© Libro N° 8617. Cinco Siglos De Prohibición Del Arco Iris En El
Cielo Latinoamericano. Galeano, Eduardo. Emancipación. Mayo 15 de 2021.
Título
original: © Cinco Siglos De
Prohibición Del Arco Iris En El Cielo Latinoamericano. Eduardo Galeano
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Iris En El Cielo Latinoamericano. Eduardo Galeano
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Miranda
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CINCO SIGLOS DE PROHIBICIÓN DEL ARCO IRIS EN EL
CIELO LATINOAMERICANO
Eduardo Galeano
Cinco Siglos De Prohibición
Del Arco Iris En El Cielo Latinoamericano
Eduardo Galeano
EL Descubrimiento el 12 de octubre de 1492, América
descubrió el capitalismo. Cristóbal Colón, financiado por los reyes de España y
los banqueros de Génova, trajo la novedad a las islas del mar
Caribe. En su diario del Descubrimiento, el
almirante escribió 139 ve-ces la palabra oro y 51 veces la palabra Dios o
Nuestro Señor. Él no podía cansar los ojos de ver tanta lindeza en aquellas
playas, y el 27 de noviembre profetizó: Tendrá toda la cristiandad negocio en
ellas. Y en eso no se equivocó.
Colón creyó que Haití era Japón y que Cuba era
China, y creyó que los habitantes de China y Japón eran indios de la India;
pero en eso no se equivocó.
Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la
cristiandad, ha sido ani-quilada una tercera parte de las selvas americanas,
está yerma mucha tierra que fue fértil y más de la mitad de la población come
salteado. Los indios, víctimas del más gigantesco despojo de la historia
univer-sal, siguen sufriendo la usurpación de los últimos restos de sus
tierras, y siguen condenados a la negación de su identidad diferente. Se les
sigue prohibiendo vivir a su modo y manera, se les sigue negando el derecho de
ser. Al principio, el saqueo y el otrocidio fueron ejecutados en nombre del
Dios de los cielos. Ahora se cumplen en nombre del dios del Progreso.
Sin embargo, en esa identidad prohibida y
despreciada fulguran toda-vía algunas claves de otra América posible. América,
ciega de racismo, no las ve.
El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón escribió
en su diario que él quería llevarse algunos indios a España para que aprendan a
hablar (que deprendan fablar). Cinco siglos después, el 12 de octubre de 1989,
en una corte de justicia de los Estados Unidos, un indio mixteco fue
considerado retardado mental (mentally retarded) porque no habla-ba
correctamente la lengua castellana. Ladislao Pastrana, mexicano de Oaxaca,
bracero ilegal en los campos de California, iba a ser encerra-do de por vida en
un asilo público. Pastrana no se entendía con la in-térprete española y el
psicólogo diagnosticó un claro déficit intelectual. Finalmente, los
antropólogos aclararon la situación Pastrana se expre-
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saba perfectamente en su lengua, la lengua mixteca,
que hablan los indios herederos de una alta cultura que tiene más de dos mil
años de antigüedad.
El Paraguay habla guaraní. Un caso único en la
historia universal la lengua de los indios, lengua de los vencidos, es el
idioma nacional unánime. Y sin embargo, la mayoría de los paraguayos opina,
según las encuestas, que quienes no entienden español son como animales.
De cada dos peruanos, uno es indio, y la
Constitución de Perú dice que el quechua es un idioma tan oficial como el
español. La Constitución lo dice, pero la realidad no lo oye. El Perú trata a
los indios como África del Sur trata a los negros. El español es el único
idioma que se enseña en las escuelas y el único que entienden los jueces y los
policías y los funcionarios. (El español no es el único idioma de la
televisión, porque la televisión también habla inglés).
Hace cinco años, los funcionarios del Registro
Civil de las Personas, en la ciudad de Buenos Aires, se negaron a inscribir el
nacimiento de un niño. Los padres, indígenas de la provincia de Jujuy, querían
que su hijo se llamara Qori Wamancha, un nombre de su lengua. El Registro
argentino no lo aceptó por ser nombre extranjero.
Los indios de las Américas viven exiliados en su
propia tierra. El len-guaje no es una señal de identidad, sino una marca de
maldición. No los distingue. los delata. Cuando un indio renuncia a su lengua,
empie-za a civilizarse. ¿Empieza a civilizarse o empieza a suicidarse?
Cuando yo era niño, en las escuelas del Uruguay nos
enseñaban que el país se había salvado del problema indígena gracias a los
generales que en el siglo pasado exterminaron a los últimos charrúas.
El problema indígena.
Los primeros americanos, los verdaderos
descubridores de América, son un problema. Y para que el problema deje de ser
un problema, es preciso que los indios dejen de ser indios. Borrarlos del mapa
o borrar-les el alma, aniquilarlos o asimilarlos, el genocidio o el otrocidio.
En diciembre de 1976, el ministro del Interior del
Brasil anunció, triun-fal, que el problema indígena quedará completamente
resuelto; al final del siglo veinte todos los indios estarán, para entonces,
debidamente integrados a la sociedad brasileña, y ya no serán indios. El
ministro explicó que el organismo oficialmente destinado a su protección (FU-
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NAI, Fundaçao Nacional do Indio) se encargará de
civilizarlos, o sea se encargará de desaparecerlos. Las balas, la dinamita, las
ofrendas de comida envenenada, la contaminación de los ríos, la devastación de
los bosques y la difusión de virus y bacterias desconocidos por los indios, han
acompañado la invasión de la Amazonia por las empresas ansiosas de minerales y
madera y todo lo demás. Pero la larga y feroz embestida no ha bastado. La
domesticación de los indios sobrevivien-tes, que los rescata de la barbarie, es
también un arma imprescindible para despejar de obstáculos el camino de la
conquista.
Matar al indio y salvar al hombre, aconsejaba el
piadoso coronel norte-americano Henry Pratt. Y muchos años después, el
novelista peruano Mario Vargas Llosa explica que no hay más remedio que
modernizar a los indios, aunque haya que sacrificar sus culturas, para
salvarlos del hambre y la miseria.
La salvación condena a los indios a trabajar de sol
a sol en minas y plantaciones, a cambio de jornales que no alcanzan para
comprar una lata de comida para perros.
Salvar a los indios también consiste en romper sus
refugios comunita-rios y arrojarlos a las canteras de mano de obra barata en la
violenta intemperie de las ciudades, donde cambian de lengua y de nombre y de
vestido y terminan siendo mendigos y borrachos y putas de burdel. O salvar a
los indios consiste en ponerles uniforme y mandarlos, fusil al hombro, a matar
a otros indios o a morir defendiendo al sistema que los niega.
Al fin y al cabo, los indios son buena carne de
cañón; de los 25 mil indios norteamericanos enviados a la segunda guerra
mundial, murie-ron 10 mil.
El 16 de diciembre de 1492, Colón lo había
anunciado en su diario:
los indios sirven para les mandar y les hacer
trabajar, sembrar y hacer todo lo que fuere menester y que hagan villas y se
en-señen a andar vestidos y a nuestras costumbres.
Secuestro de los brazos, robo del alma para nombrar
esta operación, en toda América se usa, desde los tiempos coloniales, el verbo
reducir. El indio salvado es el indio reducido. Se reduce hasta desaparecer
vaciado de sí, es un no-indio, y es nadie.
El shamán de los indios chamacocos, de Paraguay,
canta a las estre-llas, a las arañas y a la loca Totila, que deambula por los
bosques y llora. Y canta lo que le cuenta el martín pescador:
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-No sufras hambre, no sufras sed. Súbete a mis alas
y come-remos peces del río y beberemos el viento.
Y canta lo que le cuenta la neblina:
-Vengo a cortar la helada, para que tu pueblo no
sufra frío.
Y canta lo que le cuentan los caballos del cielo:
-Ensíllanos y vamos en busca de la lluvia.
Pero los misioneros de una secta evangélica han
obligado al chamán a dejar sus plumas y sus sonajas y sus cánticos, por ser
cosas del Dia-blo; y él ya no puede curar las mordeduras de víboras, ni traer
la lluvia en tiempos de sequía, ni volar sobre la tierra para cantar lo que ve.
En una entrevista con Ticio Escobar, el shamán dice:
Dejo de cantar y me enfermo. Mis sueños no saben
adónde ir y me atormentan. Estoy viejo, estoy lastimado. Al final, ¿de qué me
sirve renegar de lo mío?
El shamán lo dice en 1986. En 1614, el arzobispo de
Lima había man-dado quemar todas las quenas y demás instrumentos de música de
los indios, y había prohibido todas sus danzas y cantos y ceremonias para que
el demonio no pueda continuar ejerciendo sus engaños. Y en 1625, el oidor de la
Real Audiencia de Guatemala había prohibido las danzas y cantos y ceremonias de
los indios, bajo pena de cien azotes, porque en ellas tienen pacto con los
demonios.
Para despojar a los indios de su libertad y de sus
bienes, se despoja a los indios de sus símbolos de identidad. Se les prohíbe
cantar y danzar y soñar a sus dioses, aunque ellos habían sido por sus dioses
canta-dos y danzados y soñados en el lejano día de la Creación. Desde los
frailes y funcionarios del reino colonial, hasta los misioneros de las sectas
norteamericanas que hoy proliferan en América Latina, se cruci-fica a los
indios en nombre de Cristo para salvarlos del infierno, hay que evangeli- zar a
los paganos idólatras. Se usa al Dios de los cristia-nos como coartada para el
saqueo.
El arzobispo Desmond Tutu se refiere al África,
pero también vale para
América:
-Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros
teníamos la tierra. Y nos dijeron: Cierren los ojos y recen. Y cuando abrimos
los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.
Los doctores del Estado moderno, en cambio,
prefieren la coartada de la ilustración para salvarlos de las tinieblas, hay
que civilizar a los bár-
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baros ignorantes. Antes y ahora, el racismo
convierte al despojo colo-nial en un acto de justicia. El colonizado es un
sub-hombre, capaz de superstición pero incapaz de religión, capaz de folclore
pero incapaz de cultura, el sub- hombre merece trato subhumano, y su escaso
valor corresponde al bajo precio de los frutos de su trabajo. El racismo
legi-tima la rapiña colonial y neocolonial, todo a lo largo de los siglos y de
los diversos niveles de sus humillaciones sucesivas.
América Latina trata a sus indios como las grandes
potencias tratan a América Latina. Gabriel René-Moreno fue el más prestigioso
historia-dor boliviano del siglo pasado. Una de las universidades de Bolivia
lleva su nombre en nuestros días. Este prócer de la cultura nacional creía que
los indios son asnos, que generan mulos cuando se cruzan con la raza blanca. Él
había pesado el cerebro indígena y el cerebro mestizo, que según su balanza
pesaban entre cinco, siete y diez onzas menos que el cerebro de raza blanca, y
por tanto los consideraba celu-larmente inca- paces de concebir la libertad
republicana.
El peruano Ricardo Palma, contemporáneo y colega de
Gabriel René-Moreno, escribió que los indios son una raza abyecta y degenerada.
Y el argentino Domingo Faustino Sarmiento elogiaba así la larga lucha de los
indios araucanos por su libertad:
Son más indómitos, lo que quiere decir animales más
reacios, menos aptos para la Civilización y la asimilación europea.
El más feroz racismo de la historia latinoamericana
se encuentra en las palabras de los intelectuales más célebres y celebrados de
fines del siglo diecinueve y en los actos de los políticos liberales que
fundaron el Estado moderno. A veces, ellos eran indios de origen, como Porfirio
Díaz, autor de la modernización capitalista de México, que prohibió a los
indios caminar por las calles principales y sentarse en las plazas públicas si
no cambiaban los calzones de algodón por el pantalón eu-ropeo y los huaraches
por zapatos.
Eran los tiempos de la articulación al mercado
mundial regido por el Imperio Británico, y el desprecio científico por los
indios otorgaba im-punidad al robo de sus tierras y de sus brazos.
El mercado exigía café, pongamos el caso, y el café
exigía más tierras y más brazos. Entonces, pongamos por caso, el presidente
liberal de Guatemala, Justo Rufino Barrios, hombre de progreso, restablecía el
trabajo forzado de la época colonial y regalaba a sus amigos tierras de indios
y peones indios en cantidad.
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El racismo se expresa con más ciega ferocidad en
países como Gua-temala, donde los indios siguen siendo porfiada mayoría a pesar
de las frecuentes oleadas exterminadoras. En nuestros días, no hay mano de obra
peor pagada; los indios mayas reciben 65 centavos de dólar por cortar un
quintal de café o de algodón o una tonelada de caña. Los indios no pueden ni
plantar maíz sin permiso militar y no pueden mo-verse sin permiso de trabajo.
El ejército organiza el reclutamiento ma-sivo de brazos para las siembras y
cosechas de exportación. En las plantaciones, se usan pesticidas cincuenta
veces más tóxicos que el máximo tolerable; la leche de las madres es la más
contaminada del mundo occidental.
Rigoberta Menchú: su hermano menor, Felipe, y su
mejor amiga, Ma-ría, murieron en la infancia, por causa de los pesticidas
rociados desde las avionetas. Felipe murió trabajando en el café. María, en el
algodón. A machete y bala, el ejército acabó después con todo el resto de la
familia de Rigoberta y con todos los demás miembros de su comuni-dad. Ella
sobrevivió para contarlo.
Con alegre impunidad, se reconoce oficialmente que
han sido borradas del mapa 440 aldeas indígenas entre 1981 y 1983, a lo largo
de una campaña de aniquilación más extensa, que asesinó o desapareció a muchos
miles de hombres y de mujeres. La limpieza de la sierra, plan de tierra
arrasada, cobró también las vidas de una incontable cantidad de niños. Los
militares guatemaltecos tienen la certeza de que el vicio de la rebelión se
transmite por los genes.
Una raza inferior, condenada al vicio y a la
holgazanería, incapaz de orden y progreso, ¿merece mejor suerte? La violencia
institucional, el terrorismo de Estado, se ocupa de despejar las dudas. Los
conquista-dores ya no usan caparazones de hierro, sino que visten uniformes de
la guerra de Vietnam. Y no tienen piel blanca, son mestizos avergon-zados de su
sangre o indios enrolados a la fuerza y obligados a come-ter crímenes que los
suicidan. Guatemala desprecia a los indios, Gua-temala se autodesprecia.
Esta raza inferior había descubierto la cifra cero,
mil años antes de que los matemáticos europeos supieran que existía. Y habían
conocido la edad del universo, con asombrosa precisión, mil años antes que los
astrónomos de nuestro tiempo. Los mayas siguen siendo viajeros del tiempo: ¿Qué
es un hombre en el camino? Tiempo.
Ellos ignoraban que el tiempo es dinero, como nos
reveló Henry Ford. El tiempo, fundador del espacio, les parece sagrado, como
sagrados
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son su hija, la tierra, y su hijo, el ser humano
como la tierra, como la gente, el tiempo no se puede comprar ni vender. La
Civilización sigue haciendo lo posible por sacarlos del error.
¿Civilización? La historia cambia según la voz que
la cuenta. En Amé-rica, en Europa o en cualquier otra parte. Lo que para los
romanos fue la invasión de los bárbaros, para los alemanes fue la emigración al
sur.
No es la voz de los indios la que ha contado, hasta
ahora, la historia de América. En las vísperas de la conquista española, un
profeta maya, que fue boca de los dioses, había anunciado:
Al terminar la codicia, se desatará la cara, se
desatarán las manos, se desatarán los pies del mundo. Y cuando se desate la
boca, ¿qué dirá? ¿Qué dirá la otra voz, la jamás escuchada?
Desde el punto de vista de los vencedores, que
hasta ahora ha sido el punto de vista único, las costumbres de los indios han
confirmado siempre su posesión demoníaca o su inferioridad biológica. Así fue
desde los primeros tiempos de la vida colonial:
¿Se suicidan los indios de las islas del mar
Caribe, por negarse al tra-bajo esclavo?
Porque son holgazanes.
¿Andan desnudos, como si todo el cuerpo fuera cara?
Porque los salvajes no tienen vergüenza.
¿Ignoran el derecho de propiedad, y comparten todo,
y carecen de afán de riqueza?
Porque son más parientes del mono que del hombre.
¿Se bañan con sospechosa frecuencia?
Porque se parecen a los herejes de la secta de
Mahoma, que bien arden en los fuegos de la Inquisición.
¿Jamás golpean a los niños, y los dejan andar
libres? Porque son in-capaces de castigo ni doctrina.
¿Creen en los sueños, y obedecen a sus voces? Por
influencia de Sa-tán o por pura estupidez.
¿Comen cuando tienen hambre, y no cuando es hora de
comer? Porque son incapaces de dominar sus instintos. ¿Aman cuando sienten
deseo?
Porque el demonio los induce a repetir el pecado
original.
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¿Es libre la homosexualidad? ¿La virginidad no
tiene importancia algu-na?
Porque viven en la antesala del infierno.
En 1523, el cacique Nicaragua preguntó a los
conquistadores:
-Y al rey de ustedes, ¿quién lo eligió?
El cacique había sido elegido por los ancianos de
las comunidades. ¿Había sido el rey de Castilla elegido por los ancianos de sus
comuni-dades?
La América precolombina era vasta y diversa, y
contenía modos de democracia que Europa no supo ver, y que el mundo ignora
todavía. Reducir la realidad indígena americana al despotismo de los
empera-dores incas, o a las prácticas sanguinarias de la dinastía azteca,
equi-vale a reducir la realidad de la Europa renacentista a la tiranía de sus
monarcas o a las siniestras ceremonias de la Inquisición.
En la tradición guaraní, por ejemplo, los caciques
se eligen en asam-bleas de hombres y mujeres -y las asambleas los destituyen si
no cumplen el mandato colectivo. En la tradición iroquesa, hombres y mujeres
gobiernan en pie de igualdad. Los jefes son hombres; pero son las mujeres
quienes los ponen y deponen y ellas tienen poder de decisión, desde el Consejo
de Matronas, sobre muchos asuntos fun-damentales de la confederación entera.
Allá por el año 1600, cuando los hombres iroque- ses se lanzaron a guerrear por
su cuenta, las mu-jeres hicieron huelga de amores. Y al poco tiempo los
hombres, obliga-dos a dormir solos, se sometieron al gobierno compartido.
En 1919, el jefe militar de Panamá en las islas de
San Blas, anunció su triunfo:
-Las indias kunas ya no vestirán molas, sino
vestidos civilizados. Y anunció que las indias nunca se pintarían la nariz sino
las mejillas, como debe ser, y que nunca más llevarían aros en la nariz, sino
en las orejas. Como debe ser. Setenta años después de aquel canto de gallo, las
indias kunas de nuestros días siguen luciendo sus aros de oro en la nariz
pintada, y siguen vistiendo sus molas, hechas de muchas telas de colores que se
cruzan con siempre asombrosa capacidad de imagina-ción y de belleza visten sus
molas en la vida y con ella se hunden en la tierra, cuando llega la muerte.
En 1989, en vísperas de la invasión norteamericana,
el general Manuel Noriega aseguró que Panamá era un país respetuoso de los
derechos
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humanos
-No somos una tribu -aseguró el general.
Las técnicas arcaicas, en manos de las comunidades,
habían hecho fértiles los desiertos en la cordillera de los Andes. Las
tecnologías mo-dernas, en manos del latifundio privado de exportación, están
convir-tiendo en desiertos las tierras fértiles en los Andes y en todas partes.
Resultaría absurdo retroceder cinco siglos en las
técnicas de produc-ción; pero no menos absurdo es ignorar las catástrofes de un
sistema que exprime a los hombre y arrasa los bosques y viola la tierra y
enve-nena los ríos para arrancar la mayor ganancia en el plazo menos. ¿No es
absurdo sacrificar a la naturaleza y a la gente en los altares del mercado
internacional? En ese absurdo vivimos; y lo aceptamos como si fuera nuestro
único destino posible.
Las llamadas culturas primitivas resultan todavía
peligrosas porque no han perdido el sentido común. Sentido común es también,
por exten-sión natural, sentido comunitarios. Si pertenece a todos el aire,
¿por qué ha de tener dueño la tierra? Si desde la tierra venimos, y hacia la
tierra vamos, ¿acaso no nos mata cualquier crimen que contra la tierra se
comete? La tierra es cuna y sepultura, madre y compañera. Se le ofrece el
primer trago y el primer bocado; se le da descanso, se la pro-tege de la
erosión.
Es sistema desprecia lo que ignora, porque ignora
lo que teme cono-cer. El racismo es también una máscara del miedo.
¿Qué sabemos de las culturas indígenas? Lo que nos
han contado las películas del Far West. Y de las culturas africanas, ¿qué
sabemos? Lo que nos ha contado el profesor Tarzán, que nunca estuvo.
Dice un poeta del interior de Bahía: Primero me
robaron del África.
Después robaron el África de mí.
La memoria de América ha sido mutilada por el
racismo. Seguimos actuando como si fuéramos hijos de Europa, y de nadie más. A
fines del siglo pasado, un médico inglés, John Down, identificó el síndrome que
hoy lleva su nombre. Él creyó que la alteración de los cromosomas implicaba un
regreso a las razas inferiores, que generaba mongolian idiots, negroid idiots y
aztec idiots. Simultáneamente, un médico ita-liano, Cesare Lombrosos, atribuyó
al criminal nato los rasgos físicos de los negros y de los indios.
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Por entonces, cobró base científica la sospecha de
que los indios y los negros son proclives, por naturaleza, al crimen y a la
debilidad mental. Los indios y los negros, tradicionales instrumentos de
trabajo, vienen siendo también desde entonces, objetos de ciencia.
En la misma época de Lombroso y Down, un médico
brasileño, Rai-mundo Nina Rodrigues, se puso a estudiar el problema negro. Nina
Rodrigues, que era mulato, llegó a la conclusión de que la mezcla de sangres
perpetúa los caracteres de las razas inferiores, y que por tanto la raza negra
en el Brasil ha de constituir siempre uno de los factores de nuestra
inferioridad como pueblo. Este médico psiquiatra fue el pri-mer investigador de
la cultura brasileña de origen africano. La estudió como caso clínico, las religiones
negras, como patología; los trances, como manifestaciones de histeria.
Poco después, un médico argentino, el socialista
José Ingenieros, es-cribió que los negros, oprobiosa escoria de la raza humana,
están más próximos de los monos antropoides que de los blancos civilizados. Y
para demostrar su irremediable inferioridad, Ingenieros comprobaba: Los negros
no tienen ideas religiosas.
En realidad, las ideas religiosas habían atravesado
la mar, junto a los esclavos, en los navíos negreros. Una prueba de obstinación
de la dignidad humana a las costas americanas solamente llegaron los dio-ses
del amor y de la guerra. En cambio, los dioses de la fecundidad, que hubieran
multiplicado las cosechas y los esclavos del amo, se cayeron al agua.
Los dioses peleones y enamorados que completaron la
travesía, tuvie-ron que disfrazarse de santos blancos, para sobrevivir y ayudar
a so-brevivir a los millones de hombres y mujeres violentamente arrancados del
África y vendidos como cosas. Ogum, dios del hierro, se hizo pasar por san
Jorge o san Antonio o san Miguel, Shangó, con todos sus true-nos y sus fuegos,
se convirtió en santa Bárbara. Obatalá fue Jesucristo y Oshún, la divinidad de
las aguas dulces, fue la Virgen de la Candela-ria...
Dioses prohibidos. En las colonias españolas y
portuguesas y en todas las demás, en las islas inglesas del Caribe, después de
la abolición de la esclavitud se siguió prohibiendo tocar tambores o sonar
vientos al modo africano, y se siguió penando con cárcel la simple tenencia de
una imagen de cualquier dios africano. Dioses prohibidos, porque
peli-grosamente exaltan las pasiones humanas, y en ellas encarnan. Frie-drich
Nietzsche dijo una vez:
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-Yo sólo podría creer en un dios que sepa danzar.
Como José Ingenieros, Nietzsche no conocía a los
dioses africanos. Si los hubiera conocido, quizá hubiera creído en ellos. Y
quizá hubiera cambiado algunas de sus ideas. José Ingenieros, quién sabe.
La piel oscura delata incorregibles defectos de
fábrica. Así, la tremenda desigualdad social, que es también racial, encuentra
su coartada en las taras hereditarias. Lo había observado Humboldt hace
doscientos años, y en toda América sigue siendo así la pirámide de las clases
sociales, es oscura en la base y clara en la cúspide. En el Brasil, por
ejemplo, la democracia racial consiste en que los más blancos están arriba y
los más negros abajo. James Baldwin, sobre los negros en Estados Unidos:
-Cuando dejamos Mississippi y vinimos al Norte, no
encontra-mos la libertad. Encontramos los peores lugares en el mercado de
trabajo; y en ellos estamos todavía.
Un indio del Norte argentino, Asunción Ontíveros
Yulquila, evoca hoy el trauma que marcó su infancia:
-Las personas buenas y lindas eran las que se
parecían a Jesús y a la Virgen. Pero mi padre y mi madre no se parecían para
nada a las imá-genes de Jesús y la Virgen María que yo veía en la iglesia de
Abra Pampa. La cara propia es un error de la naturaleza. La cultura propia, una
prueba de ignorancia o una culpa que expiar. Civilizar es corregir.
El fatalismo biológico, estigma de las razas
inferiores congénitamente condenadas a la indolencia y a la violencia y a la
miseria, no sólo nos impide ver las causas reales de nuestra desventura
histórica. Además, el racismo nos impide conocer, o reconocer, ciertos valores
fundamen-tales que las culturas despreciadas han podido milagrosamente
perpe-tuar y que en ellas encarnan todavía, mal que bien, a pesar de los
si-glos de persecución, humillación y degradación. Esos valores funda-mentales
no son objetos de museo. Son factores de historia, impres-cindibles para
nuestra imprescindible invención de una América sin mandones ni mandados. Esos
valores acusan al sistema que los niega.
Hace algún tiempo, el sacerdote español, Ignacio
Ellacuría, me dijo que le resultaba absurdo eso del Descubrimiento de América.
El opre-sor es incapaz de descubrir, me dijo:
-Es el oprimido el que descubre al opresor.
Él creía que el opresor ni siquiera puede
descubrirse a sí mismo. La verdadera realidad del opresor sólo se puede ver
desde el oprimido.
Ignacio Ellacuría fue acribillado a balazos, por
creer en esa imperdo-nable capacidad de revelación y por compartir los riesgos
de la fe en su poder de profecía. ¿Lo asesinaron los militares de El Salvador,
o lo asesinó un sistema que no puede tolerar la mirada que lo delata?
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