© Libro N° 8613. El Libro Prohibido De La Economía. Trias De Bes, Fernando. Emancipación. Mayo 15 de
2021.
Título
original: © El
Libro Prohibido De La Economía. Fernando Trias De Bes
Versión Original: © El Libro Prohibido De La Economía.
Fernando Trias De Bes
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EL LIBRO PROHIBIDO DE LA ECONOMÍA
Fernando Trias De Bes
El Libro Prohibido De La
Economía
Fernando Trias De Bes
Políticos, ejecutivos de grandes corporaciones y
representantes del poder financiero manipulan la economía sin escrúpulos. Hemos
convertido una disciplina al servicio del ciudadano en una oscura ciencia para
el poder y protección de intereses de los gobiernos, los bancos y las grandes
empresas.
De la economía hay una versión oficial: la
inflación es un aumento de los precios; el marketing busca satisfacer
necesidades del consumidor; los bancos custodian nuestro dinero… Y se nos
oculta la versión prohibida: la inflación se usa como forma encubierta de
cobrar impuestos; el análisis del consumidor detecta necesidades accesorias por
las que la gente ignora que paga un sobreprecio; los bancos apenas guardan el
dos por ciento de lo que depositamos… Información que no interesa que sepamos,
una realidad ocultada, prácticas cuyas consecuencias han desprestigiado a la
economía.
Devolvámosle su fundamento original, su condición de
herramienta en pos de la solidaridad y la justicia.
Si el tono es divertido e irónico, el mensaje que
encierran estas páginas es absolutamente serio: hemos de aprender a
defendernos, cuestionando ideas establecidas; debemos saber que hay otros
sistemas posibles; que, frente a la versión oficial de las cosas, existe
siempre la real.
Fernando Trias de Bes
El libro
prohibido de la
economía
ePub r1.0
NoTanMalo 17.4.16
Título original: El libro prohibido de la economía
Fernando Trias de Bes, 2015
Editor digital: NoTanMalo ePub base r1.2
A mis tíos, Mercedes, M.ª
Ángeles y
Federico Trias de Bes.
INTRODUCCIÓN
Esta obra ha obtenido el Premio Espasa 2015,
concedido por unanimidad por el siguiente jurado:
Pedro García Barreno (presidente),
Leopoldo Abadía, Juan José Gómez Cadenas,
Nativel Preciado y Pilar Cortés.
ESTOS SON LOS
HECHOS
A los economistas se nos considera personas que no
tenemos ni idea de lo que va a pasar.
La sociedad percibe la economía como una ciencia
oscura, llena de engaños y que sirve para obtener poder o dinero a costa de los
demás.
Se ha degradado el papel de la economía en la
sociedad.
En los medios de comunicación y en
Internet se ofrece información económica parcial,
presentando solo la parte que interesa de una medición con
el fin de manipular a la opinión pública en una
cierta dirección ideológica.
Las estadísticas económicas se utilizan para
engañar a la gente.
Magníficas herramientas económicas que académicos,
investigadores y personas cargadas de buenas intenciones pusieron al servicio
de la sociedad son manipuladas y utilizadas en otro sentido para el que fueron
creadas.
La banca, el Gobierno y los poderes financieros nos
quieren hacer creer que el sistema es el que es porque es el mejor o no hay
otro alternativo.
Nos cobran impuestos que no tienen ninguna razón de
ser ni legitimidad económica alguna.
En las empresas se utilizan fabulosas herramientas
comerciales para que la gente compre cosas que en realidad no necesita o que ni
siquiera sabe por qué paga.
Nadie hace nada para corregir todo esto.
ESTOS DEBERÍAN HABER SIDO LOS HECHOS
Economía viene del griego οἰκονομία [oikonomía] (de
οἶκος [oikos], «casa»,
y νόμος
[nomos], «ley») y significa «administración de la hacienda, de la casa».
La economía es una disciplina puesta al servicio de
las personas, no al servicio del poder político, financiero y empresarial.
Los auténticos destinatarios de los beneficios de
la economía son los
ciudadanos y las familias; la sociedad, en
definitiva.
La economía es una formidable disciplina que el
carácter egoísta y ambicioso ha pervertido. Un cuchillo puede servir para
cortar pan o para cargarse a un congénere. La herramienta es neutra. Es el uso
que le damos, la voluntad, lo que convierte al cuchillo en desdeñable o
peligroso.
La economía también es neutral. Bien utilizada
serviría para tener un mundo mejor, más justo, más humano, más solidario. Pero
la insaciabilidad, la ambición y el egoísmo han convertido a la economía en un
despropósito, prostituyéndola.
Cuando a los niños se les muestra un cuchillo, se
les enseña su utilidad y también se les advierte de las consecuencias de un mal
uso: «Esto es un cuchillo. Sirve para cortar cosas, pero también puede hacer
daño. Debéis tener cuidado».
Cuando se enseña Historia en las escuelas, tratamos
de que se comprenda cómo la política es capaz de garantizar la paz, pero
también de provocar la guerra.
Cuando se enseña Sociología en las universidades,
se explica la justicia o la tiranía de distintas formas de organización social.
En la Facultad de Derecho los
futuros abogados, fiscales o jueces tratan de
conocer las leyes para poder defender a las personas, y así evitar las
injusticias.
Con la economía, en cambio, esto no sucede. La
economía se nos presenta como un cuchillo que solo corta pan y que no puede
hacer daño. Y no es verdad. Puede hacer daño. Mucho. Y lo está haciendo. La
economía se ha estado utilizando de forma indebida. No sé si ha llegado a
matar, pero sí se ha usado con una intencionalidad bien distinta de aquella
para la que fue concebida. Siempre ha pasado, evidentemente. Pero es que en
estos últimos años nos hemos pasado de rosca.
ESTA ES MI INTERPRETACIÓN DE LOS MOTIVOS
Los economistas, no exentos de cierta candidez,
estamos empeñados en no aceptar este descrédito, esta disfunción de la
economía.
Nuestro problema es que seguimos pensando que la
gente está cargada de buenas intenciones.
Y seguimos enseñando economía y mostrando sus
conceptos y herramientas tal y como deben ser utilizados o, por lo menos, con
el objetivo para el cual
fueron concebidos.
Pocas veces explicamos «las otras cosas» que con
las herramientas económicas se puede hacer.
¿QUÉ HE DECIDIDO HACER AL RESPECTO?
Hay un libro, escrito por el doctor Eric Berne,
titulado Juegos a los que jugamos, que está basado en la técnica de Análisis
Transaccional. Este libro explica cómo algunas personas ponen en marcha,
inconsciente o deliberadamente, verdaderos juegos con el fin de obtener lo
máximo posible de las personas con quienes se relacionan.
Este es nuestro caso: los economistas desarrollamos
técnicas y herramientas para mejorar el mundo, y
las empresas, los financieros y los políticos las
manipulan y sacan partido de forma interesada.
La sociedad se siente engañada por la economía y
como resultado la economía se convierte en víctima.
Cuando alguien es víctima de un juego, explica
Berne, tiene una única solución: desvelar el juego. El juego se desvela
comparando lo que es y lo que debería ser cada cosa en la economía y la
empresa.
Así pues, he decidido desvelar el juego; rebelarme
contra nuestra candidez y decir la verdad, toda la verdad y nada más que la
verdad.
Muchos no estarán de acuerdo, pero
lo que digo aquí es lo que de verdad pienso. Estoy
convencido de que la gran mayoría de gobernantes, banqueros y directivos están
manipulando muchos conceptos económicos y, por extensión, la economía.
¿CÓMO LO VOY A
DESVELAR?
Haremos un recorrido por aquellos conceptos que
personalmente creo que más se están manipulando o utilizando de forma
inapropiada, partidista o interesada.
Cada concepto, por tanto, será definido dos veces:
la definición oficial y la prohibida.
La definición oficial es lo que debería ser, lo que
los economistas
pretendemos cuando teorizamos, descubrimos o
propugnamos teorías, o
cuando desarrollamos instrumentos y herramientas
para que empresas y gobiernos las pongan al servicio del bien común.
La definición prohibida, en cambio, desvela la
forma en que se está utilizando, lo que subyace, lo que realmente se ha hecho
de ese concepto, lo que no debería ser y pocos denuncian. Esa será la mirada
nueva, una que le llevará a cuestionar sus propias ideas y, le convenza o no,
le enseñará a observar los asuntos económicos desde otras dimensiones.
Algunos ejemplos: (1) la inflación es un aumento
natural de los precios (versión oficial), pero los gobiernos
ineficientes la utilizan como forma encubierta de
cobrar impuestos (versión real y prohibida); (2) la satisfacción de las
necesidades de sus clientes es lo que una empresa, si fuese ética, debería
procurar (versión oficial), sin embargo, utiliza el análisis de necesidades de
la población para incorporar a las necesidades vitales otras accesorias, por
las que la gente ni siquiera es consciente de que paga un sobreprecio (versión
real y prohibida); (3) los bancos llaman «depósito» a un dinero que dicen que
nos guardan (versión oficial), pero que en realidad no van a custodiar (versión
real y ocultada).
Explicaré y razonaré cómo se hace
en cada caso, cómo se pasa de la función oficial a
la prohibida. El lector comprenderá el truco para darle la vuelta a las cosas,
para obtener resultados «prohibidos» de herramientas «oficiales».
Cuando me ha sido posible, he sugerido soluciones
para cada concepto: herramientas para que el lector pueda defenderse.
Mi intención es que pueda usted identificar cuándo
va a ser objeto de una manipulación, diagnosticar por qué y saber qué recursos
y posibilidades tiene a su alcance para contraatacar y defender su ahorro, sus
ingresos o su patrimonio.
Haré un recorrido por un total de 126 conceptos
que, personalmente, considero que son los que más se están manipulando o
utilizando de forma inapropiada, partidista o interesada. Por supuesto, no
están todos los conceptos que son, ni son todos los que están. Hay infinidad de
conceptos más que podría haber incluido. Sin embargo, he preferido no ser
exhaustivo y dar un pequeño paseo por temas muy dispares, pero que me ha
parecido muy interesante compartir por la utilidad que pueden tener para el
lector.
Al final, no se trata tanto de revisarlo todo como
de aprender a mirar la economía con una mirada distinta y
una perspectiva nueva, como si tuviéramos unas
gafas de rayos X que nos permitieran ver a través de las cosas y descubrir
aquello que se nos trata de ocultar.
SOBRE EL TONO
El empleo de la ironía es poco habitual en las
ciencias económicas. Un economista irónico corre el riesgo de ser calificado de
poco riguroso. Los economistas debemos dar una cierta imagen: seriedad,
solvencia y rigor. Es importante mantener el tipo para seguir siendo
considerados «científicos».
Quien haya leído mis anteriores libros de economía
y empresa sabrá que la ironía inunda mis textos. El motivo no es otro que
ayudar a comprender a través del humor. Utilizando el sarcasmo tiro piedras
sobre mi propio tejado, mas
cuando se trata de decir verdades, el humor es una
de las mejores formas de comunicación.
Pero que nadie se equivoque: este es, contra toda
apariencia, un libro serio; y la economía es, contra toda apariencia, una
disciplina apasionante.
LAS POSIBLES
CONSECUENCIAS
El debate que suscitará este texto es previsible.
Sobre una definición prohibida habrá tres posturas: quienes estén de acuerdo,
quienes digan que no siempre es así, y quienes piensen que es un modo personal
del autor de ver las cosas.
Para mí son verdades como puños y en ningún caso he
inventado nada que no haya visto, presenciado o sabido. Pero eso no me otorga
razón ni legitimidad.
Puede que alguien me eche en cara el haber
desvelado ciertas poderosas
herramientas que utilizan empresas y gobiernos. Mi
respuesta es la siguiente: si un economista, político o directivo ya utiliza
hoy estas herramientas de forma ética, ¿por qué le inquietan mis definiciones
prohibidas? Solo a quienes manipulan o engañan les indignará que desvele y
denuncie.
Sí, colega mío, economista o directivo, dirigente o
político, si está ya poniendo la economía al servicio de las personas, no tiene
por qué preocuparle este libro. Más bien, debería alegrarse, ¿no es así?
LO QUE NO QUIEREN QUE SEPAS:
LAS MARCAS Y LA
DISTRIBUCIÓN
Seamos francos, el marketing goza de
muy mala prensa. De hecho, popularmente, marketing
es sinónimo de «mentira». Busquen en Internet noticias donde aparezca el
término marketing y leerán cosas como: «La píldora del día después es puro
marketing» o «Las pulseras magnéticas para la salud son puro marketing».
Incluso con el marketing de personas. Recuerdo que
cuando se dudaba de la capacidad de Zapatero para gobernar el país, algunos
diarios llegaron a publicar artículos titulados: «Zapatero es puro marketing».
El calificativo «puro» tiene su enjundia. La
sabiduría popular nos dice que cuando el marketing es puro, libre de impurezas,
más nos acercamos al fraude. De ello podemos deducir que en la esencia más pura
del marketing está la mentira.
Pues no es así. El marketing, en sus orígenes, no
tenía nada que ver con todo esto que ahora se dice. El marketing nace en los
años sesenta como una nueva
disciplina que trata de aunar y cohesionar las
políticas comerciales de una empresa y organizarlas alrededor de las marcas. El
marketing era en realidad un proceso analítico y lógico, una
metodología que aseguraba la
coherencia de las inversiones empresariales a la
hora de poner sus productos y servicios en el mercado.
Este proceso, profesionalmente realizado, es
complejo y obliga a dominar difíciles técnicas estadísticas, dado que todo se
debe basar en cálculos representativos del comportamiento de la población.
Dominar el marketing en su esencia es una tarea muy compleja. Hay que estudiar
disciplinas, como la
investigación de mercados —que se nutre de la
sociología—, la psicología, la estadística o la econometría, que requieren
muchos años de estudio; así como dominar técnicas tan complejas como el llamado
análisis estadístico multivariable, el único que permite reducir la complejidad
de los datos para simplificar la toma de decisiones.
Poco de esto trascendió porque, de
nuevo, el marketing es, lamentablemente, uno de los
campos de la microeconomía que de peor prestigio goza. Es un desastre lo que se
ha hecho con el marketing.
Lo paradójico es que la idea generalizada sobre el
marketing,
sinónimo de mentira, no refleja, bajo mi punto de
vista, la auténtica manipulación del que ha sido víctima. En una frase: el
marketing también ha sido corrompido, pero no como la cultura popular supone.
El marketing no cuenta mentiras. La información
está siempre ahí, al alcance del cliente. Todo cuanto el marketing esgrime
puede ser corroborado o comprobado. El marketing no puede mentir; simplemente,
porque la legislación comercial impide los fraudes. Es un sector fuertemente
regulado y controlado. El marketing sabe que no puede mentir, pero hará todo
cuanto esté en su mano para que usted se enamore de los productos y
servicios que va a intentar venderle. Usted los
comprará, se gastará su dinero y en algunos casos se sentirá luego defraudado.
Entonces afirmará: «Me mintieron». Y yo le diré: «No le mintieron; le sedujeron
como aquella novia que tuvo hace tiempo y que luego resultó un fiasco. Aquella
novia no le mintió, sino que supo engañarle sin ocultarle la verdad».
LAS DEFINICIONES PROHIBIDAS DE:
Marketing.
Necesidad.
Pirámide de Maslow.
Ciclo de vida familiar.
Proceso de compra.
Prescriptor.
Competencia perfecta.
Servicio técnico.
Obsolescencia.
Fecha de caducidad.
Cantidad de producto.
Sorteo.
Cantidad gratis.
Dos por uno.
Tarjeta de fidelización.
Folleto.
Compra por impulso.
Atención al cliente.
MARKETING
Versión oficial:
Marketing es un proceso social por el que los
individuos y los grupos obtienen lo que necesitan y desean a través de la
creación e intercambio de productos y su valoración con otros (Philip Kotler).
El marketing tiene como objetivo el conocer y comprender tan bien al consumidor
que el producto se ajuste perfectamente a sus necesidades (Peter Drucker).
Versión prohibida:
El marketing se ha convertido en «cómo engañar sin
mentir».
Conocer las herramientas con que van a tratar de
seducirle es importante. Es bueno saber lo que las marcas que actúan con poca
ética pretenden cada vez que nos enfrentamos a ellas en un supermercado o nos
planteamos suscribir un servicio.
La información que aquí le proporciono le hará
mucho menos vulnerable a las poderosas herramientas del marketing; podrá ser
mucho más fiel a sus propios criterios y preferencias, y será menos
influenciable por la publicidad, las promociones o las ofertas; comprará solo
aquellas cosas que necesite verdaderamente, y cuando no las necesite pero aun
así las
adquiera, tendrá, por lo menos, plena consciencia
sobre su acto de compra.
Así que empecemos por eso, por las necesidades.
¿Qué necesita usted verdaderamente?
NECESIDAD
Versión oficial:
Objeto, servicio o recurso que es necesario para la
supervivencia, bienestar o confort de una persona.
Versión prohibida:
Es una carencia irrelevante que el marketing va a
convertir en un deseo perentorio.
El sociólogo Abraham Maslow propuso hace años una
teoría muy conocida en los departamentos de marketing, pero casi desconocida
para la gente, y que sirve para despertar deseos de compra.
Se trata de la pirámide de Maslow.
Maslow establecía diferentes jerarquías de
necesidades, según lo perentorias que resultaban para un ser
humano. Estas jerarquías son importantes porque
representan el orden en que las personas van a procurar satisfacerlas.
Las primeras necesidades son las fisiológicas:
comer, beber, refugio y dormir. En una segunda jerarquía, está la necesidad de
seguridad, de sentirse sano y a salvo. Luego, la necesidad de afecto o
pertenencia a un grupo (afiliación), una clase social, una ciudad, región o
país. A continuación, está la necesidad de autoestima. Por último, las
necesidades que tienen que ver con la
autorrealización.
Veamos:
El primer nivel es el realmente necesario. Sin
respirar, comer, beber o descansar, uno se muere. Son
necesidades importantes porque aseguran la
supervivencia. De estas,
realmente, no puede prescindir nadie. Sin ellas, la
vida sería difícil. Otra cosa distinta es cuánto necesitamos comer y cuánto
necesitamos beber. En este nivel de la pirámide no hablamos del «cuánto»
porque, en caso de ser más de la cuenta, no estaríamos ante una necesidad
fisiológica, sino ante una necesidad de placer o disfrute.
El resto de necesidades, y esto es lo
importante, son relativamente prescindibles. Claro
que es mejor vivir con seguridad física. Pero sin ella, mientras no pase nada,
es posible vivir.
Se denomina pirámide porque establece el orden en
que priorizamos nuestras necesidades. Uno no pasa al
segundo nivel hasta que no satisface el primero. Es
decir, primero me alimento y después lucho por mi seguridad; cuando me siento
seguro, lucho por mi afiliación; luego busco ser reconocido y, finalmente, la
realización personal.
Lo lógico sería concentrar la mayor parte de
nuestro gasto en la base y, proporcionalmente al tamaño de los pisos de la
pirámide, destinar menos a necesidades menos perentorias.
Pues resulta que es precisamente al revés. A lo
largo de su vida, una persona gasta mucho más en perfumes, automóvil,
formación, etc., que en necesidades perentorias. ¿Es un error? No. Es una
consecuencia del desarrollo
económico. En un país subdesarrollado, el gasto se
concentra en la base y no llega para nada más. O sea, que en cierto modo es una
buena noticia que podamos dedicar nuestro dinero a
satisfacer las necesidades más psicológicas. Aun
así, le recomiendo que lleve consigo una pequeña fotocopia de la pirámide de
Maslow y cada vez que se plantee comprar algo, compruebe a qué jerarquía de
necesidades está dedicando su dinero.
Comprobará entonces que este asunto es complejo,
pues cuando compramos algo, estamos satisfaciendo un poco de cada una de las
necesidades de los distintos niveles de la pirámide al
mismo tiempo. Por ejemplo, quien compra un coche
compra transporte, seguridad, afiliación, reconocimiento y satisfacción
personal. No somos conscientes. Pensamos que necesitamos un coche cuando en
realidad los fabricantes de coches añaden al vehículo un montón de elementos
para satisfacer deseos a lo largo de toda la pirámide.
¿Y por qué? Pues porque de esa manera usted estará
dispuesto a pagar más.
Esto que para un coche es obvio, se observa también
en los productos más impensables. Cuando por ejemplo compra un chicle, también
compra
seguridad (que no sea nocivo), pertenencia o
afiliación (el chicle que compra la gente con la que va), reconocimiento (ser
percibido como una persona que sabe lo que compra) y autorrealización (me
concedo un pequeño capricho).
No hay nada de malo en ello, pero lo que nadie se
plantea es: ¿cuánto pago por cada una de estas necesidades? Pues, no lo olvide,
están todas incluidas en el precio.
Para responder, haremos un ejercicio con un coche
de alta gama. Imagine que está pensando comprar un coche y está a punto de
decidirse por un
BMW.
En la pirámide de Maslow, usted está satisfaciendo
varias necesidades. Debemos ir una por una, siguiendo un orden jerárquico. La
primera necesidad que le mueve a gastarse, pongamos, 40 000 euros en un BMW es
la necesidad de transporte. Necesita un coche para desplazarse al trabajo o
fuera de la ciudad con su familia los fines de semana. Esta es una necesidad
importante y respetable.
La pregunta es: de los 40 000 euros, ¿cuántos son
en realidad para transporte? Para aislar esa parte del precio debemos buscar la
alternativa más económica de transporte que tiene al alcance de su mano.
Puede ir al trabajo en metro y puede desplazarse
los fines de semana con transporte público, coche de alquiler o taxi. Ya sé que
es más incómodo, pero la comodidad no es, de momento, la necesidad que estamos
analizando. Estamos de momento considerando la de transporte, así que ciñámonos
a eso, por ahora.
Siendo estrictos y pensando, muy racional y
analíticamente, que todos los desplazamientos que vaya a hacer con su coche de
alta gama los podría hacer con los sistemas alternativos que le he planteado:
transporte público o alquiler de vehículos, si hace los números y calcula cuál
sería el coste anual de estas
alternativas, comprobará que sale mucho, pero que
mucho más a cuenta que comprarse el coche. Se ahorrará muchos miles de euros.
Yo tengo un amigo que, de hecho, hace eso. No tiene coche. Se desplaza solo en
taxis o para recorridos más largos o de varios días alquila un vehículo. Su
coste anual de transporte es irrisorio comparado con el mío que, tonto de mí,
sí que tengo coche propio.
Tras realizar el cálculo del coste de sus
necesidades de transporte con sistemas alternativos no privados, sabrá la parte
del precio que, multiplicado por los años que le vaya a durar el coche, estará
usted pagando por la necesidad
«transporte» al comprarse el BMW. Hagamos un
ejemplo. Pongamos que, entre tarjetas de metro, autobús, taxis y coches de
alquiler usted gastara 500 euros al año. Si el coche le va a durar 10 años,
significa que, de los 40 000 euros que vale el BMW, 5000 (500 euros por 10
años) son para pagar la necesidad «transporte». Paga 5000 euros por transporte
puro y duro y 35 000 por otras necesidades que no tienen nada que ver con la
necesidad de transporte stricto sensu.
Cuando planteo este ejercicio a una persona, lo
primero que hace es enviarme a la mierda. Luego, tras pedirme disculpas, me
dice que con
vehículo propio tendrá mayor comodidad. Cogerá el
coche siempre y cuando quiera, lo tendrá a su permanente disposición y además
se ahorrará el tedioso trabajo de tener que reservar y devolver un coche, o
tener que llamar al taxi, o tener que desplazarse a las paradas de transporte
público.
Bien. Eso significa que, de los 35 000 euros, hay
una parte de su dinero que está usted empleando en cubrir, según Maslow, la
necesidad de «comodidad». Totalmente respetable. Cada persona se gasta el
dinero en lo que quiere. Pero lo que a mí me interesa es enseñarle cómo piensan
desde los departamentos de marketing. Porque
ellos saben que vendiendo coches cubren la
necesidad de transporte y comodidad. Así que deben asignar un precio a cada
necesidad. Por tanto, también hay que ponerle precio a la comodidad. Y, lo más
importante, quiero que usted aprenda a saber cuánto paga por las necesidades
accesorias que las marcas le añaden a los productos que compra.
¿Cómo podemos calcular cuánto paga por la
comodidad? Es muy simple. El coste de la comodidad de tener
transporte privado se calcula comparando qué
costaría comprar el coche más sencillo del mercado. Sí, el más sencillo.
Supongamos que el coche
más sencillo con igual número de plazas y capacidad
de maletero que usted requiere cuesta en el mercado 7000 euros. En tal caso,
podremos afirmar que las necesidades transporte y comodidad podrían ser
cubiertas solo con 7000 euros. Dado que 5000 era el precio de la necesidad
«transporte», significa que, si se quedara este vehículo, estaríamos tasando el
precio de su comodidad (para los siguientes diez años) en 2000 euros. Con 7000
euros compra 5000 euros de transporte público alternativo y 2000 euros de comodidad
para tener vehículo propio.
Hasta los 40 000 que vale el coche que va a comprar
faltan todavía 33 000
euros. ¿Qué diantre está usted comprando?
Cuando a una persona le explico esto y todavía no
la he convencido de que se compre el coche más barato del mercado, me dice que
hay cosas que le preocupan, tales como la seguridad y prestaciones del coche.
Una buena suspensión y unos buenos frenos evitarán lesiones en caso de
accidente. Bien. Quiere usted ahora dedicar parte de su dinero a comprar la
necesidad «seguridad por prestaciones». ¿Cuánto vale eso?
Para calcularlo, hacemos lo mismo, buscamos lo que
los economistas llamamos el menor coste comparativo
posible. Para ello, deberíamos realizar un análisis
de las prestaciones de los distintos vehículos del mercado y seleccionar aquel
más económico que iguale en prestaciones al de alta gama que se quiere comprar.
La verdad es que los coches son cada vez mejores y que, dada la concentración
de empresas del sector de automoción, las distintas marcas se fabrican cada vez
en menos lugares distintos. Así, por ejemplo, Audi, Volkswagen, SEAT y Sköda,
marcas de muy distinto precio, se fabrican en las mismas fábricas con los
mismos estándares de calidad. Eso no significa que un Sköda sea igual que un
Audi, pero sí que muchas prestaciones
relacionadas con la seguridad son equiparables.
Supongamos que con un Volkswagen uno tiene prestaciones parecidas a las del BMW
que tiene en mente, cosa que no es descabellada. Si la diferencia entre ambos
modelos es de, pongamos, 10 000 euros, ya tenemos el coste de esta necesidad. Y
ya vamos conociendo mejor qué paga usted. Está pagando 5000 euros de
transporte, 2000 de comodidad y 10 000 de seguridad y prestaciones, total 17
000 euros. Esto es así porque, si se ciñera a esas tres necesidades, con el Volkswagen
tendría suficiente.
¿Qué queda hasta 40 000 euros?
23 000 euros. ¿Y en qué los gasta? Lo
primero que distingue a dos modelos de coche de
iguales prestaciones es el diseño.
Para saber cuánto paga por el diseño realizamos el
mismo ejercicio (ahora ya ha aprendido cómo funciona). Buscamos un coche del
mercado con iguales prestaciones y un diseño que le guste tanto como el que va
a adquirir, pero que sea el más barato de cuantos diseños le satisfagan.
Supongamos que ese coche costase 30 000 euros. Si renunciara al diseño podría
usted comprar el de 17 000. Pero como quiere gastarse dinero en cubrir la
necesidad «diseño», sería capaz de llegar hasta 30 000. Ergo, se gasta 13 000
euros en
diseño.
Si todavía no accede a quedárselo y decide
finalmente ir a por el BMW que inicialmente se planteó, es porque quiere esa
marca. ¿Qué necesidad compra? Estatus, sentimiento de pertenencia a un grupo
exclusivo (los tenedores de BMW) y autorrealización: «Yo tengo un BMW».
¿Y cuánto vale? Pues 40 000 euros menos los 30 000
del anterior modelo; es decir, 10 000 euros.
En resumen, al comprarse el BMW no ha comprado un
coche, sino que ha dedicado estas cantidades de dinero a las correspondientes
necesidades:
5000 euros a comprar la necesidad transporte;
2000 euros a comprar la necesidad comodidad;
10 000 euros a comprar la necesidad seguridad;
13 000 euros a comprar diseño;
10 000 euros a comprar autorrealización y
sentimiento de pertenencia.
Realizado este ejercicio, lo siguiente es
plantearse a qué necesidades puede renunciar o cuáles de ellas le resultan
excesivamente caras para el placer que le proporcionan. Ahora ya puede hacerlo.
Esta es la forma en que desde el departamento de
marketing de las empresas tratan de obtener el máximo dinero posible de su
billetero. Si, al final, después de todo, usted quiere gastarse 10 000 euros en
sentirse guay por tener una marca de alta gama de coche, pues perfecto. Pero
¿se había detenido alguna vez a calcularlo? Ahora ya le he dado las
herramientas. Piense y decida bien en qué quiere gastar su dinero o, más bien,
cuánto valen sus necesidades. Por lo menos, será consciente de en qué
necesidades se gasta su dinero y cuánto valen.
Este ejercicio, realizado para un coche, es
igualmente válido para un
producto tan sencillo como el chicle de antes.
Puede calcular cuánto gasta en mascar (podría no gastar nada y mascar un trozo
de corteza de árbol; hay algunas francamente buenas de sabor y mucho más
saludables para los dientes), cuánto en el tamaño de la goma de mascar, cuánto
en duración del sabor, cuánto en su preferencia por el sabor y cuánto en la
marca. Al principio le resultará difícil realizar estos cálculos. Y sé que en
muchos casos obliga a haber probado o conocido los distintos productos alternativos,
pero poco a poco irá aprendiendo a conocer qué necesidades concretas satisface
y cuánto decide pagar por ellas sin hacer complicados
cálculos.
A las marcas no les interesa que realicemos este
proceso porque ponerlo todo junto, de algún modo, justifica el precio. El
chicle empaquetado, el pack brillante, marca conocida, nombre atractivo, envase
de tamaño aceptable, etc., vale un euro. Un ordenador cuesta 800 euros. Un
coche de alta gama vale 40 000 euros.
Son un conjunto de cosas: una gran
marca, seguridad, prestaciones, velocidad,
comodidad… Todo junto vale la pena. Así es cómo las marcas nos van
acostumbrando a comprar necesidades de las que, a lo mejor, podemos prescindir
y de las que no
prescindimos, no porque no podamos, sino porque no
sabemos cuánto pagamos por cada una de ellas.
Ahora ya le he enseñado. Es muy simple. Para cada
necesidad, busque siempre la alternativa más barata a su alcance, compárela con
lo que compra y sabrá el precio de su siguiente necesidad en la jerarquía de
necesidades de Maslow.
PIRÁMIDE DE
MASLOW
Versión oficial:
La pirámide de Maslow es una jerarquía de
necesidades humanas donde se describe que conforme se satisfacen las
necesidades más básicas (parte inferior de la pirámide), los seres humanos
desarrollan necesidades y deseos más elevados (parte superior de la pirámide).
Versión prohibida:
Método para calcular cuánto cobrar por cada una de
las necesidades accesorias que las marcas incorporan
a un producto.
Para acabar de alcanzar el maestrazgo en la técnica
anterior, le revelaré una importante herramienta que utilizan los profesionales
del marketing y que le servirá para comprender por qué, de pronto, usted se
está planteando comprar ciertos productos que hasta el día antes no se
planteaba adquirir. Esa herramienta se llama «ciclo de vida familiar», y
conviene que la conozca porque va a entender muchas cosas de repente.
El ciclo de vida familiar es un análisis que se
realiza acerca de cómo son las distintas etapas por las que pasa
un ciudadano desde que nace. Al principio de su
vida uno es un bebé y no compra nada, por lo que todo lo que haya que venderle
a un bebé los departamentos de marketing van a hacerlo a través de sus madres.
Cuando sea niño y tenga capacidad de hablar e incluso antes, cuando ya pueda
señalar una chuchería, desde el marketing ya se pondrá al niño en el punto de
mira, y se analizará qué cosas un niño querrá tener o consumir, ya sean
juguetes, ropa, golosinas o incluso contenidos, música o películas. Las marcas saben
que los niños que aún no hablan, señalan. Y les aseguro que lo tienen en cuenta
a la hora de colocar sus productos en el punto de
venta. La capacidad de señalar de un niño es
convertible en gasto de su dinero. Eso es lo que el marketing puede lograr. Más
adelante, el niño se convertirá en adolescente, surgirán nuevos deseos, nuevas
necesidades que las empresas se ocupan de detectar; luego se hace
universitario, tal vez ya necesite una moto y empezará a comprar viajes y a
consumir ocio; pasarán los años y ese adolescente, ya convertido en un joven,
tendrá pareja y tal vez necesitará un pequeño apartamento donde vivir, con todo
lo que ello conlleva; llegará el primer hijo y sus necesidades cambiarán
radicalmente: empezará a comprar determinados
productos y servicios que antes no necesitaba; y
dejará de consumir otros, por ejemplo, turismo de aventura. Llegará el segundo
hijo; precisará un coche más grande; seguros de salud y de vida, no sea que le
pase algo y sus hijos pasen hambre; precisará clases de inglés para ellos y
darles formación, etc. Así hasta hacerse viejo y morir, momento en que solo
necesitaremos una caja, sepelio
y lugar donde nos aparquen definitivamente. Eso que
llaman «descansar».
Los departamentos de marketing conocen a la
perfección el conjunto de cosas que podrá cambiar en la siguiente etapa de su
ciclo de vida, productos y
servicios que a usted le resultan impensables ahora
mismo. Cuando pase de una etapa a otra descubrirá que, de repente, empieza a
recibir publicidad u ofertas, muchas de forma directa, de esos productos.
¿Y cómo saben en las empresas que salta usted de
etapa? Lo saben. Las
empresas disponen de mucha información y, en la
actualidad, esa información se compra. Es cierto que la ley de protección de
datos ha puesto frenos al tráfico de información privada, pero hecha la ley,
hecha la trampa. Simplemente dándose de alta en una web para acceder al wifi
gratuito de un aeropuerto, proporciona a alguien
inmediatamente datos suyos, con los que usted, al
dar al botón de aceptar
condiciones de uso, accede implícitamente a que
sean utilizados.
Mi recomendación es que se olvide de escapar a este
control. No lo conseguirá. Es imposible. Estamos en la era de la información y
es cada vez más difícil comprar, suscribir servicios o consumir sin hacer
públicos parte de nuestros datos.
Tal vez hayan oído hablar del Big Data. El Big Data
es un fenómeno emergente en el mundo de las empresas que va a incrementar y
acelerar la capacidad de estas para dirigirse a cualquier persona, no solo de
forma
directa, sino conociendo a la perfección en qué
etapa del ciclo de vida familiar se encuentra, así como sus gustos y
preferencias, o incluso personas con las que se relaciona. De momento, las
empresas tienen más información de la que pueden procesar y comprender, y por
eso se está dedicando muchísimo dinero al desarrollo de sistemas, algoritmos y
herramientas que permitan procesar esta enorme cantidad de información para
convertirla en comercialmente accionable.
Estamos ya viendo avances y es solo cuestión de
tiempo que podamos recibir un mensaje en el móvil que diga algo así como:
«Felicidades por el nacimiento
de su segundo hijo ayer; le recordamos que en
nuestra aseguradora puede dar de alta al bebé con la modalidad de seguro de
salud para neonatos, con un 50% de descuento, si lo hace antes de que en el
hospital den el alta a la madre pasado mañana y se instalen en su casa de Las
Rozas».
Parece ciencia ficción, pero no lo es. Y lo peor de
todo es que será legal. Las empresas utilizarán información que usted, en algún
momento, al firmar un ingreso, un alta o suscribir un servicio, decidió
autorizar a que fuera explotada con fines comerciales.
Olvídese de no estar ahí. Sus datos van a estar
incluidos en el gran universo
de información al que las empresas podrán acceder.
¿Qué hacer entonces? Dado que no vamos a poder
escapar a que se conozca algo —mucho o poco— sobre nosotros, lo mejor que
podemos hacer es elaborar nuestra lista particular de las cosas que queremos
adquirir en el momento en que avancemos a la siguiente etapa de nuestro ciclo
de vida familiar. De lo contrario, nos encontraremos gastando el dinero en
cosas que tal vez no precisamos, pero que compramos porque, al adentrarnos en
una etapa nueva de la vida, pensamos que las
necesitaremos por absoluto desconocimiento.
Pregunte a otras
personas que tengan cinco o siete años más que
usted. Comparta experiencias con personas que se hallan en el ciclo de vida
familiar justo por encima del suyo. Podrán decirle, ya por experiencia, lo que
realmente le hace falta y lo que no.
Todos hemos sido víctimas de ello. ¿Cuántas cosas
innecesarias no compramos, por ejemplo, con el nacimiento del primer hijo y que
luego no hacía ninguna falta tener? Las empresas saben que una persona
enganchada justo en el momento de cambio de etapa de ciclo de vida es muy
vulnerable porque adolece de experiencia y es fácil
convencerle de que compre tal producto o suscriba tal
servicio. No engañan, pero para seducir juegan con
su desconocimiento.
La solución, como digo, es muy simple. Debe usted
ser consciente de cuándo se produce un salto de etapa en su vida, un salto que
supondrá cambios en sus pautas de compra y consumo. Durante esos compases de su
vida esté alerta; no se deje convencer a las primeras de cambio por la
publicidad;
recabe más información que habitualmente y, sobre
todo, decida cómo quiere y cómo no quiere vivir. Las marcas saben que durante
los cambios de ciclo de vida se produce un incremento muy elevado del gasto
personal, precisamente porque son
tiempos convulsos y nuevos para la persona. E
intentarán captar una parte de ese gasto. Su misión es, sencillamente,
controlarlo y no volverse loco.
Ya podemos incluir una definición más en nuestro
libro:
CICLO DE VIDA
FAMILIAR
Versión oficial:
El ciclo de vida familiar es una forma de segmentar
a las familias en función de una serie de fases que abarcan todo el curso de
vida de una unidad familiar.
Versión prohibida:
Momentos de la vida en que las marcas saben que los
clientes pierden temporalmente la capacidad de discernir la conveniencia de una
compra.
La última de las herramientas más estratégicas de
las que defenderse de las marcas es el llamado «proceso de compra». El proceso
de compra viene siendo lamentablemente utilizado para introducir seductoras
ofertas que desestabilicen o interrumpan la correcta toma de decisiones de un
cliente.
El proceso de compra es algo muy sencillo. Se ha
estudiado que una persona, antes de comprar cualquier cosa, realiza una serie
de pasos. En general, sabemos que un proceso de compra se compone de las
siguientes etapas: reconocimiento de la necesidad (me convenzo de que he de
comprar tal
o cual producto), búsqueda de información,
evaluación de las distintas alternativas, toma de la decisión, acto de compra,
entrega del producto, servicio posventa, gestión de la reposición.
Dependiendo del producto, a estos pasos se les
dedica más o menos tiempo y esfuerzo.
Por ejemplo, para comprar una caja de cerillas, el
tiempo de búsqueda de información y evaluación de alternativas es casi nulo.
Imagine que dedicara dos horas a preguntar en distintos comercios, buscar por
Internet el número de cerillas de las cajas de las distintas marcas y calcular
el precio por cerilla… Absurdo. El tiempo que usted destinara
no compensaría lo que pudiera ahorrarse. A eso los
economistas lo llamamos coste de oportunidad, y las marcas juegan con él para
seducir a la gente. Como el coste de oportunidad de escoger las cerillas más
baratas del mercado no compensa el tiempo empleado en lograrlo, las empresas
que venden cerillas pueden permitirse el lujo de cobrar más por cada cerilla o
de utilizar el diseño para que se decante por su marca sin pensar demasiado en
cuánto cuesta cada cerilla.
Uno compara un par de opciones y escoge la caja de
cerillas que más le gusta, la más barata, la más sólida o la que ofrece la caja
más grande. Poco
más. Y decide esto en apenas dos segundos. El pago
y la entrega de la caja de cerillas es inmediata. Las cerillas no precisan
servicio posventa y, cuando se acaben, comprará otras en cualquier parte sin
probablemente acordarse de las que adquirió la última vez.
A un proceso como este lo llamamos un «proceso de
compra simple y de baja
implicación». Y, como digo, proporciona mucho poder
a las marcas porque los compradores dedican poca o ninguna atención a maximizar
la eficiencia de su compra.
En el otro extremo tendríamos, por ejemplo, una
vivienda. Todo es bien distinto. Es un producto de elevada
implicación; fíjese qué distintas son las etapas.
Nos llevará tiempo incluso la etapa de reconocer
que tenemos la necesidad de adquirir una vivienda. Antes, nos preguntaremos si
vale la pena seguir de alquiler o, en caso de tener ya una de propiedad, si es
posible con una reforma quedarnos en la misma. Solo en reconocer y aceptar que
sí, que vamos a buscar casa, puede una persona o pareja tardar un año. Una vez
convencidos de que hay que comprar, la búsqueda de información será enorme y,
antes de comprar nada, se evaluarán un montón de alternativas. Cuando mi
hermana se casó, llegó a visitar cien pisos antes de
decantarse. Eso es mucho trabajo y dedicación de
tiempo. Pero le permitió afinar mucho en la compra. Luego llegan muchas otras
etapas: el momento de la compra, de la financiación, la búsqueda de hipoteca,
del pago, que puede incluir amortizaciones anticipadas; añadamos el servicio
posventa, reparaciones de hogar, seguros de robo… y así un largo etcétera.
El proceso de compra de una vivienda puede durar de
dos a cuatro años. A procesos así los denominamos «procesos de compra complejos
y de alta implicación».
Entre estos dos extremos, la caja de cerillas y la
vivienda, hay un amplio
espectro de productos y servicios con procesos de
compra a caballo entre la simplicidad y la complejidad, de duraciones bien
distintas. Un teléfono móvil, un libro, un refresco, un sofá… Todos ellos
tienen diversos grados de implicación que, además varían con la persona en
cuestión.
Las marcas lo saben y tienen muy bien estudiado el
proceso de compra de
los productos concretos que comercializan.
Los procesos de compra fueron creados por el
marketing con la intención de perfeccionar la forma en que dirigirse al
cliente, cómo
informarle, cuándo, con qué
intensidad… La idea era prestar un servicio mejor,
ayudar a la gente a decidir bajo la premisa de que, si facilitamos al cliente
toda la información y le ayudamos en todas las partes del proceso, todos nos
aseguraremos de que, si escoge nuestra marca, es porque verdaderamente responde
a lo que buscaba y, de este modo, todo un sector minimizará errores. La
satisfacción general de los clientes también aumentará.
Para todos los fabricantes y distribuidores es
recomendable que la gente pueda afirmar: «¡Qué fácil y eficiente resulta elegir
y comprarse unos X!», por ejemplo. Toda industria
debería trabajar, incluso de acuerdo con la
competencia, para que así sea. Porque un sector donde los clientes aciertan con
sus compras es un sector sano desde un punto de vista comercial y atractivo
para seguir comprando en él.
Sin embargo, una vez más, aparece la prostitución
de la herramienta. La tentación es grande. A través del proceso de compra, se
puede seducir a alguien muy fácilmente: mediante señuelos en cualquiera de las
etapas, se ciega al comprador, que ya no pensará en la siguiente.
Un claro ejemplo es el alta de línea de teléfono
móvil. ¿Qué hacen las operadoras? Pues en la etapa de
evaluación y comparación de alternativas te ponen
sobre la mesa el regalo, o precio con descuento, de un magnífico terminal: «Le
regalamos el móvil si se da de alta con nosotros». Lo que aparentemente es una
promoción se convierte en una forma de desvirtuar el proceso de compra. Se
coloca en una parte del proceso un elemento de distracción que no tiene nada
que ver con el resto de la compra y que desvía la atención. El cliente se da de
alta con determinado operador porque le regalan el móvil y firma un contrato de
permanencia. Luego, cuando llega la primera factura, se da cuenta de que tal
vez necesitaba más gigas de conexión,
información que en aquella etapa del proceso de
compra le pareció
irrelevante y ahora adquiere importancia. Llama al
servicio al cliente para ampliar la capacidad de gigas mensuales y el leñazo
que le meten es de órdago. De acuerdo, entonces me cambio de operador, protesta
usted. Y ahí aprende que no puede. Firmó un contrato de permanencia. Está atado
durante dos años a ese operador y a unas tarifas muy superiores si no se
mantiene en la tarifa inicialmente contratada.
Este es un ejemplo de cómo a través del análisis de
las etapas del proceso de compra puede una marca lograr que alguien tome una
decisión sin analizar
debidamente el resto de etapas.
El ejemplo del alta de línea es muy típico, pero el
mundo está lleno de casos parecidos. Sin ir más lejos, los anuncios de apertura
de cuentas bancarias donde te ofrecen un 5% de intereses cuando el tipo oficial
está en el 0,5% y luego resulta que ese 5% solo se computa sobre los primeros
mil euros de ahorro. Además, cuando quieres sacar el dinero igual hay
penalización.
Otro caso que todos hemos sufrido es el de las
impresoras a un coste irrisorio. Te la quedas y cuando vas a sustituir el
primer cartucho de tinta, te quedas helado del precio. Claro, solo puedes
comprar los cartuchos de esa
impresora, no valen otros y ya no puedes
devolverla. Sustituir la impresora será demasiado caro.
Lo que hacen las marcas es colocar un ahorro en una
parte del proceso y compensarlo con creces en posteriores etapas, ganando así
incluso más que el dinero, regalo o descuento con que le obsequiaron.
Actuar así por parte de una marca es una solemne
tontería porque lo único que logran es erosionar la reputación de su sector. Y
las marcas tienen otras responsabilidades más allá de la de vender y lograr
beneficios. Hay que ser responsables y contribuir con industrias y sectores
donde sea un gustazo escoger,
comprar y consumir. Esto es algo que muchas marcas
han olvidado o, sencillamente, en pos de un beneficio inmediato, prefieren
pasar por alto.
Si logramos que las marcas abandonen estas
prácticas, todos saldremos ganando. Y ya que muchas marcas parecen no estar
dispuestas a hacerlo, pues comparto con el público cómo evitar ser engañados, a
ver si así logramos ofertas claras y transparentes, sin sorpresas.
Hay empresas que han sido brillantes en seducir a
millones de clientes a través del proceso de compra. Hay distribuidores que
publicitan en muchos de sus productos, especialmente
en fotografía, imagen y sonido, que si encuentras
un producto igual de menor importe que hayas comprado con ellos, te devuelven
la diferencia en metálico.
Con esta estrategia inciden sobre la etapa
«búsqueda de alternativas». Es tedioso ir a tiendas especializadas a comparar
precios de cámaras de fotografiar. Para erradicar el esfuerzo de esta búsqueda,
dicen a sus clientes potenciales: no lo hagas, no busques opciones más baratas,
yo soy la más económica y, si me demuestras que no ha sido así, ya te abono lo
que te hubieras ahorrado. Y efectivamente lo harán. Conozco a gente que cuando
luego ha visto el producto más barato lo han
comunicado a la tienda y, religiosamente, le han
abonado la diferencia.
¿Cuál es el truco entonces?
Si aceptamos la propuesta del distribuidor y
decidimos no dedicar tiempo a comparar alternativas es porque nos da pereza o
no disponemos de ese tiempo. La garantía que nos da el distribuidor nos
convence de eliminar esa etapa del proceso de compra.
Lógicamente, después de comprar el producto, casi
nadie se pondrá a seguir buscando para ver si encuentra el producto por ahí más
barato. ¿Por qué lo sé? ¡Pues porque ya lo habría hecho antes! Comprobar que
nuestra elección
ha sido la más barata después de comprar entraña no
solo buscar alternativas, sino el hecho de que, si damos con un producto de
menor precio,
tendremos que documentar esa información, acudir al
servicio de atención al cliente del distribuidor y efectuar la reclamación. ¡Es
mucho más esfuerzo y tiempo! ¡Comprobar la mejor elección luego de la compra
puede acabar suponiendo más trabajo que evaluar alternativas antes de la
compra! ¡Ese es el truco!
Y por eso, el 99% de la gente que se salta esa fase
del proceso de compra, seducido por la idea de que el distribuidor ya ha hecho
ese trabajo por
nosotros, no dedica un segundo a comprobarlo. En
realidad, el número de personas que han vuelto alguna vez con una reclamación
por haber encontrado el mismo producto más barato en otro sitio, después de
haberlo adquirido, es ínfimo; suelen ser personas que lo vieron por casualidad
en otro lado, pero no era gente que estaba activamente buscando para ver si
efectivamente el suyo tenía el mejor precio.
¿Engañan los distribuidores? No, yo pienso que no.
Creo sencillamente que pone en juego una serie de probabilidades y plantea
compartirlas con el comprador. Pero debemos tomar conciencia de cómo las marcas
pueden
alterar el proceso de compra teórico que deberíamos
seguir.
Hay tantas formas de seducir a través del proceso
de compra que precisaría un libro entero solo para describirlas. Lo importante
es que sepa usted defenderse de ellas. El antídoto es muy simple. No se
precipite en las decisiones y, lo más importante, no tome ninguna decisión sin
saltarse una sola de las etapas. Por el hecho de que le sorprendan con un
incentivo o regalo en una de las fases, no detraiga el tiempo que el resto de
etapas merecen. Eso no significa que a partir de ahora tenga que dedicar dos
horas a decidirse por qué caja de cerillas comprar. ¡Ni mucho
menos! Significa solo que ha de decidir
conscientemente qué fases del proceso prefiere obviar, a cuáles dedicar más o
menos tiempo y, especialmente, incorporar en el cálculo del precio de compra
los riesgos de comprometerse por cierto tiempo con una marca, así como los
desembolsos futuros que entrañará la opción escogida. Complete los procesos de
compra hasta el final y será perfectamente consciente de estar realizando la
mejor elección.
PROCESO DE COMPRA
Versión oficial:
Etapas cronológicas por las que pasa un comprador a
la hora de comprar un producto o suscribir un servicio.
Versión prohibida:
Momentos de compra que las marcas incentivan,
logrando así disuadir al comprador de verificar lo que recibirá en etapas
posteriores.
Cuando una marca actúa así pone su interés en
vender por delante la satisfacción del cliente. Y eso no es honrado ni para el
cliente ni para la
industria ni, de hecho, para la propia marca, que
practica eso de «pan para hoy, hambre para mañana».
Existen unos productos donde la desorientación del
comprador es elevada, o bien la opinión de un experto tiene mucho peso dentro
de los distintos procesos de compra. Es el caso de productos tecnológicamente
complejos o donde la experiencia científica es un grado. Las marcas saben que
hay una figura fundamental que en marketing se denomina «prescriptor». El
prescriptor, en teoría, es una persona no vinculada a marca alguna que
recomienda con absoluta independencia la que considera mejor opción a un comprador
que carece
de criterios de compra, o a quien el tiempo que
debería invertir para adquirir tales criterios sería demasiado
elevado. Ejemplos típicos de prescriptores son los
veterinarios, médicos, mecánicos de vehículos o informáticos.
Veamos un ejemplo: nace nuestro primer bebé.
Empieza el destete. Hay que escoger una leche de transición. ¿Qué marca
escoger? ¿Cuál es la más sana para nuestro hijo? Es una elección muy relevante
y, obviamente, seguiremos las indicaciones del pediatra. Lo mismo con el
mecánico de nuestro coche para escoger un aceite o con nuestro informático para
escoger un determinado
software.
Hace décadas que se conoce la importancia de los
prescriptores y el primer marketing, mejor intencionado, buscaba construir una
buena reputación de marca entre estos colectivos, de
forma que, libremente, les recomendaran. La
tergiversación del prescriptor vino más adelante. Es más barato comprar a un
prescriptor que convencerle a base de invertir en formación e imagen de marca.
La prostitución del prescriptor es culpa de todos, de las marcas y de los
propios prescriptores, pues estos exhiben una
teórica independencia que es rotundamente falsa.
Las farmacéuticas
han pagado a médicos para que receten sus
medicamentos; las empresas de neumáticos han pagado comisión a los talleres
para que recomienden su marca; los informáticos reciben comisión de los
fabricantes de software si instalan los suyos… Casi nadie queda indemne. No
tengo nada en contra de la comisión. Sí estoy en contra de que una
recomendación, aparentemente libre, esté en realidad condicionada a una
contraprestación, y que esto se oculte a quien espera una opinión
independiente.
Lo normal sería que un pediatra dijese a la madre:
«Mira, estas tres leches tienen suficiente calidad para tu bebé, pero yo te
recomiendo
especialmente esta marca porque me paga los viajes
a los congresos y me ayuda a formarme como médico. Si a ti te parece bien,
cómprala porque ayudándola me ayudas también a mí».
Yo hace tiempo que ya no creo a un solo prescriptor
y obtengo información de otros consumidores o usuarios. No soy el único. Un
reciente estudio demostró que el prescriptor con mayor influencia en la toma de
decisiones a la hora de elegir un hotel era… ¡los comentarios de desconocidos
en Internet que se habían alojado en el hotel! Damos más credibilidad a un
desconocido que a la agencia de viajes. ¿Por qué? Pues porque no sabemos hasta
qué punto la agencia tiene un incentivo por parte
de ese grupo hotelero. Internet convertirá en obsoletos a los prescriptores. Y
si no, tiempo al tiempo.
PRESCRIPTOR
Versión oficial:
Profesional que recomienda a una empresa y/o sus
productos o servicios por convencimiento y bondad del fabricante o marca.
Versión prohibida:
Comisionista freelance.
Existe algo que debería evitar todos
estos desmanes. Se llama «competencia». La
competencia es buena para los consumidores porque impide que las empresas
abusen de una posición dominante, como puede ser el
monopolio o el oligopolio. Los
economistas sabemos que la competencia promueve la
eficiencia y asegura que las personas podamos maximizar nuestra satisfacción
cuando gastamos, compramos o consumimos.
Sin embargo, la competencia es un concepto muy
controvertido. ¿Estamos en España en un sistema de libre competencia? La
respuesta es dura: sí y no. Hay competencia y las autoridades regulatorias
dedican tiempo a que así sea, pero las marcas, lamentablemente, también
establecen pactos en secreto que están totalmente prohibidos por la ley. Lo sé
a ciencia cierta. Se lo he oído a empresarios en varias ocasiones. A
veces, es incluso obvio cuando comprobamos que
todas las marcas distan uno o dos céntimos, caso típico de la gasolina.
Las marcas tienen potestad para fijar precios
libremente, así que puede que, simplemente, hayan decidido estar un céntimo más
barato que el competidor. Es legítimo y libre, pero es una forma de fijación de
precios que va contra todo lo que los economistas han desarrollado.
Las marcas deberían fijar precios a partir de la
suma de sus costes de producción y distribución, añadiendo el margen que desean
ganar. El precio debería ser resultado de un proceso interno. Fabricar y vender
este producto
me cuesta cinco y quiero ganar uno, por tanto, lo
vendo a seis. Esta es la única forma en que las empresas deberían fijar sus
precios. Si luego ven que un competidor lo vende a cinco, deberá preguntarse:
«¿Cómo logra ser más barato? ¿O es más barato porque su calidad es peor? Si su
calidad es peor y aun así me quita ventas, es porque los clientes prefieren
pagar cinco por un producto peor antes que pagar seis por el mío. ¿Debo
replantearme mi estrategia y bajar calidad? ¿Debo reconsiderar el margen que quiero
ganar?».
Ese sería el proceso sano y natural. En cambio,
muchas marcas pactan o bien
van agrupándose en torno a un precio que a todas
les resulta bueno.
Ante estos casos…, ¿qué hacer? Siempre está la
opción de denunciar ante el Tribunal de Defensa de la Competencia una eventual
práctica de pacto prohibido de precios. Pero esto le costará tiempo, esfuerzo
y, en algunos casos, dinero. La segunda opción es buscar lo que los economistas
llamamos «productos sustitutivos». Si creemos que las marcas de patatas fritas
están elevando los precios de forma acordada, podemos, por ejemplo, sustituir
este aperitivo por unos frutos secos. Casi todo producto tiene un sustitutivo.
Azúcar y miel; leche de vaca y leche de
avena; refrescos y zumos; cine y teatro; una
habitación de hotel y un apartamento turístico…
La mejor opción son los sustitutivos porque si
algunas marcas pactan de forma prohibida precios, lo hacen solo con sus
competidores directos. Nunca con los productos sustitutivos.
En algunos casos encontrar sustitutivo puede
resultar difícil o más caro, pero por lo menos estará pagando un precio justo.
Y eso nos lleva a la definición prohibida de
competencia:
COMPETENCIA
PERFECTA
Versión oficial:
La competencia perfecta es la situación de un
mercado donde las empresas carecen de poder para manipular el precio y se da
una maximización del bienestar.
Versión prohibida:
La competencia son puntos de referencia para fijar
los precios de los productos, de forma acordada o espontánea.
Lamentablemente, no acaban
aquí las
deformaciones de las herramientas puestas al
servicio de las marcas. Una de las más indignantes, incluso desde un punto de
vista de sostenibilidad medioambiental, es lo que dentro de las empresas se
llamaba obsolescencia y que tradicionalmente se intentaba retrasar lo máximo
posible.
La obsolescencia de un producto obliga a la
reposición del mismo. Por ejemplo, un ordenador obsoleto, sin
capacidad de procesamiento o insuficiente memoria.
Un ordenador obsoleto hay que sustituirlo. Puede tratarse de aparatos menos
sofisticados: una afeitadora eléctrica, una tostadora… Las empresas, durante
mucho tiempo,
luchaban para retrasar al máximo la fecha de
obsolescencia. Se trataba de que los productos durasen el mayor tiempo posible.
Eso era sinónimo de calidad.
Esta loable intención se ha pervertido hasta el
punto de que dentro de las empresas se ha acuñado un término que la gente de la
calle desconoce y que se denomina «obsolescencia programada». Consiste en
lanzar un nuevo producto
tecnológicamente más avanzado sabiendo de antemano
que tenemos otra versión superior guardada bajo la manga. Se lanza el primer
producto con toda la publicidad posible y se publicita
como lo último de lo último. La marca tiene en
realidad prevista otra versión mejorada, pero la guarda para una fecha
posterior que está programada de antemano. Es decir, las marcas lanzan nuevos
productos y programan la obsolescencia del mismo. Lo hacen por dos motivos. El
primero es para protegerse de la competencia. Si optan por que el producto dure
mucho tiempo, se exponen a que parezca anticuado en comparación a los que van
lanzando otras marcas. El segundo motivo es comercial: acelerar la renovación del
parque. En el mundo de la informática esto ha sido una constante. A base de
programas de software mejorados, los
hardware se quedan sin capacidad y son rápidamente
obsoletos. Recuerdo haber comprado una impresora que me dijeron que me duraría
muchísimo por su velocidad y capacidad. A los tres años, un informático vino a
casa a instalar la red y me dijo que a dónde iba con ese trasto. Tres años.
Bueno, qué le voy a explicar. Seguro que ha pasado por lo mismo.
La obsolescencia programada ha redefinido
completamente el concepto de calidad. Ya no interesa fabricar productos
duraderos, sino perecederos. Hoy día la prioridad es fabricar barato y revender
rápido.
Una de las tácticas que las empresas
han utilizado es la inefable mentira de los
servicios técnicos oficiales. Si se le estropea un aparato que todavía puede
ser reparado, la solución que las marcas le ofrecen pasa por localizar al
servicio técnico más próximo. Lo de más próximo es un chiste porque, si bien
hace un tiempo había varios puntos de atención y relativamente céntricos,
ahora, incluso en ciudades grandes como Madrid o Barcelona, solo hay un
servicio técnico que suele estar en el extrarradio de la ciudad y que, además,
está compartido por varias marcas. Si se toma la molestia de desplazarse hasta
ahí con una afeitadora eléctrica para reparar, por ejemplo, tras perder una
mañana o una tarde entera, le van a pedir un
depósito que oscila alrededor de los 30 o 50 euros solo para hacerle un
presupuesto de la reparación. Quieren asegurarse de que, cuando hayan
encontrado el problema y le llamen para explicarle cuál es la avería, las horas
de mano de obra para realizar el diagnóstico estén cobradas. Les sucedía que
mucha gente, al conocer el coste de la reparación, optaba por decir que nanay y
se compraban otro aparato nuevo, dado que costaba menos o lo mismo. Claro, el
servicio técnico se quedaba sin cobrar esas horas necesarias para determinar el
problema, por lo que decidieron solicitar un
depósito por adelantado. Todo esto es muy
discutible porque a pesar de que luego resulte que la avería no está cubierta
por la garantía, el servicio técnico de una marca tiene una cierta obligación
de comprobarlo. El producto está en garantía. Si el problema es otro, ¿tiene el
cliente obligación de pagar esa comprobación? Discutible.
En cualquier caso, el formidable desarrollo de los
cada vez menores costes industriales han convertido a la mano de obra que
repara en mucho más cara que la maquinaria que fabrica, por lo que en la
mayoría de productos sujetos a electrónica o mecánica, es más barato reponer
que reparar. Las marcas
no podían decir esto abiertamente, así que se han
dedicado a crear procesos disuasorios. El proceso de servicio técnico es
claramente disuasorio. Todo está concebido para que el proceso de compra sea
cómodo y rápido, pero no así el de reparación. Es un proceso que no interesa
para nada a las marcas.
SERVICIO TÉCNICO
Versión oficial:
Servicio que ofrecen las marcas para la reparación
de sus productos por parte de técnicos oficiales y autorizados.
Versión prohibida:
Proceso disuasorio que le convence de reponer antes
que reparar.
Desde un punto de vista ecológico esto es
evidentemente un despropósito porque estamos convirtiendo el planeta en un
basurero de electrodomésticos y aparatos relacionados con la tecnología.
Pero, además, supone meter al cliente en una rueda
de la que es muy difícil escapar.
La obsolescencia no es terreno exclusivo de la
electrónica de consumo. Se hacen obsoletos los productos también con el diseño.
Así, la ropa, gafas, muebles, iluminación del hogar, accesorios deportivos,
juguetes… Todo caduca a una velocidad de vértigo. La dinámica competitiva es
buena, obviamente, así como la mejora continua. Pero una cosa es que la
actividad competitiva acelere el ciclo de vida de los productos y otra bien
distinta que las marcas programen la obsolescencia de sus propios productos,
que es una degeneración absoluta del concepto y que
va contra toda la lógica de la calidad y durabilidad de los bienes.
¿Cómo defenderse de ello? Hay varias formas.
En determinados sectores, las marcas han acelerado
tanto los plazos de obsolescencia programada que se han cargado su propia
gallina de los huevos de oro. Al imprimir demasiada
velocidad a la obsolescencia programada se ha
creado un mercado de ocasión alternativo que les quita a las marcas más negocio
del que generan. Esto ha sucedido en equipamiento deportivo, por ejemplo.
Tomemos el
ejemplo de las bicicletas de montaña, mercado que
conozco bien por ser un gran aficionado al ciclismo. Durante mucho tiempo,
años, se vendieron como lo mejor del mundo mundial las bicicletas con ruedas de
26 pulgadas. Les hablo de verdaderas máquinas con una cantidad de tecnología e
I+D increíble. Hechas de carbono, con componentes ligeros y automatismos de
alta precisión; bicicletas ligeras, de apenas diez kilogramos de peso y una
flexibilidad extraordinaria para poder descender por caminos, senderos o torrentes.
Hablamos de bicicletas que pueden costar entre 3000 y 7000 euros.
Pues bien, cuando el parque de
bicicletas dejó de crecer, las marcas decidieron
convertir en obsoletas estas fabulosas bicicletas a base de lanzar bicicletas
con ruedas de 29 pulgadas en lugar de 26. Corrió la voz de que eran mucho más
rápidas y seguras, que no tenían nada que ver con las otras. ¡Por tres
pulgadas! Miles y miles de aficionados decidieron que sus impresionantes
máquinas de carbono de 3000 euros eran insuficientes, cuando durante años
estuvieron consideradas por todo el mundo como lo mejor de lo mejor para bajar
montañas y, más absurdo aún, les iban perfectamente.
¿Qué han logrado las marcas? Por un lado han
conseguido que mucha gente
renovara una bicicleta que todavía podía ejercer su
función, y a la vez han creado un mercado de ocasión y de segunda mano
impresionante, pues esas bicicletas no eran en realidad obsoletas. En estos
momentos se venden más bicicletas de segunda mano que nuevas. Todos los
aficionados que empiezan, y que en circunstancias normales hubieran comprado
una bicicleta nueva (el mercado de ocasión era reducido hasta la aparición de
las de 29 pulgadas), están adquiriendo a 800 euros las máquinas por las que
solo cuatro años atrás se pagaban 3000. Esto, contra lo que pueda pensarse, ha
disgustado a muchos aficionados, pues por estar a la
última, han visto depreciarse sus bicicletas.
Las marcas no tuvieron suficiente y se les ha
ocurrido lanzar ahora las de 27,5 pulgadas, aduciendo que las de 26 eran muy
pequeñas y que tal vez las de 29 pulgadas eran demasiado grandes, y que ahora
han perfeccionado el diseño y la medida: las mejores son las de 27 pulgadas y
media.
Esta vez la gente no se lo ha creído.
Han quemado al cliente y al mercado.
Un ejemplo parecido es el del esquí. Hay
establecimientos donde por una cuota anual reducida te van dando material usado
solo un año. Pertenece a gente que cae en la trampa de la
obsolescencia programada y que repone a los ritmos
que las marcas imponen.
Por fortuna, emprendedores y distribuidores que se
han dado cuenta de ello están haciendo un negocio a base de reciclar lo que en
realidad aún podría ser utilizado.
Estos dos ejemplos en que la obsolescencia
programada se ha vuelto contra las propias marcas nos dan una pista de cómo
defenderse de estas políticas abusivas: la primera es funcionar en el mercado
de segunda mano o de ocasión. Dado que la obsolescencia es tan rápida, le
recomiendo minimizar los costes de reposición, y la mejor forma de hacerlo
es comprando producto usado. Irá ligeramente por
detrás de las novedades, pero podrá seguir la estela de innovaciones del
mercado a un coste mucho menor.
La otra solución es prescindir de modas y diseños y
sencillamente renovar cuando el producto esté funcionalmente obsoleto sin
prestar atención a la imagen que proyectamos o a su estética desfasada. Además,
las modas van y vuelven tan deprisa que cada vez es menos problemático y
evidente no ir a la última.
De hecho, haciendo de la necesidad virtud, la mayor
empresa de España, Zara, ha desarrollado el eje de su
estrategia en la obsolescencia. ¿Cuál era el
principal problema del sector textil? Los excedentes. A las empresas les era
muy difícil calcular cuántas unidades de cada talla y modelo confeccionar o
solicitar y, acabada la temporada, se veían obligadas a tirarlas de precio (de
ahí las típicas liquidaciones de final de temporada) para sacárselas de encima.
Si no las vendían, se las tenían que «comer». Zara llevó la obsolescencia
programada a los trapitos, pero a lo bestia. Decidió tener muy pocas unidades
de cada modelo y pasar a treinta diseños por temporada cuando lo habitual eran
dos, a lo sumo. Diseñar
nuevos modelos continuamente
convertiría al producto en tienda en un perecedero.
La idea era además realizar tiradas muy cortas. Y si se terminaba, pues mala
suerte. Los clientes de Zara aprendieron aprisa que, si un modelo te gustaba,
no podías decir aquello de: «Ya me lo pensaré», porque en apenas cuatro o cinco
días, cuando regresabas para adquirirlo, ya no quedaba y, para sorpresa del
comprador, no iban a recibir más ni iban a fabricarlo. Ese modelo ya había
muerto. De este modo lograron tres efectos mágicos que eran impensables hasta
el momento. El primero es que el comprador no dude. Si le gusta algo, sabe que
ha de comprarlo o lo pierde. En moda, las mujeres (y
muchos hombres) tendemos a dudar. Zara no te
permite dudar porque, si te lo piensas, te quedas sin la posibilidad. Es decir,
aceleraron las decisiones de compra (¿recuerda cuando le hablé del proceso de
compra?). En segundo lugar, provocaron que los clientes se interesaran por
revisitar las tiendas cada dos semanas para verificar qué habían recibido de
nuevo. Treinta diseños por temporada implica muchos diseños, algunos de los
cuales pueden gustarnos mucho y, además, habrá pocos. A través de la obsolescencia
programada Zara fue capaz de crear sed por el producto y rapidez en la decisión
de compra. En tercer y último lugar, acabó con los
excedentes o quedaron muy minimizados. Te puedes
equivocar mucho si las tiradas son largas. Pero en tiradas cortas, para
equivocarte mucho te has de equivocar en muchos diseños, lo cual es ya más
difícil. La reducción de excedentes ha supuesto para Zara un ahorro de costes
descomunal.
¿Es esto bueno o malo? Simplemente es. Y lo
importante es que lo sepa. ¿Compra usted más o menos ropa que antes debido a la
obsolescencia programada del sector moda? No tengo ni idea, pero lo que sí
puedo decirle es que la obsolescencia programada es una moneda de dos caras. Si
bien, por un lado, acelera la compra (como hemos
visto en moda), la reposición del parque (como
hemos visto en material deportivo) o el afán por no quedarse atrás (como hemos
visto en electrónica de consumo); por otro lado, brinda una excelente
oportunidad al cliente: no tienes por qué tener prisa. Si las marcas corren
mucho, en realidad los clientes podemos permitirnos el lujo de ir despacio.
¿Que se ha acabado este modelo? No hay que angustiarse porque faltan aún una
veintena de colecciones por aparecer esta temporada, algo saldrá que me guste
igual o más. ¿Que resulta que el último móvil que compré ya no es el último
modelo? Esperándonos un poco más tendremos un móvil dos
versiones por encima del actual. La obsolescencia
programada, en teoría, acelera la compra, pero en el límite, cuando las marcas
abusan de él, se convierte en una tranquilidad para nosotros. ¿Por qué vamos a
sustituir un producto obsoleto cuando la novedad que lo ha provocado va a
quedar también obsoleta en breve? Al final, lo que hacemos es desentendernos y
pasar. Cuando me haga falta, me lo cambio. Esa es mi recomendación. Como he
dicho anteriormente, céntrese en la obsolescencia física o funcional del producto.
El resto es prescindible.
OBSOLESCENCIA
Versión oficial:
Se llama obsolescencia a la situación en que un
producto ha dejado de ser demandado por el público por ser viejo, porque ha
dejado de ser útil o porque ha pasado de moda.
Versión prohibida:
Obsolescencia es la estrategia de fijar
premeditadamente la fecha de defunción de un producto en el momento de ser
lanzado.
Dentro del capítulo de obsolescencias, sin lugar a
dudas hemos de reservar un espacio a las fechas de caducidad de los
productos de alimentación. Corresponde a cada marca
fijar la denominada fecha de consumo preferente o fecha de caducidad según una
serie de análisis que está obligada a realizar. Tradicionalmente, las marcas
luchaban por fechas de caducidad lo más largas posible, pues así minimizaban
las devoluciones de productos no vendidos. Sin embargo, siguiendo la tendencia
de la obsolescencia programada, las marcas de mayor rotación se dieron cuenta
de las ventajas que obtendrían si sus productos caducasen pronto.
Reproduzco a continuación una situación que le
resultará familiar. Es la hora de la cena. Se encuentra en su casa
con la familia. Llega el momento del postre. Abre
la nevera y comprueba que tiene un pack de ocho yogures por estrenar. Mira la
fecha de caducidad: ¡tres días! ¡Faltan tres días para que caduquen los ocho
yogures! ¿Qué hace? Pedir a toda la familia que, por favor, en la medida de lo
posible esa noche y los dos días siguientes tomen yogur de postre o para
desayunar. Rápidamente, la familia, concienciada, consume los ocho yogures
antes de que caduquen. Es importante no tirar comida a la basura.
Llega el sábado. Lista de la compra. Productos
básicos que hay que tener en la nevera: leche, huevos, queso, mantequilla y…
yogur. «No quedan. Se
terminaron ayer. Apunta: yogures».
Y volvemos a llenar la nevera de un pack de ocho
yogures que, antes de que se dé cuenta, se hallará consumiendo en tropel de
nuevo con los suyos.
Las fechas de caducidad breves son la versión
alimenticia de la obsolescencia programada del mundo de la electrónica y la
moda. Los antaño objetivos industriales de lograr fechas de caducidad lejanas
se ha invertido en determinados sectores y productos, especialmente en los
denominados productos de consumo básico y alta rotación.
La forma de defenderse de esta estrategia es bien
sencilla. Comprar
pocas unidades y reponer solo cuando sea
estrictamente necesario. Y, sobre todo, en los puntos de venta, compruebe las
unidades del fondo de la estantería o las que estén en pisos inferiores. Las
más alejadas del alcance de la mano suelen ser las que caducan más tarde.
FECHA DE CADUCIDAD
Versión oficial:
La fecha de caducidad de un alimento, un
medicamento, un producto químico o un cosmético es el día límite para un
consumo óptimo desde el punto de vista sanitario. Es la fecha a partir de la
cual, según el fabricante, el producto ya no es seguro para la salud del
consumidor.
Versión prohibida:
Fechas utilizadas estratégicamente en
algunos productos como aceleradores de reposición.
Ahora que mencionaba el pack de ocho
yogures, me gustaría dedicar un espacio al patético
espectáculo de las políticas de envases. Este es uno de los más lamentables
despropósitos de los departamentos de marketing. ¿Para qué se concibieron los
tamaños de envase? Muy sencillo. Para adaptar la cantidad a la venta de un
producto envasado en función del tamaño de la unidad familiar, la persona o de
la situación de consumo.
Así, una botella de dos litros de un refresco está
pensada para ocasiones especiales en que hay invitados en casa, o bien para
familias de varios miembros. Una lata de treinta y tres centilitros, en cambio,
está pensada para
consumir de forma aislada. Hay categorías donde las
cantidades están bastante determinadas por los usos y costumbres. No hay
botellas de refresco de 147 ml. Sería una cantidad demasiado extraña. Son de 50
ml, 100 ml, 125 ml, 250 ml, etc.
Sin embargo, hay toda una serie de productos donde
esto es mucho más anárquico y desorganizado debido a la ausencia de unos
estándares claros. Es por ejemplo el caso de los frutos secos, aperitivos
salados, patatas fritas, golosinas, cereales, embutidos, quesos y, en general,
cualquier producto embolsado o empaquetado.
¿A qué se
han dedicado aquí las
marcas? Pues a probar de entre todas las posibles
combinatorias aquellas que maximizan el precio por unidad de medida que paga el
consumidor. A las marcas les importa un rábano si, por ejemplo, la bolsa de
patatas pequeña y dirigida a un niño contiene 50 g, 60 g o 75 g. Lo que le
obsesiona y le quita el sueño es cómo combinar la apariencia de la bolsa, los
gramos y el desembolso que el niño —con su limitado presupuesto— puede comprar,
de modo que el beneficio por gramo sea el más elevado posible.
Les aseguro que he presenciado en mi vida
profesional experimentos a caballo entre lo kafkiano y lo maléfico
para determinar si una bolsita de cacahuetes de 35
g a 20 céntimos se puede pasar a 30 g, cobrando 18 céntimos y manteniendo la
apariencia de la bolsa, bajar de 35 a 30 g supone una reducción del 14%,
mientras que pasar de 20 a 18 céntimos es una bajada de precio del 10%. Como
resultado, en el primer caso el gramo de cacahuetes sale a 0,57 céntimos y, en
el segundo, a 0,60 céntimos. Claro, para un niño esta diferencia es
insignificante, pero póngase en la piel del fabricante. Si usted vende mil
toneladas de cacahuetes al año, esta pequeña variación le supone 30 millones de
euros adicionales.
Por si fuera poco, la marca se
devanea los sesos para saber si, con esta
triquiñuela, además de ganar más por gramo de cacahuete vendido, los niños
comprarán más bolsas. Las de 35 gramos costaban 20 céntimos, pero las de 30
céntimos que, no les quepa duda alguna, gracias a un brillante diseñador
industrial, parecerán iguales o más grandes que las anteriores, cuestan 18
céntimos. Esto significa que tal vez haya un porcentaje pequeño de niños que,
donde antes adquirían una bolsa, ahora les llegue para dos bolsas. De nuevo,
este incremento de unidades producirá mayores ingresos para la marca.
Lo del diseñador es importante. No pueden ustedes
ni imaginarse la cantidad
de tiempo que se destina a estudiar cómo disimular
que se ha reducido la cantidad a la venta o a aparentar que un envase de menor
contenido es tan grande como los demás. Bolsas con aire, bolsas que no se
ensanchan para que puedan ser más grandes, botellas tan delgadas que se
tambalean encima de las mesas y que parecen más tentetiesos que envases, cajas
con hendiduras en la base para que la parte superior parezca más grande…
Hemos llegado a un grado tal de absurdo que
prácticamente se han perdido de vista las verdaderas funciones de un tamaño de
envase, bolsa o pack. A las marcas que así actúan les da ya lo mismo si un
envase está o no
adaptado a una unidad familiar, momento de consumo
o tipología de consumidor. Las políticas de envase y pack se han convertido en
complicadas ecuaciones donde hay que conseguir que la derivada sea máxima.
Algunos puntos de venta, tratando de que el cliente
sepa cuánto paga realmente por lo que compra, han introducido en algunas
etiquetas de precio de las estanterías el dato de precio por gramo resultante
junto al precio de venta del producto. Así, todos hemos visto una etiqueta como
esta:
Fijémonos que nos informan, muy en pequeño, pero
nos lo proporcionan, el precio por mililitro, de modo que podamos compararlo
con el de otras marcas. ¿Cuál es el problema? Primero, el tamaño con que se
imprime ese dato. Para muchas personas resulta difícil verlo sin gafas. Pero
aun viéndolo, lo complicado es que a la hora de decidir
nos han introducido tres variables cuantitativas:
(1) el peso, volumen o gramaje del producto, (2) el desembolso total a realizar
o precio y (3) el precio por unidad de medida. A eso añadamos la marca, que es
una cuarta variable, en este caso cualitativa.
Así, un cliente encuentra una pasta dentífrica de
Colgate, de 100 ml, que cuesta 3,20 euros y que sale a 3,2 céntimos el
mililitro. Y debe decidirse entre esta y la de la marca Eroski que es de 200
ml, cuesta 5,90 euros y que sale a 2,95 céntimos el mililitro.
Claro, la de Eroski presenta un precio por
mililitro menor, es una compra en realidad más barata, pero hay
que desembolsar casi seis euros contra los tres y
pico de la marca conocida. Es cierto que tengo el doble de tamaño, pero es más
desembolso. ¡La decisión es complicadísima para el consumidor!
Este galimatías es absolutamente deliberado y por
eso digo que es patético y es una deformación más de las
herramientas comerciales que economistas y teóricos
del marketing han desarrollado. ¡Jamás inventamos las políticas de envase para
complicar la toma de decisiones ni para maximizar el precio por gramo! ¿Acaso
alguien en su sano juicio piensa que un autor de gestión empresarial concebiría
una teoría que tuviese este malicioso
objetivo?
CANTIDAD DE
PRODUCTO
Versión oficial:
Es el peso, volumen o cantidad de producto que se
introduce en un envase de forma que se adapte al perfil del cliente, sus
necesidades o su situación de consumo.
Versión prohibida:
Es la combinación de precio, cantidad y apariencia
de cantidad que maximiza el gasto de los clientes.
¿A qué diantre jugamos? A mí esto me resulta penoso
y patético. Se ha
desvirtuado por completo la función de un envase y
nos hemos dedicado a complicar la toma de decisiones para que al final el
comprador se guíe exclusivamente por la marca o los diseños. Naturalmente que
soy hombre de marcas y valoro especialmente los buenos diseños de etiquetas y
envases, pero nunca las pondría al servicio de unas políticas encaminadas a
arrancar del bolsillo del consumidor el máximo dinero posible a base de
desorientarlo en el momento de la compra.
La forma de defenderse de estas políticas es, bajo
mi punto de vista, bien simple. Fíjese únicamente en el precio por unidad de
medida y en la marca; y
decida en base a estas dos variables únicamente.
¿Qué prefiere, la pasta de dientes Colgate a 3,2 céntimos el mililitro o la
Eroski a 2,95 céntimos el mililitro? La decisión es mucho más sencilla.
Respecto a si desembolsa más o menos y si compra más o menos cantidad de la
deseada, qué quiere que le diga, tómelos como daños colaterales y subsanables
de una decisión simple y bien tomada, por lo menos en cuanto al precio.
La verdad es que sobre precios podría escribir
mucho. Hay viejos trucos, ya sobradamente conocidos por el público, que son más
antiguos que un botón y que, sin embargo, siguen siendo
muy efectivos porque la gente en realidad no sabe
con qué cometido lo emplean las marcas. Uno de ellos es el de las famosas
terminaciones acabadas en 99. Mucha gente piensa que son una tontería y que es
un truco que ya no surte efecto. A nadie engañan situando un precio a 3,99
euros. En el fondo, sabemos que son cuatro euros. ¿Qué sentido tiene esta
estrategia infantil y fácilmente detectable?
En marketing se los llama «precios mágicos» y
tienen la capacidad de situar el referente psicológico a efectos comparativos
una unidad por debajo de lo que indican.
Su razón de ser no es tanto el
número en sí como su fuerza oculta a la hora de
realizar comparaciones.
Por ejemplo, si observamos en el supermercado un
producto a 5,10 euros y otro a 5,99 euros la diferencia es la misma que si
vemos un producto a 3,80 euros y otro a 4,69 euros. Sin embargo, en el primer
caso los precios nos resultan parecidos mientras que en el segundo caso, los
precios parecen mucho más dispares y lejanos. Si realiza la resta, observará
que la diferencia en los dos casos es de 89 céntimos.
Y por eso las marcas siguen utilizando los precios
acabados en 99. De forma aislada son fácilmente identificables, pero cuando se
introduce
otro precio, como nadie va a realizar la resta
exacta, se logra una menor diferencia percibida.
Y del maravilloso mundo de los precios, pasamos al
de las promociones.
Promoción proviene del latín promovere, y su
principal objetivo es impulsar las ventas mediante algún tipo de incentivo
temporal.
Incentivo temporal es lo que debería ser una
promoción. Ambas cosas vienen violándose sistemáticamente: el carácter de
incentivo y la temporalidad.
Una marca ofrece un producto o un servicio a un
precio determinado. Ya hemos visto cómo a través de la cantidad, del pack y de
la fijación del
precio se intenta confundir al consumidor en lugar
de ayudarlo a tomar la mejor decisión posible. Para acabar de desorientar al
cliente, la herramienta promocional, la cual ofrece a las marcas un infinito
abanico de posibilidades, se ha convertido en la punta de lanza para deslumbrar
e ilusionar a los compradores y decepcionarlos a continuación.
De nuevo, como en todos los conceptos que vengo
analizando en este capítulo, solo en casos muy flagrantes podemos hablar de
fraude intencionado promocional, que los hay. Pero mi misión no es prevenirle
de timos, sino enseñarle a ganar la partida a las marcas
que,
dentro de los
límites de la
ley,
tergiversan ciertos instrumentos promocionales.
Vayamos primero con los sorteos, incentivo que me
saca de quicio.
Obviemos, como digo, las clásicas mentiras sobre
regalos falsos, de bajísima calidad o letra pequeña donde indica que la entrega
del regalo está sujeta a disponibilidad de stocks. No quiero dedicar ni dos
líneas a estas prácticas porque son directamente denunciables. Prefiero
ayudarle a tomar decisiones ante promociones legales.
¿Qué es un sorteo? Un sorteo es la entrega de un
premio a un reducido número de participantes. Normalmente
se participa en el sorteo promocional a través del
ticket de compra, enviando los datos o bien coleccionando etiquetas de
producto, que hacen las veces de números del boleto.
¿Cómo actuar cuando se vea tentado de escoger
cierta marca al verse atraído por un sorteo? Yo le recomiendo algo que
prácticamente nadie hace y que consiste simplemente en pensar como cuando
compra lotería. Al fin y al cabo, la lotería es un sorteo. La única diferencia
es que cuando compramos lotería no nos dicen: «con el boleto de lotería le
regalamos una lata de anchoas», cosa que, a la inversa, sí realizan las marcas.
Al adquirir un número de lotería, sabemos que hay
un conjunto de premios y que nuestro éxito está vinculado a unas determinadas
probabilidades. Si nuestro boleto tiene la misma terminación que el número
premiado nos devuelven el dinero, por ejemplo. Eso significa que tenemos un 10%
de probabilidades de recuperar el dinero del boleto. Si el boleto tiene cinco
cifras, que suele ser lo habitual, la Administración del Estado informa sobre
el número total de boletos que se van a imprimir. Por ejemplo, en el último
sorteo de Navidad se emitieron 100 000 números. Si compró un décimo, tenía un
0,001% de posibilidades de que le tocase el gordo.
Quien decide gastarse dinero en un sorteo puro y
duro conoce sus auténticas y únicas probabilidades. Sin embargo, cuando esa
misma persona está ante una chocolatina que sortea diez quads, por poner un
ejemplo, no se pregunta cuál es la probabilidad de que le toque uno de los diez
quads.
¿Por qué? Por dos motivos. Primero, porque ya
recibe una
chocolatina que consumir, con lo que el sorteo del
quad es percibido como un beneficio añadido. Del mismo modo, si al comprar
lotería nos regalaran latas de anchoas tal vez no prestaríamos atención a las
probabilidades de compra.
Y en segundo lugar porque las
marcas juegan con una grandísima ventaja: el
cliente no sabe ni puede fácilmente acceder a la información de cuántas
chocolatinas ha impreso el fabricante para el sorteo ni cuánta gente enviará
sus datos para participar.
Se produce así una auténtica asimetría entre marca
y consumidor: el hecho de participar en un sorteo desconociendo las
probabilidades de ser premiado. Pensemos que en muchos casos la marca solicita
sus datos personales para poder participar, por lo que debería dar previamente
alguna de las siguientes informaciones: cuántos productos han sido
promocionados y cuántas personas van inscritas de
momento o, en su defecto, cuántas esperan que
participen en función de históricos de redención. Absolutamente ninguna marca
informa de esto. Y sería lo más justo porque, al fin y al cabo, entregamos a la
marca una información personal que va a poder ser explotada comercialmente y lo
hacemos a cambio de una posibilidad de premio cuya probabilidad ignoramos por
completo.
Entrar o no a este juego es, desde luego, una
opción personal. Pero mi opinión es que hemos dado ya por normal una dinámica y
bases de participación que son absolutamente injustas y asimétricas para con
los consumidores.
Mi recomendación es aquí muy simple: antes de
participar en un sorteo organizado por una marca haga cuatro números o realice
una rápida búsqueda en Internet para comprobar si le merece la pena.
Haré un ejercicio en vivo y en directo mientras
escribo estas líneas. Voy a imaginar que voy por el supermercado y una
determinada marca de cereales para el desayuno me brinda un sorteo de un coche.
Al lado hay otra marca que ofrece un descuento del 10% y que me ahorra diez
céntimos respecto a la marca del sorteo. La diferencia de precio, diez
céntimos, es muy pequeña. Solo por diez céntimos tengo la
posibilidad de ganar un coche. La verdad es que el
mío está un poco viejo, con lo que la promoción ha capturado mi atención. ¿Y si
me tocase? ¿Por qué no? Y escojo la caja de cereales del sorteo, descartando la
del descuento. En realidad, he decidido impulsivamente. Hagámoslo ahora de
forma racional.
Ahora mismo mientras escribo este libro voy a
entrar un momento en Internet. Enseguida vuelvo.
(…)
Aquí estoy de nuevo. Me ha costado tres minutos
saber que en España se vendieron 64 millones de kilos de cereales en el año
2008. Dado que los tamaños de las cajas oscilan entre los
300 g y los 500 g (lo acabo de comprobar en la
despensa de mi casa), significa que se venden unos 160 millones de cajas al
año. La marca en cuestión tiene un 8% de cuota de mercado (Google dixit) y la
promoción dura tres meses. Asumiendo que sus ventas se reparten más o menos de
forma homogénea a lo largo del año, obtengo que habrá promocionado unos 3200
000 cajas de cereales. Pongamos que el 3% (los índices de redención de
promociones son también públicos) de los compradores envían sus datos para ver
si les toca el coche. Eso significa que compito contra 96 000 participantes.
¡Las probabilidades son casi iguales a
que me toque el gordo de Navidad! Ahora puedo
decidir si ahorrarme diez céntimos o jugármelos en el sorteo. Tal vez decida
igualmente el envase del sorteo y enviar los datos, pero por lo menos tendré
una estimación de mis probabilidades.
La jugada maestra de los sorteos es para las
marcas, obviamente. Sus números son bastante sencillos. Pongamos que el coste
del coche que sortea la susodicha marca de cereales es de 7000 euros (no suelen
sortear coches de alta gama). La caja de cereales cuesta 2,89 euros y el margen
comercial es del 10%. Solo con que, gracias a la promoción, venda 24 220 cajas
más en
tres meses, el coche lo habrán pagado todos los
consumidores. Considerando que la marca vende unos tres millones de cajas en
tres meses esa cantidad es un aumento del 0,75%.
Resumen de la operación para la marca: regala un
coche que le sale gratis si logra aumentar un 0,75% las ventas a cambio de
recibir los datos personales de unas 100 000 personas que desconocen sus
probabilidades de ser premiadas.
No sé, pero yo no lo considero un trato demasiado
justo. ¿Estamos ante un verdadero incentivo o ante un señuelo? Creo desde hace
tiempo que las marcas deberían informar de las probabilidades
de premio en los sorteos que incluyen en sus
ofertas, máxime cuando solicitan nuestros datos personales.
El lector puede pensar que no vale la pena dedicar
tiempo a estos cálculos, pero es rápido y sencillo. Yo los hago a menudo y con
el tiempo he ido aprendiendo a saber contra cuántos «boletos» me dispongo a
participar. Si les sirve de algo, casi siempre he acabado optando por el pájaro
en mano, es decir, las marcas que me conceden un descuento seguro. Y suelo
prescindir de los sorteos.
De todas formas, les daré una fórmula mucho más
sencilla. Cuanto menor sea el importe de un producto,
más unidades suelen venderse. Se venden más
caramelos que cajas de cereales, que se venden menos que latas de berberechos
que, a su vez, se venden menos que tostadoras que, al mismo tiempo, se venden
menos que televisores.
A menos unidades más posibilidades de que le toque
un sorteo porque hay menos boletos. Si es de los que cae en las tentaciones de
los sorteos, participe preferentemente en los de productos cuya venta en
unidades es reducida.
SORTEO
Versión oficial:
Acción que consiste en someter a personas al
arbitrio de la suerte.
Versión prohibida:
Compra indirecta de un boleto sin ser informados
previamente de las probabilidades de ser premiado.
Mi recomendación con las promociones en general es
que sea muy pragmático: busque ahorro directo. Al igual que con los sorteos, no
se deje llevar por las ilusiones de regalitos dentro del envase (suelen ser una
porquería), casi siempre
dirigidos a niños. Cuando nos acompañan al
supermercado a hacer las compras, los niños tienen una capacidad inaudita para
detectar los juguetes que se regalan dentro de los productos de alimentación.
Si ya resulta difícil negarse a la compra de chucherías de las máquinas
expendedoras que hay junto a las cajas registradoras, ya no digamos cuando
tenemos que comprar unas galletas y el niño pide que sean las del regalo.
Claro, galletas hay que comprar igualmente, por lo que la capacidad de los
padres de oponerse a una opción algo más cara cuando el niño berrea es
reducida. Como le decía, es mucho mejor que opte siempre por descuentos
en dinero contante y sonante. Si es menester,
ofrezca al crío una parte del ahorro para que luego se compre lo que
quiera, pero en cuestión de promociones, de verdad,
dinero y solo dinero. Cuando alguno de mis hijos me insiste en una marca con
regalito cuando yo quiero comprar otra más económica sin obsequio le digo:
«Mira, hijo, esta otra no tiene regalo, pero es 50 céntimos más barata. 20
céntimos para ti, te los guardas y ya te comprarás alguna chuche, ¿vale?». El
niño suele acceder. Garantizado. Se trata, simplemente, de proporcionarle toda
la información. Los niños ven el regalo impreso, pero no realizan cálculos de
precios. Sin
embargo, cuando usted les hace ver el llamado
«coste de oportunidad», no les hace falta ser economistas para saber qué opción
es mejor.
Acuda solo a las promociones que descuentan cierto
importe del precio de venta, ni siquiera acuda a aquellas que regalan cierta
cantidad de producto adicional. Se lo voy a demostrar, incluso
con aquellas promociones más agresivas, porcentaje
de producto gratis y dos por uno. Ahí van mis definiciones:
CANTIDAD GRATIS
Versión oficial:
Acción que consiste en añadir una cierta cantidad
de producto al envase habitual manteniendo el precio.
Versión prohibida:
Regalo en dinero varias veces inferior al aparente.
La primera de las promociones, muy habitual en
productos de perfumería y cosmética, consiste en alargar o agrandar el envase
poniendo una banda alrededor donde dice: 33% gratis, por ejemplo. El porcentaje
suele ser 50%,
33%, 35% o 20%, habitualmente. El valor percibido
para el cliente es muy alto, pues realmente obtiene una cantidad de producto
adicional que, de
otro modo, le costaría proporcionalmente el precio
por mililitro o gramo habitual. Sin embargo, para la marca este regalo tiene un
valor en dinero muy muy pequeño, especialmente en los sectores de cosmética,
donde los márgenes son muy elevados.
Hagamos el ejercicio. Supongamos una crema facial.
Puede fácilmente tener un margen del 80% y, por tanto, un coste de producción
del 20%. Cuando le regalan el 25% del producto gratis, la
marca incurre en dos costes.
Uno, es un coste teórico: el coste de oportunidad
de que usted hubiese pagado por ese volumen adicional. Es un coste de
oportunidad relativo porque no es seguro, es circunstancial.
El segundo coste sí es real, pero es muy pequeño.
Es el dinero que le cuesta a la marca regalarle esos mililitros de crema
facial. Como la marca tiene un coste de producción del 20%, en realidad, ese
25% que le regala le supone un 5% del precio total que usted paga. Ese es el
desembolso efectivo que la marca hace por usted. Usted ve 25% pero la marca
efectivamente descuenta un 5% del precio.
¿Hay aquí un engaño? No, pero saber esto le servirá
para saber si, según el descuento real, le será fácil encontrar marcas
rebajadas de precio.
Por eso insisto en que se decante por promociones
en precio. Todas las demás tienen una componente asimétrica para con el
cliente. Una marca con un 20% de costes de producción en realidad me da un 5%
de mi desembolso cuando, aparentemente, me regala el 25% del producto. Es
cierto que a coste consumidor ese 25% sería más elevado, pero lo esencial es
que el desembolso que hace la marca, no nosotros, es reducido y, por tanto, es
altamente probable encontrar un ahorro en dinero
superior en alguna otra marca, dispuesta a rebajar
ese dinero directamente del precio a pagar.
En el segundo de los casos, el dos por uno, la
situación es parecida pero hay un matiz adicional. En España y en casi todos
los países del mundo está prohibido vender productos por debajo de su coste de
fabricación. Los economistas lo denominamos dumping y está penado por la ley.
Las marcas lo saben. Para calcular si una marca incurre en dumping se compara
el coste de lo que entrega con el importe total que abona el cliente. Si una
marca oferta un dos por uno, que es la promoción más agresiva del mercado, tiene
que estar,
por ley, fuera del dumping y, por tanto, el coste
de fabricación de dos unidades debe ser aún menor que el precio de una. De lo
contrario, estaría vendiendo por debajo de sus costes de fabricación.
Por tanto, si la marca entrega dos y cobra una, aun
así debe ganar dinero. De ahí se deduce que su margen es superior al 50%, lo
que es un margen muy elevado.
Como en el caso de cantidad de producto gratis, una
marca que puede permitirse un dos por uno es una marca cara y es la pista o
indicio del que usted dispone para saber que puede encontrar marcas más baratas
en el mercado. Usted me dirá: «Sí, pero en ese
momento me regala dos al precio de una y el resto
de marcas no son la mitad de baratas». De acuerdo, ese día, si quiere, quédese
la oferta del dos por uno. El precio promedio de las dos unidades es menos que
el del producto de al lado por una unidad, pero como se dice en los barrios
bajos, «quédese usted con la cara de esa marca». No olvide que en
circunstancias normales, fuera de la promoción, funciona con márgenes
superiores al 50%. Se lo ha desvelado implícitamente. Ahora ya lo sabe.
DOS POR UNO
Versión oficial:
Acción que consiste en entregar, por la compra de
una unidad, una segunda unidad sin cargo.
Versión prohibida:
Prueba fehaciente de margen superior al 50%.
Decía al hablar de promociones que se ha corrompido
la naturaleza del incentivo, pero también su carácter
temporal. Una promoción era, conceptualmente, algo
limitado en el tiempo. Las marcas, obsesionadas por
capturar la atención del cliente y presionadas por
la fuerte presión
competitiva, han acabado por promocionar
sistemáticamente sus
productos, lo que desvirtúa completamente el
concepto de lo que realmente venden.
El caso más flagrante es el de las promociones de
los periódicos y diarios, que empezaron ofreciendo precios agresivos en
pequeños obsequios (gadgets) y han acabado por regalar vajillas enteras,
baterías de cocina y juegos de sartenes con la compra del diario. Muchos
domingos algunos diarios llevan en portada una cacerola en lugar de un
político. Uno ya
no sabe si compra prensa o si se adhiere a un club
de compra. La sensación final es que voy al quiosco a comprar cacerolas y me
regalan un diario, es decir, la promoción, tanto por su entidad como por su
carácter sistemático, se come al producto, devaluándolo.
Uno de los problemas de estas políticas es que
promueven lo que en marketing se denomina «falsa lealtad». Es decir, el
comprador de un determinado diario, movido por las cacerolas, se pasará a otro
diario distinto cuando la promoción le interese. Como resultado, el diario ya
no se vende por su calidad periodística, sino por su capacidad de convertirse
en un
zoco o mercadillo. Esto que aparentemente es un
problema para los diarios y no para usted va en detrimento del cliente porque
tergiversa la verdadera naturaleza de la oferta y empaña el concepto de
calidad. Pienso que muchas marcas se han vuelto locas con las promociones,
olvidando dónde han de focalizar sus esfuerzos.
Pasa algo similar con las llamadas «tarjetas de
puntos» o «tarjetas de fidelización». Quien posee una tarjeta de puntos de un
supermercado suele poseer la del supermercado de al lado. Quien viaja con
puntos de Iberia suele viajar con puntos de Air Europa. ¿Fidelizan realmente
los carnés de puntos? Al ser
una promoción recurrente, ¿tienen un efecto?
Sí que lo tienen, en los precios que usted paga.
No podemos ser tan ingenuos como
para pensar que cuando un supermercado convierte en
dinero los puntos que acumula, ese coste no va a ser recuperado de alguna forma
por el distribuidor. Piense en ese momento en que, al pasar por la caja
registradora y sumar la compra 60 euros, la cajera (o cajero) le informa de que
tiene puntos suficientes como para no abonar la compra. Sintiéndonos
afortunados y alabando nuestra constancia para ir acumulando puntos en cada
compra,
decimos: «con puntos». Y ese día no pagamos.
Extrapole ahora y sume todos los actos de compra de todos los clientes que
algún día pueden permitirse comprar con puntos. Bien, júntelos todos y hagamos
un ejercicio teórico. En lugar de en días distintos, supongamos que todos esos
clientes utilizan los puntos los mismos días. ¿Se ha planteado alguna vez
cuántos días del año son precisos para atenderlos a todos sin cobrar?
Yo se lo diré. Dos semanas. Durante dos semanas
seguidas, todos los clientes van al súper y no pagan nada. Compran con sus
puntos. Durante dos semanas seguidas, de lunes a sábado, imagine al
supermercado entregando productos sin ingresar un
céntimo. ¿Cree usted que el valor de todas esas compras va a ser efectivamente
gratuito?
Lo mismo en el caso de una aerolínea. Si pusiéramos
juntos a todos los pasajeros que vuelan anualmente con puntos acumulados,
llenaríamos entre 50 y 100 vuelos de Barcelona a Madrid. ¿Cree de veras que no
lo van a imputar a los precios? Obviamente que sí. Los instrumentos
promocionales continuados deben ser incorporados de forma sistemática al precio
o, de lo contrario, la rentabilidad de las marcas y distribuidores se vería
seriamente dañada. Por eso denuncio las
promociones sine die. No porque dejen de ser
temporales, sino porque sé que acaban siendo pagadas por los clientes mediante
incrementos ulteriores de precios. Desengáñese, los puntos gratis los pagamos
entre todos. Usted también, aunque no se dé cuenta.
Creo que la dinámica competitiva en
incentivos promocionales acaba desembocando en un
incremento de precios. Imagine que todas las empresas con programas de puntos
se pusieran de acuerdo y plantearan al público la eliminación de todos ellos a
cambio de bajar los precios de sus productos y servicios. ¿Qué preferiría la
gente? Yo personalmente preferiría precios más
bajos y tener libertad de comprar donde quiera. Las
tarjetas de fidelización, al final, se vuelven contra el propio cliente porque
nos llevan a incrementos de precios y a una menor libertad de elección.
¿Qué hacer? Hay pocas opciones. Hágase con todas
las tarjetas de fidelización que pueda para no pagar usted los puntos de los
demás o bien acuda a establecimientos donde no haya tarjetas de fidelización;
comprobará que, por lo general, suelen ser más económicos que los que sí las
tienen. ¿Casualidad?
TARJETA DE
FIDELIZACIÓN
Versión oficial:
Es una tarjeta electrónica emitida por determinados
fabricantes, cadenas de distribución o empresas de servicios que la entregan
gratuitamente a sus clientes. Este tipo de tarjetas permite a los usuarios la
acumulación de puntos en función de los consumos realizados en los
establecimientos del emisor.
Versión prohibida:
Instrumento promocional que acaba desembocando en
precios más elevados y una menor libertad de
elección.
Los distribuidores son especialistas en revertir
los descuentos en precios. El caso más paradigmático es el de los folletos
publicitarios donde encontramos ofertas súper agresivas de ciertos productos.
Fíjese que los distribuidores concentran los descuentos en productos donde el
cliente es muy sensible al precio. Difícilmente encontrará un folleto donde
traten de atraerlo al punto de venta gracias a un descuento extraordinario de,
por ejemplo, infusiones, fresas, almejas o cepillos de dientes. Existen otros
productos que se denominan «productos llamada» y que
son los que la mayoría de la gente toma como
referencia para decidir si un punto de venta es más barato que otro. Así, si la
leche, el azúcar, el café, refrescos, yogures o el detergente, paradigmas de
los productos llamada, están más baratos en un sitio, el consumidor extrapola,
sin comprobarlo, que todo lo demás también será más barato. Es imposible una
comprobación exhaustiva, así que nos basamos en pocos referentes.
Los puntos de venta lo tienen perfectamente
estudiado y por eso rebajarán al máximo el precio e incluirán en sus folletos
promocionales con grandes fotos —y el precio bien
destacado— determinados productos. Usted ve el café
tirado de precio y elige ese fin de semana acudir ahí a comprar. Una vez
desplazado al punto de venta, lógicamente realizará su compra de la semana y en
su carro habrá bastantes productos más que el café. En muchos de esos productos
usted no ha realizado comparaciones de precio, bien porque son de compra poco
habitual o bien por puro cansancio e inercia. Pues bien, el margen adicional de
esos productos cuyo precio no comparamos pagan el descuento de los productos
llamada del folleto.
No hay engaño, sencillamente hay efecto llamada. Le
seducen con un
descuento y usted extrapola la promoción a todo el
punto de venta, lo cual es mucho suponer. La solución, como puede imaginar, es
bien sencilla, pero requiere una cierta dedicación de tiempo. Se llama la
Estrategia de la tía Silvia. Tengo una tía, se llama Silvia, que actúa
sagazmente respecto a esta cuestión. Cuando sale a comprar por el barrio
consulta primero los folletos de todos los supermercados que hay en un
kilómetro a la redonda, que no son pocos. Selecciona los productos que están
descontados y después realiza un itinerario por todos ellos, adquiriendo
únicamente los productos llamada. Lo que mi tía ha hecho, básicamente, es
modificar el hábito de comprar solo en un
establecimiento —que antes escogía en función de un descuento agresivo en un
número limitado de productos—. Para mi tía Silvia, ahora, salir a comprar
significa recorrer entre cinco y seis supermercados. Es una forma distinta de
comprar. Requiere un poco más de tiempo y esfuerzo, pero su ahorro semanal es
considerable.
FOLLETO
Versión oficial:
Díptico promocional que anuncia importantes
descuentos por parte de un punto de venta.
Versión prohibida:
Acto de trasladar descuentos de un producto a
aumentos de precio de otros, anunciando solo los primeros.
Aunque aplique la Estrategia de la tía Silvia, le
será muy difícil salir de un punto de venta con un producto que no
tenía previsto comprar. Los profesionales del
marketing manejan un
dato que los compradores desconocemos: la compra de
entre un 20% y 50% de los productos que adquirimos no estaba planificada ni
prevista. Medido en términos de gasto, nos movemos entre el 18% y el 40%.
Actualmente, un hogar destina el 15% de sus ingresos a productos de
alimentación, de lo que se deduce que, entre un 3% y 7% de su salario lo está
destinando a los denominados «productos de
impulso». Productos que no se planteaba comprar, pero que al
verlos, impulsivamente, decidió adquirir. Si usted
tiene un salario anual de, pongamos, 24 000 euros, estamos hablando de entre
720 y 1680 euros
anuales destinados a cosas que no necesitaba o, de
lo contrario, tendría anotado en su lista de la compra. No sé si le parecerá
mucho o poco, pero si lo multiplicamos por el número de hogares de España,
estamos ante todo un fenómeno comercial: unos 20 000 millones de euros de gasto
se produce de forma impulsiva y no planificada. Este es un negocio muy sabroso,
por lo que las marcas y los comercios (retailers) dedican cantidades enormes de
dinero a capturar su atención en el punto de venta y atontarle hasta perder
toda capacidad de discernimiento.
Este es un tema
muy antiguo y es
sobradamente conocida la
recomendación esa de ceñirse a la lista de la
compra. No sirve de nada tal truco. Lo tengo comprobado. El motivo es muy
simple: hay productos que necesitamos pero nunca anotamos en la lista de la
compra. Nos hemos acostumbrado a que parte de nuestra compra sea impulsiva y se
decida a tenor de los estímulos que marcas y comercios ponen para atraer
nuestros sentidos. Hay cosas que, además, preferimos no apuntar. Nadie escribe
en la lista de la compra: «chocolatinas para tomarme con el café en la
sobremesa». Es un capricho, el médico nos dijo que redujésemos el colesterol y
además debemos adelgazar. Ni whisky o «caramelos para cuando
tengo ansiedad». Hay cosas que ni anotamos ni
anotaremos nunca. O sea que eso de ceñirse a la lista de la compra, que viene
recomendándose desde hace lustros, es imposible. Yo tengo una estrategia mucho
mejor.
Asumiendo que somos seres caprichosos, a quienes
nos gusta ser seducidos y disfrutamos improvisando, el objetivo no debe ser
eludir los
productos de impulso, sino, simplemente, asignarles
un presupuesto. Eso es lo adecuado. Es imposible gastar cero en caprichos o
impulso. Pero, en cambio, es más inteligente asignarle un importe máximo. ¿Cómo
hacerlo? Aparentemente, es un oxímoron asignar
un presupuesto a una compra que es, por naturaleza,
espontánea.
La solución es la estrategia de los carros de
compra. Le recomiendo que cuando vaya con su familia a hacer la compra coja dos
carros. En uno sitúe los productos que tenía planificado comprar y en otro los
que va tomando por impulso. Además, determine un presupuesto para cada carro.
El de la lista de la compra es más o menos previsible, pues todo está anotado.
El otro presupuesto es el que debe acotar. Debe decidir el límite de su propia
libertad, acotar la espontaneidad. Todo vale en el carro… pero hasta los 30
euros, por ejemplo.
Esa es la única y posible solución. Procediendo así
aunará la compra planificada con la impulsiva, que es un placer, un hábito y
algo ya irrenunciable hoy en día. Pero podrá decidir el porcentaje exacto que
el impulso representa sobre el total de su gasto.
Esta es la mejor solución porque le voy a desvelar
algo que le parecerá extraño. Las compras por impulso tienen una motivación
emocional. Es una respuesta absolutamente irracional, cuya decisión de comprar
o no, motivada por el estímulo en cuestión, se acaba tomando en base a la suma
de un conjunto de emociones. Es muy difícil controlar las emociones porque, por
definición, las emociones de un ser humano pueden
ser casi ilimitadas. Por eso, la solución es asignar un presupuesto al carro de
las emociones.
COMPRA POR
IMPULSO
Versión oficial:
Compra no planificada, decidida a partir de la
presencia en el punto de venta de un producto.
Versión prohibida:
Intercambio no previsto de emociones por dinero.
No quiero acabar este capítulo sin dedicar un
espacio a otras prácticas sobre las que algunas marcas deberían reflexionar. La
atención telefónica al
cliente suele depender de los departamentos de
marketing. Es un departamento que se viene gestionando de una forma totalmente
perversa: se han convertido en departamentos de venta. Es decir, uno llama por
una incidencia y, haya o no sido resuelta, aprovechando que el Pisuerga pasa
por Valladolid, la persona al otro lado del teléfono nos pide unos segundos más
para hacernos una oferta comercial.
Vamos a ver. He llamado porque tengo un problema,
no porque quiera comprar algo. Es de mala educación, mal gusto y totalmente
contraproducente para una marca aprovechar que un cliente se ve obligado a
dedicar un
tiempo a llamar por un motivo que en la mayoría de
casos no es responsabilidad suya, para iniciar un proceso de venta. No entiendo
cómo las marcas que así proceden no se dan cuenta de que el ánimo de un cliente
cuando reclama, o tiene una incidencia, o se halla en apuros, está a años luz
de la ilusión o motivación por gastar o comprar.
Además, fíjese que las marcas y empresas que mejor
estructuran sus servicios, productos, información y facturas no precisan apenas
de atención telefónica. Siempre he pensado que el tamaño de un departamento de
atención
telefónica para incidencias es directamente
proporcional a la ineptitud
o ineficiencia de un sistema comercial y de
marketing. Para algunos directivos estos departamentos son la respuesta a su
incapacidad de plantear procesos exentos de problemas. No digo que no deban
existir ni que no haya situaciones donde sean inevitables. Lo que quiero decir
es que deberían gestionar excepciones y no deficiencias de procesos
comerciales.
Cuando contrato un servicio por Internet o en una
tienda, si veo que el proceso no es sencillo o me suscita dudas, lo interrumpo,
porque sé que ese proceso acabará conmigo enganchado al teléfono con una
operadora u operador para subsanar todo lo que el director
comercial y el de marketing no supieron diseñar o
ejecutar eficazmente.
ATENCIÓN AL CLIENTE
Versión oficial:
Se designa con el concepto de «atención al cliente»
a aquel servicio que prestan, entre otras, las empresas de servicios —o que
comercializan productos— a sus clientes, en caso de que estos necesiten, bien
manifestar reclamaciones, hacer sugerencias, plantear inquietudes sobre el
producto o servicio en
cuestión, o bien solicitar información adicional o
servicio técnico.
Versión prohibida:
Cubo a donde va a parar toda la mierda que se
genera desde un
marketing mal realizado.
Es momento de ir terminando este capítulo. Lo releo
y llego a una simple conclusión. Las marcas y los comercios siguen una única y
misma estrategia cuando no hacen adecuadamente las cosas. Su estrategia
consiste en mezclar.
Mezclan incentivos, conceptos,
descuentos, información… Desenmascarar a marcas y
comercios es en realidad muy sencillo. Separe. Separe las cosas. A Dios lo que
es de Dios y a su bolsillo lo que es de su bolsillo.
HACIENDA Y EL
GOBIERNO
Si en general el mundo de lo privado
ha tergiversado los instrumentos económicos, en el
ámbito de lo público este hecho alcanza unas cotas estratosféricas. Confluyen
diversos factores: la deriva ideológica, el poder, la naturaleza corrupta del
ser humano, la financiación irregular de partidos, el tamaño y peso de las
administraciones, así como la dificultad que entraña reformarlas… A todo ello
añadamos la dimensión propia de un Estado. No es lo
mismo alterar el pasivo de una pyme que el pasivo
de un país. No es lo mismo el impago de deuda de un particular que el de un
Estado. Los efectos del lado oscuro de la economía se multiplican hasta la
enésima potencia.
El despropósito gubernamental en materia económica
puede resumirse con una frase de Keynes: «La economía es demasiado importante
para dejarla en manos de los políticos».
En efecto, los estados van a utilizar la economía
de una forma mediatizada: la auténtica necesidad pública se va a mezclar con la
ideológica, con el ansia de poder y con la corrupción, dando lugar a algo
llamado «política
económica», eufemismo de malversación de caudales
públicos.
Los estados tienen diversas obsesiones económicas.
Su primera obsesión es recaudar más. Ningún Estado tiene suficiente. El ansia
recaudatoria es proporcional al de dominio, poder y control sobre la
ciudadanía. Los gobiernos son insaciables. Si
tienen superávit, querrán más dinero de los ciudadanos, argumentando que es
necesario hacer más cosas: construir más carreteras, más
infraestructuras o contribuir al desarrollo del
país. Y si ya registran déficit, el argumento será que es menester aumentar
impuestos para
eliminarlo.
Como los estados nunca tienen bastante, inventan
todo tipo de impuestos. El término «impuestos» es suficientemente descriptivo:
algo que se impone, es decir, algo que nadie quiere pagar.
Hay muchos tipos de impuestos. Están los impuestos
directos, que vienen a ser algo así como «de lo que usted gane, una parte es
para el Estado» (por ejemplo, IRPF o Impuesto de Sociedades). O están los
impuestos indirectos, que vienen a ser algo así como «del dinero que usted
mueva, pague o reciba, una parte es también para el Estado» (por ejemplo, IVA,
impuestos especiales sobre el tabaco…). Para lo que
ya se ha ganado, pero no se mueve, hay también impuestos: el de patrimonio o el
que grava viviendas vacías. Si te mueves, tributas, y si te quedas quieto,
también.
Los gobiernos inventan nombres curiosos para que
cada impuesto se perciba como algo necesario. De nuevo, eufemismos y
tergiversaciones de toda realidad.
Por ejemplo, el Impuesto del Valor Añadido (IVA).
Como se sabe, es un porcentaje que se añade al valor de lo que compramos. ¿Cuál
es el valor que añade el Estado a, por ejemplo, un paquete de folios? Será
valor detraído
porque lo único que hace el Estado es encarecer los
folios en un 21%. Desde un punto de vista económico, en el acto de compra, el
Estado no añade valor alguno. Alguien podría decir que el valor que se añade es
toda la regulación y vigilancia para que esos folios se comercialicen conforme
a unos estándares de seguridad. Ese sí que es un valor añadido, sin duda, pero
el 21% de todas las transacciones es una auténtica aberración. Para esa tarea
sería más que suficiente con un 0,5% de todas las transacciones del país.
Luego tenemos el impuesto sobre bebidas alcohólicas
de alta graduación, sobre el tabaco o sobre juegos de azar.
Son actividades a las que el Ministerio de Sanidad
y asociaciones civiles dedican importantes esfuerzos para erradicar todos los
efectos adversos que producen. Sin embargo, los estados viven de tales
impuestos, lo que constituye todo un acto de hipocresía social y política. Los
llaman «impuestos especiales», y no sabemos si el apelativo de «especiales» es
debido a lo elevado del porcentaje o a que gravan productos que producen
muertes,
enfermedades, accidentes y drogodependencias.
En nuestro país, estos impuestos suponen alrededor
del 8% del total de lo que recauda el Estado, así que el
Gobierno se ha convertido en el primer fumador, el
primer alcohólico y el primer ludópata del país. El Estado está literalmente
enganchado al consumo de estos productos, pues entraría en suspensión de pagos
si no pudiera gravarlos como realiza. Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que
el Gobierno depende del tabaco, del alcohol y del juego para no quebrar y
subsistir. Todo un ejemplo de moral y ética.
A medida que se van creando órganos de
administración fiscal se van inventando nuevos impuestos. Esto es algo que la
gente desconoce. Los pertenecientes a una región se
congratulan cuando los gobiernos centrales ceden
competencias fiscales a los gobiernos regionales. Y los habitantes de un
municipio hacen lo propio cuando esta cesión se realiza a las autoridades
municipales. En toda cesión de competencias se produce la aparición de un nuevo
impuesto. Es automático. Y por eso tenemos impuestos para todo: tenemos
impuestos de basuras, impuestos de residuos que se cobran a todas las empresas
aunque no generen residuo alguno, impuesto de bienes inmuebles, impuesto para
circular, para aparcar, para tener vehículo, para que esté revisado… Tenemos
incluso impuesto para respirar.
Sí, sí, no estoy afirmando nada incorrecto. De
hecho, hay varios impuestos relacionados con el aire de la atmósfera. Uno que
paga usted sin enterarse se creó el año pasado y grava los gases de los aires
acondicionados porque utilizan gases con flúor que producen efecto invernadero
y son perjudiciales para la capa de ozono. Esto es muy típico de los estados.
Cuando una cosa es perjudicial, en lugar prohibirla, o de invertir en
tecnología con el fin de erradicar sus efectos secundarios, lo que hacen es gravarla
con impuestos. El argumento oficial es que así desincentivan su uso, lo que es
como decirle a un hijo que si se porta
mal le obligaré a estudiar más. No tiene sentido
alguno. Si un niño se porta mal, se corrige su mal comportamiento de forma
directa. El modo de pensar y actuar de los estados carece de toda lógica
económica. Responde únicamente a una lógica impositiva.
El caso de las llamadas «cuotas de emisión de gases
contaminantes» ilustra a la perfección lo que quiero decir.
Cuando los estados aceptaron que el efecto
invernadero era una amenaza para el medio ambiente y la sostenibilidad del
planeta, decidieron fijar un límite y determinar una cuantía máxima total de
gases que se podrían emitir entre todos los países del mundo. Acto seguido, se
repartieron una serie de cuotas. Cada país estaría
obligado a no emitir más que una determinada cantidad de gases contaminantes.
¿Cómo actúa un Estado con su lógica impositiva a partir de aquí? En primer
lugar, crea un comercio de excedentes. Si un país emite menos gases de lo que
se le autoriza, podrá vender ese excedente a otro Estado, que, de este modo,
podrá exceder la cantidad asignada y emitir los gases que otro no emite. Esos
gases adicionales se deben pagar con dinero del Estado, es decir, de los contribuyentes.
Así que si una persona vive en un país que compra a otro su sobrante de derecho
a contaminar, está pagando impuestos por
respirar. Lo paradójico es que los ciudadanos que
pagan impuestos por respirar gozan de una peor calidad de oxígeno. Cornudos y
apaleados. No solo se tributa por la composición del aire, sino que pagamos más
cuanto peor es ese aire.
Pero es que además no tiene sentido alguno que se
pueda revender el derecho a contaminar. Si un país está por debajo de lo
asignado y el resto cumple su
cuota, pues habremos logrado contaminar menos de lo
que nos habíamos propuesto. Pero no. Los estados tienen otra lógica, la
impositiva: ¿nos hemos dado permiso para contaminar hasta este nivel? Bien,
vamos a ver cómo generar ingresos públicos llegando
hasta el máximo nivel de contaminación.
El despropósito no termina aquí. Porque si un país
excede la cuota asignada y el excedente adquirido, es
sancionado con un impuesto internacional que,
obviamente, pagarán todos los contribuyentes de ese país.
Haciendo una analogía, es como si una persona con
tres hijos, que son unos gamberros y maleducados, interesada en erradicar ese
comportamiento y educarlos bien, les hace este planteamiento: «Hijos míos, voy
a fijar un máximo de cinco palabrotas por día. Este es el número máximo del que
disponéis. Si alguno de vuestros hermanos quiere
soltar más palabrotas, puede adquirir las que no digan los demás pagándoles 5
euros por taco. Y si, entre las cinco que os permito y las que compréis a
vuestros hermanos, os pasáis del máximo, me tendréis que pagar a mí 10 euros de
multa».
¿Cree usted que esos niños acabarán diciendo más o
menos palabrotas? Pues esta es la forma en que actúan los gobiernos.
Dentro de los impuestos hay capítulos
verdaderamente injustos, como el impuesto sobre el patrimonio o el impuesto de
sucesiones.
Si una persona tiene un cierto
patrimonio, es porque ha logrado apartar un ahorro.
Pero previamente habrá tributado. Es decir, gana un dinero y paga el impuesto
directo. De lo que le queda, paga todos los impuestos y arbitrios estatales,
regionales y municipales. Pagado todo ello, decide invertir, pongamos, en un
inmueble. Paga el impuesto sobre el valor añadido del mismo en el momento de la
compra; paga cada año el impuesto sobre bienes inmuebles, basuras, etc. El
patrimonio podría ser definido como «lo que le queda a un ahorrador tras pagar
todos los impuestos». ¿Qué hace el Gobierno sobre esa cuantía? ¡Poner un
impuesto! ¡Es de locos!
LAS DEFINICIONES PROHIBIDAS DE:
Impuesto sobre el patrimonio.
Ahorro.
Impuesto sobre sucesiones.
Escala progresiva.
Subida de impuestos.
Arancel.
Autarquía.
Inflación.
Endeudamiento público.
Banco Central Europeo.
Avales del Estado.
Privatización.
Agencia Tributaria.
Inspector de Hacienda.
Dinero efectivo.
Dinero electrónico.
Cambio de color del dinero.
Regulación financiera.
Morosidad.
Tarjeta de crédito.
Contabilidad nacional.
PIB.
Cesta de la compra.
IPC.
Tasa de paro.
IMPUESTO SOBRE EL PATRIMONIO
Versión oficial:
El impuesto sobre el patrimonio, a veces también
llamado impuesto sobre la riqueza o impuesto sobre la fortuna, es un impuesto
que grava individualmente sobre el patrimonio personal de las personas físicas,
y se calcula basándose en el valor de todos sus bienes.
Versión prohibida:
Es el impuesto que tiene como objetivo gravar lo
que queda después de haber pagado todos los impuestos.
Pero es que, además, el patrimonio no siempre
genera ingresos. Incluso en muchos casos produce gastos. Por ejemplo, a partir
de cierto valor de patrimonio, hay que incluir el valor de la vivienda propia y
sobre ese valor pagar un tributo. ¿El piso donde vive, si es que lo tiene en
propiedad, genera algún tipo de ingresos? ¡Pero si solo produce gastos! ¿Qué
lógica tiene gravar el valor de la vivienda propia que, además, ya se tributó
en el momento de la adquisición? ¿Una revalorización? Ya se abonará, en caso de
venta, un impuesto sobre lo que haya ganado el propietario con la venta.
Y, en el fondo, lo mismo podemos decir del ahorro.
Desde que Keynes parió su Teoría General, el ahorro está mal visto y el gasto
bien considerado. Consumir es de patriotas y ahorrar es de egoístas. Esta es
una creencia popular que es, en realidad, una solemne chorrada. Sin ahorro no
habría inversión, para empezar. Y para continuar, el ahorro es lo que
proporciona la solvencia y la estabilidad para los ciclos económicos. Pero nada
de esto importa y vemos a políticos como Pablo Iglesias diciendo que los que más
tienen deben pagar impuestos para compensar a los que no tienen. ¿Por qué no
dicen que los que
ahorran deben compensar a quienes no han ahorrado?
Porque, que nadie lo olvide, el que ahorra ya ha pagado todos sus impuestos. La
única diferencia es que no se lo ha gastado. La redistribución de la renta y
justicia social, con la que estoy absolutamente de acuerdo, debe articularse a
través de otros mecanismos, pero no el de volver a castigar, por segunda vez,
al ahorrador. El mensaje que se da es: «no ahorre».
Mientras sigan así las cosas es lo que yo le
recomiendo: no ahorre. Gástese todo o, ya que los intereses no dan ni un 0,5%,
guarde el ahorro bajo el colchón. En estos momentos, tener
ahorro legal en España supone un
elevado riesgo. Vean a qué recomendaciones
económicas conduce la malversación de los conceptos económicos.
AHORRO
Versión oficial:
Para las economías domésticas, el ahorro es el
exceso de renta sobre los gastos de consumo corriente.
Versión prohibida:
Dinero que los gobiernos incompetentes gravan dos
veces: al percibirlo y por no gastarlo.
Otro de los fenómenos impositivos que más injusto e
ilógico encuentro es el impuesto de sucesiones, que había llegado a ser del 50%
según la cuantía heredada. Unos padres pasan toda la
vida pagando impuestos y al fallecer, lo que queda
(que, insisto, como en el caso del patrimonio, ya ha tributado por todos los
conceptos habidos y por haber) pasa a manos de sus herederos. En este caso, sus
hijos. Pues el Estado solicita una parte. En una familia de cuatro hijos y un
tipo de gravamen superior al 25%, el Estado recibe más herencia que cualquiera
de los cuatro hermanos. Esto se ha venido dando en España. Alguna vez he
pensado que es por eso, y no solo por su capacidad controladora, por lo que se
denomina «Gran Hermano» al Estado recaudador.
Resulta que, además, al Estado hay que pagarle el
impuesto de sucesiones
con dinero contante y sonante, con lo que ha sido
muy frecuente que alguien herede un piso y lo haya tenido que malvender para
poder pagar en efectivo al Estado y evitar la sanción por exceder el plazo
administrativo.
Pero hay un último elemento que echa por tierra
toda la lógica impositiva del impuesto de sucesiones. Suponga usted un país con
un tipo impositivo del 30%. Cuando fallece una generación de ese país, el
Estado se queda el 30% de todos los activos de esa generación. Si la siguiente
generación no produjera nuevos activos y el Estado decidiera mantener en caja
todo lo recaudado, al fallecer la segunda generación, el
Estado gravaría un 30% del 70% que quedó (un 21%
del total inicial). Con ello, habría pasado a sus manos ya el 51% de los
activos del país. En la siguiente generación, mantenidas las premisas, gravaría
el 30% del 49%
restante. Y así sucesivamente, llegaríamos a una
situación en que, al cabo de ocho generaciones, el 95% del país pertenecería al
Estado.
No lo es en la práctica, pero sí en la teoría. Y un
impuesto debe sostenerse desde un punto de vista conceptual y teórico porque es
su naturaleza lo que le otorga la legitimidad.
IMPUESTO SOBRE
SUCESIONES
Versión oficial:
El impuesto sobre Sucesiones y Donaciones es un
tributo que grava la renta que produce la aceptación de una herencia o de una
donación.
Versión prohibida:
Es un impuesto mediante el cual, pasadas varias
generaciones, todo acabaría siendo propiedad del Estado.
Solo hay un caso donde los impuestos de sucesiones
elevados podrían ser justificables. En países donde la carga
impositiva sobre renta y beneficios es baja. Eso
suele suceder en lugares donde se quiere premiar el beneficio de quien emprende
y arriesga, y se le deja el máximo posible para reinvertir (o disfrutar) en
vida. Es el caso de Estados Unidos. El impuesto sobre la renta es mucho menor
porque en su cultura y costumbre está premiar el éxito y no penalizarlo. Ahora
bien, en el momento de fallecer, una gran parte volverá al
Estado. No quieren que los descendientes se
apoltronen en los éxitos de sus padres, detestan a los vividores y rentistas.
Premian a quien lo merece y desincentivan el vivir del esfuerzo ajeno. Ese es
uno de los
motivos por el cual en Estados Unidos hay tantas
fundaciones.
Vamos ahora con otro concepto impositivo que se da
por sentado, pero que yo considero muy discutible. Hace referencia a los
impuestos directos, los que gravan directamente la renta. Las
socialdemocracias, a través de los estados del bienestar, utilizan los
impuestos como una forma de redistribución de la renta. Se trata de que los que
más ganan contribuyan a los gastos públicos en mayor medida y, como la
beneficiaria del gasto del Estado es, teóricamente, la totalidad de la
sociedad, se produce un reequilibrio de rentas.
El impuesto directo está sujeto a un tipo
impositivo. Pongamos, por ejemplo, el 25% de los ingresos. Este porcentaje,
bajo mi punto de vista, debería ser el mismo para todo el mundo, gane más o
gane menos. ¿Por qué? Pues porque el 25% de una renta anual de 100 000 euros es
ya mayor que el 25% de alguien gane 50 000 euros al año. El primer
contribuyente aporta 25 000 euros al Estado y el segundo aporta 12 500 euros.
Uno aporta el doble que el otro porque, de hecho, gana el doble. Es lo justo.
Sin embargo, en la mayoría de los países se han ido
aceptando las denominadas «escalas progresivas»,
mediante las cuales se grava con un mayor
porcentaje de su renta a quien más dinero gana. Así pues, al que gana 100 000
euros se le grava con un 35% en lugar de un 25%, por poner un ejemplo. Como
resultado, tenemos que pagará 35 000 euros contra los 12 500 euros del otro
contribuyente. Es decir, gana el doble, pero paga 2,8 veces más.
Mi opinión es que esto no tiene sentido alguno. La
justificación que dan los gobiernos es que de ese modo se redistribuye renta.
Sin embargo, lo que se hace es redistribuir renta por encima de la
proporcionalidad. Algo que está por encima de lo proporcional es sinónimo de
desproporcionado. Las
escalas progresivas carecen de todo argumento
económico y están solo sujetas a un argumento ideológico. Sé que ya son algo
aceptado y asumido por todas las sociedades occidentales, pero creo que son
profundamente injustas. La redistribución pierde todo sentido desde el momento
en que pasa por encima de la proporcionalidad.
ESCALA PROGRESIVA
Versión oficial:
Tabla que va mostrando incrementos
mayores en una variable correspondiendo a
incrementos regulares de otra. Se utiliza, por ejemplo, para determinar el tipo
impositivo que corresponde a una base imponible en el impuesto sobre la renta.
Versión prohibida:
Forma de
tributación que, por pura
lógica matemática, es desproporcionada.
Es muy sencillo demostrar cómo las
escalas progresivas tienen un efecto multiplicador
sobre la proporcionalidad de los ciudadanos en su contribución a los ingresos
públicos. En el caso anterior, hemos visto cómo una simple escala progresiva
que pasaba del 25% al 35% suponía a una persona contribuir 2,8 veces a los
ingresos del Estado cuando ganaba el doble que la otra. Pero ahora debemos
añadir el efecto sobre su riqueza cuando se reparte entre ellos el gasto
público del que van a ser beneficiarios.
Normalmente, las personas con más bajos ingresos
son quienes más ayudas del Estado reciben, pero vamos a considerar en el
anterior ejemplo que no
es así y que se benefician por igual de esa
recaudación. Es decir, que utilizan por igual los servicios públicos de sanidad
y educación, las carreteras o servicios públicos generados gracias a sus
impuestos.
Al que ganaba 100 000 euros y pagaba un 35%, le
quedaban 65 000 euros libres. Al que ganaba 50 000 euros y pagaba un 25%, le
restaban para su uso y disfrute 37 500 euros.
Renta libre de impuestos:
Ciudadano A. Gana 100 000 euros. Paga un 35%. Le
quedan 65 000 euros.
Ciudadano B. Gana 50 000 euros. Paga un 25%. Le
quedan 37 500
euros.
El Estado recauda con ambos un total de 47 500
euros (35 000 euros del que paga el 35% más los 12 500 euros del que tributa el
25%).
Total recaudación:
Ciudadano A. Gana 100 000 euros.
Paga un 35%. Aporta al Estado 35 000 euros.
Ciudadano B. Gana
50 000 euros.
Paga un 25%. Aporta al Estado 12 500 euros.
Total recaudación = 35 000 euros + 12 500 euros =
47 500 euros.
Asumiendo que ambos contribuyentes se beneficien
por igual de este gasto, cada
uno «recibe» en forma de prestaciones públicas un
total de 23 750 euros (los 47 500 euros que recauda el Estado dividido entre
dos personas). Si lo sumamos a la renta liberada de cada uno, tenemos que:
Renta total:
Ciudadano A. 65 000 euros de ingresos después de
impuestos + 23 750 euros en forma de servicios o beneficios públicos. Total =
88 750 euros.
Ciudadano B. 37 500 euros de ingresos después de
impuestos + 23 750 euros en forma de servicios o beneficios públicos. Total =
71 250 euros.
Ahora compare lo que ingresó cada uno inicialmente:
Redistribución ingresos con escala progresiva:
Ciudadano A. Gana 100 000 euros.
Disfruta de 88 750 euros.
Ciudadano B. Gana
50 000 euros.
Disfruta de 71 250 euros.
Es decir, esforzarse y arriesgar para ingresar el
doble que otro se traduce en disfrutar de una cuarta parte más que este.
Esto se produce porque la fiscalidad incorpora un
segundo momento de redistribución, que es el del reparto y
asignación del gasto público. No solo quien gana
más tributa sobre mayores
ingresos; además, recibe proporcionalmente menos de
lo que contribuye. Si a eso le añadimos que su porcentaje sea mayor, creamos
una situación que desincentiva la creación de riqueza. Yo sostengo que las
escalas
progresivas desincentivan el emprendimiento y la
creación de valor. Y conste que he realizado el cálculo para una escala de 35%
y 25%; si tomáramos la del 51% versus la del 25%, veríamos que el 75% de los
esfuerzos que realiza un emprendedor o trabajador para ganar más no va a
disfrutarlos nunca.
A través de la legislación fiscal, los estados van
intentando corregir todas las desproporciones que emanan de esta ilógica
económica que no solo observamos en las escalas progresivas, sino en muchos
otros tributos. Surgen entonces las exenciones y las deducciones. Los gobiernos
las utilizan como instrumentos políticos. Así, si se quiere, por ejemplo,
favorecer la compra de viviendas, se introduce una deducción en el impuesto de
la renta, de un porcentaje del valor de la vivienda adquirida.
En economía todo se basa en una premisa: los seres
humanos funcionamos a través de incentivos. Y los estados
tienen en su mano el mejor de los incentivos
posibles: los fiscales.
Hacienda realizó a finales de los años setenta una
campaña que ha quedado grabada en la memoria durante años y que tenía por
slogan: «Hacienda somos todos», intentando explicar que no había que defraudar
porque no debemos percibir a Hacienda como alguien ajeno a nosotros que viene a
por nuestro dinero, sino como una forma en que todos decidimos cómo financiar
lo público. Pero la realidad es que todo el mundo, yo incluido, buscamos cómo
pagar menos a Hacienda de una forma legal, no mediante fraude, porque eso es ya
ilegal. Y para pagar menos de una
forma legal, existen las deducciones, exenciones y
todo tipo de incentivos fiscales.
Podríamos parodiar el incentivo fiscal: «Si haces
esto de esta manera, pagas tanto, pero si lo haces de esta otra forma y lo
inscribes aquí y te das de alta de tal o cual y lo haces antes en tal fecha y
te acoges a tal modalidad, solo pagas esto en lugar de aquello».
Para gestionar este galimatías nacen los
fiscalistas y los asesores legales, que conocen todos estos pormenores y
posibilidades. La complejidad del sistema impositivo es de tal envergadura que
se requieren años de experiencia para llegar a ser un buen fiscalista.
Cuando sumamos a todos los fiscalistas de un país
trabajando para cientos de miles de ciudadanos y miles de empresas,
beneficiándose de todo tipo de exenciones y deducciones, y sumamos los
resultados de todo su trabajo, se produce algo muy muy sencillo: baja la
recaudación.
Como el lector ya habrá adivinado mi aversión a los
elevados impuestos, pensará que estoy a favor de las deducciones. Pues no.
El motivo es que como los gobiernos no llevan bien
las bajadas de recaudación porque sus gastos son fijos o tienden a aumentar, lo
que hacen a continuación es subir la presión fiscal,
elevando algunos impuestos o eliminando algunas
deducciones.
Se produce entonces un absurdo juego mediante el
cual se va compensando con subidas en las escalas de gravamen las deducciones
que sobre esas escalas se producían antes. En economía, a esto se le llama
«juego de suma cero». En Cataluña, se le llama «jugar a la puta y la Ramoneta».
Te subo por un lado lo que te resté por el otro. Al final, el Estado precisa de
una cuantía determinada de ingresos para sus presupuestos, y cuando los
incentivos reducen la recaudación, los gobernantes suben los tipos impositivos.
El resultado de todo ello es una
mayor complejidad que no sirve para nada porque la
sociedad en su conjunto acabará tributando la misma cantidad total. La presión
fiscal será la que se quiera. Y el problema de esta dinámica es que acelera
todavía más el interés por acogerse a alguna deducción o exención y va
diseminando en la población una sensación de «tonto el último» que choca
frontalmente con la de «Hacienda somos todos».
Está mal visto defraudar al fisco pero está bien
visto, porque es legítimo, buscar la fórmula o mecanismo para pagar lo menos
posible. En realidad, esto último, sin ser ilegal, viene a tener una
repercusión y causar un perjuicio
social similar al fraude. Mi recomendación es, por
tanto, trate de no ser el último tonto. Mientras el Gobierno actúe de este
modo, no le queda más remedio que jugar a este juego que se nos plantea. Se
trata de que entre todos lleguemos a «X» y si no se llega, se subirán los
impuestos. Por tanto, a partir de una recaudación
determinada que se acabará consiguiendo sí o sí, se
abre la veda para que te toque lo menos posible.
Ante una dinámica así, qué quiere que le diga:
pague lo menos posible. Contrate a un gestor o buen fiscalista. Hay multitud de
formas de tributar menos dentro de la ley. Ya pringarán
otros. Hacienda somos todos.
¿Cuál es bajo mi punto de vista la solución?
Pues la solución es sencillísima. Tanto, que causa
pasmo cuando la explico. Hay personas que no me creen, pero esto sería muy
fácil de hacer y acabaría con todas estas disfunciones impositivas.
La solución pasa por dos medidas. La primera es que
no haya ningún tipo de exención y que el tipo impositivo sea el mismo para todo
el mundo. Esto simplificaría totalmente las cosas y haría que las aportaciones
de cada
ciudadano o empresa fueran proporcionales a lo que
ganan.
¿Dónde estaría la función social del Estado? En el
gasto, pero no en la recaudación. Es decir, si un Gobierno es de un partido más
proclive a la cultura, pues destinaría una mayor parte del presupuesto a esa
partida; si otro Gobierno es más proclive a los negocios, pues destinaría más
dinero a congresos, foros, cámaras de comercio, emprendimiento, etc. La
ideología debería activarse solo a través del gasto social y no de la
recaudación, donde debería primar un criterio puro de proporcionalidad. Esto
eliminaría de golpe y porrazo muchas de las
necesidades burocráticas y administrativas, y
limitaría el papel de
las gestorías y asesores fiscales, evitando de una
vez por todas el «tonto el último».
Estará pensando, ¿qué hay de la economía sumergida?
La economía sumergida se produce única y exclusivamente por un motivo: para
ahorrarse un impuesto. «Cóbreme esto sin IVA». «Este trabajo, mejor sin
factura, y así le puedo rebajar el precio, ya que no tendré que declararlo».
Estas dos frases se repiten suficientes veces al día en España como para que
casi el 30% de los pagos se realicen en negro.
Se defrauda por dos simples motivos: el primero es
porque quienes comercian en negro no tienen a mano una
exención o deducción que permita avanzar puestos en
la fila de tontos que sí contribuyen y, ante tal imposibilidad, optan por
colarse en la fila ilegalmente; el segundo es porque, si no, no llegan a final
de mes.
Esto se solucionaría si se gestionaran
adecuadamente los recursos públicos y, gracias a ello, nadie defraudara. En
Noruega se paga un 50% de renta, pero el otro 50% es puro disponible, no está
sometido a ningún otro tributo y todo el gasto en educación o sanidad está
cubierto. Es dinero totalmente liberado. En España, una persona que pague un
30% de IRPF, también ha de costear un 21% de IVA de
su gasto y, sumando el resto de impuestos que paga,
acaba sufriendo una presión fiscal cercana al 80% con unas prestaciones
sociales insuficientes.
El fraude se acabaría con cuatro simples medidas:
(1) un tipo impositivo único, que fuera el mismo para todo el mundo (solo a
partir de una renta básica mínima); (2) que el tipo único no fuera sangrante
(un 20%, por ejemplo); (3) que no hubiera corrupción política ni malversación
de fondos públicos (eso se arregla con penas de cárcel bien ejemplares); y (4)
que la multa por no tributar ese 20% fuera tan elevada que desincentivara
correr el riesgo (por un 20% mucha gente preferiría no
jugársela).
Estas cuatro medidas sacarían a la luz unos 200 000
millones de euros de actividad económica que hoy día no se declaran. Si
aflorara esa cuarta parte del PIB, podría gravarse a familias y empresas con un
tipo único más reducido, sin verse afectada la recaudación.
En su lugar, ¿qué hace el Gobierno cuando aumenta
la economía sumergida? Subir los impuestos a los que sí declaramos los
ingresos. En una rueda de prensa, el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro,
tras anunciar una subida del IVA, dijo que esta decisión se tomaba por culpa de
la gente que
defraudaba y que se veía obligado a tomarla.
El día en que oí esto por televisión no salía de mi
estupor. Pero qué caradura. A los políticos los pagamos para que piensen cómo
hacer para que pague todo el mundo, no para pedir más esfuerzo a quienes sí lo
hacen. ¡Eso sí que es injusto! Y provoca que más gente decida no pagar. Porque
si resulta que como otros no pagan, me obligan a pagar más, ¿qué hago? Pues
pasarme a la lista de los que no pagan. Y sigue aumentando la economía
sumergida.
SUBIDA DE IMPUESTOS
Versión oficial:
Procedimiento administrativo para elevar la
recaudación de las administraciones públicas mediante
un esfuerzo de todos los contribuyentes.
Versión prohibida:
Incapacidad política que se soluciona haciendo que
paguen justos por pecadores.
Cuando los países no logran ponerse de acuerdo en
cuestiones de comercio internacional, se crean también
impuestos, los llamados «aranceles» o «impuestos de
aduanas».
El economista inglés David Ricardo ya demostró en
el siglo xviii que los aranceles empobrecían a los ciudadanos porque les
impedían acceder a productos que otros países eran capaces de fabricar a menor
precio. Pero los corporativismos y el proteccionismo hacia las industrias
nacionales remaban en la dirección contraria.
El arancel tiene una función muy simple, que es la
de encarecer un producto extranjero en nuestro país, de modo que no sea
suficientemente competitivo y el producto nacional pueda defenderse mejor. En
principio,
los aranceles los pagan las empresas que importan,
según el acuerdo que tengan con las exportadoras, así que los ciudadanos
tenemos la sensación de que es un impuesto que paga un tercero. Pero claro, ese
impuesto es repercutido en el precio por parte del exportador, por lo que los
productos nacionales pueden también vender a un precio mayor. En definitiva, un
arancel es finalmente pagado por los ciudadanos del país que lo fija, ya sea
comprando el producto extranjero, o bien pagando un sobreprecio por el producto
nacional.
David Ricardo lo observó ya en el siglo xviii, pero
es algo que solo los economistas sabemos. Esta es la
verdadera definición de un arancel:
ARANCEL
Versión oficial:
Un arancel es el tributo que grava bienes que son
objeto de importación. El más extendido es el impuesto que se cobra sobre las
importaciones.
Versión prohibida:
Impuestos destinados a pagar la incapacidad
competitiva de las empresas nacionales.
Cuando un país tiene aranceles en casi todos los
sectores, consigue aislarse del exterior y transformarse en lo que se
denomina una autarquía. La autarquía supone el
control absoluto de un Estado respecto a otros países porque hace al país
completamente autosuficiente. No le es preciso depender de nadie. El principal
argumento para defender las autarquías es un argumento nacionalista: «No
necesitamos de nadie, nos bastamos y abastecemos con total autonomía». Un país
que puede autoabastecerse completamente es, en teoría, un país libre.
Sin embargo, demostraré enseguida la mentira que se
esconde tras esta suposición y que, por ejemplo, durante la dictadura de Franco
se exhibía como un logro meritorio.
Consideremos dos extremos. Dos países autárquicos.
Tanto uno como otro se abastecen de todo sin necesidad de intercambiar con el
exterior. No tienen ningún tipo de comercio internacional. Pero hay una
diferencia entre ambos. El primero es capaz de producir cualquier producto de
cualquier industria más barato que cualquier otro país del mundo. Es un líder
productivo. Sus costes de fabricación son los más bajos porque sus fábricas son
las más competitivas. El segundo país es todo lo contrario. Si bien es capaz de
fabricarlo todo, es un desastre a nivel industrial, por lo que, de abrirse al
exterior, no conquistaría mercado internacional
alguno.
Ahora veremos que, en ambos casos, sus ciudadanos
son más pobres de lo que podrían ser. En el primero, si el país abriera sus
fronteras, sus empresas, al ser competitivas, podrían exportar más y aumentaría
la renta interior del país. Así pues, se está perdiendo la posibilidad de ser
más ricos. En el segundo de los casos, a los ciudadanos se les impide acceder a
productos más baratos, y a sus empresas nacionales se les imposibilita que
aprendan a ser más eficientes, imitando e importando las formas de hacer de las
empresas extranjeras. Como hemos visto en la anterior definición, están pagando
con su dinero la
ineficiencia empresarial interior.
Sea o no competitiva, la autarquía reduce el nivel
de vida de los habitantes de un país. Así que nunca vote a partidos políticos
que protejan industrias nacionales. Aunque le vendan que están protegiendo el
empleo interior, en realidad, están reduciendo su nivel de vida.
AUTARQUÍA
Versión oficial:
El término autarquía se utiliza para designar a
aquel tipo de economía, política o sociedad que se basa en sus propios recursos
sin requerir o mantener contacto con el exterior.
Versión prohibida:
Sistema de control que rebaja el nivel de vida de
los ciudadanos.
De todas formas, la economía pone al servicio de
los estados formas impensables para recaudar de forma fantasma y que la
ciudadanía ignora por
completo. Son impuestos que no nos damos cuenta que
pagamos porque no suponen un desembolso.
Una de ellas, aunque parezca mentira, es la
inflación.
INFLACIÓN
Versión oficial:
La inflación, en economía, es el aumento
generalizado y sostenido de los precios de los bienes y servicios existentes en
el mercado durante un período de tiempo, generalmente un año.
Versión prohibida:
La inflación es un impuesto encubierto, denominado
en privado por los economistas «el impuesto de los pobres».
¿Y por qué es un impuesto encubierto? Muy sencillo.
Supongamos un Gobierno
ineficiente y/o corrupto. Tarde o temprano,
necesita más dinero porque los gobiernos ineficientes y corruptos nunca tienen
bastante. Este Gobierno está cerca de las elecciones y no quiere aumentar (más)
los impuestos por miedo a perder votos. Para recaudar sin que nadie se entere
va a fabricar inflación. Así conseguirá dinero de todos sin que nos enteremos.
El truco es muy sencillo: primero pone en marcha la
máquina de imprimir dinero. Como aumenta la cantidad de dinero en circulación,
suben los precios. Es obvio, el país fabrica las mismas cosas pero funciona con
muchos más billetes que antes. Por lógica, más
billetes con igual número de cosas en los comercios
supondrá aumento de precios.
Veamos un ejemplo. Usted tenía ahorrados 1000 euros
en un cajón. Está preocupado porque sabe que el Gobierno tiene sed. De vez en
cuando abre el cajón y comprueba que sus 1000 euros siguen incólumes en su
sitio. El país fabrica inflación al 5% durante dos años. Como los precios han
subido un 10%, la capacidad de compra de esos billetes será menor que el día
que los metió en el cajón. Su capacidad de compra es de 900 euros, cuando usted
cree que sigue teniendo mil. En otras palabras, le han cobrado un impuesto
del 10% sin enterarse y sin quedar el Estado como
un recaudador insaciable.
Cuando sucede esto, todos culpamos a la OPEP o
cualquier otro organismo de la subida de la inflación y el Gobierno vuelve a
ganar las elecciones.
En resumen, la inflación es un impuesto que deja
como angelitos a los gobernantes porque no te tocan el dinero del cajón y no
tienes que pagar nada a Hacienda. Parece que no te cobran, pero te roban a
través de quitarte poder adquisitivo.
La siguiente forma en que los gobiernos aumentan
impuestos sin que nos percatemos es a través del endeudamiento. Cuando un
Gobierno se
endeuda es porque los ingresos son insuficientes
para cubrir sus gastos o inversiones. Poco importa que sea para construir
puentes o carreteras, o para cubrir las pensiones. El caso es que ese gasto es
superior a lo que se recauda y, para financiarlo, se emite deuda pública. Esa
deuda la asumen, en realidad, todos los ciudadanos a través del Estado. No nos
hacemos a la idea, pero a través de las emisiones de obligaciones o letras del
Tesoro, autorizamos a que los políticos se endeuden en nuestro nombre ¡y lo
vemos normal!
Si el gasto público no se reduce en los ulteriores
años (en la larga mayoría de los casos no baja), significa que una
emisión de deuda es un añadido a las necesidades
presupuestarias de los años venideros y, por tanto, su devolución va a tener
que traducirse, tarde o temprano, en incrementos de impuestos de algún tipo.
Hay gobiernos que cuando se aproximan elecciones
reducen impuestos y aumentan déficit. Es una forma facilísima de engañar al
pueblo y a los votantes. Nos congratulamos de la bajada de impuestos y tendemos
a votar a ese partido de nuevo, sin saber que, simplemente, ha obtenido un
anticipo de nuestros impuestos a través de la
emisión de deuda pública. Sencillamente, esos
impuestos los
cobrarán más adelante.
Yo soy completamente contrario al endeudamiento del
Estado. Fijémonos que los países más prósperos son países poco endeudados y que
actúan como prestamistas de otros países.
La emisión de deuda, a no ser que esté plenamente
justificada (inversión de una planta de energía o la infraestructura para un
ferrocarril, en cuyos casos el retorno de la inversión puede servir para
retornar la deuda), es resultado de una incapacidad de gestión o de una faltad
de previsión. Ninguna empresa puede sobrevivir durante mucho tiempo gastando
más de lo que ingresa. En cambio, sí que se lo permitimos a los
estados. Si los estados tienen superávit suelen
aumentar el gasto público, cuando lo recomendable sería ahorrar para cuando
vengan ciclos económicos adversos.
ENDEUDAMIENTO
PÚBLICO
Versión oficial:
El endeudamiento público es la
totalidad de compromisos financieros adquiridos por
las
administraciones públicas con agentes externos o
internos.
Versión prohibida:
El endeudamiento público es, en la práctica, un
anticipo de futuros de impuestos.
Un poco de endeudamiento puede ser aceptable, pero
los niveles a los que se
ha llegado son inasumibles y colocan una gran carga
sobre la siguiente generación. ¿Por qué se ha permitido esto?
La respuesta es muy sencilla. Porque se han dado
incentivos a través de uno de los instrumentos económicos más importantes de
las sociedades modernas y cuya función está ya completamente corrompida. Me
refiero al Banco Central Europeo.
BANCO CENTRAL
EUROPEO
Versión oficial:
El Banco Central Europeo es el banco responsable de
la política monetaria de la zona euro, cuyos objetivos primordiales son la
estabilidad de precios y procurar un alto nivel de empleo y un crecimiento
económico adecuado.
Versión prohibida:
Institución que ha perdido su independencia para
convertirse en el principal cómplice de la ineficiencia y dispendio de los
gobernantes.
El Banco Central Europeo tiene un objetivo
primordial: controlar la cantidad de dinero en circulación, de forma que la
inflación esté controlada. Hay acciones que en principio no puede llevar a
cabo, como adquirir deuda pública de los estados. Puede dar créditos a las
instituciones financieras y que estas presten a los países, pero no adquirir
directamente deuda soberana, dado que su función no es la de sustituir a los
agentes de los mercados financieros, como los inversores. Sin embargo, esta
restricción ha ido suavizándose hasta que, presionados por la crisis, el pánico
financiero, las bajadas de bolsa y los gobiernos, se ha
saltado a la torera. Que un Banco Central se
convierta en un financiador de déficit público es la máxima perversión de una
autoridad monetaria y
convierte a una institución independiente, cuyo
objetivo es el equilibrio económico, en un instrumento político.
Con esta política se crea un incentivo perverso, la
de proporcionar a los gobernantes la tranquilidad de que si hacen mal su
trabajo, ahí estará el Banco Central para cubrirlos. Si un gobernante supiera
que no va a tener más capacidad de endeudarse y que ningún Banco Central va a
salvarle el pellejo, gestionaría con mucho más tiento los
presupuestos.
Sin duda alguna, en la historia de la economía esta
época nuestra será recordada como «la era del endeudamiento» mediante el uso de
la política monetaria con fines indebidos: utilizar la creación de dinero para
pagar ineficiencia, desajustes presupuestarios y sobredimensionamiento del
sector público.
He explicado antes cómo el endeudamiento es en
realidad, tarde o temprano, un impuesto diferido. Pues añadan ahora el que un
Banco Central con capacidad de creación de dinero casi ilimitada se dedique a
comprar la deuda soberana que sea necesaria. Eso
convierte al Banco Central en el principal emisor
de deuda y, por ende, en el principal generador de futuros impuestos de Europa.
Lo que debía ser un instrumento de control de los precios se ha convertido en
un avalista de déficits o, para ser más precisos, en un facilitador e inductor
de impuestos.
Hablando de avales, el siguiente mecanismo
generador de impuestos encubiertos son los avales del Estado a la deuda de las
empresas públicas. Ninguno de estos dos conceptos se contabilizan en la deuda
total del país y, sin embargo, en caso de que las empresas públicas no puedan
devolver esos créditos, deberemos ser los
ciudadanos quienes las cubramos, pues el Estado es
el principal avalista. Los avales los solicitan los bancos que prestan a las
empresas públicas y los piden porque no se fían de cobrar esos créditos.
La deuda total de las administraciones españolas es
de un 100% del PIB (debemos todo lo que el país produce en un año). La cifra es
la más elevada de nuestra historia moderna. Pues al añadir a esta cifra la
deuda de las empresas públicas y avales correspondientes, pasamos nada más y
nada menos que a un 150% del PIB. O sea, que no hablamos de una cifra menor.
Sobre nuestros hombros pesan
avales de un valor igual a la mitad de la totalidad
de la deuda actual. Esto no se computa y nadie dice nada.
Si las empresas públicas lo hacen bien y generan
suficientes ingresos, esos créditos nunca se convertirán en impuestos. Pero en
caso contrario, estamos asumiendo impuestos futuros sin enterarnos.
AVALES DEL ESTADO
Versión oficial:
Garantías que da el Estado a los créditos que
solicitan las empresas de titularidad pública.
Versión prohibida:
Aumento de deuda pública que no consta en los datos
oficiales de endeudamiento.
Para evitar el escándalo y el bochorno de un
aumento repentino de deuda por quiebra de una empresa pública, los gobiernos
tienen a su disposición un
instrumento fantástico, llamado
«privatización». La privatización de empresas
públicas es uno de los capítulos más oscuros de la historia de las economías
modernas.
Muchas de las empresas públicas serían imposibles
de levantar solo mediante la iniciativa privada (son los únicos casos en los
que yo abogo por las mismas porque la función de un Estado no es hacer de
empresario y, además, suele hacerlo bastante mal).
Pienso que empresas públicas debería haber las
justas. Ahora bien, una vez levantada, su privatización esconde
demasiadas incompetencias e injusticias.
Una empresa pública se ha
construido con el dinero de todos los ciudadanos.
Posee activos detrás de los cuales hay años y años de inversión, de esfuerzo de
nuestros padres y
generaciones anteriores. Toda privatización se hace
a un valor determinado, pero como en la mayoría de los casos las empresas
públicas se privatizan cuando están en pérdidas o no son rentables, se incurre
en una liquidación de un activo que, gestionado adecuadamente, valdría
muchísimo más dinero. Saldar una empresa pública es un modo de esconder que los
impuestos pasados se han convertido en pérdidas. El Estado ingresa un dinero en
la privatización que aparecerá como un
flujo financiero positivo en sus presupuestos. Pero
saldrá de nuestro haber, del de todos los ciudadanos, una oportunidad perdida y
un impuesto adicional, pues renunciamos a unos ingresos futuros que podían
haberse empleado en reducir la presión fiscal.
PRIVATIZACIÓN
Versión oficial:
Se puede definir privatización como la
transferencia total o parcial al sector privado de la propiedad de una empresa
pública.
Versión prohibida:
Consolidación de pérdidas que para más inri se
contabilizan como ingresos.
Debo corregir algo que he dicho antes. A decir
verdad, el Gobierno sí que dedica esfuerzos a perseguir a los pecadores que no
pagan sus impuestos.
Lo hace a través de nuestra querida Agencia
Tributaria. Y dedica a ello millones de euros. Hay, básicamente, dos formas de
organizar un país para el pago de impuestos: la primera, propia de países bien
desarrollados y eficientes —como algunos países nórdicos— consiste en que el
contribuyente comparta la información con la Agencia Tributaria y esta realice
la liquidación de acuerdo a la mejor de las opciones
posibles para el contribuyente, considerando todas
las exenciones y deducciones posibles. La segunda se denomina «autoliquidación»
y es la que utilizamos en España (y también en muchos otros países). Consiste
en que la
Agencia Tributaria delega en los ciudadanos esa
tarea. Tú te liquidas el impuesto. Pagas o te devuelvo en base a ello, pero si
decido inspeccionarte y encuentro exenciones o deducciones mal asignadas, voy a
sancionarte, multarte, cobrarte intereses y vas a pagar dos veces lo que
intentaste ahorrarte.
Ese es, básicamente, el sistema. Un sistema que
incentiva el fraude (si no eres inspeccionado, puedes ahorrarte mucho dinero) y
que, por otro lado, destroza a personas que sí declaran, pero que cometen
errores muchas veces involuntarios, o bien que, en base a criterios puramente
subjetivos o valoraciones distintas, son sancionados
por la Agencia Tributaria.
AGENCIA TRIBUTARIA
Versión oficial:
Es una entidad de derecho público adscrita al
Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas que tiene encomendada la
aplicación efectiva del sistema tributario estatal y del aduanero, así como de
aquellos recursos de otras Administraciones Públicas nacionales o de la Unión
Europea cuya gestión se le encomiende por ley o por convenio.
Versión prohibida:
Policía económica del país.
Como todo el mundo sabe, las
inspecciones son llevadas a cabo por los llamados
inspectores de Hacienda. Es bastante elocuente que se utilice el término
«inspector» tanto para un investigador criminal como para un vigilante fiscal.
En ambos casos, se trata de un policía. Pero los policías, como todos los niños
saben, son buenas personas.
INSPECTOR DE
HACIENDA
Versión oficial:
El inspector de Hacienda es un cargo
funcionarial dependiente del
Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas,
cuya función es la de supervisar las autoliquidaciones de impuestos que
realizan las empresas y ciudadanos.
Versión prohibida:
Los inspectores de Hacienda son gente maravillosa.
Esta es la demostración:
Aclarada la anterior definición, hablemos de
aquellos elementos que más gusta controlar al Estado, como es el dinero. Si el
dinero está controlado, si se sabe quién lo tiene y hacia dónde lo mueve, es
posible capturar una parte mediante el tributo correspondiente.
Yo le recomiendo que haga todo lo posible para que
nadie sepa ni cuánto dinero tiene ni dónde lo guarda, porque toda información
sobre su dinero se transforma, tarde o temprano, en una disminución del mismo a
través de un impuesto. No estoy haciendo una apología del fraude, ni mucho
menos, sencillamente defiendo la privacidad y el derecho a la intimidad
económica,
derecho que está seriamente amenazado a través de
dos definiciones más que vienen a continuación.
La primera de ellas es el dinero efectivo.
DINERO EFECTIVO
Versión oficial:
Se llama dinero efectivo al dinero en forma de
monedas o papel moneda (billetes).
Versión prohibida:
Dinero que el Estado no sabe dónde está.
El Estado odia el dinero en efectivo y, de hecho,
la Unión Europea tiene un proyecto desarrollado, pero que todavía no se atreve
a poner en práctica, y que consiste en la eliminación total del dinero en
efectivo o metálico. Se trata
de que todas las transacciones sean electrónicas.
El objetivo, según dicen, es luchar contra la economía sumergida y evitar la
evasión de capitales.
En realidad, serviría de muy poco. En economía hay
que pensar siempre en términos ajedrecísticos, como tendré oportunidad de
apuntar alguna vez a lo largo del libro. Si colocas una ficha en determinada
casilla, debes pensar qué implicaciones tiene y cómo va a reaccionar el otro
jugador.
La historia de la economía ya presenta casos donde
a través de un control del dinero, se ha querido evitar la economía sumergida,
el fraude o la evasión de capitales. En todos los casos,
el control geográfico de una moneda no ha servido
de mucho. Véase el caso de Argentina con su corralito. ¿Cuál fue la respuesta
de los argentinos? Pues introducir, en su propia economía, una segunda divisa,
el dólar, y operar con ella de forma sumergida. En los países donde las monedas
están sujetas a un control regional, la gente busca una alternativa. Esa es la
siguiente jugada y eso es lo que sucedería en la Unión Europea si los estados
erradicaran el dinero en efectivo e intentaran abolir el derecho a la intimidad
económica. Los europeos introducirían por su propio pie una moneda en efectivo
que les permitiera realizar transacciones fuera
del control estatal. Se crearía un mercado negro de
dólares o de yuanes o de yenes, es decir, de cualquier moneda estable cuya
tenencia física sí estuviera permitida. Y si no la hubiere, se utilizaría el
oro o la plata o cualquier otro depósito de valor físico que otras personas
aceptasen como moneda de cambio.
La gente lo aceptaría en la medida en que otros lo
aceptaran como medio de pago y se acabaría funcionando con dos monedas, la
local, electrónica, y otra extranjera, metálica, creando un mercado negro de
intercambio de divisas y abonando el terreno para todo tipo de redes de
contrabando y
blanqueo.
La solución, como he explicado antes, está en
cobrar un impuesto razonable, que la Administración aporte un gran valor
añadido y prestaciones, eliminar la corrupción y desincentivar el fraude
mediante unas sanciones que desanimen de no tributar un porcentaje razonable.
El intento de un dinero electrónico como único medio de pago fracasaría incluso
en el hipotético caso de que todos los países del mundo abolieran sus monedas
físicas y billetes de papel porque, como he dicho, las personas siempre tendrán
a su disposición oro u otros elementos físicos con los que buscar su libertad
cuando la injusticia fiscal o la ineficiencia
estatal esté presente. La solución está en hacer bien las cosas, no en diseñar
mecanismos de control absolutistas más propios de un 1984 orwelliano que de
naciones libres.
DINERO
ELECTRÓNICO
Versión oficial:
Se entiende por dinero electrónico el valor
monetario representado por un crédito exigible a su emisor
almacenado en un soporte electrónico y aceptado
como medio de pago por empresas distintas del emisor.
Versión prohibida:
Incentivo a la aparición de un mercado negro de oro
o divisas.
Es decir, la evasión de dinero
continuaría, también el fraude y la economía
sumergida a través de un mercado negro de divisas, que sería el caldo de
cultivo para todo tipo de contrabandos, mafias y redes de blanqueo. Tal vez por
eso los políticos de la Unión no se lanzan a abolir el dinero físico.
Mientras tanto, la Unión Europea dispone de otros
mecanismos muy interesantes y curiosos que se desconocen. Habrán reparado en
que recientemente el Banco Central Europeo ha cambiado el diseño y el color de
los billetes de 5, 10 y 20 euros. Es el paso previo a una jugada «maestra»
prevista para que afloren los mal vistos billetes
de 500 euros, conocidos popularmente como «Bin
Laden», y que equiparan a quienes los poseen a defraudadores. Si tienes un
billete de 500 euros, significa que tienes dinero negro. ¿Por qué esa sospecha
si fueron billetes de curso legal emitidos por el Banco Central y que solo
salían del banco si entregabas divisas nacionales? Es profundamente injusto que
las autoridades monetarias creen un billete que luego se pongan a perseguir. La
obsesión de la Agencia Tributaria por los billetes de 500 euros es de tal calibre
que han obligado a la banca a comunicar a la administración el nombre y DNI de
la persona que traiga un solo billete de 500 euros y pida
cambiarlo o ingresarlo. Hemos llegado a un límite
en que tener dinero de curso legal emitido por las propias instituciones
públicas te convierte en sospechoso.
Como decía, la jugada «maestra» consistirá en
cambiar el color de los billetes de 500. Ese cambio permite abolir los
anteriores billetes y reglamentar que dejen de ser válidos. La idea es que
cuando se emitan los nuevos haya un periodo muy breve de tiempo para ir a
cambiar los actuales. Si pasado ese periodo no se han entregado a una entidad
financiera o a los bancos centrales de cada Estado miembro adscrito al euro,
pierdes ese dinero.
Con tal plan, se desea que en unas pocas semanas
aflore todo el dinero negro que ha acabado en billetes de 500. Esto afectará
principalmente a España donde circulan una cuarta parte de todos los billetes
de 500 euros que hay en Europa. Si bien este porcentaje ha empezado a
disminuir, esta medida supondrá, en caso de llevarse a cabo, una movida en
nuestro país.
¿Qué sucederá? ¿Funcionará el plan? Rotundamente,
no. No pillarán a un solo defraudador. Piensen en términos de ajedrez de nuevo.
Lo que sucederá es de prever. Surgirá toda una red de cambio de billetes. Gente
desconocida que aceptará tu billete de 500 y te entregará,
por ejemplo, 450 euros a cambio, en billetes de 10,
20 y 50, cuyo color ya habrá cambiado. Pierdes un 10% del valor, pero si lo
entregas en el banco y no puedes justificarlo, Hacienda te reclamaría hasta el
50% de ese dinero, inspección mediante. ¿Cómo aflorarían los billetes de 500
euros las personas que los poseyeran? Encontrarían diversos modos tanto dentro
del país como fuera. Dentro del país la solución sería encontrar personas de
bajo poder adquisitivo o bajos ingresos o saldos bajos en cuenta, con poca
capacidad de ahorro, y les entregarían los billetes de 500 euros a cambio de
recibir, por ejemplo, 480 en billetes pequeños. De
este modo, el «camello» gana 30 euros por cada
cambio (los 50 que dejó de entregar por el blanqueo menos los 20 que entrega
para que alguien de bajo ahorro se lo quede). La persona que se lo ha quedado
irá al banco y dará su nombre tranquilamente pues sabe que con sus bajos
ingresos no será inspeccionado. Probablemente entregue uno o dos billetes a lo
sumo, una cantidad que bien podría tener bajo el colchón o justificar con
ingresos de los últimos dos años. Al fin y al cabo son solo 1000 euros.
También habría opciones similares con el exterior.
Es decir, que un plan de
afloramiento de dinero negro a través de un cambio
de color de los billetes de 500 euros desembocaría en el incentivo a la
aparición de una red de blanqueo y en una diseminación del precio del blanqueo
entre esta red y un muy amplio número de personas de bajo poder adquisitivo. La
medida no serviría de nada a nivel recaudatorio, pero a lo mejor se daría la
paradoja de que serviría para redistribuir algo de renta entre los más
desfavorecidos, creando una fuente de ingresos ilegal para toda esta gente.
Todo el dinero negro pasaría a billetes pequeños,
pero ¡seguiría siendo dinero negro!
CAMBIO DE COLOR DEL DINERO
Versión oficial:
Actualización de emisiones de moneda y billetes que
realizan los bancos centrales.
Versión prohibida:
Estrategia que en lugar de hacer aflorar el dinero
negro, crea redes de blanqueo y de ingresos ilegales.
Intentar controlar lo incontrolable y no regular lo
regulable. Esa es la enfermedad de los estados en relación con la economía. El
día en que analicen
la economía a partir de la antropología o la
psicología las cosas cambiarán. Mientras tanto, seguiremos comiéndonos
problemas de regulación.
Tomemos como ejemplo la regulación financiera
puesta en marcha a partir de la última crisis en que la
población suscribió productos financieros opacos.
El Estado piensa que evitará esto en un futuro a través de mayor regulación.
Pero no lo logrará. Por lo menos no a través de la regulación, sino de la
educación y la cultura.
La venta de productos financieros de elevado riesgo
a ahorradores sin perfil inversor no se soluciona mediante
normas, sino a través de la educación. Sin esta, en
cuanto la tormenta pasa, la gente vuelve a las andadas y pide ser engañada.
Muchos piensan que lo peor de la crisis financiera ya ha pasado, pero se
avecina otra explosión de burbuja mucho mayor que la que hemos vivido y que se
está produciendo a través de la venta de fondos de inversión de renta fija que
contienen bonos basura corporativa. Bonos y obligaciones de empresas que rinden
entre un 5% y un 9% cuando el precio del dinero está por debajo del 1%. Como
ahora no hay pánico financiero, la gente vuelve a no preguntar y a comprar lo
que dé una buena rentabilidad. Y
volverá a explotar la burbuja. La regulación ya
existía cuando las preferentes y las subordinadas. Lo que necesitamos es que la
gente comprenda que cuando el tipo de interés oficial está en el 1%, cualquier
rentabilidad por encima de esa cifra entraña un riesgo de perder el capital. Y
eso no es un asunto de regulación, sino de educación.
REGULACIÓN
FINANCIERA
Versión oficial:
Actividad normativa de las autoridades económicas,
fiscales o monetarias con el fin de garantizar la
legalidad de las actividades financieras de un
Estado o conjunto de estados y de proteger a los inversores.
Versión prohibida:
Intento de fijar por decreto ley la cultura
financiera de un país.
En cambio,
otras cosas que
sí serían
fácilmente regulables por ley, se dejan aparcadas
precisamente por cuestiones culturales como, por ejemplo, la morosidad.
La morosidad se ha planteado como un problema
empresarial de origen económico. En teoría, uno no paga porque no puede. En
algunos casos puede ser así, pero la realidad es que la
morosidad está directamente relacionada con la
laxitud legal de un país para con los caraduras y profesionales del impago.
En Francia, por ejemplo, si a alguien se le ocurre
firmar un talón sin fondos, esa persona queda automáticamente excluida del
sistema bancario. Es decir,
ningún banco le abrirá una cuenta corriente ni le
volverá a dar una chequera durante un buen tiempo. Por eso en Francia se acepta
que te paguen con talones. En España, no los aceptamos a no ser que estén
conformados por el banco o provengan de alguien de mucha confianza. ¿Por qué?
Pues porque si aquí firmas un talón y luego no hay dinero, no pasa nada.
Absolutamente nada.
La morosidad es una tradición cultural. Y las
tradiciones culturales son a menudo el legado de la «historia» normativa de un
país. Si un moroso recibiera una sanción bien ejemplar, se le expulsara del
sistema bancario
durante un tiempo como a quien le retiran el
permiso de conducir o, sencillamente, se le impidiera hacer negocios por
haberse dedicado a jugar con la confianza de su acreedor, les aseguro que la
morosidad caería en picado.
Habrá quien diga que en el caso de una persona que
se quede sin empleo y no pueda pagar su hipoteca la morosidad sí tiene un
origen económico.
Sí y no. Les aseguro que con una cultura distinta
de la morosidad, la burbuja inmobiliaria de este país habría sido otra. Y no
habríamos asistido a estos niveles de impago.
Por supuesto que siempre hay
excepciones y puede alguien verse inmerso en un
problema económico puntual. Pero en términos agregados, en términos globales,
la morosidad total de un país depende de sus leyes y de las consecuencias para
quienes no pagan. La morosidad no es un asunto económico. Es un asunto típico
de los países de pandereta, donde se instala la picaresca y la caradura.
La morosidad es una cuestión cultural que, en
cambio, se podría corregir con un decreto ley.
MOROSIDAD
Versión oficial:
La morosidad se define como el retraso o lentitud
en el cumplimiento de un pago. Los clientes morosos son aquellas personas que
exceden del plazo de tiempo de crédito otorgado para pagar sus cuentas.
Versión prohibida:
La morosidad es una costumbre y una tradición
cultural.
Esta es la paradoja de los estados modernos. La
cultura de un país no se puede elevar por ley, pero la ley puede
modificar los vicios culturales del mismo. El día
en que esto lo comprendan los legisladores y políticos, la economía empezará a
salir de su lado oscuro.
Si se percata el lector, todo redunda en lo mismo.
Los gobiernos buscan cómo obtener recursos o generar crecimiento a través del
trucaje de instrumentos económicos que tienen otra función distinta. No lo
olviden. La realidad es tozuda. Muy tozuda. Y si algo tiene la economía es que
se asemeja, sin ser igual, a la física. Nada puede suceder sin que haya un
efecto en el sentido contrario que lo compense. Nada es gratis.
Los gobernantes han creído durante mucho tiempo que
el crecimiento económico podía hacerse desde fuera de la economía real, sin que
las cosas cambien, solo a través de la creación de dinero o del gasto. Se han
utilizado el endeudamiento, la deuda pública, el déficit y la expansión
monetaria como formas de adelantar un crecimiento de forma ficticia que luego
ha acabado pasando factura porque estaban sustentados en la nada o, más bien,
en adelantar gasto de ingresos futuros. Y los ingresos futuros están ya comprometidos.
El más kafkiano ejemplo de este «lado oscuro» de la economía lo tenemos en un
instrumento
de crédito privado, cuya existencia y continuidad
comprometen ya a cualquier Gobierno. Me refiero a la:
TARJETA DE CRÉDITO
Versión oficial:
La tarjeta de crédito es una tarjeta de plástico
con banda magnética o microchip, emitida por una entidad financiera, que
permite a su beneficiario utilizarla como medio de pago.
Versión prohibida:
La tarjeta de crédito es un truco para que el PIB
de un país sea un 8% mayor de lo que podría ser, y de forma permanente.
La tarjeta de crédito se concibió como un medio de
pago, de forma que uno
pudiera andar por el mundo sin dinero. Lo de
crédito no se refería tanto a que te prestasen un dinero como a que te daban la
confianza suficiente como para garantizar que ibas a pagar a final de mes todo
aquello que gastases.
El problema es que se nos ha ido la mano con la
tarjeta de crédito y, si bien se pensó para compras de ciertos importes o
viajes al extranjero, la hemos acabado utilizando hasta para pagar un café en
el bar.
Patada pa’lante. Voy justo de dinero y pago con
tarjeta. Como me lo cargarán el mes que viene cuando ingrese la nómina, pues es
la forma de gastarse parte del sueldo del mes siguiente. Es la
versión moderna del anticipo de nuestros abuelos
cuando, ante un apremio, le pedían al patrón un adelanto de sueldo. Ahora no
hace falta sonrojarse ni pedir favores al director. Basta con pagar intereses o
que los
comercios paguen un impuesto revolucionario a las
multinacionales garantes del salario del mes que viene, cuyo único riesgo es
que la Tierra siga girando 30 días más para recuperar lo que avanzaron. El día
que eso no pase y el tiempo se detenga, la quiebra será de órdago, pero eso ya
dará igual a estas empresas porque será el fin del mundo. Mientras haya un mes
más, no tendrán demasiado problema. Quiebran los
bancos, pero… ¿ha oído de alguna empresa financiera
tipo VISA, American Express, MasterCard o similar que haya quebrado? No. ¿Por
qué? Pues porque ha pasado un mes más desde el anterior.
Sea como sea, las familias le hemos cogido gustillo
a la tarjeta de crédito y hay gente que, poco a poco, ha ido disponiendo de
saldo hasta el punto de que cuando les ingresan la nómina, la pensión o la
prestación de desempleo, desaparece de la cuenta lo que ingresan porque llega
el recibo de la tarjeta de crédito. Eso se llama pasar a vivir de la tarjeta de
crédito y es el deporte favorito de los españoles después del fútbol.
La ventaja es que eso permite vivir doce meses con
los ingresos que conseguimos en trece, lo que, multiplicado por todos los
habitantes de España, supone que el consumo anual del país se componga de un
mes más de los que tiene el calendario.
VISA y sus hermanas han logrado que vivamos un
doceavo por encima de nuestras posibilidades, es decir, un 8%.
El asunto ha llegado hasta el Ministerio de
Economía, que sabe perfectamente que sin tarjetas de crédito nuestra economía
caería en lo que llamaríamos un crac sin precedentes, esto es, una caída del
8%: casi tres veces lo que cayó el año 2009, el peor
año de la crisis.
Y por ese motivo, las tarjetas de crédito no pueden
ya desaparecer de nuestras vidas ni de nuestras economías. Hemos pervertido su
uso hasta el punto de que si VISA y compañía desapareciesen, se produciría un
crac peor que el de 1929.
La verdad es que he calculado grosso modo ese 8% de
incremento de volumen económico que suponen las tarjetas de crédito. Es
imposible saberlo con exactitud. Esto que me ha pasado con este dato es algo
habitual en todas las magnitudes nacionales y le sucede igual a la mayoría de
instituciones del Estado cada vez que se ponen a
cuantificar algo. Hablemos ahora de
cuantificaciones.
Medir no es un asunto fácil. Y medir magnitudes
agregadas menos aún. Cuando estas magnitudes hacen además referencia a todo un
país, la tarea se convierte en todavía más ardua. Los
estados disponen de grandes profesionales y
economistas que podrían hacer bien su trabajo si no fuera por las repercusiones
políticas de sus datos.
En una contabilidad nacional toda medición es
aproximada. El problema es que, además, las mediciones están manipuladas debido
a determinados intereses políticos. No puedo terminar este capítulo de
pinceladas sobre el lado
oscuro de la economía por parte de gobiernos sin un
breve apunte a la falsedad econométrica como instrumento político.
CONTABILIDAD
NACIONAL
Versión oficial:
La contabilidad nacional es un registro numérico
sintetizado, que describe las características y el resultado de un sistema
económico a través de un conjunto de cuentas, que ofrecen una representación
numérica sistemática de la actividad económica realizada en ese sistema
económico, durante un periodo determinado.
Versión prohibida:
Medición de magnitudes agregadas que, debido a que
los economistas no pueden medir con exactitud, los
políticos pueden manipular con impunidad.
La lista de variables y magnitudes con las que
ilustrar esta definición es tan larga que daría para un libro entero, así que
me conformaré con solo tres que son tan conocidas como relevantes para su
bolsillo: el PIB, el IPC y la tasa de desempleo.
PIB son las iniciales de Producto Interior Bruto y
mide la totalidad de bienes y servicios producidos en un país durante un
periodo de tiempo normalmente igual a un año. El PIB lo calcula trimestralmente
el Instituto Nacional de Estadística (INE) sumando
el consumo, la inversión, el gasto público y las
exportaciones menos las importaciones. El gasto público es una información que
controla al 100%, pero el consumo e inversión, incluso algunas exportaciones e
importaciones, están sujetas a la economía sumergida.
El volumen de la economía sumergida no se incluye
en el cálculo del PIB y, sin embargo, en España se estima que está entre un 18%
y 25% de este. Tengamos en cuenta que la economía sumergida aumenta en años de
crisis y se reduce en años de expansión; que aumenta si hay más corrupción y si
suben los impuestos. Desde 1980, el PIB se ha multiplicado por dos, mientras
que
la economía sumergida se ha multiplicado por
cuatro, pasando de porcentajes inferiores al 12% a porcentajes cercanos al 24%.
Para hacernos a la idea de la manipulación a la que
puede estar sometido el cálculo del PIB tengamos en cuenta que una reciente
directiva comunitaria determinó que los países de la UE debían incluir en el
cálculo del PIB las actividades del contrabando de droga, tabaco y la
prostitución. Esto no solo es economía sumergida, son actividades ilegales.
Incluir actividades ilegales en lo que produce un país es equivalente a
calcular cuánta gente tiene empleo en el mundo incluyendo a los
esclavos y los trabajadores no remunerados. Sí,
seguramente el paro bajaría bastante.
El dato es que estas actividades aportaron al PIB
español de 2010, 5413
y 3789 millones de euros, respectivamente.
Aparte de la hipocresía e inmoralidad de incluir
estas actividades mientras que la economía sumergida legal sigue sin
contabilizarse, la pregunta es: ¿cómo lo calculan si son
actividades fuera del control administrativo? Pues
el INE usa datos provenientes de incautaciones y alijos, de encuestas sobre
drogas, de venta y consumo de tabaco o de asociaciones
relacionadas con estos sectores.
En definitiva, que el dato más importante de un
país, que mide su producción, es un dato infravalorado por culpa de la economía
sumergida y sujeto en algunas de sus partidas a estimaciones y encuestas. En
realidad, el PIB, así como toda la contabilidad nacional, es solo una
aproximación contable. El problema es que dependemos de entre uno o tres puntos
porcentuales para concluir que el país va bien o va mal. Si el PIB es de -1%,
se llama «recesión». Y cuando sube más de un 2%, decimos que no solo crece, sino
que crea empleo.
Solo las oscilaciones de la
economía sumergida en un año pueden doblar este
porcentaje. Un cambio de criterios en la forma de realizar estimaciones
fácilmente puede afectar al resultado en más de un 1%. Es cierto que el INE,
entidad profesional sometida a presiones políticas, persigue la transparencia y
está sujeta a un código de buenas prácticas. Para ello, trata de mantener los
sesgos constantes. Es decir, conservar criterios a lo largo del tiempo, aunque
sean sesgados, para al menos medir las variaciones de forma correcta. Aun así,
el PIB no deja de ser un indicativo, como lo son sus variaciones. El mejor
indicador de cómo evoluciona el PIB son los
comentarios en los bares, las sensaciones que
transmiten empresarios y trabajadores y lo que oiga acerca de cómo van las
cosas en charlas de amigos y familiares.
PIB
Versión oficial:
Son las siglas de Producto Interior Bruto y
constituye el conjunto de bienes y servicios que se producen en un territorio
durante un periodo determinado, normalmente igual a un año.
Versión prohibida:
Medición aproximada de la actividad de un país,
que, de todas las actividades no declaradas, incluye solo las ilegales.
Entre las mediciones «aproximadas», la verdad es
que la del PIB afecta más al
ánimo que a nuestro bolsillo, cosa que no sucede
con el IPC (el Índice de Precios al Consumo), dado que se utiliza como
referencia para las subidas de salarios y los convenios colectivos. Claro, aquí
sí que una divergencia estimativa puede tener un impacto porque, si el INE nos
dice que los precios suben un 2%, será ese el aumento que se calculará para
nuestros salarios. Si luego vemos en el súper subidas más elevadas, pues
directamente nos estamos empobreciendo.
Como es imposible sumar todos los aumentos de
precio de la totalidad de productos y servicios del país, el INE realiza un
muestreo. Para ello define
primero lo que se denomina «cesta de la compra» y
que intenta ser una representación de lo que las familias gastamos y
consumimos. En total, se han escogido 491 artículos y hacen referencia tanto a
alimentación como a ocio o transporte, educación, etc.
La cesta de la compra no deja de ser un conjunto de
productos y servicios, pero, como todo promedio, no representa realmente la
cesta de nadie.
CESTA DE LA COMPRA
Versión oficial:
Conjunto de bienes y servicios que representa el
consumo normal de una familia media de un estrato determinado de la población y
que sirve de base para elaborar números índices del coste de la vida.
Versión prohibida:
Cesta de productos cuya probabilidad de que
coincida con lo que usted o cualquier español compra es inferior a que le toque
el gordo de Navidad.
Pero de acuerdo, necesitamos un conjunto de
productos para estimar
cuánto aumentan los precios.
Lo siguiente es tomar datos de puntos de venta e ir
anotando cómo evolucionan los precios para determinar el IPC. Se realizan un
total de 220 000 observaciones en toda España. La verdad es que son muchas,
pero si tenemos en cuenta que se muestrean 491 productos y 52 provincias, sale
a ocho observaciones por producto y provincia española. Es decir, que, por
ejemplo, en Barcelona se habrá muestreado el precio de la barra de pan en un
total de ocho panaderías para determinar el IPC que afectará a las baguettes de
todas las panaderías de esa ciudad.
Sea como sea, recoger tantos precios
es un esfuerzo enorme y el INE realiza un trabajo
encomiable. El problema que nos encontramos es que un promedio de tantos
promedios utilizado para aumentar precios produce grandes injusticias.
Es un misterio cómo desde la adopción del euro los
precios se han disparado y, sin embargo, el IPC sigue reflejando aumentos
moderados. Esto es lo que en la cafetería de debajo de mi casa y en la
panadería del barrio me cobraban en 2001 comparado con lo que me piden hoy:
Si el aumento de los salarios ya ha estado por
debajo del IPC (por lo menos desde 2009) y los precios de la calle los vemos
aumentar por encima del IPC, pues el empobrecimiento de los españoles a través
de la pérdida de poder adquisitivo ha adquirido unas
proporciones absolutamente desconocidas. Nadie sabe
cuánto más
pobre somos porque según el IPC las cosas solo son
un 38% más caras que hace 15 años.
Y luego se extrañan del auge de
PODEMOS.
IPC
Versión oficial:
El Índice de Precios de Consumo (IPC) es una medida
estadística de la evolución del conjunto de precios de los bienes y servicios
que consume la población residente en viviendas familiares en España.
Versión prohibida:
El IPC oficial es el mayor de los misterios de la
economía.
Vamos ahora con cómo se mide el desempleo. A
principios de 2014, la EPA (Encuesta de Población Activa) contabilizaba 5,89
millones de parados,
mientras que el INEM arrojaba la cifra de 4,72
millones de parados. ¿Cómo puede haber una diferencia tan elevada?
La EPA, que realiza el Instituto Nacional de
Estadística, es, como dice la palabra… ¡una encuesta! Y como tal, es una
absoluta estimación. Es cierto que la muestra es muy grande (60 000 familias),
pero no deja de ser una entrevista y sujeta a un declarativo de una persona. En
la EPA se considera un parado a alguien en edad de trabajar, que busca empleo
pero que no lo encuentra o no lo tiene en el momento de la entrevista.
En cambio, el INEM cuenta el número de personas
apuntadas al paro.
Hay mucha gente que no se apunta al paro porque ya
no va a cobrar la prestación, o bien porque son estudiantes o recién
licenciados o personas sin derecho a la prestación y que están empezando a
buscar empleo por vez primera en su vida. Pero son desempleados. Tampoco se
apuntan los inmigrantes ilegales. Además, tengamos en cuenta que se estima un
millón de personas trabajando en negro.
O sea, que en el primero de los casos es una
encuesta y en el segundo es un censo pero al que no se apunta todo el mundo.
TASA DE PARO
Versión oficial:
Porcentaje de población activa sin empleo.
Versión prohibida:
Porcentaje de gente que no sabemos qué hace.
Nadie sabe a ciencia cierta cuántos desempleados
hay en España; nadie sabe a ciencia cierta cuánto suben los precios; nadie sabe
a ciencia cierta cuánto aumenta la economía.
He descrito solo tres magnitudes:
producción, precios
y desempleo pero
realmente, a ciencia cierta, en contabilidad
nacional, no se sabe con exactitud nada de nada.
LOS BANCOS
Dentro de los distintos apartados de
este libro de conceptos prohibidos y verdades
escondidas, los bancos y el sector financiero en general merecen un capítulo
aparte.
El negocio de un banco es muy simple. Cobran, por
prestar, más de lo que pagan cuando son ellos, los bancos, quienes piden
prestado. Si vuelven a leer la frase se darán cuenta de que es de una
perversión absoluta. Si usted pide prestado, ha de pagar dos al banco; pero
cuando usted le «preste» al banco,
este le pagará uno a usted. Es así de simple y a
este diferencial se le denomina «margen de intermediación».
La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué los mortales
tenemos que recibir menos intereses que los bancos? O, más grave todavía, ¿por
qué el propietario del dinero ha de recibir menos que quien se ocupa «solo» de
colocarlo?
La respuesta que un banquero le daría es que ese es
el margen por realizar esa tarea: por ganarse la confianza de los depositantes,
por custodiar su dinero, por analizar bien a qué clientes prestar o no prestar
en función de su solvencia, etc. Los bancos, le dirán, somos quienes
canalizamos el
ahorro de unos y lo convertimos en inversión de
otros. Somos el canal a través del cual el dinero que a unos les sobra puede
ser destinado a financiar a quienes lo necesitan y no lo tienen. Y por eso
cobramos un interés adicional.
Es una buena respuesta. Y sin duda es una función
importante. Pero enseguida surgen dos preguntas más para cuestionar el hecho de
que pagar por lo que nos prestan los bancos más que lo que ellos pagan a
quienes en realidad ahorran ese dinero es bastante cuestionable. La primera
pregunta es: ¿por qué el sector bancario tiene la exclusiva de canalización del
ahorro?
Aquí le dirán que el sector bancario
debe ser un sector regulado. Le dirán que en la
historia de la banca se cometieron muchos abusos, timos y quiebras que se
llevaron por delante a ahorradores y en algunos casos llegaron
a provocar crisis económicas importantes, como fue
el crac de 1929. Le dirán que no se puede otorgar a cualquiera la potestad de
ser depositario del dinero de la gente ni, sobre todo, la de prestar ese
dinero. Sería una buena respuesta si no fuera porque se siguen cometiendo
igualmente abusos, timos, quiebras y rescates. Y ni poco habituales ni
pequeños, por cierto.
Y la segunda pregunta es: aun aceptando esa
exclusividad, ¿por qué
deben los bancos obtener su beneficio a base de
pagar menos interés del que cobran? Incluso voy un punto más allá. ¿Por qué los
bancos deberían ganar tanto dinero? ¿Acaso no cumplen una función social, la de
canalizar el ahorro para que se convierte en inversión? Si su función es la de
custodiar el ahorro y canalizarlo hacia quienes quieren pedir prestado para
invertir o consumir, ¿no sería más lógico y justo que el tipo de interés que
pagan a los depositantes fuera el mismo que pagan a quienes piden prestado?
El margen para costear sus oficinas, remunerar a
los trabajadores y financiar sus anuncios corporativos de niños con
cometas podría provenir de una cantidad fija, unos
honorarios normales como los que cobra un abogado por un pleito o un economista
por un peritaje. En este caso, el banco recibiría unos honorarios por cada
operación de crédito o por cada inversión que realicen para sus clientes.
LAS DEFINICIONES PROHIBIDAS DE:
Margen de intermediación.
Banco.
Coeficiente de caja.
Departamento de riesgos.
Hipoteca.
Plazo de amortización hipotecaria.
Director de sucursal bancaria.
Acciones preferentes.
Ingeniería financiera.
Tasa de morosidad bancaria.
Consejeros de las cajas de ahorros.
Caja de ahorros.
Comisión anual.
Números rojos.
Banca online.
Interés personalizado.
Denegación de crédito.
Fecha valor.
Variación de tipos de interés.
MARGEN DE INTERMEDIACIÓN
Versión oficial:
El margen de intermediación representa la
diferencia entre el producto obtenido por la colocación de los recursos
(intereses cobrados o productos financieros) y el coste de captación de los
mismos (intereses pagados o costes financieros). También se le denomina «margen
financiero».
Versión prohibida:
Beneficio privado que emana de una función social,
la de convertir el ahorro en inversión.
La
mayor parte de
banqueros, financieros y también
muchos de mis colegas
economistas negarán esta definición y
sostendrán que es una
deformación de la realidad. Yo pienso que es la realidad, la pura verdad. De
hecho, las cajas de ahorros, de las que hablaré más adelante, eran la respuesta
para que el beneficio que generan los
créditos revirtiera en
la sociedad, en este caso en forma de obra social. Todo se
truncó. Pero no nos adelantemos aún. Permítanme argumentar un poco más la
previa definición. Y, para ello, vayamos a la naturaleza de las cosas, a la
esencia. El dinero que presta un banco no le
pertenece, es de sus clientes: gente como usted o
como yo que abrimos una cuenta corriente o un deposito a plazo y,
sencillamente, deseamos que el banco se lo guarde para no tenerlo en casa,
donde podrían robarnos.
Los bancos nos han ido acostumbrando a que exijamos
una cierta rentabilidad por nuestros depósitos. Una prueba es que el sector
financiero es el único que en los anuncios de televisión publicita lo que te
pagan en lugar de lo que te cobran. Cuando anuncian un detergente por
televisión, nos comunican el precio o la oferta. Nos informan de lo que
tendremos que pagar. En cualquier
sector de actividad el vendedor ofrece un producto
o servicio a cambio de un precio que deberemos abonar. Solo hay un sector donde
se publicita que nos van a pagar dinero si decidimos ser sus clientes: el
bancario. «Si eres cliente mío, yo te pago». Y esto es así porque,
sencillamente, prestan un dinero que es de los depositantes. Si el dinero fuera
suyo, les aseguro que estos anuncios serían innecesarios.
A los bancos les ha sido muy útil acostumbrarnos a
abrir cuentas para obtener una rentabilidad porque así pasan por alto el hecho
de que quieren nuestro dinero para, a su vez, prestarlo. El matiz es relevante
porque en el
origen, en el fondo, la mayoría de nosotros no
llevamos el dinero al banco para que nos den un poquito más, sino para que lo
guarden, para que lo protejan. Pero esto se ha desvirtuado, como tantos otros
conceptos y herramientas que constituyen este libro.
Si conoce a algún empleado de banca que trabaje en
ventanilla de cara al público, pregúntele qué hacen algunas personas mayores
cuando acuden a comprobar el saldo de su libreta de ahorro. «Tiene usted 1200
euros», les informa, por ejemplo, el empleado. Y entonces, el jubilado
responde: «No, no, enséñeme el dinero, quiero ver los 1200 euros». Y el
encargado, resoplando,
abre el cajón, extrae 1200 euros cualesquiera, se
los muestra para que el anciano responda: «De acuerdo, ya puede guardarlos».
Desde luego no es algo habitual. Sin embargo, esta
anécdota refleja muy bien el hecho de que la gente cree que el banco tiene su
dinero guardado.
¿Alguna vez ha ido a un banco y, tras depositar un
dinero, el empleado le ha preguntado: «Este dinero que me confía, quiere que lo
guarde o lo presto»?
Nunca.
¿Qué respondería usted si le preguntaran eso? Yo
creo que la mayoría de la gente diría que no quiere que su dinero sea prestado,
que lo que quiere
es que lo guarde a buen recaudo y que responda de
él en cualquier momento del futuro.
Claro, el del banco le dirá entonces: «Si no quiere
que lo preste, no le puedo remunerar la cuenta, no le daré ningún interés».
¿Qué haría usted? Bien, tendría dos alternativas:
una, decir que vale, que le da igual no recibir nada de interés; y dos, decir
que sí que quiere algo de rentabilidad y, por tanto, accede a que su ahorro sea
prestado.
Pero por lo menos podría escoger libremente. En
cambio, estas opciones no se las ofrecen nunca. Usted deposita el dinero y el
banco, dentro de los
límites que le impone el regulador, hará a partir
de ese momento lo que quiera con su dinero. De ahí que me parezca injusto que
el banco preste a un interés más caro de lo que remunera a los ahorradores.
Porque el dinero no es suyo y, además, los depositantes no damos permiso
explícito para que nuestro ahorro sea prestado a terceros. Pienso que los
bancos no deberían ser negocios tan rentables, deberían hacer una función
social, ser dinamizadores de la economía a cambio de unos honorarios adecuados.
Y los tipos de interés deberían ser los mismos para todo el mundo. El ahorro
debería recibir el mismo tipo de interés que, por
recibirlo, paga el que lo recibe prestado. Esa es
mi humilde, y controvertida, opinión.
Y eso nos lleva a la definición prohibida de banco:
BANCO
Versión oficial:
Un banco es uno de los tipos de entidades
financieras que prestan servicios bancarios, es decir, que pueden captar fondos
del público. Los bancos tienen reservada por ley, con carácter exclusivo y
excluyente, la actividad de captación de fondos.
Versión prohibida:
Empresas que tienen la exclusiva gubernamental para
prestar un dinero que no es suyo.
En efecto, todos sabemos que el banco presta el
dinero que depositamos. Pero
confiamos que lo haga con la prudencia suficiente
para que, si yo necesito retirarlo, disponga de suficiente efectivo para
devolvérmelo. ¿Y cuánto es ese
«suficiente» efectivo? A ese «suficiente» se le
denomina en economía el «coeficiente de caja» y lo fijan las
autoridades monetarias (bancos centrales).
Pues bien, el coeficiente de caja es en estos
momentos del 1%. Supongo que el lector se habrá quedado tan campante. El truco
para que no se inquiete es llamarlo «coeficiente de caja». Y es que a los
bancos les interesa que se hable poco de ese coeficiente. De ahí el nombre «de
caja». La caja es asunto del
banco, no nuestro. Lo que tenga en caja el banco
nos preocupa relativamente poco. Es su problema.
¿Y si lo llamásemos «coeficiente de sus ahorros que
va a ser prestado a terceros»? Seguramente la gente le prestaría más atención,
ya que lo que los bancos no guardan en caja, lo van a prestar, y eso significa
que:
Dado que el coeficiente de caja es del 1%, el
«coeficiente de sus ahorros prestado a terceros» es del 99% (excepto recursos
propios y beneficios).
Sí, lo ha oído bien. El banco tiene permiso para
prestar y, de hecho ha prestado, a constructores, promotores inmobiliarios,
empresarios, inversores, familias que adquieren una vivienda o que piden
prestado para un viaje el 99% del ahorro que usted depositó en el banco. No
deja de ser escalofriante pensar que el 99% del saldo que tiene en cuenta está
en realidad en manos de otras personas y tienen aún que devolverlo.
Es un mecanismo que genera mucho
crecimiento económico, pero a la vez es un esquema
muy frágil.
Pero no corra aún a su banco a retirar el dinero.
Se sabe que, sumando a todos los depositantes, con ese 1% habrá suficiente.
Además, si cunde el pánico, papá banco central aportará la liquidez que haga
falta para que todos volvamos a casa pensando que podríamos retirar lo que
quisiéramos y así no retiremos nuestro dinero en efectivo.
Es inaceptable, bajo mi punto de vista, cómo los
bancos centrales fijan el «coeficiente de caja» (e, indirectamente, el
«coeficiente de sus ahorros prestado a terceros»). Si no hay crisis financieras
ni escándalos, si se vive una época tranquila, el
coeficiente debería ser más bajo, pudiendo los bancos prestar más y guardar
menos para atender peticiones de retirada de saldos (si por ellos fuera,
prestarían el 100%). En cambio, si hay nervios y preocupación en los mercados,
las autoridades monetarias deberían obligar a los bancos a tener más en
reservas, por si acaso. Eso es la teoría porque en la práctica, por lo menos en
Europa, el Banco Central Europeo modula el coeficiente de caja según su interés
en acelerar o desacelerar la economía, utilizándolo como un mecanismo para la
creación o destrucción de crédito. Así, en el año
2011, a fin de que el crédito aumentase y la
economía creciera, decidió bajar el coeficiente de caja del 2% al 1%.
No deja de ser paradójico que el coeficiente de
caja se fije por criterios políticos más que por criterios de seguridad.
COEFICIENTE DE CAJA
Versión oficial:
El coeficiente de caja indica el porcentaje del
dinero de un banco que debe ser mantenido en reservas líquidas y, por tanto,
sin que pueda ser usado para invertir o hacer
préstamos. Las autoridades monetarias de cada país
establecen un coeficiente mínimo de reservas que todas las entidades
financieras han de cumplir.
Versión prohibida:
Es la parte de sus ahorros que, según interese a
los políticos, se detraerá de las reservas bancarias para conceder todavía más
créditos.
Una paradoja en la que poca gente ha reparado es
que el coeficiente de caja bancario está fijado en un porcentaje que las
propias entidades financieras no aceptarían, ni de largo, de un cliente para
otorgarle un crédito. Los bancos son las empresas más apalancadas del mundo.
Una empresa apalancada significa que se financia con dinero que no es suyo. Y
este es precisamente el caso de los bancos. Estos tienen un nivel de deuda
enorme, pues deben a los depositantes su dinero, dinero que no tienen porque lo
han destinado a otorgar créditos a terceros. El endeudamiento de los bancos no
solo es enorme, es el más
elevado en comparación a cualquier otro sector de
actividad. De hecho, si una empresa acude a una entidad financiera a solicitar
un préstamo y muestra un balance con el mismo nivel de endeudamiento que el
banco, se le diría: «Oiga, el 99% de su balance es deuda, yo a usted no le
presto ni un euro». Eso es lo que el banco le diría, a pesar de que su balance
es exactamente el mismo.
Los bancos deciden quién es merecedor o no
merecedor de crédito a través de unos departamentos llamados «de riesgos», que
son quienes evalúan el riesgo de impago y que, a tenor de lo anterior,
podríamos definir del siguiente modo:
DEPARTAMENTO DE RIESGOS
Versión oficial:
La principal función de los departamentos y/o áreas
de riesgo crediticio es determinar el riesgo que significará para la
institución otorgar un determinado crédito, y para ello es necesario conocer a
través de un análisis cuidadoso los estados financieros del cliente, análisis
de los diversos puntos, tanto cualitativos como cuantitativos, que en conjunto
permitirá tener una mejor visión sobre el cliente y la capacidad para poder
pagar dicho crédito.
Versión prohibida:
Departamento del banco que deniega el crédito a
personas o empresas igual de endeudadas que el propio banco.
En resumen, estos son los elementos más obviados de
los sistemas bancarios modernos: que prestan lo que no es suyo sin permiso del
depositante; que cobran más por prestar que por tomar prestado, siendo la
canalización del ahorro una función social; y que deniegan el crédito a
empresas o personas que tengan la misma deuda que ellos.
Siendo esta la verdad prohibida de lo que es un
negocio bancario, puede
usted imaginar que el resto de sus actividades son
solo una extensión de esta perversión económica. Y, sin duda, la máxima
perversión es la…
HIPOTECA
Versión oficial:
Derecho que se constituye sobre los bienes de un
deudor, o de quien avala la deuda, en beneficio de un acreedor, para asegurar
con estos bienes el pago de la obligación. Si la deuda no es pagada el acreedor
tendrá derecho a quedarse con los bienes hipotecados o a rematar los mismos
para cubrir los saldos pendientes. Las
hipotecas generalmente se constituyen sobre
inmuebles y viviendas. Un banco financia la compra y el comprador garantiza con
la hipoteca el pago.
Versión prohibida:
Una hipoteca es un crédito personal disfrazado de
proyecto familiar.
Me explicaré. Lo que ocurre en España con las
hipotecas es de juzgado de guardia. Les explicaré una anécdota personal. Cuando
firmé la hipoteca con la que compré el piso donde actualmente vivo, mi padre,
que estudió oposiciones a corredor de comercio, no daba crédito a la cláusula
que decía que, en caso de impago, tras embargar y liquidar el piso, si quedaba
algo a deber, el banco todavía podía ir contra mí. Mi padre era una persona
culta; las oposiciones a corredor de comercio, cuerpo que se acabó unificando
con el de notarios y
agentes de cambio y bolsa eran de las más duras que
había. Por tanto, hablo no solo de una persona formada y con una licenciatura
superior, sino además especializada en derecho mercantil a un nivel máximo
dentro de los distintos cuerpos de opositores del Estado. Mi padre me dijo,
literalmente, que si esa cláusula era cierta, todo lo que había estudiado sobre
derecho hipotecario y sobre garantías se derrumbaba.
Yo le respondí: «Papá, no solo es cierto que el
banco me ha puesto esta cláusula, sino que la está incluyendo en casi todas las
hipotecas de España».
Su duda era muy simple: ¿de qué sirve la garantía
hipotecaria si la dación
del piso no es suficiente en caso de quedar algo a
deber? La respuesta: no sirve de nada. No tiene utilidad.
Para demostrarlo pondré un caso extremo. Pongamos
que solicito una hipoteca de 200 000 euros y me compro un piso del mismo
importe. Al día siguiente, sin haber pagado ni siquiera el primer recibo,
resulta que me despiden y me quedo sin empleo. Al cabo de muy poco me embargan,
el banco vende el piso y como el tasador tiró un poco alto, le dan 180 000
euros a la entidad financiera por mi piso. Tengo aún una deuda de 20 000 euros
con el banco para lo que no hay más garantías. En definitiva, que es como si hubiera
solicitado un crédito personal de 20 000 euros.
Bueno, miento. La única diferencia es que en el crédito personal el dinero es
para un viaje, un capricho o una necesidad concreta, a veces apremiante. En la
hipoteca, en cambio, hay un proyecto familiar. Pero bien mirado, restado lo que
el banco saque por la casa, lo que al final va a quedar va a ser un crédito
personal. Es la pura verdad. Y es una vergüenza porque, como mi padre me decía,
¿de qué sirve entonces el bien que actúa como garantía? Solo para aminorar una
deuda en caso de impago. Para nada más. Cuando firmamos una hipoteca en
realidad aceptamos dos préstamos. Uno
por lo que el banco pueda sacar por la casa y otro,
personal, por el resto. En España no tenemos hipotecas. Nos han
colocado créditos personales gigantescos
parcialmente garantizados por el valor de la vivienda.
Lo de la dación en pago que tanto se discute ahora
es mucho más que un derecho. Lo contrario, lo que nos vendieron, ni siquiera lo
contemplaban las leyes. La dación en pago, para quien no lo conozca, significa
que si no puedo pagar la hipoteca, entrego la casa y con eso el banco se ha de
dar por pagado. Le quede algo o no por recuperar una vez la venda. Así es como
funciona en la mayoría de sitios. En casi todos los
países del mundo, las hipotecas son hipotecas. El
piso responde y, si falta algo, mala suerte para el banco. Pero dejan en paz a
las personas porque en un mundo justo se hipotecan bienes, no seres humanos. En
el extranjero, las personas no son objeto de hipoteca. Y es por eso que ahí no
existe una expresión típica de España: «Yo estoy hipotecado». Esa frase no
tendría sentido para ellos.
En relación con las hipotecas, nos hemos
acostumbrado a que estas puedan durar 30, 40 y hasta 50 años, plazo que fue
incluso defendido por el Banco de España. Llegó incluso a publicarse la
posibilidad de crear unas hipotecas cuyo
plazo de amortización se extendiese más allá de la
vida del propietario y prosiguiera hasta sus herederos. Esta es otra de las
aberraciones económicas más espectaculares que hemos asumido como normal. No se
puede modular la duración de una carga financiera sobre una persona como
respuesta a una burbuja inmobiliaria. Para que el precio pudiera seguir
subiendo, se aumentaron los plazos de las hipotecas. Era la única forma de
rebajar las cuotas mensuales y que estas encajasen con el nivel salarial del
país. Si se hubiese fijado un plazo máximo al endeudamiento personal, los
precios de los inmuebles se habrían contenido, pero no, el sistema financiero
ha dado prioridad a la ley de la oferta y la
demanda por encima de la dignidad y el derecho a no pasarse la vida pagando una
vivienda. Como dice un buen amigo mío:
PLAZO DE AMORTIZACIÓN HIPOTECARIA
Versión oficial:
Tiempo de duración de un préstamo hipotecario que
sirve para calcular el importe de los pagos periódicos.
Versión prohibida:
Palo y zanahoria financiero, donde el palo se ha
hecho tan largo que cuando uno alcanza la zanahoria para comérsela ya no tiene
dientes.
Supongo que algunas personas que lean este libro
estarán visualizando al
director de oficina de su sucursal bancaria. O
puede que sea precisamente algún trabajador de la banca quien me esté leyendo.
Los primeros estarán pensando sobre los segundos: «Si todo esto es verdad,
¿cómo puede ser que el director de oficina me lo oculte? ¿Por qué no me explica
que ha prestado el 99% de mi ahorro o que cuando me concedió la hipoteca me
estaba enchufando, además, un crédito personal por la diferencia entre el
crédito y el valor de la vivienda? El director (o directora de la oficina) es
una persona encantadora, siempre me pregunta por los niños, hablamos de fútbol
y me abre la puerta cuando entro y salgo de la
entidad financiera. Y no solo eso, vive en mi
propio barrio. Es, después de todo, un vecino con el que me cruzo y convivo…
¿Cómo es capaz? ¿Acaso no tiene escrúpulos o ética?».
Responderé a esta cuestión porque creo que esconde
otra definición prohibida que conviene desvelar. Los directores de oficina
bancaria son personas sometidas a objetivos. Los objetivos los fijan los bancos
desde arriba, por supuesto. Por ejemplo, ahora tenemos que vender planes de
pensiones. Matizo. Esto no es aún un objetivo, es una indicación. Lo que en
realidad le ordenan es: «Tienes dos meses para colocar 50 planes de
pensiones por valor de un millón de euros». Eso sí
es ya un objetivo.
El director de oficina podría, a colación,
preguntar: «¿Y si no lo hago?». Pero no lo suele preguntar. Porque sabe la
respuesta. Y la respuesta es que se juega la dirección de oficina, se juega ser
trasladado a otra oficina peor, o bien volver a funciones anteriores como la de
estar en ventanilla y, sobre todo, se juega una parte importante de su
retribución con la que cuenta para pagar las estancias en el extranjero de sus
dos hijos, estancias necesarias para que aprendan bien el inglés y salgan
adelante en la vida.
Siendo sinceros, no solo por no
colocar los 50 planes de pensiones lo van a
defenestrar o sus hijos dejarán de
estudiar idiomas, pero un incumplimiento
sistemático y continuado de objetivos le cuesta la carrera a un director de
oficina. Y les lleva años y esfuerzo —y a menudo oposiciones internas— acceder
a ese puesto.
Así que en realidad el director de oficina, cuando
le está enchufando un producto sin explicarle toda la verdad, no se enfrenta a
un dilema ético, sino a un dilema personal. Y eso nos lleva a la definición
prohibida de director de sucursal bancaria:
DIRECTOR DE SUCURSAL BANCARIA
Versión oficial:
Los directores de una sucursal bancaria son los
responsables del funcionamiento eficiente y la rentabilidad de su departamento
o sucursal bancaria. Esto incluye la gestión del personal, el contacto con el
cliente y el seguimiento de cuentas, préstamos y otros servicios bancarios.
Versión prohibida:
Profesional que se ve obligado a anteponer el
futuro de sus hijos al ahorro de sus clientes.
¿Estoy justificando a los directores de sucursal?
No. Solo expongo por qué actúan contra sus propios principios. Y también
demuestro por qué muchos directores de oficina acaban quemados de ocultar
verdades a sus clientes y optan por tirar la toalla. Estos, los que dimiten,
cambian de empleo o piden ser trasladados a otro departamento (conozco
personalmente a más de uno) son aquellos a quienes, por lo menos, su conciencia
no les permite vivir con este dilema personal a cuestas.
Quizá ahora comprenderán un poco mejor por qué
pienso que los bancos no deberían ganar (tanto) dinero. La función
social de los mercados financieros está más
pervertida que la retorcida mente de un psicópata.
Ya he explicado que los balances de los bancos son
los más apalancados del mundo (apalancado significa que se opera con pocos
recursos propios y mucho dinero prestado). Algunas veces, cuando la economía
empeora y la morosidad aumenta más de la cuenta, esos balances apalancados, ya
de por sí endeudados, peligran.
Es muy simple. Si un banco solo está obligado a
guardar el 1% de lo que se le confía y su morosidad supera el 1%, entra en
riesgo de quiebra. La morosidad bancaria (¿durante la crisis?)
actual es del 8%, así que cuando los bancos y,
especialmente, las extintas cajas de ahorros empezaron a observar que la
morosidad bancaria alcanzaba peligrosos niveles, se vieron obligados a reforzar
sus recursos propios. Para ello, los bancos echaron mano de la creatividad.
La creatividad es típica de los artistas,
publicitarios, arquitectos o diseñadores. Pensamos que no es una cualidad de
los banqueros, personas consideradas obtusas y numéricas, no creativas. Sin
embargo, cuando falta dinero, un banquero es capaz de desplegar una creatividad
superior a la de Leonardo da Vinci.
Ciertos productos financieros deberían ser
enseñados en las escuelas con el fin de que los niños aprendieran a desvelar
los trucos que contienen. La creatividad no está solo en los números y en las
condiciones o la letra pequeña. Está, sobre todo, en la semántica. Porque, que
nadie lo olvide, las personas decidimos según las palabras, y no según las
cifras.
Por ejemplo, si uno oía algo así como «acciones
preferentes», ya daba igual todo lo que viniese a continuación, especialmente
si era tan aburrido y difícil de comprender como un porcentaje y, sobre todo,
si ya tenemos a una persona de confianza como nuestro
estimado director de sucursal para entenderlo por
nosotros.
Las acciones preferentes daban un interés
morrocotudo y tenían la garantía de la caja, nuestra caja de toda la vida.
«Tendré acciones de mi banco y serán preferentes». ¿Quién podía negarse? ¿Para
qué preguntar más?
ACCIONES
PREFERENTES
Versión oficial:
Se denomina «participaciones preferentes» a
aquellos títulos emitidos a perpetuidad por una sociedad con una rentabilidad
generalmente variable y no garantizada, y que no
confieren a su poseedor ni participación en el capital, ni derecho a voto, ni
derecho de suscripción preferente.
Versión prohibida:
Es la única definición de este libro donde la
definición oficial coincide con la prohibida, por eso está en
blanco. La definición oficial era
suficientemente explícita. Las acciones preferentes
no eran acciones, ni eran preferentes. El problema es que, en su momento, nadie
dedicó ni un segundo a leerla.
Los bancos inventan productos financieros como este
para no quebrar (a pesar de que luego quiebran igualmente o tienen que ser
rescatados para evitar un descalabro y el escándalo público). Y les permitimos
inventar estos productos porque hemos adulterado la función de una entidad
financiera y disponen de un ejército de profesionales dispuestos a poner a sus
hijos por delante de sus clientes. Simplemente.
Para probar hasta qué punto hemos aceptado esta
disfunción como normal, recordemos que durante este 2015 han aparecido anuncios
en televisión de gabinetes de abogados que publicitan sus servicios para
recuperar dinero de afectados por productos bancarios. Lo nunca visto. No solo
la publicidad de los letrados había sido inexistente hasta ahora. Es que ahora
se anuncian ¡en televisión! Con solo un servicio: reclamaciones a bancos.
Recuerda esas películas americanas
donde abogados desesperados deambulan por los
pasillos de urgencias de los hospitales para abordar a los accidentados y sus
familias, aún en
estado de shock, y ofrecer sus servicios a cambio
de un porcentaje de la indemnización que sonsacar a la compañía de seguros de
la otra parte.
¿En qué cabeza cabe que una sociedad vea como
normal que los abogados se anuncien en televisión para reclamar dinero de
productos bancarios de ahorro? ¿Nos hemos vuelto locos?
Los productos financieros cuya
composición no interesa que conozcamos están a la
orden del día. Los tuvimos. Los tenemos. Siguen. Y seguirán. Eso es lo más
lamentable.
Mucha gente piensa que el diseño de estos productos
financieros son algo muy complejo. Lo llaman ingeniería
financiera.
Este es un término que a mí me hace mucha gracia.
La ingeniería es un término que inspira respeto y emana dificultad. No es fácil
llegar a ser un ingeniero. Es preciso saber de física, química, matemáticas,
cálculo de estructuras, dominio de los materiales… La ingeniería financiera
debería, por tanto, ser también algo muy complejo. Escuchamos también este
concepto cuando estalla un escándalo de corrupción o fraude y nos hablan de que
tal o cual persona montó un «complejo entramado empresarial que, a través de
ingeniería financiera, logró durante cierto tiempo tener engañados al fisco,
clientes, proveedores e inversores».
La ingeniería financiera no existe. A lo sumo
podríamos hablar de «ingenio financiero». Ya lo he dicho, solo hace falta
creatividad y buena semántica.
El mecanismo más común para la ingeniería
financiera se parece al juego de las muñecas rusas. Se diseña un producto
financiero al que se le pone un nombre seductor, preferiblemente en inglés y, a
poder ser, empleando palabras que están de moda. Por
ejemplo: International Synergies Development Fund.
El nombre es clave. Es lo que en marketing llamamos «la marca».
Recuerdo que cuando estudié la
carrera, los estudiantes debíamos especializarnos
en el segundo ciclo. La mayoría de nosotros dudábamos entre finanzas y
marketing, que eran las dos disciplinas favoritas. Con el tiempo he ido
aprendiendo que las finanzas tenían más marketing del que podía imaginar. En
realidad, la ingeniería financiera es puro marketing porque el número de
activos financieros en los que invertir, si vamos a la última de las muñecas
rusas, es relativamente pequeño. Puedes invertir en empresas, países (a través
de su deuda y divisas) o materias primas. Y poco más. ¿Cómo sofisticar nuestro
International Synergies Development Fund?. ¿Cómo hacer ingeniería
financiera con este fondo de inversión para
despistar a los inversores? El truco es abrir la muñeca rusa y poner dentro
unas cuantas muñecas más hasta que el cliente se canse de destapar la
siguiente. El fondo invierte en otros productos financieros que, a su vez,
invierten en un número lo bastante amplio de empresas, países o materias
primas. El vendedor lo llamará «diversificación» de la cartera, pero no es más
que un disuasorio.
Al final, habría unas 50 muñecas rusas. Y a nadie
le va a interesar examinarlas porque sería demasiado tedioso.
La ingeniería financiera es,
sencillamente, sumar productos de modo que al
cliente se le haga demasiado cuesta arriba comprobar dónde se invierte su
dinero. Para evitar que, ante la imposibilidad de comprender lo que compra, el
cliente se eche atrás, la ingeniería financiera recurre otra vez al marketing
mediante dos elementos adicionales: prescriptores e histórico de
rentabilidades.
Lo de los prescriptores es más antiguo que el pan.
Ya en 1820 se vendían los títulos en los que personas célebres como Isaac
Newton invertían, y se utilizaba su nombre para convencer a los indecisos. Hoy
día esto no ha cambiado. Algunos ejemplos de titulares
recientes: «Bill Gates ha comprado acciones de
FCC»; «Ortega, el millonario que más invierte en inmobiliario de Reino Unido»;
«Isak Andic sigue a lo suyo: comprar acciones del Banco Sabadell»…
Al prescriptor se lo acompaña de otro nombre de
prestigio: este producto lo comercializa el HSBC, el más solvente de Asia… Ya
tenemos al cliente casi convencido de que no hace falta abrir la primera muñeca
rusa.
Pero el golpe definitivo lo dará el llamado
«histórico de rentabilidades», el equivalente financiero de la hoja de
servicios de un soldado. Por ejemplo: este fondo viene dando un 13% anual.
Irresistible, ¿verdad?
¿Cómo se logra? Hay un truco. Consiste en crear un
número muy elevado de productos financieros que inviertan en activos
completamente distintos. Así se acierta seguro. Es como si contratamos a 50
figurantes, los llevamos a un casino y van apostando a rojo o negro. De los 50,
al cabo de dos horas, por probabilidades, habrá uno que seguramente ha doblado
el capital inicial. Apartamos al resto y mostramos a este héroe a los
inversores para luego asegurar: «Si le dan su dinero a este jugador, él lo
doblará. La prueba es que ya lo ha hecho en el pasado».
Del mismo modo, los bancos crean
multitud de fondos lo más variados posible y luego
promocionan los que, a menudo por chamba, han acertado. Usted ve que han dado
un 13% y se fía. Pero, del mismo modo que el suertudo de los 50 figurantes que
dobló jugando al rojo no tiene ni idea de cómo le irá las siguientes horas, los
gestores del fondo que acertaron, a menudo también por suerte, no tienen ni la
más remota idea de si seguirán dando una buena rentabilidad en el futuro.
Nombre atractivo, inversores reconocidos, un banco
importante de por medio, un histórico de rentabilidades fantástico, 50 muñecas
rusas dentro, pereza de leer y ganas de ganar dinero.
Puro marketing (Just marketing).
INGENIERÍA
FINANCIERA
Versión oficial:
La ingeniería financiera consiste en la utilización
de instrumentos financieros para reestructurar un perfil financiero existente y
obtener así otro con mejores propiedades, como pueden ser la mayor cobertura de
riesgos o diversificación de cartera.
Versión prohibida:
Utilización de técnicas de marketing para que un
inversor no haga preguntas.
Quiero ahora compartir con ustedes la definición
prohibida de «morosidad bancaria».
Lo haré con un caso personal completamente
verídico. Conozco el caso de cerca porque le sucedió a uno de mis mejores
amigos. Él vivía en una urbanización a las afueras de Barcelona, compuesta por
60 pequeñas casitas. El caso es que la suya se le había quedado pequeña. Se
enteró de que la caja que financió la promoción estaba a punto de embargar una
de las casas debido a que el propietario tenía ya bastantes cuotas
impagadas. Mi amigo intentó localizarlo, pero
estaba, como se dice
vulgarmente, missing. El conserje de la
urbanización le dijo que no sabía dónde estaba y que ya habían venido de la
entidad financiera repetidas veces para hablar con él. Mi amigo pidió hora con
el director de la caja cuya hipoteca gravaba sobre la casa. Efectivamente, el
cliente llevaba meses sin pagar. De hecho, la entidad le había concedido dos
años atrás un crédito que el propietario avaló ampliando más la hipoteca. Es
decir, estaba viviendo a base de ir hipotecando repetidamente su vivienda. Pero
claro, había que ir pagando los recibos mensuales de la hipoteca. Y como a la
persona en cuestión sus negocios no le iban bien, no podía
devolver ni la hipoteca inicial ni la posterior
ampliación. El director de la oficina le dijo a mi amigo que la casa iba a ser
embargada con total seguridad y que entonces le llamaría por si le interesaba
adquirirla cuando ya fuera propiedad del banco. Era cuestión de pocos meses
porque habían analizado a aquel cliente y era completamente insolvente. Hacía
tiempo que no tenía ingreso alguno y su situación era
insostenible. Sin embargo, transcurrieron varios
meses y mi amigo no recibió llamada alguna. ¿Qué pasaba? Extrañado, mi amigo
telefoneó al director de la oficina, quien se disculpó por no haber llamado
antes y le
explicó que el asunto estaba en vías de
solucionarse, pues el cliente había «demostrado» su voluntad de pagar. Le dije
a mi amigo que era extraño, así que le recomendé que pidiera una nota al
registro para comprobar las cargas de la vivienda. Cuál fue nuestra sorpresa
cuando descubrimos que la caja había otorgado… ¡un tercer crédito! Al moroso.
Le prestó más dinero a alguien que sabía perfectamente que era insolvente y que
carecía completamente de ingresos. Por curiosidad solicitamos los datos del
negocio del propietario y verificamos que, efectivamente, su negocio personal
seguía en pérdidas, sin facturar y con graves problemas de
liquidez.
¿Por qué le concedieron ese crédito adicional?
¿Acaso no tenían acceso a la misma información que nosotros desde un simple
ordenador portátil? ¿Qué hay del departamento de riesgos?
La jugada era muy simple. Probablemente pactaron
con ese cliente que le ampliarían la hipoteca si, a cambio, con el dinero
recibido pagaba todas las cuotas pendientes, se ponía así al día, y se guardaba
otro tanto para atender las cuotas de los próximos meses.
De esa forma, el director de la oficina podía
eliminar esa hipoteca de la lista de impagadas, cumplir objetivos y
cobrar su incentivo. La hipoteca está al día y el
cliente vuelve a pagar las cuotas. El pequeño detalle de que estos pagos se
estén atendiendo a base de ampliar el crédito al moroso. Ese detalle no computa
en el cálculo de la morosidad bancaria. El crédito está al día, ¿no? Pues ya
está. Lo grave es que, en este caso, se utiliza dinero de los depositantes
(recuerde que el dinero que presta un banco proviene, a su vez, de lo que los
ahorradores le confían) para tapar un impago y mantener así artificialmente bajo
el ratio de morosidad bancaria de esa oficina.
Pues esta anécdota personal que he explicado se
reprodujo a gran escala en
el sistema financiero español. La morosidad
bancaria se puede manipular con la misma facilidad con que usted regula el
termostato del aire acondicionado de su coche. Nadie sabe a ciencia cierta cuál
es el verdadero ratio de morosidad bancaria, ni siquiera en la actualidad. Los
bancos refinancian según les conviene para que el Banco de España no les ponga
en el punto de mira.
Así pues, esta es la definición prohibida de
morosidad bancaria:
TASA DE MOROSIDAD BANCARIA
Versión oficial:
La tasa de morosidad se obtiene dividiendo los
activos en mora sobre el total de operaciones de activo de la entidad, es
decir, créditos impagados sobre créditos totales.
Versión prohibida:
Porcentaje de impagos imposible de saber a ciencia
cierta, debido a la refinanciación de la morosidad.
La
pregunta que surge
a colación es:
¿quién permite esto? O, más bien, ¿es el
máximo órgano de poder de las entidades financieras
consciente de este falseamiento de los balances bancarios?
En el caso de los bancos no tengo duda alguna de
que tanto la dirección general como la presidencia conocen a ciencia cierta
cuál es la verdadera tasa de morosidad bancaria de su entidad; en el caso de
las extintas cajas el máximo órgano de poder, el consejo de administración, no
tenía ni idea. Pero no tenía ni idea no porque se lo ocultaran, sino porque ni
siquiera creo que se preocuparan por comprobarlo ni les interesara demasiado.
En efecto, los miembros del consejo no estaban ahí
para velar por la
solvencia y buen funcionamiento de la caja, sino
para asegurarse de que fuera instrumentalizada de acuerdo a sus intereses
personales.
CONSEJEROS DE LAS CAJAS DE AHORROS
Versión oficial:
Personas que tienen encomendada la administración y
gestión financiera de la caja de ahorros, y de la obra benéfico-social que la
caracteriza, debiendo existir representantes de las corporaciones municipales,
de los impositores, de las personas o entidades fundadoras y del personal de la
caja. Este consejo es el representante de la entidad para todos los asuntos
relativos a la misma, así como para todos los que se relacionan con litigios en
los que se pueda ver envuelta la caja, pudiendo
reunirse las veces que sea necesario para la buena
marcha de la entidad.
Versión prohibida:
Los consejeros eran personas que imponían a las
cajas los «consejos» que los políticos les daban.
En un inicio, no fue así. Durante mucho tiempo,
hasta que la corrupción se instaló en nuestro país, las cajas de ahorros fueron
un invento formidable, inexistente en otros países, y que garantizaba que los
beneficios del sector financiero revirtiesen en la sociedad que los generaba.
Pero ya sabemos que la ambición personal, el egoísmo, la corrupción y los
intereses particulares
tergiversan y corrompen los instrumentos
económicos, como vengo demostrando en este libro prohibido. A las cajas de
ahorros no se las llevó por delante la crisis inmobiliaria; se las llevó por
delante la dejación de funciones de sus órganos de poder, solo interesados en
que los aparentes beneficios que reportara la burbuja inmobiliaria sirvieran
para financiar los partidos políticos, sindicatos y grupos de poder a los que
rendían pleitesía y, de paso, alimentar la corrupción de la que ha sido víctima
nuestro país. Así pues podemos proceder a definir lo que en realidad era una…
CAJA DE AHORROS
Versión oficial:
Las cajas de ahorros son (eran) entidades de
crédito con forma jurídica de fundaciones privadas, que realizan operaciones de
depósito y préstamo de forma similar a los bancos. No obstante, una parte
importante de su beneficio se reinvierte en la sociedad a través de su «obra
social», la cual incluye aspectos tales como la concesión de becas, la
recuperación del patrimonio histórico-artístico o el patrocinio de exposiciones
de arte. Por lo que, además de su función financiera, realizan una labor
benéfico-social.
Versión prohibida:
Las cajas de ahorros eran
instrumentos financieros para movilizar dinero
desde la sociedad hacia el poder.
Hemos hablado ya de cómo las entidades financieras
ganan dinero con el diferencial entre el tipo de interés al que prestan y al
que remuneran, pero últimamente esto no les está funcionando tan bien como
antes. El motivo es que como los tipos están tan bajos, su diferencial se ha
reducido mucho. Es importante que conozca la respuesta de las entidades
financieras porque seguramente está ya siendo objeto de sus
estrategias.
Una primera medida es cobrar comisiones misteriosas
que no se pasen por cuenta cada mes porque se detectarían con mayor facilidad.
Así, varias entidades financieras cobran la
denominada «comisión de administración del
depósito», por ejemplo y que aumenta a partir de un cierto número de apuntes
contables o recibos que le hayan gestionado. Esta comisión puede llegar a ser
de entre 50 y 150 euros al año. Las comisiones anuales tienen una diferencia
sustancial con la comisión mensual. La mensual tiene doce veces más
posibilidades de ser detectada por el cliente. En cambio,
una comisión cobrada anualmente a finales de
diciembre o principios de enero tiene mayores posibilidades de
pasar desapercibida entre los innumerables cargos y
pagos con tarjeta del mes de diciembre. Consejo personal: revise a final de año
todas sus cuentas corrientes y según qué comisiones, vaya a la entidad
financiera a negociar las condiciones de sus cuentas.
COMISIÓN ANUAL
Versión oficial:
Comisión por gestión de cuentas corrientes o
depósitos que las entidades financieras cobran con carácter anual.
Versión prohibida:
Comisión adicional que tiene doce veces menos
posibilidades de ser reclamada por los clientes.
La segunda medida es la de sablear a los clientes
por los descubiertos. Los llamados números rojos. Es mucho más frecuente de lo
que pensamos. Pasamos
apuro y vergüenza cuando somos llamados por
teléfono desde la entidad. Damos la sensación de estar arruinados, y por el
mero hecho de que los clientes hayamos tenido que atender ciertos recibos por
cuenta nuestra, sin haber solicitado un crédito, la mayoría de las personas no
discutimos el cargo adicional por descubierto que nos imponen.
Esta fue una práctica abusiva en España y hubo
entidades que llegaron a cobrar hasta un 29% de interés. La autoridad
monetaria, es decir, el Banco de España, decidió fijar un tope a este interés
abusivo, pero hecha la ley, hecha la trampa; así que las entidades
financieras se inventaron varios conceptos
alternativos, aparte del tipo de interés, por permitirnos disponer de un dinero
prestado sin previo aviso. Uno es el servicio de apertura del descubierto, y
consiste en una cantidad fija que se paga por haber entrado en números rojos.
Ya pagamos los intereses, así que no reviste sentido alguno pagar por el hecho
de que vamos a pagar. El segundo servicio que usted también paga es el de la
llamada telefónica. Al abrir la cuenta corriente se firma un contrato de varias
páginas que no se lee nadie. Ahí especifica que en caso de entrar en
descubierto, usted
acepta suscribir un servicio
personalizado mediante el cual alguien se pondrá en
contacto telefónicamente con usted para avisarle. Sepa que esa llamada que
recibe, la paga y tiene una tarifa determinada. Con todo ello, al final, los
bancos llegan a cobrar el equivalente a un tipo de interés que puede estar
entre el 7% y el 15%, según los casos.
NÚMEROS ROJOS
Versión oficial:
Descubierto de saldo en la cuenta bancaria que la
entidad financiera cubre para sus clientes, atendiendo los pagos.
Versión prohibida:
Es el crédito más rentable de las entidades
financieras.
La siguiente línea de negocio consiste en que usted
haga tareas que antes realizaba el banco. Así, la fantástica banca electrónica
o también llamada «banca online», que nos permite a todos operar
desde cualquier lugar y las 24 horas del día, va
permitiendo a las entidades financieras ir reduciendo su personal
administrativo. ¿Supone un ahorro en las comisiones que paga por transferencia
y otros movimientos el hecho de realizar nosotros el trabajo? No, porque el
gasto cobrado en cada movimiento es el mismo que si realizamos la transferencia
en una oficina. Yo soy de los que pienso que en realidad no deberían cobrar
coste alguno a las operaciones que los clientes realizamos online porque el
margen de la entidad debe contemplar los costes informáticos. Convertir cada
operación en un ingreso es asumir que cada transacción tiene un coste variable
cuando en verdad está todo automatizado y los
costes son fijos. ¡Así que el resultado es que realizamos el trabajo de los
empleados de banca y encima pagamos cada vez que lo hacemos!
BANCA ONLINE
Versión oficial:
Sistema que permite a los clientes operar con sus
cuentas corrientes.
Versión prohibida:
Invento para que los clientes de un banco paguemos
por trabajar.
Finalmente, las entidades financieras están
respondiendo a la reducción de sus márgenes operativos a través de vender otras
cosas. La principal área de negocio que se ha disparado en los últimos años es
la venta de seguros y planes de pensiones. De hecho, hay
algunas oficinas bancarias donde la venta de
seguros es ya su principal fuente de ingresos, por encima de la actividad
crediticia incluso.
¿Hay algún problema en que los bancos vendan
seguros? No, excepto, básicamente, que no saben, porque no es su negocio. Por
supuesto que están aprendiendo y cada vez lo hacen mejor, pero ande con cuidado
porque bajo un aparente ahorro puede usted estar perdiendo coberturas de su
seguro. Los bancos disponen de toda la información sobre usted. Más de la que
se imagina. Y a pesar de que está prohibido por la ley de protección de datos
que una oficina utilice la información de sus cargos para
saber cuánto paga por el seguro de su hogar y, así,
lanzar una oferta mejor, lo cierto es que es algo que algunos directores de
oficina, presionados por los objetivos, realizan.
En principio es genial para nosotros, los clientes,
que alguien se revise el coste de nuestros seguros y nos ofrezca una rebaja si
cambiamos de compañía, agente o corredor y lo contratamos a través de nuestro
banco. El problema es que casi ningún cliente lee las coberturas y hemos
asimilado en la cultura aseguradora española que un seguro más barato lo es
porque tiene menor margen y no porque tenga menos calidad o coberturas. Nadie
se plantea
que una ternera que vale la mitad que otra tenga
menos calidad y, en cambio, damos por sentado que un seguro a mitad de precio
que otro cubre las mismas cosas.
Esto está conduciendo a que multitud de gente esté
cambiando sus seguros, atraídos por las rebajas y por el ahorro de gastos
fijos, tan necesarios en tiempos de crisis. Pero cuando lleguen los siniestros,
entonces es cuando se darán cuenta de lo que verdaderamente contrataron.
Como digo, las entidades financieras lo saben todo
sobre nosotros. Como he explicado en el capítulo dedicado a los gobiernos,
registran su número de DNI
en caso de exhibir un billete de 500 euros y
anotarán también sus datos en cualquier movimiento que realice y que sea
superior a los 1000 euros, por si acaso la Agencia Tributaria solicita
información sobre nosotros. Una vez pregunté qué sucedería si una persona va al
banco y retira todos sus ahorros, pongamos por ejemplo, 60 000 euros, porque
quiere tenerlos debajo del colchón. Podría hacerlo previo aviso, me dijeron,
pero la entidad financiera informaría a Hacienda de una retirada tan elevada de
efectivo. Lo más probable es que esa persona tuviese una inspección. Debería
entonces explicar dónde está ese dinero. Puede decir que
está bajo el colchón, es de suponer que el
inspector no va a ir a comprobarlo, pero yo me pregunto por qué no puede
sencillamente habérselo gastado en marisco o en karaokes. Cada uno hace lo que
quiere con su dinero. Es verdad que a Hacienda le importa más lo que usted
ingrese y le da bastante igual en qué se lo gaste. No se interesa por usted
para saber en qué lo ha gastado, sino para averiguar a quién se lo ha pagado y
que pueda no haberlo declarado.
En fin, así es hoy en día la relación entre los
bancos y sus clientes. Se desea saber en todo momento dónde está el dinero, se
trata de controlarlo todo lo posible. Pero estamos perdiendo, como
explico en el capítulo segundo, nuestro derecho a
la intimidad financiera.
Esta relación entre entidades financieras y sus
clientes se ha disparado hasta un punto en que hemos entrado en una peligrosa
asimetría. Hace unos años, las entidades financieras exigían un cierto tipo de
interés por darte un crédito o una hipoteca. Y este tipo era el mismo para casi
todos los clientes. Hoy en día, debido a la gran cantidad de información
cruzada que manejan sobre nosotros y, promovido por los llamados «criterios de
Basilea» de la UE que tratan de armonizar las prácticas bancarias, los bancos
calculan para cada persona cuánto interés deben
exigir en función de su perfil. Una persona con
bajos ingresos es puntuada como de más riesgo que otra que tenga una nómina más
elevada y se le asigna un coeficiente corrector que resulta en que habrá de
pagar un tipo de interés mayor si pide un préstamo; una persona que ya tiene
hipoteca también se considera más «peligrosa» que otra que no tiene créditos;
lo mismo si tiene o no patrimonio para responder. Si va a solicitar un
préstamo, el director de oficina le hará muchas preguntas y le pedirá todo tipo
de información; la introducirá en el ordenador y la máquina calculará un tipo
de interés mayor para las personas con menor ahorro, con
menores ingresos, con menor patrimonio y más
endeudadas. Eso se llama «prima de riesgo» y correspondía a la deuda pública de
países. Ahora lo hemos trasladado a las personas. Quienes peor lo están
pasando, más intereses pagarán.
¿La solución? Aporte poca información, mienta o
consiga que alguien solvente avale su crédito. Es la única forma en que logrará
que le cobren por un crédito menos que a un rico. Claro que los ricos no piden
créditos.
INTERÉS
PERSONALIZADO
Versión oficial:
Sistema impuesto por los Acuerdos de Basilea que
obliga a los bancos a calcular la prima de riesgo crediticio de cada cliente.
Versión prohibida:
Antigua usura, hoy informatizada.
Hemos hablado antes de los departamentos de riesgo
y de cómo deniegan créditos a empresas menos endeudadas que los propios bancos.
Otorgar créditos es una tarea difícil. Es una
actividad sujeta a un concepto económico muy popular entre los economistas y
muy poco conocido por la población en general. Este concepto se llama
«inconsistencia temporal».
La inconsistencia temporal consiste en que un
incentivo que nos parece oportuno y correcto para un objetivo determinado, deja
de serlo en el momento en que ese objetivo es alcanzado, en cuyo momento, se
considera bueno cambiar de opinión.
Un ejemplo es el de los incentivos a las empresas
farmacéuticas. A priori nos parece oportuno que tengan un incentivo para que
investiguen y descubran
fármacos con los que curar enfermedades. Ese
incentivo es que podrán comercializar el fármaco y recuperar así la inversión y
obtener un beneficio. Ese incentivo nos parece adecuado porque tenemos delante
una patología para la que no hay solución y queremos que alguien invierta en
saber cómo curarla.
¿Qué sucede en el momento en que unos laboratorios
descubren un fármaco nuevo? Pues que al ponerlo en venta no toda la población
puede acceder a su compra. Quien no lo puede pagar queda excluido de la
curación, lo que nos parece inmoral. Lo oportuno, exigimos al Gobierno, es que
elimine esa
exclusividad y que la empresa farmacéutica permita
el acceso al medicamento a toda la población a través de precios más
asequibles. En otras palabras: eliminamos el incentivo.
Por eso se llama «inconsistencia temporal». Porque
el incentivo que nos
parecía apropiado antes del descubrimiento nos
parece inapropiado luego del mismo. La inconsistencia temporal es uno de los
problemas más habituales de la economía y, de hecho, de la vida de las
personas. Incluiremos una definición en el capítulo de los economistas.
Encontramos múltiples problemas de inconsistencia
temporal también en la
banca. ¿Cuál es el incentivo de un departamento de
riesgos para otorgarle un crédito a una persona con un perfil que no sea 100%
seguro? Ninguno. Pongamos un caso extremo. Si un departamento de riesgos
deniega todos los préstamos donde tiene un ápice de duda, conseguiría que el
banco tuviese un 0 % de morosidad (probablemente, no se equivocaría en ninguna
concesión) y sería una institución de total solvencia. Eso es lo que el Banco
de España les exige, solvencia. Sin embargo, el Gobierno necesita, para que la
economía se active y funcione, que la actividad crediticia sea intensa y, para
ello, quienes prestan dinero deben asumir
riesgos. El único incentivo a la asunción de
riesgos por parte de los bancos es el beneficio que se deriva de los intereses
que pagan los que efectivamente devuelven los créditos, pero el Gobierno no les
da ningún incentivo para que presten.
En el caso de las farmacéuticas, los economistas
han propuesto desde hace tiempo que se creen unas bolsas de dinero por parte de
los gobiernos que sirvan para compensar a los laboratorios de la obligatoriedad
moral de administrar fármacos a enfermos que no pueden pagarlos y, aun así,
respetar el incentivo que prometieron a las empresas farmacéuticas para que los
descubrieran.
¿Debería haber un premio a las entidades que
arriesguen a dar créditos a personas dudosas? Dicho así, suena mal. Pero sí
debería haber un incentivo a créditos vinculados a determinados
proyectos empresariales no especulativos,
generadores de valor, empleo y riqueza en caso de salir airosos.
El problema actual es que para un departamento de
riesgos denegar un crédito significa acertar seguro.
DENEGACIÓN DE
CRÉDITO
Versión oficial:
Resolución negativa por parte de una entidad
financiera a la concesión de un préstamo por considerar que el riesgo de no
devolución es demasiado elevado.
Versión prohibida:
Operación mediante la cual se acierta con total
seguridad en que el crédito no va a ser fallido.
En el mundo financiero hay, efectivamente, muchos
misterios. Hay
uno que es una caja negra con miles de millones de
euros de la que alguien debe estar beneficiándose.
Supongo que se habrá dado cuenta de que cuando
realiza una transferencia que va a la cuenta corriente de una persona que
trabaja con una entidad financiera distinta a la suya, el pago tarda unos días
en llegar. En pagos y cobros al exterior, este plazo es a veces de una semana,
incluso. En las nacionales es un período que suele ser de entre uno y tres
días, a lo sumo. Es lo que se llama «fecha valor», que es cuando realmente la
transferencia toma valor y puede disponerse del dinero. Eso es debido a que las
entidades
financieras, en lugar de traspasarse todo el dinero
de todas las transferencias de todos los clientes, lo que hacen es sumar y
restar las que son a favor y en contra con todas las entidades y liquidar
únicamente la diferencia. Esto lo realiza una entidad que depende del Banco de
España y que se llama la «Cámara de Compensación».
En España, las cámaras de
compensación son asociaciones constituidas para que
las entidades de crédito puedan realizar sus pagos por compensación,
admitiéndose cheques, talones, letras de cambio, pagarés, órdenes de pago por
cuenta de terceros, etc. Cada día, ante la Cámara de
Compensación, se reducen a un solo saldo todas las
operaciones entre las entidades financieras, liquidándose finalmente a través
de las cuentas mutuas en el propio Banco de España.
Personas o empresas raramente solicitamos un
préstamo para un solo día, pero los bancos sí lo hacen. Y es otro de sus
negocios. Se lo prestan al llamado «tipo de interés interbancario». Y se
liquidan entre sí los intereses muchas veces correspondientes a un solo día, el
día en que han dispuesto de varios millones de euros temporalmente cedidos por
otro banco.
Durante el lapso de tiempo en que
realizamos una transferencia y
desaparece de nuestro saldo y esa cantidad aparece
en la del destinatario, pasan uno o dos días en que ese dinero está en un
terreno de «nadie». ¿Qué se hace con ese dinero durante ese día o dos días? ¿Se
presta en el interbancario? ¿Quiénes son los beneficiarios de los intereses de
esas horas? Porque nosotros, los depositantes, no lo somos.
Por lo que he podido averiguar, parece ser que es
el banco emisor de la transferencia quien dispone de ese dinero para prestarlo
a otros bancos, siempre que lo haga antes de las tres de la tarde. Es un
préstamo para unas horas de un dinero que no remunera al cliente. Son solo unas
horas, dirán. Sí, pero si
sumamos los intereses que producen la congelación
de los cientos de miles de millones de euros que se transfieren diariamente en
España, obtendríamos una cifra espeluznante.
FECHA VALOR
Versión oficial:
Fecha en la cual toma valor una operación
financiera.
Versión prohibida:
Lapso de tiempo donde los réditos del ahorro de los
españoles son detraídos de nuestras cuentas.
Más misterios. Viene siendo una queja habitual que
cuando sube el petróleo, al cabo de muy pocos días, sube la gasolina. ¡Y a
veces el incremento es incluso mayor que el del barril! En cambio, cuando baja
el petróleo, la
reducción tarda bastante tiempo en verse reflejada
en el precio del carburante de las gasolineras o bien sencillamente no se
refleja.
Tengo un amigo que llama, a los tipos de interés,
«gasolina»; al Banco Central lo llama OPEP, y a los bancos, «estaciones de
servicio». Afirma, y con toda razón, que las subidas de tipos siempre tardan
más en reflejarse en los depósitos de los clientes de los bancos que en los
préstamos, donde se actualizan a la velocidad de la luz. Como el carburante,
vamos.
VARIACIÓN DE TIPOS DE INTERÉS
Versión oficial:
Modificación del precio del dinero, determinada a
través del Banco Central Europeo.
Versión prohibida:
Variación del interés que se actualiza al acto si
es para pagar más y, tal vez, al cabo de unos meses si supone pagar menos.
No pasa nada. Relea el principio de este capítulo.
La banca siempre gana. Tiempo atrás, los bancos quebraban.
Ahora han aprendido a ejercer su poder. De la mano
del poder, la quiebra es imposible. El banquero que no juegue a este juego
será, cual entrenador de fútbol, expulsado del banco. Perdón, del banquillo.
LAS EMPRESAS
El de la empresa es un mundo aparte.
Se observan fenómenos verdaderamente surrealistas y
situaciones que en muchos casos rozan el despropósito. El motivo es bien
sencillo. Las empresas crean empleo y generan dinero, así que en ellas se
concentra la eterna lucha de los humanos por el poder. En la empresa se aúnan
tal diversidad de elementos:
legales, económicos, registrales,
organizativos, relacionales, sociológicos o
políticos, que da mucho juego a cualquier psicópata dispuesto a
hacer de la empresa un instrumento para aumentar su
poder y beneficio a costa de los demás. Por eso, en gran medida, siendo el de
la empresa un mundo apasionante y lleno de intelectualidad, se ha convertido en
una caja de oportunidades para indecentes.
Una de las cosas que más me llama la atención, y
que mucha gente ignora, es que a una empresa, a efectos legales, se la
considera una persona. No una persona física, por supuesto, pero sí una persona
jurídica. A mí este hecho me sorprendió mucho cuando estudié Empresariales. La
empresa tiene personalidad propia ante la ley y ante terceros. Esto no siempre
fue así porque
una empresa pertenecía, por concepto, a una persona
y esa persona era la responsable de lo que pasara en su empresa. En algún
momento del siglo xix, se decidió desvincular a los propietarios de sus
empresas.
¿Por qué se hizo?
Hay muchos motivos, y algunos de ellos responden a
una lógica económica, aunque el principal motivo es por dinero: para defender
el patrimonio de los propietarios. Si una persona invertía parte de su dinero
en una empresa y las cosas salían mal, la persona en cuestión podía perder todo
su patrimonio. Al convertir la empresa en una persona jurídica con entidad
propia, si se arruina
esta, quien se va al traste es la persona jurídica,
pero no la persona física propietaria, con lo que de este modo se limitan las
pérdidas del propietario.
No en vano a las dos formas principales de sociedad
mercantil se las llama en España (1) Sociedad de Responsabilidad Limitada, la
conocida como «S. L.» y cuyo nombre es suficientemente explícito y (2) Sociedad
Anónima, también llamada «S. A.», donde no solo la responsabilidad es
igualmente limitada, sino que, además, no es necesario que el titular de la
acción se identifique notarialmente, basta con que sea titular de la misma.
Así, usted puede tener acciones de, por
ejemplo, Ferrovial sin que conste en la escritura
pública de constitución.
Responsabilidades limitadas y propietarios
anónimos. En eso consiste tener empresas a partir del siglo XX. De ahí que las
empresas tengan hoy en día personalidad jurídica. Y por eso se las separa de
quienes las fundan; y aunque muchas empresas quiebren, sus gestores o
propietarios se van de rositas. En los últimos años esto se ha tratado de
regular y controlar más, pero en el pasado mucha gente se ha aprovechado de
ello.
LAS DEFINICIONES PROHIBIDAS DE:
Empresa.
Fusión.
Concurso de acreedores.
Quiebra.
Criterio de caja.
Gestoría administrativa.
Centro de coste.
Dividendos.
Punto muerto.
Provisión.
Gasto anticipado (Pre-Spending).
Presupuestos.
Consejero delegado.
Stock options.
Opa hostil.
Blindaje.
Principio de Peter.
Sinergias.
Incentivo o bonus.
Secretaria.
Capital humano.
Balance.
Activo.
Auditoría.
Pasivo.
Apalancamiento financiero.
Reservas.
EMPRESA
Versión oficial:
Es la unidad económica básica que produce o
transforma bienes o presta servicios a la sociedad y cuya razón de ser es
satisfacer las necesidades de las poblaciones-territorio.
Versión prohibida:
Organización a la que se asigna personalidad
jurídica con el objetivo de proteger el patrimonio de sus propietarios.
Las empresas tienen una característica que las
personas físicas no tenemos. Se pueden unir dos empresas en una sola.
Usted no puede ir al registro civil y decir que se
quiere fusionar en uno solo su DNI y el de su pareja y tener entre ambos una
única personalidad jurídica. Pero como las empresas no son personas, sí que
pueden. Así que a las empresas se les permite, jurídicamente hablando,
licencias muy curiosas.
A la unión de una o más empresas se le llama
«fusión». Tiene gracia el nombre porque verdaderamente refleja lo que sucede.
Se funden a la mitad del personal. Las fusiones de empresas se suelen
justificar de cara a la opinión pública y a los empleados a partir de sinergias
comerciales o de mercado. «Con la unión de las empresas», se les
dice, «todos saldremos ganando. Seremos más
competitivos, ganaremos cuota de mercado, tendremos mayor poder ante clientes y
proveedores».
Pero la realidad es que las fusiones se acuerdan,
sobre todo, porque permiten reducir el número de empleados. Al unir dos
empresas, muchos cargos directivos y funciones intermedias están de pronto
duplicados. Si en la empresa A trabajaban 100 personas y en la B otras 100, es
altamente probable que la empresa pueda funcionarse con 170 trabajadores en
lugar de 200.
Las fusiones se suelen celebrar con una gran cena
de gala a la que acuden
todos los trabajadores, se organiza una
presentación impresionante por parte de los dos respectivos consejeros
delegados que han acordado la fusión, se proyecta un vídeo emotivo con niños
que abrazan a sus madres y estas los besan con ternura, personas felices y
paisajes de ensueño. Todo ello aderezado con música de película de Hollywood en
altavoces de máxima potencia (surround). Todo el mundo brinda con champagne.
«Se inicia una gran etapa de oportunidades», se les asegura.
Es la primera y última reunión en que estarán todos
los empleados previos a la fusión. Acabado el acto oficial, se
forma un comité que suele llamarse «comité para la
reorganización» (nunca «reestructuración», aunque es de lo que en realidad se
trata). Y esta gente, que son como los hombres de negro de la troika pero a
nivel micro, empiezan el análisis que debe conducir a la lista Schindler de la
fusión: personas a las que salvar y personas de las que se debe prescindir
porque no caben en la nueva empresa resultante.
El ahorro en salarios de todos los despidos
repercute directamente en un mayor beneficio de la nueva empresa. De esta
forma, como por arte de magia, se ha conseguido convertir rentas del trabajo en
rentas del capital.
Y brindando con champagne.
FUSIÓN
Versión oficial:
Es la unión de dos o más personas jurídicamente
independientes que deciden unir sus patrimonios y formar una nueva sociedad
donde desarrollar su actividad. De esta forma, desarrollan una actividad común,
uniendo sus patrimonios. Una fusión conlleva la disolución de las dos compañías
independientes —es decir, desaparecen— y la creación de una empresa totalmente
nueva.
Versión prohibida:
La fusión es un mecanismo legal para convertir
rentas del trabajo en rentas de capital.
Hemos visto cómo las empresas nacen y cómo se
pueden fundir (perdón, fusionar). Pero las empresas también se mueren. De
hecho, se mueren muchísimas y se acaban muriendo, tarde o temprano, la inmensa
mayoría. Esto es algo que observamos con el mismo estupor que cuando fallece
una persona. Nos resulta imposible. Los seres humanos no asimilamos bien la
muerte, la negamos aunque la tengamos delante de nuestros ojos. Con las
empresas pasa algo parecido. Tendemos a pensar que vivirán eternamente cuando,
como sucede con la gente, se mueren todas. La prueba es que hay poquísimas
empresas
que superen los 100 años de vida.
La muerte de una empresa se certifica con su
disolución, esto es, se da de baja. Antes, entra en coma. Al coma empresarial
los economistas lo llamamos «quiebra».
La quiebra se produce cuando el pasivo exigible es
mayor al activo. Se lo traduzco: las deudas superan todo lo que posee la
empresa. Hay empresas que están quebradas y, sin embargo, continúan
funcionando. El motivo es que siguen vendiendo. Eso no es raro. Sucede también
con algunas personas. A pesar de estar en coma, continúan respirando, pueden
vivir más tiempo y, en algunos casos, incluso se recuperan.
Sin embargo, la mayoría de empresas en quiebra, al
igual que las personas en coma, suelen acabar muriendo.
En medicina hay un recurso que se llama «coma
inducido» y que consiste en provocar un coma con fármacos para dar tiempo a la
persona a que se recupere. El coma inducido en empresas recibe el nombre de
«concurso de acreedores» y consiste en negociar con todos aquellos a quienes se
debe dinero para que renuncien a una parte de lo que se les debe con el fin de
salvar la empresa. De esta forma, se intenta que el pasivo exigible vuelva a
ser menor que el activo y no haya que cerrar. Los concursos de acreedores se
inventaron
para que haya una oportunidad de rectificar las
cosas mal hechas. Así que, para que todo el mundo se quede «tranquilo», se
aparta a los directivos que han llevado la empresa a la quiebra, se pone a un
administrador judicial a gestionar el negocio, se reestructura la deuda con
todos los acreedores mediante una quita parcial o total y, acto seguido, se
relanza la empresa
«saneada». Saneada porque ha salpicado toda la
mierda que llevaba dentro. Pero es obvio que cuando alguien salpica mierda
nadie vuelve a acercarse a él. Y ese es el motivo de que muy pocos concursos de
acreedores consigan salvar la empresa. ¿Qué
proveedor va a querer seguir sirviendo pedidos y
dando crédito a una empresa que acaba de pasar por un concurso de acreedores?
La imagen y la credibilidad, así como la solvencia, quedan tan dañadas que, a
no ser que la sociedad pase a ser propiedad de una entidad financiera o del
Estado, suele estirar la pata igualmente.
Esta es la razón por la que la mayoría de concursos
de acreedores acaban en quiebra, por lo que si en alguna ocasión una empresa en
concurso le debe dinero, trate de obtener lo máximo posible; por muchas
milongas que le cuenten hay un 95% de probabilidades de que acabe cerrando.
Tiempo atrás, al concurso de acreedores se le
llamaba «suspensión de pagos». Yo creo que el término «suspensión de pagos»
reflejaba de forma más fidedigna lo que hace la empresa: interrumpir los pagos.
Lo del concurso suena mejor porque, como en un concurso siempre hay ganadores,
da la sensación y la esperanza de que podemos ganar alguna cosa. Así que, por
si acaso algún día necesita consultarlo, le doy la definición prohibida, ahora
que en derecho mercantil están tan de moda los eufemismos:
CONCURSO DE
ACREEDORES
Versión oficial:
Procedimiento jurídico que se pone en marcha ante
una situación de insolvencia, con el fin de proteger a todos aquellos a quienes
la empresa adeuda dinero.
Versión prohibida:
El concurso de acreedores es un coma inducido,
irreversible en el 95% de los casos.
Como he explicado, las empresas se mueren. Algunas
fallecen de muerte
natural, pero en otros casos, sus dueños las matan
deliberadamente. En España tenemos el mayor índice de asesinos de empresas de
Europa.
¿Cómo se asesina una empresa? Hecha la ley, hecha
la trampa. Cuando las deudas empiezan a ser muy elevadas, antes que solicitar
un concurso de acreedores, hay «empresarios» cutres que prefieren asesinar a la
empresa y cerrar directamente, antes de que le imputen alguna responsabilidad
como administrador, en cuyo caso sí que deberá responder ante terceros con su
propio patrimonio.
Es más barato, muy a menudo, cerrar y abrir de
nuevo otra empresa limpita y
sin deudas. Es relativamente fácil llevarse los
clientes, finiquitar y volver a contratar a los mejores comerciales o venderse
a sí mismo algunas maquinarias, si es menester. Incluso la empresa recién
nacida se instala en las mismas oficinas de la asesinada, lo que es ya un
descaro. Y no infrecuente. En España hay auténticos profesionales de los
cierres y aperturas. Hacen dinero a base de dejar colgada a la Seguridad
Social, a la Agencia Tributaria, a bancos y, en menor proporción, pero también,
a proveedores y empleados. Con estos últimos van con más cuidado, pues como van
a abrir de nuevo, conviene que no difamen a la nueva empresa.
Les voy a dar una estadística sorprendente. En
España se crearon en el año 2000, año de elevado crecimiento económico, un
total de 127 044 sociedades empresariales. Es de suponer que en años de crisis
se creen menos empresas, ¿no? Pues en el año 2009, uno de los peores años de la
crisis, se crearon 140 276 empresas. ¡Un 10% más!
¿Cómo puede ser? La razón es que algunas de estas
empresas de nueva
creación eran «resurrecciones» derivadas de
asesinatos a sangre fría. La prueba es que en ese 2009 se disolvieron 142 141
sociedades. No sabemos con precisión cuántos de estos
cierres fueron deliberados, pero fue el doble de lo
que venía siendo habitual en nuestro país. Si se crearon más empresas durante
la crisis que durante la expansión era, obviamente, porque se estaban
asesinando empresas (doble de cierres que lo normal) y volviéndose a dar de
alta como nuevas empresas las que tenían deudas.
El coste económico para los acreedores (a menudo
administraciones públicas), y para la sociedad en su conjunto es enorme, pues
se originan reclamaciones, demandas, juicios… se colapsan los juzgados y se
eleva el coste de administrar justicia en el país.
Les voy a dar una información muy
útil para detectar a los asesinos de empresas. Hay
una base de datos donde constan indicios para detectar a los sospechosos. Es
pública y consultable por Internet. No es demasiado cara. La ofrecen multitud
de webs y la fuente original de todas ellas no es nada más ni nada menos que…
¡el Registro Mercantil!
En efecto, en el Registro Mercantil se puede
consultar la hoja de servicios de cualquier persona que haya sido administrador
de una empresa. Clicando sobre su nombre, podrá ver cuántas empresas lleva
cerradas, en qué año y
las consecutivas aperturas. Es relativamente
sencillo seguirle la pista a
los asesinos de empresas. Si en el futuro ha de
venderle algo a una empresa de la que no tenga referencias o no se fíe
demasiado, podrá —a través de este registro— comprobar si está tratando con un
eventual asesino de empresas. Claro que los delincuentes se las saben todas.
Ande con ojo porque los más listos ponen las empresas a nombre de otras
personas, con el fin de no tener
responsabilidades o de pasar desapercibidos. De
todas formas, como sus cómplices suelen ser familiares o cónyuges, a través de
los apellidos podrá tal vez detectarlos.
Ya podemos añadir una definición más a nuestro
particular diccionario
prohibido de la economía.
QUIEBRA
Versión oficial:
Situación patrimonial en la que el pasivo exigible
es mayor que el activo y que supone la insolvencia patrimonial de la sociedad.
Versión prohibida:
Destino de toda empresa, que se produce, bien por
causas naturales, bien por asesinato.
Los motivos de que una empresa vaya a la quiebra o
no funcione son muchos y variados. Por lo general, los dueños de las empresas
desean que estas vayan
bien y que produzcan beneficios, pero a veces la
competencia lo hace mejor, o surge una innovación que convierte en obsoleta la
oferta de una empresa. Muchas veces no es mala gestión, sino que, como he
apuntado con anterioridad, hay una ley empresarial no escrita que yo denomino
«ley de la obsolescencia». Al igual que muchas especies se extinguen por
inadaptación al medio, como pasó con el tigre de Tasmania, por poner un
ejemplo, pues hay empresas que sin haber estado mal llevadas, se quedan sin
mercado.
Pero en muchas otras ocasiones, sí que hay mala
gestión, ineficiente o irresponsable. El empresario español ha
evolucionado mucho y ha aprendido a gestionar, pero
en las pequeñas empresas, familiares, a menudo tiendas o comercios, se ha
producido una confusión enorme entre cash flow y beneficios. Lo primero es el
denominado «flujo de caja», las entradas y salidas de efectivo. Lo segundo es
el beneficio efectivo. No siempre que entra dinero en caja es beneficio, pues a
veces ese dinero es para pagar a los proveedores y todavía los gastos son más
elevados que los ingresos. La confusión entre lo económico (ingreso menos
gasto) y lo financiero (entrada menos salida de caja) ha provocado innumerables
quiebras en España.
Si usted va a montar un comercio o un pequeño
negocio, es importante que conozca esta distinción para evitarse problemas.
Retirar dinero de la empresa según lo que tenga en efectivo es lo que se
denomina entre economistas «gestionar según criterio de caja».
La mayoría de pequeños empresarios son gente hecha
a sí misma, audaces y valientes, que viven el presente de indicativo con más
ilusión que un niño con zapatos nuevos.
Si hay, hay.
Y si hay, entonces se gasta.
Quienes gestionan con criterio de caja confunden el
beneficio con el
cobro. «Lo que entra en la caja registradora es mío
y, por tanto, lo he ganado. Como lo he ganado, es beneficio».
Ese es su simple razonamiento para desesperación de
acreedores y deudores.
Los pequeños empresarios hechos a
sí mismos, muchos de ellos comerciantes, odian la
contabilidad. Es más, la consideran innecesaria. Tienen gestor solo a partir
del día en que les cae la primera multa de Hacienda. Hasta entonces viven en su
presente de indicativo.
Para estos, el gestor es un coñazo de tío que lo
único que hace es poner en
cuestión lo que tienen en caja, insistiendo en que
no pueden disponer de ello porque hay que atender tal impuesto el mes que
viene. Los pequeños empresarios «presente de indicativo» con criterio de caja
aprenden rápido el concepto de «aplazamiento». Y por esto tienen gestor. Para
que les pida aplazamientos. Los aplazamientos son una bendición porque permiten
planear el fin de semana según el criterio de caja.
El mes que viene, Dios dirá.
CRITERIO DE CAJA
Versión oficial:
El criterio de caja consiste en imputar los
ingresos y los gastos al periodo en el que se cobran o pagan, sin tener en
cuenta cuándo se han realizado las operaciones. Es
utilizado a veces por la administración para fijar
cuándo deben devengarse ciertos tributos.
Versión prohibida:
El criterio de caja es el criterio con que los
pequeños empresarios deciden pasar el fin de semana.
GESTORÍA
ADMINISTRATIVA
Versión oficial:
Proveedor de empresas que se ocupa de llevar la
contabilidad y los libros, y de liquidar los impuestos de sus clientes.
Versión prohibida:
Profesionales que dan cobertura contable a las
necesidades personales de los propietarios de las pequeñas y medianas empresas.
Bueno, vistas las dimensiones más miserables de las
empresas, voy a dar
una perspectiva bastante subversiva sobre otros
menesteres aparentemente benignos como son los beneficios.
«Cómo» obtienen beneficios las empresas no es algo
que me interese tanto desvelar como «dónde» los obtienen, que es mucho más
relevante desde un punto de vista patriótico.
Cuando las empresas eran de ámbito nacional y
España estaba sumida en la autarquía, no existía este problema; pero desde que
el mundo es global y las empresas se han hecho grandes hasta convertirse en
multinacionales, ha surgido una cuestión muy difícil de erradicar y controlar,
y que permite a las empresas trasladar beneficios de una
parte a otra del mundo de forma completamente
legal. Bueno, en realidad es ilegal, pero es muy difícil, por no decir
imposible, de detectar.
Pongamos el ejemplo de un envasador ruso de vodka.
El vodka se elabora en Rusia por la empresa Siberian Vodkay se exporta a todos
los países del mundo. Pongamos que a España también. La empresa rusa tiene dos
opciones: vender directamente desde Siberian Vodkaa los comercios de bebidas
alcohólicas de España, o hacerlo a través de una empresa constituida en España.
Lo más habitual es lo segundo porque, como veremos, le va a permitir asignar
beneficios ahí
donde más le interese. Supongamos que ese es, por
tanto, el caso. A la empresa constituida en España la llamaremos «Vodka de
Cuenca, S. L.» y tendrá como propietaria a la empresa rusa, SiberianVodka. Los
ingresos de Vodka de Cuenca, S. L. provienen de vender vodka en España. Todo lo
que se venda en nuestro país formará parte de sus ventas, con signo positivo.
Pero… ¿a quién compra el vodka Vodka de Cuenca, S. L.? A la empresa Siberian
Vodka, por supuesto. Y ¿a qué precio? Pues al precio que Siberian Vodkale
quiera poner porque las autoridades españolas no tienen modo de saber cuánto
cuesta fabricar cada botella de
vodka en el país de origen ni los costes de
transportarlo desde Siberia hasta Cuenca.
Pongamos que Vodka de Cuenca, S. L. vende cada
botella de destilado a 30 euros y el coste real de fabricación es de 20 euros.
Deberían quedar, por cada botella, 10 euros de beneficio que deberían tributar
en nuestro país, y así financiar la seguridad social, las prestaciones por
desempleo, la construcción de carreteras y, en menor medida (esperemos), la
corrupción. Supongamos que a Siberian Vodka no le interesa pagar esos impuestos
en España porque en Rusia el tipo impositivo es más reducido o porque, sencillamente,
teniendo más beneficios en Rusia podrá influir más
sobre sus propios políticos. No tiene más que ponerle un precio a la botella
de, pongamos, 28 euros. De ese modo, el beneficio por botella en España de
Vodka de Cuenca, S. L. pasa a ser de 2 euros en lugar de 10, que es lo real.
Ocho euros de beneficio generados en España con el gasto de los españoles se
van a Rusia, cuando deberían quedarse en nuestro país.
Esto que es propio de productos y servicios de
importación se observa igualmente en servicios. Es bien sabido que Google, por
ejemplo, apenas paga impuestos en España. Por ejemplo, si sumamos las
facturaciones de Apple,
Yahoo, Amazon, Twitter, Microsoft, Ebay, Google y
Facebook en 2013 en España, obtenemos un total de 642 millones de euros. Pues
entre todas pagaron a la Agencia Tributaria 17 millones de euros, apenas un 3%
de sus ventas. Solo Google facturó en España 38 millones de euros y pagó al
fisco 33 000 euros. Cualquier pequeño empresario español con una empresa de
cuatro empleados tributa más que Google. Si la unidad familiar del lector de
estas páginas ingresa más de 5000 euros al mes, también tributó más que Google.
Esto se sabe y viene siendo denunciado por los
medios de
comunicación. La Comisión Europea está estudiando
cómo corregir estos abusos de algunas empresas, aunque por ahora no se han
visto avances significativos, porque las tecnológicas ubican en paraísos
fiscales a las empresas propietarias de los derechos de gestión y venta de
anuncios. Se instalan los propietarios de los derechos en países donde la
tributación es casi nula.
Esto es muy difícil de detectar porque, si ya es
complicado obtener la información de cuánto cuesta fabricar una botella de
vodka en Siberia, imaginemos saber el coste de gestión y de generar audiencia
de un banner de un
buscador cuyo motor y algoritmo se encuentra en un
servidor de las Bermudas.
Por eso, las empresas actuales ya no hablan de
filiales o matriz, sino que hablan de centros de coste o centros de
beneficio. Anteriormente los economistas
denominábamos «centros de coste» a los departamentos de investigación y
desarrollo, o a los departamentos de logística, es decir, los encargados de
ayudar en las tareas de comercialización, pero que no producían ingresos de
forma directa. Hoy en día, los centros de coste son otra cosa bien distinta.
CENTRO DE COSTE
Versión oficial:
Departamento que no reporta ingresos, solo costes,
pero cuya actividad es esencial para el desarrollo de un negocio.
Versión prohibida:
Filial de una empresa multinacional desde la que se
desvían los beneficios a otros países de menor tributación.
Sea del modo que sea, y en el lugar que sea, lo
cierto es que las empresas que hacen bien las cosas sí logran
beneficios. Con esos beneficios pueden hacer dos
cosas únicamente, tras haber tributado, reinvertirlos o repartirlos a los
accionistas como premio a su inversión. El reparto de beneficios se denomina
«dividendos» y suele poner muy contentos a los accionistas.
Sin embargo, yo nunca he comprendido la alegría de
los accionistas cuando reciben dividendos de una empresa. Me explicaré.
Supongamos que usted recibe 1000 euros de
dividendos de unas acciones de una compañía eléctrica. No va a gastar el
dinero, así que tendrá que buscar dónde invertirlo. Podría invertirlo en la
empresa eléctrica, pero si repartió esos
dividendos significa que no tiene ningún proyecto a
la vista o es incapaz de rentabilizar esos recursos. ¿Qué hará usted? Pues
buscar otra empresa donde invertir los 1000 euros, comprar algún tipo de
obligaciones o bonos, o bien abrir una cuenta a plazo a ver si el banco le da
alguna cosita de interés.
Es decir, que —de algún modo— la eléctrica, al
repartir esos beneficios, reconoce de forma tácita que es incapaz de generar
con ese dinero una rentabilidad mayor que otras empresas.
Pero… ¿y si en realidad sí que necesitara usted
dinero para temas personales? Por ejemplo, irse de vacaciones o comprarse un
abrigo de
visón. En tal caso, ¡uno podría argumentar que los
dividendos le vienen muy bien! Bueno, eso sirve para fomentar la buena fama del
reparto de dividendos.
Si un inversor precisa liquidez, mi opinión es que
debería vender parte de sus acciones, pero no cargar a los demás con un dinero
que no necesitan obligándoles a retirar dividendos. Lo normal es que los
beneficios se reinviertan. ¡Ya venderá cada uno lo que necesite cuando lo
necesite!
Entonces, ¿por qué la empresa reparte lo que gana?
Pues porque no tiene mejores alternativas.
Por tanto,
el dividendo no es más
que la prueba efectiva de una incapacidad
manifiesta de mantener el crecimiento y la rentabilidad. Dicho de otro modo: si
la empresa tuviera dónde rentabilizar ese dinero, ¿cree que lo repartiría en
forma de dividendos? No. Lo reinvertiría argumentando que las acciones de la
empresa suben de valor. Y si alguien se quejara porque quiere comprarse un
abrigo de visón, le responderían: «Véndase algunas de las acciones que, gracias
a que sabemos seguir creciendo de forma rentable, valen cada vez más dinero».
De hecho, eso es lo que hace Amazon. En cierta ocasión le preguntaron a Jeff
Bezos, el fundador y consejero delegado de
Amazon, que si alguna vez pensaba repartir
dividendos, a lo que respondió que esa pregunta era ofensiva. ¿El motivo?
Compruebe la evolución creciente del valor de la acción de Amazon. El beneficio
está en la
revalorización porque Amazon reinvierte todo lo que
gana. Esto es en verdad algo también controvertido. Pero, de momento, me sirve
para demostrar mi particular definición de dividendos.
DIVIDENDOS
Versión oficial:
El dividendo es la parte del beneficio de una
empresa que se reparte entre los accionistas de una sociedad.
Versión prohibida:
El dividendo es el síntoma de una incapacidad para
seguir creciendo de forma rentable.
Bueno, a decir verdad, hemos dado por sentado
bastante rápidamente la obtención del beneficio. Ya hemos visto en la
definición de «centro de coste» que las empresas tienen múltiples
mecanismos para decidir cuánto beneficio dejar en
un territorio determinado, pero lo que poca gente sabe es que el abanico de
posibilidades para mover el beneficio de un año a otro es enorme. De la
manipulación del «dónde» obtengo el beneficio a la manipulación del «cuándo» lo
obtengo.
La primera vez que alguien me introdujo en esta
posibilidad fue durante mis estudios universitarios, pero fue de manera muy
velada, pues no era menester que nos indujesen desde la tierna universidad al
perverso mundo de la manipulación contable. Nuestro profesor de contabilidad
fue bastante sutil. Nos estaba explicando el concepto
de «punto muerto». Punto muerto es aquel nivel de
facturación en que la empresa justo cubre sus gastos y ni gana ni pierde. A
partir del siguiente euro facturado ya entra en beneficios y, si facturase un
euro menos, estaría en pérdidas. En el punto muerto el beneficio es igual a
cero. Es una cifra importante porque establece la frontera a partir de la cual
se gana dinero. Los buenos directivos calculan antes de empezar el año su punto
muerto para estar tranquilos o nerviosos. Por ejemplo, la empresa X alcanza el
punto muerto a partir de 7 millones de euros de facturación. En el momento en
que se alcance tal cifra, el equipo directivo
sabe que ese año, salvo imprevistos, se va a ganar
dinero.
Pues cuando mi profesor de contabilidad nos
explicaba el punto muerto, recuerdo —porque se me quedó grabado— que dijo: «Si
alguna vez os presentan una cuenta de explotación real en que al finalizar el
ejercicio el resultado es exactamente cero, debéis saber que, con un 100% de
seguridad, esa cuenta de explotación es falsa y habrá sido manipulada. Es
imposible que una empresa cierre el ejercicio anual con resultado cero. O gana
o pierde: o resultado positivo o resultado negativo, pero cero es imposible».
PUNTO MUERTO
Versión oficial:
Nivel de facturación en el que la empresa ni gana
ni pierde.
Versión prohibida:
Resultado que, si se produjese, es indicio de un
falseo de las cuentas.
Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo tenía 17 años y
no podía imaginar que las empresas pudieran alterar su cuenta de explotación.
Claro, lo que menos podía imaginar aún era que no solo con resultado igual a
cero, sino que también con resultado positivo y/o resultado
negativo las cuentas de explotación no suelen
reflejar verdaderamente el beneficio o la pérdida que se ha producido. Dicho de
otra forma, las cuentas de pérdidas y ganancias están todas retocadas.
¿Y por qué? Principalmente por dos razones. La
primera es fiscal: a más beneficios, más impuestos, con lo que puede interesar
patearlos al año siguiente. Y la segunda razón es presupuestaria: hay veces en
que a los directivos, de cara a los presupuestos del año siguiente, no les
interesa dar demasiados beneficios.
Me explicaré. Y para hacerlo, describiré cómo
funcionaba el asunto de
los presupuestos en el Ejército. Realicé mi
servicio militar como oficial, así que viví en primera persona la gestión
presupuestaria de una unidad militar. Era muy sencillo. Al cuartel se le
asignaba un presupuesto determinado del cual era muy importante no pasarse. Si
todos los cuarteles se pasaban del presupuesto, el Ejército entero se pasaba de
presupuesto y entonces la partida de Fuerzas Armadas del Gobierno estaría en
déficit y, por tanto, se ponía en riesgo el equilibrio fiscal del país. El
coronel de cada cuartel seguía la evolución de los gastos con atención,
controlando responsablemente el gasto. Pero cuando llegaba el mes de
noviembre saltaba la alarma. ¿Se había desmadrado
el gasto? ¡No! ¡Todo lo
contrario! Estábamos gastando demasiado poco.
«¿Cuál es el problema?», le pregunté al coronel. Él me dijo: «Mira, en el
Ejército se
realizan las asignaciones presupuestarias según
históricos. En función de lo que gastemos este año, el que viene decidirán
cuánto nos dan. Si quedamos demasiado por debajo, se percatarán de que podemos
gestionar el cuartel con mucho menos de lo que tenemos asignado, así que
necesito gastar todo el presupuesto como sea». Y entonces se organizaban a todo
meter campañas y salidas al exterior, de forma
que se dispara el gasto y las dietas de los mandos.
Bien, esto que era típico del Ejército de los años
ochenta, sigue sucediendo en el mundo empresarial. Las empresas, de hecho, han
heredado muchos de sus instrumentos y herramientas del mundo militar. Por eso
hablamos de estrategias, tácticas, objetivos, ofensivas, defensa y…
presupuestos.
Cada uno de los departamentos de una empresa tiene
asignado un presupuesto. El de marketing, según de qué empresa se trate, puede
gestionar millones de euros de publicidad y
promociones; el departamento comercial, además de
objetivos de
ventas, tiene asignadas partidas de gasto que puede
utilizar para promocionar los
productos o pagar impuestos revolucionarios a los
distribuidores del tipo «es el aniversario de nuestro
supermercado y necesitamos aportaciones de las
marcas para la efeméride». El departamento de innovación e I+D tiene un
presupuesto para gastar (o invertir) en novedades; el departamento de
informática tiene un presupuesto para el mantenimiento de hardware y software,
etc. Todos los departamentos tienen un presupuesto. Y todos, absolutamente
todos, lo gestionan como el Ejército. Pero las empresas no tienen un papá
Estado que les da el
dinero y su presupuesto se nutre de sus propias
ventas.
Imaginemos una empresa que tiene un margen sobre
ventas del 20%. Eso significa que necesita 5 euros de ventas para ganar 1 euro.
Por tanto, cada euro del presupuesto de gasto de cualquier departamento surge
de 5 euros de ventas. Eso lo tienen muy claro los directivos, así que solicitan
a todos los departamentos que racionen el gasto y guarden una parte relevante
para final de año. ¿Por qué? Pues porque si las ventas van mal, recortando
gasto, se puede alcanzar el objetivo de beneficio. Imagine que una empresa
tiene un presupuesto de publicidad de un millón
de euros y que su margen comercial es del 20%.
Cinco millones de euros de ventas producen un millón de euros de margen. Si las
ventas van mal, por cada euro de publicidad presupuestado y no gastado compenso
5 euros de ventas no conseguidas. Da lo mismo, a efectos contables, facturar
cinco millones más y gastarse un millón en publicidad que facturar cinco
millones menos y recortar un millón la publicidad. El resultado operativo es el
mismo.
Si los directivos se gastasen todo el presupuesto
en el mes de junio y luego las ventas flojearan, no hay de dónde compensar. Así
que los directores generales, al igual que hacía el coronel
de mi cuartel, ordenan a los distintos
departamentos que sean prudentes con los gastos hasta el mes de
octubre-noviembre. Si por entonces las ventas marchan según lo esperado,
entonces el director general ordena gastar el resto. ¿Por qué lo hace? Pues por
el mismo motivo que los coroneles, pero a la inversa. Si no se gastan lo que
dijeron a los accionistas y, en cambio, venden todo lo que prometieron que iban
a vender, el beneficio sería mucho, muchísimo más elevado. Los consejos de
administración fijan los objetivos del año siguiente también según el criterio
de ejercicio anterior, como en las Fuerzas Armadas. Si el beneficio se
dispara, aplaudirán y felicitarán al equipo
directivo, pero al año siguiente le exigirán que repita la cifra de beneficio o
incluso que la supere.
Si los accionistas comprobaran la cuenta de
explotación por meses se darían cuenta de ello porque verían que en la mayoría
de empresas el 75% del gasto no corriente se concentra en los últimos dos meses
del año. Pero por lo general a los accionistas se les proporciona la
información consolidada del año y raramente se detalla por meses. Aun así, los
directivos podrían ser descubiertos porque, al presentar el acumulado anual a
mes de octubre, los accionistas podrían descubrir que
algunas partidas llevan gastada muy poca proporción
de lo que está previsto para todo el ejercicio. ¿Por qué no lo detectan? Pues
porque en contabilidad existe una cosa que se llama «provisiones de gastos» y
que se inventaron para poder imputar al presente gastos que sabemos que se van
a producir en el futuro y que, por algún motivo, el proveedor no nos facturará
hasta más adelante. Esa era la utilidad real de las provisiones, pero en la
mayoría de las empresas se utilizan para ir asignando gastos de la forma en que
nos convenga. A base de provisionar los gastos en publicidad, el directivo
puede ocultar que se está guardando bajo la
manga el no realizar determinados gastos o
inversiones por si acaso las ventas no van bien.
PROVISIÓN
Versión oficial:
Apunte contable que permite contabilizar un gasto
previsto que aún no se ha realizado.
Versión prohibida:
Set de maquillaje para la cuenta de pérdidas y
ganancias durante el ejercicio.
Pero no piensen que las provisiones se utilizan
únicamente para disimular ahorros de gasto si la cosa va mal, también se
emplean cuando las cosas van muy bien y las ventas van
disparadas. Si la empresa vende mucho más de lo
previsto, el directivo, como he explicado antes, será presionado para mantener
esos resultados en el tiempo. Así que no solo cuando las ventas van mal suenan
las alarmas. Cuando van bien… ¡también suenan! «Vamos pasados de beneficio, el
año que viene vamos a tener un problema» es una de las típicas frases que se
oyen dentro de las multinacionales. Así que se ponen en marcha dos mecanismos.
Uno es el de pasar ventas de este año al siguiente. Para ello, se echa mano de
otro instrumento contable que se utiliza de forma interesada y distinta a como
fue
concebido. Se llaman «ventas
diferidas». El plan general de contabilidad permite
emitir facturas con cargo al siguiente ejercicio anual y que no consten en la
cuenta de ingresos del año en curso. Ese es el primer mecanismo, pasar ventas
al año siguiente. El segundo es traer gastos del año siguiente al presente
ejercicio. A nivel contable son también provisiones, pero en el argot
empresarial de las multinacionales, desconocido para el público general, se
llama gasto anticipado o pregasto (pre-spending). El término resulta gracioso. Gasto
antes de gastar.
A base de patear ventas y de avanzar gastos del año
siguiente se puede
reducir mucho, muchísimo, el beneficio excesivo que
un directivo no quiere obtener. El problema con los gastos anticipados es que
las multinacionales solicitan esos anticipos de factura a sus proveedores que,
por lo general, suelen ser empresas más pequeñas y en muchos casos se trata de
pymes. Pequeñas agencias de publicidad, de eventos promocionales, fabricantes
de envases o cajas, etc. El problema para estas empresas es que son avisadas
del pregasto pocos días antes de final de año.
Hacia el mes de diciembre recibes una llamada de tu
principal cliente, al que no puedes decirle que no a casi
nada, y te dice que van demasiado bien de
beneficios y que le hagas una factura por parte de los honorarios del semestre
del año siguiente. Esa pyme se ve entonces con el mismo problema, que se ha
trasladado desde la multinacional a su empresa. De repente le piden que aumente
sus ventas de ese año y se lo solicitan a final de año, sin que tenga demasiado
margen de maniobra para trasladar la misma petición a sus propios proveedores.
La pyme, que probablemente tenía su cuenta de pérdidas y ganancias bien ajustada
a sus propios planes, se encuentra de pronto completamente desestabilizada a
pocos días de acabar el año fiscal.
Es cierto que la pyme no está sometida a la presión
de un consejo de administración independiente o de unos accionistas cuyos
títulos cotizan en bolsa y que tiene libertad para fijar los objetivos del año
siguiente con total libertad. Pero el fisco sí que realiza estimaciones según
ejercicios anteriores para pasar los cargos, por ejemplo, del impuesto de
sociedades fraccionado. La Agencia Tributaria obliga a las empresas a ir
ingresando el impuesto de sociedades según los niveles de facturación y beneficios
del año anterior. Así que no solo la pyme tendrá que tributar más ese año,
avanzando el dinero de unas facturas que tardará
varios meses en cobrar (¡recordemos que es un gasto
anticipado!), sino que se pasará un año tributando y avanzando pagos por encima
de sus posibilidades reales.
En resumen, cuanto más tamaño y poder tiene una
empresa, más capacidad tiene de maquillar sus resultados según los
presupuestos. Este es el motivo por el cual se dice, y es cierto, que las pymes
españolas sufren tanto en nuestro país. Cuando las cosas van mal, pues sufren
porque van mal. Y cuando las cosas van bien, se pasan el día liquidando
impuestos de un nivel de ventas ficticio, o bien avanzando un IVA que todavía
no han cobrado, para que
los presupuestos de las multinacionales se cumplan
y no vayan ni mucho mejor ni mucho peor de lo previsto.
GASTO ANTICIPADO (PRE-SPENDING)
Versión oficial:
Avance de gastos al presente ejercicio, autorizado
por la ley.
Versión prohibida:
Carga financiera que sufren las pymes cuando la
economía va bien.
Este criterio de las Fuerzas Armadas — presupuesto
del año que viene según gasto del anterior— no solamente se reproduce entre
directivos y consejos de administración de las grandes empresas
y entre la Agencia Tributaria y los contribuyentes
societarios, también se da en la relación entre entidades financieras y sus
clientes.
Así, el gran entramado empresarial español funciona
con líneas de crédito o créditos a corto plazo o líneas de descuento, las
cuales son revisadas anualmente según cómo ha ido el año anterior. Cada año las
pymes necesitadas de crédito para su funcionamiento son requeridas a presentar
sus estados financieros y económicos. Los bancos quieren saber si continúan
ganando dinero o no. Y claro, estas facturas inesperadas de final de año con
las que las pequeñas
empresas tratan de aminorar el resultado de grandes
multinacionales quedan fenomenal en la foto ese año, pero te hacen quedar muy
feo el año siguiente.
Y así vamos. La consecuencia de todo esto es que en
casi ninguna empresa el reflejo de su cuenta de pérdidas y ganancias a 31 de
diciembre refleja lo que verdaderamente ha sucedido en esos 12 meses. Cuando
una empresa tiene pérdidas, estas son menos abultadas de lo que en realidad
son; y cuando tiene beneficios, no suelen ser tan altos como podrían haber
sido.
Esta última frase es el motivo de que haya dedicado
un espacio a explicar esta disfunción. Si alguna vez compra
acciones de alguna empresa o invierte en bolsa de
forma no especulativa, tratando de encontrar empresas que valgan la pena,
deberá cerciorarse de si ganan o pierden dinero. Sepa que cuando presenten
pérdidas, eran probablemente mayores; y que cuando presenten beneficios,
seguramente eran también mayores. Y le daré una pista interesante: si las
ventas no han bajado tanto como los beneficios, es que los directivos, puestos
a ganar menos, han avanzado gastos del año siguiente. Y si los beneficios han
aumentado menos que las ventas, lo mismo. En ambos casos, son empresas
interesantes para comprar acciones y vender al cabo de un año
porque han anticipado gastos o se han guardado
ventas para más adelante. En estos casos, al año siguiente la empresa suele
aumentar de valor en bolsa. En ese momento, venda.
De todos modos, a mí no me gusta este juego. Los
directivos se pasan la vida tratando de suavizar la evolución de los datos de
la empresa porque tenemos un sistema heredado de los planes quinquenales
socialistas, de los sistemas presupuestarios propios de la administración
pública y de las Fuerzas Armadas. Confeccionamos presupuestos mirando por el
retrovisor y no en base a las verdaderas oportunidades que presenta el mundo.
Los presupuestos se han convertido en un
instrumento que responde cada vez menos a los planes de empresa, y se utilizan
para gestionar la supervivencia del equipo de gestión así como las expectativas
de los propietarios. El afán y la obsesión por no pasarnos demasiado, ni por
exceso ni por defecto, hace que la economía se convierta en un ajuste
artificial y continuado de las expectativas. Nos devaneamos los sesos para
impedir que la realidad se imponga.
Los presupuestos así considerados son,
sinceramente, una solemne pérdida de tiempo.
PRESUPUESTOS
Versión oficial:
Cálculos que reflejan los resultados de un plan de
empresa.
Versión prohibida:
Instrumento para gestionar las expectativas de los
dueños.
Supongo que más de un lector estará pensando que
cómo es posible que la propiedad o sus representantes, el consejo de
administración, no se den cuenta de estas cosas. Es una duda muy razonable,
pero tengo que advertirle que la respuesta es escalofriante, y es la
siguiente: en las grandes corporaciones, los
directivos tienen cogidos por el pescuezo a los propietarios porque tienen un
rehén, su empresa. Así es.
Vamos ahora a sumergirnos en la pervertida relación
que se establece entre los altos directivos, quienes realmente gobiernan las
empresas, y sus propietarios. En el caso de empresas pequeñas, casi siempre el
dueño es quien gestiona y todo queda en casa, pero en el caso de las
multinacionales o grandes empresas, muchas de ellas cotizando en bolsa, se ha
producido una situación inverosímil e impensable.
Hay un fenómeno natural que siempre ha capturado mi
atención. Se
llama «inversión térmica» y se produce cuando,
debido a las presiones atmosféricas, la temperatura es más alta en la cumbre de
una montaña y más baja en el valle, lo contrario de lo habitual. La inversión
térmica provoca que las nubes estén en el valle y en las cumbres el día esté
despejado. Vemos las nubes abajo cuando deberían estar arriba.
Lo mismo se ha producido en las grandes
multinacionales. Desde un punto de vista jerárquico, los accionistas y el
consejo de administración están por encima del consejero delegado y el director
general. Pero en la práctica, son estos quienes dominan la empresa. El motivo
es que los negocios se han hecho
complejos, grandes, globales… Así como un pequeño
empresario, aun delegando su empresa a un gestor, seguiría comprendiendo su
negocio, en las grandes multinacionales el poder lo tienen quienes gestionan.
Los accionistas están totalmente en sus manos. Carecen de criterios para
determinar la conveniencia de ciertas inversiones o desinversiones.
Hay un libro que les recomiendo encarecidamente.
Fue uno de los últimos que escribió John Kenneth Galbraith, el que considero
uno de los mejores economistas del siglo XX y que fue ninguneado por muchos de
sus colegas, que lo tacharon de superficial o poco
científico. Galbraith, según mi opinión, fue un
gran economista porque trataba de explicar los fenómenos económicos sin
excesivos números, a partir de la antropología, la psicología y las
motivaciones humanas. Una de sus últimas obras, que considero todo un legado,
se titulaba Economía del fraude inocente y trata precisamente de toda una serie
de contradicciones que se están produciendo en la economía actual. Son
«fraudes», pero se han convertido en fraudes inocentes porque ya los hemos
asumido como normales. Son males que se han banalizado y ya forman parte de
nuestra forma de hacer. Es como las definiciones de este libro.
En el mundo económico hemos asumido como normales
las disfunciones. Yo mismo me doy cuenta de que apenas me sorprendía ya de
ellas.
Pues bien, reproduzco un fragmento del libro de
Galbraith:
Al ser la dirección la que ostenta el poder en la
gran corporación moderna, el rol de los accionistas pasa a ser ceremonial (…).
Recientemente la opinión pública ha advertido, con sorpresa y conmoción, la
tendencia de los directivos a buscar el poder y el enriquecimiento propio (…).
Las grandes empresas llegaron a dominar las noticias. En todos los casos, la
situación era la misma. La dirección lo controlaba
todo; los propietarios eran irrelevantes; algunos
auditores se
mostraron dóciles. Las stock options servían para
enriquecer a los implicados (…).
Es decir, se ha levantado un sistema en que las
decisiones que se toman en una sociedad son tomadas por el consejo de
administración a través de dos figuras: el presidente y el consejero delegado.
Ambos reciben, del consejo, este poder.
Para que no sea tan descarada ni evidente la
concentración de poder, se crean comisiones ejecutivas, algunas permanentes, y
que en teoría deciden sobre cuestiones directivas. Pero estas comisiones son
puros títeres. El presidente ejecutivo o el consejero
delegado tienen un poder casi absoluto sobre las
grandes empresas y las decisiones importantes son tomadas por ellos.
Hay algunas decisiones que se toman por parte del
consejo, eso es cierto, pero en realidad los consejeros se ponen de acuerdo
siempre antes de la reunión a través de pactos o confabulaciones. Es
difícil hablar de consejeros independientes.
¿Qué pasa entonces con los pequeños accionistas?
¿Dónde están sus derechos, su representación? Pues es lejana y obviada. El
banco nos envía el típico papelito para delegación de voto y firmamos todos
como borreguitos.
Esto explica el porqué de muchas decisiones
empresariales que desde fuera se nos antojan sospechosas. Ciertos movimientos
empresariales,
compras, adquisiciones, deslocalizaciones y
fusiones a las que antes me refería…, a menudo responden más a intereses
personales de los directivos que a las auténticas necesidades de la empresa que
gestionan.
No tengo duda alguna de lo que estoy afirmando. A
la mayoría de gestores no les importa la empresa que gestionan más que el
tiempo que tardarán en cobrar las acciones que les han dado como incentivo.
Conozco a
bastantes directivos cuya máxima preocupación es
hacer crecer el negocio a corto plazo independientemente de la
sostenibilidad del modelo de crecimiento mientras
ellos puedan vender las acciones que les han dado como incentivo (se les llama
stock options) y retirarse plácidamente con varios millones cobrados como
incentivo o bonus.
Este es el motivo por el cual, antes de comprar
acciones de una empresa en bolsa, yo no examino tanto su evolución como las
personas que están al frente. El equipo directivo, los que gestionan. Eso es lo
verdaderamente importante. Hay gestores con una trayectoria impecable,
solvente, sostenible. Que verdaderamente han
dirigido empresas
con honradez y sin poner sus objetivos personales
por delante de la organización que los hace ricos. Esas son las mejores
empresas donde invertir, si es que alguna vez compra acciones en bolsa. Y si se
halla en la tesitura de tener que poner a alguien al frente de un negocio
familiar, por imposibilidad de
gestionarlo personalmente, escoja también según
este criterio. Directivos que hayan permanecido más de 10 años al frente de un
negocio son los más fiables. Quienes cada 2 años cambian de empresa en realidad
están buscando su
propio interés. Los gestores
comprometidos se quedan en las
empresas largo tiempo porque verdaderamente les
preocupa el futuro de la organización y la viven como propia. La rotación de un
directivo es directamente proporcional a su escala de prioridades entre él y la
empresa que gestiona.
Hay dos tipos de directivos: aquellos que exigen
acciones al principio de su gestión y aquellos a quienes hay que insistir en
que se las queden tras muchos años implicados en el negocio. Los primeros
esgrimen que esas acciones son la prueba de su compromiso por hacer crecer la
empresa, mientras que en realidad son el
incentivo que tienen para crecer sin pensar en la
sostenibilidad del modelo de crecimiento. Los segundos rechazarán las acciones
porque consideran que su deber y obligación es seguir haciendo lo que han hecho
hasta el momento sin acciones de por medio.
Esta es mi visión del tema, aunque a muchos no les
guste. Añado, pues, dos nuevas definiciones a este particular ensayo:
CONSEJERO
DELEGADO
Versión oficial:
Persona que dirige una empresa y que
depende del consejo de administración.
Versión prohibida:
Persona que manda más que los accionistas y que
ostenta el poder cuasi absoluto.
STOCK OPTIONS
Versión oficial:
Acciones que se ponen a disposición de los altos
directivos como premio por el cumplimiento de los objetivos de crecimiento.
Versión prohibida:
Incentivo para crecer sin importar la
sostenibilidad de ese crecimiento, y salir pitando lo antes posible con las
acciones convertidas en dinero.
Una de las pruebas de todo esto que explico es la
denominada «OPA hostil». OPA son las iniciales de Oferta Pública
de Adquisición. Se hace cuando una empresa quiere
hacerse con el control de las acciones de otra empresa que cotiza en bolsa.
Como la empresa compradora no se va a dedicar a llamar, uno por uno, a todos
los miles de pequeños accionistas para comprarles sus acciones, realiza
directamente una oferta pública. Pone un precio a la acción y luego se
comprueba cuántos accionistas desean vender a ese precio. La OPA puede ser
amigable o puede ser hostil. Amigable es cuando las dos empresas están de
acuerdo, una en absorber y la otra en ser adquirida. Pero en realidad las
empresas no pueden estar de acuerdo porque tampoco son
personas. Quienes están de acuerdo no son los
accionistas porque estos no han hablado entre sí (hablamos de empresas que
cotizan en bolsa y que tienen miles de accionistas). Entonces, ¿por qué es
amigable? ¿Quiénes son las personas que están de acuerdo? ¡Los miembros del
consejo!
¿Y por qué están de acuerdo? Pues, no tenga duda
alguna: porque todos los integrantes de ambos consejos van a ganar mucho dinero
con la operación de adquisición.
Así, las OPAS amigables son las que salen a cuenta
a quienes tienen el poder en las empresas. Cuando la empresa sobre la que recae
la OPA no está de
acuerdo es, de nuevo, porque sus equipos directivos
no quieren ser comprados. Van a salir perdiendo desde un punto de vista
personal. Entonces la OPA es hostil. Una OPA hostil, que a nadie quepa duda, es
un desacuerdo entre dos equipos de altos directivos en cómo repartirse el poder
del nuevo pastel.
Por eso, contrario a lo que piensa la mayoría de la
gente, las OPAS hostiles son las mejores para los accionistas. ¡Los directivos
no van a repartirse el pastel a sus anchas! Si los consejos de administración
de ambas empresas están de acuerdo, tiemble. Si los consejeros de la empresa
que va a ser comprada no
están de acuerdo con la operación, van a hacer todo
lo que esté en su mano para impedirlo, lo que reflejará mucho más fielmente el
precio justo de la transacción.
OPA HOSTIL
Versión oficial:
Oferta pública de adquisición en que la empresa que
pretende ser comprada está en contra de tal operación.
Versión prohibida:
Operación de compra en que los
miembros del consejo de administración no van a
poder manipular ni enriquecerse a costa de la operación.
Es en este punto donde entran en juego los
políticos. ¿Por qué hablo de políticos en el capítulo de empresas?
Porque las grandes corporaciones están oscuramente
vinculadas a los partidos políticos, y por ello se han creado diversos
mecanismos para impedir OPAS hostiles.
Uno de ellos es la llamada «acción dorada». Es un
tipo de acción que a mí me recuerda al juego del Monopoly cuando el
contrincante cae en la casilla de «Vaya a la cárcel» y, tras tú haber lanzado
un grito de júbilo, te mira y te enseña una cartita donde pone «Queda libre de
la cárcel». La acción dorada o acción de oro es algo similar. Si un Gobierno
considera que las decisiones adoptadas por el consejo de administración de una
empresa van en
contra de los intereses del país, puede anular el
derecho de voto de los accionistas. La primera en hacerlo fue Margaret Thatcher
en 1984 para conseguir la privatización de British Telecom. En España, se
utilizó la misma estrategia en los años noventa con las empresas Repsol,
Telefónica, Endesa, Iberia, Argentaria o Tabacalera.
Resulta inaceptable que una empresa privatizada
cuya propiedad está, total o parcialmente, en manos de accionistas
independientes, estos sean vetados en su derecho de voto por un Gobierno
aduciendo intereses estatales. Esos intereses son totalmente discutibles porque
lo que no interesa a un Gobierno
puede sí interesar a los propietarios de la
empresa, que son los que han puesto el dinero para que funcione. Al final,
resulta que los propietarios lo son, pero hasta cierto punto. ¿Qué clase de
libertad es esta?
Por si acaso este recurso resultara insuficiente,
quedan varias opciones alternativas. Una es la contra OPA y consiste en que una
tercera empresa eleve el precio de la OPA hostil con el fin de evitar la
operación. El caso más sonado en España fue el de Gas Natural, EON y
Enel-Acciona sobre Endesa en los años 2007 y 2008, que dio lugar a la célebre
frase de «antes alemana que catalana» y cuyo presunto autor
(Aguirre, Pizarro o Cañete) no fue nunca aclarado.
En una contra OPA un Gobierno utiliza otra empresa estatal, propia o de otro
país, para evitar la operación.
El poder político domina o pretende dominar al
económico o empresarial, a pesar de que deberían ser elementos independientes.
En definitiva, ya sea a través de los directivos o de los
distintos métodos de control gubernamental sobre
empresas de sectores estratégicos, la soberanía de los accionistas como
propietarios de las empresas es algo cuestionable.
Se produce, pues, una paradoja impensable. Las
empresas se fusionan,
se hacen grandes, salen a bolsa, miles de pequeños
accionistas adquieren sus acciones y acaban en manos de una o dos personas,
quienes concentran todo el poder, con el límite y aquiescencia final del
Gobierno, en algunos casos.
Soy un fan de la serie de La guerra de las galaxias
y siempre me resultó raro que un senado que representa a multitud de sistemas
estelares acabara siendo dominado por un solo senador (el que en realidad
acabará convirtiéndose en el emperador y transformará la república en un
imperio). Siempre me ha llamado la atención esa tendencia a las concentraciones
de poder. Sucede en todas las organizaciones, países e
incluso organismos supraestatales. La Unión
Europea, sin ir más lejos, está prácticamente dominada por el canciller de
Alemania y el primer ministro de Francia. Con el tiempo me he ido dando cuenta
de que es algo habitual. En la búsqueda continua del poder, se acaban
desarrollando sistemas de delegación de
facultades mediante sistemas aparentemente
representativos. En cascada, un sistema tras otro, va reduciendo el número de
responsables hasta concentrarlo en uno o dos. Es lo que sucede en las grandes
empresas. Fijémonos en el caso de Botín, que en paz descanse, cuando estaba al
frente del Santander. Parecía, a todos los
efectos, el dueño de la entidad y, sin embargo, la
familia Botín apenas controla el 0,77% del banco. Los Botín han gestionado el
banco sin oposición alguna y lo han hecho fantásticamente, eso es cierto, lo
han convertido en uno de los más importantes del mundo. Pero sin ser los dueños
del banco tomaban decisiones claves sin ninguna oposición. Se trata,
simplemente, de una concentración total de poder en una sola persona, el
consejero delegado.
Cuanto más arriba en la organización, más poder,
todo el poder. Poder para hacer y deshacer, incluso para fijar sus propias
retribuciones e indemnizaciones. Un signo muy evidente
son los blindajes de altos directivos que suelen
incluirse en sus contratos. Las clausulas de algunos de estos contratos son
inmorales y no serían votadas por ningún accionista. Sin embargo, la forma en
que se estructura el poder permite que así sea.
La excusa esgrimida es que para atraer a un
directivo de otra empresa a ocupar un puesto de alta dirección, esa persona
deja un puesto donde está seguro y bien retribuido. Corre el riesgo de que si
tras cambiarse de empresa no se adapta o el consejo de administración considera
que ha errado con la elección, se quedará en la calle. Ante tal eventualidad,
preferirá seguir en el
mismo puesto y no moverse de empresa. Hay que
proporcionarle seguridad y, para ello, se le plantea una formidable
compensación para que se atreva a dar el paso. Esa compensación acaba
representando una cantidad de dinero que oscila entre uno y tres años de
salario, incluyendo tanto el fijo mensual como el variable. Sepamos que esta
cantidad está establecida por la ley en siete días por año de servicio con un
máximo de seis mensualidades. Esto en el caso de los directores generales. Pues
lo que dice la ley se ignora y como las partes pueden en un contrato privado
pactar lo que quieran, se multiplica por seis lo que ya de por sí es una
cantidad
elevadísima. Las cifras con las que se blinda al
directivo del posible despido son a veces escandalosas. El blindaje no se
establece en función del salario anual fijo más variable y directamente se
pacta una cantidad fija totalmente desorbitada.
Casos en España ha habido varios: los consejeros y
presidentes de algunas cajas de ahorros que habían sido intervenidas por el
Estado fueron muy sonados. O la indemnización de 3 millones de euros que se dio
al consejero delegado de Vocento tras despedirlo solo unos pocos meses después
de ser contratado.
Es
tanto el dinero
que se llega
a
incluir en ciertas cláusulas que en algunos casos
hay OPAS hostiles que no llegan a perfeccionarse porque sería demasiado caro
sustituir al consejo de administración. ¡La bomba! Los encargados de
representar a los accionistas se convierten en un escollo para vender a buen
precio sus acciones por las indemnizaciones y blindajes que se ponen a sí
mismos en caso de despido, haciendo un uso totalmente discriminatorio y abusivo
del poder que les ha sido otorgado. Si esto no es una demostración de fraude
empresarial «inocente», que baje Dios y lo vea. O que baje Galbraith a
repetirlo a ver si alguien le escucha.
Lo más inaceptable es que no sé cuál es la
diferencia entre un trabajador normal y un consejero delegado en cuanto a
riesgos de cambiar de empleo. Cuando un administrativo, vendedor o dependiente
de una tienda cambia de trabajo también se arriesga y, sin embargo, en caso de
lograr pactar alguna indemnización adicional, que lo dudo, esta sería ínfima en
comparación a la del directivo.
¿Por qué el alto directivo debe ser más protegido
que un trabajador normal? Un economista respondería que el motivo es el mismo
por el cual cobra más que un administrativo: porque es un valor escaso, porque
hay miles de
personas capacitadas para trabajar de
administrativo y muy pocas capacitadas para ser consejeros delegados. Podría
estar de acuerdo, aunque tengo mis reservas, pues creo que esa ley de la oferta
y la demanda ya la vemos reflejada en su elevado salario, por lo que no veo por
qué debe, además, reflejarse en el blindaje de sus riesgos profesionales, que
son los mismos que cualquier cristiano, con la salvedad de que el resto de
cristianos perciben una veinteava parte de su nómina mensual y tienen muchos
menos recursos en caso de quedarse sin empleo.
BLINDAJE
Versión oficial:
Cláusula de indemnización por despido especial de
altos cargos, con el fin de animarlos a cambiar de empresa minimizando los
riesgos.
Versión prohibida:
Atraco colectivo a los accionistas por parte de
aquellos en quienes los primeros han depositado su confianza para gestionar sus
recursos.
Hemos hablado ya de los accionistas y los primeros
directivos. Ahora me gustaría ir bajando en la pirámide
jerárquica de las organizaciones modernas. Tras los
altos directivos encontramos a los denominados mandos intermedios. Entramos de
lleno en el área que en la empresa se llama «Recursos Humanos». A muchas
personas alejadas del mundo empresarial les
sorprende cuando leen en los diarios acerca de pifias monumentales de ciertas
personas. También es habitual en reuniones de amigos oír hablar sobre la
ineptitud del jefe que nos refiere alguno de nuestros
amigos. Si somos sinceros, reconoceremos que casi
todo el mundo, salvo alguna excepción, considera que su jefe no está
suficientemente
preparado. ¿Estamos ante la típica reacción de
manía o rechazo al superior? ¿O es posible que la mayoría de las personas que
ostentan cargos de responsabilidad no estén preparados para el mismo?
Existe un principio poco conocido por el público
general y que resulta escalofriante. Se denomina el «principio de Peter». Fue
formulado en 1969 por Laurence J. Peter, catedrático de la Universidad del Sur
de California, y dice así: «En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender
hasta su nivel de incompetencia: la nata sube hasta cortarse».
El mecanismo es el siguiente: si una
persona hace bien las cosas, se entiende que sus
capacidades están por encima de sus responsabilidades. Como se le puede sacar
más provecho, se le promueve hacia arriba en la organización. Si su rendimiento
sigue siendo bueno, se concluye que es capaz de más. Y así hasta que accede a
un puesto que ya le viene grande. Esta era la explicación que Laurence Peter
daba a que encontrásemos incompetentes en puestos de responsabilidad.
El principio de Peter nunca fue validado
empíricamente porque ningún investigador ha creado un indicador de
incompetencia directiva. Sería un gran proyecto. De la explicación de Peter
extraemos en cualquier caso una interesante
conclusión. No hay personas incompetentes; hay personas válidas ubicadas en los
puestos equivocados.
La solución parece simple: se le defenestra al
cargo inferior que venía desempeñando con solvencia. Pero esto no era posible
porque el Estatuto de los Trabajadores lo impedía. No fue hasta 2012 que se
modificó el artículo 41.1 y se hicieron ya posibles en España las rebajas
salariales o «modificaciones sustanciales de las condiciones de trabajo». Ahora
bien, la ley dice que para rebajar a alguien debe haber
«probadas razones económicas, técnicas,
organizativas o de producción»
que lo justifiquen. Es decir, la ley excluye los
casos referidos a la incompetencia de la persona. En otras palabras: o esgrimes
un argumento muy claro, o al incompetente todavía no se le puede defenestrar. Y
por eso los incompetentes se perpetúan en sus puestos.
Los directores de Recursos Humanos tratan de
evitarlo. Realizan numerosas evaluaciones y pruebas antes de promocionar a
alguien. Saben que si no escogen a la persona adecuada, luego es costoso de
resolver. La solución del despido a partir de ciertos niveles jerárquicos pica
en la caja.
Según Peter, la incompetencia se
evita dejando a la gente que hace bien su trabajo
ahí donde está. Pero, más allá de la eventual desmotivación de ese trabajador,
¿qué le sucedería a su superior?
Escribí hace tiempo un cuento que narra la historia
de un contable que todo lo hace bien. El contable no comete nunca errores. Al
director de personal le resulta imposible gestionar a una persona que todo lo
hace correctamente. Su brillantez le resulta incómoda e incluso sospechosa.
«¿Qué oculta usted bajo tanta perfección? Si sigue haciéndolo todo bien, tal
vez deberé despedirle», llega a decirle. El relato acaba con el contable
entrando números
falsos en el ordenador de forma voluntaria para
evitar el despido.
Este kafkiano relato describe cómo la incompetencia
es, después de todo, un baremo. La mediocridad en el desempeño es la
constatación práctica de que hemos llevado a una persona hasta el umbral de sus
máximas posibilidades, que es uno de los objetivos de los departamentos de
Recursos Humanos. La imperfección da indicios, define un contorno. La
perfección, no. La perfección imposibilita conocer
los límites de alguien y, por ende, gestionarlo.
¿Por qué el principio de Peter ha persistido tanto
tiempo en el mundo
empresarial? ¿Y por qué parece que ahora tiende a
disminuir? Pongo sobre la mesa dos posibles respuestas. La primera es que los
directores de los departamentos de Recursos Humanos fueron, a su vez,
protagonistas del principio de Peter. Fueron promovidos
sucesivamente hasta un cargo inadecuado a sus
capacidades y no sabían cómo resolver este problema organizativo porque sus
competencias son insuficientes para el cargo de director de Recursos Humanos.
La segunda es más magnánima y responde de paso a la segunda de las preguntas.
Tal vez no podían hacer nada. A menudo he pensado que el problema del
principio de Peter tiene su origen en el contexto
donde se produce. De hecho, su enunciado arranca así: «En una jerarquía…».
Estamos constatando que el principio de Peter es
inherente a las jerarquías. Hoy tendemos a estructuras planas y flexibles, las
llamadas «estructuras no jerárquicas».
La ventaja de la ausencia de jerarquías es que las
tareas no se asignan a cargos, sino a personas. Si alguien no resuelve bien una
tarea, se le asignan otro tipo de tareas donde sea solvente. El fin de la
jerarquía será también el fin del principio de Peter. La prueba fehaciente de
que la dualidad
tarea-persona evita a los incompetentes somos los
autónomos. Entre autónomos la incompetencia no persiste demasiado tiempo porque
antes ya nos hemos quedado sin clientes.
Sea como sea, y después de 25 años dedicado al
mundo de la empresa, tengo que decir que el principio de Peter es una realidad.
¿En qué porcentaje? No puedo dar una respuesta científica, pero yo calculo que
a la mitad de los directivos que he conocido el puesto, creo yo, les venía
grande.
PRINCIPIO DE PETER
Versión oficial:
En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender
hasta su nivel de incompetencia.
Versión prohibida:
Principio del que nadie habla en las empresas.
Si un mando o directivo está bajo el principio de
Peter, es importante saber disimular. Para ello, hay diversas y múltiples
estrategias, pero, sin duda alguna, debe dominar un lenguaje empresarial
refinado y, a ser posible, lo
más de moda posible.
En el mundo de la empresa hay ciertas palabras que
se ponen de moda y conviene decir para ser bien valorado. Podría dedicar un
capítulo entero al asunto del lenguaje empresarial y su evolución. A lo largo
del tiempo han estado de moda términos como «crecimiento orgánico», «calidad
total», «just in time» o «modelo de negocio». Pero ninguna ha resistido los
embates del tiempo y las modas como «sinergia».
«Sinergia» es una palabra mágica. La mencionas en
una reunión y todo el mundo asiente con la cabeza, entorna los párpados y hace
un gesto de «tiene razón», «qué interesante», «qué
oportunidad tan buena» o similares. Rara vez
alguien levantará la mano y preguntará: «¿A qué sinergias se refiere?». Porque
eso es reconocer que uno es un incompetente que no sabe reconocer «sinergias».
Si uno no es capaz de identificar las «sinergias» entre dos o más empresas, es
que no tiene ni idea, ni visión estratégica, ni perspectiva.
La frase recomendada es algo así: «De este modo,
aprovecharemos nuestras sinergias». Nunca olvide lo de «aprovechar». Es el
blindaje definitivo. Si nadie se atreve a preguntar cuáles son las sinergias,
menos aún a preguntar cómo se aprovechan. Eso sería ya causa
de incapacidad laboral permanente.
Recientemente, el término «sinergias» se ha unido
al apelativo «grandes». Grandes sinergias. Ambos van ya indefectiblemente de la
mano como los enamorados en primavera.
El término «sinergias» ha adquirido tal prestigio y
versatilidad que es análogo al verbo «pitufear» de los famosos pitufos del
dibujante Peyo. Sirve para cualquier cosa. Cuando se encuentre en una reunión y
no encuentre la palabra apropiada, diga, simplemente, «sinergias». Todo el
mundo le aplaudirá. Y si está usted bajo el principio de Peter, pasará
desapercibido.
SINERGIAS
Versión oficial:
En economía, la noción de sinergia deriva de una
mejora de la organización en el seno de una empresa, o conjunto de empresas, o
dentro de un grupo de consumidores. Esta sinergia tiene su origen en un manejo
en común de recursos y de necesidades, lo que produce toda una serie de
ventajosas consecuencias que, de otro modo, no se producirían.
Versión prohibida:
Palabra mágica para que nadie ponga en duda lo que
dices, aunque no tengas ni idea de lo que hablas.
Vistos los mandos intermedios, sigamos bajando
hacia abajo en la jerarquía. Llegamos a lo que en algunas empresas se denomina
«tropa», continuando con la jerga castrense.
La tropa se caracteriza por estar mal pagada pero
bien premiada. Esto proviene también de la herencia militar de las empresas.
Los mejores soldados eran los mercenarios y a estos no se les atraía tanto por
la soldada (sueldo fijo) como por los premios que se les otorgaba si obtenían
la victoria. El premio más valorado, por cierto, no era el dinero, sino la
libertad para saquear y violar mujeres en la ciudad conquistada durante un
plazo de tiempo que oscilaba
entre uno y cinco días, según la dificultad de la
empresa.
Todavía depositarios de esta cultura salvaje e
irresponsable, hay muchas empresas (la mayoría) que paga poco y premia mucho
(con dinero o en especies, pero legales). Se le llama «incentivo o bonus».
Si usted comunica a los ingenieros de un
departamento de Investigación y Desarrollo que les va a pagar un plus por
lograr un invento para la empresa le preguntarán que por qué les insulta. «Nos
pagan para eso, para inventar, para eso cobramos un sueldo. ¿Por qué un
incentivo, por qué premiarnos por conseguir lo que se supone que hemos
de hacer? ¿Tan poco se fía de nosotros?». Eso le
dirán.
Es como si el director general de un hospital
comunica al equipo médico que va a dar un incentivo de 3000 euros a los
cirujanos si a final de año se reduce la mortandad en quirófano un 10%. Los
médicos se sentirían insultados. Su misión es salvar vidas. Con o sin
incentivo. No van a salvar más vidas porque vayan a percibir 3000 euros más.
Ese es su trabajo, su misión.
Algún lector pensará que he puesto dos ejemplos
extremos. Demostraré enseguida que no. ¿Por qué a un vendedor, tipología de
empleo que por excelencia está sometida a incentivos
por alcanzar los objetivos, se le pone un premio?
Se le pone un premio porque su salario bajo es reducido. Y se complementa con
cuantías que pueden más que doblar su salario base cuando logran los objetivos
de venta que la empresa quiere alcanzar.
¿Y por qué se le paga un salario base tan reducido?
Pues porque no nos fiamos de que vaya a conseguir sus objetivos. Por eso defino
al incentivo como el precio con el que una empresa cifra el valor de su
desconfianza. Si confiásemos en las personas, no harían falta incentivos.
INCENTIVO O BONUS
Versión oficial:
A veces también llamado «bono», el incentivo o
bonus es un pago que se concede a los trabajadores como consecuencia de
circunstancias especiales, normalmente asociado al cumplimiento de una serie de
objetivos anuales.
Versión prohibida:
El incentivo es el valor económico de una
desconfianza.
Sigamos bajando por el escalafón jerárquico.
Acabados los comerciales, representantes, cajeros, peones y demás
personal nos quedan… las secretarias. En pos de la
abolición del machismo imperante en nuestro país, la denominación «secretaria»
ha sido sustituida por la de «personal administrativo» y, más recientemente,
asistente personal (personal assistant). A mí esto me parece muy bien, pero lo
encuentro de una hipocresía absoluta porque aún en España la gran mayoría de
los asistentes personales de la clase directiva son mujeres. Lo que no es
extraño si consideramos que también la inmensa mayoría de la clase directiva
está conformada por hombres. Así que nadie se me enfade ahora por seguir
hablando de secretarias en femenino.
Que nadie me tache de machista. Estoy simplemente
reflejando en el texto la pura realidad empresarial.
Yo he tenido solo una secretaria en mi vida. No me
gusta tener asistentes personales. Creo que una persona ha de limpiarse sus
propios mocos, entre los que se incluye atender llamadas o sacarse billetes de
avión. Creo además que con las nuevas tecnologías, no tiene sentido tener una
persona para tareas que están en su mayoría automatizadas o digitalizadas. En
la época en que tuve secretaria no había Internet. Recuerdo que el primer día
me senté frente a ella y le pregunté si sabía de dónde provenía la palabra
«secretaria». Me dijo que no.
Yo le respondí: «Secretaria viene de secreto». Ella
era muy lista y me respondió: «De acuerdo».
Le dije eso porque yo sabía que a partir de ese
momento ella iba a saber todos los pormenores de mi vida personal y
profesional: el dinero que ganaría, las personas a las que iba a contratar o
despedir, las decisiones más confidenciales de nuestra mediana empresa, incluso
mis planes personales. Yo siempre he considerado a las secretarias mal
retribuidas porque su salario no debería reflejar solo sus tareas, sino la
confianza de la que son depositarias. Mucha gente no entiende por qué cuando un
alto directivo cambia
de empresa a menudo se lleva consigo a la
secretaria. Obviando a los mal pensados, el motivo es porque ahí donde uno va
suele llevarse consigo a sus secretos.
Si alguna vez desea información de lo que realmente
pasó o está pasando en una empresa, no hable con los jefes. Hable con las
secretarias. Ellas le dirán si, por ejemplo, va a cobrar o no sus facturas. Si
no sueltan prenda, es que son unas buenas secretarias. Pero por intentarlo, que
no quede.
SECRETARIA
Versión oficial:
Es una persona que se encarga de recibir y redactar
la correspondencia de un superior jerárquico, llevar adelante la agenda de este
y custodiar y ordenar los documentos de una oficina. El cargo que ocupa una
secretaria suele conocerse como «auxiliar administrativo».
Versión prohibida:
Depositaria de los secretos de la empresa.
Hemos realizado un recorrido por todos los niveles
jerárquicos. Tras haber
desvelado algunas verdades de cada estamento,
déjeme hablarle de las personas en su conjunto. A la totalidad del personal de
una empresa, el equipo humano, los economistas les otorgamos un valor y desde
un punto de vista empresarial la suma de todas sus capacidades y conocimientos
son considerados un capital intangible, pero un capital al fin y al cabo. Se le
denomina «capital humano». Es un poco bestia cuando lo piensas porque el
«capital» a secas se define como el conjunto de bienes producidos que se utilizan
para producir otros. Y considerar a las personas como bienes equivale a
materializarlos. En realidad,
casi todas las declinaciones de capital hacen
referencia a bienes o dinero: capital financiero, capital físico, capital
bursátil o similares. Así que lo de capital humano, si bien sirve para mejorar
la percepción de las empresas, es en realidad algo, cuando menos, discutible.
El capital humano es un intangible. Como he
explicado, se refiere a la suma de conocimientos, habilidades y capacidades de
las personas que forman parte de la plantilla de una empresa. ¿Es mejor tener
un capital humano valioso?
A priori, podría parecer que sí, pues a nadie le
interesa una empresa llena de zoquetes e inútiles. Si una consultoría o
una auditoría o una gestoría, por ejemplo, tiene en
plantilla a personas formadas, inteligentes y capaces,
seguramente será mucho más competitiva. Y si una
industria tiene operarios y técnicos hábiles y eficaces probablemente sus
fábricas también lo serán.
Pero hay algunas sombras que pueden hacer pensar lo
contrario. A las empresas no les gusta depender de las personas en demasía. Y
no les gusta por varias razones. La primera es que la dependencia de las
personas eleva el coste de personal. En la medida en que el factor clave de
éxito de una empresa depende de su capital humano, los
propietarios se verán obligados a pagar elevados
salarios con tal de que el personal no se vaya a trabajar a la competencia. La
segunda razón es la vulnerabilidad. Incluso pagando bien a las personas clave,
nuestra competencia puede decidir apostar fuerte y llevarse el talento que, a
su vez, anime a los clientes a cambiar de proveedor. Esto es muy habitual en
empresas de servicios empresariales. Un socio de una consultoría cuyos clientes
confíen plenamente en él lo seguirán a la compañía en que este trabaje. En
algunos sectores de actividad, los clientes no son fieles a las empresas, sino
a las personas que les atienden y
solucionan sus problemas. Y la tercera razón es que
aumenta el riesgo de que el personal clave que concentra el capital humano
decida independizarse y llevarse los principales clientes. Esto es difícil en
el caso de una industria porque hace falta mucha inversión para montar una
fábrica, pero en el sector servicios puede ser relativamente sencillo.
Y por eso las empresas no están del todo cómodas
con el asunto del capital humano. Saben que las hace más competitivas pero al
mismo tiempo encarece sus costes y las hace vulnerables. ¿Cuál es la
alternativa? ¿Cómo solucionan esta contradicción? Pues a base de desarrollar
sistemas y
procesos que adquieran más importancia que las
propias personas. Esto lo entenderemos muy fácilmente si pensamos en un equipo
de fútbol. El caso del Real Madrid o el F. C. Barcelona son típicos de
situaciones donde la dependencia del capital humano es algo muy complicado de
gestionar. Los grandes equipos suelen tener grandes estrellas, futbolistas como
Cristiano Ronaldo o Leo Messi, que marcan una diferencia. Pero no solo ellos.
Casi siempre hay unos tres o cuatro jugadores a lo sumo en los que se aposenta el
juego del equipo. Ese es el capital humano de un equipo de fútbol. Si lo
pensamos, la historia de un club,
los resultados de los años anteriores o su palmarés
no son garantía de que se vayan a ganar títulos en la siguiente temporada. Año
tras año, todo depende del capital humano de cada momento, esto es, de los
jugadores.
Eso convierte a los clubes de fútbol en empresas
muy difíciles de gestionar. A esos jugadores, como explicaba, hay que
remunerarlos muy bien para que la competencia no se los lleve, hay que elevar
sus cláusulas de rescisión y mejorar sus contratos. ¿Qué hacen los clubes para
controlar este gasto y esta dependencia? Pues tratan de fichar a un buen
entrenador. Los entrenadores son los encargados de que un equipo de
fútbol dependan lo menos posible de las
individualidades. De hecho, todos los equipos preferirían ganar títulos con
jugadores poco destacados pero muy bien conjuntados y con un gran sistema de
juego antes que ganar títulos gracias a las genialidades de dos o tres cracs.
Este modelo, basado en los sistemas y procesos (el sistema y estilo de juego)
es más fácilmente defendible y menos vulnerable ante fichajes de otros equipos
que el basado en las estrellas del balón. Para desmontar al equipo conjuntado
habría que llevarse a toda la plantilla. Para desestabilizar al equipo basado
en cracs basta con llevarse a un par de jugadores. Claro que es posible
llevarse al entrenador, pero es más fácilmente
sustituible. Es relativamente sencillo encontrar entrenadores que repliquen un
cierto estilo de juego.
Pues esto que sucede en los equipos de fútbol es lo
que procuran también las empresas. No quieren depender de personas concretas y
tampoco les gusta que haya personas que tengan exclusivamente en su cabeza las
técnicas, los conocimientos, los procedimientos o habilidades distintivas por
las cuales los clientes están satisfechos. Así que las empresas dedican muchos
recursos a que las personas plasmen y detallen todo lo que saben en sistemas y
procedimientos
objetivos, de modo que sean repetibles. Las
empresas quieren economías de escala, prefieren la previsibilidad a la
genialidad y anteponen la sistematización de un
procedimiento a la inteligencia de una persona.
Y por eso las empresas invierten tanto en
formación. La excusa es mejorar el capital humano pero la verdad es que forman
a las personas en sus procesos y sistemas para no depender de ellas, para que
sean sustituibles. Es verdad que cuanto más formados, más capaces, y que la
formación hace que un trabajador aumente su valor en el mercado, pero fijémonos
en que la formación se orienta a los conocimientos y forma de trabajo
de la empresa, eminentemente.
CAPITAL HUMANO
Versión oficial:
El capital humano de una empresa lo
constituyen la cantidad de conocimientos que poseen
los individuos que trabajan en la sociedad, adquiridos mediante la
educación, formación o el aprendizaje por
experiencia.
Versión prohibida:
Conocimiento y habilidades que las empresas se
ocuparán de estandarizar para no depender de las personas.
Y ya que hemos empezado a hablar de capital,
quisiera finalizar este capítulo
dedicando unas cuántas páginas a la parte
financiera de las empresas menos conocida por la gente y que creo que es de
utilidad conocer.
Hemos visto al principio de este capítulo cómo en
el siglo xix se desvinculó a la empresa de sus propietarios y se la dotó de
personalidad jurídica propia. Para ello, se tomó una decisión muy simple y que
consistía en reconocer que todo lo que una empresa pudiera tener alguien debía
habérselo dado previamente. A una empresa no se la concibe sin esa máxima. Lo
que tiene lo debe a alguien. Y en eso consiste el balance. «Balance» significa
equilibrio. Lo que la empresa
tiene ha de ser exactamente igual a lo que debe. Y
por eso en contabilidad siempre se dice que un balance debe cuadrar. Y si no
cuadra, es porque hemos anotado (o dejado de anotar) alguna tenencia de forma
inadecuada, o hemos anotado (o dejado de anotar) alguna deuda de forma
inadecuada.
Por ejemplo, si un empresario paga con la VISA de
la empresa unas entradas para el cine porque se dejó el efectivo en casa y no
le da tiempo a ir a un cajero, deberá reponer ese dinero más adelante. Si no lo
hace, que es lo más habitual, habrá un descuadre pues habrán salido unos euros
de caja (disminución de lo que la empresa tiene)
y no habrá anotado la deuda a cobrar (el empresario
debe ese dinero a su propia empresa porque no es un gasto relacionado con la
actividad de la
empresa). Ese balance estará descuadrado.
Pues bien, todos, absolutamente todos los balances
de las empresas están descuadrados. Como está prohibido, lo que se hace es
crear partidas del tipo «salida pendiente de justificar» o «cuenta corriente
con socios» o
«resultados extraordinarios» o similares, que
reflejan lo que no sabemos de dónde viene. Esto que se ve como una minucia con
las entradas de cine puede tomar valores de varios
millones de euros, como era el caso de las tarjetas
Black de los directivos de Bankia. Con las tarjetas de crédito pagaron, además
de entradas para el cine, todo tipo de dispendios personales injustificables y
que no se anotaban como gasto de personal o remuneración de consejeros. Ese
descuadre en el balance se compensaba con «gastos extraordinarios». Es decir,
sale dinero de caja pero no sé a dónde va.
Por tanto, cuadrados sí que están todos los
balances, pero están cuadrados a mano, ficticiamente. La realidad es que no hay
ni una sola empresa cuya contabilidad sea exacta y todo lo registrado refleje
lo ocurrido. Hay
demasiadas cosas que no sabemos por qué pasaron,
quién las hizo, cuándo, cómo y por qué. Y no necesariamente debe tratarse de
corrupción. Puede ser dejadez, desorden, despistes o pura incapacidad para
gestionar.
BALANCE
Versión oficial:
Inventario establecido periódicamente de la
totalidad de lo que una empresa posee (activo) y adeuda (pasivo).
Versión prohibida:
Descuadre sine die.
Siguiendo con el balance, este se compone de dos
partes. Activo y pasivo. A todo lo que una empresa posee se le denomina
«activo». Y a todo lo que debe se le denomina «pasivo».
En general a la gente no le importan
los activos y pasivos de las empresas, pero
deberían importarles, y mucho. En primer lugar, porque son muchísimas las
personas que trabajan por cuenta ajena, para alguna empresa. Y yo les
recomiendo que de vez en cuando sepan cuál es el activo y cuál es el pasivo de
las empresas donde trabajan (se pueden solicitar en el Registro Mercantil
porque es obligatorio depositar las cuentas anuales). Como ahora les explicaré,
esto les puede servir para protegerse en el futuro o anticiparse a posibles
problemas. También les puede servir para cerciorarse de que trabajan en una
empresa solvente o que hace bien las cosas. También sirve para, en caso de
recibir una oferta laboral de otra empresa, valorar
si vale la pena el cambio no basándose exclusivamente en el sueldo que le hayan
ofrecido, sino en la sostenibilidad, solvencia y seguridad del sitio al cual va
a ir a trabajar, comparándolo con el que deja.
Si usted no trabaja para una empresa (pero
desarrolla algún tipo de actividad), significa que es autónomo o empresario o
profesional liberal, por lo que es altamente probable que se relacione con
otras empresas, ya sea como proveedor de las mismas o como cliente de las
mismas. En tal caso también debe interesarle la solvencia y solidez de los
clientes a los que vaya a
fiar.
Por eso creo que es muy importante que la gente
tenga unos mínimos criterios para leer balances de empresas, cosa que solo se
enseña si estudias Empresariales o Económicas. Este no es un libro de
contabilidad ni de finanzas y escapa al ámbito de este ensayo de cosas
prohibidas el explicar cómo se lee un balance y de qué se compone un activo o
un pasivo. Me centraré exclusivamente en las cosas que normalmente no se dicen,
no se cuentan o no encontrará en ningún manual de contabilidad o finanzas.
Vayamos primero con el activo.
El
activo refleja todo
lo que una
empresa tiene, así que nos sirve para saber hasta
qué punto sus inversiones hacen de la empresa una organización sólida. En el
activo puede haber desde dinero hasta maquinaria, edificios, ordenadores, etc.
El dinero en la cuenta corriente es dinero y si los libros reflejan que la
empresa tiene 100 000 euros en cuenta el valor de esos 100 000 euros son, en el
99% de los casos, 100 000 euros. El problema está en todos aquellos activos
cuyo valor está sujeto a un criterio determinado. Ese es el problema y el truco.
¿Hasta qué punto una maquinaria está hecha una birria y aparece en el balance
con un valor superior al que realmente tiene? ¿Hasta
qué punto una partida de «pendiente de cobro» es
incobrable? Toda esa información es imposible verificarla sin una auditoría.
Pero es que, aunque haya auditoría, es muy fácil inflar los activos de una
empresa.
ACTIVO
Versión oficial:
Conjunto de bienes y créditos pertenecientes a una
persona o empresa.
Versión prohibida:
Tenencias de valor preciso desconocido.
Conocer el verdadero activo de una empresa es
bastante complicado, por lo que para decidir si fiarnos o no de una empresa mi
recomendación es fijarnos en el pasivo.
Esto no debería ser así y para eso
están las normas contables y, en el caso de
empresas de cierta envergadura, las auditorías son empresas encargadas de que
los estados contables y financieros de una empresa sean fiel reflejo de la
realidad. Sin embargo, por desgracia, esto no siempre es así. Hay auditorías
que realizan bien su trabajo, pero hay otras cuyo negocio depende de que sus
grandes clientes sigan contando con ellos para auditar sus cuentas. Si la
auditoría encuentra irregularidades que ponen en tela de juicio a la empresa,
perderán al cliente. Están obligadas a decir la verdad y se exponen a
importantes sanciones y responsabilidades en caso
de que
incurran en falsedades. Pero lo cierto es que
suelen correr ese riesgo porque es difícil probar la responsabilidad del
auditor. Ha habido casos de condena a auditorías por haber sido cómplices en el
falseo de cuentas de sus clientes, pero han sido muy pocos, con lo cual el
incentivo es elevado: mejor mirar hacia otro lado y seguir cobrando minutas del
cliente al que se audita.
AUDITORÍA
Versión oficial:
Empresa encargada de validar que los estados
financieros y contables de una empresa reflejen la realidad.
Versión prohibida:
Empresa que no tendría ningún cliente si hiciera
bien su trabajo.
Y por eso sostengo que es mejor fijarnos en el
pasivo. Porque a la gente le gusta tener cosas y no le gusta tener deudas. Así
que mientras que normalmente en el activo aparecen muchas partidas de dudoso
valor, en cambio en el pasivo, al
haber solo deudas, estas están valoradas por lo que
suman. Lo que se debe, se debe. Puede haber deudas ocultas o no contabilizadas,
claro, pero las que aparezcan no están sujetas a valoraciones subjetivas.
El pasivo da muchas pistas de cómo gestiona un
empresario su negocio y nos indica si es una persona cauta o es un temerario.
Al final hay tres tipos de partidas en el pasivo. Lo que se debe a los socios
(capital, reservas y beneficios no retirados), lo que se debe a bancos
(créditos y pólizas) y lo que se debe a proveedores y otros acreedores. Cuando
una empresa gana dinero, los socios tienen básicamente dos opciones.
Repartirlo o dejarlo en la empresa para no depender
tanto del crédito ajeno. Cuando usted quiera saber cuál es el estilo de los
dueños, sencillamente solicitando al Registro Mercantil los balances de los
últimos ejercicios podrá comprobar si la empresa gana o pierde dinero.
Y en caso de que gane dinero, podrá verificar si
busca la solidez patrimonial o si tira continuamente de crédito. Hay dos formas
de gestionar: de forma prudente o de forma despreocupada. Cada empresario es
libre de endeudarse dentro de los límites legales tanto como quiera. Pero yo
siempre he pensado que un empresario que retira todos los
beneficios posibles es alguien a quien preocupa
relativamente poco ese negocio concreto.
Los empresarios saben que si no hay mala gestión,
todo lo que se haya retirado en forma de beneficios no le puede ser exigido.
Queda apartado y será para él. ¿Cuál es el incentivo de dejarlo en la empresa?
Sencillamente, creer en ella y poner la supervivencia del negocio por delante
del patrimonio personal. Eso lo podrá comprobar examinando qué vienen haciendo
los socios con los beneficios de años anteriores.
PASIVO
Versión oficial:
En el balance de una empresa, conjunto de sus
deudas y
obligaciones que indica la procedencia de los
fondos invertidos en el activo.
Versión prohibida:
Lugar donde nos informamos del estilo de gestión de
los dueños de una empresa.
La principal objeción que esgrimirán los que estén
en desacuerdo con mi definición anterior es un concepto que
mucha gente no comprende y que es capital para
comprender por qué algunas personas consiguen a veces mucho beneficio con poco
dinero.
Es el concepto de «apalancamiento
financiero». El apalancamiento financiero viene a
decir que si una empresa tiene unos rendimientos superiores al coste de los
créditos, es mejor financiarse con créditos que con capital.
A esto se le llama «apalancamiento». Cualquier
asesor financiero le recomendará a un empresario cuyo rendimiento es mayor al
tipo de interés de los créditos que se endeude, dado que de ese modo
maximiza la rentabilidad de la empresa. Tenía un
profesor de economía que decía que el término «apalancamiento» se compone
de dos partes:
palanca y miento. Es decir, en
teoría y sobre el papel, sí que
es cierto que
a más financiación externa
más posible rentabilidad para
el capital propio invertido en la empresa.
Pero el apalancamiento parte de
la premisa de que se gana dinero. ¿Qué pasa cuando hay pérdidas
y se está
fuertemente endeudado? Pues que se entra en quiebra más rápido. La
solidez de una empresa se mide de muchas formas y una de ellas es el
nivel de fondos
propios. Las empresas fuertemente apalancadas
(mucho crédito y poco recurso propio) son muy
rentables pero también son tremendamente vulnerables a un ciclo económico
adverso. Los empresarios cautos destinan buena parte de sus beneficios a
reservas, con el fin de mantener su capacidad de maniobra en momentos de
dificultades.
Y eso nos lleva a dos nuevas definiciones, con las
que acabo este capítulo:
APALANCAMIENTO FINANCIERO
Versión oficial:
El apalancamiento financiero mide el efecto de los
costes fijos financieros sobre el resultado empresarial. El endeudamiento
genera unos costes fijos por intereses que provocan un efecto palanca en las
relaciones entre el resultado antes de intereses y el resultado después de
impuestos.
Versión prohibida:
Aumento del riesgo de que una empresa sea
insolvente como consecuencia de haber buscado incrementos en la rentabilidad
del
capital.
RESERVAS
Versión oficial:
Parte de los beneficios destinados a capitalizar la
empresa aumentando los fondos propios.
Versión prohibida:
Indicios del compromiso y fe de los propietarios en
su negocio.
LOS EMPRENDEDORES NOVELES
He querido en este libro incluir todo
un capítulo a los emprendedores noveles porque
desde unos años acá esta es un área llena de disfunciones. Si bien las cosas
que no interesa que sepan los nuevos emprendedores afectan a muchas menos
personas (solo a ellos), el impacto de un error sobre su economía
personal suele ser importante. Emprender cuando no
toca o no se está preparado puede hacerte perder mucho dinero.
Se abordan en este capítulo cuestiones
empresariales, como en el anterior. Pero merece hacerse en un epígrafe aparte
por dos motivos: primero porque abordo conceptos exclusivamente referidos a
empresas de nueva creación y no a empresas en marcha. Y en segundo lugar,
porque —al contrario al anterior capítulo (lo que las empresas no quieren que
sepamos)— aquí advierto sobre aspectos que se
ocultan al nuevo empresario, desconocedor aún del
mundo en el que se adentra.
Lo primero que quiero denunciar es un término que
me parece absolutamente lamentable y que además está en el
origen de la gran campaña a favor del
emprendimiento que viene observándose en bastantes comunidades autónomas
españolas desde los últimos años. Me refiero al concepto de «autoempleo».
Afirmar que el emprendimiento es una forma de
autoempleo es como sostener que ser futbolista profesional es una forma de
perder peso. Es confundir la inercia con la velocidad. El hecho de que un
emprendedor se dé empleo a sí mismo es no solo circunstancial, es casi hasta
anecdótico en la mente de un auténtico emprendedor. El emprendedor auténtico no
piensa en términos de empleo propio, sino en términos de proyecto empresarial,
de proyecto vital,
de una ilusión. Emprender no es una forma de
ganarse la vida, es una forma de vida. Para los emprendedores genuinos el
proyecto está por encima de la dimensión salarial. Un emprendedor no piensa en
el sueldo o en empleo. De hecho, ignora esas dos dimensiones. Hay una ilusión
previa, una motivación enorme. El hecho de que emprender lleve asociado
dedicarse al proyecto y, por tanto, ser su empleo es un efecto colateral y,
como digo, anecdótico.
Escribí hace ocho años un pequeño librito titulado
El libro negro del emprendedor, que analiza los errores más comunes de los
emprendedores con el fin de que los que se inician puedan
evitarlos y aprender de donde se
equivocaron otros. Realicé un
importante trabajo de campo,
entrevistando a multitud de emprendedores cuyos
negocios hubiesen fracasado. Se trataba de entender los factores clave del
fracaso. Siguiendo a Pareto, busqué aquel 20% de errores que explican el 80% de
los fracasos. Pues bien, uno de los principales problemas que identifiqué
provenía de confundir dos términos: «motivo» y «motivación». Entonces escribí
que motivos para emprender hay muchos, casi tantos como personas. Pero que son
irrelevantes porque lo importante es la motivación, las ganas, la ilusión. Entre
los motivos más lamentables cité precisamente el
autoempleo. El que una persona decida emprender porque no encuentra trabajo es
la crónica de una muerte anunciada. Ignoro a qué lumbrera de político se le ha
ocurrido vincular emprendimiento con autoempleo. Es lo peor que se puede hacer.
Ese no es el discurso, no es la línea de trabajo. El emprendimiento se ha de
estimular a partir de deseos, no a partir de frustraciones. El emprendimiento
no puede nunca ser una solución a una falta de trabajo, sino la respuesta a un
vacío creativo, a una ilusión vital.
Sinceramente se lo digo. Si está pensando en
emprender como una forma
de autoempleo y no hay nada más (ilusión, ganas,
proyecto, deseo, intención de luchar como un jabato por la nueva empresa…),
déjelo porque la castaña puede ser de órdago.
LAS DEFINICIONES PROHIBIDAS DE:
Autoempleo.
Emprendedor.
Madera de emprendedor.
Idea de negocio.
Modelo de negocio.
Socios.
Plan de empresa.
Business Angel.
Friends and Family.
Crédito al emprendedor.
Franquicia.
Forma legal.
Costes de constitución.
Internacionalización.
Sector de actividad.
Éxito.
Fracaso.
Libertad del emprendedor.
Emprendimiento.
AUTOEMPLEO
Versión oficial:
El autoempleo es una actividad emprendedora,
alternativa al mercado laboral, gracias a la cual una persona
puede realizar una actividad económica de forma
independiente trabajando para sí misma a través de un negocio.
Versión prohibida:
El autoempleo como motivo para emprender es una de
las principales
causas de fracaso de los emprendedores.
Hay mucha gente a la que, antes de
emprender, le preocupa saber si es un emprendedor.
En España se viene produciendo una distinción que a mí me resulta muy
llamativa. La figura del empresario está mal vista y la del emprendedor está
bien vista. El empresario español es un señor grueso, que tiene un Mercedes y
una fábrica en la que paga poco y gana mucho, con un par de casas de veraneo,
que se pelea con los sindicatos y que defrauda a Hacienda todo lo que puede. En
nuestro país, el empresario es percibido como un canalla. Por su lado, el emprendedor
es un chaval joven bienintencionado al que es menester ayudar y subvencionar,
lleno de ideas fabulosas en las que
ninguna entidad financiera cree y que va de puerta
en puerta explicando su proyecto a personas de otra generación que no entienden
nada de cómo va a funcionar el mundo a partir de ahora.
Pues bien, sepan que igual que toda mariposa fue
gusano, todo empresario fue emprendedor. Y que si la creencia popular es
cierta, el emprendedor es un canalla en potencia, solo que aún tiene que
pervertirse, a medida que alcance éxito.
Esta distinción es solo temporal. Si alguien tiene
duda de si es un auténtico emprendedor tiene que preguntarse y responder a la
pregunta de si le apetece ser empresario. Porque un emprendedor
es una persona que tiene buenas ideas y las pone en
marcha, pero un empresario es el que las convierte en negocio. Ser emprendedor
supone zambullirte en el mundo de la empresa con todo lo que conlleva. Si a una
persona no le apetece ser empresario, es que no es emprendedor; y si es un
auténtico
emprendedor, le apetecerá ser empresario. Porque
ser empresario no es más que la consolidación del proyecto, es la
materialización de su sueño.
La distinción entre empresario y emprendedor, en el
ámbito de la cultura popular, me parece una solemne chorrada. Hablando claro.
EMPRENDEDOR
Versión oficial:
Se denomina emprendedor/a a aquella
persona que sabe descubrir, identificar una
oportunidad de negocio en concreto, y entonces se dispondrá a organizar o
conseguir los recursos necesarios para comenzarla y, más adelante, llevarla a
buen puerto.
Versión prohibida:
Un emprendedor es un empresario, solo que unos años
antes de serlo.
Les voy a dar un dato espeluznante. Todos esos
políticos que financian
planes de emprendimiento, foros para emprendedores,
que promueven en
medios de comunicación el «autoempleo» y pregonan a
los cuatro vientos que una de las soluciones para que España salga de la crisis
es compensar el empleo destruido con autoempleo ignoran este dato. Digo que lo
ignoran porque, si lo saben y lo ocultan, es para juzgarlos por actuar con
temeridad, nocturnidad y alevosía. El dato es el siguiente: entre un 75% y 95%
de los proyectos de emprendimiento fracasan antes del primer año. El espectro
que he dado es amplio porque hay varias fuentes que lo miden.
Esto no se explica porque interesa
mucho más que la gente capitalice la prestación por
desempleo o que se dé de alta como autónomo y así rebajamos el número de
personas apuntadas al INEM, y puede, en año de elecciones (todos los años hay
algún tipo de comicios), argumentarse que el paro desciende.
No dudo de que hay estamentos y políticos
honestamente comprometidos con el emprendimiento, pero no se habla de este con
franqueza ni se organiza de forma adecuada.
De todas formas, les reconoceré algo. A la gente le
da igual este índice de fracaso. En España se emprende poco, pero el motivo no
es el ratio de fracaso, ni siquiera el hecho de que en
nuestro país se estigmatiza a quien cierra un
negocio. Llevamos mal el fracaso en nuestra cultura. No es tampoco el motivo.
Yo estoy bastante convencido de que ni la dificultad o baja probabilidad de
éxito, ni tampoco el miedo a fracasar, son el motivo de que se emprenda poco.
El motivo es que la gente no quiere problemas. Y emprender en España es una
fuente de problemas. De tipo burocrático, de tipo fiscal, de tipo legal.
Consecuencias de todo tipo, dificultades, eventuales reclamaciones de las
Administraciones públicas, obligaciones para con la Agencia Tributaria, con la
Seguridad Social, con el Registro Mercantil, con el
Ayuntamiento, con las autoridades autonómicas,
obligatoriedad de un Impuesto de Actividades Económicas, presentar
liquidaciones de impuestos aunque la base imponible sea cero (de
lo contrario eres sancionado); obligación de
ponerse en manos de una gestoría administrativa a la que abonar una cuota
mensual para evitar errores por desconocimiento que pondrán a la Administración
detrás de uno; permisos municipales; y un largo etcétera de «problemas». Y ya
no hablemos si las cosas se tuercen mínimamente. El
número de problemas aumenta exponencialmente en
cuanto se empieza a necesitar personal y empiezan las
relaciones laborales. Como se dice vulgarmente,
cada persona es un problema del cual se derivan multitud de obligaciones
legales.
Y por eso en España se emprende menos que en otros
países. Mucha gente prefiere ingresar una cantidad pequeña
al mes, pero desentenderse, despreocuparse, poder
olvidarse al acabar la jornada de cien obligaciones más que no añaden valor
alguno. Sé de lo que hablo. Soy y he sido emprendedor y me he visto en
situaciones de todos los colores. Me he visto expuesto a situaciones grotescas,
kafkianas y
dantescas por parte de la Administración pública.
Veces en las
que realmente he pensado, por unos momentos, que no
valía la pena, que no me interesaba emprender porque solo iba a complicarme la
vida, a tener más problemas de los que ocuparme.
Por eso mucha gente que se pregunta si tiene madera
de emprendedor puede responderse a sí misma basándose en esta definición:
MADERA DE
EMPRENDEDOR
Versión oficial:
Espíritu y conjunto de cualidades en relación con
el riesgo, el positivismo y la visión y habilidad para capturar oportunidades
que son propias de los emprendedores.
Versión prohibida:
Tiene madera de emprendedor aquel que está
dispuesto a tener problemas.
Definidos de forma cruda los temas relativos a la
persona, el emprendedor, vamos con los elementos propios del
proyecto. La gente, por lo general, le da una
excesiva importancia a la idea de negocio. Tengo una idea, entonces tengo un
negocio. Si la idea es buena, entonces el negocio irá bien. Si la idea es mala,
entonces el negocio irá mal. El emprendedor en potencia piensa, erróneamente,
que todo depende de la idea. Se pasa el día pensando en su idea. Vive
obsesionado con que nadie la copie, con que ningún otro emprendedor o
empresario la ponga en marcha antes que él y se le adelante. La guarda en
secreto. Arde en deseos de explicarla y comprobar qué reacciones suscita, pero
tiene miedo de hacerla pública. Sin embargo, la idea de negocio es un
elemento mucho más circunstancial de lo que
vulgarmente se cree.
Si algo sobra en el mundo, son buenas ideas. Una
idea no es un negocio, es solo el germen de una iniciativa, de una voluntad. En
realidad la idea es una excusa para arrancar. Es cierto que la idea define los
próximos elementos del emprendimiento: qué voy a vender, cómo lo voy a vender,
dónde lo voy a vender, cómo se va a dar a conocer… Pero la idea no deja de ser
algo teórico, conceptual, que flota en el aire y que habita solo nuestra mente.
Una de las características de una idea es que, en
el momento en que se lleva a la práctica, hay que modificarla,
adaptarla, cambiarla para que se acomode lo mejor
posible a lo que el cliente percibe y necesita. Por eso sostengo que la idea no
es demasiado importante. Es solo un inicio. El secreto está en la ejecución de
esa idea, en cómo se aterriza, en qué se materializa. No es importante el «qué»
es importante el «cómo» y «el porqué». Explico muy a menudo a emprendedores en
potencia que no me cuenten su idea de negocio, sino que me razonen «por qué les
van a comprar». Eso es un negocio, un «por qué».
Todos tenemos un «por qué» a la hora de escoger el
producto o servicio que compramos o consumimos.
Pongamos un ejemplo muy simple, el bar donde a
media mañana nos tomamos un café. Tal vez acudimos a ese bar porque nos gusta
la amabilidad del camarero que nos atiende en la barra. El dueño del
establecimiento piensa que yo acudo ahí por la calidad del café, por la
comodidad del local o similares. Pero yo acudo por la amabilidad en el trato.
Si ese camarero se va y el dueño contrata a otro seco y cortante, probablemente
dejaré de ir a ese bar, dado que no veo reflejado el «por qué» que en realidad
me lleva ahí cada mañana. Cuando la gente repite un producto lo hace para ver
refrendado y repetido un «por qué» muy concreto.
Y después está el «cómo». El «cómo», que hace
referencia directa a la materialización, a cómo se hace tangible la idea.
Insisto muy a menudo que más vale una idea mediocre
brillantemente ejecutada que una idea brillante que, por difícil ejecución, se
transforma en una ejecución mediocre.
A la hora de emprender es mejor ideas simples,
conocidas, no demasiado
brillantes o excepcionales, no deslumbrantes, pero
cuya ejecución sí es nueva, brillante o excepcional. De hecho, mi experiencia
me dice que cuánto más deslumbrante es la idea, más problemas acarrea la
ejecución. Y con
los años he ido comprobando que los emprendedores a
los que mejor les ha ido tenían ideas muy, pero que muy simplonas, que
ejecutaron de una forma brillante, detallada, trabajada y flexible.
Así que si se está planteando montar un negocio, no
busque ideas raras, busque ideas que ya existan o ideas muy simples, de esas
que todo el mundo te dice que no es nueva. Y luego trabaje intensamente en el
«cómo» y en el «por qué». Ahí está, en realidad, la idea de negocio.
IDEA DE NEGOCIO
Versión oficial:
Es una descripción corta y específica de lo que
será tu negocio. Es encontrar un enfoque diferente o un concepto que todavía no
haya sido explotado en el mercado.
Versión prohibida:
Es una descripción del «cómo» voy a vender y el
«por qué» me van a comprar.
Ese «cómo» y ese «por qué» son la forma de la idea.
Y es lo verdaderamente clave.
Aclarado lo que en realidad pienso que es la idea
de negocio, creo que esta debe acompañarse de otro elemento bastante
incomprendido y que se denomina «modelo de negocio». Para mucha gente el modelo
de negocio se resumiría en «cómo genera ingresos una empresa». Es una
definición clásica que sirve de muy poco.
Yo prefiero definir «modelo de negocio» como el
entramado de relaciones con todos aquellos que lo rodean. ¿Cómo me relaciono
con los clientes? ¿Cómo les vendo? ¿Cómo les cobro? ¿Cómo me relaciono con los
proveedores? ¿Y con los que financian al negocio? ¿Y con los empleados? ¿Y
los colaboradores?
Yo sostengo que un modelo de negocio es en realidad
una arquitectura de relaciones. Tanto en lo legal como en lo económico y
empresarial. En las escuelas de negocios y en los libros de empresa o
emprendimiento se habla mucho de la empresa, de la idea, de la forma jurídica…,
pero poco de las relaciones; y en el mundo actual, máxime con las nuevas
tecnologías y el acortamiento de las distancias que estas permiten, lo esencial
son las relaciones, las reglas de juego que voy a establecer con todos los
agentes que rodean al negocio, incluidos los socios.
MODELO DE NEGOCIO
Versión oficial:
Se considera el modelo de negocio el modo en que la
empresa genera ingresos.
Versión prohibida:
El modelo de negocio es la forma en que vamos a
relacionarnos con quienes nos rodean.
Con las definiciones de «idea» y «modelo» se
obtiene lo que particularmente considero la definición de un negocio. Vistos el
negocio y la persona, hablemos ahora de los
recursos: y empezaremos con los socios.
¿Socios? ¿Los socios
son un recurso? Pues
sí, aunque no
se diga abiertamente, los socios
son un recurso, pero con una
particularidad. Es el recurso
más caro de
todos porque se remunera con la rentabilidad que usted
logre en la empresa.
Durante mi trayectoria como divulgador de temas
económicos, siempre he escrito sobre el asunto de los socios aspectos que
ningún libro de empresa ni universitario aborda por estar mal visto, verdades
que han suscitado tanto fuertes críticas como agradecimientos.
El emprendedor novel se asocia, en
la mayoría de los casos, por miedo. Emprender
produce vértigo y la gente prefiere llorar con alguien que reír a solas. Es
típico que el emprendedor explique su negocio a un amigo y automáticamente, al
ver que el otro se emociona y se implica, verse de pronto hablando de la
posibilidad de emprender conjuntamente. Craso error. Hay que pensarse muy bien
a quién se invita a montar una empresa, que es un asunto muy serio donde uno se
juega no solo dinero, sino tiempo, prestigio y un montón de energía.
Las desavenencias con socios son la causa número
uno de las disoluciones empresariales, esto lo ratifiqué en ese
trabajo de campo que realicé y en que entrevisté a
multitud de emprendedores que habían cerrado negocios. Causa primera del
cierre: problemas con los socios.
Al comienzo de un proyecto de emprendimiento todo
son ilusiones y buenos deseos, pero enseguida llegan los problemas porque el
camino de montar y desarrollar un negocio genera muchísima tensión. Que si mi
socio trabaja menos que yo, que si mi socio no aporta clientes, que si mi socio
no entiende la dinámica del negocio, etc. Y te vas quemando del socio.
¿Cómo evitar esto? Considerando que existen dos
tipos de socios: los
socios capitalistas y aquellos con los que se va a
compartir tanto propiedad como trabajo. Los problemas se suelen producir en el
segundo de los casos. En el primero también, por supuesto, porque los socios
capitalistas, si el negocio va mal y se pierde dinero, van a disgustarse. Pero
las reglas están claras: unos ponen dinero y, si el tema no va, lo perderán.
El problema aparece cuando se mezclan propiedad y
trabajo. Mi recomendación es aquí muy simple. Si, equivocadamente, invitó a
alguien a meterse en el negocio que va a emprender, debe imaginarse que tienen
ustedes una doble relación. La relación
propia de socios capitalistas y la relación propia
de empleados.
En la primera vertiente de su relación, hablen solo
como puros inversionistas, como dos socios capitalistas que no trabajan en la
empresa. En la segunda vertiente, hablen como empleador y empleado, como si
fuera otra, y no la suya propia, la empresa que les da trabajo.
¿Que al principio no hay dinero y no se puede pagar
lo que exigirían de sueldo a un tercero? Pues pacte según lo haría con ese
tercero. Dentro de cuánto tiempo le pagará, qué pasa si no le puede pagar y
cómo resolverán su relación laboral, por ejemplo. Hay que
hablar en términos estrictos de relación laboral
entre cada uno de ustedes y esa sociedad que, como hemos visto en páginas
previas, tiene personalidad jurídica propia.
Y eso es lo mejor porque los problemas casi siempre
provienen de mezclar la relación societaria con la laboral. Esto que
difícilmente pasaría en una empresa muy grande o consolidada es el pan nuestro
de cada día en las microempresas de los emprendedores. Ahí todo es pequeño,
todo queda en las mismas personas, así que los pactos se entremezclan y se
intercambian conceptos tan dispares como sueldos por acciones; aportaciones por
trabajo;
horas por financiación… Los pactos donde se mezcla
capital y trabajo, y que llegan a hacer los emprendedores que se asocian, son
surrealistas y no resistirían el más mínimo análisis económico. Carecen de todo
sentido común y están concebidos con el único objetivo de poner el negocio en
marcha. De lo que no se dan cuenta los emprendedores es que estos acuerdos
condenan su propia relación personal y esa relación personal dañada arrastrará
al incipiente negocio.
Hay que ponerse dos sombreros, ser una especie de
doctor Jekyll y mister Hyde. Pactos de socios y pactos laborales. Será la única
forma de que no
acaben peleados. Y aun así probablemente acabarán
discutiendo. Por eso recomiendo también, antes de iniciar el negocio, dejar
hablado cómo se separarán en caso de que las cosas no vayan bien, o simplemente
a uno de los socios le apetezca dejarlo, o no quiera continuar.
Esto es algo que está mal visto afirmar, pero es la
mejor de las recomendaciones que puede hacerse a un emprendedor: antes de
asociarse hay que pactar cómo separarse.
De esa forma se evitarán también los clásicos
chantajes en el momento en que uno quiera separarse del resto.
SOCIOS
Versión oficial:
Personas que suscriben parte del capital y que
comparten la propiedad de un negocio.
Versión prohibida:
Recurso innecesario la mayoría de las veces, que se
busca por miedo y que suele ser la causa número uno de disolución de negocios.
Lo siguiente que los socios van a aprender a
realizar es el denominado «plan de empresa» o «plan de negocio». En el mundo de
la empresa hay un dicho
que reza: «el papel lo aguanta todo», y que se
emplea como evidencia de que en el papel o en la hoja de cálculo de un
presupuesto o de un plan de negocio puede uno poner lo que quiera porque debe
simplemente aguantarse en el papel, no en la realidad. Los planes de empresa de
un emprendedor pasan normalmente por tres fases.
A la primera la podemos llamar «fase realista» y en
ella el emprendedor refleja en el papel lo que verdaderamente piensa que va a
necesitar y lo que realmente podrá vender. Al comprobar, estupefacto, que hará
falta mucha inversión para ganar poco, de pronto, la gran idea de negocio
se viene abajo junto con la ilusión. Y eso sí que
no puede ser. Es inaceptable que un papel con números destroce una idea que,
previo a concretarse y vivir en la imaginación, ganaba dinero por todos lados.
Es algo demasiado difícil de digerir para el emprendedor.
Se entra entonces en una segunda fase, que podemos
denominar «fase irrealista». En esa fase, uno empieza a separarse de la
realidad y a modificar sutilmente alguna cifra. Tal vez hará falta menos
dinero; quizá encontraré un alquiler más barato; apretaré a los proveedores;
venderé un poco más caro; tendremos más clientes…
Las variaciones que se introducen en
el plan de negocio responden inicialmente a cierta
lógica, pero poco a poco se van apartando de la realidad hasta que desconectan
del todo de la misma. Al final de esta fase, uno ya no proyecta números, sino
que juega con ellos para que la cifra final refleje la factibilidad de nuestro
sueño, sea plausible o no. Llegamos entonces a la tercera y última de las
fases, «la surrealista».
La tercera fase aparece cuando ese plan de negocio,
mostrado a posibles inversores y bancos, resulta insuficiente. Si no
conseguimos financiación, no podremos iniciar nada, así que empezaremos a
plasmar en ese papel
que todo lo aguanta las cifras que los prestamistas
o inversores quieren ver. Total, como en la segunda fase ya nos hemos
desconectado de la realidad y los números son solo números, se trata
simplemente de seguir inflando cifras de forma que el plan de negocio resulte
sexy. Lo que en este momento reflejarán las cifras ya no es irreal, es
«surreal».
El plan de empresa no es lo que en realidad la
gente piensa:
PLAN DE EMPRESA
Versión oficial:
Documento que describe las diferentes etapas
previstas para la empresa de nueva creación, con un detalle pormenorizado de
las necesidades de inversión, gastos e ingresos.
Versión prohibida:
Autoengaño por escrito para que la realidad no eche
por tierra un sueño.
Bueno, ya tenemos al emprendedor, tenemos su idea,
el plan y los socios. ¿Qué falta para arrancar el negocio?
Más dinero. Casi siempre, para montar un negocio,
hace falta más dinero. Puede que los socios aporten cierto capital, pero por lo
general hace falta más y no se tiene. Entramos en el difícil y crítico capítulo
de la financiación.
Lo que se explica sobre financiación a
emprendedores dista mucho de lo que en la realidad nos encontramos.
En los foros de emprendedores que organizan
multitud de Ayuntamientos o comunidades autónomas, se invita a fondos capital
riesgo o los denominados Business Angels. Gente o fondos de inversión que
buscan negocios nuevos y originales en los que invertir.
No hay nada más peligroso que un desmedido
ambicioso con dinero, loco por invertirlo en algún sitio que lo multiplique por
cuatro.
Pero todavía es más peligroso el emprendedor
ilusionado y ciego con una idea de negocio que cree que va a multiplicar por
cuatro el dinero que le preste alguien.
Unidos por el destino, o por un foro de start-up
que organiza un Ayuntamiento para promover el emprendimiento, el ambicioso y el
soñador coinciden y se conocen. Se han juntado el hambre con las ganas de
comer. Nace el Business Angel. Cegado por el brillo de los ojos del
emprendedor iluso, el Business Angel, en realidad
un demonio disfrazado de angelito, le proporciona unos cientos de miles de
euros al emprendedor a cambio de un dossier con un plan de negocio. Es ese
papel que lo aguantaba todo. Y en ese papel está clarísimo que se va a
multiplicar la inversión por diez en tres años. El Business Angel empieza su
proceso de mutación a demonio en el tercer año, cuando empieza a darse cuenta
de que va a perder todo o parte de su dinero. Al principio, eleva la voz y
frunce el ceño. Al cabo de poco, la espuma sale por su boca y grita. Entonces
se le caen las alas, le sale rabo y cuernos, y hace de la existencia del
emprendedor un infierno en el que él es Lucifer.
Solo lo sacará de las brasas si el emprendedor es
capaz de lograr una nueva ampliación de capital, para lo cual este deberá
encontrar otro Business Angel. Lo hará en el siguiente foro que organice el
Ayuntamiento.
Y así sucesivamente. Algunos Business Angels tienen
éxito y rentabilizan su inversión. Como se creen exitosos, suelen buscar otra
operación. Dada la probabilidad de tener éxito en los negocios, su mutación a
demonio queda sencillamente postergada. Porque es inevitable.
BUSINESS ANGEL
Versión oficial:
Un inversor angelical (en inglés Business Angel) es
un individuo próspero que provee capital para una
empresa de nueva creación, usualmente a cambio de
participación accionarial. Además del capital financiero, aporta sus
conocimientos
empresariales o profesionales adecuados para el
desarrollo de la sociedad en la que invierte.
Versión prohibida:
El Business Angel es un demonio disfrazado de
angelito con alas.
Cuando un emprendedor no logra convencer a los
fondos de capital riesgo o a los Business Angels, desesperado, acude a los
familiares y amigos, y los invita a invertir en su nuevo negocio. Aquí ya no
cabe hablar de disfunciones, sino de auténticos dislates que conllevan la
pérdida de amigos y la ruptura de lazos familiares. No en vano los ingleses
denominan la fuente de financiación Friends and Family como triple efe: FFF.
¿La tercera efe? Fools. Friends, Family and fools. Porque realmente hay que
estar loco para meter
dinero en un proyecto de emprendimiento de un amigo
o familiar,
en una empresa que no vamos a controlar; si va mal,
nos tocará asumir la pérdida y, si va bien, está por ver cómo se computan y
reparten los beneficios.
Le voy a ser muy franco. Si está pensando poner
algo de dinero en el negocio de un amigo o un familiar, considérelo una ayuda
personal a fondo perdido. Una forma de caridad, de prestar una ayuda
desinteresada a alguien que estima. Invertir en la empresa de un familiar o un
amigo le asemeja a una ONG. Dé ese dinero totalmente por irrecuperable. ¿Por
qué digo esto? Pues porque es la única forma de que, además del dinero, no
pierda también al amigo o la relación
con el familiar. No considere la más mínima opción
de recuperar esa aportación o de sacarle rentabilidad.
Si no está dispuesto a hacerme caso y quiere ayudar
recuperando su dinero, no entre en el capital, no invierta como socio.
Concédale un crédito personal y pídale un aval de algún tipo. ¿Lo ve muy
bestia? Pues entonces no invierta.
Con amigos y familiares solo hay esas tres opciones
inteligentes: prestar con aval o garantía, entrar en el capital dándolo todo
por perdido, o excusarse con «en estos momentos no me va bien invertir porque
estoy con una inspección de Hacienda que va a acabar con una sanción de
vértigo». De verdad,
cualquier otra opción supondrá una pérdida personal
además de económica. Solo hay una excepción: que el familiar o el amigo ponga
el doble de lo que invierte usted y exactamente en sus mismas condiciones. En
tal caso, puede considerar factible la recuperación de la inversión.
Si resulta que después las cosas van bien y
efectivamente el familiar o el amigo le reconoce sus beneficios, reparte
dividendos y respeta su peso y rol en el accionariado, pues considérelo un
beneficio extraordinario, no previsto, similar a un premio de lotería.
Los ingleses son muy listos.
Recuerde: Friends, Family and Fools.
Fools…, por algo será.
FRIENDS AND FAMILY
Versión oficial:
Opción de financiación que consiste en dar entrada
en el capital a familiares y amigos.
Versión prohibida:
Donación caritativa a un ser querido para ayudarlo
a salir adelante.
Bueno, ya sea a través de conocidos o desconocidos,
ya tenemos un cierto capital para invertir. Pero normalmente es necesaria más
liquidez. La opción más habitual es la de buscar financiación normal y
corriente, esto es,
un crédito. Hay que pasar por el tubo y llamar a la
puerta de un banco.
¿Dan los bancos crédito a los emprendedores? A ver,
sí y no. Lo publicitan mucho más de lo que lo hacen porque queda muy guay en
medios de comunicación y en pósteres decir que «Soy una entidad financiera que
cree en los emprendedores, que promueve el autoempleo, que ayuda al desarrollo
empresarial del país». Campañas del tipo «Ven a vernos con tu idea», «Hacemos
realidad tu proyecto» y similares.
Algunas entidades financieras sí que ofrecen alguna
condición especial para dar algo de tiempo a que el
emprendedor genere ingresos antes de tener que
empezar a devolver el crédito. Pero por lo general los bancos organizan el
asunto de una forma muy simple. Acotan y delimitan una bolsa general de dinero
que dedicarán a dar crédito a emprendedores. Esa bolsa es pequeña, es la única
sujeta a condiciones especiales y es la que publicitan a bombo y platillo hasta
el punto de que ha habido casos donde ciertos bancos se gastan más dinero en la
publicidad que en la bolsa total que van a prestar.
Los créditos a emprendedores son una excelente
campaña de imagen pero el riesgo de estas operaciones crediticias es muy
elevado. Los bancos
lo delimitan de dos maneras. La primera es a través
de Obra Social o Fundaciones, si es que la tienen. Ahí igual no solicitan aval.
Pero aviso que como mucho le van a dar entre 6000 y 12 000 euros y solo hay
presupuesto para una docena de emprendedores, a lo sumo. Lo que va fuera de
obra social ya se vincula a avales y garantías. Si entra en blogs de
emprendedores y foros verá la de gente que está quemada de llamar a las puertas
de los bancos y mostrar planes de negocio para que luego le denieguen el crédito.
Las cosas como son: los bancos tienen una pequeña asignación para ayudas de
verdad. El resto han de ser créditos recuperables
porque de eso viven las entidades financieras.
Claro que alguien podría preguntar si también solicitaban los planes de negocio
de las promociones
inmobiliarias que financiaban alegremente, durante
la famosa burbuja, y luego resultaron fallidas.
Sea como sea, la financiación para un emprendedor
está dificilísima y para que sea fácil va a necesitar un avalista. El banco no
va a querer correr riesgos. Ellos conocen ese ratio del que les he hablado
antes. Si entre un 70% y 95% de los nuevos negocios fracasan antes del primer
año ese es el riesgo que tienen de que el emprendedor no devuelva el préstamo.
Y un banco no da
créditos con riesgos de impago de ese calibre.
¿Solución? Aval. Así que quien en realidad corre con el riesgo es el avalista:
padres o familiares que creen que si el banco da el crédito, es que el riesgo
no es tan elevado. Total, que en realidad el banco, cuando pide aval a los
emprendedores, lo único que hace es avanzar el dinero de los avalistas. Si el
negocio va bien, la entidad financiera ganará los intereses del crédito. Y si
val mal, ejecutará el aval. Entonces… ¿no tendría más sentido que fuesen los avalistas
quienes se llevaran los intereses?
CRÉDITO AL
EMPRENDEDOR
Versión oficial:
Dinero que las entidades financieras prestan para
que las personas puedan arrancar un negocio.
Versión prohibida:
Dinero que los bancos avanzan a los avalistas,
quedándose sus intereses.
Ante las dificultades de los Business Angels y los
bancos, el emprendedor, desesperado por obtener financiación, ve que se queda
sin proyecto. Dará mil
vueltas y, finalmente, recurrirá entonces a otra
figura que bien daría para un libro entero y de la cual no se dice apenas lo
que en realidad supone.
Bienvenidos al maravilloso mundo de las
franquicias. En una franquicia se juntan dos miedosos. Un miedoso a tener
demasiada gente en plantilla y un miedoso a no saber montar un negocio. El
primero es el franquiciador. El segundo es el franquiciado.
El franquiciador posee una marca potente, productos
que gustan al público, métodos de venta, procesos comerciales y productivos. Lo
tiene todo. ¿Por qué comparte los beneficios de unos puntos de venta que
podrían ser propios? Por
miedo a tener demasiadas tiendas y demasiado
personal en plantilla. Que no me digan que es por falta de recursos porque una
marca que funciona tiene cola de bancos para prestarle dinero.
Por su parte, el franquiciado es un emprendedor que
quiere abrir una tienda, pero tiene miedo. ¿Y si no encuentra un nombre
ganador? ¿Y si no sabe hacer publicidad? ¿Y si no escoge los productos que
gusten a la gente? ¿Y si le falta financiación?
Los miedos de ambos son el objeto del intercambio.
Te cambio el riesgo a equivocarme por el riesgo de ser demasiado grande. Y
ambos renuncian a un beneficio que tal vez podrían
conseguir igualmente por sí solos.
En la mayor parte de las franquicias, franquiciados
y franquiciadores acaban hartos los unos de los otros. Nacen como colaboradores
y terminan como enemigos. La suya es una lucha sin fin, ya que cuando las cosas
van bien, cada uno piensa que es gracias a lo que él aporta. El franquiciador,
la marca. El franquiciado, el local y su público.
El desencuentro aparece porque ninguno experimenta
ya los miedos que justificaron el acuerdo. Es el problema que tienen los
acuerdos comerciales que nacen no a partir de un deseo, sino de un miedo.
Tal vez el lector piense que no estoy
en lo cierto. Pues fíjese en lo siguiente. Cuando
oiga que alguien está pensando en firmar una franquicia pregunte si ya tiene
alguna. Solo he oído a gente decir que quiere abrir una franquicia cuando nunca
la ha tenido. Si tiene la
oportunidad de hablar con franquiciados, pregunte
cómo lo llevan y si quieren otra. «Hasta la coronilla», es lo más suave que
oirán.
FRANQUICIA
Versión oficial:
La franquicia es una concesión de derechos de
explotación de un producto, actividad o nombre comercial, otorgada por una
empresa a una o varias personas en una zona determinada. Es un acuerdo entre el
franquiciador y el destinatario o franquiciado por virtud del cual el primero
cede al segundo la utilización y el aval de su marca para que sea
comercializada.
Versión prohibida:
La franquicia es un intercambio entre miedosos
disfrazado de acuerdo comercial.
Sigamos avanzando. El emprendedor, ya sea como
franquicia o como negocio propio, con socios o sin ellos, con financiación
propia o externa, va para adelante. Ahora va a necesitar dar de alta la
empresa.
Se producen aquí dos típicas disfunciones. Una es
la forma legal. El derecho mercantil y la experiencia han ido ayudando a
conformar diversas tipologías de sociedades, cada una de ellas con una serie de
características basadas en aspectos tanto económicos como de relación de los
socios entre sí, con la propia sociedad y con terceros. La forma legal es una
importante
decisión que debe decidirse dependiendo del modelo
de negocio. Si definíamos al modelo de negocio como una arquitectura de
relaciones, entonces la forma legal debe ser la mejor forma de reflejar en lo
jurídico tales relaciones. Pero esto no funciona así. A la gestoría que se pide
dar de alta la sociedad no se le explica el modelo de negocio, sino que se le
plantea directamente la cuestión de: ¿cuál es la forma más barata de constituir
una sociedad? Los emprendedores tienen pocos recursos y las primeras decisiones
se toman por coste. Es una disfunción total porque la forma legal va
a determinar muchas de las
posibilidades futuras de crecimiento,
ampliación, tributación y responsabilidades de los
socios. En la decisión de la forma legal se da aquello que se decía
antiguamente: «No me puedo permitir el lujo de comprar barato». La forma legal
más barata puede más adelante salir muy cara, especialmente en asuntos
referentes a impuestos y, sobre todo, en las responsabilidades de los socios y
para con la Administración pública.
FORMA LEGAL
Versión oficial:
Tipología de sociedad mercantil más afín al modelo
de negocio de una empresa.
Versión prohibida:
Forma más barata, aunque sea inadecuada, de
disponer de una sociedad.
La verdad es que, aunque la anterior es una
disfunción importante, es hasta
cierto punto comprensible. Es lamentable el
esfuerzo fiscal que se exige a un emprendedor. Es cierto que
hay algunas deducciones y rebajas en, por ejemplo,
cotizaciones a la Seguridad Social, pero toda empresa que nace está sujeta a
unos costes de constitución: dar de alta la sociedad, notaría (según el tipo de
sociedad mercantil), obtención del NIF, inscripción en el Registro Mercantil,
alta de Impuesto de Actividades Económicas, etc.
La empresa no ha arrancado y la Administración
pública ya está pidiendo una parte de algo que todavía no existe. Siempre he
considerado los costes de constitución de una nueva sociedad por parte de
emprendedores como el antiguo derecho de pernada de los señores feudales, que
consistía, como se sabe, en
el derecho a pasar la primera noche de bodas con
cualquiera de las mujeres de su feudo que contrajese matrimonio. Era una
barbaridad moral y ética.
Los costes de constitución tienen una cierta
similitud. Son moral y éticamente reprobables porque la función de la
Administración es facilitar el emprendimiento,
ayudar a los que empiezan y no agenciarse de forma preferente derechos sobre
beneficios que ni siquiera se han producido aún. La Administración pública se
reserva el derecho de pernada de las nuevas sociedades de los emprendedores
porque se reserva para sí los primeros rendimientos cuando ni siquiera el
propietario se ha beneficiado de ellos.
COSTES DE
CONSTITUCIÓN
Versión oficial:
Gastos administrativos y tributarios derivados de
dar de alta una sociedad mercantil.
Versión prohibida:
Versión moderna del derecho de pernada del señor
feudal a favor de la Agencia Tributaria.
El siguiente concepto que requiere una aclaración
entre emprendedores y, dicho sea de paso, también entre empresarios es el de
«internacionalización». En
España tenemos una pereza enorme a ir al
extranjero. Es, por lo general, la última opción. Si nos va bien cerquita de
casa, intentaremos emprender cerca de casa. La gente prefiere invertir en su
localidad, luego en su región, como tercera opción en otro lugar de España y,
como última opción, en el extranjero. Esta última no es solo la opción menos
preferida, sino que está a años luz de la tercera.
En España somos provincianos. Madrid incluido. Y
Barcelona. El resto ya no digamos. Vamos de cosmopolitas pero nos cuesta mucho
viajar al extranjero y no digamos ya instalarnos fuera de nuestro país. Como
dice una
buena amiga en un manuscrito que me pasó y que
puede que pronto vea la luz, cuando dices que te vas a vivir al extranjero, la
gente te dice: «¡Ostras!, pobre, ¿y cómo lo llevas?». En otras palabras, te
compadece.
Debería ser lo contrario. Irse al extranjero es una
experiencia formidable que aporta una riqueza cultural y un bagaje
extraordinario. O sea, que todo el mundo habla de internacionalización de la
empresa española pero lo cierto es que al 95% de los emprendedores o
empresarios les da mucha pereza y lo evitarán, si es posible. España es un país
con una balanza comercial totalmente sesgada por el factor turismo.
Si no fuera por el turismo, nuestro déficit
comercial con el extranjero sería uno de los más elevados del mundo. En cuanto
a implantaciones en el exterior no digamos. Las empresas españolas con
presencia física en el extranjero son muy pocas en comparación a otros países
desarrollados.
Y eso nos permite entrar en la siguiente
consideración, que es la confusión generalizada entre exportar e
internacionalizar. La gente piensa que vender a países extranjeros es
internacionalizar la empresa. No es verdad. Eso es exportar, que está muy bien,
pero internacionalizar es otra cosa. Supone implantarse físicamente en otros
países, poner una pica en Flandes, como se dice
vulgarmente.
Eso no va con nuestra cultura empresarial
provinciana, vinculada al poder político, al favoritismo y a la contratación
pública. Pensamos que si
exportamos es que somos internacionales, cuando en
realidad significa ser competitivos en precio. La
gran asignatura pendiente del
emprendedor español es la internacionalización.
Tiempo atrás fuimos tierra de conquistadores. No nos tembló el pulso para
conquistar medio mundo, incluidas las Américas. Desde entonces, no solo lo
hemos perdido todo, sino que ya nos hemos desanimado
ante la idea de volver a salir de casa.
INTERNACIONALIZACIÓ
Versión oficial:
Capacidad de una empresa de implantarse fuera de su
país de origen.
Versión prohibida:
Última opción del emprendedor español.
Con la internacionalización pasa algo similar que
con el sector de actividad. La gente no se plantea demasiado en qué sector se
mete ni si tiene experiencia en ese sector. En su lugar, hay una obsesión por
el producto o la idea que se le ha
ocurrido al emprendedor. Si, por ejemplo, al
emprendedor se le ha ocurrido un tipo de camisa muy original, piensa solo en
términos de la camisa y no de que se va a adentrar en el sector moda o sector
textil. Si se le ha ocurrido un concepto de comida rápida, piensa solo en sus
menús, y no en que va a emprender en el sector de restauración. El sector de
actividad es tanto o más importante que el producto porque determina elementos
tan importantes
como reglamentación, momento económico del sector y
experiencia. ¿Tiene experiencia en el sector moda el emprendedor al que se le
ocurrió esa camisa tan original? Al final, el éxito o
fracaso de la idea está en directa relación con las
posibilidades de ese sector de actividad. Hay sectores de actividad que rezuman
liquidez, dinero, que crecen, que son rentables, en los que hay poca
competencia. Y hay otros sectores que son un auténtico drama. Un emprendedor no
lanza una idea, sino que emprende en un sector de actividad determinado que
tiene que ver con sus probabilidades de éxito más que con la idea en sí. Pero
de eso casi nadie habla.
Es muy sencillo. Imagine meterse en el sector
inmobiliario ahora. Le aseguro que cuando vaya al banco a pedir un crédito no
van a considerar su idea ni dos minutos. Directamente lo denegarán
porque de ese sector la banca no quiere saber nada.
Durante unos años ha sido y todavía será un sector «apestado», para
desgracia de muchos grandes profesionales del
mismo.
He visto a los mismos emprendedores fracasar en
sectores difíciles, mientras que habían tenido éxito en otros sectores
boyantes. La persona era exactamente la misma y estoy completamente seguro de
que las diferencias obtenidas no fueron producto de que una idea fuera buena y
la otra mala, sino de que un sector era atractivo y el otro estaba hecho un
desastre.
Me atrevería a asegurar, de hecho, que el 50% de
las posibilidades de un
emprendedor dependen del sector de actividad.
Solo hay una excepción a la recomendación de
meterse en un sector en decadencia: el hecho de que empezar de cero constituya
una gran ventaja competitiva. Eso sucede en sectores donde la crisis del mismo
se ha debido a una innovación disruptiva. Un ejemplo es el sector de la prensa,
por ejemplo. Es un sector hecho polvo, pero el principal problema proviene de
la irrupción de la prensa digital, que ha tirado por tierra la sostenibilidad
de los modelos de negocio tradicionales. Crear ahora un diario o una revista
supone meterse en un sector muy complicado;
realmente ningún banco va a confiar en el proyecto
y tendrá que conseguir recursos por otro lado, pero si el proyecto se sustenta
en una ventaja competitiva basado en un modelo de negocio que subsana las
desventajas de
las estructuras de redacción tradicionales, puede
tener algún viso de éxito. De éxito, pero no de financiación bancaria.
SECTOR DE ACTIVIDAD
Versión oficial:
Cada sector se refiere a una parte de la actividad
económica cuyos elementos tienen características comunes, guardan una unidad y
se diferencian de otras agrupaciones. Su división se realiza de acuerdo a los
procesos de producción que ocurren en el interior de cada uno de ellos.
Versión prohibida:
Decisión más obviada por los emprendedores pero que
más determina sus posibilidades de éxito.
Posibilidades de éxito. Quiero terminar
este capítulo hablando de la dimensión más cultural
de lo que supone el emprendimiento en España y de cómo ello afecta y viene
afectando sobremanera al ánimo por emprender, arriesgar y crear.
En nuestro país y en la cultura mediterránea en
general, los conceptos de éxito y fracaso son demasiado unívocos y extremos.
Asociamos el éxito a un reconocimiento social y público, a la valoración que
desde fuera se realiza sobre nuestros logros. El éxito lo medimos por lo que
los otros piensan o creen y no por lo que nosotros consideramos.
¿Es éxito montar una empresa y que
funcione para poder vivir aunque no crezca pero se
mantenga en un tamaño muy pequeño durante años? Tal vez para un emprendedor
ambicioso no lo sea, pero si el emprendedor de ese negocio tiene suficiente con
eso y es lo que realmente desea, debemos hablar de un éxito enorme. ¿Es éxito
montar una empresa que funcione durante tres años, pero que deba cerrar
después? ¿O es fracaso? ¿Dónde está el límite? ¿Dónde está el rasero? ¿Es
fracaso montar una empresa y que no llegue ni siquiera a vender un solo euro?
Obviamente, no es un éxito, pero imaginemos que durante ese tiempo el
emprendedor ha logrado darse a conocer a potenciales clientes y
uno de ellos le ofrece integrarse en su estructura
o su negocio, o simplemente le ha servido para adquirir una experiencia que le
permite más adelante montar un segundo negocio que sí que funcione. ¿No ha
obtenido algo?
En Estados Unidos se ha calculado que para que un
emprendedor fragüe su negocio se necesita, en promedio, pasar por 3,75 cierres
previos. Es decir, la gente que consolida negocios pasa previamente por lo que
aquí denominamos «fracasos».
El no sacar adelante un proyecto empresarial es en
nuestro país un verdadero estigma que proviene de una herencia: la de la ruina
familiar. Cuando
alguien se arruinaba, su apellido se veía manchado
durante mucho tiempo. En nuestro país hay pánico a parecer un arruinado y digo
parecer porque en realidad el país entero está arruinado. Pero, como digo,
hablamos de percepciones ajenas y herencias culturales. Y este es nuestro
drama; valoramos a los emprendedores según parámetros totalmente absurdos. Este
discurso no existe en otros países. Les explicas esto y alucinan, no saben de
qué les hablas.
El éxito de un emprendedor es ser emprendedor. Su
decisión, su valentía. Ahí empieza todo su éxito y acaba todo su fracaso.
Porque el mayor fracaso es
desear emprender y no hacerlo por miedo al qué
dirán «en caso de que no salga bien…».
Por otro lado, está la variable «tiempo». Lo que en
un momento del tiempo percibimos como un fracaso el tiempo lo puede convertir
en un éxito. El mundo de la empresa está plagado de ejemplos así. Por otro
lado, está toda la experiencia adquirida. Como explicaba con anterioridad, en
Estados Unidos, si uno se presenta a una candidatura para una oferta laboral y
ha montado negocios propios que no han funcionado será mucho pero que muchísimo
más valorado que otra persona que no tenga tal experiencia en su curriculum
vitae.
En España es todo lo contrario. No nos fiamos de
quien no le ha ido bien. En el extranjero, en cambio, piensan que el
aprendizaje, el bagaje, lo adquirido en una etapa de emprendedor no consolidada
es insustituible y no puede equipararse a la mejor de las formaciones, no hay
curso que pueda sustituir la experiencia, interrumpida o no, de un emprendedor.
Éxito proviene del latín exitus, que, a su vez,
proviene del verbo exitere, que significa «salir». El éxito no es un punto de
llegada; es un punto de partida. La concepción del éxito y del fracaso en
nuestra cultura es uno de los principales impedimentos para emprender y para
que el emprendedor tenga la valoración y
reconocimiento social que se merece. Tengo un amigo que sostiene que en todas
las plazas de los pueblos debería haber una estatua parecida a la del soldado
anónimo, con un hombre o una mujer sin identidad definida y con una placa que
diga: «Homenaje al emprendedor».
Los emprendedores y los empresarios crean valor,
riqueza y empleo. Su motivación puede ser económica, pero crean valor. En su
lugar, machacamos al empresario y estigmatizamos al emprendedor que no sale
adelante. El resultado de todo ello es que todavía en las encuestas que se
realizan a universitarios españoles, la inmensa
mayoría desea ir a trabajar a un banco o a la Administración pública antes que
montar un negocio. En otros países, los emprendedores son héroes nacionales.
ÉXITO
Versión oficial:
Cumplimiento de los objetivos empresariales.
Versión prohibida:
El éxito en emprendimiento es, simplemente, el acto
de emprender.
FRACASO
Versión oficial:
No consolidación del negocio propio, que obliga a
abandonar el proyecto, suponiendo un estigma social y precedente para los
bancos en caso de impago.
Versión prohibida:
Opinión ajena sobre los propios logros.
Antes de finalizar con la definición de
«emprendimiento», quiero dedicar un pequeño espacio a definir «libertad», que
parece un concepto poco
económico, pero que está
intrínsecamente vinculado a la economía. La
prosperidad económica de un país, de una nación, de una empresa o de una
persona permite gozar de mayor libertad. El término «dependencia económica» de
algún modo lo indica. Quien es dependiente de otro es menos libre.
Una de las motivaciones de los emprendedores es el
gozar de libertad. No depender de un horario, de un jefe, de constantes órdenes
superiores, de una cultura empresarial determinada, de unos propietarios, de
unos objetivos… El emprendedor piensa que gozará de libertad en dos ámbitos:
tiempo y
acción. Libertad que le permita tener tiempo para
otras cosas (lo que se denomina «conciliación») y libertad sobre sus propias
decisiones.
La primera no se da nunca. La segunda se da
relativamente. Emprender es una ocupación total, sobre todo a nivel mental. La
cabeza está permanentemente en el trabajo porque el proyecto del emprendedor
auténtico es un proyecto vital y va a mezclarse con su vida. Es cierto que
dispondrá de libertad para organizar su tiempo, pero su libertad mental va a
ser cero. Cuando trabajas por cuenta ajena te puedes llevar problemas a casa,
pero no toda la responsabilidad de la empresa. Libertad
física, toda. Libertad mental, ninguna.
Y, respecto a la libertad física, un matiz. El
emprendedor sabe que puede tomarse cualquier día que precise para cualquier
necesidad personal. Pero la realidad es que nunca lo hace. Hay demasiado
trabajo, demasiadas cosas por hacer. Sin embargo, es cierto que solo el hecho
de saberlo, de saber que, si quieres, te tomas el día libre, ya te da fuerzas
para ir a trabajar un día más.
LIBERTAD DEL
EMPRENDEDOR
Versión oficial:
Capacidad de decidir en todo momento qué hacer con
el tiempo propio.
Versión prohibida:
Posibilidad latente de un emprendedor que raramente
se ejerce.
Creo que con todo lo anterior he podido desvelar al
emprendedor lo que realmente significa emprender y las verdades sobre muchos
aspectos que se
visten y disfrazan de otro modo por el interés
político en que haya menos gente en la cola del INEM.
Podría resumir lo que nadie dice sobre lo que es el
emprendimiento en una definición que en cierta ocasión, durante un encuentro
organizado por la Asociación de Jóvenes Emprendedores de Murcia, dijo una
persona y que he escrito en algunas de mis obras anteriores porque es una
definición nada común, que se prohibiría en cualquier manual de empresa, pero
que es más cierta e innegable que la redondez de la Tierra.
EMPRENDIMIENTO
Versión oficial:
Acto de emprender, de llevar adelante un proyecto
propio.
Versión prohibida:
Acto mediante el cual se convence a quienes quieren
trabajar para nuestra empresa de que el mundo no es incierto.
LOS ECONOMISTAS
Para
terminar, me gustaría
compartir
con el lector un conjunto de conceptos más propios
de la economía y de los economistas.
Un capítulo dedicado a los economistas no significa
necesariamente que seamos «culpables» o responsables de cómo se han desvirtuado
muchos de estos conceptos. En algunos casos lo somos y sin duda hemos
contribuido a ello. En otros casos, sencillamente, quiero introducir nuevas
perspectivas y puntos de vista, poco ortodoxos, que
enriquezcan al lector.
Quisiera cuestionar primero algunas «verdades»
incuestionables, tótems de la economía que prácticamente nadie cuestiona.
Afirmaciones tales como: «el monopolio es pernicioso»; «la bolsa es un
mercado»; «los cárteles deberían prohibirse».
La economía, como iremos viendo a lo largo de este
capítulo, es, ante todo, una disciplina que permite cuestionarlo casi todo.
Hablemos, por ejemplo, de la competencia. La
competencia es buena, se dice. ¿Siempre es así? A las empresas la competencia
les molesta. Si por ellas fuera, todas escogerían ser un
monopolio. La situación monopolística es una
auténtica gozada para cualquier empresario porque le permite fijar los precios
de forma completamente arbitraria. Mucha gente piensa que un monopolio permite
poder cobrar caro, pero no es esta la auténtica ventaja. La principal ventaja
monopolística es que permite fijar diferentes precios según la capacidad
adquisitiva de cada cliente de modo que se capture toda la demanda que sea
posible. Este es un concepto muy desconocido y que recibe el nombre de discriminación
de precios. La discriminación de precios es posible solo en mercados no
competitivos, esto es, monopolísticos.
Imaginemos que una empresa de refinería vende
combustible gasoil. Y es un monopolio. Sabe que a las fábricas que utilizan
gasoil en sus instalaciones les puede vender a 2 euros el litro, pero ese
precio no puede ser abonado por otro grupo de clientes, los conductores de
coches, por ejemplo. Estos solo pueden pagar 1 euro por litro.
Si la refinería en monopolio fija el precio en 2
euros gana lo máximo posible con las empresas pero pierde el gasto de las
familias, con lo que no accede a toda la demanda potencial que podría.
Aquí entra en juego lo que se denomina dualidad de
precios y que
consiste en inventar cualquier excusa (mayor
calidad del refinado, mayores medidas se seguridad…) para que las empresas
paguen 2 euros y las familias paguen 1 euro. Mismo producto, dos precios
distintos según el comprador.
Esto que les puede parecer algo teórico está a la
orden del día en multitud de productos y servicios. Recordemos cuando
Telefónica era un monopolio. Los precios de las llamadas interurbanas e
internacionales eran desorbitados respecto a los de las llamadas urbanas. ¿Por
qué? Porque los primeros y segundos eran propios de empresas y los terceros,
las llamadas urbanas, eran muy baratas. Los márgenes
eran radicalmente distintos. Y era una forma que
tenía el monopolio telefónico de que todos los hogares pudieran permitirse
tener un teléfono en su hogar.
En definitiva, los monopolios interesan a las
empresas no tanto para poner un precio lo más elevado posible, sino para poner
a cada tipología de precio el que puede realmente pagar, obteniendo así ventas
del máximo número de clientes. Y por eso los monopolios, contra lo que se
piensa, han permitido muchas veces que ciertos productos y servicios se
democraticen. Obviamente, yo prefiero las situaciones de competencia que las
monopolísticas, más proclives al abuso de poder o la
complacencia, pero hay ciertas situaciones en que
los monopolios son mejores que la libre competencia.
LAS DEFINICIONES PROHIBIDAS DE:
Discriminación de precios.
Monopolio.
Equilibrio de Nash.
Cártel.
Dilema del prisionero.
Predicción económica.
Ceteris paribus.
Inconsistencia temporal.
Teoría económica.
Premio Nobel de Economía.
Gurú.
Ciclo económico.
Crecimiento económico.
Burbuja.
Bolsa.
Pobreza.
Dinero.
Economista.
DISCRIMINACIÓN DE PRECIOS
Versión oficial:
Es la posibilidad de tener distintos precios de un
mismo producto para distintos públicos.
Versión prohibida:
Sistema por el que un monopolio sirve para
democratizar bienes y servicios.
En España y en la mayoría de los países
desarrollados los monopolios están prohibidos y se han desarrollado leyes y
tribunales para asegurar la competencia.
En algunos casos se consigue, pero en otros no. Si
no es un monopolio, puede ser que nos encontremos con un duopolio, que
significa que compiten en el mercado solo dos empresas. O bien un oligopolio,
que significa que son más de dos pero son pocas.
Las empresas no tienden a la competencia, tienden
al monopolio. Es su tendencia natural, agruparse y dejar de competir. Competir
es muy cansado, desgasta, reduce márgenes, supone más recursos, más
inversiones, innovar continuamente. Y todo ello tiende a hacer más difícil la
supervivencia empresarial. Así que la realidad es que las empresas compiten
durante un
tiempo y cuando alguna de ellas empieza a mostrar
signos de flaqueza, debilidad o cansancio, suele acercarse a sus competidores y
se ofrece para ser absorbida o fusionada. En épocas de crisis esto es
particularmente más
común. Ante las dificultades económicas, las
empresas se agrupan para ganar economías de escala, ahorrar costes y mejorar
márgenes.
MONOPOLIO
Versión oficial:
Casos en que una sola empresa actúa por el lado de
la oferta en un mercado.
Versión prohibida:
Es la tendencia natural a la que conduce la
dinámica competitiva.
Debemos tener esto siempre presente: por un lado,
las empresas prefieren el monopolio; y por otro, la dinámica
competitiva, al dificultar la supervivencia
empresarial, tiende a reducir el número de competidores y
conduce, con el tiempo, a situaciones
monopolísticas o de oligopolio. Por eso, cuando no es posible, bien sea porque
el legislador no lo permite o porque las empresas competidoras no se ponen de
acuerdo en cómo fusionarse o integrarse, se recurre a algo llamado «cártel» y
que, aunque suena a rollo colombiano del narcotráfico, es a veces beneficioso.
Los cárteles son pactos que la ley prohíbe acerca de aspectos relacionados con
el precio, calidades, distribución, compras o márgenes. Cuando la competencia
lleva a las empresas a una situación que es mala para todas ellas, se llaman
entre sí, se reúnen y se ponen de acuerdo.
Hubo un premio Nobel que
describió este fenómeno. Se llamaba John Nash,
falleció a mediados de 2015 de accidente de tránsito. Su teoría es conocida
como el «equilibrio de Nash», y está muy bien descrita en la película titulada
Una mente maravillosa. En ella los guionistas idearon un ejemplo muy machista,
pero muy efectivo e ilustrativo, para explicar el equilibrio de Nash. La
secuencia es la siguiente: el joven economista se encuentra con sus amigos en
un pub y entran varias chicas. Todas ellas son bastante normalitas, excepto una,
rubia, que es guapísima. Todos quieren ligarse a la rubia, así que tanto Nash
como todos sus amigos la atosigan sin tregua. La rubia acaba harta
de todos y las amigas desprecian a todos los chicos
por haber tratado de acercarse solo a la rubia, ignorando al resto. Al final,
nadie liga y la noche es un absoluto desastre.
El problema, explica Nash, es que buscando cada uno
su máximo óptimo (la chica más guapa de todas) todos se quedan sin nada, lo que
es un subóptimo global. Esto echa por tierra toda la teoría sobre la que se
asienta la economía clásica y que asegura que cuando cada persona busca
maximizar su beneficio, el mercado alcanza un punto de equilibrio en que se
maximiza el beneficio de todas las partes. Nash demuestra que no, que eso no es
necesariamente cierto. Se pueden dar situaciones (y
de hecho se dan) en las que buscando cada uno lo mejor se queda todo el mundo
en una situación por debajo del óptimo general. Este fenómeno se produce
típicamente entre países, en las carreras armamentísticas. Buscando cada país
estar lo más protegido posible de una amenaza externa, induce al país vecino a
invertir en armamento más de lo que desearía. Ese aumento de inversión suscita
una preocupación en el país anterior que elevará asimismo su gasto en armas. El
otro responderá del mismo modo. Y así sucesivamente. Es la clásica carrera
armamentística que no interesa a ninguna
de las dos partes porque podrían destinar esos
recursos a ámbitos
sociales, sanidad, educación, desempleo…, en lugar
de a la adquisición de armas.
Nash ofrece una solución. Hay veces en que es mejor
pactar.
En la película, cuando Nash se da cuenta de que han
pasado la noche sin ligar, en su imaginación rebobina en el tiempo y se imagina
cómo antes de acercarse a las chicas cada uno de los amigos establece su orden
particular de preferencias. Todos ponen a la rubia como la primera opción, pero
también deben especificar cuál sería la siguiente chica que preferirían en caso
de no
tocarles dirigirse a la rubia. Establecidas las
preferencias, Nash efectúa un sorteo mediante el cual se asigna una chica a
cada amigo. Solo uno de ellos, el más afortunado, podrá hablar con la rubia,
pero el resto tienen asignada la segunda o tercera preferida. Como resultado,
si bien el óptimo individual no ha sido alcanzado, sí ha sido obtenido el
óptimo del grupo. La segunda mejor opción individual produce un óptimo global
que no se daría si todo el mundo tratara de obtener su óptimo individual.
Pactar es, por tanto, la solución cuando el óptimo
individual conduce a una situación de desequilibrio de todas
las partes. De hecho, es la solución en los casos
de carrera armamentística. Si los países vecinos se ponen de acuerdo, podrán
minimizar su inversión en armamento e incluso eliminarlo.
Lo mismo pasa en las empresas. Y por eso se forman
los cárteles. Aunque nos parezca imposible, hay situaciones en que es mejor que
las empresas pacten. No nos interesa que se reúnan para acordar precios (suele
ser habitual), pero sí, a lo mejor, para que se repartan las prioridades. Por
ejemplo, si las tan a menudo denostadas
empresas farmacéuticas pudieran reunirse y
repartirse las líneas de investigación farmacológica evitaríamos
que todos los investigadores estuviesen
concentrados en encontrar fármacos para las mismas enfermedades, quedando otras
patologías sin recursos para la investigación. A la sociedad le interesa más
que las farmacéuticas se repartan las patologías sobre las que investigar antes
que ponerse a competir para lanzar fármacos que curen las mismas enfermedades.
Es cierto que eso podría provocar situaciones monopolísticas en algunos
medicamentos, pero desde un punto de vista global, es preferible que los
fármacos sean más caros y haya pocas enfermedades sin curar antes que tener
fármacos más baratos y haya más enfermedades pendientes de ser
investigadas. Este es un caso de equilibrio de
Nash. A veces es mejor para la sociedad que las empresas formen cárteles, pero
están muy mal vistos y las empresas los ocultan constantemente para no ser
condenadas por los Tribunales de la Competencia.
EQUILIBRIO DE NASH
Versión oficial:
Se define equilibrio de Nash como un equilibrio no
cooperativo en el que cada agente económico toma sus decisiones sin tener en
cuenta las decisiones de los demás y buscando exclusivamente su propio
beneficio.
Versión prohibida:
Situación más que habitual que conduce a pactos
entre empresas.
Los cárteles están prohibidos por los gobiernos,
pero yo soy de los que piensa que deberíamos dejar a las empresas
competidoras pactar ciertas cosas por el bien de la
sociedad y el mercado. La hipocresía de los gobiernos es en este sentido
bastante evidente porque si bien prohíben los cárteles de empresas dentro de la
nación, consideran legales los cárteles supranacionales. Un ejemplo es la OPEP,
Organización de Países Exportadores de Petróleo, que es en realidad un cártel
con todas las de la ley.
CÁRTEL
Versión oficial:
Un cártel es un tipo de mercado en el que varias
empresas deciden coordinar sus actividades para alcanzar mayores beneficios que
los que obtendrían si esta coordinación no existiera.
Versión prohibida:
Política habitual de los gobiernos que, sin
embargo, prohíben hacer a las empresas.
Que los cárteles o los oligopolios no se prolonguen
demasiado en el tiempo fue explicado por otra teoría económica que
proviene de una disciplina relativamente reciente y
que sirve para explicar muchos fenómenos empresariales. Se llama «teoría de
juegos» y consiste en predecir los movimientos de las distintas fuerzas
competitivas (clientes,
proveedores, competidores, reguladores, Gobierno)
inspirándose y aprendiendo de las estrategias de otros juegos, como puede ser
el ajedrez, por poner un ejemplo.
En el caso que nos ocupa, el denominado «dilema del
prisionero», que es un juego o acertijo muy conocido, sirve para explicar el
comportamiento de las empresas competidoras en mercados oligopolísticos y para
comprender por qué no debe preocuparnos tanto que
la competencia pacte determinadas cosas.
Veamos el dilema del prisionero.
Supongamos dos prisioneros incomunicados que han
cometido un delito. Si los dos, por separado, confiesan el delito son
castigados con 10 años de cárcel. Si ninguno de los dos confiesa, son
castigados con 5 años. Y si uno confiesa y el otro no lo hace, el que confiesa
es castigado con 2 años y el que ha ocultado la verdad, con 20 años. No pueden
hablar entre sí, con lo que cada uno debe decidir según lo que piense que hará
el otro.
Si yo soy uno de los acusados, me
interesará siempre confesar porque mi riesgo de no
hacerlo y que el otro sí confiese es de 20 años de cárcel. Mientras que si
confieso me caerán solo 2 si el otro calla, o bien 10 si el compañero también
confiesa.
Si pudieran hablar entre ellos y pactar, les
conviene a los dos guardar silencio y no confesar, de modo que la pena sea
intermedia para ambos. Pero… ¿cumplirían su palabra? En el momento en que se
separen de nuevo y les pidan declaración, les entrará una duda. ¿Y si resulta
que el otro me ha dicho que no confiese para hacerlo él solo y así rebajar su
pena a 2 años y que a mí me caigan 20? Ante ese riesgo, decidirá no
cumplir su palabra y confesar, contrariamente a lo
que han pactado. Si bien eso le puede suponer elevar su pena de 5 a 10 años, se
asegura de que no le caigan 20 y si el otro al final cumple su palabra y guarda
silencio, pues tendrá solo que cumplir 2 años de condena. Por tanto, incumplirá
su palabra.
Esto se da también en las empresas que forman parte
de un cártel. Cuando todos pactan elevar el precio, por ejemplo, hay un
incentivo para no hacerlo y situarse ligeramente por debajo del precio acordado
porque los beneficios que se derivarían de ser un poco más barato que el resto
son
enormes. Uno se llevaría todos los pedidos con un
precio ligeramente más reducido. La empresa que se lo esté planteando acabará
seguro cayendo en la tentación de incumplir por el mismo motivo que el
prisionero. Si yo soy fiel al pacto y es mi competidor quien rebaja un poco el
precio que hemos acordado, me voy a quedar sin ventas. El daño es demasiado
grande, así que opto por incumplirlo.
Es decir, que incluso en circunstancias de
oligopolio y acuerdos entre empresas, estos no tienden a durar. Existen
incentivos suficientemente importantes para no cumplir los acuerdos.
En resumen, que ni los monopolios
necesariamente impiden precios asequibles, ni los
cárteles son necesariamente perjudiciales para la sociedad ni los oligopolios
favorecen los pactos, debido al dilema del prisionero.
DILEMA DEL
PRISIONERO
Versión oficial:
Modelo de la teoría de juegos que explica los
comportamientos de mercados en oligopolios.
Versión prohibida:
Prueba fehaciente de que los pactos entre empresas
no sirven mientras haya incentivos para incumplirlos.
A pesar de todos los esfuerzos, ni siquiera la
teoría de juegos ha logrado fijar los parámetros que permitan hacer de la
economía una ciencia exacta. Sin
embargo, los economistas seguimos empeñados en
tratar de predecir. No es solo vicio o vanidad, es parte de nuestra obligación.
Las empresas precisan planificar; los gobiernos precisan datos futuros para
fijar políticas presentes; los inversores necesitan conocer los escenarios más
probables para medir los riesgos que toman… El problema es que hemos confundido
estimación con predicción y los economistas solo podemos hacer lo primero:
estimar, realizar hipótesis, realizar conjeturas; pero no predecir.
Nadie puede predecir el futuro porque este es
imposible de predecir.
Intervienen demasiadas variables,
demasiados condicionantes que, además, escapan por
completo al ámbito de la economía: un cambio político en un país puede hacer
que de pronto los inversores decidan dejar de arriesgar en ese territorio; un
descubrimiento
científico puede introducir una tecnología que eche
por tierra unas predicciones de venta; un pánico bursátil puede afectar al
ánimo de una población y que el consumo no evolucione según lo esperado. Y así
un largo número de factores exógenos que impiden a la economía predecir como
quien predice a través de las fuerzas de la física.
Una vez escuché a un gran experto en
predicciones afirmar que «cuando vienen curvas, los
modelos predictivos derrapan». Lo que venía a decir es que cuando las aguas
están tranquilas y no hay sucesos relevantes, sí que más o menos es posible
atinar bastante en las estimaciones. Pero cuando acontecen sucesos importantes
y relevantes, no hay modelo predictivo que funcione.
He aquí un chiste muy revelador:
¿Por qué creó Dios a los economistas? Para que los
pronósticos del tiempo nos pareciesen buenos.
PREDICCIÓN
ECONÓMICA
Versión oficial:
Consiste en anticipar el
comportamiento cuantitativo y
cualitativo de las variables
económicas a partir del conocimiento de su
comportamiento pasado y presente.
Versión prohibida:
Estimación sobre el futuro de la economía,
vinculado a que no haya grandes cambios, con lo que cualquier predicción
acertada era, en realidad, bastante previsible.
Que no haya grandes cambios recibe incluso un
nombre en economía: ceteris paribus, que significa: «el resto de variables
constantes o sin alteraciones». Es una condición fantástica, por no decir «un
chollo». Ceteris paribus permite a los economistas teorizar de este modo: «Si
nada de lo que puede afectar a mi predicción varía de forma importante, si todo
se mantiene igual, así es cómo se comportan o relacionan determinadas
magnitudes económicas».
Por ejemplo, si los precios de los tomates no
varían, el de la lechuga aumentará un 2%. De acuerdo, pero ¿variarán los
precios de los tomates? El
economista no lo sabe. Podría medirlo, pero, de
nuevo, establecería una aseveración del tipo: «La lechuga subirá un 0,5% más de
lo que suban los tomates, siempre que el de los pepinos no cambie». ¿Y si
cambian los precios de los pepinos? El economista tratará de responder, pero
llegará un momento en que no podrá encontrar un modelo que tenga en cuenta
tantas variables.
La economía tiene demasiados condicionantes.
Ceteris paribus es necesaria para poder establecer un modelo, pero es,
sencillamente, una condición que no existe en el mundo real. Solo en el mundo
teórico. Entre Heráclito y Parménides, yo me quedo
con el primero: todo cambia, nada permanece.
CETERIS PARIBUS
Versión oficial:
Ceteris paribus es una expresión en latín que
podríamos traducir por «mantener el resto constante». En economía y finanzas,
la expresión ceteris paribus se utiliza como una abreviatura para indicar el
efecto de una variable económica en otra, manteniendo constantes todas las
demás variables que pudieran afectarle.
Versión prohibida:
Condición teórica que nunca se da en la práctica.
Y por eso se dice en tono jocoso que «para un
economista, la vida real es un caso especial».
Les hablé en el capítulo dedicado a los bancos de
la inconsistencia temporal. Y prometí una definición en este capítulo.
Recuerden: un incentivo a la investigación de fármacos deja de tenerlo una vez
el fármaco ha sido descubierto.
El problema de la inconsistencia temporal es, desde
un punto de vista de economista, realmente precioso e interesante. Y creo que
es uno de los problemas que mejor describen cómo son los retos de la economía y
de los
economistas. También nos ayuda a entender por qué
muchas cosas nos parece que no tienen sentido. Lo tienen en un momento dado,
pero dejan de
tenerlo al momento siguiente, modificadas las
circunstancias, el marco, la situación. Es muy similar a lo que le sucede a las
teorías económicas y explica por qué la economía tiene excepciones para todas
las leyes.
INCONSISTENCIA
TEMPORAL
Versión oficial:
Los economistas suelen hablar de inconsistencia
temporal cuando existen incentivos suficientes para abandonar un plan óptimo a
largo plazo reoptimizándolo de forma constante.
Versión prohibida:
Ejemplo perfecto de que para cada ley económica se
encontrarán una o más excepciones que la contradigan.
Entonces, ¿de qué sirve la teoría
económica? Pues sirve, sobre todo, a los
economistas. Compone su oficio, su jerga, su forma de entender el mundo. Los
economistas tenemos una forma particular de mirar y ver el mundo. La teoría
económica es el lenguaje que traduce en palabras esa visión. Ninguna teoría
económica es válida en todos los casos. Incluso la teoría más sencilla de
todas, la que entiende todo el mundo, la ley de la oferta y la demanda, está
sujeta a excepciones.
El caso de una burbuja especulativa la echa por
tierra. Según la ley de la oferta y la demanda, cuando un bien sube de precio,
menos gente estará dispuesta comprarlo. Sin embargo,
durante las burbujas inmobiliarias, donde
prevalecen la fiebre especulativa y el afán por revender (no por invertir ni
adquirir), a más precio, más gente interesada en el bien en cuestión.
Un economista teórico respondería que «se desplaza
la curva de demanda», pero que se sigue cumpliendo la ley económica. Siempre
hay un nuevo ajuste teórico o nueva teoría para cada
excepción, pero estará irremediablemente sujeta a
nuevas excepciones. La teoría económica nunca se comportará con la exactitud de
la
física, aunque se parece irremediablemente a esta.
TEORÍA ECONÓMICA
Versión oficial:
La teoría económica tiene como objetivo explicar
cómo funcionan las economías y cómo interactúan los agentes económicos.
Versión prohibida:
Norma sujeta a excepción.
Y este es el motivo por el cual debe usted
desconfiar de los premios Nobel de Economía. Algunos realmente han realizado
aportaciones a la sociedad, como Mohammed Yunnus y sus microcréditos, que han
sacado de la
pobreza a miles de personas. Pero en muchos otros
casos, los premios Nobel de Economía son teóricos de la materia, gente que
investiga, publica y que demuestra empíricamente sus teorías…, durante un
tiempo. Porque la excepción, tarde o temprano, siempre llega.
Es importante que sepa cómo la Academia Sueca
otorga los Premios Nobel. Se realiza a través de votaciones de otros académicos
y se computa, por ejemplo, cuántas veces un académico es
mencionado en los artículos especializados de otros
académicos. Cuando un economista es mencionado muchas veces en las
investigaciones de otros economistas significa que es
influyente, que es tenido en cuenta en muchas otras
teorías. Pero eso no le otorga el poder del conocimiento absoluto ni de
predecir el futuro.
Sin embargo, los medios de comunicación tratan a
los premios Nobel de Economía como genios que saben lo que va a suceder y cuyas
opiniones están más sujetas a verdad.
Un premio Nobel de Economía es un estudioso de la
economía, un investigador. Pero nada más. Sus teorías pueden, y de hecho en
muchos casos sucede, caerse al cabo de un tiempo. Como el sonado caso de
Scholes y Black, que obtuvieron el premio Nobel de Economía por sus fórmulas
matemáticas sobre opciones (un producto
financiero).
Al cabo de varios años, su teoría se derrumbó y
todas las millonarias inversiones en opciones, amparadas en sus conocimientos y
descubrimientos, perdieron miles de millones de dólares.
Esto es lo que respondía el economista Ian Stewart,
de la Universidad de Warwick, en una entrevista de La Vanguardia sobre este
acontecimiento:
La ecuación de Black y Scholes, como cualquier otro
modelo matemático que han inventado los seres humanos, se basa en suposiciones.
El trabajo detrás de la elaboración de esta ecuación dejaba
claro que existían unos supuestos. Todo el mundo
era consciente de que dichos supuestos no siempre miden con precisión el
comportamiento del mercado. Sin embargo, la «sabiduría popular» estimó que las
excepciones eran poco frecuentes (…). Muchas de las personas que utilizaban la
ecuación hicieron caso omiso a las limitaciones, algunos no se dieron cuenta
siquiera de que las hubiera. De hecho, se utilizaba la ecuación como si fuera
algo mágico que les podía proteger de cualquier daño (Diario La Vanguardia, 17
de febrero de 2012. Sección Economía).
PREMIO NOBEL DE
ECONOMÍA
Versión oficial:
Persona galardonada con un premio entregado por el
rey de Suecia que, además del prestigio que este representa, recibe un
reconocimiento económico de 10 millones de coronas suecas, aproximadamente un
millón de dólares, para que pueda continuar desarrollando su trabajo sin
preocupaciones de tipo económico.
Versión prohibida:
Investigador que desconoce aún las excepciones de
sus teorías.
Hay un chiste que describe muy bien este fenómeno:
un economista vuelve al cabo de varios años a su universidad para dar una
conferencia, y decide aprovechar para saludar a un antiguo profesor. Va a su
despacho, y tras charlar un rato ve un examen sobre la mesa, así que lo coge,
lo mira, y le dice al profesor:
—Oye, ¡pero si este examen es el mismo que nos
pusiste a nosotros hace 12 años!
—Sí. Tengo solo tres exámenes, y los voy repitiendo
cíclicamente.
—¿Y no tienes miedo de que alguien lo descubra y lo
copie?
—¡Qué dices! ¿No ves que las
respuestas cambian de año en año?
De hecho, se dice que el de la economía es el único
campo en el que dos personas pueden obtener el premio Nobel por decir uno
exactamente lo contrario del otro.
La versión cutre del premio Nobel de Economía se
llama «gurú». Veamos su definición primero:
GURÚ
Versión oficial:
Gurú es aquel economista al que se le reconoce una
autoridad intelectual tan elevada que provoca que sus valoraciones y
predicciones sean prácticamente indiscutibles.
Versión prohibida:
El gurú es un timador que vive de la ignorancia
ajena.
El gurú no tiene ni idea de lo que va a pasar, pero
es un gran vendedor de humo. El ser humano tiene un rasgo atávico: la creencia
en los adivinos.
Creemos en los adivinos porque tenemos miedo al
futuro. A pesar de los grandes avances de la ciencia, todavía hay gente
supersticiosa y que llama a los teléfonos del tarot a altas de la madrugada
para saber si su situación amorosa, su salud o su situación económica va a
mejorar. Recurren a estos adivinos por desesperanza y por miedo. Nos gusta
creer que alguien, llámese Dios, adivino, tarot o brujo, sabe lo que va a pasar
mañana.
Los gurús viven de esto.
Hay un libro de un economista francés, Bernard
Maris —asesinado en el trágico atentado de la revista Charlie Hebdo el 7 de
enero de 2015—, que
lleva por título Carta abierta a los gurús de la
economía que nos toman por imbéciles. El título lo dice todo.
¿Por qué los gurús son unos cantamañanas? Porque no
pueden adivinar el futuro. Y esto es así porque la economía no es una ciencia
exacta, sino una ciencia social que depende de las manías de todos, de los
caprichos de muchos, de los pánicos de otros cuantos, de las trampas de estos y
de las miserables e impredecibles reacciones humanas de aquellos.
No somos seres racionales, somos locos
irracionales. Es inútil realizar predicciones.
¿Y de qué viven los gurús? De hacer
predicciones; o, más bien, de los
insensatos que se creen sus predicciones.
Los gurús más reconocidos suelen ser los premios
Nobel. Si a un economista le dan un premio Nobel, pues ya todos pensamos que es
un gurú y que sabe todo lo que va a pasar y lo que debe hacerse para solventar
los problemas económicos del «mundo mundial». Y los periodistas les preguntan y
ellos contestan, y van a entrevistas de la televisión y sin bola de cristal
realizan sus conjeturas y se quedan tan anchos, como mi buen amigo Paul
Krugman, que lleva ya bastantes artículos rectificando lo que dijo que
pasaría y no pasó, y aun así se le sigue dando
crédito por haber recibido el Nobel.
Para mí solo existen dos tipos de gurús: los que se
equivocan y los que todavía tienen que equivocarse.
Huya de los gurús como huiría de un inspector de
Hacienda. No les dé ningún crédito. No tienen ni idea de lo que va a pasar
porque, sencillamente, nadie lo sabe.
¿Quién determina la etiqueta de gurú a un
economista? Por desgracia, los medios de comunicación. Gurú se llamó a Alan
Greenspan, quien acuñó la célebre expresión de «exuberancia irracional» en los
noventa cuando la
bolsa de Estados Unidos estaba sobrevalorada,
tratando de advertir de la burbuja especulativa. Evidentemente, se cumplió su
predicción, pero muchísimos años más tarde. Aún hubo de subir bastantes años
antes de darse el batacazo. Gurú se llamó, y todavía se llama, al inversor
Warren Buffet, dado que su historial de inversiones ha sido históricamente de
los mejores. Sin embargo, Warren Buffet también ha obtenido pésimos resultados
en algunas de sus inversiones. ¡No siempre ha acertado! ¿Por qué? Pues porque los
gurús, insisto, no existen.
Incluso, salvando las distancias con la notoriedad
pública de las dos
anteriores personalidades, a mí me han llegado —por
desgracia y para mi indignación— a calificar de gurú. ¿Por qué? ¿Por haber
vendido más o menos libros de empresa? ¿Por haber escrito un libro sobre las
burbujas económicas que es puramente historia del pasado? Nada de eso me
convierte en gurú. Nada. Mis puntos de vista son una perspectiva más. No son la
verdadera ni la falsa. Las definiciones de este libro, sin ir más lejos,
podrían ser debatidas y cuestionadas una por una. Por eso hablo de definición oficial
y definición prohibida. La que califico como «prohibida» es una definición más,
pero no es la verdadera. ¡Incluso podría
haber varias versiones de la prohibida! Así es la
economía.
¿Por qué tardó tanto en verse confirmada la
afirmación de Alan Greenspan? Pues la respuesta estaba en
su propia célebre expresión «exuberancia
irracional». Porque, como he dicho, los mercados son irracionales y, por ende,
la economía está sujeta, aunque esto no guste a los economistas, a una cierta
irracionalidad. Es muy duro para alguien que se considera científico aceptar
que el objeto de su estudio tiene un origen irracional. Pero es así.
Hubo un período en la historia de la economía que
empieza aproximadamente con Adam Smith y llega hasta Keynes,
que se denomina «período clásico». En tal época,
los economistas trataron de representar los fenómenos económicos a través de
las matemáticas y, en cierta forma, emulando a la física. Fórmulas, ecuaciones,
principios y modelos que permitiesen domeñar la economía, detectar sus fuerzas,
sus direcciones: «cuando el precio sube, la demanda baja».
Los economistas definieron el homo economicus, al
que se considera alguien racional, que toma decisiones con la lógica cuando,
además de con la razón, las toma con sus impulsos irracionales.
Keynes, en cambio, cambió al homo economicus por el
animal spirit (el
instinto animal), lo que resume esta visión
irracional del último agente económico del cual dependen todos los
acontecimientos. Dijo también que «los
mercados pueden permanecer irracionales más tiempo
del que usted puede permanecer solvente». Eso también le ha sucedido a Warren
Buffet, el mejor de todos los tiempos.
La economía se comporta a veces linealmente y a
veces erráticamente. Los ciclos económicos existen porque dependen de la
libertad humana. En los sistemas económicos libres, libre mercado, capitalismo
(no importa la nomenclatura), cuando la economía no es un sistema planificado y
orquestado
desde un Estado absolutista, el crecimiento se
produce a base de grandes saltos y grandes batacazos. Se acaba creciendo, pero
a base de crisis. El economista Joseph Schumpeter lo llamó «destrucción
creativa». El capitalismo destruye para avanzar. Se crece 10 y se destruye 7,
se crece 11 y se destruye 9… Y así sucesivamente.
CICLO ECONÓMICO
Versión oficial:
Conjunto de fases que se suceden en un periodo
determinado y que se desarrollan en el sistema capitalista: crisis, depresión,
recuperación y auge. Todas reflejan las fluctuaciones
de la actividad económica, caracterizada por la
expansión o la contracción de la producción en la mayoría de los sectores de la
economía.
Versión prohibida:
Maldición a la que está sujeta el crecimiento en
los sistemas libres: es imposible crear sin destruir.
Maldición a la que está sujeta el crecimiento…
Unas palabras sobre el crecimiento. Recientemente,
un pequeño país
asiático llamado Reino de Bután, con solo unos
miles de habitantes saltó a los medios económicos por haber propuesto una nueva
medición del PIB, alegando que no incorporaba la felicidad en sus mediciones.
Bután es uno de los países más pobres del mundo pero su rey consideraba que sus
súbditos eran muy felices. Esto no lo sabe nadie porque no hay encuestas al
respecto. De todos modos, es interesante su aportación. El rey de Bután se
lamentaba de que la economía midiera solo el crecimiento en
términos materiales y no espirituales. Esto que se
nos antoja como bastante exótico, pintoresco y anecdótico fue refrendado por el
primer ministro francés Nicolás Sarkozy, quien propuso que se redefiniera el
PIB para incluir otros elementos de producción no material: la salud, la
esperanza de vida, la calidad de vida, el estado de ánimo, el tiempo libre,
etc.
No vamos a volver a la definición de PIB, pero sí a
la de crecimiento. Para todo aquel que a estas alturas de este libro piense que
me he fumado algo o que se me ha ido la bola, tenga esto presente. El primer
ministro de Francia, cuarta potencia económica del mundo,
tiene dudas razonables sobre cómo los economistas
medimos la riqueza de un país. Y no por problemas de medición, sino por
problemas conceptuales. ¿Crece un país que produce menos bienes y servicios
pero alarga su esperanza de vida? Según la economía, ese país decrece. ¿Crece
un país cuya producción de bienes y servicios aumenta pero su tasa de suicidios
y enfermos de estrés y ansiedad aumenta? Según la economía, ese país crece.
CRECIMIENTO
ECONÓMICO
Versión oficial:
El crecimiento económico es el ritmo al que se
incrementa la producción de bienes y servicios de una economía, y por tanto su
renta, durante un período determinado.
Versión prohibida:
Concepto que excluye la dimensión psicológica y
emocional del ser humano.
El concepto de crecimiento debe ser revisado. Por
supuesto que sí. Entre
otras cosas, ese concepto favorece el aplauso a las
burbujas durante su formación y crecimiento, antes de su explosión. Escribí un
libro acerca de las burbujas más grandes de la historia, El hombre que cambió
su casa por un tulipán, publicado por Temas de Hoy, y ahí desgrané cómo y por
qué se forman las burbujas. Durante las burbujas, si estas tienen como objeto
el aumento de precios de bienes relacionados con la economía real, como por
ejemplo casas y pisos, hay una tendencia a negarlas y a hacer callar a quienes
las denuncian con el pretexto o argumento de que se está generando crecimiento
económico. El argumento es: «puede haber una burbuja,
pero el auge de la construcción está fomentando el
crecimiento y el empleo, ¿por qué deberíamos detener este crecimiento?».
Con datos puros y exclusivos de crecimiento en la
mano, es difícil rebatir un argumento así. Pero cuando se incluyen otros
parámetros, tales como endeudamiento de las personas, duración de las
hipotecas, garantías suplementarias a la dación en pago, etc., nos damos cuenta
de que el crecimiento medido estrictamente en términos materiales deja de lado
aspectos de los que la economía debería también cuidarse y que tienen que ver
con el bienestar de las personas.
Las burbujas, como escribí en su día, tienen una
cualidad. Son
sistemáticamente negadas porque
durante su formación tienen, momentáneamente,
efectos positivos. Todos los efectos económicos nocivos vienen más tarde.
Pinchar una burbuja es impopular. Las burbujas son una fiesta, una bacanal
económica, el sueño de todo político. Y por eso, durante las mismas, se aduce:
«esta vez es distinto». Esta es una de las afirmaciones que más crisis y
catástrofes económicas ha producido, el pensar que «esta vez es distinto»
cuando sabemos que la naturaleza humana no va a cambiar jamás. La ambición y el
incentivo a corto plazo nos llevan a
buscar antes un eventual beneficio que a huir de
una eventual pérdida.
Cuando una burbuja explota, todo el mundo se
realiza la misma pregunta: ¿dónde está el dinero? Como demostré en El hombre
que cambió su casa por un tulipán el dinero no desaparece, sino que se
concentra. Previo a una burbuja está diseminado (de lo contrario no habría
burbuja). Al final de la misma, hay muchos perdedores y pocos ganadores. Una
burbuja es, después de todo, una pirámide económica de esas donde unos van
pagando dinero a los de arriba. Pero una pirámide legal.
BURBUJA
Versión oficial:
Una burbuja especulativa (también
llamada «burbuja económica», «burbuja financiera»,
«burbuja de mercado» o «manía especulativa») es un fenómeno económico
consistente en el incremento desproporcionado del precio corriente de algún
activo o producto, de forma que dicho precio se aleja sustancialmente del valor
teórico del mismo.
Versión prohibida:
Fenómeno que se repite sistemáticamente en la
historia económica por pensar que «esta vez es distinto» y que concentra en
pocos
ganadores el dinero de muchos perdedores.
Las grandes debacles de burbujas se experimentaron
por vez primera en la bolsa. El primero realmente global fue el crac de 1929.
Desde entonces, la bolsa es otra cosa.
BOLSA
Versión oficial:
La bolsa de valores es una organización privada que
brinda las facilidades necesarias para que sus miembros, atendiendo los
mandatos de sus clientes, introduzcan órdenes y realicen negociaciones de
compra y venta de valores, tales como acciones de sociedades o compañías
anónimas,
bonos públicos y privados, certificados, títulos de
participación y una amplia variedad de instrumentos de inversión.
Versión prohibida:
La bolsa es un casino que abre durante el día.
A prácticamente ninguno de los que compra y vende
acciones le interesa lo más mínimo que la empresa que hay detrás de la acción
que compra perdure en el tiempo o que sus directivos cuiden de ellas más que
durante las semanas que van a tenerlas en cartera antes de volver a venderlas.
La bolsa es un casino de tapado porque en lugar de
invertir pensando en el futuro lejano, se invierte pensando en la semana que
viene.
En la bolsa ya no se invierte, se apuesta. Al
principio se llevaba con cierta discreción. Ahora ya no. Incluso los analistas
financieros escriben sus
artículos o emplean en radio el término «apostar»:
«Yo apostaría por las acciones de Jazztel», «No es momento de apostar por
chicharros».
En la bolsa hay valores de empresas solventes, bien
dirigidas, serias y honestas pero que, como no están de moda, no interesan y
nadie las compra. Y hay otras empresas con pérdidas millonarias pero que están
de moda y suben de precio hasta que se dan la gran castaña.
En la bolsa hay dos tipos de análisis:
fundamentales y técnicos.
Los fundamentales tratan de determinar el valor de
una empresa por lo que debería valer según sus ventas y
beneficios. También se tiene en cuenta su situación
patrimonial. No debería haber ningún otro tipo de análisis.
Pero como la bolsa es un casino, nos hemos
inventado el análisis técnico que intenta determinar si el precio de una acción
es alto o bajo según cómo la gente la ha comprado o vendido en el pasado. O
sea, que prescinde de cualquier valoración real y analiza solo lo que tiene
pinta de pasar próximamente según lo que ha pasado recientemente.
En la bolsa hay verdaderos ludópatas y los expertos
de la bolsa reconocen que comprar y vender en bolsa crea adicción. Como el
juego,
vamos.
Estamos llegando ya al final de este libro. Me
gustaría terminar con tres conceptos muy emblemáticos, tal vez los más
relevantes y profundos: «pobreza», «dinero» y, cómo no, «economista».
La pobreza es la mayor frustración de un
economista. Es el análogo de la muerte o la enfermedad para los médicos. La
medicina lucha por erradicar las enfermedades, por procurar salud al ser humano
y por retrasar, en la medida de lo posible, la muerte prematura de las
personas. Cuando a un médico se le muere un paciente, experimenta una profunda
frustración y desolación. La muerte es su
enemigo y, a la vez, el objetivo que hay que
vencer. En los economistas, este sentimiento y desolación se produce con la
pobreza. El objetivo de la economía es la prosperidad, el bienestar, la
creación de riqueza, material o inmaterial, independientemente de cómo se
defina esta.
Hace unos años mantuve una interesante
correspondencia con un economista a quien leí y admiré, y a quien, sin embargo,
no llegué a conocer personalmente. Murió prematuramente. Se llamaba David Anisi
y era catedrático de economía de la Universidad de Salamanca.
Uno de sus libros se titula Creadores
de escasez. Y me sirve para hablar de la ilógica de
la pobreza. Suponiendo que una región o país no es pobre por escasez de
recursos naturales, cualquier pobreza es en realidad producto de la
incompetencia para organizarse o dirigir. La pobreza no tiene razón de ser
porque, si hay materias primas o recursos naturales y a la vez hay personas
dispuestas a trabajar, a intercambiar, debería siempre, por pura lógica,
existir un sistema económico o social que dé empleo a todo el mundo. La
ausencia de libertad, el hambre de poder, el exceso de control, de regulación,
los favores y prebendas… crean escasez. La pobreza no es un
problema que no se ha sabido resolver, sino que es
la consecuencia de un mal sistema. La pobreza es producto de la incompetencia
humana. La pobreza es un invento de los hombres. Somos creadores de escasez.
Y por eso la pobreza produce tanta frustración a
los economistas. Porque tenemos los instrumentos y sabemos cómo erradicar la
pobreza. En contraposición a los médicos, que no pueden luchar contra algo
irremediable llamado «muerte», los economistas sabemos que la pobreza se podría
erradicar o, cuando menos, minimizar.
POBREZA
Versión oficial:
La pobreza es una situación social y económica
caracterizada por una carencia marcada en la satisfacción de las necesidades
básicas.
Versión prohibida:
La pobreza es una consecuencia política, no un
problema que la economía no sepa resolver.
¿La causa?, se preguntará el lector. Obviamente,
como siempre, el dinero. Esta definición está basada e inspirada en la
definición de «poder» de David
Anisi. A él se la debo. Es muy sencilla y, a la
vez, muy profunda. Considero un pecado razonarla, describirla o argumentarla.
Se aguanta por sí sola.
DINERO
Versión oficial:
Medio de pago de aceptación generalizada cuyas
funciones más importantes son las de medio de cambio, depósito de valor y
unidad de cuenta.
Versión prohibida:
El dinero es igual al esfuerzo de otras personas
que logramos dividido por el esfuerzo que debemos hacer para obtenerlo.
Y me despido con una definición obligada, que es la
de «economista». De economista hay muchas definiciones,
algunas muy jocosas, que ya he ido comentando a lo
largo del libro. Pero para mí, no hay definición prohibida ni definición
oficial del economista.
Solo hay una posible. A buen entendedor, pocas
palabras bastan.
ECONOMISTA
Versión única:
Un economista es una persona que vive de la
economía.
El cómo lo haga, creo haberlo dejado claro ya, es
otro cantar.
AGRADECIMIENTOS
A Paco Sanllehi y Sonsoles Bertrán, que oyeron las
primeras definiciones y me animaron a abordar un libro completo sobre una
primera idea germen. A María del Mar Sánchez, como siempre, por animarme y
brindarme todo el tiempo para poder escribir. A Felip Artalejo y Ricard Tubau,
compañeros de la carrera, quienes me sugirieron ideas fantásticas para el
libro, algunas tan elevadas que no las pude incluir. A mis agentes, Maru de
Montserrat e Isabel Monteagudo, por el apoyo a este libro y a la totalidad de mi
obra. A mi editora,
Ana Lafuente, que desde siempre respaldó la idea de
un libro sobre definiciones prohibidas. A Ana Rosa Semprún y a los miembros del
jurado: Pedro García Barreno, Leopoldo Abadía, Juan José Gómez Cadenas, Nativel
Preciado y Pilar Cortés. Y, por supuesto, a Karl, Adam y Maynard, sin los
cuales este libro no hubiese existido.
FERNANDO TRÍAS DE BES. Nació en Barcelona (España)
en 1967. Cursó Ciencias Empresariales y MBA en Esade y la Universidad de
Michigan. Está especializado en la mercadotecnia y la innovación. Además,
dedica buena parte de su tiempo a escribir ensayos divulgativos y ficción. Sus
ensayos y
novelas han sido traducidos a más de treinta
idiomas. Es colaborador habitual de prensa escrita y radio.


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