© Libro N° 8621. Ciudades Rebeldes. Del Derecho De La Ciudad A La Revolución Urbana.
Harvey, David. Emancipación. Mayo 15 de 2021.
Título
original: © Ciudades Rebeldes. Del
Derecho De La Ciudad A La Revolución Urbana. David Harvey
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Ciudad A La Revolución Urbana. David Harvey
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Del Derecho De La Ciudad A
La Revolución Urbana
David Harvey
Ciudades Rebeldes
Del Derecho De La Ciudad A
La Revolución Urbana
David Harvey
David Harvey
Ciudades rebeldes Del derecho de la ciudad a la
revoluci6n urbana
Traducci6n de
Juanmari Madariaga
®
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Tfrulo original: Rebel Cities. From the Right to
the City to the Urban Revolution
©David Harvey, 2012
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Salamanca
Para Delfina y todos los demas estudiantes de
doctorado en todas partes.
PREFACIO
La lcaria de Henri Lefebvre
Hacia mediados de Ia decada de los setenta me
encontre en Parfs con un cartel editado por los Ecologistes, un movimiento ra
dical de accion vecinal dedicado a promover un modo de vida urbana
ecologicamente mas sensible, que presentaba una vision alternativa para Ia
ciudad. Era un precioso retrato hidico del viejo Parfs reanimado por Ia vida
vecinal, con flares en los balcones, plazas llenas de gente y niiios, pequeiias
tiendas abiertas a todo el mundo, multitud de cafes, fuentes, gente solazandose
a orillas del Sena, parques y jardines aquf y alia (quiza eso lo he inventado
en mis recuerdos), con tiempo suficiente para disfrutar de Ia conver sacion o
fumarse una pipa (un habito que todavfa no se habfa de monizado en aquella
epoca, como constate a mis expensas cuando acudf a una reunion vecinal de los
ecologistas que se celebraba en una sala densamente cargada de humo). Me
gustaba muchfsimo aquel cartel, pero con los aiios se fue deteriorando tanto
que tuve que deshacerme con pena de el. jMe gustarfa tanto volver a tener lo!
Alguien deberfa reimprimirlo.
El contraste con el nuevo Parfs que estaba
surgiendo y amena zando tragarse al antiguo era dramatico. Los gigantescos
edificios en torno a la Place d'Italie amenazaban ocupar toda Ia zona hasta
darse Ia mano con Ia espantosa Tour Montparnasse. La vfa rapida propuesta en Ia
Rive Gauche, los insulsos bloques de apartamen tos (HLM) en el 13e
arrondissement y en los suburbios, Ia mer cantilizacion monopolizada de las
calles, Ia pura desintegracion de lo que en otro tiempo habfa sido una vibrante
vida vecinal construida en torno al trabajo artesanal en pequeiios talleres en
el Marais, Ia reestructuracion de Belleville arrasando sus callejuelas Y
patios, asf como Ia fantastica arquitectura de Ia Place des Vosges.
5
Encontre otro cartel (de Batellier) que mostraba
una cosechadora aplastando y engullendo todos los viejos barrios de Parfs y
dejan do en su Iugar largas filas de altfsimos HLM, y que utilice como
ilustraci6n clave en The Condition ofPostmodernity.
Desde principios de Ia decada de 1960 Parfs se
hallaba clara mente sumida en una crisis existencial. Lo antiguo no podfa du
rar, pero lo nuevo parecfa demasiado horrible,
exanime y gelido. La pelfcula realizada por Jean-Luc Godard en 1967, Deux ou
trois
chases que je sais d'elle, captaba delicadamente
aquellas sensaciones. Presentaba madres casadas que se prostitufan a diario,
tanto por aburrimiento como por necesidad de dinero, con el trasfondo de Ia
invasion de Parfs por el capital empresarial estadounidense, Ia guerra de
Vietnam (que antes habfa sido asunto de los franceses pero que ahora habfan
asumido los estadounidenses), un boom de la construcci6n de autopistas y
rascacielos y Ia llegada de un con sumismo desatentado a las calles y las
tiendas de Ia ciudad. Sin embargo, la actitud filos6fica de Godard -una especie
de precur sor wittgensteiniano del posmodernismo, melanc6lico e ir6nico-, que
no permitfa mantener ninglin paradigma como centro o meollo de la sociedad, no
era de mi gusto.
Fue aquel mismo afio, en 1967, cuando Henri
Lefebvre escri bi6 su influyente ensayo Le Droit a la ville, que se entendfa
al mis mo tiempo como una queja y una reivindicaci6n. La queja respon dfa al
dolor existencial de una crisis ag6nica de la vida cotidiana en la ciudad. La
reivindicaci6n era en realidad una exigencia de mirar de frente aquella crisis
y crear una vida urbana alternativa menos alienada, mas significativa y gozosa
aunque, como siempre en el pensamiento de Lefebvre, conflictiva y dialectica,
abierta al futuro y a los encuentros (tanto temibles como placenteros) y a la
busque da perpetua de la novedad incognoscible1 •
1 Henri Lefebvre, La Proclamation de Ia Commune,
Paris, Gallimard, 1965 [ed. cast. : «La proclamaci6n de la Comuna>>, en
Obras de Henri Lefeb vre, Buenos Aires, A. Peii.a Lillo Editor, 1967); Le
Droit a Ia Ville, Paris, Anthropos, 1968 [ed. cast. : El derecho a Ia ciudad,
Barcelona, Peninsula,
6
Paris, Gallimard,
Quienes nos movemos en la vida academica somos
bastante expert os en reconstruir la genealogfa de las ideas. Asf, examinan do
los escritos de Lefebvre de esa epoca, podemos encontrar un poco de Heidegger
por aquf, de Nietzsche por alla, de Fourier aculla, crfticas tacitas de
Althusser y Foucault, y por supuesto el insustituible marco aportado por Marx.
Merece la pena mencio nar el hecho de que aquel ensayo hubiera sido escrito
para la con memoracion del centenario de la publicacion del primer volumen de El
Capital, porque como veremos tiene cierta importancia po litica. Pero los
universitarios olvidamos a menudo el papel desem peiiado por la sensibilidad
que surge de las calles a nuestro alrede dor, por el inevitable sentimiento de
perdida provocado por las demoliciones que nos embarga cuando barrios enteros
(como Les Hailes) resultan remodelados o surgen aparentemente de la nada grands
ensembles, junto con la excitacion o la irritacion de manifes taciones
callejeras por esto o aquello, la esperanza que se despier ta cuando grupos de
inmigrantes traen de nuevo la vida a un ba rrio ( esos grandes restaurantes
vietnamitas en el 1 3e arrondissement en medio de los HLM), o la desesperanza
que brota de la abatida angustia de la marginacion, la represion policial y la
juventud per dida sin remedio en el puro aburrimiento del creciente desempleo
y el abandono en suburbios mortecinos que acaban convirtiendo se en focos de
disturbios y _rebeldfa.
Estoy convencido de que Lefebvre era muy sensible a
todo eso, y no solo por su evidente fascinacion anterior por los situa
cionistas y su adhesion teorica a la idea de una psicogeografia de la ciudad,
la experiencia de la derive urbana a traves de Paris y la exposicion al
espectaculo. Seguramente le bastaba salir de su apartamento en la rue Rambuteau
para sentir un cosquilleo en
1 97 3]; L'Irruption de Nan terre au Sommet, Paris,
Anthropos, 1968; La Revo
lution Urbaine, 1970
[ed. cast. : La revoluci6n urbana, Ma
drid, Alianza, 1972]; Espace et Politique (Le Droit
a Ia Ville, II), Paris, Anthro pos, 1973 [ed. cast.: Espacio y politica,
Barcelona, Peninsula, 1972); La Production de l'Espace, Paris, Anthropos, 1974.
7
todos sus sentidos. Por eso creo muy significativo
que escribiera
Le Droit a Ia ville antes de L'Irruption de
Nanterre (como la llam6 poco despm!s) en mayo de 1968. Su ensayo presenta una
situaci6n
en la que tal irrupci6n era no solo posible sino
casi inevitable (y Lefebvre desempeii6 cierto papel en Nanterre para que asf
fuera). Pero las rafces urbanas de aquel movimiento del 68 siguen siendo un
tema muy minusvalorado en los subsiguientes estudios de aquel acontecimiento.
Sospecho que los movimientos sociales ur banos entonces existentes -el de los
Ecologistes, por ejemplo- se insertaron en aquella revuelta y contribuyeron a
configurar com pleja y difusamente sus reivindicaciones polfticas y culturales.
Y tambien sospecho, aunque no disponga de ninguna prueba, que la transformaci6n
cultural de la vida urbana que tuvo lugar a conti nuaci6n, cuando el capital
palmario se enmascar6 bajo el fetichis mo de la mercancfa, nichos de mercado y
consumismo cultural urbano, desempeii6 un papel nada inocente en la
pacificaci6n posterior al 68 (el peri6dico Liberation fundado por Jean-Paul
Sartre y otros, por ejemplo, se fue desplazando gradualmente des de mediados
de la decada de los setenta para acabar convirtiendo se en un diario
culturalmente radical e individualista pero polfti camente tibio, por no decir
opuesto a la izquierda seria y a la polftica colectivista).
Seiialo estos puntos porque si bien la idea del
derecho a la ciu dad ha experimentado durante la ultima decada cierto resurgi
miento, no es al legado intelectual de Lefebvre (por importante que pueda ser)
al que debemos recurrir en busca de explicaci6n. Lo que ha venido sucediendo en
las calles, entre los movimientos sociales urbanos, es mucho mas importante. El
propio Lefebvre, como gran dialectico y crftico inmanente de la vida cotidiana
ur bana, seguramente estarfa de acuerdo. El hecho, por ejemplo, de que la
extraiia confluencia entre neoliberalizaci6n y democratiza ci6n en Brasil
durante los aiios noventa diera lugar a clausulas en la Constituci6n brasileiia
de 2001 que garantizan el derecho a la ciudad, debe atribuirse al poder e
importancia de los movimientos sociales urbanos, en particular con respecto al
derecho a la vivien-
8
da, en Ia promoci6n de Ia democratizaci6n. El hecho
de que ese momenta constitucional contribuyera a consolidar y promover un
sentido activo de «ciudadania insurgente» (como Ia llama Ja m es Holston) no
tiene nada que ver con el legado de Lefebvre y sf en cambia con las luchas que
siguen desarrollandose sabre quienes deben configurar las cualidades de Ia vida
urbana cotidia na2. Y el hecho de que hayan cobrado tanto arraigo los «presu
puestos participativos», en los que los residentes ordinarios en Ia ciudad
participan directamente en Ia asignaci6n de parte de los presupuestos
municipales mediante un proceso democratico de toma de decisiones, tiene mucho
que ver con que mucha gente busque alglin tipo de respuesta a un capitalismo
intemacional bru talmente neoliberalizador que ha venido intensificando su
asalto a las cualidades de Ia vida cotidiana desde principios de Ia decada de
los noventa. No es pues ninguna sorpresa tampoco que ese modelo se desarrollara
en Porto Alegre (Brasil), sede del Foro Social Mundial.
Por poner otro ejemplo, cuando en julio de 2007 se
reunieron en el Foro Social estadounidense de Atlanta [US Social Forum], todo
tipo de movimientos sociales y decidieron constituir una Alianza Nacional por
el Derecho a Ia Ciudad (con secciones acti vas en ciudades como Nueva York y
Los Angeles) [Right to the City Alliance] , inspirados en parte por lo que
habian conseguido los movimientos sociales urbanos en Brasil, lo hicieron sin
cono cer siquiera el nombre de Lefebvre. Habian concluido cada uno por su
cuenta, tras aiios de lucha por sus propias cuestiones par ticulares (gente
sin techo, gentrificaci6n y desplazamiento, crimi nalizaci6n de los pobres y
los diferentes, etcetera), que Ia lucha por Ia ciudad como un todo enmarcaba
sus propias batallas par ticulares, y pensaron que juntos podrian tener mas
eficacia. y si en otros lugares se pueden encontrar movimientos analogos,
tampa co es por algnn tipo de lealtad a las ideas de Lefebvre, sino sim-
2 James
Holston, Insurgent Citizenship, Princeton, Princeton University
Press, 2008.
9
plemente porque estas, como las suyas propias, han
surgido prin cipalmente de las calles y los barrios de las ciudades enfermas.
Asi, en una reciente compilacion se informa sobre Ia actividad de mo vimientos
por el derecho a Ia ciudad (aunque de orientacion di versa) en docenas de
ciudades de todo el mundo3•
Asi pues, podemos estar de acuerdo en que Ia idea
del derecho a Ia ciudad no surge primordialmente de diversas fascinaciones y
modas intelectuales (aunque tambien las haya, evidentemente), sino de las
calles, de los barrios, como un grito de socorro de gen te oprimida en tiempos
desesperados. �Como responden enton ces los academicos e intelectuales (organicos y
tradicionales, como diria Gramsci) a esa peticion de ayuda? Es ahi donde
resulta util un estudio de como respondio el propio Lefebvre, no porque sus
respuestas puedan aplicarse sin mas (nuestra situacion es muy di ferente de Ia
decada de 1 960, y las calles de Bombay, Los Angeles, Sao Paulo y Johannesburgo
son muy diferentes de las de Paris), sino porque su metodo dialectico de
investigacion critica inma nente puede ofrecer un modelo inspirador sobre como
podriamos responder a esa queja y ese requerimiento.
Lefebvre entendia muy bien, sobre todo despues de
su estudio sobre La Proclamation de Ia Commune, publicado en 1965 (una obra
inspirada en alguna medida en las tesis de los situacionistas sobre ese tema),
que los movimientos revolucionarios asumen con frecuencia, si no siempre, una
dimension urbana. Esto lo en frento inmediatamente con el Partido Comunista,
que mantenia que Ia fuerza de vanguardia para el cambio revolucionario era el
proletariado basado en las fabricas. AI conmemorar el centenario de Ia publicacion
de El Capital de Marx con un apendice sobre el derecho a Ia ciudad, Lefebvre
estaba evidentemente cuestionando
3 Ana
Sugranyes y Charlotte Mathivet (eds.), Cities for All: Proposals and
Experiences Towards the Right to the City, Santiago
de Chile, Habitat Interna tional Coalition, 2010; Neil Brenner, Peter Marcuse
y Margit Mayer (eds.), Cities for People, and Not for Profit: Critical Urban
Theory and the Right to the City, Nueva York, Routledge, 201 1 .
1 0
el pensamiento marxista convencional, que nunca
habia concedi do a lo urbana gran importancia en la estrategia revolucionaria,
aunque mitglogizara la Comuna de Paris como un acontecimien to decisivo en su
historia.
Al invocar a la «clase obrera» como agente del
cambia revolu cionario a lo largo de su texto, Lefebvre sugeria tacitamente
que la clase obrera revolucionaria estaba constituida por trabajadores urbanos
de muy diversos tipos y no solo de fabrica, que constitu yen, como explicaba
posteriormente, una formaci6n de clase muy diferente: &agmentados y
divididos, multiples en sus deseos y ne cesidades, muy a menudo itinerantes,
desorganizados y fluidos mas que s6lidamente implantados. Esa es una tesis con
la que siempre he estado de acuerdo (incluso antes de leer a Lefebvre), y obras
posteriores de sociologia urbana (muy en particular las de un an tiguo
discipulo de Lefebvre, Manuel Castells) me afirmaron en ella. Pero a gran parte
de la izquierda tradicional le resulta todavia dificil captar el potencial
revolucionario de los movimientos so ciales urbanos. A menudo estos son muy
minusvalorados como simples intentos reformistas de resolver cuestiones
especificas (mas que sistemicas), y que por tanto no son movimientos verda
deramente revolucionarios ni de clase.
Existe por tanto cierta continuidad entre la
polemica situacio nal de Lefebvre y la obra de quienes ahara pretendemos
enfocar el derecho a la ciudad desde una perspectiva revolucionaria y no solo
reformista. La 16gica que subyace bajo la posicion de Lefeb vre se ha
intensificado, como poco, en nuestra propia epoca. En gran parte del mundo
capitalista avanzado las fabricas que no han desaparecido han disminuido
considerablemente, diezmando la clase obrera industrial clasica. La tarea
importante y siempre cre ciente de crear y mantener la vida urbana es
realizada cada vez mas por trabajadores eventuales, a menudo a tiempo parcial,
de sorganizados y mal pagados. El llamado «precariado» ha despla zado al
«proletariado» tradicional. En caso de haber alglin mo vimiento revolucionario
en nuestra epoca, al menos en nuestra parte del mundo (a diferencia de China,
en plena proceso de indus-
1 1
trializacion), sera el «precariado» problematico y
desorganizado quien la realice. El gran problema politico es como se pueden
autoorganizar y convertirse en una fuerza revolucionaria grupos tan diversos, y
parte de nuestra tarea consiste en entender los ori genes y naturaleza de sus
quejas y reivindicaciones.
No estoy seguro de como habria respondido Lefebvre
a la perspectiva propuesta en el cartel de los Ecologistes. Como yo,
probablemente habria sonreido ante su vision hidica, pero sus tesis sobre la
ciudad, desde Le Droit a Ia ville a su libro La Revolu tion Urbaine (1970),
sugieren que habria criticado su nostalgia de un urbanismo que nunca habia
existido, ya que una de las conclu siones centrales de Lefebvre era que la
ciudad que habiamos co nocido e imaginado en otro tiempo estaba desapareciendo
rapi damente y que no podia ser reconstruida. Yo estaria de acuerdo en eso
pero lo aseguraria aun mas enfaticamente, porque Lefeb vre dedico muy poca
atencion a describir las terribles condicio nes de vida de las masas en
algunas de sus ciudades favoritas del pasado (las del renacimiento italiano en
Toscana). Tampoco se ocupo del hecho de que en 1945 la mayoria de los
parisienses vivian sin agua corriente, en condiciones de alojamiento execra
bles (congelandose en invierno y cociendose en verano) en ba rrios atestados,
y de que habia que hacer algo -y algo se hizo, al menos durante la decada de
los sesenta- para remediarlo. El pro blema era su organizacion burocr:itica y
su puesta en practica por un estado frances dirigista absolutamente carente de
impulso de mocratico y sin un gramo de imaginacion gozosa, y que se limi taba
a consolidar las relaciones de privilegio y dominacion de clase en el propio
paisaje fisico de la ciudad.
Lefebvre tambien veia que la relacion entre el
mundo urbano y el rural -o como les gusta decir a los britanicos, entre el
campo y la ciudad- se estaba transformando radicalmente, que el campesi nado
tradicional estaba desapareciendo y el campo se estaba urba nizando, aunque
ofreciendo un nuevo enfoque consumista a la relacion con la naturaleza (desde
los fines de semana y dias de ocio en el campo a la proliferacion de
urbanizaciones perifericas) y un
1 2
enfoque capitalista, productivista, del suministro
de mercancias agricolas a los mercados urbanos, frente a Ia agricultura
campesi na autosostenida. Ademas, vio previsoramente que ese proceso se estaba
«globalizando» y que en tales condiciones Ia cuestion del derecho a Ia ciudad
(interpretado como una cosa distintiva o un objeto definible) tenia que dar
paso a Ia cuestion algo mas vaga del derecho a Ia vida urbana, que mas tarde se
transformo en su pen samiento en el tema mas general del derecho a La production
de
l'espace (1974).
La difuminacion de Ia diferencia entre el mundo
urbana y el rural lleva un ritmo diferente en distintas partes del mundo, pero
no se puede dudar de que va en la direccion que predecia Lefeb vre. La
reciente urbanizacion acelerada de China es un caso a destacar: Ia poblacion
residente en areas rurales ha decrecido del 74 por 100 en 1990 a un 50 por 100
en 2010, y Ia de Chongqing ha crecido en 30 millones de personas durante el
ultimo media siglo. Aunque hay muchos espacios residuales en Ia economia glo
bal donde el proceso esta lejos de haberse completado, Ia gran mayoria de Ia
humanidad esta siendo progresivamente absorbida en los fermentos y corrientes
de Ia vida urbanizada.
Esto plantea un problema: reivindicar el derecho a
Ia ciudad su pone de hecho reclamar un derecho a algo que ya no existe (si es
que alguna vez existio en realidad). Ademas, el derecho a Ia ciudad es un
significante vacio. Todo depende de quien lo Ilene y con que significado. Los
financieros y promotores pueden reclamarlo y tie nen todo el derecho a
hacerlo; pero tambien pueden hacerlo los sin techo y sin papeles.
Inevitablemente tenemos que afrontar la cues cion de que derechos deben
prevalecer, al tiempo que reconocemos, como decia Marx en El Capital que «entre
derechos iguales lo que decide es Ia fuerza». La definicion del derecho es en
si mismo obje to de una lucha que debe acompaiiar a Ia lucha por
materializarlo.
La ciudad tradicional ha muerto, asesinada por el
desarrollo ca pitalista desenfrenado, victima de su necesidad insaciable de
dispo ner de capital sobreacumulado avido de inversion en un crecimien to
urbana raudo e ilimitado sin importarle cuales sean las posibles
1 3
consecuencias sociales, medioambientales o
politicas. Nuestra ta rea politica, sugerfa Lefebvre, consiste en imaginar y
reconstituir un tipo totalmente diferente de ciudad, alejado del repugnante
caos engendrado por el frenetico capital urbanizador globalizado. Pero eso no
puede suceder sin la creaci6n de un vigoroso movimiento anticapitalista que
tenga como objetivo central la transformaci6n de la vida urbana cotidiana.
Como Lefebvre sabia muy bien por su estudio de la
historia de la Comuna de Paris, el socialismo, el comunismo o el anarquis mo,
por mencionar diversas variantes, son proyectos imposibles de realizar en una
sola ciudad. Para las fuerzas de la reacci6n bur guesa resulta demasiado facil
rodearla, cortarle las lineas de abas tecimiento y rendirla por hambre, cuando
no invadirla y masacrar a los que se resistan (como sucedi6 en Paris en 1871).
Pero eso no significa que tengamos que darle la espalda como incubadora de
ideas, ideales y movimientos revolucionarios. Solo cuando la po litica se
concentre en Ia producci6n y reproducci6n de Ia vida urbana como proceso de
trabajo fundamental del que surgen im pulsos revolucionarios, sera. posible
emprender luchas anticapita listas capaces de transformar radicalmente Ia vida
cotidiana. Solo cuando se entienda que quienes construyen y mantienen Ia vida
urbana tienen un derecho primordial a lo que ha producido, y que una de sus
reivindicaciones es el derecho inalienable a adecuar Ia ciudad a sus deseos mas
intimas, llegaremos a una politica de lo urbana que tenga sentido. Lefebvre
pareda decir: «lncluso si Ia vieja ciudad ha muerto, jlarga vida a Ia ciudad!».
La aspiraci6n a conquistar el derecho a Ia ciudad, �es entonces una quimera? En terminos puramente
fisicos seguramente si; pero las luchas politicas cobran aliento tanto de los
deseos quime ricos como de las razones practicas. Los grupos de la Alianza por
el Derecho a Ia Ciudad constan principalmente de inquilinos de bajos ingresos
pertenecientes a comunidades de color que luchan por un desarrollo que
satisfaga sus deseos y necesidades; gente sin hagar que se organiza por su
derecho a la vivienda y servicios basicos; y j6venes LGBTQ de color que pugnan
por su derecho a
14
espacios publicos seguros. En la plataforma
politica colectiva que elaboraron en Nueva York, esa coalicion no solo
pretendfa una definicion mas clara y mas amplia de lo publico que significara
un autentico acceso al Hamada espacio publico, sino tambien dispo ner del
poder para crear nuevas espacios comunes de socializa cion y accion politica.
El termino «ciudad» tiene una historia em blematica y simbolica profundamente
inserta en la busqueda de significados politicos. La Ciudad de Dios, la ciudad
asentada sa bre un monte que no puede ocultarse (Mateo 5:14), la relacion
entre ciudad y ciudadanfa -la ciudad como objeto de deseo utopi co, como un
lugar especffico de pertenencia dentro de un arden espacio-temporal en perpetuo
movimiento- todas ellas co bran un significado politico en el marco de un
imaginario colectivo cru cial. Pero lo que decfa Lefebvre, y en esto estaba
ciertamente de acuerdo si no en deuda con los situacionistas, es que hay ya
mul tiples pr:icticas dentro de lo urbana dispuestas a desbordarse con
posibilidades altemativas.
El concepto lefebvriano de heterotopia
(radicalmente diferen te del de Foucault) delinea espacios sociales
fronterizos de posibi lidad donde «alga diferente» es no solo posible sino
basico para la definicion de trayectorias revolucionarias. Ese «alga diferente»
no surge necesariamente de un plan consciente, sino simplemente de lo que la
gente hace, siente, percibe y llega a articular en su bus queda de significado
para su vida cotidiana. Tales practicas crean espacios heterotopicos en todas
partes. No tenemos que esperar a que la gran revolucion constituya esos
espacios. La teorfa de Le febvre de un movimiento revolucionario es justamente
la opuesta: lo espontaneo confluye en un momenta de «irrupcion» cuando diversos
grupos heterotopicos ven de repente, aunque solo sea por un momenta effmero,
las posibilidades de la accion colectiva para crear alga radicalmente
diferente.
Esa confluencia se evidencia en la busqueda de
centralidad de Lefebvre. La centralidad tradicional de la ciudad ha quedado
des truida, pero existe un impulso hacia su restauracion y una aspira cion a
ella que resurge una y otra vez produciendo efectos polfti-
15
cos de gran alcance, como hemos visto recientemente
en las plazas centrales de El Cairo, Madrid, Atenas, Barcelona y hasta Madison
(Wisconsin) y ahora el parque Zuccotti en Nueva York. �Como y en que otros lugares podemos reunimos para
expresar y articular nuestras quejas y reivindicaciones colectivas?
Es en este punto, no obstante, donde el
romanticismo revolu cionario urbano que tantos atribuyen con fruicion a
Lefebvre se estrella contra el inexpugnable acantilado de su profunda compren
sion de las realidades capitalistas y del poder del capital. Cual quier
momento visionario altemativo es pasajero; si no se afianza tras desbocarse, se
diluini inevitablemente (como Lefebvre pudo constatar a su pesar en las calles
de Paris en el 68). Lo mismo cabe decir de los espacios heterotopicos de
diferencia que sirven de caldo de cultivo para los movimientos revolucionarios.
En La Re volution urbaine (1 970) mantuvo Ia idea de Ia heterotopia (pnicti
cas urbanas) en tension con (mas que como altemativa a) la isoto pia (el orden
espacial cumplido y racionalizado del capitalismo y el estado ), asf como con
Ia utopia como deseo expresivo. «La dife rencia isotopfa-heterotopfa
-argumentaba- solo se puede enten der dinamicamente [ . . .] Los grupos
anomicos construyen espa cios heterotopicos, que acaban siendo reabsorbidos
por Ia praxis dominante.»
Lefebvre era demasiado consciente de Ia fuerza y el
poder de las pnicticas dominantes como para no reconocer que Ia tarea ul tima
consiste en erradicar esas pnicticas mediante un movimiento revolucionario
mucho mas am plio. Hay que derrocar y remplazar Ia totalidad del sistema
capitalista de acumulacion perpetua, junto con sus estructuras asociadas de
clase explotadora y poder estatal. La reivindicacion del derecho a Ia ciudad es
una estacion interme dia en Ia ruta hacia ese objetivo. Nunca puede ser un objetivo
en sf misma, aunque cada vez mas parezca una de las vias mas propi-
. .
etas a segutr.
1 6
PRIMERA PARTE
EL DERECHO A LA CI UDAD
CAPITULO UNO
El derecho a la ciudad
Vivimos en una epoca en Ia que los derechos humanos
se han situado en primer plano como modelo politico y etico. Se dedica mucha
energia a su promoci6n, protecci6n y articulaci6n como pilares para Ia
construcci6n de un mundo mejor, pero acostum bran a formularse en terminos
individualistas y basados en la pro piedad, y como tales no cuestionan la
l6gica de mercado liberal y neoliberal hegem6nica ni los tipos neoliberales de
legalidad y de acci6n estatal. Despues de todo, vivimos en un mundo en el que la
propiedad privada y la tasa de ganancia prevalecen sabre todos los demas
derechos en los que uno pueda pensar; pero hay ocasio nes en las que el ideal
de los derechos humanos adopta un aspecto colectivo, como sucede con respecto a
los derechos de los traba jadores, mujeres, gays y otras minorfas (un legado
del afiejo mo vimiento obrero al que en Estados Unidos, por ejemplo, se afiade
el del movimiento por los derechos civiles durante la decada de 1960,
sustancialmente colectivo y que alcanz6 resonancia global). Tales luchas por
los derechos colectivos han obtenido a veces no tables resultados.
Aquf quiero explorar otto derecho colectivo, el
derecho a Ia ciudad, aprovechando el resurgimiento del interes por las ideas de
Henri Lefebvre sabre este tema y Ia proliferaci6n en el mundo entero de todo
tipo de movimientos sociales que reivindican ese derecho. Ahara bien, �como puede este definirse?
La ciudad, observ6 en una ocasi6n el famoso
soci6logo urbana Robert Park, es «el intento mas coherente y en general mas Ia
grado del hombre por rehacer el mundo en el que vive de acuerdo con sus deseos
mas profundos. Pero si Ia ciudad es el mundo crea do por el hombre, tambien es
el mundo en el que esta desde en-
19
tonces condenado a vivir. Asf pues, indirectamente
y sin ninguna conciencia clara de la naturaleza de su tarea, al crear la ciudad
el hombre se ha recreado a sf mismo»1 • Si Park estaba en lo cierto, la
cuestion de que tipo de ciudad queremos no puede separarse del tipo de personas
que queremos ser, el tipo de relaciones socia les que pretendemos, las
relaciones con la naturaleza que aprecia mos, el estilo de vida que deseamos y
los valores esteticos que res petamos. El derecho a la ciudad es por tanto mucho
mas que un derecho de acceso individual o colectivo a los recursos que esta
almacena o protege; es un derecho a cambiar y reinventar la ciu dad de acuerdo
con nuestros deseos. Es, ademas, un derecho mas colectivo que individual, ya
que la reinvencion de la ciudad de pende inevitablemente del ejercicio de un
poder colectivo sabre el proceso de urbanizacion. La libertad para hacer y
rehacernos a nosotros mismos y a nuestras ciudades es, como argumentare, uno de
los mas preciosos pero mas descuidados de nuestros dere chos humanos. �Como podemos entonces ejercerlo mejor?
Dado que, como afirma Park, hasta ahara no hemos
tenido una conciencia clara de la naturaleza de nuestra tarea, puede ser util
comenzar por reflexionar como nos ha hecho y rehecho a lo largo de la historia
un proceso urbana impulsado por poderosas fuerzas sociales. La asombrosa
velocidad y magnitud del proceso de urbanizacion durante los ultimos cien
aii.os significa, por ejem plo, que hemos sido recompuestos varias veces sin
saber como ni por que. �Ha contribuido al bienestar humano esa espectacular
urbanizacion? �Nos ha hecho mejores personas, o nos ha dejado en suspenso en un mundo
de anomia, alienacion, calera y frustra cion? �Nos hemos convertido en meras monadas zarandeadas
de un lado a otro en un oceano urbana? Ese tipo de cuestiones preo cupaban
durante el siglo XIX a todo tipo de comentaristas, desde Friedrich Engels hasta
Georg Simmel, quienes ofrecieron perspi caces crfticas del caracter personal
que se iba configurando enton-
1 Robert
Park, On Social Control and Collective Behavior, Chicago, Chica
go University Press, 1967, p. 3.
20
ces como consecuencia de Ia nipida urbanizaci6n2•
En Ia actuali dad no es dificil seiialar todo tipo de descontentos y
ansiedades urbana s en el contexto de transformaciones aun mas nipidas, pero
parece faltarnos de algtin modo el coraje para una critica sistema tica. El
vertigo del cambio nos abruma incluso ante interrogantes 0bvios. c:Que podemos
hacer, por ejemplo, ante Ia inmensa con centraci6n de riqueza, privilegios y
consumismo en casi todas las ciudades del mundo frente a lo que hasta las Naciones
Unidas describen como «un planeta de chabolas»?3•
Reclamar el derecho a Ia ciudad en el sentido en
que yo lo en tiendo supone reivindicar algtin tipo de poder configurador del
proceso de urbanizaci6n, sobre Ia forma en que se hacen y reha cen nuestras
ciudades, y hacerlo de un modo fundamental y radi cal. Desde siempre, las
ciudades han brotado de Ia concentraci6n geografica y social de un excedente en
Ia producci6n. La urbani zaci6n ha sido siempre, por tanto, un fen6meno
relacionado con Ia division en clases, ya que ese excedente se extraia de algtin
sitio y de alguien, mientras que el control sobre su uso solia correspon der a
unos pocos (ya fuera una oligarquia religiosa o un poeta guerrero con
ambiciones imperiales). Esta situaci6n general per siste bajo el capitalismo,
evidentemente, pero en este caso se ve sometida a una dinamica bastante
diferente. El capitalismo des cansa, como nos explicaba Marx, sobre Ia
busqueda perpetua de plusvalor (beneficio), cuyo logro exige a los capitalistas
producir un excedente, lo que significa que el capitalismo produce continua
mente el excedente requerido por Ia urbanizaci6n. Pero tambien se cumple Ia
relaci6n inversa: el capitalismo necesita Ia urbaniza-
2 Friedrich
Engels, The Condition of the Working-Class in England in
1844, Londres, Penguin Classics, 2009 [orig. en
aleman: Die Lage der arbei tenden Klasse in England, en MEW Band 2, Berlin,
Dietz Verlag, 1 972, pp. 225-506]; Georg Simmel, «The Metropolis and Mental
Life>>, en David
Levine (ed.), On Individualism and Social Forms,
Chicago, Chicago Universi ty Press, 1 97 1 .
3 Mike Davis,
Planet of Slums, London, Verso, 2006 [ed. cast. : Planeta de ciudades miseria,
Madrid, Foca, 2008] .
2 1
cion para absorber el sobreproducto que genera
continuamente. De ahf surge una conexion fntima entre el desarrollo del
capitalis mo y el proceso de urbanizacion. No puede sorprendernos, por tanto,
que la curva logfstica del crecimiento con el tiempo del producto capitalista
sea pnicticamente identica a la de la urbani zacion de la poblacion mundial.
Examinemos con mas detalle lo que hacen los
capitalistas y como lo hacen. Comienzan invirtiendo cierta cantidad de dinero
que al cabo de un tiempo recuperan aumentada (con un beneficia) y a
continuacion tienen que decidir que hacer con el dinero adi cional ganado, lo
que les supone un dilema faustico: o bien rein vertirlo para obtener de nuevo
mas dinero, o consumirlo en pia ceres. Las leyes irrefragables de la
competencia les obligan a reinvertir al menos una parte, para no ser derrotados
y apartados por los que sf lo hagan; de forma que para que un capitalista siga
siendolo, debe invertir parte de su excedente en obtener un exce dente aun
mayor. Los capitalistas con exito obtienen habitual mente mas que suficiente
para reinvertir una parte en expandirse y otra en satisfacer su deseo de
placeres; pero el resultado de la perpetua reinversion es la expansion de la
produccion de exce dente; y lo que es aun mas importante, aunque la tasa media
de expansion, digamos anual, fuera constante en terminos relativos, al irse
acumulando aiio tras aiio, el «retorno» (ganancia) sabre la inversion inicial
va aumentando exponencialmente (con una tasa compuesta); de ahf todas las
curvas logisticas de crecimiento (di nero, capital, producto y poblacion)
ligadas a la historia de la acu mulacion capitalista.
La polftica del capitalismo se ve afectada por la
perpetua nece sidad de encontrar campos rentables para la produccion y absor
cion de un excedente de capital. El capitalista afronta asf diversos obstaculos
para mantener una expansion continua y libre de per turbaciones. Si escasea la
mano de obra y los salarios son demasiado altos, entonces habra que disciplinar
a los trabajadores existentes (dos de los metodos principales mas frecuentes
son el desempleo inducido tecnologicamente y un asalto contra el poder
organiza-
22
do de la clase obrera -sus organizaciones-, como el
emprendido por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en la decada de 1980), o bien
hay que encontrar nuevas fuerzas de trabajo (mediante la inmigracion, la
exportacion de capital o la proletarizacion de sec tares de la poblacion hasta
entonces independientes). En particu lar, hay que encontrar nuevos medios de
produccion y nuevos recursos naturales, lo que ejerce una presion creciente
sobre el entorno para extraer de el las materias primas necesarias y hacer le
absorber los inevitables desechos. Las leyes irrefragables de la competencia
tambien obligan a ensayar continuamente nuevas tecnologfas y formas
organizativas, ya que los capitalistas con ma yor productividad pueden
desalojar a los que utilizan metodos menos rentables. Las innovaciones definen
nuevas carencias y ne cesidades y reducen el tiempo de rotacion del capital y
la friccion de la distancia. Se amplfa asf la extension geografica sobre la que
el capitalista puede buscar nuevas ofertas de mano de obra, mate rias primas,
etcetera. Si en determinado mercado no existe una capacidad de compra
suficiente, hay que encontrar nuevos merca dos ampliando el comercio exterior,
promoviendo nuevos produc tos y estilos de vida, creando nuevos instrumentos
de credito y gastos publicos financiados mediante la deuda. Finalmente, si la
tasa de beneficia es demasiado baja, se suele recurrir, en busca de una salida,
a la regulacion estatal de la «competencia ruinosa», la monopolizacion
(fusiones y adquisiciones) y la exportacion de ca pital a nuevos territorios.
Si alguna de las mencionadas barreras a la
circulacion y expan sion continua del capital resulta imposible de eludir, la
acumula cion de capital queda bloqueada y los capitalistas se encuentran con
una crisis. El capital no se puede reinvertir rentablemente, la acumulacion se
estanca o cesa y el capital resulta devaluado (perdi do) y en algunos casos
incluso ffsicamente destruido. La devalua cion puede adoptar diversas formas:
se pueden devaluar o destruir las mercancfas excedentes, puede quedar sin empleo
o desvalori zada parte de la capacidad productiva, y hasta el propio dinero
puede perder valor debido a la inflacion; en una crisis tambien se
23
puede devaluar, por supuesto, el trabajo, mediante
el desempleo masivo. �De que forma se ha utilizado y se ha vista
impulsada en tonces la urbanizacion capitalista por la necesidad de eludir
esas barreras y de ampliar el terreno de la actividad capitalista renta ble?
Argumentare a este respecto que la urbanizacion desempeiia un papel
particularmente activo (junto con otros fenomenos como los gastos militares) en
la absorcion del producto excedente que los capitalistas producen continuamente
en su busqueda de plusvalor4•
Consideremos, para empezar, el caso de Paris
durante lo que se conoce como Segundo Imperio, que duro casi dos decadas, desde
1 852 hasta 1 870. La crisis de 1 848 fue una de las primeras en mostrar
claramente ligados a escala europea el desempleo de capital y de trabajo
excedentes. Sus efectos fueron particularmen te severos en Paris y dieron
Iugar a una revolucion abortada pro tagonizada por los obreros desempleados y
los utopistas burgue ses que propugnaban una republica social como antidoto
frente a la codicia capitalista y la desigualdad. La burguesia republicana
reprimio violentamente a los revolucionarios pero no consiguio resolver la
crisis. El resultado fue el ascenso al poder de Luis Na poleon Bonaparte,
quien clio un golpe de estado en 1 85 1 y se proclamo emperador con el nombre
de Napoleon III en 1 852 . Para sobrevivir politicamente, aquel emperador
autoritario recu rrio a una energica represion de los movimientos politicos de
oposicion, pero tambien sabia que tenia que resolver el problema de la
absorcion de capital excedente, para lo que impulso un vasto programa de
inversiones en infraestructuras, tanto en el propio pais como en el extranjero.
En el exterior esto se concreto en la construccion de vias ferreas en toda
Europa, llegando hasta Es tambul, asi como en la financiacion de grandes obras
publicas como el canal de Suez. En Francia supuso la consolidacion de la
4 Para un
repaso mas completo de estas ideas, vease David Harvey, The
Enigma of Capital, and The Crises of Capitalism,
London, Profile Books, 2010 [ ed. cast. : El Enigma del Capital_y las crisis
del capitalismo, Madrid, Akal, 20 1 2 ] .
24
red de ferrocarriles, Ia construcci6n de puertos,
el drenaje de ma rismas y cosas parecidas, pero sobre todo Ia reconfiguraci6n
de Ia infraestructura urbana de Paris. En 1 85 3 el emperador llam6 a Paris a
Georges-Eugene Haussmann para que se hiciera cargo de las obras publicas en Ia
capital.
Haussmann entendia perfectamente que su misi6n
consistia en resolver el problema del excedente de capital y mano de obra me
diante Ia urbanizaci6n. La reconstrucci6n de Paris absorbi6 enor mes
cantidades de trabajo y de capital para los niveles de Ia epoca, lo que sumado
a la supresi6n autoritaria de las aspiraciones de los obreros de Paris fue un
instrumento esencial de estabilizaci6n so cial. Haussmann echo mano de los
planes ut6picos propuestos durante la decada de 1 840 por los fourieristas y
saintsimonianos para la reconfiguraci6n de Paris, pero con una gran diferencia:
ampli6 la escala a la que se habia imaginado aquel proceso. Cuan do el
arquitecto Jacques-Ignace Hittorf le mostr6 sus pianos para un nuevo bulevar,
Haussmann los rechaz6 inmediatamente di ciendole: «No es lo bastante ancho [ .
. .] Usted me presenta un disefio de 40 m, y yo quiero 120». Haussmann
proyectaba una ciudad a mucha mayor escala y para ello la acrecent6 enorme
mente anexionando los suburbios y redisefiando barrios enteros (como el del
mercado de Les Hailes), sin limitarse a pequefias remodelaciones del tejido
urbano. Cambi6 de golpe toda la ciu dad en Iugar de hacerlo poco a poco. Para
hacerlo necesitaba nue vas instituciones financieras e instrumentos de credito
al estilo saintsimoniano (el Credit Mobilier y la Societe Immobiliere). De
hecho contribuy6 a resolver el problema del excedente de capital disponible
mediante un plan de tipo keynesiano de mejoras infra estructurales urbanas
financiadas mediante la deuda.
El sistema funcion6 bastante bien durante unos
quince afios y sup uso no solo una transformaci6n de las infraestructuras urba
nas sino la construcci6n de una forma de vida y un tipo de habi tantes de la
ciudad totalmente nuevos. Paris se convirti6 en «la Ville-Lumiere» y en el gran
centro de consumo, turismo y pla cer: los cafes, los grandes almacenes, el
novedoso sector de la
2 5
moda, las grandes exposiciones, todo aquello cambio
la forma de vida urbana abriendo la posibilidad de absorber grandes exce
dentes mediante un inmenso consumo (lo que ofendia a los tra dicionalistas y
al mismo tiempo excluia a los trabajadores). Pero el agigantado sistema
financiero, cada vez mas especulativo, y las estructuras de cn!dito en las que
se basaba, se vinieron abajo en la crisis financiera de 1 868. Haussmann fue
destituido y en su desesperacion Napoleon III recurrio a la guerra contra la
Alema nia de Bismarck, que perdio; en el vado de poder que se produjo surgio
la Comuna de Paris, uno de los mayores episodios revolu cionarios de la
historia capitalista urbana. La Comuna se debio en parte a la nostalgia del
mundo urbano que Haussmann habia destruido (sombras de la revolucion de 1 848)
y al deseo de recu perar su ciudad por parte de los desposeidos por sus obras;
pero tambien articulo visiones progresistas en conflicto de una moder nidad
socialista alternativa a la del capitalismo de los monopolios, enfrentando los
ideales de un control jerarquico centralizado (la corriente jacobina) a las
visiones descentralizadas anarquistas de control popular (propugnadas por los
proudhonianos). En 1 872 , en medio de intensas recriminaciones sobre quienes
eran los principales responsables del fracaso de la Comuna, se produjo la
drastica ruptura politica entre los marxistas y los anarquistas que
desgraciadamente sigue dividiendo a buena parte de la oposicion de izquierda al
capitalismo5•
Avancemos ahora a Estados Unidos en 1 942 . El
problema del capital excedente que pareda insoluble durante la decada de 1930
(y el desempleo que le acompafiaba) fueron temporalmente re sueltos por la
enorme movilizacion del esfuerzo de guerra, pero todos temian lo que pudiera
suceder despues. Politicamente la situacion era peligrosa. El gobierno federal
estaba dirigiendo de hecho una economia nacionalizada (y lo hada con mucha
eficien-
5 Este
compendia esta mas desarrollado en David Harvey, Paris, Capital of Modernity,
Nueva York, Routledge, 2003 [ed. cast: Paris, capital de Ia mo dernidad,
Madrid, Aka!, 2008] .
26
cia). Estados Unidos se habia aliado con la Union
Sovietica co munista en la guerra contra el fascismo. Como consecuencia de la
Gran Depresion, durante la decada de 1930 habian surgido fuer res movimientos
sociales con inclinaciones de izquierda y sus sim patizantes se habian
incorporado al esfuerzo de guerra. Todos conocemos la subsiguiente historia del
macartismo y la Guerra Fria (de la que ya habia abundantes presagios en 1 942).
Como en el caso de Luis Bonaparte, las clases dominantes de la epoca nece
sitaron evidentemente una generosa dosis de represion politica para reafirmar
su poder. �Pero que paso
con el problema del capi tal excedente sin posibilidad de inversion rentable?
En 1 942 aparecio en la revista Architectural Forum
una detalla da evaluacion de los esfuerzos de Haussmann, documentando en
detalle lo que este habia hecho en Paris y ofreciendo incluso un analisis de
sus errores. El articulo iba firmado nada menos que por Robert Moses, quien
despues de la Segunda Guerra Mundial hizo en la region metropolitana de Nueva
York lo que Haussmann habia hecho antes en Paris6, al cambiar la escala de
pensamiento sobre la urbanizacion e incluir en sus planes toda la region metro
politana y no solo la ciudad en sentido estricto. Mediante un sis tema de
autopistas y transformaciones infraestructurales financia do mediante la
emision de deuda, el desplazamiento de las capas acomodadas a urbanizaciones
perifericas y la remodelacion de toda la region metropolitana, ofrecio una via
para absorber renta blemente los excedentes de capital y de mano de obra.
Cuando ese proceso se reprodujo a escala nacional en los principales cen tros
metropolitanos de Estados Unidos (otra ampliacion de esca la), desempeiio un
papel crucial en la estabilizacion del capitalis mo global despues de la
guerra (un periodo en el que Estados D nidos podia permitirse propulsar toda la
economia no comunis ta incurriendo en deficits comerciales).
6 Robert
Moses, «What Happened to Haussmann», Architectural Forum 77 (julio de 1 942),
pp. 5 7-66; Robert Caro, The Power Broker: Robert Moses and the Fall ofNew
York, Nueva York, Knopf, 1 974.
2 7
Esa suburbanizacion o «dispersion hacia las
afueras» no fue solo cuestion de nuevas infraestructuras. Tal como habia
sucedido en Paris durante el Segundo Imperio, suponia una trasformacion radical
del modo de vida, basada en Ia produccion y comercializa cion de nuevos
productos, desde las hileras de casas individuates identicas de uno o dos pisos
con dos coches a Ia puerta hasta los frigorificos y acondicionadores de aire,
que junto a Ia enorme ex pansion del consumo de petroleo favorecio Ia
absorcion del exce dente. La suburbanizacion (junto con Ia militarizacion)
desempe ii.o asi un papel decisivo en Ia absorcion de los excedentes de
capital y trabajo en los aii.os de posguerra, pero a costa de vaciar el centro
de las ciudades y dejarlas desprovistas de una base econo mica sostenible, lo
que dio Iugar a Ia Hamada «crisis urbana» de Ia decada de 1 960, caracterizada
por las revueltas de las minorias afectadas (principalmente la de los
afroamericanos), a las que se negaba el acceso a Ia reciente prosperidad.
Pero Ia rebelion no se limitaba al centro de las
ciudades. Los urbanistas mas apegados a Ia tradicion hicieron piii.a en torno a
Jane Jacobs, tratando de contraponer al brutal modernismo de los proyectos a
gran escala de Moses un tipo distinto de estetica ur bana centrada en el
desarrollo de los antiguos barrios, su preser vacion historica y en ultimo
termino su gentrificacion. Pero para entonces ya se habian construido
muchisimas urbanizaciones peri fericas y Ia trasformacion radical del modo de
vida que esto conlle vaba tenia todo tipo de consecuencias sociales; muchas
feministas, por ejemplo, situaban entre sus principales causas de desconten to
la periferizacion y su estilo de vida. Tal como le sucedio a Haussmann, a
finales de Ia decada de 1 960 se genera una crisis financiera que socavo el
prestigio de aquel proceso (y del propio Moses) y le hizo perder el favor
popular; y de Ia misma forma que Ia haussmannizacion de Paris potencio de
alglin modo Ia erupcion de Ia Comuna, Ia insipidez de Ia vida en las
urbanizaciones perife ricas desempeii.o cierto papel en los espectaculares
movimientos de protesta de 1 968 en Estados Unidos, cuando los descontentos
estudiantes blancos de clase media se sumaron a Ia rebelion bus-
2 8
ca ndo alianzas con otros grupos marginados y
uniendose contra el imperialismo estadounidense para crear un movimiento que
pretendia construir otro tipo de mundo, incluido un tipo distinto de
experiencia urbana (aunque, una vez mas, las corrientes anar quistas y
libertarias divergian de las propuestas alternativas jer:ir quicas y
centralizadasf.
Junto con la rebelion de 1 968 eclosiono una crisis
financiera. Era en buena medida global (con el colapso de los acuerdos de
Bretton Woods), pero tambien propiciada por el comportamien to de las
instituciones de credito que habian impulsado el boom inmobiliario durante las
decadas precedentes. Aquella crisis co bro impulso a finales de la decada de 1
960, hasta extenderse a todo el sistema capitalista con el estallido de la
burbuja inmobilia ria en 1973, seguido par la bancarrota presupuestaria de la
ciudad de Nueva York en 1 975 . Habian llegado los oscuros afios de la decada
de 1 970, durante los que se planteo la cuestion de como rescatar al
capitalismo de sus propias contradicciones. Sirviendo se de la historia como
guia, el proceso de urbanizacion iba a de sempefi.ar un papel muy
significativo. Como mostro William Tabb, la salida de la crisis fiscal de Nueva
York en 1 97 5, concertada par una incomoda alianza entre los poderes estatales
y las institucio nes financieras, anuncio el giro neoliberal que se iba a dar
en todo el mundo en la lucha par perpetuar y consolidar el poder de la clase
capitalista a expensas del nivel de vida de la clase obrera, desregulando el
mercado para que cumpliera su funcion. Pero la cuestion que quedaba en pie era
como resucitar la capacidad de absorber los excedentes que el capitalismo esta
obligado a produ cir si pretende sobrevivir8•
7 Henri Lefebvre, The Urban Revolution,
Minneapolis, University of Minnesota Press, 2003 [ed. orig. : La revolution
urbaine, Paris, Gallimard,
1 970] .
H William Tabb, The Long Default: New York City and
the Urban Fiscal Cris is, New York, Monthly Review Press, 1 982 ; David Harvey,
A Brief His tory ofNeoliberalism, Oxford, Oxford University Press, 2005 [ed.
cast.: Breve histo ria del neoliberalismo, Madrid, Aka!, 2007] .
29
Pero sigamos avanzando hasta el momenta actual. El
capitalis mo intemacional habia entrada en una montana rusa de crisis y
bancarrotas regionales ( el este y sureste de Asia en 1 997-98, Rusia en 1 998,
Argentina en 2 00 1 , etcetera) hasta que sufrio un crac global en 2008. �Cual ha sido el papel de la urbanizacion en esta
historia? En Estados Unidos todo el mundo creia hasta 2008 que el mercado de la
vivienda era un importante estabilizador de la economia, en particular tras la
debacle de las empresas informati cas y de alta tecnologia a finales de la
decada de 1 990. El mercado inmobiliario absorbia directamente gran parte del
excedente de capital dedicandolo a nuevas construcciones (tanto viviendas en el
interior y en la periferia de las ciudades como nuevas edificios de oficinas),
mientras que la rapida inflacion del precio de la vivien da, respaldada par
una prodiga oleada de refinanciaciones hipote carias con tipos de interes
historicamente bajos, impulsaba el mercado intemo estadounidense de servicios y
bienes de consu mo. El mercado global se estabilizo en parte gracias a la
expan sion urbana estadounidense y a la especulacion en el mercado in
mobiliario, mientras Estados Unidos incurria en un enorme deficit comercial con
el resto del mundo, endeudandose alrede dor de 2 millardos de dolares al dia
para alimentar su consumismo insaciable y las guerras financiadas mediante la
deuda en Mganis tan e Iraq durante la primera decada del siglo XXI.
Pero el proceso de urbanizacion experimento
mientras tanto otra ampliacion de escala, haciendose planetaria, par lo que no
podemos concentramos linicamente en Estados Unidos. La enor me expansion del
mercado inmobiliario en Gran Bretana, lrlanda y Espana, asi como en muchos
otros paises, ayudo a mantener la dinamica capitalista de forma muy parecida en
general a la de Estados Unidos. La urbanizacion de China durante los ultimos
veinte anos, como veremos el capitulo 2 , ha sido de un caracter radicalmente diferente,
concentrandose en buena medida en la construccion de infraestructuras. Su
velocidad aumento enorme mente tras una breve recesion hacia 1 997. Mas de un
centenar de ciudades han sobrepasado el millon de habitantes en los ultimos
30
veinte afi.os, y pequefi.as ciudades como Shenzhen
se han converti do en gigantescas metropolis de entre seis y diez millones de
habi tantes. La industrializacion, concentrada al principia en las «zonas
economicas especiales», se extendio luego rapidamente a cual quier municipio
dispuesto a absorber el capital excedente extran jero y a reinvertir los
beneficios en una rapida expansion. Vastos proyectos infraestructurales, como
presas y autopistas -de nuevo, wdos ellos financiados mediante la deuda- estan
transformando el paisaje9• Centros comerciales igualmente gigantescos, parques
cientificos, aeropuertos, puertos, palacios de entretenimiento de todo tipo y
gran variedad de instituciones culturales nuevas, junto con urbanizaciones
valladas y campos de golf para los ricos, salpi can el paisaje chino en medio
de ciudades-dormitorio superatesta das para las enormes reservas de mano de
obra que se desplazan desde las regiones rurales empobrecidas. Como veremos,
las con secuencias de este proceso de urbanizacion para la econornia glo bal
y para la absorcion de capital excedente han sido enormes.
Pero China es solo el centro mas notable de un
proceso de urbanizacion que se ha hecho autenticamente planetaria, en parte
mediante la asombrosa integracion global de los mercados finan cieros que
aprovechan su flexibilidad para financiar mediante la deuda proyectos urbanos
que proliferan en todas partes, desde Dubai hasta Sao Paulo y desde Madrid
hasta Bombay, Hong Kong o Londres. El Banco Central Chino, por ejemplo,
participa acti vamente en el mercado hipotecario secundario en Estados Uni
dos, mientras que Goldman Sachs ha intervenido con fuerza en el emergente
mercado inmobiliario en Bombay y el capital de Hong Kong ha invertido en
Baltimore. Cualquier area urbana del mun do ha visto como se inflaba su
burbuja inmobiliaria al tiempo que aumentaba sin freno la afluencia de
inmigrantes empobrecidos, a rnedida que el campesinado rural se veia desposeido
debido a la industrializacion y comercializacion de la agricultura.
9 Thomas
Campanella, The Crmcrete Dragrm: China's Urban Revolutirm and
What it Means for the World, Princeton, Princeton
Architectural Press, 2008.
3 1
El boom inmobiliario ha sido evidente en Ciudad de
Mexico, Santiago de Chile, Bombay, Johannesburgo, Seul, Taipei, Moscu y toda
Europa (el caso de Espana ha sido el mas espectacular), asi como en las grandes
ciudades de los principales paises capitalistas, como Londres, Los Angeles, San
Diego y Nueva York (donde la administraci6n del milmillonario alcalde Michael
Bloomberg puso en marcha en 2007 mas proyectos urbanos a gran escala que nun
ca). En algunos lugares de Oriente Media como Dubai y Abu Dhabi han surgido
proyectos urbanisticos asombrosos, espec taculares y en ciertos aspectos
criminalmente absurdos, como for ma de absorber los excedentes del capital
surgidos de la riqueza petrolifera de la forma mas lujosa, socialmente injusta
y medio ambientalmente ponzofiosa posible (como una pista de esqui en media
del ardiente desierto). Asistimos asi a otto gran cambia de escala en el
proceso de urbanizaci6n, que hace dificil captar que lo que esta sucediendo
globalmente es en principia similar a los pro cesos de que Haussmann gestion6
tan habilmente durante un tiempo en el Paris del Segundo Imperio.
Pero esta nueva oleada urbanizadora dependia, como
las anterio res, de la creaci6n de nuevas instituciones e instrumentos
financie ros que permitieran canalizar los creditos requeridos para mante
nerla. Las innovaciones financieras puestas en marcha en la decada de 1 980, en
particular la titulizaci6n y empaquetamiento de hipo tecas locales para
venderlas a inversores de todo el mundo y la creaci6n de nuevas instituciones
financieras que facilitaran la crea ci6n de un mercado hipotecario secundario
y Ia emisi6n y venta de Obligaciones de Deuda Garantizadas [COOs,
Collateralized Debt Obligations] han desempefi.ado un papel decisivo. Las
venta jas eran muchas: minimizaba el riesgo al dispersarlo y permitia a los
depositos de ahorros excedentes un acceso mas facil a la de manda excedente de
vivienda, permitiendo ademas, en virtud de su coordinaci6n, una reducci6n
global de los tipos de interes (al tiem po que generaba inmensas fortunas para
los intermediarios finan cieros que gestionaban aquellas maravillas). Pero
dispersar el ries go no significaba eliminarlo. Ademas, el hecho de que se
pudiera
32
repartir tan ampliamente alentaba inversiones aun
mas arriesga das, q ue supuestamente transferian el riesgo a otto Iugar. Sin
con troles adecuados de valoraci6n del riesgo, el mercado hipotecario se podia
desbocar, y lo que les sucedi6 a los hermanos Pereire en 1 867-1868 en Paris
con el Credit Mobilier y al ayuntamiento de Nueva York a mediados de Ia decada
de 1 970 volvi6 a suceder en
2 008 con las
hipotecas subprimc y Ia crisis de los activos inmobilia rios. La crisis se
concentr6 primero en las ciudades estadouniden ses y sus alrededores (aunque
se podian detectar sefiales similares en Gran Bretafia), con consecuencias
particularmente severas para los afroamericanos de bajos ingresos y hogares
monoparentales a cargo de mujeres, afectando tambien a quienes, incapaces de
per mitirse los elevadisimos precios de Ia vivienda en los centros urba nos,
especialmente en el suroeste estadounidense, se trasladaron a la semiperiferia
de los centros metropolitanos, donde al principia podian pagar tipos de interes
bajos por casas adosadas ya construi das especulativamente, pero luego
tuvieron que afrontar gastos de desplazamien to crecientes a medida que subia
el precio del petr6-leo al tiempo que aumentaban sus cuotas hipotecarias en
conso nancia con Ia tendencia ascendente del mercado. Las crueles con
secuencias de Ia crisis sobre Ia vida urbana y las infraestructuras (barrios
enteros de ciudades como Cleveland, Baltimore y Detroit se han visto devastados
por la oleada de desahucios) hacian tamba learse toda Ia estructura del
sistema financiero global y amenaza ban desencadenar una importante recesi6n.
Los paralelismos con la crisis de la decada de 1 970 son, por decirlo
suavemente, pasmo sos, incluida Ia respuesta de Ia Reserva Federal abaratando
el dine ro, lo que casi con seguridad generara en el futuro fuertes tensio
nes inflacionistas, como sucedi6 entonces.
Pero Ia situaci6n es mucho mas complicada ahora y
no esta nada claro si un severo crac en Estados Unidos podria verse com pe
nsado por la expansion en otto Iugar (por ejemplo en China). EI desarrollo
geografico desigual puede quiza rescatar de nuevo al sistema y salvarlo de una
bancarrota total, como sucedi6 en Ia decada de 1 990, aunque ahora sea Estados
Unidos el que esta en
3 3
el centro del problema. Pero el sistema financiero
esta tambien ahora mucho mas estrechamente entrelazado que antes10• Las
transacciones comerciales realizadas instantaneamente en la red sin ninguna
supervision siempre amenazan con crear una gran di vergencia en el mercado
(como muestra la increfble volatilidad de los mercados bursatiles) capaz de
generar una crisis masiva que exigira repensar de arriba abajo el
funcionamiento del capital fi nanciero y de los mercados monetarios, incluida
su relaci6n con la urbanizaci6n.
Al igual que en otras ocasiones, la reconfiguraci6n
de la geo grafia urbana ha traido consigo grandes cambios en el estilo de
vida. La calidad de la vida urbana se ha convertido en una mercan cia para los
que tienen dinero, como lo ha hecho la propia ciudad en un mundo en el que el
consumismo, el turismo, las actividades culturales y basadas en el
conocimiento, asi como el continuo re curso a la economia del espectaculo, se
han convertido en aspec tos primordiales de la economia politica urbana hasta
en la India y China. La proclividad posmodema a la formaci6n de nichos de
mercado -en las opciones de modo de vida, habitos de consumo y normas
culturales- confiere a la vida urbana contemporcinea una aura de libertad de
elecci6n, con tal que uno tenga el dinero sufi ciente y pueda protegerse
frente a la privatizaci6n de la redistri buci6n de riqueza mediante
actividades criminales y prcicticas fraudulentas depredadoras (que se han
multiplicado en todas par tes). Proliferan los centros comerciales e hipermegastores
(cuya construcci6n se ha convertido asimismo en un gran negocio ), asi como los
centros de comida rapida y mercadillos artesanales, ba zares ocasionales,
cafeterias de ambiente y establecimientos por el estilo en los que se practica,
como dice socarronamente Sharon Zukin, la «pacificaci6n mediante el
cappuccino». El desarrollo su-
10 Richard Bookstaber, A Demon of Our Own Design:
Markets, Hedge Funds, and the Perils of Financial Innovation, Nueva York,
Wiley, 2007; Frank Partnoy, Infectious Greed: How Deceit and Risk Corrupted
Financial Markets, Nueva York, Henry Holt, 2003 .
34
burbano incoherente, anodino y mon6tono que sigue
dominando en muchas partes del mundo encuentra ahora un revulsivo en el «nuevo
urbanismo» que proclama las excelencias de Ia vida en comunidades apartadas
(supuestamente intimas y seguras, a me nudo valladas y cerradas al exterior)
en las que los promotores inmobiliarios prometen un estilo de vida refinado
supuestamente capaz de cumplir todos los suefios urbanos. Es un mundo en el que
Ia etica neoliberal del intenso individualismo posesivo puede convertirse en
pauta para Ia socializaci6n de Ia personalidad huma n a. Su efecto es el
creciente aislamiento individualista, Ia ansiedad y Ia neurosis en medio de uno
de los mayores logros sociales (al menos a juzgar por su enorme envergadura y
su generalizaci6n a todos los niveles) jamas construido en la historia humana
para la realizaci6n de nuestros deseos mas profundos.
Pero las fisuras en el sistema son tambien muy
evidentes. Vivi mos en ciudades cada vez mas divididas, fragmentadas y
proclives al conflicto. La forma en que vemos el mundo y definimos nues tras
posibilidades depende del lado de la barrera en que nos halle mos y del nivel
de consumo al que tengamos acceso. En las ulti mas decadas el giro neoliberal
ha restaurado el poder de clase de las elites mas ricas1 1 • En un solo afio
los directivos de los principa les fondos de inversion en Nueva York obtuvieron
3 millardos de d6lares en remuneraciones personates y las primas de Wall Street
han aumentado vertiginosamente durante los ultimos afios, desde alrededor de 5
millones de d6lares hasta llegar a 50 millones para los principales
protagonistas (situando los precios del suelo en Manhattan a una altura
inalcanzable). En Mexico han aparecido catorce milmillonarios desde el giro
neoliberal de finales de la decada de 1980, entre los que se cuenta el hombre
mas rico de Ia tierra, Carlos Slim, al mismo tiempo que los ingresos de los po
bres en ese pais se han estancado o han disminuido. A finales de 2009 (despues
de que hubiera pasado lo peor de Ia crisis), habia en
1 1 D. Harvey, A Brief History of Neoliberalism,
cit.; Thomas Edsall, The New Politics ofInequality, Nueva York, Norton, 1985 .
35
China 1 1 5 milmillonarios, 1 0 1 en Rusia, 5 5 en
la India, 52 en Alemania, 32 en Gran Bretafia y 30 en Brasil, ademas de los 41
3 de Estados Unidos12• Los resultados de esta creciente polariza ci6n en la
distribuci6n de la riqueza y el poder estan indeleble mente grabados en las
formas espaciales de nuestras ciudades, en las que se van condensando
progresivamente fragmentos fortifi cados, comunidades cercadas y espacios
publicos privatizados bajo una vigilancia constante. La protecci6n neoliberal de
los de rechos de propiedad privada y sus valores se convierte en una for ma
hegem6nica de polftica, incluso para Ia clase media baja. En el mundo en
desarrollo, en particular, Ia ciudad
se esta dividiendo en partes separadas, en las que
parecen forrnarse muchos «microestados». Los vecindarios ricos provistos de
todo tipo de servicios, tales como escuelas exclusivas, campos de golf y de
tenis y patrullas de policia privada que recorren el area continuamen te, se
ven rodeadas por asentamientos ilegales donde solamente se puede obtener agua
en las fuentes publicas, no existen sistemas de evacuaci6n de residuos ni de
recogida de basuras, la electricidad solo esta al alcance de unos pocos privilegiados,
las calles se convierten en barrizales siempre que llueve y lo normal es
compartir la vivienda entre varias familias. Cada fragmento parece vivir y
funcionar aut6-nomamente, aferrandose firrnemente a lo que ha sido capaz de
pro veerse en la lucha cotidiana por la supervivencia13•
En esas condiciones los ideales de identidad
urbana, ciudada nia y pertenencia, y de una polftica urbana coherente, ya
amena zados por Ia creciente difusi6n de Ia etica neoliberal individualis ta,
se hacen mucho mas dificiles de sostener. Hasta la idea de que la ciudad podria
funcionar como un cuerpo politico colectivo, un
1 2 Jim Yardley y Vikas Bajaj, «Billionaires'
Ascent Helps India, and Vice Versa», New York Times, 27 de julio de 201 1 .
1 3 Marcello Balbo, «Urban Planning and the
Fragmented City of Deve loping Countries>>, Third World Planning Review
1 5/1 ( 1 993), pp. 23 -2 5 .
36
Iugar en y del que podrian emanar movimientos
sociales progre sistas, parece, al menos superficialmente, cada vez menos
creihle. Aun asi, de hecho hay todo tipo de movimientos sociales urbanos que
tratan de superar el aislamiento y de reconfigurar la ciudad respondiendo a una
imagen social diferente de la ofrecida por los poderes de los promotores
respaldados por el capital financiero y ernpresarial y un aparato estatal con
rnentalidad de negociante. Incluso administraciones urbanas relativamente conservadoras
tra tan de emplear su poder para experimentar nuevas formas de pro ducir lo
urbano y de democratizar su gobernanza. �Existe una al ternativa urbana, y en tal caso, de
d6nde podria provenir?
La absorci6n del excedente mediante la
transformaci6n urba na tiene empero un aspecto aun mas tenebroso: ha supuesto
repe tidas rachas de reestructuraci6n urbana mediante una «destruc ci6n
creativa» que casi siempre tiene una dimension de clase, ya que suelen ser los
mas pobres y menos privilegiados, los margina dos del poder politico, los que
mas sufren en esos procesos.
Para hacer surgir la nueva geografia urbana del
derrumbe de la antigua se requiere siempre violencia. Haussmann hizo derribar
los viejos barrios de Paris empleando poderes excepcionales de expropiaci6n,
supuestamente en beneficio publico, en nombre de los derechos de ciudadania, la
restauraci6n ambiental y la re novaci6n urbana. Consigui6 asi deliberadamente
expulsar del centro de Paris, junto con las industrias insalubres, a gran parte
de la clase obrera y otros elementos rebeldes que constituian una amenaza para
el orden publico y por supuesto para el poder poli tico, creyendo
(incorrectamente, como se comprob6 en la Comu na revolucionaria de Paris de 1
87 1) que aquella reforma urbana ofrecia un nivel suficiente de vigilancia y
control militar como para asegurar el facil sometimiento por la fuerza de las
clases re beldes. Pero como ya sefialaba Friedrich Engels en su folleto de
1872 Sobre el problema de Ia vivienda [Zur
Wohnungsfrage]:
En realidad Ia burguesfa solo dispone de un metodo
para resolver a su modo el problema de Ia vivienda, esto es, de resolverlo de
forma que
3 7
3 8
1 988 pana,
1 5
se perpettie, y ese metodo se llama
«haussmannizaci6n» [como yo de nominaria a] la pnictica generalizada de la
apertura de brechas en los barrios obreros, particularmente en los situados en
el centro de nues tras grandes ciudades, dejando a un lado que se justifique
por razones de salud publica, de embellecimiento de la ciudad, de demanda de
grandes edificios de negocios en el centro o por exigencias del tr:ifico como
el tendido de vias ferreas, Ia ampliaci6n de las avenidas, etcetera. Por
diferentes que sean las razones aducidas, el resultado es siempre el mismo: los
callejones mas escandalosos desaparecen con gran conten to de la burguesia por
su colosal exito, pero aparecen de nuevo en al gUn otto Iugar, a menudo muy
cerca [ . . .] Los focos de las epidemias, los infames agujeros y calabozos en
los que el modo capitalista de pro ducci6n confina a nuestros trabajadores una
noche tras otra, no son erradicados, jsino que simplemente se desplazan a otro
Iugar! La misma necesidad econ6mica que los gener6 antes los reproduce ahora14•
De hecho llev6 mas de cien afios completar Ia
conquista bur guesa del centro de Paris, con las consecuencias que hemos visto
en los ultimos afios: levantamientos y disturbios en los suburbios aislados en
los que se ven cada vez mas atrapados los emigrantes marginados, los obreros
desempleados y los j6venes. Lo mas tris te es que los procesos que describia
Engels se siguen reproducien do una y otra vez a lo largo de Ia historia del
urbanismo capitalis ta. Robert Moses le dio «un hachazo al Bronx» (con sus
propias infames palabras) que provoc6 largas y sonoras lamentaciones de los
grupos y movimientos vecinales, finalmente condensadas en Ia ret6rica de Jane
Jacobs sobre Ia inimaginable destrucci6n de un valioso tejido urbano asi como
Ia perdida de comunidades enteras de residentes y sus arraigadas redes de
integraci6n social15• Pero
14 Friedrich
Engels, The Housing Question, Nueva York, International Publishers ( 1 93 5),
pp. 74-77 [orig. en aleman: Zur Wohnungsfrage, en MEW
Band 1 8, Berlin, Dietz Verlag, 1 973, pp. 260-2 6
1 ] .
Marshall Berman, AllThat Is Solid Melts Into Air,
Londres, Penguin, [ ed. cast.: Todo lo solido se desvanece en el dire, Madrid,
Siglo XXI de Es 2000] .
en los casos de Paris y Nueva York, despues de que
las brutales expropiaciones a cargo del estado se vieron frenadas por la agita
ci6n politica y las luchas callejeras del 68, comenz6 un proceso de
transformacion mucho mas insidioso y canceroso mediante el so metimiento de
los gobiernos democraticos urbanos a la disciplina presupuestaria, la
liberalizacion del mercado del suelo y de la vi vienda, la especulacion
inmobiliaria y la recalificacion del suelo urbano para los usos que generaban
la tasa de ganancia financiera mas alta. Engels entendia muy bien de que iba
todo ese proceso:
El crecimiento de las grandes ciudades modernas da
al suelo en ciertas areas, particularmente en las situadas cerca del centro, un
va lor artificial mucho mayor; los edificios construidos en esas areas dis
minuyen ese valor en Iugar de aumentarlo, porque ya no correspon den a las
nuevas circunstancias; por eso son derribados y sustituidos par otros. Esto
sucede sabre todo con las viviendas de los trabajado res situadas cerca del
centro, cuyos alquileres, a pesar de Ia gran can tidad de gente que en elias
se aloja, nunca pueden aumentar mas alia de un limite, o en todo caso lo hacen
muy lentamente. Por elio son derribadas y en su Iugar se construyen nuevas
tiendas, almacenes y edificios publicos16•
Resulta deprimente pensar que todo esto se
escribiera en 1 872, ya que la descripcion de Engels se puede aplicar
directamente a los actuales procesos urbanos en gran parte de Asia (Nueva
Delhi, Seul, Bombay), asi como a la actual gentrificacion de ciertas areas de
Nueva York como Harlem y Brooklyn. La creacion de nuevas geografias urbanas
bajo el capitalismo supone inevitablemente desplazamiento y desposesion, como
horrorosa imagen especular de la absorcion de capital excedente mediante el
desarrollo urba no. Considerese el caso de Bombay y sus areas urbanas
aledaiias, donde 6 millones de sus habitantes son considerados oficialmente
1 6
Friedrich Engels, The Housing Quesfion, cit., p. 2 3 [ed. cast.: Zur Wo-
hnungsfrage, cit., p. 2 1 5] . (
39
chabolistas, alojados en su mayor parte en terrenos
sin propieta rio legal (los lugares donde viven aparecen en blanco en todos
los pianos de Ia ciudad). El in ten to de convertir Bombay en un centro
financiero global capaz de rivalizar con Shanghai ha acelerado el boom de Ia
construccion y el suelo que ocupan los «asentamientos irregulares» ha aumentado
increfblemente de valor afio tras afio. El de Dharavi, uno de los barrios
chabolistas mas conocidos de Bombay, se estima en tomo a los 2 millardos de dolares,
y Ia pre sion para desalojar a sus habitantes -aduciendo razones ambienta les
y sociales- aumenta dfa tras dfa. Los poderes financieros res paldados por el
estado presionan en favor de un desalojo por Ia fuerza, tomando posesion a
veces violentamente de un terreno ocupado desde hace una generacion por los
chabolistas. La acu mulacion de capital mediante Ia actividad inmobiliaria se
multi plica, dado que el coste del suelo es practicamente nulo. �Recibe alguna compensacion Ia gente obligada a
abandonar sus chabolas? Los mas afortunados han recibido algunas rupias, pero
aunque Ia Constitucion india proclama que el estado esta obligado a prote ger
Ia vida y el bienestar de toda Ia poblacion, sin hacer diferen cias por
razones de casta o de clase, y a garantizar su derecho a Ia vivienda, el
Tribunal Supremo ha reescrito esa exigencia constitu cional: los ocupantes
ilegales que no pueden demostrar fehacien temente su asentamiento durante
largo tiempo en el suelo que ocupan no tienen derecho a compensacion alguna,
porque reco nocer ese derecho, dice el Tribunal Supremo, equivaldrfa a pre
miar a los ladronzuelos y carteristas por sus acciones. Asf, los cha bolistas
se ven obligados a resistir y a luchar, o a empaquetar sus escasas pertenencias
y acampar al borde de las autovfas o donde puedan encontrar un diminuto
espacio17• Ejemplos similares de desposesion (aunque menos brutales y mas
legales) se pueden en-
17 Usha
Ramanathan «Illegality and the Urban Poor>>, Economic and Po litical
Weekly, 22 de julio de 2006; Rakesh Shukla, «Rights of the Poor: An Overview of
Supreme Court>>, Economic and Political Weekly, 2 de septiembre de 2006.
40
contrar en Estados Unidos, donde se abusa del
derecho a la expro piac ion para desplazar a quienes residian desde hace
tiempo en una vivienda razonable, en favor de usos mas rentables del suelo (tal
es como los bloques de apartamentos y los grandes almacenes). En el Tribunal
Supremo estadounidense los jueces liberales preva lecieron sobre los
conservadores diciendo que era perfectamente constitucional que las
jurisdicciones locales se comportaran de esa forma a fin de aumentar Ia base de
su recaudacion de impuestos.
En Seul, durante Ia decada de 1990, las empresas
constructo ras y los promotores inmobiliarios contrataron escuadrones de
luchadores de sumo para invadir barrios enteros y aplastar a ma zazos no solo
las viviendas sino tambien las posesiones de quienes se habian asentado cuatro
o cinco decadas antes en las colinas que ahora se habian convertido en un
terreno de gran valor. La mayo ria de sus laderas han quedado cubiertas por
grandes rascacielos que no muestran ninguna huella del brutal proceso de despose
sion que permitio su construccion. En China se esta desposeyen do actualmente
a millones de personas del espacio que llevaban ocupando toda Ia vida. Dado que
carecen de derechos de propie dad privada, el estado puede expulsarlos
simplemente con una or den administrativa, ofreciendoles como mucho un
pequefio pago en efectivo para facilitarles el traslado (antes de entregar el
suelo a los promotores con una elevada tasa de ganancia). En algunos casos la
gente se va sin mas, pero tambien llegan noticias de en carnizadas
resistencias, Ia respuesta a las cuales suele ser una bru tal represion por
parte de las autoridades. La poblacion rural de los alrededores de las grandes
ciudades se ve desplazada sin mu cha ceremonia al expandirse estas, como ya
habia vaticinado Le febvre en los afios sesenta presintiendo que Ia clara
distincion de otro tiempo entre Ia ciudad y el campo parecia irse difuminando
gradualmente dando Iugar a espacios porosos con un desarrollo geografico
desigual bajo el dominio del capital y del estado. En China las comunas rurales
en los alrededores de las ciudades (o al menos los lideres locales del partido)
pasaron del agotador traba jo de cultivar coles al relajado estatus de
rentistas urbanos al cons-
41
truirse en elias, pnicticamente de la noche a la
mafiana, grandes bloques de apartamentos. Asf sucede igualmente en la India,
don de la polftica de zonas especiales de desarrollo econ6mico promo vida por
el gobierno central y los gobiernos estatales ha acabado convirtiendose en una
violencia descarnada contra los producto res agrfcolas, como en el caso de la
masacre de Nandigram (Ben gala occidental) en 2007 ordenada por el «Frente de
Izquierdas» gobernante* con el fin de abrir espacios para la inversion de gran
des capitales indonesios, tan interesados en el desarrollo urbano como en el
industrial. En este caso los derechos de propiedad privada no supusieron
ninguna protecci6n.
Y lo mismo sucede con la propuesta aparentemente
progresis ta de conceder derechos de propiedad privada a las poblaciones
okupas, ofreciendoles bienes que les permitirfan salir de la pobre za. Ese es
el tipo de propuesta ofrecido a los favelados de Rfo de Janeiro, pero el
problema es que los pobres, acuciados por la in seguridad de sus ingresos y
sus frecuentes dificultades financieras, pueden facilmente ser persuadidos de
venderlos a un precio en efectivo relativamente bajo (los ricos se niegan en cambio
a re nunciar de ningnn modo a sus propiedades, por lo que Moses, a quien no le
result6 muy diffcil dar su «hachazo» en el Bronx, don de la mayorfa de la
gente contaba con muy bajos ingresos, no pudo hacer lo mismo en la opulenta
Park Avenue). Yo apostarfa a que, si se mantiene la tendencia actual, dentro de
quince afios todas esas colinas ahora ocupadas por favelas estanin cubiertas
por grandes bloques de apartamentos con fabulosas vistas a la ba hfa de Rfo,
mientras que los antiguos favelados habnin sido despla zados a alguna
periferia remota18• El efecto a largo plazo de la
* Que en las
elecciones de abril-mayo de 201 1 perdi6 el poder que habia ejercido durante 34
afios. {N. del T.]
18 Buena parte de estas ideas provienen de Ia obra
de Hernando de Soto,
The Mystery of Capital: Why Capitalism Triumphs in
the West and Fails Everywhere Else, Nueva York, Basic Books, 2000; vease el
repaso criitico de Timothy Mitchell, «The Work of Economics: How a Discipline
Makes its World>>, Archives Europiennes de Sociologie 46/2 (2005), pp.
297-320.
42
pr ivatizacion por Margaret Thatcher de las
viviendas sociales en e1 centro de Londres ha sido crear una estructura de
alquileres y precio de la vivienda en toda el area metropolitana que impide que
la gente con bajos ingresos e incluso la de clase media pueda acceder a una
vivienda cerca del centro urbano. El problema de la vivienda, como el de la
pobreza y la accesibilidad, se ha ido des plazando de un lugar a otro.
Esos ejemplos nos advierten de la existencia de
toda una bateria de soluciones aparentemente «progresistas» que no solo despla
zan el problema sino que de hecho lo refuerzan, al mismo tiempo que alargan la
cadena dorada que aprisiona a poblaciones vulne rables y marginadas dentro del
cerco de la circulacion y acumula cion del capital. Hernando de Soto
argumentaba que es la falta de derechos claros de propiedad la que mantiene en
la miseria a los pobres en gran parte del Sur Global (ignorando el hecho de que
la pobreza tambien abunda en sociedades donde estan claramente establecidos los
derechos de propiedad). Evidentemente, habra casos en que la concesion de tales
derechos en las favelas de Rio o en los barrios pobres de Lima libere energias
individuales y afanes empresariales que permitan el avance personal de algunos,
pero el efecto global suele ser el de destruir los modos colectivos de soli
daridad social y apoyo mutuo, no basados en la maximizacion del beneficio, sin
favorecer el alivio conjunto de la poblacion a falta de un empleo seguro y
adecuadamente remunerado. Julia Elya char, por ejemplo, sefiala que en El
Cairo esas politicas aparente mente progresistas han creado un «inercado de la
desposesion» que de hecho absorbe valor de una economia moral basada en el
respeto mutuo y la reciprocidad, en beneficio de las instituciones
capitalistas19•
Esa misma critica se puede aplicar en buena medida
a las solu ciones para la pobreza global basadas en los microcreditos y mi
crofinanzas, voceadas tan persuasivamente desde las instituciones
19 Julia Elyachar, Markets of Dispossession: NGOs,
Economic Development, and the State in Cairo, Chapel Hill, Duke University
Press, 2005.
43
financieras de Washington. En su encarnaci6n social
(tal como los proponia originalmente el premia Nobel de Ia Paz Muham mad
Yunus) los microcrc:!ditos han abierto efectivamente nuevas posibilidades y han
tenido un efecto significativo sabre las rela ciones de genera, con
consecuencias positivas para las mujeres, en paises como India y Bangladesh;
pero al mismo tiempo imponen sistemas de responsabilidad colectiva para el pago
de Ia deuda contraida que pueden coartar mas que liberar. En cuanto a las microfinanzas
tal como han quedado estructuradas por las institu ciones de Washington (a
diferencia de Ia orientaci6n social mas filantr6pica de los microcreditos
propuestos por Yunus), su efecto tiende a generar fuentes muy rentables de
ingresos (con tipos de interes por encima del 1 8 por 1 00 e incluso bastante
mas altos) para las instituciones financieras globales, en el seno de una es
tructura de comercializaci6n emergente que permite a las empre sas
multinacionales acceder al enorme mercado constituido por los dos mil millones
de personas que viven con menos de 2 d6la res al dia. Es a ese enorme «mercado
en Ia base de Ia piramide», como se le llama en los circulos empresariales, al
que el gran capi tal pretende llegar mediante redes complejas de vendedores
(prin cipalmente mujeres) vinculados mediante una cadena de mercado que va
desde los grandes centros multinacionales de distribuci6n hasta los vendedores
callejeros20• Estos ultimos, ligados por diver sas redes de relaciones
sociales, se hacen colectivamente respon sables del pago de Ia deuda mas
intereses que les permite comprar los articulos que mas tarde venden al por
menor. Como en el caso de Ia concesi6n de derechos de propiedad privados, es
casi seguro que algunas personas (Ia mayoria de elias mujeres) pueden incluso
alcanzar un estatus relativamente acomodado, al tiempo que se atenuan notorios
problemas en el acceso de los pobres a los pro-
20 Ananya Roy,
Poverty Capital: Microfinance and the Making of Develop ment, Nueva York,
Routledge, 2010; C. K. Prahalad, The Fortune at the Bottom of the Pyramid:
Eradicating Poverty Through Profits, Nueva York, Pear
son Prentice Hall, 2009.
44
ductos de consumo a un precio razonable; pero esto
no soluciona e1 problema de la pobreza urbana. La mayoria de los participantes
en el sistema de microfinanzas quedaran reducidos a la servidum bre por
deudas, encerrados en una posicion intermedia mal remu nerada entre las
empresas multinacionales y la poblacion empo brecida de los arrabales urbanos,
en beneficia siempre de las pri meras. Este es el tipo de estructura que
bloquea la exploracion de alternativas mas productivas, y ciertamente no brinda
ninglin tipo de derecho a la ciudad.
La urbanizacion, podemos concluir, ha desempefiado
un papel crucial en la absorcion de excedentes de capital, y lo ha hecho a una
escala geografica cada vez mayor, pero a costa de impetuosos procesos de
destruccion creativa que implican la desposesion de las masas urbanas de
cualquier derecho a la ciudad. Periodica mente esto da lugar a rebeliones como
la de Paris en 1 87 1 , cuan do los desposeidos se alzaron reclamando el
derecho a la ciudad que habian perdido. Los movimientos sociales de 1 968, desde
Pa ris y Bangkok hasta Ciudad de Mexico y Chicago, pretendian pa recidamente
definir un modo de vida urbana diferente al que les estaban imponiendo los
promotores capitalistas y el estado. Si, como parece probable, las dificultades
fiscales de la actual coyun tura aumentan y la fase hasta ahora exitosa,
neoliberal, posmoder nista y consumista de absorcion capitalista del excedente
median te la urbanizacion, esta llegando a su fin iniciandose una crisis mas
amplia, cabe preguntarse: (Donde esta nuestro 68, o para plan tearlo aun mas
dramaticamente, nuestra version de la Comuna?
Por analogia con las transformaciones en el sistema
recaudato rio, la respuesta politica debera ser mucho mas compleja en nues
tra epoca, precisamente porque el proceso urbana es ahora de ambito planetaria
y esta atravesado por todo tipo de fisuras, inse guridades y desarrollos
geograficos desiguales. Pero como canta ba Leonard Cohen, esas grietas son
«las que dejan pasar la luz». Hay atisbos de rebelion en todas partes (la
agitacion en China e India es cronica, hay guerras civiles en Africa, Latinoamerica
hierve, en todas partes surgen movimientos autonomos y hasta en
45
Estados Unidos hay indicios politicos que sugieren
que la mayo ria de la poblaci6n piensa, con respecto a las terribles
desigualda des, que «jYa basta!». Cualquiera de esas rebeliones podrfa de
repente hacerse contagiosa. A diferencia del sistema tributario, no obstante,
los movimientos de oposici6n urbanos y periurba nos, que abundan en todo el
mundo, no estan apenas vinculados entre sf. De hecho, muchos no tienen ninguna
conexi6n con otros. Es por tanto muy improbable que una sola chispa incendie la
pradera, como se solia decir en otto tiempo. Hara falta algo mucho mas
sistematizado. Pero si esos diversos movimientos de oposici6n se unieran de
alglin modo -por ejemplo, en torno a la reivindicaci6n del derecho a la
ciudad-, �que deberfan
exigir?
La respuesta a esta ultima pregunta es bastante
sencilla: mayor control democratico sobre la producci6n y uso del excedente.
Dado que el proceso de urbanizaci6n es un importante canal de uso, el derecho a
la ciudad se constituye estableciendo un control democratico sobre la
aplicaci6n a la urbanizaci6n de los exceden tes. Tener excedentes no es algo
malo de por sf; de hecho, en mu chas situaciones es crucial para la
supervivencia. Durante toda la historia del capitalismo, parte del valor
excedente creado ha sido recaudado por el estado, y en las fases
socialdem6cratas esa pro porci6n aument6 significativamente, poniendo buena
parte del excedente bajo el control estatal. Todo el proyecto neoliberal du
rante los ultimos treinta afios ha estado orientado a la privatiza ci6n del
control sobre el excedente, pero los datos para todos los pafses de la OCD E
muestran que la proporci6n del PIB de la que ha dispuesto el estado se ha
mantenido en general constante des de la decada de 1 970. El principal logro del
asalto neoliberal ha sido pues impedir que siguiera aumentando como lo hizo
durante los afios cincuenta y sesenta. Otto aspecto ha sido crear nuevos
sistemas de gobierno que integran los intereses del estado y de las empresas, y
que mediante la aplicaci6n del poder del dinero ase guran que el control sobre
el desembolso del excedente en la con figuraci6n del proceso urbano mediante
el aparato estatal favo rezca al gran capital y a las clases altas.
46
El aumento de la proporcion del excedente bajo
control estatal so lo servira de algo si se reforma el propio estado poniendolo
bajo el control democratico del pueblo. El derecho a la ciudad va ca yendo
cada vez mas, por desgracia, en manos de intereses priva dos o casi privados.
En la ciudad de Nueva York, por ejemplo, tenemos un alcalde milmillonario,
Michael Bloomberg, que esta reconfigurando la ciudad de acuerdo con los
intereses de los pro motores inmobiliarios, de Wall Street y de la clase capitalista
trans nacional, mientras la sigue vendiendo como un Iugar optima para los
grandes negocios y un destino fantastico para los turistas, con virtiendo
Manhattan en una vasta comunidad de acceso restringi do, unicamente para ricos
(su eslogan desarrollista ha sido, ironi camente, «construir como Robert Moses
pero sin olvidar a Jane Jacobs»21). En Seattle es otro milmillonario, Paul
Allen, quien
ll eva la voz
cantante, y en Ciudad de Mexico el hombre mas rico del mundo, Carlos Slim, ha
hecho pavimentar de nuevo las calles del centro para complacer el gusto de los
turistas. Pero no son solo ricachones individuates los que ejercen el poder
directo: en la ciudad de New Haven, carente de recursos propios para la rein
version urbana, es la U niversidad de Yale, una de las mas ricas del mundo, la
que esta redisefi.ando gran parte del tejido urbana para adecuarlo a sus
necesidades. La Universidad Johns Hopkins esta hacienda lo mismo en el este de
Baltimore y la Universidad de Columbia planea hacerlo en ciertas areas de Nueva
York (susci tando en ambos casas movimientos de resistencia vecinales, como lo
ha hecho el intento de privatizacion del suelo en Dharavi). El derecho a la
ciudad actualmente existente, tal como esta ahara constituido, es demasiado
estrecho y esta en la mayoria de los casas en manos de una pequefi.a elite
politica y economica con capacidad para configurar la ciudad segtl.n sus propias
necesidades particulares y sus deseos mas intimas.
2 1
toral, York,
Scott Larson, Building Like Moses with Jane Jacobs
in Mind, tesis doc Earth and Environmental Sciences Program, City University
of New
2010.
47
Pero consideremos ahora la situaci6n mas
estructuralmente: en enero de cada afio se publica una estimaci6n del total de
pri mas [bonus] ganadas esforzadamente en Wall Street durante todo el
ejercicio por los grandes gestores financieros. En 2007, un afio desastroso
para los mercados financieros se mire como se mire (aunque no tan malo como el
siguiente, claro esta), esas primas sumaron 3 3 .200 millones de d6lares, solo
un 2 por 1 00 menos que el afio anterior (buena retribuci6n por desquiciar el
sistema financiero mundial). A mediados del verano de 2007 la Reserva Federal y
el Banco Central Europeo inyectaron en el sistema fi nanciero millardos de
d6lares en creditos a corto plazo para ase gurar su estabilidad, y Ia Reserva
Federal redujo espectacular mente los tipos de interes a medida que avanzaba
el afio cada vez que los mercados de Wall Street amenazaban caer vertiginosa
mente. Entretanto, entre dos y tres millones de personas -princi palmente
familias monoparentales encabezadas por mujeres, afro americanas en las
principales ciudades y blancas marginadas en la semiperiferia urbana- eran
desahuciadas de sus hogares, quedan do muchas de ellas sin techo. En Estados
Unidos muchos barrios e incluso comunidades periurbanas enteras quedaron
practica mente vacfos como consecuencia de las practicas crediticias de
predadoras de las instituciones financieras. Esa gente no recibia primas. De
hecho, dado que el desahucio significa condonaci6n de la deuda* y que eso es
considerado como un ingreso, muchos de los desahuciados tuvieron que afrontar
enormes recargos de im puestos por un dinero que nunca estuvo en sus manos.
Esa espan tosa asimetria plantea Ia siguiente cuesti6n: �por que no extendie ron Ia Reserva Federal y el
Tesoro estadounidense su ayuda de liquidez a medio plazo a los hogares
amenazados con el desahucio hasta que la reestructuraci6n de su hipoteca con un
tipo de interes razonable resolviera parte al menos del problema? Se podria ha
ber mitigado la ferocidad de la crisis del credito y protegido a la gente
empobrecida y los barrios que habitaban. Ademas, el siste-
* No en todas partes, como bien sabemos en Espana.
{N. del T]
48
01a financiero global no habrfa estado al borde de
la insolvencia rotal, como sucedi6 un afio despm!s. Evidentemente, esto habrfa
extendido la mision de la Reserva Federal mas alla de sus lfmites habituales y
habrfa violado la regla ideologica neoliberal de que en caso de conflicto entre
el bienestar de las instituciones finan cieras y el del pueblo, este tiene que
cargar con los gastos. Tam bien habrfa ido contra los principios de la clase
capitalista con respecto a la distribucion de los ingresos y la idea liberal de
res ponsabilidad personal. Pero basta considerar el precio que se pag6 por
observar tales reglas y la insensata destruccion creativa que causaron. �No se podrfa y se deberfa hacer algo para invertir
esas opciones polfticas?
Cabe esperar que durante el siglo XXI lleguemos a
ver un mo vimiento coherente de oposicion a todo esto. Existen, por supues
to, multitud de luchas y movimientos sociales urbanos (en el sen tido mas
amplio del termino, incluyendo los movimientos en la periferia rural), y
abundan en todo el mundo las innovaciones ur banas con respecto a la
sostenibilidad medioambiental, la incor poracion cultural de los inmigrantes y
el disefio habitacional de los espacios publicos; pero todavfa tienen que
converger en el pro posito concreto de obtener un mayor control sobre los usos
del excedente (por no hablar de las condiciones de su produccion). Un paso
hacia la unificacion de esas luchas, aunque no fuera en absoluto el ultimo,
serfa el de concentrarse en esos momentos de destruccion creativa en que en la
economfa de acumulacion de riqueza se transfigura violentamente en economfa de
desposesion, reivindicando abiertamente el derecho de los desposefdos a su
ciudad, su derecho a cambiar el mundo, a cambiar la vida y a rein ventar la
ciudad de acuerdo con sus propios deseos. Ese derecho colectivo, entendido a un
tiempo como consigna de trabajo y como ideal politico, nos retrotrae a la
antiqufsima cuestion de quien esta al mando de la conexion intema entre
urbanizacion y produccion Y uso del excedente. Quiza, despues de todo, Lefebvre
tenia ra zon, hace mas de medio siglo, al insistir en que la revolucion de
nuestra epoca tiene que ser urbana, 0 no sera.
49
CAPITULO DOS
La s rafces urbanas de las crisis ca pitalistas
En un articulo publicado en el New York Times el 5
de febrero de 2 0 1 1 con el titulo «Housing Bubbles Are Few and Far Bet
ween», Robert Shiller, economista al que muchos consideran el mayor experto
estadounidense en cuestiones de vivienda dado su papel en la elaboraci6n del
fndice Case-Shiller sobre el precio de Ia misma, intentaba tranquilizar a todos
afirmando que la recien te burbuja inmobiliaria era un «acontecimiento
infrecuente, que no se repetiria en muchas decadas». La «enorme burbuja inmo biliaria»
de principios de siglo «no se puede comparar con nin giln ciclo nacional o
internacional en ese sector. Las anteriores burbujas fueron menores y mas
regionales». Los unicos antece dentes equiparables, aseguraba, fueron las
burbujas del precio del suelo en Estados Unidos a finales de la decada de 1 83
0 y du rante la de 1 8501•
Como demostrare, se trata de una lectura
asombrosamente equivocada y peligrosa de la historia del capitalismo. El hecho
de que haya pasado tan inadvertida atestigua un punto ciego muy serio en el
pensamiento econ6mico contemporaneo, que desgra ciadamente parece darse
igualmente en la econornia politica mar xista. La crisis de la vivienda en
Estados Unidos en 2007-2 0 1 0, aunque haya sido mas profunda y mas larga que
la mayorfa -de hecho, bien puede marcar el fin de una era en la econornia
estado unidense-, no careda de precedentes en su relaci6n con las per
turbaciones macroecon6micas del mercado mundial, y hay sefia les de que esta a
punto de repetirse.
1 Robert
Shiller, «Housing Bubbles are Few and Far Between», New York Times, 5 de
febrero de 201 1 .
5 1
La economfa convencional trata rutinariamente Ia
inversion en el entorno construido en general, y en Ia vivienda en particu
lar, asf como Ia urbanizaci6n, como algo marginal con respecto a los asuntos
supuestamente mas importantes que se desarrollan en una entidad ficticia
llamada «Ia economfa nacional». El sub campo de Ia «economfa urbana» es pues
un tema al que se dedi can economistas de segunda fila, mientras que los mas
brillantes aplican sus habilidades macroecon6micas en otros terrenos, e in cluso
cuando prestan atenci6n a los procesos urbanos, los pre sentan como si las
reorganizaciones espaciales, el desarrollo re gional y Ia construcci6n de
ciudades fueran meros resultados de procesos a mayor escala que no se ven
afectados apenas por lo que producen2• Asf, en el Informe sobre Desarrollo del
Banco Mun dial de 2 009, que por primera vez se tom6 en serio Ia geografia
econ6mica y el desarrollo urbana, los autores no paredan pensar que nada
pudiera ir tan catastr6ficamente mal como para deto nar una crisis en el
conjunto de Ia economfa. Escrito por econo mistas (sin consultar a ge6grafos,
historiadores o soci6logos ur banos), su prop6sito era supuestamente explorar
Ia «influencia de Ia geografia en las oportunidades econ6micas» y elevar «el
espacio y el Iugar, de meras cuestiones secundarias, a un papel mas
importante».
Sus autores se esforzaban de hecho por demostrar
que Ia apli caci6n de los paradigmas habituales de la economfa neoliberal a
los temas urbanos (como dejar al estado fuera de la tarea de regu lar
seriamente los mercados del suelo y la propiedad inmobiliaria y minimizar las
intervenciones de la planificaci6n urbana, regio nal y espacial en pro de la
justicia social y de la igualdad regional), era Ia mejor de forma para aumentar
el crecimiento econ6mico (con otras palabras, Ia acumulaci6n de capital). Aunque
tenfan Ia
2 Es bastante
sorprendente -dice Charles Leung en «Macroeconomics and Housing: A Review of
the Literature>>, Journal of Housing Economics 1 3 (2004), pp. 249-267-,
que sean tan escasos el solapamiento y Ia interacci6n entre los textos sobre
macroeconomfa y sobre Ia vivienda.
52
decencia de «lamentar» no disponer del tiempo y el
espacio sufi ciente para explorar en detalle las consecuencias sociales y
medio ambientales de sus propuestas, creian simplemente que las ciuda des que
proporcionan
mercados fluidos para el suelo, Ia propiedad
inmobiliaria y otras ins tituciones de apoyo -tales como Ia protecci6n de los
derechos de propiedad, Ia ejecuci6n obligada de los contratos y Ia financiaci6n
de Ia vivienda-, prosperarian probablemente con el tiempo a medida que se
modificaran las necesidades del mercado. Ciudades con exito han relajado las
!eyes sobre las zonas para permitir a los usuarios con mayores recursos apostar
por el suelo valioso y han adoptado nuevas regulaciones de uso para adaptarse a
su papel, que va cambiando con el tiempo3•
Pero el suelo no es una mercancia en el sentido mas
corriente de Ia palabra. Es una forma ficticia de capital que deriva de las
expectativas de futuras rentas. El intento de maximizar su rendi miento ha
expulsado durante los ultimos afi.os de Manhattan y del centro de Londres a las
familias de bajos o moderados ingresos, con efectos catastr6ficos sobre las
disparidades de clase y el bie nestar de las poblaciones menos privilegiadas.
Eso mismo es lo que ejerce una presion tan intensa sobre el suelo de alto valor
en Dharavi (Bombay), un barrio de chabolas poblado por alrededor de un mill6n
de habitantes que el informe caracteriza correcta mente como un ecosistema
productivo humano. En resumen, el informe defiende el fundamentalismo de
mercado que ha dado Iugar al terremoto macroecon6mico por el que acabamos de
pasar (aunque siga manifestando replicas) al tiempo que ha generado movimientos
sociales urbanos de oposici6n a Ia gentrificaci6n, a
. 3 World Development Report 2009: Reshaping
Economic Geography, Was-hmgton DC, World Bank, 2009; David Harvey, «Assessment:
Reshaping Economic Geography: The World Development Report>>, Development
and Change Fwum 2009 40/6 (2009), pp. l, 269-2 78.
53
la destruccion del media ambiente y al uso de las
expropiaciones (o de metodos mas brutales) para desalojar a los residentes y
per mitir un uso mas rentable del suelo.
Desde mediados de la decada de 1 980 la politica
urbana neoli beral (aplicada, por ejemplo, en toda la Union Europea) concluyo
que la redistribucion de la riqueza a las barriadas, ciudades y regio nes
menos aventajadas era imitil, y que los recursos debian canali zarse por el
contrario hacia los palos de crecimiento «empresaria les» mas dinamicos. Una
version espacial del «goteo» se encargaria de resolver, en el proverbial largo
plaza (que nunca llega) esas la tosas desigualdades regionales, espaciales y
urbanas. jEntregar la ciudad a los promotores y especuladores financieros
redunda, se gtin ese mantra, en beneficia de todos! Si el estado chino hubiera
liberalizado el uso del suelo en sus ciudades, entregandolo a las fuerzas del
libre mercado -aseguraba el informe del Banco Mun dial-, su economia habria
crecido alin mas rapidamente.
El Banco Mundial favorece abiertamente al capital
especulati vo por encima del pueblo. Nunca cuestiona la idea de que a una
ciudad le puede ir bien (en terminos de acumulacion de capital) aunque a su
poblacion (aparte de un sector privilegiado) y al me clio ambiente les vaya
mal. Alin peor, el informe es profundamen te complice de las politicas que
fomentaron la crisis de 2007-2009, lo que resulta particularmente llamativo ya
que se publico seis meses despues de la bancarrota de Lehman Brothers y aproxima
damente dos afios despues de que el mercado estadounidense de la vivienda se
ensombreciera y comenzara el tsunami de los de sahucios. Se nos dice, por
ejemplo, sin un asomo de comentario critico, que
desde la desregulaci6n de los sistemas financieros
en la segunda mi tad de la decada de 1 980, la financiaci6n de la vivienda con
criterios de mercado se ha expandido rapidamente. Los mercados de hipote cas
residenciales equivalen ahara en los pafses desarrollados a mas del 40 por 1 00
del producto interior bruto (PIB), pero en los pafses en desarrollo es mucho
mas pequefi.o y en promedio no llega al 1 0
54
por 1 00 del PIB. El papel de los gobiernos deberfa
consistir en esti mular una participacion privada bien regulada [ . . .]
Establecer los fundamentos legales para contratos hipotecarios simples,
ejecuta bles y prudentes serfa un buen comienzo. Cuando el sistema de un pais
esta mas desarrollado y es mas maduro, el sector publico puede alentar un
mercado hipotecario secundario, desarrollar innovacio nes financieras y
expandir Ia titulizacion de las hipotecas. Las vivien das que son propiedad de
sus ocupantes, habitualmente el mayor activo con mucho de una familia, es
importante en Ia creacion de riqueza, Ia seguridad social y Ia politica. La
gente propietaria de su vivienda o que goza de una tenencia segura suele
participar mas ac tivamente en su comunidad y es por tanto mas probable que
presio ne por una disminucion del crimen, una gobernanza mas fuerte y mejores
condiciones medioambientales locales4.
4 World
Development Report, cit., p. 206. Tres de los autores del Infor me
respondieron mas tarde a las criticas de los geografos, pero eludieron
cualquier consideracion de las criticas mas basicas que yo habia planteado
(como Ia de que «la tierra no es una mercancia» y que existe una relacion no
examinada entre las crisis macroeconomicas y las politicas de Ia vivien da y
Ia urbanizacion), aduciendo sorprendentemente que todo lo que yo argumentaba
realmente era «que Ia reciente crisis de las hipotecas subpri me en Estados
Unidos implica que Ia financiacion de Ia vivienda no sirve en absoluto para
atender a las necesidades de cobijo de los pobres en los paises en
desarrollo>>, y que esto quedaba, en su opinion, «fuera del ambi to del
lnforme>>. lgnoraron, pues, absolutamente los fundamentos de mi critica.
Vease Uwe Deichmann, Indermit Gill y Chor-Ching Goh, «Tex ture and
Tractability: The Framework for Spatial Policy Analysis in the
World Development Report 2009>>, Cambridge
Journal of Regiom, Economy and Society 4/2 (20 1 1), pp. 1 63 - 1 74. El unico
grupo de economistas que han reconocido desde hace tiempo Ia importancia de que
«los valores in mobiliarios y de Ia construccion hayan subido
considerablemente poco an tes de las principales depresiones>> y hayan
«desempeiiado un importan te papel en el desarrollo de Ia burbuja y Ia
subsiguiente implosion>>, es el
? e los
seguidores de Henry George, que desgraciadamente son tambien 1gnorados
totalmente por los principales economistas. Vease Fred Fold vary, «Real Estate
and Business Cycles: Henry George's Theory of the Trade Cycle>>, ponencia
presentada en Ia Lafayette College Henry George Conference, 1 3 de junio de 1
99 1 .
5 5
Esas aseveraciones resultan bastante asombrosas
dados los re cientes acontecimientos. Dan pabulo al negocio de las hipotecas
basura, alentado por mitos de facil asimilacion sobre los benefi cios de la
propiedad de la vivienda para todos y el hacinamiento de hipotecas toxicas en
CDOs altamente valoradas para ser ven didas a inversores ingenuos. Promueve la
proliferacion de urbani zaciones perifericas que consumen mucho mas suelo y
energia de lo que seria razonable para la sostenibilidad del planeta como ha
bitat para la poblacion humana. Los autores podrian argiiir plau siblemente
que no entraba en sus atribuciones relacionar el tema de la urbanizacion con el
problema del calentamiento global. AI igual que Alan Greenspan, podrian
argumentar tambien que les habian pillado por sorpresa los acontecimientos de
2007-2009 y que no cabia esperar que anticiparan ninglin problema en el esce
nario rosado que pintaban. AI insertar los terminos «prudente» y «bien
regulado» en su argumentacion se habian «protegido», por decirlo asi, frente a
posibles criticas.
Pero dado que citan innumerables ejemplos
historicos, «pru dentemente elegidos» para apuntalar sus tesis neoliberales, �como se les pudo pasar que la crisis de 1 973 se
inicio con un crac del mercado global inmobiliario que provoco la quiebra de
varios bancos? �No se dieron cuenta de que la crisis de «Asociaciones de Credito y
Ahorro» [Savings and Loans] de finales de la deca da de 1 980 en Estados
Unidos, inducida igualmente por las So ciedades de Credito Inmobiliario, clio
Iugar al hundimiento de cientos de instituciones financieras costandoles unos
200 mi llardos de dolares a los contribuyentes estadounidenses (una si
tuacion que irrito tanto a William Isaac, entonces presidente de la Corporacion
Federal de Segura de Depositos [Federal Deposit Insurance Corporation, FDIC] ,
que en 1 987 amenazo a la Asocia cion de Banqueros Americanos con la
nacionalizacion si no en mendaban su comportamiento)? �Que el final del boom japones en 1 990 (del que J
apon todavia no se ha recuperado) fue provo cad a por una caida vertiginosa de
los precios del suelo? �Que el sistema bancario sueco tuvo que ser
nacionalizado en 1 992
56
como consecuencia de los excesos en el mercado
inmobiliario? 2 Que uno de los desencadenantes del colapso en el este y sures
te de Asia en 1 99 7 - 1 998 fue el excesivo desarrollo urbano en Tailandia?5•
2D6nde estaban los economistas del Banco Mundial
mientras sucedfa todo esto? Desde 1 973 ha habido cientos de crisis finan
cieras (mientras que antes eran mucho menos frecuentes), y buen numero de ellas
han sido provocadas por el desarrollo inmobilia rio o urbano. Casi cualquiera
que se hubiera puesto a pensar so bre ello -incluyendo, al parecer, a Robert
Shiller- sabfa que algo estaba yendo muy mal en el mercado de la vivienda
estadouniden se a partir de 200 1 , poco mas o menos, pero crefan que era algo
excepcional, no sistemico6•
Shiller podrfa argiiir, por supuesto, que todos los
demas ejem plos mencionados eran meros acontecimientos regionales. Pero
entonces, desde el punto de vista de los brasileiios o los chinos, tambien lo
era la crisis de la vivienda de 2007-2009. Su centro fue el suroeste de Estados
U nidos y Florida (con algunas repercusio nes en Georgia), junto con otros
puntos calientes (la crisis de eje cuciones hipotecarias que comenz6 a finales
de la decada de 1 990 en areas pobres de ciudades antiguas como Baltimore y
Cleveland era demasiado local y -<<poco importante» porque los afectados
eran en su mayoria afroamericanos y miembros de las minorias).
lnternacionalmente, Espana y Irlanda se vieron muy golpeadas, y
5 Graham Turner, The Credit Crunch: Housing
Bubbles, Globalisation and the Worldwide Economic Crisis, Londres, Pluto, 2008;
David Harvey, The Condition of Postmodernity, Oxford, Basil Blackwell, 1 989,
pp. 1 45 - 1 46, 1 69 [ed. cast. : La condici6n de Ia posmodernidad, Buenos
Aires, Amo
rrortu, 1 998] .
6 Cfr. David Harvey, The New Imperialism, Oxford,
Oxford University Pres s, 2003 , p. 1 1 3 [ed. cast.: El nuevo imperialismo,
Madrid, Aka!, 2004, p. 95], donde yo apuntaba que «alrededor del 20 por 1 00
del crecimiento del PI B estadounidense en 2002 se podia atribuir a Ia
refinanciaci6n por parte de los consumidores de su deuda hipotecaria>>, y
que «suscitan mucha preo cupaci6n las eventuales consecuencias que podrfan
derivarse del pinchazo de esa burbuja de Ia propiedad inmobiliaria>>.
57
tambien Gran Bretaiia, aunque en menor medida; pero
no hubo serios problemas en los mercados inmobiliarios de Francia, Ale mania,
los Paises Bajos o Polonia, ni en aquel momento en el conjunto de Asia.
Pero una crisis regional centrada en Estados Unidos
se iba a globalizar, evidentemente, de una forma mucho mas notoria que en los
casos de, digamos, Japan o Suecia a principios de la decada de 1 990. Ya la
crisis de Savings & Loans en 1 987 (el aiio en que tambien se produjo una
severa caida bursatil juzgada, err6neamente, como un incidente sin ninguna
relaci6n) tuvo ramificaciones globales. Lo mismo cabe decir de la muy subes
timada crisis del mercado inmobiliario global a principios de 1 97 3 . La
opinion predominante es que lo mas importante de aquel aiio fue el enorme
aumento del precio del petr6leo en otoiio; pero el crac inmobiliario le
precedi6 en seis meses y la recesi6n estaba ya en marcha en otoiio (vease la
figura 1) . El crac del mercado inmobiliario clio lugar (por obvias razones de
in gresos) a la crisis recaudatoria de algunos estados (lo que no habria
sucedido si la recesi6n solo hubiera sido provocada por el precio del
petr6leo). La subsiguiente crisis fiscal de la Ciudad de Nueva York en 1 97 5
fue enormemente importante porque en aquel momento controlaba uno de los
mayores presupuestos publicos del mundo (provocando ruegos del presidente
frances y del canciller federal aleman occidental de que se rescatara a la
ciudad para evitar una implosion global de los mercados finan cieros). Nueva
York se convirti6 entonces en el centro de inven ci6n de practicas liberales
para premiar el «riesgo moral» de los bancos de inversion y hacer que la gente
corriente pagara la reestructuraci6n de los contratos y servicios municipales.
El im pacto del crac inmobiliario mas reciente tambien ha provocado la
bancarrota virtual de estados como California, provocando enormes tensiones
sobre las finanzas de gobiernos estatales y municipales y el empleo publico en
practicamente todo Estados Unidos. La historia de la crisis fiscal de la ciudad
de Nueva York en la decada de 1 970 parecia presagiar fantasmaticamente la del
58
estado de California, que hoy dfa tiene el octavo
presupuesto publico mayor del mundo7•
La Oficina Nacional de lnvestigaci6n Econ6mica ha
desente rrado recientemente otro ejemplo del papel de los booms inmobi
liarios en Ia genesis de severas crisis del capitalismo. A partir de un estudio
de los datos de Ia propiedad inmobiliaria en Ia decada de 1 920, William
Goetzmann y Frank Newman «concluyen que los titulos inmobiliarios emitidos por
las autoridades afectaron a la actividad constructora en Ia decada de 1 920 y
que el hundi miento de su valor pudo inducir, mediante el mecanismo del ciclo de
garantfas, la subsiguiente crisis bursatil de 1 92 9- 1 930». Con respecto a Ia
vivienda, Florida era, entonces como ahora, un cen tro de intenso desarrollo
especulativo, donde el valor nominal de un edificio pudo incrementarse basta un
8 .000 por 1 00 entre 1 9 1 9
y 1 92 5 . A
escala nacional, las estimaciones del aumento del precio de Ia vivienda durante
el mismo periodo rondan el 400 por 1 00. Pero esto era una minucia comparado
con el desarrollo comercial centrado casi enteramente en Nueva York y Chicago,
donde se tramaron para alimentar el boom todo tipo de apoyos financieros
y procedimientos
de titulizaci6n «sin paralelo basta mediados de Ia decada de 2000». Aun mas
expresivo es el grafico elaborado por Goetzmann y Newman sobre Ia construcci6n
de rascacielos en Nueva York (vease Ia figura 2). Los booms de Ia construcci6n
que precedieron a los cracs de 1 929, 1973, 1 987 y 2000 sobresalen como puntas
de Ianza. Los grandes edificios que vemos a nuestro alrededor en Ia ciudad de
Nueva York, sefi.alan pateticamente, re presentan «algo mas que un movimiento
arquitect6nico; fueron en gran medida Ia manifestaci6n de un fen6meno
financiero ge neralizado». Recordando que los titulos inmobiliarios eran du-
7 William Tabb, The Long Default: New York City and
the Urban Fiscal Crisis, Nueva York, Monthly Review Press, 1 982; David Harvey,
A Brief History ofNeoliberalism, cit.; Ashok Bardhan y Richard Walker,
«California, Pivot of the Great Recession>>, Berkeley, Institute for
Research on Labor and Employment, 2010.
59
rante la decada de 1920 «tan t6xicos como lo son
ahora», prosi guen y concluyen:
El panorama de Nueva York recuerda con fuerza Ia
capacidad de Ia titulizaci6n para conectar el capital de los especuladores con
las empresas de Ia construcci6n. Una mayor comprensi6n del tem prano mercado
de titulos inmobiliarios podria ofrecernos datos validos para modelar el
escenario de eventuales catastrofes en el futuro. El optimismo en los mercados
financieros tiene la capaci dad de elevar el precio del acero, pero no hace
que un edificio sea rentable sin mas8•
Evidentemente, las alzas y cafdas del mercado
inmobiliario est:in inextricablemente entrelazadas con los flujos financieros
especula tivos y tienen graves consecuencias para la macroeconomfa en ge
neral, asf como todo tipo de efectos extemos relacionados con el agotamiento de
recursos y la degradaci6n medioambiental. Ade mas, cuanto mayor es la
proporci6n de los mercados inmobiliarios en el PIB, mas importancia cobra la
conexi6n entre financiaci6n e inversion en el entomo construido como generadora
potencial de grandes crisis. En el caso de los pafses en desarrollo como
Tailandia
8 William
Goetzmann y Frank Newman, «Securitization in the 1 920s>>, Working
Papers, National Bureau of Economic Research, 2010; Eugene White, «Lessons from
the Great American Real Estate Boom and Bust of the 1 920s>>, Working
Papers, National Bureau of Economic Research, 2010; Kenneth Snowden, «The
Anatomy of a Residential Mortgage Crisis: A Look Back to the 1930s>>,
Working Papers, National Bureau of Economic Research, 2010. Una conclusion
cardinal que extraen todos ellos es que una mayor atenci6n a lo que habfa
ocurrido entonces habrfa ayudado segura mente a los gobernantes a evitar los
errores cr6nicos de los ultimos afios, observaci6n a Ia que tambien deberfan
atender los economistas del Banco Mundial. En un articulo publicado en 1940
-<<Residual, Differential and Absolute Urban Ground Rents and Their
Cyclical Fluctuations>>, Econome trica 8 (1 940), pp. 62 -78- Karl
Pribam mostraba que durante el periodo anterior a Ia Primera Guerra Mundial «Ia
construccion anticipaba entre uno y tres afios en Gran Bretafia y Alemania las
contracciones y expansiones de Ia economfa>>.
60
Figura 1 . El hundimiento del mercado inmobiliario
en 1973
GO% Tasa
anual de cambio de Ia deuda hipotecaria en Estados Unidos, 1 955- 1 976
40
20
1 959 1 963 1
967 1 971 1
975
$5 00
400
300
200
100
Precios
de las acciones de los trusts inmobiliarios en
Estados Unidos, 1 966-1 975
o
+-
1 967 1 969 1 971 1
973
."C�
.£
400
300
200
100
I ndica
de las cotizaciones de acciones inmobiliarias en el
Reino Unido, 1961 -1975
1 962 1 964 1 966 1
968 1 970 1
972 1 974
Aiio
Fuente: US
Department of Commerce
6 1
Figura 2. Rascacielos construidos en New York City,
1 890-2010
50
Numero de edificios de mas de 70 m de altura
40
30
20
1 0
o+-�
1890 1910 1930 1950 1970 1990 2010
Ario
Fuente: William Goetzmann y Frank Newman,
«Securitization in the 1920s», NBER Working Paper 15650
-donde las hipotecas sobre viviendas equivalen tan
solo, si el infor me del Banco Mundial dice Ia verdad, al 10 por 1 00 del
PIB-, si bien un crac inmobiliario podria contribuir a un colapso macroeco
n6mico (del tipo del que ocurri6 en 1997 - 1998), probablemente no podria
provocarlo por si solo, mientras que en Estados Unidos, donde Ia deuda
hipotecaria equivale al 40 por 100 del PIB, cierta mente podria hacerlo y asi
sucedi6 al generar Ia crisis de 2007-2009.
LA PERSPECTIVA MARXISTA
Dado que la teoria burguesa, si no totalmente
ciega, al menos carece de capacidad para relacionar el desarrollo urbano con
las perturbaciones macroecon6micas, se podria pensar que los criticos
marxistas, con sus muy pregonados metodos materialistas-hist6ri cos, habrian
salido a Ia palestra con energicas denuncias del aumen to de los alquileres y
las salvajes desposesiones caracteristicas de lo que Marx y Engels
caracterizaban como segunda forma de explota-
62
cion de la clase obrera, extorsionada por los
propietarios de suelo y viviendas, y habrian confrontado la apropiacion del
espacio urbano mediante la gentrificacion, la construccion de apartamentos de
lujo y la «disneyficacion» con la barbara falta de viviendas accesibles para la
gran mayoria de la poblacion y la degradacion del medio ambiente urbano (tanto
fisica, de la que puede servir como ejemplo
[ a
contaminacion del aire que se respira, como social, con la Hamada «desatencion
benigna», no solo de la educacion sino de muchos otros servicios sociales, en
la variante neoliberal del clasico laissez faire). Cierto es que se han podido
oir voces de protesta de un res tringido circulo de teoricos y urbanistas
marxistas (entre los que me cuento)9; pero en general el discurso de los
pensadores marxistas es lamentablemente parecido al de los economistas
burgueses. Los ur banistas son considerados especialistas, mientras que el
micleo au tenticamente significativo de la teorizaci6n macroeconomica mar
xista se sittia en otto sitio. De nuevo, la ficcion de una economia nacional
cobra prioridad debido a que es en ella donde se pueden encontrar mas datos, aunque
tambien, para ser honesto, donde se toman las principales decisiones politicas.
Si no se acaba de enten der el papel del mercado inmobiliario en la generaci6n
de las con diciones para la crisis de 2 007-2009 y sus secuelas de desempleo y
austeridad (administrados en buena medida al nivel
local y munici pal), es porque no hay ninglin serio intento serio de integrar
una
comprension del proceso de urbanizacion y de
formacion del en tomo construido en la teoria general de las leyes dinamicas
del ca pital. Como consecuencia, muchos teoricos marxistas, enamorados
apasionadamente de las crisis, tienden a tratar la mas reciente como una
manifestacion de su version preferida de la teoria al respecto (ya sea la caida
de la tasa de beneficia, el subconsumo o cualquier otra).
� Veanse las
mesuradas evaluaciones y contribuciones de Brett Christo phe rs: «On Voodoo
Economics: Theorising Relations of Property, Value and Contemporary
Capitalism>>, Transactions, Institute of British Geog;raphers,
New Series 3 5 (20 10), pp. 94- 1 08; «Revisiting
the Urbanization of Capi tal>>, Annals of the Association ofAmerican
Geog;raphers 1 0 1 (20 1 1), pp. 1 - 1 8.
63
El propio Marx es en cierta medida culpable, aunque
involun tario, de ese estado de cosas. En la introducci6n a los Gnmdrisse deda
que su objetivo al escribir El Capital era explicar las leyes generales del
movimiento de este, para lo que debia concentrarse exclusivamente en la
producci6n y realizaci6n del plusvalor abs trayendolas y excluyendo lo que
llamaba «particularidades» de la distribuci6n (interes, rentas, impuestos e
incluso los salarios rea les y la tasa de beneficia), ya que estas son accidentales,
coyuntu rales y dependientes del momenta y el Iugar. Tambien dej6 de lado las
circunstancias especificas de las relaciones de intercam bio, como Ia oferta y
Ia demanda y el grado de competencia. Cuando Ia oferta y Ia demanda estan en
equilibria, argumentaba, no sirven para explicar nada, mientras que las leyes
inapelables de la competencia funcionan como responsables de su cumplimiento
mas que como determinantes de las leyes generales del movimien to del capital.
Esto induce inmediatamente a preguntarse que es lo que ocurre cuando falta ese
mecanismo de puesta en vigor, como ocurre en condiciones de monopolio, y que
ocurre cuando incluimos como variable Ia competencia espacial, que es, como se
sabe desde hace tiempo, una forma de competencia monopolista (como en el caso
de Ia competencia interurbana). Finalmente, Marx presenta el consumo como una
«singularidad» -las circuns tancias unicas que constituyen conjuntamente un
modo de vida en comun-, que al ser ca6tica, impredecible e incontrolable, que da
por tanto fuera, en su opinion, del campo de la economia poll rica ( el
estudio del valor de uso, declara en la prim era pagina de El Capital,
corresponde a Ia historia y no a la economia politica). Hardt y Negri se han
esforzado recientemente por resucitar este concepto, ya que ven las
singularidades, que surgen de Ia prolife raci6n y bienes comunes y siempre
apuntan a ellos, como un as pecto clave de Ia resistencia.
Marx tambien distinguia otto nivel, el de Ia
relaci6n metab6li ca con la naturaleza, que al ser una condici6n universal de
todas las formas de sociedad humana es por tanto bastante irrelevante para Ia
comprensi6n de las leyes generales del movimiento del
64
capi tal, entendido como construcci6n social e
hist6rica especifica. Las cuestiones medioambientales tienen por esa raz6n una
pre sencia muy borrosa en El Capital (lo que no significa que Marx las con
siderara poco importantes o insignificantes, del mismo modo que tampoco
minusvaloraba el consumo ni lo consideraba irrele vante como cuesti6n social
generica)10•
En casi todo El Capital, Marx se atuvo en general
al marco di seii.ado en los Grundrisse. Se concentr6 principalmente en la ge
neralidad de la producci6n de plusvalor excluyendo todo lo de
m as, aunque
de vez en cuando reconocia que habia problemas en ese planteamiento. Sefialaba
por ejemplo su «distinto nivel»: tie rra, trabajo, dinero y mercancias son
hechos cruciales de la pro ducci6n, mientras que el interes, las rentas, los
salarios y los bene ficios quedan excluidos del analisis como particularidades
de la distribuci6n
La ventaja del planteamiento de Marx es que permite
una presentaci6n muy clara de las leyes generales del movimiento del capital de
una forma que prescinde de las condiciones espe cfficas y particulares de su
epoca (tales como las crisis de 1 84 7-1848 y 1 857 - 1 858). Por eso se le
puede leer todavia hoy y sigue siendo relevante para nuestra epoca; pero ese
planteamiento su pone tambien ciertas desventajas. Para empezar, Marx deja
claro que el analisis de una sociedadlsituaci6n capitalista realmente existente
requiere una integraci6n dialectica de lo universal, lo general, lo particular
y los aspectos singulares de una sociedad pensada como una totalidad organica
en funcionamiento. No podemos esperar, por tanto, explicar acontecimientos
particulares (como la crisis de 2007-2009) simplemente en terminos de las leyes
generales del movimiento del capital (y esa es una de mis
10 Karl Marx, Grundrisse, Hannondsworth, Penguin,
1973, 1 (2) «The Ge neral Relation of Production to Distribution, Exchange,
Consumption>>, pp . 88- 1 00 [orig. en aleman: en MEW Band 42, pp. 24-34
I en cast.: Elemen tos Fundamentales para Ia critica de Ia economia politica
(borrador) 1857-1858, Mexico, Siglo XXI, 1 97 1 , A 2): «Relacion general entre
Ia produccion, Ia distribucion, el cambio y el consumo>>, pp. 8- 1 9] .
65
objeciones a quienes tratan de embutir los hechos
de la actual crisis en determinada teorfa de la cafda tendencial de la tasa de
ganancia). Pero, recfprocamente, tampoco podemos intentar tal explicacion sin
referirnos a las leyes generales del movimiento del capital, aunque el propio
Marx parece hacerlo en su presen tacion en El Capital de la crisis financiera
y comercial «indepen diente y autonoma» de 1 847- 1 848, 0 incluso mas
espectacular mente en sus estudios historicos El Dieciocho Brumario y La Lucha
de Clases en Francia, donde no se mencionan nunca las le yes generales del
movimiento del capital1 1 •
En segundo lugar, las abstracciones al nivel de
generalidad elegido por Marx comienzan a resquebrajarse conforme avanza la
argumentacion en El Capital. Hay muchos ejemplos de esto, pero el mas notable y
en cualquier caso el mas cercano a mi ar gumentacion aquf es el de su
exposicion del sistema de credito. Varias veces en el primer volumen y
repetidamente en el segun do, Marx lo menciona pero lo deja de lado como un
aspecto de la distribucion que todavfa no esta preparado para afrontar. Las
leyes generales del movimiento estudiadas en el segundo volu men, en
particular las de la circulacion del capital fijo (incluida la inversion en el
entorno construido) y los periodos de trabajo, de produccion y de circulacion,
asf como la velocidad de rota cion, acaban no solo invocando sino necesitando
el sistema de cre dito. Es muy explfcito a este respecto. Cuando comenta que
el capital-dinero adelantado debe ser siempre mayor que el aplica do en la
produccion de plusvalor a fin de afrontar con exito di ferentes periodos de
rotacion, seiiala que los cambios en estos pueden «liberar» parte del dinero
avanzado antes: «El capital monetario liberado asf por el mero mecanismo del
movimiento de rotacion desempeiiara necesariamente (junto al capital mo
netario liberado por el reflujo paulatino del capital fijo y al que
I I Para mas detalles, vease David Harvey, «History
versus Theory: A Commentary on Marx's Method in Capital>>, Historical
Materialism, Vol. 20/2 (201 2), pp. 3 - 38 .
66
se necesita en cada proceso de trabajo como capital
variable) un jmport ante papel en cuanto se desarrolle el sistema crediticio,
del que debe constituir, al mismo tiempo, uno de los fundamentoS>>12• En
este y otros comentarios similares queda claro que el sistema de credito se
hace absolutamente necesario para la circulaci6n del capital y que habria que
incorporar a las leyes generales del
111 ovimiento
del capital un estudio del sistema de credito; pero cuando entramos en el
analisis de este en el Tercer Volumen, encontramos que el tipo de interes (una
particularidad) queda determinado conjuntamente por la oferta y la demanda y la
in tensidad de la competencia, dos cuestiones concretas que antes habian
quedado totalmente excluidas del nivel te6rico de gene ralidad al que preferia
ceiiirse Marx.
Menciono esto porque se ha ignorado en buena medida
la importancia de las limitaciones que Marx impuso a sus investi gaciones en
El Capital. Cuando esas limitaciones quedan no solo superadas sino
quebrantadas, como sucede en el caso del credito y el interes, se abren nuevas
perspectivas para la teorizaci6n que van mas alla de las que el propio Marx
habia despejado. El mis mo reconoci6 al principia de su investigaci6n que esto
podria suceder. En los Grundrisse decia por ejemplo al hablar del con sumo, la
categoria mas recalcitrante frente al analisis dadas sus singularidades, que
aunque, al igual que el estudio de los valores de uso, «de hecho queda fuera de
la economia», existe la posibi lidad de que reaccione «a su vez sobre el punto
de partida (la producci6n) e inicie de nuevo to do el proceso»13• Asi sucede
particularmente con el consumo productivo y el propio proceso de trabajo. Mario
Tronti y quienes han seguido sus pasos, como Tony Negri, estan pues totalmente
acertados al ver el propio proceso de trabajo constituido como una
singularidad, interiori-
1 2 Karl Marx, El Capital, Volumen 2 , tomo 1 ,
Cap. XV, Madrid, Aka!, 2000, p. 367 [Ia cursiva es mia, D. H.] .
1 3 Marx, Grundrisse, cit., p. 89 de Ia ed. en
ingles [p. 2 5 en aleman, p. 1 0 en castellano] .
67
zada en las leyes generales del movimiento del
capitaP4• Las le gendarias dificultades afrontadas por los capitalistas cuando
tra tan de movilizar el «espfritu animal» de los trabajadores para producir
plusvalor seiialan la existencia de esta singularidad en el micleo mismo del
proceso productivo (como veremos ense guida, en ninglin lugar queda esto mas
claro que en el sector de la construcci6n). lnteriorizar el sistema de credito
y la relaci6n entre el tipo de interes y la tasa de beneficia dentro de las
leyes generales de la producci6n, circulaci6n y realizaci6n del capital es
asimismo una necesidad perentoria si queremos utilizar con provecho el aparato
te6rico de Marx para analizar los aconteci mientos actuales.
Sin embargo, la integraci6n del credito en la
teoria general tiene que hacerse cuidadosamente, preservando, aunque en un es
tado trasformado, los avances te6ricos ya obtenidos. No pode mos, por ejemplo,
tratar el sistema de credito simplemente como una entidad aut6noma, una especie
del eflorescencia localizada en Wall Street o en la City de Londres que flotara
libremente por encima de las actividades terrenales del comtl.n de los
mortales. Gran parte de la actividad basada en el credito puede ser efectiva
mente espuma especulativa, una asquerosa excrecencia de la avidez humana de
riqueza y poder, pero otra gran parte es fundamental y absolutamente necesaria
para el funcionamiento del capital. No es facil precisar la frontera entre lo
que es necesario y lo que es (a) necesariamente ficticio (como en el caso de la
deuda estatal e hi potecaria) y (b) puro exceso.
Evidentemente, tratar de analizar la dinamica de la
reciente crisis y sus consecuencias sin referirse al sistema de credito (cuando
las hipotecas suponen el 40 por 1 00 del PIB estadouni dense), el consumismo
(70 por 1 00 de la fuerza impulsora de la
14 Mario
Tronti, «The Strategy of Refusal>>, en Operai e Capitate, Turfn, Einaudi,
1 966, trad. al ingles en libcom.org; Antonio Negri, Marx Beyond Marx: Lessons
on the Gnmdrisse, Londres, Autonomedia, 1 989 [ ed. cast. :
Marx despuis de Marx, Madrid, Aka!, 200 1 ] .
68
economia estadounidense frente al 3 5 por 1 00 en
China), y Ia jntensidad de Ia competencia (poder de los monopolios en el
mercado financiero, inmobiliario, del pequeiio comercio y mu chos otros) seria
un intento ridiculo. En Estados Unidos perma necen insertos en los mercados
secundarios de Fannie Mae y Freddie Mac 1 ,4 billones de d6lares en hipotecas,
muchas de elia s t6xicas, que han obligado al gobierno a dedicar 400 millar
dos de d6lares (de los que ya se han gastado alrededor de 142 millardos) a intentar
rescatarlos. Para entenderlo tenemos que desentraiiar lo que Marx podia querer
decir con Ia categoria de «capital ficticio» y su conexi6n con los mercados del
suelo y Ia propiedad inmobiliaria. Necesitamos entender como la tituliza ci6n,
como Ia Haman Goetzmann y Newman, conecta «el capi tal de un publico
especulativo con las empresas constructoras»; 2no desempeii6 acaso un papel
fundamental en Ia generaci6n de esta crisis Ia especulaci6n en el precio del
suelo y Ia vivienda y en los alquileres?
El capital ficticio, para Marx, no es un producto
de Ia imagina ci6n de alglin agente de Wall Street adicto a Ia cocaina. Es un
fe tiche construido, lo que significa, seglin su caracterizaci6n del
fetichismo en el primer volumen de El Capital, que aun siendo real es un
fen6meno superficial que encubre algo mas importante en las relaciones sociales
subyacentes. Cuando un banco presta al estado y recibe a cambia un inten!s,
parece como si en el estado hubiera algo directamente productivo, que produce
realmente va lor, cuando la mayor parte (aunque no todo, como mostrare ense
guida) de lo que hace el estado (como las guerras) no tiene nada que ver con Ia
producci6n de valor. Cuando el banco presta a un consumidor para que se compre
una casa y recibe a cambia un flujo de interes, hace que parezca como si en la
casa hubiera algo que esta produciendo directamente valor, cuando no es asi.
Cuan do los bancos compran bonos para financiar la construcci6n de hospitales,
universidades, escuelas y cosas parecidas a cambia de un interes, parece como
si en esas instituciones se estuviera produ ciendo valor, cuando no es asi.
Cuando los bancos prestan para
69
comprar suelo e inmuebles de los que se podra
extraer una renta, entonces Ia categoria distributiva de Ia renta queda
absorbida en el flujo de Ia circulacion de capital ficticio15 . Cuando los
bancos prestan a otros bancos o cuando el Banco Central presta a los bancos
comerciales que prestan a los especuladores inmobiliarios que tratan de
apropiarse de una renta, el capital ficticio se parece cada vez mas a una
regresion infinita de ficciones construidas so bre ficciones. El
apalancamiento en proporciones cada vez mas altas (prestar treinta en Iugar de
tres veces Ia cantidad de los de positos en efectivo disponibles) magnifica Ia
cantidad ficticia de capital-dinero en circulacion. Todos esos son ejemplos de
forma cion y flujos de capital ficticio; y son esos flujos los que convierten
Ia propiedad real en algo irreal.
Lo que decia Marx es que el interes que se paga
proviene de Ia produccion de valor en algU.n otro Iugar: impuestos o extrac
cion directa de produccion de plusvalor, o gravamenes e ingre sos (salarios y
beneficios). Y para Marx, por supuesto, el unico Iugar donde se crean el valor
y el plusvalor es en el proceso la boral de produccion. Lo que aparece como
circulacion de capital ficticio puede ser socialmente necesario para mantener
el capi talismo; puede formar parte de los costes necesarios de produc cion y
reproduccion. Las empresas capitalistas pueden extraer formas secundarias de
plusvalor mediante Ia explotacion de los trabajadores empleados por los
pequelos comerciantes, bancos y fondos protegidos; pero lo que afirma Marx es
que si no se pro dujera valor y plusvalor en Ia produccion en general,
entonces esos sectores no podrfan existir por sf mismos. Si no se produje ran
camisas y zapatos, �que venderfan los comerciantes de ropa
y calzado?
Hay sin embargo una precaucion enormemente
importante a tener en cuenta. Parte del flujo de lo que parece ser capital
ficti cio puede participar de hecho en Ia creacion de valor. Cuando
15 Karl Marx,
E/ Capital, Volumen 3, tomo 2, caps. XXIV y XXV, Ma drid, Aka!, 2000.
70
convierto mi casa hipotecada en un taller
clandestino empleando
a inmigrantes
ilegales, la casa se convierte en capital fijo en la producci6n. Cuando el
estado construye carreteras y otras infra estructuras que funcionan como
medios de producci6n colecti vos para el capital, estos tienen que ser
clasificados como «gastos productivos del estado». Cuando un hospital o una
universidad se convierten en un centro para Ia innovaci6n y el disefio de nue
vas medicinas, nuevos equipos y demas, se convierten en centros de producci6n.
Marx no se habria desconcertado por esas mati zaciones. Como dice del capital
fijo, que algo funcione o no como tal depende de su uso y no de sus cualidades
fisicas16• El capital fijo disminuye cuando los altillos o s6tanos dedicados a
la pro ducci6n textil se convierten en nuevos aposentos habitables o nuevos
apartamentos, o cuando Ia microfinanciaci6n convierte las chozas campesinas en
capital fijo (mucho mas barato) al dedi carlas a la producci6n.
Gran parte del valor y el plusvalor creados en la
producci6n es absorbido y desviado, pasando por todo tipo de vias complicadas,
hacia canales ficticios; y cuando los bancos prestan a otros bancos o se
apalancan mutuamente, se posibilitan todo tipo de pagos co laterales y
movimientos especulativos socialmente innecesarios, construidos sobre el
terreno perpetuamente movedizo de Ia fluc tuaci6n de los valores. Estos
dependen de un proceso critico de «capitalizaci6n» que Marx consideraba como
una via de forma cion de capital ficticio:
Se capitaliza todo ingreso peri6dico calcuhindolo
segiln el tipo medio de inten!s, como rendimiento que darla un capital prestado
con ese tipo de inten!s [ . . . ] Para quien compra ese titulo de propie rlad,
la anualidad [dinero recibido] representa en realidad los intere ses de su
capital invertido. De este modo se pierde hasta el ultimo
16 David
Harvey, The Limits to Capital, Oxford, Blackwell, 1 982, cap. 8.
[ed. cast. : Los limites del capital. Los limites
del capital y Ia teoria marxista, Me xico, Fondo de Cultura Econ6mica, 1 990]
.
7 1
rastro de cualquier conexi6n con el proceso real de
valoraci6n del
capital, reforzandose la noci6n del capital como un
automata que se va loriza a sf mismo [die Vorstellung vom Kapital als einem
sich durch sich selbst verwertenden AutomatenP 7•
A una corriente de ingresos (rentas) procedentes de
algU.n ac tivo como la tierra, edificios, unas acciones o cualquier otra cosa,
se le asigna un valor como capital por el que puede ser intercam biado,
dependiendo de los tipos de inten!s y de descuento deter minados por las
condiciones de la oferta y la demanda en el mer cado monetario. La valoraci6n
de esos activos cuando no hay un mercado para ellos se convirti6 en un enorme
problema en 2 008 y no ha desaparecido. La evaluaci6n de la toxicidad de los
acti vos en posesi6n de Fannie Mae provocaria dolor de cabeza a cualquiera (�emil es el valor real de una casa desalojada para
la que no hay compradores?). Ahi se oy6, en la teoria econ6mica convencional de
principios de la decada de 1 970, un importante eco de la controversia sobre el
valor del capital, aunque qued6 prontamente silenciado, junto con otras muchas
verdades incon venientes.
El problema que plantea el sistema crediticio es
que por un lado es vital para la producci6n, circulaci6n y realizaci6n de los
flujos del capital, al mismo tiempo que es, por otto, el pin:iculo de todo tipo
de especulaci6n y otras «formas disparatadas». Eso es lo que llev6 a Marx a
decir que Isaac Pereire -quien junto con su hermano Emile fue uno de artifices
de la reconstrucci6n especu lativa del Paris urbano con Haussmann- «reunia en
su persona los rasgos de un estafador con los de un profeta»18•
17 Karl Marx,
El Capital, Volumen 3 , tomo 2 , Cap. XXIX, Madrid, Akal, 2000, p. 1 8 3 ;
Geoffrey Harcourt, Some Cambridge Controversies in the Theory of Capital,
Cambridge, Cambridge University Press, 1 972 (la cursi va es mia, D . H.).
1 8 Karl Marx, El Capital, Volumen 3, tomo 2,
Madrid, Akal, 2000, p.
149. Tanto
Isaac como Emile, dicho sea de paso, formaban parte del movi miento utopista
saintsimoniano antes de 1 848.
72
LA ACUMULACION DE CAPITAL MEDIANTE LA URBANIZACION
La urbanizaci6n, como vengo argumentando desde hace
tiem po, ha sido uno de los medias clave para Ia absorci6n de los exce dentes
de capital y de trabajo durante toda Ia historia del capita lismo19. Ejerce
una funci6n muy particular en Ia dinamica de acumulaci6n del capital debido a
los largos periodos de trabajo y de rotaci6n y Ia larga vida de Ia gran mayoria
de las inversiones en el entorno construido. Tambien tiene una especificidad
geografica unica que convierte Ia producci6n del espacio y de monopolios es
paciales en parte intrinseca de Ia dinamica de acumulaci6n, no solo en virtud
de las pautas cambiantes de los flujos de mercancias en el espacio, sino
tambien en virtud de Ia propia naturaleza de los espa cios y lugares creados y
producidos en los que tienen Iugar tales movimientos. Pero precisamente porque
toda esa actividad -que dicho sea de paso, es un terreno enormemente importante
para Ia producci6n de valor y plusvalor- es a tan largo plazo, exige como algo
absolutamente fundamental para su funcionamiento cierta com binaci6n de
capital financiero e intervenci6n estatal. Esta actividad es claramente
especulativa a largo plazo y siempre corre el riesgo de reproducir, mucho mas
adelante y a escala muy ampliada, las pro pias condiciones de sobreacumulaci6n
que ayuda inicialmente a ali viar. De ahi el car:icter proclive a las crisis
de las inversiones urbanas y en otros tipos de infraestructuras fisicas
(ferrocarriles y autovias transcontinentales, grandes presas y cosas
parecidas).
El car:icter ciclico de tales inversiones ha
quedado bien docu mentado para el siglo XIX en Ia meticulosa obra de Brinley
Thomas (vease Ia figura 3)20. Pero Ia teoria de los ciclos econ6micos en Ia
construcci6n se descuid6 despues de 1945, por poner una fecha, en
1 9 David Harvey, The Urbanisation ofCapital,
Oxford, Blackwell, 1 985; y The Eniwna of Capital, And the Crises of
Capitalism, cit.; Brett Christophers, «Revisiting the Urbanization of
Capital>>, Annals of the Association ofAmeri can Geographers 10116 (20 1
1), pp. 1 - 1 1 .
20 Brinley Thomas, Migration and Economic Gruwth: A
Study of Great Bri tain and the Atlantic Economy, Cambridge, Cambridge
University Press, 1973 .
73
parte porque las intervenciones de estilo
keynesiano dirigidas par el estado se consideraron sufici entemente eficaces
para contrarres tarlos. Robert Gottlieb, en un detallado estudio de muchos
ciclos locales en Ia construcci6n (publicado en 1976), detect6 ciclos largos en
Ia construcci6n residencial, con una periodicidad media de 1 9,7 afios y una
desviaci6n tipica de cinco afios, si bien sus datos tam bien sugerian que esas
oscilaciones habfan menguado, si no desapareci do, durante el periodo posterior
a la Segunda Guerra MundiaF 1 • Pero el abandono de las intervenciones
sistemicas antidclicas de tipo keynesiano desde mediados de Ia decada de 1970
en muchos pafses del mundo induda a pensar que un regreso a ese comporta
miento dclico era alga mas que una mera posibilidad, y eso es exac tamente lo
que hemos vista, aunque yo creo que se puede argu mentar que tales cambios
dclicos escin ahara mas estrechamente relacionados con las burbujas efimeras de
activos que en el pasado (si bien los estudios de la Oficina Nacional de
Investigaci6n Econ6-mica sabre la decada de 1920 podrian ser considerados una
prueba en contra de esa opinion). Esos movimientos dclicos han mostrado tambien
-lo que tiene la misma importancia- una configuraci6n geografica mas complicada,
en Ia que las expansiones en un Iugar (el sur y oeste de Estados Unidos en Ia
decada de 1 980) coinciden con contracciones en otros lugares (las viejas
ciudades desindustria lizadas del Media Oeste durante el mismo periodo).
Sin una perspectiva general de ese tipo no podemos
siquiera empezar a entender Ia dinamica que llev6 en 2008 a Ia catastrofe del
mercado de Ia vivienda y Ia urbanizaci6n en ciertas regiones y ciudades de
Estados Unidos, asf como en Espana, Irlanda y el Reina Unido. Par Ia misma
raz6n, tampoco podemos entender algunas de las vias que se siguen ahara,
particularmente en China, para salir del embrollo que se produjo
fundamentalmente en otros lugares; ya que asf como Brinley Thomas document6
movimien tos antidclicos entre Gran Bretafia y Estados Unidos durante el
2 1 Leo Grebler, David Blank y Louis Winnick,
Capital Formation in Re sidential Real Estate, Princeton, Princeton University
Press, 1 956.
74
Figura 3. Ciclos largos en Ia construcci6n
en Estados Unidos y en el Reino Unido
Actividad constructors per capita en Estados
Unidos, t 9 t 0- t 950 (en d61ares de 1913 per capita)
.5."',. 60
40
"
� 20 /\ /
0.
"' -1 I I
0 I V
1830 1850 1870 1890 1910 1930 1950
25 Venta de terrene publico (en millones de
acres) en Estados Unidos, 1 800-1930
1810 1 830 1
850 1 870 1 890
"' 20 Diferentes ritmos de inversi6n en el entorno
construido en relaci6n con el PIB
� en
Estados Unidos y en el Reino Unido, 1 860-1 970
:c
0
.§ 1 6
'0
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1 850 1 870 1
890 1910 1
930 1 950 1
970
Ano
Fuente: Brinley Thomas, Migration and Economic
Growth:
A Study of Great Britain and the Atlantic Economy,
Cambridge,
Cambridge University Press
75
siglo XIX, de modo que una expansion en la
construccion residen cial a un lado del Atlantica iba acompafiada por una
contraccion al otro lado, ahora vemos que el estancamiento en la construccion
en Estados Unidos y en gran parte de Europa occidental se ve compensado por un
enorme expansion de la inversion en urbani zacion y en infraestructuras en
China (con ramificaciones en otros lugares, en particular en los paises
agrupados bajo las siglas BRIC). Y aunque solo sea para precisar esa
macro-imagen, debemos se fialar inmediatamente que Estados Unidos y Europa
occidental estan empantanadas en tasas muy bajas de crecimiento, mientras que
China registra una tasa anual de crecimiento del 10 por 1 00 (seguida de cerca
por los otros BRIC).
La presion del mercado de la vivienda y el
desarrollo urbano en Estados Unidos para absorber el excedente y el capital
sobre acumulado mediante la actividad especulativa comenzo a inten sificarse
a mediados de la decada de 1 990, cuando el secretario de Vivienda y Desarrollo
Urbano del presidente Clinton, Henry Cisneros, presento la «Estrategia Nacional
de Propiedad de la Vivienda» [National Homeownership Strategy: Partners in the
American Dream] que debia conferir los supuestos beneficios de la propiedad de
su domicilio a la poblacion con bajos ingresos y a las minorias. Se ejercieron
presiones politicas sobre institucio nes financieras respetables, incluidas
Fannie Mae y Freddie Mac (empresas patrocinadas por el gobierno federal que
emitian y comercializaban las hipotecas), para que aliviaran las condicio nes
de prc:!stamo acomodandose a esa iniciativa. Las instituciones hipotecarias
respondieron con gusto -prestando sin restriccio nes y cortocircuitando los
controles reguladores- mientras que sus directores cosechaban enormes fortunas
personales, todo ello en nombre del bienestar publico y de la ayuda a la gente
menos privilegiada para que disfrutara de los supuestos benefi cios de la
propiedad de su vivienda. Ese proceso se acelero enor memente tras la
implosion de la burbuja de la Nueva Economia la gran caida de la bolsa en 200 1
. Para entonces el lobby de la vi vienda, encabezado por Fannie Mae, se habia
consolidado con-
76
virtiendose en un centro autonomo de creciente
riqueza, in fluencia y poder capaz de corromperlo todo, desde el Congreso y
las agencias reguladoras hasta prestigiosos economistas acade
; nicos
(incluido Joseph Stiglitz) que publicaban sin parar volu minosos estudios
«demostrando» que esas actividades eran de muy bajo riesgo. La influencia de
esas instituciones, unida a los bajos tipos de interes propiciados por Alan
Greenspan en la Re serva Federal, alimentaron incuestionablemente la expansion
de Ia construccion y comercializacion de viviendas22• Como sefialan Goetzmann y
Newman, las finanzas (respaldadas por el estado) pueden construir ciudades y
urbanizaciones perifericas, pero eso no significa que puedan hacerlas
rentables. �Que fue
entonces lo que propulso la demanda?
CAPITAL FICTICIO Y FICCIONES QUE NO PUEDEN DURAR
Para entender esa dinamica tenemos que entender
como se combinan la circulacion del capital productivo y la del ficticio en el
seno del sistema de credito en el contexto de los mercados in mobiliarios. Las
instituciones financieras prestan a los promoto res, propietarios de suelo y
empresas constructoras para construir, digamos, una urbanizacion periferica en
tomo a San Diego o blo ques de apartamentos en Florida o en el sur de Espana.
La viabi lidad de ese sector se basa en la suposicion de que ese valor se
puede no solo producir sino tambien realizar en el mercado. Ahi es donde entra
en escena el capital ficticio. Se presta dinero a los compradores que
supuestamente pueden devolverlo a partir de sus ingresos (salarios o
beneficios), y se capitaliza como un flujo de interes sobre el capital
prestado. Se necesita pues un flujo de
n Los detalles de esas decisiones descaradas y
devastadoras son descri tos en Gretchen Morgenson y Joshua Rosner, Reckless
Endangerment: How Outsized Ambition, Greed and Corruption Led to Economic
Armageddon, Nueva York, Times Books, 201 1 .
77
capital ficticio para completar el proceso de la
producci6n y reali zaci6n del valor de las viviendas y edificios comerciales.
Esta diferencia se parece a la que existe entre lo
que Marx de nomina en El Capital «capital prestado» para la producci6n y el
descuento de titulos de credito que facilita la realizaci6n de valo res en el
mercado23• En el caso de la construcci6n de casas y apar tamentos, digamos en
el sur de California o en Florida, la misma compafiia financiera puede
financiar la construcci6n y la compra de lo que se ha construido. En algunos
casas organiza preventas de apartamentos en edificios que todavia no se han construido.
El capital manipula y controla por tanto en cierta medida tanto la oferta como
la demanda de nuevas viviendas y apartamentos asi como de edificios comerciales
(lo que es absolutamente opuesto al funcionamiento libre del mercado que da por
sentado el lnforme del Banco Mundial)24•
Pero la relaci6n entre oferta y demanda es
asimetrica, porque el tiempo de producci6n y circulaci6n para las viviendas y
edificios comerciales es muy largo comparado con el de la mayoria de las
mercancias. Ahi es donde se hacen cruciales los tiempos dispares de producci6n,
circulaci6n y rotaci6n que Marx analiza tan perspi cazmente en el segundo
volumen de El Capital. Los contratos que financian la construcci6n son firmados
mucho antes de que pue dan comenzar las ventas. Las diferencias temporales son
a menudo muy sustanciales, y esto es particularmente cierto para los edificios
comerciales. El Empire State Building de Nueva York se inaugur6 el 1 de mayo de
1 93 1 , casi dos afios despues del crac de la balsa y mas de tres afios
despues del crac inmobiliario. Las Torres Geme las se planificaron antes pero
se inauguraron despues del crac de
23 Karl Marx,
El Capital, Volumen 3 , tomo 2 , Cap. XXV, Madrid, Aka!,
2000.
24 Karl Marx,
El Capital, Volumen I , tomo 3, Cap. XXIII «La ley gene ral de Ia acumulacion
capitalista>>, Madrid, Aka!, 2000, pp. 1 05 - 1 06, observa parecidamente
que el capital puede manipular Ia demanda y Ia oferta de mano de obra
excedente, por ejemplo mediante Ia inversion y el desempleo inducido
tecnologicamente.
78
a los
1 973 (y durante aiios no pudieron encontrar
compradores priva dos). iLa reconstrucci6n del centro de Nueva York despues
del 1 1 de Septiembre esta a punta de ponerse en marcha cuando el valor de los
edificios comerciales esta por los suelos!
El deposito existente de propiedades
comercializables (algu oas de elias de origen muy antiguo) es tambien muy
grande con respecto a lo que se puede producir. La oferta total de viviendas es
p or tanto relativamente inelastica con respecto a los cambios mas mudables en
Ia demanda: en los paises desarrollados se ha demostrado hist6ricamente muy
dificil, aun con los mayores es fuerzos, aumentar Ia reserva de viviendas mas
del 2 o el 3 por 1 00 en un aiio (aunque China, como en tantas otras casas,
puede rom per ese limite).
El estimulo a Ia demanda mediante ardides que
combinan las reducciones de impuestos, Ia iniciativa publica y otros incentivos
(como el incremento del volumen de hipotecas basura) no com pensa
necesariamente un aumento de Ia oferta, y su efecto puede limitarse a una
inflaci6n de los precios y un aliento a Ia especula ci6n. Se puede obtener
mucho dinero, si no mas, en las transac ciones financieras sabre las viviendas
existentes en Iugar de cons truir otras. Resulta mas rentable financiar
turbias instituciones hipotecarias como Countrywide que edificar nuevas
viviendas, y mas tentador aun es invertir en obligaciones de deuda garantiza
das (CDOs) compuestas de retazos de hipotecas empaquetados en «vehiculos de
inversion estructurados» a los que se otorgaba es pureamente una alta
valoraci6n (eran supuestamente «tan segu ro s como las propias casas») y que
debian proporcionar un ingre so continuo a partir del flujo de intereses de
los propietarios (ya fueran estos solventes o no). Esto fue exactamente lo que
sucedi6 en Estados Unidos cuando se puso en marcha Ia apisonadora de las
subprime. Grandes cantidades de capital ficticio afluyeron a Ia financiaci6n de
Ia vivienda alimentando Ia demanda, pero solo una pequeiia parte fue a parar a
Ia construcci6n de nuevas vivien das. El mercado de las hipotecas subprime,
que se situaba en torno
30 millardos de d6lares a mediados de Ia decada de
1 990, se
79
dilato hasta 1 30 millardos en 2000 y alcanzo un
maximo absoluto de 62 5 millardos de dolares en 200525. No habfa forma de que
un incremento tan rapido de la demanda pudiera verse satisfecho mediante una
expansion paralela de la oferta, por mucho que lo intentaran los constructores.
Por eso los precios aumentaron, y pareda como si fueran a seguir subiendo
eternamente.
Pero todo esto dependfa de una continua expansion
de los flu jos de capital ficticio y de mantener intacta la creencia
fetichista de que el capital puede «valorizarse automaticamente a sf mis
mo»26. Marx pensaba en cambio, por supuesto, que frente a una insuficiencia de
la creacion de valor en la produccion, esa fantasfa conducirfa inevitablemente
a un desastre, y eso fue lo que efecti vamente sucedio.
Los intereses de clase por el lado de la produccion
estan tam bien, sin embargo, descompensados, y esto tiene consecuencias para
quien acaba sufriendo el desastre. Banqueros, promotores y empresas de la
construccion constituyen f:icilmente una alianza de clase (que a menudo domina
tanto polftica como economica mente el denominado «motor del crecimiento
urbano»27). Pero las hipotecas que firman por su vivienda los consumidores son
individuales y dispersas y con frecuencia los prestamos se conce den a gente
que pertenece a otra clase, o como sucede en Estados Unidos (aunque no en
Irlanda), a gente de otro sector racial o etnico. Con la titulizacion de las
hipotecas, la empresa financiera podfa simplemente transmitir su riesgo a
alglin otto (por ejemplo a Fannie Mae, que estaba dispuesta a afrontarlo como
parte de su estrategia de crecimiento), y eso fue precisamente lo que hicie
ron, despues de haber cobrado todos los gastos de escritura y de mas tasas
legales que pudieron. Si el financiero tiene que elegir
25 Michael Lewis, The Big Short: Inside the
Doomsday Machine, Nueva York, Norton, 2010, p. 34.
26 Karl Marx, El Capital, Volumen 3, tomo 2, Cap.
XXIX, Madrid, Akal,
2000, p. 1 8 3 .
2 7 John Logan y Harvey Molotch, Urban Fortunes:
The Political Economy of Place, Berkeley, University of California Press, 1
987.
80
entre la quiebra de un promotor debido a los
fracasos de ventas o Ia bancarrota y desahucio del comprador de una vivienda
(par ticularmente si este pertenece a las clases mas bajas 0 a una mino rfa
racial o etnica y la hipoteca ya se ha endosado a algU.n otro), esta muy clara
por que opci6n se inclinara; nunca se desvanecen del todo los prejuicios
raciales y de clase.
En lo que se refiere a la especulaci6n, los
mercados de la vi
vi enda y del
suelo siempre se asemejan a piramides de Ponzi, aun que no siempre tengan a
Bernie Madoff en lo mas alto. Yo com p ro un terreno, su precio sube y el alza
del mercado incita a otros a comprar. Cuando la reserva de compradores
verdaderamente solventes se agota, �por que no descender un poco mas en la esca la de
ingresos a consumidores de alto riesgo, acabando con com pradores sin ingresos
y sin garantias que podrian ganar de chiri pa la propiedad al subir los
precios? Y asi siguen las casas hasta que la burbuja estalla. Las instituciones
financieras tienen enor mes alicientes para mantener la burbuja cuanto puedan
a fin de extraer de ella el mayor jugo posible. El problema es que a menu do
no pueden saltar del tren antes de que choque, debido a su gran aceleraci6n. La
ilusi6n de que el capital puede <<Valorizarse a si mismo como un
automata» sea autoperperua autocumpliendo se, al menos durante un tiempo. Como
decia en The Big Short uno de los perspicaces analistas financieros de Michael
Lewis, capaz de percibir la inminencia del crac: «jMierda, esto no es credito.
Esto es una jodida pir:imide de Ponzi!»28•
Hay otra ramificaci6n de esta historia. La subida
del precio de la vivienda en Estados Unidos acrecent6 la demanda efectiva en el
conjunto de economia. Tan solo en el afi.o 2003 se emitieron 1 3 ,6 millones de
hipotecas (frente a menos de la mitad diez afi.os an tes), por valor de 3 ,7
billones de d6lares, de los que 2,8 billones tenian como prop6sito la
refinanciaci6n (como referencia, cabe decir que el PIB total en Estados Unidos
en aquel momenta era de menos de 1 5 billones de d6lares). Las familias estaban
sacando
28 M. Lewis, The Big Short, cit., 1 4 1 .
81
provecho del creciente valor de su propiedad. Dado
el estanca miento de los salarios, esto proporcionaba una via para que mu
chos obtuvieran al dinero extra, bien para sus necesidades (por ejemplo, las
sanitarias) o para la compra de bienes de consumo (un nuevo automovil o unas
vacaciones). La vivienda se convirti6 en una vaca a la que ordefiar dinero, un
cajero automatico perso nal, impulsando la demanda en general y mayor demanda
de vi viendas en particular. Michael Lewis explica asf en The Big Short lo que
sucedi6: La nifiera de uno de sus principales personajes acab6 siendo
propietaria, junto con su hermana, de seis casas en Queens, en Nueva York.
«Despues de comprar la primera y de que su valor aumentara, los prestamistas
les sugirieron una refi nanciacion ofreciendoles 2 50.000 dolares, que usaron
para com prar otra.» El precio de esta tambien subi6 y repitieron el experi
mento. «En el momento en que la rueda se detuvo posefan cinco viviendas pero el
mercado cafa y no podfan hacer frente a ninguno de los pagos»29• Los precios no
podfan seguir subiendo indefini damente.
LA PRODUCCION DE VALOR Y LAS CRISIS URBANAS
Pero por el lado de la produccion hay cuestiones a
plazo mas largo y mas profundas que deben tenerse en cuenta. Aunque mu cho de
lo que sucedi6 en el mercado inmobiliario era pura es peculacion, la actividad
productiva era por sf misma parte impor tante del conjunto de la economfa; la
construccion suponfa el 7 por 100 del PIB, y todos los complementos de los
nuevos produc tos (desde los muebles a los automoviles) equivalfan a mas del
doble de esa cantidad. Si los analisis de la NBER son correctos, el colapso del
boom de la construccion desde 1 92 8, que se manifesto en una cafda de 2
millardos de dolares ( enorme para aquella epo ca) en la construccion de
viviendas y una contraccion del inicio de
29 M. Lewis, The Big Short, cit. , p. 93 .
82
Ia construccion de nuevas viviendas a menos del 1 0
por 1 00 de su \'olumen anterior en las grandes ciudades, desempefio en el crac
de 1 929 un papel sobresaliente que todavia no se ha entendido bien. Una
entrada de Ia Wikipedia dice: «Fue devastadora Ia de saparicion de 2 millones
de empleos bien pagados en Ia construe cion, mas Ia perdida de beneficios y
alquileres que perjudico a muchos propietarios e inversores»30• Esto tuvo con
seguridad apreciables consecuencias en Ia confianza en el mercado de valo res
en general.
No cabe extrafiarse pues de los intentos
desesperados del go bierno de Roosevelt, durante Ia decada de 1930, de
resucitar el sector de la vivienda. Con ese fin se pusieron en vigor una serie
de reformas en la financiacion de las hipotecas que culminaron en Ia creacion
de un mercado hipotecario secundario mediante Ia fundacion en 1938 de Ia
Asociacion Hipotecaria Federal Na cional [Federal National Mortgage
Association (Fannie Mae)] . Su tarea consistia en asegurar las hipotecas y
permitir a los ban cos y otros prestamistas endosarlas, proporcionando asi al
mer cado de Ia vivienda Ia muy necesaria liquidez. Aquellas reformas
institucionales iban a desempefiar mas adelante, tras Ia Segunda Guerra
Mundial, un papel vital en Ia financiacion de Ia construe cion de
urbanizaciones perifericas en torno a las ciudades esta dounidenses. Aunque
necesarias, no eran sin embargo suficien tes para situar Ia construccion de
viviendas en un plano diferente en el desarrollo economico estadounidense. Para
promover Ia adquisicion de viviendas, tanto por razones politicas como eco
nomicas, se disefiaron en 1 947 todo tipo de incentivos tributa rios (tales
como la reduccion de impuestos por intereses de la h ipoteca), asi como Ia Ley
de Reajuste de los Soldados [GI Bill] y una ley de vivienda muy positiva en la
que se declaraba el de recho de todos los estadounidenses a vivir en un
«domicilio de cente». Se fomento ampliamente como algo central en el «Sue no
Americana» Ia vivienda en propiedad, que aumento desde un
30 Vease Ia entrada «Cities in the Great
Depression» en wikipedia.org,
83
poco mas del 40 por 1 00 de la poblaci6n en la
decada de 1 940 hasta mas del 60 por 1 00 en la de 1 960 y cerca del 70 por 1
00 en su momenta culminante en 2004 (en 2 0 1 0 habfa cafdo al 66 por
100) . La
propiedad de la vivienda puede ser un valor cultural profundamente sentido en
Estados Unidos, pero los valores cul turales florecen particularmente cuando
son promovidos y sub vencionados por las politicas estatales. Las razones
presentadas para tales polfticas son todas las que menciona el Informe del
Banco Mundial; pero la raz6n politica raramente se reconoce ahara. Como se
observ6 abiertamente en la decada de 1 930, los propietarios de casas agobiados
por las deudas no van a la huel ga3 1 . El personal militar que volvfa de la
Segunda Guerra Mun dial habria constituido una amenaza social y politica si se
hubie ra encontrado con el desempleo y la depresi6n. 2Que media mejor para
matar dos pajaros de un tiro, reavivar la economia mediante la masiva
construcci6n de viviendas y urbanizaciones perifericas e integrar a los
trabajadores mejor pagados en una politica conservadora mediante la propiedad
de un domicilio cargado de deudas? Ademas, el fomento de la demanda median te
iniciativas publicas propici6 continuos incrementos de los va lores en
posesi6n de los propietarios, lo que podia ser muy satis factorio para ellos
pero era un desastre desde el punta de vista del uso racional del suelo y el
espacio.
Durante las decadas de 1950 y 1960 esas iniciativas
tuvieron exi to, tanto en el terreno polftico como en el macroecon6mico, ya
que sustentaron dos decadas de gran crecimiento en Estados Unidos, cuyos
efectos se difundieron globalmente. La construcci6n de vi viendas se desplaz6
a otro plano en relaci6n con el crecimiento econ6mico (vease la figura 4).
Seglin Binyamin Appelbaum, «es una pauta recurrente que los estadounidenses se
recuperan de las recesiones construyendo mas casas y llenandolas de cosas»32•
El
3 1 Martin
Boddy, The Building Societies, Londres, Macmillan, 1980.
32 Binyamin
Appelbaum, <<A Recovery that Repeats Its Painful Prece
dents», New York Times Business Section, 28 de
julio de 201 1 .
84
problema al final de la decada de 1960 era que por
muy dinamico que fuera el proceso de urbanizaci6n, era medioambientalmente
josostenible y geognificamente desigual. La desigualdad reflejaba en gran
medida las diferentes corrientes de ingresos que afluian a distintos sectores
de la clase obrera. Mientras que la periferia de las ciudades crecia, su centro
se estancaba y declinaba. La clase obrera blanca prosperaba, pero no sucedia lo
mismo con las mi norias afectadas en el centro de las ciudades, en particular
los afroamericanos. El resultado fue toda una sucesi6n de levanta mientos en
ciudades como Detroit y Watts que culminaron en
disturbios espontaneos en unas cuarenta ciudades de
Estados Uni
d os a raiz
del asesinato de Martin Luther King en 1 968. Lo que lleg6 a conocerse como «la
crisis urbana» era algo que todos po dian ver y apreciar (aunque no era,
estrictamente hablando, una crisis macroecon6mica en el proceso de
urbanizaci6n). A partir de 1968 se dedicaron abundantes fondos federales para
afrontar este problema, hasta que el presidente Nixon declar6 durante la rece
si6n de 1 973 (por razones presupuestarias) que la crisis habia que dado
atras33•
Un efecto colateral de todo esto fue que Fannie Mae
se con
virti6 en una empresa privada con participaci6n
estatal en 1 968, y despues de que se le adjuntara en 1 970 un «competidor», la
Corporaci6n Hipotecaria Federal [Federal Home Mortgage Cor poration (Freddie
Mac)] , ambas instituciones desempefiaron un papel enormemente importante y
finalmente destructivo en la promoci6n de la propiedad del domicilio y el
fomento de la cons trucci6n de casas durante casi cincuenta afios. Las deudas
hipo tecarias suponen ahora alrededor del 40 por 1 00 de la deuda pri vada acumulada
en Estados Unidos, gran parte de la cual, como hemos visto, es t6xica; y tanto
Fannie Mae como Freddie Mac han quedado bajo el control del gobierno. Que hacer
con elias es una cuesti6n politica intensamente debatida (como lo son las
33 The Kerner
Commission, Report of the National Advisory Commission
on Civil Disorders, Washington DC, Government
Printing Office, 1 968.
85
Figura 4. Viviendas comenzadas a construir
en Estados Unidos, 1 890-2008
2. 000.000
1 .000.000
500.000
250.000
1 900 1 920 1 940 1
960 1 980 2000
Aiio
subvenciones a Ia demanda de Ia propiedad de
viviendas) en rela ci6n con el endeudamiento estadounidense en general.
Cualquiera que sea el resultado, tendni importantes consecuencias para el
futuro del sector inmobiliario en particular y de Ia urbanizaci6n mas en
general, en relaci6n con Ia acumulaci6n de capital en Es tados U nidos.
La situaci6n actual en Estados Unidos no es
alentadora. El sector de Ia vivienda no se ha recuperado, y Ia nueva construe
cion de viviendas esta deprimida y estancada. Hay sefi.ales de que se puede
reproducir Ia recesi6n cayendo en Ia temida «W» al agotarse las ayudas
federales sin que disminuya notablemente el desempleo. La construcci6n de
nuevas viviendas ha caido por primera vez hasta niveles de antes de Ia decada
de 1 940 (vease Ia figura 4). En marzo de 2 0 1 1 Ia tasa de desempleo en la
cons trucci6n estaba por encima del 20 por 1 00, frente a una tasa del 9, 7
por 1 00 en Ia industria, muy cereana a la media nacional. No hay necesidad de
construir nuevas casas y llenarlas de cosas cuando hay tantas vacias. La
Reserva Federal de San Francisco «estima que Ia construcci6n no puede volver al
nivel medio de actividad anterior a Ia burbuja hasta 2 0 1 6, descartando que
ese sector [tan] importante» influya positivamente en Ia recupera-
86
ci on34. Durante la Gran Depresi6n mas de una
cuarta parte de Jos obreros de la construcci6n permanecieron desempleados hasta
1 939. Devolverles un empleo fue un objetivo crucial de las iniciativas
publicas (como la Works Progress Administra tion). Los intentos del gobierno
de Obama de crear un paquete de estimulos para las inversiones en
infraestructuras se han vis to en gran medida frustrados par la oposici6n
republicana. Para empeorar aun mas las casas, el estado de las finanzas
estatales y locales en Estados Unidos es tan sombrio que da lugar a despi dos
definitivos y temporales, asi como salvajes recortes en los servicios urbanos.
El colapso del mercado de la vivienda y la caida del 2 0 par 1 00 en su precio
han dejado muy mermadas las finanzas locales, que dependen muy notablemente de
los im puestos inmobiliarios. Los recortes de los gobiernos estatales y
municipales y el estancamiento de la construcci6n estan gene rando asi una
crisis fiscal urbana. Cuando tenemos en cuenta todo esto parece cada vez mas
como si la era de acumulaci6n y estabilizaci6n macroecon6mica en Estados Unidos
posterior a Ia Segunda Guerra Mundial, impulsada par la construcci6n en la
periferia urbana y el desarrollo de la vivienda en propiedad, hu biera llegado
a su fin.
A todo esto se aiiade una politica clasista de
austeridad basada en razones politicas y no econ6micas. Los gobiernos
republicanos de extrema derecha a nivel estatal y local estan utilizando la Ha
mada crisis de la deuda para sabotear los planes del gobierno fe deral y
reducir el empleo publico en sus jurisdicciones. Esta ha sido, par supuesto,
una tactica de larga tradici6n del asalto inspi rado par el capital a los
programas publicos en general. Reagan redujo los impuestos a los ricos del 72
par 1 00 hasta alrededor del 3 0 par 1 00 y emprendi6 una carrera de armamentos
con la Union Sovietica financiada mediante la deuda, que como consecuencia
aument6 vertiginosamente durante su gobierno. Como seiial6
34 Binyamin
Appelbaum, «A Recovery that Repeats Its Painful Prece dents>>.
87
mas tarde su director presupuestario David
Stockman, el aumen to de la deuda se convirti6 en una excusa muy conveniente
para menoscabar la regulaci6n gubernamental (por ejemplo, sabre el media
ambiente) y los programas sociales, externalizando de he cho los castes de la
degradaci6n medioambiental y la reproduc ci6n social. El presidente Bush Jr.
sigui6 fielmente su ejemplo, llegando a proclamar su vicepresidente Dick Cheney
que «Rea gan nos ensefi6 que el deficit no importa»35• Las reducciones de impuestos
para los ricos, dos guerras infundadas en Iraq y Mga nistan, y un enorme
regalo a las grandes empresas farmaceuticas mediante un programa de
prescripciones medicas financiado por el estado, convirtieron lo que habfa sido
un superavit presupues tario con el gobierno de Clinton en un oceano de
numeros rojos que ha permitido al partido republicano y a los dem6cratas con
servadores obedecer al mandata del gran capital y llegar tan lejos como era
posible en la externalizaci6n de los costes que el capital nunca quiere asumir,
los de la degradaci6n del media ambiente y la reproducci6n social. El asalto
contra el media ambiente y el bienestar social es palpable, y tanto en Estados
Unidos como en gran parte de Europa se esta llevando a cabo por razones politicas
y de clase, y no econ6micas. Esta induciendo, como ha sefialado muy
recientemente David Stockman, un estado de guerra de cla ses. Como dijo tam
bien Warren Buffett: «Evidentemente hay una guerra de clases, y es mi clase, la
de los ricos, la que la ha empren dido y la estamos ganando»36• La unica
cuesti6n es: �cuando co
menzara el pueblo a responder a esa guerra de clases? Uno de los lugares donde
podria empezar seria la rapida degradaci6n de la calidad de la vida urbana,
como consecuencia de los desahucios,
35 Jonathan
Weisman, «Reagan Policies Gave Green Light to Red Ink>>, Washington Post,
9 de junio de 2004, Al l; William Greider, «The Education of David
Stockman>>, Atlantic Monthly, diciembre de 1 98 1 .
3 6 Warren Buffett, entrevistado por Ben Stein, «In
Class Warfare, Guess Which �lass Is Winning>>, New York Times, 6 de
noviembre de 2006; David Stockman, «The Bipartisan March to Fiscal
Madness>>, New York Times, 2 3 d e abril d e 201 1 .
88
Ja persistencia de practicas depredadoras en el
mercado de la vi vienda, reducciones de � ervicios y sabre todo la falta de oportuni dades
viables de empleo en los mercados laborales urbanos casi en wdas partes,
habiendo quedado algunas ciudades (muy sefi.alada mente Detroit) sin
perspectivas reales de recuperaci6n del em plea. La crisis es ahara mas que
nunca una crisis urbana.
PRACTICAS URBANAS PREDADORAS
Marx y Engels observaban de pasada en el Manifiesto
comunista que, «tan pronto como el trabajador recibe su salario del fabri
cante que lo explota, caen sabre el otras porciones de la burgue sia: el
casero, el tendero, el prestamista, etcetera»37• Los marxistas han relegado
tradicionalmente tales formas de explotaci6n y la lucha de clases (porque eso
es lo que es) que surge inevitablemen te en tomo a elias, a un segundo plano
en su teorizaci6n, asi como a los margenes de su politica. Yo quiero por el contrario
argumen tar aqui que constituyen, al menos en las economias capitalistas
avanzadas, un vasto terreno de acumulaci6n por desposesi6n, me diante la cual
el dinero es absorbido hacia la circulaci6n del capi tal ficticio para
sostener las ingentes fortunas realizadas en el sis tema financiero.
Las practicas predadoras, omnipresentes antes del
crac del mer carlo de la vivienda en general y del de las hipotecas subprime
en particular, alcanzaron entonces proporciones legendarias. Antes de que
estallara la crisis principal, se estimaba que la poblaci6n afroamericana de
bajos ingresos en Estados Unidos habia perdido ya entre 7 1 y 93 millardos de
d6lares mediante las practicas pre dadoras subprime38• Las desposesiones
llegaron en dos oleadas:
3 7 Karl
Marx y Friedrich Engels, Manifiesto comunista, Madrid, Akal,
2 00 I , p. 3 1 .
38 Barbara Ehrenreich y Dedrich Muhammad, «The
Recession's Racial Divide>>, New York Times, 1 2 de septiembre de 2009.
89
una menor entre el anuncio por Clinton de la
iniciativa de 1 995 y el colapso del fondo de inversion Long Term Capital
Manage ment en 1 998, y la segunda, mayor, a partir de 200 1 , al mismo tiempo
que las primas en Wall Street y las ganancias en el sector de las hipotecas
aumentaban vertiginosamente, con tasas de bene ficia inauditas en puras
manipulaciones financieras, en particular las asociadas a la titulizaci6n de
hipotecas de alto coste pero muy arriesgadas; lo que equivale a decir que se
estaban produciendo transferencias masivas de riqueza de los pobres a los ricos
por varios canales ocultos -mas alla de las documentadas en las prac ticas
tenebrosas y a menudo ilegales de compaiiias hipotecarias como Countrywide-,
mediante manipulaciones financieras en el mercado de la vivienda39•
Lo que ha venido ocurriendo desde el crac es min
mas asom broso. Muchos de los desahucios (mas de un mill6n a lo largo de 2010)
han sido ilegales, si no directamente fraudulentos, lo que ha llevado a un
congresista de Florida a transmitir al Tribunal Supre mo del estado que «si
los informes que estoy recibiendo son cier tos, los desahucios ilegales
realizados representan la mayor expro piaci6n de propiedad privada intentada
nunca por los bancos y entidades gubemamentales»40• Los fiscales generales de
los cin cuenta estados estan investigando ahora el problema, pero (como cabia
esperar) la mayoria parecen deseosos de cerrar las investiga ciones de una
forma tan sumaria como sea posible, al precio de algunos acuerdos financieros
(pero no Ia restituci6n de las propie dades ilegalmente expropiadas). En
cualquier caso, nadie ira a la carcel por ello, aunque existan pruebas claras
de una falsificaci6n sistematica de documentos legales.
Las practicas predadoras de este tipo tienen una
larga historia. Les ofrecere algunos ejemplos de Baltimore que conoci directa
mente. Poco despues de llegar a la ciudad en 1 969, participe en un
39 Gretchen
Morgenson y Joshua Rosner, Reckless Endangerment, cit.
40 Kevin Chiu,
«Illegal Foreclosures Charged in Investigation», Housing Predictor, 24 de abril
de 201 1 .
90
estu dio de la distribuci6n de alojamientos en el
centro de la ciu dad que se centraba en el papel de distintos agentes
-propietarios, jnquilinos, caseros, prestamistas, intermediarios, la Federal
Hous ing Administration y las autoridades de la ciudad (en particular el
Housing Code Enforcement)- en la gesti6n de las aterradoras condiciones de vida
en las areas del centro de la ciudad daiiadas por los disturbios a raiz del
asesinato de Martin Luther King. Las huellas de practicas discriminatorias en
las zonas de poblaci6n afroamericana con bajos ingresos a las que se negaban
creditos estaban grabadas en el mapa de la ciudad, pero se justificaban en
ranees como una respuesta legitima al alto riesgo del credito y no por razones
etnicas. En varias areas de la ciudad se podia detectar el fomento de la venta
de propiedades pertenecientes a blancos agitando el espantajo de la invasion de
su territorio por las mi norfas, actividad que generaba altos beneficios para
compaiiias inmobiliarias despiadadas; pero para que esto funcionara, los afro
americanos debian con tar con alglin acceso a la financiaci6n hipo tecaria en
lugar de ser tachados todos ellos de poblaci6n de alto riesgo crediticio. Esto
se pudo hacer mediante el llamado «Land Installment Contract>>. De hecho,
los afroamericanos recibian la «ayuda» de propietarios que actuaban como
intermediarios en los mercados de credito y contrataban una hipoteca en su
propio nombre; se suponia que al cabo de unos pocos aiios, cuando se hubiera
pagado parte del principal de la deuda mas los intereses, demostrando asi la
solvencia de la familia, el titulo de propiedad pasaria al residente con la
colaboraci6n del amistoso propietario y Ia instituci6n hipotecaria local.
Algunos lo consiguieron (aunque habitualmente en barrios cuyo valor disminuia),
pero en manos pocos escrupulosas (y habia muchas en Baltimore, aunque al pare
cer no tantas en Chicago, donde este sistema tambien era corrien te) podia ser
una forma particularmente predadora de acumu laci6n por desposesi6n41 • El
propietario podia cobrar tasas para
41 Lynne Sagalyn, «Mortgage Lending in Older
Neighborhoods», An nals ofthe American Academy ofPolitical and Social Science
465 (enero de 1 983),
9 1
cubrir los castes administrativos y legales y casas
parecidas. Esas tasas (a veces exorbitantes) podian aii.adirse al principal de
la hipo teca. Tras aii.os de pago continuo, muchas familias se encontraban con
que debian mas sabre el principal que al principia. Si dejaban de pagar una
sola vez las cuotas incrementadas tras la subida de los tipos de interes, el
contrato quedaba anulado y las familias eran desahuciadas. Tales practicas
provocaron un escandalo. Se inici6 un proceso de Derechos Civiles contra los
peores propieta rios, pero fracas6 porque quienes habian firmado el contrato
de inquilinato no habian leido la letra pequeii.a ni habian hecho que sus
abogados (que los pobres raramente tienen) la leyeran (la letra pequeii.a era
en cualquier caso incomprensible para los mortales corrientes. �Ha leido alguien alguna vez la letra pequeii.a de
su tarjeta de credito?).
Las practicas predadoras de ese tipo nunca han
desaparecido del todo. El contrato de venta a plazas fue sustituido en la
decada de 1980 por practicas de compraventa rapida {flipp ing] (el tratante
compraba barato una casa deteriorada, realizaba unas cuantas re paraciones
cosmeticas -muy sobrevaloradas- y obtenfa financia ci6n hipotecaria
«favorable» para el comprador inocente, que vivia en la casa mientras se no se
le caia el techo encima o le esta llaba el homo). Y cuando en la decada de 1
990 comenz6 a for marse el mercado suhprime como respuesta a la iniciativa de
Clin ton, ciudades como Baltimore, Cleveland, Detroit, Buffalo y otras se
convirtieron en importantes centros para un creciente oleada de acumulaci6n por
desposesi6n (70 millardos de d6lares 0 mas en el conjunto del pais). Baltimore
acab6 por presentar en 2008 una querella de Derechos Civiles contra Wells Fargo
por sus practicas discriminatorias de prestamos suhprime (al inducir a la gente
a contratar esas hipotecas en lugar de las convencionales, con lo que los
afroamericanos y familias uniparentales -encabeza das por mujeres- eran
sistematicamente explotadas). Es casi segu-
pp. 98-
1 08; Manuel Aalbers (ed.), Subprime Cities: The Political Economy of
Mortgage Markets, Nueva York, John Wiley, 201 1 .
92
ro que ese proceso no clara ninglin resultado
(aunque al tercer jntento se ha permitido que siga adelante en el tribunal), ya
que sed. casi imposible demostrar que la discriminaci6n se basaba en Ia raza y
no en el riesgo del credito. Como suele suceder, la in comprensible letra
pequefia da mucho margen (jTenganlo en cuenta los consumidores!). Cleveland
sigui6 una via mas matiza da: demand6 a las empresas financieras por perjuicio
publico, jal haber quedado la zona llena de casas desalojadas que requerian ahora
la acci6n cobertora de la ciudad!
Las pnicticas predatorias que golpean especialmente
a los mas pobres, los mas vulnerables y los menos privilegiados son incon
tables. Cualquier pequefia factura sin pagar (una licencia o la fac tura del
agua, por ejemplo) puede convertirse en un pretexto para un embargo preventivo
sobre el que el propietario de la vivienda permanece misteriosa (e ilegalmente)
desinformado hasta despues de que un abogado se ha hecho cargo de el de forma
que la factu ra original por, digamos, 1 00 d6lares, requiere un pago de 1 .
500 d6lares para saldarla. Para la mayoria de los pobres, eso suele sig
nificar la perdida de la propiedad de su domicilio. En la ultima ronda de
ventas de embargos en Baltimore, un pequefio grupo de abogados compr6 a la
ciudad facturas por valor de unos 6 millo nes de d6lares. Si el margen de
beneficia medio es del 250 por 100, pueden amasar una considerable fortuna si
las co bran, y si no se quedan con propiedades potencialmente valiosas para el
futuro desarrollo adquiriendo las propiedades.
Ademas de todo esto, se ha demostrado repetidamente
que en las ciudades estadounidenses, desde la decada de 1 960, los pobres pagan
habitualmente mas por mercancias basicas inferiores como los alimentos, y que
el deficiente servicio a las comunidades de bajos ingresos afiade cargas
financieras y practicas indebidas a ta
l es
poblaciones. La economia de la desposesi6n de poblaciones vulnerables es tan
activa como incesante. Aun mas llamativa es la reducci6n ilegal de salarios
sufrida por muchos trabajadores tem porales y precarios de los sectores de
bajos salarios en las princi pales ciudades como Nueva York, Chicago y Los
Angeles, tales
93
como pagas por debajo del salario minima, negativa
a pagar las horas extras, o simplemente retrasos en el pago que en algunos
casas podrian demorarse hasta varios meses42•
Lo que trato de sugerir al mencionar esas diversas
formas de explotacion y desposesion es que en muchas regiones metropoli tanas
tales pnicticas generalizadas son sistematicamente ejercidas sabre poblaciones
vulnerables. Es importante reconocer cuan fa cilmente puede recuperar el
conjunto de la clase capitalista las concesiones a los trabajadores en los
salarios reales mediante ac tividades depredadoras y explotadoras en el
terreno del consumo. Para gran parte de la poblacion urbanizada con bajos ingresos,
la explotacion implacable de su trabajo unida a la desposesion de sus escasos
activos constituye un drenaje perpetuo de su capacidad de mantener condiciones
minimas adecuadas para la reproduccion social. Esta situacion exige la
organizacion y respuestas politicas a escala de toda la ciudad (vease mas
adelante).
EL CUENTO CHINO
En la medida en que esta vez ha habido alguna via
de escape de la crisis global del capital, es notable que la expansion del
merca do de la vivienda y la propiedad inmobiliaria en China, junto con una
enorme oleada de inversiones infraestructurales financiadas mediante la deuda,
haya asumido un papel principal, no solo como estimulo para su mercado interno
(y la reabsorcion del desempleo en los sectores exportadores), sino tambien de
otras economfas estrechamente ligadas a la china mediante el comercio, como las
de Australia y Chile con sus materias primas y la alemana con sus
42 Annette Bernhardt, Ruth Milkman, Nik Theodore,
Douglas Hecka thorn, Michael Auer, James DeFillippis, Ana Gonzalez, Victor
Narro, Jason Perelshteyn, Diana Polson y Michael Spiller, Broken Laws,
Unprotected Wor kers: Violations ofEmployment and Labor Laws in America's
Cities, Nueva York, National Employment Law Project, 2009.
94
exp ortaciones de maquina herramienta y
autom6viles. En Esta dos Unidos, en cambio, Ia construcci6n ha tardado mucho
en re cuperarse y Ia tasa de desempleo en Ia construcci6n, como seiiala ba
antes, duplica cuanto menos Ia media nacional.
Las inversiones urbanas suelen tardar mucho en
producir y necesitan aun mas tiempo para madurar. Por eso es siempre dificil
determinar cuando una sobreacumulaci6n de capital se ha trans formado o esta a
punto de transformarse en una sobreacumula ci6n de inversiones en el entorno
construido. La probabilidad de excederse, tal como sucedi6 con los
ferrocarriles en el siglo XIX y como muestra la larga historia de ciclos y
depresiones en Ia cons trucci6n (incluida Ia debacle de 2007 -2009), es muy
alta.
La impetuosidad de Ia febril urbanizaci6n y el boom
de la inver sion en infraestructuras que estan reconfigurando de arriba abajo
Ia geografia del espacio nacional chino descansa en parte en la capacidad del
gobierno central para intervenir arbitrariamente en el sistema bancario si algo
va mal. Una recesi6n relativamente suave en el mercado inmobiliario de las
principales ciudades como Shanghai a finales de Ia decada de 1 990 llev6 a los
bancos a hacer se con una gran variedad de «activos sin ganancias» (a los que
ahora llamamos «t6xicos» ), muchos de los cuales estaban basados en el
desarrollo urbano e inmobiliario. Estimaciones no oficiales situaron en esa
categoria hasta un 40 por 100 de los prestamos ban carios43 . La respuesta del
gobierno central fue utilizar sus abun dantes reservas de divisas extranjeras
para recapitalizar los bancos (una version china de lo que mas tarde se
conoceria como el Pro grama de Alivio de Activos con Problemas [Troubled Asset
Relief Program (TARP)] en Estados Unidos). Se sabe que el estado em ple6 unos
45 millardos de d6lares de sus reservas de divisas con ese fin a finales de la
decada de 1990, e indirectamente pudo uti lizar mucho mas; pero a medida que
las instituciones chinas fun cionan de forma mas coherente con los mercados
financieros glo-
43 Keith
Bradsher, «China Announces New Bailout of Big Banks», New York Times, 7 de
enero de 2004.
95
bales, al poder central le resulta mas diffcil
controlar lo que sucede en el sector financiero.
Los informes que nos llegan ahara desde China se
parecen inc6modamente a lo que sucedi6 en el suroeste de Estados Uni dos y en
Florida durante esta ultima decada o en la misma Florida en la de 1 920. Desde
la privatizaci6n general de la vivienda en China en 1 998, la especulaci6n y la
construcci6n se han disparado de forma espectacular. Se informa que el precio
de vivienda ha aumentado un 140 por 1 00 en el conjunto del pais desde 2007, y
hasta un 800 por 1 00 en las principales ciudades como Beijing y Shanghai
durante los ultimos cinco afios. En esta ultima ciudad los precios en el sector
se han duplicado durante el ultimo afio. El precio media de un apartamento se
ha situado en torno a los
500. 000
d6lares (en un pais donde el PIB per capita fue de 7 . 5 18 d6lares en 2010), e
incluso en ciudades de segundo arden una vi vienda tipica «Cuesta alrededor de
veinticinco veces los ingresos medias anuales de los residentes», lo que es
claramente insosteni ble. Todo esto indica que la construcci6n de viviendas y
edificios comerciales, por rapida y vasta que sea, no se esta manteniendo a la
par con la demanda real y menos aun con la demanda efectiva anticipada44• Una
consecuencia de esto es el surgimiento de fuer tes presiones inflacionistas
que han inducido al gobierno central a utilizar varios instrumentos para
restringir el gasto incontrolado de los gobiernos locales.
El gobierno central confiesa abiertamente su
preocupaci6n de que
en gran parte del pais el crecimiento siga
vinculado al gasto inflacio nario en el desarrollo inmobiliario y la inversion
publica en carrete ras, ferrocarriles y otros proyectos infraestructurales por
valor de
44 Para una
revision general, vease Thomas Campanella, The Concrete Dragon, cit. Yo tambien
trate de presentar un panorama general del nipido proceso de urbanizacion en
China en el cap. 5 de A Brief History of Neolibe ralism, cit. (ed. cast. :
cit. , pp. 1 3 1 - 1 66] .
96
millardos de dolares. En el primer trimestre de 201
1 la inversion en activos fijos -una medida generica de la actividad
constructora- su bio un 2 5 por 100 con respecto al mismo periodo del afi.o
anterior, y la inversion en propiedades inmobiliarias aumento un 3 7 por 10045•
Esta inversion «equivale ahara a alrededor del 70
por 1 00 del producto interior bruto del pais». Ningtin otro pais se ha aproxi
rnado a ese nivel en los ultimos afios. «Ni siquiera Japan, en la cu mbre de su
boom constructor en la decada de 1 980, sobrepaso el 3 5 por 1 00, y la cifra
se ha mantenido durante decadas en torno al 20 por 1 00 en Estados Unidos.»
«Los esfuerzos de las ciudades han contribuido a
que el gasto publico en la construccion de viviendas e infraestructuras
sobrepa se al comercio exterior como el mayor contribuyente al crecirnien to
de China»46• Las colosales adquisiciones de suelo y desplaza rnientos de
proporciones legendarias en algunas de las principales ciudades (mas de 3
rnillones de personas desplazadas en Beijing du rante los ultimos diez afios)
indican que junto a ese enorme im pulso urbanizador se da en la totalidad de
China un proceso muy activo de desposesion. Los desplazamientos y desposesiones
for zadas estan entre las causas mas importantes del aumento de las protestas
populares, a veces violentas.
Las ventas de suelo a los promotores han servido
como gallina de los huevos de oro para llenar las areas de los gobiernos
locales; pero a principios de 201 1 el gobierno central ordeno su conten cion
a fin de poner arden en un mercado inmobiliario descontro lado y evitar las
desposesiones de tierras, a menudo brutalmente realizadas, que estaban
ocasionando tanta resistencia. Esto creo
45 David
Barboza, «Inflation in China Poses Big Threat to Global Tra de», New York
Times, 17 de abril de 2 0 1 1 ; Jamil Anderlini, «Fate of Real
Estate Is Global Concern>>, Financial Times,
1 de junio de 201 1 ; Robert
Cookson, China Bulls Reined in by Fears on
Economy>>, Financial Times, 1 de junio de 201 1 .
46 Keith Bradsher, «China's Economy is Starting to
Slow, but Threat of Inflation Looms>>, New York Times, Business Section,
3 1 de mayo de 201 1 .
97
98
dificultades presupuestarias a muchos gobiemos
municipales. El «brusco aumento de la deuda de los gobiemos locales y los
escasos controles sabre el endeudamiento de compaiiias inversoras» (mu chas de
elias patrocinadas par los gobiemos locales) son ahara consideradas un
importante riesgo para Ia economia china que arroja una espesa sombra sabre las
perspectivas de crecimiento para el futuro, no solo en China, sino tambien a
escala mundial. En 201 1 el gobiemo chino estimaba Ia deuda municipal en unos 2,2
bill ones de d6lares, equivalente a «casi un tercio del producto interior bruto
de Ia naci6n». Puede que el 80 par 100 de esta deu da corresponda a las
compaiiias de inversion no registradas, patro cinadas par los gobiemos
municipales aunque no formen parte estrictamente de elias. Esas son las
organizaciones que estan cons truyendo, a enorme velocidad, tanto las nuevas
infraestructuras como los edificios emblematicos que hacen tan espectaculares
las ciudades chinas; pero Ia deuda acumulada par los municipios es enorme. Una
oleada de impagos «podria convertirse en un gran lastre para el gobiemo
central, que a su vez mantiene una deuda de alrededor de 2 bill ones de
dolares»47• La posibilidad de un colapso seguido par un largo periodo de
«estancamiento al estilo japones» es muy real. El frenazo del crecimiento
econ6mico chino en 201 1 esta produciendo ya reducciones en las importaciones,
que reper cutiran a su vez en todas las regiones del mundo que han prospe
rado gracias al impulso del mercado chino de materias primas.
Entretanto han surgido en el interior de China
ciudades total mente nuevas, sin apenas residentes o actividades reales,
propi ciando un curiosa programa de anuncios publicitarios en Ia pren sa de
negocios estadounidense para a traer inversores y empresas a esta Nueva
Frontera urbana del capitalismo global48• El desarro-
47 Wang
Xiaotian, «Local Governments at Risk of Defaulting on Debt», China Daily, 2 8
de junio de 201 1 ; David Barboza, <<China's Cities Piling Up Debt to
Fuel Boom>>, New York Times, 7 de julio de 201 1 .
48 David
Barboza, <<A City Born of China's Boom, Still Unpeopled>>, New York
Times, 20 de octubre de 2010.
l lo urbano desde mediados del siglo XIX, si no
antes, ha sido siem pre especulativo, pero la escala especulativa del
desarrollo chino parece ser de un orden mucho mayor que todo lo que se ha visto
antes en la historia urbana, lo que tambien significa que la liqui dez
excedente en la econornia global con necesidad de ser absor bida, que se
expande exponencialmente, tampoco habia sido nun ca tan colosal.
Al igual que durante el boom de las urbanizaciones
perifericas en Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se tienen
en cuenta todos los complementos y accesorios de las vi viendas queda claro
que el boom de la urbanizaci6n en China esci desempeiiando un papel central
como estimulo de la recuperaci6n del crecimiento econ6mico global para una
amplia variedad de bienes de consumo aparte de los autom6viles (en los que
China se envanece ahora de ser el mayor mercado del mundo). «SegU.n al gunas estimaciones,
China consume alrededor del 50 por 1 00 de mercancias globales clave y
materiales como cemento, acero y car bon, y la propiedad inmobiliaria china es
el principal impulsor de esa demanda»49• Dado que mas de la mitad del acero
consumido acaba en el entomo construido, esto significa que una cuarta parte de
la producci6n mundial de acero esta siendo absorbida ahora por esa actividad.
Pero China no es el unico lugar donde se puede ob servar ese boom de la
construcci6n. Todos los paises BRIC parecen estar siguiendo su ejemplo. Los
precios inmobiliarios se han dupli cado tanto en Sao Paulo como en Rio de
Janeiro el aiio pasado, y en India y Rusia se vive una situaci6n similar; pero
todos esos pai ses, cabe observar, estan experimentando junto a elevadas tasas
de crecimiento fuertes corrientes inflacionistas. Los acelerados pro cesos de
urbanizaci6n tienen claramente mucho que ver con la rapida recuperaci6n de los
efectos de la recesi6n de 2007-2009.
La cuesti6n es: �hasta que punto es sostenible esa recupera ci6n,
dadas sus raices en desarrollos urbanos en gran medida es-
49 Jamil Anderlini, «Fate of Real Estate is Global
Concern», Financial Times, 1 de junio de 201 1 .
99
peculativos? Los intentos del gobierno central
chino de controlar su boom y contener las presiones inflacionistas elevando las
exi gencias de reservas a sus bancos no han tenido demasiado exito. Ha surgido
un «sistema bancario en la sombra» estrechamente relacionado con las
inversiones en suelo y construcci6n, dificil de seguir y controlar y que emplea
nuevos instrumentos de inversion (analogos a los que surgieron durante la
decada de 1 990 en Esta dos Unidos y Gran Bretafia). Como consecuencia de la acelera
ci6n de las desposesiones de tierras y la inflaci6n se est:in multi plicando
los disturbios. Llegan informes de acciones de protesta de los conductores de
taxis y camiones en Shanghai y de repenti nas huelgas salvajes en las fabricas
de las areas industriales de Guangdong como respuesta a los bajos salarios,
malas condicio nes de trabajo y subida de los precios. Los informes oficiales
sobre las protestas han aumentado espectacularmente y se han tornado medidas
para ajustar los salarios y para controlar la creciente agi taci6n y estimular
el mercado interno como sustituto de los mer cados exportadores mas
arriesgados y estancados (el consumo chino solo supone actualmente el 3 5 por 1
00 del PIB, frente al 70 por 1 00 en Estados Unidos).
Todo esto debe ser entendido, no obstante, teniendo
en cuenta las medidas concretas que adopt6 el gobierno chino para afrontar la
crisis de 2007-2009. El principal efecto de la crisis en China fue el repentino
colapso de las exportaciones (en particular hacia Esta dos Unidos), con una
caida del 20 por 1 00 a principios de 2009. Varias estimaciones razonablemente
fiables sitlian el mimero de empleos perdidos en el sector exportador en unos
30 millones du rante un periodo muy corto en 2008-2009; pero en el otofio de
2009 el FMI informaba de que la perdida neta de empleos sin Chi na era solo de
3 millones50• Parte de la diferencia entre la perdida bruta de puestos de
trabajo y la neta puede deberse al regreso de
50 International
Monetary Fund/International Labour Organization,
The Challenges of Growth, Employment and Social
Cohesion, Geneva: Interna tional Labour Organization, 2010.
100
rrabajadores emigrados a las ciudades a su lugar de
origen rural al perder el empleo. Otra parte se debe sin duda a la rapida
recupe raci6n de las exportaciones y a la recontrataci6n de trabajadores antes
despedidos; pero el resto se debe casi con seguridad a la puesta en practica
por el gobierno de un enorme programa de es tfmulos de inversion urbana e
infraestructural de tipo keynesiano. El gobierno central aiiadi6 600 millardos
de d6lares adicionales a lo que era ya un gran programa de inversiones infraestructurales
(un total acumulado de 750 millardos de d6lares asignados a la construcci6n de
1 3 .000 kil6metros de vfas ferreas de alta velocidad y otros 1 7.000 de vfas
tradicionales, aunque esas inversiones estan ahora en peligro tras un accidente
de un tren de alta velocidad que sugiere un dise:fio deficiente o incluso la
corrupci6n en la construc ci6n)5 1 . El gobierno central instruy6
simultaneamente a los bancos para que prestaran generosamente a todo tipo de
proyectos locales de desarrollo (incluidos los sectores de la construcci6n y
las infra estructuras) como forma de absorber la mano de obra excedente. Ese
enorme programa estaba destinado a propiciar la recupera ci6n econ6mica. El
gobierno chino asegura ahora que cre6 alrede dor de 34 millones de nuevos
empleos entre 2008 y 2010. Cierta mente parece haber tenido bastante exito en
su objetivo inmediato de absorber gran parte de la mano de obra excedente, si
las cifras del FMI sobre las perdidas netas de empleo son correctas.
El problema principal es, por supuesto, si tales
gastos publicos caen dentro de la categoria de gastos «productivos» o no, y en
caso afirmativo, que es lo que producen y para quien. Muchos espacios
construidos, como el enorme centro comercial cerca de
D ongguan,
permanecen casi vados, como sucede con algunos de los rascacielos que pueblan
el paisaje urbano en casi todas las ciudades. Y luego estan las nuevas ciudades
vadas que esperan gente e industrias que lleguen a poblarlas. Sin embargo, no
cabe duda de que el espacio nacional chino se va a beneficiar de una
; 1 Keith
Bradsher, «High-Speed Rail Poised to Alter China, but Costs and Fares Draw
Criticism», New York Times, 2 3 de junio de 201 1 .
1 0 1
integracion espacial mas profunda y mas eficiente,
y superficial mente al menos la vasta oleada de inversiones infraestructurales
y proyectos de urbanizacion parecerfa estar hacienda justamente eso, vinculando
el interior subdesarrollado a las regiones costeras mas ricas y el norte escaso
en agua con el bien regado sur. A esca la metropolitana, los procesos de
crecimiento y regeneracion ur bana tambien parecen llevar las tecnicas modemas
a la urbaniza cion, junto con una diversificacion de actividades (incluidas
todas las instituciones culturales y del sector del conocimiento, ejempli
ficadas por la espectacular Expo de Shanghai, tan caracterfsticas de la
urbanizacion neoliberal en Estados Unidos y en Europa).
El desarrollo chino reproduce y exagera en ciertos
aspectos el que se clio en Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mun dial.
Durante aquellos afi.os el sistema de autovfas interestatales integro al sur y
al oeste de Estados Unidos, y esto, unido a las urbanizaciones en la periferia
de las ciudades, desempefi.o un pa pel crucial en mantener tanto el empleo
como la acumulacion de capital; pero el paralelismo es instructivo tambien en
otros sen tidos. El desarrollo estadounidense a partir de 1 945 no fue solo
derrochador en su uso de la energfa y el suelo; tambien genero, como hemos
visto, una crisis particular de las poblaciones mar ginadas, excluidas y
rebeldes de las ciudades, que suscito una serie de respuestas polfticas a
finales de la decada de 1 960. Todo esto se desvanecio tras el crac de 1973,
cuando el presidente Ni xon declaro en su discurso sobre el estado de la Union
que la crisis urbana habfa quedado atras y que se restringirfa la finan
ciacion federal. El efecto a escala municipal fue una crisis de los servicios
urbanos en Estados Unidos desde finales de la decada de 1 970, con las
aterradoras consecuencias de la degeneracion en la escuela publica, la sanidad
publica y la disponibilidad de alojamientos accesibles.
La acelerada estrategia de inversion urbana e
infraestructural en China esta uniendo esas dos tendencias en muy pocos afi.os.
El tren de alta velocidad entre Shanghai y Beijing es bueno para los hombres de
negocios y la clase media alta, pero no representa el
102
ripo de transporte accesible que puede llevar a los
trabajadores a su Iugar de origen para festejar el AiioNuevo chino. De forma
parecida, los grandes bloques de apartamentos, las comunidades de acceso
restringido, los campos de golf para los ricos, o los cen rros comerciales de
lujo no contribuyen realmente a reconstituir una vida cotidiana decente para
las masas empobrecidas y descon rentas. Este desequilibrio del desarrollo
urbana siguiendo lineas de clase va de hecho mucho mas alla de China; se esta produciendo
igualmente en India asi como en innumerables ciudades de todo el mundo donde
coexisten concentraciones emergentes de pobla ciones marginadas con una
urbanizaci6n muy modemista y con sumista para una minoria cada vez mas rica.
La cuesti6n de como tratar a los trabajadores empobrecidos, precarizados y
excluidos que constituyen ahora en muchas ciudades una gran mayoria de Ia
poblaci6n y pueden aspirar a constituir un bloque de poder mayoritario y
dominante se esta convirtiendo en un importante problema politico, una de cuyas
consecuencias es que Ia planifi caci6n militar se concentra cada vez mas en el
eventual enfren tamiento con movimientos de base urbana potencialmente revo
lucionarios.
Pero en el caso chino esta evoluci6n tiene una
interesante de rivada. La trayectoria del desarrollo desde el inicio de Ia
liberali zaci6n en 1 979 se basaba en Ia idea de que Ia descentralizaci6n es
una de las mejores formas para ejercer un control centralizado. Se trataba pues
de permitir a los gobiemos regionales y municipales, e incluso de los
pueblecitos y barrios, buscar su propia mejora dentro de::un marco de control
centralizado y coordinaciones de mercado. Las iniciativas locales con mas exito
servian de base para Ia formulaci6n de los planes del gobiemo central.
Las noticias que llegan desde China sugieren que Ia
transici6n del poder anticipada para 2012 afronta una altemativa compleja. La
atenci6n se centra en Ia ciudad de Chongqing, donde desde hace unos afios se
viene practicando una politica supuestamente radical que se aparta de las
basadas en el mercado retomando Ia redistribuci6n socialista dirigida por el
estado, empleando ademas
1 03
una ret6rica de inspiraci6n maofsta*. Ese modelo
ponfa en primer plano «Ia cuesti6n de Ia pobreza y Ia desigualdad». El gobiemo
«encauzaba los beneficios obtenidos en el mercado par las empre sas de
propiedad estatal hacfa proyectos socialistas tradicionales, utilizando sus
ingresos para financiar Ia construcci6n de viviendas accesibles y estructuras
de transporte». El plan de vivienda supo nfa en un «gigantesco programa de
construcci6n» para «propor cionar apartamentos baratos a una tercera parte de
los 30 millones de residentes» en Ia ciudad y su area metropolitana. «El
gobiemo municipal espera construir veinte ciudades satelites, cada una con una
poblaci6n de 300.000 habitantes, de los que 50.000 viviran en alojamientos
subvencionados par el estado.» El prop6sito de este proceso enormemente
ambicioso (contrario al consejo del Banco Mundial) era reducir las crecientes
desigualdades sociales que han surgido durante las dos ultimas decadas en toda
China y servir de amfdoto a los proyectos impulsados par promotores privados de
comunidades de acceso restringido para los ricos; pero como con trapartida
acelera la desposesi6n de la tierra de los campesinos, a los que empuja a una
urbanizaci6n forzada que tambien suscita el descontento y la protesta, que a su
vez da Iugar a una respuesta represiva cuando no autoritaria.
Este retorno a a una agenda redistributiva
socialista, utilizando al sector privado para finalidades publicas, ha
proporcionado un modelo para el gobierno central, que planea construir 36
millones de alojamientos accesibles durante el quinquenio iniciado en 2010. De
esta forma se propane resolver el problema de la absorci6n de capital excedente
al mismo tiempo que ofrece una vfa para urba nizar a buena parte de la
poblaci6n rural, absorber el trabajo ex cedente y (con suerte) disipar el
descontento popular ofreciendo un
* En marzo de
2012 el secretario del Partido Comunista Chino en Chongqing, Bo Xilai, fue
apartado de su cargo y al mes siguiente fue expul� sado del Politburo a causa de la presunta
implicaci6n de su esposa en el asesinato de un hombre de negocios britanico,
con lo que se puso fin a la «desviaci6n Chongqing>>. {N. del T.]
104
a lojamiento
razonablemente seguro a los menos privilegiados52• Detectamos ahi ecos de la
politica urbana en Estados Unidos des pues de la Segunda Guerra Mundial:
mantener el crecimiento econ6mico ganandose a una poblaci6n potencialmente
desconten ta mediante la seguridad en la vivienda. El reverso es el crecimien
to de una oposici6n a veces violenta a las necesarias expropiaciones de tierras
(aunque los chinos parecen aceptar el eslogan maoista de que «no se puede hacer
una tortilla sin cascar los huevos»).
Pero en otras regiones de China, en particular en
las ciudades costeras y meridionales como Shenzhen, existe un modelo de de
sarrollo distinto basado en el mercado. Ahi la soluci6n propuesta es muy
diferente. Se pone mayor enfasis en la liberalizaci6n poli tica y en lo que
suena como una democracia urbana mas burguesa, junto con una profundizaci6n de
las iniciativas de mercado libre,
a ceptando la
creciente desigualdad social como un coste necesa rio del crecimiento
econ6mico y la competitividad. En este mo menta parece todavia imposible
predecir par que via optara el gobierno central. El punta clave es el papel de
las iniciativas de base urbana en el impulso de unas u otras opciones de
futuro; pero los medias para llegar a ese futuro parecen firmemente in sertos
en una alternativa polarizada entre estado y mercado.
Los efectos de la urbaruzaci6n de China durante las
ultimas de cadas han sido simplemente descomunales y han sacudido al mundo con
sus consecuencias. La absorci6n en proyectos de urbanizaci6n de liquidez
excedente y capital sobreacumulado, en un momenta en el que parece dificil
hallar otras oportunidades rentables, ha mante nido ciertamente la acumulaci6n
de capital, no solo en China, sino en gran parte del resto del mundo durante
los ultimos afios de crisis. Sigue sin estar clara sin embargo lo estable que
pueda ser esa solu ci6n. Las crecientes desigualdades sociales (China es ahara
el tercer pais del mundo en cuanto al numero de milmillonarios en d6lares), Ia
degradaci6n medioambiental (que hasta el gobierno chino admi-
52 Peter Martin y David Cohen, «Socialism 3 .0 in
China>>, the-diplo mat.com; Jamil Anderlini, «Fate of Real Estate is
Global Concern>>.
1 05
te abiertamente), junto con multiples signos de
exceso y sobrevalo raci6n de activos en el entorno construido, sugieren que el
«mode lo» chino no carece de serios problemas y que podria facilmente dejar de
ser el gran benefactor, para convertirse de la noche a la manana en el vastago
mas problematico del desarrollo capitalista.
Si este «modelo» fracasa, el futuro del capitalismo
parece muy oscuro. Eso significaria que la unica via abierta seria atender mas
creativamente a la posibilidad de explorar alternativas anticapita listas. Si
la forma capitalista de urbanizaci6n esta tan plenamente inserta en la
reproducci6n del capitalismo y resulta fundamental para esta, eso significaria
tambien que para cualquier intento de poner en pie una alternativa
anticapitalista seria decisivo hallar formas alternativas de urbanizaci6n.
LA URBANIZACION DEL CAPITAL
La reproducci6n del capital pasa por los procesos
de urbaniza ci6n por mUltiples vias; pero la urbanizaci6n del capital
presupone la capacidad del poder de clase capitalista de dominar el proceso
urbana. Esto implica la dominaci6n de la clase capitalista, no solo sobre los
aparatos de estado (en particular los aspectos del poder estatal que
administran y gobiernan las condiciones sociales e infra estructurales dentro
de las estructuras territoriales), sino tambien sobre toda la poblaci6n: su
forma de vida asi como su capacidad de trabajo, sus valores culturales y
politicos asi como sus concepciones del mundo. Ese nivel de control no se
alcanza facilmente, si es que llega a alcanzarse. La ciudad y los procesos
urbanos que produce son por tanto importantes focos de la lucha politica,
social y de clase. Hasta ahora hemos examinado la dinamica de esa lucha desde
el punto de vista del capital. Queda por tanto por examinar el pro ceso urbana
-sus aparatos y restricciones disciplinarias asi como sus posibilidades
emancipadoras y anticapitalistas- desde el punto de vista de todos los que
intentan ganarse la vida y reproducir su coti dianeidad en el seno de ese
proceso urbana.
1 06
CAPITULO TRES
La creaci6n de bienes comunes urbanos
La ciudad es el lugar donde se entremezcla gente de
todo tipo y condicion, incluso contra su voluntad o con intereses opuestos,
compartiendo una vida en comun, por efimera y cambiante que sea, que viene
siendo desde hace mucho tiempo objeto de comen tario por urbanistas de toda
laya y tema sugestivo de innumera bles representaciones y escritos (novelas,
peliculas, videos y otros medias) que intentan captar su canicter (o el
canicter particular de Ia vida en una ciudad con creta en determinado Iugar y momen
ta) y su significado mas profunda; en Ia larga historia del utopis mo urbana
tenemos un registro de todos los intentos y aspiracio nes humanas de convertir
Ia ciudad en una imagen diferente, mas adecuada «a nuestros deseos mas
profundos» como diria Robert Park. El reciente resurgimiento de Ia insistencia
en Ia supuesta perdida de Ia comunalidad urbana refleja el impacto aparente
mente profunda de Ia reciente oleada de privatizaciones, cerca mientos,
controles espaciales, actuaciones policiales y redes de vigilancia sabre las
cualidades de Ia vida urbana en general, y en particular sabre Ia posibilidad
de construir o inhibir nuevas rela ciones sociales (nuevas bienes comunales)
en el seno de un proce so urbana influido, si no dominado, por los intereses
de clase ca pitalistas. Cuando Hardt y Negri, por ejemplo, argumentan que
deberiamos ver «Ia metropolis como una fabrica en Ia que se pro duce el bien
comtin», sugieren su potencialidad para Ia critica y el activismo politico
anticapitalista. AI igual que el derecho a Ia ciu dad, Ia idea suena sugestiva
y fascinante, 'pero que podria signifi car?, 'y como se relaciona con Ia larga
historia de discusiones y debates con respecto a Ia creacion y utilizacion en
comtin de de terminados recursos?
1 07
He perdido la cuenta del numero de veces que he
visto citado el clasico articulo de Garrett Hardin sobre «La tragedia de los
comunes» como un argumento irrefutable en favor de la mayor eficiencia de los
derechos de propiedad privada con respecto al uso del suelo y otros recursos, y
por tanto como una justificacion irrebatible de su privatizacion 1 • Esa
lectura erronea procede en parte de su apelacion a la metafora del ganado
perteneciente a varios individuos deseosos de m:1ximizar sus beneficios individua
les, que pasta en una parcela de propiedad comun. Cada uno de los propietarios
gana al afiadir mas ganado, mientras que las con siguientes perdidas en
fertilidad afectan a todos los usuarios, de forma que todos ellos siguen
afi.adiendo ganado hasta que la tierra comunal pierde toda su productividad.
Evidentemente, si el gana do fuera tambien comun esa metafora no funcionaria.
Esto mues tra que el nucleo del problema es la propiedad privada del ganado y
el comportamiento individual de maximizacion de la ganancia, no el caracter de
propiedad comun del recurso en cuestion; pero la preocupacion fundamental de
Hardin no era esa, sino el aumen to de poblacion. Temia que de la decision
individual de tener hijos condujera finalmente a la destruccion de los bienes
comunes glo bales y al agotamiento de todos los recursos (como argumentaba
igualmente Malthus). La unica solucion, en su opinion, era una regulacion
autoritaria de la poblacion2•
Menciono este ejemplo para resaltar hasta que punto
el pensa miento sobre los bienes comunes ha quedado muy a menudo en cerrado
en un conjunto muy estrecho de suposiciones, en buena
1 Garrett
Hardin, «The Tragedy of the Commons>>, Science 1 62 (1 968), pp. 1 , 243
-248; B. McCay y ]. Acheson (eds.), The Question of the Commons:
The Culture and Ecology of Communal Resources,
Tucson, University of Arizo
na Press, 1 987.
2 Sorprende
cuantos analistas de izquierda entienden equivocadamente lo que argumenta
Hardin a este respecto. Asi, Massimo de Angelis, en The
Beginning ofHistory: Value Struggles and Global
Capital, Londres, Pluto Press, 2007, p. 1 34, dice que «Hardin elabor6 una
justificacion de Ia privatizacion de los espacios comunes basada en una
supuesta necesidad natural>>.
108
medida derivado del ejemplo de los cercamientos de
tierras que tuvieron Iugar en Gran Bretafia desde finales del periodo medie
val. En consecuencia, ese pensamiento se ha polarizado con fre cuencia entre
las soluciones contrapuestas de la propiedad priva da y la intervenci6n
autoritaria del estado. Desde una perspectiva politica, toda la cuesti6n se ha
visto ensombrecida por una reac ci6n instintiva (entrelazada con grandes dosis
de nostalgia de la supuesta economfa moral de la acci6n comun que acaso habrfa
existido en el origen de los tiempos), bien a favor o -mas frecuen temente
desde la izquierda- contra los cercamientos.
Elinor Ostrom trata de desmontar algunas de esas
presuncio nes en su libro Governing the Commons3• Sistematiza las pruebas
antropol6gicas, sociol6gicas e hist6ricas que demostraron hace tiempo que si
los ganaderos hablaban entre sf (o tenfan reglas culturales sobre la
compartici6n) podfan resolver facilmente cual quier problema surgido en el uso
de los bienes comunes. Muestra a partir de innumerables ejemplos que los
individuos pueden ima ginar -y a menudo lo hacen- formas colectivas muy
ingeniosas y sensatas para gestionar los recursos de propiedad comun en bene
ficio de todos y cada uno de ellos. Su prop6sito era dilucidar por que en
algunos casos consegufan hacerlo y cuales eran las circuns tancias que se lo
impedfan en otras. Sus estudios «sacuden las con vicciones de muchos analistas
politicos de que la unica forma de resolver problemas de recursos compartidos
es que autoridades externas impongan los derechos plenos de propiedad privada o
una regulaci6n centralizada» y muestran, por el contrario, «com plejas mezclas
de dispositivos publicos y privados». Armada con esa conclusion, Ostrom pudo
cuestionar la ortodoxia econ6mica incapaz de ver mas alia de una opci6n
dicot6mica entre estado y mercado.
Pero la mayorfa de sus ejemplos solo afectaban a un
centenar como mucho de propietarios. Si se superaba esa cifra (el mayor
3 Elinor
Ostrom, Governing tbe Commom: The Evolution ofInstitutions for Collective
Action, Cambridge, Cambridge University Press, 1 990.
1 09
caso citado era de unas 1 5 .000 personas) la toma
de decisiones requerfa una estructura «anidada», ya que la negociaci6n directa
entre todos los individuos era imposible. Esto implica que para resolver
problemas a gran escala como el calentamiento global se necesitan formas de
organizaci6n anidadas y por tanto en alglin sentido «jerarquicas»; ahara bien,
el termino «jerarquia» es ana tema en el pensamiento convencional (Ostrom lo
evita), y extre madamente impopular en gran parte de la izquierda actual. La
tinica forma de organizaci6n politicamente correcta en muchos circulos
radicales es no-estatal, no-jerarquica y horizontal. Para evitar la conclusion
de que podrian ser necesarios algtin tipo de dispositivos jerarquicos anidados
se suele eludir la cuesti6n de la eventual gesti6n de los bienes comunes a gran
escala, necesaria mente diferente de las escalas pequefias y locales (por
ejemplo, el problema de la poblaci6n global que preocupaba a Hardin).
Se da pues claramente un «problema de escala»
analiticamen te dificil que exige (pero no recibe) una evaluaci6n cuidadosa.
Las posibilidades de una gesti6n sensata de los recursos de propiedad comtin a
determinada escala (como el agua compartida por un centenar de granjeros en la
pequefia cuenca de un rio) no se pue den trasladar por las buenas a problemas
como el calentamiento global, ni siquiera a la difusi6n regional de lluvias
acidas contami nadas por las centrales energeticas. Cuando «saltamos escalas»
(como les gusta decir a los ge6grafos), toda la naturaleza del pro blema de
los bienes comunes y las posibilidades de encontrar una soluci6n cambian
espectacularmente4• Lo que parece una via ade cuada para resolverlos a una
escala no lo es a otra. Y atin peor, soluciones patentemente buenas a una
escala (digamos, «local») no se suman (o se encadenan) necesariamente para
constituir bue nas soluciones a otra escala (la global, por ejemplo). Por eso
es tan equivoca la metafora de Hardin: utiliza como ejemplo el funcio namiento
del capital privado en unos pastas comunes para expli-
4 Eric
Sheppard y Robert McMaster (eds.), Scale and Geog;raphic Inquiry, Oxford,
Blackwell, 2004.
1 1 0
car un problema global, como si no hubiera ninglin
problema en el cambio de escala.
Tambien es por eso, dicho sea de paso, por lo que
las valiosas !ecciones obtenidas en la organizaci6n colectiva de la solidaridad
econ6mica a pequeiia escala sobre la base de la propiedad comun no se pueden
convertir en soluciones globales sin recurrir a formas organizativas «anidadas»
y por tanto jenirquicas. Desgraciada mente, como ya hemos seiialado, la idea
de jerarquia es anatema en la actualidad para muchos sectores de la izquierda
anticapita lista. Con demasiada frecuencia el fetichismo de una forma orga
nizativa (la pura horizontalidad, digamos) dificulta la posibilidad de explorar
soluciones apropiadas y eficaces5• Para dejarlo claro, no estoy diciendo que la
horizontalidad sea mala -de hecho, creo que es un objetivo excelente-, sino que
deberiamos reconocer sus limites como principia organizativo cardinal y estar
preparados para trascenderlo cuando sea necesario.
Existe tambien mucha confusion con respecto a las
relaciones entre los bienes comunes y los supuestos males del cercamiento. A
gran escala ( y en particular a escala planetaria), alglin tipo de cer
camiento es a menudo el mejor modo de preservar ciertos bienes comunes muy
valorados. Esto puede sonar como una afirmaci6n contradictoria (y lo es), pero
refleja una situaci6n realmente con tradictoria. En la Amazonia, por ejemplo,
se precisara un acto dra coniano de cercamiento para proteger tanto la biodiversidad
como
5 Un te6rico
anarquista que sf se toma este problema en serio es Murray Bookchin, en
Remaking Society: Pathways to a Green Future, Boston, South End Press, 1 990; y
Urbanization without Cities: The Rise and Decline of Citi zenship, Montreal,
Black Rose Books, 1 992 . Marina Sitrin, Horizontalism:
Voices of Popular Power in Argentina, Oakland, AK
Press, 2006, ofrece una emotiva defensa del pensamiento antijerarquico. Vease
tambien Sara Motta y Alf Gunvald Nilson, Social Movements in the Global South:
Dispossession, Development and Resistance, Basingstoke, Hants, Palgrave
Macmillan, 201 1 . Un importante te6rico de esa corriente antijerarquica
hegem6nica en Ia iz quierda es John Holloway, Change the World without Taking
Power, Londres, Pluto Press, 2002 [ed. cast. : Cambiar el mundo sin tomar el poder,
Barcelona, Viejo Topo, 2009] .
1 1 1
las culturas de las poblaciones indigenas que
forman parte de nues� tros bienes comunes naturales y culturales. Se
requerini casi con seguridad la autoridad estatal para proteger esos bienes
comunes contra la democracia hip6crita de los intereses econ6micos a cono plazo
que destruyen la tierra con plantaciones de soja y cria de ganado. Asi pues, no
se pueden rechazar por principio todas las formas de cercamiento. La producci6n
y cercamiento de espa� cios no mercantilizados en un mundo
despiadadamente mercan� tilizador es sin duda buena; pero en el caso
sefialado puede haber otro problema: expulsar a las poblaciones indigenas de
sus bosques (como a menudo defiende el Fondo Mundial para la Naturaleza) puede
considerarse necesario para preservar la biodiversidad. Pue� de resultar necesario proteger un bien comlin a
expensas de otro. Cuando se veda una reserva natural, se niega el acceso
publico a ella. Es peligroso, no obstante, suponer que la mejor forma de
preservar alglin tipo de bien comun es denegar otto. Los planes conjuntos de
gesti6n forestal, por ejemplo, ofrecen muchas prue bas de que el objetivo dual
de mejorar el habitat y la conservaci6n de los bosques al mismo tiempo que se
mantiene el acceso de sus usuarios tradicionales a sus recursos, suele acabar
beneficiando a ambos. La idea de proteger los bienes comunes mediante el cerca
miento no se a borda con facilidad, sin embargo, por muy necesaria que sea su
exploraci6n activa como estrategia anticapitalista; de hecho, cuando Ia
izquierda demanda cierto tipo de «autonomia local», lo que pretende es cierto
tipo de cercamiento.
Debemos pues concluir que las cuestiones de los
bienes comu nes son contradictorias y que por eso siempre hay disputas sobre
elias, bajo las que suele haber intereses sociales y politicos en con flicto.
De hecho, como ha sefialado Jacques Ranciere, Ia «Ia poli tica es la esfera de
actividad de un bien comun que siempre sera contencioso»6• A fin de cuentas, al
analista solo le queda por de-
6 Jacques Ranciere, citado en Michael Hardt y
Antonio Negri, Com monwealth, Cambridge, Harvard University Press, 2009, p. 3
50 [ed. cast. : Commonwealth. El proyecto de una revolucion del comun, Madrid,
Akal, 201 1 ] .
1 1 2
cidir algo muy simple: �De que lado est:i, que intereses comunes pretende
proteger y con que medias?
En estos ultimos tiempos, por ejemplo, los ricos
tienen la cos tumbre de encerrarse en comunidades de acceso restringido que
definen cierto tipo de bien comun exclusivo, no muy distinto, en principia, del
agua que se reparten cincuenta usuarios de una cuenca sin atender a nadie ajeno
a su comunidad. Esos ricos tie nen adem:is la desfachatez de presentar sus
espacios urbanos ex cluyentes como los bienes comunes tradicionales de un
villorrio, tal como sucede en el caso de K.ierland Commons en Phoenix, Arizona,
descrito como «un pueblecito con espacio para el peque fio comercio,
restaurantes, oficinas, etcetera»7• Los grupos radi cales pueden tambien
aduefiarse de espacios (a veces mediante el ejercicio de derechos de propiedad
privada, como cuando com pran colectivamente un edificio para utilizarlo con
un prop6sito progresista) desde los que pueden promover una polftica o acci6n
comun; 0 pueden crear una comuna 0 un soviet en cierto espacio protegido. Las
«case del popolo» polfticamente activas que Mar garet Kohn califica como
decisivas para la acci6n polftica a prin cipios del siglo XX en ltalia eran
exactamente de ese tipo8• No todas las formas de bien comun suponen un acceso
abierto. Algu nos (como el aire que respiramos) si lo son, mientras que otros
(como las calles de nuestras ciudades) son en principia abiertos, pero
regulados, vigilados y basta gestionados privadamente como distritos para el
fomento de negocios. Y tambien hay otros (como la distribuci6n del agua
controlada por cincuenta granjeros) que desde un principia competen
exclusivamente a un grupo social particular. La mayoria de los ejemplos de
Ostrom en su primer libra eran de este ultimo tipo. Adem:is, en sus estudios
iniciales
7 Elizabeth
Blackmar, «Appropriating "the Common": The Tragedy of Property Rights
Discourse», en Setha Low y Neil Smith (eds.), The Politics of Public Space,
Nueva York, Routledge, 2006.
8 Margaret Kohn, Radical Space: Building the House
of the People, Ithaca,
Cornell University Press, 2003 .
1 1 3
limito su investigacion a los recursos llamados
«naturales» tales como Ia tierra, los bosques, el agua, bancos de peces y otros
pare cidos ( digo «llamados» porque todos los recursos corresponden a
valoraciones tecnologicas, economicas y culturales, y por tanto estan
socialmente definidos).
Ostrom, junto con muchos colegas y colaboradores,
examino mas adelante otros tipos de bienes comunes, tales como los mate riales
geneticos, el conocimiento, bienes culturales y otros por el estilo. Esos
bienes comunes se estan viendo tambien sometidos actualmente a Ia
mercantilizacion y el cercamiento. Los bienes comunes culturales son
mercantilizados (y a menudo expurgados) por un sector de Ia «industria del
patrimonio» [Robert Hewison] muy dado a Ia disneyficacion. Los derechos de
propiedad intelec tual y de patente sobre materiales geneticos y mas en
general so bre el conocimiento cientifico constituyen uno de los temas mas
controvertidos de nuestros dfas. Cuando las editoriales cobran por acceder a
los artfculos de las revistas cientificas y tecnicas que publican, se evidencia
el problema del acceso a lo que deberia ser un conocimiento compartido y
abierto a todos. Durante los ulti mos veinte aiios o asf ha habido una
explosion de estudios y pro puestas practicas, asf como feroces luchas
legales, sobre la crea cion de un conocimiento comnn accesible a todos9•
Los bienes comunes culturales e intelectuales de
este ultimo tipo no estan sometidos a la logica de la escasez o a los usos
exclu yentes que se aplican a la mayorfa de los recursos naturales. Todos
podemos escuchar al mismo tiempo la misma emisora de radio o sintonizar un
canal de television sin menoscabarlo. Los bienes comunes culturales, dicen
Hardt y Negri, «son dinamicos e inclu yen tanto el producto del trabajo como
los medios para su futura produccion. Esos bienes comunes son no solo Ia tierra
que com partimos sino tambien las lenguas que creamos, las practicas so
ciales que establecemos, los modos sociales que definen nuestras
9 Charlotte
Hess y Elinor Ostrom, Understanding Knowledge as a Com mons: From Theory to
Practice, Cambridge, MIT Press, 2006.
1 14
relaciones, etcetera». Se construyen a lo largo del
tiempo y en principia estan abiertos a todos10•
Las cualidades humanas de la ciudad surgen de
nuestras prac ticas en sus diversos espacios, aunque estos esten sometidos a
los cercamientos, al control social y a la apropiaci6n por intereses privados y
publicos/estatales. Existe una importante distinci6n al respecto entre espacios
y bienes publicos, por un lado, y los co munes por otro. Los espacios y bienes
publicos urbanos han sido siempre objeto del poder estatal y la administraci6n
publica, y tales espacios y bienes no constituyen necesariamente un bien comun.
A lo largo de la historia de la urbanizaci6n, el cuidado de espacios y bienes
publicos (como el tratamiento de aguas resi duales y de residuos s6lidos, la
sanidad publica, la educaci6n y otros parecidos) por medios publicos o privados
ha sido crucial para el desarrollo capitalista 1 1 • En la medida en que las
ciudades han sido un marco privilegiado para los conflictos de intereses y
luchas de clases, los administradores urbanos se han visto a me nuda obligados
a suministrar bienes publicos (tales como aloja mientos accesibles, cuidados
sanitarios, educaci6n, pavimentaci6n de las calles, alcantarillado y agua) a
una clase obrera urbanizada. Aunque esos espacios y bienes publicos contribuyen
poderosa mente a las cualidades del bien comun, su apropiaci6n requiere una
acci6n polftica por parte de los ciudadanos y el pueblo. La educaci6n publica
se convierte en un bien comun cuando las fuerzas sociales se apropian de ella y
la protegen y mejoran para su beneficia mutuo (jtres hurras para el PTA!). Las
plazas Syn tagma en Atenas, Tahrir en El Cairo y de Catalunya en Barcelona
eran espacios publicos que se convirtieron en un bien comun ur bana cuando la
gente se reuni6 alli para expresar sus opiniones politicas y proclamar sus
reivindicaciones. La calle es un espacio publico transformado con frecuencia
por la acci6n social en un
10 Michael
Hardt y Antonio Negri, Commonwealth, cit., pp. 1 3 7 - 1 39.
1 1 Martin
Melosi, The Sanitary City: Urban lnfrastrn cture in America,
from Colonial Times to the Present, Baltimore,
Johns Hopkins, 1 999.
1 1 5
bien comun del movimiento revolucionario, asi como
Iugar oca sional de su represi6n sangrienta 12• Siempre ha habido una lucha
sobre la producci6n y la regulaci6n del acceso al espacio y los bienes
publicos, a cargo de quienes debe estar y en beneficia de quien. La lucha por
apropiarse de los espacios y bienes publicos en la ciudad para un objetivo
comun sigue en marcha; pero a fin de alcanzarlo con frecuencia es vital
proteger el flujo de bienes publicos que subyacen bajo las cualidades de los
comunes. A me dida que la politica neoliberal reduce la financiaci6n de bienes
publicos, tambien mengua el bien comun disponible, obligando a los grupos
sociales a buscar otras vias para mantener cada bien comun (por ejemplo, la
educaci6n).
Los bienes comunes no deben considerarse pues como
un tipo particular de cosas o activos y ni siquiera de procesos sociales, sino
como una relaci6n social inestable y maleable entre cierto grupo social
autodefinido y los aspectos de su entorno social y/o fisico, existente o por
ser creado, considerada sustancial para su vida y pervivencia. De hecho, existe
una pnictica social de comu nalizacion, que produce o establece una relaci6n
social con deter minado bien comlin cuyos usos, o bien quedan restringidos a
cier to grupo social, o estan parcial o plenamente abiertos a todos. En el
nucleo de la practica de comunalizaci6n se halla el principia de que la
relaci6n entre el grupo social y el aspecto del entorno con siderado como bien
comlin sera a la vez colectiva y no mercanti lizada, quedando fuera de los
limites de la l6gica del intercambio y las valoraciones de mercado. Este ultimo
punto es crucial, par que ayuda a distinguir entre bienes publicos
interpretados como gastos productivos del estado, y bienes comunes creados o
usados de una forma y con un prop6sito totalmente diferentes, aun cuan do
acaben aumentando indirectamente la riqueza e ingresos del grupo social con
acceso a ellos. U n huerto comlin puede verse asf
1 2 Anthony Vidler, «The Scenes of the Street:
Transformations in Ideal and Reality, 1 7 50- 1 8 7 1 >>, en Stanford
Anderson, On Streets: Streets as Ele ments of Urban Structure, Cambridge, MIT
Press, 1 978.
1 16
como algo bueno en sf mismo, sea cual sea el
alimento que se produce allf, incluso si parte de el se vende en el mercado.
Evidentemente, distintos grupos sociales pueden
emprender Ia pnictica de la comunalizaci6n por muchas razones diferentes. Esto
nos lleva de nuevo a la cuesti6n fundamental de que grupos sociales deben ser
apoyados y cmiles no en el curso de las luchas de comunalizaci6n. Los
ultrarricos, despues de todo, defienden con tanta ferocidad como cualquiera sus
bienes comunales resi denciales y disponen de mucha mas influencia y potencia
de fuego para crearlos y protegerlos.
Con los bienes comunes, incluso -y particularmente-
cuando no pueden ser vedados, siempre se puede hacer negocio, aunque no sean de
por sf una mercancfa. El ambiente y atractivo de una ciudad, por ejemplo, es un
producto colectivo de sus ciudadanos, pero es el sector turfstico el que
capitaliza comercialmente ese bien comun y extrae de el rentas de monopolio
(vease el capitulo
4) . En sus
actividades y sus luchas cotidianas, los individuos y los grupos sociales crean
el mundo social urbano, un marco comun que todos pueden habitar. Aunque ese
bien comlin culturalmente creativo no puede ser destruido por el uso, si puede
ser degradado y banalizado por un empleo desmedido. Las calles congestionadas
por el trafico hacen ese espacio publico particular casi inutil hasta para los
conductores, por no hablar de viandantes y manifestan tes, llegandose en
cierto momento a imponer tasas a la circulaci6n en un intento de restringir su
uso para que puedan funcionar mas eficientemente. Este tipo de espacios urbanos
no constituyen un bien comun. Antes de verse inundadas de autom6viles, no
obstan te, las calles sf solian serlo, como lugar de socialidad popular y de
juego para los nifios (soy lo bastante mayor como para recordar que era allf
donde jugabamos siempre). Pero ese tipo de bien co mun fue destruido y se
convirti6 en un espacio publico dominado por el advenimiento del autom6vil (lo que
suscit6 intentos de las administraciones urbanas de recuperar algunos aspectos
de un pa sado comun «mas civilizado» disponiendo calles cerradas al trafi co,
cafes en las aceras, carriles-bici, miniparques como espacios de
1 1 7
juego y cosas parecidas). Tales intentos de crear
nuevos tipos de bienes comunes urbanos pueden verse no obstante fcicilmente ca
pitalizados, e incluso ser disefiados precisamente con ese prop6si to. Los
parques urbanos casi siempre incrementan el precio de los inmuebles cercanos en
las areas circundantes (con tal, por supuesto, de que el espacio publico del
parque quede regulado y patrullado para mantener alejados a los pandilleros y
traficantes de drogas). La High Line recientemente redisefi.ada en la ciudad de
Nueva York ha tenido un enorme impacto en ese sentido, negando la po sibilidad
de un alojamiento accesible en la zona a la mayoria de los ciudadanos en virtud
del rapido aumento de los alquileres. La creaci6n de este tipo de espacio
publico mengua radicalmente en Iugar de aumentar la potencialidad de un bien
comun para todos, excepto para los mas ricos.
El autentico problema a este respecto, como en la
moraleja original de Hardin, no es el de los bienes comunes en si, sino el de
la incapacidad de los derechos de propiedad privada individuali zada para
satisfacer los intereses comunes tal como se supone que deberian hacerlo. �Por que no nos centramos pues en la propie dad
individual del ganado y el prop6sito individual de maximizar los beneficios, en
Iugar de plantear como problema basico a resol ver el del pasto comun? Despues
de todo, Ia justificaci6n liberal de los derechos de propiedad privada es que
deberian servir para maximizar el bien comun al integrarse socialmente mediante
las instituciones del intercambio justo y el mercado libre. Los intere ses
privados en competencia, en un marco de fuerte poder del estado, debian dar
Iugar, seglin Hobbes, a una riqueza comlin {commonwealth}. Esa misma doctrina,
elaborada con mas detalle por te6ricos liberales como john Locke y Adam Smith,
sigue sien do predicada hoy dia, aunque en el discurso te6rico se disimule
ahora Ia necesidad del estado fuerte que sigue aplicandose en Ia practica sin
contemplaciones. La soluci6n para el problema de Ia pobreza global, seglin nos
asegura el Banco Mundial (recu rriendo insistentemente a las teorias de Soto),
serian los derechos de propiedad privada para todos los habitantes de los
barrios y
1 1 8
poblados chabolistas y su acceso a las
microfinanzas (que precisa mente proporcionan jugosos beneficios a los grandes
financieros del mundo sin evitar que algunos de los microfinanciados acaben
suicidandose como unica via de escape de la esclavitud por deu das)13 . Sin
embargo, prevalece el mito: una vez que se liberen como una fuerza de la
naturaleza los instintos empresariales in trfnsecos de los pobres, se dice,
todos seremos felices y el proble ma de la pobreza cr6nica desaparecera,
aumentando la riqueza comun. Este era tambien el argumento enarbolado en apoyo
del movimiento original de los cercamientos en Gran Bretafia desde finales de
la Edad Media; y no estaba totalmente equivocado.
Para Locke, la propiedad individual es un derecho
natural que surge cuando los individuos crean valor combinando su trabajo con
la tierra. Los frutos de su trabajo les pertenecen a ellos y solo a ellos. Esta
era la esencia de su version de la teoria del valor ba sado en el trabajo14.
El intercambio de mercado socializa ese de recho cuando cada individuo recibe
el valor de lo que ha creado al intercambiarlo por algo equivalente [del mismo
valor] creado por otro. Asf los individuos mantienen, extienden y socializan su
de recho de propiedad privada mediante la creaci6n de valor y un intercambio
de mercado supuestamente libre y justo, y asi es, de cia Adam Smith, como se
crea mas f:icilmente la riqueza de las naciones y se sirve mejor al bien comun.
Y no estaba del todo equivocado.
Pero un supuesto basico de esa teoria es que los
mercados pue den ser libres y justos, y la econornia politica clasica asignaba
al estado la tarea de intervenir para que asi fuera (al menos eso es lo que
Adam Smith aconsejaba a los estadistas). Pero la teoria de Locke tambien tenia
un corolario un tanto displicente, y era que
1 3 World Development Report 2009: Reshaping
Economic Geography, Was hington DC, World Bank, 2009; Ananya Roy, Poverty
Capital: Microfinance and the Making of Development, Nueva York, Routledge,
2010.
14 Ronald
Meek, Studies in the Labour Theory of Value, Nueva York, Mon
thly Review Press, 1 989.
1 1 9
los individuos que no producen valor no pueden
reclamar propie dad alguna. La desposesion de las poblaciones indigenas de
Ame rica por colonos «productivos» se justificaba sosteniendo que esas
poblaciones no produdan valor15•
� Y que deda Marx de todo esto? En los capftulos
iniciales de El Capital aceptaba la ficcion lockeana (aunque cargandola de
ironia cuando, por ejemplo, asumfa el extrafi.o papel del mito de Robin son
Crusoe en el pensamiento politico-economico, seglin el cual alguien arrojado a
un «estado de naturaleza» actuaria instintiva mente como un autentico
empresario britanico)16• Pero cuando Marx explica como la fuerza de trabajo se
convierte en una mer canda individualizada que se compra y se vende en un «mercado
libre y justo», desenmascara implacablemente esa ficcion lockeana para
presentamos su realidad subyacente: un sistema basado en la igualdad del valor
de cambio produce plusvalor para el propietario capitalista de los medios de
produccion mediante la explotacion del trabajo vivo en la produccion (no en el
mercado, donde pueden prevalecer los derechos burgueses constitucionales).
La formulacion lockeana se ve aun mas
espectacularmente desmantelada cuando Marx aborda la cuestion del trabajo
colecti vo. En un mundo en el que los artesanos individuates, disponien do de
sus propios medios de produccion, pudieran intercambiar libremente sus
productos en mercados relativamente libres, esa ficcion lo podria quiza
sostenerse; pero el ascenso del sistema fa bril desde finales del siglo XVIII
-argumentaba Marx- dejaba ob soletas las formulaciones teoricas de Locke, aun
si no lo hubieran sido de entrada. En la fabrica el trabajo se organiza
colectivamen te. En caso de que de esa forma de trabajo pudiera derivar alglin
derecho de propiedad, tendrfa que ser un derecho de propiedad colectiva o
asociada y no individual. La definicion del trabajo pro ductor de valor que
fundamenta la teorfa de Locke de la propie-
1 5 Ellen Meiksins Wood, Empire of Capital,
Londres, Verso, 2005 .
16 Karl Marx,
El Capital, Volumen 1 , tomo 1 , 1.4, Madrid, Aka!, 2000, pp. 1 08- 1 09.
120
dad privada, deja de cumplirse para el individuo y
se desplaza al rrabajador colectivo. De ahi deberia derivar el comunismo, basa
do en «una asociaci6n de hombres libres que trabajan con medios de producci6n
comunes y gastan conscientemente sus diversas fuerzas de trabajo individuales
como una unica fuerza d� trabajo comun»17• Marx no defiende la propiedad
estatal, sino alguna for ma de propiedad que corresponda al trabajador
colectivo que pro duce para el bien comlin.
La acreditaci6n de ese tipo de propiedad podria
derivarse del propio argumento de Locke sobre la producci6n de valor, dando le
la vuelta. Supongamos, dice Marx, que un capitalista comienza a producir con un
capital de 1 .000 libras y que en el primer aiio obtiene 200 libras de
plusvalor, resultante de la combinaci6n del trabajo de sus obreros con la
tierra y otros medios, y luego usa ese excedente para su consumo personal. AI
cabo de cinco aiios las 1 .000 libras iniciales deberian pertenecer a los trabajadores,
ya que son ellos los que han combinado su trabajo con la tierra, mientras que
el capitalista ha consumido toda su riqueza origi naP8. Seglin la 16gica de
Locke deberia, al igual que las poblacio nes indigenas de America, perder
todos sus derechos, ya que el mismo no ha producido ninglin valor.
Aunque esa idea pueda sonar escandalosa, es la que
subyacia bajo el plan Rehn-Meidner sueco propuesto inicialmente en 1 95 1 y
adoptado decenio y medio despues por los sindicatos y el Parti do
Socialdem6crata sueco1 9• El dinero recaudado mediante un impuesto sobre los
beneficios empresariales, a cambio de la con tenci6n salarial aceptada por los
sindicatos, debia depositarse en un fondo controlado por los trabajadores, que
invertiria en las empresas aumentando poco a poco su participaci6n en el capital
1 7 Ibid.,
p. 1 1 0.
1 8 Ibid.,
Volumen 1 , tomo 3 , cap. XXI «Reproducci6n simple», Madrid,
Aka!, 2000, p. 1 3 .
1 9 Robin
Blackburn, «Rudolph Meidner, 1 9 1 4 -2005: A Visionary Prag
matist>>, Counterpunch, 22 de diciembre de
2005.
social de estas hasta que quedaran bajo el control
comun de los trabajadores asociadas. El capital se resisti6 a esta idea con
todas sus fuerzas y nunca lleg6 a desarrollarse plenamente, pero se de berfa
reconsiderar. La conclusion central es que el trabajo colec tivo que produce
valor debe dar lugar a derechos de propiedad colectiva, no individual. El valor
-el tiempo de trabajo socialmen te necesario para la producci6n de cualquier
articulo o servicio es ahora el bien comun de los capitalistas representado
por el di nero, el equivalente universal en el que se mide la riqueza comun.
Los bienes comunes no son, por tanto, algo que existi6 en otro tiempo y que se
perdi6, sino algo que se sigue produciendo con tinuamente, como los bienes
comunes urbanos. El problema es que tambien siguen siendo continuamente
expropiados por el ca pital en su forma mercantilizada y monetizada, aunque
sigan sien do producidos continuamente por el trabajo colectivo.
El medio principal mediante el que se produce esa
expropia ci6n en el contexto urbano es por supuesto la extracci6n de rentas
del suelo y los inmuebles20• Un grupo comunitario que lucha por mantener la
diversidad etnica en su barrio y se esfuerza por pro tegerlo frente a la
gentrificaci6n puede encontrarse de repente con que los precios (e impuestos)
de sus propiedades aumentan a medida que los agentes de la propiedad
inmobiliaria ofrecen a los ricos el «caracter» multicultural, animado y diverso
de su barrio. Una vez que el mercado ha culminado su labor destructiva, resul
ta no solo que los residentes originates se han visto desposeidos de ese bien
comlin que habian creado (viendose a menudo expulsa dos de el por el aumento
de los alquileres y de los impuestos sobre la propiedad), sino que el propio
bien comun se degrada hasta ser irreconocible. La revitalizaci6n del entomo
mediante la gentrifi caci6n del sur de Baltimore disip6 una vida callejera muy
entrete nida, sobre todo cuando el buen tiempo animaba a la gente a sen tarse
desde el atardecer en sus porches a charlar con los vecinos,
20 Hardt y
Negri han resucitado recientemente el interes general por esta importante idea
(Commonwealth, cit., p. 258).
122
reemplazandola por casas con aire acondicionado y
puertas blin dadas a prueba de ladrones, con un BMW aparcado fuera y una
terraza en la azotea, pero donde las calles habian quedado vadas. La
revitalizacion significo en este caso desvitalizacion, al menos en opinion de
los antiguos vecinos. Ese es el destino que amenaza ahara a lugares como
Christiania en Copenhague, el distrito de St. Pauli de Hamburgo o Willamsburg y
DUMBO en la ciudad de Nueva York, donde ya destruyo antes el distrito del SoHo.
Esta es seguramente una explicacion mucho mejor de
la autenti ca tragedia de los bienes comunes urbanos en nuestra epoca. Quie
nes crean un entorno vital interesante y estimulante lo pierden ante las
practicas depredadoras de los promotores inmobiliarios, los fi nancieros y los
consumidores de clase alta carentes de imaginacion social urbana. Cuanto
mejores son las cualidades comunes que crea un grupo social, mas probable es
que se vea asaltado y caiga bajo el fmpetu de intereses privados sedientos de
beneficia.
Pero hay otra cuestion analitica a observar. El
trabajo colectivo del que se ocupo Marx se localizaba en su mayor parte en las
fa bricas. �Pero que pasa
si ampliamos esa concepcion para pensar, como sugieren Hardt y Negri, que es la
metropolis la que ahara constituye un vasto bien comun producido por el trabajo
colecti vo realizado en y sabre la ciudad? El derecho a utilizar ese bien
comun debe reconocerse sin duda a todos los que han participado en su
produccion y esta es, evidentemente, la base para la reivin dicacion del
derecho a la ciudad por parte de los colectivos que la han creado. La lucha por
el derecho a la ciudad se enfrenta a los poderes del capital que se nutre
despiadadamente de las rentas derivadas de la vida en comun que otros han producido.
Esto nos recuerda que el problema real reside en el caracter privado de los
derechos de propiedad y el poder que estos confieren a apropiar se, no solo
del trabajo, sino tambien del producto colectivo de otros. Dicho de otro modo,
el problema no es el bien comun en sf, sino las relaciones entre quienes lo
producen o mejoran a di versas escalas y quienes se apropian de el para su
beneficia priva do. Gran parte de la corrupcion en que se enfanga la politica
ur-
1 2 3
bana tiene que ver con la asignacion de recursos en
inversiones publicas para producir algo que parece un bien comun pero que
engorda las ganancias en bienes privados de unos cuantos propie tarios
privilegiados. La distincion entre bienes publicos y bienes comunes urbanos es
a la vez fluida y peligrosamente porosa. �Con cuanta frecuencia subvenciona el estado
proyectos de desarrollo en nombre del interes comun, cuando los autenticos
beneficiarios son unos pocos propietarios de tierras, financieros y promotores?
� Como se
producen, organizan, utilizan y apropian los bienes comunes urbanos en toda un
area metropolitana? Esta relativa mente claro como podria funcionar la
comunalizaci6n a nivel lo cal; solo precisa cierta combinaci6n de iniciativa
individual y pri vada para organizar y captar efectos de exterioridad al
tiempo que sima algunos aspectos del entomo fuera del alcance del mercado. La
administraci6n local interviene mediante regulaciones, codi gos, estandares e
inversiones publicas, junto con la organizaci6n formal e informal del entomo
(por ejemplo, una asociacion co munal que puede ser o no politicamente activa
y militante, depen diendo de las circunstancias). Hay muchos casos en los que
las estrategias y cercamientos territoriales en el medio urbano pue den
convertirse en un vehiculo para que la izquierda politica pro mueva su causa.
Los organizadores del trabajo precario y de bajos ingresos en Baltimore
declararon toda el area Inner Harbor «zona de derechos humanos protegidos» -una
especie de bien comun en la que todo trabajador debia recibir un salario
minimo vital. La federacion de asociaciones de vecinos de El Alto, junto a La
Paz, se convirti6 en una de las bases clave de las rebeliones de 2003 y 2 005,
en las que toda la ciudad se moviliz6 colectivamente con
tra las formas dominantes de poder politico2 1 • El
«cercamiento»
2 1 United Workers Organization and National
Economic and Social Rights Initiative, Hidden in Plain Sight: Workers at
Baltimore's Inner Harbor and the Stroggle for Fair Development, Baltimore y
Nueva York, 201 1 ; Sian Lazar, El Alto, Rebel City: Self and Citizenship in
Andean Bolivia, Durham, Duke University Press, 2010.
124
puede servir asi como medio transitorio para
obtener un prop6si to politico comun.
Sigue cumpliendose pese a todo el resultado general
que des cribia Marx: el capital, obligado por las leyes irrefragables de la
competencia a maximizar beneficios (rentabilidad) -como los pro pietarios de
ganado en el cuento de Hardin-, induce
progreso en el arte, no solo de robar al obrero,
sino tambien de es quilmar la tierra; cada paso que se da en el incremento de
su fertili dad durante un periodo deterrninado tiende a arruinar las fuentes
de esa rnisma fertilidad a mas largo plaza. Cuanto mas se basa la econo rnia
de un pais en la industria a gran escala como fundamento de 3U desarrollo, como
en el caso de Estados Unidos, mas rapido es ese proceso de destrucci6n. La
producci6n capitalista, par tanto, desa rrolla las tecnicas y el grado de
combinaci6n del proceso social de producci6n al tiempo que socava las fuentes
originarias de toda ri queza, la tierra y el trabajador22•
La urbanizaci6n capitalista tiende perpetuamente a
destruir la ciudad como bien comtl.n social, politico y vital.
Esta «tragedia» es similar a la que describe
Hardin, pero la 16gica de la que brota es totalmente diferente. La acumulaci6n
individualizada de capital, si se deja sin regulaci6n, amenaza perpe tuamente
destruir los dos recursos basicos de la propiedad comtl.n que subyacen bajo
todas las formas de producci6n: el trabajador y la tierra. Pero la tierra que
ahora habitamos es un producto del trabajo humano colectivo. La urbanizaci6n no
es sino la produc ci 6n continua de un bien comun urbano ( o su sombra de espacios
y bienes publicos) y su perpetua apropiaci6n y destrucci6n por intereses
privados. Y cuando la acumulaci6n de capital se produce con una tasa de
crecimiento compuesto (el nivel satisfactorio rni nimo suele ron dar el 3 por
1 00), tam bien aumentan en escala e
22 Karl Marx,
El Capital, Volumen 1 , tomo 2 , XIII.lO, Madrid, Aka!,
2000, pp. 2 5 1 -252 .
1 2 5
intensidad con el tiempo esas dos amenazas duales
al entomo (tanto «natural» como construido) y al trabajo23• Considerese por
ejemplo Ia destrucci6n urbana que ha sufrido Detroit para apre ciar lo
devastador que puede ser ese proceso.
Pero lo mas interesante del concepto de los bienes
comunes urbanos es que plantea muy concentradamente todas las contra dicciones
politicas de los bienes comunes. Consideremos, por ejemplo, Ia cuesti6n de Ia
escala a Ia que nos movemos, desde Ia cuesti6n de los vecindarios locales y su
organizaci6n politica hasta la de la region metropolitana en su conjunto.
Tradicionalmente, las cuestiones de los bienes comunes a escala metropolitana
se han gestionado mediante mecanismos estatales y regionales de planificaci6n
urbana, reconociendo que los recursos comunes re queridos para atender
debidamente a las poblaciones urbanas, ta les como el abastecimiento de agua,
el transporte, el tratamiento de residuos y los espacios abiertos para el
recreo y entretenimien to tienen que ser suministrados a escala metropolitana
y regional. Pero cuando se trata de enlazar conjuntamente cuestiones de ese
tipo, el analisis de la izquierda se difumina, invocando esperanza damente
algtin tipo de concordancia magica de las acciones loca les que pudiera ser
efectiva a escala regional o global, o limitan dose a anotarlo como un
problema realmente importante, para regresar inmediatamente a la escala micro y
local en la que se siente mas c6moda.
Podemos aprender algo de la reciente historia del
pensamien to mas convencional sobre los bienes comunes. La recien fallecida
Elinor Ostrom, por ejemplo, en su discurso de agradecimiento al recibir el
premio Nobel en 2009, parecia sugerir en su subtitulo «Gobemanza policentrica
de sistemas econ6micos complejos», que tenia alguna soluci6n para las
cuestiones de los bienes comu nes a varias escalas, aunque de hecho se
limitaba a esgrimir espe ranzadamente la idea de que «cuando un recurso comun
esta es trechamente relacionado con un sistema socioecol6gico mas
23 David
Harvey, The Enigma of Capital, And the Crises of Capitalism, cit.
126
amplio, las actividades de gobernanza se organizan
en capas mul tiplemente anidadas», pero sin recurrir, insistia, a ninguna
estruc rura jenirquica monocentrica24•
El problema crucial a este respecto es imaginarse
como podria funcionar realmente un sistema de gobernanza policentrico (o algo
analogo, como la confederaci6n de municipios libertarios de Murray Bookchin), y
asegurarse de que no encubre algo muy di ferente. Esta cuesti6n reconcome no
solo los argumentos de Os trom, sino una variedad muy amplia de propuestas
radicales de izquierda con respecto al problema de los bienes comunes. Por esa
raz6n es muy importante percibir adecuadamente cual es la critica que cabe
hacerle.
En un articulo preparado para una conferencia sobre
el cam bio climatico global, Ostrom detall6 mas su argumento, basando se en
los resultados de un estudio del suministro de servicios pu blicos en
determinados municipios durante un largo periodo25• Durante mucho tiempo se
habia supuesto que la gesti6n conjunta del suministro de servicios publicos
desde estructuras de gobiemo metropolitanas a gran escala, a diferencia de su
desperdigamien to en numerosas administraciones locales aparentemente ca6ti
cas, mejoraria su eficiencia y eficacia; pero esos estudios mostra ban
convincentemente que no era asi. Las razones se redudan en definitiva a que era
mucho mas facil organizar y poner en funcio namiento la acci6n colectiva y
cooperativa con una gran partici paci6n de los habitantes en jurisdicciones
mas pequeiias, y en el hecho de que la capacidad de participaci6n disminuia
nipida mente a medida que aumentaba el tamaiio de la unidad adminis trativa.
Ostrom finalizaba citando a Andrew Sancton para asegu rar que
24 Elinor
Ostrom, «Beyond Markets and States: Polycentric Governan
ce of Complex
Economic Systems>>, American Economic Review 1 00 (3), pp.
200, 641 -672 .
25 Elinor Ostrom,
«Polycentric Approach for Coping with Climate
Change>>, Background Paper to the 2010 World
Development Report, Was hington, DC, World Bank, Policy Research Working Paper
5095, 2009.
1 2 7
los gobiernos municipales son algo mas que
suministradores de ser, vicios. Son mecanismos democraticos mediante los cuales
se gobier, nan a escala local las comunidades de base territorial [ . . . ] Los
que pretenden obligar a los municipios a fusionarse aseguran siempre que
pretenden fortalecer los gobiernos municipales. Tal plantea, miento -por muy
buenas intenciones que tenga- erosiona los funda, mentos de nuestras
democracias liberales porque socava la idea de que puede haber formas de
autogobierno no insertas en las institu, ciones del gobierno centraP6•
Mas alla de la eficiencia y eficacia del mercado,
existe una ra, zon no mercantil para potenciar Ia pequefia escala: «Aunque las
unidades a gran escala formen parte de la gobernanza efectiva de las regiones
metropolitanas -conclufa Ostrom- tambien son ne, cesarias unidades a pequefia y
mediana escala», cuyo papel cons tructivo, argumentaba, «debe repensarse
seriamente». �Pero como se
deben estructurar las relaciones entre esas unidades mas pe quefias? La
respuesta, dice Vincent Ostrom, es un «Orden poli centrico» en el que «muchos
elementos pueden realizar ajustes redprocos ordenando sus relaciones mutuas
dentro de un sistema general de reglas en el que cada elemento actUa
independiente mente de los demas»27•
� Por que no
acaba de satisfacernos ese panorama ideal? Todo el argumento se basa en la
Hamada «hipotesis [ o modelo] Tie bout>> de una metropolis fragmentada en
la que muchas jurisdicciones ofrecerian autonomamente un regimen particular de
impuestos locales y un conjunto particular de bienes publicos a los posibles
residentes, quienes <<Votarian con los pies» optando por la combi-
26 Andrew Sancton, The Assault on Local Government,
Montreal, MeGill Queen's University Press, 2000, p. 1 67 (citado en E. Ostrom,
«Polycentric Approach for Coping with Climate Change>>).
27 Vmcent Ostrom, «Polycentricity-Part l>>,
en Michael McGinnis (ed.),
Polycentricity and Local Public Economies, Ann
Arbor, University of Michigan Press, 1 999 (citado en E. Ostrom, «Polycentric
Approach for Coping with Climate Change>>).
1 2 8
0aci6n particular de tasas y servicios mas adecuada
a sus propias necesidades y preferencias28• A primera vista la propuesta parece
muy atractiva, pero presenta un problema, y es que cuanto mas rico es uno mas
facilmente puede votar con los pies y pagar la cuo ta de entrada que suponen
los costes del suelo y los edificios. La educaci6n superior publica puede
financiarse a partir de elevados precios e impuestos a la propiedad
inmobiliaria, pero los pobres se veran privados de acceso a la educaci6n superior
y condenados a vivir en una jurisdicci6n pobre con escasa educaci6n publica. La
consiguiente reproducci6n de los privilegios y el poder de clase mediante la
gobemanza policentrica entra claramente en las estra tegias de clase
neoliberales de la reproducci6n social.
Junto con muchas propuestas mas radicales para una
autono mia descentralizada, la de Ostrom corre el peligro de caer exacta
mente en esa trampa. La politica neoliberal favorece de hecho tanto la
descentralizaci6n administrativa como la maximizaci6n de la autonomia local.
Aunque por un lado esto abre un espacio en el que las fuerzas radicales pueden
plantar con mayor facilidad las semillas de una agenda mas revolucionaria, la
toma contrarre volucionaria de Cochabamba en 2007 por las fuerzas de la reac
ci6n en nombre de la autonomia (hasta que fueron desalojadas por la rebeli6n
popular) sugiere que la opci6n por el localismo y la autonomia como pura
estrategia por buena parte de la izquier da es problematica. En Estados Unidos
los lideres de la Iniciativa de Cleveland, celebrada como ejemplo de
comunitarismo aut6-nomo, apoyaron la elecci6n como gobemador de un republicano
antisindical de extrema derecha.
La descentralizaci6n y la autonomia pueden servir
facilmente para generar mayor desigualdad mediante la neoliberalizaci6n. Asi,
en el estado de Nueva York, la oferta dispar de servicios de educaci6n publica
en distintos distritos con recursos financieros muy desiguales ha sido
considerada anticonstitucional por los tri-
28 Charles
Tiebout, «A Pure Theory of Local Expenditures», Journal of Political Economy
64/5 (1 956), pp. 41 6-424.
1 29
bunales, que han ordenado al estado en una
sentencia Ia promo, cion de mayor igualdad en Ia oferta de servicios
educativos. Pero el gobierno del estado no lo ha hecho hasta ahara, escudandose
en Ia situacion de emergencia presupuestaria y fiscal para demorar Ia ejecucion
de Ia sentencia. Observemos en cualquier caso que han sido los tribunales del
estado, de mayor rango y jerarquicamen, te organizados, los que han exigido una
mayor igualdad de trato como derecho constitucional. Ostrom no descarta, evidentemen,
te, tales intervenciones desde arriba; las relaciones entre comuni, clades que
funcionan independiente y autonomamente tienen que ser reguladas de algU.n modo
(de ahi Ia referencia de Vi cent Os, trom a las «reglas establecidas»); pero no
nos aclara como se pue den establecer tales reglas de mayor rango ni por
quien, ni como podrian estar sujetas a un control democratico. Para Ia
totalidad de una region metropolitana son a Ia vez necesarias y cruciales algu
nas de esas reglas (o practicas habituales). Ademas, tales reglas no solo deben
ser establecidas y aseguradas, sino que tambien deben ser puestas en vigor y
activamente controladas (como en el caso de cualquier bien comlin). No hace
falta mirar mas alla de la «poli centrica» eurozona para ver un ejemplo
catastrofico de lo que pue de ir mal: se supone que todos sus miembros deben
someterse a reglas que restringen su deficit presupuestario, pero cuando la ma
yoria de ellos violan esas reglas no hay forma de obligarles ni de resolver los
desequilibrios fiscales que surgen entre los estados. Obligar a estos a cumplir
los limites establecidos a las emisiones de C02 parece una tarea igualmente
desesperada. Aunque la respues ta historica a la pregunta «2quien pone lo
"comlin" en el Mercado Comun?» puede parecer que incluye todo lo que
anda descamina do en las formas jerarquicas de gobierno, la alternativa
imaginaria de miles y miles de municipios autonomos que defenderian feroz
mente la autonomia de su terrufio al tiempo que negociaban inter minable y sin
duda muy acremente su posicion dentro de la divi sion del trabajo a escala
europea no es precisamente alentadora.
� Como puede
funcionar una descentralizacion radical -un ob jetivo ciertamente valioso-
fuera del marco de una autoridad je-
1 30
nirquica de mayor rango? Parece bastante ingenuo
creer que el policentrismo o cualquier otra forma de descentralizacion pueda
funcionar sin fuertes restricciones jenirquicas y una fuerza coacti va. Buena
parte de Ia izquierda radical -en particular su ala anar quista y autonomista-
carece de respuesta para este problema. Las intervenciones estatales (por no
hablar de su control o coac cion para hacer cumplir lo acordado) le parecen
inaceptables, y en general niega legitimidad a Ia constitucionalidad burguesa.
En su Iugar existe una vaga y candida esperanza de que los grupos socia les
que han organizado satisfactoriamente sus relaciones con los bienes comunes a
escala local converjan hacia algtin tipo de prac tica y relacion mutua
satisfactoria mediante Ia negociacion y Ia interaccion. Para que esto
ocurriera, los grupos locales no debe dan verse perturbados por ningtin efecto
externo que sus acciones p udieran tener sobre el resto del mundo y tendrian
que renunciar a eventuales ventajas, democraticamente distribuidas en el seno
del grupo social, a fin de salvar o complementar el bienestar de sus projimos
cercanos (por no hablar de los distantes), que como resultado de malas
decisiones o de Ia mala fortuna sean victimas del hambre o Ia miseria. La historia
nos ofrece muy pocas pruebas de que tal redistribucion pueda funcionar por las
buenas de ma nera estable, y lo habitual es que aumenten las desigualdades so
ciales entre distintas comunidades. Esto resulta muy acorde con el proyecto
neoliberal de no solo proteger sino promover las es tructuras de privilegio
del poder de clase (del tipo tan claramente evidenciado en Ia debacle de Ia
financiacion de Ia escuela publica en el estado de Nueva York).
Murray Bookchin es muy consciente de esos peligros
cuando dice que «Ia agenda de un municipalismo libertario puede facil mente
quedar vacia o incluso ser utilizada para fines estrechamen te conservadores».
Su propuesta para superar esos riesgos es el «confederalismo». Mientras que las
asambleas municipales fun cionarian mediante Ia democracia directa en Ia base
para tomar decisiones, el estado seria sustituido «por una red confederal de
asambleas municipales y Ia economia empresarial por una auten-
1 3 1
tica economia politica en la que los gobiernos
municipales, inte ractuando economica y politicamente, resolverian sus
problemas materiales como cuerpos ciudadanos en asambleas abiertas». Esas
asambleas confederales supervisarian la administracion y gobier no de
politicas decididas en las asambleas municipales, y los dele gados serian
revocables y responsables en todo momenta ante las asambleas municipales. Los
consejos confederales
se convierten en el medio para vincular aldeas,
pueblos, barrios y ciudades en redes confederales. El poder fluye asi de abajo
arriba y no de arriba abajo, y en las confederaciones el flujo del poder de
abajo arriba disminuye con el ambito del correspondiente consejo federal que
abarca en primer Iugar localidades, de estas pasa a las regiones y de estas a
areas territoriales mas amplias29•
La de Bookchin es de lejos la propuesta radical mas
sofisticada con respecto a la creacion y uso colectivo de los bienes comunes en
toda una variedad de escalas, y vale la pena estudiarla como parte de la agenda
anticapitalista radical.
Esta cuestion es tanto mas acuciante debido al
violento asalto neoliberal contra la administracion publica de bienes sociales
du rante los ultimos treinta aiios 0 mas, en consonancia con el ataque
generalizado contra los derechos y el poder de los trabajadores organizados
iniciado en la decada de 1970 (desde Chile hasta Gran Bretaiia), pero que se
concentro mas directamente en los castes de la reproduccion social del trabajo.
El capital habia preferido durante mucho tiempo tratar los castes de la reproduccion
social como algo externo -un coste del que no se hace cargo el merca do- pero
el movimiento socialdemocrata y la activa amenaza de una alternativa comunista
hasta la decada de 1 970 obligo al capi tal a internalizar en los paises
capitalistas avanzados parte de esos castes, asi como de los castes externos
atribuibles a la degrada-
29 Murray Bookchin, Urbanization Without Cities:
The Rise and Decline of
Citizenship, Montreal, Black Rose Books, 1 992 ,
caps. 8 y 9.
1 3 2
cion del medio ambiente. El proposito de las
politicas neolibera les desde 1 980, poco mas o menos, ha sido subsumir esos
costes entre los comunes globales de la reproduccion social y el medio
ambiente, creando, por decirlo asi, unos bienes comunes negati vos en los que
se ven obligadas a vivir poblaciones enteras. Las cuestiones de la reproduccion
social, el genero y los bienes comu nes estan inextricablemente ligadas30•
La respuesta por parte del capital a la crisis
global iniciada en 2007 ha sido tratar de poner en practica un plan draconiano
de austeridad global que disminuye la oferta de bienes publicos al servicio de
la reproduccion social y la mejora del medio ambiente, disminuyendo asi las
cualidades de los bienes comunes en ambos casos. Tambien se ha valido de la
crisis para facilitar una actividad aun mas depredadora en la apropiacion
privada de los bienes co munes como condicion supuestamente necesaria para la
recupe racion del crecimiento. El uso de las expropiaciones, por ejemplo, para
apropiarse de espacios con propositos privados (al contrario de los fines de
«utilidad publica» para los que se concibieron ori ginalmente tales leyes) es
un caso clasico de redefinici6n de la causa publica como patrocinio estatal del
desarrollo privado.
Desde California hasta Grecia, la crisis ha
producido perdidas en los bienes y derechos urbanos de la gran mayoria de la
pobla cion, a las que se ha sumado la extension del poder capitalista
depredador sobre la poblaci6n de bajos ingresos hasta ahora mar ginada. Ha
sido, en resumen, un ataque generalizado contra los bienes comunes
reproductivos y medioambientales. Mas de dos mil millones de personas que viven
con menos de 2 dolares dia rios estan siendo inducidas a las microfinanzas
como «subprime de todas las formas subprime de credito», para extraer de ellas
riqueza (como sucedi6 en el mercado de la vivienda estadounidense me diante
los creditos predadores subprime seguidos por los desahu-
30 Silvia
Federici, «Women, Land Struggles and the Reconstruction of
the Commons>>, Working USA: The Journal of
Labor and Society 14 (20 1 1 ),
pp. 41
-56.
1 3 3
cios) con la que engalanar las grandes mansiones de
los ricos. Los bienes comunes medioambientales estan igualmente amenazados '
mientras que las soluciones propuestas (como el comercio de los derechos de
emisi6n de di6xido de carbono y las nuevas tecnolo gias medioambientales)
pretenden que busquemos la salida del impasse utilizando los mismos
instrumentos de acumulaci6n de capital e intercambio especulativo en el mercado
que nos llevaron a el. No es sorprendente pues que los pobres no solo sigan
ahi, sino que su numero crezca en Iugar de disminuir con el tiempo. Aunque
India viene acumulando un respetable registro de creci miento durante la
crisis, por ejemplo, el mimero de milmillona rios en ese pais ha aumentado de
26 a 69 durante los tres ultimos afios, mientras que el mimero de chabolistas
casi se ha duplicado durante la ultima decada. Los impactos urbanos provocan
estupe facci6n al ver como surgen lujosas casas de apartamentos con aire
acondicionado en medio de la miseria y la degradaci6n, de la que nadie se
ocupa, en que vive la gente empobrecida que se debate por hallar alglin tipo de
existencia aceptable.
El desmantelamiento de los marcos y controles
reguladores que trataban, por insuficientemente que fuera, de frenar la incli
naci6n a las practicas predadoras de acumulaci6n, ha desencade nado la l6gica
de apres moi le deluge de la especulaci6n financiera desmedida que ha acabado
convirtiendose en una autentica or gia de destrucci6n creativa, en particular
el desbordamiento deli rante de Ia urbanizaci6n capitalista. El dafio solo se
puede contener y revertir mediante Ia socializaci6n de Ia producci6n y distribu
ci6n del excedente y la creaci6n de una nueva riqueza comlin ac cesible a
todos.
En este contexto cobra aun mayor importancia el
resurgimien to de una ret6rica y una teoria de los bienes comunes. Si los bie
nes publicos administrados por el estado declinan o se convierten en un mero
instrumento para la acumulaci6n privada (como esci sucediendo en la ensefianza)
o si el estado se retira de su adminis traci6n, existe una unica respuesta
posible, y es que la poblaci6n se autoorganice para gestionar sus propios
bienes comunes (como
1 34
0curri6 en Bolivia, tal como veremos en el capitulo
5). El recono cimiento politico de que los bienes comunes pueden ser produci
do s, protegidos y utilizados para el beneficia social se convierte en un marco
para resistirse al poder capitalista y repensar Ia poli tica de una transici6n
anticapitalista.
Pero lo que importa ahi no es la combinaci6n
particular de dispositivos institucionales -los cercamientos en un sitio, las
am pliaciones de diversos mecanismos colectivos y de propiedad co mun en
otto- sino que el efecto unificado de Ia acci6n politica corrija Ia degradaci6n
cada vez mayor de los recursos del trabajo y de la tierra (incluidos los
recursos insertos en la «segunda natu raleza» del entorno construido) en manos
del capital. En ese es fuerzo, la «rica combinaci6n de instrumentos» que Elinor
Os trom comienza a especificar -no solo publicos y privados, sino colectivos y
asociativos, anidados, jer:irquicos y horizontales, ex cluyentes y abiertos-
desempefi.ani un papel clave en la busqueda de vias para organizar la
producci6n, distribuci6n, intercambio y consumo a fin de satisfacer las
necesidades y aspiraciones huma nas sobre una base anticapitalista. Esa rica
combinaci6n no viene dada, sino que debe ser construida.
La cuesti6n no es que la clase que se apropia de la
riqueza co mun arrebatandosela a la clase que la produce cumpla los requeri
mientos propios de la acumulaci6n. El resurgimiento de los bienes comunes como
cuesti6n politica tiene que integrarse plenamente en la lucha anticapitalista
de forma muy especifica. Desgraciada mente, la idea de los bienes comunes
(como el derecho a la ciudad) esta siendo tan facilmente apropiada por el poder
politico existen te como lo esta siendo el valor a extraer de los bienes
comunes urbanos por los intereses inmobiliarios. La cuesti6n es por tanto
cambiar todo eso y hallar formas creativas de utilizar los poderes del trabajo
colectivo para el bien comun, y mantener el valor pro ducido bajo el control
de los trabajadores que lo producen.
Esto requiere una ofensiva politica en dos
direcciones, por un lado para obligar al estado a esforzarse mas en el
suministro de bienes publicos para finalidades publicas, y por otto la
autoorgani-
1 3 5
zaci6n de poblaciones en teras para apropiarse,
usar y complemen� tar esos bienes de forma que extiendan y mejoren las cualidades de los
bienes comunes reproductivos y medioambientales no mercan� tilizados. La producci6n, protecci6n y uso de
bienes publicos y com�nes en ciudades como Bombay, Sao Paulo,
Johannesburgo, Los Angeles, Shanghai y Tokio se convierte en una cuesti6n cen
tral que de ben afrontar y corregir los movimientos sociales demo craticos; y
esto requerira mucha mas imaginaci6n y sofisticaci6n de la que actualmente
circula en las principales teorfas radicales, en particular en la medida en que
esos bienes comunes est:in sien do continuamente creados y apropiados mediante
la forma capita lista de urbanizaci6n. El papel de los bienes comunes en la
forma cion de las ciudades y en la polftica urbana solo empieza ahara a ser
claramente reconocido y elaborado, tanto te6ricamente como en el campo de la
practica radical. Hay mucho trabajo por hacer, pero tambien hay abundantes
signos en los movimientos sociales urbanos de todo el mundo de que hay mucha
gente, con una masa critica de energfa polftica, dispuesta a hacerlo.
1 36
CAPITULO CUATRO
El arte de la renta
El mimero de trabajadores dedicados a las
actividades y pro ducciones culturales ha aumentado considerablemente durante
las ultimas decadas (de unos 1 50.000 artistas registrados en Ia region
metropolitana de Nueva York a principios de Ia decada de 1 980 a mas del doble
en este momenta), y sigue creciendo. Constituyen el nucleo creativo de lo que
Daniel Bell llama «la masa cultural» (no los creadores, sino los transmisores
de Ia cul tura en los medias y otros lugares)1, y su actitud polftica ha ido
cambiando con los afi.os. Durante la decada de 1 960 las escuelas y talleres de
arte eran un vivero de discusiones radicales, pero la pacificacion y
profesionalizacion subsiguiente ha menguado no tablemente su capacidad
subversiva. Por mas que Ia estrategia y el pensamiento socialista necesiten una
reconfiguracion, revita lizar tales instituciones como centros de compromiso
politico y movilizar la capacidad polftica y agitadora de los productores
culturales es con seguridad un objetivo valioso para Ia izquierda. Aunque hoy
dfa dominan incuestionablemente Ia comercializa cion y los incentivos de
mercado, entre los productores cultura les hay muchos descontentos y
corrientes disidentes que pueden fertilizar ese campo, abriendolo a Ia
expresion crftica y a Ia agi tacion polftica para Ia produccion de un nuevo
tipo de bienes comunes.
1 Daniel
Bell, The Cultural Contradictions of Capitalism, Nueva York, Ba
sic Books, 1 978, pp. 20; David Harvey, The
Condition of Postmodernity, cit.,
pp. 290-2
9 1 , 347-349; Brandon Taylor, Modernism, Postmodernism, Realism:
A Critical Perspective for Art, Winchester,
Winchester School of Art Press, 1 987, p. 77 .
1 3 7
La cultura es un bien comun y es innegable que se
ha converti do en una especie de mercancia. Aun asi, tambien es general la
creencia de que en ciertos productos y acontecimientos culturales (ya sea en
las artes plasticas o en el teatro, la musica, el cine, la ar quitectura o mas
en general en ciertas formas de vida, tradici6n, recuerdos colectivos y
comunidades afectivas) hay alga especial que los diferencia de las mercancias
ordinarias como las camisas o los zapatos. Aunque la frontera entre unos y otros
tipos de mer candas sea muy porosa (quiza cada vez mas), hay todavia razones
para mantener entre ellos una distancia analitica. Puede suceder, par supuesto,
que distingamos los artefactos y acontecimientos culturales porque no podemos
sino pensarlos como autenticamen te diferentes, situados en un plano mas
elevado de la creatividad y la sensibilidad humana que las mercancias
producidas y consumi das en masa; pero aun si prescindimos de cualquier
residua de qui meras ilusorias (a menudo respaldadas por poderosas
ideologias), todavia queda alga muy especial en esos productos denominados
«culturales». Los estudios y galerias de arte y los cafes y bares don de los
musicos se encuentran para tocar no son lo mismo que las tiendas de ropa aunque
para seguir existiendo tengan igualmente que obtener beneficios suficientes
para pagar el alquiler del local.
� Como se puede
reconciliar entonces el estatus mercantil de tan tos de esos fen6menos con su
caracter especial?
R ENTA DE MONOPOLIO Y COMPETENCIA
A los propios productores culturales, habitualmente
mas inte resados par las cuestiones de estetica, los valores afectivos, la
vida social y los sentimientos (a veces dedicados ellos mismos incluso al arte
par el arte, como se solia decir), un termino como «renta de monopolio» les
puede parecer demasiado tecnico y arido como para incluir alga mas alia que los
posibles dlculos del financiero, el promotor, el especulador inmobiliario y el
propietario de tie rras, pero espero mostrar que tiene una importancia mucho
rna-
1 3 8
yor; que, adecuadamente planteado, puede generar
ricas interpre taciones de los muchos temas practicos y personales que brotan
del nexo entre la globalizacion capitalista, los desarrollos politico
economicos locales y Ia evolucion de los significados culturales y los val ores
esteticos2•
Toda renta se basa en el monopolio de alglin bien
por determi nados propietarios privados. La renta de monopolio surge porque
ciertos agentes sociales pueden obtener una mayor corriente de ingresos durante
un tiempo dilatado en virtud de su control ex clusivo sabre alglin articulo
directa o indirectarr..ente comerciali zable que es en ciertos aspectos
cruciales unico e irreproducible. Hay dos situaciones en las que esa categoria
cobra mayor impor tancia. La primera es aquella en que determinados agentes
so ciales controlan alglin recurso, mercanda o Iugar con cualidades
especiales, lo que les permite, en relacion con cierto tipo de acti vidad,
extraer rentas de monopolio de quienes desean usarlo. En el campo de Ia
produccion, argumenta Marx, el ejemplo mas ob vio es el de los vifiedos que
producen un vino de extraordinaria calidad que se puede vender con un precio de
monopolio. En esas circunstancias, «el precio de monopolio crea Ia renta»3• La
ver sion relacionada con la ubicacion vendria dada por su centralidad (para el
capitalista comercial) con respecto, digamos, a Ia red de transportes y
comunicaciones, o su proximidad (en el caso, por ejemplo, de una cadena
hotelera) a alguna actividad muy concen trada (como puede ser Ia de un centro
financiero). El capitalista comercial y el hotelero estan dispuestos a pagar un
suplemento por el uso de determinado terreno que les ofrece esas ventajas.
Esos son casas indirectos de renta de monopolio, en
los que no es la tierra, el recurso o el Iugar con cualidades unicas lo que se
negocia, sino la mercanda o el servicio producido mediante su uso. Pero tambien
puede monopolizarse directamente la tierra, el
2 La teorfa
general de Ia renta a Ia que apelo Ia expuse en David Harvey,
The Limits to Capital, cit. , cap. 1 1 .
3 Karl Marx, El Capital, volumen 3 , tomo 3 ,
Madrid, Aka!, 2000, p. 2 14.
1 39
recurso o activo en cuesti6n (como cuando se venden
viiiedos 0 propiedades inmobiliarias a capitalistas y financieros multina
cionales con prop6sitos especulativos). Se puede generar escasez apartando esa
tierra, recurso o activo de su uso corriente y espe culando sobre su valor
futuro. La renta de monopolio de ese tipo se extiende a la propiedad de obras
de arte, como un Rodin o un Picasso, que se pueden comprar y vender (como se
hace cada vez mas) como inversiones. Es la unicidad del Picasso o de determi
nado Iugar la que constituye a este respecto la base para el precio del
monopolio.
Las dos formas de renta de monopolio a menudo se
solapan. Un viiiedo (con su ch!iteau y su situaci6n geografica tinicos) famo
so por sus vinos puede cotizarse directamente con precio de mo nopolio, como
lo pueden hacer los vinos de sabor unico produci dos en ese terroir. Se puede
comprar un Picasso para obtener un beneficia y luego arrendarlo a algtin otto
que lo exhibe cobrando un precio de monopolio. La proximidad a un centro
financiero puede dar Iugar a un provecho directo o tambien indirecto, arren dando
el terreno a una cadena hotelera que lo utiliza para sus propios prop6sitos.
Pero la diferencia entre esas dos formas de renta es importante. Es poco
probable (aunque no imposible) ob tener una renta directa de la abadia de
Westminster o del palacio de Buckingham (hasta los mas ardientes privatizadores
podrian mostrarse reacios a ello ); pero con ellos se pueden hacer negocios, y
se hacen, mediante las practicas comercializadoras de la indus tria turistica
( o en el caso del palacio de Buckingham, por la pro pia reina).
La categoria de la renta de monopolio encierra dos
contradic ciones, ambas importantes para el argumento que sigue. En pri mer
Iugar, aunque Ia unicidad y Ia particularidad son cruciales en Ia definicion de
«cualidades especiales», el requisito de comercia lidad implica que ninglin
articulo puede ser tan unico o tan espe cial como para quedar enteramente
fuera del calculo monetario. Un Picasso tiene que tener un valor monetario,
como lo deben tener un Monet, un Manet, un producto de arte aborigen, un ar-
140
refacto arqueol6gico, un edificio hist6rico, un
monumento anti guo, un templo budista o la experiencia de descender en canoa
por el Colorado, de visitar Estambul o de escalar el Everest. Como evidencia
esa lista, puede haber cierta dificultad con res pecto a la «formaci6n de
mercado» en esos negocios, ya que aun que se han formado mercados en torno a
las obras de arte, y en alguna medida en torno a los objetos arqueol6gicos, hay
en esa lista varios articulos dificiles de incorporar directamente a un mercado
(ese problema afecta, por ejemplo, a la abadia de West minster). Muchos
articulos pueden no ser faciles de comercializar ni siquiera indirectamente.
La contradicci6n a ese respecto es que cuanto mas
facilmente comercializables son esos articulos, menos Unicos y especiales re
sultan. En algunos casas la propia comercializaci6n tiende a des truir sus
cualidades Unicas (particularmente si depend en de factores como su
inaccesibilidad o lejania, la pureza de algunas experien cias esteticas y
casas parecidas). Mas en general, cuanto mas facil mente comercializables son
tales articulos o acontecimientos (so metidos a la reproducci6n mediante
capias, plagios, imitaciones o simulacros), menos base ofrecen para una renta
de monopolio. Recordare aqui al estudiante que se quejaba de su experiencia en
Europa, comparada con una visita a Disney World.
En Disney World todos los paises estan muy cerca
unos de otros y ofrecen lo mejor de cada uno de ellos. Europa es en cambio muy
aburrida. La gente habla extrafias lenguas y las cosas estan sucias. A veces no
ves nada interesante alii durante dias, mientras que en Dis ney World sucede
algo diferente cada minuto y Ia gente es feliz. Es mucho mas divertido. Est:i
bien disefiado4•
Aunque pueda parecer un argumento ridiculo, vale la
pena re flexionar sabre la forma en que Europa esta tratando de redisefiar-
-+ Citado en Douglas Kelbaugh, Common Place,
Seattle, University of Washington Press, 1 997, p. 5 1 .
141
se siguiendo los estandares de Disney (y no solo en
beneficia de los turistas estadounidenses); pero -y ahi esta el nucleo de Ia
contradic ci6n- cuanto mas se «disneyfica» Europa, menos linica y excepcio
nal es. La insulsa homogeneidad que acompafia a Ia pura comercia lizaci6n
borra las ventajas del monopolio; los productos culturales se diferencian cada
vez menos de otras mercancias. «La avanzada transformaci6n de los bienes de
consumo en productos empresa riales o "articulos con marca registrada"
que mantienen un mono polio sabre los valores esteticos -escribe Wolfgang
Haug- ha des plazado a los productos elementales o "genericos", [de
forma que] Ia estetica mercantilizada [se extiende] cada vez mas hacia los
secto res culturales»5• Reciprocamente, todo capitalista trata de persua dir
a los consumidores de las cualidades linicas e irreproducibles de sus productos
(de ahi las marcas, Ia publicidad, etcetera). Las pre siones desde ambos Iadas
amenazan exprimir las cualidades Unicas que subyacen bajo las rentas de
monopolio. Asi pues, para sostener y realizar estas ultimas debe hallarse
alglin media para mantener como sufic ientemente linicos y particulares algunos
articulos o luga res (mas adelante reflexionare sabre lo que esto podria
significar) a fin de mantener una ventaja monopolista en una econornia mer
cantilizada y a menudo ferozmente competitiva.
(Pero por que se toleran, e incluso se consideran
deseables en un mundo neoliberal donde se supone que dominan los mercados
competitivos, monopolios de ninglin tipo? Aqui encontramos Ia segunda
contradicci6n que resulta ser en su raiz una imagen espe cular de Ia primera.
La competencia, como observ6 hace mucho tiempo Marx, tiende siempre al
monopolio (u oligopolio), simple mente porque Ia supervivencia de los mas
h:ibiles o mejor dotados en Ia guerra de todos contra todos elimina a las
empresas debiles6•
5 Wolfgang
Haug, Commodity Aesthetics, Working Papers Series, De partment of Comparative
American Cultures, Washington State University, 2000, p. 1 3 .
6 Las ideas de Marx sobre la renta de monopolio
estan resumidas en D.
Harvey, The Limits to Capital, cit. , cap. 5 .
142
Cuanto mas feroz es Ia competencia, mas rapida es
Ia tendencia hacia el oligopolio o el monopolio. Por eso no es ninguna casuali
dad que Ia liberalizaci6n de los mercados y Ia apologia de Ia com petencia de
mercado durante los ultimos afi.os haya producido una increfble centralizaci6n
del capital (Microsoft, Rupert Murdoch, Bertelsmann, servicios financieros y
una oleada de absorciones y fusiones en las lfneas aereas, el pequefi.o
comercio e incluso en sectores mucho mas antiguos como los del autom6vil, el
petr6leo y otros). Esa tendencia se reconoce desde hace tiempo como un rasgo
preocupante de Ia dinamica capitalista, y de ahi Ia legislaci6n antitrust en
Estados Unidos y el trabajo de la Comisi6n de Mono polios y Fusiones en
Europa; pero son defensas muy debiles frente a una fuerza abrumadora.
Esa dinamica estructural no tendria la importancia
que tiene de no ser por el hecho de que los capitalistas fomentan activamente
los poderes monopolistas, con los que obtienen un control de gran alcance sobre
la producci6n y la comercializaci6n y la estabilidad de sus negocios que les
permite un calculo racional y una planifi caci6n a largo plazo, Ia reducci6n
del riesgo y Ia incertidumbre, y mas en general les garantiza una existencia
relativamente pacifica y sin grandes perturbaciones. La mano visible de la
empresa, como la denominaba Alfred Chandler, ha tenido por tanto mucha mas
importancia para la geografia hist6rica del capitalismo que la mano invisible
del mercado tan alabada por Adam Smith, elogiada ad nauseam durante los Ultimos
afi.os como principio rector de la ideo logia neoliberal de la globalizaci6n
contemporanea7•
Pero es ahi donde aparece mas claramente la imagen
especular de la primera contradicci6n: los procesos de mercado dependen
decisivamente del monopolio individual de capitalistas (de todo tipo) sobre la
propiedad de los medios de producci6n, incluidas las finanzas y la tierra. Toda
renta, recordemos, es la retribuci6n del poder de monopolio de la propiedad
privada de alglin bien
7 Alfred
Chandler, The Visible Hand: The Managerial Revolution in Ame rican Business,
Cambridge, Harvard University Press, 1 977 .
143
crucial, desde Ia tierra hasta una patente, que
resulta por tanto el punta de partida y de llegada de toda actividad
capitalista. En Ia propia base de cualquier comercio capitalista existe un
derecho juridico no comercializable, que convierte en un importante pro blema
para los mercados capitalistas Ia opci6n de no comerciar (acaparar, retener,
cicatear). La pura competencia de mercado, el intercambio libre de mercancias y
Ia perfecta racionalidad del mercado son pues instrumentos bastante raros y
cr6nicamente inestables para coordinar las decisiones de producci6n y consumo.
El problema es mantener sufic ientemente competitivas las relacio nes
econ6micas al mismo tiempo que se mantienen los privilegios de monopolio
individuales y de clase de Ia propiedad privada que constituyen el fundamento
del capitalismo como sistema politico econ6mico.
Esta ultima cuesti6n exige mayor elaboraci6n para
profundi zar en el tema. Se suele suponer, err6neamente, que Ia mayor ca
pacidad de monopolio es Ia que resulta de Ia centralizaci6n y con centraci6n
del capital en las megacorporaciones, mientras que el predominio de Ia pequeiia
empresa caracterizaria supuestamente a un mercado competitivo. Seglin ese
criteria el capitalismo, en otto tiempo competitivo, se ha ido monopolizando
cada vez mas con el tiempo. Este error deriva en parte de una aplicaci6n me canica
de los argumentos de Marx con respecto a la «ley de la tendencia a Ia
centralizaci6n del capital», que ignora el contraar gumento de que la
centralizaci6n «traeria pronto Ia ruina de la producci6n capitalista si no
fuera por tendencias que Ia contra rrestan y que tienen un continuo efecto
descentralizador»8• Pero tambien se ve apoyado por una teoria econ6mica de Ia
empresa que ignora en general su contexto espacial y localizado, aunque acepta
(en las raras ocasiones en que se digna considerar el pro blema) que Ia
ventaja de la localizaci6n supone una «competencia monopolista».
8 Karl Marx,
El Capital, Volumen 3, tomo 1, Madrid, Akal, 2000, p. 324. Vease tambien D.
Harvey, The Limits to Capital, cit., cap. 5 .
144
Durante el siglo XIX, por ejemplo, el cervecero, el
panadero y el fabricante de candelas estaban todos ellos protegidos en buena
medida frente a Ia competencia en los mercados locales por los elevados costes
de transporte. Por todas partes y en todos los sec tares, desde Ia energia al
abastecimiento alimentario, habia pode res de monopolio local (aunque las
empresas fueran de pequeiio tamaiio) muy dificiles de quebrantar. En ese
sentido, el capitalis mo a pequeiia escala del siglo XIX era mucho menos competitivo
que el actual. Es en este punto en el que entran, como variables determinantes,
los cambios en Ia situaci6n del transporte y las comunicaciones. A medida que
se debilitaban las barreras espacia les debido a Ia inclinaci6n capitalista a
«aniquilar el espacio me diante el tiempo» [die Vernichtung des Raums durch
die Zeit}, mu chas industrias y servicios locales perdieron su protecci6n
local y sus privilegios de monopolio9• Se vieron obligadas a competir con
productores de otras localidades, al principios relativamente pr6-ximas pero
mas adelante mucho mas lejanas.
La geografia hist6rica del comercio de Ia cerveza
es muy ins tructiva a este respecto. Durante el siglo XIX la mayoria de la
gen te consurnia cerveza local porque no tenia otra opci6n. A finales del
siglo XIX Ia producci6n y el consumo de cerveza en Inglaterra se habia
regionalizado en una medida considerable, y asi perma neci6 hasta la decada de
1 960 (las importaciones del extranjero, con excepci6n de Ia Guinness, eran
practicamente inexistentes). Pero luego el mercado se hizo nacional
(aparecieron en Londres y en el sur Newcastle Brown y Scottish Youngers), antes
de hacer se intemacional (se pusieron de moda de repente las cervezas im-
9 Karl Marx,
Grundrisse, Harmondsworth, Penguin, 1 97 3 , pp. 524- 539 [orig. en aleman, en
MEW Band 42, pp. 430-43; en cast. : Elementos
fonda,mentalesparaIacriticadeIaeconomiapolitica,Volumen2,Mexico,SigloXXI
1972 y 2005, «Castes de circulaci6n . . . », pp. 1
2 - 24] . Para una exposici6n general de este argumento, veanse D. Harvey, The
Limits to Capital, cit., cap. 1 2 , y David Harvey, The Condition
ofPostmodernity, cit., parte 3 ; y para una aplicaci6n concreta del concepto
vease William Cronan, Nature's Metropolis, Nueva York, Norton, 1 99 1 .
145
portadas). Si uno hebe cerveza local ahara es par
su propia deci sion, habitualmente par una combinacion de adhesion localista y
alguna cualidad especial de Ia cerveza (basada en Ia tecnica, el agua o
cualquier otra cosa) que Ia distingue de otras. jPero en Manhattan hay bares
donde uno puede heber diferentes cervezas locales del mundo entero!
Para decirlo simple y llanamente, el espacio
economico de la competencia ha ida cambiando con el tiempo de forma y de esca
la. La reciente marea globalizadora ha reducido significativamen te las
protecciones a los monopolios otorgadas historicamente par los elevados castes
de transporte y comunicaciones, al tiempo que Ia remocion de barreras
institucionales al comercio (protec cionismo) ha disminuido parecidamente las
rentas de monopolio que se podian obtener obstaculizando Ia competencia
extranjera; pero el capitalismo no puede funcionar sin monopolios y discurre
nuevas medias para renovarlos; asi pues, Ia cuestion a resolver es como
restablecer los poderes de monopolio en una situacion en la que las
protecciones ofrecidas par los llamados «monopolios na turales» del espacio y
Ia ubicacion, y las protecciones politicas de las fronteras nacionales y las
aduanas, se han vista seriamente de bilitadas, si no eliminadas.
La respuesta obvia consiste en centralizar el
capital en mega corporaciones o establecer alianzas mas laxas (como en los
sec tares de las lineas aereas y del automovil) que dominan los mer cados, y
hemos vista mucho de eso. La segunda via consiste en asegurar atin mas
finnemente los derechos de monopolio de la propiedad privada mediante leyes
comerciales internacionales que regulen todo el comercio global. Las patentes y
los llamados «de rechos de propiedad intelectual» se han convertido asi en
impor tantes campos de batalla en los que se pretende afianzar los pode res
de monopolio. La industria fannaceutica, par mencionar un ejemplo
paradigmatico, ha adquirido extraordinarios poderes de monopolio, en parte
mediante colosales centralizaciones de capi tal, y en parte mediante Ia
proteccion de las patentes y acuerdos sabre licencias y concesiones, y aspira a
aumentarlos tratando de
146
establecer derechos de propiedad sabre el material
genetico de todo tipo (incluido el de plantas raras de los bosques tropicales,
tradicionalmente aprovechadas por los habitantes indigenas). A medida que
disminuyen determinados privilegios de monopolio, vemos una amplia variedad de
intentos de preservarlos o renovar los por otros medias.
No puedo detallar a qui todas esas tendencias, pero
quiero considerar mas de cerca los aspectos de ese proceso que atafien mas
directamente a los problemas del desarrollo local y las acti vidades
culturales. Pretendo mostrar, en primer Iugar, que se mantienen las luchas
sabre Ia definicion de los poderes de mono polio que podrian corresponder a
determinados parajes y locali dades, y que Ia idea de «cultura» esta cada vez
mas vinculada con los intentos de reafirmar tales poderes de monopolio,
precisa mente porque las pretensiones de unicidad y autenticidad se pue den
articular mejor como alegaciones referidas a bienes cultura les distintivos y
no reproducibles. Comenzare con el ejemplo mas obvio de renta de monopolio dado
por «los vifiedos que pro ducen un vino de extraordinarias cualidades que se
puede vender con un precio de monopolio».
AVENTURAS EN EL COMERCIO VINfCOLA
El comercio del vino, como el de Ia cerveza, se ha
intemacio nalizado cada vez mas durante los ultimos treinta afios, y Ia pre
sion de Ia competencia intemacional ha producido algunos efec tos curiosos.
Bajo Ia presion de Ia Union Europea, por ejemplo, los productores
intemacionales de vino han acordado (tras largas batallas legales e intensas
negociaciones) renunciar al uso de «ex presiones tradicionales» en las
etiquetas que podian incluir termi nos como «chateau» y «domaine», asi como de
terminos genericos como «champan», «borgofia», «chablis» o «sauternes». De esa
forma el sector europeo del vino, encabezado por los productores franceses,
trata de preservar sus rentas de monopolio insistiendo
147
en las virtudes unicas de la tierra, el clima y la
tradicion (aglutina dos bajo el termino frances «terroir») y la peculiaridad
de su pro ducto certificado por un nombre. El comercio vinatero frances,
reforzado por controles institucionales como el de la «denomina cion de
origen», insiste en la autenticidad y originalidad de su producto, fundamento
de la unicidad sobre la que se puede basar la renta de monopolio.
Australia es uno de los paises que aceptaron esa
iniciativa. La firma Chateau Tahbilk de Victoria, obligada en 2000 a quitar e1
«Chateau» de sus etiquetas, proclamo con displicencia que «somos orgullosamente
australianos y no necesitamos utilizar terminos he redados de otros paises y
culturas del pasado». Como compensa cion seiialaron dos factores que,
combinados, «nos dan una posi cion linica en el mundo del vino». La suya es
una de las seis regiones vitivinicolas del mundo en las que el mesoclima se ve
muy influido por la masa acuatica interna (los abundantes lagos y lagunas mode
ran y refrescan el clima). Su suelo es de un tipo unico (que solo se encuentra
en otto lugar en Victoria), descrito como una marga rojo/arenosa coloreada por
el alto contenido de oxido ferrico, que «tiene un efecto positivo sobre la
calidad de la uva y aiiade un ca racter regional peculiar a nuestros vinos».
Esos dos factores se unen para definir los «lagos N agambie» como una region
viti cola Unica ( certificada presumiblemente por el Comite de Identidades Geo
graficas de la Corporacion Australiana de Vinos y Brandies creado para
seiializar las regiones viticolas de toda Australia). Tahbilk esta blecia asi
una contrarreclamacion de la renta de monopolio sobre la base de la combinacion
unica de condiciones medioambientales en la region donde tiene su sede, y lo
hacia de forma analoga y en competencia con las pretensiones de unicidad del
«terroir» y el «do maine» patrocinados por los productores franceses de
vino10•
Pero ahi encontramos la prim era contradiccion:
cualquier vino es comercializable, y por tanto comparable en cierto sentido,
pro-
10 Tahbilk Wine Club, Wine Club Cirrnlar 1 5 (junio
de 2000), Tahbilk Winery and Vineyard, Tahbilk, Victoria, Australia.
148
venga de donde provenga. Consultense por ejemplo
las referen cias de Robert Parker en el bimensual The Wine Advocate. Parker
evalua los vinos por su sabor y no dedica particular atenci6n al «terroir» o
cualquier otra referencia hist6rico-cultural. Es noto riamente independiente
(la mayoria de las demas guias de vinos son patrocinadas por influyentes
sectores de la industria vinicola). Valora los vinos en una escala seglin su
propio gusto. Tiene mu chos seguidores en Estados Unidos, que es un mercado importan
te. Si valora un vino de Burdeos con 65 puntos y un vino austra liano con 95
puntos, los precios se ven afectados. Los productores bordeleses estan
aterrorizados. Han presentado una demanda con tra el, lo han denigrado,
insultado e incluso asaltado fisicamente. Pone en peligro las bases de sus
rentas de monopolio1 1 •
Las reivindicaciones de monopolio, podemos
concluir, son tan to «efecto del discurso» y resultado de la competencia como
re flejo de las cualidades del producto. Pero si hay que abandonar el lenguaje
del «terroir» y la tradici6n, �que tipo de discurso se pue de emplear en su
lugar? Parker y muchos otros han introducido recientemente en el sector un
lenguaje en el que los vinos son descritos con terminos tales como «sabor a
melocot6n y ciruela, con notas de tornillo y grosella». Ese lenguaje puede
sonar extra no, pero el desplazamiento discursivo, relacionado con la crecien
te competencia internacional y la globalizaci6n del comercio del vino, asume un
papel distintivo que refleja la mercantilizaci6n del consumo siguiendo lineas
estandarizadas.
Pero el consumo de vino tiene muchas dimensiones
que abren vias a su explotaci6n rentable. Para muchos es una experiencia es
tetica. Mas alla del puro placer (para algunos) de un buen vino con Ia comida
adecuada, en el se insertan toda una serie de referencias ligadas a la
tradici6n occidental que se remontan a la mitologia (Dionisos y Baco), la
religion (la sangre de Jesus y el ritual de la comuni6n), y tradiciones
celebradas en festivales, poesia, cancio-
1 1 \Villi
am Langewiesche, «The Million Dollar Nose>>, Atlantic Monthly
2 86/6 (diciembre de 2000), pp. 1 1-22 .
149
nes y literatura. El conocimiento de los vinos y su
valoracion «co� rrecta» son a menudo marcas de clase analizables como una forma de
capital «cultural» (como diria Bourdieu). Ofrecer el vino ade� cuado ha ayudado a sellar mas de un trato en
negocios importantes
( �confiaria usted en alguien que no supiera elegir un
vino?). El estilo del vino esta relacionado con la cocina regional y queda asi
inserto en las practicas que convierten la regionalidad en una for� rna de vida marcada par estructuras distintivas
del sentimiento (re� sulta dificil imaginar a Zorba el griego bebiendo un Mandavi cali� fomiano, aunque este se venda en el aeropuerto de
Atenas).
El negocio del vino tiene que ver con el dinero y
el beneficia, pero tambien con la cultura en todas sus acepciones (desde la
cul tura del producto a las practicas culturales que rodean su consu mo y el
capital cultural que puede evolucionar junto a el, tanto entre los productores
como entre los consumidores). La perpetua busqueda de rentas de monopolio
implica buscar criterios de es pecificidad, unicidad, originalidad y
autenticidad en cada uno de esos campos. Si la unicidad no se puede establecer
apelando al «terroir>> y Ia tradicion ni mediante una descripcion directa
del sabor, hay que recurrir a otros metodos de distincion para defen der las
pretensiones de monopolio y elaborar discursos destinados a garantizar la
veracidad de esas proclamaciones (el vino que ga rantiza la seduccion o el
vino que acompafia la nostalgia frente al fuego en la chimenea son metaforas
publicitarias habituales en Estados Unidos). En la practica, lo que encontramos
en el nego cio del vino es un manton de discursos en competencia, todos ellos
con diferentes pretensiones de verdad sabre la unicidad del producto; pero
volviendo a mi punta de partida, todos esos des plazamientos y giros
discursivos, asi como muchos de los que se han producido en las estrategias
para dominar el mercado inter nacional del vino, tienen sus raices en la
busqueda, no solo de beneficia, sino tambien de rentas de monopolio, ocupando
un Iu gar muy destacado el lenguaje de la autenticidad, originalidad, unicidad
y cualidades especiales e irreproducibles. La prevalencia de un mercado
globalizado produce, de forma coherente con la
1 50
segunda contradicci6n que especifique antes, una
poderosa fuerza que trata de garantizar, no solo la prolongaci6n de los
privilegios de monopolio de la propiedad privada, sino las rentas de mono
polio derivadas de presentar las mercancias como incomparables.
LAS EMPRESAS URBANAS Y LA BUSQUEDA DE RENTAS DE
MONOPOLIO
Las recientes pugnas en el sector vitivinicola nos
ofrecen un modelo util para entender una amplia variedad de fen6menos en Ia
fase actual de la globalizaci6n. Tienen una importancia particu lar para
entender como se integran las tradiciones y los desarro llos culturales
locales en los calculos de la economia politica a fin de obtener rentas de
monopolio. Tambien plantean en que medi da esta vinculado el interes actual
por la innovaci6n cultural y la resurrecci6n e invenci6n de tradiciones locales
al deseo de extraer y apropiarse de tales rentas. Dado que capitalistas de todo
tipo (incluidos los financieros internacionales mas acaudalados) son tacilmente
seducidos por la perspectiva de lucrarse de alglin po der de monopolio,
apreciamos inmediatamente una tercera con tradicci6n: que los mas avidos
globalizadores apoyaran los desa rrollos locales capaces al menos
potencialmente de ofrecer rentas de monopolio, incluso si el efecto de tal
apoyo es generar un eli rna politico local enfrentado a la globalizaci6n.
Insistir en la uni cidad y pureza de la cultura balinesa local puede ser vital
para el sector hotelero, las lineas aereas y la industria turistica, �pero que ocurre si eso alienta un movimiento
balines que se resiste violen tamente a la «impureza» de la comercializaci6n?
El Pais Vasco puede parecer una configuraci6n cultural potencialmente rentable
debido precisamente a su singularidad, pero ETA, con su exigen cia de
independencia y su disposici6n a realizar acciones violen tas, puede ser un
obstaculo para la comercializaci6n. En cualquier caso, las distancias que estan
dispuestos a recorrer los intereses comerciales pueden ser muy sorprendentes.
Tras la presentaci6n de la pelicula Cidade de Deus, que presentaba con un
realismo des-
1 5 1
camado (que algunos considerarian exagerado) la
violencia y las batallas relacionadas con la droga en las favelas de Rio de
Janeiro, varias empresas del sector turfstico comenzaron a ofrecer visitas a
algunos de los barrios mas peligrosos (cad a uno podfa elegir e1 nivel de
riesgo preferido). Sondeemos un poco mas profunda mente esa contradicci6n que
afecta a la politica de desarrollo ur bano, aunque para hacerlo debamos
examinar brevemente la rela ci6n de esa politica con la globalizaci6n.
La actividad empresarial urbana ha cobrado
importancia na cional e intemacional en las tiltimas decadas. Con ese concepto
me refiero a la pauta de comportamiento en la gobemanza urbana que combina los
poderes ptiblicos (locales, metropolitanos, regio nales, nacionales o
supranacionales) con una amplia variedad de formas organizativas de la sociedad
civil (camaras de comercio, sindicatos, iglesias, instituciones educativas y de
investigaci6n, gru pos comunitarios, ONGs, etcetera) e intereses privados (indivi
duales o de grupos empresariales) para formar coaliciones a fin de promover o
gestionar el desarrollo urbano o regional de un tipo u otro. Existe una
abundante literatura sobre ese tema que muestra que las formas, actividades y
objetivos de esos sistemas de go bier no (conocidos con diversos nombres como
«regfmenes urbanos», «motores de crecimiento» o «coaliciones para el
crecimiento re gional») varfan mucho segtin las condiciones locales y la
combi naci6n de fuerzas en su seno12• Se ha examinado tambien con de talle el
papel de ese empresariado urbano en relaci6n con la forma neoliberal de
globalizaci6n, habitualmente bajo la rtibrica de las
12 Bob Jessop,
«An Entrepreneurial City in Action: Hong Kong's Emer ging Strategies in
Preparation for (lnter-)Urban Competition>>, Urban Stu dies 3 7/ 1 2
(2000); pp. 2, 287-3 1 3 ; David Harvey, «From Managerialism to
Entrepreneurialism: The Transformation of Urban Governance in Late
Capitalism>>, Geograjiska Annaler 7 1 B ( 1 989), pp. 3-1 7 [en cast. :
«De la ges tion al empresarialismo: la transformacion de Ia governanza urbana
en el capitali�mo tardio>>, cap. 1 6 de Espacios del Capital, Madrid, Aka!, 2007]
; Neil
Brenner, Spaces of Neoliberalism: Urban
Restucturing in North America and Western Europe, Oxford, Wiley-Blackwell, 2003
.
1 52
relaciones entre lo local y lo global y la Hamada
«dialectica espa cio-plaza». La mayoria de los ge6grafos que han examinado el
problema han concluido acertadamente que es un error categ6ri co considerar la
globalizaci6n como una fuerza causal en relaci6n con el desarrollo local. Lo
que esta en cuesti6n, argumentan con raz6n, es una relaci6n bastante mas
complicada en diversas escalas en las que las iniciativas locales pueden
difundirse a escala global y viceversa, al mismo tiempo que los procesos en una
escala par ticular -Ia competencia interurbana e interregional son los ejem
plos mas obvios- pueden remodelar las configuraciones locales y regionales
sobre las que influye la globalizaci6n.
Asi pues, Ia globalizaci6n no se deberia considerar
como una unidad indiferenciada, sino como una pauta geograficamente ar
ticulada de actividades y relaciones capitalistas globales13• �Pero que significa exactamente una «pauta
geograficamente articula da»? Hay, por supuesto, muchas pruebas del desarrollo
geogra fico desigual (a diversas escalas), y al menos cierta teorizaci6n con
vincente con respecto a su l6gica capitalista. Parte de ella se puede entender
en terminos convencionales como una aspiraci6n por parte de capitales m6viles
(en los que el capital financiero, co mercia! y productivo tienen diferentes
capacidades a este res pecto) a obtener ventajas en Ia producci6n y
apropiaci6n de plus valor desplazandose de un !ado a otro. De hecho se pueden
discernir tendencias que se adecuan a modelos bastante simples de «Carrera
hacia el abismo», en las que Ia fuerza de trabajo mas barata y mas facilmente
explotada se convierte en el faro que guia Ia movilidad del capital y las
decisiones de inversion; pero hay muchas pruebas en contrario que sugieren que
esa es una enorme simplificaci6n cuando se proyecta como explicaci6n monocausal
de Ia dinamica del desarrollo geografico desigual. El capital fluye en general
tan facilmente hacia regiones de altos salarios como bacia las de salarios
bajos, y a menudo parece estar geografica-
13 Vease Kevin
Cox (ed.), Spaces of Globalization: Reasserting the Power of the Local, Nueva
York, Guilford Press, 1 997.
1 5 3
mente orientado por criterios muy diferentes a los
que conven cionalmente predominan tanto en la economfa polftica burguesa como
en la marxista.
El problema deriva en parte del habito de ignorar
la categoria del capital en bienes raices y la considerable importancia de las
inversiones a largo plaza en el entorno construido, que son por definicion
geograficamente inmoviles. Tales inversiones, particu larmente cuando son de
tipo especulativo, suscitan invariablemente nuevas oleadas de inversion si la
primera se demuestra rentable (para llenar el centro de convenciones
necesitamos los hoteles, que requieren mejores transportes y comunicaciones, que
crean la posibilidad de ampliar la capacidad del centro de convencio nes . . .
). Asf pues, en la dinamica de las inversiones en el area me tropolitana se da
cierta circularidad acumulativa (considerese por ejemplo todo el desarrollo en
el area de las darsenas [Docklands] en Londres y la viabilidad financiera del
distrito Canary Wharf, que gira en torno a nuevas inversiones, tanto publicas
como pri vadas, en esa zona). Esa es normalmente la funcion de los llama dos
«motores del crecimiento urbana»: la orquestacion de proce sos dinamicos de
inversion y la asignacion de inversiones publicas clave en el lugar y el
momenta adecuado para promover su exito en la competencia interurbana e
interregionaP4•
Pero esto no serfa tan atractivo de no ser por la
posibilidad de captar ademas rentas de monopolio. Una estrategia bien conocida
de los promotores, por ejemplo, consiste en reservar las parcelas mejores y mas
rentables en cada proyecto para extraer de elias rentas de monopolio despues de
que se haya realizado el resto del proyecto. Gobiernos espabilados con los
poderes precisos pueden acometer las mismas pr:icticas. El gobierno de Hong
Kong, seglin tengo entendido, se financia en gran medida mediante las ventas
controladas de parcelas de suelo publico con precios de monopo lio muy
elevados, que dan Iugar a su vez a rentas de monopolio
14 John Logan
and Harvey Molotch, Urban Fortunes: The Political Eco nomy of Place, Berkeley,
University of California Press, 1 988.
1 54
sobre los inmuebles, lo que hace a Hong Kong muy
atractivo para Ia inversion financiera internacional especializada en los
merca dos inmobiliarios. Hong Kong tiene por supuesto otras muchas ventajas
dada su ubicaci6n unica, que aprovecha vigorosamente. Singapur, dicho sea de
paso, tambien acometi6 de forma similar la captaci6n de rentas de monopolio y
tuvo mucho exito, aunque sus medios politico-econ6micos fueran muy diferentes.
La gobernanza urbana de ese tipo se orienta
principalmente a Ia elaboraci6n de pautas para las inversiones locales, no solo
en infraestructuras fisicas como el transporte y las comunicaciones,
instalaciones portuarias, alcantarillado y abastecimiento de agua, sino tambien
en las infraestructuras sociales de educaci6n, tecno logia y ciencia, control
social, cultura y calidad de vida. Su obje tivo es crear suficiente sinergia
en el proceso de urbanizaci6n para que se creen rentas de monopolio y para que
estas sean aprove chadas por los intereses privados y los poderes estatales.
No to dos esos esfuerzos tienen exito, por supuesto, pero incluso los
fracasados pueden entenderse en buena medida en relaci6n con las rentas de
monopolio, cuya busqueda no se limita en cualquier caso a las practicas del
desarrollo inmobiliario, las iniciativas eco n6micas y las finanzas publicas,
sino que cubre un ambito mucho mas amplio.
CAPITAL SIMBOLICO COLECTIVO, MARGAS DE DISTINCION Y
RENTAS DE MONOPOLIO
Si las pretensiones de unicidad, autenticidad,
particularidad y especificidad sostienen la capacidad de captar rentas de
monopo lio, (que mejor terreno para plantearlas que el de los artefactos y
pnicticas culturales hist6ricamente constituidos y las caracteristi cas
medioambientales especiales, incluido, por supuesto, el entor no construido,
social y cultural? Al igual que en el comercio del vino, todas esas
proclamaciones, por muy enraizadas que esten en Ia realidad material, son
tambien resultado de construcciones y
1 5 5
1 56
pugnas discursivas, basadas en narraciones
hist6ricas, interpreta ciones de memorias colectivas, significados atribuidos
a detenni nadas practicas culturales y cosas parecidas; existe siempre un
fuerte componente social y discursivo en la elaboraci6n de tales causas para
extraer rentas de monopolio, ya que no habra, al me nos en la mente de mucha
gente, mejor lugar que Londres, El Cairo, Barcelona, Milan, Estambul, San
Francisco o cualquier otro, en el que acceder a las caracterfsticas
supuestamente unicas de tales lugares.
El ejemplo mas obvio es el turismo contemponineo,
pero creo que seria un error limitarse a ese ejemplo, porque lo que esta en
cuesti6n es el poder de atracci6n del capital simb6lico colectivo, de las
marcas especiales de distinci6n que atribuye a determinado lugar, sobre los
flujos de capital. Bourdieu, a quien debemos el uso generico de esos terminos,
los restringe desgraciadamente a individuos (como atomos que flotasen en un
oceano de juicios esteticos estructurados), cuando a mi me parece que podrfan
ser de mucho mayor interes las formas colectivas (y la relaci6n de los
individuos con ellas)15 . El capital simb6lico colectivo adherido a nombres y
lugares como Paris, Atenas, Nueva York, Rio de Janei ro, Berlin o Roma es de
gran importancia y da a tales lugares grandes ventajas econ6micas comparados,
digamos, con Baltimore, Liverpool, Essen, Lille o Glasgow. El problema para
estos ultimos lugares es elevar su coeficiente de capital simb6lico e
incrementar sus marcas de distinci6n para fundamentar mejor sus pretensio nes
de una singularidad que de lugar a una renta de monopolio. La «marca» de las
ciudades se ha convertido en un gran nego cio16. Dada la perdida general de
otras fuentes de monopolio de bido a la mayor facilidad en los transportes y
comunicaciones y la
15 Pierre Bourdieu, Distinction: A Social Critique
of the Judgement of Tast e, Londres, Routledge & Kegan Paul, 1 984 [ed.
cast. : La distinction. Criteria y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus,
2000] .
16 Miriam
Greenberg, Branding New York: How a City in Crisis Ttas Sold to the World,
Nueva York, Routledge, 2008.
reduccion de otras barreras al comercio, esa lucha
por el capital simbolico colectivo ha cobrado mayor importancia como base para
las rentas de monopolio. � Como podemos explicar de otro modo el revuelo
provocado por el museo Guggenheim en Bilbao, con Ia arquitectura caracterfstica
de Gehry? �Como podemos
ex plicar de otro modo Ia buena disposicion de importantes institu ciones
financieras, con considerables intereses intemacionales, a financiar un
proyecto tan peculiar?
El nuevo auge de Barcelona en el seno del sistema
de ciuda des europeas, por poner otro ejemplo, se ha basado en parte en su
continua acumulacion de capital simbolico y de marcas de distincion, en Ia que
han desempeiiado un gran papel la tenaci dad en recalcar Ia historia y
tradiciones propias de Catalunya, Ia comercializacion de sus grandes logros
artfsticos y su herencia cultural (Ia arquitectura de Gaudf, por ejemplo), asf
como los rasgos distintivos de su modo de vida y tradiciones literarias, respaldados
por un aluvion de libros, exhibiciones y aconteci mientos culturales que
celebran esas peculiaridades. Todo esto ha sido realzado por nuevas omatos
arquitectonicos (como Ia Torre de Comunicaciones de Collserola diseiiada por
Norman Foster y el brillante Museo de Arte Contemponineo en el barrio de El
Raval, una zona centrica muy degradada junto a Ia Ciutat Vella) y grandes
inversiones para abrir el puerto y Ia playa, recu perar zonas muy deterioradas
para la Villa Olimpica (con una bonita referencia al utopismo de los
icarianos), y convertir lo que hasta hace pocos aiios era una vida noctuma
bastante turbia e incluso peligrosa en un panorama abierto de espectaculos ur
banos. A todo esto contribuyeron los Juegos Olimpicos, que abrieron enormes
oportunidades para obtener rentas de mono polio (dicho sea de paso, Juan
Antonio Samaranch, presidente del Comite Olimpico lntemacional, posefa grandes
intereses in mobiliarios en Barcelona)17•
1 7 Donald McNeill, Urban Change and the European
Left: Tales from the New Barcelona, Nueva York, Routledge, 1 999.
1 5 7
Pero el exito inicial de Barcelona parece
insertarse profunda mente en la primera contradiccion. A medida que crecen las
opor tunidades de embolsarse grandes rentas de monopolio sobre la base del
capital simbolico colectivo de Barcelona como ciudad (el precio de la vivienda
ha aumentado vertiginosamente desde que el Royal Institute of British
Architects le concedio a toda la ciu dad su medalla por sus logros
arquitectonicos), su irresistible fas cinacion atrae una mercantilizacion
multinacional cada vez mas homogeneizante. Las ultimas fases del desarrollo
urbanistico fren te al mar parecen identicas a las de cualquier otra ciudad
del mun do occidental; la monstruosa congestion del trafico induce a abrir
bulevares en la Ciutat Vella, grandes almacenes multinacionales sustituyen a
las tiendas locales, Ia gentrificacion desplaza a los an tiguos residentes y
destruye el viejo tejido urbano, con lo que Bar celona pierde parte de sus
marcas de distincion. Hay incluso muestras mas groseras de disneyficacion.
Esa contradiccion da pabulo al cuestionamiento y la
resisten cia. c:Cual es la memoria colectiva a preservar? c:La de los anar
quistas, como los icarianos, que desempeii.aron un papel tan im portante en la
historia de Barcelona? c:La de los republicanos que combatieron tan
valientemente contra Franco? c:La de los nacio nalistas catalanes, muchos de
ellos inmigrantes andaluces? c:O la de los franquistas acerrimos como Samaranch
o el alcalde Porcio les? c:Cual es la estetica que realmente cuenta, la de los
famosos arquitectos de Barcelona como Bohigas? c:Por que aceptar ninglin tipo
de disneyficacion? Los debates de este tipo no se pueden aca llar facilmente,
precisamente porque para todos esta muy claro que el capital simbolico
colectivo que ha acumulado Barcelona depende de valores de autenticidad,
singularidad y cualidades par ticulares no reproducibles. Tales marcas de
distincion local son diffciles de acumular sin plantear Ia cuestion del
empoderamiento local, incluido el de los movimientos populares y de oposicion.
En ese momento, por supuesto, los guardianes del capital simbolico y cultural
colectivo -los museos, las universidades, la clase de los benefactores y el a
para to estatal- suelen cerrar sus puertas e insis-
1 58
tir en mantener fuera a la chusma (aunque el Museu
d'Art Con temporani de Barcelona, a diferencia de la mayoria de las institu
ciones de ese tipo, ha quedado sorprendente y constructivamente abierto a la
sensibilidad popular). Y si eso falla, entonces el estado puede intervenir con
alglin tipo de «comite de decencia» como el creado por el alcalde Giuliani de
Nueva York para controlar el gusto cultural, cuando no con la represi6n
policial directa. Lo que esta en juego ahi es muy importante, ya que se trata
de determinar que sectores de la poblaci6n se van a beneficiar mas del capital
simb6lico colectivo al que todos han contribuido, en su propia forma peculiar,
ahora y en el pasado. �Por que consentir que la renta de monopolio
vinculada a ese capital simb6lico sea captada unicamente por las
multinacionales 0 por un pequefi.o y poderoso sector de la burguesia local?
Hasta en Singapur, que cre6 y se apropi6 tan despiadadamente y con tanto exito
de rentas de mo nopolio durante muchos afi.os (debidas principalmente a sus
ven tajas en cuanto a su situaci6n y entorno), se procur6 distribuir
ampliamente los beneficios mejorando el alojamiento, la atenci6n sanitaria y la
educaci6n.
Por las mismas razones que ejemplifica la reciente
historia de Barcelona, los sectores del conocimiento y el patrimonio hist6ri
co, la vitalidad y fermento de la producci6n cultural, la arquitec tura de
firma y el cultivo de juicios esteticos peculiares se han convertido en
poderosos elementos constitutivos del empresaria lismo urbano en muchos
lugares (en particular en Europa). Se trata de acumular marcas de distinci6n y
capital simb6lico colec tivo en un mundo altamente competitivo. Pero esto trae
como consecuencia todo tipo de cuestiones locales sobre cuales son la memoria
colectiva, la estetica y los beneficios a priorizar. Los mo vimientos
vecinales de Barcelona reclaman su reconocimiento y empoderamiento sobre la
base del capital simb6lico, y como re sultado pueden afianzar su presencia
politica en la ciudad. Son sus bienes comunes urbanos los que son apropiados
con demasiada frecuencia, no solo por los promotores inmobiliarios, sino por el
sector turistico. Pero la naturaleza selectiva de tales apropiaciones
1 59
puede inducir nuevas luchas politicas. El intento
de eludir de toda mencion de la trata de esclavos en la reconstruccion de la
Darsena Albert de Liverpool genero protestas de la poblacion excluida de origen
caribeiio y clio lugar a nuevas solidaridades politicas entre la poblacion
marginada. El memorial del Holocausto en Berlin ha resucitado viejas
controversias. Hasta monumentos antiguos como la Acropolis de Atenas, cuyo
significado uno habria creido bien establecido, pueden verse sometidos a un
cuestionamiento con notables consecuencias politicas, aunque sean indirectas18•
La produccion popular de nuevos bienes comunes urbanos, la acu mulacion de
capital simbolico colectivo, la movilizacion de me morias y mitologias
colectivas y la apelacion a tradiciones cultura les especificas son
importantes facetas de todas las formas de accion politica, ya sean de
izquierdas o de derechas.
Considerense, por ejemplo, las disputas que se
produjeron en tomo a la reconstruccion de Berlin tras la reunificacion alemana.
Todo tipo de fuerzas divergentes se enfrentaron en aquella con tienda por
definir el capital simbolico de Berlin, ciudad que evi dentemente puede
reclamar cierta singularidad con respecto a su potencial para la mediar entre
el este y el oeste de Europa. Su po sicion estrategica en relacion con el
desarrollo geografico desi gual del capitalismo contemporaneo (con la apertura
de la antigua Union Sovietica) le confiere ventajas obvias; pero tambien se da
otto tipo de batalla por la identidad centrada en la historia, cultu ra,
estetica, mitologias, recuerdos y tradiciones colectivas. Men cionare solo una
dimension particularmente perturbadora de esa lucha, que no es necesariamente
dominante y cuya capacidad para fundamentar pretensiones de renta de monopolio
en la competen cia global no esta del todo clara o asegurada. Algunos
arquitectos y planificadores locales (con el apoyo de parte del aparato
adminis trativo local) trataban de reivindicar las formas arquitectonicas del
18 Argyro
Loukaki, "Whose Genius Loci: Contrasting Interpretations of the Sacred
Rock of the Athenian Acropolis>>, Annals of the Association of American
Geog;raphers 87/2 (1 997), pp. 306-329.
1 60
Berlin de los siglos XVIII y XIX, y en particular
de poner de relieve Ia tradicion arquitectonica de Karl Friedrich Schinkel con
exclu sion de muchos otros. Esto podia verse como una simple cuestion de
preferencia estetica elitista, pero estaba cuajado de todo un conjunto de
significados que tienen que ver con Ia memoria colec tiva, los monumentos, el
poder de Ia historia y Ia identidad politica de Ia ciudad. Tambien esta
relacionado con determinado clima de opinion (articulado en una variedad de
discursos) que define quien es o no es berlines y quien tiene derecho a la
ciudad en terminos estrechamente definidos de tradicion o adhesion a valores y
creen cias particulares, poniendo de relieve una historia local y una herencia
arquitectonica cargada de connotaciones nacionalistas y romanticas. En un
contexto en el que el mal trato y la violencia contra los inmigrantes es alga
generalizado, puede ofrecer incluso una legitimacion tacita a tales acciones.
La poblacion de origen turco, en buena parte nacida en el propio Berlin, ha
sufrido mu chas discriminaciones y se ha vista expulsada del centro de Ia ciu
dad. Su contribucion a Berlin como ciudad es ignorada. Ademas, el estilo
arquitectonico romantico/nacionalista encaja en un enfo que tradicional de la
monumentalidad que reproduce en general, en terminos contemporaneos (aunque sin
una referenda especifi ca, y quiza incluso sin saberlo) los planes elaborados
por Albert Speer al servicio de Hitler durante la decada de 1 930, para dar un
trasfondo monumental al Reichstag.
Mortunadamente, eso no es todo lo que se ha
planteado en Ia busqueda de un capital simbolico colectivo en Berlin. La
recons truccion por Norman Foster del Reichstag, por ejemplo, o el con junto
de arquitectos modernistas intemacionales (en buena medida opuestos a los
arquitectos locales) aportados por las multinacio nales para reconstruir Ia
Potsdamer Platz, iban en direccion muy distinta; y la respuesta
romantico/nacionalista local a Ia amenaza del dominio multinacional podia, por
supuesto, acabar siendo meramente un elemento inocente de interes en una
estructura cion compleja de diversas marcas de distincion para Ia ciudad
(Schinkel, despues de todo, tenia un considerable merito arqui-
1 6 1
tectonico, y un castillo del siglo XVIII
reconstruido podria prestar se facilmente a la disneyficacion).
Pero quiza lo mas interesante de esta historia es
que su lado negativo subraya lo facilmente que pueden agravarse las contra
dicciones de la renta de monopolio. Si unos planes acartonados y su estetica y
pr:icticas discursivas exclusivistas llegaran a ser domi nantes, el capital
simbolico colectivo creado serfa de dificil co mercializacion, porque sus
cualidades tan especiales lo situarfan en gran medida fuera de la globalizacion
y dentro de una cultura polftica excluyente que la rechaza, replegandose hacia
un nacio nalismo estrecho de miras, como poco, y un violento rechazo de los
extranjeros e inmigrantes en el pear de los casas. Los poderes de monopolio
colectivo de los que puede disponer el gobierno urbana pueden orientarse hacia
la oposicion al cosmopolitismo banal de la globalizacion multinacional, pero
tambien fundamen tar un nacionalismo local estrecho de miras. Los terminos
cultu rales con los que la opinion publica alemana rechazo la ayuda a los
griegos para resolver el problema de su deuda sugieren que el fomento de tal
nacionalismo localista puede tener consecuencias globales muy serias. El exito
de las marcas de distincion de una ciudad puede requerir la expulsion o
erradicacion de cualquier persona o cosa que no se amolda a la marca.
El dilema -entre aproximarse tanto a la pura
comercializacion que se pierdan las marcas de distincion que subyacen bajo las
ren tas de monopolio, o establecer marcas de distincion tan especiales que sea
muy dificil comercializarlas- esta perpetuamente presente; pero como en el
comercio del vino, siempre hay estratagemas dis cursivas bajo la definicion de
lo que es o no tan especial en un producto, un lugar, una forma cultural, una
tradicion, una heren cia arquitectonica . . . Las batallas discursivas se convierten
en parte del juego y sus adalides (en los medias y en las instituciones acade
micas, por ejemplo) obtienen audiencia asf como apoyo financiero en relacion
con esos procesos. Hay mucho que ganar, por ejemplo, apelando a la moda (dicho
sea de paso, convertirse en un centro de moda es un media por el que las
ciudades acumulan un considera-
1 62
ble capital simbolico colectivo). Los capitalistas
son muy conscien tes de ello y deben por tanto participar en las guerras
culturales y en el farrago del multiculturalismo, Ia moda y la estetica, porque
es precisamente ahi donde pueden obtener rentas de monopolio, aunque sean
temporales. Y si, como mantengo, la renta de mono polio es siempre objeto del
deseo capitalista, los medios para obte nerla mediante intervenciones en el
campo de la cultura, historia, tradicion, estetica y significados cobran necesariamente
gran im portancia para los capitalistas de cualquier tipo. Surge asi la cues
cion de como pueden convertirse tales intervenciones culturales en una potente
arma en la lucha de clases.
R ENTA DE MONOPOLIO Y ESPACIOS DE ESPERANZA
Los lectores criticos se quejaran quiza del
aparente reduccio nismo economico de mi argumento; diran que parezco afirrnar
que el capitalismo produce las culturas locales, configura los sig nificados
esteticos, y asi domina las iniciativas locales impidiendo el desarrollo de
cualquier diferencia que no este directamente in serta en la circulacion del
capital. No puedo evitar tal interpreta cion pero seria una perversion de rni
mensaje, ya que lo que espe ro haber mostrado mediante el concepto de renta de
monopolio dentro de la logica de la acumulacion de capital es que este tiene
forrnas de extraer excedentes de las diferencias locales, las varia ciones
culturales locales y los significados esteticos de cualquier procedencia, y de
apropiarse de ellos. Los turistas europeos pue den ahora disfrutar de
excursiones comercializadas al barrio de Harlem en Nueva York (incluido el
disfrute de un coro de gospel), del mismo modo que las agencias de «turismo de
la pobreza» promocionan visitas a las villas-rniseria de Sudafrica, a Dharavi
en Bombay o a las favelas de Rio. La industria musical estadouniden se ha
tenido gran exito en la apropiacion de la increible creativi dad de los
musicos aficionados locales de todo el pais (casi invaria blemente en su
propio beneficia y no en el de ellos). Hasta la
1 63
musica polfticamente explfcita con Ia que se da
cuenta de una lar ga historia de opresi6n (como algunas formas de rap, el
reggae 0 los dance halls jamaicanos) se ha mercantilizado. La mercantiliza
ci6n y comercializaci6n de todo es de hecho una de las marcas distintivas de
nuestra epoca.
Pero Ia renta de monopolio es de por si
contradictoria. La pre tension de obtenerla lleva al capital global a valorar
iniciativas locales peculiares; de hecho, en ciertos aspectos, cuanto mas pe
culiares -y en esta epoca cuanto mas transgresoras- sean esas ini ciativas,
mejor para el. Tambien lleva a valorar la singularidad, autenticidad,
particularidad, originalidad y muchas otras dimen siones de Ia vida social que
son incompatibles con Ia homogenei dad implfcita en Ia producci6n de
mercandas. Y si el capital no destruye totalmente Ia singularidad que es Ia
base de Ia apropia ci6n de rentas de monopolio (aunque hay muchos casos en que
lo ha hecho y ha sido rotundamente condenado por ello), tiene que permitir y
aun promocionar Ia diferenciaci6n y desarrollos cultu rales locales
divergentes y en cierta medida incontrolables, que pueden ser antag6nicos a su
propio funcionamiento disciplinado. Puede incluso apoyar (aunque cauta y
nerviosamente) practicas culturales transgresoras, precisamente por su originalidad,
creati vidad y autenticidad, que es lo que las hace linicas.
Es en esos espacios donde se pueden constituir
movimientos de oposici6n, aun suponiendo que no esten ya firmemente enraizados
en ellos, como suele suceder. El problema para el capital es hallar formas de
integrar, subsumir, mercantilizar y monetizar tales dife rencias y bienes
culturales comunes lo bastante como para extraer de ellos rentas de monopolio.
Al hacerlo, el capital genera a menu do alienaci6n y resentimiento entre los
productores culturales, que experimentan de primera mano Ia apropiaci6n y explotaci6n
de su creatividad y su compromiso politico en beneficia econ6mico de otros, de
modo muy parecido al resentimiento experimentado por poblaciones enteras al ver
explotadas sus historias y culturas mediante Ia mercantilizaci6n. El problema
para los movimientos de oposici6n es enfrentarse a esa apropiaci6n generalizada
de sus
1 64
bienes culturales comunes y aprovechar la
validaci6n de su par ticularidad, singularidad, autenticidad, cultura y
significados este ticos para abrir nuevas posibilidades y altemativas.
Eso significa, como minimo, resistencia a la idea
de que la au tenticidad, creatividad y originalidad son un producto exclusivo
de la geografia hist6rica burguesa, y no de la clase obrera, los campesinos u
otras clases no capitalistas. Tambien implica tratar de persuadir a los
productores culturales actuales de que reorien ten su c6lera hacia la
mercantilizaci6n, la dominaci6n del merca do y el sistema capitalista en
general, ya que una cosa es ser trans gresor con respecto a la sexualidad,
religion, habitos sociales y convenciones artisticas y arquitect6nicas, y otra
muy distinta ser lo en relaci6n con las instituciones y practicas del dominio
capita lista insertas hasta lo mas hondo en la esfera cultural. Las luchas
generalizadas -aunque habitualmente fragmentadas- entre la apro piaci6n
capitalista y la creatividad cultural pasada y presente, pue den impulsar a un
sector de la comunidad preocupada por las cuestiones culturales a situarse de
parte de una politica opuesta al capitalismo multinacional y en favor alguna
altemativa mas con vincente basada en otto tipo de relaciones sociales y
ecol6gicas.
Pero eso no significa que la adhesion a valores
«puros» de au tenticidad y originalidad y a una estetica de las peculiaridades
de una cultura sea fundamento suficiente para una politica progresis ta de
oposici6n. Tambien puede virar facilmente hacia una politi ca identitaria
local, regional o nacionalista de tipo neofascista, de las que ya hay
demasiados signos perturbadores en gran parte de Europa y otros lugares. Esta
es una contradicci6n crucial a la que la izquierda debe hacer frente. Los
espacios para una politica transformadora estan ahi, porque el capital nunca
puede permi tirse cerrarlos. Ofrecen oportunidades para una oposici6n socia
lista. Pueden servir de vivero para cultivar formas de vida o inclu so
filosofias sociales altemativas (del mismo modo que Curitiba, en el estado
brasilefio de Parana, ha promovido ideas de sosteni bilidad ecol6gica urbana
cosechando una fama considerable por sus iniciativas). Pueden constituir, como
la Comuna de Paris de
1 65
1 78 1 o los numerosos movimientos politicos de
base urbana en todo el mundo en 1968, un elemento decisivo en ese fermento
revolucionario que Lenin llam6 hace mucho tiempo «El Festival del Pueblo». Los
fragmentados movimientos de oposici6n a la globalizaci6n neoliberal, tal como
se manifestaron en Seattle, Praga, Melbourne, Bangkok y Niza, y luego mas
constructiva mente en el Foro Social Mundial de 200 1 en Porto Alegre, apun
tan a ese tipo de politica alternativa. No es totalmente antag6nica a la globalizaci6n,
pero pretende que se de en terminos muy dife rentes. El esfuerzo en pro de
cierto tipo de autonomia cultural y el apoyo a la creatividad y diferenciaci6n
cultural es un poderoso elemento constitutivo de esos movimientos politicos.
No es casual, desde luego, que haya sido Porto
Alegre, mas que Barcelona, Berlin, San Francisco o Milan, la que se haya
abierto a tales iniciativas de oposici6n19, ya que en esa ciudad las fuerzas de
la cultura y de la historia estan siendo movilizadas por un movi miento
politico (impulsado por el Partido dos Trabalhadores bra sileiio) de forma muy
diferente, buscando un tipo de capital sim b6lico colectivo distinto al que
ostentan el museo Guggenheim de Bilbao o el Tate Modern en Londres. Las marcas
de distinci6n acumuladas en Porto Alegre proceden de su lucha por configurar
una alternativa a la globalizaci6n que no se base en las rentas de monopolio
particular ni ceda ante el capitalismo multinacional en general. Concentrandose
en la movilizaci6n popular, esta cons truyendo activamente nuevas formas
culturales y nuevas defini ciones de autenticidad, originalidad y tradici6n.
Es un camino dificil de seguir, como demostraron ejemplos anteriores del estilo
de los notables experimentos de la Bolonia Roja en las decadas de 1 960 y 1
970. El socialismo en una sola ciudad no es un concepto viable, pero es en las
ciudades donde se concentran las condicio nes para la producci6n y apropiaci6n
de rentas de monopolio, en
19 Rebecca Abers, ««Practicing Radical Democracy:
Lessons from Bra zil», Plurimondi 112 (1 999), pp. 67- 82 ; Ignacio Ramonet,
«Porto Alegre», Le Monde Diplomatique 56211 (enero de 2001).
1 66
terminos de inversiones ffsicas y de movimientos
culturales. Des de arriba no nos vendra ninguna alternativa a la forma actual
de globalizaci6n; tendr:i que llegar de multiples espacios locales -en
particular espacios urbanos- conjuntandose en un movimiento mas amplio, y es
ahi donde las contradicciones que afrontan los capitalistas en su busqueda de
rentas de monopolio asumen cierta importancia estructural. Al tratar de hacer
negocio con los valores de autenticidad, localizaci6n, historia, cultura, memoria
y tradi ci6n colectiva, abren un espacio para el pensamiento y la acci6n
politica en el que se pueden concebir y mantener alternativas so cialistas. El
espacio de esos bienes comunes merece una intensa exploraci6n y cultivo por los
movimientos de oposici6n que aco gen a los productores culturales y la
producci6n cultural como un elemento clave de su estrategia politica. Hay
abundantes prece dentes hist6ricos para movilizar en ese sentido a las fuerzas
de la alta cultura (el papel de los constructivistas en los aiios creativos de
la revoluci6n rusa, de 1 9 1 8 a 1 926, solo es uno entre muchos ejemplos
hist6ricos instructivos). Pero tambien es crucial la cultu ra popular tal como
se produce en las relaciones comunes de la vida cotidiana. Ahi reside uno de
los espacios de esperanza claves para la construcci6n de un tipo de
globalizaci6n alternativo y una politica decidida contra la mercantilizaci6n de
todo, en la que las fuerzas progresistas de la producci6n y la trasformaci6n
cultural puedan tratar de apropiarse y socavar las fuerzas del capital, en
lugar de lo contrario.
1 67
SEGU NDA PARTE
CI UDADES REBELDES
CAPITULO CINCO
Reclamar la ciudad para la lucha antica pitalista
Si la urbanizacion es tan decisiva para la
acumulacion del capi tal, y si las fuerzas del capital y sus innumerables
aliados deben movilizarse incansablemente para revolucionar periodicamente la
vida urbana, esto conlleva inevitablemente alg-Un tipo de lucha de clases, se
reconozca o no explfcitamente como tal, aunque solo sea porque las fuerzas del
capital tienen que esforzarse energicamen te por imponer su voluntad a un
proceso urbano y a poblaciones enteras que nunca estanin, ni siquiera en las
circunstancias mas favorables, totalmente bajo su control. De ahf se sigue una
impor tante cuestion polftico-estrategica: �En que medida deben cen trarse y organizarse
explfcitamente las luchas anticapitalistas en el amplio terreno de la ciudad y
el medio urbano? Y si de ben hacer lo, �como y exactamente por que?
La historia de la lucha de clases de base urbana es
impresio nante. Los sucesivos movimientos revolucionarios en Parfs desde 1 789
hasta la Comuna de 1 871, pasando por 1 830 y 1 848, consti tuyen el ejemplo
mas obvio del siglo XIX. Posteriores aconteci mientos incluyen el soviet de
Petrogrado, las comunas de Shanghai de 1 92 7 y 1 967, la huelga general en
Seattle en 1919, Barcelona en la Guerra Civil espanola, el cordobazo argentino
en 1969, las batallas urbanas en Estados Unidos durante la decada de 1 960, las
movilizaciones urbanas de 1968 (Parfs, Chicago, Ciudad de Mexico, Bangkok y
otras, incluidas la Hamada «Primavera de Pra ga» y el auge de las asociaciones
de vecinos en Madrid a la cabeza del movimiento antifranquista en aquella misma
epoca); en tiem pos mas recientes hemos sido testigos de ecos de aquellas
luchas en las protestas contra la globalizacion en Seattle en 1 999 (segui da
por protestas similares en Quebec, Genova y muchas otras ciu-
1 7 1
clades, como parte de un movimiento general contra
la globaliza cion), y mas recientemente a lin hemos vista protestas de masas
en la plaza Tahrir de El Cairo, en Madison (Wisconsin), en la Puerta del Sol en
Madrid, en la Pla�a de Catalunya en Barcelona y en la plaza Syntagma en Atenas, asi como
rebeliones revolucionarias en Oaxaca en Mexico, en Cochabamba (2000 y 2007) y
en El Alto (2003 y 2005) en Bolivia, junto con otras movilizaciones polfticas
muy diferentes pero igualmente importantes en Buenos Aires en 2001 -2002 y en
Santiago de Chile (2006 y 201 1).
Y como demuestra la historia, esos acontecimientos
no se han producido unicamente en centros urbanos aislados; en varias oca
siones el espiritu de la protesta y la rebelion se ha extendido con tagiosa y
notablemente a traves de las redes urbanas. Puede que el movimiento
revolucionario de 1 848 naciera en Paris, pero el es piritu de la rebelion se
propago en pocas semanas a Viena, Berlin, Milan, Budapest, Francfort y muchas
otras ciudades europeas. La revolucion bolchevique en Rusia se vio acompafiada
por la forma cion de consejos obreros y «soviets» en Berlin, Viena, Varsovia,
Riga, Munich y Turin, y en 1968 fueron Paris, Berlin, Londres, Ciudad de
Mexico, Bangkok, Chicago y muchas otras ciudades las que experimentaron
«jornadas de rabia» y en algunos casas vio lentas represiones. El desarrollo
de la crisis urbana en Estados Unidos durante la decada de 1 960 afecto
simultaneamente a mu chas ciudades; y en un momenta asombroso pero muy
subestima do de la historia mundial, el 1 5 de febrero de 2003 varios millones
de personas se manifestaron simultaneamente en las calles de Roma (en la que
fue, con alrededor de 3 millones de personas, la mayor manifestacion contra la
guerra en toda la historia de la humani dad), Madrid, Londres, Barcelona,
Berlin y Atenas, y en numero bastante menor (aunque imposible de precisar
debido a la repre sion policial) en Nueva York, Melbourne y casi doscientas
ciuda des de Asia (a excepcion de China), Africa y Latinoamerica, en una
manifestacion a escala mundial contra la amenaza de guerra contra Iraq. Ese
movimiento, descrito entonces como una de las primeras expresiones de la
opinion publica global, se desvanecio
1 72
r:ipidamente, pero dej6 tras de sf la sensaci6n de
que la red urbana global esta repleta de posibilidades politicas que no han
sido toda via aprovechadas por los movimientos progresistas. La actual oleada
de movimientos juveniles en todo el mundo, desde El Cai ro hasta Madrid o
Santiago de Chile -por no hablar de la rebeli6n callejera en Londres, seguida
por el movimiento Occupy Wall Street iniciado en la ciudad de Nueva York y que
luego se exten di6 a innumerables ciudades estadounidenses y de todo el mun
do- sugiere que hay algo politico en el aire de las ciudades que se debate por
expresarse1•
De este breve repaso de los movimientos politicos
de base ur bana brotan dos preguntas: �Es la ciudad (o un conjunto de ciuda des) un sitio
meramente pasivo o red preexistente, el lugar donde aparecen y se expresan
corrientes mas profundas de la lucha poli tica? A primera vista podrfa parecer
asf; pero tambien esta claro que ciertas caracterfsticas ambientales urbanas
son mas propicias a las protestas rebeldes que otras, tales como la centralidad
de plazas como Tahrir, Tiananmen y Syntagma, la mayor facilidad para erigir
barricadas en Paris comparada con Londres o Los An geles, o la situaci6n de El
Alto que le permite controlar las prin cipales rutas se abastecimiento a La
Paz.
El poder politico suele tratar por eso de
reorganizar las infra estructuras y la vida urbana atendiendo al control de
poblaciones levantiscas. El caso mas famoso es el de los bulevares diseiiados
por Haussmann en Paris, considerados desde el primer momento como un medio de
control militar, pero no es el unico. La remo delaci6n del centro de las
ciudades en Estados Unidos a rafz de los disturbios urbanos de la decada de 1
960 tenia como fin crear im portantes barreras fisicas -de hecho, fosos por
los que discurrfan
1 El refnin
«ei aire de Ia ciudad Iibera>> [Stadtluft machtfrei} es una cono cida
sentencia medieval, de cuando las ciudades con una carta de derechos a modo de
Constituci6n podfan funcionar como «islas no-feudales en un oceano
feudal>>. La exposici6n chisica a! respecto es Ia de Henri Pirenne,
Medieval Cities, Princeton, Princeton University Press, 1 92 5 [ed. cast.: Las
ciudades de Ia Edad Media, Madrid, Alianza, 1 972]
.
1 73
autopistas- entre las ciudadelas de gran valor
inmobiliario en el centro y los empobrecidos barrios perifericos cercanos. Los
vio lentos combates de las Fuerzas de Defensa Israelies con el fin de someter
a los movimientos de oposicion palestinos en Ramala o mas tarde por el ejercito
estadounidense en Faluya (Iraq), han desempefiado un papel crucial en el
replanteamiento de las estra tegias militares para pacificar, vigilar y
controlar las poblaciones urbanas. A su vez, movimientos de oposicion como Hezbollah
y Hamas promueven nuevas estrategias de rebelion urbana. La mi litarizacion no
es, por supuesto, la unica solucion (y como demos tr6 Faluya, puede estar muy
lejos de ser la mejor). Los programas de pacificacion planificada en las
favelas de Rio de Janeiro supo nen un enfoque urbanizado de la guerra social y
de clases median te la aplicacion de diversas politicas publicas a los barrios
mas turbulentos. Hezbollah y Hamas, por su parte, combinan las ope raciones
militares desde dentro de la densa red de emplazamien tos urbanos con la
construccion de estructuras alternativas de go bernanza urbana, que incluyen
desde la recogida de basuras a los subsidios y ayudas sociales y la
administracion de los barrios.
Lo urbano funciona pues, obviamente, como un ambito
rele vante de accion y rebelion politica. Las caracteristicas propias de cada
lugar son importantes, y su remodelacion fisica y social asi como su
organizacion territorial son armas para la lucha politica. A1 igual que en las
operaciones militares la eleccion y conforma cion del campo de batalla
desempefia un papel destacado en su resultado, lo mismo sucede con las
protestas populares y los mo vimientos politicos en el entorno urbano2•
El segundo punto importante es que se acostumbra a
estimar la eficacia de las protestas politicas seglin su capacidad para tras
tornar la economia urbana. Durante la primavera de 2006, por ejemplo, la
poblacion inmigrante en Estados Unidos desarrollo una agitacion general a
partir de una propuesta al Congreso para
2 Stephen
Graham, Cities Under Siege: The New Military Urbanism, Lon
dres, Verso, 2010.
1 74
criminalizar a los inmigrantes indocumentados
(algunos de los cuales llevaban decadas en el pais). Las protestas masivas se
con virtieron en algo asi como una huelga de trabajadores inmi�antes que interrumpi6 de hecho Ia actividad
econ6mica en Los Angeles y Chicago y tuvo un serio impacto en otras ciudades.
Aquella im presionante demostraci6n de poder politico y econ6mico de los
inmigrantes (tanto legales como ilegales) para perturbar los flujos de
producci6n y circulaci6n de bienes y servicios en importantes centros urbanos
contribuy6 notablemente a dejar sin efecto Ia le gislaci6n propuesta.
El movimiento por los derechos de los inmigrantes
surgi6 de Ia nada y se vio marcado por un alto grado de espontaneidad; pero
tambien se desvaneci6 r:ipidamente, dejando tras de si dos logros menores pero
quiza significativos, ademas del bloqueo de Ia ini ciativa legislativa: Ia
formaci6n de una alianza permanente de los trabajadores inmigrantes y Ia
instauraci6n en Estados Unidos de Ia costumbre de celebrar el 1 de mayo como
jornada de afirma ci6n de las reivindicaciones obreras. Aunque esto ultimo pueda
parecer puramente simb6lico, recuerda no obstante a los trabaja dores
estadounidenses, organizados y no organizados, su poten cialidad colectiva. La
rapida disipaci6n del movimiento tambien dej6 clara una de las principales
barreras para Ia materializaci6n de esa potencialidad, en concreto Ia gran
distancia entre sus adhe rentes, principalmente hispanos (latinoamericanos), y
los dirigentes de Ia poblaci6n afroamericana, que permiti6 un intenso bombar
deo propagandistico de los medias de derechas, repentinamente anegados en
lagrimas de cocodrilo sabre las penalidades de los afroamericanos despojados de
sus empleos por los inmigrantes ilegales latinoamericanos3•
La rapidez y volatilidad con que han surgido y
desaparecido durante las ultimas decadas movimientos de protesta masivos exi-
3 Kevin
Jonson and Hill Ong Hing, «The Immigrants Rights Marches of 2006 and the
Prospects for a New Civil Rights Movement», Harvard
Civil Rights-Civil Liberties Law Review 42, pp. 99-
1 38 .
1 7 5
ge algiln comentario. Ademas de Ia movilizacion
planetaria con tra Ia guerra en 2003 y el ascenso y caida del movimiento por
los derechos de los trabajadores inmigrantes en Estados Unidos en 2006, hay
innumerables ejemplos del curso erratico y desigual arraigo geografico de los
movimientos de oposicion; podemos mencionar aqui la rapidez con que las
revueltas en los suburbios franceses en 2005 y los estallidos revolucionarios
en muchos pai ses latinoamericanos, desde Argentina en 200 1 -2002 a Bolivia en
2000-2005, fueron controlados y reabsorbidos en las practicas ca pitalistas
dominantes. �Tendran mayor
arraigo las protestas de los indignados en el sur de Europa en 201 1 y el
reciente movimiento Occupy Wall Street? Entender la politica y el potencial
revolu cionario de tales movimientos constituye un serio desafio. La
fluctuante historia y fortuna del movimiento contra la globaliza cion o
alterglobalista desde finales de la decada de 1 990 tambien sugiere que nos
encontramos en una fase muy particular y quiza radicalmente diferente de la
lucha anticapitalista. Ese movimien to, formalizado en el Foro Social Mundial
y sus vastagos regiona les y cada vez mas ritualizado en manifestaciones
periodicas con tra el Banco Mundial, el FMI, el G-7 (ahara G-20) o casi
cualquier encuentro intemacional con el tema que sea (desde el cambia eli
matico al racismo o la igualdad de genera) es tremendamente ma leable y
escurridizo, porque mas que una organizacion coherente es «un movimiento de
movimientos»4• Eso no quiere decir que las formas tradicionales de organizacion
de la izquierda (partidos politicos y grupos militantes, sindicatos y
movimientos ecologis tas o sociales como el de los maoistas en la India o el
de los cam pesinos sin tierra en Brasil) hayan desaparecido; pero ahara todos
parecen flotar en un oceano de movimientos opositores mas difu sos, carentes
de una coherencia politica global.
4 Thomas Mertes (ed.), A Movement of Movements,
Londres, Verso, 2004; Sara Motta y Alf Gunvald Nilson (eds.), Social Movements
in the Global South: Dispossession, Development and Resistance, Basingstoke,
Hants, Pal grave Macmillan, 201 1 .
1 76
CAMBIOS DE PERSPECTIVA DE LA IZQUIERDA SOBRE LAS
LUCHAS ANTICAPITALISTAS
La cuestion mas relevante que quiero dilucidar aqui
es esta:
� son las
manifestaciones urbanas de todos esos diversos movi mientos algo mas que meros
efectos colaterales de las aspiracio nes humanas globales, cosmopolitas o
universales, sin ninguna relacion espedfica con las peculiaridades de Ia vida
urbana? �0 hay algo en
el proceso y Ia experiencia urbana -en las cualidades de Ia vida urbana
cotidiana- bajo el capitalismo que tenga de por si potencial para servir de
base a luchas anticapitalistas? Si es asi,
� que es lo que
constituye ese fundamento y como se puede movi lizar y servir para desafiar
los poderes politicos y economicos do minantes del capital, junto con sus
pnicticas ideologicas hegemo nicas y su poderoso yugo sobre Ia subjetividad
politica (cuestion esta ultima que en mi opinion es decisiva)? Con otras
palabras,
� t'eberian.
considerarse fundamentales para Ia politica anticapita list� las luchas en y sobre Ia ciudad, y sobre las
cualidades y pers pecu\as de Ia vida urbana?
N� dire que Ia respuesta a esas preguntas sea
«obviamente afirmativa», pero creo que vale Ia pena reflexionar sobre elias.
Para buena parte de Ia izquierda tradicional (con
lo que me refiero principalmente a los partidos politicos socialistas y comu
nistas y Ia mayorfa de los sindicatos), Ia interpretacion de Ia geo grafia
historica de los movimientos politicos de base urbana se ha visto trabada por
suposiciones politicas y cicticas a priori que han llevado a una subestimacion
e incomprension de Ia capacidad de esos movimientos para impulsar un cambio no
solo radical sino tambien revolucionario. Los movimientos sociales urbanos se
con sideran con demasiada frecuencia como algo separado o subor dinado a Ia
lucha de clases anticapitalista enraizada en Ia explo tacion y alienacion del
trabajo vivo en Ia produccion. En caso de valorarlos positivamente, los
movimientos sociales urbanos son tipicamente imaginados como meros subproductos
derivados de esas batallas mas fundamentales. En Ia tradicion marxista, por
1 77
ejemplo, las luchas urbanas suelen ser ignoradas o
menosprecia das como desprovistas de capacidad o importancia revolucionaria,
ya que afectan a cuestiones de reproducci6n mas que de produc ci6n, o a los
derechos, Ia soberania y Ia ciudadania, y no al valor y al plusvalor del que se
apropia Ia clase capitalista. El movimiento de los trabajadores inmigrantes no
sindicados en 2006, segU.n esa argumentaci6n, se limitaba a reivindicar Ia
igualdad de derechos y no tenia como prop6sito una revoluci6n social.
Cuando una batalla a escala de toda una ciudad
adquiere un estatus revolucionario simb6lico, como en el caso de Ia Comuna de
Paris de 1 87 1 , se suele presentar (como hizo primero Marx, y aun mas
enfaticamente Lenin) como un «levantamiento proleta rio»5 mas que como un
movimiento revolucionario mucho mas complejo, animado tanto por el deseo de
reivindicar la propia ciu dad frente a su apropiaci6n burguesa, como por la
deseada libera ci6n de los trabajadores de las fatigas y Ia opresi6n de clase
en el puesto de trabajo. A m ime parece simb6lico que las dos primeras
decisiones de la Comuna de Paris fueran abolir el trabajo noctur no en las
panaderias (una cuesti6n laboral) e imponer una mora toria sobre los
alquileres (una cuesti6n urbana). Los grupos de izquierda tradicionales pueden
pues encabezar con exito luchas de base urbana, aun cuando las interpreten
desde su estrecha pers pectiva tradicional obrerista. El Socialist Workers
Party britani co, por ejemplo, dirigi6 a finales de los afios ochenta una
batalla victoriosa contra el impuesto de capitaci6n [poll tax] de Margaret
Thatcher (una reforma impositiva igualitaria que golpeaba muy duramente a los
mas pobres). La derrota de Margaret Thatcher en aquella contienda desempefi6
probablemente un papel deter minante en su renuncia a seguir dirigiendo el
gobiemo.
La lucha anticapitalista, en el sentido marxista
formal, se plan tea fundamentalmente en relaci6n con Ia abolici6n de Ia
relaci6n
5 Karl Marx y
Vladimir Lenin, The Civil War in France: The Paris Com mune, Nueva York,
International Publishers, 1 989 [ed. cast.: La Comuna de Paris, Madrid, Aka!,
2010) .
1 78
de clase entre capital y trabajo (en Ia producci6n)
que permite Ia apropiaci6n del valor por el capital. Su objetivo ultimo es Ia
abo lici6n de esa relaci6n de clase y de todo lo que Ia acompaiia, no importa
donde ocurra. A primera vista ese objetivo revoluciona rio parece no tener
nada que ver con Ia urbanizaci6n en si; incluso cuando esa lucha se expresa,
como suele suceder, en conflictos interetnicos, raciales o de genera de base
urbana, en los espacios vitales de Ia ciudad, el criteria fundamental para los
marxistas es que una lucha anticapitalista debe en ultimo termino referirse a
Ia propia esencia del sistema capitalista, aspirando a extirpar el tu mor
canceroso de las relaciones de clase en Ia producci6n. Aun que supondria una
caricatura decir que el movimiento obrero ha privilegiado siempre y en todas
partes a los obreros industriales como agentes de vanguardia para el
cumplimiento de esa misi6n, lo cierto es que en las versiones marxistas
revolucionarias esa van guardia debe dirigir Ia lucha de clases a traves de Ia
dictadura del proletariado hacia una tierra prometida en Ia que se desvanecen
el estado y las clases.
Las casas se han planteado pues a veces de manera
un tanto estrecha. Marx argumentaba que las relaciones de dominaci6n de clase
en Ia producci6n tenian que ser destruidas por los obreros asociadas
controlando su propio proceso y planes de producci6n, opinion que reproducia y
resurnia una larga historia de aspiraci6n politica al control obrero, Ia
autogesti6n, las cooperativas obreras y otros conceptos parecidos6, sin que
esos planteamientos surgie ran necesariamente de ninglin intento deliberado de
seguir las prescripciones te6ricas de Marx (de hecho era casi a Ia inversa,
reflejando estas ultimas los primeros) ni tampoco se imaginaran necesariamente
en Ia pnictica como una estaci6n intermedia en el recorrido hacia una completa
reconstrucci6n revolucionaria del arden social. Casi siempre surgieron de una
intuici6n basica, a Ia que los propios trabajadores llegaron en muy diversos
sitios y mo-
6 Mario
Tronti, «Workers and Capital», en libcom.org, publicado ori ginalmente en
italiano, 1 97 1 .
1 79
mentos, de que seria mucho mas justo, menos
opresivo y mas acorde con su propio sentido de autovaloracion y dignidad perso
nal, regular sus propias relaciones sociales y actividades producti vas, en
Iugar de someterse a los dictados de un patron a menudo despotico que les
exigia una entrega infatigable de su capacidad para el trabajo alienado. Pero
los intentos de cambiar el mundo mediante el control obrero y otros movimientos
analogos -tales como los proyectos de propiedad comunitaria, la Hamada eco nomia
«moral» o «solidaria», sistemas locales de comercio o trueque, la creacion de
espacios autonomos (el mas famoso de los cuales seria hoy dia el de los
zapatistas mexicanos)- no se han demostrado hasta ahora viables como modelo
para construir solu ciones anticapitalistas mas globales, pese a los nobles
esfuerzos y sacrificios para mantener en pie esos proyectos frente a feroces
hostilidades y represiones implacables7•
La razon principal del fracaso a largo plazo de
tales iniciativas para constituir una alternativa global al capitalismo es
bastante simple. Todas las empresas que operan en una economia capitalis ta
estan sometidas a «las leyes irrefragables de la competencia» que afianzan las
leyes capitalistas de la produccion y realizacion de valor. Si alguien ofrece
un producto similar al mio con un cos te mas bajo y no quiero quedarme sin
clientes, tengo que modifi car mis practicas de produccion para aumentar mi productividad
o reducir mis costes de trabajo, bienes intermedios y materias pri mas. Aunque
haya empresas pequefi.as y localizadas que puedan eludir por un tiempo esa
coercion y trabajar mas alla del alcance de las leyes de la competencia
(adquiriendo, por ejemplo, el esta tus de monopolios locales), la mayoria no
pueden hacerlo; por eso las empresas cooperativas o controladas por los
trabajadores aca ban reproduciendo en algtin momento el comportamiento de sus
competidores capitalistas, y cuanto mas lo hacen menos se distin-
7 Immanuel
Ness and Dario Azzelini (eds.), Ours to ]\!lasterand to Own:
P7·esent, Londres, Haymarket
Books,Workers'ControlfrvmtheCvmmunetothe
201 1.
1 80
guen sus pnicticas. De hecho, puede muy bien
suceder que los trabajadores acaben cayendo en un estado de autoexplotacion co
lectiva tan represivo como el que impone el capital.
Ademas, tal como exponfa Marx en el segundo volumen
de El Capital, la circulacion del capital comprende tres procesos par
ticulares, el del dinero, el productivo y el de las mercancfas8• Nin glin
proceso de circulacion puede sobrevivir, ni siquiera existir, sin los demas: se
entrelazan y codeterminan mutuamente. El con trol de los trabajadores o de
colectivos comunitarios en unidades de produccion relativamente aisladas
diffcilmente puede perdu rar -pese a la esperanzada retorica autono�ista, autogestionaria y anarquista- frente a un
entorno financiero y un sistema de cn!dito hostiles y a las pnicticas
depredadoras del capital mercantil. El poder del capital financiero y del
capital mercantil (el fenomeno Wal-Mart) han resurgido con fuerza en los ultimos
afios (este es un tema muy poco tratado en la teorizacion de izquierdas con
temponinea). Que hacer con respecto a esos otros procesos de circulacion y a
las fuerzas de clase que cristalizan en torno a ellos se convierte asf en una
parte muy importante del problema. Se trata, despues de todo, de las fuerzas
primordiales a traves de las que opera la ferrea ley de la determinacion
capitalista del valor.
La conclusion teorica que se deduce de esto es
evidente. La abo licion de la relacion de clase en la produccion depende de la
aboli cion del poder de la ley capitalista del valor para dictar las condi
ciones de la produccion mediante el libre comercio en el mercado mundial. La
lucha anticapitalista no debe organizarse y reorgani zarse unicamente en el
proceso de trabajo, par fundamental que sea este. Debe tambien tratar de hallar
una alternativa polftica y social al funcionamiento de la ley capitalista del
valor en el merca do mundial. Par muchos movimientos comunitarios y de control
obrero que puedan surgir de las intuiciones concretas de la gente
8 Karl Marx,
El Capital, Volumen 2, tomo 1 , Madrid, Aka!, 2000; pp.
3 1 - 1 2 3. David Harvey, A Companion to Marx's
Capital, Volume 2, Londres, Verso, de proxima publicaci6n.
1 8 1
que se ocupa colectivamente de la produccion y del
consumo, cuestionar el funcionamiento de la ley capitalista del valor a escala
mundial requiere una comprension teorica de las relaciones ma croeconomicas
ademas de una gran sofisticacion tecnica y organi zativa. Esto plantea el
dificil problema de desarrollar una capaci dad politica yorganizativa para
movilizarycontrolar la organizacion de la division intemacional del trabajo y
de las practicas y relacio nes de intercambio en el mercado mundial. El «desacoplamiento»
que proponen algunos ahora es practicamente imposible por di versas razones.
En primer lugar, incrementaria la vulnerabilidad frente a las hambrunas locales
y a las catastrofes sociales y «natu rales». En segundo Iugar, la gestion
eficaz y la supervivencia de penden casi siempre de la disponibilidad de
medios de produccion sofisticados. Por ejemplo, la capacidad de un colectivo de
trabaja dores para coordinar los flujos a lo largo de una cadena productiva
(desde las materias primas hasta los productos acabados) depende de la
disponibilidad de fuentes de energia y tecnologias, como la electricidad,
telefonos moviles, ordenadores e internet, que proce den de ese mundo en el
que predominan las leyes capitalistas de creacion y circulacion del valor.
Frente a esas dificultades obvias, muchas fuerzas
de la izquier da tradicional preconizaron historicamente como principal obje
tivo la conquista del poder estatal, que a continuacion se podria utilizar para
regular y controlar el flujo de capital y dinero, para instituir sistemas de
intercambio fuera del mercado (y no mercan tilizados) mediante una
planificacion racional, y para establecer una altemativa a las leyes
capitalistas de determinacion del valor mediante reconstrucciones organizadas y
conscientemente pla neadas de la division intemacional del trabajo. Los paises
comu nistas creados a partir de la Union Sovietica, incapaces de hacer
funcionar globalmente ese modelo, prefirieron aislarse tanto como fuera posible
del mercado mundial capitalista. El final de la Gue rra Fria, el colapso del
imperio sovietico y la adopcion por el go biemo chino de un modelo economico
que acepta plenamente la ley del valor capitalista, dieron Iugar a un abandono
generalizado
1 82
de esa estrategia anticapitalista particular como
via factible para Ia construcci6n del socialismo. Las ideas de Ia planificaci6n
central -incluso Ia socialdem6crata- de que el estado podria proteger a Ia
sociedad frente a las fuerzas del mercado mundial mediante el proteccionismo
arancelario, Ia sustituci6n de importaciones (como en Latinoamerica durante Ia
decada de 1 960, por ejemplo), polf ticas tributarias redistributivas y otros
dispositivos de bienestar social, fueron abandonadas poco a poco a medida que
los movi mientos contrarrevolucionarios neoliberales ganaban fuerza en el
dominio de los aparatos estatales desde mediados de Ia decada de 1 970 en
adelante9•
La experiencia hist6rica, bastante decepcionante,
del estalinis mo y el comunismo centralmente planificado tal como se practic6
realmente, y el fracaso en ultimo termino del reformismo y el pro teccionismo
socialdem6cratas en cuanto a contrarrestar el crecien te poder del capital
para controlar el estado e imponer sus planes politicos, han llevado a gran
parte de Ia izquierda contemponinea a concluir, bien que el «aplastamiento del
estado» es una condi ci6n necesaria para cualquier transformaci6n revolucionaria,
bien que organizar la producci6n y aut6nomamente fuera del estado es la unica
via posible hacia el cambio revolucionario. La tarea poll rica se ha
desplazado asi a cierta forma de control obrero, comuni tario o local,
suponiendo de que el poder opresivo del estado pue de «decaer» a medida que
movimientos opositores de diverso tipo -ocupaciones de fabricas, economias
solidarias, movimientos au t6nomos colectivos, cooperativas agrarias,
etcetera- cobran fuerza en Ia sociedad civil. Esto equivale a lo que se podria
Hamar una «teoria termitera» del cambio revolucionario: roer los apoyos ins
titucionales y materiales del capital hasta que se derrumbe. No es un termino
despectivo; las termitas ocultas pueden infligir un daiio terrible sin ser detectadas
facilmente. El problema no es la caren cia de eficacia potencial; es que tan
pronto como hace demasiado obvio y amenazador el daiio producido, el capital
esta dispuesto y
9 David Harvey, A Brief History of Neoliberalism,
cit.
1 83
decidido a Hamar a los exterminadores (poderes del
estado) para neutralizarlo. La unica esperanza entonces es que los extermina
dores se vuelvan contra sus amos (como ha sucedido a veces en el pasado) o sean
derrotados -un resultado bastante improbable ex cepto en circunstancias tan
particulares como las de Mganistan en el curso de una contienda militar.
Desgraciadamente no existe ninguna garantia de que el tipo de sociedad que
emerja a continua cion sea mejor o menos barbaro que aquel al que reemplaza.
En el amplio espectro de la izquierda se defienden
fieramente (y a veces tambien ciega y dogmaticamente) las distintas opiniones
sobre lo que puede funcionar o no. La critica hacia cualquier tipo particular
de pensamiento o accion provoca a menudo respuestas injuriosas. Toda la
izquierda esta hechizada por un «fetichismo de la forma organizativa» que lo
impregna todo. La izquierda tradi cional (de orientacion comunista y
socialista) defendia generica mente alguna version del centralismo democratico
(en los partidos politicos, sindicatos, etcetera). Ahora, en cambio, suelen
predomi nar principios como la «horizontalidad» y «ausencia de jerarquia», o
visiones de democracia radical y gobemanza de los bienes comu nes, que pueden
funcionar bien en grupos pequefi.os pero son im posibles de aplicar a escala
de toda una region metropolitana, por no hablar de los siete mil millones de
personas que habitan actual mente el planeta. Se formulan dogmaticamente
prioridades progra maticas como la abolicion del estado, como si no fuera
necesaria o valiosa ninguna otra forma altemativa de gobemanza territorial.
Hasta el venerable anarquista y antiestatista Murray Bookchin, con su teoria
del confederalismo, defiende energicamente la necesidad de alguna gobemanza
territorial, sin la que los zapatistas, por poner un ejemplo reciente, no
habrian encontrado sino la muerte y la derrota: aunque su estructura
organizativa se suela presentar -falsa mente- como totalmente ajerarquica y
«horizontalista», toman de cisiones mediante delegados democraticamente
elegidos10• Otros
10 Murray
Bookchin, Urbanization Without Cities: The Rise and Decline of
Citizenship, Montreal, Black Rose Books, 1 992 .
1 84
grupos concentran sus esfuerzos en la recuperacion
de nociones antiguas e indigenas de los derechos de la naturaleza, o insisten
en que deben prevalecer, por encima de la puesta en practica de una politica
anticapitalista, las cuestiones de genero, raza, anticolonia lismo o
indigenismo. Todo esto entra en conflicto con la autoper cepcion dominante
dentro de esos movimientos sociales, que tien de a descartar una guia o teoria
organizativa general en nombre de un conjunto de practicas intuitivas y flexibles
que surgen «natural mente» de la situacion dada, algo en lo que, como veremos,
no es cin totalmente equivocados.
Ademas de todo esto, se da una notoria ausencia de
propuestas concretas ampliamente acordadas sobre como reorganizar la divi sion
del trabajo y las transacciones economicas (�monetizadas?) en el mundo entero para mantener un
nivel de vida razonable para todos. De hecho, este problema se elude demasiado
a menu do. Como explica el pensador anarquista David Graeber, haciendo se eco
de las dudas de Murray Bookchin mencionadas mas arriba,
Burbujas temporales de autonomia deben convertirse
gradual mente en comunidades libres permanentes. Sin embargo, para que eso
suceda, esas comunidades no deben estar totalmente aisladas, ni tampoco pueden
tener una relaci6n de pura confrontaci6n con todo su entorno. Tienen que hallar
alguna forma de relacionarse con los sistemas econ6micos, sociales o politicos
mas amplios que las ro dean. Esta es Ia cuesti6n mas espinosa, porque se ha
demostrado extremadamente dificil para Ia gente organizada sobre lfneas
radical mente democraticas integrarse de ninglin modo significativo en es
tructuras mas amplias sin tener que realizar infinitas cesiones con respecto a
sus principios fundamentalesl l .
1 1 David
Graeber, Direct Action: An Ethnography, Oakland, CAK Press,
2009, p. 2
3 9. Vease tambien Ana Dinerstein, Andre Spicer y Steffen
Bohm, «The (lm)possibilities of Autonomy, Social
Movement in and Be yond Capital, the State and Development>>,
Non-Governmental Public Ac tion Program, Working Papers, London School of
Economics and Political Science, 2009.
1 8 5
En este momento de Ia historia, los procesos
caoticos de des truccion creativa capitalista han reducido evidentemente a Ia
iz quierda colectiva a un estado de incoherencia fragmentada, por energica que
se muestre y por mas que erupciones periodicas de movimientos masivos de
protesta y Ia amenaza recurrente de Ia «politica de termita» sugiera que las
condiciones objetivas para una ruptura mas radical con Ia ley capitalista del
valor estan mas que maduras para Ia cosecha.
En el micleo de todo esto se da un dilema
estructural muy simple: �como puede fusionar Ia izquierda Ia necesidad de
com prometerse activamente, pero tambien de crear una altemativa a las leyes
capitalistas de determinacion del valor en el mercado mundial, al tiempo que
promueve Ia capacidad de los trabajadores asociadas para gestionar y decidir
democratica y colectivamente lo que tienen que producir y como producirlo? Esta
es Ia tension dialectica central que ha escapado hasta ahora al anhelo de los
movimientos altemativos anticapitalistas12•
1 2 La Corporacion Cooperativa Mondragon (MCC) es
uno de los ca sos mas instructivos de autogestion obrera que han resistido el
paso del tiempo. Fundada en el Pais Vasco bajo el fascismo, en 1 956, agrupa
ahora alrededor de 200 empresas. En Ia mayoria de los casos Ia diferencia de
remuneracion entre los cooperativistas no supera la relacion 3 : 1 (aunque en
los ultimos aiios esa proporcion haya subido en algunos casos basta
9: 1 ), frente
a una relacion de 400: 1 en Ia mayoria de las empresas estado unidenses. El
conglomerado empresarial opera en los tres circuitos del capital, disponiendo
de instituciones de credito [Caja Laboral] y una cade na de establecimientos
de venta al publico [Eroski, fruto de Ia fusion de nueve cooperativas de
consumo locales] , ademas de las unidades de pro duccion. Esta puede ser una
de las razones que le han permitido sobrevivir. Los criticos de izquierda le
reprochan su falta de solidaridad con luchas obreras mas generales, asi como
algunas pdcticas explotadoras de subcon tratacion y las medidas de eficiencia
interna consideradas necesarias para mantener Ia competitividad de la
corporacion; pero si todas las empresas capitalistas fueran de este tipo,
viviriamos en un mundo muy diferente, de forma que no se puede minusvalorar su
ejemplo. George Cheney, Values at
Work: Employee Participation Meets Market Pressure
at Mondragon, Ithaca,
ILR Press, 1 999.
1 86
ALTERNATIVAS
Para que pueda surgir y afianzarse un movimiento
anticapita lista viable, hay que reevaluar las estrategias anticapitalistas
pasa das y presentes. No solo es vital mirar hacia atras y pensar sobre lo que
se puede y se debe hacer, quien va a hacerlo y d6nde, sino que tambien es vital
conciliar los principios organizativos y practicas preferidas con la naturaleza
de las batallas politicas, sociales y tec nicas que habra que librar y veneer.
Cualesquiera soluciones, for mulaciones, formas organizativas y agendas
politicas que se pro pongan deberan ofrecer respuestas a tres cuestiones
principales:
1 ) La primera es la del lacerante empobrecimiento
material de buena parte de la poblaci6n mundial y la consiguiente frustraci6n
de la posibilidad del pleno desarrollo de las ca pacidades y la potencia
creativa humana. Marx fue ante todo un eminente fil6sofo del ilimitado progreso
humano, pero reconoci6 que este solo era posible en «el reino de la libertad
que comienza cuando queda atras el reino de en la necesidad». Los problemas de
la acumulaci6n global de pobreza no se pueden afrontar, deberia ser obvio, sin
po ner freno a la obscena acumulaci6n mundial de riqueza. Las organizaciones
contra la pobreza deben comprome terse a una politica contra la riqueza y a la
construcci6n de relaciones sociales alternativas a las que dominan en el ca
pitalismo.
2) La segunda
cuesti6n deriva de los claros e inminentes peli gros de degradaci6n ambiental
y transformaciones ecol6gi cas descontroladas. Esto tampoco es una cuesti6n
solo ma terial, sino tambien espiritual y moral, que exige un cambio en el
concepto humano de la naturaleza asf como de la inte racci6n material con
ella. No existe una soluci6n puramente tecnol6gica para esta cuesti6n. Tiene
que haber importantes cambios en el modo de vida (y resarcir los impactos
politi cos, econ6micos y ambientales de los ultimos setenta aiios
1 87
de colonizacion periurbana) asi como en el
consumismo, productiviismo y dispositivos institucionales.
3) El tercer
conjunto de cuestiones, que subyace bajo las dos primeras, deriva de una
comprension historica y teorica de la inevitable evolucion del crecimiento
capitalista. Por di versas razones, el crecimiento exponencial es una condi
cion absoluta para la continua acumulacion y reproduccion del capital. Esta ley
de la acumulacion sin fin del capital, socialmente construida e historicamente
especifica, tiene que ser cuestionada y finalmente abolida. El crecimiento
acumulativo (con una tasa minima anual, digamos, del 3 por 1 00) es
sencillamente imposible. El capital ha llegado ahora a un punto de inflexion
(lo que no quiere decir a un callejon sin salida) en su larga historia, en el
que se esta empezando a percibir esa imposibilidad inmanente. Cual quier
alternativa anticapitalista tiene que abolir el poder de la ley capitalista del
valor para regular el mercado mundial. Esto requiere la abolicion de la
relacion dominante de clase que sostiene y ordena la perpetua expansion de la
produc cion y realizacion de plusvalor y que es la que produce la distribucion
cada vez mas desigual de riqueza y poder, jun to con el perpetuo sindrome de
crecimiento que ejerce una presion destructiva tan enorme sobre las relaciones
sociales y los ecosistemas globales.
� Como se
pueden organizar entonces las fuerzas progresistas para resolver estos
problemas y como se puede gestionar la dia lectica hasta ahora evasiva entre
los imperativos duales del control obrero localizado y la coordinacion global?
En este contexto quie ro regresar a la pregunta fundamental de esta
investigacion: �Pue den desempeii.ar un papel constructivo los movimientos sociales de
base urbana e imprimir su sello a la lucha anticapitalista en esas tres
dimensiones? La respuesta depende en parte de algunas re conceptualizaciones
fundamentales de la naturaleza de las clases y de una redefindicion del terreno
de la lucha de clases.
1 88
La concepcion del control obrero que ha dominado
hasta aho ra el pensamiento politico de Ia izquierda altemativa es confusa. El
foco principal de la lucha se ha situado en el taller y la fabrica como Iugar
primordial de la produccion de plusvalor. Tradicional mente se ha dado Ia
primada a la clase obrera industrial como vanguardia del proletariado, su
principal agente revolucionario; pero no fueron los obreros fabriles los que
generaron la Comuna de Paris, por ejemplo, lo que ha dado Iugar a una vision disidente
e influyente de la Comuna segU.n Ia cual no fue un levantamiento revolucionario
ni un movimiento basado en la clase, sino un movi miento social urbano que
reclamaba los derechos de ciudadania y el derecho a la ciudad. Por lo tanto, se
dice, no era anticapitalista 13•
Pero yo no veo razon por la que no se pueda
entender a la vez como una lucha de clases y una lucha por los derechos de
ciuda dania en el habitat propio de los trabajadores. Para empezar, la
dinamica de la explotacion de clase no se limita al lugar de trabajo. Conviene
tener en cuenta toda una serie de practicas predadoras y de desposesion del
tipo descrito en el capitulo 2 con respecto al mercado de la vivienda. Estas
formas secundarias de explotacion, que son y siempre han sido vi tales para la
dinamica general global de la acumulacion de capital y Ia perpetuacion del
poder de clase, quedan principalmente a cargo de los comerciantes, propietarios
y financieros y sus efectos se dejan sentir principalmente en el habitat y no
en Ia fabrica. Las concesiones salariales a los trabaja dores pueden, por
ejemplo, ser recuperadas para el conjunto de Ia clase capitalista por los
propietarios y comerciantes capitalistas, y en las condiciones actuales mas
despiadadamente alin por los prestamistas, banqueros y financieros. Las
practicas de acumula cion por desposesion, la apropiacion de rentas por
diversos ex-
1 3 Manuel Castells, The City and the Grassroots,
Berkeley, University of California Press, 1 983; Roger Gould, Insurgent
Identities: Class, Community, and Protest in Paris from 1 848 to the Commune,
Chicago, University of Chi cago Press, 1 995. Para mi refutaci6n de esos
argumentos, vease David Har vey, Paris, Capital ofModernity, cit.
1 89
tractores de dinero y beneficia, son causa de Ia
pesadumbre de buena parte de Ia poblaci6n con respecto a Ia calidad de Ia vida
cotidiana. Los movimientos sociales urbanos suelen organizarse precisamente en
torno a esas cuestiones, derivadas de las manifes taciones del poder de clase
en torno a la forma de vida, y no solo a Ia explotaci6n del trabajo; pero eso
no les quita su contenido de clase, aunque se articulen primordialmente en
terminos de dere chos, ciudadania y protesta contra las penalidades asociadas
a la reproducci6n social.
El hecho de que esas protestas se manifiesten en la
esfera de la circulaci6n del dinero y las mercandas mas que en el de la pro
ducci6n no importa; de hecho constituirfa una gran ventaja te6ri ca
reconceptualizar esas cuestiones dedicando mas atenci6n a los aspectos de la
circulaci6n del capital que tan frecuentemente obs taculizan los intentos de
control obrero de la producci6n. Dado que lo que importa en conjunto es la
circulaci6n del capital (y no solo lo que ocurre en el circuito productivo),
2que le importa a la clase capitalista en su conjunto si el valor se extrae de
los circuitos comercial y monetario y no directamente del circuito productivo?
La distancia entre el lugar donde se produce el plusvalor y aquel donde se
realiza es tan crucial en la teorfa como en Ia practica. El valor creado en la
producci6n puede ser recuperado par la clase capitalista mediante los elevados
alquileres que los propietarios de viviendas cobran a los trabajadores par su
alojamiento.
En segundo Iugar, la propia urbanizaci6n es el
resultado de una producci6n en la que participan millones de trabajadores
generan do valor y plusvalor. 2Por que no centrarse pues en Ia ciudad mas que
en la f:ibrica como Iugar primordial de la producci6n de plus valor? La Comuna
de Paris se puede entonces reconceptualizar como una lucha del proletariado
productor de la ciudad que recla maba el derecho a poseer y controlar lo que
habfa producido. Es (y en el caso de la Comuna de Paris fue) un tipo muy diferente
de proletariado al que gran parte de Ia izquierda ha asignado tfpica mente el
papel de vanguardia. Se caracteriza par la precariedad, par un empleo
epis6dico, limitado temporalmente y espacialmente
1 90
difuso, y muy dificil de organizar sobre Ia base
del Iugar de trabajo; pero en este momenta de Ia historia y en los paises
considerados de capitalismo «avanzado», el proletariado fabril convencional ha
disminuido radicalmente, lo que no nos deja mas altemativa que lamentar Ia
perdida de Ia posibilidad de revolucion porque ese pro letariado ha
desaparecido, o cambiar nuestra concepcion del prole tariado para incluir en
el ias hordas de productores no organizados de Ia urbanizacion (del tipo de los
que se movilizan en las manifes taciones por los derechos de los inmigrantes),
y explorar sus pecu liares capacidades y poderes revolucionarios.
Asi pues, (quienes son esos trabajadores que
producen Ia ciu dad? Sus edificadores, los obreros de la construccion en
particu lar, son el candidato mas obvio aunque no constituyan la Unica, ni
siquiera la mayor parte de la fuerza de trabajo dedicada a ello. Como fuerza
politica, los obreros de Ia construccion han apoyado muy a menudo en los
ultimos tiempos en Estados Unidos (y po siblemente en otros lugares) el
desarrollismo clasista a gran escala que les da de comer, pero no tiene por que
ser siempre asi. Los alarifes y albafiiles que Haussmann llevo a Paris
desempefiaron un papel importante en Ia Comuna. El Green Ban [Veto Verde] de
cretado por Ia Builders Labourers Federation en Nueva Gales del Sur en Ia
decada de 1 970 prohibia a sus afiliados trabajar en pro yectos que juzgaba
medioambientalmente dafiinos, y tuvo mucho exito en sus iniciativas aunque
aquel movimiento sindical acabara siendo destruido por una confluencia con el
poder estatal de su propia direccion nacional maoista, que despreciaba las
cuestiones medioambientales como una manifestacion de sentimentalismo
burgues14•
En cualquier caso, existe una conexion innegable
entre Ia ex traccion de hierro de las minas, su conversion en acero, la
utiliza cion de este en Ia construccion de puentes, el transporte sobre estos
de mercancias y el destino final de estas, ya sean fabricas a
14 John Tully,
«Green Bans and the BLF: The Labour Movement and Urban Ecology>>,
International Viewpoint IV 3 5 7 (marzo de 2004).
1 9 1
las que llegan como bienes intermedios u hogares
donde se con sumen. Todas esas actividades (incluido el movimiento espacial)
producen valor y plusvalor. Si el capitalismo se suele recuperar de las crisis,
como vimos antes, «construyendo casas y llenandolas de cosas», esta claro que
todos los que participan en la actividad ur banizadora desempeiian un papel
decisivo en la dinamica ma croeconomica de la acumulacion de capital; y si el
mantenimien to, reparaciones y sustituciones (a menudo dificiles de distinguir
en la practica) forman parte, de una forma u otra, de la corriente de
produccion de valor (como explicaba Marx), tambien esta claro que el vasto
ejercito urbano de trabajadores participantes en esas actividades contribuye
igualmente a la produccion de valor y de plusvalor, como los miles de
trabajadores neoyorquinos que cada dia erigen andamios para desmontarlos
despues. Si, ademas, el flujo de mercancias desde su lugar de origen hasta su
destino final produce valor, como tambien insistia Marx, igualmente lo hacen
los trabajadores empleados en la cadena alimentaria que va desde los
productores rurales hasta los consumidores urbanos. Miles de camiones de
reparto atestan a diario las calles de Nueva York, y quienes los conducen
tienen la capacidad de estrangular el meta bolismo de la ciudad. Las huelgas
de los trabajadores del trans porte (ya sea en Francia durante los ultimos
veinte aiios o ahora en Shanghai) son armas politicas extremadamente eficaces
(usa das malignamente en Chile en la preparacion del golpe de 1 973). El
sindicato de conductores de autobus en Los Angeles y la orga nizacion de
taxistas de Nueva York son ejemplos de organizacion en las tres dimensiones15•
Cuando la poblacion sublevada de El Alto corto las principales lineas de abastecimiento
a La Paz, obli gando a la burguesia a sobrevivir de lo que pudiera tener
guardado
1 5 Michael Wines, «Shanghai Truckers' Protest Ebbs
with Conces sions Won on Fees>>, New York Times, 2 3 de abril de 201 1 ;
Jacqueline Le vitt y Gary Blasi, «The Los Angeles Taxi Workers
Alliance>>, en Ruth Mi llanan, Joshua Bloom y Victor Narro (eds.),
Working for Justice: The LA Model of Organizing and Advocacy, Ithaca, Cornell
University Press, 2010,
pp. 1
09- 1 24.
1 92
en su despensa, pronto obtuvo su objetivo politico.
Es de hecho en las ciudades donde las clases acomodadas son mas vulnerables, no
individualmente sino en terminos del valor de los bienes que con trolan; por
eso el estado capitalista no deja de prepararse para luchas urbanas
militarizadas como frente avanzado de Ia lucha de clases en los pr6ximos afios.
Consideremos los flujos, no solo de alimentos y
otros bienes de consumo, sino tambien de energia, agua y otros articulos nece
sarios, asi como su vulnerabilidad frente a eventuales disturbios. La
producci6n y reproducci6n de Ia vida urbana, aunque parte de ella pueda ser
«desestimada» (un termino desafortunado), como «improductiva» en el canon
marxista, es sin embargo socialmente necesaria como parte de los <<faux
frais» [gastos falsos] de Ia repro ducci6n de las relaciones de clase entre
capital y trabajo. Gran parte de ese trabajo ha sido siempre temporal,
precario, itineran te; y muy a menudo escapa al supuesto limite entre
producci6n y reproducci6n (como en el caso de los vendedores callejeros). Son
absolutamente esenciales nuevas normas de organizaci6n para esa fuerza de
trabajo que produce, y lo que es igualmente importan te, reproduce, Ia ciudad.
Ahi es donde aparecen nuevas organi zaciones como el Congreso de Trabajadores
Excluidos [Excluded Workers Congress] estadounidense, que es una alianza de
traba jadores caracterizados por condiciones de empleo temporales e inseguras,
a menudo, como sucede con los trabajadores domesti cos, espacialmente
dispersos por toda una region metropolitana16•
La historia de las luchas obreras convencionales -y
esta es mi tercera tesis importante- tambien debe ser reescrita. La mayoria de
las luchas emprendidas por obreros fabriles resulta tener, ins peccionada mas
de cerca, una base mucho mas amplia. Margaret Kohn, por ejemplo, se queja de
que historiadores de izquierdas del movimiento obrero exalten los consejos de
fabrica de Turin a prin-
16 Excluded Workers Congress, Unity for Dignity:
Excluded Workers Re port, Nueva York, Excluded Workers Congress, do
Inter-Alliance Dialo gue, diciembre de 2010.
1 93
cipios del siglo XX, ignorando absolutamente sin
embargo las «ca sas del pueblo» donde se configuraba gran parte de su polftica
y desde donde afluian fuertes corrientes de apoyo logistico17• E. P. Thompson
expuso como la constituci6n de la clase obrera inglesa dependia tanto de lo que
sucedia en las capillas y en los barrios como en el Iugar de trabajo. Los
consejos sindicales locales han desempeiiado un papel muy subestimado en la
organizaci6n polfti ca britanica, y a menudo constituian en muchas ciudades y
pueblos la base militante del incipiente partido laborista y otras organiza
ciones de izquierda que el movimiento sindical nacional a menudo ignoraba18• �Que exito habrian tenido las sentadas de Flint
(Michi gan) en 1 93 7 de no haber sido por las masas de desempleados y
organizaciones vecinales a las puertas de General Motors brindan doles
incansablemente su apoyo moral y material?
Las organizaciones vecinales han sido tan
importantes para el mantenirniento de las luchas obreras como la organizaci6n
en el Iugar de trabajo. Uno de los bastiones de las ocupaciones de fabri cas
en Argentina tras el colapso de 200 1 fue que las fabricas gestio nadas de
forma cooperativa se convirtieron tambien en centros culturales y educativos
para los vecinos, estableciendo puentes en tre la comunidad y en Iugar de
trabajo. Cuando los antiguos pro pietarios trataron de expulsar a los
trabajadores o de recuperar la maquinaria, todos los vecinos actuaron
solidariamente con los tra bajadores para evitarlo19• Cuando el sindicato de
hosteleria UNI TE HERE decidi6 hace unos afios movilizar a los trabajadores de
17 Margaret
Kohn, Radical Space: Building the House of the People, Ithaca,
Cornell University Press, 2003 .
18 Edward P.
Thompson, The Making of the English Working Class, Har
mondsworth, Middlesex, Penguin Books, 1 968 [ ed.
cast. : La formaci6n de Ia clase obrera en lnglaterra, Madrid, Capitan Swing,
2012] .
19 Peter Ranis, «Argentina's Worker-Occupied
Factories and Enterpri ses>>, Socialism and Democracy 19/3 (noviembre de
2005), pp. 1 -2 3 ; Carlos For ment, «Argentina's Recuperated Factory Movement
and Citizenship: An Arendtian Perspective>>, Buenos Aires, Centro de
Investigaci6n de Ia Vida Publica, 2009; Marcela Lopez Levy, We Are Millions:
Neo-liberalism and New Forms ofPolitical Action in Argentina, Londres, Latin
America Bureau, 2004.
1 94
base en tomo al aeropuerto LAX de Los Angeles,
recurri6 a «una amplia alianza con organismos polfticos, religiosos y
comunales, estableciendo una coalici6n» que pudo contrarrestar Ia estrategia
represiva de Ia patronaF0• Pero cabe tambien extraer otras morale jas
precautorias: en las huelgas de los mineros ingleses durante las decadas de
1970 y 1 980, los que vivian en areas urbanizadas difu samente como Nottingham
fueron los primeros en rendirse, mien tras que los de Northumbria, donde
convergian las corrientes polfticas en el lugar de trabajo y en el lugar de
alojamiento, man tuvieron su solidaridad hasta el finaF1 • El problema
planteado por circunstancias de este tipo sera reexaminado mas adelante.
En Ia medida en que los lugares de trabajo
convencionales escin desapareciendo en muchos lugares del llamado mundo
capitalista avanzado (aunque no, por supuesto, en China o en Bangladesh), Ia
organizaci6n no solo en tomo al trabajo, sino tambien en tomo a las condiciones
del habitat, construyendo puentes entre los dos, se hace cada vez mas crucial;
pero tambien lo era en el pasado. Durante Ia huelga general de Seattle de 1919
las cooperativas de consumo con troladas por los trabajadores les sirvieron de
apoyo, y cuando Ia huel ga se vino abajo Ia militancia se desplaz6 muy
marcadamente hacia el desarrollo del un sistema complejo y entrelazado de
cooperativas de consumo controladas principalmente por los trabajadores22•
Cuando se amplia Ia lente para observar el medio
social en el que se desarrolla Ia lucha, se transforma Ia perspectiva de
quienes podrian ser los proletarios y cuales sus aspiraciones y estrategias. La
composici6n de genero de la politica de oposici6n parece muy di-
2° Forrest Stuart, «From the Shop to the Streets:
UNITE HERE Orga nizing in Los Angeles Hotels>>, en Ruth Milkman, Joshua
Bloom y Victor Narro (eds.), Working for Justice: The LA Model of Organizing
and Advocacy,
Ithaca, Cornell University Press, 2010.
2 1 Huw
Beynon, Digging Deeper: Issues in the Miner's Strike, Londres, Verso, 1 985 .
22 Dana Frank, Purchasing Power: Consumer
Organizing, Gender, and the Seattle Labor Movements, 1919-29, Cambridge,
Cambridge University Press, 1 994.
1 95
ferente cuando se hacen entrar en el cuadro las
relaciones fuera de la fabrica convencional, tanto en el lugar de trabajo como
en el habitat. La dinamica social no es la misma en esos dos espacios; en el
segundo, las distinciones basadas en el genero, la raza, la etnia, la religion
y la cultura suelen estar mas arraigadas en el tejido social, y las cuestiones
de la reproduccion social desempefi.an un papel mas destacado, incluso
dominante, en la configuracion de la subjetivi dad y la conciencia politica. Reciprocamente,
la diferenciacion et nica, racial y de genero practicada por el capital en la
poblacion produce notables disparidades en la dinamica economica de la des
posesion en el habitat (gracias a los circuitos de capital monetario y
comercial). Durante el periodo 2005-2009, mientras que la perdida media de
riqueza de los hogares estadounidenses fue del 28 por 100, la de los hispanos
fue del 66 por 100 y la de los negros del 5 3 por 1 00, mientras que la de los
blancos f u e solo del 1 6 por 1 00. El caracter de clase de las
discriminaciones etnicas en la acumu lacion por desposesion y el efecto
diferenciado de esas discrimi naciones sobre la vida en unos u otros barrios
no podria ser mas clara, en particular porque las mayores perdidas se debieron
a la caida del precio de la vivienda23• Pero es tam bien en los espacios donde
se vive donde profundos lazos culturales, basados por ejem plo en la etnia, la
religion, patrimonies culturales y memorias co lectivas, pueden tanto unir
como dividir, creando la posibilidad de solidaridades sociales y politicas en
una dimension totalmente dife rente a la que surge tipicamente en el lugar de
trabajo.
En 1954 guionistas y directores de la famosa lista
negra (los lla mados Diez de Hollywood), realizaron una maravillosa pelicula
ti tulada La sal de Ia tierra. Basada en acontecimientos reales sucedidos en
195 1 , mostraba la lucha de los trabajadores mexicano-americanos duramente
explotados en una mina de zinc en Nuevo Mexico y de sus familias. Los
trabajadores mexicanos reivindicaban igualdad con los blancos, condiciones de
trabajo mas seguras y ser tratados con
B Peter
Whoriskey, «Wealth Gap Widens between Whites, Minorities, Report Says>>,
Washington Post, Business Section, 26 de julio de 201 1 .
1 96
dignidad (un tema recurrente en muchas luchas
anticapitalistas). Las mujeres se sentian irritadas por la poca atencion
dedicada por el sindicato, formado casi exclusivamente por varones, a
cuestiones «domesticas» como el alcantarillado y el agua corriente en sus vi
viendas. Cuando los trabajadores se pusieron en huelga por sus rei
vindicaciones, al tener prohibida la formacion de piquetes por una de las
disposiciones de la ley Taft-Hartley, fueron las mujeres (pese a la oposicion
de los varones) las que se encargaron de formarlos, mientras los hombres tenian
que cuidar de los nifios y aprendian asi incomodamente lo importante que es el
agua corriente y la evacua cion de residuos para una vida cotidiana razonable
en el hogar. La igualdad de genero y la conciencia feminista surgian asi como
armas cruciales en la lucha de clases. Cuando llegan los sheriffs para des
alojar a los huelguistas y sus familias, el apoyo popular de otras fami lias
(claramente basado en solidaridades culturales) no solo les pro porciona
alimentos, sino que tambien les permite seguir ocupando sus viviendas,
propiedad de la empresa, a la que no le queda al final mas remedio que ceder.
El enorme poder de la unidad entre genero, etnia, trabajo y vida no es facil de
construir, y la pelicula muestra que las tensiones entre hombres y mujeres,
entre trabajadores angl6fo nos y mexicanos y entre perspectivas basadas en el
trabajo y en la vida cotidiana son tan significativas como las que se dan entre
traba jo y capital. Solo cuando se construye la unidad y paridad entre todas
las fuerzas del trabajo, dice la pelicula, se podra veneer. El peligro que
representaba este mensaje para el capital se refleja en el hecho de que fue la
Unica pelicula sistematicamente proscrita por razones politicas en los cines
comerciales estadounidenses durante muchos aiios. La mayoria de los actores no
eran profesionales -muchos de ellos pertenecian al sindicato de mineros-; pero
la mas brillante ac triz profesional, Rosaura Revueltas, fue deportada a
Mexico24•
24 James
Lorence, The Suppression of Salt of the Earth: How Hollywood, Big Labor and
Politicians Blacklisted a Movie in Cold Wtlr America, Albuquerque,
University of New Mexico Press, 1 999. La pelicula
se puede descargar gra tuitamente.
197
En un libro reciente Bill Fletcher y Fernando
Gapasin argu mentan que el movimiento obrero deberia dedicar mas atenci6n a
las formas geograficas de organizaci6n y no solo a las sectoriales, y que en
Estados Unidos deberia dar poder a los consejos [comi tes] centrales de las
ciudades junto a la organizaci6n sectorial.
En la medida en que las organizaciones obreras
hablan de cues tiones de clase, no deberfan considerarse como alga separado de
la comunidad. El termino /aboral deberfa aplicarse a todo tipo de orga
nizaci6n enraizada en la clase obrera y cuyo programa plantea ex plfcitamente
reivindicaciones de la clase obrera. En este sentido, una organizaci6n
comunitaria enraizada en la clase (tal como un centro obrero) que plantea
cuestiones especfficas de clase es tan /abo ral como lo puede ser un
sindicato. Para decirlo aun mas clara, un sindicato que solamente defiende los
intereses de un sector de la cla se obrera (como un sindicato supremacista
blanco) merece menos el nombre de organizaci6n obrera que una asociaci6n
comunitaria que ayuda a los desempleados o a los sin-techo25•
Por eso proponen un nuevo planteamiento de las
organizacio nes de clase que
cuestione esencialmente las actuates practicas
sindicales para estable cer alianzas y emprender acciones polfticas. De hecho,
esta serfa su premisa central: si Ia lucha de clases no se restringe al Iugar
de trabajo, tampoco deberian hacerlo los sindicatos. La conclusion estrategica
es que los sindicatos deben procurar organizar las ciudades y no solamente los
lugares de trabajo (o sectores industriales). Y organizar las ciuda des solo
es posible si los sindicatos buscan aliados en los bloques so ciales metropolitanos26•
25 Bill
Fletcher y Fernando Gapasin, Solidarity Divided: The Crisis in Or ganized
Labor and a New Path Toward Social Justice, Berkeley, University of
California Press, 2008, p. 1 74.
26 Ibid.
1 98
Y prosiguen preguntando: «�como se organiza entonces una ciudad?» Me parece
que esta es una de las preguntas clave a las que Ia izquierda debe responder
para revitalizar en los pr6ximos afi.os Ia lucha anticapitalista. Tales luchas,
como hemos vista, tienen una historia meritoria. Las lecciones que dej6 Ia
«Bolonia Roja» du rante Ia decada de 1 970 constituyen un capitulo
sobresaliente, pero ha habido otros en Ia historia del «socialismo municipal» e
incluso largos periodos de reformas urbanas radicales, como las que tuvieron Iugar
en Ia «Viena roja» o los consejos municipales radicales en Gran Bretafi.a
durante la decada de 1920, que deben recuperarse tanto desde el punta de vista
del reformismo de iz quierdas como de otros mas revolucionarios27• Una de las
parado jas mas curiosas de esa historia es que desde Ia decada de 1 960 hasta
el presente el Partido Comunista frances se distinguiera mu cho mas en Ia
administraci6n municipal (debido en parte a que en ese terreno no recibfa
instrucciones derivadas de una teoria dog matica desde Moscu) que en otros
aspectos de Ia vida polftica. Los consejos sindicales britanicos desempefi.aron
parecidamente un papel decisivo en Ia polftica urbana que permiti6 enraizarse a
los partidos de izquierda locales, tradici6n que se mantuvo en Ia lucha
municipalista contra el thatcherismo a principios de Ia decada de 1980. No
fueron unicamente acciones de retaguardia, sino, como en el caso del Consejo de
Gran Londres [Greater London Coun cill] encabezado por Ken Livingstone durante
ese periodo, poten cialmente innovadores, hasta que Margaret Thatcher,
reconocien do Ia amenaza que le suponfa Ia oposici6n de base urbana, aboli6
todos esos 6rganos de gobiemo municipales. En Estados Unidos Milwaukee tuvo
durante muchos afi.os una administraci6n socialis ta, y vale Ia pena sefi.alar
que el unico socialista elegido para el Se nado estadounidense inici6 su
carrera y se gan6 Ia confianza del pueblo como alcalde de Burlington (Ve
rmont).
27 Max Jiiggi,
Red Bologna, Littlehampton, Littlehampton Book Servi ces, 1 977; Helmut
Gruber, Red Vienna: Experiment in Working-Class Culture,
1919-34, Oxford, Oxford University Press, 1 99 1 .
199
EL DERECHO A LA CIUDAD COMO REIVI NDICACION
POLfTICA BASADA EN LA CLASE
Si los participantes en la Comuna de Paris
reclamaban su de recho a la ciudad que habfan contribuido colectivamente a
produ cir, �por que no se
puede convertir «el derecho a la ciudad» en un eslogan movilizador clave para
la lucha anticapitalista? El derecho a la ciudad es, como seiiale al principia,
un significante vado lleno de posibilidades inmanentes pero no trascendentes.
Eso no signi fica que sea irrelevante o polfticamente impotente; todo depende
de que se de al significante un significado inmanente revoluciona rio o solo
reformista.
Pero no siempre es facil distinguir entre las
iniciativas refor mistas y las revolucionarias en el contexto urbano. Los
presu puestos participativos de Porto Alegre, programas ecol6gicamen tes
sensibles o campaiias por el salario mfnimo vital en muchas ciudades
estadounidenses parecen reformistas (y bastante margi nates); la iniciativa de
Chongqing descrita en el capitulo 2 parece a primera vista una version
autoritaria del socialismo paternalista n6rdico mas que un movimiento
revolucionario. Pero a medida que se extiende su influencia, iniciativas de ese
tipo sacan a la luz capas mas profundas de posibilidades para concepciones y
accio nes mas radicales a escala metropolitana. Una ret6rica revitaliza da
que se va extendiendo (nacida en Brasil en la decada de 1 990, pero que desde
allf se transmiti6 a Zagreb, Hamburgo o Los An geles) sobre el derecho a la
ciudad, por ejemplo, parece sugerir que podrfa estar dando lugar a algo mas
revolucionario28, y esa
28 Rebecca
Abers, Inventing Local Democracy: Grassroots Politics in Brazil,
Boulder, Lynne Reinner Publisher, 2000. Sobre el
movimiento por un sala rio minimo vital, vease Robert Follin, Mark Brenner y
Jeanette Wicks-Lim, A Measure of Fairness: The Economics of Living Wages and
Minimum Wages in the United States, Ithaca, NY, Cornell University Press, 2008.
Para casos particulares, veanse David Harvey, Spaces of Hope, Edimburgo,
Edinburgh University Press, 2000 [en cast. : Espacios de esperanza, Madrid,
Aka!, 2003] ; Ana Sugranyes y Charlotte Mathivet (eds.), Cities for All: Proposals
and Expe-
200
misma posibilidad sugieren los desesperados
intentos de los po deres politicos existentes (por ejemplo, las ONGs e
instituciones internacionales, entre ellas el Banco Mundial, reunidas en el
Foro Urbano Mundial de Rio en 2010) por apropiarse del lexico en cuesti6n para
sus propios prop6sitos29• Del mismo modo que Marx calific6 las restricciones a
la duraci6n de la jornada de traba jo como una primera etapa en una via
revolucionaria, reivindicar el derecho de todos a vivir en un domicilio y un
entorno de vida decentes puede verse como una primera etapa hacia un movi
miento revolucionario mas general.
Tampoco tiene sentido quejarse de ese intento de
asimilaci6n por parte de los poderosos. La izquierda deberia tornado como un
reconocimiento y combatir por mantener su propio significa do inmanente: todos
aquellos cuyo trabajo esta dedicado a produ cir y reproducir la ciudad tienen
el derecho colectivo, no solo a disponer de lo que producen, sino tambien a
decidir que tipo de urbanismo se debe producir, d6nde y como. Hay que elaborar
y poner en pie instrumentos democraticos alternativos (distintos a la democracia
existente del poder del dinero), del tipo de las asam bleas populares, si se
quiere revitalizar la vida urbana y recons truirla fuera de las relaciones de
clase dominantes.
El derecho a la ciudad no es un derecho unicamente
indivi dual, sino un derecho colectivo concentrado. Incluye no solo a los
trabajadores de la construcci6n, sino tambien a todos aquellos que facilitan la
reproducci6n de la vida cotidiana: Los cuidadores y maestros, los reparadores
del alcantarillado y el suburbano, los fontaneros y electricistas, los que
levantan andamios y hacen fun cionar las gruas, los trabajadores de los
hospitales y los conducto res de camiones, autobuses y taxis, los cocineros,
camareros y ani madores de los restaurantes y salas de fiesta, los oficinistas
de los
riences Towards the Right to the City, Santiago de
Chile, Habitat International Coalition, 2010.
29 Peter
Marcuse, «Two World Forums, Two Worlds Apart>>, en www.
plannersnetwork.org.
201
bancos y los administradores de Ia ciudad. Reline
una increfble diversidad de espacios sociales fragmentados con innumerables
divisiones del trabajo, en las que caben muy diversas formas de organizaci6n,
desde los centros obreros y asambleas regionales (como Ia de Toronto) a las
alianzas (como las que se han formado bajo el sello del Derecho a Ia Ciudad
[Right to the City Alliances] , el Congreso de Trabajadores Excluidos [Excluded
Workers Con gress] y muchas otras organizaciones de trabajadores precarios)
que proclaman ese objetivo politico.
Pero, por razones obvias, tambien es un derecho
complicado, en parte en virtud de las condiciones actuales de Ia urbanizaci6n
capitalista, asi como de Ia naturaleza de las poblaciones que pue den aspirar
activamente a ese derecho. Murray Bookchin, por ejemplo, era de Ia opinion
(tambien atribuible a Lewis Mumford y muchos otros influidos por Ia tradici6n
social del pensamiento anarquista) de que los procesos capitalistas de
urbanizaci6n han destruido Ia ciudad como cuerpo politico operativo sobre el que
se podria construir una alternativa anticapitalista civilizada30• Le febvre
podria estar en cierto modo de acuerdo, aunque el ponia mas enfasis en las
racionalizaciones del espacio urbano por los bur6cratas y tecn6cratas estatales
para facilitar Ia reproducci6n de Ia acumulaci6n de capital y de las relaciones
de clase dominantes. El derecho a las urbanizaciones perifericas, en cambio,
dificil mente se podria considerar un eslogan anticapitalista defendible.
Por esa raz6n el derecho a Ia ciudad tiene que
plantearse, no como un derecho a lo que ya existe, sino como un derecho a re
construir y recrear Ia ciudad como un cuerpo politico socialista con una imagen
totalmente diferente, que erradique Ia pobreza y Ia desigualdad social y que
cure las heridas de Ia desastrosa degra daci6n medioambiental. Para que esto
suceda habra que inte rrumpir Ia producci6n de las formas destructivas de
urbanizaci6n que facilitan Ia perpetua acumulaci6n de capital.
30 Murray
Bookchin, The Limits of the City, Montreal, Black Rose Books,
1 986.
202
Ese era el tipo de argumento que esgrimfa Murray
Bookchin para impulsar Ia creacion de lo que llamaba un «libertarismo mu
nicipal» sumergido en una concepcion biorregional de asambleas municipales
asociadas que regularan racionalmente sus intercam bios mutuos, asf como con
la naturaleza. Es en este punto en el que el mundo de la polftica pnictica se
solapa fructiferamente con la larga historia del pensamiento utopico sobre Ia
ciudad inspira do en gran medida en el anarquismo3 1 •
HACIA LA REVOLUCION URBANA
De esa historia brotan tres tesis. Primera, que las
luchas labo rales, desde las huelgas hasta las tomas de fabricas, tienen mucha
mayor probabilidad de triunfar cuando cuentan con un energico y solido apoyo de
fuerzas populares asentadas en el entorno cir cundante al nivel comunitario
(incluido el apoyo de lfderes locales influyentes y de sus organizaciones
polfticas). Esto supone que ya existen o se puedan construir nipidamente
fuertes lazos entre los trabajadores y Ia poblacion local. Tales lazos pueden
surgir «natu ralmente» del simple hecho de que las familias de los
trabajadores constituyen Ia propia comunidad (como en el caso de muchas co
munidades mineras del tipo representado en La sal de Ia tierra); pero en
contextos urbanos mas difusos tiene que darse un intento polftico consciente de
construir, mantener y reforzar tales lazos. Allf donde tales lazos no existen,
como sucedfa en el caso de los mineros del carbon en Nottinghamshire durante
las huelgas de la decada de 1 980 en Gran Bretafia, habra que crearlos; de otro
modo es muy probable que tales movimientos fracasen.
31 La historia
de esta tendencia se inicia con Patrick Geddes, Cities in Evolution, Oxford,
Oxford University Press (publicado originalmente en 1 9 1 5), y pasa
principalmennte por la influyente figura de Lewis Mumford en su The City in
History: Its Origins, Its Transformations, and Its Prospects,
Orlando, Harcourt, 1 968.
203
En segundo Iugar, el concepto de trabajo tiene que
ampliarse, pasando de una definicion estrecha ligada a las formas industria
les 0 fabriles al terreno mas amplio del trabajo dedicado a la pro duccion y
reproduccion de una vida cotidiana cada vez mas urba nizada. Las distinciones
entre las luchas basadas en el Iugar de trabajo y en el que se vive comienzan a
diluirse, al igual que la idea de que la clase y el trabajo estan definidos
unicamente por el Iugar de produccion y no por el de la reproduccion social,
prin cipalmente el hogar32• Los encargados de la conducci6n de agua hasta
nuestros hogares son tan importantes en la lucha por una mejor calidad de vida
como los que fabrican las tuberias y grifos en la fabrica. Los que transportan
los alimentos a la ciudad y los distribuyen (incluidos los vendedores
callejeros) son tan relevan tes como quienes los cultivan o crian. Quienes
cocinan los ali mentos (ya sea preparando palomitas de maiz o perritos
calientes en las calles o dando el callo en cocinas caseras o a cielo abierto)
tambien aiiaden valor a esa comida antes se que se digiera. El trabajo
colectivo realizado en la produccion y reproduccion de la vida urbana debe por
tanto insertarse mas profundamente en el pensamiento y organizacion de la
izquierda. Distinciones que antes podian tener sentido -entre lo urbano y lo
rural, la ciudad y el campo- han dejado o van dejando de tenerlo ultimamente.
La cadena de abastecimiento dentro y fuera de las ciudades supo ne un
movimiento continuo, sin interrupci6n. Por encima de todo, hay que reelaborar y
reformular adecuadamente los con ceptos de trabajo y de clase. La lucha por
los derechos colectivos de todos los ciudadanos (incluidos los trabajadores
inmigrantes) tiene que contemplarse como parte integral de la lucha de clases
anticapitalista.
Esta concepcion revitalizada del proletariado
abraza e incluye a los sectores informales ahora masivos caracterizados por el
tra bajo temporal, precario y no organizado. Resulta ademas que los sectores
de la poblacion de ese tipo han desempeiiado hist6rica-
32 Ray Pahl,
Divisions of Labour, Oxford, Basil Blackwell, 1984.
204
mente un papel protagonista en las rebeliones y
levantamientos urbanos. Sus propositos no siempre han sido de izquierdas (pero
tampoco lo han sido siempre los de los sindicatos). A menudo se han dejado
arrastrar por lideres carismaticos inestables o autori tarios, ya fueran
seculares o religiosos. Por esa razon tales grupos desorganizados han sido a
menudo menospreciados por la izquier da convencional como «Chusma urbana» (o
aun mas desafortuna damente, en el vocabulario marxista, como «lumpenproletaria
do»), a la que habia que temer o integrar. Es imperativo que tales sectores de
la poblacion sean ahora incluidos y no excluidos como decisivos para la
politica anticapitalista.
Finalmente, si bien la explotacion del trabajo vivo
en la pro duccion (en el sentido amplio ya definido) debe seguir siendo un
concepto central para cualquier movimiento anticapitalista, las luchas de los
trabajadores contra la recuperacion y realizacion del plusvalor en su espacio
vital tienen que recibir un trato igual al de las luchas en los diversos puntos
de produccion de la ciudad. Como en el caso de los trabajadores temporales y
precarios, la extension de la accion de clase en esa direccion plantea problemas
organizativos; pero como veremos tambien abre innumerables posibilidades.
«(.COMO SE ORGANIZA ENTONCES UNA CIUDAD?»
La respuesta mas honrada a la pregunta de Fletcher
y Gapasin es que simplemente no lo sabemos, en parte porque no se ha pen sado
suficientemente sobre esa cuestion, y en parte porque no existe un registro
historico sistematico de las practicas politicas en evolucion sobre el que
basar las generalizaciones. Ha habido, por supuesto, breves periodos de
experimentacion en Ia administra cion socialista del «gas y agua», o utopismos
urbanos mas audaces como en la Union Sovietica durante la decada de 1 92033; pero
en
33 Anatole Kopp, Ville et Revolution, Paris,
Editions Anthropos, 1 967.
205
su mayor parte se desvanecieron en el realismo
socialista reformis ta o el modernismo paternalista social-comunista (del que
quedan abundantes reliquias conmovedoras en Europa Oriental). La mayor parte de
lo que sabemos ahora sobre la organizacion ur bana proviene de teorias
convencionales y estudios sobre la go bernanza y administracion urbana en el
contexto de la goberna cion capitalista burocratica (contra la que Lefebvre
clamaba con razon incansablemente), todo lo cual queda muy lejos de la or ganizacion
de una politica anticapitalista. Lo mejor que tenemos a nuestro alcance es una
teoria de la ciudad como forma empre sarial, con todo lo que esto implica en
terminos de posibilidades de que la toma de decisiones se realice siguiendo ese
modelo (aunque a veces, asumida por fuerzas progresistas, pueda oponer se a
las formas mas salvajes de desarrollo capitalista y comenzar a resolver las
cuestiones mas paralizantes y flagrantes de desi gualdad social y degradacion
medioambiental, al menos a escala local, como sucedio en Porto Alegre e intento
Ken Livingstone en el Consejo del Gran Londres). Tambien existe una abundan te
literatura (habitualmente en estos tiempos laudatoria mas que critica) sobre
las virtudes del empresarialismo urbano competi tivo, cuando las
administraciones urbanas se valen de diversos incentivos para atraer (con otras
palabras, subvencionar) la in version34.
Asi pues, �como podemos empezar a responder a la pregunta de
Fletcher and Gapasin? Una forma seria examinar ejemplos par ticulares de
practicas politicas urbanas en situaciones revolucio narias. Por eso concluire
con una mirada sucinta a los recientes acontecimientos en Bolivia, en busqueda
de claves sobre como las relaciones entre las rebeliones urbanas y los
movimientos an ticapitalistas.
34 Gerald Frug, City Making: Building Communities
without Building Walls, Princeton, Princeton University Press, 1 999; Neil
Brenner y Nik Theodore, Spaces of Neoliberalism: Urban Restructuring in North
America and Western Europe, Oxford, Wiley Blackwell, 2003 .
206
En 2000 las famosas «Guerras del Agua» dieron Iugar
a una rebelion contra Ia privatizacion neoliberal en las calles y plazas de
Cochabamba; los planes del gobierno fueron rechazados y se ex pulso a dos
importantes corporaciones internacionales, Betchel y Suez. Poco despues fue en
El Alto, una ciudad bulliciosa situada en una meseta 500 m por encima de La
Paz, donde surgieron movimientos rebeldes que obligaron a dimitir al presidente
neo liberal Sanchez de Lozada en octubre de 2003 y a continuacion a su sucesor,
Carlos Mesa, en junio de 2005 . Todo esto abrio la via a Ia victoria electoral
a escala nacional de Evo Morales en diciem bre de 2005 . Fue tambien en
Cochabamba donde se frustro Ia contrarrevolucion intentada por las elites
conservadoras en 2007 contra Ia presidencia de Morales, cuando las autoridades
conser vadoras de Ia ciudad se vieron obligadas a abandonarla frente a Ia
colera de los pueblos indigenas que Ia habian ocupado.
La dificultad, como siempre, esta en entender el
papel peculiar que desempeiiaron las condiciones locales en esos acontecimien
tos particulares, y en evaluar que principios universales (si es que los hay)
podriamos deducir de su estudio. Este problema ha veni do suscitando
interpretaciones enfrentadas de los acontecimien tos que rodearon a Ia Comuna
de Paris de 1 87 1 , pero Ia ventaja de concentrarse en El Alto es que se trata
de una lucha todavia viva y que por lo tanto sigue abierta a continuos interrogantes
y analisis politicos. Existen ya algunos estudios excelentes sobre los que ba
sar ciertas conclusiones provisionales.
Jeffrey Webber, por ejemplo, ofrece una convincente
interpre tacion de lo sucedido en Bolivia durante Ia ultima decada, poco mas o
menos35• Considera los aiios 2000-2005 como una epoca genuinamente
revolucionaria en una situacion de profunda divi sion entre Ia elite y las
clases populares. El rechazo popular a las
35 Jeffrey
Webber, From Rebellion to Reform in Bolivia: Class Struggle, Indi genous
Liberation, and the Politics of Evo Morales, Chicago, Haymarket Books,
201 1 . Varias fuentes en castellano aparecen
citadas en Michael Hardt y Anto nio Negri, Commonwealth, cit.
207
politicas neoliberales con respecto al uso de los
recursos naturales atesorados por parte del estado, gobernado por una elite
tradicio nal y respaldado por las fuerzas del capital internacional, se fusio
naron con una larga lucha de liberaci6n frente a la opresi6n racial por parte
de una poblaci6n indigena en gran parte campesina. La violencia del regimen
neoliberal provoc6 levantamientos que lle varon a la elecci6n de Morales en
2005. Las elites de siempre (concentradas particularmente en la ciudad de Santa
Cruz) des encadenaron a continuaci6n un movimiento contrarrevolucio nario
contra el gobierno de Morales exigiendo autonomia re gional y local, una
iniciativa curiosa porque el ideario de la «autonomia local» solo habia sido
enarbolado hasta ahara en La tinoamerica por la izquierda, como parte de sus
luchas de libera ci6n. En Bolivia solia ser una reivindicaci6n de las
poblaciones indigenas, y te6ricos simpatizantes como Arturo Escobar la con
sideraban intrinsecamente progresista aunque quiza no estricta mente exigible
para cualquier movimiento anticapitalista36• Pero el caso boliviano demuestra
que la autonomia local o regional puede ser defendida por cualquier partido que
pueda beneficiarse del desplazamiento de la toma de decisiones politicas a la
escala particular que mas favorece sus intereses. Esto es lo que llev6 a
Margaret Thatcher, por ejemplo, a abolir el Consejo del Gran Londres, porque
era un centro de oposici6n a su politica, y es lo que incit6 a las elites
bolivianas a buscar la autonomia de Santa Cruz frente al gobierno de Morales,
hostil a sus intereses. Des pues de perder el espacio nacional, trataba de
declarar aut6nomo su espacio local.
Aunque la estrategia politica de Morales tras su
elecci6n ha contribuido a consolidar el poder de los movimientos indigenas,
seglin Webber ha abandonado la perspectiva revolucionaria de clase surgida en
2000-2005 en favor de un compromiso negocia do y constitucional con las elites
terratenientes y capitalistas (asi
36 Arturo Escobar, Territories of Difference:
Place, Movement, Life, Redes, Durham, NC, Duke University Press, 2008.
208
como un acomodo a las presiones imperiales
exteriores). El resul tado, argumenta Webber, ha sido un «neoliberalismo
reconstitui do» (con «rasgos andinos») a partir de 2005, mas que un avance
hacia una transici6n anticapitalista. La idea de una transici6n so cialista ha
sido pospuesta para un futuro lejano. Morales ha asu mido sin embargo un
liderazgo global en cuestiones medioam bientales adoptando la concepcion
indigena de «los derechos de la madre naturaleza [Pachamama]» en la declaraci6n
de Cocha bamba de 2010 e incorporando esa idea a la Constituci6n boliviana.
Las opiniones de Webber han sido energicamente
rechazadas, como cabia esperar, por los seguidores del regimen de Morales37• No
estoy en condiciones de juzgar si el giro indudablemente re formista y
constitucionalista de Morales a escala nacional es una opci6n politica
deliberada, una cuesti6n de conveniencia o una ne cesidad impuesta por la
configuraci6n de fuerzas de clase que pre valece en Bolivia, respaldada por
fuertes presiones imperialistas. Hasta el propio Webber concede que, en el
levantamiento cam pesino de 2007 contra el gobierno autonomista de derechas de
Cochabamba, habria supuesto un aventurerismo desastroso que los radicales se
enfrentaran al constitucionalismo del gobierno de Morales proscribiendo
terminantemente a los funcionarios del gobierno conservador electo que habian
huido de la ciudad y sus tituyendolos por una asamblea popular con poderes
ejecutivos38•
� Que papel
desempefiaron las organizaciones urbanas en esas luchas? Esta es una pregunta
crucial, dado el papel clave de Co chabamba y El Alto como centros de
repetidas rebeliones y el de Santa Cruz como centro del movimiento
contrarrevoluciona rio. En el estudio de Webber El Alto, Cochabamba y Santa
Cruz aparecen como meros lugares donde se enfrentaron, casi por ca-
37 Federico
Fuentes, «Government, Social Movements, and Bolivia To day>>,
International Socialist Review 76 (marzo-abril de 201 1); y la respuesta de
Jeffrey Webber en el mismo mimero, «Fantasies Aside, It's Reconstituted
Neoliberalism in Bolivia Under Morales>>.
38 Webber,
«Fantasies Aside>>, cit., p. 1 1 1 .
209
sualidad, las fuerzas opuestas de clase y los
movimientos popu lares indfgenas; pero en determinado momento sefi.ala que «la
ciudad informalmente proletaria de El Alto, en un 80 por 1 00 indfgena,
desempefi.6 -con sus ricas tradiciones insurreccionales y marxistas
revolucionarias de exmineros "reubicados", y el radi calismo
indfgena de los aimaras, quechuas y otros migrantes in dfgenas del ambito
rural al urbano- el papel mas importante en las confrontaciones a veces
sangrientas con el estado». Tambien observa que
las rebeliones, en sus mejores momentos, se
caracterizaron por mo vilizaciones desde abajo asambleistas, democniticas y de
masas, recu rriendo a los modelos organizativos de los mineros del estafi.o
trots kistas y anarco- sindicalistas -Ia vanguardia de Ia izquierda boliviana
durante gran parte del siglo XX- y diversas variantes de los ayllus in digenas
-estructuras comunitarias tradicionales- adaptadas a! nuevo contexto rural y
urbano39.
Pero el relato de Webber apenas nos explica nada
mas. Ignora en general las condiciones particulares de las diferentes localida
des (aunque proporciona un informe detallado de la rebeli6n de 2007 en
Cochabamba) ofreciendo en su Iugar un informe generi co de las fuerzas
populares y de clase existentes en Bolivia, con el trasfondo de las presiones
imperialistas extemas. Por eso vale la pena recurrir a los estudios de las
antrop6logas Lesley Gill y Sian Lazar, que proporcionan descripciones en
profundidad de las condiciones, relaciones sociales y formas organizativas que
han prevalecido en El Alto en distintos momentos hist6ricos. El estu dio de
Gill [Teetering on the Rim], publicado en 2000, detallaba las condiciones
prevalecientes durante Ia decada de 1 990, mientras que el de Lazar [El Alto,
Rebel City], publicado en 2010, se basaba en su trabajo de campo en El Alto
antes y despues de Ia rebeli6n
39 Ibid., p.
48 .
2 1 0
de 200340• Ni una ni otra anticipaban la
posibilidad de la rebeli6n antes de que tuviera lugar. Aunque Gill registraba
una intensa vida polftica de base durante la decada de 1990, las iniciativas
eran tan fragmentadas y confusas (en particular dado el papel negativo de las
ONG que habian desplazado al estado como principales proveedores de servicios
sociales) que parecia imposible que lle garan a cuajar en un movimiento de
masas cohesionado, si bien es verdad que la huelga de maestros que tuvo lugar
durante su traba jo de campo se expresaba en terminos muy explfcitos de
concien cia de clase. Lazar tambien se vio sorprendida por la rebeli6n de
octubre de 2003 y regres6 despues a El Alto para tratar de recons truir las
circunstancias en que se habia desarrollado.
El Alto es un lugar muy especial y es importante
sefialar sus peculiaridades41 • Es una ciudad relativamente nueva (no dispuso
de administraci6n propia hasta 1 988) en el inh6spito altiplano, a unos 500 m
por encima de La Paz, con una poblaci6n de aluvi6n formada principalmente por
campesinos expulsados de sus tie rras por la progresiva comercializaci6n de la
producci6n agrico la; por obreros industriales desplazados (particularmente de
las minas de estafio «racionalizadas», privatizadas y en muchos ca sos
cerradas desde mediados de la decada de 1 980); y por refugia dos de bajos
ingresos procedentes de La Paz, donde los elevados precios de la vivienda
venian empujando desde hacia unos afios a la gente mas pobre a buscar acomodo
en otro lugar. Asi pues, en El Alto no habia una burguesia arraigada como en La
Paz y en Santa Cruz. Era, como dice Gill, una ciudad «donde muchas vic timas
del experimento neoliberal puesto en marcha en Bolivia con las reformas del
libre mercado se debaten al borde de la su pervivencia». La continua retirada
del estado, desde mediados de
40 Lesley
Gill, Teetering on the Rim: Global Restructuring, Daily Life, and the Armed
Retreat of the Bolivian State, Nueva York, Columbia University Press, 2000;
Sian Lazar, El Alto, Rebel City: Self and Citizenship in Andean Bolivia,
Durham, Duke University Press, 2010.
41 Lo que
sigue es un resumen extrafdo de L. Gill, Teetering on the Rim,
cit. , y S. Lazar, El Alto, Rebel City, cit.
2 1 1
Ia decada de 1 980, de Ia administracion y el
abastecimiento de servicios entregados a Ia privatizacion neoliberal,
significaba que sus controles locales eran relativamente debiles. La poblacion
te nia que ingeniarselas y autoorganizarse para sobrevivir o depen der de Ia
dudosa ayuda de ONGs complementada por donacio nes y favores obtenidos de los
partidos politicos a cambia del voto en las elecciones. Pero tres de las
principales rutas de abas tecimiento a La Paz pasan por El Alto, y Ia
posibilidad de blo quearlas se convirtio en una importante baza en las luchas
subsi guientes. El continuo rural-urbana (dominado en gran medida por
poblaciones campesinas indi'genas con tradiciones culturales y formas de
organizacion social propias, como los ayllus que men ciona Webber) es un rasgo
caracteri'stico del metabolismo de la ciudad, a medio camino entre la urbanidad
de La Paz y la rurali dad de Ia region circundante, tanto geografica como
etno-cultu ralmente. Los flujos de gente y de bienes de toda la region pasan
por El Alto, y el transito diario desde El Alto hasta La Paz hace a esta ultima
muy dependiente de la primera en cuanto a la mano de obra con bajos salarios.
Otros tipos mas antiguos o tradicionales de
organizacion co lectiva de los trabajadores bolivianos, que constitui'an «una
de las clases obreras mas militantes de Latinoamerica», se vieron aban donados
en Ia decada de 1 980 con el cierre de las minas de esta iio42. Los min eros
desempeiiaron un papel clave en la revolucion de 1 952, que llevo a Ia
nacionalizacion de las minas de estaiio, e igualmente en las movilizaciones que
culminaron con el derroca miento del regimen represivo de Hugo Banzer en 1 978.
Muchos de los min eros desplazados acabaron en El Alto despues de 1 985, y
seglin el estudio de Gill experimentaban grandes dificultades para adaptarse a
su nueva situacion; pero mas tarde quedaria claro que su conciencia politica de
clase, vertebrada por el trotskismo y el anarcosindicalismo, no habi'a
desaparecido del todo e iba a con vertirse en un importante recurso (aunque
cabe discutir su grado
42 L. Gill,
Teetering on the Rim, cit., p. 69.
2 1 2
de importancia) en las luchas posteriores,
empezando por Ia huel ga de los maestros en 1995 que Gill estudi6 en detalle;
pero su polftica cambi6 en muchos aspectos importantes. Los mineros, sin otra
posibilidad que «participar en el trabajo inseguro y mal pagado que realizaba
Ia gran mayoria de los altefi.os», pasaron de una situaci6n en Ia que el
enemigo de clase y su propia solidaridad estaba clara, a otra en Ia que tenian
que hacerse una pregunta es trategica distinta y mucho mas dificil: «2C6mo podian
construir una nueva solidaridad en El Alto a partir de una poblaci6n etni
camente diversa caracterizada por historias individuates muy di ferentes, un
complejo mosaico de relaciones de trabajo e intensa competitividad interna?»43•
Esa transici6n, impuesta a los mineros por la
neoliberalizaci6n, no es en absoluto exclusiva de Bolivia o El Alto. Plantea el
mismo dilema que se les presentaba a los antiguos obreros del acero en
Sheffield, Pittsburgh y Baltimore. De hecho es practicamente uni versal en
todos los centros sacudidos por la vasta oleada de desin dustrializaci6n y
privatizaci6n desencadenada desde mediados de la decada de 1 970, poco mas o
menos. Asi pues, Ia forma en que se afront6 en Bolivia tiene un interes algo
mas que epis6dico.
Tal como escribe Lazar,
Han surgido nuevos tipos de estructuras sindicales,
especialmen te entre los campesinos y los trabajadores del sector informal en
las ciudades [ . . . ] Se bas an en coaliciones de pequeiios propietarios, in
cluso microcapitalistas, que no trabajan para un unico jefe en un Iu gar
cerrado donde pueden ser facilmente derrotados por el ejercito. Su modelo de
producci6n domestico genera fluidez e inestabilidad en Ia vida asociativa, pero
tam bien les ha permitido formar alianzas y organizaciones basadas en el
emplazamiento territorial; Ia calle don de venden, el pueblo o region donde
viven y cultivan, y con Ia adi ci6n de las estructuras organizativas de
vecinos en las ciudades, su zona particular.
43 Ibid, pp.
74-82.
En esto, la asociacion entre gente y lugar ha
cobrado gran im portancia como origen de lazos comunes. Aunque esos lazos pue
den ser a menudo tan antagonicos como armoniosos, los contac tos cara a cara
son frecuentes, lo que fortalece esos lazos.
Los sindicatos florecen en la economfa informal de
El Alto y constituyen una parte decisiva de la estructura organizativa civil
pa ralela al estado que configura escalonadamente Ia ciudadanfa, en un
contexto en el que la competencia econ6mica interindividual se ve dolorosamente
exagerada, por lo que cabrfa esperar que la colabora ci6n polftica fuera
dificil, si no directamente imposible.
Aunque los movimientos sociales caen a menudo en un
agudo faccionalismo y en luchas intemas, «estan comenzando a cons truir una
ideologia mas coherente a partir de la particularidad de las diferentes
reivindicaciones sectoriales»44• La conciencia de clase colectiva residual y la
experiencia organizativa de los mine ros del estaiio desplazados se ha
convertido asi en un recurso de cisivo. Engarzada con pr:icticas de democracia
local basadas en las tradiciones indigenas de toma de decisiones en asambleas locales
y populares (los ayllus), las condiciones subjetivas para crear aso ciaciones
politicas altemativas estaban en parte dadas. Como con secuencia, «la clase
obrera boliviana se esta reconstituyendo como sujeto politico, aunque no lo
haga en su forma tradicional» 45•
Hardt y Negri tambien destacan ese aspecto en su
propia pre sentacion de la lucha boliviana para apoyar su teoria de las multi
tudes:
Todas las relaciones de hegemonfa y representaci6n
de la clase obrera se ven asi cuestionadas. Para los sindicatos tradicionales
no es
44 Lazar, El
Alto, Rebel City, cit., pp. 252-254. La teorfa de las relaciones conflictivas
en el seno de los movimientos sociales aparece desarrollada en Chantal Mouffe,
On the Political, Londres, Routledge, 2005.
45 S. Lazar,
El Alto, Rebel City, p. 178 [Ia cursiva es mfa, D. H.] .
2 14
ni siquiera posible representar adecuadamente la
compleja multipli cidad de sujetos y experiencias de clase. Este cambio no
significa sin embargo un desvanecimiento de la clase obrera ni tampoco un
decli ve de sus luchas, sino mas bien una creciente multiplicidad del prole
tariado y una nueva fisonomia de estas%.
Lazar esta en parte de acuerdo con esta
reformulaci6n te6rica, pero ofrece un panorama mucho mas matizado de como se
cons tituye un movimiento obrero de clase. Tal como ella lo ve, «la afiliaci6n
anidada de una alianza de asociaciones, cada una de elias con formas locales de
rendici6n de cuentas, es una de las fuentes de fuerza de los movimientos
sociales en Bolivia». Esas organiza ciones suelen ser jerarquicas y a veces
autoritarias mas que demo craticas, pero «si entendemos la democracia como la
voluntad del pueblo, el aspecto corporativo de la politica boliviana tiene
senti do como una de sus tradiciones democraticas mas importantes (aunque no
necesariamente igualitarias)». Las victorias anticapi talistas como la que
permiti6 expulsar a importantes enemigos empresariales como Bechtel and Suez
«no habrian sido posibles sin las experiencias rutinarias de democracia
colectiva que forman parte de la vida cotidiana de los alteiios»47•
La democracia se organiza en El Alto, seglin Lazar,
siguiendo tres lineas peculiares: las juntas vecinales con base territorial no
solo proveen bienes colectivos locales, sino que tambien median en los muchos
conflictos que surgen entre los residentes. Esas juntas vecinales estan
federadas, y la FEJUVE sirve como foro en el que se dirimen los conflictos
entre distintos barrios. Se da asi una «jerarquia anidada» clasica, en la que
existen todo tipo de me canismos, que Lazar examina en detalle, para asegurar
que sus li deres rotan o permanecen fieles a a su base (un principio que,
hasta que apareci6 el Tea Party, seria anatema en la politica esta
dounidense).
% M. Hardt y
A. Negri, Commonwealth, cit., p. 1 10.
47 S. Lazar, E/ Alto, Rebel City, cit., pp. 181,
258.
2 1 5
El segundo engranaje es el constituido por las
asociaciones sec toriales de diversos grupos de Ia poblaci6n, como los
vendedores callejeros, los trabajadores del transporte y muchos otros. Tam
bien ahi buena parte del trabajo de esas asociaciones consiste en mediar en los
conflictos (por ejemplo, entre distintos vendedores callejeros), pero es asi
como se organizan los trabajadores preca rios del llamado «sector informal»
(lecci6n que deberia aprender el movimiento de «trabajadores excluidos» en Estados
Unidos). Esa organizaci6n posee tenciculos que llegan hasta la cadena de abas
tecimiento del pescado y otros alimentos, por ejemplo, desde las areas
pr6ximas. Mediante esos lazos puede movilizar facil y rapi damente las
capacidades insurreccionales de la poblaci6n campesi na y rural circundante, u
organizar respuestas inmediatas en la ciudad a las masacres y represiones en el
campo. Esos fuertes lazos geograficos se solapan con los de las juntas
vecinales que encua dran a muchas familias campesinas inmigrantes, al tiempo
que mantienen vivos sus vinculos con sus aldeas de origen.
En tercer Iugar existen sindicatos mas
convencionales, el mas importante de los cuales es el de los maestros, que
desde la huelga de 1 995 ha estado en primera linea de la militancia (como
suce dia tambien en el caso de Oaxaca en Mexico). Los sindicatos tie nen una
estructura organizativa local, regional y nacional que sigue manteniendo
negociaciones con el estado, aunque se vio muy debilitada por el asalto
neoliberal al empleo regular y a las formas tradicionales de organizaci6n
sindical durante los treinta ultimos afios.
Pero hay alga mas en el funcionamiento de El Alto
que a Lazar le cuesta mucho integrar en su estudio. Los valores e ideales sub
yacentes son particularmente fuertes y a menudo se mantienen y articulan
mediante acontecimientos y actividades culturales popu lares -fiestas,
ceremonias religiosas, danzas- asi como formas mas directas de participaci6n
colectiva como las asambleas populares (en los barrios y en los sindicatos,
formales e informales). Esa soli daridad cultural y memoria colectiva permiten
a los sindicatos su perar las tensiones «y promover una cohesion corporativa
que a su
2 1 6
vez les permite actuar como sujetos politicos
eficaces»48• La mas acusada de esas tensiones es Ia que se da entre los lideres
y Ia base.
Tanto las formas de organizaci6n de base
territorial como las sectoriales muestran caracterfsticas similares, en las que
las bases populares «inten tan afianzar val ores colectivos frente al
individua lismo percibido en sus Hderes». Los mecanismos son complejos, pero
en el estudio de Lazar aparecen multiples medias informales mediante los que se
afrontan las cuestiones del colectivismo e in dividualismo o solidaridad y
divisionismo. Ademas, las formas de organizaci6n «sindicales» y «comunitarias»
no responden a tradi ciones distintas sino que a menudo se fusionan
culturalmente me diante Ia «apropiaci6n sincn!tica de diversas tradiciones
poli'ticas, entrelazando sindicalismo, populismo y valores y practicas demo
craticas indfgenas. Es Ia combinaci6n creativa de esas tradiciones diferentes
Ia que ha permitido a El Alto superar su marginaci6n poli'tica a escala
nacional y ocupar el centro de Ia escena»49• Fue ron ese tipo de vfnculos «los
que afloraron en determinados mo mentos, como en Cochabamba en 2000, los
bloqueos campesinos del altiplano de abril y septiembre de 2000, febrero y
octubre de 2003 en El Alto y La Paz y de enero a marzo de 2005 en El Alto».
El Alto se ha convertido en un foco tan importante
para esta nueva poli'tica, tal como afirma Lazar, debido en gran medida a las
formas en que se ha constituido en Ia ciudad el sentido de ciuda danfa. Esto
cobra relevancia porque presagia Ia posibilidad de que Ia rebeli6n de clase e
indfgena se organice a traves de solidarida des basadas en Ia ciudadanfa
comun. Hist6ricamente, desde lue go, esta ha sido siempre una caracterfstica
central de Ia tradici6n revolucionaria francesa. En El Alto el sentido de pertenencia
y solidaridad
se constituye como una relaci6n mediada entre
ciudadano y estado configurada mediante las estructuras y organizaciones
civicas colec-
48 Ibid,
49 Ibid,
p.
p.
178.
180.
2 1 7
tivas paralelas al estado al nivel de zona, ciudad
y nacion. En 1 999 el partido politico [ . . .] perdio su predominio sobre esas
organizaciones y sobre la ciudad en general, lo que permitio que surgiera una
actitud mas rebelde; esto coincidio con la radicalizacion de los alteiios debi
da a Ia creciente penuria economica. Las protestas de septiembre y octubre de
2003 y de los aiios subsiguientes recibfan su fuerza de Ia coincidencia de esas
circunstancias polfticas particulares con proce sos muy anteriores de
identificacion con el campo y Ia construccion de un sentirniento colectivo de
pertenencia comun.
Lazar concluye que
La ciudadania en la ciudad indigena de El Alto
incluye una com binacion de sentimiento urbano y rural, colectivismo e
individualis mo, igualitarismo y jerarquia. Las visiones alternativas de Ia
demo cracia que se muestran han reforzado los movimientos indigenas nacionales
y regionales en forrnas que combinan Ia conciencia de clase y Ia nacional con
Ia politica identitaria, mediante Ia impugna cion de Ia propiedad de los
medios de reproduccion social y Ia natu raleza del estado.
Las dos comunidades que juzga mas sobresalientes
«Se basan en la residencia a escala zonal y de toda la ciudad, y en la ocupa
ci6n a escala urbana»50• Mediante la idea de ciudadania las rela ciones de
antagonismo en el lugar de trabajo y en el habitat se han convertido en una
poderosa forma de solidaridad social.
Esos diversos procesos sociales (que Lazar se
esfuerza por no idealizar al estilo de la izquierda academica) tuvieron un
efecto singular sobre la consideraci6n que la ciudad tiene sobre si mis ma.
Lazar dice:
Es pertinente preguntarse que es lo que hace de El
Alto una ciu dad mas que un barrio, un suburbio, un mercado o un nudo de
trans-
50 Ibid, p.
260.
2 1 8
portes. Me respuesta es que distintos agentes,
tanto en el sistema estatal como en lugares no estatales, estan construyendo
una identi dad propia y especffica para El Alto. Esa identidad no es por
supues to linica, pero se esta vinculando cada vez mas al radicalismo y al in
digenismo politico.
Y fue «la conversion en accion politica de esa
identidad y su emergente conciencia politica» en 2003 y 2005 la que atrajo
sobre El Alto la atencion, no solo nacional sino tambien internacional, como
«ciudad rebelde»5 1 •
La leccion a extraer del estudio de Lazar es que es
efectiva mente posible rescatar una ciudad de los procesos debilitadores de la
urbanizacion neoliberal, reivindicandola para la lucha anti capitalista.
Aunque los acontecimientos de octubre de 2003 se de berian entender como «una
confluencia altamente contingente de distintos intereses sectoriales que
estallaron dando lugar a algo mucho mas serio cuando el gobierno orden6 al
ejercito disparar contra los manifestantes», no se pueden ignorar los aiios prece
dentes de organizacion de esos intereses sectoriales y de apropia cion de la
ciudad como «centro de radicalismo e indigenismo»52• La organizacion de
trabajadores informales en sindicatos tradi cionales, la creacion de la
Federacion de Juntas Vecinales, la poli tizacion de las relaciones
urbano-rurales, la creacion de jerarquias anidadas y de estructuras de
liderazgo junto con las asambleas igualitarias, la movilizacion de las fuerzas
de la cultura y la memo ria colectiva, todo ello proporciona modelos para
pensar sobre lo que se podria hacer conscientemente para ganar las ciudades
para una lucha anticapitalista. Las formas de organizacion que conflu yeron en
El Alto se parecen de hecho mucho a algunas de las formas adoptadas en la
Comuna de Paris (los barrios, los sindica tos, las facciones politicas y el
fuerte sentimiento de ciudadania y de lealtad a la ciudad).
5 1 Ibid, p.
63 .
52 Ibid, p. 34.
2 19
FUTU RAS I NICIATIVAS
Si bien en el caso de El Alto todo esto se puede
ver como resultado de circunstancias contingentes que confluyeron por
casualidad, �por que no
podemos imaginar la construcci6n cons ciente de un movimiento anticapitalista
a escala de toda una ciu dad siguiendo esas lfneas? Imaginemos por ejemplo en
la ciudad de Nueva York el resurgimiento de las juntas comunales, adorme cidas
durante mucho tiempo, como asambleas vecinales con po der de asignaci6n
presupuestaria de recursos, junto con una con fluencia de una Alianza por el
Derecho a la Ciudad, un Congreso de Trabajadores Excluidos y un Consejo Laboral
local revitaliza do que emprendan la lucha por una mayor igualdad en los
ingre sos y en el acceso a los servicios de sanidad y alojamiento, tratan do
de reconstruir la ciudad y el sentimiento de ciudadania y de justicia social y
medioambiental tras el desastre provocado por Ia urbanizaci6n neoliberal al
servicio de los capitalistas. La historia de El Alto sugiere que tal coalici6n
solo funcionani si las fuerzas de Ia cultura con una tradici6n polfticamente
radical (que cierta mente existe en Nueva York, pero tambien en Chicago, San
Fran cisco o Los Angeles) pueden movilizarse para impulsar a los ciu dadanos
(por divididos que esten, como siempre sucede en Nueva York) en favor de un
proyecto de urbanizaci6n radicalmente dife rente al dominado por los intereses
de clase de los promotores y financieros decididos a «construir como Robert
Moses pero sin olvidar a Jane Jacobs».
Pero esas posibilidades tan prometedoras para el
desarrollo de Ia lucha anticapitalista pueden frustrarse y Ia montana que
parecia amenazar una erupci6n volcanica puede parir solo un raton, ya que como
tambien demuestra el caso boliviano, por poco acertado que este Webber, es que
cualquier movilizaci6n anticapitalista mani festada en sucesivas rebeliones
urbanas tiene que consolidarse en determinado momenta a un nivel mas alto de
generalidad, so pena de estancarse al nivel del estado en un reformismo parlamentario
y constitucional que no servira mas que para reconstituir el neoli-
220
beralismo desde los intersticios de la prolongada
dominaci6n im perial. Esto plantea problemas mas generales, no solo sabre el
es tado y sus dispositivos institucionales del derecho, la administraci6n y el
mantenimiento del arden, sino sabre el sistema interestatal en el que estan
insertos todos los estados. Gran parte de la izquierda contemporanea se muestra
renuente, desgraciadamente, a plantear se esas cuestiones, par mas que las
luchas hagan surgir de cuando en cuando algU.n tipo de macroorganizaci6n como
el «confedera lismo» radical de Murray Bookchin o la «gobernanza policentri
ca» mas suave de Elinor Ostrom, que se parece sospechosamente a un sistema
estatal, suena como un sistema estatal y casi segura mente actuaria como un
sistema estatal fueren cuales fueren las intenciones de sus promotores53•
Igualmente incoherente parece la alternativa de Hardt y Negri en Commonwealth,
cuando en la pagina 361 demuelen el estado y este resurge indemne en la 3 80
como garante de un nivel de vida minima universal, asi como de una sanidad y
educaci6n universal54•
Pero es precisamente a ese respecto al que resulta
crucial la forma en que se organiza toda una ciudad. Libera a las fuerzas
progresistas del encierro organizativo al micronivel de los colecti vos
obreros en lucha y las economias solidarias (par importantes que puedan ser), y
nos impone una forma totalmente diferente de teorizar y practicar la politica
anticapitalista. Una perspectiva cri tica permite precisamente ver par que
tienen que fracasar tanto el «gobierno policentrico» preferido par Ostrom como
el libertaris mo municipal «confederal» de Bookchin. «Si toda sociedad se or
ganizara como una confederaci6n de municipios aut6nomos -dice Iris Young-, �eso impediria el desarrollo de la injusticia y la
desi gualdad a gran escala entre comunidades [del tipo descrito en el
53 Murray
Bookchin, Remaking Society: Pathways to a Green Future, Bos
ton, South End Press, 1990; «Libertarian
Municipalism: An Overview», Society and Nature 1 (1992), pp. 1 - 13; Elinor
Ostrom, «Beyond Markets and Status: Polycentric Governance of Complex Economic
Systems>>, American Economic Review 100 (2010), pp. 641 -672.
54 M. Hardt y A. Negri, Commonwealth, cit.
22 1
capitulo 3] y con elias de Ia opresion de los
individuos no pertene cientes a las comunidades mas privilegiadas y mas
poderosas?»55• La unica forma de evitarlo es que alguna autoridad mas alta
obli gue a determinadas transferencias entre municipios que igualen al menos
los oportunidades, y quiza tambien los resultados. Esto es lo que el sistema
confederal de municipios autonomos de Book chin seria seguramente incapaz de
conseguir, en Ia medida en que al pueblo se le niega Ia posibilidad de hacer
politica y de gobemar a ese nivel, limitandolo a Ia administracion y el gobiemo
de las cosas. La unica forma de establecer reglas generales para Ia redis
tribucion de Ia riqueza entre municipios seria, bien mediante el consenso
democratico (que, por lo que nos ensefia Ia experiencia historica, es
improbable que sea voluntario y que se llegue a el in formalmente) o por
sujetos democraticos con poderes de decision a distintos niveles dentro de una
estructura de gobiemo jerarquica. Evidentemente, no hay ninguna razon para que
todo el poder flu ya hacia abajo en tal jerarquia, y seguramente se pueden
ingeniar mecanismos para evitar Ia dictadura o el autoritarismo. Pero el hecho
es que ciertos problemas, por ejemplo el de Ia redistribu cion de Ia riqueza,
solo resultan visibles a cierta escala, a Ia que deben por tanto tomarse
decisiones democraticas.
Desde ese punto de vista, las movilizaciones
bolivianas podrfan quiza mirar hacia el sur en busca de inspiracion, viendo
como el movimiento inicialmente concentrado en Santiago de Chile se ha
transformado, pasando de Ia reivindicacion estudiantil de una en sefianza
publica libre y gratuita, a una alianza antineoliberal de movimientos que
exigen una reforma constitucional del estado, una mejora de las pensiones,
nuevas leyes laborales y un sistema fiscal personal y empresarial progresivo
para comenzar a invertir el deslizamiento hacia una mayor desigualdad social en
Ia socie dad civil chilena. La cuestion del estado, y en particular del tipo
de estado (o equivalente no capitalista), no se puede evitar ni si-
55 Iris Marion
Young, Justice and the Politics of Difference, Princeton,
Princeton University Press, 1990.
222
quiera desde el profunda escepticismo
contemponineo, tanto en la izquierda como en la derecha del espectro politico,
sabre la viabilidad o deseabilidad de tal tipo de instituci6n.
La esfera de la ciudadanfa y los derechos, en
relaci6n con al glin cuerpo politico de arden mas elevado, no se opone
necesaria mente a la de las clases y la lucha entre elias. Conciudadano y
camarada pueden avanzar juntos en una lucha anticapitalista, aun que a menudo
trabajen a distinta escala; pero eso solo puede ocu rrir si nos hacemos, como
urgi6 hace mucho tiempo Robert Park, mas «conscientes de la naturaleza de
nuestra tarea », que es cons truir colectivamente la ciudad socialista sabre
las ruinas de la des tructiva urbanizaci6n capitalista. Esa es la atmosfera
ciudadana que puede liberar verdaderamente a la gente; pero exige una re
voluci6n en el pensamiento y la practica anticapitalistas. Las fuer zas
progresistas anticapitalistas pueden saltar mas facilmente a traves de las
redes urbanas hacia coordinaciones globales que aun siendo jerarquicas no sean
monocentricas, corporativas y aun asi democraticas, igualitarias y
horizontales, sistemicamente anida das y federadas (imaginemos una liga de ciudades
socialistas al estilo de la antigua liga hanseatica que promovi6 el desarrollo
del capitalismo mercantil), internamente discordante y cuestionada, pero
solidaria frente al poder de la clase capitalista, y sabre todo profundamente
comprometida en la lucha por socavar y final mente derrocar el poder de las
leyes capitalistas del valor en el mercado mundial para dictar las relaciones
sociales bajo las que trabajamos y vivimos. Tal movimiento deberfa abrir la via
a la prosperidad humana universal, mas alla de las restricciones de la
dominaci6n de clase y de las determinaciones comercializadas del mercado. El
mundo de la verdadera libertad solo puede co menzar, como insistia Marx,
cuando se dejen atras tales restriccio nes materiales. Reivindicar y organizar
las ciudades para la lucha anticapitalista seria un buen punta de partida.
2 2 3
CAPITULO SEIS
Londres 2 0 1 1 : eL ca p itaLismo montaraz se
Lanza a La calle
El Daily Mail los llamaba «adolescentes nihilistas
y montara ces»: los encolerizados j6venes de todos los niveles y procedencias
que recorrian arrebatadamente las calles de Londres arrojando ladrillos,
piedras y botellas a Ia policia mientras saqueaban un es tablecimiento e
incendiaban otto, llevando a las autoridades a emprender una persecuci6n
encamizada mientras ellos y elias se tuiteaban el siguiente objetivo
estrategico.
El termino «montaraz» lferal} atrajo mi atenci6n.
Me recorda Ia descripci6n de los comuneros de Paris en 1 87 1 como animales
salvajes, hienas que merecian ser sumariamente ejecutadas (y a menudo lo eran)
en nombre de Ia sacrosanta propiedad privada, Ia moral, Ia religion y Ia
familia. Pero evocaba tambien el ataque de Tony Blair a los «medios montaraces»
tras haberse alojado con fortablemente durante tanto tiempo en el bolsillo
izquierdo de Rupert Murdoch, cuando este echo mano de su bolsillo derecho para
sustituirlo por David Cameron.
Contemplaremos por supuesto el habitual debate
histerico en tre los m:is proclives a ver los disturbios como una cuesti6n de
pura crirninalidad desenfrenada e inexcusable, y los que preferir:in ana lizar
los acontecirnientos situ:indolos en un contexto de torpes me didas politicas,
prolongado racismo e injustificada persecuci6n de los j6venes y las rninorias,
desempleo masivo, privaciones sociales y una politica insensata de austeridad
que no tiene nada que ver con Ia economia y si con Ia perpetuaci6n y consolidaci6n
de Ia riqueza y el poder personal. Algunos pueden llegar incluso a condenar las
cualidades alienantes y vacias de sentido de tantos empleos y de Ia vida
cotidiana pese a Ia inmensa potencialidad existente para Ia prosperidad humana,
tan desigualmente distribuida.
2 2 5
Con algo de suerte tendremos comisiones e informes
que nos repetiran una vez mas lo que se dijo de Brixton y Toxteth durante el
mandato de Margaret Thatcher. Y digo «suerte» porque los instintos montaraces
del actual primer ministro britanico parecen inclinarlo mas a recurrir a los
canones de agua, las granadas lacri m6genas y las pelotas de goma, mientras
pontifica empalagosa mente sobre la perdida de sentido moral, el declive del
civismo y el triste deterioro de los valores familiares y la disciplina entre
los j6venes desnortados.
Pero el problema es que vivimos en una sociedad en
la que el propio capitalismo se ha hecho cada vez mas montaraz. Los poli ticos
montaraces engafian a sus votantes; los banqueros montara ces saquean los
bolsillos publicos sin ninglin rubor; los directores generales, gestores de
fondos de inversion y genios de las finanzas saquean riquezas sin denuedo; las
compafiias telef6nicas y de tar jetas de credito cargan misteriosas cantidades
en la cuenta de todo el mundo; las empresas y los ricos no pagan impuestos
mientras succionan vorazmente las finanzas publicas; los tenderos suben
desconsideradamente los precios; y a la menor oportunidad esta fadores y
profesionales del fraude llegan con sus timos hasta los escalones mas altos del
mundo empresarial y politico.
Se ha puesto a la orden y a la luz del dia una
economia de des posesi6n masiva y practicas depredadoras, en particular de los
mas pobres y vulnerables, los mas indefensos y carentes de pro tecci6n legal. �Cree alguien posible encontrar un capitalista
honra do, un banquero honrado, un politico honrado, un tendero hon rado o un
comisario de policia honrado? Si, seguramente existen, pero no son mas que
excepciones que todos los demas consideran estlipidos. j Se listo! jObten
faciles beneficios! jDefrauda y roba! Las probabilidades de ser atrapado son
escasas. Y en cualquier caso hay muchas formas de proteger la riqueza personal
aun de los costes de la ilicitud empresarial.
Lo que digo puede parecer chocante. La mayoria de
nosotros no lo vemos porque no queremos verlo. Lo cierto es que ninglin
politico se atreve a decirlo y que los medios se encargan de ridicu-
226
lizar a quien se atreve a hacerlo. Pero yo
apostarfa a que todos y cada uno de los agitadores callejeros saben
perfectamente de que estoy hablando. Y hacen lo mismo que todos los demas,
aunque de una forma diferente, mas descarada y ruidosa, en las calles.
Reproducen en las calles de Londres lo que el capital empresarial esta hacienda
al planeta tierra. El thatcherismo desencadeno los instintos intrinsecamente
montaraces del capitalismo (los «espiri tus animales» de los empresarios, como
los llamo timidamente John Maynard Keynes), y nadie ha intentado detenerlos
desde entonces. La roturacion temeraria a base de talar y quemar se ha
convertido en consigna de la clase dominante practicamente en todas partes.
Esas son las nuevas nonnas bajo las que vivimos, y
eso es lo que la proxima gran comision de investigacion deberfa analizar. To
dos, y no solo los alborotadores callejeros, tendrfan que respon der de ello.
El capitalismo montaraz deberia ser juzgado por crf menes contra la humanidad
y por crimenes contra la naturaleza.
Desgraciadamente, eso es lo que los cegados
alborotadores no pueden ver o exigir. Todo conspira para impedimos verlo y
exigir lo. Por eso el poder politico se inviste tan apresuradamente de la
tUnica de la moralidad y la razon, para que nadie pueda verlo tan desnudamente
corrupto y estlipidamente irracional.
Pero en muchos lugares del mundo hay atisbos de
esperanza. El movimiento de los indignados en Espaiia y Grecia, los impul sos
revolucionarios en Latinoamerica, los movimientos campesi nos en Asia, todos
ellos estan comenzando a ver a traves de la vasta bruma con la que un
capitalismo global depredador y mon taraz ha cubierto el mundo. �Que hara falta para que el resto de nosotros lo
perciba y actlie en consecuencia? �Como podemos recomenzar mas eficaz y
satisfactoriamente? �Que direccion de bemos tomar? Las respuestas no
son faciles, pero algo sabemos con seguridad: que solo podemos llegar a las las
respuestas acer tadas hacienda las preguntas acertadas.
227
CAPITU LO 7
#OWS [Occupy Wall Street]: el partido de Wall
Street se tapa con su nemesis
El partido de Wall Street ha gobemado pnicticamente
sin oposici6n Estados Unidos durante demasiado tiempo. Ha domi nado
abrumadoramente la politica de los sucesivos presidentes durante al menos
cuatro decadas, si no mas, ya fueran o no sus agentes voluntarios cada uno de
ellos. Ha corrompido el Congre so intimidando o sobomando a politicos de ambos
partidos me diante el cohecho o la presion de los grandes medios de comuni
caci6n que controla. Gracias a los nombramientos realizados y aprobados por los
presidentes y el Congreso, el partido de Wall Street domina gran parte del a
parato gubemamental y judicial, en particular el Tribunal Supremo, cuyas
sentencias favorecen cada vez mas sus intereses en campos tan diversos como las
leyes elec torales, laborales, medioambientales y contractuales.
El partido de Wall Street se rige por un principio
universal: el desmantelamiento de cualquier desafio al poder absoluto del di
nero. Ese poder se ejerce con un unico objetivo: los poseedores de riquezas no
solo gozaran de privilegios para seguir acumulandolas indefinidamente a
voluntad, sino que tendr:in el derecho a here dar la tierra, no solo
ejerciendo su dominio directo o indirecto sobre el territorio y todos los
recursos y capacidades productivas que residen en el, sino tambien asumiendo un
mando absoluto, directo o indirecto, sobre los trabajadores y las
potencialidades creativas de cuantos necesite, arrumbando como desechable al
resto de la humanidad.
Esos principios y practicas no brotan de la codicia
individual, la miopia o la mera injusticia (aunque tambien hay mucho de eso),
sino que se han inserto en el cuerpo politico de nuestro mundo a traves de la
voluntad colectiva de una clase capitalista alentada por
229
las leyes irrefragables de la competencia. Si mi
grupo de presion gasta menos que el tuyo, entonces obtendre menos favores. Si
una institucion gasta en las necesidades del pueblo, se considerara poco
competitiva.
Mucha gente decente se ve aprisionada por las
cadenas de un sistema podrido hasta las raices. Para poder ganarse la vida y
man tener un nivel de vida razonable no tiene otra opcion que vender su alma
al diablo: no hacen mas que «cumplir ordenes», como declaro Eichmann, o «lo que
el sistema exige», como dicen otros ahara, accediendo a los barbaros e
inmorales principios y practi cas del partido de Wall Street . Las leyes
inapelables de la compe tencia nos obligan a todos, en mayor o menor medida, a
obedecer las reglas de ese sistema desaprensivo y despiadado. El problema es
sisternico, no individual.
Los esloganes preferidos de ese partido con
respecto a la liber tad supuestamente garantizada por el derecho de propiedad
pri vada, el libre mercado y el libre comercio se refieren en realidad a la
libertad para explotar el trabajo de otros, para desposeer a la gente corriente
de sus bienes y para arrasar el media ambiente en beneficia de algunos
capitalistas y de su clase.
Una vez obtenido el control del aparato estatal, el
partido de Wall Street acostumbra a privatizar sus bocados mas jugosos por
debajo de su valor de mercado, abriendo con ello nuevas terre nos para la
acumulacion de capital. Amaiian la subcontratacion (el complejo
rnilitar-industrial es uno de los principales ejemplos) y los criterios de
tributacion (con subvenciones a los agronegocios y bajos impuestos para las
ganancias de capital) para saquear sin restricciones las areas publicas. F omen
tan deliberadamente sis temas de regulacion tan complicados y una
incompetencia admi nistrativa tan asombrosa del aparato estatal (recuerdense
la ino perancia de la Agencia de Proteccion Ambiental o el «trabajo fenomenal»
[«heck-of-a-job», en palabras de Bush] de la Agencia Federal de Gestion de
Emergencias durante el huracan Katrina) que la opinion publica, ya de por si
esceptica, acaba convencida de que el estado nunca desempefiara un papel
constructivo o de
2 3 0
auxilio para mejorar la vida cotidiana o las
perspectivas de futuro de nadie. Para concluir, se vale del monopolio de la
violencia que reclaman como propio todos los estados soberanos, para excluir al
pueblo de lo que supuestamente deberfa ser espacio publico y para acosar, poner
bajo vigilancia y si lo juzga necesario criminali zar y encarcelar a quienes
no acceden sumisamente a sus dictados. Sobresale en las pricticas de tolerancia
represiva que perpetlian la ilusi6n de la libertad de expresi6n mientras esta
no exponga des nudamente la verdadera naturaleza de su proyecto y del aparato
represivo sobre el que descansa.
El partido de Wall Street desarrolla una incesante
guerra de clases. Como decfa Warren Buffett, «por supuesto que hay guerra de
clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que Ia ha emprendido y estamos
venciendo». Gran parte de esa guerra se desarrolla en secreta, tras bajo una
serie de mascaras y maniobras de ofuscaci6n con las que se disfrazan los
prop6sitos y objetivos del partido de Wall Street.
El partido de Wall Street sabe muy bien que cuando
las cues tiones polfticas y econ6micas profundas se transforman en cues
tiones culturales, se hacen incontestables. Recurre regularmente a gran numero
de opiniones expertas cautivas, en su mayor parte procedentes de «comites de
sabios» y universidades que el mis mo financia y que se difunden a traves de
los medias que contro la, para suscitar controversias sobre todo tipo de
cuestiones ba nales y para proponer soluciones a problemas inexistentes. Ayer enarbolaban
la austeridad que todos los demas debfan practicar para sanear el deficit y hoy
proponen reducir sus propios im puestos, cualquiera que fuere el impacto que
esto pueda tener sobre el deficit. Lo unico que nunca se puede debatir y
discutir abiertamente es la verdadera naturaleza de la guerra de clases que
llevan a cabo incesante y despiadadamente. Calificarla como «guerra de clases»
es, en el ambiente politico predominante y para su sabio cacumen, situarla
fuera del ambito de las conside raciones serias y exponerse a ser motejado de
loco, cuando no de sedicioso.
2 3 1
Pero ahora existe, quiza por primera vez, un
movimiento que se enfrenta explicitamente al partido de Wall Street y a su
poder econ6mico-financiero. La «Calle» de Wall Street esta siendo ocu pada
-jhorror de los horrores!- por los desahuciados y deshereda dos del planeta.
Las tacticas del movimiento Occupy Wall Street, extendiendose de una ciudad a
otra, entrafian la ocupaci6n de un parque, una plaza o cualquier otro espacio
publico central cerca de donde se asientan muchas de las palancas del poder, y
al poner cuerpos humanos en ese lugar convierten el espacio publico en un bien
comun politico, un lugar para el debate y la discusi6n abierta sobre las
maniobras del poder y como frustrarlas. Esa tactica, no tablemente reanimada
en las nobles luchas que se vienen desarro llando en la plaza Tahrir de El
Cairo, se ha extendido por todo el mundo (Puerta del Sol en Madrid, Plaza
Syntagma en Atenas, y ahora la escalinata de la catedral de San Pablo en
Londres y la propia Wall Street). Nos muestra que el poder colectivo de los
cuerpos en el espacio publico es todavia el instrumento mas eficaz de oposici6n
cuando todos los demas medios de acceso quedan bloqueados. Lo que la plaza
Tahrir mostr6 al mundo era una ver dad obvia: que son los cuerpos en las
calles y en las plazas, y no la jerigonza de sentimientos en Twitter o en
Facebook lo que real mente importa.
El objetivo del movimiento en Estados Unidos es muy
simple.
Dice:
Nosotros, el pueblo, estamos decididos a recuperar
nuestro pais rescacindolo de los poderes que actualmente lo dirigen. Nuestro
obje tivo es demostrar que Warren Buffett se equivoca. Su clase, la de los
ricos, no seguir:i dominando sin oposici6n ni heredani autom:itica mente la
tierra; tampoco est:i destinada a veneer siempre.
Y tam bien:
Nosotros somos el 99 por 100. Somos la mayoria, y
esa mayoria puede y debe prevalecer. Dado que todos los dem:is canales de
expre-
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si6n nos escin vedados por el poder del dinero, no
tenemos otra op ci6n que ocupar los parques, plazas y calles de nuestras
ciudades hasta que se oigan nuestras opiniones y se atienda a nuestras
necesidades.
Para veneer, ese movimiento tiene que alcanzar
efectivamente el
99 por 100, algo que puede hacer y esta haciendo
paso a paso. Pri mero estan quienes se ven arrojados Ia miseria por el
desempleo y todos aquellos que han sido o estan siendo desposefdos de sus ho
gares y de sus bienes por las legiones de Wall Street. El movimien to debe
forjar amplias coaliciones entre estudiantes, inmigrantes, subempleados y todos
los amenazados por Ia polftica de austeridad totalmente innecesaria y
draconiana que se inflige a Ia naci6n y al mundo a instancias del partido de
Wall Street. Debe concentrarse en el espeluznante nivel de explotaci6n en los
lugares de trabajo, desde los trabajadores domesticos inmigrantes a los que los
ricos explotan despiadadamente en sus hogares, hasta los semiesclavos de Ia
hostelerfa en las cocinas de los restaurantes en los que ellos se regalan
esplendidamente. Debe unir a los artistas y trabajadores creativos cuyos
talentos se convierten tan a menudo en productos comerciales bajo el control de
las grandes fortunas.
Por encima de todo, el movimiento debe llegar a
todos los desposefdos, los insatisfechos y los descontentos, a todos los que
reconocen y sienten en sus tripas que algo va rematadamente mal, que el sistema
diseiiado por el partido de Wall Street no solo es barbaro, contrario a Ia
etica y moralmente perverso, sino que tambien ha fracasado.
Todo esto debe aglutinarse democraticamente en una
oposi ci6n coherente, que debe tambien proyectar libremente las pers pectivas
de una ciudad alternativa, un sistema politico alternativo, y en ultimo termino
una forma alternativa de organizar Ia pro ducci6n, Ia distribuci6n y el
consumo en beneficio del pueblo, ya que los j6venes no pueden admitir ese
futuro que apunta a un aumento exponencial de Ia deuda privada y una agravaci6n
de Ia austeridad publica, en beneficio exclusivo del 1 por 100 que su man los
mas ricos.
2 3 3
Como respuesta al movimiento Occupy Wall Street, el
estado, respaldado por el poder de la clase capitalista, ha realizado una
proclamaci6n sorprendente: que el y solo el tiene el derecho ex clusivo a
regular y disponer del espacio publico. jEl pueblo no es sujeto de un derecho
comun al espacio publico! Por lo que desca radamente nos dicen los alcaldes,
jefes de policia, oficiales milita res y altos funcionarios del estado, ellos
tienen derecho a determi nar lo que es o no es publico en «nuestro» espacio
publico y quien puede ocuparlo y cmindo. �Cuando decidieron expulsarnos a no sotros, al
pueblo, de cualquier espacio que decidamos ocupar co lectiva y pacificamente?
Aseguran que toman esas decisiones en favor del interes publico (y mencionan
leyes para demostrarlo). jPero nosotros somos el pueblo! �D6nde esta «nuestro interes» en todo eso? Y dicho
sea de paso, �no es
«nuestro» dinero el que los bancos y los financieros se embolsan tan
desvergonzadamente en forma de «primas» y demas prebendas?
Frente al poder organizado del partido de Wall
Street para dividirnos y vencernos, el movimiento que esta surgiendo debe
tambien adoptar como principia fundamental que no se dejara dividir ni desviar
hasta que el partido de Wall Street vuelva a la sensatez -admitiendo que el
bien comun debe prevalecer sobre los estrechos intereses venales- o sea
rotundamente vencido. Los privilegios empresariales que confieren derechos a
ciertos indivi duos sin imponerles la responsabilidad que atafi.e a los
autenticos ciudadanos deben ser abolidos. Los bienes publicos como la edu
caci6n y la sanidad deben administrarse publicamente y estar a disposici6n de
todos gratuitamente. Hay que acabar con los po deres monopolistas en los
medios de comunicaci6n. El fraude electoral debe ser declarado
inconstitucional. Debe prohibirse la privatizaci6n del conocimiento y la
cultura, asf como debe repri mirse severamente y en ultimo termino
ilegalizarse la libertad para explotar a otros y desposeerlos.
Los estadounidenses creen en la igualdad. Las
encuestas mues tran que creen (sea cual sea su preferencia polftica general)
que podría estar justificado que al 20 por 100 mas rico de la poblaci6n le
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correspondiera el 30 por 100 de Ia riqueza total,
pero que es in aceptable que controle, como ahora sucede, mas del 85 por 100,
y mas atin que Ia mayor parte de esa riqueza este en manos del 1 por 100 mas
rico. Lo que propane el movimiento Occupy Will/ Street es que nosotros, el
pueblo estadounidense, nos comprometamos a re vertir esa aberrante
desigualdad, no solo en terminos de riqueza e ingresos, sino lo que es atin mas
importante, en terminos del poder politico que tal disparidad confiere y reproduce.
El pueblo estado unidense esta legitimamente orgulloso de su democracia, pero
esta ha estado siempre amenazada por el poder corruptor del capital. Ahora,
cuando esta subyugada por ese poder, ha llegado segura mente el momenta, como
hace mucho tiempo sugiri6 Jefferson que seria necesario, de hacer otra
revoluci6n en Estados Unidos, basada en Ia justicia social, Ia igualdad y una
atenta consideraci6n de cual debe ser nuestra relaci6n con Ia naturaleza.
La lucha que se ha iniciado -Ia del pueblo contra
el partido de Wall Street- es crucial para nuestro futuro colectivo. Es de
natu raleza tanto global como local. U ne a los estudiantes chilenos
comprometidos en una lucha sin cuartel contra el poder politico por crear una
educaci6n gratuita y de calidad para todos, acome tiendo el desmantelamiento
del modelo neoliberal impuesto bru talmente por Pinochet, con los agitadores
de Ia plaza Tahrir, que entienden que Ia cafda de Mubarak (como el final de Ia dictadura
de Pinochet) no es sino el primer paso de Ia liberaci6n frente al poder del
dinero. Incluye a los indignados espafioles, los trabaja dores en huelga en
Grecia, Ia oposici6n militante que surge en todo el mundo, desde Londres a
Shenzhen y Bombay pasando por Durban o Buenos Aires. El brutal dominio del gran
capital y el puro poder del dinero estan en todas partes a Ia defensiva.
� De que lado
nos pondremos cada uno de nosotros? �Que ca lle ocuparemos? El tiempo lo dira. Pero lo
que sabemos es que ha llegado el momenta, que el sistema no solo esta
descompuesto y al descubierto, sino que parece incapaz de ninguna otra
respuesta que no sea Ia represi6n. Por eso nosotros, el pueblo, no tenemos otra
opci6n que luchar por el derecho colectivo a decidir como
2 3 5
reconstruir el sistema y con que hechuras. El
partido de Wall Street tuvo su oportunidad y ha fracasado miserablemente. La
construe cion de una alternativa sabre sus ruinas es tanto una oportunidad
como una obligaci6n insoslayable que ninguno de nosotros puede ni querria
siquiera evitar.
2 3 6
AGRADECI M I ENTOS
Deseo agradecer a los editores de las publicaciones
listadas a continuacion su penniso para utilizar material que aparecio pre
viamente bajo sus auspicios.
El capitulo 1 es una version ligeramente modificada
de un ar ticulo publicado en el numero 5 3 de New Left Review [en cast.,
nov-die de 2008, pp. 2 3 -3 9], titulado «The Right to the City».
El capitulo 2 es una version un poco ampliada de la
primera parte de un articulo publicado en Socialist Register 2011, titulado
«The Urban Roots of Financial Crises: Reclaiming the City for Anti-Capitalist
Struggle».
El capitulo 3 se basa en un articulo titulado «The
Future of the Commons», publicado en Radical History Review 1 09 (20 1 1).
Agradezco a Charlotte Hess que me seiialara algunas lamentables omisiones en el
articulo original con respecto a la obra de Elinor Ostrom, asi como a los
participantes en un seminario organizado bajo los auspicios del 1 6 Beaver
Group en Nueva York, cuyas aportaciones sobre el tema de los bienes comunes me
ayudaron mucho a clarificar mis ideas.
El capitulo 4 es una version ligeramente modificada
de un ar ticulo titulado «The Art of Rent: Globalization, Monopoly and
Cultural Production», publicado originalmente en Socialist Regis
ter 2002.
El capitulo 5 es una version ampliada de la ultima
parte de un articulo publicado originalmente en Socialist Register 2011 con el
titulo «The Urban Roots of Financial Crises: Reclaiming the City for
Anti-Capitalist Struggle».
Quiero agradecer por ultimo a los participantes en
el grupo de lecturas sobre el «Right to the City» en Nueva York (en particu-
2 3 7
lar a Peter Marcuse) y a los miembros del seminario
en el Center for Place, Culture and Politics de la Universidad de Nueva York
muchas discusiones estimulantes durante los ultimos afi.os.
2 3 8
fN DICE
PREFACIO. LA lcARIA DE HENRI LEFEBVRE 5
PRIMERA PARTE
EL DERECHO A LA CIUDAD
I. EL DERECHO A LA CIUDAD 1 9
II. LAS RAicES URBANAS DE LAS CRISIS CAPITALISTAS 5 1
Ill. LA CREACION DE BIENES COMUNES URBANOS 1 07
rv. EL ARTE DE LA RENTA 1 3 7
SEGUNDA PARTE
CIUDADES REBELDES
V RECLAMAR LA
CIUDAD PARA LA LUCHA
ANTICAPITALISTA 1
7 1
VI. LONDRES 2 0 1 1 : EL CAPITALISMO MONTARAZ SE
LANZA A LA CALLE 225
VII. #OWS {OCCUPY WALL STREET}: EL PARTIDO DE
WALL STREET SE TOPA CON SU NEMESIS 229
AGRADECIMIENTOS
...............................................................


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