© Libro N° 8618. Ciudadania Y Capitalismo. Alba Rico, Santiago. Emancipación. Mayo 15 de 2021.
Título
original: © Ciudadania y capitalismo.
Santiago Alba Rico
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Alba Rico
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Santiago Alba Rico
Ciudadania y capitalismo
Santiago Alba Rico
Ciudadania y capitalismo*
Santiago Alba Rico
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Empecemos con un cuento.
Había una vez un pedagogo que salió de viaje y se
perdió en el de-sierto. Caminó y caminó sin encontrar ni casas ni alimentos y
al cabo de algunos días estaba tan cansado y tenía tanta hambre que se sentó en
el suelo y se puso a hablar con las piedras que lo rodeaban. Las adulaba, las
amonestaba, las aleccionaba con convicción y paciencia. Llevaba así muchas
horas cuando acertó a pasar por allí un hada, a la que llamó la atención el
extraño comportamiento de nuestro hombre.
- ¿Qué estás haciendo? –le preguntó-.
El pedagogo la miró altivo, un poco molesto por la
interrupción.
- Estoy
educando a estas piedras para que se conviertan en panes.
- Eso te
puede llevar mucho tiempo –respondió el hada-. Con esto lo harás más deprisa.
Y sacó de su zurrón una varita mágica.
El hombre, furioso y despechado, le respondió:
- Soy un ser racional. No creo en la magia.
Y, volviendo la cabeza, siguió explicando a tres
pequeñas rocas la composición molecular de la harina.
____________
* Fuente:
HERRIA-2000, julio de 2008 (Ekal Herria).
No puede haber cuentos sin magia. Había una vez un
niño que, huyendo de un ogro, detuvo su carrera y se puso a educar a sus bo-tas
para que volasen. Había una vez una don-cella desgraciada, an-helante de
abrazos, que se pasó la vida educan-do a una rana para que se transformase en
un príncipe. Había una vez una esclava maltratada que dedicaba todos los días
varias horas, junto a la chimenea, a educar a sus vestidos para que se
cubriesen de oro, a
educar a una calabaza para que se convirtiese en
carroza y a educar a dos ratones para que se convirtiesen en dos apuestos
cocheros. Así no se hacen los cuentos. Podemos imaginar muy bien el triste
final de estas historias y la frustración radical de los lectores.
Mucho más irracional que la magia es creer que se
va a alcanzar lo imposible sin ella. De hecho, en la discusión entre el PP y el
PSOE sobre la asignatura de “Educación para la ciudadanía” (véase el
re-cuadro), el PP tiene todas las ventajas: cree abiertamente en la magia o, al
menos, en las varitas -es decir, en la religión y en la represión-mientras que
el PSOE cree o finge creer que se puede hacer un cuen-to convincente sin
intervenciones taumatúrgicas o peripecias sobre-naturales. En todo caso la discusión
tiene para ambos la ventaja de dejar fuera la verdadera cuestión, que no es la
de la “asignatura de ciudadanía” sino la de la ciudadanía misma.
En 1765, en el artículo correspondiente de la
Enciclopedia, bisagra intelectual entre dos regímenes y dos épocas, el
ilustrado Diderot aclaraba que “el nombre de ciudadano no es adecuado para
quienes viven sojuzgados ni para quienes viven aislados; de donde se deduce que
los que viven completamente en estado de naturaleza, como los soberanos, y los
que han renunciado definitivamente a este estado, como los esclavos, no pueden
ser considerados nunca como ciudada-nos”. Y esto precisamente -añade el filósofo
francés- porque lo que distingue al “ciudadano” del “súbdito”es que “el primero
es un hom-bre público y el segundo es un simple particular”.
En el orden privado, entre particulares, la
relación es siempre de “subditaje” mientras que el acceso a la ciudadanía es
inseparable de la “civilización” de los humanos, entendiendo el término
“civiliza-ción” en el mismo sentido que Antoni Domènech, no como opuesto a
“barbarie” sino a “domesticación”. Lo contrario de un hombre públi-co, de un
“ciudadano” o “civilizado”, es un “doméstico” o “domesti-cado”. Allí donde el
soberano es el rey, todas las relaciones son rela-ciones privadas; cada miembro
de la sociedad se sujeta individual-mente a la voluntad del monarca, a partir
de cuyo arbitrio el país en-tero deviene una gran familia; es decir -en su
sentido original- un conjunto de fámulos , “domésticos”, “servidores”,
“criados”. Allí donde, como en la antigua Grecia, la ciudadanía es limitada a
los varones libres, los lugares que quedan fuera del espacio público, co-mo
recintos puramente privados, son el gineceo y la ergástula, donde la mujer y el
esclavo subvienen a la pura reproducción de la vida en su calidad de
particulares aislados y sometidos.
Lo que en todo caso comprendieron bien los griegos,
como también lo comprendieron los revolucionarios jacobinos, es que el proceso
de “civilización” es en realidad la lucha contra la “domesticidad” de las
dependencias particulares y que el acceso al espacio público no es el resultado
de la adquisición de “valores” éticos o culturales (que los esclavos y las
mujeres, en la antigua Grecia, compartían con los ciu-dadanos libres) sino de
la adquisición de recursos materiales. Por contraste con los “individuos”, que
dependían casi biológicamente
del marido o del amo para sobrevivir, la condición
de la ciudadanía (a partir, al menos, de Clístenes) fue siempre la autarquía
económica: los derechos civiles y políticos se desprendían naturalmente de la
propiedad sobre los medios de producción (en este caso la tierra).
Para salir del ámbito doméstico de las relaciones
particulares -la casa y la ergástula, la familia y la fábrica- es necesario ser
“dueño de uno mismo” y esto, paradójicamente, implica sustraerse al orden de
los intercambios individuales -propios de la esclavitud y el patriarcado,
regímenes de aislamiento y sumisión- para participar de la riqueza pública y
general. Por eso es posible concebir el estatuto de ciuda-danía sin verdadera
democracia, como en la antigua polis ateniense o en las sociedades liberales
censitarias; y por eso, a la inversa, la de-mocracia sólo puede establecerse a
partir de la generalización de las condiciones materiales de la ciudadanía.
Podemos imaginar perfectamente un régimen social en
el que los esclavos escogieran mediante votación a sus amos o las mujeres
eli-gieran a sus violadores domésticos y en el que, sin salir nunca de casa ,
sin que sus acciones fuesen jamás políticas ni adquirir jamás la dignidad
ciudadana, esclavos y mujeres reprodujesen voluntariamen-te una relación de
“subditaje”.
El ser humano deja de ser “súbdito” para
convertirse en “ciudadano” a través, no del derecho al voto o del
adoctrinamiento “humanitario”, sino del disfrute rutinario de ciertas garantías
materiales: alimenta-ción, vivienda, salud, instrucción y -claúsula de todas
ellas- propie-dad sobre los medios de producción (sobre eso que en otras
ocasio-nes he llamado “bienes colectivos” para distinguirlos de los
“univer-sales” -el arte o la Tierra misma- y los “generales” -el pan o la
ropa).
Sólo una alucinación ideológica ha podido
convencernos de que el capitalismo es la vía natural, y la única posible, a la
ciudadanía gene-ral. Precisamente el mercado capitalista se concibe a sí mismo
como una suma de intercambios aislados y particulares, las dos caracterís-ticas
que Diderot atribuía a la relación de “subditaje”, y sólo es capaz de
aprehender a los hombres, por tanto, en su condición de aisla-miento y
particularidad.
El mercado únicamente reconoce “simples hombres
privados”, en permanente estado de naturaleza, que establecen relaciones
particula-res -sin embargo- en un medio social histórica y estructuralmente
construido a partir del despojamiento desigual. Estos sujetos ficticios son
formalmente dueños de sí mismos allí donde de hecho sólo pue-den “contratar” su
redomesticación; allí donde sólo entran precisa-mente después de renunciar a la
ciudadanía misma y para negociar su condición de súbditos mediante un contrato privado.
El mercado, como la monarquía, generaliza el orden doméstico, el orden de los
domesticados, la extensión y hegemonía de los vínculos familiares sin necesidad
de una legitimación exterior sobrenatural o mitológica: precisamente ese
régimen imaginario en el que los esclavos eligen a sus amos y las mujeres a sus
violadores.
En este contexto, la ciudadanía o “politeia” se
convierte en una com-binación de “politesse” y “policía”; es decir, en un
régimen de do-mesticación en el que los ricos, alternativa o simultáneamente,
edu-can y reprimen a los pobres. En cuanto al ámbito público, también ha sido
completamente despolitizado o domesticado, identificado con la exhibición en
televisión del gineceo y la ergástula: lo que - fraudulenta inversión- llamamos
“publicidad” para designar la inva-sión totalizadora del espacio común por parte
de los intereses y los deseos privados.
Tras derrotar al jacobinismo republicano, el
capitalismo hizo lo mis-mo que la Roma imperial y por motivos parecidos: urgida
por su propio crecimiento y por la presión popular, extendió la ciudadanía
formal al mismo tiempo que despojaba ininterrumpidamente a los humanos de sus
condiciones materiales de existencia. Se ajustó así el concepto de ciudadanía
al nuevo instrumento de gestión de la vida económica: el Estado-Nación.
Como recuerda el jurista italiano Danilo Zolo en un
libro de título elocuente (De ciudadanos a súbditos), el término “ciudadano”
dejó de oponerse a “súbdito” para oponerse sencillamente a “extranjero”. Uno ya
no es un “civilizado” universal, depositario de derechos ma-teriales de los que
se desprende naturalmente el ejercicio de derechos civiles y políticos, sino un
“ciudadano español” o un “ciudadano francés”, cuyos derechos aleatorios están
sujetos al intercambio des-igual de la economía global capitalista y se definen
contra los dere-chos del “ciudadano senegalés” o el “ciudadano boliviano”. En
un contexto de soberanía desigual, en el que la “españolidad” -por ejemplo-
deriva sus relativas ventajas cívico-políticas (incluida la de viajar
libremente por el Tercer Mundo) de su agresividad neocolo-nial, basta poner,
uno al lado del otro, al turista y al inmigrante para calibrar toda la
inconsistencia e injusticia de la “ciudadanía nacio-nal”. El inmigrante, en
efecto, es el no-ciudadano por excelencia, no sólo el doméstico voluntario sino
el “bárbaro” irrecuperable; no ya el súbdito familiar sino el in-humano extraño
e inasimilable. Bajo el capitalismo, nuestras ciudades están habitadas por
seres humanos doblemente “incivilizados”: los “domésticos” nacionales, que
nego-cian en privado su derecho a la existencia como súbditos precarios, y los
“bárbaros” extranjeros, individuos puros que entran en el merca-do sin
posibilidad de negociación, privados al mismo tiempo de na-cionalidad y de
palabra. El retroceso creciente de las libertades for-males se inscribe en el
marco muy funcional de una guerra entre “domesticados” y “bárbaros”; es decir
de una guerra cada vez más agresiva, no por la ciudadanía, sino entre
no-ciudadanos.
La ciudadanía no se adquiere en la escuela ni
leyendo la Constitución ni votando cada cuatro años a un nuevo amo o a un nuevo
violador. No se puede educar para la ciudadanía como no se puede educar para la
respiración o para la circulación de la sangre. Al contrario, la ciu-dadanía
misma es la condición de todo proceso educativo como la respiración y la
circulación de la sangre son las condiciones de toda vida humana. A la escuela
deben llegar ciudadanos ya hechos y la escuela debe educarlos para la filosofía,
para la ciencia, para la músi-ca, para la literatura, para la historia. Es
decir -por citar a Sánchez Ferlosio- debe “instruirlos” en el patrimonio común
de un saber co-lectivo y universal.
Mientras el mercado produce materialmente súbditos
y bárbaros de manera ininterrumpida, se exige a los educadores que, a fuerza de
discursos y “valores”, los transformen en ciudadanos. La escuela, verdadera
damnificada del proceso de globalización capitalista, se convierte así en el
chivo expiatorio del fracaso estrepitoso, estructu-ral, de una sociedad
radicalmente “incivilizada”. Se le reclama que eduque para la libertad, que
eduque para la tolerancia, que eduque para el diálogo mientras se entrega a la
Mafia la gestión de las mon-tañas y los ríos, el trabajo, las imágenes, la
comida, el sexo, las máquinas, la ciencia, el arte. Educados por las
Multinacionales y las leyes de extranjería, por el trabajo precario y el
consumo suicida, por la Ley de partidos y la televisión, reducidos por una
fuerza colosal a la condición de súbditos -de piedras, ratones y calabazas-, la
escuela debe corregir con buenas palabras los egos industriales fabricados,
como su función económica y su amenaza social, en la forja capita-lista.
¿Enseñar anti-racismo e integración? El gobierno
español firma la expulsión de ocho millones de inmigrantes de la Unión Europea.
¿No es ese gesto mucho más educativo?
¿Enseñar Estado de Derecho? Solbes, ministro de
Economía, nos dice que “no soy partidario de grandes leyes que den
reconocimiento de derechos para toda la vida”. ¿No son estas declaraciones, y
la “li-beralización” económica que las acompaña, mucho más influyentes que un
artículo de la Constitución?
¿Enseñar no-violencia y tolerancia? EEUU, el país
más “democráti-co” del mundo, invade Iraq por televisión y tortura a sus
habitantes en directo. ¿No es esta una demostración mucho más convincente de
que la violencia en realidad es útil?
¿Enseñar espíritu deportivo de participación? Una
sola carrera de fórmula-1 (fusión material de rivalidad bélica, ostentación
aristocrá-tica y competencia interempresarial) enseña más que 4.000 libros de
filosofía.
¿Enseñar igualdad y fraternidad? Seis horas de
publicidad al día con-dicionan nuestra autoestima al ejercicio angustioso,
pugnaz, de un elitismo estándar.
¿Enseñar respeto por el otro? Basta cualquier
concurso de televisión para comprender que lo divertido es reírse de los demás
y lo emocio-nante es verlos derrotados y humillados.
¿Enseñar solidaridad? El mercado laboral y el
consumo individuali-zado convierten la indiferencia en una cuestión de
supervivencia co-tidiana.
¿Enseñar respeto por el espacio público? Las
calles, los periódicos, las pantallas, están llenas de llamadas publicitarias a
hacer ricas a unas cuantas multinacionales y a matar a decenas de miles de
perso-nas en todo el mundo.
¿Enseñar la resolución dialogada de los conflictos?
Leyes, detencio-nes, torturas, periodistas y políticos dejan claro en todo
momento que con “terroristas” no se habla ni se negocia.
¿Enseñar humanitarismo, compasión, dignidad,
pacifismo? En agosto de 2007 siete pescadores tunecinos fueron detenidos,
aislados y pro-cesados, de acuerdo con las leyes italianas y europeas, por
haber so-corrido a inmigrantes náufragos a la deriva. Ningún discurso
humani-tario puede ser tan decisivamente pedagógico.
Hemos entregado la infancia a Walt Disney, la salud
a la casa Bayer, la alimentación a Monsanto, la universidad al Banco de
Santander, la felicidad a Ford, el amor a Sony y luego queremos que nuestros
hijos sean razonables, solidarios, tolerantes, “ciudadanos” responsables y no
“súbditos” puramente biológicos. El mercado capitalista nos trata como piedras,
ratones y calabazas y luego pedimos a los maestros y profesores que nos
conviertan en humanos “civilizados”. Nada tiene de extraño que cada vez menos
gente crea en los discursos y cada vez más gente crea en Dios. Si aceptamos el
capitalismo, si no acomete-mos una verdadera transformación que asegure que a
la escuela lle-gan ciudadanos y no súbditos, el futuro -incluso electoralmente-
es de los fanáticos, los fundamentalistas y los fascistas. Como ya lo estamos
viendo. ■
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