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Libro N° 8612. Central Eléctrica. López Pacheco, Jesús.

Libro N° 8612. Central Eléctrica. López Pacheco, Jesús.

 

© Libro N° 8612. Central Eléctrica. López Pacheco, Jesús. Emancipación. Mayo 15 de 2021.

Título original: ©  Central Eléctrica. Jesús López Pacheco

 

Versión Original: © Central Eléctrica. Jesús López Pacheco

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CENTRAL ELÉCTRICA

Jesús López Pacheco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Central Eléctrica

Jesús López Pacheco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Biblioteca Omegalfa

 

2019

 

Central eléctrica

 

Jesús López Pacheco,

 

1956

 

 

 

Maquetación:

 

Demófilo

 

2019

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Libros libres

 

para una cultura libre

 

 

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______________________

 

Biblioteca Omegalfa

2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homenaje

 

A mi padre, que ha trabajado toda su vida haciendo luz.

 

A mi madre, para que deje de temer a la oscuridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

- 3 -

 

 

 

Dedicatoria

 

Para María del Sol

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALDEASECA

 

 

 

 

 

 

I

 

 

 

Tanto sol, tanto sol. Es agradable tanto sol sobre las escamas redondas, grises, las patas con sus uñas entre los granos de arena, indolentemente abandonadas, sin sostenerla, apoyándo-se en su vientre blancuzco y blando que siente la tierra como una alegría inmensa y rotunda que no se puede negar. Tanto sol, tanto sol en su cabeza triangular, los ojos muy abiertos y vivos, respirando el aire y el sol, la lengua temblando, su pe-cho, entre las patas delanteras, hinchándose y deshinchándose, y todo su cuerpo alargado, gris o verde o pardo o de los tres colores a la vez, sobre la tierra gozando de la alegría de ella y de tanto sol y del silencio. Quieta, con una quietud de ser anti-guo, de vida acabada o de cosa que está escuchando el desli-zarse de los astros mientras se deja bañar por la luz de uno de ellos. Tanto sol sobre las escamas, la cola doblada en una gra-ciosa curva señalando todavía el camino por el que llegó, tanto sol sobre su cabeza, ah, tanto sol y tanta tierra debajo de su vientre, y la alegría de estarse quieta bajo el sol y sobre la tie-rra, existiendo, olvidándose de todo.

 

Un ruido.

 

Su cola, de pronto, se apoya en la tierra, y su cuerpo cambia de dirección, levantando la cabeza y moviéndola hacia uno y otro lados. Luego, otra vez quieta: el viento en el árbol, un crujido vegetal cualquiera. Tanto sol sobre su cuerpo.

 

 

 

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Primero es una vibración lejana de la tierra. Luego se va acer-cando y su cabeza se alza, vuelve a cambiar de sitio, se queda quieta de nuevo. Pero la vibración es ya un ruido que crece, que se acerca. Las cosas —ella lo sabe— hacen ruido al andar y se acercan cuando sus ruidos se acercan. Miedo. El ruido es ya muy grande y, sin embargo —tanto sol, tanto sol—, ella sigue allí, moviendo sólo la cabeza de vez en cuando, rápida-mente, con una exactitud mecánica, desde una posición a otra. Es el miedo y el sol y la tierra los que la retienen allí. No quie-re volver a su oscuro refugio entre las piedras del cercado. Tanto sol fuera. Pero el ruido crece, se hace de pronto enorme, se abalanza sobre su cuerpo una sombra, la cubre, y ella, asus-tada, corre agitando su cola y desaparece entre dos piedras.

 

Una de las botas cae sobre el lugar donde estaba la lagartija.

 

—Abandonarlo todo —sus palabras, mientras anda, llenan ese hueco de silencio que hay en los caminos, completando el pe-queño ruido continuo, casi imperceptible, de la brisa en los árboles, y el de las chicharras, que sierra despiadadamente los demás ruidos—. Abandonar la tierra que nos da de comer.

 

—Sí —dice el otro—. Piensa en su mujer y en sus dos hijos, y en sus cerdos, sus bueyes, sus gallinas. Abandonarlo todo — repite, limpiándose el sudor de la frente con la manga.

 

—Eso quieren ellos —mira distraídamente el hueco negro en-tre dos piedras, donde se acaba de esconder una lagartija—, pero ya veremos. A mí me tendrán que echar… si pueden.

 

Ahora pasan por un camino de bueyes entre los cercados de piedra que circundan dos parcelas, donde están encerrados bueyes y toros. El barro está seco, profundamente estriado por las huellas de los carros. Los dos hombres avanzan hacia el pueblo. El sol descompone los excrementos de los animales que pasan diariamente por el camino, produciendo un olor fuerte a estiércol. El roce continuo de sus pantalones de pana

 

 

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apaga el ruido de sus pisadas. Las chicharras, incansablemen-te, prosiguen su chirrido.

 

—Tú no tienes que pensar en dos mocosos. —Cae el sol duro, seco, sobre el camino, sobre los dos hombres, sobre las pie-dras.

 

—¿Por qué no nos dejan en paz? Para mí que quieren que nos muramos de hambre. —Lejos se oye el mugido de un toro. Le contestan varios toros del cercado próximo. Continúan andan-do El hombre que pisó donde estaba la lagartija bosteza, con ese bostezo largo de mediodía. El otro le mira mientras tiene su boca abierta, y cuando la va a cerrar, la suya empieza a abrírsele sin poder evitarlo. Se pasa la mano por la frente y la resbala hasta la boca aplastándose la nariz. Llegan a un trozo del camino, encharcado por una acequia cercana, casi sin agua ya. Una bandada de mosquitos les hace agitar las manos. Van uno del ras del otro, por una orilla, evitando el agua y el barro del centro del camino. A los lados, junto a las piedras, crece hierba. Las lagartijas se van escondiendo al acercarse ellos. Un pájaro, sobre el cercado, silencioso, salta y picotea entre la hierba. Después trina y vuela unos metros más allá, posándose otra vez en el cercado. Los hombres han vuelto a hablar. Em-plean pocas palabras, pronunciadas rudamente, y muchas in-terjecciones. «No puede ser, dejar estas tierras que nosotros hacemos parir todos los años.» La cara del hombre que pisó donde la lagartija es aplastada. Ahora tiene una expresión de jabalí herido. Es moreno, la piel arrugada, los ojos muy pe-queños y hundidos, la barba cerrada casi hasta los ojos, muy negra, crecida de un día.

 

—Juan —dice el otro—, yo me iría a trabajar para ellos.

 

Juan escupe. Vuelve los ojos a su compañero y mira, con odio, hacia algo lejano.

 

—Y dejar el ganado, eh, y dejar las tierras, eh. —Vuelve a

 

 

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escupir—. No seré yo quien les ayude a taponar el valle para que me pudra de hambre luego.

 

—Tú no tienes dos mocosos y mujer. Las calles del pueblo no están empedradas. Son caminos entre las cortinas de piedra que separan unos terrenos de otros. Las casas están dentro de los cercados. Delante, tienen todas un espacio grande, cerrado también con cortinas donde guardan los carros, los arados, las hoces, la trilla, los azadones. Corretean las gallinas por esta especie de patio y se suben al carro picoteando los granos de las rendijas. Varios cerdos se frotan contra el palo del arado o se revuelven, sin dejar de gruñir, en los charcos de meadas de bueyes.

 

La mujer está sentada junto a la puerta, con el niño en la es-palda, sujeto con una manta estrecha que lleva atada a la cin-tura, haciendo calceta sin mirar, automáticamente, con la lana pasada por el cuello.

 

—¿Qué hay?

 

—Nada.

 

La mujer sigue haciendo calceta. El niño empieza a llorar. La mujer se balancea de un lado para otro sin dejar de mover las cuatro agujas.

 

—¿Y la comida? Sácanos vino a mí y a Juan, venga.

 

La mujer de Emilio se levanta, deja su labor sobre el taburete hecho de un tronco de árbol, y entra en la casa. Juan y Emilio entran detrás de ella. Atraviesan el establo. Las vacas rumian el forraje, masticándolo con un ruido blando y pausado. Al fondo, una puerta pequeña sin ángulos comunica con la coci-na. En un rincón, hay una escalera vertical, de madera, que sube al dormitorio. La cocina es pequeña. Se sientan en el banco adosado a la pared, frente a la chimenea, en torno a la cual hay manchas de humo que se difuminan hasta llegar al

 

 

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blanco sucio de las paredes. El techo está negro ya. A los la-dos de la chimenea hay unos pequeños nichos, donde la mujer guarda todos los útiles de la cocina. La mujer saca de uno de ellos dos vasos y los pone sobre la mesa. Luego trae un trozo de cecina, medio pan negro de centeno y una garrafa de vino. El pan tiene casi medio metro de diámetro. Mientras les llena los vasos, el niño le pega en la nuca. La mujer no le hace caso. De pronto, coge la garrafa con una sola mano y con la otra le da un golpe en la cabeza. El niño empieza a llorar rabiosamen-te, agitando las manos. La mujer llena el vaso a su marido, deja la garrafa sobre la mesa y sale silenciosamente, sin hacer caso de la rabieta del niño.

 

—Ayer me robaron dos gallinas — dice Emilio, después de vaciar el vaso de un solo trago—. En este pueblo hay un la-drón.

 

—Eso lo sabemos desde hace mucho tiempo. Ya podíamos habernos librado de él. No hay semana que no robe varias ga-llinas. De seguro que roba frutas y coles también, y lo peor es que todos sabemos quién es y no cogemos una forqueta y le atravesamos el cuello — Juan golpea el vaso contra la mesa y le pasa el pan al otro. Luego corta un trozo de cecina y, antes de acabar de cortarlo, lo arranca de un tirón—. Pero son más ladrones los otros, los que nos quieren echar del valle.

 

Come el trozo de pan que ha partido con la navaja y arranca con los dientes un bocado de cecina.

 

—La comida, Manuela. —Se limpia la boca con el dorso del brazo, después de haber bebido otro vaso de vino. Juan se le-vanta.

 

—Me voy. Con Dios, hombre.

 

—Con Dios.

 

Juan tropieza en la puerta con Manuela. Ella se aparta. Juan

 

 

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sale gruñendo una despedida ininteligible. Manuela, con el niño, que ya no llora, se arrodilla ante el hogar y descuelga la olla.

 

—¿Y el chico?

 

—Está abajo, con el ganado. —Ella pone en el centro de la mesa una cazuela, en la que ha echado de la olla las patatas hervidas con berza. El marido parte con su navaja una rebana-da de pan, llena su cuchara de madera y la lleva desde la ca-zuela a la boca, protegiéndola con la rebanada de pan para que no escurra. Los dos comen en la misma cazuela, sorbiendo ruidosamente el caldo.

 

—Bueno, ¿cuándo te decides? —Le mira ella, la cuchara en la mano, cerca de la boca. Algo se quema en el hogar haciendo un humo picante. Ahora piensa él por primera vez en que hay moscas, muchas moscas grandes, pegajosas, que hacen en la cocina un ruido continuo. En el establo se oyen los mugidos cortos, sin ganas, de las vacas en plena digestión, y el ruido de la paja cuando se mueven, o el de una anilla chocando contra algo con un golpe duro que corta como un cuchillo la persis-tente atmósfera hecha de ruidos de moscas, de mugidos, de los roces suaves de la paja, mezclados con el humo picante, denso como un sonido sordo y oscuro.

 

—No se puede, Manuela. Al ganado hay que cuidarle.

 

—Deja el ganado en paz. Tú vete a trabajar a la presa y yo y el chico nos cuidaremos de él. Dan mucho dinero allí.

 

Ella tiene razón. Dan mucho dinero allí. Todas las semanas.

 

Pero las tierras.

 

—Pero las tierras…

 

—Me basto yo sola. Para lo que tenemos. Además te dejarían venir a las faenas.

 

 

 

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Sí. Ella tiene razón. Come un trozo de patata sin separar la cuchara de la boca y sorbe el caldo. Después deja la cuchara y se sirve vino, un vino tinto, casi negro, espumoso. Bebe de un trago y se limpia la boca con el dorso de la mano izquierda, antes de dejar el vaso que tiene en la otra. Una mosca está so-bre la cuchara.

 

—Condenada mosca. —Agita la cuchara en el aire, como lan-zando la mosca contra la pared.

 

La mosca vuela hacia la olla.

 

—Condenado de El Cholo, que nos roba a todos y seguís cru-zados de brazos —dice la mujer—, ¿habéis acabado la ace-quia?

 

—Sí —dice él.

 

«A El Cholo habría que hacerle algo», piensa. Mastica ella con la boca entreabierta, mirándole fijamente, como para me-terle por los ojos su odio. O quizá no su odio, sino su primiti-vo deseo femenino de enfrentar a los hombres entre sí.

 

—Eso no durará siempre —dice él, apoyándose en la pared.

 

El niño empieza a llorar. Hace fuerzas y manotea en la espalda de la madre. La mujer le da un trozo de patata por encima del hombro, sin mirarle. El niño lo aprieta entre los dedos, se lo lleva a la boca y lo chupa, aplastándolo contra los labios y las encías.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

 

 

La vara larga cae despacio sobre el lomo del toro, y allí la deja el chico sin soltarla, elevándola de vez en cuando y abando-nándola siempre de nuevo sobre el lomo negro y brillante de sudor, donde las moscas están como clavadas. Al toro se le mueve el rabo cansado casi por el balanceo de los pasos nada más y a veces sube hacia él el último dolor pequeño y punzan-te sentido, acostumbrado ya todo su cuerpo a esos continuos pinchazos, sólo molestándole todavía los más fuertes, los que rompen la monotonía de la serie ininterrumpida de dolores iguales, soportables. El chico, con su vara, ayuda al rabo, re-signado casi ya, a espantar esas moscas tan dolorosas, sobre todo en el vientre, donde también, a veces, golpea y restriega con la vara. El toro anda lentamente como un guerrero venci-do, el cuello doblado hacia el suelo por el peso de la piedra, tan grande como la cabeza de un niño, que le cuelga de cada cuerno. El chico lleva un cubo en la mano izquierda, en el que va echando los excrementos frescos que encuentra en el ca-mino. Se levanta polvo al pisar el toro el suelo seco, sin lluvia desde mucho tiempo.

 

El pueblo está vacío. Sólo se ven mujeres sentadas ante algu-nas puertas haciendo calceta, con sus niños a la espalda casi todas, con su mirada perdida delante, rota quizá por un cerca-do de piedra, por una casa pequeña de puerta grande o, mejor, por un establo donde vive el ganado, al fondo del cual, y en una cocina y un dormitorio oscuros, sucios y sin ventilación, viven los servidores de ese ganado, los hombres que le van a buscar la comida, los que se la dan, los que le llevan al campo, los que trabajan junto a ellos, hombres escogidos por un temor ancestral al pan, al cielo y a la tierra. O las miradas de esas mujeres, a las que es posible que el toro vea mientras camina seguido por el chico entre las casas, siguen libres hasta la otra

 

 

 

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orilla del río, donde sube el valle hacia la línea mágica entre lo azul y lo pardo.

 

—Madre —grita el chico—. Ella está allí, como siempre. De vez en cuando, entra y bebe vino. La tarde pasa así: hacer cal-ceta y beber vino, mirar el horizonte, dar de mamar al niño cuando llora demasiado y, al final, con la mirada roja, tem-blándole las manos, sentarse frente al hogar vigilando la cena, cansada, con el cerebro lleno de ideas rotas o arrugadas sobre las mismas cosas de siempre, pensando obsesivamente en que hay que encerrar a los cerdos para que no se coman a las galli-nas. Lo demás —darles de comer a los cerdos, a las gallinas; bajar al huerto para regarlo; preparar la cena—, ella lo hace todo sin saberlo, no porque piense que a esta hora los bueyes necesitan la pastura o hay que ir a coger la puesta de las galli-nas, sino porque ha hecho lo mismo desde hace muchos años, desde que era niña, y ahora lo hace mecánicamente, como an-dar o sentir hambre a la hora de comer, y lo haría lo mismo aun cuando estuviera dormida o hubiera bebido demasiado vino, como ocurre ahora.

 

Ha visto venir a su hijo y lo pensó al verle, reprodujo el pen-samiento que tiene todas las tardes a esa hora, cuando su hijo regresa detrás del toro, con el cubo lleno de excrementos y la vara. Todos los veranos es igual. Sabe que se levantará, cogerá el cubo, su hijo se limpiará el sudor resoplando, después de dejar la vara en un rincón del establo, contará que ha visto una culebra así de grande, que se asustó al principio, pero luego la partió en dos de un varazo, entrarán los dos en la cocina, ella le pondrá la cazuela, y el chico comerá las patatas metiéndose la cuchara de madera atravesada en la boca, escurriéndole el caldo y algunas berzas por las comisuras, y, mientras tanto, ella le mirará insistentemente tratando de comprender por qué le han salido duras las patatas, le llamará «hijo mío» dos ve-ces, cuando él se atragante y se le caiga de la boca una cucha-rada, y cuando, al cortar con su navaja de hombre una rebana-

 

 

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da de pan gigantesca, esté a punto de cortarse un dedo; y lue-go, cuando haya comido la manzana, ella se levantará y volve-rá al taburete, donde de nuevo está, sin darse cuenta de que todo esto ha ocurrido ya, como lo prueba el toro atado junto al corral.

 

Siguen sus manos tejiendo el refajo de lana, y sus ojos, estúpi-damente hinchados y enrojecidos, vuelven a clavarse en el horizonte puro, extraño, más allá del cual ella no ha estado jamás, y que quizá sea el final de todo este luchar contra el cielo sin agua y la tierra sin pastos. La vida sólo es eso: Al-deaseca, toros, tierras con sed, niños que salen del vientre y se les mete en una joroba de mantas, hombres encogidos que sólo saben trabajar como animales. O, quizá, la vida sea también aquello, un sitio donde hay que tener dinero no se sabe para qué, acaso para comer más y tener más bueyes, o para algo que yo no sé, pobre de mí. Pero hay que tener más dinero.

 

—No, Cholo. —Sus ojos le estaban viendo acercarse sin com-prender exactamente lo que significaba. Ahora está de pie, frente a ella, que no ha dejado de mover las agujas, mirándola, con su camisa abierta casi hasta la cintura, sus brazos arquea-dos por el enorme tamaño de sus músculos.

 

—No —repite, sin estar segura de referirse a algo concreto. A la vez le ha mirado el triángulo lleno de vello en el pecho. Re-cuerda de pronto—: Viniste ayer.

 

—No vengo a eso —dice él, despacio.

 

Entonces, ella se levanta mirándole a los ojos. Se siente inva-dida de calor, un calor que parece haber sustituido a la sangre en todos los rincones de su cuerpo. No puede quitar su mirada de los ojos de él, de su pecho velludo. Se agacha sólo lo nece-sario para dejar la labor sobre el taburete y vuelve a levantarse con los ojos turbios, sintiendo la mirada de él como un aliento caliente. Vino un perro detrás de él, y ahora les mira con la

 

 

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cabeza levantada y les ladra sin fuerza, deteniéndose y ladran-do de nuevo, siempre con la cabeza levantada hacia ellos.

 

—¿Por qué, Cholo? Yo creí… —Se acerca a él. Sus ojos pi-den.

 

—Quiero dinero. Estoy harto de todo esto. Voy a irme.

 

—¿Adónde, Cholo? —El niño está amodorrado en la espalda. Ha venido otro perro atraído por los ladridos del primero. Se está acercando a él, despacio.

 

—Bueno, quiero dinero —dice, fingiendo impacientarse—. Manuela — le aprieta los hombros, inclinando su cabeza hacia ella para mirarla más de cerca—, tienes que dármelo.

 

Durante un rato, ella le resiste la mirada. Se libra de sus bra-zos y empieza a soltarse la manta con la que sujeta al niño en la espalda.

 

—No vengo a eso, Manuela.

 

Ella desaparece en el interior del establo, con el niño en los brazos ya. La manta ha caído al suelo, cerca del taburete. Ma-nuela deja al niño envuelto en pañales sobre uno de los com-partimentos de madera para el forraje de las vacas y se acerca a la puerta. Una de las vacas huele al niño, tocándole con el hocico.

 

—Ahora no tenemos dinero, pero mi marido irá a la presa.

 

Manuela retrocede hacia un rincón lleno de paja. Él la con-templa desde la puerta, silenciosamente. Ella es joven todavía, quizá no ha cumplido aún los treinta años. Envejecida por el arado, por el sol y el viento, por los dos partos, ella, sin em-bargo, es bastante joven, siempre ha demostrado serlo. Sigue mirándola desde la puerta del establo, quieto, con las manos en los bolsillos.

 

 

 

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El Cholo entró en El Salón cuando todos estaban bailando. Sonaba la música del organillo apagada por las voces y el rui-do de los pies arrastrándose, y se manchaba de humo su ritmo monótono, estridente, en el ambiente cargado de olor a cuer-pos sudorosos, envueltos en refajos apretados, en pantalones de pana, en acartonadas faldas de paño grueso. Tenía veinte años y se notó su entrada en el baile como un viento fuerte que abre de pronto una ventana trayendo algo alegre y salvaje. Su pelo, negro y rizado, hablaba a todas las miradas de la fuerza de sus músculos, temidos por hombres con diez años más que él. Su estatura era superior a la de todos los que apretaban los conglomerados de lana y carne con los que bailaban. Ninguno necesitó mirar hacia la puerta para saber que había entrado él. Les bastó mirar a la muchacha con la que bailaban y sorpren-der un giro de cabeza o una simple desviación de los ojos, que brillaron entonces como nunca. Acabada la pieza, él se acercó a una muchacha de unos diecisiete años, con ojos grandes, cuerpo bien formado, no grueso, sino de formas llenas, como si tuviera demasiada densidad dentro de sus curvas y hubiera en él una tendencia a estallar, a romper aquellas formas, ence-rradas apretadamente en diez o doce prendas de lana y paño grueso. El Cholo, sin decir nada, sin mirar al que había baila-do con ella —pequeño, con algo pidiendo perdón en sus ojos hundidos—, la apretó contra su cuerpo apenas oyó la primera nota de la nueva pieza y, riendo la muchacha por cualquier cosa recordada o sospechada, empezaron a bailar, observada con envidia por las otras muchachas, que aceptaban con des-gana los brazos de sus parejas. Llevaba en su cuello, como todas las solteras del pueblo, una gargantilla de corales de tres vueltas. Se apretaba a él, apoyando la cabeza en su pecho, mientras las demás bailaban con la cabeza bien separada. Iba segura: nadie se atrevería a decirle nada después de haber bai-lado con El Cholo.

 

Manuela creyó ser la elegida entre todas, pero él bailó luego

 

 

 

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con otra, la pieza siguiente con otra, y así hasta haber bailado con las mejores muchachas del pueblo, cortejaran o no con otro mozo. Y nadie le dijo nada. Salió del baile contento de sí mismo.

 

El Cholo ya no está en la puerta del establo. El rumor de la paja; las moscas volando; los pasos rápidos de una gallina que llega hasta la puerta, se adentra medio metro, y se queda quie-ta en el rectángulo de sol atardecido que entra por la puerta, con el cuello doblado, mirando algo; los cerdos fuera, gruñen-do asustados de los perros; todas las vacas tumbadas en el sue-lo y una empujando levemente con su hocico al niño; el olor de tantos animales mezclado con el vaho de su aliento, y el rumor, cada vez más fuerte, de la paja aplastándose, crujiendo; las moscas, clavándose con desesperación en el vientre de las vacas… El establo es una mezcla densa de ruidos, grandes y pequeños ruidos, ruidos sordos y continuos, rumores apaga-dos, crujidos y roces de cuerpos, con el olor a paja, a estiércol, a vida sucia, todo ello pegajoso y caliente, quizá, por el último sol que entra oblicuo, haciendo brillar el polvo de paja y tierra que flota en el establo como partículas de vida represada du-rante muchos siglos que al fin han encontrado su liberación y se encienden y van hacia el aire y el sol. Una vaca mira hacia el rincón donde suena la paja. Los dos cuerpos se revuelcan entrelazados bajo las ruedas del carro, forman un remolino de arañazos, mordiscos y ladridos. Las gallinas se han alborotado histéricamente y los cerdos gruñen sin cesar. La lucha entre dos perros dura unos minutos nada más. Quizá asustado su cuerpo por el contacto frío y caliente del hocico de la vaca, el niño ha comenzado a llorar, y sigue llorando todavía cuando El Cholo atraviesa la puerta del establo, con prisa, quitándose las pajas del pelo y de la ropa, removiendo las pequeñas partí-culas doradas que flotan al sol. Manuela, tumbada todavía so-bre la paja del rincón, con los ojos semicerrados, sus párpados abandonados a un levísimo temblor irregular, caídos los bra-

 

 

 

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zos a los lados de su cuerpo, hundida entre la paja, piensa un momento en algo vago, respirando aún con dificultad. El Cho-lo les roba a todos, se ríe de todos y todos le tienen miedo, ¡bah! Se levanta, se sacude las pajas, coge al niño y lo vuelve a atar a su espalda. Luego se sienta en el taburete y continúa haciendo calceta automáticamente.

 

 

 

III

 

 

 

Llegaron en un coche negro, alargado. El pueblo parecía va-cío. Sólo habían visto a un campesino sobre un burro apretán-dose contra una tapia de piedra para dejarles pasar. El coche daba saltos a cada metro, crujían las ballestas. El aldeano los miró con odio. Siguieron adelante. Luego, un carro, ante la puerta de una casa, rodeada por la pequeña cerca: un carro inclinado, con las varas apoyadas en el suelo, cuya sola vista les aumentó la sensación de que el pueblo estaba abandonado.

 

—En este pueblo no hay nadie — dijo el que conducía. El otro observaba todo desde hacía un rato, separado del respaldo y sujetándose con las manos en el asiento delantero. Casas de adobes de uno y dos pisos, pequeñas, muy distantes unas de otras, y muchas parcelas, separadas entre sí por cercados de un metro de altura.

 

—Es miserable. —Botó el coche en el momento en que se hacía algo en el pelo con las manos—. Tenía la cabeza aga-chada hacia delante, y cuando logró agarrarse —primero sus manos no encontraron el respaldo, se agarraron al aire—, sin-tió que se había dado un golpe en la barbilla. El coche volvió a botar y se repitió el golpe, mientras pensaba en cómo se había dado el anterior. Llegaron a un sitio en el que las cortinas se abrían hasta formar como una plaza. En un cercado próximo

 

 

 

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había toros que mugían de vez en cuando, uniéndose sus mu-gidos en uno débil, casi continuo. Detuvo el coche y se queda-ron un momento dentro, en medio de aquel espacio abierto. Examinaron las cercas y casas que los rodeaban, asombrados de no ver a ningún campesino. Se oyó un gallo a lo lejos. Poco después, otro más cercano, contestándole. No había nadie en la plaza, sólo aquel silencio caliente de rumores animales.

 

De pronto, una piedra chocó contra el motor. Miraron sor-prendidos en todas direcciones. Nadie. Bajó del coche el que conducía. Luego el otro. La plaza seguía desierta. Le pareció ver al más joven una cabeza agacharse detrás de un cercado. Se dirigió hacia allí y, cuando estaba a unos cuantos metros, empezaron a levantarse las cabezas de muchos hombres y mu-jeres, algunas con niños a la espalda. Sintió miedo.

 

—Andrés —oyó a su acompañante llamarle.

 

—Buenas tardes —dijo él a los campesinos. Notó cómo todos le miraban con una mirada infrahumana, que le recordó la de los monos. Ojos pequeños, sanguinolentos, con una estupidez resignada, convencida. Todos los hombres y algunas mujeres tenían piedras en las manos. Ninguno contestó a su saludo. La plaza se había llenado en un momento de chicos que corrían en torno al coche y se subían a sus estribos gritando. Cerró la puerta y fue hasta donde estaba Andrés. Le apretó el brazo con fuerza y, cuando volvió la cabeza, le miró a los ojos, querién-dole transmitir su tranquilidad.

 

—¿Dónde podemos comer, por favor? —preguntó, dominan-do la situación.

 

—En El Salón —dijo una mujer. Andrés los estaba mirando, ya menos asustado. La respuesta de la mujer le había sacado de aquella tensión angustiosa ante unos seres, humanos en apariencia, pero estáticos y amenazadores en su silencio obsti-nado. Fue como si al hablar la mujer, Andrés hubiera compro-

 

 

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bado la humanidad de los seres que tenía delante, de la que hasta entonces había sentido dudas. Eran todos morenos, con un tono sucio de tierra y polvo pegado sobre el sudor; sus pó-mulos eran salientes, arrugados los huecos de las mejillas y la frente. Vestían pantalones de pana y camisa. Algunos llevaban boina. Las mujeres tenían faldas gruesas de mucho vuelo, de color marrón rojizo o negro, con franjas de otros colores, y un corpiño sobre el que cruzaba la manta con la que sujetaban en la espalda al niño que algunas llevaban. En la cabeza, un pa-ñuelo negro o de color, cayéndole sobre la frente, les tapaba media cara.

 

El Salón era un establo limpio, con sillas a los lados, cuatro candiles colgados y, al fondo, una mesa y dos estantes con vasos. En un rincón, una pequeña tarima, y en ella un organi-llo con el barniz raído, la madera astillada en los bordes. La puerta por la que habían entrado siguiendo a Anastasia — la mujer gruesa, de edad indefinida, con la cara cenicienta, que olía a humo y a oveja— comunicaba con la cocina.

 

—¿Qué nos puede dar usted? — preguntó. Andrés se sentó frente a la mesa de madera sin barnizar y miró al techo, casi negro—. ¿Qué quiere usted, señor Ruiz?

 

Su acompañante se sentó frente a él. Comprendió que su pre-gunta era inútil en aquel lugar. Comerían lo que hubiera. Anastasia, apoyando una mano en la cadera, los miró.

 

—¿Quieren sopas espurriadas?

 

—Sí, cualquier cosa. —Se limpió la frente con el pañuelo—.

 

Es mejor, ¿no le parece? —le dijo a Andrés.

 

Andrés le miraba sin verle, pensando todavía en las caras de aquellos hombres. Los recordaba como se recuerdan los ros-tros de un mal sueño, todos mirándoles con un odio animal, en cada mano una piedra. Quizá debieron dar entonces la vuelta y

 

 

 

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marcharse de aquel pueblo miserable y atrasado. Al principio no creyó ni siquiera que aquello fuera un pueblo: sólo vio ca-sas de adobes muy desperdigadas, y muchos cercados, y algu-nos toros encerrados en ellos. Vieron dos hombres nada más: el del burro, y otro que estaba cavando la tierra, quizá hacien-do una zanja para el riego. Pero no parecía haber mucha agua en aquel sitio. Su nombre lo decía: Aldeaseca.

 

Entró un hombre de unos sesenta y tantos años.

 

—Es mi marido —dijo la mujer.

 

Se quitó la boina, y con ella en la mano se inclinó, temiendo que se rieran de su saludo.

 

—Son ustedes los ingenieros, ¿eh? Vaya, ¡a comer!

 

Ella seguía ante el hogar inclinada, haciendo algo. El Tío Muelas salió, sin dejar de mirarlos hasta que hubo desapareci-do.

 

—No perderá nada el mundo porque estos pueblos desaparez-can bajo las aguas del embalse —le dijo a Andrés. Le vio mo-verse hacia delante mientras hablaba, acercándose a él para que no les oyera la mujer.

 

—Le pregunté al que nos acompañó hasta aquí y me dijo que no hay alcalde. Depende de otro pueblo, no sé cómo se llama

 

—dijo Andrés. Luego añadió, en voz más baja—: ¿Ha notado el olor?

 

El silencio del pueblo, no roto, sino más bien formado por un rumor que venía de todas direcciones —mugidos, cacareos, gruñidos— le impresionaba, produciéndole una sensación desagradable, casi angustiosa. Y aquellos hombres, cuyas pa-labras fueron las indispensables para responder a sus dos pre-guntas, sin dejar de mirarlos, entonces, hombres, mujeres y niños que anduvieron con ellos hasta El Salón, sin soltar las

 

 

 

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piedras.

 

La mujer puso ante ellos una cazuela y dos cucharas.

 

—¡Ah!, si son sopas de ajo —se alegró el señor Martínez—.

 

Yo creí que era otra cosa.

 

La mujer había dejado la cazuela y las dos cucharas, y había ido hacia uno de los nichos entre los adobes de la pared, donde guardaba los vasos. Trajo dos, y una garrafa de vino. Se los llenó. Luego les trajo un trozo de pan de centeno y un cuchi-llo. Hecho todo esto, inició un movimiento hacia la puerta.

 

—¿Puede traernos otro plato?

 

La mujer les trajo otra cazuela. Andrés echó en ella la mitad de la sopa.

 

—Pero ¿por qué huele aquí a estiércol, a demonios? —dijo Martínez.

 

La sopa tenía buen aspecto. Eran unas corrientes sopas de ajo.

 

Empezaron a comer.

 

Andrés Ruiz tenía la sensación de estar siendo observado. No-tó un malestar general, una desconfianza hacia las cosas —la cuchara, la cazuela, la mesa, la pared ennegrecida—. Todo lo observó detenidamente. De repente, supo que alguien le mira-ba. Dudó un momento y levantó la cabeza. Aquella mirada ancha parecía estarle viendo a él sin dejar de mirar toda la co-cina. Descubrió, en el segundo siguiente, con un escalofrío, que aquellos ojos con algo de ciego, como si fueran de un cris-tal turbio, apenas si tenían una línea de carne sin pestañas por párpados. Fue todo lo que vio. Recordaba, unos segundos des-pués, vagamente, un cuerpo bajo, de brazos largos, con una descomunal anchura de hombros, y un labio inferior grande, colgando como algo fofo, sin color casi. Tuvo miedo o asco y lástima, y volvió la cabeza. Martínez también se había dado

 

 

 

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cuenta. Dejaron de comer y se miraron asustados. La segunda vez que Andrés dirigió la mirada hacia la chimenea le pareció descubrir una amenaza en aquel estatismo de cosa; creyó sor-prender un brillo en los ojos de odio, el mismo odio que ha-bían visto en los demás, pero más estúpido y salvaje.

 

—Andrés —oyó a Martínez. Cogió la cuchara, la llenó de so-pa sin mirar, hizo ademán de llevársela a la boca, y la volvió a dejar dentro de la cazuela. Se limpió la cara con el pañuelo.

 

—Andrés —oyó de nuevo. Miró a Martínez y le vio pálido y sudando—, ¿dónde está esa mujer?

 

—No sé, no la vi salir.

 

Hablaban murmurando, sin mover los labios apenas. Entró Anastasia, como conjurada por su miedo.

 

—¡Vete de aquí, Gris! —gritó. Luego, con tono natural—. No le tengan miedo, es muy bueno. Le llamamos así porque es lo único que dice bien. Y es muy bueno para el trabajo, no crean.

 

Gris no se movió. Anastasia, sin acercarse a él, le volvió a gritar que se fuera, esta vez insultándole también. Cuando Gris empezó a moverse, Anastasia le empujó con sus gritos e insul-tos, casi como si se tratara de un animal al que estuviera arreando. Gris, ya en la puerta, se volvió, abrió la boca, ense-ñando los colmillos, y emitió un sonido parecido a la palabra «gris». El labio inferior vibró colgado sobre el mentón huido. Su frente estaba casi cubierta de pelo, un pelo lacio y largo, sin cortar desde mucho tiempo, que le llegaba hasta los hom-bros y le caía sobre los ojos. No oyeron a la mujer cuando dijo otra vez: «Es bueno, ¿saben? No hace nada.»

 

—¿No comen más sopa? —les preguntó.

 

Andrés movió la cabeza. Martínez dijo que no, que no quería más sopas…, ¿cómo?, ¡ah, sí!, espurriadas.

 

 

 

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—¿Y por qué se llaman espurriadas?

 

—Había vuelto a sacar el pañuelo, se estaba limpiando la bo-ca.

 

—Porque se espurrian los ajos antes de echarlos.

 

—¿Se espurrian? —preguntó Andrés, sintiendo asco de la pa-labra, sólo del sonido sucio de la palabra.

 

—Sí, se espurrian en la boca antes de echarlos.

 

Les duró el asco en la garganta hasta que llegaron al coche. Los campesinos rodeaban el sitio en que estaba con un círculo compacto. Dieron un salto atrás al oírle arrancar.

 

—No perderá nada el mundo —dijo Martínez, alejándose del pueblo, donde quedaban mirándolos los campesinos—. Vaya idea la suya, visitar estos pueblos. Le prometo que no volveré, desde luego.

 

—Sí, no es muy agradable —dijo

 

Andrés—. No pensé nunca ver una cosa así.

 

Tenía la sensación de haber hecho un viaje en el tiempo, hacia una época oscura y olvidada de la humanidad.

 

Recordaba aun cuando la mujer les dijo, con un gesto de ex-trañeza, que no tenía café, y Martínez le dio uno de los paque-tes que había traído de su viaje a Portugal. Querían quitarse el sabor de aquellas sopas, de aquella cecina ahumada que co-mieron luego, asada entre los leños. Tenían todavía en la na-riz, el olor repugnante que lo llenaba todo. Anastasia les dijo que cubrían todas las semanas el suelo de tierra apretada con una capa de excrementos frescos de bueyes, y que los quitaban cuando estaban bien secos. Ésta era la limpieza de aquellas casas. Obsesionados con este olor, habían dado a la mujer un paquete de café para que les hiciera unas tazas. Volvió al cabo

 

 

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de veinte minutos y se quedó ante ellos, con una cazuela de barro, mirándolos, sin atreverse a interrumpir su conversación.

 

—Cuecen y cuecen estas bolitas negras —dijo por fin—, pero no se ponen blandas.

 

Los dos hombres la miraron en silencio. Tenía el rostro plano de asombro, de temor ante lo desconocido, y parecía esperar un castigo. Sus manos sujetaban la cazuela con el mínimo contacto posible, como si temiera contagiarse de algo.

 

Rieron ahora los dos, al recordarlo, con una risa abierta, pro-ducida más por la sensación blanda de ir en el coche alejándo-se de aquella aldea maloliente, que por el recuerdo mismo.

 

 

 

IV

 

 

 

Emilio está cansado. Ha encontrado a su mujer caída entre el banco y la mesa, con el niño en la espalda, rojo de haber llora-do mucho tiempo, casi aplastado contra la pared. Emilio se ha sentado junto a su mujer, sin mirarla, y le ha gritado que se levante.

 

—Toda la tarde abriendo la tierra para esto.

 

Manuela, ahora, vuelve la cabeza, el pañuelo caído sobre los hombros, le mira sin conocerle, sin darle más importancia que a las cosas que les rodean: la mesa, las sillas, la chimenea ne-gra, los nichos en la pared, el hombre con el que ha tenido dos hijos, la garrafa, los vasos.

 

—¿Por qué no has venido a abrir la tierra? —Come un trozo de pan mientras habla—. Tendrás que ayudar si no quieres que se nos pase la siembra. Además, todos los años has venido.

 

 

 

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Sus palabras salen sucias, pegadas unas a otras, con el sonido pastoso del que está comiendo a la vez que habla. Ella no con-testa, sigue mirándole sin verle, caída aún en el banco, el niño moviendo las manos delante de su cara.

 

—Te voy a partir las costillas si vuelvas a emborracharte ya… Todas las mujeres sois igual. ¿Has encerrado las gallinas?

 

—El Cholo… te ha… ro… bado dos… galli… nas. —No ha movido los labios para decirlo.

 

Él la ayuda a levantarse y le quita el niño de la espalda.

 

«Le hubiéramos ahogado entre la paja los dos, pero me lo qui-té y él se fue luego con otra, con todas las mujeres, le tienen miedo porque es más fuerte, pero se fue luego con otra, con su mujer, con la hermana de su mujer, con la Vitorina y con to-das…»

 

—Milio… Tenéis que… El Cholo os quita las ga… llinas.

 

—Déjame en paz. No está probado que sea él, que el día que se compruebe… —Se calla y vuelve a comer pan.

 

—Padre —el chico acaba de entrar corriendo—, que dice el Tío Muelas que vayas al Salón, que ha venido del Salto y es-tán todos los hombres hablando de la presa.

 

Emilio sale hacia El Salón, pensando en una sola cosa que le hace apretar los dientes. Sabe lo que significa que su mujer esté borracha, que ella misma le diga que El Cholo le ha roba-do dos gallinas. Lo sabe desde hace muchos años. Pero a casi todos los del pueblo les pasa igual, es decir, a los que tienen mujer joven. El Cholo no trabaja sus tierras, ni cuida de sus animales. Se le van muriendo los pocos que le quedan a pesar de que su mujer está enferma de trabajar. Pero ella sola no puede atender al campo y a los animales. Era ya débil, peque-ña, y poco a poco se ha ido quedando sin fuerzas. Y él parece

 

 

 

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que sólo ha nacido para robar a los demás.

 

En El Salón están nueve hombres hablando, sentados en torno a una mesa tosca, ante sus vasos de vino, todos oscuros, arru-gadas sus frentes, con algo animal en sus ojos y en la curva de sus labios.

 

Emilio se sienta entre ellos.

 

—Yo no voy, porque nos robaría todo si nos fuéramos todos. —Está hablando Gervasio, un hombre sin barbilla, de pelo liso.

 

—Os pagarían bien. Diez pesetas diarias. —El Tío Muelas es partidario de ir a trabajar a la presa desde que se enteró de que necesitaban gente. No puede olvidar que en su casa, hace ya dos o tres años, cuando aún no se había oído hablar de la pre-sa, comieron dos ingenieros, «los jefes de la Central», como dice él. Repite todo lo que oye en el Salto. El Salto es el po-blado de pabellones de madera que la empresa está constru-yendo para los empleados de la futura central eléctrica. Allí, Patricio, el del almacén, o Ramón, le hablan de progreso y de civilización. La luz eléctrica es el último invento de los sabios. Todos los pueblos que estén cerca de una central se harán ri-cos. No lo razonan, saben que se volverán ricos y nada más. «Todos tendremos luz eléctrica y casas grandes con buenos establos. Pagan muy bien en la presa.»

 

—Creo que un día de éstos vendrán a deciros si queréis traba-jar y cuánto ganaréis y todo —dice el Tío Muelas.

 

—Me han dicho que es un trabajo peligroso… —empieza Juan.

 

—Si lo hacen todo las máquinas, hombre…

 

El Tío Muelas cuenta. Un sábado regresó de noche y vio la luz eléctrica. Está dentro de una pompa de cristal, con unos hilos

 

 

 

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rojos muy finos dentro. Y se enciende apretando un botón que hay en la pared. Parece el diablo. «Me dijeron que la encen-diese yo, pero antes me muera que tocar yo una cosa tan mis-teriosa. ¡Quién sabe lo que puede pasar!»

 

El Tío Muelas es el correo entre el Salto y Aldeaseca. Trae noticias de la presa y del poblado todos los sábados, cuando vuelve de comprar en las tiendas de Corazonsanto o de Patri-cio, quien sin dejar el almacén, ha puesto una mercería. Trae cosas que jamás habían sido vistas en el pueblo.

 

—Todo eso es muy bonito, Tío Muelas, pero El Cholo nos robará todo lo que tenemos aquí —dice Emilio.

 

—Aparte de que nos quieren echar del pueblo, porque nos lo van a hundir.

 

—¡Pero si harán otro más arriba y mejor! —El Tío Muelas no comprende que haya alguien a quien no le gusten las maravi-llas que él cuenta del Salto—. Y tendremos luz y todo, y nue-vas tierras.

 

—¿Adonde? ¿En la punta de un cerro, entre las piedras? — dice Gervasio—, ¿qué se puede cultivar? ¿Y los pastos para el ganado? Nuestra riqueza, que bien poca es, está en el valle, y no debíamos consentir que nos echaran de él.

 

—Eso pienso yo.

 

—Y yo.

 

—Y yo.

 

—Y yo.

 

Los dos últimos golpean con su puño la mesa.

 

—El Tío Muelas ha olvidado ya lo que son las tierras, chochea ya. —Ha hablado Cano, el Tío Cano: un hombre pequeño y

 

 

 

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delgado, con pómulos muy salientes, como de piedra—. Se trabajan desde que uno es un crío y luego no se pueden aban-donar por nada, se las toma cariño y no las cambia uno por nada. Yo no me iré.

 

—El Cholo me ha robado hoy dos gallinas, y ayer otras dos. —Emilio sólo ha intervenido una vez y desde entonces ha permanecido silencioso, con los ojos clavados en el vaso que acaba de vaciar de un trago. Al hablar ahora levanta los ojos y mira circularmente a todos. El nuevo tema les apasiona más que el anterior, olvidado en cuanto se oyó hablar de El Cholo.

 

—Todas las semanas roba a alguien, tendríamos que hacer algo.

 

—A Gervasio le señaló la cara con su navaja hace tres años en la feria — dice Higinio.

 

Ningún hombre hubiera oído los pasos en una circunstancia como aquélla. Gervasio no los oyó. No supo nada hasta que cayó rodando, ladera abajo, y paró al chocar su espalda con un árbol. Miró entonces hacia arriba y vio la silueta de otro hom-bre recortada contra el cielo junto a Vitorina. Gervasio se en-contró de pie con la navaja en la mano. Corrió hacia allí.

 

Vitorina apenas había notado nada. Estaba sofocada, en un estado semiinconsciente. Miró el cielo a través de las manchas oscuras de los árboles sobre su cabeza y, un segundo después, alguien le tapó los árboles y el cielo de nuevo, empezando otra vez aquel miedo físico que la ahogaba, un miedo extraño, mezcla de placer y muerte, que ella nunca había sentido hasta aquella noche. Vio luego, sin recordar lo que pasó antes, dos siluetas y dos brillos que temblaban y eran relámpagos de pronto desde una silueta a otra, y se detenían y volvían a lan-zarse rápidos contra la silueta contraria y, a la vez, oía ella la respiración entrecortada de los dos hombres, sintiéndose débil, totalmente abandonada, haciendo esfuerzos para moverse o

 

 

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gritar, sin lograrlo, mientras seguían allí, mirando aquellas dos siluetas que se retorcían para escapar al relámpago de plata del contrario, tumbada bajo los árboles negros y la noche, respi-rando sordamente, sintiendo un miedo que se había unido a una espera o impaciencia angustiosa o, acaso, a una insatisfac-ción física, convertida en necesidad desde hacía sólo unos mi-nutos. Tenía frío, había perdido la noción de su propia exis-tencia. Estaba con los ojos cerrados ya, y un cansancio pesado invadía su cuerpo. No supo ella nada hasta que otra vez empe-zó a sentir aquel miedo físico y aquel calor próximo, vivo, que le hacía temblar con una ansiedad que la obligaba a respirar por la boca, casi ahogándose. De pronto, volvió el dolor, aquel dolor agudo y desconocido, y gritó de nuevo, clavando las uñas en el cuerpo del hombre, que, esta vez, no era Gervasio. Pero ella no lo sabía.

 

—Le hubiera matado —dice Gervasio. Sus ojos toman una calidad instantánea de acero. Los demás le miran silenciosos, pensando en algo, recordando cada uno algo que le duele tanto como aquello a Gervasio.

 

—A Gris le tiene miedo. —Es Emilio, pensativo, el que ahora habla. Todos recuerdan otra vez.

 

Entró Gris en el establo de su casa. Estaba oscuro y se percibía un olor caliente de vida animal. «Voy a darle de comer a los cerdos, voy a darle de comer a los cerdos.» Sus enormes es-paldas se recortaron en el hueco de la puerta, contra el cercado donde estaban las pocilgas. Notó que había alguien junto a la puerta, en un rincón. Lo notó con la nariz y la piel. Una som-bra se movió intentando escapar, pero Gris saltó hacia ella y cogió al hombre por el cuello. Sintió un golpe en la cara que le hizo soltar un grito sordo, un ruido de odio, y apretó sus ma-nos contra el cuello, sin dejar de gruñir. Recibió varios golpes en la cara y a cada golpe fue apretando más sus dedos hasta sentirlos hundirse en la carne, con lo que le aumentó la alegría

 

 

 

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que le hacía contraer la cara. Sus ojos sin párpados brillaban en la oscuridad. De pronto, la rodilla del otro hombre le dio un golpe, y Gris, rugiendo de dolor, aflojó las manos. La sombra cruzó la puerta corriendo y desapareció en la noche. Gris le persiguió lanzando gruñidos guturales, desgarrados, semejan-tes a los de los cerdos cuando los están matando. Acudieron Anastasia y el Tío Muelas, y aún pudieron reconocer la silueta de El Cholo saltando la valla.

 

—Pero Gris sólo ataca cuando cree que le van a hacer algo — dice su padre, el Tío Muelas.

 

—Hay que hacer algo. —Es Emilio el que grita, levantándose de su taburete con los ojos hinchados—. Estamos como tontos y él desde hace años robándonos cada vez más. Nos vamos a trabajar, y él se queda en el pueblo y nos roba todo: las galli-nas, las mujeres… hasta los cerdos.

 

 

 

V

 

 

 

—¿Dónde has estado toda la tarde?

 

—le había preguntado su mujer cuando entró en la cocina. Él le había dicho alguna frase hiriente, y que a ella no le impor-taba, a la vez que dejaba las dos gallinas sobre la mesa. Ella, sentada ahora junto a la chimenea, con sus ojos pequeños bri-llantes de llanto, sus ojos con muchas venillas rojas y una lá-grima turbia en los ángulos, junto a la nariz, le mira quitarse la camisa y dejarla sobre la mesa después de haberle sacudido las pajas que tenía. Ella sabe o puede imaginarse dónde ha estado toda la tarde. Hace tiempo que conoce a su marido y no ha olvidado el modo que tuvo de conquistarla a ella y el des-pego casi absoluto con que, desde poco después de casarse, la

 

 

 

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empezó a tratar. Él no había trabajado nunca: las tierras que tenían estaban sin cultivar, se les murieron todos los cerdos y un año después de casados ya no tenían casi gallinas. Tuvieron que vender los bueyes y comieron durante mucho tiempo con el dinero que les dieron por ellos. Todas estas desgracias, co-mo las llamaba él, habían empezado cuando, dos años antes, ella cayó enferma. No se llegó nunca a saber lo que tuvo, ni siquiera se sabe si se ha curado. Ella no se siente mejor que cuando pasó en la cama casi tres meses. Tenía calor, mucho calor siempre, y sed; veía mal, se sentía sin fuerzas. Y ahora es casi lo mismo, sólo que ya se ha acostumbrado a todo y está de pie. Anda poco, sólo sale de la casa para tomar el sol, no trabaja en la trilla ni en la siembra, no hace acequias para el riego ni tiene que darle de comer a los animales. Se han que-dado sin nada. Comen lo que trae El Cholo nada más. Cada dos o tres días, trae patatas y coles y gallinas. De vez en cuan-do, trae un cerdo y se va a venderlo a los pueblos cercanos, con la única mula que les queda. Se pasa fuera tres o cuatro días y aun una semana. Cuando regresa, parece odiarla más, la pega y grita por cualquier cosa. Así van viviendo. Ella sabe los procedimientos que emplea para conseguir las gallinas y los cerdos. Hundida en el banco, en la cocina oscura, o sobre el taburete, en la puerta, tomando el sol, con los ojos llorándo-le sin querer y llenos de legañas que se le forman continua-mente, nerviosa y seca, su rostro amarillo lleno de arrugas, que le hacen parecer más anciana, dentro del pañuelo negro que le tapa la cara, Jovita o «Vita la Chola», como la llama todo el pueblo, tiembla y llora, siempre sola, de la mañana a la noche. A veces le pregunta a su marido y recibe siempre la misma respuesta de hoy.

 

—Mira, Vita, no te metas en mis asuntos.

 

Ha estado quitándose pajas del vello del pecho, y ahora vuelve a poner la camisa sobre su busto de atleta, no curvado por el trabajo de la tierra.

 

 

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«¿Por qué me casaría yo con esta gallina vieja y sin plumas?»

 

—Deja de estar temblando ahí y dame algo para comer — dice.

 

Las gallinas que ha traído, con las patas atadas, quietas sobre la mesa, cacarean muy bajo de vez en cuando.

 

—Hay coles.

 

—Coles, coles. Es lo único que sabes hacer.

 

Ella se ha levantado y está delante de él, temblando, los ojos bajos, las manos colgándole paralelas a sus flacas caderas.

 

 

 

VI

 

 

 

Son arrugados surcos de frente pensativa, paralelos, pardos, los que van surgiendo bajo las azadas de Manuela, con su hijo de tres meses a la espalda, y de Emilio, y del pequeño. Los tres cuerpos se inclinan: menos veces y con más fuerza el de Emilio; nerviosa y rápidamente el de Manuela. El hijo de doce años clava su azada con prisa, girándole el mango entre las manos cada vez que la levanta sobre la cabeza. Sólo a veces, los tres cuerpos coinciden en sus movimientos recortados con-tra el cielo azul e impasible.

 

Trabajan en sus parcelas los hombres de Aldeaseca, junto a sus mujeres e hijos. Trabaja Gervasio y al lado su madre, una mujer vieja, seca, cuya piel es ya de tierra, rojiza y arrugada, que no deja de hablar mientras clava y desclava la azada:

 

—Hijo… Gervasio… tu padre… que en gloria esté… decía siempre… que hay que regar… y regar… y regar…

 

 

 

 

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—Calle, madre —dice Gervasio.

 

—¿Qué come tu madre? ¿Rabos de lagartija? —Higinio se ríe, hinca su azada y la deja así, en la tierra, apuntando su mango contra el cielo.

 

—Calla tú, lobo maldito —dije la mujer. Hay que regar… más vale que hiciéramos una acequia… una acequia grande… en-tre todos.

 

Los niños más pequeños quitan las piedras y los cardos. Tra-bajan todos. Se alzan y se agachan los cuerpos de hombres y mujeres, suenan las azadas. El sol sube, sobre ellos, hacia lo más alto del cielo. Gris ruge a cada golpe, dado con más fuer-za y rapidez que los demás.

 

Cerca de ellos, el río, ancho y fuerte, sonando su corriente con suavidad y fuerza. En casi todas las parcelas se trabaja. Los torsos desnudos de los hombres o sus camisas blancas y los pañuelos negros o de colores que llevan las mujeres a la cabe-za, resaltan sobre el quieto pardo o el duro amarillo de las par-celas y el gris de las cortinas, haciendo vivo el paisaje con sus movimientos casi rítmicos. Pero domina en él el amarillo, un amarillo angustioso, sin agua, que va abriéndose en las parce-las próximas al río, hecho más oscuro por la azada y los bra-zos, dispuesto a recibir ya la semilla, el viento, el sol y el agua. Valle arriba, va habiendo menos tierras cultivadas y en su lugar se ven grandes peñascos, primero diseminados, gri-ses, secos, y, ya junto al horizonte, formando colinas y cuevas como bostezos negros bajo el sol rojo. Más acá, la carretera blanca, recién construida, serpea entre las peñas. Se ven las líneas grisáceas de las cortinas, entre las que quedan estrechos caminos. Lejos, algunas casas marrones dentro de los cerca-dos, formando un núcleo poco denso, dividido en cuadras irregulares, con una calle central, prolongación del camino de bueyes que llega, polvoriento, hasta una especie de plaza.

 

 

 

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El cielo contempla con indiferencia el mito de los hombres y las azadas, de la tierra abierta y la semilla, del agua y la cose-cha. Canta la chicharra marcando el ritmo a las azadas, y éstas entran en la tierra, chirrían, y sus chirridos son como carcaja-das de una alegría total, alegría de macho que oye la protesta de la hembra. La tierra resiste, se abre, nota una herida en su cuerpo, luego cesan un momento los golpes, y, en seguida, un torso y unos brazos y una azada bajan rápidos, y ella siente cómo aumentan su dolor y su herida. Para los niños, en las espaldas de sus madres, el trabajo es sólo un balanceo, como si les acunaran en los brazos. No lloran, gozan sintiendo el calor del sol y el del cuerpo de la madre. Huele todo a tierra abierta. La calma de la tarde, hecha de silencio y de luz caída, es interrumpida por los golpes de las azadas y el chirrido de las chicharras. El viento está parado. Acaso espera con asom-bro a que terminen su labor los hombres, la conjunción del hombre y la tierra, bajo la luz, sin ningún pudor, descubriendo hasta el más último y pequeño secreto de la vida en ella, algo inexplicable que puede sorprenderse mejor en un terrón de tierra que en cualquier otra cosa. Es la tierra, entregándose desnuda, sin el velo del viento, a la fecundación del hombre. Es la tierra, roja y seca, la tierra en cuanto vientre. Y el hom-bre trabajándola.

 

 

 

VII

 

 

 

—No, créame —había dicho el contratista. Era un hombre grueso, que parecía estar fabricado al mismo tiempo que el sillón donde se sentaba—. Es preferible la mano de obra de estos pueblos. Hemos conseguido ya bastante en algunos. Ese Patricio, el del almacén, vale para esto. Llega a un pueblo en la camioneta y desde la caja se pone a hablar a los campesi-

 

 

 

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nos, y habla y habla, hasta que la caja de la camioneta está llena de hombres dispuestos a trabajar. Y, ¡al Salto! El listero que mando con él siempre me dice que en su vida se ha reído tanto… Creo que este Patricio ha participado en mítines y ha hablado mucho a la gente. Es un tipo curioso, ahora ha puesto una tienda.

 

—¿No se podría…? —Martínez, el ingeniero jefe de la cen-tral, desde detrás de la mesa de su despacho, pensó en los obreros que trabajaban todavía en la última central que había construido la CEDE (Compañía Española de Electricidad). Se lo dijo.

 

—Hacen falta allí, aquello durará aún medio año. Además, habría que pagarles el viaje hasta aquí y no interesa. No son obreros, son campesinos que dejaron sus tierras por trabajar en la presa… Eso sólo se puede hacer con los obreros especiali-zados ya o con mucha experiencia. No compensa hacerlo con esta gente. Y, además, aquí pasará igual que allí. ¿Qué van a hacer estos pueblos cuando no tengan tierra que cultivar? Me refiero a los que van a quedar bajo las aguas del embalse, cla-ro. Yo puedo esperar hasta entonces. Con algunos que vaya cogiendo, tengo bastante.

 

Pero Martínez creía que sí era un problema. La presa debería acabarse lo más pronto posible para que empezaran a producir los generadores inmediatamente que se fueran instalando.

 

—La desviación del río está hecha, ¿qué falta para elevar la presa? Mano de obra y mano de obra, nada más. Yo pienso meterme con el montaje en cuanto esté hecha la cimentación de la central. Tenemos que rendir lo más pronto posible. Son órdenes de arriba, ¿sabe?

 

—¡Pero si yo estoy de acuerdo! Usted mismo ha visto que ya he enviado a Patricio a cinco pueblos y que se ha venido car-gado de obreros. ¿Quién cree que está trabajando ahora en las

 

 

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excavaciones? Hasta hay algunos poniendo las pegas de di-namita. La explosión del otro día fue por culpa de un campe-sino de un pueblo de por aquí que en su vida había visto un explosivo. Menos mal que no pilló a nadie. Además, esta mano de obra resulta más barata. No hay necesidad de seguros ni de contratos, ni ningún lío.

 

El contratista siguió hablando desde el fondo del sillón, adap-tado a él, con sus brazos paralelos a los del mueble, jugando con los dedos en los bordes. Frente a él, un ventanal dejaba entrar una luz diluida, que recordaba la silueta del ingeniero jefe, dejando los rasgos de su cara en una penumbra suave. Brillaba el cristal de la mesa, el pisapapeles, el cenicero con forma de álabe de turbina, y moría, opaca, la luz en las carpe-tas con planos y esquemas eléctricos. Estaba el ingeniero gol-peando levemente el cenicero con un cortaplumas de acero, sin hablar, pensando en algo.

 

—Pienso contratar pronto más — siguió el contratista—. En cuanto empiece Ramos con la cimentación y el aliviadero. Entonces sí que necesitaré. Tenía pensado mandar a Patricio de nuevo a algunos pueblos de estos, ¿qué le parece? Y no creo que no quieran venir. Patricio habla bien, los entiende, y sabe lo que hay que decirles. Tener dinero todos los sábados les gustará.

 

Les pienso poner un cebo estupendo… me refiero a los pue-blos que van a quedar bajo las aguas… Como tenemos que hacerles otros pueblos nuevos más arriba, los contratamos pa-ra su construcción, y luego pasan a la presa. Poco tiempo, no vamos a hacer colonias de veraneantes.

 

—No, claro —dijo el ingeniero—, pero no todos. La mayoría debe ir directamente a la presa, hay que darse prisa, no hay más remedio.

 

Se recostó en el sillón giratorio y escuchó el chirrido de los

 

 

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muelles con atención.

 

—Además, aún hay pueblos que no van a quedar bajo las aguas y que Patricio no ha visitado. Y en éstos no tendrán tan-to recelo hacia nosotros.

 

—Sí, convendrá esperar a que sea la siembra. Entonces segu-ramente no hará falta mucho para convencerlos.

 

—Y la feria de Aldeaseca, que ya es pronto. Creo que es uno de los más atrasados.

 

—No me diga —dijo el ingeniero—. Yo fui a verlo con un ingeniero joven, bueno, si usted le conoce, con Ruiz, Andrés Ruiz, fue un capricho suyo, ¿sabe?… y en mi vida he pasado tanto miedo. De esto ya hace un par de años o más, cuando se decidió la construcción de la central. ¿Usted quiere creerme que no conocían el café, por ejemplo?

 

Martínez rió.

 

—¿El café?

 

—Como lo oye. Y nos recibieron a pedradas, una lluvia de piedras que no sé cómo no rompió todos los cristales del co-che. Debía de ser el primero que veían en su vida. Y lo de las sopas espurriadas, lo de las sopas espurriadas fue ya lo último. ¿Sabe cómo las hacen?

 

Estuvieron los dos hombres riéndose mientras Martínez lo contaba. Luego, el contratista se levantó del sillón, y al sillón pareció que le faltaba algo.

 

—¿Estamos de acuerdo, entonces? —dijo—. Yo envío a Pa-tricio a otros pueblos dentro de unos días.

 

—De acuerdo. —El ingeniero se había levantado. Le dio la mano.

 

 

 

 

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—Pues, mire usted, yo no hubiera creído jamás una cosa así, ¿verdad, Benigno?…

 

A Benigno le llamaban el Capataz Maligno. Era un hombre macizo, de cara aplastada, que llevaba una cazadora de cuero. Estaba junto a Patricio y le miraba mientras hablaba. Enfrente de ellos estaba el contratista, vestido con un traje a rayas.

 

—Sí, sí —dijo Benigno.

 

—… Claro que sí, si es inconcebible, no puede caber en nin-gún cerebro civilizado una cosa así. Llegamos en la camioneta que guiaba éste…

 

Se volvió para señalar con la cabeza al conductor.

 

—… Y nos paramos en la plaza, como hacemos siempre. Ve-nía también el listero, que me ha dicho que le diga que se ha tenido que ir a su casa porque tiene un niño malo, que le han avisado al llegar, ha debido de ser algo de repente. Bueno, digo en la plaza, en lo que nos pareció que era la plaza, porque aquello ni parece pueblo ni nada. Pues nada más llegar, y sin una palabra, se liaron a pedradas con nosotros, ¿verdad, Be-nigno?

 

Benigno movió la cabeza.

 

—Tiran piedras a todo el mundo — dijo el contratista—. A mí me recibieron a pedradas también una vez que fui con mi coche.

 

—… Pero ¡qué pedradas!, no vaya a creer, dirigidas con una mala… idea…

 

Rieron todos. Patricio continuó.

 

—… y yo creo que estaba todo el pueblo allí. Yo, lo primero que hice fue ver al Tío Muelas, un viejo que viene muchas veces a la tienda y me compra cachivaches, y me puse a hacer-le señas, pero como si nada, piedras y más piedras. Debe de

 

 

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ser una especie de saludo eso de recibir a la gente a pedradas, igual que otros recibimientos se hacen con música… Enton-ces, me vuelvo al chófer y le digo: «Tú, en tu vida te han reci-bido así, ¿eh?», y dice «ni falta que me hace», y digo… Rie-ron otra vez.

 

—… digo, «pues cualquiera le dirige la palabra a esta gente», porque a mí, en mi carrera de orador, me han tirado tomates, cebollas, pepinos…

 

—Una ensalada completa —dijo el contratista, riéndose a re-soplidos.

 

—Sí, una ensalada, pero jamás de piedras. Y el Tío Muelas sin hacer ni caso. Estaba detrás de todos y parecía asustado. Bueno, ya ha visto usted cómo viene la camioneta, ¿no? Y así estuvimos como tontos, con miedo a que rompieran el cristal, que menos mal que son duros, que si no…

 

Entonces, usted dirá qué íbamos a hacer, voy y le digo a éste, «tú, da la vuelta, que aquí nos dejan fritos», y él da la vuelta, y volvemos por un camino entre cercas, despacio, y los campe-sinos detrás tirándonos piedras todavía para despedirnos… Así que mi gran pieza oratoria no la pude soltar, y menos mal, porque si la llego a soltar, me la cortan en menos que canta un gallo…

 

Reían todos.

 

 

 

VIII

 

 

 

El polvo, el humo picante, el rumor de tantas voces y ruidos animales, los hombres con la vara en la mano empujándose unos a otros como una manada de toros, los puestos de madera

 

 

 

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adornados con mantas y telas, las grandes calderas, en medio del camino, sobre un fuego protegido por piedras, en las que hervía el pulpo. A Andrés le pareció otro pueblo distinto, tan lleno de gente, de gritos, de vida. Miraba todo asombrado, procurando no tropezar con ningún puesto y evitando los em-pujones de los campesinos, que a él le parecían siempre dados a propósito. Varias veces sus ojos se encontraron con los de alguno que le había empujado. Se extrañó de no oír aquella fórmula tan familiar con la que se logra que el otro no mani-fieste su dolor o su molestia y que uno mismo, al oírla, con-vierta el mínimo incidente en un motivo de satisfacción: «Per-dón». Sus ojos debieron pedir a los del campesino aquella fórmula cuando éste le miró tan sorprendido, sin comprender qué podía pedir aquel señorito con su mirada que insistió du-rante unos segundos.

 

Una ráfaga de humo picante se le metió en la nariz y en la bo-ca, haciéndole estornudar. Estaba cerca de uno de los puestos donde vendían pulpo. Llegó junto a él. Había alrededor una masa de campesinos parados, comiendo algo oscuro en cazue-las de barro. Logró acercarse hasta el puesto y pidió una ca-zuela de pulpo también. Cerca había un puesto donde vendían mantas, telas y cacharros de barro cocido. Pasaba entre los dos puestos la gente, empujándose, sin retroceder nunca, forman-do dos corrientes humanas que se cruzaban a lo largo de la feria. El hombre le dio el pulpo, guisado con mucho pimentón y aceite y ajo. Gritó salvajemente, pregonando de un modo ininteligible el pulpo. Andrés se había apartado un poco y aho-ra comía el pulpo con el tenedor de madera y un trozo de pan oscuro.

 

Los puestos de la feria estaban en el camino más ancho. Lle-gaban desde la plaza hasta casi la carretera. En la plaza estaba la feria de ganado. Junto a los puestos, detrás de una «corti-na», bailaban varias muchachas con la música de flauta y tam-bor. Otras cantaban.

 

 

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Morena, morená, salada, saladá, peinaté los pelós, laváte la cará,

 

 

 

Todas estaban vestidas con las típicas faldas anchas, manteos tiesos como madera, y con refajos, y llevaban pañuelos de co-lorines, de más colorines entonces por la ocasión, tapándoles media cara.

 

… que te ha venido a ver tu dueño del almá.

 

 

Saltaban, y los pañuelos se movían en sus cabezas tapándoles, a cada salto, toda la cara.

 

Había toros en la plaza, con una piedra colgada de cada cuerno. En tornos a ellos, discutían los hombres el precio, la edad del toro, la delgadez de las patas, que se solía contrarres-tar diciendo que eran «todo nervio». El camino donde estaban instalados los puestos, visto desde la plaza, era un río de gente que descendía suavemente hacia la carretera.

 

Andrés, comido ya el pulpo, se mezcló con la gente. Campesi-nos y ganaderos venidos de toda la comarca, aldeanas rollizas y coloradas que sudaban y reían paseando cogidas del brazo o de la cintura, mozos de aire desaforadamente alegre, y niños que se abrían paso, corriendo, entre las piernas de la muche-dumbre. Iba el ingeniero extrañado de la sensación nueva que le invadía. Le parecía pertenecer a aquella masa extraña, casi salvaje, costumbres que a él le parecían prehistóricas y poco higiénicas. Pero algo en él se unía a cada hombre desconocido a través del codo que le empujaba o de la chola de madera que aplastaba su zapato de piel y le comunicaba una corriente, que, por un segundo, llenaba su cuerpo haciéndole sentir que

 

 

 

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venía de todos y cada uno de los hombres que le rodeaban. Siguió andando, fundido casi con la mezcla de sudor y de cuerpos, y una nueva comprensión de aquella masa de hom-bres le empezó a nacer.

 

El Cholo estaba en la plaza, observando las ventas que se ha-cían. En un descuido del Tío Muelas le había vendido como suyos un par de bueyes de tiro a un campesino de otro pueblo. El Tío Muelas no estuvo mucho tiempo sin echarlos de menos.

 

—¿Has visto dos bueyes pintados, de cuello corto? —Se abrió paso entre la gente, buscando sobre las cabezas de todos, su viejo cuerpo nervioso temblándole de rabia—. Nastasia, Nas-tasia…

 

Iba como un loco buscando los bueyes, necesitando decírselo a alguien.

 

Le parecía estar en un pueblo que no era el suyo, entre gente extraña, que no se preocupaba de que le hubieran robado dos de sus mejores bueyes.

 

—Tío Muelas —gritó Gervasio—. ¿Dónde va tan aprisa?

 

Se lo dijo de pronto, de pronto le lanzó las palabras a la cara, y Gervasio puso en sus ojos un odio antiguo. Varios campesinos se lanzaron, entre la gente, a una inútil búsqueda.

 

—Se los llevaron, lo vi yo —les dijo por fin Emilio—. No es tonto, ya sabe a quién se los vende… A ladrones como él.

 

El grupo de hombres se quedó detenido a la entrada del ca-mino, entre las dos cortinas, mirando hacia los puestos. El humo de las calderas se elevaba sobre la gente en columnas curvadas que el viento manso iba disolviendo. Subía hasta ellos el rumor de las voces, los pregones agudos de los vende-dores, la música de las muchachas que danzaban:

 

 

 

 

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—Tenemos que hacer algo —dijo el Tío Muelas. Y el mismo odio se puso en los ojos de todos.

 

Cuando El Cholo iba por el camino grande hacia los puestos entre las dos cortinas, no notó nada. Fue por la gente, por sus miradas de creciente terror, por lo que comprendió de pronto lo que ocurría, sin saberlo exactamente. Saltó hacia un lado, sin dejar de correr durante los tres o cuatro metros que le sepa-raban de la cortina. Desde allí vio pasar al toro, sin piedras en los cuernos, a gran velocidad, hasta chocar contra la masa de gente. No habían podido saltar las cortinas y se habían subido a los puestos o metido debajo de las mantas con que estaban adornados. Los más cercanos, de espaldas al toro, gritaban y lloraban, la cabeza vuelta hacia atrás, viéndole avanzar hacia ellos con el testuz agachado. Se oyeron gritos. Chocó contra la gente y, por un momento, quedó hundido en ella, quieto. Se oyeron gritos más fuertes y un cuerpo apareció sobre las cabe-zas. Varios hombres cogieron al toro por el rabo, le empujaron y golpearon con sus varas. Se separó el toro y corrió hacia atrás. Vio venir desde la plaza más hombres corriendo, arma-dos de palos, y saltó la cortina opuesta a donde estaba El Cho-lo. Las muchachas que bailaban se escondieron debajo de los puestos. Dos de ellas empezaron a correr, asustadas, hacia unas rocas, al otro extremo de la parcela. Los pañuelos rojos y amarillos y verdes ondeaban detrás de ellas.

 

—Espérame —gritó a la de delante.

 

Oía ella las patas del toro, una obsesión de golpes sordos en su cerebro, cada vez más fuertes. En el camino, la gente se había paralizado un momento al comprobar que el toro cambiaba de ruta. Sólo había herido a un muchacho en el muslo, no muy gravemente. Ella oía cada vez más fuertes dentro de su cere-bro aquellos golpes repetidos, rítmicos. El pañuelo le tapaba un ojo y para evitarlo tenía que llevarlo sujeto con la mano. Sudaba, la falda le impedía correr más de prisa. Oyó un pe-

 

 

 

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queño bufido a su espalda, algo parecido a su propio resoplar, y todavía aquellos golpes, cada vez más hundidos en su cere-bro, allí donde ella sentía crecer el terror.

 

—Espérame —volvió a gritar.

 

Su compañera corría delante, sin volver la cabeza. La piedra estaba lejos todavía. El toro corría más que ella. Llegaría an-tes. No llegaría. Me alcanzará. Correr, correr, correr. Me va a matar. Correr más. La piedra está tan lejos. Correr mucho.

 

—Espérame.

 

Si ella me oyera, me defendiera. Su compañera seguía co-rriendo, sin oírla o sin hacerle caso. Sentía ella la respiración del toro en su espalda, un calor húmedo. Me va a matar. Las patas golpeando rítmicamente en su cerebro y ella llorando y gritando sin dejar de correr y correr… y, ¡ah, la piedra!

 

Miró hacia abajo, sin saber cómo había logrado subir aquellos dos metros lisos por la piedra casi vertical. Su compañera llo-raba a su lado. Apretó la cara contra sus manos, tumbada, oyendo los arañazos del toro en la base de la piedra.

 

 

 

IX

 

 

 

Sus pies tenían unas alpargatas de cáñamo sucias, con pegotes secos de hormigón. Sostenía el aparato con las dos manos, inclinado sobre él, y lo hundía en el hormigón reciente. El aparato vibraba al apretar el resorte, y el hormigón se iba ha-ciendo más denso. Por encima de él pasaban las vagonetas colgadas de los cables y dejaban caer su carga un metro más allá.

 

 

 

 

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Vio pasar hacia atrás una vagoneta. Sabía que entonces le da-ría tiempo para soltar el resorte durante unos segundos, y le-vantó la cabeza, limpiándose el sudor con el dorso de un bra-zo. Tenía la mano dormida, le trepidaban los huesos y nervios. Vio la cadena de hombres inclinados sobre sus vibradores, entre los dos muros. La perdía de vista donde parecían cerrar-se éstos, entre los que caía, ante cada hombre, el hormigón desde las vagonetas que pasaban incesantemente sobre las ca-bezas. Cargaban en las laderas del valle. Se veía desde allí el cauce seco del río hasta la hondonada, doscientos o trescientos metros hacia arriba. Había un túnel por el que se metía todo el caudal del río y salía otra vez, más abajo de la presa en cons-trucción, al cauce natural.

 

—El capataz —siseó el de atrás sin levantar la cabeza.

 

Cuando cayó la carga de la vagoneta, Emilio vio, sobre el lí-mite de la sombra que el muro proyectaba en el cemento, la silueta redonda de una cabeza asomada. «Se pasea por los an-damios el cerdo ese.» Emilio sentía vibrar todos los músculos de sus brazos. La silueta desapareció. En los dos meses que llevaba trabajando no había podido dejar de odiarle. No podía resistir que un hombre estuviera vigilando su trabajo. Casi se había arrepentido de haber ido aquel día al Salto con el Tío Muelas. Recordaba a Patricio hablando sin parar, y al listero, y al contratista y al encargado. Todo, entonces, le asustó. Le hicieron poner la huella de un dedo al final de un papel y al día siguiente empezó a trabajar. Los primeros días fueron ho-rribles. Le dolían los brazos y la cabeza, todo el día unido a aquel aparato que no hacía más que vibrar. Pero su mujer ha-bía insistido tanto. Ahora estaría ella en el campo, conducien-do el agua por las acequias, empujando la tierra, amontonán-dola aquí, allí apartándola. Ella hará mal el riego, seguramen-te. «No es cosa de mujeres.» Luego pensó: «Ya sé por qué quiere ella que yo me esté matando aquí con estas máquinas del diablo».

 

 

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—Si esto fuera su cabeza… —dijo. Y apretó con fuerza el vibrador.

 

—¿Qué? —dijo el que le había avisado antes.

 

—Nada, el maldito ese —dijo, no pensando en el capataz, o uniendo el odio que sentía por él al más viejo y nunca apaci-guado que sentía por El Cholo. «Él allí, sin trabajar, con todas las mujeres, robándonos. Son todas como gallinas.»

 

Sonó la sirena, y empezaron a morirse los ruidos de los vibra-dores, las hormigoneras, las vagonetas… Los obreros inicia-ron el desfile por los andamios de los muros hacia las laderas del valle. El hueco entre los dos muros estaba en sombra. Las dos filas de obreros se movían, levemente ondulantes, por los andamios de la presa, que ya se alzaba varios metros sobre el fondo del cauce.

 

La presa y el cauce, con un pequeño lago en el centro, pare-cían, desde la terraza del edificio de la Dirección, una ceja sobre un ojo sin vida, secándose, hundido en el valle, entre las laderas de grandes peñascos que se cerraban en aquella parte formando casi un barranco. El edificio de la Dirección estaba situado en una pequeña explanada sobre una especie de mira-dor que se apoyaba sobre grandes masas de piedras, desde donde se dominaba todo el valle.

 

—¿Qué altura tendrá ya? —preguntó Andrés, apoyándose en la baranda de piedra.

 

—Muy poca todavía —dijo el contratista—, pero lo más im-portante está hecho. Ahora ya crecerá sola.

 

—Con la ayuda de los obreros — sonrió Andrés.

 

—Hombre, desde luego.

 

—Oiga,  y  por  fin,  ¿contrató  a  alguien  de  Aldeaseca? 

 

 

 

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preguntó Andrés.

 

El contratista miraba los pabellones grises del poblado, algu-nos de los cuales estaban todavía en construcción.

 

—Sólo uno —dijo—. Yo creí que serviría de cebo a los de-más, pero ha sido al revés. Le di una prima especial y todo, para animarle. Y los del pueblo casi le pegan, según me dijo Patricio. Son bestias de verdad, eh.

 

Era el mediodía denso, pesado, lleno de sol.

 

Emilio subía por el camino en zigzag ladera arriba, hacia el poblado. «Están haciendo el “plano inclinado” ese; espero que subiremos en él cuando lo acaben.» Veía la espalda encorvada del obrero que subía delante de él desapareciendo a cada vuel-ta. Aquel cambio de dirección continuo de la hilera en la que nadie se podía detener, siempre adelante y arriba, se veía des-de lo alto como una línea quebrada. Emilio sentía las alparga-tas húmedas y notaba que la tierra pegada a ellas formaba ya una capa espesa con el hormigón.

 

De la presa ascendía la línea oscura y viva, como una hilera de hormigas.

 

Ascendía con seguridad, casi como una fuerza natural, algo como un torrente inexorable e inverso que vencía lentamente a la gravedad. Recordó Andrés, asombrado, el odio de los cam-pesinos hacia la presa, hacia la central, mientras la contempla-ba ahora, cerrando el fondo del valle ya, construida por cam-pesinos también. Sabía lo que la presa significaba para la ele-mental agricultura de los pueblos cercanos, especialmente pa-ra Aldeaseca, el más próximo de los que iban a quedar bajo las aguas del embalse. Perderían la poca agua que ahora conse-guían con sus pequeñas acequias y, en los nuevos pueblos construidos por la empresa, tendrían que empezar otra vez con tierras nuevas, sin posibilidad de riego hasta algunos años

 

 

 

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después. Aldeaseca iba a ser trasladado a una extensión que casi era un mar de piedras y cardos. Toda aquella comarca era más o menos así. Por eso, casi todos los pueblos estaban si-tuados junto al río y en su valle cultivaban pequeñas parcelas salvadas durante siglos, acaso, del avance de la sequedad y de las piedras. Había venido Martínez con otro de los ingenieros y hablaban los dos, apoyados en la baranda de espaldas a la presa, con el contratista. Se oía en su conversación continua-mente la frase «mano de obra».

 

—Aquí la hay sin tener que pagar viaje —dijo el contratista.

 

«Discuten lo mismo de siempre», pensó Andrés. Seguía mi-rando la línea de obreros.

 

—No tendrán más remedio que trabajar en la presa —decía el otro ingeniero—. Esta región es seca como un demonio y en las nuevas tierras tendrán que pasarse un siglo quitando pie-dras si quieren plantar una col.

 

Comprendía Andrés a los campesinos de Aldeaseca, las razo-nes que tenían para odiar a los ingenieros.

 

«A mí», sonrió. Apartarlos del río sería apartarlos de la vida.

 

Al final de la explanada, empezaba la ladera llena de piedras gigantescas, sobre las que saltaban varios niños, probablemen-te hijos de los empleados que ya vivían en los pabellones. Un poco más abajo, se veía una pequeña llanura a media ladera, donde estaban comiendo ya los primeros obreros de la hilera que subía de la presa, sentados en la tierra. Los esperaban sus mujeres, que a veces venían acompañadas por los hijos, con pequeños capachos de paja, en los que traían la tartera con el cocido o la verdura, el pan, la media botella de vino y la fruta. Ellas venían a la llanura por un camino lateral, poco antes de que tocara la sirena, formando una caravana clara, llenas de colores, menos densa que la de los hombres. Y allí era la co-

 

 

 

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mida, sobre la tierra, confundidos con ella.

 

Emilio terminó de comer.

 

Sabía que el cigarrillo que estaba fumando duraría más que el silencio de la sirena. Empezaría su ruido largo, como una risa sin alegría, desesperada, que crece de pronto y casi sin que se note empieza a morirse lentamente, hasta llegar al último es-tertor ronco, inaugurando con él el reino del sudor, de los músculos trepidantes, de las sombras de las vagonetas sobre las cabezas, del ruido de las hormigoneras con sus bocas re-dondas girando tontamente con un estruendo de engranajes mal ajustados. Sabía Emilio que empezaría a trabajar antes de que el cigarrillo se consumiese. Todos los días le ocurría igual. Bajaría por el camino quebrado, fumando, para ence-rrarse de nuevo entre aquellos dos muros que crecían más de prisa que el hormigón, y ya no sabría nada hasta que de nuevo la sirena lanzara la orden de no trabajar con la misma desespe-ración larga con que ordenó antes trabajar. Vendría entonces el descanso, necesario para que sus cuerpos se conservasen sin demasiado desgaste y en buen funcionamiento.

 

Andrés Ruiz entró en su cuarto y se tumbó en la cama. Sintió acelerarse su pulso y creyó observar un ligero dolor instantá-neo en la cabeza, una sensación vertiginosa de giro en su ce-rebro, acompañada de un pequeño y denso dolor sobre cada ojo. «El mareo ese raro.» Apoyó la mano sobre el corazón y contó los latidos: «cinco, seis, siete…»

 

«Son regulares, un poco quizá…, pero la escalera… De todas formas tengo que cuidarme.» No quería ser sorprendido por cualquier enfermedad. Decía así, «cualquier enfermedad», y se refería, sin saberlo él mismo algunas veces, a esa enferme-dad cuyo solo nombre produce una mueca de asco y terror.

 

«Tuberculosis.» No se podía decir esta palabra. Había que sustituirla por «estar mal de los pulmones» o cualquier otro

 

 

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eufemismo dicho sin darle importancia para que el recuerdo de la verdadera palabra surgiera despacio, sin producir un con-traste demasiado violento que pudiera provocar esa mueca, casi otra manera de nombrar la enfermedad. Éstas eran las reglas, sobre aquella enfermedad, que regían en la pequeña sociedad del Salto. Todos sabían ya que el ingeniero Ruiz era un obsesionado de la salud, que siempre estaba preocupándose de su cuerpo. Se le consideraba un hombre enfermizo, algo presumido, y, las mujeres principalmente, le criticaban su mo-do de andar, siempre estirado, con el cuello «como un pato» para parecer más alto.

 

No sabía él desde cuándo ni por qué sentía aquel secreto mie-do, para el que no existía ninguna justificación. Recordaba la impresión que le causó una escupidera que vio en el vestíbulo de las oficinas de la CEDE, en Madrid.

 

Acababa de ingresar en la empresa y había sido llamado por el director. De pronto la vio en el rincón, y no pudo reprimir su impulso. Salió otra vez del edificio y al día siguiente, procu-rando no mirar hacia el rincón, volvió y fue recibido por el director, al que le presentó una excusa cualquiera.

 

«El olor del estiércol es sano para los pulmones, previene sus enfermedades.» No recordaba quién se lo había dicho cuando él comentó que en Aldeaseca cubrían los suelos con estiércol y lo dejaban hasta que se secaba. «Esto son tonterías y usted lo que es, un maniático», le dijo don Ramón, el médico del Salto. Pero a él le había parecido una extraordinaria explicación de aquel hecho. Se manifestaba en él la intuición primitiva y la experiencia de generaciones, una sabiduría nacida de la tierra misma que sólo poseen los hombres acostumbrados a abrirla con sus azadas. Pensó Andrés que la humanidad era una espe-cie de inmenso laboratorio, en el que cada hombre experimen-taba consigo mismo y con las cosas, sin importar su muerte nada, pues siempre había otro que aprovechaba su minúscula

 

 

 

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experiencia. La ciencia había llegado muchas veces a solucio-nes idénticas a las adoptadas por el pueblo, analfabeto sólo para el lenguaje intelectual de los libros. Andrés se sentía ro-deado por hechos de este tipo, en un ambiente casi mágico, en el que la electricidad futura era una especie de dios esperado, que exigía el sacrificio de varios pueblos y permanecía indife-rente a los problemas que su llegada provocaba: los campesi-nos defendiéndose contra la central, el arado contra el genera-dor y la turbina. Pensaba esto cada vez más y lo relacionaba, en su afán generalizador, con otras cuestiones de orden histó-rico o filosófico, a las que era aficionado desde antes de em-pezar la carrera de ingeniero. En el centro de todo, estaba el misterio de la electricidad, de esencia desconocida, a pesar de que el hombre hubiera aprendido a extraerla de la naturaleza. Era un sentimiento casi religioso el que experimentaba ante la idea de arrancar la energía a un río.

 

Cogió de la mesilla una revista doblada. Arrancó la faja de papel en la que estaba escrito: «Sr. D. Andrés Ruiz, Ingeniero de la CEDE, Salto de Aldeaseca». El título de la revista era Luz. Tumbado en la cama, empezó a pasar hojas, leyendo al-gún titular o comienzo de artículo. «Queremos dedicar hoy nuestro editorial al Décimo Congreso Nacional de Ingenie-ros…»

 

«Filtros en puente.» «La estructura simétrica en puente, repre-sentada en la fig. 1, puede emplearse como filtro…» Bajó a cenar.

 

 

 

X

 

 

 

Le dejaron junto a la cortina, aplastado contra la tierra, muer-to, deformados su cara y su cuerpo por las pedradas y los gol-

 

 

 

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pes, y se volvieron a sus casas. Algunos llevaban piedras en las manos, no habían tenido tiempo de emplearlas; otros iban con azadas y picos. Regresaban silenciosos, con una expresión unánime de odio satisfecho, como si una vez en el tiempo la sangre de todos hubiera coincidido en un mismo latido. Sen-tían alegría de alba, no les importaban sus manos rojas, sino el aire libre, el campo libre, el trabajo suyo y libre que veían de-lante. Cada uno fue a su casa y ninguno dijo nada. Cenaron aquella noche como todas, sin oír ecos de amenaza en ningún pozo hundido dentro de sus almas de tierra. Durmieron aque-lla noche como todas.

 

A la mañana siguiente, los niños se tiraron piedras. Cayó uno al suelo, acosado por los demás, y los demás le golpearon con sus varas hasta dejarle muerto. Se levantó luego, vivo y rien-do, y él y todos se fueron cada uno con su ganado, la vara lar-ga sobre el lomo de la última cabeza. El pueblo siguió igual. Tenía un hombre y una mujer menos, y un poco más de silen-cio.

 

Vinieron luego los dos hombres de uniforme verde y negro gorro brillante. Vino también un hombre vestido de negro, con gafas, al que acompañaba siempre otro más bajo, con una car-tera grande de cuero. Se instalaron en El Salón.

 

Han llamado a todos los hombres y mujeres del pueblo. Ya hay muchos reunidos allí, en el mismo sitio donde los mozos bailan los domingos y fiestas, donde se reúnen los hombres para celebrar conversaciones sin tema, o acaso con el vino y la venganza, ahora realizada, como únicos temas. El Salón está lleno de hombres y mujeres de pie, apretados, inmóviles. El secretario está sentado detrás de una mesa, junto al viejo orga-nillo, que han apartado hacia un rincón. El juez se limpia el sudor de la cara con el pañuelo, no por el sudor solamente, sino también porque sabe que está perfumado y el olor del perfume disimula un poco aquel ambiente denso, que huele a

 

 

 

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oveja y a estiércol.

 

«Suciedad de siglos, Aldeaseca, Aldeasucia.» Los guardias, delante de los campesinos, mirándolos inexpresivamente, o, por lo menos, con una indiferencia reglamentaria, aprendida hace muchos años.

 

—¿Ha redactado ya el preámbulo?

 

—pregunta el juez.

 

Alza un momento la cabeza el secretario, hace un gesto leví-simo y continúa escribiendo, encorvado sobre la mesa.

 

—¿Cómo se llama usted?

 

Anota el nombre de aquel campesino seco y tímido como un niño.

 

«El testigo, llamado Gervasio Fernández, declaró…»

 

El juez habla despacio, mirando fijamente a Gervasio. Sus manos se frotan con suavidad mutuamente y se inclina hacia delante, procurando estar lo más cerca posible de Gervasio. Habla como si hubiera presenciado lo que ocurrió, con un tono amable que, sin embargo, desagrada a Gervasio. Por fin, pasa-das las preguntas a las que éste sólo ha tenido que contestar con un «sí» o un «no», el hombre de las gafas negras se calla, esperando una respuesta más extensa a su pregunta. Su última frase ha sido: «… y tú le golpeaste, ¿no es verdad?»

 

—No —contesta Gervasio—, todo el pueblo, fue todo el pue-blo.

 

Desde su puesto detrás de la cortina, veía la puerta de la casa claramente. Había un carro sin ruedas delante. Vio venir a Gris por el camino. Detrás vio a Emilio. «Habrán cenado ya

 

—pensó—, ahora podemos irnos nosotros.» Supo entonces que tenía hambre y se alegró de que vinieran ya a sustituirle

 

 

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en su puesto.

 

—¿Qué hay? —dijo Emilio—, Saldrá, estate cierto que saldrá.

 

Algún día iba a pagar todo lo que nos ha robado.

 

Se levantó Gervasio y comenzó a andar hacia su casa. Emilio se quedó en su puesto y saludó a Juan, que estaba unos metros alejado de él, detrás de la cortina también.

 

—¿Estás bien cargado? Ése tiene la cabeza bien dura.

 

Le enseñó las manos, con dos piedras cada una.

 

Emilio sonrió. «Saldrá. No podrá resistir un día más, quizá dos.»

 

—Yo no podré estarme hasta más allá de la medianoche o así, que mañana tengo que madrugar para ir al Salto —le dijo.

 

—Bueno, ya vendrá otro en tu lugar

 

—dijo Juan—, si no te hubieses ido a trabajar a la presa…

 

—¿Tampoco sabe usted nada? — dice el juez. Lo dice sin en-fadarse, como si fuera normal que Emilio no supiera nada. Pero en seguida, con el mismo tono, vuelve a insistir—. Va-mos a ver, usted estaba, según nos ha dicho…

 

Emilio calla. Se adelanta un poco e inclina la cabeza.

 

—Fue todo el pueblo —murmura—. Yo tiré piedras, pero no sé si le dieron.

 

—Pero usted ha dicho que llevaba un palo o una azada, ¿no?

 

¿También le robaba?

 

—Nos robaba a todos, a todo el pueblo. Por eso fue todo el pueblo — dice. El secretario apunta las respuestas.

 

Hacía frío. Emilio se arropó en la manta que había traído y

 

 

 

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empezó a liar un cigarrillo. «Se le acabará lo que tenga para comer y tendrá que salir, vaya si saldrá.» La noche sin luna estaba caída sobre las casas como una manta negra salpicada de leche. En el interior del establo abandonado había un pe-queño resplandor que salía de la cocina. No había viento. Es-cuchaba él, como único ruido de la noche, el pequeño crepitar del tabaco que ardía cuando chupaba su cigarrillo. Su lumbre iluminaba las piedras más próximas de la cortina. Vio las ca-bezas que sobresalían detrás de la cortina cada dos o tres me-tros, rodeando la casa. «Saldrá o se morirá ahí dentro.»

 

—¿Cuántos días estuvieron rodeando la casa? — Se limpia la cara con el pañuelo, quitándose las gafas con la mano izquier-da. El pañuelo huele ya a sudor, y él se siente ya completa-mente hundido en la atmósfera sucia de El Salón. Aunque or-denó que salieran todos menos los que él estuviera interrogan-do, aún queda el olor compacto de los hombres que lo llena-ban. Dos guardias civiles hacen pasar a los que el secretario llama. El juez ha oído la respuesta del campesino, distraído, pensando en algo poco preciso en relación con el hombre o, más bien, con aquel tipo especial de hombre. «O de mono», piensa. Se recuesta en el respaldo de la silla y su crujido le recuerda la palabra «crimen»… «Toda la historia del dere-cho…» Se frota los ojos cerrados con el pañuelo, los párpados arrugados, que a veces le tiemblan con un tic.

 

«Cinco días cercando la casa de un hombre», piensa asombra-do. Guarda el pañuelo.

 

—Llame a otro testigo —dice.

 

Juan no dice nada. Sí, él vive con su padre y su madre. Traba-ja sus tierras. Tiene treinta años. Ha estado con todos esperan-do a que salga, sí. Pero también han tirado piedras los otros, todo el pueblo.

 

Se asustó de pronto, y empezó a reírse cuando vio que era un

 

 

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perro. «Hasta los perros le odian.» Estaba husmeando cerca del carro sin ruedas. Oía claramente el roce de sus uñas sobre el suelo, buscando algo entre las cáscaras viejas. «Tendrá que rascar en el suelo si quiere escapar.» El perro estaba dentro de la sombra del carro, formando parte de ella. Le ponía nervio-so, sin dejar de moverse entre las sombras. «Condenado bi-cho.» Chascó la lengua para asustarle. El perro siguió allí, re-moviendo las basuras.

 

—¿Qué pasa?

 

Era el Tío Muelas. Le vio dos metros más allá, acurrucado en su manta, junto al brillo de la azada.

 

—Nada, ese perro.

 

Juan no pudo aguantar más. Alzó la mano. Silbó la piedra y chocó contra la madera vieja del carro con un ruido seco, se-guido de otros más pequeños, apagándose. Ladró el perro a la vez y comenzó a correr, apareciendo de pronto entre el rincón de sombras del carro y la pared. Simultáneamente, se levanta-ron los hombres de detrás de la cortina. Dos o tres piedras chocaron contra el carro.

 

—¿Qué pasa?

 

Se oyó un rumor de preguntas.

 

—No es nada, un perro.

 

Por el camino venían corriendo varios hombres. Se había roto el silencio, se oían los golpes de las cholas de madera contra las piedras, las voces preguntando, el rumor apresurado de la pana rozando contra la pana.

 

—Nada, nada.

 

Un latido, en cada sangre, se había unido al latido del hombre más próximo, formando un solo latido sordo, un cerco de san-

 

 

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gre en torno a la casa del resplandor pequeño en la cocina. En algún sitio, hacia la derecha, oyó Juan los gruñidos de Gris.

 

El juez se está apretando con los dedos junto al ojo derecho. «Este tic, este maldito tic…» Los hombres y mujeres que es-peran ante El Salón siguen silenciosos, casi inmóviles, de vez en cuando cambian el peso del cuerpo al otro pie o se pasan la mano por la cara, asombrados de los guardias que vigilan la entrada de El Salón, donde están los dos hombres vestidos de negro que tanto miedo les dan. Es el sentirse objeto de la aten-ción de esos hombres importantes lo que les asusta.

 

«Toda la mañana interrogando…» El secretario no ha levanta-do la cabeza de los folios que va escribiendo. «Acta número 2305, Aldeaseca, partido judicial de…» El juez se siente ya cansado, está deseando terminar con los interrogatorios. «Me dijo el ingeniero que no se me ocurriera comer aquí, nos

 

invitó…» Hace aún más preguntas al asustado campesino que está delante de él.

 

—Vámonos —dice al secretario.

 

El secretario levanta un momento la cabeza y asiente.

 

—Continuará a las dieciséis, es decir, a las cuatro —aclara, un poco para sí mismo.

 

Parten en el coche. Los guardias se quedan allí.

 

El Cholo estaba sentado, odiando a su mujer con la mirada. «Me matarán.» Sabía que la casa estaba rodeada, continua-mente, por veinte o treinta hombres del pueblo que se turna-ban. Habría incluso mujeres. Los dos primeros días esperó que aquello no fuera de verdad. «Seguramente se cansarán.» Aca-so asustándoles: siempre le habían tenido miedo.

 

Salió a la puerta gritando:

 

 

 

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—¡Le hundiré las costillas…!

 

Diez o doce piedras rebotaron en la puerta y en el carro un segundo después de esconderse él.

 

—¡…a quien me tire una piedra! — había pensado acabar la frase.

 

«Criminales.»

 

Su mujer estaba enfrente de él, junto a la chimenea, mirándole con sus ojos pequeños de rata. Temblaba su cuerpo encogido, y él sentía aumentar su asco por aquel lío de trapos arrugados que ella era. No habían comido nada desde la última vez que encendieron el candil. Pronto tendrían que encenderlo de nue-vo.

 

Él creía haber vivido en aquella cocina años y años sin salir. La pared sucia de humo. El fuego, la olla colgada del gancho, los agujeros en la pared con los cacharros, el suelo sucio, lleno de plumas de gallina y restos de comida que ya empezaban a oler mal. Las cenizas grises y el pequeño rescoldo que aún quedaba en la chimenea. Odiaba todo aquello.

 

Su mujer se levantó y encendió el candil.

 

—Queda poco aceite —dijo.

 

A ella la odiaba más. «Vieja gallina sin plumas… Borracho tenía que estar para casarme con ella.» Recordó aquella noche después de la feria. Había bebido mucho. Bailaron hasta la madrugada y, al terminar el baile, no supo ya nada hasta que se encontró tumbado sobre una cama, en una habitación que no conocía. Entró ella.

 

«Entonces no estaba podrida.» Sonrió. Pero no comprendía ahora, no había comprendido nunca, por qué estuvo tan dócil a la mañana siguiente. Prometió todo lo que quisieron y antes de

 

 

 

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una semana estaba ya todo preparado. Y un mes después, ca-sado con ella. «Su padre y sus hermanos me amenazaron. Yo era un pobre tonto y me asusté, todo el pueblo supo lo que había pasado.» Sonrió otra vez, recordando. «No, no estaba tan podrida entonces.» Le enervaban aquellos crujidos, sus brazos la apretaban sin darse cuenta, oía la respiración de ella y su propia respiración entremezcladas, como las de dos toros en pelea. «Como cuando Vitorina…» Siguió recordando, olvi-dado un momento de su situación.

 

Ella estaba llorando. La descubrieron sus ojos como una cosa más, extrañado casi de que fuera capaz de llorar, y sin relacio-narla con aquella mujer en la que unos segundos antes pensa-ba. Las comparó mentalmente.

 

«Ahora se moriría.» Rió con un resoplido. Ella le miró y su llanto se hizo más fuerte. Pero era algo más que asco o des-precio lo que sentía hacia ella. Había un sentimiento impreciso de terror, como si él, fuerte, lleno de vida, sospechara un mis-terio en aquel ser casi muerto, dedicado a temblar, a tener frío y llorar. El contacto de sus manos sin sangre le había llegado a obsesionar hasta tal punto que muchas noches no subió al dormitorio. Y ella le pedía, llorando, su proximidad, su calor.

 

«Como si me quisiera pasar su frío.» Ahora, miraba él al ven-tanuco alto, por donde ya no entraba ninguna claridad. Sintió de pronto un escalofrío. Fue más claro para él que estaba den-tro de aquella casa, su casa, encerrado con una mujer silencio-sa, su mujer, rodeados ambos por todos los hombres del pue-blo, a los que durante años había robado y ofendido. Sabía que todos estaban armados de azadas y picos, de hoces y piedras. Se dio cuenta de que tenía miedo. Sobre la mesa estaba la ca-zuela de barro vacía, sucia todavía de la comida del día ante-rior. Fue su miedo, una sensación de proximidad de un peligro intangible, no él, quien hizo mover su brazo lanzando la ca-zuela desde la mesa al suelo, donde se hizo pedazos. Había

 

 

 

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rugido sordamente a la vez, escupiendo después sobre los res-tos de la cazuela. «Y ella ahí quieta, sin decir nada.» Supo que era a ella a quien odiaba exclusivamente. Hubiera matado a cualquiera de los campesinos que esperaban fuera, porque sa-bía que tendría que salir o se moriría de hambre. Los odiaba, pero estaba obligado a ello, porque los sabía enfrente de él, eran hombres que tirarían piedras contra él, contra el hombre que les había robado. Ahora no podía hacer nada contra ellos, estaba impotente ante su amenaza, pero se daba cuenta de que existían. Eran enemigos, y esto le parecía natural, no era con-trario a su vitalidad salvaje. Pero esa mujer, ahí, enfrente de él, sin dormir desde hacía dos días y sin comer desde uno, que no había gritado, inmóvil totalmente si no se hubiera levantado varias veces para encender o apagar el candil, le producía una sensación de miedo y de frío, haciendo que concentrara en ella todo el odio que debería sentir por los campesinos. Era mayor este sentimiento y aumentaba cada vez que la veía temblando sin parar o sollozando sin interrupción durante horas. Un so-llozo pequeño, ahogado, monótono, que sonaba en la cocina como si todas las cosas lloraran y sus llantos se hubieran uni-do en aquel ruido intermitente, tan poco parecido al sollozo de una mujer. Luego se callaba, y ya permanecía mirándole inex-presivamente, sin alborotarse apenas cuando él rompía una cazuela o tiraba una silla de una patada. «Como un muerto. Ni siquiera ha dicho que tiene miedo.» No debía ser capaz de sentirlo.

 

Le era imposible librarse de la obsesión de estar encerrado con un muerto, que esperaba junto a él hasta que también muriera. Hubiera querido a su lado algo vivo, intensamente vivo, que se paseara por la cocina rompiendo cazuelas y vasos, abrazán-dose a él, gritando, apretándose contra su cuerpo caliente. No aquella estatua fría que temblaba.

 

Comenzó a oscilar la llama del candil. Latió un momento la luz contra las paredes y el techo, decrecieron luego las oscila-

 

 

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ciones, dejando avanzar, por latidos también, a las sombras de las cosas hasta que se fundieron todas en una sombra total. Estuvo viendo durante unos segundos un punto luminoso don-de había estado la luz del candil. Se apagó luego y sólo queda-ron tres o cuatro puntos de luz en el suelo, enfrente, donde sabía él que estaba la chimenea.

 

No pensó nada. Siguió sentado en el banco apoyándose contra la pared. Parecía que la oscuridad, al unirse al silencio, total desde que ella dejó de sollozar, hubiera convertido a la cocina en algo macizo, donde las cosas no eran más densas que ella misma, haciendo imposible cualquier movimiento. Había oído un pequeño ruido enfrente de él.

 

Comprendió que era ella, y al mismo tiempo se dio cuenta de lo que iba a pasar, pero sin saberlo bien todavía. Sintió los brazos de la mujer rodeándole el cuello, y todo su cuerpo casi encima de él, semitumbado como estaba sobre el banco. Sin una palabra, sin un grito. Tuvo que agarrarse para no caer con ella al suelo. Buscaba calor o simplemente un cuerpo contra el que apretar el suyo. Ella renacía con la oscuridad. Era peor que su frialdad absoluta. Recordó muchas noches junto a aquel calor helado que le aterrorizaba. Tuvo la sensación de estar en una tumba, de nuevo, donde era recibido con amor por una mujer sin vida, que le abrazaba, recién muerto. Se sin-tió dominado por un furor extraño, que le llenaba las venas y latía en el cerebro. En el minuto siguiente, largo y silencioso, sólo se oyó un crujido, como de una caña seca aplastada entre trapos, y luego un ruido sordo de algo que cayó pesadamente al suelo. «Sin un grito», pensó él. Sus manos permanecieron un momento como abarcando todavía la garganta de ella.

 

Está pensando que ha comido demasiado bien para ir al pue-blo a interrogar a campesinos analfabetos. Pero tiene que con-tinuar la instrucción del sumario. El ingeniero jefe de la cen-tral ha sido muy amable.

 

 

 

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—Es muy simpático este ingeniero, ¿eh? Vive como si estu-viera en una ciudad —dice el juez.

 

—Sí, su mujer parece una marquesa o algo así —dice el secre-tario.

 

—El caso es que hemos comido, ¡y menuda comida!

 

Está oyendo el ruido del motor del coche, un ruido violento e indeciso en su violencia, como sus propias dudas sobre si po-drá continuar aquel inexorable deber de interrogar a hombres de caras arrugadas, que le miran fijamente, con miedo casi a su chaqueta negra, a sus lentes o a su voz, no a la justicia que representa. «Justicia, ¿qué saben estos hombres?… Son como animales. Acto delictivo… Necesitarían una justicia natural, que los juzgaran las piedras o la tierra que ellos trabajan.» Re-cuerda lo que les dijo el ingeniero, mientras comían. Una mano suya cogía entonces el vaso mientras la otra limpiaba la boca con la servilleta: «Quedará debajo de las aguas, como los otros…» Sí, algo así: la justicia del río, o mejor, la purifica-ción larga de sus aguas, cubriendo hasta el techo más alto del pueblo. El crimen no lo habían hecho ellos, sino aquellas ca-sas sucias y pequeñas que albergaban a los animales y, a la vez, de un modo secundario, a ellos mismos, a los hombres que hacían acequias para tomar el agua río arriba y llevarla hasta sus tierras, olvidadas del cielo durante siglos. Aquellas piedras inmóviles como conciencias mudas, clavadas en la tierra vigilantemente, y los toros salvajes, casi fieras, abatidos sus cuernos por el peso de dos piedras, y las cortinas, y el hambre de los malos años. Piensa en sus miradas, fijas como piedras transparentes y negras, con una profundidad de tiem-po, en las que le parece ver las siluetas de una vida primitiva, una visión de hombres semidesnudos atacando con piedras toscamente talladas a animales salvajes de formas extrañas, pertenecientes a especies ya desaparecidas. Sólo el río podría lavar todo aquello, las fachadas chorreando sangre, la sucie-

 

 

 

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dad de las calles, el ambiente denso de ruidos animales y olo-res repugnantes, aquel charco de vida detenida en el tiempo, en un presente continuo en el que cualquier germen de crimen y degeneración puede surgir. Ellos, los hombres, no eran nada: un pueblo de toros, gallinas, bueyes, mulas, hombres, lagarti-jas… «Suerte perra la mía… Tener que venir aquí. Y el fiscal sin llegar», piensa el juez.

 

El coche se detiene.

 

El secretario extiende sus papeles sobre la mesa, ya dentro de El Salón, y se dispone a continuar escribiendo. Repasa con la mirada los últimos folios:

 

«… que él no supo más después de que salió la víctima. Co-menzaron todos a tirarle piedras. Preguntado a este respecto, dijo que recordaba haber visto a Juan Morales, a Gervasio Fernández y a tres o cuatro más que no puede decir por no recordarlos de momento, tirar piedras contra la víctima, que corría “saltando como una gallina”, en expresión del declaran-te, protegiéndose de las pedradas con un barreño grande de los que usan las mujeres para ir a lavar al río, y que no puede de-cir, porque no lo recuerda tampoco, quién comenzó a tirar piedras ni de quién era la piedra que le produjo la herida que se ha apreciado en el cadáver de la víctima, pudiendo asegu-rar, sin embargo, que fue Gris el que le derribó con un palo…, e insistiendo en que fue todo el pueblo, pues a pesar de haber dado nombres, él recuerda que fueron muchos los que tiraron piedras y golpearon con azadas y picos, para precisar más, todos los que en aquel momento estaban cercando la casa, y que si alguno no logró alcanzarle con sus pedradas fue por casualidad, porque todos “tiraban a dar” del mismo modo que todos querían ser los que golpearan a El Cholo, caído ya, con las antedichas herramientas…»

 

Continúa el interrogatorio. Folio número 39. «Llamado a de-

 

 

 

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clarar Higinio Galán…»

 

«Pronto amanecerá.» Estaba sentado en el banco desde hacía tanto tiempo que le parecía que no existía nada sino aquella oscuridad total, llena de las cosas familiares de la cocina, co-locadas, con el recuerdo, en los sitios donde las había visto veces anteriores. Le dolían los brazos y notaba temblores en la espalda apoyada en la pared. Sus piernas estaban extendidas sobre los tacones de las cholas, y a veces se le balanceaban sin motivo, sorprendiéndose a sí mismo haciéndolo.

 

«Pronto amanecerá y me matarán.» Notó la frente aplastada por un peso interior o, acaso, por la oscuridad casi maciza que le rodeaba, dentro de la cual estaba también el cadáver de su mujer desde hacía varias horas. No tenía ninguna sensación de ausencia de algo vivo, de otro ser cuya vida hubiera sido parte de la suya y que faltara ahora, precisamente, cuando todo era oscuro y fuera le esperaban veinte o treinta hombres desde cinco días atrás para matarle. Ella estaba muerta, como siem-pre lo había estado, pero estaba muerta en medio de la oscuri-dad, y las manos de él sentían crecer un terror recordando algo que se aplastó entre ellas y cayó al suelo. Las tenía caídas en-tre sus piernas, acaso sin saberlo, y temblando cuando la oscu-ridad o el roce de sus pantalones se convertían en el primer contacto, más bien en el último, que sus dedos tuvieron con el cuello. Como si en esa postura sus manos apretaran todavía, como si la misma oscuridad fuera algo corpóreo que se estu-viera aplastando entre ellas y crujiera. Una angustia física se había apoderado de todos sus músculos, sentía como un can-sancio antiguo, hecho de muchas fatigas unidas momentánea-mente, y que ahora surgía, al tiempo que sentía una presión lenta y segura sobre todo su cuerpo. Comprendía la necesidad de salir de allí. «Cuando amanezca estaré perdido… Un día más sin comer.» Su estómago era un hueco doloroso en medio de aquel dolor más vago y diluido que era su cuerpo entero. A veces oía los latidos de la sangre en el cerebro, unos golpes

 

 

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secos que le hacían recordar la serie de golpes del día anterior, o de dos días antes —no podía recordar ya, había perdido la noción de la medida del tiempo—, cuando intentó salir ame-nazándolos, y las piedras chocaron contra la puerta y el carro, como una frase de golpes contestando a la suya de palabras. Recordaba estos golpes todavía con la misma realidad que los de su sangre, y muy probablemente éstos se producían por el recuerdo obsesionante de aquéllos.

 

«Ella ahí, en el suelo, muerta.» No se había atrevido, desde que se sentó en el banco con los pies extendidos, apoyando sólo los talones en el suelo, a moverlos, por temor a tocar con ellos su cuerpo, que debió de caer muy cerca de donde él esta-ba. Su inconsciente balanceo obedecía, sin duda, a este temor continuo. No podía tampoco mirar hacia allí, porque sus ojos sentían las cosas de un modo táctil, tocándolas en su imposibi-lidad de verlas.

 

«Olerá mal en seguida. No habrá quien pare aquí.» Sus sensa-ciones físicas eran claras, tan nítidas que inevitablemente se le volvían reales, aunque no lo fueran, sin que pudiera disfrazar-las u olvidarlas. Temblaba y oía el martilleo de la sangre en la cabeza. La espalda, aplastada contra la pared, le dolía. Los brazos estaban agotados. Necesitaba cerrar los ojos de cuando en cuando para evitar la presencia táctil del cuerpo de su mu-jer. Sentía hambre y cansancio general. Se hubiera levantado, hubiera ido hasta el ventanuco para mirar, elevándose sobre las puntas de los pies, hacia la noche, y ver alguna estrella, o se hubiera dedicado a pasear. Sus pasos le hubieran dicho que vivía. Pero ¿qué músculos debía mover primero para levantar-se? Sabía que ninguno le obedecería. Sus ideas eran muy con-cretas, repetidas monótonamente desde mucho tiempo, surgi-das sobre una mancha informe de ideas oscuras y vertiginosas que estaban dentro y fuera de él. Su cerebro y la cocina eran ya igual de oscuros, igual de silenciosos, y habían llegado a tener el mismo tamaño, identificados. La chimenea apagada, o

 

 

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mejor, el sitio sin fuego donde sabía él que estaba, era lo mis-mo que la idea de hambre, y cuando esta idea giraba vertigi-nosamente al ritmo de sus latidos, en torno a la cocina, pegán-dose con calidad de murciélago a las paredes y al techo —una vuelta, un latido—, la oscuridad se convertía en la idea de la muerte. Respiraba con dificultad, oyendo al aire salir por la forma fija de su garganta y de su boca. La oscuridad, enton-ces, se hacía vertiginosa también y se poblaba de olores pu-driéndose, de pequeños retazos de otros tiempos — sintió la mano de Gervasio aferrarse en su hombro, cuando Vitorina hacía unos ruidos profundos, salidos de su vientre acaso y, luego, vio su propia navaja brillando en el aire con un brillo delgado como un canto de gallo al amanecer, rojo como la herida que le hizo aquel toro sin piedras…—, retazos que da-ban una vuelta o mil a cada latido, poblándose cada vez más de abigarradas explosiones de colores contrarios que chocaban a velocidades imposibles, y, al mismo tiempo, de gritos, y de mugidos que se aplastaban contra las paredes convirtiéndose en masas casi líquidas, de formas continuamente cambiantes, que flotaban, empezando una de ellas en seguida a oscilar bruscamente, hinchándose y deshinchándose, desde la delga-dez más absoluta hasta un volumen que llenaba todo el hueco negro que eran su cerebro y la cocina. La sensación de vértigo la sentía en este hueco negro que le dolía en su misma vacie-dad, sólo lleno momentáneamente cuando alguna idea concre-ta y actual se fijaba sobre todo aquel caos: «Amanecerá pron-to», «me matarán», «tengo que salir antes de que amanezca», «olerá mal en seguida, ahí, muerta en el suelo». Iba creciendo en él la sensación de la proximidad del cuerpo de su mujer. Quizá había empezado ya a corromperse. Descubrió el venta-nuco, entonces, y estaba más claro que la última vez que lo miró.

 

Fue instantáneamente, sin pensar en hacerlo, como se levantó, sin rozar siquiera con los pies el cuerpo de su mujer, sintiendo

 

 

 

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la necesidad de huir de allí y no pensando en el peligro de las piedras que le tirarían. Un segundo después, en el centro de la cocina, pensó en este peligro, y se descubrió buscando, con las manos, algo en la pared, en el lugar de la pared donde su mu-jer colgaba los cacharros grandes. Tropezaron sus pies con algo metálico que vibró largamente, de un modo sordo, reso-nando en el rincón donde se encontraba. Tenía, en la otra mano, la manta con la que se había cubierto todas las noches. Salió al establo con la manta por la cabeza, sobre la que suje-taba de un asa, con la mano que le dejaba libre la manta, el barreño grande que su mujer empleaba para ir a lavar al río. «Si estuvieran dormidos», pensó. Supo que había salido a la noche por una oscuridad menos densa, por una sensación de mayor espacio en torno a él, y por el viento libre que contrastó con el calor sucio que todavía guardaba debajo de la manta, pegado a su cuerpo.

 

«Si durmieran», pensó otra vez. Permaneció quieto en la puer-ta, procurando no destacarse de la mancha de sombra que allí había. Silencio y oscuridad. Nadie notaba su presencia en la puerta. Vio la cortina, una sombra más densa de un metro de altura.

 

«Alcanzarla.» Corrió.

 

Agachado, sujetaba con la mano izquierda la manta y con la derecha el barreño, sin soltarlos, a pesar de la velocidad y de las piedras que chocaban contra él. La noche se había llenado de gritos y silbidos, de sombras que se agitaban detrás de las vallas que rodeaban la casa. Resonaban detrás de su cabeza los golpes metálicos, y su eco quedaba vibrando, unido al eco del golpe anterior, con el que formaban todos un solo y continuo ruido metálico vibrante.

 

«Alcanzar la cortina.»

 

Retrocedieron las sombras, o se apartaron, cuando él llegó,

 

 

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agitando el barreño delante, y saltó la valla sin rozarla, sin-tiendo entonces el impacto de varias piedras en la espalda y los hombros, amortiguado por la manta. Al usar la mano dere-cha para impedir que resbalara la manta de la cabeza, supo que ya no tenía el barreño, y oyó su caída metálica contra las piedras. Notó un dolor instantáneo en la nuca. Siguió corrien-do. Oía los gritos a su espalda y a su derecha, acompañados del rumor sordo de las cholas chocando contra el suelo. Sintió otro dolor en la nuca y se llevó las dos manos, instintivamente, a ella para protegerse. La manta cayó al suelo. Siguió corrien-do.

 

«Sangre, me han hecho sangre. La otra cortina: saltarla.»

 

Corría agachado, sin dejar de mirar la segunda cortina. Reci-bió varios golpes en la espalda. Le faltaban cuatro metros para llegar. «Me pararé y se asustarán.»

 

Otra piedra en la nuca. Retiró la mano contra la que había chocado. Vacilaron sus piernas. «Canallas… Hijos de pe-rra…»

 

El dolor de la nuca aumentaba.

 

«No podrán…»

 

Tropezó. Siguió corriendo. Los golpes eran tan seguidos —en los hombros, en la cabeza, en la espalda— que ya no sentía los nuevos. Todos formaban un solo dolor. Notaba correr la san-gre, sabía que estaba sangrando por varios sitios.

 

«Tengo que seguir.»

 

Cayó sobre sus rodillas, apoyándose en las manos. Algo le golpeó en la cabeza y le derribó al suelo. Crecieron los gritos a su alrededor hasta hacerse tan dolorosos como los mismos golpes, que ahora se sucedían sin interrupción en los costados, en el pecho, en las piernas, en el vientre… Estaba caído boca

 

 

 

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arriba, entre los hombres que le golpeaban. Brazos y hoces y azadas caían sobre él, mezclados, chocando entre sí, en medio de una respiración colectiva y furiosa.

 

«Sangre… Me matarán… Hijos de pe…»

 

Golpes y gritos nacían de aquellas sombras que se movían y agitaban en torno suyo. Quiso gritar, mover un brazo. El dolor era irresistible. Algo le había golpeado en un ojo y por un momento vio todo estallando en luces blancas. Luego dijo: «No, no…» Movió la cabeza. «No…»

 

Sentía su cuerpo como un latido abierto en medio de la noche, como un dolor total, renovado, aumentado a cada segundo.

 

«Can…»

 

Movió la cabeza. Quiso protegérsela con un brazo, con el bra-zo derecho, pero no sabía nada de él, no pudo colocarlo sobre sus ojos.

 

«No, no, no…» Quedó inmóvil.

 

Ha terminado la instrucción del sumario. Por fin, han llegado el fiscal y el forense. Todos, después de efectuado el traslado de los cadáveres, y sus respectivas diligencias, parten de Al-deaseca.

 

—Hay que preparar rápidamente el resumen para el auditor — dice el juez.

 

Está cansado. Un día entero interrogando a campesinos torpes, que apenas entienden las preguntas que se les hace. Apoya la cabeza en el respaldo blando del asiento y entorna los ojos. Ve acercarse, aumentando la velocidad al llegar junto al coche, paisajes de bajas colinas y llanuras extensas, pobres de vege-tación y ricas de piedra, casas de los mismos colores que el paisaje, como peñascos solitarios, y, de vez en cuando, un

 

 

 

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hombre de silueta curva, detrás de un toro o, a lo lejos, hom-bres y mujeres con niños a la espalda trabajando en el campo. El ruido del motor llega hasta él a través de la oreja del res-paldo, amortiguado, con vibraciones metálicas sordas. Cierra los ojos con fuerza para evitar el tic. «Un pueblo entero contra un hombre. No se podrá hallar culpable.» Piensa en la central eléctrica en construcción. «Luz y muerte, progreso y prehisto-ria.»

 

—¿Qué opina usted?

 

El forense vuelve la cabeza hacia él. Recuerda el cadáver desecho, machacado contra el suelo a pedradas y golpes de azadas. «Le arrancaron un brazo, probablemente con un golpe de azada. La cara deformada, una masa de carne sin expresión, sanguinolenta.»

 

—Confío en que lo lleven a la Audiencia Provincial —añadió el juez

 

—. Prefiero no saber nada de este asunto.

 

—Sí —dijo el forense—. Es un mal asunto.

 

El coche dejó una nube de polvo girando sobre sí misma y desapareció en una curva.

 

Un pasillo de gente hasta el camión. Los ojos fijos, redondos, con una curiosidad animal, los labios inferiores abandonados, carentes de gesto, en una espera estúpida. Arrancó el coche del juez con tres aludes de ruidos sordos, y desapareció, tam-baleándose sobre sus ballestas por el camino. Parecen haberse materializado las miradas de los campesinos en hilos extensi-bles atados al coche. Fue necesario que desapareciera detrás de una casa para que varios campesinos dejaran de mirar en esa dirección. Se acercan, entonces, despacio a la puerta de El Salón. Los demás miran aún el coche que, entre polvo, surge otra vez de la tierra, junto al río, y se aleja ya por la carretera.

 

 

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Luego se hunde otra vez en la tierra, donde una pequeña coli-na oculta el río. Queda un rastro de polvo ascendiendo.

 

Entonces se unen todos al pasillo de gente, delante de la puer-ta de El Salón, comenzado a formar por los primeros que libe-raron los hilos extensibles de sus miradas de aquella obsesión creciente de lejanía o de ser ellos mismos lejanos. Ahora están así, como si nunca hubieran visto nada a menos de diez me-tros. Puestos los ojos en una cosa —el cuello del campesino de delante, la puerta de El Salón, la esquina del tejado—, pero sin verla. Los tienen abandonados sin mirar por ellos, aunque puedan estar viendo algo por sí mismos. Fijos en cualquier cosa, inútiles como las manos caídas a lo largo del cuerpo. No como la mirada de los muertos, que refleja un vivir sorprendi-do, sino como el agua parada, transparentando lo único que hay en su fondo: la tierra. Ni una idea puede verse en esos ojos. Su pensamiento está parado. Necesita algo que abra su cauce cegado: la azada que va abriendo el surco delante del agua.

 

La puerta está abierta. Se había empezado a oír el rumor unos segundos antes. Se animan los ojos de todos desprendiéndose de lo que están mirando; nace entonces un movimiento común de retroceso y avance alternativo. Gris, entre dos guardias, esposado, atraviesa el pasillo mirando a todos sin comprender, preguntando con sus ojos, sin párpados, un poco apagada su rebeldía de los primeros momentos.

 

Subido en la caja del camión, siempre entre los dos guardias, Gris parece haber tenido una idea. «No.» Hace fuerzas con sus manos, lucha contra las esposas inútilmente.

 

—Grrriss, grrriss…

 

«No.» Los chicos se acercan al camión corriendo y empiezan a gritar y a agitar los brazos.

 

 

 

 

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—¡Gri… is! ¡Gri… is!

 

—Fuera de aquí, chicos.

 

Los guardias suben al camión.

 

Se oye un rugido lejano. En las cabezas de algunos campesi-nos bailan palabras incomprensibles: «libertad provisional… hasta el juicio».

 

El camión ha arrancado. Los chicos corren detrás de él gritan-do:

 

—¡Gri… is! ¡Gri… is! Un campesino se ríe.

 

—Vaya con este Gris —dice.

 

 

 

XI

 

 

 

La azada entra en la tierra rítmicamente, con una decisión sú-bita, produciendo un ruido que se desliza entre chirridos du-rante un segundo y luego muere secamente. Retrocede enton-ces, casi sin haber tenido tiempo de pararse, y sube unos cen-tímetros, saliendo de la tierra, y dejando limitado por grietas un pequeño terrón, cuyos restos, polvo y piedras, resbalan so-bre la hoja metálica. Algunas piedras pequeñas rebotan y van a parar junto a su pie descalzo, medio hundido en la tierra, mientras el agua se filtra —la azada ha caído ya tres veces más— oscureciendo la tierra y deslizándose libremente por la pequeña acequia que surge bajo las dos piernas separadas. Suena el agua —sonidos pequeños de metal dormido— y el atardecer endurece más sus últimas luces en ella. Lentamente, dudando la dirección, el agua avanza por el camino que le va abriendo la azada, bajo las piernas del hombre inclinado. Ger-

 

 

 

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vasio, remangados los pantalones, descalzo, trabaja sin des-cansar un momento. Lleva ya una hora abriendo acequias. De-ja clavada la azada y se yergue, limpiándose con el dorso del brazo el sudor de la frente. Respira más fuerte. Mira hacia el río. La carretera es una franja más clara que se pierde, en un recodo, detrás de una colina. A lo lejos, se ve ya una muralla gigantesca de cemento que cierra el valle. Gervasio observa el trozo de carretera que se divisa desde donde está. Va a incli-narse, pero se arrepiente y, rápido, desentierra los pies, se sa-cude la tierra adherida a ellos, arranca la azada, se calza, sin agacharse, las cholas, y comienza a andar, desdoblándose, in-clinado, los pantalones, con la azada en una mano y arrastrán-dola por el suelo. «Es ella.» Empieza a oírse el ruido de sus cholas contra la tierra. Gervasio va hacia el camino grande. Se echa la azada al hombro. Se apresura. La hoja de la azada choca contra las piedras de la cortina junto a la que anda. Un ruido metálico, que vibra un momento, como el recuerdo que de pronto ha llenado su cerebro. «Ya está pudriéndose — piensa —. Ahora todo es diferente.» Tiene que llegar al ca-mino grande antes que ella. La esperará allí, el corazón latién-dole por la proximidad de algo largamente ansiado y siempre lejano. Gervasio se apoya en una de las cortinas que limitan el camino grande y se queda mirando hacia la carretera, invisible ahora por la suave loma erizada de centeno. Una rabia acalla-da desde mucho tiempo empieza a endurecerle el gesto de la boca. Vitorina —sí, es ella—, su silueta desdibujada contra las piedras por la luz del atardecer, aparece al final del camino. Gervasio, su boca apretada ya, la descubre sin hacer un solo movimiento. «Me venció, me venció, precisamente entonces.» Recuerda. Desde aquel día no ha vuelto a hablar con Vitorina, siente una extraña inferioridad cuando está cerca de ella o, simplemente, cuando la ve o alguien la nombra. Desde la muerte de El Cholo, está esperando la ocasión de rehabilitarse a sus propios ojos, no a los de ella, que probablemente le des-precia. Fue demasiado aquello para que una mujer no sienta

 

 

 

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aversión hacia un hombre. A cualquiera le hubiera pasado. Pero la mujer no tiene cerebro para estas cosas. Ella ve sólo a un hombre vencido por otro. Y no volverá a someterse a éste, más aun teniendo en cuenta que había estado a punto de lo-grarlo cuando llegó el otro. Incluso después de la muerte de El Cholo, ella ve a Gervasio como a un vencido. Por lo menos así lo cree él.

 

La ve avanzar ahora, pensando estas cosas, sin precisarlas, de un modo tosco.

 

Vitorina avanza, habiéndole visto, pero sin demostrarlo. No desvía su camino cuando pasa a su altura, ante el silencio ten-so que él mantiene, apoyado todavía en la cortina.

 

—¿Dónde vas?

 

No ha podido dejarla marchar como otros días allí mismo, sin una palabra. Viene todas las tardes a esperarla, desde que se enteró de que el Tío Muelas le había buscado un puesto de criada en casa de uno de los ingenieros. Y todas las tardes, ella pasa sin mirarle y él la ve pasar sin hablarle.

 

Al oírle, Vitorina vuelve la cabeza y se detiene. Acaso espera-ba aquello. Ha bajado el cántaro, sin que pueda pensarse que lo hace para descansar.

 

—Ya ves. Vengo del Salto.

 

Gervasio la mira, quieto en el centro del camino, hasta donde ha llegado mientras hablaba. Ella está enfrente, a un lado el cántaro y al otro el capacho. A Gervasio no le gusta que ella sirva de criada.

 

—Mucho señorito hay allí —dice. Se acerca a ella—: Mira, Vitorina, tú y yo tenemos que hablar.

 

—Bueno, que se echa la noche — hace ademán ella de coger

 

 

 

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el cántaro, pero él le detiene el brazo con su mano.

 

—Será ahora. —Está decidido, comprende que ella le está dando una oportunidad y él ha estado a punto de perderla. Ella, mansamente, coge el cántaro y el capacho y se deja lle-var por él hacia el borde del camino. Saltan la cerca. Vitorina ha dejado el cántaro y el capacho apoyados entre las piedras y la tierra, y ahora se alejan los dos, mientras las sombras van haciéndose más compactas, van adquiriendo una oscura dure-za entre las piedras, hasta confundirse con ellas, formando una sola cosa con la oscuridad entera, sin hueco, que parece haber-se desplomado de pronto sobre todo.

 

Había creído oír un ruido, de pronto le pareció ver moverse algo al dar la vuelta al recodo. Emilio, cansado por todo un día de trabajo, regresa ahora al pueblo. No le importaría ni el rui-do ni la sombra. Pero sabe que en el pueblo le consideran un traidor, el único que trabaja para el Salto. A pesar de que ya ha pasado bastante tiempo y a pesar de lo de El Cholo, en lo que él participó como uno más, Emilio no está seguro de que un día cualquiera no le salgan al encuentro los del pueblo. Por eso espera la noche para regresar, y evitar encontrarse con alguien. «Los ánimos están muy calientes desde lo de El Cho-lo», le dijo su mujer. Se había pegado a las piedras, cuando creyó oír y ver aquel ruido y aquella sombra, y aún sigue así, sin moverse, después de un minuto de atención.

 

«Quién sabe si es alguien con negras intenciones», piensa. Con cuidado levanta la cabeza. Ve dos sombras alejarse hacia el montículo de grandes peñascos que forman cuevas.

 

Al llegar a la plaza se encuentra con la madre de Gervasio, una vieja con más fuerza de la que por sus años debería tener.

 

—¿Qué hay, Emilio? No se te ve nunca. —Hay cierta malicia en sus palabras.

 

 

 

 

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—He encontrado esta azada en el camino. ¿Sabe de quién es? —¡Demonio!, es la de mi hijo. ¿Dónde estaba él? —No le vi. Con Dios, señora Norberta. —Con Dios, voy a ver si le encuentro.

 

El Salón se ha ido convirtiendo en una especie de bazar. El Tío Muelas hace un viaje al Salto todos los sábados, con su vieja burra y sus alforjas, en las que trae las cosas más extra-ñas e inútiles para los campesinos. Él mismo lleva unas gafas de sol con montura de pasta blanca. Se las ha comprado a Pa-tricio, a pesar de que le dijo que eran de mujer.

 

«Cómpreselas marrones», le dijo. Pero él las quería blancas, y blancas se las compró. Estos viajes del Tío Muelas son la úni-ca relación directa entre el Salto y Aldeaseca, ya que Emilio apenas habla con nadie en el pueblo. A través del Tío Muelas se enteran los campesinos de las novedades de las obras. La última noticia que ha traído es que la presa está terminándose y que muy pronto volverán el río al antiguo cauce para que comience a llenarse el embalse.

 

—Nos dejarán coger la cosecha, ¿no? —le pregunta un cam-pesino.

 

—Sí, hombre. Si tardará más de un mes en llenarse todo el valle —contesta el Tío Muelas—, ¿qué? ¿No me compráis unas gafas de sol? Para segar van muy bien.

 

Juan mira al otro campesino y de pronto estallan los dos a car-cajadas.

 

—¿Me imaginas segando con gafas? —dice—. Al sol hay que mirarle de frente, sin cristales.

 

 

 

 

 

 

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XII

 

 

 

—Dará un buen estirón el centeno. Gervasio, desde el establo, contempla la lluvia que cae en el suelo del patio, dejando so-bre la arena señales como de dedos. Se hace de pronto más intensa, saltan partículas de barro y agua a cada gota que cho-ca contra el suelo. Turbiamente, se distinguen el viejo arado abandonado junto a la puerta del patio y las gallinas acurruca-das debajo de unas maderas y del carro.

 

—No había visto llover así desde que murió tu padre.

 

La señora Norberta dejó la calceta cuando comenzó a oírse la lluvia y fue a la puerta del establo, junto a su hijo, para ver cómo llovía, y aún no se ha movido de allí, donde está como hipnotizada por el crepitar de la lluvia y la pequeña nube de salpicaduras a ras de suelo, que saltan hacia el cielo y vuelven a caer. Las gallinas, apretadas unas a otras, emiten ruidos gu-turales, que sólo a veces llegan hasta los oídos de Gervasio y de su madre.

 

—Nunca había llovido así —vuelve a decir ella.

 

—Ni así ni de ninguna manera llueve aquí.

 

—Casi todos los años caen algunas gotas —insiste ella.

 

—Eso no es llover, madre. Si lloviera como hoy siempre… Aldeaseca no se llamaría Aldeaseca, los campesinos no ten-dríamos que trabajar todo el año, incansablemente, para traer del río el agua que necesitan nuestras tierras, y habría abun-dantes pastos y el ganado estaría más sano. La lluvia nos aho-rraría trabajo y hambre.

 

—Mira los mozos —dice la madre. Gervasio mira hacia la plaza.

 

 

 

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Los mozos salieron de las casas con las primeras gotas gritan-do «¡llueve, llueve…!», y ahora corren y saltan, alzan los bra-zos, y se persiguen, abriéndose la camisa para sentir el agua en el pecho.

 

—Dios quiera que esos demonios nos dejen coger la cosecha —dice la señora Norberta. Ella piensa que pronto tendrán que dejar sus casas y sus tierras.

 

«Cuarenta años trabajando para nada. Nos quieren quitar nues-tras tierras.»

 

Algunas mujeres aprovechan los regatos que se han formado entre las piedras para lavar ropa.

 

—Tendremos fruta —dice Gervasio.

 

—Esos demonios nos van a matar de hambre. ¿Qué haremos cuando nos echen de aquí?

 

—He visto el pueblo nuevo que nos están haciendo. Casas blancas, con un establo pequeño que no vale para nada, y las alcobas y la cocina demasiado grandes. No sé dónde vamos a meter el ganado.

 

—Bien han hecho el establo pequeño, apenas tendremos bes-tias para meter en él. No creas que van a vivir sin pastar.

 

La lluvia no cesa. Parece crecer a cada momento. A los mozos se han unidos algunos hombres y niños, y todos gritan, cele-brando una especie de danza en el centro de la plaza. Ve Ger-vasio sentado en el suelo a un niño con los ojos entreabiertos, también contagiado de la alegría de los mayores, dejándose mojar por la lluvia sin ningún temor.

 

—¡Eh, Gervasio! —es Juan quien le llama—. Mira, mira —se abre la camisa y ríe, los pelos pegados a la frente, por el agua—. Vente con nosotros, hoy riega el cielo.

 

 

 

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Algunas mujeres corren hacia sus casas para encerrar a los cerdos. La alegría va creciendo. El Tío Muelas, con un para-guas, salta ridículamente delante de la puerta de El Salón, has-ta donde los mozos han empujado el organillo y lo hacen fun-cionar continuamente.

 

Gervasio ve venir a Vitorina. Va a su encuentro y se pone a bailar con ella siguiendo la música del organillo.

 

La lluvia empieza a hacerse más débil. Pero todos siguen bai-lando, gritando, y el organillo toca sin parar, aunque ya nadie le oye.

 

Ha dejado de llover, y todavía continúa la fiesta en el centro de la plaza. Varios hombres beben vino dentro de El Salón. Las mujeres se van a sus casas, probablemente también a be-ber vino. Gervasio y Vitorina se alejan hacia la carretera. La madre de Gervasio no se ha movido de la puerta del establo.

 

«Todo quedará debajo», piensa. Sus ojos están fijos en el sue-lo, delante de la puerta. Tienen una dureza gris que parece querer clavarse contra la tierra.

 

—¡La poza está llena, la poza está llena! —En unos segundos, todos los niños que hay en la plaza desaparecen corriendo de-trás del que vino gritando. Cerca del pueblo hay una hondona-da que recibe los regatos que se forman con la lluvia; en el centro tiene un testigo de tierra por el que los campesinos mi-den el nivel. Su fondo es de terreno impermeable, y en torno le han hecho pequeñas acequias convergentes. El agua recogi-da la emplean para las necesidades más urgentes cuando no pueden bajar hasta el río.

 

Dentro de El Salón los hombres comentan la lluvia y sus futu-ros efectos.

 

—Mismamente en febrero. Esta lluvia hace granar como está mandado.

 

 

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—He sido un animal —dice un campesino moreno, de pelo canoso—. Mira que dejar este año para pastos.

 

¡Qué cosecha de trigo tendría!

 

Gervasio, que acaba de regresar de su paseo con Vitorina, le mira, recordando las palabras que su madre repite obsesiva-mente: «Todo quedará debajo, cuarenta años trabajando…» En su cerebro adquieren plasticidad esos cuarenta años, y ve escenas que ha vivido en días de ellos o que la madre le ha contado, reflejándose en los charcos que sus cholas han dejado sobre el suelo de tierra endurecida. Y escenas futuras: ve tam-bién a Vitorina y a él mismo arando un campo inmenso, y en seguida, el campo lleno de trigo tan alto como él.

 

—¿Para cuándo? —pregunta.

 

Sigue pensando, sin esperar la respuesta. «Cuarenta años tra-bajando…»

 

—¿Para cuándo? —repite.

 

Los otros hablan de cosas diferentes ya; él se ha distraído.

 

—… no asomará la nariz por aquí

 

—oye.

 

—¿Qué? —le dice Juan, dándose cuenta de que ha preguntado algo—. ¡Ah!, quién sabe…

 

—A Emilio le dieron dinero, su mujer se lo ha dicho a la Anastasia, ¿verdad, Nastasia?

 

Anastasia, desde detrás del mostrador, mueve la cabeza con un corcho de botella entre los dientes.

 

—Pero la cosecha… ¿dará tiempo?

 

—Gervasio, viendo el rostro de su madre en un charco, quiere

 

 

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saber si «esos demonios» les dejarán coger el fruto de su tra-bajo.

 

—Quien sabe —dice uno.

 

—Ganar, sí gana; dice que le dan a la semana lo menos, lo menos… no sé, no me acuerdo, pero mucho, no creáis

 

—dice otro campesino.

 

—Será mejor que nunca la cosecha, ¿eh? — Juan se bebe el vaso de un trago, chasca la lengua, y se limpia la boca con el dorso de la mano.

 

 

 

XIII

 

 

 

El ruido de las vagonetas, primero un chirrido deslizándose, luego el golpe seco del volquete contra el tope, apagado por el intenso roce áspero del hormigón pastoso contra el hierro y, por fin, el golpe y el amontonamiento de golpes de la pasta junto al obrero, que inmediatamente introduce el extremo de su vibrador en la nueva carga, comenzando a sentir sus brazos como recorridos por algo que muy bien podría ser electrici-dad, según su concepto de ella, ya que los vibradores funcio-nan eléctricamente, y este ruido que ahora parece penetrarle hasta el cerebro a través de sus brazos vibrantes es debido a un motor eléctrico que hay en su interior, como en el interior de su cuerpo, del cuerpo del obrero Antonio Rojo, de treinta y tres años de edad, labrador, hay un corazón que continuamente está marchando; y, ahora, el ruido de su vibrador destaca al principio, pero en seguida se incorpora al rumor general de vibradores y de vagonetas volcando y deslizándose a muy po-cos centímetros de las cabezas de los obreros. Parece como si éstos se estuvieran deshaciendo poco a poco como burbujas de

 

 

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silencio dentro del ruido, al igual que el hormigón se va ha-ciendo macizo gracias a sus esfuerzos.

 

La vagoneta descarga junto al obrero de delante.

 

Antonio Rojo, vibrándole eléctricamente los brazos, trabaja sin un segundo de descanso sobre los travesaños de madera que se apoyan en los bordes finales del encofrado de la presa. Debajo está el hormigón, acaso blando todavía hasta la tierra donde se apoya.

 

Descarga otra vagoneta.

 

Él no la ve venir, su cuerpo la presiente, porque mide exacta-mente lo que tarda en volver o porque nota, por un momento, que desaparece el fuego de la espalda bajo el sol. Un movi-miento de cabeza, lentamente desdoblando la cintura, y suelta el resorte que pone en funcionamiento el vibrador. Antonio, entonces, cree que descansa. Pero no ha tenido tiempo de des-doblarse, cuando ve venir al capataz. «Precisamente ahora, ra… ra… ra…» Ha comenzado otra vez la vibración de sus brazos, de todo su cuerpo.

 

La vagoneta descarga junto al obrero de delante.

 

No ha oído el crujido o lo ha percibido indiferentemente con el cerebro, incapaz de pensar en nada que no sea la vibración. Siente la lengua floja, temblándole, y la boca se le llena de saliva, sin darse cuenta. La madera cruje otra vez. El sigue inclinado, apoyándose con el vientre en la culata del vibrador. Hace una ligera presión de vez en cuando, que desvía con la fuerza de los brazos en la dirección conveniente. El hormigón va adensándose.

 

Antonio Rojo nació en un pueblo cercano del valle. Trabajó toda su vida en el campo, junto a su padre. No salió nunca de su pueblo. Un día llegó una camioneta. Les hablaron de la central y de la presa que iban a construir. Su madre le dijo:

 

 

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«Ganarás mucho dinero.» Su novia le dijo: «Nos casaremos.» Se subió a la camioneta. Pasaron dos años. Ganó dinero, no mucho. Se casó. Pronto iba a tener el segundo hijo.

 

Ha oído un momento antes la vagoneta. Está moviendo la ca-beza, se yergue despacio, sujetando el vibrador. Los crujidos no pueden oírse. Cae el chorro de hormigón. Al inclinarse so-bre el vibrador, recibe un golpe.

 

Se está hundiendo ya, alargando la mano hacia el borde deses-peradamente, recordando el golpe en la cara, que no sabe con qué se ha dado, acaso con el aparato. Pero el borde no está a su alcance y es en la madera partida donde se agarra, com-prendiendo que ya todo es inútil, gritando, y una nueva vago-neta cae entre el estruendo metálico y de piedras resbalando, confundido con el ruido de los demás vibradores que no se han detenido. La madera sobre la que ha intentado subirse se hunde con él por el extremo al que se sujeta, y él sigue gritan-do «¡Socorro!».

 

La madera está levantándose lentamente, hundiéndose por un extremo.

 

—¡Socorroooo…!

 

La sirena comienza a lanzar entonces su aullido largo para decirles a todos los obreros que pueden dejar de trabajar. Ha empezado el descanso.

 

Una madera vertical en el hormigón.

 

 

 

XIV

 

 

 

El Bar Mirador, en el edificio de la Dirección, estaba situado

 

 

 

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en la planta baja. A través de la cristalera que le rodea se veía la presa, ya acabada, y parte del cauce vacío. Era un bar de instalación moderna, con dos camareros de uniforme blanco, botones y gorras rojas, taburetes zancudos junto al mostrador, y sillas metálicas en torno a las mesas. Los empleados admi-nistrativos, los altos empleados, ingenieros y técnicos, bajaban todas las mañanas a él para tomar un aperitivo y oír música moderna por los altavoces. Algunas de sus señoras venían a esperarlos a la salida de la oficina para estar con ellos en la hora vacía del aperitivo. Los que frecuentaban el bar eran apa-rentemente personas acostumbradas al ambiente moderno de las ciudades. No podían prescindir de sus costumbres y encon-traban en él una especie de oasis civilizado en medio de aquel espantoso desierto de atraso y falta de cultura. En realidad, muchas de estas personas no habían conocido un ambiente como el que decían. Precisamente por ello, necesitaban de-mostrar lo contrario. La pequeña sociedad del Salto iba estruc-turándose y —como en las ciudades— habían quedado ya más o menos definidas y delimitadas las principales clases socia-les. Con ellas habían surgido las actividades inútiles, cuya ba-se es la apariencia, y la ley de imitación de las inferiores a la superior, que, naturalmente, estaba formada por ingenieros, altos empleados y «técnicos de carrera». Las mujeres sabían que los ascensos de categoría y de sueldo son debidos más a ciertas apariencias muy ajenas al trabajo que a las propias cua-lidades. Puede tener una importancia enorme el que la señora de un jefe de sección diga en el Casino: «Estuvimos tomando el aperitivo en la Dirección con el señor Martínez. Me dijo que…» Se enterará todo el poblado. «La contable —dirán lue-go, por ejemplo—, y su marido toman todos los días el aperi-tivo con el ingeniero jefe…» Unos días o unas semanas des-pués, alguien dirá: «Claro, como están todo el día bailándole el agua…» Puede que no, pero hay muchas posibilidades de que por este procedimiento, con mucha paciencia, se consiga un ascenso o un aumento de sueldo. Por lo menos, ya ha ocu-

 

 

 

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rrido alguna vez. Y es muy probable que siga ocurriendo. Por-que la pequeña alta sociedad del Salto, como casi todas las altas sociedades, va estando cada vez más montada sobre la falsedad y la influencia de la charlatanería que sobre el traba-jo. Los ingenieros parecían estar ya en posesión de un título nobiliario. Éstos era más probable que estuvieran acostumbra-dos a tomar el aperitivo. Por lo menos, su modo de estar ante el mostrador era más adecuado. No miraban al camarero nun-ca, que les observaba interpretando sus más mínimos gestos: mover arriba y abajo el dedo gordo apuntando hacia el fondo de la copa significaba más sifón; dos golpes en el mostrador con la palma de la mano podía ser una llamada o podía signi-ficar simplemente que querían el aperitivo. «Al administrador, lo que yo quiera menos aceitunas. Al señor Martínez, aceitu-nas precisamente…» Su conversación se desarrollaba siempre independientemente de la presencia del camarero. No les preocupaba en absoluto. Ni siquiera debían saber que existía, quizá le pensaban como una pieza más del «sistema bar».

 

—¡Qué desagradable lo de ese muchacho! —dijo Martínez. Cogió su copa y, sin dejar de mirar la presa, a lo lejos, a través de la cristalera, se dio cuenta de que tenía poco sifón. La dejó sobre el mostrador, notando que su manga tiraba algo, el ser-villetero, quizá, pero no dándole importancia. Apuntó el dedo gordo hacia el fondo de la copa, moviéndolo arriba y abajo. El camarero dejó a medio llenar el vermut de un jefe de sección y corrió hacia el ingeniero jefe con el sifón en la mano.

 

¿Había contestado el administrador «debió de ser un descuido suyo», o era él quien lo pensaba? Martínez, distraído, oyó el ruido del sifón. Pensó algo impreciso en relación con la presa recién acabada, a falta ya de abrir el aliviadero. Cuestión de una semana ya.

 

—Debió de ser un descuido suyo, ¿no le parece? —Necesitaba tiempo para precisar su pensamiento—. Porque nadie se hunde

 

 

 

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en el hormigón así como así.

 

—Si se pierde pie… —dijo el administrador.

 

Se oía una música estridente.

 

—Tiene demasiada densidad —dijo Martínez—. Ha tenido que caerle la vagoneta de hormigón encima. Yo creo que fue por el golpe.

 

La música seguía arañando los trozos de conversaciones que destacaban de vez en cuando. Se oyó de nuevo el ruido del sifón.

 

—Pero eso es lo bueno de haber conseguido mano de obra en estos pueblos —añadió el administrador—. Imagínese los líos de los seguros. Y una presa como ésta siempre se lleva más de medio centenar de hombres.

 

El ruido del sifón vacío, absorbiendo aire, dominó por un momento la música.

 

Se oyó un solo de trompeta. Luego una música estridente, igual, que parecía de duración eterna. El administrador hizo un gesto con la mano, hacia su espalda. El camarero vino co-rriendo.

 

«Un gesto nuevo, ¿qué querrá?»

 

Habló al camarero cuando estuvo cerca, sin mirarle, sin hacer caso de su cuello torcido en un gesto de sumisión y obediencia anticipada.

 

—Esa música. —Señaló al altavoz más cercano.

 

Paró la música.

 

—¿Qué ocurre? —dijo un alto empleado de la administración, que estaba sentado en una mesa, en compañía de su señora y

 

 

 

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de varios empleados subordinados suyos—. ¿Por qué para la música?

 

Él camarero le indicó con la cabeza el grupo de los jefes.

 

—No se podía hablar, es verdad — dijo otro empleado.

 

Había entrado uno de los ingenieros de jefatura.

 

Se fueron levantando, a su paso junto a las mesas, los jefes de sección y los subjefes de sección.

 

—¿Qué tal?

 

El ingeniero jefe acababa de comer su última aceituna.

 

—¿Qué le ha pasado? ¿Cómo ha tardado tanto? —le preguntó el administrador, mientras el recién llegado se subía a su tabu-rete, que había colocado en triángulo respecto a los otros dos.

 

—¿Qué va a tomar? —dijo el camarero.

 

—Martini seco. Y patatas.

 

Se acomodó en el incómodo taburete.

 

—Ese señor Lobo, que ha puesto una conferencia. Como uste-des ya se habían marchado… —dijo—, «No era yo el que te-nía que haber hablado con él, sino vosotros, principalmente tú, magnífico jefe», pensó el ingeniero, mientras hablaba.

 

«Indirecta», pensaron los otros.

 

—No sabía nada —dijo Martínez.

 

«Tú nunca sabes nada», pensó instantáneamente el adminis-trador.

 

—¿Cuándo llega? —habló otra vez el ingeniero jefe.

 

—Mañana. Viene él solo. Su familia llegará después.

 

 

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—¿Quién es? —preguntó el administrador.

 

El camarero estaba sirviendo el Martini seco y las patatas.

 

Acercó el servilletero y se alejó.

 

—Trabajó conmigo en el Ebro. Es un hombre con mucha práctica. Un buen montador. Hará un buen papel como jefe de montajes.

 

—¿Pero es ingeniero? —quiso saber de nuevo.

 

—No, no. —Había cierto desprecio en la contestación del in-geniero jefe—. Simplemente, un hombre con mucha experien-cia. Uno de esos hombres que han ido subiendo a fuerza de experiencia y experiencia, ya sabe. Parecido al encargado de obras, a Ramos, ¿no se llama así?

 

Derivó la conversación hacia otros temas.

 

Era la hora de marcharse a comer. Los altos empleados se ha-bían dado cuenta de ello, pero no se atrevían a marcharse an-tes que sus jefes.

 

Andrés llegó entonces y fue acogido con bromas y saludos amables por la mesa de jefes de sección. Se sentó al lado de la hija de un alto empleado, que venía a esperar a su padre y a tomar con él todos los días el aperitivo, probablemente por considerar el Bar

 

Mirador como un lugar «estratégico».

 

Los jefes miraron hacia allí. Parecía haberles molestado que se sentara en una mesa de subordinados, antes de saludarlos a ellos.

 

—Queda mes y medio para que recojan la cosecha —decía ahora el ingeniero jefe. Había surgido un nuevo tema—. El otro día calculé que la presa tardará en llenarse de mes y me-dio a dos meses. El aforo del río no da para más. Por lo tanto,

 

 

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debemos esperar todavía una semana o así para volver el río a su cauce primitivo. Hablé con el director explicándoselo. Es conveniente dar tiempo a que recojan la cosecha. Necesitare-mos más mano de obra.

 

Los otros dos estaban de acuerdo con Martínez. No convenía crearse enemigos entre los campesinos de los pueblos que iban a quedar bajo las aguas. Un día u otro se los convencería para que trabajasen en la central. No tendrían más remedio que aceptar cuando sus tierras estuvieran sumergidas. Sí, induda-blemente convenía dar tiempo a que los campesinos recogie-ran sus cosechas. No sería tiempo perdido tampoco, puesto que, en realidad, nada se adelantaría con tener la presa llena sin que el montaje eléctrico estuviera acabado.

 

—¿Qué pasa con la música? — preguntó Andrés.

 

Le hicieron gestos señalándole a los jefes. Andrés se levantó y fue hacia ellos.

 

—Pero, bueno —dijo, en tono alegre

 

—, ¿por qué no se puede oír música cuando están ustedes?

 

Andrés era observado por sus compañeros de mesa con una mezcla de admiración y miedo.

 

Una sonrisa idéntica fue iniciada por los tres.

 

—¿De qué se habla? —Andrés se estaba subiendo a un tabure-te.

 

—Esa juventud. —Miró a Andrés, sonriente, el administrador.

 

Martínez le explicó su conversación sobre la cosecha de los campesinos y la fecha mejor para llenar el embalse. Andrés se puso serio de pronto.

 

—Sí, hay que respetar su trabajo de un año. —Miró a través

 

 

 

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de la cristalera hacia la presa y detuvo su mirada en el llano donde comían los obreros sentados en el suelo—. Hay que respetarlos. A veces me parece injusto lo que estamos hacien-do. Ustedes no estuvieron en la feria de Aldeaseca, como yo, y no vieron lo que yo vi.

 

—Pero yo ya estuve hace varios años, con usted precisamente —dijo Martínez—, y aún no he podido olvidar lo que vi. ¿Va usted a considerar más importante la cosecha de tres pueblos miserables que la construcción de una central eléctrica que producirá más de tres millones de kilovatios-hora al año?

 

—No, no, desde luego. Pero se deberían tener resueltos tam-bién sus problemas.

 

—Bah.

 

—No sé, pero…

 

—Usted es un romántico. —Cuando Martínez decía «románti-co» quería decir atrasado.

 

Andrés seguía mirando a través de la cristalera. Bajó de su taburete el administrador.

 

—Creo que ya es hora de comer — dijo.

 

—Sí —dijo Martínez.

 

—Déjese usted de tonterías, Andrés —dijo el otro ingeniero— . Nosotros estamos trabajando por el progreso. Esas pobres gentes son gentes atrasadas a las que no se puede tener en cuenta.

 

Salieron los jefes y, detrás, empezaron a desfilar los altos em-pleados.

 

El mozo del mostrador empezó a limpiar las mesas.

 

 

 

 

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XV

 

 

 

Lobo se sentó ante la mesa, abrió una libreta de pastas negras que acababa de comprar en la tienda de Patricio y escribió: «Llegué al Salto de Aldeaseca a las tres de la tarde, después de un día entero de viaje. Esta tarde he estado visitando la “casa de máquinas”, apenas iniciada a construir. Mañana comenzaré a preocuparme del personal que tengo, y empezaré el trabajo.»

 

Leyó lo que había escrito. Luego puso encima: «Diario del Montaje de los Alternadores de Aldeaseca.»

 

 

 

XVI

 

 

 

Resignada potencia de los bueyes, brillante de sudor el lomo, arrastrando los carros en los que se traslada un pueblo.

 

Mesas de madera, de vetas limpias, con los bordes desgasta-dos, sobre las que han comido hombres y mujeres de muchas generaciones. Bancos humildes y tranquilos. Toscos camas-tros de madera, donde nacieron, despertaron y murieron tantos hombres. Arados seguros, primitivos, que roturaron cada año las tierras, y que saben de manos aferradas y endurecidas, y de sudor de hombres ganando el pan. Hoces interrogantes que segaron altas generaciones de espigas, que preguntaron con su brillo al cielo y jamás oyeron otra respuesta que segar. Cacha-rros de cocina: oscuras sartenes, calderas ahumadas, ollas, estrébedes, cazuelas de barro, duros vasos, tenazas, barreños para lavar…

 

Avanzan los carros arrastrados por los bueyes. Bajan hacia la carretera, hacia el río. Llegarán al Salto y subirán por la carre-

 

 

 

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tera nueva, hasta llegar al pueblo blanco, a Nueva Aldeaseca. A la espalda queda Aldeaseca, el viejo pueblo pardo que ha sufrido sed de agua durante siglos, condenado ya para siempre al agua.

 

Grandes arcones de madera. Mantas gruesas de franjas. Man-teos de colores chillones.

 

Las mujeres van sentadas sobre los carros, con su hijo atado a la espalda, las que lo tienen, o andando otras jumo a los bue-yes. Llevan todas una vara larga, con la que golpean el lomo del animal suavemente, más para librarle de las moscas que para arrearle. En la caravana no van hombres. Ni siquiera ni-ños, a no ser los de pecho. Se han ido a pastorear, como siem-pre, o a conducir el agua entre la tierra, como siempre. Se han ido a trabajar, como siempre.

 

Un carro detrás de otro, unidos entre sí todos por una estela de polvo blanco, por los chirridos de los ejes, el traqueteo de las ruedas, el entrechocar metálico de los cacharros, la respiración sorda de los bueyes y el antiguo silencio de las mujeres, tan cargado de recuerdos.

 

Se alejan del pueblo, donde los domingos, no todos, y algunas fiestas, bailaban en El Salón (piensa Vitorina, andando junto al carro, sujetando la vara inconscientemente y dejándola arrastrar detrás de ella. Los ejes han chirriado por un momento con el ritmo de aquella pieza de organillo…): «… en la última feria, cuando rompí el botijo y salí corriendo» (Vitorina conti-núa andando hacia el nuevo pueblo, mientras su recuerdo re-trocede hacia el viejo, donde fue muchacha, donde rió y lloró, donde…).

 

«Irnos de nuestro pueblo…, ah, más debí darles veneno mortal que no sopas espurriadas» (piensa Anastasia, y continúa an-dando), «más debí matar a la burra de un hachazo que consen-tir que mi marido fuera a ese maldito Salto o como se llame, a

 

 

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comprar chucherías» (sigue pensando Anastasia, pero anda, continúa andando todavía junto a su carro, de uno de cuyos palos verticales hay colgado un sombrero de paja). «Más de-bimos apedrear a los ingenieros que al pobre Cholo, pues, a fin de cuentas, era uno de nosotros» (piensa Manuela y sigue andando). «¿Por qué, por qué iría mi Emilio a ese lugar de demonios?» (piensa aún Manuela, mirando a su hijo, al que ya no necesita llevar a la espalda, sentado sobre el carro, jugando, ¿con qué está jugando, mi Dios…?)

 

—Deja ese cuchillo, demonio.

 

«Cuánto mejor hubiera sido trabajar, trabajar siempre nuestros campos. Pero ¿es que no hay una autoridad que les prohíba echar a las buenas gentes de sus tierras?» (Manuela piensa todavía y camina junto a su carro.)

 

—¿Es qué no hay una autoridad? — Manuela se ha detenido, dejando avanzar a su carro solo.

 

Pascuala, la pobre Pascuala, como la llama todo el mundo, camina delante del suyo.

 

—¡Qué va a haber, mujer! —añade Manuela, contestándose a sí misma.

 

Pascuala la mira agachando las cejas, entrecerrados los ojos. No puede decirse que sea tonta, pero tampoco se puede negar que su cerebro es exageradamente reducido. En toda su vida no debe de haber producido ni una sola idea. Se limita a repe-tir lo que oye. A las demás mujeres del pueblo les gusta hablar con ella. Pascuala no tiene fama de tonta. Por el contrario, está bien considerada, la aprecian por su sensatez. Su diferencia mental con las demás campesinas, si existe, acaso sea favora-ble a ella, a Pascuala, a la pobre Pascuala, cuya memoria debe fallarle bastante desde que murió su hijo, hace ya quince años, destrozado por un toro. Mezcla frases viejas, ideas que tuvie-

 

 

 

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ron aplicación en circunstancias desaparecidas y que, no obs-tante, adquieren a veces un sentido muy profundo o, al menos, así lo piensan las campesinas, al entrar en contacto con el nuevo caso.

 

—Así en la tierra como en el cielo

 

—dice, moviendo el hombro derecho. Pascuala no ha mirado a su compañera. Deja a sus ojos perderse por entre los palos del carro y el rabo del buey, y los abandona sobre la estrecha fran-ja de tierra cultivada que desciende lentamente, casi llana, ha-cia el río, otra vez en su viejo cauce desde una semana antes, llenando ya el enorme hueco que hay entre la presa, esta orilla por la que ahora van y la de enfrente, cortada casi a pico en la piedra. Comienza a llenarse, se ve ya un espejo turbio allí aba-jo, en el fondo, junto al gran paredón pálido de cemento. Pas-cuala golpea con su vara sobre el lomo del buey.

 

—Podríamos denunciarles —dice Manuela.

 

Se está levantando un viento a ráfagas bruscas que provocan remolinos de polvo. Manuela se tira del pañuelo negro que le cubre la cabeza para protegerse los ojos.

 

—Sí —dice secamente Pascuala, levantando y bajando rítmi-camente la vara—. Denunciarles… ¿a quién?

 

Pascuala se calla, dejando una necesidad de continuar sus pa-labras en el gesto del hombro, rígido desde su pregunta, como si esperara una respuesta que le devuelva la movilidad.

 

—¿A quién?, ¿a quién?

 

Pascuala sigue andando. Repite las preguntas al ritmo de su andar, acompasado siempre con la vara que levanta y deja caer sobre el lomo del buey. «No se asuste, señora Pascuala. Un toro que ha matado a un muchacho…», recuerda. «¿A quién?»

 

 

 

 

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—Aquién. —Pascuala une las dos palabras y las dice sin tono de interrogación. Parece como si se hubiera respondido tam-bién con su misma pregunta.

 

Continúa la caravana marchando. Detrás del último carro, va-rias muchachas van empujando con sus varas el trote estúpido de los marranos.

 

Ahora pasan junto al poblado del Salto. La Dirección queda a la derecha. Siguen por la explanada hasta llegar a la carretera nueva. Largos pabellones de madera, pintados de gris, todos paralelos, formando calles perpendiculares a la carretera, de modo que cada pabellón está más alto que el siguiente, seme-jando todos una enorme escalera de pizarra que desciende ha-cia la central. Varias mujeres, con capachos o paquetes, espe-ran a que pase la caravana para cruzar la carretera. Está al otro lado la tienda de Patricio, la del «Periodista», la tahona… Se han asomado muchas mujeres y niños a las ventanas. Por la calle vienen corriendo niños, gritando.

 

—El circo, el circo…

 

—Ven acá, niño. ¡Que te van a comer los bueyes!

 

«Qué miseria», piensa la mujer de un empleado, mientras coge a su hijo de la mano, sin mirarle. «Todavía visten con los ves-tidos antiguos…, creo que llevan tres o cuatro enaguas, ¿cómo podrán?…»

 

—Mamá, mamá, ¿por qué le pegan a ese buey?

 

—Estáte callado, anda. Sé buenecito.

 

Vitorina, un buey, un carro (su madre encima); Andrea, un buey, un carro; un buey, un carro (Mónica encima, el pequeño Blas a su espalda); un buey, un carro, Anastasia La Salona, una mula…

 

 

 

 

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—¿Por qué va detrás del carro esa mula?

 

«Es la del Tío Muelas», recuerda Patricio, desde el mostrador. No sabe por qué, pero ver pasar a esta gente, cargada con su casa a cuestas «como el caracol» le pone triste.

 

—No sé por qué, me pone triste y nada más. Fíjese usted, fíje-se… ¿Ve ese sombrero de paja? Pues aquí lo compró el Tío Muelas… No sé por qué… ¿A usted no le pasa?

 

Ha desaparecido la polvareda al entrar la caravana en la carre-tera alquitranada. Nuevos ruidos se han unido a los ya conoci-dos. Un chirriar de las ruedas sobre la almendrilla de alqui-trán, aplastándolo, partiéndolo en minúsculos pedazos.

 

Un buey, Manuela, un carro (Milín encima, jugando otra vez).

 

—Deja ese cuchillo, que te vas a mancar, demonio.

 

Un buey, Pascuala, el carro; nueve cerdos, La Galana y Paca, un buey, un carro…

 

A lo lejos se oye un oscuro rumor de trabajo: taladradoras, hormigoneras, motores, camiones, grúas…

 

 

 

XVII

 

 

 

Había tocado ya la sirena, cuando llegó Manuela con los dos chicos a la pequeña explanada donde comían los obreros. Se sentaron en el suelo y esperaron. El capacho de paja que traía la comida estaba frente a ellos. Milín quería abrirlo. Su madre le agarró de una mano y le volvió a sentar a su lado.

 

Subían ya los primeros obreros. Manuela miraba sus pantalo-nes remendados y rotos, acartonados por el cemento, las caras

 

 

 

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morenas y arrugadas, sombreadas de barba, y sus cabellos lar-gos y lacios, mal cortados, que les caían sobre las orejas. Al-gunos tenían una boina negra llena de puntos blancos. Se sen-taban en el suelo, desataban sus paquetes o abrían las tarteras que sus mujeres les acababan de traer, y empezaban a comer. Sopas de ajo, sardinas, frutas semipodridas.

 

Llegó Emilio.

 

—¿Qué? ¿Llevaste las cosas? Manuela le contó. Ya no queda-ba nada en el pueblo viejo. Habían llevado los cerdos y las gallinas el día anterior, que a Emilio le dejaron libre para ayu-dar a su mujer a trasladar las cosas. Por la noche, dejaron car-gado el carro, y hoy, su mujer lo había llevado al pueblo nue-vo. La casa era más amplia, pero el establo era más pequeño. Habían hecho tres dormitorios para las personas.

 

—No, Emilio, todas son iguales —le dijo Manuela. Todas las casas tenían el establo pequeño y tres dormitorios como mí-nimo, aparte de la cocina. No habían podido elegir.

 

—Ya las viste tú ayer.

 

Había otras con cuatro dormitorios, pero con el establo igual de pequeño. El suelo era de «cuadritos duros», de cemento o qué sé yo. No sabía cómo lo limpiaría.

 

—Maldita la falta que nos hacen tres dormitorios —comentó Emilio—. Podríamos dormir todos en el mismo cuarto, como siempre, o en el establo.

 

¿Llevó las vacas el chico?

 

Sí, las había llevado detrás de la caravana.

 

—¿Qué les pasa a estas berzas? Siguieron comiendo. Manuela no le contestó. Su marido volvió a insistir.

 

—Es por culpa de la cocina esa: no tiraba ni quemando dia-

 

 

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blos.

 

Los niños comían en silencio, mirando a sus padres con curio-sidad.

 

—Padre, me han dicho que nos llevarán a la escuela —dijo el mayor.

 

Manuela le contó. Había un caserón grande y blanco que esta-ba vacío aún y que decían que era la escuela. Le habían dicho que, cuando llevaran un maestro, irían todos los chicos a aprender.

 

—A aprender, ¿qué? —quiso saber Emilio.

 

Manuela no sabía.

 

—A aprender qué sé yo.

 

—No les enseñarán a arar ni a sembrar, de seguro.

 

Había también una iglesia.

 

—Más adelante vendrá un cura, como el que vive en el pueblo de tus primos, donde nos casamos.

 

—¿Para qué?

 

Tampoco sabía Manuela. Ah, y todas las habitaciones tenían colgado del techo un globito de cristal con unos hilos finos en su interior, y decían que de allí dentro saldría la luz apretando un botoncito que hay junto a la puerta.

 

—Y eso será cuando vosotros acabéis la central.

 

Acabaron de comer. Emilio fumaba. El niño pequeño cogía tierra con la cuchara y la echaba dentro de la cazuela.

 

—Ya a tocar la sirena.

 

 

 

 

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Algunos obreros se habían levantado y charlaban entre sí de pie o acababan de comer su manzana, cortando con la navaja los trozos podridos.

 

Empezó a tocar la sirena. Los niños levantaron la cabeza, asustados. Desfilaron los obreros hacia el pequeño camino en zigzag que bajaba hacia la central. Emilio se marchó con ellos.

 

Manuela metió los cubiertos y la cazuela en el capacho y em-pezó a andar hacia su nueva casa.

 

 

 

XVIII

 

 

 

Suena cerca una acequia. Sentados sobre las piedras de una cortina derruida, descansan del trabajo de la mañana y hacen la digestión charlando.

 

—Va a ser buena —Higinio está sentado sobre una piedra ba-ja, con la espalda apoyada en el final de la cortina. Tiene sus piernas dobladas, casi en cuclillas, y otea el balanceo de las espigas, respirando la brisa pequeña convertida en rumor de espuma en las ramas del árbol que les da sombra.

 

—Será buena, sí. La mejor cosecha de muchos años que re-cuerdo. —Es Gervasio.

 

El sol se filtra entre las hojas, tembloroso y perfumado de fru-ta madurándose.

 

—Esa lluvia ha venido muy bien — vuelve a hablar Higinio.

 

—Y menos mal que nos dejan cogerla —dice Juan.

 

—Aún no lo hemos visto, compañeros. ¿Cómo saben ellos que no se llenará antes?

 

 

 

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—Tonterías, Higinio. Cuando ellos lo dicen es que lo saben.

 

—Bueno, Gervasio. Tendremos boda de seguida, ¿eh?

 

—Quién sabe.

 

—Vaya, vaya —sonríe Juan.

 

Todos miran a Gervasio y sonríen también.

 

Un pájaro abandona el árbol, entre sus cabezas, con un ruido brusco que domina instantáneamente el rebullir de las hojas y se aleja, convirtiéndose en un aleteo que dura unos segundos. Es un ruido táctil: se percibe más con la piel los movimientos de las alas que con los oídos el ruido que producen. Siguen las chicharras serrando el día, sobre la música del vientecillo. Las espigas afirman incesante y unánimemente, afirman y prome-ten pan. Dura el silencio de los hombres lo que una lagartija tarda en esconderse, en dos o tres carreras, entre las piedras cuando oye un ruido acercándose.

 

—¿Por qué, Gervasio?

 

¿Lo sabe él, acaso? Casarse con Vitorina es lo que está deseando desde que bailó con ella por primera vez. Aquella feria… Pero El Cholo… Ya se lo habrán comido los gusanos. Se ha detenido la brisa. Entonces, cuando nota el silencio de la lejanía, hacia el pueblo viejo, ese silencio trágico, tan lleno antes de rumores cálidos de vida (mugidos, cacareos, ruedas de carros, ladridos, voces de niños…), cree haber perdido algo irremisiblemente. No es Vitorina. Es curioso que ya no la ne-cesite tanto como antes, aunque la necesite. Oye, sin entender, las voces de sus compañeros, que hablan probablemente de los temas eternos, de la lluvia, de la tierra, de las labores, del río… Él sigue pensando. Sabe que el pueblo está vacío, excep-to una casa vieja, ante cuya puerta, ahora mismo que piensa en ella, estará su madre sentada, haciendo calceta ininterrumpi-damente.

 

 

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«Cuarenta años trabajando para nada. Nos quieren quitar nues-tras tierras. Todo quedará debajo.» «Moriré aquí», dijo la ma-dre de Gervasio. Él insistió, ordenó.

 

«Moriré aquí», repitió. «No pienso marcharme aunque me cubran las aguas.»

 

Gervasio comprende. Aprendió a odiar una noche en que bri-llaron las navajas. Satisfecho aquel odio, ahora lo vuelca con-tra los que le van a echar de sus tierras. En su cerebro, «tierra» significa todo. Más, mucho más que «mujer». Y los llevan a un pueblo ridículo, blanco, donde no podrán sembrar ni una espiga. El ganado se morirá de hambre, se arañará el hocico entre las piedras buscando pasto.

 

—Tendremos que ir todos a la central, como Emilio —dice.

 

—¿Qué? —le pregunta Higinio.

 

—Si nos quieren dejar —dice

 

Esteban, el más viejo de todos.

 

—Estás preocupado por tu madre, ¿eh, Gervasio? —Higinio le ha estado mirando. Ha esperado que le conteste a su pregunta. Él sabe por qué lo ha hecho.

 

—Siempre cavilando… —«Las mujeres», piensa, y añade—:

 

Es testaruda, como todas.

 

«Aquí murió mi marido», recuerda Gervasio, «y aquí moriré yo». Haciendo calceta con la lana pasada por el cuello y las cuatro agujas sin parar, dale que dale. «Cuando vea el agua subir, se marchará», piensa.

 

—Se irá antes de ahogarse, Gervasio. No te preocupes —le dice Esteban—, la señora Norberta es testaruda, pero no ten-drá más remedio.

 

 

 

 

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—Eso pensaba.

 

Hay una pausa. Luego, sin saber que lo iba a preguntar, pre-gunta.

 

—¿Qué pensáis hacer?

 

Todos le miran. Esteban pensando en ello. Uno tiene guardado algo de dinero y, si es buena la cosecha, venderá el ganado y…

 

—Pero así lo que consigues es quedarte sin nada. Luego se acaba lo ahorrado, y ¿qué haces?

 

Es verdad. Irse a otro pueblo y empezar allí con lo que pueda llevarse.

 

—No te venderán tierras. Tendrás que trabajar por cuenta de otro, como jornalero…, si quieren ellos. Ya sabes cómo son por estos pueblos que son más ricos que el nuestro.

 

—Yo ya lo tengo pensado. Me iré a trabajar a la central. —Es Juan.

 

—Que es lo que haremos todos — dice Gervasio.

 

—Son unos hijos de perra —dice Higinio—, peores que lobos hambrientos.

 

—Pero trabajaremos para ellos — vuelve a decir Gervasio.

 

Luego se levanta.

 

—¿Dónde vas?

 

—A ver a mi madre, a ver si la convenzo.

 

Los demás siguen hablando. Pasa un coche por la carretera. Desde donde están, sólo se ve un remolino de polvo envol-viendo una mancha oscura que desaparece rápidamente detrás del montículo. Queda el ruido perdiéndose, y el polvo, ya en

 

 

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calma, subiendo lentamente hacia el horizonte de la otra orilla del río.

 

 

 

XIX

 

 

 

Ha vuelto a ladrar el perro. Ella no interrumpe su trabajo. «Lleva toda la tarde así.» Sus manos chocan y cruzan las cua-tro agujas, y la lana se va entrelazando, se va convirtiendo en tejido. Sólo este ruido íntimo de hogar viejo: agujas de madera marcando el ritmo monótono y caliente de la melodía de roces suaves y mínimos cantada por la lana, en un murmullo casi, que ahora se podría escuchar a un par de metros. Es el milagro del trabajo, el milagro de las manos. El silencio del pueblo abandonado, todo el silencio, parece vibrar con esta música pequeña y grande. Dos manos, cuatro agujas y dos madejas de lana blanca que saltan y giran como en una danza natural, sin hombres, sin violencia, llena solamente de una alegría virgen. A veces, una madeja rueda saltando y queda quieta un instan-te, lejos de los pies pacíficos de la vieja. Salta de nuevo y re-gresa a su sitio, pero ya trae una paja dorada entre el pelillo blanco de la lana.

 

Son incansables estas manos, que apenas tienen los huesos cubiertos por una piel negruzca de sol y de vejez. No está solo el pueblo. Ella está trabajando todavía en él, y ahora ella es todo el pueblo. Sentada en su taburete, como siempre, sin mi-rar su labor, oyendo al perro, que ladra periódicamente, como si la soledad, la ausencia del calor que él conoce —animales y hombres— le hiciera quejarse con un ritmo lento, lentísimo, que se quiebra contra las ruedas de los carros y retumba en los establos vacíos. «Toda la tarde, toda la tarde… Hay para vol-verse loca.» Vuelve a ladrar. Primero es un ladrido seco, cor-tado, sin resonancias; luego el silencio, y ya, la espantosa que-

 

 

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ja de una garganta, no importa si humana o animal, alargada por la desesperación y el miedo. Ella lleva horas mirando la misma cortina, detrás de la cual, y a través de una pequeña brecha, ve un trozo de campo con espigas doradas. Más arriba, un poco borrosa para ella, las peñas de la orilla, bañadas ya por el agua. «Todavía dos semanas y ya va por las rayas.» Se ven dos hendiduras negras en la roca, horizontales, que el agua empieza a tapar. «Dos semanas para la cosecha… Lo tenían bien planeado.» Ladra el perro. Ha parecido más larga su queja. «Tiene que estar hambriento. Pobre animal…» No le odia. Le asustan sus ladridos y lamentos, pero casi sin darse cuenta, como si los lanzara ella misma, sintiendo vagamente que es eso lo que se debe oír en el pueblo. Ella hace calceta, trabaja. El perro ladra, grita casi humanamente. Ella tiene una lágrima detenida junto a cada ojo, pero no ha llorado. Se le han ido formando en los lagrimales, despacio, de tanto tener fija la mirada. Dos veces ha notado su frío, un frío que parece estar manando de su cerebro, de las dos ideas fijas en él: «To-davía dos semanas». «Ladrando así, toda la tarde…»

 

 

 

XX

 

 

 

Desde el centro de la presa se ve la larga llanura de agua más inmensa, más desoladamente quieta. Es oscura junto a la orilla derecha, alta y rocosa, cortada verticalmente. Hay, a lo largo de esta orilla, más silencio, más quietud. El paredón de rocas permanece impasible y sombrío ante el agua que asciende por él. No pierde nada, es estéril. Quizá hubo un momento de que-ja en sus grietas, cuando el sol iluminó largamente todo el embalse con sus rayos paralelos a las orillas, enrojeciendo las rocas junto al agua.

 

La otra orilla es una ribera inclinada, casi llana, que desciende

 

 

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hacia el río para caer sobre él, de pronto, desmayada de sed y de cosechas imposibles. Ahora, el agua sube por ella muy despacio. Los terrenos bajos ya están cubiertos, pero hay en ellos una protesta amarilla y verde, que sube transparentándo-se hasta la superficie. Toda la cosecha, la mejor cosecha de muchos años, sumergida. Algunos árboles asoman todavía sus copas, su ramaje entero otros. Junto al límite del agua, un sembrado sobresale sus espigas doradas. Se balancean. Pero ya no es el viento quien las mueve. Ahora, sus tallos altos, que el viento amaba, acostumbrados al sol y al aire, ceden, se cur-van, obligados por un terror desconocido. Terror a los peces, de repugnante suavidad, bruscos, lentos, fríos, rápidos, curvos. Ellas, las pobres espigas niñas que por primera vez sentían en su alto vientre el trigo creciente, no saben nada del agua. Co-rrientes frías y cálidas las rozan lenta y silenciosamente. Días tardó el agua en llegar al sembrado. Y ya se la veía cerca. «Un poco más», parecía, «y mojará los sembrados». Pero no. Aún no ha acabado de cubrirlos. Y así, sabiendo ya que serán víc-timas del agua lenta y cruel, van perdiendo color, el amarillo de las espigas se va haciendo más pálido.

 

En el crepúsculo, sube hasta la superficie un resplandor amari-llento y verdoso. Trozos de hierba, ramas, flores, insectos muertos, flotan entre las espigas.

 

Ha caído el sol. El embalse es ahora negro, una gran mancha negra que se pierde entre la tierra, lejos, casi donde el sol aca-ba de morir.

 

 

 

XXI

 

 

 

—Os lo decía yo, os lo estaba diciendo yo. —Higinio ha per-manecido callado, escuchando la conversación de los otros,

 

 

 

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hasta que ya no ha podido más y ha gritado, dominando con sus palabras los lamentos inútiles de sus compañeros, sentados todos en las escaleras de la iglesia blanca, en el pueblo recién construido.

 

Hombres sentados al sol, campesinos hablando en la plaza de un pueblo a las diez de la mañana. Nunca, a esta hora, en esta época, se habían reunido para hablar sino los viejos o las mu-jeres. Deberían estar preparando la recogida.

 

Higinio vuelve a gritar.

 

—Ellos saben lo que hacen, decíais, dará tiempo a recoger la cosecha. —Se ha levantado, se ha puesto frente a los otros—. ¡Qué iban a saber! ¿Cómo sabían que en las montañas no iba a llover? Pues llovió y bien que llovió, y subió el río, y hubo crecida como nunca, y Dios sabe lo que durará… Ellos sabían, sabían —mastica las palabras, las empuja entre los dientes, con odio—. Así venga una riada que salte la maldita presa y se lleve a ellos y a sus máquinas al infierno.

 

Le miran. Le han oído asustados, sin poder vencer su desespe-ración. Sus caras están llenas de terror y de tristeza, como si hubieran muerto sus mujeres y sus hijos. Y es cierto: en estos momentos, sus tierras, la tierra que era la mujer de todos, la mujer de cada uno de ellos, se ahoga debajo del agua, se asfi-xia pidiendo inútilmente aire y sol y vida. Están muriendo, ahora mismo, miles de espigas cargadas, hijas de sus manos y de su tierra, cuidadas por ellos durante meses, doradas de su-dor y de trabajo. Algo irremediable mana de ellos oscurecien-do la blancura nueva de la iglesia. Porque no es sólo una cose-cha. Han muerto, están muriendo todas las cosechas. La de aquel año que llovió tanto, aquella que se murió diez días an-tes de nacer, y la de aquel otro año, y la del anterior, que no fue muy buena… Las cosechas tienen antepasados también. Una es hija de la anterior y todas descienden de las que la pre-

 

 

 

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cedieron, y a ellas deben su abundancia o su pobreza. Los campesinos las nombran como a seres vivos. Cada una tiene un carácter: traen alegrías, fiestas, como los hijos fuertes y trabajadores, o traen tristeza, lutos, como los hijos que nacen enfermos o que se echan a perder. Y están muriendo todas y el vientre que las daba.

 

—Sí —dice Juan—, debimos ir contra ellos, impedir… —¡Impedir…! ¿Qué podíamos hacer?

 

—Siempre se puede algo. —Habla un viejo. Fuma y vuelve a hablar—. Siempre se puede cualquier cosa, aunque no valga para nada.

 

El sol recorta las sombras, totalmente negras, contra el suelo y las paredes de las casas. El verano duro, de perfiles concretos, cayendo sobre el suelo reseco. Los hombres han estado pen-sando. Miran todos al suelo, abrumados. Va creciendo el día con el fuego que mana del cielo.

 

—Nada se puede hacer.

 

Hay moscas en la plaza ya. Pero parecen tener, ellas también, miedo a algo, vuelan y se posan sin decisión, desconociendo todo. No son moscas de un pueblo viejo, acostumbradas a él, familiarizadas con todas sus piedras, con sus hombres, con sus animales. Falta todavía olor, el olor a pueblo — hombres, tra-bajo en el campo, animales — que llena las casas y las calles.

 

—Deberíamos quemar sus casas — dice uno de ellos, sin un gesto, sabiendo que no podrán hacerlo.

 

—Deberíamos… —El viejo, fumando todavía—. Debería-mos…

 

Crece el sol.

 

 

 

 

 

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XXII

 

 

 

La casa de Emilio. «Y que él los haya ayudado.» Corvado, inclinada la cabeza, va mirando las piedras, y las pisa recono-ciéndolas, oyéndolas hablar de otros días. Cuando sabe que está delante de una casa, levanta la vista, se detiene, la exami-na. Ahora son más claros y más vivos todos los recuerdos.

 

El Salón. La bolsa donde lleva la comida para su madre roza contra los pantalones haciendo un ruido áspero de pana y paja. «Cuántas veces bailé aquí.» Ha tropezado contra una piedra suelta; un ruido prolongado, brusco, contra la madera de su chola. Sigue andando. Da la vuelta por un camino entre dos cortinas. Al fondo, más allá de la casa de El Cholo, se ve ya el agua. La descubre de pronto, desde el centro del pueblo, asus-tándose sólo de ver la superficie de agua hasta las rocas. Va-rias veces se recortan contra el brillo del agua. Se estremece. «Ya cubrirán las aguas donde le matamos.»

 

—¡Madre! —No está en la puerta, como otras veces. Oye el eco de su voz. No sabía que el pueblo tuviera eco, tanto tiem-po como ha vivido en él. Vuelve a gritar, no por llamar a su madre, que ya le habrá oído —llegan hasta él unos pasos len-tos, arrastrados

 

—, sino por oír de nuevo el eco. Lo oye.

 

—Hijo, Gervasio, ¿ya estás aquí?

 

—Madre, usted es la que no debería estar aquí.

 

Se han sentado a la puerta. Él deja el capacho en el suelo. La mujer lo abre y saca la comida.

 

—No me importaría morirme aquí —dice—. No sé por qué te molestas todos los días en traerme de comer.

 

 

 

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—Deje de decir eso alguna vez, madre. ¿Iba a comer yo solo allí?

 

Permanecieron en silencio, mientras ella prepara la comida de los dos.

 

—¿Vamos a comer fuera?

 

—Me ahogo dentro, hijo. Quiero estar viendo el pueblo, no sé qué me pasa. Sé que voy a morir.

 

—Madre, no diga eso. —Gervasio la mira, asustado—. Un día u otro tendrá que venirse con todos.

 

Comen. Se oye un ruido de pasos rápidos. El perro sale de detrás de la cortina y viene hacia ellos, precedido por su rápi-da respiración. Husmea el capacho.

 

—Pobre, se fue esta mañana y no le he visto hasta ahora.

 

Apenas se aparta de mí otros días. Dale algo.

 

Gervasio arranca un trozo de pan con su navaja y se lo da en la mano. El perro hace ruidos guturales mientras lo come.

 

—¿Cuándo se viene? —deja él la cuchara metida en la cazuela de barro.

 

—No, no volvamos a empezar.

 

—Pero, madre…

 

—Soy vieja y estoy loca, ya lo sé.

 

—Ella ha sollozado extrañamente al hablar—. Pero… —se interrumpe— no quiero irme de mi pueblo.

 

—¿Por qué?

 

—Qué sé yo. No quiero irme.

 

 

 

 

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El perro ha comido ya el pan. Dobla sus patas y se acomoda, semitumbado, junto a Gervasio.

 

 

 

XXIII

 

 

 

El agua sigue subiendo. Ya no se ven espigas sobre la superfi-cie. Sobresalen aún algunos árboles, las cortinas primeras a medio cubrir y las rocas junto a la carretera que asoman sólo la punta. Hay una extrañeza en todo. Parece notarse en las ro-cas, en los árboles, en todo el contorno, que el paisaje no está hecho para tener en medio un mar. A lo lejos, sobre el agua, el paredón blanco de la presa cerrando el valle.

 

 

 

XXIV

 

 

 

Han venido por la carretera con antorchas, en silencio, pisando sus propias sombras, que avanzan también, alargándose y acortándose. Piedras en las manos, en los bolsillos y en el pe-cho, debajo de la camisa. Una caravana que avanza entre la noche, desgarrada por el fuego de sus antorchas. Un rito mis-terioso y antiguo. Un pueblo entero en lucha contra el orden de las cosas. Cien hombres rebelados contra la oscuridad, que-riendo amanecer en medio de la noche a fuerza de antorchas. Cien hombres caminando por una carretera, cruzando siglos y siglos, desde la época oscura en que ellos viven hasta este tiempo de luz. La piedra contra la luz.

 

Se han detenido en lo alto de la carretera. Desde este sitio se ve todo el poblado del Salto. Las sombras largas y paralelas de los pabellones ala izquierda. A la derecha, los chalets de los

 

 

 

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ingenieros. Más a la derecha, el edificio de la Dirección. To-davía hay algunas luces. Delante de ellos, el Cuartel de la Guardia Civil.

 

—Hay que ir por detrás —dice alguien—. Bajaremos entre las peñas, para que no nos vean los guardias.

 

Un movimiento se inicia en la masa de hombres. Hombres y sombras se mezclan con la luz roja y amarilla de las antorchas, que les disuelve las siluetas hasta formar una sola masa huma-na avanzando. Parece una célula que lanza un seudópodo ha-cia las peñas. Se mueve lentamente, destacándose uno delante de todos, con su antorcha y con algo brillante en la otra mano, y haciendo gestos a los demás con la misma antorcha, gestos que gritan voces rojas de odio, materializadas en llamas. Vuelve a unirse a todos en seguida, como si una ley natural quedara sin cumplir cuando alguien rompe aquella unidad, como si fuera inexorable aquel avance de la masa de sombras y brazos con antorchas, de la que destacan algunas cabezas contra las luces.

 

Llegan a las rocas. Más de cuarenta metros con una inclina-ción mediana y llenos de peñascos de formas extrañas y amontonados irregularmente, los separan del edificio de la Dirección. Las antorchas se elevan, descienden, con un ritmo suave, lento, que a veces se interrumpe cuando una antorcha sube o desciende más que las otras o más bruscamente. Breves siluetas aparecen y desaparecen sobre los peñascos, cuyas sombras han encontrado algo que las limite, algo que las des-taque de la gran sombra de la noche. Todo baila: luces, som-bras, siluetas, brillos metálicos de azadas y hoces. Parece una escena irreal, algo de brujería o magia. Sin embargo, nada más natural: hombres, noche, fuego, piedras. Ahora, el silencio ha dejado paso a un rumor de saltos, de pana rozada, de respira-ciones contenidas que resoplan de pronto, de pequeños gritos y de piedras que se desmoronan bajo los pies de los hombres.

 

 

 

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Al fondo, recortada ya por las cien antorchas, la silueta de la Dirección.

 

Un mar de brazos, casi instantáneamente, se alza con una pie-dra apretada en cada puño, que un instante después vuela por el aire. Luego los brazos —los mismos u otros— vuelven a elevarse y lanzan otra descarga. Antes se ha oído ya el ruido de cristales rotos, algo líquido e irremediable. Los brazos se alzan ahora desacompasadamente. Varias ventanas se encien-den. Inmediatamente una nube de piedras las hace apagarse. Algunos campesinos lanzan las piedras con hondas. Se oyen gritos, voces, impactos. Los campesinos han empezado a gri-tar. Siguen volando las piedras. Los campesinos gritan más.

 

A veces, una palabra logra quedar entera, por un momento nada más, en el aire. En seguida, una piedra, el ruido de un cristal, los chillidos femeninos, los gritos de los hombres, algo de esto o todo a la vez, la rompe, la deshace en pedazos como si fuera un cristal más.

 

«Canall… llamar a los vues… a ell…» Varios campesinos avanzan hacia el edificio, dispuestos a incendiarlo con sus an-torchas. La noche parece estar llena de estas luces, agitándose, saltando, agachándose, de estos ruidos estridentes, y del mo-vimiento turbio de las siluetas humanas entre las sombras his-téricas. Un campesino lanza su antorcha hacia una ventana. Saltan chispas y trozos de fuego en todas las direcciones. Al-gunas chispas quedan en el alféizar y en el marco después de que la antorcha ha caído fuera del edificio.

 

Ahora no se oyen gritos de mujeres. Dentro parece no haber nadie. Siguen las piedras chocando contra el muro. De cuando en cuando, todavía, un cristal rompiéndose. Los campesinos lanzan sus antorchas contra los muros de piedra, queriendo colarlas por las ventanas. Las ventanas bajas están separadas por un jardín, al que rodea una verja de hierro. Una sombra

 

 

 

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está intentando subir por ella. Los golpes secos de las piedras contra la pared. Las antorchas caídas en el jardín, donde em-piezan a arder setos y arbustos. Los gritos, los movimientos de las sombras, de tamaños gigantescos contra la pared. Está aca-bando o va a empezar algo.

 

Unos fusiles disparan.

 

—¡Los guardias! —se oye gritar.

 

Se reanudan los gritos entre los campesinos. Corren saltando sobre las peñas, con muy pocas antorchas ya. Varios guardias empiezan a perseguirlos y se detienen delante de las piedras. Forman una cadena junto a las rocas y esperan. A lo lejos se ven las pocas antorchas saltando sobre las rocas.

 

—¡Alto o disparamos!

 

Las antorchas se detienen. Otros guardias están arriba, en la carretera. Silencio. De pronto, caen al suelo las antorchas y no queda sobre las peñas ni una luz. Varios disparos. Pero ya sólo hay noche y disparos agujereándola inútilmente.

 

Están apagando el fuego en el edificio de la Dirección. Dos mangas en las ventanas bajas y cubos desde las altas.

 

Sacan a la señora del administrador en una camilla, desmaya-da. Al recibir en la cara el fresco de la noche y en los hombros las sacudidas de don Ramón, el médico, vuelve en sí.

 

—¿Qué es esto? Dios mío, si estoy en camisón —gesticula histéricamente

 

—. Pero ¿qué ha pasado?

 

Se lo explican.

 

No, ella no está desmayada. Ella tiene el sueño muy profundo.

 

 

 

 

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—Duermo como un tronco —dice, riéndose—. ¡Qué gracia, y no me he enterado de nada!

 

Don Ramón se aleja hacia otros grupos. La señora del admi-nistrador ha permanecido dormida, mientras los campesinos, desesperados, han intentado quemar el edificio de la Direc-ción, para vengarse de que les hayan inundado sus cosechas, después de expulsarlos de su pueblo y de sus tierras, y de lle-varlos a un nuevo pueblo, donde ya no tendrán tierras para cultivar y donde no podrán encontrar pastos para el ganado. Ella sigue en la camilla, semitumbada, tapándose el escote con las manos y oyendo las explicaciones que le dan, divertida y asustada.

 

—Los guardias los están persiguiendo ahora… ¿Cómo es po-sible…?

 

—Ya ve, es una enfermedad. A cualquier hora del día me cai-go dormida, donde esté. Y de noche, ya puede caerse el cielo, que yo sigo durmiendo como un bendito. Por favor — bosteza—, perdonen…, por favor…, ¿quieren subirme? Yo no puedo…, así… Se la llevan. Va durmiéndose ya. Viene un hombre en pijama, corriendo. Es el administrador.

 

—¿Y mi señora? —grita—. La dejé en la cama durmiendo y ahora voy y no está allí…

 

Un camarero le explica lo que ha pasado. —¡Idiotas! —Corre hacia el edificio —. ¡Idiotas!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XXV

 

 

 

Recuerda ella que se veían espigas, otros años, más allá de las piedras que parecen toros encorvados, y árboles llenos de ho-jas, y coles, y pequeñas siembras que verdeaban la tierra seca. Era hermoso mirarlo todo con colores limpios y adivinar la hondonada detrás, por donde el río anda despacio, hacia otros pueblos, que le esperan, que le tienen ya. El río siempre había estado allí, con su andar, peligroso para los mozos que se echaban al agua confiando demasiado en sus brazos; confiden-te de las mujeres que lavaban en sus orillas, inclinadas sobre él, como escuchando sus palabras llenas de tiempo, como ha-blándole ellas de sus propias penas repetidas; bienhechor de los campos y amigo del pueblo. Pequeños ríos hijos le nacían los campesinos en su orilla y por ellos iba su agua fructífera hasta los surcos, el agua que el cielo les negaba todos los años. Recuerda ahora historias desgastadas en relación con el río. Como si su memoria, su pensamiento, de andar pausado como el del río, hubiera crecido también, aumentando su velocidad y, turbiamente, entre aguas y espigas sumergidas, volvieran a surgir imágenes de otros tiempos. Aquel año en que se ahoga-ron dos, uno era un niño…, aquellas ferias en que se desman-dó el ganado y sólo el agua pudo detenerlo…, y cuando se quedó sin agua casi y cogieron tantos peces…

 

Subió al tejado cuando el agua empezó a entrar por las grietas de debajo de la cama, inundando el piso alto. Gervasio vino ese mismo día con la barca y quiso llevársela casi a la fuerza. Ella se resistió, gritó, luchó con su propio hijo. Cuando le vio marcharse, volvió a entrar al piso alto por una de las ventanas y encontró, colgada en la pared, la vieja hoz, roñosa y mella-da. La cogió, sintiéndose más segura sólo de tenerla en la mano.

 

 

 

 

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«Cuánta agua…» Hace calceta todavía, sentada sobre las tejas de barro cocido, mirando obsesionada la superficie del agua, que se extiende ya, arrugándose de viento, hasta las últimas casas del pueblo. Aquí y allá sobresalen algunas. Las más cer-canas al antiguo cauce del río sólo asoman ya el ángulo del tejado o su arista. Hacia fuera, muchas tienen todavía sobre el agua el piso alto, y todas son como islotes o como restos del inconcebible naufragio de un pueblo en medio de la tierra. Es extraña esa agua que cubre las casas, el paisaje entero tiene un aspecto de paisaje de sueño, con una tristeza inmensa, y hay algo en todo, quizá la luz gris del día sin sol, que hace pensar en una catástrofe total que hubiera terminado con toda vida.

 

Frente a ella, lejanamente, una cinta blanca sobre el agua: la presa. Parte queda oculta por el montículo que antes impedía ver la carretera. Ayer vino gente del Salto a verla. Se quedaron junto al camino, al borde del agua y, desde allí, la estuvieron mirando durante más de una hora. Había también muchachas y niños, hijos de los empleados y técnicos del Salto. Ella sintió odio. No dejó de hacer calceta, pero los miró mucho, pensan-do que la mirada se materializaba desde sus ojos hasta los que la miraban y los hería como una espada larga de acero. Luego gritó. Gritó sin saber qué, quizá necesitando llenar el silencio con su voz. El perro no estaba. Debió de marcharse cuando ya no pudo estar a su lado, prefiriendo andar libre por el campo a quedarse en un tejado, rodeado de agua. Gritó largamente, haciendo gestos de amenaza con sus brazos. Enarboló la hoz después, y una vez, casi perdió el equilibrio. Temblaba. Le dolía la garganta y tenía la barbilla llena de saliva. Había gen-tes del Salto otra vez, empleados y técnicos. Todos la miraban, la miraban callados. Luego vio un coche parado doscientos metros más allá. Siguió gritando. Eran insultos y palabras que-ridas, palabras destrozadas en su alma por aquellos hombres y por el agua.

 

Hoy vendrán también. Recuerda cómo vio a su hijo subir a la

 

 

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barca, el otro día. Subió con otro hombre que no conocía y empezaron a remar hacia ella. Dejó de gritar, esperó sin soltar la hoz y gateó hasta lo más alto del tejado. Cuando estuvieron cerca, gritó:

 

—Te mataré, hijo, te mataré, y a ése también.

 

Alzó la hoz y la movió hacia ellos. Oyó después, sin com-prender, la voz de Gervasio que le decía algo. Entonces fue cuando pensó que no era su hijo, que aquellos dos hombres que venían en la barca eran dos enemigos suyos que la querían matar. Cuando estuvieron cerca, muy cerca, aquel hombre que le parecía conocer de algo y el otro intentaron subir al tejado, diciéndole a la vez cosas que ni siquiera oía. Pero no pudieron. La barca se inclinaba demasiado y ella no les dejaba acercarse para saltar sin peligro. Con la hoz se defendió bien. No re-cuerda ya lo que pasó después. Sólo recuerda que se alejaron y que ella gritó mucho y se hizo de noche. Hoy le duelen la gar-ganta y la espalda.

 

«Cogí frío durmiendo en las condenadas tejas.» Hoy vendrán también. «Tanta agua, tanta agua.» El sol da calidad de miel al embalse. «Me quieren matar.» Para un momento sus manos y los observa despacio. Vienen más todavía. Necesita gritar, se siente obligada a ello, sin saber por qué. Es la hora de la tarde en que cesa el viento y sube frío desde el fondo del embalse.

 

«Están viniendo más que ayer.» Dos coches y un camión aca-ban de pararse. Pero ella sigue oyendo un ruido de motor le-jano. Apoya la calceta en la arista del tejado y coge la hoz. Se levanta.

 

—Ladrones…, las cosechas echadas a perder…, no llueve nunca… Hijos de mala madre… nos echáis de nuestro pue-blo…, los diablos se os llevarán…

 

Su cuerpo, sobre el tejado, se balancea a cada movimiento de

 

 

 

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la hoz. Hay algo en sus gritos de animalidad. Las palabras sa-len entre auténticos rugidos de una garganta cansada y ronca. Sigue oyéndose un motor a lo lejos.

 

—… perros, perros…, ah, Dios mío… Ladronesss…

 

Se aferra a ciertas palabras que se le convierten en gritos. Pro-longa otras como en un aullido que resuena extrañamente en la nueva ordenación de aguas y tierras. Todos sus gestos de amenaza van hacia la central. Sigue oyéndose el motor, cada vez más cerca. El sol traza sobre el agua el camino imposible del atardecer. La orilla está llena de gente que mira hacia la vieja. Acaba de aparecer, junto al montículo que todavía so-bresale, una lancha motora. Ella sigue gritando. Ahora, sus gritos recuerdan la música de una oración, entrecortada por los sollozos que lanza cuando le falla la respiración, pero con algo desgarrado y terrible.

 

Oración que es devuelta por las piedras de la orilla, oración sin nadie que pueda atenderla. La motora está cerca de la ori-lla.

 

Ha caído sobre el tejado. Por un momento, se ha balanceado su silueta, los brazos extendidos hacia arriba, y el peso de la hoz y la violencia de los gestos con que acompaña sus gritos, la han derribado y la han hecho caer sobre el tejado, llorando fuertemente. Pareció que iba a caer rodando hasta el agua. Pe-ro ha logrado agarrarse a las tejas, y así está, gritando y sollo-zando todavía. Varias barcas avanzan llenas de hombres, hacia el tejado, que empieza a ser cubierto por el agua. La motora arranca y en un momento llega junto al tejado.

 

Ella vuelve a levantarse. Grita todavía una última vez y cae de nuevo, desmayada de hambre y desesperación. Su grito ha sido largo, cada vez más agudo, y ha caído con ella sobre el tejado, durante unos segundos, cuando ella ya estaba abatida, para terminar luego con un estertor ronco. La hoz resbala ha-

 

 

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cia el agua y se hunde sin ruido.

 

Varios hombres ayudan a Gervasio a subir a su madre en la motora. En seguida vuelve a gruñir, y se aleja hacia la orilla.

 

Quedan flotando una lagartija muerta, la madeja y las cuatro agujas de madera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SALTOS DE ALDEASECA

 

 

 

 

 

 

I

 

El gran ruido

 

 

 

Aquel ruido continuado, subterráneo, lo llenaba todo. Nacía de la tierra acaso. Más que el ruido producido por los alternado-res, parecía el de las raíces absorbiendo vida de la tierra hú-meda, el de la savia al ascender por los troncos, enormemente amplificado por la resonancia del valle.

 

Se oía vivir a las cosas, a las plantas y a los hombres desde kilómetros. Era un ruido de vida, bronco, alegre y trágico, a cada segundo muriendo y renaciendo a cada segundo. Lo pro-ducían los alternadores girando a miles de revoluciones por minuto. A todas las casas llegaba. Lo oían las mujeres mien-tras fregaban, cosían, hablaban: «Nuestros maridos, nuestros hijos y hermanos siguen trabajando. Nada pasa», quería decir. Los niños lo oían también, acostumbrados a él como a una manifestación de la naturaleza. No les impedía jugar, no les entristecía. Los alternadores eran seres míticos para ellos, te-nían algo de monstruo gigantesco y algo de mago bueno re-partidor de luz. Algunos domingos, después de la misa, iban de la mano de sus padres a verlos. Bajaban en el «plano incli-nado» hasta el fondo del valle, al pie de la presa. El ruido des-lizante por los cables de acero. El chirriar de las ruedas sobre las vías. La pequeña caseta gris, a mitad de camino, de la que salían hilos hacia arriba. Las finas tuberías que saltaban entre

 

 

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las rocas, apoyadas en soportes de madera o de cemento. Ha-bía algo irreal, extraño en aquel descenso. Crecía la presa, el ruido se hacía más potente y vibrado, iba adquiriendo una densidad maciza. Al otro lado de la presa, agua. Los niños se asustaban de esto, sobre todo. Saber que detrás de aquella gran pared de cemento había agua, mucha agua que llegaba hasta muy lejos, todo por encima de sus cabezas. Cada vez les pare-cía más alta la presa y menos pequeños los hombres que en-traban y salían del edificio de la central.

 

—Papá, ¿por qué no se rompe?

 

Los niños tenían miedo a mojarse. Pensaban que, rota la presa, el agua saldría y mojaría a todos. Sólo esto.

 

¡Sus trajes nuevos de domingo! Además, ellos, no sabían na-dar todavía. No pensaban que el agua apresada pudiera tener garras y dientes y músculos casi invencibles.

 

—Es de cemento, hijo.

 

Esto los tranquilizaba. «Cemento» era una palabra de prestigio en sus cerebros. Algo muy valiente contra lo que no se podía luchar. Para los hijos de los obreros, de los empleados y de los ingenieros del Salto de Aldeaseca, no existían hadas, duendes, princesas. Seres y cosas mucho más misteriosas y extrañas los sorprendían diariamente. Muchos habían nacido en el Salto. El ruido monótono, profundo, el ruido que hacía vibrar conti-nuamente los cristales, el ruido que lo llenaba todo como una densa atmósfera, era para ellos familiar, sin dejar de ser algo extraordinario. Venía de todas direcciones, parecía ser mayor a cada instante, pero siempre era igual. Vivían en medio de lo colosal. Los gigantes de los cuentos hubieran resultado enanos para sus mentes acostumbradas a los cien metros de altura de la presa, a la extensión eterna del agua, a las máquinas enor-mes y girantes que despedían aire caliente por sus rejillas, a la cascada del aliviadero, alta y espumeante. Las palabras que

 

 

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oían a sus padres eran mucho más asombrosas que las que podían leer en los cuentos:

 

«alternadores»,

 

«revoluciones», «kilovatios»,

 

«amperios», «rotor», «estator»,

 

«turbina», «interruptor», «conmutador»,

 

«circuito», «alta tensión», «voltio»…

 

 

Y siempre, mezclados a estas palabras, los números, el núme-ro mil, respetado por sus mentes, cuya experiencia les hablaba sólo de unidades, decenas y sólo alguna vez de centenas. Cier-tas frases de sus padres les hacían gracia: «transformador de aceite». Aceite era lo que se usa para freír los huevos. Trans-formador… Ellos vieron pasar aquella caravana de camiones estirando y empujando de una «galera» cargada con un trans-formador de cincuenta toneladas, cincuenta mil kilos. Oyeron las explosiones de las pegas eléctricas en las laderas del ba-rranco. Vieron volar piedras como casas. Se asombraron de que un río pudiera desaparecer debajo de la tierra por un agu-jero, dejando vacío su antiguo cauce. Jugaron entonces a coger peces en los charcos que habían quedado. Y vieron hombres mal vestidos que también jugaban a coger peces en capachos. Los niños del Salto de Aldeaseca no podían ser como los de otros sitios. Algunos habían hecho breves viajes a la ciudad más próxima, a los pueblos de los alrededores. Les dolía la cabeza en ellos, estaban de mal humor. No podían vivir sin el ruido, sin el gran ruido que era como el alma del poblado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

 

 

—Es espantoso. Me va a estallar la cabeza —se la apretó con las manos. Estaba sentada en el sillón, debajo de la ventana y oía el vibrar perpetuo de sus cristales, algo mínimo y seguro que le deshacía los nervios. Se sentía muy cansada. Aquel via-je interminable por carreteras malas, sin asfaltar, cruzándose a todas horas con carros de campesinos y con ganado, con ci-clistas que parecían no ver al camión cargado de muebles. Día y noche. El olor a gasolina, el ruido del motor, las piernas en-cogidas para dejar sitio a la cesta con la comida, y al lado, su hija echada sobre su hombro para dormir, y el brazo del con-ductor, cuyo codo tropezaba con ella en todas las curvas hacia la derecha, ¡ah!

 

—¿Cómo puedes vivir aquí? —preguntó.

 

Juan Lobo estaba abriendo la maleta en la que venían sus car-petas, llenas de planos.

 

—Seguro que has olvidado algo — dijo.

 

Su mujer le miró. «Bueno ha sido el viajecito», pensó. Le mo-lestaba el ruido del cristal, que confundía en el recuerdo con las vibraciones del camión. Su marido revolvía aún en las car-petas. Sonaban sus gomas restallando sobre el ruido lejano y total de los alternadores, sobre las vibraciones próximas del cristal.

 

—Seguro —repitió.

 

Su mujer le miró de nuevo, sin interés, viendo otras cosas o muchas otras cosas que no estaban allí, pero que pasaban ante sus ojos, vertiginosas, como reales. Árboles, árboles, árboles.

 

—Mamá, al armario se le ha roto la luna.

 

 

 

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Había entrado su hija en el comedor, con la prisa de sus dieci-nueve años, no abatida siquiera por el viaje. Continuó el padre lo suyo, sin dar atención a nada que no fuera el esquema de la estructura de la central que había estado montando hasta tres meses antes o las notas sobre las reparaciones realizadas en los grupos de tal o cual central. Su mujer tenía ojeras profun-das, toda su cara estaba cubierta por el velo sucio que queda después de un viaje. Caída, hundida en el sillón único del co-medor, que no era de allí, sino de la alcoba. Se le notaba fuera de su sitio, de acuerdo, sin embargo, con el desorden de la casa, sin distribuir todavía: quizás esto no fuera el comedor. «Habrá que ponerle masilla a este cristal», pensó ella.

 

—¿No para nunca este ruido? —le preguntó. Le preguntó también con los ojos, deseando alguna respuesta o alguna cla-se de atención.

 

—Mamá… —empezó la hija.

 

—Déjame ahora. Ya se arreglará. — Seguía mirando a su ma-rido. La hija salió.

 

—¿Cómo va a parar? Deberías estar acostumbrada ya —dijo él. Luego—: ¿Y lo del Ebro? No lo encuentro.

 

Le dijo ella dónde lo había puesto. Ayudó con frases y pala-bras a las manos que buscaban en el fondo de las maletas. Sin parar de hablar, le contó el accidente.

 

—No sé cómo puede haber tantas curvas en esa dichosa carre-tera…

 

Llevaba ella tiempo dormitando sobre los brazos, apoyados delante. Charito iba distraída, mirando a través del cristal los cables de la luz y del telégrafo, y los postes, que se iban acer-cando despacio al camión y aceleraban de pronto, cruzándose con él a una velocidad vertiginosa. Subían y bajaban los ca-bles, combados entre cada dos postes, y a veces, varios pájaros

 

 

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levantaban el vuelo al acercarse el camión. En el horizonte, casi recto, sólo había una nube alargada, con algo de pez. Do-bló el camión a la izquierda y Charito volvió a sentir el miedo de las personas poco acostumbradas a ir en coches o camio-nes: ¿cómo podía estar seguro el chófer de que la rueda no entraba en la cuneta? Ella lo había creído así por un momento. El brazo velludo del conductor estaba cruzado sobre el volan-te. La silueta de su rostro se destacaba contra el cristal de la portezuela, más allá del cual pasaban árboles y postes, casi con furia. Giró el volante y el brazo bajó. Charito miró por la ventanilla de su lado, después de dejar sus ojos, un momento, sobre su madre.

 

—Estaba rendida —dijo ella, hacia su marido, que había en-contrado las carpetas que buscaba y las estaba examinando. Le vio ligeramente borroso desde el sillón donde estaba hundida, velados sus ojos todavía por el recuerdo del viaje—. Estaba rendida, créeme. No había dormido desde dos o tres días antes casi nada… Las pensiones… Y menos mal que el chófer era un buen hombre y nos ayudó mucho. Como tú, que eres el que debía venir, no vienes nunca por no desaprovechar un día de trabajo… Te vas tan fresco dos o tres días antes o un mes, y los demás, a cargar con todo…

 

Estaban en una zona llena de curvas que evitaban los peque-ños desniveles del terreno próximo al río. El camión se incli-naba hacia un lado y cambiaba bruscamente al otro, notándose el movimiento de los muebles en la caja. Charito hizo un es-fuerzo y, sin despertar a su madre, se asomó por la ventanilla trasera. Chuchín aplastaba las narices contra el cristal, son-riendo. Luis debía de ir sentado en el suelo de la cabina, for-mada por dos armarios y un tablero de mesa. Le preguntó, con un gesto, si iban bien. Chuchín sacó la lengua y la aplastó con-tra el cristal. Estaba riéndose de aquella cara deformada, con los mofletes, la nariz y la lengua transformados en superficies planas, cuando una curva hacia la izquierda la lanzó contra la

 

 

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portezuela. Se oyó un crujido de maderas detrás, un entrecho-car de los muebles.

 

—Esos muebles… —empezó a decir.

 

Un nuevo viraje del camión la hizo chocar contra su madre. Se oyó un fuerte ruido, acompañado de crujidos, y, en seguida, el golpe de algo al caer a la carretera. El conductor frenó brus-camente.

 

—¿Qué ha pasado? —gritó la madre, despierta ya. El conduc-tor había bajado casi antes de que el camión se detuviera. En la caja se oyó la voz de Luis, diciendo algo que no pudieron entender las mujeres. Charito abrió la portezuela y bajó tam-bién.

 

—¿Me estás oyendo? —dijo ella. Levantó el hombre la cabeza del esquema que estaba examinando.

 

—Sí, sí —dijo—. ¿Qué se había caído?

 

—Se había roto una de las cuerdas que sujetaban los somieres, y allí estaba el grande, en medio de la carretera, detrás del ca-mión. —Iba aumentando su cansancio, hablaba sin ganas, en un último esfuerzo para ganarse la atención de su marido—. Y una de las mesillas pequeñas también, imagínate cómo… A Chuchín y a Luis les cayó encima el tablero. Para que les hu-biera abierto la cabeza, por lo menos… Por estas cosas es por lo que tú debías venir. Hace falta un hombre, no yo sola, con Chuchín y Charito y con Luis, que es un inútil…

 

—Pero estaba el chófer —dijo él.

 

—Sí, el chófer, pero el chófer no es el marido. Tardamos más de dos horas en volver a colocar todo, nos faltaban cuerdas y se nos venía la noche encima… Costó Dios y ayuda salir de aquel atolladero… Estoy harta de viajar, Juan, estoy harta. Y me va a estallar la cabeza con ese ruido.

 

 

 

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Repitió el gesto de apretar sus manos en las sienes para que no le estallaran, como si creyera en la posibilidad de que ocurrie-ra.

 

—¡Uf, qué viajecito! —dijo aún ella, soltándose la cabeza.

 

No hizo él ningún comentario. No se miraron. Separados por la mesa, la maleta llena y rodeada de carpetas y revistas, esta-ban unidos por una costumbre de años, más real acaso que sus cuerpos distintos, y más una, algo físico ya, que les hacía mu-tuamente concebirse como parte propia, un miembro, un ór-gano. Era así, con la amistad surgida de la costumbre a cada beso, a cada noche, a cada hijo, era así como estaban unidos, como eran ya un solo ser, cansado de sí mismo en algunos aspectos, pero sin poder prescindir de ninguna de las dos par-tes.

 

Él sabía ya lo del accidente, pero no tenía conciencia de ha-berlo oído; lo sabía de un modo directo, sin necesitar conocer la fuente, el narrador o el medio por el que le había llegado. Como si mientras buscaba en el fondo de la maleta, hubiera encontrado aquellos hechos, su recuerdo vivido en el fondo de su cerebro. Por eso no era necesario comentar nada. No había allí otro ser que estuviera intrigado o simplemente interesado en oír sus palabras, estaba sólo su mujer que lo sabía todo también.

 

Ella había esperado algo. Una palabra fuerte, su indignación, quizás una regañina. Lo había esperado como una repetición en pequeño del largo esperar que era su vida desde que salió de su ciudad natal. No quería entonces viajar. El mundo se acababa en la última casa de su ciudad provinciana. Pero se casó con un hombre bueno, trabajador, silencioso, que había pasado quince años yendo y viniendo de una central a otra. Con lo feliz que hubiera sido ella en su ciudad, en su calle, en su casa.

 

 

 

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«Demasiado bueno —pensaba—, demasiado trabajador.» No lamentaba haberse casado con él. Otro hubiera tenido todos los defectos que su marido no tenía. Pero era éste el gran de-fecto: la ausencia de los pequeños defectos, casi vicios, que hacen al hombre más humano. Fumar o beber. Algo que des-viara un poco su pasión por las máquinas, por el trabajo, por el deber, un Deber con mayúscula, aprendido en libros de lectu-ras para colegios, y cumplido rigurosamente a lo largo de toda su vida. Juan Lobo tenía varios álbumes de fotografías de las máquinas que había montado o reparado, todas hechas por él. Eran magníficas, tenían efectos nocturnos de gran dificultad, detalles impensados, encuadres originales que presentaban a la máquina como viva. Pero las pocas veces que fotografió a per-sonas —su mujer o sus hijos— las sacó sin expresión, con algo de máquina. Juan Lobo parecía comprender mejor a los alternadores que a las personas.

 

Sonreía su mujer recordando estas cosas, pensándolas como siempre por primera vez.

 

—Juan, ¿quieres comer?

 

—¿Eh? —hizo él.

 

—Que si quieres comer.

 

Estaba ahora sentado en la mesa, con una pierna en la silla, sujetando con la mano derecha un plano que tenía desplegado sobre la rodilla y la mesa. Lo estudiaba, recorriendo a veces ciertas conexiones con el lápiz que tenía en la otra mano.

 

—Venga, venga; poned la mesa — dijo—. Tengo que estar en la central en seguida.

 

«En seguida» expresaba más una necesidad suya, confundida en su subconsciente con el viejo deber de los libros de niños, que la orden de algún jefe suyo. Él era jefe de montajes. Pero era más: su experiencia y sus estudios espontáneos y desorde-

 

 

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nados le habían convertido en ingeniero, aunque no tuviera título. Comenzó como un simple obrero y ahora su cargo era ya casi equivalente al de un ingeniero. Ni siquiera se permitía el mínimo orgullo para reconocerse el mérito que esto supo-nía.

 

Seguía siendo sencillo y bueno como un obrero. Un obrero de moralidad perfecta.

 

—Juan —le dijo—, si no te quitas, no se puede poner la mesa.

 

Charito, cargada de platos, estaba esperando a que su madre pusiera el mantel que tenía en la mano. María se sentó en el sillón, después de haber extendido el mantel sobre la mesa, dejándolo flotar sobre ella como una vela hinchada, y estuvo entonces mirando todo con la indiferencia de quien acaba de abandonar algo.

 

—Se me ha metido ese ruido en la cabeza —dijo— y no pue-do parar.

 

—Eso es los primeros días, hasta que te acostumbres como en los otros saltos.

 

La hija ponía la mesa. Juan estaba sentado en el brazo del si-llón de su mujer. Años pasaron ante sus ojos mientras habló. Los otros saltos, viajes cargados de muebles y de hijos, sepa-raciones hasta de meses, vida de puebluchos, accidentes…

 

Entró Chuchín corriendo: cinco años.

 

—Papá, papá, desde la carretera se ve un mar y hay unas rocas muy grandes con cuevas…

 

—A comer, venga —se levantó el padre.

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

 

 

Salió de su casa y bajó uno a uno los escalones, con cierta ra-pidez en desacuerdo con su aspecto pesado, casi grueso. La estrecha escalera sonó a cada pisada suya con el escándalo de la madera y los clavos nuevos. El ruido del último escalón fue distinto, algo más macizo y seco. Avanzó hacia la carretera por la calle que formaban los dos pabellones para viviendas de empleados. Vio algunos obreros que iban ya hacia la central. «Son los que comen en Aldeaseca, bueno, en Nueva Al-deaseca», pensó. Le saludaron cuando llegó a la carretera. Él iba dejándolos atrás, devolviendo el saludo a cada uno, con más prisa que ellos. «Voy a tomar las medidas personalmente, antes de que venga Buendía.» El camión grande de la empresa estaba parado en la carretera. Buscó al chófer. Quizá fuera a la ciudad esta tarde. «Algún viajecito misterioso», pensó, recor-dando los frecuentes viajes que los coches y camiones de la CEDE hacían a la ciudad, a pueblos cercanos y a la capital, organizados por algunos jefes e ingenieros exclusivamente para sus fines particulares. Habían quedado atrás los chalets de los ingenieros, con sus pequeños jardines delante. Sólo descendían hacia la central los obreros y él, el jefe de monta-jes. Llegó al «plano inclinado» al tiempo que un grupo de obreros iniciaba el descenso a pie por el camino en zigzag. Él «plano inclinado» era sólo para jefes y empleados. De un mo-do espontáneo, se unió a los obreros y empezó el descenso a pie. En el fondo, junto a la base de la presa, la central parecía una caja de cartón blanco flotando sobre el agua, sin techo aún y rota por uno de sus lados, el que estaba sin construir. La pa-red opuesta del barranco era toda de rocas, con pequeños sa-lientes rectangulares.

 

Algunos parecían a punto de desprenderse. Se veían en ella, casi vertical, cientos de caras humanas superpuestas unas a

 

 

 

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otras, cada una con su nariz de arista pura, su boca recta sin mentón, sus pensativas cuencas vacías y cuadradas. La nariz de un rostro dejaba una sombra, que era el ojo del rostro más próximo, y así se iban montando expresiones dolientes de con-tenida tristeza sobre risas geométricas y trágicas, desapareci-das o parcialmente ocupadas por la dureza indiferente o el amargo gesto de otros rostros, perdidos entre aquel vertical ajedrez de expresiones humanas. Las voladuras habían dejado allí la historia anticipada de la construcción de la central, con todo lo humano y lo inhumano de miles de hombres trabajan-do, la historia de cada uno de los músculos que movieron las herramientas, las máquinas, algo que resumía el triunfo y el dolor del hombre en lucha contra una fuerza desconocida, cu-yo dominio había exigido, y exigía todavía, una epopeya de sudor y muerte.

 

Los altos ventanales de la central no eran ya las rayas vertica-les y negras que se veían desde arriba. Tenían ahora anchura, hasta se podía distinguir en ellos la armadura metálica donde irían las vidrieras. Juan Lobo había adelantado al grupo de obreros y descendía por el camino estrecho, con los pequeños matorrales que crecían entre las piedras a un lado y el lecho de tierra desnuda, removida recientemente, por el que pasaban las vías del «plano inclinado», al otro. El continuo y brusco cam-bio de dirección le cansaba más que el mismo descenso. To-davía no se había acostumbrado a él. La cartera le golpeaba en la pierna en casi todas las vueltas hacia la izquierda. Cada vez pensaba evitarlo en la vuelta siguiente, pero siempre volvía a ocurrirle. Se dejaba caer aprovechando involuntarios resbalo-nes sobre la arena suelta y las piedras menudas, sintiendo có-mo algunas se le clavaban en la suela de los zapatos. Le pare-cía ir descalzo o, por lo menos, en zapatillas.

 

Abajo, empezó a caminar entre los raíles de la vagoneta, qui-zás usada meses antes para transportar los escombros que se sacaban de la base lateral de la presa, y hoy cubierta del óxido

 

 

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rojo y sucio, granulado, con arena pegada en su interior, aban-donada al final de sus raíles. A la izquierda, en el antiguo cau-ce del río, el agua tranquila, después de haber atravesado las turbinas de los dos generadores que ya funcionaban. Observó su bajo nivel.

 

«Cuando funcionen los otros tres grupos, el agua llegará —se dijo— a la altura del borde o acaso cubrirá el suelo sobre el que ahora ando.» Necesitó decirse que entonces sería urgente construir un pasadizo de madera o, mejor, rectificó al pensar-lo, de cemento para el paso de empleados y obreros hacia la central: el agua pudría la madera. Imaginó el volumen de ce-mento que habría que emplear. A su derecha, tirada por el sue-lo, había chatarra roñosa: alambres retorcidos, trozos de vigas metálicas, tablones, restos de bidones, clavos, tuercas… Fue pensando en los posibles trabajos a realizar en aquella parte volvió a lamentar, por ejemplo, la estrechez de aquella plata-forma, por lo que era imposible instalar allí la estructura para salida de líneas; quizá se pudiera haciendo un gran socavón en la ladera, no tan vertical como la opuesta, lo que muy proba-blemente sería más costoso que poner la estructura arriba y llevar hasta ella las líneas que fueran precisas), hasta que llegó al breve puente de madera, con listones clavados a manera de peldaños, ya que no sólo unía la plataforma con la base de la central por encima de un pequeño canal, sino que salvaba también el desnivel no muy marcado de los dos extremos.

 

Todavía no había nadie en la «sala de máquinas». Vio arriba, en el puente del cuadro —habitación empotrada a cierta altura, en uno de los muros, con una barandilla metálica que la sepa-raba de la gigantesca sala—, al oficial de turno leyendo algo. «Una novelucha», pensó. Pasó junto a los grupos en marcha y recibió el empujón caliente del aire que salía por sus mejillas. El ruido, en el interior de la central, era más denso, más apre-tado. Formaba una extraña mezcla con el olor a grasa consis-tente, a aceite de máquinas, a minio y a pintura reciente. Esta

 

 

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atmósfera era para él algo estimulante, una imagen exterior de su propio cerebro ensordecido y monocorde, obsesionado con su trabajo y casi apto sólo para pensar en él o, como máximo, en las cosas más directamente relacionadas con él. Era la invi-tación al trabajo, la llamada brutal e ineludible de las máqui-nas. Vivía en su interior, acompañándole siempre, y emanando una niebla o muralla que le impedía interesarse por la vida o conocer, al menos, la de los seres humanos que le rodeaban. No oía sus voces, tan ridículas y débiles comparadas con el arrullo monstruoso de los alternadores. No veía sus cuerpos insignificantes, ni percibía el latido vivo e insistente de los demás. Sin embargo, junto a un alternador, sumergido en el estruendo, era capaz de entenderse con un obrero, le daba ór-denes, comprendía sus explicaciones, aunque ninguno de los dos pudiera oír al otro. Se observaban mutuamente los labios agitados por inútiles gritos, como si observaran las indicacio-nes de la aguja de un amperímetro o de cualquier otro aparato de medida.

 

Juan Lobo pisaba ahora el suelo de chapas metálicas que cu-bría la cámara de las turbinas. Vibraba el metal bajo sus pies, dándole a veces la sensación de que oía el ruido a través de ellos. Llegó junto al grupo de montaje. La grúa, la interroga-ción colgada de la polea múltiple por gruesos cables trenza-dos. La polea estaba sujeta al puente del carro, apoyado, a su vez, en los carriles laterales que recorrían, junto al techo, toda la longitud de la sala. Un manojo de cables unía la grúa al eje del rotor, medio hundido ya en el pozo de cuatro metros de diámetro donde estaba el estator. Brillaban negros los gajos verticales del rotor, en los que iba todo el devanado de las bo-binas. Él no lo sabía, pero un respeto sagrado le nacía dentro siempre que se acercaba a «sus» máquinas. Se subió sobre el borde del estator y comprobó con la vista la holgura que que-daba entre éste y el rotor. Era necesario corregir la posición de la grúa. Había que desplazarla ligeramente hacia su derecha.

 

 

 

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Miró el reloj, el reloj de oro que había sido de su padre. Un minuto después —que él empleó en medir con su calibre la holgura en dos puntos diametralmente opuestos— empezó a sonar la sirena.

 

Fueron llegando los seis obreros que le ayudaban en la opera-ción de introducir el rotor. Luego vino Buendía, el montador encargado de dirigir este trabajo. Mediante sucesivas varia-ciones en el volante para el movimiento lateral de la grúa, se fue centrando el rotor. Él dirigía la operación desde el borde del estator, calibre en mano, midiendo de vez en cuando el movimiento realizado. Cantaba la cadena alegre que transmi-tía los giros del volante a los engranajes del puente, y se mo-vía el carro entero. Pero sólo el obrero encargado del volante lo oía.

 

Habían ido llegando otros montadores y obreros que trabaja-ban en los grupos vecinos o en los andamios adosados a las paredes. Juan Lobo recorrió los diversos trabajos que de él dependían, inspeccionándolo todo, dando órdenes, participan-do él mismo en algunas operaciones.

 

 

 

IV

 

 

 

Juan Morales estaba manejando el volante lateral de la grúa. Con los ojos fijos en la cara del señor Lobo, obedecía las ór-denes que le daba. «Un poco más a la derecha», entendió lo que la boca le decía ayudándose con la mano. Giró el volante dos vueltas y media; la mano del señor Lobo se enfadó: «Me-nos, menos», dijo ahora. Obedeció. Higinio Galán, que estaba en el otro volante, recibió una orden. Siguió el trabajo. Juan Morales vio alejarse al señor Lobo. «Menos mal», le dijo a Higinio con la frente, los ojos y la boca. Buendía no era tan

 

 

 

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«tirano» como su jefe. Hasta los gestos del señor Lobo tenían algo de la autoridad rígida con que trataba siempre a los obre-ros. Fuera del trabajo era completamente distinto. Seco y amable, no muy conversador, pero atento a lo que decían, casi más cuando era un obrero el que le hablaba.

 

Juan miró a su compañero, amigo suyo desde que eran niños y pastoreaban juntos valle arriba, a varios kilómetros de Al-deaseca. Aquella ermita abandonada, de muros ruinosos, con un resto de techado, bajo el que se guarecían los niños pasto-res en las noches frías y en los días de viento. Recordó, suje-tando el volante de un modo mecánico, el familiar rumor de las ovejas, un roce continuo y cálido, y sus esquilas, que mar-caban el ritmo al que comían el pasto. Vio delante de él, otra vez, como en años lejanos, la calle del pueblo ante su casa, calle de tierra dura y coloreada por los excrementos y las meadas de las bestias. Se imaginó a sí mismo y a Higinio y a varios hombres de Aldeaseca, niños entonces, jugando alguna vez. Los últimos tiempos de su pueblo vivían todavía ante sus ojos: El Cholo, las reuniones de los hombres, los apresurados trabajos de riego para adelantar en lo posible la cosecha, su inundación, el traslado al nuevo pueblo todo blanco, la cara-vana de carros y animales que vio alejarse conducida por las mujeres, sus discusiones con Emilio, que fue el primero en venir a trabajar para los que les habían echado del pueblo, o con los demás, discusiones en las que él siempre se negó a aceptar el trabajo que les ofrecían, pues sería como trabajar contra ellos mismos, porque todas esas obras eran la ruina de sus vidas honradas y sencillas, decía. Su postura fue de las más firmes, y lo demostró siendo el primero en romper con Emilio, a pesar de su parentesco.

 

No podía pensar entonces que él mismo tendría que traicionar-se, como lo hizo, y como lo hizo Higinio, que protestó hasta última hora. El primer mes en Nueva Aldeaseca fue un conti-nuo sufrimiento. Despertarse era algo que carecía de objeto:

 

 

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no había tierras para trabajar. Antes de que su ganado se mu-riera por falta de pastos, lo llevó a la ciudad y lo vendió. Casi todos hicieron lo mismo. Se encontraron así con un dinero que no les sirvió de nada. No habían tenido nunca sino monedas de diez céntimos para pagar en El Salón los vasos de vino o la entrada al baile de los domingos. En Aldeaseca el dinero tenía un valor y una función diferentes. No valía para vivir: sus tie-rras y sus ganados les proporcionaban todo lo necesario. Al-gunas mujeres tenían guardados en viejos arcones de madera montones de billetes. Eran el producto de la venta de algunas reses en las ferias y los guardaban allí sin tocarlos, junto a lo que habían heredado de los padres, dentro ya del arcón. Más tarde, el Tío Muelas empezó a hacer viajes y a traer cosas ra-ras que vendía a todo el pueblo. Y todo el pueblo las compra-ba. Algunos hicieron también cortos viajes acompañando al Tío Muelas y, no se sabe cómo, la gente empezó a usar otras monedas y billetes. Cambiaban cosas por dinero y dinero por cosas. Años antes, había llegado hasta la plaza aquel coche negro. Se escondieron detrás de la cortina por miedo: un «ca-rro» brillante que andaba sin bueyes, sobre unas ruedas pe-queñas, haciendo un ruido espantoso. Años después la desgra-cia que este extraño aparato parecía anunciar se cumplió. Los campesinos de Aldeaseca tuvieron que abandonar su pueblo e ir a trabajar a la central para no morirse de hambre. El nuevo pueblo no les gustaba: era demasiado blanco, las habitaciones excesivamente grandes y, además, no necesitaban tantas. Las paredes muy finas, muy duro el suelo. Había dos edificios grandes que hubieran servido muy bien para pajares, pero no les permitieron usarlos para ello. Les dijeron que eran la igle-sia y la escuela.

 

Ahora, Juan, lo mismo que Higinio, Gervasio, Emilio y casi todos los del pueblo, trabajaba en la central. Tocaba la sirena y entraban a trabajar. Volvía a tocar, y salían. Las mujeres les traían la comida desde el pueblo y la comían con ellas, sobre

 

 

 

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la tierra, sin tiempo casi para terminar. La sirena volvía a tocar y entraban de nuevo. Anochecido ya, la sirena tocaba por cuarta vez, y entonces podían irse al pueblo. Sus mujeres te-nían que venir al Salto a comprar las cosas para la comida. Vivían en medio de un vértigo de acontecimientos que sus abuelos, y aun sus padres, no hubieran podido sospechar. Tan-tas cosas extrañas y trágicas, tantos cambios en las costum-bres, en sus vidas, les parecían todavía una pesadilla. No ha-bían tenido tiempo de preguntarse qué era el nuevo orden de cosas en el que los habían metido. Más que haberlos traslada-do del pueblo viejo que quedó bajo el agua al nuevo, lo que habían hecho con ellos era trasplantarlos de una época a otra, de la piedra al hierro, del arado al alternador.

 

Realmente su situación era la misma que la de un clan prehis-tórico viviendo en medio de la civilización técnica.

 

Había sonado la sirena. Salían los obreros y empleados de la central, y se dividían en dos hileras al llegar a la plataforma que quedaba en la base de la ladera: la de los empleados y téc-nicos se dirigía al «plano inclinado» y la de los obreros se desviaba para tomar el camino zigzagueante. Lobo salía can-sado, con unos minutos de retraso respecto a sus compañeros de categoría, la mayor parte de los cuales abandonaba el traba-jo casi un cuarto de hora antes para no tener que esperar turno en el «plano inclinado». Detrás de él venían los obreros que había tenido trabajando hasta después del toque de la sirena. Nunca abandonaba el trabajo con la sirena, sino que esperaba hasta acabar la operación en que estaba ocupado.

 

Uno de estos obreros, casi un adolescente, que trabajaba de peón desde hacía un mes —hasta entonces había estado en la ciudad buscando otro tipo de trabajo; en Aldeaseca no podía seguir viviendo con su vieja madre, sin campos ni ganados—, se acercó a Lobo antes de que éste se separara de la hilera.

 

 

 

 

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—Señor Lobo… Mire usted… yo quería saber una cosa.

 

Se detuvo, con la timidez de su edad y la del ambiente en que había pasado sus dieciocho años.

 

—¿Qué quieres? —Fue seco—. No demostró mayor interés que el que podría demostrar por los problemas humanos aje-nos, por las injusticias que le indignaban en el momento de enterarse —era un hombre bueno—, pero con un tipo de in-dignación parecido al que le inspiraba un trabajo mal hecho, una pieza rota o un torneado defectuoso: la mayor injusticia social, el más terrible problema humano dificultaban el fun-cionamiento del gran alternador que era la sociedad.

 

El muchacho le miró, asustándose quizá de su propia audacia al dirigirse al «lobo». Los obreros le llamaban así por la vio-lencia de su energía en el trabajo, no porque tuviera ninguna característica que le hiciera semejante a este animal.

 

—Cuando se acabe la central —dijo — darán luz a mi pueblo, ¿no?

 

Lobo le miró. No le comprendió.

 

—Darán luz, ¿no? —repitió.

 

No estaba él muy seguro de esto, a pesar de haber oído que en el pueblo de Nueva Aldeaseca se había hecho la instalación. Luego estuvo seguro: sí, darán corriente. Si no, ¿por qué gas-tarse en una instalación? Recordó que una vez habló de esto con el ingeniero jefe, el cual le dijo que él mismo se encarga-ría de montar el transformador necesario para ello.

 

—Claro, Pedro —le dijo—. ¿Para qué crees que se puso la instalación?

 

No le dio más importancia. Hubo un gesto de duda en el mu-chacho, como si quisiera decirle aún algo. Inició ya la marcha,

 

 

 

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separándose de él, quizá sabiendo que le quería decir todavía algo, y queriendo no oírlo o, acaso, prefiriendo evitar el oír ingenuidades sin sustancia de un muchacho.

 

Atardecía. Llegó el «plano inclinado» a lo alto de la ladera, y los empleados, continuando las conversaciones iniciadas en la plataforma, mientras ascendían, salieron a la carretera y subie-ron por ella hacia el poblado del Salto. Se cruzaron con mu-chachas, hijas de los empleados, que iban, precisamente a esa hora en que los hombres salían del trabajo, a pasear por la ex-planada, delante de la Dirección. Algunas saludaban a sus pa-dres.

 

Brillaban ya luces. Antes de llegar a los primeros pabellones, el atardecer se había hecho anochecer. Se oían los grillos más cercanos, un chirriar que ni el ruido de la central lograba ma-tar. Fueron sucediéndose los «buenas noches», los «hasta ma-ñana»… a medida que cada uno iba llegando a la altura del pabellón donde vivía. En el grupo de Lobo vivían varios mon-tadores y Ramos, encargado general de obras. Los montadores se despidieron.

 

Lobo y Ramos eran amigos. Los unió desde el principio el parecido de sus carreras: desde obreros, habían llegado a im-portantes cargos. Pero también desde el principio los separó el hecho de que Ramos bebiera, fumara y fuera aficionado a los juegos de cartas.

 

Por lo demás, siendo idéntico el camino recorrido por ambos, Ramos tenía características humanas semejantes a las de Lo-bo. Hombre trabajador y sencillo, de una bondad extraña a su edad. No hablaban casi. Recorrían juntos el camino hasta que Ramos se despedía de su amigo para ir al Casino. Lobo conti-nuaba hasta su casa. Así ocurrió también esta noche.

 

 

 

 

 

 

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V

 

 

 

Ramos entró en el Casino. Iba a la mesa habitual, donde le esperaban los amigos de siempre, quizá sólo amigos para ju-gar a las cartas y comentar el tiempo, el trabajo o la última partida de frontón, amigos especializados que no le hubieran servido fuera de aquel ambiente de mesas bajas, rodeadas de pequeñas butacas que recordaban las de un café moderno de ciudad, blancos visillos en las ventanas altas, y alfombra gran-de de colores chillones, todo ello rodeado del falso calor de la calefacción. El ruido de los alternadores era allí más denso, parecía como si naciera de las mismas paredes, especialmente acondicionadas para evitar calor, frío y ruidos exteriores. En uno de los salones ante los que iba pasando Ramos, dos em-pleados jugaban al billar. Llegaban hasta él los golpes secos del taco contra la bola, de las bolas entre sí, envueltos en pala-bras sin forma, turbias y rotas por los golpes, que él entendía, sin embargo, por una coincidencia en su recuerdo de la melo-día o ritmo de las palabras inoídas con el de las palabras que él mismo había pronunciado otras veces entre carambola y ca-rambola. Alguien silbaba. Quizás uno de los que jugaban al billar, u otro cualquiera, que acaso estaba sentado en el mos-trador. Habría perdido una combinación —estaba de moda tomar combinaciones—, sin duda impuestas por el barman, que «ha servido en los mejores bares y hoteles de la capital»

 

—y estaría bebiéndola lentamente, sin objeto, o acaso con el único objeto de que la gente le viera subido en el taburete, con esa postura aprendida en las películas americanas, mientras tomaba su combinación elegantemente. El barman se acerca-ría a él de vez en cuando, inclinando su busto, haciendo algo con las manos detrás del mostrador. Sería Ruiz, el ingeniero más joven del Salto, pensando en los eternos problemas de su salud, que él creía en peligro a cada instante, o en sus raras elucubraciones pretenciosamente científicas sobre la electrici-

 

 

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dad o la cultura. Pasó junto al mostrador Ramos y vio, en efecto, a Ruiz, solo, sentado en un taburete, silbando. Silbaba despacio, sin llegar a formar el silbido, que en algunos instan-tes era sólo un ruido de aire saliendo. Una melodía sin forma, compuesta de otras muchas, viejas y modernas, y de melodías posibles que nunca serían creadas. Ruiz miró a Ramos en cuanto apareció en la puerta. Le saludó, pidió con el tono de su saludo que viniera. Se cruzaron entre ellos las primeras fra-ses de una conversación sin tema.

 

—He leído un libro muy curioso —dijo luego Ruiz.

 

Ramos se asombró una vez más.

 

«Libro muy curioso», dicho por Ruiz, significaba «libro de historia, de filosofía, de literatura». El joven ingeniero era muy aficionado a ellos. Se asombró Ramos por el contraste entre aquel ingeniero real y la idea que él tenía de los ingenie-ros, no gratuitamente, sino basándose en sus numerosas expe-riencias con «esta fauna», como hubiera dicho Lobo. No sólo no leían libros no técnicos, sino que, salvo excepciones muy raras, no leían ni aquellos libros que estaban relacionados con su carrera. Parecían dar a entender que ellos habían estudiado todo lo que tenían que estudiar en el ingreso y durante la ca-rrera. No estaban obligados a saber demasiado, puesto que nadie podía dudar —habían ingresado en una escuela espe-cial— que en el momento necesario supieron mucho. En gene-ral, los ingenieros que Ramos había conocido —Lobo decía lo mismo— se limitaban a firmar proyectos y a preguntar a sus ayudantes cosas demasiado elementales para ser preguntadas, no por un ingeniero, sino por el peor perito. Ramos se admira-ba de las ideas de Ruiz, quizá no por la calidad de éstas, sino por el hecho de que un ingeniero tuviera ideas.

 

—Es un libro sobre mitología — dijo. Había dicho antes algo que Ramos no pudo entender—. Los dioses son como los

 

 

 

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hombres y los hombres tienen algo de dioses. He pensado en nosotros, en nuestra vida aislada en este Salto. Somos como sacerdotes de un viejo rito, algo mantenido a lo largo del tiempo bajo formas cambiantes. ¿Sabe usted que el fuego, la luz, era un dios? Se le adoraba en santuarios gigantescos mu-chas veces situados en islas, y los sacerdotes vivían en ellos sin salir jamás. Nuestro dios es ese que estamos oyendo a to-das horas.

 

Continuó hablando. Citó nombres que Ramos oía por vez pri-mera: Febo, Igni, Hefaistos, Zarathustra, Prometeo…

 

—La central es el santuario. Hay algo sagrado y misterioso en nuestro trabajo. Creo que estamos condenados a no salir jamás de aquí. ¿Oye usted ese ruido, ese grito de un dios que vive en el agua y, sin embargo, es fuego y luz?

 

Habló de las vestales, sacerdotisas que eran enterradas vivas si perdían su virginidad. Su misión era mantener el fuego sagra-do. Les estaba prohibido cualquier otro fuego.

 

—Me sorprendió también el mito de Anteo. Era un gigante invencible mientras pisaba tierra… Toda la vida, toda la fuer-za de la tierra ascendía por sus pies. ¿Se da cuenta? Invencible mientras pisaba tierra… Es una lección.

 

Bebió de su combinación. Una momento retuvo el líquido en la boca, saboreándolo, y luego se secó, mutuamente, los la-bios.

 

—¿Sabe lo que pasó? Fue vencido por otro gigante, un dios, que le estranguló manteniéndole en vilo.

 

Ramos se asombró. Nunca había oído hablar así. Hubo una pausa.

 

—No quiero aburrirle —dijo—, ¿qué tal va ese túnel?

 

 

 

 

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El túnel que serviría de aliviadero de seguridad era la obra más importante de las que dirigía Ramos.

 

«Bien, bien», pensó; pero dijo, en seguida:

 

—Realmente, no muy bien. Me falta cemento y todavía no me han proporcionado los camiones que necesito.

 

—¿Y cuándo?

 

—Cuándo, cuándo… Le digo que no depende de mí. Necesita-ría más mano de obra, más cemento, más hormigoneras… En estas condiciones es imposible hablar de fechas.

 

Hizo una pausa. El barman se acercó y, con las manos siem-pre hundidas detrás del mostrador haciendo algo, le preguntó que qué iba a tomar.

 

—No, nada, gracias. Voy a sentarme

 

—dijo Ramos. Luego continuó hacia Ruiz—: ¿Y sus experi-mentos? Lobo dice que el día menos pensado quema toda la central.

 

Rió sin risa el ingeniero.

 

—Forman parte de mi obsesión. No puedo evitarlos: el trabajo de un ingeniero es bastante descansado, hay mucho tiempo libre, ya lo sabe usted, y yo lo empleo en comunicarme con el dios.

 

Se despidió de Ruiz y fue hacia su mesa. Pasó ante la puerta y vio por ella al ingeniero jefe, inclinado sobre la mesa verde, a punto de tirar una bola. Cruzó la puerta. Oyó un golpe seco. Luego, otro más duro. «El taco contra la bola y la bola blanca contra la roja.» Esperó. Debía oírse un tercer golpe. Sonó. «Ha hecho la carambola.» Llegó a la mesa, donde le esperaban sus amigos de juego. Vio otros empleados en otras mesas, jugando a las cartas o hablando.

 

 

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Fue el mismo Ramos el que planteó el tema «Ruiz».

 

—Es un hombre raro —dijo Buendía, un montador casi calvo, de nariz gruesa—. Me han dicho que está mal del pecho.

 

Preguntó Ramos si no había partida hoy. Ni siquiera se habían pedido las cartas.

 

—No hay ambiente —oyó.

 

No tenía interés para Ramos aquella respuesta ni lo habría te-nido cualquier otra. Miró a Buendía, un hombre viejo, sin por-venir en su profesión debido a que, falto de conocimientos, su larga experiencia no podía convertirse en algo creador. Estaba sentado enfrente de él, junto a Castaños, el más joven de la tertulia, un empleado de la administración. Recordó entonces, es decir, segundos después de oír las palabras de Buendía «que está mal del pecho», a su propia mujer, seguramente sen-tada en el comedor, leyendo la revista para mujeres a la que estaba suscrita, una revista de novelas ñoñas que a veces, sin dejar de despreciarlas, leía él mismo. No supo por qué la re-cordaba. «Quizá», pensó en seguida, por la obsesión que ella tenía de hacerle un chaleco de lana, «porque en este condena-do Salto —decía— hace un frío de muerte».

 

—¿Quién se lo ha dicho? — preguntó.

 

—No creo que tenga nada —dijo Castaños—, es aprensión suya. Todas las mañanas hace gimnasia, ejercicios respirato-rios, ¿sabe?

 

Castaños hubiera comentado más. Castaños no era ingeniero. Sabía que Ruiz vivía también preocupado por su estatura. El último domingo en el baile del Casino, al que asistían los em-pleados jóvenes y casi todas las muchachas de cierta categoría del Salto, Castaños observó que Ruiz sacaba a bailar a mucha-chas casi siempre más altas o por lo menos como él, y se esti-raba de un modo ridículo para igualarse a ellas. Era conocido

 

 

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y comentado en todo el Salto el modo de andar de Ruiz. Daba la sensación de que iba de puntillas y de que tenía un grano en el cuello. Pero Castaños no dijo nada de esto. Siguieron ha-blando, cambiando de tema continuamente. Se aburrían, fu-maban mucho, pero nadie deseaba marcharse. Era ya el quinto día que no jugaban. El ruido de los alternadores llenaba la sala del Casino. Volvió a oírse el silbido hacia el mostrador.

 

—Va siendo hora —dijo el cuarto de los asistentes, un vasco fuerte que jugaba al frontón.

 

—Sí —dijo Ramos.

 

La noche estaba llena del ruido de los alternadores.

 

 

 

VI

 

 

 

El invierno había sido de muchas lluvias, aunque no para la comarca donde estaba el Salto. Venía el río con una crecida turbia, y el aliviadero apenas daba abasto para desaguar el embalse. Las mujeres hablaban de que la presa iba a ser reba-sada por la crecida. Se lo decían diariamente a su marido:

 

«Es una locura… No bajes a la central hasta que no acaben el túnel.» Como si pudieran ellos decidir no bajar. La urgencia del túnel iba aumentando de un modo angustioso. Ramos tuvo todo el cemento que necesitaba, le proporcionaron más hormi-goneras, más camiones, más mano de obra. Se trabajaba inten-samente. El proyecto del túnel era muy costoso. Un año de trabajo o más se había calculado para él. Cilíndrico, tres me-tros de diámetro, totalmente recubierto de cemento. La entrada requería varias voladuras de cientos de toneladas. Ahora, a los cinco meses de empezadas las obras, se imponía acabarlo en menos de cuatro meses más. Se estaban reforzando rápida-

 

 

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mente las compuertas de los tres grupos que aún no funciona-ban. Había el peligro de que el aumento de presión las hiciera reventar.

 

Siguió la vida en el Salto, esa vida monótona de los poblados ocupados por gente de la misma profesión o que trabajan en una misma cosa. No se hablaba apenas de nada exterior. La central, el último accidente de trabajo, la próxima siempre, pero nunca actual, subida de sueldo, las partidas de frontón, el Casino, el paseo por la explanada de la Dirección, la crecida del río. Hasta los ingenieros y los empleados que estaban acostumbrados a vivir en ciudades habían perdido la costum-bre de hablar y resolver, entre sorbo y sorbo de café, los pro-blemas del mundo. La ciudad era otro mundo, algo que lenta-mente se iba diluyendo en sus memorias. Anchas calles antes, autobuses, tranvías, gente desconocida llenándolo todo, cines, teatros, bares, parques, todo esto, que les había formado un modo de ser, una especial manera de mirar, de interpretar y hasta una entonación de su hablar, estaba sustituido ahora por la estrechez de todo, calles, habitaciones, cerebros, ese absur-do hecho de conocer a todas las personas que habitaban la misma población, el continuo saludo a derecha e izquierda, los edificios reconocidos siempre, la igualdad de las horas, de los días, de los años. La influencia del ambiente, el aislamiento, el trabajo, los iba haciendo híbridos de ciudadano y paleto. Hombres educados, quizás, en universidades, o en escuelas especiales, todavía llenos de ambiciones de su juventud, trun-cadas, pero no calladas por la sensación angustiosa de hallarse en un pozo desde el cual se ve todavía el cielo, inalcanzable por la desnudez absoluta de la pared circular. Presumidos de-lante de los nativos y apocados al hablar con el más insignifi-cante forastero. La máxima envidia era para los ingenieros y sus señoras, que, de vez en cuando, marchaban a la ciudad, y hasta pasaban breves temporadas en ella. Una pequeña posibi-lidad económica era suficiente para que los padres enviaran a

 

 

 

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sus hijos a estudiar carreras que ellos no habían podido hacer o superiores a las suyas.

 

«No quiero que te pase lo que a mí. Ya me ves, condenado a ir de Salto en Salto para toda la vida. Si fuera ingeniero, no me pasaría esto. No desaproveches esta oportunidad y estudia, estudia, que luego te arrepentirás de no haberlo hecho.» Las mujeres presumían de las notas de sus hijos, ocultaban sus suspensos, mostraban las papeletas de sus mejores exámenes. Las que no tenían ningún hijo estudiando en la ciudad sospe-chaban siempre la falsedad de estos éxitos, y a veces acerta-ban. También había chicas educándose en colegios de monjas de alguna ciudad importante. Cada verano regresaban los es-tudiantes. Era el momento de la venganza, de la crítica cruel: «No tiene dinero para comer y se gasta la mitad en que su hi-jo, que es un gandul… porque el hermano de una cuñada que tengo en Madrid, que le conoce, me ha escrito que le suele ver por los cabarets… Y él venga a pedir dinero para “estudiar”… Sí, sí, para estudiar… ¿Tú te crees que ha sacado todas las notas que ella dice? ¡Quita allá mujer…!»

 

Los naturales, a su vez, recibían también la influencia, cada día más atenuada, de los que habían venido de la ciudad. Se les notaba un falso refinamiento, algunas palabras, frases, cu-yo origen no podía ser otro que las conversaciones con inge-nieros y altos empleados, no demasiado prodigadas por éstos, pero generalmente logradas a fuerza de insistencia y de buscar la ocasión. Todos vivían como flotando en aquel ruido igual, inevitablemente arrastrados por su torbellino sonoro, gotas de agua en una turbina monstruosa que los usaba ahora, les ex-primía fuerzas y salud, para dejarlos ir corriente abajo cuando ya, con el cerebro ensordecido, fueran casi incapaces de vivir otro ambiente. Parecía que hasta las cosas tuvieran un color progresivamente uniforme, color de ruido continuo.

 

Las mujeres iban por la mañana a comprar a la tienda de Pa-

 

 

 

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tricio o a la de Corazonsanto, un hombre bajo y carnoso, que estableció su comercio después que Patricio. La historia del porqué el mínimo don José llegó a ser Corazonsanto era toda-vía uno de los temas, una de las anécdotas o, más bien, una de las colecciones de anécdotas, más usada en las conversacio-nes, femeninas principalmente. Cada uno, todos y el tiempo, la habían ido moldeando hasta que, realmente, podía considerar-se gracioso lo que en un principio no fue más que un pequeño acto humano, sincero o calculado, sin importancia trascenden-tal para nadie, ni siquiera para él mismo. Don José, en medio de la gente que se apretaba aquel día para esperar al obispo, se hizo paso hasta llegar a la primera fila. Se arrodilló. Fue en-tonces cuando se pudo empezar a dividir el pueblo en dos bandos —el que le llamaría Rodillaentierra y el que le llama-ría Corazonsanto—. Avanzaba el coche del obispo que venía a bendecir la central, cuando todavía le faltaban muchos años para empezar a funcionar; acaso por eso hubo de venir luego, al ser inaugurado el grupo tercero, para revigorizar aquella bendición, ya desgastada por los años transcurridos, acto inaugural al que asistieron importantes autoridades, las mis-mas, incluso el mismo obispo, que asistieron a otro acto seme-jante, esta vez referido al grupo cuarto, varios meses más tar-de. Se contaba ya con la seguridad de que asistirían también a la inauguración del grupo quinto, a la del túnel de la orilla, quizás a la de los nuevos pabellones para empleados y, desde luego, a la más solemne de la nueva iglesia de la Virgen del Monte. Avanzaba ahora el extenso coche negro seguido de varios más. Rodillaentierra, o Corazonsanto ya, empezó a caminar de rodillas hacia el obispo, que estaba bajando ahora del coche. La gente, entonces, exteriorizó una emoción que quizás interiormente fuera burla de algo que no comprendían o comprendían demasiado. Corazonsanto, rodilla en tierra, llegó cansado, con un trozo de camisa fuera del pantalón, hasta el obispo, y le besó el anillo, ojos bajos y sufrida cara. Pasados días, semanas, meses, fueron naciendo las demás anécdotas

 

 

 

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probablemente por el contraste entre aquella escena y la cos-tumbre que la balanza de Corazonsanto tenía de pesar kilos de novecientos cincuenta gramos. Quizá sólo esto. O, si es que no fue sino una maledicencia, por el excesivo desengaño que el dulce, el encogido, el buen don José tuvo al enterarse de que su hijo («¡que es más listooo…!») no había conseguido el em-pleo de jefe de contabilidad («¡sabe más de números…!») que había solicitado para él. Según se dijo, el administrador recor-daba aún que el hijo de don José («¡que es más buenooo…!») se había escapado, dos años antes, con treinta y cinco mil pe-setas pertenecientes a un comercio de la ciudad donde trabaja-ba de cajero.

 

El Tío Sólido vendía telas. Vendía también otras cosas que entraban en el campo escogido por Corazonsanto — carne, pescado, ultramarinos…— y por Patricio —ultramarinos, mercería, papelería, farmacia…—. El apodo le venía de su frase favorita, de la hipérbole comercial que solía emplear pa-ra resaltar la calidad de la tela que vendía: «Es un color sólido, muy sólido…»

 

El cuarto puesto, más pequeño que los otros tres, sin vivienda adosada, era el de El Periodista. Su clientela más numerosa era la de los chicos. Les vendía tebeos, paloduz, regaliz, pipas de girasol, bolas de agua, tiradores… Las jovencitas le com-praban también las páginas adonde trasladaban su propia vida por una hora. Allí las amaban, viajaban, eran besadas —nada más— por jóvenes altos, siempre buenos al final, por malos que hubieran parecido al principio. Algunas mujeres, después de realizar sus compras, adquirían el periódico del día ante-rior, acabado de recibir, para tener un tema de discusión — quizás era éste el motivo inconsciente — cuando sus maridos se ponían a leerlo mientras comían.

 

Delante de estos cuatro puestos que formaban el mercado, jun-to a la carretera, donde a veces había un carro en el que se

 

 

 

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vendía fruta, las mujeres hablaban, se atacaban con esa feroci-dad de sus lenguas, única en la naturaleza, y se enteraban de lo que luego, en la comida, dirían a sus maridos de los maridos de las demás. Esta obligación social femenina, esta fuerza que hacía sufrir los escalafones y la autoridad de los hombres, sus ascensos, las subidas individuales de sueldo, las señoras de los altos empleados la realizaban a través de sus criadas.

 

Mientras tanto, los niños estaban en la escuela, un edificio que había servido de almacén de material durante los dos primeros años de la construcción de la presa. Oían y grababan para siempre las vanidades oficiales de su patria a través de los tiempos, la rutina cuadriculada con la que algún día compren-derían que su sueldo no era suficiente, la lógica absurda del lenguaje elemental, la dura y amada geografía que no llegarían a conocer jamás. Doña Carmen y doña Luisa, las maestras, eran hermanas, las dos ya de treinta y tantos años, y sin espe-ranzas de realizarse plenamente como mujeres alguna vez. Quizá tuvieron su ocasión, y les pareció demasiado parecida a lo que ellas llamaban «pecado», o quizá no la tuvieron nunca y, por esto mismo, lo empezaron a considerar pecado. Daban clases particulares de piano a las hijas de los ingenieros, y de contabilidad a los hijos de los empleados inferiores. Para ellas, el ruido de la central era su propia obsesión por algo inalcan-zado y desconocido en sus vidas inútiles, no salvadas siquiera por el sagrado ministerio que desempeñaban, la protesta de sus cuerpos sin objeto, consumidos en aprender para, algún año —ahora—, enseñar a niños sin haber llegado a compren-der, e incluso a veces a saber, aquello mismo que enseñaban. Para doña Carmen y doña Luisa —todo el mundo las nombra-ba casi siempre emparejadas—, el ruido de los alternadores era el consejo, la orden obedecida desde niñas que les impedía oír la voz, todavía joven, de sus cuerpos, encogidos de juven-tud no usada.

 

 

 

 

 

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VII

 

 

 

—Le digo a usted que este Salto es cosa del demonio. Ha te-nido suerte, porque ha venido cuando ya se había acabado la presa y muchos obreros se han marchado, esos obreros que trabajaban en el cemento. Eran andaluces casi todos y vivían juntos en la calle que está detrás del pabellón de usted, en esos pabellones más bajos, sin escalera. Había días que les daba por cantar y cantar delante de sus puertas, y venga a cantar, y las mujeres bailaban, y no paraban desde que salían del trabajo hasta la madrugada. La llamaban la «calle de los Andaluces», y créame que no es de extrañar que más de una noche salieran a mamporros con los vecinos, hartos de guitarra y «alegrías». Su marido también tuvo alguna trifulca con ellos, supongo que él se lo habrá contado.

 

La señora Lobo la miraba un poco asustada, sin comprender todavía cómo había entrado en aquella cocina sucia, con ca-charros por el suelo casi cubierto de restos de comida de va-rios días, las paredes llenas de manchas de humedad y escurri-duras de frutas y huevos que debieron de ser lanzados contra ellas.

 

Miró la cocina unida a la pila y no pudo evitar un gesto de asco: el fogón estaba, no sólo completamente oxidado, sino cubierto en gran parte también por una capa rugosa de apa-riencia blanca, con algo de moho entre las grietas, formada por leche desbordada al cocer, por pequeños trozos de mondas de patatas incrustados en la tierra que conglomeraba todos aquellos vestigios sucios de guisos de meses y quizá de años. La cocina metálica estaba adosada a la pared. En las aristas y en el ángulo que formaba con las baldosas blancas, la tierra, la capa mohosa de tierra y comida vieja, ascendía un poco hacia la blancura de las baldosas. La señora Lobo no pudo creerlo.

 

 

 

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Pero lo estaba viendo: allí, en el rincón, crecían ya unos raquí-ticos brotes de guisantes.

 

—Eran lo más cochino del mundo — siguió hablando La Pini-lla.

 

La señora Lobo la miró asombrada.

 

—Se bañaba toda una familia en la misma agua, en unos ba-rreños grandes que trajeron de su tierra. Yo no sé si son así todos los andaluces, pero le digo que aquéllos eran una cosa mala. Y luego eran los más «protestantes» de todo el Salto: si usted viera qué huelgas armaron. Una vez, cuando los echa-ron…, porque siempre estaban pidiendo más sueldo, ¿sabe? Claro, como se lo gastaban todo en vino… Yo creo que se pasaban borrachos la mitad del día, y las mujeres y todo, no vaya a creer. Mi pobre marido, ya estará tranquilo en el in-fierno, con aquella «pachorra» que tenía para todo… ¿A usted no le han contado lo de mi pobre marido? No, si lo que no haya pasado en este Salto… Los andaluces aquellos armaron una huelga que ni el fin del mundo… ¿Por qué no se sienta usted un poco? Aún falta para la sirena un buen rato. Los hombres no llegan hasta la media.

 

Miró la señora Lobo alrededor y vio sólo una silla con el res-paldo roto, sobre la cual una pila de platos sucios se mantenía en un equilibrio casi imposible. Ninguna otra posibilidad de sentarse, exceptuando el suelo. Recordó que aún tenía que ir al zapatero, antes de regresar a su casa para preparar la comida. «Las judías ya estarán cuando llegue», pensó. Había salido por la mañana al mercado y aún estaba fuera.

 

«Danzando toda la mañana de aquí para allá y al final este “tostón”.» Menos mal que su hija mayor sabía hacer las cosas. Pero ella llevaba los huevos que había comprado en la tienda de Patricio y había que freírlos para la comida.

 

 

 

 

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—No, muchas gracias —dijo—. Se me está haciendo tarde.

 

—No se marche. No le he contado aún lo de mi marido. ¿Us-ted cree que me ayudó la Empresa? Jajay, me dio cuatro pe-rras y con eso me tuve que conformar. El tal señor Jáuregui ese no crea que no es un buen bicho. Sabe lo suyo.

 

—¿Quién es el señor Jáuregui? — aprovechó ella la obliga-ción que creía tener, a pesar de todo, de interesarse por los retazos deshilvanados de La Pinilla, para enterarse de quién era el señor Jáuregui, del que ya había oído hablar mal a otras mujeres.

 

—Que quién es el señor Jáuregui…

 

Ya lo sabrá usted. Pregúntele a su marido y verá.

 

Le preguntó más tarde, acabada aquella situación ridícula de la que no sabía cómo librarse, y oyó sólo tres palabras: «Es el cajero».

 

—Es un tío que trae de cabeza a todo el Salto —siguió ahora la mujer sin peinar, con una bata de dibujos chillones, dada de sí, demasiado ajustada en el busto—. Mi marido era un buen hombre que nunca se metió con nadie. Todavía me acuerdo de aquel día que vinieron a preguntar por él y él creyó que era por algo malo. Porque aquí, no vaya a creer usted, hay más envidia de la que parece. Pero yo no me marché del Salto des-pués de lo que le pasó al bueno de Luis. Afortunadamente, tengo un hijo que puede mantenernos con su trabajo, y mi hija está en la ciudad trabajando también. Esto es lo que les da ra-bia: que una se defienda a pesar de todo.

 

La señora Lobo supo después —fue la señora Ramos quien se lo dijo— que la hija de La Pinilla era una muchacha de unos veinte años, guapa, de cuerpo bien formado, pero mejor en-corsetado, que venía de la ciudad un par de veces al mes a pa-sar el fin de semana con su madre y su hermano. Vestía bien,

 

 

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demasiado bien, desde luego, para el dinero que una mucha-cha de su edad suele ganar «de secretaria», como decía su ma-dre. Lo que al principio fue una sospecha se convirtió rápida-mente en algo seguro: Luisita Pinilla no trabajaba de secretaria en la ciudad.

 

—Los dos primeros años fueron de muerte. Los andaluces aquellos armando lío a todas horas… Por algo los echaron al final, a pesar de las barricadas que pusieron en su calle, dis-puestos a qué sé yo, pero nanay, en cuanto llegaron los guar-dias con el camión y empezaron a cargar los muebles de la primera casa, todo se acabó y tuvieron que irse. Ni subida de sueldo ni nada. Y luego lo de llevar el río por otro sitio: ¿Us-ted sabe los que murieron allí? Y todo el día poniendo pegas eléctricas en la ladera de allá, y pum, y pum y pum… Nos te-nían sordos. Era peor que este ruido continuo, al fin y al cabo, a esto se acostumbra una; pero aquello, cuando menos se lo esperaba una: pum… Mi pobre marido… si usted le hubiera visto, parecía que en su vida había matado una mosca, y era verdad, porque hasta le molestaba que yo las matase dándoles con un periódico doblado contra la pared.

 

La señora Lobo miró a la pared. Le estuvo dando asco hasta el final. La Pinilla estaba riendo.

 

—¿Qué le pasó? —preguntó.

 

—¿Que qué le pasó? ¡No lo sabe usted bien! Fue algo horri-ble, yo no sé qué habría hecho aquel pobre de mi marido para merecer una cosa como ésa. Es lo que yo digo; viva usted toda su vida como una persona honrada y al final, ¿de qué le sirve? De nada. Mi hijo espero que tenga más suerte, porque lo que es mi marido, que no es porque fuera mi marido, pero era un hombre tonto de tan bueno que era, como yo digo, «hazte de miel», aunque a él no fueron precisamente las moscas las que se le comieron. Pero ya ve usted cómo son las cosas: mi pobre

 

 

 

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Luis me servía muy bien de compañía, me había acostumbra-do a él, y aunque no decía ni pío casi nunca, era agradable verle tan quieto siempre, junto a una. Jamás discutí con él, siempre hizo lo que yo decía, sin protestar. Los hombres de-masiado listos siempre me han cargado.

 

La señora Lobo buscaba ya desesperadamente una pausa en la interminable charla de La Pinilla, para decirle que se tenía que marchar. Era infatigable, parecía que hablaba sin necesidad de respirar. Una mujer de unos cincuenta años, muy arrugada, con algo de lagarto estúpido en la expresión de su cara: frente huida, ojos redondos y fríos, labios abultados, sin color ape-nas. La señora Lobo (que había cogido la bolsa del suelo, jun-to al mostrador de la tienda de Patricio, ya cargada con los huevos, la carne, la verdura y todas las cosas necesarias para la comida y la cena de aquel día, encontrándose luego con aquella mujer a la que, no supo entonces ni sabía ahora por qué, miró demasiado, quizás —hubiera podido pensar— por un rasgo o armonía de líneas en su cara que le recordó a al-guien, aquella mujer sucia que la saludó con la confianza que creyó recibir a la vez que la mirada, y que ya luego no se ha-bía apartado de ella hasta obligarla a ir hasta la cocina de su casa, creía recordar que para que le prestara algo —sal, ajos, vinagre…— que en el mercado no tenían, ofrecimiento que no debió haber aceptado nunca, comprendía ahora), vio entrar en la cocina, cuyos olores fuertes y desagradables empezaban a hacérsele inaguantables, un perro grande, de orejas caídas, con una pata enferma.

 

—Es Luis —dijo La Pinilla.

 

—Yo…

 

—Le puse este nombre en recuerdo de mi pobre marido.

 

«Su pobre marido», pensó y rió, harta ya, la señora Lobo.

 

 

 

 

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El perro, con andar cansado, fue hasta la pila y se metió deba-jo de ella. Se acurrucó junto al montón de basura que había allí y empezó a buscar con el hocico.

 

—Yo creo que le hicieron un maleficio. La bruja esa de la mu-jer del carpintero, ¿le conoce usted?, ese carpintero rubio que tiene la mujer más vieja que él, que tiene «un espíritu supe-rior». Porque en este Salto, hay hasta brujas, ¿qué no habrá?, Dios mío. Dicen que los «espíritus superiores» pasan de ma-dres a hijas, y a veces de abuelas a nietas directamente. Por-que, ¿cómo se explica, si no? Mi pobre Luis no fumaba y no le creo capaz de haberlo hecho aposta, ¿para qué? El pobre… Algún día me las pagará esa bruja.

 

—¿Qué le pasó a su marido?

 

La pregunta de la señora Lobo fue hecha con impaciencia, con la suficiente brusquedad para cortar a La Pinilla.

 

—Era guarda del polvorín, que estaba entonces en una caseta de madera, en lo más alto, cerca de la carretera. Se pasaba allí las horas muertas, leyendo un periódico, yo creo que era siempre el mismo. Entonces mi hijo no trabajaba todavía en el taller y mi niña vivía con nosotros. Y ya me ve usted ahora, sin poder arreglar la casa, yo sola, que no es porque lo diga yo, pero siempre me ha gustado tener las cosas limpias como los chorros del oro.

 

Inició la sirena su grito fuerte y ascendente.

 

—Perdone… —dijo.

 

—Sí, claro. Qué pronto toca la sirena, me parece más pronto que otros días. ¿Pues sabe usted lo que le pasó a mi marido? Fíjese: él no fumaba. Un día se oyó una explosión muy gran-de. Yo me dije: «El polvorín». Cuando llegamos, no había nada, sólo restos de tablas y cosas negras. Si hubiera usted visto cómo grité. Mi pobre hijo, llorando, recorrió la explana-

 

 

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da con una carretilla por si encontraba restos de mi pobre ma-rido. Y encontró, ¿qué cree usted que encontró? —La Pinilla sollozó bruscamente, casi una tos sin acabar, y continuó, tran-quila otra vez. La sirena estaba muriendo ya prolongadamen-te—. El corazón de aquel pobre marido mío, que latía todavía dentro de la carretilla cuando mi hijo me lo trajo, ¡ay!, Dios mío.

 

—Debió de ser terrible —dijo la señora Lobo, detenida en la puerta—. Pero el corazón…

 

—Sí, sí —dijo La Pinilla—, latiendo todavía.

 

Salió María del pabellón donde vivía La Pinilla y fue hacia la carretera. Varias mujeres venían del mercado con sus caracte-rísticos capachos de rombos de hule, inclinadas hacia el lado contrario al de la compra. Saludó a la señora del jefe de talle-res. Un poco más adelante, se cruzó con ella un grupo de ni-ños que venían de la escuela, con sus jorobas de cuero repletas de libros. Los tapabocas sueltos, unos arrastrándolo, otros sin anudar, flotando, flotando detrás de su carrera inútil y alegre. Tuvo que apartarse cuando uno de ellos, sin verla, lanzó una piedra con la intención de que quedara a menos de un palmo de la piedra que acababa de lanzar un compañero suyo.

 

—¡Niños! —dijo.

 

Pero siguió sin mirarlos, casi apenas mirada por ellos, que si-guieron su juego.

 

—¡Herida! —dijo el que acababa de lanzar la piedra, corrien-do hacia el lugar donde había caído.

 

—No le ha tocado, no le ha tocado

 

—dijo el otro.

 

—Mentira, sí que le ha tocado —gritó el primero, junto a la

 

 

 

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piedra.

 

—¿Verdad usted que no le ha tocado? —Por un momento, María se contagió de la preocupación de los niños, estuvo a punto de concederle a su juego la enorme importancia que ellos le daban.

 

—No —dijo—. No me ha dado.

 

Una feroz discusión surgió entre los dos niños. María vio a su hijo.

 

—¡Chuchín! —le llamó—. A casa, ¡venga!

 

Chuchín vino corriendo hacia ella. Se dejó limpiar los mocos.

 

Después, la madre le envolvió con la bufanda hasta la nariz.

 

—Te he dicho que vengas corriendo a casa en cuanto salgas de la escuela. Con el frío que hace…

 

Se ajustó ella el abrigo.

 

—Vamos —dijo.

 

Al final, se veían ya los primeros empleados y obreros que regresaban del trabajo.

 

Cuando llegó su marido, María había frito ya los huevos.

 

—Juan, tenemos que coger una criada. Yo no puedo ir a la compra y preocuparme de la casa y de los chicos al mismo tiempo.

 

Juan se quitó el abrigo. Dijo:

 

—Ya hablaremos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII

 

 

 

Miró el cigarrillo cuando empezó a notar calor en los dedos que lo sostenían. Estuvo viendo la excavadora mecánica, la aburrida exactitud de sus movimientos. Se agachaba el brazo largo, al final del cual estaba aquella especie de gigantesca boca que mordía la tierra con sus dientes metálicos, un ruido de engranajes, de cadenas que cedían un determinado espacio a cada metro de descenso del brazo. Luego, la mordedura, el hambre de aquella máquina con algo de animal prehistórico, el ruido, tenso ahora, de los engranajes, unido ya al del motor, venciendo la tonelada de tierra que levantaba, y después, antes de que terminara el movimiento ascendente del brazo, el giro de toda la excavadora, con la cabina que parecía una casa so-bre el enorme tractor, dentro de la cual había un solo hombre, sin el que toda la excavadora mecánica habría sido algo muer-to, algo sin nacer.

 

Mariano vio al maquinista haciéndole un gesto desde la cabi-na. «Se acabó el descanso. Ya viene», pensó. Cogió su pico y continuó, junto a sus compañeros, el trabajo de igualar la sali-da del túnel. Un nuevo ruido le dijo que la excavadora había descargado sobre la caja metálica del camión. Comenzó a re-petirse la serie de ruidos. El arrancar del camión mezclado a la marcha atrás del otro camión que había estado esperando, el motor de la excavadora, y luego, más débiles, las voces huma-nas, gritos, palabras que no llegaban a él, pero cuyo significa-do conocía.

 

—¡Dale…!

 

Lentamente, el camión fue retrocediendo.

 

—¡Más…, más…, más…!

 

 

 

 

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El conductor, con una mano al volante, sujeta con la otra la puerta abierta por la que asoma medio cuerpo para mirar hacia atrás.

 

—¡Más…, más…! ¡Basta…! ¡Eeeh…!

 

El camión, detenido, colocado ya en el sitio exacto para reci-bir la carga de la excavadora. Ya esperando, el nuevo camión. Ahora el conductor puede liar un pitillo y encenderlo. Con la primera bocanada de humo, la excavadora dejará caer su carga en la caja y tendrá que acabar de fumarlo por el camino. Todo el día así.

 

Mariano seguía picando. Era mejor moverse en medio de aquel frío, con la humedad que subía del río y la corriente de aire que salía del túnel. Se vació de algún odio oculto a través de los brazos y el pico. Lo clavaba en la tierra con excesiva fuerza, sintiendo fuego en sus brazos. Pero había notado más calor mientras fumaba y bebía de la botella de todos. Un calor de otro tipo, sin tanta relación con el cuerpo, aquel cuerpo su-yo agachándose con un ritmo más rápido pero no menos exac-to que el del brazo de la excavadora, unidos ambos —hombre y máquina— por el mismo gesto cargado de un amargo sim-bolismo, nacido oscuramente y oscuramente mantenido en correspondencia con una situación real a lo largo del tiempo de los hombres. Había sentido el calor que da la alegría del hombre que está de pie. Pero quizá él no lo supo sino de un modo elemental. Vio venir al capataz, anunciado por el ma-quinista con el gesto convenido. Continuó picando, uniendo su esfuerzo al de sus compañeros.

 

El Asturiano, un obrero de piel terrosa, de cara aguda y ojos grandes, venía por el interior del túnel empujando la vagoneta cargada de tierra. Salvaba los travesaños de los rieles sin mi-rar, empujando con todo su cuerpo, las manos aferradas a la chapa posterior de la vagoneta. Cada dos travesaños se apoya-

 

 

 

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ba con el pie derecho en uno. Su cuerpo emergía después, al terminar la presión de una de sus piernas. Luego volvía a hun-dirse, agachando la cabeza para aprovechar toda la tensión de sus músculos. Se alargaban los brillos en el túnel cilíndrico casi hasta la salida, hasta el círculo de claridad final donde se veía parte de la excavadora, un trozo de la ladera opuesta y el río. Vio a otros obreros picando en la misma salida. Había llegado el punto en que empezaba el descenso más pronuncia-do. Se irguió y fue, junto a la vagoneta, más que empujándola, frenándola con una sola mano. El túnel no brillaba en este tro-zo. Pasó entre los maderos que sujetaban los encofrados para el cemento. Luego llegó al último tramo del túnel, sin enfoscar todavía.

 

—¿Aún hay tierra por allí? —le saludó uno de los obreros que picaban la salida.

 

—Y la que habrá —dijo.

 

Siguió con la vagoneta hasta donde debía volcarla y, después de hacerlo, regresó. La vagoneta sonó más alegre, con vibra-ciones libres.

 

—Eh, tú, pigmeo —oyó.

 

Vio al maquinista de la excavadora haciéndole gestos. Se de-tuvo.

 

—¿Qué quieres?

 

—Se saluda, por lo menos. ¿Y tú mujer? —Sus gritos domina-ron todos los ruidos, un poco ahogados en el lejano rumor de los alrededores.

 

—Así, así —dijo El Asturiano—. Gracias, chico.

 

Siguió. Pasó por delante de los que picaban. Le preguntaron también.

 

 

 

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—Gracias —dijo él.

 

Mariano le dio un pitillo liado.

 

—¿Será verdad eso de la «semana inglesa»? —le preguntó Mariano.

 

—Peché… —Soltó a presión la primera bocanada—. ¿Tú qué crees?

 

—Pensar que a estas horas estaríamos en casa…

 

Se oyó toser. Era un obrero joven, de aspecto fuerte y tosco.

 

—¿Qué le pasa a ése?

 

El Asturiano fumaba casi sin interrupción.

 

—Tendría que estar en un hospital o sanatorio… Creo que se lo están arreglando… ¿Tú sabes el frío que se pasa aquí…? Echa un trago.

 

El Asturiano bebió empinando la botella. El vino cantó ale-gremente en su garganta. Se limpió con el dorso de la mano.

 

—Me voy a mi «hogar» —rió. Empezó a empujar la vagone-ta—, ¿y el capataz?

 

—Estuvo aquí antes.

 

Volvió a entrar en el túnel. Mariano le vio hundirse en la pro-gresiva oscuridad.

 

—Chico, ven aquí a echar un trago

 

—llamó con la botella al muchacho que había tosido antes.

 

—¿Qué le pasa a su mujer? — preguntó Matías. Bebió.

 

Mariano fumó.

 

 

 

 

-163-

 

—Nada —dijo. Se le cayó la lumbre del cigarrillo, mal liado. Sacó el encendedor de mecha larga y amarilla, y encendió. Habló entonces—: Su mujer, que está por abrirse y tiene difi-cultades.

 

Está malucha.

 

—Sí —dijo el muchacho, después de beber por segunda vez—

 

. ¡Uf, qué frío!

 

Taconeó el suelo. Mariano vio a los otros obreros descansando también. Uno de ellos tenía otra botella. «Pensar que podría-mos estar a estas horas en casa…»

 

—Hoy es sábado, ¿verdad? — preguntó.

 

—Sábado inglés —rieron varios obreros.

 

Matías volvió a toser.

 

—A picar —dijo uno—. Nos moriremos de frío aquí charlan-do.

 

 

 

IX

 

 

 

—Hoy ha vuelto a acercárseme ese muchacho, Pedro. No sé lo que puede querer. Está como obsesionado con algo.

 

—Es extraño —dijo Ramos. Siguió andando junto a Lobo. Llegaron a su casa. La mujer de Ramos estaba a la puerta, su-jetando al hijo de Lobo, Chuchín, sobre el lomo de Boby, el gran perro lobo que guardaba la casa.

 

—Buenas tardes —dijo ella—. Su hijo está hecho un magnífi-co jinete.

 

 

 

 

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—Papá, papá… —corrió Chuchín hacia su padre, que se incli-nó para besarle.

 

—Pero ¿qué haces tú aquí?

 

Le cogió en brazos, le elevó y le dejó en seguida en el suelo.

 

Luego preguntó.

 

—¿Y su hijo, saben algo de su hijo? Flotó, en el recuerdo de los tres, Manolo, que trabajó en el almacén hasta los dieciocho años, adquiriendo fama de muchacho divertido en el Casino, en el frontón y en la explanada, donde paseaban los chicos y chicas del poblado. Entonces, cuando acababa de cumplir sus dieciocho años, decidió irse voluntariamente al ejército, antes de que le llamaran. Desde allí continuó creando la imagen que ahora flotaba en la memoria de sus padres y de Juan: el mu-chacho que se afeitó la mitad de la cabeza por una apuesta, el muchacho que contaba los chistes más explosivos, el mucha-cho que ganaba en el frontón hasta a los vascos del Salto, el muchacho que se pegó con el almacenista El Negro y no per-dió, el muchacho que atravesó a nado el embalse. Chuchín también le recordaba como el que le hacía las espadas y las hachas de indio, ahumadas y todo. Ahora mismo llevaba col-gado de la cintura el tirador más famoso de todo el Salto, he-cho y regalado por Manolo. Colgado de un hombro llevaba también aquel fusil de madera que disparaba con unas gomas. Y en el cinturón, la envidiada pistola con funda. Eran, los tres, obra de Manolo.

 

—En la última carta nos decía que estaba en el calabozo — dijo la madre —, pero ya le habían cortado el pelo al cero an-tes. Nos envía una foto, si usted viera, de la nuca pelada, que es que da verdadera pena. Se la tengo que enseñar.

 

—¿Y el suyo? —dijo Ramos. Estaban riendo los tres.

 

—Sigue estudiando… Eso nos dice. Ya veremos al final qué

 

 

 

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pasa —dijo Juan.

 

—Este hijo mío no sé a quién habrá salido —dijo la mujer de Ramos. Había orgullo en sus palabras, un orgullo de madre dispuesta a admirar en su hijo hasta los defectos, sin dejar de lamentarlos al mismo tiempo. Ramos rió.

 

—A mí, desde luego —dijo—. Ya verás cuando le dé por po-nerse serio.

 

Lobo se despidió. Con Chuchín de la mano, cruzó la carretera.

 

Vio a su hija que iba hacia la explanada.

 

—En casa a las nueve y media, ¡eh! —le gritó.

 

La hija le hizo un gesto de obediencia y le contestó:

 

—Sí, sí…, bueno, papá.

 

Se apresuró, sin volver ya la cabeza. Su mujer le abrió la puer-ta antes de que él llamara.

 

—Te vi venir desde la ventana.

 

Le ayudó a quitarse el abrigo. Él dejó la boina en el perchero.

 

—¿Qué tal la nueva criada? —preguntó.

 

La nueva criada era Vitorina, que hasta entonces había estado sirviendo en casa del ingeniero jefe.

 

—Muy bien, aunque no sé todavía si sabe hacer las cosas — dijo ella.

 

—¿Por qué la echó la señora del ingeniero jefe?

 

—Ah, no creas, por nada. Fue que trajeron una cocinera y dos doncellas de la ciudad, ¿comprendes? Hay que presumir…

 

Al final del pasillo asomó la cabeza de Vitorina.

 

 

 

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—Las patatas están cociendo ya, ¿qué hago? —dijo.

 

—Apártelas.

 

Entraron y se sentaron en el comedor, que era a la vez cuarto de estar, ya convenientemente distribuido, los muebles en su sitio, incluso los cuadros de las paredes, unos cuadros que enmarcaban fotos de su boda, de la primera comunión de los hijos, de las bodas de los familiares cercanos…

 

También había un cuadro, en cartón y con marco de madera, que representaba a un pescador vencido por el pez.

 

—Juan, ¿cuánto durará tu trabajo aquí?

 

—No lo sé —dijo él—, dos años más… o quizá tres o más… No sé.

 

—¿Y qué piensas hacer luego? Ya sabes por qué te lo pregun-to. Me gustaría que alguna vez dejáramos esta vida de gitanos, de aquí para allá… Ir a vivir a algún sitio, una ciudad peque-ña, pero para siempre.

 

—Eso no depende de mí —dijo él. Siguió descalzándose.

 

—Sí, sí, ya lo sé… Pero tampoco pones nada de tu parte. Si pidieras un puesto fijo…

 

—En una central, tendría que ser.

 

—Bueno, quizá eso sea mejor que estar toda la vida de un lado para otro.

 

—No sé —dijo.

 

Se puso las zapatillas que le había traído Chuchín. Su mujer cogió del suelo los zapatos y los llevó a la alcoba. Tardó un instante en regresar.

 

—Juan —habló desde la puerta.

 

 

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—Ya veremos —dijo él.

 

Juan se acomodó en el sillón. Su mujer salió para mirar la ce-na. Sentía de un modo impreciso la necesidad de paz, de quie-tud, que su mujer le pedía. Oía a todas horas la interior, lejana e inexcusable llamada del trabajo, la voz familiar de la máqui-na dominando las ambiciones materiales y espirituales que le invadían en algunos momentos. Apenas se daba cuenta de ellas. Había que trabajar. Después vendría el descanso. «Des-canso», para él, no era lo que para otros hombres. En toda su vida muy pocos días había dejado de trabajar. Fueron los peo-res, los más aburridos, los más cargados de esa quietud terri-ble que le angustiaba. Porque él trabajaba con alegría, quizá disfrazada a veces de resignación —y en el fondo lo era— para no resultar demasiado extraño ante los demás y, acaso, ante sí mismo. Indudablemente, descansar no era para Lobo dejar de trabajar. Identificaba de tal modo vida y trabajo que su miedo al descanso era equivalente al miedo a la muerte de los otros. Algo trágico le acechaba cotidianamente a la salida de la central, cuyo temor crecía dentro de él a medida que el ruido de los alternadores decrecía al alejarse. Juan puso la ra-dio a toda potencia. «Hasta que no acaben el muro no podré montar la turbina del Grupo IV. Necesito la grúa», pensó. La habitación estaba llena de ruidos de dos emisoras, música y palabras mezcladas a extraños silbidos intermitentes. Juan se-guía hundido en sus pensamientos, sin darse cuenta del escán-dalo de la radio.

 

«Necesito la grúa.» Estaba silencioso y quieto en el sillón, en actitud de honda meditación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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X

 

 

 

Gervasio la besó debajo de la escalera.

 

—Es tarde —murmuró ella.

 

El último trozo del domingo iba muriendo entre ellos, entre sus cuerpos abrazados, en aquel rincón de oscuridad y aban-dono, refugio y templo no sólo de los ritos prohibidos del amor, sino, por la mañana, escenario también de los juegos más secretos de Chuchín y sus amigos.

 

—No, Gervasio —se oyó.

 

La actitud de sus cuerpos era prolongación y consecuencia del baile en el nuevo Salón, en el Gran Salón como se llamaba ahora. Tenía a la entrada la taberna y desde ella se pasaba a un local, más grande que el que quedó bajo el agua, en el pueblo viejo. Pero era la misma música del organillo, los ritmos rápi-dos de siempre que hacían saltos a los pies toscamente calza-dos o deslizarse sobre las baldosas brillantes, con más facili-dad que sobre la tierra aplastada del viejo local. Gervasio ha-bía bailado toda la tarde con ella. Luego la acompañó hasta el Salto, mucho antes de lo que él tenía pensado. Pero ella quería llegar «antes que los señoritos».

 

—Van a venir…, Gervasio —se estaba entreteniendo dema-siado en la despedida. No hizo ningún movimiento para sepa-rarse. Algo, el viejo miedo, mezcla de placer y muerte, tantas veces sentido con Gervasio desde aquella primera noche en que El Cholo le interrumpió y heredó. No pensó ella nada. Siguió abrazada a él, inmovilizada por una sensación física más fuerte que su deber, o lo que ella consideraba su deber.

 

—Vitorina —dijo él. «Vitorina» nada más.

 

 

 

 

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Se arrancó de sus brazos y subió la escalera corriendo, notan-do la mirada de él en sus piernas. Quedó entre los dos, en la distancia que fue creando el golpeteo menudo de sus pies so-bre los escalones, una sensación material de algo frustrado, inacabado, por lo menos. Él la odió como nunca con aquel amor directo, sin palabras, que le producía dolor de cabeza cada noche de domingo. Aquella necesidad de mujer, de ani-quilamiento mutuo con otro cuerpo. Fue como herir la tierra con la azada sintiéndose uno herido y alegre, los pies cubier-tos, no por la posible cosecha, en la que no se piensa, sino por el gozo masculino de sembrar. Vitorina llegó al rellano y, qui-zá arrepentida, se volvió.

 

Él estaba abajo todavía, mirándola, en la misma postura sin acabar en que le dejó. Le saludó brevemente y abrió la puerta. Había visto sus ojos demasiado abiertos, y ella sabía lo que significaba esto, sabía, sobre todo, que no podría resistir mu-chos segundos viéndolos sin bajar otra vez la escalera.

 

Se detuvo. No se atrevía a entrar, una masa de oscuridad de-lante de ella se oponía a su avance. Sabía que a la derecha es-taba el perchero, con la boina del señor (hoy, por ser domingo, no la había usado), a la izquierda los dos cuadros grandes que tanto la divertían. Podía ir sin tropezar con nada, todo recto, hasta la última puerta del pasillo, de la cocina. Pensó que po-día encender la luz girando el interruptor que había junto a la puerta de entrada, pero lo pensó de un modo superficial, bajo el supuesto de que ella no hubiera sido ella. Lo había visto hacer a su señora muchas veces. Hasta Chuchín, recordó, se empinaba y giraba los interruptores. Pero de haberlo hecho ella entonces, habría sido por primera vez en su vida.

 

«No tocaré yo esos “chismes” del demonio.» Su cerebro no podía admitir que aquel hecho extraño se realizara sin peligro: tocar en un aparato que está en una pared para que se encienda una cosa («lámpara», «bombilla») que está en el centro del

 

 

 

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techo, de un modo instantáneo, casi milagroso. Toda la habi-tación se llena de luz. Sentía miedo y no trataba de justificarlo, quizá lo tenía justificado o, simplemente, no tenía necesidad de ello. El contacto de sus dedos con el interruptor lo imagi-naba ella como agudamente doloroso. Su imaginación, borro-samente, calculaba para después consecuencias fabulosas. Es-taba detenida en la puerta, pero su duda no era respecto a si encendería la luz eléctrica o no, sino sobre su decisión de en-trar y hundirse en la oscuridad del pasillo. Cerró la puerta y avanzó, después de haber recordado que en el cajón de la me-sa de la cocina había una vela. No tropezó con nada, a pesar de la sensación que tenía de irse desviando hacia la derecha. Buscó en el interior del cajón hasta dar con el tacto untuoso de la vela. Encontró también la caja de cerillas. Encendió la vela, y el progresivo crecimiento de la llama no contrastó con la idea que ella tenía forjada de la luz por el uso diario de candi-les en Aldeaseca. La luz de la vela era viva, palpitaba conti-nuamente haciendo temblar los límites de las sombras y pro-duciendo en torno a ellas una zona de penumbras. Todo natu-ral, como siempre. No aquella luz extrañamente quieta, dura e igual, que emanaba del interior de una pompa de cristal. Vito-rina colocó la vela sobre el fogón soldándola al metal con un poco de cera, y se puso a preparar la cena. Empezó a cantar con voz baja. No pensó «voy a cantar esto o aquello», sino que, sencillamente, empezó a cantar en voz baja, sin dejar de cortar la verdura. Habría oído, quizá, aquella canción en la feria de su pueblo, algún año, al hombre viejo que venía siem-pre por aquellas fechas, lleno de andrajos, acompañando la melodía monótona de los versos con un pequeño banjo.

 

Estando Elena

 

bordando corbatas,

 

estando Elena

 

bordando corbatas,

 

con dedal de oro

 

 

 

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y aguja de plata…

 

Se iba emocionando con su propia voz, dejada escapar entre los labios apenas separados. Casi no articulaba los sonidos, su cantar era algo intermedio entre el tarareo y el lenguaje.

 

pasó un caballero

 

pidiendo posada,

 

pasó un caballero

 

pidiendo posada:

 

—Si mi madre quiere,

 

yo de buena gana,

 

—Si mi madre quiere,

 

yo de buena gana…

 

 

Vitorina seguía cortando la verdura con una precisión incons-ciente. El cuchillo le rozaba las yemas de los dedos, y sus ojos estaban en la vela o en las sombras vivas de las cosas de la cocina. No imaginaba nada. Crujían las hojas de la verdura entre sus manos y casi era más fuerte este ruido que las pala-bras deformadas de su canción. Cuando acabó, dejó el cuchillo en el fondo de la pila y colocó el barreño de la verdura bajo el grifo.

 

y cogió un cuchillo

 

y la degolló,

 

y cogió un cuchillo

 

y la degolló…

 

El agua hizo un ruido hueco y blando al caer sobre la verdura. Poco a poco se convirtió en un ruido de agua sobre agua. Fro-taba Vitorina las hojas de la verdura apretándolas entre sus manos, las escurría y las dejaba luego en un plato que tenía roto el borde.

 

 

 

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y en mitad del campo

 

allí la enterró,

 

y en mitad del campo

 

allí la enterró…

 

Dejó el puchero, la verdura ya dentro, junto al hornillo eléctri-co que tampoco se atrevió a encender. Empezó de nuevo a canturrear el viejo romance, sentada en la silla blanca.

 

Estando Elena

 

bordando corbatas…

 

 

—Vitorina —oyó. Había oído antes el ruido de la puerta al abrirse. Luego, el chasquido de un interruptor. Chuchín apare-ció en la puerta de la cocina.

 

—Hola.

 

—Pero, Vitorina, ¿por qué no ha encendido la luz?

 

—Ay, señorita, me dan mucho miedo los «chismes» esos. No los he tocado en mi vida. Con su permiso, me voy a traer un candil del pueblo.

 

—Eso son tonterías —dijo la señora Lobo. No se había quita-do el abrigo todavía—. Mire —giró el interruptor de la cocina. Desaparecieron las sombras y penumbras que producía la vela. «Qué gente tan atrasada», pensó. «Son todos así o peor», le dijo luego su marido—:

 

¿Todavía no ha puesto la verdura?

 

Enchufó el hornillo con un movimiento seguro. Sonrió.

 

—Le da miedo también, ¿eh?

 

 

 

 

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Puso el puchero sobre el hornillo.

 

—Qué sé yo lo que puede pasar — dijo Vitorina.

 

María salió. No quiso contestar, le pareció demasiado absurdo aquello.

 

 

 

XI

 

 

 

Vio alejarse a su marido por la carretera. Hacía más de un cuarto de hora que la sirena había tocado y aún pasaban obre-ros de regreso del trabajo. Desde la puerta del pabellón, la mu-jer de Ramos miró las últimas luces de la tarde arrastrándose hacia la silueta de las colinas de la orilla opuesta. Parecían sin fuerza, luces cansadas que iban quedándose en sombras antes de llegar al río. Los empleados desaparecían en pequeños gru-pos por las calles, entre los pabellones alineados. La mujer contempló a su marido, el único hombre que iba a la central, y creyó oír los saludos de los que se cruzaban con él. Luego le vio detenerse con alguien que no pudo reconocer en la distan-cia.

 

«Ruiz», pensó. Recordó las últimas palabras de él: «Voy a dar una vuelta al túnel. A ver si los vigilantes vigilan de verdad.» Le había llamado, antes del toque, el ingeniero jefe, y fue al regreso de su entrevista con él cuando pasó por su casa para decirle a su mujer que tenía que bajar al túnel. «¿Qué te que-ría?», le preguntó ella. «Nada, que cuándo era la voladura. Esta tarde hemos acabado de colocar las cargas en la entrada.» Aún seguía ella mirando hacia donde su marido hablaba con alguien que no podía reconocer. «No es Ruiz», pensó ahora.

 

—Lobo tenía razón —dijo Ruiz—. El aliviadero está socavan-do la base izquierda de la presa demasiado de prisa.

 

 

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—La única solución es la cuchara de cemento. La erosión es terrible.

 

Ramos miró a Ruiz con interés. Recordó algo oído en el Ca-sino.

 

—¿Cómo va ese catarro? — preguntó.

 

—Mañana voy a la ciudad. Me preocupa un poco, por si no es sólo catarro. —Se tocó inconscientemente el pecho. Siguió—: Pero me dará tiempo a hacer unas fotos de la voladura. Será algo impresionante. Voy a ir hasta la salida del túnel para darme un paseo nocturno y elegir el sitio desde el que haré las fotos mañana.

 

Se imaginó la avalancha de agua, volada la gruesa pared de tierra que le impedía entrar en el túnel.

 

—Ya lo creo —dijo Ramos.

 

—¿Pero ahora baja al túnel?

 

—Sí. Quiero comprobar que está todo preparado para la vola-dura. He puesto unos vigilantes, pero sólo me fío de mí.

 

—Eso se llama amor al trabajo — dijo Ruiz.

 

—Hasta luego —dijo Ramos—, que no sea nada eso.

 

La noche era sin luna. Las estrellas parecían más grandes que otras veces. Anduvo unos pasos desde el pozo por el que había salido hasta las piedras que estaban sobre el borde del embal-se. Tranquilamente, lió un pitillo sentado en una de ellas. «La de agua que debe de haber aquí», pensó. Buscó un brillo o una claridad en la gran mancha negra del embalse, que parecía moverse pequeñamente sin romper su amenazadora y grande quietud. Respiró hondo. Con la caja de cerillas cerró el hueco que había formado con las manos. Hacía aquello por costum-bre, aunque esta vez no había viento. Al resplandor de la ceri-

 

 

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lla sus manos parecieron de sangre endurecida. Tenían los bordes y las uñas llenos todavía de tierra seca y polvo de ce-mento. La mano derecha completaba por debajo la cavidad, sujetando en el centro la cerilla. Era como un pequeño hogar, al que acercó el pitillo. Las dos manos y la caja de cerillas se separaron al mismo tiempo que el primer humo quedaba de-lante de los ojos y lentamente se alejaba sobre una brisa im-perceptible. «Uf, si hago esto allá abajo», pensó, «la que se arma. No hay quien aguante allí abajo, sin poder fumar.» Re-cordó con la piel la humedad pegajosa del túnel, aquella sen-sación de estar bajo toneladas y toneladas de agua, sólo soste-nidas por una pared de tierra y dinamita. Horas sin fumar, la superficie curva del túnel, las cajas vacías de los paquetes de dinamita, el explosor, y aquella resonancia extraña de las vo-ces, de los ruidos pequeños, que le hizo preferir el silencio y la quietud. El olor a tierra interna le obsesionaba. Parecía como si estuviera rodeado de cadáveres recientes, envueltos en grandes montones de flores marchitas y tierra removida, blan-do todo por la última lluvia. Se oía el ruido de los alternadores filtrado, lejano y próximo. Estuvo lleno de estas sensaciones, no pensando, sentado sobre las piedras ante el embalse y la noche. El cigarrillo se alegraba a intervalos, veía él su res-plandor mínimo aumentar cada vez que daba una chupada, o cuando lo golpeaba haciendo caer la ceniza. Pensó luego en algo poco concreto, un paisaje vivido hacía años, con rumor de ovejas triscando y de espigas que negaban con una insis-tencia amarilla lo que el viento les pedía. Miró con fuerza con-tra el agua, trató de descubrir su pueblo hundido. Con el ciga-rrillo entre los labios se agachó para descalzarse la bota que le hacía daño. «Las cholas eran más cómodas», estuvo pensando mientras movía los dedos del pie y se lo acariciaba con las manos. Notó húmedo el cigarrillo entre los labios, la saliva le fluía sin querer en la postura que tenía. Cogió el cigarrillo con la mano que había acariciado el pie. Se lo puso otra vez en los labios y se calzó. El último humo del cigarrillo salió de su bo-

 

 

 

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ca con lentitud, casi con voluptuosidad. «Tengo que bajar ya, se me acabó mi turno.» Quiso recordar la dinamita que había colocada en la entrada del túnel.

 

«Mucha, desde luego.» Fue hacia la boca del pozo y, sin dete-nerse, tiró la colilla, que pareció protestar haciendo saltar sus chispas. «La que se armaría allí abajo con esto.» Siguió an-dando hacia la boca del pozo.

 

Ramos llegó hasta la entrada del puente sobre el aliviadero y se desvió hacia su derecha. Caminó un rato a través del cam-po, viendo delante de él, entre los árboles, el brillo triste de la superficie del embalse. El humo de su cigarrillo se mantenía un momento delante de su cara, resbalaba luego por ella, y se deshacía en jirones azules detrás de él. Sintió frío. Se cerró la cremallera de la cazadora y se caló la boina. Llegó hasta la boca de uno de los pozos con escaleras metálicas que servían para bajar al túnel. Tiró lejos el cigarrillo, apenas mediado. «La dinamita…», pensó. Levantó la tapa y apoyó un pie en el primer escalón. Se detuvo un instante, con la cabeza a ras de tierra. Le había parecido oír algo. Nada, era su propio brazo que había movido unas piedras pequeñas junto al pozo. Co-menzó a descender, alternando pies y manos, notando la co-rriente de aire cálido que subía. Supo que llegaba al túnel, no por cualquier dato exterior, sino por una costumbre de varios meses, algo como un instinto provisional que se le había ido creando. Oyó entonces una voz debajo de él.

 

—¿Quién es? Era Mariano.

 

—¿Por qué te has quedado tú? — Bajaba ya el trozo de esca-lera que colgaba, al aire, desde el final del pozo hasta el suelo del túnel.

 

—Es que la mujer del Asturiano está para dar a luz y ya ve. Ramos vio a otro obrero sentado sobre un cajón, leyendo una

 

 

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novela a la luz mortecina del candil de minero.

 

—Y el otro… Teodoro… ¿dónde está? —preguntó a Mariano.

 

—Le ha tocado el turno para subir a fumarse un cigarro. Toda la tarde aquí… Nos hemos sorteado y le ha tocado a él el pri-mero, ¿no le parece mal?

 

—No, no —dijo Ramos—. Ya os va quedando menos, los otros vienen a las dos.

 

Fue hacia el otro obrero, que al verle acercarse, se levantó sin dejar la novela.

 

—Aburrimiento, ¿eh? —le dijo.

 

Sonrió el obrero sin contestar, estiró su cuerpo. Quiso dejar la novela sobre el cajón, se le cayó al suelo, pero no la recogió. Ramos vio en la pared cilíndrica su propia sombra agrandada y deformada, algo monstruoso que por un momento le causó una desagradable impresión. Regresó junto a Mariano.

 

—Ninguna novedad, ¿no?

 

No fue creado el silencio por ellos, después de la respuesta esperada de Mariano. Existía desde antes y sus voces no lo habían roto, simplemente habían servido para comunicarse unas noticias más o menos importantes. Ahora callaban los tres. El obrero que dejó de leer al acercársele Ramos seguía de pie, sin atreverse a continuar la lectura, a sentarse por lo me-nos, extrañado de la situación creada por un respeto inútil, pensaba, que para lo único que servía era para dejarle impa-ciente hasta que el señor Ramos se marchara o le autorizara a sentarse. «¿Qué pasará con Jones?» Su impaciencia, su intriga, tampoco sonaba en el silencio cilíndrico del túnel. Ramos fue hasta el tapón de tierra que aún, durante catorce horas, conti-nuaría impidiendo la invasión del túnel por el agua del embal-se. Tierra sembrada ya de dinamita, madurando sordamente la

 

 

 

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cosecha de violencia que la haría volar en pedazos para dejar paso al agua. Examinó las perforaciones donde estaban depo-sitadas las cargas de explosivo. Comprobó algunos cables. Se volvió de pronto.

 

—Mariano —dijo. No habló hasta que Mariano llegó cerca de él—, ¿no se pudo encontrar otro cable, por fin?

 

No le pedía respuesta. Sabía que no se pudo encontrar otro cable, y lo preguntaba ahora para justificar, una vez más, en su cerebro, aquella respuesta única que valía para todas las pre-guntas de ese tipo. «No se puede trabajar así. Con materiales malos y viejos, sin medios apenas…» Ramos notó el calor y la humedad que se desprendía de la tierra.

 

—¿Has notado ese olor? —dijo—, ¿a qué huele?

 

Exageró la expresión de oler, haciendo ruido con el aire que aspiraba.

 

—Vaya si lo he notado. Cuatro horas seguidas aquí… No sé a qué olerá, pero desde luego a nada bueno. Es inaguantable.

 

Bruscamente, empezó de nuevo el silencio, ese silencio táctil de los locales subterráneos, hecho de imperceptibles ruidos de vida. El rumor de los alternadores funcionando parecía ser segregado por la tierra como la humedad cálida y aquel olor extraño. Desde donde estaba veía Ramos al obrero sentado en el cajón, leyendo otra vez, cerca de la luz que proyectaba su sombra oblicuamente sobre la pared cilíndrica. Un cuadro sin decorado, duro, con algo irremediablemente inhumano. Pero no lo pensó. Se volvieron los dos hacia la pared de tierra y vieron sus sombras, no pudieron evitar verlas, porque se mo-vieron con un giro y quedaron luego quietas, dejándose obser-var. Tenían una inmovilidad irreal que no creyeron suya y que les impresionó más, porque las sombras tenían casi el mismo tamaño que sus cuerpos. Fue un instante de temor. Ramos mi-

 

 

 

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raba su propia silueta en la pared de tierra que, ahora mismo, estaba conteniendo la avalancha de miles de toneladas de agua: la cabeza demasiado redonda, como si fuera calvo, a causa de la boina que llevaba siempre; el torso como inflado con la cazadora de cuero; las piernas se arrastraban un trozo por el suelo y ascendían luego por la tierra hasta llegar a la sombra del cuerpo. Como si estuviera arrodillado contra la pared, como si él, su sombra, estuviera aguantando también, ahora mismo, todo el empuje del agua. Se volvió para decir algo, quizá para marcharse. El obrero no estaba sentado ya sobre el cajón, se había levantado y los miraba, a Mariano y a él, asustado, enmudecido por algo que él no había visto toda-vía. Ramos comprendió de pronto. Giró la mirada hacia el rin-cón y lo vio. Mariano empezó a gritar.

 

La viuda de Ramos gritó al oírlo. Cayó al suelo la revista para mujeres que estaba leyendo. Boby ladró.

 

Teodoro venía corriendo desesperadamente, sin notar la bota que le hacía daño. «Y pensar que estuve a punto… el pie en el primer peldaño del pozo… Casi me mata el aire…»

 

—¡El túnel! —dijo Lobo, dejando la cuchara, y salpicándose de sopa al apartarse de la mesa.

 

Ruiz comprendió inmediatamente lo que había pasado. No se marchó del sitio al que había llegado en su paseo nocturno. Desde allí veía la salida del túnel. La excavadora estaba cerca. «No les ha dado tiempo a quitarla», pensó. Y en seguida: «No importa… ¿Y si hubiera alguien?»

 

—¡Eeeeh…! —gritó.

 

Recordó a Ramos. «Ya no se puede hacer nada, si estaba den-tro.»

 

Doña Carmen y doña Luisa interrumpieron su rosario.

 

 

 

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—Dios mío —dijeron.

 

Se miraron. Tenían la misma expresión de terror.

 

La Pinilla salió de su casa corriendo, sin abrocharse la bata.

 

—¡Ha reventado la presa…! ¡Ha reventado la presa…!

 

—¡Una imprudencia! —dijo el ingeniero jefe. Salió de su casa sin apagar la radio, poniéndose la corbata.

 

El administrador preguntó a su mujer.

 

—Maruja, ¿has oído?

 

La señora del administrador dormitaba en un sillón.

 

La viuda de Ramos lloraba y gritaba todavía. La rodeaban va-rias mujeres que hablaban a la vez, a borbotones superpuestos, interrumpidos de cuando en cuando por un «Vamos, vamos, doña Isabel».

 

—… el pobre; —tan tranquila friendo las patatas…;— …fíjese usted…;

 

—… horrible, horrible, horrib…; —

 

si es que no puede ser…; —… este Salto del demonio…; —… creo que se ha salvado uno de los…; —… no lo sabe usted bien, vamos, vamos, doña Isabel, pues sí, como le de-cía…; —… desde luego, se puede decir que ha nacido… va-mos, doña Isabel…; —vamos, vamos…

 

Isabel lloraba, gritaba, apretaba las manos contra la cara. Ha-bía dos mujeres de bastante edad, medio abrazadas a ella, que lloraban y gritaban también. La pequeña sala-comedor, otras veces tan llena de claridad —los muebles coloniales reflejan-do alguna luz y convirtiéndola en miel; la pequeña lámpara de madera medio caída; la alegría blanca de los visillos; los pe-

 

 

 

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queños paños de colores sobre los muebles— parecía oscure-cida ahora por las mujeres que tapaban con sus trajes el barniz claro de los muebles. Se oía de vez en cuando el violento la-drido de Boby, los estirones que daba de la cadena que le suje-taba en el pequeño jardín.

 

Acababa de salir Ruiz de la casa y caminaba con Martínez, aún bajo la impresión de las palabras de la mujer. Recordaba aquella cara preguntándole al obrero, mientras le sujetaba por los hombros. «¿Y mi marido?» Como si él fuera culpable y, después de su confesión, fuera ella a hacer justicia con sus propias manos, allí, en medio de la carretera. El hombre dijo que estaba fumando arriba, que él no sabía nada, no le había visto entrar. Agachó la cabeza y tuvo un golpe de llanto ner-vioso. Ella se abrazó a él gimiendo, débil, olvidada de cual-quier norma o conveniencia social por la que le estuviera prohibido abrazarse a un obrero, siendo la esposa o la viuda

 

—aún tenía una duda y una esperanza— del encargado gene-ral de obras. El obrero se alejó luego, riendo y llorando entre-cortada, nerviosamente, sin poder evitarlo. Entonces habló Andrés. «Yo me despedí de él cerca de la entrada del puente. Me dijo que iba a bajar al túnel.» Llegó la mujer cuyo marido había muerto años antes en la explosión del polvorín. Tenía los ojos desencajados y gritaba continuamente sin dirigirse a nadie, bajo un fuerte ataque de histeria: «¡Ha reventado la pre-sa…! ¡Ha reventado la presa!» Varias mujeres se llevaron a la señora Ramos. De lo alto de la carretera venían campesinos de Nueva Aldeaseca, mujeres y hombres, preguntando desde su terror. Las calles del Salto se habían llenado de grupos que comentaban en voz alta la tragedia.

 

—Ha sido una imprudencia —dijo el ingeniero jefe.

 

Caminaron juntos Andrés y él, carretera abajo. Oyó la frase sin darle atención, obsesionado con algo que empezaba a comprender. Recordó el puño de agua que salió de la boca del

 

 

 

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túnel derribando la gigantesca excavadora. Tuvo un escalofrío. Tres hombres, quizá destrozados ya, iban en aquella furiosa masa de agua. Le habría gustado poder alegrarse de la derrota de aquella máquina alta que trabajaba haciendo reverencias. Recordó su reciente conversación con Mariano, el obrero que había muerto por sustituir a un compañero. También a él aque-lla máquina le pareció un símbolo. Algo que representaba todo lo que no merecía ni siquiera tocar la tierra. Algo que debía morir irremediablemente. Pensó en los hombres, en Ramos sobre todo, aquel magnífico trabajador y hombre.

 

—Una gran pérdida —dijo.

 

—Sí —dijo el ingeniero jefe—. La excavadora costó más de medio millón de pesetas, no sé cómo habrá quedado.

 

Seguían andando, cruzándose todavía con obreros, empleados y mujeres que comentaban los detalles de la catástrofe. Andrés pensaba en los tres hombres. Dos obreros y el encargado gene-ral de obras. Tres obreros. Fue ahora cuando se dio cuenta de las palabras que había oído un momento antes al ingeniero jefe. «No me entendió, ni siquiera me entendió.» Le dio asco.

 

«Cuando yo pensaba en los hombres…» Fue como una reve-lación.

 

—Por lo menos el túnel no falló. Lástima de Ramos… Habrá que compensar a la viuda.

 

Andrés sintió el asco en las manos, una necesidad de apretar algo gritando a la vez hasta quedar vacío de ideas. Eran dema-siado opuestas sus dos concepciones, dos mundos, dos modos de entender la vida y de vivirla.

 

—Perdone —dijo—. Me ha afectado mucho.

 

No dijo más. Le dejó allí, en medio de la carretera, y fue hacia la residencia. Tenía la sensación de que le acababan de insul-

 

 

 

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tar. «Compensar, compensar…» Se hizo las antiguas pregun-tas sobre el destino. Le era difícil comprender aquel hecho estremecedoramente sencillo: dos hombres se despiden («Eso se llama amor al trabajo», «Hasta luego. Que no sea nada eso») y, un cuarto de hora después, uno de ellos, no el que cree estar más cerca de la muerte porque le ha parecido notar-se los primeros síntomas de una terrible enfermedad, sino el que desea al otro que no sean ciertos aquellos síntomas, mue-re.

 

«Ramos ha muerto», dijo en voz alta. Recordó que su mujer siempre estaba deseando que viniera el hijo de permiso.

 

«Ahora tiene una razón para que le den permiso a su hijo.» Se arrepintió de haberlo pensado. Y aquella extraña impasibilidad de Lobo, el mejor amigo de Ramos, que apenas dio el pésame a la mujer corrió a poner un telegrama al hijo de su amigo. Pero su cara no era impasible. Le pareció haber visto en ella una expresión de dolor vencido. Se preguntó qué podría ser lo que hacía a aquellos hombres elementales vencer de un modo tan absoluto las emociones más fuertes y empezar a obrar, con una aceptación natural, animal, había pensado otras veces. «No —pensó ahora — hay algo profundamente bueno en estos hombres en apariencia incapaces de sentimientos.» Le habían parecido crueles, y ahora sabía que, efectivamente, se porta-ban de un modo tan cruel, tan necesariamente cruel como la naturaleza. «Tienen tierra en el corazón y dan cosecha una vez al año, pero sólo cuando se les ha herido antes.» Le gustó la idea. Comprendía la razón de aquella dura amistad entre Lobo y Ramos. Habían recorrido los dos el mismo camino, los dos habían sido obreros. Más aún, los dos seguían siéndolo. «Ra-mos ya no», pensó, entristecido. «Pero ¿por qué?» gritó mu-damente. Encontró en su cerebro la posibilidad de una idea pura de la vida que excluya toda suciedad y el incomprensible miedo a la muerte. Estaba detenido ante la puerta de la resi-dencia. Levantó la cabeza. Notaba como si le fuera necesario

 

 

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pisar la tierra y respirar la noche a pleno pulmón para seguir pensando. Se extrañó, de pronto, de la serie de coincidencias que habían hecho que El Asturiano, el obrero que debía haber-se quedado en lugar de uno de los que habían muerto, no sólo se hubiera salvado, sino que hubiera visto empezar a vivir a su primer hijo. «Su mujer dio a luz unos minutos después», le dijo alguien. Sonrió ahora. «Hay una sabia compensación en la naturaleza», pensó. Sintió hambre. Pero no se avergonzó de ello, subió rápidamente los escalones de la residencia, sintien-do una gran alegría por encima de las ideas que aún le preocu-paban, por encima del hecho indudable de la muerte de tres hombres, que él lamentaba sinceramente, y por encima de la preocupación por su salud. Quedó fuera la noche, el ruido de los alternadores, quizá lo único que permaneció impasible en el Salto cuando sonó la explosión en la entrada del túnel.

 

 

 

XII

 

 

 

Había pasado el peligro. Con el túnel funcionando, el desagüe del embalse estaba asegurado. Hasta hubo que cerrar el alivia-dero. Se continuaron las obras en la «casa de máquinas», a la que ya le faltaba nada más el muro del lado de la presa y uno de los laterales. Estaba en instalación el Grupo III, y se traba-jaba ya en las bancadas para las turbinas de los Grupos IV y V. El embalse se cubrió de una gruesa capa de hielo que duró casi un mes. Lobo escribió en su «Diario del Montaje de los Alternadores de Aldeaseca»:

 

Día 11, miércoles.

 

Metí el tercer disco en el eje a las 3,5 tarde. Entró perfecta-mente y con 200° C. Tenía de 5 a 6 décimas más que el eje.

 

 

 

 

 

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Día 12, jueves.

 

Puse en la estufa cuatro polos para secar.

 

Día 13, viernes.

 

Saqué los primeros cuatro a las 24 horas y puse otra partida. Subí la 2.a mitad del estator a la cimentación y Buendía em-pezó a poner los topes en el disco inferior del rotor para los polos. Éstos se soldaron con autógena. El punto medio del polo viene marcado por un granetazo en el disco del centro.

 

Día 14, sábado.

 

Empecé y cerré el estator. Por la tarde empecé a meter polos, y del primero, por su peso, no entró más que el primer disco. Se clavó allí. Este polo número 2 fue de los que estuvieron en la estufa con 40° C, y yo noté que había algo de deformación. En vista de esto, metí el número 10, que no había estado en la estufa. Éste entró por su peso hasta casi dos discos. Después, con pequeños golpes, entró hasta su sitio. En vista de esto em-pecé a preparar unos tensores para meterlos a presión.

 

Día 15, domingo.

 

Descanso.

 

 

Después de misa, los hombres iban al frontón. La taberna El Voltio estaba enfrente y en ella se reunían los hombres para beberse el vino apostado sobre el resultado de algún partido de pelota. Jugaban El Negro, un hombre alto y fuerte, de pelo rizado, que trabajaba en el almacén; Raúl El Vasco, capataz de obras; un carnicero, y un empleado de la Administración, de poca estatura, delgado, con rostro pálido, cargado de hombros, pero que permanecía imbatido. Sus enormes manos, despro-porcionadas con su cuerpo, parecían ejercer una atracción so-bre la pelota. El Negro se desesperaba con sus saques de «efecto». Después del bote, la pelota salía rodando por la aris-

 

 

 

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ta de la pared y el suelo. El Negro se había roto más de una vez las uñas de su mano izquierda tratando de devolver un saque de estos. La gente se reía mucho viendo al gigante del almacén correr de un lado para otro. Saltaba, se agachaba, iba arrastrándose hasta donde calculaba que botaría la pelota y, mientras tanto, el escuálido Truquitos, así le llamaban, estaba en medio del frontón, apenas sin cambiar de sitio, con una tranquilidad asombrosa que contrastaba con los sudores de su rival. Desde entonces sólo le dejaban jugar contra tres como mínimo. Si jugaba contra uno lo hacía sólo con la mano iz-quierda o con las dos manos, pero sin moverse de un pequeño espacio señalado con tiza. Nunca perdía: la pelota salía recta de su mano, rebotaba en el frontón con un ángulo inesperado, botaba oblicuamente, cambiaba de dirección en el aire… Las cabezas de los espectadores giraban de un modo exacto si-guiendo a la pelota desde la mano a la pared, desde la pared al jugador. Un movimiento pendular, igual, en todos. Sus respi-raciones creaban pequeñas nubes que se mantenían un mo-mento delante de sus rostros, y luego se desvanecían despacio. Los jugadores, en alpargatas, con las camisas remangadas, daban gritos para ayudar a las manos en el momento de lanzar la pelota. En la pared lateral, cerca de donde acaba el frontón, varios niños jugaban con una pelota de goma, imitando a los mayores. Sonaban como estallidos los golpes de las manos contra la pelota, alternados con los botes y con los choques de la pelota contra el muro, más secos, con una resonancia que se iba perdiendo hasta hundirse en el gran silencio del Salto. Porque el tiempo y la costumbre habían convertido al ruido continuo y enorme de los alternadores en un gran silencio que parecía estar pegado a la tierra y a la madera gris de los pabe-llones. Era ya un ruido que nadie notaba, no se pensaba en él como los primeros días. Formaba parte del ambiente, como la niebla que ascendía del embalse en los días de invierno.

 

Después de comer, los vascos de la residencia, todos técnicos

 

 

 

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y empleados, cantaban a coro y acababan persiguiéndose por la carretera, en camisa, entre grandes risotadas.

 

A media tarde, los obreros del Salto iban a Nueva Aldeaseca a bailar en el Gran Salón. Dos pesetas la entrada. A la misma hora, los empleados e ingenieros del Salto iban al Casino, con sus mujeres e hijas de más de veinte años. Jugaban ellos al billar, a las cartas, al dominó, mientras las mujeres hablaban con una continuidad semejante a la del ruido de los alternado-res y las hijas bailaban con los ingenieros y empleados jóve-nes, vigiladas por sus madres que, sin distraerse de la conver-sación, participaban con miradas y gestos disimulados en la futura elección de ellas. No todos los empleados podían entrar en el Casino. Había una «junta» que admitía o rechazaba a los posibles socios. Se exigía un mínimo de «categoría» para ser admitido. Esto había provocado conflictos como el de La Pini-lla, cuando fue rechazada. Todo el mundo reconoció que ni ella tenía ni su marido había tenido suficiente categoría como para ingresar en el «Club-Casino». «Dónde vamos a parar… la mujer de un guarda…», dijo la señora del Administrador. Pero La Pinilla gritó, insultó y llamó criminales a los que ol-vidaban que su marido había muerto como un héroe. «No co-mo esos señoritos que sólo les engorda el culo de estar senta-dos.» Indudablemente, fue una osadía por parte de La Pinilla solicitar su ingreso en el «Club- Casino». No sólo por el asun-to de la categoría, sino también por su escasa educación, por su histerismo, y por su hija, sobre todo. «Un día se nos presen-ta en el Casino esa pindonga ¿y dónde llevamos a nuestras hijas?», se preguntaban las señoras. Los hombres no tenían tampoco ningún deseo de que ingresara. Muchos aprovecha-ban los viajes de los camiones de la CEDE para ir a la ciudad a pasar el fin de semana. Luisita Pinillo, los domingos que venía a ver a su madre, saludaba a casi todos los empleados solteros del Salto e incluso a algunos casados. Ellos se turba-ban de un modo especial, creyendo descubrir algún secreto

 

 

 

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sólo con devolverle el saludo a aquella muchacha. Algunos disimulaban haciendo como que no la veían. Su madre sonreía y presumía de hija admirada por todos los hombres. Parecía querer emplear a su hija como base de algo que se proponía. «Si mi hija quisiera…», decía.

 

Las maestras pertenecían también al «Club-Casino». Pasaban en él todos los domingos, disimulando sus insatisfechas ganas de bailar, en una mesa donde varias señoras hablaban ininte-rrumpidamente, jugando de vez en cuando a las cartas. La que tocaba el piano, doña Carmen, al final de la tarde, interpretaba los dos valses de Chopin que sabía. Los jóvenes la obligaban a tocar después El piccolino, Continental o alguna otra pieza bailable de moda. Sus dedos recorrían el teclado con movi-mientos bruscos, casi agarrotados, con la falta de agilidad que parecían tener sus manos, chatas y gordezuelas, una rara mez-cla de manos de niña y de mujer.

 

Este invierno, Andrés no jugaba al ajedrez en un rincón con don Ramón, el médico, mientras bailaban los demás. Infinitas partidas en las que el pequeño doctor, un hombre nervioso, con un cigarrillo mal liado siempre en la boca, que se sacudía la ceniza de los pantalones cada medio minuto, que silbaba una melodía irreconocible, muy bajo…

 

—(Le toca a usted, doctor), … enlazando el final con el prin-cipio, que movía de un modo inesperado, repentino, tirando siempre alguna pieza, con lo que asustaba a los espectadores, que no lo eran de toda la partida, sino del saque nada más o, como máximo, de la primera parte hasta el momento en que el doctor, después de pensarlo mucho, comía el primer peón, y entonces, el último espectador, que había permanecido en una silenciosa espera contemplando indignado cómo el doctor no veía el peón que le estaban regalando, se separaba del rincón sin poder resistir más aquel silbido, aquella especie de rasgueo de guitarra con el que el hombrecillo se sacudía la ceniza,

 

 

 

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aquel menudo temblor continuo de sus rodillas. Este invierno, las partidas empezaban después de comer y acababan cuando la gente venía para bailar. Entonces, el ingeniero bailaba con Charito, la hija de Lobo. Un hecho tan simple había provoca-do comentarios en el Salto, comentarios que, por otra parte, no eran perjudiciales para ninguno de los componentes de «la nueva parejita», ya que, salvo a las envidiosas, a todos les pa-recían bien aquellas relaciones, que ni siquiera habían sido denominadas así por los interesados.

 

«Mira la gatita rubia de Charo, mírala cómo ha pescado a un ingeniero.»

 

«Debía asegurarse antes de si “está del pecho” o no.» Por aho-ra, ellos se limitaban a bailar los sábados y domingos, y a pa-sear delante de la Dirección algunos días.

 

Desde que la empresa instaló un proyector de cine en una de las salas del Casino, los sábados por la tarde, después de co-mer, los chicos iban a ver películas de Charlot, de Jaimito o de Tom Mix. Persecuciones accidentadas, baños imprevistos, explosiones, cow- boys, puñetazos, beso final del bueno y la joven secuestrada por los malos. Antes de empezar la película, rítmico pataleo pidiendo que fuera «cómica», como anuncia-ban a veces los carteles.

 

—¡Có… mi… ca! ¡Có… mi… ca!

 

Se apagaban las luces y el silencio surgía de pronto. A veces, empezaban de nuevo el pataleo y los gritos protestando de que las imágenes salieran al revés. Luz y nuevo apagón. Silencio otra vez, interrumpido de cuando en cuando por risas, aplau-sos animando al joven vaquero que corre sobre su caballo para salvar a la muchacha rubia, silbidos a la cara del «malo»…

 

A media tarde empezaba la sesión para los mayores. Los chi-cos se iban a las rocas, detrás de la Dirección, y se escondían

 

 

 

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en las cuevas, espiándose, persiguiéndose, matándose y levan-tándose luego: «Eso no vale, te he disparado yo antes». Chu-chín estaba empeñado en luchar con su hacha de indio y moría siempre antes de llegar al cuerpo a cuerpo. Los hijos del inge-niero jefe, Carlitos y Toño, hacían siempre de capitanes de banda. Todos estaban de acuerdo en que no valían para este cargo, pero tenían un «meccano» estupendo y un triciclo, y pistolas que disparaban, y un lagarto mandado disecar por su padre. Uno de los juegos preferidos de los chicos era ir a cazar lagartos. Los esperaban mucho tiempo tumbados sobre las madrigueras y cuando asomaban la cabeza se la sujetaban con-tra la tierra con una rama de árbol en forma de horquilla. Lue-go se los vendían a El Periodista que, según les decía, se los comía. Ellos le miraban con cierto asco. La realidad era que al administrador le gustaba mucho la carne de lagarto y se los compraba a buen precio, mucho mejor, desde luego, que el que él pagaba a los chicos. Los niños no decían nada a sus padres para mantener en secretos una fuente de ingresos que les permitía comprar más regaliz del que sus madres les deja-ban.

 

Los hijos del ingeniero jefe tenían también una bicicleta cada uno. Se las habían traído los Reyes el último año. Pero ya las tenían estropeadas. Fue por una tontería. Un día que su padre los había castigado a no salir, subieron a su habitación. Esta-ban asomados a una ventana del cuarto piso de la Dirección, donde vivían, cuando de pronto, se les ocurrió una idea: «¿Cómo quedarán al llegar abajo?» No pudieron resistir la tentación y la curiosidad. «Qué originales son sus niños», dijo la señora de un montador cuando se lo contó la señora del in-geniero jefe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIII

 

 

 

Bajaba Andrés despacio hacia la central, más alegre que otros días, silbando y tarareando una canción que había oído en el Casino. Iba sin gabardina, con la cabeza alta, observando có-mo la orilla opuesta del río se elevaba a cada paso que daba. De pronto supo la verdadera razón de su alegría, el motivo que, sin darse cuenta, le había hecho no ponerse la gabardina. Era primavera. Le alegró más aún este modo súbito de descu-brirlo. No recordaba que le hubiera ocurrido igual otros años. Siempre le fue comunicado por alguien el alegre y sencillo hecho de la primavera. Vio los árboles a los lados de la carre-tera, con hojas ya, con pájaros que trabajaban sus trinos con un entusiasmo nuevo. Le gustó el azul del cielo, el blanco de las nubes, el marrón y gris de la tierra, el verde de las hojas, reflejados todos en el agua asombrada del embalse. Todo pa-recía nuevo o distinto, había un perdón en el aire, una frescura joven que hacía olvidar cualquier encrucijada o rincón dema-siado oscuro que pudiera llevarse en el cerebro. Sobre el hori-zonte, se recortaban ahora las columnas metálicas de la estruc-tura. Un bosque de hierro de color purpurina. Los aisladores de porcelana, blancos y negros, parecían extraños frutos de aquel bosque extraño. Andrés no odió aquella vegetación me-tálica, impulsado por cualquier idea romántica de la naturale-za. Sabía que también a esos árboles de metal había llegado la primavera. Ascendían desde la central los cables por los que venía la corriente eléctrica hasta la estructura. Por las barras se distribuía luego a las diferentes celdas, formadas por cuatro esbeltas columnas purpurinas, donde los transformadores, los interruptores, los seccionadores y otros aparatos, la prepara-ban, la controlaban y la dejaban luego huir por los cables que salían hacia la primera gran columna, cuya forma recordaba a la de la Torre Eiffel, y desde esta primera, los cables volvían a saltar a la siguiente, luego a otra más alejada, y así hasta per-

 

 

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derse en el horizonte. Una hilera de columnas entre las que colgaban, combándose, los gruesos cables de alta tensión, que se alejaban hacia las ciudades, con un ruido continuo, mezcla de silbido y canto, algo como el himno al triunfo inevitable del hombre. Andrés vio brillar el sol en uno de los transfor-madores, un aparato alto y esbelto, con un chasis de hierro pintado en negro. Los aisladores cónicos terminaban en unas barras metálicas, semejantes a las antenas de algunos insectos. La figura de los interruptores era menos esbelta. Sus aislado-res tenían un bello color de caramelo tostado. Cada aparato estaba colocado sobre una bancada de cemento, separadas to-das ellas por espacios cuyo suelo era también de cemento. Es-taba Andrés detenido delante de uno de los letreros metálicos: «No tocar. Peligro de muerte». La calavera y las dos tibias no eran exclusivamente de hueso, sino que parecían tener todavía carne pegada, como si pertenecieran a un electrocutado. Bor-deó la zona peligrosa y llegó a la parte nueva de la estructura. Varios albañiles trabajaban en las bancadas. Uno de ellos era Pedro, el muchacho del que le había hablado Lobo. Se acercó a él.

 

—Buenos días —dijo.

 

Los obreros le saludaron sin dejar de trabajar. Llamó a Pedro con la mano.

 

—¿Qué hay, muchacho? —Le pareció inteligente, por lo me-nos tenía una expresión más viva y humana que la de los de-más obreros de Aldeaseca.— Has ascendido, ¿eh? Hace unos meses estabas de peón.

 

—Sí, señor —dijo Pedro.

 

El muchacho era moreno, vestía con el típico mono azul, ca-misa campesina y alpargatas obreras. Le miraba asombrado, quizá un poco asustado de haber sido llamado por un ingenie-ro. Recordó Andrés la frase de Lobo: «Está obsesionado con

 

 

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algo».

 

—¿Manda usted algo? —preguntó el muchacho para salir del silencio incomprensible en que permanecían los dos, uno fren-te a otro. El sol empezó a iluminar su cara, haciendo más vi-vos sus colores de campesino. Se oyó el rugido de la hormi-gonera girando.

 

—No, nada —dijo Andrés—.

 

Quería hablar contigo sobre lo que le preguntaste al señor Lo-bo, ¿recuerdas?

 

¿Por qué le preguntaste eso?

 

Se ruborizó el muchacho.

 

—Perdone —dijo.

 

—¿Por qué? —Andrés le animó a hablar—. No te regaño, hombre. Simplemente estoy interesado en que me lo expli-ques.

 

«¿Acaso?»… Le pareció haber comprendido. Pero era impo-sible. Conocía el atraso de los campesinos de Aldeaseca, aún vivía bajo la impresión que le causó entrar en aquel pueblo con el coche del ingeniero jefe, varios años atrás. Él no había conocido una situación social semejante. Un pueblo verdade-ramente primitivo, sin relaciones apenas con los más próxi-mos, no ya con la civilización o la que se suele llamar así. «Cuando se acabe la central, darán luz en mi pueblo, ¿no?» Recordó que el muchacho le había preguntado esto al señor Lobo. Le preguntó, directamente ahora, si lo que quería saber era si darían luz a su pueblo cuando acabaran la central.

 

—Era eso lo que le preguntaste al señor Lobo, ¿no? —sonrió Andrés—, Pues sí, la darán. ¿Es que te gustaría a ti hacerlo?

 

Pedro permaneció en silencio unos segundos. Luego, brusca-

 

 

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mente, levantó la cabeza y habló.

 

—¿Pero se podrá dar a todo mi pueblo a la vez? Yo no sé có-mo se hace.

 

Andrés descendía solo en el «plano inclinado». Miró todavía hacia arriba y vio la parte alta de la estructura. Le emocionó el recuerdo de su conversación con Pedro. Un campesino de die-ciocho años que apenas hacía unos meses que trabajaba en la central de albañil, obsesionado con la idea de ser él quien ce-rrara el interruptor para dar luz a su pueblo. Algo sencillo y esperanzador que, en medio de aquella realidad de vida reno-vada por la primavera, le pareció un motivo más de fe en la naturaleza, en el luminoso destino final del hombre sobre la tierra. Parecía inexplicable, sin embargo. Intentó imaginarse el proceso mental del muchacho para llegar a concebir una idea aparentemente tan simple, pero que suponía en él una capaci-dad de pensar, ciertos conocimientos, la superación del miedo ancestral de su pueblo por todo lo inexplicable. «Querer dar luz a su pueblo.» Le pareció poética la idea. Era como si el mismo pueblo se quisiera dar luz a sí mismo.

 

Había entrado en la central. Tomó en el cuadro de mando los datos que necesitaba y fue luego hacia el ala en construcción. Vio varios andamios y carpinteros que trabajaban en los mu-ros. Otros obreros estaban trabajando, también sobre anda-mios, en la prolongación de los raíles de la grúa. Pero donde había más era en las cámaras de las turbinas para los nuevos grupos. De regreso, pasó ante Lobo, que dirigía el trabajo de varios montadores y obreros, en el Grupo III. Llevaba mono, como un obrero más.

 

—El muchacho ese, Pedro, ¿sabe…? Lobo miraba su boca, leyendo lo que decía, casi imposible de oír a pesar de los gri-tos. Los alternadores seguían gritando con la locura de sus miles de revoluciones por minuto.

 

 

 

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—Es curioso —le pareció entender a Andrés.

 

En torno al generador en montaje, papeles y trapos, impregna-dos de aceite o grasa de máquinas, despedían un fuerte olor. Continuó hacia la salida, despacio, observando los manóme-tros que había junto a los dos grupos en funcionamiento. Se detuvo ante uno de los cuadros de madera en la pared con la «Legislación de Accidentes de Trabajo». Leyó algunos párra-fos.

 

«1.- Síncope por parálisis respiratoria. Si es posible, enviad por un médico…»

 

Rió. «… y sin pérdida de tiempo a la víctima, aunque parezca estar muerta.

 

a) Interrúmpase inmediatamente la corriente: con un movi-miento firme y rápido, separar al accidentado del conductor eléctrico…

 

b) Comiéncese seguidamente la respiración artificial: …en cada momento de retraso se pierde una posibilidad de salva-ción…

 

El personal debe adiestrarse en estas prácticas de salvamento.»

 

Examinó los dibujos representando los dos momentos de la respiración artificial.

 

«2.- Primer tratamiento de las quemaduras.

 

Recomiéndese un ungüento básico o aceitoso espeso o harina y agua… Las quemaduras carbonizadas se cubren con algodón sólo…»

 

«3.- Ceguedad por arco voltaico.

 

Si se expone la vista a la luz de un arco eléctrico, a veces se produce una inflamación seguida de escozor. Para aminorar

 

 

 

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éste…»

 

 

 

Andrés se alejó de allí. Había recordado los accidentes de tra-bajo presenciados por él. «Luego nadie sabe nada, nadie se preocupa de nada hasta que ocurre algo», pensó. Al salir de la central miró hacia arriba. Sobre los cien metros de la presa estaba la pequeña «casa de compuertas». Dos hombres habían quedado hundidos en aquella mole de cemento. No pudo re-primir un gesto de horror. «Quizá son ya cien los que han muerto… Y aún no se ha terminado.» La presa, la central, la ladera cortada a pico con dinamita, el túnel que se abrió explo-tando un día antes, la estructura que brillaba en lo alto de la ladera izquierda…, todo le pareció impresionante. Una epope-ya de dos mil héroes.

 

Por la tarde, Andrés fue con Charito hasta la salida del túnel. Sentados en una piedra contemplaron durante largo rato el enorme chorro de agua que saltaba sobre el río. Andrés pensó en algo inevitable, quizá en su propia obsesión por la salud que le hacía ir todos los meses a la ciudad para que le mirasen por rayos X. Tenía la mano de ella cogida, sin mirarla. Una costumbre de dos meses dedicados a pasear.

 

—Andrés, qué bonito es.

 

La miró, sabiendo que encontraría los ojos grandes vueltos a él, bañándole en aquella confabulación de ternura y desmayo posible que flotaba entre ellos y los labios abultados y entre-abiertos como en una promesa y un aplazamiento constantes.

 

—Sí —dijo él.

 

Acababa la tarde, siguió mirándole cuando él la abrazó sin levantarse de la piedra. Aquel gesto dulce, aquella postura que, en cierto modo, era una síntesis del mundo, desde el os-curo tiempo en que el agua y los gases llenaban la superficie

 

 

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del planeta, hasta hoy, a través de todo el proceso inimagina-ble y variado de cambios, catástrofes, invenciones y victorias que supone la posibilidad de decir «hoy». Aquel gesto dulce del beso y el abrazo.

 

—Mi padre me lo ha preguntado — dijo, con la cabeza apo-yada en el pecho de él, girada hacia arriba para verle.

 

A Andrés le divirtió el recuerdo del señor Lobo. Desde que sabía o imaginaba o le habían dicho o todo a la vez, que su hija era novia de él, se creía obligado a tratarle menos y con una forzada objetividad. Sonrió, haciendo una leve presión con su mano en el hombro de la muchacha. Se preguntó qué le había llevado hasta aquella situación. Prefirió no buscar res-puesta y aceptó todo lo ocurrido. No era resignación.

 

«Amar, ser amado, casarse…»; pensó, «una casa llena de mu-jer, las flores, los detalles…». Quizá fuera todo esto una im-portante parte del proceso lento que había experimentado des-de que salió de la escuela como el ingeniero más joven del país, con aquella masa de recuerdos numéricos o gráficos, cu-yo estudio le había impedido durante ciertos años hacer cosas que siempre apeteció. Ahora veía cierta inutilidad en todo aquello, algo falso en su título y en su posición social.

 

—Charito, ¿sabes?, tu padre, yo, todos los ingenieros, em-pleados y obreros de este Salto estamos haciendo algo gran-dioso. Y te digo que a veces preferiría ser un simple obrero, en vez de este… «firmante del trabajo ajeno», porque apenas soy otra cosa, créeme.

 

—¿Por qué dices eso, Andrés? — Ella le acarició la cabeza.

 

Conocía este tipo de arrebatos suyos.

 

—¿No comprendes? Número uno de mi promoción, «niño bonito» de la CEDE…, es decir, participar en un par de pro-yectos al año, que realizan otros, firmarlos y cobrar un buen

 

 

 

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sueldo. Picar la tierra, empujar vagonetas… o lo que hace tu mismo padre… Un hombre necesita darse cuenta de que traba-ja, es su única justificación… Y hay una curiosa tendencia a darnos cuenta de ello a través de las manos, precisamente… Tu padre no está obligado a ponerse el mono y la boina, a ma-nejar él mismo la grúa o, como le he visto hacer esta mañana, a martillar…

 

—Mi padre no puede resistir sin trabajar. Es equivalente a vivir, para él. Nos olvidaría a todos, antes que olvidar un tor-nillito de una de sus máquinas.

 

—Sí —habló y pensó—. Es equivalente a vivir…

 

Era noche ya. De nuevo vio Andrés, esta vez más cerca, los labios abultados de ella. Tenía su cabeza rodeada con el brazo, apoyada en su pecho, algo suyo definitivamente. Le acarició el pelo con la otra mano. Tan pegada a él como si fuera una parte de su cuerpo, otra cabeza suya con la que pudiera realizar to-dos los dulces gestos derivados de la dualidad de bocas, de caras.

 

Los prolongados y alegres juegos de sus labios, la honda atracción de sus cuerpos, el grito próximo y lejano de sus san-gres, más fuerte ahora que la voz de los alternadores.

 

Era demasiado tarde. Regresaron al Salto.

 

 

 

XIV

 

 

 

«A lo mejor ha llegado ya, tengo que darme prisa, porque ese estúpido de Teo se va a la taberna en cuanto reparte las cartas, y ya no queda nadie allí para darle su carta al que llega retra-sado, bueno, queda la pánfila de su mujer diciendo siempre

 

 

 

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que no sabe, que no puede, que no tiene, que es tarde, que…, que soy tonta de remate, es lo que debía decir, pero quizá no ha llegado todavía, porque ese “correo” del demonio es un cascajo que ni para un museo, y lo mismo llega a las doce que a las doce y media, yo creo que según si el viento sopla a su favor o en contra, y mientras tanto, venga a fumar los hom-bres, y las mujeres chacachá, chacachá, sentadas en el banco de piedra y poniendo como un trapo al chófer, al dueño de la empresa, al ingeniero jefe, que no tiene nada que ver…»

 

María subía por la carretera hacia el pabellón donde estaban instalados los servicios de correos.

 

«… qué vida, Señor, si parecemos culebras, todo el día soltan-do veneno, y todo porque nadie está a gusto donde está ni con lo que tiene, menos mi pobre Juan, que es el hombre mejor del mundo

 

y yo creo que de bueno que es olvida que hay que ser bueno con uno mismo y con los suyos, no es todo trabajar y trabajar, sino pensar también con cierto egoísmo, ¿quién le va a pagar las horas extraordinarias que hace sin que nadie le diga nada, las que se pasa en el comedor dale que dale, delante de sus papeles y de sus cosas preparando cualquier cosa para el día siguiente?, y todo, ¿para qué?, si luego el que lo ha hecho todo es el ingeniero ese que no sabe una patata…»

 

—Buenos días, doña María.

 

Había llegado. Varias mujeres estaban sentadas en el banco de piedra adosado a la pared del pabellón.

 

—Hoy se retrasa más —dijo alguien.

 

Vio, más allá de la puerta, a La Pinilla y se sentó lo más lejos que pudo de ella. «Debe de estar esperando a su hija, que ven-drá a pasar el fin de semana. Como es sábado…» Dejó el ca-pacho con la compra a sus pies. Empezó la espera del desven-

 

 

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cijado autocar que hacía de correo, aquellos quince o treinta minutos de engañarse sin saberlo. La situación, el lugar, la llegada del autocar, los bultos, las maletas…, había en todo esto una posibilidad de interpretación contraria, es decir, una sugestión de partida, acaso definitiva, que les consolaba dia-riamente de la diaria sensación de estar encerrados en un pozo. Por eso le gustaba venir a esperar el correo. Quizá los demás sentían lo mismo, y ésta era la razón de que fueran todos los días, no a esperar la carta del hijo o del hermano, la llegada de tal o cual persona o del paquete anunciado. Iban a esperar, a vivir su propia partida, a corroborar la existencia de otros lu-gares donde vivía gente también. El efecto más notable del Salto, sobre todo de su gigantesco ruido, era la anulación de lo exterior. Un mundo lleno de la locura girante de los alternado-res, casi subterráneamente emanando un ruido tan igual, tan denso, que formaba parte del aire y de ese hueco interno, cal-culador y, alguna vez, imaginativo, que era el cerebro de cada habitante del Salto. Un mundo limitado por dos horizontes próximos y paralelos: la orilla cortada a pico, y la carretera que terminaba en el cielo, como una ironía sobre el deseo de evasión.

 

Estaba La Pinilla al otro extremo del banco, contando algo, de un modo inevitable, a la mujer de un montador. Hablaría de los «espíritus superiores» que hacían mal de ojo a la gente y eran los culpables de todas las desgracias que ocurrían en el Salto. O de su hija, que estaba trabajando en la ciudad. O de su hijo, sin el cual no se hubiera hecho la presa, según ella. Hablaría, quizá, de su marido, el pobre. María la miró un mo-mento, más por estar en la dirección por la que debía venir el correo que por cualquier interés.

 

Venía ya el viejo autocar sin capot, precedido y rodeado de polvo. Cesó el ruido del motor y la gente se arremolinó en torno suyo. La Pinilla abrazaba a su hija histéricamente. Los demás, los que sólo habían venido a esperar cartas, estaban de

 

 

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pie, debajo de las ventanillas, como si esperaran a alguna per-sona o ellos mismos debieran subir al autocar cuando regresa-ra. La saca de correo estaba ya dentro del pabellón. Cinco mi-nutos después, desde detrás del mostrador de madera, Teo re-partía las cartas.

 

«Queridos padres y hermanas: —iba leyendo María la carta de su hijo, carretera abajo, junto a otras mujeres que leían tam-bién, olvidadas unas de otras— espero que os encontréis bien. Por mi parte estoy estudiando mucho ahora, pues pronto ten-dré los exámenes finales…» Juan Lobo también había enviado a su hijo a estudiar a Madrid, por su deseo de evitarle lo que él no se había podido evitar. «Tía Clara estuvo mala hace poco, nada de importancia, ya sabéis, lo de siempre…» Otra vida, una posibilidad que él no había tenido, un diferente modo de ver las cosas, quizá la casa, el coche, el pequeño jardín, el ve-raneo anual. Lobo pensaba que todo esto era lo que él ofrecía a su hijo mandándole a la ciudad. La carrera era buena y po-dría vivir muy bien, mejor que él, desde luego, sin tener que ir de un lado para otro toda la vida. «Me encontré el otro día con el hijo del ingeniero jefe y hablé un momento con él. Sigue tan imbécil como siempre.

 

Sólo por ser hijo de su padre se cree que no puede rozarse con los demás…» El hijo del ingeniero jefe estudiaba la carrera de ingeniero. La posibilidad de ser ingeniero pasaba de padres a hijos. El actual era hijo de otro ingeniero y, muy probable-mente, su nieto estaba ya, antes de nacer, destinado a serlo también. Como un título, una nobleza o un celeste color de sangre traducido al presente dominado por la técnica. El hijo de Lobo —obrero, obrero especialista, montador, jefe de mon-tajes — estudiaba la carrera de perito industrial y, quizá más adelante, si podía, estudiaría la de ingeniero. La meta que el padre no había podido alcanzar (no por falta de conocimien-tos, puesto que él siempre había estudiado sin necesidad de asistir a ninguna escuela especial, sino por falta de título que

 

 

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sólo en ellas se obtiene, junto con todos sus privilegios) iba a ser conseguida por el hijo. Un sentido ascensional, a pesar de todo, en contra de todo, que se transmitía también de genera-ción en generación. «Papá, vuelvo de decirte que son inútiles tus consejos, porque apenas salgo de casa. Tía Clara te lo pue-de decir, pregúntale a ella. Hace un mes que no voy al cine, por ejemplo.» Este era el miedo del padre.

 

La ciudad, esa especie de turbina que funcionaba con chorros de vicio, esa podredumbre lejana, secretamente deseada y te-mida (por él sólo temida), y en ella su hijo, apenas un mucha-cho, rodeado de todos los peligros, de todas las tentaciones. «Si aprovechaba esta oportunidad y se dedicaba sólo a estu-diar —pensaba él—, iría bien. Pero si no…» «Clara no es muy enérgica de carácter —pensaba, con miedo—. Pero parece que estudia.» Era su salvación, casi su venganza de ese destino que le había lanzado de agujero en agujero.

 

«De un agujero con ruido a otro agujero con ruido», decía su mujer. Pero él no lo sabía; «… y por hoy nada más. Muchos besos y abrazos de vuestro hijo y hermano.»

 

María había llegado al pabellón. Vio a su marido en el rellano de la escalera. Acababa de llegar del trabajo.

 

—Carta de Luis —le dijo.

 

 

 

XV

 

 

 

Sabía él que aquello era una broma, pero había preferido dejar el trabajo para ir al almacén, provisionalmente instalado junto a la central en un pabellón de madera, para traer la herramien-ta que le pedían.

 

 

 

 

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«Tornapuntas», rió. Un día de esos raros en que el capataz está de buen humor y ríe junto a los obreros. Pedro comprendía esto. Comprendía la intención del capataz al enviarle a por una herramienta que no existía, y la de sus compañeros, que, con una seriedad lograda a base de contener la risa, le decían: «Sí, hombre, tú vete al almacén y dile a Ramón, El de las Tres Erres, Ramón Redondo Rodríguez, que te dé un “tornapun-tas”… Un “tornapuntas”, ¿comprendes?…» Le miraban todos, riéndose hacia adentro, anticipando su regreso, las risotadas, los golpes en la espalda, la botella de vino pasando de mano en mano, las conclusiones dichas con aire de suficiencia: «Hay que ser más avispado, muchacho…»

 

Pedro llegó a la central. Era distinto el ruido oído desde tan cerca. Notaba casi las vibraciones de su cuerpo, como si la causa del ruido la tuviera dentro de él, en el estómago. Vio la puerta enorme de la «sala de máquinas» y un estremecimiento le ocupó todo el cuerpo mientras estuvo pensando o, más bien, temiendo, algo desconocido que se remontaba en su recuerdo hasta los años de pantalón corto y mocos en la nariz. Se en-contraba otra vez delante de la puerta de la iglesia, en el pue-blo de su tío, donde vivió dos años cuando niño y fue a la es-cuela. No oía entonces este ruido, pero el respeto, las adver-tencias de su tío —recordó su nariz nada más, algo muy pare-cido a una berenjena— que lo crearon, le hacían entrar en la iglesia con la misma sensación aplastante que tenía ahora, pa-rado ante la puerta de la central. Era el mismo ruido. Lo oía entonces también. Pedro entró. Permaneció mirando al techo un momento, asombrado del puente metálico de la grúa, vien-do los ventanales cuadriculados y las siluetas de los dos gene-radores recortadas contra el paredón de rocas de la ladera opuesta, visible desde dentro porque aquel ala no estaba cons-truida todavía. Se asustó al recibir el chorro de aire de la rejilla de uno de los alternadores. Siguió andando hasta llegar a las escaleras por las que se bajaba a las celdas. Había trabajado en

 

 

 

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ellas.

 

Recordó los pequeños compartimientos que luego llenaron de aparatos extraños. Recordó también que uno de esos aparatos extraños se llamaba interruptor. Se lo había dicho el ingeniero que habló con él cuando estaba trabajando en la estructura. «Cerrando un interruptor», le dijo, entonces, al preguntarle él cómo se daría la luz a todo el pueblo a la vez. Se descubrió descendiendo por las escaleras hacia las celdas, irresistible-mente atraído por la posibilidad de ensayar el acto de dar luz a todo su pueblo. Reunidos todos en la plaza de la iglesia, él esperaría la señal de… ¿de quién?… del señor Lobo, por ejemplo, y, de pronto, en medio de la noche que pesaría sobre el pueblo… Pedro llegó delante de la celda. Era un pequeño compartimiento, separado por tabiques de otros iguales a él. Desde la entrada, miró a los aparatos con esferas y agujas, llenos de signos y letras: «A», «W». Por el techo del corredor al que daban todas las celdas, iban unas barras metálicas para-lelas que se introducían en la pared, al fondo. Pedro identificó una especie de mango negro como el interruptor. Comprendió cómo se hacía, recordando el gesto que el ingeniero hizo con la mano al decírselo.

 

«Cerrando el interruptor.» Debía consistir todo en empujar ese mango hacia la pared para que las piezas de metal que tenía debajo tocaran a las que había en el tablero negro. De nuevo, Pedro imaginó su pueblo reunidos todos en la plaza de la igle-sia, él esperaría la señal del señor Lobo y, de pronto, en medio de la noche que pesaría sobre el pueblo, al apretar él el inte-rruptor…

 

—Chico, ¿qué haces ahí?

 

Se oyó el grito del obrero desde el final del corredor, retumbó, y se multiplicaron sus ecos. Pero él no lo oyó. Entró al fondo de la celda y cogió el mango del interruptor. Hubo entonces

 

 

 

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un resplandor, sonó un latigazo instantáneo, seco. El obrero había corrido hacia Pedro. Intentó separarle del interruptor, agarrándole por la cintura, y cayó, unido a él. Una sola muerte para dos hombres. Quedaba sólo un olor a quemado, a humo de carne, los dos cuerpos violáceos en el suelo, retorcidos, doblados uno sobre el otro. Sobre la celda había un letrero. «Peligro de muerte. Alta tensión».

 

—¿Quién le dejó entrar? —preguntó Lobo.

 

Había ordenado que hubiera siempre alguien vigilando. No sabían. Los cuerpos estaban ahora en el corredor. Un obrero trataba de oír el corazón de Pedro, apoyando el oído en su pe-cho.

 

—Déjeme a mí. Y hágale usted la respiración artificial al otro, venga — gritó Lobo, inclinándose sobre el cuerpo de Pedro.

 

—Es inútil —dijo alguien que tenía pegada la oreja al pecho del otro accidentado.

 

—No sé, yo… —dijo el obrero. Lobo se indignó.

 

—¿Es que no ha leído las instrucciones?

 

—No, es que no sé leer —dijo, y tenía miedo, se sentía terri-blemente culpable por su ignorancia.

 

—Otro, otro… —giró Lobo, agachado, con el cuerpo entre las rodillas, buscando con la mirada. Nadie dio un paso, nadie sabía hacer la respiración artificial—. Llamen al del cuadro, venga, deprisa.

 

Los obreros contemplaban los dos cadáveres con un terror sencillo, sin notar la presencia del jefe, quien, tras sus inútiles esfuerzos, se levantó jadeante, los brazos colgándole, la cabe-za agachada sin dejar de mirar al cuerpo que aún tenía entre los pies.

 

 

 

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—Y ese otro, ¿es que no sabía que el cuerpo humano es con-ductor? ¿No se le ocurrió pensar que él también…? Bueno, bueno, vamos a dejarlo, y que vaya uno a toda prisa a llamar a don Ramón… —Lobo volvió a agacharse y, una vez más, tra-tó de oír el corazón de Pedro.

 

—Están muertos —se oyó.

 

 

 

XVI

 

 

 

Reanudó sus paseos frente a la cama. Aquella inquietud anti-gua, aquella sospecha nunca totalmente confesada y confir-mada ahora de un modo espantoso. Años levantándose tem-prano, haciendo ejercicios respiratorios, dando paseos al atar-decer, la regular prueba semanal que consistía en ir corriendo desde el puente del aliviadero hasta la residencia. Años como un cazador que espera, en silencio, agachado, medio oculto por las ramas, un cazador horrorizado ante la posibilidad de que la pieza salte. Allí estaba: se había levantado temprano, con ese dolor pequeño, igual en todo el pecho o, más bien, había notado el dolor y sólo entonces había sabido que estaba despierto. «Se me pasará», dijo. Pero pensó que no. Era dema-siado tiempo el que llevaba esperando con terror aquel sínto-ma. No se le había pasado todavía. Al hacer los ejercicios res-piratorios le aumentó el dolor. La frente le pesó más, le dolió, sintió una necesidad de entrecerrar los ojos. No hizo más ejer-cicios. Se estuvo mirando en el espejo varios minutos, levan-tándose los párpados para examinar las venillas rojas del ojo. «No sé nada, tengo que ir al médico inmediatamente.» Respiró hondo. Parecía que el dolor fuera algo del aire, que entrara con él ocupando todos los huecos del cerebro para llenárselo de latidos siniestros. Luego paseó hacia la salida del túnel. Cuan-do regresaba, vio a Charito, que volvía del correo. «¿Qué te

 

 

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pasa?» «¿Por qué, por qué va a pasarme nada?», pensó.

 

«¿Cómo me lo habrá notado?» Bromeó para disimular. «Me molesta que no sean las siete», dijo. A las siete la veía todas las tardes. Le estaba mirando y él no podía resistir sus ojos cargados de todo lo que ya sabía apetecible, en aquel momen-to, precisamente cuando empezaba a aceptar su pérdida. «Lo serán», le dijo ella mirándole a los ojos.

 

«Si los relojes no existieran...» Le seguía mirando. Bromas dichas con voz temblorosa, que le hacían daño, que provoca-ban latidos más fuertes en su cerebro. «No debe notar nada», se dijo. Luego habló. No sabía ya lo que dijo entonces. Creía recordar luego —le latía mucho la cabeza— que se despidió extrañamente Se detuvo. Miró por la ventana de su cuarto. Durante un rato permaneció así, pensando en algo anterior al último despertar. Luego no. Luego retrocedió sin volverse, sintiendo miedo de que el rectángulo del paisaje que veía se fuera haciendo más pequeño. «Debo echarme la siesta.» Huía de él aquel día de marzo, su luz, la salud verde de la primave-ra. No había árboles ya en el rectángulo, sólo la tierra desnuda próxima al embalse. «Cuando ella es ya justificación y objeto de tantos años secos, ahora», pensó. Pensó de nuevo:

 

«Cuando ella me quiere como nunca nadie ni antes.» No pen-só ya, sino que lloró, contuvo el llanto haciéndose daño al apretar los dientes, arrugó la colcha de la cama —tirado en ella boca abajo —, pensó otra vez que debía echarse la siesta, y tosió largamente, sin poder evitarlo, sobre la blancura de la sábana, sin cubrir ya por la colcha. Había sangre en ella. «Pre-cisamente ahora —pensó, mientras gritaba—: No, no, no.» Pero era verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XVII

 

 

 

Era verano ya. Hubiera cantado, ahora, sentada sobre las pie-dras, mientras miraba la superficie del embalse, los árboles de la orilla opuesta, la tarde roja del sol caído. Pero no cantó. Re-cordaba Charito la última tarde con él, aquel momento deses-perado de amor sin intimidad, cuando no la besó, cuando ella lloró, a pesar de las frases y del silencio de él, cuando sus ma-nos tardaron en soltarse dos horas. Aquello no podía haber ocurrido. Pero él no estaba allí. Había ocurrido. Era posible en el mundo —«no debería serlo», pensó ella— desear estar siempre junto a una persona y vivir separada de ella. Separa-da. Charito estuvo pensando tiempo en esta palabra. Miró có-mo el sol fue una explosión de sangre entre los árboles y luego una ausencia luminosa que desaparecía, un resplandor sepa-rándose del cielo. «Me dijo que había tenido un vómito.» Le pareció más fuerte el ruido de las chicharras. No lloró. Necesi-tó gritar que no, vencer con gritos la espantosa música de la central, vaciar de golpe el embalse, o acabar el mundo al arrancar la hierba que, sin haberse dado cuenta —ahora lo no-tó—, estaba arrancando. Nunca había sentido tanto amor, era la primera vez que un hombre se había convertido en algo ne-cesario para ella. Fue revisando en su memoria momentos en los que aquella sensación nueva —sus besos, el brazo de él en su cintura o en sus hombros, la lenta caricia de su mano la ha-bía elevado hasta un olvido absoluto de todo lo que la rodea-ba. Lloró ahora, se dejó llorar despacio hasta que supo —se estremeció: aún refrescaba por la noche, sobre todo cerca del embalse— que tenía que marcharse.

 

Cuando llegó a casa, su madre había puesto ya la mesa.

 

—¿Dónde has estado?

 

La misma pregunta siempre. Hoy no podría resistirlo, debía

 

 

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evitar la discusión.

 

—Anda, lleva los vasos. Ahí tienes una carta.

 

Cogió la carta luego, cuando terminó de poner los vasos en la mesa, uno delante de cada plato («el de cristal más fino para mamá, no le gusta beber en ningún otro»). Aún tenía llenos los oídos del tintineo del cristal. Se sentó, con la carta de Andrés en la mano. «Sanatorio Antituberculoso», leyó en el sobre. Lloró otra vez. «Me habrá escrito con guantes, es tan escrupu-loso.» Recordó algo impreciso, alguna decisión tomada y no realizada un día, una palabra no dicha, algo deseado y repri-mido alguna vez. «Le hubiera besado aquella tarde, qué im-porta todo, le quiero, le quiero, le quiero, él no puede estar enfermo, él se curará en seguida porque yo le quiero.» Estaba llorando otra vez, y sólo había leído «Querida Charito».

 

—Venga, a la mesa —dijo entonces el padre.

 

 

 

XVIII

 

 

 

«A las 7 de la mañana diana floreada a cargo de…», ponía el programa.

 

Se tapó la cabeza con la sábana. Seguía oyéndose. Una música penetrante, de cornetas, bandurrias, guitarras y panderetas. Y el tambor. Pom, pom, pom. «Maldita sea. Condenado pueblo lleno de ruidos.» Levantó un poco la sábana y miró hacia la ventana. Hacía más de cinco meses que no se despertaba en su cuarto. Desde las vacaciones de Navidad. Todavía le duraba el cansancio del viaje, tenía en los ojos como una tela de chicle. Dejó la mirada turbia en la ventana y estuvo viendo la luz, la esquina del pabellón de enfrente, una nube, y parte del cielo. «Ojalá llueva y no haya fiestas.» Luis odiaba las fiestas del

 

 

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Salto, los tres días de estupidez, baile, vino gratis y trajes nue-vos, durante los que se cansaban más que en todo un año de trabajo. Era lo único molesto de las vacaciones. Luego vendría la bicicleta, las excursiones, los bailes en el Casino, los paseos por la explanada al atardecer, y ese placer hondo de ver los textos cerrados mientras se fuma leyendo una novela.

 

Cambió de postura. Ahora se alejaba la rondalla encargada de la «diana floreada» por las calles del Salto. Pero era ya más ligera la tela de chicle en los ojos. Intentó dormir. Algo, un ruido, le hizo volver la cabeza hacia la puerta.

 

—Luis, Luis…, ¿has oído la música? Era Chuchín.

 

—Déjame dormir, vete —le dijo. Venía con su pijama de ra-yas rojas, los pelos revueltos y los ojos enrojecidos todavía por el sueño. Un hombre de poco más de un metro. Rió.

 

—Anda, anda.

 

Ya no se oía la música.

 

—Mamá está preparando tu desayuno. Dice que te lo va a traer a la cama para darte una sorpresa. Oyes, y el tanque que me has traído no dispara. Porque los tanques disparan cuando van andando, ¿verdad?

 

«La misma sorpresa de todos los años, chocolate y churros», pensó.

 

—Tienes que ponerle una cabeza de cerilla detrás del cañón.

 

Anda, déjame dormir.

 

—Te va a traer chocolate con churros —lo dijo misteriosa-mente.

 

—Pero ¿por qué no te vas a la cama? ¡Cómo te vea mamá! Miró a la ventana. El trozo de cielo estaba cubierto por una

 

 

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nube oscura.

 

«¿Será muy grande? Ojalá llueva», pensó.

 

No llovió. Repicaron las campanas, estallaron los anunciados cohetes y bombas. El programa se cumplía. Hubo la «solemne Salve a la Virgen del Monte entonada por el coro y pueblo en general», el «animado pasacalle a cargo de la afamada orques-ta Jazz-Blue». Pero no se descubrió todavía el «secreto» de los vestidos. Las mujeres, desde un mes antes de las fiestas, ricas y pobres, jóvenes y menos jóvenes, estaban preparándose y haciéndose unas, otras dirigiendo cómo se los hacían, vestidos nuevos, a la última moda de la capital. Se establecía siempre por estas fechas una tensión producida por el espionaje y el contraespionaje. Las señoras de los ingenieros eran las más imitadas, pero también las más difíciles de espiar: casi todas encargaban sus vestidos en la ciudad. Esta situación provoca-ba cada año más envidias y odios que las subidas de sueldo al marido ajeno. Saber que la modista la había traicionado, ser sorprendida por una señora vecina cuando se estaba probando el modelo secreto: ocurría, a pesar de la precauciones y los cerrojos.

 

En algunas casas no eran menores estas tragedias que las pro-ducidas por algunos accidentes de trabajo. Con mucho disimu-lo, algunos maridos se veían obligados a participar en esta lucha sorda. Ellos y los niños eran enviados a las casas veci-nas, bajo el pretexto de hablar con el otro marido, que era amigo suyo, o de jugar con los niños de tal o cual señora. «¿Por qué no nos dejas solas a las mujeres, cariño, y vas a to-mar café con tu amigote del cuadro? De paso, procura echarle un vistazo al vestido de su mujer. A ver si te fijas en las man-gas, yo creo que se las hará largas este año, no sé, pero como tiene tantas pecas en los hombros…» Lo decían sin darle im-portancia, dirigiéndose al marido sólo al principio, y con una seguridad en la obediencia del hombre que habría producido

 

 

 

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en él la rebeldía inmediata. Pero los años, la costumbre, el clima bélico de aquellas fechas le hacían postergar su dignidad varonil, coger la chaqueta y salir. Sin dar portazo siquiera. Dos o tres mujeres cosiendo, cortando tela, haciendo uso de reglas y escuadras eran suficientes para echar al hombre de su casa. No podía oír la radio («Apaga ese trasto, no hay quien se entienda aquí»), no podía fumar («Vaya humareda que estás armando»), no podía leer el periódico («Pero ¿por qué no te vas a pasear en vez de estar ahí aburrido, leyendo el periódi-co? Nosotras no podemos atenderte, estamos sin parar desde hace una semana»), no podía escribir o hacer algún plano (la mesa estaba ocupada por la tela de color secreto para el mode-lo secreto). Además, el misterio con que rodeaban las mujeres la confección de los nuevos vestidos, obsesionaba también a los hombres. Ellos mismos, sin obedecer en este caso a la pre-sión de las mujeres, acudían menos al Casino, y cuando lo hacían, no traspasaban un límite de confianza en las conversa-ciones, mucho más superficial que el acostumbrado cuatro o cinco días antes. Acaso habían recibido una advertencia de la mujer:

 

«No se te vaya a escapar que me estoy haciendo un vestido así, eh… Como en el Casino debéis de tenerlo todo habla-do…» Los hombres se sentaban, solitarios, en los butacones, fumaban, se miraban con recelo. Una mirada, un intento de provocar una conversación eran indicios bastantes para poner-se en guardia. Las mujeres habían hecho imposible el trato amable, distraído, la conversación descuidada sobre cualquier tema, llena de incisos para no comentar frases o sucesos re-cordados o recientes, el diálogo interrumpido continuamente de las partidas de cartas. Dominaban ellas en el Salto durante las fiestas, y su dominio se sentía en los hombres, que habla-ban poco o nada de su trabajo. Los vestidos se convertían, por unas semanas, en algo más importante que los alternadores:

 

«Déjanos ahora de tus alternadores y tus kilovatios… ¿no ves

 

 

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que estamos cortando el vestido?» Las fiestas eran una gran ocasión en muchos aspectos. Ocasión para la vanidad femeni-na, aparentemente sin causa, pero justificada por el deseo de mejorar materialmente, transformado por ellas en una necesi-dad de aparentar poseer lo que realmente no poseían todavía. Los vestidos debían ser caros, lujosos, o, por lo menos, pare-cerlo.

 

A las once de la noche del primer día de fiesta, se descubrie-ron las hechuras y los colores de los trajes. Los hombres recu-peraron su libertad. Disimularon queriendo hacer creer a los demás que habían participado menos de lo que en realidad lo habían hecho en el clima de misterio y espionaje. Algunas mujeres se indignaron: «Ya me imaginaba yo que aquel día que se le acabó la sal y vino a pedirnos a las tantas de la noche era porque había visto luz y se imaginó que me estaba proban-do el vestido. Si te lo dije, ¿no te acuerdas? Fíjate: las mismas mangas el mismo escote. Y menos mal que la tela me la han traído de Madrid… “Ésa” es capaz de todo.» Un mes después no quedaría sin imitar ni uno de los modelos que habían triun-fado en las fiestas por su originalidad y elegancia. Pero el ha-ber sido descubiertas antes era una ofensa que no olvidaban en muchos meses, algo que obligaba a las mujeres a tomar medi-das especiales al año siguiente.

 

El baile se celebró en la plaza del poblado. El frontón, que formaba parte de la plaza ocupando gran espacio de ella, ser-vía de pista. Rodeándola, habían colocado sillas y mesas, ser-vidas por camareros del Casino, del Bar Mirador y de la ta-berna. Las más cercanas a la pista, casi bajo el soportal de la iglesia, estaban reservadas para los ingenieros y eran servidas por los camareros del Casino y el bar. Era el área del cham-pán. Unos metros más allá empezaba el área de la sidra y la cerveza con tapas. Otros metros más allá, la del vino y las ga-seosas sin tapas. Había mucha gente sin sentarse, hablando con las chicas que estaban en los bancos de cemento del fron-

 

 

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tón, o en torno a la tarima de madera, donde tocaba la orques-ta, traída el día anterior de un pueblo cercano.

 

«Creo que ha actuado en un cabaret de Madrid», decían. Eran seis, chaqueta azul y pantalones blancos, perfectamente plan-chados. Los bustos inclinados ligeramente hacia delante y la cabeza un poco hundida entre los hombros, seguían el ritmo de las piezas con los pies, la cabeza y los hombros, llenos de sonrisas blancas e iguales, ondulando sus pantalones al doblar las rodillas, echando bruscamente la cabeza hacia atrás a cada golpe de la música. Todo ritmo, muchachos nacidos en tierras secas, que se sentían liberados de la miseria por la vaciedad de la música norteamericana. Los dos que cantaban sabían coger el micrófono admirablemente, con ese difícil sentido de su inclinación para compensar la del cuerpo, mientras entornaban los ojos, la cabeza inclinada, y sonreían a la muchacha que los miraba desde el desmayo del séptimo baile con la misma pare-ja, o le hacían una mueca triste, casi desesperada, aprendida de un actor de cine. «Y ahora, vamos a presentar a ustedes (gran sonrisa) a la magnífica estrella de la canción moderna (pausa, y luego, elevación brusca del brazo derecho, descenso rápido para buscar, sin mirar, la mano de una chica delgada, guapa, a pesar de la excesiva longitud de la nariz, a la que trae junto al micrófono y se lo ofrece como si fuera un bombón, gritando al mismo tiempo)

 

¡MIRIAM SANTOS! (Redoble de la batería coincidiendo con el grito.)

 

«¿Por qué tiene que ser todo al revés?», pensó el ingeniero jefe. Miró luego a su señora, pero no pudo continuar recibien-do su sonrisa con dos dientes de oro. El administrador dejó de despertar a la suya y no lo intentó ya más.

 

Miriam Santos cantó. La lenta melodía era distinta apenas de sus palabras, como en una corriente de agua el agua y los bri-

 

 

 

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llos de la tarde muerta no son distintos, no pueden existir se-parados. Hablaba de amor, parecía imposible cualquier false-dad o ese frecuente dominio de las «estrellas modernas» para reproducir emociones, sentidas cinco o diez o, muy probable-mente, quince años antes. Cantaba muy despacio, y nadie hu-biera dudado de que aquel problema amargo, vulgar, era suyo. En este aspecto, parecía como si cantara por primera vez, por un movimiento inevitable de su ser, esa necesidad de comuni-cación que en ciertos momentos le hace a uno llorar, cantar o gritar.

 

Luis la estaba mirando desde que había aparecido detrás del locutor. Se había sentado solo, cerca de la tarima, y estaba hundido en un recuerdo físico, algo turbio y cálido que le pro-ducía un dolor pequeño en la cabeza y una irritabilidad por toda la piel. La miraba, sin ser visto por ella, y oía su voz co-mo fondo a la escena que vivía, realmente, en aquel momento: «Pasaremos todo el día juntos», «mi madre se va a dar cuen-ta», «di que tienes que ir a…», «sí, sí, sí, sí, sí…, María, el motor dice sí, sí, sí, sí…, ¿oyes?», «mira aquel árbol, qué bo-nito, recortado así parece una nube», «María, María…», «no, no, no…», «Creo que deberíamos volver ya…», «No», «Está anocheciendo…»,

 

«Podemos dormir aquí…», «Tú y yo, el mundo…», «Bésa-me…», «Te toca a ti»…

 

Continuaba la canción, pero Miriam Santos no le había visto todavía.

 

Luis estaba aún junto a la tarima. Había permanecido oyendo aquel motor, aquel mutuo conversar a media voz, tumbados sobre la hierba, atardeciendo, otro año.

 

—María —dijo.

 

No le oyó. Era otra canción ya. María pronunciaba el francés

 

 

 

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de una forma graciosa. Había vivido en Francia un año. Le gustaba más —le decía entonces— cuando le hablaba en fran-cés. «Tu boca es más “besable” cuando habla en francés, sólo de verla me pongo nervioso…» Seguía cantando. Regresó él desde la orilla del río, aquella orilla.

 

No le había oído ella. O acaso le oyó, creyendo que la voz nacía de su propio recuerdo. «Soy yo…», murmuró. Las ma-nos dejaron las cinturas y comenzaron a aplaudir.

 

—María —dijo otra vez. Decidió subir a la tarima.

 

—Canta bien esa chica, ¿eh? —sonrió.

 

La elegancia del dedo dando golpecitos en el cigarrillo para hacer caer la ceniza, los reflejos de las luces en las copas de champán, el paquete de tabaco rubio olvidado entre el plato de las aceitunas y el servilletero, la caída recta de la raya del pan-talón, una pierna cruzada sobre la otra, vuelto él más hacia la orquesta y el baile que ella, de tal forma que era ella, precisa-mente, quien tenía que inclinarse y girar un poco el cuerpo para poder oír sus palabras o apreciar la sonrisa insinuante y mundana que colocaba en su boca cuando decía una frase co-mo «Canta bien esa chica, ¿eh?». Ella entendió. «Se ha fijado en su escote», pensó. Tenía diecinueve años y, por lo tanto, mantenía con todo rigor la frontera entre lo que pensaba, sen-tía y deseaba, y lo que estaba permitido pensar, sentir y desear.

 

—Tiene una bonita voz —continuó el hijo del ingeniero jefe, que había venido en vacaciones de sus estudios, después de un silencio.

 

Pensó: «Le gusta su cuerpo». Pero lo pensó a pesar suyo, co-mo un enigma más de los que golpeaban su cerebro y su san-gre. Preguntas, impulsos domados, gritos de su cuerpo desde tiempo oídos y desde tiempo secretamente gozados, el placer

 

 

 

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de prohibirse todo, y el más largo, inagotable para ella hasta entonces, de comprender día a día pequeños detalles, compro-bar o desechar suposiciones tempranas, y siempre preguntarse y desear y prohibirse todo, menos su soledad secreta de ado-lescente.

 

—¿Quieres más champán? —Se inclinó hacia ella para servír-selo con más comodidad.

 

«Me mira el escote», pensó.

 

Él estuvo pensando en algo más hondo, en relación con la hija del administrador, salida hacia unos meses del colegio de monjas donde se había educado. «Con esta tonta, no se puede hacer nada. Con la otra, sí.»

 

—¿Quieres que cante algo que te guste? —dijo—. Si voy a pedírselo seguro que lo canta. Yo la conozco de Madrid, ¿sa-bes?

 

Miriam Santos no había estado nunca en Madrid, a pesar de lo que creía la gente.

 

—No, gracias.

 

—Un tango, ¿bailamos?

 

—«Es imbécil, desde luego. ¿Cómo me libraría de ella? Mi papaíto ya podía darme otros encarguitos… ¡Menudas fies-tas!»

 

—Bailas muy bien —le dijo.

 

«¿Dónde habrá aprendido a bailar esta beata, entre monjas toda su vida?»

 

Bailaban, pendiente él de la proximidad del cuerpo joven del otro sexo, provocada casi siempre por sus esfuerzos para tro-pezar con otras parejas, ganando así un centímetro, que ya no

 

 

 

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se dejaba arrebatar manteniendo para ello la necesaria presión de su brazo derecho en la cintura. Lo sabía ella, su único pro-blema era consentirlo de tal modo que él no creyera que lo consentía. Estaba dominada por una sensación cálida que lle-naba su cuerpo y enturbiaba sus ideas. Elevó él su brazo hasta la mitad de la espalda de ella. «Es mejor así, no podrá separar-se.» Movió la cabeza la chica como si quisiera quitarse el me-chón de pelo que tenía cerca de un ojo. Quería verle, quería saber cómo estaban sus ojos.

 

—María —dijo de nuevo.

 

Ella le vio. Había terminado su último número y bajó de la tarima. Hubo un silencio, mientras se leían mutuamente los ojos, sus manos cogidas, ajenos los dos a aquella noche falsa de desahogos decentes.

 

—Vámonos de aquí —dijo él.

 

Continuaba la música. El ritmo torpe y excesivamente fuerte dominaba la melodía. La pista estaba adornada con farolillos de papel. Por el micrófono, empezaron a subastar las últimas papeletas de la rifa.

 

Entonces se apagó la luz sobre el baile, sobre todo el Salto.

 

Se apagó sobre María, sentada ante una mesa con su marido, callados los dos desde que empezó el baile, ella pensando en algo irremediablemente perdido ante aquella prueba de juven-tud y alegría —el baile, las parejas, la animadora, el vino, el ir y venir de la gente, las risas que llenaban el ambiente sin que se pudiera saber quién las reía, e incluso su propia hija sentada entre amigas que la protegían de que la sacaran a bailar—. Sobre todo, le gustaba mirar a los farolillos, que el pequeño viento movía llenando la pista y las paredes del frontón de sombras y reflejos temblorosos y tristes, demasiado parecidos a los que ella veía, muchos años antes, en las fiestas de su ciu-

 

 

 

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dad. De un modo inevitable, acababa siempre volviendo sus ojos hacia la tarima de la orquesta, hacia la gran mancha blan-ca de luz que la envolvía. Sin saberlo, la luz era parte de lo que ella necesitaba para ser feliz, una parte muy importante. La callada, tranquila, mantenida y bienhechora blancura des-cendiendo desde una bombilla, hablando de seguridad, descu-briendo las cosas que la rodeaban, impidiendo secretos rinco-nes de sombra capaces de contener la muerte o la desgracia. Era niña: el beso de su madre, sus cuatro pasos hasta la puerta, la oscuridad súbita, y el llanto suyo que empezaba de un modo automático y duraba hasta el regreso de la madre, la súbita luz, los cuatro pasos hasta la cama, donde lloraba todavía, tapada hasta la cabeza con las ropas de la cama. Era mujer, casada ya con aquel hombre bueno, y su miedo infantil a la oscuridad fue lentamente convirtiéndose en una conciencia del valor de la luz, de lo que la luz significaba en relación con el trabajo de su marido: seguridad, vida, volverá a las ocho. Pero ella no lo sabía. Sentía miedo de la oscuridad.

 

«Me asfixio sin luz», decía. Porque la falta de luz quería decir avería en la central, catástrofe, muerte o, por lo menos, peli-gro. Gritó, pues, se agarró al brazo de su marido —estaba allí, pero tuvo miedo a pesar de ello— y lloró sobre su hombro al apagarse la luz, hasta que él, casi instantáneamente, se soltó con suavidad de su mujer y se levantó.

 

—Voy a ver qué ha pasado —dijo—. No es nada, tranquilízate y llama a Charito. Tengo que ir.

 

Lobo se alejó, con las manos adelantadas para no tropezar. Desapareció entre la oscuridad, hacia el ruido de la central, que no se había detenido. Simultáneamente, habían sonado gritos de mujeres. La orquesta terminó de tocar unos segundos después de que se apagara la luz. Había cesado de pronto el rumor de risas, las conversaciones. Al terminar la música, se oyó mejor, durante unos segundos todavía, el ruido de los pies

 

 

 

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arrastrándose sobre el cemento de la pista: las parejas no ha-bían dejado de bailar inmediatamente.

 

Se había apagado también la luz decisivamente sobre momen-tos de hombres y mujeres jóvenes, apartados de la gente des-pués del pequeño juego diplomático entre el disimulo y el de-seo, el «me ahogo entre tanta gente, me apetece un poco de fresco» y el «por ahí no, está muy oscuro», entre el «qué im-porta, tonta, no te voy a comer» y el «bueno, un paseo nada más y volvemos al baile»; momentos que se vivían con una avergonzada sinceridad, superior a todas las reglas grabadas por la educación y la rutina, momentos puros de hombres y mujeres, sin palabras, sin cálculos interesados, en una progre-siva violación de las prohibiciones, que iban muriendo asfi-xiadas en la cerrada y difícil respiración del beso y el abrazo inacabables. Pero el temor surgió también en ellos con la ines-perada oscuridad. Porque no era oscuridad de luz eléctrica lo que necesitaban. Necesitaban la falta de luz natural: girar el interruptor de una habitación hubiera sido un gesto demasiado crudo para el amor de los jóvenes del Salto. Significaba dema-siado. Mucho más que ir por la carretera, alejándose de los pabellones, dejando atrás las luces de las bombillas, hasta lle-gar a la oscuridad, casi sin darse cuenta. Pero apagar la luz no les hubiera producido temor. Era otra cosa. Era «apagarse» la luz. Aquello negaba la razón de existir del poblado, era como el fracaso del trabajo de todos sus hombres. De ahí los gritos de las mujeres, la prisa de los hombres, el temor que impidió a los jóvenes aprovechar más la oscuridad, llegada en el mo-mento más oportuno. La pista fue quedándose vacía. Regresa-ban chicas solas de la carretera, mientras los jóvenes emplea-dos, los técnicos y los obreros especializados corrían detrás de sus jefes hacia la central.

 

—Me asfixio, me asfixio.

 

Era su cerebro, cerrado por el temor inconsciente, lo que la

 

 

 

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asfixiaba. María no había dejado de llorar desde que su marido la abandonó. Corrió hacia ella su hija, y junto a ella estaba ahora, abanicándola, soltándole la faja, soplándole en la cara y llorando también.

 

—Un vaso de agua.

 

Se oyó algo chocar contra el suelo, un ruido de cristales, quizá la botella de cerveza vacía o uno de los vasos que estaban so-bre la mesa. La mano, con más precaución, continuó buscan-do.

 

—Mamá, mamá, di algo, no te pongas así… Llamen al médi-co.

 

Don Ramón estaba cuidando a otra mujer que se asfixiaba también con la oscuridad. Había muchas mujeres que gritaban o se paseaban, chocando entre sí, en una busca desesperada de brazos que acogieran y aplacaran su temor. Se abrazaban entre ellas, lloraban un momento abrazadas, sin reconocerse, y vol-vían a separarse para continuar el llanto, los gritos, el andar a ciegas tratando de separarse de aquel peso oscuro en el cere-bro. Las asustaba la oscuridad, no podían evitar relacionarla con la muerte o, por lo menos, con la catástrofe que siempre se podía estar esperando en el Salto. Todos sus maridos traba-jaban haciendo luz, podía decirse que eran enemigos de la os-curidad.

 

—Tranquilícense, señoras. No pasa nada. Un simple apagón.

 

Alguna voz de hombre, sobre los lloros, ofreció una salvación inútil. No era tranquilidad, era la hija al lado, atendiéndolas asustada, lo que necesitaban. Y llorar, gritar, pedir luz. Los camareros, los hijos demasiado jóvenes para estar trabajando, los estudiantes, empezaron a encender cerillas y mecheros. Había ya varias velas: medios rostros inclinados sobre siluetas confusas, abanicos improvisados con un periódico, mesas caí-

 

 

 

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das, figuras corriendo de un lado para otro, el echarpe estrena-do esa noche, por el suelo, sucio de pisadas.

 

Todo el Salto era una gran oscuridad maciza, un bloque de oscuridad limitado por los horizontes del valle a ambos lados y, agua arriba, por la presa, e ilimitado, agua abajo, como si hacia allí se estuviera vertiendo la oscuridad, en una imagen antigua de la vida y de la muerte, del río y del mar. Un río he-cho de aire negro desembocando en un mar de oscuridad total, formado sobre el fracaso de toda luz y todo avance del hombre por el tiempo y el mundo. Era toda la historia, ese pasillo os-curo donde las mujeres han llorado por los hombres que traba-jan y luchan para obtener la luz que ellas piden y regresar al pequeño mundo de cada uno, poblado por la pequeña humani-dad de cada familia.

 

Allí abajo, junto a la base de la presa, quizá en la estructura también, los hombres buscaban ya la avería. Las linternas creaban una red de hilos móviles y blancos. Se veía, un instan-te, una mano con la llave inglesa, un rostro arrugado de hom-bre buscando la enfermedad de la máquina, casi humana, o la escalera de mano —un instante— que parecía avanzar sola en el aire, horizontal, hasta que el hombre entraba en el chorro de luz y desaparecía o era seguido por la linterna, que iluminaba entonces acaso la escalera apoyada en el alto transformador y al hombre subiendo hacia él, enigmático aparato en medio de la noche acaso creada por él mismo, como un dios adorado por los hombres e intentado aplacar por las mujeres, allá arri-ba, en el baile, con sus gritos, sus llantos, que duraban todavía. Sombras cruzándose, a las que se les iluminaba instantánea-mente un brazo, un hombro, una pierna, o un rostro sudoroso, y ruidos de pasos, y voces, y avisos de precaución que domi-naban cada cierto tiempo el continuo rumor de trabajo: la llave contra la tuerca, el lejano martillo contra algo metálico. Una linterna iluminó un brazo musculoso, cubierto de vello casi negro, recorrido por venas y nervios abultados, cuya mano,

 

 

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manchada de grasa, estaba dando vueltas a una tuerca.

 

—Levanta la linterna —dijo el brazo.

 

La luz se alzó, iluminando parte del otro brazo, aferrado a un saliente del transformador. Saltaban bajo la piel los tendones y músculos del antebrazo a cada movimiento de la mano que desenroscaba la tuerca. Los dedos la hacían girar con la preci-sión de una herramienta viva, perfecta, imposible de obtener con otro material que no fuera el humano.

 

—Vaya usted a las celdas de interruptores. Puede que estemos trabajando en balde —dijo alguien.

 

La mano tenía ya la tuerca libre y la enseñaba a los de abajo.

 

—Ya está. —Vino la voz de lo alto de la escalera.

 

—Y no vaya a hacer ninguna tontería, Buendía. —Era la misma voz de antes, dirigida hacia la sombra que empezaba a alejarse.— Usted espere, es inútil sin saber cómo están las celdas. Bájese de ahí.

 

Restalló algo metálico. Por un momento, cesaron todos los ruidos, la múltiple sombra humana se detuvo, ninguna linterna se movió. Era miedo.

 

«¿Qué ha sido eso?» No se oyó respuesta, pero el silencio, la imposibilidad de exigirla a quien no se veía, devolvió a todos la tranquilidad.

 

«Qué tontería, las celdas, que son lo más seguro… Este Lo-bo… “Y no vaya a hacer ninguna tontería, Buendía”…, en verso y todo…» Buendía llegó al pasillo de las celdas. Le acompañaban tres obreros, que caminaban detrás de él, ha-ciendo sonar las herramientas que llevaban en los bolsillos del mono.

 

—Usted mire aquélla, usted aquélla, yo éstas, y usted, Buen-

 

 

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día, vaya con éste a la otra. —Fue la linterna la que habló: un dedo largo de luz señaló a cada uno qué celda era «aquélla», «aquélla» o «la otra». Luego, autoritariamente, habló el hom-bre—. Y cuidado con hacer tonterías, ya saben.

 

—Sí —se oyó.

 

Los pasos, el arrastrar de las alpargatas sobre el suelo de ce-mento. Buendía fue hacia la celda que se le había señalado. Rechinaron partículas de tierra bajo la suela de sus zapatos.

 

—Supongo que tendrán un mechero o cerrillas o algo —dijo aún la voz gritando.

 

Pero ya los habían encendido. Pasó tiempo, casi en silencio. Brillaban las barras paralelas de alta tensión en el techo con los reflejos de la linterna, los mecheros y las cerillas.

 

—Señor Buendía —fue un grito. Corrió. La luz de la linterna delante.

 

—¿Qué pasa?

 

—Ya lo he encontrado. Está ahí —dijo el obrero. Señalaba con el dedo.

 

—Señor Lobo —gritó Buendía, y le vio venir por el pasillo.

 

Estaba allí, en el interior de la celda, pequeño, semicarboniza-do: un minúsculo cadáver. Buendía levantó la linterna. Vieron, en las paredes, las señales del cortocircuito, la cal oscurecida por los chispazos y el humo. Bajó de nuevo la linterna.

 

—Un ratón —dijo. No supo decir otra cosa. Detrás se oyó la risa contenida de uno de los obreros.

 

De pronto, rieron todos y sus risas resonaron en la celda y en el pasillo.

 

 

 

 

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XIX

 

 

 

La casa se había ido llenando del silencio posterior a la última sirena del día. Era la tarde, el descanso, la butaca amiga y la radio suave, la revista atrasada, y el olor y el ruido conocido de huevos friéndose.

 

Chuchín, jugando en un rincón del comedor. El suelo era el mar, por donde se deslizaban, empujados por él, los barcos de guerra, las dos escuadras enemigas buscando el combate, el horrible combate a cañonazos que retumbaban hasta en la co-cina («Chuchín, deja de hacer ruidos con la boca», se oía, «se-guro que estás arrastrándote por los suelos»). Acababa la mu-nición, sólo quedaban, sobre la superficie tersa de los baldosi-nes, unos cuantos navíos consumiéndose entre fuego y humo, y hundiéndose a la vez («Chuchín, te he dicho que no me gas-tes las cerillas quemando papeluchos»).

 

El sol herido se arrastraba fuera de la casa, sin atreverse a en-trar por las ventanas, y ella recordaba con la piel sus paseos solitarios por la orilla del embalse: subía la agradable hume-dad del otoño, pero ella se estremecía —se estremeció aho-ra— porque era el quinto mes sin su brazo en la cintura, sin la parada breve y la boca cerrada por la boca. La última carta de él estaba todavía en la mano de Charito, que oía la radio y mi-raba los visillos, obsesionada por el atardecer y su lentitud, mientras el recuerdo fluía de todas las cosas, de la mesa bri-llante y oscura, del encaje que la abuela les había hecho para el jarrón de grueso cristal verde que tenían en el centro de la mesa.

 

La tarde, el descanso, la preparación de la cena inundando la casa de queridos y diarios olores, el regreso del hombre, que entrará resoplando, se quitará la boina, la dejará en el perchero y se sentará en la butaca, casi antes o, por lo menos a la vez,

 

 

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de que Chuchín se le cuelgue del cuello («Hola, papá, han ga-nado los marinos ingleses»), diciendo él en voz alta, para que su mujer le oiga desde la cocina: «Buenas tardes».

 

—Hola, papá —dirá Charito.

 

La tarde, el descanso, la casa, el hombre que ha trabajado, su mujer y sus hijos esperando.

 

—Hola, papá —ha dicho Charito. Fue sólo un instante. No descansar, sino simplemente demostrarse a sí mismo que a partir de ese momento podía hacerlo. Se levantó de la butaca donde acababa de sentarse y fue hacia la cocina. La cena po-día salir mal, los huevos demasiados fritos o con poca sal, si no venía el brazo del hombre, su mano fuerte, y se posaba en el hombro de la mujer, que, sin soltar la sartén o la espumade-ra con la que escurría la verdura —esa verdura que hacía de un modo tan exquisito por lo menos dos o tres veces por se-mana para cenar—, volvía levemente la cabeza y dejaba sus ojos un instante en los de su marido, quizá para comprobar que él la miraba, que estaba ya de vuelta del trabajo, vivo, con su expresión de cansancio honrado. Una mirada fugaz, que equivalía, cada noche y cada mediodía, a sus dos vidas senci-llas y creadoras. Porque Juan venía de trabajar, y encontraba a su mujer, a sus dos hijos, la radio, los muebles, y entonces su vida se completaba, adquirían sentido su sangre y su cansan-cio. Ponía la radio muy alta, aun cuando hablaran al mismo tiempo, quizá para seguir oyendo algo atronador, cerca de él, que le recordara los alternadores: música, noticias que no le interesaban, anuncios… En la butaca, seguía pensando en el trabajo hecho o en el que le faltaba por hacer. Y entonces — no lo pensaba— se sentía alegre de estar cansado, le decía a Chuchín que le trajera las zapatillas y empezaba a descalzarse en la butaca.

 

La escena de la cocina, a pesar de que se repetía dos veces por

 

 

 

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día, no era una rutina. Era el comienzo de una conversación nunca acabada, quizá empezada cuando eran novios, o más tiempo atrás aún, cuando los hombres y mujeres que los ha-bían engendrado trabajaban, probablemente, sobre sus cam-pos. Una tierra, un tipo de hombre cuyo perfil está profunda-mente relacionado con el clima, las costumbres, la calidad de las cosechas, el aspecto desolado y mísero de las casas y los pueblos. Y, hundido, oculto detrás del aspecto de la vida, en el mismo interior de las venas de los hombres, el afán, intacto o podrido, de mejorar, de poseer tierras o casas o animales o luz, e hijos que gocen de lo conseguido y continúen el camino as-cendente de los hombres sencillos; un afán de abandonar el pueblo y conocer, primero, luego dominar, el mito deslum-brante de la ciudad. O el temor de nuevas desgracias, de nue-vos dolores, impidiendo aquel afán, expresado inversamente, como un miedo a abandonar la tierra donde se ha nacido.

 

—Vitorina no hace nada bien —dijo ella.

 

Todo el orgullo de sus manos, que daban de comer y hacían agradable y bueno el hogar, estaba en aquellas palabras. Sa-bían ellas, las manos, que eran necesarias para que los mue-bles tuvieran brillo, para que la vajilla estuviera bien fregada. Y lo sabían también los ojos, vigilantes siempre de las labores domésticas que su hija y la criada realizaban.

 

—Me da lo mismo hacer las cosas que no hacerlas, porque si no las hago tengo que estar encima de ella todo el día… «Limpia bien eso, ¿no ves que aún tiene polvo?» «Pasa la es-coba por debajo de aquello.» «Échale más agua.»

 

«Frota bien los cristales»… y así todo el día: «Haz esto, haz lo de más allá, y dale y dale…». Y si estuviera bien, pero con este vientre.

 

Se lo tocó con las manos. Estaba embarazada.

 

 

 

 

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Juan se había sentado en la silla blanca. Formaba parte del descanso diario aquella queja dulce y conocida de su mujer, referida a dos o tres cosas que casi siempre relacionaba. La oía, y era bueno aquel charlar que no exigía generalmente más respuesta que algún «Bueno, bueno, ya se verá», o el tan odia-do por ella «Recuérdamelo mañana, ahora no tengo tiempo». Y al final, la misma queja de siempre: «Tú nunca dices nada: mañana, mañana, y con eso te quedas tan a gusto, y mañana será mañana y al otro, mañana también, y al otro, y al otro…».

 

Desenchufó ella el hornillo.

 

—¿Por qué no te ayuda tu hija? —dijo él.

 

—Mi hija está atontada leyendo las cartas del novio. Ya la viste en las fiestas, sentada todo el día, mirando a las musara-ñas.

 

De pronto, estallaba la queja central, anterior al matrimonio mismo.

 

—Juan, ¿cuándo vas a parar en un sitio? Ahora podrías que-darte de jefe de central, ¿no te lo han dicho?

 

—No, bueno, claro que me lo han dicho, pero no es eso lo que quiero — dijo—. No es eso. Los chicos necesitan vivir en otro sitio mejor, donde puedan ser algo. Además esta central la van a hacer automática. Dentro de unos días, vendrá un ingeniero alemán que va a hacer la instalación. Y, además, ¿no te ponía mala este ruido?

 

—Sí, pero ya no me importa cualquier cosa con tal de quedar-nos en un sitio, tranquilos. ¿Automática?

 

Ahora la cocina se llenó de los pequeños choques de los platos contra el mármol o entre sí, hasta que formaron una columna blanca sobre la esquina de la pila. Empezó, algo apagado por la madera, el rumor metálico de los cubiertos que la mano de

 

 

 

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ella sacaba, depositándolos luego en el plato más alto de la columna, con un ruido más claro, más metálico y limpio.

 

—Se controlará desde lejos, no quedarán aquí más que los vigilantes necesarios. ¿Por qué no llamas a tu hija? —dijo, y sabía que no lo haría. Llamó él —: Charo, ayuda a tu madre a poner la mesa.

 

 

 

XX

 

El redoble

 

 

 

La música caía lentamente sobre la penumbra de la habitación. Las tres columnas imprecisas del humo que ascendía de las tazas de café, el oscuro brillo de la mesa, los sillones pequeños donde ellos estaban. Entró la criada, vestida con un uniforme similar al de las colegialas. Hizo algo: nadie le dio atención a sus manos llevando el azucarero hasta la mesa pequeña, tras haberle hecho espacio entre las tazas. El ingeniero jefe ofreció su pitillera de oro al invitado, un hombre alto, sentado en el sillón de un modo que parecía incómodo, demasiado rectos su espalda y su cuello. Era rubio, con un rostro anguloso, sanguí-neo.

 

—Rauchen Sie? —dijo, con el gesto de ofrecer la pitillera de-tenido entre él y su invitado sobre la mesa y las tazas.

 

—Danke sehr. Ich ranche nicht. Sprechen Sie deustsch! Ah, sehr gut, sehr gut!

 

—Nein, nein —dijo él. «Enseguida se ponen a hablar a toda velocidad y no hay quien coja ni una palabra», pensó—, Ein wenig nur.

 

 

 

 

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«Ya ha presumido de saber alemán —pensó la mujer—, ahora hablarán en español.»

 

—Yo he el español aprendido — dijo él, despacio—. Un poco también sólo.

 

—Sí, es mejor, español.

 

Había salido la criada. La radio sonaba ahora más lejana pala-bras y música mezclándose a la conversación. Pequeños y bruscos ruidos de tomar café.

 

«¿De qué podremos hablar?»

 

—¿Le agrada? —dijo la señora. «Lagarada», entendió él.

 

—Perdóneme, ¿cómo…?

 

—Que si le agrada —lo dijo más despacio y fuerte—. Agra-dar, agradar, ¿no sabe?

 

—¿Qué es agradar?

 

—Quiere decir que si le gusta el café —aclaró el marido. «Mi mujer siempre tan fina.»

 

—Ah, sí, bueno, está bueno. —Una risa medida para compen-sar su desconocimiento del idioma de la señora.

 

«Vaya tostón —pensó ella—, ¿para qué habremos invitado a este hombre?» Sonrió: el alemán la estaba mirando.

 

—¿Cree usted…? —se dio cuenta de que había empezado muy de prisa—.

 

¿Cree usted que todas las centrales se harán ya automáticas?

 

«Vaya, ahora se ponen a hablar de sus máquinas…» Miró el reloj: las cuatro y cuarto. Se asomó a la ventana, y estuvo mi-rando el embalse, la cinta blanca de la presa, la orilla rocosa

 

 

 

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llena de sol, salpicada de sombras y salientes.

 

«Parece una prenda calada hecha de lana», pensó. A la iz-quierda, se veían los últimos pabellones de los empleados formando calles perpendiculares a la carretera. Era extraño verla tan vacía a aquella hora: un camión, dos obreros carga-dos con algo. Recordó: había empezado la «semana inglesa». Parecía dormido el Salto o sumido en una quietud festiva, que resultaba extraña aquel sábado por la tarde. Avanzaba una nu-be sobre las casas, una de esas oscuras y nunca lluviosas nu-bes tan frecuentes al comienzo del invierno. A su espalda, se-guían los largos silencios salpicados por frases de su marido, que separaba las sílabas mucho, a las que contestaba el otro ingeniero en un idioma inexistente, mezcla de alemán y espa-ñol. Junto a la ventana, se oía un poco el ruido de los alterna-dores a pesar de los muros insonorizados del edificio de la Dirección. Bajó la persiana. «Es el coche del administrador», pensó. Se oyó apagadamente un motor arrancando. Ella per-maneció mirando un pequeño espacio entre la cortina y la pa-red, lleno de luz filtrada por una rendija, un rectángulo de luz en el que se movían diminutas siluetas de sombra. Descubrió, muy divertida, que dos de ellas tenían forma humana, y se movían al revés, andando de cabeza. «Qué cosa tan rara.»

 

—No es necesario el cuadro ya —se oyó decir al alemán—.

 

Desde la estación… para controlar, todo se hace.

 

—Sí, sí, comprendo. La central es controlada y dirigida desde la distancia que se quiera. Es extraordinario.

 

Su mujer le vio más joven, vestido de esa forma, bueno, de etiqueta, se precisó, de esa forma elegante, aunque con algo de camarero, pero no sabía ni el lugar ni la fecha de su visión. Estaba obsesivamente mirando las pequeñas figuras humanas invertidas que se filtraban por la persiana. Sus ojos estaban allí, detenidos, sin ver, mientras su recuerdo la trasladaba a

 

 

 

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alguna vez, no hacía un año ni dos, sino más, quizá más de quince años, con esa imprecisión mental de las mujeres; bueno, hacía una barbaridad de años, alguna vez, ella creyó que su marido, ¿o era su novio entonces?, claro que era su no-vio nada más, heredaría del padre el título de conde de, del Palmo de Narices, que en eso se quedó, se quedaron, y que lo heredaría a pesar del hermano mayor, a quien, por su vida y, posteriormente, por la enfermedad contraída en sus viajes, nadie consideraba como candidato a la herencia del título ni a la del dinero y las tierras. Pero, al final, no se pudo demostrar que estaba enfermo, ni siquiera mentalmente, a pesar de que era anormal mental, a pesar del dinero que su marido, enton-ces su novio, se gastó en unos médicos raros, psiquiatras o no sé qué, y debió de ser después de todo aquel jaleo cuando él

 

—el mismo hombre blando que ahora estaba intentando en-tenderse con un ingeniero alemán, sin saber alemán y, real-mente, sabiendo muy poco de ingeniería— se fue a París, gas-tó mucho dinero, en juergas, seguramente, mientras ella — pero ¿de dónde pueden venir esas sombritas?— realizaba una campaña para sustituir en su corazón, y en su lecho, un her-mano por otro, el que no heredaría el título por el que lo here-daría a pesar de su enfermedad y de su vida anterior, que ni a ella ni a su familia les importaban ya. Campaña inútil, hasta cierto punto, porque, si bien el grado de intimidad al que llegó con el hermano del que había de ser su marido no fue pequeño

 

—«los hombres son tan tontos, todavía no se le ha ocurrido preguntarme nada»—, nada logró con ello cuando él ya lo ha-bía logrado todo. La retirada fue oportuna: vino el hermano, reanudaron el noviazgo, él continuó estudiando aquella carre-ra, y dos años después, cuando la hubo acabado, se casaron. Entonces estaba ya arruinado. Pero en lugar de un título de conde, obtuvo un título de ingeniero, heredado también, en realidad, pues sin el interés que un hermano de su padre, que había sido ministro de Fomento, tenía por él —según le decía a los catedráticos en amabilísimas cartas fechadas con sufi-

 

 

 

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ciente anticipación a los exámenes—, muy probablemente no habría llegado a tener tampoco ese título, que él despreciaba, en contra de la opinión de su tío, que a los ingenieros los lla-maba «la aristocracia moderna» y «la aristocracia técnica». Heredó también, en lugar de dinero —había gastado el que le habría correspondido aun heredando su hermano el título—, la posibilidad de ganarlo, y, en lugar de tierras, un puesto en la Compañía Española de Electricidad, gracias al interés que su tío tenía por él, según escribió al director de la empresa en una muy amable carta que le dirigió, en su calidad de antiguo compañero de estudios, aunque parece ser que más que esta amistad o viejo compañerismo, había influido el reciente car-go de ministro y el número de acciones de la compañía que poseía. Luego empezó aquella vida, la larga decepción de su marido, que no poseía ni fue capaz de conquistar sino muy pocas de las cosas que ella había creído lograr al casarse con él. Su ambición la hizo desesperarse, lo cual no impidió que llevaran siempre una vida de apariencia, en la que cualquier detalle adquiría una importancia extraordinaria, sobre todo ante extraños. Pero todo en medio de aquel ambiente grosero, con su espantoso ruido, sin una reunión social, sin un sitio caro al que asistir y teniendo que codearse de vez en cuando con «la chusma del mono, sucia y grasienta». Porque al Ca-sino iban los empleados, y ella no sabía qué era peor.

 

La mujer tenía el brazo apoyado en la persiana y la cabeza sobre el brazo. Acababan de desaparecer las figuritas inverti-das, cuando ella ya había identificado la más ridícula de las dos con su marido. Sonó el ruido del motor con más fuerza y arrancó. Por una de las rendijas de la persiana vio alejarse el coche del administrador. Estaba aburrida, siempre le sentaba mal pensar demasiado, especialmente en cosas «que era mejor olvidar». Corrió la cortina y se apartó de la ventana.

 

«Si lograra no oír nada.» Volvió hacia su marido y el ingenie-ro alemán.

 

 

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—Desde luego, desde luego —decía aquél—. No cabe duda. «Siempre dice “no cabe duda”», pensó la mujer y se acarició la frente con la mano. Al bajarla, vio el reloj y miró, sin nece-sitarlo, la hora: eran las cuatro y diecisiete minutos.

 

La sirena no sonó. Eran las tres de la tarde del sábado en el que comenzaba a regir la «semana inglesa», cuando su im-plantación había perdido ya la categoría de tema central de todas las conversaciones y sólo permanecía como un rumor viejo, poco frecuente, de vez en cuando reforzado con comen-tarios, cada vez menos esperanzados y más distanciados. El gran edificio de la central, largo y estrecho, parecía más quieto en su posición paralela a la presa. Los días de trabajo, iban y venían en torno a él obreros y técnicos, se oían ruidos metáli-cos, chisporroteos de soldadores, y el edificio adquiría una especie de vida sonora, una excitación inmóvil, cuyas vibra-ciones parecían escapar por el ala más próxima a la orilla ro-cosa, sin construir todavía. Las líneas que ascendían por la otra orilla, montadas sobre las columnas metálicas, se alejaban hacia el horizonte, vibrando ellas también con toda la fuerza que la central succionaba en el fondo del valle y ellas llevaban hacia las ciudades lejanas.

 

Eran las tres de la tarde y entraban obreros a la central, a pesar de la «semana inglesa». Pero su número era pequeño, insufi-ciente para producir aquella sensación de movimiento y traba-jo que había a diario. Se trabajaba ya en el grupo V y, para que el ritmo del trabajo no se perdiera, fue necesario que aquella tarde, y el tiempo que hiciera falta del domingo, los carpinteros continuaran haciendo los encofrados para el foso del rotor. El lunes, las hormigoneras iniciarían desde muy temprano su bostezo, y el hormigón, bajo las manos de los obreros, iría creciendo hacia la planta de la «sala de máqui-nas».

 

Desde el pozo se veía el cielo entre las vigas que anunciaban

 

 

 

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el techo. Golpes secos de martillos, rechinar de sierras, cortos y casi incoherentes diálogos de los trabajadores, subidos en bancos de madera.

 

—Esa pared, fíjate, siempre me ha parecido, no sé, una cara grande mirándome siempre. Alcánzame esa tabla, chico.

 

Le alcanzó el chico la tabla, desde lo alto del pozo. El otro obrero le miró. Eran las tres y media.

 

—¿Qué dices?

 

Llenaba el sol de sombras densas el paredón de rocas. Estaba clavando ya la madera horizontalmente.

 

—Nada, esas rocas. Fíjate: son como una calavera —dijo.

 

Los salientes estaban llenos de sol, contrastando violentamen-te con sus propias sombras, en una visión cúbica de la muerte, que parecía estar presidiendo el grande y continuo rito de la electricidad.

 

—Tonterías —dijo el otro—, tonterías. ¿A que no tienes un cigarro?

 

Se buscó en los bolsillos del mono. Eran las cuatro menos veinticinco minutos. La mano sucia de polvo de hormigón y de serrín, le ofreció el cigarro y él dejó el martillo sobre el banco. Sacudió su mano derecha contra el costado, despren-diendo del mono una nubecilla de polvo, y cogió el cigarro entre sus dedos llenos de serrín y cemento, uno de los cuales tenía una uña negra a causa de un martillazo. Colgó el cigarri-llo de los labios, previamente humedecidos, y se buscó en los bolsillos.

 

—Dame lumbre —dijo, acabando su búsqueda, con un gesto de no encontrar lo que buscaba.

 

—¿Lumbre también?

 

 

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Continuó el trabajo, el martilleo sin ritmo, las bocanadas de humo elevándose hacia la salida del pozo. Eran las cuatro me-nos veinte minutos.

 

—¡Chico! —llamó.

 

Asomó la cabeza sin peinar sobre el borde y preguntó, con un doble movimiento de la cabeza arriba y abajo.

 

—Vete al cuadro a ver qué hora es.

 

—Tenía sujeta entre los dedos de la mano izquierda una pun-ta—. Es más cabreante sabiendo que los otros están rascándo-se la barriga a estas horas.

 

Dio el primer golpe. El clavo se hundió un centímetro en la madera. Pero siguió sujetándolo con los dedos. Le colgaba el cigarrillo entre los labios, y ahora el humo se pegaba a la pa-red circular.

 

—No puedo mirar hacia allí —oyó a su espalda. Volvió la cabeza. Era Antonio. Los otros no habían despegado los labios desde que empezaron a trabajar.

 

Siguieron trabajando. A sus espaldas y debajo de ellos, se oían golpes de martillos, sierras, alguna frase. Los otros seis car-pinteros trabajaban también. Durante un momento, fueron más fuertes las palabras que los ruidos de trabajo.

 

—Basta de charla, venga.

 

La voz del capataz vino de arriba, y otra vez lo dominaron todo los martillazos, las sierras, los formones. El ruido de los alternadores formaba parte del ambiente, se mezclaba al calor, hasta ser algo denso e inseparable de cualquier otra cualidad del aire o de la luz intensa que entraba por los grandes venta-nales del edificio y por el ala en construcción. Asomó otra vez la cabeza el chico.

 

 

 

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—Las cuatro menos diez —dijo.

 

—No puede ser. Debían ser por lo menos y media. —Miró al chico, dudando—, ¿cómo estaban las agujas?

 

El chico se tumbó sobre el borde y asomó los dos brazos a los lados de la cabeza. Los cruzó formando el mismo ángulo que las agujas.

 

—Así.

 

—No puede ser —dijo otra vez—. Me parece que llevo un siglo aquí.

 

—El chico no debe de saber mirar un reloj —rió alguien, de-trás—. Hace unos meses estaba cuidando el ganado y en su vida había visto uno.

 

—No es verdad; yo sé de relojes. Estaban así, eran las cuatro menos diez.

 

—Bueno, bueno. —Volvió la cabeza y vio al otro, quieto, con la mirada fija en las rocas verticales.

 

—¿Tú viste el circo ese que vino para las fiestas? —Recordó el cuerpo humano por el aire, de un trapecio a otro, el difícil equilibrio sobre sillas y bolas.

 

—Yo lo vi —dijo el chico.

 

—Largo de aquí, que te estará llamando alguien —le gritó.

 

Desapareció la cabeza.

 

—No, no lo vi —dijo su compañero, la colilla entre los labios. Dio una última chupada y la tiró. Faltaban siete minutos para las cuatro.

 

—Yo sí —dijo él. Continuaba mirando las rocas, aquella ob-sesión clavada en el inmenso rostro descarnado del paredón,

 

 

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exacto, inmutable en su expresión profundamente trágica unas veces, irónica otras.

 

—Pero ¿qué te pasa? Déjate ya de eso. Tonterías.

 

—Desde que empecé a trabajar aquí me parece una calavera o algo así.

 

Trabajaron en silencio un buen rato.

 

Vino el capataz y se marchó sin decir nada. Volvió el chico a asomar la cabeza por el borde del foso.

 

—¿Sabe usted qué hora es? —dijo

 

—. La he visto cuando venía de arriba: las cuatro y cuarto.

 

Se levantó el chico y empezó a andar por la «sala de máqui-nas». Eran las cuatro y dieciséis minutos.

 

Eran las cuatro menos veinticinco minutos. Entonces, la voz blanda de Buendía, en el local subterráneo donde estaban las baterías de acumuladores, gritó que abrieran los respiraderos del techo. Brillaron los altos vasos de vidrio rectangulares, que se mantenían verticales sobre los soportes de madera.

 

—Déjalos así —dijo.

 

Bajó el obrero de la escalera doble y continuó la operación de carga.

 

—Nos vamos a intoxicar aquí con esos gases —dijo—, ¿han hecho la conexión ya?

 

Era una habitación pequeña, casi llena por los elementos de las baterías, separadas sólo por estrechos pasillos y un espacio reducido entre ellos y la puerta. Los cinco hombres apenas cabían en el interior.

 

—En toda la central no estamos más que esos carpinteros y

 

 

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nosotros —dijo Buendía—. Bueno, aparte de los operadores del cuadro y los que estén de turno en los grupos. Menuda papeleta.

 

—Eso le iba a decir —habló un obrero, agachado entre los tubos verticales, haciendo algo—, que estaban también los operadores y los vigilantes.

 

—¿Por qué le ha tocado a usted? — El ayudante encendió un cigarrillo y lanzó una sonrisa y el humo juntos.

 

—Imagíneselo. Ya sabe quién es el negro en este salto.

 

Llegó un obrero de la «sala de máquinas».

 

—¿Ya está? —preguntó Buendía.

 

—Sí, señor, ya está.

 

—¿Cuánto puede quedar aún? —El ayudante acompañó su pregunta con un gesto vago de todo su cuerpo, despreocupán-dose de la respuesta.

 

—Más de una hora todavía. Acabamos de empezar —dijo el montador—. Venga, vayan acoplando.

 

¿Qué hora tiene? Yo tengo… las… cuatro menos diez, no, menos nueve minutos, para ser exactos.

 

—Yo tengo las cuatro menos cinco. Lo puse ayer bien.

 

Eran las cuatro menos seis minutos.

 

—Y, por fin, ¿cómo ha sido eso de empezar hoy la «semana inglesa»?

 

Buendía le miró.

 

—Para nosotros no ha empezado todavía —dijo. Rió.

 

 

 

 

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—Es verdad, sí; menuda «semanita inglesa» —rió también el ayudante.

 

—Pensaba irme a pescar río abajo.

 

¿A usted no le gusta pescar?

 

No oyó la respuesta. Vio el río, las rocas enfrente, la caña cur-vada hasta el agua, con su extremo casi tan fino como el sedal, pasaban minutos y su espera le llenaba de paz y tristeza como si no fuera un pez lo que esperaba, sino cualquier otra cosa más importante, menos concreta y muy necesaria para vivir, algo que nunca había tenido y que acaso ya ni sabía que deseaba tener. Bostezó. Miró el reloj otra vez. Las cuatro y tres minutos. Tener que estar allí hasta las cinco o quizá hasta las seis, mientras los demás estaban durmiendo u oyendo la radio.

 

Había pasado mucho tiempo cuando Higinio, en la «sala de máquinas», lió un cigarrillo y se quedó fumándolo, entre dos alternadores. Estaba esperando el aviso de Buendía. Pasó por delante de él un pinche, un muchacho de unos quince años, pelo rubio y ensortijado. El chico se detuvo y miró el reloj. Con sus manos imitó la posición de las agujas. Se alejó luego. «Deben de estar trabajando los encofradores —pensó Higinio, sonriendo—. A otros que también les han fastidiado la “sema-na inglesa”.» Miró el reloj: eran las cuatro y diecisiete minu-tos.

 

A las cuatro y diecisiete minutos se oyó el primer golpe, la primera campanada del redoble lento que empezó entonces y que iba a durar semanas, distanciándose sus golpes cada vez más. Cesó el gran ruido, murió ronco y dominado por el es-tampido de la compuerta provisional, que la presión del agua lanzó contra el muro del edificio de la «sala de máquinas». Un brazo de agua iba detrás como un solo músculo de dos metros de diámetro que golpeó el muro, casi en el mismo segundo

 

 

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que la compuerta de madera y hierro. El agua empezó a llenar-lo todo rápidamente. Se oyó después algo como un sifón monstruoso a punto de acabarse, sorbiendo aire a la vez que expulsando agua.

 

Cristales rotos en las casas (Dios mío, ¿qué ha sido eso?); cuadros caídos, cuyos marcos se desencolaron dejando un lado abierto, por el que se escapaba el paisaje o el retrato de boda (—Me voy a morir de un susto… ¿qué habrá sido?); ruidos de cacharros cayendo al suelo de la cocina (—¡Ha reventado la presa! ¡Ha reventado la presa!); piezas de ajedrez rodando sobre las cuadrículas negras y blancas (—¿Ha oído usted? ¡Me voy a la central!); niños que se despertaron en sus cunas, ba-lanceándose sin que nadie las hubiera tocado, y lloraban a gri-tos, llamando a la madre (—Voy, hijo, voy… Y tú —al mari-do que se ponía la chaqueta— ten mucho cuidado, sé pruden-te, procura volver en seguida… y avísame con alguien de lo que sea); puertas que se abrieron y se cerraron con fuerza, casi no dando tiempo a que salieran por ellas hombres poniéndose un abrigo, una gabardina, una boina, para bajar saltando los escalones (—¡Sí, sí, bueno!); giros bruscos de cabeza, miradas mutuas de terror, silencios, gritos y preguntas que fueron lle-nando todo el aire del Salto hasta que estuvo transido de un estremecimiento de vida que se siente en peligro.

 

A las cuatro y diecisiete minutos una mujer preparaba la caña, los anzuelos, las cajas de cebo. Le estaba diciendo a una veci-na que su marido iba a ir a pescar cuando viniera de la central. A las cuatro y diecisiete minutos, la vecina la sujetó para que no cayera al suelo.

 

Se oyó otro golpe, otro cañonazo del agua contra la central. Retumbó de nuevo todo el Salto. Por la carretera venían co-rriendo los hombres, seguidos por una masa de mujeres y gri-tos. Algunas se detuvieron, asustadas al oír el segundo estam-pido. Luego, en seguida, reanudaron la marcha, más veloz-

 

 

 

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mente que antes. En los pabellones, todas las ventanas se ha-bían abierto y, desde ellas, niños y mujeres hablaban entre sí, a gritos, queriendo saber lo que había ocurrido y tejiendo una red de voces sobre las calles, en la que quedaban suspendidos por unos momentos el miedo y el llanto. La gente corría, pre-guntándose sin detenerse. Una carrera, una inquietud colecti-va, aparentemente sin objeto. Pero era un instinto primitivo, inconsciente, lo que los obligaba a correr sin dirección, la idea de estar en peligro en cualquier sitio haciéndolos estar en cada uno el menor tiempo posible. Una histeria de todos, que au-mentaba con el número de personas, como si los componentes femeninos fueran imponiendo su signo a toda la masa. Gritos, conversaciones cortadas, llantos de mujeres que acaban ha-ciendo aspavientos obedeciendo a un automatismo mecánico, a una necesidad de expresar el dolor o el miedo desmesura-damente, con gestos de todo el cuerpo. Se formaban corros en torno a estas mujeres y los espectadores participaban de sus gestos y gritos, liberándose ellos mismos de su propio miedo o dolor. Eran grupos formados por gritos, por hombres y muje-res, por llantos, por niños, confundido todo alrededor de la mujer gesticulante, como en un rito primitivo. Las casas se habían ido quedando casi vacías, se veían puertas que nadie se preocupaba de cerrar, hombres sin chaqueta, mujeres en bata, niños despeinados y a medio vestir, que lloraban entre los ma-yores sin que los hicieran caso.

 

Se oyó el tercer golpe del agua.

 

A lo alto de la presa empezaba a llegar gente, los más veloces de los que corrían carretera abajo. Vieron, al pie de la presa, a cien metros de profundidad, un agua furiosa, que rodeaba la central, casi hundida. Subía un ruido fuerte, como de agua hirviendo, precedido por un temblor creciente y decreciente, antes y después de cada golpe de agua. Entonces, el agua pa-recía escindirse en garras que arañaban la central y trataban de asirse a la pared vertical del valle. Toda la presa, los miles de

 

 

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toneladas de cemento, temblaban al golpe, y los hombres se apartaban de su borde con terror. Era la furia del agua, repre-sada durante años, que se escapaba por un agujero de dos me-tros de diámetro. Luego, aquella succión, aquel sorber con algo repugnante, sucio, durante el cual todos se sentían arras-trados hacia las profundidades del embalse.

 

Llegó un coche con varios ingenieros. Dos segundos después, un camión. Estaba bajando el conductor, cuando uno de los ingenieros le gritó algo. El conductor volvió a subir a la cabi-na y, arrancando ya, le llegó de nuevo la voz del ingeniero:

 

—Cuerdas, muchas cuerdas, todas las que haya en el alma-cén… ¡y largas!

 

Entonces, el cuarto golpe, el cuarto cañonazo, la cuarta cam-panada del redoble.

 

No se oyó arrancar y partir al camión. La gente gritó, y hubo un movimiento de retroceso, corto y violento. Era el terror. Todos y cada uno habían sentido durante años la proximidad de las fuerzas que dominaban con su trabajo. Se les fue crean-do una sensibilidad epidérmica, irritable a la más breve vibra-ción de luz eléctrica. La rutina los ayudaba a parecer, incluso en muchos casos a ser, tranquilos, inconscientes de los posi-bles peligros. Pero, colectivamente, existía en cada casa y en cada segundo aquella sensibilidad, algo como dormir sobre una carga explosiva y no poder dejar de fumar: no ha pasado nunca nada.

 

Pero cualquier día puede pasar.

 

«Puede pasar» estaba grabado en todos los cerebros. Así, sin haber averiguado lo sucedido, las calles estaban llenas de mu-jeres y niños llorando en torno a las esposas de los hombres a los que se suponía muertos, sólo por el hecho de haber oído el primer estampido y continuar oyendo los periódicos golpes

 

 

 

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del agua, que hacían retumbar toda la zona donde estaba en-clavado el Salto cada medio minuto. Otras mujeres gritaban, aun sabiendo que sus maridos no estaban en la central en el momento de la explosión, por una incontenible necesidad de liberarse de la tensión de años temiendo a todas horas por las vidas de ellos.

 

Sonó el quinto golpe del agua. Aumentaron los gritos en las calles.

 

Hubo desmayos. Por la carretera bajaba un camión de guar-dias civiles, haciendo sonar la bocina para abrirse paso entre la masa de gente que descendía hacia la presa. El trozo de carre-tera que pasaba sobre la presa se había ido llenando, y ahora empezaban a salir por la otra orilla para asomarse sobre la pa-red de roca. Alguien había gritado que tres hombres permane-cían agarrados a los salientes, resistiendo los mordiscos, los zarpazos del agua, libre por primera vez desde tantos años. Entre el fragor del agua, los cañonazos y la succión de la pre-sa, subían ruidos demasiado agudos para ser producidos por el agua, algo como chillidos, como un aullar prolongado que rasgaba cualquier otro ruido, lo atravesaba y ascendía hasta llegar a los aterrorizados oídos de todos, seguros ya de que estaban escuchando voces de socorro. No se supo quién lo había gritado: el momento era de caos, de perder los nombres, disueltos en el miedo y la necesidad colectivos. Fue alguien quien lo dijo y alguien quien tenía unos prismáticos en la mano, y miraba hacia el agua, y daba instrucciones a toda voz a los hombres que estaban preparando las cuerdas y los cables, que, sin haber llegado el camión que fue a buscarlas, estaban allí ya, traídas por alguien de algún sitio más próximo que el almacén. Iban a lanzarlos hacia los tres hombres y el niño —el hombre de los prismáticos los había descubierto asidos a las rocas, casi al nivel del agua— que resistían sólo con sus ma-nos el loco oleaje del agua, escupida cada minutos por la pre-sa.

 

 

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El agua subía lentamente y ellos lo notaban, aterrorizados, sabiendo que no podían salvarse. Quizá cada uno se sentía culpable de algo, sentía un arrepentimiento total y súbito de los errores de su vida. Pero apretaban las manos, notando có-mo las uñas se les separaban de los dedos, diez dolores insig-nificantes, casi no sentidos entre el terror de sus cuerpos col-gados de las rocas, mordidos por los picos de las olas, como si ellos fueran los Prometeos del trabajo que hace posible la luz de todos.

 

Por sexta vez se oyó el golpe del agua al ser expulsada de la presa. Luego, la succión.

 

Higinio notaba en la palma de la mano una arista de la roca, y en todos los dedos un tacto hiriente que le producía un furor salvaje y un deseo incontenible de clavarlos como si fueran metálicos. Esperó a que la próxima oleada terminara y, ya re-puesto, miró a sus compañeros de martirio.

 

—¡Subid! —les gritó.

 

No le oyeron. Y él no podía perder otro segundo. Vendría de nuevo el agua, esta vez más alta, y le arrastraría. Le era impo-sible recordar cómo había llegado hasta allí. Estaba fumando en la «sala de máquinas», y de pronto estaba colgado de una roca, chorreando agua, con una desesperación que le impedía sentir miedo. Ningún sentimiento débil. Se sintió cansado por el esfuerzo que acababa de realizar para gritar: había vuelto la cabeza hacia la izquierda, moviéndola bruscamente para com-pensar la falta de gesto en las manos, y había intentado lanzar un grito fuerte, consiguiendo sólo una voz alta, desgarrada, y una molestia en la garganta. Notó los latidos de la sangre en las sienes. Los otros —los dos oficiales del cuadro y el chico al que vio mirando el reloj en la «sala de máquinas»— grita-ban sin descanso, como si sus gritos pudieran asirlos con más fuerza a los salientes de las rocas y elevarlos hasta la salva-

 

 

 

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ción. Eran gritos especiales, más agudos que los que produce normalmente la garganta humana. Higinio quiso vivir, se le apretaron los dientes, olvidándose de los otros. Se agarró con la mano izquierda a una roca más alta y, por primera vez, lo-gró apoyar un pie en un pequeño saliente, forzando un poco la postura. Descansó, apretando la mejilla contra la roca, con una respiración difícil. Seguía oyendo los gritos, sobre todo los del chico, más cercano a él. Al elevar el brazo izquierdo, había girado la cabeza levemente hacia la derecha para facilitar el movimiento. Pudo ver al chico, sus ojos redondos, la boca totalmente abierta, los pelos mojados y adheridos a la frente. Un grito largo, casi un aullido, con pausas muy breves, en las que respiraba por la boca queriendo tragar todo el aire de una vez. Y abajo, el agua, el vértigo de espuma blanca, rabiosa, hambrienta de ellos.

 

Higinio notó un temblor en la mejilla pegada a la roca.

 

Pareció más fuerte el séptimo «golpe de ariete» —los ingenie-ros y técnicos los llamaban así— o quizá sólo fue la mayor repercusión que tuvo en la masa humana que llenaba los alre-dedores de la presa. Los guardias civiles habían logrado acor-donar la entrada, empujando a la masa hacia el puente, pasto-reándola con sus mosquetones, sus órdenes y sus uniformes, y con el temor que causaba su sola presencia. No sin lucha, sin embargo; mujeres se arrojaron al cuello de los guardias, pre-cedidas de una furia de mordiscos y uñas, ante la que resulta-ban menos decisivos la culatas y los uniformes. Era el grito, el gesto brutal, lo que intervenía entonces. La masa retrocedía varios metros, cada vez que una mujer era convertida en un sollozo sordo, en un llanto que hacía temblar todo su cuerpo como el chasis del viejo camión que traía las cosas para el mercado.

 

Los hombres, bajo la dirección, en los primeros momentos, de los ingenieros, y después, de cualquiera que se ganara la con-

 

 

 

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fianza y la obediencia de todos por una orden oportuna, una mayor fuerza en la voz o por la rapidez de sus decisiones, tra-bajaban en la operación de atar cuerdas entre sí — había lle-gado el camión con más cuerdas y cables del almacén—, de preparar los cables y lanzarlos hacia los tres hombres y el niño que se debatían sobre el agua, colgados de las rocas. El corte sobre el río no era totalmente vertical. Tres hombres, atados entre sí por cuerdas, fueron saltando de roca en roca hasta cu-brir en tres escalones la distancia que había desde la parte lla-na al último saliente sobre el abismo. Quedaron así, tres postes humanos, unidos por una línea en la que se transmitía la posi-bilidad de vivir hasta los hombres que resistían la antigua venganza del agua. Desde la presa, el hombre de los prismáti-cos les gritaba, logrando a veces dominar todo el estrépito de la catástrofe, o les hacía gestos con los brazos, indicándoles por dónde debían lanzar el cable. El último hombre saltó hasta la roca más extrema y miró hacia abajo, sujetando el rollo de cable en la mano.

 

Sonó otro trueno. Había pasado medio minuto más.

 

Ahora, le enloquecían los gritos del chico, su desesperación pegada a las rocas, aquella mirada de loco fija en sus manos, que habían logrado ascender casi medio metro más. Tuvo miedo, supo el significado de la mirada. Recordó, como un relámpago, que los ahogados, en sus últimos momentos, se agarran con una fuerza sobrehumana a los que intentan salvar-los o a cualquier cosa que pueda flotar. Higinio miró, durante unos segundos, la cara del chico, la expresión furiosa, sin edad, de querer vivir aún a costa de todo. Cambió su cara ha-cia la izquierda. Vio sólo a uno de los oficiales del cuadro. El otro no estaba ya. Gritó él también, perdiendo fuerza al hacer-lo, gritó hacia arriba, como si su grito ascendente fuera una cuerda que pudiese asirse a cualquier arbusto más alto. Sobre él había un arbusto horizontal, seco de invierno, con las raíces aplastadas entre piedras. Sólo cuando notó flojas las manos,

 

 

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cuando el dolor de ellas aumentó, precisamente porque no las apretaba con tanta fuerza como antes, cesó de gritar, volvien-do entonces a sentir aquel hambre de vivir que le hacía odiar todo lo que no fuera su propia ascensión. Miró de nuevo al chico calculando su avance hacia donde él estaba. Había com-prendido la intención que le impulsaba: agarrarse a sus pies, antes de que él ascendiera lo suficiente, con la misma saña con que ahora se agarraba a las rocas. Un escalofrío le recorrió la espalda, tuvo la sensación hiriente de aquellas manos en sus tobillos. Se encontró ascendiendo. Le era difícil encontrar apoyo para los pies sin mirar hacia abajo, pero no lo hacía, porque tenía miedo al vértigo y a perder tiempo. Ahora, en la nueva postura, sintió en el vientre algo cortante, pero no se separó, sino que se apretó más contra la pared, para descargar a las manos de parte del peso de su cuerpo, aunque sólo fuera por un segundo. Retumbó en ese instante la roca, lo sintió en el vientre, los garfios del agua le llegaron hasta la cintura, en-roscándosele y tirando de él hacia el abismo. Vio desaparecer al otro oficial del cuadro entre el agua furiosa y blanca.

 

Era la octava vez que la presa disparaba su proyectil de agua. La octava campanada. Luego fue el sifón, el ruido innoble, inquietante, que le hacía sentirse muerto, antiguamente muer-to. Comenzaba a estar agotado, varias partes de su cuerpo eran ajenas a su control: desconocía la existencia de unas manos, sobre su cabeza, asidas con más fuerza de la que tenían a los salientes, como desconocía la sangre que brotaba de sus pal-mas y de sus dedos. Era como no tenerlos, como estar muerto. Entonces pensó que ya no había ninguna posibilidad. Se le agolpó todo su miedo en la garganta y, por unos instantes, re-nunció a ascender, prefirió dejarse caer en la furia blanca. Al-go le rozó un pie. De pronto, lo notó preso, rodeado por uñas que se le clavaban en el tobillo con una fuerza desesperada. Era el chico.

 

El último de los tres hombres, colgado sobre el vacío casi bo-

 

 

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ca abajo, lanzó el cable. Vio deshacerse, uno detrás de otros, los círculos, hasta que quedó tendida la línea desde sus manos hasta el matorral seco que se veía sobre lo que él creía que era la cabeza del hombre. Le parecía ver algo moverse, sin estar seguro de que no fuese el agua, varios metros más abajo, hir-viente junto al borde de la pared. «Ha caído cerca, a dos me-tros o así», pensó. Miró hacia la presa. El hombre de los pris-máticos le hizo señas de que se moviera un poco a la derecha. A gatas recorrió unos metros sobre el mismo borde. «Más, más», le dijo la mano del hombre. «Pero se va a enganchar en el saliente que tapa al chico», pensó él. Se puso a gatas otra vez y el cable se desplazó con él otro metro. Miró hacia abajo. «Lo que pensé: se ha quedado enganchado ahí.»

 

—¡Ojo ahora! —gritó al compañero más próximo, dando un leve tirón de la cuerda que los unía para que le atendiera—, ¡fuerza, eh!

 

Apoyó una pierna en el borde, con la rodilla doblada. Sujetaba el cable con las dos manos, inclinado hacia atrás su cuerpo. El de los prismáticos le estaba haciendo señas otra vez. Le vio mover las manos y gritar al mismo tiempo sin lograr entender-le. Se oía aún la succión posterior al último golpe dominándo-lo todo. «¿Qué querrá decir?» La succión se hizo más débil en unos segundos y comenzó a oír los gritos.

 

—¡El chico se le ha agarrado! ¡Estén preparados a resistir a los dos!

 

Se volvió hacia atrás, sin aflojar las manos y la pierna adelan-tada.

 

—¡Fuerza! —gritó—. Se colgarán dos, seguramente.

 

Su compañero afirmó con la cabeza y se volvió, también, él, para comunicar la noticia al de más atrás.

 

De pronto, el estirón esperado con los músculos abdominales,

 

 

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con las piernas dobladas. Y otro más fuerte, segundos des-pués, seguido ya por nuevos tirones pequeños. Sintió primero angustia al oprimírsele el estómago, luego echó su cuerpo ha-cia atrás con violencia, flexionando brazos y piernas para re-sistir mejor. Casi a la vez, empezó a notar la fuerza que hacían sus compañeros. «Deben subir los dos.» Continuaban las sa-cudidas, las vibraciones del cable. Aflojaba y aumentaba la presión, y sentía miedo de aquel nervio de acero por el que estaba unido a dos hombres luchando por la vida. Cada dismi-nución del peso, cada tirón, cada sacudida del cable, eran res-pondidos por sus músculos, relajándose y contrayéndose brus-ca o lentamente, teniendo, al hacerlo, conciencia de la muerte o de la salvación de dos seres humanos. Un conocimiento muscular, turbio, táctil, de la escena que se desarrollaba casi a cien metros por debajo de él. Los nervios no intervenían, su cerebro apenas producía imágenes sobre aquellas sensaciones, que parecían quedarse allí, en el mismo músculo que las había sufrido, convirtiéndose en él en la idea de peligro o salvación. La idea de la muerte angustiándole el estómago y el pecho, cuando sus músculos la pensaban al notar una disminución del peso. Y una alegría, angustiosa también, cuando sus brazos y su cintura pensaban la idea de vida al notar el peso normal.

 

«Debe de ser que se apoyan en las rocas o que luchan entre sí.» Siempre la idea de la lucha, muscular y turbia, confundida con las mismas circunstancias que la provocaban, llegando o no llegando al cerebro, según las pausas, la intensidad de los tirones que venían de abajo, más o menos continuos, y hacían vibrar y tensarse a aquel cuerpo formado por músculos y lati-dos de sangre solamente. Terror, otras veces, al confundir el peligro ajeno con el propio, y darse cuenta del que auténtica-mente corría él: saltar en el vacío, en una de las sacudidas, arrastrando a sus dos compañeros hacia el torbellino blanco.

 

De nuevo el golpe, casi un latido de su cuerpo entero, del cuerpo unánime de todos los hombres del Salto, pendiente

 

 

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desde las orillas de sus esfuerzos. Casi a la vez, echó el cuerpo atrás al notar que el peso aumentaba definitivamente. Era el noveno golpe de agua, la novena campanada, una campanada más del redoble monstruoso que hacía temblar las miles de toneladas de cemento, todo el paisaje, asustado, de caídas nu-bes y horizontes lentos que miraban hacia el valle resistiendo el ocaso ya próximo, detenido por el asombro que el primer cañonazo produjo en la tarde.

 

Había empezado el ascenso.

 

—¡Aaa… up! ¡Aaa… up!

 

Los tres cuerpos de hombres, avanzada una pierna, echándose hacia atrás hasta muy cerca de la horizontal. Cuatro o cinco más, detrás de ellos, cogidos al cable, sintiendo la embriaguez de los músculos tensos bajo el ritmo de los gritos, convertidos todos en un unánime esfuerzo colectivo. Un cable, un grito, y el amor del hombre por el hombre, de la vida por la vida, ha-bían sido suficientes para crear la escena heroica que, más que un símbolo, era una síntesis de la historia del hombre sobre la tierra.

 

—Suben dos —dijo alguien, interrumpiendo la respiración adaptada a los movimientos del cuerpo.

 

—Sí —dijo otro.

 

Continuó el ritmo, el resoplar de los hombres, la angustia de la gente que contemplaba el salvamento desde el pretil del puen-te sobre la presa.

 

—¡Aaaa… —empezaron a decir todos. Los cuerpos se echa-ron hacia atrás, seguros, como remos de una embarcación, como piezas convencidas de una máquina viva, invencible, la misma máquina formada por hombres, que construye, que transforma, que mantiene y aumenta el mundo y la vida. Eran obreros del Salto y sudaban, y su sudor era el mismo de los

 

 

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que han llenado el planeta de pirámides casi eternas, en lucha contra el tiempo y las fuerzas que pesan para hundir la vida de los hombres. Fueron ocho golpes de ocho cuerpos hacia atrás, un solo golpe y un solo grito de ocho gargantas—: … up!

 

Un hombre y un niño ascendieron medio metro hacia su sal-vación.

 

Continuó la operación de salvamento. El hombre, sobre el abismo, no tenía ya ningún temor, sentía la alegría de saber que los compañeros, desde atrás, participaban en sus esfuer-zos. Veía el borde del abismo recortado contra un fondo de agua, y a cada tirón esperaba que surgiera la cabeza de un hombre arrancado a la muerte. Pasaron minutos llenos de gri-tos y ritmo.

 

Nadie oyó el nuevo golpe del agua, la succión de la presa. Era la décima vez, y ahora parecía, más que un redoble de campa-na, el primer cañonazo de una salva de honor.

 

Sabía que estaban muy cerca ya. Lo sentía en sus bíceps, en las piernas que se doblaban y estiraban sin que él tuviera que proponérselo, contagiadas por el ritmo de los otros, casi auto-máticamente. Dos gritos más y vio aparecer algo de color hu-mano, asido al cable con una desesperación de sangre y carne desgarrada. Eran las manos de Higinio, una masa de carne sangrante, apretada en torno al cable, con varios dedos rotos o desgastados por la roca.

 

—¡Ya están aquí, ya están! —gritó, volviéndose—. Un poco más, compañeros.

 

Un último esfuerzo, el último grito, y el cuerpo entero de Hi-ginio apareció. Asido a sus piernas y al cable con manos y boca, venía el chico. El hombre soltó el cable y ayudó a gatear a los dos cuerpos. Venían casi inconscientes, mojados, llenos de arañazos y sangre. Separó al muchacho de un tirón. Tenía

 

 

 

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los dientes y las manos agarrotados, la mirada fija, y le tem-blaba todo el cuerpo. Se quedó tumbado sobre la roca, sin aflojar las manos, como si rodearan todavía los tobillos de Higinio, y lloró, primero despacio, luego con una violencia extraña, vaciándose de mucho miedo contenido, mientras Hi-ginio se miraba las manos, algunos de cuyos dedos habían perdido las uñas y la carne de las primeras articulaciones.

 

 

 

XXI

 

 

 

Domingo triste, la muerte de los dieciocho hombres gravitan-do sobre cada idea de distracción, de buscado olvido: poner la radio fuerte para compensar la falta de ruido de la central, ir a la taberna, al Casino —este domingo no habría baile ni cine—

 

;   visitar a los amigos, a los viejos amigos de trabajo, con los que resultaba difícil hablar, todos los temas estaban ya agota-dos —el del trabajo no era conveniente: recordaba demasiadas cosas demasiado recientes y demasiado tristes—; leer cerca de la estufa un periódico, un libro, una revista, una novela, siem-pre llenos de tragedias demasiado parecidas a la que acababan de sufrir…

 

—¿Cómo está la mujer de Buendía?

 

—preguntó una criada en el mercado. Su señora le preguntaría después a ella. Patricio sólo oyó dos palabras, o lo que él cre-yó que eran dos palabras: «buen día». «Sí, sí, buen día», pen-só. Más mujeres que otros domingos había aquél en el merca-do.

 

El sábado había sido un día terrible. Nadie sabía aún bien lo ocurrido, nadie estaba seguro de conocer todos los detalles de la salvación de Higinio y del chico. Los nervios estuvieron

 

 

 

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durante las veinticuatro horas a punto de romperse, tensos como cables de acero.

 

—¿Cómo están el chico y el otro? — dijo alguien en la tienda. Corazonsanto pesó apresuradamente, y apresuradamente en-volvió los novecientos ochenta y cinco gramos del kilo de ha-rina. Le tendió a la mujer el paquete.

 

—Su kilo, señora —dijo.

 

—Debió de ser horrible —se oyó. Ninguna atendía a las ope-raciones de pesar, de envolver, a aquel gesto de Corazonsanto, que casi era una reverencia, mientras decía «Su kilo, señora», sabiendo todas que no era un kilo y, entre cariñosa y burlona-mente, pero perdonándoselo, desde luego, diciéndole: «Sí, sí, su kilo… menudo truhan que está hecho, Corazonsanto.» Hoy no. Hoy era una necesidad distinta la que los obligaba a ha-blar. El silencio, el gran silencio que había sustituido al gran ruido de los alternadores, parecía tener la culpa de aquel des-vaído aspecto de todos los rostros, de aquellas ojeras que de-notaban el insomnio intermitente, el terror por la falta de rui-do, a aquel vacío gris en que se había convertido el Salto, sólo ocupado por el redoble, más espaciado ya que la víspera, pero no menos intenso. Toda la noche sonaron los golpes de agua, los cristales y los cacharros de la cocina, el vaso sobre la mesi-lla, el sonajero del niño colgado de la cuna. Toda la noche, los hombres solos, los hombres con mujer e hijos, sintieron espan-to, pero no hablaron de ello los que tenían compañera de sue-ño, sino que fingieron dormir, quizá al mismo tiempo que ella fingía dormir también. La oscuridad, casi olvidada en el Salto, había ido entrando con la tarde en todas las casas, en las ca-lles, y sólo unas pobres velas lucharon contra ella en las coci-nas y comedores. Aquel insulto al trabajo, aquella inevitable necesidad de usar las velas, precisamente ellos, que producían la luz eléctrica. Duró toda la noche el silencio pesado, partido de cuando en cuando por el redoble espantoso que parecía ve-

 

 

 

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nir de la tierra, del inverso campanario del valle. La oscuridad fue más densa, tardó más en ser vencida por el día. Las velas lucharon contra ella inútilmente, derrotadas antes de haber sido encendidas. El hueco en las camas de los hombres que estaban río abajo, buscando los restos de las víctimas, y la ob-sesión de la muerte en el cerebro de sus mujeres, sin sueño y con terror. Los golpes, las campanadas («Toda la noche, debo haberlo oído mil veces»), el consuelo de no haberse converti-do en viuda y el miedo de haberlo podido ser o de poderlo ser todavía.

 

Ojeras, cabezas sin peinar, preguntas angustiosas en el merca-do, al día siguiente, domingo triste de la primera semana in-glesa. Los niños del Salto no jugaron, la misa pareció más lar-ga, como si todos rezaran con lentitud mayor, creando un am-biente pastoso de murmullos y miradas bajas. No hubo partida en el frontón. La taberna El Voltio permaneció vacía a la hora del aperitivo. Se supo que Higinio y el chico estaban bien. A Higinio le habían tenido que cortar las primeras articulaciones de varios dedos. Pasó así el domingo, con una tarde prolonga-da, lenta, vacía de todo carácter festivo, y ya fue lunes, sin que el silencio fuera menos pesado por ello ni los golpes del agua hubieran cesado.

 

El lunes fue una tristeza larga, caída sobre los pabellones, un paso del sol casi sin luz sobre los hombres, muchos de los cua-les no fueron al trabajo, una espera angustiosa de noticias so-bre la partida que buscaba los cadáveres, y el relevo, a media tarde, el peligro transmitido a los nuevos hombres.

 

Llegaron coches de la ciudad con autoridades, con personajes tan importantes que nunca habían visitado el Salto. Periodistas también vinieron, escribieron en sus cuadernos, fotografiaron a Higinio, al chico, a la central, y regresaron, diciendo que les dolía la cabeza, a la ciudad.

 

 

 

 

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Nació el martes. Se notaba ya el descenso de nivel en el em-balse, una franja húmeda entre la línea de la superficie y el nivel anterior.

 

Continuaba la búsqueda de restos por el río. Se opinaba que algunos cadáveres estaban aprisionados en las cámaras subte-rráneas de la central. Era preciso esperar a que se vaciara el embalse y el nivel del agua descendiera. Se calculó que tarda-ría varias semanas en suceder esto. Día y noche, miércoles y noche, jueves y noche, buscando los cadáveres en las orillas. Se iban turnando los hombres. Vivían todos contra el silencio, contra el terror inconfesado o gritado. Aún se daban casos de mujeres que gritaban histéricamente. El miércoles, La Pinilla estuvo gritando dos horas, y como el pabellón donde vivía estaba en el centro del Salto, sus gritos llenaron los intervalos de pesado silencio entre cada dos golpes de ariete, más espa-ciados ya y más débiles. Con el descenso del nivel iba dismi-nuyendo la presión y los golpes se oían ya sólo cada quince minutos.

 

«Si supieras cómo tengo los nervios»; «Tómate una aspirina»; «¿Te duele aún?»; «No sé qué me pasa…, y luego, para col-mo, esa tía loca, gritando toda la tarde»; «Tenía que ir a verle, pero no estoy de humor»; «Déjale que no vaya al colegio…, quién sabe lo que puede pasar»; «No tengo ganas… Este Sal-to, oír un ruido es echarse a temblar»; «Os he dicho que no hagáis ruidos de explosiones… ¡Jugad a otra cosa!»; «No he hecho más que unas patatas… La verdad, después que ocurrió eso…»; «Menos mal que se empezaba la “semana inglesa” que si no…»; «No puedo ni leer el periódico…, y, además, que no sé…»; «No duermo, es que no puedo ni dormir…»; así, el Salto, las casas y las calles del Salto, se habían llenado de estas frases y de su tono, un tono gris que parecía teñir la atmósfera, y los hombres y mujeres que las decían se miraban unos a otros y se veían turbiamente a través del silencio obse-sivo de la central y de sus propios ojos, velados por la inacti-

 

 

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vidad a que la catástrofe había condenado a la mayoría de los hombres.

 

Era todo el poblado como un gran panal múltiple, a cuyas abe-jas les hubieran sido cortadas las alas, el dinamismo transpa-rente de sus alas y, por tanto, su ir y venir, su inquietud, hasta su alegría, y el pequeño ruido de vivir y trabajar que era el aleteo colectivo, muerto ahora en todo el panal, sin ruido y sin miel. Aquella miel traída con esfuerzo, arrancada con astucia, sabiduría y tenacidad propias y heredadas de todas las genera-ciones anteriores, aquella miel que llenaba de resplandor ama-rillo todos los panales. Hermoso trabajo que no producía sólo para los que lo realizaban, sino también para otros, para mu-chos otros, lejanos, ignorantes del origen del resplandor ama-rillo, ignorantes de aquel aleteo, de aquel peligro constante de morir encerrado entre los pétalos de un valle o de ser arrollado por una miel furiosa, increada, salvaje, tronante, aún no amari-lla, o de quedarse pegado para siempre a un hilo de miel, lleno de temor y fuego. Hermoso y horrible trabajo porque obligaba a acostumbrarse al ruido continuo y enorme, después de lo cual era imposible volver a gozar de los pequeños ruidos del mundo y del propio cerebro. El clamor embotaba el oído, los ojos, embotaba el cerebro

 

hasta que uno se hacía «obrero» para siempre, padre de «obre ros», aunque pudieran ascender de categoría profesional y so-cial, mientras en el mundo, y hasta en el mismo panal, había «reinas» y «reproductores oficiales», y «guerreros», seres atrofiados para ciertas funciones y magníficamente especiali-zados para otras gracias a que no necesitaban ocuparse de sus necesidades vitales.

 

«Llegaremos a ser abejas —dijo una vez Ruiz—, y, no vayan a creer, esa exactitud, esa asombrosa perfección con que re-suelven el complicado problema de meter el mayor número de celdas en el menor espacio posible, ¿por qué ha de ser un ins-

 

 

 

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tinto?, ¿por qué no puede ser el resultado de una prodigiosa y lenta especialización en una especie que gozaba de una inteli-gencia, de un espíritu o como quieran ustedes llamarlo, como el nuestro, quizá más grande, pero, por lo menos, capaz de resolver ese problema? Los años, los siglos, las eras, es decir, lo que para ellas sean años, siglos y eras, hicieron posible una especialización tan absoluta (uno sabe trabajar, otro reprodu-cir, otro gobernar, otro quizá pensar, encargado probablemen-te de dirigir la construcción de los panales…); imagínense, piensen que desconocemos aún muchos detalles de su vida, y, por lo tanto, desconocemos los especialistas de una infinidad de actividades diminutas, internas; bueno, pues el tiempo ha hecho posible una especialización tan grande, tan absoluta, como dije antes, que nos hace confundirnos, creer que sólo es un instinto, cuando, muy probablemente, nosotros, los hom-bres, llegaremos, y estamos cerca ya, a un estado semejante: hoy ya somos todos “hombres planos”, sin sentido total de nada, con una enfermedad intelectual que se podría llamar “planitud”, o sea, ver todo desde el mismo plano, desde nues-tra posición y nuestra mentalidad, sin relieves libres y varia-dos.» Nadie recordaría ahora estas palabras de Ruiz, su sor-prendente modo de hablar y pensar. Aquel día, dos obreros y el periodista que había venido para hacer un reportaje sobre la central, tomaban vino con Ruiz en El Voltio. Andrés había sido encargado por el ingeniero jefe de acompañar al periodis-ta por todo el Salto, enseñándole las instalaciones, y explicán-dole todo lo que necesitara para el reportaje. El periodista, después de la detenida visita a la central y al poblado, quiso tomar algo en aquella taberna de nombre tan curioso. Sin sa-ber cómo, el periodista había empezado a hablar con los dos obreros que comían en una de las mesas de mármol, cercana a la que ellos ocupaban. Andrés estaba contento de haber encon-trado una persona con la que podía hablar de sus ideas, de la nueva concepción que de las cosas le iba naciendo, sólo al contacto de las máquinas y del trabajo. Se sorprendió de que,

 

 

 

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entonces (hoy era jueves y la gente esperaba noticias de los muertos, comentaba lo de Higinio, lo del chico, pesaba el aire, se oía el redoble, ahora muy lento, una campanada cada veinte minutos, los camiones que iban y venían a la ciudad, una radio con un programa comercial sonando), el obrero que dijo que había venido de Bilbao, donde empezó a estudiar algo que tuvo que dejar apenas se enteró de qué trataba el primer texto de la primera asignatura («No había pasta, ¿sabe? Me puse a trabajar como un condenado»), fuera quien contestó a su dis-curso sobre las abejas. «No lo creo —dijo—. El hombre es el hombre.» Estaba pensando ahora Andrés, en la terraza del sa-natorio, desde donde veía la cordillera, nevada en algunas cumbres, la femenina y salvaje forma de los montes sobre los que caían nubes de un blanco brillante, un semen inmortal que sólo muere para que nazca otra cosa.

 

«No significaba nada —pensó—, pero yo estaba hablando y hablando, y en mi cerebro había muchas ideas sin atar, a punto de adquirir significado.» Tenía, sobre la manta que le cubría la parte inferior del cuerpo hasta más arriba de la cintura, varios periódicos y una carta de Charito, la más extraña carta de amor que él había recibido. Era amor, sí, amor a él, con un egoísmo que sólo podía ser sentido por una mujer. Un egoís-mo hirviente, con tanta tensión e interés hacia él, que, al final, se le escapaba el amor hacia todo, un amor de calidad líquida, que se derrama sobre todo lo existente sin exigirle ningún cambio de forma, pero dándole su calor y hasta su quemadura. Charito (eran admirables su intuición y su poderosa sensibili-dad, su acierto en los juicios afectivos que solía hacer de las cosas) le contaba todo lo que había ocurrido en el Salto los últimos días, y su protesta contra un cierto destino, su protesta personal, pequeña, se iba disolviendo en la protesta común de los hombres, no contra el destino, sino contra los hombres que lo han creado como justificación, y lo mantienen y lo predi-can. Charito le quería, le quería como compañero de vida, y

 

 

 

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protestaba de su enfermedad. Pero protestaba también de aquella catástrofe colectiva, de aquel paso atrás imprevisto. «¿Fue una suerte tu enfermedad? —se preguntaba—. Ya que, según me has garantizado, estás a punto de curártela para siempre, y, quién sabe si tú, con esa manía de trabajar (¡cómo le gustaba la palabra manía!) que tenéis papá y tú, habrías es-tado en la central.» Dejó la carta. La había leído entera antes, y ahora buscaba párrafos y los releía, para poder mirar des-pués el misterio blanco de las cumbres, la inmóvil actividad de las nubes, y ver en ellas su vida, la de ella y la de todos los hombres, este caminar sobre el tiempo de todos en el que pen-saba tanto últimamente. Necesitaba, como punto de partida, algún párrafo de Charito, condimentado en seguida con el ar-tículo, noticia o reportaje de uno de los periódicos que había mandado comprar para conocer al detalle la catástrofe del Sal-to de Aldeaseca. «Trágica catástrofe en la Central Eléctrica de Aldeaseca», «Dieciocho muertos al reventar una compuerta de la presa de Aldeaseca.»

 

«El ruido del “reventón” se oyó a varios kilómetros.» Siguió pasando hojas de prisa, leyendo sólo los titulares. «Más de seiscientos millones de metros cúbicos de agua saldrán por la compuerta reventada.» «Espectacular salvamento de un obrero y un peón de quince años.» Leyó un párrafo: «La presa es de planta curva, con apoyos laterales, construida toda de hormi-gón (más de trescientas toneladas se han empleado hasta aho-ra), y su altura es, exactamente, de 98,30 metros. El presu-puesto total de las obras es de 1200 millones de pesetas, pero cada año se aumenta, debido a la subida de los precios de ma-teriales y a otras causas. Se calcula que las pérdidas sufridas por esta catástrofe superan los cincuenta millones de pesetas.

 

»La producción media anual, cuando estén en funcionamiento los cinco grupos, será de 350 millones de kilovatios hora anuales.

 

 

 

 

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»Hasta ahora han muerto en accidente de trabajo más de dos-cientos hombres, siendo lo normal en la construcción de una obra de estas características la pérdida de trescientos o cuatro-cientos hombres.

 

»—El retraso que supone esta catástrofe es considerable: unos ocho meses tardaremos en recuperar lo perdido.

 

»—¿A qué cree usted, señor ingeniero, que ha sido debida la catástrofe?

 

»—Es difícil asegurar nada, pero probablemente a alguna im-prudencia, un olvido…, qué sé yo. Desde luego, la compuerta estaba calculada para resistir esa presión y mayores…»

 

Andrés dejó los periódicos. Otra vez miró las montañas y sin-tió el movimiento de los pequeños músculos de los ojos adap-tándose a la nueva distancia, una sensación física paralela a su alojamiento, a sus divagaciones. Esta vez, vio el Salto, la grie-ta sombría del valle, la presa blanca, el ancho embalse per-diéndose hacia el ocaso, los pabellones, la Dirección, la ex-planada, la residencia, el aliviadero, la cascada, la estructura pintada de purpurina, el plano inclinado», la orilla de roca… Se quedó mirándolo todo. No se dio cuenta de que una enfer-mera se acercaba con el termómetro de la tarde. La enfermera se lo puso, esperó unos minutos ante él, de pie, y volvió a co-gérselo.

 

—37,9 —dijo. Y sacudió el termómetro para bajar el mercu-rio.

 

«Las décimas de todas las tardes», pensó él.

 

Era otra tarde, varios días después, y parecía no haberse mo-vido de aquel sitio, no haber cambiado ni siquiera de postura, la misma manta envolviéndole medio cuerpo, periódicos y otra carta de Charito sobre ella. Su mirada, aquel camino hasta las montañas próximas, la obsesión por las relaciones entre

 

 

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ellas y las nubes, ese equilibrio, esa simbiosis necesaria y fun-damental en la naturaleza. Era la misma mirada que unos días antes. Pensaba aún en las mismas cosas, no le era necesario abandonar ideas sin reflexionar sobre ellas para dejar paso a otras nuevas. El tiempo era allí algo envolvente y casi quieto, como las nubes en torno a las cumbres. Los periódicos no ha-blaban ya de Aldeaseca. «Números y números los primeros días —pensó—, justificaciones para salvar responsabilidades, y luego, al cesto de los papeles.» Sólo ella, Charito, le escribía contándole lo que iba ocurriendo. «Fue horrible, Andrés, fue horrible. Encontraron, por fin, un trozo de pierna, y, el mismo día, medio cuerpo, no se sabe de quién. Era viernes. Día a día, todo el Salto había seguido la búsqueda, angustiándose con la falta de noticias y con el peligro que corrían los hombres que iban río abajo. Se turnaban dos o tres veces al día. Nadie des-cansaba lo suficiente. En mi vida he visto a la gente con tantas ojeras, tan descuidada para peinarse, para vestirse, por la ex-planada no paseaba nadie, la gente no se visitaba.

 

Andrés, creo que es preferible que tú no hayas estado aquí. Y, sin embargo, “si estuviera Andrés”, pienso a menudo, aunque en estos últimos días…» Era el amor y el temor ancestral de la mujer por el hombre que desafía algo, mezclado con el orgullo de saberle capaz de desafiarlo y de seguir viviendo en este inmenso desafío del tiempo y de la tierra. Andrés se sintió completo como hombre leyendo las frases de Charito. Poco a poco, le habían ido desapareciendo las dudas que sentía res-pecto a sí mismo, aquellos ridículos esfuerzos por parecer más alto, la obsesión por su salud, quizá causa de la pérdida de ella, y la artificial indiferencia hacia todo lo que no fuera de interés para él. No importaba nada, ni su enfermedad, que pronto curaría, ni siquiera la catástrofe del Salto, a pesar de su importancia, ante este sentimiento de inmensa solidaridad, conseguido a través del propio amor, del propio vivir entre los demás hombres. Naturalmente, fracasos y retrocesos han lle-

 

 

 

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nado el camino, pero siempre el camino del hombre es hacia delante. Andrés lo sintió, notó la alegría como notaba la fie-bre. Se extrañó entonces, un instante, de sentir alegría cuando precisamente estaba leyendo la carta de Charito en que le con-taba los últimos sucesos. «No sé por qué, no sé bien si se con-sideró cada resto como el cadáver total de una víctima, pero el caso es que, por cada uno de ellos, o sea, por cada resto, se hizo un entierro. Tuvimos entierros el primer sábado y al sá-bado siguiente. Hoy ya es martes y la gente empieza a creer en una especie de maldición sobre la “semana inglesa”, están convencidos de que el viernes o sábado se encontrará otro brazo u otra pierna, y que el próximo sábado o domingo vol-veremos a tener entierros. Las tardes de los últimos sábados fueron un duelo de todo el Salto, detrás del camión donde iban los restos encontrados hacia el cementerio. Imagínate un entie-rro en camión. El ruido del motor, a marcha lenta, era obse-sionante. Hubo gritos de mujeres, parecía que todo el mundo lloraba o rezaba, haciendo un ruido continuo. Todo el Salto iba detrás del camión, y yo llegué a ponerme más nerviosa que nunca, como si fuese la hija o la esposa del hombre al que per-teneció el brazo o la pierna. Y aún no ha cesado el horrible redoble, como tú lo llamas: una o dos veces por día se oye el cañonazo del agua y luego ese ruido como si fuera de un sifón, aunque ya es mucho más flojo que los primeros días.» La en-fermera le interrumpió la lectura.

 

—Póngaselo bien, por favor —le dijo.

 

Andrés dejó la carta sobre la manta y se puso el termómetro en la axila izquierda. «El hombre es el hombre», volvió a pen-sar. «Campesinos que se habían hecho obreros, empleados y técnicos, todos en el “pozo”, más de siete años ensordecidos por los alternadores y cegados a toda luz del cerebro. Héroes, auténticos héroes de una epopeya extraordinaria, hechos de todas las miserias y bajezas humanas, pero héroes dignos de ser coronados por esas nubes.» Imaginó, como le pedía Chari-

 

 

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to, el entierro subiendo hacia el cementerio. Carretera arriba, entre los pabellones grises, hacia el próximo horizonte que no se alcanzaba nunca. Un brazo menos. Un brazo más en la tie-rra. Un paso del hombre sobre el mundo.

 

—Déme —oyó. Miró a la enfermera, sin pensar en ella, mien-tras comprobaba la temperatura.

 

—Es la primera tarde que no tiene décimas. Enhorabuena.

 

En la cuarta tarde que no tuvo décimas, Andrés recibió otra carta de Charito en la que le contaba que no se oían ya los golpes del agua, había bajado el nivel hasta muy cerca de la compuerta y fluía por ella libremente, sin el agobio de la enorme presión de la masa del embalse lleno. Casi vacío, ofrecía un aspecto desolado, era un hueco macabro, lleno de pozas con más peces que todo un río. Las mujeres de Nueva Aldeaseca iban con cestos y capachos y se los llevaban reple-tos. Dos niños se habían ahogado por meterse en estas pozas a coger peces. Era «horrible» verlos descalzos, con los pantalo-nes o las faldas remangadas, inclinados, buscando, dándose chapuzones a veces. «No puedo acostumbrarme a mirar vacío el valle. No te puedes imaginar lo raro que hace, hasta parece antinatural.» «Sí —pensó Andrés—, antinatural. El hombre llena un valle de agua y la naturaleza respeta y se adapta a esta nueva ordenación. El hombre es el hombre.»

 

Después de cenar, escribió a Charito para decirle su total me-joría y su próximo regreso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XXII

 

 

 

—Ha sido un retraso tremendo — abarcó con los ojos la parte del edificio destruida, la huella brutal de la compuerta—, pero, en algún aspecto, puede ser beneficioso para la automatiza-ción. Se hará con menos trabas ahora.

 

Resonaban los ruidos del trabajo en el mediodía hueco, con un sol casi metálico. Un martillo golpeó tres veces. Luego, im-precisos, otros golpes más lejanos, más confundidos con el sopor de la hora de comer. Los albañiles producían un ruido seco al rascar con la paleta en los cubos de la masa. Comenzó a girar una hormigonera. Un obrero se irguió, abandonando la pala con la que había estado echando la grava, sacó un pañue-lo sucio del bolsillo posterior del mono, y se secó el sudor de la frente. Miró a los dos visitantes.

 

—Es ventajoso este sistema de turnos. Así no queda detenido el trabajo ni a las horas de comer.

 

El visitante asintió. Elevó los ojos hacia lo alto de la presa.

 

—¿Qué hacen aquéllos? —Su pregunta se detuvo sólo unos segundos hacia los obreros que trabajaban en el andamio col-gado hacia la mitad de la presa. Miró su reloj de oro en la mu-ñeca y dejó caer el brazo. Desde hacía un rato notaba el estó-mago excesivamente vacío.

 

El ingeniero jefe sonrió. Se sintió satisfecho de poder informar al visitante de algo; era la primera vez que preguntaba.

 

—Trabajan en la compuerta definitiva. Eso es lo que más prisa corre. Tiene que estar antes de que se vuelva a llenar el embal-se —dijo. Anduvo unos pasos hacía la central.

 

—Pero tan altos…

 

 

 

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—Sí, por ahí pasan las varillas de mando; se puede controlar desde arriba, ¿comprende?

 

—Si no le molesta —dijo el hombre del traje oscuro, dete-niéndole con la voz, cuando iba a volver a avanzar hacia la central—, prefiero regresar ya. Estoy cansado aún del viaje y ya me hago cargo de cómo van las obras.

 

La visita había empezado veinte minutos antes. Desde la ex-planada de la estructura, el miembro del Consejo de Adminis-tración e importante accionista de la CEDE, había escuchado las explicaciones del ingeniero jefe, mirándose los pantalones cada vez que pasaban cerca de algo con cemento o aceite de los transformadores. Asentía continuamente con la cabeza, miraba todo lo que el ingeniero jefe le señalaba, pero sin dete-ner sus ojos en nada demasiado tiempo, y se alisaba el pelo de cuando en cuando. Pensó varias veces que no habría hecho falta venir hasta la misma central, permanecer un cuarto de hora bajo aquel sol agobiante y, precisamente, a la hora de comer. Hubiera sido igual de útil quedarse en la terraza de la Dirección y oír allí las explicaciones del ingeniero.

 

El ingeniero se volvió y se acercó a él.

 

—Al fin y al cabo —sonrió despacio, manteniendo la sonrisa en la boca como el humo de un cigarrillo, huyendo y retor-nando a cada movimiento de los labios—, el Consejo no tiene ni idea de cómo son las centrales y no le interesan los detalles.

 

Comenzó a andar hacia el elevador.

 

—Como usted quiera —dijo el ingeniero y le siguió. «Ya me imaginaba yo esto», pensó. Se puso al lado del representante del Consejo y, juntos, fueron hacia la base del elevador.

 

El obrero vio alejarse a los dos hombres, a los que había esta-do mirando desde que dejó la pala para limpiarse el sudor. Volvió a cogerla, se oyó el chirrido de su hoja de metal en-

 

 

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trando en el montón de grava, y voló en seguida una paletada hacia la boca oscura de la hormigonera. Antes de llegar, la pala rechinó de nuevo.

 

—Por favor.

 

—No, no, por favor.

 

Los ligeros empujones, casi con la punta de los dedos sólo, para obligar al otro a entrar el primero en el coche. El chófer, rígido, esperando con una mano en la puerta. Entró detrás del ingeniero, murmurando aún, sin estar seguro de que fuera ne-cesario: «No faltaba más.» El coche negro arrancó. Quedó una nubecilla de polvo junto al borde del valle, que una momentá-nea brisa deshizo y se llevó en seguida.

 

—Ya ve los sudores que nos está costando. Trabajamos día y noche en algunos sitios.

 

—Sí, sí —dijo el otro—. Verdaderamente, verdaderamente.

 

—Tengo ganas de verlo todo terminado. No puede usted ima-ginarse lo que es esto, vivir aquí siempre… En fin, ya ve usted lo que es esto.

 

El coche llegó ante la Dirección. Salieron los dos hombres pasando entre la puerta y el conductor con la gorra en la mano.

 

—Los esperábamos con impaciencia —les dijo la señora del ingeniero—. Todos los invitados están ya presentes. Sólo fal-taban ustedes para el banquete.

 

El comedor grande estaba preparado para el banquete que los ingenieros y altos empleados ofrecían al miembro del Consejo de Administración, venido en visita oficial como representante de todo el Consejo. Era importante su visita y debía quedar contento de ella.

 

Había empezado el banquete, cuando se oyó sobre todo el Sal-

 

 

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to la sirena que daba la entrada al nuevo turno. La señora del miembro del Consejo se asustó, dejó el tenedor en la mesa y se echó hacia atrás en su asiento. Ella sólo había oído las sire-nas de las ambulancias en las calles de las ciudades, pero no creyó nunca que una simple sirena pudiera tener tanta poten-cia.

 

—Es la sirena de los obreros, para señalar el nuevo turno. Unos salen y otros entran —le explicó un joven ingeniero que estaba sentado junto a ella.

 

Se hablaba poco. Discusiones sobre el orden en que deben comerse la carne y el pescado, sobre los vinos más apropiados para cada plato, o, las señoras, sobre los vestidos o peinados de moda en la capital… Todos parecían tener un especial inte-rés en no abordar temas del Salto, de «aquel horrible pozo donde vivían encerrados, asfixiándose», como decía la señora del ingeniero jefe. Resultaba poco elegante, en medio de per-sonas dedicadas a comentar la película que vieron la última vez que estuvieron en Madrid —los hombres, la última «revis-ta»—, las nuevas líneas del «metro», «lo grande que estaba Madrid».

 

—Están ampliando mucho por la Moncloa, por todo eso de la Ciudad Universitaria —dijo la señora del miembro del Conse-jo—. Está quedando precioso.

 

—El año pasado, cuando estuvimos nosotros, por cierto que nos ocurrió una cosa muy graciosa, porque…

 

Se trataba de volver a decir a las demás señoras del Salto que su marido y ella habían pasado un mes en uno de los mejores hoteles, yendo a los mejores cines y teatros, gastando mucho dinero…, tomando como pretexto el contar una común equi-vocación al tomar un autobús.

 

Llegó hasta el comedor el ruido de la explosión de una pega

 

 

 

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eléctrica. Un grito de la señora del miembro del Consejo hizo levantarse al joven ingeniero que estaba a su lado. Sobre la mesa, se notó la vibración del agua en las jarras y vasos.

 

—¿Se encuentra mal, señora?

 

La tocó levemente en el brazo. Su marido dijo «Luisa» y, lue-go, a los demás comensales: «Tiene los nervios deshechos y con estos ruidos… ¿Qué ha sido eso?» Él había pensado en una catástrofe, le había parecido demasiado grande la explo-sión oída para que no significara que la presa había sido arro-llada por el agua, o algo así. Pero se contuvo y reprimió su gesto de temor, al ver que todos los que le rodeaban permane-cían inmóviles, con los rostros impasibles, sin interrumpir el movimiento que estaban haciendo en el momento de la explo-sión: la mano hacia la boca llevando carne en el tenedor o el brazo extendido para alcanzar un nuevo trozo de pan. Pero, interiormente, no pudieron evitar un recuerdo estremecedor. La señora del miembro del Consejo despidió, con un gesto de la mano, al camarero que había venido para ayudarla, y con una sonrisa, al joven ingeniero, que volvió a sentarse a su la-do.

 

Poco a poco, se restableció el ambiente anterior y surgieron otra vez las conversaciones.

 

Los hombres casi se limitaban a responder a las preguntas fe-meninas o de los superiores, con galantería o adulación. El ingeniero alemán era el único totalmente callado. El miembro del Consejo sonreía siempre que se lo permitía la comida que de vez en cuando se llevaba a la boca. Sus manos la prepara-ban antes cuidadosamente, como si no necesitaran de los ojos para saber por dónde debían cortar, pinchar, o cuándo debían elevar lentamente el tenedor hacia la boca, deteniéndole cerca del plato, en un gesto de atención hacia alguien. Después, aca-badas las palabras, el tenedor continuaba elevándose, esta vez

 

 

 

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más rápidamente, casi solo, hasta depositar, con un leve giro, el trozo de carne entre los labios, imprescindiblemente separa-dos. La contestación la iniciaba la cabeza, sin prisa, afirmando simultáneamente a la masticación, disimulada con elegancia. Entonces, la palabra ampliaba y explicaba el significado de aquel gesto.

 

—Sí, sí, verdaderamente. —Lo decía despacio también, sin dejar de acompañarse con el gesto, mucho más suave que an-tes. Las mujeres, y algunos hombres, observaban continua-mente las maneras del miembro del Consejo, admirados de la elegancia de todos sus movimientos, por pequeños que fuesen.

 

Ahora se hablaba de la reforma de la central. Los hombres, poco capaces para sostener el tipo de conversación de las mu-jeres, tuvieron que tratar de temas de su trabajo. De vez en cuando, camareros con uniforme blanco se inclinaban entre los invitados para servir algo. Se oía alguna risa, nunca muy intensa, pequeños ruidos del tenedor contra el plato, del vaso contra la mesa o del vino cayendo sobre el cristal. Mañana se comentaría en todo el Salto lo que hoy se hablaba en el ban-quete. Noticias sobre el fin de las obras, ya próximo; sobre la inauguración total.

 

—El montaje eléctrico está prácticamente acabado —dijo un ingeniero—, sólo queda la parte de construcción y las com-puertas. Bueno, aparte de lo de hacerla automática.

 

Las reparaciones de los destrozos causados por la reciente ca-tástrofe se llevaban a un ritmo rápido. El miembro del Consejo se interesó por la automatización.

 

—Está montada ya, ¿no? —preguntó.

 

—Casi montada —rectificó el ingeniero alemán.

 

—De todas formas, está aún demasiado reciente la catástrofe. Podría perjudicar a la sociedad más de lo que ya le ha perjudi-

 

 

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cado. La inauguración debe adelantarse todo lo que se pueda. Mientras tanto, convendría hacer algo, algún acto que atrajera a la prensa… ¿comprenden? En el Consejo hemos hablado de esto. Ya sabrán que nuestras acciones tuvieron una baja peli-grosa.

 

—¿Qué le parece?, pronto daremos la luz a varios pueblos cercanos —dijo el ingeniero jefe.

 

La señora del administrador roncó levemente, dos sillas más allá del miembro del Consejo: «Siempre haces lo mismo, po-drías…»

 

El miembro del Consejo dijo algo.

 

—Desde luego —levantó la voz el administrador, volviendo la cabeza.

 

«¿Qué habrá dicho?»

 

—No, no le decía a usted… Basta, tengo bastante —el cama-rero se retiró

 

—. Decía que sería muy conveniente darle el máximo realce a esa inauguración en ese pueblo. ¿Es uno de esos que quedaron debajo del agua y que se reconstruyeron luego? Yo me encar-garía de la asistencia de autoridades.

 

—Sí, sí, es uno de ésos. Pero se va a inaugurar también en otros. En esta comarca hay muchos con candiles. La central ha sido un beneficio extraordinario para estos pueblos.

 

—Sería un buen golpe —dijo el visitante. Luego, dirigiéndose al administrador—: Yo hablaré para arreglar el presupuesto con el presidente. Escojan un pueblo, en los otros no interesa. La sociedad sufrió un rudo golpe con aquella catástrofe por-que, aunque puedan pensar otra cosa, su trabajo, con todas sus incidencias, repercute notablemente sobre el mundo de las

 

 

 

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finanzas. Son ustedes verdaderamente importantes. Vale la pena ese esfuerzo que hacen, trabajando día y noche, sin des-canso.

 

Sonrió. Sonrieron el ingeniero jefe y los cinco ingenieros más próximos. Se oyó entonces algo como un arrastrar de metales arañándose y el ruido de un motor. Habían coincidido en una pausa todas las conversaciones y el ruido arañó el silencio, los manteles blancos, las sonrisas, turbó la superficie del agua en las jarras, terminando en un chirrido y en una vibración inten-sos.

 

—¿Qué ruido es ése? —preguntó el miembro del Consejo.

 

—Trabajan aquí al lado, en la carretera. Será la excavadora:

 

hace un ruido muy desagradable.

 

—Verdaderamente —dijo. Su esposa le miró—, ¿te has asus-tado?

 

—No, ya no —dijo ella.

 

—¿También en esa carretera tienen que trabajar a todas horas?

 

Alguien le explicó que la vieja fue construida provisionalmen-te, y el paso continuo de los camiones, la sequedad de la tierra y el viento la habían ido haciendo intransitable. En algunos trozos, debido al terreno poco firme, la carretera casi había desaparecido.

 

Era el postre ya. Los camareros recogían los platos con prisa, casi con miedo a que los invitados se quejaran de tenerlos va-cíos delante de ellos demasiado tiempo.

 

—Son las tres y cinco. —El miembro del Consejo exageró un gesto de asombro—. Tengo que emprender el regreso antes de las cuatro. Verdaderamente, ha sido una visita muy interesan-te.

 

 

 

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En la central, el segundo turno de obreros empezó a trabajar. Casi no se detuvieron los ruidos. Una pausa nada más, un si-lencio, aún lleno de trabajo anterior y ya empezado a romper por el nuevo trabajo. De nuevo, el martillo golpeó tres veces y se detuvo, de nuevo se oyeron golpes confundidos con el sol, más bajo ahora, pero denso todavía, cargado de sopor, y las paletas de los albañiles rascaron los cubos de la masa, y la hormigonera empezó a girar.

 

Un coche negro arrancó frente al edificio de la Dirección.

 

 

 

XXIII

 

 

 

Subió el agua hasta que el embalse estuvo casi lleno de nuevo. El Salto pareció recuperar algo importante, como si el valle lleno nuevamente fuera una compensación a la catástrofe y a la muerte. Otra vez empezó el «gran ruido», según se fueron poniendo en funcionamiento los alternadores que se repara-ban. Se ensordecieron los huecos atemorizados de los cere-bros, más atemorizados que nunca. El ruido los llenó y ya no hubo lugar en ellos para el miedo. Habían pasado semanas enloquecidos, huyendo detrás de un periódico o una novela o una emisión de radio del peligro, obsesivamente sentido en cada acto, en cada momento y de la renacida sensación de en-cerramiento en el «pozo». Más que nunca se usaba el apelati-vo de «pozo» para el Salto, pero ahora estaba confirmado por el embalse vacío tanto tiempo. Casi todos los empleados del Salto que tenían radio, estaban acostumbrados a ponerla fuer-te, como Lobo, por una necesidad de no oírse a sí mismo.

 

Venía el otoño, el último otoño que muchos pasarían en el Salto. Las fiestas de fin de año ya no las celebrarían en él.

 

 

 

 

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Pero quedaban aún algunos meses, que iban a ser los peores. Había llegado al límite la resistencia de muchos. Las mujeres, cada día, tenían más propensión a la histeria, a las discusiones violentas con el marido o entre ellas mismas. Al principio, pareció calmarlas un poco el clamor de la central, que se reanudó varios meses después de la catástrofe, cuando estuvo otra vez embalsada suficiente cantidad de agua.

 

Entonces fue cuando María dio a luz. Nació Maricarmen, el cuarto hijo del matrimonio Lobo. El bautizo se celebró con menos animación de la que hubiera habido en otras fechas. María, Charito y Vitorina estuvieron haciendo churros desde las siete de la mañana, con un aparato que habían pedido pres-tado. Chuchín disimulaba, procurando comerse los que podía sin que lo notaran. Vistieron a la niña con un traje blanco y una capita bordada encima. Vitorina se quedó, mientras tanto, rallando el chocolate. Fueron a la iglesia del Salto, y luego regresaron al pabellón de la familia Lobo, donde estaba prepa-rado ya el desayuno a base de chocolate, churros y pasteles, para todos los invitados. Todo esto ocurrió doce días después del parto, pero María estaba otra vez de pie, con buen color, llena de la energía melancólica que la caracterizaba.

 

Se marcharon las primeras familias, adelantándose a los hom-bres, que irían luego, uno o dos meses más tarde, cuando el trabajo estuviera terminado. La automatización estaba a punto de finalizarse, y pronto se realizarían las primeras pruebas. Entonces, gran número de empleados y obreros se irían a un nuevo Salto de la empresa, en otro punto alejado de España. Muchos obreros habían sido despedidos, y estaban de nuevo en las aldeas, reintegrados al trabajo de la tierra, al cuidado de los animales, a la casa de adobes en el fondo del corral. En los pueblos sumergidos y reconstruidos por la empresa, los cam-pesinos se vieron obligados a cultivar tierras nuevas, compra-das para ellos como compensación por las que habían perdido. Pero no eran «sus tierras», las tierras en cuya elección y traba-

 

 

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jo habían participado los antepasados y los siglos, una genera-ción detrás de otra, realizando pruebas, cambios y descubri-mientos insignificantes que se proyectaban sobre las futuras como un acervo enorme de observaciones y conocimientos mínimos, por los que los campesinos de hoy sabían que sus tierras eran sólo «sus tierras», y sentían dolor al perderlas. Las nuevas poseían la dureza de toda la comarca, su esterilidad invencible; estaban cubiertas de pedruscos y agrietadas por la falta de agua. Kilómetros de extensión ocupaban las rocas, amontonadas, formando cuevas, y, sólo de vez en cuando, al-gún claro donde quedaban frente a frente el cielo y la tierra parda. Sólo los lagartos y las culebras vivían allí. Los campe-sinos habían sido empujados hacia el río por este paisaje hostil y la falta de lluvia. Ahora, la central los había arrojado del valle, obligándoles a volver cerca de las rocas y la tierra agrie-tada, imposible de cultivar, salvo en pequeños espacios. Se encontraron de pronto sin ganado, vendido la mayor parte cuando se fueron a trabajar a la presa. De todas formas, no habrían encontrado pastos, a no ser llevando el ganado varias leguas río arriba. Pero las mujeres, mientras los hombres esta-ban en la central, no podían abandonar el pueblo, debían aten-der a la comida, al niño, a los pocos cerdos y gallinas que les habían quedado. Habían hecho bien en vender el ganado. Pero volvería de nuevo el antiguo terror al cielo y a la tierra, las miradas cansadas sobre el estiércol del camino, junto al mulo en el que tendrían que traer, más que antes, agua desde el em-balse; iría creciendo en el pueblo blanco aquel olor sucio de siglos, y las paredes irían siendo cada vez menos blancas, has-ta que, otra vez, las cocinas estuvieran llenas de moscas, zum-bando en torno a mujeres y hombres encogidos, oscuros, como charcos sin agua, enlodados, donde cualquier germen de vio-lencia y estupidez podría crecer. O se marcharían buscando trabajo, y llegarían a las ciudades para adherirse a ellas con sus costumbres primitivas, su ignorancia, sus necesidades y sus pequeñas casas construidas por ellos mismos en los alre-

 

 

 

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dedores. Habían sido obreros ocho o seis años y se veían, de pronto, despojados de lo que tuvieron mientras fueron campe-sinos y sin poder seguir en el nuevo trabajo y en la nueva vida. La automatización de la central adelantó el despido y lo hizo más numeroso. Sólo algunos campesinos, que habían logrado especializarse dejando de ser simples peones, continuarían trabajando para la empresa, que los trasladaría a un nuevo Sal-to, con sus familias, para dejar de ser campesinos definitiva-mente. Pero eran muy pocos.

 

La comarca entera comenzó su lucha contra la tierra. Les ha-bían prometido que más adelante, terminada la central, serían construidos canales y acequias para el riego. Pero, aun así, la tierra no daría mucho. Los monos obreros fueron perdiendo las manchas de cemento y grasa, para adquirir, en su lugar, un color menos azul y más terroso. Los remiendos de pana empe-zaron a ganar superficie a la tela azul. La lucha iba a ser feroz. Otra vez el hombre contra la tierra.

 

Los ingenieros habían decidido inaugurar la luz eléctrica antes de Navidad en las cinco aldeas reconstruidas. La noticia fue recogida en todos los periódicos del país con grandes titulares: «Luz para las aldeas», «La electricidad llega a las aldeas», «El progreso avanza…». «Es loable —decía uno— el esfuerzo que están realizando los ingenieros y técnicos de la CEDE para que la luz eléctrica les sea dada a estas atrasadas aldeas antes de Navidad. Su propósito es, según nos dijo el señor Martínez, ingeniero jefe de la central, que estas Navidades sean las pri-meras en que los campesinos gocen de los adelantos de la téc-nica, para que así puedan conmemorar con más fervor y bri-llantez la fiesta del Nacimiento de Nuestro Señor.» «Estamos contentos —nos dijo luego— de que sea la CEDE, precisa-mente, la empresa que haga dar al país este trascendental paso hacia delante. El hecho de que cinco aldeas, hasta ayer vivien-do en el atraso, vayan a poder encender la luz dándole a un interruptor, en mi opinión, es un símbolo de lo que puede la

 

 

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civilización cuando se decide a redimir de la miseria a los pueblos. Como tal símbolo, la CEDE no escatimará gatos para celebrarlo mediante un acto apoteósico, que tendrá lugar en Nueva Aldeaseca, con asistencia de importantes autoridades.»

 

En los periódicos de más difusión se publicaron entrevistas, reportajes, sobre la próxima inauguración. En uno de ellos, apareció un día una foto en la que se veía a Juan Lobo llevado a hombros por una masa de campesinos. Su pie decía: «Ha empezado la serie de inauguraciones de la luz eléctrica en las aldeas que rodean a la potente central de Aldeaseca. La técni-ca los arrojó de sus pueblos, que quedaron cubiertos por las aguas del embalse, pero les construyó otros nuevos, les dio nuevas tierras y ahora les da luz eléctrica. En nuestra foto, los campesinos de Piedrablanca expresando su agradecimiento a la empresa en la persona de uno de sus técnicos, que fue el encargado de cerrar el interruptor que iluminó, al mismo tiempo, todas las casas del pueblo.»

 

 

 

XXIV

 

 

 

Lobo estaba de pie frente a la caseta del transformador, donde trabajaban todavía el montador y el obrero. Pasaban cerca los burros y los mulos que traían agua en cántaras desde el embal-se. Los chasquidos de lengua de los campesinos se mezclaban a los ruidos del martillo y el destornillador.

 

—¿Ha comprobado las fases? — dijo Lobo.

 

Agachado, el obrero volvió la cabeza y, con una tuerca entre los dientes, pronunció confusamente «sí», a la vez que movía la cabeza.

 

—Se hizo ayer —dijo el montador

 

 

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—. La línea está ya lista también.

 

—A ver si podemos dar esta misma noche la luz. Bueno, no a ver si podemos, sino que la tenemos que dar… Mañana hay que seguir con el grupo quinto, hasta que lo terminemos. — Lobo se agachó para mirar más de cerca el trabajo del obre-ro—. Déjalo así, ya está bien.

 

Desde que llegaron, los estaban mirando aquellas mujeres, rodeadas de niños con los ojos muy abiertos, silenciosas. Son-reían cuando las miraban, cambiando, al mismo tiempo, los ojos con una timidez salvaje y soltando una risa corta, extraña, sin significado.

 

—Es como si nos estuvieran mirando animales —dijo el mon-tador—. Pobre gente.

 

Miró Lobo a los niños, delgados, curtidos por el sol, casi todos con el vientre hinchado y el pecho plano. Los ojos de algunos estaban como sucios de no habérselos lavado en muchos días. Un instante, estuvo tratando de entrar en aquella vida y com-prenderla, pero pronto volvió a ocuparse del trabajo.

 

Al atardecer, vieron venir un coche pequeño por el camino de los carros.

 

Desapareció detrás de las primeras casas y no pudieron ver dónde se detuvo. Les extrañó que no viniera nadie a donde ellos estaban. Debía de ser un coche de la CEDE. Media hora después, pasaron dos campesinos jóvenes. Iban alegres, echando el humo de sus cigarrillos con fuerza.

 

—Fuman «rubio» —dijo el montador.

 

—Sí, es raro.

 

Estaban sentados en la sombra de la caseta. Habían terminado ya el trabajo y todo estaba preparado para dar la luz. Pero pre-

 

 

 

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firieron esperar a que fuera de noche, para poder apreciar el efecto de ver encenderse todas las bombillas del pueblo al mismo tiempo.

 

—¿Estarán dados todos los interruptores? —Lobo se emocio-nó pensándolo.

 

—Sí —dijo Higinio—. Esta mañana los fui mirando yo todos, uno por uno.

 

—No crea que, si no, los campesinos se iban a atrever así co-mo así a darlos —dijo el montador—; les tienen miedo, como si fuera algo malo.

 

—Ya, ya lo sé —rió Lobo—, a mi criada no la hemos logrado convencer para que los utilice. En cuanto se queda sola, en-ciende el candil que se trajo del pueblo. Claro que es de Al-deaseca.

 

Higinio se sonrojó. La sombra era ya tres veces más larga que la caseta.

 

—No te enfades, hombre —rió otra vez Lobo—. Pero es que es verdad, sois los más atrasados de esta parte. Pero tú eres ya una excepción.

 

—Todavía estoy intrigado con esos campesinos —dijo el montador.

 

Lobo le miró con cansancio desde la piedra donde se había sentado. Se oyó el paso cercano de otro asno, el ruido del agua en las cántaras y el chasquido del campesino arreando al ani-mal. Vio a Higinio recogiendo las herramientas, agachado. Estaba enrollando el cable sobrante, ayudándose con el ante-brazo, con movimientos rápidos y seguros. Lobo estuvo fiján-dose en sus manos.

 

—¿Qué tal te arreglas con esas manos? —le preguntó.

 

 

 

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Higinio se detuvo y examinó su mano derecha. Luego se la mostró a Lobo.

 

—Bien, ya me voy acostumbrando. La izquierda es la que me ha quedado peor, pero me hace menos falta.

 

Sujetó el cable con la derecha y le enseñó la otra. Lobo vio una mano grande, sin las últimas articulaciones en dos dedos. Cuando terminó de enrollar el cable, Higinio hizo intención de guardarlo en la caja de herramientas.

 

—Deja fuera eso —dijo Lobo—. Pero notarás algo raro, ¿no?

 

—Sí, los primeros días, sobre todo. Me parecía que no podía coger nada, se me caía todo. Tenía como miedo a tocar las cosas.

 

—Menuda la debiste pasar —dijo el montador—. ¿Sabe lo que le digo? Que se lo tienen que haber dado los del coche, usted sabe que ellos no fuman rubio y menos en su pueblo…

 

Lobo rió.

 

—Vaya obsesión la suya —le dijo

 

—. Creí que hablaba de otra cosa. ¿Qué más da? Ahora vienen muchos periodistas por aquí, habrá venido alguno y ya sabe. Esa gente da tabaco a todo el mundo.

 

Lobo estuvo mirando las casas blancas, iguales, del pueblo recién construido por la CEDE. Detrás, casi hasta el horizonte, las colinas de piedra, los matorrales aislados, los cardos. Sobre ellos y el paisaje, el canto de las chicharras, tan semejante al ruido de un interruptor con una conexión falsa. Higinio había terminado de recoger las herramientas y el material. Se levan-tó, y fue hacia Lobo, limpiándose las manos en los costados del mono azul.

 

—Tú empezaste de peón, ¿no? —le dijo Lobo.

 

 

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Él se quedó de pie ante él, como esperando algo.

 

—Sí, señor —le dijo.

 

—Siéntate por ahí, hombre. En el Salto ha debido de tocar la sirena hace un rato.

 

Aparecieron dos hombres entre las casas blancas. Llevaba uno sombrero de fieltro y traje gris, con una elegancia que a lo lejos se adivinó ya extraña a aquel sitio, incluso al Salto. Una cartera de cuero se sostenía entre el brazo y el cuerpo, descui-dadamente. Al otro le colgaba de un hombro una máquina fo-tográfica con flash, y un estuche de cuero. También llevaba sombrero.

 

—Esos deben de ser los del coche

 

—dijo el montador.

 

—Sí —dijo Lobo—, ¿no se lo dije? Periodistas, seguramente.

 

El sol se había puesto. Se oían más fuerte las chicharras. Al grupo de mujeres y niños que los rodeaban se empezaban a unir los hombres que regresaban de trabajar en el Salto y los que iban dando por terminado el acarreo de agua desde el em-balse. Sabían todos que aquella noche tendrían por primera vez luz eléctrica, y asistían al acto de cerrar el interruptor co-mo a un espectáculo. Muchos se sentaban en las peñas, sobre la ladera suave de la colina donde estaba la caseta del trans-formador. Más allá de ellos se veía el pueblo entero, defen-diendo la blancura de sus casas contra el crepúsculo y la no-che.

 

Venían subiendo los dos hombres, sorteando a los campesinos y obreros sentados en el suelo, sin dejar de mirar hacia los tres hombres que estaban junto a la caseta blanca, que apenas pro-yectaba ya sombra.

 

 

 

 

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—Buenas tardes —dijeron, casi al mismo tiempo, y aún reco-rrieran varios metros antes de llegar a donde ellos estaban. Se quitó el sombrero uno de ellos y lo sostuvo con la misma mano con que sujetaba la cartera. Su compañero descolgó la cámara fotográfica, el flash, y el pequeño estuche de cuero. Se quitó el sombrero también, teniendo ya en la mano libre un pañuelo doblado que se pasó por la frente—. Soy periodista. Me llamo Francisco Pozo, de El Adelanto. Ustedes son los técnicos de la CEDE, si no me equivoco. Mi compañero, Luis Gonzaga, «repórter» gráfico.

 

Se saludaron.

 

—Perdóneme —dijo el montador, enseñándoles las manos, sucias todavía del trabajo—. Miren mis manos…

 

—Sí, no se preocupe —sonrió el periodista, dándole la mano a Lobo—, Por favor, sigan sentados.

 

Se sentaron los cuatro en las piedras. Higinio había permane-cido de pie, apartado de ellos, y allí se quedó ahora, mirándo-los, sin poder evitar la curiosidad por la primera cámara foto-gráfica que veía a tan corta distancia. Lobo estaba un poco confundido por la excesiva cortesía de los periodistas. Los miró despacio, mientras ellos contemplaban a los campesinos.

 

—Espero que no les molestará que tiremos algunas placas del momento. — El reportero había vuelto la cabeza bruscamente hacia Lobo. Dio una palmada sobre la cámara y sonrió, sin esperar la respuesta.

 

—No faltaba más. —Lobo usó una frase escogida, de alta cor-tesía, que sólo empleaba en los momentos en que se sentía obligado a ser muy amable—. Una «kodak», ¿no? ¿Me permi-te?

 

Lobo tendió la mano hacia la cámara. Sin una palabra, se la alcanzó el reportero. Lobo comenzó a examinarla despacio,

 

 

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con la morosidad del entendido. Sólo un par de veces tocó la corona del objetivo, mirando las muescas que la graduaban. Higinio se había colocado junto a él. Estaba inclinado, absor-to, siguiendo cada movimiento de las manos de Lobo, con sus ojos y su boca abiertos.

 

—Es curioso —habló el reportero dirigiéndose a su compañe-ros—. Todos esos campesinos, ahí sentados…, están esperan-do a que usted dé la luz, ¿no?…

 

Lobo notó que la última frase era para él por un movimiento de cabeza del reportero.

 

—Sí, eso creo —dijo.

 

—Señor Lobo. —Higinio llevaba un buen rato deseando ha-blar—. Señor Lobo, esto, ¿esto para qué sirve? ¿Es para hacer retratos, como los que hay en el «cuadro» de la central?

 

—Parecen adoradores de algo, fieles a un rito, y nosotros so-mos los sacerdotes. —Hablaba el reportero con su compañero, olvidado de los otros hombres. Miró hacia atrás, y luego con-tinuó—: Esta caseta es la acrópolis del pueblo, el templo, el ara sagrada… Es curioso, sí, ahí sentados, en la ladera, ¿no te parece? Ya tienes tema.

 

Rió, antes de acabar de hablar, con una carcajada corta y sono-ra, casi explosiva.

 

Lobo no había dejado de hablar, explicándole a Higinio la uti-lidad de la cámara.

 

—¿Una reacción química? —

 

Higinio había entendido muy poco de la explicación—. Pero hace retratos, ¿no?

 

—Sí, hombre, ¿no te lo están explicando? —le dijo el monta-dor—. Es muy sencillo. Claro que tú no sabes nada de esto.

 

 

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Entonces, la noche venció la blancura del pueblo. Sólo queda-ron algunas manchas menos oscuras donde habían estado las casas. Desde la caseta, se notó el avance definitivo de la oscu-ridad, la instauración de un silencio distinto al del día, más denso, formado por ruidos más continuos y débiles. Las chi-charras habían callado. Ahora se oía el canto cortado del gri-llo, sobre el silencio y los hombres. La ladera estaba ocupada por los habitantes del pueblo: parecían estar todos, incluso los ancianos y niños. Con la oscuridad, vino también un rumor de conversaciones, de risas broncas, de cuerpos acomodándose entre las piedras. Era una masa anónima, estaban allí confun-didos con la noche, formando una sola cosa con la noche que oscurecía sus casas. Un niño lloró en los brazos de alguna ma-dre. Durante unos segundos, sólo se oyó su llanto obstinado, un ruido humano rebelándose contra el oscuro silencio de la hora. Junto a la caseta, se veían tres puntos de luz. Lobo se levantó.

 

—Higinio —llamó.

 

Higinio tiró su cigarrillo, y sólo quedaron dos puntos de luz sobre la colina. El reportero gráfico dejó entre los labios su cigarrillo y comenzó a preparar la cámara y el flash. El perio-dista guardó la libreta en la que había estado apuntando los datos que Lobo le daba contestando a sus preguntas.

 

—Yo creo que debemos darla ya — dijo Lobo.

 

El montador tiró su cigarrillo y no quedó entonces más que un punto de luz sobre la colina. Lobo se detuvo delante de la puerta de la caseta. Higinio estaba a su derecha, espiando cada uno de sus movimientos, dispuesto a obedecer sus órdenes.

 

—La linterna —oyó. La tenía en la mano.

 

El reportero tiró su cigarrillo, y en la colina no hubo ya ningún punto de luz.

 

 

 

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Higinio empujó con el pulgar el resorte de la linterna, y un cono de luz blanca descubrió, en el interior de la caseta, el interruptor, sus piezas de cobre rojizo, el brillo negro del mango para accionarlo, la chapa de baquelita pulimentada que lo sostenía. Se oyó aumentar, detrás, el rumor humano, la ex-pectación primitiva de los campesinos, y la sorpresa, el asom-bro ante aquella luz pequeña con la que se iniciaba la ceremo-nia. El montador se acercó a Lobo, que le estaba llamando con la mano.

 

—Se comprobó ya la línea, ¿no?

 

—Sí, señor Lobo, esta tarde a primera hora —dijo.

 

Estaban los tres de espaldas a los campesinos, Lobo en medio, e inclinados un poco hacia el interior de la caseta. Se volvió Lobo y, casi al mismo tiempo, se volvieron el montador e Hi-ginio. Miraron al pueblo, callado, oscuro, hundido en la gran masa negra. Un estremecimiento los unió instantáneamente a la espera impaciente de los campesinos, a su terror y a su ig-norancia ante aquel acto incomprensible, extraño, al que asis-tían. Lobo recordó, de pronto, algo, y algo se le aclaró en el cerebro. Fue la visión de dos cuerpos violáceos, retorcidos, caídos uno sobre otro, palabras dichas por alguien, por Pedro, sí, por aquel chico, aquella vez, cuando se le acercó:

 

«Darán luz a mi pueblo, ¿no?» Recordaba Lobo cosas pasa-das, hechos irremediables y dolorosos de su propia vida, del largo e ininterrumpido trabajo que era ya su vida, y supo, por unos instantes, el sentido de ella, o, por lo menos, sintió que era una compensación poder ser la mano que cerrara aquel interruptor.

 

Pero Lobo, avergonzado un poco de su emoción, de los re-cuerdos que habían afluido tan densamente, se volvió de nue-vo hacia el transformador. El reportero estaba enfocándole con su cámara. Lobo hacía esfuerzos para evitar la emoción, pero

 

 

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se emocionaba cada vez más. Era tonto aquello que le pasaba. Bruscamente, se acercó al interruptor. Higinio y el montador estaban a ambos lados de él. Notó el frío del mango en la mano, la presión de sus músculos, y empujó con fuerza hacia adelante. Aun a pesar de la luz de la linterna, se vieron los chispazos violeta en las clavijas.

 

Se había cerrado el circuito.

 

Casi en el mismo instante, se oyó el fogonazo del flash. Des-pués, tras un denso silencio de pocos segundos, se alzó un ru-mor de voces entrecortadas. Se volvieron hacia el pueblo. Una masa blanca y brillante estaba en medio de la oscuridad. Por las ventanas de las casas salía una luz quieta, un blancor que había resucitado la blancura de las paredes, adornándolas con las pequeñas sombras intensas de los ángulos, las esquinas, los trozos de casas que se proyectaban sobre las más próximas. El pueblo estaba iluminado. Tenía luz. En cada casa había una cápsula de cristal, con filamentos finísimos, incandescentes, que vertía la posibilidad de ver las formas y los colores cuan-do la naturaleza la negaba. Los campesinos se habían puesto de pie y miraban, asombrados, el resplandor de sus hogares. Volvieron a quedar en silencio por unos segundos, en los que sólo se oyó alguna voz de niño queriendo saber la razón de aquel prodigio. Se había callado de pronto el niño que estaba llorando, como si el nacimiento de la luz en el pueblo fuera lo que estaba pidiendo con la obstinación de su llanto. Fue cuan-do Lobo, sonriente, se dejaba fotografiar en una postura rígi-da, con cierta altanería que no era suya, sino de las circunstan-cias por las que se veía convertido en el centro y ejecutor de lo que para los campesinos tenía el carácter de milagro. Fue en-tonces.

 

Sonó de nuevo el flash.

 

—Esos imbéciles lo han debido de olvidar —dijo el periodis-

 

 

 

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ta. El reportero giró el carrete—. Se habrán emborrachado con el dinero que les di y se habrán fumado la cajetilla… Cochinos paletos.

 

El periodista esperaba la foto espectacular: el hombre que ha dado la luz a un pueblo, llevado a hombros por sus habitantes. Esperaba la foto del momento, que él había previsto con unas cuantas pesetas y un paquete de tabaco dado a cinco campesi-nos a cambio de que cogieran a Lobo a hombros.

 

—No vienen. —Estaba indignado.

 

—Podríamos decírselo a otros —dijo el reportero.

 

—Es tarde, es tarde ya —gritó, casi oyéndole Lobo y sus compañeros—. Esta gente es suspicaz, no les gusta que los engañen… Hubiera salido a pedir de boca.

 

Fue entonces. Los campesinos, paralizados por el asombro hasta ese momento, empezaron a hablar, a gritar, se oyeron risas. Un anciano lloraba, se le agitaban los hombros y el pe-cho de llanto y alegría. Las mujeres apretaban a los hijos y ellas eran abrazadas por los hombres, maridos, hijos, herma-nos. Lloraba y reía la masa anónima, de pie, en la ladera, mi-rando el pueblo lleno de luz blanca por primera vez, se estre-mecía compacta, y una alegría nueva y blanca como la luz iba naciendo en sus oscuros cuerpos de campesinos analfabetos. Una alegría nueva, pero no distinta, esencialmente, de la ale-gría por la lluvia escasa, por la siembra realizada, por la cose-cha densa que mueve el viento como una cabellera corta, ver-de, joven y dispuesta al sacrificio. Era la alegría del hombre que ve crecer algo y lo atribuye a su trabajo y a su dolor: una planta, la luz, un hijo. Era más: era la alegría del hombre ven-ciendo a la naturaleza, a alguna oscuridad del mundo. En ellos era asombro y llanto y risa y necesidad de apretar los cuerpos queridos.

 

 

 

 

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Varios campesinos jóvenes, espontáneamente, habían elevado a Lobo sobre sus hombros y le llevaban ya, gritando, colina abajo hacia el pueblo. El periodista y el reportero luchaban por detenerse un momento en medio del río humano para fotogra-fiar la escena que ellos no habían podido comprar. Todos los campesinos descendían ya, en una masa compacta, gritando y empujándose. Al llegar a la calle central del pueblo, los hom-bres se apretaron más, hasta que nadie pudo mover un pie sin esperar a que lo moviera el de delante. Lobo iba hacia el cen-tro, sobre las cabezas de todos, riente, lleno de turbación. Ha-bía vuelto a su juventud, a la necesidad de triunfo de los veinte años, cuando creía en un mundo en el que el trabajo y la hon-radez serían recompensados y, quizá, glorificados. Como un niño, iba mirando a los lados, viendo las puertas abiertas por las que se escapaba la luz, formando franjas de cabezas ilumi-nadas. Los hombres y mujeres reconocían sus casas al pasar y se quedaban en ellas. Higinio entró en una de las primeras. Delante de sus dueños apagó y encendió la luz varias veces con su mano incompleta. Después de mucho insistir, casi obli-gándolo, logró que el campesino y su mujer se atrevieran a girar el interruptor. Luz, oscuridad. La mano dura del hombre la daba y quitaba a voluntad. El campesino encendió la luz por quinta vez, miró a su mujer, y empezó a reír. Tenía miedo aún, le parecía demasiado extraño y peligroso aquello de tocar el pequeño aparato de la pared en el que tanto poder parecía estar encerrado. Oscuridad, luz.

 

—¡Luisa, Luisa, mira! —gritaba. Y giraba el interruptor, la habitación se volvía a llenar de luz, y lloraba y reía, abrazando a su mujer.

 

Probó ella otra vez. Luz, oscuridad. Oscuridad, luz. Dos giros de la mano.

 

—¡Dios mío, Señor! —dijo—. Esto es cosa del demonio.

 

 

 

 

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Y rió también. El niño palmoteo, rió imitando al hombre des-de la espalda de la madre.

 

La masa de campesinos había llegado a la plaza. Llegó men-guada, porque muchos se habían ido quedando en sus casas. El reportero pudo entonces hacer la fotografía que deseaba el periodista. Aún se oían gritos, cubiertos por otros más apaga-dos, que salían de las casas por las puertas y ventanas abierta. Muchas ventanas se oscurecían e iluminaban con intervalos de segundos, como en un guiño de todo el pueblo, alegre como un niño. Aquello de encender y apagar la luz girando el inte-rruptor se había convertido en un juego que se contagiaban unos a otros. Todos querían probar, se empujaban para alcan-zar el interruptor y, después de hacerlo, estallaban en risas y exclamaciones.

 

Bajaron a Lobo y, poco a poco, no fue quedando nadie en la plaza. Higinio y el montador miraban en silencio las casas inquietas, blancas, de las que salía el rumor de la admiración todavía.

 

—Había que convencerlos, muchos tenían miedo —dijo Higi-nio. Rió—. Como si les fuera a pasar algo por darle a un inte-rruptor. Yo también tenía miedo, hace unos años… Qué co-sas…

 

Rió otra vez.

 

La noche era sin luna. Lobo respiró profundamente y sintió el aire dentro de los pulmones, un placer lento que le disolvía el nudo de emoción que se notaba en la garganta. Expulsó en seguida el aire, con un ruido ligero, casi suspirando. Tenía algo muy alegre en el pecho. Miró las casas.

 

—Es tarde —dijo.

 

Pero no se movió. Las casas de Piedrablanca resplandecían, y su resplandor parecía llegar hasta el cielo, inundando a la vez

 

 

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la tierra seca, sin labrar apenas, y los horizontes borrados por la noche.

 

 

 

XXV

 

 

 

Día 11, jueves.

 

Ayer inauguramos la luz eléctrica en Piedrablanca. El inte-rruptor fue cerrado por mí y todas las casas del pueblo se ilu-minaron de pronto. Los campesinos se emocionaron tanto que me subieron a hombros y me pasearon por todo el pueblo. Dos periodistas que habían venido me hicieron una fotografía así, que se publicará en el periódico El Adelanto.

 

Día 12, viernes.

 

Hoy hemos terminado con el grupo quinto. Esta mañana y esta tarde hemos hecho las pruebas, dando un resultado positivo. El nuevo grupo está montado y en perfecto funcionamiento. La central se ha terminado. Sus obras han durado, en total, ocho años y diez meses. Yo he permanecido en el Salto duran-te seis años y ocho meses, en cuyo período ha nacido el cuarto de mis hijos, María del Carmen, y ha muerto mi mejor amigo, Francisco Ramos. Mañana saldré hacia el nuevo salto de la Sociedad, aprovechando para el viaje el fin de semana. Llega-ré allí el domingo por la tarde y el lunes empezaré mi nuevo trabajo: el montaje de los alternadores en una central de salto artificial, proyectada para una producción de trescientos mi-llones de kilovatios- hora al año. El desnivel está conseguido mediante canales que traen el agua desde el nacimiento de un río, para dejarla caer, por las tuberías, desde ciento veinte me-tros de altura.

 

Mi familia vendrá después, en un camión que nos proporcio-

 

 

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nará la empresa. Mi trabajo en la nueva central durará unos cuatro o cinco años como mínimo.»

 

Juan Lobo cumplió el programa de su diario.

 

 

 

XXVI

 

 

 

El viejo autocar dobló la última curva y enfiló la entrada del poblado. Se oyó el cambio de velocidad, el embrague raspan-do, y el motor pareció detenerse un momento, como si no pu-diera con la carta. En seguida, un nuevo tirón devolvió la ve-locidad anterior, y comenzó el descenso hacia el Salto. A la derecha quedó el cuartel de la guardia civil. Ruiz miró la gari-ta, enfrente de la cual estaba el centinela de puerta, sentado sobre un poyo de piedra. Por primera vez se dio cuenta de que había llegado al Salto. Se pasó la mano por la frente, estiró del cuello de la camisa, e hizo un movimiento hacia adelante, co-mo si fuera a levantarse.

 

—Hemos llegado —le dijo el maestro.

 

—A usted le queda aún un kilómetro hasta Nueva Aldeaseca

 

—dijo Ruiz.

 

—Sí. No sabe lo impaciente que estoy.

 

Frenó el autocar. Ruiz vio alzarse a todas las cabezas que ocu-paban los asientos de delante. Algunos levantaron las manos hacia paquetes o cestas. Otros estaban ya asomados a las ven-tanillas. Una mujer luchaba con dos gallinas atadas por las patas. Había empezado el rumor de los saludos, los gritos de los recién llegados y los que los esperaban, los sonoros besos en la mejilla de las mujeres.

 

Allí estaba ella. Andrés sintió algo en el pecho, un latido irre-

 

 

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gular que le llegó hasta la cabeza y las piernas. Había visto antes que otra cosa su sonrisa, aquella claridad recordada tanto tiempo como una luz en el centro del rostro. Luego, la sonrisa quedó concretada sobre la boca y, en torno a la boca, surgió el resto de la cara de Charito. Le dio por la ventanilla su maletín de viaje, sintiendo, al hacerlo, el roce de sus manos. Se las apretó un momento, el maletín detenido en el aire entre las cuatro manos.

 

—¿Qué tal?

 

El maestro había bajado ya. Ruiz avanzó entre los asientos, esperó a que saltase a tierra la mujer de las gallinas, y se en-contró abrazando un cuerpo blando, que se apretaba a él con una ansiedad reprimida durante meses.

 

—Me pilló de sorpresa tu telegrama. No me dijiste nada en la última carta.

 

Rió nerviosamente, mirándole.

 

—No, es que no lo sabía. Fue de pronto… —Se detuvo y la miró a los ojos. Ella los bajó—. Me harté, ¿sabes?

 

El médico quería retenerme aún un mes más, pero yo estaba curado del todo y quería verte, antes de que te marcharas.

 

Ella sonrió.

 

—¿De quién es esta maleta? —El ayudante del conductor, desde el techo del autocar, estaba de pie, algo encogido hacia adelante, sujetando una maleta al borde del mismo. Volvió a gritar—: ¡Esta maleta!…

 

—¿No es la suya? —dijo el maestro. Andrés soltó las manos de Charito.

 

—¿Eh?, sí gracias… Oiga, oiga… Aquí…

 

 

 

 

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El ayudante se limpió el sudor de la frente en el antebrazo y se la tendió, con desgana.

 

—Ahí va.

 

Ruiz la dejó en el suelo, junto al maletín, y se volvió hacia el maestro.

 

—Muchas gracias —le dijo—. Es mi novia… El señor Martín, que viene de maestro a Nueva Aldeaseca.

 

Sonrieron al darse las manos, permaneciendo después unos segundos de silencio, hasta que Charito indicó con un gesto la sombra del pabellón. Ruiz se agachó y cogió el maletín y la maleta. Avanzaron unos pasos hasta encontrarse los tres bajo la sombra, contemplando a los viajeros y a sus familiares, que luchaban por llevarles los bultos del equipaje. En el banco de piedra, un grupo de mujeres esperaba el reparto del correo.

 

—¿Tienes que coger alguna carta?

 

—preguntó Andrés.

 

—No, no creo. Podemos irnos.

 

¿Usted no viene?

 

El maestro contestó afirmativamente, con duda en la voz. Se-ñaló las dos gruesas maletas que traía.

 

—Aún tengo un paquetón de libros. Supongo que lo traerán mañana o pasado mañana —dijo.

 

Ruiz tocó las maletas del maestro.

 

—¿Están cerradas? —El maestro asintió—. Entonces las deja-remos aquí… y ya enviaremos por ellas. Hoy come usted conmigo. ¿Puede quedarse?

 

Ruiz arregló lo de las maletas con Teo, que le saludó respe-

 

 

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tuosamente, iniciando una reverencia. Teo trasladó las tres maletas al interior.

 

—No, el maletín me lo llevo —dijo Ruiz.

 

Teo volvió a su trabajo de ordenación de la correspondencia, notando ya la sequedad que todos los mediodías le empujaba irresistiblemente hacia la taberna.

 

Bajaban los tres un poco detrás del grupo de viajeros, mirando sin hablar sus siluetas inclinadas hacia los lados

 

por el peso de maletas y cestas. Ruiz miró a lo lejos, por en-cima de los tejados de los pabellones, hasta dejar sus ojos, un momento, en el horizonte rocoso. Vio los tres árboles que re-cordaba y bajó la mirada hasta donde estaba la presa. No se veía aún. El edificio de la Dirección despedía humo por su chimenea. Se volvió al maestro.

 

—Éste es el Salto. ¿Qué le parece?

 

—Hombre, veo pabellones y pabellones nada más. Muy orde-nados, desde luego. Es la influencia de la técnica, supongo. ¿Qué edificio es ése?

 

Charito y Ruiz miraron en la dirección señalada por el maestro con la cabeza.

 

—Es la Dirección, donde están las oficinas de jefatura y ad-ministración, las viviendas del ingeniero jefe y el administra-dor. También residen ahí los invitados que vienen, se celebran banquetes…, ya sabe.

 

—Sí —dijo el maestro.

 

Sonaba bajo sus pies la grava de la carretera, un crujido rítmi-co, pequeño, que llegaba a hacerse obsesionante en las pausas silenciosas. El ruido de los alternadores resonaban en el inte-rior de la cabeza del visitante, como una continuación del rui-

 

 

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do del motor durante el viaje.

 

—No sé cómo pueden vivir con este ruido. Es más fuerte de lo que yo creía —dijo.

 

Charito rió. Pasó un camión hacia arriba, levantando una nube de polvo, botando con estrépito su caja vacía.

 

—Ya se acostumbrará. Al principio a todo el mundo le pasa igual —se volvió hacia Andrés—. Nos vamos mañana, ¿sa-bes? Papá se marchó hace una semana al nuevo Salto. Mira, la tienda de Corazonsanto vacía: se marchó ayer. Creo que ha puesto una tienda estupenda en Bilbao con lo que nos ha roba-do a todos. Y el Periodista y el Tío Sólido… Todos se han ido ya.

 

Ese camión debe de ser el que va por los alimentos. Queda-mos ya muy pocos.

 

Habían llegado a la altura de los primeros pabellones. Venta-nas sin visillos, puertas abiertas, papeles tirados en el suelo, cestas rotas, trozos de cristal… Las calles tenían cubierto el suelo de restos de vida, se notaba el abandono en cada esqui-na, en cada tabla de las paredes, más grises ahora que cuando servían de refugio. La desolación de todo había hecho más triste el ruido enorme de la central, como si encontrara una mayor resonancia en las casas vacías. Andrés sintió un estre-mecimiento y miró a Charito.

 

—Sí, ya lo veo.

 

—Está mañana salió una caravana, mañana sale otra… Son camiones que pone la empresa. Nosotros nos vamos a unir a una… Es más seguro el viaje.

 

El maestro miraba todo en silencio, perdida ya la sonrisa que tenía cuando bajó del autocar. La desolación de los primeros pabellones, el ruido de los alternadores, las tiendas vacías,

 

 

 

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todo lo que veía le impresionaba de un modo especial. Se sen-tía como si llegara a un sitio cuando la vida acababa de dejar-lo.

 

—¿Se oye en Nueva Aldeaseca este ruido? —preguntó a Cha-rito.

 

—Sí, pero no tanto. Ya verá, en unos días se acostumbrará. No se preocupe… Se oye a no sé cuántos kilómetros.

 

Sintió miedo. De pronto, se arrepintió de haber tomado la de-cisión por la que se encontraba destinado a Nueva Aldeaseca, un pueblo que jamás había tenido escuela. Sólo sabía de él que el antiguo pueblo había quedado debajo del agua y que antes de que se empezara la construcción de la presa, permanecía en un estado casi prehistórico. Sabía también lo del crimen, uno de esos crímenes colectivos, característicos de ciertas zonas rurales del país. El maestro no ignoraba el significado de estos hechos. Recordó luego la central, sus catástrofes, de las que se había enterado por la prensa, la extraña coincidencia de la más grande con la implantación de la «semana inglesa», los ente-rramientos en camiones… Tuvo la sensación de haber entrado en un lugar mítico, sometido a una encrucijada de fuerzas con-trarias en lucha violenta. La naturaleza, la técnica y los hom-bres, víctimas y verdugos a la vez, dos clases de hombres que se ignoraban más de lo que una especie animal puede ignorar a otra. Al llegar a la altura de la explanada, descubrió el em-balse, como una amenaza dominada por la presa. Estreme-ciéndose, miró al ingeniero. Siguieron descendiendo por la carretera hacia la residencia de ingenieros solteros. Charito se despidió y ellos entraron en el pabellón de madera, montado con cierto lujo.

 

Martín, durante la comida, preguntó a Ruiz datos técnicos so-bre la central y su desarrollo. Comían solos. La mayor parte de los residentes se habían marchado ya del Salto. Casi todas las

 

 

 

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mesas estaban sin manteles, y, sobre las sillas, había apilados servilletas, platos y cubiertos, preparado todo ya para la mar-cha inmediata.

 

Después de comer, Charito y su madre, ayudadas por Chuchín y Vitorina, continuaron embalando los muebles y guardando la ropa. Dos obreros iban bajando las cosas por la pequeña escalera de madera, hasta formar, junto a la entrada, un mon-tón de armarios, somieres, mesillas…

 

—Esta noche tiene que estar todo en el camión —decía la ma-dre, y daba órdenes con la seguridad de quien no es la primera vez que dirige una operación semejante. Todos iban y venían, sonaban los martillos manejados por los obreros o las mujeres, y los muebles iban quedando envueltos por telas o por jaulas hechas de listones de madera…

 

Chuchín gozaba en aquellos momentos porque encontraba pequeñas cosas que jamás había visto en la casa: restos de abanicos, piezas de los apliques de las cortinas, tuercas, boto-nes de cuero…

 

—¡Dios mío! —decía la madre de vez en cuando—. Toda la vida igual.

 

Y clavaba el listón cerrando el embalaje que protegería la luna del tocador de su cuarto.

 

—Déjeme eso a mí, señora —dijo un obrero.

 

—A buenas horas; ya está —reía ella.

 

El obrero se marchaba y, un momento después, desde la ven-tana del comedor que daba a la calle, ella dirigía la bajada del armario de luna por la escalera. El obrero de delante, agacha-do, lo llevaba sobre su espalda ayudándose con las manos; el de detrás, casi metido debajo del armario, miraba por los lados cuidando de que no rozara con la barandilla. Ella, desde arri-

 

 

 

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ba, asomada a la ventana, les decía si debían echarlo a la iz-quierda o a la derecha, cómo debían cogerlo, cuándo debían torcer para no tropezar con la barandilla. Charito, en el suelo del comedor, enrollaba un colchón, dentro del cual y envueltas en mantas, iban la loza y las cosas de cristal. Chuchín estaba sentado junto a un estuche de sombreros, donde se guardaban los dos o tres que tenía la madre de las bodas a las que había asistido y de la suya propia. El niño se puso una pluma entre la nariz y la boca, y riéndose por las cosquillas que le produ-cían, llamó a Charito.

 

—¡Charito, Charito, mira! —La voz le salió deformada. El esfuerzo para sujetar la pluma le impedía mover libremente los labios.

 

Charito rió primero y luego le dijo que dejara las cosas en su sitio y que se pusiera a ayudarlos, en vez de hacerles perder el tiempo. Vitorina le quitó el sombrero de la mano.

 

—¡Tonta! —gritó, y al hacerlo se le cayó el bigote.

 

La madre estaba mirando el armario, ya en la calle, sobresa-liendo de los demás muebles amontonados. Se reflejaba con su luna la tierra, los papeles del suelo, la luz turbia del otoño. Fue ese reflejo o, simplemente, el hecho de ver el armario de su alcoba en medio de la calle, lo que la puso triste. Era la tris-teza anterior a todos los viajes, el antiguo cansancio de la mu-jer que ha llevado muebles e hijos por carreteras y caminos, en camiones y carros, siguiendo al hombre, que se adelantaba siempre a ella para no perder ni un día de trabajo y ganar el dinero con el que se compraban esos muebles y se alimenta-ban los hijos.

 

—¿Se ha preocupado de las cuerdas? —preguntó a uno de los obreros, que subía por la escalera—. En el último viaje se nos rompió una y casi nos quedamos sin muebles.

 

 

 

 

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—No se preocupe, luego iremos al almacén. Ya me lo dijo su marido.

 

«Estará ya allí. ¿Cómo será el nuevo Salto? Otro pozo, otro lugar de ruidos y catástrofes… Y otros siete años…», pensó. Charito la llamó.

 

—Mamá, ¿dónde ponemos los trajes? —Hija, tengo que estar en todo… ¿Está lleno el baúl? —Sí —dijo Charito.

 

La madre avanzó hacia la mesa y levantó un vestido blanco.

 

«Me lo puse en el bautizo de la niña», recordó.

 

—¿Y el armario?

 

—Sí, mamá, ¿no te acuerdas?

 

«Sí, sí, lo llené yo misma. Qué cabeza tengo…»

 

—¿Qué bajamos ahora, señora? — preguntó un obrero desde la puerta.

 

—Ese baúl —señaló. Luego, hacia Charito—: En el armario pequeño cabe aún algo; los envuelves en sábanas y mantas y los metes uno encima de otro.

 

Le dolía la cabeza. El ruido de la central le parecía más fuerte que otros días. Miró hacia la ventana, sin visillos ya, y oyó la vibración de los cristales, igual que el día de su llegada. «No sirvió para nada la masilla que le pusimos… Se habrá caído con el calor o qué sé yo.» Hasta ese día no lo había notado. El primer año, y aún el segundo, no se oyó, pero luego, poco a poco, la masilla había ido cayendo, sin que nadie se diera cuenta de que los cristales comenzaban a vibrar de nuevo,

 

 

 

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primero levemente, y luego cada vez más fuerte, hasta este último día en que su vibración era como el quejido de la casa por el abandono en que iba a quedarse. Las paredes sin foto-grafías, sin calendarios, las ventanas sin visillos, los rincones sin muebles. Sólo la mesa, en el centro del comedor, rodeada de cosas por el suelo, mantas, maletas, paquetes, bolsas… El ruido de la central entraba por la puerta y las ventanas, por las rendijas y a través de las paredes de madera, encontrando un eco mayor, una resonancia sorda que llegaba hasta el último rincón de la cabeza y vibraba allí. Charito sintió tristeza tam-bién. Significaba una separación todo aquello, casi el mismo día en que había sido vencida la anterior. Comprendía a su madre, su peregrinaje detrás del marido, el dolor de dejar atrás las casas vacías, llenas de vida, para llegar a otras casas vacías que se irían llenando de vida y muebles también, de ese im-perceptible olor amoroso que dejan los hombres en las habita-ciones que ocupan durante años. Otras casas que abandonarían también y quedarían vacías y llenas de vida, quizá a costa de irse quedando ellos, los seres humanos, lentamente sin vida, desgastada por las carreteras y en las casas con olor a pintura. Se comprendía a sí misma Charito, y sentía ganas de llorar de impotencia. Su juventud y su amor querían golpear, gritar, hace algo violento que cambiara las circunstancias de su exis-tencia.

 

—Andrés, Andrés…

 

—Sí, tonta, no te preocupes. Ya verás. Es como si hubiera nacido de nuevo, como si fuera otro hombre.

 

—Pero mañana nos separamos.

 

—Tengo que quedarme aquí, tengo que hablar con jefatura, quizá vaya a Madrid o a otro Salto… Ya veré. Nos reuniremos pronto.

 

—Escríbeme y dame la dirección de donde estés.

 

 

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—Claro, tonta, no te preocupes.

 

—No, Andrés, no…

 

—¿Por qué no?

 

—Andrés, Andrés… Chuchín, ¿qué haces ahí?

 

Chuchín salió de su escondite de la escalera y empezó a subir-la de prisa. Andrés rió sin hacer ruido.

 

—¿A qué hora salís?

 

—No sé, lo más temprano. Después de cenar vendrán a decir-nos la hora.

 

—¿Cuántos camiones van?

 

—Creo que siete, fíjate, con los muebles y todo. No, no…

 

—¿Por qué no?

 

—Andrés…

 

—Sí.

 

—¿Qué hora es?

 

Le cogió la mano al decirlo y se separó de él. Miró desde muy cerca el reloj, sin descubrir otra cosa que una blancura redon-da sobre la muñeca de él.

 

—Déjame a mí.

 

Andrés acercó a sus ojos el reloj. Logró distinguir turbiamente algunas manchas oscuras.

 

—No lo veo —dijo.

 

—¿Y para qué queremos saber la hora? —dijo ella, riendo y besándole—. Sí, tengo que irme. Mamá estará esperándome.

 

 

 

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Hemos estado toda la tarde preparando la ropa y los muebles, y aún quedan cosas por hacer.

 

Se iluminó la oscuridad en la que estaban, junto a la escalera.

 

Un coche subía por la carretera.

 

—¡Qué jaleo de coches hay hoy! Toda la tarde igual.

 

Se acercó el ruido del motor y los focos dejaron de iluminar-los.

 

—Llevamos dos o tres días así, desde que se marchó papá ca-si.

 

—Pero ¿por qué?

 

—Primero que si la inauguración de la central, luego que si la visita de no sé qué personajes, y esta noche, que van a darle la luz eléctrica a Nueva Aldeaseca. Me parece que viene un mi-nistro y todo.

 

—Sí, es verdad, me lo dijo alguien cuando venía.

 

—¡Ah!, y el banquete que hubo, ¿no te enteraste? Y la bendi-ción.

 

—Charito —se oyó en lo alto de la escalera.

 

—Voy, mamá. An… Un silencio.

 

—… drées… Qué bru… Otro silencio.

 

—… to eres. Estáte quieto, por favor.

 

Él rió.

 

Ella fingía estar seria, pero, de pronto, empezó a reír también.

 

Rieron los dos, mirándose.

 

—Charito.

 

 

 

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—¿Qué?

 

—Nada.

 

La estaba mirando a los ojos. Permanecieron abrazados hasta que oyeron pasos en lo alto de la escalera.

 

—Vendré mañana a despedirte.

 

—Hasta mañana.

 

—Hasta mañana.

 

—¿Qué bajabas a hacer tú?

 

Cogió a Chuchín de un brazo y le hizo subir con ella. Andrés la estaba mirando.

 

Oyó la puerta. No pudo marcharse hasta oír aquel ruido que tantas veces había recordado durante su ausencia. Empezó a andar, despacio, notando cómo le corría la sangre por las ve-nas, especialmente en las sienes y el cuello.

 

En la noche del Salto, notó la falta de muchas luces conocidas. La mayor parte de los pabellones y hotelitos tenían sus venta-nas apagadas. Era extenso el silencio sobre la oscuridad, pare-cía llegar como una capa hasta el horizonte, cubriendo la hon-donada del Salto, aislándola del exterior, de las llanuras vastas por las que se llegaba a las montañas y a las ciudades. Andrés pensó en los años pasados en aquel «pozo» — se sorprendió de usar también esta palabra para designar el Salto—. Llegó a la altura de la explanada y divisó ya las luces de la estructura alta. Pero no estaba el farol del pequeño mercado.

 

—Caramba, señor Ruiz —oyó a su lado—, cuánto me alegro.

 

Era Patricio, el hombre que servía para todo. Andrés se alegró de encontrarse con aquel hombre, empezaba a sentirse dema-siado solo andando por la carretera, entre las masas oscuras de

 

 

 

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los pabellones, en los que sólo alguna luz, de vez en cuando, brillaba, aumentando la impresión desolada que producía todo el Salto. Le saludó con amabilidad, con esa torpeza de las per-sonas que se han dado cuenta de lo inútiles que son las prime-ras frases de saludo.

 

—¿Qué hace ahora? Patricio rió secamente.

 

—No se lo creerá usted. Me he dedicado a la organización de banquetes, dirijo personalmente a los cocineros, me encargo de los vinos de honor… Ha sido una semanita de aúpa.

 

—El día que te dediques a una sola cosa, ¿eh Patricio?, vas a ser un genio.

 

—Pero, señor Ruiz, si yo no tengo la culpa. Todo el mundo me llama. A propósito y antes de nada, ¿está usted ya… bien? —Patricio recalcó la última palabra.

 

—Sí, perfectamente, completamente curado.

 

—Eso es lo importante —dijo Patricio—. Vaya, cuánto me alegro. Ya me habían dicho este mediodía que había usted venido. Pero, con los jaleos que tenemos, no le había visto.

 

—¿Lo de Nueva Aldeaseca? —preguntó Andrés.

 

Estaban detenidos junto al pequeño quiosco del Periodista, ahora abandonado.

 

—Hoy se iba a inaugurar la luz en Nueva Aldeaseca, sí, pero ya no se inaugura. No sé lo que ha pasado que lo han retrasado para mañana.

 

Notó Andrés entonces el ruido de los alternadores con más fuerza en su cerebro. La falta de costumbre y el abandono del poblado, se lo hacían parecer más intenso. Fue como si lo oye-ra en ese momento por primera vez, como si de pronto le hu-biera penetrado por un oído el zumbido de un insecto y el in-

 

 

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secto mismo estuviera volando ahora por el interior de su ce-rebro, rozando con las alas todos sus pensamientos y sensa-ciones. Abajo, junto a los focos del puente que pasaba sobre la presa se veía el cuadrilátero de luces de la estructura alta, des-tacado contra la mancha negra que señalaba el hueco del valle. Patricio se había quedado mirando también la presa y estaba a su lado, como magnetizado por las luces y el ruido que ascen-día del fondo negro.

 

—¿Quién lo iba a decir? Funcionando ya sola, sin un hom-bre…

 

Andrés le miró. Le pareció ver en sus ojos una sombra de emoción.

 

—Ocho años —murmuró otra vez. Era también emocionada su voz.

 

Andrés sonrió.

 

—Eres un sentimental, Patricio —le dijo—. Emocionarse con una central eléctrica.

 

—¿Por qué no? La he visto nacer, he trabajado con mis manos para que crezca, he visto morir muchos hombres en ella… y, además, este ruido, esas luces, ahí abajo. Créame, es algo es-pecial.

 

Andrés sentía lo mismo. No pudo apartar de su cerebro el re-cuerdo de las víctimas. Sintió frío y orgullo.

 

—¿Qué piensas hacer ahora?

 

Patricio encogió los hombros. Seguía mirando hacia la central.

 

—No sé. ¿Usted cree que podría vivir en una ciudad, sin este ruido? El señor Lobo me dijo que debía ir al nuevo Salto de la Empresa.

 

 

 

 

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Permanecieron unos minutos mirando las luces de la estructu-ra, otra vez sugestionados por ellas y el ruido. Luego, Andrés dio un golpe en el hombro a Patricio.

 

—Bueno, hombre, bueno. —Pensó:

 

«Y lo único que ha hecho es trabajar en el almacén, vender, y todo lo que nadie sabía hacer»—. ¿Quieres cenar?

 

Patricio se estremeció rompiendo su estatismo.

 

—Gracias, que aproveche —dijo, y se detuvo. Luego—: ¿A cuánta gente le llegará esta luz?

 

El ruido de los alternadores siguió llenando la noche. Un grillo lo acompañaba.

 

 

 

XXVII

 

Santuario sin dioses

 

 

 

La tapia blanca deja caer un prisma de sombra transparente. Han venido los hombres por el camino, y ahora van por el in-terior de la sombra, pegados a la blancura de la tapia. Fuera, en toda la noche, hay una oscuridad lechosa, que descubre sólo siluetas y colores muertos. Dentro del ruido de la central persiste un silencio pastoso, como dentro de la noche está la luz de la luna y las siluetas turbias y los colores muertos. Avanzan los dos hombres, las dos únicas siluetas que se mue-ven, y el rumor de sus pasos y de su conversación es lo único vivo en el prisma de quietud y silencio que hay junto a la ta-pia. Cuando las dos sombras han caminado varios metros, cuando han llegado a la altura del grillo que estaba cantando, silencioso ahora desde que oyó los pasos acercándose, cuando el prisma de sombras se interrumpe dos metros y es sustituido

 

 

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por el más pequeño que proyecta la puerta provisional de ma-dera, dejando iluminadas las cabezas de los dos hombres por la luna, entonces, las dos sombras se detienen, asustadas, y vuelven la cabeza hacia atrás. Todo se ha llenado con el grito.

 

—Alto, ¿quién anda ahí?

 

Se oyen pasos de alguien corriendo.

 

—Es el guarda, seguramente —dice Andrés—. Como son nuevos, no se fían de nadie.

 

—Menos mal, me había asustado — Martín respira profunda-mente—. Por un momento creí que era ya la guerra…

 

—Todavía no; no fastidie —dice Andrés.

 

El guarda está muy cerca ya. Antes de que ellos puedan dis-tinguir su rostro, él se detiene.

 

—Señor Ruiz —dice—. No le había conocido. Perdóneme usted.

 

Ellos están junto a la puerta que interrumpe la tapia, ilumina-das sus cabezas por la luna. El guarda, en sombra todavía, se acerca a ellos andando, sin la prisa de antes. Ha vuelto a ca-llarse el grillo. Andrés ve aparecer en la luz una cabeza de pelo moreno y rizado, con una mirada inteligente en el rostro curtido, de barba cerrada, característico del campesino. Lleva una cazadora de cuero rozada y una escopeta colgada del nombro.

 

—¡Vaya, Higinio! Menudo susto nos has dado. ¿Cómo es que estás aquí de guarda?

 

Las tres figuras están en la luz ahora.

 

—Es por ahora nada más, luego me iré al nuevo Salto. Me dijeron que si quería quedarme, hasta que tuvieran otro.

 

 

 

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Tiene la mano izquierda en la correa de la escopeta. Los dos hombres miran los dedos con las primeras articulaciones amputadas.

 

—¿Fue eso lo que te hiciste? — Andrés se vuelve a Martín—.

 

¿Recuerda? Higinio fue al que salvaron con un cable cuando reventó la compuerta.

 

—Sí. Y en la derecha, sólo esto.

 

Para apretar un gatillo, si se terciara, que no creo, me apañaría bien aunque tuviera sólo un dedo. Las armas son más fáciles que las herramientas. —Está enseñando las dos manos—, ¿sa-be? Yo debería haber ido también al juicio, y por eso no me he ido al nuevo Salto. Tengo que estar aquí hasta que se sepa lo que pasa. Mientras tanto, el señor ingeniero logró que no me llevaran todavía, dijo que era guarda y que hacía falta. Si no me pasa nada, con ese truco me libro de unos días de cárcel. No sé cómo se las arregló el señor ingeniero; fue muy bueno. Desde que me ocurrió esto, me tratan muy bien.

 

«Es la compensación del señor Martínez», piensa Andrés.

 

—Lo que sentí es no haberme podido quedar ayer en mi pue-blo —dice aún Higinio—, ¿qué buscaban ustedes?

 

¿La entrada? Vengan conmigo, yo les diré. Esta puerta no se abre nunca.

 

—¿Está toda la central tapiada? — pregunta Martín.

 

—Sí. ¿No ve que ya no trabaja nadie en ella? —Higinio se ríe—. Ahora trabaja sola. No sé cómo se las arreglará.

 

Vuelven a andar las tres sombras en dirección contraria, siem-pre dentro del prisma de sombra, hasta llegar a una abertura mayor de la tapia, cerrada por una alta verja de hierro. Higinio ha sacado un llavero grande, del que selecciona una enorme

 

 

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llave.

 

—Yo no puedo acompañarles —dice

 

—. Tengo que quedarme por aquí fuera.

 

Ha chirriado la cerradura. La puerta se abre con el empujón que Higinio le da.

 

—Muchas gracias, Higinio —le dice Andrés.

 

Vuelve a chirriar la puerta, mientras las dos figuras se alejan hacia el resplandor de la estructura alta.

 

—Ha entrado usted en el Santuario —dice Andrés—. Ésta es tierra sagrada ya. ¿Es la primera vez que visita una central?

 

—No —dice el maestro—. Visité una vez una, pero no era como ésta, no tenía presa y la estructura era mucho más pe-queña.

 

—Sería una subestación, o sea, algo así como un centro de distribución y transformación.

 

—Puede ser. Estaba cerca de Madrid.

 

Se han acercado a la estructura. La extraña floración metálica de las columnas y los aisladores destaca como una masa de luces y brillos contra el fondo negro del embalse, del que sólo se ve una franja por encima de la presa. Los altos transforma-dores, de formas vegetales y minerales a la vez, están en el centro de aquel bosque de árboles pintados de purpurina, uni-dos entre sí por rectas ramas de metal y por las lianas de los cables eléctricos. Alejándose de la estructura, salen las líneas de alta tensión. Martín oye ya su persistente chisporroteo, in-comprensible para él, y una sensación de respeto, casi de te-mor, le empieza a llenar.

 

—Va a ver algo curioso —le dice Andrés.

 

 

 

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—Desde que llegué, no he parado de ver cosas curiosas —dice el maestro—.

 

Ayer fue un día que no olvidaré así como así.

 

—Sí —dice Andrés—, un día inolvidable. Para mí también. Me reí mucho y tuve muchas ganas de llorar y gritar. En cier-tos momentos sentí rabia. Y luego, lo de la noche. Es inconce-bible. ¿Le gustó su pueblo?

 

—Estoy aún bajo la impresión de anoche. No puede usted imaginarse lo que fue. Jamás creí que pudiera existir tanto atraso en nuestro país. Son prehistóricos, hombres primitivos, sin ninguna noción civilizada… Lo del crimen es una prueba de que son incapaces de concebir siquiera la idea de justicia…

 

—No estoy de acuerdo —dice Andrés. Caminan, acercándose al resplandor—, ¿sabe usted dónde vi a ese hombre que nos ha abierto por primera vez? Ya le conté ayer lo de las sopas «es-purriadas y las bolitas negras», pues bien, ese hombre era uno de los que se levantaron detrás de una cortina, como llaman ellos a las tapias o cercas, con las manos llenas de piedras, dispuestas a lanzárnoslas, y con una mirada muy distinta, créame, de la que tiene ahora, después de unos años de trabajo en la central. ¿La justicia?, dice usted. Y yo le digo que sí, que estos hombres son culpables de un crimen espantoso. Pero ¿quién es el culpable de que ellos sean culpables? Fíjese: no es un juego de palabras. Su asesinato no es más que una forma primitiva de justicia, es una pena de muerte ejecutada colecti-vamente. Al fin y al cabo, casi es más limpio; son todos res-ponsables, del mismo modo que fueron todos perjudicados y ofendidos. No hay tanta diferencia entre nuestros juicios y condenas y lo que esos campesinos hicieron. Simplemente, un problema de tiempo. Ellos se han quedado detenidos en for-mas de vida muy antigua; nosotros hemos seguido avanzando. Nada más. Y a veces, nuestras concepciones no son más que

 

 

 

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la degeneración de las suyas, y, sin embargo, las consideramos superiores.

 

Andrés se ha detenido. Están ahora los dos quietos bajo la no-che, pendientes, sin saberlo, de cualquier pequeño ruido de la tierra, iluminados sus rostros por la luz que viene de la estruc-tura.

 

—Es usted un ingeniero extraño. — El maestro vuelve a an-dar.

 

—No crea, sencillamente es que estoy empezando a serlo. No sé si sabrá, bueno, claro que no lo sabe, que yo estudié la ca-rrera un poco a disgusto al principio. Ya sabe, la imposición del padre que quiere que su hijo estudie algo «práctico»… Pero luego, poco a poco, fui encontrando algo que me gustaba, sin dejar de molestarme del todo. Era una especie de indeci-sión, no sé; me gustaba y me disgustaba al mismo tiempo. Li-mitaba mucho mis aspiraciones mentales.

 

—Ya le comprendo —dice Martín. Han llegado ante la estruc-tura. La luz eléctrica baña sus cuerpos completamente. Delan-te de ellos, una cuerda atada de columna a columna sostiene, en el centro de su comba, la placa de aluminio con el cartel PELIGRO DE MUERTE y la calavera con las dos tibias cru-zadas.

 

—Usted sabe, descubrí pronto, al terminar la carrera con el número uno de mi promoción, que había entrado en una espe-cie de aristocracia. Nada de carrera «práctica», en el verdadero sentido de esta palabra. Una vida artificial, hueca, y un lento olvido de los conocimientos adquiridos. Eso era todo. Firmas y más firmas. Siempre había alguien que hacía las cosas. Al-guien como Lobo, por ejemplo, o como Ramos, que murió cuando lo del túnel.

 

Andrés se detiene un segundo ante la cuerda, pensando en al-

 

 

 

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go intensamente, y, en seguida, la levanta haciendo oscilar la placa de aluminio.

 

—Pero ¿no es peligro de muerte? — pregunta el maestro. —No, no se preocupe —ríe Andrés

 

—. A mí me conocen. El dios de la electricidad me es propi-cio. Es una simple precaución, innecesaria la mayor parte de las veces.

 

Había hablado mientras se agachaba para pasar bajo la cuerda que mantenía en alto con una mano. Ahora es Martín el que pasa. Así, dentro de la estructura, rodeados de columnas pur-purinas, de aisladores brillantes, y aparatos de formas exactas, rígidas, los dos hombres parecen seres irreales, pertenecientes a un mundo distinto del que los rodea. Viene de lo alto un continuo chisporroteo. Los transformadores suenan sordamen-te, con un ruido mental y denso que se mezcla al olor a aceite y a pintura. Entre los hombres y las estrellas están las barras de alta tensión.

 

—Si usted saltara hacia una de esas barras, claro está, con ciertas condiciones del aire, podría saltarle un arco voltaico y caer electrocutado — dice Andrés—. En el supuesto de que usted salte bastante. ¿Qué le parece?

 

Andrés mira atentamente el techo de barras y cables.

 

—Aquí no se ve bien, da la luna — dice—. Venga conmigo.

 

Recorren varios metros entre los árboles metálicos, sin que Andrés deje de mirar hacia arriba.

 

—Aquí se ve mejor. Venga, venga. Atrae al maestro y le hace mirar hacia los cables. Martín se queda asombrado.

 

—¿Ése es el chisporroteo?

 

 

 

 

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—Sí, por lo menos parte del chisporroteo.

 

Han callado. Miran los dos hombres hacia arriba, donde los cables, gruesos casi como muñecas de un niño, dejan escapar minúsculos chorros de una intensa luz violeta, como si fueran tuberías con infinitos escapes de agua. En toda su longitud, los cables están rodeados por este halo de chispas violetas, salpi-cadas por otras más pequeñas, rojizas y amarillas. Los chorros de luz se desprenden del cable con fuerza y mueren en la no-che, después de un casi instantáneo recorrido de uno o dos centímetros.

 

—Es asombroso —dice Martín.

 

Más arriba, detrás, están las estrellas, fijas, como paralizadas también por el asombro; se oye la respiración de los dos hom-bres, el ruido de los transformadores, y, más lejos, el gran rui-do de la central. Brillan los aisladores, salpicados por los re-flejos de los pequeños focos que iluminan la estructura. An-drés mira al maestro, sonriendo, divertido de su asombro.

 

—Es simplemente una pérdida de electricidad que pasa del cable conductor al aire, que ya sabe que es también conductor. Se llama «efecto corona». A veces se ve mucho más todavía.

 

El maestro sigue con la mirada fija en un cable, casi magneti-zado por el chisporroteo violeta que lo rodea. Su cuerpo está iluminado directamente por uno de los focos.

 

—No creí que en una central eléctrica hubiera cosas así —dice el maestro, dejando de mirar hacia arriba —, ¿cómo dice que se llama? «Efecto» ¿qué?

 

—«Efecto corona» —dice Andrés. Ríe otra vez—. Le ha sor-prendido, ¿eh?

 

—Mucho. Es algo mágico, misterioso.

 

 

 

 

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—Y, sin embargo, perfectamente conocido y dominado por el hombre. Aunque es casi imposible evitarlo del todo. Venga por aquí.

 

Se alejan hacia uno de los transformadores. Se iluminan y os-curecen sus cuerpos al pasar por zonas de luz y de sombra. Están ya en el centro de la estructura, rodeados por los ruidos y la luz y el extraño chisporroteo de los cables.

 

—Éste es un transformador trifásico.

 

—Andrés le hace una explicación técnica del aparato, contesta a sus preguntas, casi todas llenas de la ingenuidad propia del profano, y se alejan después los dos de la alta silueta rematada por las porcelanas cónicas. Por uno de los pasillos del ordena-do bosque de metal, van unos raíles entre los que hay un foso de cemento prolongado. Andrés le explica su uso en los trans-portes de transformadores dentro de la estructura, algunos de los cuales llegan a pesar cincuenta toneladas.

 

—Vamos a salir por el otro lado y nos asomaremos sobre la central, en el fondo del valle. Ya verá.

 

Cruzan varios pasillos perpendiculares, que separan las ban-cadas de cemento donde se asientan los aparatos, y, por fin, llegan al límite de la estructura, cerrado por otra cuerda y otra placa de aluminio. Andrés le ayuda a pasar y le dirige hacia el borde del valle, de donde sube el gran ruido. Andan unos vein-te metros con sus sombras delante, creciéndoles a cada paso.

 

—Yo he estado ya en varios pueblos —dice el maestro—. En uno de ellos inauguraron la luz eléctrica estando yo allí. ¿Sabe lo que pasó? Allí no fue como aquí, que los campesinos no han pagado nada. Allí tuvieron que pagar entre todos el tendi-do, desde la línea general más próxima, y las instalaciones necesarias, una caseta blanca con un aparato…

 

—Sí, un transformador.

 

 

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—… y, claro, el tendido dentro del pueblo y las casas. Los campesinos dieron el dinero, porque el alcalde se lo pidió y a él se lo había dicho el gobernador… Ya sabe… ¡Ah, no!, aho-ra me acuerdo, la empresa había pagado la mitad de los gas-tos… Bueno, pues cuando ya estaba dada la luz al pueblo sólo se apuntaron diez casas… Decían que era mucho eso de tener que pagar todos los meses por la luz. Y el alcalde, esto es lo peor, pensaba igual. A las empresas, cuando tienen que pagar ellas todo el cobre y las cosas, no les compensa. Y los campe-sinos no quieren otra luz que los candiles. Me decía aquel al-calde que para qué la querían, si se levantaban y acostaban con el sol. Y no me vaya usted a decir que para leer. A las empresas no les compensa si sólo van a apuntarse diez casas. Así pasa lo que pasa, que hay muchos pueblos sin luz en nues-tro país. Bueno, y sin agua, y sin teléfono, y sin ferrocarril. Hay pueblos por los que no pasa un camino que los una con otro.

 

—Desde luego —dijo Andrés. Se habían detenido otra vez, cerca ya del borde del valle—. Es muy triste. Y hay gente a quien le parece bello, o yo qué sé, todo esto. Sería preferible menos «belleza», menos «tipismo». Pero no crea que todo se resolvería dando luz eléctrica a esos pueblos.

 

—No, si no se podría, a no ser que se les obligara a pagar a ellos mismos el cable y los postes y todo lo que haga falta.

 

—No es ésa la solución. La solución debe ser más profunda y general. Tener luz puede no significar nada. No se le da la luz a un pueblo sólo con hacer llegar a él la electricidad y con ins-talar bombillas e interruptores en todas las casas. Piense lo que pasó anoche en Nueva Aldeaseca. Necesitan también interrup-tores dentro del cerebro. Necesitan ser hombres del siglo XX, ¿comprende?

 

—Yo confieso que aún no he llegado a comprender la razón

 

 

 

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de este atraso, de esta miseria… —dice el maestro.

 

Han avanzado unos metros y ahora ya están al borde mismo de la ladera del valle. En el fondo está la mancha blanca de la «casa de máquinas», y a su lado la estructura pequeña. Sus luces se reflejan en las aguas que las rodean y en la parte baja de la presa. Martín hace ascender sus ojos resbalando por el paredón de cemento, casi vertical, hasta dejarlos mirando ho-rizontalmente hacia el embalse.

 

—Esa presa está hecha de cemento armado y cuerpos huma-nos —dice Andrés.

 

—¿Cuerpos humanos?

 

—Que yo sepa, dos hombres murieron aprisionados entre el cemento y allí se quedaron. El ritmo del trabajo era tan rápido que sus cadáveres no podían sacarse del cemento. Los dos eran obreros, uno de ellos de Nueva Aldeaseca, el pueblo que se está quedando vacío, su pueblo… ¿Se enteró usted ayer de que se están marchando muchos hombres? Les hundieron su verdadero pueblo y sus verdaderas tierras, y a cambio les die-ron trabajo en la presa. Pero el trabajo ha durado ocho años y ya no tienen pueblo ni tierras. El pueblo blanco que les cons-truimos no les vale, no es el «suyo». Y las tierras son inculti-vables. Pero, a cambio de esta situación, ya lo vio ayer, les hemos dado luz eléctrica y unas cuantas condecoraciones. Y encima nos permitimos encarcelarles por lo que nosotros con-sideramos, con arreglo a nuestras leyes y a nuestra idea de la justicia, un espantoso crimen. No sé, pero me parece que esto no es exactamente la civilización. Falta algo. Dese cuenta: a las empresas no les vale, porque no la saben usar. Falta algo, desde luego, o algo está mal.

 

La presa brilla con la luna oblicua. Por la ladera, cerca de donde ellos están, suben los cables, montados en columnas especiales, hasta la estructura alta. El gran ruido llena todo el

 

 

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valle, ascendiendo hacia el cielo, y extendiéndose por los campos. La masa gigantesca de agua duerme tranquila o do-minada, sin que se note su furor, reprimido por aquella obra lograda por la inmensa solidaridad de las manos de más de mil hombres durante ocho años.

 

—¿Qué le parece?

 

Martín está callado, con la mirada fija en el agua, que se aleja entre las orillas, cada vez más altas, más hundidas cada vez en la noche. Tarda en contestar y, antes de hacerlo, vuelve a mi-rar al fondo, dejando resbalar otra vez sus ojos por la presa. Sólo cuando los tiene en las luces de la «casa de máquinas» y la estructura, se vuelve hacia Andrés.

 

—Falta algo, sí —dice. Lo ha dicho como si no se dirigiera a nadie, pensándolo; luego—: Es grandioso. Y este ruido es co-mo un himno.

 

—Yo lo he pensado muchas veces también. Oyéndolo, miran-do esta obra del hombre, se siente algo muy alegre en la san-gre y se tienen ganas de vivir… y… no sé. ¿Comprende? Hace poco empecé a ser ingeniero de verdad. Lo que quisiera es encontrar la posibilidad de serlo. Nuestro país necesita menos firmas y más proyectos que se realicen en seguida.

 

Durante varios minutos, continúan mirando en silencio la hondonada, su fondo de luz, el brillo alto de la presa. Durante varios minutos, oyen dentro de sus cerebros el himno de las máquinas creadoras de energía, algo atronador que aclara sus ideas y da velocidad a su sangre. Durante varios minutos, con-templan, bajo la luz de la luna, la gran tumba de cemento de los dos obreros, el mayor mausoleo dedicado a dos trabajado-res. Durante varios minutos, permanecen allí, estremecidos, dejando entrar en sus oídos el chisporroteo de los cables. Du-rante varios minutos, piensan en el mundo y en los hombres, en el país antiguo donde viven, inundando de alegría la triste-

 

 

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za de haber nacido en él, sintiéndose seguros de que la alegría romperá la presa e inundará todos los valles y se extenderá sobre todos los campos, llegando a las ciudades para hacerlas más blancas. Pero el agua no. El agua permanecerá represada y los hombres usarán su furor convertido en luz durante mu-chos siglos. Andrés levanta el cuello de su gabardina y se vuelve. Martín aún mira unos segundos hacia la central. Luego se vuelve también, y los dos caminan hacia la salida. No ha-blan ya hasta que se encuentran ante la puerta de verjas.

 

—¡Higinio! —grita Andrés.

 

Se oyen pasos. El ruido de un llavero se va acercando a ellos.

 

Higinio aparece al otro lado de la puerta.

 

—¿Qué, ya terminaron? —Está abriendo.

 

Luego, Higinio cierra con la misma serie de ruidos metálicos. Los dos hombres están esperando a que el guarda se vuelva hacia ellos.

 

—Bueno, Higinio, hasta que nos volvamos a ver —dice An-drés.

 

Higinio, después de guardar el llavero en el bolsillo del mono que lleva debajo de la cazadora, levanta la cabeza sorprendido.

 

—¿Cómo es eso, señor Ruiz? —dice —, ¿se marcha usted? —Sí, voy al nuevo Salto —dice Andrés—, mañana salgo.

 

—Eso no me lo había dicho usted — el maestro está apoyado en las rejas de la puerta. Se queda mirando cómo el ingeniero da la mano a Higinio, oye, sin, comprenderlas, las frases que pronuncia, y después, él mismo le da la mano al guarda. Se alejan ya de la puerta. Higinio los mira.

 

—Ha sido muy interesante —dice

 

 

 

 

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Martín—, me agrada haberme encontrado con un ingeniero.

 

—Yo estoy muy contento de haberle conocido, de saber que existen ustedes.

 

—Luego se queda pensando—. Necesitaba conocer a un maestro.

 

Se alejan los dos hombres, dejando a su espalda el ruido de la central, las luces de la estructura, la potencia del agua represa-da. La mano de Higinio los ha dejado encerrados detrás de la puerta de hierro. Sobre las tapias, pasan sólo dos cables que se alejan en la noche, llenos de luz.

 

 

 

XXVIII

 

 

 

Silbaba el viento en los cables, junto a la carretera por la que iban los siete camiones. Los postes se acercaban a la cabina lentamente y, de pronto, casi de un salto, cruzaban ante el pa-rabrisas y las ventanillas hacia atrás con un ruido de ráfaga instantánea. El paisaje era una tierra extendida, con pocos ár-boles y algunas parcelas cultivadas. A lo lejos, se veían nubes sobre las montañas. De vez en cuando una casita blanca o una choza cónica, hecha de ramas, saltaba también hacia atrás. Los neumáticos despedían la grava y la hundían en la carretera con un ruido continuo, como un crujido renovado y pequeño. Al-gún campesino, algún buey, lejos de la carretera, agachado el campesino en cualquier labor de la estación, se deslizaban la-teralmente hacia atrás, como si la tierra donde estaban se estu-viera desplazando igual que una alfombra mágica. El viento sonaba en las ventanillas, esforzándose por entrar en las cabi-nas. Iban los camiones cargados todos de muebles, grandes lonas cubrían sus cajas, dejando una abertura por la que aso-

 

 

 

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maban las cabezas de los hombres, la mayor parte con boinas, protegidos por los armarios y las mesas. En las cabinas, muje-res y niños amontonados para dejar espacio al conductor. Uno detrás de otro, a igual distancia, los camiones iban dejando atrás casas blancas, campos sembrados ya, bajas colinas des-nudas, árboles amarillos sin hojas, casi siempre aislados.

 

Llegaron a una curva. Siete veces se oyó la velocidad conteni-da de los motores, el ligero patinar de las ruedas. El viento les daba ahora de costado y los motores sonaban más roncos. Al iniciarse una pendiente, siete veces se oyó el cambio de velo-cidad, hasta quedar de nuevo la potencia unánime de los ca-miones sobre la carretera. Volaban cuervos y buitres en el cie-lo azul de la mañana. Eran lo único negro del día.

 

En el segundo camión iban cantando los hombres. Golpeaban las cuerdas de la lona en los costados, crujían los muebles, el camión estaba llenos de bruscos ruidos metálicos, de lamentos de madera sujetada, pero, sobre todos los ruidos, sobre el mo-tor, la canción se elevaba como una columna de voz humana, y el viento la deshacía en jirones que llegaban hasta los oídos del cuarto camión y a veces hasta los del último. Era una ban-dera sobre toda la caravana; En lo alto de la mañana creciente, los buitres y cuervos parecían seguir a la caravana. Los ca-miones avanzaban, y ellos, sin avanzar, siempre estaban enci-ma, como una amenaza, lo único negro del día azul de otoño. La bandera había crecido ya en el tercer camión. Cantaban, y pronto cantaron también en el cuarto.

 

Se divisó un pueblo a lo lejos. Estaba agazapado entre colinas más altas, una mancha gris en torno a la torre de la iglesia. Entonces, los motores cambiaron su sonido por otro más ale-gre. Habían subido los siete camiones la pendiente, y ahora, una recta sin árboles esperaba tendida ante la boca de los ca-miones. Sin un árbol, sólo los postes telegráficos en sus bor-des. Un carro aparecía parado en el centro de la carretera, al

 

 

 

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final de la recta. Se veía ya la silueta de varios campesinos sobre él. La cinta oscura de la carretera fue desapareciendo entre las ruedas de los camiones. El carro creció ante ellos, hasta adquirir las proporciones reales. Un brazo de niño se asomó por la ventanilla del primer camión.

 

—¡Adioooos!… —dijo.

 

Sobre el carro iba un campesino sentado, con una vara en la mano, y detrás, una mujer con un pañuelo a la cabeza, y dos niñas.

 

—¡Adioooos!… —dijeron las niñas. Se habían puesto de pie sobre el carro, y agitaban las manos, riéndose.

 

Desde las cabinas de los seis camiones restantes, seis brazos dijeron adiós hacia el carro, permaneciendo un instante agi-tándose como alas. Y desde el carro, seis veces gritaron adiós las niñas, riéndose y agitando los brazos, de pie. Bajo el ruido de los motores, se oyó, un instante, el viejo rumor de madera del carro. Quedaron atrás las niñas, siempre de pie, agitando los brazos, y su adiós largo duró un momento en el aire, hizo un esfuerzo por quedarse enganchado en el último camión, donde aún saludaban los brazos de los obreros de la caja. Pero el carro había quedado atrás, otra vez parecía parado, y su ta-maño fue disminuyendo hasta ser un punto sobre la carretera. Sólo había sido grande junto a los camiones, al estar un mo-mento al lado de los niños y los obreros que iban en ellos.

 

La canción no había cesado. Era ya una bandera, la misma, sobre el camión. El viento mezclaba las palabras de las can-ciones populares, sus músicas, nacidas en regiones distintas, pero iguales en su nostalgia de la tierra, en su tristeza de hom-bres y mujeres, en su larga queja contra el dolor y la oscuri-dad. Asturias. Andalucía, Castilla, Valencia, Extremadura, Navarra, Cataluña, León…, todas las regiones españolas se deshacían en el viento, se mezclaban y diseminaban sobre los

 

 

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campos secos y bajo el sol azul.

 

Ya se van los pastores a la Extremadura.

 

Ya se queda la sierra triste y oscura.

 

 

La mañana era clara y alegre. Sólo algunos cuervos y buitres volando sobre la caravana, y sobre el pueblo al que estaban llegando. La recta había terminado, y los camiones subieron una corta pendiente, desapareciendo en su horizonte próximo, uno detrás de otro. Quedó sola la carretera, llena aún del eco de los camiones. Pero desde lo alto de la pendiente se veía, cerca ya, el pueblo, sus primeras casas de piedra, con los teja-dos de rojo oscuro, arrugados, y sus pequeñas chimeneas humeantes. Gallinas y cerdos a su alrededor, y niños medio desnudos, que se quedaban mirando a los camiones con un asombro inmenso, no distinto del que tenían las vacas, los cerdos o las gallinas. Hombres vestidos de pana, con remien-dos en las rodillas Mujeres con anchas faldas y pañuelo en la cabeza. La dolorosa tristeza del carro inclinado, sin una rueda, que hay siempre a la entrada de los pueblos. El perro sucio, pequeño, que cruzaba delante de las ruedas del camión y se alejaba con agudos quejidos, casi humanos. La tienda pobre, con el escaparate lleno de moscas y comestibles. La taberna, el hombre sentado a su puerta, fumando. La plaza, con su fuente central, rodeada de abrevaderos. Las muchachas de cuerpos fuertes, esbeltos, llevando cántaros en la cabeza y en las caderas redondas. Los charcos en el suelo, los mulos que pasaban por las calles con un hombre al lado y moscas clava-das en el vientre, haciendo sonar huecamente sus cascos. La torre de la iglesia, hecha de piedras doradas que el tiempo y el aire habían redondeado. La campana, el reloj parado, los ex-crementos de animales en el suelo. El pueblo.

 

Los camiones pasaron despacio, muy separados. La carretera atravesaba el pueblo por el centro, formando su calle princi-

 

 

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pal, y se estrechaba entre sus casas, hasta parecer imposible que pudieran pasar por allí los camiones. Los niños discutie-ron para asomarse a las ventanillas, y fueron riéndose y di-ciendo adiós a todos los habitantes del pueblo. Desde todas las cajas, una tras otra, los obreros gritaron a las muchachas que estaban en la plaza cogiendo agua de la fuente. Ellas se reían, los miraban extrañadas y les sacaban la lengua. Y ellos grita-ban más aún y se reían también.

 

La caravana pasó por el pueblo como una ráfaga de alegría, de manos agitándose, de adioses. Los motores sonaban más fuer-tes, lanzaban sus voces contra las piedras antiguas de las ca-sas, del viejo edificio del Ayuntamiento, de la iglesia, y que-daban resonando luego, apagándose lentamente hasta caer al suelo, muertas, entre los excrementos y los charcos de agua sucia.

 

A la salida del pueblo, pasaron sobre el puente romano y, des-de él, vieron a las mujeres rodeadas por un halo blanco de ro-pas y de jabón, arrodilladas ante el río. Ellas dejaron de lavar un momento y elevaron sus ojos hacia el puente, con la prenda que estaban lavando en una mano y la paleta de madera en la otra.

 

Sonaba otra vez el viento en las ventanillas. Otra vez las can-ciones se elevaron y quedaron ondeando como banderas. Los siete camiones se alejaron del pueblo, por un paisaje de coli-nas cada vez mayores, con más árboles. El color verde se iba extendiendo cada vez más sobre la tierra. Las montañas, con su corona de nubes, estaban más cerca y parecían más altas. Poco a poco, las canciones fueron siendo sustituidas por con-versaciones desvaídas. Alguien narraba, en cada caja, algún viaje que recordaba, el accidente que estuvo a punto de costar-le la vida, la historia de su familia. Las voces de los hombres eran más roncas, raspaban en sus gargantas las palabras, y muchos estaban sentados ya entre los muebles, dormitando

 

 

 

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alguno con la cabeza apoyada en la puerta de un armario. Los niños, en las cabinas, se abrazaban a sus madres o hermanas, cansados de los gritos que habían dado, cansados de empujar-se para ir asomados por la ventanilla y poder sacar de vez en cuando el brazo.

 

Chuchín, en el último camión, tenía la nariz y los pómulos fríos de llevarlos aplastados contra el cristal de la ventanilla posterior de la cabina. Charito llevaba a Mari Carmen, dormi-da, y miraba cómo iban pasando los árboles, pensando, recor-dando con la cabeza de la niña en el hombro. A su lado, la madre, siempre recta, casi impasible, dominando desde la ca-bina el futuro fugaz del camión. El olor a gasolina, el ruido próximo del motor, que parecía nacer del asiento donde iba, las curvas bruscas, la obsesión del camión de delante, a la misma distancia desde que salieron. Parecía tener algo que lo dominaba todo, una fuerza interior, quizá nacida de sus entra-ñas de madre, que impedía al cansancio llenar su cuerpo y cu-brir sus ojos con un velo turbio. El conductor era un hombre joven, de brazos fuertes, cuya camisa, abierta en el pecho, se abombaba continuamente con el viento que entraba por la ven-tanilla. Conducía casi todo el tiempo con un solo brazo, la mi-rada fija en un punto de la carretera, siempre distinto. Cuando ocurría algo, cuando pasaban por un pueblo o se cruzaban con un carro, una casa, hacía comentarios humorísticos o contaba algo en relación con lo que veía. La madre permanecía en la misma posición, como un símbolo de la maternidad, capaz de soportar viajes y privaciones. Pensaba, acaso, en la única idea que no había abandonado durante toda su vida, en la tranquili-dad, o en su marido y en la necesidad de estas peregrinaciones detrás de él, en sus hijos, que iban creciendo, y cada vez iban siendo más extraños para ella.

 

«Como gitanos.»

 

Pasó la caravana bajo una línea de alta tensión que cruzaba la

 

 

 

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carretera. Eran cables gruesos, combados de columna a co-lumna, como nervios gigantescos, que se alejaban, después de cruzar la carretera, hacia las montañas. En el primer camión, el conductor miró a las columnas, luego examinó rápidamente la cerca de piedras que bordeaban la carretera, y se volvió a las mujeres que iban apretadas a su lado.

 

—Ésa es la línea que viene del Salto —dijo.

 

Las mujeres miraron. Las líneas negras se perdían a lo lejos, paralelas a la tierra. Pensaron en ciudades no vistas, en cam-pos jamás pisados, en sus vidas de mujeres de obreros.

 

—¡Mira, mira! Ésa es la línea que viene del Salto —dijo en la caja un obrero. En la cabina, el conductor estaba explicando que había sido él el que trajo hasta allí aquellas columnas, o mejor, las piezas que luego se unieron para formar la potente silueta que ahora tenían.

 

Brillaba el sol en el color purpurina de las columnas metálicas. Cinco pájaros estaban en los aisladores de una de ellas. Al pasar junto a la columna el primer camión, cinco pájaros vola-ron, desapareciendo en un momento del cielo azul.

 

—Menudo tute nos dimos —cuenta el obrero de la caja—. No os podéis imaginar, días y días, durmiendo en el suelo, a cielo raso, y luego que no es una cosa fácil eso de poner en pie toda una línea de alta tensión…

 

En el cuarto camión un obrero contó que él había trabajado en la instalación de la línea. Recordó que fue allí, en ese sitio, por el que acababan de pasar, donde estuvo a punto de morir.

 

—Me machaqué un dedo en lo alto, como para haberme caído, chico.

 

En los dos camiones, y en los otros también, una alegría se puso en los rostros de los que contaban y de los que oían.

 

 

 

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Ellos habían hecho esa línea; ellos, elevando columnas purpu-rinas sobre los campos secos, y tendido cables hasta las ciuda-des más apartadas para que llegase a ellas la electricidad, creada por ellos también. «Esa línea es la que viene del Salto.» Recuerdos, horas de trabajo, explosiones, nacimientos de hi-jos, muertes, accidentes, años llenos de ruido. Hombres y mu-jeres, desde las cajas y las cabinas, se quedaron mirando las columnas, perdiéndolas con la mirada al alejarse, y sintiendo dolor o tristeza por ello.

 

La caravana se alejó. Allí quedaron los cables, cruzándose perpendicularmente con la carretera. Eran como nervios; pare-cía, mirándolos, que llegaban a todos los rincones del país, repartiendo la energía creada por otros nervios humanos. Y parecía como si fueran ellos mismos nervios humanos o tuvie-ran algo de los nervios de los obreros que erigieron las colum-nas, tendieron las líneas y crearon la fuerza que iba por ellas. Como si no llevaran sólo electricidad, sino vida también, la vida gastada, en el trabajo que los hizo posibles. Y la caravana se alejó de ellos con su alegría de metal y gasolina, contenta de haberlos visto, de haberse cruzado con los nervios eléctri-cos del país. Y los cables vibraban con el viento y sonaban, y su ruido era un himno. Había sol y cielo azul. Otra vez se veían cuervos, buitres y aguiluchos. La caravana seguía dis-puesta a seguir su avance y a cruzar las montañas, cualquier barrera, para llegar al nuevo trabajo, del que nacería más energía, que iría por los campos en cables, sobre bellas co-lumnas purpurinas.

 

Iban en el primer camión Vicente García Santos, tornero, de León, que trabajó en el taller desde que se empezó la cons-trucción de la central (su mujer y su hijo de nueve años iban en la cabina); Carlos Frutos Herrero, peón, nacido en Soria (su hermana de quince años iba sentada en la caja, apoyando la cabeza en el somier donde murió el padre de Vicente García Santos; la madre iba en la cabina); Antonio López Martín, hijo

 

 

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de uno de los carpinteros muertos al reventar la compuerta, y carpintero también él, que trabajó en los encofrados de todos los grupos de la central y, antes, en los de la presa (la viuda de su padre, madre suya, iba en la cabina); Ángel Mendoza Par-do, maquinista de la excavadora, que trabajó en los dos túne-les y en la presa (sus padres vivían en un pueblo de Asturias, sacando peces del mar); y José Pérez Montalvo, conductor, que se turnaba al volante del camión con Pedro Prieto Tejada: los dos solteros, los dos transportaron desde Bilbao y otros puertos piezas y máquinas que ahora producían la electricidad.

 

En el segundo camión, conducido por Luis Doménech García, iban Emilio Luján Manzanares, El Asturiano, que se salvó de la explosión del túnel porque Mariano Barceló Rodríguez le sustituyó para que él estuviera con su mujer en el momento del parto (ella y el niño, bautizado Mariano en recuerdo del hombre que murió en lugar de su padre, iban en la cabina); Feliciano Lluch Mateu, que empezó de peón y se hizo mecá-nico (quería casarse al llegar al nuevo Salto; su novia iba en el quinto camión y era hija de un capataz); Teodoro Bayo Zurita, que se salvó de la explosión del túnel por estar fumando un cigarrillo; Eugenio Bayo Zurita, hermano del anterior, y obre-ro como él de la construcción: trabajó en la presa, en los dos túneles, en los barrenos… (la madre, viuda, iba en la cabina y cogía, de vez en cuando, al hijo de El Asturiano, para que la otra mujer pudiera dormir o descansar); y Matías Pérez Rol-dán, un joven pálido, que se puso enfermo trabajando en el túnel y estudió electricidad mientras estuvo en un sanatorio; ahora trabajaba en montajes, con el señor Lobo. Teodoro y Matías iban sentados en el colchón sobre el que había nacido el hijo de El Asturiano, un día de explosión y muertes.

 

Salvador Galindo Galindo conducía el tercer camión. Era grueso y cantaba casi continuamente por lo bajo. Sólo dejaba de canturrear para reírse o contar algo gracioso. Era valen-ciano. Su madre iba a su lado. Trabajó primero en la presa,

 

 

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luego tuvo que irse a cumplir el servicio militar, aprendió a conducir y al regreso logró entrar en la Empresa como con-ductor. Él fue quien transportó desde Barcelona los transfor-madores grandes de la estructura alta. Su padre, más grueso que él, trabajó en el taller. Iba en la caja. A su lado iban Juan Ferrer Estévez, valenciano también, listero (su madre y su hermana iban en la cabina); Jesús García Jover, El Negro, gran jugador de frontón y almacenista; Miguel Muñoz Garri-do, que perdió un dedo limando en el taller, y Luisa García Jover, hermana de El Negro (sus padres estarían ahora sem-brando en una aldea de Navarra), que trabajó en la limpieza del edificio de la Dirección, y se divertía ahora oyendo a Mi-guel contar sus dificultades para rascarse. Iban también un armario de luna, otros dos más pequeños, tres mesas grandes, seis mesillas de noche, siete somieres… y una baraja de naipes repartida entre las manos de los de la caja.

 

El cuarto camión tenía que llevar abierto el capot. «Se calienta demasiado el motor», decía Francisco Pastor García, su con-ductor. El camión parecía un caballo a punto de relinchar. «Pero se llenará del polvo de la carretera y de chinas y cosas así», le dijo una vez María Isabel, la mujer de Bautista Santis-teban Ruiz, maestro de obras, que iba en la caja. «Conozco mi camión como usted pueda conocer a su hijo», contestó Fran-cisco. María Isabel miró a su hijo. «No le deje que se asome tanto a la ventanilla», dijo a otra mujer, más joven que ella, hija de Rafael Ochoa Oñate. La muchacha llevaba a los dos niños que iban en la cabina cogidos por la cintura. Los niños estaban de pie sobre el asiento. En la caja, iban Rafael Ochoa Oñate, el obrero que descubrió el ratón en la celda del trans-formador (lo había contado tres veces desde que salieron: «Fue para mearse de risa, figuraos, todos buscando algo gor-do… y de pronto…, es que a quien se le diga…, y de pronto… no puedo contener la risa…, aquel ratoncillo, allí, ¿qué os pa-rece?… como si le estuviera viendo ahora, no tendría más que

 

 

 

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así de largo, pero caray con el mequetrefe, dejó sin luz a todo el Salto…» Y él se reía y todos se reían, porque Ochoa conta-ba las cosas de una forma especial que hacía brotar la risa a cualquiera); a su lado, iba el armario de luna de la familia San-tisteban, y junto a la cabina, apoyado en el final de la caja, Jorge Sánchez Guerrero, «que había levantado media presa él sólo», según decía (sus padres eran labradores y él fue pastor hasta los veinte años: «Menos mal que me metí en la central a trabajar, porque mi padre vendió casi todo el ganado, que si no aún sería tan burro como entonces… No os lo creeréis, pero yo, como me acostumbré a dormir y todo en el campo y no venía a la aldea, pues ni siquiera entendía lo que hablaba la gente si me daba por venir alguna vez por año… Era burro como nadie…» Y se reían también, y entonces Ochoa le imi-taba, y los demás se reían más todavía. El antiguo pastor no se enfadaba. Parecía un gigante bondadoso, cansado de algún esfuerzo extraordinario, medio tumbado en el fondo de la caja, con su mirada azul, directa, acostumbrada a la mansedad del paisaje todavía. «Si no llega a ser por el señor Lobo, que me metió en montajes con él…» El que más se reía era Ramón Redondo Rodríguez, «El de las Tres Erres», como le llamaban muchos. Tenía una voz de bajo profundo, con la que le gusta-ba asustar a los niños. Trabajó en el almacén, y su cerebro se parecía al conglomerado de materiales sobre los que trabajaba, pero menos ordenados. Sabía un poco de todo, todo le recor-daba algo, «déjame recordar», decía continuamente, poniendo cara de pensar mucho, ojos pequeños, cejas fruncidas, labios apretados. «No sé, no logro acordarme —decía al final—, pe-ro yo sé algo de eso, en alguna parte he visto una cosa pareci-da.» Rafael tenía muy poca memoria para todo lo que no fuera material del almacén. Iban también Julio Conejo Sanz, padre del otro niño de la cabina, que trabajó en la parte eléctrica de la estructura y tendió muchas líneas, una de ellas la que aca-baba de dejar atrás la caravana. Y, rodeándolos, armarios, me-sas, somieres, sillas, baúles…

 

 

 

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Detrás del parabrisas del quinto camión iban Pascual Bernal Talavera, el conductor, que tenía una cicatriz en el brazo dere-cho, según él, producida por una disputa que sostuvo en cierto «cabaret» de Barcelona, cuando estaba haciendo allí el servi-cio militar (lo decía con malicia, dando a entender que la cau-sa fueron las faldas); su mujer, que sabía que la cicatriz se la hizo en el taller mecánico; un hijo de ambos de dos años que durante todo el viaje venía intentando coger, aunque sólo fue-ra una vez, el volante (su madre se lo impedía siempre con un manotazo a la vez que le gritaba. «Estáte quieto, condenado. Este chico va a hacer que nos demos un trastazo»; Pascual se reía, miraba a su hijo, y, luego, con los ojos otra vez en la ca-rretera, decía a su mujer: «Déjale, mujer, ¿no ves que el chico quiere ser conductor como su padre?» Y seguía conduciendo, haciendo girar levemente el volante para mantener el camión en la misma dirección); y junto a la ventanilla, iba la abuela del niño, madre de Pascual, vestida de negro, casi siempre en silencio, llena de pensamientos y recuerdos que pasaban por su cerebro con más velocidad que los postes. En la caja, cuatro obreros del taller: Cecilio Fuentes Olmo, fresador; Alonso Navarro López, tornero; Sebastián Alonso Fernández, solda-dor; y Ricardo Aparicio Cano, ajustador. Junto a ellos, iban Benigno Zamora Gómez, capataz, y su hija Isabel. Isabel iba pensando en alguien del segundo camión, se pasaba largos ratos mirando por la ventanilla posterior de la cabina y a tra-vés del parabrisas, y sólo en las curvas lograba ver la caja del camión que le interesaba; en la caja, dos o tres veces nada más, pudo ver a Feliciano, su silueta entre otras siluetas, ro-deadas todas por los muebles y medio cubiertas por la lona. Cuando la carretera se hacía recta, Isabel dejaba de mirar por la ventanilla, y su mirada se quedaba caída en un rincón de la caja sobre el espejo del armario o el tirador dorado de una de las mesillas. El quinto camión seguía, con todos los muebles vibrando, envuelto en el ruido de su avance seguro, y en el polvo de la carretera.

 

 

 

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El sexto camión era más grande. Lo conducía Tomás Reyes Santos, que transportó también hasta la central las piezas más pesadas de la maquinaria eléctrica. Desde Bilbao hasta Al-deaseca, tirando de una galera con un transformador de cin-cuenta toneladas, ayudado por otro camión y, en las cuestas más pronunciadas, por un tercero, empujando desde detrás de la galera. «Yo estoy curado de espanto. Ya me sé lo que son estos viajes» —decía —. «Una vez se pusieron las ruedas a patinar en el barro, y no os quiero decir. Las pasamos moradas tirando y tirando. Yo creí que se nos venía encima la noche y nos quedábamos allí.» Junto a él iban la hermana y la viuda de Buendía, el montador que murió cuando reventó la compuerta. Luisa Buendía llevaba sentado encima un niño de menos de un año, dando manotazos suaves a su cara, al cristal de la ven-tanilla, a todo lo que brillaba cerca o se movía o tenía un color fuerte. En la caja iban su madre y su marido, el maestro de taller Cristóbal González Merino. La mujer iba sentada en un colchón que le habían preparado en el fondo de la caja, mayor que la de los otros camiones. Unos pocos muebles la rodeaban y en el centro, la máquina fresadora, cubierta por una funda de lona. Apiladas junto a la cabina, estaban varias cajas de he-rramientas: llaves inglesas y lijas taladradoras, alicates, limas, martillos, sierras… En un rincón, un carrete de madera con su grueso cable enrollado, y cerca, un montón de trapos mancha-dos de grasa y varios bidones, y un rollo de alambre. Luis Buendía, el otro hermano del montador muerto, montador también, iba sentado en un pequeño carrete de cables. Llevaba apoyados los codos sobre las rodillas, el cuerpo inclinado y sus manos oscilaban con el movimiento del camión. Al otro lado de la fresadora, estaban sentados en el suelo Enrique Lo-zano Mateo, fresador, uno de los obreros que estiró el cable que salvó a Higinio y al chico; Lorenzo Rubio Ortega, mecá-nico; Urbano Tortosa Valiente, ajustador; y Pepe Soto López, El Madrileño. El camión tenía un ruido más sordo que los otros, su caja vibraba menos.

 

 

 

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El conductor del último camión se llamaba Antonio Mejía Collado. Era andaluz. «No sé cómo nos las arreglamos, pero siempre nos toca un chófer gracioso», dijo la mujer de Lobo cuando terminó de reírse. Antonio iba diciendo chistes, ocu-rrencias sobre el viaje. «Niño, que se te va a quedar la nariz como un campo de aterrizaje», dijo cuando vio a Chuchín por el espejo retrovisor con la nariz aplastada contra el cristal de la ventanilla posterior. Maricarmen iba dormida en el regazo de Charito, y ésta procuró que su risa no la despertara. La madre rió también, y las dos mujeres llenaron, durante unos minutos, la cabina con el ruido de sus gargantas alegres. «Menuda pa-peleta, si se le queda así para siempre.» Ellas aumentaron la risa. Chuchín las miraba sin comprender, enfadado. Volvió a mirar al conductor. «Como tenga que llevar gafas las va a te-ner que sujetar con la lengua», volvió a decir. Otra vez la risa. Chuchín, cada vez más enfadado, les sacó la lengua, que se aplastó también contra el cristal hasta parecer un tomate pe-queño. La risa fue incontenible. Chuchín se separó del cristal, haciendo un ruido con la boca que no se oyó en la cabina. «¿Qué te pasa, chico?», preguntó Jerónimo Villar Echevarría, en la caja, que trabajó con Lobo desde que se empezaron los montajes. Miró por la ventanilla y vio a las mujeres riéndose. «El gracioso de Antonio —dijo—. ¿Qué? ¿Se ríen de ti?» Án-gel Llorente Díaz, compañero de trabajo de Jerónimo, rió también y dijo:

 

«Es un tío salado el tío ese. No sé lo que tiene, si a veces dice tonterías, pero es como lo dice…» Salvador Arce Marcos, de montajes también, permaneció callado, con la cabeza apoyada en el somier de la cama del matrimonio Lobo. Chuchín fue hasta él y se sentó a su lado. «Toca la armónica, anda», le dijo. Salvador no dijo nada. Sacó de su bolsillo superior una armó-nica, que pareció sonreír enseñando sus dientes al volver a sentirse libre. Se sentaron los otros dos hombres más cerca. La hermana de Antonio, que iba mirando los campos apoyada

 

 

 

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sobre un aparador, se sentó también apenas oyó las primeras notas de prueba.

 

«¿Pero, quién te ha enseñado a ti a tocar eso?» Salvador se quitó la armónica de los labios y sonrió. «Yo solo, tocando y tocando», dijo. La música nació de su boca, venció al ruido del camión, se detuvo en el aire, dudando un momento, y en seguida, con fuerza, envolvió a todos y empezó a ascender. Se filtraba entre los armarios, los baúles con ropa… y llegaba al viento y en él se iba, confundiéndose con la columna de polvo, como una estela musical de la caravana.

 

La caravana iba a una marcha media. El cielo estaba ahora cubierto por nubes oscuras. «Mira que si lloviera.» «No hay que preocuparse, llevamos las lonas.» En todos los camiones hubo diálogos parecidos. Atravesaban una comarca más mon-tañosa, de laderas cubiertas por árboles y sembrados. A me-diodía, el cielo estaba más despejado y el peligro de lluvia había desaparecido. Pero volvieron a ver cuervos y buitres, aguiluchos volando encima de ellos. El ambiente era denso, como si acabara de terminar una tormenta o estuviera a punto de empezar. Otra vez el sol brillaba, sin embargo, y volvieron a oírse todavía algunas canciones antes de que llegaran a la ciudad. Habían visto su silueta a lo lejos, y ahora los camiones disminuían lentamente la distancia que los separaba de las colinas donde se ocultó. Apareció de nuevo ante ellos, vieron las pequeñas casas de los suburbios, las grandes del centro, y las agujas de la catedral gótica, como espigas petrificadas. Fueron dejando atrás las pequeñas granjas, y en seguida cruza-ron varias calles, uno detrás de otro, haciendo volverse a la gente que venía del trabajo.

 

El paso por la ciudad fue rápido, casi no se dieron cuenta de haber cruzado por sus calles. Otra vez, detrás, se veían las agujas de la catedral gótica, recortadas contra el paisaje llano por el que habían venido.

 

 

 

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Pedro Prieto Tejada vio acercarse a la rueda derecha una pe-queña construcción de cemento que estaba al borde de la ca-rretera.

 

—Ya está ahí la fuente —dijo, sacando un brazo por la venta-nilla—. Siempre nos parábamos aquí para beber un rato.

 

Luis Doménech García vio el brazo del conductor sobresa-liendo de la cabina. El primer camión estaba frenando ya. To-có la bocina con el codo derecho y sacó el otro brazo por la ventanilla. Comenzó a frenar también.

 

—Parada y fonda —dijo Salvador Galindo Galindo, y el tercer camión empezó a perder velocidad, apareciendo en su costado izquierdo un brazo que se movía acompasadamente arriba y abajo.

 

Y así en el cuarto, en el quinto y en el sexto camión fueron apareciendo los brazos de sus conductores y sonando la boci-na, transmitiéndose la noticia del hallazgo de la fuente. Todos fueron deteniéndose, en todos se oyeron frases parecidas, ha-bía estómagos que hacían ya gorgoritos, bocas que se abrían. Eran las tres de la tarde.

 

—Nos ha costado más de siete horas —dijo Tomás Reyes García—. Yo me lo he hecho en cuatro y media, y en menos muchas veces.

 

—Pero no cargado de muebles y con niños y mujeres —dijo Pascual Bernal Talavera—. No es lo mismo ir en una carava-na, que te marcan la marcha…

 

Se habían reunido los conductores cerca de la fuente. Los hombres más jóvenes ayudaban a las mujeres a bajar cestas y cubiertos. Otros estiraban las piernas o se alejaban de donde estaban los camiones hasta esconderse entre unos matorrales, y un momento después volvían a la pequeña extensión en que las mujeres estaban ya preparando los manteles sobre la hier-

 

 

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ba. Casi todos los hombres habían encendido cigarrillos y aho-ra fumaban en corros, hablando, mientras los niños corrían entre ellos, llenando de gritos y risas la pradera verde. Feli-ciano Lluch Mateu bajó del segundo camión y echó a correr hacia atrás, hasta encontrarse con Isabel. Ahora estaban senta-dos en una piedra, un poco apartados, procurando ella que no la vieran las demás mujeres, que se afanaban en la preparación de la comida. Los siete camiones estaban detenidos en el bor-de de la carretera, silenciosos, y sus siluetas se recortaban con-tra el cielo y las montañas, sin ningún cansancio, seguían lle-nas de una potencia segura e inextinguible.

 

Sobre el verde de la hierba estaban ya los cuadrados blancos de los manteles, llenos de cazuelas, tarteras, ollas, platos y vasos. A su alrededor, distribuidos en varios corros, estaban los hombres y las mujeres y los niños, con tenedores y cucha-ras en la mano. Se había acabado ya la preparación de la co-mida, en las fuentes de ensalada sonreía el tomate, las latas de conserva estaban abiertas como en un bostezo mortal. En cada corro, un hombre servía vino o agua de una garrafa. El sol de otoño caldeaba levemente el aire, sonaban pájaros en los árbo-les cercanos.

 

Fue la comida, y luego, mientras las mujeres recogían los manteles o se turnaban para lavar los cacharros en la fuente, los hombres empezaron a llenar latas de agua que los motores de los camiones bebían lentamente. Los examinaron, compro-baron las cuerdas que sujetaban los muebles, y al fin, subieron todos a las cajas y cabinas, y otra vez empezó el ruido unáni-me del viaje. Se perdieron las agujas de la catedral entre los árboles de las colinas. La nube de polvo fue naciendo cada vez más lejos de la fuente. En el cielo había aguiluchos, buitres y cuervos, en un vuelo giratorio, vigilante. La caravana empezó a subir un puerto. Enfrente estaban las montañas, que parecían más altas según se iban acercando a ellas. No había viento. El aire estaba quieto, sólo los camiones se movían, a la misma

 

 

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velocidad, más próximos unos de otros que en la etapa ante-rior. La tarde era una luz igual, lenta, que resbalaba por las laderas haciendo más verdes los árboles y la tierra más parda. La caravana ascendía despacio, con un ruido sordo, ondulado. Iba aumentando la profundidad del valle a su izquierda. Al otro lado, la ladera cortada a pico, sin un matorral, separada de la carretera por la cuneta, a cada curva aparecía o desaparecía la llanura que acababan de dejar atrás, con la ciudad y los pueblos pegados a la tierra, confundiéndose cada vez más con ella. El sopor de la digestión llenaba las cajas y cabinas, hom-bres, mujeres y niños dormitaban en las posturas que podían.

 

De pronto, varios aguiluchos y buitres se abatieron sobre una loma. Debía haber algo muerto en ella. Estaba recortada con-tra el cielo como un seno desnudo, con una nube oscura coin-cidiendo sobre su cumbre. Las aves carniceras no estaban ya en el cielo. Estarían, probablemente, clavando sus garras y picos sobre algo recién muerto, o esperando a que muriera, o matándolo ellas mismas. La caravana seguía avanzando bajo un cielo libre, con pocas nubes, creando ella su propia nube de polvo, que la glorificaba un momento, antes de deshacerse en el aire. Cuarenta hombres con sus mujeres e hijos, ascendían el puerto sobre los siete camiones, en una conjunción perfecta del hombre y de la máquina. Venían de trabajar durante ocho años, durante toda su vida, hundidos en el ruido, entre catás-trofes y muertes, convirtiendo sus músculos y nervios huma-nos en músculos y nervios eléctricos que empezaban a exten-derse por todo el país. Iban a trabajar otros tantos años, hasta la muerte, y, mientras tanto, les nacían nuevos hijos, que tra-bajarían también para que el país tuviera luz y energía. Lobo estaba ya trabajando. María, su mujer, llevaba ahora a Mari-carmen, mientras Charito dormitaba con la cabeza apoyada en el respaldo.

 

Nadie lo vio. Los dos primeros camiones habían desaparecido en una curva hacia la derecha. El tercero empezó a tomarla y

 

 

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algo pasó a su lado, en dirección contraria, a bastante veloci-dad. Delante, vio toda la carretera llena de camiones que ve-nían en dirección opuesta a la suya. Asustado, creyendo haber chocado contra el camión que acababa de pasar, Salvador giró de golpe para evitar el que tenía delante. En seguida, varios golpes, los gritos de las mujeres. Los muebles crujieron, a la vez que él frenaba desesperadamente. El camión quedó quieto, muy inclinado, apoyándose en la ladera cortada a pico. Uno detrás de otro, en ráfagas instantáneas y regulares, iban pasan-do camiones pintados de caqui, con las cajas llenas de solda-dos. Algunos llevaban cañones, tanques. No pudo ver más. Delante de él, estaba el camión de Doménech, volcado tam-bién, los muebles aplastados contra la tierra. Pensó que el primero debía estar igual.

 

Antonio Mejía oyó el golpe en la caja y lanzó el camión hacia la cuneta, para evitar el choque con el siguiente que se cruza-ra.

 

—¡Cuidado! —gritó María—, ¡Dios mío, que nos matamos! —Mamá, mamá —dijo Charito. Maricarmen lloraba.

 

El camión empezó a inclinarse lentamente primero, hasta que, de pronto, se volcó sobre la ladera. Charito notó el peso de su madre sobre el costado. Buscó instintivamente con la mano el picaporte pero no lo encontró. María abrazaba a Maricarmen, cubriéndola con sus brazos casi por completo.

 

—No intenten salir por ahí —gritó Antonio.

 

Abrió la puerta de su lado y se descolgó despacio hasta el sue-lo. Los camiones militares pasaban a intervalos regulares, lan-zándole el aire al paisaje, extendiéndose a la vez por todo él y se asustó cuando vio que los árboles, los sembrados, las casas de los labradores… todo, a la izquierda de la carretera, iba quedando cubierto por la nube de polvo. Pensó en su hermano

 

 

 

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otra vez. Detrás de él se oían aún el llanto de las mujeres y los niños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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NUEVA ALDEASECA

 

 

 

 

 

 

 

 

El niño está de pie, desnudo, en el centro del barreño. El agua rodea sus piernas, llenas de jabón.

 

—¿De qué nos valió? —dice Manuela. Frota con un pequeño estropajo las piernas del niño, agachada junto al barreño que está en el centro de la cocina. Ha levantado la cabeza un mo-mento para mirar a Andrea, y ha seguido frotando sin mirar—. Bueno, ¿de qué nos valió a todos?, porque mi Emilio fue el primero en ir a la presa.

 

El niño llora.

 

—No te toques los ojos con los dedos llenos de jabón —grita, y le arranca las manos de la cara con un manotazo. Luego con-tinúa—: Ya me ves, yo sola aquí, a saber para cuánto, con un hijo más… Condenado, estate quieto…, para esto sí que ha valido.

 

—Pero ¿qué podemos hacer? —dice Andrea. Está sentada en un taburete de madera, cerca de la chimenea. Se levanta de pronto y va hacia la pequeña ventana de la cocina. Grita hacia fuera —, eh, Juana, dile que se ponga la chaqueta nueva, la negra, que ahora voy yo.

 

—Estáte quieto —dice Manuela alargando las sílabas—, que van a venir las autoridades y tienes que estar limpio.

 

Andrea regresa al taburete y se sienta.

 

 

 

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—Bueno, me voy a tener que ir — dice—. Aún tengo que buscar los manteos nuevos.

 

Pero sigue sentada. El niño está llorando otra vez y la madre le maneja con habilidad, como si fuera de goma, doblándole a un lado y a otro para lavarle bien todo el cuerpo. Se oye el chapo-teo del agua.

 

La plaza está casi llena de hombres con chaquetas nuevas de pana, marrones y negras, con fajas de colores y cholas nuevas. Algunos están sentados bajo los soportales de la iglesia, otros pasean o hablan en corros. Junto a las gradas, varios carpinte-ros trabajan en un tablado casi tan ancho como la entrada de la iglesia. La plaza está llena del golpeteo de los martillos y del rumor de las conversaciones. Los niños miran trabajar a los carpinteros, se apoderan de maderas y puntas, y empiezan a correr entre los grupos de hombres para acabar de nuevo mi-rando el trabajo de los carpinteros. Está el tablado completa-mente hecho ya, y ahora le colocan unos listones destinados a las colgaduras que lo van a adornar. Otros obreros, ayudados por campesinos, ponen farolillos alrededor de la plaza, suje-tándolos en los postes o en las ventanas. Hay ya colocado un gran arco de ramas de árboles, que da entrada a la plaza. Aho-ra le están poniendo un cartel de tela con la leyenda «Bienve-nidas las autoridades». Parece un día de feria. La taberna está llena, continuamente se renuevan los hombres en su pequeño espacio, y sólo de ella sale un ruido mayor que el que llena la plaza: voces de hombres jugando a las cartas, gritando mien-tras beben. El Tío Muelas está contento. Lleva unas gafas para el sol, con montura blanca, que no se quita ni siquiera dentro de la taberna, despachando vino. Anastasia llena y vacía reci-pientes, se agacha, gira, y se mueve en todas direcciones, de-trás del mostrador, dominado por su enorme busto y sus bra-zos colorados.

 

Llega un camión con las colgaduras y con las sillas y butacas

 

 

 

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para las autoridades. Hace vibrar el arco de ramas y todos los campesinos y obreros que lo acaban de poner le gritan y se enfadan. El cartel de tela queda colgado. Alrededor del ca-mión se agrupan los hombres, los que estaban sentados y los que paseaban o hablaban, con la esperanza de que en él venga alguien o algo, cualquier cosa que ellos no hayan visto nunca. Del camión bajan una enorme alfombra enrollada, colgaduras de terciopelo, un sillón cuyas patas figuran garras de león, y diez o doce sillones más pequeños, con las patas normales. Poco a poco los obreros van cubriendo el color de la madera con las colgaduras, colocan la alfombra, los sillones, haciendo coincidir el de las patas leoninas con el escudo nacional, bor-dado en la colgadura del fondo, y el tablado queda convertido en un impresionante tribuna. Jamás han visto nada parecido los campesinos. Los sillones están forrados de terciopelo, con orlas y dibujos de distintos colores, brillan sus brazos y patas, pintados en oro. La alfombra tiene innumerables dibujos, que se entremezclan, y los campesinos se empujan junto a la tribu-na para lograr pasar la mano por ella y apreciar lo suave que es. Enfrente del sillón central hay un extraño aparato, al final de una varilla de más de un metro de alto que se sujeta con un pie redondo verticalmente. Es de lo más extraña a los campe-sinos. La tribuna es una mancha oscura, salpicada de colores y brillos, en medio de la blancura de toda la plaza. Enfrente de la iglesia está la escuela, blancas las dos, dominando las dos con su altura todas las casas del pueblo. Farolillos y papeles de colores llenan ya la plaza, saltando de ventana a ventana, de poste a poste. Son las diez de la mañana.

 

Entonces, cruza un burro por el centro de la plaza, abriéndose paso entre los hombres. Junto a él va una campesina joven, con una vara en la mano, y el pañuelo negro en la cabeza. In-mediatamente después viene un carro, tirado por una mula. Va cargado de muebles. Un campesino camina junto a la rueda. Es joven también.

 

 

 

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—Adiós, Ramón, ¿ya te vas?

 

—Ya ves —dice el campesino—.

 

¿Qué quieres que haga?

 

Le van abriendo paso y todos le miran tristes. Han dejado de hablar, nadie pasea ya.

 

—Es Ramón, que se marcha.

 

La minúscula caravana camina por la calle que le van abrien-do los hombres. Hay miradas lentas, que se detienen en la rue-da del carro y se alejan con ella, fijas en su mismo centro. Pa-rece haber caído un silencio sobre la plaza. Sólo se oye el rui-do hueco del carro caminando sobre la tierra. Chocan sus ma-deras, chirrían sus llantas metálicas, que a veces rozan los fre-nos produciendo un ruido áspero. Ramón chasca la lengua. Se siente desgraciado, hay algo en su garganta que no le deja de-cir sino frases cortas. Ahora pasan frente a la tribuna, a la que nadie mira ya.

 

—Adiós, Ramón.

 

—Con Dios.

 

—Adiós, hombre.

 

Todos le dicen algo, aunque sea una sola palabra de despedi-da. Y él mira un instante a cada uno y se extraña de verlos tan tristes. Algunos se quedan hablando en voz baja, cuando ya ha pasado él.

 

—Con lo joven que es. Y tan reciente que se casó.

 

—Suerte que tuvo, que si no estaría liado con lo de El Cholo.

 

Hasta la taberna está en silencio.

 

Desde  su  puerta,  miran  el  Tío  Muelas,  Anastasia  y varios

 

 

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campesinos jóvenes. Todo está quieto. Los farolillos cuelgan, sin viento, arrugados como pequeños acordeones, rojos y ama-rillos, verdes y blancos. El hombre y la mujer, junto al asno y al carro, van acercándose al arco puesto para recibir a las auto-ridades.

 

—¿Y tus padres, Ramón? —pregunta alguien.

 

—Vendrán luego —dice él. Y sigue andando.

 

—Tendremos que irnos todos —dice alguien en voz baja. Pero nadie contesta. El carro queda un momento recortado en el interior del arco. La calle humana se ha cerrado detrás de él, y le miran alejarse por el camino, perdiéndose poco a poco su antigua música de madera. Ha sido algo doloroso, casi como un entierro.

 

—Mire, mire —dice Andrés, desde el interior del coche que le conduce a Nueva Aldeaseca.

 

Martín, que va a su lado, mira hacia el sitio que le señala y ve a un asno con una mujer al lado; luego, al hombre, junto al carro cargado de muebles.

 

—Me gustaría saber adónde va ese hombre, con su casa a cuestas —dice Andrés—, todos los días se van algunos. Me gustaría saber adónde irán. Han perdido sus tierras y eso para ellos es perder media vida. Mírelo, va como un espectro, a lo mejor no sabe adónde, quizá a trabajar como jornalero…, qué sé yo.

 

El coche se cruza con los campesinos y los envuelve en una nube de polvo que borra sus siluetas. La nube se disipa despa-cio y otra vez la pequeña caravana aparece sobre el camino. Martín sigue mirándola hasta que se pierde detrás de unas pe-ñas. El coche está entrando en el pueblo.

 

—El arco, ¿no le dije, señor Ruiz? —dice el conductor, rién-

 

 

 

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dose.

 

«Bienvenidas las autoridades.»

 

—Tiene gracia, ¿no le parece?

 

Martín hace un gesto amplio, sin contestar, y sonríe. El coche pasa bajo el arco, desemboca en la plaza y es rodeado en se-guida por una masa de chicos que intentan subirse a sus estri-bos, formando una algarabía enorme. Cuando se abre la puerta y bajan los dos, empiezan a oírse unos cuantos aplausos y, unos segundos después, todos los campesinos que rodean el coche están aplaudiendo casi con ferocidad.

 

—La otra vez me recibieron a pedradas —dice Andrés—, se ha mejorado algo.

 

—Yo creo que nos confunden con las autoridades —dice el maestro.

 

—Desde luego, debe de ser un error de la «claqué». Mire, ya está puesta la tribuna. —Andrés se vuelve hacia el conduc-tor—; Mariano…, muchas gracias. Puede usted volverse cuando quiera.

 

Caminan los dos hombres hacia la tribuna, mientras el coche arranca y se aleja de la plaza. Desde allí, observan a los cam-pesinos. Están de pie, junto al tablado, en una de las gradas de la iglesia.

 

—Lo de anoche fue muy gracioso — dice Andrés—. «No puedo ir. Stop. Iré mañana por la mañana. Stop.» Un simple telegrama y todo el montaje propagandístico por tierra. Cuan-do me lo leyó, el ingeniero estaba rebosando de indignación… No es lo mismo inaugurar la luz eléctrica por la noche que por la mañana. Se hará un simulacro y luego cada campesino ten-drá que darle a su interruptor. Mire, debe de haber alguno bo-rracho ya…

 

 

 

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Cerca de la taberna hay un grupo de hombres que se agitan y mueven los brazos. Hasta ellos llegan los gritos.

 

—Se están entonando, ya verá luego.

 

Un cuarto de hora después empiezan a llegar coches del Salto. Vienen en ellos ingenieros y altos empleados, a los que los campesinos reciben con aplausos y vítores. En un camión han traído una larga mesa que, cubierta por manteles blancos, está ahora colocada a un lado de la tribuna. Detrás de ella, el bar-man Paco y varios camareros del Bar Mirador y el Casino preparan «la copa de vino español» y los aperitivos para des-pués de la ceremonia. Empiezan a llegar las mujeres, con sus gruesos manteos de colores chillones, con sus pañuelos a la cabeza y sus gargantillas de corales. Entre las chaquetas de pana, negras o pardas, se mueve la alegría roja o amarilla de los pañuelos femeninos. La plaza está llena. Crece el sol, y el rumor de espera y de conversaciones, los gritos de los prime-ros borrachos se adensan sobre las cabezas de todos. Cada vez que llega un nuevo coche, los campesinos se arremolinan en torno a él, gritan, aplauden, hasta que alguien les dice que las personas que han llegado en él no son las autoridades. Enton-ces, vuelve a empezar el ruido continuo, la impaciencia y la alegría. La alegría está en la plaza, pero es una alegría automá-tica, creada por la novedad de los acontecimientos, no nacida en el pueblo, en las pequeñas casas, en las labores del campo. No saben ellos el sentido de todo lo que está ocurriendo, pero se han vestido de domingo y se han reunido en la plaza. Unos a otros se han dicho y se dicen «que van a venir las autorida-des». Tampoco significa esto mucho, ellos no han visto jamás a un representante del Gobierno. Pero les impresiona, como todo lo desconocido, y, al mismo tiempo, lo temen. Entre ellos, hay obreros y empleados del Salto, hablándoles y exci-tándoles la imaginación. Casi automáticamente, aplauden ya a todo coche que llega. No es necesario que nadie inicie el aplauso. Se ha convertido en un juego, y la masa de hombres

 

 

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vestidos de pana no puede resistir el deseo de jugar a él. Aplauden y aplauden, felices de hacerlo, aunque sea sin moti-vo o, acaso, precisamente por ello. Alrededor de la tribuna hay ya muchos ingenieros, técnicos y empleados del Salto. De pronto, dominando el rumor de la plaza, se oye un ruido que araña el ambiente. En seguida, una voz profunda, un poco tur-bia, que cae sobre el asombro de los campesinos con palabras sin significado: «Uno, uno.. Atención… Prueba número uno…, uno…, uno…»

 

Sobre la tribuna está un obrero con mono delante de la varilla, acercando el aparato que ésta sostiene a la boca. Pero la voz viene detrás, de los lados. Los campesinos giran sus cabezas para mirar a todas partes y la extraña voz sigue haciendo caer sobre ellos sus extrañas palabras. Junto a la tribuna, ríen los ingenieros y técnicos contemplando a los campesinos. «Prue-ba número dos…, dos…, dos… Atención, atención… dos…, dos…, dos…» Han llegado varios coches cargados de perio-distas y fotógrafos, que buscan los mejores puntos de observa-ción y enfocan a los campesinos, para probar los objetivos.

 

«Tres…, tres…; prueba número tres… Atención…» Aparece un grupo de muchachas vestidas con mantos de muchos colo-res y avanza hasta colocarse en el centro de la plaza. Los hombres les dejan sitio formando un corro en torno a ellas.

 

—No es lo mismo, de noche hubiera sido algo… —Andrés se interrumpe.

 

—Me parece que ya llegan —dice Martín.

 

Se oye un ruido de motores, cada vez más próximo. En la pla-za se nota el movimiento de los campesinos, que retroceden para dejar sitio a los coches que se esperan. Aumenta el ruido y aparecen varios motoristas que pasan bajo el arco y entran en la plaza obligando a los campesinos a abrirse más. Tres enormes coches negros, envueltos en polvo, llegan y frenan.

 

 

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Los aplausos y los vítores están sonando casi desde que se empezó a oír el ruido de los motores. El grupo de muchachas baila y canta ante los coches. Nadie oye su canción.

 

Morena, morená salada, saladá peinate los pelós, lávate la cara, que te ha venido a ver tu dueño del alma.

 

 

Por un momento parece que no va a salir nadie de los coches negros.

 

Por fin, sale el conductor del primero, se quita la gorra, y abre la portezuela trasera con una reverencia. Desciende un obispo, cuyo ropaje deslumbra a los campesinos, con sus acompañan-tes. Bailan incansablemente, sin que nadie las mire, las mu-chachas. Los campesinos aplauden. Los otros dos coches abren sus puertas, y por ellas salen varios hombres vestidos de negro, que apenas miran lo que les rodea. Se reúnen con el obispo y sus acompañantes. Las muchachas cantan sin que nadie las oiga. Aplauden los campesinos. Las autoridades se mueven despacio; bajaron de los coches doblados, mirando el suelo, como con miedo a caerse, y ahora están reunidos junto a los coches y se sonríen unos a otros, dando la espalda al pueblo, que sigue aplaudiendo. Los motoristas les abren paso, ya a pie, hacia la tribuna, y ellos empiezan a andar lentamente, sin mirar a los lados. Las muchachas dejan de bailar y cantar. Están sudando y respiran con trabajo. Pero los aplausos si-guen, renacen a cada movimiento de las autoridades, hasta que, por fin, ocupan la tribuna. Entonces los campesinos que-dan en silencio, mirando hacia la tribuna con la boca entre-abierta. Ellos y sus casas blancas miran asombrados a aquellos hombres sentados en sillones llenos de brillos, entre los colo-res relucientes de las colgaduras y la alfombra. Las autorida-des se sientan, todos a la vez, y sólo queda de pie un hombre

 

 

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pequeño, que empieza a hablar ante el aparato sostenido por la varilla, en el centro de la tribuna. «Este emotivo acto…», «vuestra generosa aportación…» «… en este mediodía de di-ciembre…». Los campesinos no oyen sus palabras. Están asombrados de oír la voz detrás de ellos. Se han ido apretando ante la tribuna, hasta formar una masa compacta de color os-curo, en la que resaltan los pañuelos de las mujeres. Los fotó-grafos pasan corriendo ante el tablado, agachados, se detienen un momento enfocando y tiran sus placas. Otros enfocan a los campesinos y los fotografían por primera vez. Cuando el hombrecillo termina de hablar, todos aplauden, aplaude el hombre que está sentado en el sillón con patas de garra, el obispo, sentado a su lado, y todos los que ocupan los demás sillones; aplauden los empleados y técnicos del Salto, que ro-dean la tribuna, y los campesinos, la plaza entera está llena, por un momento, de los aplausos. Luego, viene el silencio de nuevo y se oye sólo el ruido de papel de los farolillos balan-ceándose. El sol choca contra la blancura de las casas hasta hacerla casi deslumbradora. Entonces se levantan todos los hombres que ocupan la tribuna y descienden por la escalerilla lateral. Los campesinos les abren paso, y luego empiezan a andar detrás, formando una comitiva que avanza lentamente hacia la caseta del transformador. La caseta está enfrente de la plaza, a orillas del camino, como una casa pequeña que hubie-ra crecido demasiado. Es blanca también, con una sola puerta y una ventana alargada junto al techo, por la que salen los ca-bles que alimentarán de luz al pueblo. Los fotógrafos han sido los primeros en llegar. Ahora fotografían la llegada de la co-mitiva, que se distribuye circularmente. Desde el camino, los habitantes de Nueva Aldeaseca miran en silencio.

 

Son una sola mirada, un solo asombro respetuoso y macizo. Alguien ha abierto la puerta de la caseta. El sol hace brillar el interruptor y el cuadro negro de baquelita. Los campesinos ven cómo el obispo avanza, se coloca junto a la puerta y em-

 

 

 

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pieza a hacer gestos que ellos no comprenden. Tiene algo en la mano que agita hacia el interior de la caseta, al mismo tiempo que pronuncia unas palabras que no llegan hasta ellos. Luego el obispo se aparta un poco y avanza ahora el hombre que estuvo sentado en el sillón con patas de garra. Los fotó-grafos le enfocan desde los lados. Detrás del hombre vestido de negro están los campesinos y más atrás, el pueblo, con sus casas vacías, blancas, cuyas ventanas y puertas oscuras pare-cen ojos y bocas abiertos en un asombro callado. Están sin nadie sus calles, quizá un perro camina por alguna, quizá una mula cocea en algún corral. A los lados del camino se extien-de un suelo duro, ocupado por piedras y cardos. El hombre avanza un poco más, alarga su mano derecha para asir el man-go del interruptor. Entonces, se queda quieto un segundo y después, con un gesto rápido, empuja el mango del interruptor hasta que sus piezas de cobre quedan aprisionadas entre las del cuadro. Los campesinos se han convertido en un revuelo de brazos y gritos. Aplauden a su lado los técnicos y emplea-dos del Salto, y él sonríe, en una postura hierática, que los fo-tógrafos se apresuran a tomar.

 

—Fíjese ahí, junto al poste —dice Andrés.

 

Martín mira y ve a un campesino viejo, apoyado en un poste, riendo y llorando, con la cara contraída. A su alrededor, bocas que se abren frenéticamente, ojos desorbitados, bajo densas cejas. Son caras curtidas, con la sombra de la barba recién afeitada, llenas de arrugas, de ojos demasiado próximos y la-bios agrietados. Por un momento, Martín sólo ve este múltiple rostro humano, surcado por los pequeños relámpagos blancos de las dentaduras y por una expresión oscura, sin significado, que estalla y se apaga a cada grito, algo que sólo vagamente puede él relacionar con el hombre y con su historia sobre la tierra.

 

Las autoridades regresan, pasan despacio bajo el arco y llegan

 

 

 

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a la tribuna, donde se sientan, todos a la vez, en sus sillones. Ha quedado de pie un hombre alto, que estuvo sentado a la izquierda del sillón con patas de garra. Se coloca junto al mi-crófono y empieza a hablar con poca voz. Los campesinos están otra vez llenando la plaza, asombrados de nuevo con las palabras que parecen nacer en el aire. Habla el orador con len-titud y sus palabras llegan a los oídos de los habitantes de Nueva Aldeaseca, y allí se quedan, sin entrar en sus cerebros. «… fehaciente testimonio de nuestro propósito…», «… vues-tros problemas y vuestras justas aspiraciones…», «… la valio-sísima colaboración que habéis prestado a esta magna obra…», «… aparte del inmenso gasto que ha significado para la sociedad…», «… cada vez más cerca del día en que la luz…».

 

—¿Usted cree que entienden algo? —susurra Martín.

 

—No habla para ellos —dijo Andrés—, habla para nosotros y, sobre todo, para los periódicos. Es uno de esos discursos que dirigen a los periódicos en vez de a los oyentes.

 

Martín ríe. El discurso continúa cayendo sobre las cabezas de los campesinos como una lluvia sin agua. Unos minutos des-pués, estallan otra vez los aplausos, los gritos, se agitan los brazos, y el orador, saludando y dejándose fotografiar, se reti-ra y se sienta en su sillón. Ahora se levanta el hombre que está sentado en el sillón con patas de garra. La expectación es enorme. Su discurso empieza mucho más despacio que los anteriores, mueve la mano derecha continuamente, doblándola a cada final de párrafo como si invitara a los campesinos a subir a la tribuna también. Resuena la voz, una voz hueca y profunda que permanece mucho tiempo en el aire vibrando, y desciende lentamente hasta caer sobre las bocas abiertas y los ojos asombrados; «… pero, gracias a Dios, una nueva aurora, una aurora esplendorosa, aparece ya sobre el horizonte. Atrás quedan las aldeas aisladas del resto de la nación como negros

 

 

 

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islotes en este mar de progreso que, poco a poco, y gracias al esfuerzo de sus hombres, va siendo la Patria; atrás quedan la ignorancia, la miseria, la noche del alma…» No son las pala-bras, sino los gestos bruscos y la voz vibrante, lo que hace que los campesinos permanezcan como hipnotizados. Las palabras llegan a sus oídos y allí se quedan también. Algunas, más ro-tundas, les hacen abrirla boca un poco más: «… la Patria os lo agradece. Ahora sois hijos de ella con todos los honores, ha-béis entrado en la inmensa familia de la civilización, porque vosotros habéis sido los que realmente construisteis este san-tuario de la técnica, vuestras manos lo han elevado y sus fru-tos vuelven a vuestras manos. No os olvidaremos, la Patria no olvidará vuestro trabajo. A partir de este día de luz, Aldeaseca puede llamarse con más verdad Nueva Aldeaseca. Su aporta-ción a la civilización y a la cultura le da derecho a ello.» Hay muchos campesinos llorando. El sol se ha ocultado, un leve viento agita los farolillos, produciendo un ruido que parece una risa contenida. Un niño llora:

 

«… iréis subiendo uno a uno, según os vaya nombrando, todos los que habéis trabajado en el Salto de Aldeaseca, para que yo os coloque en el pecho esta condecoración y os entregue este diploma…». Dos hombres traen una mesita y la colocan de-lante del orador. Sobre ella hay un montón de rollos de papel y placas metálicas.

 

—¡Juan Morales Fernández!

 

Un viejo con bastón sube la escalerilla, ayudado por dos hom-bres que están cerca. Su figura encorvada y temblorosa avanza sobre la tarima y se detiene delante de la mesita.

 

—¿Usted es Juan Morales Fernández? —dice el hombre que tiene una medalla en la mano.

 

—Sí; yo soy Juan Morales, pero no Fernández. El que usted llama es mi hijo.

 

 

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—¿Por qué no sube él mismo? — pregunta un elegante joven que se ha acercado a la mesita.

 

—Es que anteayer vinieron por él por lo de El Cholo, ¿saben? Se lo llevaron a la cárcel para juzgarlo, pero él no le mató, ¿saben?, él no hizo más que los otros, no le castiguen a él, es fuerte aún…

 

El ingeniero jefe de la central se ha deslizado por detrás de los sillones, hasta llegar al sillón de patas de garra.

 

—Excelencia, Excelencia —dice.

 

—… perdónenle ustedes, míreme a mí que ya no puedo ni estar de pie… — continúa hablando el viejo.

 

—Excelencia, antes de ayer vino la guardia civil y se llevó a muchos hombres del pueblo por un crimen que se cometió hace muchos años y ahora se va a ver…

 

El ingeniero ha hablado de prisa, evitando acercarse demasia-do al micrófono. Entonces, pasado el momento de turbación, el hombre que se sienta en el sillón de patas de garra se vuelve hacia el micrófono.

 

—Si alguno de los que nombre no está presente —dice— que suba algún familiar, su padre, por ejemplo, o su madre o su mujer…

 

Sonríe al viejo, que sigue hablando entre dientes, lloriquean-do, y le tiende un rollo de papel y una placa metálica. El viejo campesino los coge. Luego ve extendida ante él una mano y la estrecha. Tiene ganas de llorar, ha subido a su garganta una gran esperanza.

 

—¿Le perdonarán ustedes? Sean buenos con él —dice, al mismo tiempo que retrocede despacio.

 

—¡Emilio Rodríguez López!

 

 

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Es Manuela la que coge el diploma y la medalla, y la que le da la mano al personaje que se los entrega. Lleva a su hijo, el cuarto ya, en la espalda.

 

—¡Higinio Galán!

 

María La Galana, sube a la tribuna y recoge lo que le dan.

 

Luego baja sonriente, casi orgullosa.

 

Continúan subiendo mujeres y ancianos, algún hombre más o menos joven, de vez en cuando. Los fotógrafos están en cucli-llas sobre la misma tribuna y disparan sus máquinas a cada entrega.

 

—¡Gervasio Fernández!

 

Los campesinos se apartan para dejar paso a la señora Norber-ta, la vieja madre de Gervasio, que viene ya ayudada por Vito-rina. Va rezongando por lo bajo. Los campesinos no se ríen al verla pasar. Sube trabajosamente a la tribuna y, sola, avanza hacia la mesita. Llega ante ella su vejez curvada y se detiene al lado del micrófono. El hombre que está ante el sillón de patas de garra le tiende el rollo de papel y la medalla. Pero ella no los coge. Se queda quieta, mirándole fijamente con sus ojos fríos de vieja. Están riéndose los campesinos detrás.

 

—Nos quitasteis las tierras, hundisteis nuestro pueblo… — grita, y su voz se oye sobre todos, viene de todas partes, re-suena casi tanto como las de los oradores. No ha podido ha-blar más. Un ataque de tos ha cortado sus palabras y la tos se oye también en toda la plaza. Los campesinos siguen riéndose. Dos hombres jóvenes se apresuran a coger a la vieja por los brazos y la llevan hacia la escalerilla.

 

Deja de oírse la tos y vuelven a sonar en la plaza los nombres de los que han trabajado en el Salto. Son ancianos y mujeres, casi siempre, los que recogen el diploma y la medalla. Los campesinos tienen sonrisa en la boca y llanto en los ojos, y a

 

 

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cada entrega se les suelta la risa y el llanto, ajenos a ello, en un movimiento irracional que estalla con los aplausos. Cuando todos los nombres han sonado en la plaza, las autoridades pa-san a la larga mesa, y ante ella empiezan las conversaciones y risas, entre copas de vino y palillos que sujetan aperitivos en el aire. El hombre que estuvo sentado en el sillón con patas de garra, junto con otros acompañantes de su comitiva, está ro-deado por varios campesinos. Los ha llamado él mismo, por-que «le gusta mucho hablar con esta gente, aparte de que es su deber hacerlo».

 

—Bueno, bueno, y ¿qué? —dice. Tiene una mano sobre el hombro de un campesino, que le mira asustado—.

 

¿Qué necesitáis? ¿Tenéis Ayuntamiento?

 

¿No? Bueno, bueno… ¿Una fuente para la plaza? ¿Un lavade-ro?…

 

—Lo que sea —dice uno—. Nosotros no necesitamos nada.

 

—Bueno, bueno, hay que tener un poco de espíritu de sacrifi-cio. Hoy se os ha dado la luz, mañana otra cosa y así, poco a poco…, ya veréis.

 

Andrés y Martín están en una esquina de la mesa. El barman Paco y sus camareros se entrecruzan corriendo para servir a todo el mundo a la vez. Al otro lado de la masa humana, nacen brazos y manos que exigen con ligeros gestos, y ellos corren poniendo vasos y platos en todas las manos. Cerca, un grupo de campesinos, casi todos niños, apretados para resistir el em-puje de los que quieren acercarse a la mesa, los miran comer. Martín se da cuenta y les alarga una bandeja de almendras. De pronto, la bandeja salta de la mano de Martín, permanece un instante sobre un remolino de manos disputándosela, y cae por fin al suelo, seguida por los niños, que se pisotean por encon-trar las almendras.

 

 

 

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—Éste es su pueblo —dice Andrés.

 

—Nuestro pueblo. —Martín le mira. Rápidamente, casi sin que se den cuenta gran parte de los campesinos, las autorida-des vuelven a sus coches. Los motoristas se disponen delante y detrás de ellos y, uno tras otro, empiezan a arrancar, entre los aplausos y gritos de los que los rodean. El último coche roza el arco con ramas, que se parte en dos. El cartel queda colgando. Una nube de polvo asciende lentamente desde el camino.

 

Nueva Aldeaseca tiene ya luz eléctrica. En torno a los ancia-nos y mujeres con diplomas y medallas, se agrupan los demás.

 

—Déjame a mí.

 

—Esto es para gente que ha aprendido, tú no sabes.

 

Risas.

 

Manuela mira y mira el diploma.

 

—Quisiera saber lo que dice aquí.

 

—¡Mira tú ésta! Risas.

 

—En las medallitas también pone algo.

 

—Son para colgarlas en el pecho.

 

—Tú qué sabes, ¿es que has visto en tu vida alguna?

 

Risas.

 

En todos los corros, risas y risas. Nueva Aldeaseca tiene ya luz eléctrica. Los hombres siguen bebiendo en la taberna y en los alrededores de la taberna. Las mujeres vuelven a sus casas. Los niños rodean la mesa larga tratando de coger las sobras, pero los camareros se lo impiden. Varios obreros desmontan la tribuna. Está ya sin colgaduras, sin sillones. La plaza se va

 

 

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quedando vacía, hasta que sólo el mediodía de otoño la llena.

 

Martín y Andrés se dirigen al edificio de la escuela. Largos pasillos encalados, habitaciones sin un mueble, sin un cuadro colgado en la pared. Resuenan sus pasos, entre el eco multi-plicado de las voces que suben desde la taberna. Cantos, gritos inarticulados, puñetazos en las mesas.

 

—Ya, ya van entonándose, —dice Andrés. El eco de la habi-tación vacía repite turbiamente sus palabras.

 

Han llegado hasta una puerta. El maestro saca una llave y la abre.

 

—Realmente no hay nada que ver aquí —dice el maestro, en-trando en el cuarto—. Hasta que no traigan los muebles… Es-te es mi cuarto, ¿qué le parece?

 

Es un cuarto pequeño, con una ventana y una puerta. Hay unos estantes vacíos, una mesa y dos sillas.

 

—Le faltan muchas cosas todavía.

 

—Está bien —dice Andrés. Señala la puerta—. Ahí está el dormitorio, ¿no?

 

—Sí, y una pequeña cocina, por si quiero guisarme yo mismo.

 

—Mañana le enseñaré yo la central, ya verá —dice el ingenie-ro—. Ahora tenemos que darnos prisa si queremos llegar al banquete en el Salto.

 

Salen. Atraviesan otra vez los pasillos y las aulas vacías, en las que resuenan los gritos que vienen de la taberna. Mariano los está esperando ya.

 

Suben y el coche arranca. En la plaza, sólo quedan algunos hombres en torno a la taberna.

 

 

 

 

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El sol empieza a descender sobre el horizonte. Nueva Al-deaseca está llena de gritos y de risas, pasean sus mozos por las calles sin empedrar, cogidos del brazo, cantando, golpean-do en las puertas que encuentran. Un grupo persigue a pedra-das a un perro, que huye delante de los hombres aullando y volviendo la cabeza de vez en cuando.

 

Va pasando la tarde. Casi todos los hombres del pueblo están borrachos. Poco a poco las casas pierden su blancura deslum-brante. Sus paredes son ya opacas, casi grises.

 

—Vete por agua —dice la mujer.

 

La muchacha sale de la casa, atraviesa varias calles y llega al campo. Empieza a andar por el camino del embalse. Está atar-deciendo ya. La muchacha lleva un cántaro en cada cadera, sujetados descuidadamente con los brazos. Su andar tiene un ritmo especial, va erguida, con la cintura oprimida por los cán-taros, y su falda gruesa parece un cántaro más andando solo.

 

De pronto, tres mozos saltan sobre ella. Los cántaros caen al suelo, quebrándose con un ruido hueco y triste, la muchacha ha gritado, pero los mozos la llevan fuera del camino, tapán-dole la boca, y la tumban sobre el suelo, uno le levanta los manteos y las enaguas, mientras que otro la sujeta y le tapa la boca, y el tercero la mira con los ojos muy abiertos. Los tres ríen, sin hacer caso de los gritos ahogados de ella.

 

—¡Perros! —logra decir entre los dedos.

 

Uno de los mozos le ata los manteos y las enaguas por debajo de los brazos.

 

La muchacha llora. Su llanto se hace sordo, bajo el pañuelo que le están atando en la nuca para taparle la cara. Uno de los mozos se sujeta el estómago con las dos manos riéndose hasta que le brotan lágrimas. Le han atado las manos y la muchacha está en el suelo, revolviéndose, mordiendo el pañuelo, sollo-

 

 

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zando de rabia. Ellos se ríen y la miran con ojos cada vez más brillantes.

 

—Primero yo —dice uno de los mozos.

 

La muchacha patalea y ruge bajo el pañuelo. La última luz de la tarde brilla en sus piernas desnudas. Las cercanas casas de Nueva Aldeaseca son casi sólo siluetas, sus esquinas se van difuminando poco a poco con la muerte lenta de la tarde.

 

Llega un coche a la plaza.

 

—Hasta mañana. Vendré a buscarle para que vea la central. — Andrés cierra la puerta de un golpe y el coche arranca. Martín empieza a andar hacia la escuela.

 

De la taberna vienen carcajadas y gritos, que resuenan en toda la plaza. El pueblo está lleno de un rumor de gritos.

 

Un toro, sin piedras en los cuernos, pasa corriendo bajo el arco de ramas, que está ya casi caído totalmente, con el cartel col-gando todavía. Detrás viene un grupo de mozos corriendo, tirándole piedras, dándole con sus varas.

 

—¿Te atreverás tú? —dice un campesino viejo en la taberna, acabando de hablar con una carcajada—, ¡tú qué te vas a atre-ver!

 

Le rodean cinco hombres sudorosos, con las caras rojas, sen-tados en taburetes, que se ríen también.

 

Anastasia está acodada en el mostrador y los observa. El Tío Muelas, en un rincón, dormita con la cabeza apoyada en la mesa.

 

—Apuéstate un cerdo —dice un campesino, dando un puñeta-zo sobre la mesa—. Si yo no enciendo la luz dándole a un chisme de ésos, te doy un cerdo a ti, y si sí la enciendo, que ya verás como la enciendo, me lo das tú a mí, ¿hace?

 

 

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Son cinco hombres vestidos de pana que se ríen y sudan alre-dedor de una mesa de madera. Son cinco hombres que ríen a cada frase, que apoyan la cabeza unos en otros, abatidos por la risa y el llanto nervioso. Todos tienen los ojos brillantes, ha-blan con dificultad, dejando escapar saliva entre los labios.

 

—Va un cerdo, venga. Pero tienes que tocar con la mano en el cacharro ese, ¡eh!

 

El maestro ha subido a su cuarto. Está sentado junto a la ven-tana, con un libro en la mano, leyendo. Hay poca luz.

 

La madre de Gervasio llora junto a la ventana. Fuera empieza a anochecer.

 

—Ya se han olvidado de los hombres que están presos — dice—, de que nos hundieron nuestro pueblo, y nuestras tie-rras, y no tenemos de qué vivir.

 

Vitorina trata de consolarla.

 

El toro, encajonado en una calle, se vuelve de pronto y empie-za a correr hacia los mozos con una furia salvaje. Los mozos huyen, riendo y gritando.

 

Han salido a la plaza  los cinco campesinos de la taberna.

 

Anastasia los mira desde la puerta.

 

—Venga, Tío Cano, a ver si enciendes la luz.

 

Hace un rato que se ha puesto el sol y las casas son ya man-chas claras en medio de la noche inminente. Enfrente de la escuela, la iglesia recorta su torre contra un cielo que empieza a ser negro. Hay una estrella en él.

 

—Tío Cano, Tío Cano, Tío Cano…—gritan rítmicamente los cuatro campesinos cogidos por los hombros en el centro de la plaza.

 

 

 

 

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—Va un cerdo, eh, va un cerdo.

 

—Enciende el candil —dice la señora Norberta a Vitorina. Vitorina coge una brasa del hogar con la mano y la acerca a la mecha del candil. Una luz amarilla y temblorosa inunda la habitación. Junto a la puerta, el interruptor de la luz eléctrica brilla y en su pequeño cuerpo de porcelana se refleja la forma curva del candil.

 

—Dios mío —dice la vieja. Y sigue llorando.

 

Vitorina la abraza.

 

Acaba de salir la luna. La plaza está llena de la sombra de la iglesia. En el centro, ríen los cinco campesinos, doblados por la cintura. Tío Cano tiene miedo, prefiere no tener que tocar el interruptor. Se ha alegrado al ver encenderse la luz de candil en una casa, y ahora se alegra de que en todas, las mujeres estén encendiendo los candiles.

 

—Me debes un cerdo, me debes un cerdo.

 

—No, no, hoy no la enciendo, ¿para qué? ¿Para qué nos val-dría con los candiles encendidos? Pero ya verás mañana — dice el Tío Cano, y se abraza a los otros cuatro, en el centro de la plaza, contento de que no sea mañana todavía.

 

Cerca del camino del embalse hay una muchacha llorando, tumbada en el suelo.

 

Martín, sin dejar el libro, alarga la mano y gira el interruptor.

 

De todas las casas del pueblo sale ya una luz amarilla que tiembla y llega a las calles casi muerta. En la escuela hay una ventana con una luz blanca, fija, que llega a la plaza y forma un rectángulo iluminado sobre un suelo seco. La noche ha ve-nido, como todos los días, al pueblo. Y Nueva Aldeaseca avanza entre la noche, con sus luces de candil, esperando un

 

 

 

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día nuevo que le traiga una nueva luz.

 

 

 

Madrid y Ceuta, noviembre de 1953-septiembre de 1956.

 

Corrección: London (Ontario, Canadá), octubre de 1981.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CUATRO NOTAS A MANERA DE EPÍLOGO PARA EL CURIOSO LECTOR

 

 

 

 

 

I

 

Sobre la «hora del crítico»

 

 

 

«… Se me ocurrió preguntarme si después de aquella etapa definida como “hora del lector” no se habría llegado a otra, en la que parece que seguimos, a la que se debería llamar la “hora del crítico”. Y esto, no sólo por la frondosa floración casi re-pentina que hubo de ellos, sino también porque, como el lector teorizado por Castellet, el “nuevo crítico” (que en ocasiones no era más que un “crítico renovado”) comenzó a tener un papel, en general, mucho más activo, llegando a influir de ma-nera excesiva sobre el mismo acto de la creación literaria… En efecto, la “hora del crítico” es una época en la que el críti-co pasó a ser, de experto en lectura, “experto en escritura”, y el escritor, en vez de escribir para los lectores, pasó a escribir, principal y a veces casi exclusivamente, para los críticos, para los “nuevos críticos”. El paso, en realidad, no es más que la exageración de algo que siempre ha existido: es evidente que todo escritor piensa, en algún momento de su trabajo, en el crítico; lo anómalo es que piense en su reacción de una mane-ra excesiva, y que este pensamiento le coarte en el mismo acto de escribir. Porque muchos de los “nuevos críticos”, en lugar de limitarse a analizarlo escrito desde sus mismos presupues-tos y en relación con el contexto literario, cultural e histórico, lo que hacían era superponer a su lectura juicios previos, es decir, prejuicios y falsillas sobre cómo había que escribir y de

 

 

 

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qué se debía escribir, pero también —lo que es más importan-te— sobre cómo no había que escribir y de qué no se debía escribir. La “hora del crítico” llegó aproximadamente cuando le estaba llegando la hora —en sentido contrario, claro— al franquismo, y el Opus Dei — esa contracontrarreforma super-tardía del catolicismo— comenzaba a propiciar con extrañas complicidades la salida tranquila de la dictadura hacia las aperturas y las normalidades de la democracia y las multina-cionales. Relajada y, más tarde, eliminada la censura, la labor de algunos de esos críticos, consciente o inconscientemente, vino a cumplir una función en parte semejante a la del lápiz rojo; y en cierto sentido, incluso con más eficacia. Pues, de la misma manera que la censura había logrado que en la mente de muchos escritores surgiera, de modo inevitable, una espe-cie de censura preconceptiva y hasta anticonceptiva, así algu-nos de los “nuevos críticos” llegaron a conseguir que el autor se pre criticara antes del parto y aun antes de la concepción. Remedando un concepto del hispanista Robert C. Spires, en muchas novelas habría que considerar, no sólo al “lector im-plícito”, como hace él, sino también el “crítico implícito”.»

 

Podría parecer que me estoy quejando de lo contrario que hace años: de la escasez de críticos entonces, de la abundancia de críticos ahora. No hay tal contradicción o cambio. Lo que pasa es que, pocos o muchos, siempre hay diversas clases de críti-cos, como ocurre con los escritores. En otra parte he tratado de clasificar a éstos según la mayor o menor proximidad y de-pendencia ideológicas en que están respecto al establishment o, mejor dicho, respecto a la clase dominante. De acuerdo con este criterio, y prescindiendo de su calidad formal y técnica, me parece que no sólo hay escritores, sino también escribas, escribanos, escribientes y escribidores. De igual modo, y apli-cando este criterio a los críticos —pues el parentesco etimoló-gico no tiene por qué ser impedimento para ello—, creo que hay que completar las clasificaciones tradicionales añadiendo

 

 

 

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a las categorías de críticos, criticastros y criticones, otras me-nos cargadas de moralismo y más realistas, para las que no tengo más remedio que recurrir a neologismos: si es verdad que entre los escritores hay escribas, escribanos, etc., entre los críticos tiene que haber, y creo que hay, critibas, criticanos, criticantes y criticadores. No creo necesario, ahora, intentar la caracterización de todas estas categorías. Baste insistir en que todas ellas implican un cierto grado de proximidad y depen-dencia, consciente o inconsciente, respecto a la ideología do-minante. Hace falta aún precisar que, como suele ocurrir con las clasificaciones, esta que propongo no es en modo alguno tajante, pues en muchos críticos, y hasta buenos críticos, se dan, mezcladas en diversas proporciones, las características de dos o más categorías.

 

Mis nuevas quejas, por lo tanto, no son de la abundancia de críticos, sino de la creciente dependencia que en muchos de ellos se podía apreciar respecto a esquemas ideológicos que parecían nuevos, y en algunos aspectos lo eran, pero que, en el fondo, respondían a constantes viejas y hasta viejísimas.

 

Dicho de otra forma, y para usar mi propia clasificación: si en la época de escasez de críticos, los más de ellos eran criticado-res periodísticos, criticanos de revistas y revistillas que apenas si se limitaban a levantar acta de la aparición de un libro, o criticantes que cumplían rutinariamente su función, luego, en la época de abundancia, en la «hora del crítico», el más fre-cuente empezó a ser el tipo de critiba, mucho más culto que los otros y, sobre todo, más al día. En este «más al día» está una de las claves de algunos de los problemas que han afecta-do a la novela española desde los años cincuenta. ¿En qué consistió, al menos inicialmente, este aggiornamento? Consis-tió en una asimilación apresurada y superficial del estructura-lismo y el formalismo, con frecuencia filtrados por la llamada «Nueva Crítica» norteamericana.

 

 

 

 

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Para estar más «al día», muchos neófitos y conversos estructu-ralistas y formalistas se transformaron en lo que sólo con un chiste verbal puedo expresar con rapidez y eficacia: en «es-tructuralistos» y «formalistos» que consideraban tontos a los que no compartían sus esquemas ideológicos. Por su parte, la «Nueva Crítica», con su tendencia a descontextualizar el texto y a considerar la novedad formal con un valor en sí —un poco a la manera en que se suelen valorar los nuevos diseños de coches que anualmente salen de Detroit —, proporcionó a los nuevos críticos o, más bien, a los critibas que aspiraban a es-tablecerse, una firme base teórica y práctica para ciertas ope-raciones de limpieza en las que ya algunos estaban empeña-dos. No se trata de rechazar en bloque las aportaciones de es-tas y otras tendencias últimas, que las han hecho, especialmen-te a nivel metodológico, pero sí de manifestar la necesidad de resistirse a la dictadura de la Estructura y a la exclusivista norma de la Forma.

 

Porque esa dictadura y este exclusivismo normativo no son sino manifestaciones de una dependencia cultural estrecha-mente relacionada con otras dependencias económicas y polí-ticas.

 

Víctima propiciatoria y principal de aquellas operaciones de limpieza a las que me acabo de referir fue la llama-da«literatura social» o realismo crítico, en sus dos más cono-cidos géneros: la «novela social» y la «poesía social». Como buena parte de mi poesía, la mayoría de mis cuentos y mis dos novelas publicadas —sobre todo Central eléctrica— suelen ser clasificadas dentro de esa tendencia, me considero obliga-do a hacer algunas consideraciones sobre ella. Conste, sin em-bargo, que no lo hago por obligación, sino por gusto. Debido, en gran medida, a mi ausencia de España y a mi apartamiento académico —full-time y casi monástico —en London (Onta-rio), no he tenido, en la última década, demasiadas ocasiones de hacer pública mi posición.

 

 

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II

 

Sobre la «generación de la berza»

 

 

 

Hacia mediados de los sesenta, en España, parecía como que se hubieran convocado dos concursos literarios, pero especia-les, especialísimos, entre los muchos concursos que se convo-caban. Sus bases, que se podían leer entre líneas y hasta en las líneas de numerosos artículos, comentarios y críticas, decían así: Bases del primer concurso: «La literatura está socializada, ¿quién la desocializará? El desocializador que la desocialice, buen desocializador será». Las del segundo concurso: «La literatura española se quiere cosmopolitizar, ¿quién la cosmo-politizará? El cosmopolitizador que la cosmopolitice, buen cosmopolitizador será». Los premios, aunque no en metálico, eran realmente tentadores: consistían en la obtención de los títulos respectivos de desocializador» y «cosmopolitizador» nacionales de la literatura. No sé — porque las crónicas no lo dicen— quién o quiénes ganaron ambos concursos entre los muchos que se presentaron o fueron presentados a ellos. Pero, sin duda, entre los aspirantes a ambos títulos debió de estar, o habría debido estar, el inventor del ingenioso apelativo que, por aquellos años, comenzaron algunos a aplicar, con las peo-res intenciones, a mi generación:

 

«generación de la berza». Sin ánimos, naturalmente, de acapa-rar para mí esta expresión que pretende ser insultante — pue-do ser masoquista, pero no tanto—, es curioso señalar que la berza aparece en un pasaje del capítulo primero de Central eléctrica. Ignoro si la expresión fue inspirada por este pasaje, pero, en cualquier caso, lo que parece evidente es que apunta-ba, sobre todo, a los autores de novelas y poemas llamados «sociales». Todo esto sería meramente anecdótico si no fuera porque la malintencionada e injusta expresión alcanzó una

 

 

 

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desmesurada fortuna, pues críticos, critibas, criticanos y criti-cadores la usaron hasta el abuso, las más de las veces con complacencia mal y hasta no disimulada. Además, el análisis de la expresión constituye una buena base para el plantea-miento de los motivos que en muchos casos había tras la ma-siva operación «desocializadora». Para iniciar este análisis, permítanme leerles un soneto que, siguiendo una costumbre de los clásicos, puse al frente de mi último libro, en el que, bajo el título de Lucha por la respiración y otros ejercicios narra-tivos, he reunido la mayoría de mis cuentos y relatos publica-dos, junto con algunos inéditos. El título del soneto y su ficti-cio autor son los siguientes:

 

 

Soneto con estrambote en desagravio a la berza por el licenciado don Luis González de Berceo

 

El que desprecia, por vulgar, la berza suele ser el berzotas señorito que por ser de ciudad se cree

 

exquisito

 

y almuerza el aire de ciudad, si almuerza. Paleto ante París, por ser se esfuerza, cosmopolita, no, cosmopolito,

 

pues cuando cree que está al último grito está almorzando con la vieja fuerza.

 

No es nuevo este berzotas majadero que ama sólo lo más sofisticado, y mejor traducido o importado.

 

Su odio a la verdura es heredero

 

del que, torciendo la nariz, asqueado,

 

llamaba a Don Benito el Garbancero.

 

(Era la berza, por lo menos, sana,

 

y, aunque áspero, alimento nutritivo.

 

Hoy la comida es americana muy a menudo,

 

 

 

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o multinacional,

 

con sabor y color artificial, y

 

—salvando algún caso excepcional—, más que alimento, es preservativo.)

 

 

La berza, como el garbanzo, tiene una connotación evidente de vulgaridad, pero es una connotación lanzada desde la men-talidad y las costumbres alimentarias de la ciudad, donde el refinamiento o «sofisticación», como se dice en inglés, suele ir unido a un desprecio, que casi siempre es ignorancia, por las cosas del campo y, en general, por los aspectos más típicos de la vida popular, ya sea rural o urbana. Los habitantes del bur-go, es decir, los burgueses, y quizá aún más aquellos que lo son en vergonzante pequeñez, se esfuerzan por todos los me-dios por distanciarse de lo que, con frecuencia, fueron sus propios orígenes: de los «paletos», de los «pueblerinos». Por esta vía llegan a confundir lo sencillo, lo rural, lo popular con lo vulgar, identificando cuanto es urbano y, sobre todo, cuanto es o parece cosmopolita, con la elegancia, el refinamiento y la modernidad. Lo peyorativo en «berza», como en «garbanzo» y en las expresiones derivadas de ambos, no es, pues, más que una manifestación de mentalidad clasista. Ni siquiera tiene una base real, pues, como sugiero en mi soneto, la berza y en general las dietas campesinas y populares, son muy superiores al fast food, cada vez más fast y menos food, que el consu-mismo capitalista va imponiendo. Teniendo en cuenta todo lo anterior, la expresión «generación de la berza», lejos de ser peyorativa, podría ser considerada como un reconocimiento, casi como un elogio, una vez despojada de su falsa connota-ción de vulgaridad. Si no la asumo en este sentido positivo es porque, en ella, hay una palabra que me molesta; y esa palabra que me molesta, que me huele mal, no es, contra lo que algu-nos podrían pensar, «berza», sino «generación». «Genera-ción», en efecto, huele a ciertas clasificaciones históricas, de

 

 

 

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rancio positivismo, a las que han sido muy dados algunos crí-ticos.

 

No es «berza» la palabra que me huele mal, que me molesta, porque por berza» entiendo la realidad cotidiana del pueblo español, con lo cual la expresión viene a significar «genera-ción de la realidad», y precisamente de la realidad más doloro-sa y más extendida, de una realidad ante la cual un grupo de escritores, en lugar de taparse las narices, los oídos y los ojos, prefirió afrontarla con su imaginación literaria. No hicimos, desde luego, como el personaje de La Colmena, que se suicidó porque olía a cebolla, sino que nos alimentamos de berza, de la sana berza, y la convertimos en energía física e imaginativa para contribuir, escribiendo (y a menudo, no sólo escribiendo), al conocimiento y la transformación de la dolorosa realidad. El oficio de escritor, a diferencia de lo que ocurre con el de escriba, escribano, escribiente o escribidor, exige tener no sólo «ojo clínico», como los buenos médicos, sino también nariz y oído clínicos; porque quien huye del mal olor, y de los malos aspectos, las malas palabras y los lamentos humanos, cae en la asepsia, la cual, de tanto no oler, huele peor que cualquier otra cosa, incluyendo, desde luego, la berza…

 

 

 

 

 

III

 

Sobre la eficacia de la literatura social

 

y el malentendido del arte comprometido

 

 

 

Un típico latiguillo de algunos critibas —del que se hace eco más de un buen crítico— consiste en decir que la novela social llegó a ser inútil cuando los temas que trataba empezaron a ser

 

 

 

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aireados por la prensa y por los libros de sociología. Por este mismo argumento, en todos los países donde la prensa sensa-cionalista airee y hasta huracanée las crónicas de sucesos y donde se publiquen estudios de criminología, se hacen inútiles las novelas policíacas, de crónica negra y de aventuras; en donde se publiquen revistas eróticas y, por ejemplo, los libros de Freud y de Reich, sobran las novelas amorosas y eróticas; y en donde se publiquen las obras de los grandes psicólogos, sobran las novelas basadas en la creación de caracteres com-plejos; y en donde se publiquen las obras de Aristóteles, Espi-noza, Kant, Hegel y Heidegger, están de más las llamadas no-velas metafísicas; y en donde proliferen la ciencia y su divul-gación deben desaparecer los cuentos y relatos de ciencia fic-ción; etc. Suele ocurrir, sin embargo, precisamente lo contra-rio, y no sería difícil descubrir por qué y a quién conviene que sea así. Pero, además, la falacia del argumento queda aún más patente si se tiene en cuenta que la prensa y los medios de di-fusión, en los países donde se supone que hay libertad de pa-labra, casi siempre están controlados por monopolios y semi-monopolios o grandes compañías que más que informar, des-informan: la prensa libre sólo es libre para el que tiene una, como dijo no sé quién. Los tratados de sociología y la infor-mación periodística sobre la sociedad, en una sociedad clasis-ta, no invalidan, en modo alguno, a la literatura de intenciones sociales; lo que sí puede hacer la llamada libertad de informa-ción, y con tanta o mayor eficacia que la censura, es crear una sensación de libertad que adormezca o desvíe el deseo de li-bertad, tanto en la literatura como en la vida. Es muy fácil descubrir por qué y a quién conviene que sea así.

 

Un último criterio de los critibas y de algunos críticos que quiero discutir es el de la supuesta ineficacia de la literatura social. Atribuyendo a los escritores «sociales», con razón en general, un deseo de cambiar la sociedad, realizan el malaba-rismo sofístico de atribuirles la suficiente ceguera mental co-

 

 

 

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mo para confundir los libros con las armas. Para cambiar la sociedad, le dicen al autor «social», son infinitamente más eficaces las armas o la acción política que las novelas o los poemas; y se quedan calvos al decirlo. Chistes fáciles, citas de Octavio Paz o Carlos Fuentes y algún adjetivo o adverbio que exprese ingenuidad combinados con alusiones al «arte com-prometido» suelen acompañar las invitaciones, no siempre veladas, a abandonar la pluma y coger el fusil. De mí puedo decirles, y creo que esto vale para muchos escritores, y no sólo de mi generación, que jamás he tenido la ilusión de que una obra literaria pueda cambiar la sociedad; pero también que, puesto que mi principal vocación ha sido, desde muy tem-prano, la de escritor, he aspirado a que mis obras literarias puedan contribuir, repito contribuir, a cambiar la sociedad. Contribución indirecta y mínima, en todo caso, y siempre difí-cil de medir, pero que no por ello deja de ser contribución.

 

El sofisma empieza cuando se compara la posible eficacia lite-raria con la eficacia política o bélica. Ni siquiera el Canto ge-neral de Neruda, con sus millones de lectores (pero no olvi-demos que uno de ellos fue el Che Guevara), puede ser com-parado en eficacia política o bélica con una huelga general o una guerrilla bien planeadas. Pero mientras el mundo siga siendo, para la mayoría de sus habitantes, ancho y ajeno, en el mundo tendrá que haber huelgas generales y guerrillas, pero también —probablemente— novelas y poemas. La literatura realista lo que ofrece a sus lectores es un conocimiento de la realidad, y su contribución a los cambios sociales y políticos, si existe, pasa a través de ese conocimiento. Sucede, sin em-bargo, que a los critibas e ideólogos próximos o dependientes de la ideología dominante les molesta que la literatura pro-ponga un conocimiento profundo y total de la realidad o de algunos de sus aspectos que la clase en el poder se esfuerza por mantener desconocidos o mal conocidos. Prefieren y pre-conizan una literatura que proponga un enturbiamiento total

 

 

 

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de la vida mediante la superposición de esquemas ideológicos de confirmada eficacia mitificadora. Una clase ascendente ataca siempre con la realidad; una clase descendente se de-fiende siempre con la irrealidad, con mitificaciones e idealis-mos, en buena parte readaptados de la vieja clase a la que ella misma derrotó.

 

En el fondo de esta cuestión de la eficacia creo que hay un cierto error en el planteamiento de la teoría y la práctica del llamado «arte comprometido». Y el error arranca desde el principio, quizá desde Sartre. Pienso que habría que invertir los términos: «arte comprometido» es el que está comprome-tido con la clase dominante, que es algo real y concreto que continuamente está exigiendo e imponiendo el compromiso a escritores y artistas; el arte que, dentro de su campo específi-co, afronta la realidad, con frecuencia enfrentándose con la clase dominante y su ideología, es un arte libre —y casi siem-pre arriesgado y poco «brillante»—, un arte que preconiza el cambio, el cual es siempre algo sin concretar, todavía no real, algo que exige verdadera libertad de imaginación. Sólo dos cosas, pues, pueden hacer que la literatura realista sea inefi-caz: su propia falta de calidad literaria y/o, aunque tenga ésta, la falta de lectores; si aquélla es atribuible al autor o a cada obra en particular, la falta de lectores para las obras de calidad no se puede explicar sin tener en cuenta también la acción in-teresada y poderosa de los que, por uno u otro medio, logran controlar la cultura y su difusión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV

 

Sobre «Central eléctrica»

 

 

 

Termino ya con unas pocas observaciones sobre mis propias novelas para, sobre todo, completar lo que han dicho de ellas los críticos. Y debo decir, para reforzar mi afirmación de la ausencia de motivos personales, que leyendo a los críticos mis sensaciones han sido casi todas narcisistas. Central eléctrica, publicada en 1958, «a pesar» de estar clasificada casi unáni-memente como novela «social», parece haber salido bien li-brada, en efecto, de la «desocialización» general de la literatu-ra española de posguerra. Su título, contra lo que pudiera pa-recer, no tuvo en su origen el «realismo socialista» y sus teóri-cos y prácticos más rígidos; es un título chejoviano; lo encon-tré aplicando un principio del gran cuentista, quien recomen-daba poner a los cuentos o novelas el título más sencillo y que reflejara mejor el tema en su materialidad objetiva. Su tema tampoco es consecuencia del «realismo socialista», palabras que, separadas, me gustaban y me siguen gustando, y unidas sólo me molestan cuando las une un dogmatismo literario, ideológico y burocrático; yo no había leído, entonces, ninguna obra «realista socialista», ni tampoco a teóricos de esta ten-dencia; su tema nació de la experiencia familiar, de la expe-riencia de mi familia, quiero decir, y de las confusas vivencias que yo recordaba. Tuve dos asesores sin los cuales mi novela muy probablemente no habría sido escrita: mis padres. Con toda justicia, pues, además de a mi mujer, se la he dedicado a ellos, dándole carácter de homenaje a la dedicatoria. En el as-pecto técnico, la ayuda de mi padre fue insustituible durante la documentación e incluso durante la composición. Ahí están, como testimonio de todo esto, los personajes del señor Lobo y la señora Lobo, con sus esperanzas y frustraciones, con sus psicologías (que pocos críticos han señalado, acaso por tratar-

 

 

 

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se de psicologías de trabajadores), con su pequeña odisea de familia asalariada que constituye uno de los núcleos de la no-vela. Este episodio —el marido trasladado de una central en construcción a otra central en construcción; la mujer haciendo la mudanza tras él poco después, en camiones cargados con los hijos, los muebles, los utensilios…—, este episodio, digo, está reconstruido sobre la experiencia familiar, la cual ocurrió en plena guerra civil; en la novela, en cambio, está situado, cronológicamente, poco antes del comienzo de la guerra civil, momento histórico en el que termina la acción narrativa. Sólo un crítico, Ignacio Soldevila —y no porque sea también ami-go, pues no le había hecho confidencias en este sentido—, ha sabido situar cronológicamente los hechos novelados basán-dose en ciertas alusiones; a las cuales habría que añadir, sobre todo, el episodio del cruce de la caravana de los camiones que llevan a obreros y técnicos con sus familias, muebles y utensi-lios, y la caravana militar. Es como una premonición poético-simbólica de la guerra civil; la descripción de la caravana obrera, camión a camión, con nombre, apellidos y característi-cas principales de cada uno de los trabajadores, tuvo su origen en el llamado «catálogo de las naves» de La Ilíada. El cruce en sí, o más bien, el choque de las dos caravanas, representa-ba, en mi intención, el enfrentamiento de la épica del trabajo y la tradicional épica militar, con correspondencias muy claras en la sociedad contemporánea. Pero la épica del trabajo, y has-ta lo que hay de exaltación de la técnica y del desarrollo in-dustrial en mi novela, intenté que estuvieran presentados de una manera dialéctica; de aquí la alienación, los accidentes, la explotación y la demagogia que tanto peso tienen en Central eléctrica. Este aspecto dialéctico se ve también, creo, en los conflictos interiores del personaje Andrés Ruiz, el ingeniero culto, «intelectual», rebelde e irónico respecto a su propia pro-fesión y a su propia clase. Me ha sorprendido que algunos crí-ticos vean una identificación total entre este personaje y el novelista, es decir, yo, o el que yo era en los años cincuenta.

 

 

 

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Quizá sea mía la culpa — como novelista o como lector de mi propia novela—, pero yo —el yo que soy ahora— no lo veo así. Inevitablemente, algunas de mis ideas las expresé a través de Ruiz (pero esto es cierto también respecto a otros persona-jes); no obstante, mi propósito fue presentar una realidad con-flictiva reflejada en los conflictos de una conciencia, y preci-samente de una conciencia burguesa. Traté de crear un cierto distanciamiento, por ejemplo, en el explícito enfrentamiento de su mentalidad con la de un obrero progresista: cuando, en un pasaje, Andrés Ruiz, medio en serio, medio en broma, pro-fetiza, muy dentro de su condición de ingeniero, una automa-tización tan absoluta que nos hará llegar a ser como hormigas, es justamente ese obrero quien le responde con una frase que le deja muy pensativo:

 

«No lo creo: el hombre es el hombre». Andrés Ruiz, hacia el final de la novela, aparece reponiéndose de su enfermedad, la tuberculosis, con la que intenté dar algo así como el correlato objetivo del punto culminante de su crisis; en estos pasajes hay una huella evidente —que quise tuviera carácter de home-naje— del Thomas Mann de La montaña mágica. Junto a su nombre, quiero dejar constancia de los de otros cuatro novelis-tas que, con sus obras, me estimularon a escribir Central eléc-trica —, son los de John Steinbeck, John Dos Passos, William Faulkner e Iván Bunin.

 

Si ahora, como lector, quizá como profesor o crítico, tuviera que caracterizar el resultado de mi trabajo como autor de Cen-tral eléctrica, yo diría que en ella hay un intento de lo que se podría llamar «realismo épico- dialéctico». Valga esta caracte-rización, en todo caso, como punto de partida para saltar a mi segunda novela publicada.

 

(Pero antes, y para los lectores canadienses que Central eléc-trica tiene o pueda tener, quisiera decirles que aquí, en Cana-dá, y precisamente en la provincia de Quebec, han ocurrido en los últimos años una serie de hechos que me han recordado a Central eléctrica y las experiencias familiares que me la inspi-raron. Me refiero a los trabajos, incidentes y accidentes del James Bay Project. He leído bastantes noticias y comentarios sobre ellos, pero me gustaría conocerlos con más detalle…)

 

A pesar de las diferencias, hay —o al menos así me lo pare-ce— una cierta continuidad entre el «realismo épico- dialécti-co» de Central eléctrica y el «realismo antimítico» de La hoja de parra. También en aquélla se daba un aspecto «antimítico» dentro de lo dialéctico, principalmente respecto al mito del desarrollo industrial como panacea abstracta de tocios los ma-les de los países subdesarrollados.

 

Pero en esto, como en tantas cosas, además de los lectores, son los críticos —no los critibas, ni los criticanos, criticantes o criticadores— los que tienen la última palabra. O la penúltima.

 

Porque también los novelistas pueden y deben tener su hora, como yo la he tenido hoy gracias a ustedes. Muchas gracias.

 

 

 

 

 

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