© Libro N° 8616. Zínochka. Chejov, Anton. Emancipación. Mayo 15 de 2021.
Título
original: © Zínochka. Anton Chejov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Anton Chejov
Zínochka
Anton Chejov
El grupo de cazadores pasaba la noche sobre unas
brazadas de fresco heno en la isla de un simple mujik. La luna se asomaba por
la ventana, en la calle se oían los tristes acordes de un acordeón, el heno
despedía un olor empalagoso, un tanto excitante. Los cazadores hablaban de
perros, de mujeres, del primer amor, de becadas. Después que hubieron pasado detenida
revista a todas las señoras conocidas y que hubieron contado un centenar de
anécdotas, el más grueso de ellos, que en la oscuridad parecía un haz de heno y
que hablaba con la espesa voz propia de un oficial de Estado Mayor, dejó
escapar un sonoro bostezo y dijo:
-Ser amado no tiene gran importancia: para eso han
sido creadas las mujeres, para amarnos. Pero díganme: ¿ha sido alguno de
ustedes odiado, odiado apasionada, rabiosamente? ¿No han observado alguna vez
los entusiasmos del odio?
No hubo respuesta.
-¿Nadie, señores? -siguió la voz de oficial de
Estado Mayor-. Pues yo fui odiado por una muchacha muy bonita y pude estudiar
en mí mismo los síntomas del primer odio. Del primero, señores, porque aquello
era precisamente el polo opuesto del primer amor. Por lo demás, lo que voy a
contarles sucedió cuando yo aún no tenía noción alguna ni del amor ni del odio.
Entonces tenía ocho años, pero esta circunstancia no hace al caso: lo
principal, señores, no fue él, sino ella. Pues bien, presten atención. Una hermosa
tarde de verano, poco antes de ponerse el sol, estaba yo con mi institutriz
Zínochka, una criatura muy agradable y poética, que acababa de terminar sus
estudios, repasando las lecciones. Zínochka miraba distraída a la ventana y
decía:
»-Bien. Aspiramos oxígeno. Ahora dígame, Petia:
¿qué exhalamos?
»-Óxido de carbono -contesté yo, mirando a la misma
ventana.
»-Bien -asintió Zínochka-. Las plantas hacen lo
contrario: absorben óxido de carbono y desprenden oxígeno. El óxido de carbono
es lo que hay en agua de Seltz y en el tufo que se desprende del samovar… Es un
gas muy venenoso. Cerca de Nápoles se encuentra la Cueva del Perro, en la que
se desprende óxido de carbono; cuando un perro entra en ella, no puede respirar
y se muere.
»Esta desgraciada Cueva del Perro de cerca de
Nápoles es el límite de los conocimientos de química que ninguna institutriz se
atreve a traspasar. Zínochka defendía siempre con gran calor las ciencias
naturales, pero de la química apenas si sabía algo más que lo de esta cueva.
»Bueno, me mandó que lo repitiera. Así lo hice. Me
preguntó qué es el horizonte. Yo contesté. Y en el patio, mientras nosotros
rumiábamos lo del horizonte y la cueva, mi padre se preparaba para ir de caza.
Los perros ladraban, los caballos se removían impacientes y coqueteaban con los
cocheros, los criados cargaban el cochecillo con toda clase de paquetes. Había
también otro coche en el que tomaron asiento mi madre y mis hermanas, que iban
a la hacienda de los Ivanitski, donde celebraban un cumpleaños. Sin contarme a
mí en casa se quedaban Zínochka y mi hermano mayor, entonces estudiante, a
quien le dolían las muelas. ¡Pueden imaginarse mi envidia!
»-Así pues, ¿qué aspiramos? -preguntó Zínochka,
mirando a la ventana.
»-Oxígeno…
»-Sí, y se llama horizonte el lugar en que nos
parece que la tierra se junta con el cielo…
»Pero ambos coches se pusieron en marcha… Vi cómo
Zínochka sacaba del bolsillo un papelito, lo arrugaba nerviosamente y se lo
apretaba contra la sien. Luego se puso roja y miró el reloj.
»-Recuerde, pues -dijo-: cerca de Nápoles está la
Cueva del Perro… -miró de nuevo el reloj y prosiguió-, donde nos parece que el
cielo se junta con la tierra…
»La pobrecilla, muy agitada, dio unos pasos por la
habitación y miró de nuevo el reloj. Hasta el fin de la lección quedaba aún más
de media hora.
»-Ahora pasemos a la aritmética -dijo, respirando
fatigosamente y pasando con mano temblorosa las páginas del libro de
problemas-. Resuelva el número 325, yo… volveré ahora…
»Salió. Oí que bajaba la escalera, y luego vi por
la ventana su vestido azul que cruzaba por el patio y desaparecía en el
portillo del jardín. La rapidez de sus movimientos, el rubor de sus mejillas y
la agitación de que daba muestras, me intrigaron. ¿Adónde había ido? ¿Para qué?
Yo era muy precoz y no tardé en comprenderlo todo: ¡había ido al jardín para,
valiéndose de la ausencia de mis severos padres, hartarse de frambuesas o
cerezas! En tal caso, ¡diablos!, también yo iría a coger cerezas. Dejé el libro
de problemas y corrí al jardín. Me acerqué a los cerezos, pero allí no estaba.
Dejando atrás los groselleros y la choza del guarda, se dirigía hacia el
estanque, pálida y temblando al más pequeño ruido. La seguí, tratando de que no
me viera, y me encontré, señores, con lo siguiente. En la orilla del estanque,
entre dos robustos y viejos sauces, estaba Sasha, mi hermano mayor; no daba
muestras de que le doliesen las muelas. Al mirar a Zínochka que se le acercaba,
todo él parecía resplandecer como un sol de felicidad. Y Zínochka, como si la
llevasen a la Cueva del Perro y la obligasen a respirar óxido de carbono, iba
hacia él moviendo apenas las piernas, respirando fatigosamente y con la cabeza
echada hacia atrás… Todo denotaba que era la primera vez en toda su vida que
acudía a una cita. Pero acabaron por juntarse… Durante unos instantes se
miraron en silencio como sin dar crédito a sus ojos. Luego, cierta fuerza
empujó a Zínochka por la espalda, puso las manos en los hombros de Sasha e
inclinó la cabeza sobre el chaleco de mi hermano. Sasha se reía, balbuceaba
algo inconexo y, con la torpeza del hombre muy enamorado, tomó con ambas manos
la cara de Zínochka. El tiempo, señores, era maravilloso… El altozano tras el
que se ocultaba el sol, los dos sauces, las verdes orillas, el cielo, todo
esto, con Sasha y Zínochka, se reflejaba en el estanque. Pueden imaginarse la
quietud que reinaba alrededor. Sobre los dorados carices volaban millones de
mariposas de largas antenas, al otro lado del huerto pasaba la dula. En una
palabra, como para pintar un cuadro.
»De todo aquello lo único que yo comprendí es que
Sasha besaba a Zínochka. Esto era una inconveniencia. Si mamá llegara a saberlo
los dos se ganarían una buena reprimenda. Con un sentimiento de vergüenza que
no sabría explicarme, volví al cuarto de las lecciones, sin esperar al fin de
la cita. Con el libro de problemas ante mí, pensé en todo aquello. Por mi cara
se deslizaba una triunfal sonrisa. Por una parte, me era agradable ser dueño de
un secreto ajeno; por otra, también era muy agradable la conciencia de que unas
autoridades como Sasha y Zínochka podían ser en cualquier momento denunciadas
por infracción de las conveniencias mundanas. Eso lo podía hacer yo. Ahora
estaban en mis manos y su tranquilidad dependía por completo de mi generoso
espíritu. ¡Ya verían lo que era bueno!
»Cuando me hube acostado, Zínochka, según su
costumbre, entró en mi cuarto para comprobar si estaba bien tapado y si había
hecho mis oraciones. Miré su rostro bonito y feliz con una sonrisa irónica. El
secreto pugnaba por salir al exterior. Era necesario dejar escapar una
reticencia y disfrutar con el efecto.
»-¡Lo sé! -dije con una risita.
»-¿Qué es lo que sabe?
»-¡Ji, ji! Vi cuando usted y Sasha se besaban junto
a los sauces. La seguí y lo vi todo…
»Zínochka se estremeció toda roja y, abrumada por
mis palabras, se dejó caer en la silla sobre la que estaban el vaso de agua y
la palmatoria.
»-Vi cómo… se besaban… -repetí con la risita de
antes y disfrutando con su turbación-. ¡Hola! Se lo diré a mamá.
»La cobarde Zínochka me miró atentamente y,
convencida de que, en efecto, lo sabía todo, se apoderó desesperada de mi mano
y balbuceó con un susurro tembloroso:
»-Petia, eso es una acción muy baja… Se lo suplico,
por Dios… Ha de ser un hombre… no lo diga a nadie… Las personas decentes no se
dedican a espiar… Es una vileza… se lo suplico…
»La pobre temía más que al fuego a mi madre, una
señora virtuosa y severa. Esto, por una parte. Por otra, mi cara sonriente no
podía por menos de profanar su primer amor, un amor puro y poético. Pueden,
pues, imaginarse el estado de su espíritu. Por culpa mía no durmió en toda la
noche y a la mañana siguiente se presentó a la hora del té con ojeras… Después
del desayuno, al encontrarme con Sasha, no resistí a la tentación de presumir y
reírme de él:
»-¡Lo sé! Ayer vi cómo te besabas con mademoiselle
Zina.
»Sasha me miró y dijo:
»-Eres un imbécil.
»No era tan pusilánime como Zínochka, y por eso no
se produjo el deseado efecto. Eso me aguijoneó todavía más. Si Sasha no se
había asustado, era porque no creía que yo lo hubiera visto todo. ¡Pues ya nos
veríamos las caras!
»Durante las lecciones, hasta la hora de la comida,
Zínochka no me miró y no cesaba de tartamudear. En vez de meterme el resuello
en el cuerpo, trataba de ganarse mis favores, poniéndome sobresalientes y sin
quejarse a mi padre de mis travesuras. Dada mi precocidad, yo exploté el
secreto como me venía en ganas: no estudié las lecciones, anduve por la
habitación con los pies por alto y le dije cuantas insolencias quise. En una
palabra, si hubiera seguido así hasta hoy, me habría convertido en un perfecto
chantajista.
»En fin, pasó una semana. El secreto ajeno me
instigaba y atormentaba como si se me hubiese clavado una espina en el alma.
Ardía en deseos de revelarlo y de gozar del efecto. Y en cierta ocasión,
durante la comida, cuando teníamos muchos invitados, miré con malicia a
Zínochka, dejé escapar una estúpida risita y dije:
»-Lo sé… ¡Ji, ji! Lo vi…
»-¿Qué es lo que sabes? -preguntó mi madre.
»Yo miré con más malicia todavía a Zínochka y
Sasha. ¡Había que ver cómo enrojeció la muchacha y cómo brillaron de cólera los
ojos de Sasha! Yo me mordí la lengua y no seguí adelante. Zínochka acabó por
ponerse pálida, apretó los dientes y ya no probó bocado. Aquel día, durante la
clase de la tarde, advertí un profundo cambio en la cara de Zínochka. Me
pareció más severo, más frío, como de mármol, y sus ojos me miraban a la cara
con una mirada extraña. Palabra de honor, ni siquiera en los perros que dan alcance
al lobo vi nunca unos ojos como aquéllos. Comprendí muy bien su expresión
cuando en plena clase apretó los dientes y me dijo rabiosa:
»-¡Le aborrezco! ¡Es usted asqueroso, repugnante!
¡Si supiera cómo le odio, cómo me desagradan su cabeza pelada al cero y sus
orejas de soplillo!
»Pero al instante se asustó y dijo:
»-No me refiero a usted, estaba ensayando un papel…
»Luego, señores, por la noche vi que ella se
acercaba a mi cama y durante largo rato estuvo mirándome a la cara. Me odiaba
apasionadamente y no podía vivir sin mí. La contemplación de mi odiada cara era
para ella una necesidad. Por lo demás, recuerdo que la noche era hermosa… Olía
a heno, todo estaba quieto, etc. La luna brillaba. Yo caminaba por la avenida y
pensaba en el dulce de cerezas. De pronto, Zínochka, pálida y hermosa, se me
acercó, me agarró del brazo y, jadeante, empezó a explicarse:
»-¡Cómo te odio! ¡A nadie he deseado tanto mal como
a ti! ¡Recuérdalo! ¡Quiero que lo comprendas!
»¿Se dan cuenta? La luna, el pálido rostro ardiendo
apasionadamente, la quietud… Hasta a mí, un pequeño cerdo, me era agradable. La
escuché y la miré a los ojos… En un principio me gustó aquello por la novedad,
pero luego, dominado por el miedo, lancé un grito y, corriendo con todas mis
fuerzas, escapé hacia la casa.
»Decidí que lo mejor era quejarse a mamá. Y me
quejé, contándole de paso cómo Sasha y Zínochka se habían besado. Yo era un
estúpido y no sabía a qué consecuencias iba esto a llevar; de otro modo, habría
guardado el secreto… Mamá, después de oírme, se puso roja de indignación y
dijo:
»-Eres muy joven para hablar de estas cosas…
Aunque, ¡qué ejemplo para los niños!
»Mi mamá era no sólo virtuosa, sino también una
mujer de mucho tacto. Para no originar un escándalo, no echó a Zínochka al
momento, sino poco a poco, de una manera sistemática, como saben hacerlo las
personas honestas, pero intolerantes. Cuando Zínochka se marchó de casa, su
última mirada fue para la ventana donde yo estaba, y les aseguro que hasta
ahora la recuerdo.
»Zínochka no tardó en convertirse en la esposa de
mi hermano. Es Zinaída Nikoláievna, a quien ustedes conocen. Volví a verla
cuando ya estaba en la Academia Militar. A pesar de todos sus esfuerzos, le era
imposible identificar al bigotudo cadete con el odioso Petia, pero, aun así, no
me trató como a un pariente… Incluso ahora, con mi calva, mi pacífico vientre y
mi sumiso aspecto, sigue mirándome de soslayo y no se siente tranquila cuando
me acerco a ver a mi hermano. Evidentemente, el odio no se olvida, lo mismo que
el amor… ¡Vaya! Oigo cantar al gallo. Buenas noches. ¡Quieto, Milord!


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