© Libro N° 8620. Ciudadanía Y Las Poblaciones Trabajadoras Del
Primer Mundo. Raventós, Daniel. Emancipación. Mayo 15 de 2021.
Título
original: © Ciudadanía Y Las
Poblaciones Trabajadoras Del Primer Mundo. Daniel Raventós
Versión Original: © Ciudadanía Y Las Poblaciones
Trabajadoras Del Primer Mundo. Daniel Raventós
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CIUDADANÍA Y LAS POBLACIONES TRABAJADORAS DEL
PRIMER MUNDO
Daniel Raventós
Ciudadanía Y Las
Poblaciones Trabajadoras Del Primer Mundo
Daniel Raventós
Con el impulso remundializador y reliberalizador de
la vida económica en los últimos 30 años, buena parte de las
"conquis-tas" derivadas del consenso social atlántico de finales de
los 40, o se han esfumado, o están seriamente amenazadas. Los llama-dos
"Estados sociales" o de "bienestar" [1] retroceden
visible-mente ante un tipo de orden económico que en más de un aspecto recuerda
al de entreguerras, o incluso, al anterior a la primera guerra mundial. La
seguridad y el bienestar material que buena parte de la población trabajadora
europeo- occiden-tal y norteamericana parecía haber logrado irreversiblemente,
como consecuencia del compromiso de clases alcanzado bajo la égida de un
capitalismo decididamente productivista, enemigo de la especulación financiera
de preguerra y resuelto a la "eu-tanasia del rentista" (Keynes), se
han ido transformando en inestabilidad y condiciones más duras de trabajo y de
vida en los últimos lustros de "globalización" y alegrías
reliberalizadoras de los mercados financieros internacionales.
Dos elementos esenciales de la prosperidad
"fordista" o atlantis-ta de posguerra, que estaban en la base de los
Estados "socia-les" o de "bienestar" han sido gravemente
socavados:
1 Que,
después de estos 30 años, algunos ya han llamado con ironía "Estado de
emergencia social". Véase Martine Bulard, "Las políticas liberales
del gobierno francés", Le Monde Diplomatique (edición es-pañola), marzo
2004.
1) El vínculo
—microeconómico— en que se fundaba el com-promiso de clases entre el gran
capital industrial y los trabaja-dores organizados sindicalmente, y que resultó
en una "consti-tucionalización" de la empresa capitalista, merced a
la cual los empresarios y sus agentes dejaban de ser monarcas absolutos,
otorgando a los trabajadores una especie de ius in re aliena en la empresa
tutelado por el Estado (derechos de reunión, asocia-ción —sindical— y expresión
dentro de la empresa, vacaciones pagadas, reglas no arbitrarias de promoción
profesional, capa-cidad de negociación salarial, expectativas de bienestar
acrecido ligadas a aumentos de productividad, etc.), a cambio de aceptar las
prerrogativas de control y autoridad de los empresarios y sus agentes y de
renunciar inequívocamente a las pretensiones del movimiento obrero de preguerra
(la CIO en EEUU, el sindi-calismo de tipo consejista europeo, tanto reformista
como revo-lucionario) de introducir la democracia y el control desde abajo en
la empresa o aun de "parlamentarizar" la fábrica.
2) El vínculo
—macroeconómico— que ligaba las economías de escala, el abaratamiento de costes
resultante y el incremento de productividad de la producción en masa de bienes
de consu-mo, de un lado, con, del otro, el consumo masivo de esos mismos bienes
por parte de unos trabajadores que, gracias a los incrementos de productividad
y a la negociación salarial apo-yada en esos incrementos, veían crecer año tras
año su salario real.
Este capitalismo neoabsolutista —tan nuevo, y tan
viejo— en el que vuelven con fuerza las tendencias autoritarias,
desconstitu-cionalizadoras de la empresa capitalista; este capitalismo en el
que las poblaciones trabajadoras se han segmentado y re estra-tificado, tanto
en el plano de la producción (con un núcleo, en retroceso y cada vez más
erosionado, de trabajadores con em-pleos estables; un cada vez más amplio
estrato de trabaja- dores en la cuerda floja de los empleos más o menos
precarios; y una base cada vez más ancha de trabajadores en situación
desespe-rada, que incluye a los working poors [2], a los parados, a las mujeres
que encabezan hogares monoparentales y a los inmi-grantes, legales o ilegales),
como en el plano del con- sumo (con los estratos más bajos de las poblaciones
trabajado- ras consumiendo productos baratos importados, producidos por una
mano de obra semiesclavizada —y a veces, literalmente esclavizada [3]— en el
tercer mundo; este tipo de capitalismo asediante que se ha ido imponiendo en el
último cuarto de siglo, no sin esporádicas y fuertes resistencias por parte de
la clase trabajadora, es el único que conocen y sufren las nuevas generaciones.
_____
2 El hecho de
disponer de un trabajo remunerado ya no es una garan-tía, en la Unión Europea,
de no caer bajo la línea de pobreza (y hace
Y ante el asedio, que adquiere a veces el carácter
de una ver-dadera "lucha de clases desde arriba", según
editorializaba hace pocos meses un medio tan poco sospechoso como el New York
Times, surgen entre las izquierdas dos grandes tipos de actitudes que pueden
resumirse de la siguiente manera.
Una, "defensiva" o conservadora: hay que
preservar lo que se pueda del Estado "social", o, en su versión
radical, recuperar lo que se ha perdido en el largo asedio. Este tipo de
posiciones son hoy comunes entre las organizaciones sindicales euro-peas, y,
con menor contundencia, norteamericanas. Cuando la dirección de la AFL-CIO ha
criticado en estas últimas semanas la plutocrática política de la
Administración Bush de desgravar los dividendos de los accionistas de las
empresas, lo ha hecho en un estilo inequívocamente "fordista":
apuntando al hecho de
mucho que no lo es en Estados Unidos, donde no es
infrecuente co-brar 7 u 8 dólares por hora en algunos empleos). Según el
Observato-rio Europeo de Relaciones Industriales, a finales de 2003, el 8% de
los trabajadores de la Unión (y el 9% de los trabajadores del Reino de España)
debían considerarse como pobres porque carecían de los ingresos necesarios para
poder vivir dignamente. Debe añadirse aquí la pobreza encubierta que sufre una
parte muy importan- te de la población de 18 a 34 años que no puede constituir
—deseándolo— un hogar independiente por falta de recursos.
3 Existen
alrededor de 250 millones de niños y mujeres usa- dos como esclavos (El País,
18-4-2001) en el sentido más literal, tal como fue definida la esclavitud por
la Naciones Unidas en 1926: "el estatus o condición de una persona sobre
la que se ejercen todas o alguna de las facultades vinculadas al derecho de
propiedad".
3
que esas empresas invierten sus beneficios fuera de
los EEUU, llevándose al extranjero los puestos de trabajo norteamericanos.
Cuando José María Fidalgo (CCOO) insiste en que la solución de (casi) todos los
males consiste en restaurar la ecuación ma-yor-productividad /
más-empleo-y-mejores-salarios apunta a un mismo estilo de razonamiento. Y algo
parecido podría decirse de la arenga del presidente de la Federación Sindical
Alemana (DGB), Michael Sommer, ante los miles de berlineses que se manifestaron
el pasado abril contra el soziales Abbau, contra el desmontaje controlado del
Estado "social" proyectado por el gobierno rojiverde del Sr. Schöder.
Es loable el grado de com-batividad que están mostrando en Europa las
organizaciones sindicales tradicionales contra los proyectos
"antisociales" de sus respectivos gobiernos (de "derecha" o
de "izquierda"). Pero es cuando menos dudoso que las ilusiones
neofordistas que parecen principalmente animar, las consigan, no ya su propósi-to
declarado de torcer la voluntad "antisocial" de sus respecti-vos
gobiernos, sino el más modesto fin de mantener la propia casa en orden. El caso
más dramático es tal vez el francés, en el que no sólo la tasa de afiliación
sindical ha quedado a ras de suelo en los últimos lustros (la más baja de
Europa occidental, más baja incluso que la española), sino que la actividad
sindical ha casi desaparecido del mundo de la empresa privada, enro-cándose
peligrosamente, en cambio, en el —políticamente es-tratégico— sector público.
Pero otro tipo de opciones contestatarias del
"giro antisocial" es de cariz, digamos, "ofensivo". La idea
general subyacente es: hay que replantear por completo el consenso social
atlántico de postguerra, entre otras cosas porque las grandes transforma-ciones
sociales que ha traído consigo la vida económica de las últimas décadas, aun en
el caso de que fuera deseable, hace políticamente irrealista el sueño de
conseguir un nuevo com-promiso social interclasista, habiendo prácticamente
desapare-cido sus actores principales. Ni en el núcleo duro del gran capi-tal
europeo y norteamericano es ahora hegemónica una bur-guesía industrial
productivista dispuesta a la "eutanasia del ren-tista", ni está ahora
en una posición de sólida centralidad, den-tro de las poblaciones trabajadoras
del primer mundo, el obrero
4
industrial —varón— de tipo fordista que fue la base
social nu-clear de la izquierda europea tradicional de post-guerra (PCI, PCF,
SPD, Labour). Una opción meramente "defensiva" de las conquistas
"sociales" de la postguerra no es sólo política, eco-nómica y
sociológicamente ilusoria, sino que podría llegar a ser peligrosamemente
contraproducente:
Podría contribuir a levantar barreras insalvables e
innecesarias entre los segmentos estables y los inestables de la población
trabajadora, convirtiendo a los sindicatos, sobre todo en países como España y
Francia, de bajísima afiliación sindical, en meros defensores de derechos
adquiridos de los trabajadores maduros privilegiados. Podría contribuir,
particularmente en los países con índices aceptablemente altos de
sindicalización, a levantar barreras insalvables e innecesarias entre los
segmentos inesta-bles y los segmentos desesperados de las poblaciones
trabaja-doras, generando en los primeros la peligrosa ilusión de que los
segundos, y señaladamente los inmigrantes, son directamen-te responsables de la
precariedad de su situación. Podría con-tribuir a ahondar todavía más el hiato
que tradicionalmente ha venido separando a los trabajadores del hemisferio
norte, for-mados en el consenso social atlántico de postguerra, de sus hermanos
del tercer mundo, no viéndose en éstos sino a com-petidores desleales. Podría
contribuir a un ulterior encastilla-miento burocrático de las organizaciones
sindicales en el apara-to del Estado, sobre todo en países como Francia, en los
que la acción sindical subsiste ya fundamentalmente en el sector pú-blico, y
consiguientemente, a aislar más a los sindicatos de las poblaciones
trabajadoras activas en el sector privado de la eco-nomía, tornándolos, de
paso, más y más antipáticos para la opinión pública media cuando recurran como
único medio de lucha disponible a la paralización del estratégico sector
público de la vida económica. Y por acabar en algún sitio, podría con-tribuir
también a reforzar inopinadamente las tendencias neoab-solutistas autoritarias
en el mundo de la empresa: si ya el con-senso social de postguerra significó en
los dos lados del Atlán-tico norte la renuncia del movimiento obrero organizado
sindi-calmente a cuestionar democráticamente la autoridad empresa-rial,
aceptando una mera constitucionalización, estatalmente
5
tutelada, de la misma, a cambio de sucesivos
aumentos de bie-nestar vinculados a sucesivos incrementos de productividad,
ahora, rota o desjarretada esta última ecuación, insistir mono-temáticamente en
ella podría generar la ilusión —en parte la ha generado ya— de que plegarse a
la nueva ola absolutista em-presarial, ceder "un poco más" de
libertad política en el mundo del trabajo, allanarse a la
desconstitucionalización completa o parcial de la empresa capitalista, es la
única solución realista posible para recuperar el bienestar y la seguridad
perdidos. (La vía al suicidio completo de las organizaciones sindicales:
re-nunciar incluso a la libertad de asociación sindical, porque las empresas
union free dan más garantía de estabilidad.)
Índice tal vez interesante de que los sindicatos
europeos están empezando a girar hacia un tipo de posición más
"ofensivista", más ambiciosa en el medio y el largo plazo, y a la
vez, más adaptada a las presentes circunstancias, es la creciente atención que
algunos de ellos, especialmente de los sectores más inquie-tos intelectual y
socialmente, comienzan a prestar a la propues-ta de una Renta Básica de
Ciudadanía. Esa propuesta consiste en un ingreso pagado por el Estado a cada
miembro de pleno derecho o residente de la sociedad, incluso si no quiere
trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o,
dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles
fuentes de renta, y sin importar con quien conviva[4]. La Renta Básica de
Ciudadanía tiene unos rasgos formales de laicidad, incondicionalidad y
universalidad
4 Definición muy similar a la de www.bien.be, la
web de la Basic Income European Network (BIEN), la organización internacional
que desde 1986 promueve la RB, y la empleada en www.redrentabasica.org, la web
de la sección en el Reino de España de la BIEN. Aunque la reciban ricos y
pobres (algo que desespera a algunos críticos precipitados de la RB), en todos
los proyectos de financiación serios, los ricos pierden y los pobres ganan.
Esto es lo que parecen no entender algunos críticos de la RB que suponen que al
ser recibida la RB tanto por los ricos como por los pobres es poco progresiva.
6
idénticos a los del sufragio universal democrático:
todo el mun-do tiene derecho a ella, por el sólo hecho de ser ciudadano (o,
además, en el caso de la RB, residente) de un país, indepen-dientemente de su
sexo, de su nivel de ingresos o de su orien-tación religiosa. Y trata de
asegurar materialmente el derecho de existencia social mínimo de todos los
miembros de la socie-dad, por el sólo hecho de serlo[5]. En lo que aquí
interesa, la lógica de la RB rompe por dos sitios interesantes con la lógica
del consenso social atlantista de postguerra. Por un lado, como es
suficientemente obvio, escapa parcialmente al vínculo pro-ductividad/bienestar,
pues asegura in- condicionalmente a to-dos los individuos un umbral mínimo de
bienestar, de manera completamente independiente de su contribución al producto
social. Por el otro, trata de asegurar un grado mínimo de auto-nomía e
independencia material a todos, emancipando a los ciudadanos que se conformen
con ese mínimo de la obligación de depender de otros —de los "caudillos
empresariales" (Schumpeter)— para vivir, es decir, les libera de la penosa
ne-cesidad de tener que "pedir permiso a terceros para poder
sub-sistir" (Marx); y eso en el bien entendido de que quienes no se
conformen con ese mínimo y deseen someterse a otros particu-lares para aumentar
su bienestar material, contarán de entrada con una base de partida —y con un
posible refugio de salida— que aumentará su poder negociador, y previsiblemente
tam-bién, su autonomía y su libertad en el puesto de trabajo acep-tado. Una
Renta Básica de ciudadanía mínimamente generosa,[6] pues, tendería verosímilmente a revertir la
tendencia a la capitu-lación del movimiento obrero de postguerra en punto a
libertad y democracia en el puesto de trabajo, y potencialmente, a abrir un
espacio social nuevo, no ya para defender la amenazada constitucionalización de
la empresa capitalista, sino para iniciar una ofensiva democratizadora en toda
regla, en la tradición ético-política republicana del mejor sindicalismo
norteameri-cano ("ciudadanos en el puesto de trabajo") y europeo
("de-mocracia económica").
________
5 Aunque los
estudios técnicamente más refinados se han realizado en los países del primer
mundo, la RB está siendo seria- mente tomada en cuenta por algunos autores y
sectores socia- les en países que no forman parte de los más ricos, entre
otros, Argentina, Colombia, México, Sudáfrica y Brasil (donde una ley impulsada
por el senador del Partido de los Trabajadores, Eduardo Matarazzo Suplicy, y
firmada por el presidente de la República, Lula, en enero de 2004, contempla la
implantación de una RB de forma gradual a partir de 2005).
6 No hemos
dicho nada acerca de qué cantidad de RB estamos bara-jando, pero tenemos en
todo momento en la cabeza un monto igual o superior al umbral de la pobreza que
la UE define como la mitad de la renta por cápita del área geográfica
considerada. En un detalladísi mo estudio de financiación, dirigido por el
catedrático de econometría de la Universidad de Barcelona, Jordi Arcarons, que
pronto podrá consultarse en www.redrentabasica.org, se muestra el carácter
redis-tributivo de la renta que tendría la implantación de una RB de diver-sas
cantidades en donde el 40% de la población catalana (el estudio, aunque de una
metodología aplicable a muchos otros países, está limitado a Cataluña) con
renta más baja, ganaría en términos netos respecto a la situación actual, y el
20% más rico perdería. Indicadores o índices tradicionales de progresividad y
de desigualdad de redistri-bución de la renta (Gini, Kakwani y Suits) muestran
estos efectos igualadores y fiscalmente progresivos.
La oposición más enérgica a la propuesta de una RB
en los me-dios de izquierda sólo podría venir o de un sindicalismo tenaz,
monolítica e irrealistamente aferrado a la evaporada conexión fordista
productividad/bienestar, o de una socialdemocracia política tradicional que se
abrazara al Estado bienestar de un modo tan superficial, que le llevara a
perder de vista las reali-dades económicas y sociológicas de base —y el
irrepetible con-texto histórico-político guerrafriísta— del consenso social
atlán-tico que alumbraron a ese Estado.
Pero la lucha por una Renta Básica de Ciudadanía,
como otras iniciativas "ofensivistas" que no están dispuestas a
cambiar li-bertad en la vida cotidiana por bienestar material y seguridad en el
puesto de trabajo, no sólo puede atraerse a una amplia y nueva base social de
excluidos, de precarios, de antiguos y nuevos desposeídos, de jóvenes y mujeres
tan azacaneados por la feroz dinámica de la actual vida económica y social como
deseosos de combinar mínima seguridad material y cumplida
autonomía en su existencia social (el cóctel que
ofrece, precisa-mente, la Renta Básica, sobre todo si es un poco generosa). No
sólo puede contribuir —ya sea modestamente— a mitigar la segmentación de las
poblaciones trabajadoras. Sino que, al mismo tiempo, la lucha por una Renta
Básica es perfectamente compatible con la necesaria lucha presente por la
defensa de la médula de los indiscutibles logros morales y materiales
(univer-salidad e incondicionalidad de las prestaciones sanitarias y
edu-cativas públicas, etc.) que el advenimiento del "Estado social"
trajo consigo para el conjunto de las clases populares. Con lo que puede ayudar
a conservar, y aun a reestimular, para un proyecto de izquierda renovado a la
parte más sana y lúcida de la población trabajadora de tipo fordista y de sus
debilitadas organizaciones sindicales. Tal vez la Renta Básica no ofrezca mucho
más que eso (no es, desde luego, una panacea para transformar radicalmente el
modo de producir y de consumir planetario), ni sus proponentes de izquierda lo
pretenden. Pero en las presentes circunstancias eso ya es mucho. Y en cualquier
caso, es suficientemente valioso por sí mismo.
Le Monde Diplomatique edición española, número 105,
julio 2004


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