es de suyo una obra
de arte, puesto que convierte en filosofía amable y placentera el elemento
deprimente y vil. Así es como el fuerte ahorra a sus semejantes la
mortificación del dolor que le roe, y en tal procedi miento consiste aquel
arte de la vida practicado por los griegos antiguos y por los japoneses
modernos. Precepto fundamental de esa filosofía estoi
ca que instituyó el heroísmo en deber cotidiano, es
la fibra excelente, revelada por el pulimento artístico en la madera del héroe.
Todavía este mismo personaje, resulta enteramente
peculiar en nuestro poema. No es el caballero insigne, ni el jefe de alta
alcurnia que figuran en el Rom ancero o en la litada; sino un valiente obscuro,
exaltado a la vida superior por su resistencia heroica contra la injusticia.
Con ello, tórnase más simpático y más influyente sobre el alma popular a la
cual lleva el estímulo de la acción viril en el bien de la esperanza.
La originalidad de la ejecución es, asimismo,
completa dentro del len guaje habitual de la épica; pues aquella cualidad,
como ya lo tengo dicho, no consiste en la invención ex -nihilo, absurda de suyo
como pretensión discorde con toda ley de vida, sino en la creación de nuevas
formas vitales que resultan de un orden, nuevo también, impuesto por la
inteligencia a los elementos preexistentes. El júbilo de los tiempos futuros,
proviene según el famoso concepto virgiliano, del nuevo orden que va a nacer: novum
nascitur ordo.
Por esto, son precisamente los grandes épicos
quienes han señalado con mayor franqueza su filiación.
Homero empezó su litada con un verso de Orfeo (
“Canta oh Musa, la cólera de Ceres”) apenas modificado. Nevio y Enio, los
padres de la poesía latina, inspiráronse casi exclusivamente en los escritores
alejan drinos. Virgilio imitó a Homero en la Eneida, y de tal modo, que dicho
poema es en muchas partes una rapsodia. Las Metamorfosis de Ovidio, que
constituyen, quizás, el mejor poema épico de la poesía latina, son imitaciones
de los sendos poemas epónimos de Partenio y de Nicandro. Contienen muchas leyendas
de poetas más antiguos, hasta en detalles característicos como el cabello
purpúreo del rey Niso. Suidas lo atribuye a un griego más antiguo cuyos versos
transcribe. El Dante, a su vez, es un hijo espiritual de Virgilio:
T u se lo mió
maestro e il m ió autore:
T u se’ solo
colui da cui io tolse
Lo bello
stilo che m ’ ha
fatto onore.
(Inf. I. 85 -87).
Y luego, en
el Purgatorio, atribuye a Estacio, con elogio, la misma filiación, puesto que
ella había salvado al poeta pagano de la condena ción eterna:
Per te poeta
fui, per te
cristiano
(XXII— 73).
El Tasso, en su prólogo a las dos Jerusalenes, se
vanagloria de la filia ción homérica, enumerando los caracteres que ha imitado
de la llíada, y que son los de todos los héroes principales. En cuanto a lo
patético, añade, me he aproximado a Homero y a Virgilio. El comienzo del canto
tercero, imita, en efecto, al primero de la Eneida. El ataque de la flota
cristiana
por los sarracenos en Jafa (cantos XVII y XVIII) es
una rapsodia del que los troyanos llevan a los griegos en la litada. Lo cual
nada quita, por cierto, a la originalidad de la expresión, que constituye el
principal ele mento.
Venganza de agravios es el móvil inicial en nuestro
poema como en el R om ancero, y aquéllos provienen, en uno y otro, de la
iniquidad autori taria. Obligados ambos héroes a buscarse la propia libertad
con el acero, sus hazañas constituyen el resultado de esta decisión; y
justificándola con belleza, forman la trama de las sendas creaciones. Los dos
son dechado de esposos, padres excelentes, castos como buenos paladines, hasta
no tener en sus vidas un solo amor irregular; fieles con ello; reposados en el
con sejo, prontos en el ingenio, leales a la amistad, fanáticos por la
justicia cual todos los hambrientos de ella; grandes de alma hasta darse patria
por doquier, con la tierra que, de pisar, ya poseen:
En el peligro
¡qué Cristo!
el
corazón se m e enancha,
pues toda la
tierra es cancha
y de esto nadies
se asombre:
El que se tiene
por hombre
ande quiera hace pata ancha.
Y el otro:
Desterraisme
de m i tierra,
desto
non m e finca
saña,
Ca el hombre
bueno fidalgo
de tierra
ajena hace patria.
Más lejos en los tiempos, otro desterrado, el
sapiente de los Fastos, había expresado en un concepto lapidario esa fórmula
del heroísmo:
O m ne solum
forti patria est.
Fuerte y solo: he ahí la situación del caballero
andante. Así aquellas palabras, fueron divisa en varios blasones.
Verdad es que ambos héroes son vengativos; pero la
venganza es la única forma posible de justicia para el paladín, puesto que se
halla obli gado a ser tribunal y ejecutor. Solo ante los agravios, con el
padre abo feteado o las hijas ultrajadas, el uno; con la familia deshecha y
deshonra da, la casa en ruinas, los bienes robados, el otro: ¿habrá quien no
sienta en su corazón de hombre la justificación del rencor que los posee? Lejos
de ser antisociales sus actos, restablecen el imperio de la justicia que es el
fundamento de toda constitución social. Y como el estado de libertad y de
justicia resulta del trabajo interno que todo hombre debe efectuar en su
conciencia, no del imperio de las leyes que lo formulan, su reintegra ción en
el alma del ofendido es, por excelencia, un acto de dignidad humana. La
plenitud de la libertad y de la justicia, es el resultado de una doctrina
personal que da reglas a la conducta, al constituir por definición el docto de
la vida; y ese sistema viene a resultar el mejor, cuando basado en la norma de
justicia que todo hombre lleva en sí, y que estriba en
considerar inevitable las consecuencias de sus
actos, prescribe la prác tica del bien como el mejor de los ejercicios
humanos.
Veinte siglos ha retardado el cristianismo la
victoria de este principio moral, que con el imperio de la filosofía estoica,
su código sublime, había llegado a producir en el mundo antiguo, cuando dicha
religión vino a trastornarlo todo, fenómenos tan significativos como la paz
romana, la supresión del militarismo, la abolición de la esclavitud, la
absoluta tole rancia religiosa y las instituciones socialistas de la pensión a
los ancianos, de la adopción de los huérfanos por el estado, de la enfiteusis,
de las aguas y los graneros públicos y gratuitos . . .
El auto- gobierno de cada uno, que ha de suprimir
la obediencia al poder autoritario, tenía por corifeos a los emperadores
filósofos. Y en tonces, cuando uno de esos héroes de la épica personifica
aquel supremo ideal humano de la libertad por cuenta propia, reivindicando con
esto el imperio de la razón que no tiene límites como el progreso por ella
enca minado, su caso viene a constituir el prototipo de vida superior cuya
construcción es el objeto de la obra de arte.
Llevamos en nuestro ser el germen de ese prototipo,
como el de todas las bellezas que aquélla sensibiliza en nosotros, mejorándonos
con tal operación, puesto que así nos hace vivir una vida más amable. Cuando el
artista consigue realizarlo, su obra ha alcanzado el ápice ya divino, donde la
verdad, la belleza y el bien confunden su triple rayo en una sola luz que es la
vida eterna.
Fue una obra benéfica lo que el poeta de M artín
Fierro propúsose realizar. Paladín él también, quiso que su poema empezara la
redención de la raza perseguida. Y este móvil, que es el inspirador de toda
grandeza humana, abrióle, a pesar suyo, la vía de perfección. A pesar suyo,
porque en ninguna obra es más perceptible el fenómeno de la creación incons
ciente.
El ignoró siempre su importancia, y no tuvo genio
sino en aquella ocasión. Sus escritos anteriores y sucesivos, son páginas
sensatas e inco loras de fábulas baladíes, o artículos de economía rural. El
poema com pone toda su vida; y fuera de él, no queda sino el hombre
enteramente común, con las ideas medianas de su época: aquel criollo de cabeza
serena y fuerte, de barba abierta sobre el tórax formidable, de andar básculo y
de estar despacio con el peso de su vasto corpanchón.
Hay que ver sus respuestas a los críticos de lance
que comentaron el poema. Ignora tanto como ellos la trascendencia de su obra.
Pídeles dis culpa, el infeliz, para su deficiente literatura. Y fuera cosa de
sublevarse con toda el alma ante aquella miseria, si la misma ignorancia del
autor no justificara la extrema inopia de sus protectores.
Porque se dieron a protegerlo, los menguados, desde
su cátedra ma gistral. Todo lo que le elogiaban, era lo efectista y lo cursi
como las estrofas antes mencionadas sobre la frente del negro y sobre la mater
nidad; o la filosofía de cargazón que inspira los
consejos finales de Martín Fierro; o el aburrido y pobre cuadro de la
Penitenciaria, donde, por moralizar, descuidaba sencillamente su empresa.
Quien tenga la paciencia de leer esos juicios,
coleccionados a guisa de prólogo para mengua de nuestra literatura, hallará
citadas como be llezas todas las trivialidades de la composición. No falta
una. Hay quien ve en ella, y por esto la elogia, “un pequeño curso de moral
administra tiva para los comandantes militares y comisarios pagadores” (!).
Otro se extasía ante la igualdad de la ley, como un borrico electoral. Otro
encuentra que M artín Fierro es “el Prometeo de la campaña” (!!). Otro le
descubre “primo hermano (no se atreve a decir hermano) de Celiar”, aquella
luenga pamplina romántica con que el doctor Magariños Cervantes, poeta del
Uruguay, dio pareja a nuestra gemebunda Cautiva. Otro aún, y este es el más
delicioso, encuentra imposible hacer el juicio crítico de Martín Fierro, porque
no siendo, dice, una obra de arte, no podrá aplicarle las reglas literarias. He
aquí el Finibusterre de la crítica, diremos así, nacional. Y el pobre hombre,
amilanado sin duda con su propio genio, que éste no es carga de flores, sino
tronco potísimo al hom bro de Hércules laborioso, dejábase prologar así,
todavía agradecido, y que le colgaran sus editores indoctos tamaño fárrago; y
hasta explicaba con trito su buena intención, su inferioridad para él
indiscutible ante ta maño literatos, en una carta infeliz, dedicada casi por
entero al estímulo de la ganadería. Sólo por un momento, la conciencia profunda
de su genio se le impone, magüer ellos los sabios, y entonces, humilde, hace
decir con sus editores: “El señor Hernández persiste en no hacer altera ciones
a su trabajo”. La crítica habíalo tachado de versificador incorrecto, aunque él
dijera con toda verdad y razón, que así construye el gaucho sus coplas,
demostrando, por lo demás, gran desembarazo en su idioma poético.
Existe, sobre este particular, un documento
interesante: en el autógra fo de la segunda parte del poema, la primera
estrofa dice como sigue, sin ninguna enmienda:
Atención
pido al silencio
y silencio
a la atención,
que voy en
esta ocasión,
si me ayuda
la mem oria,
a contarles
de m i historia
la
triste continuación.
La rima perfecta de los dos últimos versos, está
incorrectamente mo dificada en el texto impreso, donde se lee:
A mostrarles
que a m i
historia
le faltaba
lo mejor.
Y esto
demuestra, una vez por todas, que la incorrección criticada era voluntaria,
cuando así lo pedían la precisión del concepto y la verdad
de la expresión. Los versos imperfectos, son,
efectivamente, más vigo rosos que los otros, por su construcción más directa y
natural, así como por su mayor conformidad con la índole del lenguaje gaucho.
Pero la crítica no entenderá nunca, que en la vida como en el arroyo inquieto,
la belleza resulta de la irregularidad, engendrada por el ejercicio de la
libertad en el sentido de la índole o de la pendiente. La preceptiva de los
retóricos y las leyes de los políticos, han suprimido aquel bien, preten diendo
reglamentarlo. Y de eso andan padeciendo los hombres, fealdad, iniquidad,
necedad, miseria.
¡La crítica! ¿Cómo dijo la muy estulta, y
trafalmeja, y amiga del bien ajeno? ¿Que eso no era obra de arte? ¿Pero,
ignoraba, entonces, su preceptiva, y no sabía lo que era un verso octosílabo, o
en qué, si no en descripciones y pintura de caracteres, consiste la poesía
épica?
No, pues. Lo que extrañaba eran sus habituales
perendengues, sus “licencias” ineptas, su dialecto académico, su policía de las
buenas cos tumbres literarias. Aquella creación arrancada a las entrañas vivas
del idioma, aquella poesía nueva, y sin embargo habitual como el alba de cada
día, aquellos caracteres tan vigorosos y exactos, aquel sentimiento tan
profundo de la naturaleza y del alma humana, resultaban incom prensibles a
esos contadores de sílabas y acomodadores de clichés pre ceptuados: Procustos de
la cuarteta — para devolverles su mitología cur si— no habían de entender a
buen seguro aquella libertad del gran jinete pampeano, rimada en octosílabos
naturales como el trote dos veces cuádruple del corcel.
En la modestia de los grandes, finca el entono de
los necios; y cuando aquéllos se disimulan en la afabilidad o en llaneza,
padeciendo el pudor de sentirse demasiado evidentes con la luz que llevan,
cuando su bondad se aflige de ver desiguales a los demás en la irradiación de
la propia gloria, cuando las alas replegadas manifiestan la timidez de la
tierra, pues para abandonarla han nacido, los mentecatos se engríen haciendo
favor con la miseria que les disimulan y pretendiendo que el astro brilla
porque ellos lo ven con sus ojos importantes.
Hay que decirlo sin contemplaciones, no solamente
por ser esto un acto de justicia, sino para sacar la obra magnífica de la
penumbra ver gonzante donde permanece a pesar de su inmensa popularidad;
porque de creerla, así, deficiente o inferior, los mismos que se regocijan con
ella aparentan desdeñarla, y ahogan el impulso de sus almas en el respeto de la
literatura convencional. Tanto valdría hacerlo con el Romancero congénere,
porque su castellano es torpe y se halla mal versificado.
En nuestro poema, ello proviene especialmente de la
contracción silá bica peculiar al gaucho, así como de la mezcla de asonantes y
consonan tes que él empleaba en sus coplas y que era necesario reproducir, al
ser un gaucho quien narraba.
¿Pero, acaso el mismo poema español no nos presenta
versos como éste en la versión de Sepúlveda en el II romance de la 2^ parte:
Ruy Díaz volveos en Paz?
¿No encontramos en el Dante endecasílabos
contraídos hasta la dure za, a semejanza del siguiente que nos da once
palabras en once sílabas:
Più ch’io fo per lo suo, tutti i miei prieghi? 1
Y en cuanto
a la rima, si es verdad que a veces resulta pobre y mez clada como en Lope y
en Calderón 2, también su fácil riqueza nos sor prende con estrofas no
superadas en nuestra lengua.
Los indios diezmados por la viruela, buscan entre
los cristianos cau tivos la causa de la epidemia y las víctimas propiciatorias
al genio malé fico cuyo azote creen padecer:
Había un gringuito cautivo
que siempre hablaba del barco,
y lo ahogaron en un charco
por causante de la peste.
Tenía los
ojos celestes
como potrillito zarco.
Rimas en arco, no posee el idioma sino siete de
buena ley. Las otras son palabras desusadas, nombres propios, verbos o términos
compuestos. En este, nueve tan sólo, y todas ellas resultan de aproximación muy
difícil. La estrofa es, sin embargo, de una perfecta fluidez, y en su nítida
so briedad, condensa un poema: la criatura que recuerda el barco donde vino
con sus padres en busca de mejor suerte; su bárbaro martirio; la imagen
original y pintoresca de los ojos, tan conmovedores en el ahoga do; la dulzura
infantil del potrillito que revela con tan tierna compasión la inocencia del
niño y el alma del héroe. Así se enternece el hombre valeroso, y así brota
natural la poesía en esa comparación de verdadero gaucho. Lo que más debía
llamar su atención, y con ella la imagen, eran los ojos celestes del europeo.
1Los trovadores, maestros y antecesores inmediatos
del Dante, habían usado con gran desembarazo de esta libertad, que provenía, a
su vez, de la poesía clásica. He aquí un verso que contiene doce palabras en
once sílabas:
Que per cinc sois n a hom la pessa e l pan.
El trovador Sordel, autor de este endecasílabo, fue todavía sobrepasado por
Bernardo de
Vantadour, quien hizo caber
trece palabras en once sílabas:
Que m bat e m fier, per qu ai razón que m duelha.
(Raynouard — Lexique Roman, I. 331-474).
2 Conocido es el rigor de la rima francesa. He
aquí, no obstante, al mismo Lamartine, raudal prodigioso y espontáneo como
ninguno, cometiendo en La chúte d’un Ange una rima imperfecta:
Quelques-uns d’eux, errant dans ces
demi-‘ténèbres”, Etaient venus planer sur les cimes des “cèdres” .
(Première
Vision).
El tono heroico y la onomatopeya que es don excelso
de poeta cuando le sale natural, como a Homero y como a Virgilio, resaltan en
esta otra estrofa la rima difícil, aun cuando sea defectuosa por la mezcla de
aso nantes y consonantes:
Yo me le senté al del pampa,
era un escuro tapao.
Cuando me veo bien montao,
de mis casillas me salgo;
y era un pingo como galgo,
que sabía correr boliao.
Las palabras pingo y galgo sugieren el salto
elástico del arranque. El cambio de acentuación del último verso, todavía
reforzado por la violenta diptongación de su primer verbo, recuerda el galope a
remezones del animal trabado. Adviértase, también, que sin la terminación
defectuosa de la última voz — boliao— el efecto no se produciría. Y de esta
suerte, también resulta ennoblecido el lenguaje gaucho.
Otras veces, la metáfora es tan natural y al propio
tiempo tan novedo
sa, que el desconcierto causado por aquellas dos
cualidades, nos induce
a apreciarla como un ripio. Así, en cierta pelea
con la partida policial, el gaucho acaba de echar tierra a los ojos de uno de
los enemigos, para atacarle indefenso:
Y mientras se sacudía
refregandosé
la vista,
yo me le juí como lista
y ahi no más me le afirmé
diciendolé
— Dios te asista,
y de un revés
lo voltié.
La comparación describe el acto de tenderse a
fondo, en una sola línea; es decir, como la lista de una tela; y así explicada,
ya no nos resta sino que admirar la agilidad descriptiva, el vigor magnífico de
la estrofa.
Veamos reunidos en esta otra los dos elementos.
El gaucho Cruz, provocado por cierto burlón en una
pulpería donde se bailaba, pelea con él y le hiere gravemente:
Para prestar un socorro
las mujeres
no son lerdas;
antes que la sangre pierda,
lo arrimaron a unas pipas.
Ahi lo dejé con las tripas
como pa que hiciera cuerdas.
De la primera rima, no hay sino seis sustantivos en
castellano. De la segunda, dos solamente; los mismos que usa el autor con
perfecta natu ralidad. El sitio de las pipas, es efectivamente, el único donde
resulta posible improvisar sobre ellas mismas un lecho, separado del suelo y
apartado del trajín habitual; pues se trata de
Un rancho de mala muerte;
es decir, sumamente estrecho. He visto más de una
vez heridos acomo dados en esa forma.
El defecto del prosaísmo ofrece analogías y
corroboraciones no menos evidentes. Como todo verdadero artista, el autor de
Martín Fierro no rehuyó el detalle verdadero, aunque fuese ingrato, cuando
llegó a encon trarlo en el desarrollo de su plan. Comprendió que en la belleza
del conjunto, así sea éste un carácter o un paisaje, la verdad artística no es
siempre bella. Que si la frente del hombre se alza en la luz, es porque la
planta humana le da cimiento en el polvo. Unicamente la retórica con sus recetas,
ha prescrito que el arte, como el trabajo de los confiteros, consiste en
maniobrar azúcar. Cuando se hace obra de vida, es otra cosa. Y el prodigio de
crear estriba, precisamente, en la inferioridad de los ele mentos que,
ordenados por la inteligencia, producen un resultado superior.
Prosaísmo y grosería, hermosura y delicadeza, todo
concurre al resul tado eficaz, como en la hebra de seda el zumo de la flor y
la baba del gusano. El capullo es mortaja donde la adipocira de la oruga
tórnase ala de colores; y así nosotros mismos somos, según el símil inmortal
del poeta, larvas y mariposas:
.....................noi siam vermi
Nati a formar l’angelica farfolla.
Propóngome tomar a este propósito algunos ejemplos
del Dante, por que éste es, en mi opinión, el épico más grande que haya
producido la civilización cristiana.
Imágenes y conceptos de esos que llama prosaicos la
retórica, abundan en su poema. Los condenados que veían pasar a los dos poetas.
. . . . ver
noi aguzzavan le ciglia
come vecchio sartor fa nella cruna.
(In f . XV
— 20,
21).
Después, aquella comparación con la
rana que croa en el
charco:
E come a grecidar si sta la rana
col muso fuor dell’acqua. . .
(Inf. XXXII —
31, 32).
O bien:
E mangia e bee e dorme e veste panni.
(Inf.
XXXIII — 141).
Ch’ogni erba si conosce per lo seme.
(Purg. XVI —
114).
Com’uscir puó di dolce seme amaro.
(Par. VIII —
93).
Che le cappe fornisce poco panno.
CPar. XI — 132).
.......................... si che giustamente
Ci si risponde dall’anello al dito.
(Par. XXXII — 56, 57).
O estos versos formados por enunciaciones de
cantidades:
Mille dugento con sessanta sei.
(Inf.
XXI — 113).
Nel quale un
cinquecento dieci e cinque.
(Purg. XXXIII — 43).
Che gli assegnò sette cinque per diece.
(Par. VI —
138).
Al suo Lion
cinquecento cinquanta
e trenta fia t e
..........................................
(Par.
XVI — 37, 38).
Quattromila trecento e due volumi.
(Par. XXVI — 119).
Sì come diece da mezzo e da quinto.
(Par. XXVII —
117).
E questo era
d’un altro circumcinto,
e qual dal terzo, e’I terzo poi dal quarto,
dal quinto il quarto, e poi dal sesto il quinto.
(Par. XXVIII — 28 al 30).
O la inmundicia de los castigos infernales: las
moscas y los gusanos de la sangre corrompida en el canto III del Infierno; los
excrementos en el XVIII; el famoso verso final del XXI; el verso 129 del canto
XVII del Paraíso. . .
O las frases sin sentido:
Papé Satan, papé Satán aleppe.
(Inf.
VII — 1).
Rafel mai antech izahi almi
(Inf. XXXI
— 67).
O todavía, al revés de Boileau que no fue sino un
retórico, esta fórmu la de la poesía cuyas creaciones quiméricas anuncian la
verdad no siem pre creíble:
lo diró cosa incredibile e vera.
(Par.
XVI — 124).
He aquí cómo debe comprenderse el espíritu de los
poemas épicos, que no son obra lírica, vale decir, de mera delectación, sino
narraciones
de la vida heroica, muchas veces ásperas como ella
y también amargas y misteriosas. Una vez más me acuerdo de nuestro padre el
Dante:
O voi ch’ avete gl’ intelletti sani,
mírate la dottrina che s’asconde
sotto il relame
degli versi strani!
Pero véase algo más característico aún, porque
demuestra cómo los símiles de nuestro gaucho, no por ser tomados de la vida
rural, resultan menos compatibles con la poesía del inmenso florentino. Las
coplas, dice Cruz, se me salen “como ovejas del corral”.
Y añade:
Que en puertiando la primera,
ya la siguen las demás,
y empujando las de atrás,
contra los palos se estrellan,
y saltan y se atropellan
sin que se corten jamás.
Comparación prosaica para versos, dirá la retórica.
El otro presentará así las almas de los excomulgados, aun cuando entre ellos
figuran per sonajes tan eminentes como el blondo, bello y gentil Manfredo de
la ceja partida:
Come le
pecorelle escon del chiuso
ad una, a due, a tre, e Valtre stanno
timidette atterando l’occhio e’ l muso;
e ció che fa la prima, e Valtre fanno,
addossandosi a
lei, s’ella s’arresta,
semplicie e quite ...............................
(Purg. III).
Y ciertamente, no es mi intención comparar; pero la
Divina Comedia fue también escrita en un lenguaje de formación reciente, y bajo
el mismo concepto de vida integral, que a mi ver constituye su excelencia insu
perable.
Con ello el detalle realista es a veces excesivo y
brutal; pero no olvi demos que se trata de rudos pastores con quienes la vida
fue ingrata hasta la crueldad; y sobre todo, no incurramos en el abuso crítico
de olvidar el conjunto, pues no todo en el fuego es claridad, sino también leña
bruta, y ceniza, y humo. . .
Así el retrato del viejo Vizcacha:
Viejo lleno de camándulas
con un empaque a lo toro;
andaba siempre en un moro,
metido no sé en qué enriedos,
con las patas como loro
de estribar entre los dedos.
Este último rasgo es absolutamente característico,
y viene por lógica sugestión ante un auditorio de jinetes, no bien se ha
mencionado el ca ballo. Este debía ser, dado su dueño, uno de esos bichocos
que los estancieros regalan a individuos así, porque tienen la crin
arremolinada, o son maulas de suyo, o babosos de que los enfrenaron por primera
vez en día nublado y frío. Entonces los defectos característicos se relacionan.
La avería de los dedos, es también peculiar en los domadores, y el viejo lo había
sido:
De mozo jué muy jinete,
no lo bajaba
un bagual;
pa ensillar un animal
sin necesitar de otro,
se encerraba en el corral
y allí galopiaba el potro.
La característica por el pie, es bien conocida de
los elegantes; y en los dominios de la patología sexual, constituye un caso
asaz común de feti chismo.
Narrando el gaucho Cruz su ya mencionada
trapatiesta en el baile de la pulpería, recuerda este detalle de apariencia
trivial:
Yo tenía unas medias botas
con tamaños verdugones;
me pusieron los talones
con crestas como los gallos;
si viera mis afliciones
pensando yo que eran callos.
La bota era una prenda cara y difícil de obtener,
puesto que sólo podían apararla obreros muy escasos. Ya he dicho que en la
época colo nial, no los había; por lo cual los gauchos hubieron de calzarse
con el cuero crudo del jarrete caballar, o con los retales transformados en
san dalias. Después, aquella mortificación del pie, particularmente desagra
dable para hombres acostumbrados a una cuasi descalcez, iba poniendo al
protagonista en un estado poco apto para bromas. El freno de plata y las botas,
constituían el lujo por excelencia. Era habitual llevarlas a la grupa, para no
ponérselas sino a la entrada de la población o de los sitios respetables.
Por último, los ternos tan abundantes en lengua
española, saltan una que otra vez, a título de complementos interjectivos, bien
que sean muy escasos, y siempre disimulados con palabras de análoga eufonía:
Ahi empezaba el afán,
se entiende, de puro vicio,
de enseñarle el ejercicio
a tanto gaucho recluta,
con un estrutor. . . ¡qué bruta!
Que nunca sabía su oficio.
Don Quijote era menos escrupuloso, y el Dante usó
más de una vez la mala palabra.
Si el poeta alarga por ahí sus versos, o mezcla
estrofas de metro dife rente, como cuando Picardía, turbado, decía Artículos
de Santa Fe, por artículos de la fe, o cuando el guitarrero provocador de Cruz
canta dos coplas de seguidilla entre las sextinas octosilábicas, no es por
impotencia, sino por rectitud lógica con el tema. Así procedían también los
roman ceros con sus estribillos e interpolaciones; siendo de notar que casi
todas estas libertades, pertenecieron a los anónimos populares. El verso es para
el pueblo y para los grandes poetas, un lenguaje de hablar, no de hacer
literatura *.
El lector necesita,
aquí, una advertencia.
Muchas estrofas del poema, causan a primera vista
la impresión de la rima forzada:
Y menudiando los tragos,
aquel viejo como cerro,
no olvidés, me decía, Fierro,
que el hombre no debe crer,
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro.
La composición refiérese al vientre hipertrofiado
del alcoholista, y es de gran propiedad en el lenguaje gaucho. Si ello
constituye un ripio, de-muéstranlo las estrofas finales del mismo canto y del
subsiguiente, donde la rima en erro está empleada con la habitual fluidez.
Otro ejemplo de impotencia aparente en la más
ajustada propiedad:
Y aunque a las aves les dio,
con otras cosas que inoro,
esos piquitos como oro
y un plumaje como tabla,
le dio al hombre más tesoro
al darle una lengua que habla.
1Entre los clásicos, basta citar a Góngora con sus
letrillas y romances: verdade ro origen de nuestras estrofas en versos de
metro libre. Unos y otros subordinan el ritmo de cada verso al del conjunto de
la estrofa. Así:
No son todos ruiseñores,
los que cantan entre flores,
sino campanitas de plata
que tocan al alba,
sino trompeticas de oro,
que hacen la salva
a los soles que adoro.
El indio
(Letrillas
Líricas. IV).
Alma niña, quieres, di
parte de aquel, y no poca,
blanco Maná que está allí?
Sí, sí, sí.
Cierra los ojos y abre la boca.
Ay Dios, qué comí
Que me sabe
así?
(Letrillas Sacras. XXI).
“Como tabla”, es decir, parejito. Un rústico no
podía comparar de otro modo, y la lisura del plumaje es la primera belleza del
ave libre.
Cuando nuestros gauchos se regocijan con el poema
que a los cultos también nos encanta, es porque unos y otros oímos pensar y
decir cosas bellas, interesantes, pintorescas, exactas, a un verdadero gaucho.
Pero seamos justos con el pueblo rural. El fue quien comprendió primero,
correspondiendo a la intención del poeta, con uno de esos éxitos cuya solidez
es otra grandeza épica. Naturalmente exento de trabas precep tistas, sabía por
instinto que la descripción de una existencia humana, no es un puro recreo lírico;
que las miserias, las asperezas, la prosa de la vida, en fin, forman parte de
la obra, porque el héroe es un hombre y sólo a causa de esto nos resulta
admirable. De tal modo, el gaucho Martín Fierro tomó pronto existencia real. He
oído decir a un hombre de la cam paña, que cierto amigo suyo lo había
conocido; muchos otros creíanlo así; y no sé que haya sobre la tierra gloria
más grande para un artista. Es esa la verdadera creación, el concepto
fundamental de los tipos clási cos. Así vivían los héroes homéricos cuyas
hazañas cantaba el aeda en el palacio de los reyes y en la cabaña de los
pastores. Todos los entendían, a causa de que representaban la vida integral.
Más de una vez he leído el poema ante el fogón que
congregaba a los jornaleros después de la faena. La soledad circunstante de los
campos, la dulzura del descanso que sucedía a las sanas duras tareas, el fuego
do méstico cuya farpas de llama iluminaban como bruscos pincelazos los rostros
barbudos, componían la justa decoración. Y las interjecciones pin torescas,
los breves comentarios, la hilaridad dilatada en aquellas grandes risas que el
griego elogia, recordábanme los vivaques de Jenofonte. Otras veces, teniente
eventual de compañía en la Guardia Nacional cuya con vocatoria exigieron las
revoluciones, aquella impresión precisábase todavía. Las partes tristes del
relato suscitaban pensativas compasiones, nostalgias análogas; entonces el
oficial adolescente evocaba también a Ulises con movido de oír cantar sus
propios trabajos en el vestíbulo de Alcinoo. El vínculo de la raza fortalecíase
en él como la cuerda en la tabla del ins trumento rústico, y penetrado por
aquella emoción que exaltaba su sangre con un sabor de lealtad y de ternura,
proponíase como un deber de jus ticia el elogio del poema, cuando algún día
llegase a considerar digna de él su mezquina prosa. Y así ha esperado veinte
años.
¿Qué valen, efectivamente, todos nuestros libros
juntos ante esa crea ción? ¿Qué nuestras míseras vanidades de jardineros ante
la excelsitud de aquel árbol de la selva? Cuando ellas no existan ya, sino
acaso como flores de herbario en las vanas antologías, el tronco robusto estará
ahí, trabada su raigambre con el alma del pueblo, multiplicado en la madera de
las guitarras cuyos brazos señalan el camino del corazón, cuando ellas ocupan
en nuestras rodillas el sitio de la mujer amada; llenos de brisa y
de follaje aquellos gajos que parecen enarbolar el
cielo de la patria, y beber en su azul, lejano, ay de mí, como el agua
venturosa de los oasis. . .
Ah, esa no es popularidad de un día, ganada con
discursos engañosos o falacias electorales. Cuarenta años lleva de crecer, con
tiradas que cuen tan por cientos los millares de humildes cuadernos. Y esto en
un país de población iletrada, donde los cultos no compran libros nacionales.
Para honra de nuestra población rural, no hay un rancho argentino donde falten
la guitarra y el Martín Fierro. Los que no saben leer, apréndenlo al oído; los
que apenas silabean trabajosamente, hacen del poema su primera lectura.
Conozco el caso de un gaucho viejo que vivía solo
con su mujer, tam bién anciana, en cierto paraje muy solitario de las sierras
cordobesas. Ninguno de los dos sabía leer. Pero tenían el cuaderno bien
guardado en el antiguo almofrez o “petaca” de cuero crudo, para que cuando
llegase algún pasajero leído, los deleitara con la habitual recitación. Tal
fenó meno de sensibilidad, autorizaría el orgullo de cualquier gran pueblo. Ya
he dicho que constituye también un resultado épico de la mayor im portancia
para la apreciación del poema.
Por otra parte, ello demuestra la eficacia del
verso como elemento de cultura. La clase gobernante que suele desdeñarlo,
envilecida por el utili tarismo comercial, tiene una prueba concluyente en
aquel éxito. La única obra permanente y popular de nuestra literatura, es una
obra en verso. La verdadera gloria intelectual pertenece entre nosotros, a un
poeta. Por que la gloria es el fenómeno de sobrevivir en la admiración de los
hombres.
La ley de la vida tiene que ser una ley de
proporción, o sea la condición fundamental de existir para todo cuanto es
complejo. El don del poeta, consiste en percibirla por observación directa de
las cosas; y de aquí que su expresión la formule y sensibilice en el verso, o
sea en aquella estruc tura verbal compuesta por la música y por la rima: dos
elementos de rigurosa proporción. Por esto, el verso es el lenguaje natural de
la poesía. La armonía, que es un resultado de la proporción entre elementos dese
mejantes — valores musicales, metáforas, órganos biológicos— manifiesta en el
verso aquella ley con mayor elocuencia que en todo otro conjunto.
Tan profunda fue aquella compenetración del poeta
con su raza y con su tipo, que el nombre de éste se le pegó. Martín Fierro, era
él mismo. Claro instinto de las multitudes, que así reconocía en el poeta su
encar nación efectiva y genial.
Hernández adoptó, asimismo, la estrofa popular de
los payadores, aquella fácil y bien redondeada sextina, que no es sino una
amplificación de la cuarteta, demasiado corta y con ello monótona para la
narración. Pero también manejó con desembarazo la redondilla y el romance, a
ma nera de interludios que evitaban la monotonía. Esto, sobre todo en la
segunda parte, considerablemente más larga que la
primera, pues cuenta casi el triple de versos: 4 .800 contra 1.700 en números
redondos.
Lo singular es que en tan pocas líneas, apenas
equivalentes a cien pá ginas in octavo común, haya podido describir toda la
campaña, mover cuarenta y dos personajes, sin contar los grupos en acción,
narrar una aventura interesantísima, constituida casi toda por episodios de
grande actividad pasional y física, poner en escena tres vidas enteras — las de
Fierro Cruz y el viejo Vizcacha— , evocar paisajes y filosofar a pasto.
La vida manifiesta con tamaña eficacia de belleza y
de verdad en esos personajes, dimana de que todos ellos proceden y hablan como
deben obrar y decir. La materia es tosca; mas, precisamente, el mérito capital
del arte consiste en que la ennoblece espiritualizándola. Esto es lo que quiere
decir la fórmula del arte por la vida. El principio opuesto del arte por el
arte, o sea el fundamento de la retórica, pretende que la vida sea un pretexto
para aplicar las reglas de construir con habilidad, cuando la rectitud y la
buena fe, inspiran lo contrario: las reglas al servicio del objeto superior que
aquella misma vida es. De tal manera, todo cuanto exprese claramente la verdad
y produzca nobles emociones, sea ocurrencia de rústico o invención de artista,
está bien dicho, aunque viole las reglas. Debe, todavía, violarlas para
decirlo, si encuentra en ellas obstáculos. Pues no existe, a este respecto,
sino una regla permanente: todo aquello que engendra emociones nobles y que se
hace entender bien, es obra bella.
El lector va a apreciar en nuestro poema, con qué
vigor, con qué pre cisión, está ello expresado; con qué abundancia pintoresca,
con qué ri queza de imágenes y conceptos.
Maravilloso descriptor, aun le sobra material para
ser difuso y redun dante. Porque es espontáneo está lleno de defectos. Su
propósito mora-lizador, vuélvele, a ratos, cargoso. El poema no es, muchas
veces, sino una abundante paremiología, pues entiendo que gran parte de sus
lecturas consistía en los refraneros donde creía hallar condensada la sabiduría
de las naciones. Así lo dice en el prólogo de la segunda parte, y el único
libro que cita, es uno de esta especie. Otras veces, el estilo epilogal, inherente
al género, convierte el poema en una especie de centón rimado, bien que la
narrativa gaucha suele estar siempre sembrada de reflexiones filosó ficas :
Era la casa del baile,
un rancho de mala muerte;
y se enllenó de tal suerte,
que andábamos a empujones.
Esta es la descripción, enteramente fiel, de esos
jolgorios de campaña.
El gaucho añade, con toda naturalidad, la consabida
reflexión:
Nunca faltan encontrones
cuando un pobre se divierte.
Pero esto no es siempre oportuno en el poema, y a
veces las conside raciones de orden filosófico interrumpen la narración con
redundancias impertinentes.
Sea dicho, no obstante, en su descargo: la poesía
homérica adolece de igual defecto. En el propio momento del combate, sus héroes
pronuncian máximas y sentencias que, por lo menos, sorprenden con su
anacronismo. Y los romances caballerescos presentan, no poco, este rasgo de
familia. Muchas de las anteriores citas dantescas tienen análogo carácter.
He aquí, pues, el defecto capital. En cambio, el
ejemplo de vida heroica formada alternativamente de valor y de estoicismo, es
constante. El ideal de justicia anima la obra. El amor a la patria palpita en
todas sus bellezas, puesto que todas ellas son nativas de sus costumbres y de
su suelo. Y con ello, es completa la verdad de los detalles y del conjunto. No
hay cosa más nuestra que ese poema, y tampoco hay nada más humano. Todas las
pasiones, todas las ideas fundamentales están en él. Las nobles y supe riores,
exaltadas como función simpática de la vida en acción, que repre senta el
ejemplo eficaz; las indignas y bajas, castigadas por la verdad y por la sátira.
Tal es el concepto de la salud moral. Cuando el pueblo exige que en los cuentos
y las novelas triunfe el bueno injustamente oprimido, aquella pretensión
formula uno de los grandes fines del arte. La victoria de la justicia es un
espectáculo de belleza. En ello, como en el amor, el deleite proviene de una
exaltación de vida. Solamente los pervertidos, que son enfermos, gozan con los
actos y las teorías que niegan o defraudan, generalizando, así, el estado de su
propia enfermedad. Ellos son producto pasajero de las civilizaciones en
decadencia. El tipo permanente de la vida progresiva, el que representa su
éxito como entidad espiritual y como especie, es el héroe, el campeón de la
libertad y la justicia.
Y por eso,
porque personifica la vida heroica de la raza con su lenguaje y sus
sentimientos más genuinos, encarnándola en un paladín, o sea el tipo más
perfecto del justiciero y del libertador; porque su poesía consti tuye bajo
esos aspectos una obra de vida integral, Martín Fierro es un poema épico.
VIII
EL TELAR DE SUS DESDICHAS
La primera parte de Martín Fierro cuenta las
desgracias que determinaron la vida errante del héroe.
Es este un gaucho cualquiera, que vive trabajando
en su rancho con sus hijos y su mujer. Cierta vez que se halla en la pulpería,
donde un gringo habilidoso divierte al auditorio con un organillo y una mona
amaestrada, preséntase la partida policial que anda recogiendo gente para el
servicio de los fortines de frontera. Aquellas levas temidas como un azote,
eran una especie de conscripción ilegal, que servía ante todo para ejercer
venganzas políticas contra los renitentes de las
elecciones oficializadas. El protagonista tiene tranquila la conciencia y no
resiste. Así lo envían con otros al fortín o cantón cuyo objeto es defender la
frontera contra las incursiones de los indios.
Allá en el aislamiento, impera a su guisa el
militarismo de una oficia lidad corrompida por ese destierro en plena
barbarie, donde la falta de control autoriza todos los abusos. Los sueldos
escasos e inseguros, sugié-renles la idea de compensarse enriqueciéndose con
los ganados que llegan a rescatar y con los míseros haberes de la tropa. No hay
más diversiones que el juego y la limeta cuya influencia traduce las cóleras
inherentes, en una disciplina bárbara, con la cual es menester reprimir, por
otra parte, el ansia constante de la deserción. La vigilancia es insuficiente
con tales elementos; aquella misma frontera dentro del país, resulta una
capitulación con la barbarie. Esta influye sobre los propios defensores así
desmoralizados. Y sin embargo, dicha oficialidad de frontera, está reali zando
un trabajo heroico. Los fortines son verdaderas cartujas en el de sierto como
aquellas de los templarios en Palestina. La existencia bravia, lejos de toda
comunicación, la aventura anónima con los salvajes, tiene por desenlace la
muerte obscura apenas citada como una trivialidad en las órdenes del día. Los
hombres vuélvense malos en semejante aisla miento. La intemperie parece curtir
en adusto cuero de indio sus almas y sus rostros. Bajo la greña inculta que
desborda de los kepis estrafalarios, ladeados sobre la ceja con aire temerón,
germinan ideas de bandolero. El sable choca amenazador contra las botas
destalonadas. Algunos le han puesto por dragona, la manea. La baraja es su
brevario y el pichel su vinajera. En torno, una soldadesca de salteo, obedece a
palos con la malhumorada sumisión de las jaurías entecas. Cuando aprieta el
hambre, le dan ración de lombrices para que vaya a pescar en el cercano arroyo.
Los más hábiles bolean avestruces por los campos, si no hay peligro de indios.
El jefe es socio de la cantina que los explota. No llega un eco de la vida
civilizada hasta aquel desamparo, donde aun los pájaros, rarísimos, son mudos.
No oyen sino la voz desolada del clarín, el rebuzno de la muía hética, el alarido
siniestro de las tribus que invaden. Su palabra toma una aspereza brutal,
todavía herrumbrada de borrachera. El coraje es la única dignidad humana que no
han perdido. El coraje y la tristeza, des hilada en monótonas lágrimas de
música sobre la guitarra de la cantina. La muerte forma parte de sus juegos de
azar: es el culo de la taba que se da vuelta. A falta de entorchados, llevan
cada galón en el cuero, bor dado a punta de lanza. El degüello es su crátera
festival. Al toque de calacuerda que lo entabla, con qué profundo espolazo se
han ido a fondo, de estampía. Dilatadas por el olor de la sangre, sus narices
parecen hun dirse ya en aquella ardiente rosa de la muerte. Diríase que sus
corazones empujan la pelea como una puerta de bronce. Embellecidos de peligro,
andrajos y jamelgos, vicios y mugres, desaparecen en el mismo remonte
de coraje como las basuras en la punta del
remolino, y ya no hay más que los soberbios jinetes con su hazaña firmada en
púrpura a estilo de em perador.
A los tres años de padecer en ese presidio
semisalvaje, hecho un men digo, harto de iniquidad, el gaucho deserta. Era la
historia de todos los enérgicos, el comienzo de las vidas trágicas que Martín
Fierro sintetiza en la suya. Cuando llega a su antiguo rancho, todo ha
desaparecido. La cabaña está en ruinas. La mujer y los hijos se han ido quién
sabe dónde. El mismo es un desertor, obligado a la fuga. Entonces se echa a
vagar, solitario y rencoroso por los campos, evitando las casas para no compro
meter, durmiendo entre los matorrales como una fiera. Esto descompone su
carácter manso y tórnale provocativo. En las fiestas y pulperías donde busca a
ratos un poco de arrimo, el trago de alcohol convival inspírale ideas de
muerte. Una noche, la partida policial que le persigue, llega a las
inmediaciones de su guarida. Siéntela acercarse, pero no quiere huir. El
también tiene cuentas que cobrarle. Solo contra todos, pelea magní fico. De
pronto, en el instante de mayor premura, entre las sombras que empiezan a disiparse,
el sargento, gaucho perseguido como él en otra ocasión, siéntese conquistado
por su coraje y le presta ayuda. Pronto de rrotan entre los dos a los
acobardados gendarmes, y dejando allá el tendal de muertos, marchan a campo
traviesa, contándose sus mutuas desgra cias. Cruz, el compañero, es también
una víctima de la autoridad. El comandante de campaña sedújole la mujer,
intentó matarle, una vez descubierto en adulterio, y desde entonces el gaucho
tuvo que emprender la vida errante con sus habituales episodios. Un amigo
bienquístale des pués con la autoridad, nómbranle sargento, y así anda a
disgusto de aque lla función poco honrosa, hasta que la actitud de Fierro en
la pelea contra la partida, provoca su bello arranque. Esto no es raro, como fácilmente
se recordará, en las leyendas caballerescas. Después de combatirse tres días,
Oliveros y Roldán, mutuamente admirados, conviértense en amigos; y para sellar
la fraternidad de las armas, el primero ofrece su hermana en matrimonio al
segundo.
Los dos gauchos deciden emigrar a tierra de indios,
puesto que no tienen cabida en la propia; y así desaparecen en el desierto,
empujados por la suerte adversa, al azar de la barbarie desconocida. Este
desenlace era también habitual. Aliados como aquéllos, tenían muchos los
indios.
No puede darse, como se ve, argumento más sencillo,
más dramático y más rigurosamente natural en su desarrollo psicológico. La
poesía gaucha producía un fruto completo.
Es evidente, y ello confirma la espontaneidad del
poema, que Hernán dez propúsose, tan sólo, relatar un episodio. La idea
habíale venido como un esparcimiento natural a la vida forastera de la posada
donde se hallaba en Buenos Aires, reuniendo elementos para la próxima rebelión
entrerria-na de López Jordán, la última, precisamente, de nuestras guerras
gauchas.
La civilización hostil al gaucho, representada por
el gobierno de Sar miento contra el cual se alzó el caudillo entrerriano,
actualizaba la crítica que Hernández propúsose realizar. Así el poema asumía
caracteres de panfleto político, tal como sucedió con la Comedia del Dante y el
Paraíso de Milton. Pero el hombre tenía, además, el genio que se ignoraba, y la
enseñanza de la vida, que es la ciencia suprema. Los episodios fueron
encadenándose, el raudal, una vez alumbrado, no pudo ya dejar de correr:
Yo no soy cantor tetrao,
mas si me pongo a cantar,
no tengo cuando acabar
y me envejezco cantando:
las coplas me van brotando
como agua de manantial.
Así fue también una improvisación el Facundo,
congénere, aunque antagonista.
Dice Hernández en una carta-prólogo a la primera
parte del poema (su destinatario es el señor don Zoilo Miguens) que Martín
Fierro le ha “ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida del
hotel”; porque, en efecto, allá entre sus bártulos de conspirador, lo improvisó
en ocho días \
Don Antonio Lussich, que acababa de escribir un
libro felicitado por Hernández, Los tres gauchos orientales y el matrero
Luciano Santos poniendo en escena tipos gauchos de la revolución uruguaya
llamada campaña de Aparicio, diole, a lo que parece, el oportuno estímulo. De
haberle enviado esa obra, resultó que Hernández tuviera la feliz ocu rrencia.
La obra del señor Lussich, apareció editada en
Buenos Aires por la imprenta de La Tribuna el 14 de junio de 1872. La carta con
que Hernández felicitó a Lussich, agradeciéndole el envío del libro, es del 20
del mismo mes y año. Martín Fierro apareció en diciembre.
Gallardos y generalmente apropiados al lenguaje y
peculiaridades del campesino, los versos del señor Lussich formaban cuartetas,
redondillas, décimas y también aquellas sextinas de payador que Hernández debía
adoptar como las más típicas. El señor Lussich, testigo presencial de la
producción, refiere, lo cual es por otra parte visible con la simple lectura,
que aquélla salió de un tirón, sin enmiendas y sin esfuerzo. De ahí pro vienen
los defectos, entre otros el habitual de la redundancia, que ha producido
varias docenas de versos inútiles. Hernández resulta a su vez un payador, y
hasta el primero de los payadores:
1 Precisemos
el detalle topográfico. Hernández paraba en el Hotel Argentino, esquina formada
por las calles 25 de Mayo y Rivadavia. Dicho edificio consérvase tal como era;
y resulta curioso que el fundador de nuestra épica, iniciara su obra en el
mismo casco histórico donde los conquistadores echaron los cimientos de Buenos
Aires.
Aquí me pongo a
cantar
al compás de la vigüela,
que al hombre que lo desvela
una pena estrordinaria,
como l’ave solitaria
con el cantar se consuela.
Este es el objeto de la composición. El gaucho va a
contarnos sus penas extraordinarias (sin esta advertencia, su pretensión fuera
baladí) y la estrofa en su sencilla fluidez, de un tirón, nos abre desde luego
su alma.
La invocación a los númenes propicios que es una
costumbre épica, está en las dos siguientes:
Vengan santos milagrosos,
vengan todos en mi ayuda,
que la lengua se me añuda
y se me turba la vista.
Pido a mi Dios
que me asista
en una ocasión tan
ruda.
Después, la condición de payador se precisa como en
los prólogos de los trovadores. A semejanza del ave mencionada, el don del
canto es la fuente de su lenguaje:
Cantando me he de morir,
cantando me han
de enterrar.
Es lo mismo que la copla popular dice de Santos
Vega:
Santos Vega el payador,
aquel de la larga fama,
murió cantando su
amor
como el pájaro en la rama.
Luego, en la octava estrofa, la situación del
cantor, la intensidad de su poesía, la divagación musical con que introduce el
tema como en ciertas composiciones beethovenianas, surgen de estos seis
octosílabos que bastan para anunciarnos un gran poeta:
Me siento en el plan de un bajo
a cantar un argumento.
Como si soplara un viento
hago tiritar los pastos.
Con
oros, copas y bastos
juega allí mi pensamiento.
Examinemos al detalle esta estrofa, pues ello nos
revelará de una vez por todas el secreto de aquella poesía, en la cual la
música y la sugestión, la fuerza y la originalidad, hállanse refundidas en
síntesis perfecta, con maestría pocas veces alcanzada por los mejores poetas de
nuestra lengua. La estrofa, musicalmente hablando, presenta la misma forma de
los recitados gauchos.
Una rotunda combinación de enes y de tes, recuerda
en los dos pri meros versos el bordoneo inicial. El tercero, acelera el
compás. En el cuarto, entra ya la prima con la estridencia, y la sequedad
restallante de los vocablos tiritar y pastos; el silabeo claro y corrido del
quinto, indica que ya se está punteando la frase culminante, en estrecha
simultaneidad con el concepto de las palabras; por último, el sexto verso
resume en el bordoneo, al cual vuelve, la entonación sentimental característica
de las cuerdas gruesas.
Las palabras siento, plan, cantar, argumento,
viento, pensamiento, son pulsaciones de bordona. Bajo y juega, sonidos mates de
la misma cuerda. Tiritar, pastos, oros, bastos, trinos y pellizcos de los
nervios menores.
Ahora bien, seis versos tiene la estrofa en
cuestión, y seis cuerdas la guitarra. En los acompañamientos criollos, una de
ellas, generalmente la sexta, suena libre como el primer octosílabo sin rima en
aquélla. Esto es un verdadero hallazgo que revela el producto genuino de una
inspira ción naturalmente acorde con sus medios expresivos. Inventada por los
payadores, aquella estrofa no existe en la poética oficial. Su instinto de
poetas, hubo de sugerirles como a los trovadores del ciclo provenzal, grandes inventores
de ritmos, por idéntica razón, esa simetría en cuya virtud cada cuerda habla en
cada verso como acabamos de advertirlo.
A este ajuste musical, reúne la estrofa una
consumada eficacia suges tiva y psicológica. Dos versos bastan al poeta para
caracterizar la adecua ción del protagonista al paisaje:
Me siento en el plan de un bajo
a cantar un argumento.
El plan del bajo, o cañada, es el sitio poético de
la pampa, pues ase gura al caminante la sombra benéfica, y mantiene, con su
mayor hume dad, las hierbas más lozanas. Por su frescura y su agradable vista,
es como un pequeño vergel que llama al descanso, y por esto lo prefieren los
pasajeros. Allá en el silencio murmurado de brisa, al buen olor del trébol que
la cabalgadura ramonea con pausa, es dulce platicar y cantar.
Parece que el corazón pusiérase acorde con el grato
silencio, que la hierba humilde entendiera la copla sencilla del hijo de la
tierra:
Como si soplara un viento
hago tiritar
los pastos.
Imposible expresar con mayor elocuencia la
intensidad de aquel dolor. Cuando en el desamparo de nuestra pena, olvidados de
los hombres, experimentamos la simpatía de la naturaleza, parece que la tierra
natal nos ayuda a padecer.
Y la
estrofa concluye con este rasgo de completa originalidad, acaso sin precedentes
en la literatura, tanto por el símil gaucho de la baraja habitual, cuanto por
lo inesperado de la aproximación metafórica — aun
cuando ella sea tan natural a la vez, dado el
protagonista— , y lo exacto de la divagación psicológica así expresada:
Con oros, copas y bastos
juega allí mi pensamiento.
Así comienza, en efecto, la actividad intelectual
de producir. Despier tas como los pájaros en el bosque, las potencias de la
mente van ordenán dose con la propia sensibilidad de su armonía. El gaucho
quiere decir, la cual es una promesa de máximo esfuerzo, que va a jugar con
todas sus cartas; pero la imagen, llena de correspondencia como siempre que es
exacta, evoca con los colores de la baraja sobre el césped, una brillante
materialización de las ideas numerosas.
Oportuno es recordar, por último, que en la miseria
semisalvaje de aquellas campañas, los naipes eran casi la única pintura al
alcance del paisano. Este inclinábase, naturalmente, a ilustrar con dichas
láminas sus narraciones; que por ello, no por pasión de tahúr, lo hacía. En más
de un rancho vi, siendo niño, usar como adornos para decorar la pared, sotas y
reyes de baraja.
Claro es que el poeta no realizó esas operaciones
críticas para producir los dichos efectos musicales y psicológicos, del propio
modo que el ma nantial no necesita la fórmula química del agua ni el estudio
de la hi dráulica para existir y correr. Aquello estaba en él, era su ser
mismo así exteriorizado, y por esto el don de la poesía es una fuerza de la na
turaleza.
La facultad de evocar paisajes y estados de alma
por medio de dos versos, o sea el misterio de la sugestión verbal, que es el
alma de la poesía así como el lenguaje musical es su materia, manifiéstase en
Hernández con singular amplitud. He aquí otra estrofa cuya riqueza de rima
corre pareja, a la vez, con la gallardía del verso. Martín Fierro enumera a
Cruz las probabilidades con que cuentan, como experimentados gauchos que son,
para la cruzada del desierto:
No hemos de perder el rumbo,
los dos somos güeña yunta;
el que es gaucho va ande apunta,
aunque inore
ande se encuentra.
Pa el lao en que el sol se dentra
dueblan los
pastos la punta.
Lo incierto del rumbo, sugiere ya la inmensidad
vaga de la llanura; pero el detalle de las hierbas inclinadas hacia el sol
poniente, precisa la emoción crepuscular en todo su desamparo silencioso y
quieto. Nada más exacto como sugestión y como fenómeno. En aquella soledad
absoluta, dicha impresión caracteriza efectivamente todo el paisaje.
Y aquí una
observación respecto a esos rasgos de maestría: su fuerza sugestiva dimana,
principalmente, de que todos son verdaderos. La fide-
lídad es la virtud por excelencia de ese cantor de
la llanura, en quien resulta sobre todo elocuente la sinonimia latina entre las
expresiones cuerda y fe que los antiguos expresaban con la misma palabra:
fides. Es que su escuela fue el dolor, padre de la verdad:
Ninguno me háble de penas
porque yo penando vivo. . .
Así prosigue su canto, enderezado, por lógica
natural, al recuerdo del bien perdido:
Yo he conocido esta tierra en que el paisano vivía
y su ranchito tenía
y sus
hijos y mujer. . .
Era una delicia el ver cómo pasaba sus días.
Entonces, cuando el lucero brillaba en el cielo
santo, y los gallos con su canto decían que el día llegaba, a la cocina
rumbiaba
el gaucho, que era un encanto.
Y sentao
junto al jogón
a esperar que venga el día, al cimarrón le prendía
hasta ponerse rechoncho, mientras su china dormía tapadita con su poncho.
Y apenas la madrugada
empezaba a coloriar,
los pájaros
a cantar
y las gallinas a apiarse,
era cosa de largarse
cada cual a trabajar.
La tercera estrofa es todo un cuadro familiar. El
hombre laborioso toma su mate (el cimarrón, así denominado cuando era amargo)
satis fecho del nuevo día cuyo sol le anticipan las llamas del fogón alegre,
mientras al abrigo de la choza su mujer está todavía adormilada por gurrumina
bajo el poncho conyugal. Ese rasgo de ternura viril es senci llamente
homérico. Héctor y Ulises, los mejores héroes de la epopeya antigua, son
también los mejores esposos; y precisamente, la evocación del lecho conyugal,
formado como el catre de nuestros gauchos, con correas tendidas sobre un
bastidor, constituye el más bello trozo de la Odisea.
Una sola estrofa sintética, según el método
característico de nuestro autor, presenta, en seguida, todo el movimiento de
los trabajos rurales:
Este se ata las espuelas,
se sale el otro cantando,
uno busca un pellón blando,
éste un lazo, otro un rebenque,
y los pingos, relinchando,
los llaman desde el palenque.
Otra nos da, con expresión no menos breve, el
movimiento y la bru talidad intensa de la doma:
El que era pión domador
enderezaba al corral,
ande estaba el animal
bufidos que se las pela. . .
Y más malo que su agüela
se hacía astillas el bagual.
Y luego, el incidente más grave de la operación,
pues nada olvida:
Ah tiempo1.. . .
si era un orgullo
ver jinetear
un paisano.
Cuando era gaucho baquiano,
aunque el potro se boliase,
no había uno que no parase
con el cabestro en la mano.
Bolearse, era caer como si tuviese las manos
trabadas por las bolas, es decir, volteándose sobre aquéllas, en golpe
tremendo, para aplastar al jinete.
El gaucho más infeliz tenía tropilla de un pelo. No
le faltaba un consuelo, y andaba la gente lista. Tendiendo al campo la vista,
sólo vía hacienda y cielo.
Cuando llegaban las yerras, ¡Cosa que daba calor1.
Tanto gaucho pialador
y tironiador
sin yell
¡Ah tiempos. . . pero si en él se ha visto tanto
primor!
Aquello no era trabajo, más bien era una junción; y
después de un güen tirón en que uno se daba maña, pa darle un trago de caña
solía llamarlo el patrón.
La sencillez democrática de aquellas costumbres y
aquellos trabajos agradables, expresa en la sentida naturalidad de estos
versos, el sano vigor de las repúblicas agrícolas y pastoras. La abundancia
respectiva, acentúa esa impresión, y los cuatro primeros versos (treinta y dos
sílabas tan sólo) de la siguiente estrofa, describen completamente el
fundamental almuerzo criollo.
Venía la
carne con cuero,
la sabrosa carbonada,
mazamorra bien pisada,
los pasteles y el güen vino. . .
Pero ha
querido el destino,
que todo
aquello acabara.
Este cuadro de la vida feliz, antecede a la
narración de las desgracias consabidas:
Cantando estaba una vez en una gran diversión, y
aprovechó la ocasión como quiso, el Juez de Paz. Se presentó, y ahi no más hizo
una arriada en montón.
Juyeron los más matreros y lograron escapar. Yo no
quise disparar,
soy manso y no había por qué.
Muy tranquilo me quedé,
y ansí me dejé agarrar.
Allí un gringo con un órgano y una mona que
bailaba, haciéndonos rair estaba
cuando le
tocó el arreo.
¡Tan grande el gringo y tan feo, lo viera como
lloraba1.
Hasta un inglés zanjiador
que decía en la última guerra, que él era de
Inca-la-Perra
y que
no quería servir,
tuvo también que
juir
a guarecerse en la sierra.
Ni los mirones
salvaron
de esa arriada de mi flor.
Jué acoyarao el cantor
con el
gringo de la mona.
A uno solo, por favor,
logró salvar
la patrono.
La patrona era influyente como persona rica, y
solía salvar, así, algún ahijado o peón de estima. Pues aquellos atentados para
ajorar gente, revestían una violencia implacable. Ni los extranjeros de cierta
impor tancia, como el inglés, cuyo oficio de abridor de zanjas, comportaba se
guramente, algunos conocimientos de agrimensura, escapaban de la leva. Tenía,
pues, razón para llorar el gringo organista, aunque con ello pu-siérase en
ridículo ante la bravura socarrona y estoica de los gauchos.
Para éstos, el atentado era en gran parte una
venganza política:
A mí el juez me tomó entre ojos en la última
votación;
me le había hecho el remolón y no me arrimé ese
día,
y él dijo que yo servía a los de la esposición.
Y ansí sufrí ese castigo tal vez por culpas agenas.
Que sean malas o sean güeñas fas listas, siempre me escondo, Yo soy un gaucho
redondo
y esas
cosas no me enllenan.
¡La política! He aquí el azote nacional. Todo lo
que en el país repre senta atraso, miseria, iniquidad, proviene de ella o ella
lo explota, salvando su responsabilidad con la falacia del sufragio. La
situación del gaucho ante esa libertad de pura forma cuyo fruto es la opresión
legalizada del que la ejerce, Martín Fierro va a formularla:
El nada gana en la paz
y es el primero en la guerra.
No le
perdonan si yerra,
que no saben perdonar.
Porque el gaucho en esta tierra
sólo sirve pa votar.
En esta y en todas las tierras del mundo, para eso
sirve el pueblo enga ñado por la política. Pobre siervo, a quien como al
dormido despierto de las Mil y una noches, le dan por algunas horas la ilusión
de la sobe ranía: ésta no le representa en el mejor caso, sino la libertad de
forjar sus cadenas; y una vez encadenado, ya se encargan los amos de probarle
lo que vale ante ellos. En todos los casos, el resultado es siempre idéntico;
que el gobierno, al tener como función específica la imposición de reglas de
conducta por medio de la fuerza, niega a la razón humana su única cualidad
positiva, o sea la dirección de esa misma conducta. La ley que formula aquellas
reglas, es siempre un acto de opresión, así provenga de un monarca absoluto o
de una mayoría; pues el origen de la opresión poco importa, cuando lo esencial
es no estar oprimido. Siempre es la fuerza lo que obliga a obedecer; y mientras
ello subsista, basado en la ignoran cia y en el miedo, que son los fundamentos
del principio de autoridad, la libertad seguirá constituyendo un fenómeno
puramente privado de la conciencia individual, o una empresa de salteadores. Si
no nos abstene mos, si realizamos la actividad posible, porque el deber
primordial con siste en que cada hombre viva su vida tal como le ha tocado,
esto no debe comportar una aceptación de semejante destino; antes ha de
estimularnos
a la lucha por la libertad, que constituye de suyo
la vida heroica. La de mocracia no es un fin, sino un medio transitorio de
llegar a la libertad. Su utilidad consiste en que es un sistema absurdo ante el
dogma de obe diencia, fundamento de todo gobierno; y esto nos interesa
esclarecerlo sin cesar, dadas las consecuencias que comporta. Tal es el sentido
recto de la filosofía, que desde los estoicos hasta los enciclopedistas, nos
enseñan los amigos de la humanidad.
Ya veremos cómo en el poeta, vidente y sabio aun a
pesar suyo, puesto que encarnaba la vida superior de su raza, la misma lógica
determina la vida de su héroe. Sigamos observando el desarrollo de este
fenómeno.
Martín Fierro marcha a la frontera con sus
compañeros de infortunio. Decidido a tomar las cosas por el buen lado, pues
goza el optimismo de la salud, lleva su mejor caballo y sus prendas más
valiosas.
Yo llevé un moro de número x,
¡Sobresaliente el matucho!
Con él gané en Ayacucho2
más plata
que agua bendita.
Siempre el gaucho necesita
un pingo pa
fiarle un pucho.
La enumeración de las prendas de ensillar, ofrece
el habitual resumen sintético. Todo en una estrofa:
No me faltaba una guasca, esa ocasión eché el
resto: Bozal, maniador, cabresto, lazo, bolas y manea. . .
El que hoy tan pobre me vea tal vez no crerá todo
esto.
Ansí en mi moro, escardando, enderecé a la
frontera. Aparcero, si usté viera
lo que se llama cantón. . .
Ni envidia tengo al ratón en aquella ratonera.
De los pobres que allí había a ninguno lo largaron;
los más viejos rezongaron, pero a uno que se quejó,
en seguida lo estaquiaron y la cosa se acabó.
En la lista
de la tarde
el Jefe nos cantó el punto, diciendo “quinientos
juntos 3 llevará el que se resierte;
lo haremos pitar del juerte, más bien dése por
dijunto” .
La vida no puede ser peor, dados la miseria y los
duros trabajos en que los superiores emplean a la soldadesca para su beneficio
personal. Las tribus encorajadas por la incapacidad de semejante tropa,
invadían a su gusto, con saña feroz, cabalgando a vigor desde sus aduares
aquellos guerreros cuyo tipo revive en dos estrofas con épica grandeza:
1 Calificación referente a la frase “es el número
uno entre los mejores”. Un moro de número, quiere decir, pues, un caballo de
primer orden.
2 Pueblo de la Provincia de Buenos Aires. El
comentario de esta estrofa, una de las más típicas, se hará en las notas del
poema.
3 Quinientos azotes en una remesa. Castigo que era
casi una sentencia de muerte.
Tiemblan
las carnes al verlo,
volando al viento
la cerda;
la rienda en la mano izquierda
y la lanza en la derecha;
ande enderieza abre brecha
pues no hay lanzaso que pierda.
Hace trotiadas tremendas dende el fondo del
disierto; ansí llega medio muerto
de hambre, de sé y de fatiga; pero el indio es una
hormiga que día y noche está dispierto.
El miedo al indio era el demonio de la pampa.
Osamentas y ruinas formaban su siniestro cuadro, señalando con toda suerte de
horrores el paso de la horda. Untados con enjundia de ñandú o de potro, para
mejor resistir la intemperie y el hambre, venían clamoreando su alarido ate
rrador fétidos y cerdudos los guerreros salvajes. No llevaban más provi siones
que la raíz sialagosa del Nim-Nim 1 para templar la sed de sus marchas forzadas
y colgado por ahí, algún hueso rico en tuétano. Los más valerosos tatuábanse
para hacerse cara feroz o blasonar linaje, con listas rojas, negras y azules, a
veces ribeteadas de blanco. Aunque el taparrabo solía ser su único traje de
guerra, algunos llevaban casco y chaquetón de cuero crudo: procedían de Chile,
siendo los más renom brados para herir de lanza. Esta, larga hasta de seis
varas como la pica de Ayax; la bola perdida, terrible proyectil despedido por
revoleo, y el facón o machete, constituían su armamento. Su olor y su grito,
espanta ban a los caballos del cristiano. Los suyos dejábanse montar por la
de recha solamente; pues a semejanza de la tropa romana, así subían aque llos
indios, obligados por la lanza en la cual apoyábanse para saltar. De ahí
procedía la leyenda en cuya virtud dichos animales sólo al indio obe decían.
Famosos eran esos corceles del desierto, con sus narices sajadas para que
absorbiesen más aire en la carrera, sus corvejones hechos al fatigoso
desmenuzamiento del médano, su docilidad al grito y a la per nada. En el
regreso triunfal, sus ancas lucían por gualdrapa la casulla del cura o el
mantón de espumilla de las mozas reservadas para los serrallos, donde imperaba,
lascivo y brutal, el cacique de la lanza formidable. La arandela de plumas que
esta arma solía tener, hallábase sustituida en ocasiones por rizos de pelo
rubio. . .
¿Y qué hacía el bárbaro, por último, con las
cautivas cuya escapatoria recelaba, sino descarnarles las plantas de los pies,
tornando la llaga en cepo? Durante la paz, vivía borracho con el aguardiente de
las pulperías saqueadas. Todo su trabajo reducíase a ejercitar el caballo de
combate, bolear por esparcimiento tal cual guanaco o ñandú, y ejecutar al ama
necer, ante la puerta del toldo, su dura esgrima de lanza. Después, man daba
degollar una yegua; y en la misma herida caudal, desayunábase con largo trago
de sangre.
Un episodio de guerra anima aquellos recuerdos en
página magnífica. Toda ella, así como el lance singular que la termina, está
llena de natu ralidad, de viveza, de movimiento, revelando con desusado
interés, la verdadera estructura del combate, que el individuo sólo percibe en
con-
1Spilanthes uliginosa Sw. Compuesta, tribu de las
radiadas.
junto al comienzo, para no recordar, después, más
que su propio caso. Como todos los valientes, nuestro gaucho experimenta la
impresión del miedo y no la oculta, pues sabe que esto es inaceptable
fanfarronada. Así el Héctor homérico, prototipo de bravos. El enemigo es, por
otra par te, digno de él, y no le ahorra alabanzas.
Una vez entre otras muchas, tanto salir al botón,
nos pegaron
un malón
los indios, y una lanciada, que la gente acobardada
quedó dende esa ocasión.
Habían estao escondidos, aguaitando atrás de un
cerro. ¡Lo viera a su amigo Fierro aflojar como un blanditol Salieron como maiz
frito
en cuanto sonó un cencerro.
Al punto nos dispusimos, aunque ellos eran
bastantes; la formamos al instante nuestra gente que era poca, y golpiándose en
la boca hicieron fila delante.
Se vinieron en tropel, haciendo temblar la tierra.
No soy manco pa la guerra, pero tuve mi jabón,
pues iba en un redomón que había boliao en la
sierra.
¡Qué vocerío, qué barullo. Qué apurar esa carrera!
La indiada todita entera dando alaridos cargó.
¡Jué pucha!. . . y ya nos sacó como yeguada
matrera.
Es de almirar la baquía con que la lanza manejan;
de perseguir nunca dejan y nos traiban apretaos.
Si queríamos de apuraos salimos por las orejas.
Y para mejor de la fiesta,
en esa aflición tan suma,
vino un indio echando espuma
y con la lanza en la mano, gritando “Acabau
cristiano, metau el lanza hasta el pluma’
Tendido en el costillar, cimbrando por sobre el
brazo una lanza como un lazo, me atropelló dando gritos;
si me descuido. . . el maldito me levanta de un
lanzazo.
Si me atribulo o me encojo, siguro que no me
escapo; siempre he sido medio guapo, pero en aquella ocasión,
me hacía bulla el corazón como la garganta al sapo.
Dios le perdone al salvaje
las ganas que me tenía. . .
Desaté las
tres marías
y lo engatusé a cabriolas. ¡Pucha!. . . si no
traigo bolas, me achura el indio ese día.
Era el hijo de un cacique
sigún yo lo avirigüé;
la verdá del caso jué
que me tuvo apuradazo,
hasta que al fin de un bolazo del caballo lo bajé.
Ahi no más me tiré al suelo y lo pisé en las
paletas; empezó a hacer morisquetas
y a mezquinar
la garganta. . .
Pero yo hice la obra santa de hacerlo estirar la
jeta.
Allí quedó de mojón
y en su caballo salté;
de la indiada disparé,
pues si me alcanza me mata, y al fin me les escapé
con el hilo de una pata.
La miseria continúa haciendo estragos, hasta que un
doble episodio de iniquidad, decide la fuga del protagonista. El cantinero del
fortín, asociado con el coronel, explotaba vilmente a la soldadesca. Véase con
qué malicia socarrona, con qué viril menosprecio de la trapacería, refiere el
gaucho su percance. Reír de la mala suerte, vengándose de los ene-
migos despreciables con la ironía, es también una
condición de los bravos.
Nos tenía apuntaos a todos,
con más cuentas que un rosario, cuando se anunció
un salario que iban a dar, o un socorro; pero sabe Dios qué zorro se lo comió
al comisario.
Pues nunca lo vi llegar; y al cabo de muchos días,
en la mesma pulpería dieron una buena cuenta, que la gente muy contenta, de tan
pobre recebía.
Sacaron unos sus prendas que las tenían empeñadas;
por sus diudas atrasadas dieron otros el dinero;
al fin de fiesta el pulpero se quedó con la
mascada.
Yo me arrecosté a un horcón, dando tiempo a que
pagaran; y poniendo güeña cara estuve haciéndome el pollo, a esperar que me
llamaran para recebir mi bollo.
Pero ahí me pude quedar pegao pa siempre al horcón;
ya era casi la oración y ninguno me llamaba;
la cosa se me nublaba
y me dentro comezón.
Pa sacarme el entripao,
vi al Mayor
y lo fi a hablar; yo me le empecé a atracar, y como con poca gana,
le dije — Tal vez mañana acabarán de pagar. . .
— Que mañana ni otro día, al punto me contestó;
la paga ya se acabó. Siempre has de ser animal. Me
raí, y le dije — Yo. . .
no hi recebido ni un rial.
Se le pusieron los ojos
que se le querían salir;
y ahi nomás volvió a decir
comiéndomé
con la vista:
— ¿Y que
querés recebir
sí no has
dentrao en la lista?
Después de un sumario perfectamente inútil, las
cosas quedan así
Yo andaba
desesperao,
aguardando una ocasión
que los indios un malón
nos dieran, y entre el estrago,
hacérmeles cimarrón
y volverme pa mi pago.
Y pa mejor, una noche ¡qué estaquiada me pegaron!
Casi me descoyuntaron
por motivo de una gresca; ¡ahijuna. . . si me
estiraron lo mesmo que guasca fresca!
Jamás me puedo ulvidar lo que esa vez me
pasó-Dentrando una noche yo al fortín, un enganchao que estaba medio mamao,
allí me desconoció.
Era un gringo tan bozal, que nada se le entendía;
¡quién sabe de ande serta! Tal vez no juera cristiano; pues lo único que decía
es que era pa-po-litano.
Estaba
de centinela,
y por causa del peludo,
verme más claro no pudo
y esa jué la culpa toda;
el bruto se asustó al ñudo, y fí el pavo de la
boda.
Cuando me vido acercar, “¿quen vívore? — preguntó.
“Qué víboras” dije yo;
“ ¡haga arto!” me pegó el grito: Y yo dije
despacito
“Más
lagarto serás vos” .
Ahi no más, Cristo me valga, rastrillar el jusil
siento;
me agaché, y
en el momento
el bruto me largó un chumbo;
mamao, me tiró sin rumbo,
que si no, no cuento el cuento.
Por de contao, con el tiro
se alborotó el avispero;
los oficiales salieron
y se empezó la junción; quedó en su puesto el
nación y yo fí al estaquiadero.
Entre cuatro bayonetas me tendieron en el suelo;
vino el Mayor medio en pedo, y allí se puso a gritar:
—Picaro, te he de enseñar a andar reclamando
sueldos.
De las manos y las patas
me ataron cuatro cinchones; les aguanté los
tirones,
sin que ni un ay se me oyera, y al gringo, la noche
entera lo harté con mis maldiciones..
Yo no sé pa qué el gobierno nos mandan aquí a la
frontera, gringada que ni siquiera
se sabe atracar a un pingo;
¡si crerá al mandar un gringo que nos manda alguna
fiera!
No hacen más que dar trabajo, pues no saben ni
ensillar; no sirven ni pa carniar,
y yo he visto muchas veces, que ni voltiadas las
reses se les querían arrimar.
Y lo pasan sus mercedes lengüetiando pico a pico,
hasta que viene un milico a servirles el asao;
y, eso sí, en lo delicaos
parecen hijos de rico.
La caricatura es de mano maestra; y así en este
desahogo natural del resentimiento, como en la alusión a los sueldos que
constituye el réspice del Mayor, la sorna gauchesca caracteriza sus tipos con
estupenda efi cacia. Son ellos mismos quienes se ponen en ridículo, según el
procedi miento cómico que el cuento picaresco enseñó con verdadera gracia
artística a la novela y a la comedia de costumbres.
Hemos visto alternar hasta ahora la lírica con la
sátira, el drama con el sainete. La tragedia va a presentarse, pues este cuadro
de la vida integral resume todos los aspectos de la naturaleza y del espíritu:
Una noche que riunidos estaban en la carpeta,
empinando una limeta el Jefe y el Juez de Paz, yo no quise aguardar más,
y me hice humo en un sotreta.
Volvía al cabo de tres años de tanto sufrir al
ñudo, resertor, pobre y desnudo, a procurar suerte nueva,
y lo mesmo que el peludo enderecé pa mi cueva.
No hallé ni rastro del rancho, sólo estaba la
tapera;
por
Cristo, si aquello
era
pa enlutar el corazón:
yo juré en esa ocasión
ser más malo que una fiera.
¡Quién no sentirá lo mesmo cuando ansí padece
tanto! Puedo asigurar que el llanto como una mujer largué.
¡Ay mi Dios, si me quedé más triste que Jueves
Santo!
Sólo se oiban los aullidos de un gato que se salvó;
el pobre se guareció cerca, en una vizcachera; venía como si supiera que estaba
de güelta yo.
No tiene el dolor acentos más sinceros. Aquel
valiente que llora como una mujer ante las ruinas de su rancho, mientras silba
el viento entre el pajonal que invadió los caballones de la chacra abandonada;
aquel gato, el animal fiel a la casa, que viene maullando bajito, como todos lo
hemos oído en la tristeza de las taperas, son otros tantos rasgos supremos de
artista. ¡Y cuánta verdad al mismo tiempo! El gato es el animal casero por
excelencia. Cuando la gente abandona el hogar, él se queda. Para no separarse
de las ruinas, comparte con las alimañas del campo, la cueva
o el matorral. No bien siente que alguno llegó,
acude quejumbroso y macilento, como a pedir limosna. Y así representa la
desolación del hogar perdido, la aproximación de miserias que el dolor humano
busca como una humilde fraternidad. Pero ningún poeta habíalo cantado hasta en
tonces, y este es el mérito absolutamente original del nuestro.
Poeta más que nunca, él, tan sobrio en sus
expresiones, dedica una estrofa entera a ese pobre gato. Es que éste debe
sugerir al abandonado todas las dichas del hogar destruido: el chico que solía
mimarlo; tal vez la madrina que se lo regaló; la esposa que se fastidiaba
cuando revolvía, jugando, los ovillos del telar; el rescoldo casero ante el
cual ronroneaba a compás con la olla. . .
El don de la poesía consiste en descubrir la
relación de belleza que constituye la armonía de las cosas. Así nos da la
comprensión del mundo; y tal como la ciencia infiere por una vértebra
petrificada las especies extintas y el medio donde se desarrollaron, ella
descubre las relaciones trascendentales de nuestro ser, que son estados de
belleza y de verdad, en el encanto de una flor o en el apego del animal
desvalido. Este es otro procedimiento de Hernández que me precisaba describir.
Como gran poeta que es, él no sabe de recursos literarios ni de lenguaje
preceptivo. Su originalidad proviene de la sinceridad con que siente y comunica
la belleza.
Véase, para continuar con nuestro asunto, esta
expresión tan genuina del dolor paterno, que, naturalmente, nada sabe de
literatura:
Los
pobrecitos muchachos,
entre tantas afliciones,
se conchabaron de piones;
mas que iban a trabajar,
si eran como los pichones
sin acabar de emplumar.
Así lamentamos, en efecto, la suerte de los hijos,
tendiendo a consi derarlos en nuestro afecto, criaturas siempre incapaces de
vivir sin nosotros.
El símil de los pichones implumes, es la expresión
más tierna y deli cada de aquel corazón, ablandado por el dolor, como un nido.
Y la pobre mi mujer
Dios
sabe cuánto sufrió.
Me dicen
que se voló
con no sé qué gavilán,
sin duda a buscar el pan
que no podía darle yo.
De tal modo es clara su noción de justicia. El
mismo golpe rudísimo de aquel adulterio que ni la deshonra le merma, no alcanza
a suprimirla. Hombre ante todo, y por ello héroe más perfecto, no se le ocurre
exi gir, como a los apasionados de la tragedia preceptista, una fidelidad
atroz.
Compadece, por el contrario, a la infeliz, y ni
siquiera le perdona, por que, en su miseria, no ha podido ofenderlo.
Qué más iba a hacer la pobre
para no morirse de hambre
añade luego en ese lenguaje vulgar del dolor, que
salido directamente del corazón, constituye la suprema elocuencia. Esquilo en
Los Persas, tiene dos soliloquios formados de puros ayes \ El estribillo del
baile criollo denominado El Llanto, canta a su vez:
¡Ay, ay, ay, ay, ay!
Dejame
llorar,
que sólo llorando
remedio mi mal.
Entonces, cuando ese hombre tan generoso, tan
bueno, tan valiente, tan justo que ni el máximo dolor altera su juicio, ni las
peores miserias su buen humor, jura la venganza de tamaña iniquidad,
comprendemos que tiene razón. La venganza confúndese con la justicia, y el
protago nista, así engrandecido, va a ser el héroe que puesto de cara al
destino, emprenderá por cuenta propia la tarea de asegurarse aquel bien, toman
do por palestra el vasto mundo:
Mas tamién en este juego
voy a pedir mi bolada;
a naides le debo nada,
ni pido cuartel ni doy;
y ninguno dende hoy
ha de llevarme en la armada 2
Vamos
suerte, vamos juntos
dende que juntos nacimos;
y ya que juntos vivimos
sin podernos dividir,
yo abriré con mi cuchillo
el camino pa seguir.
La vagancia, a solas con el dolor, descompone su
carácter. Una noche que ha caído a cierta diversión campestre, la embriaguez
resultante de los muchos brindis, le da, “como nunca”, por la provocación y la
gres ca. Las frases chocarreras viénenle una tras otra con la insistencia
carac terística del ebrio. Pero oigamos de sus propios labios la relación de
aquel duelo criollo:
Supe una vez por desgracia que había un baile por
allí, y medio desesperao
a ver la milonga jut.
Riunidos al pericón
tantos amigos hallé,
que alegre de verme entre ellos esa noche me apedé.
1Cada uno consta de cinco quejas, con las cuales se
llora la destrucción de los navios.
2 La lazada con que se arma o prepara el lazo para
operar con él. Llevar en la armada es tener cogido ya al animal dentro de ella,
antes de ceñirla.
Como nunca en
la ocasión,
dejen venir ese
toro,
por peliar me dio la tranca, solo nací. , . solo
muero.
y la emprendí con un negro El
negro, después del golpe,
que trujo una negra en ancas.
se
había el poncho refalao,
Al ver llegar la morena y dijo: Vas a saber
que no hacía caso de naides, si es solo o acompañao.
le dije con la mamúa Y mientras se arremangó,
— Vaca. . .
yendo gente al
baile.
yo
me saqué las espuelas,
La
negra entendió la
cosa, pue$ malicié que aquel
tío
y no tardó en contestarme no era de arriar
con las riendas.
mirándome como a perro, No hay cosa como el peligro
más vaca será su madre.
pa refrescar un mamao;
Y dentro al baile muy tiesa hasta la vista se aclara
con más cola
que una zorra, por
mucho que haiga chupao.
haciendo
blanquiar los dientes El negro me
atropelló
lo mesmo que mazamorra.
como
a quererme comer;
— Negra
linda, dije yo, me
hizo dos tiros seguidos
me gusta. . . pa
la carona. y los dos le abarajé.
Y me puse a
champurriar Yo tenía un
facón con S 1
esta
coplita fregona:
que
era de lima de acero;
A los blancos hizo Dios, le hice un tiro, lo quitó,
a los mulatos San Pedro, y vino ciego el
moreno.
y a los negros hizo el diablo Y en el medio de las aspas 2
para
tizón del infierno.
un planazo le asenté,
Había estao
juntando rabia que lo largué culebriando
el moreno
dende ajuera; lo mesmo que buscapié.
en lo escuro le brillaban Le coloriaron las motas
los ojos como
linterna.
Lo conocí
retobao, con la sangre de la
herida,
y
volvió a venir jurioso
me acerqué y le dije presto: como una tigra
parida.
— Po. . .r . . .rudo que un hombre sea,
nunca se enoja por esto. Y ya me hizo relumbrar
Corcobió el de los tamangos, por los ojos el cuchillo,
alcanzando
con la punta
y creyéndose muy fijo, a cortarme en un
carrillo.
— Más porrudo serás vos, Me hirvió la sangre en las venas,
gaucho rotoso,
me dijo.
Y ya se me vino al humo, y me le afirmé al moreno,
dandolé
de punta y hacha
como a
buscarme la hebra, pa dejar un diablo menos.
y un golpe le acomodé Por fin, en una topada,
con el porrón de ginebra.
Ahi no más pegó el de hollín en el cuchillo lo alcé,
y como
un saco de güesos
más
gruñidos que un chanchito, contra un cerco lo largué.
y pelando un envenao Tiró unas cuantas patadas
me atropelló dando gritos.
Pegué un brinco y abrí canoha y ya cantó pa el carnero.
Nunca
me puedo olvidar
diciéndoles:
Caballeros de la agonía de aquel
negro.
1Con guarda en forma de Ese.
2 Sobre la frente.
En esto la
negra vino,
con los ojos como ají,
y empezó la pobre,
allí,
a bramar como una loba;
yo quise darle una soba
a ver si la hacía callar;
mas
pude reflexionar
que era malo en aquel punto, y por respeto al
dijunto
no la quise castigar.
Limpié el facón en los pastos, desaté mi redomón,
monté despacio, y salí
al tranco pa el cañadón.
Después supe que al finao
ni siquiera lo velaron
y retobao en un cuero,
sin resarle lo enterraron.
Y dicen que dende entonces, cuando es la noche
serena, suele verse una luz mala
como de alma que anda en pena.
Yo tengo intención a veces,
para
que no pene tanto
de sacar de allí los güesos
y echarlos al campo santo.
El cuadro es completo, sin una sola vacilación, a
pesar de que ciertas expresiones parecen, desde luego, trivialidades de la
impotencia o gro serías procaces.
Negra linda, dije yo,
me gusta pa la carona.
Este voto comenta la preferencia que los gauchos
daban al cuero negro de vaca o de caballo, para hacer caronas; resultando, así,
una ocurrencia tan graciosa como pintoresca en su género.
Ahi no más pegó el de hollín
más gruñidos que un chanchito.
Los negros son gritones en la pelea, y su voz
estridente parece gua-ñir cuando se irritan; por esto, no por cargazón inútil,
está citado el detalle; pues insisto en que todas las menciones del poema son
exactas.
Corcobió el de
los tamangos.
Este calzado rústico, hecho con los retales y
sobras de los cueros, usábanlo, sobre todo, los negros, que eran los más pobres
entre la gente de campaña.
He dicho ya que la caracterización por el pie es
bien conocida de los elegantes. El conde Berenguer en el Romancero, califica de
“mal calzados” a sus enemigos:
Pues que tales malcalzados me vencieron, etc. 1
Verdad es que nuestro poeta no lo había dicho
antes; pero él escribe para hombres enterados de las cosas, a quienes una
simple mención — el negro— ha evocado la figura habitual.
1 Las
sandalias de oro de los dioses suministran un epíteto habitual a la poesía
homérica.
Y con
cuánta viveza de acción, con cuánta verdad de colorido, con qué abundancia de
rasgos típicos, el lector acaba de verlo.
Yo tenía un facón con S,
que era de lima de acero;
le hice un tiro, lo quitó,
y vino ciego el
moreno.
Parece que se viera la finta, y se oyera el breve
choque del quite que hizo chispear los recazos. El tercer verso, o sea el que
describe la acción, es instantáneo como un pestañeo.
La brutalidad del ebrio, está patente porque es
verdad, aun cuando resulte desfavorable al héroe, en ese intento de azotar a la
negra para que dejase de llorar. Refrescado ya, es decir, cuando narra, él
mismo la compadece, llamándola “la pobre”. En aquel momento de rabia sangui
naria, predominaba el salvaje ancestral, para quien la mujer es solamente una
hembra inferior.
El inmediato lance con un provocador, entonado por
la protección ofi cial, revela con qué arte se halla esto escrito en su
aparente desgaire.
La descripción anterior había adoptado la cuarteta,
más breve y vivaz, a la vez que oportuna para evitar la monotonía 1. Ahoia, el
poeta vuelve a su estrofa; mas, para no repetirse en un cuadro forzosamente
análogo, sólo empleará dieciocho versos:
Se tiró al suelo al dentrar,
le dio un empellón a un vasco 2 y me alargó un
medio frasco diciendo — Beba, cuñao.
— Por su hermana contesté, que por la mía no hay
cuidao.
— }Ah, gaucho!, me respondió, ¿de qué pago será
criollo?
Lo andará buscando el hoyo,
deberá tener güen cuero,
pero ante bala este toro
no bala ningún ternero.
Y ya
salimos trensaos,
porque el hombre no era lerdo; mas, como el tino no
pierdo, y soy medio ligerón,
lo dejé mostrando el sebo 3 , de un revés con el
facón.
Hemos presenciado el peculiar combate con los
indios y el duelo cam pestre. La pelea decisiva con los gendarmes de campaña,
ofrece mayor interés, quizás pues lo curioso es que las situaciones semejantes,
en vez de agotarlo, enriquecen el ingenio de este hombre. La vida del pala dín
es una sucesión de combates; y aquí está su enorme dificultad des
1 Salvo la especie de décima en que narra la
desesperación de la negra. Los primeros cinco versos parecen volvernos a la
sextina habitual. El resto adopta la estructura de la décima. Estas
irregularidades eran frecuentes en los payadores a quienes arrastraba el raudal
de la improvisación; y la que nos ocupa en el caso, resulta, pues, una
propiedad más, en vez de constituir defecto. Sólo hemos de verla reproducirse
en el canto IX de la segunda parte, donde ya es inexplicable falla.
2 Vasco no es, aquí, un consonante forzado. Los
dueños de las pulperías eran casi siempre vascos.
3 Es decir, las tripas, donde hay sebo y no grasa.
criptiva. No conozco sino Cervantes que la haya
vencido con desembara zo igual.
Con aquel nuevo delito, el gaucho aíslase más
todavía. Sólo de tarde en tarde llega a las casas de su amistad. Durante la
noche, duerme a medias en pleno campo, buscando las vizcacheras para abrigarse
los pies en su hueco, mientras con el resto del cuerpo afuera, la playita
circun dante, despejada por los roedores, da campo a su visión y tabla sonora
a su oído.
Me encontraba, como digo,
en aquella soledá,
entre tanta escuridá,
echando
al viento mis
quejas,
cuando el grito del chajá
me hizo parar las orejas.
Obsérvese la sugestión de noche en el desierto, de
congoja insomne y de triste desamparo que inspiran los cuatro primeros versos:
Me encontraba.................
En
aquella soledá,
entre tanta escuridá,
echando al viento mis quejas. . .
Esos momentos de purificación al rigor de la propia
amargura, son, como la música triste, predisponentes de heroísmo.
Así atento, como el caballo con las orejas
empinadas, según su exacto símil, el gaucho pronto conoce que vienen en su
busca. El apronte para combatir, está narrado en una sola estrofa que describe
con admirable precisión todos los movimientos del caso. Su vivacidad es tal,
que re cuerda la expresión de una pantomima:
Me refalé las espuelas
para no peliar con grillos;
me arremangué el calzoncillo
y me ajusté bien la faja,
y en una mata de paja
probé el filo del cuchillo.
Y luego, la lucha, de cuya descripción tomaré estos
episodios:
Me juí reculando en falso y el poncho adelante
eché, y cuanto le puso el pie uno medio chapetón,
de pronto le di el tirón y de espaldas lo largué.
Pegué un brinco y entre todos sin miedo me
entreveré; hecho ovillo me quedé
y ya me cargó una yunta, y por el suelo la punta de
mi facón les jugué.
El más engolosinao
se me apio con un hachazo;
se lo quité con el brazo,
de no, me mata los piojos;
y antes de que diera un paso le eché tierra en los
dos ojos.
Y mientras se sacudía
refregandosé la vista,
yo me le juí como lista
y ahí no más me lo afirmé, diciendolé ¡Dios te
asista! y de un revés lo vóltié.
Por lo mismo que es valeroso, no oculta su miedo:
Por suerte, en aquel momento
venía coloriando Valba;
y yo dije, si me salva
la Virgen en este apuro,
en adelante le juro
ser más güeno que una malva.
Entonces interviene Cruz, como dije más arriba. La
amistad que sellan con numerosos tragos al porrón confortante, inspira a aquél
la narración de su vida. La introducción de esta historia es un soberbio reto
al destino:
Amigazo, pa
sufrir
han nacido los varones;
estas
son las ocasiones
de mostrarse el hombre juerte,
hasta que venga la muerte
y lo agarre a coscorrones.
A mí no me matan penas,
mientras tenga el cuero sano;
venga el sol en el verano,
y la escarcha en el invierno
Si este mundo es un infierno
¿Por qué aflijirse el cristiano?
La narración de la pelea ha concluido, entretanto,
con un rasgo épico que podríamos llamar de familia, tan característico es él en
la epopeya caballeresca.
Yo junté las osamentas,
me hinqué y les recé un Bendito,
hice una cruz de un palito
y pedí a mi Dios clemente,
me perdonara el delito
de haber muerto tanta gente.
En el antiquísimo poema Gualterio de Aquitania, que
remonta pro bablemente al siglo ix, el héroe procede lo mismo con los
cadáveres de diez campeones que lo atacaron. Después de reunirlos y llorar
sobre su triste suerte, agradece a Dios la protección que le ha prestado, y le
ruega que un día le haga encontrar aquellos héroes en el cielo.
Ignoro si Hernández conocía este poema, aunque
supongo que no. No eran éstas sus lecturas habituales, ni solían ellas figurar
en la erudi ción de sus contemporáneos, pero, aunque así hubiera sucedido, el
hecho de cuadrar tan bien aquel rasgo a su protagonista, demuestra la natura
leza épica de la composición, así como el espíritu caballeresco del gaucho.
Este era, como he dicho, un paladín, hasta en sus detalles más típicos. Así, el
ya mencionado relato de Cruz, formula los habituales conceptos caballerescos,
en aquel su altivo menosprecio a la adversidad.
El estoicismo de ese otro empecatado, anima todo el
poema. Tal ve mos en la segunda parte:
La junción de los abrazos,
de los llantos y los besos,
se deja pa las mujeres
como que entienden el juego.
Pero el hombre que compriende
que todos hacen lo mesmo,
en público canta y baila,
abraza y llora en secreto.
He aquí el fundamento heroico de la urbanidad, que
el bushido japo nés, el más perfecto código del honor, ha corporificado en esa
discreta florecilla de la sonrisa, ante la cual retraen sus garras todas las
fieras interiores: supremo resultado de aquel arte de la vida que los griegos
practicaron a su vez, y que impone a todos los actos el deber de belleza, como
una delicada consideración hacia nuestros semejantes.
Al mismo tiempo, el buen humor inagotable de
aquella poesía que nunca deja prolongarse las miserias y los dolores, como en
natural reac ción de salud anima todo el relato salpicándolo de incidentes
cómicos. Su naturalidad es tal, que el narrador se contradice en sus
apreciaciones, según la diversa índole de sus recuerdos, exactamente como en la
con versación habitual.
Comentando su felicidad perdida, al lado de la
mujer que amaba, hace Cruz estas reflexiones:
¡Quién es de una alma tan dura que no quiera una
mujer!
Lo alivia en su padecer si no sale calavera;
es la mejor compañera
que el hombre puede tener.
Si es güeña, no lo abandona cuando lo ve
disgraciao; lo asiste con su cuidao
y con afán cariñoso,
y usté tal vez ni un rebozo ni una pollera le ha
dao.
Y cien versos
más allá, cuando
ha concluido de
narrar su infiel
desvío:
Cuando la
muía recula,
señal que
quiere cociar;
ansí se suele portar,
aunque ella lo disimula:
recula como
la muía
la mujer para olvidar.
Las mujeres, dende entonces,
conocí a todas en una.
Ya no he de probar fortuna
con carta tan conocida:
Mujer y perra parida,
no se me atraca ninguna.
El proyecto de emigrar a tierra de indios, y la
ejecución consiguiente, cierra esta primera parte del poema con rasgos épicos
de la mejor ley.
Las penurias que pasarán ambos gauchos en el
desierto, son, para sus almas decididas pretexto de viriles jactancias.
Si hemos de salvar o no, de esto naide nos
responde. Derecho ande el sol se esconde, tierra adentro hay que tirar; algún
día hemos de llegar. . .
Después sabremos a donde.
Cuando se anda en el desierto se come uno hasta las
colas 1. Lo han cruzao mujeres solas
llegando al fin con salú,
y ha de ser gaucho el ñandú que se escape de mis
bolas.
Y cuando sin trapo alguno nos haiga el tiempo
dejao, yo le pediré emprestao
el cuero a cualquiera lobo,
y hago un poncho, si lo sobo, mejor que poncho
engomao.
Estas gallardas estrofas cuya desembarazada
entereza conforta como un trago de vino, no excluyen la desolación inherente a
tan desesperada aventura. La despedida a la civilización que esos dos
perseguidos aban donan está impregnada de tristeza viril.
Cruz y Fierro, de una estancia una tropilla se
arriaron;
por delante se la echaron como criollos entendidos,
y pronto, sin ser sentidos, por la frontera cruzaron.
Y cuando la habían pasao, una madrugada clara,
le dijo Cruz que mirara
las últimas poblaciones,
y a Fierro dos lagrimones
le rodaron por la cara.
Un literato, habría elegido la hora crepuscular de
la tarde; pero como se trataba de prófugos que iban arreando caballos ajenos,
el viaje debía ser nocturno, determinando esto su entrada matinal a las tierras
libres. Por otra parte, nada más triste y más poético a la vez que esas albas
claras en el desierto; así como nada más acertado que ese adjetivo de
apa-riencia trivial. El fenómeno de la claridad en la llanura solitaria, es,
sin duda, lo único preciso; y dada la estrofa, resulta naturalmente el contraste
necesario y sugestivo con aquel llanto que la abruma como una fárfara titilante
sobre los ojos del cantor. Si en esa madrugada serena, cuando todavía no hay un
alma viviente en los ranchos que así sugieren ausencia y abandono, encapuchados
de paja como mendigos bajo su poncho viejo; si entonces digo, cantó, como es
seguro, el gallo matinal, fácilmente se infiere la desolación del cuadro. Quién
no lo ha experimentado durante alguna trágica noche de vela, en la calma como
submarina de la luna, o en esas albas donde parece suspirar aún la agonía de la
sombra. El canto del gallo es, entonces, la expresión misma de la angustia y de
la soledad.
Pero el desdén del efectismo, siquiera aprovechado
cuando se presenta con naturalidad, está patente en la terminación del poema.
Este pudo concluir con mayor eficacia artística, en la estrofa citada; pero no.
El poeta no olvida su móvil benéfico; y prefiere rematarlo con tres sextinas
más, que lo recuerdan sin mayor eficacia.
1El trozo más despreciable de la res.
Este detalle, que subordina el éxito de la obra
poética a su efecto útil, y la ausencia del amor, que sólo figura como elemento
secundario, constituyen al poema en un vínculo actual con los primeros romances
del ciclo caballeresco, o sea sus composiciones épicas por excelencia;
determinando, además, la filiación directa de la nuestra con las análogas que
florecieron en España.
La poesía castellana prefirió siempre, entre los
diversos géneros de los trovadores, el romance religioso y guerrero, o sea la
forma primitiva de las leyendas caballerescas, destinadas a exaltar las hazañas
de los paladi nes. Aquellos hijos del Hércules progenitor, que en tiempo del
paganismo, precisamente, fue un paladín de España, hallábanse todavía
guerreando contra los infieles cuando ya la amenaza que éstos comportaban,
había desaparecido en el resto de la Europa meridional, dejando, así, el campo
libre a una civilización más amable, en la cual predominó, naturalmente, la
poesía del amor. Los temas heroicos siguieron, pues, siéndoles habitua les; y
sólo cuando el triunfo dioles la necesaria quietud, la poesía ama toria
inspiró sus cantos. Pero, entonces, fue una importación italiana que únicamente
los poetas eruditos cultivaron, y que no tuvo influencia alguna sobre el
espíritu popular. Nuestro poema siguió el mismo camino. Su urdimbre
fundamental, es también la guerra contra infieles. El amor, repito, comporta en
él un detalle de expresión austera y trágica, como que no resulta sino una
fuente de dolor. El encanto de la vida consiste para el paladín nacional, como
para el Campeador de España, en el goce de la libertad.
Paladín, afirmo, porque este gaucho, a semejanza de
las viejas espadas laboriosas, Belmung, Tizona y Durandal, lleva relumbrando
bajo el rudo cuero que lo envuelve, aquel acero de su alma, donde lucen el aseo
y la integridad, el temple y la firmeza, la intrepidez y la lealtad, alegre
mente relampagueados por el reflejo de su desnudez viril; pues con tales
prendas formado, su carácter dio a la raza aquella perfecta encarnación de la
poesía y de la equidad, que sobreponiéndose al destino en sublime paradoja, es
decir, realizando otra hazaña romancesca, nos proporciona el encanto de vivir
en la familiaridad del postrer caballero andante.
IX
LA VUELTA DE M
ARTIN FIERRO
En su prólogo a la segunda parte del poema, dice
Hernández que ella se llamaba La vuelta de Martín Fierro, porque este nombre le
dio el público mucho antes de haber él pensado en escribirla. Es la historia de
muchas segundas partes en los libros de aventuras que alcanzan la gran
popularidad. Y la de Martín Fierro había sido enorme: once ediciones en seis
años, con cuarenta y ocho mil ejemplares. Ningún libro argentino
obtuvo antes ni después un éxito parecido; y ya he
dicho que, al presente, sólo pueden comparársele las grandes tiradas de Europa
donde se cuenta con millones de lectores.
Semejante revelación, a buen seguro inesperada,
influyó por suerte nuestra en el ánimo del autor, y La vuelta de Martín Fierro
completó de una manera definitiva su empresa.
La verdad es que él mismo no se había conformado
con las despedidas eternas, diciendo al final de la primera parte:
Y siguiendo el fiel del rumbo
se entraron en el disierto;
no sé si los habrán muerto,
en alguna correría;
mas espero que algún día
sabré de ellos algo cierto.
Y Martín
Fierro volvió, pero ya viejo y aleccionado por aventuras terri bles. El poema
iba a ser, ahora, una descripción en grandes cuadros, efectuada por diversos
protagonistas, bien que con la misma vivacidad pintoresca y abundancia de
poesía natural. Esto requería, desde luego, mayor extensión; pero como el
interés y la variedad de dichos relatos son mucho mayores, apenas se nota
aquella circunstancia.
Entretanto, el favor del público ha robustecido en
el poeta la con ciencia de su genio. El preludio revela, con estrofas que son
vaticinios, este nuevo estado de ánimo:
Lo que pinta
este pincel
ni el tiempo lo ha de borrar; ninguno se ha de
animar a corregirme la plana;
no pinta quien tiene gana sino quien sabe pintar.
Pero voy en mi camino y nada me ladiará;
he de decir la verdá, de naides soy adulón; aquí no
hay inmitación, esto es pura realidá.
Y el que me quiera enmendar mucho tiene que saber.
Tiene mucho que aprender
el que me
sepa escuchar.
Tiene
mucho que rumiar
el que me quiera entender.
Más que yo y cuantos me oigan, más que las cosas
que tratan, más que lo que ellos relatan, mis cantos han de durar. Mucho ha
habido que mascar para echar esta bravata.
Sabe que el dolor es la suprema garantía de
eternidad en el corazón de los hombres, porque el hilo de lágrimas con el cual
fecundamos para la vida superior nuestro mísero polvo, jamás se corta:
Brotan quejas de mi pecho,
brota un lamento sentido;
y es tanto lo que he sufrido
y males de tal tamaño,
que reto a todos los años
a que traigan el olvido.
Esta solidaridad cordial, es la fuente de su
poesía, y así lo resume diciendo con original ocurrencia poética:
Y empriestenmé su
atención
si ansí me quieren honrar,
de no, tendré que callar,
pues el pájaro cantor
jamás se para a cantar
en árbol que no da flor.
La nota picaresca termina el preludio con estos
otros versos, en los cuales reconocemos aquel lenguaje que tan bien sabe
aparejar la belleza del sentimiento a la intencionada burla del filósofo
amable. Así, en la guitarra, la profundidad sorda de las cuerdas viriles, con
el numeroso trino de los nervios delgados:
Dejenmé tomar un trago,
estas son otras cuarenta
mi garganta está sedienta,
y de esto no me abochorno,
pues el viejo, como el horno,
por la boca se calienta.
El argumento es, como siempre, sencillo: la lógica
natural de la vida narrada.
Cruz ha muerto entre los indios, de una peste que
los diezmó, enco mendando a su amigo un hijo cuyo paradero ignora; pero, aun
con esto, y no obstante la existencia horrible que la barbarie y la
desconfianza de las tribus impuso a ambos gauchos, empezando por tenerlos
separados durante dos años, la inercia del desierto, verdadera parálisis moral
cono cida de todos cuantos en él vivieron, retiene al protagonista. Sólo tres
años después, obligado a matar un indio para salvar una cautiva, el peligro lo
impulsa a huir con ésta. Así vuelve a su pago, donde en unas carreras a las que
acudió por tomar lenguas, encuentra sus hijos. Estos cuentan sus vidas de
padecimiento y de miseria, y cuando han concluido, un mozo guitarrero que anda
por ahí, pide a su vez autorización para narrar la suya. Resulta ser el hijo de
Cruz, Picardía por sobrenombre. En esto, un negro payador interviene para
lanzar el desafío característico. Martín Fierro acepta, y vence a su
contrincante; pero éste no ha buscado aquel lance, sino como una ocasión. Es el
hermano menor de aquel negro a quien el gaucho mató en un jolgorio, y anda
buscando venganza. Prontos ya para el combate ambos cantores, los demás
consiguen separarlos. En tonces Fierro con sus hijos y Picardía, dirígense a
la costa de un arroyo, donde pasarán la noche. Allá deciden mudar de nombre
para borrar el pasado, y el poema concluye con una serie de consejos cantados a
la luz de las estrellas por el gaucho ya anciano.
1 Otras cuarenta como las cartas de la baraja usual
entre los gauchos que de sechan los ochos y los nueves. En el preludio de la
primera parte había dicho, precisamente, que su pensamiento jugaba “con oros,
copas y bastos” .
Hay más variedad de estructura en esta parte,
conforme lo requería su mayor extensión; los episodios son también más
abundantes, y ya he dicho que la verba poética conserva todo su encanto; pero
los defectos son también más notables. La lección directa de moral, agrega su
tri vialidad inherente, al fastidio de largas series de estrofas sin colorido
ni sabor. Así todo el canto x n destinado a narrar las penas del hijo mayor en
la cárcel; así los ya citados consejos de Martín Fierro. Además de esto, Picardía
repite con demasiada minuciosidad la descripción del fortín, que nada agrega al
trozo análogo de la primera parte. Por el contrario, los detalles de la
malversación de raciones que efectuaba la oficialidad son excesivos y cargosos.
Después, los reparos literarios de la crítica,
habían causado su habitual efecto. Hernández tuvo a ratos la preocupación de la
belleza reglamentada que le predicaron. Hizo literatura de precepto y de
epíteto, falseando la propiedad de expresión que es el mérito fundamental de
sus persona jes. Inútil agregar que esos resultan siempre sus peores versos.
Afortuna damente, aquellas lástimas no abundan; y el manantial genuino es tan
abundoso, que arrebata todos los ripios en su corriente.
La tranquilidad de situación, la dicha del
encuentro que es causa del cuádruple relato, dan predominio a la alegría. El
elemento picaresco forma dos terceras partes de la narración.
Ello no quita que, al comienzo, la nota patética,
alcanzando por mo mentos el tono de la más noble expresión, inspire el resumen
prologal de las tristezas sufridas:
En la orilla de un arroyo, solitario lo pasaba;
en mil
cosas cavilaba,
y a una güelta repentina, se me hacía ver a mi
china o escuchar que me llamaba.
Y las aguas serenitas
bebe el pingo trago a trago; mientras sin ningún
halago, pasa uno hasta sin comer, por pensar en su mujer, en sus hijos y en su
pago.
Hay, efectivamente, una sugestión melancólica en
ese curso del agua serena que parece ir deshilando nuestros pensamientos; en
tanto el caba llo acompasa con sus orejas los sorbos que vemos pasar uno a uno
por el cuello tendido. Al lado suyo, con una pierna cruzada por descanso, el
brazo izquierdo apoyado en la montura, las riendas flojas en la diestra, el
caminante medita sus cosas tristes. En el claro silencio, algún pájaro que se
detuvo a la brusca, blandeando el junco próximo, parece rom perse en un grito,
como si fuera de cristal. Y las improntas de los rastros, al ir llenándose de
agua, recuerdan las copas inútiles que uno dejó sin apurar en el camino de la
vida. . .
El poeta ha cantado así aquellas cosas de la
tristeza:
Y al que le ioca la herencia donde quiera halla su
ruina; lo que la suerte destina
no puede el hombre evitar, porque el cardo ha de
pinchar: Es que nace con espina.
Mas quien manda los pesares manda también el
consuelo. La luz que baja del cielo
alumbra al más encumbrao, y hasta el pelo más
delgao hace su sombra en el suelo.
Pero por más que uno sufra un rigor que lo
atormente, no debe bajar la frente nunca, por ningún motivo: El álamo es más
altivo
y gime constantemente.
Dos cuadros de salvaje grandeza componen la
narración del protagonis ta, resumiendo la vida de los bárbaros. El primero es
la proclama que termina el parlamento donde se ha decidido una invasión:
Volvieron al parlamento a tratar de sus alianzas, o
tal vez de las matanzas, y conforme les detallo, hicieron cerco a caballo
rescostandosé en las lanzas.
Dentra al centro un indio viejo y allí a lengüetiar
se larga; quién sabe qué les encarga, pero toda la riunión
lo escuchó
con atención
lo menos
tres horas largas.
Pegó al fin tres alaridos y ya principia otra
danza; para mostrar su pujanza y dar pruebas de jinete, da riendas rayando el
flete y revoliando la lanza.
Recorre luego la fila, frente a cada indio se para,
lo amenaza cara a cara,
y en su juria aquel maldito, acompaña con su grito
el cimbrar de
la tacuara 1.
Siguen luego los preparativos del malón:
Primero entierran las prendas en cuevas, como
peludos;
y aquellos indios cerdudos siempre llenos de
recelos, en los caballos en pelos se vienen medio desnudos.
Para pegar el malón
el mejor flete procuran; y como es su arma segura
vienen con la lanza sola, y varios pares de bolas atados a la Centura.
De ese modo anda
liviano,
no fatiga el mancarrón;
es su
espuela en el malón,
después de bien afilao,
un cuernito de venao
que se amarra en el garrón.
Caminan entre
tiñeblas
con un cerco bien formao;
lo estrechan con gran cuidao, y agarran, al
aclarar, ñanduces, gamas, venaos, cuanto ha podido dentrar.
El baile de las chinas con que se festeja el
regreso de la expedición, el relato de la peste, son también cosas épicas; pero
veamos el episodio que motiva la fuga del protagonista.
Un día que se halla meditando como era su costumbre
ante la tumba de Cruz, oye lamentos de mujer a lo lejos. Era una cautiva a
quien
1Nombre de la caña que solía ser el asta de la
lanza: la lanza misma por antonomasia.
maltrataba el amo feroz, atribuyéndole el hechizo
de una cuñada. Enno blecido por su propio dolor, el paladín no podía vacilar.
Ante la mujer azotada y cubierta con la sangre de su hijito degollado por el
salvaje para mayor tortura, el corazón del bravo recobra todo su brío. La
narra ción de esta pelea, es sencillamente magnífica. Por su movimiento, sus
incidentes, su grandeza trágica, las tres figuras de la mártir, del gaucho y
del salvaje lacertoso y astuto, puede figurar entre los más bellos episo dios
de la épica. Aunque es el tercer combate singular del poema, resulta
completamente distinto de los otros. Es también el más duro, dada la ferocidad
del adversario:
Porque el indio era valiente:
usaba un collar de dientes
de cristianos que él mató.
Obsérvese esta variante que evita la monotonía del
episodio: en el combate análogo de la primera parte, Fierro se defiende con las
bolas. Ahora es el indio quien maneja aquella arma cuya esgrima conocía, pues,
es gaucho, hijo del desierto a su vez. Así, la descripción del tipo es com
pleta hasta en sus menores detalles, sin que éstos resulten nunca exce sivos.
El ingenio del poeta corre parejas con su gallardía *.
Se debe ser 'precavido cuando el indio se agazape.
En esa postura el tape 1 vale por cuatro o por cinco. Como tigre es para el
brinco, y fácil que a uno lo atrape.
Peligro era atropellar y era peligro juir; y más
peligro seguir esperando de este modo, pues otros podían venir
y carniarme
allí entre todos,
Y como el tiempo pasaba y aquel asunto me urgía,
viendo que él no se movía, me juí medio de soslayo como a agarrarle el caballo
a ver si se me venía.
A la primer puñalada
el pampa se hizo un ovillo; era el salvaje más
pillo
que he visto en mis correrías y a más de las
picardías arisco para el cuchillo.
Me sucedió una desgracia en aquel percance amargo:
En momentos que lo cargo y que él reculando va, me enredé en el chiripá y cai
tirao largo a largo.
Ni por respeto al cuchillo
dejó el indio de apretarme;
allí pretende ultimarme
sin dejarme levantar,
y no me daba lugar
ni
siquiera a enderezarme.
Bendito Dios poderoso, quién te puede comprender,
cuando a una débil mujer le diste en esa ocasión
la juerza que en un varón
tal vez no pudiera
haber.
Esa infeliz tan llorosa, viendo el peligro se
anima, como una flecha se arrima y olvidando su aflición, le pegó al indio un
tirón que me lo sacó de encima.
* Este
párrafo, aunque inteligible, resulta equívoco en su construcción. Se res peta
aquí su forma que no se ha modificado desde la 1? edición, única en vida de
Lugones. (N . de G. A .).
1Indio. Ver el Tomo II.
Semejante episodio era común en las peleas
campesinas. La interven* ción de la mujer acentuaba la índole caballeresca del
combate. Este con tinúa con mayor encarnizamiento cada vez. Mas, ahora, llega
su turno al indio avieso:
Me hizo sonar las costillas
de un holazo
aquel maldito;
y al tiempo que le di un grito
y le dentro como bala,
pisa el indio y se refala
en el cuerpo del chiquito.
En cuanto trastabilló,
más de firme lo cargué;
y aunque de nuevo hizo pie,
lo perdió aquella pisada,
pues en esa atropellada
en dos partes lo corté.
Aquella esgrima de las bolas era desconcertante y
terrible. Las tres piedras y las tres sogas servían a la vez, cubriendo
ventajosamente la guardia. La bola más pequeña, o manija, asíala el guerrero
con los dedos de su pie izquierdo desnudo. Una de las dos mayores, tensa en su
cordel, manteníala con la mano izquierda a la altura de la cabeza. La tercera
quedaba floja y colgando en la mano derecha, con lo que venía a ser el elemento
activo del combate. Obligado a retreparse para aumentar la ten-sión de aquella
cuerda, el indio acentuaba en su fiero talante la impresión del peligro. Ambas
las manos combinan sus movimientos para disparar el doble proyectil; y todavía,
si se descuidaba el adversario, bastábale aflojar de golpe la manija, que, con
la tensión, iba a dar en la pierna de aquél, descomponiendo su firmeza. Así era
difícil entrarle con el cu chillo, mientras no se lograra cortarle una de las
sogas.
Era, precisamente,
lo que había pasado antes
del oportuno resbalón.
Y el
desenlace de la lucha se precipita en estas estrofas cruzadas ya por el soplo
de la agonía sangrienta y de la fatiga mortal, expresadas con vigor tremendo:
Lastimao en
la cabeza
la
sangre lo enceguecía;
de otra herida le salía
haciendo
un charco ande
estaba;
con los pies la chapaliaba
sin aflojar todavía.
Tres figuras imponentes formábamos aquel temo: Ella
en su dolor materno,
yo con la lengua de juera, y el salvaje como fiera
disparada del infierno,
Iba conociendo el indio
que
tocaban a degüello;
se le erizaba el cabello
y los ojos revolvía,
los labios se le perdían cuando iba a tomar
resuello.
Esa respiración anhelosa, que absorbe los labios
como en un rictus de agonía, era el detalle más imponente de semejantes luchas.
Quien ha
presenciado el fenómeno, difícilmente lo olvidará:
la expresión de la boca determina toda la fisonomía de la fiera.
Muerto el salvaje, era forzoso evitar con la fuga
la venganza inexora ble. E l gaucho ofrece a la cautiva su cabalgadura: él se
acomoda en la del enemigo, y entonces, como un himno de victoria, el elogio del
caballo levanta el ánimo con soberbia digresión. A semejanza del árabe antepa^
sado, la libertad que recobra parece corporificarse en un canto al primero de
sus bienes y al mejor de sus cariños:
Yo me le senté al del pampa, era un escuro tapao;
cuando me veo bien montao, de mis casillas me salgo,
y era un pingo como galgo que sabía correr boliao.
Para correr en el campo
no hallaba ningún tropiezo; los ejercitan en eso;
y los ponen como luz:
De dentrarle a un avestruz y boliar bajo el
pescuezo.
El pampa educa el caballo Como para un entrevero.
Como rayo es de ligero en cuanto el indio lo toca, y como trompo en la boca,
dá güeltas sobre de un cuero1.
Lo varea en la madrugada, jamás falta a este deber;
luego lo enseña a correr
entre fangos y guadales;
ansina esos animales
es cuánto se puede ver.
En el caballo de un pampa
no hay peligro de rodar;
jué pucha. . .
y pa disparar
es pingo que no se cansa;
con proligidá lo amansa
sin dejarlo corcobiar.
Pa quitarle las cosquillas,
con cuidao lo manosea;
horas enteras emplea,
y por fin, solo lo deja,
cuando agacha las orejas
y ya el potro ni cocea.
El animal yeguarizo, perdonenmé esta alvertencia,
es de mucha conocencia
y tiene mucho sentido;
es animal consentido,
lo cautiva la paciencia.
Atraviesan el desierto, entre mil penurias, hasta
alcanzar la seguridad en tierra de cristianos. Y aquí, bajo la trivialidad
aparente de la narración, despunta uno de los rasgos más nobles de aquella
poesía tan llena de puro sentimiento y de salud moral:
Ahí mesmo me despedí
de mi infeliz compañera:
“Me voy, le dije, ande quiera
"aunque me agarre el gobierno,
“pues infierno por infierno,
“prefiero el de la frontera”.
Cualquier romántico vulgar habría aprovechado el
percance para una aventura amorosa, después de todo natural en aquel hombre
afligido por un celibato de cinco años. Por pasividad gaucha y por gratitud, la
mujer tampoco habría resistido. Pero la generosidad del paladín, ignora estas
1 Girar en
las patas sobre un cuero, sin salir de él, es la prueba más completa de buena
rienda que puede dar un caballo. La expresión “como trompo en la boca”,
significa que siendo la boca tan blanda, gira como un trompo.
complicaciones pasionales. Ni una sombra de egoísmo
empañará su buena acción. Ni siquiera en ósculos dolorosos sabría cobrar al
débil el precio de su hazaña. Modelo de varón, su castidad, como el asco de la
espalda, es la belleza de su fuerza.
Pasemos el canto XI, mero eslabón narrativo del
encuentro con los hijos, así como el XII que narra los dolores del primero de
aquéllos en la cárcel, para llegar cuanto antes a los siete siguientes, obra
maestra de picardía gaucha en la cual es difícil decidir lo mejor, tal resulta
de completa.
Pero, aun cuando el citado canto XII sea tan débil,
ofrece una vez más la prueba, que no quiero desdeñar, de la propiedad perfecta,
casi digo de la moralidad con la cual Hernández trató su tema. Obsérvase,
efectivamente, mayor corrección, o mejor dicho, cultura que la habitual, así en
el lenguaje como en las reflexiones del narrador. A primera vista, eso parece
falso y desagrada. Después se nota que es una influencia del ambiente urbano,
aun cuando haya sido en el presidio. Así puede com probarlo cualquiera con los
gauchos que salen de la cárcel, son, a no dudarlo, más ladinos. Sin contar lo
que debe contribuir al indicado efecto, la concentración del alma en su triste
soledad.
Volvamos al chisporroteo de la verba picaresca, en
lo que sigue. Trátase ante todo, de la tutela ejercida sobre el segundo hijo de
Martín Fierro por el famoso viejo Vizcacha, nuestro
tipo proverbial por excelencia.
No es el caso de transcribir su retrato y sus
consejos que todos sabemos de memoria, su enfermedad y su acción corruptora
sobre el joven pupilo, a quien un juez bribón ha colocado bajo la férula de
semejante zorrocloco, para usurpar a mansalva su mezquino haber.
Insistiré, apenas, sobre un detalle que demuestra
la veracidad del poema, como resultado de una observación genial, equivalente,
en el caso, a la más exacta conclusión científica.
La enfermedad del viejo empezó por un tubérculo
axilar, para trans formarse luego en la fiebre delirante que ocasionó la
bondad de precisar el diagnóstico que yo me sospechaba.
Es evidente que se trata de un tumor golondrino
cuya infección hubo de convertirse en septicemia, propagada por el desaseo del
sujeto y por el alcoholismo predisponente. Esta última circunstancia es la que
deter mina el delirio típico, caracterizado por el acto de arañar las paredes
y por las visiones terroríficas.
Mi fe inquebrantable en que todo cuanto dice el
poema es verdad, habíame indicado el buen camino; pues el poeta verdaderamente
digno de este nombre, todo lo sabe, desde que nace poseyendo el secreto de la
vida. Una observación, para otros insignificante, enséñale las recónditas
analogías que forman la trama oculta de los fenómenos; y así es como
se adelanta a los resultados idénticos del
análisis, más allá de su propia conciencia. Mientras los demás saben porque han
estudiado, él siente, como un resultado de armonía, la ley trascendental en
cuya virtud la vida obra.
La divertida descripción del inventario que
practica el alcalde, paten tiza una vez más el poder asombroso de aquel verbo,
capaz de producir el más alto interés cómico con la enumeración de semejante
congerie. Están todos los rasgos típicos del paisano ratero que corta las
argollas de las cinchas y entierra las cabezas de los carneros robados, para
ocultar así, las señales denunciadoras de las orejas. El consabido episodio de
vida rural anima aquella descripción, no bien puede resultar monótona. Véase cómo
sobreviene esta digresión tan oportuna entre los comentarios sobre las
trapacerías del viejo:
Se llevaba mal con todos, era su costumbre vieja el
mesturar las ovejas; pues al hacer el aparte, sacaba la mejor parte
y después venta con quejas.
Dios lo ampare al pobrecito, dijo en seguida un
tercero; siempre robaba carneros, en eso tenía destreza: Enterraba las cabezas,
y después vendía los cueros.
Y qué costumbre tenía cuando en el jogón, estaba;
con el mate se agarraba estando los piones juntos: yo tallo, decía, y apunto x,
y a ninguno convidaba.
Si ensartaba algún asao%, pobre, como si lo viese:
Poco antes de que estuviese, primero lo maldecía,
luego después lo escupía para que naides comiese.
Quien lo quitó esa costumbre de escupir el asador,
jué un mulato resertor
que andaba de amigo suyo; un diablo muy peliador
que le llamaban Barullo.
Una noche
que les hizo
como estaba acostumbrao,
se alzó el mulato, enojao,
y le gritó, viejo indino,
yo te he de enseñar, cochino, a echar saliva al
asao.
Lo saltó por sobre el juego con el cuchillo en la
mano. }La pucha el pardo liviano! En la mesma atropellada le largó una puñalada
que la quitó otro paisano.
Y ya caliente, Barullo,
quiso
seguir la chacota;
se le había
erizao la mota
lo que empezó
la reyerta.
El viejo ganó
la puerta
y apeló a las de gaviota3.
Los tres versos finales de la penúltima estrofa,
describen el movi miento vivísimo de tres personajes. La propia mímica de esa
acción, sería menos expresiva. Por esto, la lectura del poema en los fogones
rurales, causa el efecto de una representación teatral. Es de oír las
interjecciones, las carcajadas que lo comentan. Y este solo efecto de la
lectura sobre aquellos iletrados, es ya una obra de civilización. Así, por
medio de la
1Como si estuviera jugando solo al juego del monte.
2 Para asar la carne, ensartábanla los gauchos en
un palo o en un espeque de fierro.
3 Las piernas; por lo mucho que se destacan las del
animal, siendo rojas, cuando corre.
filosofía y del arte, enseñó la lira antigua a los
pastores bravios el en canto del hogar y, consecutivamente, el bien de la
patria.
Aquella verba cómica encuentra acto continuo nuevo
pretexto en las penas de amor del muchacho abandonado que se prenda de una
viuda desdeñosa, para entretenernos con inagotable gracia.
Es común en nuestras campañas que los gauchos
jóvenes se casen con viudas ya provectas. El hijo de Martín Fierro adolece de
la misma incli nación, y para libertarse de la ingrata, recurre a las
brujerías de un adivi no. La consabida farmacopea que ha de curar el cojijo
amoroso, es otra obra maestra de ironía gaucha. Trátase de un verdadero esbozo
de come dia moral, enderezada contra las supersticiones populares; pues los
más grandes épicos jamás desdeñaron la oportunidad de criticar malas costum
bres, si ella les salía al paso, al ser sus poemas síntesis prácticas de los
tres principios cardinales: belleza, bien y verdad. Así el Dante, entre muchos
pasajes análogos:
Tempo futuro
Nel qual sarà in pergamo interdetto
Alle sfacciate donne fiorentine
L’andar mostrando con le poppe il petto.
Con profunda lógica de conjunto, que a la vez
completa el esbozo cómico, el cura, uno de esos divertidos clérigos de campaña
para quienes son diezmo pascual las gallinas gordas y las viudas de buen
pellizcadero, interviene con decisiva eficacia.
Ansí me dejaba andar, hasta que en una ocasión, el
cura me echó un sermón para curarme sin duda, diciendo que aquella viuda era
hija de confisión.
Y me dijo estas palabras que nunca las he olvidado:
Has de saber que el finao ordenó en su testamento que naides de casamiento le
hablara en lo sucesivo, y ella prestó juramento mientras él estaba vivo.
Y es preciso que lo cumpla porque ansí lo manda
Dios;
es necesario
que vos
no la vuelvas a buscar,
porque si llega a faltar
se condenarán los dos.
Con semejante alvertencia
se completó
mi redota;
le vi los pies a la sota,
y me le alejé a
la viuda,
más curao que con la ruda
con los grillos y las motas.
Después me contó un amigo,
que al Juez le había dicho el cura, que yo era un
cabeza dura
y que era un mozo perdido;
que me
echara del partido
que no tenía
compostura.
Y así
anduvo vagando el infeliz, hasta que la casualidad le ocasionó el encuentro con
su padre.
Análoga es la historia de Picardía, el hijo
huérfano de Cruz. Explotado por un patrón sin conciencia, fúgase con una
compañía
de volatines; en Santa Fe, encuentra unas tías que
lo protegen; mas son
tan beatas, que no tardan en acobardarlo con sus
rezos; entonces vuélvese jugador, despoja de su pacotilla a cierto napolitano
chamarilero y la intervención policial ocasionada por este episodio, inicia sus
desventuras. Persíguenlo, mándanlo a la frontera, y de allá ha vuelto más
desvalido que nunca.
Esta narración es, sobre todo, abundante en
personajes típicos. Pri mero, el protagonista, muchachón despejado y crápula
que conoce al dedi llo todas las malas artes de vivir, desde la maroma hasta
el naipe floreado, si bien conserva un fondo intacto de moral en la salud de su
propia alegría. De este modo, apenas la existencia le ofrece coyuntura
favorable, arrepiéntese para hacer honor al nombre que sin saberlo llevaba.
Después, la habitual caracterización de dos rasgos:
Un
ñapóles mercachifle,
que
andaba con un
arpista,
cayó también en la lista
sin dificulta ninguna:
Lo agarré a la treinta y una
y le daba bola vista.
Los gringos buhoneros solían acompañarse con uno de
esos músicos ambulantes, para atraer clientela y jugar a medias en las
pulperías. Ya dije, al tratar de la poesía gaucha, que ambos personajes,
adecuados naturalmente a nuestro medio y nuestras costumbres, reproducían la
clásica pareja provenzal y arábiga del trovador con su juglar. El arpista,
generalmente santiagueño, era también un poco brujo: condición de juglar a su
vez; soliendo contribuir no poco al prestigio de su profesión, la lengua
quichua que en sus ensalmos usaba. El despojo del malaven turado comerciante,
chispea de malicia gaucha:
Lo hubieran visto afligido
llorar por
las chucherías:
“Ma gañao con picardía",
decía el gringo y lagrimiába,
mientras yo en un poncho alzaba
todita su
merchería.
Ahí se presenta la policía, y esto forma un trozo
que es necesario citar completo para gozar debidamente su refocilo:
Pero poco aproveché
de
fatura tan lucida:
el diablo no se descuida, y a mí me seguía la pista
un ñato muy enredista que era oficial de partida.
Se me presentó a esigir
la multa en que había incurrido: Que el juego esta
prohibido, que iba a llevarme al cuartel. . .
T uve que partir con él todo lo que había
alquirido.
Empecé a tomarlo entre ojos por esa albitrariedá.
Yo había ganao, es verdá, con recursos, eso sí;
pero él me ganaba a mí fundao en su autoridá.
Decían que por un delito mucho tiempo anduvo mal;
un amigo servicial
lo compuso con el juez,
y poco tiempo después
lo pusieron de oficial.
En recorrer el partido continuamente se empleaba;
ningún malevo agarraba, pero traiba en un carguero, gallinas, pavos, corderos,
que por ahí recoletaba.
No se debía permitir
el abuso a tal extremo. Mes a mes hacía lo mesmo, y
ansí decía el vecinario, “este ñato perdulario
ha resucitao el diezmo” .
La echaba de guitarrero y hasta de concertador;
sentao en el mostrador
lo hallé
una noche cantando,
y le dije,
co. .mo quiando con ganas de oir un cantor. . .
Me echó el ñato una mirada que me quiso devorar;
mas no dejó de cantar
y se hizo el desentendido, pero ya había conocido
que no lo podía pasar.
Una tarde que me hallaba de visita, vino el ñato,
y para darle un mal rato dije juerte: — Ñato. . .
ribia no cebe con la agua tibia. . .
y me la
entendió el mulato.
Era el todo en el jujao, y como que se achocó, ahi
no más que contestó:
— Cuando el caso se presiente, te he de hacer tomar
caliente, y has de saber quen soy yo.
Por causa de una mujer se enredó más la cuestión;
le tenía el ñato afición, ella era mujer de ley, moza con cuerpo de güey muy
blanda de corazón.
La hallé una vez de amasijo, estaba hecha un
embeleso;
y le dije
— Me intereso en aliviar sus quehaceres, y ansí, señora, si quiere, yo le
arrimaré los güesos 1.
Estaba el ñato presente sentado como de adorno. Por
evitar un trastorno ella, al ver que se dijusta, me contestó — si usté gusta
arrímelos junto al horno.
Ahí se enredó la madeja
y su enemistá conmigo;
se declaró mi enemigo,
y por aquel cumplimiento, ya solo buscó el momento
de hacerme dar un castigo.
Me le escapé
con trabajo
en
diversas ocasiones;
era de los adulones,
me puso mal con el juez, hasta que, al fin, una vez
me agarró en las elecciones.
Ricuerdo que esa ocasión andaban listas diversas;
las opiniones dispersas no se podían arreglar;
decían que el juez, por triunfar hacía cosas muy
perversas.
Cuando se riunió la gente, vino a ploclamarla el
ñato, diciendo con aparato
que todo andaría muy mal, si pretendía cada cual
votar por un candilato.
Y quiso al punto quitarme la lista que yo llevé;
mas yo se la mezquiné,
Y ya me
gritó — /Anarquista! has de votar por la lista
que ha mandado el Comiqué.
Me dio vergüenza de verme tratado de esa manera; y
como si uno se altera,
ya no es fácil de que ablande, le dije — Mande el
que mande, yo he de votar por quien quiera.
En las
carpetas de juego
y en la mesa electoral,
a todo hombre soy igual, respeto al que me respeta;
pero el naipe y la boleta naides me lo ha de tocar.
1 Equívoco entre “arrimarle los huesos” o sea
acostarse con ella, y poner huesos en la puerta del horno, para que allá
encendidos, preserven con su lento calor la entrada del aire. De ahí la
respuesta que da la moza.
Ahi no más ya me cayó a sable la polecía; aunque
era una picardía,
me decidí a soportar,
y no los quise peliar
por no
perderme ese día.
Estos ñatos representan todo un sistema en nuestra
política rural. Mu latos leguleyos, con cuatro cerdas alazanas por bigote,
pringado de caca rañas sudorosas el rostro donde la avería nasal estampa por
definición el sello repugnante del calavera, quien no los ha visto hamacándose
en sus tordillos de paso, o con un gallo de pelea bajo la manga del guarda
polvo, mientras la oreja baya provoca deslices con el señuelo de su clavel
querendón.
Así también se pinta solo el comandante que va
encontrando en la reni tencia política de los gauchos prendidos por su
malandrín, pretexto para mandarlos a la frontera. Oficialote brutal, peludo,
con los ojos abotaga dos de siesta borracha, su voz aguardentosa parece
resoplar el calor de la mala entraña.
— Cuadrate, le dijo a un negro, te estás haciendo
el chiquito, cuando sos el más maldito
que se encuentra en todo el pago. Un servicio es el
que te hago
y por eso te remito.
A OTRO
Vos no cuidas tu familia ni le das los menesteres;
visitas otras mujeres, y es preciso, calavera,
que aprendás en la frontera a cumplir con tus
deberes.
A OTRO
Vos también sos trabajoso; cuando es preciso votar
hay que mandarte llamar
y siempre andás medio alzao; sos un desubordinao
y yo te voy a filiar.
A OTRO
¿Cuánto tiempo hace que vos andás en este partido?
¿Cuántas veces has venido a la citación del juez?
No te he visto ni una vez, has de ser algún
perdido.
A OTRO
Este es otro barullero
que pasa en la pulpería
predicando noche y día
y anarquizando a la gente. Irás en el contingente
por tamaña picardía.
A OTRO
Dende la anterior remesa vos andás medio perdido;
la autoridá no ha podido jamás hacerte votar.
Cuando te mandan llamar te pasás a otro partido.
A OTRO
Vos siempre andás de florcita, no tenés renta ni
oficio;
no has hecho ningún servicio, no has votao ninguna
vez, Marchá. . . para que dejés De andar haciendo perjuicio.
A OTRO
Dame vos tu papeleta 1
yo te la voy a tener;
esta queda en mi poder,
después
la recogerás,
y ansí si te resertás todos te pueden prender.
1 La libreta
del enrolamiento militar.
A OTRO
no vinistes a votar
Vos porque sos
ecetuao cuando hubieron
eleciones,
no
te valdrán eseciones,
ya te querés sulevar; yo te voy a enderezar.
He dicho ya que la descripción del fortín donde fue
a dar Picardía, es una mera redundancia; no obstante, hay en ella una silueta
de oficial bribón que merece los honores de la cita:
De entonces en adelante,
algo logré
mejorar,
pues supe hacerme lugar
al lado del
ayudante.
El se daba muchos aires, pasaba siempre leyendo,
decían que estaba aprendiendo pa recebirse de flaire.
Aunque lo pifiaban tanto, jamás lo vi dijustao.
tenía los ojos paraos como los ojos de un santo.
Muy delicao, dormía en cuja y no sé por qué sería,
la gente lo
aborrecía
y le llamaban l a b
r u j a .
Jamás hizo otro servicio
ni tuvo otras
comisiones,
que recebir las raciones
de víveres y de vicios.
Parientes del coronel o de algún personaje notorio,
aquellos favoritos, temporalmente sustraídos a la protesta social por alguna
sonada trapace ría, eran los regalones del cuerpo donde procuraban restaurar,
con la fama perdida, su agotamiento de calaveras. Mezcla de truhán y de semi
narista, el tipo aquél parece salirse, literalmente, de las escasas redon
dillas donde la mano maestra lo ha clavado como un insecto, sin necesitar más
que esos cuatro alfileres para revelarnos completa su anatomía.
Un breve romance sirve luego de introducción a la
payada entre Mar tín Fierro y el negro. Obsérvese cómo sin perder nada de su
estructura local, el idioma adquiere, naturalmente, la manera narrativa del
antepasa do español:
Esto cantó Picardía
y después guardó silencio, mientras todos
celebraban con placer aquel encuentro. Mas una casualidá,
como que nunca anda lejos, entre tanta gente blanca
llevó también a un moreno, presumido de cantor
y que se tenía por güeno.
Y como quien no hace nada,
o se descuida de intento,
pues siempre es muy conocido
todo aquel que busca pleito,
se sentó con
toda calma,
1 Cama de madera. Es una generali que recibe aquel
nombre en castellano.
2 Rasgueo.
echó mano al estrumento, y ya le pegó un rajido2
— era fantástico el negro— y para no dejar dudas
medio se compuso el pecho. Todo el mundo conoció
la intención de aquel moreno:
era claro el desafío
dirigido a Martín Fierro, hecho con toda
arrogancia, de un modo muy altanero. Tomó Fierro la guitarra,
pues siempre se halla dispuesto, y ansí cantaron
los dos
en medio de un gran silencio.
ión a esta
clase de lechos, del cabezal
La payada es una composición muy desigual:
dijérasela un resumen de todas las buenas y malas cualidades de nuestro poeta.
Como lance filosófico, resulta en muchas partes forzado y lleno de violentas
preten siones literarias. Aunque el negro afirma que fue educado por un
fraile, como suele, efectivamente, suceder, pues el servicio del cura es ocupa
ción de negritos, su sabiduría no resulta desplazada. En cambio, cuando los
payadores hacen gala de sus conocimientos campestres, el asunto reco bra todo
su interés; las réplicas son oportunas y originales. Así el negro en su
exordio:
Mi madre tuvo diez hijos,
los nueve muy rigulares;
til vez por
eso me ampare
la Providencia divina:
En los
güevos de gallina
el décimo es el más grande.
Y Fierro en su réplica final:
La madre echó diez al mundo,
lo que cualquiera no hace,
y tal vez de los diez pase
con iguales condiciones:
La mulita pare nones
todos de la mesma clase.
O en otra parte:
Moreno, alvierto que tráis
bien dispuesta la garganta;
sos varón, y no me espanta
verte hacer esos primores:
En los pájaros cantores
sólo el macho es el que canta.
A lo cual el negro contesta:
A los pájaros cantores
ninguno
imitar pretiende;
de un don que de otro depende
naides se debe alabar,
pues la urraca apriende a hablar,
pero sólo la hembra apriende.
Los temas propuestos hállanse, asimismo, llenos de
grandeza épica; el canto del cielo, el canto de la tierra, el canto del mar.
Adviértese que el poeta se ha engrandecido con su propio asunto; y aunque,
dados los protagonistas, era sumamente difícil no incurrir en vulgaridad o
amane ramiento, ideas y expresiones alcanzan con frecuencia el tono debido,
sin dejar de ser enteramente gauchas. Para salvar esta dificultad, quizá; la
más grande en todo el poema, le basta con ser natural y veraz como de costumbre.
Así evidencia, lo cual es un timbre de honor para nuestra
raza, que el alma gaucha era capaz de concebir en
los grandes fenómenos naturales una trascendencia filosófica, y conserva al
género, directamente derivado de los trovadores, su inclinación característica.
Mas el estilo va desmayando a la par del asunto,
como sucede en casi todas las composiciones análogas. Los consejos finales del
cantor, recuer dan con desventaja aquellos otros del viejo Vizcacha, tan
llenos de obser vación pintoresca y de gracia proverbial. La moraleja es la
debilidad de la fábula; y cuando nuestro poeta hace moral con palabras, no con
actos, renuncia a la eficacia práctica del ejemplo que constituye todo el
sistema docente en la materia, así como al don más característico de su estética.
Pero este mismo defecto revela su sinceridad. Es que no se trata de una obra
preceptuada, sino de un manantial que ha corrido a despecho de su propio
creador. Sus sinuosidades, sus estancamientos, sus vueltas sobre sí mismo, su
lodo y sus guijarros, su turbulencia y su claridad, hay que apreciarlos en
conjunto, puesto que así constituyen su ser. La vida heroica de la raza,
sintetizada en una grande empresa de justicia y de libertad, constituye su
mérito y determina su excelsa clasificación. Pero ella no transcurre,
naturalmente, sin dolores y sin mise rias; es decir, sin los episodios
ingratos que constituyen las piedras brutas sobre las cuales, arrastrándose,
talla el arroyo su cristal. La limpieza del establo famoso, es también uno de
los trabajos de Hércules. Los mismos númenes creadores coronan su obra
primordial, construyendo un hombre de barro. Y nosotros somos ese limo, y
nuestras lágrimas son aquella agua que se le escapa por los poros en divina
clarificación. No achaque mos al arquitecto la vileza del material con que
está obligado a construir. El es, por el contrario, quien lo exalta,
amoldándolo a la belleza proto-típica que está en él, como están en el seno
maternal la forma y el destino de la primera copa; ordenándolo con su ciencia
nativa, elevándolo con el ímpetu de sus alas, del propio modo que la golondrina
lleva un poco del barrizal a la cornisa de la torre.
X
EL LINAJE DE HERCULES
Monumento, ya se lo erigió el poeta en esa
perpetuidad de la fama con que el verso del otro dio parangón al metal \ Mas el
pueblo le debe todavía aquella prenda de su gratitud. Martín Fierro necesita su
bronce. Este será la carne heroica en la cual hemos de encerrar su espíritu
para que así rehabite entre nosotros una materia, al fin, análoga. Porque,
efectivamente, él mismo habíasela formado. De tierra pampeana y de sol
1 Horacio, lib. III, od. XXX.
Exeji monumentum
aere perennius.
He alzado
un monumento durable como el bronce.
nuestro, de trabajo y de dolor que nos pertenecen,
estaba construido aquel antecesor. Como en la aleación donde se combinan la
rojura y la palidez de los sendos metales, el furor de la llama original
ennoblecía su raza. Y de arder así, habíase puesto moreno. Mas la substancia de
ese sol y de esa pena refundidos en su ser, comunicábanle aquella sensibilidad
musical que da el oro al timbre de la campana. Adentro estaba el gran corazón,
expandiéndose a badajadas que dolían de golpear el propio pecho, para resonar
en palabras armoniosas el lenguaje del alma. Y éste era, a su vez, la
anunciación de la aurora. El metal aún denso de terráquea pesadumbre parece que
va dilatando el cielo en vibraciones de luminosa sonoridad, como el busto del
nadador sobre las aguas concéntricas; su canto de gloria promueve las innúmeras
voces del aire, que con alegría infantil, parece reír, granizado en perlas;
pero la gravedad de su tenor, comunícale al mismo tiempo elocuencia de vocablo
rotundo; la índole mineral estalla en resonancias de combate; el tono heroico
emana de su fortaleza, bien que pronto conmovido en voces de canción o exaltado
en alegre intrepidez de gorjeo; allá muy lejos, sobre las montañas y las
arboledas, que son las costas del aire, desmenúzase el son en cristales de agua
esplayada; y de este modo la tierra y el cielo unen sus voces en la vibración
de aquel pedazo de materia cuya facultad maravillosa es, sin embargo, la más
elemental de las propiedades.
Así la poesía en el alma de ese gaucho; la poesía
de la raza, que bien merece, a mi ver, una caracterización monumental.
Inconsciente de su mérito, como la pampa cantada de su belleza, esta ingenuidad
nativa es otra razón para decretarle el triunfo postumo que ni siquiera
sospechó. El hombre del campo encontrará en ello una enseñanza. Cuando colgó de
un horcón de su rancho el cuaderno ordinario junto con la guitarra compañera,
hizo como aquellas aves que adornan con flores sus nidos. Y entonces la estatua
de la ciudad, realzará la delicadeza de sus senti mientos como un certificado
ilustre. Por ella sabrá que el autor de los versos amados, si habla como él, es
también un grande entre los hom bres. Vinculado a la vida superior del
espíritu con los habitantes de la ciudad, esta unión de todos en el mismo noble
culto, un concepto supe rior al sentimiento fraternal de la ciudadanía. No
sólo con símbolos gene rales del trabajo campestre, hemos de realzar dicho
esfuerzo. Poca es la influencia que ellos tienen sobre el alma del pueblo,
escasamente incli nado a generalizar. La individualización de la estatua con
que celebramos al poeta y al héroe, ofrécele, en cambio, una prolongación
objetiva de aquellas vidas excelentes, con las cuales siéntese contemporáneo, o
sea naturalmente inclinado a concebir la idea de la inmortalidad. No es lo
mismo decir a un labriego, “este monumento representa el trabajo de la
agricultura o de la ganadería”, que llevarlo ante la estatua de un hombre y
hacerle ver en ella al general San Martín que nos dio libertad, o al poeta
Hernández que compuso los versos de Martín Fierro. Mejor
todavía si la efigie es sencilla y su actitud
natural; si no está el personaje encaramado en esos decorativos corceles, o
envuelto en esos mantos tea trales con que la impotencia retórica disimula una
irremediable incapa cidad de grandeza. Mejor, porque en vez de un ídolo
habremos repre sentado un hombre, es decir, el elemento que necesitamos
valorar. Así procedía el arte ejemplar de los griegos; pues aquellos sus dioses
de mármol proponían a la raza modelos superiores de su propio tipo, en la
plenitud de una vida superior que ennoblecía la materia por medio del espíritu.
Las estatuas dispuestas en actitud extraordinaria, que es decir, sugestiva de
seres originariamente superiores a los mortales, fueron creaciones del
despotismo oriental introducidas por su congénere romano, cuando la expansión
de la conquista comunicó aquel vicio, por contacto, a los jefes de las
legiones. Ellas representaban el derecho divino, la naturaleza pre destinada
de los reyes que lo encarnan, resultando, así, distintos de sus súbditos por
razón de calidad. La estatua fue símbolo de aquella preten sión que sujeta la
condición humana a la fatalidad del nacimiento, y con ello organiza el mundo en
un sistema inconmovible de servidumbre: arriba los amos; abajo los siervos. Y
esto, sin esperanza de cambio, desde que ambas posiciones son, para unos y
otros, resultados de sus distintas naturalezas.
El cristianismo, religión oriental a su vez,
robusteció aquel principio, no bien su alianza con los emperadores indújole a
renegar el helenismo en el cual primero habíase injertado para poder prosperar.
Y los pontí fices cubiertos de mitras asiáticas, envueltos en oro hasta
disimular com pletamente la forma humana como las momias de los faraones,
some tidos al rigor de movimientos hieráticos que repetían las actitudes
sobre humanas de los dioses — tanto más temibles cuanto eran más diversos de
la triste humanidad, más lejanos en su misterio— encarnaron el dogma de
obediencia con terrible perfección. Para mejor dominar los espíritus,
impusieron, so pena de condenación irrevocable, creencias que ellos mis mos
declaraban absurdas, como lo es la naturaleza distinta atribuida a los reyes;
pues sólo cuando el hombre abdica su razón, que es el móvil de la libertad,
resulta perfecta la obediencia. Y así quedó interrumpido en el mundo el
desarrollo normal de la civilización helénica.
Pero ésta era un producto natural de cierta región
y de cierta raza, predestinadas por causas que ignoramos, a realizarla sobre la
tierra; y seguro que no bien se hallara en condiciones de reaccionar, tomaría
otra vez la dirección interrumpida.
Esto sucedió cuando la Iglesia, creyendo poseer el
Occidente como dominio propio en el cual eran feudatarios los reyes, empezó a
maniobrar para apoderarse del Oriente cuya infidelidad contrariaba sus
pretensiones al imperio universal. Empeñada en este propósito, descuidó por
cerca de tres siglos su dominio europeo, al paso que ocupaba y empobrecía en
lejanas guerras sus más fieles campeones. Al mismo tiempo, su unidad
tradicional con el cesarismo habíase roto por la
base, al volvérseles ene migos los emperadores germánicos. Por último, una
corrupción sin pre cedentes, hacía del pontificado la corte más disoluta de
Europa. Grecia no existía por entonces en la antigua península, ni en las
tierras del Asia Menor, ni en aquella Sicilia de los filósofos, pues las tres
eran posesiones musulmanas. Sólo quedaba la antigua zona de Provenza, donde los
últi mos herejes conservaban a ocultas la protesta viva del helenismo. Mani-queos
y carpocracianos, seguían representando allá la expansión extrema de aquel
fenómeno, o sea el ideal racionalista y comunista de la sociedad sin gobierno
político, adaptado a las formas cristianas: el mismo que los gnósticos del
siglo n habían formulado en Egipto para conciliar la nueva religión con el
paganismo expirante, en un común propósito de civiliza ción progresiva. Y tan
poderosa era aquella raíz, que apenas Sicilia cayó en poder de Federico II de
Hohenstaufen, volvieron a florecer en ella la cultura y el racionalismo
paganos, bajo el estímulo de aquel emperador enemigo de los papas cuya figura
fue el prototipo precoz de los grandes soberanos del Renacimiento.
La Provenza empezó a restaurar aquella civilización
helénica, tipifi cándola a su vez en dos personajes de ralea hercúlea: el
trovador y el paladín. Ambos representaron el ideal de justicia reasumida como
un
bien personal, inherente a la condición humana, o
sea lo contrario de la gracia bajo cuyo concepto el dios del papa formulaba
dicha justicia
en mandamientos penales emanados de su divina
superioridad; y el culto de la mujer, a quien la Iglesia consideraba como la
representación de uno de los enemigos del alma.
Los mismos soberanos pusiéronse a la cabeza de
aquel vasto movimien to. Jaime II de Aragón reconoció a la sombra de la mujer
el mismo dere cho de asilo inviolable que a las iglesias; y con la sola
excepción de los asesinos, sus leyes prohibían prender bajo ningún otro
pretexto a todo el que fuese acompañando una dama.
El trovador fue el consejero de los reyes y hasta
el rival afortunado, como aquel Beltrán de Born que arrebató al conde de
Tolosa, a Alfonso de Aragón y a Guillermo de Bretaña, los tres príncipes más
poderosos de la región, el amor de Matilde de Montañac. Fue también el crítico
a quien todo se permitía, el postulante de nobleza que ganaba con sus ver sos;
el fundador de una democracia intelectual donde todos los esfuerzos, sin
excluir los del artesano y el comerciante, abrían campo a los más ilustres destinos.
Al mismo tiempo, la ciencia florecía en la persona
de sabios tan emi-sentes como Raymundo Lulio. El latín transformábase en idioma
de genuina vitalidad como aquella fabla catalana, la más antigua de todas sus
congéneres, que ya era corriente en Arles allá por el siglo ix. Toda la costa
del Mediterráneo, desde el Portugal hasta la Liguria, experimenta ba su
influencia; y aquellos trovadores que habían suscitado con las cru
zadas, cuyos agentes los más activos fueron, la
primera expansión in tercontinental de la Europa cristiana, resultaron los
antecesores de los grandes navegantes, cuya fama culminaría en la empresa del
ligur Cris tóbal Colón.
Los juegos florales y los tribunales de honor,
instituciones civilizado ras, si las hay, estableciéronse en toda Europa. Bajo
aquel impulso de cultura, la Universidad de París llegó a contar cuarenta mil
alumnos. En la caballeresca y poética Borgoña, que era uno de los focos
civiliza dores, la famosa abadía de Cluny alcanzó esplendor sin igual en la
ciencia y en el arte. Y como los trovadores eran cumplidísimos caballeros que
abonaban en el combate la doctrina heroica elogiada por sus canciones, la caballería
resultó fruto natural de aquel magnífico florecimiento. El torneo fue el
tribunal del honor, correspondiente a la corte de amor donde sentenciaba la
gracia. Aquellas dos formas superiores de la vida exaltada en belleza,
restablecieron la palestra antigua, escuela de análo gas costumbres. El mundo
entero reconoció su influencia. Hasta los sarra cenos enemigos contra los
cuales guerreaba en Palestina la Cristiandad, apreciaban como era debido
semejantes instituciones; y así, Saladino pidió al rey de Inglaterra, su digno
rival, que lo armase caballero.
Pues aquel célebre paladín del corazón de león,
contemporáneo por cierto, sintetizó en su persona los dones epónimos, siendo el
representante invencible de la caballería y el poeta de las coplas durante
varios siglos populares.
Los poemas épicos de la Cristiandad, nacieron
entonces como debía suceder, al tratarse de la época heroica por excelencia. Su
poesía que formulaba, a la vez, el ideal dominante y los dechados de las
costumbres, establece de una manera palmaria la vinculación con el helenismo.
Pues no fue sino la adaptación cumplida de la llíada y de la Odisea, que
todavía en el siglo x iv engendraba la Crónica Troyana conservada por el códice
gallego de la Biblioteca de Madrid.
Así, los conceptos fundamentales de la civilización
resultan ser super vivencia griega conservada por aquella poesía, y no
principios cristianos; desde que las costumbres más influyentes, no estaban
determinadas por los tales principios sino por aquellos conceptos: verbi
gratia, el culto de la mujer libertada de la tiranía matrimonial; el gobierno
laico; la caba llería; el desafío judicial; la tolerancia; la despreocupación
religiosa. . .
Dichos poemas, que resultan los principales de la
civilización cristiana, fueron La Canción de Rolando, Los Nibelungos, El
Romancero, y hasta aquella Divina Comedia cuyo autor rimaba en lengua provenzal
con aca bada maestría 1.
Dos o quizás tres siglos antes que el resto de
Europa, aquella comarca tuvo un idioma propio: vale decir, el fundamento de una
civilización ori-
1 Así en
los ocho versos finales del Canto XXVI del Purgatorio, atribuidos por el poeta
a Arnaldo Daniel, trovador del siglo XII.
ginal, procedente, como este mismo fenómeno, del
injerto latino en los antiguos vivaces, troncos locales de origen especialmente
céltico. Fue aquella la lengua llamada romana, catalana, provenzal, lemocina u
occi tànica (lengua de oc) según las regiones donde la hablaban; pero siempre
el elemento común, o agente práctico de fraternidad, que congregaba en una
misma civilización aquellas comarcas después enemigas. El común origen pagano,
estaba, además, patente, en la otra institución congénere del desafío judicial
que la Iglesia no había podido suprimir. Civilización de paladines, su éxito
estuvo patente en el triunfo de las primeras cru zadas. El Cid murió el mismo
año de la conquista de Jerusalén.
Aquella democracia hizo también la felicidad del
pueblo. Honradas las artes, que como la pedagogía bajo el reinado de don
Alfonso el Sabio, tuvieron por premio el título de nobleza, trabajo y dinero
abundaron con profusión inusitada desde los más felices tiempos de la
antigüedad. Entonces fue cuando se organizaron las corporaciones obreras, bajo
un carácter análogo al de las collegia romanas, con el fin de resistir, como
hoy, por medio de la huelga y el boycot, la imposición de gravámenes excesivos
o la depreciación perjudicial de los jornales. El paganismo iba resucitando,
como se ve, en aquellas justicieras instituciones. La misma protección a los
herejes albigenses, causa de la guerra con el papado, era un acto de
independencia laica y de amparo a la libertad de conciencia.
La democracia cuyo espíritu dominaba sobre toda la
costa europea del Mediterráneo, conquistada por aquella civilización de los
trovadores, asu mió formas políticas decididamente republicanas, en las
ciudades libres que habían suprimido el feudalismo y que eran generalmente
antipa pistas: repúblicas municipales, sin duda, pero con representación exte
rior, que es decir, con tratados de paz, de guerra, de comercio, como
verdaderas entidades nacionales. Así aliábanse con los monarcas poseídos de
análogo espíritu liberal, como lo hicieron a mediados del siglo X I I , contra
los moros de España, Génova, Pisa, Marsella, Narbona y Montpe llier, con
Raymundo Berenguel III, conde de Barcelona.
Fue, asimismo, esa época famosa por sus grandes
enamorados, a la vez que ilustres héroes, como el antiquísimo Marcabrú, el
Mambrú de las coplas; o aquel Pedro Vidal, quien por el amor de su dama, Loba
de Penautier, echóse a correr los montes disfrazado de lobo, hasta morir como
tal entre los colmillos de engañada jauría; o aquel Guillermo de Tours que
hízose enterrar vivo al lado de su amada difunta.
La fidelidad constituyóse, al mismo tiempo, en
virtud específica del paladín, casto, por lo mismo, como ninguno. En la
primitiva Canción de Rolando, para nada figura el amor. La primera divisa
personal que la heráldica recuerda, fue este verso mandado grabar por San Luis
rey de Francia en su anillo nupcial:
Hors cet annel pourroins trouver amour.
La cortesía floreció como el gracioso dogma de ese
culto de la mujer. Las más dulces expresiones del amor, hasta hoy conservadas
por nuestros idiomas, son invenciones de aquellos poetas. La boca de la mujer
denomi náronla por su sonrisa, según vemos en el Dante, buen trovador a su
vez:
Quando leggemmo il disiato riso
esser bacciato da cotanto amante. . .
Ninguna otra literatura fue tan rica en creaciones
métricas y en obras prototípicas, desde el endecasílabo serventesio hasta los
poemas épicos cuyo tipo es el Romancero, y las primeras novelas cuyo modelo
está en Amadís de Gaula.
La música enriquecióse con docenas de instrumentos
nuevos, entre los cuales la viola, madre del violín, engendró el maravilloso
ser viviente que es este instrumento, con virtiendo, así, la voz del arte en
palabra: vale decir, alcanzando uno de los resultados más bellos, al consistir
el objeto de aquél en la espiritualización de la materia. La tradición
grecorromana transformóse enteramente, con la introducción de las diafonías y
la eleva ción de las tercias naturales a consonantes; y al empezar el siglo xiv,
el Ars Contrapuncti de Felipe Vitri formuló en leyes vigentes hasta hoy, la
técnica de aquella construcción de la melodía. Guido d’Arezzo, el in ventor
del soneto, inició el sistema de la tonalidad. Por último, la poli fonía nació
con los motetes de los trovadores. . .
Pero esta civilización suscitada y organizada por
medio de la música, como aquella del helenismo cuya influencia restauraba,
exige mayor de tención en el estudio de sus detalles.
Los músicos de los templos paganos destruidos por
el cristianismo diéronse a vagar con su arte, propagándolo en el pueblo, tal
como sucedió después con los artistas de Bizancio tomada por los turcos;
siendo, respec tivamente, unos y otros, los agentes de la trova y del
Renacimiento. Por otra parte, en Provenza, la liturgia fue durante los primeros
tiempos cristianos una amalgama grecolatina; de manera que aquellos músicos
hallaron empleo en los cantos corales que usaban las dos lenguas alter
nativamente. La modalidad del canto eclesiástico, fue a su vez una ligera
modificación de la música vocal pagana mezclada con melodías hebreas; de modo
que el canto llano consistió en una aplicación de las reglas de la prosa
numérica enseñada por los retóricos romanos y que constituyó el sistema
fonético de la elocuencia latina. Nuestros canónigos salmodian algunos de sus
oficios con el mismo tono que daba Cicerón a sus discursos; y el acompañamiento
de las primeras trovas, fue un com pás de recitado, como el de la guitarra en
las milongas campestres.
Los maestros de música usaban, precisamente, un
instrumento llamado monocordio cuyos sones estaban designados con las letras
del alfabeto, continuando, así, el sistema de la notación griega. El sonido más
grave, o proslambanómenos de los antiguos, correspondía al la grave de nuestra
clave de fa y hallábase designado por la A mayúscula. De aquí nació
la primera escala moderna, atribuida a Odón, abad
de Cluny, la ya citada famosa abadía de Borgoña; pues en los comienzos del
siglo x, o sea cuando estaba acabando de formarse la lengua provenzal, aquel
monje habría designado los sonidos con los nombres convencionales de buc, re,
scembs, caemar, neth, niche, assel. El canto litúrgico enriquecióse por su
parte, agregando a las dos voces tradicionales de la antigua armoni zación
vocal u organum, que había sobrevivido intacta cinco siglos, el triplum y el cuadruplum,
o sea una tercera y una cuarta partes.
Mas esa evolución religiosa de la música,
enteramente natural enton ces, al ser las iglesias los únicos teatros líricos,
vamos al decir, no convir tió en mística la poesía trovadora. No solamente
carecía ella de senti miento religioso, sino que satirizaba con frecuencia la
relajación del clero, llegando hasta celebrar los derechos del amor libre.
Y es que,
pagana por sus orígenes grecolatinos, así como por las instituciones célticas
del duelo judicial y del culto a la mujer, aquella civilización tuvo de agentes
inmediatos a los árabes, exaltadísimos cuanto platónicos amadores, y autores
directos del arte de trovar bajo sus formas características: el poeta errante,
acompañado por su juglar, el amor, ab solutamente desinteresado de
sensualismo; hasta el instrumento clásico, o sea el rabel de tres cuerdas, y
las justas en verso, fuentes de nuestras payadas. Todo fue, pues, pagano, en
aquella civilización de los trovadores y los paladines.
Al mismo tiempo, la arquitectura, o sea el arte
social por excelencia, transformó a su vez la construcción latina en aquellos
edificios romanos que dieron a la Europa gótica su primer tipo verdaderamente
nacional, pronto llevado a la perfección por las gallardas iglesias ojivales. Y
esta fue la única arquitectura genuina que el Occidente cristiano tuvo y
tendrá.
Todo ello procedía de la libertad espiritual
inherente a la civilización griega, así renacida. El Romancero va a decirnos
cómo la entendían los paladines:
Ese buen rey don Alfonso el de la mano horadada,
después que ganó Toledo en él puso su morada.
Elegido ha un arzobispo, Don Bernardo se llamaba,
hombre de muy santa vida, de letras y buena fama,
y de que lo hubo elegido por nombre le intitulaba
Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas: Todo cuanto el rey le diera se lo
confirmara el papa. Desque ya tuvo el buen rey esta tierra sosegada,
a la reina su muger
en gobernación la daba.
la reina
doña Constanza
viendo su
marido ausente
pensamientos la aquejaban
no de regalos de cuerpo,
mas de salvación del alma.
Estando
así pensativa
El arzobispo llegara,
en llegando el arzobispo
desta manera le habla:
— Don Bernardo, ¿qué haremos, que la conciencia me
agrava de ver mezquita de moros
la que fue iglesia santa, donde la reina del cielo
solía ser bien honrada?
¿Qué modo, dice, tememos que torne a ser
consagrada, que el rey no quiebre la fe que a los moros tiene dada?
Fuése a visitar su reino, fue a Galicia y su
comarca. Después de partido el rey, las manos puestas hablaba:
— Gracias doy a Jesucristo y a su Madre Virgen
santa, que salís, reina, al camino de lo que yo deseaba. Quitémosela a los
moros antes hoy que no mañana, no dejéis el bien eterno por la temporal
palabra.
Ya que el rey se ensañe tanto que venga a tomar
venganza, perdamos, reina, los cuerpos, pues que se ganan las almas. Luego
aquella misma noche dentro en la mezquita entraba; limpiando los falsos ritos
a Dios la redificaba, diciendo misa este día el
arzobispo cantada. Cuando los moros lo vieron quejas al rey le enviaban; mas el
rey cuando lo supo gravemente se ensañaba:
a la reina y al prelado malamente amenazaba; sin
esperar más consejo a Toledo caminaba.
Los moros que lo supieron luego consejo tomaban;
sálenselo a recibir
hasta Olias y Cabañas,
Cuando esto oyó el arzobispo de rodillas se
hincaba:
alzó los ojos al cielo,
llegados delante el rey
de rodillas se hincaban:
— Mercedes, buen rey, mercedes, dicen, las manos
cruzadas;
mas el rey que así los vido uno a uno levantaba:
— Calledes,
buenos amigos,
que este hecho me tocaba, quien a vos ha hecho
tuerto a mí quebró la palabra; mas yo haré tal castigo
que aina habréis la venganza. Los moros cuando esto
oyeron en altas voces clamaban:
— Merced, buen señor, merced, la vuestra merced nos
valga:
Si tomáis venganza desto a nos constará bien cara,
quien matare hoy a la reina arrepentirse ha mañana.
La mezquita ya es iglesia, no nos puede ser
tornada, perdonedes a la reina
y a los que nos la quitaran, que nosotros desde
agora os alzamos la palabra.
El buen rey cuando esto oyera grandemente se
holgara, dándoles gracias por ello perdido ha toda su saña.
El Cid, excomulgado por el papa, procederá de esta
manera:
El papa cuando lo supo El papa, padre piadoso,
al Cid ha descomulgado; respondió muy mesurado:
sabiéndolo el
de Vivar, — Yo te absuelvo, don Ruy
Díaz,
ante el papa se ha postrado: yo te absuelvo de buen grado,
— Absolvedme, dijo,
papa, con que seas en mi corte
sino seráos mal contado. muy
cortés y mesurado.
Y esto, no
una sola vez, sino de costumbre, a juzgar por estos repro ches del monarca:
Cosas tenedes el Cid,
que farán fablar las piedras,
pues por cualquier niñería
facéis campaña la iglesia.
La cruzada contra los albigenses fue el episodio
mortal que arrasó por segunda vez la renacida cultura griega. Y es que eso
representaba, propia mente hablando, el conflicto de dos civilizaciones.
El cristianismo, al entenderse con los hombres del
Norte, sus cam peones naturales hasta hoy, había tomado una dirección que
constituye una tendencia de raza; pues aquí está el origen del irreducible
antago
nismo entre la civilización helénica y la gótica.
La primera busca su satis facción espiritual por el camino de la belleza; la
segunda, por el camino de la verdad. Ambas saben instintivamente, que sin ese
estado de tranquilidad, tan necesario al espíritu como el agua a la sed (por
esto es que instintivamente lo saben y lo buscan) no hay civiliza' ción
posible. Ambas lo han demostrado en la historia, con la creación de
civilizaciones cuyo éxito y cuya firmeza dependieron de ese estado; pues
solamente la serenidad del alma torna amable el ejercicio de la vida. La
civilización, como forma de la actividad humana, es una marcha hacia el bien,
materializado en mejoras físicas y morales; mas la raza helénica, obedeciendo a
sus inclinaciones naturales, creía que la educa ción conducente a ese objeto,
consistía en la práctica y el descubrimiento de la belleza: al ser ésta una
emoción noble, un estado superior de la vida, induce por simpatía a la verdad y
al bien, prototipos de ese mismo estado. Y prefiere la belleza, porque los
otros dos principios son inmate riales y mudables; es decir, menos eficaces
sobre el espíritu. Cada época tiene su verdad y su bien, a veces
contradictorios con los de otras épocas; al paso que, una vez alcanzada, la
belleza es permanente. Ella constituye, además, un resultado personalísimo de
cada artista, y con esto erige la libertad ilimitada del pensamiento y de la
conducta, en condición esen cial del éxito.
La raza gótica, más metafísica y disciplinada,
prefiere, como ya lo enun cié, el camino de la verdad cuya investigación exige
un sistema de activi dad colectiva; pero como la verdad es variable en las
fórmulas que de ella va encontrando la investigación, dicha raza halló la
seguridad nece saria a su espíritu en el dogma que le ofrecía un concepto
definitivo de verdad, al ser una comunicación divina. Por esto es que los
pueblos pro testantes son también los más cristianos, al mismo tiempo que los
más jerárquicos y morales.
Ambas tendencias concurren al mismo fin, desde que
su objeto es dilucidar las leyes de la vida para aprovecharla mejor: una por el
descu brimiento de la armonía que esencialmente la constituye; otra por el de
las causas que la determinan. Aquélla, revelando la vida superior latente en
nosotros: que es decir, proponiendo modelos más armoniosos y por lo tanto mejor
acondicionados para subsistir; ésta, esclareciendo la ley del fenómeno vital
cuya lógica trascendente nos abre el secreto del porvenir, al darnos la clave
del pasado y del presente. Su propósito es, como se ve, un ideal, y éste
consiste a su vez en aquel triple arquetipo de bien, belleza y verdad, que es
la razón suprema de nuestra vida. Pues todas nuestras actividades están
determinadas por algunos de esos tres móvi les. Los genios son los agentes de
aquella razón en toda su integridad arquetípica; y por ello escapan a la ley de
raza. Representan la vida integral de una humanidad futura en la cual habrán
desaparecido las ac tuales causas de separación. En ellos coinciden la belleza
y la libertad,
móviles característicos de la raza helénica, con la
verdad y la disciplina peculiares a la raza gótica. Así es como Wagner resulta
un hermano de Esquilo.
Ahora bien, nosotros pertenecemos al helenismo; y
entonces, la activi dad que nos toca en el proceso de la civilización, ha de
estar determinada por la belleza y por la libertad para alcanzar su mayor
eficacia; puesto que ambas son nuestros móviles naturales. En la conformidad de
los actos con la índole de cada cual, estriba el éxito de la vida. Cada hombre
y cada raza nacen para algo que no pueden eludir sin anularse. Y así lo dicen
las conocidas palabras de nuestro libertador: Serás lo que debes ser, y si no,
no serás nada.
Entre las deidades helénicas, Hércules, además de
ser el antecesor de los paladines, fue uno de los grandes liróforos del
panteón. Y con esto, el numen más popular del helenismo. Más directamente que
cualesquiera otros, los héroes y los trovadores de España fueron de su cepa;
pues sabido es que las leyendas medioevales, con significativa simbólica alu
sión al carácter de la raza, considerábanlo creador del estrecho de Gibral-tar
y fundador de Avila. La herencia nos viene, pues, continua, explicando esto, mejor
que ningún otro análisis, la índole caballeresca y las trascen dencias de
nuestra historia.
Arruinada en Provenza durante el siglo xm , aquella
civilización de los trovadores y de los paladines, estos últimos siguieron
subsistiendo en España, donde eran necesarios mientras durase la guerra con el
moro; de suerte que al concluir ella tuvieron en el sincrónico descubrimiento
de América, la inmediata y postrera razón de su actividad. Así vinieron,
trayendo en su carácter de tales, los conceptos y tendencias de la civili
zación que les fue peculiar, y que rediviva en el gaucho, mantuvo siempre vivaz
el linaje hercúleo.
Y no se
crea que esta afirmación comporta un mero ejercicio del inge nio. Nuestra vida
actual, la vida de cada uno de nosotros, demuestra la existencia continua de un
ser que se ha transmitido a través de una no interrumpida cadena de vidas
semejantes. Nosotros somos por ahora este ser: el resumen formidable de las
generaciones. La belleza prototí-pica que en nosotros llevamos, es la que esos
innumerables antecesores percibieron; innumerables, porque sólo en mil años son
ya decenas de millones, según lo demuestra un cálculo sencillo. Y de tal modo,
cuando el prototipo de belleza revive, el alma de la raza palpita en cada uno
de nosotros. Así es cómo Martín Fierro procede verdaderamente de los pala
dines; cómo es un miembro de la casta hercúlea. Esta continuidad de la
existencia que es la definición de la raza resulta, así, un hecho real.
Y es la belleza quien lo evidencia, al no
constituir un concepto intelectual o moral, mudable con los tiempos, sino una
emoción eterna, manifiesta en predilecciones constantes. Ella viene a ser, así,
el vínculo fundamental de la raza.
El ideal de belleza, o sea la máxima expansión de
vida espiritual (pues para esto, para que viva de una manera superior,
espiritualizamos la materia por medio del arte), la libertad, propiamente
dicho, constituyó la aspiración de esos antecesores innumerables; y mientras lo
sustenta mos, dárnosles con ello vida, somos los vehículos de la inmortalidad
de la raza constituida por ellos en nosotros. El ideal de belleza, o según
queda dicho, la expansión máxima de la vida superior, así como la inmor talidad
que es la perpetuación de esa vida, libertan al ser humano de la fatalidad
material, o ley de fuerza, fundamento de todo despotismo. Belleza, vida y
libertad, son, positivamente, la misma cosa.
Ello nos pone al mismo tiempo en estado de
misericordia, para realizar la obra más útil al mejoramiento del espíritu:
aquella justicia con los muertos que según la más misteriosa, y por lo tanto
más simbólica leyen da cristiana, Jesús realizó, sin dilación alguna, apenas
libre de su envol tura corpórea, bajando a consolarlos en el seno de Abraham.
Son ellos, efectivamente, los que padecen el horror del silencio, sin otra
esperanza que nuestra remisa equidad, y lo padecen dentro de nosotros mismos,
ennegreciéndonos el alma con su propia congoja inicua, hasta volvernos cobardes
y ruines. La justicia que les hacemos es acto augusto con el cual ratificamos
en el pasado la grandeza de la patria futura; pues esos muer tos son como
largos adobes que van reforzando el cimiento de la patria; y cuando procedemos
así, no hacemos sino compensarles el trabajo que de tal modo siguen realizando
en la sombra.
Así se
cumple con la civilización y con
la patria. Movilizando ideas
y expresiones, no escribiendo sistemáticamente en
gaucho. Estudiando
la tradición
de la raza,
no para incrustarse en ella, sino para descubrir
la ley del progreso que nos revelará el ejercicio
eficaz de la vida, en esta dos paulatinamente superiores. Exaltando las
virtudes peculiares, no por razón de orgullo egoísta, sino para hacer del mejor
argentino de hoy el mejor hombre de mañana. Ejercitándose en la belleza y en la
libertad que son para nuestra raza los móviles de la vida heroica, porque vemos
en ella el estado permanente de una humanidad superior. Luchando sin des
canso hasta la muerte, porque la vida quieta no es
tal vida, sino hueco
y sombra de agujero abierto sin causa, que luego
toman por madriguera las víboras.
Formar el idioma, es cultivar aquel robusto tronco
de la selva para ci vilizarlo, vale decir, para convertirlo en planta frutal;
no divertirse en esculpir sus astillas. Cuanto más sabio y más bello sea ese
organismo, mejor nos entenderán los hombres; y con ello habráse dilatado más
nues tro espíritu. La belleza de la patria no debe ser como un saco de perlas;
sino como el mar donde ellas nacen y que está abierto a todos los perleros.
Detenerse en el propio vergel, por bello que sea, es abandonar el sitio a los
otros de la columna en marcha. De ello nos da ejemplo el mismo cantor cuyas
hazañas comentábamos. Penas, destierro, soledad, jamás
cortaron en sus labios el manantial de la poesía. Y
hasta cuando en la serena noche alzaba la vista al cielo, era para pedirle el
rumbo de la jornada próxima, junto con aquella inspiración de sus versos, que
destilaba, en gotas de poesías y de dolor, la viña de oro de las estrellas.
La última conferencia de Lugones en el Odeón, la
sexta de ellas, es "El linaje de Hércules”, título que se conservó en el
libro, editado tres años más tarde.
El texto de aquel discurso de despedida y el de la
obra posterior, difieren en parte, según se verá.
Lo que fueron aquellas conferencias lo dirá mejor
que nada la crónica coetánea de “La Nación” .
Es como sigue.
LA
SEXTA LECTURA DE
LUGONES
“EL
LINAJE DE HERCULES”
UNA DESPEDIDA TRIUNFAL
Las lecturas de El Payador han terminado, tan
victoriosamente como comenzaron, más aún, si fuera posible admitirlo o
imaginarlo. Lugones, como autor y como lector, ha ganado una batalla sin
precedentes en nues tra vida literaria. El público que ha seguido fiel y
cariñoso, en las seis sesiones de este ciclo inolvidable, sólo tenía, al cerrar
la serie con su aplauso atronador, con su aclamación espontánea y conmovedora,
sólo tenía, decimos, este lamento, que lo resume todo: “Lástima que haya
terminado”.
“El linaje de Hércules”, el capítulo de ayer,
establece la genealogía de los paladines, desde el remoto origen helénico, a
través de la transfor mación del mundo antiguo por el cristianismo, a través
de la civilización provenzal, a través de los trovadores, hasta el tipo,
también de paladín, también de trovador, héroe por la justicia y por la
libertad, del personaje tema de los fragmentos ya leídos.
Lugones realiza, con su “específica sobriedad”,
según su propio decir, en este capítulo, un admirable trabajo de crítica y de
poesía históricos, en donde el erudito aporta sus materiales al escritor de
belleza y de ideal y éste da a aquéllos una fuerza, una consistencia, un vigor
extraordina rios. En los párrafos que van a continuación, el concepto
fundamental del trabajo resúmese y adquiere su mayor intensidad, por lo cual
remi timos a ellos al lector, sin intentar un extracto que, como ya lo dijimos
en ocasiones semejantes, fuera un pálido, un descolorido reflejo.
“Entre las deidades helénicas, Hércules, además de
ser el antecesor de los paladines, fue uno de los grandes liróforos del
panteón. Y con esto, el numen más popular del helenismo. Más directamente que
cuales quiera otros, los héroes y los trovadores de España fueron de su cepa;
pues sabido es que las leyendas mediovales, con significativa simbólica
alusión al carácter de la raza, considerábanlo
creador del estrecho de Gibraltar y fundador de Avila. La herencia nos viene,
pues, continua, explicando esto, mejor que ningún otro análisis, la índole
caballeresca y la trascendencia de nuestra historia”.
“Arruinada en Provenza durante el siglo xm ,
aquella civilización de los trovadores y de los paladines, estos últimos
siguieron subsistiendo en España, donde eran necesarios mientras durase la
guerra con el moro; de suerte que al concluir ella, tuvieron en el sincrónico
descubrimiento de América, la inmediata y postrera razón de su actividad. Así
vinieron, trayendo en su carácter de tales, los conceptos y tendencias de la
civili zación que les fue peculiar, y que rediviva en el gaucho, mantuvo
siempre vivaz el linaje hercúleo”.
“Y no se crea que esta afirmación comporta un mero
ejercicio del inge nio. Nuestra vida actual, la vida de cada uno de nosotros,
demuestra la existencia continua de un ser que se ha transmitido a través de
una no interrumpida cadena de vidas semejantes. Nosotros somos por ahora este
ser: el resumen formidable de las generaciones. La belleza prototí-pica que en
nosotros llevamos, es la que esos innumerables antecesores percibieron;
innumerables, porque sólo en mil años son ya decenas de millones, según lo demuestra
un cálculo sencillo. Y de tal modo, cuando el prototipo de belleza revive, el
alma de la raza palpita en cada uno de nosotros. Así es cómo Martín Fierro
procede verdaderamente de los pala dines; cómo es un miembro de la casta
hercúlea. Esta continuidad de la existencia que es la definición de la raza,
resulta así, un hecho real. Y es la belleza quien lo evidencia, al no
constituir un concepto intelectual o moral, mudable con los tiempos, sino una
emoción eterna, manifiesta en predilecciones constantes. Ella viene a ser, así,
el vínculo fundamental de la raza”.
“El ideal de belleza, o sea la máxima expansión de
vida espiritual (pues para esto, para que viva de una manera superior,
espiritualizamos la materia por medio del arte), la libertad, propiamente
dicho, constituyó la aspiración de esos antecesores innumerables; y mientras lo
sustenta mos, dárnosles con ello vida, somos los vehículos de la inmortalidad
de la raza constituida por ellos en nosotros. El ideal de belleza, o según
queda dicho, la expansión máxima de la vida superior, así como la inmor talidad
que es la perpetuación de esa vida, libertan al ser humano de la fatalidad
material, o ley de fuerza, fundamento de todo despotismo. Belleza, vida y
libertad, son, positivamente, la misma cosa”.
“Ello nos pone al mismo tiempo en estado de
misericordia, para rea lizar la obra más útil al mejoramiento del espíritu:
aquella justicia con los mueitos que según la más misteriosa, y por lo tanto
más simbólica leyen da cristiana, Jesús realizó, sin dilación alguna, apenas
libre de su envol tura corpórea, bajando a consolarlos en el seno de Abraham.
Son ellos, efectivamente, los que padecen el horror del silencio, sin otra
esperanza
que nuestra remisa equidad, y lo padecen dentro de
nosotros mismos, ennegreciéndonos el alma con su propia congoja inicua, hasta
volvernos cobardes y ruines. La justicia que les hacemos es acto augusto con el
cual ratificamos en el pasado la grandeza de la patria futura; pues esos
muertos son como largos adobes que van reforzando el cimiento de la patria; y
cuando procedemos así, no hacemos sino compensarles el trabajo que de tal modo
siguen realizando en la sombra”.
“He aquí la razón profunda de la glorificación que
solicito, pero úrge-me proponer antes de todo, una obra igualmente útil, si
bien menos brillante”.
“El poema necesita una expurgación prolija y una
anotación apro piada. Entregado a la explotación de comerciantes ignaros, sus
últimas ediciones son sencillamente ilegibles. Abundan en ellas los errores
tipo gráficos, los versos destruidos, hasta los injertos de palabras
extranjeras y las variaciones audaces. Sus mismas pobres láminas, llenas a
veces de ingenuidad expresiva, son ya borrones o arreglos ridículos. Por otra
parte, el lenguaje gaucho tiende a desaparecer con el tipo, dificultando la
lectura corriente. Precisa explicar muchas de sus peculiaridades, razonar sus
arcaísmos, analizar sus elipsis, hacer, en una palabra, su gramática, que será
la fuente del futuro idioma nacional. Esto, como todo cuanto se refiere a la
docencia general, es un deber de gobierno. Merece, por lo menos, tanta atención
como nuestros jardines públicos y nuestros bos ques de yerba mate. Es
necesario, al mismo tiempo, crear en nuestra Facultad de letras dos o tres
cátedras de lenguas indígenas, no sólo por la importancia que ellas han tenido
y tienen en la formación de nuestro idioma, sino para contribuir, con los
elementos que poseemos, al progreso de la filología comparada”.
“Así se cumple con la civilización y con la patria.
Movilizando ideas y expresiones, no escribiendo sistemáticamente en gaucho.
Estudiando la tradición de la raza, no para incrustarse en ella, sino para
descubrir la ley del progreso que nos revelará el ejercicio eficaz de la vida,
en esta dos paulatinamente superiores. Exaltando las virtudes peculiares, no
por razón de orgullo egoísta, sino para hacer del mejor argentino de hoy el
mejor hombre de mañana. Ejercitándose en la belleza y en la libertad que son
para nuestra raza los móviles de la vida heroica, porque vemos en ella el
estado permanente de una humanidad superior. Luchando sin descanso hasta la
muerte, porque la vida quieta no es tal vida, sino hueco y sombra de agujero
abierto sin causa, que luego toman por madriguera las víboras”.
“Formar el idioma, es cultivar aquel robusto tronco
de la selva para civilizarlo, vale decir, para convertirlo en planta frutal; no
divertirse en esculpir sus astillas. Cuando más sabio y más bello sea ese
organismo, mejor nos entenderán los hombres; y con ello habráse dilatado más
nuestro espíritu. La belleza de la patria no debe ser como un saco de
perlas; sino como el mar donde ellas nacen, y que
está abierto a todos los perleros. Detenerse en el propio vergel, por bello que
sea, es abando nar el sitio a los otros de la columna en marcha. De ello nos
da ejemplo el mismo cantor cuyas hazañas comentábamos. Penas, destierro,
soledad, jamás cortaron en sus labios el manantial de la poesía. Y hasta cuando
en la serena noche alzaba la vista al cielo, era para pedirle el rumbo de la
jornada próxima, junto con aquella inspiración de sus versos, que destilaba, en
gotas de poesía y de dolor, la viña de oro de las estrellas”.
Al terminar, saludó Lugones a su auditorio, que
prorrumpió en aplauso atronador, mientras aquél sacaba del bolsillo unos
papeles que se dispo nía a leer. El silencio se restableció en el acto,
profundo, lleno de emo ción, para interrumpirse muy luego en bravos, en palmas
ruidosísimas, a cada imagen, a cada frase conceptuosa y honda, a cada final de
perío do. Al terminar Lugones, el público entero, de pie, le aclamó
largamente, impresionado, conmovidos muchos hasta las lágrimas. Fue un momento
de triunfo, como no lo ha obtenido y disfrutado, en nuestros tiempos, ningún
escritor, ningún conferenciante ante el público argentino.
He aquí las últimas palabras de Lugones:
“Y ahora, ha llegado perentorio como siempre este
momento del adiós, que palpita por decirlo así, en cada soplo de nuestra vida.
A semejanza de la vela naval cuya función consiste en tomar el mismo viento que
la aleja, el destino de aquélla es ir abandonándose al curso de la propia
fatalidad. El tronco alado por ese lienzo, necesitó perder sus hojas y sangrar
bajo el hacha, para adquirir como mástil, la vida superior de la brisa. Cuando
ella se esfuerza en el jujamen nudoso como un puño cor sario, revive quejas
del bosque natal el crujido de la fibra; y cuando sobre el mar oscuro riza en
hojarasca de álamo el reguero de la luna, dijérase que el palo viril va
deshojándose todavía
“Estos símiles marinos, son ya sugestiones del
viaje próximo, confiden cias casi familiares que me creo autorizado a enunciar
sin exceso ante un público cuya simpatía vale aún más que su altísima
consideración. Nunca me he sentido más ‘hijo del país’ que en estas horas de
vida intensa con la poesía de mi nación y con la gente de mi raza. A veces,
cuando lanzaba mi gaucho sobre los renglones en imágenes que resultaban
agradables, no por mías, sino por veraces y sinceras, bien así como un paisaje
en la sencilla fidelidad del agua, creía sentir que espoleado por vuestro
aplauso, iba su corcel trotándome adentro; y que dilatándose en mi alma la
pampa misma con la iluminación de vuestro afecto, por ella corría el jinete,
embanderado de pampero en la expansión de su galope, hacia el cielo infinito,
campo heráldico de la patria, desde donde el sol horizontal, listando de largas
sombras el polvo, parece abrir ante nuestro destino, inmensa trocha de oro y de
hierro”.
“Séame dado, entonces, decir sin ambages lo que
siento; pues de resultar sincero, nunca ofende el hermano, y de ser
impertinente deman daría perdón con la ausencia”.
“Felicitóme por haber sido el agente de una íntima
comunicación nacional entre la poesía del pueblo y la mente culta de la clase
superior; que así es como se forma el espíritu de la patria. A la epopeya con
su genuino sabor y su calidad excelente; al auditorio con su sensibilidad,
benévola, sin duda; pero también sutil hasta ser temible, corresponde la
belleza del espectáculo. Mi palabra no fue sino la abeja cosechera que llevó el
mensaje de la flor silvestre a la noble rosa del jardín. Rosa con espinas, sin
duda, como lo son las mejores; pero también rica de miel hasta llenarme con
ella el alma. Y como en mi específica sobriedad, apenas necesito una gota — dos
gotas, pues por ventura no he de pensar sólo en mí, teniendo dueña mi colmena—
quede el resto para las mariposas, que fueron, en el caso, blancas manos de
mujer, cuyo aplauso exterio rizaba con gallarda intrepidez la palpitación de
los corazones”.
“Esta unanimidad del sentimiento nacional así
revelado, constituye mi verdadera satisfacción. Aquí, sobre estas tablas, que
parecían desti nadas al monopolio de la literatura extranjera, sea dicho sin
sombra de reproche, antes con todo respeto y estimación, hemos probado que las
cosas nuestras contadas por un escritor nuestro, eran también dignas de
interesarnos en belleza y en verdad”.
“Y esto no es una jactancia baladí. Es una defensa.
Retóricos y patrio teros me han calumniado tanto, que la índole de mi trabajo
era para muchos desconocida. Antes de irme quiero mi justicia, poniéndola en
tan buenas manos. Después seguiré abriendo humildemente mi surco, pero, eso sí,
derecho hacia el bien que concibo; pues así como siempre estoy pronto a
solicitar atención para mi raciocinio, nunca he pedido cuartel para mi
verdad".
“Mi obra ha consistido en celebrar lo mejor que me
fue posible las virtudes útiles a la patria: libertad, honor, trabajo,
fidelidad, veracidad, entusiasmo. He creído también que debía experimentar en
mí mismo las máximas de mi prédica; y como esta operación es para el alma lo
que la escultura para la piedra, pues empieza por atormentarla, y quebrarla, y
llenarla de asperezas con el saltar de los tasquiles, sobre todo cuando es
indocto el cincel, de ahí provendrá, sin duda, que en vez de florecer como quisiera,
me brote en toscas espinas la evidencia de mi propia im perfección”.
“Así, pues, señor oyente, no aplauda usted más que
mi buena volun tad para guiarlo por esos pagos antiguos cuya belleza está
solamente durmiendo, como una princesa encantada, sobre el lecho del trebolar;
y en cuanto a usted, patrona, desde que para servirla estamos, tenga por suyo,
y perdone la cortedad, este rústico jardín, dejando que sus albahacas le
perfumen, como besándolo al pasar, el ruedo de la pollera”.
“Pájaro encumbrado en árbol magnífico, he padecido,
quizá, la ilusión de aquella altura. He supuesto con jactancia que mi pobre
canto no era inútil a la alegría de la selva. Si ello resulta vanidoso y
excesivo, vuestra es la culpa. Cuando el pájaro canta a la primavera y el
bosque a su vez se engalana, aquél presume en su inocencia, que el bosque
floreció para él. .
Al decir Lugones las últimas palabras, la sala lo
aclama, obligándole por dos veces a presentarse en el escenario, donde su
aparición redoblaba la fuerza de los aplausos y de los bravos interminables.
Buena parte del público espera luego a Lugones en el vestíbulo del Odeón, y en
la calle, donde estas manifestaciones se repiten, efusivas, conmovidas, cuando
el escritor abandona la casa de sus triunfos.
CUENTOS
NOTA CRITICA
E X É G E S I S bíblicas que Lugones publicó por lo
menos desde 1896, lectu ras de Anatole France, de Oscar Wilde y sobre todo de
Edgar Alian Toe, aparte la atención permanente a los descubrimientos
arqueológicos y de laboratorio (física, química, biología) se observan en gran
parte de los relatos de Las fuerzas extrañas (1906) y Cuentos fatales (1924).
Con independencia de esos estímulos o entramándose con ellos, hay índices de
otras vocaciones muy claras: las ciencias ocultas, el Espiritualismo, el Espiritismo,
la Metapsíquica, los Rosacruces y la Astrodiagnosis. Se co noce bien su
ingreso a la Sociedad Científica Argentina de la calle Las Heras 3011.
“Profesaban — escribe Capdevila— todos veneración por la memoria de la gran
inspirada Helena P. Blavatsky”. Esta sentencia debió serle familiar y querida:
"Guárdate de temblar. Con el hálito del miedo se enmohece la llave de K S
H A N T I : la llave enmohecida se resiste a abrir la cerradura\ Y esta otra,
especie de apotegma que él debió aplicar a diario: "Cuanto más avances,
tantos más lazos encontrarán tus pies. El sendero que a la meta conduce está
iluminado por una luz única, la luz del arrojo, que arde en el corazón. Cuanto
más osa uno tanto más obten drá. Cuanto más teme, tanto más palidecerá aquella
lu z . . . Porque ahora ha estallado el grande y último combate, la lucha final
entre el Yo S U P E R I O R y el I N F E R I O R ” . “La fuerza Omega",
"La metamúsica", “Viola Acherontia", “El psychon" son
traducciones de una acuciosidad ilimitada, de una osadía sin freno, de una
curiosidad en permanente avidez.
El volumen de Las fuerzas extrañas, se entregó
acompañado de un “En sayo de una cosmogonía en diez lecciones", especie
de teoría del origen del universo y de la vida, con visibles influencias de
Eureka y del relato que Poe llamó “Mesmeric revelation". El propio cuento
de Lugones “El origen del diluvio" tiene base en esa versión del Génesis.
La referencia concreta a sabios e investigadores — en este caso a Lino Pauling—
apar te el basamento de verosimilitud que otorga al cuento, apoya casi siempre
el intento de acicatear en el lector su curiosidad
y desatar en él, sor presivamente, el dato espectacular y tenebroso que por lo
general clausura sus relatos.
De los doce cuentos que integran el volumen, se
incluyen aquí tres: “La lluvia de fuego”, “Los caballos de Abdera” e “Yzur”. La
destrucción de Gomorra, hermana de Sodoma, Adama y Seboim, le dio tema para el
primero de ellos. Escrito en forma de memoria que la muerte del narra dor
interrumpe, el relato enfoca con habilidad, a través del personaje sensual y
ególatra, la realidad de un mundo que el cielo destruye con hierro y fuego. Las
distintas fases de ese breve proceso permiten la irrup ción de los elementos
humanos, de hábitos y vicios, caracterizadores de una extrema descomposición.
Los motivos pudieron estimular en Lugo-nes — proclive por entonces a la
frondosidad y el lujo verbal— un gasto de refinamientos léxicos que demorara
con su lentitud — como en La guerra gaucha— el rápido fluir del relato. Sin
embargo, y ella es virtud de estos cuentos, domina en todo su curso una extrema
sobriedad. Nues tras notas prueban que al reeditarlos se esforzó aun por
lograr todavía una mayor estrictez formal.
En “Los caballos de Abdera” el guión anecdótico
resulta más pobre y el espacio descriptivo ocupa, por lo mismo, una extensión
que perjudica la fluidez que el cuento naturalmente exige. De todos modos
permanece en la narrativa lugoniana como excelente modelo en cuanto clima
dramático y perspectiva mítica.
“Yzur” como quedó dicho, pertenece al orden de las
exposiciones teóri cas y para-científicas que en Lugones cubrió un espectro
muy amplio. “El sencillo sabio” de “La fuerza Omega” que muere con el cerebro
desin tegrado por la fuerza del sonido que él mismo descubre; Juan, el músico,
que enloquece (“La metamúsica”) en el momento de proclamar que ha descubierto
“la octava del sol”; el criminal jardinero que experimentaba la creación de la
“flor de la muerte”, son todos ellos parientes próximos del narrador que en
“Yzur” personifica la ciencia deshumanizada que sacrifica la existencia ajena
para satisfacer la vanidad del hombre. Las protestas de ternura con que el
investigador parece encubrir su tozudez y su frustración, hacen irónico todo el
texto y obligan a una doble lectura cuidadosa y sutil. Esos matices enriquecen
el texto y hacen de “Yzur” una pequeña obra maestra.
Cuando Lugones editó por segunda vez Las fuerzas
extrañas, agregó estas palabras significativas: “Algunas ocurrencias de este
libro, editado veinte años ha, aunque varios de sus capítulos corresponden a
una época atra sada todavía, son corrientes ahora en el campo de la ciencia.
Pido, pues, a la bondad del lector, la consideración de dicha circunstancia,
desventa josa para el interés de las mencionadas narraciones” .
El lector ya sabe a cuáles se refiere: son esas que
ahora podríamos calificar de cuentos de "ciencia-ficción” y que, contra lo
que opina Lugo-
nes, no han perdido frescura, valor científico (?)
ni estímulo en el cu rioso entendedor. Es en relación a esos soportes de
información que Leo poldo Lugones (h) dice lo siguiente: ‘‘Evidentemente, el
autor de Las fuerzas extrañas, estimaba mucho ciertos fenómenos inexplicables
aún hoy mismo para la ciencia rígida; pero a varios decenios de la primera
edición de este volumen y de algunos lustros de la desaparición de quien lo
escribió, la parapsicología y la metapsíquica avanzan cautelosamente por la intrincada
selva de la psicología superior; hechos indubitables obligan a reconocerlos
como tales. .
GUILLERMO ARA
LA LLUVIA DE FUEGO
EVOCACION
DE UN DESENCARNADO
DE GOMORRA
“Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de
cobre". (Levítico, XXVI - 1 9 ).*
R E C U E R D O que era un día de sol hermoso,
lleno del hormigueo popular, en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz
cálido y de tersura perfecta.
Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de
techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta
gris de una avenida. . .
A eso de las once cayeron las primeras
chispas. Una aquí,
otra allá
— partículas de cobre semejantes a las morcellas de
un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un
ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no
decrecía. Unica mente los pájaros de mi pajarera, cesaron de cantar.
Casualmente lo había advertido, mirando hacia el
horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica
formada 1 por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa,
pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se
destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la
tierra. Así, a largos intervalos.
Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un
vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De
dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?. . .
Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos
pasos. Extendí la mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó
mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella
lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto
ralas,
* Este
epígrafe no figura en la l 9 edición (1 9 0 6 ). Aparece por primera vez en la
de 1926 que sirve de base para la edición presente, con las correcciones que el
propio autor le impuso al texto primitivo.
1 Ed.
1906: “causada” .
además. Podía creerse por momentos que aquello
había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los
terribles gránulos.
En fin, aquello no había de impedirme almorzar,
pues era el mediodía.
Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin
cierto miedo de las chispas.
Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol,
me resguardaba. . .
¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene
tantos poros, que nada pude descubrir.
En el comedor me esperaba un almuerzo admirable;
pues mi afortu nado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto
la biblio
teca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y
un poco gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la
gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca
había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastia
ban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.
¡Diez años me separaban de mi última orgía!
entonces, entrega do a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame
tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la
orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era
todo y pasaba meses sin frecuentarlo.
La vasta ciudad libertina, era para mí un desierto
donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas
de mesa; lectu ras; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual
orquesta de flau tistas, y dos o tres ataques de gota por año. . .
Tenía el honor de ser consultado para los
banquetes, y por ahí figu raban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi
invención. Esto me daba derecho — lo digo sin orgullo— a un busto municipal,
con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.
Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de
mar y de nieve, que comentaban 1 admirablemente, en la ya entrada siesta, el
generoso fres cor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues
la ser vidumbre no daba muestras de notarla.
De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con
un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero
acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un
aguje-rillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había
abierto. Ahogárnosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener
sus ayes.
Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí
probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró
a compren derme 2. El incidente me había desconcertado.
1 Ed. 1906: “comentaban” . La falta de concordancia
subsiste en ediciones pos teriores.
2 Ed. 1906: “comprenderme” .
Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la
terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que
la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me
sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del
fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un
vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de
los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me
dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se
recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un
cataclismo.
Sin ser grande mi erudición científica, sabía que
nadie mencionó ja más esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre!
En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo, no dejaba
conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas
venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desme nuzándose
invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre — pero el
firmamento permanecía impasible en su azul. Ganába me poco a poco una extraña congoja;
pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló
con desagradables inte rrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis
pájaros, mis peces que acababan precisamente de estrenar un vivero, mis
jardines ya ennoble cidos de antigüedad — mis cincuenta años de placidez, en
la dicha del presente, en el descuido del mañana?
¿Huir?. . . Y pensé con horror en mis posesiones
(que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en
tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado,
miel agria. . .
Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de
todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre
también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.
No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame
todo eso clara mente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la verdad
por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo
me decía que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía
con hacer armar el carro.
En ese momento llenó el aire una vasta vibración de
campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El
repique era una acción de gracia, coreada casi acto continuo por el murmullo
habi tual de la ciudad. Esta despertaba de su fugaz atonía, doblemente
gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.
Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un
desconocido bienes tar solidario, la animación vespertina que era todo amor y
lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos, recogían en escudillas la
granalla
de cobre, que los caldereros habían empezado a
comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza celeste.
Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría
las calles; y aun recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya
túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus
piernas glabras, jaqueladas de cinta. Las cortesanas, con el seno desnudo según
la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su indo lencia
sudando perfumes. Un viejo lenón, erguido en su carro, manejaba como si fuese
una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos
de fieras: ayuntamientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una
doncella cubierta por la delirante pedre ría de un pavo real. Bello cartel, a
fe mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no
sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.
Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro
amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al
ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía
dorar las uñas.
Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se
adivinaba en su mor bidez, pregonaba al son de crótalos de bronce, cobertores
de un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya
abolición habían pedido 1 los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar,
sabía vivir.
Al anochecer recibí dos visitas que cenaron
conmigo. Un condiscípu lo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el
escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad
de visitarse des pués de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber,
pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La
ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para
decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfu mando,
lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente
ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo a las narices de los
transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En
cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiá banse flores y gatitos de
dulce. El césped de los parques, palpitaba de parejas. . .
Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho
con más grata pesadez de sueño.
Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la
garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la
pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La
pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité
abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.
1 Ed.
1906: “pedido infructuosamente
los ciudadanos honrados” .
La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez
nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre
fosfatado y urinoso apestaba el aire. Por fortuna, mi casa estaba rodeada de
galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas.
Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban
negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire,
rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre
aquéllas, se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.
Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos
famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor
de biso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañera1 de metal que me
aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos
habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis
nervios, me di cuenta 2 que estaba perdido.
Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de
provisiones; su sótano 3, atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su
frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de
su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta
el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque
no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e
insípido, de efectos instantáneos.
Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era
asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno
aquel, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a
no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La
ciudad en llamas! Valía la pena.
Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta
que daba acceso a ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y
escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por
uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y
a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima.
Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de
estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez
celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en
ceniza. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo corregía 4 la
extraordinaria sequedad del aire.
Percibíase claramente la combustible lluvia, en
trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de
cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras
anunciaban in cendios aquí y allá.
1 Ed. 1906: “bañadera” .
2 Ed. 1906: “me di cuenta de que” . Corrige
erróneamente Lugones, al suprimir la preposición.
3 Ed.
1906: “zótano”, como en el resto
del cuento.
4Ed.
1906: “que algo prevenía. . . ”
Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de
bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel
depósito, vasta cister na que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por
los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase
deslizado algún cobre
y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y
orina, con tendencia
a salarse. Bastóme levantar las trampillas de
mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con
el exterior.
Esa tarde y toda la noche fue horrendo el
espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida,
para arderse en las calles, en la campiña desolada; y la población agonizó
bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una
variedad
estupendos \ Nada
hay tan sublime como la voz humana. El
derrumbe
de los edificios, la combustión de tantas
mercancías y efectos diversos, y más que todo la quemazón de tantos cuerpos,
acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al
declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las
flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora
llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como
alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío.
Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el
horror de aque
llas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego
de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez 2 de pingajos, de
azufre, de
grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir
sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores
que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos cla
mores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefa ble
pavor de eternidad!. . . 3
Bajé a la
cisterna, sin haber
perdido hasta entonces
mi presencia
de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel
horror; y al verme
de pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la
frescura, ante el silen
cio del agua
subterránea, me acometió
de pronto un miedo que no
sentía —
estoy seguro— desde
cuarenta años atrás,
el miedo infantil
de una presencia enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como
un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin
rubor alguno.
No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el
derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así
con su propia
escalera y algunos barrotes de la estantería,
devolviéndome aquella defen sa alguna tranquilidad; no porque hubiera de
salvarme, sino por la bené fica influencia de la acción. Cayendo a cada
instante en modorras que
1Ed. 1906: Lugones
corrige un error de concordancia y escribe: “estupendos”
en lugar de “estupendas” . Y agrega: “No hay nada. . . ”
2 Ed.
1906: “aquel hedor de pingajos. .
. ” a arder” . Y luego,
3 El texto anterior registraba esta frase: “Mi casa empezaba
punto y
aparte: “Bajé a la c
iste rn a ...” Aquella oración
fue suprimida a partir
de 1926.
entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas.
Continuamente oía de rrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que
traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta
llegué a comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí
mucha agua.
De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y
junto con eso
el terror,
el terror paralizante esta vez,
me asaltó. Había
gastado, sin
prevenirlo \
toda mi luz, pues no tenía sino
aquellas lámparas. No ad
vertí, al descender esa tarde 2, traerlas todas
conmigo.
Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces
advertí que la cisterna empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No
quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir
asfixiado como una alimaña en su cueva.
A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que
los escombros del comedor cubrían. . .
. . .Por segunda vez había cesado la lluvia
infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de
muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero
silencio de catás trofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus
penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo
cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre
ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.
La singularidad de la situación, lo enorme del
fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos,
cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi
zaguán había quedado en pie, y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su
ápice 3.
No quedaba un solo resto combustible y aquello se
parecía mucho a un escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza
no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado
del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las
montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste conden
sábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire
durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a
agobiarme con una honda desolación, cuando hacia el lado del puerto percibí un
bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido
ciertamente, pues se dirigía a mí.
No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó,
y trepando por el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado
como yo en una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa de
ago-térsele el agua y por ello salía.
1 Para evitar la repetición del verbo, Lugones
reemplaza “advertirlo" por “prevenirlo” .
2 Ed. 1906: “en traerlas” .
3 Lugones procura una mayor precisión. Escribe
"ápice” que reemplaza a “cima” de la edición anterior.
Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo \
Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto
amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví — ignoro por
qué— a levantar la mía.
Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas
de jamones, al gunos quesos, todo el vino. . .
De repente notamos una polvareda hacia el lado del
desierto. La pol vareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en
socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.
Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un
espectáculo tan desolador como peligroso.
Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes
del desierto, que acu dían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed,
enloquecidos de cataclismo.
La sed y no el hambre los enfurecía 2, pues pasaron
junto a nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos
revelaba 3 tan lúgubremente la catástrofe.
Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos
chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio
vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que
huye, las garras pustulosas, chorreando sangre — todo aquello decía a las
claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras
cavernas que no habían conseguido ampararlos.
Rondaban los surtidores secos con un desvarío
humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro
depósito, agotado también; hasta que sentándose por último en torno del
postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y
de eterni dad, quejándose al cielo estoy seguro, pusiéronse a rugir.
Ah. . . nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni
el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera 4
sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban
quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna divinidad
obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el
pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cuotidiano, el
cielo eterno, el desierto familiar — ¿por qué se ardían y por qué no había agua?.
. . Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su
1Cambio de pronombre enclítico. La edición de 1906 decía:
“interrogarle” .
2 Lugones busca brevedad y rapidez. La edición
anterior reza: “La sed y no el hambre era lo que los enfurecía” .
3 Ed. 1906: “Nada como ellos demostraba. .
4 En este párrafo, Lugones practicó varios cambios:
suprimió el signo de admi ración en la interjección “Ah" (dos veces en el
texto); escribió “llanto de fiera” en lugar de “llanto de bestia” para evitar
la reiteración del sustantivo (luego en “El alma sucinta de la bestia . . . ” )
y abrió con su signo propio la oración interro gativa “¿Por qué se ardían. . .
”, antecedida, igual que en primera edición por un guión que no se cierra
luego, procedimiento que repite con cierta frecuencia.
horror era ciego, es decir, más espantoso. El
transporte de su dolor elé valos a cierta vaga noción de provenencia, ante
aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos
preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. Ah. . .
esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras
disminuidas: cuál comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo
interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio,
la eterna sed. . .
Aquello no debía durar mucho. El metal candente
empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.
En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que
las fieras se des bandaban buscando abrigo bajo los escombros.
Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran
algunas chispas; y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la
ruina, me dispuse a concluir.
Mientras mi compañero abusaba de la bodega — por
primera y última vez, a buen seguro— decidí aprovechar el agua de la cisterna
en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón,
descendía ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.
Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba
un gran bie nestar, apenas turbado por la curiosidad de la muerte.
El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron a
las voluptuosidades de mi existencia de rico que acaba de concluir. Hundido
hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de
domesticidad, acaba ron de serenarme.
Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez
a caer escom bros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un
reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo
urinoso. . . Llevé el pomo a mis labios, y. . .
LOS CABALLOS DE ABDERA
A B D E R A , la ciudad tracia del Egeo, que
actualmente es balastra y que no debe ser confundida con su tocaya hética, era
célebre por sus ca ballos.
Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco;
y ella descollaba hasta ser única. Los habitantes todos tenían a gala la
educación de tan noble animal; y esta pasión cultivada a porfía durante largos
años, hasta formar parte de las tradiciones fundamentales, había producido
efectos maravillosos. Los caballos de Abdera gozaban de fama excepcional, y
todas las poblaciones tracias, desde los cicones hasta los bisaltos, eran
tributa rios en esto de los bistones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe
añadirse que semejante industria, uniendo el
provecho a la satisfacción, ocupaba desde el rey hasta el último ciudadano.
Estas circunstancias habían contribuido también a
intimar las relacio nes entre el bruto y sus dueños, mucho más de lo que era y
es habitual para el resto de las naciones, llegando a considerarse las
caballerizas como un ensanche del hogar, y extremándose las naturales
exageraciones de toda pasión, hasta admitir caballos en la mesa.
Eran verdaderamente notables corceles, pero bestias
al fin. Otros dor mían en cobertores de biso; algunos pesebres tenían frescos
sencillos, pues no pocos veterinarios sostenían el gusto artístico de la raza
caballar, y el cementerio equino ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente
recargadas, dos o tres obras maestras. El templo más hermoso de la ciu dad
estaba consagrado a Arión, el caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con
un golpe de su tridente; y creo que la moda de rematar las proas en cabezas de
caballo, tengan igual proveniencia 1 siendo seguro en todo caso, que los bajos
relieves hípicos fueron el ornamento más común de toda aquella arquitectura. El
monarca era quien se mostraba más decidido por los corceles, llegando hasta
tolerar a los suyos verda deros crímenes que los volvieron singularmente
bravios; de tal modo que los nombres de Podargos y de Lampón figuraban en
fábulas sombrías; pues es del caso decir que los caballos tenían nombres como
personas.
Tan amaestrados estaban aquellos animales, que las
bridas eran inne cesarias 2; conservándolas únicamente como adornos, muy
apreciados des de luego por los mismos caballos. La palabra era el medio usual
de comu nicación con ellos; y observándose que la libertad favorecía el
desarrollo de sus buenas condiciones, dejábanlos todo el tiempo no requerido
por la albarda o el arnés, en libertad de cruzar a sus anchas las magníficas
pra deras formadas en el suburbio a la orilla del Kossinites, para su recreo y
alimentación.
A son de trompa los convocaban cuando era menester,
y así para el trabajo como para el pienso eran exactísimos. Rayaba en lo
increíble su habilidad para toda clase de juegos de circo y hasta de salón, su
bravura en los combates, su discreción en las ceremonias solemnes. Así, el
hipó dromo de Abdera tanto como sus compañías de volatines; su caballería
acorazada de bronce y sus sepelios, habían alcanzado tal renombre, que de todas
partes acudía gente a admirarlos: mérito compartido por igual entre domadores y
corceles.
Aquella educación persistente, aquel forzado
despliegue de condicio nes, y para decirlo todo en una palabra, aquella
humanización de la raza equina, iban engendrando un fenómeno que los bistones
festejaban como otra gloria nacional: la inteligencia de los caballos comenzaba
a desarro-
1 Edic. 1906: “provenencia” .
2 Edic. 1906: “innecesarias”. El reemplazo de la
coma por el punto y coma afectó la real unidad y la mejor inteligencia de la
frase.
liarse pareja con su conciencia, produciendo casos
anormales que daban pábulo al comentario general.
Una yegua había exigido espejos en su pesebre,
arrancándolos con los dientes de la propia alcoba patronal y destruyendo a
coces los de tres paineles cuando no le hicieron el gusto. Concedido el
capricho, daba muestras de coquetería perfectamente visible.
Balios, el más bello potro de la comarca, un blanco
elegante y sentimen tal que tenía dos campañas militares y manifestaba
regocijo ante el reci tado de hexámetros heroicos, acababa de morir de amor
por una dama. Era la mujer de un general, dueño del enamorado bruto, y por
cierto no ocultaba el suceso. Hasta se creía que halagaba su vanidad, siendo
esto muy natural por otra parte en la ecuestre metrópoli.
Señalábanse igualmente casos de infanticidios \ que
aumentando en forma alarmante, fue necesario corregir con la presencia de
viejas muías adoptivas; un gusto creciente por el pescado y por el cáñamo cuyas
plantaciones saqueaban los animales; y varias rebeliones aisladas que hubo de
corregirse, siendo insuficiente el látigo, por medio del hierro candente. Esto
último fue en aumento, pues, el instinto de rebelión progresaba a pesar de
todo.
Los bistones, más encantados cada vez con sus
caballos, no paraban mientes en eso. Otros hechos más significativos
produjéronse de allí a poco. Dos o tres atalajes habían hecho causa común
contra un carretero que azotaba su yegua rebelde. Los caballos resistíanse cada
vez más al enganche y al yugo, de tal modo que empezó a preferirse el asno.
Había animales que no aceptaban determinado apero; mas como pertenecían a los
ricos, se defería a su rebelión comentándola mimosamente a título de capricho.
Un día los caballos no vinieron al son de la
trompa, y fue menester constreñirlos por la fuerza; pero los subsiguientes, no
se reprodujo la rebelión.
Al fin ésta ocurrió 2 cierta vez que la marea
cubrió la playa de pes cado muerto como solía suceder. Los caballos se
hartaron de eso, y se los vio regresar al campo suburbano con lentitud sombría.
Media noche 3 era cuando estalló el singular
conflicto.
De pronto un trueno sordo y persistente conmovió el
ámbito de la ciudad. Era que todos los caballos se habían puesto en movimiento
a la vez para asaltarla; pero esto se supo luego, inadvertido al principio en
la sombra de la noche y la sorpresa de lo inesperado.
Como las praderas de pastoreo quedaban entre las
murallas, nada pudo contener la agresión; y añadido a esto el conocimiento
minucioso que los animales tenían de los domicilios, ambas cosas acrecentaron
la catástrofe.
1 En la edición de 1906 se lee: “casos de infanticidio”, forma correcta.
2 La edición de 1906 ofrece “Al fin ésta tuvo
lugar. . . ”
3 En edición de 1906 se halla la forma más
frecuente: “medianoche” .
Noche memorable entre todas, sus horrores sólo
aparecieron cuando el día vino a ponerlos en evidencia, multiplicándolos aún.
Las puertas reventadas a coces yacían por el suelo,
dando paso a feroces manadas que se sucedían casi sin interrupción. Había
corrido san gre, pues no pocos vecinos cayeron aplastados bajo el casco y los
dientes de la banda en cuyas filas causaron estragos también las armas humanas.
Conmovida de tropeles, la ciudad oscurecíase con la
polvareda que engendraban; y un extraño tumulto formado por gritos de cólera o
de dolor, relinchos variados como palabras a los cuales mezclábase uno que otro
doloroso rebuzno, y estampidos de coces sobre las puertas atacadas, unía su
espanto al pavor visible de la catástrofe. Una especie de terremoto
incesante hacía vibrar el suelo con el trote de la
masa rebelde, exaltado
a ratos como en ráfaga huracanada por frenéticos
tropeles sin dirección
y sin objeto; pues habiendo saqueado todos los
plantíos de cáñamo, y hasta algunas bodegas que codiciaban aquellos corceles
pervertidos por los refinamientos de la mesa, grupos de animales ebrios
aceleraban la obra de destrucción. Y por el lado del mar era imposible huir.
Los caballos, conociendo la misión de las naves, cerraban el acceso del puerto.
Sólo la fortaleza permanecía incólume y empezábase
a organizar en ella la resistencia. Por lo pronto cubríase 1 de dardos a todo
caballo que cruzaba por allá 2; y cuando caía cerca, era arrastrado al interior
como vitualla.
Entre los vecinos refugiados circulaban los más
extraños rumores. El primer ataque no fue sino un saqueo. Derribadas las
puertas, las manadas introducíanse en las habitaciones, atentas sólo a las
colgaduras suntuosas con que intentaban revestirse, a las joyas y objetos
brillantes. La oposi ción a sus designios fue lo que suscitó su furia.
Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres
asaltadas y aplasta das en sus propios lechos con ímpetu bestial; y hasta se
señalaba una noble doncella que sollozando narraba entre dos crisis su
percance: el despertar en la alcoba a la media luz de la lámpara, rozados sus
labios por la innoble jeta de un potro negro que respingaba de placer el belfo
enseñando su dentadura asquerosa; su grito de pavor ante aquella bestia
convertida en fiera, con el resplandor humano y malévolo de sus ojos
incendiados de lubricidad; el mar de sangre con que la inundara al caer
atravesado por la espada de un servidor. . .
Mencionábase (sic) varios asesinatos en que las
yeguas se habían di vertido con saña femenil, despachurrando a mordiscos las
víctimas. Los asnos habían sido exterminados, y las muías subleváronse también,
pero con torpeza inconsciente, destruyendo por destruir, y particularmente
encarnizadas contra los perros.
1 El pronombre de 3 9 persona se vuelve enclítico:
“cubríase” por “se cubría” (edición de 1906).
2 Edic.
1906: “por allí” .
El tronar de las carreras locas seguía
estremeciendo la ciudad, y el fragor de los derrumbes iba aumentando. Era
urgente organizar una sa lida, por más que el número y la fuerza de los
asaltantes la hiciera sin gularmente peligrosa, si no se quería abandonar la
ciudad a la más insensata destrucción.
Los hombres empezaron a armarse; mas, pasado el
primer momento de licencia, los caballos habíanse decidido a atacar también.
Un brusco silencio precedió al asalto. Desde la
fortaleza distinguían el terrible ejército que se congregaba, no sin trabajo,
en el hipódromo. Aquello tardó varias horas, pues cuando todo parecía
dispuesto, súbitos corcovos y agudísimos relinchos cuya causa era imposible
discernir, desor denaban profundamente las filas.
El sol declinaba ya, cuando se produjo la primera
carga. No fue, si se permite la frase, más que una demostración, pues los
animales limitáronse 1 a pasar corriendo frente a la fortaleza. En cambio,
quedaron acribillados por las saetas de los defensores.
Desde el más remoto extremo de la ciudad,
lanzáronse otra vez, y su choque contra las defensas fue formidable. La
fortaleza retumbó entera bajo aquella tempestad de cascos, y sus recias
murallas dóricas quedaron, a decir verdad, profundamente trabajadas.
Sobrevino un rechazo, al cual sucedió muy luego un
nuevo ataque. Los que demolían eran caballos y mulos herrados que caían a
docenas;
pero sus filas cerrábanse con encarnizamiento
furioso, sin que la masa pareciera disminuir. Lo peor era que algunos habían
conseguido vestir sus bardas de combate en cuya malla de acero se embotaban los
dardos. Otros llevaban jirones de tela vistosa, otros collares; y pueriles en
su mismo furor, ensayaban inesperados retozos.
Desde las murallas los conocían. ¡Dinos, Aethon,
Ameteo, Xanthos! Y ellos saludaban, relinchaban gozosamente, enarcaban la cola,
cargando en seguida con fogosos respingos. Uno, un jefe ciertamente, irguióse
sobre sus corvejones, caminó así un trecho manoteando gallardamente al aire
como si danzara un marcial balisteo, contorneando el cuello con serpen tina
elegancia, hasta que un dardo se le clavó en medio del pecho. . .
Entre tanto, el ataque iba triunfando. Las murallas
empezaban a ceder. Súbitamente una alarma paralizó a las bestias. Unas sobre otras, apo yándose en ancas y
lomos, alargaron sus cuellos hacia la
alameda que bordeaba la margen
del Kossinites; y los defensores volviéndose hacia la
misma dirección,
contemplaron un tremendo espectáculo.
Dominando la arboleda negra, espantosa sobre el
cielo de la tarde, una colosal cabeza de león miraba hacia la ciudad. Era una
de esas fieras antediluvianas (sic) cuyos ejemplares, cada vez más raros,
devastaban de tiempo en tiempo los montes Ródopes. Mas nunca se había visto
nada
1 Edic.
1906: “los animales se limitaron.
.
tan monstruoso, pues aquella cabeza dominaba los
más altos árboles, mezclando a las hojas teñidas de crepúsculos las greñas de
su melena.
Brillaban claramente sus enormes colmillos,
percibíase (sic) sus ojos fruncidos ante la luz, llegaba en el hálito de la
brisa su olor bravio. Inmóvil entre la palpitación del follaje, herrumbrada por
el sol casi hasta dorarse su gigantesca crin, alzábase ante el horizonte como
uno de esos bloques en que el pelasgo, contemporáneo de las montañas, esculpió
sus bárbaras divinidades.
Y de repente empezó a andar, lento como el océano.
Oíase el rumor de la fronda que su pecho apartaba, su aliento de fragua que iba
sin duda a estremecer la ciudad cambiándose en rugido.
A pesar de su fuerza prodigiosa y de su número, los
caballos subleva dos no resistieron semejante aproximación. Un solo ímpetu los
arrastró por la playa, en dirección a la Macedonia, levantando un verdadero
huracán de arena y de espuma, pues no pocos disparábanse a través de las olas.
En la fortaleza reinaba el pánico. ¿Qué podrían
contra semejante ene migo? ¿Qué gozne de bronce resistiría a sus mandíbulas?
¿Qué muro a sus garras?. . .
Comenzaban ya a preferir el pasado riesgo (al fin
era una lucha contra
bestias civilizadas) sin aliento ni para enflechar
sus arcos, cuando el mons truo salió de la alameda.
No fue un rugido lo que brotó de sus fauces, sino
un grito de guerra humano — el bélico jalalé! de los combates, al que
respondieron con regocijo triunfal los hoyohei y los hoyotohó 1 de la
fortaleza.
¡Glorioso prodigio!
Bajo la cabeza del felino, irradiaba luz superior el rostro de un
numen; y mezclados soberbiamente con la flava piel,
resaltaban su pecho marmóreo, sus brazos de encina, sus muslos estupendos.
Y un grito, un solo grito de libertad, de
reconocimiento, de orgullo, llenó la tarde:
— ¡Hércules, es Hércules que llega!
YZUR
C O M P R É
el m ono en el rem ate
d e u n circo
q u e h ab ía q u eb rad o .
La primera vez que se me ocurrió tentar la
experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo
no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje
articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. “No hablan”,
decían, “para que no los hagan trabajar”.
1 La expresión hoyotoho aparece sin acento en
edición anterior.
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó
por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón
dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de
los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación
entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y
el humano primitivo descendió a ser animal.
Claro está 1 que si llegara a demostrarse esto,
quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser
tan singular; pero ello2 no tendría sino una demostración posible: volver el
mono al lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío,
vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó
la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul;
pero mi seriedad de hombre de negocios, mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los
monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún
resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay
ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de
medi taciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues
lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal
notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetis
mo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más
a ensayar sobre él, en mi apariencia 3 disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo
era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles,
lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies,
con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de
marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no
articule absolu tamente. Su lenguaje natural, es decir el conjunto de gritos
con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más
distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que
habla, sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con
el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota
es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pro nuncian algunas
palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del
desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea
fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es
1 Edic.
1906: “Claro es” .
2 Edic.
1906: “pero esto” .
3 Lugones, vuelve incorrecta la frase al reemplazar
"mi en apariencia dispara tada teoría” por “en mi apariencia. . . ”
el caso de localización mejor establecido en
anatomía, los hechos contra dictorios son desde luego incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas
condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa;
la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de
disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es,
pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la
época más intelectual del mono, parecido en esto al
negro. La dificul
tad estribaba solamente en el método que 1
emplearía para comunicarle
la palabra.
Conocía todas las infructuosas tentativas de mis
antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y
la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez;
cuando el tanto pensar sobre aquel tema, fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato
de fonación del mono. Así es, en efecto, como se procede
con los sordomudos antes de lle varlos a la articulación; y no bien hube
reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se
agolparon en mi espíritu. Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica
que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se
deja de pensar, así haya
disminución de esta
facultad por la
paralización de aquélla. Después,
otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el
trabajo, la fidelidad, el coraje,
aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad
es verdaderamente reveladora: la
facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia
al mareo.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera
gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un
sordo mudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunica
ciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá
que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes
monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo
padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis
sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte,
sin otros mo vimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su
efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Esta fue la
primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una
relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.
1 “que se emplearía” en la edición de 1906. La
supresión del pronombre ayuda a entender el ensayo, no como impersonal y
científico sino como forma de una relación que compromete al hombre mismo.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que
estirárselos con pinzas; pero apreciaba — quizá por mi expresión— la
importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo
practicaba los movimientos labiales que debía imitar, él permanecía sentado
ras cándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una con
centración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre
que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover
los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil,
como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con
su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en
efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con
el de la palabra en forma tal que el desarrollo normal de ambos, depende de su
ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor
del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia
filosófica. Hablaba de una “concatenación dinámica de las ideas”, frase cuya
profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la
misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero
era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas,
por su mayor experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión,
sino también inqui sitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter
diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un
grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con
reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es
extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente
una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen
al hombre huyen de él, y no aquellos que nunca lo cono cieron? . . .
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica,
para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto
de ventaja al sordo mudo — con más ciertas articulaciones rudimentarias—
tratábase de en señarle las modificaciones de aquélla, que constituyen los
fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según
que se refiera a las vocales o a las consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un
método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con
una golosina: a con papa: e con leche; i con vino; o con coco; ú con azúcar,
haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la
golosina, ora con dominio único y repetido como en
papa, como, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir
como sonido fun damental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales,
o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en
quince días. La u fue lo que más le costó pronunciar \
Las consonantes diéronme un trabajo endemoniado; y
a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya
formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos lo estorbaban
en teramente 2.
El vocabulario quedaba reducido, entonces, a las
cinco vocales, la h, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas
consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir
al tacto como con un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo
para que sintiera las vibraciones del sonido.
Y pasaron
tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas,
como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predo minaba en ellas. Esto era
todo.
En el circo había aprendido a ladrar, como los
perros sus compañeros de tareas; y cuando me veía desesperar ante las vanas
tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo
que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía
asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición
vertiginosa de pes y de emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran
cambio en su ca rácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más
profunda, y adoptaba posturas meditabundas. Había adquirido, por ejemplo, la
costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba
igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas.
Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón,
aunque sin ma yor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión
dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba
agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Este
se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y em pezaba a
convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no
hablaba porque no quería.
El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche
que había sor prendido al mono “hablando verdaderas palabras”. Estaba, según
su na
1Este párrafo se lee así en la primera edición:
“Todo anduvo bien mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se
forma (sic) con la boca abierta.
Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces,
el aire contenido en sus abazo
nes les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo
que más le costó pronunciar” . 2 En edición de 1906 se lee: “Sus largos
colmillos y sus abazones lo estorbaban enteramente” .
rración, acurrucado junto a una higuera de la
huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las
palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su
imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una
gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo
echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi
excesiva curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a
la manifestación del lenguaje, llamélo al día siguiente y procuré imponérsela
por obe diencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me
tenía harto, las gui ñadas hipócritas y — Dios me perdone— una cierta
vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de
azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía
hasta los ge midos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de
sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones
frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro — toda
la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a
impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una
víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a
la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no
obstante, tan débil, que no podía moverse de la cama. La proximidad de la
muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se
separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias,
aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de
convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia
de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma
del espíritu de per versidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis
experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que
sabía pronunciar. ¡Nada! Dejélo solo durante horas, espiándolo por un
agujerillo del ta bique. ¡Nada! Habléle con oraciones breves, procurando tocar
su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos
se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el “yo soy
tu amo” con que empezaba todas mis lecciones, o el “tú eres mi mono” con que
completaba mi anterior afirmación, para llevar a su espí ritu la certidumbre
de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía un
sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de
comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos,
redo-
biaba 1 mis precauciones, pues nadie ignora la gran
predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos
deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio.
Su convalecencia seguía estacionaria. La misma
flacura, la misma tris teza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y
de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración
anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido.
Mas, a pesar de la mansedumbre que el progreso de
la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio
provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un obscuro fondo de tradición
petrifi cada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal,
forta* leciéndose la voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los anti
guos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir al suicidio
intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto for mado
por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella de cisión ya
inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo.
Infortunios del antropoide retrasado en la
evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría
barbarie, habían, sin duda destronado a las grandes familias cuadrumanas del
dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus
hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta
infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba
a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto de la
palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la ani malidad.
Y qué
horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los ven cedores con la
semíbestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el
encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a
aquella claudicación de su estirpe en la degradante igualdad de los inferiores;
a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de
un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría
eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado,
imprimiéndole ese melancólico azora-miento que permanece en el fondo de su
caricatura.
He aquí lo que al borde mismo del éxito, había
despertado mi mal humor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de
años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra
esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la
memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía
también edad sobre edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento.
Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud
absoluta, que sólo
1 Lugones
aumentó el vigor de la expresión cambiando “hacía redoblar” (edición de 1906)
por “redoblaba” como aquí se lee.
interrumpía para volver de cuando en cuando hacia
mí, con una desga rradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato
triste. Y la última tarde, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa
extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el
calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me
asían por la muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy
abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana,
que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia
hacia él, que hube de inclinarme inmediato a su rostro; y entonces, con su
último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi
esperanza, brotaron — estoy seguro— brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el
tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras
cuya humanidad reconciliaba las especies:
— Amo, agua.
Amo, mi am o. . .
LA GUERRA GAUCHA
(Notas
de Leopoldo Lugones,
hijo)
NOTA CRITICA
Lugones manifestó vocación por lo grandioso desde
la primera juventud. Poemas como "Ingens”, “Gesta Magna” o la
“Introducción" a Las mon tañas del oro, lo prueban. Prueban también que
esa propensión hacia lo heroico y monumental suele fallar normalmente su objeto
y toca el límite del gigantismo conceptual y la ampulosidad en las imágenes. La
obra que en estos relatos queda aquí representada y que trabajó más de cinco
años, muestra esa concepción de lo épico y también los excesos formales señalados.
Los críticos, aunque curiosamente el propio autor, en este caso eludiera la
clasificación, coinciden en ubicar La guerra gaucha en la línea de intención
heroico-nacional en la que Lugones colocó el Martín Fierro, por ejemplo. Su más
lejana ascendencia estaría pues dada por las grandes epopeyas griegas, romanas
y medievales. Pero fue a partir de sus pri meros estudios helénicos y para la
elaboración de El Payador (1916) que Lugones fue clarificando su teoría de lo
heroico clásico y lo heroico, diga mos rioplatense, porque Martín Fierro, un
héroe sin prosapia, sin triunfos guerreros, sin bandera de patria y sin amores
caballerescos, le imponía pensar lo épico distinguiéndolo de aquellos grandes
modelos a los cuales él quiso remitir el poema de Hernández.
En el momento de elaborar sus relatos de La guerra
gaucha no ha nacido aún en Lugones la ardua preocupación por definir una
estética nacionalista — tal vez la idea de la belleza que suscribió con Darío
le impidió anticiparla— aunque sí hubo de probar una clara actitud de revisión
crítica frente a la historiografía liberal. En esa actitud cabe el elogio de
Rosas — aunque también el de Laválle— y de los grandes conductores federales. Y
es precisamente la exaltación de Güemes, un caudillo de hondo arraigo entre los
montoneros del noroeste, el que va a dar "con su nombre glorioso. . . la
significación apelativa de que carece en particular” la gesta anónima de los
gauchos.
Lo que sí conoce Lugones — aparte del escenario
(Salta), de documen tos, crónicas y memorias de las guerras de independencia—
son los poe mas de D’Esparbés que traduce por lo menos desde 1895 y ha leído
sin duda La légende de l’aigle, tal vez en la edición que por entonces poseía
su amigo y mecenas, Emilio Berisso. Ampliando una referencia nuestra, Aguilar
Torres (ver Bibliografía) recuerda que el poeta francés subtituló sus relatos
en prosa Poème épique en 26 contes y que su frecuentación por parte de Lugones
le señaló la dirección “que debía seguir para la cana lización expresiva en su
testimonio de lo épico nacional”. Las “Dos pa labras” con que Lugones
introduce al lector en su obra revelan cierta cautela en relación a los fines y
los resultados obtenidos y, manifiesta mente, no se atreve a dar de ellos una
caracterización definitiva. Hasta nos dice que “el recurso de la novela. . .
fue quizá el primer proyecto” y que si eligió la forma del relato fue porque
“aquello habría exigido tomos” y los lectores “tienen, ante todo, derecho a la
concisión”. Esa con cisión resulta indiscutible en cuanto a la fragmentación a
que sometió la materia total pero parece no regir para esas vastas zonas
descriptivas que, contra su propia idea de lo épico, afectan penosamente la
marcha vertebral de las anécdotas. El mismo dijo en El Payador — aparte de que
criticó en Virgilio los refinamientos verbales y de erudición— que en Hernández
la naturaleza no se ofrece pormenorizada y sobreabundante y atribuyó, como lo
hace C. M. Bowra (Heroic poetry, London 1964) esa sobriedad, al hecho de que se
supone en el lector un conocimiento del espacio natural capaz de hacer ociosa
las notas paisajísticas. Esto también lo señaló Bor ges en su estudio del
Martín Fierro. La técnica lugoniana a la que se sumaba una ostentosa erudición
verbal y neológica, no favorecía lo que reclamaba de todo poema épico-nacional:
llaneza y humildad formal.
Pero estos reparos no afectan a la totalidad de los
esfuerzos y La guerra gaucha muestra una fresca y audaz reelaboración de
episodios, hábitos, juegos y modalidades del habla regional. Lo épico,
subrayado por un realismo sin concesiones, burila rostros, actitudes, luchas y
sacrificios con una potencia verbal holgada y sin titubeos. La identificación
afectiva con el hombre en lucha y la masa denodada y fervorosa, comunica en
muchos pasajes, un bravo furor, un aliento de patria que hace en gran medida a la
perduración de este libro desigual e insoslayable.
GUILLERM O ARA
DOS PALABRAS
L A G U E R R A G A U C H A no es una historia,
aunque sean históricos su con cepto y su fondo. Los episodios que la forman,
intentan dar una idea, lo más clara posible, de la lucha sostenida por
montoneras y republi-quetas contra los ejércitos españoles que operaron en el
Alto Perú y en Salta desde 1814 a 1818.
Dichos episodios que en el plan de la obra estaban
fechados para ma yor escrupulosidad de ejecución, corresponderían a la campaña
iniciada por La Serna el último de aquellos años y terminada el 5 de mayo del
mismo con la evacuación de Salta; pero siendo ellos creados por mí casi en su
totalidad, habían menester de esta advertencia.
Por igual causa, el libro carece de fechas, nombres
y determinaciones geográficas; pues estando la guerra en cuestión narrada al
detalle en nuestras historias, no habría podido adornarse con semejantes
circunstan cias aquellos episodios sin evidente abuso de ficción.
Quedaba, es cierto, el recurso de la novela y éste
fue quizá el primer proyecto; pero dados el material narrativo y el número de
los personajes, aquello habría exigido tomos. Entre su conveniencia y la de sus
lectores, que tienen ante todo derecho a la concisión, el autor no podía
vacilar. . .
Por otra parte, la guerra gaucha fue en verdad
anónima como todas las grandes resistencias nacionales; y el mismo número de
caudillos cuya mención se ha conservado (pasan de cien) demuestra su carácter.
Esta circunstancia imponía doblemente el silencio sobre sus nombres; desde que
habría sido injusto elogiar a unos con olvido de los otros, poseyendo todos
mérito igual. Ciento y pico de caudillos excedían a no dudarlo el plan de
cualquier narración literaria, para no mencionar la monotonía inherente a su
perfecta identidad.
Luego, el hombre de la guerra gaucha, su numen
simbólico por de cirlo así, es Güemes, a quien está destinado el capítulo
final en una sin tética glorificación. El fue realmente el salvador de la
independencia en
el norte; y la originalidad de su táctica, no puede
impedir que se lo con sidere como uno de los más grandes guerreros de su país.
Así su nombre glorioso puede dar a todo aquel heroísmo anónimo la significación
ape lativa de que carece en particular.
Sólo me resta pedir amparo a la benevolencia del
lector para uno que otro nombre indígena, o neologismo criollo, o verbo formado
por mí a falta de vocablo específico: accidentes imposibles de evitar dada la
na turaleza de este libro. Pocos son desde luego, pues no he creído que su
tema nacional fuese obstáculo para tratarlo en castellano y con el estilo más
elevado posible, debiendo imputarse toda mengua en tal sentido a la cortedad de
mis medios, no a la flaqueza de mi intención.
L. LUGONES
ESTRENO
Marcharon toda la noche, saliendo al despuntar el
día sobre uno de los picos que dominaban el desfiladero donde combatieron poco
antes entre la sombra.
Arriba, en el perfil de las rocas, soslayado por el
cierzo que vibraba al rape su cáustica titilación, bajo el alba descolorida
aunábase el grupo con el monte.
Los cerros almenaban el contorno. Aquel
levantamiento de piedras, sin más terreno que llenar, gibábase en cumbres; y
éstas, en un pausado insomnio, a medias se desembozaban de la noche. La misma
presencia de la madrugada contribuía a la soledad. Diafanidades de hilos
cristali zaban el ambiente. Algunas breñas agujereaban a trechos con sus man
chones la uniformidad gris. Y en una de las cumbres, a pico sobre el valle o
más bien grieta que hacheaba el hueso mismo de la montaña, el grupo de jinetes
se atería en un estremecimiento de harapos.
Casi todos en muías, algunos en caballos míseros,
resguardadas las piernas por guardamontes 1 de peludo cuero, flojas las
riendas, sin mi rarse, sin hablarse, esperaban algo.
Los animales trasijados de fatiga, despeados 2 por
los pedernales, en sangrentados los encuentros 3 por el monte, empeoraban en
lamentable murria. Colgaba sus crines en greñas sobre las agobiadas cervices;
en las cambas 4 de los frenos coagulábase con sus babas la herrumbre. Los
1G u a r d a m o n t e s . En su libro El Payador,
mi padre defínelos así: “Doble de lantal de cuero crudo, que atado al arzón
delantero de la montura, abríase a ambos lados, protegiendo las piernas y el
cuerpo hasta el pecho” .
2D e s p e a d o .
Tener los cascos maltratados por haber
andado excesivamente.
3E n c u e n t r o . Pecho de las caballerías.
4C a m b a . Cada una de las barretas del freno, a
cuyos extremos inferiores van sujetas las riendas. En casi toda América de
habla española dicen piernas.
guardamontes, la carona 1 de cuatro puntas que a la
vez batían la paleta y la ijada del animal, el recado 2 y las riendas de cuero
crudo, aperaban a éste.
Llevaban los hombres calzoncillo3 de cordellate4
hasta la rodilla, chiripá 5 de picote 6 o tocuyo 7, camisas andrajosas,
sombreros 8 de lana y'espuelas de hierro calzadas sobre el desnudo talón.
Unos altos, delgados hasta la enjutez,
tenebrosamente cabelludos y barbudos; otros retacones 9, lampiños, como
vientres de tinaja los sem blantes; prieta o cobriza de color 10 de todos.
Bajo sus girones 11 resaltaba una pujante topografía de pechos y bíceps. Carne
morena curtida a esfuerzo y a sol y relevada como a martillo. Sus ojos de
carbón malve-laban 12 preocupaciones taciturnas. Sobre sus espadas, el pelo
trenzado 13
culebreaba con aspereza silvestre, sin una ceniza
de tiempo entre sus hebras.
Las cabalgaduras vaheaban en la nitidez glacial el
calor de sus bofes. Asombraba que bestias tan ruines sufrieran semejantes
cargas de miem-
1C a r o n a .
Gruesa pieza cuadrilonga de cuero crudo o de suela, labrada ésta
a
veces. Colócase entre las jergas y el recado. Los
gauchos, dice el autor en la obra citada más arriba, preferían la carona sacada
de animal de cuero negro. Fuera de su uso natural, esta prenda tiene varios
empleos más; si se duerme a campo, pre
serva el cuerpo de la humedad de los pastos; hace las veces de
carpeta de juego;
a falta de algo mejor sirve para amasar; resguarda del viento la lumbre del fogón,
y hrsta sirvió, en
tiempos de penuria, para
saciar el hambre. piezas
de madera,
2 RECADO. Constituyen el recado, propiamente dicho, dos
sujetes a veces por sendos arcos de hierro. Cubre
la armazón un cuero crudo cosido con tientos. No debe confundirse el recado con
los bastos, desconocidos estos últi mos hasta no hace muchos años en las
provincias norteñas del país.
3 C A L Z O N C I L L O S . Calzones de lienzo,
bramante o hilo que llevaban los gauchos debajo del chiripá. Eran muy anchos e
iban hasta poco más abajo de la rodilla. De ésta en adelante seguía el cribado,
es decir, adornos bordados con flecos al final; pero cribado y flecos eran de
suyo prendas de lujo que no estaban al alcance de los pobres gauchos de Güemes.
4 C o r d e l l a t e . Burdo tejido
de l a n a . más de
largo y de
ancho proporcionado.
5CHIRIPÁ. Tela de
vara y media o
Pasábase por entre las piernas
y ambos extremos se ajustaban a la cintura
con
una faja;
sobre ésta iba el tirador. Cuando el gaucho era pobre empleaba tela de
bayeta. Los chiripáes de paño, merino negro o azul,
teníanse por vestimenta lujosa.
6 P I C O T E .
Tela basta de
lana de oveja,
llama o cabra, de
color gris o pardo;
también blanca. Aspera al tacto. Fabrícase en
telares caseros.
7 T O C U Y O .
Especie de lienzo b a r a to . lleva
el chuslo, hecho
de pelo de
8 S O M B R E R O .
La gente de las
regiones a’tas
oveja. Es asimismo de uso común el panza de burro,
de color pardo.
9 R E T A C Ó N . Amer. Persona gruesa y de baja estatura. tal lo
10 C O L O R .
L OS clásicos de la lengua hacían femenino este vocablo. Como
emplearon, entre muchos, Cervantes, Mateo Alemán, Cáceres y Sotomayor
y López
de Altuna. antigua de esta voz, modificada
posteriormente por
11 G I
R O N E S . Tal la ortografía
la Real Academia,
pues ahora se escribe jirón. Varias
palabras en que
entran la
ge, la jota,
la equis y otras más sufrieron
modificaciones con el andar del tiempo.
12 M A
L V E L A R . Neol. Está por apenas ocultaban.
13 T R
E N Z A D O . Por aquellos
tiempos se usaba
la trenza, y
por eso el
general
Iriarte en sus Memorias, al referirse al gobernador
de Córdoba, don Manuel López, dice: “Hombre de trenza”, gaucho neto, que no
sabía leer ni escribir.
bros; pero lo podían y aun dormitaban algunas
encogiendo un jarrete. Hombre y bestia amalgamábanse en la mutua afición sin el
estorbo de una idea. Nada más que una cosa quería el jinete: correr. Nada más
que una cosa sabía el caballo: correr. Y de este modo el caballo constituía el
pensamiento de su jinete.
Aquellos hombres se rebelaban despertados por el
antagonismo entre su condición servil y el individualismo a que los inducían la
soledad, el caso de bastarse para todo, que ésta implicaba y el trabajo
reducido a empresas ecuestres. El silencio de los campos se les apegaba, y así
sus diálogos no excedían de dos frases: pregunta y respuesta. Sus conversa
ciones limitábanse a algún relato que los oyentes apoyaban con ternos. En las
ocasiones graves departían meditando en alta voz. Si discrepaban, el choque de
los juramentos antecedía brevemente al de los puñales. Y sólo borrachos reían.
En dos clases de montoneras 1 organizólos el
caudillo al invadir el godo 2. Unos formaron las partidas volantes que
escaramuceaban a la con tinua : voluntarios, prófugos desertores 3 de los
ejércitos regulares. Otros guarnecían sus aldeas en grupos locales, reuniéndose
cuando el enemigo se introducía en sus jurisdicciones. Promulgaban en tal caso
la convoca toria; reconcentraban sus ganados en las espesuras; disponían sus
trojes en las copas de los árboles. Con tropilla o caballo de tiro4 concurrían
a los puntos designados y batallaban su parte. Los que sólo tenían caballo de
non5, efectuábanlo en éste. Los más pobres tragábanse a pie las leguas. Pasado
el trance restituíase a su pegujal6 cada uno, pastoreando y cultivando otra vez
como honrados labriegos.
Así, los humos de las rancherías y los incendios
que por la noche bordeaban con hilo de oro las sierras; los caminantes que
rumiando su coca7 arreaban recuas de jumentos y los labradores que desvol
1M o n t o n e r a . Grupo de gente a caballo y con
armas, con poca o ninguna disciplina, que hacía guerra de partidas. En Bolivia
y en el Perú se les llamaba republiquetas.
2G o d o . Palabra con que se señalaba a los
realistas. Según cuenta el general español García Camba en sus Memorias,
también denominábase a aquéllos, blan quillos.
3 D E S E R T O R E S . Momento llegó en que casi
echaron manos a las armas las fuerzas de línea de Rondeau y las montoneras de
Güemes. Por mediación de Magdalena, la Macacha, hermana del caudillo, y con
intervención del comandante de Granaderos a Caballo, D . Juan Ramón Rojas,
firmóse la convención de Los Cerrillos, que puso término a la querella. Con los
desertores de Rondeau, que fueron muchos, formó Güemes sus famosos Dragones
Infernales.
4C a b a l l o d e t i r o . El que se lleva junto
con el montado y que se emplea como animal de reserva.
5De n o n .
Locución adverbial, por sin pareja, impar.
6P e g u j a l .
Corta porción de siembra o de ganado que posee una persona.
7C o c a . Arbusto cuyas hojas meten en la boca los
que gustan de ellas. No se mascan. El bocado forma el acuyico que el buen
coquero ensaliva. Con la coca se mezcla la llicta (ver esta palabra más
adelante). Sobre aquel arbusto, su cultivo y sus propiedades ocúpase largamente
Concolorcorvo en su Lazarillo de ciegos cami nantes. La coca es Erytroxilon
coca.
vían 1 sus rastrojos; el silencio en inminencia de
emboscada, la población tanto como el destierro, hostilizaban de consuno al
español.
Los de las partidas volantes se asalariaban por el
saqueo, consideraban a rebaños y tropillas como orejanos 2 de la patria y
aliciente de la guerra. Comían poco así, mas comían ajeno y esto les placía.
Pesado a bala y medido a puñal lo saboreaban mejor. Detestaban al rey como a un
patrón engreído y cargoso en la persona de sus alcaldes, bajo la especie de sus
gabelas; persuadiéndolos más que un principio un instinto de
libertad definido por las penurias soportadas.
Hambrunas, ojerizas con tra la piel blanca tan susceptible de mancharse por lo
mismo: añoranzas del aborigen, asperezas de la desnudez — todo eso acumulado,
enfervo rizaba 3 su sangre. Carnívoros feroces, abusaban del ají en sus
comidas;
y la llama de la especia4 añadía su calor al de ese
entusiasmo cuyo torrente se alborotaba en el cauce de sus venas. Hacha en mano
desmon taban 5 encharcando el piso de sudor. Pialando 6 daban contra el suelo
a una yegua disparada, firmes cual monolitos en la crispación equilibre de su
musculatura. Por juego retenían del corvejón a una muía, como a una cabra.
Capaban sus toros chúcaros tumbándolos por los cuernos a medio campo. Acosaban
al potro en doma, rasguñándole los sobacos en el peor momento con la espuela, y
tendiéndolo de un rebencazo si se fa tigaban. Hartos de vagar por esas cumbres
en satisfacción andariega, amaban con todos sus tuétanos. Cuando no, bebían. No
realizaban por cierto un ideal de hombre sino un tipo de varón.
El grupo aquél tenía armas. Fusiles que recortaron
sumergiéndolos en el agua después de caldeados hasta medio cañón, suplían de
tercerolas 7 montados en urgentes escalabornes 8. Pertrechábanse también con
chu zas 9 de punta ferrada o simplemente endurecidas al fuego. Algunos
1D e s v o l v e r . Arar la
tierra, trabajarla. marca. También
la res ovina sin
2O r e j a n o .
Animal vacuno o yeguarizo sin
señal en las orejas. ardiente.
3E n f e r v o r i z a r . Infundir celo ciertos manjares.
La pimienta, el
4E s p e c i a .
Condimentos con que
se sazonan
ají, el clavo, etc., son especias. abatir árboles. Es
un trabajo sumamente
fatigoso
5D e s m o n t a b a n . Hachar
o
y que exige un enorme esfuerro al corazón. Justamente en La grande Argentina,
el autor cuenta de la tarea de los hacheros y dice
cómo estos hombres mueren en la juventud, abatidos por los aneurismas.
6P i a l a r . Tiro de lazo a las patas del animal.
Hay varias maneras de pialar: de paleta, de volcado, de revés, de codo vuelto,
de payanca, de por sobre el lomo. Los españoles tienen el verbo manganear, que
es lo mismo que pialar para nosotros.
7T e r c e r o l a . Fusil
de caballería más corto que el de
la infantería; también
más pequeño que la carabina. ya desbastado para
labrar la caja del arma
8E s c a l a b o r n e . Trozo de
madera
de fuego.
9C h u z a . Palo con un hierro puntiagudo a uno de
sus extremos. También puede aguzarse una punta del madero y darle solidez casi
metálica, endureciéndola al fuego, para lo cual se prestan ciertas especies
arbóreas del Norte argentino.
cargaban boleadoras \ Todos facones2 y lazos3.
Industria tosca, pero eficaz.
Entre las armas y los sombreros figuraban dos
morriones y un sable. El hombre que lo esgrimía calzaba botas, lo cual era otra
singularidad. Cierto aire bélico lo particularizaba; algo indefinible, pero
definitivo. El arqueo peculiar de su bigote, su manera de combar el pecho. Des
pués otros indicios. En el brazo derecho, adheridos a sus andrajos, ostentaba
una jineta4 y un escudo blanco y azul en el que se leía T upiza \ Bajo el otro
morrión tiritaban jirones de chaqueta prendidos con seis botones de ordenanza.
Aquel grupo, o mejor aún gavilla 6, para lá b a s e en el peñasco, arrecido
por la intemperie. La bruma de la madrugada desvanecíase en las alturas; sus
desgarrones develaban7 nuevas cumbres. Por un claro de horizonte entró en
escena un cerro nevado.
— ¡Muerde el aire!
La voz que esto decía, sonó extrañamente en aquella
mar de silencio. Un chifle 8 taraceado en colores pasó de mano en mano.
Aparecieron las tabaqueras, y minutos después fumaban los jinetes doblada una
pierna sobre el arzón. Esto los alegró al parecer, pues varias sonrisas
apaciguaron
1B o l e a d o r a s . Artificio que se utiliza
para atrapar animales. Consiste en tres ramales hechos con tientos trenzados; a
la extremidad de cada uno de los cuales va una bola de plomo u otra materia
pesada, retobada, o forrada en cuero crudo. Una de las tres esferas es más
pequeña y se llama manija. Los ramales supieron hacerse de tendones de
avestruz. Varía la dimensión y el peso de las boleadoras, según sirva para
bolear avestruces o potros Las boleadoras pueden ser también tic dos ramales.
2F a c ó n . Voz rioplatense y boliviana. Cuchillo
de más o menos cuarenta y cinco centímetros de largo, de hoja ancha, con punta,
y filo a ambos lados; pero raras veces en toda la extensión de la hoja. D.
Francisco Javier Muñiz en su Vocabulario rioplatense cuenta que los gauchos
preferían hojas de espadas toledanas. El facón se lleva en la parte posterior
de la cintura, asegurado en la faja o tirador; el filo ha de mirar para abajo,
a fin de que “al salir salga cortando” .
3 L A Z O . Trenza de cuero crudo formada por
tientos entrecruzados. En una de sus extremidades lleva una parte reforzada que
se llama yapa, y luego sigue la argolla. En la otra punta tiene una presilla
con botón del mismo cuero, la cual se prende a la encimera. Los lazos se
trenzan hasta de ocho tientos; pero esto es excepcional. Lo corriente es de
cuatro o seis. Los lazos pampeanos miden hasta veinticinco metros de largo. En
las regiones montañosas son bastante más cortos.
4J I N E T A . Insignia militar, generalmente de
lana, cosida a las mangas de la chaquetilla.
5 T U P I Z A . Distinción acordada por el gobierno
patrio el 7 de noviembre de 1810 a los vencedores de Suipacha. Tupiza es ciudad
boliviana muy cercana al campo de batalla, donde trabaron combate tropas
argentinas al mando de González Balcarce y españolas a las órdenes de Córdoba.
6 G A V I L L A . Refiriéndose a los gauchos
guerreros, decía el general Belgrano en una comunicación al gobierno: “La tropa
que tiene el gobernador Güemes está desnuda, hambrienta y sin paga, como nos
hallamos todos y no es una de las menores razones que lo inducen a hacer la
guerra de recursos” .
7 D E V E L A R . Neol. Quitarse el velo de bruma
propia de esa hora del alba.
8 C H I F L E . Frasco de asta, cerrado por su
base, y con una boca con tapa en la extremidad opuesta. Llévase en él agua o
bebidas fuertes y hasta pólvora. Los chifles suelen ir acollarados bajo los
cojinillos.
el erizamiento de algunas barbas. Platicaron. El
hombre de la chaqueta narraba. Desde muy adentro en el Alto Perú \ hervían las
montoneras. Todo andaba mal, sin embargo. Derrotas tras derrotas. Pero ya
palparían la realidad los maturrangos 2 así que se resolvieran un poco más. Los
otros recapacitaban. Verdad. Desde el año catorce con Pezuela 3, el godo
impertérrito tramaba invasión sobre invasión, y bien que rechazado siem pre,
no escarmentaba nunca. La montonera pugnaba también y el con flicto más y más se
empedernía4. Aquella invasión anunciábase con tropa selecta, un virrey nuevo,
jefes de mi flor; mas dividida en destaca mentos, a la busca de las vituallas
que secuestró desde el principio la montonera, poco ofendía.
Esta no gozaba por su parte de un estado mejor.
Hasta los Dragones Infernales 5 disolvíanse deshechos. Dos de sus soldados,
esos de los mo rriones, llegaron la víspera en un burro propalando el
desastre. Pero la guerra seguía, y la trabajaban bien, a talonazos en el ijar
de los brutos, a lanzadas en el enemigo. De pronto faltaban los recursos. Las
tercerolas transformábanse en garrotes, los chuzos en leña. . .
Percibiendo una palabra más distinta, el sargento
se volvió en ese instante; preguntó algo, la distancia, el rumbo, con un acento
que ape naba. No le contestaron, y él, soliviando resignadamente los hombros,
se recluyó otra vez en su silencio.
En desfilada, con la vibración de un birimbao6
gigantesco, cuatro, seis, diez cóndores cruzaron casi rozándolos. Describieron
un vasto círcu lo, vinieron otra vez en una brusca conversión de diagonales.
Un gaucho se refocilaba, arrollándose la camisa para que ventearan su costillar
baleado. Algo les interesaba en el boquete lleno aún de brumas. Nada
1P e r ú . Probablemente ninguno ha contado mejor
la situación de aquellos años que el militar hispano don Andrés García Camba,
actor en casi todos los hechos de armas. Apenas las fuerzas peninsulares
sofocaban un estallido rebelde, brotaba otro poco más allá. Los caudillos de
aquellas republiquetas — los Padilla, los Ca-margo, los Pacha Gorriti— no daban
tregua al invasor.
2M a t u r r a n g o . Además de español por
antonomasia, decíase del individuo poco jinete.
3P e z u e l a . Sucedió al general Pío Tristán,
derrotado por Belgrano en Tucumán y Salta. Poco después de asumir el mando,
logró derrotar al militar argentino en Vilcapugio y Ayohuma. Muy grande fue en
todo momento su ascendiente sobre el ejército español.
4E m p e d e r n i r . Hacerse dura y cruel una
lucha hasta insensibilizar los cora zones.
5D r a g o n e s I n f e r n a l e s . Véase nota
N? 3 de p. 236. Curioso resulta consig nar que el cura español de Yavi, que se
titulaba teniente coronel, formó una mi licia de Angélicos, por oposición a
los Infernales . . .
6B i r i m b a o . Pequeño instrumento músico.
Consiste en una barrita de metal, de forma de herradura, que lleva en medio una
lengüeta de acero a la que se hace vibrar con el índice, mientras se mantiene
el birimbao tomado entre los dientes. Produce un zumbido que se modula según la
forma que se dé a los labios.
se veía en él, pero ya el sol, como una oblea
carmesí, nacía entre nieblas de índigo. De oro y rosa bicromábanse 1 los cerros
de occidente. Flotaba un olor de aurora en el aire. Sobre la escueta cima de la
loma frontera, un buey que la refracción desmesuraba, se ponía azul entre el
vaho matinal. Por un momento, los escarchados ramajes parecieron entorcharse de
vidrio. Al fondo, la cordillera overeaba2 como un cuero vacuno, manchada de
ventisqueros. Algún mogote que decoraban como de un muelle encaje efímeras
nieves, eslabonaba aquella enormidad con la inme diata serranía. Allá cerca,
la masa arrugándose en plegaduras de acordeón, suavizaba su intensidad cerúlea;
y el matiz tornábase violeta ligeramente enturbiado por un sudor de cinc. El
macizo oleaje de roca apilaba en una eternidad estéril sus bloques colosos. Muy
lejos, en alguna umbría, un tordo cantaba. Está rezando, decían los hombres.
Algunos se persig naron en silencio.
Bruscamente, los animales enderezaron las orejas.
Un jinete repe chaba el faldeo3 que los patriotas escalaron de noche a
tientas. Su cabalgadura apezuñaba con estrépito. Las tercerolas se prepararon.
Pero casi al instante, el busto de un hombre y la cabeza de un caballo sur
gieron del cardonal4 que cerraba la senda, y aquél imprecó:
— ¡Sargento!
Retrepándose en su montura, la mano en la visera,
el dragón titubea ba. Sus hombres, sonrojados por el sinsabor de la derrota,
agachábanse desconfiando. ¡El capitán! ¡Cómo soportarían el trepe 5 que les
echara! ¡Cómo lo moderarían sin abochornarse!
A un tiempo
jefe y patriarca de
sus gauchos, lo
idolatraban éstos.
Nunca mandaba directamente; imbuía más bien su
coraje:
— Si no vamos, creerán que es de miedo. . .
En las ocasiones solemnes:
— ¡Vaya!. . .
ya están con miedo; pero ellos tienen más.
Y la partida lo enmendaba con un prodigio.
Bien
montado comúnmente, guiaba
al fuego en
una yegua manca,
y acometía.
— Si no compiten, decía al partir, los boto por
maturrangos. Todos se portaban jinetes.
1B i c r o m a r . Neol. De tonalidades de cromo,
metal blanco grisáceo cuyas com binaciones dan diferentes colores.
2 O V E R E A R . N eol. De varios colores. El
overo es para nosotros la piel del ani mal con manchas no muy grandes, como
recortadas sobre fondo blanco.
3F a l d e o . Senda, por lo general sinuosa, en la
ladera de una sierra o de un cerro.
4C a r d o n a l . Sitio donde hay cardones. El
cardón (Cereus quisco) es una cáctea típica de aquellos parajes. Alcanzan más
de cuatro metros de altura. El fruto es la tuna pelada, comestible. Sus flores
son blancas. En algunas partes de la quebrada de Humahuaca emplean la madera
para vigas y otros usos semejantes, según Hieronymus en su Flora Argentina.
5T r e p e .
Reprimenda.
Presentíanlo adivino. Sus caballos 1 le anticipaban
secretos de guerra. Y como bravo. . . el más de todos!
Cierta vez le vaciaron las tripas. Las recogía,
enjuagándolas en agua tibia para que el sebo no se le enfriase; las metió
dentro. Una vieja le cosió la herida, y él, en tanto, braveaba a rugidos un
patético yaraví2.
Hombre de familia, muy mesurado de pensamiento y
obra, trocábase fácilmente en fantaseador de imposibles. El combate lo
apasionaba, sin conmover, no obstante, su reposo. Araba el peligro en amelgas3
tan profundas, que a cada refriega remachábanle de nuevo los abismales4 del
lanzón 5. Su táctica apechugaba siempre en línea recta. Designaba al enemigo
con expresiones indeterminadas: allá, eso. Muy sujeto6 de velar tres noches al
lado de un herido, preconizaba entre sus solda dos locuras heroicas. Cuando alguno
sucumbía en el lance, enfurecíase con él, le culpaba todo. Después resarcía a
la viuda con algún ganado, apadrinaba a los huérfanos. Si alguien aplaudía su
acción, lo arrestaba por entrometido.
Respondíanle todos los cuatreros del pago, pues a
cada cual le apa ñaba 7 una trapacería. Regimentó aquella turba gregal a sus
expensas, sin espulgarle mucho el doblez. Con tal que prometieran la catadura y
el despejo, se toleraba de postulante al mismo diablo. Y si resultaba un poco
forajido, ¡de perlas! Si perpetró homicidio en duelo leal pertenecíale im
pune. Ya alistado, tanteábalo en persona con una camorrita, y según las agallas
del prójimo conformaba la admisión.
Como se le extraviase cierto día una virola 8 de
las aciones 9, paseó sin chistar durante un rato frente a la partida,
arredrándola con inquisi dora esquivez. De repente acogotó a uno, lo estaqueó
10 acto continuo sentenciándolo “por bárbaro”. Ejecutada la pena, le regaló la
otra virola
1C a b a l l o . Varias leyendas corren en el mundo
en torno a los animales brujos, desde el moro de Facundo Quiroga a la
cervatilla blanca de Quinto Sertorio. Bestias que resultaban ninfas Egerias de
sus amos.
2Y a r a v í . Tonada tristísima que se canta
acompañada por la quena. A pesar de su origen quichua — según el léxico de la
Academia— Lugones ha demostrado en su Diccionario Etimológico del Castellano
Usual, que es voz arábiga. También cantan el yaraví con acompañamiento de
guitarra.
3 A M E L G A . Surco para la siembra.
4A b i s m a l . Cada uno de los clavos con que
fija el hierro de la lanza por la parte de la moharra.
5L a n z ó n .
L a n z a c o rta y g r
u e s a .
6 S U J E T O . Arg. Por capaz de realizar o decir
una cosa. Empléase en frases como éstas: “Fulano no es sujeto para domar esa
muía” . “Vean qué sujeto para hacerle frente a las balas” .
7A P A Ñ A R . Arg. Encubrir, tapar, ocultar
determinada acción por lo general de carácter equívoco.
8 V I R O L A . Pasador de plata u otro metal que
se pone a riendas, bozales ca bestros, aciones, etc.
9 A C I Ó N . Correa o cuero de que penden los
estribos; pero aquí decimos más bien estribera.
10 E S T A Q U E A R . Clavadas cuatro estacas en
el suelo, atábase de ellas de pies y manos al castigado. Para que el
padecimiento fuese mayor se estiraban los tientos. Esta pena aplicábase sobre
todo en el ejército.
y el insurrecto confesó su delito. A los tres días
desertaba. Entonces el jefe se condenó a sí mismo, “por bárbaro” otra vez.
Temían más sus sobarbadas 1 que un cañonazo en el
vientre. Pobre del chapetón 2 aprisionado en día de viento norte! Quinientos,
mil azo tes le educaban el genio para empezar; que emborrachándose el jefe,
pre fería degüello. En tales ocasiones se encelaba. Su mujer huía a campo
traviesa, sin tiempo más que para arrebozarse en una sábana, enco mendándose
al capataz. Pacificaba éste al caudillo, acostándolo en su propia cama, con
súplicas y mimos; y al día siguiente, aunque emperrado todavía por no recular,
concedía lo que le pidiesen 3.
Halagábanlo, sobre todo, con proezas, cuanto más
fantásticas mejor; y él retribuía como un presente con francachelas rumbosas.
Conocíanle por única debilidad el amor. Pero no le hipotecaba, eso no, sus
bastardos al destino. Distribuía a cada uno su plantel de terneros y su rancho
de cente. Aliviaba a toda la parentela. Luego qué firmeza le resistía? Si
fascinaba a la más ducha con sólo requebrarla! Si la más altanera se le
encariñaba como una palomita, al domesticarla en ardorosa premura el magnetismo
de su enlabio!4. Por eso envidó siempre a quiero seguro en el juego del amor.
Allá sobre la cumbre, ya desmontado, abrazaba al
grupo en el cente lleo de sus ojos. Propendía sin duda a un desagrado; mas,
como notara la ausencia de un hombre encaró al sargento, y las cejas se le
subieron por la frente, interrogando.
Moviéronse apenas los labios de aquél en un estupor
de angustia, l os rocines derrengados, la escuálida tropa, pregonaban el
contraste; y escarnecido por su evidencia, afligíalo la luz como un rubor.
La soledad amplificaba rumores. Un relincho saludó
el despertar de las lejanas dehesas. Jefe y sargento aproximáronse silenciosos
al desfila dero en cuyo fondo negreaban los cóndores. A poco trecho, aquél
señaló un cadáver; y más allá un trozo de lanza con su banderola. La monto
nera discutía más lejos, refunfuñando.
El subalterno, arrimándose un poco, exponía el
percance en secreto, como avergonzado de oírse.
. . . Oscuridad. . . Sorpresa. . .
Noche. . .
. . .Encovó5 a los godos en la encrucijada. . .
Setenta, más o me nos . . . No los embistió, porque llevaban infantería. . .
no se usaba. . .
1S o b a r b a d a . Represión
con ásperas palabras.
2C h a p e t ó n . Español, por lo general recién
llegado de España. El general San Martín, hasta en sus últimos momentos, llamó
chapetones a los peninsulares.
3P i d i e s e n . Muchas veces oí contar a mi
padre de cierto hombre de campo de allá de por el Río Seco o el Ojo de Agua,
que cuando se encelaba con su mujer, procedía como el héroe de este relato.
4E n l a b i o .
Engaño con palabras halagadoras.
5E n c o v a r .
Encerrar en cueva. Está en sentido figurado.
Operó mal con la noche. . . Una descarga. . . Otra
en respuesta. . . Y cada grupo se desbandó por su lado. . .
El pujó solo. Trucidó 1 algo de un mandoble. . .
La narración se encadenaba.
. . . Mucho trabajó para no rezagar la gente.
Esforzóse toda la noche en esto, y despistado, calló por no deprimirse ante sus
hombres. El resto lo presumía. Dios lo asistiese. . . y que lo fusilaran.
El capitán difería con malos modos.
Lindo espectáculo ante la guardia chapetona! Ya lo
supuso cuando se retardaron la víspera, rastreándolos2, en consecuencia, desde
el ama necer. De sus gauchos, bisoños al fin, no le extrañaba. Pero de este
sargentón. . . Pucha 3 con los célebres Infernales!
Y a su vez,
como quien derrumbaba bloques en frívola catástrofe, aludía con los nombres
heroicos: Tupiza, Las Piedras, Tucumán, Salta, Potosí, Vilcapugio, Ayohuma,
Venta y Media, Yavi4. . .
Las pupilas del sargento achicáronse en chispas.
Esos nombres compo nían su historia, sus ocho años de pelea. Cada uno le dolía
en una parte, pues si no lo condecoraron por algunos, en todos lo hirieron. Y
he aquí que la adversidad de un fracaso obscuro defraudaba semejante grandeza.
El capitán nada entendía. Las libaciones del chifle
que le ofrecieron cuando llegó, amoscábanlo torvamente. Su escarpado rostro se
oscurecía. El chambergo, el poncho de vicuña tapándolo hasta las botas, sólo
des cubrían un matorral de barbas, y entre ellas los ojos amarillos, la nariz
ensanchada como un rastro de león, la pulpa cárdena de los labios. Amo nestaba
golpeándose la bota con el rebenque; y a cada tranco, la cumbre disminuía entre
sus espuelas.
Detúvose por fin, impartiendo una orden que refrenó
los murmullos con un laconismo de cintarazo. Su dedo indicaba la banderola en
el plan del derrumbadero. Los de la partida, arrimándose, comentaban:
— Es un pedazo de lanza. . .
— Cortada de un hachazo.
Las miradas se dirigieron al sable del dragón.
¡Qué tajo!
Mientras, éste afianzado en el arma, iniciaba su
descenso por el talud. Cierta solemnidad trágica subyugó las cabezas como un
viento. Preveían
1T r u c i d a r .
E s v o z a n t ic u a d a e sp a ñ o la , p o r
m a ta r c o n s a ñ a .
2R a s t r e a r . Seguir por el rastro o la huella
impresa en el suelo, operación en que son eximios nuestros paisanos.
3P u c h a . Amer. Interjección familiar de pena,
fastidio o desagrado. Es un eufemismo de la otra palabra soez.
4Y a v i . El autor enumera los principales hechos
de armas con los realistas bajados del Alto Perú. La batalla de las Piedras,
que aquí interesa, es la ocurrida el 3 de setiembre de 1812, entre la
vanguardia de Tristán y la retaguardia de Belgrano, con el consiguiente triunfo
de éste. Pero hubo otra acción del mismo nombre, en el Uruguay, el 18 de mayo
de 1811. A ambos encuentros alude nuestro Himno Nacional.
la cosa. El caudillo lanzaba su hombre a la muerte
por esa rampa de vértigos y pedrones.
Casi vertical, no afrontaría sus Hambrías 1
gigantescas. Alguien re flexionó en voz alta que, sin descalzarse, resbalaría
tal vez. . .
El dragón, rehuyendo toda charla, levantó una
pierna. Amarrilleó por debajo el pie desnudo, sin rastro de suelas. La
ordenanza exigía botas, y como lo exigía. . .
Nadie se sorprendió, pues ese pie valía un
argumento en las circuns tancias.
El sargento descendía.
Cada paso duplicaba un riesgo de muerte.
Desprendíanse grandes rocas, rodando con rebotes inmensos al fondo de la
quebrada. Aguzando el ojo por la ansiedad, detallaban con precisión anómala los
accidentes del terreno bajo las plantas del caminante.
Piedras crispidas de lunares multicolores o bañadas
de gris ferrugi noso; farallones tremendos; riñonadas de cuarzo. Las yaretas 2
hinchán dose en verrugones de musgo amarillento, lubricaban traidoramente su
cojín. Cardones salteados con esbeltez guerrera, flanqueaban el declive en una
dispersión de asalto.
El imponente peregrino arrostraba los riesgos,
empinado su morrión y sable en mano. Ese matorral, aquel tronco, salváronlo de
inminentes taba ladas 3. Un airecillo de puna4 retozó peligroso, punzando
jaquecas y nauseando mareos. Supremas anhelaciones enervaban al militar. De
cuan do en cuando, torcido por violenta apoyadura, llameaba un lampo5 en el
sable. Manos y piernas se crispaban entonces. . .
Un chispeo de mica espolvoreaba las peñas.
Profundos follajes, en conos de choza o en platitud de acamados céspedes,
escondían precipi cios bajo sus felpas. Un molle6, un aromo7 de anaranjadas
motas, cubrían por momentos al dragón.
Arriba, apretados sobre la cornisa del abismo, los
montoneros, respi rando apenas, enmudecían. El jefe secó en dos gorgoritos las
escurridu ras del chifle. ¿Cuánto duraría eso? Un siglo y un minuto
equivalían.
1L l a m b r i a . Plano inclinado y difícil de
pasar que presentan ciertos lugares montañosos.
2Y a r e t a . Planta umbelífera, típica de las
grandes alturas. Las hay grandes y redondas como piedras de molino. Este
vegetal está compuesto por hojitas muy tupidas, de manera que, visto desde
lejos, da la impresión del terciopelo. Es la Azorella yareta.
3 T A B A L A D A .
Caída fuerte, especialmente la
que se da
con las asentaderas.
4 P U N A . Aire rarificado propio de las altas
montañas. Provoca náuseas, vómitos, dolor de cabeza y algunos otros
contratiempos.
5 L A M P O . Brillo pasajero y fugaz como el del relámpago.
6M o l l e . Es un árbol hermoso que presenta unas
cuantas variedades, como el negro, el del monte, el pispo y el de incienso.
Aunque es de nuestro Norte, algunas variedades llegan hasta la Pampa. De la
fruta de algunos molles se hace arrope. La especie más conocida es la Schinus
molle. Es árbol frondoso.
7A r o m o . Otro magnífico ejemplar de nuestra
flora. En algunas partes se llama espinillo. Su flor es famosa por su
agradabilísima fragancia. Es el Acacia praecox.
El sargento bajaba siempre.
A trechos dudaba un poco, enjugándose la frente con
el puño. La par tida resollaba entonces, enormemente. Vaciló una vez, y bajo
el titubeo de sus pantorrillas cerro y corazones se bambolearon. Un esguince 1
lo equilibró.
Descendía siempre. A reculones ahora, pues el dolor
le ceñía los tobi llos. Adivinábanse crujidos, calambres bárbaros en la
armazón de aquellas vértebras.
Recuperóse un momento después, blandió el acero y
fue a alcanzar con las últimas zancadas el fondo del precipicio, cuando el pie
le falló. Claudicó un instante aún, y tropezando definitivamente saltó al
abismo.
Chocando contra árboles y peñas, su cuerpo desataba
enormes arga yos 2, zangoloteábase en golpes horribles. De pronto, una rama lo
encajó. Revolvióse un momento con manos y piernas como un insecto panza arriba;
mas las piedras que consigo deleznaba 3 forzaron, descargándosele encima, aquel
conato de resistencia. . .
Un rumoreo excitó sordamente el grupo.
— ¡Silencio!
Las cabezas se inclinaron.
Desligándose penosamente del alud que lo trituraba,
el demolido reo se incorporó sobre los codos. Demoró un momento como
ratificándose; procuró salvar después el trecho que mediaba entre él y la
banderola. Una sobrehumana decisión prestábale ánimo para intentar semejante
es fuerzo. Reparaban desde arriba, bien que vagamente, sus piernas quebra
das, su cuerpo estrujado como un odre, las desgarraduras atroces que lo
lastimaban. Sobresalía bien visible una costilla rota por debajo de la
chaqueta. Ni se indignaban ni compadecían, tanto estupor les causaba aquello,
tanto dominio ejercía sobre su voluntad el temido jefe.
Por fin, dislocándose en contorsiones, siempre a la
rastra con sus pier nas, sobre los codos que sangraban sin duda hasta el
hueso, el hombre no distaba ya más que un paso de su presa. Un silbido de
viento atravesó el grupo. Crujieron distintamente las tascadas 4 coscojas6. La
banderola palpitaba allá abajo sobre el verdegal como un ala de mariposa.
Cuando el herido la aseguró en sus manos irguió el
busto ante la partida que lo observaba, empavesado de arambeles, tan pálido que
lo advertían a pesar de la altura.
1E s g u i n c e .
Quiebro hecho bruscamente con
el cuerpo.
2A r g a y o .
Tierra y piedras que
se desprenden de
la ladera de
una montaña
o cerro.
3D e l : z n
a r . Resbalar, deslizar.
4T a s c a r .
Mover o hacer
girar las caballerías
con la lengua,
el freno o su
coscoja. Ver esta última palabra en la nota
siguiente.
5C o s c o j a . Ruedecilla metálica, generalmente
estriada, que se coloca en el puente del freno. Los caballos y las muías la
hacen girar con movimientos de su lengua, y entonces produce un ruido
característico. Cuando el freno es de copas se amplifica el sonido.
Pero mientras sacudía el trofeo, un gesto de
victoria lo transfiguró. Vieron en su boca el grito que hasta ellos no
ascendía, sintiéronlo en el corazón, y en un eco de sollozante clarinada se lo
devolvieron:
¡VIVA LA PATRIA!
Y el
capitán, con el pecho como una fogata de alcohol, transportado por el alma que
irrumpía en ese grito; fatal de entusiasmo, tremendo de justicia, devorando en
su crueldad un frenesí de remordimiento y de orgullo, atrajo uno de los hombres
al azar, estrechólo entre sus brazos, y sobre aquellas crines épicas, ante el
pueblo de montes, en presencia del sol — lloró de gloria.
ALERTA
El aguacero amenazaba del Norte. Una nube
empequeñecía el firma mento, borraba las líneas del paisaje — arboledas,
cumbres— en su esfumación. Ladeaba al Poniente oscuro el sol ya cubierto. Un
perfume de humedad serenaba el aire. Tufaradas de calor agravaban con pesadez
de asfixia el meditabundo decaimiento de las hojas. Abrumaban el cénit
membrosas telarañas sobre las cuales el nubarrón desbordábase como un derrumbe
de arena. Al opuesto lado el cielo se profundizaba en una acuosa claridad.
Desde allá oreaba a intervalos una brisa perezosa entre murmullos de follaje.
La tormenta rezongaba y sus rezongos rebullían
brutalmente atragan tándose en retumbos. Una vanguardia de nubarrones ocupaba
a gran paso las alturas. El ambiente afoscábase más y más en una cálida
mo-dorra, adhiriéndose con tibiezas de sudor, mientras a lo lejos, por la falda
de la serranía, rasaban cirros semejando despavoridas aves.
El gris de la siesta lividecía. Al agotado jagüel1
acudían con azorado trote algunos bueyes, escarbaban el polvo, mugían
presintiendo el cha parrón. En la arboleda cantaban las chuñas 2 como riendo a
la loquesca 3.
La borrasca crecía asumiendo una tétrica
solemnidad. Ya no quedaba en el Sur invadido sino una faja celeste. El toldo de
la tempestad se imbricaba denunciando granizo; el cielo descendía en masa sobre
las cumbres cual un golfo de algodón, y aquellos vapores disolvían en
1J a g ü e l . Poza hecha artificialmente para que
beban los animales. Se aprove chan los declives pluviales o se la llena de
agua sacándola a balde. Existen también jagüeles de cimbra. El conquistador
Agustín de Zárate, en su Historia del descu brimiento y conquista del Perú,
menciona los jagüeyes (como dice el Diccionario), que son — añade— “pozos de
agua rebalsada” .
2C h u ñ a . Ave de la familia de los cariómidas.
Emite un grito muy alegre y so noro. Es especie típicamente argentina. Su
clasificación es Chunga burmeisteri.
3L o q u e s c a .
A la loquesca es una locución
adverbial, por a modo de locos.
impermeable oscuridad el horizonte. De tal
tiniebla, barcinada1 por cuprosos jaspes, desprendíase un copo blanco análogo
al humo de una reventazón. Ahora ya no había cielo: sólo masas informes de luz
sinies tra y de oscuridad, confusamente rodadas sobre los campos. Rumores
inmensos llenaban el ámbito de la tormenta. Transcurrió un instante de quietud.
Todavía silbaron en las cañadas algunas perdices 2. Emigraron en la punta del
viento que se iniciaba desordenando nubes, bandadas de pájaros.
La obscuridad del fondo se ahumó adquiriendo un
tono leonado; abrióse ya muy cercana y sobrevino una palidez verdosa que
absorbió la pers pectiva. Un trazo de llama caligrafió enérgicamente la nube,
detonando poco después a la distancia como el barquinazo de una carreta
colosal.
Ralas gotas aplastáronse en el suelo con golpe
mate, como pesetas. El aguacero ocultaba ya las circunstantes lomas. Una larga
bruma se desgreñó en el cielo; soplos de huracán bascularon 3 la selva; las
frondas más altas esbozaron gigantescos saludos. Nuevos relámpagos encendieron
sus flámulas 4. Las gotas trotaron con mayor presura. El rumor del chu basco
se alzaba a rugido, y por instantes, sobre ese borborigmo5 de cal dera,
precipitábanse a la brusca desmesuradas carambolas. Agujereando los ramajes, el
viento se atornillaba en expansión ciclónica, barrenaba los árboles entre
resoplidos de órgano. El vientre de la tempestad ensan grentábase de tajos.
Una trama de noche y agua diluvial envolvía el co mienzo de la refriega.
Al definirse aquellos preludios, la dueña de un
ranchita edificado a la vera del monte, una vieja embozada en burda pañoleta,
apareció llevando un trozo de mate con ceniza que volcó en cruz sobre el patio
para con jurar la granizada 6. Gritó luego alguna cosa, un nombre cuyo final
se aflautó en la ventisca, y poco después brotó de los matorrales la cabeza
cetrina de un niño.
Contaría éste cinco años. Su melenita tusada en
cerquillo le cimbraba sobre las cejas. Cariampollado y un tanto prógnata \ este
rasgo lo aseme jaba vagamente a un lebrato, y sus ojillos negreaban como
granos de
1B A R C I N A R . Neo/. Barcino es el animal de
pelo rojizo con manchas transver sales negras. Para los españoles es el pelaje
blanco y pardo, y a veces tirando a rojo.
2 P E R D I Z . La americana y la europea no tienen
relación ornitológica entre sí en cuanto al orden. Esta pertenece a las
galliniformes, familia de las tetraónidas íPerdix rubra); aquélla al orden de
las tinaniformes, familia de las tinamídeas
[Nothura maculosa). movimiento
análogo al de una báscula
3BASCULAR, Neo!.
Hscer oscilar con un
4F l á m u l a . Galkrdete; pero
indudablemente el autor tomó la patebra por su
origen latino,
pues flammula es en latín llama.
5B o r b o r i g m o . Ruido de tripas.
8 G r a n
i z a d a . C o s tu m b r e a ú n
en b o g a e n tre n u e str a g e n te d
e c a m p o , so b re to d o
e n la s p r o v in c ia s d e l in te rio r .
7 P r ó g n a t a . El diccionario de la Academia
trae la palabra como grave, y así definida: “Persona que tiene salientes
mandíbulas” .
piquillín *. Traía arañadas las piernas,
encostradas las manos, pues al llamarlo su abuela, encontrábase junto al
arroyo, moldeando en la arena húmeda un hornito sobre su pie.
El viento se colaba por su camisa cuya falda pendía
fuera del calzón atado en bandolera. Entró a la cabaña con la mujer, cuando el
granizo lapidaba ya con fuerza. La acantaleada2 quincha 3 rezumaba adentro en
largas goteras, trepidando con temeroso rumor bajo aquel crústico 4 bombardeo.
Por suerte, el vendaval refiloneaba apenas la casucha con su potente
verberación.
Al fondo del desmantelado interior colgaban madejas
de hilos charros. Por una esquina un tiesto despedía nauseabunda exhalación de
orines en que legiviaban5 añil; y en el tirante envejecían amanojadas raíces
junto a una balanza de mates.
Frente a la puerta, sentados en sus monturas, seis
hombres consultaban sobre el aguacero. Eran seis chapetones que llegaron ese
día, indagando por los insurgentes y sus vacas a la vieja, cuyo marido
encabezaba una partida. Naturalmente, se dieron contra la pared de asombro vago
con que el ademán de la mujer les cerró el horizonte en respuesta. Ignoraba
todo. Aquel vecindario acataba a la autoridad, contentándose con poco en punto
a gobierno.
Su rostro se desvaía con la impasibilidad de un
mueble. Mentía a buen seguro; pero su facha astrosa no autorizaba ni un
latigazo. Les espetó una retahila de embelecos.
¡Qué rebeldes iba a denunciar por esos pagos!. . .
Allá no se comu-nicaban con ninguno. Toda gente de paz, dedicada a lo que le
concernía, trabajando cada cual como Dios manda. Ella, velay ®, tejía frazadas,
ponchos, consistiendo en esto su industria. Hasta les tapizó por delante el
suelo con una alfombra bilicia 7 que probaba su habilidad.
1 P i q u i l l í n . Arbusto común a todo el país.
Alcanza más o menos tres metros de altura. Produce una frutita esférica de
color encarnado o granate. Es comestible y agradable al gusto. Su raíz sirve
para teñir.
2 A c a n t a l e a d a . Azotada por e l granizo.
3 Q u i n c h a . A
m er. Pared de rancho construida
con juncos, totoras,
pajas, etc.
Es asimismo la pared hecha de cañas y barro.
4 C r ú s t i c o . NeoL
Bronco.
5 L e g i v i a r . Y también legivar, como dice el
diccionario de la Academia, que es “desleír en agua una materia en polvo para
separar la parte más tenue de la más gruesa que se deposita en el fondo de la
vasija”.
6 V e l a y . Interjección equivalente a ved ahí,
helo aquí. Palabra de mucho uso en nuestras provincias norteñas, y también en
Bolivia. En España se emplea “para confirmar un dicho o hecho”, como dice
Santamaría. Hay una copla jujeña cuyos dos primeros versos declaran: “Tanto
quieres a mi amor / velay ya lo has con seguido”.
7 B i l i c i a . N eol. Bilix, bilice es un
adjetivo latino que denota el tejido doble o de mallas tupidas.
Moraba con su nieto, sola en su viudez. Y no por
jactarse, pero esca
samente la superarían en punto
a urdimbres y lanzaderas \ Estribaba
en el discurso 2, no m ás. . .
Adoptando
la posición, en
cuclillas junto al
telar construido sobre
cuatro estacas a dos palmas del suelo, explicó.
Casualmente labraba una
caronilla8 entonces. De un
empuje a la cárcola 4, alzó las dos hileras
de lizos y
aparejó la lanzadera. Un golpe de pala 5, después, para apel
mazar los
hilos. . . evadía por
entre
Los
soldados invectivaban categóricos; pero
ella se
sus preguntas, y arrollando cursivamente una de sus
mechas, bizqueaba6.
¡A una
pobre tejedora como ella qué le reconvenían! ¿Vacas?.
. . ¿De
dónde, ¡con semejante guerra!? ¿Que no los
convencía su desnudez y su
abandono?
en Y tras acatarrarse de súbito para mayor
grima refugiábase trapaleando
su
monserga \
en Esa
caronilla que un vecino le encargó, salvábala ahora. Cinco reales
un paro
de tres meses!
A peine 8 también urdía algunas prendas;
pero la amilanaba ya el trabajo, los costos para
recoger sus colores raigales;
en las punas el socondo9
que tiñe de colorado, la tola
10 que da ei
amarillo. Por las pencas 11 durante días enteros en busca de grana. . .
Y lo que es
plata, ni pizca. Cambalacheaba sus obras por maíz, a dos
1 L a n z a d e r a . La urdimbre y el armazón son las piezas fijas del telar. Aquélla
está
constituida por los hilos
longitudinales. Lanzadera: tiene figura de barqui-
chuelo con
una canilla dentro; con ella se
hace la trama del tejido.
2 D i s c u r s o . Habilidad. Ser
de más discurso es
una locución muy nuestra; por
eso en M artín Fierro, hay
aquello de “El gringo es
de más discurso: / Cuando
mata se hace el loco”.
3 CARONILLA . Pieza del recado, consistente en
una tela gruesa acojinada, gene
ralmente teñida de colores vistosos. Suele ir en
lugar del sobrepuesto. tendido en el
4 C Á R C O L A . Listón de madera delgado que se pone en los telares,
suelo y pendiente por un lado
de una cuerda que va a la
viadera, en que está
metida la urdimbre.
Se mueve con el pie.
También suele llamarse
a la cárcola
pisador, nombre éste que emplean en Santiago del Estero.
5 PALA. La pala es un gran trozo de madera,
de mistol en muchas
ocasiones,
que sirve para apretar la trama y dar así homogeneidad a lo que se teje.
(: BIZQUEAR. Ñ
eol. Ponerse bizco.
7MONSERGA. Lenguaje confuso y embrollado. casi
8 A P E I N E . Los tejidos a peine, de origen casero, son muy tupidos y
resultan
impermeables
a la lluvia,
como los barraganes,
o barrancanes, como
dicen los
salteños. A pala,
en cambio, se fabrica la industria de
vicuña.
9 S O C O N D O . Arbusto de la Puna. Sus raíces, tal como lo
declara el autor, tiñen
de
rojo. De ahí
una copla descubierta
por Carrizo, que
estampa lo siguiente:
“Blanca l’agua del romero, /
Rosada la del socondo; / Así me enseñó a cantar /
José Domingo Lizondo”. Es una rubiácea.
10T OLA. Arbusto de la Cordillera
y de la zona meridional de la República.
El
tronco se emplea como combustible.
Es el Lepidophyllum
quadrangulare. Pero
existe
además otra planta conocida
por tola, y
que por sinonimia
se denomina
quina, brusquilla o barba de tigre. Es la
Colletia ferox. sus hojas se conocen por
11 P E N C A .
De la familia de las cácteas.
La planta y
penca; el
fruto por tuna. Es la Opuntia ficus
indica.
alm udes1 cada colcha. Si permitían, los obsequiaba
con algún tra-bajito. . .
— . . .¡V iva el Rey! — rugió uno de los godos,
enfadado por aquella cháchara. ¡Esos rebeldes! ¡Qué sabandijas! Negaban sus
ovejas, alegan do supersticiones estúpidas. Que si vendían una mermaba el
rebaño. . .
Igual cuando no conciliaban todas las reglas al
sacrificarla, pues la habían de voltear mirando al naciente, recoger su último
aliento en la escarcela de la coca, no carnear 2 sino a la puesta del sol. . .
Mas ya bastaba de pretextos. El bosque plagado de
montoneras amagaba también con el hambre; y para colmo, la avilantez de esa
pelarruecas 3 los engañaba sin escrúpulos. Cuando bien que oyeron balar ahí
cerca al comenzar la borrasca. Perra de bruja! Al infierno con sus estropajos y
coloretes!
Brilló un sable sobre la tela, zumbó el altibajo4,
y una lluvia de hilos rojos como chorritos de sangre cubrió el rostro de la
vieja. En ese momento empezó el chubasco.
La manga de granizo resolvíase en aguacero. Sobre
los árboles golosos de frescura eléctrica, las rachas pulverizaban el
chaparrón, tan denso por instantes, que el día rayado de agua se tupía
profundamente. Chales de lluvia azotábanse sobre la fronda; flameaban los
relámpagos, y los truenos entreveraban gigantescamente sus monólogos.
La nube de la piedra, cúyo 5 es el mugido, cedía el
campo a la lluvia, que habla. Y ésta, en una ampulosidad de vocales, rotaba
trajines de catapulta, rebotando avalanchas contra pórticos de bronce. R
etiñían15 después trallas 7 crepitantes, cascaduras de matraca que el cielo
reper cutía como una azotea; deslumbrantes hachazos partían trozos de bos
1 A l m u d . Medida de
capacidad. Martín de
Moussy, en su D
escription de la
Confédération Argentine, expresa que en nuestras
provincias se estilaba el alm ud de Porto, de veinticico litros, o el de
Lisboa, de dieciséis litros. En el campo se entiende que un alm ud tiene
aproximadamente una capacidad de dieciocho a veinte litros.
2 C a r n e a r . Am er. La forma de carnear tiene
su ritual, que aún se mantiene en lo profundo de la Puna. Cuando se sacrifica
la res, se hace de forma que la cabeza de la misma mire hacia el Este. Los
corrales, por otra parte, tienen su puerta hacia el mismo rumbo.
3 P e l a r r u e c a s . Vocablo despectivo por tejedora pobretona.
4 A l t i b a j o . Golpe
recio que se da con la espada de alto a bajo.
5 C u y o . El
pronombre está empleado de
manera clásica; equivale
a de quién.
Juan de Torres, autor del Renacimiento, escribe en
Filosofía m oral de príncipes: “Dèmos la gloria a cúya es”. Pero es que en
Salta, además, se habla con esta modalidad idiomàtica; precisamente una copla
regional expresa esto: “Cúyas son esas gallinas / Que las quieren cocinar? /
Serán tuyas, serán mías / Serán de la vecindad?”
6 R e t i ñ i r . Durar algún tiempo el retintín,
vale decir, mantenerse la sensación del sonido en el oído.
7 T r a l l a . Trencilla que se pone en la punta
de los látigos para que restalle cuando se da el latigazo.
que; embrollábanse, disparadas de tráfagos en la
altura, nudos de ruido
enorme, cataratas
de estrépitos.
La
mujer entendía en
su transporte esa
conmoción de las
paridas
nubes; y a su
influjo abejeaban 1 en su cerebro las ideas, murmurando
como en un
bosque la hojarasca. Con palabras
combatientes traducían
los rumores del temporal.
¡Viva la
Patria!, decía aquel tartamudeo de
colosos; y en vítores pro
rrumpían las quebradas llenas de turbión, las
bolsas de huracán que re
ventaban sobre los árboles. La guerra, despeñándose
de las alturas, encres
paba furiosamente la barba de Dios en raudal de
espumosos ríos; frotaba
triscas sonoras en rotación de artillerías
supremas, y mezclando remem
branzas de la mitología regional con ese fragor de
las procelas 2 superio
res,
advocaba a la antigua madre de los cerros, la Pacha M a m a 3, el
destino de las pandillas cuyos fierros cercaban el país.
Y la
mujer robustecía hasta la certidumbre
aquellas interpretaciones;
y en su espíritu desfilaban los años unos tras otros cual los árboles de
una perspectiva fugaz — cien años. . . doscientos. . . trescientos— reavi
vando enconos de dominación, aguantes
de servidumbre e inminencias
de desquite.
Los antepasados de cobre protestaban en su
desmirriado linaje. No se
comprendía
del todo porque,
en vez de
clamar, tronaban; pero
em
bravecíalos, sí, un estridor de cólera, un
encargo de venganza
contra
esos sayones del rey que deshacían los telares con
sus manazas brutas . . .
La vieja
entrecerró los ojos;
pegósele al galillo4 una
herrumbre de
llanto, y como en ese instante recordara al niño,
ilógica pena la estranguló
en sollozos. de los hombres, se acurrucaba
tras la puerta
El chico, recelándose
con montaraz inquina, aunque embargado de
admiración por las armas.
Cejijuntando5, imitaba sin
advertirlo la expresión de aquéllos.
Su fie
reza de cachorro precoz, curtido en los pastoreos
de la puna y ya jinete,
se descogía ante los soldados. improvisó
Ajustó a la
cintura las boleadoras de cuartillas 6 de oveja;
una escopeta con la guía de los lizos — una caña
rajada en su extremidad
1 AB E J E A R .
N eol. Equivale a que se
revolvían en su cabeza a manera de
enjambres de abejas.
2 P r o c e l a . En poesía, tormenta, borrasca. con la
misma Tierra. Por
3 P a c h a - M a
m a . Divinidad incaica que se identifica
eso se dice también Pacha-M am a, Santa Tierra. Deidad protectora de los
ganados
y las mieses, de
las tejedoras y los alfareros;
pero resguarda asimismo al
caminante,
y de ahí el culto que le rinden los arrieros,
ofrendándole su acuyico al pie de las
apachetas. Gaznate,
gañote.
4 G a l i l l
o . o gerundio
es neologismo; no en lo que
con
5 C e j i j u
n t a n d o . Como verbo
cierne al adjetivo cejijunto, que es ceñudo, y que aparece en los
diccionarios. n o
6 CUARTILLAS. Parte inferior de las
patas del animal.
Nuestros p a is a n ito s
sólo
fabrican boleadoras con
cuartillas, sino con
otras cosas adecuadas.
Después
principia el
aprendizaje campestre con la boleada de perros, gatos
o gallinas.
y bifurcada por un travesano que, al apretar
aquélla, se disparaba— ; y envolviendo su honda en la nuca, simuló galopes
sobre un cráneo de buey \ Los hombres juraron sordo, desplaciéndoles la
jugarreta del mu chacho. Entonces éste, para travesear con más cautela, imitó
a los pája ros cuando galanteaban, cuando anidaban, cuando caían en sus lazos,
mientras el resto de la bandada, en brusco remonte, surcaba el aire como una
bandera de pluma. Desnichador2 famoso, copiaba sus ras gos a maravilla. Poco a
poco, garlando, concertó actitudes: las avizoras mímicas del loro, las
enfáticas venias de la torcaz, los flébiles arrullos de la tórtola compungida.
Se pomponeó a pasitos de coqueta como la calandria3 y a trancos de agrimensor
como el flamenco. Mas pronto, fatigado de la pantomima, tornó a su sitio.
Escampaba. El arroyo deglutía gorgoriteando, y
sonoro como un de rrumbe de quincalla vertíase sobre las piedras su raudal.
Por los agua duchos convergentes al jagüel, boyaban amerengados copos de
espuma.
La vieja, entretanto, arrobábase en la
contemplación de su nietecito, con su silenciosa ternura. ¡Cuánto le costaba,
en efecto, de angustias y de promesas! Pues como cuidadosa ella fue siempre la
más. Cada que 4 podía, le propinaba sangre de cóndor para alargarle la vida; y
todas las tardes, cuando le voceaba por las lomas el espíritu, no se le
perdiera y le aojaran las brujas, temores recónditos roíanle el alma. Cardón
tras cardón desfloraban juntos para san Marcos, patrono de las hierras5; que
aquellos florones, con su carnación de aponeurosis 6, agradaban al santo. Y
cuando se volvían pasacanas7 sabrosas, diezmo de frutas le consagraban.
1 B u e y . La cabeza de una res muerta sirve de
asiento; de típico sitial. Por eso, cuando el bloqueo anglo-francés, en época
de Rosas, un federal neto exclamó: “ ¡Qué nos importa que no nos venga nada de
Europa! Si no tenemos sillas de madera en qué sentarnos, nos sentaremos en
cabezas de vaca”.
2 D e s n i c h a d o r . El que saca nidos. Los
franceses tienen la palabra dén ich eu r; pero ésta no existe en castellano.
3 C a l a n d r i a . Pájaro argentino muy buscado
por su canto arpado. Habita de nuestras tierras del Norte a más allá del Sur de
la provincia de Buenos Aires. No tiene nada que ver con la calandria española.
La nuestra pertenece a la familia de los mímidos. M im us saturninus; para
otros, Saturninus m odulador. En A ventu ras entre pájaros, Hudson informa
“que cada cantor es, por así decirlo, su propio compositor”.
4 C a d a Q U E . M. adv. por siempre que, cada vez
que. Es de uso clásico y todavía de recta aplicación entre los argentinos de
las provincias.
5 H i e r r a . Arg. Marcación del ganado mediante
un hierro candente. Trabajo que se realiza en las estancias por otoño, época en
que hay menos moscas. La operación exige una serie de precauciones a las que se
han referido Rosas, el dic tador, y José Hernández, el poeta, en sendos
libros. La palabra hierra aparece empleada entre nosotros hacia principios del
siglo xvn . A la hierra, en España, la llaman herradero.
6 A p o n e u r o s i s . Membrana blanca, de
fibras cruzadas, que envuelve a los músculos.
7 P a s a c a n a . Fruto
del cardón gigante, comestible y de
sabor dulce.
El muchacho inquietábase otra vez en su forzada
retención. Los pies de los hombres, con sus botazas, proporcionáronle un solaz.
Acercó a ellos su escopeta y disimuladamente empezó un pimpín. Los realistas,
en su fosca desazón, cavilaban demasiado paia regañarlo; pero él, inci tado
por aquella aquiescencia, escatimaba cada vez menos sus golpes. La caña,
tocando bota por bota, acompasaba ya el estribillo de otro juego:
Gallinita ponedora,
Poné uno,
Poné dos,
Poné tres,
Poné cuatro,
Poné cin co . . .
Casi de repente nordesteaba la nube. Sobre el
faldeo blanco de granizo, corría una pincelada de sol. Como dorada velutina1
lloviznaba un polvo acuoso, último resto del chubasco. Por los claros del
firmamento diluíase en agua de arroz el ampo de los cúmulos. La próspera tierra
espirituaba 2 perfumes; y de un hormiguero cuya mambla 3 fofa vapo rizaba
densamente, surgía un trozo de arco iris en refulgencia de azarcón 4.
Bajo el algarrobo 5 familiar, los caballos de la
partida, poniendo anca a la lluvia, bocezaban 6 en mustio duermevela. Sus
dueños, en el interior del rancho, discutían la marcha próxima, rejurando su
indignación con tra esa tormenta cuya espalda enorme se dibujaba a lo lejos.
Triscaba ’ otra vez sobre las botas la escopeta de caña:
Poné seis,
Poné siete,
Poné ocho
Tapa tu b iz . . .
En repentino arranque, un soldado manoteó al niño,
hundiéndolo entre sus rodillas. Alto el rebenque, vomitaba sobre él excesivas
blasfe mias. El rotoso calzoncito empezó a gotear. . .
1 V e l u t i n a . Am er. Polvos de arroz, muy
finos, preparados con bismuto; son casi impalpables.
2 E s p i r i t u a r . Neol. Dar fragancia.
3 M a m b l a . Montecillo
aislado en forma de mama.
* A z a r c ó n . Color
anaranjado muy encendido.
5 A l g a r r o b o . Es en las provincias el árbol
por antonomasia, y resulta tal, en verdad, por lo generoso de su sombra y la
prodigalidad del fruto. Alcanza hasta doce metros de altura. Es un árbol de
mucha tradición histórica en el país. Cien tíficamente es Prosopis alba.
6 B o c e z a r . Mover
los labios el caballo cuando come o bebe.
7 T r i s c a r . Hacer
ruido con los pies o dando golpecitos con ellos.
Casi entero desaparecía en el pliegue del capote
aquel vastago de mon tonera que el hombre tronchaba, como desquitando en él
los sangrientos extravíos de la selva. Su juego vejaba. ¡Ah, bribón!. . . No se
divertía ese pergenio 1 zaparrastroso en golpearles los pies con su artilugio?.
. .
Casta de coya 2 traicionero ahora vería!
Cinco azotes acardenalaron sus piernas que pateaban
desesperadamen te en el aire; y de abajo, en media lengua que la infancia y la
aspereza dialectal 3 degeneraban, se le oyó chillar como un cabrito degollado:
— No, tatita
. . . n o . . . io shabo shel güeno!
El terror consiguiente, eliminó todo intento de
protesta. Fuera, ape lotonado contra la pared, lloraba el niño. La vieja se
acuclilló a su lado, mentón sobre las rodillas, las manos trabadas en torno.
Cargábansele hacia abajo los carrillos como una masa de cobre que restringía en
tufos el Iendroso pelo. Y entre soponcios, hibridaba de quichua una invocación
de la cual percibíase el “Dios padre, Dios hijo”:
Dios yaya, Dios churi. . . 4
Así por fuera, mas, por dentro, saturábase de
ponzoña. Ráfagas de odio devastaban su corazón; su ancianidad miserable
palpitaba en esta idea: avisar a los hombres reunidos en la pulpería cercana,
imponerlos del talión que la tormenta clamoreara en su oído.
Los caballos dormitaban allí. . . Sonó un chapoteo.
. . Una arranca da. . . Un latigazo.
Y el niño partió a media rienda bajo los árboles.
Sorprendidos, los godos requirieron sus carabinas,
tirando al azar contra la fugitiva silueta; pero en ese instante llovió otra
vez.
Cierta nube rezagada llegó enturbiando la tarde, un
trueno en la punta, asperjando5 chorros de regadera, llevándose por los
matorrales, a la rastra, los hilos sueltos de la lluvia. Y cuando pasó, el
bosque separaba ya a los soldados del fugitivo.
1 P e r g e n i o . A m er. Rapazuelo, chiquillo de
pocas medras. En España corre este vocablo, pero con otro sentido.
2 C o y a . La Academia escribe colla; pone ye
únicamente cuando denota a la casta real de los incas. Nosotros hemos escrito
coya, sin otra modificación; pero es que tal palabra señala igualmente en la
Argentina al indígena o mestizo de nuestro Noroeste. Corren infinidad de
relatos acerca del carácter taimado y astuto de dichas personas.
3 D i a l e c t a l . Casi toda esa gente hablaba
más en
quichua que en castellano.
4 C h u r i . Este sustantivo
quichua, cuya pronunciación
sería en realidad
tju ri,
quiere decir hijo, y más exactamente hijo del
hombre. Y aya equivale a padre.
5 A s p e r j a r . V o z que denotaban como
anticuada los viejos léxicos. Es rociar como con un hisopo.
Allá en la pulpería, los hombres de la montonera
local apuraban desde el amanecer tinajas de chicha \ Aprovechando una tregua,
el pulpero sopló ese día la corneta2 de los jolgorios. Convidados por el son de
ese cañuto a cuyo extremo encorvábase en pabellón el cuero de una cola,
acudieron los insurgentes. El negocio, arruinado por la guerra, li quidaba en
tal forma créditos insolutos.
Así que votaron a la Pacha Mama su parte de licor y
de coca, los bebedores entregáronse a su desenfreno con bestial avidez. Al
mediodía la parranda arreció.
Si al locro le echas vino,
qué será
sobre el
tocino . . .
Y lo canturreaban, definiendo su gula en un tesón
de borrachera. Sangrientas binzas 3 estriaban los ojos; el sueño apretaba los
párpados como una faja de arena, pero ninguno se rendía; eso deshonraba. Atro
fiándose con progresivas libaciones, discernían menos cada vez. Acedá banse 4
sus axilas; nadaban en sus cráneos las ideas como cuajarones de sangre.
Embrutecidos por el alcohol y por la lucha, algo feroz les afieraba5 el
empaque; pero sus almas eran de una vasta simplicidad como las de los bueyes, y
aun en aquella hora de orgía babeaban sonri sas de bondad.
De rato en rato uno invitaba:
— ¡Tomo y obligo6!
— ¡Pago! mantenía el interpelado; y cada uno se
racionaba un botijo \ Así proponiendo y retrucando brindis, emulaban el día
entero entre escancias y obligos.
El silencio se
ensimismaba progresivamente bajo los chambergos. Las vidalitas8 incoherentes de las primeras horas,
las tremolinas pronto apaciguadas con apelaciones a la familia y a la
amis tad, expiraban en lóbrega
hurañía. La borrasca traqueó inútilmente su
trifulca sobre ellos.
1 C h i c h a . Bebida fermentada popularísima en
todo nuestro Norte. Se hace de maíz, algarroba, molle y hasta uva. Se requiere
un alto grado de fermentación, y luego todo se convierte en una masa acuosa.
Hay una chicha que llaman itila la cual emborracha a los pocos minutos de
bebida.
2 C o r n e t a . Tal
instrumento se denomina
erke. El erkencho
es más pequeño.
Lo tocan en el Perú, Bolivia. Salta y Jujuy.
Produce sonidos bajos y más bien temblorosos, y otras veces semejantes al
bramido del toro.
3 B I N Z A S . Como telillas sanguinolentas.
4 A C E D A R S E . Ponerse agrias o acedas.
5 A F IE R A D A . Neol. Dar aspecto fiero,
agreste, bravio al semblante.
6 ¡T O M O
Y O B L IG O ! Invitación a beber
de carácter obligatorio.
7 B O T I J O . Ventruda vasija de barro cocido que
suele tener una asa.
8V ID A L IT A . V OZ de la Argentina, Chile y el
Uruguay. Canción con algo de villancico. Dice Lugones en Él Payador: “Los
cantos llamados vidalitas adoptan a veces una combinación de octosílabo y
hexasílabo agudo. Estas dos últimas formas son extrañas a la poética española.
El espíritu de nuestra poesía, es como el de la música correspondiente:
melancólico y viril a la vez”.
Hubo un instante de horror en esa taciturnidad de
beodos. El pulpero, a quien acosaban recuerdos de su mujer fallecida poco
antes, ululó un sollozo maldiciendo su suerte. Espantáronse los animales; y
como enton ces tirotearon los godos al niño, nadie lo advirtió.
La carrera de un caballo sacudió un momento después
ese sopor de repletos. El galope se sujetó ahí cerca, chapaleando el lodo.
Asomaron a la puerta los montoneros. El jaez 1 de la bestia constituía por sí
solo una alarma; pero sin valorar el acto en la temeridad de su borrachera, dos
salieron al rastro 2, volviendo muy luego con un envoltorio, amarillos y a
escape. En el suelo depositaron su carga.
Allá, sobre un poncho, el niño se moría, pues una
bala lo tocó al partir, perforándole los riñones. Dieron con él cerca del
rancho, a cuyas goteras 3 el eco de unos gemidos les advirtió riesgos próximos;
y prescin diendo de aventurarse más, por juzgar posible una sorpresa, traían
con sigo al pequeño postillón con que la vieja les encargaba memorable
escarmiento.
Un silencio en que se hinchaban sollozos atenaceó
las gargantas con su astricción 4 de nudo. Arrodilláronse en torno del
mensajerillo, temu lentos 5 aún de alcohol y de sorpresa.
Cerrados los ojos, regando de sangre tumultuosa el
suelo, aquel niño propiciaba con su holocausto victorias futuras. La agonía
opacaba 6 su faz donde las lágrimas que arrancó el rebenque godo escribieron
dos prolongadas vírgulas7; y al endurecerse en la última convulsión, su
endeblez se ahusaba 8 — ¡pobrecito!— como triste candileja que gasta en suprema
oblación su resto de llama.
La muerte heroica lo acuñaba en su bronce. Entraba
a la gloria al poder de su sacrificada inocencia, sahumado por la fragancia del
bosque, bajo la tarde que lo ungía de inmensidad celeste. De aquella pobre
cami-sita volóse algo irreal como la sombra de un suspiro. Los hombres lo
notaron y una ráfaga de bravura barrió de sus frentes el estupor infame.
Frenesíes de coraje enconaban sus corazones. Semejante muerte apare jaba un
torcedor 9 irremisible.
1 J a e z . La montura y las prendas de la
caballería, el freno, las riendas, el bozal, el cabestro.
2 R A S T R O .
Siguiendo en sentido
contrario las pisadas
del caballo.
3 G O T E R A S . A m er. Equivalente a en las
afueras, en los alrededores. Lo he leído empleado por nuestros generales La
Madrid e Iriarte respectivamente; también por el ya citado García Camba.
4 A S T R I C C I Ó N . Nudo, apretura, cerrazón.
5 T E M U L E N T O . Borracho.
6 O P A C A R . N eo l. Quitarse los colores del
rostro que toma un aspecto sombrío y uniforme.
7 V Í R G U L A . Rayita muy delgada; mas el autor
emplea el vocablo, seguramente, para decir que el surco, de las lágrimas
parecía dos comas.
8 A H U S A R . Ir adelgazándose en figura de huso.
“ T O R C E D O R . En sentido figurado,
sentimiento que se aferra persistente en el ánimo.
Montaron algunos. Las espuelas del abuelo repicaban
en sus talones, pues se estremecía como si le diera el viento, y su encono los
poseyó.
¡Arriba, al bosque de los acechos mortíferos donde
la guerra se re bozaba de espinas y de fronda! ¡Arriba, lanzas! ¡Arriba,
sables!
Los caballos piafaban sonoros como bronce,
salpicando su espuma sobre el niño muerto.
¡Arriba, al combate orquestado de alarido, a las
cargas contra el godo que les asesinaba su niño patriota! ¡Arriba, sables!
¡Arriba, lanzas! Y parecíales que al arrancar, se llevarían por delante el
cielo con las ca bezas.
Levantaron el cadáver, tan ligero que aparentaba un
pollito; recliná ronlo en un catre bajo el crepúsculo techado por nubarrones
de cina brio 1 espeso como un suntuoso plafón2, y uno de los montoneros,
reverenciándolo, mojó sus dedos en el coágulo de la herida, y con ademán
sombrío se santiguó por la señal de la patria 3.
AL RASTRO
Trasmontaba
el repecho, al caer la
tarde, un jinete
pensativo. En el
descenso,
sus hombros nivelábanse
paulatinamente con la
loma, casi
tapados por las
alas del chambergo. Así se lo veía de
espaldas; mas por
el frente,
descubríase a un gaucho que regresaba,
sin duda, de algún
cercano
carnaval. El almidón
sahumado con albahaca, que las mozas
le arrojaron, blanqueaba
en su
sombrero; y en su golilla4 roja, trizas
de los huevos cargados con agua de olor \
Repercutiendo
iban en su oído el eco de los tamboriles con que los
jugadores acompañaron sus vidalitas, el son de los elkenchos 6 con que las
1 C i n
a b r i o . Bermellón. en los viejos diccionarios
de 2 P l a f
ó n . Término perfectamente castizo que
aparece
la Academia.
Es el plano
inferior del saliente
de una cosa.
Dícese también
paflón y
sofito. general español
Jerónimo Valdez, cuenta
el caso que,
“al llegar
3 P a t
r i a . El
con su tropa a la inmediación de un pobre rancho y
ver un muchachito de cuatro
años que montaba a caballo a la voz de
su madre, y partía a todo escape
para
llevar a su padre la voz de alarma contra el invasor, comprendió”, dice, “que a
ese pueblo no lo conquistarían jamás”.
4 G o l
i l l a . Pañuelo para el
cuello. durante el
carnaval, vaciar el con
5 A g u
a d e o
l o r . Era costumbre femenina
tenido de
huevos y reemplazarlo por aguas perfumadas.
En llegando el
escogido
para el juego, la
niña dejaba caer la cáscara sobre la
cabeza de aquél, mojándolo
las
ropas. Casi siempre,
y como corolario
del pasatiempo carnavalesco,
frotaban
almidón en los pelos de la víctima, con lo cual el
agua y el almidón formaban una
pasta espesa. Mr. Scrivener, viajero inglés, cuenta
en su libro de recuerdos, escrito
en 1825, que
cuando llegó a Tucumán y le hicieron esta operación, creyó que la
señorita que así lo
distinguía se había vuelto loca. . . país. El pa
6
ELKENCHO. Especie de clarinete
campesino del N.O. de nuestro
bellón es de un cuerno
de vacuno o de cabra. Se escribe también erkencho.
cornetaron; y éstas escurríanse entre sus bigotes,
traducidas por un silbo que poco a poco se transformaba en cantilena.
Blanditos sentía aún en la cintura los brazos de la
muchacha con la cual, enancada en su overo \ saltó por gala y mejor que los
otros la tranquera2 del guarda -patio. Linda parranda con chicha y manoseo a
discreción.
A la mojadura del carnaval cuyos rastros
antruejaban 3 su poncho, uníase la descarga de un chaparrón que lo sorprendiera
en el faldeo, retardándolo; pues como la nube braveaba y el galope suele atraer
cente llas, mientras llovía tranqueó.
Pero, aunque nada le impedía ya apresurarse,
continuaba con len titud el descenso. Su mirada seguía las curvas de la senda,
pegada al suelo como una hilera de hormigas. Y a cada paso redoblaba su
atención. A su espalda, la nube, cubriendo el sol, envolvía los cerros en una
som bra cerúlea. Por la derecha, una quebrada llena de granizo imitaba fugaz
ventisquero.
El hombre, muy echado siempre sobre el arzón,
exploraba la cuesta. El aguacero no la había alcanzado, y quizá sus riscos
preservarían algo de lo en que se preocupaba.
Aquellas cavilaciones acabaron con una sonrisa de
evidencia que indi caba profesional orgullo. Huellas de muías, y de muías
montadas a juzgar por la limpieza con que se imprimieron las lumbres 4 de los
cascos, abrían una rastrillada 5 en dirección opuesta a la suya.
Coligiendo el número y el paso de las bestias,
avanzaba, todavía más sonriente; pues si antes encontró el rastro, ahora lo
hallaba, infiriendo de esto una probabilidad. Durante un rato desapareció tras
la loma en el valle que la separaba del collado vecino. El maliciaba ahora algo
de eso. Diez rastros distintos implicaban diez muías diferentes. Nadie poseía
por allá ese número; no se trataba de peones, pues. Tampoco eran de sus
contertulios, porque ese camino quedaba a trasmano y ellos no pasaban de seis.
Seis, y diez las muías. . .
1 O v e r o . Pelaje blanco con manchas no muy
grandes, por lo común negras o castañas; también pueden ser de otro color, como
el rosillo, en cuyo caso trátase del overo rosado. Acerca de este pelo trae
interesantes consideraciones Lugones en E l Payador. El ojo profano puede
confundir al overo con el tobiano, lo que jamás ocurrirá al criollo.
2 T r a n q u e r a . V o z de la Argentina y de
varios países sudamericanos. Es la talanquera de los españoles. Las tranqueras
comunes están hechas por dos postes hundidos verticalmente en el suelo,
atravesados éstos de manera horizontal por dos o más trancas, que generalmente
se introducen en unos agujeros labrados en aquellos postes. Las tranqueras
cierran el paso de las heredades, predios o corrales.
3 A n t r u e j a r . Mojar o hacer alguna otra
burla durante el carnaval. Deriva d e antruejo que son las carnestolendas.
4 L u m b r e . Parte
anterior de la herradura.
5 R a s t r i l l a d a . Dicción de la Argentina y de algunas naciones limítrofes.
Huellas, hasta cierto punto visibles al ojo
inexperto, que dejan en el campo las pisadas de animales. Las rastrilladas de
los indios pampas resultaban de suyo ver daderos caminos en el desierto
herbáceo.
Inútil pensar en una arria; éstas preferían el
camino real. Luego, no
las sacaba él por muías cargueras, sino montadas, como lo decían claro
la rectitud y la equidistancia de sus huellas.
El caballo cabeceaba con ese aspecto sonámbulo que
toman las bestias
mansas cuando
se apriscan en el crepúsculo. Su
baba desprendíase en
hebras sobre la rastrillada de los misteriosos
caminantes. hablando
Van de dos en
fondo. . . gruñía sordamente el rastreador,
en presente 1como si pasaran por allí. Aquí se paran . . . Aquí trotean . . .
A ratos, la
vibración de un trueno se propagaba por la tierra, sorda
mente, como una palabra enorme.
— Y no eran
de las muías del pago las huellas,
pues bien que las
conocía en cien leguas a la redonda.
Una idea salió de entre sus cabellos, enturbió la
tarde convertida en
sospecha.
Esos jinetes ahora ocultos
por las montañas
que se erguían
detrás, empezaban a alarmarlo.
En un limpión habían desensillado. Patente
estaba donde se revolcó
una bestia: — como planchado el piso.
Para mejor, resaltaban
allá
huellas de pies
descalzos, y no de indio 2, pues los rastros se cortaban
entre los dedos y el talón. . .
Más lejos, tiritaban algunos pelos en una rama 3; indicio de que los
caminantes no llevaban guardamontes.
El animal que los dejó era ce
bruno 4; y
el más delantero,
macho; porque en
su huella, la
ranilla
dibujaba una media luna en vez de una horqueta. . .
Esto, nada añadía a la investigación, pero
confirmaba su exactitud.
Más atento cada vez, el transeúnte ascendía ahora
por el collado fron
tero, mientras una frase definía su suspición:
— ¡Los maturrangos! sabía; y hacia ella volvió
La sierra elevada detrás de su soliloquio, lo
su caballo, ya en la cumbre de la eminencia.
Tras los cerros surcados por cándidas
neblinas, la nube formaba un
telón de seda
malva donde efundía la luz
pulverizaciones de azafrán.
Encima, exornando menudos pliegues, desflecándose
copitos de oro claro.
Una amarillez sulfurosa entibió aquel matiz. Bajo
haces de luz grisácea,
un escalón
de montaña apareció aterciopelado
de tierno verde.
Enrareciéronse más los vapores; simularon sus
reflejos, al cambiar su
cesivamente
de viso, lentos
relámpagos. El matiz,
primero violeta, re
frescóse en azulado; neutralizó en blancuras levemente
iluminadas de
1 H a b l a n
d o e n
p r e s e n t e . L o s rastreadores dicen siempre de la manera expre
sada por el autor.
Van reconstruyendo mentalmente lo que ven en ese instante.
2 I n d i o . Estos
dejan toda la huella
de la planta del pie
impresa en el
suelo.
Tampoco es igual el
rastro del hombre al de
mujer, se entiende
que estando
ambos descalzos. El de ésta se muestra alargado en
los calcañares; mientras que el
de aquél es de forma redondeada. impiden
que las ramas
rasguñen a la ca
3 R a m a s . Porque los guardamontes
ballería. Color de caballo
parecido a la piel del ratón.
4 C e b r u n o .
lila, y enfrióse de pronto en una cárdena lividez.
El seno de la tormenta coaguló después, semejando hialina 1 carne de uva,
delicuescencias de carmín que concentraban, arriba, lóbregas púrpuras. Sesgas
barras de sol se desdoraron sobre el valle. Volvió a amoratarse aquel mortecino
fuego, y tórridas rubicundeces escaldaron el nubarrón. Una arboleda reavivaba
el coloreado ambiente con su masa, en el fondo. La loma del índigo tornasolaba
como un buche de paloma, y el horizonte fingía una profundidad de río rosado.
El rastreador, con una mano sobre las cejas, revisó
las cumbres. Muy lejos, un grupo de guanacos huía de peña en peña, y este
incidente advertía2. Por allá andaba gente. Los de la rastrillada, fuera de
duda. Esta certidumbre, bruscamente, lo animó. Aquella tropa llevaba buen paso
e imposibilitaría su alcance si él se ponía a citar la montonera. Entonces, era
claro, iría solo. Portándose ardidoso, uno contra diez bien podía. . .
Instantáneamente se decidió. Recogidas las riendas,
los talones entre abiertos, calculó todavía la distancia, el mejor camino para
ganarles el frente, cortando campo. Y ante el crepúsculo apareció terrible.
Abollada la nariz, su faz recordaba una calavera.
Sus ojos zarcos de potrillo, asaz separados, adquirían nublosa humedad. El
chambergo lo nimbaba. Las orlitas de su barboquejo, pasado por el vómer,
erizábanle el bigotillo ruano 3.
Una postrer mirada agujereó la serranía cuyo negro
zafiro se aligeraba en una traslucidez de vidrio espeso. Imitando obscuro
cortinaje, algún chaparrón lejano caía de la nube. El hombre hesitó un momento
aún, taloneó4 el caballo, acomodó contra el carrillo la mascada de coca y se
puso a marchar sobre el rastro. Las vidalitas del carnaval continuaban:
Qué lindo es ver una moza
— La
luna y e l
sol —
Cuando la están pretendiendo
— Alégrate corazón—
Se agacha y quiebra palitos
— La luna
y el sol—
Señal que ya está queriendo.
— Alégrate
corazón— .
Los estribillos indefinían quejumbres, sugiriendo
quimeras de libertad infinita en el desamparo de esclavitudes sin término;
ruegos de algún
1 H i a l i n o . Transparente
como el vidrio.
2 A d v e r t í a . Lo que describe en estas pocas
líneas el autor, se conocía por m ovim iento del campo . Esas y otras señales
particulares ponían sobre aviso al gaucho de que algo insólito ocurría más allá
de su vista. Lugones, en El Payador
— tantas veces citado— habla de dicho fenómeno.
3 R u a n o . De color rubio claro. En cuanto al
pelo de los yeguarizos ya se ha dicho lo suficiente en una nota anterior.
4 T a l o n e a r . V o z de casi toda la América
de nuestra habla. Dar con el talón en los ijares de las caballerías,
incitándole a que ande. En términos de equitación se dice atondar.
amor convaleciente de grandes infortunios, congojas
de la ausencia, desa hucios de la nostalgia . . .
El cielo, delicado cual una cutis 1, transparentaba
un rosa diáfano, mientras de realce el lucero lo sensibiliza con su leve
palpitación.
Miren allá viene l’agua
— La pura verdá —
Alegando con
la arena,
— Vamos,
vidita, bajo el
nogal—
Así han de alegar por mí
— La
pura verdá —
Cuando me pongan cadena.
— Vamos,
vidita, bajo el
vogal— .
A través de la tarde, el caballo acompasaba
soñolientamente la molicie de su trote.
El destacamento realista, engrosado por la junción2
de otros cinco, halló el vivac de su regimiento al caer la tarde. Extraviado
por su guía, que emprendió la fuga apenas entraron al fondo del monte,
regresaba, después de haberlo fusilado, sin indicios de las provisiones cuya
pista buscaban al azar.
Los restantes, salvo uno que traía media res de
llama, corrieron la misma suerte. Ninguno halló enemigos ni poblaciones. La
montonera descuidaba por lo visto aquellos parajes, concentrada, quizá, sobre
el grueso de la columna. Dormirían tranquilos, siquiera, merendando sueño para
mitigar el fracaso.
Hostigaban su cansancio cuatro noches de vela. Sus
muías harto soba jadas, lo requerían también. Desde la altiplanicie venían,
firmes en su tozuda mansedumbre, pero ahiladas por la penuria, desangradas por
los vampiros del bosque, enarbolando la melancolía de sus orejas sobre la rabia
lúgubre del ejército endilgado en el brete de los cerros inacabables. Ya no
contaban sino con muy pocas, y una vez cansadas se las comían. Viajaban sobre
su almuerzo, mas tal circunstancia suponía punzadora aprensión. Esa noche,
seguros de la soledad, no obstante, durmiéronse sin mayor inquietud.
Junto a un peñasco que cobijaban molles, el
rastreador, de bruces, esperaba. A su lado, cuatro hombres en la misma
posición, dirigíanse de rato en rato palabras imperceptibles.
1 U n a c u t i s . Puede escribirse esta voz como
femenina. Así la estamparon los clásicos.
2 J u n c i ó n . Antiguamente
decíase juncir por uncir o yuncir; también unir.
Los invasores pernoctaban a poco trecho, en torno
de los fusiles em-pabellonados que descubría con su vislumbre la luna, muy
delgada aún y ya próxima al horizonte. Más adelante, el montón de las bestias
se movía confusamente; y otra masa inmóvil en el centro de la tropa dor mida,
denunciaba un carretón que formaba el parque. Los centinelas, vencidos sin duda
por el sueño, no erigían en el contorno su avizora silueta.
Uno de los insurrectos se enderezó hacia su caballo
que empezaba a olfatear, envolvióle la cabeza en el poncho para prevenir
incautos relin chos; otro improvisó al suyo, inquieto también, un acial1 con
la manija de su rebenque; Tendiéronse otra vez, llaparon sus mascadas de coca y
acomodaron de nuevo los puñales en la vaina, el filo para abajo 2, de modo que
salieran cortando cuando saliesen. Cual más, cual menos, imi taron los otros,
y pronto reimperó 3 la inmovilidad. La campaña dormía bajo sus vientres.
Pasó una hora. La luna entróse por fin, y un soplo
de aire cosquilleó las nucas de los guerrilleros. Lo esperaban. Era el viento
que sopla cuando se pone la luna, y que acudía puntual al reclamo de sus
silbidos \
Al primer soplo sucedió uno más sostenido, y otro,
y otros. Los árboles murmuraron entre sueños. Rápidamente acentuáronse las
vibraciones de la atmósfera, prolongando susurros en los matorrales. La brisa
desplegaba del todo su cinta sonora, acelerábase el guiño de las estrellas y
una especie de habla vagarosa levantábase de los campos. . .
Cinco sombras se escurrieron hacia el real,
doblemente encapuchado por la modorra y los capotes; y poco después flotaron en
torno vagas humaredas que el aire difundía a ras de tierra. Algunas chispas
corrieron entre los pastizales; surgieron llamitas temblonas, alzándose un jem
e5 del suelo, brotando más allá. . . Y como en ese instante se hinchara el
viento, reventó en la noche una erupción de fogatas.
Y con el resplandor, a toda la furia de sus
caballos, arremetieron los insurgentes, palmeándose 6 la boca, alto el rebenque
sobre las maltrechas pelambres de las muías que coceando al fuego se
desbandaron.
El incendio avanzaba contra el carretón del parque,
amagaba con la borla de chispas de su penacho al tremendo combustible. Los ocho
o diez rubíes de la abrasada sortija que acorralaba a los chapetones, fundíanse
en un solo cráter. Adelgazadas por el fulgor, saltaban figuras tenebrosas bajo
el humo, e hincándose en pelotones fusilaban sin saber lo qué.
1 A c i a l . Mordaza
para los caballos, muías y asnos.
* F I L O P A R A A B A J O . En esta forma se
lleva el cuchillo o el facón, listo para cualquier evento. Ya lo recomienda
Martín Fierro . . .
3 R e i m p e r a r . NeoZ. Imperó de nuevo.
4 S i l b i d o . E S costumbre en nuestros campos
llamar al viento por medio de silbos seguidos y suaves, especialmente cuando se
avienta semilla.
5 J e m e . Medida equivalente a la distancia que
media desde la extremidad del dedo pulgar a la del índice, lo más separados
posible el uno del otro.
6 P a l m e á n d o s e . L OS gauchos atropellaban
a caballo dando alaridos.
Un piquete se tendió azoradamente en guerrilla.
Hombres medio des nudos arrastraban a brazo el polvorín. Clamoreaban voces de
mando, juramentos de cólera desesperada, súplicas, imprecaciones. Un clarín
loco estalló en dianas.
Rubias pavesas llovían sobre la techumbre del
vehículo. El incendio mordía los matorrales a la raíz, aleteando con el
estrépito de una lona que flamea, congestionando los rostros su tufo urente,
avinagrando los ojos su cáustico humo. Los árboles respondieron con silbos y
batacazos al tiroteo de la encandilada tropa. En rizos de azulada luz
prendíanse los vástagos secos, en plúmulas 1 de llama que se retorcían al aire
como esquilados rulos2. Levantábanse del monte pájaros temerosos, corrían
alimañas por el suelo como una dispensión de ovillos oscuros.
Golpes de aire rompían a intervalos la ígnea malla
y abatían la huma reda, descubriendo palpitantes alfombras de ascuas. La
columna retro cedía ante esa irrupción de los batallones del fuego que los
insurgentes desataban a su paso; semicirculaba sobre el costado de la quemazón,
pero las llamas erizaban porfiadamente su trémula crestería, azotábanla en
flecos sobre los ramajes tan ardidos que parecían de cristal, desahogaban en el
ámbito de la noche los jadeos de su pulmón. De la columna alzábanse bayonetas y
espadas, negras sobre la iluminación que enrojecía el ámbito en surgencias
bruscas como cachetazos, avivando marchitos galones y desvaídas franjas.
Aquellos soldados maniobraban tácticamente bajo el
dosel de fuego, con tan heroica temeridad, que los cerros lejanos decían ¡bien!
bajo sus embozos de nieve.
El incendio les cocía las ancas, pegando a sus
trajes chispas encarniza das como tábanos; y mientras unos arrastraban la
carreta, otros iban contrafogueando 3 más adelante para quitar pábulo a la
llama. La salva ción dependía quizá de ese atajadizo que salvaron por fin;
pero el viento se encaprichó. Aspirado por el horno que la combustión cavaba,
rodó la hoguera sobre aquel baluarte. Las llamas tendiéronse como brazos, pren
dieron en la parte opuesta y el combate recomenzó.
Los regimientos de la llama invadían con sus
meandros 4 las tinieblas, encharcándolas de líquidos carbunclos 5.
1 P l ú m u l a . Yemecilla de la
planta.
2 R u l o . V
o z de la Argentina, Chile y
Bolivia. Rizo, como dicen los
españoles.
3 C o n t r a f o g u e a n d o . Cuando la
quemazón del campo es grande y las llamas avanzan incontenibles, se da
contrafuego. La operación consiste en quemar más allá del foco del siniestro
una franja de terreno, de tal manera que cuando la conflagración llega, se
encuentra sin pasto para avanzar. Cuando queda tiempo suele ararse la tierra
hacia donde crecen las llamaradas. Antiguamente matábase una yegua, y abierto
el cuerpo en canal, arrastrábasela a lazo por los yuyales.
4 M e a n d r o . Recoveco.
6 C a r b u n c l o . Llamaban así los antiguos, y
también carbúnculo, al rubí, pues creían que lucía en la oscuridad como un
tizón. Valera trae esta frase en uno de sus escritos: “Relucían como diamantes
o carbunclos los gusanillos de luz en multitud innumerable”.
Trasgueaban 1 primero
guerrillas de saltarines duendes; detrás rutilaba
más alto el revoloteo de espadas rosas y flamígeros
gallardetes de la dra-
gonada2; después, entre chisporroteos que
reventaban en el aire crespas
mazorcas,
venían empenachados por
densos plumajes, más
altos, más
altos, los coraceros de ocre; y en el último
término, los árboles que erguían
el doble tizón de su horqueta en la oscuridad, eran
más altos aún, los
granaderos colorados con sus cotas de escama
reverberante.
Crepitaba en los gajos verdes profusa mosquetería.
Sordos cohetes tra
zaban por el aire su punto y coma. Las cortezas
deshacíanse en virutas
candentes. Y sobre esa trifulca de resplandores y
de humos que el paso
de la tropa espesaba aún con su polvareda, el ronquido
de las llamas
sobresalía.
La retirada
convirtióse en escapatoria.
Desfilaban hacia lo
descono
cido, arrastrando su derrota en las soledades,
aplastados por un techo de
humo tan bajo, que las cabezas metíanse en él a
veces. Y de la soledad
surgió un nuevo obstáculo. Una pirca 3 les barreó
el camino, y ante tan
inesperada
trinchera sus albedríos
claudicaron. Semejante colaboración
de azares 4, sobreentendía conjuraciones
misteriosas.
El extravío de las catástrofes colectivas los
enloqueció. Algunos acomo
daron sus fusiles con suprema decisión bajo los
mentones. Las navajas
comenzaron a abrir paso. Uno apareció sobre la
pirca, de pie, los brazos
abiertos, y le gritaron ¡canalla! de todas partes. . .
Mas el clarín pronunció entonces su palabra de
obediencia y de muerte.
Pirueteando volteos para escalar aquella pared,
fueron pasando todos; y
apenas seguros tras ese obstáculo que los salvaba,
no obstante, un recuer
do los asaltó:
¡la carreta!
No bien lo dijeron, cuando sobrevino la explosión.
Y enterrados aún
por el fardo de humo que les dio encima, una cosa
formidable pasó entre
ellos sembrando la muerte. Aquello atravesó la
humareda, se perdió en la
distancia aullando. Sintióse que arrancaba
nuevamente de la sombra, lan
zándose en otra arremetida. . .
Ahora lo divisaban. Sable en mano, un jinete, uno
solo, precipitábase
sobre ellos. Muchos calaron bayoneta; pero
enceguecidos todavía, no evi
taron la carga. El temerario cruzó entre una
vorágine de sablazos y de
aullidos. .
.
Una
exclamación.
. . .U
n silencio. . .
1 T r a s g u e a r . Imitar las travesuras
y andanzas de los duendes.
2 D r a g o n a d a . N eo l. Soldados de
dragones.
3 P i r c a ,
A m er. Cerca de piedra. Se colocan
piedras de forma adecuada,
unas
sobre otras; pero sin unirlas con
argamasa. Es voz de origen quichua.
Las pircas
son
anteriores al descubrimiento. Varias
veces se han
atrincherado tras ellas
fuerzas militares, sobre todo en
nuestras campañas militares en el Norte y centro
del país. dicción está empleada por fatalidad o mala suerte.
Queda así es
4 A z a r
. Esta
tampada en su recta
y original acepción.
. . .Otro
galope.
En el boquete con que la explosión abriera la
pirca, apareció otra vez. Cerró 1 contra las filas. Dio en la punta de las
bayonetas. La descarga tumbó su caballo, mas él salió ileso, en cuclillas2,
ante los soldados atónitos; corrió hacia el cerco gambeteando para esquivar la
red de pun terías con que lo acosaban, y respaldado allá, esperó.
Los realistas atropellaron, y un haz de sables
levantóse sobre él. Al canto ardía un matorral, de modo que la lucha se destacó
sobre ese foco. Los sables alzados cayeron, y al levantarse otra vez, el
combatiente de la patria apareció todo de púrpura 3.
Pero él atacaba también, multiplicando pases y
fintas, ya quebrado en imprevistos esguinces, ya echado al suelo un instante
para distenderse mejor en el resorte de sus tabas. Tan apretados se le iban,
que imposibi litaban los balazos.
Codiciosos de ese pellejo disputado con tal
bravura, rugían su con cupiscencia en ternos amortiguadas las mandíbulas por
la dentera4 estridente del coraje. Aquel gaucho representaba en persona al
incendio vituperándoles su derrota; mostraba ¡en fin! al alcance, un poco de
carne rebelde. Existía tal seguridad de matarlo que ni le intimaron rendición.
Su machete fraseaba siempre. Tejía a quites una
reja en torno de su desnudez escarlata. Su cabeza parecía una albóndiga cruda.
Ya no le quedaban facciones, eliminadas en su propio carmín como el disco de un
sol de otoño.
Un instante desapareció, pero todavía volvió a
intentar otro ataque. No lo dejaron. Veinte filos mordieron su carne, un fusil
lanzado por detrás del cerco le golpeó la cabeza. . .
Todavía una manotada. . . un grito . . . El
silencio después. . .
En ese momento, alguien ordenó de la sombra:
— ¡No le maten!
Bajo unos árboles, el coronel rodeado de sus
oficiales observaba al herido con cejijunto encaro 5. Un torzal6 de pábilo fijo
en el fusil del
de 1 C e r r a r . Término clásico del estilo castrense. Está por
atacar, vocablo este
moderna creación
en dicho sentido.
Desde el P.
Mariana hasta el
conde de
Toreno,
todos escribieron cerrar por acometer
al enemigo con ímpetu, cargarlo,
irse sobre él. l
i l l a s . Los paisanos paradores quedan en esa posición al rodar el
2 E
N c u
c
caballo. d
e p ú r p u r a . E s d e
c ir, e n s a n g r e n ta d o d e p
ie s a
c a b e z a .
3 T o d
o dientes al sentir
en 4 D e n t
e r a . Sensación desagradable que se experimenta en los
ellos sustancias
agrias; a veces
nada más que
por oír ruidos
desapacibles y
chirriantes. Mirada atenta y escudriñadora.
5 E n c a r o .
de 6 T o r z a l . Conjunto de hilos o hebras torcidas unas con otras. Desde este
punto
vista
es voz castiza; pero bajo otra acepción — que no cuadra aquí— es
argen
tinismo.
centinela de vista, hacía de antorcha. La luz
soslayaba con bruscos ma-riposeos sobre los semblantes. El reo, sentado en una
piedra, hilo a hilo se desangraba.
Desnudo de la cintura arriba, cruzado el pecho de
ojales en los que se aglutinaba con sangre el vello, resollaba a bufidos. En su
hombro derecho, distinguíase un sablazo, como una presilla. Desbordaba de sus
cejas la sangre. Sangrientos mechones remendaban su frente. El brazo izquierdo
era un picadillo a cuyo extremo la mano, rebanada al través, vertía sangre
sobre la rodilla en que se apoyaba. Por detrás, veíase las promi nencias de
sus lomos geminados 1 como ancas de caballo, y entre abo rrascadas mechas el
sudado bronce de la nuca. Las rayas de tizne que lo cebraban, parecían otros
tajos.
Sin médico ni recursos, no podían socorrerlo.
Tampoco quiso acostarse en el capote que le ofrecieron. Y con un estupor
semejante al miedo, se habían puesto a verlo agonizar.
Ese herido decía bien en qué carnaduras arraigaba
aquella insurrección cuyas falanges de cerros escondían tales cordilleras de
hombres. No era en verdad más que uno, y sin embargo, empequeñecíanse alrededor
de su cintura. Por sobre todo, él resultaba vencedor, y su fortaleza de árbol
parecía jactarse de ello ante la muerte 2.
A la distancia, el reflejo de la quemazón coronaba
una loma. Una nube completamente rosa como el ala del flamenco, ocupaba el
cénit, profundizando por contraste la oscuridad. El silencio sucedía a los
albo rotos de la fuga. Transpiraba de las tinieblas un vaho de tierra cocida
en las ráfagas.
Poco a poco, la efigie que veían a su frente,
penetrábalos de admira ción. El gaucho se desangraba siempre. Rehollaba3 ya en
un charco. El jefe, cohibido por lo anómalo de la situación ante ese hombre
espantoso que infundía a la vez ira y piedad, aventuró reflexiones, encarándose
al parecer con la sombra:
— . . . No saben lo que hacen. Entronizan caudillos
que los roban y los indisponen con la autoridad, y luego se matan unos a otros.
. . No piensan que las armas del rey triunfarán . . , 4.
1 G e m i n a d o . Partido,
dividido.
2 M u e r t e . ASÍ se sacrificaban por la tierra
aquellos campesinos heroicos. El varias veces citado general García Camba,
cuenta cómo sus huestes peninsulares debieron sostener cruentísimos combates
con los gauchos de San Andrés, “que defendían sus casas y sus ganados como cosa
propia a costa de su misma sangre’’. La locución como “cosa propia” da clara
idea del concepto que tenían los espa ñoles de los americanos.
3 R e h o l l a r . Pisotear.
4 L a s a r m a s d e l r e y t r i u n f a r á n .
Todos los jefes hispanos que guerreaban en América pensaban lo mismo. Dícelo
así, entre muchos, este hecho: en 1816 el general De la Serna escribió a
Uriondo, lugarteniente de Güemes, para expresarle en uno de los párrafos de una
carta: “¿Cree usted por ventura que un puñado de hombres desnaturalizados y
mantenidos por el robo, sin más orden, disciplina ni instrucción que la de unos
bandidos puede oponerse a unas tropas aguerridas y acostumbradas a vencer las
primeras de Europa?”
El hombre esputó de lado una flema roja.
— . . . triunfarán al fin . . . que no ha de
amnistiarlos entonces. . .
— Coronel, ¿qué horas me manda ajusilar *? —
interrumpió el herido. Miráronse de rabo de ojo los circunstantes, y el jefe,
como si nada
advirtiera, preguntó al rebelde:
— ¿Cuántos erais?
— Cinco. Vea, yo iba en derecera 'e mi rancho no? y
devisé las güellas. Po’aqui va España 2, le dije a mi flete 3, Endenantes 4 han
pasao. Y ya rumbié 5 tamién. Me toparon cuatro mozos amigos míos y me acompa
ñaron. Ya cerró la noche. Ya no víamos. . . Po'el olor más juerte 'e los poleos
pisotiaos, sacaba la rastrillada. Yo creiba qu’eran diez juntos. . .
Y cuando vide qu’eran unos más, ya no me quise
volver . . .
Unos más, sumaban ciento y tantos; pero la
aritmética del hombre concluía en sus pulgares.
— Me dentraron unas ganas de peliar!. . . Ustedes
vayansé con las muías, les dije a los otros. Ya me quedo a ver la chamusquina 6
pa con tarles. Me saqué la camisa y la guardé. Asina 7 somos los pobres,
coronel. El cuero sana; pero el lienzo. . .
Expectoró otra vez, escarbándose las narices con su
mano restante, al paso que tramaba el relato de su complot.
— Güeno; esperamos tiraos de barriga en el pastizal
hasta que se dentro la luna. Y re d e p e n te ...8 jo’e pucha!9 les metimos
juego10 a esos campos. . . Y acabe usté el cuento, coronel!
Le chantó al jefe en la cara su risa gangosa de
ñato, empapada en sangre. La jactancia de aquella heroica chiripa 1 afeólo de
tal modo, que el jefe tiritó vagamente.
— Entonces, tú solo. . .
— Solito,
coronel.
— ¡No
mientas!
1 A j u s i l a r . Fusilar.
A sí dicen los paisanos.
2 E s p a ñ a . L o s españoles. Costumbre de los
criollos, como cuando dicen un nación por un extranjero.
3 F L E T E . Palabra de la Argentina y de otras
repúblicas del Continente. Ca ballo de buena clase.
4 E N D E N A N T E S . Adverbio de tiempo, por
hace poco. Es argentinismo, aunque en el antiguo romance valía por antes.
5 R U M B I A R . A m er. Orientarse, tomar rumbo, ir hacia un lugar
determinado.
6 C H A M U S Q U I N A . Arg. Quemazón, incendio.
7 ASIN A . O ansina. Así.
No es argentinismo; es
vocablo que ya figura
en unos
versos de Juan
de Timoneda, autor de fines del
siglo xv.
8 R E D E P E N T E . Metaplasmo por transposición.
De repente. Comunes son estas metátesis en los campesinos de todo el mundo.
9 J o ’e P
u c h a . Interjección por gran pucha;
pero reduciéndose todo a caramba.
10 J U E G O .
Fuego.
11 C h i r i p a . En castellano es casualidad
favorable; pero aquí está más bien por acción arriscada y valiente, o lo que
diríamos los argentinos patriada.
Los hilos rojos que corrían por su frente
trocáronse en dos caseaditas; sus costillares se combaron, y sin hallar
respuesta se amorró \ gruñendo entre la sangre un viva la patria.
iNadie alzaba la cabeza. El reo movía distraído sus
pies, por entre cuyos dedos regurgitaba un sangriento lodo. Ahora nauseaba un
poco, y vagos escalofríos sacudíanle las quijadas. El jefe, casi en secreto, y
sin advertir que ya no lo tuteaba, reprochó:
— ¿Qué sabe Ud. de patria? . . .
El herido lo miró en silencio. Tendió el brazo
hacia el horizonte y bajo su dedo quedaron las montañas — los campos — los ríos
— el país que la montonera atrincheraba con sus pechos — el mar tal vez — un
trozo de noche . . . El dedo se levantó en seguida, apuntó a las alturas,
permaneció así, recto bajo una estrella. . .
Las miradas atenebráronse. Entraron las barbas en
los cuellos de los capotes.
El silencio agrandábase más y más, casi hasta la
angustia. La antorcha improvisada se consumía.
Un abejeo de ideas llenó la cabeza del jefe que
entrecerró los ojos. Esa patria con su fatalidad colérica se le imponía. A
virtud de qué suscitaba semejantes denuedos? Las vidas de esos hombres
exhalábanse ante ella como un fúnebre incienso, y en nada la podían los ídolos
seculares:
— Dios, España, el Rey. . .
En ese momento uno de los oficiales se aproximó
suavemente:
— Coronel. . .
El jefe se estremeció.
— . . . parece que ha muerto, concluyó el oficial.
Y apagó el torzal de pábilo *.
1 A m o r r a r s e . Bajar la cabeza para no hablar; también es ensimismarse.
2 P a b i l o . Cuando en 1817 el ejército realista
se retiró de Jujuy, hacia sus antiguas posiciones de Mojo y de Talina acaeció
el 15 de mayo de ese año, al amanecer, que las montoneras que hostigaban
incesantemente a las huestes espa ñolas, incendiaron los pastos del campamento
del Volcán. La hierba estaba reseca, y según historiadores de entonces,
grandísimo trabajo costó preservar de las llamas al parque y al hospital.
PROSA POLITICA
NOTA CRITICA
Nuestra cronología permite al lector componer una
tabla relativamente aproximada de fechas y exposiciones que ordenan el proceso
de los apor tes lugonianos al pensamiento político argentino. Las páginas que
siguen son fragmentos que ayudarán a ampliar la imagen siempre renovada, de ese
mismo pensamiento.
En síntesis: Lugones se inicia en el periodismo
cordobés poco después de los 19 años y funda entonces El Pensamiento Libre.
Pronto acomete contra esto y aquello, sin que por el momento se descubra con
claridad qué ataca y qué defiende. Declara, eso sí, que defenderá “las ideas
libe rales y democráticas que informan el espíritu de las modernas
sociedades". En 1895 funda el Centro Socialista de Córdoba y en menos de
un año ingresa a la actividad poética y doctrinaria en Buenos Aires. La lectura
de su “Profesión de fe” (“poesía inédita, tan agresiva y tan incandescente que
parece escrita con un punzón de fuego") se hace en el Ateneo el 8 de mayo
de 1896 . La Vanguardia dirá, resumiendo: “En ella canta a la ciencia y a la
igualdad, fulm ina al dios M illón, desprecia al clero, espera de la agitación
del pueblo, excita a la lucha por la idea, pinta sus dolores y predica su
triunfo . . . N o falta quien eche de menos en ella algo concreto”. En 1 8 9 7
funda con Ingenieros y Payró, La Montaña.
Gálvez comentará: “Era como un bombardeo formidable
contra las Torres burguesas". Las disidencias con el grupo socialista lo
apartan de él y al mismo tiem po se acerca al “roquismo" oficialista. En
el discurso de apoyo a Quinta, a mediados del año 1903 y mientras hace el
elogio del presi dente y de su sucesor, se oyen gritos por el Partido Radical
y por el socialismo. Lugones calla un momento, consigue silencio y sigue
erguido y potente: “Apaguemos la linterna filosófica y vayámonos en paz. Hemos
hallado el hombre". Por esos días, su “amigo" Gálvez le juega una
mala pasada: sin autorización, publica de él, palabras como éstas: “M is
estrofas son las lágrimas del pueblo. . . Mi bandera roja ha flameado sobre la
cabeza del p u eblo . .
Poco después, Lugones hará historia del socialismo
y del
terrorismo anárquico como si nada
hubiera tenido que ver con
él.
Y en el fondo, era realmente así. . .
Hasta la publicación de sus artículos vinculados con la guerra del
14
en La Nación
y otros
que se suman
a ellos entre
el año 12
y el 19,
Lugones
permanece liberal y
activo defensor de
la posición aliada
en
Europa. Por
lo mismo declara su desprecio por la política neutralista
de
Yrigoyen:
dos libros resumen
aquella actividad combativa: Mi belige
rancia (1 9 1 7 )
y La torre de Casandra (1 9 1 9). De este
último libro se
incluyen unas páginas que irradian un furor todavía
no apagado contra el
gobierno, los políticos y el pueblo mismo
“envilecido por el lucro y ebrio
con esa triste
libertad electoral que
goza en el
cuarto oscuro como
un
simulacro de mancebía”, Todavía se mantiene firm e
en él su fe pacifista
y su odio
al armamentismo desaforado.
Esta fe ha
mostrado algunos
signos
de quiebra, sin
embargo y en
los discursos del
teatro Coliseo
(1 9 2 3 ) a la inquina electoralista suma el
odio a la “masa extranjera dis
conforme y
hostil” mientras incorpora a su proyecto político una franca
admiración
por los métodos
fascistas \ Son sabidas
las reacciones que
desató en el clero, las comunidades extranjeras y
en los grupos políticos,
socialistas
y radicales. El
discurso de Ayacucho
(diciembre de 1924)
mostrará al
lector esa nueva
posición de Lugones:
exaltación del poder
m ilitar y
de la expansión imperialista que acompaña a todo país
fuerte.
“Belleza,
esperanza y fuerza” son los
signos de la vida
“superior” a que
aspira para él y para el país. “En mi
caso — había dicho un año antes,
reconózcanme impopular, no sólo por la naturaleza
de mis estudios, inexo
rablemente
aristocráticos, sino por m
i persistente actitud
ante la dem o
cracia,
desde cuando era
una cosa soportable
hasta su reciente
putre
facción”.
Ese discurso de
Ayacucho abre el
libro que con
el título de
La patria fuerte le publicó a Lugones la Biblioteca
del Oficial, dependien
te del Círculo M ilitar de Buenos Aires en el año
clave de 19 3 0 , muy poco
antes de la Revolución que él impulsó al lado del
General Uriburu, para
la cual escribió
la proclama y
a la cual
contribuyó, como puede
verse
con sus planes de La
grande Argentina, editada un mes antes del golpe.
En el capítulo de La
patria fuerte, que tituló “La hora de la
espada”, se
lee: “La guerra es, pues, natural al hombre porque
se trata de un animal
de combate. Y de aquí que la civilización la agrava
en vez de aboliría. La
posesión
de la fuerza engendra
el derecho de
conquista. . . Cuando el
socialismo formula su programa de expropiación. . .
lo que proclama es el robo. De análoga manera, la guerra es un crimen. Pero en
uno y otro caso, el éxito y la victoria transforman en derecho, el hecho
inicuo. Derecho es fuerza consentida” (o.c. p. 40).
De La grande Argentina se incluye sólo un
fragmento, el que consi deramos más interesante. El resto del libro, el plan
organizativo “para
1 Véase el fragmento de Acción (1 9 2 3 ).
después”, que propone Lugones, se sintetiza en el
"informe confidencial” cuyo texto es desconocido desde que la Revista
Crisis (N? 14, junio 19 7 4 ) lo incluyó entre los materiales recogidos para
recordar su cente nario. El concepto de gobierno “fuerte” queda patente en
proyecto para el nuevo país que soñaba. La política oficial no parece haber
respondido a esas esperanzas. A l promediar la década del 30 Lugones debió
decirse lo que antes había estampado en Acción: “Las escasas ilusiones que hasta
entonces pude abrigar sobre mi ingenio político, desvaneciéronse ante una
realidad ciertamente útil para mi filosofía. Aquellas verdades tan vanas como
ciertas, resultan confirmadas por los hechos, cuando ya no sirven. Nuestras
verdades y nosotros mismos somos como esas estrellas apagadas hace muchos años,
pero cuya luz sólo ahora nos llega”.
Lo que aquí hallará el lector será, pues, la
historia de una perma nente decepción que se inicia con el sospechoso furor
anárquico de un i? de mayo de 1896 y no se agota ni siquiera con su muerte
voluntaria un día de febrero de 1938 \
GUILLERM O
ARA
1 Se hace preceder los distintos fragmentos por el
capítulo XX del libro D id á c tica (1 9 1 0 ) porque en él se encuentran
ideas básicas de Lugones sobre la imagen del país, “el fenómeno territorial”,
la raza, el idioma, el poder militar, etc., que no se vuelven a dar en él, así,
globalmente integradas.
1? DE MAYO
(1896)
"Cuando vayas a castigar tu cam ello porque no
quiere andar, piensa antes en si hace m ucho que no com e”.
(Proverbio
persa)
Compañeros:
Más que hacer la historia de lo que significa esta
fiesta universal del trabajo, que congrega a tantos hombres en torno de la
bandera roja que es símbolo de aurora y no de sangre, más que presentar una
subteoría sociológica o un bosquejo apriorista sobre el tema demasiado lírico
de la sociedad futura, yo quiero decir a los compañeros reunidos aquí lo que
pienso de la obra socialista a emprenderse sobre estos pueblos cortos en años
pero decrépitos en vicio; yo quiero revolver una vez más la llaga cavada en el
seno de la clase obrera por la infamia de los siglos, sumer girme en la
miseria santa de los desheredados, procesar ante el porvenir a la sociedad
burguesa, sacudir la desidia ambiente cuyo perjuicio es para nuestra suerte,
reabriendo cicatrices, enconando pudores, pregonando vergüenzas, sublevando
maldiciones, hiriendo fibras, desafinando nervios, amargando gargantas,
punzando corazones, de la misma manera que para despertar a un dormido en
peligro, se lo sacude por los cabellos.
Forzar la suerte es tarea de la audacia. Hay más:
es urgencia del destino. No basta que haya centinelas a pie firme sobre la
torre de las alarmas; no basta que las plumas mantengan siempre frescas,
chorreando de sus filos la negra tinta de las condenas; no basta que los
corazones aticen con alfileres dorados el fuego que desanuda la aleación de los
metales homicidas; no basta que las almas conserven dispuestas sus an chas
envergaduras, para echarse a buscar las altitudes inexploradas; no basta que la
hoja circule por las aceras sus ásperas pólvoras; no basta que la palabra
anuncie las cimas si anda el pie remiso en iniciar la etapa; no basta que la
boca jure, es preciso que el corazón sancione; no basta que la fe pronuncie
desde las cátedras su predicción categórica, si la vía de hecho no confirma la
predicción; no basta desear, es necesario suponer; no basta suponer, es
necesario afirmar; no basta afirmar, es necesario obrar; es necesario que de
cada herida salga un grito, que los sudores brillen al sol, que los llantos no
se consuman en la hilaza de los lienzos, que las bocas tengan el coraje de su
protesta.
¿Qué es lo que pedimos? El advenimiento de la
verdad. ¿Cuál es la condena con que amenazamos al crimen social? La evidencia.
¿De qué nos acusan entonces? ¿De que somos la luz? Es el reproche que hacen los
ciegos al alba. ¿Pero, acaso el alba no es el perdón con que los cielos
amnistían a la noche?
También nos llaman la canalla. ¿Por qué? ¿Porque no
brillamos? Si es canalla lo que no brilla, el hierro es canalla éntre los
metales.
¿Pero qué es lo que nos representa esa sociedad
burguesa cuyo desdén nos muda el rostro desde lo alto de los carruajes en que
pasa, sudando por todos los poros el tocino de su engorde robado?
Entre el pueblo y ella, hay esta diferencia: que
ella muere de indi gestión y el pueblo, de hambre; que ella se aburre en los
palcos de sus óperas y el pueblo comprende al payaso; que ella se arrastra y el
pueblo, cuando más, se arrodilla; que ella adora el gris y el pueblo se
apasiona del rojo.
Es que el pueblo cree y ella está viviendo en el
convencionalismo y la mentira, concluye por dudar de todo excepto de su
superioridad sobre la canalla. Yo vengo de ahí y sé bien lo que digo.
Y sin embargo, a todas horas podrán ustedes oírla
repetir sin descanso, que sus millones nos matan el hambre y que hay
compensación entre nuestro tributo de sudor y la piltrafa que nos echan a la
gamella común del salario.
¿Dónde está el pretendido favor capitalista?
¿Quiénes son los defrau dadores y quiénes los despojados?
Y sobre todo eso, aun hay más todavía. He aquí que
es el ladrón quien hace la ley que regirá a la víctima. He aquí que son
necesarios la humi llación, la prostitución, la esclavitud, el tributo, la
resignación, o sea, el disfraz de la cobardía, el harapo, la mugre, la
ignorancia, la caridad, la estupidez, todo ese enorme total de miserias para
conseguir el derecho a la vida, que tiene conquistado a las víboras.
Y aun hay más todavía. He aquí que es preciso no
sólo el sudor, sino también la sangre. He aquí que nuestros hombros dislocados
bajo el peso del fardo tienen también que cargar el siglo, para ir a defender
la lla mada integridad nacional, representada por los cientos de leguas de un
Anchorena, de un Yrigoyen, de un Uriburu o para ocasionar cosecha de gloria a
los bandidos de chacó emplumado y charreteras en los hombros.
Y todavía más, he aquí que ni siquiera podemos
esperar las compen saciones de ultratumba con que engañan nuestra miseria los
monopolistas de la gloria, porque a la subasta del paraíso no se entra sino con
dinero, y nosotros no lo tenemos; pero sí tenemos hambre.
Y aun más todavía. He aquí que ni siquiera podemos
acatar la ley de amor que junta los sexos para el supremo deleite de la
reproducción, porque cada hijo que viene es un competidor en esta lucha feroz
de vien
tre a vientre que libramos a diario con el capital
bajo cuya rueda estamos sujetos.
Y aun más todavía. He aquí que ni siquiera podemos
vivir con noso tros mismos porque si el buey tiene derecho a su pasto y el
sapo a su agujero, nosotros no tenemos más que las migas del pan que producimos
y no podemos recostar la cabeza sobre un umbral porque ahí está la punta de la
bota del señor para echarnos a rodar sobre la acera.
Y sin embargo, no odiamos, no debemos odiar, porque
el odio significa una depresión de nivel y nosotros no queremos rebajar sino
elevar. No odiamos a la clase, odiamos sus vicios; no odiamos a la carne humana
sino a la infamia de la carne humana. Y cada vez que tocamos el fondo de
nuestras llagas las vemos iluminarse con suaves resplandores de perdón. Y vamos
caminando con inmensa tristeza pero también con la energía victoriosa de los
combatientes sin esperanzas. . .
Y percibimos entre las tinieblas preñadas de
gérmenes, un siniestro trabajador que está con las manos puestas sobre el árbol
de la maldición y sabemos que ése será el que ha de firmar el acta de
liberación de los oprimidos, el que ha de realizar la jornada de la luz, el que
ha de vengar con la justicia toda esta infamia denunciada ante el porvenir por
el for midable alegato de las lágrimas.
Nosotros estamos aquí para apresurar esa hora.
¿Para qué mentir promesas de triunfo? ¡Nosotros somos los rehenes del Destino!
Compañeros: yo hago votos porque el sol que hoy
brilla en el centro de la bandera argentina, se vea mañana clavado en el paño
de la bandera roja, como símbolo de la batalla de la luz que hará a los hombres
her manos de veras, en la suprema honra del trabajo.
(E l
discurso fue pronunciado por Lugones el
19 de mayo de
1896, cuando era
miembro del socialismo. Se publicó
luego
— el 1^ de
agosto— en la revista A m érica').
DIDACTICA
1910
CAPITULO XX
ENSEÑANZA
PATRIOTICA
La patria es una idea y un hecho; pero más todavía
una idea.
Así, tenemos a la vista tribus que ocupan
territorios desde la más remota antigüedad y que no poseen el sentimiento de la
patria, y pueblos como el polaco, despojados de su tierra, aunque unidos por el
ideal patriótico de una manera inquebrantable.
Es que la patria cuyo rudimento fundamental hállase
sin duda en la querencia, que es el amor bestial a la tierra, constituye un
estado de civi lización superior a la época de erraticidad de las primeras
agregaciones humanas; presuponiendo ya una sociedad constituida. Su vínculo
soli dario proviene de un sentimiento superior a la materialidad de la comarca
limitada, creando a los hombres que congrega, un caso de espíritu. En cuanto
impera sobre ellos la ley de amor y de gratitud que se llama el culto de los
antepasados, la generalización de esos afectos al suelo donde aquéllos moraron
y que removieron con su esfuerzo, establece la patria. Por esto patria, en
todas las lenguas, quiere decir literalmente la tierra de los padres.
Limitar, pues, la idea de patria a la conservación
territorial, es empe queñecerla. Son muchos los que en un país no poseen
tierra alguna; lo que no obsta para que amen a la patria y sientan
poderosamente su po sesión. Tampoco el amor a la patria aumenta o disminuye
con la ex tensión de su territorio. Si en vez de sus tres millones de
kilómetros, la República Argentina tuviera seis o uno, amaríamosla lo mismo.
Obser vando bien, descúbrese todavía que la relación es muchas veces inversa.
La dilatación excesiva del territorio romano por medio de la conquista,
debilitó la patria romana. La pérdida de territorio por consecuencia de la
guerra, aumenta el patriotismo.
El territorio es un hecho fundamental, pero no
único en la constitu ción de la patria. Otro hecho del mismo carácter es la
raza que lo habita. Cuando la patria territorial y la raza peculiar existen,
está completo el fenómeno. Así se observa en el viejo mundo. Un francés se
parece más a otro francés, y un español a otro español, que un nativo de
Francia a otro de España, y recíprocamente. Entonces, hay más probabilidad de
que el francés se entienda con su compatriota y el español con el suyo, en
gendrando esto mayor solidaridad entre los franceses, que entre ellos y los
españoles, del mismo modo que acontece entre éstos, pues la simpatía es, en
gran parte, un mutuo reconocimiento de semejanzas.
Ahora bien, la raza, para hombres de un mismo color
y de un mismo continente, es más un producto del medio y de las costumbres, que
un hecho antropológico anterior a éstos. Su étnica es resultado de variadí
simos cruzamientos por interpolación y por conquista, en los cuales ha
desaparecido todo elemento específicamente diversificador. Lo que los ha
diferenciado es la permanencia en su territorio, y sus costumbres.
Esto nos presenta el tercer hecho fundamental entre
los que constitu yen la patria.
Para que los hombres se mantengan unidos, es
necesario que disfruten de un conjunto de garantías y seguridades tendentes a
la conquista de una relativa felicidad. Y así, de acuerdo con su cultura,
necesitan cierto grado de libertad y de justicia. A medida que avanza en
cultura, aumenta esta necesidad, porque los hombres se vuelven más aptos para
labrarse la
dicha propia, exigiendo simultáneamente mayor campo
la dilatación de sus esfuerzos.
Obsérvese que digo conquista de la felicidad, no
adquisición de ele mentos de vida. Estos no constituyen por sí solos la
patria. Por el contra rio, si el hombré se limita a ellos, vive en la
erraticidad de las tribus salvajes. Lo que constituye la civilización cuyo
resultado es la patria, estriba en la adquisición de una felicidad relativa.
Por de contado, es el hogar, estrictamente innecesario para el instinto
puramente fisiológico de la reproducción: la morada común, que la satisfacción
de necesidades puramente materiales, más bien excluiría en el egoísmo del menor
esfuerzo. Después viene el culto de los antepasados, muy distante ya de las
satisfacciones materiales.
Cuando el hombre encuentra por medio de estas dos
adquisiciones, que el objeto superior de su existencia está fuera de él, pues
el culto en cues tión es para sus muertos, y el hogar para su familia ante
todo, ha des cubierto también la solidaridad. Por esto la patria es un estado
de civili zación superior a la tribu y a la familia desvinculada en el
ensimisma miento. Entonces nace la necesidad social de la justicia.
Asentados los hombres en el territorio que
adoptaron, comienza el largo trabajo de formación de la raza. La acción del
ambiente, y la con tinuidad de las costumbres transmitidas de padres a hijos,
fórmanla al fin, constituyendo definitivamente la patria. Pero esos fenómenos
no son fatales enteramente. Por el contrario. Así como las direcciones
continuas del esfuerzo tienden al mejor aprovechamiento del medio, el imperio
de la justicia determina las costumbres en cierta dirección normal. Muchas
veces no ha sucedido y no sucede así, pero puede, y sobre todo debe suceder,
desde que se sabe cómo hacerlo.
He ahí la ventajosa situación de los países nuevos,
así como también la inmensa responsabilidad de sus gobernantes y educadores.
Venidos a la existencia en plena civilización, esto nos da la ventaja de saber
cómo se hace una patria. ¡Oprobio eterno sobre los que, sabiéndolo, no la for
man como es debido!
El progreso de la civilización ha modificado
también el concepto de la patria. Esta es, según creo, una imperativa necesidad
histórica; pero el hecho de considerarla indestructible, no quita que la
supongamos evolu tiva. Si es un organismo viviente, tiene que evolucionar para
subsistir.
Así, hubo tiempos de guerra permanente suscitada
por la escasez de tierras aptas; pues aunque estuviesen menos pobladas que
ahora, la inca pacidad de aprovecharlas intensivamente, se compensaba con la
extensión. Entonces el hecho fundamental que llamamos territorio, preponderaba.
La defensa era el gran asunto nacional. El ejército constituía la entidad más
representativa de la patria.
Europa sigue viviendo materialmente así; pero sus
pensadores, sus sabios, sus artistas, sus políticos más eminentes, ya no
piensan lo mismo.
Y esto es, en suma, lo que acaba por gobernar, o
sea por dirigir los espíritus.
He aquí que nuestras especiales condiciones,
permítennos ganar, en materia de concepto y de ideal patriótico, un paso
equivalente al que dimos iniciando en la democracia nuestra existencia
independiente. El resto de la humanidad a la cual pertenecemos, había ganado un
extenso trecho que aprovechamos al incorporarnos a ella.
El fenómeno territorial, no es, para nosotros,
angustioso. La vasta ex tensión de nuestros dominios, coincide con la
posibilidad del aprovecha miento intensivo. Su disfrute por medio de la
ciencia es más barato que su aumento por medio de la guerra. He aquí cómo todo
concurre a una efectiva despreocupación de lo material, que deba intensificar
los nego cios espirituales. Ahora que ya tenemos la tierra, es menester formar
la raza. El medio es conocido. Consiste en determinar normalmente las cos
tumbres, por medio de la justicia y de la libertad. La influencia del medio, es
ya favorable. Excelente y ventajosa condición. Su aprovechamiento inteligente
está bien encaminado. Cultivamos, criamos, industriamos y comerciamos conforme
a los más adelantados y científicos procedimientos. Lo que nos falta es educar
esta masa humana, que apenas constituye un pueblo, y que como raza es un
misterio todavía. Educar: entonces, ahí está ya la escuela.
Sí, la escuela tiene que contribuir a hacer la
patria-idea, más impor tante y más bella que la patria-territorio. Por esto he
dicho también que los maestros son la milicia de la esperanza.
El lector habrá visto que este libro, desde el
principio al fin, asigna a la escuela, como resultado superior, la enseñanza de
la libertad y de la justicia: o sea los dos principios fundamentales del auto-
gobierno. Con el desarrollo del primero hacemos amable la patria; con el del
segundo, de terminamos sus costumbres hacia la constitución de una entidad
superior. El mejor tipo de argentino, será, pues, el que nos manifieste al
hombre más libre y más justo posible, o sea también al más patriota, si es cierto
que la libertad y la justicia son los fundamentos de la patria, y los elementos
esenciales para la constitución de la raza superior a que as piramos.
Ahora bien, en el estado actual del progreso
humano, el hombre no puede ser libre y justo, si es ignorante; porque todas las
pasiones anti sociales, o sea lo contrario de la libertad y de la justicia,
provienen de la ignorancia. El despotismo que estorba la asunción progresiva de
la libertad, las reacciones que la disminuyen donde existe, alegan siempre la
misma razón de ignorancia: el pueblo no está preparado; el abuso de la libertad
compromete la causa del orden. En dos palabras: el pueblo no sabe usar lo que
tiene, o no usará bien lo que podría tener.
Pueblo donde eso pueda decirse y hacerse, es pueblo
ignorante. De otro modo no lo consentiría. Estaría persuadido de que esa
preparación
para la libertad, comporta un dilema insoluble por
cuanto la prepara ción de la libertad, es precisamente la libertad misma. Así,
pues, hay que empezar por ella; pero también hay que cultivarla por medio de la
educación, para asegurar su logro; pues de lo contrario, el despotismo la
suprime. La libertad no es un estado natural, ni un principio satisfac torio
de por sí; es un medio de hacer la civilización y la patria. Así también la
justicia. La comarca donde ambos obren con la mayor efi cacia, será también
aquella donde resulte más asequible a los hombres la posesión del bienestar,
que es el verdadero fin de todos los esfuerzos humanos: la mejor patria en una
palabra. Queremos ser libres y justos, porque así aseguramos nuestra felicidad.
Vale más para la patria la adquisición de un
progreso en su libertad o en su justicia, que la de un vasto territorio. Esta
última no mejorará la condición de los que son infelices por falta de libertad
y de justicia; pues aunque tal desventura proviniera de la falta material de
tierra, cosa que hasta hoy no ha acontecido ni en los países más poblados, la
misma injusticia que acaparó esa tierra en provecho de unos y detrimento de
otros, haría lo mismo con el producto de la conquista. La iniquidad inicial se robustecería
más bien, y es lo que siempre ha ocurrido con las guerras de ese género.
Por otra parte, la adquisición de un progreso en la
libertad y en la justicia, extenderá la simpatía de la patria a todos los
hombres honrados progresistas de la tierra; dimanando de esta evidencia, que el
himno nacional anticipara la congratulación de los libres del mundo al acto de
libertarnos, con una seguridad cuya razón hemos palpado durante las recientes
fiestas centenarias, recibiendo, en efecto, el saludo de toda civilización. Por
el contrario, la conquista de territorios, torna a la patria aborrecida y
peligrosa. Toda conquista de países civilizados entre sí — pues fuera excesivo
aplicar respetos de patria a las tribus salvajes que no la tienen, así como
negar la influencia civilizadora de algunas conquistas, en regiones bárbaras— ,
toda apropiación por la fuerza de un país sobre otro, proviene de una situación
de impotencia para progresar en el propio territorio por medio de la libertad y
de la justicia. Toda conquista es una exteriorización del despotismo y de la
iniquidad que reina en el país conquistador.
Este es el concepto militarista de hacer la patria;
el concepto primitivo y también muy respetable, como que es uno de los hechos
fundamentales constitutivos de aquélla. Pero cuando un país tiene reconocido y
delimi tado sin oposición su territorio, ese concepto queda subordinado al
per manente y superior de mejorar la patria con el progreso de la libertad y
de la justicia. Pues para asegurarse con estos dos bienes de dicha posible,
quieren patria los hombres. Llegado el momento de efectuarlo, el concepto
militarista tórnase un estado semipasivo de prevención, den tro de una
probabilidad de actuar cada vez más remota.
Pero los hombres han corrido tantos peligros, la
situación de guerra ha sido tan prolongada, el valor militar es, en efecto,
algo tan excelente, tan expresivo de una dignidad superior, que los pueblos
siguen ocupán dose de la guerra como si hubiese de estallar a cada momento;
exaltando con anacrónica exageración las virtudes militares y perpetuando su
im perio, cuando, lógicamente, sólo la guerra — un estado pasajero— las
requiere y las suscita. Al revés de la máxima que pretende formular este estado
de cosas, la seguridad de la paz no resulta condicional de la pre paración de
la guerra. La paz actual es la preparación de la guerra. Sacrificamos al miedo
de la guerra los beneficios de la paz.
Mas llegará un día en que esto no suceda.
Individualmente, los hom bres han pasado por esa situación y han salido de
ella. Así acontece con todos los progresos humanos. Desarrollamos nuestras
energías, sin pensar en el ataque de un semejante; aunque es una eventualidad
posible que todos los días comprobamos. La civilización nos ha suprimido esta
inquie tud, que es la primordial en el salvaje y en el bárbaro. Todavía, en
nues tras campañas, los campesinos de sangre gaucha, jamás entran a la pul
pería, aunque esté sola, sin volcar el poncho sobre el brazo izquierdo, coger
el rebenque por la punta de la lonja y mirar rápidamente a derecha e izquierda.
Es el rudimento instintivo de las no muy lejanas épocas de inseguridad. En este
sentido, los pueblos progresan más lentamente que los individuos, porque es más
difícil uniformar la conciencia colectiva y determinar la dirección de las
grandes masas.
Menester es demostrar con ejemplos que la posesión
de tierras no cons tituye por sí sola la grandeza de la patria. Las naciones
valen por sus hombres, y más todavía por la educación de los mismos. Si ésta
consiste en darles, con la sólida posesión de un criterio racional, el
autogobierno que constituye la libertad privada y pública, así como la
responsabilidad que es el fundamento de la justicia, la patria donde tal
sucede, es digna de cariño y de respeto. Sus hijos la amarán, conscientes y
felices, no con el apego instintivo del animal a la tierra, o con el servilismo
de una imposi ción automática, o todavía con la vergüenza y la tristeza de su
propia infe rioridad. Esto es todavía mucho peor que la derrota. El amor y la
admi ración que Francia inspira a la humanidad, no disminuyeron por su de
sastre de 1870. Todo lo contrario.
La pequeña Suiza es conocida y admirada por sus
instituciones, por su cultura, por su equidad, por su felicidad envidiable. La
inmensa Rusia, por sus derrotas, por su despotismo, por su incurable desdicha.
Este país colosal y lleno de enormes riquezas, vive en déficit con la
civilización humana. Los demás países lo aborrecen o lo compadecen. Ninguno lo
ama. Una gran parte de sus hijos, vive ocupada en destruirse. Su deses
peración es tan grande, que desborda sobre el mundo entero, en la per sona de
sus destructores. Su estado de violencia, perjudica al progreso y a la libertad
de los vecinos. La pacífica y adelantadísima Finlandia,
acaba de ser uniformada por ese despotismo que hace
patria con el terror y con el abuso de la fuerza, porque carece de libertad y
de justicia. La honrada y ejemplar Suecia, está obligada a armarse
excesivamente sobre el Báltico. ¿De qué le sirven a Rusia como entidad humana,
sus inmensos territorios?
Pero formulemos una comparación más directa.
Nuestro país, con sus tierras fértilísimas y
vírgenes, es un gran pro ductor de trigo. Produce mucho, porque cultiva mucho;
pero cultiva mal, porque es ignorante. Holanda, con sus dunas de arena salada,
rebelde al riego, explotada durante siglos, cultiva también el trigo. Sus
condicio nes naturales son incomparablemente peores; pero como los holandeses
son más civilizados que los argentinos, su cultivo produce cuatro veces más
rendim iento por hectárea. Sin embargo, ostentamos con orgullo nues tra producción
de trigo. Somos uno de los grandes mercados del mundo. Si cultiváramos como los
holandeses, seríamos el prim ero de todos. No hay que dejarse aventajar por
nadie en esta noble emulación de ser útil. Eso es mejor todavía que ser los
soldados más valientes del mundo; sin contar con que una cosa no quita la otra.
Los holandeses fueron héroes cuando lo necesitaron para asegurar la integridad
de su patria. Ahora, tan buenos cultivadores de trigo, como fueron buenos
soldados. Porque el arte de ser superior, consiste en hacer del mejor modo
posible todo cuanto nos toque hacer.
Por lo mismo que somos un país extenso y fértil,
necesitamos poblarlo con trabajadores inteligentes. Así, nuestra carta
fundamental asigna al gobierno entre sus principales deberes, el fomento de la
inmigración. Mas, para que ésta sea buena, para que esté formada por
inteligentes traba jadores, no por los desechos sociales de la incultura y de
la miseria, la fertilidad y la extensión no bastan. Hay que asegurar, también
la liber tad y la justicia, fundamentos de la patria; y sólo así conseguiremos
que esos trabajadores se vinculen a la tierra, pasando a ser ciudadanos
nuestros. De lo contrario, sólo tendremos una inmigración aventurera y hostil.
Desde luego, esa libertad y esa justicia no han de
estar limitadas a la legislación, sino incorporadas a las costumbres que valen
más que las leyes; siendo aquí donde la acción de la escuela adquiere una alta
impor tancia. Para esto, entre otras cosas, queremos que la escuela forme hom
bres libres y justos.
Una especie de romanticismo militarista, que no es
sino una imitación decorativa de la paz armada, el imperialismo, y otros
deplorables incon venientes de la civilización cristiana en caducidad, procura
iniciar una reacción egoísta contra aquellos grandes principios argentinos de
justicia internacional, de hospitalidad sin condiciones para todps los hombres,
de igualdad humana ante el derecho. Eso no haría sino empequeñecer el país,
sacrificando sus magníficos destinos a una concentración prematura
sobre sí mismo. Como toda creación artificial, no
subsistiría mucho tam poco. La patria, como obra de civilización, no es asunto
de un día, ni su formación resulta siempre agradable. Está, por el contrario,
llena de contratiempos y desencantos. Pero es ahí donde los ciudadanos deben
retemplarse en el optimismo de la libertad.
Estos principios han durado lo bastante para
convencernos de su efi cacia, y sabemos, además, que de ellos depende la
constitución funda mental y la subsistencia de las patrias. Los mismos
inconvenientes que apareja su progreso, demuestran que se está en el buen
camino. Así crece y prospera la vida: la gran lucha de la ciencia, la m ilicia
de la teo logía su antecesora.
Las fórmulas de esos principios, son realmente cosa
bella y noble: los únicos rasgos argentinos que perfilan verdaderamente una
entidad na cional. La victoria no da derechos; la América para la humanidad;
la doc trina Drago; la propaganda del arbitraje — he ahí lo valioso, porque
lleva en el ideal formulado de la patria presente, la patria del porvenir. En
suma, así es como todos la querríamos: justiciera, libre, desinteresada, amada
de los hombres. La idea contraria, la de argentinización antiex tranjera y
egoísta, es una idea negativa. Proviene del recelo, y del pesi mismo con
respecto al ideal: dos estados enfermizos del espíritu. Es el concepto
militarista de la patria exclusivamente territorial, de la victoria que da
derechos, de la América para los americanos, y de la Argentina para los
argentinos solamente.
El militarismo es, en gran parte, una forma de
pesimismo práctico. Estriba en la creencia común de que el estado de guerra es
natural y permanente en las sociedades; supone que la civilización guerrera,
inne gable como hecho histórico, es constantemente necesaria. La primera
civilización de toda masa bruta, es un acto de fuerza. Así, la piedra
quebrantada y partida por el explosivo, la cuña o la almadana. Así la madera
cortada por la sierra y por el hacha. Pero a medida que la utiliza ción del
elemento avanza, su labor tórnase estética. Su último toque es una caricia del
pulimento. Así se forma la estatua y el friso, el mueble y el utensilio. Toda
obra compleja, requiere la aplicación progresiva de diversos instrumentos, cada
vez más finos, porque ese progreso consiste en la substitución de la violencia
por el ingenio. Y la sociedad es una obra compleja, dirigida cada vez más por
esa forma de ingenio que llama mos política, y cada vez menos por la fuerza
militar.
Ahora bien; es indudable que aquí existe una
tradición, y que ella es militar en gran parte, al provenir de la guerra de
independencia con la cual aseguramos, ante todo, el hecho territorial. Esa
tradición es de gra titud y de honor, dos virtudes sociales cuyo imperio
contribuye también a formar la patria. Cultivémosla con interés, pero sin
sacrificarle nunca el porvenir que es la vida, así como no destinamos la
nuestra al culto de las tumbas amadas; cultivémosla como un estímulo de
progreso para
ir mejorando siempre la patria, tal como hicieron
los proceres que for maron con sus actos esa tradición; y sobre todo, no
olvidemos jamás que ellos nos dieron con su conducta una lección de libertad y
de jus ticia. Por la libertad y la justicia, hicieron lo que hoy admiramos.
En homenaje a estos mismos principios, haríamos mal
en rendirles culto como a personajes sobrehumanos o a entidades inimitables.
Esto nos desobligaría de continuar su obra, a cambio de una cómoda y diver
tida religión. Pero lo que ellos nos legaron, no fue la tarea baladí de
festejar sus hechos y de elogiarlos. Nos dejaron una patria defectuosa y pobre,
para que la transformáramos en algo incesantemente mejor. El patriotismo de
festejos es una cosa de muy poca importancia. Puede apli cársele el principio de
que es la letra que mata: el patriotismo enseñado, es decir, una cosa
artificial substituida a uno de los más profundos y naturales sentimientos
humanos.
La enseñanza útil que nuestros padres nos dejaron,
está en la posibi lidad demostrada de que haya argentinos así; y de que siendo
posible que los haya, debe haberlos. Si hubieran sido anormales en sus
virtudes, o superiores a nosotros que autorizaran un culto, vendrían a
resultarnos extranjeros. Pero no. Si los amamos, si nos enorgullecemos con sus
accio nes, es porque fueron buenos argentinos.
Por otra parte, la admiración excesiva de personas
todavía tan próxi mas a nosotros, arriesga fomentar el culto al hombre que es
la última de las degradaciones humanas: el atributo esencial de las autoridades
absolutas, destruidas para siempre por la Revolución.
¿Cuál es, entonces, el mejor tipo de argentino que
la escuela debe pretender formar? Sencillamente, el del mejor hombre
civilizado. No hay en esto ningún secreto especial, puesto que si los
argentinos desean civi lizarse, es para parecerse a los demás hombres
civilizados. Todavía no tienen raza, ni esto importa mucho con tal que sea
blanca y esté formada en los principios de la libertad y de la justicia. En
cambio, existe un hecho ventajoso entre todos: la democracia, que es, por el
momento, el desiderátum social de la civilización. He aquí la necesidad
imprescin dible de hacer la escuela democrática, que es la institución
integral y racionalista preconizada en estas páginas.
Ahora, es evidente que un país en formación, como
el nuestro, requie re la caracterización nacional de su enseñanza, en aquellas
peculiaridades que son expresiones de la nacionalidad.
Primera entre todas, es la constitución del hogar,
afectada aquí por un problema grave.
La inmigración muy inferior que conseguimos, por la
defectuosa e insegura organización de nuestra libertad y de nuestra justicia,
produce hijos que, educados en un medio superior económicamente al de los
padres, siéntense luego superiores a ellos y los desprecian; pues como el
sentimiento de la justicia, determina también el apego material — es
tribando en esto precisamente la superioridad moral
del hombre sobre el bruto— , el amor filial o patriótico no evita que repugnen
al hijo la estupidez y la degradación del padre; así como que el ciudadano
pierda su afecto hacia una patria injusta y envilecida. ¡Terribles problemas
que el silencio no resuelve!
Precisa contener enérgicamente esa torpe violencia
que disfraza de patriotismo un atentado contra el fundamento mismo de la
patria: el amor a los padres. Mal hijo, mal patriota. Esto es absoluto. Nadie
más canalla que el renegado de su filiación.
Mientras tanto, oímos a cada momento que el hijo
del obrero y no sin cierta frecuencia el del burgués, insultan a sus padres con
su raza y con su país. Constituyen legión los jóvenes doctores que deforman su
apellido o adoptan el materno, si les representa alguna vaga nobleza criolla,
para ocultar su procedencia de un padre humilde, y aunque ello duplicaría, a la
verdad, el mérito del esfuerzo en uno y otro.
Funesto error el que confundiera tales vilezas con
el sentimiento pa triótico, o sea con la dignidad ciudadana. Es todo lo
contrario. Con eso conseguiríamos justamente que los padres extranjeros odiasen
al país en la persona de sus hijos, y que éstos fuesen una despreciable ralea
de patrioteros mal nacidos. No hace mucho he escuchado con asombro
— ¡en la tierra de Sarmiento!— grupos de mozos que
alternaban sus vítores a la patria con gritos de “mueran los gringos”. Muchos,
pues los conozco, eran hijos de extranjeros. ¿Qué idea pueden tener de la
patria, del gran hogar, quienes así reniegan de sus padres?
La escuela cumple mal su misión en esta parte.
Sólo por excepción figura el hogar entre sus temas
morales. El amor del hijo argentino a los padres extranjeros; el servicio que
ellos prestan al país, por humildes y toscos que sean, con tal que se trate de
honrados trabajadores; la misión que al escolar imponen los conocimientos
adqui ridos, para mejorar la condición intelectual, moral e higiénica de sus
padres; la vinculación ventajosa y amable que crean a su país los hoga res
constituidos por extranjeros; todo eso que hace la patria y es la patria, no
cuenta absolutamente. Y eso tiene que enseñarlo la escuela, porque el hogar de
extranjeros no puede darlo, como es natural. Si no hace mos familias
argentinas, no tendremos ciudadanos argentinos. Necio fuera desperdiciar la
acción del hijo que radica el hogar y modifica tan pro fundamente al hombre.
Tendría también en esto una gran influencia la
puericultura que debe difundirse, repítolo, en las escuelas femeninas,
interesando así a la mu jer, desde la infancia, en la obra patriótica de
formar buenos ciudadanos. Ahí también la acción de la escuela argentina sobre
los hogares de ex tranjeros, revestiría una profunda eficacia.
La obra escolar de los países de inmigración, es
doblemente costosa, porque además de sus propios analfabetos, tienen que educar
a una enor
me y constantemente renovada masa de adultos. La
acción directa del aula, sería imposible sobre una gran parte de ellos, por
falta de tiempo, al tratarse de obreros generalmente muy ocupados, y de
voluntad ilegis-lable al ser adulta, lo propio que entorpecida por esta misma
adultez ignorante. Entonces, la enseñanza tiene que tomar como agente al hijo;
precioso elemento, pues nada halaga tanto al hombre como tener un hijo más
instruido que él. Este problema de la doble educación, las naciones ya constituidas
no lo tienen. Es una carga más, que requiere por conse cuencia una intensidad
de enseñanza mucho mayor, y un integralismo mucho más declarado en ella. He ahí
otro argumento decisivo en favor de la enseñanza integral. El hombre del
pueblo, por su misma condición habitual de obrero, sólo aprecia los resultados
palpables. Cuanto más pronto vea que su hijo aprende en la escuela cosas útiles
y aplicables, aceptará con mayor rapidez la influencia concurrente del alumno y
de aquélla. La enseñanza integral que atiende especialmente a la formación del
hombre para la vida completa, posee como ninguna otra esa eficacia. Y así,
siendo la más democrática, viene a resultarnos la más patriótica también. Fuera
de que democracia y patria, son para nosotros términos casi equivalentes.
Pero la escuela tiene que ir aún más lejos.
Necesita prevenir los excesivos desencantos de la
realidad, en el alumno que la abandona con la ilusión del bienestar conquistado
por el trabajo; y la miseria del hogar obrero, con frecuencia hostil a la
escue la por esta causa.
Para esto hay que pedir a la gente acomodada, sobre
todo en los gran des centros de población — sobre todo, pero sin excluir los
pequeños— la formación de sociedades de beneficencia escolar encargadas de con
seguir trabajo para los alumnos cuando salgan de la escuela, y para sus padres
mientras estén en ella: caso de asistencia social, que resultará tan grato,
teniendo por intermediario al hijo. Estas mismas sociedades, encargaríanse de
proporcionar veraneo a los chicos pobres y sobre todo débiles, organizarles
paseos durante el año, llevarlos al teatro una que otra vez. Y no asigno estas
funciones al estado, porque la afectuosa soli daridad social que con ello se
quería establecer, corresponde al esfuerzo privado para mayor eficacia. El
estado debería costear la ropa y la ali mentación de los chicos pobres, pero
no pasar de aquí. Lo que tienda a hacerles agradable la vida, es asunto de la
iniciativa privada: extensión de la simpatía social cuyo ejercicio constituye
otra enseñanza.
He hablado en otro lugar de las sociedades de
alumnos. Sería también éste el caso de utilizarlas. Sus cajas de ahorro, el
carácter democrático que debe darse a sus comisiones directivas, son también
asuntos de enseñanza patriótica; puesto que asociarse con fines útiles, es uno
de los derechos reconocidos por la constitución, así como el fundamento
mismo del progreso social. El ejercicio de la
democracia, es también un deber primordial del ciudadano.
Forma igualmente una propaganda eficaz del
patriotismo, el estudio de los proceres y argentinos meritorios, confiados
especialmente a los cursos. Cada uno debe tener su personalidad designada a
este objeto, para comentarla, investigar su acción y hacer su biografía; pero
con exclusión de toda idea de culto supersticioso o de idolatría patriótica, es
decir, bajo el concepto de que es un hombre cuyos servicios a la patria son
imitables por sus compatriotas. De otro modo, esta enseñanza resulta ría
contraproducente, matando las mismas aspiraciones superiores que debe
precisamente estimular.
Por último, la posesión del idioma es esencial en
la constitución de la patria. La uniformidad del idioma, expresa la solidaridad
espiritual de la patria, así como su corrección manifiesta la dignidad del
espíritu. Este se vuelve perceptible, en efecto, por medio del idioma, que al
ser su expresión sensible, reacciona sobre él, como el ejercicio de los miem
bros de relación sobre el organismo, comunicándole su nobleza o su grosería.
Si la patria es ante todo una cuestión de espíritu,
y si éste se mani fiesta corrientemente por medio del idioma, la integridad de
dicho órgano representa la integridad de la patria. Por esto es su idioma lo
que primero imponen las razas conquistadoras; y mientras no lo hacen,
consideran inconclusa su conquista. Las naciones mejor constituidas, son
también las que hablan mejor; y es fácil observar en la historia, que todo
grave trastorno nacional, viene inmediatamete antecedido por una deformación
del idioma. Todo progreso fundamental, requiere y crea asimismo nuevas
palabras. Nótese lo que ha ocurrido con los verdaderos dialectos científicos
engendrados por la psicología y por el desarrollo de las ciencias naturales,
especialmente la química.
El idioma justo y preciso, enseña a pensar con
claridad y con estrictez. Una vez puesto en esta vía, el hombre desea
extenderla. El dominio relativo de un instrumento tan poderoso, sugiere la idea
de perfeccionarlo. Hállase pronto una elevada satisfacción en expresar bien lo
que se piensa, para hacer partícipe de ello al mayor número; pues la civiliza
ción no es, al fin y al cabo, más que un progreso de comunicaciones. Todo
cuanto el hombre trabaja, goza, padece, proyecta y sueña, necesita hablarlo.
Además, es una prueba de buena educación el aseo
del lenguaje; por eso nada mortifica tanto al rústico como su torpe
vocabulario. El hombre que habla bien se hace simpático; lo cual es otro acto
efectivo de solida ridad. Y así, mejorado por el uso de un idioma culto, el
ciudadano se vuelve más capaz de constituir, junto con sus demás compatriotas,
una patria mejor también. Necesario es vigorizar mucho la acción de la escuela
en este punto. La inmigración cosmopolita tiende a deformarnos el idioma
con aportes generalmente perniciosos, dada la
condición inferior de aquélla. Y esto es muy grave, pues por ahí empieza la
desintegración de la patria. La leyenda de la Torre de Babel es bien
significativa al respec to: la dispersión de los hombres comenzó por la
anarquía del lenguaje.
Mientras tanto, poseemos uno de los idiomas mejor
acondicionados para prosperar, por su facilidad y su riqueza analítica. De aquí
dimana que los extranjeros aprenden a chapurrearlo muy pronto, y hasta usarlo
con preferencia. He ahí un precioso elemento de asimilación que ningún país
inteligente desdeñaría, y una razón más para defenderlo de hibrida ciones
destructoras.
La comunidad de los espíritus, que constituye
esencialmente la patria, es asunto de comunicación espiritual. Su integridad
depende de la armo nía que esa comunicación produce. Su progresiva
superioridad, del ca rácter también superior de esa armonía, determinada por
el ejercicio del instrumento que la produce. La entidad 'patria, compuesta como
el hom bre, de cuerpo y de espíritu, denomina estos dos elementos imprescindi
bles, territorio e idioma. Uno de los dos que falte, ocasiona su desa parición.
Tales son los fundamentos de la enseñanza
patriótica.
El culto de los símbolos que constituyen la
heráldica nacional debe ser su coronamiento, a título de eficaz ayuda, pero
nunca como expre siones reales de la patria. Esto es la idolatría,
incompatible con la ense ñanza racionalista, con el criterio científico y con
el autogobierno que constituye la democracia. La heráldica es pura
quincallería, sin la no bleza efectiva que está destinada a formular.
Por otra parte, hay en ello un peligro militarista,
puesto que como residuo de la época guerrera engendrada por la fundación
primitiva de la patria territorial, el símbolo más representativo de la patria,
o sea su pabellón, está confiado al ejército. Sin duda constituye un progreso
en la materia hacer de la escuela otro templo suyo; pero conviene también pre
caverse contra posibles abusos. Las sociedades han comprendido siempre,
instintivamente, que su progreso es una cuestión de paz; por esto aquél se llama
propiamente civilización, o sea vida civil.
Después, los símbolos se deterioran con el uso
excesivo, porque como no son la realidad de la patria, sino expresiones
convencionales de aquélla, su prestigio depende de la imaginación y del
sentimiento exaltados, vale decir en situación instable por lo anormal.
Y luego, el
patriotismo no se enseña, porque esto equivaldría a con fesar que la patria no
existe bajo su forma superior de hecho espiritual. Se lo fomenta, se lo
estimula, se lo ennoblece subordinándolo al ejercicio de las dos virtudes que
constituyen su razón causal: la libertad y la justicia.
Por último, la enseñanza patriótica requiere para
alcanzar su máxima eficacia, que el acceso a todos los institutos de educación
fiscal, sea abso lutamente gratuito.
La igualdad democrática ante la escuela, es todavía
más preciosa que la igualdad ante la ley; pues sin aquélla, esta última no
adquiere realidad efectiva. El fundamento de toda justicia social, hállase
también ahí. El Estado tiene que asegurar a todos los ciudadanos igualmente,
las mismas posibilidades de aprovechar sus dotes nativas. Por otra parte, si la
ense ñanza no es gratuita, vuélvese más accesible a los ricos, agravando la
desigualdad anterior y personal de la fortuna, con su reconocimiento y duplicación
por el Estado. Sin embargo, es el pobre quien necesita más de la educación,
dado que ésta constituirá su único bien, y su sola espe ranza para dejar de
ser pobre.
Constituye un miserable sofisma el pretendido
principio de que el Estado sólo debe a los ciudadanos un mínimum de enseñanza.
Esto equi vale a sostener que dicha institución, formada por el conjunto de
esos mismos ciudadanos, carece de interés en su propio adelanto, al limitar el
de sus elementos componentes. Basta enunciarlo, para comprender que la verdad
está precisamente en la proposición contraria. El Estado debe a los ciudadanos
el máximum de educación posible. Está en su interés pri mordial mejorarlos
progresivamente, para mejorarse sin cesar.
Cuanto más dé la patria a sus hijos, más han de
quererla éstos. Cuanto mayor tiempo prolongue su acción sobre el ciudadano, por
medio de la enseñanza que le dé, el patriotismo será más robusto. Cuanto más
realce la igualdad, vinculándola al don superior de la ciencia; cuanto más ro
bustezca el imperio de la justicia, tornando accesibles a todos las mismas
posibilidades de progresar, su concepto será más poderoso y saludable.
Patria que vende ciencia, trafica con su propio
atraso. Ensimismase en la sombra de su bolsa cerrada. Patria que la da
gratuita, transforma su dinero en dones inestimables: justicia, libertad,
esperanza, salud, amor.
LA TORRE DE
CASANDRA
1919
Nada mejor en este caso para explicar la naturaleza
de la obra del epí grafe, que transcribir íntegramente la advertencia
Preliminar, pues suple la misma a cualquiera otra razón ajena. Y de esta manera
lo manifiesta el autor:
“Casandra fue una profetisa troyana a quien nadie
creía, no obstante la exactitud de sus anuncios. Este don contradictorio
teníalo de Apolo, que frustrado por ella mediante un subterfugio habitualmente
femenil cuya noticia hallará el curioso lector en cualquier enciclopedia, se
vengó de tal suerte. Incómoda así para los mismos a quienes servía en vano,
diéronle por celda una torre desde la cual
presagiaba desoída: inconve niente nada extraño en el oficio de profeta.
Casandra es, pues, la abuela clásica de los comedidos sin ventura, y creo
inútil añadir que este vínculo familiar se robustece para los tales cuando
agravian al poético dios ras cando la lira:
O ese hombre desvaría, o hace versos,
dijo Horacio 1 que era de la hermandad.
Para explicar ahora cómo este libro tiene el nombre
que le he puesto, debo mencionar su materia. Ella consiste en artículos y
composiciones por medio de los cuales procuré que mi país se uniera a los
pueblos aliados contra la barbarie del militarismo durante la pasada guerra.
Es, pues, la segunda parte de M i beligerancia, que tuvo el mismo propósito, si
bien con excepción de uno solo, no figuran los discursos que pronuncié en el
Frontón Nacional y en el Parque Japonés de ésta, en las dos manifes taciones organizadas
aquí por el Comité de la Juventud para pedir la ruptura de relaciones con el
Imperio Alemán y para celebrar la victoria de los ejércitos aliados, en el
Rosario y en La Plata; pues no se tomó de ellos versión taquigráfica, ni yo
hice por reconstruirlos sobre las crónicas.
Tratándose de acontecimientos históricos, cumple a
la verdad consa bida reconocer que la empresa fracasó. Las escasas ilusiones
que hasta entonces pude abrigar sobre mi ingenio político, desvaneciéronse ante
una realidad ciertamente útil para mi filosofía. Aquellas palabras tan vanas
como ciertas, resultan confirmadas por los hechos cuando ya no sirven. Nuestras
verdades, y nosotros mismos, somos como esas estrellas apagadas hace muchos
años, pero cuya luz sólo ahora nos llega.
Sucedió que todos nuestros políticos se equivocaron
en la apreciación de los sucesos, dando por seguro el triunfo alemán. Fue lo
único en que no discreparon el gobierno conservador y el radical que lo
sucediera. El pueblo, como es natural, se equivocó junto con ellos, siendo el
menos culpable por su grande ignorancia. Pero esto no lo exime de responsabi
lidad; pues fuera necio, además de vil, separarlo a tal efecto del gobierno que
libremente se diera. La misma ruptura votada por el congreso, la desaprobó en
las elecciones de renovación, dando el triunfo al partido oficial contrario a
dicha medida y ruidosamente germanòfilo.
Esto me parece explicable. El pueblo estaba
envilecido por el lucro y ebrio con esa triste libertad electoral que goza en
cuarto oscuro como un simulacro de mancebía. Pues según los políticos, así,
ocultándose como para una mala acción, se manifiesta más vigoroso su albedrío.
Creo otra cosa a mi vez de las paradojas democráticas, y ello por una razón:
las dádivas del soberano, poco y nada me tientan; pero me inspira profunda
1 A u t insanii homo, aut versus facit. (Sátira
VII, lib. II).
compasión su triste suerte. Y siendo él la mole y
yo la partícula, tengo la pretensión insólita de ser yo quien ha de dar. Así,
cuando veo que lo engañan con esas paradojas, no puedo callarme, aunque sé
también cuánto le agrada la ilusión mentirosa de su soberanía.
Todo esto demuestra mi infinita vanidad que
reconozco sin vacilación ni arrepentimiento, antes añadiéndole la impertinencia
de escribir cuan do el soberano no puede leerme. Porque es analfabeto el
infeliz para desgracia de mis pecadoras letras.
Esto va, pues, contigo, amable lector, que siendo
minoría puesto que sabes leer, no podrás siquiera vengarte eligiéndome diputado
y poniendo así en contradicción mis principios falaces con mi desmedida
concupis cencia del poder. Porque claro está que reconociendo tu perspicacia,
te autorizo a creerlo si lo pensaste.
Déjame, al propio tiempo, claro lector,
glorificarme de algunos versos, que te induzco a leer porque son breves. Ellos
revelan — y tal es mi gloria— con qué fervor creí en el triunfo de Italia
durante los amargos días de Caporetto, pues La visión del aguila que lo
anticipa en todo su esplendor, es de entonces; y con qué indomable amor
comprendía la victoria de Francia, cuando el 14 de julio de 1918, durante lo
más recio del ataque alemán a la misma hora del peligro supremo, cantábala
coro nada por el laurel de los vencedores en Nôtre fête y pronta para el
talión definitivo por la buena obra de su vieja Durandal: Le charme de France.
Que el poeta, generoso lector, pone en sus versos lo mejor de sí mismo.
Por esta causa, el libro empieza con versos
franceses en los que ha llarás nuestro magnífico ¡oíd m ortales! que allá lo
puse como lo más digno de Francia al serlo de la Argentina. Verás que es
también lo más valioso de la composición, por la grandeza que oportuno evoca; y
con esto y un poco de tu indulgencia, habrás colmado, paciente lector, mis
votos”.
Vuelto de Europa, Lugones, traído aquí por las
consecuencias de la guerra recién empezada, prosiguió acto continuo, y aun con
mayor tesón, su campaña escrita a favor de los países que combatían contra los
imperios centrales, genuinos representantes aquéllos de la justicia y la
libertad según su modo de pensar, compartido en la ocasión por la mayoría de
los argentinos.
Dio numerosas páginas al libro y a la prensa,
compuso versos en su lengua natal y también en francés, y pronunció como nunca
discur sos. Lástima grande que la versión cabal de cientos de ellos se haya
perdido, por no ser otra cosa que largas improvisaciones de las que ni siquiera
se tomó apuntes taquigráficos.
No pasó día sin que su pluma se pusiera al servicio
desinteresado de una causa que hizo suya con tanto entusiasmo. Andaba entonces
el escritor por la cuarentena de su edad, es decir, arriscado el ánimo por
la madurez reflexiva, que es cuando el valor que
llevamos dentro se maciza. Tal como se ha dicho en otro comentario, era ya
director de la Biblioteca Nacional de Maestros, además de redactor de La
Nación. Solía colaborar asimismo en las principales revistas de Buenos Aires.
Gran parte de esta obra fue escrita en su casa,
según era lo ha bitual en él; pero también redactó algo en el mismo diario o
en su oficina del Consejo Nacional de Educación.
Sobrarían fundamentos para justificar la
transcripción de uno u otro capítulo de La torre de Casandra, pues fue escrito
cada uno de ellos en consonancia con un momento de la actualidad coetánea, por
más que todos, o casi todos, tendieran a vencer la resistencia del go bierno
que negábase a romper la neutralidad. A pesar de la acción popular, de la que
fueron voceros junto con Lugones muchos otros argentinos, no se logró
quebrantar un mínimo la decisión guberna mental; y eso a pesar del sesgo
alarmante en que tornaron los sucesos, así por ejemplo, cuando las andanzas de
aquel conde Luxburg, de triste recordación para nosotros, o cuando los
submarinos germanos hundieron o apresaron algún navio de bandera argentina.
He decidido escoger para la selección “El cóndor
ciego”, no sólo por la resonancia que adquirió aquella pieza cuando su
publicación, sino en virtud de que aparece en ella clarísima la dialéctica del
autor del libro.
Comprende La torre de Casandra veinte trabajos, la
mayoría en prosa, pues cuenta también con algunas composiciones poéticas. He
aquí los títulos de los cabos: “Le jour de France”, “La nueva civili zación”,
“Ruptura inevitable”, “La última coyuntura”, “Sendero de perdición”, “Discurso
de Montevideo”, “Los primeros mártires”, “La herencia de Mayo”, “El triunfo de
don Quijote”, “La visión del águi la”, “La locura despótica” (en tres partes),
“El deber americano”, “Nôtre fête”, “Le charme de France”, “A los republicanos
españoles”, “La sentencia del destino”, “El cóndor ciego”, “La hora de la
victo ria”, “La hora de la justicia” y “Ante las hordas”.
Fue editada La torre de Casandra por los talleres
gráficos de la Editorial Atlántida en el año de 1919. Comprende un pequeño
volu men de 182 páginas.
EL CONDOR CIEGO
(Noviembre
de 1918)
Los antiguos serranos del interior practicaban un
juego bárbaro que era venganza también contra los cóndores dañinos. Cuando
capturaban sano a uno de aquéllos, reventábanle los ojos y poníanlo en
libertad. El ave enloquecida por la brusca ceguera, subía buscando la luz en
arrebatado
vuelo espiral; hasta que allá arriba, desengañada
al contacto habitual del aire cuya soledad habíasele vuelto un inmenso frío
obscuro, precipitábase de pronto con pavoroso ruido en el vértigo de su propia
noche.
Así el materialismo altanero encúmbrase al
principio ebrio de fuerza. Su ceguedad siniestra pretende sobrepasarse, hasta
invertirse en luz con la potencia del remonte. Pero no escapará al aislamiento
que lo anonada. Noche y soledad, las lleva consigo. Su propia alma negra es la
tumba en que se abisma. Por esto, mientras puede, busca víctimas con qué
colmarla. Quiso dominar solo, único, supremo, y a este fin adoptó el terror, la
perfidia, la avaricia; amontonó tesoros; aherrojó su corazón en la indiferencia
ante la iniquidad, que agíega la hipocresía a la com plicidad con el crimen.
Con todo esto iba a erigirse el pedestal eminente o a asegurarse el bienestar
egoísta ante el inmenso dolor solidario de los hombres; y sólo había conseguido
formarse un calabozo excavado en su propia sombra interior, como la ceguera del
cóndor rapaz cuyos ojos reventaron los rústicos.
Esto, según se habrá visto ya, no alude solamente a
los imperios de presa, sino a los países neutros que consiguieron arrastrar
como arrastra su sombra el cuerpo vivo, aun cuando ella se proyecte en sentido
inverso. Pues lo digo para contribuir como yo puedo a que mi país aproveche la
terrible lección de lo que está pasando en el mundo.
La verdad es que nos hallamos aislados o en
compañía de otras som bras tan neutras como nosotros y aquejadas de igual
insignificancia; mientras lo que triunfa sobre la tierra entera es la
solidaridad activa de quienes supieron trabajar y padecer por la libertad de
todos, sin excluir a enemigos ni a desertores.
Tratándose, pues, de un bien común a todos los
pueblos, de una causa humana, no fue posible mantener la neutralidad sin eludir
el deber que dicha causa imponía. No hubo, pues, sino combatientes y
desertores, y nosotros somos de estos últimos.
El egoísmo y el miedo nos cegaron, y de aquí dimana
que nuestra política internacional sea un fracaso en gran parte irremediable.
Ante el porvenir abierto y la libertad iluminada por el mismo peligro sublime
del alumbramiento maternal, preferimos el pasado y tuvimos más fe en el
militarismo.
Tan profundo fue este error, que nuestro
aislamiento resultará tam bién un hecho ante la misma Alemania. Vamos a
quedarnos como un año ha lo anticipé en el mitin que para pedir la ruptura de
relaciones celebró la juventud de La Plata: “los últimos prusianos, sin Prusia
y sin emperador”.
Porque ya entonces, y antes todavía, creí en una
Alemania mejorada por la revolución. Ahora bien: esa Alemania no nos agradecerá
nada. Suprimirá en la ignominia y en el olvido ese militarismo que admirá
bamos. Echará de su suelo o colgará de una horca a los repugnantes
condes que con tanto amor le protegimos. Aquella
Austria de los empe radores ya no existe. La Turquía de los sultanes ha
muerto. Nuestra pobre neutralidad se queda sola ante un limbo de espectros
desvanecidos.
Ahora, para que también se vea cómo el materialismo
militarista es contrario al honor, apreciemos por su propio texto las nuevas
declara ciones de Austria y de Alemania.
No existe ejemplo de humillación igual. Los
imperios se ponen a explicar cómo han cambiado sus formas de gobierno para
atenerse a las exigencias de Wilson. Los germanófilos del mundo entero se
escandali zaron ante aquella inaudita pretensión americana de inmiscuirse en
la política interna de ambas naciones. Los propios imperios no lo creen así.
Detallan obsequiosamente cómo lo hicieron. Quiere decir que Wilson los conocía
bien. Sabía lo que vale en verdad el honor de los reyes.
Lo que se puede realmente esperar de individuos que
negocian con su amor, con su fe religiosa, con sus compromisos más sagrados:
que así cambian de dios como de patria, y así se desposan o se desunen para
alcanzar una corona. Es que a despecho de las apariencias, la condición de amo
es tan infame como la de siervo. No hay sino el hombre libre que tenga honor, y
así lo está enseñando Wilson al mundo de tal manera que no lo olvide jamás.
Los amos imperiales pasan por todo con tal de
salvar sus ejércitos. No los quieren ya para disputar un triunfo que se les ha
escapado. Los necesitan para seguir esclavizando a sus pueblos. Hundida la
patria, hay que asegurar la dinastía; seguir engañando a la pobre gente con la
falsa identidad de patria y gobierno; imponiéndole el dogma militarista en cuya
virtud el gobierno puede hacer con la patria lo que se le antoje: infamarla en
la derrota, desangrarla, perderla, mientras el pueblo no lo debe siquiera comentar,
porque entonces es traidor a la patria.
Pero ya no hay tiempo. Wilson les ha hecho a los
pueblos austro-alemanes el servicio de condenarles su despotismo, como se los
matará mañana si es menester. El rebajamiento inútil de la autocracia es otra
batalla que ésta ha perdido.
Todo el materialismo cae así condenado.
Cae con el dogma de la “Alemania invencible” el
llamado honor mi litar fundado en la sistematización del pillaje y del
asesinato. Cae el positivismo pedantesco en cuya virtud el derecho formula tan
sólo la realidad de la fuerza. Cae la funesta inmoralidad de las dos morales,
una para el individuo y otra para la colectividad. Cae el neutralismo, o sea la
infame doctrina que niega la solidaridad humana ante lo único que la define
como un estado superior: el peligro del débil subyugado por la iniquidad.
Entonces sólo un grande, un sincero acto de
aproximación a los pue blos campeones de la justicia, y especialmente a los
Estados Unidos, puede ponernos otra vez en el camino que dejamos; pues como
decía
Rivadavia, aquella gran república es quien “por su
civilización y su capa cidad preside la política del continente americano”.
Ahora preside tam bién la del mundo, habiendo alcanzado esta superioridad por
su desin terés más admirable todavía que su heroísmo.
Y no es nada nuevo lo que al pueblo se le indica,
sino la ratificación de una actitud.
Ello es tanto más necesario cuanto que,
oficialmente hablando, mien tras sólo tuvimos para los pueblos de la alianza
libertadora buenas palabras, aunque harto difíciles y tardías, abundamos en
presurosas obse cuencias, que fueron hechos, para la Alemania despótica.
Claro es que esto resultaría mucho mejor si el
gobierno, reconociendo virilmente sus errores, tomara la dirección por él mismo
abandonada con tanta sinceridad como se quiera. No siendo yo político, nunca
pueden convenirme los desaciertos del gobierno; al paso que mucho me interesa
la concordia de todos los argentinos en punto tan capital. Pero no es el pueblo
quien se halla obligado a ser gubernista, sino el gobierno quien lo está a
proceder de acuerdo con el pueblo, como no lo hizo por des ventura según ya lo
puede ver.
Entretanto, salve el pueblo los ojos de su cóndor.
No se engañe con la libertad de las alas sin rumbo que nadie intentará
cortarle, pues ellas mismas han de ser, si lo merece, el instrumento de su
castigo. Tome ejemplo de lo que ya le pasa al gallinazo ciego de la
neutralidad.
ACCION
19 23
ANTE LA
DOBLE AMENAZA
Señoras y señores:
Elegido para esta primera conferencia, con
intención que de suyo se explicará, un día tan próximo al 9 de julio, quiero
limitarme a poner la por ahora, bajo la sencilla advocación de la Patria. Ya
me explayaré sobre esto al final, efectuándolo de la mejor manera posible. No
haré sino una excepción inmediata, y será para vosotras, señoras argentinas, a
quienes tanto agradezco que hayáis venido, para poner sobre estas duras
palabras el consuelo de la belleza. Porque si ostentáis —ry con cuánta gracia—
la elegante frivolidad de la rosa, poseéis también — y tanto— la penetrante
agudeza de la espina. Yo no rindo homenaje a vuestra debilidad, sino cuando se
trata de evitaros la pequeña molestia que ofen de la púdica serenidad o
lastima el pie delicado. Pero cuando llega la hora grave en que es menester
decidirse por la patria o por el honor, os considero tan dignas como nosotros
del sacrificio y de la gloria.
Señores: Desde hace ya largo tiempo, embargaba mi
espíritu una grave preocupación. Veía condensarse sobre el país la doble
amenaza de que voy a hablaros, y con ella el estímulo del deber que me
impulsaba a decirlo. Porque creo que no hay peor mentira ni cobardía que la de
callar la verdad, sobre todo cuando puede ser peligrosa.
Esperaba, sin embargo, que lo hicieran otros más
llamados, segura mente, que yo. Reconocía sin esfuerzo en muchos de ellos, la
mayor aptitud. Yo tengo bastante, me decía, con mis exámenes y mis matemá
ticas, con mi vida tan pesadamente laboriosa y con mi destino ajeno al
descanso, por la iniquidad fatal de la estrella con que nací. . .
Mas, los que debían hablar, no lo han hecho.
Reproducíase el caso de aquellos días angustiosos de la guerra, cuando era
menester pronunciarse ante América y ante el mundo; los mismos, otra vez, que
cuando debía explicarse la sustancial relación entre el Tratado de Ver salles y
la Liga de las Naciones a la cual habíamos ingresado en el equívoco, si no en
la deslealtad.
No estará la Patria en peligro, pero hay, sí, un
doble peligro que se cierne sobre la Patria. ¡El peligro! . . . ¡Con qué
confianza lo declaro, en la serenidad viril, en la energía magnífica de mi
pueblo!
Y el primero y mayor es la paz armada a la cual
hemos entrado ya. No me propongo estudiar hoy cómo se ha venido a ella, porque
esto será el tema de mi segunda disertación.
Mas, puedo citar, desde luego,
algunas
cifras totales.
Sábese que el ejército argentino requiere
trescientos millones de pesos para restablecer su potencia de tal, dentro de lo
existente: es decir, sin aumento alguno Se ha pedido ya un crédito de veintidós
millones para reparar — mejor dicho, para remendar— algunos navios de la
escuadra, que carece totalmente de elementos esencialísimos ahora, como los
sub marinos cuya adquisición es indispensable. El plan de construcciones para
los ferrocarriles del Estado, monta a trescientos quince millones de pesos, y nadie
ignora que toda red oficial, además de económica, es siempre estratégica. No se
requiere una perspicacia excepcional para atribuir dicha intención a un plan
tan vasto, aun cuando la situación rentística del país está lejos de
presentarse floreciente. Se verá hasta qué extremo inquie tante; mas, saquemos
por ahora el total de esas erogaciones meramente iniciales: son seiscientos
millones de pesos cuya exigencia ineludible se agregará a un presupuesto
excedido en doscientos millones, y a una deuda flotante de mil, que resulta por
sí sola el doble de los recursos ordinarios de la nación. Y es completamente
seguro, que no podremos detenernos. Pero este incremento de gastos comporta
redondamente la crisis, ya ini ciada, por lo demás, con el desastre ganadero,
la reducción de las siembras
1 Pocos días después, el P. E. pedía al Congreso el
primero de los créditos pen dientes cuya necesidad había anticipado la última
Memoria del Ministerio de Guerra^ que está ya votado por valor de cien
millones.
y el creciente disfavor de la balanza comercial, o
sea el aumento y la dis minución simultáneos de la importación y la
exportación respectiva mente. Excluidos esos seiscientos millones, gastamos
todavía mucho más de lo que producimos.
Entretanto, nuestra indiferencia ha dejado correr
cierta afirmación, avanzada por los dos países más empeñados en armarse: que no
hay paz armada en América; de suerte que al declarar nosotros la necesidad
rwí-nima de arreglar lo que tenemos, brotó en seguida la inculpación previ
sible : es la Argentina quien provoca la paz armada.
Por extraño que parezca, voces argentinas han
llegado a sostener lo propio, declarando que nos basta un ejército defensivo.
Es el resultado de la ideología sectaria cristalizada en dogma: funesta
doctrina que ya costó a Francia mares de sangre, irreparables ruinas, profundo
agotamiento económico; doctrina, o mejor dicho paradoja desvanecida por la
formi dable realidad de la guerra, que fue para tantos — yo entre ellos— el
final trágico de una grande ilusión. Si semejante realidad no influye sobre el
criterio de quienes lo formamos con la experiencia y la razón, es porque nos
hallamos en estado de fe, vale decir bajo el imperio dogmático de postulados o
de sistemas ideológicos, o porque un mal entendido orgullo nos lleva a
confundir con la inmovilidad la firmeza del carácter: que ella no consiste en
sostener lo que una vez se dijo, sólo por haberlo dicho, sino en hacerlo con la
convicción adquirida, sea o no contradictoria de una convicción anterior. ¿De
qué servirán, entonces, la experiencia y las demostraciones, ni qué es el
estudio, en suma, sino una constante rectifi cación? ¿Por qué ha de ser leal y
honroso modificar el criterio científico ante la prueba, lo mismo si se trata
de una ley física que de una sentencia judicial, y no sino infamante y traicionero
el cambio de criterio social confrontado del mismo modo? Los que así condenan,
socialistas, comu nistas, pacifistas, anárquicos, proclaman, sin embargo, el
predominio del criterio científico — que es decir experimental— en política y
en socio logía: criterio diverso, inestable, contradictorio, como los mismos
resul tados de la experiencia en que se basa. Así, en física, derogamos ayer,
no más la teoría de las emanaciones, para substituirla con la ondulatoria que
se conformaba mejor a la experiencia; y experimentando hemos vuelto a lo que
habíamos substituido. En biología hemos regresado a la concep ción
creacionista de las especies autónomas, derogada hace poco más de un siglo por
el transformismo de Lamarck.
Socialistas, comunistas, anarquistas, es decir los
que condenan con mayor rigor, fueron quienes, basándose en la experiencia y en
el racio cinio, cambiaron de criterio social, no hace más de cincuenta o
sesenta años, inspirando a los dogmáticos de entonces las mismas sospechas de
infamia y de traición. Y, sin embargo, nada más respetable en ellos que ese
cambio, producto de la libertad de conciencia, tan poco respetada ahora por
ellos mismos, no bien engendra tesis distintas de las suyas.
Pero, ¿qué han hecho, a su vez, los maximalistas
rusos, sino adoptar en el gobierno, es decir enseñados por la experiencia o
forzados por la realidad, el militarismo, el patriotismo y la dictadura feroz
de que abominaban? ¡Nunca me he sentido más lejos de la obediencia dogmática,
que en este momento de peligrosa libertad!
Así también la República, pacifista hasta el
exceso, sufre la imputación de militarismo porque decide armarse mejor, después
que han decidido hacerlo intensamente y en común los mismos que se lo
reprochan. Es que no bastan la buena intención ni las sólidas razones. Hay que
saber ha cerlas valer con tiempo, y es lo que me propongo en la medida de mis
fuerzas.
La indiferencia puede crearnos ante nosotros mismos
otra grave con trariedad. Si continuamos ignorando, no prestaremos a la obra
de la defen sa una eficaz colaboración. Y mientras tanto, estamos ya, como lo
de mostraré — digo que lo demostraré, porque se puede— en la situación que
impone a todos los ciudadanos una actitud m ilitante, parecida a la militar.
Si sólo se tratara de precavernos militarmente,
podríamos contentarnos, quizá, con la obra técnica, dados el patriotismo, la
competencia y la pro bidad característicos de nuestros oficiales. Pero, es que
nuestra situación interior comporta otra amenaza no menos inminente. El país
hállase in vadido, como lo probaré con cifras, por una masa extranjera
disconforme y hostil, que sirve en gran parte de elemento al electoralismo
desen frenado.
Nadie se alarme por esto, ni vaya a creer que de
cerca o de lejos tenga yo intención política. El pueblo, como entidad
electoral, no me interesa lo más mínimo. Nunca le he pedido nada, nunca se lo
he de pedir, y soy un incrédulo de la soberanía mayoritaria, demasiado conocido
para que pueda despertar sospecha alguna. Tanto como me siento apegado al pue
blo argentino del cual todos formamos parte, en la noble igualdad del Canto
glorioso, me causa repulsivo frío la clientela de la urna y del comité. Basta y
sobra, me parece, para mi autosepelio de posible can didato. . .
Pero, hay algo, todavía, que me fuerza — ingrata
obligación— a ocu parme de mí mismo. Puesto que voy a denunciar al mal
extranjero con todo rigor, necesito documentar mi actitud.
Nadie ha sido y es más que yo, amigo del extranjero
honrado que concurre con nosotros a labrar la grandeza de la nación. Y cuando
llegó para los países que precisamente por esta causa interesan más nuestra
simpatía, la hora de la prueba suprema en que jugaron su libertad y su
existencia, no vacilé. Me di entero a su causa, que por humana era nues tra
también, y con tanta decisión y constancia, hasta quedar único, du rante años,
en su defensa, que por ahí llegó a decirse: — Lugones vive espiritualmente en el
extranjero.
La próxima conferencia revelará que no fue así, y
que en ningún mo mento perdí de vista la conveniencia de la Patria.
Soy, entretanto, francófilo conocido. Es de público
y notorio mi afec ción a la noble Inglaterra. Amo a Italia hasta haberla
cantado en los mejores versos argentinos que fui capaz de componer. Tengo en el
bolsillo una carta del presidente del Ateneo de Madrid, en la cual me dice que
habiéndose aceptado mi idea para la fundación de un Instituto de Cultura
Hispánica en Buenos Aires, proyecte yo mismo las bases de su organi zación.
Vez pasada, todavía, cuando las matanzas de israelitas en la Euro pa Oriental,
tocóme proponer con mi discurso de adhesión humana a la protesta, la medida que
las contuvo. Y allá recordé a propósito, cómo una tarde entre las bellas tardes
de mi existencia, cuando trabajaba yo en la zona agrícola de Córdoba y Santa
Fe, volviendo al pueblito de mi resi dencia entonces, encontré a uno de los
viejos rusos de la colonia que marchaba con su nietecito sentado al hombro para
evitarle el lodo de los caminos encharcados de tráfico: rubia criatura que
sonreía inocente al amor de la vida y al cariño del sol. Y cómo al preguntarle,
bromeando, por el rusito, se detuvo para responderme con gravedad, titilándole
una lágrima agradecida en el azul remoto de sus ojos eslavos:
— No, señor, éste es argentino ya.
Y cómo aquel monosílabo ingenuo me reveló más que
nunca grande la Patria, dilatada con una mística serenidad sobre los campos
azules; y la profundidad de su amor en la confianza de aquel antiguo perseguido
que así se me revelaba conciudadano, y en la del pequeño compatriota sentado
sobre el hombro del viejo: tierno vínculo con ese lejano dolor que retoñaba
hermoseándose bajo la hospitalidad argentina, en aquella flor humana encrespada
de oro por la vida y por el sol.
Nosotros hemos querido cumplir el mandato de
nuestros padres, ha ciendo de esta Patria lo que debe ser: una gran concordia.
A la discordia nos la han traído de afuera. Y necio el que por mal entendida
hospitali dad, siguiera mulléndole la cueva a la víbora clandestina que se
metió en su huerto.
A la discordia nos la han traído de afuera.
Hemos asistido últimamente a dos huelgas que ya no
pedían lo que suele hacer dignos de atención y hasta simpáticos esos
movimientos: la mejora económica o gremial; pues la protesta del trabajador que
padece, es digna de respeto en sus propios extravíos; sino que declaraban sin
am bages una insolente solidaridad con el crimen. Huelgas de rebelión contra
el país, declaradas por una inmensa mayoría extranjera. Así se vio por ejemplo,
en el choque final: tres argentinos tan sólo sobre dieciocho heridos. Así en la
prensa sectaria y cómplice, cuyos redactores y propie tarios son extranjeros
sin excepción.
Es que se trata de una consigna, tendiente a
realizar el programa del maximalismo ruso y sus adherentes más o menos
encubiertos: la declara
ción de huelgas con o sin motivo, a título de
“gimnasia revolucionaria”, para engendrar la guerra civil que será el
instrumento de la revolución social. Programa enunciado con alarde por los
corifeos de Rusia y de todo el mundo.
Pero olvidan esos sectarios que si la guerra social
resultaría civil en Rusia, en España o en Italia, donde existe homogeneidad de
población, la consecuencia es inaplicable a un país como la Argentina. La
guerra que nos traen los extranjeros rebeldes, conforme al programa de un go
bierno extraño, es un ataque exterior, mucho más peligroso que la guerra
militar porque maniobra a traición desde adentro. No hay guerra civil con
extranjeros. Por el contrario: toda guerra con extranjeros es una guerra nacional.
El estado de conciencia de otros extranjeros,
conservadores más bien, o liberales templados, no es menos inquietante. Así nos
lo reveló el otro día un episodio pequeño, y por lo mismo, más significativo
aún. La Nación había publicado un suelto de advertencia a los extranjeros des
contentos del país, que acababan de manifestar, en incidentes aislados, pero
repetidos con demasiada frecuencia, desagradable animosidad. Basta recordar la
tradición más que cincuentenaria ya, la templanza, el libera lismo del gran
diario, para inferir lo que diría ese suelto, cuyo autor conozco. No decía sino
esto, en dos palabras: las puertas abiertas para entrar quien lo desee, lo
están, por cierto, para salir de igual modo. Nadie que venga al país por
simpatía o conveniencia, tiene obligación de per manecer cuando dejen de
animarlo esos móviles.
No se necesitó más, para revelar en gran parte de
la prensa extranjera un singular estado de prevención y de amargura.
Durante diez días continuos, estúvose formulando
toda suerte de mor tificantes comparaciones. Todo lo debíamos al extranjero:
riqueza, cul tura, progreso, con una evidencia que definiría la más completa
superio ridad. Y hasta apareció la intolerable diferencia: nuestros hijos, y
los otros. . .
Hubo periodistas de ésos que llegó a suponer, en su
extravío, la posibi lidad de choques entre una columna de juventud
nacionalista y otra de extranjeros indignados, lanzada a manifestar por las
calles, como si se tratara para ellos de una colonia levantina: ¡extranjeros en
manifestación pública contra la juventud del país! Otro nos hizo saber que los
extran jeros venían porque se les daba la gana, a favor de garantías constitu
cionales que nadie osaría tocar, como si ellas nos crearan ante los favo recidos
una verdadera subordinación. . .
Este asombroso olvido de la conveniencia recíproca
que engendra la vinculación leal del residente con el país, impone, a mi
entender, defi niciones categóricas.
Y es la primera, que la condición de ciudadanos
comporta dominio y privilegio para administrar el país, porque éste pertenece
exclusivamente
a sus ciudadanos, en absoluta plenitud de
soberanía. Nosotros ejercemos el gobierno y el mando. Somos los dueños de la
constitución. Del propio modo que la dimos, podemos modificarla o suprimirla
por acto exclusivo de nuestra voluntad. No hemos creado con ella ningún dogma,
ni nos hemos comprometido temporalmente ante los extraños. La declaración de
los derechos del hombre que en ella formulamos con amplitud jamás alcanzada por
otra, es acto propio, no subordinado directa ni indirecta mente, antes ni después,
a ninguna voluntad ajena. Nosotros somos quie nes aceptamos al extranjero, no
el extranjero quien nos acepta a nosotros. Entre el extranjero y el país hay
reciprocidad de conveniencia, no de potencia. Nuestra soberanía no puede
compararse a su potestad negativa de no venir o de no permanecer. Su residencia
es siempre condicional respecto a nuestra soberanía, mientras que ésta no lo es
respecto a nin guna voluntad extranjera. Somos los dueños del país. Y de tal
modo, que si sólo quedáramos mil argentinos entre diez millones de extranjeros
residentes, seriárnoslo sin duda; porque cuando esto dejara de suceder, el
hecho revelaría que el pueblo argentino había también dejado de existir bajo
una dominación extranjera.
La segunda definición es que para nosotros no
existen acá hijos de extranjeros y otros que no lo sean. No hay más que
argentinos, hijos de una misma patria, con un solo derecho y con un solo deber.
Y la tercera es que si, llegado el caso, la defensa
de la Patria en bien de todos, ciudadanos y extranjeros, sólo a nosotros
concierne, su respeto obliga a todos, sin la más mínima discrepancia.
Tolerarlo, en virtud de armonías ideológicas, equivale a aceptar la traición.
La Patria no es una ideología. Es un hecho. No, tampoco, una pertenencia
internacional, sino un bien de los argentinos.
Por esto, en presencia del doble peligro que la
amenaza, y que bajo su aspecto interior lo comprueba la misma necesidad de
formular estas declaraciones, la actitud militante resulta un caso de
conciencia. Tenem os que exaltar el amor de la Patria hasta el misticismo, y su
respeto hasta la veneración.
Militantes se declaran a su vez los enemigos
extranjeros que traicionan su hospitalidad. Militantes hasta la agresión
insolente o pérfida, son los agentes de sectas y de gobiernos extraños que han
perturbado tantos espíritus, hasta convertir la República, para muchos de sus
propios hijos, en una colonia experimental del Soviet, artificialmente
contaminada por rencores ajenos, avergonzada de sí misma en la negación de
bellezas y de glorias dignas de enorgullecer a cualquier país, deprimida por el
pesimismo de los fracasados que revierten en deyección de calamar su siniestra
envidia, y en trance de saqueo internacional a las manos de ban doleros sin
ley y de impúdicos mendigos.
Tenemos que afrontar virilmente la tarea de limpiar
el país, ya sea por acción oficial, ya por presión expulsora, es decir tornando
imposible la
permanencia a los elementos perniciosos, desde el
malhechor de suburbio hasta el salteador de conciencias.
La deportación de los extranjeros perniciosos, a
sus países de origen, es un reclamo de la conciencia nacional. Esta lo exige
con energía mayor aún que la no menos necesaria para el resguardo venidero del
territorio, descuidado, si no abandonado por complacencias inauditas.
A impulso de un sentimentalismo desviado hasta la
perversión, cono cemos casos reiterados de mendigos, ciegos, tullidos,
dementes, a quienes se concedió ingreso de inmigrantes “por orden superior”,
mientras nume rosas personas de la clase pudiente, desequilibradas por la
ideología maxi-malista que estaban lejos de comprender ni de sentir, pero que,
a guisa de escandalosa novedad, “vestía mucho”, concurrían con sumas
importantes al socorro de los hambrientos rusos, cuando nuestra peonada
obrajera del interior sucumbía al hambre, la miseria y los contagios, sin
inspirarles la más mínima piedad. La extirpación de ese extranjerismo maléfico,
será un recobro de salud. El apostolado de la rebelión contra el país, ejercido
por extranjeros traidores, que no siempre son agitadores gremiales, re quiere
una perentoria intervención.
Hace solamente dos días que el presidente de los
Estados Unidos, Mr. Harding, conmemorando con un discurso la independencia de
su país, denunciaba a esa clase de conspiradores como digna, no solamente de la
expulsión, sino de la cárcel previa, dadas la odiosidad y la perfidia de su
delito. La fecha elegida, no menos que la eminencia del orador, mués-trannos la
importancia que se asigna al problema en un país donde, sin embargo, se ejerce
la más rigurosa defensa. Puedo, así, jactarme de pecar en buena compañía y en
excelente oportunidad \
Por lo que respecta a los países de Europa, sabe
cualquiera el rigor imperante en ellos con el extranjero inadecuado u hostil.
En Francia, la mera crítica personal de los actos
de un ministro, suele acarrear la expulsión por simple orden del prefecto de
policía. En Ingla terra, donde la libertad de opinión y la hospitalidad son
tan grandes, el derecho del extranjero para propagar sus ideas, se basa en la
más com pleta abstención de la política militante y de la crítica a las
instituciones, que no tolerarían el gobierno ni la opinión. Italia acaba de
enseñarnos cómo se restaura el sentimiento nacional bajo la heroica reacción fascista
encabezada por el admirable Mussolini: actitud nada extraña en quienes
crecieron saboreando como una médula de león aquel canto de Patria
1 He aquí esas memorables palabras que parecen
dichas para nosotros. Discurso del Presidente Harding en Portland (Oregón):
"Estoy deseoso de aclamar el día en que no
hallen residencia en América, en ninguna parte, aquellos que niegan la ley y
buscan hospitalidad con el propósito de destruir nuestras instituciones; deben
ser deportados o tenidos en seguridad tras de la reja de las cárceles. Esta
tierra nuestra tiene poco que temer de aquellos que la atacan desde fuera de
sus fronteras, pero debemos guardarnos muy celosa-mente contra aquellos que
trabajan con nosotros, dentro de nuestros límites, y que pretenden destruir las
mismas instituciones que los han cobijado”.
reconquistada, aquel Himno de Garibaldi cuyo coro
fulmina la inexorable expulsión: ¡Va fuora stranieri
A dos días de la fecha en que conmemoramos,
precisamente, la Inde pendencia de las Provincias Unidas, es la ocasión de
recordar a los extraños que pudieran tentarse y a los malos huéspedes que
traicionan por mandato de sectas o de gobiernos enemigos, la memorable declara
ción: ¡independientes de toda dominación extranjera!
¡Las Provincias Unidas!
Propóngome ahora evocarlas por celebración, tal
cual si fuera estre chándolas, una a una, sobre mi pecho de argentino.
Y es, primera, Jujuy, elevada con eminencia de
bandera en su alto balcón andino: la pequeña Jujuy, cetrina y grave como un
halcón de la cumbre. Y me parece que vuelvo a ver en los tiempos su valiente
mon tonera de la Patria, que parte al trote largo para el Alto Perú,
perdiéndose en la inmensidad de los cerros, y poniéndoles sobre la rispida
frente su pequeña polvareda que el sol doraba como un penacho glorioso.
Y Salta, la de Güemes, que pareció decretarle
estatua ecuestre para la eternidad, en aquella carta a Belgrano, pidiéndole
caballos para la guerra gaucha: “Ya verá V. E. el empeño de mi provincia en
viéndose montada”.
Y Tucumán, a la cual es necesario conservarle su
leyenda de “sepul cro de la tiranía y cuna de la libertad”, por lo bien que
supo ganársela: Tucumán, que es, todavía, capital de la belleza patria,
encarnada en la criolla pálida, romántica como sus tardes y tierna como la
carne de sus díamelas. Porque fue desde entonces regalo de héroes el
merecimiento de vivir — y de morir— bajo la caricia de unos ojos tucumanos.
Y Santiago, que el otro día, no más, nos revelaba
la estética gaucha con sus rústicos cantores y sus bailarines que parecían
reconquistarnos el suelo a golpe de posesivo talón : Santiago, cuyo símbolo
eficaz es el árbol formidable de su selva, de corazón fácil para que le llegue
hasta el fondo la abejilla de la miel, pero al cual para derribarlo hay que
ponerle hacha un día entero.
Y Catamarca, la vieja tierra de la raza de bronce
que dejó como deso ladas acrópolis donde se lamenta el huracán de los páramos,
aquellos pucaraos calchaquíes, desde los cuales parece dilatarse a la
inmensidad su luto heroico, en el ala de los cóndores, rebramada de fuerza.
Y la sobria Rioja, que por dulzura de la índole,
habla cantando; la noble Rioja de la tradición y del parral, recostada al pie
de su excelso Famatina, que parece remontarle sus sueños en blancura de nieve
altí sima, desvanecido ya en el azul, de punta al cielo como un inmenso
diamante.
Y San Juan, que recordando la desgarradura del
movimiento plutònico en que revierte la tierra con entrañable conmoción las
sustancias preciosas y útiles, engendra a Sarmiento, como quien pare una
montaña.
Y Mendoza, la predilecta de San Martín, que
volvería a hallarla igual para el empeño, como cuando inició el Paso sin
parangón, abriendo a la libertad el camino de las naciones. Porque todo se dio
para eso a la Patria, desde la dama ilustre hasta el pobre negro cuyano, tan
inocente todavía por su recién abandonada esclavitud, que el ingenioso capitán
lo exaltaba, recomendándole que sableara bien, porque si caía prisionero los
godos lo cambiarían por azúcar. ¡Que sablearan bien! ¡A quiénes se lo había dicho!
He aquí que salen sobre el filo de la cumbre, y que se pre cipitan por la
cuesta, de cara a la inmensidad, arrebatados en la punta de la carga. Una
rayada. . . Un relámpago . . . Un grito. . .: ¡Toma pa ashuca, godo viejo! Y
allá rodaba, partido en dos, el maturrango.
Y San Luis, la de Pringles, el paladín que repitió
en nuestra historia aquello que los romanos tenían por más alto que el triunfo
mismo: el ¡gloria a los vencidos! conquistado por su heroica desesperación,
cuando se le acaba la tierra, y se tira a las ondas en su caballo de pelea, y
con ellas revuelto, parece que le reempluma el abollado morrión, volcada en
vivas perlas la hirviente espuma del mar.
Y Corrientes, para la cual el heroísmo es cualidad
gentilicia, y que por eso sería cuna de quien fue, como dormida en el canto ya
tropical y en el ronco arrullo de torcaz silvestre con que parece quejarse,
amoroso y gutural el guaraní.
Y la valiente Entre Ríos, que como resumiendo la
historia patria, inicia la dolorosa reconstrucción sobre las ruinas
virreinales, con el episodio romántico de Ramírez y la Delfina, para cerrarlo
con la austera página en que el ilustre guerrero derriba la tiranía y con la
misma espada firma la constitución.
Y Santa Fe la laboriosa, que con el oro del trigal
maduro nos asegura la prosperidad de la patria presente, y con la esmeralda del
verde trigal la esperanza de la patria futura.
Y Buenos Aires, la más ilustre, la que nos inauguró
la Patria en mayo, y por ser primera, nos dio en vez de una, dos grandezas:
Rivadavia y Mitre.
Y Córdoba, que había ido dejando hasta ahora, como
se deja a la ma dre, para el fin, por modestia y por ternura: Córdoba la
universitaria, de quien podría decir tanto, pero a la que quiero solamente
rendir aquella ínitma florecilla del sentimiento, que al inclinarse bajo el
viento del otoño, es, precisamente, más perfumada y más bella.
Y la inmensidad territorial del Norte, donde bajo
los bosques chaqué-ños y misioneros, al aroma del cedro y del naranjo, vi un
día realizarse, para mi bien, la leyenda paradisíaca de los ríos fragantes.
Y la Patagonia profunda, que entra en las frígidas
brumas del Suf como una espada cuya empuñadura está ligada, por la franqueza de
la mano, con nuestro mismo corazón. La profunda Patagonia de los rebaños,
donde nuestro sabio fue a descifrar un día, en la
piedra estampada por el fósil, el misterio casi eterno de los orígenes.
Eso es lo que cubre para nosotros la bandera
argentina y lo que noso* tros tenemos que cuidar por dentro y fuera. ¡Por
dentro y fuera, enten dámoslo bien! Pues así como dijo el grande, que nuestra
bandera nunca fue atada al carro de ningún vencedor, tampoco será jamás
manchada por mano ajena.
¡Juro — y en este instante siento que todo el país
jura por mi b o c a - juro que no la han de manchar! ¡Y húndanse los cielos
antes que ocurra tal infamia!
(La sala, entonces, poniéndose espontáneamente de
pie, aclamó en masa el juramento. Y el orador concluyó diciendo):
Este movimiento, en el que veo agitarse, más que
las palmas batidas, los corazones que ellas parecen ofrecer, y aquella
invocación a las alturas, infunden en mi espíritu la serenidad de lo inmortal.
La bandera argen tina no puede morir. Es el cielo mismo de la Patria, cruzado
por la blan cura de su bondad inmensa. La enarbola, intangible, la cándida
nube pro-misora de fecundidad, y el sol le estampa a fuego la certidumbre sin
término de su gloria.
LA PATRIA
FUERTE
1930
EL DISCURSO DE AYACUCHO
Señoras, Excelentísimo Señor Presidente de la
República, Señores:
Tras el huracán de bronce en que acaban de
prorrumpir los clarines de la epopeya, precedidos todavía por la noble trompa
de plata con que anticipó la aclamación el más alto espíritu de Colombia \ el
Poeta ha dispuesto, dueño y señor de su noche de gloria, que yo cierre por
decirlo así, la marcha, batiendo en el viejo tambor de Maipo, a sincero golpe
de corazón, mi ronca retreta.
Válgame eso por disculpa en la inmensa desventaja
de semejante co misión, ya que siempre hay algo de marchito en el laurel de la
retirada.
Dejadme deciros solamente, señores, que trataré de
poner mi tambor al ritmo viril de vuestro entusiasmo; y vosotras, señoras,
puesto que estáis aquí para mi consuelo, en la nunca desmentida caridad de
vuestros ojos hermosos, permitidme que como quien le pasa una cinta argentina
por adorno distintivo, solicite, en amable símbolo blanco y azul, el amparo de
la gracia y la belleza.
1 Don
Guillermo Valencia, ilustre escritor y jefe de la embajada extraordinaria de su
país.
Ilustre Capitán del Verbo y Señor del Ritmo:
Habéis dado de prólogo al Magno Canto lo único que
sin duda corres pondía: la voz de la tierra en el estruendo del volcán; la voz
del aire en el viento de la selva; la rumorosa voz del agua en el borbollón de
la catarata.
Así os haré a mi vez el comentario que habéis
querido. Os diré el Ayacucho que vemos desde allá, en el fuego que enciende
sobre las cum bres cuya palabra habéis sacado a martillazo de oro y hierro, el
sol de los Andes; y como tengo por el mejor fruto de una áspera vida el horror
de las palabras vanas, procuraré dilucidar el beneficio posible que comporta
para los hombres de hoy esa lección de la espada.
Tal cual en tiempo del Inca, cuando por justo
homenaje al Hijo del Sol traíanle lo mejor de cada elemento natural las
ofrendas de los países, la República Argentina ha enviado al glorioso Perú de
Ayacucho todo cuanto abarca el señorío de su progreso y de su fuerza.
Y fue, primero, la inolvidable emoción de aquel
día, cuando vimos aparecer sobre la perla matinal del cielo limeño al fuerte
mozo que lle gaba \ trayéndose de pasada un jirón de cielo argentino prendido
a las alas revibrantes de su avión.
Y fue el cañón argentino del acorazado que entraba
2, al saludo de los tiros profundos en que parece venir batiendo el corazón de
la patria: lento, sombrío, formidable, rayado el casco por la mordedura verde
del mar, pero tremolando el saludo del Plata inmenso en la sonreída ondu
lación del gallardete.
Y fueron los militares que llegaban, luciendo el
uniforme de los gra naderos de San Martín, y encabezados — permiso mi
general3— por la más competente, limpia y joven espada del comando argentino,
por su puesto que sin mengua de ninguna, para traer en homenaje la montaña de
los cóndores y la pampa de los jinetes.
Y es la inteligencia argentina que va llegando en
la persona de sus más eminentes cultores, y que me inviste por encargo de
anticipo, que no por mérito, con la representación de la Academia Nacional de
Ciencias de Córdoba, la Universidad de la Plata, el Círculo Argentino de
Inventores, el Círculo de la Prensa, el Conservatorio Nacional de Música, la
Asocia ción de Amigos del Arte, y el Consejo Nacional de Educación que adelan
ta, así, al Perú el saludo de cuarenta mil maestros.
Y por último, que es mi derecho y el más precioso,
porque constituye mi único bien personal, aquel jilguero argentino que en el
corazón me canta la canción eternamente joven del entusiasmo y del amor.
Por él me tengo yo sabido como si hubiese estado
allá la belleza heroica de Ayacucho.
1El aviador Hilcoat.
2 El “Moreno” , a las órdenes del señor comandante
Cueto.
3 El embajador
argentino general Justo, Ministro
de Guerra.
AI son de cuarenta dianas despierta el campo
insurgente bajo la cla ridad de oro y la viva frescura de una mañana de
combate. Deslumbra en el campo realista el lujo multicolor de los arreos de
parada. En el patriota, el paño azul oscuro uniforma con pobreza monacal la
austeridad de la república. Apenas pueden, allá, lucir al sol tal cual par de
charreteras; y con su mancha escarlata, provocante el peligro, la esclavina
impar de Laurencio Silva, el tremendo lancero negro de Colombia.
Mas he aquí que restableciendo por noble
inclinación las costumbres de la guerra caballeresca, los oficiales de ambos
ejércitos desatan sus espadas y vienen al terreno intermedio para conversar y
despedirse antes de dar la batalla. Con que, amigos de otro tiempo y hermanos
carnales, que también los hay, abrázanse allá a la vista de los ejércitos, sin
disimular sus lágrimas de ternura. Y baja de la montaña Monet el español
arrogante y lujoso, peinada como a tornasol la barba castaña para prevenir a
Córdova, el insurrecto que va a empezar el combate.
Aquel choque final es un modelo de hidalguía y de
bravura. Concer tado como un torneo, dirigida la victoria con precisión
estética por el joven mariscal, elegante y fino a su vez como un estoque, nada
hubo más sangriento en toda la guerra: como que, en dos horas, cayó la cuarta
parte de los combatientes. Mientras la división de Córdova acomete al son
sentimental del bambuco, el batallón Caracas, esperando su turno, que será
terrible, juega bajo las balas los dados de la muerte.
Desprovistos de artillería los patriotas y perdida
pronto la realista cuyos cañones del centro domina al salto, como a verdaderos
potros de bronce, el sargento Pontón, la batalla no es más que una cuádruple
carga de sable, lanza y bayoneta.
Carga de Córdova, el de la célebre voz de mando,
que, alta la espada, lánzase a cabeza descubierta encrespándosele en oro la
prosapia de Aquiles al encenderle el sol su pelo bermejo. Carga de Laurencio
Silva que harta su lanza en el estrago de ocho escuadrones realistas. Carga de
Lara que cierra el cerco de muerte, plantando en el corazón del ejército
enemigo el hierro de sus moharras.
Cuando he aquí que la última carga va a decidir la
victoria. Son los Húsares Peruanos de Junín, al mando del coronel argentino
Suárez. Y entre ellos, a las órdenes de Bruix, los ochenta últimos Granaderos a
Ca ballo. De los cuatro mil hombres que pasaron los Andes con San Martín, sólo
ésos quedan. Pintan ya en canas los más: sus sables hállanse redu cidos por
mitad al rigor de la amoladura que saca filo hasta la guarda. Y en ese
instante, desde la reserva que así les da la corona del postrer episodio, meten
espuela y se vienen. Véanlos cruzar el campo, ganando la punta de su propio
torbellino. Ya llegaron, ya están encima. Una raya da, un relámpago, un grito:
¡Viva la Patria/. . — y al tajo, volcada en rosas de gloria la última sangre de
los soldados del rey.
Esas lágrimas de Ayacucho van a justificar el
recuerdo de otras que me atrevo a mencionar, animado por la cordialidad de
vuestra acogida.
Y fue que
una noche de mis años, allá en mi sierra natal el adolescente que palidecía
sobre el libro donde se narraba el crucero de Grau, veía en grandecérsele el
alma con las hazañas del pequeño monitor, embellecidas todavía por la bruma de
la desgracia. Y sintiendo venírsele a la garganta un llanto en cuya salumbre
parecía rezumar la amargura del mar lejano, derramaba en el seno de las
montañas argentinas, sólo ante la noche y las estrellas de la eternidad,
lágrimas oscuras lloradas por el Huáscar.
Señores: Dejadme procurar que esta hora de emoción
no sea inútil. Yo quiero arriesgar también algo que cuesta mucho decir en estos
tiempos de paradoja libertaria y de fracasada, bien que audaz ideología.
Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de
la espada.
Así como ésta hizo lo único enteramente logrado que
tenemos hasta ahora, y es la independencia, hará el orden necesario, implantará
la je rarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatal
mente derivada, porque esa es su consecuencia natural, hacia la demagogia o el
socialismo. Pero sabemos demasiado lo que hicieron el colectivismo y la paz,
del Perú de los Incas y la China de los mandarines.
Pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos
de la misma va cante que el destino ofrece al jefe predestinado, es decir al
hombre que manda por su derecho de mejor, con o sin la ley, porque ésta, como
ex presión de potencia, confúndese con su voluntad.
El pacifismo no es más que el culto del miedo, o
una añagaza de la conquista roja, que a su vez lo define como un prejuicio
burgués. La gloria y la dignidad son hijas gemelas del riesgo; y en el propio
descanso de verdadero varón yergue su oreja el león dormido.
La vida completa se define por cuatro verbos de
acción: amar, com batir, mandar, enseñar. Pero observad que los tres primeros
son otras tan tas expresiones de conquista y de fuerza. La vida misma es un
estado de fuerza. Y desde 1914 debemos otra vez a la espada esta viril
confronta ción con la realidad.
En el conflicto de la autoridad con la ley, cada
vez más frecuente, porque es un desenlace, el hombre de espada tiene que estar
con aquélla. En esto consisten su deber y su sacrificio. El sistema
constitucional del siglo xix está caduco. El ejército es la última
aristocracia, vale decir la última posibilidad de organización jerárquica que
nos resta entre la diso lución demogógica. Sólo la virtud militar realiza en
este momento histó rico la vida superior que es belleza, esperanza y fuerza.
Habría traicionado, si no lo dijera así, el mandato
de las espadas de Ayacucho. Puesto que este centenario, señores míos, celebra
la guerra libertadora; la fundación de la patria por el triunfo; la imposición
de nuestra voluntad por la fuerza de las armas; la muerte embellecida por
aquel arrebato ya divino, que bajo la propia
angustia final siente abrirse el alma a la gloria en la heroica desgarradura de
un alarido de clarín.
Poeta y hermano de armas en la esperanza y la
belleza: ahí está lo que puede hacer.
Déjame solamente decirles a tu Lima y a tu Perú dos
palabras finales que me vienen del alma.
Gracias, dulce ciudad de las sonrisas y de las
rosas. Laureles rindo a tu fama, que así fueran de oro fino en el parangón de
homenaje, y palmas a tu belleza que hizo flaquear — dichoso de él en su propia
dimensión— al Hombre de los Andes con su estoicismo. ¿Pues quién no sabía por
su bien — y por su mal— que ojos de limeña eran para ju garles, no ya el
infierno, puesto que en penas lo daban, sino la misma seguridad del Paraíso? En
el blanco de tus nubes veo embanderarse el cielo con los colores de mi Patria,
y dilatarse en el tierno azul la caricia de una mirada argentina. Y generosas
me ofrecen la perla de la intimidad y el rubí de la constancia, tus sonrisas de
amistad y tus rosas de gen tileza.
Y tú,
nación de Ayacucho, tierra tan argentina por lo franca y por lo hermosa; patria
donde no puedo ya sentirme extranjero, Patria mía del Perú: vive tu dicha en la
inmortalidad, vive tu esperanza, vive tu gloria.
LA
GRANDE ARGENTINA
1930
POLITICA
REVOLUCIONARIA
Ya se ha dicho — y no habría quizás para qué
repetirlo— cuál fue la invariable actitud del escritor respecto a esos
usufructuarios de la democracia, los políticos, agentes del desastre colectivo;
cuál también su crítica a la persistencia de un sistema que, si juzgaba malo
para todos, entendía pernicioso a los intereses vitales de la nación, dañador
para el pueblo que lo soportaba. La obra cuyo título da el epígrafe, encierra
todo esto sostenido en tono firmí simo, sin levantar mano al castigo. Y del comienzo
al fin nótase el propósito: de la inicial “Advertencia Patriótica” al breve
capítulo cuyas páginas cierra la obra: “El gobierno de la fatalidad”.
A tente bonete, según se dice, y lo juzgaban sus
enemigos, sos tuvo que nuestra imperfección institucional provenía de la mala
forma de gobierno. Casi a la par con la aparición de dos regímenes totalitarios
en Europa, declaraba Lugones, aquí en la Argentina, la necesidad de cortar la
cabeza a la hidra, vale decir, terminar una vez por todas con el nefasto
electoralismo y sus factores de
trapisonda comicial. Nunca quiso, de más está
decirlo que se apli cara a nuestra tierra el cartabón de las otras; pero
afirmaba que a sí misma debía librarse la República, agobiada por tantos males
sali dos de aquella única raíz.
Interesa tal vez conocer de qué manera contemplaba
el curso del país, a más o menos ocho meses de la revolución del general
Uri-buru. Dícelo el texto de la “Advertencia Patriótica” a que antes aludí:
“Bástame exponer en este libro la doctrina
inspiradora del movimiento del 6 de setiembre con que hubo de iniciarse la
revolución ahora en mar cha, para que resulte un nuevo homenaje a las armas de
la Nación. Creo inútil ponderar lo que ello me halaga. Durante siete años,
desde mis conferencias del Coliseo en 1923, había proclamado casi solo, por no
decir completamente, la necesidad de que los militares diesen gobierno a la
Patria. Pues a despecho de tantas elecciones libres y de tantos sufragios
secretos y obligatorios, no lo tenía. Considerando su disciplina más fuerte, su
preparación más sólida, su conducta más limpia, su pa triotismo más exigente,
y aquella superior eficacia administrativa que exige a la moderna oficialidad
la organización de las naciones en armas, había llamado a los militares los
mejores por antonomasia para imponer y asegurar el orden en la República.
Esto es ya un hecho. Las armas de la Nación
salváronla por cuenta propia, y su jefe la gobierna de igual modo. Mucho mejor,
desde luego, que los predilectos del sufragio universal durante dieciséis años.
A la fuerza militar le bastó un día. Seis meses después, el país ve
restablecido su crédito, a pesar de la crisis más rigurosa que haya soportado
nunca; iniciada su política económica, que era lo más urgente en el dominio
material; rehecha la disciplina universitaria que en el dominio moral era
también lo más urgente; acometido a fondo el reajuste de la administra ción;
exigida por primera vez la responsabilidad de los funcionarios; elimi nando el
extranjero pernicioso que formaba dentro del país un verdadero ejército de
ocupación con bandera roja; perseguida con vigor la delin cuencia; fomentado y
defendido con incansable celo el bienestar común: corregido en una palabra el
grave trastorno con que iban comprometiendo la suerte de la Nación sus
políticos desenfrenados.
Todos ellos; pues la sobrepuja de favores y halagos
para conquistar las masas urbanas que forman entre nosotros la mayoría
electoral, arras trólos al izquierdismo. Nadie ignora que la dictadura del
proletariado, aspiración definitiva del socialismo, consiste realmente en la
domina ción ejercida por los obreros de las ciudades. Y así nos lo enseña la
Rusia de los soviets.
Ahora bien, el izquierdismo como el laborismo
inglés y el obrerismo de nuestros radicales viene a ser el socialismo con otro
nombre; del
propio modo que este último es un sinónimo del
comunismo. Basta verlos definirse por sus actos, que es como vale. La
experiencia del mundo entero revela que todo eso constituye una derivación
fatal del liberalis mo. La igualdad incondicional en política, requiere luego,
no más, la incondicional igualdad económica. La democracia mayoritaria es, si
bien se ve, una forma de comunismo: gobierno de todos y para todos; riqueza de
todos y para todos.
Infestada de izquierdismo por conveniencia
electoral, y peor todavía si lo estuviere por convicción, nuestra política ha
dejado de ser momen táneamente un azote, pero continúa siendo un peligro. Los
radicales fueron los peores, por la sencilla razón de que llegaron al gobierno.
Con ideología y procedimientos iguales: izquierdismo y ley electoral, seguro es
que todos harán lo mismo. Un radical es un argentino como cual quier otro.
Por esta razón, todos los políticos defienden como
una “conquista sagrada” del pueblo y de la libertad, el maléfico sistema cuyo
único fruto hasta el día de la Revolución, fue una calamidad de dieciséis años.
No tocar nada, no demorar en la restauración del sistema: es decir, volver a
empezar cuanto antes. He aquí cómo responden los políticos a la obra militar
del 6 de setiembre. Verdad es que siendo izquierdistas, todo lo militar les
resulta abominable. Basta verlos desde el día siguiente, perdonando la vida al
vencedor como el portugués desde el fondo de la zanja, y pretendiendo conocer
mejor que él mismo el propósito de la Revolución.
Fracasada por exceso de vanidad, la intriga renació
y persiste bajo una doble forma que resume con majadería baladí la
animadversión del iz quierdismo. El gobierno puede y no puede esto y lo otro:
iniciar, por ejemplo, la política económica, retardada en veinte años, o
reprimir la vagancia; porque estas cosas son atribuciones del Congreso. Es
decir, que ha podido disolver ese cuerpo, restablecer por bando la pena de
muerte, percibir los impuestos, aplicarlos, modificarlos; destituir jueces,
crear jurisdicciones penales. . . El objeto de esta aparente simpleza no es
impresionar al gobierno, sino perturbar el espíritu público. El izquier dismo
en masa se ocupa de ello, desde el radical conspirador hasta el liberal
doctrinario. El fracaso de la Revolución que así se persigue, es la venganza
que se atreven a intentar contra las fuerzas militares cuyo éxito menosprecian
y aborrecen. Este propósito de venganza manifiéstase ya con expresiones
incontenibles. Ultimamente, en boca del populacho más soez, se ha oído el grito
revelador: ¡Ya verán cuando lleguen las elecciones! Es la contrarrevolución, o
mejor dicho el desquite de la anar quía que los políticos desatarán sobre el
país.
Pues bien: estas elecciones que así se preparan a
reproducir lo que era de esperar, constituyen el otro aspecto de la intriga.
Según los ideó logos liberales, crisis económica, depresión monetaria,
descrédito clan
destino del país: todos los inconvenientes que
soportamos, tendrán re medio en el comicio; como si no los debiéramos,
precisamente, a la dema gogia electa y reelecta durante dieciséis años y que
las minorías izquier distas no supieron contener porque eran astillas del
mismo palo. Lejos de esto, sobrepujáronla en obrerismo disolvente y en anarquía
uni versitaria.
Las fuerzas de trabajo y de producción:
agricultores, ganaderos, co merciantes, industriales, sobre todo en el pueblo
rural, saben que basta ría la convocatoria a elecciones generales para
malograr desde luego el plan gubernativo en el cual han puesto su esperanza.
Nuevo desorden social; nuevo abandono de la política económica; nueva depresión
mone taria. Esto último se ha producido ya dos veces, al anunciarse otras
tantas que iba a convocarse varias provincias, no más: concluyente repetición
de un fenómeno tan significativo.
Es que no estamos todavía para elecciones. La
Revolución tiene que consumar antes de eso lo que ha prometido al país, porque
sin tal con dición, el fruto de aquéllas será la anarquía: administración
reorgani zada; crédito sano; extirpación de agitadores extranjeros;
restablecimiento moral y material de la disciplina; defensa económica y militar
bien pla neada, porque de las dos, una apenas ha comenzado a existir y la otra
frisa en el desastre. Y como órgano indispensable, un partido conservador fundado
en las realidades económicas y sociales del país, lo que es decir nacional de
suyo.
Reúne este libro mi colaboración de publicista en
dicho propósito; y buscando el mejor homenaje que podría yo rendir a las tropas
del 6 de setiembre, lo empiezo con el discurso ante la tumba de los cadetes que
derramaron su sangre por la Patria y la Revolución.
Antes y después de aquel día, los publicistas
liberales han estudiado las condiciones del país, para llegar una y otra vez,
con ser ambas tan distintas, a la insignificante conclusión de que lo mejor es
no hacer nada. Las armas de la Patria que hicieron la Revolución sin ellos,
decidirán si, para consumarla, merecen más atención”.
Constituido este libro por artículos periodísticos,
forma, no obs tante, un solo bloque en cuanto a la doctrina. Hay en él esa
unidad de pensamiento, ese leitmotiv, para decirlo en lenguaje musical, ese
tema orientador, que caracteriza la obra del que tiene algo bueno que proponer.
Como se tiene dicho varias veces, fue nuestro
escritor campa nero de La hora de la espada, profeta de los gobiernos fuertes,
como se estila expresarlo. Mando poderoso; pero aclaremos bien pronto hasta
dónde: enérgico y fuerte en la línea de los hechos, como recto y decente en el
manejo integral de lo que tiene entre manos, pues de no, pasa a ser depravada
tiranía, peor entonces que el más calamitoso de los gobiernos democráticos.
Pues dio Lugones
por sentado, que no puede admitir el acero de la
tizona, otra man cha que la de la sangre bien vertida, bautizo de guerra cuyo
sacer dote es el soldado de buena ley; que no dará ella sino una sombra: la
del jefe que supiere empuñarla con honor. Y si no, valiera más seguir como
antes, tras el cayado de los antiguos pastores, marru lleros y chanflones.
Vio la luz este libro luego del triunfo de la
revolución de setiem bre, y coincidente casi con el primer descalabro del
nuevo gobierno, derrotado en los comicios abrileños de la provincia bonaerense,
lo que dio motivo justificado para que mi padre estampase, a manera de colofón,
una observación bajo el título de “Alcance”, cuyos tér minos son los
siguientes:
“Mientras se acaba de imprimir este libro, las
elecciones de Bue nos Aires enseñan una vez más que el sistema vigente no
tiene cura. Aplíquelo quien lo aplique, el resultado es que entrega la suerte
de la Nación al instinto de sus turbas inorgánicas”.
Ha de saberse que pasados los primeros arrebatos
cautivantes del dominio militar, mostróse Lugones pesimista por el sesgo que
toma ban los acontecimientos. Los yerros gubernamentales — sostuvo— acabarán
pronto con el gobierno de esta revolución. Meses más tarde halló íntegra
confirmación el vaticinio.
Cuando esta obra salió de la imprenta, andaba su
autor por los cincuenta y seis años. Seguía en su puesto en la Biblioteca del
Con sejo Nacional de Educación. Y aquí algo que debe contarse: exitoso el
movimiento revolucionario, su jefe, el general Uriburu, muy de la amistad del
publicista, le ofreció la dirección de la Biblioteca Nacio nal. Las ventajas
de todo orden eran evidentes; pero se rechazó la proposición: no fuera a
creerse que Lugones buscaba beneficiarse con la revolución de sus sueños. Tengo
derecho a decir que ese fue Leopoldo Lugones.
Como siempre también, trabajaba en La Nación aunque
es justo expresar que ya empezaba a hallar solapadas dificultades por parte del
elemento democrático del periódico, conformado tan sólo a rega ñadientes con
los nuevos hechos políticos. No pudiendo nada con la fuerza del mando, buscó
expansión en aquel redactor, tarea me nos riesgosa y que definía una índole. .
.
Puede afirmarse sin temor a error, que “Política
Revolucionaria” es prosa de combate, angustiada en ciertos párrafos, pesimista
en otros; y sin cesar advertencia en lo futuro.
Se ha determinado incluir en nuestra Antología el
trabajo que lleva por título “Crítica del sufragio”. Su lectura dará idea del
ánimo de la obra, a la vez que demostrará la reafirmación de Lugones consigo
mismo en esta fase final de su vida.
Cuenta el libro 109 páginas. Está así dividido:
“Advertencia pa triótica”, “En el entierro de los cadetes”, “La comida del 3
de octubre de 1930”, “La revolución”, “Lo grande y lo chico”, “Por última vez”,
“La reconstrucción”, “Defensa del Estado”, “La formación del gobierno”, “El
colegio nacional”, “Ofrenda del banquete” (al coro nel Fasola Castaño),
“Crítica del sufragio”, “Organización del su fragio” y “El gobierno de la
fatalidad”.
Lo editó la librería de Anaconda el año que se deja
dicho.
CRÍTICA D
EL SUFRAGIO
En un país republicano, donde, por consiguiente,
todos somos pue blo, todos nacemos también con igual derecho a contratar,
aprender, de batir, gobernar, de acuerdo por supuesto con las condiciones
naturales o adquiridas que posibilitan el ejercicio de cada facultad, y que la
ley reconoce para prescribirlas en salvaguardia del orden y el bienestar co
munes; pues todo derecho absoluto conviértese en privilegio y con ello en
atentado a la igualdad republicana. Así, de acuerdo con el derecho de contratar,
disponemos de nuestros bienes y contraemos matrimonio; pero como la experiencia
nos ha enseñado que el ejercicio de esa facultad requiere cierto grado de
juicio y de experiencia, si ha de resultar favo rable al individuo, a la
familia y a la sociedad, fija la ley en veintidós años la edad mínima para
hacerlo cada cual por cuenta propia, sometién dolo antes de eso a la tutoría,
o a la patria potestad. Establece, asimismo, la ley, edades para el ingreso a
las enseñanzas que el Estado costea o vigila; y el uso del derecho a propagar
ideas, requiere por su parte cierta instrucción para ser eficaz y útil.
Si el ejercicio de esos derechos, principalmente
individuales, o en los que predomina el interés privado, corresponde a cierta
capacidad cuyo término medio fija la ley, con mayor razón ha de suceder lo
propio cuando se trate de dar gobierno al país, o sea dirección competente; no
sólo por la importancia superior del asunto, sino porque la decisión del millón
de electores que entre nosotros designa gobierno, lleva consigo la suerte de
los otros diez millones de habitantes que junto con ellos componen la Nación
entera, o sea, pues, la inmensa mayoría. De esta suerte, la elección es ya un
acto representativo: la soberanía del pueblo representando a la soberanía de la
Nación que es lo principal y perma nente. Todo lo cual encarece, como se ve,
la importancia del sufragio.
Ahora bien, nuestra ley electoral sólo pone una
condición y una sola: la inscripción del ciudadano en los registros militares.
Desde ese mo mento, es decir desde los dieciocho años, adquiere la más
completa capa cidad de elegir el gobierno de su patria. Para casarse o para
enajenar y adquirir bienes, funciones de importancia social mucho menor, tendrá
que esperar cuatro años de madurez y nadie lo
considera excesivo. Nadie ignora tampoco que el juicio de nuestros adolescentes
no excede ni rebaja el nivel común a la raza blanca; pero existe una desventaja
grave, que acentúa la conocida inclinación juvenil a la indisciplina, los
juicios absolutos y la admiración extremosa: la carencia de enseñanza secunda
ria o primaria superior al menos, para la gran mayoría, y el estado de la que
reciben los otros.
La enseñanza secundaria tiene, precisamente, por
objeto, formar el ciudadano de mediana cultura que es indispensable a la
República repre sentativa y a la formación de la conciencia nacional en los
países sin tradición ni unidad étnica, como el nuestro. Pues bien: en el
inmenso desastre de nuestra instrucción pública, el colegio secundario es lo
peor, no sólo por lo disparatado e inseguro de sus planes; la irremediable
desor ganización de su docencia mediante el sistema uniforme de retribuir la
enseñanza por horas como el trabajo manual de los talleres; y la predilec ción
de los aventureros de la cátedra por esas colocaciones donde lo mismo resultan
enseñando cuatro horas semanales de gramática más dos de psi cología, que
cinco de geografía y una de inglés, a medias y al tercio con otros no pocas
veces; sino porque debiendo ser dicha enseñanza la más nacional, es la que
emplea más profesores extranjeros.
Así, pues, entre los dieciocho y los veintidós
años, tenemos cuatro camadas de electores que reciben esa enseñanza o ninguna,
para 110 mencionar, por su exiguo número, a los universitarios cuya anarquía es
permanente a su vez. De suerte que no hay país donde más debiera contarse con
el reposo de la edad y con la experiencia de la vida. Tenemos, por el
contrario, el elector más joven del mundo; y esto en virtud de un absurdo
sentimental: si a los dieciocho años se alista ya al ciudadano para la
contribución de sangre, cómo no va a dársele derecho a elegir gobier no. Es
uno de esos argumentos con apariencia de razón y que carecen de ella por
completo. Efectivamente, cuando el desorden o la invasión extranjera amenazan
al país, cada ciudadano puesto sobre las armas para defenderlo, se defiende a
sí mismo, como sin duda lo haría por cuenta propia, según se ha visto doquiera
y siempre, pues en ella le van la vida, los afectos, la seguridad, el bienestar
— todo. El derrotismo es una para doja nihilista. Llámaselo a ese servicio por
su capacidad combatiente y nada más; mientras que la formación del gobierno
requiere ante todo capacidad consciente. Determinar la aptitud electoral del
ciudadano por la militar, es un disparate idéntico al de hacerlo por su peso o
por su esta tura. Cuando no había acá servicio obligatorio, y en los Estados
Unidos donde no lo hay todavía, existió y existe el sufragio universal sin
ninguna atinencia con el reclutamiento. Es que la facultad de elegir no corres
ponde a la carga militar, sino a la contributiva: el que concurre al sostén del
Estado con los impuestos que paga, tiene derecho a elegir represen
tantes que fiscalicen y regulen la aplicación de
ese dinero. Mas, ya volve remos sobre este punto capital.
Recordemos, ahora, que la amplificación del
registro militar en regis tro cívico, fue una exigencia radical incorporada al
sistema electoral que nos rige. La demagogia calculó bien sobre su prestigio
entre jóvenes que votan por corazonada, no para constituir el gobierno, sino
para darlo como una prenda de equidad a la oposición vociferante contra él. Y
de aquí que el radicalismo gobernante cultivara con tanta saña verbal su
lenguaje de oposición contra el “régimen”. Es la situación en que, desde su punto
de vista, vuelve a encontrarse; y no bien pueda, la aprovechará para asumir en
la consabida jerga cuya eficacia electoral no puede negar se, el siempre
interesante papel de víctima. Sabemos por experiencia que en materia de
sobrepuja izquierdista irá más lejos que cualquier otro. Y esto admite una
suposición, por lo menos lógica.
El gobierno provisional hará economías por ciento
cincuenta millones al menos; y esta rebaja, que a pesar de su magnitud, se
halla lejos aún de lo necesario, va a coincidir con la máxima incomodidad de la
crisis que padecemos. No cabe duda de que los partidos en progresiva concor
dancia con aquél, apoyarán esa decisión valiente y honrada. Supongamos que la
demagogia depuesta, tentando el lance del perdido, alce entonces la bandera de
lo que podríamos llamar el regreso a las cebollas egip cias: reposición de
todo el mundo en sus empleos, vuelta al jolgorio buro crático, la predilección
por la plebe delincuente y equívoca, el obrerismo confiscatorio; y que con todo
eso, a lo cual debieron ya un éxito electoral de catorce años, más la depresión
de la crisis, desfavorable a todo gobier no, y la unión que es siempre fruto
de la adversidad, el Sr. Yrigoyen, o su grupo, que da lo mismo, salieran
ganando la elección. ¿Les entre garían el gobierno? Sin duda, conforme a la
legalidad. Pero, ¿y la Patria? ¿Y la revolución? Todo habría resultado a mayor
gloria de los demago-gos. Sería el fiasco más colosal de la historia.
He aquí por qué he dicho tantas veces que la
democracia así enten dida es el gobierno de la fatalidad. Si la ley electoral
hubiese dado buen fruto, no tendríamos derecho a semejantes suposiciones. Pero
es que sus dieciséis años de vigencia nos dieron ya tres presidencias radicales
sucesivas y varias docenas de no menos detestables gobiernos de provin cia;,
sin que las contadas excepciones en ese lapso, hagan otra cosa que confirmar la
regla. No es cuerdo fundar esperanzas sobre una excepción que ni siquiera se
repitió en casos como el de Córdoba.
¿Por qué, entonces, no organizar de otro modo el
sufragio, empezan do con la edad mínima del elector que podría ser la misma de
su mayo ría civil? ¿No es un evidente absurdo dar al voto de chicos de
dieciocho años la representación de la soberanía nacional?. . .
Y lo propio
corresponde a la clasificación de los electores. En una república trabajadora,
nadie puede sentirse menoscabado por el hecho
de hallarse inscrito en su gremio y votar en él la
representación de aquélla. El derecho de sufragio resulta así correspondiente
al deber de producir que es el primero de los deberes sociales, o mejor dicho
al deber de trabajar, recobrando su significación originaria. Desaparecerían,
pues, de suyo, el político profesional y el parásito, ya fuese este último el
ren tista haragán o el aprovechador de la debilidad paterna, ya el proletario
vagabundo de la taberna o del comité. Entraría a gobernar la verdadera
mayoría, que no es capitalista ni proletaria, sino
que está formada por el hombre de mediana condición, quien sólo pide a la
sociedad justicia
y orden. Porque el gobierno es esto, y no
promesa'fundada en el progreso hipotético de sistemas cuyo fracaso puede, así,
prolongarse indefinida mente, comprometiendo, entretanto, según acabamos de
verlo, la propia
suerte del país.
La
representación corporativa o funcional,
correspondería a gremios
y agrupaciones por oficio o por carrera, mucho más
definidos y perma nentes que nuestros partidos ocasionales o personalistas: es
decir, los úni cos que hemos conocido hasta hoy. Pues según lo enseña este
fenómeno excluyente, nuestra índole es contraria a la formación de otros
distintos. De aquel modo, tendrían también representación los habitantes de los
territorios cuyos intereses son tan dignos de consideración como los de
cualesquiera, habiéndolos ya superiores en valor a los de ciertas provin cias;
y el sistema federal seguiría manteniendo su equilibrio político en el senado.
Sufragio universal, pues, pero condicionado por la
experiencia y por el bien de la Nación que es el objeto de toda ley y de toda
actividad lícita. Representación, pero del pueblo que ejerce esta actividad, no
de la masa amorfa, en la cual valen lo mismo el laborioso y el inútil, el
productor y el parásito. Difícil es comprender en qué perjudicaría todo esto a
la libertad y a la igualdad republicana: la noble igualdad de nues tro himno,
que es, ciertamente, la de los buenos y los útiles. Sabemos, en cambio, cuánto
mal han causado al país dieciséis años de elecciones bajo un sistema cuya
reforma parece impuesta al sentido común por esos mismos resultados. La
hipótesis de que ahora serán excelentes, vale al menos tanto como la de que no
variarán: a iguales causas idénticos efectos. Pero en este caso, sería de
preguntarse otra vez: ¿Y la Patria? ¿Y la revolución?. . .
INFORME CONFIDENCIAL
(fragmentos)
“Toda revolución que se paraliza en el legalismo y
en la burocracia, de jándose agredir en vez de atacar, está perdida. Su
prestigio le viene de
la acción depurada y benéfica para el pueblo. Si no
va con ese prestigio a las elecciones, las pierde. Y una revolución no puede
hacer elecciones para perderlas porque esto es condenarse a fracasar en el
ridículo, autori zando su procesamiento ante la justicia. Es cuestión de vida
o muerte. Si el radicalismo nos gana las elecciones convocadas por nosotros
mis mos, triunfa la contrarrevolución y vamos todos a la cárcel.
La actual situación es mala porque los políticos
siguen actuando como si representaran al país, cuando la Revolución probó lo
contrario. La medida más popular de su jefe fue la disolución del Congreso.
Pues bien, esos mismos personajes hormiguean diariamente por los ministe rios,
ostentando influencias y gestionando empleos para pillos, ineptos y enemigos
nuestros, sin perjuicio de andar diciendo que dentro de un año volverán a
mandar y creciendo cada vez más en insolencia. Hasta entre nuestros mejores amigos
hay derrotistas que opinan que no debemos comprometernos demasiado porque los
radicales pueden volver. En todas partes y especialmente en las provincias,
reina el desaliento y la deso lación porque todo aquello infunde la creencia
de que el gobierno capi tula con los políticos.
Hay que ir a la reforma de la representación sobre
este argumento. Siendo como somos, una república agraria y debiendo tener, en
conse cuencia, los intereses rurales — ganaderos, agrícolas, obrajeros, etc.—
la mayoría en el Congreso de la Cámara de Diputados, disuelta el 6 de setiembre
y formada por 147 miembros efectivos, contaba con tan sólo diez agrarios o sea
9 hacendados y un agricultor, para 95 abogados y médicos. Los demás, eran todos
profesionales urbanos. La reforma judi cial no puede hacerse sin eliminar la
mayor parte de los jueces y fiscales, porque en caso contrario, se dará un
poder todavía mucho mayor que el actual a enemigos declarados e inmorales
notorios. Correspondería tam bién incluir entre las reformas la
incompatibilidad de los cargos judicia les con toda otra actividad, inclusive
el profesorado, que es de la más absurda. Es de importancia capital, dejar
sancionada la estabilidad, ga rantías y pruebas de competencia del empleado
público, porque esto solo acabará con la mitad del electoralismo. Estas cosas
esenciales, puede soli citarlas, por ejemplo, la Legión, con el objeto de que
el gobierno las incluya en e! proyecto de reformas constitucionales que según
dicen los políticos, ideólogos y periodistas enemigos, han quedado reducidas a
un huevo sin galladura, porque el gobierno les ha tenido miedo a ellos.
Hay que reprimir también la propaganda subversiva
de órganos como La Vanguardia que se difunde cada vez más en el interior y que
todos los días se burla con insolencia de las órdenes que recibe, publicando lo
que se le antoja como sucede con el fomento de la anarquía universitaria y con
el insulto a nuestras mujeres con motivo de la formación de las
damas legionarias. Es urgente medida de salud
pública la deportación o confinamiento de los extranjeros que redactan esos
periódicos, empe zando por los rusos Dickman que se jactan de que nadie se
atreverá a tocarlos, exactamente como Botana; pues no es justo ni gallardo que
sólo se manifieste rigor con el comunismo de alpargata.
Hay que expurgar la administración pública de todos
los falsos argen tinos, exigiendo que los sospechosos prueben su identidad, no
con la papeleta de enrolamiento, sino con el acta de nacimiento o fe de bau
tismo. Los jefes de oficina deben hacerlo bajo su responsabilidad cuando lo
denuncian las autoridades superiores de la Legión. Hay que eliminar, por
último, a los empleados superiores que sirvieron y sirven de agentes cómplices
al irigoyenismo y al comunismo; pues quedan los tribunales y reparticiones de
tanta importancia como el Consejo de Educación, donde no se los ha tocado.
A la opinión se la forma con actos enérgicos,
justos y benéficos para la colectividad. En cuanto reina la convicción de que
el gobierno es débil, todo el mundo se le atreve. Entonces hay que reprimir;
pero esto no crea opinión sino rencores. Se ha formado, sobre todo en las
provin cias, la creencia de que el gobierno es débil. No lo es, sin duda, pero
lo son algunos de sus colaboradores. Y lo son porque se creen constitu
cionales cuando se trata de revolucionarios. Esto es lo que se precisa des
vanecer y corregir. Los actos más populares del jefe, han sido los más atacados
por los políticos. El pueblo quiere mano dura a condición de que sea justa.
Hay que continuar el saneamiento universitario de
La Plata, Córdoba y Tucumán, focos de la más desenfrenada anarquía. La piedad
mal en tendida o aplicada, favorece a los malos y usurpa las posiciones mere
cidas por los buenos. Es una de las peores causas de desprestigio, derro tismo
y traición latente.
Con los antedichos fines, articulamos el siguiente
programa:
Siguen siete apartados que destina a reorganizar:
1) la política económica; 2) la industria; 3) la justicia; 4 ) la
diplomacia;.5) la defensa nacional; 6 ) la administración; 7) la instrucción
pública. Entre las medidas que propone figuran: “Intervención directa en la
contabilidad y operaciones de los frigoríficos”; “crédito agrario”; “estado
siderúrgico intensivo para obtener cuanto antes el hierro nacional y el
combustible metalúrgico”; “proceder a la expurgación de los tribunales, antes
de la reforma constitucional”; “fomento de k propaganda permanente de nuestros
productos”; “fomento intensiví de la aviación terrestre y naval y de la flota
submarina”; “ . . .estu
diar y proyectar la organización de los sindicatos
obreros. . . bajo el concepto de que no se tolerará ninguno que auspicie o
procure la revolución social”; “implantación de los ejercicios militares en las
escuelas primarias y normales de varones y en los colegios nacionales bajo la
dirección de oficiales del Ejército” \
1 Este "Informe confidencial” se supone
concebido por Lugones, tal vez a pe dido del General Uriburu, Jefe del
movimiento militar que triunfó el 6 de setiem bre de 1930 y entregado a las
fuerzas armadas meses después de la revolución, según se deduce del estado de
cosas que el propio Lugones denuncia.
POESIA
NOTA CRITICA
L E O P O L D O L U G O N E S publicó Las montañas
del oro en 1897. El título, grandilocuente e inadecuado, contrasta con el de su
último libro, pos tumo, Los romances del Río Seco, de humildad casi
franciscana. Su pri mera actitud lírica se manifiesta en la copla — no
recogida luego— y en el verso mayor, apto para una épica engolada y ciclópea:
la de “Los mundos”, la de Gesta magna, cuyas partes se titulan: “Diana”, “Como
hablan en las cimas”, “Los héroes”, “La aventura" “El”, “De monte a monte”.
Lecturas que cubren todo lo francés del siglo xix — Vigny y Víctor Hugo,
Verlaine, Baudelaire, Samain y Gerard de Nerval, se sumaron a otros “malditos”
y a otros “raros” de Darío, junto con Whitman y D’Annun-zio como para que la
avidez y la flexibilidad proteica del cordobés acu mularan desenfrenadamente y
sin medida, influjos e imitaciones. El resul tado fue una “Introducción”
wagneriana y tres ciclos en los que se acumulan grandes frisos históricos,
epopeyas y cataclismos, acoplamien tos monstruosos y exaltaciones dionisíacas.
El furor metafórico, el derroche instrumental y reiterativo de valores
plásticos y musicales, sorprende y abruma.
Desde esas cumbres de alta sonoridad descendió
Lugones a un inti-mismo a sor dinado, de tintas aterciopeladas y estructuras
breves, de musi calidad crepuscular, muy en el gusto de los modernistas
contemporáneos. Aunque con posterioridad a estos poemas, Lugones fuera
exponiendo una estética de la belleza como expansión vital, por ahora se
contiene en la búsqueda de efectos puramente sensoriales y de un simbolismo
afín a los refinamientos de sus modelos franceses y pre-rafaelistas. Este
Lugones, aunque todavía no hace pie en su tiempo ni en el espacio americano
dentro del cual el hombre se mueve con inquietud moral e ideológica, con sigue
una relativa aproximación a la intimidad del lector y al contorno cotidiano de
nuestras experiencias. Son ejemplos en Los crepúsculos del jardín (1 9 0 5),
poemas como “El solterón”, “El pañuelo” y “Emoción al-
deán a", este último con algunas notas de
humor y ciertas imágenes que anticipan formas de su tercer libro: Lunario
sentimental. Constituyen también por momentos, nobles, ejemplos de poesía,
trozos enteros de “Los cuatro amores de Dryops”.
Aunque parezca paradójico, Lugones fue haciendo
poesía más autén tica a medida que su visión de la realidad se hacía más
sórdida y absurda. Lunario sentimental prueba que se puede adquirir una
conciencia del con torno no sólo por la observación meticulosa y cordial.
Lugones tuvo acceso a ella a través de un ojo que rescataba del ambiente
cotidiario, lo gro sero y ridículo. Lo que hay de funambulesco en Lunario
sentimental (1909) no es ni con mucho lo destacable como poesía aunque lo
defor mante de esos espejos tampoco la desmienta. Al abandonar Lugones la
sobrecarga lírica y tenebrosa de sus poetas decadentes y asumir la óptica de
Banville o de Laforgue — o de ambos, juntos o alternativamente— los objetos del
contorno fueron emergiendo en su verso aunque la imagen resultara atroz o
caricaturesca. En ese momento Lugones se ve a sí mismo como fuera del
espectáculo vital; es un observador empedernido y ausen te de toda intimidad.
Diríamos frío o indiferente. La poesía resulta así el fruto de un orden impuesto
desde adentro como pauta armonizante: el mundo es lo que el poeta quiere que
sea. JJn campo de experimenta ción y de juego. Al despojar al mundo de
adherencias subjetivas, lo con vierte en materia poética como tal: el Lunario
no quiere ser otra cosa y Lugones como conductor de marionetas o gastador de
“fuegos artificiales” , se siente compensado:
"para que no me mime
la gente que
me odia” .
Hay sin embargo, fracturas: “IM última careta”, un
grotesco a lo Coya revela disconformismo y secreta rebeldía. Los cuentos, una
irrestañable ternura; el teatro (Los dos lunáticos), un trágico desencuentro
con la realidad social.
Esa agresiva toma de conciencia de una realidad que
se sufre y se rechaza produjo, de todos modos, una actividad poética nueva
entre noso tros e inauguró la corriente que el propio Borges reconocería como
fun dación vanguardista, hacia los años 20.
Siguen a Lunario sentimental, las celebraciones a
la Patria que hay en las Odas seculares de 1910. Lo heroico que venía
insuflando violencia hasta en los motivos eróticos de Lugones, se impone aquí
por motivacio nes de natural exaltación. (Lo mismo hace por entonces Rubén
Darío en su Canto a la Argentina).
Patria digo y los versos de la oda
como aclamantes brazos paralelos
te levantan
ilustre» Unica y Toda
en unanimidad de almas y cielos.
Así es en “A la patria", así “Al Plata’, así
“A Buenos Aires" o “A los gauchos", con ligeras variantes métricas y
de entonación impuestas por los temas mismos. La oda “A los ganados y las
mieses" resulta una especie de cornucopia en la cual nada ha querido
quedar fuera. Pero estas “cosas útiles" como las llama el poeta, son
también eficientes en el orden esté tico: colman una abundancia que se aligera
por virtud del tratamiento adecuado en el espíritu — dignidad, alto sentimiento,
sana ironía, iden tificación con lo inmediato y popular, ausencia de
engolamientos— y tam bién en la forma, un verso ancho y suelto, de inmediata
resonancia sim pática en el lector. He aquí la imagen de la madre:
Adelgazada por penosos años
como el cristal casi no tiene sombra
después se nos ha puesto muy anciana,
y si muere sería triste cosa
que no la hubiese honrado como debe
su hijo mayor por vanidad retórica.
Hasta llegar a los Poemas solariegos, último
poemario publicado en vida de Lugones, no encontramos afinidades ostensibles
con los temas tradicionales, de vida cotidiana o de exaltación nacional. El
libro fiel (1912) es un intento fallido de crear una poesía lírica de íntima
emoti vidad. Los hábitos formales, reiterados y fatigosos, sostienen muy esca
samente la presumible sinceridad del sentimiento. Algunos poemas, los que no
traducen felicidad sino tortura y desasosiego ante la soledad o la muerte, salvan,
sin embargo, el conjunto. Son especialmente “La blanca soledad" y “El
canto de la angustia", ambos bajo un mismo título: Ausen cias. Es visible
la duradera influencia de Poe que no impide originalidad en el tema ni las
formas. Los dos poemas se ambientan en un clima de alu cinación y las imágenes
de un sepulcralismo a ratos insistente, inten sifican una efectiva sensación
de agonía.
Y uno se pasma de lo próximo
que está la muerte en la blancura aquella.
De nuevo se abre al mundo y a la naturaleza,
Leopoldo Lugones con El libro de los paisajes y hay composiciones que consiguen
comunicar una viva proyección del sentimiento en la vida creada. Las más, sin
em bargo, fuera de una dignidad formal de inevitables alambicamientos, pa
recen ejercicios técnicos relativamente felices. El mar, los árboles, los
pájaros, las estaciones, las horas del día, son buenos pretextos para asom
brar con mimetismos y onomatopeyas. Pero como no está ausente una real simpatía
por las aves y Lugones las ha observado y sentido con aten ción innegable, hay
poemitas como "El chingolo" o "El hornero", a lo Pascoli,
capaces de apoyar la fama que han logrado, esto aparte del jus tamente famoso
“Salmo pluvial". “El nido ausente", otra inclusión obli
gada en antologías, conserva su frescura y la
cálida emoción que lo en gendró en humildad contemplativa.
Sólo ha quedado en la rama
un poco de paja
mustia
y en la arboleda la angustia
de un pájaro
fiel que llama.
En Las horas doradas de 1922, hay poemas de fechas
muy anteriores. Uno de ellos es "Mensaje a Rubén Darío” de 1911, aunque no
disiente de la generalidad ya monótona en que resuelve casi todos sus temas.
Las impresiones quieren ser instantáneas pero su frescura está condicionada a
un lenguaje de inexorable mecanicidad. Lejos de las posibilidades que en otro
orden imponía el creacionismo, pero tampoco atento a la cándida sensación del
pájaro o la flor, Lugones compone no sobre la base del objeto real sino a partir
de lo ya logrado en él como fórmula que se le antoja infalible. Y la abrumadora
facilidad de sus rimas hace el resto.
La tierra en su rugoso vigor de diosa agreste se
abreva de rocío con ebriedad celeste.
Es la segunda hora del alma que confía. Con solidez
de puro diamante el nuevo día
Las horas doradas se abre con un poema — “El
dorador”— especie de epístola moral y estética. Hay en ella algo de lo que se
encuentra en otro hermoso libro de 1924: Filosofícula. El tono meditativo y de
exhortación deviene cordialidad y simpatía. Es el ulf” de Kipling en un poeta
que ha alcanzado su propia visión del mundo y de los hombres.
Si fiel a la verdad que tu alma aquieta
en la sombra estrellada de tu abismo
la posesión de la bondad completa
te revela que Dios está en ti mismo;
En Romancero (1924), como lo hacen sus
contemporáneos y amigos, Pedro Miguel Obligado y Capdevila, Lugones se
compromete con los me tros menores, más que otros el octosílabo y con ellos
afloran temas y modalidades castizas, que le eran cómodas y no le exigían más
que ob servaciones sutiles — íbamos a decir pueriles— y un humor amable, de
ternura fácil. Alguna vez asoma la nota cotidiana y el lector recuerda entonces
que Lugones, además de ser argentino, parece vivir en Buenos Aires. Así en
“Chicas de octubre”:
Chicas que
arrostran en el tango
con languidez un tanto cursi
la desdicha de Flor de fango
trovada en letra de Contursi.
Muchos poemas que en sus Obras poéticas completas
(Aguilar, 1959) figuran hajo el título general de La copa de jade, fueron casi
todos pu blicados en La Nación y revistas del país. Importan poco y el poeta
no se apresuró a reunirlos en volumen. Por los mismos años, y esto sí que
importa para una valoración definitiva, Lugones comenzó a trabajar sus Poemas
solariegos en una modalidad cercana — dentro de la sección “Coplas de payada'—
a la que iba a sostener fervorosamente en los suce sivos romances, inspirados
en la tradición oral y la crónica.
Lugones emprende un esfuerzo de despojamiento:
abandona la imita ción de formas castizas antiguas, de romanzas, intermezzi,
kasidas o lie-ders; descubre un caudal aún desaprovechado de experiencias y
memorias suyas y ajenas; retorna a lo campesino que alimentó sus odas y rescata
sus "estampas rurales”: el orbe humano ya no es el heroico de las gran
des batallas sino el más próximo de hombres simples: collas, volatines,
cantores, soldados de fortín y ese Juan Rojas — pariente próximo de don Segundo
Sombra— , cuya bravura, sabiduría y don del canto se reveren cian como
virtudes cardinales. “El cantor”, dentro de las citadas "Coplas de
payada”, es homenaje a quien recordara en una hermosa página de El Payador: Ser
apio Suárez y cuyo rostro interior parece configurar para Lugones un prototipo
humano al que quizás pudo alcanzar en vida:
Libre y sin renta ni oficio
y honrado a carta cabal
llevaba él a un mismo temple
pecho, guitarra y puñal.
Ese cantor se le incorpora desde la juventud en
encuentros de pulpe ría y boliche suburbano. Ese cantor es él mismo, el que
definitivamente se integra, en una clara conciencia de continuidad, al payador
anónimo y el tiempo legendario en que transcurrió.
"El cantor” de ese libro de poemas apareció en
La Nación en 1928. Apenas cuatro meses después el mismo diario — en su
suplemento domi nical— da a conocer "Las carreras” (1-1-1929). Esa
publicación inicia la serie de los dieciocho poemas que luego de la muerte de
Lugones, integrarán los Romances del Río Seco. El título otorga unidad a esta
serie pero por distintas razones: a veces porque los hechos históricos de refe
rencia se cumplen en el lugar siquiera parcialmente; otras veces, porque los
"sucedidos” afectan a una zona folklórica que incluye esos lugares y otras
veces simplemente porque tratándose en muchos casos de relatos de fogón, el
autor los refiere a su infancia, tiempo en que fueron reco gidos de capataces,
peones o cantores, como ya quedó dicho. El hijo de Lugones ha contado: " .
. . Era yo todavía un niño. . . y ya mi padre. . .
contábame la epopeya del derrotado de Famaillá, las
andanzas de Ramí rez, la historia de aquel coronel Bedoya”. Como procedió con
los temas
de La guerra gaucha, Lugones obtuvo información
seria de documentos y memorias, pero la libertad de elaboración en aquellos
relatos, fue sus tituida por la acomodación a los hechos oralmente contados y
“vividos” por los herederos de tradiciones y leyendas. El margen de creación
resul ta, de todos modos, del carácter de los romances mismos•' unos pueden
llamarse históricos• "La cabeza de R a m í r e z “La presa’,
"Historia de laí Delfina” eslabonados y como en ciclo independiente; y “E
l reo” o “La entrega”. Todos se sitúan puntualmente, de modo que se tiene de
ellos día, mes, año, como en los romances españoles. Más amplitud creadora le
permiten los romances que retratan figuras, como “El obispo” o “El malevo” y es
en el grupo que elabora casos de magia o leyenda — “El tigre Capiango” o “El
señor de Renca” o “La yegua bruja” donde Lugones libe ra mayores audacias de
fantasía. Pero en todo caso tanto la postura del cantor como las protestas de
verdad que manifiesta a cada paso, redundan en beneficio de la verosimilitud
exigible a este tipo de manifestaciones. T. de Fritzsche recoge “testimonios”
del cantor; éstos, por ejemplo:
Así lo dejó sentado
el párroco en su registro
que me valga el testimonio
de aquel sagrado ministro.
(Historia de la Delfina)
Y esto que paso a contarles
lo sé porque se alojó
en casa de mis mayores
cuando al Río Seco llegó.
(El Obispo)
El signo de oralidad que hace de los romances algo
compartido por el grupo se ostenta en una primera persona asumida como en
literatura gau chesca o en la que se supone su raíz•’ el canto gaucho
pampeano. Y natut raímente con los correlatos pronominales del tratamiento
familiar y en presente. Por ejemplo:
No sé si les advertí
que a más del vacaje arisco
abundaban
los baguales
en esos
campos del fisco.
(La
yegua bruja)
Qué gentío.
. . viese usted
no acabo si lo detallo.
(El Obispo)
E l final de los romances suele registrar, a modo
de reflexión moral, formas como ésta:
No sé qué creerán ustedes
mas yo tengo para mí
que merece algún respeto
quien supo morir así.
(El reo)
El payador no es protagonista. Su misión — no es la
que asume Martín Fierro, por ejemplo— es aquí la de enterar al auditorio de lo
que ha pasado a otros. Las expresiones que aclaran la no participación pero sí
la verdad de lo que se cuenta, de anterior referencia, se relacionan en algún
caso con otras que atañen, no al narrador sino al payador que cede la pala bra
a otro. Así en “La yegua bruja’:
Así empezó su relato
— yo estaba en la concurrencia— aquel mentado Juan
Rojas hombre de mucha experiencia.
Según la materia lo exigía, Lugones, que prodigó
con exceso, en casi toda su poesía, un descriptivismo de pormenor musical y
plástico, consi guió en los Romances, eludir el paisaje como tal y todo cuanto
crea el ambiente y la acción — hombres de toda laya, pueblos y fortines, pul
perías y aduares, ranchos y estancias, animales y prendas, fiestas y bochin
ches, trifulcas y batallas— quedan como ingeridas en la materia dinámica de los
hechos. Y los hechos hablan con un lenguaje conciso, rotundo y de alta tensión
dramática. Todo esto sin que falte, como en Hernández el gesto socarrón, el
guiño irónico o la advertencia oportuna y sagaz.
Así culminó Lugones una trayectoria poética
ambiciosa desde el primer día. Tal vez para el propio poeta, siempre
insatisfecho, los Romances
— para nosotros su obra más alta— no representó en
su momento sino el fragmento de una obra definitiva cuyo proyecto no quiso
hacernos co nocer.
LA VOZ CONTRA
LA ROCA
(fragmentos)
Es una gran columna de silencio y de ideas en
marcha.
El canto grave que entonan las mareas respondiendo
a los ritmos de los mundos lejanos;
el rumor que en los bosques soberbiamente ancianos
dan, como si debajo de largas sepulturas sintiéranse crujidos de enormes
coyunturas;
las sordas evasiones de las razas, que arroja el
heroísmo nómade a la vendimia roja;
El ¡han! de los supremos designios, que se escucha
en el postrer hachazo que acabará la lucha,
ya sea que se trate de un cedro o de un gigante;
las torres que no alcanza con su talón triunfante la horda; el trágico viento
de las batallas;
todo
lo que es grande, o solemne o heroico, de algún
modo,
— clamores de conquistas, rumores de mareas— va en
esa gran columna de silencio y de ideas que el poeta ve alzarse desde las
hondas grutas.
¡El Sol es
su vanguardia!
Por las eternas rutas
que accidentan la historia, van los pasos enormes.
Es un largo desfile de tinieblas informes.
Mas, dominando aquella procesión tenebrosa, el alba
se levanta como una húmeda rosa cuyos pétalos caen en una lluvia de oro.
El poeta apostrofa con su clarín sonoro
a la columna en marcha; lo que dice, resuena
como el flujo de bronce de una hornalla harto
llena. Tan fuertes son sus alas, que aquel ser de ancho aliento parece que en
los hombros lleva amarrado el viento. Es el gran luminoso y es el gran
tenebroso.
La rubia Primavera lo elige por esposo.
El poeta es el astro de su propio destierro.
El tiene su cabeza junto a Dios, como todos, pero
su carne es fruto de los cósmicos lodos
de la Vida. Su espíritu del mismo yugo es siervo,
pero en su frente vibra la integridad del Verbo. Cada vez que una de esas
columnas, que en la historia trazan nuevos caminos de esfuerzo y de victoria,
emprende su jornada, dejando detrás de ella
rastros de lumbre como los pasos de una estrella,
noches siniestras, ecos de lúgubres clarines huracanes colgados de gigantescas
crines
y montes descarnados como imponentes huesos: uno de
esos engendros del prodigio, uno de esos armoniosos doctores del Espíritu
Santo, alza sobre la cumbre de la noche su canto.
¡Un poeta!
¿Un poeta? Es preciso. Dios no trabaja en vano.
Cuando sobre las cumbres del pensamiento humano la noche se constela de lejanos
fulgores,
cuando las grandes lenguas del viento dan rumores
inauditos, y cuando sobre esas cumbres flota
la inefable caricia de una armonía ignota,
la luz presiente al astro, la fe presiente al alma.
Dios trabaja en el seno de una inmutable calma.
Pero las grandes voces: el trueno, el mar, el viento, dicen las predicciones de
aquel advenimiento.
— Yo escuché esas tres grandes voces: Dios ha
querido que esas tres grandes voces sonaran en mi oído.
— Los astros centellaban de fulgores divinos, y
daban fuertes sones como un bosque de pinos flameantes, cabalgado por el
huracán, sones que flotaban cual nubes sobre los escuadrones de aquella gran
columna blasfema. El mar oía,
oía la montaña, oía la selva, el antro, el día
presintiendo un lejano temblor de cataclismo ante esas formidables alarmas del
abismo.
Aquellos sones eran las palabras de una ira
tenebrosa que hablaba como el viento en la lira. “¡El alma está en peligro!”
clamaban. Desde el cielo caían sordas lágrimas de sangre y luz; el duelo
de las sombras pesaba sobre la tierra inerte como
un árbol sobre una meditación de muerte. La cruz austral radiaba desde la
enorme esfera con sus cuatro flamígeros clavos, cual si quisiera en sus
terribles brazos crucificar al polo.
En medio de aquel trágico horror, yo estaba solo
entre mi pensamiento y la eternidad. Iba cruzando con dantescos pasos la noche.
Arriba, los astros continuaban levantando sus quejas que ninguno sentía sonar
en sus orejas. Rugían como bestias luminosas, heridas
en el flanco, mas nadie sujetaba las bridas; nadie
alzaba los ojos para mirar aquellas gigantes convulsiones de las locas
estrellas; nadie les preguntaba sus divinos secretos; nadie urdía la clave de
su largo alfabeto;
nadie seguía el curso sangriento de sus rastros. .
.
Y decidí ponerme de parte de los astros.
EL SOLTERON
I
Largas brumas violetas
flotan sobre el río gris
y allá en las dársenas quietas
sueñan oscuras goletas
con un lejano país.
El arrabal solitario
tiene la noche a sus pies,
y tiembla su campanario
en el vapor visionario
de ese paisaje holandés.
El crepúsculo perplejo
entra a una alcoba glacial
en cuyo empañado
espejo
con soslayado reflejo
turba el agua del cristal.
El lecho blanco se hiela
junto al siniestro baúl,
y en su herrumbada tachuela
envejece una
acuarela
cuadrada
de felpa azul.
En la percha del testero,
el
crucificado frac
exhala una fenol severo
y sobre el vasto tintero
piensa un busto de Balzac.
La brisa de las campañas
con su aliento de clavel
agita las telarañas
que son inmensas pestañas
del desusado
cancel.
Allá por las nubes rosas
las golondrinas, en pos
de invisibles
mariposas
trazan letras misteriosas
como escribiendo un adiós.
En la alcoba solitaria
sobre un raído sofá
de cretona centenaria,
junto a su estufa precaria
meditando un hombre está.
Tendido en postura inerte
masca su pipa de boj,
y en aquella calma advierte
qué cercana está la muerte
del silencio del reloj!
En su garganta reseca
gruñe una biliosa hez,
y bajo su frente hueca
la verdinegra jaqueca
maniobra un largo ajedrez.
Ni un gorjeo de alegrías!
ni un clamor de tempestad!
Como en las cuevas sombrías,
en el fondo de sus días
bosteza la soledad!
Y con
vértigos extraños, en su confusa visión
de insípidos desengaños, ve llegar los grandes años
con sus cargas de algodón.
A inverosímil distancia
se acongoja un violín,
resucitando en la estancia
como una ancestral
fragancia
del humo de
aquel esplín.
Y el hombre piensa. Su vista
recuerda las rosas té
de un sombrero de modista. . .
El pañuelo de batista. . .
las peinetas. . .
el corsé. . .
Y el duelo en la playa sola: — Uno. . . dos. . .
tres. . . Y el lucir de la montada pistola. . .
y el son grave de la ola
convidando a bien morir.
Y al dar a la niña inquieta
la reconquistada flor
en la persiana
discreta,
sintióse héroe y poeta
por la gracia del amor.
Epitalamios de flores
la dicha escribió a sus pies,
y las tardes de colores
supieron de esos amores
celestiales. . . Y después. . .
Ahora una vaga espina
le punza en el corazón,
si su
coqueta vecina
saca la breve botina
por los hierros del balcón;
Y si ton voz pura y tersa
la niña del arrabal
en su malicia perversa
temas picantes conversa
con el canario jovial;
Surge aquel triste percance
de tragedia baladí:
La novia. . . la flor. . . el lance
veinte años cuenta el romance:
Turguenev tiene uno así.
Cuán triste era su mirada,
cuán luminosa su fe
y cuán leve su pisada!
¿Por qué la dejó olvidada?
¡Si ya no sabe por qué!
III
En el desolado río
se agrisa el tono punzó
del crepúsculo sombrío,
como un imperial hastío
sobre un otoño de gró.
Y el hombre
medita. Es ella la visión triste que en un remoto nimbo descuella;
es una ajada doncella
que le está aguardando aún.
Vago pavor le amilana,
y a escribirle por fin
desde su informe nirvana. . .
La carta saldrá mañana
y en la carta irá un jazmín.
La pluma en sus dedos juega;
ya el pliego tiene el doblez;
y su alma en lo azul navega,
a los veinte años de brega
va a decir “tuyo” otra vez.
No será trunca ni ambigua
su confidencia de amor
sobre la vitela exigua.
Si esa carta es muy antigua!. . .
Ya está turbio el borrador.
Tendrá
su deleite loco
blancas sedas de amistad
para esconder su ígneo foco,
la gente reirá un poco
de esos novios de otra edad.
Ella, la anciana, en su leve
candor de virgen senil,
será un alabastro breve,
su aristocracia de nieve
nevará un tardío abril.
Sus canas, en paz suprema
a la alcoba sororal
darán olor de alhucema,
y estará en la suave yema
del fino dedo el dedal.
Cuchicheará al ras del suelo
su enagua un vago fru-fru.
Y con qué afable consuelo
acogerá el terciopelo
su elegancia de bambú!. . .
Así está el hombre soñando
en el aposento
aquél,
y su sueño es dulce
y blando;
mas la noche va llegando
y aún está blanco el papel.
Sobre su visión de aurora,
un tenebroso crespón
los contornos descolora,
pues la noche vencedora
se le ha entrado al corazón.
Y como
enturbiada espuma una idea triste va emergiendo de su bruma:
¡Qué mohosa está la pluma! ¡La pluma no escribe ya!
EL PAÑUELO
A Javier de Viana
Poco a poco, adquiriendo otra hermosura, aquel
cielo infantil de primavera
se puso negro cual si lo invadiera una sugestión
lánguida y oscura.
Tenía algo de parque la espesura del bosque, y en
la pálida ribera, padecía la tarde cual si fuera algún ser fraternal en
desventura.
Como las alas de un alción herido, los remos de la
barca sin consuelo azotaron el piélago dormido.
Cayó la noche y entre el mar y el cielo, quedó por
mucho tiempo suspendido
el silencioso adiós de tu pañuelo.
HISTORIA
DE PHANION
“Phanión es como un rayo de sol sobre la nieve.
En sus ojos pacíficos es siempre de mañana.
Sus manos son cordiales como las de una hermana.
Es tan sencilla y suave la gracia que atesora
que no se la echa de menos sino cuando se llora.
Tiene el ser incorpóreo de una amable fragancia
que, sin ocupar sitio, llena toda la estancia.
Nuestro amor fue un encanto de los ojos, y un vago roce de dedos tímidos, al
insinuante halago
del crepúsculo. . . Y nada más. Pero entonces era
más bien hablado el viento, más jovial la pradera,
los tomillos más tónicos y los hombres más buenos.
. .
. . .Y las mujeres ¡pobres! si no tenían senos.”
“La música anodina del agua entre las flores
expelían las gárgolas de antiguos surtidores, decía por nosotros las caricias
inciertas
que expresar no sabían las bocas inexpertas. Los
ojos componían la glosa de ese canto, con frecuencia invadidos por ilógico
llanto. Las tardes se portaban como buenas amigas.
Expresaban los nardos poéticas fatigas,
mi orgullo empenachaba su intrépido falucho — y la
luna servía para mirarla mucho.”
“Al invasor influjo que de mi amor surgía, Phanión
como narcótica flor de melancolía, soñaba; y presintiendo deliquios
sobrehumanos, cobraban palideces adorables sus manos;
Y esbozaba
en súplica de atrición lastimera el ademán sumiso de una esclava extranjera.
Cuando yo las tocaba con un temblor profundo,
durante largos días era más bello el mundo. Nunca llegó mi labio hasta ellas su
ignoto perfume me amansaba con un temor devoto. Mas, de las hermosuras que
amante he poseído, Ninguna tan entera como Phantón lo ha sido.”
“Cuando sus ojos llenos de silvestre dulzura
tendían su mirada como una seda obscura sobre mis balbucientes ansias, un gran
sosiego apagaba en candores intangibles, mi fuego. Y llegaba el silencio, de
aquel amor testigo,
a ponerse entre ambos como un gran perro amigo; y
entonces esos ojos para mi dicha inerte
se volvían inmensos como el mar o la muerte.”
“Recordando el perfume de viejas alegrías al hombre
numeroso de penas y de días, Phanión revive a veces en mi alma taciturna como
indecisa nébula en la quietud nocturna.
Y vuelvo a ver en sus manos, sus manos luminosas de
inocencia, curando mis enfermizas rosas;
Y vuelvo a ver sus ojos, a medias compungidos en la
nostalgia atónita de los otoños idos;
sus manos que padecen como infantas reclusas,
deshojando en jazmines ilusiones confusas; sus ojos, que en el duelo de
trágicos saludos tan sólo llorar saben, como niñitos mudos.”
“Y ya nada recuerdo de sus otros hechizos. . .
nada sé de sus labios, nada sé de sus rizos;
pues cuando nos amábamos con la infantil sorpresa
de aquellos grandes éxtasis de luz, yo estaba en esa edad de cuitas breves y
fáciles sonrojos, en que sólo se adora las manos y los ojos.”
Nunca gocé ternura más extraña
que una tarde entre las manos prolijas del barbero
de campaña
furtivo carbonario que tenía dos hijas.
Yo venía de la montaña
en mi claudicante jardinera
con timidez urbana y ebrio de primavera.
Aristas de mis parvas,
tupían la fortaleza silvestre
de mi semestre
de barbas.
Recliné la cabeza
sobre la fatigada almohadilla,
con una plenitud
sencilla
de docilidad y de limpieza;
y en ademán cristiano presenté la mejilla. . .
El desconchado espejo protegido por marchitos
tules, absorbiendo el paisaje en su reflejo, era un óleo enorme de sol bermejo,
praderas pálidas y cielos azules.
Y ante el mórbido gozo
de la tarde vibrada en pastorelas, flameaba como un
soberbio trozo que glorificara un orgullo de escuelas.
La brocha, en tanto,
nevaba su sedosa espuma
con el encanto
de una caricia de pluma.
De algún redil cabrío que en tibiezas amigas,
aprontaba al rebaño su familiar sosiego, exhalaban un perfume labriego de polen
almizclado las boñigas.
Con sonora mordedura
raía mi fértil mejilla la navaja,
mientras sonriendo anécdotas en voz baja, el
liberal barbero me hablaba mal del cura. A la plática ajeno,
preguntábale yo, superior y sereno
(bien que con cierta inquietud de celibato) por sus
dos hijas, Filiberta y Antonia; cuando de pronto deleitó mi olfato
una ráfaga de agua de colonia.
Era la primogénita doncella preclara,
chisporroteada en pecas bajo rulos de cobre, mas en ese momento con presteza
avara rociábame el maestro su vinagre a la cara, en insípido aroma de pradera
pobre.
Harto esponjada en sus percales, la joven apareció
un tanto incierta, a pesar de las lisonjas locales, por la puerta,
asomaron racimos de glicinas,
y llegó de la huerta
un material escándalo de gallinas.
Cuando con fútil prisa,
hacia la bella volví mi faz más grata, su púdico
saludo respondió a mi sonrisa. Y ante el sufragio de mi amor pirata, y la
flamante lozanía de mis carrillos,
vi abrirse
enormemente sus ojos de gata, fritos en rubor como dos huevecillos.
Sobre el espejo, la tarde lila improvisaba un
lánguido miraje,
en un ligero vértigo de agua tranquila. Y aquella
joven con su blanco traje al borde de esa visionaria cuenca, daba al fugaz
paisaje
un aire de antigua ingenuidad flamenca.
LUNARIO SENTIMENTAL
(1909)
LA ULTIMA CARETA
La miseria se ría. Con sórdida chuleta su perro
lazarillo le regala un festín.
En sus funambulescos calzones, va un poeta,
y en su casaca el huérfano que tiene por Delfín.
El hambre en su pandero, la luna su peseta y el
tango vagabundo su padrenuestro. Crin de león, la corona. Su baldada escopeta
de lansquenete impávido suda un fogoso hollín.
Va en dominó de harapos, zumba su copla irónica,
por antifaz le presta su lienzo la Verónica.
Su cuerpo de llagado, parece un huerto en flor.
Y bajo la ignominia de tan siniestra máscara Cristo
enseña a la noche su formidable máscara de cabellos terribles, de sangre y de
pavor.
LOS FUEGOS ARTIFICIALES
En las tinieblas que forman como un atrio a
esplendores futuros, goza la muchedumbre las últimas horas de su día patrio;
esperando que el cohete de costumbre, con su tangente flecha
de iniciación,
alumbre
el anual homenaje de la Fecha.
Bajo el rumor confuso
de la germinante batahola,
se desgañifa pisado en la cola
con ayes de mujer, un can intruso.
A dos comadres con el Jesús en la boca, una
bicicleta pifia graznidos de oca; y en gambetas chabacanas
precipita su fulminante polea
por la plaza que hormiguea
de multitud, como un cubo de ranas.
Sonando por las esquinas, organillos de triste
catadura, sugieren el pesar de una fractura de estalactitas cristalinas.
Y en la luna de otoño que se hunde con sus penas
tras un pavor de lejanía atlántica, desfallece una romántica
palidez de Marías Magdalenas.
Entre mágicos bastidores
que cobija un oscuro sosiego,
se indefine sin rumores
la aún estéril selva de fuego,
cuya sombra cual mágico talego
se abrirá en millonario tesoro de colores.
Primero
despertando arrobos
de paganismo atávico, en cursivas alertas, es la
pura majestad de los globos
sobre la O vocativa de las bocas abiertas.
Y tras un sobresalto de cañonazo
que corta charlas y alientos,
la bomba sube con tremendo desembarazo a horadar
firmamentos.
Evocando pirotécnicas Gomorras, ráfagas de silbidos
sancionan la proeza. Abandonan más de una cabeza
la cordura y las gorras.
El ímpetu bellaco
encanalla acritudes de tabaco; y casi musical como
un solfeo, chillan aspavientos de jóvenes criadas dichosamente frotadas
por aquel enorme escarceo.
Con su reproche más acre,
una vieja
se queja
desde el fondo de su fiacre; cuando a mitad del
estéril soponcio, surge una culebra de múltiples dardos, crepitada en ascuas de
estroncio sobre tres catástrofes de petardos.
Y el delirio de fuego y de oro
estalla en
química hoguera,
cuya cimera
exaltada a
meteoro,
es ya desaforada bandera que agita un bello
comodoro, chispeando un rubí por cada poro
y con un lampo azul por charretera. Coloreados
humos de combates navales evocando la patria guerrera
y los “oíd, mortales”.
Con plenitud silenciosa
el cielo oscuro germina centellas, y entre racimos
de estrellas se encanta una noche rosa.
Y aquellas pálidas luces
en divergente ramaje de cedro,
van a incendiar los sordos arcabuces de un
magnífico dodecaedro. El artificio se extiende
en una transformación de duende, que hecho luz
bermeja
baila su fandango,
mientras con juego malabar maneja diez cuchillos
por el mango.
Hasta que en tromba
de esplendor admirable
le revienta en el vientre una bomba, y colgado de
un cable
queda meciéndose como un crustáceo violáceo. . .
La noche sobre el mundo nuevamente se abate con sus
cálidas sombras y su olor de combate; y el esquife de humo que entre dos astros
surte, va a encallar en la luna como en lejano lurte
que al ras de las aguas tiembla,
con un polar reflejo de Oreada o Nueva Zembla.
Cuando con su ascua más brava
una tripa de pólvora que está escupiendo lava,
sobre el bastidor pueril y magro,
revienta en maravilla imprevista un inmenso girasol
de milagro deshaciéndose en polen de amatista; y con su doble brillo,
aquel meteoro impresionista
de lila sobre amarillo,
deflagra nuevamente caudales de conquista.
Al despedirlo el eje
su estela es reguero de escudos que proyecta en los
cielos mudos
el perfil anormal de un templo hereje.
Y con las lluvias luminosas
de su ascensión sonora y garifa,
sugiere fantasías de califa
estalladas en piedras preciosas.
Tras los cipreses
correctos como alfiles
en seráficos añiles
la girándula exalta gárrulos intereses. Su centro,
que es un cohete redondo, entre el volcán de fuego charro, deflagra como un
cigarro
pavesas de fuego blondo.
Y esa gloria
giratoria,
derrochada en vivos cromos,
parece una noria
que gárrulos gnomos,
fuesen vertiendo en inmensas dosis de apoteosis.
Y de pronto
en torbellino de áurea polvareda, estalla la
vertiginosa rueda
que hace babear los éxtasis del tonto; trocando
absurdamente su destino en el sautor regular de un molino. La majestad
bilateral del aspa
desmenuza, bajo el denso toldo
de la noche, una incandescente caspa que es detrito
de sol hecho rescoldo. Y todo acaba allí, si no arremete
la azogada fugacidad del cohete
cuya cinta bizarra
a través de la noche se desliza
como una raya de tiza
sobre una
pizarra.
Su silbo se aguza
con chillido de lechuza;
y tras brusco azoramiento
en mansa catarata,
el negro firmamento
se pone a llover plata.
Ensueño de belleza
que en ese anacrónico instante de aurora como fatuo
vino te vas a la cabeza: No olvides que la luna llora
en la acuática lejanía;
la luna, consultora
de la
melancolía,
a quien el alma implora
con suave letanía:
Virgo clarissima, Virgo Mater,
en tanto que ultrajan su poesía aquellos
patrióticos fuegos de cráter.
Y mientras la pobre luna cuyo martirio entre el
agua y el fuego,
implora con la sugestión de un ruego, vuelve la
noche a arder con un delirio que exaltara los más nobles cráneos
contemporáneos.
Al incendiario brillo
de un astro fugaz anulado en estruendos, combina
sus carbunclos estupendos
la fantasía final del Castillo.
Una luz de luna
en fusión, llena su ámbito de pagoda, que mezcla
con rara fortuna
la« botánica china y el rococó a la moda.
¡Oh, maestro! que hiciste tal maravilla
con un poco de mixto, de noche y de mal gusto; deja
que te aclame con un alma sencilla,
¡Con un alma de tribu que adora un fuego augusto!
Buen diablo entre tu flora de arsénico y de azufre. ¡Qué armonía de espíritu y
materia tienen para el que sufre
tus bazares de cosmos, tu astronómica feria!
Y con qué formidable caricatura
tu policroma incandescencia
destaca a la concurrencia
en un poema
de humanidad futura!
Bajo el iris de un prisma de garrafa mi musical
vecina
hacia su mamá se inclina
con alelado estupor de jirafa.
Su oreja se pierde
en un matiz de herrumbre verde; y una llama loca
de candente aparato,
con lúgubre sulfato
le amorata la boca.
A su lado el esposo, con dicha completa, se asa en
tornasol como una chuleta;
y el bebé que fingía sietemesino chiche, no es ya
más que un macabro fetiche. La nodriza, una flaca escocesa
va, enteramente isósceles, junto a la suegra obesa
que afronta su papel de salamandra
con una gruesa
inflación de escafandra,
mientras en vaivén de zurda balandra goza sus
fuegos la familia burguesa.
Mas, de repente
cambia el artificio bruscamente;
y bajo un nuevo iris,
el marido, en su manso porte, adquiere una majestad
de Osiris; al paso que la consorte
se exalta con mágico transporte, y en igual
luminosa crisis naturalmente, parece una Isis.
Un señor mediocre
que puede ser boticario o maestro, bajo un lampo de
ocre se vuelve siniestro;
sin que por ello se alarme
el olfato poco diestro
del inmediato gendarme.
Y aquella fiera en ciernes,
que así en rojo tizón su cuello tronche, tiene una
gran cabeza de Holofernes ardida en llamas de ponche.
Pero el gendarme mismo
se ha vuelto ya un cliente del abismo; y la
multitud entera
se deforma en comba de cafetera, en tanto que el
artificio estalla con estruendos
tremendos
mandando en granizo de oro su metralla.
Rodea una
deslumbrante zona
de vértigo solar el artificio,
donde mi propia persona
en coloreado maleficio
adquiere algo de sota y de saltimbanqui yanqui. . .
Con una
descarga de estrépito salvaje,
se hunde el castillo y acaba el homenaje: y ahora
ya no hay pólvora ni hay luna. Salpicada de astros escasos,
vuelve la noche removida de pasos como un lodazal;
silba un pilluelo; arroja una bengala alguien que pasa, y es aquella anacrónica
brasa
el último bocado de sol que engulle el cielo.
Camino de la casa,
volvemos todavía la cabeza
con el encanto de una vaga certeza.
Hasta que, de improviso,
la postrer bomba por el ámbito sonoro
se abre a la inmensidad en palmas de oro como un
árbol del Paraíso.
ODAS SECULARES
(1910)
A LOS GANADOS
Y LAS MIESES 1
(fragmentos)
Un verde matinal lustra los campos, donde el otoño
en languidez dichosa con dorado de soles que se atardan va dilatando madureces
blondas.
A través de la pampa, un río, turbio de fertilidad,
rueda silenciosa
su agua, que tiene por modesta fuente la urna de
tierra de la tribu autóctona. Negrea un monte en la extensión, macizo como un
casco de buque cuya proa
entra en el agua azul del horizonte, avanzando a lo
inmenso de la zona, la civilización del árbol, junta
en la fresca bandera de su sombra. Tiende el cerco
su párrafo de alambre sobre el verdor de las praderas solas, que en divergentes
líneas de dibujo allá a lo lejos insinúan lomas.
Y mientras desde la invisible estancia algún gallo
los campos alboroza, aventando su ráfaga de hierro
el recio tren las extensiones corta.
Entonces, en el fondo del paisaje,
retozado por yeguas que se azoran,
y que desordenando su carrera,
1 La extensión de la oda "A los ganados y las
mieses” (unos mil quinientos versos) impide, lamentablemente, su inclusión
total.
con fiero empaque las cabezas tornan, como si el
viento paralelo fuese rienda suelta en sus bocas,
con su franco testuz un toro inmóvil la mañana
magnífica enarbola.
Alcemos cantos en loor del trigo
que la pampeana inmensidad desborda, en mar feliz
donde se cansa el viento sin haber visto límite a sus ondas. Simbolizando las
alianzas nobles
en las doradas tribus que escalona, sobre el color
indiano de las eras florece un juvenil rubio de Europa. Fuerte aldeano que
tiene una hija blanca y un hijo blanco como en las historias, dice del almidón
y de la harina
en que el hogar cimenta sus concordias. Como una
rubia desnudez de niño rueda la masa echando un tibio aroma
que a aquella simple industria da el encanto de una
maternidad blanda y recóndita.
En la fiel solidez del pan seguro
la vida es bella y la amistad sonora. Suave corre
la vida en las cordiales tierras del pan, como una lenta sombra.
En las cañadas de mi sierra verde sube tanto el
maizal cuando se logra, que con caballo y todo nos perdíamos en las chacras
sonoras,
buscando las espigas que manchaba una coloración
morada o roja.
Que es antojo, decíannos las viejas, de cuando está
preñada la mazorca. Llámanlas misas y el que listo puede pasarlas al descuido a
una persona tiene el derecho de misarle entonces un mandato, un secreto o una
cosa; desde su fiel rebenque a los arrieros, hasta su beso esquivo a las
morochas, que se duplica luego, argumentando porque fue en la mejilla y no en
la boca,
tras de la casa donde tales deudas con urgente
estrechez el labio cobra.
Alabemos al lino que florece
y cuyas flores son como pastoras de sencillo
celeste endomingadas al borde de las sendas polvorosas. En colores de lago
reunidas
acá y allá, dijérase que imploran
por el campo feraz que mira al cielo con el pálido
azul de sus corolas. Fortalece en los tallos la hebra fina que a falta de batán
se va de sobra, batida por la llanta en los caminos al retozo del viento en
negras borlas. Y al azar de los fieles elementos concentra el grano en plenitud
oleosa, el aceite cuyo oro es luz dormida que en pinceles y lámparas remonta.
Celebremos las claros palomares
que embanderan de blanco las palomas, y el conejo
pueril en cuyo hocico pulula la esquivez como una mosca.
Y que bajo un repollo acurrucado, en el fondo
sombrío de las hojas funda una linda capillita blanca.
Y la colmena que en labor metódica
es el encanto de los bellos días,
en que el campo llovido se emociona
y encomienda a las alas de la abeja
la quinta en flor el polen que desborda.
Como era fiesta el día de la patria y en mi sierra
se nublan casi todas las mañanas de mayo, el veinticinco nuestra madre salía a
buena hora de paseo campestre con nosotros,
a buscar por las breñas más recónditas el panal
montaraz que ya el otoño azucaraba en madurez preciosa. Embellecía un rubio
aseado y grave sus pacíficas trenzas de señora.
Seguíanla el peón y la muchacha. Y adelante, en
pandilla juguetona, corríamos nosotros con el perro que describía en arco
pistas locas.
Con certeza cabal decía el hombre,
— Aquí está el camuatí, misia Custodia, que así su
nombre maternal y pío como atributo natural la adorna. Aunque aquí vaya junto
con la patria toda luz, es seguro que no estorba. Adelgazada por penosos años
como el cristal casi no tiene sombra. Después, se
nos ha puesto muy anciana, y si muere, sería triste cosa
que no la hubiese honrado como debe su hijo mayor
por vanidad retórica.
Así en profunda intimidad de infancia,
el día de la patria en mi memoria,
vive a aquella dulzura incorporado
como el perfume a la hez de la redoma.
¡Feliz quien como yo ha bebido patria
en la miel de su selva y de su roca!
LA
BLANCA SOLEDAD
Bajo la calma del sueño
calma lunar de luminosa seda,
la noche
como si fuera
el blando cuerpo del silencio,
dulcemente en la inmensidad se acuesta. . .
Y desata
su
cabellera,
en prodigioso follaje
de alamedas.
Nada vive sino el ojo
del reloj en la torre tétrica, profundizando
inútilmente el infinito como un agujero abierto en la arena. El infinito,
rodado por las ruedas
de los relojes
como un carro que nunca llega.
La luna cava un blanco abismo
de quietud,
en cuya cuenca
las cosas son cadáveres
y las sombras viven como ideas.
Y uno se pasma de lo próxima
que está la muerte en la blancura aquella.
De lo bello que es el mundo
poseído por la antigüedad de la luna llena.
Y el ansia tristísima de ser amado,
en el corazón doloroso tiembla.
Hay una ciudad en el aire,
una ciudad casi invisible suspensa, cuyos vagos
perfiles
sobre la clara noche transparentan. Como las rayas
de agua en un pliego, su cristalización poliédrica. Una ciudad tan lejana
que angustia con su absurda presencia.
¿Es una ciudad o un buque
en el que fuésemos abandonando la tierra,
callados y felices,
y con tal pureza,
que sólo nuestras almas
en la blancura plenilunar vivieran. . . ?
Y de pronto cruza un vago estremecimiento por la
luz serena. Las líneas se desvanecen,
la inmensidad cámbiase en blanca piedra, y sólo
permanece en la noche aciaga la certidumbre de tu ausencia.
EL
CANTO DE LA
ANGUSTIA
Yo
andaba solo y
callado
porque tú te hallabas lejos;
y aquella noche
te estaba escribiendo, cuando por la casa desolada
arrastró el horror su trapo siniestro. Brotó la idea ciertamente, de los
sombríos objetos:
el piano,
el tintero,
la borra de café en la taza.
Y mi traje negro.
Sutil como las alas del perfume
vino tu recuerdo.
Tus ojos de joven cordial y triste, tus cabellos,
como un largo y suave pájaro
de silencio.
(Los cabellos que resisten a la muerte
con la vida de la seda, en tanto misterio).
Tu boca
donde
suspira
la sombra interior habitada por los sueños.
La garganta,
donde veo
palpitar como un sollozo de sangre
la lenta vida en que te mece durmiendo.
Un vientecillo desolado,
más que soplar, tiritaba en soplo ligero.
Y entre tanto,
el silencio,
como una blanda y suspirante lluvia caía lento.
Caía de la inmensidad,
inmemorial y
eterno.
Adivínase
afuera
un cielo,
peor que obscuro;
un angustioso cielo ceniciento.
Y de pronto, desde la puerta cerrada me dio en la
nuca un soplo trémulo. Y conocí que era la cosa mala
de las casas solas y miré el blanco techo,
diciéndome: “Es una absurda superstición, un ridículo miedo”.
Y miré la pared impávida,
y noté que afuera había parado el viento.
¡Oh aquel desamparo exterior y enorme del silencio!
Aquel egoísmo de puertas cerradas que sentía en
todo el pueblo. Solamente no me atrevía
a mirar hacia atrás, aunque estaba cierto de que no
había nadie; pero nunca ¡oh, nunca, habría mirado de miedo!
Del miedo horroroso
de quedarme muerto. Poco a poco, en vegetante
pululación de escalofrío eléctrico,
erizáronse en mi cabeza
los cabellos,
uno a uno los sentía,
y aquella vida extraña era otro tormento.
Y contemplaba mis manos
sobre la mesa, qué extraordinarios miembros; mis
manos tan pálidas,
manos de muerto.
Y noté que no sentía
mi corazón desde hacía mucho
tiempo.
Y sentí que te perdía para siempre,
con la horrible certidumbre de estar despierto.
Y grité tu nombre
con un grito interno,
con una voz extraña
que no era la mía y que estaba muy lejos.
Y entonces en aquel grito
sentí que mi corazón muy adentro, como un racimo de
lágrimas,
se deshacía en un llanto benéfico. Y que era el
dolor de tu ausencia lo que había soñado despierto.
HISTORIA
DE MI MUERTE
Soñé la muerte y era muy sencillo:
una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo,
con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo
era un día;
y el tiempo que mediaba entre dos besos una noche.
La muerte es muy sencilla. Y poco a poco fue desenvolviéndose la hebra fatal.
Ya no la retenía
sino por sólo un cabo entre los dedos. . .
Cuando de pronto te pusiste fría.
Y ya no me besaste. . .
Y solté el cabo, y se me fue la vida.
SALMO
PLUVIAL
TORMENTA
Erase una caverna de agua sombría el cielo; el
trueno, a la distancia, rodaba su peñón; y una remota brisa de conturbado vuelo
se acidulaba en tenue frescura de limón.
Como caliente polen exhaló el campo seco un relente
de trébol lo que empezó a llover. Bajo la lenta sombra colgada en denso fleco
se vio al cardal con vividos azules florecer.
Una fulmínea verga rompió el aire al soslayo; sobre
la tierra atónita cruzó un pavor mortal,
y el firmamento entero se derrumbó en un rayo, como
un inmenso techo de hierro y de cristal.
LLUVIA
Y un mimbreral vibrante fue el chubasco resuelto
que plantaba sus líquidas varillas al trasluz,
o en pajonales de agua se espesaba revuelto,
descerrajando al paso su pródigo arcabuz.
Saltó la alegre lluvia por taludes y cauces;
descolgó del tejado sonoro caracol;
y luego, allá a lo lejos, se desnudó en los sauces,
transparente y dorada bajo un rayo de sol.
CALMA
Delicia de los árboles que abrevó el aguacero,
delicia de los gárrulos raudales en desliz. Cristalina delicia del trino del
jilguero. Delicia serenísima de la tarde feliz.
PLENITUD
El cerro azul estaba fragante de romero,
y en los profundos campos silbaba la perdiz.
EL HORNERO
La
casita del hornero
tiene alcoba y tiene sala,
en la alcoba la hembra instala
justamente el nido entero.
En la sala muy orondo,
el padre guarda la puerta,
con su
camisa entreabierta
sobre su buche redondo.
Lleva siempre un poco viejo
su traje aseado
y sencillo
que, con tanto hacer ladrillo,
se le habrá puesto bermejo.
Elige como un artista
el gajo de un sauce añoso
o en el poste rumoroso
se vuelve telegrafista.
Allá, si el barro está blando
canta su gozo sincero.
Yo quisiera ser hornero
y hacer mi choza cantando.
Así le sale bien todo,
y así en su honrado desvelo,
trabaja mirando el cielo
en el agua de su lodo.
Por fuera, la construcción,
como una cabeza crece,
mientras, por dentro, parece
un tosco y buen corazón.
Pues como su casa es centro
de todo amor y destreza,
la saca de su cabeza
y el corazón pone dentro.
La trabaja en paja y barro,
lindamente la trabaja,
que en el barro y en la paja
es arquitecto bizarro.
La casita del hornero
tiene sala y tiene alcoba,
y aunque en ella no hay escoba, limpia está con
todo esmero.
Concluyó el hornero su horno,
y con el último toque,
le deja áspero el revoque
contra el frío y el bochorno.
Ya explora al vuelo el circuito,
ya, sobre la tierra lisa,
con tal fuerza y garbo pisa,
que parece un martillito.
La choza se orea en tanto,
esperando a su señora,
que elegante y avizora,
llena su humildad de encanto.
Y cuando acaba jovial,
de arreglarla a su deseo,
le pone con un gorjeo
su vajilla de cristal.
EL NIDO AUSENTE
Sólo ha quedado en la rama
un poco de paja mustia,
y en la arboleda la angustia
de un pájaro fiel que llama.
Cielo arriba y senda abajo,
no halla tregua a su dolor,
y se para en cada gajo
preguntando por su amor.
Ya remonta con su queja
ya pía por el camino
donde deja en el espino
su blanda lana la oveja.
Pobre pájaro afligido
que sólo sabe cantar,
y cantando llora el nido
que ya nunca ha de encontrar.
LAS HORAS DORADAS
C1922)
EL DORADOR
(fragmentos)
Lector, si bien amaste, y con tu poco de poeta y de
loco descubriste
la razón que hay para volverse loco de amor, y la
nobleza de lo triste;
Si has aprendido, así, a leer la estrella en los
ojos ideales de la Esposa,
y alcanzaste a saber por qué es más bella la
soledad de la tardía rosa;
Si una mañana el cielo a tu ventana la mariposa
azul enviarte quiso;
si has mordido hasta el fondo tu manzana contento
de arriesgar el paraíso;
Si a un soplo de coraje o de victoria, sentiste
dilatarse en tu quimera
el estremecimiento de la gloria, como el viento
sonoro en la bandera;
Si en la conformidad de tu pan bueno, y en la
franqueza de la sal que gusta tu sencillez cordial, te inunda el seno un
alborozo de salud robusta;
Si amas la vida y sabes merecerla, hasta hermosear
tu propia desventura, tal así como afina el mar la perla
que engendró en la inquietud y en la amargura;
Si vas perfeccionándola sincero, sin preocuparte
del postrer fracaso, cual no arredra al artístico alfarero
saber que un día ha de romperse el vaso;
Si va alcanzando en la sabiduría la paz final tu
espíritu seguro, como anuncia el cercano mediodía
la sombra que se acorta al pie del muro;
Si para aminorar la ajena angustia inclinarte
sabrás hacia el olvido
con la docilidad de la hoja mustia. . .
Si has admirado y si has aborrecido;
Como sólo al arder rinde el incienso su plenitud de
aroma, vive y ama, para que en onda de perfume inmenso te alce al azul la
valerosa llama.
Gloria en que todavía será prenda
de fino amor la cándida ceniza,
que a la fragante brasa de tu ofrenda
con apagadas canas tranquiliza.
Dulce es ver la llegada del invierno que acerca un
desenlace sin congojas en la pureza del azul eterno
y el dorado silencio de las hojas.
Silencio que recóndito y dorado
con tu recuerdo llorará después,
la poesía del nido abandonado
en el noble misterio del ciprés.
Feliz con haber sido cuerdo y loco, sonríe a tus
quimeras seductoras,
y en tu huerto invernal reserva un poco de lento
sol para dorar tus horas.
ROMANCERO
(1924)
PRELUDIO
“Cuando oigo sonar las cuerdas
me dan ganas de llorar”,
dicen los versos sencillos
de la copla popular.
Qué bien cantan mis pesares
con su tristeza cordial,
qué hondo me llegan al alma
con su sincera humildad.
Canta guitarra doliente,
tu copla sentimental,
que con su blanda dulzura
sabrá el rigor aliviar,
de aquella que no se cansa
de tiranizarm e
más,
aunque me ve tan enfermo
del mal que me ha de matar.
Yo también cuando la veo
tan insensible a mi mal,
como al son de tus bordonas
tengo ganas de llorar.
Qué quieren que haga de mí,
qué esperanza puedo dar,
cuando sólo sé morirme
de esta pena y de este afán.
Canta
guitarra doliente
publica mi ceguedad;
secreto de mis amores
no hay por qué guardarlo ya.
Canta, que si el llanto un día
te llegara a destemplar,
con mi corazón herido
sabré ponerte a compás.
Y mi propia desventura
sangrando te cortará,
en el hilo de mi vida
las cuerdas que hacen llorar.
LA
SELVA TRISTE
Y se le ve la claridad del llanto tras las pestañas
del follaje. Azora su insegura quietud un leve espanto.
Y en una soledad desgarradora,
advierte el alma errante que no es ella
la que padece más, sino la estrella
que junto a un sauce se despide y llora.
POEMAS
SOLARIEGOS
(1927)
DEDICATORIA
A LOS ANTEPASADOS
(1500-1900)
A Bartolomé Sandoval,
Conquistador del Perú y de la tierra del Tucumán,
donde fue general, y del Paraguay, donde como tal,
a manos de indios de guerra
perdió vida y hacienda en servicio real.
Al maestre de campo Francisco de Lugones,
quien combatió en los reinos del Perú y luego aquí,
donde junto con tantos bien probados varones, consumaron la empresa del Valle
Calchaquí. Y después que hubo enviudado,
se redujo a la iglesia, tomando en ella estado, y
con merecimiento digno de la otra foja murió a los muchos años vicario en La
Rioja.
A don Juan de Lugones el encomendero,
que, hijo y nieto de ambos, fue quien sacó primero
a mencionar probanzas, datas y calidades
de tan buenos servicios a las dos majestades;
conque del rey obtuvo, más por carga que en pago, doble encomienda de indios en
Salta y en Santiago
Al coronel don Lorenzo Lugones,
que en el primer ejército de la Patria salió,
cadete de quince años, a libertar naciones,
y después de haber hecho la guerra, la escribió. Y
como buen soldado de aquella heroica edad, falleció en la pobreza pero con
dignidad.
Que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido, por
estos cuatro siglos que en ellas hemos servido.
EL CANTO
(13 estrofa)
En la Villa del Río Seco,
al pie del Cerro del Romero nací,
y esto es todo cuanto diré de mí,
porque no soy más que un eco
del canto natal que traigo aquí.
ESTAMPAS
PORTEÑAS1
El cielo, como una honda cuba de añil salobre
exalta en electrólisis de sulfato de cobre, la grande estrella verde Ocaso del
estío.
Al fondo, la modorra leonina del río,
destrenza la guedeja de hollín de un barco en
lastre que a media ración de hulla, con nostálgico arrastre, arrumba hacia la
mole de la ciudad, que en lo alto dentella una cornisa de lóbrego basalto,
fundido con la sombra volcánica que avanza bajo un
febril ronquido de afán y de pujanza, como rodada en tráfago de pavoroso
hierro.
Con dilución de lánguido hidromel, en la misma goma
de aguada, el cielo del Poniente se abisma, jaqueado por un rascacielos cuyo
ancho bloque, sobre el tablero urbano da mate con el roque, y le chanta el
seráfico lucero de adefesio, prendiéndose una pipa con su ascua de magnesio.
Claro es que, carburando sus 60 HP.
el “auto” del gerente, puntual aguarda al pie, para
la sedativa carrera hasta el magnífico
chalet que en Pampa o Crámer engendró el
frigorífico.
1 El
lector observará que este poema resulta ajeno a los motivos generales del
libro. Se incluye sin embargo, porque Lugones ofrece aquí un cuadro de Buenos
Aires poco frecuente en su poesía.
(Qué gloria ser del mismo barrio del Presidente
— un Alvear auténtico— ¿verdad, señor gerente?)
En Callao y Corrientes la noche ultramoderna que
entre muslo y sandalia luce toda la pierna, y emancipa una andrógina melena a
la gomina, como una dactilógrafa que su copia termina, pica la última estrella
sobre su hoja carbónica. Insolenta en sus labios de ambigüedad sardónica el
dominante rouge del letrero escarlata
que con guiño funámbulo su pregón desfachata; y en
el azul catódico que escala el otro muro se saca ojeras trágicas de pasquín al
cianuro.
Buscando una terraza cuyo frescor domine
turba y bochorno, tras la “Sección Vermut” del
cine, al resquemor del cocktail cristalizado en hielo, se prepara a engullirse
río, ciudad y cielo,
a fin de que su cena no le entristezcan mucho los
lamentos del tango degollado a serrucho, alternándole estrépitos de zamba
cachafaz salta el corcho del brindis en estornudo jazz.
EL COLLA
El colla solía llegar una mañana, diligente,
pequeño y macizo,
con su ponchito café, su alforja grana y su
sombrerote cenizo. Era cosa de ver
en su sandalia rústica su pie de mujer que aquellas
marchas tan grandes había podido hacer;
pues venía del fondo de los Andes
de las tierras del Inca que decían estar
a no menos de un largo mes de muía de andar.
Vacilaba en su rostro lampiño
una esquivez sumisa de viejo y de niño, mas su
vigor enjuto, bajo el tosco picote, forjaba una cobriza solidez de lingote.
Y cuando se quedaba mirando de hito en hito con sus
ojillos negros de insondable fijeza, adquiría la desolada firmeza
de un aislamiento de monolito.
Iba vendiendo medicinas y magias
como ser polvos de asta de ciervo y de bezoar
cebadilla de estornudar
y agallas contra las hemorragias.
Jaborandi, quina y estoraque;
Illas, que eran cabritas y llamitas de cobre, que
traían suerte para salir de pobre
y librar los rebaños de todo ataque.
Habillas de rojo encendido
que, de a dos, quitan la hora, pero de a tres, la
dan y sortijas de piedra imán
contra los celos y el olvido.
Mientras sus cosas vendía,
cerrando la alforja con precaución avara cada vez
que sacaba una mercancía, como si temiese que algo se le volara; más de un
curioso detrás de él se ponía, para ver si bajo el sombrero
llevaba siempre la trenza
que tal vez ocultaba por vergüenza del comentario
chocarrero.
Entonces advertíase la destreza prudente con que,
sin descuidar jamás
al que con él trataba de frente, podía mirar para
atrás
como el guanaco, naturalmente.
Pero si nadie osaba con él burla o desprecio, era
porque sabía la palabra que evoca
a la hormiga y a la isoca
con que la chacra habíale plagado a más de un
necio.
Hecha su venta al por menor,
sentábase en una orilla
del atrio de la capilla
donde nunca dejaba de rezar con fervor.
Y allá por largas horas, con lentitud de oruga,
mascullaba su coca, soñoliento
e indiferente al frío, al sol y al viento que
apenas fruncía sus ojos de tortuga.
Cambiaba en quichua un saludo
con algún santiagueño de su relación, y después
partía de la población diligente, macizo y menudo.
A dónde sabría ir, que hubo menciones de que una
vez un mozo de Sumampa, fue a sacarlo por la estampa
en el Carmen de Patagones.
Y como nunca lo vimos de regreso, el mismo
correveidile
aseguró que volvía por Chile poniendo sus tres años
en todo eso.
Así se iba por la campiña abierta a correr las
tierras del mundo, hasta que el horizonte profundo cerrábase tras él como una
puerta. Y siempre se nos quedó trunca
la curiosidad de saber de qué modo aquella alforja,
nunca llena del todo tampoco se acababa nunca.
EL ARPISTA
(fragmentos)
El arpista era Ildefonso,
moreno crespo y jovial,
que tocaba con empeño igual
una chacarera o un responso.
Pues lo mismo oficiaba con el cura, que hacía buena
figura
en la tertulia más arriesgada,
donde no pocas veces salió de la aventura con el
arpa baleada.
Famoso por el aguante,
había llegado, en más de un velorio
a pasarse tres días y tres noches de holgorio sin
pegar los ojos y el arpa por delante. Pues bebiendo con moderación,
el licor le aclaraba la garganta y el seso, salvo
el vino de año que suele ser travieso y el anís que es tan dormilón.
Bien haya la voz del cristiano,
que no fallaba jamás
en latín ni en castellano
pues, para los oficios, sabíase de plano
las fórmulas litúrgicas, además del compás. Sólo
que, cuando a veces, dejaba la parranda con tal cual misa urgente de promesa o
de manda confundía el servicio, mal dormido quizás. Para florear los kiries con
música de gato. . .
Y allá el furor del cura con aquel mulato,
verdadero carbón de Satanás.
¡Ese Ildefonso viejo con su arpa siempre lista, sus
dedos incansables y su empeño de artista! Decían que era capaz
de hacer bailar un mortero;
y que a su envite eficaz
ni las viejas pinchaban pues se volvía audaz el más
tímido mosquetero. Y de veras que parecía
que hasta las puertas iban a bailar en las jambas.
Cuando su melodía
mandaba las Firmezas o hamacaba las Zambas, tan
llenas de gentil melancolía.
¡Ah gracia de Los Aires, a cuyo sortilegio un ala
de calandria vibraba en el arpegio! ¡Ah mudanzas cruzadas con espuelas de plata
en los garbos del Triunfo que el ímpetu arrebata!
Y qué me cuenta usted del Escondido,
cuando, mientras preludian, va el mozo rendido a
tomar tierra ante el pie de la niña que melindrosa aliña
su coqueta esquivez
para que más enjuta salte la castañeta
a repicar la danza que ingenua y pizpireta se niega
y se abandona cantándolo a la vez?
“Salí lucero, salí
salí que te quiero ver.
Aunque las nubes te tapen
salí si sabes querer”.
Así, de pago en pago,
se le fue la vida voltaria,
— según decía él mismo con frase literaria— “Por
esos pagos de Córdoba y Santiago”.
Murió en la ley del canto como una cuerda rota, y
cuando lo enterraron en la aldea remota,
su cajón parecía, ya al olvido entregado,
una pobre arpa vieja que se había quebrado.
EL CANTOR
Era ese Serapio Suárez
mozo de buena opinión:
largucho y tirando a rubio,
guitarrero y chacotón.
Desde la esquina del ojo,
la pecosa picardía
le bajaba hasta la mosca
su barbijo de alegría.
Chaqueta gris, media bota
negros
chambergo y bombacha;
si golilla azul le pongo
ya está completa su facha.
Pues todavía eran de uso
los colores partidarios
que legaron los abuelos
federales y unitarios.
Y hasta quedaba más de una
vieja lanza montonera
que en la moharra tenía
calada una
calavera.
Yo no sé, porque tan sólo
aquello que vi refiero
si el Serapio descendía
de salvaje o mazorquero.
Mas no he de echar en olvido
ni dejar para después
sus espolines labrados
por Moreira el cordobés.
Y entre otras muy buena prendas la chalina de
vicuña,
porque andaba, como dicen,
para barajarlo en la uña.
Cuando rompía a bailar
firmezas, triunfos o gatos,
en la sisa del chaleco
su daga asomaba a ratos.
Arma de hoja como luz,
puño firme y rica vaina
capaz de picar con bofes
de cristiano una chanfaina.
Pues cualquiera de esos hombres era de salirle al
cuco
y macho como el de espadas
para aguantar el retruco.
Libre y sin renta ni oficio
y honrado a carta cabal,
llevaba él a un mismo temple
pecho, guitarra y puñal.
Aunque el buen genio le daba
menos años, para mí
andaría en treinta y cinco
cuando yo lo conocí.
Del Fraile
Muerto volvía
pintándola
de galán.
En un bayo
cabos negros
de la cría de Celmán.
Y digo que era pintura
pues bien se le conocía,
que orgulloso con su flete,
de tapado lo traía.
Es que decían las mentas
y que andaban dando soga
con un pangaré arribeño
de don Mercedes Quiroga.
Parejero
alto de cruz
y calzado de una pata
para hacer bueno el adagio
que de estos asuntos trata:
“Calzao de una,
arriésgale tu fortuna.
Calzao de dos
resérvalo para vos.
Calzao de tres
ni lo vendas ni lo des.
Calzao de cuatro
véndelo caro o barato”.
Así por pinta y noticias
según recordarlo puedo,
muchos le daban de tiro
las dos cuadras en un credo.
A mí me gustaba el otro.
Más que pareciera flaco
por lo alzado de verijas
a la facción del guanaco.
Mas nunca
pude apreciarles
la condición ni la casta,
porque las carreras fueron
en el pago de Ambargasta.
Suárez iba para allá,
de callada, por supuesto. Cuando se allegó a las
casas tan bien montado y compuesto.
Pie a tierra echó en la ramada,
ya estaba entrándose el sol;
le chispeaban las virolas
y ribetes de charol.
Y al desensillar se oía
que era
chapeado efectivo,
como gotera la plata
desde el freno hasta el estribo.
Ahora han de querer ustedes,
pues de juro les extraña,
saber cómo se avenía
sin renta, oficio ni maña.
Pues les diré, aunque parezca
poca cosa para tanto
que todo eso lo agenciaba
con la guitarra y el canto.
Cierto es que también solía
sacar su buena ventaja
de la tabla y las carreras
las riñas y la baraja.
Mas quien al juego se arriesga
sabe lo que dura un gozo,
y el hombre que a veces quedaba peladito hasta el
carozo.
Entonces a las clavillas
echaba mano
otra vez,
y se iba rodando tierras
a remediar su escasez.
Y de nuevo amadrinaba
la fortuna a su cencerro,
cantando por esos pagos
las coplas de Martín Fierro.
De memoria las sabía
recitar a pierna suelta.
Yo le oí una vez, señores
por junto la ida y la vuelta.
Bien haya el mozo ladino
que prendaba a las mujeres
y los gauchos ayudaban
con pilchas y menesteres.
Quién le pagaba las copas,
o una faja o un pañuelo.
Quién le daba de barato
el patacón de señuelo.
Que así llegó en ocasiones
a comenzar su desquite,
topando un tiro de taba
o aventurando un envite.
Algún estanciero aviado,
solía obsequiarlo mejor.
Los vecinos se acordaban
de unas riendas de valor.
Y hasta de
unas boleadoras que un fantástico hizo armar
a estilo riograndense
con tres mingos de billar.
Pero según ya les dije,
como era medio
tahúr,
por ahí las dejó empeñadas
no sé en qué pueblo del Sur.
Sólo a la guitarra, nadie
la vio separada de él.
Decía que no se casaba
por temor de serle infiel.
Y cuando estaba bebido
lagrimeaba
con ternura:
— Tocando el responso en ella me he de ir a la
sepultura.
Había dormido una noche
de neblina y frío crudo,
por librarla del sereno
a campo y medio desnudo.
Pues en el único poncho
cuidadoso la envolvió
y el pobre estuvo a la muerte
con el pasmo que lo alzó.
Colgaban de ella un manojo
como prendas de su gloria
las cintas que las muchachas
le dieron para memoria.
Y si les quedaba el rastro
de alguna lágrima vieja,
también
andaba enredado
más de un beso en su madeja.
Para tenerla a la mano
siempre encontraba recurso
y hasta en los bailes de arrimo
la llevaba con discurso.
Que era de verlo al compás
de algún valsecito blando,
mecerse con la pareja
y al mismo tiempo punteando.
Nunca se hacía rogar
ni estaba de mala luna.
Pulsaba en los cinco temples
sin dificultad
ninguna.
Y en la postura cruzada
que requiere el de tresillo,
de puro baquiano que era,
ni se sacaba el anillo.
Así es que acabado el mate
vino la usada pregunta:
“Cómo está de la garganta?",
le dijo uno haciendo punta.
Y mientras iba
afinando
le pidieron para oír
aquella historia de Fierro
que acababa de salir.
Cortó un rasgueo de golpe,
y componiéndose el pecho,
preguntó cómo querían
si por falso o por derecho.
A su gusto lo dejaron
según era más prudente.
Y en respetuoso silencio
fue arrimándose la gente.
Era aquel patio limpito
como una cancha de taba,
tan grande que se podía
parar rodeo y sobraba.
Al contorno, las mujeres
beneficiaban la huerta
con ocho pailas de arrope
que hervían a boca abierta.
Y las hornallas ardiendo,
mostraban por el costado,
caladas como sandías
el corazón colorado.
Tras la siesta bochornosa,
un airecito de alivio
llegaba de la cañada
todavía un poco tibio.
Y los campos bendecía
la fragancia del poleo
y en el higueral cantaba
recogido el vente veo.
Y en la cifra bordoneada
con varonil entereza
nos iba contando Fierro
su alegría y su tristeza.
Y se encrespaba el sonoro
borbollón de la risada
en las barbas de los viejos
como espuma alborotada.
Y los mozos aprendían
de aquel varón campesino,
cómo ha de portarse el hombre
contra el rigor del Destino.
Ya era cerrada la noche,
una de esas noches bellas
en que blanquean tamañas
como nardos, las estrellas.
Y para el lado de abajo,
las cinco de mejor luz
pintaban las boleadoras
y el rastro del avestruz.
ROMANCES DEL RIO SECO
(Obra postuma,
1938)
EL REO
A
Carlos M. Meyer
Después de Quebracho Herrado
según la historia lo escribe
persiguiendo a Juan La valle
va ese general Oribe.
Así en contraste tan rudo
negó la suerte a aquel bravo
los laureles que hasta entonces
conquistó sin menoscabo.
Porque donde entra Lavalle,
para qué te quiero gloria,
si no es para hallarle justa
consonancia a la victoria.
Pero esa vez la desgracia
le había llegado a él también,
ya no iba a hallar en el mundo
tregua,
acierto ni sostén.
Derrotado marcha al Norte
Juan Lavalle el temerario,
sembrando la caballada
el parque y hasta el vestuario.
No deja el camino real,
y aunque no exige hospedaje,
va requisando en las postas
el ganado y el carruaje.
Dicen que por el Río Seco,
tirado en una berlina,
pasó sin dejarse ver
con su
escolta correntina.
Dios le ayude porque Oribe,
el mejor de sus rivales,
manda lo más aguerrido
de las tropas federales.
Por capaz y diligente
se las ha confiado Rosas,
y don Juan Manuel en esto,
sabe arreglar bien las cosas.
Cada
división por junto,
monta caballos de un pelo,
y en el porte y disciplina,
cada soldado es modelo.
Punzó la gorra de manga,
de igual color la chaqueta,
y a listas blancas
y azules
el chiripá de bayeta.
Son veteranos de aquellos
que al entrar en la pelea,
por dragona de los corvos
suelen
prender la manea.
Y hasta cuentan que en las cargas se ha visto más
de un barbudo que para andar sin estorbo
con las barbas hizo un nudo.
Es de
verlos cuando avanzan
con un empuje tremendo,
entre el polvo y la humareda
como un pajonal ardiendo
Mas los de la otra divisa
topan esa llamarada
como las olas que encrespa
bramando la
marejada.
Pues el
uniforme entero
llevan del
color celeste
con que quiere el unitario
que su fe se manifieste.
Dicen que en su menosprecio
de la muerte, esos varones,
se vienen hasta los cuadros
para enlazar los cañones.
Y que cuando se entreveran,
asombra entre el clamoreo
el choque de las tacuaras
superando
al tiroteo.
Esa es guerra de la grande,
y en aquel fuego funesto,
el que no echa vale cuatro
canta contra flor y el resto.
Acaso alguno desdeñe
por lo criollos mis relatos,
esto no es para extranjeros
cajetillas ni pazguatos.
A las cosas de mi tierra
tal como son las divulgo.
No saboreará el pastel
quien se quede en el repulgo.
II
Apenas la villa ocupa
la vanguardia federal,
pone en la plaza el banquillo
de la pena capital.
Así entonces lo estilaban
los ejércitos,
señores,
para terror de enemigos
y escarmiento de traidores.
Conque, al toque de retreta,
se echa bando por pregón,
de que un
desertor, mañana
sufrirá
su ejecución.
No bien raya el nuevo día
todo el pueblo acude a ver.
Si no se ha quedado un hombre menos falta una
mujer.
Había corrido la voz
que el reo era un lindo mozo,
medio de mala cabeza
pero de muy buen carozo.
Que conforme con su suerte
y sin mostrar ningún susto,
se mostró esa última noche
de guapo que daba gusto.
Porque acordadas tres cosas
a aquel que se halla en capilla,
sólo pidió una guitarra
la guayaca y una silla.
Que por cifra les compuso,
y en décimas, una glosa
sobre esta copla asentada
por una mano piadosa:
“Preso y sentenciado estoy,
no tengan pena por eso,
que no soy el primer preso
ni dejo de ser quien soy”.
Y que hasta bailó una cueca
que audaz llamó “la del bando”
con la mujer del sargento
que le hizo el gusto llorando.
Porque era mozo tan ágil
y delgado de tobillos,
que se arregló soliviando
con una faja los grillos.
Mire que es fatalidad
venir así a errar la huella.
Mire que haya quien desniegue
esto de la mala estrella.
Esto de la mala estrella
contiene
mucho argumento,
mas por hoy, señores míos
hay que seguir con el cuento.
III
Ya el reo se halla vendado,
y ante tropa y concurrencia,
se echa por última vez
el pregón de la sentencia.
Que habiendo correspondido
consejo sobre el tambor
resuelve que así se cumpla
el comando superior.
Que por su artículo tal
la ley con rigor ordena
que al desertor en campaña
se aplique la última pena.
Pero que sí una mujer
por marido lo pedía,
en prisión,
aquel suplicio
conmutado le sería.
Es que en su misma dureza
compasiva la ordenanza
querrá acordarle al amor
aquella
última esperanza.
El caso es que para el reo
no fue el Destino tan cruel,
porque una dijo que estaba
pronta a casarse con él.
La que a esa carta perdida
se juega de tal manera,
es, con sorpresa de todos,
Ña Justa, la pastelera.
Parda, jamona y de yapa,
bizca por su mala suerte,
aunque todos reflexionan
que al fin más fea es la muerte.
Y que un culpable indultado,
a quien la cárcel aguarda,
no va a andarse con melindres
sobre si es negra o es parda.
Ella le hace caridad,
porque al fin es un suicidio
pasar la vida esperando
a la puerta del presidio.
Con lo cual bien los asombra
cuando ruega muy entero,
que los ojos le desaten
porque quiere ver primero.
Y en cuanto echa un vistazo,
“No me conviene la prenda”
dice con resolución,
y vuelve a pedir la venda.
Recibió sus cuatro tiros
dándose por satisfecho,
y así la pobre Ña Justa
sufrió el último despecho.
Miserias por esperanzas
ella buscó decidida.
Y al rigor de la fealdad
él sacrificó la vida.
No sé qué creerán ustedes,
mas yo tengo para mí,
que merece algún respeto
quien supo morir así.
CRONOLOGIA
1874
1878
1882
1886
1890
1892
1893
1894
Nace en Villa María (parte desglosada de un
departamento de San tiago del Estero), aldea de la provincia de Córdoba, el 13
de junio, hijo de Santiago Lugones y de Custodia Argüello, ambos argentinos, de
linaje antiguo.
Lugones y su familia se trasladan a la ciudad de
Santiago del Estero.
La familia Lugones se traslada a Ojo de Agua, al
sur de Villa María del Río Seco, próximo a Taco-Yaco, estancia propiedad del
matrimonio. Lugones niño conoce a Fray Mamerto Esquiú que se aloja en su casa
varias veces. Concurre a la escuela de don Miguel Novillo. Sus prime ras
lecturas: La metamorfosis de los insectos; La Jerusalén liberada. Goza la
amistad del capataz Juan Rojas, cuya sabiduría será viva me moria en sus
romances.
Comienza a adquirir fama de niño “prodigio” por su
agudeza, su me moria y su avidez de lecturas. Se lo envía a Córdoba para
proseguir sus estudios. Reside en casa de su abuela materna, Rosario Balacio de
Argüello.
Asiste a la escuela particular de don Ignacio
Garzón. Curiosidad por los libros de ciencia natural (Cuvier, Lamarck y
Darwin). Pallson, el profesor de lenguas, le enseña inglés. El profesor Flores
le enseña química.
Repercusiones del golpe revolucionario: la familia
Lugones pierde tie rras y estancia.
Los padres de Lugones se trasladan a la ciudad de
Córdoba. El 1? de junio lee Lugones su poema “Los mundos” en el teatro Rivera
Indarte. Desde el 19 de octubre aparece El Pensamiento Libre, periódico
“litera-rio-liberal”, editado con algunos amigos y escrito casi totalmente por
él.
Lugones se emplea en la Municipalidad de Córdoba.
Se enrola en la Guardia Nacional; es Oficial de Servicio. Se ofrece como
voluntario para pelear en Rosario. Se lo asciende a Capitán de los guardias na
cionales por su acción durante el ataque al tren en que viajaba la di visión
cordobesa. Publica su poema “Los mundos".
Colabora en periódicos cordobeses bajo seudónimo de
Gil Paz. Integra la peregrinación universitaria para la inauguración de la
estatua de Belgrano en Salta. Varios artículos enviados desde esa ciudad
anticipan elementos de La guerra gaucha. En Santiago del Estero pronuncia un
discurso al inaugurarse la estatua del coronel Lugones, su antepasado.
1 8 9 5 Lugones
es ahora promotor de huelgas estudiantiles; funda en Córdoba el primer centro
socialista del país.
El periódico El Tiempo de Buenos Aires publica dos de sus poemas:
“Prosa bohemia”
y “Trofeos” .
1 8 9 6 El
16 de febrero Carlos Romagosa le entrega una carta de presenta ción para el
director del diario Tribuna de Buenos Aires. Exitosa re cepción en Buenos
Aires. El 13 de diciembre se casa en Córdoba con Juana González. Se traslada
con su esposa a Buenos Aires. Se incor pora pronto al grupo intelectual más
avanzado. Concurre al Ateneo donde Darío hace público elogio de él, al que se
suman los de E. Holmberg ( “la nota más vibrante en la poesía argentina” ) y de
Leo poldo Díaz ( “la nota más original” ). “Así llegó — escribe Darío—
Leopoldo Lugones a Buenos Aires, poeta cordobés ayer, argentino hoy, americano
mañana y pasado mañana lo que Dios ha de disponer” . Tam bién reconoció Darío
el agresivo gesto político en ese “fanático”, en ese “convencido
inconquistable, al menos por ahora. . . ” . Participa en la prédica socialista
con Payró, Gerchunoff, M. Ugarte y A. Ghiraldo. El 19 de Mayo lee su
"Profesión de fe” . Escribe en La Vanguardia. Su fervor lo lleva a plazas
y barricadas hasta que en el mes de agosto ya se marca una franca disidencia
con motivo de su saludo al príncipe de los Abruzzos. Ya tiene algunos libros
que no se editarán: Primera lira, Misal rojo y El riñón de Beoda.
1 8 9 7 El
19 de abril funda el periódico La Montaña con José Ingenieros y R. J. Payró.
En abril nace su único hijo: Leopoldo.
En noviembre aparece Las montañas del oro, bajo la
afectuosa tu toría de Emilio Berisso. La nota de Darío sobre aquel primer
libro, termina así: “A qué todo eso cuando la inmensidad de tu torrente hace
repercutir la pompa creadora de su origen más allá de las conocidas
constelaciones. Déjame pues, ser poco y callar. Y encomendarme a ti en el amor
de la lira, oh Beluario!” (El Tiempo, 2 6/X I).
En el diario El Tiempo se publica parte de los
poemas del Misal rojo.
1 8 9 8 Se
adscribe a la cofradía de la “Rama luz” de la Sociedad Teosòfica Argentina.
Es nombrado Auxiliar de Correos. Mariano de Vedia
lo presenta al general Roca que el 12 de octubre asumirá por segunda vez la
Pre sidencia.
1 8 9 9 Lugones
obtiene el nombramiento de director de la Revista de Correos y asciende a Jefe
del Archivo General de Correos. Frecuenta el Ateneo y hace amistad firme con R.
Darío.
1900
1901
1902
1903
1904
1905
Ascenso en su carrera administrativa: Jefe de
Contralor e Inspección. Secretario general de la “Rama luz" en la Sociedad
Teosófica Argen tina. Acota Arturo Capdevila: “Y es que la teosofía de Lugones
fue algo muy serio. . . El joven anarquista podía sentirse cómodo en la ‘Rama
Luz’ . . . Se anunciaba en ella una nueva era, y él, claro está, vinculaba el
anuncio a su firme fe libertaria” . Rastro de esas inicia ciones en el
espiritismo, la teosofía y la magia, hay en sus cuentos que ya empieza a escribir
y que constituirán luego Las fuerzas extrañas.
El ministro Magnasco lo nombra visitador en el
Ministerio de Instruc ción Pública.
Viaja a Montevideo como delegado al Congreso
Científico Latinoame ricano en la Comisión de Ciencias Pedagógicas.
A pedido de escritores uruguayos, entre los que se
encuentra Horacio Quiroga, graba en rollo fonográfico poemas que luego incluirá
en Los crepúsculos del jardín, rollo que luego servirá para esclarecer la polé
mica con Herrera y Reissig.
Renuncia a su cargo en el Ministerio. Colabora en
la captura del ase sino Lara en el sur y propone un plan de reforma
carcelaria. Pronuncia su oración fúnebre en homenaje a E. Zola.
3 de marzo:
renuncia a su cargo en la Inspección.
29 de mayo: el gobierno le confía la misión de
averiguar el estado de las ruinas jesuíticas. Lo acompaña — como fotógrafo—
Horacio Quiroga. A su regreso escribe El imperio jesuítico.
Hace propaganda pública del candidato oficial a la
presidencia: Ma nuel Quintana.
Edita su
conferencia: “La reforma educacional” .
Es secretario del gobierno de la intervención en
San Luis.
21 de julio: publica El imperio jesuítico. Para P.
Manuel Poncelis (Historia de la literatura), este libro “es un atentado a la
verdad” .
20 de septiembre: es repuesto en su cargo de
Inspector General de Enseñanza Media.
Logra del ministro J. V. González la clausura de 36
colegios privados de enseñanza secundaria. Logra aumentos de sueldo para los
catedrá ticos. Se publica en Córdoba su discurso en favor de Fray Fernando
Trejo.
Proyecta la creación del Instituto Nacional del
Profesorado.
Es consagrado en la masonería con el número 33.
Continúan sus actividades y proyectos en la
enseñanza. Publica una “Memoria de la Inspección General de Enseñanza” .
Publica Los cre púsculos del jardín y La guerra gaucha. En un libro de P.
Manuel
1906
1907
1908
1909
1910
1911
1912
Poncelis (Historia de la literatura) se halla este
juicio sobre La guerra gaucha: “Desagrada y fatiga la rudeza de ciertas
expresiones y la bru talidad de algunas pinturas” .
Es comisionado a Europa para estudiar la evolución
de los sistemas pedagógicos. Se embarcará el 6 de mayo. En el banquete de
despedida se anuncia su libro dedicado a la luna. Regresa a Buenos Aires.
Publica el volumen de cuentos Las fuerzas extrañas.
Disiente con Figueroa Alcorta y renuncia a su
cargo. Ingresa en El Diario de Láinez como secretario de redacción y dirige una
campaña periodística contra Figueroa Alcorta.
Pronuncia una conferencia en el Círculo Militar
sobre “El ejército de la Ilíada” .
Aparece La cacolitia (estudios en prosa).
No permanece al margen de los graves
acontecimientos políticos y so ciales en el país.
El profesor Lachetti del Círculo Militar le da
lecciones de esgrima.
Publica
Lunario sentimental.
Participa en los festejos del Centenario. El diario
La Nación publica el 25 de mayo su “Oda a los ganados y las mieses” .
El Consejo Nacional de Educación le encarga un
libro sobre Sarmiento. Su homenaje al país en el Centenario: Odas seculares;
Las limaduras de Hephaestos: I. Piedras liminares; Las limaduras de Hephaestos:
II. Prometeo. Publica, además, Didáctica (reúne La reforma educacional en 1903
y otros ensayos sobre problemas pedagógicos).
Se incorpora al diario La Nación.
Viaja a Europa con su familia.
Artículos sobre el estado de preguerra europea.
Sorprendentes vaticinios.
Trabaja en Europa
lo que se llamará después El
payador.
Aparece Historia de Sarmiento.
En octubre aparece la “Autobiografía” de Darío que
contiene un serio elogio de Lugones. (Caras y Caretas).
Lugones figura entre los candidatos independientes
para la renovación próxima del Congreso.
En París aparece El libro fiel, testimonio lírico
de amor a la esposa. Ernesto Mario Barreda, en Nuestro Parnaso incluye dos
largos poemas suyos: “La voz contra la roca” y "Gesta magna” .
1913
1914
1915
1916
Lugones regresa a la Argentina.
En junio pronuncia las conferencias del Odeón que
integrarán des pués El payador.
Viaja a Santiago del Estero: visita a los padres y
despedida por su nuevo viaje a Europa. Piensa radicarse allí definitivamente.
Viaje en el "Cap Vilano” . Destino: París. A
bordo traba amistad du radera con Arturo Capdevila.
Febrero:
funda en París La Revue Sudaméricaine.
Intima amistad con Rubén Darío.
29 de jumo: ante la
guerra inminente Lugones decide pasar
a Lon
dres con su
familia.
Regreso
a Buenos Aires.
Es nombrado Director de la Biblioteca de Maestros
del Consejo Na cional de Educación, cargo que desempeñará hasta su muerte.
Publica Elogio de Ameghino y El ejército de la
litada, que forma parte de sus Estudios helénicos. Julio Cejador y Frauca
afirma en su Histotia de la lengua y literatura castellana que “Lugones es un
vigoroso tem peramento poético pero la retórica enfática y el desenfreno de la
fan tasía han maleado lastimosamente casi todas sus producciones” . En La
Revista del Jardín Zoológico, escribe Lugones: “La feliz casualidad que puso en
mis manos la obra del sabio (se refiere a Fabre) ha sido de terminante de mi filosofía,
mi moral y mi estética, es decir, de mi autodidacia laboriosa como la abeja
solitaria que yo vi un día” .
21 de mayo:
Lugones pronuncia un discurso en el homenaje nacional a Rubén Darío, quien
antes de morir ya había destacado en Lugones “inagotable mina verbal, facultad
enciclopédica, dominio absoluto del instrumento y preponderancia del don
principal y distintivo: la fuer za” (en Cabezas, Crisol, N9 24).
Da conferencias sobre la civilización helénica y
dicta un curso de es tética en la Universidad de La Plata.
Publica El payador; Rubén Darío (en Costa Rica) y
El problema feminista (Costa Rica).
5 de junio: publica en La Nación el artículo
“Nuestro deber” sobre la ruptura de relaciones con Alemania.
2 de junio:
publica Mi beligerancia.
11 de agosto: pronuncia un discurso, desde los
balcones de la casa de gobierno, en Montevideo.
Noviembre: publica La visión del águila en honor de
Italia.
Publica El libro de los paisajes.
1 9 1 8 14
de julio: publica “Le charme de France” (versos en francés). Co mienza a
publicar en la revista Atlántida.
Lugones habla en acto público a raíz del armisticio
en Europa.
1 9 1 9 Lugones
observa con preocupación los sucesos de “la semana trágica” . 18 de marzo: su
artículo “La hora de la justicia”, sobre la paz de Versalles.
25 de junio:
“Elogio de Leonardo” en La Nación.
4 de julio: artículo titulado “Ante las hordas” .
Publica Las industrias de Atenas y La torre de Casandra. En este libro se
reitera la admira ción por los Estados Unidos y Francia y se destacan los
valores que para Lugones, decidieron la victoria de los aliados: justicia,
libertad, humanidad. Pero se manifiesta también, ya sin velos, su desprecio por
las “paradojas democráticas” y por el pueblo llano “analfabeto e infeliz, para
desgracia de mis pecadores libros” . En México se publican dos antologías suyas:
una de poesías (ediciones del Ateneo Reissig) y otra de cuentos (lecturas
selectas). Otra antología de versos (Montevideo, Minerva ediciones) lleva
prólogo de R. Darío.
19 2 0 l
9 de junio: Francia le ofrece la Legión
de Honor, que rechaza.
12 de diciembre: artículo
sobre la Sociedad de las Naciones.
26 de diciembre: publica en La Nación la traducción
del Canto VI de la Odisea.
1921 Publica
en Córdoba El dogma de obediencia. Publica El tamaño del espacio (ensayo de
psicología matemática). Es el texto de una confe rencia de divulgación,
pronunciada el 13 de agosto. Dice en pág. 18: “Conforme a los trabajos del
sabio suizo Einstein. . . el espacio y el tiempo absoluto no existen. . . ” .
Miguel Lermon (Contribución a la bibliografía de L. Lugones) dice tener
noticias de una carta de Einstein a Lugones acusando recibo de su libro. Ambos
se encontraron en Gi nebra donde “fueron elegidos miembros de la Corporación
Intelectual de la Liga de las Naciones” (La Nación, 17-VI-1924). El poeta y el
sabio llegaron a estrechar una viva amistad.
19 de abril: el gobierno de Francia lo invita a
visitar campos de ba talla de la guerra.
3 de abril: propone la fundación de una Unión
Franco-Argentina. Más o menos quince días después, parte para Francia junto con
Enrique Larreta, invitado por el gobierno francés.
5 de junio: en Francia se publica un elogio a
Lugones de Ventura García Calderón. Es nombrado miembro de la Academia de
Ciencias de Lille. Visita los campos de guerra. Conferencias en Francia y
Madrid.
20 de agosto: Lugones rechaza invitación del
gobierno mexicano para visitar ese país.
27 de
septiembre: regreso a la Argentina.
1 9 2 2 Lugones
escribe numerosos artículos sobre el cristianismo y sobre su posición respecto
a la cultura helénica. Sigue los acontecimientos na cionales. Publica un
artículo sobre el comunismo: “Un desengaño si niestro” . Elogio del fascismo
en La Nación (Lugones: “Un voto en blanco” ).
En noviembre continúa la violenta prédica
periodística contra el cris tianismo al que acusa por la falta de paz en el
mundo.
Publica Las horas doradas, compuesto por muchos
poemas ya publica dos en La Nación, Plus Ultra, Caras y Caretas. Entrega a La
Nación el Canto XI de la litada y prepara la edición de La funesta Helena
(1922-1923).
1923 Continúa
escribiendo artículos y dando conferencias sobre la inter pretación de los
hechos de la política europea.
Se acentúa su prédica nacionalista. El 6 de julio
inicia las conferen cias del Coliseo que suscitan polémicas y protestas. El
diputado Saccone lo ve así: “Ayer fue comunista, hace poco maximalista, ahora
fascista. ..
Y quién puede asegurarnos que un hombre tan
barométrico y movedizo en su ideología no pueda también variar mañana sus
actuales concep tos o doctrinas?” . El diario Crítica alude a presuntas
prebendas oficia les. El diario El Pueblo le vaticina una muerte oscura y un
entierro costeado por la Liga Patriótica Argentina, una organización para-mili
tar de franco matiz fascista a la cual Lugones estuvo efectivamente vinculado
por relaciones con hombres como Carlés y los Ibarguren. Palacios lo ataca así:
“El patriotismo es diferente del patrioterismo. . .
El anarquista Lugones rechaza ahora la dictadura
del proletariado pre tendiendo reemplazarla con la dictadura de la burguesía y
de la aris tocracia. . . ” .
Publica
Acción, con las conferencias
del Coliseo.
Se conoce Un
paladín de la llíada.
1924 Comentarios
en La Nación favorables a los gobiernos de fuerza. Elogio de Mussolini.
Se lo designa miembro de la Comisión de Cooperación
intelectual por el Consejo de la Sociedad de las Naciones.
30 de junio:
parte para Europa.
Hay protestas (Manuel Gálvez) contra la prédica
anticristiana de Lugones.
Presenta en Ginebra ante Bergson un plan de reforma
educativa.
Se solicita para Lugones el Premio Nacional de
Literatura.
Comienza a publicar en La Nación los artículos que
integrarán La organización de la paz.
23 de
noviembre: viaja a Lima para la celebración del Centenario de la batalla de
Ayacucho. Agitación internacional por su discurso “La hora de la espada”
(publicado después como La Patria Fuerte').
Publica Cuentos fatales. Lleva a La Nación páginas
de su Romancero publicado este mismo año y edita además los relatos y aforismos
de Filosofícula. Publica en Buenos Aires, Estudios helénicos.
1925 Lugones
recibe el premio para el que fuera propuesto.
Publica La organización de la paz. En Costa Rica se
publica su Elogio de Leonardo. La edición crítica de Martín Fierro, elaborada
por Eleu-terio Tiscornia origina una nota de La Nación (Dic. 22) donde se
destaca la no inclusión de El payador en la bibliografía y se replica ante
ciertas afirmaciones de carácter etimológico, lo erróneo de sus conceptos.
Lugones llega a calificar de “insignificante” y hasta de “mamotreto” la edición
del filólogo en cuestión. Posteriormente, Tis cornia salvó esas omisiones y errores.
También en este año el poeta y crítico español, R. Cansinos Assens, agrega un
"comentario epilogal” a Melpómene de A. Capdevila. Entre otras cosas,
escribe C. Assens: “Así, el gran Lugones ha podido ser en la Argentina, el
luminoso ex positor de las teorías de Einstein, labor que entre nosotros
hubiera tenido que ser encomendada a un matemático” .
1 9 2 6 31
de mayo: conferencia sobre Roca.
Los artículos de La Nación señalan “la crisis del
pacifismo” y reiteran su actitud contra la democracia electoral. Palabras de J.
L. Borges, autor ahora de El tamaño de mi esperanza, se refieren a Romancero de
Lugones (1 9 2 4 ) y Salomón Wapnir (Crítica positiva) confronta las ideas de
Fingerit, autor de “Un enemigo de la civilización: Lugones” . Wapnir estima que
Lugones defiende la guerra porque desconoce sus horrores. Fingerit opina que
Lugones merecería la horca, pero — agre ga— felizmente nadie le hace caso, si
no es un ocioso lector, como yo” . Publica El ángel de la sombra.
1927 Publica
Lugones El dogma de la obediencia. Discurso preliminar. Refuta acusaciones
apoyadas en el artículo “La espada y la libertad” como enemigo del libre
albedrío.
Lugones renuncia a su cargo de jurado de los
premios nacionales de literatura, mientras sus miembros no sean escritores.
1928 Conferencias
en el teatro Opera: “De la soberanía a la potencia” . Ernesto Palacio refuta
desde La Nueva República apreciaciones de Lugones contra el nacionalismo.
La Nación reproduce los elogios de Segalá y
Estalella sobre las traduc ciones de textos griegos.
Aparecen su Poemas solariegos y los Nuevos estudios
helénicos. Un largo estudio crítico de La Nación (1 6 /X II) hace elogio de sus
preo cupaciones en la temática griega.
1929
1930
1931
1932
1933
1934
Artículos de Lugones sobre la democracia y la
anarquía.
24 de mayo: “La entrega” en La Nación, otro de los
Romances del Río Seco.
Declaraciones a un periodista chileno acerca del
nacionalismo ar gentino.
8 de septiembre: artículo “La anarquía estética”,
que atribuye a la decadencia del liberalismo. Continúa sosteniendo su prédica
antide mocrática desde La Nación.
Continúa su prédica doctrinaria en La grande
Argentina y La patria fuerte.
Lugones redacta la proclama de la revolución
encabezada por Uriburu y participa en las acciones que terminan con la caída de
Yrigoyen. Lugones rechaza la designación que Uriburu le hace como Director de
la Biblioteca Nacional. Se comprueba la omisión de los Irazusta y de Lugones
entre los “únicos” forjadores de la revolución. Se corrige luego la omisión, al
agasajarlos, junto con Ernesto Palacio.
Comienza a publicar en La Nación “Itinerario de ida
y vuelta” con datos autobiográficos, que queda interrumpido.
Lugones autoriza una reedición de Historia de
Sarmiento siempre y cuando lleve una aclaración que señale su cambio de
orientación ideológica.
Redacta El único candidato a solicitud del general
Agustín P. Justo. Publica Política revolucionaria y redacta el programa:
“Acción re publicana”, que él fundó.
Lugones sigue interesándose por los problemas
políticos. Parte de esas preocupaciones se halla en El estado equitativo,
subtitulado “Ensayo sobre la realidad argentina” .
“Un programa de gobierno, pero redactado
íntegramente por Lugones, según varios testimonios” (Lermon) aparece bajo el
título de “Guar dia argentina” . Se lee en Mi padre de L. Lugones (h ijo ):
‘Un año después, procuró mi padre reunir en una sola agrupación a todos los
nacionalistas (sic) que andaban d isp ersos...’ . . . ‘Guardia argentina fue el
nombre con que a iniciativa de Lugones, bautizóse el conjun to. . . ’ Como
dice Lermon, tanto éste como Acción republicana, son folletos casi inhallables”
.
Lugones intenta organizar una “concentración de
fuerzas nacionalistas” .
Publica Guardia argentina como resultado de esas
preocupaciones.
Se agrupa la Sociedad General de Autores de la
Argentina, presidida por Lugones. Se la resiste como organismo de una “élite” .
1 9 3 5 Los
acontecimientos políticos lo defraudan y en una encuesta, La Razón obtiene una
respuesta escéptica sobre el sufragio y la de mocracia.
1 9 3 6 Lugones
continúa su actividad periodística en La Nación. Escribe “Córdoba en el
recuerdo”, “La moral sin dogmas”, “El helenismo en la caballería andante”, “La
épica cristiana” y otros artículos que tra ducen un viraje de revisión en sus
ideas sobre el cristianismo. La opi nión pública y diarios de orientación
católica, como El Pueblo, conti núan censurándolo.
193 7 El
12 de marzo El Hogar publica apreciaciones de Borges y de Gon zález Lanuza
sobre las ideas estéticas de l ugones. Borges reconoce que su generación fue
“heredera tardía” “de un solo perfil de Lugones” . El 15 de agosto publica en
La Nación “Las beatrices” .
El 25 de octubre rechaza en una nota dirigida a
Besio Moreno, pre sidente de Bellas Artes, la designación de jefe de taller de
la Escuela Normal.
1 9 3 8 El
18 de febrero se suicida Leopoldo Lugones en el recreo El Tro pezón del Tigre.
El 23, La Nación publica su último artículo:
“Formación del ciu dadano” .
Durante este año se editan sus Romances del Río
Seco y Roca (in concluso).
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INDICE
P R O L O G O , p o r Jorge Luis Borges IX
EL PAYADOR
Nota crítica, por Guillermo Ara 3
Información preliminar, por Leopoldo Lugones
(hijo) 7
Prólogo 14
Advertencia etimológica 16
I. La vida épica 18
II. El hijo
de la pampa 37
III. A campo
y cielo. . . 51
IV. La poesía gaucha 63
V. La música gaucha 78
VI. El
lenguaje del poema 112
VII. Martín Fierro es un poema épico 126
VIII. El
telar de sus desdichas 146
IX. La vuelta
de Martín Fierro 170
X. El linaje de Hércules 186
La sexta lectura de Lugones, “El linaje de
Hércules” . Una despe
dida
triunfal (Crónica del diario La Nación, junio de 1913) 198
PROSAS
CUENTOS
Nota crítica, por Guillermo Ara 207
La lluvia de fuego. Evocación de un desencarnado de
Gomorra 210
Los caballos de Abdera 218
Yzur 223
LA GUERRA
GAUCHA
Nota crítica, por Guillermo Ara 231
Dos palabras 233
Estreno 234
Alerta 246
Al rastro 257
PROSA
POLITICA
Nota crítica, por Guillermo Ara 269
1? de Mayo (1 8 9 6 ) 272
Didáctica (1
9 1 0 ). Capítulo XX.
Enseñanza patriótica 274
La torre de Casandra (1919) 287
El cóndor ciego (noviembre de 1918) 290
Acción (1 9
2 3 ). Ante la doble amenaza 293
La patria fuerte
(1 9 3 0 ). El discurso de
Ayacucho 303
La grande Argentina (1 9 3 0 ). Política
revolucionaria 307
Crítica del sufragio 312
Informe confidencial (fragmentos) 315
POESIA
Nota crítica, por Guillermo Ara 321
LAS MONTAÑAS
DEL ORO (1 8 9 7 )
La voz contra la roca (fragmentos) 328
LOS
CREPUSCULOS DEL JARDIN
(1 9 0 5 )
El solterón 331
El pañuelo 336
Historia de
Phanión 336
Emoción aldeana 338
LUNARIO
SENTIM ENTAL (1 9 0 9 )
La última careta 340
Los fuegos artificiales 340
ODAS SECULARES
(1 9 1 0 )
A los ganados y las mieses (fragmentos) 347
EL LIBRO FIEL
(1912)
La blanca
soledad 351
El canto de la angustia 352
Historia de mi muerte 354
Salmo Pluvial
Tormenta 355
Lluvia 355
Calm a 356
Plenitud 356
El hornero 356
E l nido
ausente 357
LAS HORAS DORADAS
(1 9 2 2 )
El dorador (fragmentos) 359
ROMANCERO (1
9 2 4 )
Preludio 361
La selva
triste 362
POEMAS SOLARIEGOS (1 9 2 7 )
Dedicatoria a los antepasados (1500-1900) 363
El canto (1^ estrofa) 364
Estampas porteñas 364
El colla 365
El arpista (fragmentos) 367
El cantor 369
ROMANCES
DEL RIO SECO
(Obra postuma, 1938)
El reo 377
CRONOLOGIA 385
BIBLIOGRAFIA 397


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